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Trópico con cáncer

Publicado: 17 abril 2009 en Toño Angulo Daneri
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Cuarentaicuatro años después de haber sido ensamblado en una fábrica de Detroit, un Chevrolet color de carmín de placa particular luce aún el brillo y la altivez de sus años de juventud suficientes para llenar de vergüenza a los modernos Ladas, Hyundais y Nissans con los que comparte sitio en el enorme y sorprendentemente repleto estacionamiento del aeropuerto internacional José Martí. “Yo me voy pa’ La Habana y no vuelvo más”, tarareo con pésima entonación, y me dirijo hacia la reliquia móvil para pedirle a su dueño que me lleve a la ciudad. El único consejo que he decidido seguir al pie de la letra, de los muchos que me dieron antes de tomar el avión a Cuba, es evitar los taxis de empresa para no quedarme misio antes de tiempo. (También seguí otra recomendación: traje condones, porque me advirtieron que aquí abundan los de procedencia china, que son de talla oriental, ustedes sabrán entender. Lástima nomás que no atendí el más sabio e insistente de los consejos: vine con pareja.)

—Disculpe, ¿me puede llevar al centro de La Habana?
—Adonde tú quieras, compañero. Pero vamos a tenel que esperal a que salgan unas vecinas que han venido a despedil al padre suyo que se va pa’ Puelto Rico.

El dueño del Chevrolet escarlata se llama Arsenio, tiene 62 años y un vozarrón de tenor fumador que contrasta con esa manera de hablar tan caribeña y musical de sustituir las eres por las eles. Me presenta a su familia: Merceditas, su esposa, una señorona mulata con caderas de adolescente pero de mirada marchita y la piel erosionada por una secuela de sarpullido, y el inquieto Tony, su hijo, un niño con síndrome de Down concebido en el otoño de la pareja y que recién a los nueve años pudo sostener su cuello por sí mismo. Ahora Tony tiene doce años y muy pocas palabras en su vocabulario: “Quiero cola” y “devuelvan a Elián”, que repite cada cierto rato.

Arsenio pide que lo tutee y luego de enterarse de que soy peruano y no mexicano ni argentino ni colombiano, empieza a contarme su vida que más parece una variante pervertida de la muerte: el hijo enfermo, la esposa enferma, él enfermo, una pensión de jubilado de 14 dólares al mes y un auto antediluviano con el cual se recursea haciendo taxi para extranjeros cuidándose de que la policía no lo descubra porque no tiene licencia para hacerla. La multa por practicar ilegalmente este negocio en Cuba asciende a 75 dólares,

—Dímelo tú, chico: ¿cuál es el país más pobre de América Latina? –me pregunta Arsenio a quemarropa…
—Haití –respondo.
—Pues pa’ hí mismo quiero irme: cualquier cosa es mejor que esto.

Cuando Arsenio va a ver si sus vecinas ya están por salir, Merceditas, que también ha pedido que la tutee, me cuenta la misma historia que su esposo, pero desde el otro extremo de la bahía.
—No le hagas caso al marido mío, muchacho, es un malagradecido con la Revolución. Nosotros, viejos y enfermos como estamos, y con este hijo que nos ha toca’o en suerte, vamos a estar fundidos igual acá que en la Conchinchina. Acá por lo menos un pobre no se muere de hambre, y la salud la tenemos gratis. Él dice: vamos a Haití, a México, a España. ¡Muy fácil se dice, chico! Pero nosotros, para que de una vez te vayas enterando, tenemos una hija de treintaitrés años que se fue pa’ llá pa’ los Estados Unidos, y el mes pasado tuvimos que sacar cien dólares de donde no teníamos para enviarle porque la muchachita no tenía ni para el café. ¿Ya tú me entendiste?

Nada: para ser franco, hasta ahora no entiendo nada. Ejemplo:
—¿Y por qué no le dices lo que tú piensas? –le pregunto a Merceditas que, cuando habla, lo hace con más apasionamiento y muchos más decibeles que Arsenio.

—Ven pa’ cá, chico, que tengo que explicarte algo –responde ella, esta vez en tono de confesión–. Si hay una sola cosa que no ha cambiado en cuarenta años de Revolución, ésta es el machismo de los cubanos. Cuando un hombre habla en público, la mujer, óyeme bien, es mejor que no diga ná’.

El trayecto hacia El Vedado, el hermoso barrio costanero donde me iba a alojar, lo pasé en silencio. Me concentré en oír el suave ronroneo del motor del Chevrolet cuaternario (es absolutamente cierto que los cubanos son los mejores mecánicos del mundo), y en mirar a las vecinas de Arsenio y Merceditas: una chica de ojos almendra en edad de merecer –y merecía– y su joven madre con mucho mayor merecimiento. Para que digo que no, si sí.

El Vedado es uno de los barrios más entrañablemente bellos del centro de La Habana. Antes de la Revolución –que en Cuba viene a ser una demarcación temporal tan importante como el nacimiento de Jesucristo lo es para los cristianos–. El Vedado era, como su nombre lo indica, un territorio “vedado” para los pobres y los negros. La mayoría de las casa son palacetes de estilo neoclásico y altos edificios de departamentos, rodeados de enormes parques y árboles y jardines que hoy los adolescentes aprovechan para iniciarse de madrugada en las tibias humedades del amor. El mar del Caribe, además, es una sombra mágica que lo protege a uno por donde camine. Aquí, en este barrio de ensueño que solamente el mal de Alzheimer podría hacer olvidar, una pareja de jóvenes, él cubano, ella italiana, se apuró a destapar una botella de ron Caribean Club añejo la misma noche que este cronista se convirtió en huésped de su departamento. Uno, ignorante de la sabiduría del trópico, pidió gaseosa para atenuar los rigores del líquido alcohólico. Y ahí mismo recibí mi merecido por semejante, aunque involuntario, desatino.

—¡¿Qué tú dices, chico?! ¿No sabes que ofendes al contenido de esta botella si lo mezclas con otra cosa que no sea hielo?

El aprendizaje continuó durante el resto de la noche, generosamente matizado con sorbos de rubio ron y pitadas de tabaco negro. Enrique, mi anfitrión cubano, es sonidista autodidacta e independiente y programador ídem de sistemas. Claudia, la italiana, es restauradora de arte. Viven juntos desde hace dos años, cuando ella llegó para hacer su tesis sobre la arquitectura de La Habana Vieja y decidió quedarse rendida ante la sensualidad del Caribe. Ambos demostraron saber más del Perú que todas las calabacitas y los calabacitos peruanos asiduo al Hard Rock Café de Larcomar, e inclusive más que los ilusos inscritos al Profiun Sabrun, por ejemplo, que Fujimori, “ese presidente tan gracioso que tú tienes”, interpretó auténtica y abusivamente su propia Constitución para postular a la Presidencia por tercera vez consecutiva. Y sabían también de qué material está hecho el asesor Vladimiro Montesinos, la existencia de las combis asesinas, la proliferación virulenta de los periódicos chicha, y poco les faltó para mencionar a Laura Bozzo y Martha Chávez, con lo cual yo ya hubiese creído que estaba en un bastión de la brujería santera de Cuba. Pero no: ocurre simplemente que el cubano promedio posee una cultura general que ya quisieran tener todos nuestros congresistas juntos. De otro modo no se explica cómo, tres días después, conversando con un obrero de construcción jubilado, tuve que atajar esta pregunta formulada a mansalva:
—¿Es cierto que en el Perú se paga por la electricidad?
—Claro –contesté como quien dice la tierra es redonda.
—¿Pero cómo, muchacho, si ustedes tienen impresionantes caídas de agua de los Andes, y basta con ponerles un generador y ya tienen la hidroeléctrica para darle luz gratuita a todo el mundo? Acá en Cuba es diferente porque somos un país plano: la energía sólo se obtiene con petróleo; petróleo que, además, no tenemos. Pero, ¿en el Perú?

(Perdón: ¿alguien podría responder esta pregunta?)

