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Martes, 11 de septiembre de 2001

Rafael Hernández despertó antes de las seis de la mañana y se sentó en el filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York–, pero ese martes amaneció de mejor humor: Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la chapa que siempre porta con él, y salió del apartamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.

Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos y albañiles.

Cuando el tren salió del túnel, la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaban cupones de 30 dólares en apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y zapatos deportivos.

Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church street. Hernández, 1 metro 65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos como tubos y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.

“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres ¿Vendrán en camino?”, preguntó.

Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción.

“¿Será un truco de cine?”, preguntó en voz alta.

Su amigo estaba mudo, con los ojos desorbitados y las manos en la cabeza. Corrieron en sentido opuesto a las torres. La gente a su alrededor miraba los edificios verticales recortados por un cielo sin nubes. Sobrevino un torbellino de papeles y pedazos de metal. Se alejaron para ponerse a salvo y de pronto Hernández se detuvo. Su deber era acudir a las torres. Le pidió a su amigo que convenciera a las peruanas de que lo esperaran: regresaría para ayudar como voluntario.

Rafael Hernández era bombero.

Sabía que en los siguientes minutos ocurriría una gran movilización. Eso lo había aprendido en su niñez, que había transcurrido entre historias de rescates en el batallón de bomberos al que pertenecía su papá, en la ciudad de México. Antes de que le creciera el bigote, Hernández comenzó a sentir una poderosa atracción por las emergencias. A los 14 años se metió entre las llamas que devoraban el edificio Astor en el Distrito Federal y tres años después ya era paramédico y bombero. Era el comienzo de un largo camino que lo llevaría a conocer medio mundo en huracanes, incendios y terremotos.

Corrió en dirección al World Trade Center hasta que llegó a la estación de Liberty y Church street. Se echó la mano al bolsillo derecho y aproximándose al hombre que repartía órdenes a gritos le mostró su placa del Heroico Cuerpo de Bomberos de México, un pedazo de metal dorado en forma de corazón.

“Vengo a ayudar. Soy bombero, soy mexicano”, se presentó.

El capitán, un rubio fornido que llevaba en la camiseta el apellido Jefferson, le ordenó que fuera  por un casco y una chaqueta y que se uniera a un grupo de bomberos que se dirigía a las torres. Hernández se echó al cuello la chapa y al llegar al World Trade Center vio que una decena de policías muy nerviosos intentaba comunicarse con otros oficiales por medio de radios portátiles. Uno de ellos dijo que se preparaban para evacuar.

Volvió a mirar hacia al cielo. En la torre debía haber miles de personas atrapadas. Alguien gritó que no servían los elevadores y que las escaleras estaban obstruidas. Un grupo de bomberos corrió hacia los elevadores de emergencia y fue detrás de ellos. Dos forzaron la puerta con una llave especial. Cuando se abrió, el cubo escupió una lengua de fuego.

Hernández no dejaba de mirar hacia la parte alta del edificio. La columna de humo se había propagado y era difícil ver con claridad. Con un gran esfuerzo pudo notar una línea de fuego y calculó que debía ser el piso setenta. Un policía lo cogió de un brazo y lo sacudió con fuerza.

“Vaya a ayudar a una persona cerca de la entrada del edificio. Es una mujer con el tobillo roto”, le dijo.

Salió a la calle y se detuvo a dos pasos de la puerta. Recorría la zona con la vista para encontrar a la mujer cuando algo pasó junto a él. Sintió un viento ligero y escuchó un golpe seco. No sabía de qué se trataba. Volvió a mirar al cielo y entonces lo entendió todo: había personas lanzándose al vacío.

Un hombre cayó junto a él y más allá una mujer se estrelló en el piso. Llevaba un bebé en los brazos. “Esto no puede estar sucediendo”, se dijo Hernández, cerró los ojos y sacudió la cabeza. Ya no fue en busca de la mujer con el tobillo roto. Pensaba en la gente atrapada en el rascacielos y en la angustia de sentirse abrazada por el fuego. En veinticinco años como rescatista nunca había visto a alguien saltar a la muerte para escapar de la muerte. “¿Qué infierno es este? –se preguntó –. Dios mío ¿cómo los vamos a ayudar?”

Cuando salió de su aturdimiento corrió a donde unos treinta bomberos y paramédicos subían las escaleras en tropel. Se les unió y varios pisos arriba un capitán los dividió. Le dijo que no podía ir más allá porque no llevaba más protección que una chaqueta, unos guantes y el casco. Estaba en el piso 28.

“Ahí está una mujer embarazada en trabajo de parto”, le dijo apuntando una esquina “Hágase cargo de ella. Llévela fuera y póngala en manos de los paramédicos”.

Era una rubia de ojos azules y una panza enorme. La levantó sin decirle nada y comenzó a bajar las escaleras con la mujer en los brazos. Escuchaba gritos de gente presa del pánico y a su paso veía, en los descansos de las escaleras, personas con quemaduras en el rostro, los brazos y las piernas.

Del otro lado del muro de cristal podía observar una columna de humo en la torre sur. Todos, excepto los viejos y los heridos, corrían sin control escaleras abajo. Algunos chocaban de frente con los bomberos que subían.

Bajaba las escaleras con dificultad, tratando de mantener el equilibrio en medio de la multitud. Hacía calor y el humo de los pisos superiores había descendido lo suficiente para nublarle la vista y hacerlo toser. Sudaba y pensaba que debía pensar con claridad. Sentía que la mujer le pesaba como si llevara en los brazos a tres personas.

Unos pisos abajo sintió un tirón en el pantalón. Era una negra joven con quemaduras en casi todo el cuerpo. “Ayúdeme por favor”, le dijo. Le prometió que volvería por ella.

En el piso quince se detuvo en un descanso junto a los escalones. Le dolían los brazos y le faltaba el aire. Puso una rodilla en el piso y apoyó a la rubia en la otra pierna. Por un momento pensó en dejarla ahí para ayudar a la negra que había dejado arriba, tirada en el piso. Se dijo que lo necesitaba más que la rubia, pero también pensó que un bombero siempre cumple órdenes.

Entonces escuchó la voz de la rubia por primera vez. Era como si hubiera podido ver sus pensamientos:

“No me abandones aquí”, le dijo y se aferró a su cuello tan fuerte que sintió dolor. Sollozaba y el cuerpo le temblaba. Su voz era débil, casi imperceptible. “No me dejes en medio de este caos”, le suplicó.

Hernández le dijo que no la abandonaría. Estaban en una esquina y junto a ellos la multitud seguía atropellándose. Eran muchos los que caían al piso.

“¿Cómo te llamas?”

“Allison”, le dijo y volvió a abrazarlo con fuerza.

En el cuarto piso volvió a escuchar su propia voz que le decía: “Con calma, tranquilo”. Sentía que no podía más, que en cualquier momento se derrumbaría con la rubia en los brazos. “No te desesperes”, se repetía, pero no podía evitar desesperarse. De pronto sus piernas comenzaron a moverse con rapidez y sus hombros empujaban a la gente que encontraba a su paso. Trastabilló dos veces y cuando recuperó el equilibrio continuó su descenso enloquecido.

En el segundo piso se dijo que tenía que salir de una vez de ese infierno. Bajó corriendo la escalera eléctrica, y escuchó gritos y otra vez los golpes secos en el piso. Salió a la calle, un policía hizo sonar su silbato y se acercaron dos paramédicos jóvenes. Abrieron las puertas y Hernández acomodó a la rubia en una camilla. Colocaron en la boca de la mujer una máscara con oxigeno, la subieron a la ambulancia y se enfilaron hacia un hospital.

Hernández estaba exhausto. Sus brazos eran dos hilos pesados y las piernas le temblaban. No podía caminar. Se hincó para llenarse los pulmones de aire. Decenas de personas yacían a su alrededor. Los paramédicos colocaban etiquetas en la ropa de la gente: rojas de atención urgente, amarillas de no inmediata, verde para quienes podían caminar y negras en los muertos.

