Misrata calling (XXIV)

Publicado: 6 octubre 2013 en Alberto Arce
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A fuerza de repetición, los personajes y la obra se van consolidando cada día, hasta el punto de que los combatientes de la barricada nos saludan por nuestro nombre. Este frente luce hoy mejor organizado que el día anterior, con más hombres y más armas, más esquinas en las que ocultarse y más vehículos con artillería casera. Continúan cayendo morteros de vez en cuando, pero la dinámica ya no es la del chaparrón de muerte que nos recibió ayer. De alguna manera, ha dejado de parecerse a una ratonera para transformarse en un corral de gallinas cluecas abierto al patio por el que los rebeldes se pasean luciendo sus armas. Un extraño lugar desde donde seguir avanzando.

Gran parte de lo que vemos son escenas en moviola acelerada, como todo lo que se repite con una cierta frecuencia dentro de esta anomalía.

Para preparar el avance lo primero es asegurar cobertura colocando una línea de morteros y RPG con los que comenzar a hacer ruido y distraer al enemigo. Es una forma de decir: “Estamos aquí, despertad”. La mitad fallan, describiendo una parábola de apenas unos metros y explotando delante de nosotros. Sorprende ver las pocas bajas que provoca el caos amigo. A nuestras espaldas podemos ver las pick-up con su ruidosa artillería preparadas para avanzar por la carretera, y lanzar el mensaje de que “vamos a por vosotros”. En esta fase se suman al arsenal uno de esos incatalogables biberones lanzamisiles que tanto juego le dan a la foto y tan poco a las posibilidades de victoria. Fuego y ruido acompasado, de ida y vuelta. Disparan desde aquí y se responde desde allí hasta media mañana.

Pero el movimiento real sobre el terreno es mucho más sutil y discreto que la parafernalia artillera. No sé si efectivo. Es una conquista minuciosa del terreno, metro a metro.

El ataque lo lleva a cabo la infantería, por llamarla de alguna manera. Se trata de un centenar de hombres que avanzan sigilosamente por los laterales, campo a través, en maniobra de emboscada envolvente, mientras el ruido y el fuego pesado ataca y distrae a los soldados del ejército gadafista por el centro. Todo un alarde de estrategia. Son ellos los que, si llegan, plantearán el combate cuerpo a cuerpo y tomarán la posición.

Alguien, el más decidido quizás, se levanta y comienza a discutir con sus compañeros. No se trata de demostrar coordinación ni de convencer con argumentos irrefutables, sino de ser el primero, tarea fácil en medio de la ansiedad reinante. Cualquiera podría hacerlo. Antes de que termine de discutirse el plan de ataque, varios jóvenes se ponen en pie y preparan sus armas.

Sin tiempo para desarrollar teorías sobre el miedo ni terminar las oraciones, escondidos los motivos reales de lo que sucede tras el grito persistente que interpela a la protección de Dios o el trance protector que quizás busca provocar, varias decenas de rebeldes ya se han lanzado entre pinos y olivos a la ofensiva.

En la primera parada un hombre maduro tocado con gafas Rayban asume el liderazgo. Por algún motivo, aunque sólo sea la situación de tapón sin salida en la que se encuentran o por su voz grave y autoritaria, se le escucha, aunque no se le obedezca.

El improvisado jefe de la operación, el hombre de las Ray Ban y la voz autoritaria, discute con otro joven combatiente que quiere salir a buscar a sus compañeros. Una ráfaga demasiado cercana desaconseja la acción, pero varios metros más allá y sin pedir permiso –nadie podría dárselo ni negárselo–, dos chicos se han ido por su cuenta para otear el terreno y recopilar esa información que habría sido mucho más útil tener antes de comenzar el ataque.

La espera se hace eterna. Mientras unos fuman en silencio, los combatientes que comenzaron la jornada rezando, continúan sintonizando a Dios. La mayoría se conforma con quedarse tirado en el suelo con la mirada perdida en el infinito, sin ofender a los que rezan, pero confiando más en la protección física de la tierra que en la espiritual de su Dios.

La munición siempre escasea, tanto en retaguardia como en primera línea del frente. Cuando llega una caja con proyectiles, el reparto se realiza en función de la rapidez con la que los combatientes se abalanzan sobre lo que se reparte. Con algo más de munición en los bolsillos de algunos milicianos, salimos de nuevo a la carrera a través de un paisaje confuso formado por árboles y montículos de tierra que separan las fincas. De vez en cuando hay que atravesar campos de cultivo y olivares, que ofrecen mejor paisaje pero peor protección.

Las granjas, abandonadas primero por sus habitantes y posteriormente por los soldados del ejército que las ocuparon y saquearon, con sus campos de cultivo quemados, son un serio obstáculo. El hedor a animales muertos, las habitaciones vacías y los pasillos llenos de objetos amontonados, crean un ambiente apocalíptico. Tras asegurar que cada edificio no esconde bombas o soldados rezagados, se repite siempre la misma escena. Agruparse, beber agua y esperar a que los valientes se arrastren solos hacia la nada y avisen al grupo para que les siga.

En uno de los descansos, mientras comparten platos de macarrones que acaban de llegar, fríos, en una pick-up que sigue sus carreras, Mohammed Abdelhamed, de 18 años, nacido en Leeds, Reino Unido, estudiante de ingeniería hasta el mes de febrero y responsable de un RPG en el mes de mayo, hace recuento. “Llevamos cinco días avanzando de la misma manera, en pequeños grupos y campo a través, para encerrarlos y sorprenderlos. El único problema que tenemos ahora es que sabemos que tienen a familias como rehenes y las utilizan para protegerse. Eso nos frena bastante”. No hemos visto a ninguna familia, pero como excusa suena bien. Mohammed tartamudea al hablar y le bailan los ojos. Probablemente no se da cuenta y se negase a reconocerlo si alguien se lo propusiese, pero necesita dormir.

Tras los campos planos, llega la colina, ese obstáculo final que impide tener la más remota idea de lo que espera detrás. Hay que ascenderla a ciegas, refugiándose entre los olivos que trenzan la pendiente y deteniéndose en el suelo justo antes de su cima para no regalar un blanco fácil. Al otro lado se oye música árabe moderna que pinchan a todo volumen los leales a Gadafi para motivarse y escapar, aunque sea por un rato, de la guerra.

Cuando se acaba la cobertura del fuego amigo, hay que lanzarse cuesta abajo y sin protección atravesando un paisaje de árboles quebrados por la artillería. Ibrahim, que espera a mi derecha, no lleva ametralladora, pero sí un gran cuchillo de bayoneta. “Mi hermano y yo solo tenemos un arma y lo compartimos. El cuchillo para uno y el fusil para el otro”. Muchas veces, la única manera de conseguir un arma es avanzar en primera línea y esperar a que alguna se quede sin dueño. Son armas que pasan de cadáver en cadáver sin oponer resistencia ni venderse a 3000 dólares, precio de mercado del Kalashnikov en Misrata.

Antes de la carrera final y con el enemigo ya a tiro de oído, las charlas se olvidan de la estrategia y entran en el terreno de la fabulación, que es el mejor método para matar el tiempo y calmar los nervios. La música traída por el viento les sirve para convencerse de su superioridad. Y convencerme a mí de paso. “Están borrachos. Los soldados beben porque nos tienen miedo. Cuando les hagamos prisioneros te hablarán en español en inglés y en francés por la borrachera que llevan encima. ¿Español, tú eres español, verdad?, ¿eres del Madrid o del Barcelona?”.

No tengo tiempo a responder. Pero hago un inciso. No me gusta el fútbol. No he sido capaz de ver un partido entero en mi vida. Y eso les parece aún más extraño a los rebeldes libios que la música que comparto con ellos a través de un auricular. “Dejan los tambores de sonar, y un gong anuncia la retirada…” He decidido que cada vez que alguien me pregunte si soy del Madrid o del Barça le preguntaré por su canción favorita de Nacho Vegas o les pondré a tope esa de La Buena Vida que dice “Cada día trato de acertar por dónde saldrás,
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar”.
 Lo hice en Kabul y resultó, se rieron de mí y dejaron de preguntar. Aquí, en Misrata, también. Sólo me falta domesticar a los taxistas guatemaltecos. Si exportamos algo, que al menos tenga valor.

La orden de ataque llega en forma de una mano que ondea y un silbido. Todos echan echado a correr y comienzan a disparar como saben, como buenamente han podido. A todas partes y a ninguna. Disparan con una mano. Disparan sin mirar. Disparan al aire. Disparan al suelo. Si no tienen más cuidado, los de la segunda fila, les dispararán a los de la primera por la espalda. O a mí, que me he quedado colgado y en medio de la feria. Se dispersan, pierden cualquier tipo de orden o formación. No tienen ni idea de dónde está el objetivo. Se desordenan. Se tiran al suelo. Dejan de disparar. Dejan de correr. Algunos dan la vuelta inmediatamente. Otros, los más valientes, siguen levantándose, siguen corriendo, siguen disparando. Contra un montículo de tierra que no pueden ni soñar con cruzar. Pero cada vez son menos. Pasan los minutos. Los de la primera fila se están quedando solos. Si de la posición inicial salieron casi 100 hombres, cuando llega la hora de verdad, cuento menos de una docena de hombres disparando.

El fuego de ametralladora con el que el enemigo se protege llegados a este punto, es imparable. Una barrera de fuego es lo que tiene -tenemos- por delante la docena de rebeldes coherentes que aún lo intentan. Sólo se puede progresar con el valor, inútil desde el punto de vista práctico, y que consiste en responder a la nada, disparar a ráfagas ciegas mientras se avanza. Es suicida y así se intenta. Pero ni con esas. En menos de dos minutos, todos están -estamos- con la cara apretada contra la tierra, incluso los coherentes y los valientes, sintiendo cómo las balas enemigas peinan la hierba y hacen temblar el suelo.

¿Todos?. No. Javier, que escribe, no necesita acercarse tanto – y no lo hace- Ricardo, que ya consiguió su foto del día, se ha ido corriendo a enviarla. Yo sí estoy tirado en el suelo, comiendo hierba, pero miro hacia arriba y Luc Delahaye, el cuarto compañero del metal en discordia, que siempre entran cuatro en un coche, el que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Firme. Inmóvil. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que sólo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz -si tú estás en el suelo y él de pie, el contraluz es obligatorio- en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un “hoy tampoco ha merecido la pena” tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, te crees lo del arte.

Esperando pasa siempre menos tiempo del que parece. Esperar y aguantar la respiración, casi sin fuerzas ya para mirarse, clavarle los ojos al vecino de escondite y que te ayude a buscarle una salida a esta situación. Algunos rezan todavía. Ahora sí, con justificación, no como antes. La siguiente bala puede entrar por cualquiera de las esquinas del cuerpo. Los has visto saltar delante de ti cuando reciben el balazo. El sonido es seco, el movimiento, rápido, y el grito tarda varios segundos en llegar. El herido se mira para identificar por dónde ha entrado y, como acto reflejo, taparse la herida con la mano. Imagino que el dolor ofusca aún más que el miedo y tratas de imaginar de dónde vienen poniendo tu atención en algo que disminuya el pánico. Te arrastras, revuelves y encoges sobre ti mismo para que las placas de cerámica que solo tú llevas te cubran. Orientas la cabeza de modo que sea el casco quien reciba lo que pueda llegarle a la cabeza. En ese momento es imposible pensar que a ti no te va a pasar.

Saco del chaleco antibalas una foto de mi hija y la miro. Sarah nunca me dijo que me había encajado fotos de Selma con cuatro meses en los huecos del chaleco. Así es como voy a esperar a que pase algo. La mejor escapatoria del miedo, es el masoquismo y la culpa. Pienso que no debería estar aquí, sino en casa con ella. Si me pasara algo no tendría porque entender esta estupidez. Ni ahora ni dentro de veinte años. Eso sí, no dejo de grabar ni de buscar el plano mientras pienso en estas cosas. Por un minuto de imágenes espectaculares que muestran -desde el suelo- como nos disparan, cobraré lo que cuesta el alquiler de un mes.

Me siento un padre muy irresponsable. Si no volviera a casa les jodería la vida a mi mujer y a mi hija, que crecería sin ningún recuerdo de mi. Intentar justificar todo esto con lo de pagar el alquiler no cuela. Es de una demagogia obscena. Hay decenas de modos más seguros de conseguir dinero. La única explicación creíble a por qué uno acaba tirado a tierra mientras le disparan dejando a su bebé recién nacido en casa es la de la pura adicción, mórbida, a la adrenalina.

Ideas, todas, contradictorias con la responsabilidad que se le supone a quien es padre. Uno también fuma compulsivamente y sabe que está mal. Son cosas de las que cuesta quitarse. Pero si necesitas inflarte el ego y estos excesos te curan, un poquito, ese complejo de inferioridad en el que fuiste educado y esas mollejas que te daban los de tercero de BUP cuando estabas en octavo de EGB, bienvenidas sean las guerras que cubres como periodista.

Sin más palabras que gastar, cerramos el paréntesis.

Por imitación -es lo que han hecho los combatientes que me rodean- la única opción a esa muralla que ha construido frente a nosotros una ametralladora de 14.5 mm es levantarse y dar media vuelta.

Cinco horas para avanzar menos de dos kilómetros. Cinco minutos para desandarlo todo pensando sólo en cómo sobrevivir. Uno de los coherentes acaba de pasar a mi lado corriendo. Y luego otro. Y otro. Y otro. No puedo quedarme el último. Ni solo. Ni descolgado. No sé cómo levantarme pero si siguen pasando de zancada en zancada sobre mí, me quedaré solo. El valor ni se conoce ni se tiene. Surge por imitación y falta de alternativas. Hay que elegir el momento para salir de aquí con las balas viniendo por la espalda, brindado a la suerte, apurando ese demarraje desesperado que justifica toda una vida.

La carrera ha llegado hasta detrás de unos arbustos. Ya no estoy solo. Ahora somos unos cuantos. Cogiendo aire. Las balas sólo han tocado a uno, en el brazo. Lo suyo no es grave. Es milagroso que no hayan herido a nadie más. Físicamente. Porque la moral sí que ha caído. La amistad y la confianza aún más. Soheib, que ha vaciado sus cargadores delante de mí, llega escupiendo por la boca. Grita tanto que escupe saliva a buena distancia, reventándose la garganta a reproches.

“Me habéis dejado solo. Me he quedado solo y sin balas. He mirado hacia atrás y no estabais, habíais dado la vuelta. Éramos muy pocos allí, podían habernos matado a todos. Os lo pido por favor, os lo pido por Allah, no podéis volver a hacer eso. Me habéis dejado solo”. Comienza la bronca.

“¿Pero qué dices?. Todos hemos vaciado los cargadores. Todos hemos hecho lo que hemos podido. ¿Tú quien eres para llamarme cobarde?” Le espetan. Se gritan si pausa. Son adolescentes jugando a la guerra sin colchón. Improvisándola. “Deja de grabar. Apaga la cámara, Alberto. Esto no”.

Respeto. Me pierdo lo mejor, lo que realmente aporta. Mejor aún, en realidad yo no me lo pierdo. Se lo pierden los que no están aquí y sólo podrían llegar a oler la guerra a través de la cámara que ahora los rebeldes no me dejan levantar. Los demás siempre se pierden lo mejor, que es lo que yo me llevo en la memoria y los protagonistas en su trauma. Cada vez que decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y anti-imperialistas me insulten, dediquen entradas en sus blogs o acusen de profesar un nuevo credo, siempre desde la comodidad de sus casas, recordaré que lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento que se echaban en cara no saber ni siquiera como rodear una colina. Con enemigos como estos, las fuerzas revolucionarias que algunos aún ven en los ejércitos libio o sirio, muy incompetentes tienen que ser para no ganar sus guerras.

Mientras seguimos corriendo de vuelta a casa, más bengalas incendiarias que arrojan fuego, humo y meten prisa en la huida, alimentando ese miedo a ser golpeado por la espalda que se tiene en cualquier retirada. Miedo del que se alarga un buen rato, el que dura la sensación de derrota, sostenida y acrecentada, ya sin palabras que la pinten, hasta el regreso a la barricada original, la que organiza el Coronel Silsi consolidando sus containers de arena.

El sol ya baja y la posición, hoy, no ha avanzado ni un metro. Eso sí, la comida llega, puntual, tras el día de trabajo. Pasta para celebrar que nos hemos ganado el jornal. Cenamos todos juntos, sentados alrededor de la misma olla en esa postura imposible de talones pegados, brazos rodeando las piernas y culo rozando el suelo pero sin tocarlo que nos están enseñando a sentir cómoda. A la media hora nos hemos olvidado de todo.

Los macarrones con un poco de carne, tomate y ese toque picante están deliciosos y se puede repetir.

Marco Bradaschia bajó del taxi agitado. El frío mantenía la calle vacía esa madrugada de julio. Pagó y antes de golpear la puerta miró a los costados para asegurarse de que no lo siguieran. Estaba histérico. Eran las tres de la mañana del 23 de julio de 2011.

Dentro de la casa, Bárbara se sobresaltó al escuchar que tocaban. Cuando estuvo segura de que era él, lo dejó pasar. Vivían separados, pero nunca habían dejado de quererse y pensaban volver a juntarse. Al verlo tan nervioso sólo se le ocurrió abrazarlo. Él apenas si tenía fuerzas para alzar los brazos, temblaba.

—Julio, mi hermano, se echó un mocazo.

Dijo Marco, mientras se sentaba agarrándose la cabeza y tomaba aire antes de volver a hablar:

—Le batió la cana al Choncho Rodríguez.

Bárbara conocía la historia del enfrentamiento entre los Bradaschia y los Rodríguez, pero no entendía bien ese nuevo capítulo. Le pidió que se explicase. Él tenía los ojos húmedos de bronca y de miedo.

—Como a la una fueron a casa dos policías y arreglaron con el Julio, estaban de civil. Les dio seiscientos pesos para que lo ajusten y le roben la merca y plata al Choncho. Después se fue al baile y me quedé solo.

