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Roma, Texas.- Te llamas María Teresa. No, no es cierto. Inventas cualquier nombre porque lo que menos deseas es que se sepa quién eres, de dónde vienes, en qué calle de Ciudad Mier, Tamaulipas, se quedaron tu ropa, tu cama, tu vestido de novia y los primeros dibujos de tus hijos. No, no te llamas María Teresa. Tampoco Luisa. Ni Andrea. El miedo te quita el nombre, como a las cientos de personas que huyen de la violencia de los narcotraficantes.

Escondes tu nombre, pero eres real, tan real como que en este momento accedes a hablar en el Club de Leones de Miguel Alemán, Tamaulipas. Te encuentras en el amplio salón en el que se instaló el refugio para quienes huyen, aterrados, de Ciudad Mier. Ese salón, a ratos es un campo de juego para los niños que se golpean arriba del ring que extrañamente está montado en el local; por las tardes se transforma en un comedor comunitario y por las noches se tapiza de colchonetas para recibir a los desplazados.

También lo han convertido en un centro religioso y de entretenimiento.

Este medio día del sábado 20 de noviembre te sientas en una esquina desde la que vigilas lo que sucede en el salón. Estás de visita. Fuiste a buscar al resto de tu familia, que se esconde ahí de los tiroteos. A diferencia de ellos, tú eres una refugiada en Estados Unidos, así que en unas horas regresarás a Roma, Texas.

Con tu mueble —como le dicen en el norte de México a los automóviles— alcanzas el puente colgante, cruzas el río Bravo y, por fin, puedes transitar despreocupada como a ti te gusta: con tus jeans ajustados, con tu camiseta negra pegada al cuerpo y tus lentes oscuros de artista pop. Ésos que usas para no ver y que no te vean.

Pisas el otro lado de la frontera y te sientes como una niña que juega a los encantados y corre a la base para estar a salvo. No es que allá no se escuchen de vez en vez algunos balazos, ni que no vivan muchos narcos allá; no es que no haya policías corruptos aliados con los cárteles para dejar pasar droga y armas; no, pero definitivamente hay más orden.

Tienes ocho meses refugiada en Roma, Texas. Saliste después de que algunos sicarios se metieran a tu casa. Ese día estabas en la cocina limpiando frijoles. Era de noche y en las calles de Mier se escuchaban los arrancones de los mañosos en sus camionetas. Ya no te sorprendías, eso era rutina desde que el 23 de febrero de este año el cártel del Golfo y Los Zetas empezaron a despedazarse por el territorio, mucho antes de que, tras seis horas de tiroteo, muriera el Tony Tormenta, hermano de Osiel Cárdenas y uno de los jefes del cártel del Golfo.

Los últimos días de marzo pasado te empezabas a acostumbrar a las balaceras, nomás te arrimabas a las paredes cuando arreciaban. Esa noche, en especial oscura, los oíste venir enfilados en 10 camionetas, pero seguiste quitando las piedras a los frijoles.

Se estacionaron frente a tu casa y entonces sí te quedaste sin aire. Golpearon la puerta. Intentaron romper la cerradura, que resistió como si luchara su última batalla. Las ventanas no fueron tan heroicas y se hicieron pedazos con un cachazo.

Hay que esconderse, le dijiste en un murmuro a tu esposo. Subiste los escalones de la casa como si buscaras una escalera al cielo. Una mirada rápida a las recámaras, al pasillo, al baño, donde por fin te refugiaste. Nunca soltaste la mano del padre de tus tres hijos, quienes por fortuna dormían lejos, en casa de la abuela.

Te metiste con tu marido debajo del pequeño hueco que deja el lavabo. Se encogieron.

Eran las nueve de la noche. Atinaron a quitarle las baterías a sus celulares para evitar que una llamada los delatara. Cada minuto pesaba, se les entumieron las piernas. Tu respiración parecía desbocada. La acallaste. Tus manos y las de él se hacían agua, pero nunca se soltaron.

