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A mar, Bolivia

Publicado: 3 octubre 2008 en Sergio Vilela
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Cualquiera diría que estamos en alta mar. Pero estamos aquí, a casi cuatro mil metros de altura, en un mar interior que no lleva a ninguna parte. Navegamos en una embarcación que ruge como una cortadora de césped asmática.

La bandera boliviana flamea sobre la cabina del timonel que mira taciturno las montañas que nos rodean. El cielo de mediodía está exageradamente azul, las nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe. Mientras tanto, media docena de marineros, que están disfrazados de buzos con aletas, se ponen sus antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que llegue la orden para empezar. La lancha mediana avanza a velocidad de carretera. Y el vaivén de las olas miniatura de este mar dulce y helado la hace saltar. En otro bote, inflable y con motor fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan para una operación submarina, como si jugaran a la guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver al soñado charco azul, a ese mar que está a miles de kilómetros de aquí.

Alguien da una orden por radio y la división de buceo de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir lo obvio. Al ver esas maniobras uno recuerda que los marinos siempre se están preparando para el combate. Aunque nunca llegue. Miro las caras de dos marineros que llevan salvavidas fosforescentes al cuello y que se han quedado en la nave. No deja de perturbarme su apariencia de niños. Un militar siempre está dispuesto a morir por defender un pedazo de tierra (o de mar), y da la impresión de que estos dos no se han enterado. Me acerco al más risueño y callado y pequeño para indagar. “¿Por qué quisiste ser marino?”, le grito para que oiga mi pregunta por encima del rugido del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como si nunca se lo hubiera preguntado. Este marino es de la tropa, del último escalafón de la Armada. Es del tipo de soldados que van en la primera línea, como carne de cañón. De pronto él despierta y me responde: “Para recuperar el mar, ése es mi deseo”. Y lo dice como si repitiera un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe. De fe ciega.

Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia, en el mejor remedo del mar que tiene este país, el lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos está el océano de verdad, el gigantesco continente azul. Aquí los marinos bolivianos entrenan sin descanso, como cualquier hombre de mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando llegue el día. Su día soñado, cuando tengan una costa de la que puedan zarpar hacia otros continentes y en la cual puedan desembocar todas sus esperanzas de progreso.

Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de Tiquina y donde se construye hace meses el primer buque hecho por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición y han sido recogidos por el bote inflable, en el que van los capitanes. Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile nos les hubiera “robado el derecho de tener mar”, como me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y con un ligero aire campechano que lo hace parecer un hombre pacífico, incapaz de disparar un cañón. Está acompañado por el capitán Y, un moreno huraño a quien le cuesta emocionarse. Ellos han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un bus casi vacío que sólo llevaba a algunos campesinos. Unos anfitriones que han preferido el anonimato para poder contarme, libres de la versión oficial, sus traumas acuáticos y sus sueños portuarios.

Habíamos salido de la base a tomar desayuno en un cafetín de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a entender cómo se vive en un país al que le han amputado una pierna. Y que no soporta verse al espejo mutilado de costa. Imagínate que tienes una casa, tu casa. Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a salir por la ventana o por encima del muro, porque te resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes recuperar tu puerta. “Así nos sentimos los bolivianos”, me explica el capitán X, quien me ha puesto el ejemplo para ver si entiendo. Después de la Guerra del Pacífico de 1879, Bolivia perdió 480 kilómetros de costa y se quedó atrapada dentro de su propia casa. Desde entonces ha tenido que salir por la ventana. Para el capitán X, igual que para la mayoría de los bolivianos, la falta de mar es una forma de explicar la pobreza de su país. “Si tuviéramos mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las puertas del mundo”, asegura antes de darle un mordisco al pan que tiene entre sus manos.

Ahora se sienten encerrados, encarcelados. Y no les parece justo que los chilenos no les den una salida, me recuerda el otro capitán tras sorber su café. Han crecido pensando que cuando uno tiene mar la economía mejora, las exportaciones se multiplican y llega más gente de todo el mundo. Los cálculos dicen que la economía deja de crecer un 1,5 por ciento por cada año de privación marítima. Han soñado desde niños con pasar los días de verano en sus playas y las noches caminando en familia por el malecón. Y el mar, además de ser el lamento boliviano más popular, ha sido la coartada más predecible de sus presidentes y dictadores. “Cada vez que necesitaban conjurar sus divisiones internas o disimular su impopularidad”, la causa del mar ha resucitado, asegura Vargas Llosa, quien pasó años de infancia en Cochabamba.

