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Por desobedecer a Yahveh, Jonás el profeta fue tragado por una ballena durante tres días hasta que un milagro le permitió llegar a tierra firme.

Quienes piensan que la vida contemporánea también nos ha despojado ya de la posibilidad de ese tipo de aventuras están invitados a subirse al antiguo y estropeado tren que dos veces por semana se agita, estremece y hunde en las profundidades de la pampa argentina mientras trata de unir las ciudades de Córdoba y Buenos Aires.

La primera condición para ganarse un lugar en las costillas de este cetáceo ferroviario es tener un sentido del tiempo medieval, despojado de urgencias y segunderos. No solo porque hay que comprar el pasaje con dos meses de anticipación, ya que apenas sobrevive un convoy con muy pocos vagones, que se llena en un suspiro y se paga con un billete de 50 por su asiento más barato (el boleto en ómnibus puede costar hasta nueve veces más). Además, hay que estar dispuesto a encarar la travesía sin ninguna expectativa precisa sobre la hora de llegada: el viaje a Buenos Aires en este tren demora hoy, en 2013, más que lo que demoraba a fines del siglo XIX, en 1890, cuando se habilitó por primera vez el servicio directo entre las dos ciudades más grandes de la Argentina.

En mi caso, fui a comprar el pasaje los primeros días de octubre pasado y me informaron que tenía lugar recién para enero. Aunque, me dijo la empleada, ha quedado un solo pasaje, en la categoría turista, la más barata, para el 27 de octubre. Debí haber sospechado de ese misterioso boleto sobrante: era el último en venderse, pero tenía el número 1.

A las 13.30 de ese domingo, el mismo en que se celebraban elecciones legislativas nacionales, llegué a la Estación Mitre, un rancio y hermoso edificio del neoclásico europeo que reluce junto a las vías como un piano de cola olvidado en un baldío. Ya hay un centenar de personas que despacha equipaje, compra pebetes y gaseosas a los pocos vendedores que se le animan a la siesta y hacen la cola para subir. Una vez adentro, se advierte que la empresa concesionaria nunca puso demasiado empeño en rescatar la estación. Un viejo reloj de pared decorado con relieves está detenido eternamente en las 11.07. Dos largos bancos de madera obstruyen el paso a unas escaleras. Las viejas boleterías con rejas de bronce permanecen cerradas. El lugar luce como esas casas abandonadas que son ocupadas ilegalmente por habitantes no se preocupan por hacer mejoras ya que saben que en cualquier momento irrumpirá la Policía para desalojarlos.

Algo así es lo que acaba de suceder, ya que el Estado nacional, cansado de aportar toneladas de billetes para el mejoramiento del servicio ferroviario sin resultados a la vista, decidió reestatizarlo hace 40 días. La Secretaría de Transporte de la Nación informa que, hasta setiembre de este año, el Estado llevaba pagados más de 3.391 millones de pesos en subsidios para el sistema ferroviario de todo el país. El año pasado pagó 4.708 millones por el mismo concepto, una cifra que, por ejemplo, triplica al presupuesto de la Universidad Nacional de Córdoba para el año en curso.

Luego de hacer la cola, me derivan hacia el vagón 202. Es el segundo de una formación de seis. Como es el coche de los lugares más baratos, vamos más de 100 pasajeros en el mismo espacio. No hay aire acondicionado, como en la categoría pullman, sino nueve ventiladores metálicos, que parecen las hélices de nueve aviones que hubieran sido incrustados de nariz en el techo. Rápido descubro por qué mi asiento era el único que no se había vendido de todo el tren: es el último, está casi apoyado contra la pared del vagón y no se reclina. Además se encuentra junto al baño, por lo que viajaré 652 aromatizados kilómetros.

Trato de ser optimista: el asiento está limpio, hay mucho espacio para estirar las piernas y me tocó ventanilla. Cuando me asomo hacia el vidrio, descubro a centímetros de mi nariz una araña suspendida en un sommier sedoso, patas extendidas, mirándome con sus ocho imperceptibles ojos. Hace mucho calor. Ya estoy hecho sopa. A las 14.35 suena una campana y cinco minutos después, apenas con 60 segundos de demora, el tren arranca con esfuerzo, como si la noche anterior alguien hubiera colocado pegamento en las vías.