Los sicarios reían, contentos porque el refrigerador estaba lleno. Necesitaban recargar energías y saciar el apetito. Después irían por las joyas de oro, el dinero, los cobertores y hasta la ropa de los niños.

Cuando los sentías acercarse al pasillo pensabas en que no querías morir. ¿A tus 35 años? No. Y rezabas padre nuestro que estás en el cielo… Y seguías rezando líbranos del mal… La puerta del baño estaba abierta, pero los narcos no los vieron porque los apagadores de la luz del piso de arriba también decidieron esconderse.

Doce de la noche. En las venas de tus piernas y brazos sentías que un ejército de hormigas te inmovilizaba. Mientras, abajo, los mañosos descansaban en tu sillón favorito, hurgaban en tus cosas, bromeaban, abrían la puerta que lleva a tu tienda de artículos para fiestas. No sabías cuántos eran, pero sonaban como a 30 malandros.

Psh, psh, psh, psh. Se empezó a oír el gas que escapaba de los cilindros y tu corazón rebasó las 100 pulsaciones por minuto, parecía que la sangre se te fuera a salir de las venas. En el espejo del baño surgieron las llamas que abrazaron tu tienda.

Nos van a quemar, pensaste. Cerraste los ojos y te pusiste a rezar. ¿Qué más podías hacer?

Que quemen allá, pero no acá, rogaste al cielo. Te veías en el infierno, pero las llamas aún estaban lejos.

El reloj marcó las dos y los hombres se organizaron, se enfundaron en sus armas, dieron el último trago de jugo y se fueron. Tú saliste de casa corriendo sin parar por más de 15 minutos hasta llegar al monte. Ahí entre las matas pasaste cinco horas. Amaneció. Y desde entonces no te has atrevido a regresar a casa. No quieres, no puedes.

Las balas siguen perforando las paredes de casas, edificios, comercios; los coches aparecen tendidos en las calles como cadáveres metálicos; la comandancia está cocida, tapizada de tizne, con fierros colgantes, el teléfono descolgado, la computadora y los archiveros como queso gruyere, llenos de hoyos por las balas.

No hay ni un policía. Los soldados y los marinos custodian las entradas al pueblo, pero en cualquier descuido los cárteles reinician sus enfrentamientos. Ya les mandaron refuerzos, pero los militares de los retenes se quejan de estar haciendo “el trabajo que los policías no pudieron”.

Tú dices que prefieres que el ejército esté en la zona, convencida de que si los dejan solos será peor. Ya ni puedes lamentar que la Comisión Nacional de Derechos Humanos haya recibido en 18 meses 100 quejas por abusos de los militares en la guerra contra el narcotráfico.

Sabes que mucha gente se refugia al otro lado del río Bravo y autoridades de la alcaldía de Roma, Texas, confirman el rumor de que el alcalde de Mier, José Iván Mancias, se esconde del lado gringo. Y tú haces lo mismo, por qué no.

Atrás quedaron todas tus pertenencias, tus amigos y parte de tu familia. Tu esposo ya no tiene aquel empleo como personal de limpieza en la presidencia municipal; ahora hace trabajos en las casas de los texanos. Sonríes con tus dientes de princesa y le dices que es un milusos.

Vives en casa de tus suegros, que ya son ciudadanos estadunidenses, y aunque a ti y a tu marido no les alcanza para rentar una casa, están más tranquilos del otro lado del puente. Ya juntarán los 3 mil dólares que necesitan para arreglar sus papeles. Mientras, de vez en vez rezas por los que se quedaron atrás.

Y siempre acabas implorando: líbranos del mal.

De pueblo mágico a pueblo trágico

Quien se pare junto al cactus de la colina donde trabaja el alcalde de Roma, Texas, verá México. Primero el río verdoso, luego una franja de árboles que murieron ahogados cuando creció el cauce del agua y después la ciudad de Miguel Alemán. A 15 kilómetros está Mier.