La cultura del cubano, sumada a su espontánea locuacidad y a su vocación de hierro para discutir a voz en cuello sobre cualquier tema, pone fácilmente en aprietos hasta al más indiferente de los visitantes. Enrique y Claudia, en esa beoda noche inaugural, se encargaron de explicarme más o menos cómo es el sistema de vida en Cuba, que yo me tomé el trabajo de ir confirmando en los diez días restantes (qué se hace: defecto del oficio, aunque se viaje de turista). Un obrero o empleado de rango medio que trabaja exclusivamente para el Estado gana desde ocho hasta un máximo de quince dólares al mes. Un profesional calificado, entre quince y veinte dólares y alguien que tenga el suculento privilegio de trabajar paro una empresa de capital mixto, sobre todo si tiene algo que ver con la omnipresente industria del turismo, puede llegar a ganar más de cien dólares mensuales. ¿Y cómo hacen para vivir con esos sueldos africanos?, es la lógica pregunta que uno –hijo de Occidente y entenado del neoliberalismo al fin y al cabo– se plantea de inmediato. Pero inmediatamente también recibe la respuesta. Nueve de cada diez cubanos tiene casa propia, todos reciben atención médica gratuita, la polio infantil y la malaria prácticamente han desaparecido, el 91 por ciento tiene acceso a agua potable sin pagar un centavo, el gas no cuesta y llega a través de tuberías, todos los niños menores de siete años tienen derecho a un litro de leche diario, eventualmente los ancianos y enfermos reciben papillas concentradas de cereales y leche descremada, el sistema educativo es considerado uno de los más eficientes y democráticos del mundo, el alumno destacado puede recibir una asignación de parte del Estado a partir del cuarto año de estudios superiores. En fin: la esperanza de vida del cubano es de 75 años.

Pero Cuba no es el paraíso, ni mucho menos.

El principal problema de los 11 millones de cubanos es la alimentación. Reciben una libreta de racionamiento que les permite –hasta al más pobre– obtener una dieta balanceada compuesta básicamente de arroz, menestras, tubérculos, verduras, huevos, café, azúcar, sal y un pan diario por persona. De las carnes, las únicas que ven con cierta frecuencia son el cerdo y el pescado en conservas, aparte, claro, de la inefable carne de soya, que, como me dijo una chica estudiante de secundaria, de sabor a carne no tiene ná’.

 

El pollo aparece por las bodegas un par de veces al mes, y un bife de vacuno sólo figura en el menú de los hoteles para turistas. Ocurre, entonces, que la alimentación cotidiana del cubano es monótona hasta la desesperación, a no ser que en casa alguien reciba algo de dólares para poder comprar en los mercados agrarios y en las tiendas recaudadoras de divisas (léase billetes verdes) aquellos productos que, en tanto el país no produce, el Estado no es capaz de proveer. Hay varias maneras de que el cubano tenga dólares. Lo más común es que un familiar en el extranjero envíe un paquetico con la moneda imperialista por correo: se calcula que cada año ingresan a Cuba unos 400 millones de dólares bajo esta modalidad que ayuda a dinamizar el mercado interno. Otras maneras de agenciarse dólares son los múltiples negocios independientes que han crecido vertiginosamente desde que el régimen decidió concentrar sus esfuerzos en el turismo. Eso sí, el Estado siempre es el socio, sea que alguien quiera hacer taxi, montar un pequeño restaurante de máximo seis mesas, o vender café y pizzas en la puerta de su casa.
—El Estado es acá como el padre tuyo –me explica Rodney, un avispado joven buscalavida que ofrece, en tres idiomas, habanos, langostas y jineteras para los turistas que posean por el malecón de La Habana Vieja–. Te da lo indispensable para subsistir, te ayuda según tus condiciones para salir adelante, pero te marca límites y te da una patada en el culo si te pones en su contra.

Entonces me acuerdo de las palabras con las que el obrero jubilado me resumió su particular visión de la situación que se vive en esta isla ubicada a 18 kilómetros de Miami.

—A Cuba hay que entenderla como Latinoamericanos tercermundistas que somos. Si vivieras en Europa, yo no te podría contradecir si tú pensaras que este país es una mierda. Pero tú vives en el Perú, chico, en América Latina. Entonces, ven pa’cá, dime mirándome a los ojos: ¿qué tú crees? ¿Cuba es un país injusto para los cubanos?

La Habana Vieja es una réplica de Barrios Altos, me habían dicho una y otra vez con limeña soberbia algunos amigos al enterarse de que pensaba viajar a Cuba y no solamente a Varadero. Falso, pienso ahora, cuando la tarde languidece y renacen las sombras, mientras me adentro por las calles afiladas de este barrio colonial donde los viejos abandonan sus descalabrados solares para jugar dominó en el umbral de los portales, las mujeres sacan sus sillas y toman por asalto las veredas para fumar tabaco negro sin filtro y conversar a garganta herida, los niños le pegan a unas peloticas de hule con un bate de béisbol, y los jóvenes aprovechan la impunidad de la penumbra para llenar de piropos a las chicas que pasean por ahí demostrando que los ángeles existen y tienen la irrefutable anatomía de una mulata. Falso de toda falsedad, me repito: La Habana vieja nada tiene que ver con Barrios Altos. En La Habana Vieja hay un policía en cada esquina, un extranjero puede transitar seguro de que nada lo va a pasar a su cámara fotográfica electrónica así la saque para retratar a un contrabandista que ofrece bibidís de los Chicago Bulls, y, por encima de todo, en La Vieja Habana se respira una tranquilidad de aire de sosiego, una tranquilidad de altamar que apenas se quiebra con el griterío vocinglero tan esencial a la vida del habitante del trópico. Claro, uno se lleva esta impresión y camina a pie peludo y sin prejuicios, porque si llega en cambio como turista japonés, trepado en un aséptico bus con aire acondicionado, y ve desde la ventana que cinco crolos de un metro noventa están parados en una esquina dándole a una botella de ron a granel con medio cuerpo desnudo, exhibiendo la musculatura que les ha dejado el servicio militar obligatorio y antimperialista, es natural que te pida que lo saquen de ahí inmediatamente.
—¿Qué volá, acere? –me interrumpe, en la calle Osvir, quien luego de explica que su extraño nombre nació de la cópula entre el de su padre, Óscar y el de su madre, Virginia, me inicia en, el aprendizaje de la jerga básica del joven habanero.

¿Qué volá, acere? viene a ser algo así ‘como nuestro ¿qué pasa? o ¿cómo andas? Y acere es sinónimo de amigo, camarada, compañero, o nuestro criollísimo chochera. En lugar de acere puedes decir también consorte o colega –remata mientras me sirve en un vaso un poco de su cerveza. Como buen hijo de esta isla, tiene ganas de conversar.

Esta noche el malecón que circunda La Habana Vieja tiene más luz que de costumbre porque un crucero canadiense ha arribado a la bahía y de sus compuertas deben bajar muchos dólares que los cubanos jacarandosos de pierna suelta sabrán aprovechar. Aquí a las jóvenes que andan a la caza de gringos para el negocio carnal, o simplemente para pasar una noche de rumba en alguna discoteca para turistas, se les llama jineteras o jineteros. Osvir es uno de ellos. Yo, por mi parte, le cuento que en el Cusco, ombligo del mundo y orgullo máximo del Perú, sus colegas peruanos se hacen llamar bricheros, de la palabra inglesa bridge, que significa puente: o sea que de lo que se trata es tender puentes interculturales entre los pueblos. A Osvir le causa gracia mi comentario, y ya en confianza –esto es un decir, porque la desconfianza y el recelo no parecen existir en el vocabulario del cubano– llama a dos de sus amigos de aventuras: Elianne, una adolescente rubicunda de caderas de negra cuyo nombre se pronuncia igual que Elián, el niño náufrago que los Estados Unidos no quieren devolver a Cuba, y Facundo, un tipo más bien mayor, algo barrigón, de unos treintaipico años, y que según, dice, trabaja de día como profesor de inglés en una escuela pública. Queda claro que ambos, Elianne y Facundo, son también jineteros.