—¿Tu hermano arregló con la cana? ¿Lo denunció al Choncho Rodríguez?
—¡No! Qué lo va a denunciar. Lo batió. Lo entregó mal. Les dio plata para que vinieran a hacer un allanamiento trucho. Después se fue al Sargento (Cabral) al baile de la Mona.

Marco explicó la traición. La disputa por la esquina donde Julio César Bradaschia y Héctor Ramón Rodríguez vendían droga estaba llegando a su punto más alto. Intuía con razón que alguien iba a salir herido.

El Mariano

Para llegar a barrio Mariano Fragueiro hay que tomar el bulevar Los Andes y seguir rumbo al norte (a la par de las vías). A ambos lados se pueden ver barrios que parecen asentamientos y asentamientos que parecen barrios.

Los Paraísos, Sargento Cabral y El Naylon son los más fáciles de diferenciar hasta que el bulevar se divide en dos calles. Después lo conveniente es seguir por la calle Mackay Gordon, que continúa paralela a la vía y pasa junto a barrio Hipólito Yrigoyen, Villa La Lonja, Villa 4 de Agosto y el Marqués Anexo.

La historia que terminó con la muerte de Marco Bradaschia hace pocos meses tiene su origen en la disputa por el control de una esquina.

Una esquina de Mariano Fragueiro donde integrantes de dos familias se disputaban el control de la venta de cocaína. Una esquina donde ocurrió un crimen y donde hoy todo parece estar muerto. La esquina de Mackay Gordon y Juan de Escolar.

Menudeo

En el barrio todos sabían que la cancha de bochas era un quiosco. La Policía también.

Bastaba ir un rato a la zona para entender todo. Se juntaban allí y parecía que tomaban algo charlando sentados en el banquito de cemento hasta que llegaba un comprador. Entonces, vendían. La mercancía no estaba en los bolsillos de los chicos, se guardaba en una vieja casilla de bloques ubicada a pocos metros del banco, en el mismo predio, detrás de una puerta de madera color azul.

Si alguien en auto, moto o caminando se detenía solo hacía falta que hiciera el pedido. Entonces uno de los chicos buscaba la cocaína y se la entregaba. Otro ‒nunca el mismo‒ se encargaba de juntar la plata y entregársela a quien manejaba el negocio.

Las bochas no existían desde hacía mucho tiempo, ni siquiera como señuelo. Lo único que giraba allí eran los gramos de polvo envueltos en papel glasé.

Como el jefe del emprendimiento vivía a unos treinta metros del predio (sobre la calle Juan de Escolar, en medianera con la casa de la esquina que pertenecía a la familia Bradaschia) podía darse el lujo de coordinar los trabajos desde el living de su casa. Cerca de los cincuenta años y con varias causas en su espalda, ese era un lujo merecido.

Llamarlos narcos sería una locura, eran vendedores, transas, narcomenudistas. Últimos eslabones de una cadena. Partes fundamentales para el funcionamiento del negocio, pero alejados de las superestructuras del narcotráfico.

El regreso

En enero pasado Julio César Bradaschia, de 26 años, regresó al barrio. No volvía de viaje, retornaba de la cárcel tras cumplir parte de una condena por robo calificado. Lo primero que encontró al llegar fue la vieja canchita de bochas frente a su ventana y desde allí se convirtió en testigo privilegiado del próspero negocio de Héctor Ramón “el Choncho” Rodríguez.

El quiosco ‒la cancha de bochas‒ estaba justo frente a su casa, que se ubica exactamente en la esquina que forman las calles Mackay Gordon (a la altura del 4750) y Juan de Escolar (al 900).

La llegada de Julio produjo varios cambios. El primero fue que Bárbara, la mujer de Marco, que había vivido siete años en ese lugar, decidió irse y llevarse sus dos hijos. No tenía ningún interés en vivir en la misma casa con el ex preso y menos en meterse en los problemas que se veían venir. El segundo, que Julio César decidió disputar la esquina que era de Rodríguez.

Prontuarios

Cuando atiende el jefe se muestra dispuesto. Tiene orden de aportar información. Sin embargo, lo que parece sencillo puede resultar imposible. Conseguir los antecedentes de una persona no es simplemente escribir su nombre en una computadora, implica también saber cómo lo escribieron otros policías. El oficial aprieta las teclas: “B-r-a-d-a-s-c-h-i-a” y “Enter”. La computadora parece pensar unos minutos y anuncia: sin resultados.

El oficial levanta las cejas y hace una mueca con la boca.

—¿Ese es el nombre? ¿Seguro? No aparece, eh.

Dice pero sabe que hay que seguir probando. El nombre más fácil puede extraviarse en ese laberinto que es la ortografía de los policías. Por ejemplo, Sajen, el apellido del famoso violador serial, estaba escrito en ese sistema con “zeta” en lugar de “ese” y con “ge” o “ye” en lugar de “jota”. Los que lo registraron también variaron en la letra con la que terminaba el apellido. Algunos usaban correctamente la “ene”, pero otros ponían “eme” o recurrían a dos de esas letras juntas. Las combinaciones eran infinitas.

—Fijate de nuevo. Probá sin la “a” del final. Poné Bradaschi.
—A ver… Mmmm, no che, nada.
—¿Y con la “ese” o la “ce” solas?
—A ver…, no. Tampoco.
—¿No lo habrán escrito con “ve” corta, no?
—¡Nooo! No pueden ser tan brutos. Será posible que siempre haya que perder una hora porque estos animales no saben escribir.

Dice el jefe y se enoja más aún cuando Bradaschia aparece escrito así: Vradaschia.

El padre de los Bradaschia se llamaba Pablo Carlos y nació el 7 de mayo de 1953, pero murió a los 42 años el 23 de febrero de 1996. Su final se produjo cuando con otros tres hombres intentaron asaltar un obrador donde se construía el CPC de avenida Colón. El golpe fue frustrado por dos policías que fallecieron, pero también murieron Bradaschia y dos de sus cómplices.

Los hijos varones de ese hombre figuran en la lista con antecedentes por robos calificados y también en causas vinculadas a la ley de drogas.

Algo similar ocurre con los Rodríguez, que en realidad tienen edades más cercanas a la del padre de los Bradaschia que a las de los hijos. Igual sus nombres se repiten en casos de robos calificados, drogas, asaltos, etcétera.

En ninguno de los prontuarios figuran como amigos de policías. Eso no se registra. Los Bradaschia eran investigados por la División Drogas Peligrosas, pero no los Rodríguez.

Tucumanos

Desde hace tiempo en la zona se habla mucho de dos fantasmas, aunque algunos afirman que en lugar de dos, son cuatro. Se trata de Los Tucumanos. Son personas sin nombre que manejan parte de las tensiones en la zona que va desde Villa El Naylon a Juan B. Justo, incluido Mariano Fragueiro.

Los Tucumanos no solo serían distribuidores de cocaína ‒además de cocinarla‒, sino que también acostumbran a repartir armas a cualquiera que se las pide. Se dice que el revolver calibre 32 que tenía Marco Bradaschia cuando fue a visitar a Bárbara se lo habían dado ellos y que también fueron ellos los que le ofrecieron a Julio Bradaschia el soporte (y la droga) necesarios para enfrentarse a Rodríguez y disputarle la esquina.

Los Tucumanos son también los que dicen tener vínculos con policías de la comisaría cuarta y de la séptima de cuyas patrullas podrían haber salido los efectivos que esa noche fueron a allanar (en realidad a robar) a la casa de los Rodríguez después de recibir seiscientos pesos de Julio Bradaschia.

Curiosamente cuando se le pregunta a los policías de Córdoba por Los Tucumanos, resulta que nadie escuchó hablar de ellos. Resulta extraño entonces que en el barrio se los acuse de tantas cosas. Resulta extraño que una de las dos postas policiales instaladas en la zona conocida como El Pueblito esté justo al frente de donde se dice que viven los fantasmas. Tan extraño como el hecho de que todo el barrio haya visto que la madrugada del 23 de julio hubo un allanamiento en la casa de los Rodríguez y no exista ningún papel en ningún lugar donde ese operativo haya quedado registrado.

Desenlace

Después de que Marco le contó cómo estaban las cosas, Bárbara lo invitó a quedarse a dormir. Le dijo que si tenía miedo no tenía que regresar. Él aceptó y se tiró en la cama pero después de treinta minutos se levantó:

—Me voy, gorda, porque me van a robar todo.

Le dijo a Bárbara.

La comunicación entre la pareja se restableció a las siete de la mañana. Él mandó un mensaje de texto: “Gorda, venite para acá, necesito que estés conmigo. Necesito compañía”, le escribió. Eso despertó la ira de su mujer que respondió: “Qué querés, que me maten a mí. Dejame de molestar que estoy durmiendo”.

A las catorce Marco la llamó por teléfono y le contó cómo estaban las cosas: “Estuve hablando con el Choncho y la Trevi (la mujer de Julio Rodríguez), tratando de parar la bronca, pero está todo para la mierda. Empezaron a venir los hermanos de los Rodríguez y eso pasa cuando va a haber quilombo. Me voy a ir de acá, gorda. Me voy a alquilar una pensión. Te corto porque están peleando el Choncho y el Julio”.

Fue lo último que Bárbara le escuchó decir.

Esa pelea fue una lluvia de amenazas entre Julio Bradaschia y Héctor Rodríguez.

Los tiros

Cerca de las dieciséis de ese 23 de julio, Julio Bradaschia (quien no había parado de beber después de regresar del baile), su hermana Alma Carolina, Marco y una amiga de la familia, Soledad Silvina Sánchez, estaban en la casa de la esquina frente a la cancha de bochas cuando vieron entrar a los Rodríguez armados. Héctor, Raúl y Nancy.

—¿A ver qué tan pícaro sos?

Le dijo Héctor Rodríguez a Julio Bradaschia mientras le pegaba unas patadas. Cuando Julio quiso oponerse, los dos varones Rodríguez sacaron armas calibre 22 y le apuntaron. Entonces se escuchó clara la voz de Nancy Rodríguez:

—¡Tirale, tirale! ¡Matalo, Matalo!

Fue cuando Marco Bradaschia reaccionó en busca de ese destino que tan aterrado lo tenía. Sacó su revólver calibre 32 y funcionó como un llamador para que otras armas se apuntaran hacia él. Como pudo se tiró detrás de una mesa, pero dos balas lo hirieron. Otro proyectil fue a dar a la pierna de Julio, su hermano.

Fuga y captura

Bárbara y sus dos hijos no llegaron a ver vivo a Marco, que murió en el Hospital de Urgencias. Tenía veinticinco años.

Tras el incidente, el fiscal libró órdenes de arresto contra los tres hermanos Rodríguez, pero cuando fueron a buscarlos estos habían desaparecido. Dos de ellos (Raúl, a quien le dicen Fachi, y Nancy) lograron ser detenidos en Colonia Tirolesa tiempo después.

El fiscal Marcelo Hidalgo reconstruyó la disputa y los imputó como coautores de homicidio agravado. Héctor Rodríguez esta prófugo.

Hoy

Tiene unos cincuenta y cinco años y está sentado en la mesa del living de su casa, sobre la calle Avellaneda al 4500, a cuarenta metros de la casa de Los Rodríguez y cincuenta de la cancha de bochas. Soporta el calor de la siesta en cuero y con la puerta abierta. Sale a la vereda y atiende con gesto amable hasta que escucha la pregunta.

—Estamos haciendo un trabajo sobre el caso del chico Marco Bradaschia, que mataron acá, en la esquina.
—¡No! Pero yo no estaba ese día ‒reacciona, echándose para atrás y mintiendo‒. No vivía acá.
—En una de esas se acordaba, porque fue en julio.
—Sí, sí, pero yo recién llegaba al barrio. Justo ese sábado no estaba.

Unas casas más allá, una mujer que barre la vereda escucha la pregunta y se mete adentro con evidente miedo. Da el portazo con la puerta de chapa y, antes de cerrar el postigo color amarillo, moviendo la cabeza a ambos lados, dice:

—No. No estaba ese día.

Lo mismo repite el hombre de la casa de al lado. Justo ese día no estaba en el barrio porque había ido a “dar una vuelta”. Otro hombre, que tiene una remera verde y está sentado en una moto, es el más claro:

—Sabés qué, ese día en el barrio no estábamos ninguno. Nadie vio nada —dice, y se va en la moto, mirando hacia los costados.

La casa de los Bradaschia está cerrada. La de los Rodríguez también. Nadie vive en ninguna de las dos. La cancha de bochas parece un cementerio.

Guerra invisible en la frontera

Publicado: 25 septiembre 2013 en Lucas Jiménez
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—Cómo lo dejaron, mi mayor —balbuceó el guardia Silva, cuando sus colegas destaparon el cadáver—, venir desde Lima a morir tan joven.

El cuerpo acribillado del oficial llevaba dos días cubierto con un plástico amarillo. Tenía puesto un poncho verde y botas de jebe. Al derrumbarse sobre el barro en un costado del camino que baja de Jiclas, había quedado boca arriba, con los brazos abiertos y la cabeza hacia el monte. No miraba en ninguna dirección, o al menos no era posible saber hacia dónde miraba. La hinchazón del rostro le cerró los ojos y a Silva se le ocurrió que ese cuerpo deformado pegoteado con sangre reseca, en nada se parecía al de su nuevo jefe, tan caballero ese mayor limeño y decente y sonriente en esas tardes nubladas en que subía a jugar tenis de mesa en el segundo piso de la Jefatura Provincial GRP de Ayabaca. A tres metros del cuerpo del mayor Benites, bajando hacia la quebrada Tuelcas, había caído el cabo Dávila. Ambos tenían perforaciones de bala en el pecho.

Ahora que recuerda esa tarde lluviosa de 1983, a Silva aún le parece ver a los campesinos de Jiclas alentados por su teniente gobernador, empinándose las galoneras de aguardiente, mientras llevaban en hombros los cadáveres bañados en timolina a falta de formol. 24 años después de ayudar a levantar y trasladar hinchados a los mártires por el resbaloso camino enfangado hacia Ayabaca, Silva confiesa que aumentó el temor a ir a la frontera. Él mismo evitó que lo manden a resguardar hitos. Justo ahora resguarda una entidad financiera en una calle céntrica de Piura. “A quién no le iba a dar miedo exponerse a que lo maten”, dice tocándose el chaleco antibalas. Y alguien que, por trabajar cerca de la central de radio, recibió reportes de tantos asaltos, balaceras y muertes de policías en las rutas de la droga en los años 70 y 80, sí que sabe de qué habla. Esa guerra nunca se detuvo en la frontera y en 25 años ha cobrado más bajas en el bando policial que en el lado de la droga.

De 1979 al 2004 el narcotráfico eliminó en Ayabaca a once policías, pero el país no se enteró porque ocurrieron en diferentes fechas. El Estado no se conmovió tanto como en el año 1993 cuando Sendero Luminoso eliminó a 17 policías en un solo atentado en Huarmaca. ¿Quién tiene el control en la frontera? Se preguntaron los piuranos en el 2004 cuando agentes antidrogas de la Divandro sufrieron el secuestro de uno de sus efectivos, Carlos Peralta Monteza, y tuvieron que canjearlo por un detenido con 200 kilos de droga, al ser atacados por 500 vándalos que incendiaron un carro policial, en La Tina (Suyo). El mismo mes vándalos que protegen a narcos y contrabandistas mantuvieron varias horas secuestrado a un agente de Adunas ecuatoriano. Lo canjearon en Macará por una carga de petróleo incautado. “Ayabaca prácticamente es una zona donde el narcotráfico hace lo que quiere. El Estado tiene una escasísima y debilísima presencia”, me había dicho Fernando Rospigliosi, ex ministro del Interior de Alejandro Toledo. Y lo dijo una mañana de setiembre en que llegó a El Tiempo a informarse sobre la banda que baleó a dos policías el 5 de abril de 2007 en la zona de Rayo El Molino, en plena intervención de un laboratorio de cocaína.

En el 2007 el Perú vio por TV sollozos de ojos irritados, lágrimas y muerte producto de una escalada violenta que mató policías en Ocobamba, Huancavelica, Lima y Ayacucho incluso hasta horas antes de la Nochebuena. El país no se enteró de que esa guerra ya había empezado en Ayabaca a fines de los ’70. Y que el enemigo fortalecido por un estado casi ausente —al que algunas veces le ha robado pistolas y armas de guerra de sus puestos de vigilancia fronteriza (PVF)—, parece estar mejor armado. Quizá por eso, unas veinte toneladas de droga pasan cada año por esta cadena de cerros gélidos, según estima el fiscal provincial Manuel Sosaya.

Esta historia es sobre esa guerra silenciosa. Invisible para el Estado pero que podría ser más peligrosa que en las cuencas cocaleras peruanas, justamente porque avanza sin llamar la atención, gota a gota, fuera de las portadas y ediciones estelares de la TV. Ignorada por los propios encargados de la interdicción detrás de los últimos caminos y cerros del norte del Perú.

—Aquí tenemos el problema de drogas, pero no en la magnitud con que se da en las zonas de cultivo. Aquí es más trasteo o traslado, la producción y la violencia se dan en el otro lado (Valles de los ríos Apurímac y Ene y en la cuenca del Huallaga) —me dijo hace unos días el general Luis Henríquez Palacios, máximo jefe policial en Piura. Fue al final de la graduación de la promoción 2007 de la Escuela de Suboficiales PNP de La Unión, al preguntarle cómo evitar más muertes de policías en manos del narcotráfico en Ayabaca.

—Efectivamente, Juan Benites Luna murió (en Ayabaca) y un complejo policial lleva su nombre en Piura, pero el narcotráfico acá no se da con la violencia que se da en las zonas cocaleras —volvió a “tranquilizarme” el general, momentos después de pedirle a 115 nuevos policías que imiten las virtudes de un efectivo asesinado a tiros por dos asaltantes en Piura.