Roma es un poblado de apenas 11 mil habitantes, un hotel, dos moteles, media docena de iglesias, una docena de restaurantes de tacos y hamburguesas, una secundaria, una preparatoria, una avenida principal, ningún café internet ni edificio alto.

De extremo a extremo, un automóvil no tarda más de 10 minutos en cruzar el pueblo. Caminar por sus amplias avenidas es casi imposible, existen pocas banquetas y la ciudad está atomizada entre grandes baldíos, negocios y casas. No hay transporte público, pero eso sí, los ancianos encontraron una forma de ganarse unos dólares al convertir sus autos en taxis, que trabajan sin regulación alguna.

Entre las calles del pueblo hay un lugar que huele a flores, madera y cítricos, donde un grupo de mujeres vende perfumes y tabacos. El mostrador les sirve de trinchera y desde ahí están al pendiente de los enfrentamientos al otro lado del puente. Ellas nacieron en Mier, se casaron en Mier y sus muertos están enterrados en Mier pero, al igual que casi 600 familias este año, decidieron escapar de Mier.

Llevan tiempo trabajando en la tienda, desde antes de ese 23 de febrero, cuando empezó la pesadilla que transformó a su “pueblo mágico” en uno trágico, como dicen los mierenses.

Ese día 23, una de las mujeres de la perfumería se levantó temprano, arregló a sus dos hijos, preparó el desayuno y cuando estaba por salir desu casa unas 20 camionetas con vidrios polarizados y las siglas C.D.G. (cártel del Golfo) llegaron hasta la plaza principal. Los motores se detuvieron y comenzaron los ataques con granadas y armas de calibres capaces de perforar el cemento de las casas y alcanzar a los moradores.

Mier quedó sitiada.

—No puedo salir de la ciudad… ¡Nos están atacando, están baleando! —llamó la mujer a su jefa en Roma, Texas.
—Escóndete, no intentes ir a la calle. Cálmate, aléjate de las ventanas —le sugirió su jefa, que desde hace años dejó México y se fue a vivir al otro lado de la frontera.

A eso de las ocho de la mañana el ejército registró que los sicarios habían secuestrado a por lo menos 10 elementos de Policía y Tránsito de Ciudad Mier.

Dentro de sus casas la gente se había tirado al piso o se había escondido en cualquier recoveco: el armario, la tina del baño y hasta en la lavadora, a donde algunos intentaron meterse en medio de la desesperación. El zumbido de las balas rebotaba en las paredes, en los techos.

Los muchachos que ya estaban dentro de la escuela de bachilleres Jesús Ramírez Quintana gritaban aterrados por las detonaciones. Los disparos se internaban en el plantel y todo era pánico.

Cuando los narcotraficantes intentaron salir de Mier por las calles de Cuauhtémoc y Allende, se encontraron de frente con un convoy de soldados que regresaban de Miguel Alemán, donde otros grupos de delincuentes se habían enfrentado.

Ese día hubo por lo menos 10 muertos.

Temblorosa, la mujer de los perfumes recuerda cada balazo que Mier ha vivido desde entonces. Le escurren las lágrimas, se sujeta del marco de la puerta de la oficina. No quiere hablar y se enoja.

—¿Quieres saber qué perdimos, cómo estamos? ¡Qué quieres que te diga! Carlos Marín (periodista de Milenio Diario) dice que es paranoia colectiva y que somos sólo unos aldeanos a los que nos desplazaron. Yo lo reto a que venga aquí y vea cómo está el pueblo, que se dé cuenta de que sentimos un luto, porque no queda nada. Esto es como cuando se te muere una persona que amas. No puedes regresar al lugar en donde viviste, donde te criaron, donde te casaste y tuviste a tus hijos. No puedes ir ni a ponerle una rosa a la tumba de tus padres. Te robaron tu casa,tus propiedades, tu vida. Se siente coraje, dolor,pero más impotencia. Y cuando ves a estos delincuentes se te eriza la piel porque tienen cara de demonio.