—Ven pa’ cá, muchacho –empieza a responder Facundo a mi pregunta de por qué él, siendo profesional, se dedica también al deporte de cazar gringas–. Yo no soy un descontento del sistema, pero te quiero decir que aquí los que más fregados estamos somos los profesionales. El Che hablaba de la recompensa moral que uno recibe cuando trabaja para la Revolución. Pero la recompensa moral no da para comer, ¿ya tú me oíste? Entonces, colega, ¿qué puede sentir uno cuando se ha pasado la vida estudiando para ser alguien mejor, un hombre nuevo, y al final resulta que cualquiera que no ha hecho nada por su vida vive mejor que tú, o, peor: que así te esfuerces por hacer bien tu trabajo, el que está a tu lado y es un haragán recibe todos los meses el mismo sueldo?

–O sea, que se muera Fidel –me atrevo a decir, hincando a ver qué tipo de sangre sale.
–Ah, no, eso sí que no, chico –me interrumpe Osvir, que ha estado escuchando la conversación sin que por un minuto se le perdiera de vista cuanta mujer pasaba por su lado–. Ahí sí que se nos acaba la patria: los que están allá arriba, ¿tú me entiendes?, los renegados de Cuba que viven en Miami, la mafia ésa, están esperando que se muera Fidel para venir a comprarnos la patria completica. Y ahí sí que Cuba deja de ser pa’ nosotros.

–Un amigo me decía hace poco –interviene Facundo– que él estaría feliz si el gobierno le permitiera comprar una casa en Varadero o en la montaña, chiquitica nomás, para poner un hospedaje para turistas. Y yo le dije: óyeme bien, chico, ¿qué? ¿Estás tú loco? El día que el gobierno le ponga precio a las bellezas que tiene este país, ni tú ni yo ni nadie que viva aquí, a no ser que sea músico, va a poder comprar ni un pedacitico del jardín de su casa.

Cuba es un país complejo que uno no acaba de entender. De la isla se regresa con más preguntas que respuestas. Una de ellas, la más insistente de todas, la que no deja de producir un síncope en el miocardio, es qué va a pasar con este país hermoso, de gentes más bellas todavía, cuando al gobernante más antiguo de esta época se le acaben las fuerzas –o se las arrebaten de cuajo– para seguir dándole la batalla a una historia que no por injusta deja de ser la historia de los tiempos modernos. Queda, sin embargo, la esperanza que flota en las tibias aguas de la bahía: si hay algo que los cubanos odian más que a la ex Unión Soviética, que los condenó a treinta años de aislamiento, es a los Estados Unidos de Norteamérica, a los que ven como el verdadero culpable de sus desgracias. El drama del niño Elián González no ha hecho más que alimentar este sentimiento. Entonces, la gran mayoría de los cubanos, para bien suyo, mira más a Europa que a su norte inmediato. Aspiran a un modelo de sociedad que no se parezca al capitalismo de hambruna, ignorancia y discriminación que predomina en el resto de América Latina. En verdad, a los peruanos, con McDonalds y grifos ultramodernos, no nos envidian ni un pelo. Y, de eso sí estoy seguro, tienen razón.

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Cada cierto tiempo aparece alguien por Aicuña preguntando por «el misterioso pueblo de los albinos», que es como la propaganda turística llama a este caserío casi secreto de la provincia de La Rioja, a unas veinte horas en autobús desde Buenos Aires. Hoy, por ejemplo, acaba de llegar alguien. Es un lunes por la mañana. La fotógrafa Paola De Grenet y yo estamos desayunando en el hostal La Casa –el único negocio de hospedaje que existe en Aicuña– cuando un auto se estaciona frente al jardín de la entrada. Es un taxi. De allí baja un muchacho de unos treinta y pocos años, cabello lacio y claro peinado con raya al costado, gafas que parecen de diseño, bolsa deportiva de cuero, camisa blanca y pantalones oscuros.

Hasta octubre del 2005, La Casa era sólo un rancho familiar –el rancho de los Ormeño–, de modo que la entrada no conduce a un mostrador ni a una sala de espera, sino directamente al salón comedor. Allí nos acompaña doña Josefa viuda de Ormeño, una de las dueñas del hostal.

–Buenos días –saluda el muchacho al cruzar la puerta, con evidente acento de forastero–. ¿Aquí podría tomar desayuno?
–Sí –le responde doña Josefa–. Pase, siéntese.

La invitación de doña Josefa ha sonado lacónica. Si no la conociéramos un poco, diríamos que esta mujer, abuela de tres nietos, desconfía de los extraños. La primera impresión que uno se lleva al conocerla es que hay algo –un recuerdo, una pérdida, una tristeza– que le endurece el semblante. O que está de mal humor. O las dos cosas al mismo tiempo.

–¿Qué hay para desayunar? –pregunta el forastero, sonriente, tratando de caer bien.
–Lo normal –dice la señora–: café, leche, pan, mantequilla, queso.
–¿Algo más? –insiste él.
–Mejor dígame qué desea y yo le diré si puedo ofrecérselo.

La fotógrafa y yo permanecemos callados. Ella hace como que hojea un libro que tiene sobre la mesa. Yo hago como que la miro a ella.

–¿Huevos con tocino, tal vez?
–Bien: huevos con tocino –repite doña Josefa, y desaparece rumbo a la cocina.

El muchacho se sienta con nosotros. Se llama Benedict Mander, es británico, periodista, corresponsal del Financial Times de Londres. Le preguntamos qué lo trae por Aicuña. Éste es un lugar, le recordamos, donde es imposible que alguien esté de paso ni al que se pueda llegar por pura casualidad.

Benedict Mander sonríe ante nuestra pregunta.

A decir verdad, para venir hasta Aicuña hay que querer hacerlo, fervorosa y esforzadamente. Es un pueblo que no aparece en la mayoría de los mapas y que no sólo está a doscientos cincuenta kilómetros de la capital de La Rioja, sino a diez larguísimos kilómetros del camino más cercano: una ondeante trocha de tierra y guijarros, más parecida a un circuito de motocrós que a una autopista. O como dicen algunos de sus habitantes, Aicuña es un pueblo casi olvidado en el trasero del mundo, más alejado de Buenos Aires, geográfica y culturalmente, que de los caseríos andinos de Bolivia y Chile.

–Supongo que estoy aquí por lo mismo que ustedes –dice en inglés y, haciendo un gesto con la nariz y la boca, señala el libro de la fotógrafa, Anthropologies of Art.

Mander se prepara para reír. Es obvio que los tres hemos venido atraídos por la historia de «Aicuña, el misterioso pueblo de los albinos», un artículo de curiosidades turísticas que se suele entregar a los visitantes junto con un boletín de datos prácticos tomados de la web http://www.larioja.gov.ar/turismo.

Pero la fotógrafa da un respingo: la cara seria, las cejas juntas, la actitud grave.

–¿Hasta cuándo piensas quedarte? –lo interroga de golpe, también en inglés.
–Sólo hoy –dice él–. Le he pedido al taxista que venga a recogerme esta tarde.
–Entonces no podrás hacer nada –dice la fotógrafa–. Es decir, será mejor, por el bien de todos, que no intentes hacer nada.

El corresponsal del Financial Times se queda atónito, aunque todavía tiene la boca abierta, como si le hubiesen dado una mala noticia a la mitad de una carcajada.

–A la gente del pueblo no le gusta hablar del tema –le explica ella–. Llevamos dos días aquí y todavía no sabemos si podremos hablar abiertamente con alguien.

Unos minutos después, doña Josefa regresa trayendo una bandeja con leche, café, pan, mantequilla y dos huevos fritos con tocino. Mander le agradece, moja un trozo de pan en las yemas de los huevos y da un primer bocado.