Aspiraba aire con fuerza. Había pasado tal vez un minuto desde que había alcanzado la calle, cuando sintió en las rodillas apostadas en el piso un repiqueteo intenso, como si los dedos de un gigante tamborilearan el piso. Escuchó un estruendo parecido al que se escucha en las vías cuando un tren se aproxima, y vio correr a decenas de policías y bomberos. Algunos se quitaban las chaquetas y arrojaban los guantes y los cascos y gritaban:

“¡Corran!”

“¡Vámonos de aquí!”

“¡Dios mío!”

Hernández arrastraba las piernas con dificultad. Logró trotar un tramo y sólo se detuvo cuando alguien pasó junto a él, lo golpeó en el hombro y le gritó algo que no pudo entender. Se detuvo y al alzar la vista se dio cuenta de que corría en sentido opuesto: la torre sur se sacudía como una bestia herida. Dio media vuelta, corrió lo más rápido que pudo y oyó un ruido atronador. El edificio se desplomaba y sus entrañas escupían una gigantesca nube negra.

A unos pasos estaba un camión de bomberos. Se lanzó al piso y arrastrándose se metió debajo.

El día se hizo noche. Todo se obscureció y no podía ver sus manos. Sentía que la tierra temblaba y escuchaba el ruido de los muros de concreto al chocar con el piso. Sobre la plancha del camión caían residuos. Cerró los ojos y quiso rezar, pero él, que es cristiano, había olvidado sus oraciones. Apretó los ojos con fuerza y dijo:

“Dios mío, protégeme, no permitas que nada pesado caiga aquí. Dios Mío, no me dejes morir”. Tenía las manos en la cabeza y el cuerpo encogido debajo del camión. “Dios mío, si sólo vine a ayudar ¿Por qué me llevas? Dios mío, en tus manos pongo mi alma”.

Cuando el ruido cesó, pensó que estaba muerto. En la obscuridad de los párpados pudo verse de niño, vio a su abuela muerta, a sus padres, a sus hermanos. Se preguntaba dónde estaba, y si estaba vivo o muerto.

La nube de polvo lo cubría todo y él intentaba respirar con la nariz debajo de un trozo de tela que había arrancado de su camiseta. Cuando pudo verse las manos, palpó el costado del camión para encontrar una llave: la abrió, se enjuagó la boca y escupió. El polvo de la nube gigante le quemaba el cuerpo. Metió la cara y las manos debajo del chorro de agua. Se incorporó y escuchó un alarido.

Era un policía negro, un hombre gordo que no podía respirar. Abría la boca con desesperación, como un pez gigante fuera del océano. Lo llevó debajo del camión de bomberos, abrió la llave y le aventó agua sobre el rostro varias veces.

Unos minutos después salió cuando escuchó voces. Recuerda vagamente que un policía le pregunto si estaba bien. No podía pensar claro ni pronunciar una frase. Se inclinó y al apoyarse sobre las rodillas se dio cuenta de que había orinado los pantalones.

Sentía la quijada trabada y los oídos tapados. Otro policía se acercó, le dijo que cerca había unas personas heridas y le pidió que lo acompañara. Corrió a la entrada número cinco del estacionamiento de la torre norte y volvió a escuchar el ronroneo de la tierra y se encontró con la misma imagen: el edificio se convulsionaba y comenzaba a desplomarse como si fuera de arena.

En ese momento lo invadió un miedo que no había sentido nunca. Corrió en dirección a Vesey Street. Mucha gente corría junto a él. Pasó junto a un camarógrafo latino con una cámara al hombro. Tenía una rodilla sobre el piso y no se movía. Levántate, le dijo jalándolo de un brazo, pero el hombre no le respondió. Ven conmigo, hermano, volvió a decirle, pero era como si le hablara a una esfinge. Le tomó por el cinturón y le arrastró unos metros hasta una tienda de cigarros y refrescos.

Abrió la puerta, empujó al camarógrafo dentro y se encontró con un asiático a cargo del lugar. Dos francesas lloraban y hablaban por teléfono. Preguntó dónde estaba el sótano y siguió al encargado. El hombre indicó un espacio en el piso, Hernández lo abrió, gritó que todos se metieran ahí, y cerró la puerta. Las mujeres se abrazaban y podían escuchar gritos en la calle. En ese momento comenzó a sentirse muy mal. Estamos en guerra, pensó. Nos van a matar. Me voy a morir. Cerró los ojos y vio a sus tres hijos.

El sótano estaba obscuro, hacía calor y las francesas sollozaban. El camarógrafo seguía sin decir una palabra. Veinte minutos después Hernández les avisó que saldría a ver qué estaba pasando. Cuando alcanzó la calle sintió que el corazón se le hacía pequeño.

Había participado como rescatista en los terremotos de ciudad de México, Nicaragua y Guatemala; en la erupción del nevado de Ruiz que sepultó la ciudad de Armero, Colombia y jamás había visto una devastación semejante. La nube de polvo se había disipado y podía ver una montaña humeante de concreto y metales retorcidos.

Vio a un grupo de bomberos que movía los desperdicios y arrodillándose en la tierra preguntaba si había alguien con vida. Se ajustó los guantes y el casco y comenzó a remover escombros. No paró para comer o descansar en las siguientes ocho horas, concentrando en una acción única, repetitiva, urgente: levantar pedazos de concreto y metal, guardar silencio y entonces gritar: ¿Hay alguien ahí debajo?

El grupo con el que trabajaba encontró un bombero bajo las ruinas de una de las torres. Se sintió impotente. Se arrodilló y preguntó:

¿Por qué, Dios, por qué?

A las seis de la tarde, cuando se encontraba en los desechos de la zona norte, sintió un cosquilleo en el pecho. Era como si un ejército de hormigas ascendiera por su garganta y le impidiera respirar. Apoyó las manos en las rodillas e intentó jalar aire, pero comenzó a toser. Tosió con furia dos o tres minutos hasta que un paramédico se acercó.

Le colocó una máscara de oxigeno en la boca y después le sacó polvo de la garganta con una sonda.

“¿Te quieres ir a casa?”

“No. Estoy bien, me siento bien, aquí me quedo”.

Hernández trabajó hasta las diez y media de la noche, cuando ya no podía sostenerse más en pie. Caminó tres calles hasta llegar a la Capilla de St. Paul, en Fulton street, donde se había instalado un campamento para rescatistas y voluntarios. Un médico lo revisó y un soldado le entregó un casco color naranja y dos overoles, uno azul y otro anaranjado. Se bañó, mordisqueó un sándwich y durmió en las bancas de madera que suelen ocupar los feligreses.

A la medianoche lo venció el sueño, un sueño lleno de sobresaltos. Tenía sueños entrecortados de la torre, del fuego, de la gente saltando, y despertaba cada quince minutos. A las cinco de la mañana escuchó los gritos de unos soldados que llamaban voluntarios.

Los acompañó, pero no tuvieron suerte. Los teléfonos sonaban dentro de los portafolios sepultados bajo la tierra. Había cadáveres, cuerpos mutilados, manos y piernas sin dueño. Mientras retiraba piedras, pensaba que en veinticinco años de bombero nunca había visto nada parecido.

Dos horas más tarde un sol furioso cubrió la zona y la temperatura aumentó durante el día como resultado de pequeños incendios. Por la noche las cosas empeoraron. No había luz. Los focos estallaban y una planta generadora de energía instalada por el ejército se arruinó. Le costaba trabajo creer que todo eso ocurría en Estados Unidos.

Cuando se retiraba a descansar la noche del segundo día, un soldado le prestó un teléfono satelital. Llamó a la casa de sus hijos en la ciudad de México y le respondió su ex esposa. Conversaron unos minutos y luego tomaron el teléfono sus hijos: Aurora, de ocho, Sharon, de seis, y Nicolás, de cuatro años.

“Regresa, papá. Toma un avión y vuelve hoy mismo”, le pidió Aurora. “¿Están en guerra? ¿Los están atacando?

“Todo está bien, mi amor. Estoy bien. No nos están atacando. Me voy a quedar aquí unos días. Tengo que ayudar”.

