La gran mudanza

Publicado: 2 noviembre 2013 en Martina Bastos
Etiquetas:, , ,

Una cosa rara. A las doce del día del último día, Ada Ramírez sintió una cosa rara: un escalofrío, un tirón de pecho, un dolor seco. Se quedó muda y escuchó crujir el piso de madera: pensó que aquello era un velorio. Al mediodía del 1 de septiembre de 2007 ocurrió un hecho insólito: un pueblo dejaba oficialmente de existir. Los diarios titularon: Parte la leyenda. El cierre simbólico dará paso a la clausura definitiva. La leyenda, lo que se cerró, lo que se clausuró, se llamaba Chuquicamata.

Todos le llaman Chuqui. De apellido, la muletilla constante: la-mina-a-cielo-abierto-más-grande- del-mundo. En pleno desierto de Atacama, a 1.600 kilómetros de Santiago y tres horas de la frontera boliviana, se obtiene cobre del mayor agujero creado por el hombre. Al costado, surgió un campamento que llegó a albergar 25,000 personas.

Un campamento es por definición efímero, algo que se instala hoy para levantar mañana, pasado, cualquier día. Chuquicamata era un campamento minero. Para sus habitantes, era sencillamente su hogar.

Breve historia de una quimera

En un principio no había nada. Puro peladero. Un sol alto y cerros derramados por la tierra ancha, cerros desnudos como hechos solamente de barro y viento, un viento atroz. La aridez, la perspectiva sin límites y la impresión de que el desierto fuera a rajarse de estirarse un poco más. Para el poeta Andrés Sabella: La tierra donde la piedra habla a las piedras, donde un coro de piedras va de sí hasta lo infinito. Eso era todo.

En 1912, los norteamericanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y rocas a 2,870 msnm. El viento más veloz intenso constante, la radiación más extrema, la tierra más seca; sin agua, sin caminos, sin piedad. Lejos de todo, carente de todo. La nada. Y el cobre.

Lo que vino después, más que una utopía, era entonces un disparate.

El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971. Desde entonces, la Corporación Nacional del Cobre (Codelco) es la mayor empresa estatal de la historia de Chile. Y Chuquicamata su niña bonita: un cráter de 5 kilómetros de largo, 3 de ancho y 1.25 de profundidad esculpido con la finura de un gran anfiteatro. Podríamos introducir el Central Park de Nueva York y plantarle tres veces el Empire State Building uno sobre otro: todavía sobraría espacio. Allí se trabaja 365 días al año, 24 horas non stop. Parar es caro: un minuto perdido cuesta 8,000 dólares. El minuto.

Nociones de otro mundo

Usted va a tener una casa. Y no va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar ningún combustible. Todo se lo damos: atención médica, educación a sus hijos, todos los servicios. Usted vendrá a trabajar y cobrará su plata, pero además vivirá gratis.

Cuando Chuquicamata se llenó de hombres y de máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuarenta casas miserables empotradas en el vacío como lugar de paso: imposible cubrir las necesidades que la mina requería. La compañía debía proveerse su propia logística, y levantó un campamento que terminó convertido en un cuento de hadas. Ofrecía vivienda en comodato a cada trabajador y su familia, y reproducía a pequeña escala un mundo real donde no faltaba nada. Avenidas amplias e impecables, seguridad y una comunidad unida por un vínculo común: buen trabajo y una vida social de la que todos participaban.

Muchos ignoraban que afuera existiera otro mundo.

La ruta 24 es la cicatriz de 15 kilómetros que une Chuquicamata a Calama. Los calameños son pocos. Codelco tercerizó procesos y transformó Calama –crecida hasta los 140,000 habitantes– en un macrodormitorio de población flotante.

Calama está llena de hombres solos, solos de mujer. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita del país y también el más alto coste de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Para los chuquicamatinos era Calama calamidad, un lugar sin mayor desarrollo que encarnaba todo lo negativo ajeno a ellos: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden.

Pero Chuquicamata evolucionó y aparecieron normas medioambientales que no existían en un comienzo. Aparecieron instalaciones como la fundición, proceso que emite anhídrido sulfuroso y arsénico: incompatible con un campamento donde viva gente.

La mina, además, comenzó a necesitar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar 1 kilogramo de cobre hay que sacar 100 de roca; lo que sobra, hay que ponerlo en algún lugar. Y cerca: un camión de extracción consume en un día el mismo petróleo que un auto común en dos años. El sobrante estéril se amontonaba en la periferia de Chuquicamata amenazando las viviendas.

La compañía tomó una decisión drástica: el traslado completo de la población a Calama. En la práctica, significaba enterrar una ciudad y construir otra. Pero las ciudades no son piezas de ajedrez. ¿Cómo se planifica y ejecuta un proyecto así? En algún momento, en algún lugar, alguien tuvo que decirlo:

—Señores, hay que desplazar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?

Instrucciones para mover una ciudad

Le tocó a él.

La voz es amplia y serena y llena la sala con la misma amplitud y serenidad que debió tener entonces:

—Fueron 5,000 familias.

Sergio Jarpa es ingeniero de minas y en aquel tiempo Vicepresidente de Codelco Norte. Era el hombre.

—Fue un cordón umbilical muy difícil de cortar. Esa gente ha convivido durante años. No solo trabajaban juntos: vivían juntos, se divertían juntos, se casaron entre ellos. Allí crecieron sus hijos. Los lazos eran fortísimos; costó mucho sacarlos.

Había, también, una dependencia importante de la empresa.

—Es fácil malacostumbrarse –continúa–. Y no es fácil mover 20,000 personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile.

Los mineros serían ahora dueños de sus propias casas. Codelco se encargó de construir 5,000 viviendas –una para cada familia– y asumió el 50% del coste en concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura con su iglesia.

Y a todos había que recogerles la basura.

Calama no estaba preparada para ello: el presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Luis Alfaro, director de obras municipales, hace memoria de aquellos días:

—Solo en alumbrado fueron más de 6,000 puntos de luz. Unos 10,000 nuevos vehículos impactaron al tráfico. Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso.

La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial o mantener los espacios públicos.

—Y toda esa operación –resume Jarpa– costó 500 millones de dólares.

El costo emocional, sin embargo, fue invaluable.

Anatomía de un traslado

Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández –68 años, 50 en Chuqui– estaba desayunando.

—Y ahí se acabó el desayuno.

Era el punto final al largo harakiri de meter la vida en cajas de cartón: el último día. ¿Qué vuela entonces en la cabeza? ¿Uno recuerda dejar desocupado el refrigerador, guardar las plantas, despedirse del vecino, del jardín, sacar fotografías?

No tuvo tiempo.

—Fue todo tan rápido –dice– camión, carga, entrega de llaves, arranque y de tripas corazón.

Después, como a un Cristo en procesión, su auto siguió al camión en un silencioso vía crucis a Calama.

—Todavía no la puedo querer. No consigo querer a Calama. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Para extrañarla un poco menos.

Le brota esa forma de mirar –remota–, cierta aspereza en la voz y un tintineo de plata en sus pulseras cuando agita el brazo para decir:

—¿Usted sabe que yo todavía sueño que vivo allá?

Desde el 2004, el ritual se repitió a diario durante tres años. Una por una, las familias recibieron turno para desalojar sus casas. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y las poblaciones desocupadas comenzaron a desaparecer bajo escombros.

El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo.

Hubo un momento penúltimo en el que solo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Era lo único que quedaba. Después, se perdería el rastro. Aquel día, quince autobuses con trabajadores salían de su turno. Renéjar era uno de ellos:

—Pararon todos los autobuses, la última camionada lo enterraba. Pararon todos y los camiones llegaban y llegaban. Todos lo vimos sin decir palabra. Muchos lloraron, habían nacido allí.

Epitafio para una casa

Veroska sabía lo que haría.

Compró pintura negra y brocha gorda y sobre el muro de la casa en que vivió sus 25 años, escribió: Gracias por todo Chuqui de mi vida. Estarás en nosotros para siempre.

Fue el derecho a la última palabra, un desahogo.

—Chuqui era todo –dice–. Cuando terminó, fue como si sepultaran mi infancia, mis recuerdos, mi vida entera. Es que era mi vida –y repite– mi-vi-da.

No fue la única. Los que se iban dejaban su firma en las fachadas. Era su manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

Aquí fuimos niños.
Gracias Chuquito por los años felices.
Adiós Chuquicamata, te dirán que te quisimos.
Mis mascotas descansan para siempre en tu jardín.
Los mejores años se quedan aquí.
Chuqui vive.

Mientras Ada Ramírez sentía una cosa rara, 30,000 chuquicamatinos sentían algo parecido: que estaban velando a un muerto. Aquel mediodía fue la hora fijada, el instante pactado del adiós. Habían llegado desde todo Chile y el extranjero para el evento final.

Las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Hablaron los que estaban lejos y no podían despedirse: Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Dónde vuelvo? Sus comentarios eran elegías breves: Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento, Qué feliz fui en esa mina maravillosa, Te extraño Chuquito y un escueto: Duele.

Lucho Zavala colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su casa de Calama. Le pidió el favor a un guarda:

—Le dije: Oye chatito, ¿sabes qué? El único favor que quiero pedirte es si me puedes traer la dirección de la casa donde yo vivía. Es la A-1049, está en una esquina. Ya, yo te la traigo. Y me la trajo. Y la puse ahí. Y yo entro y es como si entrase en mi casa de Chuqui.

El 1 enero de 2008 se produjo el cierre definitivo. Chuquicamata se declara zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido.

Las raíces al aire

No vuela un pájaro.

El centro histórico del campamento fue nombrado área patrimonial, y es –junto a sus barrios aledaños– lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Me acompaña Diego, coordinador de visitas.

En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, donde Diego estudió, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste, por qué? Diego escribe la suya en la intimidad de un rincón. En un aula destripada –tan solo una silla coja– el frío y correcto funcionario vuelve de pronto a lo que fue: un ser humano.

Caminamos entre árboles secos y viviendas selladas. Están ahí como cadáveres tibios. La calle fantasma es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez: las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: Aquí fue nuestro primer beso.

De tanto en tanto, Diego emite un susurro leve que erosiona el silencio mineral:

—Acá hay algo abierto.

El interior es un espacio interrumpido, atravesado por la urgencia de la partida. Quedan cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan papeles varios: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Esas cosas.

Huele rancio.

Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido –raíces muertas sobre una mesa podrida– de un bonsái arrancado de raíz.

Juntos pero no revueltos

Fue salir de la burbuja a la intemperie.

A las afueras de Calama están las villas construidas por Codelco, islas de casas color pastel con rejas altas y alarma. Allí, los chuquicamatinos se sintieron extranjeros. Los calameños, se sintieron invadidos. Más que de integración, el sentimiento fue de intrusión. Ambos eran mutuos extraños forzados a convivir.

Óscar y Blanca –chófer de extracción y su esposa– asoman apenas tras el enrejado:

—En las villas vivimos así, asustados. Cada uno en su metro cuadrado, de puertas para adentro. ¿Que yo comparta un almuerzo con mi vecino? Para nada. Eso ocurría en Chuqui. Allá todos nos conocíamos.

Venían de un lugar donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos aparcados con las llaves puestas.

La familia de Norma Salman fue una de las últimas en mudarse:

—El primer día me robaron. Y nunca en mi vida me habían robado. Dejamos las bicicletas en la terraza y forzaron el portal. En Chuqui jamás hubiera pasado.

El gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. En Chuqui todo era perfecto, no eran conscientes de que en las calles puede haber basura, perros vagos o maleantes. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Debieron aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público.

—A todo el mundo le cortaban el agua y la luz –sigue Norma–. Nos costó recordar que había que pagarlo todos los meses. Si el calefón no funcionaba, llamábamos a Codelco y venían a repararlo, se rompía un vidrio y venían a reponerlo. Una vecina fue a la municipalidad para que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso era asunto suyo.

Arriba quemando el sol

Antes, no hay nadie, la ciudad es una idea, un borrador, una intención: cualquier cosa que esté por venir. Cuando el sol calienta, Calama arranca, se llena de lagartos.

Calama tiene un microcentro y el Paseo Ramírez es el centro del centro. Allí hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar.

En la esquina él.

—Lechuga. Échate crema lechuga. Yo la uso siempre.

En Calama el frío corta los labios, amorata la piel, acuchilla el cráneo, el sol abrasa los tuétanos y los viejos saben de cosméticos. No es coquetería, es adaptación. Ya lo dijo Darwin.

Pedro Galleguillos –84 años, flaco piel y hueso, ojos tan azules: un galán– llegó a Chuqui veinteañero y pobre. Tiene tres casas y un cutis fabuloso.

La primera vez que pisó Chuqui fue a una casa. Allí vio a una niña que apenas le llegaba al pecho: peinaba a unos críos chicos. Después se fue a la Pampa, trabajó el salitre, conoció mujeres –“tan bonitas, que uno se enamoraba de ellas”–. A los siete años, volvió. Volvió a aquella casa, encontró a una señora, preguntó:

—Oiga, la última vez que yo estuve acá, había una niña. ¿Dónde está?

No recuerda dónde estaba, pero estaba.

—Esa es mi señora. Esa niña es hoy mi señora. Y esa casa está hoy bajo tierra.

Los que llegaron: venidos y quedados

En el verano de 1988, como todos los veranos, Gonzalo Cerdá llegaba a Punta Arenas –extremo austral del país– después de conducir durante cuatro días desde La Serena –en la zona central–. Viajaba con su esposa en un auto minúsculo, sin aire acondicionado, un auto que con los vientos patagónicos no superaba los 60 kilómetros por hora. Volvían de vacaciones. Cuando abrió la puerta de su casa –un apartamento que daba al Estrecho de Magallanes– vio encima de la mesa una carta de Codelco.

—La abro. Lo primero que veo es una cifra que decía sueldo base. Y esa cifra era cinco veces más de lo que yo ganaba en la Universidad.

Gonzalo era un joven ingeniero que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas. Unos meses antes, sin demasiadas expectativas, había enviado su currículum a la estatal.

—Cuando tú ves eso, te cambia el horizonte. Es decir, existe un lugar en Chile que te da la posibilidad de crecer, un futuro tranquilo, te lo da todo.

Al llegar a Chuquicamata, aquello les pareció la cresta del mundo.

—Era como estar desterrado. Así nos sentíamos nosotros.

Sin embargo –como el resto– Gonzalo generó en Chuqui una unión férrea. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él, la clave está en el aislamiento. En ese retiro geográfico solo se tenían los unos a los otros. Entre todos crearon el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo.

—Era un refugio. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de compartir, de comprobar –después de un par de tragos tal vez– ¿estás viviendo lo mismo que yo?, ¿estás echando de menos lo mismo que yo?

Los que estaban: nacidos y criados

Le dieron un ultimátum.

En la fotografía un hombre de 80 años, abatido, el rostro roto por algo que no es la edad, algo de más lejos, de más adentro. Lo supe después: era el rostro de la derrota. Es 24 de diciembre de 2007, Nochebuena, la noche última. Alcides Lira a la entrada de su negocio, La Verbena –emblema de Chuqui durante 55 años– iluminada como cada Navidad. Abrazado a su mujer, ambos miran lo que queda: poca cosa. Las luces solo para ellos. Y sus cuatro hijos. Desde la nueva casa en Calama, recuerdan en voz alta:

—Yo traje hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo, allí aprendí a patear una pelota.
—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95. Soy de algo que no existe.
—Yo trabajaba en Comunicación, me reunía con la gerencia y tenía claro lo que iba a pasar. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: Papá, el traslado va. Él dijo: No, Chuqui no se va a acabar nunca. Mi papá no creía, no creyó nunca.

Fue el último en salir. Por las mañanas armaba cajas para irse y por las tardes las desarmaba para quedarse. Cerraron Chuqui y él siguió yendo seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, y él usó baldes y velas. Los carabineros lo convencieron: No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Ande y váyase ya. Allá está su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuqui.

Chuqui-que-mata

En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 Don Alcides sufrió un infarto cerebral.

—Mi papá murió de pena.

Mario es el hijo mayor:

—Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo, mirando, le fallaba la parte emocional. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado.

La uruguaya Esther Gilio escribió: El exilio no es solo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado.

¿Se puede ser exiliado a solo 15 kilómetros del territorio natal? ¿Cuál es la distancia exacta, precisa, a partir de la cual uno queda fuera de lo suyo?

No hay lugar al que volver.

¿Cómo se transita el duelo por la parte de historia perdida, por la memoria hecha añicos, por la certeza del no retorno?

De ciertas Cosas, poco se sabe.

Que fueron.

Que no son más.

Que duelen.

Alguien golpea las manos en la puerta sin timbre de la casa de la familia Pasteri, en el barrio de la Ciudadela, San Miguel de Tucumán. Es domingo y son las 7.30 de la tarde. Adentro toman mate Domingo Pasteri y su esposa Teresa Di Sántolo, junto a uno de sus tres hijos, Juan Carlos, que vino de visita como todos los domingos. En la vereda vuelven a golpear las manos, esta vez más insistentemente, y esa pequeña interrupción de la tranquilidad habitual del pasaje Ambrosio Nougués 1747, por alguna razón, suena como un puñal en los oídos de Teresa.

“Ahí vienen a avisar que Adrián se ha accidentado”, le dice Teresa a su marido y suelta el mate abruptamente sobre la mesa. Domingo salta de la silla y corre hacia la puerta. Por detrás va su esposa. Al llegar, ven a dos chicos de unos 20 años, temblorosos y con el rostro pálido.

—Somos de ALCO –dijeron.
—¿Qué vienen a buscar acá? ¿Adrián no debería estar con ustedes en una hamburgueseada? ¿Qué pasó con Adrián? –preguntó Teresa, casi increpándolos.

Los chicos no sabían cómo contar lo que habían vivido minutos antes en esa misma reunión donde estaba Adrián. Nadie sabe cómo dar malas noticias.

—No señora, lo que pasó es que Adrián se tiró a la pileta y se golpeó el hombro.

Teresa los volvió a increpar, ya sin dudar de que algo malo había sucedido.

—Mirá, a mí no me vengas a mentir. Si es cierto que Adrián se golpeó en una pileta como decís vos, seguro tiene rota la cabeza, no me vengás con ningún cuento.

Y se largó a llorar.

***

El día no estaba para pileta el domingo 5 de noviembre de 2000. Pero en la casa ubicada en San Martín al 3500 todos disfrutaban de ella. Había ocho amigos: cuatro mujeres y cuatro varones. El fondo de la casa era grande, con quincho, asador y una pileta de cemento en el medio, rodeada de césped, de unos cinco metros por dos, aproximadamente. Todo conectaba con el garage a través de un pasillo largo.

Después de comer las primeras hamburguesas algunos comenzaron a tirarse a la pileta. Adrián, hiperactivo, era el que más se tiraba. Había practicado natación en Central Córdoba durante tres años: sabía nadar cuatro estilos, saltar en trampolín, era un buen nadador.

Saltó la primera vez. Todo bien. Saltó la segunda. Todo más que bien. Dentro de la pileta estaban sus cuatro amigas y uno solo de sus amigos, Walter, conversando y jugando. Afuera, en el borde, los otros dos, Edgardo y Daniel, estaban de pie. En el tercer salto ocurrió algo rarísimo: a Adrián se le va el cuerpo y queda vertical en el aire, cabeza abajo. En milésimas de segundos, al darse cuenta de su posición y mientras caía al agua, Adrián decidió llevar la barbilla al pecho y estirar las manos para minimizar el golpe porque sabía lo que se venía.

No hubo mucho que hacer. Su cabeza impactó de lleno en el cemento del fondo de la pileta. Y en ese momento, todo se apagó.

***

Adrián Gustavo Pasteri nació el 14 de agosto de 1980. Hizo la primaria en la escuela Belgrano 259 y estaba a punto de terminar el secundario en la escuela Técnica 2 cuando su vida cambió para siempre.

Antes del accidente, Adrián era un chico con una vida normal. Sus padres lo describen como obediente y estudioso. Fue abanderado en la primaria y de 2.500 postulantes para ingresar a la escuela técnica, él entró en el puesto 14.

Se levantaba todos los días a las 6.30, iba a la escuela por la mañana y por la tarde, y por las noches hacía cursos de educación para adultos en reparación de televisores, electrónica y radio. En los tiempos libres trabajaba por cuenta propia haciendo electricidad del hogar.

En el último año del secundario, le ofrecieron buenos trabajos que rechazó por falta de tiempo. Adrián quería terminar el secundario sin atrasos y prepararse para ingresar al año siguiente en la escuela de oficiales de Gendarmería Nacional.

En enero de ese año 2000, había comenzado a ir al gimnasio y a cuidar mejor su alimentación. Sabía que con los 106 kilos que pesaba le sería difícil ingresar a Gendarmería. A través de un amigo, conoció la Fundación ALCO –Anónimos Luchadores Contra la Obesidad–, la reconocida institución fundada por el doctor Alberto Cormillot. Se acercó a la filial de Tucumán, en Crisóstomo Alvarez al 300, sin más pretensiones que retirar una dieta. Pero pronto comenzó a ir a las reuniones de grupo los miércoles a la noche, conoció gente con la que socializó rápido y se hizo un nuevo grupo de amigos. Después de cada reunión, el grupo iba al Bar Astoria, ubicado en la primera cuadra de la calle Congreso. Sin teléfonos celulares ni redes sociales donde organizarse, entre charlas y risas, cada miércoles organizaban desde las mesas del bar las salidas de los fines de semana. Eso hicieron la semana previa al accidente: arreglar una hamburgueseada en la casa con pileta de Sonia, una compañera de ALCO.

Ese domingo 5 de noviembre de 2000, Adrián salió caminando de su casa por última vez. Tenía 19 kilos menos de los que pesaba en enero. Fue a la calle San Martín al 3500, tocó el timbre, entró y saludó a sus amigos. Eran las 11 de la mañana.

Horas más tarde, lo sacarían de allí acostado en una camilla.

Estoy sentado al lado de la cama donde Adrián Pasteri pasó los últimos 12 años sin poder moverse, acostado y mirando el techo, en la misma casa humilde de donde salió por última vez en el barrio de La Ciudadela, en la periferia de la ciudad.

La habitación tiene cuatro por cuatro metros, paredes celestes y dos camas: en una está Adrián y en la otra su papá, Domingo, que duerme a su lado desde el día del accidente. Entre ambas camas hay un mueble con remedios. Detrás, una ventana que da a la galería del frente por donde no entra mucha luz. Del otro lado, un mueble con armarios donde está el televisor, más remedios y elementos de higiene personal, entre estampitas de santos y vírgenes: la del Perpetuo Socorro, la del Valle, la de San Nicolás, la de Lionel Messi, ídolo de Adrián. Y entre sus pies inmóviles, en la punta de la cama, una estampita de San Expedito.

En esa misma cama Adrián permanece quieto desde hace doce años. Tiene dos almohadas y una toalla sobre las que apoya su cabeza. Su cuerpo está tapado con una sábana hasta un poco más de la cintura. solo se ven parte de su torso y sus hombros blancos y caídos que sobresalen de una musculosa gris. Por los relieves que deja su cuerpo debajo de la sábana, alcanzo a ver que es grande. Sus brazos y sus piernas son largas, y su cuerpo debe medir 1.85 metros. Su cara es redonda y de piel blanca, muy blanca, como la de quien no ha visto el sol durante años, como él. Tiene el pelo corto, castaño oscuro. Y sus ojos son claros y transparentes como los de su mamá Teresa. Su mirada vidriosa tiene una profundidad de la que nadie puede escapar. Sobre todo si corre levemente la cabeza a un costado, y te mira.

A lo largo de nuestros encuentros me iré dando cuenta de que lo más sano que tiene Adrián en su cuerpo es su mente y su espíritu. Ambos están intactos y lo mantuvieron vivo hasta hoy, entre otras cosas. Sigue siendo ese joven brillante e inteligente que ya era en su adolescencia, pero tristemente esclavo de un cuerpo que no se puede mover. Sigue teniendo ese espíritu íntegro de antes, aunque ahora curtido por todas las dificultades por las que atravesó y atraviesa.

En los seis encuentros de tres horas que mantuve con él, fui conociendo los hechos y los datos más relevantes de su vida, eso que no puede faltar en una crónica; pero también lo impalpable, lo que no se toca y se siente, ese universo plagado de sensaciones inexplicables y contradictorias que sobreviene cuando nos involucramos en una historia como ésta, donde el destino parece tener todas las respuestas y, mezquino, no nos quiere dar ninguna.

Lo primero que le pregunto es si está preparado para volver atrás y recordar lo que pasó. Su fortaleza interior me dice que sí, que ya no le duele el recuerdo. Que esa etapa ya pasó. Que le pregunte lo que quiera.

—Es inexplicable –me dice. Todo venía bien ese día. Le pegué directo al cemento. Un impacto de lleno de mi cabeza contra el cemento. Recuerdo que sentí una explosión en el cuello. Como si explotara una bomba de estruendo. Me quedaron zumbando los oídos y automáticamente dejé de sentir mi cuerpo. De la barbilla hacia abajo, nada.
—¿Ni sensibilidad, ni dolor?
—Nada de nada.
—¿La pileta tenía suficiente agua?
—Estaba llena, pero no era profunda. Un metro veinte, más o menos.
—¿Habías tomado alcohol?
—Nada. Todos los estudios posteriores dieron negativo. Ni drogas ni alcohol.
—¿Y qué pasó después?
—Quedé flotando boca abajo. Todos pensaban que era una de mis bromas. Tuve asfixia por ahogamiento y perdí el conocimiento. Pero no por el impacto, sino por el ahogo. Tragué mucha agua y me desmayé no se por cuánto tiempo. Cuando me desperté ya estaba en el borde de la pileta, pero no sentía nada. Toda la energía de mis 87 kilos más la velocidad de mi caída, todo fue a parar al cuello.

Él no lo recuerda, pero Edgardo y Daniel, que estaban al borde de la pileta, cuando vieron que él flotaba boca abajo, arrojaron sus billeteras en el pasto y se tiraron con ropa a la pileta. Llevaban jeans, remeras y zapatillas. No les importó. Walter, que ya estaba adentro, fue el que lo dio vuelta en el agua. Vio por el color morado de su rostro que algo no andaba bien. Al ver esa escena, las chicas comenzaron a gritar y entre los tres varones levantaron su cuerpo pesado e inerte y lo acostaron en el borde de la pileta. Walter, profesor de educación física, le hizo reanimación durante cinco o seis minutos. La dueña de casa, Sonia, llamó a la ambulancia. Al poco tiempo, Adrián despertó.

“No siento las piernas, no siento los brazos”, decía Adrián, según lo que me cuenta Edgardo Espinosa, árbitro de fútbol y amigo de Adrián de ALCO, en la mesa de un bar frente a la Plaza Urquiza.

El clima en la casa pasó de ser festivo a desesperante.

“Lo alzamos de nuevo y lo llevamos cerca de la puerta, para recibir la ambulancia. Siempre me quedó la duda si en ese traslado no le hicimos un daño mayor. Los otros dos se fueron a avisarle a los padres”, me cuenta Edgardo, que estuvo con la ropa mojada hasta las diez de la noche de ese domingo por los pasillos de los hospitales hasta que decidió volver a su casa a cambiarse. Dice que esa noche no vio Fútbol de Primera ni pudo pegar un ojo.

A Adrián lo llevaron primero al Hospital Padilla donde le sacaron el agua de los pulmones y del estómago, y después lo trasladaron al Sanatorio Sarmiento donde, en la madrugada del lunes 6 de noviembre, le hicieron todo tipo de estudios para llegar a un diagnóstico.

En la mañana siguiente, el médico fue hasta su habitación y lo despertó con los resultados bajo el brazo. “Dígame lo que tengo”, le dijo Adrián. El doctor quiso esquivar la pregunta, miró al padre que ya estaba a su lado, y éste le dijo: “dígale, doctor, dígale”.

Entonces el médico le dijo.

—Bueno mirá, te la voy a hacer simple, no voy a andar con vueltas. Hacé de cuenta que te han puesto en una mesa boca abajo y te dieron un mazazo en la nuca. Tenés destrozada la columna cervical”.

Adrián se quedó mudo. Su calvario recién comenzaba. Era cuadripléjico.

Luxofractura en la columna cervical, a nivel de C3, C4, C5 y C6. Así se llama clínicamente lo que sufrió Adrián Pasteri el día del accidente en la pileta.

La zona cervical es la que abarca el cuello. A cada una de sus vértebras se le asigna un número para identificarlas. De las siete vértebras que tiene la cervical, Adrián se fracturó cuatro: la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta, empezando desde arriba. En ese nivel están todos los nervios del sistema cardiovascular y respiratorio. Aunque cueste creerlo, el accidente de Adrián Pasteri tuvo un milagro inesperado: el impacto fue tan perfecto que no comprometió esos nervios. Un milímetro más para uno de los lados hubiera sido fatal. Ni siquiera su cabeza quedó golpeada. No tuvo hematomas ni corrió una gota de sangre por su frente. Todo, absolutamente todo el impacto fue a parar a los huesos ahora rotos de su cuello.