Durante unos instantes, seguimos conversando en inglés, de cualquier cosa: cuánto tiempo llevamos en Argentina, si estamos casados, qué edades tenemos. Luego hablamos en castellano para que pueda participar doña Josefa, quien otra vez se ha sentado a acompañarnos desde una mesa contigua.

Entonces es la señora quien le pregunta a Mander:

–¿Y qué lo trae por aquí?

***

Hay un albino por cada diecisiete mil personas en el mundo. Así lo ha estimado un estudio de la Johns Hopkins University de Estados Unidos. En Aicuña, según Julio César Ormeño, el jefe de la oficina de Registro Civil, deben vivir unas trescientas personas. A lo mucho, dice, en ciertas épocas han llegado a ser trescientos cincuenta: es un pueblo tan pequeño que todos juntos cabrían en una sala de cine, incluyendo a los recién nacidos, los ancianos y el ministro pastoral de la iglesia.

De ese total, el jefe de Registro Civil tiene censados a cuatro personas albinas, todos hombres: tres que ahora mismo viven en Aicuña y uno que ya de adulto se mudó a otro pueblo a dos horas de distancia. Pero sus archivos dicen algo más: desde fines del siglo XIX se han registrado los nacimientos de cuarenta y seis albinos, sólo en Aicuña.

Las matemáticas no sirven para las conclusiones fáciles, pero si alguna utilidad puede tener en este caso la regla de tres es que el índice de albinismo en Aicuña no es uno por cada diecisiete mil personas, sino uno por cada noventa. O como sostiene el doctor Eduardo Castilla, autor de Aicuña. Estudio de la estructura genética de la población, el coeficiente de albinismo es casi doscientas veces mayor en este pueblo que en el resto del planeta.

Sin embargo, hay una especie de unánime censura sobre esa palabra –albinos o albinismo– que impide mencionarla en voz alta. Es como si fuese un tabú o uno de esos secretísimos entuertos familiares cuyo problema no parece estar en que existan, sino en hablarlos. Ocultar, en el fondo, es una forma de querer que algo desaparezca.

Pero Benedict Mander no comparte ese código de silencio, así que termina por confesar, no sin cierta cautela, aquello que lo trae por aquí.

–He venido –dice en voz baja– a conocer a los albinos de Aicuña.

Como si hubiese estado esperando este momento, doña Josefa se levanta de su silla y va a buscar el cuaderno de visitas del hostal.

–Lea –le dice a Mander entregándole el cuaderno abierto por la mitad.

Es el mismo mensaje que antes ya nos había hecho leer a la fotógrafa y a mí: el de Carlo Brero, un italiano de casi ochenta años que el 28 de setiembre del 2006 se despidió de La Casa con estas palabras: «Vine a este pueblo a buscar genes de albinos y me encontré con la alegría de quando era joven». La carta de despedida del señor Brero, escrita con una caligrafía temblorosa y casi sin faltas de ortografía en castellano, ocupa toda la página. Antes de su firma, agrega: «Me siento contento íntimamente y se me ocurre que es por lo que aquí [se] vive: niños contentos, personas simples, serenas y afables. Se ve amor en el marco de una naturaleza sin estridencias».

Cuando Mander ha terminado de leer, doña Josefa lo queda mirando a los ojos, como si lo interpelara pero a la vez tratara de enseñarle una moraleja. Es como si le estuviera diciendo: «Ya ve, Aicuña es mucho más que un pueblo de albinos».

La fotógrafa y yo, que hemos seguido la escena con interés, aprovechamos ese momento para repetirle al corresponsal del Financial Times la explicación que antes nos quedó inconclusa: que llevamos dos días en Aicuña sin haber podido ver siquiera a un albino. Es más, que no tenemos ninguna garantía de que podamos ver a uno en los próximos días.

Ya nos lo habían advertido en el camino: la gente de este pueblo tiende a ser huraña por naturaleza, aunque si se siente en confianza con los visitantes, puede ser también muy amable, acogedora y dadivosa. Eso sí, les incomoda profundamente que alguien venga a buscar albinos como si asistiera a un espectáculo de circo freak. Es más, algunos admiten abiertamente que les molesta que vengan periodistas.

Desde que a principios de los ochenta una revista de Buenos Aires llamada 7 Días (vinculada, dicen, con la dictadura del general Videla) publicó un reportaje en el que se trataba despectivamente a los albinos de Aicuña, muchos de los habitantes del pueblo, que son vecinos y parientes a la vez, se volvieron ya no huraños, sino ariscos y huidizos con los de fuera. Sucedió que el efecto del reportaje fue inmediato y, para ellos, lamentable: de pronto empezó a llegar gente de otras ciudades de Argentina con la sola intención de conocer a los albinos. Querían observarlos, fotografiarlos, saber cómo eran, qué apariencia tenían: cómo podía ser la rutina de un pueblo habitado básicamente por personas de piel translúcida y pelo blanco.

Como en una versión colectiva de la historia de Frankenstein, Aicuña era como cualquier otro pueblo recóndito en el mundo, inconsciente de su peculiaridad, hasta que una mirada ajena la puso en evidencia. Al igual que con el personaje de Mary Shelley, fueron los demás quienes los señalaron con el dedo y los trataron como gente rara, diferente, poseedora de una insólita cualidad que los volvía grotescos y atrayentes a la vez.

Entonces algunos habitantes de Aicuña recuerdan que si descubrían a un curioso merodeando por ahí, o peor, a un sospechoso de ser un curioso profesional (léase un periodista), cerraban las puertas de sus casas y no salían hasta que el intruso se hubiese marchado.

–Un día vino un fotógrafo a querer tomarnos fotos –me contaría un par de días después Lucio Ormeño, uno de los tres albinos que todavía viven en Aicuña.

Cuando habla, Lucio Ormeño no lo hace en primera persona, así se refiera sólo a él. En vez de ello prefiere emplear el plural nosotros para hablar de sí mismo, aun en cuestiones tan simples como nos despertamos a tal hora o teníamos un negocio o nos compramos una motocicleta. Es una extraña forma de hablar que en ningún sentido es compartida por los habitantes de Aicuña. Es él, exclusivamente él. Como si un exceso de modestia –o de algo– le impidiera expresar su individualidad.

–No le hicimos caso –prosiguió Lucio Ormeño con su plural tan singular–. Nos hacía preguntas, nos pedía, nos rogaba. Estaba desesperado, pero se fue por donde vino, sin ninguna foto. Ni ofreciéndonos dinero íbamos a posar para su cámara.

Lucio Ormeño habría de ser la primera persona con esa infrecuente condición genética llamada hypomelanism con quien conversaría en Aicuña. Pero eso sucedería unos días después. Ahora, junto a Benedict Mander y a la fotógrafa, nos preguntamos si habremos actuado correctamente al venir aquí. Al supuesto pueblo de los albinos.

Luego de su primer encuentro con Mander, doña Josefa ha vuelto a ser la dulce y encantadora anfitriona que hemos venido disfrutando –y disfrutaremos– durante nuestra estadía en Aicuña. La señora nos ofrece más café, pregunta si necesitamos algo y anuncia lo que preparará de almuerzo esta tarde: bifes a la milanesa. También dice que cuando vuelva su hijo Dante, con quien comparte la administración de La Casa, de seguro él hallará una manera de ayudarnos. Ya debe estar de regreso, añade, pues sólo ha ido a revisar el riego de su huerto de nogales.

Dante Ormeño es un hombre en sus cuarenta, muy robusto, de no más de un metro setenta de estatura, pero con una espalda y unos brazos de leñador que lo hacen parecer más grande. En temporadas de verano, como ahora, tiene la cara enrojecida por el sol, que cubre con una barba fecunda y un cerquillo rebelde que trata de peinar hacia un costado, aunque siempre se le está cayendo sobre la frente. Un gesto típico de Dante Ormeño, que no tiene nada de vanidoso, es intentar mantener sus cabellos en su sitio. Lo hace a menudo, usando sus dedos como un peine, pero es inútil.

