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¡Thawra!

Publicado: 3 noviembre 2011 en Témoris Grecko
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Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente de la camioneta y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Jaled quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los cientos o miles de mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría: matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja era de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Jaled no tenía idea de por qué: su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El mercenario encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Thawra, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las nubes grises y el mal tiempo se apartaban por una horas. Jaled trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

―No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano-. ¿Qué significa lo siguiente?
―No nos podemos defender.
―¿Por qué?
―Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.
―¡La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande Libia, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De esas reservas recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Moamar Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero pasado en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los habitantes de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Había destrozos: alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien me hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… protegimos todo”. La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Thawra parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza áerea desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara.

De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28 de febrero, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió a Gadafi conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportarla. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron las poblaciones perdidas…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente el arsenal que le vendieron las grandes potencias y con ellos masacró a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían cuidado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar, Ali Hassan Al Jaber, murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo una estampida hacia Tobruk y Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”, decía el dictador.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el ex presidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el ex presidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

En ese momento, la posibilidad de que el Consejo de Seguridad de la ONU decidiera ponerle límites a Gadafi parecía nula, y el balance de fuerzas estaba de su parte: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica.

Jaled sentía la necesidad de rezar, como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructura, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño (apenas seis millones de habitantes en un territorio del tamaño de México) que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor el estado de ánimo de la gente. Cuando llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, y su carácter distintivo era el optimismo.

Los bengasíes no se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Los rezos del viernes 4 de marzo fueron los del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad. Un poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días o una semana, y triunfarían.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir todo su armamento y utilizarlo. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdió el territorio conquistado y Ajdabiya quedó en peligro. Las oraciones del viernes 11 fueron las de la consternación, la preocupación y el miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no dejará a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En las pesadillas de los bengasíes no sólo aparece Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi. Las autoridades llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas para tirar de él hacia abajo, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos.”

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la céntrica plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes —Jaled entre ellos— respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, respondían las decenas de miles de gargantas.

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba la ceremonia masiva al lado de Nasser Haddar, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Thawra. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estábamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al checkpoint entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Bin Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturado por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes lo habían abandonado.En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no percibimos indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército.

Era el punto de vanguardia y había un inmenso desorden. Los combatientes serios —algunos soldados y ex soldados— eran una minoría. Casi todos los demás eran hombres de diversas edades, en especial jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas extraídas de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban al frente. No existían mandos, ni estructura. Cada quien hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión causada por decenas de improvisados que jugaban con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran los favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Intentaban sostenerlos una sola mano, como Rambo, pero a veces perdían el control y el arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Nuestro chofer y Ajmed Fatji, un militar que se pasó al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fatji, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios derrocaron a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi reaccionó lanzando a sus fuerzas a reprimir, y mataron a muchos. La respuesta de la gente fue tomar las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local —abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos—, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque casi ningún libio había visto alguna vez a un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En contra de Gadafi, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como inexperiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Thawra. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa?

Mis primeras impresiones fueron poco menos que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli? La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”, dijeron en cada encuentro con los medios.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados e incluso algunos compañeros ya retirados. Como todos se robaban la palabra, un viejo ex piloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorprendió un poco. “Yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él sólo se encogió de hombros. Nos salimos.

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto veterano en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, atrajo a una multitud de adolescentes a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador dentro y fuera de Libia, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África; por ello invirtió enormes recursos para comprar influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y ha vivido temiendo que le hagan lo mismo a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos, mientras formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilibrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de mercenarios le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con millones de dólares en efectivo para hacerlo), a estos extranjeros no les interesará darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los mercenarios.

Estos mercenarios suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto alimenta el racismo de muchos en la mayoría árabe, de tez mucho más clara. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a supuestos mercenarios con cascos amarillos atacando a civiles en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar y el momento equivocados (hay unos 500 mil trabajadores inmigrantes de otras naciones africanas en Libia).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El recién formado Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos mercenarios detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. Lo entendí mejor al encontrarme con algunos casos, como en el policlínico de Brega, donde había un hombre y dos de sus hijos, de 14 y 11 años, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. El menor tenía un gemelo idéntico, que murió en la acción. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

La táctica de los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (desde aviones, barcos y submarinos, o utilizando la artillería). Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se marchaban a dormir, las fuerzas de tierra avanzaban, ocupando posiciones silenciosamente.

El plan de Jaled y sus compañeros thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado su operación, encontraron a un grupo de rebeldes muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, Jaled vio a su amigo desplomarse de un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y luego al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus amigos. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Luego vio al mercenario, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó durante horas sin luz, trastabillando, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran rebeldes bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se enfrentó a él, había organizado una operación sorpresa. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos. La noticia reanimó a muchos en Bengasi, entre ellos a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin habían actuado: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana las fuerzas del dictador habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Thawra. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Jaled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Josni Mubárak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban, bailando con lágrimas y carcajadas.

Y la madre de Jaled —con gafas de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubárak había hablado a la nación para hacer gala de terquedad, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara (de televisión, compacta o de teléfono móvil, nacional o extranjera) para expresar sus opiniones.

De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso que creció como una ola inmensa: “¡Mubárak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento.

Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso.

Fue distinto con Alshimaa Helmy, una cíber-activista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “¡Se fue, se fue, se fue, se fue!”, decía como si tratara de convencerme a mí y a sí misma, “¡se fue!”.