Con el paso de los días se crearon varias cuadrillas de rescate. Estaba la de los escarbadores, a la que él pertenecía, en la que hombres equipados con un balde retiraban piedras con las manos. No utilizaban máquinas para evitar lastimar a la gente. Había otro equipo para atención de lesionados. Eran centenares los rescatistas que trabajaban de día y de noche utilizando nada más que las manos.

Las siguientes noches volvió a despertar con los gritos de los militares. Se ponía el casco y se dirigía hacia donde un grupo de hombres permanecía en un sitio determinado, en silencio, intentando escuchar el menor indicio de vida debajo de los escombros: un quejido, un golpeteo de metales, una voz pidiendo ayuda.

La mayoría de la gente que metía las manos en los escombros era hispana, y eso le provocaba sentimientos encontrados. Sentía orgullo y al mismo tiempo rabia: el gobierno de la ciudad daba trescientos dólares a los contratistas para pagar a los trabajadores por ocho horas de trabajo, y éstos pagaban ochenta dólares a quienes se empleaban para remover escombros.

Hernández se metía en donde cabía: en una grieta, en un hoyo obscuro, entre dos muros. Tres días después de los atentados encontró a un hombre atrapado cerca de la tienda de Disney y un almacén de revelado Kodak. Podía oler el nitrato de plata de unos contenedores gigantes que se habían derramado. Parte de su equipo de rescate era una lámpara y un radio por el que dio la voz de alerta. Con frecuencia vestía una camisa verde con el escudo de México que le regaló una mujer con la que un día conversó cerca del enrejado alrededor de la Zona Cero.

El hombre debía tener unos cincuenta años y dos paredes lo habían prensado. Estaba cubierto de polvo y tenía el pecho abierto a la altura del corazón. Le dijo un número telefónico y le pidió llamar a su esposa y a sus hijas. “Diles que las amaré siempre”. Pronto llegó un equipo de dieciséis rescatistas con unas tijeras gigantes que cortaron el concreto como si fuera de papel. Debieron pasar veinte minutos antes de que pudieran sacarlo de la trampa en la que había caído. Murió ese mismo día.

Al día siguiente Hernández llegó hasta el campamento del muelle donde eran atendidas las familias de las víctimas, sacó del overol un papel y marcó un número telefónico. Contestó una mujer. Le transmitió el mensaje del hombre y le informó dónde había encontrado a su marido. “Tiene que ir a la morgue”, le dijo. “No pude hacer nada más por él. Lo siento”.

El campamento de la capilla de St. Paul se había transformado en un centro de mando. Había camastros, almohadas y comida caliente. Era el único sitio donde se sentía tranquilo. Durante el día varios médicos revisaban a los rescatistas y un grupo de monjas los confortaban. Muchas hablaban español. Les daban masajes en los brazos, en las piernas y les decían que sí querían hablar de lo que estaban viviendo, podían hacerlo. “Si quieres llorar, puedes hacerlo”, le dijo una monja una tarde.

Hernández sentía el espíritu desecho por tanta muerte. Pero no debía llorar. Estaba ahí para ayudar.

Uno de esos días su amigo Jaime llegó hasta el campamento. El día de los atentados se había despedido de él con la mano en alto, cuando la policía ya había cercado la zona. Le contó que las peruanas nunca llegaron y que había regresado al apartamento de Queens. Se abrazaron y le entregó un sobre con dos mil dólares. Se lo enviaba su patrón, el paquistaní musulmán. Una turba lo había golpeado en Queens, a su esposa le habían arrancado la ropa y había decidido volver a su país.

Durante los días siguientes Hernández volvería a sentir en el pecho y en la garganta la misma sensación de miedo que tuvo el día de los atentados. Ocurría sobre todo por las noches, cuando trabajaba en la Zona Cero y sin anunciarse surcaban el cielo aviones de combate que volaban muy bajo, o unos helicópteros militares que arrojaban una luz potente.

Pensaba que cualquier día aparecería uno de esos aviones y lanzaría una bomba. Era un pensamiento recurrente y cuando se le presentaba se decía que pasara lo que pasara no se movería del sitio donde se encontraba. Si corría podía caer en alguna fosa y terminaría sepultado por toneladas de concreto. Si permanecía ahí, inmóvil, al menos moriría en la superficie.

Todo lo que encontraba bajo las ruinas –bolsos, teléfonos celulares, portafolios, fragmentos de ropa –lo depositaba en unos contenedores plásticos. Los momentos más tristes eran cuando encontraban a un bombero o un policía muerto. Sentía que ese cuerpo era el de un hermano al que no conocía. Todas las tareas se detenían y sonaban las sirenas.

Una tarde, cuando descansaba, un bombero le ofreció un cigarro. Hernández no fumaba pero decidió aceptarlo. Salió de la capilla y se acercó al enrejado. Del otro lado estaba una mujer, una negra que lo llamaba con las manos. Le dijo que tenía que ayudarla, que llevaba nueve noches durmiendo ahí. Le alargó una fotografía con la imagen de dos mujeres. “Son mis hijas. Ayúdame a encontrarlas”. Le dijo que no podía, que él estaba ahí sólo como voluntario. La mujer no se rindió. Tomó la fotografía y regresó al campamento.

Caminó al sitio en donde trabajaban los hombres que se encargaban de recoger cuerpos y enviarlos a la morgue. Habló con uno de ellos y le mostró la fotografía. “No debemos hacerlo –le respondió– pero no soporto verlos caminar día y noche sin saber dónde encontrar a sus muertos”. Tomó la fotografía y se marchó.

Por la noche le entregó un papel con unos números. Hernández caminó al sitio donde había fumado: la mujer estaba sentada en el piso, en vela. Le dijo que lo sentía mucho, que sus hijas estaban en la morgue. Ella comenzó a llorar y pegó el cuerpo a las rejas, como si quisiera abrazarlo. “Dios recompensará tu bondad”, le dijo. “Al menos tendrán un lugar para descansar”.

Cuando caminaba rumbo a la capilla, no pudo más. Los focos de emergencia alumbraban el desastre y las carpas donde la policía etiquetaba cuerpos.

Se echó al piso y lloró.

Lloró con un quejido, cubriéndose la cara con las manos, en silencio, para que no lo escucharan. Detrás de él empezaron a alzarse voces. Giró y vio movimiento en las cuadrillas de rescatistas. Se quitó las lágrimas con las manos sucias, se puso de pie y regresó a trabajar.

Hernández vivió en la Zona Cero setenta y dos días. El 11 de noviembre de 2001 removía losas y metales en busca de sobrevivientes cuando miró el balde que lo acompañaba siempre: jirones de ropa y piel y huesos secos era todo lo que sacaba con las manos.

Se quedo mirando sin ver, respirando con pesadez, con la cabeza en otro mundo.

Fue a la capilla y entregó el casco y los overoles. Ya no tenía caso seguir ahí. Su misión había terminado.

Julio de 2011

Hernández vivía en Queens, en un cuarto de dos metros por tres que compartía en un apartamento con un colombiano y otros migrantes. Su habitación era limpia y ordenada. Sobre los muros había fotos de sus hijas, una bota de bombero y una imagen de él en The New York Times: está de pie, con el casco anaranjado, junto a un grupo de bomberos que removían las ruinas del World Trade Center.

En ese micro mundo tenía lo que necesitaba para vivir: quince botes pequeños repletos de pastillas y una cámara de oxigeno. En la pared pendía una máscara azul de plástico. Sin ella, se asfixiaría mientras duerme.

En las bocinas conectadas a su iPhone se escuchaba la voz de Jobim, hipnótica, suave, anestésica. “Me ayuda a relajarme”, dijo Hernández. Con frecuencia lo escucha y se tumba seis horas en la cama a chupar oxigeno de la máquina. Suele hacerlo cuando está harto de sentir la máscara como un segundo rostro. Le apena que, cuando duerme con ella, al día siguiente se levanta con un óvalo rojo de la frente a la barbilla.