Mis compañeros de vagón lucen experimentados con el itinerario: algunos cargan grandes bolsas con bananas y naranjas, otros cajas de zapatos repletas de sánguches. Un grupo de mochileros sube al vagón con calentador y sartén. En el asiento delantero una madre y su hijo colgaron de un perchero una bolsa con turrones, gaseosas y una tira de pan. La mujer que va en el asiento al costado del mío se descalza, se quita las medias, saca una almohada de la valija, la acomoda en el apoyabrazos y se acuesta, apoyando las piernas sobre la ventana en un ángulo de 90 grados. Yo también pensé qué hacer durante este viaje desmesurado: cargué un ejemplar de Moby Dick: 700 páginas y 900 gramos de novela para saldar una vieja deuda de lectura de mi adolescencia. ¿Qué mejor que un largo viaje en tren para hacerlo?

El tren avanza a velocidad de silla de ruedas. Nadie pudo pisar el andén para despedir a sus familiares. La empresa no lo permite. La escena final de El secreto de sus ojos –la última película argentina que ganó el Oscar–, con los amantes separándose en la estación, habría sido imposible con estas directrices de la concesionaria, y a Soledad Villamil la habríamos visto apretada detrás de una reja mientras un guarda de porte contundente le impedía correr detrás de Darín.

Apenas abandonamos la estación, pasamos junto a otro tren abandonado y destruido, con los vidrios reventados y la pintura saltada, un cadáver de tren que yace al costado de la vía principal. Allí puede verse la peor fotografía que alguien podría tomar en esta provincia tan afecta a las postales turísticas: un pequeño edificio ferroviario abandonado, con un cartel que dice “Córdoba” en letras grandes, ha quedado ahí, como una metáfora cruel, destrozado por el paso tan lento y fatal de la indiferencia.

Antes de viajar eché un vistazo al mapa de líneas ferroviarias con que cuenta hoy la Argentina. Lo que supo ser una profusa telaraña que extendía sus tentáculos extractivos desde las zonas de la campaña con recursos naturales hacia la salida del Puerto, hoy es solo un garabato infantil que incluye dos líneas interprovinciales de transporte de pasajeros: las que unen Buenos Aires con Córdoba y con Tucumán. Eso es todo, señores pasajeros.

Las vías atraviesan como cicatriz el rostro de la región agrícola más productiva de la Argentina. La pampa mitológica, el útero de los graneros y delirios nacionales. A las 15.20, luego que el paisaje se ruralizó, pasamos junto a la primera plantación de soja de las centenares que veremos durante el trayecto. La siesta aplana todo, pareciera que lo único que sigue en pie a esta hora del día son las torres de alta tensión y los silos repletos de oleaginosas.

Antes comprobamos el romance del ferrocarril y la pobreza que acompaña todas las zonas urbanas: villa miseria tras villa miseria tras villa miseria. El tren pasa por los patios de miles de casas cordobesas, rosarinas, bonaerenses y porteñas. Mientras los árboles golpean los vidrios, nos deslizamos a solo un metro de hornos chilenos, piletas pelopinchos, macetas con geranios, bidones con agua, calzoncillos y corpiños abrochados en alambres, bolsas de basura, un jesucristo tatuado en una espalda, mochilas escolares con la cara de Violetta, un caballo overo, madres con sus hijos que observan, abrazados en la puerta de su única habitación, nuestra estruendosa intromisión en sus hogares.

Me acuerdo de cuando era un niño y vivía en una casa, en Villa Dolores, en la que el tren a Buenos Aires también pasaba por el patio. Todos los días la locomotora y sus vagones atravesaban los fondos de todas las casas de la cuadra, a 10 metros de la pileta celeste de lona en donde nos bañábamos con mi hermano mientras saludábamos a los pasajeros, a cinco metros de la soga donde mi madre colgaba la ropa a secar. Teníamos un perro llamado Mundial, que nos regalaron el día que comenzó el Mundial de Fútbol ‘78, que cada tarde perseguía al tren, cruzándose de un lado a otro frente a la locomotora mientras le ladraba, hasta que un día la locomotora le ganó y lo dejó por ahí, estampillado sobre los durmientes.