—Mi médula no estaba dañada. No tenía daño por punción, ni por raspadura, ni por laceración ni por corte. Sí un daño grande por compresión. Estaba muy inflamada, pero no se cortó, y eso era bueno –dice hoy Adrián desde su cama.

Lo primero y más urgente que había que hacer entonces era descomprimir la médula.

—Me ataron una cuerda en la mandíbula con una sábana, era un equipo de tracción muy rudimentario. Yo estaba en una tabla de madera, no me podían poner en un aparato, así que ahí mismo el médico y una enfermera comenzaron a tirar para que mi cabeza se despegara de mi cuerpo. Nunca sentí dolor. solo cuando apoyaba muy fuerte la cabeza en la tabla. Y eso fue, en parte, lo que me salvó la vida.

Pero no sería suficiente. Ese mismo lunes, a Adrián lo trasladaron al sanatorio Modelo para seguir descomprimiendo la médula, ésta vez mediante una cirugía de descompresión medular que duró cuatro horas.

Si el calvario había comenzado con el crudo diagnóstico del médico esa mañana en la habitación, ahora vendrían los momentos más duros y dolorosos de su vida: estando en terapia intensiva recuperándose del post operatorio, una enfermera le lavó la cabeza con agua y jabón dejando que ésta escurriera por debajo del parche que tenía en la nuca. Esto le provocó una infección feroz en la herida y en todo su cuerpo ya dilapidado. Adrián estuvo más cerca de la muerte por la negligencia de una enfermera que por su accidente en la columna cervical.

Tuvo que soportar picos de 45 grados de fiebre sin pérdida de conocimiento. Su cuerpo no soportaba ningún líquido, no podía comer nada sólido. Comenzó a perder peso. Encima, todos los dolores que no tuvo durante su accidente comenzaron a llegar juntos de una sola vez producto de la operación. Quince ampollas de calmantes por día, diez más de Dipirona y los antibióticos más fuertes de Argentina y el mundo iban a parar a su cuerpo.

—Me pusieron antibióticos que en ésa época eran experimentales. Yo mismo autoricé a los médicos a que me los dieran. Tenían nombres rarísimos. Me daban dos por día, y en total tomé 28 frasquitos.

El tratamiento era tan agresivo que lo estaba consumiendo. Adrián llegó a pesar 40 kilos, la fiebre no le bajaba y seguía sin poder comer. Entonces tomó una decisión terminante: le pidió a los médicos que le quitaran la medicación. “Denme todos los papeles, píntenme los dedos y firmo lo que sea, yo decido sobre mi vida, esto no lo aguanto más”, dijo Adrián a los médicos.

—Era morir o vivir con lo que tenía. Nadie me daba una noche más de vida. Cada mañana que yo me despertaba me decían ‘seguís vivo’. Pero no me quedaba otra. Me estaban haciendo pelota.
—¿Y qué pensabas en ese momento?
—Sobrevivir un día. Nada más.

Nadie se explica cómo lo hizo pero Adrián no solo logró sobrevivir un día. Le bajaron las dosis de la medicación y pasó cuatro meses internado soportando dolores y padecimientos. Tanta concentración de antibióticos y calmantes le había minado el estómago que rechazaba todo lo sólido. Tomaba seis litros de leche por día, cuatro de jugo de soja, seis de jugo de frutas, montones de botellas de agua. La fiebre comenzó a bajar, fue recuperando peso de a poco hasta que en marzo de 2001 decidió volver a su casa.

Para él, no había mucho más que hacer. La medicina había llegado a su límite. solo quería volver a su habitación.

***

En su casa Adrián volvió a comer. Comenzó a subir de peso hasta estar clínicamente estable. Recién ahí comenzó a ocuparse de su columna nuevamente. Pese a la operación de descompresión medular que le habían practicado, Adrián sentía que algo no andaba bien. Persistían los dolores en el cuello, la incomodidad constante, no podía sentarse en 90 grados.

Encargó nuevas tomografías con un nuevo equipo médico. Al verlas, se llevó una sorpresa.

—Me desestabilizaron el cuello en la operación. Mi columna estaba bien ubicada. Hecha pelota pero bien ubicada. Ahora la tengo desviada un centímetro.
—¿Estás diciendo que la operación fue mal hecha?
—Mi opinión es ésa porque no me pueden dejar el cuello desestabilizado y desalineado. No hace falta ser médico para darse cuenta. Ves los estudios y está ahí. Es como que te enyesen el brazo y te quede levantada la piel por un hueso mal puesto. Bueno, conmigo lo mismo. Sé que está mal porque mi cabeza no está en el lugar correcto. solo yo sé lo que siento cuando trago, cuando me siento. Uno sabe cuando el cuerpo no está bien. Es por lógica y deducción, nada más.
—¿No intentaste hablar con el médico que te operó?
—Nunca más lo vi.

Adrián no quiere dar a conocer el nombre de ese médico. Aunque está seguro de lo que dice, sabe que no tiene cómo probarlo. Y prefiere dejarlo así.

Imagino que la enfermera que le lavó mal la cabeza y el médico que lo operó están primeros en la lista de personas que Adrián irá a visitar, si algún día vuelve a caminar.

Desde 2000 hasta hoy, Adrián está acostado en una cama ortopédica levemente reclinada. Los primeros años podía sentarse en una silla de ruedas en noventa grados y recorrer, por lo menos, su casa. Pero después por indicación médica dejó de usarla. Su cuello no soporta más de quince minutos el peso de su cabeza y después comienza a ser molesto y doloroso. Apenas puede mover la cabeza y los brazos. El resto no. Tiene lo que se llama sensibilidad mayor: siente el frío, el calor y la presión, pero no perfectamente. Él describe esa sensación como cuando se nos acalambra un brazo. “Te tocás y lo sentís raro o casi nada. Bueno así”.

Adrián sufre dolores crónicos las veinticuatro horas del día. Los únicos remedios que toma son un calmante y un ansiolítico para calmar el dolor y bajar los niveles de ansiedad y stress que le provoca su situación.

Desde que se accidentó, tiene tratamiento psicológico a domicilio –una vez por semana– y un fisioterapeuta –tres veces por semana–. Su médico de cabecera y su traumatólogo lo ven menos, cuando hace falta recetar algún remedio o hacer algún estudio. Durante los primeros años después del accidente, Adrián tuvo stress postraumático que le impedía dormir bien. Tenía pesadillas y se despertaba en medio de la noche asustado.

Cuando estaba internado las primeras semanas después de su accidente iban a verlo cientos de personas. Ahora, las visitas se cuentan con los dedos de una mano. Amigos, vecinos, incluso familiares, dejaron de verlo. Y le dolió. Según me cuenta, algunos lo hicieron porque no soportaban verlo así; otros por falta de tiempo; otros por desinterés.

Pero si hubo quienes no se movieron de su lado en estos doce años fueron sus padres, Teresa y Domingo, ambos con 74 años y con problemas de salud, sus hermanos Enrique –tiene una discapacidad mental– y Juan Carlos; su cuñada Liliana y su sobrina, Verónica, de 24 años.

Un entorno familiar machacado por los golpes y las enfermedades pero inquebrantable y firme ante las adversidades.

Fuera de su familia, una de las personas que más influencia tuvo en la vida de Adrián Pasteri fue el sacerdote Luis Rufino, a quien conoció durante sus peores días en el Sanatorio Modelo.

A lo largo de toda su convalecencia, el padre Luis –como lo conocían todos– lo visitaba todos los días (falleció en marzo de 2012), le llevaba la comunión, lo escuchaba, lo aconsejaba, le llevaba comida y lo que juntara entre sus amigos.

Adrián se emociona al recordarlo.

—No tenía plata para comprarme un colchón anti escaras y él sacó de su bolsillo y me lo compró. Me sentía mal y deprimido y él conversaba conmigo. No tenía silla de ruedas y él hizo una colecta y me la compró. El PAMI –la obra social de Adrián– me la dio 5 años después. Él jugó un papel fundamental en mi vida y en la de mi familia. Era una excelente persona y amigo, además de un gran sacerdote.
—Te habrás enojado mucho con Dios en ese tiempo.
—Ufff… ya perdí la cuenta. Los primeros años no quería saber nada con Dios, ni con la Virgen, ni con la religión. Por eso me aguantó tanto el cura Luis. Él me decía: “puteá todo lo que quieras a Dios, él te va a entender y si no te entiende, te va a perdonar. Pero nunca tengas miedo de nada”. Luis me entendió desde el primer momento. Nunca me obligó a nada. No venía con la sotana y la Biblia bajo el brazo diciéndome ‘esto te lo manda diosito`. Él era un amigo.
—¿Sos un hombre de fe?
—A mí la fe me ayuda. Pero en algunos momentos no me sirve para nada. Cuando no le encontrás sentido a tu vida es como que te estorba y puteás a medio mundo. A mí me pasa eso. Cuando se te sale la cadena, se te sale. Y ahí la dejo a un costadito y le digo ‘aguantame ahí’. Pero no la dejo tirada sino que le digo ´aguantame ahí que ya voy a volver´.

Luis Rufino pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas con una pierna amputada por la diabetes. Aún inválido, se las arreglaba para visitar a Adrián y llevarle comida que sacaba de su propia alacena.

Pero el papel más decisivo que jugó Rufino en la vida de Adrián quizás haya sido el haberlo contactado con personas influyentes en el ámbito del Estado. Una de ellas –que no quiere dar su nombre para esta crónica– expuso el caso de Adrián en la Legislatura de Tucumán, en el año 2008. Fue en una sesión de la cámara tucumana donde justo estaba presente la por entonces y actual Ministra de Desarrollo Social de la Provincia, Beatriz Mirkin.

La exposición del caso de Adrián se hizo pública y figura en la versión taquigráfica del diario de sesiones de la Legislatura de Tucumán correspondiente al 25 de setiembre de 2008. Aprovechando la visita de la ministra y de la presencia masiva de los medios de comunicación, la historia de Adrián fue el centro de la escena. Si el Estado había estado ausente a lo largo de toda su enfermedad, ahora se empezaría a movilizar.

Hasta ese momento, Adrián y su familia habían presentado papeles y más papeles en secretarías y ministerios para acceder a mejoras en su calidad de vida. Nunca obtuvieron respuesta. Ni por sí, ni por no. A cada papel presentado, la respuesta era nula.

Después de que su caso se hiciera público, los expedientes tantas veces abandonados se empezaron a mover. En ese momento, Adrián estaba en una habitación distinta de la que tiene ahora. La de antes era caliente y húmeda, algo que clínicamente lo afectaba. No tenía instalación de gas en su casa, ni agua caliente. Le faltaba instrumental para medición, oxímetro de pulso, nebulizador, tensiómetro digital, colchón anti escaras, una computadora con acceso a internet, acondicionador de aire, entre otras cosas. Nada de eso tenía Adrián y le correspondía por derecho, no por capricho. Y el Estado estaba obligado a dárselo. Incluso una nueva habitación con baño adaptado para discapacitados.

A través del Ministerio de Desarrollo Social le construyeron un baño y una habitación nueva. Aunque esto último es incompleto. En realidad, se la construyeron hasta la mitad. Y eso también fue noticia.

—Hasta un metro veinte me la construyeron –recuerda con fastidio Adrián–. Era todo el material que había. Sacaron mal los cálculos o no trajeron lo que faltaba pero a mí me construyeron la habitación hasta un metro veinte. El resto lo tuvimos que pagar nosotros con la ayuda de los amigos y con créditos que sacó mi papá. El Ente de Infraestructura Comunitario puso la mano de obra.

En su cama, Adrián quiso dirigir la obra para completar la construcción de su nueva habitación. Pedía los planos a los arquitectos, dirigía a los albañiles, controlaba la calidad de las instalaciones eléctricas y de los cables. Tantos años aislado no habían minado sus conocimientos en electromecánica de la escuela técnica. A fines de 2009, Adrián durmió en su nueva habitación. Lo que sí le dio entero el Ministerio de Desarrollo Social fue el cielorraso y los instrumentos de medición. El resto llegó a través de donaciones privadas: aire acondicionado, ventilador de techo, televisión, equipo de música, muebles, entre otras cosas. Su calidad de vida mejoró considerablemente.

Pero la llegada de la computadora fue lo que a Adrián le cambió la vida. Obtuvo una por medio del área de discapacidad de la Legislatura pero, tiempo después, sus amigos le regalaron otra, con prestaciones más altas, acceso a Internet y un programa de voz mediante el cual enciende y apaga la luz y la televisión, reclina su cama y hace todo lo que cualquiera puede hacer con una computadora: redactar mails, chatear, leer diarios, visitar páginas, aprender tutoriales, ver videos, conectarse a las redes sociales, entre otras cosas.

Como si fuese un ser con poderes superiores, ahora Adrián dirige su mundo de cuatro por cuatro mediante la palabra. Lo que no pueden hacer ni su cuerpo ni sus brazos lo hace su voz. Tiene un micrófono que está pegado a su boca las veinticuatro horas del día, y la pantalla de led está suspendida delante de sus ojos por un caño atornillado en la pared.

—¿Ya habías usado Internet?
—No en toda su dimensión. Estaba desactualizado y tuve que empezar de cero. El primer día me metía en todos lados. Quería ver todo. Me volví a relacionar con la gente. Lo que a mí me conecta con todo es Internet.

Adrián cuenta que antes de tener la computadora, para leer el diario sus padres se tenían que parar a cada lado de la cama, sostenerle el papel y darle vuelta la página. Ahora, cada mañana y durante todo el día, Adrián entra a diarios digitales de todo el mundo, baja tutoriales de edición de videos y de fotos, ve películas y series, y lee libros. Su película preferida es Perfume de Mujer. Dice que la vio 44 veces. Y entre las series, The Walking Dead está en los primeros puestos. En Facebook y Twitter tiene miles de amigos y seguidores. Ahí le muestran su afecto y lo animan a seguir adelante personas de muchos países.

El chico que se pasó diez años mirando el techo desde su casa en La Ciudadela, ahora pasa entre 15 y 18 horas por día conectado a Internet, mira la pantalla y ve el mundo.

Adrián es fanático de los fierros. Sobre todo de las Harley Davison y los Ferrari. Tiene cientos de fotos de sus motos y autos. Me muestra algunas y de cada uno me cuenta con lujo de detalles qué tipo de motor tiene y demás cuestiones que no llego a entender.

Le pregunto si se imagina andando en uno de ésos. Me sonríe. Mira cada foto como un hambriento miraría un plato de comida. Realmente le encantan los fierros. Los mira con deseo. Recorre la pantalla con su mirada y claro que se imagina en uno de ésos.

—Una Harley, una Ferrari y una buena mina–, me dice levantando las cejas.

Le sigo la conversación y soñamos juntos.

—¿Rubia o morocha la buena mina?
—Mmmm, castaño claro con rulos.
—¿Alguna que te guste?
—Scarlett Johanson.
—¿Viste alguna película de ella?
—No, se te hace.
—Bueno, cuando vuelvas a caminar te voy a venir a buscar con una Ferrari y dos minas. Vos manejás. Scarlet va a tu lado.

Vuelve a sonreir, se queda pensando. Se aprieta el labio inferior de la boca con los dientes y mira el techo como diciendo “mamita, la que vamos a armar”. Pero vuelve a la realidad y dispara, no sin humor:

—Pero no pasamos de la esquina con una Ferrari por acá.

Ríe él. Río yo. Soñamos los dos.

El 9 de mayo de 2010, Adrián se creó una cuenta en Taringa, la comunidad virtual de origen argentino donde los usuarios pueden compartir todo tipo de información mediante mensajes a través de un sistema colaborativo. Comenzó a postear contenido como un simple usuario; luego comenzó a contar su caso, publicar entrevistas y notas que le habían hecho algunos medios. Pronto fue un boom. Nadie podía entender cómo lo hacía. Todos quisieron conocerlo.

A través de una amiga de esa comunidad, Adrián consiguió el mail de uno de los dueños de Taringa, el argentino Matías Botbol. Acostumbrado a las faltas de respuestas del Estado, Adrián le envió a Matías una invitación para chatear en el Messenger sin demasiadas esperanzas de contestación. Pero a los diez minutos se le abrió una pantalla que decía “adri cómo andás”. Era el mismo Matías Botbol.

Adrián abrió los ojos grandes y chatearon de todo un poco hasta que Botbol le preguntó si le gustaría ser moderador de Taringa. Entre todos los rangos que tienen los usuarios de esa comunidad, el de moderador es el más alto, el que permite editar, eliminar, corregir y controlar lo que se publique allí, prestando atención al protocolo de la misma. Los usuarios solo son promovidos a moderadores por los administradores. Taringa tiene más de 20 millones de usuarios en todo el mundo, de los cuales solo 30 son moderadores.

A Matías Botbol le preocupaba que a Adrián le pudiera afectar los insultos del resto de los usuarios que muchas veces reciben los moderadores. Pero acostumbrado a los golpes de la vida, Adrián le dijo que no habría problemas. Sin que él lo supiera todavía, durante la charla, Matías Botbol apretó un botón y convirtió al usuario adrian28222 (hoy es AdrianPasteri) en moderador de Taringa.

MATIAS dice:

Te felicito, entonces.

ADRIAN dice:

Por?

MATIAS dice:

Ya está, que lo disfrutés y que te sea leve.

Inmediatamente después de esta conversación en el chat del MSN, Adrián entró a su página de Taringa y vio algo totalmente distinto. Se le abrió una pantalla diferente, con nuevas funciones y opciones. Eran las cuatro de la mañana del 24 de febrero de 2012. Pegó un grito que despertó a sus padres. Vinieron a ver qué pasaba. Desde la habitación de su casa en la Ciudadela, en un barrio periférico de Tucumán, había ingresado al selecto universo de moderadores de la comunidad virtual más grande de Argentina.

***

4.415 días.

Eso es lo que Adrián lleva acostado sin moverse de la cama. Pienso en todo lo que se puede vivir en esa cantidad de días. Y es inevitable pensar en la dimensión que adquiere el tiempo para una persona postrada en su cama 4.415 días. Qué puede ser el pasado, el presente o el futuro para alguien que se ha pasado esa cantidad de tiempo en una habitación de cuatro por cuatro. Qué puede ser la vida.

Trato de imaginarlo pero no puedo.

Hoy, el futuro para Adrián es una cirugía reconstructiva de la columna cervical que consiste en un implante de una prótesis de titanio. Si sale bien, le permitiría recuperar la posición ergonómica correcta de su cuello y permanecer más tiempo erguido en una silla de ruedas. Incluso, por qué no, volver a caminar, aunque sea con un bastón.

Pero para que esto ocurra, el PAMI tiene que autorizar los costos de la operación que son altos. Se tiene que formar un equipo médico interdisciplinario que esté de acuerdo con el modo de abordaje de la operación.

Varias veces estuvieron cerca de hacerlo, pero fue postergada por problemas de salud de Adrián o de sus padres. Ellos ya no pueden salir como antes a hacer trámites y llenar papeles. Y Adrián necesita quien lo haga por él. También porque nunca llegó la prótesis correcta, y cuando llegó la correcta, el equipo médico que iba a operar se disolvió.

—Es una cirugía muy riesgosa y ante la mínima duda o falta de garantías, los médicos no la hacen. Es todo un tema –dice Adrián.

Hoy, ésa posibilidad es una de las últimas cartas que le queda a Adrián. Quizás sea una en un millón. Pero, ¿quién no la tomaría si es lo único que le queda?

***

—Entonces, Adrián, ¿no perdés las esperanzas de volver a caminar?
—Eso es lo último que se pierde. En esto de la columna nadie tiene la última palabra.
—¿Qué es lo que te mantuvo firme todos estos años?
—No lo puedo explicar con palabras. No se cómo hago. Yo solo lucho por salir adelante, por mí mismo y por mis viejos. solo quiero estar bien.

Después de varios encuentros, conversamos como dos amigos. Sus ojos claros y transparentes ahora me parecen familiares. Le pregunto cómo ve su futuro.

—Yo no se hasta donde voy a llegar. Yo quiero llegar hasta el máximo que yo pueda. Lo máximo. No me conformo con que siga vivo y esté bien de la cabeza. Yo quiero seguir hasta dónde me dé el cuero.
—¿Vos no sentís que hayas llegado a tu límite?
—No, ni cerca. Muchos se dan por vencido porque les dicen que es imposible. Nada es imposible para mí. Los límites se los pone cada uno. Yo sé que tengo limitaciones y eso está a la vista, pero de ahí a que vos te pongas limitaciones, es otra cosa. Yo quiero seguir lo más que pueda hasta donde pueda, y una vez que consiga todo eso, veré cómo sigo. solo quiero que mi familia esté bien y yo estar mejor; no andar con tantas necesidades ni con tantos quilombos. Como que quiero eso… un poco de paz.

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos, esquiva un escritorio y saluda a Saúl Quijada, un hombre serio, pequeño pero fornido, dueño de una frente amplia y una línea en el bigote perfectamente rasurada, como dibujada con delineador. Un Pedro Infante salvadoreño. Raymundo Sánchez, en cambio, es laaargo, moreno y colmilludo. “Un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas”, dirán de él sus compañeros. Raymundo Sánchez atraviesa el cuarto de los huesos con La Muchacha en brazos. A toda prisa. Al final del cuarto hay una puerta que descubre un patio. Sale. En el patio hay un caldero y debajo una hornilla conectada a un tambo de gas. Raymundo Sánchez crea fuego. Quien lo viera ahí, acurrucado, claudicaría ante un espejismo: un brujo juega con su pócima; llena con agua el caldero y ahoga a La Muchacha, sumergiendo una por una todas sus partes; agrega una pizca de Axión quitagrasa y se dispone a esperar tres horas de cocción. Al cabo de unos minutos el agua ya bulle y hace revolotear los 146 huesos en los que está resumida La Muchacha. El cuerpo humano tiene más huesos que esos 146, pero esa ausencia no inquieta a Raymundo Sánchez. Son suficientes y él los necesita pulcros. “Limpitos, chelitos”, dice. Aprisionada, sometida bajo un trozo ahumado de duralita, La Muchacha ni viva hubiese dado pelea. No tiene cómo: alguien le robó para siempre los brazos.

—Esta es La Muchacha de Ilopango –dice Raymundo Sánchez–. Fue encontrada en un segundo enterramiento. Se presume que su novio la mató y la quiso desaparecer dos veces. Quién sabe dónde quedaron sus bracitos.

***

Cuando el caldero alcanza la ebullición desparrama por sus costados un charco grasiento que chorrea hasta el suelo. Afuera San Salvador es humo, es grito de vendedores alrededor del Centro de Gobierno, es el silencio de un palacio legislativo que al fondo de este complejo parece estar pintado. La Corte Suprema de Justicia está al otro lado de la calle, cuatro pisos arriba en el palacio judicial. Demasiado en el cielo para un país en el que los más desgraciados seguro, seguro, seguro, terminarán bajo la tierra, hasta que alguien los encuentre –si los encuentran– y acaben en la esquina de este patio, cocidos en el caldero que custodia Raymundo Sánchez. El caldero humea y La Muchacha se evapora y se eleva al cielo; las nubes están cargadas; se viene un mes gris y lluvioso. Hay mañanas en las que cuesta más trabajo tenerle fe a la humanidad, sobre todo si amaneces frente a la sopa de una muchacha.

***

Al cuarto de los huesos entra Óscar Armando Quijano, un médico cincuentón dueño de un par de lentes y unas corbatas de colores brillantes. El doctor Quijano es el jefe del Equipo de Antropología Forense (EAF) del Instituto de Medicina Legal de El Salvador. Él no evoca a ningún actor, pero a partir de esta, todas sus entradas a este cuarto harán recordar al Kramer de Seinfeld. Es un hombre-cómico, un chistoso, un jodarria. Cuando entra, un instante es un tornado, el cuarto cobra vida, se alegra, hasta que él invoca seriedad.

—¡¿Cómo estamos, vieja loca!? – le dice al doctor Saúl Quijada. El hombre del bigote fino deja en paz a una calavera, la coloca sobre un estante y choca palmas y puños con su amigo. Se molestan desde hace 15 años. Por llamarse de esa forma –un episodio que tiene a la base una película de Pedro Infante y a una mujer bonita que se les puso enfrente– ambos son conocidos como “Las viejas”.

Ahora, el doctor Quijano se dirige a Raymundo Sánchez, pero en realidad nos está hablando a todos.

—?¡Ajá, Humildad! Este hombre es pura humildad. Y tiene pedigree. ¡¿Verdad, Humildad?!

Raymundo Sánchez se retuerce en su silla. Ríe, todos reímos, hasta que el doctor Quijano deja de retorcerle los pellejos de las costillas.

—?¿Vieron? ¡No chilla!

El doctor Quijano se pone serio y se dirige hacia el patio. Un instante es la calma. Atraviesa la puerta que da al patio. Percibe el vapor, imagina a La Muchacha, la huele. Me levanta las cejas. Me da una palmada en el hombro:

—?Con verduritas, mire… ¡sabroso!

De nuevo, desgraciados todos, reímos.

***

Ahora el cuarto de los huesos huele a huesos recién hervidos. Los salvadoreños dicen que los muertos sueltan un “ijillo”, pero eso es Chanel junto a esta patada que destroza el tabique nasal. Luego baja torbellino por la tráquea, somete los pulmones; estos se defienden, y lo que no es exhalado es porque se escabulló hacia la boca del estómago, donde desbarajusta todo. Pero eso solo ocurre la primera vez que se entra en el cuarto de los huesos, un rectángulo blanquecino gracias a tres brillantes lámparas. Lo menos importante aquí son tres estanterías y un lavamanos. Lo más importante son cuatro mesas sobre las cuales descansan esqueletos. Dos de las mesas son tablones improvisados sobre unas armazones de hierro; las otras dos son tablones sobre unas columnas hechas con cajas de cartón, llenas de huesos; todas desarmables al menor contacto imprudente. Hay cajas apiladas por todos lados, cuatro sillas que no encuentran su lugar en el mundo, instrumentos colgados del techo… En el cuarto de los huesos se camina milimétrico, como los acróbatas en la cuerda floja. Un paso en falso le robaría la paz a los huesos.

El cuarto de los huesos reúne una colección de salvadoreños de la más fina clase de los desaparecidos: de la guerra y de la violencia actual, y de hace un año, de hace dos, tres, 10 o 30… En el cuarto de los huesos están los huesos de un niño que no alcanzó a nacer, de nacidos, de bebés, niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, ancianas… Hay baleados, mutilados, degollados, ahorcados, decapitados, acuchillados. Hay una chica que quiso fumar su último porro, un chico que tenía zapatos de patines y uno más que murió con los audífonos puestos. Hay tres guerrilleros, una familia masacrada hace 30 años, una pandilla de jóvenes… los médicos también han encontrado la calavera de un perro y la osamenta de una rata. Ahora son sus mascotas. Pero aquí los importantes son los huesos como los de El Pirata y, ahora, los de La Muchacha, aquella que limpiaron en sopa y se evaporó hasta el cielo.

El cuarto de los huesos es tan parecido al país que la ironía se sirve en bandeja: es tan chico como El Salvador que lo esconde; está tan saturado como El Salvador que lo esconde, es tan carente de todo que este cuarto debería llamarse “cuarto de huesos El Salvador” y no “Antropología Forense”. Por sobrepoblación, los huesos se arriman encima de otros huesos, separados todos por cajas de cartón, por viñetas que evidencian su lugar de origen. En el cuarto hay osamentas provenientes de los cuatro puntos cardinales del país. En el cuarto de los huesos, paradojas de la vida, se reencuentran los desaparecidos durante la guerra civil, finalizada hace casi 22 años, y de la violencia sin sentido de la guerra de las pandillas. Aquí se reencuentran, sin treguas, pandilleros de la Salvatrucha con pandilleros del Barrio 18. Y sus víctimas. También hay huesos que hablan de otros huesos: los de los migrantes que retornan calavera. Aquí se condensan tres de las más grandes tragedias del país. Son nuestros huesos de la guerra y de la “paz”. Aquí hay huesos que invocan a sus parientes vivos. Huesos que resurgieron para gritar lo que ocurrió antes y lo que ocurre ahora. Huesos para denunciar la sociedad que fuimos y que somos. Aquí hay alrededor de 13 millares de huesos, correspondientes a 69 seres humanos, pero por este cuarto han desfilado más. Muchísimos más. Y todos, todos, todos, comparten una característica: alguna vez fueron engullidos por la tierra; y tiempo después la tierra los vomitó.

No hace mucho, un antropólogo forense peruano, encargado de la Oficina de Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la ONU, visitó el cuarto de los huesos. Revisó estadísticas, se juntó con policías, forenses y fiscales. Por la cantidad de denuncias de desaparecidos, por la cantidad de casos que se encuentran, vivos o muertos, por la cantidad de casos que quedan sin resolver, José Pablo Baraybar concluyó: “El Salvador es como un cementerio clandestino. Ahí adonde pise está pisando la tumba de algún desaparecido”.

Al cuarto de los huesos llegan policías y fiscales buscando casos; madres, padres, hermanos y hermanas buscando familia. Nadie llega por casualidad ni por invitación. Quien entra a este cuarto es porque busca algo que se la ha perdido. Y quién mejor para ayudarles en su búsqueda, en este océano de huesos, que un barquero de radios y fémures largos llamado Raymundo Sánchez.