Hernández trabajaba como mesero en una compañía de catering en Houston y un día, cuatro años después de los atentados, sintió una punzada en el pecho y se desplomó. En el hospital le dijeron que tenía unas nubes en los pulmones y le preguntaron si había trabajado con asbesto. Dijo que no, pero que había vivido en la Zona Cero.

Unos días más tarde estaba de regreso en Nueva York. En el hospital Mount Sinai le hicieron una serie de exámenes y le informaron que tenía nódulos, células de polvo y filtraciones pulmonares. Los médicos le diagnosticaron rinitis, rinosinusitis, faringitis, asma y alergia crónica. Un amigo bombero le dijo que tenía derecho a demandar. Hernández fue llamado a declarar en la corte.

En la audiencia final se sentó frente a un juez, dos jurados y siete abogados, y durante nueve horas respondió cientos de preguntas: ¿Su padre fumaba? ¿De qué había muerto su abuela? ¿Padecía asma antes? ¿Quién lo había llamado al World Trade Center?

“A mí nadie me llamó, señoría. Yo decidí meterme ahí. No conocía a nadie. Salvé vidas como hubiera salvado la de mis hijos. Nunca dudé lo que debía hacer. Si hoy volviera a suceder, haría lo mismo”.

En marzo de 2010 el juez Peter Georgalos falló a favor de Hernández y le concedió atención médica de por vida. En la resolución WBC 00804564 de la corte de Nueva York, el juez determinó que el voluntario mexicano padecía asma, apnea obstructiva del sueño, rinosinusitis, estrés postraumático y depresión.

Hernández espera la solución de otra demanda como parte de la Ley Zadroga, que indemnizará a bomberos, paramédicos y rescatistas. El juez le prohibió realizar trabajos que requieran esfuerzo físico.

Desde entonces los detectives de la corte le han hecho visitas sin anunciarse para comprobar que está en su casa y han investigado la cámara de oxigeno para confirmar si la usa. Hernández se sostiene con préstamos de amigos y donaciones de empresarios de Sonora y el Estado de México. El gobierno mexicano le entregó mil dólares durante ocho meses, después de que reveló a un noticiero las grabaciones de una conversación telefónica con una funcionaria que le dijo que el Presidente Calderón no tenía por qué ayudarle.

Un sábado de julio lo visité en su departamento de Queens. Diez años después Hernández conservaba el cuerpo de luchador, aunque había perdido peso y aquellos brazos como tubos parecían ahora tuberías.

Llevaba unas gafas obscuras, una camiseta, bermudas y en el cuello una cadena de plata. Antes de cerrar la puerta se echó al hombro la mochila en donde siempre lleva cuatro frascos imprescindibles con medicamento con su nombre y la leyenda: “Health for Heroes”.

Abordamos un autobús que nos llevó a la avenida Roosevelt en Queens. En el Sol Azteca se pidió unas enchiladas de mole y un Squirt.

Me dijo que planeaba volver a México en unos meses. Extrañaba a sus hijos y echaba de menos las emergencias, aunque sabía que esos tiempos no volverán. Estaba dedicado a guiar a un grupo de cien hombres y mujeres de origen latino que trabajaron en el World Trade Center. Los ayudaba a traducir documentos y los orientaba en las cortes. Entre las enchiladas y el postre recibió tres llamadas de ellos.

Cuando salimos del restaurante una mujer lo detuvo para saludarlo. Era María, una colombiana que trabajó removiendo escombros.

“Qué mala noticia la de hace dos días”, dijo María refiriéndose a una notificación la Ley Zadroga de acuerdo con la cual los trabajadores de limpieza y rescatistas recibirán una compensación en dos partes: el 23 por ciento en una  fecha que se definirá en septiembre de este año, y el resto en 2016.

“No se rinda, siga luchando”, le dijo Hernández. María encogió los hombros y se marchó caminando sobre Roosevelt Avenue.

Hernández me contó que lo peor no son las enfermedades ni la dilación en el pago del fondo de compensaciones, sino las pesadillas y las ráfagas de recuerdos que lo asaltan en cualquier momento.

Mientras duerme con frecuencia ve a Nueva York bajo una lluvia de bombas. Cuando los recuerdos le asaltan, ve imágenes de personas lanzándose al vacío y le sobreviene un ataque de ansiedad. Entonces, como sucedió en el restaurante, llora como un niño y su cuerpo se sacude dominado por estremecimientos breves.

Hace tres años pensó en suicidarse. No llegó a intentarlo: cuando sintió el impulso de colgarse llamó a la doctora Alicia Hurtado, su psiquiatra. La idea de matarse parece haberse extinguido.

“Sé que todo esto se me pasará”, dice Hernández con un asomo de esperanza en los ojos tristes. “No sé cuándo, pero algún día se me pasará”.

Septiembre de 2011

El día del décimo aniversario de los atentados Hernández asistió a dos homenajes donde lo recibieron como héroe. Estaba listo para volver a México en diciembre y en febrero de 2012 se sometería a una operación. “Me retirarán una costra como de arena entre la nariz y los pómulos que no me deja respirar”, me contó. Esa noche Discovery Channel transmitió seis historias de sobrevivientes de las torres gemelas. Una de ellas era la suya, y el bombero se sentía orgulloso. Vio el programa con el teléfono en la mano, conversando con sus hijos Aurora, Sharon y Nicolás.

Volvimos a platicar el viernes 23 de septiembre. Me dijo que una de sus hijas cumpliría años. Estaba vendiendo un reloj Cassio para comprarle un regalo.

Al día siguiente se reunió en su casa con Jaime Munebar, el colombiano con quien había compartido piso durante siete años, y con otra amiga. El domingo 25 de septiembre, Munebar se fue a misa. Por la noche, a su regreso, llamó a la puerta sin que su amigo respondiera. Cuando pudo entrar, Hernández estaba tendido en la cama.

El bombero al que nadie llamó había muerto.

El funeral tuvo lugar en Queens, un jueves lluvioso. Sus hijos no pudieron viajar, pero estaban los latinos a los que Hernández ayudaba en las cortes. Había una multitud llorosa, coronas y flores. Cuando los rezos terminaron, Munebar se acercó al cónsul Mario Cuevas y le dijo: “Ayúdenos a que Estados Unidos no se salga con la suya. El fondo de compensación por el que Rafael luchó pertenece a sus hijos”. La oficina forense extrajo algunos órganos del cadáver para los exámenes de rigor, y el cuerpo fue trasladado a México hasta el 1 de octubre.

Las despedidas a los héroes con frecuencia no son como deberían ser.

Tres meses después, la oficina forense de Nueva York no había dictaminado sobre las causas del deceso. En la corte, el caso de Hernández estaba detenido y de la compensación que recibiría en estas fechas no se sabe nada. El cuarto de Hernández permanecía clausurado por la policía. Un día alguien violó los sellos y saqueó la habitación.

Munebar pudo rescatar la última pertenencia de su amigo, y la guarda como si fuese algo sagrado.

En una bodega de Queens yace la cámara de oxígeno que mantuvo con vida a Hernández los últimos años.

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Es un domingo de verano y en el sótano del hotel Renaissance de Washington DC se asoman las huellas de una batalla. Sobre unas mesas hay banderitas de Estados Unidos y los rostros de Barack Obama y John McCain sonríen desde algunos folletos olvidados. Ambos vinieron dispuestos a pelear el voto de siete mil latinos congregados en una conferencia nacional. La mayoría ya se retiró y los demás abarrotan una fiesta de despedida donde se sirve guacamole y se escucha música de mariachi. En la habitación vecina se escuchan voces: un hombre con la cabeza afeitada, metido en un traje color canario, suda y se conduce con la energía descontrolada de un adolescente aficionado a los videojuegos. Es la primera vez que lo veo en acción y me parece que su actitud es la de esos seres obsesivos que sólo pueden ser descifrados por medio de la pasión que los mueve. Desactiva el aire acondicionado, pide a los camareros que por favor no lleven agua ni café a la habitación y poco falta para que cierre la puerta con llave.