El tren nunca alcanza velocidad, es un maratonista agotado. Va a paso muy lento, perdería una carrera con una liebre, con un gato. Cuando llegue a la estación de Retiro podré sacar el promedio de velocidad: 32 kilómetros por hora. Es exactamente la velocidad máxima que puede alcanzar la ballena azul, el animal más grande y pesado que existe en la Tierra. El león marino de California y hasta un tiranosaurio rex, dice Wikipedia, nos ganarían una cuadrera con facilidad.

Este tren jamás alcanzará una celeridad constante aceptable para las urgencias de esta época mientras siga haciendo rodar estos vagones que rozan el siglo de vida y mantenga vías desvencijadas que no soportarían la presión y tensión de un convoy lanzado a alta velocidad.

El gobierno –pese a que el tramo estaba concesionado a la empresa Ferrocentral SA desde 2004– anunció hace dos meses una inversión oficial de 2.512 millones de pesos para reconstruir el tendido entre Buenos Aires y Rosario. El resto de las vías, hasta Córdoba, serían motivo de una futura licitación.

Si este mismo trayecto lo hiciéramos en el tren de alta velocidad que probó exitosamente este año la Central Railway de Japón para unir las ciudades de Tokio y Naguya, llegaríamos a Buenos Aires en menos de 80 minutos, a velocidad constante de 500 kilómetros por hora. Pero la aventura en las costillas de esta Moby Dick metálica que aletea y arrastra su panza sobre las hectáreas sojeras de la patria dura hoy 20 horas y media. La llegada a Retiro será casi al mediodía, a las 11.03 del día siguiente. Atravesamos una de las praderas más productivas y ricas del mundo en un armatoste que va camino al desguace.

Pero ese horario está todavía demasiado lejano. Nuestra vecina, auriculares ocultos bajo el cabello, presiona rítmicamente los dedos de sus pies descalzos contra la ventanilla y se relaja en imposibles poses ginecológicas. El chico que va en el asiento de adelante con su mamá me pide prestada la lapicera y comienzan a completar un crucigrama gigante. Leen 19 definiciones seguidas sin encontrar una sola respuesta, a la madre le da un ataque de risa que dura unos 20 minutos y, avergonzado, él me devuelve la lapicera. La cercanía del baño es intolerable, pese a que lo desinfectarán dos veces durante el viaje. El calor aumenta las molestias. La mitad del pasaje masculino está en cueros. No veo la araña que estaba en la ventana y comienzo a sentir que me camina la nuca, la espalda. Hacen su ingreso triunfal dos empleados arrastrando un carro con sánguches de milanesa y gaseosas. Vaciamos el móvil. Por 18 pesos accedo a un modesto retazo de carne de vaca empanado, mayonesado y amortajado en plástico. Manjar. Mientras hago la digestión disfruto pensando que este viaje es la despedida de la vida y que vamos todos contentos, atravesando la noche, mordiendo pebetes de mortadela y empinando bebidas artificiales mientras vemos nuestras últimas imágenes del mundo.

Hace rato que se hizo de noche y no puedo dormir. Los ventiladores de techo fueron dejando de funcionar uno a uno a lo largo de la tarde. Apagaron las luces para todo el vagón a excepción de la zona de mi asiento: una luz debe indicar dónde está el baño, todo el tiempo. Conté las 11 veces que una mujer pasó a recargar el termo. En otro vagón se escuchan rasguidos de guitarra. El tren se detiene en medio del campo. Empleados con linternas caminan a los costados. Luego de la estación de Rosario la locomotora se ubicó en el otro extremo de la formación y salimos marcha atrás, ahora el paisaje corre hacia delante nuestro y así será hasta Buenos Aires. Ingresa un guardia y advierte: “Cuidado con las piernas y los bolsos. Vamos a prender las estufas”. Cuando se encienden, un vapor hirviente nos ataca a la altura de las pantorrillas y nos obliga a sentarnos doblados el resto de la noche, con las piernas hacia el pasillo, para no quemarnos. Por la ventana sigue entrando frío. La vestimenta ideal para este tour sería gorro y saco de lana, arriba; zunga y ojotas, abajo.

