Las cobijas que lo habían abrigado en esos días de fiebre ya lo tenían fastidiado. Al mediodía de aquel soleado 6 de julio de 2000, Francisco Granados estaba agotado de tantas horas de cama. Sus casi 70 años eran una calamidad. Tardó en reparar que alguien tocaba a su puerta, no por un sueño profundo sino porque casi nunca alguien visitaba a este anciano sacristán del pueblo hidalguense de San Juan Tepemasalco. No podían ser buenas noticias.

—“Pancho”, ¡la puerta de la capilla está abierta! Alguien entró —le avisó Carmen, su hermana.

Francisco se vistió y bajó una cuadra para dar aviso a las máximas autoridades de esa población de 250 habitantes: el delegado municipal Crescencio Benítez y el juez Fidel Pérez. Cruzaron el atrio hasta quedar frente a la fachada blanca de la capilla franciscana. Era cierto; el viejo portón de madera estaba entreabierto en uno de los 364 días del año en que debía estar cerrado: salvo por una boda, 15 años o un bautizo, sólo abría los 24 de junio, en la fiesta de San Juan Bautista.

Al entrar vieron que del barandal del coro, en lo alto del templo, colgaba un lazo de más de dos metros. Alguien lo había usado para bajar a la nave principal. En el altar mayor saltaban a la vista dos huecos rectangulares, ocupados hasta hacía unas horas por dos pinturas con la imagen de Juan el Bautista, el venerado santo de largo pelo rizado. Además, faltaba un pequeño Cristo de madera.

Justo antes de salir, los tres pobladores descubrieron un bastidor tirado en el suelo. Alguien le había cortado la pintura que contenía con un objeto filoso. El sacristán lo tomó. Volteó y advirtió que en un muro lateral, a tres metros de altura, había una estaca al descubierto.

De esa pieza metálica siempre había colgado un viejo óleo verdoso. Los ladrones lo bajaron. Luego, por lo visto, con una navaja separaron la tela del bastidor, al que dejaron vacío pese a tener adherido el perímetro del lienzo. En él, Francisco, Crescencio y Fidel vieron, cercenada, la cabeza de Dios Padre. Pero no podían recordar gran cosa sobre esa pintura. Sólo que Adán y Eva aparecían borrosos en un jardín lleno de animales extraños.

En casa del anticuario

El vendedor de arte Rodrigo Rivero Lake nos da la bienvenida a la fotógrafa y a mí en su penthouse de Campos Elíseos, en Polanco.

—¿Un tecito?

Un mayordomo de uniforme trae té verde en tazas de porcelana china. Revolvemos el azúcar con cucharitas de oro. Rivero Lake se pierde unos segundos en el fondo de su departamento. Hay antigüedades en el suelo y en las paredes, sobre las mesas, en cada recámara de este piso donde el anticuario más célebre de México vive con su servidumbre. Hay piezas coloniales, estofados, altares, esculturas de la India. Objetos diminutos, fastuosos. Todo lo imaginable. Oímos un maullido: imagino una gatita de angora blanca. De pronto, vuelve Rivero Lake. Es él quien maúlla. Lleva en la boca un pequeño silbato que simula el sonido de un gato. Nos regala un silbatito a cada uno.

Camisa rosa con sus iniciales, pantalón olivo, saco beige, pañuelo amarillo y zapatos de gamuza. Rivero sabe de colores. Sus ojos son verde-azulados. Es un perfumado galán de 57 años. Eleva el rostro para la foto.

—¡Espera!

Se levanta y trae un cráneo dorado que apoya en su rodilla: “Es mi Laca-laca, se las presento. Es ecuatoriana, sacada de un San Jerónimo”.

Ahora sí, la fotógrafa se prepara a disparar.

Posa, mirando a Polanco desde la altura. Atrás suyo hay un altar indoportugués del siglo XVIII. A su lado, un San Antonio, el santo casamentero. “Hay que pedirle matrimonio, un amor sincero, soy el más guapo de los solteros”, declama Rodrigo, impostando la voz (él no es soltero, sino divorciado). Hace otra pausa, pide alejar un candelabro: “No es original; luego uno se desacredita”.

La fotógrafa se arrodilla para tomar una imagen en contrapicada.

—Usted es fotogénico –le dice ella.
—Totalmente –responde él–. Me usan para espantar niños.

Inicia la entrevista. Rivero Lake habla a un ritmo supersónico, mezclando anécdotas, hechos históricos. Se queja de estar viviendo una persecución.

—A una iglesia de la sierra llega un anticuario y se lleva las columnas, tres cuadros y deja mochada la iglesia. Yo, al contrario: voy y trato de comprarla entera. ¿Para qué? Para preservarla. Luego dicen: Rivero Lake es un saqueador. ¿Por qué? ¿Porque la preservé?
—¿Es difícil saber si sus piezas tienen un origen lícito?
—Es una desgracia: no sabes de dónde vienen. El más sabio cae engañado. He tenido muchos problemas. Compras en una casa o una tienda y la pieza es robada. Si alguien en un pueblo quiere comprar un coche, se roba la pintura de su iglesia.

La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos impone hasta 12 años de cárcel a quien robe o saque del país una pieza del Patrimonio Nacional sin permiso del gobierno. La paradoja es que el INAH carece de una base de datos pública para saber qué obras del Patrimonio han sido robadas de las iglesias.

—La ley hay que cambiarla –añade Rivero–. Si voy a regresar una pieza robada soy copartícipe del robo, cuando me deberían hacer un reconocimiento por entregarla.

Adiós a San Elías

El delegado del pueblo y el cura Francisco López –jefe religioso de la zona– acudieron al MP de Tulancingo a levantar la denuncia. Por ser de orden federal, el caso se turnó a la PGR: el cuadro de “Adán y Eva” y los demás objetos –como las 1250 piezas de arte sacro que el INAH estima robadas– eran parte del Patrimonio Nacional por pertenecer a una iglesia.

El pueblo no fincó esperanzas en que un día aparecieran: por años, su capilla ha sido saqueada hasta quedar en cueros y jamás se resolvió nada. San Juan poseía el cáliz de oro más valioso del sur de Hidalgo. Medio siglo atrás, uno de los curas en turno, antes de despedirse avisó que se lo llevaría para reparar su deteriorada base. Prometió devolverlo mucho más hermoso, para dejarlo como un digno “refugio de la Sangre Preciosísima de Cristo”. Ni él ni el cáliz regresaron.

Y de ahí pa’l real: desaparecieron una custodia de la Eucaristía, las figuras de San Pedro, San Pablo, San Cristóbal y San Miguel, y hasta los instrumentos musicales de la banda local que eran guardados en un hueco del altar.

Un día, San Juan, tan callado en su dolor, halló razones para gritar su coraje. San Elías desapareció. “Como por aquí hay secas, otros pueblos nos pedían llevárselo en procesión –dice Leonor Suárez, pobladora de casi 70 años–. Llovía en cuanto San Elías salía al campo. Íbamos a Acelotla, al Cerro de las Ánimas y ni cómo refugiarse del agua. Al santito le poníamos sombrero para protegerlo. Desde que se lo robaron, ya nunca llovió igual.”

Esta vez, los judiciales acudieron a San Juan para levantar las huellas digitales que los ladrones dejaron en el bastidor de “Adán y Eva”. El lazo en el barandal del coro no les dejó dudas sobre el modus operandi.

Los ladrones utilizaron una barda colindante con la capilla para ascender a la cúpula. Desde ahí, subieron a un hueco del campanario. Ya dentro de la capilla de San Juan Bautista, bajaron al coro por una escalera de caracol. Amarraron al barandal del coro un lazo para bajar hasta la nave del templo. El resto fue simple: las imágenes de San Juan estaban al alcance de la mano, en el retablo mayor. Y descolgar el lienzo de “Adán y Eva” sólo les supuso trepar a un altar lateral. Ya abajo lo cortaron de su bastidor.

Por testimonios de los pobladores, la PGR supo que el día elegido para el robo facilitó las cosas a los ladrones. La noche del 5 de julio todo San Juan se había mudado a Zempoala, un kilómetro al oriente. Ahí, la Virgen del Refugio era festejada con poco recato. Inspirados por el grupo Cherokee, no pocos muchachos se entregaron a la fresca mezcla de música y piel morena. La abarrotada pulquería de Don Palemón se abasteció espléndidamente de tequila y pulque. Y en la plaza: mariachis, coches locos, castillos, pastes. Si cualquier noche en San Juan era apacible, aquel miércoles los ladrones entraron a la capilla de un pueblo inanimado, habitado por enfermos y viejos, como el sacristán.

Pero la PGR no avanzó en nada más. La averiguación del robo en San Juan durmió en sus archivos. Ni qué decir de la indagación sobre el cuadro de “Adán y Eva”. El argumento oficial fue que se desconocían las medidas y el aspecto del cuadro, y que sin fotos u otros elementos era imposible iniciar las pesquisas.

Vecino de Picasso

En el San Diego Museum of Art de Estados Unidos, la joven curadora Claudia Leos recababa información sobre una rara pintura colonial mexicana de 1728 para incluirla en un catálogo. Hacía año y medio que el museo había adquirido el cuadro. Pese a ser anónimo, su notoriedad le mereció ser parte del recinto al que pertenecían Minotauro acariciando a una mujer dormida, de Picasso; Espectro de la tarde, de Dalí, o Manao Tupapau, de Gauguin.

La colorida composición que Claudia estudiaba en junio de 2002 era peculiar. Arriba se sucedían en un huerto siete escenas del Génesis: desde que Jehová formó al hombre soplándole vida por la nariz, hasta que Eva entregó a Adán el fruto prohibido. En primer plano, el Arcangel Miguel los corría del Paraíso a los dos con su espada flamígera. Los seguía una extraña serpiente del pecado original con orejas de perro.

El centro de la pintura era alucinante. La curadora observó que en un lago nadaban colibríes acuáticos, gatos con cola de delfín y peces con cabeza de borrego. A la orilla cabalgaba un unicornio, junto a un león enano y un elefante de un solo ojo. Las escenas, dispuestas en 10 planos diferentes, creaban una suerte de El jardín de las delicias de El Bosco, muy a la mexicana. Ingenuo, creativo y luminoso, el cuadro encadenaba las imágenes de modo didáctico, como si se hubiera usado para evangelizar indígenas.

En su búsqueda de información, llegó a las manos de Claudia un libro de Agustín Chávez sobre arte hidalguense. En la página 324 aparecía una foto del lienzo. Su ficha decía que pertenecía a un lugar llamado San Juan Tepemasalco. Al revisar el historial del cuadro que el vendedor entregó al museo, detectó algo extraño: ese dato había sido omitido.

Días más tarde, la titular del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo (Cecultah), Lourdes Parga, recibió en su oficina de Pachuca una carta del San Diego Museum of Art. La remitía la curadora Claudia Leos: “Busco información sobre una obra (que aparece) en un libro de 1986, La pintura colonial en Hidalgo en tres siglos de pintura colonial mexicana, Adán y Eva arrojados del paraíso, Siglo XVIII, San Juan Tepemasalco. Esta obra ahora está en la colección del Museo de Arte de San Diego”.

Parga le mostró la carta a José Vergara, director de Patrimonio Nacional del Cecultah. Al ver el título del libro, el historiador recordó que en su casa había un ejemplar. “Lo saqué de mi biblioteca, vi la foto del cuadro y me quedé estupefacto: ¿cómo era posible que un cuadro que hace 20 años estaba en una capilla de México ahora estuviera en un museo de Estados Unidos?” Lo siguiente fue revisar el Catálogo del Patrimonio Nacional de Hidalgo, donde Vergara y su equipo hallaron una diapositiva de la obra. Luego acudieron al pueblo para saber qué había ocurrido con la pintura.

Así, en unos días, el Cecultah reunió las pruebas de que el cuadro pertenecía a una iglesia del estado y que, por tanto, era Patrimonio Nacional: venderla era un delito grave.

—Envíen un oficio a la PGR con la copia de la foto del libro y la diapositiva –les pidió Parga–. Y recuérdenles que hace dos años se denunció el robo.

El vendedor: un secreto

En ese oficio, Parga informó a la PGR de Hidalgo que una carta le acababa de revelar el destino de “Adán y Eva”: el museo de San Diego. A su escrito anexó las fotos. Además, entregó un análisis químico de 11 muestras de la capa pictórica que había quedado en el bastidor. De ese modo, el museo podía cotejar dichos resultados con la obra que ellos tenían. Comparando materiales, sabrían si el bastidor y su lienzo eran dos piezas del mismo rompecabezas.

La PGR, por su parte, se acercó al Departamento de Justicia de Estados Unidos e intercambió datos con la Organización Internacional de Policía Criminal (Interpol).

Justo cuando el gobierno estadounidense comenzaba a investigar, el director del museo de San Diego, Don Bacigalupi, primer responsable en comprar el lienzo,fue transferido al The Toledo Museum of Art, de Ohio, en la otra punta del país. Escapaba así de una posible tormenta.

El caso se mantuvo en sigilo hasta el 25 de noviembre de 2004. Ese día, la reportera Anna Cearley, del The San Diego Union-Tribune, reveló que el museo poseía una pieza que, al parecer, había sido robada en un pueblo mexicano. Once días más tarde, el Consejo de Administración del museo votó devolver la obra y exigir la restitución de lo pagado al vendedor, quien accedió a entregar la suma.

El nuevo director del museo, Derick Cartwright, había logrado mantener en secreto el nombre del vendedor del lienzo. En varias ocasiones, el museo se limitó a informar que era “un vendedor de la Ciudad de México”.

El silencio se rompió en una entrevista de la reportera Cearley a un curador del museo, Marion Oettinger: el vendedor del óleo robado, declaró, era Rodrigo Rivero Lake, el gran anticuario mexicano, surtidor de empresarios y políticos. “Salí a ver qué había disponible en subastas y galerías –declaró Oettinger–. Hice tres sugerencias y una de ellas era ésta (Adán y Eva arrojados del paraíso), que pertenecía a Rivero Lake.”

Según Oettinger, el anticuario le envió fotos que probaban la “calidad” de la obra: “Le pregunté (a Rivero) si la pintura tenía papeles y procedencia adecuada, y me dijo que sí”, dijo al The San Diego Union-Tribune.

El Inah avala la venta

La obra, en efecto, tiene papeles. Rivero solicitó al INAH un documento sobre la pintura. Esa institución, a través de la subdirectora de Inventarios del Patrimonio Cultural, Rosana Calderón Martín del Campo, no tuvo inconveniente en entregarle un oficio firmado que indica: “Coleccionista Rodrigo Rivero Lake, por medio del presente oficio le informo que las pinturas San Sebastián Aparicio, Adán y Eva y Custodia no pertenecen al acervo cultural del INAH, por lo que no hay ningún inconveniente en que pueda comerciar con ellas. Sin otro particular y en esperando (sic) que esta información le sea de gran utilidad, me despido con un cordial saludo”. Pero un dato no checa. La venta ocurrió a finales del 2000. El documento del INAH está fechado el 18 de julio de 2002. Fuentes que no quisieron ser identificadas aseguran que –con objeto de dar legitimidad a la venta– el anticuario habría pedido ese documento al percibir que se cernía sobre él la amenaza de las justicias mexicana y estadounidense.

De este modo, el INAH se unió al probable delito de venta de una obra artística robada y perteneciente al Patrimonio Nacional.

La funcionaria Calderón dio su versión hace cerca de dos meses.

—¿Por qué emitió ese documento?
—Es algo muy delicado. No puedo hablar porque la investigación está en proceso. Ya declaré.
—¿Rivero Lake le pidió a usted elaborar el documento?
—Se lo pidió a otra persona que no puedo decir.
—¿Rivero Lake es su amigo?
—Todo lo contrario. Con este señor tengo muchísimos problemas de llamadas, de amenazas de todo lo que se le ocurra.
—¿Porqué salió ese lienzo de México?
—El documento sólo informa que la pieza no está a resguardo directo del INAH. Yo he sido un estorbo para que (Rivero) continúe cometiendo ilícitos. Antes le detuve cosas ilícitas y está muy enojado conmigo. Usó dolosamente el documento porque no es una autorización de compra-venta ni de salida del país.

Sin embargo, como se indica párrafos arriba, el documento firmado por la también restauradora sí avala la comercialización.

Si puedes brincarla, mejor

Entrevisto a Rivero frente a una mesa de pietra dura florentina del siglo XIX, con marquetería de lapislázuli y fósiles. Junto a mi grabadora hay una caja poblana de 1730 con esgrafiado de hueso, carey y clavos de plata.

—¿En el caso de “Adán y Eva” fue víctima de un vendedor de arte robado, a quien usted le compró la obra?
—Yo no la vendí, apenas estuvo metidita mi mano. Es una cosa delicada. Si puedes brincarla, mejor.
—Gente del museo de San Diego dice que fue usted.
—Dicen que fui uno de los agentes.
—¿Le fue complicado venderla al museo?
—No.
—¿No?
—No, si tienes la pieza y el museo el interés: en todos los museos hay agujeros que cubrir para seguir el guión museográfico.
—¿No se imaginó que era robada?
—¿Cómo imaginarme, cómo saberlo?
—¿Cual fue su papel en la venta de “Adán y Eva”?
—Se recuperó la pieza, qué bueno que está en su lugar original.

En un fax enviado semanas después de la entrevista, Rivero indicó: “El año pasado un juez de distrito resolvió que no existen elementos de prueba que acrediten mi probable responsabilidad en el robo de la pieza Adán y Eva, criterio que fue corroborado por un tribunal unitario de circuito (…) Puedo afirmar categóricamente que no he robado esta pieza.” Sus abogados secundaron el dicho del coleccionista y mostraron extractos de la resolución perteneciente a la causa penal 1962006 del juez primero de distrito.

Sin embargo, el 30 de mayo la PGR proporcionóel oficio DGPDSC/UEAI/2347/2007, en el que aclara que la averiguación previa aún está “en trámite”.

Inspiración divina

Antes de viajar a Estados Unidos, Adán y Eva arrojados del paraíso era una desgracia. En 272 años nadie le restauró un milímetro. Un tamiz café-verdoso imposibilitaba identificar más de dos o tres de los casi 100 animales (aves, mamíferos y reptiles) que rodeaban al primer hombre y la primera mujer. La espinilla de Eva tenía una rotura. La cabeza de la serpiente, una fractura triangular. Y el tiempo dejó en la miseria al caballo principal: corroído el lienzo, en lugar de su cabeza y patas se veía la base almagre sobre la cual el pintor creó la escena.

Para colmo, la brutal incisión con la que el ladrón cortó la pintura dejó en el bastidor la mitad del rostro de Dios, parte del manto de San Miguel, un pie de Adán y los cuerpos de tres pollos que miraban atentos a los dos primeros seres humanos de la Tierra.

En tales condiciones, ningún museo hubiera comprado la obra. No obstante, enviarlo a un restaurador profesional implicaba un severo gasto y una laboriosa indagación histórica. La solución era cederla a un buen pintor.

La primera acción del artista –cuya identidad es un misterio–, fue limpiar el barniz original. Pero el solvente usado fue tan poderoso que eliminó la pátina que da a la obra su espíritu antiguo. En lo cromático su labor fue notable: logró sutilezas en los ocres del cielo, en los verdes de los árboles y los cafés de las montañas. Sin embargo, usó pintura acrílica, cuando el original se elaboró con óleos.

Y siguieron los pecados: para dar simetría al cuadro agregó figuras que el original no presentaba. Para ello, añadió una banda de algodón donde pintó lo que Dios le dio a entender. Al Huerto del Edén le inventó dos querubines. A la derecha ideó montañas, flores, frutales y un conejito. Y tapó parte de la leyenda de la obra, “Aquí es el destierro”, pues al quedar nueve letras en el bastidor original, el pintor no tenía idea qué decía esa frase inconclusa.

Como el lino original era más grueso, igualó con resistol el grosor de la banda de algodón. Al cristalizar, ese pegamento fracturaría la obra pues la tela no responde de forma natural a los cambios climáticos.

Aunque la suma de imprudencias fue pasmosa, al concluir el pintor entregó a su cliente un cuadro exuberante, pleno de acción y símbolos. Una ridícula colección de fallas dio a luz una pintura muy atractiva.

El lienzo fue expuesto en el museo con un pomposo marco tallado de 2.15 por 1.55 metros, réplica de estilo colonial, de casi 40 kilos.

El tallador consentido de la Residencia Oficial de Los Pinos, Jaime Hernández, me recibió una mañana en su taller de San Andrés Tetepilco, al oriente del DF, donde ha creado marcos para obras de Francisco Toledo, Diego Rivera, Vicente Rojo o Luis Nishizawa. Le mostré la foto del marco de “Adán y Eva”.

—Este marco es mío, yo se lo hice (a Rivero Lake).
—¿Cómo lo realizó?
—En mes y medio de trabajo, es un marco trabajosito. Usé cedro rojo que compré en Iztapalapa. Lo preparo así: coloco la plantilla y arriba calo la madera con una gubia. Pongo blanco de España, pulo y le doy bol rojo de Bélgica. Le aplico oro de hoja de Inglaterra. Lo barnizo y patino para que se vea antiguo. Y le incrusté unos pequeños espejos.
—¿Rivero le trajo la pintura para que usted viera las dimensiones?
—No, él me da las medidas… son obras delicadas.
—¿Y cuánto costó?
—Unos tres mil dólares.

Así, a menos de 180 días del robo, la pintura estaba lista para ser vendida. A fines de 2000, el museo de San Diego pagó 45,000 dólares por ella. “Debió llegar con todo y marco a Estados Unidos, embalada en una caja de madera de alta resistencia. Seguramente viajó en el área de carga de un avión”, dice Lucía de la Parra, restauradora del INAH.

2,300 horas de trabajo

La pintura fue exhibida en San Diego varios meses. Cuando Cartwright, director del museo, fue notificado de la investigación judicial, retiró la pintura y acudió al Consulado de México en San Diego para pedirle al cónsul Luis Cabrera que de inmediato le aceptara la obra: no quería prolongar el desprestigio. Pero el Consulado le pidió respetar el proceso judicial estadounidense.

El 23 de agosto del año pasado, el museo recibió la orden de sacar la pintura de su bodega. Ese día acudió al Consulado una multitud de medios, entre ellos The San Diego Union-Tribune, Associated Press, NBC, Fox News y ABC. Por fin, el gobierno de Estados Unidos entregaría Adán y Eva arrojados del paraíso al gobierno de México. En la ceremonia sólo se mostró una reproducción fotográfica de la pintura, pues para ese momento volaba como “valija diplomática” en un avión de DHL.

La Secretaría de Relaciones Exteriores entregó la obra al INAH en una ceremonia a la que fueron invitados 13 pobladores de San Juan. El 28 de noviembre pasado, en su traslado de Tlatelolco a el Ex Convento de Churubusco, la pieza viajó en una caja de seguridad en un camión escoltado por la Policía. Una vez restaurado ahí, se cederá al gobierno de Hidalgo.

La restauradora Lucía de la Parra se ha hecho cargo de los trabajos sobre el cuadro, que ya casi concluyen. En siete meses, ha laborado con su ayudante ocho horas diarias para eliminar el bello y atroz repintado que la obra sufrió antes de viajar a San Diego. En septiembre, al concluir la reparación, habrá sumado con su ayudante 2,300 horas de trabajo. Lo último será unir la tela con su “eslabón perdido”: el bastidor dejado por los ladrones en la iglesia hace siete años. Dios Padre volverá a tener los dos fragmentos de su cabeza.

Mejor hablemos de La Monalisa

La habitación de Rivero es delicadísima, alfombrada. La cabecera turquesa de su cama es peruana, decorada con un hombre que dispara a un ave. El anticuario toma un libro, El Paraíso de los Pájaros Parlantes y lo abre para mostrarle una imagen a la fotógrafa: es el cuadro La Muerte, de 1739, con un demonio transportando una copa. Rivero cuenta algunas proezas: ha hecho de todo, hasta disfrazarse de cura, para poder trasladar sus antigüedades.

Frente a la cama hay un cuadro del flamenco Martin de Vos, del siglo XVI, y otro de un ángel arcabucero, típico del Cusco, el departamento peruano donde Rivero fue acusado hace tres años de robar el mural Coro Celestial, para lo cual debió desmontar la pared de una capilla, como él mismo reconoce en la entrevista.

Al posar, Rivero canta: “Para ti soy libro abierto / escribe en mí, te necesito”. Es un romántico puro, ortodoxo. Hay muchos CD’s asiáticos desperdigados: Ustad Zia Fariduddin, Nusrat Fateh Ali Khan…

Hablamos nuevamente. Según fuentes con acceso a la averiguación previa, Rivero declaró a la PGR que adquirió Adán y Eva arrojados del paraíso a unas ancianas de provincia que decían que el óleo pertenecía a su familia. A mí me indica otra cosa.

—¿Quién le vendió a usted la pintura de San Juan Tepemasalco?
—Se compra por patronatos. No me gusta hablar de eso. Hablemos mejor de La Monalisa. Un día entró un señor con una bici vestido de empleado del Louvre por la puerta principal del museo. La descolgó y se la llevó en bici. Luego…
—¿Qué patronatos?
—Estoy en muchos patronatos.
—¿No le convendría abrir la información?
—No oculto. Son delicadezas jurídicas. Todo lo que se ha tenido que pagar se ha hecho. La pieza está de regreso sin ningún problema.
—¿Ya devolvió el dinero al museo?
—No ha habido problema. Ha sido algo muy alivianado.
—¿Cómo viajó la obra a San Diego?
—Si ese es el tema de conversación, créeme que no sé. No es un tema interesante, ni agradable. Mejor termino de contarte lo de La Monalisa.

Nueva tentación

Conocí hace poco San Juan Tepemasalco. Al sacristán “Pancho” me lo topé mientras descansaba sobre unas piedras en lo que llegaba el camión del gas. Cuando al ex delegado Crescencio le pregunté qué había pasado de interesante en el pueblo, que no fuera lo del cuadro, me dijo: una vez “alguien” mató el animal de un vecino; una gallina, si mal no recuerda.

Ya en la capilla, vi la pared vacía donde estaba la pintura y agarré la soga amarilla por donde bajaron los ladrones. Subí a la cúpula y observé desde arriba al pueblo. San Juan son cinco manzanas polvorientas donde la gente cría puercos, gallinas y guajolotes. Comen sus cultivos: maíz, frijoles y haba. Aunque algunos dicen que son 250 habitantes, otros lanzan cifras temerarias: son 300. El problema es que el censo los incluye en Zempoala, la localidad aledaña, con la que hay una rivalidad futbolera: el River de San Juan Tepemasalco contra los Cariocas de Zempoala. Ahí sí se arma.

Una tarde platiqué con Guadalupe Pérez, hasta hace poco delegada del pueblo. Ella suele reunir a la gente para actualizar las noticias sobre “Adán y Eva”, que regresará en septiembre; antes, quizá, que la PGR dicte sentencia. Para evitar otra desgracia, a la capilla le instalarán un sistema de alarmas. “Esto del cuadro nos dio realce. Ya todo el país sabe de San Juan Tepemasalco”, dice Lupita, entusiasmada. Recibirán la pintura con una gran verbena.

—¿En San Juan hay algo de lo que se enorgullezcan?
—Pues de la iglesia, hay tres tienditas… Ah, de nuestro órgano. Es del siglo XVI y está ahí, en el coro, con su fuelle. Mire, véalo desde aquí. Es chiquito y cada flauta tiene una pintura.
—¿Y funciona?
—No. Pero ya vino alguien que decía que era el cura de la Catedral de México. Pidió llevárselo para arreglarlo. “Lo arreglamos con nuestro presupuesto y luego se lo traemos”, nos ofreció ese señor.

Hasta ahora, el órgano sigue en el pueblo.

