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En el comienzo, lo típico: la frase arrojada al aire, el vaso enarbolado y salpicando sin demasiado pudor. Son los años cuarenta, y es un pueblo en Argentina: el tiempo y el espacio en que sucedió, una vez más, esa exageración verbal y etílica de la fraternidad, el cariño, la amistad. Pero esa noche, la consigna prendió como una vacuna. “Tenemos que hacer de la amistad un reino”. Lo que en el común de los casos se evapora la mañana siguiente a fuerza de analgésicos y sales digestivas, en Chascomús, este pueblo al sur de la capital argentina, supo llegar a límites increíbles. Y sigue buscando grietas para negarse a desaparecer.

Tanto, que es octubre de 2008 y por la calle Libres del Sur avanza, entre estampa circense y decadencia real, un grupo de hombres ataviados con capas coloridas, pelucas pomposas y carruajes muy antiguos. A la cabeza, un calvo monarca y su corona, mientras suena insistente la onomatopéyica “Za Za”, algo así como la marcha real, según explican algunos vecinos apostados al paso de la caravana. La escena, cuentan los mismos vecinos, sabe agridulce, huele a remake de algo que fue y busca seguir siendo más de medio siglo después.

Chascomús se debate hoy entre sentirse ciudad pequeña o pueblo grande, y aunque en todo el partido la cantidad de habitantes supere largamente los 30 mil, la baja altura de las construcciones y la parsimonia del día a día juegan a favor de la segunda opción. Depende de la voluntad y el gusto de quien la mire. Pasa sus días recostada sobre el margen de una enorme laguna, a poco más de una hora de ruta al sur de Buenos Aires, en un camino que actualmente es rápido y directo. Es un bello pueblo, antiguo, y eso se nota a cada paso. Callecitas estrechas de empedrado zigzaguean entre caserones de puertas altas y luminarias de hierro forjado. El entramado de calles y bulevares desemboca en el gigantesco espejo de agua, sello y orgullo de sus habitantes, ese que da buena pesca y es paseo obligado en las tardecitas en las que el calor comienza a apretar. La fundación de Chascomús data de 1779, en una zona en la que no es nada extraño encontrar tierras muy fértiles y que supo ser fin de riel del ferrocarril cuando eso significaba algo en la formación y expansión de los pueblos.

En cierto aspecto, Manuel Constenla tampoco tenía nada de extraño. Bajó de un barco hacia 1935, después de una cantidad agotadora de días de viaje transoceánico, dejando su España natal atrás. Mientras tanto, cientos de inmigrantes de toda la deprimida Europa hacían exactamente lo mismo poniendo los pies en la Argentina del periodo de entre guerras. Con el zumbido de los momentos previos a la Guerra Civil todavía resonando en su cabeza, Manuel (Manolo) supo caminar los empedrados del pequeño pueblo argentino hasta dar con su nueva vida en América. Aquí conoció a los Fourquet, una familia chascomunense dueña de la gran esquina de las calles Buenos Aires y Soler, un terreno que comprendía un local y la vivienda familiar justo al lado. Con unos pocos pesos, en esa esquina Manolo apostó a abrir las puertas de su propio sueño americano un año después de pisar tierra argentina. Bar El National fue el nombre. Una “te” en el lugar donde la legislación argentina no permitía una “ce”: ningún emprendimiento privado podía llevar el nombre nacional. El gobierno era el primero de Juan Domingo Perón, e iba a estar a la cabeza del país mientras durara toda esta historia.

“La sociedad del pueblo en ese momento todavía tenía el brillo de una típica sociedad tradicional”, piensa Alicia Lahourcade, arrellanada en el sillón de su casa en el casco histórico de Chascomús. Es la historiadora de la zona, algo así como la voz más autorizada en términos cronológicos. Lo que encerraba ese brillo eran tabúes, una diferenciación de distintos sitios para cada sector y clase social; los resabios de una aristocracia pueblerina. Y El National se convirtió en un típico bar para hombres, donde sólo los domingos alguno que otro habitué podía convertirlo en un bar de parejas. Pero era la excepción.

Los vermouths de la tarde, antes de la cena, se repartieron entre un puñado de bares y cafés de pueblo y El National fue haciéndose de una clientela casi fija, en los años en que algunos apellidos históricos e inquietos de la zona daban vida al Club de las Ideas, una primera excusa corporativa para las charlas de café. Manolo Constenla, bonachón y rústico, era el centro de la escena: duro pero amigable, un diamante en bruto entre una clientela de clase “tradicional pueblerina”.

Una década tuvo que pasar para que el grupo de parroquianos de El National llegara, a fuerza de alcoholes de sobremesa, a macerar una relación definitiva con Manolo. En el atardecer del 23 de octubre de 1945, entre varios de los firmes clientes decidieron homenajear al querible anfitrión con una placa colocada en la entrada. Ésa fue la primera piedra: en el transcurso de 1946, el grupo de hombres fue estrechando su relación y para el 20 de octubre de ese año instauraron el “Día de la Amistad”, un par de decenios antes de cualquier alunizaje y fecha mundial.

Una bella historia de amigos que se cierra. Hasta aquí, nuestros hombres de la sociedad tradicional pueblerina ponen su fecha, celebran su día, y todos contentos.

Hasta aquí.

***

“Tenemos que hacer de la amistad un reino”. La frase voló por la noche de El National, con su aire mitad tabaco y mitad de testosterona. Están por ahí Ángel María Canatelli, los hermanos Patricio y Juan José Wallace, Humberto Pignataro, Mariano Peleo y Edelmiro Onnainty. Alguien la tiró al aire, y quizá sea posible imaginar quién. Son los últimos meses del año 1946. Canatelli, un respetado y pujante constructor cuya firma llevan todavía muchas casas de Chascomús, que con su metro noventa de estatura imponía respeto, cruzó alguna mirada con el Bebe, Juan José Wallace. El tiempo que quedaba hasta la próxima celebración de la amistad parecía mucho. Sus bolsillos no eran de los más flacos —ni mucho menos— del pueblo, y algo se podía pensar. Ángel Canatelli puede haber sido quien voceó la frase, que cayó convertida en idea. La primera mirada cruzada con el Bebe unió a una dupla fundamental. Angelito —como llamaban a este gigantón de espaldas anchísimas y anteojos gruesos— se fue del bar pensando cómo dar ese paso. El primero en el terreno de la exageración. Y enseguida supo cuál era claramente.

Los tragos vespertinos siguieron, la “barra” sostenía su asistencia perfecta y Angelito ataba cabos en su cabeza: se había hablado de un reino, y para eso hacían falta los encargados de cada área. La cartera de ministerios se designó de mesa en mesa, por las características de cada uno. Entre otros, don Emilio Masci, por su “amor al agua desde niño, interviniendo siempre en forma destacada en los juegos de carnaval” fue a encabezar directamente el Ministerio de Marina. El perezoso Héctor Arrinda quedó a cargo del Ministerio de Trabajo, y por su “cariño por los pequeños”, don Juan Canale fue designado en el Ministerio de Protección de la Infancia.

Se iba perfilando una monarquía constitucional. La Suprema Corte de Justicia, entonces, se decidió en las tardes de El National y tuvo tres titulares. El escribano Darío Cuence y los abogados Ulises Olmos y Ulises Sala. El escribano Alberto Alfonsín quedó primero en la línea de sucesión.

Si ya había ministros, entonces sería necesario un medio de prensa que informara sus actividades. Y si se hablaba de un reino, harían falta atuendos que estuvieran a la altura. A una imprenta local fueron entonces los bocetos para un periódico, y en la ciudad de Buenos Aires se posaron los ojos para conseguir las ropas. Pero pasaban los días y faltaba lo más importante: el Rey. Aunque su nombre estuvo desde el principio.

Manuel I, Rey de Copas, acompañado por la comitiva ministerial, guardia real y una banda musical desfiló por las calles de Chascomús en el atardecer del 19 de octubre de 1947, rumbo a su coronación. Manolo iba camino a ser el primer monarca del Reino de la Amistad.

