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En el poblado de San Antonio, en la comuna de Tierra Amarilla, en pleno desierto, llueve como nunca. También hay truenos y un viento chillón que no dejan dormir a Mari Marín (34). hasta que un ruido seco la despierta de golpe. Salta fuera de la cama y los pies se le hunden en el barro hasta los tobillos. son las tres de la mañana.

–¡Despiértate, Víctor! ¡Despiértate, que se nos inunda la casa!–, zamarrea a su marido. Agarra en brazos a Francesco, su hijo de 5 meses que dormía en su cama, y camina como puede entre el lodo para despertar a sus otros dos hijos. No hay luz. La puerta de Felipe (18) está trancada por el barro y la de Camila (13) bloqueada por una cómoda. Víctor golpea con fuerza las puertas de sus hijos y les grita desesperado que se despierten. Mari lo ayuda a empujar la puerta de Felipe, que no afloja. “¡Hijo, tienes que salir de ahí ahora!”. El niño reacciona rápido: se da cuenta que está encerrado y que el barro le sube por las piernas. Toma su televisor, rompe la ventana, salta hacia fuera, y entra por la puerta principal a la casa. Mari llora abrazando a su guagua. Junto a Felipe se suben a la mesa del comedor mientras Víctor lucha contra el mueble que lo separa de la pieza de Camila. La niña, inexplicablemente, sigue dormida. Cuando Víctor logra entrar, el barro ya alcanza la altura de la cama de su hija. Se estira y la levanta de un tirón del pelo. Se suben los cinco a la mesa del comedor. El agua sigue subiendo. Se escuchan las casas alrededor derrumbándose. Los vecinos gritan.

–¡Hay que salir de acá ahora!–, dice Víctor. –Si no, la casa se nos va a venir encima.

Pero salir, a esas alturas, significaba dejarse llevar por la corriente de lodo que corre cada vez más fuerte por la calle. Y eso, con una guagua de cinco meses en brazos, es una tarea suicida. “Yo solo pensaba en mi niño, tan chiquito, tan indefenso. Le pedía a mi mamá en el cielo que salvara a mi hijo, que nos salvara a todos”, recuerda Mari, sentada en lo que queda del living de su casa: unas baldosas rosadas sobre un terreno baldío. Ninguna pared. Ninguna estructura.

Lo muebles empiezan a flotar, las sillas se chocan unas con otras. Desde arriba de la mesa, Mari ve la pequeña tina de plástico celeste en la que algunas horas atrás había bañado a Francesco. Olvidó guardarla en el baño y ahora flota en la mitad del living. “Saquémoslo en la bañerita, Víctor”, le dice a su marido. Envuelven a la guagua en un manta y lo amarran a la tina con un chaleco. Entonces deciden abandonar la casa. Los 19 años de esfuerzo, las fotos, las camas nuevas, la pieza recién remodelada de Felipe. Salen a la calle convertida en río y no miran para atrás. Los niños primero. Mari le pasa la tina a su marido con Francesco dentro. Los arrastra la corriente. Apenas mantienen las cabezas fuera. El barro está frío.

“Vamos a morir”, piensa Mari, mientras la arrastra la corriente. “Escuchaba gritos de todo el pueblo, todos pedían auxilio pero nadie podía socorrer a nadie. El barro traía de todo, era espeso, como que te chupaba. Yo gritaba: ‘¡Francesco, Francesco!’, porque mi niño iba más adelante y apenas podía verlo”.

Unos 100 metros más abajo, a la altura de la Escuela de San Antonio, la familia se agarra de un árbol y unos vecinos logran rescatarlos del río. Cual Moisés, Francesco sobrevive salvado en una cesta. Están apenas vestidos, con los pies descalzos y las piernas rasgadas por los escombros. Mari recibe de nuevo en brazos a su hijo menor. Lo abraza. El niño no llora. Solo la mira con los ojos muy abiertos. Está lleno de barro, mojado. Vivo.