Al alba, el reloj señala las cinco y diez mientras Gerardo Chan Chan prepara una rebanada de pan con frijoles que le servirá de desayuno. Afuera el termómetro marca ya 28 grados centígrados, preludio de lo que será otra vez una jornada abrasadora. En la radio un adormecido locutor narra los titulares del día: “Un hombre acuchilla a su esposa en Maxcanú a causa de celos”, “Un homosexual es apresado en la Plaza Grande de Mérida por ofrecer favores sexuales”, “Los Leones jugarán esta noche en Kukulcán”. A las seis, el himno nacional resuena en la pequeña habitación mientras Gerardo toma su mochila y se dispone a salir rumbo al trabajo. Es viernes 8 de junio por lo que al mediodía deberá interrumpir su laboro para viajar a Mérida, al hospital general y cumplir con su cotidiana revisión mensual del VIH.

“El SIDA me ha traído más bien, que mal. Por él ahora aprecio más las pequeñas cosas de la vida: que el sol, que la lluvia, un amanecer, un nuevo amigo…”, musita Gerardo mientras remueve la tierra vieja. Se ocupa como jardinero desde hace tres años en casa de “unos ricos de la ciudad que se vinieron a vivir acá”. Es el pueblo de Sitpach, Yucatán, de apenas 1.500 habitantes y donde hasta hace no mucho tiempo se escuchaba de boca en boca la historia del Keken, el hombre puerco: la historia de Gerardo desnudo y maltrecho viviendo en un chiquero.

El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron.

“Mi homosexualidad inició cuando yo tenía
unos 7 años. Desde la primaria siempre me
cotorreaban mis compañeros diciéndome
que era yo un afeminado por lo que me
gustaban las cosas femeninas, como las
zapatillas, no sé, tenía yo algo de… me
gustaba jugar a las muñecas.
Me daba cuenta de que no era yo, bueno, se
decía que no era yo normal. Y poco a poco
empezaron mis compañeritos a
enamorarme y así, cuando me di cuenta, ya
estaba yo en el rol de la homosexualidad.
Obviamente no había yo, como decimos
ahora, salido del closet. Trataba de ocultar
mi homosexualidad, con eso de que la
religión que dice que “eso está mal” y que
me inculcaron esto… entonces como que
todavía yo no me descubría a mí mismo y
no quería salir. Me avergonzaba de mí
mismo”.

Podar las ceibas, regar las rosas y cortar algunos geranios que le servirán para adornar la casa de los patrones. Se siente contento del jardín que ha logrado confeccionar. Particularmente le enorgullecen sus flores. Las hay de color amarillo, rosa, carmín y violetas. De entre todas ellas, sus preferidas son los girasoles porque dice que son como él mismo: se acoplan a la vida. A veces, mientras corta el césped o unta abono a la tierra negra, Gerardo recuerda los días difíciles: aquellos días cuando sus padres al enterarse que estaba contagiado con la mala enfermedad lo orillaron a vivir en el chiquero que está detrás de casa. Días de castigo. Días de nadie. Días en los cuales no podía relacionarse con sus queridas hermanas, ni con amigos del pueblo o vecinos. Días de ausencia. Condenado a un rudimentario cuartucho de 3×3 en el que solo cabía él, un perro ocasional que le visitaba y las ganas de morir, Gerardo pasaba las horas esperando la nada.

Se siente confuso al rememorar si fueron seis meses o un año los que vivió en esas condiciones. Solo recuerda que se quedó sin ropa ya que su vestimenta era quemada inmediatamente después de cada vomito “para que no contagiara a nadie”. Recuerda también los platos desechables y un destartalado bote de plástico que en sus mejores días albergaba un yogur sabor fresa de la marca Danone. Ése era su vaso. Así eran sus utensilios para comer. Su mesa era el suelo rocoso y una vela a medio uso parecía ser la única luz que llegaba a su vida. Cuando la vela se acababa, la zozobra y soledad de Gerardo no tenían fin. “La pasé mal, pero los perdono y los comprendo: en ese tiempo, año 2001, nadie en el pueblo sabía nada sobre VIH y sus formas de contagio. Me convertí en la peste del pueblo”.

Mientras conduce su bicicleta rumbo al trabajo, Gerardo tararea esa canción de Willie Colón que resulta ser un himno: “No se puede corregir, a la naturaleza, árbol que nace doblao, jamás su tronco endereza”. Al llegar a su jardín, pregunta parsimoniosamente a las flores cómo fue la tarde del día anterior. El viento las mueve, como queriendo contestarle.

“En el 2001 llegó mi recaída; ya no me pude
levantar, se me caía el pelo, ya no podía
trabajar. Mi mamá ya sabía de mi
enfermedad para ese entonces, pero nadie
más. Vivía en casa con diarrea diaria y
medicamentos recetados por mi madre,
como pepto-bismol, hasta que llegó el
momento en que papá me preguntó: ‘¿Qué te
está pasando?’, a lo que respondí; ‘¿quieres
realmente saberlo?’. Siempre tuve mucho
pleito con él y por ello hasta con orgullo se lo
dije, por el rencor que le tenía: ‘Tengo SIDA’.
Enfadado me reviró; ‘¿Cómo va a ser? ¡Me
estás engañando!’. Nunca en mi vida lo
había visto llorar. Cuando se calmó me dijo:
‘Hoy vas a irte a vivir al fondo del patio, al
chiquero, donde los marranos. Ahí vas a
vivir’. Pintó una raya en el suelo y me dijo,
‘¡De aquí no pasas! Ahí se te va a llevar tu
comida’. Yo ya estaba cansado física y
emocionalmente, ya no podía yo rebelarme,
así que acepté”.

“Cuando supe qué es lo que está haciendo mi
hijo, pues me entristecí porque a nosotros
no nos está acostumbrado que un hijo se
trata como a una mujer cuando no es mujer;
pues nosotros cuando nace uno de tus hijos
estás contento porque sabes que es hombre
pero de un momento te dice ‘soy mujer’,
pues claro que no te lo va a decir rápido.
Pues de lo que yo no entendí es que entró a
trabajar en una casa y su trabajo, para
nosotros, no estaba acostumbrado porque es
trabajo de una mujer, entonces ¿cuál es su
oficio? En lugar que se vaya y busque
trabajo bien, porque dentro de nosotros no
se está acostumbrado, como campesinos que
somos, que un hombre vaya a trapear, para
nosotros no es trabajo de un hombre, es
trabajo de una mujer y empecé a mal
entenderlo”.

***

Junio del 2006
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

El albergue Oasis ofrece atención y estancia a portadores y enfermos terminales de SIDA y es la última morada que brinda cariño y cobijo a quien ya nada tiene. Allí las necesidades son tantas y los medios son tan pocos que la realidad obliga al enfermo a servir como enfermero propio y de otros; a cocinar; a ser confidente y poner el hombro; a limpiar los pasillos y los pequeños cuartos; a buscar esa vena aún no tan maltratada para inyectar; a bañar a otros menos fuertes y a reír mientras se pueda: el interno en Oasis es todo y es nada.

Tomé el autobús de la capital Mérida hacia Conkal una mañana en que el sol ya empezaba a derretir el entusiasmo. Uno se acostumbra a respirar poco a poco a riesgo de sentir como si el hálito quemara las entrañas. A mi lado viajaba un joven de rasgos mayas y entonces se aviva la pregunta sobre qué significa ser maya hoy en día. El camión estaba repleto de gente, gallinas y nostalgias a Peón Contreras. Aunque el trayecto de la capital Mérida hacia Conkal no es largo, el autobús hacía múltiples paradas; ya sea para bajar a la señora que había viajado a la capital a vender hamacas el día anterior, o ya sea para subir al señor que llevaba su par de chivitos a vender al pueblo de Chicxulub, más al norte de Conkal.

Al llegar al pueblo se tiene la impresión de haber viajado en la máquina del tiempo. El municipio es prácticamente plano, formado por llanuras de barrera con piso rocoso y ceibas, el árbol sagrado de los mayas. De vez en cuando una chachalaca cantaba a lo lejos o una iguana cruzaba en mi camino y aunque el poblado de poco más de seis mil habitantes llegó a albergar el cuarto convento franciscano de los tiempos en que el catolicismo español evangelizaba indígenas, éste luce ahora abandonado y semidestruido. Según el historiador Manuel Rejón, el nombre de Conkal proviene de una hermosa flor que se llama cuunka o kahyuc, pero dicha flor se esconde al visitante.

Un frágil viejecillo me recibió en un tendejón; le pregunté por la ubicación del albergue Oasis a lo que me respondió “¡ah!, el lugar de los enfermitos”, así, en diminutivo. “Por diez pesos yo lo llevo en mi bici-taxi, el albergue está lejos”. Después supe que el anciano se llama Camilo, supe que tenía 74 años y que había nacido en Mocochá, pero Mocochá es muy pequeño y prefería venir a trabajar cada día hasta Conkal. “No se quede mucho tiempo allí joven, el lugar está lleno de muertitos en vida”, advirtió mientras pedaleaba.

Al llegar al albergue dos niñas me reciben gritando “¡allí viene el lobo, allí viene el lobo!”. Horas después, mientras me cuenta la historia de su vida, Gerardo me muestra el vivero que construye detrás de las ceibas que bordean al albergue:

“Ahora vivo más tranquilo.
Aprendí que hay que darse a la vida sin
esperar nada a cambio. Lo que viene lo acepto y los días
son
unos iguales a otros.
Pero ¿sabes?, algún día saldré de aquí.
Ya me siento fuerte, con ánimos.
Quisiera trabajar. Quizá cortando el pelo o
cuidando plantas: ¿conoces tú algún lugar en
Mérida donde
me quieran dar trabajo?”.

La mirada y fisionomía de Gerardo se asemejan al Bacchino malato (1593), de Caravaggio.

Su historia de vida también.

***

6 de agosto del 2012
Sitpach, Yucatán

“Sé que algún día, cuando ya no tenga más
fuerzas, entonces tendré que regresar al
Oasis. Mientras ese día llega, no dejaré que
nadie más me llame agachado, ni que me
pise, ni que me haga sentir menos. Yo sé
mis derechos”.

Gerardo guarda una cajita escondida debajo de su cama. En ella atesora una piedra de color grisáceo la cual, dice, era su única amiga en los días en que nadie quería hablar con él. “No tiene nombre, pero ni falta le hace, nos entendemos muy bien”.

El día que me despedí de Gerardo llovió como nunca. Después del aguacero me dijo con una grande sonrisa: “¡Mira!, la lluvia lavó el cielo”.

Entonces me sentí limpio.

***

Domingo, 23 de mayo del 2010
Albergue Oasis. Conkal, Yucatán, México

Morgan, el perro, es la mascota de la gran familia llamada Oasis. No tiene cola pero sí muchas garrapatas en las orejas. Cada vez que uno le pide la pata solo recibe como respuesta una juguetona mordida. A Morgan lo bañan cada domingo horas antes de que inicie la transmisión por televisión del partido de fútbol, es entonces cuando gran parte de los compañeros de Oasis se reúnen a ver la feria de goles. No son muchas ni comunes las actividades que congregan a los internos de este albergue; quizá solo la misa de los miércoles, la comida al mediodía, el cumpleaños de alguien o el día en que la muerte y el virus vencen a otro compañero. Y es que portar VIH jode el ánimo y a veces solo quedan ganas para dormir, dormir y dormir, esperando la lenta última hora.

Situado a las afueras del poblado, para llegar a Oasis hay que pasar justo a un lado de la iglesia del Sagrado Corazón, en la Plaza Central, donde el párroco local, Jesús R., en su homilía de hace no muchos días dijo que los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; que la ley de Dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van a entrar al reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa. El domingo que el cura Jesús R. pronunció estas palabras en Oasis el televisor proyectó un partido en el que el Atlante ganaba 3-1 al Santos.

***

Martes, 12 de abril del 2011
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Algunos mejor que otros pero todos ayudan.

Se limpia el baño cada segundo día, el chiquero de los puercos cada fin de semana y el depósito de agua cada dos semanas. Aunque no está escrito en ningún lugar, los internos dividen sus tareas no acorde a sus conocimientos y habilidades sino a su estado de salud: los más fuertes dan de comer a los puercos y lavan los baños; los menos fuertes se encargan de la cocina y de barrer. Los que ya no tienen mucho camino por seguir, ellos descansan en una habitación especial a la que llaman el cuarto X o cuarto de salida. Allí llegan pacientes en fase terminal más o menos conscientes de que viven sus últimos momentos.

Después de ello, la nada.

La estancia es pequeña, con paredes de color verde turquesa y dos ventanas sin cortinas. Pocos sonidos llenan la sala; solo un parsimonioso ventilador y un único paciente que más que respirar, jadea. Carlos es su nombre pero nadie conoce su apellido. Pasa ya de los cuarenta años y fue llevado a Oasis desde el hospital general apenas el viernes pasado. Él quería morir en paz, lejos del anonimato y la frialdad del hospital. La gente de Oasis ya le conocía. Carlangas le llamaban con cariño.

Amarillo. Todo alrededor del albergue Oasis es amarillo: sus paredes, los platos viejos, el cielo del atardecer, el papel corroído del primer análisis con el que Carlos se enteró que era seropositivo, la dosis de Efavirenzque Juan olvidó ingerir, los ojos de Manuel quien descansa en el cuarto “de salida” destinado a quienes sus respiros están ya contados. Amarillo, en Oasis todo es amarillo. Del color de la orina cuyo olor invade la bodega cuando el calor arrecia en Yucatán. Del color de los días iguales, unos tras otros a la espera de que algo cambie.

Oasis es amarillo.

Son las cinco de la tarde y Reyna Patricia esboza una sonrisa apretada. “Estoy hasta la madre de este lugar, ya me quiero ir, pero no sé a dónde…”.

“No hay ninguna guerra. O sea yo siempre he
tenido clara esa, esa…
las dos facetas de mi vida, las he tenido siempre
bien claras.
O sea la prostitución es un hobby,
la prostitución es diversión,
la prostitución es pasarla bien,
la prostitución es placer,
la prostitución me da un poco de satisfacción
sexual,
y nada más.
La cocina es mi vida, la cocina es arte, la cocina
es lo que me apasiona,
lo que amo, lo que disfruto, lo que gozo. Pero
interno, me explico? Porque nace desde muy
dentro. O sea nace desde adentro”.
“…disfruto las dos facetas de mi vida,
ser Rey y ser Reyna Patricia.
Es siempre estar en medio del camino”.
“O sea, vivo ese momento, lo disfruto, vivo toda
esa faceta, vivo toda esa
transformación. Vivo esa emoción, esa
adrenalina,
eso que se siente dentro de mí.
Y se termina, vuelvo a regresar a casa, vuelvo a
regresar al cuarto,
me vuelvo a desmaquillar, vuelvo a quitar todo,
me vuelvo a
poner la ropa normal, y amanece
y soy Rey”.

“Un buen cliente, uno que lleve toda su semana,
con una cartera llena de dinero y se la pueda robar.
Entonces
ese es un buen cliente,
no importa que sea gordo, joven, viejo, chaparro,
una verga grande, una chiquita, gruesa, delgada, lo
que sea.
Lo importante es eso; que lleve eso, ¿me explico?
Con que lleve eso
sería suficiente, seria excelente una noche.
¿Pero y si no?”.

***

Viernes, 29 de julio del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reyna Patricia tiene miedo a morir.

Frente a un ruinoso espejo en el que se observa un poster de Shakira, Rey abre su estuche de maquillaje mientras se mira con orgullo los pechos que aun conserva en su rechoncho cuerpo de varón maduro: “la cosecha de hormonas inyectadas en mis tiempos de juventud”, dice con una sonrisa.

Reyna Patricia es baja, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Reynaldo, tiene 40 años y desde hace cinco sabe que es seropositivo. Se pavonea caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta los hombros y vestida con una minifalda y una blusa carmesí. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

Reyna Patricia solo quiere regresar al tiempo en que no era portadora del HIV.

“¿Qué si en dónde obtuve el virus de…?,
creo, que en Ciudad del Carmen, Campeche,
creo.
No estoy al cien por ciento seguro,
ya que en ese entonces viajaban por varios lugares
de la República, Estados.
Así que no puedo tener una certeza si fue en alguno
de esos viajes,
si fue en la Isla, si fue a bordo de barcazas o barcos.
No hay una seguridad en donde fue.
Lo que sí sé que a la edad de… a los treinta y seis
años, en una prueba de VIH
que se hizo en el hospital general de la Ciudad del
Carmen, Campeche, al ir a recoger los exámenes,
me dieron la noticia de que era seropositivo.
Fue la peor noticia del mundo, lo… lo más espantoso que
se pudo haber escuchado,
lo más horrendo que me pudo haber pasado.
No me quedó más que escapar. Escapar de la
realidad
porque no puedo decir que enfrenté en esos
momentos la situación, sino que la esquivé,
la evité, traté de olvidarla. Así fue mi salida de la
Isla (de Campeche)
a la ciudad de Cancún en donde empecé a
dedicarme a la hotelería
y a la prostitución.
Y empecé a vivir mi vida dándole rienda suelta a
todo. No me importaba nada en ese momento. Lo
que quería era autodestruirme,
acabar conmigo mismo, acabar con mi existencia,
acabar con todo porque
me decía que ya no tenía caso seguir viviendo.
No asimilaba, no aceptaba vivir con el VIH”.

“Fue una época bastante difícil, fue una época
bastante mala.
Guardando un secreto tan grande; no se lo podía
platicar a nadie.
No tenía el valor para hacerlo. Ni amistades ni
compañeros, nadie. No.
Ni a mi familia, porque ni a mi familia le dije nada.
Hasta el momento no le he dicho nada.
Mucho menos se lo iba a platicar a un extraño en
aquel se entonces.
Viví ese tipo de vida allá en Cancún; arrastrando ese
secreto, arrastrando esa frustración.
Eso fue lo que me llevó a hundirme más en las
drogas: meterme en la piedra, consumir más
cocaína,
inyectarme heroína… o sea quería acabar con mi
existencia. Pero al final a lo único que
me llevó fue a desgastarme más hasta el grado de
llegar a hospitalizarme”.

“Fue que llegué en aquel entonces, 28 de febrero
llegue a Oasis por primera vez”.
“Oasis… A veces yo he dicho que… Es un lugar
que existe.
¡Qué bueno que existan lugares como ese! Porque
verdaderamente puede
ser de ayuda a mucha gente con necesidades. Yo
Oasis lo he agarrado
como botiquín de último recurso. Hasta cierto
punto a veces me siento bien ahí,
y hay momentos en que me asfixia la vida de
Oasis,
a veces me desagrada todo lo que pasa, todo lo
que… Ver tanto sufrimiento de los demás, tanta
hipocresía…
me hace impotente”.

“Llego en un cuarto, me encierro. Llego, me
encierro, veo las cuatro paredes, me siento solo.
Una soledad que te cala, que te frustra, que a
veces me hace pensar para qué luchar,
para qué seguir.
Hay momentos en que no se le ve sentido a la
vida.
Luego con esta chingada enfermedad
vivir a base de pura chingada pastilla, llega un
momento en que te sientes agotado,
te sientes cansado”.

***

Martes, 7 de agosto del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reynaldo. Rey. Reyna Patricia. Reynita. De ojos como espejo y manos de hombre de mar, me abrió su vida de par en par. Así supe que en los días en que se siente triste Reyna cierra los ojos e imagina otros ayeres, cuando trabajaba como cocinero en una plataforma petrolera en medio del Golfo de México. Entonces era ella la única diva en medio de un mar de obreros: 60 días a la mitad de la grande mar vendiendo favores a quien quisiera y en cuánto quisiera. Era ella quien manejaba gustos, tiempos y caprichos. Era ella quien manejaba al destino.

Hoy su agenda es distinta, el virus le recuerda que debe desvelarse poco, tomar los medicamentos, comprar decenas de condones e intentar comer bien. Pasa su vida entre el albergue Oasis y Playa del Carmen, Quintana Roo, a donde siempre regresa en cuanto su fuerza se lo permite y su falta de dinero se lo exige.

Así han sido ya los últimos cinco años de su vida: lejos del mar de su juventud y cercana al farol de cualquier esquina.

“No creo llegar a diez años.
O sea no es mi meta en la vida llegar a esa edad.
Siempre he deseado acabar joven,
bella y hermosa”.

***

—Compa, ¿me da chance de partirle la madre a este putito? –preguntó Alex al chófer del taxi que los llevaba de regreso a casa. Sus ojos estaban llenos de ira, de celos, de coraje.
—Mientras no me ensucien el asiento, yo no veo ni digo nada –respondió indiferente el conductor.

Entonces Deborah sintió caer sobre sí años de maltratos de su padre, reclamos de su novio Alex y todos los leñazos que la vida le había propinado. Todo allí, en ese momento, en ese taxi de color verde. Fue cuando lo decidió. Pensó para sí misma, en medio de aquel torbellino de golpes, que no tenía por qué seguir soportando más. Como pudo, abrió la portezuela del taxi y se aventó a la orilla del camino mientras el taxi seguía su rumbo.

Ensangrentada a altas horas de la noche y con la ropa maltrecha, Deborah se acercó al Hotel Paraíso y tuvo la suerte de encontrar a Manuel, su amigo de la infancia quien trabajaba allí como velador del estacionamiento.

—Préstame dinero, no seas malito.
—Chingado Deborah, ora sí que te partieron la madre. Toma, es todo lo que tengo.

Deborah recordó a María quien le había platicado del Oasis.

Al amanecer, con hambre, desecha y con frío, Deborah tomó el primer autobús que le llevaría de Mérida a Conkal. Al llegar, Carlos Méndez, director del albergue, le extendió una frazada.

—Claro que te puedes quedar aquí. ¿Qué sabes hacer?
—Pues la verdad nada, respondió Deborah.

A partir de entonces Deborah comprendió que cuando decidió huir de ese taxi huyó también de toda una vida pasada.

Aprendió a cocinar y a coser. Conoció a José y al amor. Empezó su rutina médica e intentó, sin éxito completo, dejar las drogas.

“Ahora ya solo fumo churro y chemo.
Ya dejé las duras”.

Un día en que Carlos Méndez la regañaba por haber quemado el pavo de Navidad a la hora de cocinarlo, Deborah supo que era el momento de saltar de nuevo por la portezuela. Ahora era más fuerte. Ahora tenía ya un amor.

***

Sábado, 26 de febrero del 2012
Motul, Yucatán

Mientras un pequeño perro ruano lame sus pies, Eyder Manzanero se dispone a iniciar el ritual de lo habitual. Es sábado y hace falta dinero para pagar la renta pasado mañana. José, su pareja, tuvo la mala hora de gastarse en cervezas el poco dinero que había ahorrado este mes, producto de un trabajo ocasional como albañil en una escuela del pueblo vecino, Tixkokob. Ahora Eyder –o más bien Deborah- tiene que enmendar la resaca de José.

Con la delicadeza de una quinceañera, Eyder aplica una base de maquillaje en su rostro. Después la distribuye uniformemente hasta que su cacariza piel de hombre adquiere una tonalidad similar a la de “una doncella maya, ¿o no lo parezco?”, me pregunta desafiante con esos grandes labios carmines. Me pide le ayude a escoger sus aretes aunque le confieso que los adornos me dan lo mismo. Entonces me responde ya no como Eyder, sino como Deborah: “Ustedes los hombres no saben nada de nada”.

Tacones con plataforma alta resuenan en las banquetas del pueblo de Motul. El autobús que viaja a la capital Mérida no tarda en llegar y Deborah apresura el paso rumbo a la parada oficial. Una vez dentro, y ya que el trayecto toma poco más de una hora, Deborah aprovechará para darse los últimos retoques y además hojear la revista Vanidades que guarda en su bolso de color vino. Mientras ella intenta responder un test de opción múltiple que se titula ¿Eres lo suficientemente cool?, un par de viejecillas del asiento vecino cuchichean algo que parecería estar destinado a Deborah. Ella parece hacer oídos sordos a todo. Su mundo es su cabeza.

Nuestra primer parada es el bar La Oficina. Dos cervezas de litro y música de los años setentas invaden mi cabeza. Deborah ha dejado de poner atención al periodista y a la fotógrafa que estamos frente a ella en la misma mesa. Aunque no lo parezca, está ya trabajando: lanza miradas como anzuelos y parecería que un hombre de una mesa contigua a la nuestra será el primero a quien venderá sus amores peregrinos a cambio de una sonrisa y 200 pesos. Mismos que le servirán para completar la renta de pasado mañana lunes, cuando Eyder empiece de nuevo su semana normal en Motul.

***

Después de tres días de amnesia a causa de los muchos sicotrópicos que ingirió dentro del penal a donde había caído por tercera vez, Deborah se despertó con una nueva sorpresa: un tatuaje en forma de flor en su espalda donde se alcanza a leer Eyder / Chako, en referencia a sus dos vidas.

***

Mientras los habitantes del pueblo de Motul se preparan para regresar del trabajo a casa, Deborah se alista para salir a trabajar a las calles de la capital Mérida. 200 pesos servicio completo; 70 pesos una cachucha (sexo oral).

“Mis compañeras fueron las que me
empezaron a inyectar hormonas y aceite
comestible en forma de triángulo en cada
pompi. Luego íbamos a talonear y me
gustó: nunca olvidaré la primer noche,
gane 1.500 porque me metí con tres
hombres, así empecé y ya luego la escuela
no me importó, ¿pa’ qué?”.

“Por mil pesos. Dejé que me infectaran de
VIH por mil pesos. Por tener un poquito
más que las demás esa noche”.

“Quisiera hablar con mis familiares, hablar
de en dónde me van a enterrar cuando yo
ya no esté aquí. 16 años ya que me
diagnosticaron, desde que tenía yo 19
años”.

***

17:30
Motul, Yucatán

José, pareja de Eyder, espera sentado en la hamaca a que su pareja se convierta en Deborah.

Ya en Mérida, la Calle 58 es el paraíso de la prostitución: las hay jóvenes y guapas que desertan de Cancún ante la dura competencia: las hay locales y maricas. Eyder, Deborah, ocupa el último escalafón en la pirámide del sexo-servicio. El final de la Calle 58 así se lo recuerda. El ambiente es pesado, huele a licor mal destilado y lujurias por cumplir. Payaso, de José-José, suena en la rocola mientras Deborah hace cuentas en voz alta: “con esto tengo para un churro y unas guamas. Condones y medicinas. La renta y tortillas. ¡Hasta pollo alcanzaré!”.

Deborah; maya, homosexual y seropositiva, vio en la prostitución la única puerta de salida para una vida de condena continua. Orgullosos de los indígenas solo cuando aparecen en los libros de historia, la sociedad mexicana ha orillado a esta cultura a trabajos de mierda: construyendo hoteles de lujo para turistas o limpiando casas de ricos al norte de la ciudad.

“Es difícil ser maya, marica y tener sida. Jodida está la cosa”, nos dice Deborah antes de levantarse de nuestra mesa para empezar su jornada de trabajo.

Por qué se suicidó Gabriela

Publicado: 11 noviembre 2013 en Gabriela García
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Juan Marín Mejías (24) había hecho una promesa después de la reciente muerte de su hermana Gabriela: no llorar. Pero el 12 de octubre, solo en el living de su casa en San Fernando (VI Región), no pudo mantener su palabra. Sacó de su billetera una hoja de cuaderno doblada en cuatro: una carta que Gabriela escribió poco antes de suicidarse. “Perdóname. Solo eso. Por no ser la hermana fuerte. No pude ser. Te pido que esto no se quede así. Haz que paguen”, se lee en el papel escrito con lápiz negro y letra redonda y clara.

Fuera, ladra Aquiles, el perro de Juan. “Nos cagaron la vida”, dice y se seca las lágrimas. Gabriela era su única hermana, un año menor, su yunta.