Jefe, cuídese

No hablaba mucho, pero aún conservaba el entusiasmo triunfalista propio de sus cuatro años de cadete en la escuela de oficiales GRP. El mayor tal vez había salido sin haberse puesto el poncho. “Aypate”, el mulo que lo llevaba cuesta arriba por la montaña de Chacas, no corría pero tampoco era lerdo. Los pocos guardias republicanos que lo habían visto partir “muy respetuoso”, “muy gentil”, muy Juan Edmundo Benites Luna, acompañado de un cabo chiclayano, recuerdan haberlo notado optimista. Lucía casi contento, cuando salió de la Jefatura del Subsector Fronteras Ayabaca, en la esquina de la Plaza de Armas. Y tenía motivos de sobra para estar malhumorado. En pleno fenómeno de El Niño del 1983 que a un oficial peruano lo cambien para trabajar en Piura declarada en emergencia, devastada, aislada por las lluvias, ya era bastante cruel. A él lo habían enviado muchos cerros más arriba, 234 kilómetros al noroeste de Piura, a un moridero triste andino llamado Ayabaca, a donde en esos meses no llegaban carreteras, ni teléfono, ni sal. Desde su llegada a inicios de abril, no había podido llamar a Miriam. En dos meses y 17 días de estadía, la única forma de decirle estoy bien, a dos mil 709 metros de altura, era por telegrama. Era el primer año que la señora Santolaya de Benites y su hijo Juan Carlos, iban a pasar separados de él, el día de su cumpleaños. Faltaba más de un mes para el 23 de junio, él quiso prepararse con tiempo para evitarles esa tristeza. Quería ir a Lima y cumplir la edad de Cristo en casa. Se lo dijo a algunos guardias de confianza. Que pensaba visitar la frontera, elaborar un informe, presentarlo como muestra de buen desempeño ante el coronel Serna en Sullana, para merecer unos días de permiso, para estar con la familia. Les caería de “sorpresa”. La idea tal vez lo animaba esa mañana del 17 de mayo, cuando subía por el cerro Chacas, acompañado del cabo Dávila.

Riesgo

Para entonces, siete policías habían muerto en los últimos cuatro años alcanzados por disparos de traficantes de PBC. Pero ningún guardia había convencido al mayor Benites de que ir a la frontera acompañado de un cabo en lugar de una patrulla, era más que riesgoso. Era casi un suicidio porque Dávila, su acompañante que montaba el mulo “El Ayavaquino”, desconocía qué ruta era la más segura. En 1983 el tráfico ya era intenso. Los crímenes de la droga ya habían convertido en zonas rojas varios caminos y poblados ayabaquinos, como Jiclas. Cada vez más armas protegían las cargas de pasta base. En setiembre del 82 desaparecieron dos fusiles en el PVF El Remolino. En Perú, desde el 80 la producción de coca empezaba a tornarse incontrolable para el gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Con nuevos centros de producción en el Alto Huallaga y el Monzón, la superficie sembrada había superado las 35 000 hectáreas, según el informe Coca y cocaína de Antonio Brack Egg. Durante el desastre pluvial del 83, la presencia represora del Estado y su lucha antidrogas basada en un decreto ley 22095 del año 78, era aun más débil en esta zona de frontera. Puestos de vigilancia como el de Algarrobal, hacia donde el mayor Benites se dirigía esa mañana, contaban con muy pocos efectivos asignados y algunos empezaban a ser objeto de robos de las armas del Estado. La delincuencia ya no se contentaba con revólveres. En marzo del 82, dos delincuentes habían violentado el PV de Algarrobal de adobe y teja. Hirieron al guardia Edwin Garay Portilla y robaron un fusil automático y dos ametralladoras, según consta en el informe elaborado por el jefe del PV del año 82.

—En ese tiempo si ibas a la frontera sin conocer, cualquier narco podía dispararte sólo porque ibas uniformado —recuerda Antonio, otro ex republicano que trabajó con Benites.

“Los policías sabemos de los riesgos que corremos. Nadie quiere ir a la frontera. Pero el deber nos llama. No es fácil estar un mes sin ver a la familia, llevar alimentos, cocinarse uno mismo, o comer lo que haya en la zona”, me dijo el general Remigio Hernani Meloni, ex jefe de la I Dirtepol Piura, una mañana de abril del 2004, al comentar sobre la muerte del policía chiclayano Segundo Humberto Mantilla Bautista, asesinado ese mes en La Cuya, Aragoto.

Veintiún años antes, esa mañana del 83 mientras subía a la cima del Chacas, el mayor Juan Benites no llevaba en la alforja arroz, menestra, fideos y conservas para un mes, como los subalternos. En los puestos visitados, Algarrobal, Sausal, Playón, Remolinos y Quebrada Los Mangos, iban a invitarle comida, por eso sólo compró atunes y galletas para cuatro días. No esperaba demorarse más en la supervisión, porque iba a recorre sólo cuatro locales policiales. Por orden suya y en simultáneo los otros cuatro puestos serían supervisados por el capitán Félix Díaz Minaya, acompañado del cabo Idelso Fernández. Cumplida la misión, ambos equipos iban a encontrase en Los Mangos. A no ser que haya sorpresas. Como arriesgarse a pasar por Jiclas.

Si vas para Aragoto…

¿Alguno de los campesinos con los que me cruzo en la carretera que va de Ayabaca a la frontera, sabrá cómo mataron al mayor Benites? Me lo pregunto una tarde de octubre después de pasar frente al Chacas. Siempre hay niebla en la punta de este cerro de 3 mil 7 metros de altura. El inicio del camino de herradura que trepa por la montaña, el mismo que siguió el oficial limeño hacia su muerte, se ve oscuro como túnel… ignorado por la carretera que pasa mirando esos caminos, laderas, faldas, cerros donde termina el Perú. Ayabaca limita al este con el país de los pasillos. Algunos de esos últimos retazos azules de patria que parecen flotar en humo blanco deben ser Chocán, Cachaco Bajo o Llicsa, algunos de los numerosos cerros productores de amapola y marihuana. Por esa franja de frontera apenas visible a lo lejos, aumentó la producción de bellotas, hojas alucinógenas y el paso de mochileros o arrieros con PBC y cocaína del Vrae o del Huallaga. “El número de incautaciones entre el 2000 y el 2005 ha sido diez veces más que toda la década anterior. Definitivamente el narcotráfico aumentó”, va a decirme el fiscal de Ayabaca, Manuel Sosaya. Pero los decomisos bajaron. Ni un solo atestado por tráfico de PBC o cocaína formuló en el 2007 la comisaría ayabaquina, al menos de enero a octubre (aunque sí veinte por cultivo de marihuana).

El Perú produce más de 240 toneladas anuales de cocaína, según cifras oficiales, de las cuales —estima Sosaya— veinte saldrían por Ayabaca, una ruta fácil para cruzar la frontera. Los pasajeros que hoy llegamos de Piura en un ómnibus de la empresa Poderoso Cautivo, pudimos haber traído droga en la mochila, sin problemas, porque el carro no fue revisado en ningún control policial a lo largo de los 234 kilómetros de viaje.

No hay ningún puesto fijo para revisión de viajeros en las carreteras de Ayabaca hacia el Ecuador. Menos en Aragoto, considerado por Sosaya como “sitio de comercio, planificación de los delitos, donde llega gente que supuestamente viene a comprar” (droga), y donde el año pasado no se hizo ninguna operación de patrullaje. Llegas una mañana cualquiera a su única calle y todos te miran con desconfianza. Nadie es amable con los extraños. Lo comprobó hace pocos días el sociólogo Jaime Antezana, uno de los más connotados analistas del narcotráfico peruano, al llegar de incógnito. “Las tierras son eriazas, no se ve producción agrícola, pero casi todas las casas son de ladrillo”, con techo de concreto armado. Antezana se hizo pasar como empleado de una empresa de servicio técnico, para poder llegar. Lo que más recuerda es el momento en que entró a comprar gaseosa en una tienda. Y se encontró con que la bodega no sólo estaba igual de abastecida como la de una ciudad, sino que incluso cambiaban dólares. “Ingresó un joven campesino que venía del caserío Gigante, donde se supone sólo hay campo, miseria y agricultura rudimentaria, sin embargo llegó a cambiar un billete de cincuenta dólares. También vi gente no mayor de 35 años que se pasa el día jugando cartas o en un billar… es evidente que son “traqueteros” y que este pueblo es el eje en que se mueve el narcotráfico, creo que aquí se inician los caminos de herradura para llevar al Ecuador la droga que llega de diversas ciudades del país”. Me dijo ese sociólogo, contento de no haberse arriesgado a ingresar a Llanos, el otro lado de Aragoto donde los ayabaquinos dicen puedes cruzarte con ecuatorianos y colombianos armados a cualquier hora del día.

Suspenso

Desde Socchabamba, junto a la flecha que señala el desvío hacia Aragoto, de este mítico refugio de la mafia sólo alcanzo a ver una loma gris, donde resaltan casitas de techos pálidos. Por allí hay más movimiento de burrieres en octubre debido a la fiesta del Señor Cautivo, en la que también aumentan los asaltos por la droga. Lo dicen los archivos policiales. Justo en estas fechas, en el 2005, en La Cunya de Aragoto apareció muerto en un camino el presunto traficante Arnulfo Culquicóndor Yanayaco. Un año antes en el mismo sector el suboficial PNP Segundo Mantilla Bautista cayó abatido con el pulmón roto por un disparo en el pecho. Dicen que un ex recluso lo vio pasar y al reconocerlo como el policía chiclayano por el que había sido investigado pocos años antes por drogas, le disparó para vengarse.

Sólo dos horas pudo permanecer Antezana en la única calle de Aragoto, donde hay seis teléfonos comunitarios y hasta promocionan televisión por cable. Ahora recuerda que cuando uno pasa por ese pueblo dolarizado y sigue hasta Calvas, encuentra que “toda la ruta es tierra de nadie, es de dominio del narcotráfico. No hay narcoterrorismo como en el Vrae, pero sí bandas del crimen organizado que se enfrentan a la policía”. Y por eso esta tarde me niego a seguir la flecha que ordena desviarse hacia la izquierda. Cuatro forasteros lo hicieron el 21 de setiembre del 2002 y nunca volvieron. Esa noche Miguel Vílchez Rycra, su hermano Ricardo y los primos Levis Bacilio Muñoz y Joel Vega Muñoz, procedentes de Ucayali, Junín y Lima, fueron torturados y acribillados posiblemente de rodillas. Sus cadáveres amanecieron tendidos en una pampa del caserío Charán, a pocos minutos de Aragoto. En las investigaciones los campesinos se silenciaron. Ni siquiera aceptaron haber oído disparos.

—Los cuatro habían sido ejecutados de manera brutal. Les habían dado el clásico balazo en la nuca. Parece que primero los inmovilizaron para después victimarlos. Desde entonces han ocurrido varios crímenes de esta naturaleza que más responden a la tipología del crimen por encargo: alguien manda a matar a alguien por una situación oscura —me dirá el fiscal Sosaya, cinco años después de levantar los cadáveres. Seguir la flecha hacia la derecha debe ser más seguro, pienso en Socchabamba, pero kilómetros más adelante otra vez me acobardo de ingresar por el cruce a El Rayo del Molino. Allí, a un costado de la trocha en un paraje distante a seis horas de camino, fueron emboscados 17 policías y el fiscal Sosaya, el 5 de agosto de 2007. La patrulla escapó con vida de las granadas de guerra que hizo estallar el enemigo y el grupo uniformado tuvo que huir sin munición y con dos policías heridos. Al día siguiente, cuando los bandoleros huyeron llevándose todo el clorhidrato de cocaína que protegían, llegaron refuerzos policiales, logrando la “destrucción” de un laboratorio de procesamiento que funcionaba en una casucha de adobes.

—Los que nos disparaban eran ocho pero tenían lanzagranadas y cada una hace por 30. Esta gente puede ser de las Farc, bandas ecuatorianas o sicarios de las zonas cocaleras de la selva peruana, menos campesinos de la zona. Usaban fusiles (israelíes modelo Galil) con doble cacerina pegada con cinta adhesiva. Se les acababa, cambiaban otra doble y seguían disparando en ráfaga… munición inagotable. Los policías sólo tenían una cacerina de fusil AKM —va a decirme cuando regrese después de este recorrido, el fiscal y sobreviviente del tiroteo.

Por ahora, la carretera se acabó en Carrizal. He pasado por Zacalla y Simbaca, donde nadie recuerda historias de policías muertos por traficantes como el de un mayor asesinado en Jiclas. El nombre del héroe antidrogas, Juan Benites Luna, se lee en la entrada a tres complejos policiales en las ciudades de Lima, Piura y Sullana, y en una villa policial de Ayabaca, pero aquí en Ambulco, donde acabo de llegar cabalgando un mulo, nadie lo conoce.

Ambulco: todos se van

—Aquí ya no queda gente… apenas once familias.

Las palabras, como salidas de la nada, vuelan impulsadas por el viento desde una esquina de la capilla vacía. La voz es de un campesino alto, erguido, de ojos claros, camiseta moderna y machete colgando. Es domingo y no se ve gente en Ambulco. Detrás de los últimos cerros de Ayabaca, a dos horas de la frontera con Ecuador, el sol empieza a dormirse más temprano que en la costa. El aire vespertino crispa los árboles, muerde los huesos, desequilibra el vuelo de los mosquitos. Juega con las flores del arco amarrado a la puerta para dar la bienvenida al sacerdote que acaba de llegar desde Ayabaca.

—La capilla es grande y nosotros (la población) muy poquitos. Insiste en sonreír el hombre del machete. Pero es una risita cautelosa, casi triste. Perros ladran detrás de los árboles. El cielo enrojece. Horas cabalgando, el cansancio, y las rarezas paisajísticas de Ambulco suman desconfianza en el viajero que no ve una sola casa. El pueblo es una pampa. Una alfombra natural empinada con un solo tejado en el centro, el de la capilla sin torre, sin campana, sin gente. ¿A dónde se fueron las casas (las once casas)? Las casas están escondidas a varios minutos, a muchas cuestas, bajadas o laderas de aquí. Si uno recorre los hogares encontrará muy pocos viejos. De entre los ambulquinos que vendrán a escuchar la misa de este año, la única anciana será Nicomedes Amaningo: “Aquí siempre hemos sido poquitos”, me dirá a sus 85 años, resistiéndose a aceptar que su pueblo va camino a desaparecer. Sin prestar atención a Nancy Gonza, su nieta rubia de seis años que la sigue a todas partes. La nenita va a contarme que se quedó sin padre. Y al preguntarle si se murió, dirá que no, que se fue a Miraflores (en la región San Martín). Y que no sabe si algún día volverá.

La página web de la Municipalidad de Ayabaca dice que Ambulco tiene 22 familias, los documentos de la capilla consignan trece —hasta el 2006—, pero ahora sólo son once, asegura Alberto García, el hombre del machete y el más alto del pueblo.

—¿A dónde se están yendo sus vecinos? —le pregunto, antes de que eche a correr detrás de su caballo negro.
—A la selva, po… Yo estuve allá.

Con sonrisita de curiosidad, y una soga entre los dedos, el hombre cuenta que el sueño de muchos es vender la tierra en Ambulco y comprar en la selva. El problema, cada vez es más difícil hallar hectáreas cerca de la carretera. Pucallpa, Loreto, Yurimaguas, Tingo María, son los destinos preferidos, dice.

—¿Y en qué trabajan allá?
—Si no llevas plata, trabajas de peón. Si compras o arriendas una tierra, puedes sembrar arroz o maíz, igual que acá.
—¿O sembrar coca?
—No. Eso no.
—¿No es peligrosa la selva?
—Los charapas son gente bacán (amable). Eso sí, no les gusta gente de malas costumbres… chismosa, ladrona. Si es así, la denuncian ante los cumpas (terroristas). A la primera y a la segunda les perdonan… a la tercera los desaparecen (los matan y los tiran al agua).
—¿Cuánto cuesta una hectárea de tierra?
—Estará a mil soles po…
—¿Y usted por qué volvió?
—Yo sólo fui de paseo.

***

Comparada con las casuchas de palos de los pueblos que llevo recorriendo en busca de huellas de esa guerra invisible que está matando policías y civiles, la capilla de Ambulco es una modernidad. Tiene poyos y mesas de barro recién construidos, puertas y ventanas de fierro, vidrios tipo catedral, y hasta feligreses con casaca jean, gorro a la moda y zapatillas de marca. El lunes parece domingo. Hubo canciones acompañadas por la guitarra del señor cura, bendición de agua no potable y de semillas, oración por los difuntos, por los cinco ambulquinos que a fines de los ochentas murieron por el cólera. Pero más piden por la salud y bienes de los que se fueron y no hay cuándo vuelvan.

Como JG que “no sabemos si estará vivo o muerto”, desde que se fue a Costa Rica (en la región San Martín), según me dijo ayer su madre que lleva casi dos años esperando que llame. Y al preguntarle por qué se van o se están yendo muchos aquí, su respuesta fue de esas que te dejan pensando: “Por eso de la droga… les gusta sembrarla, aunque dicen que ahora ya no los dejan porque la queman”. Ella misma y su marido se fueron hace años, no a sembrar coca sino alimentos. Estuvieron en Miraflores, otra zona de San Martín. Allá tenían un familiar, llevaron a los niños. Pero volvieron a las pocas semanas. Les fue mal. Ahora que su hijo de 22 años se ha ido solo y no llama, ella aprovecha la única misa del año para rezar por él. Porque esté vivo. O porque no la olvide. Al final de los rezos habrá bautizos y ahora mismo hay “actuación artística”.

—Público presente, voy a decirles unos bonitos acertijos: ¿qué le dijo el café al azúcar? —pregunta Gianmarco, alumno de la escuela primaria, alargando las vocales.

