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Diario de un bordador

Publicado: 9 enero 2017 en Sebastián Hacher
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Octubre de 2016.

A un año de empezar el experimento.

Primero fue el ñandutí de Paraguay, después el kené de la selva peruana. En el medio, antes y después, el bordado. Punto cadena, punto cruz, pespunte y punto atrás. Prisionero, escapulario, festón griego, cordón y cordón partido. Bordo todos los días y cada vez que puedo, tanto que a veces me cuesta salir de casa. Siento que el rincón donde están los hilos me llama. Ahí está el silencio, el meterse adentro de la tela. El centro del bastidor es un agujero negro: te atrae, te abduce, te hace creer que adentro hay un universo nuevo. Y lo mejor es que no te decepciona. Ese universo existe. No se puede describir, pero existe.

Cada día sin bordar es un día perdido. Bordo mientras leo diarios, o chequeo las redes sociales. Bordo mientras espero en el médico, o cuando tengo un rato libre y paso cerca de una plaza en la que me puedo sentar. Bordo en mi jardín, que es enorme y silvestre. Y bordo los viernes en un taller donde todas lo hacen mucho mejor que yo. Queda a 60 kilómetros de mi casa, pero no importa. Necesito compartir con alguien esto que hierve adentro.

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A veces también bordo de noche, cuando todo lo demás terminó. Y ahora que empieza el calor lo hago con la ventana abierta. Hoy descubrí que el reflejo del vidrio y el velador de la mesa generan un halo interesante, nuevo. Por primera vez decidí fotografiarme bordando. Medí la luz, calculé el encuadre, pedí ayuda para apretar el obturador. No quiero una selfie, quiero un autoretrato: hay un mundo de diferencia entre las dos cosas.

Enseguida bajo la foto a la computadora. Hay que retocarle los negros, levantar un poco el contraste de algunos elementos de la mesa: adornos, el costurero, un ovillo de hilo, mis manos que sostienen el bastidor. El resto está apenas iluminado. Se ve el rostro, la barba crecida, los pómulos hinchados -recién empiezo la dieta- y la estrella gris de mi remera.

Me gusta esa remera. Es una Converse trucha. El tipo que las hacía fue un visionario: las sacó a la calle antes de que la marca se decidiera a hacer ropa. Era una imitación sin modelo, un fake que no falsificaba nada. La compré en La Salada una noche en la que tuve problemas con unos matones. Estuve tres años investigando la vida en la feria y aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad: alguien había amenazado con matarme. Esa madrugada, no se por qué, compré esa remera. Enseguida se le hizo un agujero y destiñó, pero igual la seguí usando para estar en casa. Hoy me la puse para palear la tierra de la huerta de verano, transplantar tomates y reforzar el gallinero. Ahora la uso para trabajar con hilos.

Me gusta que la remera esté en mi primer retrato como bordador. Le agrega un pedazo de la historia.

Le envío la foto a varios amigos. Pregunto: Vot sí o vot no como foto de perfil.

Una amiga que me bienquiere:

—Demasiado. Linda foto pero te vas al tacho. Nadie va a saber la historia de la remera. No Sebastián, no lo hagas.

Otra:

—Es misteriosa, pero te van a hacer bullyng. Vot No.

Un amigo:

—Publicala y te van a seguir los chongos.

Otro amigo, por chat:

—Es algo que todos sabemos, pero verlo así es muy fuerte. No la publiques.

Quienes se inclinan por el sí, tienen otros argumentos: la foto es todo un manifiesto, casi una imagen de campaña. Hacelo, me dicen. Es un buen aporte a la causa contra el patriarcado.

La conclusión es triste. Nadie ve mi dedicación al bordado como un acto natural. Tengo que recapitular todo lo que hice, empezar con la historia desde cero. Necesito entender en qué me estoy convirtiendo.