“Hemos sido nosotros”, dijo algunas horas más tarde. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said levantó a los egipcios de su sueño. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

“¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?”, se preguntaba Shimaa después de que el 14 de enero, una revuelta civil terminara en Túnez con el gobierno de 32 años de Zine el Abidine Ben Ali. “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país”, pensaba.

Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled había grabado en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo había subido a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo describieron como distribuidor de droga.

Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook, había dos mil miembros, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí”.

Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011.

Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo estaba riendo tanto con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Como a las 3 de la tarde éramos mil, para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”

La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara: estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible”. Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”

“¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

En esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente les perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión.

“Era totalmente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…”

El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubárak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinidos, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas.

Ante el fracaso de la represión oficial, Mubárak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubárak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: yo o el caos.

Después de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles.

“Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del PND (Partido Nacional Democrático, el de Mubárak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas quemándose al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado todos esos días, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”.

Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundía rumores: que los manifestantes que ocupaban la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo KFC diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook, que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto.

A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubárak: yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, se trataba de la única persona capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento.

No era lo que se veía en la manifestaciones, sin embargo. Una cruz y una media luna entrelazadas, de una forma que recuerda a la hoz y el martillo, simbolizaban el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. En Tahrir las vi en muchas variantes: dibujadas con piedras sobre el pavimento, así como en carteles y banderas. Sobre todo los domingos, cuando los sacerdotes realizaban pequeñas ceremonias resguardadas por musulmanes.

Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubárak atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB

“Tendrán que hacerse investigaciones, pero es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno”, opina Shimaa. “Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al Islam. Es la regla básica: divide y vencerás”.

Shimaa y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la pequeña República de Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar.

En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres.

En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que sube todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello y ajustado al mentón).

Como Shimaa, quien con sus 21 años, está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana”. Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante”.

El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo”. Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO-FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

Mubárak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra que lanzaron palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país HIZO un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos.

El dictador echó todo por la borda. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro-Mubárak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas; y por unos cuantos simpatizantes de verdad. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran.

Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos uno por puñal. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se convirtieron en una herramienta (inútil) para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. El Comité para la Protección de Periodistas elaboró una lista de más de 140 colegas que habían padecido abusos, golpizas, detenciones, secuestros y robos en sólo 18 días de conflicto.

Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto.

Ya en la plaza, abundaban los caza-espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes más conscientes podían formar cadenas de protección, otras no. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares.

Aunque se trataba de una minoría (en general, los revolucionarios se nos acercaban a agradecer la atención que le dábamos a su movimiento), eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubárak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios.

Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomar horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber si eran pro-Mubárak, anti-gobierno o neutrales.

Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías, sin entrenamiento ni idea de nada. No se ponían de acuerdo porque todos estaban intoxicados por el sentimiento de autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente de bigotillo ralo salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte con dedos sucios y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México”. “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?”

Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra.

El impacto en la economía de la micro-feudalización del país, del cíber-apagón, de la campaña contra los extranjeros y de la violencia en general, todavía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares evalúan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en las previsiones de crecimiento del producto interno bruto de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

Eso ocurría en “Egipto”. En la República de Tahrir, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubárak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas.

Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez.

“No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés. “Lo mío no fue nada. Te enseñaré lo que sí importa”. Me mostró la portada de un periódico con ocho fotos de personas. Unas estaban destrozadas a golpes. Otras eran jóvenes vivos. Me impresionó en particular la de una chica de cabello ondulado, que mira a la cámara con sonrisa y ojos coquetos, graciosos. “A ellos los mataron”, lamentó Ahmed mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubárak”.

Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y 5,000 heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes.

La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o simples montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi delgado saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo).

Era una muestra pequeña de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un punto innegociable: Mubárak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 365 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

Rezaba un cartel: “Hitler mató al pueblo judío. Mubárak, tú mataste a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”

Y EL FARAÓN SE FUE

El vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. “¿Qué necesitas hacer en ocho meses que no hayas podido hacer en treinta años?”, preguntaban los carteles en Tahrir.

La jugada de Suleimán –comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque los primeros (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que sólo se representaban a sí mismos, que no podía tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubárak se tenía que ir.

Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (las manifestaciones de los martes y los domingos se sucedían rompiendo récords, extensión (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa (algunos llegamos a pensar que el movimiento se conformaba con aislarse en la plaza Tahrir, pero los manifestantes salieron a bloquear el parlamento, ministerios, la televisión y la casa presidencial), las demandas de que el presidente renunciara se extendieron hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la CIA estadounidense y hasta el nuevo presidente del PND, anticiparon que Mubárak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera.

Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó humillado a Arabia Saudí. En su imaginación, Mubárak está seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día le habló en un tono cálido y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él en lo personal, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre.

Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”.

Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, después de que el presidente los había hecho parecer tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que llegan a ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Andrea, la anarquista, conversaba con Amr y Omar, dos jóvenes manifestantes. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubárak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

El sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos: día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado semanas en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían en grupo a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta.

No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas para competir. “Nos están diciendo las palabras correctas y están haciendo los sonidos correctos”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Tendremos que ver que cumplan”.

Una mujer mayor lo observaba con orgullo. “Nosotros nunca hicimos esto, nunca protestamos, los dejamos aplastarnos”, comentó. “La memoria de Jaled Said inspiró a los jóvenes y mira ahora, ¿quién hubiera imaginado hace sólo tres semanas que derrocarían al dictador?”