***

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos y se desnuda. De verdad tiene piernas y brazos largos. Café oscura la piel. Cuando suda parece atleta. A veces le gusta ir a correr a las gradas del estadio olímpico de la capital, al Mágico González, para liberar el estrés que acumula en el trabajo. Otras veces aparta las tardes para jugar basquetbol en un torneo entre oficinas del órgano judicial. Le gusta más el basquetbol que la carrera, pero intenta practicar ambos deportes para mantenerse en forma. Por su tamaño, indispensable para las canastas, sus amigos en el IML también le llaman “Largo”.

Raymundo Sánchez cuelga su ropa de ciudadano cualquiera detrás de la puerta y se disfraza de auxiliar forense, con un peculiar uniforme que a veces es celeste y a veces es verde, pero que invariablemente tiene bordado por encima de la bolsa, al lado del cuello en V, su nombre: “Sr. Sánchez”. Él no es médico, pero es como si lo fuera. Tiene 18 años como auxiliar forense, y tres como la mano derecha de los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano. Ha cargado tantos muertos Raymundo Sánchez, que a veces bromea con estar maldito. Se lo dijo alguna vez un hermano del culto. “Ustedes, por jugar con los muertos, están malditos”. Raymundo Sánchez lo cuenta y sonríe. Y luego reflexiona en voz alta: “Pero quizá algo tenía de razón. Uno no sabe quiénes fueron en vida todos los que vienen a parar aquí. ¿Imagínese viene alguno embrujado?”. Él, también a veces, es bromista.

Raymundo Sánchez no le tuvo miedo a la muerte cuando, hace ya muchos años, menos largo y más muchacho, corría desde su casa, en el municipio de Ciudad Delgado, hacia las escenas que para esas fechas dejaba la guerra civil salvadoreña: cuerpos baleados, calcinados, aventados en plena calle, ante los ojos de una comunidad que lejos de vivir horrorizada, aceptaba esa normalidad. “Creo que siempre me llamaron la atención los muertos, desde chiquito. Yo era el primero en llegar cuando se sabía de algún baleado en la calle”, dice Raymundo Sánchez, al tiempo que menea remolino un polvo edulcorado en su termo de plástico. Bebe agua roja mientras se deja observar por sus mascotas: una familia de escarabajos clavados con alfileres sobre unos carteles que explican huesos; una mariposa negra alas extendidas que gira 360 grados, ensartada en la segundera de un reloj de pared; la calavera de un perro, completa, blanquísima, como el mármol, con sus colmillos en perfecto estado. No hace mucho la encontraron en una exhumación, a las orillas del lago de Ilopango, muy cerca de donde más tarde sacarían a La Muchacha. Iban por un desaparecido y regresaron con tres más y su nueva mascota. Todavía no la han bautizado.

Raymundo Sánchez quiso estudiar medicina, pero rápido tuvo que abandonar sus estudios cuando a mediados de los noventa se supo padre. Hoy su hija mayor lo admira, y por su padre se le ha metido que quiere ser investigadora de la Policía. Él la está convenciendo para algo que “dé más”. Probablemente ella se decante por una antropología social y después se especialice en antropología forense fuera del país. Su hijo menor también admira a su padre, y todavía se emociona cuando alguna vez, de esas esporádicas, él ha aparecido en alguna imagen de la tele. A las exhumaciones se les persigue como las avispas a la miel. “Pero todavía está muy cipote y creo que no sabe aún lo que quiere. Lo que sí me he dado cuenta que le gusta eso de los sistemas, de las computadoras”, dice Raymundo Sánchez. Por su familia, hace mucho tiempo, Raymundo Sánchez no dudó en abandonar sus estudios de odontología para ir por la plaza que le ofrecían en Medicina Legal: ir por los muertos para ganarse la vida.

18 años después su oficina es el cuarto de los huesos. Aquí trabaja, almuerza, atiende vivos, limpia huesos, cocina huesos, clasifica huesos, apunta datos, enseña huesos, guarda huesos, resguarda huesos. Cuando puede, un lapso después del almuerzo, descansa sus huesos y cierra los ojos, sentado en una silla. El escritorio de Raymundo Sánchez es prolijo, pero a veces las circunstancias lo desordenan. Papeles, requerimientos, memorándums. Al menos aquello que él logra controlar, la esquina del escritorio, siempre está ordenada: dos estanterías para una colección de lápices y lapiceros, en el que sobresale su cepillo dental. Atrás del escritorio de Raymundo Sánchez están los improvisados tablones de estudio, y sobre uno de ellos ahora yace La Muchacha, que se seca después de dos días de hervidas y lavadas. Pasada la etapa de cocción, Raymundo Sánchez, con un bisturí y con otro cepillo dental raspó los huesos para sustraerles hasta la última hilacha de carne. Luego ordenó el esqueleto, atravesando las vértebras con un hierro largo y delgado, para formar la columna vertebral. Las vértebras atravesadas por el hierro evocan a un pincho de carne.

Ahora La Muchacha se seca y un par de moscas le molestan el orificio nasal. Raymundo Sánchez sale en su auxilio, y rocía a La Muchacha con Raid matamoscas y mosquitos. Las moscas huyen despavoridas. La Muchacha queda tranquila.

Suena el teléfono. Raymundo Sánchez contesta. El cuarto se impacienta, como previendo lo que se viene. Cuelga.

—Vienen a preguntar por un desaparecido –dice Raymundo Sánchez, y sale del cuarto y se va a buscar a los visitantes. Se va a advertirles.

Al cabo de unos minutos, dos mujeres entran temerosas por la puerta. Una es bajita, vestido verde humilde, cortado a la cintura por un cincho de tela. Lleva una cartera roída, unas zapatillas bajas y gastadas. Está inquieta, angustiada. No habla. Mira para todas partes. La otra mujer es delgada, un poco más alta, usa gafas. Ella se tapa la nariz con un pañuelo. Desde el pañuelo habla. La primera es la madre y ella es la tía de un joven desaparecido hace un año. Entran al cuarto y le piden al barquero permiso para moverse entre los huesos. Se acercan a La Muchacha, pero esta no les dice nada. Se van a la mesa del centro, y un joven con el cráneo destrozado, macheteado por sus victimarios, tampoco les resuelve la angustia. De lejos observan a El Pirata. Él tiene la quijada fuera de posición, adornada en un costado por una placa de titanio. La muerte se mofa con una burlesca carcajada.

—¿Este no será? –pregunta la Tía, y la madre del joven se acerca a una calavera dispuesta al final de cuarto, cerca de la puerta que da al patio. Casi la besa. La mujer intercambia miradas con dos cuencas vacías y hurga con atención a unas quijadas con muy pocos dientes y muy pocas muelas.

—No, madre. Esa es de una señora encontrada en San Pedro Masahuat –interviene Raymundo Sánchez.

—Yo sé. Mi hijo no tenía los dientes así –habla por primera vez la madre, segura de sus recuerdos.

—¿Usted ya había venido, verdad?

Las mujeres se encogen de hombros y vuelven cabizbajas al escritorio. Raymundo Sánchez les ofrece asiento. Se pone unos lentes que lo avejentan. Él las escucha, y mientras lo hace busca en sus archivos. Encuentra el expediente del hijo desaparecido. Lo lee rápido. Elucubra repreguntas. Los detalles que parecen más insignificantes a veces suelen ser claves. ¿Tenía relleno en alguna muela? ¿Fracturas? ¿Cómo iba vestido la última vez que lo vio? ¿De qué color era el calzoncillo? Cuando Raymundo Sánchez habla con los familiares de las víctimas, es un santo. Su voz se torna dulce, suave, acogedora. Un “yo la entiendo” pronunciado por su boca vale tanto como cualquier abrazo, que aquí no los hay. Ella revive la desaparición, las sospechas contra su vecino, el de la casa a la par de su casa, “uno de esos muchachos”. Un pandillero. Ella llora y Raymundo Sánchez la consuela:

—Tengo fuerza, madrecita, porque esto en este país así es. No le insisto en que les pida ayuda a ellos porque eso también es peligroso.

—¡Si ya lo hice! Y me habían dicho que lo iban a hablar, pero a través de unas de sus mujeres me amenazaron.

—Es que ese es el problema… Pero mire, nosotros no nos vamos a mover de aquí. Y yo nunca olvido un detalle. Si aquí viene, tenga por seguro que le vamos a avisar.

Hora y media después, las mujeres se marchan, esperanzadas en la promesa de Raymundo Sánchez, un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas. Hay mañanas en las que tus problemas no son problemas, sobre todo si conoces a estos familiares errantes.

***

Ahora entra huracán, cargando una corbata roja, el doctor Óscar Armando Quijano.

—?¡Ajá, cipotada! ¿Cómo va la cosa?

El doctor Quijano siempre entra vestido de civil: siempre manga larga, pantalón planchado, zapatos bien lustrados, siempre una corbata de color al cuello. Siempre los lentes, siempre la picardía. Entra a las 11 de la mañana y sale a las 8 de la noche. Por las mañanas da clases en una universidad. Por las tardes, a partir de las 4, se queda solo en el cuarto de los huesos escuchando, a veces, Saturday Nigth Fever, de los Bee Gees.

—?¡Mire cómo alegra el cuarto esta cipota!

El doctor Quijano se acerca a una simpática joven de pelo negro azabache y unos preciosos ojos con ascendencia hindú. La abraza, contentísimo, y le da un beso en la frente. Es como si fuera su hija. La chica le responde contentura y le devuelve el abrazo. Es como si ya conociera las maneras del loquillo doctor Quijano, aunque apenas y puede decir y entender un par de cosas en español. Estos días son los últimos días de Monish, una forense canadiense, recién graduada. Está de pasante con los antropólogos salvadoreños. Es la última de tres pasantes que han vivido entre nuestros huesos. Raymundo Sánchez lo tiene claro. Lo dijo hace cuatro días, voz de mascarilla, mientras le arrancábamos las perlas de La Muchacha a una grasienta y descompuesta melcocha humana:

—Ha de ser bien raro que en Canadá aparezcan tantos cadáveres enterrados como en El Salvador. Aquí lo anormal es lo más normal del mundo, y eso es interesante para ellas.

Raymundo Sánchez, si la rutina no cambia, siempre tendrá material para educar a doctoras jóvenes y ávidas de huesos. En 2012, la Policía Nacional Civil recibió 1,564 denuncias de desaparecidos: 132 fueron confirmadas como homicidios, 820 archivadas porque “aparecieron” las personas; el resto, 612, continúan sin paradero conocido. Con los desaparecidos de 2011 ni la Policía sabe qué ha pasado, pero al menos queda una cifra: hubo 1,267 denuncias. Para julio de 2013, la Policía reportaba un incremento de casos en un 18 %, respecto al mismo período del año anterior. 949 denuncias al finalizar la primera mitad del año. Todo lo anterior solo sirve para explicar dos importancias. La primera es que tarde o temprano van a reaparecer todos esos huesos. En el último año y medio han terminado aquí 120 osamentas, de uno, dos, tres o 30 años de antigüedad. Lo segundo es que si el cuerpo humano tiene 206 huesos, eso significa que detrás de los desaparecidos del último año y medio hay otro cuarto de millón de huesos que se desarman buscándolos. O no. Pero esos son familiares extraños. En el cuarto de los huesos hay una osamenta que ya fue identificada, pero sus parientes tienen miedo de ir a buscarla, porque eso haría sonar las alarmas de la pandilla. Hay otra: la de una chica que no alcanzó a ser mamá. Su familia sabe que la calavera y su cría están aquí, pero mandaron decir a la Policía que ella se buscó este final por andarse involucrando con pandilleros.

El doctor Quijano sale del cuarto de los huesos. Su oficina es un cuadrado cerrado y aislado que comparte con su amigo Saúl Quijada. El escritorio del doctor Quijano es un remolino donde aparecen y desaparecen informes, papeles, dictámenes. Alguien le regaló una caja de cartulina, en la que hay dibujado un sombrero negro con cinta blanca, que dice: “Dr. Quijano”. Alguien más le regaló un esqueleto de juguete, pequeño, de hule flexible, que él mantiene sentado. En una de las gavetas de su escritorio guarda uno de sus más preciados tesoros: un hierro conectado a un cable de corriente que le sirve para calentarse el agua del café. En un tapexco colgado de la pared guarda su sombrero de soldado, con el cual se disfraza para ir a hacer las exhumaciones. De soldado, sin embargo, Óscar Armando Quijano no tiene nada.

En su juventud, Quijano vivió alguno de los momento más álgidos de la represión militar en su alma máter, la facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador. No habrá sido fácil, para muchos jóvenes como él, resistirse a los pasionismos de la guerra, sobre todo cuando a su lado caían muertos compañeros o se les perdía el rastro a otros desaparecidos. En un viaje hacia una exhumación, en el municipio de Mejicanos, pasamos frente al portón de la Universidad por el que muchas veces entró.

—¡Ja! ¡Hubiera visto, papá! Una vez salimos por ahí como que éramos garrobos, arrastrándonos con la panza, porque caían los morteros y tronaban los cuetes.

“Pero gracias a Dios pude graduarme”, dice el doctor Quijano, y una plaza de médico forense, a finales de los ochentas, los hizo recular hasta Ciudad Barrios, en el oriente del país. Allá, sin profesores, aprendió a la brava a hacerse médico forense.

—?¡En aquellos tiempos no se sabía ni miércoles, cipote! Uno se estrenaba en el día a día. Aprendimos a hacer autopsias a la brava, con las costaladas de guerrinches y soldados que llegaban a la morgue.

En 1993 había tres razones que lo persuadían para regresarse a la capital. Una plaza en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, una nueva plaza en la oficina de Medicina Legal en Santa Tecla y el nacimiento de su primer hijo. Ganó el cupo para la primera, pero decidió quedarse con los muertos, entre otras cosas por el sueldo, pero principalmente porque esa oficina le quedaba cerca de la casa. “Criar un cipote no es chiche, no crea, y ya mi mujer me había advertido que me quería tener cortito”, bromea el doctor Quijano.

Allá por 1995 conoció al odontólogo forense Saúl Quijada. Jugando basquetbol a las salidas del trabajo se hicieron buenos amigos. Sin embargo, no sería sino hasta 11 años más tarde cuando los dos terminarían trabajando juntos.

En el taburete que hay sobre el escritorio del doctor Quijano él siempre cuelga dos carteles hechos a mano: “Ando en una exhumación”, dice uno; “estoy en el laboratorio”, dice el otro. El primer lugar se refiere a cualquier punto en El Salvador; el segundo, al cuarto de los huesos.

***

Ahora Óscar Armando Quijano regresa transformado en el doctor Quijano y se pone a repasar el inventario del día. Camisa de doctor, cuello en V, color celeste. “Este ya estuvo, ahora me toca con este”, y señala a El Pirata, la calavera que parece que se tira carcajadas. “Venga a ver, cipote. A este ya lo tenían bien avanzado”. A El Pirata alguna vez le dispararon en la cara, en el brazo, en una pierna, en la otra, en las costillas. “Premortem. Todos estos pijazos fueron premortem. Por eso le digo que ya lo tenían bien avanzado”, dice el doctor Quijano.

El doctor Saúl Quijada deja de armar el rompecabezas de otra calavera y secunda a su amigo: “Este hoyo que le ve en la tapa del cráneo no es el balazo, sino una trepanación que seguro le hicieron para aliviar una inflamación en el cerebro, a consecuencia del disparo en la cara”.

Pasa el tiempo, y entre las palabras técnicas de los doctores y las bromas del doctor Quijano sobresale un hueso. Es el hueso más hermoso de todos, aunque la naturaleza le dio un lugar poco agraciado.

—¡No, no es el chunchucuyo! El chunchucuyo es esta parte, mire –dice el doctor Quijano, y toca la punta del hueso sacro, una oda a la ingeniería natural, una máscara con ocho orificios ordenados en cuatro pares. Por los orificios, en vida, nadan los nervios. Es un coral de arrecife escondido bajo aguas turbulentas. O quizá la naturaleza es sabia: esconde y cuida lo más hermoso en el lugar menos pensado. Un golpe salvaje a ese hueso es la muerte en silla de ruedas.

—¡Un golpe ahí ni Supermán, papito! –dice el doctor Quijano.

La clase de huesos se interrumpe cuando entra de súbito el fiscal Ramiro Quinteros para pedirles ayuda a ellos, los que saben de huesos, de posibles causas de muerte, de lo último que le pasó en vida a los dueños de esos esqueletos. Él, moreno, barba oscura y desordenada, pelo corto, como el de Trucutú, tiene un caso entre manos y necesita la ayuda del jefe de la Unidad de Antropología.

—Ajá, papá, ¿qué necesita? Hable claro o calle para siempre –le dice Quijano.

El fiscal coloca sobre la mesa unos papeles y enseña las fotografías de unas radiografías. Quijano toma las fotos e intenta verlas en un lector colgado en la pared, pero el lector no se enciende. Raymundo Sánchez llega en su auxilio, y después de golpear con sus dedos las tres lamparitas que hay en el interior del aparato, crea luz.

—La patóloga dijo que la posible causa de la muerte era un proyectil de arma de fuego, pero mi testigo criteriado me dice que le dieron así: con una piocha –dice el fiscal.

—¡Ajá! Pero en estas carambadas se aprecia muy poco, macizo, ¿qué quiere que yo haga? –pregunta Quijano.

—Que me dé un peritaje nuevo –pide el fiscal.

El doctor Quijano se quita los lentes. Observa al fiscal, toma las radiografías, las golpea.

—Vea, papá: ¡No joda! Así no se hacen las cosas. Yo para hacerle un peritaje necesito trabajar con los huesos.

Cuando el doctor Quijano dice “los huesos” se frota las falanges de la mano izquierda.

—¿No me puede hacer el favor? ¡Hágame el cachete! –ruega el fiscal, y le guiña el ojo.

—¡No, macizo! Y me va a disculpar: ¡pero las cosas no son así! ¿Se imagina en el huevo que me meto si yo hago algo así? ¡No´omb´e! ¡Óigame: necesito los huesos! ¡Yo con estas fotos no hago nada! ¡Sería un irresponsable! ¿Adónde están esos huesos? Tráigamelos y luego hablamos.

El fiscal duda, se ríe nervioso.

—¡Híjole! Ahí sí me va a esperar –dice el fiscal– porque ahorita no tengo ni idea de en cuál cementerio lo enterró la familia. Pero vea, si lo encontramos, ¿nos la llevamos a ella para ir a sacarlo? –dice el fiscal, y le levanta las cejas a Monish, la pasante canadiense. Ella, aunque no hable español, pareciera que intuye lo que está pasando y se da la vuelta hacia los huesos que tiene a la espalda. Es como si se quejara con La Muchacha.

El doctor Quijano se le acerca al fiscal y le pone los papeles en el pecho.

—¡No sea bayunco, macizada! Tráigame esos huesos y yo le doy un dictamen.

El fiscal se retira, y el doctor Quijano se desquita con Raymundo Sánchez.

—?¡¿Va’ cre’r lo que quería este?! ¡¿Va’ cre’r, Humildad?!

—?¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ya deje, homb’e!

***

Ahora los 206 huesos del doctor Saúl Quijada salen del cuarto y migran hacia la salida. San Salvador está a punto de conmemorar sus fiestas patronales, y el dueño de esos huesos que se mueven con lentitud, con pasitos cortos, se queja. Frunce el ceño, tuerce el labio superior y con él mueve un bigote fino.

—Este es uno de los problemas que tenemos como país –dice el doctor Saúl Quijada–. Esta mentalidad de pueblo que no se nos quita. ¿¡Cómo se les ocurre permitir que a la par del Centro de Gobierno se instale una feria!? ¡Dígame en qué otro país ocurre eso!

En los arriates y en las aceras, a un lado del complejo judicial, del palacio de justicia, decenas de vendedores ya comienzan a armar sus puestos de feria. Dentro de poco aquí olerá a papitas fritas, churros españoles y enredo de yuca; pero ahora todo es muy pronto. Unos trabajadores han colocado el esqueleto de una Chicago sobre la calle. Cruzamos. Saúl Quijada deja de quejarse. Siguen los pasitos cortos, probablemente porque tiene dañadas ambas rodillas, o probablemente solo sea su manera de andar.

Llegamos a otra oficina gubernamental. Es pequeña, más pequeña que el cuarto de los huesos. “Banco de ADN de Migrantes. Procuraduría de Derechos Humanos”. Saludamos. Una chica cuenta unas calcomanías adornadas con códigos de barras. Es un rollo bastante grueso. En una silla una anciana está llorando que su hijo se fue hacia Estados Unidos y a la fecha no ha vuelto a saber de él. Saúl Quijada entra en otro cuarto y se despide. No saldrá sino hasta dentro de tres horas, después de haber entrevistado a tres familias, unas 15 personas, que han perdido a sus parientes en la frontera norte de Estados Unidos. Les ha preguntado por pequeños detalles, esos que pueden hacer alguna diferencia. El Banco de ADN de Migrantes, en dos años, de entre 500 muestras de familiares de desaparecidos, ha logrado ubicar 28 osamentas. En el último año, en una morgue de Arizona, Estados Unidos, se han congelado 800 osamentas de migrantes centroamericanos que aparecieron muertos en el desierto.

Los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano son testigos de las tres principales desgracias de El Salvador: la violencia de la guerra; que impulsó la marcha de decenas de miles de migrantes; que a su vez derivó en el retorno de los pandilleros como los conocemos hoy; que ahora son una gran razón para huir de nuevo. Es la mariposa de Raymundo Sánchez repitiéndose en un círculo vicioso. Y lo triste es que no todos los que huyen regresan con remesas y encomiendas. Y esa es otra millonada de huesos vivos que no tiene ni idea de por dónde comenzar a buscar a aquellos que se perdieron en el camino hacia Estados Unidos.

***

Ahora Saúl Quijada está de regreso en el cuarto de los huesos, obsesionado con otra calavera. Le da vueltas, la ausculta, le cuenta los dientes, los examina, parece que le habla, pero a él no le gusta ocupar esa figura. Audífonos en los oídos, tararea I was made for loving you, de Kiss.

—¿Cómo estuvo ayer?

—Es cansado. La carga emocional que transmiten los familiares de los desaparecidos es algo fuerte. Si uno no descarga, puede pasarla mal.

Saúl Quijada se descarga haciendo pesas. Intenta hacerlo tres veces a la semana. Por eso el pecho es erguido, los músculos anchos, la pinta de un Pedro Infante. También se distrae en su consultorio dental, al salir del trabajo. Alguna vez, a una pregunta boba (“¿con cuál paciente se siente más cómodo?”), Saúl Quijada contestó: “Con el de aquí. ¡Los vivos mucho se quejan, ja,ja, ja!” Él, a pesar de todo, también puede hacer bromas.

Los fines de semana intenta distraerse atendiendo un negocio familiar: un vivero-café en las afueras de la capital. Ideal para los románticos: un sitio despejado y fresco, apacible, con vista al volcán de San Salvador. Le gusta preparar cafés, pero le gusta más pasar tiempo con su hijo, de nueve años. Una vez, en una actividad del colegio, cuando el niño estaba más pequeño, la maestra habló a Saúl Quijada un tanto extrañada. Los niños habían descrito a sus padres como médicos, ingenieros, abogados, y ella no entendía por qué Saulito insistía en que su papá se dedicaba a cavar hoyos.

—Ja, ja, ja. Cuando le expliqué mi trabajo la maestra dejó de hacerme preguntas.

Saúl Quijada regresa a su rompecabezas.

—¿Qué le dice?

—No, nosotros no hablamos con los huesos, pero eso no significa que ellos no dejen de explicarnos muchas cosas.

—¿Hombre o mujer?

—Mujer. Con los cráneos es más fácil definir el sexo. También con las pelvis. Las pelvis de las mujeres están diseñadas para expandirse, para dar la vida.

—¿Y los cráneos?

—Ellos nos dicen que las mujeres están anatómicamente más adaptadas para la comunicación. El paladar, vea, es más angosto y más profundo, como una caja de resonancia. Tendrá que ver con la evolución: ¿qué hacía el hombre? Se iba de caza, en silencio. ¿Y la mujer? Hacía comunidad, educaba a los hijos, y para todo eso necesitaba comunicar.

Repasamos la idea con el cráneo de El Pirata. “El hombre tiene el macetero más fuerte, más protuberante. Vea las cuencas de los ojos. Más profundas, como binoculares. Con el perdón de las feministas, pero la evolución como que fue machista y fue diseñando a los hombres como cazadores”. Ahora nos pasamos a La Muchacha. “Vea las cuencas del cráneo. Es más rasgada, para que el lóbulo del ojo pueda tener una visión lateral o, como decimos, para ver mejor por el rabillo del ojo. ¿Y usted se preguntará por qué? ¿Ha visto cómo se defienden los pequeños camaleones, girando el ojo 360 grados? A pues, la evolución diseñó a las mujeres a la defensiva, como a las presas”. La Muchacha tiene un golpe en la base del cráneo, que en vida fue la nuca. ¿Habrá visto cuando la atacó su victimario? ¿Habrá gritado un último auxilio?

***

Ahora Raymundo Sánchez y el doctor Saúl Quijada se preparan para una restitución. Se va El Pirata, y La Muchacha se ha acercado lo suficiente para despedirse. Se va la carcajada burlesca de El Pirata. Se van los huesos de un cazador por fin cazado del Barrio 18. A uno que ya lo tenían avanzado, uno que al fin se dejó morir. Le encontraron golpes en las cervicales, a la altura del cuello.

La primera vez que su hermana lo vio en el cuarto, lo reconoció de inmediato. Lo delataron las placas de titanio en la quijada y en el radio izquierdo. Ahora ha venido por él. La acompaña su marido, un simpático hombre bajito, de bigote largo y gorra. Un hombre de habla campechana.

—¡Sí, hombre! ¡Este es mi compadre! ¿Cómo no lo voy a reconocer? Sí, aquí están las señas: ¡ve! Yo no le creía a ella…

El Pirata, entonces, cobra vida en su cuñado.

—Este hombre caminaba así, mire: con la mano izquierda, esa que tiene la placa de metal, así, enjutada, y renco, como subibaja.

El Pirata era un pirata cojo.

—Imagínese cómo terminó mi compadre… Y estaba bicho, 32 años. Imagínese todo lo que le hicieron hasta que lograron matarlo. Yo solo me preguntó cuánto no habrá hecho con otros él.

***

Una semana después de la despedida de El Pirata ha llegado la hora para despedirse de La Muchacha. Los antropólogos forenses han concluido que la vapulearon, le destrozaron algunas costillas, con golpes secos, contusos; le dieron en la quijada, pero probablemente el golpe en la nuca, con un “objeto cortopunzante y cortoconduntente”, fue el que acabó con ella. En castellano eso significa que alguien le introdujo en la nuca, con soberana saña, con precisa violencia, la punta de algo.

—Así ajusticiaban en la guerra… ¿No sabía? –dice el doctor Quijano, y con el cuerpo hace las veces de un verdugo que se para detrás de su víctima que, acurrucada, solo espera que se termine todo con un golpe certero en la nuca.

—¡Zas! –dice el doctor Quijano, al tiempo que hunde una vara imaginaria–. Eso ha de ser terrible.

—Muchos se preguntan por qué hay tanta violencia hoy, y nadie se ha puesto a pensar que solo estamos reproduciendo todo lo que vivimos en el pasado –interrumpe el doctor Quijada, reflexivo. El doctor Quijada es un hombre reflexivo.

Pareciera que fue ayer cuando La Muchacha se evaporó en el caldero, y ahora está seca y tatuada. En todo este proceso, Raymundo Sánchez ha sido un fiel y celoso cuidandero. Nunca ha perdido ningún hueso, pero por precaución a todos les pone un código con plumón negro. “Si algún huesito se cae, ese código nos dice a qué caso pertenece”, dice. Así, todita tatuada, La Muchacha está lista para partir. Ahora Raymundo Sánchez recoge uno por uno todos sus huesos y los introduce en una caja. En unas bolsas embala los vestigios de la que fue su última ropa. Un saco de yute y un lazo que lo cerraba, un pantalón, un cincho, un hilo y un sostén. Dos medias. Dos botas carcomidas. Raymundo Sánchez ahora sale del cuarto con La Muchacha en brazos.

—Para esto es importante este trabajo –dice, convencido, mientras camina–. Si me pregunta a mí, este trabajo sirve más para que las familias encuentren a los suyos que para que los fiscales capturen a los pandilleros. Si allá afuera nos vamos a seguir matando, y cada vez en eso están evolucionando más. ¿Que no ve que ahora están desenterrándolos y los dejan aventados en las calles? ¿Para qué hacen eso? Para que no los vinculen, porque saben que los están delatando.

En el parqueo de la morgue hay un viejecillo que espera a La Muchacha. Pellejos tostados de color café es su padre. Él no quiere ver a su hija así, ningún padre quiere ver a su hija así, pero Raymundo Sánchez se acerca para animarlo.

—Venga, padrecito, le aseguro que esto le va a hacer bien.

El viejecillo trastabilla, pero se deja llevar por la mano de Raymundo Sánchez.

El doctor Quijada y el doctor Quijano le presentan al padre los huesos de su muchacha. Hace unos segundos la han sacado de la caja y la han recostado en un ataúd.