Muy poco tiempo atrás, en Argentina se había estrenado el film Madame Sans Gene, protagonizada por Niní Marshall (aquella entrañable comediante y actriz que tuvo una carrera cinematográfica repartida entre Argentina y México; la “Chaplin con faldas”) y el despliegue de vestuario era impactante. Ahí apuntaron los muchachos de Chascomús, y se pusieron en contacto con los productores del film para rentar el vestuario. La banda, impecable, acompañó el recorrido, mientras Canatelli y Wallace, de lustroso jaquet, flanqueaban al Rey, que avanzaba con su cetro y sus zapatos de hebillas de plata. El pueblo todo seguía el paso.

Son 62 los años que pasaron de ese recuerdo. Mucho tiempo, que hizo estragos en los personajes y en las pruebas. No hay imágenes claras. Existe una sola filmación, en 16 mm, muda, emocionante, un verdadero milagro para aquellos años, obra y gracia de Patricio Wallace, hermano del Bebe, que había invertido en un equipo envidiable y lo capturó todo.

Patricio Wallace (hijo) ya pasó los sesenta. Su padre murió hace años. Es un fotógrafo retirado y continúa con la tradición de filmar. Es delgado y locuaz, aunque dice no poder aportar demasiado acerca de su padre y su tío, y que el mejor testimonio es la filmación histórica. De un cajón receloso saca el viejo documento ahora encerrado en formato digital, y lo entrega. Es el legado familiar, un recuerdo que los pone orgullosos. “Filmación Reino” dice la copia, y la primera imagen es la estampa del Rey en blanco y negro. Una placa clásica de cine mudo informa que “SM llega al palacio, una multitud lo aclama”. Enseguida, da una caminata junto a sus elegantes ministros por un parque, con Manuel I ocupando el centro con su traje oscuro, y Angelito a su derecha, tomado de su brazo. Manuel I sonríe, como siempre, metido de lleno en la broma pergeñada por sus clientes. A unas pocas cuadras de allí, en la imprenta Tieri, don Edgardo sacaba, todavía tibios, los primeros ejemplares de El Heraldo, el órgano de prensa oficial del reino, que brindaría las crónicas de la coronación. En sus páginas, ahora amarillentas en un museo, se despliega el abanico entero de ministros de la monarquía constitucional y la Carta Magna del reinado.

El Heraldo conjugaba dos cosas: imaginación y formación cultural. Ocho páginas con perfiles de cada ministro y jueces de la Suprema Corte de Justicia, integrada por un notario y dos abogados. Un léxico formado y bien de su época: tan ampuloso como apócrifo. “Les Luthiers”, compara la historiadora Lahourcade después de años de buscar parangones. Es que el grupo cómico musical argentino es el paradigma de eso: el disparate solemne. En la portada, el perfil del rey Manuel I desgranaba su ascendencia: “Uno de sus antepasados fue compañero de baño de Julio César, otro, consejero de Nerón y aparte de ello encargado de darle los fósforos al emperador para hacer arder la ciudad de Roma”. A su lado, el rostro imperturbable del antes gallego inmigrante, ahora monarca.

La Carta Magna del reino permanece como una prueba concreta de la seriedad con que se encaraba la broma. “Nos, los amigos de los amigos…— comenzaba—, con el objeto de construir el Reino de la Amistad, afianzar la justicia, consolidar nuestras relaciones internas, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar la amistad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran tomarnos como ejemplo” .

Desde la Carta se dejaba en claro que sería una monarquía constitucional, con 14 ministros, una Corte Suprema de Justicia, y que cada decreto debería ser refrendado por al menos cinco miembros. El artículo seis aclaraba que el Rey “podrá disponer de los gastos del Reino, que vendrán de colectas, beneficios, loterías, comisiones, de la venta o locación de bienes del Reino, las contribuciones, y de los empréstitos y operaciones de crédito que decrete Su Majestad”. Y seguía: “Su Majestad podrá entregar títulos de nobleza, pero no más de cinco por año. Serán, Caballero, Barón, Vizconde, Conde, Marqués y Duque, ese último equivale a Príncipe de Sangre”. Se establecían dos condecoraciones: la “Orden del Alcohol” y de la “Orden de la Amistad”.

La del alcohol la podía entregar el Rey directamente, y la de la amistad, en Asamblea General de Notables de la Corona. Esta última, a razón de no más de dos por año.

Los ministerios iban de la lógica al absurdo. Economía, Interior y Comercio se mezclaban con el de Alimentación —que cuidaba al detalle la ingesta del Rey y probablemente era el encargado de vigilar que se cumpla la prohibición de tomar leche en el reino, a favor de las bebidas espirituosas— y el de No Guerra. Ese último oportunamente a cargo de Mariano Peleo. Más abajo, una cartera de directores generales (Correo, Prensa) y un director de la banda Charanga Real, con la batuta de Eugenio Ursini, el sastre del pueblo apodado Maestro Manga Corta.

Para terminar, el artículo 21 fijaba el tercer domingo de octubre de cada año como “fiesta real el Día de la Amistad”.

Algo, en la dedicación puesta en las letras de molde del primer El Heraldo, dejaba entrever un detalle que quizá muchos de sus contemporáneos no soñaron siquiera imaginar: el reino había nacido para expandirse.

***

La filmación comienza a mostrar cortes. Se hace evidente que se trata de una compilación de muchos fragmentos, de diferentes tiempos y situaciones. La imagen del Rey deriva en planos de la guardia y pasa, furtiva, por un adolescente de traje lustroso y seriedad comprometida. Tito era su nombre. Ahora él abre las puertas de su casa —a pocas calles de la de Lahourcade, a algunas más de la de Wallace— y da la mano fuerte, firme. Es alto, y su figura demuestra bastantes menos de los 78 años que cumplió en marzo. Se llama Silvio Ursino. Nunca se fue del pueblo, y es el único sobreviviente del nacimiento del reino.

A los 17 años se calzó el traje de guardia y acompañó al Rey desde esa caminata inaugural. Apenas se le puede ver en la cinta. Tito no vivió el día a día de El National. “Eso era para los grandes”, dice. Las tertulias etílicas las vio con la nariz contra el vidrio, y no demora en levantar su bandera de exclusividad: “Soy el único que queda —acto seguido aclara—. Todavía viven dos o tres personas más, pero fueron de los que entraron después, yo estuve desde el comienzo”. Tito dice la verdad. Todos murieron, y muchos de ellos bastante jóvenes. “Se tomaba mucho”, piensa Tito en voz alta, uniendo esa reflexión a la idea de la muerte precoz de varios.

¿Puede eso haber tenido que ver con el fin de algunos integrantes de esta historia? Alicia Lahourcade pone una asombrosa cara de asombro y lo niega rotundamente. “Aunque era cierto que se tomaba mucho, y había algunos que vivían de rentas y no tenían otra cosa para hacer, de haber tomado demasiado no podrían haber llevado adelante lo que hicieron”. Los dos datos sirven para entender un poco más: no era un grupo de borrachines sin rumbo, y el dilatado tiempo de ocio fue un elemento determinante.

En boca de Tito Ursino, lúcido y memorioso, brota Ángel Canatelli y va cobrando forma su imagen. “Un hombre que además de muchas ideas, tenía voluntad. Para estas cosas, siempre hace falta eso: uno que empuje y el resto que acompañe —resume—. El fue el hacedor, el alma del Reino”.

Y fue él, Angelito, quien pensó en un castillo.

***

El primer número de El Heraldo lo había prometido, y parecían palabras al vien-to. Mientras la corte y los ministros asumían, Ángel Canatelli, en su voluptuoso carácter de Primer Ministro y Guardián de la Corona con carácter interino y Ministro de Relaciones Exteriores y Jefe del Superior Ceremonial Real, juró construir un castillo para el Rey, pero uno tan verdadero como falsa era su monarquía. El Marqués de Pintoresco, don Fernando Cores, pagó de su propio bolsillo un enorme predio junto a la laguna, a algunos kilómetros del centro del pueblo. Era un terreno inhóspito en esa época, sin urbanizar y sin caminos aceptables, sólo un sendero. Se esfumaba el año 1947, y Canatelli puso manos a la obra. En los tiempos libres de sus trabajos en la construcción, partía rumbo al “Coto Real de Caza y Pesca” —así fue el primer nombre oficial— con sus empleados de obra, y con ellos levantaron una entrada al terreno: dos torres rematadas en almenas de “custodia” y un portón de hierro forjado. A su derecha, un cartel rezaba:

“Estas puertas se defiendan, que no ha de entrar, vive Dios!