La mujer está molesta, pero mira con ojos tristes. Suspira y calla.

—Yo no quiero hablar, en todos lados hay oídos —dice antes de darse la vuelta e irse.
—La situación es tal, que en Mier los buitres no piden carne, ¡piden postre! —remata con fúnebre sentido del humor su compañera de trabajo, y sigue—. Si quieres saber cómo nos tiene esta guerra, cuando salgas fíjate en las manos de la otra chica que viste al llegar: tiene todos los dedos lastimados, ya se los acabó de comerse las uñas por los nervios.

Prohibido ir a México

Hasta el lugar llega una oficial de policía de caderas jugosas, labios rosados, cara de ángel y una estrella plateada en su pecho.

—¿Todo bien? —interrumpe—. Hay que tener cuidado con lo que se anda preguntando por aquí. La gente tiene miedo. Hace unos días por la mañana hubo una balacera en la calle Primera de Miguel Alemán y se tuvo que cerrar el puente por un rato. Uno de los heridos llegó hasta la frontera y se le dejó pasar, como a todos los que llegan así. Ya van varios.
—¿No le da miedo su trabajo, estar tan cerca de las balaceras?
—No, no me da miedo —responde con tono orgulloso—. Pero a todos los oficiales de policías de este lado ya nos prohibieron ir para México. Y eso sí es una pena, porque yo tengo un rancho allá y me divertía mucho. Lo tuve que dejar encargado.
—¿Cómo van a hacer para contener la violencia y que se quede de ese lado del río?
—Para eso todas las agencias policiacas están trabajando unidas. Ahora mismo las autoridades están en una junta por la balacera del otro día.
—¿Y de este lado cómo está la situación?
—La gente nos dice: “ahí viven unos zetas”, pero a diferencia de lo que pasa en México, aquí eres inocente hasta que se demuestre lo contrario, entonces no podemos ir a atraparlos mientras de este lado se comporten. En Estados Unidos tienen la libertad, pero el día en que los atrapen ya no van a salir y ni siquiera derecho a visitas conyugales van a tener.

En la oficina de la tienda de los aromas hay una computadora donde las mujeres monitorean todos los comentarios que la gente deja en Frontera al Rojo Vivo, un sitio que habilitó el periódico Reforma y que se ha vuelto un medio por el que los pobladores de la zona se comunican, tratan de organizarse y saben si es seguro salir a la calle.

Días después del encuentro en la perfumería, en la feria de juegos mecánicos instalada temporalmente en Roma la mujer de ojos llorosos paseaba entre la iluminada rueda de la fortuna y el martillo, famoso por marear a sus tripulantes. A unos metros, la gente gastaba sus dólares en los juegos de destreza para conseguir un oso gigante de peluche rosa.

Más tranquila, quiso contar una parte de su historia.

A su hijo menor le gustaba sentarse en sus piernas mientras ella manejaba la camioneta por las calles de Mier. Una tarde los atajaron varios hombres armados. Los rodearon. En un instante ella quedó con una arma en la sien y su pequeño, escondiéndose entre sus brazos. En la parte trasera iba su hijo mayor. Creyó que morirían ahí mismo, pero tuvo suerte. Al ver a los niños asustados, uno de los hombres levantó la mano y ordenó:

—Déjenla pasar.

Hay que andar con tapaojos

El es lo que se dice un cowboy.

Su casa está en una de las zonas lujosas de Roma, Texas. Le gusta la pesca y es de los más importantes ganaderos de la región. En México posee un extenso rancho donde cría sus vacas. Ya no puede vivir ahí porque los delincuentes “están desatados”.