El 7 de agosto comenzó la tragedia que terminó con la vida de la parvularia. A las nueve y media de la noche, salió de un cíber café, cuando un extraño la llevó amenazada hasta la línea férrea en el paseo peatonal de Tres Montes. El tipo silbó. Otros dos sujetos aparecieron y comenzaron a arrancarle la ropa, el pelo y golpearle la cabeza con piedras tomadas desde los rieles.

Las mismas que luego introdujeron en su vagina antes de perderse en la noche, después de abusar sexualmente de ella. La joven, semi desnuda, logró pedir ayuda. Carabineros detuvo a tres veinteañeros que ella reconoció como culpables; dos de ellos tenían antecedentes penales. Al día siguiente el tribunal decretó ilegal la detención y los sujetos identificados con las iniciales B.R.D., C.B.B y Y.P.C quedaron libres. Gabriela quedó desolada. Comenzó a sentir miedo de encontrarse con sus agresores a la vuelta de la esquina. Sufrió pesadillas e ideación suicida. Fue al hospital donde recibió atención, pero los médicos no advirtieron la gravedad de su estado. Un mes después, el 6 de septiembre, se ahorcó en el segundo piso de la vivienda de Juan. Tenía dos hijos: Sofía de 5 años y Nicolás, de 2. Y la ilusión de que su hermano llevara adelante lo que ella no pudo: enviar a los culpables a la cárcel.

Juan trabaja como bodeguero, y sagradamente pasa sus horas de almuerzo en el cementerio Parque San Fernando, junto a la tumba de Gabriela. Pronto será padre por segunda vez y llamará Gabriel a su hijo, en honor a ella. “He buscado pruebas como un loco, pero ya no sé a quién más recurrir. Siento que el caso se está transformando en una misión perdida”, dice Juan, cabizbajo.

Los errores

Casos como el de Gabriela son complejos de resolver. De las 10.722 denuncias por delitos sexuales que la Fiscalía Nacional registra en el primer trimestre de 2012, solo 7% han recibido sentencia condenatoria, mientras que 55,2%, fue archivado provisionalmente por falta de pruebas.

“Los niños saben que la mamá está en el cielo, pero el otro día pillamos a la Sofi (5) diciendo que se quería morir y al Nico (2) tratando de abrazar el cuadro de Gabriela”, cuenta LLoana, la suegra de la parvularia.

En la VI Región los delitos sexuales son atípicos. Según la Fiscalía Regional de O’Higgins, de un promedio de 68 mil denuncias que investigaron en 2011, solo 2% correspondió a crímenes de esta índole. Sin embargo, las primeras diligencias que realizaron Carabineros y el Ministerio Público, no estuvieron al nivel de un delito de connotación pública como el de ella.

Para empezar, el fiscal jefe de San Fernando, Néstor Gómez, no se constituyó en el sitio del suceso la noche del ultraje, como tampoco consta en el parte policial que haya instruido las pericias telefónicamente. La rueda de reconocimiento se realizó sin su supervisión. Procedimiento que los tribunales, al día siguiente, decretaron ilegal en la audiencia de control de detención. La Fiscalía (encargada de representar a Gabriela) no pidió la prisión preventiva de los imputados ni tampoco apeló. En la región que tienen el archivo provisional más bajo de Chile (29%), el abuso sexual agravado que padeció Gabriela aún no es sancionado. “¿Cómo puede ser que a un tipo que roba un celular le den prisión preventiva y los sospechosos de torturar a mi hermana no queden con ninguna medida cautelar?”, reclama Juan.

El caso de Gabriela pudo haberse archivado. Pero su trágico final puso a toda la cadena de persecución penal en el ojo mediático. Se supo así que a la audiencia del 8 de agosto tampoco asistió el fiscal jefe sino otro fiscal, Carlos López. Y que este tomó la carpeta de investigación solo cinco minutos antes de entrar. “Yo entiendo que pueda pensarse que pasarse carpetas entre fiscales rápidamente sea una práctica común, pero no es así. Aquí hubo una serie de errores que no nos permitieron proveer de pruebas a los tribunales”, señala el fiscal regional Luis Toledo.

La Fiscalía Regional de O’Higgins y Carabineros tuvieron que abrir un sumario administrativo y hacer reestructuraciones. Por el momento, Néstor Gómez dejó de ser fiscal jefe de San Fernando y pasó a funcionario adjunto en Santa Cruz. Y Carlos López, fue suspendido de la investigación de Gabriela y removido a Rengo. Que la agresión de la parvularia no quede impune depende ahora de la fiscal Fabiola Echeverría y la PDI, quienes tienen un plazo de dos años para darle término judicial. “Son casos bien terribles, porque muchas veces el testimonio de la víctima es lo único que se tiene y en este caso la perdimos, pero no hay que perder la esperanza” dice María Cecilia Ramírez, jefa de la Unidad de Delitos Sexuales de la Fiscalía Nacional que monitorea el trabajo.

La Defensoría Penal Pública (encargada de representar a los acusados) sigue apelando a un procedimiento mal hecho para sostener la inocencia de los imputados. Por ejemplo, a que en la rueda de reconocimiento a Gabriela solo se le hayan presentado a tres detenidos y no a varios sujetos como exige la norma. “Según el parte policial, Carabineros le dijo que había encontrado a los culpables antes de que ella los identificara. ¿Qué pasa en la mente de una chica sometida a un trauma como ese? Le cree a la policía obviamente”, explica el abogado de los acusados, Cristián de la Jara.

Los detenidos de esa noche están libres, pero no pueden salir de sus casas. En San Fernando la gente ha tomado la justicia por sus propias manos y los ha golpeado y amenazado de muerte. “Violadores maricones”, escribió alguien en la línea férrea donde Gabriela fue violentada. Según De la Jara, “cuando el procedimiento policial está absolutamente cuestionado, ocurre esto: pagan justos por pecadores”.

¿Es mejor tener un culpable en las calles que a un inocente preso? Alberto Ortega, defensor regional, piensa que sí. Porque solo en la VI Región, 30 personas pasaron por la medida cautelar preventiva en 2011, sin tener participación alguna en el delito por falta de rigurosidad en los procedimientos. “Si la Fiscalía tuviera otros antecedentes sería otro el debate, pero aquí hubo teléfonos que se encontraron en el sitio del suceso y que Carabineros, en lugar de analizar, se los devolvió a la víctima. Por otro lado, son los propios imputados los que ofrecen sus ropas voluntariamente un mes después. ¿Pudieron haberlas lavado? Sí. Pero nosotros no estamos para subsidiar los errores del Ministerio Público”, agrega Ortega.

La falta de prolijidad en la investigación de Gabriela dejó en evidencia otro problema. Si bien se estima que un fiscal puede soportar 1.250 causas anuales, los 26 funcionarios con que cuentan las 7 fiscalías de la Región de O’Higgins atienden más del doble. “Está claro que necesitamos ser fortalecidos, pero también los servicios de salud. Si el Hospital de San Fernando hace la constatación de lesiones con médicos legistas que solo atienden a las marcas genitales, y en su informe no aparece si le revisaron las uñas a la víctima, por ejemplo, enfrentamos un problema estructural. Tampoco facilita la investigación que el examen de ADN tenga que mandarse a Santiago porque aquí no se tienen los equipos”, señala Luis Toledo.

Carabineros fue contactado en reiteradas ocasiones por revista Paula, pero no quiso referirse al caso.

El alma de la familia

En la casa de Lloana Pavez, la suegra de Gabriela, en El Tambo, sus deudos culpan a la famosa puerta giratoria. Como una forma de hacer justicia, colgaron las fotos ampliadas de la parvularia en casi todas las paredes y levantaron un pequeño altar. A su vez, Juan imprimió su imagen en folletos para distribuirlos en velatones que organiza al menos una vez a la semana en la Plaza de San Fernando. Allí, no hay árbol que no mencione a su hermana. Para una comunidad que no supera los 63.732 mil habitantes, Gabriela es una mártir. “En la última velatón llegó muy poca gente. Es que el tiempo pasa y todos vuelven a sus cosas”, se lamenta la mamá de la joven, Inés Mejías.

Seis días después del ultraje, a Gabriela la dieron de alta en el hospital. El siquiatra Guillermo Gálvez la consideró estabilizada y recomendó atención ambulatoria y antidepresivos. El 4 de septiembre, durante una sesión con la sicóloga, Gabriela pidió hacerse una cura de sueño. Le dijeron que no había camas. Dos días después, se quitó la vida.

Para la madre el mundo se detuvo. Desde que veló a Gabriela en esa misma casa donde hoy acurruca a Nicolás, el menor de los hijos de Gabriela, los insomnios son largos como su pena. Es viernes por la noche y el pequeño de casi dos años llora en sus brazos, mientras Sofía, la hija mayor de Gabriela que tiene cinco años, se pasea en bicicleta con un celular que tiene puesta la canción de Karen Paola a todo volumen. Nadie se atreve a quitárselo porque esta y otras canciones infantiles eran las que enseñaba Gabriela en el jardín El Tambito, en que trabajaba y donde también era apoderada. “La sicóloga de la Unidad de Apoyo a Víctimas dijo que les iban a dar rabietas”, cuenta Inés.

Sofía y Nicolás viven con Lloana, la suegra de Gabriela. De esta forma, su papá Antonio puede verlos cada noche, cuando regresa de Viña del Mar, donde trabaja poniendo máquinas de ejercicios en plazas. “Los niños saben que la mamá está en el cielo, pero el otro día pillamos a la Sofi diciendo que se quería morir y al Nico tratando de abrazar el cuadro de la Gaby”, cuenta Lloana con la mirada perpleja.

Gabriela era el alma de la familia. Le gustaban las rancheras, bailaba cueca en un conjunto folclórico, tocaba la guitarra, y le gustaba subir sus fotos a facebook. “Hasta el final fuimos al karaoke. Es raro. A mí siempre me trató de demostrar que estaba bien”, cuenta Antonio, la pareja de Gabriela.

Llevaban siete años juntos. En una salsoteca de San Fernando, en 2005, comenzaron a pololear. Últimamente juntaban dinero para casarse, pero la agresión del 7 de agosto cambió los planes. “Sé que estarás enojado conmigo, pero te juro amor que no me quedaron fuerzas para seguir con esto que me hicieron. Por nuestros hijos, deje el alcohol y constrúyales una casita”, le escribió en una carta antes de su suicidio.

Antonio intenta seguir el encargo de Gabriela al pie de la letra. “A veces me da tanta rabia, que quisiera pescar una pistola y matarlos para estar tranquilo, pero no lo hago por los niños”. Inés Mejías, la madre de Gabriela, revuelve una taza de té. Recuerda que días después del ataque a su hija visitó el lugar donde fue atacada, en la línea férrea. “Se supone que la Labocar (Laboratorio de Criminalística de Carabineros) había levantado las pruebas pero yo encontré mucho cabello de mi hija ahí. Si la policía hace mal la pega, ¿qué le queda a uno?”, susurra.

La madre cuenta con tristeza que la vida de Gabriela siempre fue dura. No fue reconocida por su padre, de niña estuvo junto a su hermano Juan en un hogar de menores, cuando el sueldo de Inés, que trabajaba como temporera, no alcanzó para sostenerlos; la madre, sin embargo, nunca perdió contacto con sus hijos. “Nuestra vida fue súper difícil. Pero la Gaby siempre soñó con algo mejor; anhelaba llegar a tener su casa propia y darles a la Sofi y al Nico lo que nosotros no tuvimos”, dice Juan.

En 2009 estuvo cerca de lograrlo. Tras vivir algunos años con Antonio en la casa de su suegra, la pareja arrendó una vivienda en San Vicente de Tagua-Tagua donde Sofía tuvo una habitación parecida a la de una princesa. “Entonces a mí me despidieron de la minera donde trabajaba, y tuvimos que volver a vivir al alero de otros”, dice Antonio. Desde 2011 convivieron principalmente con la mamá de la Gaby en una casa a no más de cuatro cuadras de la línea férrea donde fue abusada ese 7 de agosto. “Un mes después fui a pedir una mediagua para que se instalara en el patio trasero de su suegro. Pero cuando llegué a darle la sorpresa ya era demasiado tarde”, dice la madre, Inés.

Las señales

Es 11 de agosto de 2012, tres días después del ultraje. La noticia se ha expandido entre los vecinos y Gabriela se niega a ducharse. No quiere verse los moretones que le quedaron del ataque. Se siente sucia. “Me tomé las pastillas que toma el tío para la diabetes”, le murmuró a su madre antes de desvanecerse e ingresar al Hospital de San Fernando por una sobredosis. El mismo establecimiento donde tres días antes había constatado lesiones.

“Las víctimas se sienten estigmatizadas. Y en pueblos chicos esto se incrementa. Además, la probabilidad de encuentro con quienes la atacaron es mucho mayor, y potencia su estado de desolación. Por eso es tan importante que las instituciones funcionen”, explica María de los Ángeles Aliste, sicóloga y coordinadora técnica del Área Reparación Adultos del Centro de Asistencia a Víctimas de Atentados Sexuales (CAVAS), dependiente del Instituto de Criminología de la PDI.

El hospital aplicó los protocolos estándar con Gabriela.

Amarrada a una camisa de fuerza durante los 7 días que estuvo hospitalizada, recibió, además, a Labocar que le hizo pruebas de saliva y pelo. “Todos esos trámites a destiempo la tenían pésimo. Y también el hecho de exponerse una y otra vez a la calle para asistir a las citas con Unidad de Víctimas del Ministerio Público. Estaba aterrada. Dormía en posición fetal. Quería que le cuidaran el sueño porque tenía pesadillas”, cuenta Juan.

Los detenidos de esa noche están libres, pero no pueden salir de sus casas. En San Fernando la gente ha tomado la justicia por sus propias manos y los ha golpeado y amenazado de muerte. “Violadores maricones”, escribió alguien en la línea férrea donde Gabriela fue violentada.

Días después, dopada en el hospital, Gabriela le decía a su mejor amiga, Claudia: “Le regalé mis hijos a la tía Lloana”.Según la sicóloga del CAVAS, no es extraño que en las víctimas de agresiones violentas fantaseen con la muerte. “Algunas encuentran en los hijos un motivo de vida, pero otras están tan desesperadas que sienten que la crianza es una exigencia que sobrepasa su capacidad de respuesta. Piensan que si el mundo se ha convertido en un peligro, ya no los pueden proteger”, afirma.

Gabriela fue dada de alta el 17 de agosto. El siquiatra Guillermo Gálvez, la consideró estabilizada y recomendó atención ambulatoria y antidepresivos. El 4 de septiembre, durante una sesión con la sicóloga Macarena Gallegos, la paciente pidió hacerse una cura de sueño. Le dijeron que no había camas. El hospital lo desmiente. “Desde la Unidad de Salud Mental no emitieron ninguna orden de hospitalización”, afirma el director del establecimiento, el doctor Carlos Herrera.

Para que Gabriela pudiera ser internada nuevamente tendría que haber llegado al servicio de urgencia tal como llega cualquiera que se ha doblado el tobillo. “Pudimos haber indagado más. Pero existen 1.300 pacientes con patologías mentales severas que atender al año y hay que sistematizar. Si me dedicara a seguir todos los casos me volvería loco”, dice Herrera.

El Hospital de San Fernando está catalogado como de Alta Complejidad, pero no tiene una unidad de siquiatría con hospitalización. La única opción es la Unidad de Corta Estadía en Rancagua, pero el siquiatra al descartar su riesgo suicida, la desestimó. “Lo otro sería que la hubieran llevado a Santiago o a una clínica privada. Pero uno puede querer muchas cosas y otra distinta es a lo que puedes acceder”, agrega Herrera.

Ese 4 de septiembre, Gabriela también buscó al doctor Gálvez y le pidió una licencia para que su mamá pudiera presentarla en la casa particular donde trabaja como empleada. “Le tomó las manos y le dijo, con su carita llena de pena, si le podía hacer ese favor para que yo pudiera cuidarla pero él dijo que no podía. Nos vinimos con la cabeza gacha. Todo nos salía mal. A la Gaby más encima le tenían las licencias retenidas y no tenía un peso”, recuerda Inés. Su suegra, Lloana, accedió a quedarse con sus hijos desde entonces para que Gabriela pudiera irse a la casa de su hermano Juan. No volvió a ver a los niños.

Intentos desesperados

Cuando Juan se enteró de la sobredosis de Gabriela sintió que lo quemaban vivo. Desesperado, advirtió al Ministerio Público que había cámaras en la vía pública que seguramente habían registrado lo ocurrido la noche que Gabriela fue atacada y podían arrojar luces de los autores. Pero no encontró respuesta. “No sé dónde están. Las pedimos, pero no han aparecido. Si las tuviéramos, obviamente las habríamos ocupado como una prueba”, dice el fiscal regional, Luis Toledo.

La siguiente puerta que golpeó Juan fue la del Sernam. Aunque la institución solo puede asistir a juicios sobre violencia intrafamiliar, un abogado de la institución, Claudio Díaz, consiguió una autorización excepcional para patrocinar el caso ad honórem. El 22 de agosto, quince días después del ultraje, el abogado y Gabriela redactaron una querella por violación que fue presentada en el Tribunal de Garantía. “Ese día me comprometí a encontrar a los culpables. Era tan evidente lo afectada que estaba, no sé cómo el servicio de salud no fue capaz de verlo”, dice Díaz.

Hasta ahora el abogado no ha podido cumplir su promesa. Los análisis de ADN que se aplicaron a la ropa interior de los tres sospechosos no arrojaron nada. Y solo las piedras que se encontraron en su zona genital y que tiene Labocar en Santiago, podrían dar alguna luz. Semanas antes, el abogado que defiende a los acusados, Cristián de la Jara, sin saber que los resultados de esas prendas favorecerían a sus clientes, planteaba la duda: “¿Qué importancia va a tener esa prueba si la ha analizado un servicio que ha hecho mal el trabajo desde un principio?”.

La despedida

El sol cae sobre el cementerio Parque San Fernando. Juan, Inés y Lloana hermosean la tumba mientras Sofía y Nicolás juegan. “Estaba fumando harto la Gaby al final”, comentan mientras un cigarrillo se consume sobre su lápida.

La última cajetilla se la compró Juan el 6 de septiembre, el mismo día que ella se suicidó. Según recuerda, habían compartido juntos un plato de charquicán al almuerzo. Y su hermana, le pidió el celular. Fue en ese momento que escribió en su facebook: Adiós a todos. “Cuando una tía del jardín infantil donde la Gaby trabajaba me llamó para advertirme de eso, fui corriendo a verla. Pero Gabriela me explicó que lo había escrito porque iba a cerrar el sitio. ¿Te sientes bien hija?, le pregunté. Y con una risa extraña, me empezó a contar que se había bañado. Empecé a llorar. Yo andaba tan mal como ella”, revela la madre.

“Antes que te vayas, abrázame”, le pidió Gabriela. Y encorvada como un caracol en sus brazos comenzó a besarle la cara. La madre se culpa de no haber notado que se estaba despidiendo. Cuando Juan fue buscar a Gabriela para decirle que había conseguido una licencia para la mamá, el perro Aquiles no ladró. Estaba mirando el cuerpo de la joven que colgaba desde el segundo piso hacia fuera, amarrado a una sábana. “La impotencia más grande es que mi hermana se tuvo que suicidar para que las falencias de un sistema completo que no fue capaz de contenerla salieran a la luz”, dice Juan acariciando la última carta de Gabriela.

Relato de otro náufrago

Publicado: 6 noviembre 2013 en Santiago Wills
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La corriente los arrastraba sin rumbo y el frío era cada vez peor. Eduardo Meza no cesaba de toser. Temblaba mientras las olas y el viento de la madrugada azotaban su cuerpo. Juan Livingston arrastraba tras de sí el salvavidas amarillo sobre el cual su compañero yacía acostado. Se había encalambrado tres veces y había estado a punto de desistir en varias ocasiones. El batir constante de las olas resentía sus ojos y sentía un incómodo ardor mientras pataleaba. La luz de una luna casi llena iluminaba el océano a través de un velo de nubes. Livingston amarró el chaleco salvavidas de uno de los muertos alrededor de su pie derecho, para evitar hundirse.

—Tyson, ¿cuánto falta?
—No, Meza, estamos cerca, estamos cerca —respondió su compañero—. Estamos del Nene’s al muelle. Ya vamos a llegar.

Habían pasado casi 24 horas desde que la motonave Miss Isabel —una pequeña embarcación transportadora de casco blanco y techo rojo que semanalmente cubría la ruta entre San Andrés y Providencia— zarpó desde el muelle departamental, cargada con un automóvil, cuatro motocicletas, centenares de botellas de gaseosas, frutas, alimentos varios, tres cerdos y un perro en un guacal. Cinco tripulantes y dos pasajeros se embarcaron hacia las cinco y media de la mañana del 5 de enero de 2012, y los siete se vieron obligados a saltar al océano luego de que un incendio consumiera el puente del barco pocas horas después de su partida. Solo dos de ellos permanecían con vida tras alrededor de 20 horas en el mal llamado mar de los siete colores: Juan Livingston, un musculoso marinero cuarentón, de estómago holgado, pelo corto y bigote negro al ras; y Eduardo Enrique Meza Caballero, un mecánico naval de 56 años, de contextura maciza y aplomo militar.

—Tyson, ¿dónde?
— Estamos del Sena al muelle, Meza. Ya casi.

Juan Livingston —Tyson, para sus amigos, en honor a un encuentro pugilístico callejero— en realidad no sabía puntualmente dónde diablos estaban. Alcanzaba a ver las luces de la isla de San Andrés más allá de las olas, pero luego de horas a merced de la corriente, el viento y la lluvia, no era capaz de ubicar su posición exacta por más que lo intentara. Deseaba darle ánimo a su compañero de naufragio, pues Meza, el ingeniero del barco, su amigo desde hacía años, estaba cada vez más débil. Ya inerte, seguía vomitando sangre y no era capaz de nadar. Tiritaba acostado sobre el pequeño salvavidas en forma de anillo que el capitán había logrado salvar de la embarcación en llamas. Yacía en silencio, flotando al compás de las olas de la madrugada, mientras Livingston se esforzaba por alcanzar los puntos de luz en la oscuridad.

Alrededor de 16 horas antes, Emerson Bowie, un delgado obrero de 47 años de edad, de hablar pausado y gestos nerviosos, y Aristides Salinas, un maestro de obras de 49 años que viajaba frecuentemente a Providencia por cuestiones de trabajo, se separaron del grupo y partieron nadando en busca de ayuda.

Livingston ignoraba qué ocurrió con ellos e intentaba no pensar mucho sobre el tema. Tal vez llegaron a la isla sin contratiempos, aunque, si ese fuera el caso, ¿dónde estaban los Guardacostas y la Armada? Si lograron alcanzar la orilla, ¿dónde estaban los equipos de rescate? ¿Por qué él y Meza permanecían a la deriva?

—¿Cuánto? —su voz estaba más débil—. ¿Cuánto?

Quizás los tiburones dieron cuenta de ellos tal y como sucedió con sus otros compañeros. Un pequeño escualo gris mordió dos veces a Meza, pero no alcanzó a causarle mayor daño. Los demás no corrieron con la misma suerte. Livingston y Meza presenciaron cómo uno a uno caían en las fauces de esos malditos animales. Charles Manuel Whitaker, Charlie, aquel gigante bonachón que no podía terminar una frase sin incluir un “fucking this” o un “fucking that”, fue el primero en morir. Gritó de repente al atardecer y el mar a su alrededor se tiñó de rojo. Se desangró en poco más de media hora y las olas se llevaron su cuerpo. Otro tiburón, o quizás el mismo, mordió al capitán en un brazo. Livingston se quitó su camisa y formó un torniquete alrededor de la herida. No sirvió para nada, pues lo atacaron de nuevo. Sombras que emergían en menos de un segundo para rasgar músculos. Livingston cerró los ojos sin vida de Andy, un hombre que se convirtió en capitán luego de que su abuela, siguiendo una tradición de la isla, descubriera la figura de un barco en una clara de huevo oreada bajo el sol de mediodía de un Viernes Santo. Robert Bent, Bubba, un flaco y jovial solterón que solía beber aguardiente hasta el amanecer, le siguió al poco tiempo. Los tiburones devoraron sus piernas y su cadáver se lo tragó el océano.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

Ninguno debía estar muerto. Los naufragios son sucesos relativamente comunes en San Andrés y las autoridades usualmente respondían rápidamente a los llamados de auxilio. El propio papá de Andy sobrevivió varios días en una balsa en mar abierto, y Livingston conocía a varios pescadores isleños que permanecieron horas o días a la deriva. Solo en 2007, la Armada rescató a más de 20 náufragos en cercanías del archipiélago.

La tempestad era un problema, por supuesto, y pocos navíos se atreverían a lidiar con las olas de ocho y diez metros que los vapulearon durante horas. Pero Livingston estaba seguro de que si el Miss Isabel hubiera sido una lancha rápida transportando droga —una de esas que las autoridades a menudo detenían en las inmediaciones del archipiélago— los Guardacostas o la Armada habrían enviado un avión o un bote en cuestión de minutos. Todos estarían vivos en ese caso, y él y Meza estarían en sus respectivas casas con sus esposas y sus hijos, protegidos de la interminable lluvia y de los gélidos vendavales que pocos asocian con el trópico caribeño.

—¿Cuánto, Tyson? ¿Cuánto?

***

La motonave Miss Isabel zarpó el 5 de enero a las 5:35 de la mañana bajo un cielo nublado. Olas de varios metros de altura golpeaban con fuerza las barcazas olvidadas en la bahía mientras el barco avanzaba en la oscuridad de la madrugada.

A bordo, Aristides Rafael Salinas charlaba con Andy James, el capitán, isleño con fama de buena gente a quien conocía desde la infancia, cuando ambos se reunían para jugar béisbol en un terreno baldío del barrio Juan XXIII. Charlie Whitaker dirigía el barco desde una pequeña cabina de mando elevada sobre la cubierta, y Juan Livingston preparaba un arroz con espaguetis y atún que ninguno de los demás alcanzaría a probar.

El viaje transcurría tranquilo a pesar del oleaje. El capitán bromeaba sobre un spray para la boca que un amigo le había encargado, y Aristides se divertía con las anécdotas de su amigo mientras el Miss Isabel dejaba tras de sí la bahía de San Andrés.

Hacia las nueve de la mañana, un grito de alerta llamó la atención de los navegantes. Livingston y Charlie fueron los primeros en percibir el olor a quemado. Una columna de humo negro se elevaba sobre la popa. Sin previo aviso, en la parte trasera de la cabina se prendió fuego. Las llamas se extendían rápidamente por el techo, amenazando con quemar la carga y el resto de la cubierta.

Alarmado, el capitán reunió a la tripulación para apagar el incendio. Entre todos utilizaron los diez extinguidores del barco sin resultado alguno. Frenético, el capitán envió mensajes de SOS por la frecuencia 16 —mensajes que luego las autoridades de Miami afirmarían haber oído— y Charlie utilizó su celular para llamar al 123 de la policía. No hubo respuesta.

Fue entonces que Aristides observó al capitán abrirse paso hasta la cabina para bajar el bote salvavidas. El fuego alcanzó la carga y el perro empezó a ladrar en su guacal. Aristides siguió a su amigo escaleras arriba. Las llamas avanzaban sobre la cubierta, engullendo poco a poco los alimentos y los vehículos cargados de gasolina. En la parte superior del barco, el capitán luchaba por soltar el bote cuando una caldera explotó y una llamarada lo embistió de frente.

Herido, Andy abandonó el puesto de mando y se dedicó a repartir los chalecos salvavidas entre los navegantes. El barco se movía de lado a lado y el fuego no dejaba de avanzar. Emerson y Livingston arrojaron algunas de las botellas de agua y gaseosas hacia el océano, siguiendo las instrucciones de los tripulantes. En cuestión de minutos, las llamas consumieron gran parte de la cubierta. Las botellas explotaban y el ruido recordaba los disparos de un arma. Los cerdos chillaban y el perro ladraba desde su tumba. Vencido, el capitán dio la orden de abandonar el barco.