Por ella quien no estuviera más loco que lo que estoy yo!”

Manuel I Rey de Copas

Los ministros se sumaron rápidamente al delirio empujado por Canatelli. El ministerio de Economía del Reino, con Héctor Garbizu a la cabeza, fue el encargado de organizar las finanzas para la construcción, en contacto permanente con el Tesoro Real, que había recaído en don Humberto Pignataro. Cada integrante vació sus propias arcas y el reino se hizo de empréstitos para los materiales. Angelito dibujó los primeros planos, que cambiaron mil veces antes de materializarse. A lo largo de 1948, el castillo estaba en marcha.

Una estructura fortificada, con almenas en la parte trasera, esa que miraba hacia la laguna; la zona del puerto real. En el frente, el portal era flanqueado por dos torres con sus ventanales, y en el centro, el balcón donde el Rey daría sus discursos. Eran 170 metros de superficie cubierta para el salón principal, el solar, y dos salones en los laterales destinados al bar y el comedor privado. Un hall de recepción, toilettes y, en la planta alta el despacho del monarca, habitaciones y salones de baño para los huéspedes.

Además, hasta esa zona —unos cinco kilómetros desde el casco urbano— se llevaron las instalaciones de energía eléctrica y agua corriente, atravesando terrenos vírgenes y complicados. Una empresa compleja que crecía al mismo ritmo de la bronca masticada por las esposas de ministros y de miembros todos, que dedicaban más tiempo a sus cargos que a ellas.

El castillo del Reino de la Amistad era la nueva morada —a tiempo parcial, claro, para no descuidar El Nacional— del afianzado Manuel I.

La historia de los reinos imaginarios, delirios omnipotentes y separatismos absurdos puede dar un paseo por unos cuantos ejemplos, pero no parece encontrar similares al de Chascomús. Nacido de una broma —condición que nunca abandonó— se levantó con la fuerza de una institución paralela a las oficiales, pero con la amistad, la celebración y, claro, las copas como columna vertebral de gobierno. Lahourcade recuerda la experiencia de la República de La Boca, hacia 1876 —aunque las fechas varían según la fuente— cuando los inmigrantes genoveses instalados en ese barrio de Buenos Aires, populoso y popular, se levantaron contra el gobierno y decretaron su independencia. Pero aquello duró sólo algunas horas, y el espíritu que lo guió estuvo en las antípodas de este reino.

Con sentido monárquico y con una motivación tan delirante como la de Manuel I y sus seguidores, se podría ubicar a la historia de Oreille Antoine de Tourens, el francés que a mediados del siglo xix se proclamó “Rey de Araucania y Patagonia”. La figura de Tourens, delirante por sus métodos, se cruza con un costado más peligroso, ya que su autocoronación apuntaba al dominio territorial de media Argentina y Chile. Dos veces lo intentó, y dos veces lo capturaron. Aunque hasta hace pocos años había supuestos descendientes reclamando sangre azul y derechos sobre la Patagonia.

En la filmación ahora el salto es evidente. La fecha no es para nada clara, puede ser 1948 o 1949. Los cimientos del castillo aparecen enseguida como base de muros casi terminados. Un paseo del Rey embarcado por la laguna se funde con la Gran Velada de Gala en el cine teatro Chascomús, en la noche del 1 de junio de 1949, para el que nuevamente se rentaron trajes y galeras de primer nivel, ahora en la Casa Martínez de Buenos Aires, a 92 pesos cada uno. Después, un “almuerzo en privado”, con el Rey y la Corte brindando y cambiando ideas en los jardines.

No se sabe cuándo fue; entre risas pueden estar proponiendo nuevos ministerios, decidiendo el tono de los textos de El Heraldo, o designando algún nuevo embajador. Y de pronto, la imagen del 8 de enero de 1950: la inauguración del segundo paso en el crescendo de Canatelli & Cia: la Plaza de Toros.

***

Visto así, era el camino lógico. “El Rey tenía que tener castillo, y como era español, ése debía tener plaza de toros”, deduce Lahourcade, y apunta que el reino consiguió lo que no había logrado la fuerte colectividad española del Chascomús de principios de siglo, cuando en 1900 se le impidió levantar una plaza para el deporte de la Madre Patria. El reino solicitó los permisos correspondientes mediante su Correo Real, con papelería membretada y estampillas verdes estampadas con el rostro del monarca. A través de esa correspondencia se comunicaban con las autoridades municipales, abogados y se solicitaban préstamos. Era común la documentación con el sello del reino, esa fuerza paralela con sus propias reglas. Para la plaza de toros —bautizada “Ministro Canatelli”— hizo falta el diseño del constructor, pero fue ahí donde aquella mirada cruzada en el inicio con Bebe Wallace entró fuertemente en juego.

Juan José Bebe Wallace, regordete y formal, tenía por entonces ventajosos contactos en Buenos Aires, más precisamente en la aduana. “Por entonces tenía relación directa con las concesionarias, en una época en que estaban vigentes los cupos de importación. Lo que también permitía a los integrantes del reino, entre los que se contaban por entonces los hacendados fuertes de Chascomús, poder comprar los últimos modelos de Plymouth, Ford o Chevrolet y ser nuestra ciudad una de las que ostentaba un número de vehículos más nuevos de mayor magnitud de acuerdo con su población”. Así lo recordó el diario local El Argentino, del 9 de enero de 2000, al cumplirse medio siglo de las primeras corridas.

El contacto aduanero de Bebe se transformó en fundamental. Antecedentes de los containers, por entonces los vehículos importados llegaban a Sudamérica encerrados en cajones de gruesas maderas que terminaban sus días en el descarte. Con los planos bocetados por Angelito, las maderas fueron llevadas hasta Chascomús y se transformaron en el perímetro y tribunas de la plaza, que se instaló a un costado del castillo, dentro del mismo predio, pintada de rojo y blanco, con una arena de 50 metros de diámetro y con capacidad para dos mil personas.

Para llegar con todos los bríos al 8 de enero de 1950, el rey Manuel ordenó procurar los toros y los toreros. Bartolomé del Valle, El Pajarero, fue el director de la costosa expedición que llegó hasta la provincia norteña de Corrientes —solventada, como siempre, por los aportes de la Corte en su totalidad— en busca de los animales, mientras desde Perú hicieron llegar a los más diestros toreros. Antonio Fuentes, Eladio Sacristán Fuentes, Apolo Martínez El Cordillerano, Vicente Martínez Niño de Haro, Ceferino Hernández Barrerita, y otros, se lanzaron a la plaza y repitieron la corrida al mes siguiente. Luego de la primera —que tuvo como condición única no lastimar al toro, en sintonía fina con el espíritu de fraternidad—, el banquete real para casi 700 personas cerró la fiesta.

Con su espacio de recreación terminado y un palacio propio, la Corte se reunía para tomar las decisiones importantes, madurar cambios en el gabinete, y sobre todo, celebrar. Cada reunión demandaba un acta rubricada por el escribano real, y cualquier ausencia derivaba en multa. Así lo demuestra un decreto que aún se conserva, en el que el Rey, amigable pero estricto, multó con penas de entre 100 y 500 pesos a ministros y embajadores que faltaron sin aviso a una celebración por nuevos nombramientos.

“Las multas impuestas —decía el artículo 4º— deberán ser obladas en la Tesorería Real, dentro de las 48 horas de recibida la notificación pertinente, bajo pena de pérdida total de los privilegios con los que han sido favorecidos”.