Al momento de presentarlo, al final de la misa del lunes, su profesor ha pedido disculpas por no haber preparado más números artísticos. “Es que tenemos muy pocos alumnos”, ha justificado ante la contada feligresía. En el pueblo todos tienen un amigo o familiar que se ha ido o piensa irse. ¿Y no querrán que Ambulco desaparezca? Ha preguntado el clérigo a sus fieles, y —como muchos dicen que se van porque sus campos ya no producen como antes— su consejo ha sido variar cultivos, sembrar zanahorias, lechugas, beterraga y no sólo maíz y trigo… “tienen una tierra muy generosa (productiva)”.

—El café le dijo: sin ti mi vida es amarga.

¿Todos son “platudos” por la droga en la frontera?: falso

La garúa no ha dejado de caer, desde Huamba hasta Lagunas de Canly. El camino se ha hecho “resbalo”, dice don Santiago, el guía. Resbalo significa intransitable, que en cualquier momento el mulo puede resbalar y estrellarte contra las piedras. O lanzarte a una quebrada, sin opción a pedir ayuda porque el celular perdió señal hace cuatro días.

A simple vista no hay muchos hogares en Lagunas. Están dispersos. En la subida hacia el arqueológico cerro Aypate hay una casita que fue puesto de vigilancia policial fronterizo. Por fin un vestigio de la guerra invisible. De este local, ahora sin efectivos, partió en 1983 el capitán GRP Díaz Minaya con el cabo Fernández para inspeccionar hitos. Nunca se encontraron en Los Mangos, como acordaron con el mayor Benites y el cabo Díaz, porque fueron asesinados, cuando bajaban de Jiclas a Algarrobal. ¿Cómo y por qué los mataron? Lo sabré al final de esta historia. Por ahora acabo de llegar sin sufrir caídas, por el mismo camino que siguió en agosto de 1981 el policía Walter Guerrero Alameda cuando también partió de este PV de Lagunas de regreso a Ayabaca, y fue asaltado en la zona de Tacalpo. “Inofensivos campesinos” lo despojaron de una pistola Browning con cinco balas. El arma, como las de largo alcance robadas entre fines de los ‘70 y los ’90 a diversos puestos o en asaltos a efectivos policiales, ahora son usadas para proteger cargas de droga, me había dicho en Piura el técnico Antonio.

Lagunas tiene agricultura no tecnificada que produce yuca, trigo, maíz y frutales que alimentan a 62 familias. En la posta médica, que atiende a cinco comunidades, la técnica de enfermería me suelta una cifra que estremece: ochenta de los cien niños que atiende tienen desnutrición crónica (de efectos irreversibles), el 60% de la población de Huamba, Ambulco, Simbaca, Talal y Laguas, toma agua de acequia sin hervir y aumentan los niños con parasitosis. La tierra produce de todo pero los niños son mal alimentados porque sólo se siembra maíz, trigo y menestras.

Al día siguiente en Talal me cuentan que de 74 familias, casi 35 no tienen tierra. La mayoría de propietarios no siembra más que hierba para el ganado o alquilan su fundo. Hay quienes viven en Ayabaca o Piura y sólo llegan a ver sus vacas. Muchos agricultores, como Jorge Merino Hacha, cansados de pagar con tres días de trabajo el derecho de alquilar una hectárea para sembrar maíz, decidieron marcharse a la selva. Este año ya son seis los que se fueron a Tarapoto y Bagua. Nadie sabe con precisión en qué trabajan.

—Estoy vendiendo tamales, empanadas, hago mis ahorritos, pero no sé si reúna para el pasaje. De todas maneras este año yo me voy a verlos. Mi esposo se fue llevándose a mi hijo, el mayorcito de 6 años. Ojalá estén bien, no duermo pensado en mi cholito —me dice Rebeca Huamán Neira, la esposa de Jorge Merino, cuando por fin deja de llorar. Aunque de ellos sólo sepa que el 9 de octubre treparon en un camión y se fueron “a un sitio” llamado Agua Blanca que queda en la selva, está segura de que va a encontrarlos.

Pero más triste que el llanto de Rebeca, bajita y lacia, es hablarle a Jesús sin encontrar respuesta. Sentado en el poyo de la capilla, Jesús de ocho años sonríe cada vez que le pregunto en qué grado está.

—¿No vas al colegio? Insisto por sexta vez, porque lleva demasiado tiempo sin palabras, y en vez de abrir los labios resecos por el viento, ojea las praderas y caminos resbalosos. Justo cuando voy a volver a preguntarle, un chaposo de su misma edad me detiene en seco.
—Nunca habla —sentencia—, es mudito. Y no sólo él —según me dice Miguel Merino, padre de Jesús; Víctor, su otro hijo, lleva siete años sin haber dicho una palabra, y no menos grave es el caso de Nela Rosario, tercera de la familia, que en cinco años sólo aprendió a decir “agua”. Sus padres no saben qué es un centro especial para sordomudos, así que ni siquiera saben el origen de tanta mudez.
—Ellos nunca han hablao… pero mi Cristhian Henry habló al año y medio —se apresura en aclararme Dilcia, la madre de los niños, emocionada de que alguien le pregunte de sus hijos sin burlarse. Casi sonríe hablando del único hijo que sí le ha dicho “mamá”. La señora Dilcia, con su blusa de domingo, infla el pecho, acelera sus palabras como quien quiere gritarle a esta campiña desoladoramente silenciosa que no todo está perdido. Que podrán ser una más de las familias sin tierra, pero pelearán contra el abandono, sembrando dos hectáreas de maíz en el terreno del vecino Hortensio Herrera. Y que esta vez será diferente, que el bebé de tres meses, su último hijo al que ahora tiene en brazos, sí va a hablar. Y mejor me despido sin animarme a preguntarles qué harían si algún día alguien llega a ofrecerles mil 500 soles o dólares por llevar una carga de cocaína al Ecuador. “Hay que evitar el abandono del Estado, su ausencia es muy fuerte en estas zonas de frontera”, diría Jaime Antezana si viera a la familia Merino. Y que en Talal y en todas las mil 550 hectáreas del distrito ayabaquino y también a lo largo de 31 puestos de vigilancia fronteriza desde Espíndola hasta Alamor, se requiere una estrategia antidrogas que además de combatir a las firmas, incluya un programa de desarrollo para los más pobres. Como Dilcia que —antes de treparme al mulo de regreso hacia Ayabaca—, me regala una franca mirada de desinterés cuando le hablo de un lejano centro especial para sordomudos en Piura.
—Oiga: ¿cobran en ese lugar..? ¿Cómo me dijo que se llamaba?

34 años recordando un crimen

—Mi cholito entró y se desmayó. Cayó “muerto” (inconsciente) mi hijito. Lo desperté y empezó a llorar diciendo… los mataron a los guardias, los mataron a los señores. Después se echó en su cama. Pensé que se iba a morir. Le di agua de asares, una pastilla coramina y tantos remedios caseros. Poco a poco fue volviendo.

Tres horas antes de oír el llanto de Abel* hablando de disparos y muertos, su madre, la esposa del teniente gobernador, lo había llevado a recoger alberjas para la merienda. Acababan de llegar de la “arada” (chacra), cuando a su casa de Jiclas, la única de paredes blancas, llegó Benites y Dávila preguntando cómo llegar a Algarrobal. Se cubrían de la lluvia con ponchos de jebe pero era posible saber que eran policías porque llevaban gorros verdes con las iniciales doradas de la Guardia Republicana del Perú (GRP) y el cabo un fusil MGP. De la cima del Chacas habían bajado al caserío Joras. En Aúl, el camino se parte en dos y su error —según me dirá “Silva”—, fue no desviarse hacia el camino más corto y seguro que pasa por México, Checo y Tunal.

Ellos habían seguido la ruta más larga, Minas, Jiclas, Sausal y Guiriquingue, frecuentada por la mafia. Una emboscada con un policía muerto no le daba buena reputación a esta ruta. Había ocurrido en julio del 1981 en la quebrada Tuelcas de Jiclas: el suboficial Alfredo Sesarego Flores fue acribillado. Sobrevivió su compañero de ruta, el subteniente Willer León Castañeda. Pero les robaron dos fusiles, números 262 y 264, más cuatro cacerinas con 80 proyectiles. Un año y diez meses después, cerca de las 6 de la tarde del 17 de mayo de 1983, Benites y Dávila estaban a punto de pasar por la misma quebrada.

—Se estaban yendo al puesto policial de Algarrobal —recuerda la señora Aurolinda bajo un gracioso sombrerito de lana marrón—, pero no conocían el camino. Como mi cholito estaba ahí mirando a los señores, me pidieron se los preste para que los guíe hasta el puesto. Y así fue. Lo mandé que vaya a ver a un compañerito, Arbilio (otro niño de su edad). Y se fueron acompañándolos. Estaba dándole el agua (llovía despacio), ya era tarde, les dije que mejor se queden. Pero el mayor dijo que se iban porque tenían urgencia. Ni bien salieron se largó el “porrazo de agua” (lluvia torrencial).

Casi tres horas después, Abel a sus once años regresó sabiendo más de miedo a la muerte que de galones y grados:

—Los mataron a los mayores.

***

Veinticuatro años después de esa tarde del 17 de mayo de 1983 en que un traficante de drogas ecuatoriano acribilló con disparos de fusil al mayor Benites y al cabo Dávila, cerca de Jiclas, Abel, uno de los dos niños que vieron el crimen, tiene 38 años, esposa y un hijo de unos once años. El escolar de cabello recién recortado me mira iracundo sin entender por qué insisto en entrevistar a su padre, molesto porque no me voy, aunque ya me han dicho que él no está. La casa de adobes y balcón de fierro, donde el testigo vive con su esposa e hijo, es de su padre Tarquino Yanayaco Julca. Don “Tarqui” era teniente gobernador de Jiclas en 1983. Entonces tenía 52 años. Ahora tiene 76 y sólo me deja pasar a su casa cuando le hablo de dos policías que conoció en esos años.

Acabo de llegar de Piura sólo para entrevistar a Abel. En las calles ayabaquinas ya no se escucha música del Cholo Berrocal, ni huainos de Los Herrantes y los camiones Dodge 300, patrimonio imprescindible de los narcos de los años 80, han sido reemplazados por camionetas station wagon, 4 x 4 y potentes motocicletas Honda. “Hay seis o siete familias de la zona y algunos de fuera, que —además de las que ya habían— en los últimos cinco años vienen mostrando claros signos de riqueza y nunca han sido objeto de una investigación financiera”, me dijo Jaime Antezana, ese prestigioso analista antidrogas.

Ni bien he bajado del ómnibus, una lluvia tan persistente como la que ese día lavó la sangre de los acribillados, me ha obligado a correr en busca de un mototaxi hacia el final de una larga y empinada calle de puertas cerradas, donde el testigo clave se ha comprado un solar. Por una rendija del mototaxi, en una esquina de la Plaza de Armas, he visto pasar fugaz la antigua casa de dos pisos que en mayo del ‘83 era la Jefatura del Subsector Fronteras GRP Ayabaca. Allí en el segundo piso, donde ahora funciona un hotel, fue la oficina donde Benites recordaba a Miriam, mirando su fotografía en el cuadro de su escritorio. “Era blanquita, muy guapa. Él casi no hablaba de ella, era muy reservado”, me dijo Silva.

Ahora en la salita de su casa de adobes sin pintar, atestada de herramientas agrícolas, un ropero viejo y bolsas de cemento, don Tarqui no ha querido sentarse, mientras recuerda que la noche del 17 de mayo llegó de su chacra como a las siete. Le alegró saber que Abel se fue guiando a los guardias, pero una hora después, al escucharlo sollozar contando la desgracia, fue todo un ejemplo de autoridad, salió corriendo en busca de plásticos y ponchos y movilizó gente, para proteger los cadáveres de la lluvia. Hay quienes se amanecieron cuidando los muertos.

Abel, después de recibir la noche saltando cercos, piedras y hoyadas, no salía muy bien de su confusión, pero en las investigaciones iba a contar que corrió por su vida. Después de matar a los guardias, el hombre de la ametralladora brincaba como fiera rabiosa, quería matar también a los niños, no dejar testigos. Carhuallocllo, el peruano acompañante del asesino, lo detuvo. Abel y Arbilio, los niños guías, tuvieron que regresarse por otra ruta y por eso llegaron a Jiclas como a las 8 pm. En esta parte del relato, el ex teniente gobernador y su esposa se miran y ya no quieren contar más. Su nieto, el hijo de Abel, el escolar que me mira con furia, entra a decirles que su madre los llama. La señora Aurolinda desaparece por la puerta de la cocina. Don Tarqui le ha dicho “ya no digas nada más”, y también me abandona de pie entre sus cuatro paredes bañadas de luz tenue. En seguida entra el escolar que sólo responde con monosílabos al preguntarle cómo es ahora el pueblo de Jiclas de 30 familias, distante a seis horas de aquí. “Allá los ronderos matan a los chismosos”, dice casi desafiante. Afuera oscurece aun más y empieza a llover más fuerte, como cuando Abel vio al mayor y al cabo encontrarse en Jiclas cara a cara con su asesino.

Disparos en la niebla

—A mí me habían comisionado quince días antes para ir con el mayor… Yo iba a ser el muerto, eso pareciera pero es todo lo contrario. Al jefe no le pasaba nada si se iba conmigo, porque yo conocía la ruta. Pero a última hora ordenaron que se iba con él, el cabo Dávila. Yo jamás lo habría llevado a la boca del lobo —me dijo un policía que prefiere no revelar su nombre.

No sólo la ruta de Jiclas era de temer en 1983. Cuatro años antes (en marzo del 79) narcotraficantes habían asaltado y dado muerte al guardia republicano Occas Chilón en la zona de Lucarqui y en setiembre del mismo año, cuando se iba al PV Vado Grande, el GRP Dávila Fernández apodado La Bomba fue abatido cerca del puesto policial de Remolino. Cerca de la quebrada Tuelcas, a Benites —qué ironía—, se le ocurrió advertirle a su asesino sobre el riesgo de caminar por la frontera:

—La policía está para cuidarlos, pero ustedes no deben caminar muy tarde por aquí. Puede ser peligroso —le dijo el mayor al ecuatoriano y al joven peruano de 28 años, Teodoro Carhuallocllo Morocho, con los que acababa de cruzarse esa tarde de mayo en una curva del camino donde ahora se lee: “Recuerdo de Juan Benites Luna 17-5-83”.

Tras su intento de ser amable con los viajeros que esa tarde lluviosa caminaban con destino a Jiclas, Benites se llevó la mano al áfrica (gorro policial). Sólo fue para acomodárselo, pero el ecuatoriano lo interpretó como una señal de ataque y disparó contra ambos policías, tal vez creyendo que iban a despojarlo del dinero con el que —se supo después— llegaba a comprar unos 50 kilos de droga. Por entonces —y pese a la solvencia moral de Benites— muchos narcos de la zona temían ser asaltados por algunos policías. Además, tres años antes había cundido la novedad de que una patrulla GRP se había dormido esperando el paso de una carga ilegal, en un camino de Anchalay.

Despertaron cuando les disparaba otra patrulla policial. Cuatro republicanos, el subteniente Gustavo Córdova Rodríguez, el cabo Domingo Mellado Cáceres y los guardias Walter Nole Rodríguez y Loayza Urquizo, murieron esa madrugada de junio de 1980, acribillados por disparos de fusil. Pertenecían a los PV Algarrobal y Sausal. Julián Limache Puca, un quinto integrante de la patrulla, se salvó huyendo al Ecuador por el río Calvas. Dos fusiles fueron impactados por los disparos y tuvieron que ser reparados en Lima, según el informe Nº 11 firmado por el armero Francisco Benavides Egoavil.

Tal vez esa tarde del 17 de mayo el ecuatoriano Bolívar Pinzón creyó que iba a ser asaltado por Benites y Dávila. Quizá por eso se levantó el poncho disparando en ráfaga. Segundos después, el mismo día en que El Tiempo publicó que otros guardias republicanos dieron muerte a 25 senderistas cuando iban a volar un puente en Ayacucho, el gorro verde con cuatro galones dorados del desplomado oficial Benites y ex alumno del colegio limeño Ricardo Bentín, se manchaba de lodo en el camino de Jiclas hacia Algarrobal. Agua de lluvia empezó a lavarle las heridas en el pecho de quien ahora —si esa tarde no se llevaba la mano al áfrica—, muy probablemente sería general de policía de 56 años. El mejor subteniente de la promoción 71 “Teniente Coronel Enrique Herbozo”, en doce años había realizado, entre otros, cursos básicos para tenientes, el avanzado para capitanes, el Curso Internacional sobre Narcotráfico auspiciado por United States Department of Justice, Washington, EEUU, había ingresado a la Universidad Mayor de San Marcos y fue docente de Economía en el Centro Superior de Estudios GRP. Por eso una mañana del 83, en el despacho del jefe de la Primera Región de la Guardia Republicana en Piura, el coronel jefe se sorprendió con la respuesta de Benites, cuando le ofreció un favor: “¡Cómo, teniendo una carrera tan brillante te vas a ir a una zona tan alejada!, te ofrezco un puesto acá hijo, quédate”.

—Mi general, si el comando de Lima me manda, no puedo desobedecer.

Y fue. Y, pese a los muertos y robos de armas policiales en la frontera, se propuso imponer el orden, hacer del “honor, lealtad y disciplina”, algo más que un lema para el kepí de la GRP. Y sus orejas grandes se adaptaron a los 13 grados de frío y su apetito limeño al queso serrano y hasta le gustó el cebiche de carne de vaca que un día le sirvieron en el restaurante Miki. Silva, que lo acompañaba esa mañana, iba a invitarle al jefe —“cualquier otro oficial me habría dejado hacerlo”—, pero el mayor Benites le pagó la cuenta al subalterno. “Una vez me contó que en el dormitorio de la Escuela de Oficiales en Lima soñaba que se caía de la cama”, recuerda ese policía. Y que el cadete Benites volvió a levantarse al final de la pesadilla. Pero ya no pudo ponerse en pie en el camino que baja de Jiclas, porque en ese oscuro atardecer del 17 de mayo tenía el pecho perforado.