“Aquí no hay sándwiches, no hay café ni cerveza, no hay aire acondicionado ni música. Pero tenemos un plan, y si lo siguen ustedes llevarán a Barack Obama a la Casa Blanca”. Cuauhtémoc Figueroa despliega una sonrisa que se encuentra con las miradas de unos cien hispanos que lo ven y lo escuchan casi sin respirar ni pestañear. Están acomodados en una habitación del tamaño de la sala de una casa modesta. Hay decenas que no alcanzaron una silla y ocupan los pasillos. Otros encontraron un espacio en el suelo.

Figueroa hace una breve pausa y apunta con la mano a una pizarra que se asoma a sus espaldas. Un reflector dispara una leyenda que antes de alcanzar un fondo blanco le ilumina el cráneo sin cabello. Más que una simple frase, parece una fecha fatal: “129 DÍAS PARA LAS ELECCIONES DEL 4 DE NOVIEMBRE”.

“No hay mucho tiempo para despertar al gigante”, dice Figueroa en inglés y camina sin pausa por los pasillos de la habitación, deteniéndose con frecuencia como para asegurarse de que la gente reunida aquí no sólo lo escucha, sino que entiende lo que desea transmitir: “No importa cuántas manos debamos estrechar, cuántas llamadas telefónicas debamos hacer y cuántas puertas debamos tocar, el gigante latino de este país se va a levantar para votar y convertir a Barack Obama en presidente de Estados Unidos”.

Baja el tono de la voz y vuelve a sonreír. Sus ojos se dirigen a los extremos del salón, en busca de hacer contacto con las personas que asisten para conocer el plan de la campaña de Obama para ganar el voto hispano. Aquí están simpatizantes del candidato, ciudadanos comunes, curiosos y hasta un par de funcionarios con pedigrí demócrata. Hay decenas de mujeres de veinte y pocos años que llevan en los brazos carteles de “Latinos con Obama”, jóvenes en jeans y camisetas de verano y hombres de traje y corbata. Sentada en una de las últimas filas está Mary Herrera, una mujer a la que todos tratan con cortesía. Es la secretaria de Estado de Nuevo México, la funcionaria más poderosa después del gobernador de ese estado, Bill Richardson, y que desertó de la campaña de la senadora Hillary Clinton para unirse a la causa de Obama.

“Necesitamos hombres y mujeres que estén decididos a saltar a nuestro barco para cambiar al país de la mano de Barack Obama”, dice Figueroa, como quien suplica y exige a la vez. Pero sólo suma como voluntarios de la campaña a los que sabe que soportarán el calor, la nieve, el hambre o caminar durante horas tocando puertas en las casas de los votantes. Por eso antes del inicio de cada junta desactiva el aire acondicionado y pide a los camareros que no sirvan ni agua. “Es una prueba para saber quiénes sobrevivirán en la guerra”, me contará después.

Todos lo escuchan en silencio y en el aire caliente se perciben las tensiones de una elección que mantiene en suspenso a este país. Habla con el convencimiento de un profeta contemporáneo cuya misión es hacer comprender a los latinos que llegó el momento de vaciar la habitación de cenicienta que han ocupado en este país, y pasar al salón para decidir quién será el próximo presidente de Estados Unidos.

Cuauhtémoc Figueroa es el director nacional para el voto latino en la campaña de Barack Obama, el carismático candidato del Partido Demócrata que en una reciente gira internacional por Irak, Israel, Francia, Gran Bretaña y Alemania logró reunir a más fanáticos que un concierto de U2: 200 mil personas lo vitorearon en Berlín; pero su enorme popularidad internacional y el fenómeno mediático en el que se ha convertido en Estados Unidos parecen no ser suficientes para aclarar el futuro de una elección muy competida: es un enigma la forma en la que reaccionarán los estadounidenses a la hora de estar frente a las urnas, votando por un candidato negro.

Por primera vez en la historia existe una probalidad —no una posibilidad retórica ni utópica como en el pasado— de que los latinos decidan una elección: con 45 millones de habitantes representan a la minoría poblacional más grande y con el crecimiento más rápido en el país: cada 30 segundos un hispano se suma a la población de Estados Unidos. Más de 18 millones de ellos pueden votar. Además, hay indicios de que los latinos están enterrando en el pasado su escasa participación electoral: en las primarias demócratas de 2004 participaron alrededor de 950 mil hispanos y cuatro años después lo hicieron más de tres millones.

Una epidemia de campañas recorre el país para registrar a los latinos en edad de votar. El Partido Demócrata invirtió 20 millones de dólares en una iniciativa para incorporar a las listas de votación a todos los hispanos que sea posible. Obama y el republicano John McCain están inmersos en una disputa diaria por la conquista de los electores y una de las peleas más feroces ocurre en el territorio de los votantes hispanos.

Tres semanas más tarde en San Diego con miles de líderes del Consejo Nacional de La Raza, una de las organizaciones latinas más importantes del país, Obama dijo: “No se equivoquen: el resultado de la elección está en manos de los latinos”. John McCain también llegó hasta la frontera con México a cortejar el voto hispano y en busca de lograrlo se arriesgó a pronunciar algunas palabras en español. En el verano, ambos candidatos destinaron tres domingos consecutivos a celebrar actos de campaña con las organizaciones latinas más importantes de Estados Unidos.

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En su familia se dirigen a él como Temo; Figueroa recuerda que no pudo pronunciar su nombre completo —Cuauhtémoc fue el último emperador azteca— hasta el tercer grado de secundaria. En la campaña seguro todos deben tener el mismo problema con la pronunciación de ese nombre que en náhuatl significa “águila que cae” y, comenzando por Obama, han optado también por llamarlo Temo. Ahora Figueroa es capaz de repetir su nombre con un ligero acento gringo. Debe medir un metro con 75 centímetros, tiene 44 años, un cuello ancho, manos fuertes y un pequeño estómago de bebedor de cerveza. Nació en una ciudad llamada Blythe, en California, cerca de la frontera con Arizona, y creció en El Cuchillo, un barrio de inmigrantes mexicanos que en los años sesenta cosechaban sandías y melones en condiciones que los convertían en los esclavos de esa época.

Es el sexto de siete hermanos en la familia formada por Miguel Figueroa, un hombre que trabajó 32 años en el servicio postal y fue el primer presidente del sindicato en Blythe. El abuelo, un indígena mojave nacido en Caborca, México, fue un minero que toda su vida organizó sindicatos. La madre, Eloísa León, nació en Rice, un pueblito cerca de San Bernardino, California, hija de un trabajador ferrocarrilero. Alfredo Figueroa, hermano de su padre, fue compañero de lucha de César Chávez, aquel hombre nacido en Arizona en la época justo poco antes de la gran depresión de los años treinta. Chávez, sus padres y cinco hermanos se convirtieron en campesinos itinerantes que viajaban de un lugar a otro de California en busca de trabajo. Con el paso de los años se convirtió en líder del primer gran movimiento hispano en Estados Unidos; defendió a los campesinos explotados de California y en 1962 fundó la Asociación Nacional de Trabajadores Campesinos. Lideró varias huelgas contra los productores de uva y después un boicot nacional a la uva de mesa que fue apoyado por millones de estadounidenses. Hizo varias huelgas de hambre y terminó una de ellas cuando Robert Kennedy asistió a una misa con ocho mil campesinos. Cuando murió en 1993, encabezaba otro boicot campesino, y su funeral reunió a más de 40 mil personas.

“El sindicato siempre ha sido un miembro más de la familia. Mi papá nos llevaba a las reuniones, asistíamos a las marchas y mi madre siempre cocinaba platillos para los líderes sindicales que nos visitaban. Crecimos escuchando las historias de César Chávez y Bert Corona (otro líder chicano)”, me contó Alfredo Figueroa, 10 años mayor que Cuauhtémoc, un hombre de barba entrecana que es responsable del programa de estudiantes mexicoamericanos en la Universidad de California en Riverside.