Mari Marín y Víctor Mora son una de las 20 familias que conformaban la pequeña localidad de San Antonio. Nacidos y criados ahí, aún les cuesta creer que apenas queden rastros. A 70 kilómetros de Copiapó, esas 3 calles, que existen mayormente para alojar a los trabajadores de empresas vinícolas, estuvieron aisladas por 3 días, 16 de sus familias quedaron damnificadas y 2 personas murieron. Una de ellas fue el sobrino de 4 años de Mari, Máximo Cerezo, el niño que se soltó de los brazos de su padre. Mari, Víctor, Camila, Felipe y Francesco Mora hoy permanecen allegados en el fundo de la Frutícola Atacama, donde trabaja Víctor. “Lo más difícil ha sido darles ánimo a mis hijos luego de perderlo todo. La Camila tiene rabia. Me dice ‘mamá, ¿por qué nos pasó esto si nosotros no nos metimos con nadie?’. Yo le digo que son cosas que pasan que no podemos prevenir algo así”, dice Mari. “Es muy duro tener que empezar de cero pero lo que pasó me ha hecho crear un lazo más fuerte con mis niños. Siento que les salvé la vida y que ahora tenemos que salir todos juntos adelante”.

Un pueblo demoliéndose

A la una de la tarde del 25 de marzo, en el restorán QRZ Búfalo de Chañaral, la imagen es esta: como si se desbordara una represa dentro de una habitación. La puerta del restorán sale disparada, los sacos de arena se rompen, las ventanas estallan. Los muebles se levantan, la mercadería cae de las repisas, las sillas chocan unas con otras. Y ahí está Vilma Alcoba (37), parada con su hijo Mateo, de 20 días, en brazos en medio de esa licuadora. Lo abraza fuerte y cierra los ojos. Reza. Siente el agua fría subiendo rápido por su cuerpo, los palos que trae el lodo chocando con sus piernas. Hay un pueblo demoliéndose a su alrededor y Vilma no escucha nada. A unos pocos metros de ella su jefe lucha por avanzar contra corriente y rescatarla. Le grita que reaccione, que se dé la vuelta y se acerque a él. Le grita que le pase a Mateo. Que lo haga rápido, que él puede ayudarlos. Pero ella está paralizada.

Esa mañana había sido un tanto diferente para el restorán QRZ Búfalo de Chañaral. Su dueño, Darwin Vargas, decidió no abrir ese día luego de que se decretara alerta de evacuación por las lluvias en la zona. En el local –ubicado en la Panamericana Norte, frente a la Petrobras y a solo unos 80 metros del río El Salado– él y sus cuatro empleados tomaron desayuno con calma en el comedor. Como el agua había empezado a entrar ligeramente por las rendijas de las puertas, se dedicaron a sellar las entradas con sacos de arena, a recoger las cosas que estuvieran en el suelo y a subir la mercadería hacia estantes más altos. Todo por precaución. No tenían en mente ningún peligro mayor.

Vilma Alcoba trabajaba en el Búfalo desde hacía seis meses. Había llegado a Chile desde Bolivia en 2013 buscando ganar más dinero para mantener a los cuatro hijos que dejó en Santa Cruz. Luego de unos meses en Iquique trabajando como asesora del hogar, partió a Chañaral con la idea de vivir en un lugar más tranquilo, donde ganara más y pudiera trabajar como cocinera. Eso lo había encontrado en el Búfalo. Le daban trabajo, alojamiento y la recibieron sin problemas esperando a su quinto hijo, Mateo, quien había nacido el 5 de marzo, 20 días antes del aluvión.

Tras el desayuno, Vilma se va a su habitación ubicada arriba del local. Con su hija mayor Briyit –quien había llegado desde Bolivia en octubre de 2014– recogen todo lo que hay en el suelo, por si acaso. Los zapatos, el bolsito de Mateo, una maleta con ropa: todo lo dejan sobre las camas. Vilma pone a Mateo en su coche y vuelve al restorán. Está sola recogiendo las cosas que hay en el piso. Ya el suelo está un poco resbaloso así que sube el coche –con su guagua– a una mesa. Guarda más implementos de cocina. “Hacía mucho viento pero llovía apenas poquito. De repente miré para afuera y vi el auto de mi jefe que se lo llevaba el agua. Fue muy rápido, como si viniera una ola. Entró toda el agua y todo venía revuelto: latas viejas, palos de madera, el agua bien oscura, espesa. Ahí no sabía adónde ir, si escaparme hacia los cuartos, no sabía qué hacer con mi bebé. El coche de mi bebé lo había puesto con freno así que no podía bajarlo de la mesa. No me quedó otra que jalar a Mateo desde su brazo y se me cayó el coche. Intenté correr con él pero no podía moverme, estaba en shock. Don Darwin me dice que él me hablaba, me pedía que reaccionara, pero yo estaba paralizada. Yo creía que ahí me moría con mi bebé”.