“Yo estaba desesperada”, recordó Shimaa. “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, sin hablar ni quejarse, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora siento que creo en ellos, cuando veo sus caras en las protestas, cuando veo sus espíritus, que nunca había visto desde que nací, sé que algo muy bueno esta pasando”.

En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, al alejarme de la plaza Tahrir, dos alegres adolescentes preguntaron:

–¿De qué país eres?
–De México.
–¡La próxima será en tu casa!

Tormenta de polvo en Irán

Publicado: 11 agosto 2010 en Témoris Grecko
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“Somos mugre y polvo”, me dijo Hafez, de 23 años. Su rostro estaba cubierto con una tira de tela verde que le daba varias vueltas, como un superhéroe de Marvel, pensaba él, o como una momia mal vendada, decía su novia. “(El presidente Mahmoud) Ahmadinejad dice que somos mugre y polvo y el mundo tiene que saberlo”.

El día anterior, domingo 14 de junio, cuando el presidente celebraba su reelección, de acuerdo a los resultados oficiales de los comicios del viernes 12, había realizado un gran mitin de celebración en el que había descrito así a sus opositores: “El gran río de la nación no dejará ninguna oportunidad para que se expresen la mugre y el polvo” (khas o khashak, en idioma farsi). El lunes 15, más de un millón de ciudadanos con motivos verdes (como es el color del Islam y lo adoptó la campaña del candidato opositor Mir Hossein Mousavi, lo usan en bandas en las muñecas, cintas anudadas en un dedo, pañuelos en la cabeza y banderas) marcharon en rechazo a su supuesto triunfo y convirtieron la larga avenida Enghelab en un caudal, un ancho torrente de rica clorofila, que pudiendo disputar el título de gran río de la nación, prefirió reivindicar el descalificativo y asumirse orgullosamente como mugre y polvo.

El flagrante fraude electoral que le concedería un segundo periodo a Ahmadinejad dio lugar a una serie de protestas masivas que se extendieron por todo el país, las más grandes desde el triunfo de la revolución islámica de 1978-79, y continuaban en medio de un Estado de sitio no declarado al momento de escribir este texto. En paralelo a la presión en las calles, tenía lugar una pugna sorda en las altas esferas del régimen en la que ya no es sólo la posición de Ahmadinejad la que está en cuestión, sino la del líder supremo (quien está por encima del presidente, el congreso y las cortes), ayatolá Ali Khamenei: su decisión de respaldar los resultados y autorizar la represión lo ha puesto a él mismo en la línea de fuego.

Como hombre araña enverdecido, Hafez (no se anotan los apellidos de varias personas citadas para proteger su seguridad) trepó por un poste eléctrico hasta subir al techo de una parada de autobús, desde donde gritó: “¡Aquí nos tienes Ahmadinejad! ¡Somos una gran tormenta de mugre y polvo!” La multitud rugió: “Khas o khashak, khas o khashak”, lo que dio paso a un “Mousavi, Mousavi, Mousavi” (por el principal candidato reformista, Mir Hossein Mousavi). Se callaron pronto, porque para responder a la acusación de que sólo son alborotadores (“ladrones, homosexuales y cabrones”, los había llamado Ahmadinejad), la manifestación debía ser silenciosa.

El estudiante de ingeniería electrónica bajó emocionado por el efecto de su acción. Su chica también lo estaba y se acercó a él como para abrazarlo y llenarlo de besos. Pero sólo lo tomó de las manos –de las puntas de los dedos– y lo miró a los ojos con adoración. Esto es Irán y las restricciones impuestas por la república islámica se han acomodado muy dentro en el subconsciente. Ninguna mujer marcha sin el cabello cubierto. Y las expresiones de amor se reservan al ámbito más íntimo.

El peso del hijab

“Tú no puedes forzar a un pueblo entero a asumir una vida de valores religiosos”, comenta Somayeh, una directora muy joven de una organización de apoyo a discapacitados, mientras se coloca un colorido pañuelo para salir a la calle. “Ni en 30 años (contando desde la revolución) ni en 300”. Espera en la puerta para que yo pueda colocarme las botas (como en otros países de Asia, en Irán uno se quita los zapatos en la puerta y anda descalzo por la casa) y nos dirigimos a un café, para encontrar a su amiga Fatimah, de 26 años.

Las dos se conocieron en India, donde fueron estudiantes. Son inteligentes, liberales e indispuestas a aceptar el control masculino, aunque sea sutil. En Teherán conocí a varias chicas con comportamientos muy modernos, pero Somayeh y Fatimah no están dispuestas a hacer concesiones al sistema opresivo. Por eso no tienen pareja.

“Incluso los mejores chicos, los que se educaron en Europa y son sensibles y avanzados, escucharon siempre cosas que los hacen esperar que nosotras nos pongamos en segundo sitio, detrás de ellos”, reclama Somayeh.

Ella vive con sus padres, en tanto que Fatimah comparte un departamento con una amiga. “Fue muy difícil conseguirlo. A la gente no le gusta que las mujeres vivan sin hombres. Sólo accedieron a alquilárnoslo cuando nos comprometimos a seguir reglas muy estrictas, como que no entren hombres. ¡Vaya paradoja!, si no vivimos con un hombre, ¡no nos dejan ver a ninguno!”