Aristides se sumergió en aguas frías y agitadas. Las olas lo empujaban hacia los lados mientras se esforzaba por nadar hasta donde estaba el capitán. En un par de minutos, el grupo se reunió alrededor de Andy. El capitán se había acomodado sobre un pequeño flotador amarillo en forma de donut que había logrado salvar de las llamas. Aristides se aferró de la cuerda que rodeaba el borde y se acomodó al lado de Charlie. En la lejanía, cuando la cresta de olas los elevaba sobre el océano, podían distinguir las formas de la isla.

Su mejor opción era no perder de vista la motonave, afirmó Andy. Alguien debía haber oído el SOS y, en caso de que no fuera así, de cualquier modo verían el humo que se alzaba sobre la embarcación en llamas.

Asintieron en silencio y luego observaron las quemaduras del capitán. Andy no podía evitar gestos de dolor con cada golpe de agua salada. Emerson nadó en busca de botellas de gaseosa y entregó una a cada uno para mantenerse hidratados. Aristides guardó una Coca-Cola de dos litros en la parte delantera de su pantalón y, confiado, les dijo a sus compañeros que se la llevaría a una de sus hijas, Nikeysha, la mayor, la que siempre lo llamaba durante sus trayectos para reiterarle que no sabría cómo sobrevivir si a él le pasaba algo.

Se mantuvieron cerca del barco durante un par de horas hasta que el cielo se oscureció y una fuerte lluvia veló la isla. La corriente los alejó de la motonave y su silueta se perdió entre la bruma. El océano condujo al Miss Isabel hacia el sur del archipiélago. Un par de horas más tarde, una familia lo vería atravesar el horizonte seguido de una estela de humo negro.

Cuando la tormenta cesó, los náufragos se encontraban cerca de Johnny Cay, un pequeño islote a una milla de San Andrés cuyo principal atractivo es una playa de arenas blancas. Pataleaban inútilmente, pues la corriente les impedía avanzar, pero la tierra estaba tan cerca que no tenían otra opción.

Fue quizás en ese momento cuando la condición del capitán empeoró. Sus manos estaban hinchadas y el rojo encendido de sus extremidades se le había extendido al pecho y los brazos. Andy no aguantaba más. Sollozando, les rogó que fueran en busca de ayuda. La corriente los había arrastrado al norte del cayo y los mejores nadadores quizá podrían llegar hasta la isla para alertar a las autoridades.

Aristides se ofreció de inmediato. Había aprendido a nadar a los 6 o 7 años, cuando la chalupa en la que pescaba con varios compañeros se volteó en las playas de San Andrés. En Barranquilla, donde vivió durante su juventud, ir al río se había convertido en una costumbre. No tenía miedo de ahogarse, pues contaba con el chaleco salvavidas y con la botella de Coca-Cola, que también lo ayudaba a mantenerse a flote. La cuestión ahora era quién lo acompañaría. Tras pensarlo un momento, le propuso a Emerson, ya que aparte de Livingston, quien se negaba a dejar al capitán, ninguno de los demás sabía nadar.

A regañadientes, Emerson partió a su lado pasada la una de la tarde. Braceaban, descansaban, braceaban y descansaban en medio de un mar intranquilo. Se tomaban las manos para no perderse y de vez en cuando se detenían para beber de sus gaseosas.

Tal vez una hora o una hora y media después, un calambre paralizó a Aristides. Le gritó a su compañero que lo esperara, pero a través de las olas llegó una respuesta contraria: “No, yo tengo que ir por ayuda para el capitán”.

Atónito, Aristides se encogió sobre sí mismo, luchando contra el dolor de sus músculos entumecidos. El mar lo golpeaba y no tenía manera de evitar que la corriente lo empujara en la dirección opuesta de su compañero. No quería lidiar más con esto. Al carajo el dolor de su pierna, la brisa helada, la lluvia, el océano, la isla y el hombre que lo acababa de abandonar. Paralizado, la botella de Coca-Cola de dos litros presionando su estómago, Aristides observó cómo Emerson desaparecía en el devenir de las olas.

***

—Estamos del Bienestar al muelle, Meza. Un esfuercito más.

Desde hacía un tiempo, su compañero ya no hablaba. Se mantenía callado, temblando sobre el anillo salvavidas, sus ojos perdidos en el reflejo de la luna sobre el mar.

—De la ferretería al muelle. Ya estamos cerca, Meza.

¿Por qué carajos no los habían rescatado, entonces? Apenas empezó el incendio, el capitán envió un SOS por la radio del barco y Charlie llamó a la policía desde su teléfono celular. Es cierto: nadie contestó. Pero alguien tuvo que percatarse de que algo andaba mal. Después de todo, la motonave nunca llegó a Providencia.

—Ya, Meza, ya.

Las luces de San Andrés resplandecían a menos de treinta metros cuando una ola los impulsó hacia adelante y la cresta de otra más los lanzó hacia las rocas de la orilla. Livingston sintió que algo rozaba la planta de sus pies y por un momento imaginó un nuevo ataque de tiburón. Ignoraba que estos animales generalmente huyen de las personas, que anualmente solo se presentan alrededor de 80 ataques de tiburón a nivel mundial y que el número de muertes en un año rara vez alcanza una docena. En San Andrés, en su juventud, abundaban las historias sobre tiburones que acechan a náufragos y a pescadores, y tras haber presenciado cómo los escualos dieron cuenta de sus compañeros no pudo evitar un escalofrío.

Solo después de sentir el roce nuevamente se dio cuenta de lo que sucedía: tierra. Tierra por fin. Livingston soltó el salvavidas y avanzó un par de pasos sobre rocas afiladas entre cuyos resquicios se escondían cangrejos y erizos de mar.

—¡Meza! ¡Párate que estamos en tierra! —gritó.

Levantó a su compañero y lo tomó de la mano. Agradecieron a Dios y avanzaron un par de pasos. Se olvidaron por un momento de las olas, y una de estas los golpeó por detrás. Una muralla de agua derribó a Meza y lo arrastró hacia mar abierto.

—¡Párate! ¡Vamos!

Lo ayudó a ponerse en pie una vez más, y tomados de la mano, en silencio, lograron dar otro par de pasos. Una nueva ola los embistió y esta vez ambos cayeron de bruces sobre las rocas.

Livingston se incorporó y se volteó justo en el momento en que Meza volvía a derrumbarse. Luchando contra una barrera de agua, condujo a su amigo hasta una piedra cercana y lo sentó.

—Meza, un poquitico de fuerza. Mira acá esta piedra y allá está la carretera—dijo señalando un poste de luz cercano.

Meza se desplomó, inconsciente. Livingston reunió los chalecos salvavidas que se encontraban junto al anillo amarillo y formó una base sobre una roca para que las olas no pudieran tocar a su amigo. Tenía que ir por ayuda. A menos de 20 pasos podía ver el débil resplandor que iluminaba las desgastadas líneas blancas y amarillas de la vía que rodea a San Andrés. Allí, seguramente, podría detener a alguien y llamar una ambulancia. Dejaría a Meza sobre los chalecos, protegido, y después volvería por él. Entonces podrían descansar y abrazar a sus esposas e hijos. Todo saldría bien.

***

Aristides Salinas no sabe cuánto tiempo permaneció acalambrado. El mar lo movió de lado a lado como un muñeco de trapo hasta que sus músculos se relajaron y su cuerpo dejó de traicionarlo. Tragando agua, rezó hasta que por fin pudo nadar otra vez. Recuerda que pensaba en regresar con vida, en abrazar a sus seis hijos y a su esposa, en dejar atrás el fuego, la lluvia, los llantos, las olas y el sabor de la sal.

Nadó y nadó durante horas hasta que empezó a oscurecer. La corriente y la marea se burlaban de él. Sus esfuerzos se perdían con cada oleada, y su suerte parecía recaer por completo en la voluntad del mar.

Hacia las seis y media, la corriente lo arrastró hasta un área rocosa a un par de metros de la isla conocida como Villa Helen. Finalmente estaba cerca. De hecho, estaba tan cerca que estaba dispuesto a nadar a pesar de las olas y las piedras. Quería pisar tierra firme, salir del agua de una vez por todas. Un envión más en medio de la oscuridad y tocaría la barrera de rocas que lo separaba de la orilla.

La luz de una moto iluminó la carretera cuando Aristides se disponía a intentar una aproximación. Tras escuchar los gritos del náufrago, el motociclista lo alumbró y le advirtió que no se acercara. Si trataba de nadar en línea recta, las olas lo reventarían contra las piedras. La única manera de sobrevivir era dar vuelta atrás y enfilar hacia mar abierto una vez más, mientras los Guardacostas acudían en su ayuda.

Contra todos sus instintos, Aristides decidió seguir el consejo de la persona cuyo nombre olvidaría días después. Se alejó resignado de la orilla, y se rindió nuevamente a los caprichos de la marea y la corriente.

Los Guardacostas lo rescataron alrededor de media hora después. Aún sujetaba la botella de gaseosa cuando lo trasladaron al hospital público Amor de Patria, donde Emerson Bowie lo aguardaba inconsciente.

Emerson había sido arrastrado por la corriente hasta una zona cercana a Villa Helen, hacia las seis de la tarde. Mientras el sol se terminaba de ocultar, el náufrago se arrastró en cuatro patas hasta la carretera. Un hombre lo vio atravesar el asfalto. Trastabillaba como un zombi. Vecinos de la zona lo socorrieron y Emerson narró a las autoridades su experiencia. Les imploró que fueran en busca del capitán y los otros náufragos, y luego colapsó en una ambulancia.

***

Pasadas las dos de la tarde del 5 de enero de 2012, Hortencia Thyne Archibold, una amable mujer de 56 años que opera un restaurante en el sur de la isla, oyó gritos provenientes de la playa. Su cuñado Elliot Lever, un ebanista sanandresano de 58 años que por aquel entonces vivía en Miami, deseaba saber el número de la policía. Había visto en el horizonte un barco que parecía estar en problemas. La embarcación estaba rodeada de humo y parecía encontrarse a la deriva.

Hortencia salió de su casa, ubicada a pocos metros de la carretera que rodea la isla en un área conocida como Elsy Bar, y se encaminó hasta el océano. Tras comprobar lo dicho por Lever y reconocer al Miss Isabel, llamó al 123.

—Amor, necesito por acá a ver si pueden mandar una lancha, acá afuera en todo el frente de Elsy Bar por el sector de San Luis, porque el barco Miss Isabel está bordando mal por acá— le dijo al auxiliar bachiller de turno—. Parece que se dañó el motor porque está arriba en el mar. Se varó, sí, señor. Mándela, pero que no sea mañana, ¿okay?

Tras colgar, Josid Flórez Martínez, el bachiller que habló con Hortencia, le pidió el favor a Colón Crizon Kelvin, otro auxiliar bachiller de la policía, que informara a los Guardacostas. Colón habló por el canal 16 de su radio —el mismo por el que horas antes Andy Nelson envió una señal de SOS— con las autoridades marítimas, quienes respondieron que verificarían la denuncia.

Una patrulla de policía confirmó el avistamiento del Miss Isabel poco después de las tres de la tarde. Una lancha de los Guardacostas se acercó hasta la motonave y comprobó que no había nadie abordo. El fuego en la cubierta, el clima y las olas no permitieron remolcar el barco hacia el muelle. La patrulla marina anotó las coordenadas y empezó a diseñar un plan de búsqueda.

El primer avión que despegó para hacer un reconocimiento alrededor de la isla salió a medianoche, cerca de seis horas después de que Emerson y Aristides tocaran tierra, y regresó dos horas más tarde, luego de que las condiciones meteorológicas se deterioraron. El piloto y las demás personas en la cabina no vieron nada. El segundo avión salió a las seis de la mañana del 6 de enero, hora y media después de que Livingston y un débil Meza entraran a San Andrés.

—A ellos los mataron, los dejaron morir —dijo Ilona O’Neill, la viuda de Charlie—. Nadie los ayudó.

Las demás viudas llegaron a conclusiones similares, y muchos isleños repitieron el mismo mantra durante los meses en que el incidente del Miss Isabel ocupó las primeras páginas del Archipiélago Press, el diario principal de la isla.

La historia de Livingston y sus compañeros capturó la atención de San Andrés durante más de un mes. La prensa y las retardadas acciones de las autoridades llevaron al defensor del Pueblo a abrir una investigación preliminar sobre el incidente. Representantes de la Capitanía de Puerto, los Guardacostas, la Policía y la Armada ofrecieron declaraciones. Con estas en mano, Livingston, las familias de los muertos, Aristides y Emerson Bowie interpusieron dos demandas en contra del Estado por varios miles de millones de pesos. (Las autoridades han dicho que hicieron todo lo posible por rescatar a los náufragos y por el momento las acciones legales en su contra no han progresado).

Con el tiempo, el Miss Isabel asumió una importancia simbólica para todos los isleños involucrados en la tragedia. El fallo de la Corte en La Haya a favor de Nicaragua revistió lo ocurrido de un nuevo significado y para algunos de los amigos de los sobrevivientes, la motonave se convirtió en una muestra más de la indolencia de los gobernantes, en una alegoría de lo que significan los habitantes de San Andrés para todo el país.

—Lo que sucedió no es una sorpresa —Elliot Lever dijo una tarde de agosto mientras observaba el mar desde el restaurante de Hortencia Thyne—. Me da ira, eso sí. El gobierno central no se preocupa por la isla. La quiere tener en sus manos, pero no le interesan sus habitantes.

Livingston asintió en silencio. Observaba atento nubes oscuras en el horizonte y de cuando en cuando se volvía para demostrar que aún prestaba atención a las palabras de Lever.

—¿Para qué están acá las autoridades? ¿Están solo para lo de la droga o para cuidar de los seres humanos? ¿Sabe por qué no se hizo nada? Porque somos negros y nos quieren quitar la isla. San Andrés es de nosotros, los nativos, los raizales.

Una llovizna oscureció la carretera. Livingston asintió de nuevo, sin volver la cabeza.

***

Una tarde nublada de agosto, Juan Livingston se montó en su moto azul tritón y manejó hasta un poste de luz cerca de la Cueva de Morgan, una atracción turística en la que se dice que el pirata Henry Morgan enterró parte de su tesoro. Era la primera vez que se detenía en ese lugar desde la madrugada del 6 de enero del año anterior. Algo animado, empezó a recorrer las rocas y a narrar lo sucedido.

—Por allá fue que bajamos— dijo apuntando hacia el noroccidente. Dio un par de pasos hacia el océano y dio la vuelta.

Un par de días después del naufragio, Livingston se despertó sudando en la mitad de la noche. Al igual que Emerson y Aristides, empezó a sufrir ataques de nervios y se vio obligado a visitar un psicólogo un par de veces al mes. Más de año y medio más tarde, las pesadillas aún le impedían dormir. En sueños, inmóvil en su cama, revivía apartes de la noche del 5 de enero, mientras el quedo murmullo del océano arrullaba a marinos y pescadores en la bahía. Recordaba a los difuntos, las sombras bajo el agua y el batir infernal de las olas en medio de la tormenta.

—Esa era la luz que yo veía mientras le hablaba a Meza. Ese poste de ahí, donde está la moto.

Desde hacía meses tomaba pastillas para dormir y algunos de sus familiares decían que su temperamento había cambiado desde el incidente. Decían que ya no era el mismo de antes, que era más callado, quizás un poco más agresivo, algo que también le sucedía a Emerson.

La bruma de las olas que reventaban contra las rocas humedeció su camiseta. Impávido, Livingston caminó hasta una pequeña zona resguardada por salientes de rocas coralinas.

—Ahí, ahí fue donde acosté a Meza —se agachó y formó una torre con chalecos imaginarios—. Acá lo traté de sentar.

Se levantó y miró el mar antes de subir a la carretera. Tras cerca de un minuto, continuó con su recuento.

Meza yacía inconsciente sobre los salvavidas de los muertos. Livingston acercó dos dedos húmedos y arrugados al cuello de su amigo. No tenía pulso. Se inclinó sobre el cuerpo inerte de su compañero e intentó reanimarlo dándole respiración boca a boca durante cerca de diez minutos. Con el índice y el corazón buscó nuevamente alguna señal de vida. Nada. Ni un latido. De esa manera, tras luchar casi 20 horas contra el océano, y luego de ver cómo varios tiburones devoraban a tres de sus compañeros, Eduardo Meza murió a escasos metros de la carretera debido a complicaciones causadas por una hipotermia.

La gran mudanza

Publicado: 2 noviembre 2013 en Martina Bastos
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Una cosa rara. A las doce del día del último día, Ada Ramírez sintió una cosa rara: un escalofrío, un tirón de pecho, un dolor seco. Se quedó muda y escuchó crujir el piso de madera: pensó que aquello era un velorio. Al mediodía del 1 de septiembre de 2007 ocurrió un hecho insólito: un pueblo dejaba oficialmente de existir. Los diarios titularon: Parte la leyenda. El cierre simbólico dará paso a la clausura definitiva. La leyenda, lo que se cerró, lo que se clausuró, se llamaba Chuquicamata.

Todos le llaman Chuqui. De apellido, la muletilla constante: la-mina-a-cielo-abierto-más-grande- del-mundo. En pleno desierto de Atacama, a 1.600 kilómetros de Santiago y tres horas de la frontera boliviana, se obtiene cobre del mayor agujero creado por el hombre. Al costado, surgió un campamento que llegó a albergar 25,000 personas.

Un campamento es por definición efímero, algo que se instala hoy para levantar mañana, pasado, cualquier día. Chuquicamata era un campamento minero. Para sus habitantes, era sencillamente su hogar.

Breve historia de una quimera

En un principio no había nada. Puro peladero. Un sol alto y cerros derramados por la tierra ancha, cerros desnudos como hechos solamente de barro y viento, un viento atroz. La aridez, la perspectiva sin límites y la impresión de que el desierto fuera a rajarse de estirarse un poco más. Para el poeta Andrés Sabella: La tierra donde la piedra habla a las piedras, donde un coro de piedras va de sí hasta lo infinito. Eso era todo.

En 1912, los norteamericanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y rocas a 2,870 msnm. El viento más veloz intenso constante, la radiación más extrema, la tierra más seca; sin agua, sin caminos, sin piedad. Lejos de todo, carente de todo. La nada. Y el cobre.

Lo que vino después, más que una utopía, era entonces un disparate.

El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971. Desde entonces, la Corporación Nacional del Cobre (Codelco) es la mayor empresa estatal de la historia de Chile. Y Chuquicamata su niña bonita: un cráter de 5 kilómetros de largo, 3 de ancho y 1.25 de profundidad esculpido con la finura de un gran anfiteatro. Podríamos introducir el Central Park de Nueva York y plantarle tres veces el Empire State Building uno sobre otro: todavía sobraría espacio. Allí se trabaja 365 días al año, 24 horas non stop. Parar es caro: un minuto perdido cuesta 8,000 dólares. El minuto.

Nociones de otro mundo

Usted va a tener una casa. Y no va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar ningún combustible. Todo se lo damos: atención médica, educación a sus hijos, todos los servicios. Usted vendrá a trabajar y cobrará su plata, pero además vivirá gratis.

Cuando Chuquicamata se llenó de hombres y de máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuarenta casas miserables empotradas en el vacío como lugar de paso: imposible cubrir las necesidades que la mina requería. La compañía debía proveerse su propia logística, y levantó un campamento que terminó convertido en un cuento de hadas. Ofrecía vivienda en comodato a cada trabajador y su familia, y reproducía a pequeña escala un mundo real donde no faltaba nada. Avenidas amplias e impecables, seguridad y una comunidad unida por un vínculo común: buen trabajo y una vida social de la que todos participaban.

Muchos ignoraban que afuera existiera otro mundo.

La ruta 24 es la cicatriz de 15 kilómetros que une Chuquicamata a Calama. Los calameños son pocos. Codelco tercerizó procesos y transformó Calama –crecida hasta los 140,000 habitantes– en un macrodormitorio de población flotante.

Calama está llena de hombres solos, solos de mujer. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita del país y también el más alto coste de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Para los chuquicamatinos era Calama calamidad, un lugar sin mayor desarrollo que encarnaba todo lo negativo ajeno a ellos: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden.

Pero Chuquicamata evolucionó y aparecieron normas medioambientales que no existían en un comienzo. Aparecieron instalaciones como la fundición, proceso que emite anhídrido sulfuroso y arsénico: incompatible con un campamento donde viva gente.

La mina, además, comenzó a necesitar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar 1 kilogramo de cobre hay que sacar 100 de roca; lo que sobra, hay que ponerlo en algún lugar. Y cerca: un camión de extracción consume en un día el mismo petróleo que un auto común en dos años. El sobrante estéril se amontonaba en la periferia de Chuquicamata amenazando las viviendas.

La compañía tomó una decisión drástica: el traslado completo de la población a Calama. En la práctica, significaba enterrar una ciudad y construir otra. Pero las ciudades no son piezas de ajedrez. ¿Cómo se planifica y ejecuta un proyecto así? En algún momento, en algún lugar, alguien tuvo que decirlo:

—Señores, hay que desplazar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?

Instrucciones para mover una ciudad

Le tocó a él.

La voz es amplia y serena y llena la sala con la misma amplitud y serenidad que debió tener entonces:

—Fueron 5,000 familias.

Sergio Jarpa es ingeniero de minas y en aquel tiempo Vicepresidente de Codelco Norte. Era el hombre.

—Fue un cordón umbilical muy difícil de cortar. Esa gente ha convivido durante años. No solo trabajaban juntos: vivían juntos, se divertían juntos, se casaron entre ellos. Allí crecieron sus hijos. Los lazos eran fortísimos; costó mucho sacarlos.

Había, también, una dependencia importante de la empresa.

—Es fácil malacostumbrarse –continúa–. Y no es fácil mover 20,000 personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile.

Los mineros serían ahora dueños de sus propias casas. Codelco se encargó de construir 5,000 viviendas –una para cada familia– y asumió el 50% del coste en concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura con su iglesia.

Y a todos había que recogerles la basura.

Calama no estaba preparada para ello: el presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Luis Alfaro, director de obras municipales, hace memoria de aquellos días:

—Solo en alumbrado fueron más de 6,000 puntos de luz. Unos 10,000 nuevos vehículos impactaron al tráfico. Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso.

La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial o mantener los espacios públicos.

—Y toda esa operación –resume Jarpa– costó 500 millones de dólares.

El costo emocional, sin embargo, fue invaluable.

Anatomía de un traslado

Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández –68 años, 50 en Chuqui– estaba desayunando.

—Y ahí se acabó el desayuno.

Era el punto final al largo harakiri de meter la vida en cajas de cartón: el último día. ¿Qué vuela entonces en la cabeza? ¿Uno recuerda dejar desocupado el refrigerador, guardar las plantas, despedirse del vecino, del jardín, sacar fotografías?

No tuvo tiempo.

—Fue todo tan rápido –dice– camión, carga, entrega de llaves, arranque y de tripas corazón.

Después, como a un Cristo en procesión, su auto siguió al camión en un silencioso vía crucis a Calama.

—Todavía no la puedo querer. No consigo querer a Calama. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Para extrañarla un poco menos.

Le brota esa forma de mirar –remota–, cierta aspereza en la voz y un tintineo de plata en sus pulseras cuando agita el brazo para decir:

—¿Usted sabe que yo todavía sueño que vivo allá?

Desde el 2004, el ritual se repitió a diario durante tres años. Una por una, las familias recibieron turno para desalojar sus casas. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y las poblaciones desocupadas comenzaron a desaparecer bajo escombros.

El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo.

Hubo un momento penúltimo en el que solo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Era lo único que quedaba. Después, se perdería el rastro. Aquel día, quince autobuses con trabajadores salían de su turno. Renéjar era uno de ellos:

—Pararon todos los autobuses, la última camionada lo enterraba. Pararon todos y los camiones llegaban y llegaban. Todos lo vimos sin decir palabra. Muchos lloraron, habían nacido allí.

Epitafio para una casa

Veroska sabía lo que haría.

Compró pintura negra y brocha gorda y sobre el muro de la casa en que vivió sus 25 años, escribió: Gracias por todo Chuqui de mi vida. Estarás en nosotros para siempre.

Fue el derecho a la última palabra, un desahogo.

—Chuqui era todo –dice–. Cuando terminó, fue como si sepultaran mi infancia, mis recuerdos, mi vida entera. Es que era mi vida –y repite– mi-vi-da.

No fue la única. Los que se iban dejaban su firma en las fachadas. Era su manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

Aquí fuimos niños.
Gracias Chuquito por los años felices.
Adiós Chuquicamata, te dirán que te quisimos.
Mis mascotas descansan para siempre en tu jardín.
Los mejores años se quedan aquí.
Chuqui vive.

Mientras Ada Ramírez sentía una cosa rara, 30,000 chuquicamatinos sentían algo parecido: que estaban velando a un muerto. Aquel mediodía fue la hora fijada, el instante pactado del adiós. Habían llegado desde todo Chile y el extranjero para el evento final.

Las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Hablaron los que estaban lejos y no podían despedirse: Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Dónde vuelvo? Sus comentarios eran elegías breves: Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento, Qué feliz fui en esa mina maravillosa, Te extraño Chuquito y un escueto: Duele.

Lucho Zavala colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su casa de Calama. Le pidió el favor a un guarda:

—Le dije: Oye chatito, ¿sabes qué? El único favor que quiero pedirte es si me puedes traer la dirección de la casa donde yo vivía. Es la A-1049, está en una esquina. Ya, yo te la traigo. Y me la trajo. Y la puse ahí. Y yo entro y es como si entrase en mi casa de Chuqui.

El 1 enero de 2008 se produjo el cierre definitivo. Chuquicamata se declara zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido.

Las raíces al aire

No vuela un pájaro.

El centro histórico del campamento fue nombrado área patrimonial, y es –junto a sus barrios aledaños– lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Me acompaña Diego, coordinador de visitas.

En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, donde Diego estudió, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste, por qué? Diego escribe la suya en la intimidad de un rincón. En un aula destripada –tan solo una silla coja– el frío y correcto funcionario vuelve de pronto a lo que fue: un ser humano.

Caminamos entre árboles secos y viviendas selladas. Están ahí como cadáveres tibios. La calle fantasma es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez: las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: Aquí fue nuestro primer beso.

De tanto en tanto, Diego emite un susurro leve que erosiona el silencio mineral:

—Acá hay algo abierto.

El interior es un espacio interrumpido, atravesado por la urgencia de la partida. Quedan cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan papeles varios: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Esas cosas.

Huele rancio.

Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido –raíces muertas sobre una mesa podrida– de un bonsái arrancado de raíz.

Juntos pero no revueltos

Fue salir de la burbuja a la intemperie.

A las afueras de Calama están las villas construidas por Codelco, islas de casas color pastel con rejas altas y alarma. Allí, los chuquicamatinos se sintieron extranjeros. Los calameños, se sintieron invadidos. Más que de integración, el sentimiento fue de intrusión. Ambos eran mutuos extraños forzados a convivir.

Óscar y Blanca –chófer de extracción y su esposa– asoman apenas tras el enrejado:

—En las villas vivimos así, asustados. Cada uno en su metro cuadrado, de puertas para adentro. ¿Que yo comparta un almuerzo con mi vecino? Para nada. Eso ocurría en Chuqui. Allá todos nos conocíamos.

Venían de un lugar donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos aparcados con las llaves puestas.

La familia de Norma Salman fue una de las últimas en mudarse:

—El primer día me robaron. Y nunca en mi vida me habían robado. Dejamos las bicicletas en la terraza y forzaron el portal. En Chuqui jamás hubiera pasado.

El gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. En Chuqui todo era perfecto, no eran conscientes de que en las calles puede haber basura, perros vagos o maleantes. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Debieron aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público.

—A todo el mundo le cortaban el agua y la luz –sigue Norma–. Nos costó recordar que había que pagarlo todos los meses. Si el calefón no funcionaba, llamábamos a Codelco y venían a repararlo, se rompía un vidrio y venían a reponerlo. Una vecina fue a la municipalidad para que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso era asunto suyo.

Arriba quemando el sol

Antes, no hay nadie, la ciudad es una idea, un borrador, una intención: cualquier cosa que esté por venir. Cuando el sol calienta, Calama arranca, se llena de lagartos.

Calama tiene un microcentro y el Paseo Ramírez es el centro del centro. Allí hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar.

En la esquina él.

—Lechuga. Échate crema lechuga. Yo la uso siempre.

En Calama el frío corta los labios, amorata la piel, acuchilla el cráneo, el sol abrasa los tuétanos y los viejos saben de cosméticos. No es coquetería, es adaptación. Ya lo dijo Darwin.

Pedro Galleguillos –84 años, flaco piel y hueso, ojos tan azules: un galán– llegó a Chuqui veinteañero y pobre. Tiene tres casas y un cutis fabuloso.

La primera vez que pisó Chuqui fue a una casa. Allí vio a una niña que apenas le llegaba al pecho: peinaba a unos críos chicos. Después se fue a la Pampa, trabajó el salitre, conoció mujeres –“tan bonitas, que uno se enamoraba de ellas”–. A los siete años, volvió. Volvió a aquella casa, encontró a una señora, preguntó:

—Oiga, la última vez que yo estuve acá, había una niña. ¿Dónde está?

No recuerda dónde estaba, pero estaba.

—Esa es mi señora. Esa niña es hoy mi señora. Y esa casa está hoy bajo tierra.

Los que llegaron: venidos y quedados

En el verano de 1988, como todos los veranos, Gonzalo Cerdá llegaba a Punta Arenas –extremo austral del país– después de conducir durante cuatro días desde La Serena –en la zona central–. Viajaba con su esposa en un auto minúsculo, sin aire acondicionado, un auto que con los vientos patagónicos no superaba los 60 kilómetros por hora. Volvían de vacaciones. Cuando abrió la puerta de su casa –un apartamento que daba al Estrecho de Magallanes– vio encima de la mesa una carta de Codelco.

—La abro. Lo primero que veo es una cifra que decía sueldo base. Y esa cifra era cinco veces más de lo que yo ganaba en la Universidad.

Gonzalo era un joven ingeniero que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas. Unos meses antes, sin demasiadas expectativas, había enviado su currículum a la estatal.

—Cuando tú ves eso, te cambia el horizonte. Es decir, existe un lugar en Chile que te da la posibilidad de crecer, un futuro tranquilo, te lo da todo.

Al llegar a Chuquicamata, aquello les pareció la cresta del mundo.

—Era como estar desterrado. Así nos sentíamos nosotros.

Sin embargo –como el resto– Gonzalo generó en Chuqui una unión férrea. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él, la clave está en el aislamiento. En ese retiro geográfico solo se tenían los unos a los otros. Entre todos crearon el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo.

—Era un refugio. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de compartir, de comprobar –después de un par de tragos tal vez– ¿estás viviendo lo mismo que yo?, ¿estás echando de menos lo mismo que yo?

Los que estaban: nacidos y criados

Le dieron un ultimátum.

En la fotografía un hombre de 80 años, abatido, el rostro roto por algo que no es la edad, algo de más lejos, de más adentro. Lo supe después: era el rostro de la derrota. Es 24 de diciembre de 2007, Nochebuena, la noche última. Alcides Lira a la entrada de su negocio, La Verbena –emblema de Chuqui durante 55 años– iluminada como cada Navidad. Abrazado a su mujer, ambos miran lo que queda: poca cosa. Las luces solo para ellos. Y sus cuatro hijos. Desde la nueva casa en Calama, recuerdan en voz alta:

—Yo traje hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo, allí aprendí a patear una pelota.
—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95. Soy de algo que no existe.
—Yo trabajaba en Comunicación, me reunía con la gerencia y tenía claro lo que iba a pasar. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: Papá, el traslado va. Él dijo: No, Chuqui no se va a acabar nunca. Mi papá no creía, no creyó nunca.

Fue el último en salir. Por las mañanas armaba cajas para irse y por las tardes las desarmaba para quedarse. Cerraron Chuqui y él siguió yendo seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, y él usó baldes y velas. Los carabineros lo convencieron: No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Ande y váyase ya. Allá está su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuqui.

Chuqui-que-mata

En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 Don Alcides sufrió un infarto cerebral.

—Mi papá murió de pena.

Mario es el hijo mayor:

—Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo, mirando, le fallaba la parte emocional. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado.

La uruguaya Esther Gilio escribió: El exilio no es solo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado.

¿Se puede ser exiliado a solo 15 kilómetros del territorio natal? ¿Cuál es la distancia exacta, precisa, a partir de la cual uno queda fuera de lo suyo?

No hay lugar al que volver.

¿Cómo se transita el duelo por la parte de historia perdida, por la memoria hecha añicos, por la certeza del no retorno?

De ciertas Cosas, poco se sabe.

Que fueron.

Que no son más.

Que duelen.

Alguien golpea las manos en la puerta sin timbre de la casa de la familia Pasteri, en el barrio de la Ciudadela, San Miguel de Tucumán. Es domingo y son las 7.30 de la tarde. Adentro toman mate Domingo Pasteri y su esposa Teresa Di Sántolo, junto a uno de sus tres hijos, Juan Carlos, que vino de visita como todos los domingos. En la vereda vuelven a golpear las manos, esta vez más insistentemente, y esa pequeña interrupción de la tranquilidad habitual del pasaje Ambrosio Nougués 1747, por alguna razón, suena como un puñal en los oídos de Teresa.

“Ahí vienen a avisar que Adrián se ha accidentado”, le dice Teresa a su marido y suelta el mate abruptamente sobre la mesa. Domingo salta de la silla y corre hacia la puerta. Por detrás va su esposa. Al llegar, ven a dos chicos de unos 20 años, temblorosos y con el rostro pálido.

—Somos de ALCO –dijeron.
—¿Qué vienen a buscar acá? ¿Adrián no debería estar con ustedes en una hamburgueseada? ¿Qué pasó con Adrián? –preguntó Teresa, casi increpándolos.

Los chicos no sabían cómo contar lo que habían vivido minutos antes en esa misma reunión donde estaba Adrián. Nadie sabe cómo dar malas noticias.

—No señora, lo que pasó es que Adrián se tiró a la pileta y se golpeó el hombro.

Teresa los volvió a increpar, ya sin dudar de que algo malo había sucedido.

—Mirá, a mí no me vengas a mentir. Si es cierto que Adrián se golpeó en una pileta como decís vos, seguro tiene rota la cabeza, no me vengás con ningún cuento.

Y se largó a llorar.

***

El día no estaba para pileta el domingo 5 de noviembre de 2000. Pero en la casa ubicada en San Martín al 3500 todos disfrutaban de ella. Había ocho amigos: cuatro mujeres y cuatro varones. El fondo de la casa era grande, con quincho, asador y una pileta de cemento en el medio, rodeada de césped, de unos cinco metros por dos, aproximadamente. Todo conectaba con el garage a través de un pasillo largo.

Después de comer las primeras hamburguesas algunos comenzaron a tirarse a la pileta. Adrián, hiperactivo, era el que más se tiraba. Había practicado natación en Central Córdoba durante tres años: sabía nadar cuatro estilos, saltar en trampolín, era un buen nadador.

Saltó la primera vez. Todo bien. Saltó la segunda. Todo más que bien. Dentro de la pileta estaban sus cuatro amigas y uno solo de sus amigos, Walter, conversando y jugando. Afuera, en el borde, los otros dos, Edgardo y Daniel, estaban de pie. En el tercer salto ocurrió algo rarísimo: a Adrián se le va el cuerpo y queda vertical en el aire, cabeza abajo. En milésimas de segundos, al darse cuenta de su posición y mientras caía al agua, Adrián decidió llevar la barbilla al pecho y estirar las manos para minimizar el golpe porque sabía lo que se venía.

No hubo mucho que hacer. Su cabeza impactó de lleno en el cemento del fondo de la pileta. Y en ese momento, todo se apagó.

***

Adrián Gustavo Pasteri nació el 14 de agosto de 1980. Hizo la primaria en la escuela Belgrano 259 y estaba a punto de terminar el secundario en la escuela Técnica 2 cuando su vida cambió para siempre.

Antes del accidente, Adrián era un chico con una vida normal. Sus padres lo describen como obediente y estudioso. Fue abanderado en la primaria y de 2.500 postulantes para ingresar a la escuela técnica, él entró en el puesto 14.

Se levantaba todos los días a las 6.30, iba a la escuela por la mañana y por la tarde, y por las noches hacía cursos de educación para adultos en reparación de televisores, electrónica y radio. En los tiempos libres trabajaba por cuenta propia haciendo electricidad del hogar.

En el último año del secundario, le ofrecieron buenos trabajos que rechazó por falta de tiempo. Adrián quería terminar el secundario sin atrasos y prepararse para ingresar al año siguiente en la escuela de oficiales de Gendarmería Nacional.

En enero de ese año 2000, había comenzado a ir al gimnasio y a cuidar mejor su alimentación. Sabía que con los 106 kilos que pesaba le sería difícil ingresar a Gendarmería. A través de un amigo, conoció la Fundación ALCO –Anónimos Luchadores Contra la Obesidad–, la reconocida institución fundada por el doctor Alberto Cormillot. Se acercó a la filial de Tucumán, en Crisóstomo Alvarez al 300, sin más pretensiones que retirar una dieta. Pero pronto comenzó a ir a las reuniones de grupo los miércoles a la noche, conoció gente con la que socializó rápido y se hizo un nuevo grupo de amigos. Después de cada reunión, el grupo iba al Bar Astoria, ubicado en la primera cuadra de la calle Congreso. Sin teléfonos celulares ni redes sociales donde organizarse, entre charlas y risas, cada miércoles organizaban desde las mesas del bar las salidas de los fines de semana. Eso hicieron la semana previa al accidente: arreglar una hamburgueseada en la casa con pileta de Sonia, una compañera de ALCO.

Ese domingo 5 de noviembre de 2000, Adrián salió caminando de su casa por última vez. Tenía 19 kilos menos de los que pesaba en enero. Fue a la calle San Martín al 3500, tocó el timbre, entró y saludó a sus amigos. Eran las 11 de la mañana.

Horas más tarde, lo sacarían de allí acostado en una camilla.

Estoy sentado al lado de la cama donde Adrián Pasteri pasó los últimos 12 años sin poder moverse, acostado y mirando el techo, en la misma casa humilde de donde salió por última vez en el barrio de La Ciudadela, en la periferia de la ciudad.

La habitación tiene cuatro por cuatro metros, paredes celestes y dos camas: en una está Adrián y en la otra su papá, Domingo, que duerme a su lado desde el día del accidente. Entre ambas camas hay un mueble con remedios. Detrás, una ventana que da a la galería del frente por donde no entra mucha luz. Del otro lado, un mueble con armarios donde está el televisor, más remedios y elementos de higiene personal, entre estampitas de santos y vírgenes: la del Perpetuo Socorro, la del Valle, la de San Nicolás, la de Lionel Messi, ídolo de Adrián. Y entre sus pies inmóviles, en la punta de la cama, una estampita de San Expedito.

En esa misma cama Adrián permanece quieto desde hace doce años. Tiene dos almohadas y una toalla sobre las que apoya su cabeza. Su cuerpo está tapado con una sábana hasta un poco más de la cintura. solo se ven parte de su torso y sus hombros blancos y caídos que sobresalen de una musculosa gris. Por los relieves que deja su cuerpo debajo de la sábana, alcanzo a ver que es grande. Sus brazos y sus piernas son largas, y su cuerpo debe medir 1.85 metros. Su cara es redonda y de piel blanca, muy blanca, como la de quien no ha visto el sol durante años, como él. Tiene el pelo corto, castaño oscuro. Y sus ojos son claros y transparentes como los de su mamá Teresa. Su mirada vidriosa tiene una profundidad de la que nadie puede escapar. Sobre todo si corre levemente la cabeza a un costado, y te mira.

A lo largo de nuestros encuentros me iré dando cuenta de que lo más sano que tiene Adrián en su cuerpo es su mente y su espíritu. Ambos están intactos y lo mantuvieron vivo hasta hoy, entre otras cosas. Sigue siendo ese joven brillante e inteligente que ya era en su adolescencia, pero tristemente esclavo de un cuerpo que no se puede mover. Sigue teniendo ese espíritu íntegro de antes, aunque ahora curtido por todas las dificultades por las que atravesó y atraviesa.

En los seis encuentros de tres horas que mantuve con él, fui conociendo los hechos y los datos más relevantes de su vida, eso que no puede faltar en una crónica; pero también lo impalpable, lo que no se toca y se siente, ese universo plagado de sensaciones inexplicables y contradictorias que sobreviene cuando nos involucramos en una historia como ésta, donde el destino parece tener todas las respuestas y, mezquino, no nos quiere dar ninguna.

Lo primero que le pregunto es si está preparado para volver atrás y recordar lo que pasó. Su fortaleza interior me dice que sí, que ya no le duele el recuerdo. Que esa etapa ya pasó. Que le pregunte lo que quiera.

—Es inexplicable –me dice. Todo venía bien ese día. Le pegué directo al cemento. Un impacto de lleno de mi cabeza contra el cemento. Recuerdo que sentí una explosión en el cuello. Como si explotara una bomba de estruendo. Me quedaron zumbando los oídos y automáticamente dejé de sentir mi cuerpo. De la barbilla hacia abajo, nada.
—¿Ni sensibilidad, ni dolor?
—Nada de nada.
—¿La pileta tenía suficiente agua?
—Estaba llena, pero no era profunda. Un metro veinte, más o menos.
—¿Habías tomado alcohol?
—Nada. Todos los estudios posteriores dieron negativo. Ni drogas ni alcohol.
—¿Y qué pasó después?
—Quedé flotando boca abajo. Todos pensaban que era una de mis bromas. Tuve asfixia por ahogamiento y perdí el conocimiento. Pero no por el impacto, sino por el ahogo. Tragué mucha agua y me desmayé no se por cuánto tiempo. Cuando me desperté ya estaba en el borde de la pileta, pero no sentía nada. Toda la energía de mis 87 kilos más la velocidad de mi caída, todo fue a parar al cuello.

Él no lo recuerda, pero Edgardo y Daniel, que estaban al borde de la pileta, cuando vieron que él flotaba boca abajo, arrojaron sus billeteras en el pasto y se tiraron con ropa a la pileta. Llevaban jeans, remeras y zapatillas. No les importó. Walter, que ya estaba adentro, fue el que lo dio vuelta en el agua. Vio por el color morado de su rostro que algo no andaba bien. Al ver esa escena, las chicas comenzaron a gritar y entre los tres varones levantaron su cuerpo pesado e inerte y lo acostaron en el borde de la pileta. Walter, profesor de educación física, le hizo reanimación durante cinco o seis minutos. La dueña de casa, Sonia, llamó a la ambulancia. Al poco tiempo, Adrián despertó.

“No siento las piernas, no siento los brazos”, decía Adrián, según lo que me cuenta Edgardo Espinosa, árbitro de fútbol y amigo de Adrián de ALCO, en la mesa de un bar frente a la Plaza Urquiza.

El clima en la casa pasó de ser festivo a desesperante.

“Lo alzamos de nuevo y lo llevamos cerca de la puerta, para recibir la ambulancia. Siempre me quedó la duda si en ese traslado no le hicimos un daño mayor. Los otros dos se fueron a avisarle a los padres”, me cuenta Edgardo, que estuvo con la ropa mojada hasta las diez de la noche de ese domingo por los pasillos de los hospitales hasta que decidió volver a su casa a cambiarse. Dice que esa noche no vio Fútbol de Primera ni pudo pegar un ojo.

A Adrián lo llevaron primero al Hospital Padilla donde le sacaron el agua de los pulmones y del estómago, y después lo trasladaron al Sanatorio Sarmiento donde, en la madrugada del lunes 6 de noviembre, le hicieron todo tipo de estudios para llegar a un diagnóstico.

En la mañana siguiente, el médico fue hasta su habitación y lo despertó con los resultados bajo el brazo. “Dígame lo que tengo”, le dijo Adrián. El doctor quiso esquivar la pregunta, miró al padre que ya estaba a su lado, y éste le dijo: “dígale, doctor, dígale”.

Entonces el médico le dijo.

—Bueno mirá, te la voy a hacer simple, no voy a andar con vueltas. Hacé de cuenta que te han puesto en una mesa boca abajo y te dieron un mazazo en la nuca. Tenés destrozada la columna cervical”.

Adrián se quedó mudo. Su calvario recién comenzaba. Era cuadripléjico.

Luxofractura en la columna cervical, a nivel de C3, C4, C5 y C6. Así se llama clínicamente lo que sufrió Adrián Pasteri el día del accidente en la pileta.

La zona cervical es la que abarca el cuello. A cada una de sus vértebras se le asigna un número para identificarlas. De las siete vértebras que tiene la cervical, Adrián se fracturó cuatro: la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta, empezando desde arriba. En ese nivel están todos los nervios del sistema cardiovascular y respiratorio. Aunque cueste creerlo, el accidente de Adrián Pasteri tuvo un milagro inesperado: el impacto fue tan perfecto que no comprometió esos nervios. Un milímetro más para uno de los lados hubiera sido fatal. Ni siquiera su cabeza quedó golpeada. No tuvo hematomas ni corrió una gota de sangre por su frente. Todo, absolutamente todo el impacto fue a parar a los huesos ahora rotos de su cuello.

—Mi médula no estaba dañada. No tenía daño por punción, ni por raspadura, ni por laceración ni por corte. Sí un daño grande por compresión. Estaba muy inflamada, pero no se cortó, y eso era bueno –dice hoy Adrián desde su cama.

Lo primero y más urgente que había que hacer entonces era descomprimir la médula.

—Me ataron una cuerda en la mandíbula con una sábana, era un equipo de tracción muy rudimentario. Yo estaba en una tabla de madera, no me podían poner en un aparato, así que ahí mismo el médico y una enfermera comenzaron a tirar para que mi cabeza se despegara de mi cuerpo. Nunca sentí dolor. solo cuando apoyaba muy fuerte la cabeza en la tabla. Y eso fue, en parte, lo que me salvó la vida.

Pero no sería suficiente. Ese mismo lunes, a Adrián lo trasladaron al sanatorio Modelo para seguir descomprimiendo la médula, ésta vez mediante una cirugía de descompresión medular que duró cuatro horas.

Si el calvario había comenzado con el crudo diagnóstico del médico esa mañana en la habitación, ahora vendrían los momentos más duros y dolorosos de su vida: estando en terapia intensiva recuperándose del post operatorio, una enfermera le lavó la cabeza con agua y jabón dejando que ésta escurriera por debajo del parche que tenía en la nuca. Esto le provocó una infección feroz en la herida y en todo su cuerpo ya dilapidado. Adrián estuvo más cerca de la muerte por la negligencia de una enfermera que por su accidente en la columna cervical.

Tuvo que soportar picos de 45 grados de fiebre sin pérdida de conocimiento. Su cuerpo no soportaba ningún líquido, no podía comer nada sólido. Comenzó a perder peso. Encima, todos los dolores que no tuvo durante su accidente comenzaron a llegar juntos de una sola vez producto de la operación. Quince ampollas de calmantes por día, diez más de Dipirona y los antibióticos más fuertes de Argentina y el mundo iban a parar a su cuerpo.

—Me pusieron antibióticos que en ésa época eran experimentales. Yo mismo autoricé a los médicos a que me los dieran. Tenían nombres rarísimos. Me daban dos por día, y en total tomé 28 frasquitos.

El tratamiento era tan agresivo que lo estaba consumiendo. Adrián llegó a pesar 40 kilos, la fiebre no le bajaba y seguía sin poder comer. Entonces tomó una decisión terminante: le pidió a los médicos que le quitaran la medicación. “Denme todos los papeles, píntenme los dedos y firmo lo que sea, yo decido sobre mi vida, esto no lo aguanto más”, dijo Adrián a los médicos.

—Era morir o vivir con lo que tenía. Nadie me daba una noche más de vida. Cada mañana que yo me despertaba me decían ‘seguís vivo’. Pero no me quedaba otra. Me estaban haciendo pelota.
—¿Y qué pensabas en ese momento?
—Sobrevivir un día. Nada más.

Nadie se explica cómo lo hizo pero Adrián no solo logró sobrevivir un día. Le bajaron las dosis de la medicación y pasó cuatro meses internado soportando dolores y padecimientos. Tanta concentración de antibióticos y calmantes le había minado el estómago que rechazaba todo lo sólido. Tomaba seis litros de leche por día, cuatro de jugo de soja, seis de jugo de frutas, montones de botellas de agua. La fiebre comenzó a bajar, fue recuperando peso de a poco hasta que en marzo de 2001 decidió volver a su casa.

Para él, no había mucho más que hacer. La medicina había llegado a su límite. solo quería volver a su habitación.

***

En su casa Adrián volvió a comer. Comenzó a subir de peso hasta estar clínicamente estable. Recién ahí comenzó a ocuparse de su columna nuevamente. Pese a la operación de descompresión medular que le habían practicado, Adrián sentía que algo no andaba bien. Persistían los dolores en el cuello, la incomodidad constante, no podía sentarse en 90 grados.

Encargó nuevas tomografías con un nuevo equipo médico. Al verlas, se llevó una sorpresa.

—Me desestabilizaron el cuello en la operación. Mi columna estaba bien ubicada. Hecha pelota pero bien ubicada. Ahora la tengo desviada un centímetro.
—¿Estás diciendo que la operación fue mal hecha?
—Mi opinión es ésa porque no me pueden dejar el cuello desestabilizado y desalineado. No hace falta ser médico para darse cuenta. Ves los estudios y está ahí. Es como que te enyesen el brazo y te quede levantada la piel por un hueso mal puesto. Bueno, conmigo lo mismo. Sé que está mal porque mi cabeza no está en el lugar correcto. solo yo sé lo que siento cuando trago, cuando me siento. Uno sabe cuando el cuerpo no está bien. Es por lógica y deducción, nada más.
—¿No intentaste hablar con el médico que te operó?
—Nunca más lo vi.

Adrián no quiere dar a conocer el nombre de ese médico. Aunque está seguro de lo que dice, sabe que no tiene cómo probarlo. Y prefiere dejarlo así.

Imagino que la enfermera que le lavó mal la cabeza y el médico que lo operó están primeros en la lista de personas que Adrián irá a visitar, si algún día vuelve a caminar.

Desde 2000 hasta hoy, Adrián está acostado en una cama ortopédica levemente reclinada. Los primeros años podía sentarse en una silla de ruedas en noventa grados y recorrer, por lo menos, su casa. Pero después por indicación médica dejó de usarla. Su cuello no soporta más de quince minutos el peso de su cabeza y después comienza a ser molesto y doloroso. Apenas puede mover la cabeza y los brazos. El resto no. Tiene lo que se llama sensibilidad mayor: siente el frío, el calor y la presión, pero no perfectamente. Él describe esa sensación como cuando se nos acalambra un brazo. “Te tocás y lo sentís raro o casi nada. Bueno así”.

Adrián sufre dolores crónicos las veinticuatro horas del día. Los únicos remedios que toma son un calmante y un ansiolítico para calmar el dolor y bajar los niveles de ansiedad y stress que le provoca su situación.

Desde que se accidentó, tiene tratamiento psicológico a domicilio –una vez por semana– y un fisioterapeuta –tres veces por semana–. Su médico de cabecera y su traumatólogo lo ven menos, cuando hace falta recetar algún remedio o hacer algún estudio. Durante los primeros años después del accidente, Adrián tuvo stress postraumático que le impedía dormir bien. Tenía pesadillas y se despertaba en medio de la noche asustado.

Cuando estaba internado las primeras semanas después de su accidente iban a verlo cientos de personas. Ahora, las visitas se cuentan con los dedos de una mano. Amigos, vecinos, incluso familiares, dejaron de verlo. Y le dolió. Según me cuenta, algunos lo hicieron porque no soportaban verlo así; otros por falta de tiempo; otros por desinterés.

Pero si hubo quienes no se movieron de su lado en estos doce años fueron sus padres, Teresa y Domingo, ambos con 74 años y con problemas de salud, sus hermanos Enrique –tiene una discapacidad mental– y Juan Carlos; su cuñada Liliana y su sobrina, Verónica, de 24 años.

Un entorno familiar machacado por los golpes y las enfermedades pero inquebrantable y firme ante las adversidades.

Fuera de su familia, una de las personas que más influencia tuvo en la vida de Adrián Pasteri fue el sacerdote Luis Rufino, a quien conoció durante sus peores días en el Sanatorio Modelo.

A lo largo de toda su convalecencia, el padre Luis –como lo conocían todos– lo visitaba todos los días (falleció en marzo de 2012), le llevaba la comunión, lo escuchaba, lo aconsejaba, le llevaba comida y lo que juntara entre sus amigos.

Adrián se emociona al recordarlo.

—No tenía plata para comprarme un colchón anti escaras y él sacó de su bolsillo y me lo compró. Me sentía mal y deprimido y él conversaba conmigo. No tenía silla de ruedas y él hizo una colecta y me la compró. El PAMI –la obra social de Adrián– me la dio 5 años después. Él jugó un papel fundamental en mi vida y en la de mi familia. Era una excelente persona y amigo, además de un gran sacerdote.
—Te habrás enojado mucho con Dios en ese tiempo.
—Ufff… ya perdí la cuenta. Los primeros años no quería saber nada con Dios, ni con la Virgen, ni con la religión. Por eso me aguantó tanto el cura Luis. Él me decía: “puteá todo lo que quieras a Dios, él te va a entender y si no te entiende, te va a perdonar. Pero nunca tengas miedo de nada”. Luis me entendió desde el primer momento. Nunca me obligó a nada. No venía con la sotana y la Biblia bajo el brazo diciéndome ‘esto te lo manda diosito`. Él era un amigo.
—¿Sos un hombre de fe?
—A mí la fe me ayuda. Pero en algunos momentos no me sirve para nada. Cuando no le encontrás sentido a tu vida es como que te estorba y puteás a medio mundo. A mí me pasa eso. Cuando se te sale la cadena, se te sale. Y ahí la dejo a un costadito y le digo ‘aguantame ahí’. Pero no la dejo tirada sino que le digo ´aguantame ahí que ya voy a volver´.

Luis Rufino pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas con una pierna amputada por la diabetes. Aún inválido, se las arreglaba para visitar a Adrián y llevarle comida que sacaba de su propia alacena.

Pero el papel más decisivo que jugó Rufino en la vida de Adrián quizás haya sido el haberlo contactado con personas influyentes en el ámbito del Estado. Una de ellas –que no quiere dar su nombre para esta crónica– expuso el caso de Adrián en la Legislatura de Tucumán, en el año 2008. Fue en una sesión de la cámara tucumana donde justo estaba presente la por entonces y actual Ministra de Desarrollo Social de la Provincia, Beatriz Mirkin.

La exposición del caso de Adrián se hizo pública y figura en la versión taquigráfica del diario de sesiones de la Legislatura de Tucumán correspondiente al 25 de setiembre de 2008. Aprovechando la visita de la ministra y de la presencia masiva de los medios de comunicación, la historia de Adrián fue el centro de la escena. Si el Estado había estado ausente a lo largo de toda su enfermedad, ahora se empezaría a movilizar.