A las 4 de la mañana alguien encendió un cigarro de marihuana. La oscuridad disimula con piedad la vejez del tren, aunque luego de tantas horas, a este ritmo de otro siglo, cuando miro por las ventanas parece posible ver pasar una excursión a los indios ranqueles, el galope de las montoneras de Facundo Quiroga, las multitudes aguardando el paso del vagón presidencial para el saludo de Eva Perón. Vamos paralelos a la ruta nacional 9, las luces de los camiones y los autos nos superan como si estuviéramos anclados, haciéndonos sentir una anciana y pesada tortuga de Galápagos.

Alguien sintoniza una estación evangélica. “¿Pensaste alguna vez qué sucede cuando enojamos a Dios, pensaste en el castigo que nos merecemos?”. Otro responde con música de reggaetón. “Cuando miramos los cielos y navegamos el mar vemos el incomparable poder de Jehová”. Aumenta el volumen del reggaetón. Luego ambos se calman y silencian. El ruido del tren es una gran ventaja para los roncadores porque apenas se los escucha entre el estruendo. Se me ocurre elaborar un decálogo de ventajas para probar la superioridad de este tren antiguo sobre otros medios de transporte. Comienzo: el tren no aniquila la geografía como los aviones o sus parientes de alta velocidad, sino que hace gozar y sufrir los calores, los fríos, los olores del campo, los baches, las detenciones; es imposible ignorar el transcurrir de cada kilómetro. Sigo: tiene mayor distancia entre asientos y evita las piernas entumecidas.

Cuando está por amanecer me dispongo a probar otras dos ventajas del tren: la experiencia masculina de orinar de pie en un inodoro de acero inoxidable que se zarandea cual coctelera hacia todos lados, y que además permite ver pasar al fondo de su recorrido el pasto que brota entre los durmientes de quebracho colorado. La otra ventaja es que el tren permite caminar holgado por los pasillos, aunque estos coches redomones brincan tanto que obligan a avanzar aferrándose de lo que uno encuentra a mano para no caerse: una pelada acá, un bebé dormido en brazos más allá, un sombrero, un pecho de mujer, lo que sea.

El vagón comedor es modesto. Tiene sillas de caño y madera, mantelitos prolijos y el piso mojado. Hay pocas personas. El mozo ofrece un desayuno y por 15 pesos trae una taza de café con leche y dos medialunas aplastadas como bolsos de equipaje. Está sabroso. Afuera el paisaje es otro, más húmedo, con árboles más grandes, más verdes. Ahora sí, vamos rápido y el planeta corre frente a nuestros ojos con un estándar expresionista. Amanece sobre los campos emprolijados, sobre “la región más vegetal del viento y de la luz”. Si no fuera inodoro, podríamos reconocer el próspero perfume del glifosato. ”Votemos a Massa”, invita un pasacalles colgado frente a un pueblo. Hay gallinas, molinos de lata, casonas abandonadas, pozos australianos desportillados, tallos de maíces erizados como estalagmitas doradas, los gusanos blancos de las silobolsas.

Buenos Aires comienza a insinuarse con sutiles tajos de urbanidad. Un Ford Falcon con su capot abierto como la mandíbula de un caimán mecánico convertido en hotel de gallinas. Un torneo de bochas a centímetros de las vías. Un cementerio con panteones como cabinas telefónicas. Corrales de chanchos, muchos corrales. Luego, la repetición de basurales, la mugre, un canal convertido en desarmadero, kiosco, kiosco, kiosco, y otra vez las villas con los techos de chapas asegurados con piedras, como víctimas de un ataque con catapultas. Y más villas. Y uno adivina los ojos que se abren detrás de esas cortinas floreadas mientras el tren despertador vibra a metros de sus camas.