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Marzo de 2016

Mi primer encuentro con el bordado tradicional es pura torpeza: lo que hago sobre la tela son los palotes de un principiante. Intento escribir con punto cadena “una voz en el jardín” -el verso de Diana Bellesi que tantas veces escuché en estos meses- y la letra sale chueca, torcida. Mis manos se acuerdan de la caligrafía que aprendí en el primario, pero no puedo dibujar cursivas fáciles de bordar. Podría ser el que borda los nombres en la bolsita de un niño que va al Jardín, o las sábanas de un enfermo en el hospital. No estoy para más que eso, por ahora.

Hay algo en la delicadeza del bordado -por lo menos esa delicadeza que experimento ahora, al tratar de escribir usando el punto cadena- que me despierta una sensación nueva. Con el ñandutí era distinto: había que tensar, empujar, hacer nudos. Algo de fuerza sutil -fuerza suave, le escuché decir una vez a una amiga- que ahora se me vuelve un lastre.

Visto desde acá, el ñandutí era tensión, nudos, raíz: tierra en todos sus sentidos. El bordado se me hace aire. Quizás sea el cambio de aguja. En el ñandutí empecé con una enorme y luego me mudé a otras más pequeñas pero robustas. Acá trabajo con una aguja número siete, de cabeza dorada, que apenas logro sostener entre los dedos. Trabajo con hilo fino -una hebra de mouliner naranja- y los puntos son pequeños, apretados.

Como soy zurdo y me siento inseguro, uso las dos manos. La izquierda pincha, la derecha recoje. Beneficios de haber sido educado para escribir de costado y adaptarse a un mundo para derechos. La historia de mi vida.

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El sábado 14 de mayo voy al taller de Guillermina Baiguera. Me la recomendaron varias personas. Guillermina es una de las primeras y más serias maestras de bordado de la nueva generación en Buenos Aires. Borda hace quince años, y muchas de las que dan clases pasaron antes por sus talleres. Tiene una galería que se llama Formosa: un local en Colegiales, en una calle con tilos y cerca de una plaza. La mayoría cree que el nombres es por la provincia o porque alguna vez estuvo en una calle llamada así, pero la verdad es que es un homenaje al origen de la palabra, que significa hermoso, bien formado.

Si en el ñandutí pude dar un paso al frente, aprender dechados, irme con la sensación de haber dominado al hilo sobre el bastidor, acá soy el último de la fila: las posibilidades, la historia y la diversidad de técnicas parecen infinitas. Guillermina escribió un manual con varios puntos. Es un libro cosido a mano, impreso en un papel suave y rústico. “Como experiencia sensible no sé donde puede llevarme el bordado”, escribió en las primeras páginas. Quizás eso tenga algo que ver esa versatilidad del hilo, tan parecida al dibujo.

Mi primera clase es una de introducción al bordado. Todo es tan nuevo para mí que cada vez que hablo siento que rompí algo. Enseguida descubro que esa disonancia es apenas un detalle. La mayoría de las veces trabajamos en silencio, y las cuatro horas del taller se convierten en una especie de tiempo suspendido, que parece no transcurrir.

Todas ellas tienen una historia con el bordado. Las dos mayores aprendieron de chicas, en la escuela. Recuerdan los manuales clásicos y las enseñanzas morales que venían con ellos. La más joven aprendió de su abuela española. El único que no tiene una raíz sólida en todo esto soy yo. Cuento la historia de mi abuela modista, de cómo ella me introdujo en el mundo del trabajo manual con hilos. Pero en el fondo siento que lo mío es otra cosa: apenas soy un periodista intentando una investigación.

Aprendo los puntos básicos: cadena, pespunte, punto atrás. Son un trazo universal, que parece haberse diseminado por el mundo como un virus: mi manta peruana bordada en la selva, el libro de palestina de una de mis compañera de taller, las historias de William Morris que nos cuenta Guillermina. En todas encuentro los mismos puntos diciendo cosas por completo distintas.

Yo estoy en este estadio: la cadena me sale bien. Mi festón griego es un desastre. Mi único avance: dejo de bordar con las dos manos.