Es también un hombre callado. A diferencia del estereotipo que uno suele tener del argentino como un conversador innato y a veces un parlanchín que habla de todo porque parece saber de todo, Dante Ormeño es más bien lo contrario. Es muy difícil, a menos que seas su amigo o te hayas ganado su estima, que sea él quien inicie una conversación. Con alguien como Dante Ormeño tienes que tomar la iniciativa o, si te atreves, pedirle las cosas directamente. Aunque no lo parezca, él siempre dirá que sí.

Benedict Mander le resume su historia, le dice que esta tarde un taxi volverá a recogerlo, que tiene poco tiempo, y le pide que lo acompañe a recorrer el pueblo.

Dante Ormeño acepta.

El acuerdo tomado en esta sobremesa de desayuno en La Casa es que Mander conocerá Aicuña dando un largo paseo con Dante Ormeño. Pasado el mediodía, volveremos a reunirnos aquí para almorzar. Benedict Mander se marchará de Aicuña, como diría Lucio Ormeño, «por donde vino».

***

En Aicuña parece que todos se apellidaran Ormeño.

El jefe de la oficina de Registro Civil, aquél que se encarga de llevar la cuenta de los nacimientos, matrimonios, divorcios y defunciones, y que nos dio las primeras cifras sobre la población de Aicuña, se llama Julio César Ormeño. El presidente del Centro Vecinal, a cargo entre otras labores de repartir la escasa agua que hay para los cultivos, se llama Marino Ormeño. El ministro pastoral laico que cumple la función de sacerdote –porque la única iglesia de Aicuña no tiene uno– y celebra las misas los domingos, da la comunión, y bautiza y confiesa a los devotos en casos de peligro de muerte, es don Alberto Ormeño. La enfermera que dirige y a veces hace las veces de doctora en el Centro Primario de Salud –una impecable posta de primeros auxilios que se transforma en hospital cuando hace falta– es la señora Irma Oliva de Ormeño. Los dueños del hostal La Casa son doña Josefa viuda de Ormeño y sus cuatro hijos, entre ellos el administrador Dante Ormeño. El mejor alumno de la única escuela del pueblo es Julián Ormeño. El único taxista, Juan Edgar Ormeño. Y los cuatro albinos nacidos en Aicuña que viven hasta hoy son, igualmente, todos Ormeño: los hermanos Lucio y Elio Ormeño, y los también hermanos –pero no parientes directos entre sí– Toto y Lucas Emilio Ormeño.

Lucio Ormeño es el encargado de la cabina telefónica de Aicuña. Tiene una voz privilegiada para eso.

Cada vez que timbra el telefax que tiene en el escritorio de su pequeña oficina, él levanta el auricular, espera unos segundos hasta que la llamada se haya hecho efectiva y, sentándose con la espalda muy recta, con los ojos clavados en un punto impreciso a través de sus gafas oscuras y con un vozarrón de locutor de radio, dice:

–¡Cabinaaa!

Casi siempre es alguien a quien él conoce. Un pueblo de trescientos habitantes no es que tenga demasiados misterios, así que Lucio Ormeño también puede ufanarse de haber memorizado unas cuantas decenas de números telefónicos. Incluso a veces, como su telefax tiene una pantallita en la que aparecen los números, se da el gusto de sorprender a sus interlocutores llamándolos directamente por sus apellidos.

–Diga, Carrizo –saluda ahora, por ejemplo, a un señor Carrizo que telefonea de un pueblo cercano.

Ahora van a ser las siete de la tarde, pero en la calle hay un sol de mediodía.

La cabina telefónica de Lucio Ormeño, es decir su oficina completa, debe tener unos seis metros cuadrados. Allí, aparte de un cubículo para que los clientes puedan conversar en privado, tiene un escritorio de madera y una estantería en la que sólo hay guías telefónicas y cuadernos en los que él ha anotado ciertos teléfonos y direcciones de emergencia. Sus dos únicos adornos de pared son un enorme reloj dorado y unas lucecitas de colores a las que él ha dado forma de árbol de Navidad.

Lucio Ormeño trabaja de ocho y media a doce del día, y de seis y media de la tarde a nueve de la noche. Siempre y cuando no haya alguna interferencia en la línea, dice, pues en ese caso su oficina permanecerá cerrada hasta que el problema se haya solucionado. Él sólo se encarga de resolver las averías más sencillas, como reponer los cables y las conexiones desgastadas por el uso. Por ese trabajo a tiempo completo no recibe un sueldo, sino un veinte por ciento del precio de cada llamada que se hace desde Aicuña. Las llamadas que responde para sus vecinos son gratis.

Al igual que su hermano Elio, Lucio Ormeño es albino, pero evita a toda costa hablar de ello. Cuenta que estudió hasta sétimo grado, cuando la escuela del pueblo no tenía secundaria. Ahora tiene treinta y nueve años y se siente un tanto mayor como para volver a sentarse en una carpeta al lado de chicos más jóvenes.

A pesar de su edad, Lucio Ormeño tiene la apariencia y la sonrisa de un niño. Tiene la cara muy redonda y roja, con minúsculas erupciones causadas por el sol, que en esta parte de la sierra desértica de Argentina suele quemar como si uno estuviera permanentemente cerca de un horno de carbón. Eso en verano, porque también, como en cualquier desierto, la piel tiende a quemarse en invierno por esa mezcla feroz de aire reseco, vientos implacables y temperaturas bajo cero.

Para protegerse de ese clima violento, Lucio Ormeño siempre viste una camisa de manga larga, de preferencia a cuadros, y debajo, una camiseta de algodón de un color que le haga juego al sobresalir a través de sus botones abiertos hasta el pecho. Es casi imposible que uno lo vea sin sus gafas de sol, ni tampoco sin una gorra de béisbol que usa sobre sus cabellos blancos teñidos de rubio.

Cuando termina de hablar con el señor Carrizo, toma un trozo de papel y anota el mensaje que éste ha dejado para alguno de sus vecinos de Aicuña.

Así lo hace siempre, con todas las llamadas que recibe. Si el mensaje es muy urgente, Lucio Ormeño saldrá a la calle a buscar a algún niño que esté jugando por ahí para que lo haga llegar de inmediato. Si no, lo guardará hasta la hora en que cierra la cabina y, ya de camino a casa, irá entregando a sus destinatarios todos los mensajes acumulados durante el día.

Los niños lo adoran. Es raro que un pequeño pase cerca de su cabina y no entre a saludarlo o a decirle cualquier cosa. Él explica por qué:

–Antes de la cabina teníamos otro negocio –dice, empleando como siempre el nosotros para referirse a sí mismo–: una despensa de alimentos. Allí iban los niños y les dábamos caramelos, chocolates, cositas, tonterías.

Él mismo sonríe como si fuese un niño.

–Luego, cuando abrimos la cabina, también traíamos golosinas. Ahora menos. Tuvimos que cerrar la despensa porque mamá se enfermó.

Le pregunto si para trabajar en la cabina telefónica tuvo que estudiar algo.

–Nos dieron una capacitación –dice, aunque ya no sonríe.

Luego se queda pensando, como si hubiese recordado algo, y agrega:

–Para quedarnos con la cabina organizaron un concurso. Nosotros lo ganamos.

A Lucio Ormeño también le atrae la fotografía. Alguna vez fue su pasatiempo, después de llevar un curso por correspondencia que no pudo terminar porque por ese tiempo, inicios de los años ochenta, el correo postal en Aicuña era –vuelve a sonreír– peor que ahora. Todavía conserva su cámara por si acaso, aunque le han dicho que el tipo de película que necesita ha dejado de fabricarse.

Para explicarse mejor, dibuja en el aire algo que parece un par de binoculares.

–Sí, eran los carretes de ciento diez milímetros, con esas fotos que salían muy pequeñitas, ¿verdad? ¡Lindas!

Una de las palabras que más repite Lucio Ormeño es lindo, o linda, y todas sus variantes.