Este viaje no termina nunca. Córdoba quedó semanas, meses atrás. Pobre maquinista, alguien le estira el territorio argentino como un chicle y llegar a Buenos Aires cada vez le cuesta más. Nuestros bisabuelos lo conseguían más rápido. Se me cae un caramelo de menta, me agacho a recogerlo y se me cae la lapicera. No me agacho a buscarla por miedo a que se me desprenda la cabeza luego de más de 20 horas de sacudidas. Y sigue el ruido. Y florece el baño. Ni una sola persona de mi vagón se queja y algunos le dirán gracias al guardia cuando pongan pie en la estación porteña. El tren Moby Dick mueve las caderas, navega dejando una estela blanca sobre las antenas satelitales de TV y sobre el chaperío. Somos jonases que rebotan entre los órganos de la ballena. ¿A quién desobedecimos? Marineros del siglo 21 con tonada argentina atrapados en un anacronismo. La historia se enojó con nosotros. Nos hace remar más para alcanzar el mismo lugar. Por suerte el tren sigue flotando.

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Jorge Suárez fue lo más parecido a un extraterrestre que habitó en las sierras de Córdoba. Fue un hombre que tuvo los pies en este planeta pero mantuvo siempre los ojos rozando las estrellas sin necesidad de treparse a transbordadores ni de orbitar en estaciones espaciales.

Los humanos somos seres desatentos que gastamos la vida entera ignorando que la quietud es una ilusión, que la inmovilidad es aparente y no existe, que siempre estamos en el viaje y que todo se mantiene en permanente movimiento aunque las montañas, las pirámides y los edificios parezcan tan estables cuando los miramos. Son pocas las personas que perseveran en la vigilia y ni por un instante olvidan que apenas somos microscópicos pasajeros en una roca que gira a más de cien mil kilómetros por hora alrededor de una estrella insignificante.

Suárez fue uno de esos bichos extraños que jamás olvidaba dónde estaba parado. Y a esa vigilia le añadió un convencimiento: no estamos solos en el Universo. Entonces cada vez que levantaba la mirada no esperaba solamente chequear el cielo y las nubes y los barriletes y las palomas. Esperaba más. Mucho más.

Como sucede con los dementes y con los héroes, el mundo no estaba preparado para el tamaño de sus ambiciones.

Había nacido en Adrogué, en la provincia de Buenos Aires, en 1940.  Su vida cerca de las estrellas comenzó en 1976, cuando se trasladó hasta un pequeño pueblo desplegado a los pies de un cerro modesto que todavía no había forjado su fama sobrenatural de aeródromo interplanetario y portal multidimensional.

Debió ser un amor a primera vista. Suárez, la pachorrienta localidad de Capilla del Monte y el bello cerro Uritorco comenzaron un romance de a tres. Ninguno seguiría siendo el mismo luego de ese primer contacto.

Vi a Suárez tres veces en mi vida: durante una transmisión radial desde la cúspide del Uritorco, en horas de la madrugada, en la que nuestros acompañantes parecían borrachos o muy sugestionados e interactuaban con luces misteriosas y duende. La segunda vez, en un simposio internacional de personas que aseguraban haber sido secuestradas por platos voladores. Y la última ocasión fue en un congreso internacional de ovnilogía en el que estuve cerca de ser puesto en órbita por cuestionar la autenticidad de un video que mostraba vestigios de un imperio extraterrestre en la superficie de la Luna.

Suárez se transformó en el custodio del misterio de Capilla del Monte, en el portero interestelar del Uritorco, ayudado por un episodio que desparramó la fama del pueblo y del cerro por todo el planeta y que ocurrió a pocos kilómetros del lugar, en enero de 1986: una mancha oval de 120 por 65 metros “apareció” (las comillas son inevitables) en la ladera de la Sierra del Pajarillo.

Como suele ocurrir en estos casos, las ansias de creer y la fantasía y los fabulosos titulares periodísticos no necesitan de previas verificaciones científicas. En pocos días repiqueteaba por el planeta la noticia de la nave espacial que había atracado en las sierras cordobesas. Y Suárez fue la voz más requerida para responder sencillas preguntas como ¿de qué lugar de la galaxia vinieron los visitantes?, ¿qué tipo de tecnología les permite viajar a velocidades mayores que la luz?, ¿vienen a matarnos a todos?, ¿por qué eligieron Capilla del Monte para detenerse?, ¿para qué vinieron?, ¿cuándo volverán?