Cuando termina la clase, Guillermina me llama.

—Qué bueno tener un alumno hombre -dice.
—¿Vienen pocos?
—Casi ninguno. El bordado tiene una energía muy femenina, íntima. Los pocos hombres que han venido se fueron autoexpulsados.

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Una directora de cine feminista dice: el bordado antes se usaba para formar señoritas. Era una forma de mantener las hormonas controladas.

No me atrevo a preguntar que opinan sobre eso en el taller.

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20 de Mayo

Publico mi primer texto sobre bordado. Mi idea es hacer una serie de notas sobre distintas técnicas, y lo que me pasa con ellas. Correrse del pequeño canon que supo construir es una jugada arriesgada para alguien que se pasó los últimos quince años escribiendo sobre violencia y movimientos sociales.

En algún momento, lo sé, voy a recibir un golpe. Y sucede.

Por primera vez en mi vida me hacen bullying. Son comentarios lastimeros, la versión adulta de los codazos que se dan dos pibitos en una fila de escuela cuando ven a uno distinto. Lo hacen por WhatsApp, en un grupo privado del que no formo parte.

Esperaba eso, y no sabía cómo me lo iba a tomar. ¿Me iba a derrumbar frente al gaste? ¿Les recitaría como respuesta mi currículum de nacido y criado en el conurbano? ¿Cagaría a trompadas al que tuviese a mano?

No sucedió nada de eso. Tuve una mezcla de piedad y ganas de entender el fenómeno. Conozco a los personajes: masculinidades con ánimo pero sin fuerza de conquista, reafirmando su identidad chonga al señalar al que suponen enemigo o competidor, tratando de ponerlo en un lugar de supuesta debilidad. Viven de sus inseguridades: reafirman su pertenencia a la tribu señalando al otro. No pueden vencer ni expulsar al que está afuera, pero lo señalan para sentirse adentro de algo.

Un hombre que borda. Uno que se hace el sensible, dicen.

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Hablo con una editora de las que se dedican a seleccionar y componer libros. Le explico mi proyecto. Pienso entrevistar, investigar y sobre todo experimentar con el bordado y el tejido. No sabría en qué categoría poner un texto así, dice ella. Necesitaría clasificarlo.

Me gusta esa incomodidad: la editora es brillante y puede convivir con eso, abrir un espacio en los pliegues de su lista de géneros para poner ese texto.

El bordado mismo queda en un lugar incómodo, a mitad de camino entre el arte y la artesanía, la experimentación y la tradición. Hay algo desfasado, algo de “la labor”, del oficio que intenta convertirse en otra cosa sin perder la esencia.

Sería mucho más fácil para mí escribir sobre violencia. Elegir una de las tantas historias que tengo en la carpeta de pendientes y seguir haciendo lo que sé que más o menos me sale bien y funciona: meterme hasta el hueso en historias de otros, encontrar el brillo en lo oculto, descubrir la belleza del margen. Pero lo que busco es algo distinto: correrme para hacer algo nuevo, para descubrir desde ahí otras posibilidades. Habitar el borde-borde/bordado: una epifanía etimológica- para no aburrirse. Repetirse es morir.

Dos días después del encuentro con la editora recibo un mail:

Te queremos como autor, pero no nos cierra el libro.

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22 de junio

Mi plan maestro es bordar los arcanos del Tarot. Y en cada uno de ellos aprender una técnica distinta. Empiezo por el mago de Marsella: me detengo horas en cada detalle. Termino por saber de memoria cada uno de los elementos que componen la carta. La brujería es hacer que lo que esté afuera también está dentro, y viceversa.

Al principio intento hacerlo solo, pero mis técnicas son tan pocas que tengo que pedir ayuda. Deambulo por varios talleres y de todos los que hay en Buenos Aires, elijo volver al de Guillermina. Tiene dos ventajas: es un taller de producción, del que puedo entrar y salir cuando quiero. Y tiene un grupo de asistentes con proyectos sólidos. Denise trabaja desde hace tiempo en un mundo de corales enormes y delicados, tanto que parece eterno. Mirta borda tormentas y paisajes. Carolina a su familia con unos hilos finos y un nivel de detalle que emociona. Laura trabaja en un vestido de guata con frutas de colores.