Al recordar sus épocas de niño, cuando junto a su hermano Elio acompañaba a su padre a los altísimos cerros donde éste debía reparar la antena del único canal de televisión que se veía en Aicuña, Lucio Ormeño dirá «lindas épocas». Al comentar la vegetación de la zona, esencialmente desértica, llena de algarrobos, nogales, álamos inmensos y cactus de decenas de tamaños y colores, y formas caprichosas, y flores diminutas, dirá «lindo paisaje». Y llamará «lindos» también a la noche, a la Luna, al camino y las montañas, a una madrugada en que salimos de excursión con la fotógrafa y Dante Ormeño para hacer fotos nocturnas por los alrededores del pueblo.

Al cabo de unos días de conversar con él, uno consigue descubrir que aquello que no le merece ese adjetivo tan elogioso –lindo–, en verdad tampoco le merece nada. Lo que no puede ser lindo sólo obtendrá su silencio. Una evasiva. Una respuesta anodina que significa simplemente que ya no quiere hablar más de ello.

–No tenemos por qué cuidarnos –contestó por ejemplo, muy secamente, un día en que le pregunté si por ser albino no debía recibir algún tipo de tratamiento médico.

De inmediato, como calibrando mejor el sentido de sus palabras, admitió:

–Solamente vemos a un oculista de vez en cuando. Por los ojos, ¿ve?

Durante unos segundos inclinó sus gafas oscuras. No se las quitó. Sólo las bajó hasta la punta de su nariz. Tenía las pupilas de color rosado, como todos aquellos que tienen ese tipo de albinismo llamado oculocutáneo que afecta íntegramente el cuerpo: los ojos, la piel, el cabello. Las pupilas, además, le vibraban de un lado a otro, con ese movimiento involuntario conocido como nistagmus.

Luego sería imposible volver a tocar ese tema con Lucio Ormeño.

***

El tabú que existe sobre el albinismo en Aicuña no parece limitarse sólo a esta falta de pigmentación en la piel que vuelve a las personas simplemente más notorias.

La enfermera que dirige el Centro Primario de Salud, Irma Oliva de Ormeño, es también la madre del otro par de hermanos albinos, Toto y Lucas Emilio Ormeño. La primera vez que la fotógrafa y yo la vimos, encabezaba una procesión en honor de la Virgen del Rosario, la patrona del pueblo.

Aquel día era domingo y las campanas sonaban llamando a los devotos a unirse a rezar el rosario y luego a una procesión. A las once de la mañana, la hora del rezo, había unas veinte personas en el interior de la iglesia, la mayoría mujeres y niños. A las dos de la tarde, cuando la romería ya había recorrido la única calle de Aicuña de un extremo a otro, se habían sumado unas cuarenta personas, incluyendo a algunos hombres que acompañaban el rito desde las puertas de sus casas, ya que adentro, en las pantallas de sus televisores, estaba por comenzar un partido importante de la liga de fútbol argentino.

La señora Irma también guiaba las oraciones. Una de esas oraciones decía: «Yo pongo mi esperanza en ti, Señor, / y confío en tu palabra».

Casi todos se sabían las letanías de memoria.

Además de enfermera, Irma Oliva de Ormeño es la mayordoma de la iglesia, lo cual quiere decir que es la encargada de que la capilla esté siempre bonita y adornada con flores frescas, que sus altares y santos estén siempre limpios, y que los habitantes de Aicuña no pierdan el entusiasta fervor religioso que los ha identificado en sus casi trescientos cincuenta años de existencia. Para cumplir con esa tarea, siempre organiza sesiones de oración para enseñar a los niños los misterios del rosario, y trata de que el párroco asignado al pueblo, el padre Enrique Martínez, venga a celebrar la eucaristía al menos dos veces al año, aparte de ciertas ocasiones especiales como cuando muere alguien o hay una boda inminente.

La rutina diaria de Irma Oliva de Ormeño se reparte, así, entre las diez horas que trabaja en el Centro Primario de Salud y el no poco tiempo que dedica a la iglesia.

–A veces también tengo que hacer de psicóloga y consejera espiritual –dice una mañana en que hemos venido a buscarla a lo que algunos vecinos llaman todavía la posta médica o la enfermería.

Aquí trabaja desde hace dieciocho años, y es evidente que una gran parte de su personalidad la ha trasladado al Centro Primario de Salud: el local luce tan impecable, con un orden y una pulcritud y un olor de que todo está recién desinfectado, que sólo pueden ser atribuibles a una persona como ella. Se nota que el piso de cemento rojo es encerado y pulido cada día. Las paredes blancas no tienen una mancha ni rajadura. Las sillas de la sala de espera, también blancas, son todas idénticas. En cada ambiente hay carteles que recuerdan las metas que ha tenido que cumplir en todos estos años: difundir la lactancia materna, prevenir el cáncer de útero, recalcar que la crianza de los hijos es un deber también de papá. Al lado de estos carteles casi siempre hay una imagen religiosa. Una cruz, un Cristo, la Virgen del Rosario.

Delgada y de baja estatura, vestida siempre de traje, se nota que ella cuida cada detalle, incluso cuando habla de sus emociones más intensas.

Por ejemplo, cuando habla de sus hijos.

Tiene siete hijos. Los casados se han mudado a ciudades cercanas: lugares más grandes, más modernos que Aicuña. Con ella y su marido se han quedado una niña de ocho años; Toto, el mayor de los siete, y Lucas Emilio, quien después de haber pasado por varios cambios curriculares en la escuela, al fin acaba de terminar la secundaria.

–Toto –dice– es el más introvertido, aunque quizá también el más orgulloso. Su hermano [Lucas Emilio] se ha teñido el pelo de rubio, se cuida un poco más: por él, se iría ahora mismo a recorrer el mundo. Toto no. Él me dice: Déjeme así, mamá. Así nací, así soy. De lo que se hereda hay que agradecer a Dios.

De pronto, sin perder la serenidad, se le ha ensombrecido la mirada. Irma Oliva de Ormeño también recuerda ese reportaje de la revista 7 Días que, por lo visto, significó una línea divisoria en la historia de Aicuña. La mirada –perpleja, fascinada, quizá torpe– de los otros que puso en evidencia que Aicuña no era un pueblo como los demás.

–Nos causaron mucho dolor –dice con ese resentimiento lejano de los que han sido educados para perdonar las ofensas–. Dijeron muchas mentiras: que los albinos no veían bien y por eso no podían trabajar. Que muchachos como mis hijos eran una carga para sus padres. Que Aicuña era un pueblo raro donde todos éramos albinos. La gente empezó a sentir vergüenza, ¡como si no hubiera otros albinos en el mundo!

Se interrumpe de golpe y suspira, como si ahora sí necesitara hacer un pequeño esfuerzo para retomar el control de sus emociones.

–La voluntad de Dios es así –dice, y en cierta forma, da por terminada nuestra conversación–. Aquí no hay nada raro. Nada que no pase también en otros lugares.

Sin decirlo, ella confirma aquello que uno puede intuir sobre la idea que se tiene acerca del albinismo en Aicuña: que más que una condición de naturaleza genética, la mayoría cree que es un capricho del azar, así como cuando uno nace zurdo, miope o con los pies planos y puede encontrar en sus ancestros cierta predisposición para haber heredado esas características, pero sabe que, en última instancia, es el destino, la suerte o Dios quien lo ha decidido así.

Y que así como a unos les toca, a otros no.

Ni siquiera Irma Oliva, que es enfermera y se considera como una persona abierta a hablar sobre cualquier tema, admite la posibilidad de que el alto índice de personas albinas en este pueblo tenga que ver con que la mayoría se apellide Ormeño.

Unas semanas después, el sacerdote Enrique Martínez lo explicará de esta manera:

–Es muy probable que sea justamente por eso, porque casi todos se apellidan Ormeño, que nadie quiera hablar de ese asunto en Aicuña.