—Los fallecidos son el mayor y el cabo —se escuchó al día siguiente al mediodía en la central de radio del subsector Fronteras Ayabaca. Una patrulla del PV Algarrobal por fin acababa de ubicar a los inspectores de puestos policiales a quienes esperaban el miércoles 17.

El enemigo se fortalece, la policía no

Su mano dibuja un laboratorio de cocaína imaginario, borronea un cerro —de El Rayo del Molino—, ahora hace bolitas diciendo que algunas son narcotraficantes, otras policías y otras granadas. El fiscal —“cuando empiezan los disparos y luego las granadas, obviamente la policía me puso a buen recaudo detrás del cerro”— se ubica detrás de una montaña pésimamente mal dibujada.

La mano robusta repinta a ese fiscal detrás del cerro que el 5 de agosto de 2007 sí fue de verdad y no dibujado. Ahora responda, señor fiscal: ¿se corrieron o no? Diga si no le dio miedo. Los grandes ojos de don Manuel Sosaya —se calla para pensar—, dejan de mirarme a la cara. No ha querido ser fotografiado con su barba de varios días que hace juego con su chompa gris, se ve muy alto cuando se levanta a buscar un documento, me habla de su fortaleza física, de sus innumerables operaciones de alto riesgo (“Uuuu… como para escribir un libro”) y ahora deja escapar una risita: “Bueno, si a ponerse a buen recaudo puede llamársele correr… bueno, sí, pues nos corrimos. Estábamos en riesgo, ya no había munición. Teníamos miedo y seguramente eso debió ayudarnos a salir de allí”, admite el magistrado, acomodándose en su escritorio de la oscura oficina de la Fiscalía Provincial de Ayabaca.

Del 2004 al 2007 la cifra de cocaína producida anualmente en el Perú aumentó de 120 a 190 toneladas anuales, según el periodista Pablo O’Brien en el número 165 de la revista Quehacer. Las veinte toneladas que salen al extranjero por la provincia del Señor Cautivo, serán superadas ampliamente en el 2008 —estima Sosaya—, porque los cultivos aumentaron en las zonas cocaleras. Le creo. Debido al Plan Colombia, desde 1998 el crimen organizado “viene promoviendo el incremento de áreas de cultivo de coca en el Perú”, he leído en la página 19 de la Estrategia Nacional de Lucha contra las Drogas 2002-2007. El magistrado es optimista y dice que pese al intenso tráfico en su jurisdicción, la mayor cantidad de cocaína sale por mar. Jaime Antenzana cree lo contrario: que aprovechando la ausencia casi total del Estado en la frontera, las firmas movilizan por allí, en mulas y motos, más droga que por el litoral de Paita y Sechura.

Los delitos y faltas en general han seguido aumentando en las regiones de Piura y Tumbes de 10 mil 366 en el 2004 a 15 mil 152 en el 2006, según estadísticas de la I Dirtepol. No todo se debe al narcotráfico, pero éste “es muy poderoso, mueve muchísima plata y es muy violento”, me dijo Rospigliosi. Por Piura sale el 25 o 30% de toda la droga peruana, dice el fiscal especializado antidrogas Juan Mendoza Abarca. La comisaría de Ayabaca tiene siete efectivos para combatir a las grandes organizaciones criminales. Pero se necesita una base antidrogas con un mínimo de 150 hombres expertos en operaciones de alto riesgo. La I Dirección Territorial PNP que abarca Piura y Tumbes, debería contar con 6 mil efectivos y sólo tiene 2 mil 500, reveló el general Luis Henríquez. Si el Estado sigue ausente, la violencia podría llegar a ser incontrolable como ocurrió en algunos países de Centroamérica o en el Vrae, dijo el ex ministro Rospigliosi, la mañana en que hablamos en El Tiempo.

En Ayabaca la situación es excepcional. Los PV siguen con muy pocos efectivos asignados a quienes se les da sólo 6 soles diarios para comida. La comisaría ayabaquina funciona en una vivienda alquilada y carece de vehículos para labores de interdicción. Del 2006 al 2007, del penal de Ayabaca, con paredes de cuatro metros de altura, se fugaron ocho presos por narcotráfico. La desconfianza en los carceleros, algunos denunciados por las fugas dolosas, ha sido tal, que todos los narcos reclusos han tenido que ser trasladados a Piura, dice Sosaya.

—No sé si será la solución, pero sería una cosa muy positiva —insiste Sosaya, volviendo a recuperar la velocidad de sus respuestas, al referirse a la creación de una base antidrogas para combatir a las firmas que operan en la Sierra de Piura. El proyecto diseñado el 2004 por la I Dirtepol tiene la aprobación del Gobierno Regional, del Ministerio del Interior, incluso del Congreso de la República, menos de Economía y Finanzas.
—Yo no soy Papá Noel —bromeó el embajador de Estados Unidos, James Curtis Struble, una tarde piurana, semanas antes de ser cambiado a otra sede diplomática, cuando le pregunté si su país estará interesado en ayudar a combatir la droga en esta parte del Perú, financiando una base policial con helicópteros y comandos especiales, como lo hacen en las zonas cocaleras. Dijo que eso era una decisión política ajena a sus funciones. Es fácil deducir que nuestro aliado en el TLC no dará un dólar para parar la violencia de la droga en el Norte, menos en Ayabaca, porque somos un problema menor para ellos. El país de Bush se ocupa de combatir la droga principalmente en Colombia porque de allí sale el 85% de la cocaína que les llega y del Perú sólo reciben el 14%, según Jaime Antezana. Europa y Asia, a donde va la mayoría de la droga inca, no invierten en labores antidrogas en América Latina. “El Estado peruano tiene que poner la suya”, dijo Rospigliosi en una entrevista de Mariela Balbi publicada el pasado 9 de abril en El Comercio. Pese a las promesas del presidente regional César Trelles, de ayudar a hacer realidad una unidad élite antidrogas en la región Piura, la plata nunca llega. Y el terreno donado por la Municipalidad de Castilla para la Base Antidrogas ahora exhibe un edificio para vivienda.

Pinzón fuga en su último baño de sol

¿Cómo evitar que la violencia desatada por el narcotráfico en la sierra de Piura se torne inmanejable para el Estado? En busca de una respuesta llego una mañana al local recién estrenado del PPC, en la calle Cuzco de Piura. La ex candidata presidencial Lordes Flores, que ha estado sonriente durante una conferencia sobre su nueva dirigencia partidaria, se pone seria y su típico movimiento de manos se vuelve lento cuando me responde. “Ahora los ojos se han vuelto al Vrae donde está el problema mayor, pero ya sabemos que en el norte, en la frontera peruano ecuatoriana, concretamente en la sierra piurana, el problema está desde hace mucho tiempo”. Ayabaca ni siquiera figura entre los objetivos de la Estrategia Nacional Antidrogas 2002 2007, admite.

—Efectivamente, solemos poner los ojos tarde, donde el problema es mayor, sin recordar que hay antecedentes de otras regiones que se abandonan y que finalmente terminan siendo copadas por el narcotráfico que inmediatamente trae violencia.
—¿Cuál debería haber sido la estrategia antidrogas del gobierno en la sierra de Piura?
—Primero se necesita inteligencia para tener información clara. Y si se constata, como creo que es público que viene ocurriendo, lo que sigue es un fortalecimiento de las fuerzas del orden para, debidamente pertrechadas, acabar con estos focos. Aplicar la ley a fondo para evitar que esta gente perturbe la paz y el desarrollo regional.
—¿O sea en Ayabaca no está fortalecida la policía?
—Ciertamente no (al igual que en muchos otros focos críticos donde opera el narcotráfico). Y el gobierno se da cuenta harto tarde y ahora reacciona pidiendo más recursos, cuando el presupuesto presentado por el Ejecutivo ha debido incluir estos temas.

***

En el lado de la ley las cosas no parecen haber cambiado mucho en la frontera, pese a la inmolación del mayor Benites y a la muerte de otros diez policías. El narcotráfico en cambio es más fuerte. El 6 de septiembre de 2001 eliminó al subalterno Segundo Ramírez Navarrete por atreverse a incautar 29 kilos de droga en el sector Las Juntas, en Pacaipampa. El 5 de agosto de 2007, en el Rayo del Molino, los guerreros de la mafia demostraron estar preparados para enfrentar a cualquiera patrulla policial que se les cruce en el camino. ¿A quiénes habrá corrompido o corromperá el negocio blanco si las cosas no cambian? Pregunta sin respuesta oficial. Una de las tantas, como las de los numerosos crímenes sin resolver, que van quedando ocultos bajo el oscuro y lluvioso cielo ayabaquino que esta tarde sigue lavando la basura dejada por comerciantes y peregrinos del Señor Cautivo, en las calles aledañas a la Fiscalía. “Sería aventurado dar una respuesta”, dice Sosaya, negándose a decirme cuántos civiles y policías han muerto por la droga durante sus siete años de fiscal en Ayabaca. Más difícil aun es saber a cuántos profesionales o autoridades de saco o uniforme captó la mafia en todos estos años. En la región donde se halló droga dentro de las instalaciones de la Base Naval de Paita, donde se investigó posibles nexos de militares con la mafia del capo mexicano Lugo Romero, en el país donde “los políticos no hacen nada contra el narcotráfico porque están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones” —según el ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, Horacio Potestá—, mirar atrás siempre da pistas.

“En blanco sobre negro, creo que los políticos no hacen nada contra el narcotráfico, porque simplemente están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones generales, locales o municipales. (Por ejemplo), el FIM en la década del 90 incluyó a Humberto Chávez Peñaherrera alias Calavera, hermano de Vaticano, en el puesto número 10. Igual con otros partidos. Acá hay un problema de moral. Hasta hace seis años Caretas insistía en que Alejandro Toledo, mandatario del segundo país productor de hoja de coca, había consumido drogas y mostró un informe de la clínica San Pablo, indicando que se halló en la sangre del presidente rastros de droga”, me dijo Horazio Potestá, ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, quien denunció periodísticamente, basado en fotografías e indagaciones, posibles vínculos entre militares de la Primera Zona Militar del Norte con el cártel del mexicano Lugo Romero.

***

Lo último que se supo del ecuatoriano Bolívar Pinzón que mató al mayor Benites y al cabo Dávila en Jiclas, es que cayó en una operación policial como indocumentado. Desde su escondite, probablemente en la zona de Matamoros, había cruzado la frontera hacia el Perú una mañana de 1985, cuando efectivos del PV Sausal lo intervinieron a las 6:00 am. Sólo cuando lo condujeron al local policial, al cotejar su cédula de identidad con la lista de buscados por la justicia, sus captores se enteraron de que acababan de arrestar al ecuatoriano más buscado desde el 83 y cuya información figuraba en todos los PV como el autor del asesinato del mayor Benites y del cabo Dávila.

—Te jOdiste, tú eres el que mató al mayor —le dijeron sus captores, recuerda “Pesquisa 1”, otro de los policías cuya identidad no debo revelar.

Lo malo, dice, es que en lugar de llevarlo de inmediato a Ayabaca, lo tuvieron todo el día. Y un campesino de Sausal “fue, arregló” y le facilitó la fuga. El mismo día de la captura, a las 6:00 pm, el alférez jefe del PV ordenó:

—Sáquenlo para que tome sus últimos baños de sol, porque mañana temprano se va a Ayabaca.

Algunos vecinos oyeron disparos y a los guardias gritando que Pinzón escapó. El subteniente GRP y sus tres subalternos nunca informaron a su comando sobre la captura y “fuga”, pero dos semanas después una vecina, Dorila Llapapasca, los delató y todos fueron dados de baja. Desde su “último baño de sol”, no se ha vuelto a saber de Pinzón. Un extraño aura parece protegerlo y también a su cómplice Teodoro Carguallocllo que el pasado 21 de junio de 2007, mientras dormía, fue apresado con una cacerina MGP robada el día del doble crimen, según dijo la I Dirtepol. El joven de 28 años que desapareció con Pinzón tras el crimen de Jiclas, esta vez tenía 52 años, 90 plantas de marihuana sembradas en su chacra y el cargo de presidente de rondas campesinas del poblado de Mostazas. 150 campesinos con escopetas y cuchillos bloquearon la carretera y retuvieron a los cinco policías y al fiscal adjunto Marcelo Yauli López, cuando se lo llevaban preso. La comitiva hizo disparos, pero tuvo que irse sin el reo. Otra vez el enemigo impuso su voluntad.

***

Para afrontar al narcotráfico, en reunión de Estado Mayor, se ha acordado crear tres bases antidrogas, incluida la de Piura, dijo el general Luis Henríquez en octubre de 2007. Claro que los recursos aún no han llegado.

—Deseo exhortarlos a que imiten al policía cuyo nombre desde ahora los va a cohesionar aun más: el suboficial de primera PNP fallecido Emmanuel Gerald Medina Oblitas.

Vuelvo a escucharlo, meses después en el patio de la I Dirtepol, que lleva el nombre de un policía muerto en la guerra con Ecuador de 1941, Alipio Ponce Vásquez. El jefe policial dirige su discurso a los nuevos policías graduados de la Escuela Técnica PNP de La Unión. En estos días de críticas a la actual política antidrogas tras la muerte de efectivos en las zonas rojas de la droga, y luego de escuchar a los flamantes suboficiales cantando emocionados que “siempre habrá un policía… presto a morir por el Perú”, le pregunto a Flor Saavedra, una cajamarquina “chaposa” y feliz mientras se hace tomar fotografías con el hijo recién graduado, de uniforme impecable y risita nerviosa:

—¿No le da miedo que maten a su hijo? —le pregunto y se queda muda unos segundos. Quisiera decirle que vengo de recorrer muchas rutas de la droga, donde han muerto once policías, y que tal vez a su muchacho correctamente vestido lo manden a cuidar la frontera, donde podría ser alcanzado por ráfagas o granadas de alguna firma o cártel; que vengo de recorrer campiñas y precipicios donde ni siquiera se colocan flores, ni cruces allí donde muchos uniformados cayeron abatidos por las balas de la mafia, como para que sean olvidados y para que esta guerra sea realmente invisible. Pero no quiero interrumpirle su momento feliz.

—Da temor, oiga, pero yo siempre lo encomiendo a San Juancito. Él me lo va a cuidar —dice doña Flor y vuelve a posar para otra foto.

———

* La verdadera identidad de los testigos del doble crimen y de sus familiares se guardan en reserva por obvias razones de seguridad.

Marilyn es libre

Publicado: 20 septiembre 2013 en Facundo Bañez
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Allá.

Marcelo Cristian Bernasconi, declarado culpable de matar a su madre y a su hermano, vive allá.

Es un cuartito de dos por tres donde la luz del exterior llega opacada por los vidrios repartidos de un ventanuco. Hay remeras, polleras y medias que cuelgan de un improvisado cordel. Hay un póster de Jesús que decora una pared. También algunos papelitos con corazones pegados sobre la única cama del lugar y un ejército de moscas que zumban y revolotean por todas partes. Hay también un aroma rancio y embotado que parece palpitar desde siempre.

Allá, donde vive Marcelo, es una de las treinta y seis celdas que tiene el pabellón de homosexuales de la Unidad 32 de Florencio Varela.

—Mi lugar en el mundo -cuenta él, sereno y con una sonrisa que apenas se insinúa.

De cerca, esa cara de jovencito desgarbado y mirada saltona que se veía en los diarios muestra ahora la transformación: labios pintados, algo de rímel en las pestañas y un leve tono turquesa que le decora los párpados. El cabello está crecido y su nuevo apodo confirma el cambio:

—Marilyn -susurra-. Acá todos me conocen como Marilyn.

Pasaron casi dos años del día que mató a su familia pero Marcelo, o Marilyn, dice que lo recuerda como si fuera parte de otra vida. Fue, en realidad, la tarde del martes 26 de mayo de 2009. Ese día su madre Alicia Pérez y su hermano Carlos fueron encontrados muertos con disparos de una carabina 22 en la quinta El Rosario de la localidad de Oliden, a unos cuarenta kilómetros de La Plata. Fue una ejecución efectuada a poca distancia. El aviso lo dio quien en principio parecía el único testigo: Marcelo, por entonces de 18 años. El chico dijo que tres hombres entraron a robar a su campo y que él, tras ver cómo mataban a su familia, pudo escapar de milagro. La mentira duró poco. A las horas, a solas con el fiscal, confesó todo y dijo que lo hizo porque ellos nunca habían aceptado que fuera homosexual. También dijo que recordaba la discusión de la noche anterior con su madre y con su hermano pero que, de pronto, se le nublaba la memoria cuando quería pensar en el preciso momento en que hizo los disparos.

—Ahora me acuerdo -cuenta-. No lo pensé ni lo tenía planificado. Fue un impulso. Me acerqué con la carabina y apunté. Estaba con mucha bronca. Una bronca de años…

Quiere decir otra cosa pero se frena. Piensa. Se mira las manos y parece de pronto recordar algo.

***

“Nací el 6 de junio de 1990 en Magdalena. No hay fotos de mis primeros años pero era bien rubio y de tez bien blanca. Jugaba a la casita y mi mamá me compraba ollitas de plástico. Un día me empezó a regalar vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella… Mi hermano me llevaba 9 años de diferencia y casi nunca jugaba conmigo. Teníamos peleas como todos los hermanos, y en una de ellas me dijo que yo era adoptado. Eso me quedó grabado”.

***

Acá.

Nicolás Malpeli, abogado de Marcelo Cristian Bernasconi, dice que acá afuera el caso todavía lo sorprende.

No es el único: la productora Historias Cinematográficas, del director Luis Puenzo, se presentó un año después del doble crimen ante la defensa de Bernasconi con la intención de hacer una película sobre su vida.