Ha sido afortunado, los narcos no le han pasado a cobrar cuota para dejarlo hacer sus negocios, pero ya le ha tocado toparse con ellos en la calle, así que decidió salir del pueblo antes de tener algo que lamentar.

La última vez que los vio fue a principios de noviembre, a eso de las nueve de la mañana, en una de las calles de Nueva Ciudad Guerrero, Tamaulipas. Eran ocho camionetas que circulaban a toda velocidad. Se topó con ellos en una esquina y sólo bajó la mirada. Dice que en el estado del gobernador Eugenio Hernández hay que andar como los caballos: con tapaojos.

En febrero, “cuando empezó la revolución”, el hombre de bronceado perfecto decidió sacar del pueblo a sus dos hijos y su esposa. Los mudó a Texas y ahora él vive entre las dos fronteras. Cuando pasa al lado mexicano se lleva un mueble viejo para que, si se lo quitan, no sea tan grande la pérdida; en su garaje deja estacionados dos camionetas nuevas de impecable color blanco.

Antes de cruzar, toma medidas de seguridad y llama para monitorear si está tranquilo el ambiente en Nueva Ciudad Guerrero.

—Es común que los narcos pasen y te digan: “señor, necesito su camioneta, bájese y agarre sus pertenencias” —justifica, como si fuera necesario.

Platicamos en Roma, afuera de su casa, junto a dos perros salchicha y una lancha de pesca deportiva.

—La seguridad en este país (Estados Unidos) no es al cien, pero te sientes más seguro porque no es tan corrupto —cuenta mientras prepara los anzuelos que llevará a una competencia el fin de semana—. De este lado también ha habido crímenes relacionados con la delincuencia organizada, pero nada que se le compare. En México no tenemos ley. Hacen lo que se les da la gana. Te pisotean y no tienes a quién acudir.
—¿Cómo le ha cambiado la vida?
—Me ha afectado la cuestión económica porque el comercio no va bien. Los sueños que tenía para este año se vinieron abajo. Pensé que el negocio iba a ser más próspero, pero no te dejan trabajar y pasar el negocio para acá es caro. Pero la gente que tiene menos recursos es la que está más afectada, la que sufre más, porque no tiene la opción de venirse de este lado de la frontera. Muchos se tienen que quedar.

A unos días de esta entrevista, la alcaldesa de Nueva Ciudad Guerrero, Olga Juliana Elizondo, dijo que de los 4 mil 800 habitantes, 2 mil 400 ya dejaron sus hogares para irse a Estados Unidos o desplazarse a otras partes de Tamaulipas (El Universal, 25/11/10). Y solicitó ayuda urgente para enfrentar la crisis económica propiciada por la violencia.

—Nosotros hemos perdido libertad, hay que irse a dormir a la hora que los malandros dicen y ya no podemos andar a las dos o tres de la mañana en los bares —lamenta el ganadero—. Mis hijos era felices de poder estar en el rancho y andar en bici o a caballo. Y sus amigos se fueron a vivir a otros estados o a otros países. Yo mismo tenía un grupo de amistades con quienes me juntaba los fines de semana y perdimos esa libertad. Tampoco puedes circular a tu antojo porque hay carreteras que no son seguras, como la rivereña, la que va de Monterrey a Lumiere o la de Nueva Ciudad Guerrero a Salinas. Y si sales de tu casa de noche debes procurar llevar ropa clara y los vidrios abajo para que te reconozcan.
—¿Y el ejército?
—La presencia militar da un alivio tremendo, si se van no sé qué va a pasar. Yo cuando los veo me quito el sombrero porque están dando la vida por pelear contra los mañosos.
—¿Qué opina de las recomendaciones que han hecho a los militares por violaciones a los
derechos humanos?
—Yo prefiero que los militares me bajen cien veces del coche y me revisen. No me importa que me detengan. Me siento más seguro si están. No importa que te hablen mal, sabemos que tienen mucha adrenalina.