A veces llego tarde por el tráfico, complicaciones de trabajo o alguna reunión de la que no pude escapar. Y aunque sea tarde, ir es sagrado: cada viernes estoy ahí con mi bolsa de hilos desordenados y con toda la semana a cuestas. A veces creo que no voy a poder, que el mundo exterior va a entrar hasta la mesa misma en la que trabajamos y va a invadirlo todo: la neurosis de la semana reflejada en la última actividad antes de caer rendido. Pero empiezo a bordar y todo pasa. Hay un ritmo nuevo, un compartir despreocupado, cooperativo, que te envuelve de a poco y genera un ambiente donde todo lo de afuera ya no importa.

Son grosas mis compañeras: ganan premios, exponen en el salón de arte textil y en el de bordado, pero tienen tiempo para recomendarme qué colores usar o para elogiar mis intentos que siempre -pero siempre- me parecen chuecos y faltos de gracia.

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Guillermina me contó un sueño. Le salían tres hilos del pecho. Tiró de ellos para sacarlos. Eran hilos extraños. El último no quería salir: mientras tiraba, sintió que se movía algo dentro suyo. Entonces dejó de tirar.

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Visito a la artista plástica Mónica Millán en su estudio. Vive en una casa con un jardín enorme: reprodujo allí parte de la selva misionera en la que vivió gran parte de su vida. Pinta y dibuja todos los días. También borda. Son cuadros de varios metros, repletos de selvas interminables. En algunos se cuela el bordado: telas que compra, lo que encuentra en ferias de viejo, en cajones familiares, en el Ejército de Salvación. Al principio parecen retazos sobre sus obras. Después van ganando protagonismo, crecen: cuando esas naturalezas se vuelven más barrocas, los hilos se transforman en lluvias o en lianas. Al final del recorrido, cuando miro sus obras más nuevas, descubro como el bordado termina siendo el soporte de obras que tienden a ser figuras geométricas. Cómo si el paisaje se disolviera a formas primigenias. Percibo una concepción del mundo, un devenir hacia lo abstracto que supongo parte de una especie de lenta revelación.

Le digo la verdad: miro su trabajo y me dan ganas de salir corriendo a bordar, de intentar llegar a ese mismo destino.

—Te dan ganas de bordar —dice ella— porque lo que ves es a una persona que se metió para adentro.

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“El paisaje nos constituye”, dijo mientras caminamos por el jardín. Pero quizás lo que nos constituya sea el paisaje sonoro. Quizás el paisaje sonoro crea las formas y esas forman nos toman mediante el sonido. Pienso en los cantos de la ayahuasca, las visiones que provocan. Pienso en el ruido de las chicharras en Misiones, en el canto de los pájaros de mi casa. Y hasta en la música horrible que a veces escuchan mis vecinos.

¿Cuál es mi paisaje interno? ¿Tendré algún día las herramientas para sacarlo afuera con el bordado? ¿O me tengo que conformar con la palabra- siempre tan limitada a la hora de expresar algo que no sea un convencionalismo?

Envidio un poco a los que pueden dibujar. Por ahora, bordo formas abstractas: garabatos que se van encastrando unos con otros. Si me preguntan, estoy practicando los puntos. En algún momento emprendo con el hilván: líneas paralelas, hilo fijo, intento de patrón.

En la casa de la artista plástica vi unos pañuelos viejos bordados con un hilo finísimo, formando una cuadrícula con miles de puntadas. Tal vez, sin saberlo, intento hacer algo parecido a menor escala. Hago como los religiosos: imito la vida del santo mientras espero la iluminación.