El viejecillo tiembla, y cuando ya no se resiste, estalla.

—Yo vine solo para que nadie viera esto… ¡Viera cuánto nos han ofendido! ¡Cuando nos preguntaban si la habían mutilado, para nosotros era una vergüenza! Pero así como la han puesto se ve completita, gracias a Dios…

Todos callamos. Un instante es una eternidad. El doctor Quijada se lanza confortador. Le toma el hombro al viejecillo, se lo acaricia, le habla al oído.

—Usted ya no haga reparos en esas cosas y sepa que aquí está su hija. Pídale a la gente de la funeraria que selle la caja, para que la gente no haga más comentarios en la vela.

El viejecillo le aprieta el brazo izquierdo al doctor Quijada. Llora todo lo que puede. Por más que se repita, no es lugar común: ningún padre debería ver morir a sus hijos; ningún padre debería enterrarlos así.

—Ahora, usted esté tranquilo, sereno, y transmítale esto a su familia: ahora van a descansar porque saben que ya la encontraron; y ella va a poder descansar en paz, porque ya regresó con ustedes.

El viejecillo se recompone. Inhala. Suspira. Inhala… Luego aprieta todas las manos que se le cruzan y da las gracias. “¡Gracias, doctores!”. Antes de partir, desgraciados, preguntamos el nombre de su hija. Él responde orgulloso. La Muchacha se llamaba Fidelina. Tenía 33 años.

***

Ahora el cuarto de los huesos está sumido en un profundo silencio. La ausencia de La Muchacha ha trastocado todo. Raymundo Sánchez, cabizbajo, prepara remolino su refresco edulcorante. El doctor Quijano da vueltas por el cuarto, mudo, buscando respuestas en los huesos de las nuevas osamentas que hay que examinar. Al no encontrar consuelo huye de ahí. “Va pues, nos vemos”, murmura. “Nos vemos, doc”, alcanza a decirle Raymundo Sánchez. Saúl Quijada está derretido en una de las sillas y ni le responde. Tiene la mirada perdida. 3 p.m. Lo anuncia la mariposa que gira 360 grados. Hay tardes en las que la vida sabe a pura mierda, aunque esa tarde unos desgraciados hayan hecho un poco de bien.

***

Todos estos huesos todavía tienen mucho que contar. Las fiestas patronales de San Salvador ya finalizaron, y la pestilencia que dejó la diversión de la ciudad ya se ha ido con el viento; los charcos de aceite, orines y heces han desaparecido, y el doctor Saúl Quijada se ha quitado esa roncha de la cabeza. Desde la restitución de Fidelina, al cuarto de los huesos han llegado cinco osamentas que aparecieron botadas en cinco puntos de la ciudad, otros cinco parientes han venido buscando huesos, pero los suyos todavía no están aquí; y Raymundo Sánchez y los doctores han hecho dos exhumaciones más. En una de esas, Raymundo Sánchez, el hombre que no le teme a la muerte, entró en feroz batalla con una tumba, ubicada en el centro del cementerio de San Juan Opico, un pueblo alejado media hora de la capital. Íbamos a descabezar a un muerto, a traer la calavera de aquel caso que un fiscal quería que le resolvieran estudiando solo unas fotografías. Fue aquella una batalla épica, de cinco largas horas entre la ubicación de la tumba, la excavación y la resucitación de esos huesos. Y aunque Raymundo Sánchez diga lo contrario, la muerte esa vez parece haberle vencido. Era aquel el cadáver más putrefacto que hayan olido un grupo de cavadores, dos policías, un fiscal y un periodista. Golpeaba como las olas golpean los despeñaderos: unas veces calmas; otras, demasiado fieras. El único que se mantenía estoico, sin mascarillas, supervisando la obra, era el doctor Saúl Quijada. Eso se explica gracias a su esposa, quien ha descubierto que su marido ha perdido la sensibilidad en el olfato. El cadáver estaba envuelto en cinco bolsas plásticas, un año de enterrado, embadurnado de cal. “Un macerado”, dirá Raymundo Sánchez. Era un joven de 13 años que murió a manos de la Mara Salvatrucha. Sabía de un asesinato, creyeron que era un soplón y le mataron. Disfrazado como cazafantasmas, Raymundo Sánchez se aventó al nicho y batalló con la osamenta, que no quería soltar el cráneo. Un millar de moscas le hicieron trampa. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos, siete minutos y Raymundo Sánchez apenas pudo sostenerse de la mano de William Villanueva, un auxiliar forense que se desvive por conseguir una plaza con el equipo de antropólogos. Villanueva, un gordito serio, también tiene dos décadas jalando muertos, y en los últimos meses ha comprobado que reaparecer a los desaparecidos es un trabajo que quizá valga más la pena. Sale de sus turnos nocturnos y en lugar de irse a su casa, con sus hijos, ocupa sus días libres para ayudarle a Raymundo y a los doctores, como esa tarde, en la que sacó a un pálido de una tumba, porque la muerte lo había dejado K.O. Lo tufeó a Raymundo Sánchez. Le costó reincorporarse antes de llegar a 10, para reanudar la batalla, porque al final decidieron que tenían que traerse todo el esqueleto.

—¡Fue la cal! ¡Fue la cal! –dijo media hora más tarde, todavía desencajado, defendiéndose de las preguntas.

De regreso en el cuarto de los huesos, el doctor Óscar Quijano, experto en reconocer detalles, no dudó un instante cuando resumió todo lo que había pasado.

—¡O sea que ese hijuelule estaba sabroso!

***

Ahora partimos junto a Raymundo Sánchez y Saúl Quijada en un viaje en el tiempo. Todo gracias a una casualidad. Ayer una tormenta desnudó la vulnerabilidad del cuarto: cuando llueve recio, el agua se cuela por el techo, y cerca de la puerta que da al patio cae catarata. La inundación mojó las bases de las cajas que hacen de soporte a las mesas de trabajo. Y los ambientes húmedos arruinan los huesos. Seis de las cajas dañadas contienen las osamentas de 17 personas masacradas por el Ejército salvadoreño en El Mozote, hace más de 30 años. Y es ahí donde radica la casualidad.

Resulta que este cuarto de los huesos que conoció La Muchacha no es el primero ni el original. Antes hubo uno que retuvo más de 400 osamentas, la mitad de ellas eran de niños. Y aunque ese ya desapareció para siempre, sobrevive el segundo cuarto de los huesos, que está escondido en el sótano de otro palacio de justicia, ubicado en la ciudad de Santa Tecla, a escasos minutos de la capital. La cuna del EAF. Los huesos que hay ahora en el nuevo laboratorio de antropología forense son contemporáneos a los que hace más de dos décadas se estudiaron en el primer cuarto de los huesos de El Salvador. Y ese primer cuarto, aunque ya no tiene huesos, aún conserva su nombre bautismal.

Llegamos al parqueo del Centro Judicial de Santa Tecla. Raymundo Sánchez y Saúl Quijada desaparecen instantes después de bajarse del carro. Se han perdido, emocionados al reencontrarse con sus viejos amigos. En estos sótanos, oficinas hechizas en el centro de un parqueo, nació hace casi 15 años la unidad de antropología.

—¿Dónde está El Mozote? –preguntamos a un motorista del centro judicial.

—¿El Mozote? Es el cuarto de la esquina. Vaya a ver. Solo toque la puerta.

Entre 1992 y 1993, un grupo de antropólogos argentinos vino a El Salvador para intentar comprobar que una terrible masacre había ocurrido en las montañas del norte de Morazán, al oriente de El Salvador, como denunciaban los familiares de los sobrevivientes, respaldados por Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador. En enero de 1982, una mujer, llamada Rufina Amaya, denunció al mundo que le habían matado a su esposo y a la mayoría de sus hijos unos soldados salvadoreños. Y no solo a ellos, sino a un millar de campesinos en el caserío El Mozote y en otros ocho poblados más. Cuando la denuncia fue publicada en el New York Times y el Washington Post, el Gobierno de El Salvador negó esa masacre, y luego también la negó Estados Unidos, país que había adiestrado a los autores materiales de la misma: al teniente coronel Domingo Monterrosa y los soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.

Durante toda esa década, el Estado siguió ocultando todo, pero gracias a la presión internacional que levantó la noticia de la apertura del caso, en un juzgado del oriente del país, el órgano de justicia autorizó que se practicaran exhumaciones en El Mozote. Y como no había en esa época antropólogos forenses en El Salvador, se contactó al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que en la década de los ochenta había cobrado fama luego de descubrir algunos de los cementerios clandestinos de la dictadura argentina.

En El Mozote todavía hay gente que recuerda con mucho cariño aquellas exhumaciones. Juan Bautista Márquez es uno de ellos. Él es un anciano ya de pellejo pegado a los huesos que sobrevivió a esa masacre, huyendo de un caserío para refugiarse en otro; huyendo a un tercero, hasta que la masacre terminó –después de siete días– y pudo huir sin tantas prisas hacia los campamentos de refugiados en el vecino Honduras.

—Recuerdo a una de las doctoras que se quebró cuando encontró, en uno de los entierros, el juguetito de un niño cerca de los huesitos de su dueño. Creo que era un caballito de madera. Eso fue duro –dice Juan Bautista Márquez.

En una de las jornadas de excavación, muchos otros recuerdan cómo el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mauricio Gutiérrez Castro, ordenó la suspensión de las exhumaciones porque ya era demasiado tarde, porque no podían seguir toda la vida, porque los sobrevivientes siempre apuntaban a nuevas fosas, en donde aseguraban había muchos más huesos.

Desde las montañas del oriente del país, camionadas de huesos viajaron alrededor de cuatro horas hacia Santa Tecla, hacia un cuarto hechizo en un sótano, a “el nuevo Mozote”, y ahí fueron estudiados por los antropólogos argentinos, en mesas improvisadas en los pasillos que dan al parqueo.

El Mozote es un cuarto oscuro, cuadrado y amplio, y ahora está atiborrado de contenedores fríos. La mayoría ya no sirven, y en su defecto hay un par de refrigeradoras más nuevas. Al final del cuarto hay un pasillo, y al final del pasillo una bodega. Ahí se guardaban las osamentas hasta que fueron estudiadas y más tarde restituidas a sus familiares. En una de las paredes hay un mapa antiquísimo de El Salvador, pero la custodia de El Mozote cree que no data de la época de las osamentas.

El Mozote ahora es el laboratorio de ADN para la región central del país. Sara de Lazo es quien recibe, todos los días, las muestras de sangre de los muertos por accidente, de los que se suicidan y de los asesinados. Pequeña, frágil, solitaria, ella vino aquí cuando a El Mozote ya solo le quedaba el nombre, pero dice conocer muy bien la historia. Le preguntamos qué sabe, y ella habla de todo: de los ancianos, de las ancianas, de las mujeres violadas, de los jóvenes masacrados, de los niños… Se detiene cuando en la cabeza se le cruzan las imágenes de los niños. Los labios comienzan a temblarle; ella pasa sola en ese cuarto, los ojos se le vuelven lágrimas; ella pasa sola en ese cuarto, y nosotros solo sabemos lo que pasó antes, y eso está bien, pero ignoramos lo que pasa ahora. Ella, que apenas y se entera de las historias en el nuevo El Mozote, que a su oídos solo llegan fragmentos de relatos detrás de unas muestras de sangre, que ella después convierte en unos códigos numerales, fríos, sin historia… Hasta ella se quiebra.

—Es importante conocer el pasado, para saber de dónde venimos. Y me alegra que estén conscientes de eso… Ustedes me hablan de El Mozote, quieren que les que diga qué sé de los niños de El Mozote, y lo que sé es lo que he leído, así que mejor le voy a contar de los niños de ahora: ¿Saben cuántos niños y niñas vienen aquí violados, estrangulados, desenterrados, asesinados por aquellos en quienes confiaban? ¿¡Saben cuántos son!? ¿¡Tienen una idea de cuántos son al año!? A veces uno quisiera tener tiempo para sacar esas estadísticas, para hacer una investigación que explique qué nos pasa, pero no se puede. No se puede…

***

Ahora Raymundo Sánchez se divierte en un cuarto contiguo a El Mozote. Está carcajada amplia, degustando un segundo desayuno que le convidó uno de sus amigos reencontrados. “¡Ya voy! ¡Ya voy!”.

El doctor Saúl Quijada también sale al paso. Hace un resumen del nacimiento del EAF salvadoreño: tras las exhumaciones en El Mozote, una recomendación de los argentinos quedó bailando en la mente del desaparecido Juan Matheu Llort, quien por años fuera el director de Medicina Legal de El Salvador. Así que se crearon plazas y se capacitó a los postulantes para que se convirtieran en antropólogos fuera del país, porque en El Salvador a la fecha no hay ninguna carrera de antropología forense. Uno de esos iniciados fue Saúl Quijada. Estudió en Monterrey, México, y en El Salvador se juntó con el doctor Pablo Mena, hasta 2006 jefe del EAF. A finales de los noventa a las oficinas del IML llegaban oenegés que pedían ayuda para desenterrar víctimas de la guerra, amén de que las familias querían reencontrarse con los huesos de sus familiares asesinados. Y entonces Pablo Mena, Saúl Quijada y un tercer doctor más salían mosqueteros en su auxilio.

En el año 2000, a solicitud de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el órgano judicial aprobó una segunda exhumación en El Mozote y los caseríos aledaños, en el oriente del país. Y hasta allá fueron enviados Saúl Quijada y Pablo Mena, para encontrarse por primera vez con el equipo argentino. Con el tiempo se hicieron amigos, y con el tiempo Saúl Quijada fue adoptado por los argentinos. En 2005 incluso se lo llevaron hasta Argentina, para entrenarse junto a ellos.

—Recuerdo que al principio desconfiaban, sospecho que por las experiencias de inicios de los noventa, cuando les interrumpieron el trabajo.

—¿Cómo ganó su confianza?

—Fue fortuito. Ellos nos vieron trabajar, y ocurrió que se interesaron en mi experiencia en odontología forense. Yo tenía la suerte de haberme capacitado en México, y entonces creo que el quiebre fue eso.

Conocer de calaveras, mandíbulas y dientes muertos.

—Una vez, mientras analizaba un cráneo, una de las líderes del equipo, Patricia Bernardi, me observó. Se acercó, me hizo preguntas y me escuchó con atención. Fue como una prueba de fuego, digamos. Cuando terminamos, ella me ofreció un trato: vos nos enseñas de dientes y nosotros te enseñamos de esqueletos, ja, ja, ja.

Un año después de que Saúl Quijada viajara hacia Argentina, el equipo original de antropólogos salvadoreños se deshizo. Pablo Mena se salió de Medicina Legal y recaló como director de un hospital nacional. Otro médico que estaba junto a ellos se cambió a patología, y fue entonces cuando el IML decidió que una de las viejas dirigiera al equipo de antropólogos. La vieja original lo recuerda como un chiste:

—¿Va’ creer? A mí me zamparon en este huevo, y me tuve que venir a trabajar con esta otra vieja. Yo allá estaba bien con mis muertitos, ja, ja, ja –dice el doctor Óscar Quijano.

—¿Se arrepiente?

—¡Para nada, papá!

Desde entonces las viejas son un debate constante: se pican para ver quién termina primero sus peritajes, para ver quién definió mejor la edad aproximada o quién tiene más razón en una probable causa de muerte.

***

En el camino al segundo cuarto de los huesos, el que todavía sobrevive, Raymundo Sánchez y el doctor Quijada nos señalan un pilar del centro judicial. Hay un vehículo funerario parqueado frente al pilar, porque el pilar está a la vista de todo mundo. Está ahumado también el pilar, manchado por una gruesa capa de hollín. Antes de que Raymundo Sánchez creara fuego con un tambo de gas, fósforos y una hornilla, lo hacía a la base de este pilar como lo hicieron alguna vez los cavernícolas. El presupuesto del Órgano Judicial, que durante años se jactó –y se jacta impune– de gastar millares de dólares en ordenanzas de lujo y secretarias con sueldos de diputadas, no tuvo, hasta 2012, una partida para comprarle a este equipo un tambo de gas. Hasta hace un año, las sopas humanas se cocinaban a fuego lento de leña.

***

Ahora estamos en el segundo cuarto de los huesos. Es irrespirable. Ha pasado tanto tiempo cerrado, desde que trasladaron al EAF hacia San Salvador, que la humedad, el encierro y los huesos delatan los hongos que se están apoderando de todo: de las cajas, de los huesos, de esas historias. En el segundo cuarto de los huesos hay, con redundancia necesaria, demasiados huesos. Más de 300 cajas rellenas con huesos, más de 100 bolsas de cartón rellenas con huesos. Desde 1997 hasta mediados de 2012. Llegan hasta el techo las cajas, y en un estante sobresalen una veintena de cráneos. Aquí hasta el doctor Quijada usa mascarilla porque el tufo a moho y hongo de hueso es tan fuerte, y tan peligroso, que también su nariz lo reciente. Si los familiares de todos estos huesos dieran con este cuarto se volverían locos tratando de adivinar cuáles son los suyos.

—Ray, ¿te acordás cuál era la caja del niño? –le pregunta voz de mascarilla el doctor Quijada a Raymundo Sánchez.

En una caja que fue creada para resguardar papel bond están los restos de El Marcianito. Es pequeñito El Marcianito, y Saúl Quijada tuvo que pegarle los huesos del cráneo porque la naturaleza todavía no los había soldado. Está completo El Niño, con todos sus huesitos en versión miniatura. Este niño no fue abortado, este niño no fue aventado a un basurero, este niño apareció cuando alguien abrió una zanja. El Salvador es un cementerio, dijo alguien ya. El niño estaba envuelto en una camisa de niño: azul con verde, marca Bebe Crece.

—Si se dan cuenta, este niño tenía su camisita; y eso explica que alguien lo cuidó. Ahora la gran pregunta es: ¿lo desapareció la mamá o la mamá también desapareció con él, y aún no la hemos encontrado?

—¿Qué edad tenía?

—Este es el desaparecido más pequeño del país.

Tenía entre cinco y ocho meses de nacido.

Antes de salir del segundo cuarto de los huesos, Raymundo Sánchez encuentra una nueva mascota. Alguna vez hurgó por ahí, hasta que quedó hecha huesos. Es la diminuta osamenta de una pequeña rata. Es el animal más raro de la tierra la rata, porque salvo la calavera pegada a la columna, el resto –pura columna, costillas y cola, pero sin patas– es una sola línea larga como el ciempiés.

***

En el viejo cuarto de los huesos ya no hay huesos de El Mozote, pero en el nuevo cuarto de los huesos hay seis cajas que cuentan esa terrible historia. No hace mucho, tres antropólogas canadienses catalogaron a los nuevos huesos de El Mozote. Esos huesos reaparecieron en 2010, un juzgado los requirió un año más tarde, y hasta dos años después vinieron a parar hasta aquí. Muchos de esos huesos guardan la terrible y triste historia de Orlando Márquez, un hombre robusto que cuando joven huyó de la guerra y de El Mozote, porque no quería convertirse en guerrillero y tampoco en militar. Orlando Márquez huyó de Morazán justo un año antes de la masacre, y la última vez que vio con vida a su padre con él le mandó saludos a su madre, a su nana y a sus dos pequeños hermanas. La menor era una bebé que se cargaba en brazos.

Orlando Márquez se enteró de la masacre en la víspera de la navidad de 1981, y cuando se sintió solo en el mundo decidió que nunca más regresaría a su tierra. Sin embargo, una vez terminada la guerra, y sobre todo a finales de la década de los noventas, muchos comenzaron a repoblar El Mozote, y hasta los oídos de Orlando Márquez llegaron las noticias que decían que se estaban adueñando de la tierra de su padre. Fue así que decidió ver qué pasaba, con la angustia de reencontrarse con un pasado doloroso. Desde el año 2000, Orlando Márquez hizo visitas esporádicas a El Mozote, pero en su cabeza ya había borrado la idea de buscar a los suyos. Viajaba para poner cercos que alguien más luego le robaba; y así, hasta que un día se cansó y decidió regresarse a vivir por largas temporadas en El Mozote.

Pero Orlando Márquez tenía familia, y su familia lo extrañaba. Lo extrañaban aún más, sobre todo cuando en 2005, la colonia donde vivían, ya no aguantaba con los gritos que provocaban unos pandilleros. Su esposa, Miriam, alcanza a recordar que a pocas casas de su casa alguien pegaba alaridos, perseguidos por un horrendo silencio. “Un día supimos que habían decapitado a alguien”, recuerda Miriam. Tenía la mala suerte la nueva familia Márquez de haber crecido en Lourdes, Colón, una de los municipios que con el transcurrir del tiempo se convertiría en uno de los más violentos del país. Un territorio en el que la guerra entre las pandillas se volvió –y sigue siendo– peculiarmente violenta y sádica, con cuerpos descuartizados en las calles de las colonias, cabezas jóvenes decapitadas y desfaceladas, máscaras hechas con piel de cara sobre el pavimento, cementerios clandestinos por todas partes: en los maizales, cafetales, cañales, en los patios de las casas. Un territorio en el que una calavera que se llamaría El Pirata sobrevivió muchas muertes antes de caer aniquilada. Huyendo de esa violencia, la esposa y los hijos de Orlando Márquez lo persiguieron hacia El Mozote, el lugar al que hace 30 años había jurado que nunca regresaría. Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

La familia creció, y para 2010 ya no cabían en un solo cuarto, así que decidieron hacer una nueva edificación. Temía Orlando Márquez encontrarse con su pasado, así que cambió los planos: ya no debajo de un amate porque al escarbar la tierra podían encontrarse con sus padres y hermanas. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que allá donde por fin decidió abrir una zanja brotarían todos sus huesos.

Un año más tarde, Orlando Márquez no sabía qué hacer con todos esos huesos, así que los guardaba en la sala de su antigua casa, en la que toda la familia se sentaba alrededor de un televisor. Toda su familia, incluyendo a sus padres Santos y Agustina; y sus hermanas Edith y Yesenia, todos muertos. Retazos de ropa le decían a Orlando Márquez que aquella era su familia. Unas sandalias que él había mandado para su hermana menor, le decía que los huesos que acompañaban a esas sandalias eran los de su hermana menor. Reconoció a su madre en una dentadura postiza, medio chamuscada. Detalles importantes. En diciembre de 2011, el juzgado de San Francisco Gotera le quitó a su familia, y durante un año volvieron a desaparecer. La antigua familia Márquez no fue enviada al cuarto de los huesos, en calidad de depósito, sino hasta enero de 2013.

***

Ahora nadie está estudiando los huesos de la familia Márquez porque no hay fiscales interesados en su causa. Pero alguien hurga entre los huesos de la vieja familia Márquez y cree reconocer a Agustina y a Santos. Allá en donde aparece una clavícula o un fémur pequeño sospecha que son las niñas Edith y Yesenia. Pero es que son demasiados estos huesos, demasiados, y solo estas seis cajas son suficientes para callarle la boca a todos aquellos que insisten en que en El Mozote no ocurrió lo que ocurrió. En seis cajas hay tres cráneos reventados, pares incompletos de fémures, tibias y peronés; decenas de costillas, una colección de marfil de dientes, pesados como canicas; cientos y cientos de fragmentos de huesos que ya sueltan polvo de hueso, porque el tiempo está acabando con ellos. Es curioso el polvo de hueso: al aspirarlo por accidente evoca al aserrín, y raspa las paredes nasales como una lija. Causa alergia. Es como si tuviera algo que decir. En los huesos de El Mozote hay 1,659 fragmentos de huesos, más 1,221 gramos de hueso fino, a punto de polvo. Llenarían esos gramos tres latones de leche.. No hace mucho, tres pasantes canadienses concluyeron que en estas cajas están los restos no solo de la familia Márquez, sino de otras 12 personas más. Así de grande sigue siendo esa masacre, más de 30 años después.

***

Ahora Raymundo Sánchez brinca de la alegría porque ha descubierto un tesoro. Lo mandaron desde Chalatenango, en la zona norte del país. Debajo de una pila de huesos viejos, huesos de la guerra, hay un uniforme verde militar. Botas, pantalón y camisa. No es el primer uniforme de guerrillero que aquí se encuentra. También está Julio Américo, pantalón negro y camisa verde, todavía restos de plomo en la camisa. También está uno sin nombre, aparecido cerca del lago de Coatepeque, al occidente del país. A este lo ajusticiaron: adentro del cráneo todavía se observan los “improntes de bala”. Son unas manchas verdes, metal oxidado. Pero este nuevo guerrillero es más atractivo, porque en la manga izquierda del uniforme tiene bordada una estampa de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Está perfecto el uniforme, y cuando Óscar Quijano entra al cuarto, se planea una rifa.

—¡Esto es pura historia, Humildad! ¡Ya la hicimos! –grita Quijano, al tiempo que extiende la camisa.

—Esto bien podría ir a parar a un museo, es historia nacional – secunda Quijada, reflexivo.

—Yo he oído que hay gente que paga buen billete por hallazgos así –remata Raymundo Sánchez, frotándose las manos.

—¡Ya estuvo! –sentencia Quijano–. ¡Este bolado lo vamos a rifar! ¿Se apunta cipotón?

Desgraciados todos, nos matamos de la risa.

***

Hace muy poco, mientras este equipo andaba desenterrando huesos, un equipo de arqueólogos encontró cuatro jaguares hechos de barro en las ruinas de Cihuatán, ubicadas en las afueras de la ciudad, en el caluroso municipio de Aguilares. Antes que ellos, otros arqueólogos han encontrado por todo el país otros cientos de piezas arqueológicas a lo largo del último siglo. En 2006, el Centro Nacional de Registros llegó a decir que en todo el país, allá adonde se abra una zanja aparecerán restos arqueológicos. Al paso que vamos, alguien tendrá que advertir a los cazadores de tesoros que hurguen con mascarillas y guantes de látex porque si la tierra ya no aguanta con la época precolombina ni con la época de la guerra, mucho menos lo hará con esta nueva época de huesos frescos.

***

Ahora las lluvias han mermado, y una corriente cálida cuece a San Salvador. En estos últimos días todo ha estado más calmado, y el equipo intenta acelerar los casos que no urgen, para tenerlos archivados, para estar listos por si alguien llega a pedir esos huesos. Son tiempos de laboratorio, y en esos tiempos cada quien anda en lo suyo. Quijada con sus cráneos, Quijano con sus esqueletos, Raymundo Sánchez y William Villanueva coleccionando muelas para que el laboratorio saque muestras de ADN, archivando reportes, ordenando osamentas. En uno de los descansos, entre cuentos de la guerra y bromas, Villanueva y el doctor Quijada bautizaron a una de las mascotas. El cráneo blanco hueso de un perro colmilludo se transformó en un monstruo de color negro, con crestas de color rojo, ojos de víbora y dientes sangrientos. El doctor Quijada revela el nombre que le pusieron a su creación.

—Este equipo es tan bueno que hasta presumimos haber encontrado la calavera del Chupacabras, ja, ja, ja.

Una llamada interrumpe la rutina. Quijada consulta a la mariposa.

—Siempre que llaman al mediodía es porque la Fiscalía quiere una exhumación.

***

A la orilla de una línea férrea creció, infinita, una comunidad marginal, y al inicio de la comunidad, dos familias abandonaron el lugar, y ahí en donde estuvieron sus pequeñas casas ahora es una cancha de futbolito macho, con dos pequeñas porterías de hierro en sus costados. No es larga ni ancha la cancha, a la orilla de la línea del tren.

Raymundo Sánchez descuelga todos sus utensilios en una esquina de la cancha, y saca un GPS para marcar el punto exacto de la excavación. Cuando sale al campo, Raymundo Sánchez nunca se despega unos lentes misión imposible.

La fiscal del caso es una mujer que se ve cansada, hastiada. Para protegerse del sol ha llevado una sombrilla. Suda. Suda mucho. Le cuenta a un policía que ella tiene una hermana gemela, y que alguna vez decidieron estudiar medicina.

—Pero yo al final ya no quise para no estar viendo muertos, y mire en las que ando…

Un hombre en una motocicleta atraviesa sospechoso sobre la línea férrea. Unos policías hacen como que lo detienen y él les muestra sus papeles. Lleva lentes grandes, oscuros, y coloca el casco a un costado de la cancha, cerca de la línea del tren. Los policías le dicen que ya puede irse, él se pone el casco y desanda su camino. A la vuelta de la esquina hay otros policías esperándolo, para retenerlo. Él es el testigo criteriado.

Durante una hora, un hombre cavará un profundo hoyo, con la complicación que provoca dejar intacta una tubería que se le atravesó a medio camino. Y en ese no encontrará nada.

Los investigadores, dos policías jóvenes, le dicen a la fiscal que les dé tiempo para ir de nuevo por el testigo, para sacar esos cuerpos de ahí. La fiscal se impacienta, les da tiempo, pero les instruye que no se tarden más de lo debido.

Media hora más tarde regresan los dos investigadores, seguidos de un tercer policía, todos encapuchados. El tercer policía es bastante delgado, como el hombre de la moto. Se mete en la cancha de fútbol y con la punta del zapato restriega la arena allá donde cree recordar que enterraron a las víctimas. Dos cuerpos, dos jóvenes. Luego se dirige hacia una de las metas, y en la esquina de la cancha restriega de nuevo la planta del zapato. “Ahí hay otro cuerpo”, murmura. Ese es de otro caso.