Vilma ya casi no toca el piso. No sabe nadar. Se impulsa intentando alcanzar el suelo mientras mantiene a Mateo arriba de sus brazos. Traga agua. Su jefe está unos tres metros atrás, en el umbral entre la cocina y el comedor, pero una máquina de bebidas sobre su pierna derecha impide que avance. Cuando Vilma reacciona y le intenta pasar a Mateo a Darwin, la guagua se le suelta de las manos. Se hunde. Ella lo recoge de inmediato. Lleno de barro, Mateo llega a las manos del hombre. Vilma llora. El agua ya les llega hasta el cuello y a Vilma le cuesta mantenerse a flote. Darwin logra impulsarse con fuerza y sacar la pierna atrapada por la máquina. Entonces deja a la guagua en el entretecho y sube él también. “Me decía: ven, Vilma, tú también tienes que salvarte. Yo no reaccionaba, solo le decía ‘salve a mi hijo, por favor’. Y entonces ahí fue cuando pensé en mis otros hijos. Yo soy papá y mamá para ellos, así que me acerqué no sé cómo, todo era muy pesado para moverse. Trepé por una ventana y una repisa hacia el entretecho y agarré a mi bebé que ya estaba morado; no lloraba, botaba flema pero con barro. Lo abracé, aún respiraba”, recuerda Vilma.

Darwin Vargas se sujeta de unos pilares y, a patadas, rompe el techo. Salen a la superficie de hojalata y se dan cuenta que están en una isla en mitad del infierno. A su alrededor ya no quedaba nada: los locales aledaños habían desaparecido; el río El Salado, desbocado desde Diego de Almagro, había arrasado con toda la costa de Chañaral y traía consigo kilómetros de casas destruidas, maquinaria pesada, camiones, palos. Ya no existía separación entre el mar y el río; todo era agua furiosa, cargada de lo que se le había atravesado en el camino.

El hombre de repente recuerda que sobre los baños tiene una bodega con agua, papel higiénico, toalla nova y bidones de lavaloza. Cuenta las vigas y rompe el techo desde fuera. Ahí se refugian Vilma y Mateo. La guagua está fría, no llora, apenas se mueve. Le sacan la ropa llena de barro, le limpian la carita y lo envuelven en toalla de papel y bolsas plásticas. Vilma se quita el barro de su pecho y amamanta a Mateo en medio del diluvio. En ese techo sobreviven tres horas, de las 3 a las 6 de la tarde. Finalmente, luego de innumerables llamados de Darwin y de un relato en vivo a un canal de televisión, un helicóptero los rescata.

Vilma y Mateo son trasladados directamente al hospital de Chañaral, sin mayores daños. Briyit, la hija de Vilma, también logra salvarse. Hasta la fecha, permanecen en el albergue Federico Varela, con otras cuarenta familias que lo perdieron todo. Chañaral tuvo pérdidas materiales importantes: el río partió el pueblo por la mitad y 70 por ciento del comercio quedó destruido. Sin embargo, Vilma quiere quedarse y planea traer a sus otros tres niños de Bolivia. “Cuando supe que mi bebé y mi hija estaban bien me prometí que no volvería a separarme de ellos. Quiero que ellos no tengan que pasar sacrificio, que tengan un buen futuro. Sé que aquí estaremos mejor aunque tengamos que partir de cero”, dice.

El instinto y el miedo

Yohanela Gatica nació en el asiento trasero de una camioneta Chevrolet Colorado blanca, a las 5:28 am del 26 de marzo, poco después de que Copiapó quedó sumergido bajo el barro. Sin luz, sin anestesia, sin médico a cargo. Su madre, Camila Abarca (20), había huido a la una de la tarde con su hijo Luis Mauricio de 3 años, su pareja y sus padres, al Cerro La Cruz –un pequeño montículo de arena y piedras al lado sur de Paipote– para protegerse del desborde del río Copiapó que los obligó a abandonar su casa. Camila apenas podía caminar: estaba con un embarazo de término.