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1 de junio

De Paraguay traje hilo -unos veinte rollos grandes- y mucha tela. Sobre todo ao poí, un algodón fuerte, de trama regular y abierta sobre la que intento bordar. Al principio es como alisar la arena: un poco de presión de más, el hilo se estira y el cuadro mínimo por el que entró el hilo se deforma para siempre. Trabajo despacio, casi conteniendo la respiración.

Dice Guillermina:

—Una vez pasó una mujer que hacía meditación budista. Los budistas tienen que bordarse los trajes. Esta mujer pasó porque nos debe haber visto bordar y me dijo que ella tenía que bordarse su propio traje y que en general usaba la puntada del hilván y que estaba muy relacionado a la respiración. Y es verdad. Yo bordo con ese punto una vez que entré en ritmo pasan horas y no sé dónde estuve.

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Cuando empecé a bordar, mis amigos me decían: vas a terminar como Chiachio y Giannone. No sabía quienes eran, y me daba fiaca averiguarlo: tengo una especie de dislexia con los apellidos. Más cuando son complicados.

Hasta que los encontré. Y me enamoré de su obra. Sus cuadros son enormes, llenos de detalles: junglas tropicales, autoretratos festivos, divertidos, de un kitsch elegante. El de ellos es un bordado hacia afuera, una selva distinta a la de Mónica. El paisaje que los forja a ellos es la combinación perfecta entre la fiesta colorida y el salón de arte.

Les mando un mail: estoy escribiendo sobre bordado, me gustaría charlar con ustedes.

Ser periodista tiene una sola ventaja. Sos jugador amateur de fútbol y lo entrevistás a Messi.

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2 de junio.

Leo una crítica que habla sobre la obra de Chiacho y Giannone. De la crítica surge una pregunta: ¿Un hombre que borda masculiniza una práctica femenina o se feminiza a sí mismo?

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Si llegamos temprano al taller, a veces Guillermina está bordando. Lo que hace siempre es sutil y poderoso. Pienso en ella como en una especie de bailarina clásica, de movimientos precisos pero a la vez libres y poéticos. Una vez la vi haciendo una trama pequeña, siguiendo el patrón de la tela donde cada fila de puntos terminaba con un hilo que se extendía mucho más allá de la tela. Otras veces borda para desbordar: hace los puntos y los desarma. Lo que queda en la tela es el vacío, la marca de una hebra que ya no está pero dejó su huella. En algunas obras saca hilos de la urdimbre y los cambia por hilos de coser o de seda. Las telas son siempre de trama regular, por lo general de lino o de seda. Si hace una obra con punto cruz, es tan pequeña y compleja que podría llamarse nanobordado.

Le pregunto cómo hace para que queden tan perfectos:

—Yo veo la tela —dice—. No necesito contar los hilos. Tengo una especie de facilidad para decodificar gráficos, para decodificar telas. No es difícil para mí eso. Veo la trama.
—Vos —le digo— sos la Neo del bordado. La que puede ver la Matrix textil.

No suele contarlo mucho, pero también hace dibujos, trabaja con cerámica o borda sobre objetos extraños, como las ramas de árbol que trae de Villegas, su pueblo natal. Una vez me mostró una serie de dibujos que se llaman Escapularios, como mi punto favorito. Estaban hechos con óleos pastel sobre papel de seda: la textura del dibujo formaba una capa de grasa sobre un papel muy fino, que a veces se rompe y la obliga a volver a empezar.

—El resultado más importante es el proceso —suele decir— porque es donde surgen cosas. Cuando aparece algo no es que “ah, llegué” no, siempre hay algo más por probar.

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2 de julio

El observador se siente demasiado cerca del observado. Y a veces esa ilusión dura por siempre. Estoy por entrevistar a Chiacho y Giannone. ¿Voy a verlos como bordador o como periodista? ¿Qué busco de mí mismo cuando entrevisto a los genios del bordado? ¿Quiero que me enseñen a bordar por telepatía? ¿Que me ayuden a pensar mi praxis de bordador?