Ya es mediodía, el sol arde, los detectives se impacientan, todos queremos terminar rápido esto. Los niños de la comunidad han salido de la escuela, observan curiosos la escena; les están jodiendo su canchita; jóvenes se atraviesan en bicicletas, una mujer en faldas observa todo con detalle. “Esa es la mujer de uno de los palabreros”, le susurra el testigo a un investigador, y entonces deciden sacarlo de ahí.

Dos horas más tarde, casi dos metros más hondo, y la tierra no escupe nada. Los investigadores blasfeman, se quejan, dicen que ¡no puede ser!, si ellos saben que ese es un cementerio clandestino, ubicado a las narices de los vecinos que entran a esa comunidad infinita, ubicado bajo la canchita en la que juegan todos los niños. Los investigadores piden auxilio a los forenses, y el doctor Quijada le ofrece una salida a la fiscal:

—Paremos aquí –le dice– Y vengamos mañana con más apoyo de la alcaldía para seguir cavando, podemos hacer una zanja en…

La fiscal lo interrumpe, ni lo deja terminar.

—No. Yo creo que ya no. Si ya dos veces el testigo se equivocó, la información no es tan fiable que digamos.

Los investigadores le ruegan. Ella hace que llama a su jefe.

—¡No! Se acabó. ¡Nos vamos! Van a disculpar por la molestia –le dice al doctor Quijada.

La comitiva se sale de la comunidad, y los investigadores vienen maldiciendo desde detrás de los pasamontañas. “¡Como no es ella la que se arriesga!”, dicen. “Cómo que no supiera que el año pasado solo de ahí sacamos tres cuerpos”, dicen. “No sé cuál es la urgencia, si a su oficina a aplastarse va nomás”, dicen. “Ya mañana esos cuerpos ya no van a estar ahí”, lamentan. La comitiva se detiene en la salida de la comunidad, los investigadores corren al otro lado de la calle. Ahí hay una sorpresa. A menos de 15 metros de la canchita está la subdelegación policial de Ciudad Delgado, un edificio de dos plantas incapaz de hacer algo contra el cementerio clandestino que tiene frente a sus narices.

***

Ahora escuchamos la última llamada en el cuarto de los huesos. El doctor Saúl Quijada se le adelanta a Raymundo Sánchez.

—¿Qué caso me dice?

—…

—Permítame… ¡Ray! ¿Sabes si había un caso de restitución para hoy? ¿Cuál es?

Raymundo Sánchez busca en los archivos, encuentra por el que preguntan, ubica la caja, está al fondo del rimero de cajas que hay en una esquina. Amenazan avalancha los huesos. “Es el 48”. Son pocos huesos en la caja: un fémur, un par de vértebras, unas pocas costillas. El doctor Quijada le habla al teléfono.

—Mire, me va a disculpar con lo que le voy a decir, pero nosotros siempre procuramos decirle a los familiares que cuando hay pocos restos piensen ahorrarse el dinero de un ataúd grande…

—…

—Sí, son poquitos huesos. Con que consiga un ataúd pequeño, de esos para niños…

—…

—Está bien. No hay ningún problema. Es su decisión y nosotros la respetamos. Espero que no haya tomado a mal la sugerencia.

***

Llueve el cielo como si quisiera dejar caer toda su furia en una sola vomitada. El Muchacho entra a la morgue, donde lo esperan los doctores Quijano, Quijada, y los auxiliares Raymundo Sánchez y William Villanueva. Llega empapado.

Inicia el acto de restitución, y El Muchacho es como si estuviera ausente, como que no entendiera nada de lo que está ocurriendo ahí. Los doctores le explican que esos huesos son los de su pariente, que ve uno de los huesos cortados, porque de ahí se sacó el ADN que hizo match…

—¿A usted le tomaron la muestra? –pregunta el doctor Quijada.

—Sí, yo di mi sangre –dice El Muchacho, que sigue serio, desinteresado. Es como si entre esos huesos y él no existiera nada. Ni un vínculo. Nada. ¡Nada!

Y entonces Raymundo Sánchez comienza a sacar los huesos, uno por uno, y los coloca en un ataúd para adultos, pero al muchacho ese gran vacío sigue sin decirle nada. Un fémur, una vértebra, una costilla… En el ataúd hay un rompecabezas al que le falta un 90 % de sus partes. Raymundo Sánchez saca otro hueso, largo, blanco, y es hasta entonces cuando El Muchacho deja de estar muerto, reacciona, menea las piernas, que están paradas, desesperadas.

—¡Momento! –dice El Muchacho–. Déjeme ver eso…

A ese último hueso se le ha enrollado una pulserita, sencilla, de hilos entrelazados, con líneas azules, celestes y moradas.

—¿Puedo quedarme con esto? –pregunta El Muchacho, pero en realidad la pregunta es un ruego, que antes de pronunciarlo ya le ha partido la voz.

Agarra la pulsera, la observa en la palma de su mano, y es entonces cuando sus huesos le llaman, para despedirse, para decirle que ahora ya pueden descansar en paz. Ambos. El Muchacho aprieta la pulsera, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, hasta que desde el corazón le sale un grito seco, uno que le cauteriza el alma, y eso le duele, y sin embargo, por curioso que parezca, ese instante es mil recuerdos, la mariposa de Raymundo Sánchez girando en dirección contraria a millón por segundo, el ardor en el pecho es un reencuentro que después de cauterizar, reconforta. Reconforta. Reconforta…

—¡¡¡Mi hermano!!! –grita El Muchacho, y ahora aprieta la pulsera contra su pecho. Por fin su hermano de toda la vida ha reaparecido, su hermano mayor, su único hermano en este mundo desgraciado.

Apartamenteros

Publicado: 21 octubre 2013 en Nahuel Gallotta
Etiquetas:, , ,

—Sesenta y nueve –grita el animador.

Luego estira el cuello y la cabeza, como si fuese una tortuga, y con la mirada busca al ganador por cada rincón del cabaret. Con una mano sostiene la bolsa blanca y arrugada de la que sacó el número. Con la otra toma el micrófono.

—El ganador tiene un pase gratis con la niña que quiera. Puede elegir entre todas las bonitas mujeres que tenemos.

La “rifa” costó mil pesos colombianos, algo así como cincuenta centavos de dólar. El ganador no aparece y vuelve a sonar reggaeton. El animador está de pie en la pasarela. En cada esquina hay dos caños para que las chicas bailen y junten propinas. Abajo, en las mesas redondas, los hombres beben cervezas y van eligiendo la mujer que quieren que les haga un striptease individual. Para encerrarse con ellas deberán subir por la escalera pegada a la cabina del disc jockey. Y pagar cincuenta y cinco mil pesos colombianos. O treinta dólares.

Yo estoy atrás. Arriba. En una esquina hay tres escalones que te llevan a un espacio pequeño, en el que entran dos mesitas con sillones de cuero. Los que me acompañan cuentan que es un sector VIP. O las personas que yo acompaño, mejor dicho, dicen eso. Estaba reservado para nosotros. “Nosotros” somos cuatro colombianos y yo.

—¿Quieres un chow? –me dicen. Chow es un striptease.

—No, con la cerveza estoy bien.

En la mesa ratona hay dos paquetes de cigarrillos, dos botellas de aguardiente y unas rodajas de naranja. Es la segunda vuelta de cervezas. Abajo, a menos de dos metros, hay tres policías de uniforme. Miran como si estuviesen controlando el tránsito y las mujeres fueran automóviles. Están juntos: comentan, se ríen, les hacen caritas a las chicas. Pregunto cómo puede ser que estén aquí.

—Quédese tranquilo, socio. Usted disfrute, la noche es suya. Yo manejo la mafia de esta zona. Varios locales de esta cuadra son míos. Esos hombres nos hacen de seguridad –dice el de mi derecha. Que no es mi socio. En Bogotá, socio es como decir “amigo”.

El de mi derecha se llama Rolf. A cada rato me pregunta si estoy bien, si quiero algo más de beber, de qué mujer quiero el chow, si tengo ganas de disfrutar gratis el pase con dos niñas a la vez. Y a cada rato me saluda. Chocando los dedos primero y los puños después. Yo respondo a todo de un modo cordial pero mecánico. En realidad Rolf no me interesa tanto. Quiero hablar con otro. Vine hasta aquí, barrio Santa Fe, zona roja –o “de tolerancia”– de Bogotá, para entrevistar a un “apartamentero internacional”. Y lo tengo a dos sillas de distancia. Está en silencio.

***

Esta historia comenzó a principios de 2012, en Argentina. Las páginas policiales de los diarios informaban, día por medio, sobre numerosas detenciones de asaltantes colombianos. Siempre actuaban en los barrios más caros de Buenos Aires. La Policía los sorprendía –cuando lograba hacerlo– al huir de departamentos a los que habían ingresado cuando los dueños no estaban. Pero nadie podía precisar cómo es que violaban la entrada. Si usaban parafina, si tenían cerrajeros amigos –y cómplices–, o qué.

Los casos se habían vuelto tan frecuentes que, a mediados de 2012, el ministro de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, salió por la televisión rodeado de periodistas y hablando del asunto.

—Hemos apresado en lo que va del año a cuatrocientos cincuenta extranjeros de nacionalidad colombiana. Se dedicaban al robo de departamentos. No es un dato menor. Ahora hay algunos que fueron detenidos diez veces por la Justicia y que recuperan su libertad. La ley de Migraciones no nos permite expulsarlos. Pero las informaciones que tenemos nos advierten que se están yendo del país por los apresamientos que venimos realizando. Lo que ocurre es que la Ciudad de Buenos Aires es una de las más pobladas del mundo. Eso la hace un ámbito propicio para que estos delincuentes vengan a delinquir.

Eso dijo. Pero nadie decía más nada. Porque nadie sabía más nada. Nadie siquiera sospechaba cómo hacían para entrar a los departamentos. Ni cómo hacían para robar a los pocos días de llegar a un país en el que, en muchos casos, nunca antes habían estado.

Una noche cualquiera sonó el teléfono de mi casa. Una locutora advertía que la llamada provenía de una línea ubicada en un establecimiento penitenciario. Era “el Pato” Verón. Llamaba desde la cárcel de Ezeiza. Desde hace años “el Pato” es una fuente que me ayuda con los temas policiales. Esa noche lo escuché durante media hora. Me dijo lo de siempre: que el Servicio Penitenciario Federal lo seguía amenazando de muerte y que había hecho la denuncia ante el Juzgado, pero que además estaría bueno publicar algo en un diario. “El Pato” había formado parte de una banda de presos que a fines de los 90 salía de la cárcel a robar autos. Debían llevarlos al penal y desguazarlos para los directores de la Unidad. Como a muchos de los presos que llaman a casa, lo escuché. Y antes de cortar se me ocurrió preguntarle si por casualidad estaba con algún colombiano. Me habló de un caso: de un hombre preso por narcotráfico desde hacía más de un año. El tipo compraba cocaína en el Bajo Flores y la despachaba a Europa.

Le pedí que me lo pasara y “el Pato” empezó a los gritos.

—Sí, esperá…Eh, ¡colombianito…! ¡Colombianito, vení! ¡Vení para acá!

Yo escuchaba y me imaginaba la situación. Un colombiano cenando en la mesa del pabellón, y un preso que lo interrumpía para que hablara conmigo.

—Ahora te voy a pasar con un amigo periodista que se porta bien conmigo, que te quiere hacer unas preguntas. Hablá con él, dale.

Me dijo “hola” y se presentó como Juan Sebastián. Yo sentía que no quería hablar conmigo, que lo hacía para evitarse un problema con “el Pato”, líder de un pabellón compuesto por cuarenta presos. Pero me llevé una sorpresa. Juan Sebastián era esa clase de tipos que comienzan respondiendo con monosílabos y a los que después de un rato hay que cortar para que dejen de hablar. Yo escuchaba y tomaba apuntes. Anoté que esos ladrones colombianos que robaban departamentos en Buenos Aires eran conocidos como “apartamenteros internacionales”, que viajaban por todo el mundo haciendo lo mismo y que los destinos más comunes eran Austria, Japón, Nueva York, México y Ecuador. Cada vez que presentía que estábamos promediando la última pregunta yo soltaba cautamente alguna duda nueva, y Juan Sebastián respondía. No parecía preocuparle siquiera la sospecha de que esa conversación pudiera estar siendo grabada.

—¿Y por qué los apartamenteros viajan a robar? –dije.

—Pues en Bogotá no hay mucho dinero. A plata de aquí, es muy difícil que un bogotano tenga guardados más de veinte mil pesos. Y el que cuenta con ese dinero es mafioso, o familiar de mafioso, o víctima de mafioso. Muchos manes se han tenido que mudar por asaltar a un mafioso.

Los apartamenteros, dijo Juan Sebastián, solían parar en hoteles familiares de los barrios de Congreso, Once, Monserrat y San Telmo. La Policía ya los tenía ubicados, por eso pagaban piezas por día y no se movían en grupos de más de tres personas.

—¿Y de qué parte de Colombia provienen esos ladrones?

—Los que están viniendo a Buenos Aires son de tres barrios del centro de Bogotá: barrio El Belén, barrio Quiroga y, en especial, barrio Las Cruces. Las Cruces es históricamente un barrio de buenos apartamenteros.

***

Después de hablar con Sebastián me pasé la noche entera conectado a Internet. Quería saber más. Y encontré el primer antecedente. Era de 1960. La policía estadounidense había detenido a una banda de colombianos que asaltaba departamentos en Miami. A los pocos días ese dato me sería confirmado por el historiador colombiano Eduardo Saenz Rovner: “Esa fue la primera banda colombiana especializada en robar casas en el exterior, identificada por autoridades policiales; los tipos llegaban, hacían su trabajo y se regresaban a Colombia”.

Esa noche en vela leí sobre detenciones de apartamenteros en distintas partes del mundo. En junio de 1997 una banda de colombianos había ido a juicio en Tokio, Japón: les adjudicaban robos a trescientas veinte viviendas por un valor aproximado al millón setecientos mil dólares. En abril de 2004, la policía estadounidense había capturado a cincuenta y dos miembros de una pandilla que había robado en más de trescientas viviendas en Nueva York. Se estimaba que el botín había superado los dos millones quinientos mil dólares, por lo que este operativo fue uno de los mayores relacionados con este tipo de bandas. En octubre de 2011, los diarios hablaban de colombianos tras las rejas en Taiwán. Y en junio de 2012, la policía de Tailandia había detenido a otras dos agrupaciones.

Después estaba España: un caso aparte. Los enlaces a noticias de apartamenteros detenidos en la península Ibérica eran muchos. Uno de ellos databa de febrero de 2010. Además de dar los nombres y las edades de los tres colombianos detenidos en Cataluña, la nota sumaba algunos detalles importantes. Decía que la banda habría robado más de cuarenta departamentos. Que concretaba los robos con autos alquilados. Que los miembros cambiaban sus identidades. Que les habían secuestrado más de cuatrocientos objetos robados y un mapa con treinta y ocho ciudades en las que habrían cometido más robos. Y que tenían en mente viajar a Italia.

Esos –esta clase de organizaciones– podían ser los que estaban entrando a los departamentos de Buenos Aires. Y la posibilidad de encontrar un patrón que uniera todos estos casos me desveló. Durante meses me pasé leyendo sobre bandas detenidas en otros países. Le escribí a una persona que trabaja en la Procuración Penitenciaria. Me dijo que hasta 2010 había habido un promedio de treinta colombianos detenidos en cárceles federales. Pero que desde ese año en adelante el promedio se había elevado a ciento treinta: poco más de un 400 por ciento. No podía parar de sorprenderme. Los colombianos estaban eligiendo Buenos Aires. Y lo hacían silenciosamente. Las revistas colombianas habían publicado entrevistas a famosos narcotraficantes, pero no decían nada sobre apartamenteros que robaban en distintas partes del mundo. Para avanzar, debía buscar fuentes nuevas. Las que tenía no eran suficientes o habían desaparecido.

Cuando “el Pato” volvió a llamar a casa, Sebastián ya había sido expulsado a su país.

***

El animador vuelve a gritar.

—Seguridad, seguridad, allá, seguridad…

“Allá” es delante del baño, donde un gordo de camisa y pantalón de vestir le pega un cachetazo a mano abierta a otro. Se separan y la cosa no pasa a mayores. Antes de que llegue la “seguridad” el animador vuelve a gritar.

—Vamos hermanitos… no peliemos… ¡Pidamos cervezas y condones, cervezas y condones, cervezas y condones! ¡Y disfrutemos de la noche!

Me siento en una película de Estados Unidos. Sospecho que todo gordo mayor de cincuenta años y de bigotes y camisa dentro del pantalón puede ser narcotraficante o familiar de Pablo Escobar. Busco los típicos gestos que hace una persona cuando está consumiendo cocaína. Pero no los noto. Les pregunto a los que me acompañan.

—Socio, la cocaína en Colombia tiene otro efecto. Cuando estuve en Argentina llegué a olerla y me dieron ganas de vomitar. No me animé a probarla –dice uno.

Juego a descifrar la ocupación de cada cliente. Me pregunto de dónde saldrá todo el dinero que se gasta en las chicas.

—Socio… ¿huele? –dice otro.

No entiendo qué me preguntan. Hasta que entienden que no entiendo y me hacen un gesto, levantando la nariz.

—No, con la cerveza estoy bien.

La cerveza aquí se toma con hielo. Y es personal. En Colombia no existe el envase de litro. Cada uno se compra su porrón y bebe tranquilo, sin convidar. Así que bebo. Y miro.

El que tengo a la derecha, Rolf, el que hablaba mucho y decía manejar la mafia de la zona, ya no me habla. Anda a los besos con una mujer con aparatos de ortodoncia que está sentada en su muslo.

El que está a mi izquierda se llama Hugo y es el líder de la hinchada de un club colombiano de Primera División. Es el único de todo el lugar vestido con ropa deportiva y ya tiene los ojos achinados de tantas medidas de aguardiente. Por él estoy aquí. No en Colombia, sino aquí, en este lugar. Con esta gente.

Con Hugo nos conocimos hace seis meses, un tiempo después de mi charla telefónica con Juan Sebastián. Su equipo –el de Hugo– había jugado un partido en Buenos Aires por la Copa Libertadores. Y la hinchada del Lamadrid, el club del que soy hincha, los había visitado en la tribuna. Fueron dos barras juntas, amigas, compartiendo la misma popular. Un compañero del club me había contado que esa misma noche, después del partido, algunos colombianos cenarían en mi club. Y fui. Nos presentaron. Hugo comió un bife de chorizo con papas fritas. Estaba hambriento. Eran las doce de la noche; yo ya había comido. Lo único que quería era escucharlo.

—La de los manes es una carrera. Comienzan atracando fuera del barrio, después asaltan a los comerciantes con armas. El tercer paso es robar carros. Y después, sí, puede llegar la posibilidad de viajar y ser un internacional –dijo.

Hugo los llamaba “Los Internaca”, y no tanto “apartamenteros”. Decía que muchas bandas estaban compuestas por familiares y que en cada país había un jefe que ordenaba quién podía viajar y quién no. El líder les daba la bienvenida y ponía todo a disposición del apartamentero: un lugar para vivir, un auto legal para robar, documentos y pasaportes falsos. Todo lo que necesitaba un ladrón colombiano en un país que apenas conocía de nombre.

Esa misma noche Hugo y yo nos hicimos amigos en Facebook.

Y hoy me pasó a buscar por el hotel en el barrio La Candelaria. Hugo me advirtió que iba a estar con un apartamentero. Era un favor que él me hacía, en respuesta a un favor que yo a su vez le había hecho seis meses atrás. Aquella noche de partido en la tribuna había habido incidentes entre dos “parches” (facciones) de la hinchada colombiana. Y, en el medio del lío, los hinchas de mi club habían robado una bandera de la barra contraria a la de Hugo y se habían ido de la cancha sin llegar a dársela. La bandera quedó en Argentina. Durante meses durmió en una casa de Boedo. Hugo me la pidió por mensaje privado de Facebook. Pasé a buscarla y la guardé en mi equipaje.

Al llegar a Bogotá yo le entregué la bandera. Y le dije que necesitaba hablar con un apartamentero. No le dije que era a cambio de ese favor; pero se lo di a entender. Hugo invitó a su amigo esta noche: se llamaba –se llama– Edgar. Pero me dijo que a Edgar debía hablarle yo. Que él me iba a presentar como un amigo hincha del club del que su barra es amiga. Y que después quedaba en mí convencerlo. O no.

Así que aquí estamos. Hugo, Rolf, Edgar, un tercero de quien no sé el nombre, y yo. Me levanto para despejarme. Voy al baño. En el medio tomo otra cerveza, solo, para mirar el lugar. Y pensar. Cuando vuelvo, Rolf sigue a los besos con su nueva chica y Hugo no está: se levantó para hablar por teléfono.

—Lo está regañando su mujer –suelta Edgar.

Es la primera vez que me habla. Ambos reímos y decimos cosas sobre Hugo (“es un dominado”, etcétera) y yo aprovecho para sentarme al lado de Edgar. Estamos entonados. Le hacemos señas a la moza y seguimos pidiendo cervezas y aguardiente. Mientras tanto hablamos de mujeres y de ropa. Llevo un sweater que compré en la zona de San Andresito esta misma tarde y se lo digo a Edgar. Él responde que quiere ponerse un negocio ahí.

—Noto que muchos de los que merodean los comercios deben ser mafiosos o algo así; siento que es una pantalla –digo.

Edgar me da la razón.

—Muchos internacionales ponen sus comercios con el dinero que roban por el mundo –dice.

Luego calla y bebe.

—Oye… –vacila–, ¿tú trabajas en un periódico?

Le explico que sí: que soy periodista. Y le digo también otras cosas.

—Pues bien –dice Edgar, finalmente–, creo que puedo ayudarte. Pero tú me aseguras que esto será confidencial.

***

Llegué a este bar no solo con la ayuda de Hugo, sino también con el apoyo de Daniel: otra fuente con la que hablo cada tanto en Buenos Aires. Me vi con Daniel cinco meses antes de viajar a Colombia, en un boliche del Centro porteño al que –entre otros– solían ir “los paisanitos” a festejar un buen robo. El lugar se llamaba Big Flow Internacional y quedaba a pocas cuadras del Obelisco. El dato, a su vez, me lo había pasado Juan Sebastián en aquella charla telefónica desde Ezeiza.

No me animaba a ir solo a Big Flow, entonces llamé a Daniel. Él, como dije, era una fuente que me ayudaba siempre. O no tanto. Me ayudaba solo cuando yo quería saber algo. Nunca me llamaba de un modo espontáneo para ofrecer información que podía interesarme. Y él tenía de la mejor. Se movía por la zona de Congreso. Todos sus amigos eran peruanos o colombianos que andaban en el delito. Daniel había estado preso casi cuatro años en la cárcel de Devoto. Lo habían detenido en el aeropuerto de Ezeiza con ocho kilos de cocaína que debía llevar a Barcelona.

—¿Ves? –me dijo Daniel en el bar. Tenía que hablar en voz alta para hacerse escuchar. De fondo sonaba bachata–. Aquellos que están en la mesa y hablan con el DJ son apartamenteros; vinieron hace poco. O estos dos que van a pasar ahora por acá: el morrudo, pelado, de campera Dolce & Gabbana y el de botas, pantalón blanco y remera Armani. Son buenos escaladores. El que está allá, en la punta, de camisa blanca y anteojos, bailando con una rubia. Es narcotraficante. Los dos que se saludan chocando los dedos y después con un golpe de puños, ¿los ves? Esos son pincharruedas.

Daniel los conocía bien. A ellos y a mí, por eso estaba sentado conmigo. Daniel y yo teníamos –tenemos– un vínculo. Creo que era por eso que él evitaba ofrecerme información. Daniel era el compadre de mi tío. Y pienso, hoy, que si no me contaba muchas cosas era porque ni siquiera las sabía mi tío; y no quería que mi familia se enterara de nada. Daniel alquilaba un taxi, como mi tío. Pero lo que menos hacía era subir pasajeros. Se la pasaba haciendo entregas de cocaína. Cuando le pregunté por Big Flow me dijo que iba seguido con su “señora”. Hacía un mes que se habían conocido. Ella era colombiana.

Daniel aceptó acompañarme. No me costó: le gustaba salir todas las noches. Las bachatas, en aquel bar, seguían sonando. El ambiente era demasiado tranquilo. Lejos estaba de ser como esos lugares en los que hay peleas entre barrios o equipos de fútbol. Los colombianos bailaban bien pegaditos a sus mujeres. La mayoría bebía ron o cerveza. Daniel tomó la jarra de litro de cerveza y se sirvió en su vaso de plástico. Cada tanto me decía cosas que me interesaban:

—Cuando un argentino cruza a un colombiano en la cárcel, lo primero que hace es amenazarlo. El chamullo es que no se piensen que están en las FARC y lo llevan al teléfono. Lo hacen llamar a su país y les exigen dinero que llega por Wester Union, a cambio de seguridad.

Eso ocurre, contaba Daniel, apenas el colombiano ingresa al penal. Luego a la mayoría los llevan a pabellones exclusivos para extranjeros. Ahí están más tranquilos. Entre ellos, además, son solidarios. Y cuando están fuera de la cárcel viven todos en las mismas zonas. Ya no lo hacen en la Capital –no, al menos, desde la declaración del ministro de Seguridad– pero sí ocupan el Conurbano. Viven en localidades como Quilmes, Ezeiza, El Jaguel y San Miguel. E incluso algunos forman parte de bandas que duermen y pasan sus días en un albergue transitorio de Moreno.

—Es un perfil muy distinto al argentino que se dedica a lo mismo –me dijo Daniel–. Fuman marihuana pero consumen muy poca cocaína, y no le dan tanta importancia a la ropa deportiva. El ladrón argentino se compra las Nike más caras, pero a ellos les gusta otra cosa. Llevan Ecco, Dolce & Gabbana, Armani… El colombiano tal vez se vista mejor. Y las mujeres también.

Escuché a Daniel hasta las cuatro de la mañana. Después cada uno se fue a su casa. O yo, al menos, me fui a la mía. Él no sé. Antes de vernos me avisó que a la salida tenía que hacer unas cosas y no podía llevarme. Así que me volví en otro taxi. Y en el viaje me puse a pensar que Daniel hablaba siempre sobre otros, pero nunca contaba nada sobre sí mismo. Si alguna vez tenía que responder, decía que él se dedicaba a la droga al menudeo y para “pucherear”, porque con el taxi tenía que estar doce horas para ganar doscientos pesos.

Luego pasó el tiempo. No supe nada más de él hasta que una mañana, un par de meses después de nuestro encuentro en el Obelisco, me llegó un mensaje al teléfono.

—¿Estás? –me había escrito mi tío.

Respondí que sí.

Me llamó a los pocos segundos. Me contó que Daniel estaba en una comisaría en la zona sur del Conurbano. Era el único detenido de una banda que había entrado a robar en un departamento. Daniel era el piloto. Manejaba su taxi.

Con mi tío fuimos hasta la pensión en la que vivía Daniel. Quedaba en Almagro. Mi tío conocía a la dueña y pasamos a la habitación. Quería sacar todo lo que pudiera comprometerlo en el caso de que hubiera algún allanamiento. No tenía nada. Lo único que nos llamó la atención fue una hoja de cuaderno. Decía: “Si algún día me muero, avisar a estas personas”.

Había una lista de cinco hombres y mujeres, con sus respectivos teléfonos. Uno de ellos era mi tío.

Mi tío se había enterado de la detención por la novia de Daniel. La colombiana. Ella había estado en el robo. Quedamos en vernos con ella en un bar que tenía mesas de billar al fondo. Las paredes estaban decoradas con filetes y no había mozos; te atendía un viejo que no se acercaba; esperaba tus señas desde atrás del mostrador. Mara llegó con el pelo húmedo –como si recién se hubiera terminado de duchar– y hablando por celular. Escuchaba por los auriculares del teléfono. Se había puesto una camisa de jean clara y tenía las cejas pintadas. Se sentó y lo primero que dijo fue que en la comisaría le estaban pidiendo treinta mil pesos para liberar a Daniel. Mara era –es– parapsicóloga. Unos apartamenteros la habían invitado a atracar porque ella tenía el don de saber dónde estaba el dinero. Como a la banda le faltaba un piloto, ella lo había propuesto a Daniel.

—Yo le dije: ¿Te animas? ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Pero resultó siendo un marica, se le apagaba el carro del miedo que tenía. Argentinos… no se puede confiar en ellos para hacer buenos atracos…

La charla duró treinta minutos y después nos fuimos: mi tío tenía que trabajar. Mara se quedó esperando al abogado. Habían arreglado una cita. Antes de partir, sin embargo, Mara se hizo tiempo para preguntarle a mi tío si se animaba a ser piloto de la banda.

—Te agradezco –dijo él–, pero soy un poco cagón.