Dentro de la ley iraní persiste la noción de que una mujer que no está bajo control masculino es peligrosa. Para salir del país, por ejemplo, una mujer necesita el permiso de un hombre, padre, marido o hermano. Existen muchas otras desventajas. Por ejemplo, el esposo puede divorciarse con sólo solicitarlo, pero pocas mujeres logran que sus peticiones para deshacerse de sus parejas golpeadoras o infieles sean siquiera admitidas a trámite. También, al consumarse la separación legal, la patria potestad de los hijos le es dada al marido y los niños sólo se quedan con la mujer hasta que cumplen siete años.

Aunque el gobierno iraní no ha difundido datos estadísticos sobre participación de jóvenes y mujeres, estos dos sectores destacaron por su participación en las campañas reformistas, motivados por el deseo de aliviar las restricciones impuestas sobre ellos.

“¿Te gustan las iraníes?”, pregunta Somayeh. En cualquier país, uno tiene que asentir con entusiasmo cuando se le hace una pregunta similar, pero en esta ocasión me sale de manera espontánea. “Vente a vivir acá y podrás casarte con cuantas quieras”, bromeó la joven. Pero no era mentira. En seguimiento a lo que dicta el Corán, la ley admite la poligamia masculina, con dos límites: no se pueden tener más de cuatro esposas y la primera tiene que dar su consentimiento.

Son normas que chocan con la realidad iraní, una en la que las mujeres ocupan dos terceras partes de los asientos en las universidades, muchas de ellas son económicamente independientes y están muy al tanto de los debates de género en otros países. Este pueblo, que me ha impresionado muchísimo por su simpatía y extraordinario sentido de la hospitalidad, cuenta con una clase media sofisticada y cosmopolita (que con frecuencia me hace sentir como en Ciudad de México o Buenos Aires), muy al tanto de las tendencias en el mundo. Lo cual incomoda mucho a los sectores conservadores.

Ahmadinejad lo demostró en su debate con Mousavi, una semana antes de las elecciones. El presidente sacó una foto de Zahra Rahnavard, esposa de su rival, a quien preguntó: “¿Conoce usted a esta mujer?” Entonces aseguró que ella había adquirido sus títulos académicos con trampas.

Aunque la mentira puede haber calado en electores poco informados, los méritos de Rahnavard, una catedrática universitaria con 15 libros publicados y dos doctorados, se convirtieron rápidamente en información de dominio público. Y tuvo el inesperado efecto de incrementar la popularidad de esta profesora, quien tuvo que insistir ante la prensa que no era una Michelle Obama iraní, cada cual en su lugar. Y dijo de Ahmadinejad: “O él no puede tolerar a las mujeres altamente educadas o está tratando de evitar que tengamos un papel activo en la vida pública”. No sólo él: el Consejo Guardían, el órgano del Estado encargado entre otras cosas de supervisar a quienes desean convertirse en candidatos para cualquier puesto de elección, descalificó a la totalidad de las 42 mujeres –todas reformistas– que se presentaron para competir por la Presidencia.

“Hay un movimiento feminista, aunque como el de trabajadores, fue ilegalizado por el gobierno”, explica Somayeh. Desde hace tres años, un grupo de mujeres sostiene una campaña para reunir “un millón de firmas por la equidad” de género, con el objeto de presentarlas ante el Majlis (congreso) para que cambie las leyes discriminatorias. Aunque no se ve cómo pueda tener éxito, pues debido al peligro de sufrir represalias, uno tiene que firmar, pero nadie debe saber que lo hizo. “Te puedes meter en problemas, desde quedarte sin empleo hasta ir a la cárcel”, dice Somayeh. “Yo sólo me sumé cuando estuve segura de que el documento iba a quedar guardado en lugar seguro. Y no puse mi nombre, sólo mi garabato”.

La “qomización” de Irán

“No voy a votar”, me dijo Nazanin, una fotógrafa publicitaria de 25 años, un mes antes de las elecciones. “¿Para qué? Todos son parte del mismo régimen, vivimos en una república islámica que no va a cambiar jamás. En una semana, me voy a vivir a Bélgica, lo demás no me importa”.

Tres semanas después, ella seguía en Teherán. Yo regresé de viajar por el país y me sorprendió que respondiera al teléfono cuando la llamé. Nos encontramos en un café frente al parque Mellat. Sus manos batallaban para ordenar un montón de volantes y carteles de tamaños diferentes, todos con la foto de Mousavi. En la muñeca lucía una banda verde, y sobre el cabello negro y brillante, un pañuelo de ese mismo color, con vivos en blanco y azul claro que representan una paloma de la paz. Pregunté sobre esa súbita entrega a la política. “No es política”, atajó, “es una lucha por la libertad, contra los fanáticos religiosos”.

Nazanin es menuda, pero su tamaño lo compensa la mirada. En todo el mundo, nunca había visto un movimiento político tan poblado por bellos rostros (así cualquiera se inflama de fervor militante), y el de esta chica figura muy bien en el conjunto. Por sus pupilas fluye la fuerza de una personalidad compleja y segura, que se afirmaba mejor cuando hablaba de su pasión por cambiar el país.

Su caso es el de muchos jóvenes y mayores que de pronto despertaron a la participación política. Aunque Mousavi desplegó una buena red de comités locales en todo el país, la gente se apropió del movimiento y la mayor parte de las actividades de promoción del voto eran claramente espontáneas. Nunca había visto un ambiente así, en el que personas de todas las edades y sectores sociales se volcaron con entusiasmo y buen humor a impulsar a su candidato.