Un amigo dice que un trabajo periodístico tiene que tener un in crescendo: entrevistar los personajes más sencillos y seguir la búsqueda hasta encontrarme con los más capos de todos. ¿Busco nada más que eso?

Descubro que mis preguntas son masculinas: las pienso en términos de comparación, competencia, jerarquías, incluso exposición.

El viernes pasado, en el taller nos pusimos a ver un libro. Eran bordados de artistas. Había algo cooperativo en el arte de mirar, de compartir ese momento. Algo íntimo y amistoso. No digo que este mundo no esté contaminado, pero la base es es otra, muy distinta.

No hay un equivalente masculino para la palabra sororidad.

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Ayer, mientras desgrababa otra nota, al pasar volví a escuchar una frase de la entrevista con Guillermina:

—Cuando paso horas bordando, no se donde estuve.

¿Me podría quedar acá sentado bordando toda la vida, hacerlo en silencio, de forma anónima, dejar de querer conquistar el mundo?

A veces creo que me gustaría.

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12 de julio

Bordo frente a la computadora, sentado en la mesa de la cocina. Me da el sol y apenas se escuchan algunos sonidos: el ronroneo del autódromo que está a par de kilómetros, el ruido de mi heladera, la perra Maloca que le ladra a algo que no llego a ver y los teros que defienden su nido en medio del jardín. Hago un ermitaño, la carta 9 del Tarot. Solo me interesa la cara, los pliegues de la barba, ese bigote que parece esconder una sonrisa, los ojos, la melena un poco desordenada. Uso un hilo azul oscuro, pero en cada intercambio el grosor. El primero y el segundo lo hago con un hilo de Paraguay, que allá se usa para hacer trajes de novia. El último lo hago con hilo fino que compré en un supermercado de Colonia Urquiza por siete pesos. Bordo varias veces lo mismo: son estudios sobre el ermitaño, me digo.

Bordo un martes a las cinco de la tarde: cada tanto respondo un mail o me preguntan algo de trabajo por chat.

De chico quería ser artesano y escritor. Me mantuve en eso hasta los 17 años. Primero fueron los hilos, luego acompañar a mi amigo Santiago a vender a Parque Lezama las remeras que él pintaba. Me apasionaba la feria: ahí estaba la mitad de lo que yo quería ser.

El otro día me lo encontré en la costa: veintipico años después tiene tres locales, pinta -él solo- diez mil remeras por temporada. Le mostré lo que estaba empezando a bordar. Y eso, me preguntó, ¿cómo lo podés vender? No es algo masivo.

Nunca lo había pensado así. Santiago descubrió mi fantasía oculta. ¿Podré vivir de ser bordador?

Cada tanto -como, cuando dejé la fotografía- me dan ganas de largar todo y empezar de cero. ¿Será tan radical esta vez?

Bordo, y me escapo.

¿O sigo soñando que huyo, y en realidad estoy haciendo siempre lo mismo?

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Los que dicen que escribir ordena el mundo nunca bordaron. Y los que dicen que los límites del mundo son los límites del lenguaje, tampoco.

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Chiachio y Giannone responden enseguida. Suelen exponer en Ruth Benzacar, pero ahora eligieron mostrar su obra en una galería que queda por Congreso y proponen que nos encontremos ahí.

—Queremos —dice Chiachio cuando le preguntó por qué eligieron ese lugar— romper el paradigma de lo que esperan que hagamos.

La regla del mercado del arte dice: si uno escala, tiene que seguir escalando: no se retrocede de la galería top a una que está afuera del circuito comercial.

—No nos importa eso —dice Chiachio—. Y además, queríamos hacer algo en el barrio nuestro porque nosotros vivimos acá cerca. A medida que transcurrieron los días descubrimos que había un público que nosotros siempre esperábamos que vieran nuestro trabajo y que no veíamos en otros circuitos. Un público real.