Ya sobre la cumbre, algunos vecinos se aventuran a bajar de nuevo en búsqueda de carpas. La pareja de Camila está entre ellos. Camila y su hijo se quedan en el cerro, esperando. Mojados, con la ropa embarrada y apenas cubiertos por una tela de plástico, observan cómo Paipote se inunda calle por calle. Cuando cae la noche, Camila y otros once miembros de su familia se refugian en una carpa para seis. Todos están sentados, menos ella, que está recostada sobre las piernas de Luis. “Tenía mucho frío y estaba muy incómoda. Hacia las 9 de la noche me empezó un dolor muy fuerte en las caderas, pero no dije nada. Jamás pensé que iba a tener la guagua esa noche, pensaba que era un dolor más”, recuerda. Pero su familia se da cuenta de que algo anda mal: Camila suda y frunce la cara. Su padre le dice a un vecino que su hija está embarazada, que por favor le preste la camioneta para recostarse. Se acuesta en el asiento delantero.

En el cerro hay un estudiante de Paramédico que se entera de que Camila está con dolores y, por mensaje de texto, le pide a su tía matrona que le dé instrucciones. Lo primero es medir la frecuencia de las contracciones: a las 11 pm Camila las tiene cada 10 minutos. Le dicen que probablemente tendrá la guagua a la mañana siguiente. Pero todo corre más rápido: “Cada vez eran más fuertes. Ya no las aguantaba, no podía moverme hacia ningún lado. El paramédico me dijo que la tendría como a las 4 de la mañana pero yo no quería. Les pedía que, por favor, alguien me viniera a buscar, un helicóptero o algo; no soportaba el dolor”, recuerda.

Deciden pasar a Camila al asiento trasero. Ella grita. Aprieta los respaldos, las puertas. Todo el cerro sabe que hay una mujer en trabajo de parto. El paramédico empieza a buscar implementos para poder recibir a la guagua: agua caliente para limpiar los instrumentos, una bolsa limpia para recibir la placenta, mantas para arropar a la guagua. Existe un riesgo mayor: en el primer parto, a Camila le hicieron una incisión para que Luis naciera. Si se rompe de nuevo, no tienen cómo suturarla. “Yo tenía mucho miedo de que el tajo se me abriera. Además, tenía mucha vergüenza, todo el mundo se puso a mirar fuera de la camioneta. Fue el dolor más insoportable que he sentido. Empujaba y empujaba, pero nada. El paramédico me ayudó rompiendo la bolsa con las manos y ahí empezaron las contracciones al máximo. Todo el mundo alrededor me gritaba: empuja, empuja. Yo hacía mi mayor esfuerzo pero no salía. Hasta que, de repente, nació. Sentí un alivio increíble de verla, que mi niña estaba bien, que no le pasó nada. Me tiré para atrás, la abracé y lloré”, recuerda. Por unos segundos la lluvia y los truenos se camuflaron con aplausos, bocinas, gritos de alegría.

Recién a las 12 de la mañana siguiente un helicóptero pasa a buscar a Yohanela y a Camila. El sobrevuelo es desolador: la cancha de fútbol desaparecida, los autos destrozados, las casas sumergidas, el parque de juegos sin juegos. “A la mañana siguiente todo había desaparecido. Tenía mucha pena por toda la gente que había perdido todo y a la vez mucha alegría por mi hija”, dice Camila. En el hospital le confirman que su guagua y ella están en perfectas condiciones.

Junto a otras 20 familias, Camila, Yohanela, Luis y Luis jr. siguen durmiendo en una carpa sobre el Cerro La Cruz, a la espera de poder reconstruir su casa. “Luego de eso mucha gente me decía que mi guagua fue como un milagro en mitad de la tragedia. Me decían que le pusiera Esperanza, Paz, pero nos quisimos quedar con Yohanela. Ella es lo más lindo que me ha pasado, con mi hijo Luis. Es como un impulso para todos de que hay que salir de esta”, dice Camila.