Que fue Mousavi como podía haber sido otro. “Mousavi, Mousavi”, gritaban Arahst y Behnam, técnicos informáticos de 23 años, en una avenida de Esfahan (la ciudad más bella de Irán, que Byron ponía a la par con Atenas y Roma), cuando lo conocí, una semana antes de las elecciones. Se acercaron a nosotros y nos acompañaron en un recorrido por las muchas avenidas inundadas por la “ola verde”. Cientos de chicos interrumpían el tráfico para bailar danzas tradicionales mientras entregaban volantes. Las calles estaban llenas hasta horas anormales en Irán, las dos o tres de la mañana.

¿Formas parte de la campaña del candidato? “¡No! A mí no me gusta la política”, respondió Arasht. “Pero éste es el momento de ganar libertad, de ponerles un límite a los fanáticos religiosos, que nos dejen vivir nuestras vidas”.

Mousavi fue primer ministro entre 1981 y 1989, durante la guerra de Irak. No tenía mando sobre las fuerzas armadas, ya que éstas se encuentran bajo control del líder supremo, pero es reconocido por haber salido airoso ante la amenaza de que el conflicto provocara una crisis económica. Al concluir su periodo (y a raíz de que su enemigo Ali Khamenei se convirtió en líder supremo tras la muerte del padre de la revolución, el ayatolá Ruhollah Khomeini), pasó los últimos 20 años retirado de la política, pintando en su casa. Y de pronto, tres meses antes de las elecciones, regresó a convertirse en el candidato que puso en peligro la reelección de Ahmadinejad, esperanza de jóvenes de 18 o 23 años. Pregunté a muchos cuándo habían escuchado de él por primera vez y nadie dio una fecha más antigua que dos meses. Mousavi no es especialmente carismático ni su propuesta es detallada, aunque está claro que quiere revertir los excesos fanáticos del gobierno de Ahmadinejad, tanto en restricciones a la vida privada, como en política exterior y economía. “Es ahora o nunca, ¡no podemos vivir más con Ahmadinejad! Si se reelige, ¡me voy!”, dijo Behnam.

Somayeh, en cambio, es una de las pocas que no se dejó abrazar por la fiebre verde. “Míralos a todos, los candidatos se pelean para ver quién era mejor amigo de Khomeini, quién es mejor revolucionario. ¡Son el sistema!, y las libertades que prometen nunca van a ser plenas si seguimos bajo el control de los religiosos de Qom”.

Qom es como el Vaticano del islamismo chií, extremadamente conservadora y sede de los seminarios de donde salieron Khomeini, Khamenei y los principales jerarcas religiosos. “¡Ellos quieren hacer que Irán sea como Qom!”, siguió Somayeh, “son fanáticos que creen saber mejor que los demás cómo tienen que vivir”.

Ahmadinejad, piensa, realmente, que dios habla a través de él. En septiembre de 2005, después de brindar su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente regresó a Irán a reunirse con un grupo de importantes clérigos, con quienes compartiò los comentarios que le hizo uno de sus acompañantes: “Él dijo, ‘cuando usted empezó con las palabras ‘en nombre de Dios’, yo vi que lo rodeaba una luz hasta que terminó’. Yo la sentí también. Sentí que el ambiente cambiaba de pronto y por 27 o 28 minutos, ninguno de los líderes mundiales parpadeó. No estoy exagerando. Cuando digo que no parpadearon. No es una exageración porque yo estaba mirando. Estaban admirados como si una mano los mantuviera ahí y los hiciera sentarse. Los hizo abrir ojos y oídos al mensaje de la República Islámica”.

El tema salió en la campaña electoral y se convirtió en motivo de chistes: “el halo de Ahmadinejad“. El gobierno negó que hubiera ocurrido, pero el debate concluyó cuando el video de su conversación con los ayatolás apareció en YouTube (que fue bloqueado por la censura iraní, junto con Facebook, Twitter y otras plataformas web).

Los pecados de Ahmadinejad

Somayeh y Fatimah padecen este extremismo. No sólo por las normas sexistas, sino por las restricciones en su vida diaria, que se expresan en la obligación legal de observar el hijab, es decir, guardar la “modestia”. Por ello se entiende que deben estar cubiertas de pies a cabeza, sin mostrar más que las manos y el rostro, y la pieza de vestir ideal para ello es el chador: una especie de amplia capa negra que se prende de la cabeza y cae hasta los pies, y que se complementa con bandas colocadas alrededor de frente y cuello para asegurar que sólo se vea el rostro.

“Las mujeres no se iban a quedar cruzadas de brazos”, cuenta Fatimah. “Con los años, fueron relajando el rigor. Recortaron el chador poco a poco hasta que se convirtió en la chaqueta entallada que usamos ahora, que sólo llega hasta por arriba de las rodillas, y la seguimos encogiendo. Sobre el cabello, traemos pañuelos de muchos colores, que abrimos para mostrar el cuello, y usamos jeans y zapatos deportivos”.

En efecto, además de guapas, las iraníes son coquetas y saben cómo arreglárselas para sacarle provecho al hijab. Sus figuras resaltan muy bien y destacan los detalles del rostro con un maquillaje preciso y eficaz. No se colocan el pañuelo donde termina la frente, como se supone que deben hacer, sino de medio cráneo hacia atrás. Eso les permite lucir complejos peinados en la mitad delantera del cabello, con luces, rizos o puntas punkis. Y es lo que los conservadores llaman “mal hijab”.