Rebobinemos. La historia boliviana más reciente cuenta que Gonzalo Sánchez de Lozada fue el último ingenuo que tuvo que dejar la presidencia de Bolivia antes de tiempo. Hace unos años todos nos enteramos de que los bolivianos se habían sacado la lotería, y que muy pronto serían millonarios. En Tarija había tanto gas bajo tierra que ni en seiscientos años de consumo creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una veta gigante y llena con el combustible del futuro. Estados Unidos y México comprarían.

La pregunta que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez de Lozada, era ¿por dónde sacamos el gas si no tenemos mar? ¿Perú o Chile? Pasó el tiempo. El presidente se reunió por aquí y por allá, negoció en privado posibles acuerdos, sintió nostalgia por el mar y pensó que, ahora que tenía el gas que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca. Estimó, evaluó, calculó, habló mucho por teléfono y al final decidió. Fue muy criticado por el precio que convino con los importadores. Sus enemigos denunciaron que prácticamente le regalaba el gas a Estados Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno para que estallara una revuelta popular, que degeneró en batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las calles de La Paz. El presidente también murió, políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con una aprobación de más del setenta por ciento. Todos querían al nuevo. Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de las Américas en México, le exigió a su colega chileno Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Para los bolivianos ése fue un acto de dignidad histórica. Un atrevimiento público que habían esperado durante años de sus políticos, y que nadie se había atrevido a hacer jamás. Para los chilenos eso no fue nada. La noticia estuvo al día siguiente en boca del mundo. Los massmedia le habían regalado más puntos al presidente periodista que demostraba su oficio. Aunque en apariencia el reclamo de Mesa no tuvo ningún resultado concreto,   pasado un tiempo Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia. Y las relaciones se enfriaron. Hasta que todo se congeló.

EL CAPITÁN X es de aquellas personas que se emocionan cuando pronuncian la palabra “patria”. Cruzamos la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno en el que está colgado el único teléfono público del pueblo. Afuera ha empezado a llover y el cielo de la sierra se ha nublado de golpe. Vamos de regreso a la base para seguir con el tour militar. Caminar con ellos es extrañamente cálido porque te hacen olvidar que tienen una mentalidad uniformada. El capitán Y, que parecía cumplir un papel secundario en esta película marina, ha empezado a hablarme con menos cautela. Se nota que han sido entrenados para callar. La opinión de un militar educado debe guardar la horrible solemnidad de un comunicado de prensa. Por ratos ellos caen en ese pálido tono impostado. Al comienzo me habían dicho con timidez que casi no tenían nada que decir sobre el gas y las renovadas posibilidades de salir al mar. Pero el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia calculada para que el gas logre abrirles aunque sea una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que es lo justo. Se emociona, alza la voz, golpea el aire con sus manotazos, y le creo el drama obnubilado que actúa para nosotros. El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en medio de la base. Unos doscientos soldados bajitos y flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de dos tallas más. Se parecen a la tropa peruana, y quizá a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército pobre, como los de América Latina, siempre parecen tener diez años. Los veo marchar y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos de plomo que no saben por qué ni para qué. Me aburren. Prefiero contemplar la postal que nos rodea.

El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina. Es como una piscina angosta que conecta y delimita a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito: el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros, y el viento helado que por las mañanas te cuartea los labios, esta tarde te arrullan.