Tito aclaró que aún es posible encontrar en Chascomús a algún sobreviviente de otras etapas de la monarquía. Ahí está esperando, a la mesa de un bar, Domingo Lejona, Mingo, parte de la Guardia Real en el segundo periodo del reinado. Fue hacia 1950. Los ministerios sufrían algunos cambios, aunque siempre los personajes fundamentales se mantuvieron firmes en sus posiciones. Mingo, que años después adquirió fama deportiva con el plantel de Gimnasia y Esgrima La Plata en los torneos de futbol de comienzos de los años sesenta, parece dividir su nostalgia entre esas dos etapas: habla con la misma emoción de su carrera futbolística, de lesiones y gambetas, como de su papel en el Reino de la Amistad.

Era sólo un chico de 13 o 14 años cuando se integró a la caballería dentro de la Guardia Real para los actos protocolares, hacia la época de la inauguración de la plaza de toros. “Fue una humorada inolvidable —dice— que hacía llenar las calles y los teatros cuando juraban los ministros o en la corridas. Se nombraban ciudadanos ilustres, como Aníbal Cosito Fourquet (uno de los vecinos linderos a El National y Jefe de la Guardia Real), siempre con el hacedor, el Hombre del Reino detrás”. El Hombre del Reino era, claro, Angelito.

Tito Ursino cumplió con su servicio militar obligatorio en Chascomús.

Cuando faltaban pocos días para terminarlo, una carta de las autoridades le puso como destino para las últimas dos semanas de su instrucción la ciudad de La Plata, la “ciudad grande” más cercana, a mitad de camino con la capital nacional. Su novia, cosechada en las tertulias reales del castillo quedó esperándolo en el pueblo. Era enero de 1953.

En la mañana del 17 de ese mes, Angelito Canatelli entró, apurado, al bar El Diluvio, a unas pocas calles de El National. Trabajaba con sus obreros muy cerca de allí, en las molduras de una obra en construcción. No se sentía del todo bien. Una ginebra podía devolverle las fuerzas, habrá pensado. La pidió, se sabe, pero nunca llegó a probarla.

Tito recibió otra carta, ahora estando ya en La Plata, ahora firmada por su novia. “Murió Canatelli”, fue la noticia, la que ese día corrió por todo el pueblo. “En ese momento pensé que se acababa el reino —recuerda—. Con él se fue el alma”, dice Lahourcade y sin saberlo coincide con Tito. El obituario publicado en la gráfica local al día siguiente lo describía: “Nada hubo que no le interesara […] la acción que lleva a los espíritus a ser un poco niños cuando se ha traspuesto con creces esa edad, lo contaron siempre en leal y franca colaboración, como si su vida se hubiese hecho para eso: para no defraudar nunca al amigo”. La fórmula tácita Manuel I al gobierno, Angelito al poder se apagaba.

La vieja filmación se corta abruptamente. Una edición reciente le puso música, pero los últimos minutos ni siquiera los tienen. Un plano postrero, movido, y final. La cinta entrega apogeo y decadencia en un abrir y cerrar de ojos. Llegó 1953 y faltó quien empujara. Alguien a quien seguir, diría Ursino. “Como buen acto nacido de la bohemia duró poco, y eso sucede mucho más cuando desaparecen los protagonistas. Las creaciones de ese tipo no son para durar. Cuando se institucionalizan, se acaban”, cierra Alicia Lahourcade.

El reino se extendió formalmente entre 1947 y 1952 —aunque sus integrantes contaban como nacimiento el Día de la Amistad de 1946— y sus actividades se desdoblaron entre El National y el castillo. Las actividades vertebrales fueron los banquetes y tertulias, siempre bien (muy bien) regadas por vinos y aperitivos. Un gran pretexto, desmedido y costoso, para pasarla bien. La correspondencia real y los decretos versallescos, los desfiles, embajadores plenipotenciarios, cónsules en pueblos cercanos —como los nombrados para los pueblos de Magdalena, Lezama, Tandil y Ayacucho—, los tres ejemplares anuales de El Heraldo en 1947, 1948 y enero de 1950; y los discursos de florida retórica se pusieron a disposición de una pompa de jabón sin más objetivo que la broma.

En algún caso, el reino —acaso institucionalizándose— metió manos en un trabajo social. El 7 de abril de 1950 un vendaval se llevó parte de la Capilla de los Negros, una antigua construcción afroamericana del pueblo, y el reino organizó el operativo de reconstrucción, junto con los vecinos y autoridades políticas. “Aunque no llegó completamente a ser fuerte en los barrios más lejanos, el reino consiguió ampliar el espectro de la aristocracia pueblerina”, dice Lahourcade.

***

Son los últimos meses de 2008, y ya el calor se hace sentir en el empedrado. En la calle, la caravana sigue ruidosamente al son de la “Za Za”, la misma marcha que la banda creó e interpretó sesenta años atrás para Manuel I, y que tenía como única y repetitiva letra, su título. El paisaje cambió, y más aún lo hizo la sociedad. El calvo nuevo Rey sonríe y saluda, seguido de una corte y sus ministros, ahora a todo color. La nueva monarquía, los herederos del trono celebran su tercera fiesta.

El Rey, despojado de atuendos protocolares, es Julio César Medley, un hombre de 66 años, nacido y crecido en Chascomús. “Y aquí he de morir”, dice mientras camina por una callecita a metros de la laguna. Su historia coincidió en varios puntos con la del viejo reino. “Entre 1964 y 1967 tuve un bar llamado El Chiqui, a unos metros de donde había estado El National. Sólo duró tres años, pero quedó muy guardado en el recuerdo de muchos”. En 1967, bajó las persianas, cuando él tenía sólo 24 años y mientras moría, a muchos años del derrumbe del reino, aquel otro pilar, el Bebe Wallace.

En 2005, los antiguos parroquianos de El Chiqui homenajearon a Med-ley con una cena, y quisieron recordar el antecedente. Sin el alcohol como fetiche, ahora la Orden es “del Café y la Gaseosa”, y tiene menos de transgresor y novedoso que de fecha anual de festejo de la amistad, con elección de reina incluida el tercer domingo de cada octubre. Los nuevos cargos están prácticamente huecos y son enunciaciones, títulos, sin la dedicación de antaño, pero con el fin noble. “Queremos continuar con esto, que apunta a una sociedad en la que hay tantas agresiones. A la amistad, al humor; un aporte para que las futuras generaciones sigan participando. Y buscar gente joven para que lo puedan continuar”.

El castillo duerme en parte derrumbado, con sus ventanas y puertas saqueadas. Una de sus torres principales se mantiene erguida y se ve desde el portal, ese que permanece semicubierto por vegetación amarillenta. La fachada, tan pintoresca, conjuga su aire medieval con graffitis del siglo xxi, y el solar que ponía orgullosos a los cortesanos perdió el techo hace años. El sol y la lluvia son ahora implacables con los trozos de madera que penden del techo, y con los baldosones de gastados blanco y negro. Un cartel que ordena “no pasar, peligro de derrumbe” se encarga de poner la distancia definitiva con los curiosos. De la plaza de toros no queda rastro alguno, sólo un gran círculo con árboles que ralean. La zona es menos inaccesible que en aquellos días. Ahora el camino asfaltado pasa cerca y a unos 100 metros se pueden ver algunas casas y quintas con algo de movimiento. Parece un resto arqueológico en la pampa bonaerense.

Su derrotero fue simple: caído el reino por causas naturales, dejó de tener vida y sentido. Con el tiempo, algunas viudas de los ministros quedaron con la posesión, sin fines a la vista. En 1975, la mutual Casa del boxeador decidió comprarlo con el compromiso de mantenerlo y cuidarlo. El último punto fue, en verdad, relativo. Derruido, la gota que colmó el vaso llegó en 1999 cuando se desmoronó una de las torres principales y gran parte del techo. Ya lo habían saqueado más de una vez.

Desde allí, el ping pong de la burocracia: el municipio no podía hacer nada porque era territorio privado, la provincia, por lo mismo, los privados, porque no tenían fondos, y así.

El último salto se dio con la ley provincial 12.416, del 27 de abril de 2000, que marcó la expropiación a la mutual, el traspaso a la provincia, y abrió la senda para el paso al municipio, a la gente de Chascomús. La única condición para el trámite —la historia se repite— fue el reacondicionamiento y manutención del castillo. Se concretó en febrero de 2005.