“Empezaron a quitarnos todas nuestras pequeñas ganancias de libertad en 2007”, recuerda Abulfaz Baqer, un abogado de 55 años de origen azerí (la importante minoría étnica a la que también pertenece Mousavi). “Una día entró la policía a nuestro edificio a destrozar las antenas satelitales. Mis nietos lloraron porque ya no podrían ver el Cartoon Network. A un chico le confiscaron el teléfono móvil porque grabó lo que hacían los agentes”. Ahmadinejad había lanzado una ofensiva contra la televisión extranjera. Y otra el verano pasado, en 2008, contra el “mal hijab”: “En unas pocas semanas, ya habían detenido a 150,000 mujeres. Todas las que hay en mi vida corrieron a comprar chadores. Y luego, Ahmadinejad quiso flexibilizar la poligamia, fue la única ocasión en que lo pudimos detener”. La propuesta era eliminar la necesidad de contar con el consentimiento de la primera esposa para incorporar a otras al harem, pero después de muchas presiones fue desechada en septiembre por el congreso.

“Además está la economía”, sigue Baqer. “Ahmadinejad ha sido presidente a lo largo del periodo de precios del petróleo más altos de la historia. Y nosotros vendemos más petróleo que cualquiera excepto Arabia Saudí, ¡somos ricos! ¿Y dónde está la riqueza?” Se lleva las manos a los bolsillos para voltearlos y mostrar que están vacíos. “Ahmadinejad repartió dinero a sus simpatizantes en zonas rurales, repartió dinero a sus amigos del extranjero como Bolivia, Venezuela, Hamas y Hezbollah, repartió dinero a los clérigos para construir mezquitas y mausoleos en todo el país, pero el boom petrolero se acabó ya y yo sigo viendo que Irán es tercermundista y tiene una economía en crisis”.

En 2005, cuando Ahmadinejad ganó las elecciones presidenciales anteriores, el barril de petróleo se vendía en los mercados internacionales a precios cercanos a los 60 dólares, como ocurre de nuevo ahora. Después se elevó hasta alcanzar niveles impensados, de 150 dólares por barril en julio de 2008. “Le rezo a Dios que nunca sepa yo de economía”, es una cita famosa del presidente. Baqer continúa: “El 80% de los ingresos del gobierno proviene del petróleo y, con la afición a gastar dinero en cosas improductivas que tiene Ahmadinejad, no es sorpresa que este año tengamos un déficit enorme”. Que será de 3.5%, según la Unidad de Inteligencia de The Economist, una prestigiada revista británica. En los últimos años, la inflación ha registrado un promedio de 25%, mientras que el crecimiento en 2009 será de apenas 0.5% y el desempleo alcanza un 30%.

Por si faltara algo, está la política exterior. Ahmadinejad fue muy hábil al atizar el sentimiento nacionalista y presentar el programa nuclear como un derecho inalienable del que las potencias extranjeras quieren despojar a Irán. Y se vende como el único que puede defenderlo. Esto le ha dado una enorme popularidad entre sectores de población pobres y poco informados, que también son susceptibles a su discurso de piedad religiosa y, especialmente, a las gratificaciones gubernamentales, que se entregan sin ataduras: no están vinculadas a proyectos productivos ni a compromisos educativos o de salud.

“Para tener energía nuclear, no hace falta ir a pelearse con todo el mundo allá afuera”, cuestiona Baqer. “No hay por qué negar el holocausto ni ofender a nadie. Lo que va a provocar es un bombardeo israelí, y si nos atacan, nos vamos a defender, y habrá guerra. ¡El presidente es un peligro para el país!”

Historia con sangre

Volví a ver el pañuelo verde de Nazanin, la fotógrafa publicitaria, en las manos de un chico que sangraba profusamente de la nariz, el día siguiente de las elecciones. Estábamos en el patio de una pequeña casa de Teherán, a 200 metros del edificio del Ministerio del Interior donde se estaba consumando el fraude electoral. Habíamos llegado a esa casa para escapar de bestias en dos ruedas, reminiscencia de la caballería mongola que arrasó Irán hace 800 años: policías antimotines en motocicleta, a dueto de conductor y golpeador, protegidos con casco con visera y una armadura de caucho negro. Los había visto lanzar sus máquinas sobre personas que huían, pasar sobre gente sentada, reír como si causaran gracia.

Esta vez, durante las primeras protestas contra el fraude, habían lanzado una carga contra la gente, seguidos por una pared de policías de a pie que arrestaban a quienes estaban en el suelo, y cientos de personas corrieron despavoridas. En la huida, vi a tres hombres que entraron por una puerta metálica. La iban a cerrar pero llegué detrás de ellos y la abrí de un empujón, y conmigo pasó el muchacho de la nariz rota. Se fue a un rincón, a llorar. Le acerqué unas servilletas, lo abracé. La sangre paró. Minutos después, los de la casa nos pidieron salir. Entonces le pregunté sobre el pañuelo, que yo estaba seguro que era el mismo con el que se cubría la cabeza Nazanin. “Ella se lo quitó y me lo dio”, respondió con gesto desesperado. “Imagínate, la policía y las milicias están de caza, ¡y anda por ahí, como loca, con el cabello al descubierto!”

En algún momento, en medio de la represión, la chica había caído en una crisis nerviosa y escapado por la calle gritando que no podía vivir más en Irán. No pude localizarla por teléfono.

Por eso me sorprendí cuando en la marcha gigante del lunes, recibí una llamada al celular y vi que era de su número. “¿Qué haces en esta manifestación, mexicano?”, me dijo con voz suave. Estaba a unos metros de mí y de donde Hafez había incitado a la multitud a corear el nombre de Mousavi. “Khas o khashak, khas o khashak”, musitaba al acercarse. Se veía poco de su rostro porque también se lo cubría para evitar ser identificada, con tapabocas. Esos ojos podrían delatarla, sin embargo, porque son de los que no se olvidan.