Hasta ese momento, Adrián y su familia habían presentado papeles y más papeles en secretarías y ministerios para acceder a mejoras en su calidad de vida. Nunca obtuvieron respuesta. Ni por sí, ni por no. A cada papel presentado, la respuesta era nula.

Después de que su caso se hiciera público, los expedientes tantas veces abandonados se empezaron a mover. En ese momento, Adrián estaba en una habitación distinta de la que tiene ahora. La de antes era caliente y húmeda, algo que clínicamente lo afectaba. No tenía instalación de gas en su casa, ni agua caliente. Le faltaba instrumental para medición, oxímetro de pulso, nebulizador, tensiómetro digital, colchón anti escaras, una computadora con acceso a internet, acondicionador de aire, entre otras cosas. Nada de eso tenía Adrián y le correspondía por derecho, no por capricho. Y el Estado estaba obligado a dárselo. Incluso una nueva habitación con baño adaptado para discapacitados.

A través del Ministerio de Desarrollo Social le construyeron un baño y una habitación nueva. Aunque esto último es incompleto. En realidad, se la construyeron hasta la mitad. Y eso también fue noticia.

—Hasta un metro veinte me la construyeron –recuerda con fastidio Adrián–. Era todo el material que había. Sacaron mal los cálculos o no trajeron lo que faltaba pero a mí me construyeron la habitación hasta un metro veinte. El resto lo tuvimos que pagar nosotros con la ayuda de los amigos y con créditos que sacó mi papá. El Ente de Infraestructura Comunitario puso la mano de obra.

En su cama, Adrián quiso dirigir la obra para completar la construcción de su nueva habitación. Pedía los planos a los arquitectos, dirigía a los albañiles, controlaba la calidad de las instalaciones eléctricas y de los cables. Tantos años aislado no habían minado sus conocimientos en electromecánica de la escuela técnica. A fines de 2009, Adrián durmió en su nueva habitación. Lo que sí le dio entero el Ministerio de Desarrollo Social fue el cielorraso y los instrumentos de medición. El resto llegó a través de donaciones privadas: aire acondicionado, ventilador de techo, televisión, equipo de música, muebles, entre otras cosas. Su calidad de vida mejoró considerablemente.

Pero la llegada de la computadora fue lo que a Adrián le cambió la vida. Obtuvo una por medio del área de discapacidad de la Legislatura pero, tiempo después, sus amigos le regalaron otra, con prestaciones más altas, acceso a Internet y un programa de voz mediante el cual enciende y apaga la luz y la televisión, reclina su cama y hace todo lo que cualquiera puede hacer con una computadora: redactar mails, chatear, leer diarios, visitar páginas, aprender tutoriales, ver videos, conectarse a las redes sociales, entre otras cosas.

Como si fuese un ser con poderes superiores, ahora Adrián dirige su mundo de cuatro por cuatro mediante la palabra. Lo que no pueden hacer ni su cuerpo ni sus brazos lo hace su voz. Tiene un micrófono que está pegado a su boca las veinticuatro horas del día, y la pantalla de led está suspendida delante de sus ojos por un caño atornillado en la pared.

—¿Ya habías usado Internet?
—No en toda su dimensión. Estaba desactualizado y tuve que empezar de cero. El primer día me metía en todos lados. Quería ver todo. Me volví a relacionar con la gente. Lo que a mí me conecta con todo es Internet.

Adrián cuenta que antes de tener la computadora, para leer el diario sus padres se tenían que parar a cada lado de la cama, sostenerle el papel y darle vuelta la página. Ahora, cada mañana y durante todo el día, Adrián entra a diarios digitales de todo el mundo, baja tutoriales de edición de videos y de fotos, ve películas y series, y lee libros. Su película preferida es Perfume de Mujer. Dice que la vio 44 veces. Y entre las series, The Walking Dead está en los primeros puestos. En Facebook y Twitter tiene miles de amigos y seguidores. Ahí le muestran su afecto y lo animan a seguir adelante personas de muchos países.

El chico que se pasó diez años mirando el techo desde su casa en La Ciudadela, ahora pasa entre 15 y 18 horas por día conectado a Internet, mira la pantalla y ve el mundo.

Adrián es fanático de los fierros. Sobre todo de las Harley Davison y los Ferrari. Tiene cientos de fotos de sus motos y autos. Me muestra algunas y de cada uno me cuenta con lujo de detalles qué tipo de motor tiene y demás cuestiones que no llego a entender.

Le pregunto si se imagina andando en uno de ésos. Me sonríe. Mira cada foto como un hambriento miraría un plato de comida. Realmente le encantan los fierros. Los mira con deseo. Recorre la pantalla con su mirada y claro que se imagina en uno de ésos.

—Una Harley, una Ferrari y una buena mina–, me dice levantando las cejas.

Le sigo la conversación y soñamos juntos.

—¿Rubia o morocha la buena mina?
—Mmmm, castaño claro con rulos.
—¿Alguna que te guste?
—Scarlett Johanson.
—¿Viste alguna película de ella?
—No, se te hace.
—Bueno, cuando vuelvas a caminar te voy a venir a buscar con una Ferrari y dos minas. Vos manejás. Scarlet va a tu lado.

Vuelve a sonreir, se queda pensando. Se aprieta el labio inferior de la boca con los dientes y mira el techo como diciendo “mamita, la que vamos a armar”. Pero vuelve a la realidad y dispara, no sin humor:

—Pero no pasamos de la esquina con una Ferrari por acá.

Ríe él. Río yo. Soñamos los dos.

El 9 de mayo de 2010, Adrián se creó una cuenta en Taringa, la comunidad virtual de origen argentino donde los usuarios pueden compartir todo tipo de información mediante mensajes a través de un sistema colaborativo. Comenzó a postear contenido como un simple usuario; luego comenzó a contar su caso, publicar entrevistas y notas que le habían hecho algunos medios. Pronto fue un boom. Nadie podía entender cómo lo hacía. Todos quisieron conocerlo.

A través de una amiga de esa comunidad, Adrián consiguió el mail de uno de los dueños de Taringa, el argentino Matías Botbol. Acostumbrado a las faltas de respuestas del Estado, Adrián le envió a Matías una invitación para chatear en el Messenger sin demasiadas esperanzas de contestación. Pero a los diez minutos se le abrió una pantalla que decía “adri cómo andás”. Era el mismo Matías Botbol.

Adrián abrió los ojos grandes y chatearon de todo un poco hasta que Botbol le preguntó si le gustaría ser moderador de Taringa. Entre todos los rangos que tienen los usuarios de esa comunidad, el de moderador es el más alto, el que permite editar, eliminar, corregir y controlar lo que se publique allí, prestando atención al protocolo de la misma. Los usuarios solo son promovidos a moderadores por los administradores. Taringa tiene más de 20 millones de usuarios en todo el mundo, de los cuales solo 30 son moderadores.

A Matías Botbol le preocupaba que a Adrián le pudiera afectar los insultos del resto de los usuarios que muchas veces reciben los moderadores. Pero acostumbrado a los golpes de la vida, Adrián le dijo que no habría problemas. Sin que él lo supiera todavía, durante la charla, Matías Botbol apretó un botón y convirtió al usuario adrian28222 (hoy es AdrianPasteri) en moderador de Taringa.

MATIAS dice:

Te felicito, entonces.

ADRIAN dice:

Por?

MATIAS dice:

Ya está, que lo disfrutés y que te sea leve.

Inmediatamente después de esta conversación en el chat del MSN, Adrián entró a su página de Taringa y vio algo totalmente distinto. Se le abrió una pantalla diferente, con nuevas funciones y opciones. Eran las cuatro de la mañana del 24 de febrero de 2012. Pegó un grito que despertó a sus padres. Vinieron a ver qué pasaba. Desde la habitación de su casa en la Ciudadela, en un barrio periférico de Tucumán, había ingresado al selecto universo de moderadores de la comunidad virtual más grande de Argentina.

***

4.415 días.

Eso es lo que Adrián lleva acostado sin moverse de la cama. Pienso en todo lo que se puede vivir en esa cantidad de días. Y es inevitable pensar en la dimensión que adquiere el tiempo para una persona postrada en su cama 4.415 días. Qué puede ser el pasado, el presente o el futuro para alguien que se ha pasado esa cantidad de tiempo en una habitación de cuatro por cuatro. Qué puede ser la vida.

Trato de imaginarlo pero no puedo.

Hoy, el futuro para Adrián es una cirugía reconstructiva de la columna cervical que consiste en un implante de una prótesis de titanio. Si sale bien, le permitiría recuperar la posición ergonómica correcta de su cuello y permanecer más tiempo erguido en una silla de ruedas. Incluso, por qué no, volver a caminar, aunque sea con un bastón.

Pero para que esto ocurra, el PAMI tiene que autorizar los costos de la operación que son altos. Se tiene que formar un equipo médico interdisciplinario que esté de acuerdo con el modo de abordaje de la operación.

Varias veces estuvieron cerca de hacerlo, pero fue postergada por problemas de salud de Adrián o de sus padres. Ellos ya no pueden salir como antes a hacer trámites y llenar papeles. Y Adrián necesita quien lo haga por él. También porque nunca llegó la prótesis correcta, y cuando llegó la correcta, el equipo médico que iba a operar se disolvió.

—Es una cirugía muy riesgosa y ante la mínima duda o falta de garantías, los médicos no la hacen. Es todo un tema –dice Adrián.

Hoy, ésa posibilidad es una de las últimas cartas que le queda a Adrián. Quizás sea una en un millón. Pero, ¿quién no la tomaría si es lo único que le queda?

***

—Entonces, Adrián, ¿no perdés las esperanzas de volver a caminar?
—Eso es lo último que se pierde. En esto de la columna nadie tiene la última palabra.
—¿Qué es lo que te mantuvo firme todos estos años?
—No lo puedo explicar con palabras. No se cómo hago. Yo solo lucho por salir adelante, por mí mismo y por mis viejos. solo quiero estar bien.

Después de varios encuentros, conversamos como dos amigos. Sus ojos claros y transparentes ahora me parecen familiares. Le pregunto cómo ve su futuro.

—Yo no se hasta donde voy a llegar. Yo quiero llegar hasta el máximo que yo pueda. Lo máximo. No me conformo con que siga vivo y esté bien de la cabeza. Yo quiero seguir hasta dónde me dé el cuero.
—¿Vos no sentís que hayas llegado a tu límite?
—No, ni cerca. Muchos se dan por vencido porque les dicen que es imposible. Nada es imposible para mí. Los límites se los pone cada uno. Yo sé que tengo limitaciones y eso está a la vista, pero de ahí a que vos te pongas limitaciones, es otra cosa. Yo quiero seguir lo más que pueda hasta donde pueda, y una vez que consiga todo eso, veré cómo sigo. solo quiero que mi familia esté bien y yo estar mejor; no andar con tantas necesidades ni con tantos quilombos. Como que quiero eso… un poco de paz.

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos, esquiva un escritorio y saluda a Saúl Quijada, un hombre serio, pequeño pero fornido, dueño de una frente amplia y una línea en el bigote perfectamente rasurada, como dibujada con delineador. Un Pedro Infante salvadoreño. Raymundo Sánchez, en cambio, es laaargo, moreno y colmilludo. “Un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas”, dirán de él sus compañeros. Raymundo Sánchez atraviesa el cuarto de los huesos con La Muchacha en brazos. A toda prisa. Al final del cuarto hay una puerta que descubre un patio. Sale. En el patio hay un caldero y debajo una hornilla conectada a un tambo de gas. Raymundo Sánchez crea fuego. Quien lo viera ahí, acurrucado, claudicaría ante un espejismo: un brujo juega con su pócima; llena con agua el caldero y ahoga a La Muchacha, sumergiendo una por una todas sus partes; agrega una pizca de Axión quitagrasa y se dispone a esperar tres horas de cocción. Al cabo de unos minutos el agua ya bulle y hace revolotear los 146 huesos en los que está resumida La Muchacha. El cuerpo humano tiene más huesos que esos 146, pero esa ausencia no inquieta a Raymundo Sánchez. Son suficientes y él los necesita pulcros. “Limpitos, chelitos”, dice. Aprisionada, sometida bajo un trozo ahumado de duralita, La Muchacha ni viva hubiese dado pelea. No tiene cómo: alguien le robó para siempre los brazos.

—Esta es La Muchacha de Ilopango –dice Raymundo Sánchez–. Fue encontrada en un segundo enterramiento. Se presume que su novio la mató y la quiso desaparecer dos veces. Quién sabe dónde quedaron sus bracitos.

***

Cuando el caldero alcanza la ebullición desparrama por sus costados un charco grasiento que chorrea hasta el suelo. Afuera San Salvador es humo, es grito de vendedores alrededor del Centro de Gobierno, es el silencio de un palacio legislativo que al fondo de este complejo parece estar pintado. La Corte Suprema de Justicia está al otro lado de la calle, cuatro pisos arriba en el palacio judicial. Demasiado en el cielo para un país en el que los más desgraciados seguro, seguro, seguro, terminarán bajo la tierra, hasta que alguien los encuentre –si los encuentran– y acaben en la esquina de este patio, cocidos en el caldero que custodia Raymundo Sánchez. El caldero humea y La Muchacha se evapora y se eleva al cielo; las nubes están cargadas; se viene un mes gris y lluvioso. Hay mañanas en las que cuesta más trabajo tenerle fe a la humanidad, sobre todo si amaneces frente a la sopa de una muchacha.

***

Al cuarto de los huesos entra Óscar Armando Quijano, un médico cincuentón dueño de un par de lentes y unas corbatas de colores brillantes. El doctor Quijano es el jefe del Equipo de Antropología Forense (EAF) del Instituto de Medicina Legal de El Salvador. Él no evoca a ningún actor, pero a partir de esta, todas sus entradas a este cuarto harán recordar al Kramer de Seinfeld. Es un hombre-cómico, un chistoso, un jodarria. Cuando entra, un instante es un tornado, el cuarto cobra vida, se alegra, hasta que él invoca seriedad.

—¡¿Cómo estamos, vieja loca!? – le dice al doctor Saúl Quijada. El hombre del bigote fino deja en paz a una calavera, la coloca sobre un estante y choca palmas y puños con su amigo. Se molestan desde hace 15 años. Por llamarse de esa forma –un episodio que tiene a la base una película de Pedro Infante y a una mujer bonita que se les puso enfrente– ambos son conocidos como “Las viejas”.

Ahora, el doctor Quijano se dirige a Raymundo Sánchez, pero en realidad nos está hablando a todos.

—?¡Ajá, Humildad! Este hombre es pura humildad. Y tiene pedigree. ¡¿Verdad, Humildad?!

Raymundo Sánchez se retuerce en su silla. Ríe, todos reímos, hasta que el doctor Quijano deja de retorcerle los pellejos de las costillas.

—?¿Vieron? ¡No chilla!

El doctor Quijano se pone serio y se dirige hacia el patio. Un instante es la calma. Atraviesa la puerta que da al patio. Percibe el vapor, imagina a La Muchacha, la huele. Me levanta las cejas. Me da una palmada en el hombro:

—?Con verduritas, mire… ¡sabroso!

De nuevo, desgraciados todos, reímos.

***

Ahora el cuarto de los huesos huele a huesos recién hervidos. Los salvadoreños dicen que los muertos sueltan un “ijillo”, pero eso es Chanel junto a esta patada que destroza el tabique nasal. Luego baja torbellino por la tráquea, somete los pulmones; estos se defienden, y lo que no es exhalado es porque se escabulló hacia la boca del estómago, donde desbarajusta todo. Pero eso solo ocurre la primera vez que se entra en el cuarto de los huesos, un rectángulo blanquecino gracias a tres brillantes lámparas. Lo menos importante aquí son tres estanterías y un lavamanos. Lo más importante son cuatro mesas sobre las cuales descansan esqueletos. Dos de las mesas son tablones improvisados sobre unas armazones de hierro; las otras dos son tablones sobre unas columnas hechas con cajas de cartón, llenas de huesos; todas desarmables al menor contacto imprudente. Hay cajas apiladas por todos lados, cuatro sillas que no encuentran su lugar en el mundo, instrumentos colgados del techo… En el cuarto de los huesos se camina milimétrico, como los acróbatas en la cuerda floja. Un paso en falso le robaría la paz a los huesos.

El cuarto de los huesos reúne una colección de salvadoreños de la más fina clase de los desaparecidos: de la guerra y de la violencia actual, y de hace un año, de hace dos, tres, 10 o 30… En el cuarto de los huesos están los huesos de un niño que no alcanzó a nacer, de nacidos, de bebés, niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, ancianas… Hay baleados, mutilados, degollados, ahorcados, decapitados, acuchillados. Hay una chica que quiso fumar su último porro, un chico que tenía zapatos de patines y uno más que murió con los audífonos puestos. Hay tres guerrilleros, una familia masacrada hace 30 años, una pandilla de jóvenes… los médicos también han encontrado la calavera de un perro y la osamenta de una rata. Ahora son sus mascotas. Pero aquí los importantes son los huesos como los de El Pirata y, ahora, los de La Muchacha, aquella que limpiaron en sopa y se evaporó hasta el cielo.

El cuarto de los huesos es tan parecido al país que la ironía se sirve en bandeja: es tan chico como El Salvador que lo esconde; está tan saturado como El Salvador que lo esconde, es tan carente de todo que este cuarto debería llamarse “cuarto de huesos El Salvador” y no “Antropología Forense”. Por sobrepoblación, los huesos se arriman encima de otros huesos, separados todos por cajas de cartón, por viñetas que evidencian su lugar de origen. En el cuarto hay osamentas provenientes de los cuatro puntos cardinales del país. En el cuarto de los huesos, paradojas de la vida, se reencuentran los desaparecidos durante la guerra civil, finalizada hace casi 22 años, y de la violencia sin sentido de la guerra de las pandillas. Aquí se reencuentran, sin treguas, pandilleros de la Salvatrucha con pandilleros del Barrio 18. Y sus víctimas. También hay huesos que hablan de otros huesos: los de los migrantes que retornan calavera. Aquí se condensan tres de las más grandes tragedias del país. Son nuestros huesos de la guerra y de la “paz”. Aquí hay huesos que invocan a sus parientes vivos. Huesos que resurgieron para gritar lo que ocurrió antes y lo que ocurre ahora. Huesos para denunciar la sociedad que fuimos y que somos. Aquí hay alrededor de 13 millares de huesos, correspondientes a 69 seres humanos, pero por este cuarto han desfilado más. Muchísimos más. Y todos, todos, todos, comparten una característica: alguna vez fueron engullidos por la tierra; y tiempo después la tierra los vomitó.

No hace mucho, un antropólogo forense peruano, encargado de la Oficina de Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la ONU, visitó el cuarto de los huesos. Revisó estadísticas, se juntó con policías, forenses y fiscales. Por la cantidad de denuncias de desaparecidos, por la cantidad de casos que se encuentran, vivos o muertos, por la cantidad de casos que quedan sin resolver, José Pablo Baraybar concluyó: “El Salvador es como un cementerio clandestino. Ahí adonde pise está pisando la tumba de algún desaparecido”.

Al cuarto de los huesos llegan policías y fiscales buscando casos; madres, padres, hermanos y hermanas buscando familia. Nadie llega por casualidad ni por invitación. Quien entra a este cuarto es porque busca algo que se la ha perdido. Y quién mejor para ayudarles en su búsqueda, en este océano de huesos, que un barquero de radios y fémures largos llamado Raymundo Sánchez.

***

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos y se desnuda. De verdad tiene piernas y brazos largos. Café oscura la piel. Cuando suda parece atleta. A veces le gusta ir a correr a las gradas del estadio olímpico de la capital, al Mágico González, para liberar el estrés que acumula en el trabajo. Otras veces aparta las tardes para jugar basquetbol en un torneo entre oficinas del órgano judicial. Le gusta más el basquetbol que la carrera, pero intenta practicar ambos deportes para mantenerse en forma. Por su tamaño, indispensable para las canastas, sus amigos en el IML también le llaman “Largo”.

Raymundo Sánchez cuelga su ropa de ciudadano cualquiera detrás de la puerta y se disfraza de auxiliar forense, con un peculiar uniforme que a veces es celeste y a veces es verde, pero que invariablemente tiene bordado por encima de la bolsa, al lado del cuello en V, su nombre: “Sr. Sánchez”. Él no es médico, pero es como si lo fuera. Tiene 18 años como auxiliar forense, y tres como la mano derecha de los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano. Ha cargado tantos muertos Raymundo Sánchez, que a veces bromea con estar maldito. Se lo dijo alguna vez un hermano del culto. “Ustedes, por jugar con los muertos, están malditos”. Raymundo Sánchez lo cuenta y sonríe. Y luego reflexiona en voz alta: “Pero quizá algo tenía de razón. Uno no sabe quiénes fueron en vida todos los que vienen a parar aquí. ¿Imagínese viene alguno embrujado?”. Él, también a veces, es bromista.

Raymundo Sánchez no le tuvo miedo a la muerte cuando, hace ya muchos años, menos largo y más muchacho, corría desde su casa, en el municipio de Ciudad Delgado, hacia las escenas que para esas fechas dejaba la guerra civil salvadoreña: cuerpos baleados, calcinados, aventados en plena calle, ante los ojos de una comunidad que lejos de vivir horrorizada, aceptaba esa normalidad. “Creo que siempre me llamaron la atención los muertos, desde chiquito. Yo era el primero en llegar cuando se sabía de algún baleado en la calle”, dice Raymundo Sánchez, al tiempo que menea remolino un polvo edulcorado en su termo de plástico. Bebe agua roja mientras se deja observar por sus mascotas: una familia de escarabajos clavados con alfileres sobre unos carteles que explican huesos; una mariposa negra alas extendidas que gira 360 grados, ensartada en la segundera de un reloj de pared; la calavera de un perro, completa, blanquísima, como el mármol, con sus colmillos en perfecto estado. No hace mucho la encontraron en una exhumación, a las orillas del lago de Ilopango, muy cerca de donde más tarde sacarían a La Muchacha. Iban por un desaparecido y regresaron con tres más y su nueva mascota. Todavía no la han bautizado.

Raymundo Sánchez quiso estudiar medicina, pero rápido tuvo que abandonar sus estudios cuando a mediados de los noventa se supo padre. Hoy su hija mayor lo admira, y por su padre se le ha metido que quiere ser investigadora de la Policía. Él la está convenciendo para algo que “dé más”. Probablemente ella se decante por una antropología social y después se especialice en antropología forense fuera del país. Su hijo menor también admira a su padre, y todavía se emociona cuando alguna vez, de esas esporádicas, él ha aparecido en alguna imagen de la tele. A las exhumaciones se les persigue como las avispas a la miel. “Pero todavía está muy cipote y creo que no sabe aún lo que quiere. Lo que sí me he dado cuenta que le gusta eso de los sistemas, de las computadoras”, dice Raymundo Sánchez. Por su familia, hace mucho tiempo, Raymundo Sánchez no dudó en abandonar sus estudios de odontología para ir por la plaza que le ofrecían en Medicina Legal: ir por los muertos para ganarse la vida.

18 años después su oficina es el cuarto de los huesos. Aquí trabaja, almuerza, atiende vivos, limpia huesos, cocina huesos, clasifica huesos, apunta datos, enseña huesos, guarda huesos, resguarda huesos. Cuando puede, un lapso después del almuerzo, descansa sus huesos y cierra los ojos, sentado en una silla. El escritorio de Raymundo Sánchez es prolijo, pero a veces las circunstancias lo desordenan. Papeles, requerimientos, memorándums. Al menos aquello que él logra controlar, la esquina del escritorio, siempre está ordenada: dos estanterías para una colección de lápices y lapiceros, en el que sobresale su cepillo dental. Atrás del escritorio de Raymundo Sánchez están los improvisados tablones de estudio, y sobre uno de ellos ahora yace La Muchacha, que se seca después de dos días de hervidas y lavadas. Pasada la etapa de cocción, Raymundo Sánchez, con un bisturí y con otro cepillo dental raspó los huesos para sustraerles hasta la última hilacha de carne. Luego ordenó el esqueleto, atravesando las vértebras con un hierro largo y delgado, para formar la columna vertebral. Las vértebras atravesadas por el hierro evocan a un pincho de carne.

Ahora La Muchacha se seca y un par de moscas le molestan el orificio nasal. Raymundo Sánchez sale en su auxilio, y rocía a La Muchacha con Raid matamoscas y mosquitos. Las moscas huyen despavoridas. La Muchacha queda tranquila.

Suena el teléfono. Raymundo Sánchez contesta. El cuarto se impacienta, como previendo lo que se viene. Cuelga.

—Vienen a preguntar por un desaparecido –dice Raymundo Sánchez, y sale del cuarto y se va a buscar a los visitantes. Se va a advertirles.

Al cabo de unos minutos, dos mujeres entran temerosas por la puerta. Una es bajita, vestido verde humilde, cortado a la cintura por un cincho de tela. Lleva una cartera roída, unas zapatillas bajas y gastadas. Está inquieta, angustiada. No habla. Mira para todas partes. La otra mujer es delgada, un poco más alta, usa gafas. Ella se tapa la nariz con un pañuelo. Desde el pañuelo habla. La primera es la madre y ella es la tía de un joven desaparecido hace un año. Entran al cuarto y le piden al barquero permiso para moverse entre los huesos. Se acercan a La Muchacha, pero esta no les dice nada. Se van a la mesa del centro, y un joven con el cráneo destrozado, macheteado por sus victimarios, tampoco les resuelve la angustia. De lejos observan a El Pirata. Él tiene la quijada fuera de posición, adornada en un costado por una placa de titanio. La muerte se mofa con una burlesca carcajada.

—¿Este no será? –pregunta la Tía, y la madre del joven se acerca a una calavera dispuesta al final de cuarto, cerca de la puerta que da al patio. Casi la besa. La mujer intercambia miradas con dos cuencas vacías y hurga con atención a unas quijadas con muy pocos dientes y muy pocas muelas.

—No, madre. Esa es de una señora encontrada en San Pedro Masahuat –interviene Raymundo Sánchez.

—Yo sé. Mi hijo no tenía los dientes así –habla por primera vez la madre, segura de sus recuerdos.

—¿Usted ya había venido, verdad?

Las mujeres se encogen de hombros y vuelven cabizbajas al escritorio. Raymundo Sánchez les ofrece asiento. Se pone unos lentes que lo avejentan. Él las escucha, y mientras lo hace busca en sus archivos. Encuentra el expediente del hijo desaparecido. Lo lee rápido. Elucubra repreguntas. Los detalles que parecen más insignificantes a veces suelen ser claves. ¿Tenía relleno en alguna muela? ¿Fracturas? ¿Cómo iba vestido la última vez que lo vio? ¿De qué color era el calzoncillo? Cuando Raymundo Sánchez habla con los familiares de las víctimas, es un santo. Su voz se torna dulce, suave, acogedora. Un “yo la entiendo” pronunciado por su boca vale tanto como cualquier abrazo, que aquí no los hay. Ella revive la desaparición, las sospechas contra su vecino, el de la casa a la par de su casa, “uno de esos muchachos”. Un pandillero. Ella llora y Raymundo Sánchez la consuela:

—Tengo fuerza, madrecita, porque esto en este país así es. No le insisto en que les pida ayuda a ellos porque eso también es peligroso.

—¡Si ya lo hice! Y me habían dicho que lo iban a hablar, pero a través de unas de sus mujeres me amenazaron.

—Es que ese es el problema… Pero mire, nosotros no nos vamos a mover de aquí. Y yo nunca olvido un detalle. Si aquí viene, tenga por seguro que le vamos a avisar.

Hora y media después, las mujeres se marchan, esperanzadas en la promesa de Raymundo Sánchez, un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas. Hay mañanas en las que tus problemas no son problemas, sobre todo si conoces a estos familiares errantes.