Sentado en su despacho de la iglesia de Villa Unión –el pueblo con aspecto de ciudad más cercano a Aicuña–, el padre Martínez contará que conoce el caserío desde hace veinticinco años y que es el sacerdote asignado allí desde hace una década. Dirá también que ha escuchado repetir a sus fieles un terrible rumor que al parecer empezó a circular en la región a partir del artículo publicado en la revista 7 Días: que la gran cantidad de albinos nacidos en Aicuña es una especie de castigo divino por el incesto que durante siglos han practicado sus habitantes.

Esa palabra –incesto– la habríamos de escuchar la fotógrafa y yo varias veces, pero siempre lejos de Aicuña.

Desde una cierta ignorancia, no deja de tener lógica: si, en promedio, ocho de cada diez habitantes del pueblo se apellidan Ormeño, vistos desde fuera daría la impresión de que en algún momento debieron tener hijos entre familiares directos. Es más, en Argentina no se usa el apellido materno, lo cual deja la opción de que más de un Ormeño lo sea doblemente, tanto por parte del padre como de la madre. De ahí a la idea del incesto no parece haber más que la especulación maliciosa y, en el fondo, la herencia bíblica del castigo divino.

–Eso no es verdad –dirá el padre Martínez–. Pero es difícil explicarle a la gente la diferencia entre una comunidad endogámica, cerrada, aislada y emparentada entre sí por equis razones históricas, y una comunidad incestuosa.

La endogamia no es lo mismo que el incesto, eso se puede advertir en cualquier diccionario de bolsillo.

La endogamia es el matrimonio –o cruzamiento, según la biología– entre personas de ancestros comunes o nacidas dentro de una pequeña aldea o comunidad aislada genéticamente. El incesto, en cambio, implica un grado directo de parentesco: es decir, cuando hay relaciones sexuales entre hermanos, o entre padres e hijos.

Pero la imaginación popular suele ser muy poderosa, y cruel.

Al igual que Macondo, de Cien años de soledad, hubo una vez en el noroeste de Argentina un caserío donde progresó una estirpe de agricultores de viñedos y nogales y criadores de cabras. Este lugar llamado Aicuña, o también «el pago de los Ormeño», o más tarde «el misterioso pueblo de los albinos», permaneció aislado durante más de tres siglos, doscientos cincuenta años más que en la novela de García Márquez. Y si en Macondo la endogamia fue castigada según la clásica leyenda del niño que un día habría de nacer con cola de cerdo, en Aicuña, según alguna gente de los pueblos cercanos, el castigo fueron muchos niños sin coloración en el cuerpo. Exactamente, cuarenta y seis albinos en poco más de un siglo.

Sin embargo, parece que el aislamiento de Aicuña tiene que ver con esos mismos pueblos cercanos que ahora difunden su rareza. Algunos dicen que todo empezó con un lío por la propiedad de las tierras. Quiénes eran dueños de qué. O quiénes querían adueñarse de qué. Pero ésta es otra historia –otro tabú– de la que casi nadie habla por aquí.

***

Aicuña no tiene plaza central y sólo cuenta con una calle.

Es una calle larga, curva y empinada, bordeada por pequeñas colinas, que se inicia a casi mil quinientos metros sobre el nivel del mar y termina por encima de los mil ochocientos. Es una calle de tierra que la mayoría de gente recorre a pie, aunque los jóvenes prefieren hacerlo a caballo y los niños en burro, en grupos de hasta cinco sobre el lomo de un sólo animal.

Las casas rara vez se ubican una frente a otra, más bien alternan en un patrón zigzagueante: una casa en la acera izquierda, con un jardín al lado, y frente a ese jardín una casa en la acera derecha, con su propio jardín, y así sucesivamente. Algunas de las casas más viejas ni siquiera tienen puertas hacia la calle. Para entrar a ellas uno debe rodearlas y cruzar las cercas de madera o alambre del jardín. La verdadera puerta principal –lo que uno llamaría simplemente la entrada– se encuentra del otro lado de la casa, mirando a las colinas.

Es como si, al llegar a Aicuña, la mitad del pueblo ya le hubiera dado a uno la espalda.

Es difícil olvidar lo que uno siente la primera vez que camina por esa única calle. Durante la siesta, entre las dos y las cinco de la tarde, parece deshabitada. Pero a medida que uno camina colina arriba, hay momentos en los que uno tiene la clara impresión de que alguien lo está observando por la espalda.

Es una sensación extraña. Uno voltea súbitamente, tratando de atrapar al fisgón que con seguridad se oculta en algún portal o está al acecho detrás de una cortina, pero no se ve a nadie.

Una tarde, después del almuerzo, nos relajamos en la magnífica terraza de la pensión de doña Josefa y Dante Ormeño. Ésta se eleva más o menos un metro sobre la calle de tierra. Desde esta altura, sentados en sillones fabricados con varillas de acero y asientos forrados con piel de becerro, el pueblo parece el escenario de una vieja película del Oeste.

Como es la hora de la siesta, el escenario se encuentra abandonado.

–Fíjense –advierte Dante Ormeño–: no se oye nada. Por eso, la gente es capaz de sentir hasta el menor ruido y puede distinguir, por cómo suena un motor, si el auto que viene es o no de algún conocido.

Dante Ormeño nos asegura que no exagera. Cuando era niño, su padre le enseñó a reconocer la camioneta de un vendedor que venía al pueblo una vez por semana trayendo alimentos que no se podían conseguir en Aicuña. Él recuerda que aprendió a identificar el ruido del motor desde varios kilómetros de distancia. «Ya viene Don Lulo», se repetía a sí mismo, y tenía razón. Y como él, muchos otros también podían hacerlo.

–Salvo una época en que entró una línea de colectivos, Aicuña ha vivido en un estado de aislamiento casi total –continúa Dante Ormeño–. Ahora las cosas han cambiado un poco. Algunos quisieran que venga más gente, que el pueblo se abra, que los jóvenes sepan que hay otro mundo fuera de aquí, pero no es fácil.

Aunque no lo dice, se nota que él es uno de quienes están decididos a ver cambios en Aicuña. No sólo ha abierto, junto con sus hermanos y su madre, la pensión La Casa, también ha convencido a los agricultores que cultivan nueces de que mejoren sus cosechas para acceder a nuevos mercados. Cada sábado, Dante es uno de los más entusiastas participantes de un torneo de fútbol que reúne a cerca de cincuenta personas del lugar (por ahora, las mujeres sólo miran). Ha comprado una mesa de ping-pong para la pensión, una red de voleibol, una computadora que tiene conectada a un equipo de sonido, y un enorme televisor que capta canales vía satélite, todo ello para uso gratuito de cualquier habitante del pueblo.

Desde que se inauguró La Casa en Aicuña, es obvio que las tardes de los sábados son más animadas.

Casi todos los sábados por la noche, algunos de los jóvenes del pueblo se reúnen a tocar o a jugar cartas mientras beben cerveza. La cerveza casi siempre es de esa variedad oscura que tiene un empalagoso sabor dulzón. La beben en botellas de un litro que se van pasando de uno a otro.

Julián Ormeño, un joven de diecisiete años a quien sus profesores consideran su alumno más aplicado, piensa que las cosas realmente empezaron a cambiar hace unos años, cuando Dante Ormeño regresó a vivir al pueblo. Fue él quien, entre otras cosas, le enseñó a tocar la guitarra.

Dante Ormeño quizá sea uno de los pocos de su generación que se marchó de Aicuña en busca de oportunidades, tuvo varios empleos (entre ellos el de administrador de una bodega de vinos) y luego volvió al pueblo. Mientras descansamos en la terraza, le pregunto por qué lo hizo.

–Mi padre se murió sin poder construir este hostal. Era su sueño.

Muchos recuerdan a su padre, don Ambrosio Ormeño, como el último patriarca del pueblo. Era el director de la escuela; organizó la cooperativa de productores de nueces; obtuvo préstamos para construir casas con materiales de buena calidad; y siempre creyó que, si abría una pensión, ésta atraería a los turistas que buscan un lugar tranquilo para pasar el fin de semana. Creyó que el contacto con gente de fuera sería beneficioso para todos en Aicuña, y no sólo en lo económico.