El castillo no está igual que entonces, está bastante peor. La razón parece ser tan entendible como infinita: con las urgencias que tiene que afrontar un municipio, refaccionar el castillo pasa a un segundo plano. Y ahí entra la nueva monarquía, constituida como asociación civil. “Buscamos un permiso para una explotación con el compromiso de la restauración. Buscar darle vida a todo el predio, sin tocar el castillo, que conserve el espíritu que tuvo, como una especie de museo; de alguna forma tiene que estar al resguardo”, dice Julio I.

En diciembre de 2008, la legislatura de la provincia de Buenos Aires declaró de Interés Provincial “la iniciativa de vecinos y autoridades municipales orientadas al resurgimiento del Reino de la Amistad y las acciones tendientes a la restauración y puesta en valor del Castillo de la Amistad”.

Tito vive el nuevo reino con pasión de decano, con el orgullo de ser el único prócer con vida. Toda su vida fue empleado de correos y se ganó el cargo actual de Director del Correo Real, de la Orden de la Estampilla. Patricio Wallace (hijo) ostenta el título de Barón. En 2008 murieron Héctor Halty y Edgardo Tieri, dos participantes de la vieja guardia —que se completa con la figura de Bonifacio Guerra— homenajeados en las páginas del flamante número 3 de El Nuevo Heraldo, el renacido periódico para la nueva etapa, de octubre de ese año. Carlos Guerra, otro soldado del viejo reino —que incluso llegó a ser el eslabón perdido, cuando lo proclamaron como un efímero Carlos I— murió a fines de 2005.

Angelito no tuvo hijos, y Manolo, aquel caricaturesco rey querible, cuyo mandato se desdibujó con la muerte de Canatelli, se casó ya grande y su esposa lo conminó a abandonar toda broma protocolar y grandilocuente. Nunca nadie le había quitado formalmente su trono, pero su cargo se desvaneció junto con el reino. Al tiempo se fueron del pueblo, y todos aquí perdieron su rastro.

El Reino de la Amistad está a flor de labios de todos en Chascomús. La mayoría jamás pudo vivirlo, y los que sí, son claros. Como Mingo Lejona, y sus ojos que empiezan a brillar: “En esos años Chascomús fue una fiesta. Hubo gente que se tomó el reino en serio, y en realidad fue una gran broma: fue el Reino de la Broma. Los que no lo vieron ni lo ven así, no entendieron nada los que quisieron hacer aquellos próceres de la amistad”.

Esta historia es, en realidad, dos historias.

Una involucra a un ingeniero siciliano que pasó, a finales de la década del los treinta, por la provincia de Buenos Aires, Argentina, y dejó un tendal de construcciones gigantescas en un entorno de pueblos ínfimos. El listado incluye edificios municipales, plazas, portales de cementerios, delegaciones, corralones, mataderos, luminarias, sillas, bancos, Cristos, cruces. Once municipalidades, 16 delegaciones, 11 plazas y parques, 17 mataderos, siete portales de cementerios, cinco crucifijos, dos remodelaciones y ampliaciones, una escuela, dos mercados y un corralón. Setenta obras en menos de cuatro años, entre 1936 y 1940, en más de 30 localidades y a un promedio de una cada 15 días, todas proyectadas, diseñadas y dirigidas por el mismo constructor en sitios con nombres como Balcarce, Rauch, Laprida, Coronel Pringles, Guaminí, Alberti, Tonrquist, Alem, Adolfo Alsina, Pellegrini, Azul, Gonzales Chaves, Chascomús, Salliqueló.

La otra historia comienza en 1991, a bordo de un pequeño avión que vuela bajo, sin plan, con un hombre que intenta avistar una referencia allá abajo, en la tierra. El arquitecto Alberto Bellucci sabe que el objeto que busca tiene que verse desde lo alto, desde lejos. Y lo ve.

El extraño pórtico de cementerio en las afueras del pueblo de Saldungaray, que hizo que una historia no pudiera existir sin la otra, destapó un cofre olvidado que la arquitectura, el cine y la fotografía descubrieron con extrañeza, con cierto placer, casi con fetichismo, a partir de los años noventa. Claro que, tras esas construcciones, apareció un hombre que, a 50 años de su muerte, sigue siendo un misterio: el constructor de todas esas cosas, el siciliano Francisco Salamone.

Cualquier afirmación sobre él y sobre el porqué de su obra se tambalea en la cornisa de las hipótesis. Solamente quedan, inmóviles, magnéticas, sus más de 70 construcciones financiadas por la política de obras públicas del Estado en pueblos de la pampa argentina. Palacios municipales, portales imponentes y ángeles de la muerte, hoy admirados hasta la exacerbación, y sobre los que pesa, también, la acusación de fascismo.

***

Francisco Salamone nació en Catania, Sicilia, en 1897. Sus padres pusieron proa a la Buenos Aires de las oportunidades en 1903. Se sabe que el viejo Salvatore Salamone se trasladó con su oficio de constructor a cuestas, y a los golpes logró sostener a su familia deslomándose entre cal y cemento. Tenía cuatro hijos varones y una niña. Josefa, Ángel, José, Carlos y Francisco. Los varones siguieron los pasos de don Salvatore.

Después de graduarse en el colegio industrial Otto Krause, partió en 1917 rumbo a Córdoba, en el centro del territorio argentino, sede de una prestigiosa universidad. Ahí, dicen los papeles oficiales, en diciembre de 1920 recibió el diploma de ingeniero arquitecto, y en agosto de 1922 juró como ingeniero civil. Al cumplir 25 años, tenía ya dos títulos. El 605 fue su número en el Centro Argentino de Ingenieros. Lo aceptaron en la Sociedad Central de Arquitectos el 24 de noviembre de 1924, bajo la carpeta 957. En esa última entidad tuvo una serie de choques, proyectos ignorados, desaires, hasta que fue dado de baja por falta de pago en 1933. Nunca le preocupó demasiado. Sólo borró toda relación en sus tarjetas personales.

Se sabe, se lee, que se enamoró de las ideas de la Unión Cívica Radical, aunque no prosperó la posibilidad de una candidatura a senador provincial. Pero, estuvo cerca. Y con ese intento se fue toda perseverancia tras los cargos públicos. Se sabe que, contra los rechazos iniciales de la familia de la novia, se casó en 1928 con Adolfina Croft, Finita, hija del cónsul inglés en la ciudad de Bahía Blanca, activo puerto al sur de Buenos Aires. Se instalaron en territorio cordobés, y Salamone hizo sus primeras armas en la proyección y construcción, donde el trazado de una plaza en el pueblo de Villa María queda como único antecedente claro. Eran los años treinta, los primeros de una crisis global que ya sacudía a todo el planeta. Fue en 1935 cuando Francisco y Finita regresaron a Buenos Aires. Y es en realidad allí donde comienza la historia, su historia.

Salamone fue un tipo muy creativo, inteligente, con una capacidad de trabajo enorme, que estuvo en el lugar indicado en el mejor momento”, resume el arquitecto René Longoni. También uno de los principales responsables del redescubrimiento de estas obras después de décadas. Desde mediados de los noventa, coordina el área de investigación de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de La Plata. Informado, documentado y con un trabajo de campo en el que habrá gastado más de un par de zapatos, Longoni se enfoca en la idea de un arquitecto prolífico que vio su oportunidad y lima cualquier posible mitología hasta dejar al constructor con su tablero de dibujo a un costado de la cama, disponible para plasmar destellos de lucidez mientras dormía sólo tres horas por noche. Apoyándose en la falta de pruebas, aleja a Salamone de relaciones políticas directas, de compromiso fascista, de ideas simbólicas.

“Si querés escribir un artículo interesante no vengas a hablar conmigo —dice—. Hemos dedicado años a darle la dimensión humana al pequeño diablo…”.