***

Ahora entra huracán, cargando una corbata roja, el doctor Óscar Armando Quijano.

—?¡Ajá, cipotada! ¿Cómo va la cosa?

El doctor Quijano siempre entra vestido de civil: siempre manga larga, pantalón planchado, zapatos bien lustrados, siempre una corbata de color al cuello. Siempre los lentes, siempre la picardía. Entra a las 11 de la mañana y sale a las 8 de la noche. Por las mañanas da clases en una universidad. Por las tardes, a partir de las 4, se queda solo en el cuarto de los huesos escuchando, a veces, Saturday Nigth Fever, de los Bee Gees.

—?¡Mire cómo alegra el cuarto esta cipota!

El doctor Quijano se acerca a una simpática joven de pelo negro azabache y unos preciosos ojos con ascendencia hindú. La abraza, contentísimo, y le da un beso en la frente. Es como si fuera su hija. La chica le responde contentura y le devuelve el abrazo. Es como si ya conociera las maneras del loquillo doctor Quijano, aunque apenas y puede decir y entender un par de cosas en español. Estos días son los últimos días de Monish, una forense canadiense, recién graduada. Está de pasante con los antropólogos salvadoreños. Es la última de tres pasantes que han vivido entre nuestros huesos. Raymundo Sánchez lo tiene claro. Lo dijo hace cuatro días, voz de mascarilla, mientras le arrancábamos las perlas de La Muchacha a una grasienta y descompuesta melcocha humana:

—Ha de ser bien raro que en Canadá aparezcan tantos cadáveres enterrados como en El Salvador. Aquí lo anormal es lo más normal del mundo, y eso es interesante para ellas.

Raymundo Sánchez, si la rutina no cambia, siempre tendrá material para educar a doctoras jóvenes y ávidas de huesos. En 2012, la Policía Nacional Civil recibió 1,564 denuncias de desaparecidos: 132 fueron confirmadas como homicidios, 820 archivadas porque “aparecieron” las personas; el resto, 612, continúan sin paradero conocido. Con los desaparecidos de 2011 ni la Policía sabe qué ha pasado, pero al menos queda una cifra: hubo 1,267 denuncias. Para julio de 2013, la Policía reportaba un incremento de casos en un 18 %, respecto al mismo período del año anterior. 949 denuncias al finalizar la primera mitad del año. Todo lo anterior solo sirve para explicar dos importancias. La primera es que tarde o temprano van a reaparecer todos esos huesos. En el último año y medio han terminado aquí 120 osamentas, de uno, dos, tres o 30 años de antigüedad. Lo segundo es que si el cuerpo humano tiene 206 huesos, eso significa que detrás de los desaparecidos del último año y medio hay otro cuarto de millón de huesos que se desarman buscándolos. O no. Pero esos son familiares extraños. En el cuarto de los huesos hay una osamenta que ya fue identificada, pero sus parientes tienen miedo de ir a buscarla, porque eso haría sonar las alarmas de la pandilla. Hay otra: la de una chica que no alcanzó a ser mamá. Su familia sabe que la calavera y su cría están aquí, pero mandaron decir a la Policía que ella se buscó este final por andarse involucrando con pandilleros.

El doctor Quijano sale del cuarto de los huesos. Su oficina es un cuadrado cerrado y aislado que comparte con su amigo Saúl Quijada. El escritorio del doctor Quijano es un remolino donde aparecen y desaparecen informes, papeles, dictámenes. Alguien le regaló una caja de cartulina, en la que hay dibujado un sombrero negro con cinta blanca, que dice: “Dr. Quijano”. Alguien más le regaló un esqueleto de juguete, pequeño, de hule flexible, que él mantiene sentado. En una de las gavetas de su escritorio guarda uno de sus más preciados tesoros: un hierro conectado a un cable de corriente que le sirve para calentarse el agua del café. En un tapexco colgado de la pared guarda su sombrero de soldado, con el cual se disfraza para ir a hacer las exhumaciones. De soldado, sin embargo, Óscar Armando Quijano no tiene nada.

En su juventud, Quijano vivió alguno de los momento más álgidos de la represión militar en su alma máter, la facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador. No habrá sido fácil, para muchos jóvenes como él, resistirse a los pasionismos de la guerra, sobre todo cuando a su lado caían muertos compañeros o se les perdía el rastro a otros desaparecidos. En un viaje hacia una exhumación, en el municipio de Mejicanos, pasamos frente al portón de la Universidad por el que muchas veces entró.

—¡Ja! ¡Hubiera visto, papá! Una vez salimos por ahí como que éramos garrobos, arrastrándonos con la panza, porque caían los morteros y tronaban los cuetes.

“Pero gracias a Dios pude graduarme”, dice el doctor Quijano, y una plaza de médico forense, a finales de los ochentas, los hizo recular hasta Ciudad Barrios, en el oriente del país. Allá, sin profesores, aprendió a la brava a hacerse médico forense.

—?¡En aquellos tiempos no se sabía ni miércoles, cipote! Uno se estrenaba en el día a día. Aprendimos a hacer autopsias a la brava, con las costaladas de guerrinches y soldados que llegaban a la morgue.

En 1993 había tres razones que lo persuadían para regresarse a la capital. Una plaza en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, una nueva plaza en la oficina de Medicina Legal en Santa Tecla y el nacimiento de su primer hijo. Ganó el cupo para la primera, pero decidió quedarse con los muertos, entre otras cosas por el sueldo, pero principalmente porque esa oficina le quedaba cerca de la casa. “Criar un cipote no es chiche, no crea, y ya mi mujer me había advertido que me quería tener cortito”, bromea el doctor Quijano.

Allá por 1995 conoció al odontólogo forense Saúl Quijada. Jugando basquetbol a las salidas del trabajo se hicieron buenos amigos. Sin embargo, no sería sino hasta 11 años más tarde cuando los dos terminarían trabajando juntos.

En el taburete que hay sobre el escritorio del doctor Quijano él siempre cuelga dos carteles hechos a mano: “Ando en una exhumación”, dice uno; “estoy en el laboratorio”, dice el otro. El primer lugar se refiere a cualquier punto en El Salvador; el segundo, al cuarto de los huesos.

***

Ahora Óscar Armando Quijano regresa transformado en el doctor Quijano y se pone a repasar el inventario del día. Camisa de doctor, cuello en V, color celeste. “Este ya estuvo, ahora me toca con este”, y señala a El Pirata, la calavera que parece que se tira carcajadas. “Venga a ver, cipote. A este ya lo tenían bien avanzado”. A El Pirata alguna vez le dispararon en la cara, en el brazo, en una pierna, en la otra, en las costillas. “Premortem. Todos estos pijazos fueron premortem. Por eso le digo que ya lo tenían bien avanzado”, dice el doctor Quijano.

El doctor Saúl Quijada deja de armar el rompecabezas de otra calavera y secunda a su amigo: “Este hoyo que le ve en la tapa del cráneo no es el balazo, sino una trepanación que seguro le hicieron para aliviar una inflamación en el cerebro, a consecuencia del disparo en la cara”.

Pasa el tiempo, y entre las palabras técnicas de los doctores y las bromas del doctor Quijano sobresale un hueso. Es el hueso más hermoso de todos, aunque la naturaleza le dio un lugar poco agraciado.

—¡No, no es el chunchucuyo! El chunchucuyo es esta parte, mire –dice el doctor Quijano, y toca la punta del hueso sacro, una oda a la ingeniería natural, una máscara con ocho orificios ordenados en cuatro pares. Por los orificios, en vida, nadan los nervios. Es un coral de arrecife escondido bajo aguas turbulentas. O quizá la naturaleza es sabia: esconde y cuida lo más hermoso en el lugar menos pensado. Un golpe salvaje a ese hueso es la muerte en silla de ruedas.

—¡Un golpe ahí ni Supermán, papito! –dice el doctor Quijano.

La clase de huesos se interrumpe cuando entra de súbito el fiscal Ramiro Quinteros para pedirles ayuda a ellos, los que saben de huesos, de posibles causas de muerte, de lo último que le pasó en vida a los dueños de esos esqueletos. Él, moreno, barba oscura y desordenada, pelo corto, como el de Trucutú, tiene un caso entre manos y necesita la ayuda del jefe de la Unidad de Antropología.

—Ajá, papá, ¿qué necesita? Hable claro o calle para siempre –le dice Quijano.

El fiscal coloca sobre la mesa unos papeles y enseña las fotografías de unas radiografías. Quijano toma las fotos e intenta verlas en un lector colgado en la pared, pero el lector no se enciende. Raymundo Sánchez llega en su auxilio, y después de golpear con sus dedos las tres lamparitas que hay en el interior del aparato, crea luz.

—La patóloga dijo que la posible causa de la muerte era un proyectil de arma de fuego, pero mi testigo criteriado me dice que le dieron así: con una piocha –dice el fiscal.

—¡Ajá! Pero en estas carambadas se aprecia muy poco, macizo, ¿qué quiere que yo haga? –pregunta Quijano.

—Que me dé un peritaje nuevo –pide el fiscal.

El doctor Quijano se quita los lentes. Observa al fiscal, toma las radiografías, las golpea.

—Vea, papá: ¡No joda! Así no se hacen las cosas. Yo para hacerle un peritaje necesito trabajar con los huesos.

Cuando el doctor Quijano dice “los huesos” se frota las falanges de la mano izquierda.

—¿No me puede hacer el favor? ¡Hágame el cachete! –ruega el fiscal, y le guiña el ojo.

—¡No, macizo! Y me va a disculpar: ¡pero las cosas no son así! ¿Se imagina en el huevo que me meto si yo hago algo así? ¡No´omb´e! ¡Óigame: necesito los huesos! ¡Yo con estas fotos no hago nada! ¡Sería un irresponsable! ¿Adónde están esos huesos? Tráigamelos y luego hablamos.

El fiscal duda, se ríe nervioso.

—¡Híjole! Ahí sí me va a esperar –dice el fiscal– porque ahorita no tengo ni idea de en cuál cementerio lo enterró la familia. Pero vea, si lo encontramos, ¿nos la llevamos a ella para ir a sacarlo? –dice el fiscal, y le levanta las cejas a Monish, la pasante canadiense. Ella, aunque no hable español, pareciera que intuye lo que está pasando y se da la vuelta hacia los huesos que tiene a la espalda. Es como si se quejara con La Muchacha.

El doctor Quijano se le acerca al fiscal y le pone los papeles en el pecho.

—¡No sea bayunco, macizada! Tráigame esos huesos y yo le doy un dictamen.

El fiscal se retira, y el doctor Quijano se desquita con Raymundo Sánchez.

—?¡¿Va’ cre’r lo que quería este?! ¡¿Va’ cre’r, Humildad?!

—?¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ya deje, homb’e!

***

Ahora los 206 huesos del doctor Saúl Quijada salen del cuarto y migran hacia la salida. San Salvador está a punto de conmemorar sus fiestas patronales, y el dueño de esos huesos que se mueven con lentitud, con pasitos cortos, se queja. Frunce el ceño, tuerce el labio superior y con él mueve un bigote fino.

—Este es uno de los problemas que tenemos como país –dice el doctor Saúl Quijada–. Esta mentalidad de pueblo que no se nos quita. ¿¡Cómo se les ocurre permitir que a la par del Centro de Gobierno se instale una feria!? ¡Dígame en qué otro país ocurre eso!

En los arriates y en las aceras, a un lado del complejo judicial, del palacio de justicia, decenas de vendedores ya comienzan a armar sus puestos de feria. Dentro de poco aquí olerá a papitas fritas, churros españoles y enredo de yuca; pero ahora todo es muy pronto. Unos trabajadores han colocado el esqueleto de una Chicago sobre la calle. Cruzamos. Saúl Quijada deja de quejarse. Siguen los pasitos cortos, probablemente porque tiene dañadas ambas rodillas, o probablemente solo sea su manera de andar.

Llegamos a otra oficina gubernamental. Es pequeña, más pequeña que el cuarto de los huesos. “Banco de ADN de Migrantes. Procuraduría de Derechos Humanos”. Saludamos. Una chica cuenta unas calcomanías adornadas con códigos de barras. Es un rollo bastante grueso. En una silla una anciana está llorando que su hijo se fue hacia Estados Unidos y a la fecha no ha vuelto a saber de él. Saúl Quijada entra en otro cuarto y se despide. No saldrá sino hasta dentro de tres horas, después de haber entrevistado a tres familias, unas 15 personas, que han perdido a sus parientes en la frontera norte de Estados Unidos. Les ha preguntado por pequeños detalles, esos que pueden hacer alguna diferencia. El Banco de ADN de Migrantes, en dos años, de entre 500 muestras de familiares de desaparecidos, ha logrado ubicar 28 osamentas. En el último año, en una morgue de Arizona, Estados Unidos, se han congelado 800 osamentas de migrantes centroamericanos que aparecieron muertos en el desierto.

Los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano son testigos de las tres principales desgracias de El Salvador: la violencia de la guerra; que impulsó la marcha de decenas de miles de migrantes; que a su vez derivó en el retorno de los pandilleros como los conocemos hoy; que ahora son una gran razón para huir de nuevo. Es la mariposa de Raymundo Sánchez repitiéndose en un círculo vicioso. Y lo triste es que no todos los que huyen regresan con remesas y encomiendas. Y esa es otra millonada de huesos vivos que no tiene ni idea de por dónde comenzar a buscar a aquellos que se perdieron en el camino hacia Estados Unidos.

***

Ahora Saúl Quijada está de regreso en el cuarto de los huesos, obsesionado con otra calavera. Le da vueltas, la ausculta, le cuenta los dientes, los examina, parece que le habla, pero a él no le gusta ocupar esa figura. Audífonos en los oídos, tararea I was made for loving you, de Kiss.

—¿Cómo estuvo ayer?

—Es cansado. La carga emocional que transmiten los familiares de los desaparecidos es algo fuerte. Si uno no descarga, puede pasarla mal.

Saúl Quijada se descarga haciendo pesas. Intenta hacerlo tres veces a la semana. Por eso el pecho es erguido, los músculos anchos, la pinta de un Pedro Infante. También se distrae en su consultorio dental, al salir del trabajo. Alguna vez, a una pregunta boba (“¿con cuál paciente se siente más cómodo?”), Saúl Quijada contestó: “Con el de aquí. ¡Los vivos mucho se quejan, ja,ja, ja!” Él, a pesar de todo, también puede hacer bromas.

Los fines de semana intenta distraerse atendiendo un negocio familiar: un vivero-café en las afueras de la capital. Ideal para los románticos: un sitio despejado y fresco, apacible, con vista al volcán de San Salvador. Le gusta preparar cafés, pero le gusta más pasar tiempo con su hijo, de nueve años. Una vez, en una actividad del colegio, cuando el niño estaba más pequeño, la maestra habló a Saúl Quijada un tanto extrañada. Los niños habían descrito a sus padres como médicos, ingenieros, abogados, y ella no entendía por qué Saulito insistía en que su papá se dedicaba a cavar hoyos.

—Ja, ja, ja. Cuando le expliqué mi trabajo la maestra dejó de hacerme preguntas.

Saúl Quijada regresa a su rompecabezas.

—¿Qué le dice?

—No, nosotros no hablamos con los huesos, pero eso no significa que ellos no dejen de explicarnos muchas cosas.

—¿Hombre o mujer?

—Mujer. Con los cráneos es más fácil definir el sexo. También con las pelvis. Las pelvis de las mujeres están diseñadas para expandirse, para dar la vida.

—¿Y los cráneos?

—Ellos nos dicen que las mujeres están anatómicamente más adaptadas para la comunicación. El paladar, vea, es más angosto y más profundo, como una caja de resonancia. Tendrá que ver con la evolución: ¿qué hacía el hombre? Se iba de caza, en silencio. ¿Y la mujer? Hacía comunidad, educaba a los hijos, y para todo eso necesitaba comunicar.

Repasamos la idea con el cráneo de El Pirata. “El hombre tiene el macetero más fuerte, más protuberante. Vea las cuencas de los ojos. Más profundas, como binoculares. Con el perdón de las feministas, pero la evolución como que fue machista y fue diseñando a los hombres como cazadores”. Ahora nos pasamos a La Muchacha. “Vea las cuencas del cráneo. Es más rasgada, para que el lóbulo del ojo pueda tener una visión lateral o, como decimos, para ver mejor por el rabillo del ojo. ¿Y usted se preguntará por qué? ¿Ha visto cómo se defienden los pequeños camaleones, girando el ojo 360 grados? A pues, la evolución diseñó a las mujeres a la defensiva, como a las presas”. La Muchacha tiene un golpe en la base del cráneo, que en vida fue la nuca. ¿Habrá visto cuando la atacó su victimario? ¿Habrá gritado un último auxilio?

***

Ahora Raymundo Sánchez y el doctor Saúl Quijada se preparan para una restitución. Se va El Pirata, y La Muchacha se ha acercado lo suficiente para despedirse. Se va la carcajada burlesca de El Pirata. Se van los huesos de un cazador por fin cazado del Barrio 18. A uno que ya lo tenían avanzado, uno que al fin se dejó morir. Le encontraron golpes en las cervicales, a la altura del cuello.

La primera vez que su hermana lo vio en el cuarto, lo reconoció de inmediato. Lo delataron las placas de titanio en la quijada y en el radio izquierdo. Ahora ha venido por él. La acompaña su marido, un simpático hombre bajito, de bigote largo y gorra. Un hombre de habla campechana.

—¡Sí, hombre! ¡Este es mi compadre! ¿Cómo no lo voy a reconocer? Sí, aquí están las señas: ¡ve! Yo no le creía a ella…

El Pirata, entonces, cobra vida en su cuñado.

—Este hombre caminaba así, mire: con la mano izquierda, esa que tiene la placa de metal, así, enjutada, y renco, como subibaja.

El Pirata era un pirata cojo.

—Imagínese cómo terminó mi compadre… Y estaba bicho, 32 años. Imagínese todo lo que le hicieron hasta que lograron matarlo. Yo solo me preguntó cuánto no habrá hecho con otros él.

***

Una semana después de la despedida de El Pirata ha llegado la hora para despedirse de La Muchacha. Los antropólogos forenses han concluido que la vapulearon, le destrozaron algunas costillas, con golpes secos, contusos; le dieron en la quijada, pero probablemente el golpe en la nuca, con un “objeto cortopunzante y cortoconduntente”, fue el que acabó con ella. En castellano eso significa que alguien le introdujo en la nuca, con soberana saña, con precisa violencia, la punta de algo.

—Así ajusticiaban en la guerra… ¿No sabía? –dice el doctor Quijano, y con el cuerpo hace las veces de un verdugo que se para detrás de su víctima que, acurrucada, solo espera que se termine todo con un golpe certero en la nuca.

—¡Zas! –dice el doctor Quijano, al tiempo que hunde una vara imaginaria–. Eso ha de ser terrible.

—Muchos se preguntan por qué hay tanta violencia hoy, y nadie se ha puesto a pensar que solo estamos reproduciendo todo lo que vivimos en el pasado –interrumpe el doctor Quijada, reflexivo. El doctor Quijada es un hombre reflexivo.

Pareciera que fue ayer cuando La Muchacha se evaporó en el caldero, y ahora está seca y tatuada. En todo este proceso, Raymundo Sánchez ha sido un fiel y celoso cuidandero. Nunca ha perdido ningún hueso, pero por precaución a todos les pone un código con plumón negro. “Si algún huesito se cae, ese código nos dice a qué caso pertenece”, dice. Así, todita tatuada, La Muchacha está lista para partir. Ahora Raymundo Sánchez recoge uno por uno todos sus huesos y los introduce en una caja. En unas bolsas embala los vestigios de la que fue su última ropa. Un saco de yute y un lazo que lo cerraba, un pantalón, un cincho, un hilo y un sostén. Dos medias. Dos botas carcomidas. Raymundo Sánchez ahora sale del cuarto con La Muchacha en brazos.

—Para esto es importante este trabajo –dice, convencido, mientras camina–. Si me pregunta a mí, este trabajo sirve más para que las familias encuentren a los suyos que para que los fiscales capturen a los pandilleros. Si allá afuera nos vamos a seguir matando, y cada vez en eso están evolucionando más. ¿Que no ve que ahora están desenterrándolos y los dejan aventados en las calles? ¿Para qué hacen eso? Para que no los vinculen, porque saben que los están delatando.

En el parqueo de la morgue hay un viejecillo que espera a La Muchacha. Pellejos tostados de color café es su padre. Él no quiere ver a su hija así, ningún padre quiere ver a su hija así, pero Raymundo Sánchez se acerca para animarlo.

—Venga, padrecito, le aseguro que esto le va a hacer bien.

El viejecillo trastabilla, pero se deja llevar por la mano de Raymundo Sánchez.

El doctor Quijada y el doctor Quijano le presentan al padre los huesos de su muchacha. Hace unos segundos la han sacado de la caja y la han recostado en un ataúd.

El viejecillo tiembla, y cuando ya no se resiste, estalla.

—Yo vine solo para que nadie viera esto… ¡Viera cuánto nos han ofendido! ¡Cuando nos preguntaban si la habían mutilado, para nosotros era una vergüenza! Pero así como la han puesto se ve completita, gracias a Dios…

Todos callamos. Un instante es una eternidad. El doctor Quijada se lanza confortador. Le toma el hombro al viejecillo, se lo acaricia, le habla al oído.

—Usted ya no haga reparos en esas cosas y sepa que aquí está su hija. Pídale a la gente de la funeraria que selle la caja, para que la gente no haga más comentarios en la vela.

El viejecillo le aprieta el brazo izquierdo al doctor Quijada. Llora todo lo que puede. Por más que se repita, no es lugar común: ningún padre debería ver morir a sus hijos; ningún padre debería enterrarlos así.

—Ahora, usted esté tranquilo, sereno, y transmítale esto a su familia: ahora van a descansar porque saben que ya la encontraron; y ella va a poder descansar en paz, porque ya regresó con ustedes.

El viejecillo se recompone. Inhala. Suspira. Inhala… Luego aprieta todas las manos que se le cruzan y da las gracias. “¡Gracias, doctores!”. Antes de partir, desgraciados, preguntamos el nombre de su hija. Él responde orgulloso. La Muchacha se llamaba Fidelina. Tenía 33 años.

***

Ahora el cuarto de los huesos está sumido en un profundo silencio. La ausencia de La Muchacha ha trastocado todo. Raymundo Sánchez, cabizbajo, prepara remolino su refresco edulcorante. El doctor Quijano da vueltas por el cuarto, mudo, buscando respuestas en los huesos de las nuevas osamentas que hay que examinar. Al no encontrar consuelo huye de ahí. “Va pues, nos vemos”, murmura. “Nos vemos, doc”, alcanza a decirle Raymundo Sánchez. Saúl Quijada está derretido en una de las sillas y ni le responde. Tiene la mirada perdida. 3 p.m. Lo anuncia la mariposa que gira 360 grados. Hay tardes en las que la vida sabe a pura mierda, aunque esa tarde unos desgraciados hayan hecho un poco de bien.

***

Todos estos huesos todavía tienen mucho que contar. Las fiestas patronales de San Salvador ya finalizaron, y la pestilencia que dejó la diversión de la ciudad ya se ha ido con el viento; los charcos de aceite, orines y heces han desaparecido, y el doctor Saúl Quijada se ha quitado esa roncha de la cabeza. Desde la restitución de Fidelina, al cuarto de los huesos han llegado cinco osamentas que aparecieron botadas en cinco puntos de la ciudad, otros cinco parientes han venido buscando huesos, pero los suyos todavía no están aquí; y Raymundo Sánchez y los doctores han hecho dos exhumaciones más. En una de esas, Raymundo Sánchez, el hombre que no le teme a la muerte, entró en feroz batalla con una tumba, ubicada en el centro del cementerio de San Juan Opico, un pueblo alejado media hora de la capital. Íbamos a descabezar a un muerto, a traer la calavera de aquel caso que un fiscal quería que le resolvieran estudiando solo unas fotografías. Fue aquella una batalla épica, de cinco largas horas entre la ubicación de la tumba, la excavación y la resucitación de esos huesos. Y aunque Raymundo Sánchez diga lo contrario, la muerte esa vez parece haberle vencido. Era aquel el cadáver más putrefacto que hayan olido un grupo de cavadores, dos policías, un fiscal y un periodista. Golpeaba como las olas golpean los despeñaderos: unas veces calmas; otras, demasiado fieras. El único que se mantenía estoico, sin mascarillas, supervisando la obra, era el doctor Saúl Quijada. Eso se explica gracias a su esposa, quien ha descubierto que su marido ha perdido la sensibilidad en el olfato. El cadáver estaba envuelto en cinco bolsas plásticas, un año de enterrado, embadurnado de cal. “Un macerado”, dirá Raymundo Sánchez. Era un joven de 13 años que murió a manos de la Mara Salvatrucha. Sabía de un asesinato, creyeron que era un soplón y le mataron. Disfrazado como cazafantasmas, Raymundo Sánchez se aventó al nicho y batalló con la osamenta, que no quería soltar el cráneo. Un millar de moscas le hicieron trampa. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos, siete minutos y Raymundo Sánchez apenas pudo sostenerse de la mano de William Villanueva, un auxiliar forense que se desvive por conseguir una plaza con el equipo de antropólogos. Villanueva, un gordito serio, también tiene dos décadas jalando muertos, y en los últimos meses ha comprobado que reaparecer a los desaparecidos es un trabajo que quizá valga más la pena. Sale de sus turnos nocturnos y en lugar de irse a su casa, con sus hijos, ocupa sus días libres para ayudarle a Raymundo y a los doctores, como esa tarde, en la que sacó a un pálido de una tumba, porque la muerte lo había dejado K.O. Lo tufeó a Raymundo Sánchez. Le costó reincorporarse antes de llegar a 10, para reanudar la batalla, porque al final decidieron que tenían que traerse todo el esqueleto.

—¡Fue la cal! ¡Fue la cal! –dijo media hora más tarde, todavía desencajado, defendiéndose de las preguntas.

De regreso en el cuarto de los huesos, el doctor Óscar Quijano, experto en reconocer detalles, no dudó un instante cuando resumió todo lo que había pasado.

—¡O sea que ese hijuelule estaba sabroso!

***

Ahora partimos junto a Raymundo Sánchez y Saúl Quijada en un viaje en el tiempo. Todo gracias a una casualidad. Ayer una tormenta desnudó la vulnerabilidad del cuarto: cuando llueve recio, el agua se cuela por el techo, y cerca de la puerta que da al patio cae catarata. La inundación mojó las bases de las cajas que hacen de soporte a las mesas de trabajo. Y los ambientes húmedos arruinan los huesos. Seis de las cajas dañadas contienen las osamentas de 17 personas masacradas por el Ejército salvadoreño en El Mozote, hace más de 30 años. Y es ahí donde radica la casualidad.

Resulta que este cuarto de los huesos que conoció La Muchacha no es el primero ni el original. Antes hubo uno que retuvo más de 400 osamentas, la mitad de ellas eran de niños. Y aunque ese ya desapareció para siempre, sobrevive el segundo cuarto de los huesos, que está escondido en el sótano de otro palacio de justicia, ubicado en la ciudad de Santa Tecla, a escasos minutos de la capital. La cuna del EAF. Los huesos que hay ahora en el nuevo laboratorio de antropología forense son contemporáneos a los que hace más de dos décadas se estudiaron en el primer cuarto de los huesos de El Salvador. Y ese primer cuarto, aunque ya no tiene huesos, aún conserva su nombre bautismal.

Llegamos al parqueo del Centro Judicial de Santa Tecla. Raymundo Sánchez y Saúl Quijada desaparecen instantes después de bajarse del carro. Se han perdido, emocionados al reencontrarse con sus viejos amigos. En estos sótanos, oficinas hechizas en el centro de un parqueo, nació hace casi 15 años la unidad de antropología.