Y la calma que se siente es tan rotunda que imagino cuán difícil es cultivar una mentalidad bélica en tan pacífico escenario. El capitán X pertenece a una estirpe que sólo existe en esta base naval. Una estirpe de gentes en las que habita un alma de marino sentimental: son niños que han soñado y rabiado en la escuela por el océano perdido y que ahora, de adultos, están dispuestos a recuperarlo, por épico amor. “El día que volvamos al mar, quiero estar ahí”, me jura el capitán X, quien lo dice pensando en sus hijos y en esa vez que los llevó a la playa en el Perú. Para un boliviano, igual que para cualquier mediterráneo, conocer el mar es lo que para Aureliano Buendía fue conocer el hielo. Y muchos viajan a la costa peruana para perder la virginidad marítima. Un día la familia del capitán X partió de La Paz en busca de sol y playa. Subieron y bajaron los Andes por carreteras caprichosas y tuvieron que serpentear abismos mientras descendían en busca del mar perdido. Llegaron al puerto de Ilo, la zona de libre tránsito que el Perú había abierto para que los bolivianos puedan correr olas. Al capitán X se le había grabado una imagen que atesoraba como una estampita: sus hijos jugando en la arena y persiguiendo la espuma del mar, mientras se mojaban los pies. Esa fotografía de la nostalgia podrá ser cursi pero es exacta. Captura la necesidad y la obsesión de un país entero que ahora reza al pie de una llave de gas que le abra la puerta al mar.

Pero regresemos al Titicaca: “Si este lago tuviera tres o cuatro grados más de temperatura, todo sería distinto”, me dice X. Las orillas serían playas exquisitas y, si cierras los ojos y tienes un segundo de imaginación, le creerás al capitán X cuando dibuja en el aire con su dedo índice los hoteles de lujo que habría alrededor: el Titicaca sería el último refugio del turismo exótico de oferta. Llegarían las multinacionales del confort, y todo el mundo vendría a tomar sol y a nadar en este Caribe de las alturas. Los bolivianos extrañarían menos el mar. Pero el maldito Lago Titicaca los ha castigado de por vida: el agua es despiadada y glacial. Bañarse aquí es suicida. Tan suicida como una guerra.

 

CADA VEZ que conversaba con algún marino de cualquier rango, la conclusión era la misma: Bolivia con gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, ese país que reclamaba desde hacía cien años una salida a la costa que alguna vez fue suya.

Ahora se trataba de un país con la segunda reserva más grande del continente, después de Venezuela. La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50 trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70 mil millones de dólares. Dinero suficiente para pagar catorce veces su deuda externa. Y para comprar veinticinco veces más armamento del que adquirió Chile durante todo el 2003, quien fue además el país que más gastó en América Latina. Mientras uno se convertía en millonario, el otro nutría su arsenal. Las piezas del ajedrez regional se habían empezado a mover. Semanas más tarde el canciller del Perú aparecía en los diarios de Lima y Santiago renegando con elegancia y aduciendo que estaba pendiente la frontera marítima entre Tacna y Arica, y La Moneda respondía que no había nada que resolver. Los ejércitos de la diplomacia cruzaban reclamos sobre ese viejo pleito pendiente que, con la necesidad de Bolivia de salir al mar, se volvía obligatorio. Y de nuevo, una vez más en la historia, Chile, Perú y Bolivia caminaban juntos hacia ninguna parte. La misma hipocresía de siempre en el vecindario. Los mismos países que se declaran amor eterno en Naciones Unidas, o en esas cumbres a las que los presidentes van para tomarse fotos cogidos de la mano, después se patean bajo la mesa. Creen que nadie los ve. Y pasa entre todos: Bolivia y Chile, Chile y Perú, Perú y Ecuador, Argentina y Chile. Mientras el Primer Mundo sigue llenándose los bolsillos y vendiéndoles lo que sea a estos países distraídos, que jamás podrán ser el David que vence a Goliat si compiten contra ese mundo de a uno. Sólo el estado de California produce más divisas que toda América Latina junta. Y pese a eso la unión de los latinoamericanos cada día está más lejos.

 

HABÍA LLEGADO a Bolivia el día anterior. Faltaba muy poco para aterrizar. El lago más alto del mundo había quedado atrás y el altiplano había aparecido por la ventanilla del avión como una mesa de billar. Liso y verde. Perfecto. La capital no parecía ser la típica ciudad de los Andes en la que los aviones tienen que hacer piruetas para poder colarse entre los cerros, antes de aterrizar sobre un valle profundo. Aterrizamos, como en una sábana. El aeropuerto de La Paz delataba desde sus salas de espera que Bolivia era la segunda economía más modesta de toda América. El hermano pobre. Sólo unas diez aerolíneas aterrizan regularmente aquí, y por eso había una atmósfera más de provincia que de capital esclava de la especulación en Wall Street. Era viernes pero parecía domingo. No hubo que pelearse entre el tumulto por las maletas. Ni nadar entre las mareas humanas de otros aeropuertos. Ni buscar ayuda para nada porque era imposible extraviarse. Cogí un taxi hacia el centro de La Paz. El aeropuerto queda en El Alto, un distrito desde el cual se desciende hacia la ciudad por una carretera culebra. Tuve que soportar los aullidos de las bocinas y la tos de los buses y el abultado desorden de los comerciantes de El Alto, antes de poder asomarme a La Paz. De pronto, como si se corriera una cortina, apareció la ciudad hundida en un socavón. La capital de Bolivia parecía una ciudad sembrada en un cráter. Y en medio del tapiz de cemento que la cubría, una veintena de edificios delgados como alfileres señalaban el camino hacia el centro.