Me volví con el número de Mara agendado. Sentía que podía ser la entrevistada que me faltaba y tanto venía buscando. Pero cuando días después la llamé para encontrarnos y hablar sobre las distintas modalidades de trabajo dentro del rubro “apartamenteros” nunca me contestó. Mara había desaparecido. No solo para mí sino también para Daniel, que la extrañaba desde la alcaidía de un penal del Conurbano.

***

Al principio yo no sé cómo lo hago; solo sé que lo intento. Les aclaro en un comienzo, por ejemplo, que no tengo problemas con cambiarles el nombre. Porque a mí me interesa que me cuenten su historia, y no su nombre. Porque me da lo mismo poner Juan, Martín o Lucas, siempre y cuando ellos me cuenten qué hacen, por qué lo hacen, cómo lo hacen, si dejarían de hacerlo y qué hacen con lo que ganan haciendo eso que hacen y que a mí me intriga.

Yo no sé cómo lo hago, pero sé que lo intento y que después de lo del nombre viene el monólogo. El mío. No los dejo abrir la boca y hasta siento que me olvido de que soy periodista. Les digo que mi trabajo pasa por contar historias y que mi trabajo tiene un límite: sé que no quiero, con esas historias, beneficiar a la policía. Sé que no soy policía.

Ahí, a veces, recuerdo que soy periodista. Y ahí empiezo a ver la cara que les va cambiando y a entender que sí: que sé lo que hago. Que sé cómo lo hago. Y que la situación es toda mía y solo falta el remate. Entonces tiro todo lo que sé. Todo. Para que sepan que no soy cualquiera, que me la paso hablando con delincuentes como ellos, que esto no es un hobby, que esto es lo que más me gusta en la vida.

Suele funcionar.

De la actividad de Edgar, el tipo que me escucha, yo sé mucho. Y eso, en parte, se lo debo a Daniel. Le pregunto a Edgar por Juan Sebastián. Le nombro el Módulo 1 pabellón 4 de la cárcel de Devoto de Argentina, donde hay muchos colombianos que pelean con facas con venezolanos. Le hablo de la noche en la discoteca Big Flow y de los “paisanitos” bailando bachatas bien agarraditos a las chicas. Le digo que me dijeron que ellos usan las marcas Armani, Eco y Dolce & Gabana. Que en la zona de Pilar hay un colombiano que les alquila autos legales para ir a robar. Que en Argentina a los colombianos ladrones se les dice “colochos”. Que escuché que muchos apartamenteros son de Las Cruces, el Belén y Quiroga.

Edgar me escucha y me mira a los ojos. Y dice “sí”, o en realidad no dice nada: me mira más intensamente y mueve la cabeza para arriba y para abajo.

—Pues está bien informado, socio –dice.

Ahí me callo y tomo aire. Hablé mucho.

—Pues a la orden. Pregunte lo que quiera. Usted está con mis socios. Si está aquí, es de confianza.

Desde hacía meses que yo venía hablando solo; imaginando que tenía una conversación con uno de estos tipos. Así como cuando era chico imaginaba y practicaba declaraciones a mujeres, el periodismo había logrado que hiciera lo mismo, pero con delincuentes.

Solo me quedaba escuchar.

***

Si a los 12 años a Edgar le hubieran puesto una cámara enfrente, como a Diego en Villa Fiorito, hubiese dicho:

—Mi sueño es llegar vivo a los veinticinco y viajar a robar a otros países.

Porque su carrera haciendo atracos comenzó a los quince años, pero ya desde muy chino que su referente era “el Mono Jimmy”: el internacional más exitoso de Las Cruces. “El Mono Jimmy” viajó por Brasil, Bolivia, Marruecos y España, y hace años que se retiró del delito. Nunca cayó detenido y supo invertir su dinero. Con los dólares traídos de los viajes compró casas que hoy alquila y comercios de los que vive. “El Mono Jimmy” es de los pocos internacionales que han decidido seguir viviendo en Las Cruces y hoy disfruta sin correr riesgos. Y sin buscárselos: se mueve por el barrio con chaleco antibalas.

Edgar me contó esta historia en el bar y se sigue explayando, ahora, al día siguiente, mientras damos un paseo por Las Cruces: el barrio que me mencionó Juan Sebastián aquella noche desde Ezeiza.

En Las Cruces –como en tantos otros lugares como éste– hay un lema no dicho: si sos buen ladrón tenés que viajar a delinquir. Luego están las especialidades. Están los que hacen “escapes”: suben a colectivos o caminan las calles más céntricas de la ciudad y roban billeteras y celulares sin que las víctimas lo noten. Están los que hacen hurtos: en general son mujeres que prefieren hurtar ropa que luego envían para vender en los centros comerciales de Bogotá. Y están los apartamenteros.

Las Cruces, por lo tanto, es un barrio de asaltantes. Y de raperos. Y en este caso una cosa tiene que ver con la otra porque el rap fue difundido por los asaltantes. Todo empezó a fines de los ochenta, cuando una pandilla llegó de Nueva York con cassettes.

—Esto es lo que se escucha en el Bronx –dijeron.

Los más chinos admiraban a esos tipos que desaparecían del barrio y volvían a los meses con los bolsillos llenos de dólares. Fueron ellos quienes comenzaron a escuchar y luego a hacer rap en el barrio. A los cinco años, en 1995, varias bandas de rap de Las Cruces empezaron a presentarse en distintas ciudades de Europa. Tanto es así que se instaló una frase: “Ser rapero y no ir a Las Cruces es como ir a Nueva York y no ir al Bronx”.

Pero a Edgar –cuenta mientras subimos una lomada– no le gusta mucho el rap. Se crió no tanto con esa música como con dos imágenes que dice que recuerda: la de su padre obrero viviendo al día. Y la de las pandillas compuestas por familiares que llegaban de Nueva York o Miami con gruesas cadenas de oro y dijes de Jesucristo.

Siendo de Las Cruces, entendió Edgar, uno tenía dos opciones para recorrer el mundo: ser rapero o ser asaltante. Y a Edgar el rap no le gustaba, y sabía que si llevaba la misma vida de su papá nunca iba siquiera a poder salir del barrio.

Edgar hizo su elección. Hasta ahora, él dice, mal no le fue.

Cuando nos encontramos, veinte minutos atrás, Edgar pasó a buscarme por el hotel en un Honda Civic. En cinco minutos ya estaríamos en Las Cruces. En el estéreo sonaba reggaeton. Un indigente se acercó a pedir monedas en un semáforo. Edgar pegó un grito:

—No hay nada, socio, ¿qué?

Edgar tiene una chaqueta de The New York Yankees, un jean estrecho y un pelo que parece no crecer nunca; corto y en forma de rulos, como si fuera el pelaje de una oveja. Lo que no tiene son tatuajes. Tomamos Coca Cola. Una botellita para cada uno. Y cuando no hablamos, miramos lo que pasa en el barrio. Miramos a los chinos de ocho o nueve años en la canchita de fútbol: no juegan a la pelota sino a lastimarse con la punta de las lapiceras. Miramos los carteles que anuncian en las paredes el próximo festival de hip hop. Miramos a ese pibitoque corre hasta una escalera y baja y se le pierde al policía que llega en moto a los pocos segundos.

Y cuando no tenemos qué mirar, Edgar habla. Y yo escucho.

Me cuenta que el primer viaje fue por obligación. Porque a Edgar la policía ya lo tenía marcado. Hacía meses que, cada vez que lo frenaban para pedirle identificación, le sacaban el dinero que llevaba encima. Dice que conoce de memoria el ruido de las motos de la policía. Que cuando lo escuchaba en su barrio salía corriendo a la casa.

Luego de tantos roces, la policía quiso hacer negocios con Edgar. Le propuso matar a cambio de trescientos mil pesos colombianos. Debía asesinar a otros asaltantes del barrio con armas que prestaba la Ley. La policía conocía el historial de Edgar: había estado en la cárcel siete años y medio –por una salidera bancaria que terminó en un tiroteo– y al mes de estar libre ya había regresado a los atracos. Ahora la policía quería más de él. Y fue por eso que Edgar decidió cambiar de aire. Se sentía perseguido y sin futuro.

Entonces un día recibió un llamado. Y una propuesta de viaje.

El destino era bueno y malo a la vez. Bueno porque había que ir nomás a Quito, Ecuador: la ciudad más cercana en la que había dólar a buen precio. Y malo porque los colombianos que ingresaban a las cárceles ecuatorianas eran muy maltratados. Había habido casos de “internacionales” quemados.

Edgar igual aceptó. Sentía que era el momento de comenzar a hacer dinero en serio; de consolidarse como ladrón. Se dijo que basta de violencia. Basta de tiroteos con otros socios, basta de tener que esconderse de los policías y bastar de usar armas en los robos y tener que hacerles daño a las víctimas. Basta de farras, basta de salir todas las noches, basta de drogas. Había que robar para ahorrar en lugar de robar para gastar. Eso se dijo.

—Y aparte yo quería aprender. Yo tenía casi veintinueve años y muchos contactos que había hecho en la cárcel. Esa gente me invitó a viajar. Se viaja para aprender cosas del oficio. Yo venía de otro estilo, de la salidera bancaria, y opté por otra modalidad que son los apartamentos. Aprendimos junto a otros manes a movernos por otra ciudad y a ver cómo romper las reglas de esos países que elegíamos.

Edgar hizo cálculos: tenía un dinero guardado. Tenía unos ahorros para dejarles a su mujer y a sus dos hijas hasta que él pudiera hacer un trabajito en Ecuador. Así que ya no quedaban dudas: debía viajar. Y viajó. Era el momento de robar para ahorrar.

—Pues si en Colombia yo me robaba un millón de pesos (unos setecientos dólares) imagínese que ochocientos mil iban a la farra y me guardaba doscientos mil para los gastos diarios. Pero en Ecuador hacía al revés. Además cuando uno llega a otro país no es “pinta”. Puede trabajar tranquilo que no lo conoce nadie. Ni la policía.

—¿Y no te daba miedo ser detenido e ingresar a una cárcel en otro país?

—Socio… miedo me daría si uno no conociera las cárceles de Colombia. Si los colombianos sobrevivimos a nuestras cárceles, podemos estar presos en cualquier parte del mundo.

—¿Y cómo es llegar a otro país para robar? ¿El primer robo fue en los primeros días?

—Es difícil, pero en el inicio uno tiene que confiar en los socios que lo invitaron.

—¿Pero quienes los invitan?

—Son redes. Imagínese que en China hay un chino que habla en español y recibe a los socios. En Argentina hay tres socios que brindan la casa, los carros legales y todo lo que necesita uno para robar. Uno llega y ya tiene un abogado para que lo defienda a uno. Hay niñas bonitas que se dedican a “tomasear” por todo el mundo.

—¿Qué es eso?

—“Tomasear” es hacer inteligencia; seguir a un man, hablarle, saber sus horarios. En todos los países hay estructuras de socios para hacer asaltos.

—¿Qué te acordás del primer robo?

—Pues… dudaba. Les dije que no me parecía seguro.

—¿Y qué te respondieron?

—No, socio, nosotros aquí no vinimos a pasear, vinimos a robar.

***

Es el mediodía de un lunes de abril; ya estoy en Buenos Aires. Marco el número de un abogado.

—Hola, estoy en una comisaría. No puedo hablar. Voy a necesitar que me llame en una hora, ¿quién es?

Alcanzo a decir mi nombre, que soy periodista, que quiero hablar con él y que lo volveré a llamar. Una hora después, el doctor Leonardo Rombolá atiende el teléfono y se excusa: dice que un rato antes estuvo defendiendo a un apartamentero recién detenido en San Isidro. No parece molestarle hablar del tema, así que quedamos en vernos una semana después.

Los días pasan.

Es martes a la mañana y nos encontramos en su estudio. En las paredes de su oficina hay diplomas y una biblioteca judicial. Y en el escritorio hay fotos de su familia y muchos billetes de todo el mundo aplastados debajo de un vidrio. Arriba del cristal hay ceniceros –llenos-, una lámpara, un banderín de la Virgen de Luján y dos balas de 9mm.

Lo que sigue es el monólogo. Hago una pregunta –¿cómo hacen los apartamenteros para entrar a las casas?–, y Rombolá suelta todo de un modo torrencial.

—¿Cómo? Cuando es una casa van sin llaves. Y cuando es un departamento van con un jabón e inyectan la llave en la cerradura de la puerta. Hacen una muestra de llaves. Arman la muestra de llaves con glicerina. La arman con parafina y agua caliente, con el molde de ellos, y se va solidificando. O usan grafito, que es un lubricante. Ellos van en dos autos generalmente. Y van, como mínimo, cinco: dos campaneando afuera y tres entran. Primero te sacan los cuatro tornillos de la chapita de la cerradura con un destornillador. Para que nada les haga tope. Después usan “el taco”: una herramienta que traen de Colombia. Es como una barreta, un destornillador grande y curvo. No lo doblás con nada. Con eso palanquean, palanquean y te hacen juego en la cerradura con un destornillador aparte. Es todo un arte, yo te digo: en menos de cinco minutos te abren cualquier puerta, eh. Después la otra modalidad es en las casas. Entran levantando las persianas. Porque son todos chiquitos, flaquitos. Entra uno y abre desde adentro. Van por la guita y el oro. Nada más. Se pueden llevar cosas chiquitas: filmadoras, cámaras digitales, una netbook, pero nunca van a salir con un plasma 42 pulgadas.

Rombolá toma aire, o mejor dicho: fuma.

Fuma cigarrillos negros.

—El problema es que estos chicos muchas veces se van de gira, como dicen ellos, y después a los tres días se acuerdan de laburar. Y esto no es así… o es laburo o no es laburo. Hay algunos que son muy pelotudos. Yo tengo uno que vino de joda. Le conseguí una probation y lo ves en el perfil del Blackberry que anda todos los días de joda, en fiestas distintas. Ahora está en Bogotá. Me preguntó “¿Doctor, tengo que volver?”. Y yo le dije “yo te diría que sí flaco, si no la probation se te va a caer”. Lo que pasa es que son muy de gastarla. Aunque hay tipos que cada vez que vuelven a Colombia llevan más de cincuenta mil dólares.

Rombolá habla y juega con las llaves de su auto. Como si estuviera siempre apunto de salir a apagar algún incendio. De algún modo lo está. En este momento lleva las causas de catorce colombianos.

—No paran de llamarme. Todos tienen cuatro o cinco causas, y este circuito es muy chico. Vienen en patota. Viene uno y siempre te dice lo mismo: “tengo un amiguito… tengo un hermanito afuera que tiene una consultita…”, o te dicen “aló, doctor, lo llamo de parte de Fulanito. Estoy con un problemita”. Son cinco tipos los que nombran. No más que esos. Y te digo: son jodidos los colombianos. No son violentos. Son, digamos, muy instruidos a comparación de los de acá. Es gente que viene muy preparada, sabe hablar muy bien. Cada dos días cambian el celular. Muchos tienen aspecto de ser estudiantes de la Universidad. Se empilchan muy bien, nada que ver a los cachivaches de Argentina. No se visten como wachiturros. Y cada vez vienen más, eh. Lo que pasa es que las detenciones no están apareciendo en los noticieros. Y la gente se entera de ellos por la tele. La otra vez venían de robar y los frenaron en un control sobre General Paz. Les encontraron todas las herramientas y mucho “brillo”. Había mucha plata en oro. La policía los dejó ir, pero tuvieron que dejar todo el oro que habían robado hacía un rato.

Rombolá viste jean y sweater claro, y lleva colgando una cadena de oro y un Rosario.

—¿Y vos cobrás caro?

—Yo les digo “muchachos, traigan tres mil dólares para empezar”, les pido verdes a todos. Yo sé que los tienen porque están laburando día por medio, así que con estos me hago los ahorros en dólares; no tengo que ir a las cuevas. A veces están “saladitos”. Vienen y te cuentan “doctor, el otro día en diez minutos nos llevamos doscientos mil dólares de un apartamento”. No sé por qué me cuentan esas cosas, porque ahí les arranco la cabeza. Yo les creo. Puede ser, claro que puede ser. Escuchame, hay mucha plata en la calle. Aparte, vamos a hablar claro: la gente no confía en los bancos. Hay gente que no la puede blanquear, que no la puede meter en los bancos. Entonces hay gente que la tiene en su casa y le hacen un seguimiento de la puta madre. Ojo, no siempre. Muchos de estos van al voleo, los colombianos, eh. Incluso hay algunos que van a boliches, pero yo les dije “muchachos, vayan a las casas y déjense de hinchar las pelotas…” ¿Diga?

Rombolá acaba de atender su celular. Del otro lado de la línea se escucha una voz pausada, llena de diminutivos y con tonada extranjera.

—Querido, ¿dónde está?

Rombolá me hace señas: es un colombiano.

—Bueno, yo ahora me voy hasta San Isidro. Cuando estoy llegando lo llamo, ¿ta? Y ahí se viene, ¿ta? Porque hay que preparar todo que mañana es la audiencia.

Pasan dos segundos de respuesta y al abogado le cambia la cara.

—No, no. Le dije que era el 17 de abril. Se lo marqué ahí, fíjese. El 17 a las diez de la mañana tenemos la indagatoria. En un rato marco y hablamos.

Corta.

—Ahí tenés. Era un colombianito. Cayó por un robo pero es un boludo…

Rombolá pone cara de fastidio, pero parece cómodo en su mundo. Ahora toma las llaves del auto y advierte: debe irse. A mediodía debe estar en los Tribunales de San Isidro, pero antes tiene que pasar por su casa, ducharse. Ponerse el traje de abogado.

***

Pasaron dos meses del viaje a Colombia y ahora me siento a escribir esta historia. Pongo en mi computadora a Ñejo y Dálmata, un reguetonero que había puesto Edgar en su auto, aquel día en que nos vimos y paseamos por Las Cruces.

Cada tanto recibo noticias de allá. Nada cambió.

Los pibes Las Cruces y los demás barrios desde hace rato que no aspiran a ser internacionales. Se la pasan consumiendo pegamento y pasta base y después, cuando no reconocen a nadie, terminan robando en el propio barrio. Se quedan con celulares, carteras, zapatillas, relojes. Arrebatan lo que sea para ir al expendio de drogas más cercano y sin que les importe que a la noche lleguen a su casa los familiares de ese vecino al que se le robó.

La última generación de internacionales ya no está en Las Cruces: está viajando. Y cumple con ese detalle de ser la última. De que ya no hay legado. De que no se está armando la próxima camada, como sí venía ocurriendo desde 1960.

—Ahorita el que tiene corazón de viajero, viaja solito. Se le está dando una mano al que llegue a cualquier parte del mundo en la que haya colombianos. Siempre se necesita algún socio nuevito. Pero no es como antes, que sin alguien que lo espere a uno no se podía llegar –me dijo Edgar aquella vez.

Esa ausencia de una “banda” hizo que la dinámica del robo también cambie. Que haya disputas; que a los propios colombianos les falte algo del dinero robado. Parte de la última generación de internacionales llega para robar y gastar. Robar de lunes a viernes y salir de farra hasta el domingo.

Pero Edgar era –es– de la vieja escuela. Algunas noches se daba una vuelta por las discotecas, pero en general el circuito era más simple: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Edgar –me insistió– viajaba para trabajar y ahorrar.

Al principio fueron casi dos años en Quito, yendo y viniendo. Edgar robaba y cambiaba los pesos ecuatorianos por dólares y los enviaba por correo a distintos destinatarios. Un socio del barrio se encargaba de encontrar manes que quisieran poner la firma y recibir el dinero fraccionado. Ese favor se pagaba con quince mil pesos colombianos (ocho dólares) por persona y permitía repartir el monto en cantidades que no dieran problemas. Así estuvo Edgar hasta el 2009. Ahí decidió volver a Bogotá y hacer como “el Mono Jimmy”. Compró una casita, un auto y un comercio nocturno en el Norte de la ciudad. Invirtió.

En Las Cruces, cuando nos vimos, Edgar hablaba como si fuese un economista.

—En Ecuador, el cambio está 1 a 1.

—En Perú, a 2,50 a 1.

—En Chile, a 50 a 1.

—En Argentina, a más de 8 a 1.

—En Londres hay dólares como arroz en los restaurantes.

Y también hablaba como un abogado penalista.

—En Perú cambiaron. Antes uno tenía hasta cuatro oportunidades de ser detenido y salía a la casa; no pisaba la prisión. En Chile se metieron los Derechos Humanos. Ahora están menos drásticos. Antes a uno lo mataban sin piedad. Y en Argentina nos están metiendo Asociación Ilícita. Eso lo está dejando a uno encerradito.

Y también hablaba como un activista de Derechos Humanos.

—En Perú, las cárceles son suaves.

—En Bolivia, resuaves.

—En Ecuador sí son más rígidas. Pero uno tiene muchos conocidos porque es donde más socios hay.

—En Argentina, según el sector. Los presos argentinos son muy envidiosos. Se matan por usar un teléfono público. Y nadie llama para hacer negocios o mover la mafia.

Edgar –me dijo– para hacer sus viajes se movía en ómnibus. No estaba solo: su pandilla estaba compuesta por seis manes con los que se iba de gira por América Latina.

—¿Cuál fue la peor experiencia? –pregunté.

—Bolivia no nos dio lo que queríamos. Nos la pasamos haciendo más mentiritas que efectivo. De cinco trabajitos, dos salieron bien. Y en tres no encontramos el dinero prometido. Nos costó hasta conseguir hotel. La policía recomendaba en recepción pedir pasaporte y si uno no tenía cara de turista no lo aceptaban. Nos querían identificar cada dos por tres. Estuvimos un mes y por teléfono otros manes nos dijeron que fuéramos para Argentina.

Y fueron. La idea era ir tres meses y volver a Colombia. Y de Colombia ir a México, y de México a Londres.Allí se decía que andaba la verdadera cúpula de apartamenteros internacionales. Por los diamantes, por las libras esterlinas y porque no estaban fichados como sí lo estaban en España.

Pero la travesía, dijo Edgar, tuvo un freno en Argentina. Una vez que llegaron no quisieron irse. Y yo podía sospechar por qué. Tiempo antes de mi viaje, los escruchantes argentinos –la versión nacional de los apartamenteros colombianos–, me habían contado algo que sorprendería a cualquiera. Cuando los vi, hacía una semana que habían encontrado un millón cuatrocientos mil pesos en una casa de Villa Pueyrredón. Y si bien eso era una fortuna –que solo iban a dividir entre tres– a la noche tenían pensado volver a robar. “¿Para qué volver a robar a la semana de haber hecho una cifra millonaria?” pregunté. “Es que es la suerte, amigo –dijeron–. Si hacemos mucha plata sentimos que estamos de racha y es cuando más robamos”.

A Edgar y sus manes les pasó lo mismo. Eran cinco hombres y una chama. En Argentina robaban todos los días; llegaban a hacer más de un trabajito diario.

—No le voy a decir que alcancé a darle al gordo –aclaró Edgar, como queriendo demostrar humildad–. Pero hacíamos un promedio veinte mil dólares a la semana para cada uno. Hemos llegado a llevarnos ciento veinte mil dólares de un apartamento. Nos enamoramos de eso y nos amainamos. Buenos Aires debía ser un trampolín para ir a México, pero no. La idea era quedarnos tres meses y nos terminamos quedando un año.

Argentina tenía eso. Los colombianos sentían que, a diferencia de otros países, podían robar todos los días porque aquí las leyes eran más blandas: se podía caer preso y salir sin pisar la cárcel. Se podía robar tranquilo.

—¿Cómo hicieron con el cepo al dólar?

—Hacíamos que nuestras familias nos visitaran y conocieran el país, y se llevaran doscientos mil dólares entre las ropas.

—¿Y cómo se hace eso?

—El que sabe, sabe. Y el que no sabe, averigua.

Al año de estar en Buenos Aires, Edgar se encontró con que tenía cuatro causas. Sin embargo nunca había pisado una cárcel: solo había pasado por comisarías. Fue en una de esas caídas, en la celda de un juzgado, que el abogado le advirtió que debía irse. Y se fue. Partió en ómnibus y con los últimos ahorros. Primero rumbo a Bogotá –donde nos vimos– y después –si todo salía bien- rumbo a México. Cuando salga esta crónica, puede que Edgar ande por México. O por Londres. O por Rusia. Se irá con el fin de hacer su última girita. Dice que sus hijas son adolescentes y que con tantos años en la cárcel y viajando, casi que no las pudo disfrutar. Hubo días del niño en los que no estuvo; hubo primeros días de secundaria en los que no estuvo. Se hicieron mujeres, y Edgar no estuvo.

—¿Hasta cuando todo esto? –pregunté.

—Hasta que sea súper poderoso. Tengo locales, casas, auto. Pero todavía quiero más –dijo Edgar mientras íbamos saliendo del barrio.

Al tiempo de caminar –y a poco de subir al auto para irnos–, Edgar me hizo un pedido. Advirtió que eso era lo único que iba a pedir luego de la charla.

—Socio, quería decirle… Si usted puede poner en su reportaje algo sobre la “Malicia Indígena”…

—¿Y qué es eso?

—Es lo que nosotros utilizamos para robar. Cuando nos preguntan por qué viajamos a robar, en especial en España, les decimos que estamos robando todo lo que ellos nos robaron durante muchos años.

Edgar dijo esto y subió a su Honda Civic. El Oso Hormiguero de peluche que colgaba del espejo retrovisor se movía de un lado a otro con los trompicones del auto. El oso era un regalo de sus hijas. Me dediqué a mirarlo mientras íbamos por las calles curvadas de Las Cruces, de regreso a mi hotel. Esa vez no había música. Minutos después nos despedimos con un choque de manos. Cuando subí a la habitación, puse “Malicia Indígena Colombia”en Google. Y ahí entendí solo una parte de la historia.

Pero bueno. Uno siempre entiende solo una parte.

————————————–

Los nombres de esta historia no son reales.

Cualquier reportero realmente entregado, no uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio, sabe a lo que me referiré a continuación: existe un momento en el que aparece un dato, un testimonio, una pista importante, y en lugar de darla a conocer debes aguardar, quedarte callado por cuestiones tácticas. Una crónica también es un juego estratégico. Cuando persigues una buena historia debes aprender a convivir con un silencio que arde.

A la hora de reportear procuro la discreción extrema sobre lo que hago y en dónde lo hago. El periodismo en el que creo está lejos de la parafernalia y las fuentes oficiales. Ésa ha sido una forma de acercarme a los agujeros negros de nuestra realidad. El bajo perfil a la hora de hacer trabajo de campo y adentrar territorios pantanosos también ha sido mi forma de sobrevivir.

Escribo esto porque hace tiempo conocí a un testigo directo de varias batallas de la guerra que ha vivido el noreste de México. Un operador a ras de suelo: un soldado zeta. A través de él y de otros testimonios del mismo entorno fui conociendo cosas de las cuales, por seguridad, sólo he publicado una parte. Pero esa información propia, ese ligero bagaje de mi conocimiento directo, es el que intento que prevalezca cuando escribo cualquier cosa sobre un tema del cual no me considero experto, sino un narrador más.

En marzo de 2013 estuvo en Monterrey Jon Lee Anderson, un periodista que vive con el fuego dentro. Lo llevé a que conociera parte de nuestra zona de sombras, donde habló con algunas de las fuentes que he cultivado. Vimos personajes de todo tipo. Desde los más encumbrados y oscuros amos de la región hasta este joven marcado por la última letra del abecedario. Con el joven soldado, la conversación se alargó. Un par de cámaras grababan a un zeta que contaba de combates en Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas a un periodista que se sorprendía con lo que oía, pese a que ha estado en la primera línea de las guerras más importantes del mundo actual.

Se han publicado muchas entrevistas con sicarios mexicanos, gente que mata por contrato o bajo las órdenes permanentes de un capo. Hay tantas que hasta podrían declararse ya un género periodístico en sí mismo. Lo que no hay hasta ahora es una entrevista con un miembro de los Zetas. Un soldado de la guerra del narco es un personaje inusual en la narrativa de lo que ha sucedido en estos años. Esta historia trata de un joven al que enseñaron a disparar, lo envolvieron en una mínima disciplina militar y lo pusieron a trabajar cuidando territorios junto a otros soldados como él. No es un sicario. No en el sentido “tradicional”: es un testigo sobreviviente de la guerra que ha vivido una región de México que, a diferencia de Tijuana, Sinaloa o Ciudad Juárez, produce escasos testimonios directos.

Aquí se contará una parte del encuentro que organicé para que Jon Lee Anderson, una especie de cosmpolita de las guerras, conversara con el participante de una de las guerras más desconocidas del mundo.

La cocina y los desaparecidos

Jon Lee Anderson: ¿Cuál es la pena que aplican cuando capturan a sus enemigos?

Zeta: Hemos tenido mucha gente que trabaja con nosotros. Luego los agarran, los meten a la cárcel y ya después salen. Cuando salen, algunos de ellos quieren hacer su vida de otra manera. Había un chavo que había trabajado para nosotros, nomás que cuando salió de la cárcel, el chavo quiso hacer su propio cartelito, con su propia gente, ¿verdad? Tenía tres o cuatro morros y contrató a unos guatemaltecos para que le trajeran mercancía. Pero uno se da cuenta y uno tiene mejor equipo, está más preparado para ese tipo de cosas…

JLA: Entonces, en ese caso, ¿que había que hacer después de que descubrieron que vendían droga en su territorio?