—El proyecto está bastante avanzado -cuenta Malpeli-. En estos momentos están terminando de escribir el guión y calculo que en poco tiempo empezarán a filmar. Es una historia de película, sin duda. Marcelo es un pibe bueno y lo que hizo lo hizo porque no daba más. Está claro que su homosexualidad nunca fue aceptada por su madre y eso generó un infierno familiar que Marcelo sufrió desde muy chico.

Lo que dice el abogado se apoya en un informe realizado por Aldo Raúl Becce, un psiquiatra que trabaja como juez de menores en Trieste, Italia, y que desde un primer momento se mostró interesado y sorprendido por el caso. “Según las palabras de Cristian parece faltar una primera imagen que lo representa -dice el especialista-, como si de algún modo no hubiese un texto materno que lo inscribe en el mundo. Lo primero que esa madre quiso de ese hijo, la primera representación del niño, tiene que ver con ella misma: `Un día me empezó a regalar vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella’. Parece entonces que esta madre regala los signos de su ser femenino y son esas las únicas fotos de esta infancia. La madre retrata al hijo como a una mujer pequeña. El hijo, todo hijo, trata de satisfacer el deseo materno para lograr el reconocimiento. Es evidente que lo que quiere su madre (vestirlo de ella misma, vestirlo de mujer) y la evidencia que su hijo es un varón y que no es ella desató un conflicto”.

***

“A los once años me di cuenta de que me gustaban los hombres…No sabía cómo decírselo a mamá, hasta que tomé coraje y una tarde se lo dije. Como era de suponerse, los gritos de ella casi levantan el techo de casa. Yo nunca contestaba. Agachaba la cabeza y me ponía colorado”.

***

Marilyn.

Marcelo Cristian Bernasconi, condenado a perpetua por el Tribunal Oral 4 de la ciudad La Plata, pide que de ahora en más lo llamen Marilyn.

—Yo me siento mujer -dice-. No pienso en operarme porque me da miedo, pero por ahí el día de mañana empiezo a tomar hormonas para que me crezcan los pechos y la cola. Me gusta sentirme así. Acá todos me quieren y hasta estoy de novia. Hace tres días empecé una relación nueva. Antes salí con un pibe durante seis meses. Pero él se fue hace más de dos semanas y una tiene que seguir. Ojo: no vayas a pensar que soy rápida. Pero sí te reconozco que soy bastante enamoradiza…

Su nuevo lugar en el mundo, como lo llama, es una cárcel que se levanta a un costado de la ruta 57 y donde el régimen moderado hace que existan más alambrados que rejas. Cuando llegó, hace un año y con el pelo todavía corto, fue recibido por un grupo de chicas trans con tacos y siliconas que le enseñaron a maquillarse y, entre bromas y música de cumbia, a comprender que la mejor forma de vivir encerrado es no pensar en el pasado.

—A recordar acá le decimos cajetear -cuenta Marilyn, alegre y producida para las fotos-. Las chicas me enseñaron a que no me haga la cajeta. Por eso trato de no pensar en aquella tarde. Sí que me acuerdo de los disparos. Me acuerdo todo. Pero no quiero cajetear.

***

“A principios de 2007 mi papá empezó a tratarse con distintos doctores. En mayo ya sufría dolores fuertes y un día que quedamos solos en casa nos pusimos a hablar. Me sinceré y le confesé que era homosexual. Desde ese momento se unió más a mí y cada vez que tenía que ir al doctor me pedía que lo acompañara…Se le hicieron nuevos estudios y salió que tenía un tumor en el colon…El 24 de noviembre falleció… A los cuatro días no aguanté más y le dije a mamá que era gay. Me dijo de todo. Que era una vergüenza y que más me valía que nadie lo supiera… Al día siguiente vinieron visitas a casa y le conté a mi hermano buscando su apoyo, pero fue peor. Me dijo palabras que me dolieron muchísimo: `Cuando eras chico te tendríamos que haber tirado al chiquero de los chanchos. Sos un enfermo’. Sino hubiera habido visitas creo que me hubiera molido los huesos a palos. Desde ese día empezó el infierno. Todos los días me retaban, me insultaban y me miraban de mala manera…”

***

Sin salida.

Aldo Raúl Becce, psicólogo jurídico que analizó el caso y quien junto con otros colegas italianos piensa escribir una novela sobre esta historia, dice que Marcelo se encontró en un callejón sin salida.

—La falta de recursos psíquicos saludables para afrontar esta situación -apunta el profesional- le impidió la elaboración del conflicto. La creciente tensión familiar, el acoso y la negación de su persona lo llevó a un callejón del que no supo salir.

Allá, en su celda de la Unidad 32, a Marilyn se le repiten estas palabras y asiente como si las conociera de memoria.

—El único que me entendía era papá -musita, y de golpe pierde esa sonrisa aniñada y feliz de las primeras horas y adopta un gesto que no encaja en ese rostro de rímel y sombra en los párpados.

***

“Me controlaban la plata que gastaba y hasta la forma de vestir (no podía ser ajustada y no podía usar sandalias)…Un día me llamó un amigo gay que había conocido en un chat y me escucharon. Casi me rompen el celular. Me prohibían juntarme con chicos. Cuando venían amigos a casa mamá se sentaba en el medio y estaba en todas las conversaciones. No me dejaban salir solo y a los bailes tenía que ir con ellos y sentarme siempre al lado de mamá”

***

Sin visitas.

Ese chico que se siente chica y pide que la llamen Marilyn, hace tiempo que no recibe visitas.

—Tengo unos tíos en Bavio -cuenta-, de parte de papá. También unos en La Plata, pero ninguno de ellos viene a verme. Cuando estaba en la comisaría, antes de venir acá, el único que me visitaba era Matías. Mi novio. Pero la última vez que lo vi fue cuando me condenaron a cadena perpetua. Nunca más lo ví. Pienso en él y todavía me pongo mal. Creo que fue el único hombre que amé de verdad.

***

“En febrero, durante los corsos, conocí a Matías. Nos gustamos y decidimos empezar una relación. Mi hermano se enteró que él era gay y con mi mamá me prohibieron que lo viera. No les hice caso y un día invité a Matías a mi casa. Lo miraban mal y se metían en todas las conversaciones. Yo me sentía re incómodo…Antes de todo esto intenté matarme varias veces pero nunca tuve el valor para hacerlo. Una noche, en una discusión fuerte, agarré una cuchilla y me la puse en el cuello. Mi hermano me decía: `Dale, puto, morite’. Pero no me animé”.

***

Elegante y coqueta.

Marilyn, como todos la conocen en el pabellón de homosexuales, dice que ahora es una mujer elegante y coqueta.

—No me gusta andar así nomás -cuenta-. Soy de usar polleras y trato de estar siempre bien maquillada. En el pabellón, claro. Cuando salimos al patio no me dejan usar pollera y ando de pantalones. Los guardias me respetan pero me explicaron que de mujer puedo provocar al resto de los internos. Yo lo entiendo y lo respeto. Acá estudio Derecho y cuando voy a clases me pongo pantalones. Hay que cuidar las formas. Ojalá el día de mañana pueda andar siempre de mujer. Como Florencia de la V. Yo la admiro mucho a ella, pero no me gustaría trabajar en el teatro. ¿Cómo me imagino? De Abogada. Casada, formando una familia y defendiendo a quienes lo necesiten.

***

“El lunes 25 fui a la tarde a la casa de una vecina con mi amiga Marta en su moto. A la vuelta, como llovía, le dije que me dejara en la tranquera así no manejaba en el barro. Cuando llegué a casa ellos me empezaron a gritar y no me creían que había estado con Marta. Traté de explicarles de mil formas que era verdad…Yo me fui a dormir y cuando ellos vinieron al cuarto (dormíamos los tres en el mismo cuarto porque decían que sino yo de noche me escribía con putos) me hice el dormido. Esa noche me desperté como a las 3 y ya no pude dormirme. Sonó el despertador a las 5,45 y yo aún estaba despierto…Me puse la ropa del tambo y salí al campo a buscar las vacas para ordeñar. Las traje al corral y mi hermano siguió gritándome. Cuando terminé de ordeñar, al levantarme y seguir escuchando los gritos de mi hermano, sentí un calor muy fuerte en mi cara. De ese momento recuerdo entre nubes un tiro…Después sentí un aire frío y cuando me di cuenta estaba corriendo en medio del campo con el arma en la mano. La tiré, me descompuse. Estaba agitado y muy confundido… Recuerdo también otro tiro y a un montón de pájaros que salieron volando. Yo estaba ahí, sin entender…Entonces empecé a correr a lo de los vecinos e inventé que nos habían asaltado…”

***

Mucho tiempo después, con la condena ya consumada, el psiquiatra Becce dice en su informe que Bernasconi “sólo pudo escapar de ese encierro asfixiante a través de un pasaje al acto, bajo los efectos de una emoción violenta con pérdida parcial de sus funciones psíquicas. La emoción violenta, estado transitorio alterado de la conciencia, explica la ausencia de memoria del momento homicida”.

Mucho tiempo después, en su celda de Florencio Varela, Marilyn dice que recuerda todo pero que prefiere no cajetear.

—Lo que tenía que decir de mi pasado -razona con tranquilidad- ya lo escribí en un montón de cartas cuando estuve en la comisaría. Ahora trato de pensar en otras cosas. ¿Si los extraño? Sí. Un montón. A los tres extraño un montón. Eran mi familia y siempre van a estar en mi corazón.

Dice esto y se queda callada. Se acomoda el pelo. Parece no decir nada más pero enseguida, con algo de rubor, arquea una ceja y recupera el tono.

—Es contradictorio -asume-: me arrepiento de lo que hice pero, al mismo tiempo, siento que acá puedo ser yo misma. Me liberé. Está claro que tendría que haberme ido de casa. Pero no pude. No supe. Contradictorio, ¿no? Me arrepiento todos los días de haberlos matado, pero acá encerrada es la primera vez que me siento libre.

El club de la pelea

Publicado: 16 septiembre 2013 en Alex Ayala Ugarte
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“Estás muerto, gringo. Van a terminar contigo a puñetazos”, me dice un niño de pocos palmos, con los ojos como virutas encendidas, un rato después de mi llegada a Macha, un pequeño pueblo ubicado en el norte de Potosí, uno de esos sitios que se mimetizan con el paisaje y pasan fácilmente desapercibidos, que ni siquiera son un punto claro en los mapas. Metros más allá, desde una empalizada, llueven un par de piedras chiquitas. Es otro aviso. Aquí ningún extraño es bienvenido, al menos para el ritual del tinku, que reúne todos los años a dos mil campesinos de las comunidades de la región en la misma fecha que otra festividad católica que rinde homenaje a la cruz de Cristo: el 4 de mayo.

Dentro de unos días, para dar inicio a los festejos, los comunarios de la zona, tras una dura peregrinación de horas en algunos casos y de casi una semana en otros, entrarán danzando al pueblo con grandes cruces sobre sus hombros, con cruces vestidas como si fueran soldados. Jesús, representado en ellas por un trozo de yeso con facciones humanas, se transformará entonces, simbólicamente, en un guerrero más, en otro campesino dispuesto a dar batalla. Con las primeras luces del alba comenzarán los combates cuerpo a cuerpo y correrá la sangre. Quizás alguien perderá una pierna, un dedo, un ojo o a un ser querido. Pero no en vano: la sangre de los púgiles se ofrendará después a la Madre Tierra para que las cosechas de los meses siguientes sean generosas.

Macha, sin embargo, todavía está vacío. La batalla será el viernes y la gente no comenzará a llegar hasta la noche antes. Hoy es martes y los silencios del pueblo, de menos de mil habitantes, son incómodos, como si se tratara de uno de esos pozos sin fondo en el que nunca alcanzas a escuchar el chapoteo de una moneda al caer al agua. “Los machechos son jodidos. Se sacan la tela peleando”, me había alertado en la población minera de Llallagua horas atrás el dueño del “Rincón del Tinku”, un local que despacha cerveza barata cuya entrada, una especie de túnel, es húmeda y estrecha. Pero en Macha aún no ha pasado nada. Y no parece que se vaya a producir la hecatombe que me habían anunciado. Los muros gruesos de adobe y las fachadas de ventanas diminutas hacen de las casas, que no suelen ser de más de dos alturas, un lugar difícil, lúgubre y estanco. El polvo se enrosca formando remolinos imposibles que se pierden después en la línea del horizonte, en pleno valle, entre tonos verdes, metálicos y grises. Las puertas permanecen cerradas: algunas con un candado y otras apenas con una cuerda. No se ve a casi nadie por la calle y el único ruido fuerte es el del viento, pero da la sensación de que decenas de ojos me estuvieran vigilando. Si los muros hablaran, creo que repetirían una y otra vez las palabras que escuché hace unos instantes: “Ya estás muerto, gringo”.

En el hotel Villalba, donde me alojo, un reloj de pared siempre da la una, como si en el pueblo el tiempo se hubiera paralizado. Si no fuera por las amenazas, una constante desde que bajé de un minibús cargado con diecinueve personas y el chofer a pesar de tener capacidad únicamente para doce o trece, pensaría que Macha podría ser perfectamente Comala y yo Pedro Páramo, ese difuso personaje de Juan Rulfo que no sabía muy bien si se hallaba en el mundo de los muertos o en el mundo de los vivos. Me invaden las dudas, pero frente al único teléfono público del pueblo, embutido en un par de botas de goma, con los ojos difuminados por la sombra de un sombrero de ala ancha y vestido de negro, un comunario cortante como una arista enseguida me recuerda donde estoy parado: “¿Sabes pelear? Si no, mejor te vas por donde has venido”, me dice.

***

Miércoles, 2 de mayo. Los campesinos esperan aún en sus aldeas. Es el momento de la primera cha’lla[1], de regar la tierra con bebidas espirituosas. Los futuros combatientes se pintan las caras y las palmas de las manos con la sangre de una llama sacrificada. Parecen una tribu de reductores de cabezas a la espera de su trofeo. Toman alcohol potable de noventa grados como si fuera agua para entrar en trance y bailan como una manada de lobos en celo. Es la hora de los preparativos: cualquiera podría morir en unos días y no pasaría absolutamente nada. Sería más bien una buena noticia para ellos.

Las comunidades que se enfrentarán el día 4 se dividen en dos bandos, según su ubicación geográfica. Por un lado están los de arriba (alaxsaya); por el otro, los de abajo (maxasaya). “Según nuestra cultura, todo es par. Nada existe en nuestro mundo sin la participación de dos elementos. No hay vida sin el macho y sin la hembra. No llueve sin una nube fría y otra caliente. Hasta nuestra sangre transporta glóbulos rojos y glóbulos blancos que se complementan. Y con el tinku ocurre prácticamente lo mismo. Tinku en castellano quiere decir ‘encuentro’, que dos parcialidades se juntan porque se necesitan para conformar un todo. Y la pelea es sólo una parte del ritual”, explica Tito Burgoa, un hombre de mediana edad y voz grave que preside una fundación que busca revitalizar la tradición y que el tinku sea declarado algún día Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Burgoa ha improvisado una conferencia de prensa en una mesa larga de madera del precario comedor del hotel donde me alojo, el único a varios kilómetros a la redonda. Y habla como un gurú emocionado: “La UNESCO dice: donde hay sangre, no hay cultura. Nosotros respondemos: donde hay sangre, hay vida. En esencia, el tinku no pretende ser una exaltación de la violencia, como dicen algunos, sino una ceremonia para acabar con las tensiones acumuladas y fortalecer la identidad de nuestro pueblo”.

Macha ha sido siempre cuna de luchadores. En el siglo XVIII, los pobladores de este territorio inhóspito encabezaron una de las más feroces insurrecciones contra los españoles después de que el caudillo indígena Tomás Katari, ejecutado en 1781, se rebelara en contra de las duras imposiciones que estableció el virrey Toledo en 1571, como el cobro continuo de impuestos, el reclutamiento de trabajadores para las minas y la evangelización, pues se construyeron iglesias sobre las wacas[2]. Y desde entonces no han dejado de reivindicar sus derechos. Para Tito Burgoa, en contra de algunas teorías poco consistentes que aseguran que el tinku fue incitado por los soldados españoles como divertimento, a modo de circo romano, el ritual es anterior a la Colonia. Según sus estudios, que están basados en cronistas como Bertonio (1612), en la toponimia del lugar y en los Archivos de Indias, hay que remontarse a la época de los señoríos preincaicos Charcas y Kara Kara para hallar su origen. “La comunión de ayllus[3], que es la parte esencial de nuestro tinku, ya se producía antaño en estas mismas fechas, cuando los brazos de la constelación conocida como la Cruz del Sur cambiaban de posición —señala—. Lo del combate vino luego. Con las conquistas del Inca, los charcas y los kara karas pasaron a formar parte de la columna vertebral de su poderoso ejército. Y de su entrenamiento, a puños y pedradas, nació la parte correspondiente a la pelea de la fiesta”. Después, según Burgoa, el tinku se extendió a la par que los dominios incas, por Perú, por el sur de Colombia y por Argentina, donde existe otro pueblo llamado Macha.

***

Cuando Tito acaba su exposición, el pueblo luce casi en penumbras y tiene la apariencia de un cementerio. Es como si se tratara de un escenario de película, de un espacio que pareciera estar habitado únicamente por sombras y fantasmas. El color marrón intenso de las construcciones intensifica su apariencia de desierto. Acá todo se ve igual, como un gigantesco tablero de ajedrez sin movimiento, sin piezas. Y el único elemento que rompe con la monotonía es la torre de la iglesia, que se halla en una esquina de la plaza.

A su vera se erige la parroquia, un ambiente mal iluminado en el que el cura, Denilson Cabezas, de treinta años, arropado por una chompa de lana y un chaleco, alista todo lo necesario para la celebración de pasado mañana. A Denilson no le gustan los sacrificios, no le gusta el tinku. “Jesús ya ofreció su cuerpo y su alma por todos nosotros. ¿Tiene algún sentido ahora esta pelea? Lo único que consigue es que salgan a flote los malos sentimientos, como el rencor y la venganza. Y el Señor no quiere eso. Yo no estoy en contra de la celebración, pero quisiera que se haga más énfasis en otras cosas: en los instrumentos, por ejemplo, en la vestimenta originaria, en las danzas”.