El taxista me iba contando las últimas noticias del mar. Me dijo que los chilenos seguían haciéndose los locos con su reclamo, que se esperaba un próximo referéndum para decidir por dónde saldría el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían que sea por Perú y que muchos temían que, si salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa. Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba mucho más cerca que la de Perú. También me dijo que aquí los peruanos eran famosos por ser hábiles ladrones y que los chilenos eran famosos por ser estupendos empresarios. Mientras nos acercábamos al centro de La Paz, la ciudad se hacía cada vez más indefinible. Una extraña mezcla entre el aire botánico metropolitano de Bogotá y la anarquía acelerada de Lima. La Paz es una ciudad sobre los tres mil seiscientos metros de altura, en la que las calles siempre suben o bajan, haciendo que el acto de caminar sea una proeza cardíaca. Conserva el encanto añejo de las tradiciones que subsisten en medio de una aparente modernidad transnacional. Muchos negocios cierran a la hora del almuerzo. Quizá los paceños gocen haciendo su siesta. Las señoras mayores que se ven por la ciudad no muestran el menor entusiasmo por la renovación de sus vestidos de los años sesenta. Y son pocos los jóvenes que parecen andar al día con el último grito de la moda. Es difícil encontrar librerías bien surtidas y cines con proyectores y butacas y buen olor a forro nuevo. Al menos eso es lo que se ve desde la vitrina que es la Avenida del Prado, que atraviesa como una cicatriz la cara más céntrica de La Paz.

Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor de la Armada de Bolivia. Y me dijo una única y gran verdad: quien escoge ser marino boliviano es porque tiene, en cierto sentido, alma de sacerdote. Es el militar más sentimental de las fuerzas armadas, y cuando camina por las calles de La Paz la gente lo saluda y lo felicita de lejos y de cerca. Los marinos son como carteles humanos que le dicen a toda Bolivia “no se olviden del mar, volveremos a él”. Desde que quise venir a conocer a sus marinos, no hubo el menor problema y el capitán Fernández, quien me recibió, fue muy gentil y atento. Después me enteraría de que tuve suerte, algo que no le pasó a Sergio Paz, un amigo periodista chileno con abuelo boliviano, que llegaría días después y a quien tratarían de forma sospechosamente hostil. Paz me contó que primero le dijeron que lo atenderían en Tiquina, pero cuando llegó no sólo no lo dejaron entrar a la base del Titicaca sino que lo revisaron y le pidieron sus documentos como si fuese un espía. Encima de eso, un capitán de apellido Rodríguez, a quien yo jamás conocí, le dijo con sinceridad aplastante algo que Paz tardó en creer: “Nosotros odiamos a los chilenos”. Plop. Y se lo confesó sin rodeos. Pero el capitán Fernández, quien me condujo hasta el almirante Jorge Botello, es lo más lejano al marino que atendió a Paz. Por suerte.

Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor, éste estaba terminando de reunirse con el agregado naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene cuarenta mil kilómetros de ríos navegables y un acceso al océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque insignia, la embarcación más importante que tiene su Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el capitán Fernández, un tipo cobrizo de mejillas infladas que siempre está sonriendo, me sorprendió con la historia de la marina. Después de la guerra con Chile la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el presidente Paz Estensoro decidió reabrir la marina boliviana. Fueron más de ochenta años los que este país vivió sin marineros ni sueños de mar. Como me diría después el director de la Escuela Naval, en los años sesenta se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar. Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros que le gritaban al país “el mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber”, lema que hoy es el más repetido por el Ejército. Quizá por eso ser marino en Bolivia sea la última forma de idealismo en América Latina. Ya no hay revoluciones ni revolucionarios, pero hay marinos sin mar que sueñan y dan esperanzas a todo un país con su sola presencia.

Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los marinos más jóvenes. Cerca de quince cadetes habían formado un círculo espontáneo en el salón de recreo. La Escuela Naval quedaba frente a una fábrica de cerveza, a unos quince minutos del centro de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de Miguel Grau, el héroe nacional de la marina peruana. ¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo Punta Angamos, en la antigua costa boliviana. Tenían razones para quererlo. En el amplio salón había cadetes de quinto año y de tercero y de primero. Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente a él apareciera el océano que había confeccionado con tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los retazos de los cientos de fotos del mar que había visto en Internet pero que él jamás había visitado.

—No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico, sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y en el que la gente busca algo como el infinito.

Otro cadete, uno de voz ronca y que parecía ser el más educado y correcto y sabio del grupo, me dijo:

—Al principio me impactó la brisa marina que te entra a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no tener una costa propia. El agua es saladísima, como te la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es gigantesca.

Todos han empezado a confesar cómo fue su primera vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen me demuestra mi incapacidad para descubrir las sorpresas de lo obvio. Como siempre he vivido cerca del mar, es fácil ser un aguafiestas de los marinos. Pero oigo al cadete Albán, un tipo pequeño pero corpulento, quien confiesa haberse quedado asombrado con una puesta de sol en Mar del Plata, donde entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete Suárez y me jura que hay que tener vocación y gusto por el mar desde que naces. Y otro me cuenta que se enamoró del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también hay alguien que me dice que adora el mar y no lo conoce. Es un cadete coleccionista de fotos de todos los mares. Quizá sea su forma de poseerlo. De tenerlo en la mano. De cumplir el sueño boliviano.

HACE POCOS días me desperté con Bolivia. Prendí la televisión en la mañana para ver el informativo y todas las cadenas peruanas anunciaban lo mismo. Bolivia había decidido exportar su gas por Perú. Era más caro, decían los analistas de la CNN, pero el embajador boliviano le explicaba en directo a todo el Perú que tomaba su desayuno, que ésta era una decisión política. Una forma de decirle a Chile que se había perdido la oportunidad de su vida, por no querer negociar ni una franjita ridícula de costa con ellos. Al rato, los primeros parlamentarios peruanos opinaban y algunos ministros pronosticaban un gran crecimiento durante dos décadas en el sur del Perú. A mediodía apareció el presidente Toledo entonando la cadencia solemne con que ha anunciado al país las buenas y, sobre todo, las malas. Se tomó su tiempo y luego añadió con un suave dramatismo calculado: “He hablado esta mañana con el presidente Carlos Mesa y me ha manifestado su intención de sacar el gas boliviano por un puerto del Perú”. Demasiado bueno para ser cierto, creyeron todos. Pasaron horas. En la noche hubo un ciclón de desmentidos por parte del presidente Mesa, quien tuvo que desautorizar en prime-time a su propio ministro de Hidrocarburos, que había dicho que el gas saldría por Perú. El fallido anuncio de Toledo parecía entonces un mensaje cifrado de Bolivia para que Chile se suavizara con ellos. Un modo de advertencia: si no me das el mar que te pido desde hace cien años, le doy mi gas a Perú y punto.

Entonces recordé al capitán X y al capitán Y. Pensaba en ellos y pensaba en todo el país. En cómo Bolivia entera era capaz de mantener un sueño por tantos años y cómo creían que, ahora sí, con el gas, el mar estaba más cerca que nunca. Era asombrosa su resistencia. Pero también pensaba en su fragilidad. Si el gas sale por Perú, Bolivia renuncia a su propia costa para siempre. Una despedida definitiva del mar. Si sale por Chile, empieza un riesgoso coqueteo con la costa anhelada, algo que quizá jamás terminarán de ganar en la mesa de negociaciones. De todos modos, hay algo que seguramente no va a variar en Bolivia, lejos de cualquier decisión. En las casas y las escuelas, los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que el mar les pertenece. Les van a seguir diciendo que algún día, quizá quinientos o mil años más tarde, ellos volverán a bañarse en las playas del océano Pacífico. Por derecho, por deber, por romántica necedad.