La primera en llegar fue Doña Beba: 80 años, oriunda de Hurlingham, fundadora de la Asociación de Bordadoras Argentinas. Leyó de la muestra en un diario. Llevó de regalo dos latas de puré de tomate, bordadas alrededor como un lapicero, acolchado para pinchar las agujas y con un interior pensado para guardar los restos de hilo. Otra mujer llevó pan casero. Y una tercera, un bizcochuelo.

Si el bordado fue siempre patrimonio de aquellas abuelas y considerado una ‘labor’ para hacer en la casa, el arte le abrió las puertas y se lo apropió: ahora hay marcas de hilo que auspician artistas, pintores que aprenden a bordar, muestras en museos y hasta estrellas del bordado. Al abrir su muestra a pocas cuadras de la estación de Once, Chiachio y Giannone le abren la puerta del mundo del arte a las señoras. O se lo devuelven.

Y cuando llegan, esas señoras se encuentran con algo nuevo: una familia de dos hombres, uno más simpático que el otro, con perros salchicha y gatos como hijos y como musa para cada cuadro. Lo que pintan, y lo que bordan son esa familia gay tan constituida como alegre.

—Lo nuestro —dice Giannone— es una forma de generar visibilidad.

Si otros bordados me invitaban a salir corriendo a bordar, el de ellos me produce una sensación extraña: entre la angustia de ver algo tan grande y ganas de saltar de alegría, de hacer lo que quiero siempre siempre siempre.

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Entre Doña Beba y el arte contemporáneo está el diseño, lo manual como valor recuperado por el mercado. Hay miles de bordadoras, miles de talleres, miles de fotos subidas a Instagram. El bordado crece como un hongo colorido que invade todo, sobre todo las redes sociales. En Pinterest, una búsqueda con la palabra #embroidery da miles de resultados. Una madre japonesa borda camisas con perros y gatos por encargo. Un diseñador hace motivos pop con estilo de video juegos y punto cruz. Hay activistas feministas, amas de casa, pintoras, fotógrafos, maestras y performers. El bordado conquistó el mundo.

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Viajo al interior a dar un taller. Me hago amigo de uno de los organizadores. Nos contamos nuestras aventuras y y eso se convierte en una forma de reconocernos enseguida. Él es hijo de laburantes del campo. Anduvo por Buenos Aires, fue jugador de fútbol, un poco barra brava, hizo boxeo y después se volvió a sus pagos. Ahora está por recibirse de sociólogo, y se dedica al trabajo social en su provincia. Es como esos hombres que se tiran de las montañas con aletas en los brazos: no tienen miedo de estrellarse porque no hay mucho para perder.

Trabajamos durante dos días. Los ayudo a editar una investigación larga sobre los asesinatos en su ciudad, una de las más violentas del país. En los ratos libres -a la hora del almuerzo, mientras caminamos hasta el quiosco a comprar la merienda o cuando me lleva en auto hasta el hotel- conversamos. Es un tipo franco, transparente, de buena escucha. Al segundo día siento que se lo puedo contar.

—Lo que me gustaría —digo— es encontrar una mercería y comprar hilo. Yo me dedico a bordar.

Llevamos dos días hablando de muertos, tiroteos, policías corruptos y políticos. No hay sorpresa en su gesto.

—Conozco el lugar —dice.

Nos desviamos del camino. Llegamos a una esquina enorme, una especie de supermercado de chucherías de plástico, bazar y artículos de limpieza.

—Es mi única bala —dice mi amigo nuevo.

Me atiende una señora por una reja. Tarda en creerme que quiero comprar hilo de bordar viejo, pero me abre.

—Allá están todos —dice.

Son cajas enteras de hilos de seda, de todos los colores posibles. Miro un rato, y trato de disimular la emoción.

—Me los llevo todos —digo—. Le puedo dar 300 pesos.

La señora se ríe.

—Estás loco. Valen cinco pesos cara rollo. Casi que los estamos regalando.

Elijo colores, cómo un niño que mete la mano en un bolsa de caramelos sugus para sacar sus favoritos. Voy contando a ojo, por bulto. Paro cuando llego a 80 rollos: 400 pesos. Una ganga. Salgo de la tienda con las endorfinas por el techo. Mi amigo espera en el auto.