De su cuello colgaba un anuncio de plástico que se desplegaba al frente y atrás, en farsi y en inglés, donde se leía “Where is my vote?” “¿Tú crees que somos polvo y mugre, mexicano? Sí lo somos. Polvo y mugre. Y sangre. El sábado mataron estudiantes en la universidad. Fueron los basiji”. Las milicias Basij son un grupo religioso-paramilitar sumamente poderoso, que fue creado por el ayatolá Khomeini y que hoy utiliza Ahmadinejad para movilizar electores, recursos y matones. La marcha era la mayor que he visto en mi vida (el alcalde de Teherán, un aliado de Ahmadinejad, calculó 3 millones de personas) y se registró el lunes, después de que sábado y domingo habían estado marcados por violentos choques con la policía. No es que la gente no tuviera miedo: sabía que arriesgaba la vida.

“Tenemos que salir, nadie va a ganar esto por nosotros”, dijo Nazanin. Al escucharme hablar inglés, un grupo de jóvenes se acercó a decirme que le dijera al mundo que salve a Irán, que la ONU debía intervenir, que por qué no decía nada Barack Obama. Seguí caminando con Nazanin. Me impresionó que, a pesar de los asesinatos (habría siete más en otra parte de la marcha, más tarde, pero lo supimos hasta el día siguiente) y de la represión, el ambiente era alegre. La gente no se quería ir, horas después de que Mousavi había hablado y se había ido. Decenas de miles no habíamos llegado al final, en la plaza Azadi, y otros tantos regresaban por la misma avenida Enghelab, que estaba dividida por la mitad en dos densas columnas de gente que caminaba en sentidos opuestos y parecía una especie de paseo de las manifestaciones. Los que venían y los que iban se saludaban con los dedos en V, con marco de grandes sonrisas. “Sólo nosotros podemos hacerlo”, dijo mi acompañante, que había estado callada varios minutos. “No es la ONU. Ni Obama. Nuestra sangre es la tinta con la que se escribirá la historia”.

Una gran tormenta de polvo

Los jerarcas de la revolución islámica saben a lo que se enfrentan. No sólo porque ellos conquistaron el poder en 1978-79 de esa forma, con marchas gigantescas y la sangre de los jóvenes, sino porque la noción de rebeldía y martirio está sumamente arraigada en la psiquis de los chiíes y de los iraníes. Eso fue su ventaja cuando se enfrentaron al ejército del shah. Los primeros manifestantes masacrados en 1978 eran estudiantes de religión inconformes con un artículo de periódico que atacaba a Khomeini. Cuando se conmemoraban sus muertes, 40 días después en observancia de la costumbre chií, las protestas se esparcieron por todo Irán.

Esto viene desde el origen mismo del chiísmo: la división con el sunismo se dio a partir de una disputa entre los herederos de Mahoma. Los chiíes creen que su sucesor legítimo era su nieto, Imam Hussain, quien fue aplastado junto con 72 de sus acompañantes y parientes en la batalla de Kerbala, en 680. Muchas de las creencias y ceremonias chiíes tienen que ver con esta derrota. Hussain pereció gritando “Allahu akbar!”, dios es grande.

Allahu akbar se convirtió en el grito icónico de la revolución islámica en 1979. Y ahora, los ayatolás lo escuchan en las gargantas de aquellos a quienes su gobierno aplasta. Me dio bastante impresión cuando vi a Nazanin y a sus compañeros repetir “Dios es grande” en actitud de batalla. Me trajo a la mente las guerrillas cristeras, y no pude evitar preguntarme, ¿no se supone que se trata de quitarse de encima el yugo religioso? Pero el significado no va por ahí, sino que es una reivindicación simbólica de rebeldía y martirio.

“Mira mis muertos”, me dijo de improviso un joven que se cubría la cara totalmente con una tela negra. Me asustó como si hubiera escuchado hablar a una estatua. Él y miles de personas más sostenían sobre sus cabezas, sin cansarse, fotografías terribles: Las menos dramáticas mostraban a basijis que tunden a porrazos a personas indefensas, a varios que pasan una moto por encima de un hombre y están a punto de abofetear a la mujer que interviene en su defensa, a uno que dispara con un fusil semiautomático desde una azotea. Las demás son de gente que acaba de morir a tiros, con la cabeza destrozada o el pecho abierto, y mucha sangre. Los demás manifestantes se arremolinaban para observarlas.

Era el jueves 18, en una manifestación de más de cien mil asistentes que Mousavi había convocado para recordar a los muertos. Un grupo de derechos humanos puso la cifra de asesinatos en 33, aunque es difícil confirmarlo, porque el gobierno se rehusa a informar, controla los medios de comunicación, que no tocan el tema, y ha expulsado a la prensa extranjera.

“Ahmadi, Ahmadi (por Ahmadinejad), has matado a nuestra gente. A nuestra joven gente”, rezaba un cartel. En otro, le cambiaron el nombre al ayatolá Khamenei: “Seiyed Ali Pinochet, Irán no será Chile”.