A los herejes que observaron la mancha con sorna o se atrevieron a sugerir que los extraterrestres que la provocaron eran en realidad humanoides traviesos de la zona, Suárez respondió, solemne: “Las investigaciones demostraron que no pudo haber sido hecha por el hombre y menos durante la noche. Además se comprobó que los insectos y batracios encontrados en la circunferencia estaban momificados de una forma muy curiosa”.

Luego, todo explotó. Esa mancha quemada en los pajonales colocó a Capilla del Monte en un lugar privilegiado del mapa internacional de la peregrinación extraterrestre.

La procesión ya lleva más de un cuarto de siglo y va en aumento. Primero llegaron los amantes de los ovnis, es decir los amantes de algo que no saben qué es, ya que eso significa la sigla: se trata de algo que vuela pero que nadie puede definir. Son, como fue Suárez, los amantes fieles de una probabilidad inasible, de luces transparentes que se difuminan entre las retinas, de un deseo potente que nunca les permitirá abrazar otra cosa que no sea su propia obsesión por lo desconocido.

Después llegaron los perseguidores de misterios, los fantasiosos, los crédulos, los curiosos. Aparecieron los convencidos de que abajo del cerro existe la ciudad subterránea de Erks cuya puerta de ingreso está en otra dimensión y necesita ser encontrada. Aterrizaron los avistadores de elfos, los meditadores trascendentales, los reencarnados, los fotógrafos de fantasmas, los médicos energéticos, los perseguidos por los Hombres de Negro, los diagnosticadores de auras.

Al final llegaron los turistas esotéricos, los new-age y los ecólatras, convencidos de que el Uritorco es un afrodisíaco espiritual, el concubino de la Pachamama, la montaña del destino desde donde se podrá ver cómo se licúa el mundo mientras se cumple la última profecía maya.

Jorge Suárez los vio llegar y volverse a todos ellos. No le gustaba ese carnaval: “Demasiada gente chiflada. Un día vamos a tener una desgracia en el cerro”, me dijo. Al mismo tiempo Suárez sabía que a él mismo muchos lo consideraban otro de esos chiflados. Primero lo vieron como a un desequilibrado inofensivo, pero luego fueron muchos más los que comenzaron a detectar las ventajas económicas de la novela. De ahí, hubo un solo paso para que el resto del pueblo, la maestra, el sacerdote, el intendente, aprendieran a ver luces y esferas, globos fluorescentes, fenómenos alógenos. Todo inexplicable, por supuesto. La billetera del pueblo comenzaba a estar agradecida.

Suárez creó el Centro de Informes Ovni (CIO), fue su director y lo instaló en su casa, ubicada camino al Uritorco. Condujo durante muchos años el programa Alternativa Extraterrestre, por FM Astral. En 1999 comenzó a organizar los congresos internacionales de ovnilogía, que por varios días transforman a Capilla del Monte en un simpático bar espacial. Ufólogos, astronautas y médiums venidos de los cinco continentes se encuentran y se ponen al día con los últimos avistamientos, los más recientes contactos con alienígenas, las nuevas civilizaciones descubiertas en galaxias que ningún telescopio siquiera sospecha.

Son, por supuesto, noticias que la gran mayoría de los medios periodísticos del mundo terrestre, se dan el lujo de ignorar.

En 1997 Suárez me invitó a participar de la emisión número 500 de su programa de radio, que transmitió envuelto en una frazada, a lo largo de tres horas, desde la cumbre del Uritorco. Fue una noche helada. Con el fotógrafo agotamos una botella de vodka en la primera hora de la trepada, y recuerdo que luego del programa pasamos una madrugada divertida, tiritando en nuestras bolsas de dormir mientras a nuestro alrededor había gente que corría persiguiendo luces e invocando espectros.