Z: Esa vez nosotros los íbamos a mandar derecho pa’ la cocina. Pero en eso nos habla el comandante primero de la zona. Nos junta a todos y nos dice: “Miren, esto es lo que les va a pasar a los vatos que se quieran pasar de lanza (traicionar)”.

JLA: Mencionaste la cocina. ¿Cómo es eso?

Z: La cocina es un punto que hayas buscado especialmente. Tiene que estar metido pa’l cerro, lejos de carreteras y de la ciudad. Ahí se llevan a las personas detenidas y se llevan unos toneles (tambos). ¿Sí ha visto que los toneles de doscientos litros traen tres rayitas? Una, dos, tres, pues de la segunda raya para bajo se empiezan hacer puros agujeros y luego el tonel se pone cerca de un arroyito o de un pozo. Ya que este ahí, echas a la persona de cabeza y le empiezas a echar diesel. Con ayuda de veinte litros de diesel desapareces de este mundo.

JLA: ¿Cuando los echas en los toneles están vivos?

Z: No, la mayoría ya están muertos. A veces nos los mandan de otros lugares ya muertos, porque no quisieron pagar rescate o porque eran contrarios y los agarraron, o porque estaban en un bar presumiendo que ellos controlaban la plaza, cosas así. Aquí los fines de semana te encuentras muchas personas que dicen que son comandantes y no sé que tantas cosas más. Ya después los agarras y dicen: “No, es que yo conocía a un primo, o al amigo de un amigo que era tiendero”. Entonces tú le hablas al tiendero y él dice: “No, yo no paro bola por nadie (dar la cara)” porque si dice: “Sí, yo respondo por él”, a lo mejor a él también nos lo llevamos a la cocina.

JLA: ¡Vaya! Esto del diesel no lo llegué a entender del todo. ¿Se le prende fuego, o el diesel es corrosivo y va acabando con el cuerpo?

Z: Sí. Te echan adentro del tambo, agarras un bote y con una yoga de veinte litros te van bañando. Así le van echando dentro del tonel y ya de pedazo en pedazo te van desapareciendo. Dura como una media hora todo para que ya no quede nada de ti.

JLA: Te disuelves…

Z: Todo. Te van echando diesel y ahí se va acabando la flama. Cuando ves que se está apagando la flama, le echas otro botecito y ahí te vas… Cuando yo estuve la primera vez en eso duré como un mes sin comer pollo ni carne porque huele igual, casi lo mismo, que cuando pasas por un restaurante o un lugar donde venden pollo asado. Me di cuenta que el pollo asado huele como una persona normal.

JLA: ¿Te cambia la concepción de la vida un poco?

Z: Sí, te quedas como ondeao.

JLA: ¿Cómo?

Z: Ondeao es una palabra que quiere decir que te quedas volteando para todos lados y no sabes qué hacer. Como loco. Cuando yo bajé de allá de la sierra iba pasando así por la calle y me llegaba el olorcito y decía: “Mira, ¿qué pasa?, ¿dónde están cocinando a una persona o dónde se están fumando a uno?”. Seguía caminando, daba la vuelta y ahí estaban vendiendo pollo o vendiendo carne asada.

JLA: ¡Hombre! ¿Y no tienes malos sueños?

Z: De repente sí. Me acuerdo de algunas personas. Como le digo, a veces se van personas inocentes que por uno las llevan. Hubo una vez en que en San Luis agarraron a tres chavos. Uno sí era del cártel del Chapo Guzmán. Era de Michoacán y el chavo llego a San Luis. Esa vez estaban en una disco y traían una bolsita con cocaína diferente a la que nosotros vendemos.

JLA: ¿Y que pasó?

Z: Los rodeamos a todos y llegó el comandante, y sin batallar les dijo: “¿Qué?, ¿ustedes qué?”. Y los chavos inocentes dijeron: “Nosotros no sabemos nada”. Pero luego el comandante dijo: “Pos pa’ que no haya testigos y no quede nada, hay que matarlos”. Luego abrió fuego. Les dio un balazo en la cabeza en plena disco. Afuera estaban unas patrullas de la policía, pero como ya estaban arregladas no hicieron nada.

JLA: ¿Y eso sí te quedó como una mala conciencia?

Z: Son de los chavos que a veces uno dice: “Pues no está bien”, porque cuando andas trabajando, tú dices: “Pos si ando trabajando, me voy a chingar a los que me quieren chingar”. O sea: o eres tú o soy yo ¿verdad? Cuando yo entro en acción quiero que sea por personas que andan mal o que no podían arreglar con nosotros, pero no con cualquiera.

El retiro

Un joven soldado de Los Zetas que a sus veintiséis años de edad ya es un veterano de la organización. Empezó a los dieciocho como mensajero de uno de los treinta y dos militares fundadores de Los Zetas, cuando éste tenía un campamento en unos cerros de Nuevo León. Le encargaban que fuera al pueblo más cercano a caballo a conseguir alimentos y revisar el movimiento en la zona. Después fue designado para cobrar cuotas a nombre de Los zetas a traficantes de migrantes que operaban en la Central de Autobuses de Monterrey. Con el paso del tiempo aprendió el manejo de armas y se enroló en diversos comandos zetas. Participó en batallas de pueblos y ciudades del noreste de México, Coahuila y San Luis Potosí, lo mismo contra el Ejército que contra bandas rivales. Fue enviado a La Diestra, que es como Los Zetas llaman a sus ranchos de entrenamiento especial para sus mejores miembros. Estuvo en la cárcel pero salió gracias a la presión de un alto comandante de Los Zetas. Quisieron mandarlo a la guerra que estalló en Tamaulipas en 2010 en contra del Cártel del Golfo, pero uno de sus compañeros le recomendó que no fuera porque iría directo a la muerte. Después de más de dos horas de conversación, le mostró a Jon Lee Anderson cicatrices por heridas de bala recibidas en el estómago, brazo y pierna durante decenas de batallas que relató con lujo de detalle.

Cuando se realizó la entrevista, el soldado zeta comentó que estaba en una especie de retiro, ya que ahora sólo trabajaba con una célula que, coludida con un grupo de soldados del ejército, se dedicaba a robar gasolina de unos ductos de Pemex. Dijo que todos sus compañeros más expertos, así como los comandantes zetas con los que él había participado en combate, ya estaban muertos o detenidos. Que algunos de los comandantes que quedaban lo invitaban a trabajar con ellos pero él prefería mantenerse al margen y trabajar solamente robando gasolina.

Unos meses antes de la entrevista se había reportado la muerte de Heriberto Lazcano, el líder de Los Zetas, durante un enfrentamiento con la Marina. Sin embargo, horas después el supuesto cuerpo del capo fue robado de la funeraria y el Gobierno de México nunca pudo demostrar plenamente que había fallecido. El soldado zeta dijo que él y otros de sus compañeros no creían que estuviera muerto, pero reconoció que Lazcano ya no era mencionado por los estrechos y crípticos canales de comunicación internos de la organización. El rumor que sí se oía entre los demás miembros de Los Zetas era que con Enrique Peña Nieto en la presidencia iba a haber un pacto con todos los grupos para bajar la violencia a cambio de que se respetara el control que cada banda tenía de sus respectivas plazas.

Sin embargo, también comentó que unos días antes de la entrevista, el Gobierno de Enrique Peña Nieto (la Marina) había estado a punto de detener al otro líder, Miguel Ángel Treviño, el Z-40, en una carrera de caballos celebrada en Sabinas Hidalgo, Nuevo León, muy cerca de Nuevo Laredo, Tamaulipas, la ciudad en donde finalmente fue aprehendido el 14 de julio de 2013.

Con la detención del Z-40, la organización emergente más poderosa del narco en México, aunque es posible que siga manteniendo el control de algunas ciudades y pueblos de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León ‒incluyendo una presencia significativa en Monterrey‒ tendrá que detener el proceso de expansión que había iniciado hace tres años a lo largo de los estados colindantes del golfo de México y que incluía también una presencia en Guatemala y el resto de Centroamérica. Esos planes quedarán suspendidos por ahora.

Es altamente probable que lo que queda de Los Zetas originales se convierta en un clan familiar. El Z-40 tiene once hermanos (uno de ellos detenido en Estados Unidos) y varios de ellos están en la lista sucesoria, encabezada por Omar Treviño, quien dirigiría la organización desde la silla de ruedas en la que convalece. Así como el Cártel de Tijuana pasó a ser la organización de los Arellano Félix o el Cártel de Juárez la de los hermanos Carrillo Fuentes, Los Zetas serían los hermanos Treviño Morales. Sin embargo, en el imaginario popular y criminal, el nombre de los zetas se mantendrá como una especie de marca de la violencia extrema o de los intentos paramilitares de cualquier organización dedicada al control de territorio o al tráfico de drogas.

La última letra del abecedario, impronunciable por varios años en el noreste de México que hace frontera con Texas, también será una marca para muchos jóvenes. Jóvenes que forman parte de una generación que vio de cerca los horrores de la guerra: la generación zeta. Uno de estos jóvenes es el soldado zeta.

Los Zetas

JLA: Háblame de Los Zetas ¿Qué es esta organización? Se dicen muchas cosas en el mundo, pero se cubre poco eso. Tú sabes: es muy peligroso para los periodistas. Tú, que conoces ese mundo por dentro, dime, ¿cómo es la cosa?

Z: Cuando yo comencé a conocer lo que eran los demás zetas, había mucho control. Nomás se dedicaban con personas que anduvieran mal. Esas personas podían ser las que anduvieran secuestrando, las que anduvieran robando o las que tuvieran grupos chiquitos de repartición de droga. Los Zetas traían su funcionamiento según su mercado de droga. No nos gustaba que otras personas se vinieran a instalar donde ya se había controlado esa plaza (nombre que se le da al territorio bajo control de un grupo del narco).

JLA: Digamos, ¿gente de otras organizaciones o pequeños clubs?

Z: O pequeños traficantes que empezaban vivir la vida fácil. No podían trabajar solos. Hay quienes dicen ya se están acabando Los Zetas pero no: nos matan a cinco y salen del penal, o se meten otros cinco y se reponen.

JLA: Pero entonces, lo que Los Zetas controlan es territorio y dentro del territorio, todo lo que es el negocio ilícito: droga, prostitución, juego y cosas así, ¿o también intentan tener un control sobre el comercio normal?

Z: Sí. También se manejan otros tipos de negocio ilícitos del comercio normal. Por ejemplo, hay unas personas que se llaman machaqueros. Ellos se dedican a comprar cualquier mercancía normal de los traileros. Se arreglan con un trailero y le dicen: “¿Cuánto quieres por tu carga?” Los traileros están asegurados y reportan a sus empresas que los robaron.

JLA: Entiendo, pero en los últimos años las cosas se han puesto superviolentas. ¿Es, cómo se dice afuera, la guerra del gobierno? ¿O es porque los diferentes grupos, incluyendo Los Zetas, están en pugna por las plazas?

Z: La guerra comienza por las plazas. La plaza más peleada en todo México es la plaza de aquí de Monterrey, Nuevo León. Aquí se maneja mucho efectivo, mucho dinero.

JLA: Una pregunta más bien personal, no tan abstracta: ¿Por qué te incorporaste tú?, ¿cómo fue? Y, ¿por qué tu decisión de entrar y llevar esta vida?

Z: Yo inicié cuando vivía allá en un pueblo de por estos rumbos (noreste de México). Una vez me enteré que habían secuestrado a unas personas de un negocio que tenía mi abuelo, y entonces yo, cuando llego digo: “Pos han de ser unos pandilleros”, o no sé, me imaginé también que era la Federal o la AFI. Ya con el tiempo los vas conociendo. Te das cuenta de que es un grupo especial para reventar, para accionar en diferentes áreas. Eran Los Zetas. Ahí los conocí. Después uno me juntó y me dijo: “Mira, es que nosotros nos dedicamos a robarnos a las personas que tengan negocios mal, a las que vendan cristal, pericos (cocaína), drogas, todo tipo de droga”. Ahí fue cuando yo empecé a juntarme con un chavo que los conocía mucho a ellos. Ganaban ocho mil pesos (setecientos dólares) por quincena y aparte les daban dinero extra. Entonces entré. Sí había muchos lujos, no te falta nada, lo que tú quieras: mujeres, droga, dinero, carros, pero con el paso del tiempo fueron empeorando las cosas y ya ahorita no se puede hacer casi nada de lo que se hacía antes.

JLA: ¿Ya no se puede estar dedicado al gozo, debido al problema?, ¿a eso te refieres?

Z: Yo recuerdo que cuando uno antes decía soy zeta, o soy comandante, todos te admiraban. Antes todos querían ser, ahorita nadie quiere ser.

JLA: ¿Por qué, por el peligro de que alguien va en contra tuya o por la misma situación: la guerra?

Z: Ahorita ya hay muchas familias a las que Los Zetas les han hecho daño. Ahorita si alguien sabe que tú eres zeta, la familia te va a ver y te va a denunciar con las autoridades: con la Marina o el Ejército, y ahora van por ti en donde estés. Si te llegan a ver en un bar y te han visto y le ha pasado algo a su familia te denuncian. Antes no.

El pacto

JLA: ¿Hay algún cambio debido a la llegada del nuevo gobierno o las cosas siguen igual?

Z: De repente nos pasan información las personas que están arriba, que son allegados al patrón. Nos platican que según habían dicho que ahora que llegara Peña Nieto se había hablado con el patrón del Cártel del Golfo, nuestro patrón de Los Zetas y el patrón del Cártel de los Beltrán, y habían hablado que así como están en cada ciudad se iban a quedar, que no se iban a meter a otro municipio. Por ejemplo, Monterrey y San Pedro son diferentes: San Pedro lo controla Beltrán Leyva y Monterrey lo controlan Los Zetas, entonces habían quedado que los Beltrán no se metían con Los Zetas ni Los Zetas con los Beltrán, por ejemplo. Lo que se dice es que la gente de Peña Nieto puso esa orden, dijo: “Los voy a dejar trabajar, nomás que ya no hagan secuestros ni…”

JLA: ¿Es la nueva orden: que no haya secuestros y baje la violencia?

Z: Según se ordenó que ya no hubiera tanta violencia y ya no hubieran tantos muertos, pero los cárteles son muy poderosos, tanto aquellos como el nuestro. Y cada organización tiene gente muy buena, entonces, a veces sigue la pelea en las plazas. Y, por si faltaba, hay gente que arma sus propios negocios pequeños en una ciudad, entonces un cártel piensa que son miembros del otro cártel y comienzan los problemas.

JLA: O sea, ¿aunque haya un pacto o parezca que haya un pacto, por la competencia misma entre los grupos y los carteles, siguen los problemas?

Z: Sí. A veces también existen los problemas entre los mismos. Por ejemplo, hay diez comandantes aquí en Monterrey y a veces uno no le cae bien al otro y empieza hacer problemas. Dice que el otro tiene amigos del Cártel del Golfo, que trabaja para el grupo rival y luego todo acaba mal.

JLA: Se dicen muchas cosas del comportamiento de la fuerzas de seguridad oficiales, incluyendo la Marina. En algunas partes del país dicen que prácticamente crean comandos sucios ¿Es cierto esto?, ¿y también que tienen escuadrones de muertes que matan gentes sin llevarlos arrestados? ¿Qué saben ustedes?

Z: Mire, le voy a platicar una cosa: no sé si supo que aparecieron unos cinco colgados acá en Saltillo. Ellos eran amigos míos. A ellos los agarraron las fuerzas especiales del Gobierno, un grupo especial que se llama GATES. Son como cuarenta o cincuenta policías. De acuerdo con la investigación que hizo La Letra (Los Zetas), estos policías vienen de Matamoros, allá donde está el Cártel del Golfo. Según la información que nos dio el chavo que trabaja con ellos, es que además de su sueldo en el Gobierno, el Cártel del Golfo les paga un dinero por matar a zetas.

JLA: Pero piensas que la guerra va a seguir, por ejemplo, o… digamos, ¿cómo te imaginas viviendo de aquí a cinco años? ¿Qué crees que está en tu futuro?

Z: De aquí a cinco años yo digo que van a seguir todas las cosas. Yo no pienso que haya un control por parte del Gobierno. Si el Gobierno no se pone de acuerdo con los cárteles va a seguir así todo. Balaceras sigue habiendo a cada rato, aunque no se digan tanto ahora. Y siempre que hay balaceras, a veces nos tumban a cinco de nosotros, pero siempre también tumbamos a soldados y eso nunca lo pasan en la televisión. Nosotros, no sé, matamos a diez o quince, y ellos nos tumban a tres o cuatro. Luego el Ejército dice… bueno, en las noticias siempre van a decir que el Ejercito siempre nos gana y nosotros nunca les ganamos ni tantito.

JLA: ¿Cómo podría haber un México sin cárteles?

Z: Yo opino que se legalizaría la droga, porque sin droga nadie puede hacer nada. Así, ya si ellos les dan permiso de vender droga, yo pienso que es lo mejor. Que ya dieran permiso de vender droga y todas las personas que estén trabajando mal, que se pongan de acuerdo sobre a quién le van a pagar en cada estado o a su comandante.

La muerte

JLA: Cuando se está en esto, uno vive con la muerte. ¿Te acostumbraste a eso? ¿Uno se adapta a eso?

Z: Cuando uno empieza, se le hace fácil y ya cuando va viendo las cosas, el camino que tomaste, o la decisión, a veces te quieres regresar, pero hay momentos en que uno ya no se puede regresar. Uno con el tiempo se va acostumbrando a ver eso. Una vez llegó una chava que me acuerdo que tenía una cara simpática, muy bonita. La pusieron a que matara a un chavo y me acuerdo que le cambió la mirada. Se le hizo como profunda. Como más chiquita. Yo me la topé después de cuatro meses. A ella la mandaron a la cocina. Mi primer balacera fue en Matehuala. Fuimos por un señor que vendía parque, vendía muchos tiros (en México es ilegal vender municiones y armas). Cuando llegamos, preguntamos por él y él salió con una pistola en la mano. Lo empezamos a rafaguear. Me acuerdo que salió también una viejita. Una señora con un vestido largo. Traía una escopeta y la viejita también nos tiraba balazos. Luego salieron sus sobrinos, que vivían en una casa de dos pisos. Estaban en el techo y de ahí nos tiraban. Esa vez nos hirieron a uno y a otro le dieron un rozón en el brazo. Al viejito le dimos como veintitrés balazos y ya nos fuimos.

JLA: ¿A la familia los dejaron?

Z: Sí, a la viejita sí. Nosotros también tenemos reglas. Somos como una empresa. Una de las principales reglas es no meterse con la esposa de tu compañero, otra es no apuntar con tu arma a tu compañero ni hacer maldad entre los mismos. Tampoco podemos matar niños ni secuestrar niños.

JLA: ¿Y mujeres? ¿Hay reglas contra las mujeres?

Z: Para mí las mujeres son las primeras que te ponen el dedo por dinero. Hubo un tiempo que cuando estaba aquí un comandante, en una junta agarró a una mujer de los pelos y dijo: “Estas son las que nos ponen el dedo, las que nos venden y son de las que menos debemos de confiar”. Pero no la mató.

JLA: Vaya, entonces en general “la empresa” tiene rencor a las mujeres, al menos en lo que es en la parte operativa se trata de algo masculino, con algunas excepciones como las mujeres en la cocina, ¿es así?

Z: Sí, a veces las usamos también de inteligencia. Había un señor que según había encontrado centenarios y que tenía mucho dinero y que había estafado a unas personas de un rancho, entonces usamos a una mujer para que citara al señor. O sea, primero lo vio y el señor le pidió el teléfono y luego hicimos que la muchacha lo citara en una plaza. Cuando el señor iba llegando a ver a la mujer nos llevamos a los dos. También hemos traído niños de catorce años o de trece años para que nos ayuden con la inteligencia. Cuando vamos a una casa o vamos a checar a alguien que ande mal, mandamos a los niños a casa a que pidan dinero o pregunten algo. Después ya regresa el niño con nosotros y nos dice si está la persona o no. Después entramos nosotros en acción.

La crueldad

JLA: Ya hablaste de las reglas de la empresa y es interesante. Cada organización tiene que tener algunas pautas para que los mismos soldados sepan qué pueden hacer y qué no pueden hacer. Desde afuera se lee de mucha crueldad. Hay violencia de todas las organizaciones: de los que cortan los brazos y los dedos, las que dejan los torsos en los caminos, los colgados y estas cosas. ¿A qué se debe tanta crueldad? ¿Hay una política o responde a alguna lógica que me puedas explicar?

Z: Yo digo que ya es como una cadenita: El Cártel del Golfo agarró a tres de los nuestros y les mochó la cabeza, entonces agarramos a tres de los otros y les hacemos lo mismo o se les hace lo peor: los encostalo y los dejo en una caja… Ya es como una cadenita que se agarró: tú me haces daño y yo te voy hacer más daño todavía. Y siempre hay gente que quiere entrar. A veces nos mandan pedir que juntemos gente para fortalecer, para hacer más grande nuestro equipo. Entra una persona y una sola persona trae como a cuatro o a cinco amigos, ¿Sí me entiende? Traemos a un chavo que primero es halcón (vigía) y luego él ya va a subir de comandante y los amigos del halcón ahora van a ser sus halcones. Para subir a comandante se necesita una Diestra. La Diestra te mandan un mes a hacerla en el monte. Vas a prepararte casi como un soldado. No voy a decir como un soldado porque un soldado de verdad sí es sufrimiento en la vida.

JLA: ¿Cómo así?

Z: Ahí con nosotros también trabajan soldados y ellos nos platican que a veces han andado en los cerros batallando.

JLA: Ah, cuando hablas de soldados, te refieres a los soldados del Ejército, claro.

Z: Sí, a los soldados del Ejército.

JLA: Yo me refería a soldado en términos generales. ¿Ustedes como se dicen a sí mismos?, ¿combatientes o qué?

Z: También nos dicen soldados a muchos de nosotros. Nosotros tenemos a un comandante y todos le decimos papá, porque es el que nos da dinero y el que nos da de comer, el que nos viste. Y el que está arriba de ti siempre va a ser tu papá. Tú también vas a ser papá de los que estén debajo de ti.

Religión

JLA: ¿Ustedes tienen santos? ¿Hay santos católicos en los cuáles creen? Algo así como Malverde allá en Sinaloa. ¿Tienen ustedes alguna figura que veneran porque les protege en el trabajo?

Z: Es que hay muchos. Cada quien es según el santo que escoja. Yo soy del Santo San Judas Tadeo. Él es el que me cuida, aunque primero está mi Dios. Yo le prendo su veladora cuando salgo de la casa. Hace poco hicieron unas capillas por aquí cerca. Una era para San Judas y la otra para la Santísima Muerte. Las mandó hacer un comandante de Los Zetas de los primeros que llegó aquí, pero luego llegaron los soldados y tumbaron esas capillas porque ahí les ponían churros de mota a la santísima. Le dejaban mota ahí a un lado. Una vez me detuvieron a mí y yo llevaba un celular con una imagen de San Judas Tadeo. En esa imagen, San Judas Tadeo en lugar de traer un palo, trae un cuerno de chivo. Cuando a mí me atoraron, los soldados lo primero que vieron fue la imagen y dijeron: “Éste es malandro”, y yo les dije: “¿Por qué?” Y dijeron: “Porque traes un San Judas con un cuerno”. Y esa era la única foto que traía y la vieron los chavos y buscaron más y me dijeron: “Pon más fotos”, y les dije: “No, no traigo”. Recuerdo que hasta les dije: “¿De quién nos vamos a cuidar?, ¿del Ejército o de los malandros?” Yo le decía al jefe de ellos, de los soldados, y él me dijo: “Ustedes son los que roban, de mil tienen que pagar una”.

JLA: ¿Y esa vez te liberaste?

Z: Los soldados nos dejaron en un cerro. Nos quitaron todo el dinero, los celulares, cadenas y todo. Nos fuimos descalzos.

JLA: ¿Y piensas que fue San Judas Tadeo quien te ayudo ahí?

Z: Yo le pedía esa vez a San Judas Tadeo y a mi Dios Padre. Había un comandante que era hermano evangélico.

JLA: ¿Cura?

Z: Sí, pastor, pero a él le habían matado un hijo y a su familia y él decidió venirse acá. El bato traía la Biblia y nos dijo una vez: “Cuando ustedes ya estén a punto de morirse, ustedes digan: ‘La sangre de Dios tiene poder’”. En ese momento, uno agarra el consejo como burla, porque andamos en la pura delincuencia, pero ahora cuando va a pasar algo, siempre digo: “La sangre de Dios tiene poder”.

JLA: ¿Y lo crees?

Z: Sí. Cuando venía para acá, venía con tres chavos y nos topamos con un retén del Ejército. No traíamos nada, pero uno como quiera se queda con la espinita: cuatro muchachos en una camioneta, sabes que va a ver problemas. Yo me agarré a rezar: “La sangre de Dios tiene poder” y otro chavo decía otra oración. Y luego, pues no nos pararon los soldados y dije: “gracias a Dios”.

JLA: ¿Crees en Dios?

Z: Sí.

JLA: ¿Y piensas que eres pecador por haber estado en la empresa en la malandrería?

Z: Cuando me pongo a pensar eso, si yo debo algo o hice algo malo, yo digo que sé que he hecho cosas malas, pero también he hecho cosas buenas. Así como le he hecho mal a la gente, también a mí me gustaba mucho apoyar a la gente y darles. Un tiempo un comandante que nos decía: “Mira, en aquel ranchito ahora que se llegue Navidad vamos a comprar muchas más despensas”. Y la misma compañía se ponía a darles despensas, juguetes a los niños, cobijas. Cuando se estaban repartiendo, se decía que eran de parte del Cártel de Los Zetas. Y así uno también agarraba la confianza de un ranchito chiquito, ¿verdad?. Por eso a mí, cuando yo trabajaba en una ciudad, me gustaba agarrar carretera una hora para irme a descansar a uno de esos ranchitos.

JLA: Un ranchito donde pudieras estar seguro.

Z: Sí, donde hubiera una entrada y una salida por diferente lado. Ya nomás ponías un halcón en una entrada y en una salida y él te avisaba.

Estado de terror

Mientras el soldado zeta se colocaba la máscara negra y una gorra para conversar con Jon Lee Anderson delante de mí, de un fotógrafo y dos cámaras de video, otro soldado zeta disimulaba su presencia en el lobby del sitio. Vigilaba nuestro encuentro, entre escritores y periodistas que participaban en un evento cultural celebrado en la ciudad por esas fechas.

¿Cómo termina una conversación así? No termina. Sigo en contacto con el soldado zeta, quien es una de mis referencias durante la búsqueda de algunas de las miles de personas que se ha tragado la guerra del noreste en los últimos años. El último censo oficial reporta veintiséis mil desaparecidos, aunque las estimaciones de diversos organismos civiles rondan los sesenta mil. No conocemos todavía el tamaño de este abismo.

La entrevista con el soldado zeta transcurrió a lo largo de casi tres horas en el salón de juntas de un céntrico hotel de Monterrey. Lo que aparece aquí es sólo un fragmento de algo que algún día saldrá a la luz en forma de un documental.

Unas semanas después de su recorrido por Monterrey, Jon Lee Anderson publicó en la revista The New Yorker una crónica titulada “Estado de Terror”, un despacho sobre la barbarie en Timbuctú.

Pescadores en pausa

Publicado: 12 octubre 2013 en Camila Salazar
Etiquetas:, , ,

A pesar de lo que tenían pronosticado todos terminaron trabajando allá donde la vista se pierde, flotando a diario en esa línea horizontal e infinita que divide el agua del cielo. La razón, dicen los pescadores, son muchas razones a la vez, porque si en algo coinciden, es en que la única certeza cuando se vive en la costa es que cuando el agua llega, también se va.

Los papeles oficiales dicen que son 2.158 los que pescan en el Golfo de Nicoya, la axila entre Puntarenas y Guanacaste, ahí donde se muere el Tempisque. Las estimaciones elevan la cifra a 5.000, entre los ayudantes y los que sin permiso se lanzan al agua.

Son pescadores, (muchos) hombres y unas pocas mujeres que trabajan sin uniforme, descalzos, con una jornada que es un vaivén al ritmo de las olas. Así viven, de lo que el mar les traiga o más bien de lo que logren sacarle a punta de redes. Esto es todo el año menos tres meses, 90 días que se llaman veda.

Veda es un periodo que establece el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca) para que se reproduzcan las especies y así proteger el recurso marino. Veda es que no se puede salir a pescar, que el Golfo no permite pangas, que las redes están prohibidas. Es, como dice Baudilio Barrantes, un pescador de bigote fino, quedarse en la casa regando las matas con la panga anclada en la arena.

Este año, la veda llegó el primero de julio y se va hasta el 30 de setiembre. Mientras tanto, la vida en la orilla cambia un poco, no demasiado. Porque la prohibición a fin de cuentas está en un papel, y el papel sobre agua, se deshace.

***

La primera impresión es que los pescadores tienen la piel tostada, que el sol les fue haciendo un cascarón moreno y duro sobre el cuerpo. Pero después, cuando hablo con un rubio blanco y un flaco lechoso, la primera impresión se vuelve tan solo una posibilidad.