Cuando sólo tenía seis años, Cuauhtémoc recibió su primera misión: repartir agua a un grupo de hombres que protestaban a las puertas de Safeway, un supermercado estadounidense. Reclamaban que la tienda vendiera lechuga de productores que no pertenecían a la asociación de campesinos fundada por César Chávez. Dos años más tarde, Cuauhtémoc vivió en casa una lucha realizada con los mismos métodos pacíficos que Chávez había seguido décadas atrás: su hermano mayor, Miguel, se declaró en huelga de hambre para exigir que los maestros y consejeros de la escuela secundaria fueran latinos que hablaran español y se identificaran con la comunidad inmigrante del barrio. Los Figueroa ganaron esa batalla y en 1972 se fundó la Escuela de la Raza Unida.

Cuando había cumplido la mayoría de edad, tuvo su primer empleo: locutor de radio en la estación XROP de Brawley; un día llamó a su hermano Alfredo y le dijo que el trabajo no lo hacía feliz. Pronto se mudó con Alfredo, comenzó a estudiar en el Riverside City College y más tarde se graduó en historia por la Universidad de California, en Los Ángeles. Después trabajó con el congresista George Brown, un demócrata liberal, que tuvo en él una influencia política vital. “Para mí fue un maestro, más que un jefe: me enseñó de qué manera las cosas pueden cambiar para mejorar si trabajas duro y con pasión por lo que haces”, me dijo Figueroa en una de nuestras conversaciones. Años más tarde ocupó altos cargos en la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC, por sus siglas en inglés), una organización de defensa de los derechos de los hispanos, y en la Federación Americana de Empleados Estatales, de Condados y Municipales (AFSCME, por sus siglas en inglés), que es el sindicato más grande de trabajadores del servicio público.

“La vida sindical es una vena que corre en la familia desde los tiempos de mi abuelo y se ha extendido con mi papá, con mis tíos y ahora con el Temo. Es un organizador natural y está formado en la idea que nos infundió mi abuelo, el minero, que nos decía: ‘Hijos, métanse bien en la cabeza que el peor enemigo que uno puede tener son los patrones’. Así aprendimos lo que significaba la libertad”. Alfredo Figueroa habla con emoción cuando recuerda las luchas sindicales de sus padres y sus abuelos y con orgullo cuando menciona a Cuauhtémoc. Pero hay algo que no deja de inquietarle: “En la familia siempre lo andamos guaseando y le decimos: ‘te vas a quedar solo como la vela’. El Temo sólo se ríe. No se ha casado, no tiene familia, ahora no sé si tiene novia. Siempre fue como el carajo, inquieto, lleno de sueños; desde joven fue de un lugar a otro, hasta que llegó a Washington DC a trabajar con George Brown. Han pasado casi 20 años y no ha parado”.

En sus años en Washington DC con LULAC y AFCSME, Figueroa alternaba el trabajo con otra de las cosas que lo apasionan: la poesía. Era un ávido lector y escribía con tanta frecuencia que un día formó con Jesica Pliego —una novia de aquellos tiempos— y David Ferreira, un amigo cercano, un grupo de 25 personas llamado “Los Poetas del Rumba Café”, que se reunía a leer los lunes en el restaurante que lleva el mismo nombre, un sitio que hasta ahora es punto de encuentro de latinos de distintos orígenes que se juntan para bailar salsa y son cubano. “Es un romántico y esa parte de él ayuda a comprender lo que hace en la campaña organizando a miles de personas que creen que es posible cambiar al gobierno desde abajo, como pensaba Robert Kennedy”, me dijo Ferreira, vicepresidente de asuntos de gobierno de la Cámara de Comercio Hispana de Estados Unidos, un tipo alto, rubicundo y con un bigote castaño y espeso. “Cuauhtémoc es un idealista sin remedio, un Don Quijote latino”.

Hoy, el ritmo de la contienda por la Presidencia casi no le deja tiempo libre ni respiro, pero cuando puede Figueroa lee a los estadounidenses Robert Frost y Walt Whitman, y también a Sandra Cisneros —una latina que creció en México y Chicago— y a sus poetas latinoamericanos predilectos: Neruda y Paz. Su cuartel general está ubicado en Chicago, en las oficinas centrales de la campaña de Obama, pero todas las semanas se desplaza a ciudades con importantes comunidades latinas. Casi siempre viajan con él Carlos Odio, un cubanoamericano de Miami que lo acompañó seis meses en la travesía de Iowa y Stephanie Valencia, su asistente. En cada sitio que visita, Figueroa se reúne con los directores para el voto latino a los que ha nombrado en todo el país, concede entrevistas a periódicos locales y supervisa el entrenamiento de miles de organizadores y voluntarios. Con ellos habla en inglés y suele intercalar frases en español. Una tarde que se encontraba reunido con un grupo de latinos en el hotel Hilton de Washington DC lo escuché decir: “¡Tú eres la–ti–no! ¡Tú eres la–ti–na! and we are going to fight this fight like hell”.

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Cuauhtémoc Figueroa conoció a Barack Obama en Chicago en agosto de 2006, en una reunión sindical donde la oradora estelar era Hillary Clinton. Pero el discurso del senador por Illinois lo cautivó: Obama narró que Coreta, la esposa de Martin Luther King, marchó con los trabajadores de Memphis de limpia en huelga, un día después de que su marido fue asesinado. Cuatro meses después Figueroa, que ocupaba un alto cargo en AFSCME, fue invitado a sumarse a la carrera de Obama por la nominación demócrata; primero rechazó la propuesta y al final aceptó cuando le dijeron que, más que una campaña, se trataba de un movimiento.

Figueroa fue nombrado director nacional de trabajo de campo electoral. Era necesario que en las elecciones demócratas la gente saliera a votar por Obama, un candidato fresco, carismático y con un idealismo que lo asemejaba a los hermanos Kennedy. Pero hacía falta lo que David Plouffe, el jefe de la campaña de Obama, imaginaría y llamaría más tarde “El ejército de persuasión” de Obama: Una poderosa red formada por miles de voluntarios y organizadores sociales que se encargara de multiplicar el mensaje del candidato. Una estructura sin antecedentes en la historia de las elecciones en este país.

Figueroa se encargó de instrumentar el movimiento y se convirtió en el arquitecto de ese brazo orgánicamente popular. Lo imaginó y lo construyó recordando los años de su niñez, escuchando pláticas de sindicalistas y asistiendo a las marchas. Él mismo preparó a los primeros cientos de voluntarios en un campo de entrenamiento en Chicago, pero de súbito miles de jóvenes comenzaron a registrarse por internet en la página del candidato.

Los campamentos de entrenamiento se extendieron de Nueva York a San Francisco, pasando por Saint Louis, Alabama, Atlanta y Oakland hasta contabilizar 20 ciudades del país. Éstos son impartidos por líderes que Obama y Figueroa conocieron en las calles, trabajando como organizadores sociales, algunos legendarios como Marshall Ganz: un profesor por la Universidad de Harvard que en 1964 abandonó sus estudios para sumarse al movimiento por los derechos civiles y después a César Chávez, con quien compartiría 16 años defendiendo los derechos de los campesinos. En los años ochenta regresó a la misma universidad para obtener un doctorado.

Una tarde Figueroa me explicó la génesis de la red de voluntarios y organizadores. Me dijo que la idea tiene que ver con su padre, con César Chávez, sus luchas sindicales y los relatos que escuchaba cuando era un niño. El deseo de Figueroa era imitar, en la campaña, el espíritu del movimiento de César Chávez, que rebasó las luchas sindicales y provocó un sentimiento de orgullo latino. “Recordaba esas historias y pensaba en un movimiento social más grande que un aparato político, que uniera a la gente alrededor de la idea de un mejor país construido por todos”. La filosofía de Chávez, abrevada por Figueroa al paso de los años, se tradujo en una fuerza social que no tenía como único propósito convencer electores y ganar una nominación, sino aprovechar el entusiasmo suscitado por la candidatura de Obama y lograr que miles de personas que abarrotaban los mítines convirtieran esa energía en acción efectiva.

Para lograrlo combinó algunos métodos tradicionales de entrenamiento en organización, con las tácticas de organización comunitaria que Obama aprendió en los barrios pobres de Chicago. Algo similar a las tácticas de la izquierda latinoamericana, sólo que con una estructura que incorpora los últimos desarrollos de la tecnología.