En 1936, con elecciones que quedaron en la historia como olímpicamente fraudulentas, en la provincia de Buenos Aires se proclamó gobernador a Manuel Fresco, un personaje de tinte fascistoide y admirador de Mussolini. “No dejamos hacer, ni dejamos pasar: intervenimos”, repetía Fresco. Enmarcada en un país que encaraba su propio New Deal, con la idea de la obra pública y el Estado como motores de la vida del argentino, esa intervención se tradujo en el llamado Plan de Obras Públicas Municipales. Y se recostó en tres leyes de 1937, que permitían programar obras entre 1937 y 1940, y también en una ley de 1929.

Traspasando los márgenes de la Capital Federal, la provincia tiene un primer cordón conocido como Gran Buenos Aires, fabril, populoso y denso. Pero más allá, hacia la pampa húmeda, una red de rutas se entrecruzan y unen 134 municipios (por aquellos años, unos 110) donde el paisaje rural es el denominador común. Un territorio de más de 300 mil kilómetros cuadrados, con unos 15 millones de habitantes. Un pequeño país dentro de otro. Es ese el terreno de Salamone.

“La relación entre Fresco y Salamone no puede ser pasada por alto de ninguna manera. Salamone era un personaje seguramente derechista, casi fascista, con un carácter duro, firme, decidido a construir el Estado provincial”, dice Alberto Bellucci, aquel personaje que sobrevolaba la pampa en avión a comienzos de los años noventa. En aquel momento, por encargo de The Journal of Decorative and Propaganda Arts de Miami, salió a rastrear algún costado desconocido de la arquitectura argentina. Recordó comentarios de colegas y pequeñas tesinas inéditas sobre edificios raros. Con poco tiempo y muchos kilómetros por recorrer, partió hacia Saldungaray, el punto más lejano del que tenía referencias de obras de ese arquitecto que era, todavía, un completo desconocido: Salamone. Bellucci adhiere hoy con todas sus fuerzas a una evidente relación ideológico-arquitectónica. “El gobernador Fresco tuvo en Salamone algo como lo que Hitler tuvo en [Albert] Speer”.

Para Bellucci, Fresco y el constructor caminaron una misma senda de pensamiento, fascista, monumental, propagandístico. Y se apoya para sostener esta idea en las características de la obra, la coincidencia temporal y su desaparición pública posterior.

Siguiendo esa línea, la tríada central del trabajo salamónico fue municipios-cementerios-mataderos. O, lo que sería lo mismo, la llegada de un Estado gigante, autoritario y poderoso al llano inabarcable. Una faraónica materialización de un nuevo orden social. Un reguero de edi-ficios-símbolo marcaban el aterrizaje del verdadero poder. Un gigantismo excesivo en sitios minúsculos, marcaban la poderosa presencia del Estado. Así, basándose en el estilo art déco, brotaron altas torres espigadas, más altas que las de las iglesias, que elevaban relojes hacia el cielo en edificios municipales que se erigían como máquinas de trámites en pueblos diminutos y olvidados.

Los mataderos eran el vértice funcional de la tríada: superando la faena a cielo abierto, muy sucia y despareja, se creó un nuevo sistema de ventilación y tratamiento de la carne, más rápido y funcional. El caso de la ciudad de Pringles quizá sea el más completo con una idea estilística que une municipalidad, plaza central —con sus fuentes mitad Metrópolis, mitad Disneylandia— y un matadero con una torre terminada en delgadas láminas, como cuchillas que presagian su función. Símbolos y más símbolos.

Los portales de cementerios son la columna vertebral de la obra de Salamone. Un monumentalismo plantado en el llano, cuya mayor función era el impacto. El gobernador Fresco inició un proceso de expansión del poder público sobre el campo con “Dios, Patria, Hogar” como lema a seguir. En ese contexto, lo descomunal de estas obras parece encajar al milímetro. Pero, la falta de documentos hace agua en el caso puntual de Salamone. Todos sus trabajos públicos fueron encargados directamente por cada municipio, sin pasar ni depender de organismos provinciales. A través de aquella ley de 1929, cada uno podía endeudarse para levantar obras de interés local. Si hubo directivas, fueron orales. Al mismo tiempo deambulaban por la provincia constructores de todo tipo que hicieron lo suyo, de forma menos dramática —grandes arquitectos como Alejandro Bustillo, Francisco Marseillán, Esteban Pérez, González Fernández—, contratados por otras tantas comunas. Salamone no fue el único, pero fue diferente.

Algunos hablan de una gran amistad entre Salamone y Fresco, y de un encargo personal de grandilocuencia. Otros —como Longoni— sólo mencionan oportunismo, coincidencias, ojo de águila para los negocios. Pero de nada hay pruebas: sólo la interpretación de sus obras. Él nunca dijo nada. Después de ese periodo febril, no hizo casi nada más. No tuvo amigos arquitectos. No hay papeles. Dibujaba, fumaba, iba y venía en vuelos contratados con la empresa aérea Panagra. Construía.

A Salamone, el hombre, “le pedías la luna, y la tenías”. El rostro se le llena de sonrisa a Ana María Salamone Croft, frente a su taza de café negro en un bar porteño. Annie es la tercera hija de Francisco. Eran Ricardo, Roberto, Ana María y Stella Maris; los varones ya no están. Se emociona cuando le menciono esta reconsideración de la obra de su padre, aunque repite una y otra vez que no pudo compartir muchos momentos con él. Se emociona, pero no recuerda. Cuenta que todos los documentos de su padre se perdieron, poco después de su muerte, en 1959, cuando los archivaron en un depósito de la familia en los límites de la ciudad. Con ellos se esfumaron lámparas y mesas de lujo. “No sé, en ese momento yo estaba como en otro mundo, esperando un bebé”, dice.

Sonríe, pero sólo tiene la imagen del viejo Francisco en la planta baja de la calle Uruguay donde la familia vivió los días más felices, él fumando sus cigarrillos Commander uno tras otro hasta conseguir una salud deteriorada, y disfrutando de comidas suculentas. Recuerda vagamente la llegada de los amigos todas las tardes para las partidas de póquer y el vermouth conversado, en los años cincuenta. Ante muchas preguntas menciona a Roberto, su hermano mayor, fallecido el año pasado, el más compañero de Francisco. Le pregunto si conoce las obras que su padre hizo siete décadas atrás. Si las ha recorrido, si se ha parado frente a ellas. Si ha estado en Azul, en Laprida, en Saldungaray, en Pringles. Piensa, calla unos instantes.

Y responde que no.

Los nombres de las ciudades de Azul y Laprida se repiten una y otra vez en textos, charlas, entrevistas y todo cuanto roce al ingeniero. Azul está casi en el corazón de la provincia. Es una ciudad antigua, que hoy tiene poco más de 60 mil habitantes, y allí se levanta la que es hoy considerada su obra cumbre: el portal del cementerio, construido en 1937.

Una masa de hormigón de 21 metros de alto por 43 de frente que abraza toda una esquina. La sigla rip (requiescat in pace) en gigantescas letras de granito negro, y dos esculturas que parecen pequeñas llamaradas enmarcan a una figura inexplicable. Las voces populares se han encargado de llamarlo El Ángel Exterminador o Ángel de la Muerte, parado en el centro de la escena, con sus alas desplegadas y las manos cruzadas sobre la empuñadura de una espada. El rostro tiene el ceño fruncido y, según el sol va bajando, las líneas cubistas, facetadas, parecen moverse. Una vez inaugurado el pórtico, muchos azuleños eligieron enterrar a sus familiares en pueblos cercanos, sólo para no tener que cruzarse con el ángel y dejar a sus seres queridos allí.

Algunas horas de ruta más adelante, la entrada a Laprida conjuga todo lo típico de los pueblos de la provincia. Kilómetros y kilómetros de asfalto, llanura y vacas que terminan en una bienvenida austera, sencilla. Pero en el fondo, controlando el horizonte, hay una torre de líneas rectas y un reloj, que marcan la vida lapridense. Siete décadas después de su construcción, esa torre municipal sigue altiva, mirando con el pecho inflado y desde arriba a la cúpula de la iglesia cercana.