Algunos llegaron a la costa hace muchos años, otros nacieron ahí en Puntarenas o en el resto de pueblos que bordean el Golfo.

—Tengo 34 años de vivir en Puntarenas, cuando llegué trabajé seis meses en construcción y de ahí conocí a unos amigos que me dijeron que por qué no iba a pescar. Yo les decía: ¿Cómo es eso? ¡yo soy de San José! –cuenta William Carrión, de pelo blanco y cejas desafiantes, que ahora es vicepresidente de la Asociación de Pescadores Pangueros Artesanales de Puntarenas (Asopapu).

Tirarse al mar fue nada más cuestión de tiempo. William (y el resto) aprendió a leer la luna y la marea, que en esas aguas se pescaba corvina y camarón, que se zarpaba muchas veces de madrugada y que con la pesca artesanal se trabaja hoy para comer mañana.

La dinámica para salir es simple: se alista la panga con hielo y gasolina (que cuesta entre 20 mil y 80 mil colones) y se echa el trasmallo (red) o alguna otra herramienta para pescar. La marea les dice cuándo salir y una vez adentro, la jornada depende de lo que dure el hielo, que pueden ser horas o hasta días. Al regreso, venden la captura, recogen la plata, vuelven a la casa con los hijos, la mujer y las cuentas.

—Vamos y venimos todos los días de 4 de la tarde a 7 de la mañana. Pescamos en la noche. Yo me he ido de marea cuatro días y no he sacado ni el alisto (hielo y gasolina). Hay meses muy buenos y otros muy malos –repite Marvin Moreno, un flaco de nariz perfilada y bigote militar, sentado en la terraza de su casa en Costa de Pájaros.

Así pasan los días. Sin embargo, estos días son diferentes. William y Marvin no salen a pescar desde hace mes y medio. La veda los tiene en casa. Y para hombres acostumbrados al movimiento del mar, la tierra puede ser revoltosa.

***

Desde 1985 el Golfo de Nicoya se cierra por tres meses. Un decreto ejecutivo es el encargado de dictar las reglas del juego e Incopesca es el árbitro. Básicamente hay dos equipos, ambos de pescadores con licencia: los que dicen sí a la veda y los que le dan la espalda.

Los que dicen que sí, apagan los motores de las lanchas y aplican para recibir un subsidio a cargo del Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas) de ¢140.000 mensuales a cambio de 40 horas de trabajo comunal. Eso sí, no pueden tener ningún otro empleo ni ingreso complementario.

“El que no quiera acoger la veda, tiene que reportar al Departamento de Protección y tiene que pescar fuera de la zona de veda”, explica Jorge López, jefe del Departamento de extensión y capacitación de Incopesca.

En el juego también participan los pescadores sin papeles, pero esos no pueden solicitar el empujón económico del Estado.

Entre tanto jugador, las reglas se diluyen y todos hacen uso del único comodín que tienen: el instinto de supervivencia.

—La respetamos pero tenemos que comernos las uñas –dice Marvin y se ríe resignado. Es 6 de agosto y el Imas no le ha depositado la plata de julio.
—¿Y cómo han hecho?
—Ahí tenemos que jugárnosla como podamos, con el poco de ahorros, irla estirando y pellizcándola.

Al lado de Marvin, Daniel Rodríguez, un hombre empacado y grueso se escurre el calor húmedo de la frente. Cruza las manos y asiente mirando a Marvin, porque también está en las mismas.

—Los últimos meses de pesca fueron muy malos, entonces he tenido que pedir plata. La ayuda la estoy esperando para pagarle a esa gente, aunque no me quede nada a mí.

Y es que William tiene 10 hijos, Marvin dos, Baudilio uno en el colegio. La luz y el teléfono vencen el 15 y el agua el 18. Daniel paga 75 mil en recibos y comen seis en la casa. Y todos dicen que la plata no alcanza, que no es justo y refunfuñan contra Incopesca y se callan y a un lado suena el mar.

Si se ponen a hacer cuentas en estos meses el saldo es negativo. Fuera de la veda las ganancias de un pescador pueden ir de los ¢200.000 (o menos) al mes hasta los ¢600.000, cuando el mar se pone generoso.

Entonces en este periodo, a falta de plata, muchos se lanzan al agua. Lo dicen los pescadores y el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG).

“Se da esto, por poca presencia policial. Entonces la gente aprovecha para ir a pescar así. Y muchos se han abstenido de no ir, pero al ver que fulano va, cada vez más gente va ingresando”, recrimina Marvin desde su casa.

Si nadie los detiene es buen negocio.

—Estaban pagando la corvina a ¢1.800, antes de la veda y ahora puede andar en ¢2.500 el kilo. El camarón estaba a ¢7.000 mil el kilo, ahorita está entre ¢8.000 y ¢9.000 –cuenta Marvin.

Pero, si se encuentran con una patrulla les puede salir caro. Las sanciones van desde suspensión de días de pesca, cancelación de la licencia, hasta multas de 10 a 40 salarios base, según el artículo 141 de la Ley de Pesca.

—Si usted sale con la panga ya, ¿cuál es la probabilidad de que lo agarren? –le pregunto a William Carrión.
—Cero. Termina siendo una cuestión moral que en el pescador cuesta mucho que exista –confiesa mientras ve por la ventana.

Para Miguel Madrigal, director del SNG, un hombre de voz grave y desafiante, la situación es un poco diferente.

“En el mes hemos metido como 1.020 horas de patrullaje. La estrategia ha sido quebrar mareas, salir al agua antes de que la gente pueda salir a pescar. Sí siguen pescando, pero en menor escala”, explica.

Junto a los operativos en el mar se sumó en tierra la Fuerza Pública, Senasa, Incopesca y el Minaet. Incopesca dice que hay tres embarcaciones disponibles, el SNG dice que no puede decir cuántas tienen.

Por miedo, Agustín Valdés, con voz de gárgara, decidió quedarse en la orilla.

“Llevamos a un mes y uno oye que están pescando aquí adentro, pero yo no me la juego. Es arriesgar mi equipo y a mí mismo, porque lo llevan a uno a la fiscalía y le decomisan el equipo, y me meten preso. Ahorita prefiero quedarme aquí pintando. No es mucho ese subsidio pero de algo sirve, para el que no tiene vicios. Mi doña vende vigorones en la playa, las güilas también tienen otro puestito ahí, los sábados le ayudan a la mama. Entre todos nos acomoamos bien”, explica con una brocha de pintura en la mano y se levanta para seguir con los trabajos comunales.

***

Para Popo no hay veda. Es rubio de pies anchos y está alistando a Popotito Jota para zarpar en la tarde a pescar siete días fuera del Golfo.

—¿Por qué no acogió la veda?
—Porque me sirve un poquito mejor, esa ayuda es muy poquita, tengo un güila en el colegio y una en el kínder –dice en seco con palabras tropezadas.

Popotito Jota es una panga de unos cuatro metros de largo, que según Popo se defiende en altamar porque tiene nevera y techo. Ahí, él y su ayudante, van a dormir una semana, en una caseta estrecha con dos tablas de madera, una espuma y una batería para electricidad. Ya tiene listo el hielo, el agua, la bolsa de arroz y un cepillo de dientes que cuelga de un cable en el techo.

—Nos vamos siete días porque ahora en siete días se pesca lo que antes pescábamos en dos.

Hace calor dentro de la caseta, hierve el puerto y Popotito Jota se balancea sobre el agua. Hace calor y solo han pasado quince minutos.

—¿Le gusta pescar?
—No es que le guste a uno es que qué le queda, sin pescar no hacemos nada – sentencia.

***

Costa de Pájaros queda a media hora del centro de Puntarenas. Es una calle que serpentea bordeando la costa con casitas regadas a los lados. Es un pueblo donde el mar llega turbio y donde en la playa no hay bikinis.

“Señor pescador, por favor elimine adecuadamente los desechos de pescado”, dicen rótulos como de Parque Nacional.

Hay unas cantinas, un mini super, muchas iglesias. Hay una plaza y recibidoras de pescado. Hay monte sin podar, bicicletas y un olor salado y pegajoso. No hay fábricas ni comercio aparte del pez muerto.

—Yo estudié mecánica de precisión pero aquí en todo este circuito usté no va a encontrar un taller de’sos. Entonces yai tengo que pescar porque tengo que mantener la familia –dice Baudilio Barrantes, con hablar pausado y cuidadoso. Ya cruzó los cincuentas y tiene la piel color tierra seca.

Recuerda que sus primeros años de pesca fueron buenos. “Al principio la gente se iba a las cantinas y no compraban una cerveza, compraban una caja, es que era una exageración la cantidad de corvina y camarón que se pescaba”.

Pero ya no.

“Lo peor es que cuando preguntan en la escuela ¿qué quieren ser cuando sean grandes? Dicen: quiero ser pescador como papi. Todos dicen eso”, se ríe Daniel, al lado.

Baudilio continúa. “Uno piensa en los hijos, hoy usted está pescando los últimos pescados del Golfo y su hijo cuando vaya a pescar no va a agarrar nada, entonces mejor que se busque un trabajo en tierra y así tal vez pueda vivir mejor que uno”.

El problema es que en tierra no hay mucho qué hacer y en el mar el recurso se agota.

El informe del resultado de la veda de 2012, realizado por Incopesca, determinó que en la mayoría de pueblos pesqueros se están usando artes de pesca ilegales lo que hace que, aún después de la veda, la mayoría de corvina y camarón capturados sea juvenil, lo cual afecta los ciclos de reproducción.

“No somos biólogos, pero sabemos que el recurso está bajando”, asegura Marvin.

—Yo ando como 1.000 metros de red –confiesa Olger, de ojos vidriosos y turbios y señala con unas manos cuyos dedos gravitan hacia la palma.
—¿Por qué anda más de lo permitido (600 metros)?
—Muchacha porque usted con 600 metros no trae pero ni pa’ pagar un galón de gasolina. Es una gran necesidad –reprocha enfatizando la obviedad.

En San José, Viviana Gutierrez, gerente de incidencia política de la organización MarViva me trata de explicar los porqués. “Muchos de los que están dedicados a la pesca tienen una situación socioeconómica muy difícil, no hay fuentes de empleo, y lo que tienen a mano y lo más fácil es la pesca (…). Si no atendemos el tema social lo que estamos haciendo es que todo el mundo agota el recurso, la parte ambiental. Cada vez hay menos producto pesquero e irresponsablemente manejado”, explica.

Cuando un pez cae en una red abre la boca y nada, nada con la red entre la cara, empuja y forcejea. Al lado, otros peces hacen los mismo, mueven cola y aleta para salir. Batallan solos y se raspan los cuerpos. La vida de los pescadores es algo así: cada quien lucha por su lado para mantenerse a flote.

***

Hace 16 años, un día estaba haciendo viento, mucho, y nadie salía a pescar. Ese día Daniel dijo que no salir era una mariconada y se montó con dos hijos pequeños en la panga. Ese día, por la isla San Lucas, el mar era un campo de suspiros blancos y la lancha se elevaba. Con la panga en vertical, Daniel le decía a los hijos que se subieran a la punta, pero caían por el motor. Ese día Daniel le dijo a Dios que no volvía al mar y lloraba porque se le ahogaban los hijos. Ese día se calmó el viento y Daniel llegó a la orilla y se fue a volar machete lejos del mar por cinco años. Hace diez años Daniel volvió a Costa de Pájaros.

Las palabras de Agustín, otro pescador, son sabias: “La muerte está en todo lado, pero ahí afuera uno se juega el pellejo”.

***

Marvin tiene su lancha sin motor parqueada en la arena. Le toca sacarle el agua sucia y empozada para prevenir el dengue. En la playa, un hombre arregla una red larga, la teje con cuidado y técnica. Otros limpian calles, pintan o recogen basura para cumplir con las horas del trabajo comunal.

Pero todos ellos tienen muy claro que esto es temporal, aunque no niegan que los tres meses pasan lento.

El primero de octubre se acaba la espera y los pescadores van a poder echar las redes otra vez al agua. Van a volver a la rutina poco estructurada a la que están acostumbrados, a pescar nadie sabe cuánto, nadie sabe si con tormenta o con viento. Y aunque ellos lo miran de frente todos los días y creen descifrar su espuma y corrientes, del mar nadie sabe mucho.

En español la palabra mar es de género ambiguo: el mar, la mar. Tiene sentido porque puede ser tosco y fuerte, ser dócil y suave, ser letal, ser amarga, ser generoso. A fin de cuentas, puede ser hombre, mujer, puede ser muchas cosas, tantas cosas, todas las cosas, menos una: el mar, la mar, nunca será tierra firme.

Misrata calling (XXIV)

Publicado: 6 octubre 2013 en Alberto Arce
Etiquetas:, , ,

A fuerza de repetición, los personajes y la obra se van consolidando cada día, hasta el punto de que los combatientes de la barricada nos saludan por nuestro nombre. Este frente luce hoy mejor organizado que el día anterior, con más hombres y más armas, más esquinas en las que ocultarse y más vehículos con artillería casera. Continúan cayendo morteros de vez en cuando, pero la dinámica ya no es la del chaparrón de muerte que nos recibió ayer. De alguna manera, ha dejado de parecerse a una ratonera para transformarse en un corral de gallinas cluecas abierto al patio por el que los rebeldes se pasean luciendo sus armas. Un extraño lugar desde donde seguir avanzando.

Gran parte de lo que vemos son escenas en moviola acelerada, como todo lo que se repite con una cierta frecuencia dentro de esta anomalía.

Para preparar el avance lo primero es asegurar cobertura colocando una línea de morteros y RPG con los que comenzar a hacer ruido y distraer al enemigo. Es una forma de decir: “Estamos aquí, despertad”. La mitad fallan, describiendo una parábola de apenas unos metros y explotando delante de nosotros. Sorprende ver las pocas bajas que provoca el caos amigo. A nuestras espaldas podemos ver las pick-up con su ruidosa artillería preparadas para avanzar por la carretera, y lanzar el mensaje de que “vamos a por vosotros”. En esta fase se suman al arsenal uno de esos incatalogables biberones lanzamisiles que tanto juego le dan a la foto y tan poco a las posibilidades de victoria. Fuego y ruido acompasado, de ida y vuelta. Disparan desde aquí y se responde desde allí hasta media mañana.

Pero el movimiento real sobre el terreno es mucho más sutil y discreto que la parafernalia artillera. No sé si efectivo. Es una conquista minuciosa del terreno, metro a metro.

El ataque lo lleva a cabo la infantería, por llamarla de alguna manera. Se trata de un centenar de hombres que avanzan sigilosamente por los laterales, campo a través, en maniobra de emboscada envolvente, mientras el ruido y el fuego pesado ataca y distrae a los soldados del ejército gadafista por el centro. Todo un alarde de estrategia. Son ellos los que, si llegan, plantearán el combate cuerpo a cuerpo y tomarán la posición.

Alguien, el más decidido quizás, se levanta y comienza a discutir con sus compañeros. No se trata de demostrar coordinación ni de convencer con argumentos irrefutables, sino de ser el primero, tarea fácil en medio de la ansiedad reinante. Cualquiera podría hacerlo. Antes de que termine de discutirse el plan de ataque, varios jóvenes se ponen en pie y preparan sus armas.

Sin tiempo para desarrollar teorías sobre el miedo ni terminar las oraciones, escondidos los motivos reales de lo que sucede tras el grito persistente que interpela a la protección de Dios o el trance protector que quizás busca provocar, varias decenas de rebeldes ya se han lanzado entre pinos y olivos a la ofensiva.

En la primera parada un hombre maduro tocado con gafas Rayban asume el liderazgo. Por algún motivo, aunque sólo sea la situación de tapón sin salida en la que se encuentran o por su voz grave y autoritaria, se le escucha, aunque no se le obedezca.

El improvisado jefe de la operación, el hombre de las Ray Ban y la voz autoritaria, discute con otro joven combatiente que quiere salir a buscar a sus compañeros. Una ráfaga demasiado cercana desaconseja la acción, pero varios metros más allá y sin pedir permiso –nadie podría dárselo ni negárselo–, dos chicos se han ido por su cuenta para otear el terreno y recopilar esa información que habría sido mucho más útil tener antes de comenzar el ataque.

La espera se hace eterna. Mientras unos fuman en silencio, los combatientes que comenzaron la jornada rezando, continúan sintonizando a Dios. La mayoría se conforma con quedarse tirado en el suelo con la mirada perdida en el infinito, sin ofender a los que rezan, pero confiando más en la protección física de la tierra que en la espiritual de su Dios.

La munición siempre escasea, tanto en retaguardia como en primera línea del frente. Cuando llega una caja con proyectiles, el reparto se realiza en función de la rapidez con la que los combatientes se abalanzan sobre lo que se reparte. Con algo más de munición en los bolsillos de algunos milicianos, salimos de nuevo a la carrera a través de un paisaje confuso formado por árboles y montículos de tierra que separan las fincas. De vez en cuando hay que atravesar campos de cultivo y olivares, que ofrecen mejor paisaje pero peor protección.

Las granjas, abandonadas primero por sus habitantes y posteriormente por los soldados del ejército que las ocuparon y saquearon, con sus campos de cultivo quemados, son un serio obstáculo. El hedor a animales muertos, las habitaciones vacías y los pasillos llenos de objetos amontonados, crean un ambiente apocalíptico. Tras asegurar que cada edificio no esconde bombas o soldados rezagados, se repite siempre la misma escena. Agruparse, beber agua y esperar a que los valientes se arrastren solos hacia la nada y avisen al grupo para que les siga.

En uno de los descansos, mientras comparten platos de macarrones que acaban de llegar, fríos, en una pick-up que sigue sus carreras, Mohammed Abdelhamed, de 18 años, nacido en Leeds, Reino Unido, estudiante de ingeniería hasta el mes de febrero y responsable de un RPG en el mes de mayo, hace recuento. “Llevamos cinco días avanzando de la misma manera, en pequeños grupos y campo a través, para encerrarlos y sorprenderlos. El único problema que tenemos ahora es que sabemos que tienen a familias como rehenes y las utilizan para protegerse. Eso nos frena bastante”. No hemos visto a ninguna familia, pero como excusa suena bien. Mohammed tartamudea al hablar y le bailan los ojos. Probablemente no se da cuenta y se negase a reconocerlo si alguien se lo propusiese, pero necesita dormir.

Tras los campos planos, llega la colina, ese obstáculo final que impide tener la más remota idea de lo que espera detrás. Hay que ascenderla a ciegas, refugiándose entre los olivos que trenzan la pendiente y deteniéndose en el suelo justo antes de su cima para no regalar un blanco fácil. Al otro lado se oye música árabe moderna que pinchan a todo volumen los leales a Gadafi para motivarse y escapar, aunque sea por un rato, de la guerra.

Cuando se acaba la cobertura del fuego amigo, hay que lanzarse cuesta abajo y sin protección atravesando un paisaje de árboles quebrados por la artillería. Ibrahim, que espera a mi derecha, no lleva ametralladora, pero sí un gran cuchillo de bayoneta. “Mi hermano y yo solo tenemos un arma y lo compartimos. El cuchillo para uno y el fusil para el otro”. Muchas veces, la única manera de conseguir un arma es avanzar en primera línea y esperar a que alguna se quede sin dueño. Son armas que pasan de cadáver en cadáver sin oponer resistencia ni venderse a 3000 dólares, precio de mercado del Kalashnikov en Misrata.

Antes de la carrera final y con el enemigo ya a tiro de oído, las charlas se olvidan de la estrategia y entran en el terreno de la fabulación, que es el mejor método para matar el tiempo y calmar los nervios. La música traída por el viento les sirve para convencerse de su superioridad. Y convencerme a mí de paso. “Están borrachos. Los soldados beben porque nos tienen miedo. Cuando les hagamos prisioneros te hablarán en español en inglés y en francés por la borrachera que llevan encima. ¿Español, tú eres español, verdad?, ¿eres del Madrid o del Barcelona?”.

No tengo tiempo a responder. Pero hago un inciso. No me gusta el fútbol. No he sido capaz de ver un partido entero en mi vida. Y eso les parece aún más extraño a los rebeldes libios que la música que comparto con ellos a través de un auricular. “Dejan los tambores de sonar, y un gong anuncia la retirada…” He decidido que cada vez que alguien me pregunte si soy del Madrid o del Barça le preguntaré por su canción favorita de Nacho Vegas o les pondré a tope esa de La Buena Vida que dice “Cada día trato de acertar por dónde saldrás,
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar”.
 Lo hice en Kabul y resultó, se rieron de mí y dejaron de preguntar. Aquí, en Misrata, también. Sólo me falta domesticar a los taxistas guatemaltecos. Si exportamos algo, que al menos tenga valor.

La orden de ataque llega en forma de una mano que ondea y un silbido. Todos echan echado a correr y comienzan a disparar como saben, como buenamente han podido. A todas partes y a ninguna. Disparan con una mano. Disparan sin mirar. Disparan al aire. Disparan al suelo. Si no tienen más cuidado, los de la segunda fila, les dispararán a los de la primera por la espalda. O a mí, que me he quedado colgado y en medio de la feria. Se dispersan, pierden cualquier tipo de orden o formación. No tienen ni idea de dónde está el objetivo. Se desordenan. Se tiran al suelo. Dejan de disparar. Dejan de correr. Algunos dan la vuelta inmediatamente. Otros, los más valientes, siguen levantándose, siguen corriendo, siguen disparando. Contra un montículo de tierra que no pueden ni soñar con cruzar. Pero cada vez son menos. Pasan los minutos. Los de la primera fila se están quedando solos. Si de la posición inicial salieron casi 100 hombres, cuando llega la hora de verdad, cuento menos de una docena de hombres disparando.

El fuego de ametralladora con el que el enemigo se protege llegados a este punto, es imparable. Una barrera de fuego es lo que tiene -tenemos- por delante la docena de rebeldes coherentes que aún lo intentan. Sólo se puede progresar con el valor, inútil desde el punto de vista práctico, y que consiste en responder a la nada, disparar a ráfagas ciegas mientras se avanza. Es suicida y así se intenta. Pero ni con esas. En menos de dos minutos, todos están -estamos- con la cara apretada contra la tierra, incluso los coherentes y los valientes, sintiendo cómo las balas enemigas peinan la hierba y hacen temblar el suelo.

¿Todos?. No. Javier, que escribe, no necesita acercarse tanto – y no lo hace- Ricardo, que ya consiguió su foto del día, se ha ido corriendo a enviarla. Yo sí estoy tirado en el suelo, comiendo hierba, pero miro hacia arriba y Luc Delahaye, el cuarto compañero del metal en discordia, que siempre entran cuatro en un coche, el que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Firme. Inmóvil. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que sólo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz -si tú estás en el suelo y él de pie, el contraluz es obligatorio- en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un “hoy tampoco ha merecido la pena” tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, te crees lo del arte.

Esperando pasa siempre menos tiempo del que parece. Esperar y aguantar la respiración, casi sin fuerzas ya para mirarse, clavarle los ojos al vecino de escondite y que te ayude a buscarle una salida a esta situación. Algunos rezan todavía. Ahora sí, con justificación, no como antes. La siguiente bala puede entrar por cualquiera de las esquinas del cuerpo. Los has visto saltar delante de ti cuando reciben el balazo. El sonido es seco, el movimiento, rápido, y el grito tarda varios segundos en llegar. El herido se mira para identificar por dónde ha entrado y, como acto reflejo, taparse la herida con la mano. Imagino que el dolor ofusca aún más que el miedo y tratas de imaginar de dónde vienen poniendo tu atención en algo que disminuya el pánico. Te arrastras, revuelves y encoges sobre ti mismo para que las placas de cerámica que solo tú llevas te cubran. Orientas la cabeza de modo que sea el casco quien reciba lo que pueda llegarle a la cabeza. En ese momento es imposible pensar que a ti no te va a pasar.

Saco del chaleco antibalas una foto de mi hija y la miro. Sarah nunca me dijo que me había encajado fotos de Selma con cuatro meses en los huecos del chaleco. Así es como voy a esperar a que pase algo. La mejor escapatoria del miedo, es el masoquismo y la culpa. Pienso que no debería estar aquí, sino en casa con ella. Si me pasara algo no tendría porque entender esta estupidez. Ni ahora ni dentro de veinte años. Eso sí, no dejo de grabar ni de buscar el plano mientras pienso en estas cosas. Por un minuto de imágenes espectaculares que muestran -desde el suelo- como nos disparan, cobraré lo que cuesta el alquiler de un mes.

Me siento un padre muy irresponsable. Si no volviera a casa les jodería la vida a mi mujer y a mi hija, que crecería sin ningún recuerdo de mi. Intentar justificar todo esto con lo de pagar el alquiler no cuela. Es de una demagogia obscena. Hay decenas de modos más seguros de conseguir dinero. La única explicación creíble a por qué uno acaba tirado a tierra mientras le disparan dejando a su bebé recién nacido en casa es la de la pura adicción, mórbida, a la adrenalina.

Ideas, todas, contradictorias con la responsabilidad que se le supone a quien es padre. Uno también fuma compulsivamente y sabe que está mal. Son cosas de las que cuesta quitarse. Pero si necesitas inflarte el ego y estos excesos te curan, un poquito, ese complejo de inferioridad en el que fuiste educado y esas mollejas que te daban los de tercero de BUP cuando estabas en octavo de EGB, bienvenidas sean las guerras que cubres como periodista.

Sin más palabras que gastar, cerramos el paréntesis.

Por imitación -es lo que han hecho los combatientes que me rodean- la única opción a esa muralla que ha construido frente a nosotros una ametralladora de 14.5 mm es levantarse y dar media vuelta.

Cinco horas para avanzar menos de dos kilómetros. Cinco minutos para desandarlo todo pensando sólo en cómo sobrevivir. Uno de los coherentes acaba de pasar a mi lado corriendo. Y luego otro. Y otro. Y otro. No puedo quedarme el último. Ni solo. Ni descolgado. No sé cómo levantarme pero si siguen pasando de zancada en zancada sobre mí, me quedaré solo. El valor ni se conoce ni se tiene. Surge por imitación y falta de alternativas. Hay que elegir el momento para salir de aquí con las balas viniendo por la espalda, brindado a la suerte, apurando ese demarraje desesperado que justifica toda una vida.

La carrera ha llegado hasta detrás de unos arbustos. Ya no estoy solo. Ahora somos unos cuantos. Cogiendo aire. Las balas sólo han tocado a uno, en el brazo. Lo suyo no es grave. Es milagroso que no hayan herido a nadie más. Físicamente. Porque la moral sí que ha caído. La amistad y la confianza aún más. Soheib, que ha vaciado sus cargadores delante de mí, llega escupiendo por la boca. Grita tanto que escupe saliva a buena distancia, reventándose la garganta a reproches.

“Me habéis dejado solo. Me he quedado solo y sin balas. He mirado hacia atrás y no estabais, habíais dado la vuelta. Éramos muy pocos allí, podían habernos matado a todos. Os lo pido por favor, os lo pido por Allah, no podéis volver a hacer eso. Me habéis dejado solo”. Comienza la bronca.

“¿Pero qué dices?. Todos hemos vaciado los cargadores. Todos hemos hecho lo que hemos podido. ¿Tú quien eres para llamarme cobarde?” Le espetan. Se gritan si pausa. Son adolescentes jugando a la guerra sin colchón. Improvisándola. “Deja de grabar. Apaga la cámara, Alberto. Esto no”.

Respeto. Me pierdo lo mejor, lo que realmente aporta. Mejor aún, en realidad yo no me lo pierdo. Se lo pierden los que no están aquí y sólo podrían llegar a oler la guerra a través de la cámara que ahora los rebeldes no me dejan levantar. Los demás siempre se pierden lo mejor, que es lo que yo me llevo en la memoria y los protagonistas en su trauma. Cada vez que decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y anti-imperialistas me insulten, dediquen entradas en sus blogs o acusen de profesar un nuevo credo, siempre desde la comodidad de sus casas, recordaré que lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento que se echaban en cara no saber ni siquiera como rodear una colina. Con enemigos como estos, las fuerzas revolucionarias que algunos aún ven en los ejércitos libio o sirio, muy incompetentes tienen que ser para no ganar sus guerras.

Mientras seguimos corriendo de vuelta a casa, más bengalas incendiarias que arrojan fuego, humo y meten prisa en la huida, alimentando ese miedo a ser golpeado por la espalda que se tiene en cualquier retirada. Miedo del que se alarga un buen rato, el que dura la sensación de derrota, sostenida y acrecentada, ya sin palabras que la pinten, hasta el regreso a la barricada original, la que organiza el Coronel Silsi consolidando sus containers de arena.

El sol ya baja y la posición, hoy, no ha avanzado ni un metro. Eso sí, la comida llega, puntual, tras el día de trabajo. Pasta para celebrar que nos hemos ganado el jornal. Cenamos todos juntos, sentados alrededor de la misma olla en esa postura imposible de talones pegados, brazos rodeando las piernas y culo rozando el suelo pero sin tocarlo que nos están enseñando a sentir cómoda. A la media hora nos hemos olvidado de todo.

Los macarrones con un poco de carne, tomate y ese toque picante están deliciosos y se puede repetir.