–Aquí –prosigue Dante Ormeño, que ahora ha encendido un cigarrillo y fuma con parsimonia– somos como una familia gigantesca. Lo que les duele a unos nos duele a todos. Y tú no puedes cerrar los ojos cuando algo le duele a tu familia.

Muy en el fondo, Dante Ormeño debe sentir que ha heredado las convicciones y metas de su padre. Gracias a su labor, La Casa es reconocida como un lugar tranquilo para pasar unos días. Está decidido a ayudar a que sus vecinos valoren los contactos que crea la pensión, aunque eso signifique que algunos deban cambiar su actitud poco amistosa hacia los forasteros. Al igual que su padre, él debe creer que una cosa lleva a otra.

La introversión del pueblo, y su consecuente aislamiento, puede ser atribuida a los albinos de Aicuña. Uno podría pensar que los vecinos, al sentirse objeto de la curiosidad malsana de los forasteros, se fueron volviendo poco sociables, hoscos y evasivos, a medida que, con los años, se cerraban al mundo exterior.

Pero no es así.

De hecho, es lo opuesto; las altas tasas de albinismo se deben en realidad a la larga historia de segregación de Aicuña. El aislamiento fue lo que dio origen al albinismo, y no viceversa.

Si Aicuña no hubiera pasado trescientos cincuenta años de casi total aislamiento, sin mezclarse con gente de otros lugares, habría sido estadísticamente imposible que cuarenta y seis albinos nacieran aquí en poco más de un siglo. Para que alguien nazca albino, tanto su madre como su padre deben ser portadores de ese gen –una unión casual que ocurre sólo en uno de cada diecisiete mil nacimientos–. Sin embargo, en un pueblo en el que ocho de cada diez personas son de la familia Ormeño, es más probable que ambos padres porten genes similares. No tienen que ser familiares directos: basta con descender de la misma rama familiar, aun si el parentesco es distante. Y parece claro que la extensa familia Ormeño es la fuente de este gen en particular.

La gente de Aicuña lleva un minucioso registro de la historia genealógica del pueblo, pero no sólo se conserva en los archivos de la Oficina de Registro Civil de Julio César Ormeño. La historia está viva en la memoria de sus habitantes. Muchos de ellos –y no sólo los más viejos– pueden recitar de memoria una sucesión de matrimonios y nacimientos que abarcan por lo menos quince generaciones desde la fundación de Aicuña, en 1663, hasta la actualidad.

Esta historia genealógica también es una historia económica, una historia de conflictos por la propiedad de la tierra.

La tierra donde está asentada Aicuña fue comprada en principio por el general español Pedro Nicolás de Brizuela para entregársela a uno de sus hijos ilegítimos. Durante la época colonial en las Américas, sólo los llamados hijos legítimos podían heredar propiedades legalmente. Por ello, en su testamento, el general De Brizuela escribió que quería que su hijo ilegítimo, «que este pobre [el hijo ilegítimo], por serlo, goce un pedazo de tierra con el que pueda sustentarse, y si algún hijo mío intentase quitárselo, incurra en mi maldición como quien va contra la voluntad de Dios y de su padre». No obstante, los hijos legítimos, que eran ocho, intentaron en varias oportunidades adueñarse de la propiedad de su hermano. Dos de esos hijos eran albinos.

De acuerdo con un estudio sobre Aicuña realizado por el Dr. Castilla, los dos hijos albinos prueban, casi sin lugar a dudas, que el general fue el primer portador genético del hipomelanismo en la región. Pero el general De Brizuela legó a los vecinos del lugar algo más que su gen recesivo; dejó a los futuros habitantes de Aicuña una batalla legal sobre su propiedad, que ha creado un legado de sospechas y desconfianza del mundo exterior.

Mientras que los descendientes legítimos del general podían casarse con personas de otros pueblos sin temor a una reclamación sobre su propiedad –y gracias a ello diluir la presencia del gen albino en su linaje–, los descendientes del hijo ilegítimo del general, los primeros pobladores de Aicuña, se emparejaron y tuvieron hijos con sus vecinos.

Así, pues, la explicación de cómo los Ormeño llegaron a dominar la población de Aicuña es simple: el primer Ormeño fue un inmigrante peruano que tuvo ocho hijos con una mujer cuya única hermana tuvo sólo uno. De nueve hijos, entonces, ocho eran Ormeño, pero aunque son «una gran familia», como dice Dante Ormeño, en la que todos los vecinos son también parientes, la línea de sangre no necesariamente es directa.

De hecho, cada nueva generación memoriza su árbol familiar, en parte, para evitar casarse con alguien de parentesco muy cercano. Pero también han aprendido su herencia familiar de memoria para defenderse de manera colectiva en los juicios por la propiedad de la tierra. Por supuesto, con el tiempo este árbol familiar se volvió más complejo y enmarañado con Ormeños, pero ello también fue una forma de defenderse. Si todos los vecinos podían demostrar una conexión directa con el linaje de De Brizuela, nadie podría disputarles sus derechos. Incluso se rehusaron a casarse con los descendientes legítimos de De Brizuela, por temor a que estos parientes lejanos pudieran aprovecharse de sus lazos matrimoniales para intentar apropiarse de sus tierras. Era mejor permanecer dentro del pequeño círculo de la familia cercana. Era mejor esconderse.

Durante más de tres siglos, lo aicuñanos han protegido sus tierras aislando al pueblo del mundo exterior y rechazando a todos los visitantes.

Quienes no podían soportar el encierro claustrofóbico se marchaban para nunca más volver. Aquellos que se quedaban, inevitablemente, continuaban con la endogamia. Esto aumentó de manera significativa la probabilidad de que ambos padres pudieran ser portadores del gen, y de que naciera un niño albino. Así, el hijo ilegítimo, sin quererlo, conservó su herencia mejor que sus hermanos legítimos.

Pero Aicuña no es un pueblo de albinos. No hay nada anormal aquí que satisfaga nuestros más lascivos deseos. Los rumores de un castigo divino por el incesto no son más que un mito. Y, sin embargo, hay algo arquetípico, incluso trágico, sobre Aicuña; un linaje completo aprisionado por su propia desconfianza, que prefiere distanciarse del mundo antes que considerar la posibilidad de ser juzgado como ilegítimo y perder su herencia.

Mientras tanto, las cosas no han cambiado en Aicuña en tres siglos. Aislados en lo geográfico y en lo cultural, los habitantes están poco preparados para enfrentarse al siglo XXI. Frente a la curiosidad del exterior, a los rumores y a la intromisión, la mayoría se ha retirado aun más a un aislamiento reaccionario, cerrándose sobre sí mismos con decisión y desconfianza. Esta forma de respuesta a los hirientes rumores de sus vecinos sobre el supuesto pecado y anormalidad de Aicuña, y a periodistas metiches y turistas en busca de emociones, ya no puede proteger el estilo de vida de Aicuña. El comercio, las comunicaciones, la globalización y otras facetas del mundo moderno representan aterradores peligros para un pueblo que sólo quiere que lo dejen en paz. El pueblo de Aicuña, con sus niños montados sobre burros avanzando por la calle polvorienta, su único taxi y su teléfono comunal, no sobrevivirá ileso a este siglo. Ya sea que crezca o desaparezca, no pasará otros cien años aislado.

Al invitar a vecinos del pueblo y turistas por igual a sentarse frente a esa enorme pantalla de televisión, Dante Ormeño tiene la esperanza de que Aicuña salga de su aislamiento autoimpuesto. Con el tiempo, espera, el pueblo se integrará al mundo exterior. Una vez que acepte esta idea y permita la entrada al mundo, el pueblo quizá pierda algo de su aura, algo de su preciosa identidad, pero con ellas seguro se irá también su predisposición al albinismo y la indiscreta curiosidad de los forasteros.

Algún día, si el pueblo sobrevive, quizá incluso haya un camino pavimentado que lleve al mundo hasta Aicuña. Y, si son muy afortunados, no habrá nadie que quiera recorrerlo.