Lo que el equipo de Obama hizo fue sacudir la estructura de las campañas políticas tradicionales, cuyos pilares son el dinero y los espacios publicitarios en radio, prensa y televisión. El candidato demócrata también ha destinado cientos de millones a esos medios vitales, con una diferencia clave: ha invertido tanto o más para preparar a sus bases de apoyo. Para hacerlo comenzaron por aprovechar las ventajas del internet: utilizaban el e–mail, el Facebook, la página oficial de Obama y decenas de blogs latinos para registrar voluntarios y movilizar a la gente. Los voluntarios se han entrenado para registrar votantes, hacer llamadas telefónicas y recorrer los barrios para explicar las propuestas del candidato. Una vez que la estrategia de las primarias fue definida, Figueroa y un batallón de asesores y voluntarios viajaron a un sitio cuyo nombre se les grabarían en la cabeza los siguientes meses: Iowa. Tampoco era una casualidad que lo hubiesen elegido a él para esa misión: años atrás había estado ahí operando como estratega de campo en la campaña de Al Gore. Figueroa y sus voluntarios despertaban y se iban a la cama planeando la elección primaria en ese estado lleno de simbolismo, porque marca la apertura de la batalla por la nominación demócrata. Cuando los hombres de Obama orinaban en el baño del cuartel general de campaña en Chicago, un gigantesco mapa de Iowa aparecía encima de sus hombros.

Figueroa vivió ocho meses en ese estado donde casi todos, desde el tendero, pasando por el maestro, el plomero, el político y el empresario, son blancos. Su tarea consistía en reclutar voluntarios para transmitir a los habitantes rubios de Iowa quién era ese candidato negro apellidado Obama y cuál era su mensaje de cambio. Iowa era vital para las aspiraciones de Obama y sus hombres sabían que si derrotaba ahí a Hillary Clinton, sus deseos de convertirse en candidato demócrata dejarían de ser un sueño y se convertirían en un mensaje con un efecto inequívoco en las minorías del resto del país: los negros, los jóvenes, los estudiantes y las mujeres comprenderían que un candidato no blanco podía ganar la nominación.

José Medina es un delegado demócrata de California, es alto, de pómulos robustos y una sonrisa que parece estar colgada siempre de su rostro redondo. En Washington me contó que llegó a la capital de Iowa el 31 de diciembre de 2007 para unirse a Figueroa y sus voluntarios cuando faltaban tres días para las primarias. En su cabeza permanece una imagen: decenas de personas caminando por las calles de la ciudad. Tocaban cientos de puertas llevando el mensaje de Obama. Comenzaban al amanecer y terminaban cuando el sol se ocultaba y los zapatos les mordían los pies.

El último día tocaron más puertas que en todos los anteriores y no dejaron de hacerlo hasta que anocheció. Rodríguez recuerda que caminaban por una calle muy oscura, seguían visitando casas de gente que nunca habían visto antes, hasta que llegó un momento en que le dijo a Figueroa: “Ya no vemos los números, creo que debemos terminar”. Figueroa no le hizo caso: en la penumbra continuó su misión de narrar a los vecinos de Iowa la historia de Obama y sus deseos de cambiar las cosas en Estados Unidos.

Lo que sucedió al día siguiente sorprendió al mundo: Obama, el senador novato, derrotaba en el inicio de las primarias a Hillary Clinton, la candidata que todos pensaban invencible. Entonces todos en el país, desde los periódicos y cadenas de televisión más influyentes, pasando por académicos, políticos y observadores, comenzaron a tener conciencia sobre el ejército de millones de personas que logró movilizar la campaña de Obama.

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Un mes después del triunfo de Iowa, platiqué con él por el teléfono: estaba metido hasta los huesos en la elección primaria de Texas, un estado familiar para los Clinton. “No me importa si los Clinton son hijos predilectos de Texas. Voy a hacer que los texanos sepan quién es Obama y voten por él”, me dijo. Le conté que cubriría la elección en San Antonio y me desarmó su respuesta: “En esa gran ciudad verás lo predecible. Si vas al Valle del Río Grande (Río Bravo), en la frontera con México, podrás ver cómo funciona el movimiento y cómo pelearemos el voto latino en un área muy pobre”. Cuando Figueroa se refiere a la campaña casi siempre emplea el término “movimiento”. Así que un sábado de finales de febrero de 2008 llegué a Brownsville —la población fronteriza más al sureste de Estados Unidos— para verlo en acción.

Un sol despiadado quemaba la piel y en las calles se percibía el fragor de la batalla por el voto latino entre las brigadas de Hillary Clinton y Barack Obama. En 12 días visité siete ciudades y condados, y en algunas tuve la sensación de estar en alguna ciudad extraviada de México o de un país latinoamericano.

Un día visité un sitio en el condado de Hidalgo llamado Las Milpas, que hasta hace unos años fue el vecindario más pobre de Estados Unidos. Era un claro contraste en el país más rico del mundo, una confederación de 50 estados gigantes, donde todo parece multiplicarse en suburbios con céspedes cortados a máquina y centros comerciales que se replican en el paisaje, como propagados por una epidemia.

En una esquina estaba reunido un grupo de unas 15 mujeres y cinco hombres que asaban carne sobre la banqueta. Todos eran latinos, como la mayoría de los habitantes de Las Milpas. “Aquí todos votamos por la Hilaria”, me dijo una mujer con una sonrisa sin dientes, cuando le pregunté si conocía a Barack Obama. Todos los demás dijeron que votarían por ella por una razón: la conocían y el gobierno de Clinton había sido solidario con las familias hispanas.

Esa misma tarde visité un campamento de Obama en McAllen. La encargada era una latina llamada Rubí Zavala, una morena de caderas anchas, hija de padres mexicanos. Siete voluntarios hacían llamadas telefónicas de manera frenética a los hogares hispanos de la zona. Una mujer le dijo a Zavala que votaría por su candidato porque era la mejor forma de tener a su hijo de regreso de la guerra de Irak. Un hombre llegó en una camioneta y se marchó con cientos de cartelones que invitaban a votar por Obama. Me pareció que no se conocían y se lo pregunté a Zavala.
“Nunca lo he visto en mi vida —me dijo mientras marcaba otro número telefónico— y eso es lo que hace común a esta campaña. Somos miles y millones que nunca hemos sabido el uno del otro: nos unifica la urgencia de cambiar este país”.

Me pareció que en Texas chocaban dos fuerzas de naturaleza distinta: la de Hillary Clinton era una campaña más tradicional, apoyada por demócratas mayores de 50 años y la mayoría de los sindicatos, alcaldes y funcionarios del partido. La de Obama parecía un movimiento de fe constituido por jóvenes, estudiantes y hombres y mujeres menores de cincuenta. El caso más paradigmático de la división social y generacional alrededor de la elección demócrata era el de una familia de políticos texanos: Eddie Lucio Jr. —descendiente de mexicanos— es senador estatal desde 1990, rebasa los 60 años y apoyaba a Hillary Clinton. Eddie Lucio III, su hijo, es un diputado estatal de 30 años y un furibundo seguidor de Obama.

Obama perdió las elecciones en Texas por cuatro puntos de diferencia, pero su equipo logró lo que se había propuesto: introducir al candidato a miles de hispanos y arrebatarle a Hillary Clinton una parte del voto latino. Obama ganó el mismo número de delegados que Clinton en las primarias, pero en el caucus —una especie de asamblea efectuada después de las votaciones—, la historia fue diferente.

“En el caucus les pateamos el trasero y en Texas ganamos más delegados que Hillary Clinton a pesar del juego sucio que muchos hicieron diciendo: ‘Nadie en la comunidad latina va a votar por el negro’”, me dijo Figueroa semanas más tarde. Al final, con la suma de los dos procesos, Clinton ganó el voto popular, pero Obama ganó 99 delegados por 94 de ella. Fue así como Obama conquistó la candidatura demócrata: con una milimétrica operación hormiga que consistió en obtener delegados aquí y allá en todas las primarias, hasta que reunió tantos como para que Clinton nunca lo pudiese alcanzar.