Ante la sola mención de Salamone, el secretario de Gobierno de la ciudad, Pablo José Torres, sale al encuentro gentil, interesado. El “redescubrimiento” de la obra del ingeniero los tomó por sorpresa, y como en todas las ciudades y pueblos que tienen obras del siciliano están sacudiéndose de la siesta para ver qué hacer con edificios y construcciones que de tan evidentes el tiempo volvió invisibles. De tanto en tanto llegan turistas europeos a verlos, y ellos les improvisan un tour.

“Hay una historia que no sé si será verdad… —dice—. Cuentan que el Cristo del cementerio iba en un tren hacia el sur. Dicen que a Bahía Blanca. Y que el caudillo de entonces hizo parar el tren y a punta de pistola dijo: ‘El cementerio se queda acá’ ”.

Ese portal del cementerio de Laprida es, junto con el de Azul y el minúsculo pueblo de Saldungaray, una de las obras más expresivas y extrañas. Al final de un largo camino flanqueado por árboles, la cruz de más de 30 metros de altura, una estructura hueca de hormigón que soporta una figura de 11 metros, domina todo el paisaje. Transformando el típico portal neutro —que aún sobrevive incluso en los cementerios más importantes de la capital argentina— Salamone dibujó un Jesucristo cubista, facetado, como todo lo que salía de sus manos y de su cabeza en esos días, y le llevó las ideas al escultor Santiago Chiérico. En su taller del barrio porteño de Liniers, Chiérico moldeó figuras, hizo pruebas, arregló, multiplicó modelos en escala y terminó, lista para ensamblar, una figura pensada para colocar en una cruz que lo dobla en dimensiones, en un sitio recóndito, de poca importancia comercial y un número de habitantes que no desvelaría a nadie. “Era un gran transgresor. Un impugnador de tradiciones. Lo raro es que muy pocas veces le dijeron ‘no señor, esto no’. Hizo cuanta locura se le ocurrió”, reflexiona Longoni.

La locura de Saldungaray completa sus tres portales de cementerios más monumentales, y lo hace en el mismo sentido que en Laprida. Aquí no hay una figura inefable como en Azul, aquí hay un Cristo. O por lo menos, su cabeza inerte. Y la rodea un disco clavado en la tierra, como si hubiese caído del cielo, de 18 metros de diámetro. Detrás de la cabeza pendiente y su cruz, cristales azulados acompañan una serie de rayos.

Como si las lecturas sobre la significación simbólica e ideológica de las obras no despertaran suficiente imaginación, algunos pueblos esgrimen pruebas y hasta ven milagros en las figuras religiosas creadas por Salamone. En Tornquist, bien al sur de la provincia, descansan municipio y plaza con su firma. De la inauguración del palacio hay sólo un registro fílmico, realizado por un vecino, que aún es conservado en un museo. Desfile, palacio reluciente y desproporcionado, banderas, gente. Las banderas que flamean son lisas y en el centro tienen la cruz svástica. La zona de Tornquist es conocida por ser uno de los cobijos de colonias alemanas, inmigrantes que encontraron allí su hogar. Y lo cierto es que, hacia 1938, la bandera oficial alemana era la del Tercer Reich con su svástica en el centro.

En Carhué, otro de los pueblos con la marca Salamone, el mito ha crecido de boca en boca con los años. Allí, el ingeniero fue contratado para levantar el palacio municipal, el matadero y algunas delegaciones, obras que se inauguraron el 3 de diciembre de 1938. Y ahí también levantó uno de los Cristos-modelo de Chiérico, diseñados por Salamone, que, cuentan, el ingeniero regalaba a modo de ofrenda a las primeras damas de cada poblado en que terminaba su labor. El sitio elegido para el emplazamiento de éste fue la bifurcación de dos caminos, uno que llevaba al cementerio y otro que enfilaba hacia la Villa Lago Epecuén, la pujante zona balnearia de los alrededores. Allí se instalaron el Cristo y su cruz una tarde calurosa de fines de 1938. Pero esa misma noche una fuerte tormenta hizo ceder el cemento apenas fraguado y el Cristo terminó en el suelo, con un brazo roto. Por orden del intendente Marcalain, lo cargaron en un carro y emprendieron el camino hasta un depósito municipal para dejarlo ahí hasta poder repararlo. Cuando llegaron, los empleados caminaron hacia la parte trasera a bajar la sufrida figura de hormigón. Y la encontraron, cuentan, recostada exactamente al revés: donde posaron su cabeza, ahora estaban los pies. Desde ese momento el fenómeno corrió como pólvora en el pequeño pueblo, y su recuerdo aún divide las aguas.

El segundo hecho mítico de Salamone en Carhué también tiene que ver con aguas. El Cristo caído en desgracia quedó en el depositó, y Salamone hizo enviar otro igual para colocarlo en el lugar que había sido elegido. Ese Cristo suplente señaló la división de los dos caminos, al final de una senda de eucaliptos, durante décadas. Pero en 1985 una inundación se llevó a toda la Villa Lago Epecuén: un sistema de terraplenes cedió a la presión del agua y cubrió casas, hoteles, el matadero. Algunos años después de la entrada del agua el nivel era de unos seis metros, y alcanzó su máximo en 1992, cuando llegó a los 10. Pero, y aquí el mito, el agua subió hasta llegar al Cristo del camino. Mojó sus pies, cubrió su cintura, y a la altura del pecho, se detuvo. Y permaneció ahí por años: de la gran masa líquida asomaba un rostro doliente y marcaba el milagro de haber detenido el avance del agua, que nunca llegó hasta Carhué, la ciudad cercana.

Las devociones no se hicieron esperar, y la gente se las ingenió para acercase en botes, dejar ofrendas, y en la mayoría de los casos, llevárselas. Después de mucho el municipio construyó una explanada de madera, para que la gente pudiera acercarse caminando. Hoy el agua volvió a bajar y la figura está de nuevo al descubierto, con sus manos arrancadas y el cuerpo carcomido por la enorme salinidad del lago.

Su ignorado Cristo antecesor, luego del temeroso encierro en un galpón, fue instalado a unos 70 kilómetros de allí, en un campo, solitario. Ese Cristo del Médano, con su origen tan accidentado como misterioso, recibe, hoy, fieles y devotos.

Claro que Francisco Salamone nunca llegó a saberlo.

Las décadas del cuarenta y del cincuenta fueron las del eclipse. Desde 1938, mediante una alianza radical-conservadora, Roberto Ortiz había reemplazado a Agustín P. Justo en la presidencia, en un giro político que cambió el escenario: con la idea de sanear la política, en marzo de 1940 el gobernador Fresco fue corrido de su cargo. El plan de obras ya venía con el freno apretado desde mediados de 1938 por falta de materiales y problemas económicos por el inicio de la guerra en Europa, lo que comprime aún más el promedio de tiempo en que Salamone levantó sus construcciones. Cuando intentaba dar las últimas puntadas a su mapa de obras, los proyectos de ciudades como Tres Arroyos o Lobería se descartaron de plano. Sólo quedó, perdido en el final e inaugurado ya en 1940, el palacio municipal de Chascomús, un diseño atípico en él, de rasgos neocoloniales que lo hacen irreconocible.

El final abrupto del gobierno de Fresco lo arrastró. Del pensamiento de Salamone no hay rastros, pero su enorme producción en el marco del gobierno de un hombre de saludo con brazo en alto y retratos de Hitler y Mussolini vistiendo su despacho, que era mimado por los medios partidarios de Il Duce, seguidor de las políticas italianas de la época (como un código de trabajo inspirado en la Carta del lavoro de Mussolini), de la propaganda masiva, e integrante de organizaciones de derecha, lo condenó.

Recluido en su casa, tres años después un juicio puso a Salamone entre la espada y la pared. En realidad se trataba de una acusación casi ingenua, mientras se producía un nuevo golpe de Estado: problemas en una pavimentación en Tucumán, provincia del norte, en la que había firmado como director técnico. Lo mejor era el exilio, le dijo su abogado Antonio Tróccoli. Y así, las calles de Montevideo lo vieron llegar para evitar la prisión preventiva, hasta que se limpiase su buen nombre y honor. Los días montevideanos se repartieron entre la angustia de sentir la cabeza en la picota del régimen caído, y momentos de hiperactividad dibujando planos utópicos, pensando en pasar más tiempo con Finita y los chicos, con los amigos, volver a sus “arquicaricaturas”, unos retratos facetados con los que solía divertirse.