Era una manifestación rara, porque uno tenía que marchar y detenerse a mirar carteles, avanzar y parar de nuevo. Encontré a una mujer en chador que me sonreía sin emitir palabra, y que sostenía un retrato antiguo que no parecía estar relacionado con el tema del día. Quise preguntar pero me topé con la barrera del idioma. Uno de los chicos que también lo miraban accedió a traducir: “Es mi hijo. Él murió en la guerra de Irán e Irak. Soy buena musulmana, creo en el Corán y en el Islam. Ahmadinejad es un mentiroso que nos quiere engañar, especialmente a nosotras, que somos muy religiosas y perdimos a nuestros hijos en la guerra”.

“Somos mugre y polvo”, continuó el muchacho. Había dejado de traducir sin avisar y ya era su propia voz. “Y queremos que nos vea el mundo, somos los iraníes de verdad, no somos terroristas. Ahmadinejad ha arruinado el nombre de Irán y nos ha avergonzado. Pero míranos”, señaló a la mujer y a otras personas, “somos mugre y polvo, y somos verdes, pero hoy día de luto, todos hemos marchado de negro. Y ya no podemos parar. Porque si paramos, nos comen. Pero no podrán, porque somos una gran tormenta de polvo”.

Un juez sabio y lleno de sangre

La República Islámica de Irán es una combinación de dos sistemas políticos, democracia y tiranía (en un sentido aristotélico). Está basada en una doctrina de Khomeini llamada velayat-e faqih o “vigilancia del sabio juez”. Se reconoce la soberanía del pueblo y por eso hay elecciones. Pero por encima de todo está el líder supremo, quien es constitucionalmente definido como “representante de Dios sobre la Tierra” y tiene la obligación del velar porque el pueblo no cometa errores con su soberanía. Lo islámico está por encima de la república.

El viernes 19, al día siguiente de la manifestación en memoria de las víctimas, el sabio juez, el ayatolá Khamenei, dio un sermón de hora y media pero no se acordó de ellas. Ni una palabra, mención o referencia. Ahí dio su respaldo total a Ahmadinejad, negó que haya habido fraude electoral, exigió aceptar sus resultados y advirtió que reprimirían las protestas.

Mousavi respondió: “Si la enorme cantidad de manipulación del voto es presentada como la evidencia de la justicia, se matará la naturaleza republicana del Estado y, en la práctica, la ideología de que el Islam y el republicanismo son incompatibles quedará probada. Esto hará felices a dos grupos: a los que llaman al Estado islámico la dictadura de la élite que quiere llevar al pueblo al cielo por la fuerza; y a los que, al defender los derechos humanos, consideran que la religión atenta contra el republicanismo”.

Mousavi y sus aliados políticos, todos figuras muy importantes del régimen –incluidos dos expresidentes– que ahora han sido empujadas a la disidencia, no pretenden romper con el sistema, sino sensibilizarlo ante las demandas de la gente. Ahmadinejad y su facción, compuesta por miembros de las fuerzas armadas y las milicias Basij (a las que él perteneció), con el respaldo de Khamenei, han llevado las cosas al extremo en que lo que era una disputa sobre aspectos del sistema se ha convertido en un creciente cuestionamiento del sistema. Y al tomar partido de manera tan insensible, el propio Khamenei se ha colocado en la línea de fuego: él puede ser destituido por el órgano que lo eligió hace 20 años, la Asamblea de Expertos (integrada por clérigos de alto rango) e influyentes amigos de Mousavi están cabildeando para lograrlo.

Sería un golpe terrible para la república islámica: el representante de dios puede equivocarse. Pero sólo sería una expresión de lo que ya ocurre en la calle: antes el repudio sólo era contra Ahmadinejad, ahora va contra Khamenei también, a quien acusan de Pinochet. En los últimos días, muchos han empezado a gritar: “¡Muerte a Khamenei!”.

Porque lo ven, además, como responsable último de actos terribles. El gobierno iraní ha empezado a matar a su pueblo. Ya no son iniciativas de milicianos Basij de las que se puede desligar, ahora los asesinatos ocurrieron en el marco de una represión anunciada por el jefe de la policía y ordenada por el líder supremo. Y la táctica para justificar estos actos ante la opinión pública es clara: presentar a los difuntos como terroristas que cometen actos injustificados de vandalismo por órdenes de las potencias extranjeras enemigas de la nación.

El sábado 20, al día siguiente del sermón de Khamenei, los manifestantes volvieron a la avenida Enghelab (significa revolución) y marcharon otra vez hacia la plaza Azadi (Libertad). Se convirtió en una gran batalla campal, entre cinco y diez mil personas desarmadas trataban de recorrer los cuatro kilómetros pese a las embestidas de policías y basijis en motocicletas, con cañones de agua, gases lacrimógenos, macanas y… armas de fuego.

Penosamente, los grupos más decididos llegaron al borde de la plaza, pero no pudieron superar las últimas barreras de uniformados. Para el gobierno era vital impedir que pasaran de Revolución a Libertad. Y por ello, sus esbirros mataron a al menos 10 personas (seguramente muchas más), que la televisión presentó como “terroristas armados al servicio de Estados Unidos”. Chicos y chicas de 20 o 25 años, como Neda, la muchacha cuya agonía llegó a YouTube.

“Esta gente nos va a obligar a destruirlo todo”, me dijo un hombre de unos 60 años, quien no dio su nombre pero aseguró haber sido ministro de desarrollo agrícola del gobierno iraní en los años 90. Se había acercado a mí cuando me vio sofocado por el gas lacrimógeno, me dio agua y me sopló humo de tabaco en los ojos para aliviar el dolor. “Uno no va a la revolución porque quiere”, reflexionó, “sólo cuando no le dejan más alternativas”.