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En abril de 2008, Hillary Clinton reconoció su derrota en las primarias internas y Figueroa y su equipo continuaron trabajando en los campamentos de entrenamiento de organizadores y voluntarios, concentrados ahora en los estados latinos y las elecciones de noviembre. Pero no todos han estado de acuerdo con el poder que descansa en las manos de Figueroa. Algunos líderes en el Partido Demócrata se sintieron desplazados. A principios de julio, Maurice Ferre, un ex alcalde de Miami respetado en los círculos demócratas, pidió crear un grupo de consejeros hispanos en el sur de Florida para contrarrestar lo que percibió como un control excesivo en el manejo de la campaña en ese estado, desde el cuartel general de Obama en Chicago.

“No hay nadie en el círculo cercano de la campaña de Obama con un conocimiento profundo y un interés demostrado por América Latina y los hispanos en Estados Unidos”, escribió Ferre, de acuerdo con un texto aparecido en el Miami Herald. Al grupo, encabezado por el ex alcalde de Miami, le preocupaba la posición de Obama —compartidas por los más influyentes sindicatos estadounidenses— a favor de revisar el Tratado de Libre Comercio con México y en contra de suscribir un acuerdo comercial con Colombia.

Cuando traté de indagar la opinión de Figueroa y su equipo sobre estos temas, un vocero de la campaña me dijo que Figueroa se encontraba concentrado en la misión de llevar a los votantes latinos a votar por el candidato, y que de las relaciones con América Latina se encarga otro grupo. Figueroa parece tener claro el papel que desempeña en la campaña: “Soy un organizador y mi trabajo consiste en transformar en acción toda esa energía alrededor de Obama”, me advirtió en una de nuestras conversaciones.

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“En mi cabeza aún giran las elecciones primarias”, dice Figueroa y se palmea la calva. Es un domingo de julio, ahora viste un sobrio traje azul marino y se encuentra con otro grupo de latinos que asiste a la conferencia de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos, en el hotel Hilton de la capital del país. La pizarra dispara la misma frase en un tono de urgencia, sólo que el tiempo se consume: “119 DÍAS PARA LAS ELECCIONES DEL 4 DE NOVIEMBRE”. Figueroa explica que si Obama ganó las internas demócratas fue porque su equipo comprendió las reglas del juego. Sabían que vencería el candidato que reuniera más delegados y por eso no apostaron a ganar el voto popular en los estados, sino a obtener los votos necesarios para sumar más delegados en cada elección.

Para ganar la elección general las reglas son diferentes: El sistema electoral estadounidense, tan complejo que no lo comprenden ni ellos, dicta que ganará el candidato que alcance la mitad más uno (270) de 538 votos electorales en disputa. En Estados Unidos no existe una elección directa para presidente, sino 51 elecciones en 50 estados y el Distrito de Columbia para definir quiénes conformarán a los miembros de un Colegio Electoral que se encarga de elegirlo.
Cada estado tiene un número de votos electorales asignados y no siempre gana el candidato que obtiene más votos populares. Por eso George W. Bush se convirtió en presidente en 2000: Al Gore obtuvo más votos populares, pero Bush ganó más electores designados al Colegio Electoral. En esos días, cuando el mundo observaba atónito lo que ocurría en la elección estadounidense, Salman Rushdie escribió: “Hemos aprendido que no se necesitan millones de votos para convertirse en presidente de Estados Unidos. Apenas 270, en un Colegio Electoral que consta de 538 miembros. ¿Cuán democrático es un sistema de elección indirecta?”.

En el hotel, Figueroa apunta ahora con el dedo a los territorios de cuatro estados dispersos en un mapa escolar: Colorado, Florida, Nevada y Nuevo México. “Si Obama gana aquí, estos cuatro estados con población hispana le entregarán 102 votos electorales y esos votos, sumados a los que nos darán otros estados que tradicionalmente ha ganado el Partido Demócrata, serán suficientes para ganar la elección. De esa dimensión es la importancia del voto latino en esta elección”. Parece un maestro revelando las claves de un tesoro secreto a sus alumnos.

Dice que Obama invertirá seis veces más dinero en los estados latinos de lo que se ha gastado en anteriores elecciones. Sólo en Florida su equipo contratará a 300 empleados con el propósito de pelear palmo a palmo el voto a los republicanos. “Será una elección muy competida y ustedes nos van a ayudar a pelear esos estados como si estuviésemos en el infierno y quisiéramos escapar de él”, ruge Figueroa. Un largo silencio recorre la habitación antes de que diga: “No hay tiempo que perder, este país nos necesita.”

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Un viernes de mediados de julio volé a San Diego para ver por tercera ocasión a Figueroa, que acompañaría a Obama dos días después en una presentación ante el Consejo Nacional de La Raza. Fuera de la sede se manifestaba una veintena de miembros de Minuteman, esa organización de civiles que decidió perseguir inmigrantes por cuenta propia. Muy cerca de ellos una niña negra vitoreaba a Obama a todo pulmón. Faltaban 113 días para la elección.

El domingo al mediodía Obama ha sido aclamado por miles de latinos en un auditorio gigante y horas después Figueroa sostiene una más de sus reuniones de trabajo. Como sucedió en las juntas de Washington DC, aquí lo acompañan Carlos Odio y Stephanie Valencia, que forman parte del equipo que es complementado por los directores de campaña que Figueroa designó en esos cuatro estados donde ocurrirá la batalla clave por el voto latino. Además, montó oficinas destinadas a promover el voto hispano en los restantes estados del país, incluidos algunos tan improbables como Alaska, Ohio y Pennsylvania. Los miembros de su equipo tienen en común varias cosas: pertenecen a familias de inmigrantes latinos, son jóvenes de entre 24 y 30 años y varios han sido organizadores sociales o sindicalistas.

En el encuentro, Figueroa anuncia que 10 mil organizadores latinos están listos para entrenar a miles de voluntarios. Presenta el plan para ganar el voto hispano ante un nuevo auditorio y pregunta a la gente qué no le gustó del discurso que pronunció Obama unas horas antes.
—Cometió el peor de los errores: no pedirnos votar por él —dice un hombre.
—No mencionó la crisis hipotecaria y cómo resolverla —dispara una mujer.
—¿Y, dónde dejó a los latinos que luchan en Irak? —desea saber otra persona.

Las preguntas se multiplican en distintos temas: economía, pérdida de trabajos, falta de oportunidades para los jóvenes latinos, reforma migratoria, impuestos, las familias hispanas que han perdido sus casas.

Al final, un periodista español y yo nos aproximamos a Figueroa. Le preguntamos cuál es su meta y si terminará con la elección del 4 de noviembre.

“Esto no terminará ese día —dice Figueroa y en su voz se percibe cierta emoción—. Ese día comenzará todo y cuando Obama sea presidente verán a estas personas y a miles más organizándose para debatir los temas y discutir soluciones; y cuando el Congreso se oponga a una nueva reforma migratoria, verán a los mismos ejércitos marchando para exigir a sus congresistas aprobar las reformas necesarias. Esto es el principio de una gran revolución de la gente”.

Cuando le pregunto cómo se imagina dentro de un gobierno presidido por Obama, su respuesta es instantánea: “Soy un organizador y continuaré haciendo lo que disfruto hacer: transferir el poder a otros para que tomen el poder en sus manos”. Entonces sucede lo que parece inevitable y la presencia de César Chávez resurge en Figueroa. “Creo que César estaría orgulloso de ver esta cantidad impresionante de latinos y latinas participando en la elección y organizándose para representar a la comunidad latina”.

Unos minutos más tarde, Figueroa dicta su e–mail al último latino en el salón. “Escribe pronto —le pide—. La próxima vez que escuches un discurso de Barack Obama dirás: ¡Hey, ésa es una de mis sugerencias!”. Después se despide cuando ya no hay nadie más por ahí. Al día siguiente volará a Nevada para reunirse con otro grupo de organizadores y voluntarios: los guerreros de Cuauhtémoc, el ejército de Barack Obama.