—¿Conseguiste? —pregunta.

Agito mi bolsa de cilindros multicolores.

El levanta los puños como si hubiese metido un gol.

—Yo sabía papá, yo sabía —dice.

Y los dos nos reímos de la circunstancia.

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20 de septiembre

Sucedió una tragedia. Esta mañana desperté sin el ruido de los teros: el jardinero destruyó su nido mientras cortaba el pasto. En mi imaginación, los teros representaban a la naturaleza entera. Eran máquinas drogadas para reproducir la belleza. Amaba cómo cumplían su función. Sin ellos el mundo es un lugar hostil, lleno de energías ciegas que se chocan y amenazan con destruirlo todo. En medio de ese caos, el punto cadena avanza por una línea serena, recta. No necesita más que mis propias manos para avanzar. En el medio le bordé un sol con un punto nuevo, que no conocía. Como hice los rayos sin calcular el centro -con lana dorada, amarilla y una especie de fucsia- cuando el trabajo estuvo avanzado descubrí que el sol en realidad había quedado como una estrella.

Por algo deber ser, pensé, y la dejé así.

Sin saber nada de esto, mi maestro de Tarot dijo:

La estrella es un sol visto de más lejos.

Me gusta esa carta: de rodillas en la tierra, sin más armadura que el propio cuero, dándole al mundo lo que se cocinó en nuestro interior.

Bordo con lana que compré en el puerto de Yarinacocha, a 15 centavos de dólar el ovillo. Me traje unas treinta docenas, todas de distinto color. Lo que me gusta de ella esa esa combinación entre lo suave y lo rústico. Cuando bordo con lana, no siento la necesidad de ser perfecto. Alcanza con dejarse llevar por el punto.

Bordar ordena todo lo que puede ser ordenado en el mundo, que es más bien poco.

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En la entrevista le pregunté a Leo Chiachio aquello que se preguntaba la crítica: qué pasa cuando un hombre borda. ¿Se masculiniza el bordado o se feminiza el bordador?

—¿A quién le importa? —respondió.

Y nos agarró un ataque de risa.

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29 de septiembre

Trabajo sobre la tela que pintó Teresa en la comunidad San Francisco, cerca de Pucallca, Perú. Descubro cada una de sus imperfecciones. Avanzo centímetro a centímetro y por momentos me parece un desastre: todo está torcido, nada es simétrico. Necesito alejarme de la tela, verla de lejos, para a volver a descubrir el encanto del diseño Shipibo.

En los bordes estoy haciendo una guarda con escapulario cerrado. Es un punto que cuando toma ritmo parece avanzar solo, como en una especie de danza de pequeños saltos: arriba, atrás, abajo, atrás, adelante y así hasta el infinito.

El escapulario (¿esto ya lo dije?) se borda como un mantra

Además, me gusta el nombre: tiene algo de cristiano, y algo que suena a ocultar.

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2 de octubre

Bordo con seda y con lana de forma alternativa. Es como correr en una cinta y hacer picados en el barro uno atrás del otro. El cambio de textura y de ritmo me obliga a mantenerme adentro de la tela: como las venezolanas que trabajaban con Madame de Salzmann haciendo tapices para cultivar la atención.

Aprendí que puedo bordar durante una hora sin mirar la pantalla del celular. Con la escritura no pasa lo mismo.

Una amiga que borda y escribe -y que es un poco bruja- opina que es una locura escribir sobre bordado.

—Es una actividad total —me dijo—. No puede ser escrita.

Al principio pienso: me gusta desafiar lo imposible, saberme derrotado de antemano.

Pero cuando vuelvo sobre esas palabras descubro otra cosa. Escribo sobre esto para ponerlo afuera de mí. Escribir es una forma de estar y no estar en las cosas, de vivirlas y tomar distancia.

Un intento, vano quizás, de no ser absorbido por el agujero negro del bordado.

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