A Suárez le interesaba mucho la relación con la prensa y no podía entender que los medios no publicaran en primera plana las noticias de avistamientos de ovnis y contactos con aliens. “Los ovnis no son un mito, son una realidad probada por nuestra tecnología. Pero claro, esto molesta a los poderes planetarios”, me dijo.

También me invitó a un congreso de abducidos que organizó en Capilla del Monte y me entretuvo todo un día presentándome a gente de diversos países que me contaba, como si hablara de una ida de compras al supermercado, que una nave espacial los había secuestrado y seres extraños se habían dedicado durante horas a auscultar sus orificios antes de abandonarlos en lugares exóticos: una cabina telefónica, una estación de servicio, una bañera vacía.

Suárez sabía que yo escuchaba con respeto pero con escepticismo sus teorías ufológicas. Un día le pareció que era una buena idea invitarme a exponer en uno de sus congresos ovni, y me subió al escenario para compartir una mesa junto a dos perseguidores de ovnis, uno mejicano y otro colombiano.

Tuve el mal tino de cuestionar la veracidad de un video que acababa de proyectar el conductor de un programa televisivo español, en el que se veía a Neil Amstrong dando saltitos en la Luna entre los restos de una civilización extraterrestre. Además sugerí que la mancha en el cerro El Pajarillo pudo no haber sido obra de un plato volador.

Uno de mis compañeros de mesa, no recuerdo cuál, me dijo que era un ignorante, como todos los periodistas. Se puso de pie y me gritó durante largos minutos. Pensé que si hubiera tenido en sus manos una pistola láser me habría reducido a cenizas ahí, sobre el mismo escenario. Luego, con ardor evangelista, azuzó a la audiencia: “¡Vamos a demostrarle su ignorancia a este periodista! A ver, levanten la mano los que han visto naves especiales”. Cientos de manos se elevaron al unísono. Yo había sido derrotado.

Cuando bajé del escenario fue como si hubiera sido invisible. Durante el cóctel posterior, nadie me miraba y Suárez, avergonzado, me evitó el resto de la noche. Volví a mi hotel, hice el bolso y regresé a Córdoba. Nadie llamó para reprocharme mi abandono del congreso.

Luego mis contactos con Suárez fueron telefónicos. Me llamaba para pedir difusión a sus eventos, a sus giras, como la que hizo en 2007 por cuatro países latinoamericanos para difundir la maravilla ufológica que era el Uritorco. Siempre que hablábamos acababa de ocurrir algo importante, vital, definitorio, que otra vez había sido ignorado por los medios. Vivía las 24 horas pendiente de ese otro mundo que se manifestaba en pequeñas luces, en naves desconocidas, en misterios.

Suárez ya no estaba solo. En 1993 había conocido a una colombiana llamada Luz (¿qué otro nombre podía tener?). La historia que los uniría comenzó una noche, en Buenos Aires, cuando Luz tuvo un sueño en el que le indicaron que debía viajar hacia un lugar. Ese lugar era Capilla del Monte. Obediente, llegó, conoció a Suárez, y ya no se separaron más. Luz trabajó a su lado en el CIO, en los congresos, en el programa de radio. “Todo indicaba que debíamos seguir juntos”, dice Luz al recordarlo.

Cuando uno piensa en los constructores y desarrolladores de ciudades, nunca se le viene a la cabeza la imagen de un ufólogo que sueña con luces. Pero Capilla del Monte tuvo con Suárez un soñador que le valió por 100 ingenieros, por 200 urbanistas, quizá por miles de señores razonables y pragmáticos y productivos.

Suárez fue un escudriñador profesional de horizontes. Percibía ciudades y seres que estaban lejos de los extraterrestres de goma verde y del Carnaval Alienígena para turistas que comenzó a organizar su ciudad el verano pasado.

Gracias a Suárez, Capilla del Monte fue la capital de un sueño, la capital del misterio, la capital de un amor que nunca fue correspondido por las estrellas.

El pasado 15 de marzo un aneurisma puso fin a la vida de Suárez en una clínica de la ciudad de Córdoba. Tenía 72 años terrestres. ¿Hace falta decir en qué cerro pidió que fueran esparcidas sus cenizas?