Para Denilson, la única forma para acabar con esta costumbre bárbara —así la llama— sería alejar de aquí a los combatientes, una tarea complicada. Porque lo que ha puesto al pueblo en el radar mundial ha sido siempre la épica de sus batallas; porque no hay guerrero que se precie de serlo que no haya puesto su pie alguna vez en Macha.

Máximo Urquieta, también treinteañero y ávido concejal de la cercana localidad minera de Llallagua, dice que ya ha peleado varias veces y que no le tiene ningún miedo a la contienda. Es petiso pero fuerte, de voz potente. Sus pómulos son marcados y su pelo, desordenado, parece un casco. Lleva puesto un chaleco verde y rojo con motivos andinos. Y muestra con orgullo una gran cicatriz en mitad de su pierna izquierda, una especie de boquete con la forma tosca de una piedra. “Esto es casi como un deporte —indica—, como el fútbol (risas). Sólo que aquí no se trata de meter gol, sino de hacer sufrir a los contrincantes. Mi padre, Feliciano Urquieta, falleció hace tiempo porque se hizo pegar duro y luego no podía parar de escupir sangre. Aquí no hay ganadores ni perdedores y, si te llega una pedrada, te llegó. Si alguien muere, se le entierra nomás. Para nosotros es algo normal. Los niños empiezan a pelear a los doce años y siguen haciéndolo hasta los cuarenta y cinco. Y a los ancianos se les respeta: ni se les toca”.

En la comisaría, dos policías vestidos con un descuidado uniforme verde olivo parecen no enterarse mucho del cuento. “Si hubiera muertos, lo investigaríamos”, dice uno de ellos. El muchacho evita dar su nombre y no quiere ser fotografiado. Lleva apenas unos meses en Macha y nadie le ha dicho aún que el 4 de mayo, durante unas horas, la legislación vigente no servirá de nada. Ese día, los muertos serán legales: matar a alguien a puñetazo limpio no será sinónimo de homicidio. Cuarenta efectivos más apoyarán el viernes a estos dos centinelas taciturnos con sus porras y sus gases lacrimógenos, pero únicamente para que nadie se ensañe en las peleas y para que no se usen implementos prohibidos, para que el juego sea limpio en definitiva. Antes, cuentan los vecinos, por los refuerzos de cuero de vaca que los campesinos se hacían colocar en las muñecas, volaban sin cesar orejas y narices. Ahora, esos “adornos” no se permiten.

***

Jueves, 3 de mayo. “Habrá difuntos”, vaticina Serapio Burgoa, hermano de Tito y uno de los espectadores habituales de la contienda. Serapio luce un bigote escaso, oculta sus ojos vidriosos bajo unas gafas enormes de aviador y explica en unos pocos guiños la esencia de la pelea. “Debe ser de igual a igual —dice—. Cada púgil busca a un rival de la misma estatura, mismo porte físico y parecido peso”. Los más rudos son capaces de despachar en un solo día a cuatro o cinco adversarios sin sudar mucho. Y la lucha, que dura apenas unos minutos, acaba cuando uno de los púgiles cae al suelo, sin vida o con todos los huesos en su sitio. Luego, los fallecidos no entran a formar parte ni siquiera de una mísera estadística. Los comunarios se los llevan sin previo aviso a sus aldeas y los festejan. “La muerte es la segunda parte de la fiesta —aclara Serapio—. Pero nosotros, los de Macha, ya no tenemos nada que ver con todo eso. Y tampoco con los entierros”.

No directamente, al menos. Porque el hecho de que haya dos funerarias en un pueblo tan minúsculo da a entender que los caídos son un buen negocio para los dueños.

“Lo que a mí me da muchísima pena —sigue Serapio con su discurso— es que los jóvenes estén olvidándose de sus orígenes, es que se esté perdiendo el verdadero significado de la pelea. Ellos ya no combaten como manda la tradición, balanceando ligeramente el cuerpo con cierto ritmo y manteniendo los dos brazos estirados. Emplean técnicas de boxeo y artes marciales. Repiten los golpes que suelen ver en las películas”.

El problema, según Serapio, tiene su origen en la migración. Una gran parte de los campesinos, a temprana edad y por la falta sistemática de recursos, toma la decisión de marcharse a trabajar fuera, a Argentina sobre todo, donde la vida es a veces para ellos como una telenovela. Y cuando retornan se muestran casi siempre desconcertados.

A pocos metros de la casa de Serapio, sobre una pared llena de rústicos anuncios publicitarios de bebidas refrescantes, apoya su espalda kilométrica Gregorio Mamani, de cuarenta y cinco años. Está rodeado por una corte de aduladores que busca algún gesto suyo de bendición antes de la gran batalla. Viste prendas oscuras, como las de un sepulturero. Y el sol se clava en él como la hoja de una navaja, alargando su silueta sobre el suelo, haciéndolo parecer un gigante de dos metros. Mamani es de Tomaycuri, una comunidad próxima, y una persona muy querida y respetada en Macha por haber conseguido publicitar el tinku gracias a sus canciones folclóricas y a unos cuantos videoclips mal grabados en los que exhibe constantenemte sus dientes teñidos de sangre. Mamani trata a todos con indiferencia, como si fuera un pop star, y tiene el gesto seguro de los toreros. Habla bastante mal el castellano, casi sin emplear artículos, abusando de los infinitivos y gerundios. Pero con una sola frase que repite a unos y otros hasta el aburrimieno deja claro que estamos en vísperas de una guerra. “Mañana no tendré amigos”, anuncia, casi declama. Mañana cantarán los puños. Mañana veremos cómo sus dientes ensangretados no son sólo un fuego de artificio para alcanzar la fama.

Un rato más tarde, un intenso olor a pasto lo invade todo y unos nubarrones gris plomizo cubren la mayor parte el pueblo: se avecina una gran tormenta. Me asusta lo que pueda ocurrir en cuanto llegue la gente. “El pasado Carnaval, se liaron a puñetes dos comunidades y hubo una víctima mortal —dice Serapio—. Hay sed de venganza”.

Al filo de la media noche, arriban a Macha los primeros grupos de combatientes. Van acompañados de pequeños conjuntos musicales que le ponen banda sonora al espectáculo, que tratan de envolverlo todo con sus ritmos entusiastas y machacones. Las mujeres anuncian su entrada entonando estrofas con unas voces sumamente agudas, capaces de hacer vibrar los cristales de las ventanas. Y los hombres hacen flotar primero sus cuerpos como si se tratara de ballet para acabar después sus movimientos con un golpe seco de sus pies contra la tierra. El sonido que produce este último impulso es similar al de los cascos de caballos de carreras, al de los tambores de guerra. Y se repite una y otra vez en cada esquina de la plaza. Porque los bailarines no la abandonan hasta completar varias vueltas en torno a ella, hasta intimidar a otros rivales que los observan.

Las horas pasan poco a poco y el pueblo, iluminado por una titilante luna llena, se ve rodeado antes de la amanecida por los miembros de más de sesenta comunidades potosinas: por decenas de campesinos llenos de coraje, gordos y flacos, altos y bajos, musculosos y esmirriados. Los vecinos acogen a todos los que pueden para que hagan vigilia dentro de sus hogares, donde no les falta ni comida ni chicha[4] en abundancia. Las paredes de adobe de las casas y sus patios se convierten durante toda la madrugada en su particular trinchera. Y aunque lo intentan, se les hace imposible conciliar el sueño.

***

Viernes, 4 de mayo. Son las ocho de la mañana y las miradas en Macha son frías y desagradables, como las de un asesino en serie. Aquí no valen ya las medias tintas: o peleas o te marchas. Ésa es la consigna. La plaza parece la explanada de un concierto al aire libre minutos antes de una gran tocada: se ha convertido en un desfile interminable de rostros secos, de rostros duros, curtidos por el clima difícil del Altiplano; y está a punto de alcanzar su punto de ebullición, de explosionar sin remedio. Los turistas, unos pocos valientes de ojos claros y vestimentas estrafalarias, pugnan por un rincón seguro para olisquear la sangre: a eso han venido. Y los periodistas, con sus libretas y cámaras en mano, provocan incomodidad en los comunarios, que se tapan para que no les hagan fotos. Tras el lente, todo se ve como si se tratara de una película de acción hollywoodiense.

Escena uno: el primer en ser vapuleado es un señor de mediana edad que acaba de derrumbarse sin gracia, como un fardo, porque alzó sus puños sin demasiado ímpetu y se llevó enseguida un contundente derechazo en la mollera. Diagnóstico: cabeza abierta como un melón. Bota sangre color membrillo como si se tratara un volcán en erupción, pero respira. Lo sacan entre dos, agarrándole descuidadamente de los sobacos.

“Siguiente, siguiente”, gritan a continuación un par de muchachos de menos de diez años haciendo retumbar mis tímpanos. No hay tiempo para distraerse mucho. Los combates se suceden vertiginosamente. A su alrededor, se forman círculos de jóvenes enardecidos. Los policías controlan a los guerreros más borrachos a latigazos. Sí, sí, a latigazos; y por momentos da la sensación de que serán rebasados en cualquier rato.

Los púgiles, a izquierda y derecha, adelante y atrás —porque las peleas ya se han vuelto simultáneas—, no tienen más ojos que para el “enemigo”. Es como si los demás fuéramos translúdicos. Sus brazos cortan el aire como mantequilla. Sus nudillos perforan lo que encuentran por delante como aguijonazos. Las hebras de sangre salpican pómulos, labios y pestañas de unos y otros. Y los que no pelean danzan como poseídos.

Escena dos: un turista italiano es “secuestrado”. Se lo llevan a una casa cercana a tomar alcohol mezclado con un mejunje extraño con sabor a jugo. “¡Baile, carajo!”, le dicen. A mi vera, dos comunarios beben chicha de una lata de atún que está oxidada. A mí también me zarandean, pero escapo. Un rato después, una cámara de televisión enfoca a uno de los campesinos heridos para una entrevista. Pero el vaivén de preguntas y respuestas se interrumpe cuando le alcanza un puñetazo al camarógrafo y se balancea. “Ahora mujeres”, balbucea a pocos metros un verde olivo. Ellas no se quedan atrás: se jalan las trenzas con contudencia mientras sus polleras se mecen rítmicas. Se insultan. Se clavan las uñas. Lanzan patadas. Abren y cierran las piernas como atletas.

Escena tres: tregua, colores. Varios combatientes caminan con sus cruces hacia la iglesia, a paso lento, para recibir la bendición del Padre. Hay misa de once y, además, una joven pareja está a punto de casarse. El novio y la novia visten de negro y blanco, siguiendo los patrones habituales. El resto, como manda la tradición, debería cubrirse con los trajes tradicionales: ellos, con montera, faja y poncho; ellas, con un vestido de bayeta y bordados de flores. Pero pocos lo hacen. La ropa, sobre todo la de ellos, ya se ha occidentalizado por completo: camisas, botas, jeans, gafas para el sol, hasta viseras.

Escena cuatro: avisos. En la torre: “prohibido el ingreso de animales, multa 100 bolivianos; a su lado: “prohibido orinar, 20 bolivianos”; en la plaza: “lávate las manos antes de comer y después de ir al baño”; en las vías aledañas: “bicicletería”, “ducha”, “cerveza”. Los mayura (autoridades) y las imilla wawas (mujeres solteras) controlan a sus comunidades. Les hacen bailar, les guían, evitan roces con los pueblos “enemigos”. Hay que cuidarse. En el hospital, un punto de sutura son tres bolivianos -—algo menos de medio dólar—. Para familias tan humildes, siete u ocho representan casi una fortuna.

Escena cinco: dentro del hotel Villalba, sus dos únicas empleadas siguen una telenovela de amores contrariados. Afuera, se están matando: suenan con fuerza los julajulas[5] y no cesan ni las peleas ni los politraumatismos. La chicha humea en grandes marmitas y algunos se abrazan tras el desfile de puñetes en ese ring improvisado que es la plaza. Hace calor, mucho, y las muchachas más jóvenes lanzan sus ojos con picardía tras algunos muchachos. Según el antropólogo Carlos Ostermann, antes, en el tinku peruano, en el que los combates son con honda y a caballo, los ganadores se llevaban a las mujeres de los perdedores y después las embarazaban. Acá, no se pasa del coqueteo.

Escena seis: caos. Es ya media tarde y, en minutos, la violencia se apodera de Macha. Para equilibrar la brutal contienda, las comunidades más débiles, las que se han visto desbordadas, comienzan a lanzar pedruscos a sus oponentes. Cada año, la mayor parte de los muertos se produce por las piedras, que llueven de uno y otro lado como si tratara de un bombardeo. Algunos, desfigurados ya por la embriaguez, arrancan los adoquines del piso para usarlos como arma arrojadiza. Y son varias las mujeres que corren con sus hijos en la espalda, envueltos en aguayos con los tonos de un arcoiris apagado.

Se rumora que en el tinku de finales del siglo XIX, a los hombres heridos se los cargaban como prisioneros a las aldeas y se los castraba; y a las hembras les arrancaban los senos. ¿Será esto cierto? Hoy los rituales no van más allá del entierro de los caídos.

Media hora después de que comenzara la batalla campal, el todos contra todos, la policía actúa: gas lacrimógeno. Y se instala de repente una cierta calma. De regreso al hotel un revés inesperado impacta en mi cuello. El escozor es ligero, marca de la casa.

***

Sábado, 5 de mayo. Parten los primeros autobuses con turistas y guerreros. Ya no hay peleas, pero algunos grupos siguen zapateando la tierra como si se les fuera el alma en ello. Unas jovencitas entonan algunos wayños: “Acaso toritos llevan corazones. Acaso toritos roban corazones. Toritos se llaman los engañadores”; “acá viene una mula, no tiene montura, pobre jovencito, no tiene fortuna”, recitan. De lejos, Macha, con sus colores ocres, parece la costra de una herida. El autobús que me ha tocado, una vieja carcacha que se bambolea a un lado y a otro como un barco en una botella, avanza lento en su camino por el valle. Los rostros de mis compañeros lucen apagados.

Algunos brazos, doloridos pero enteros. Nadie se queja. ¿Golpes? Más golpes da la vida.

El vapor de la ilusiones

Publicado: 11 septiembre 2013 en Diego Fonseca
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Una masa de alemanes, ingleses, rusos y asiáticos —sombreritos Gilligan y una gazuza de fotos— arma fila frente a las escaleras del Museo del Prado. Un rebaño de otros turistas culturales baja a la carrera, de salida, los mismos peldaños.

—¿Adónde ahora?
—A Sabatini, que no tengo fotos.

El turista cultural —el turista— es un coleccionista de ladrillos. Su rutina consiste en revivir una época echando el ojo sobre la arquitectura —las ruinas, el vestigio— de su cultura. El turista cultural —el turista— forma pelotones de tenis Nike y trota por siete colecciones del Louvre bajo las plaquetas de los muros de las casonas de una Roma de Vespas histéricas disparando el iPhone. El turista sube y baja Teotihuacan, Tulum, Uxmal. El turista cultural —el turista— busca la reliquia y la llena de gente.

El turista de crisis —un periodista— es un buscador de huecos entre el ladrillo y, como su par cultural, cuando visita un sitio procura revivir una época ojeando las ruinas, los vestigios de su cultura. Pero, por lo general, las ruinas arquitectónicas que halla el turista de crisis son bastante nuevas, muy modernas y, ciertamente, solitarias. El turista de crisis visita edificios vacíos. El turista de crisis visita el presente, y en el presente, y en las crisis, la gente no está. No quiere estar, quiere irse.

Bienvenidos a España.

***

En la primavera boreal regresé por una semana a España para participar en un congreso de periodismo en Huesca, en el centro de Aragón, territorio donde vagaba Don Quijote. Madrid tenía un sol macilento y las gentes conversaban con sordina. En varios edificios había carteles de renta y en muchas paredes se ofrecían los afiches del menester doméstico: pintor que pinta por menos precio que otros, plomeros que garantizan servicio y precio incomparables, señoras que cuidan niños a precios sin competencia. Gente que se ofrece por menos de lo que vale: una crisis.

Conozco El Prado, conozco Sabatini, Sol, la Puerta de Alcalá, las calles torcidas de la noche. Visité Madrid varias veces pero habían pasado seis años desde mi última estadía: tenía la mirada fresca del que puede comparar. Y tenía, frente a mí, una crisis para hacer turismo de ella.

Caminé para ver y contar ladrillos, gente que sobra, dinero que no hay.

***

De 2005 a 2009, España creyó que podría albergar a sus habitantes, sus migrantes y los vacacionistas noreuropeos de pieles ansiosas de sol, así que las constructoras levantaron y los bancos financiaron ochocientos mil departamentos y casas nuevas. No había techo para el techo. La vieja Hispania era una gema brillante de la Unión Europea. Zara tomaba el mundo; Telefónica, las energéticas y las constructoras de América Latina, y primero el Real Madrid y después el Barcelona conquistaban el fervor del planeta futbol. España, iberismo cachondo, era lúbrica.

Entre 2006 y 2007, cuando visitaba Madrid a menudo por mis estudios de maestría, mis amigos vivían a grito y plata. Víctor, que trabajaba en una constructora, había comprado un piso y quería refinanciarlo a más años y menos tasa. Un compañero de estudios planeaba comprar una casa de vacaciones en Valencia. Un tercer amigo mantenía un departamento en Madrid y trabajaba en Barcelona, donde también buscaba comprar. Tenían treinta y pocos años, la sonrisa de la vida por delante, trabajos en bancos internacionales, empresas de energía, sus propios negocios de óptica, autopartes, asesorías. Quien no estaba a la pesca de un trabajo mejor pagado, esperaba un bono gordo junto a las uvas de fin de año.