Nada de “psicosis social”

La diminuta oficina legal donde se arreglan los papeles para vivir en Estados Unidos es como un confesionario a donde la gente llega a contar sus penas. Todos tienen una historia de balaceras, algún conocido que ha sido secuestrado o un muerto al cual llorar.

Hace calor, son más de las tres de la tarde del 19 de noviembre y la puerta de vidrio se abre para ceder el paso a un par de mujeres de cabello teñido que quieren arreglar sus documentos porque van a dejar Mier. Ellas han decidido no irse al refugio y siguen atrincheradas en su casa, aunque todos los negocios están cerrados, no se ve gente caminando por las calles ni coches estacionados y tampoco hay gasolina desde hace más de un mes.

Están esperando que los marinos y los soldados regresen el orden. Entre tanto, llevan la cuenta del número de balaceras que ha habido desde aquel fatídico 23 de febrero: 34 en total, aseguran. Y se han puesto a coleccionar los casquillos de diferentes calibres que quedan en su patio después de los enfrentamientos. “Tengo de todos”, presume una de ellas.

Sus hijos han dejado de ir a la escuela sin que hubiera una suspensión oficial de la Secretaría de Educación Pública. Y cuentan que los maestros están pidiendo su reubicación. Ahora están enojadas porque las autoridades minimizaron lo que estaba pasando.

—Nada de “psicosis social”… ¡Vayan a ver los agujeros en las casas! Los medios (de comunicación) nada más entran rápido y se van, nos dejan solos y en los noticieros nacionales, como el de Joaquín López Dóriga, no existimos —dice exaltada una de las falsas pelirrojas.
—Desde febrero en Mier y en Guerrero están canceladas las bodas, los XV años y todos los eventos sociales. Lo peor es que nos hemos ido acostumbrando a las balaceras. Ya una pregunta común entre la gente es: ¿cuántos muertos hubo hoy? —relata la otra mujer.

El sol empieza a anunciar su retirada. Las dos señoras intentarán llegar hasta Monterrey antes de que oscurezca. Saben que no es seguro estar en la carretera, por lo que abruptamente terminan la plática. Salen corriendo para llegar antes de que caiga la noche.

Métanse, Va a empezar la balacera

Sentada en una silla en la que se balancea como si fuera mecedora, está Raquel. La adornan la luz del sol en tonos naranjas y los tres tendederos llenos de pinzas de madera que parecen congelados en una extraña coreografía. Al fondo se alcanzan a ver un montón de cachivaches arrumbados. Estamos en la parte trasera del baldío donde descansa un camping de pintura descarapelada color azul celeste en el que viven los 10 integrantes de la familia.

Raquel, entrada en sus treinta, tiene casa en una colonia a las orillas de Mier. Trabajaba en una de las escuelas de esa ciudad, pero la SEP la reubicó en Miguel Alemán después de los enfrentamientos. De momento se la pasa en ese patio polvoso en Roma, Texas, porque le da miedo estar del otro lado del puente. Si no se ha quedado definitivamente es porque no puede renunciar a su trabajo, no tiene cómo mantener a sus hijas.

—Los niños no están aprovechando la escuela. Les está afectando: ya nada más oyen un ruido fuerte y se asustan. Ellos ya saben que si pasa algo tienen que tirarse al piso y quedarse quietos. Va a pasar mucho tiempo antes de que puedan superar este trauma —dice Raquel mientras raspa el barniz morado que queda en sus uñas y mira sus tenis brillantes, llenos de letras—. A nosotros no nos interesa qué cártel gane la guerra, lo que nos interesa es que se acabe esta desolación, este sentimiento de persecución y de inseguridad. Si te enfermas a media noche no hay doctor, no hay farmacias. Vivimos en un pueblo sin ley. Y yo me pregunto: ¿por qué somos nosotros los que tenemos que huir como criminales?