Salamone pisó Buenos Aires en 1945, y ese año Finita le dio su cuarta y última hija, Stella Maris, que nació el 16 de septiembre. Se instalaron en la casa que el siciliano amó hasta su muerte, en la calle Uruguay 1231. Cuatro pisos con una habitación para que Finita se dedicara a la escultura, y hasta un gallinero en la parte trasera. Ahí montó la oficina de Safrra (ya no se presentaría como Francisco Salamone Ingeniero Arquitecto), una sigla que unía algunas iniciales familiares, y se autofinanció para poder levantar algunos pocos edificios en la capital, completamente alejados de su estilo de años atrás. Siguió haciendo algunos trabajos de pavimentación, y poco más. Pero su ostracismo arquitectónico fue acompañado por una sociabilidad enorme: trasnochaba, cuidaba cada vez menos su salud. Ya había sufrido dos infartos, a los 30 y a los 40 años, y sólo había aceptado desprenderse de sus Commander.

La planta baja de la casa era el lugar de reunión de todas las noches. Los amigos, el póquer y las copas aparecían religiosamente cada tarde. Desde el segundo piso, donde estaban los dormitorios, la pequeña Stella Maris espiaba, asomada a un círculo enorme que le permitía ver el living en pleno. Durante esos días el único proyecto grandilocuente eran unos bocetos para una utópica Torre de las Provincias, de 64 pisos, con un faro en lo alto, y ubicada en pleno centro de Buenos Aires.

Finita era todo lo contrario a Francisco. Solitaria, casi fóbica. Como tenían una situación económica sumamente tranquila, veraneaban siempre en la costa, a veces cerca del balneario de Miramar. Y un día, Finita se quiso quedar. La familia se mudó a un edificio en Mar del Plata, mientras Salamone seguía instalado en sus oficinas de Buenos Aires, trasnochando y sin cuidarse. Eso fue hacia 1951, o 1952.

Stella Maris, ahora con 64 años, se emociona en su casa de Mar del Plata. Decidió quedarse para siempre en esa ciudad. La única excepción fue en su adolescencia, cuando se instaló por un tiempo en la capital con su papá. Y entonces fue cuando él murió en sus brazos.

“Tengo un reloj que no lo prendo nunca. Porque tiene el mismo movimiento, el mismo sonido que sus pisadas cuando se acercaba al corralito en el que yo estaba de niña. Cuando lo oía, me volvía loca. Estoy enamorada de mi papá”, dice y remarca el tiempo presente de su estoy.

A sus 14 años, dejó la casa materna en Mar del Plata. Ya Salamone había tenido que vender la casona de Buenos Aires y con ella, cuentan, se había marchado parte de su alma. Los motivos eran económicos, aunque nunca llegaron a ser apremios graves: compró un dúplex y Stella se instaló en el piso superior, feliz con su jaula para animales que él le mandó construir.

Mientras, el art déco quedaba definitivamente fuera de los cánones de belleza de la academia y empujaba aún más a Salamone al fondo del interminable cono de sombra. Annie tiene grabadas las visitas diarias del enfermero, cada inyección para la diabetes, a lo largo de 1959. En el atardecer del 7 de agosto de ese año, Finita estaba en Buenos Aires y tomaba algo con su marido. Hablaban, todo parecía estar bien. Stella se recuerda junto a ellos, moviéndose de un lado a otro. Horas después, en plena madrugada, despertaba sobresaltada por los gritos de su mamá. Aquella noche corrió a la habitación de sus padres, donde Francisco respiraba con un esfuerzo fatal. Lo abrazó, lo apoyó en su falda, y en pocos minutos, lo vio morir. “Ahí se me cayó el cielo”, recuerda. El tenía 62 años, ella 14.

Stella Maris habla de su padre con amor. Tiene, dice, más recuerdos con él que con Finita. Su madre se desligaba de los quehaceres domésticos, y de ellos. La niñera alemana ordenaba los días de Stella, y sus hermanos mayores Ricardo y Roberto se mantenían a raya por la figura paterna.

Le pregunto si recorrió las obras que le dieron fama a su padre. Otro silencio. “Alguna —responde—. Estuve en el pueblo de Rauch, donde hizo la municipalidad”.

—¿No conoce ninguno de los portales de cementerios que hizo su padre?

—No.

***

La historia que comenzó a escribir el arquitecto Bellucci en aquel avión tuvo capítulos de todo tipo en los últimos años. El texto que publicó en aquella revista estadounidense disparó la atención del crítico y coleccionista de arte Edward Shaw y de su hijo Tom, que salieron, cámara en mano, a captar imágenes de las construcciones. Eso terminó en las exposiciones fotográficas “Salamone, la consagración”, de 1997 y 2007, ambas en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires. La primera muestra, a su vez, despertó el interés de Esteban Pastorino Díaz, fotógrafo argentino que atravesó rutas entre 1998 y 2001, y capturó los monumentos siempre de noche, con una técnica que acentuaba la llanura tétrica del entorno, en contraste con la majestuosidad de lo construido. Las expuso en 2002 en Buenos Aires, y se convirtió en un verdadero imán, disparando una nueva oleada de admiradores del ingeniero.

René Longoni y su colega Juan Carlos Molteni publicaron el libro técnico Francisco Salamone, sus obras municipales y la identidad bonaerense, en 2004. Algo similar ocurrió en la Universidad de Mar del Plata, con un trabajo de dos volúmenes. En estos días, el arquitecto Pablo Gerson ultima detalles de un documental audiovisual, atraído por las descripciones que el mismo Bellucci le hizo hace algunos años, durante las clases en la facultad.

Uno de los últimos mojones del “rescate” data de 2008, cuando el director argentino Mariano Llinás —director, también, de la prestigiosísima cinta Balnearios— incluyó en su película Historias extraordinarias un pequeño documental acerca de Salamone. Una biografía oscura, inflamada, que lo presenta como “El hijo del diablo”, y da un último baño de misterio a las gigantescas construcciones pampeanas.

Sin embargo, mientras en la web crecen grupos de fanáticos que quedan atrapados por esta monumentalidad extraña (la mayoría jóvenes que se reúnen para recorrer las obras y compartir material) en muchos municipios no logran despertarse del todo al legado del Loco de las Torres, como lo llamó un periódico de la época. Incluso hay quienes aún hoy no ven con buenos ojos las construcciones, y no son pocos. El caso extremo ocurrió en el pueblo de Balcarce, donde una confitería circular ocupó el corazón de la plaza del pueblo, terminada por Salamone en 1937. El diseño que permitía el paso en vehículo por dentro del trazado nunca fue del gusto de los lugareños. Apenas unos años después de inaugurada, los propios vecinos tiraron abajo lo que habían llamado “la torta de bodas”. Casualmente, ese mismo mote tiene todavía la tardía municipalidad de Chascomús, la última del siciliano, que detrás de la fachada neocolonial ve asomar un gran cilindro. La aceptan. Pero no mucho.

En 2002, la sanción de una ley provincial declaró Patrimonio Cultural toda obra de Salamone, para evitar más modificaciones edilicias. En abril de este año, los municipios de Tornquist, Guaminí, Coronel Pringles y Laprida elevaron al gobierno sus informes para volver a cero la estructura de las obras de cada distrito. En todos ellos, durante todos estos años se movieron luminarias, se agregaron elementos, se modificaron trazados.

En estos momentos, por el aniversario de su muerte, en ciudades como Azul y Pringles se hacen, como nunca en décadas, jornadas de conmemoración.

Finita no llegó a ver nada de todo eso: ni reconocimiento, ni admiración, ni muestras, ni nada. Murió a mediados de los años setenta. Su hijo Ricardo falleció hace unos 20, y en 2008 murió Roberto. Sus hijas Annie y Stella recuerdan la normalidad de una familia pudiente, una madre sumisa y un padre carismático y bondadoso que nada parecía tener de extraño. Y, aunque le profesan admiración, nunca, jamás, se acercaron a ver su obra.