—¿Dónde está El Mozote? –preguntamos a un motorista del centro judicial.

—¿El Mozote? Es el cuarto de la esquina. Vaya a ver. Solo toque la puerta.

Entre 1992 y 1993, un grupo de antropólogos argentinos vino a El Salvador para intentar comprobar que una terrible masacre había ocurrido en las montañas del norte de Morazán, al oriente de El Salvador, como denunciaban los familiares de los sobrevivientes, respaldados por Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador. En enero de 1982, una mujer, llamada Rufina Amaya, denunció al mundo que le habían matado a su esposo y a la mayoría de sus hijos unos soldados salvadoreños. Y no solo a ellos, sino a un millar de campesinos en el caserío El Mozote y en otros ocho poblados más. Cuando la denuncia fue publicada en el New York Times y el Washington Post, el Gobierno de El Salvador negó esa masacre, y luego también la negó Estados Unidos, país que había adiestrado a los autores materiales de la misma: al teniente coronel Domingo Monterrosa y los soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.

Durante toda esa década, el Estado siguió ocultando todo, pero gracias a la presión internacional que levantó la noticia de la apertura del caso, en un juzgado del oriente del país, el órgano de justicia autorizó que se practicaran exhumaciones en El Mozote. Y como no había en esa época antropólogos forenses en El Salvador, se contactó al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que en la década de los ochenta había cobrado fama luego de descubrir algunos de los cementerios clandestinos de la dictadura argentina.

En El Mozote todavía hay gente que recuerda con mucho cariño aquellas exhumaciones. Juan Bautista Márquez es uno de ellos. Él es un anciano ya de pellejo pegado a los huesos que sobrevivió a esa masacre, huyendo de un caserío para refugiarse en otro; huyendo a un tercero, hasta que la masacre terminó –después de siete días– y pudo huir sin tantas prisas hacia los campamentos de refugiados en el vecino Honduras.

—Recuerdo a una de las doctoras que se quebró cuando encontró, en uno de los entierros, el juguetito de un niño cerca de los huesitos de su dueño. Creo que era un caballito de madera. Eso fue duro –dice Juan Bautista Márquez.

En una de las jornadas de excavación, muchos otros recuerdan cómo el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mauricio Gutiérrez Castro, ordenó la suspensión de las exhumaciones porque ya era demasiado tarde, porque no podían seguir toda la vida, porque los sobrevivientes siempre apuntaban a nuevas fosas, en donde aseguraban había muchos más huesos.

Desde las montañas del oriente del país, camionadas de huesos viajaron alrededor de cuatro horas hacia Santa Tecla, hacia un cuarto hechizo en un sótano, a “el nuevo Mozote”, y ahí fueron estudiados por los antropólogos argentinos, en mesas improvisadas en los pasillos que dan al parqueo.

El Mozote es un cuarto oscuro, cuadrado y amplio, y ahora está atiborrado de contenedores fríos. La mayoría ya no sirven, y en su defecto hay un par de refrigeradoras más nuevas. Al final del cuarto hay un pasillo, y al final del pasillo una bodega. Ahí se guardaban las osamentas hasta que fueron estudiadas y más tarde restituidas a sus familiares. En una de las paredes hay un mapa antiquísimo de El Salvador, pero la custodia de El Mozote cree que no data de la época de las osamentas.

El Mozote ahora es el laboratorio de ADN para la región central del país. Sara de Lazo es quien recibe, todos los días, las muestras de sangre de los muertos por accidente, de los que se suicidan y de los asesinados. Pequeña, frágil, solitaria, ella vino aquí cuando a El Mozote ya solo le quedaba el nombre, pero dice conocer muy bien la historia. Le preguntamos qué sabe, y ella habla de todo: de los ancianos, de las ancianas, de las mujeres violadas, de los jóvenes masacrados, de los niños… Se detiene cuando en la cabeza se le cruzan las imágenes de los niños. Los labios comienzan a temblarle; ella pasa sola en ese cuarto, los ojos se le vuelven lágrimas; ella pasa sola en ese cuarto, y nosotros solo sabemos lo que pasó antes, y eso está bien, pero ignoramos lo que pasa ahora. Ella, que apenas y se entera de las historias en el nuevo El Mozote, que a su oídos solo llegan fragmentos de relatos detrás de unas muestras de sangre, que ella después convierte en unos códigos numerales, fríos, sin historia… Hasta ella se quiebra.

—Es importante conocer el pasado, para saber de dónde venimos. Y me alegra que estén conscientes de eso… Ustedes me hablan de El Mozote, quieren que les que diga qué sé de los niños de El Mozote, y lo que sé es lo que he leído, así que mejor le voy a contar de los niños de ahora: ¿Saben cuántos niños y niñas vienen aquí violados, estrangulados, desenterrados, asesinados por aquellos en quienes confiaban? ¿¡Saben cuántos son!? ¿¡Tienen una idea de cuántos son al año!? A veces uno quisiera tener tiempo para sacar esas estadísticas, para hacer una investigación que explique qué nos pasa, pero no se puede. No se puede…

***

Ahora Raymundo Sánchez se divierte en un cuarto contiguo a El Mozote. Está carcajada amplia, degustando un segundo desayuno que le convidó uno de sus amigos reencontrados. “¡Ya voy! ¡Ya voy!”.

El doctor Saúl Quijada también sale al paso. Hace un resumen del nacimiento del EAF salvadoreño: tras las exhumaciones en El Mozote, una recomendación de los argentinos quedó bailando en la mente del desaparecido Juan Matheu Llort, quien por años fuera el director de Medicina Legal de El Salvador. Así que se crearon plazas y se capacitó a los postulantes para que se convirtieran en antropólogos fuera del país, porque en El Salvador a la fecha no hay ninguna carrera de antropología forense. Uno de esos iniciados fue Saúl Quijada. Estudió en Monterrey, México, y en El Salvador se juntó con el doctor Pablo Mena, hasta 2006 jefe del EAF. A finales de los noventa a las oficinas del IML llegaban oenegés que pedían ayuda para desenterrar víctimas de la guerra, amén de que las familias querían reencontrarse con los huesos de sus familiares asesinados. Y entonces Pablo Mena, Saúl Quijada y un tercer doctor más salían mosqueteros en su auxilio.

En el año 2000, a solicitud de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el órgano judicial aprobó una segunda exhumación en El Mozote y los caseríos aledaños, en el oriente del país. Y hasta allá fueron enviados Saúl Quijada y Pablo Mena, para encontrarse por primera vez con el equipo argentino. Con el tiempo se hicieron amigos, y con el tiempo Saúl Quijada fue adoptado por los argentinos. En 2005 incluso se lo llevaron hasta Argentina, para entrenarse junto a ellos.

—Recuerdo que al principio desconfiaban, sospecho que por las experiencias de inicios de los noventa, cuando les interrumpieron el trabajo.

—¿Cómo ganó su confianza?

—Fue fortuito. Ellos nos vieron trabajar, y ocurrió que se interesaron en mi experiencia en odontología forense. Yo tenía la suerte de haberme capacitado en México, y entonces creo que el quiebre fue eso.

Conocer de calaveras, mandíbulas y dientes muertos.

—Una vez, mientras analizaba un cráneo, una de las líderes del equipo, Patricia Bernardi, me observó. Se acercó, me hizo preguntas y me escuchó con atención. Fue como una prueba de fuego, digamos. Cuando terminamos, ella me ofreció un trato: vos nos enseñas de dientes y nosotros te enseñamos de esqueletos, ja, ja, ja.

Un año después de que Saúl Quijada viajara hacia Argentina, el equipo original de antropólogos salvadoreños se deshizo. Pablo Mena se salió de Medicina Legal y recaló como director de un hospital nacional. Otro médico que estaba junto a ellos se cambió a patología, y fue entonces cuando el IML decidió que una de las viejas dirigiera al equipo de antropólogos. La vieja original lo recuerda como un chiste:

—¿Va’ creer? A mí me zamparon en este huevo, y me tuve que venir a trabajar con esta otra vieja. Yo allá estaba bien con mis muertitos, ja, ja, ja –dice el doctor Óscar Quijano.

—¿Se arrepiente?

—¡Para nada, papá!

Desde entonces las viejas son un debate constante: se pican para ver quién termina primero sus peritajes, para ver quién definió mejor la edad aproximada o quién tiene más razón en una probable causa de muerte.

***

En el camino al segundo cuarto de los huesos, el que todavía sobrevive, Raymundo Sánchez y el doctor Quijada nos señalan un pilar del centro judicial. Hay un vehículo funerario parqueado frente al pilar, porque el pilar está a la vista de todo mundo. Está ahumado también el pilar, manchado por una gruesa capa de hollín. Antes de que Raymundo Sánchez creara fuego con un tambo de gas, fósforos y una hornilla, lo hacía a la base de este pilar como lo hicieron alguna vez los cavernícolas. El presupuesto del Órgano Judicial, que durante años se jactó –y se jacta impune– de gastar millares de dólares en ordenanzas de lujo y secretarias con sueldos de diputadas, no tuvo, hasta 2012, una partida para comprarle a este equipo un tambo de gas. Hasta hace un año, las sopas humanas se cocinaban a fuego lento de leña.

***

Ahora estamos en el segundo cuarto de los huesos. Es irrespirable. Ha pasado tanto tiempo cerrado, desde que trasladaron al EAF hacia San Salvador, que la humedad, el encierro y los huesos delatan los hongos que se están apoderando de todo: de las cajas, de los huesos, de esas historias. En el segundo cuarto de los huesos hay, con redundancia necesaria, demasiados huesos. Más de 300 cajas rellenas con huesos, más de 100 bolsas de cartón rellenas con huesos. Desde 1997 hasta mediados de 2012. Llegan hasta el techo las cajas, y en un estante sobresalen una veintena de cráneos. Aquí hasta el doctor Quijada usa mascarilla porque el tufo a moho y hongo de hueso es tan fuerte, y tan peligroso, que también su nariz lo reciente. Si los familiares de todos estos huesos dieran con este cuarto se volverían locos tratando de adivinar cuáles son los suyos.

—Ray, ¿te acordás cuál era la caja del niño? –le pregunta voz de mascarilla el doctor Quijada a Raymundo Sánchez.

En una caja que fue creada para resguardar papel bond están los restos de El Marcianito. Es pequeñito El Marcianito, y Saúl Quijada tuvo que pegarle los huesos del cráneo porque la naturaleza todavía no los había soldado. Está completo El Niño, con todos sus huesitos en versión miniatura. Este niño no fue abortado, este niño no fue aventado a un basurero, este niño apareció cuando alguien abrió una zanja. El Salvador es un cementerio, dijo alguien ya. El niño estaba envuelto en una camisa de niño: azul con verde, marca Bebe Crece.

—Si se dan cuenta, este niño tenía su camisita; y eso explica que alguien lo cuidó. Ahora la gran pregunta es: ¿lo desapareció la mamá o la mamá también desapareció con él, y aún no la hemos encontrado?

—¿Qué edad tenía?

—Este es el desaparecido más pequeño del país.

Tenía entre cinco y ocho meses de nacido.

Antes de salir del segundo cuarto de los huesos, Raymundo Sánchez encuentra una nueva mascota. Alguna vez hurgó por ahí, hasta que quedó hecha huesos. Es la diminuta osamenta de una pequeña rata. Es el animal más raro de la tierra la rata, porque salvo la calavera pegada a la columna, el resto –pura columna, costillas y cola, pero sin patas– es una sola línea larga como el ciempiés.

***

En el viejo cuarto de los huesos ya no hay huesos de El Mozote, pero en el nuevo cuarto de los huesos hay seis cajas que cuentan esa terrible historia. No hace mucho, tres antropólogas canadienses catalogaron a los nuevos huesos de El Mozote. Esos huesos reaparecieron en 2010, un juzgado los requirió un año más tarde, y hasta dos años después vinieron a parar hasta aquí. Muchos de esos huesos guardan la terrible y triste historia de Orlando Márquez, un hombre robusto que cuando joven huyó de la guerra y de El Mozote, porque no quería convertirse en guerrillero y tampoco en militar. Orlando Márquez huyó de Morazán justo un año antes de la masacre, y la última vez que vio con vida a su padre con él le mandó saludos a su madre, a su nana y a sus dos pequeños hermanas. La menor era una bebé que se cargaba en brazos.

Orlando Márquez se enteró de la masacre en la víspera de la navidad de 1981, y cuando se sintió solo en el mundo decidió que nunca más regresaría a su tierra. Sin embargo, una vez terminada la guerra, y sobre todo a finales de la década de los noventas, muchos comenzaron a repoblar El Mozote, y hasta los oídos de Orlando Márquez llegaron las noticias que decían que se estaban adueñando de la tierra de su padre. Fue así que decidió ver qué pasaba, con la angustia de reencontrarse con un pasado doloroso. Desde el año 2000, Orlando Márquez hizo visitas esporádicas a El Mozote, pero en su cabeza ya había borrado la idea de buscar a los suyos. Viajaba para poner cercos que alguien más luego le robaba; y así, hasta que un día se cansó y decidió regresarse a vivir por largas temporadas en El Mozote.

Pero Orlando Márquez tenía familia, y su familia lo extrañaba. Lo extrañaban aún más, sobre todo cuando en 2005, la colonia donde vivían, ya no aguantaba con los gritos que provocaban unos pandilleros. Su esposa, Miriam, alcanza a recordar que a pocas casas de su casa alguien pegaba alaridos, perseguidos por un horrendo silencio. “Un día supimos que habían decapitado a alguien”, recuerda Miriam. Tenía la mala suerte la nueva familia Márquez de haber crecido en Lourdes, Colón, una de los municipios que con el transcurrir del tiempo se convertiría en uno de los más violentos del país. Un territorio en el que la guerra entre las pandillas se volvió –y sigue siendo– peculiarmente violenta y sádica, con cuerpos descuartizados en las calles de las colonias, cabezas jóvenes decapitadas y desfaceladas, máscaras hechas con piel de cara sobre el pavimento, cementerios clandestinos por todas partes: en los maizales, cafetales, cañales, en los patios de las casas. Un territorio en el que una calavera que se llamaría El Pirata sobrevivió muchas muertes antes de caer aniquilada. Huyendo de esa violencia, la esposa y los hijos de Orlando Márquez lo persiguieron hacia El Mozote, el lugar al que hace 30 años había jurado que nunca regresaría. Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

La familia creció, y para 2010 ya no cabían en un solo cuarto, así que decidieron hacer una nueva edificación. Temía Orlando Márquez encontrarse con su pasado, así que cambió los planos: ya no debajo de un amate porque al escarbar la tierra podían encontrarse con sus padres y hermanas. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que allá donde por fin decidió abrir una zanja brotarían todos sus huesos.

Un año más tarde, Orlando Márquez no sabía qué hacer con todos esos huesos, así que los guardaba en la sala de su antigua casa, en la que toda la familia se sentaba alrededor de un televisor. Toda su familia, incluyendo a sus padres Santos y Agustina; y sus hermanas Edith y Yesenia, todos muertos. Retazos de ropa le decían a Orlando Márquez que aquella era su familia. Unas sandalias que él había mandado para su hermana menor, le decía que los huesos que acompañaban a esas sandalias eran los de su hermana menor. Reconoció a su madre en una dentadura postiza, medio chamuscada. Detalles importantes. En diciembre de 2011, el juzgado de San Francisco Gotera le quitó a su familia, y durante un año volvieron a desaparecer. La antigua familia Márquez no fue enviada al cuarto de los huesos, en calidad de depósito, sino hasta enero de 2013.

***

Ahora nadie está estudiando los huesos de la familia Márquez porque no hay fiscales interesados en su causa. Pero alguien hurga entre los huesos de la vieja familia Márquez y cree reconocer a Agustina y a Santos. Allá en donde aparece una clavícula o un fémur pequeño sospecha que son las niñas Edith y Yesenia. Pero es que son demasiados estos huesos, demasiados, y solo estas seis cajas son suficientes para callarle la boca a todos aquellos que insisten en que en El Mozote no ocurrió lo que ocurrió. En seis cajas hay tres cráneos reventados, pares incompletos de fémures, tibias y peronés; decenas de costillas, una colección de marfil de dientes, pesados como canicas; cientos y cientos de fragmentos de huesos que ya sueltan polvo de hueso, porque el tiempo está acabando con ellos. Es curioso el polvo de hueso: al aspirarlo por accidente evoca al aserrín, y raspa las paredes nasales como una lija. Causa alergia. Es como si tuviera algo que decir. En los huesos de El Mozote hay 1,659 fragmentos de huesos, más 1,221 gramos de hueso fino, a punto de polvo. Llenarían esos gramos tres latones de leche.. No hace mucho, tres pasantes canadienses concluyeron que en estas cajas están los restos no solo de la familia Márquez, sino de otras 12 personas más. Así de grande sigue siendo esa masacre, más de 30 años después.

***

Ahora Raymundo Sánchez brinca de la alegría porque ha descubierto un tesoro. Lo mandaron desde Chalatenango, en la zona norte del país. Debajo de una pila de huesos viejos, huesos de la guerra, hay un uniforme verde militar. Botas, pantalón y camisa. No es el primer uniforme de guerrillero que aquí se encuentra. También está Julio Américo, pantalón negro y camisa verde, todavía restos de plomo en la camisa. También está uno sin nombre, aparecido cerca del lago de Coatepeque, al occidente del país. A este lo ajusticiaron: adentro del cráneo todavía se observan los “improntes de bala”. Son unas manchas verdes, metal oxidado. Pero este nuevo guerrillero es más atractivo, porque en la manga izquierda del uniforme tiene bordada una estampa de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Está perfecto el uniforme, y cuando Óscar Quijano entra al cuarto, se planea una rifa.

—¡Esto es pura historia, Humildad! ¡Ya la hicimos! –grita Quijano, al tiempo que extiende la camisa.

—Esto bien podría ir a parar a un museo, es historia nacional – secunda Quijada, reflexivo.

—Yo he oído que hay gente que paga buen billete por hallazgos así –remata Raymundo Sánchez, frotándose las manos.

—¡Ya estuvo! –sentencia Quijano–. ¡Este bolado lo vamos a rifar! ¿Se apunta cipotón?

Desgraciados todos, nos matamos de la risa.

***

Hace muy poco, mientras este equipo andaba desenterrando huesos, un equipo de arqueólogos encontró cuatro jaguares hechos de barro en las ruinas de Cihuatán, ubicadas en las afueras de la ciudad, en el caluroso municipio de Aguilares. Antes que ellos, otros arqueólogos han encontrado por todo el país otros cientos de piezas arqueológicas a lo largo del último siglo. En 2006, el Centro Nacional de Registros llegó a decir que en todo el país, allá adonde se abra una zanja aparecerán restos arqueológicos. Al paso que vamos, alguien tendrá que advertir a los cazadores de tesoros que hurguen con mascarillas y guantes de látex porque si la tierra ya no aguanta con la época precolombina ni con la época de la guerra, mucho menos lo hará con esta nueva época de huesos frescos.

***

Ahora las lluvias han mermado, y una corriente cálida cuece a San Salvador. En estos últimos días todo ha estado más calmado, y el equipo intenta acelerar los casos que no urgen, para tenerlos archivados, para estar listos por si alguien llega a pedir esos huesos. Son tiempos de laboratorio, y en esos tiempos cada quien anda en lo suyo. Quijada con sus cráneos, Quijano con sus esqueletos, Raymundo Sánchez y William Villanueva coleccionando muelas para que el laboratorio saque muestras de ADN, archivando reportes, ordenando osamentas. En uno de los descansos, entre cuentos de la guerra y bromas, Villanueva y el doctor Quijada bautizaron a una de las mascotas. El cráneo blanco hueso de un perro colmilludo se transformó en un monstruo de color negro, con crestas de color rojo, ojos de víbora y dientes sangrientos. El doctor Quijada revela el nombre que le pusieron a su creación.

—Este equipo es tan bueno que hasta presumimos haber encontrado la calavera del Chupacabras, ja, ja, ja.

Una llamada interrumpe la rutina. Quijada consulta a la mariposa.

—Siempre que llaman al mediodía es porque la Fiscalía quiere una exhumación.

***

A la orilla de una línea férrea creció, infinita, una comunidad marginal, y al inicio de la comunidad, dos familias abandonaron el lugar, y ahí en donde estuvieron sus pequeñas casas ahora es una cancha de futbolito macho, con dos pequeñas porterías de hierro en sus costados. No es larga ni ancha la cancha, a la orilla de la línea del tren.

Raymundo Sánchez descuelga todos sus utensilios en una esquina de la cancha, y saca un GPS para marcar el punto exacto de la excavación. Cuando sale al campo, Raymundo Sánchez nunca se despega unos lentes misión imposible.

La fiscal del caso es una mujer que se ve cansada, hastiada. Para protegerse del sol ha llevado una sombrilla. Suda. Suda mucho. Le cuenta a un policía que ella tiene una hermana gemela, y que alguna vez decidieron estudiar medicina.

—Pero yo al final ya no quise para no estar viendo muertos, y mire en las que ando…

Un hombre en una motocicleta atraviesa sospechoso sobre la línea férrea. Unos policías hacen como que lo detienen y él les muestra sus papeles. Lleva lentes grandes, oscuros, y coloca el casco a un costado de la cancha, cerca de la línea del tren. Los policías le dicen que ya puede irse, él se pone el casco y desanda su camino. A la vuelta de la esquina hay otros policías esperándolo, para retenerlo. Él es el testigo criteriado.

Durante una hora, un hombre cavará un profundo hoyo, con la complicación que provoca dejar intacta una tubería que se le atravesó a medio camino. Y en ese no encontrará nada.

Los investigadores, dos policías jóvenes, le dicen a la fiscal que les dé tiempo para ir de nuevo por el testigo, para sacar esos cuerpos de ahí. La fiscal se impacienta, les da tiempo, pero les instruye que no se tarden más de lo debido.

Media hora más tarde regresan los dos investigadores, seguidos de un tercer policía, todos encapuchados. El tercer policía es bastante delgado, como el hombre de la moto. Se mete en la cancha de fútbol y con la punta del zapato restriega la arena allá donde cree recordar que enterraron a las víctimas. Dos cuerpos, dos jóvenes. Luego se dirige hacia una de las metas, y en la esquina de la cancha restriega de nuevo la planta del zapato. “Ahí hay otro cuerpo”, murmura. Ese es de otro caso.

Ya es mediodía, el sol arde, los detectives se impacientan, todos queremos terminar rápido esto. Los niños de la comunidad han salido de la escuela, observan curiosos la escena; les están jodiendo su canchita; jóvenes se atraviesan en bicicletas, una mujer en faldas observa todo con detalle. “Esa es la mujer de uno de los palabreros”, le susurra el testigo a un investigador, y entonces deciden sacarlo de ahí.

Dos horas más tarde, casi dos metros más hondo, y la tierra no escupe nada. Los investigadores blasfeman, se quejan, dicen que ¡no puede ser!, si ellos saben que ese es un cementerio clandestino, ubicado a las narices de los vecinos que entran a esa comunidad infinita, ubicado bajo la canchita en la que juegan todos los niños. Los investigadores piden auxilio a los forenses, y el doctor Quijada le ofrece una salida a la fiscal:

—Paremos aquí –le dice– Y vengamos mañana con más apoyo de la alcaldía para seguir cavando, podemos hacer una zanja en…

La fiscal lo interrumpe, ni lo deja terminar.

—No. Yo creo que ya no. Si ya dos veces el testigo se equivocó, la información no es tan fiable que digamos.

Los investigadores le ruegan. Ella hace que llama a su jefe.

—¡No! Se acabó. ¡Nos vamos! Van a disculpar por la molestia –le dice al doctor Quijada.

La comitiva se sale de la comunidad, y los investigadores vienen maldiciendo desde detrás de los pasamontañas. “¡Como no es ella la que se arriesga!”, dicen. “Cómo que no supiera que el año pasado solo de ahí sacamos tres cuerpos”, dicen. “No sé cuál es la urgencia, si a su oficina a aplastarse va nomás”, dicen. “Ya mañana esos cuerpos ya no van a estar ahí”, lamentan. La comitiva se detiene en la salida de la comunidad, los investigadores corren al otro lado de la calle. Ahí hay una sorpresa. A menos de 15 metros de la canchita está la subdelegación policial de Ciudad Delgado, un edificio de dos plantas incapaz de hacer algo contra el cementerio clandestino que tiene frente a sus narices.

***

Ahora escuchamos la última llamada en el cuarto de los huesos. El doctor Saúl Quijada se le adelanta a Raymundo Sánchez.

—¿Qué caso me dice?

—…

—Permítame… ¡Ray! ¿Sabes si había un caso de restitución para hoy? ¿Cuál es?

Raymundo Sánchez busca en los archivos, encuentra por el que preguntan, ubica la caja, está al fondo del rimero de cajas que hay en una esquina. Amenazan avalancha los huesos. “Es el 48”. Son pocos huesos en la caja: un fémur, un par de vértebras, unas pocas costillas. El doctor Quijada le habla al teléfono.

—Mire, me va a disculpar con lo que le voy a decir, pero nosotros siempre procuramos decirle a los familiares que cuando hay pocos restos piensen ahorrarse el dinero de un ataúd grande…

—…

—Sí, son poquitos huesos. Con que consiga un ataúd pequeño, de esos para niños…

—…

—Está bien. No hay ningún problema. Es su decisión y nosotros la respetamos. Espero que no haya tomado a mal la sugerencia.

***

Llueve el cielo como si quisiera dejar caer toda su furia en una sola vomitada. El Muchacho entra a la morgue, donde lo esperan los doctores Quijano, Quijada, y los auxiliares Raymundo Sánchez y William Villanueva. Llega empapado.

Inicia el acto de restitución, y El Muchacho es como si estuviera ausente, como que no entendiera nada de lo que está ocurriendo ahí. Los doctores le explican que esos huesos son los de su pariente, que ve uno de los huesos cortados, porque de ahí se sacó el ADN que hizo match…

—¿A usted le tomaron la muestra? –pregunta el doctor Quijada.

—Sí, yo di mi sangre –dice El Muchacho, que sigue serio, desinteresado. Es como si entre esos huesos y él no existiera nada. Ni un vínculo. Nada. ¡Nada!

Y entonces Raymundo Sánchez comienza a sacar los huesos, uno por uno, y los coloca en un ataúd para adultos, pero al muchacho ese gran vacío sigue sin decirle nada. Un fémur, una vértebra, una costilla… En el ataúd hay un rompecabezas al que le falta un 90 % de sus partes. Raymundo Sánchez saca otro hueso, largo, blanco, y es hasta entonces cuando El Muchacho deja de estar muerto, reacciona, menea las piernas, que están paradas, desesperadas.

—¡Momento! –dice El Muchacho–. Déjeme ver eso…

A ese último hueso se le ha enrollado una pulserita, sencilla, de hilos entrelazados, con líneas azules, celestes y moradas.

—¿Puedo quedarme con esto? –pregunta El Muchacho, pero en realidad la pregunta es un ruego, que antes de pronunciarlo ya le ha partido la voz.

Agarra la pulsera, la observa en la palma de su mano, y es entonces cuando sus huesos le llaman, para despedirse, para decirle que ahora ya pueden descansar en paz. Ambos. El Muchacho aprieta la pulsera, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, hasta que desde el corazón le sale un grito seco, uno que le cauteriza el alma, y eso le duele, y sin embargo, por curioso que parezca, ese instante es mil recuerdos, la mariposa de Raymundo Sánchez girando en dirección contraria a millón por segundo, el ardor en el pecho es un reencuentro que después de cauterizar, reconforta. Reconforta. Reconforta…

—¡¡¡Mi hermano!!! –grita El Muchacho, y ahora aprieta la pulsera contra su pecho. Por fin su hermano de toda la vida ha reaparecido, su hermano mayor, su único hermano en este mundo desgraciado.