Encerrados en un container

Nancy Rojas (51), su marido, sus tres hijos y sus suegros fueron rescatados de un container a 3 kilómetros de su casa en Paipote, en Copiapó. Se habían auto-encerrado ahí para protegerse del alud que dejó su casa enterrada bajo el barro.

“¡Se reventó la defensa! ¡Salgan ahora! ¡Salgan ahora que viene el agua!”, escucha Nancy a un vecino gritar desde la calle.  Así se despierta la familia Rojas, a las 4:30 a.m. el jueves 26 de marzo. Todo ocurre en un lapso de 5 minutos: la defensa del río se rompe, el agua se rebalsa, se expande rápido por las casas que bordean el cauce, avanza violenta, rompiendo postes, puertas, arrastrando autos. Llega a la casa de los Rojas y un ruido
metálico se escucha: la corriente de lodo vuela el portón delantero. El barro levanta la puerta de la casa, se inunda el living, las piezas, los muebles flotan. Todo está negro, los vidrios se rompen.

Nancy está paralizada. Su marido Miguel Abarcia pide auxilio por radio. Sus hijos alcanzan a guardar sus notebooks e Igsa, la única mujer, recoge al perro Toy de la familia, lo mete en una bolsa plástica y se lo cuelga a su madre al cuello. “Esto se lo va a llevar el agua. Hay que salir ya”, dice Miguel. Nancy llora. Ve toda su casa derrumbándose y mira a su marido buscando instrucciones. “Ahí él me dijo con mucha pena que teníamos que dejarlo todo. Yo no reaccionaba. Quería correr, encerrarme en el baño y que todo pasara rápido”, recuerda Nancy.

Salen por la puerta trasera. El patio está convertido en una piscina de barro. Miguel toma una escalera metálica y les dice que la única manera de salir es trepar el muro hacia la calle de atrás. El lodo ya les cubre las piernas. Es difícil moverse. Especialmente para los abuelos de 78 y 79 años. Rodrigo, el hijo mayor, carga en la espalda a su abuela. Se afirman de los tendederos pero no son suficientemente firmes. Las murallas laterales de adobe se empiezan a derrumbar. No alcanzan a subir por la escalera porque el lodo, con su propia fuerza, los alza y quedan casi sentados arriba del muro. Nancy agarra las manos de sus hijos. “Del otro lado nos dimos cuenta de que la situación era igual: casas derrumbadas, postes caídos, autos dados vuelta, la gente llorando, pidiendo auxilio porque se estaban ahogando. Además, apenas veíamos porque la luz estaba cortada. No sabíamos qué hacer”, recuerda Nancy.

Entonces ve el container en la calle y se lo señala a su marido. “Derrumbémoslo nomás, echémoslo abajo”, dice él. Con un palo que flotaba, Miguel rompe el sello del candado y en fila india se sostienen entre todos para llegar hasta ahí. Se meten todos adentro. El lodo entra mientras tienen la puerta abierta así que se encierran. Se sostiene de unas literas que hay al interior. “El container empezó a moverse por todos lados, nos pusimos a rezar. Ya yo había perdido todas las esperanzas. Pensaba simplemente que eso se iba a caer por un barranco, que se iba a ladear, que nos íbamos a morir adentro. El container se movía y se movía”, recuerda Nancy.

Entonces para. Luego de avanzar por la calle Caupolicán, empujado por el río de lodo, el container se detiene en un banco de barro. Miguel había informado por radio de la situación y ubicación y a los pocos minutos una camioneta 4×4 llegó al rescate de los siete.

La familia Rojas perdió todo: la casa, los dos vehículos con los que el padre y el hijo mayor trabajaban en transporte, las dos máquinas de coser con las que Nancy hacía arreglos. Ahora viven de allegados en la casa del pololo de Igsa. “La casa que perdimos era de mis suegros. Yo no le deseo esto a nadie. Estoy esperando que se abra el área de salud mental del hospital para buscar cómo superar el trauma porque ha sido muy fuerte. Pero cuando pienso en la gente que murió y en cómo nosotros nos salvamos, pienso que todo es por algo, que tenemos que tener fuerza y volver a pararnos”, dice Nancy. ·