Pedro es un joven de 23 años que solía ser el encargado de resguardar los 15 mil libros que los niños iban a consultar por las tardes para hacer su tarea en la biblioteca de Ciudad Mier. Ahora vive en ese camping también, hasta que encuentre un nuevo trabajo y arregle los papeles para que, como su padre, sea ciudadano estadunidense.

Él tiene muy presente el día que decidió que no quería vivir entre más balaceras. Era un 5 de abril, a las seis de la tarde. Su familia estaba en el portón de la casa que tenían en Mier, cocinando carne asada para celebrar su cumpleaños, cuando alguien gritó:

—¡Va a empezar la balacera!, métanse pa’dentro.

Uno de los niños que escucha el relato, y que es otro de los inquilinos del camping, sonríe.También quiere contar algo:

—Mi tío se iba quemando porque agarró la carne del asador y se metió corriendo. Y cuando nos metimos vi que uno de los sicarios se puso a tirar desde el porche de la casa. Otros estaban en el techo y nosotros nos escondimos adentro. Cuando salimos encontramos un montón de casquillos, unas gorras con sangre, zapatos, calcetines y una cangurera.

Un mes después el bibliotecario estaba refugiado en Roma.

—A qué me quedaba, si el presidente municipal ya ni estaba ahí, se fue en mayo por esa balacera que ocurrió el día de mi cumpleaños. Aquí quiero empezar otra vida. Me gustaría estudiar, primero aprender inglés y luego meterme a la escuela para ser maestro de primaria. Aun así sigo extrañando mi casa y a mi mamá, que no ha querido salirse de ahí.

A 100 años de la Revolución

En Miguel Alemán el aire pesa. La tensión casi se puede tocar. Todos están alerta. Todos miran pasar las camionetas sospechosas y bajan la mirada. En cuanto se mete el sol, los pobladores se guardan en casa.

No hay un toque de queda, pero después de las seis de la tarde la calle se queda sola. Cuando la gente que viene de Texas cruza la frontera, evita vestirse de negro, no desea que se le confunda. Y realizan sus actividades siempre de día.

Al caminar en Miguel Alemán se siente zozobra. Nadie confía en desconocidos. Las personas prefieren no hablar “de esas cosas” porque cualquiera podría estar escuchando.

Es sábado 20 de noviembre, algunas escuelas organizaron un desfile con los niños vestidos de revolucionarios. Salen a la calle y los padres no los pierden de vista ni por un segundo.

Dentro del albergue poco les importa que se hayan cumplido 100 años de la Revolución.

Ahí, sentada, balanceándose en su mecedora preferida, está doña Consuelo. Tiene 104 años y está en el albergue con cinco generaciones de su familia. Ya no oye nada. Lo único que se le ocurrió a su sobrina para que la anciana accediera a dejar su casa, fue hacerle señas de que venían los soldados.

Doña Consuelo no sabe de la guerra contra los narcos, ni de los 30 mil muertos, ni que es una de las desplazadas por la violencia. Cree que, como en la época revolucionaria, están huyendo de los soldados, por eso el otro día que los vio en Miguel Alemán pensó que tendrían que volver a buscar escondite.

En el mismo salón se encuentra Miguel, un joven a quien le gusta sentarse frente a la televisión para ver el futbol y el box. Ahí pasa las horas, con las piernas estiradas, el bigote a medio salir, sus ojos color miel y una melena de cabello ensortijado. Veinte miembros de su familia están en el refugio esperando poder regresar a casa. Él no tiene idea de cuándo será eso, pero tiene muy claro que la violencia ya lo dejó en el limbo.

Antes de que las cosas se pusieran feas, Miguel tomaba el autobús todos los días rumbo a la Universidad Politécnica de la Región Ribereña en Miguel Alemán. Se aplicaba para ser ingeniero en informática, hasta que un día el camión que lo llevaba a la escuela no pasó más. Ahora ni estudia ni trabaja, sólo espera a que acaben los tiempos de guerra.

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