La abundancia era acuática. Teníamos caña y tapas de media tarde y, por las noches, subíamos y bajábamos Chueca y Malasaña cruzándonos con ejecutivos de pocos veintes que bebían Glenlivet y fumaban Romeo y Julieta como si así hubiera sido desde Castilla y Aragón. Uno de esos días, un colega ecuatoriano quiso saber si nadie veía derroche, si no tenían la sensación de estar viviendo de prestado con la anuencia de la Unión Europea, si eso con pico de burbuja, inflación de burbuja y que hacía fffsss de burbuja era eso: burbuja. Lo miraron como un latinoamericano desvariado, acostumbrado a golpearse la frente contra las crisis.

Un año después era 2008 y la burbuja que parecía burbuja dejó de hacer fffsss e hizo bum.

***

La crisis, esa colección de ladrillos sin uso.

En 2009, los promotores de vivienda de Madrid calcularon que el inventario de casas y departamentos vacíos llegaba a setecientos sesenta mil en todo el país. Mucho, pero había esperanza: pronosticaban que el excedente sería absorbido para —. En marzo de este año, sin embargo, la agencia de calificaciones Moody’s dijo que, bueno, tal vez, el sobrante de viviendas duraría hasta ‘. Y, para la misma época, la Fundación de Cajas de Ahorros dijo que, bueno, tal vez, haya techos sin ocupar hasta 2025.

Una crisis es eso: vacío. Un exceso de ladrillo nuevo en desuso y de gente vieja usada.

***

El vacío es también caminar sobre las nubes. El vapor de las ilusiones.

Mi abuela, una italiana que fue pobre, decía: “No se cuentan los frijoles hasta tenerlos en la mano”.

En España plantaron frijoles mágicos para subir bien alto en el cielo. Les llamaron aeropuertos.

Al aeropuerto de Castellón, donde hundieron ciento cincuenta millones de euros, lo inauguraron con pompa y banda en marzo de 2011. Mil quinientas personas fueron en autobús a ver el corte de cintas. Años después, Castellón no tiene aviones y no tiene —porque nunca tuvo— permiso para navegación. Lo que tiene —por tener— es una estatua colosal inspirada en su promotor, un presidente provincial, Carlos Fabra. El ego de Fabra es de metal y pesa veinte toneladas.

Al aeropuerto de Ciudad Real —mil millones de euros— lo cerraron en 2012. En Córdoba expropiaron terrenos para ampliar la pista en espera de los turistas, que nunca vinieron. Al de Murcia-Corvera lo trazaron entusiasmados por la proliferación de resorts y los campos de golf, pero los viajeros del norte de Europa llegaron menos veces que los matorrales que se esparcen entre el estacionamiento sin autos y la pista sin aviones.

Y luego está Lleida: noventa y cinco millones de euros para apenas cuatro vuelos semanales. El informativo Veinte minutos mostró que, con el último avión, el concesionario abre el restaurante del aeropuerto para que los habitantes de la ciudad tomen cenas al aire libre. El dj que las ameniza dice haber pinchado en bodas y todo tipo de fiestas pero, como eso, nada.

“Eso” es —llenar el vacío o— seguir cayendo.

***

Tres tristes trenes trasiegan trochas sin trucos en la trastera.

Tren rápido núm. 1: AVE (por Alta Velocidad Española) entre Madrid y Huesca, en el norte de España. Valles y colinas que empiezan a verdear, tractores nuevos, casonas de cien años. Aquí y allá, molinos de viento: pinchos blancos, lustrosos como cerámicas que parecen creados por un diseñador de Apple.

Eso era España —sigue siendo— hasta hace poco: la modernidad clavando la pica en la tierra profunda de las tradiciones. Una prueba de que el pasado puede —debe— quedar detrás.

Tren rápido núm. 2: Primero, el agrado. En la pequeña estación de la pequeña Huesca todo está limpio, todo parece a medida y bien usado, funcional. Hay un tráfico saludable de público. Luego, la desazón. En la monumental estación de la gran Zaragoza todo está limpio, todo es descomunal y desmedido, casi sin usar, cuidado pero disfuncional. Es martes, son las cuatro de la tarde y soy la única persona —en toda la estación— para parar el viento pirineico que chifla por los andenes. Un monumento pensado para otra época, otro ejemplo del mito del crecimiento infinito de las habichuelas mágicas. Una pena.

Tren rápido núm. 3: AVE entre Huesca y Madrid. Gumersindo Alonso, un colega, cuenta que unos días atrás escuchaba a una mujer hablar a los gritos por su teléfono móvil. Era una señora algo mayor, de provincias, voz sin algodones.

—Que estoy en el AVE — decía la señora muy señorona— ¿Que cómo es? Pues cómo va a ser: normalito.

—”Normalito”, dijo, como si el AVE hubiera estado aquí toda la vida —dijo Gumersindo—. No valoramos lo que tenemos.

El triste tren del atraso, a trancas, no trasiega tan atrás.

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Hace un tiempo, un banquero me dijo en Washington que, si quería, si se me antojaba, si me aventuraba, podía comprar un caserón de dos plantas, antiguo, en Galicia, por menos de cien mil euros.

—Los españoles están caídos del hambre.
—¿Sí?
—Ya no gritan tanto.

No le creí mucho, pero en abril, The New York Times invitaba a sus lectores millonarios a unirse a rusos y chinos en la cacería de propiedades en Barcelona. Un agente de bienes raíces decía que los precios estaban desmoronados un 35% y que seguirían en los pisos por un par de años. Y si suben, no volverán a los niveles de 2007 cuando eran, muy apropiadamente para Barcelunya, surrealistas.

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En las crisis se gana y pierde la voz. La disfonía que sucede a la protesta enojada o el silencio del que —porque el horizonte no parece tener línea— ni quiere hablar.

Cuando llegué a Madrid, el Rastro y Chueca no rebosaban de paseantes y sonaban disfónicos. Además de los rumanos de unos años atrás, quienes ahora pedían en la calle, hablaban español castizo. Un tipo atlético, pelo y barba rubios, vestido con ropa de deportista despellejada por el uso, pedía unas monedas echado en la vereda con desgano. Al lado, dos perros de pelos largos, antes blancos ahora gris, enredados. Al frente, visible por entre las piernas de los paseantes, un latino en un taburete que toca —tópico— “El cóndor pasa” con guitarra y sikus.

—Ya con esa canción —retó el godo—. Vete a otro lado, que me espantas a los perros.
—Vete tú —devolvió el otro, bajito, marrón, migrante—, que tenemos el mismo derecho de estar aquí los dos.

Dos jodidos en guerra. Los nuevos gritones.

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Según un estudio de la ONG Intermón Oxfam, a fines de 2012, en España había dieciocho millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social. El bienestar precedente, decía el informe, recién volvería en un cuarto de siglo. El problema es, entonces, el mientras tanto, pues en una década esos cuatro de cada diez españoles hoy en riesgo serían —¡hostias!— pobres.

En el Congreso de Periodismo, en Huesca, un joven aspirante a desempleado —periodista— dijo desde el público que en España hay pobreza como en América Latina. Los cinco periodistas latinoamericanos que ocupábamos el panel nos miramos entre risas.

¿Puede la escasa pobreza europea ser la clase media de mucha América Latina?

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Es viernes, son tapas de Ávila y es el bar Los Torreznos, en Salamanca. La chica de la barra me saluda en un castizo arrastrado, barriobajero: es latinoamericana pero se afana para jugar de local. Pido un montadito de queso de cabra, piquillos, jamón y boquerones, una Cruzcampo. Nota mi acento, me mira fijo.

La siguiente vez que crucemos palabras su acento será paisa.

—Está difícil.
—¿Mucho?
—Mucho, pero igual se come, eh. Esto no es como allá.

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—La española sigue siendo una sociedad ofensivamente próspera. Más que crisis económica, España —las Españas—, lo que tiene, es una crisis de personalidad.

Éste es Roberto Valencia, habitante casual de Vitoria-Gasteiz, ojos del color cenizo del cielo de Galicia, paciente padre de Alejandra, de Soyapango, doce años invertidos en Centroamérica, hijo de Euskadi, tierra de buen mar para la mesa, periodista de varios lugares.

—¿Qué quiere decir “ofensivamente próspera”?
—Acá todos se quejan de lo mal que están, pero todos tienen salud y educación “de calidad” garantizadas. Internet, paro, subvenciones, pensiones. Muchas de ellas son palabras prohibidas allá, abajo. No soy yo quien va a negar que se han dado algunos pasos atrás y que habrá verdaderos dramas personales, me late que puntuales y los menos publicitados, pero…
—Pero.
—Pero incluso ahora, que se habla tanto de crisis y de “pobreza”, se hace tomando cañas y tapas a dos euros, cuando no gintonics a seis cada uno. En fin, que esto sigue siendo Europa. Como Argentina.

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Hay crisis de pan y crisis de gintonics. Y es tentador —y a veces certero— ver a ambas protagonizadas por ciudadanos de distinto pelaje. Hay gente que pierde el trabajo y la casa, que sufre y que muere en la “jodienda” y en el “paraíso”, pero también hay jerarquías: las crisis no afectan a todos, no igualan. Una crisis en Guatemala o Nicaragua hunde más en las infames enfermedades, el atraso, el olor a mierda: ¿qué político te sacará ventajas, estarás vivo en diez años, Xolotli? Una crisis en Madrid recorta la compra del supermercado, somete el ego a la ignominia personal del seguro de desempleo, mete incertidumbre: ¿cómo pagarás el piso, de qué vivirás hasta tu retiro, José Agustín?

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Es curioso que una crisis —que es bien visible— sea también etérea: se respire. En ese estado atmosférico, si hay una crisis que se orea en protesta y otra que se calla, hay también una crisis que se canta.

Debiera existir un índice vocal de crisis: cuántos guitarristas, tríos de música de cámara, trompetistas y flautistas, chicas con chelo y jubilados con órganos Korg tocan sevillanas, pasodobles, tangos, valses por las monedas de la compasión.

Rápido recuento de pocas horas: a la salida de la estación de Metro de Justicia un flaco aporrea “Humo sobre el agua” en una guitarra eléctrica. A sus pies, un cartel de cartón: “Situación precaria”. En Gregorio Marañón, un gordo con coleta, suéter y jeans negros, ataca con “Dinero por nada”, de Dire Straits. Al frente de la librería FNAC, un quinteto clásico termina el tango “Por una cabeza”. Estrofa final:

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.
Rifarse todo. Las monedas de la compasión.

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Me dice Carlos Dada, uno de los periodistas del Congreso, salvadoreño, dos medialunas de insomne de tiempo completo bajo los ojos, director del periódico digital El Faro, hombre de buena risa:

—La década del boom y la falta de memoria de la sociedad española han hecho que esta situación los tome por sorpresa, y que no vean la salida. La crisis es real y grave; pero la percepción, y la depresión, es mucho mayor.

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Estudio del Instituto Nacional de Estadística, abril de 2013: el parado español tiene un cuarto de catalá y otro de andalú. Es un hombre soltero en la plenitud de sus fuerzas —30 a 35 años— aunque no plenamente formado —60% apenas completó secundaria—. La mitad perdió su empleo hace más de un año.

Mientras leo el reporte, veo que El País ilustró las estadísticas pintando la infografía de color morado. El color del golpe, de la sangre que se estanca.

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Compartimos tren con Alberto Salcedo Ramos, cronista heredero de la Barranquilla de Gabriel García Márquez, premio de casi todo —Rey de España, Simón Bolívar, Sociedad Interamericana de Prensa—, fino oído para escuchar, músico de palabras. Miramos España a un lado y a otro. Yo voy a Madrid, él pasará por Zaragoza y Barcelona.

Un día, a poco tiempo de recibir el premio Ortega y Gasset en la península, me dirá:

—Yo les dije a algunos españoles en un almuerzo: nosotros en América llevamos cinco siglos en crisis, en parte por culpa de ustedes, y no nos quejamos tanto. Ustedes hablan de crisis pero acá uno puede caminar de madrugada por una calle y no lo matan con un destornillador en la barriga para robarle el teléfono celular. Reducir la crisis a lo estrictamente económico sigue siendo una forma de codicia.

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Escenas de la TV del mundo viejo. Diciembre de 2012, una semana antes de Navidad. En las veredas que merodean la Calle de Alcalá, una periodista de El Mundo pregunta: “Vamos, que qué tanto se siente la crisis”.

Señor con cara de ser torturado por sus memorias, sobretodo negro, corbata azul, chalina, dice, poco convincente: “Sí, por supuesto, pago más el IVA, la seguridad social… Muy mal, muy mal, sí”.

Hombre joven que repara electrodomésticos: “Yo reparo electrodomésticos y, bueno, en la reparación de electrodomésticos…”.

Caballero con pinta de abuelo, gorra de abuelo, cara de almacenero jubilado:

“Cincuenta por cien”, dice, y mira a la esposa, los pelos rubios de peluquería. “¿Que menos? —vuelve al micrófono—. Menos —sonríe—. Bueno, mucho no, ¿vale?”, ríe.

Crisis.

¿Crisis?

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Olga Lucía Lozano es colombiana, habla tranquila, ríe fuerte, es la creativa detrás de La Silla Vacía, un proyecto digital de investigaciones que en España dejó muchos labios formando una “o” entre periodistas sin empleo, con miedo a perderlo o convertidos —contra su voluntad— en emprendedores.

—De ida y de vuelta la crisis pareciera tener una presencia más fuerte en los discursos de los españoles que el mundo real. Hay crisis en las palabras, en los relatos y en las quejas constantes. Hay señales en los espacios a medio construir, en los escenarios deshabitados y las señales que deja en el negocio urbanístico o en lo que muchos consideran el esplendor citadino. Pero, en contraste con los que no vamos y volvemos de las crisis, sino que convivimos con ella en las ciudades de América Latina, no parece tan duro.

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La estación de Metro de Diego de León está fría. Es marzo, un cantante canta, el pasaje pasa. Tiene una barba agresiva y el pelo corto y un sombrerito, y tiene la guitarra y los jeans negros a la pierna y el suéter gris y llos tenis rojos. A sus pies, la caja de la guitarra cuenta un billete de cinco euros, diez o quince monedas y una calcomanía con la “A” anárquica.

El cantante tendrá treinta y pocos años, acento andaluz y temblor de cantejondo en la voz:

Pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida y no has notado que has vivido,
cuando pasa la vida, pasa la vida.
Tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida
tus ilusiones y tus bellos sueños, todo se olvida.
Pasa la gente —pasa la vida—, nadie deja nada.

Las palabras hacen el mundo.

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El río Valparaíso es el límite norte del pueblo más pobre de España, en Zamora, en la tierra del vino, a pocos kilómetros de la frontera noroeste con Portugal. En el lugar había fronda y, en el pasado pasado, cuando moros y cristianos se daban en la madre, bajo las arboledas se escondían los bandoleros para asaltar al viajero distraído. Ahora quien lo asaltó fueron un alcalde y su hijo.

En marzo de 2012, la BBC produjo una historia sobre el pueblo, un lunar donde viven doscientas cuarenta personas que habían acumulado una deuda de 4.6 millones de euros. Felix Roncero, su alcalde, dijo que su predecesor se rifó el dinero. El hijo habría organizado fiestas, celebraciones, malgastaba la plata en construcciones, pagaba salarios pero no la deuda a la seguridad social. El pueblo fue embargado: lotes, casas, el bar. La ley evitó que también lo fueran la alcaldía y la residencia de ancianos donde una veintena de hombres y mujeres en sillas de rueda se empastan con papillas.

El pueblo, porque las palabras definen el mundo, se llama Peleas de Abajo.

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Semántica de crisis:

En España, el despido moderno es una sigla, ere, por Expediente de Regulación del Empleo. El ERE, cuando designa algo, designa una cifra: 332, 842 registrados y, de ellos, 56,020 despedidos en sólo nueve meses de 2012.

O sea, en España, el trabajo es un eufemismo: los empleos no se pierden, las horas de trabajo no se reducen, no hay suspendidos. Nada más se regulan expedientes.

Crisis semántica.

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Cuando sea, un hijo es un hijo es un hijo es un hijo.

—El chaval ahora está aquí, conmigo —dice el señor, bigote cano, bajo, cero pelos en la mollera.

“Aquí” es un taxi.

—Estudió, pero dejó. La crisis. Conduce cuando yo no. También se ha mudao a nuestro piso.

El hijo tiene veinte, la hija se casó bien: el marido es profesional.

Son las cinco de la mañana de un domingo y el señor sin pelos en la lengua conduce con la frescura de quien lleva pocas horas en fajina.

—De día conduce él, el chaval. A la noche es mi turno. Mejor así, más tranquilo.

El auto huele a cuero nuevo, aunque es un modelo 2009 y es 2013.

—Así son las cosas.

Cuando llegó al hotel, el señor sin pelos en la cabeza pidió que yo cargara mi maleta a la cajuela del auto —tiene lumbalgia y el médico le ha prohibido esfuerzos—, pero apenas acabé, él mismo subió la de mi compañera de viaje.

—Si hay mujer, uno ayuda.

El señor con pelos en los labios no tiene un pelo de tonto.

—Cosa de caballero.

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Lunes, Puerta del Sol, manifestación. El colectivo ¿Quién teme a la filosofía? protesta contra la reforma educativa del gobierno de Mariano Rajoy, que privilegia los saberes prácticos —para mejorar, dicen, la empleabilidad— y convertiría la Historia de la Filosofía, troncal y obligatoria en el segundo año de Bachillerato, en optativa y sólo para los estudiantes de Humanidades.

Treinta personas en hemiciclo. Habla una muchacha gordita, retaca, anteojos, pelo suelto, gola de futura maestra. Viste, como los demás, una camiseta celeste con la muy académica consigna “Vivir sin filosofía es tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás”.

Dice al micrófono:

—La filosofía sirve para cuatro cosas: uno, nos da una visión del mundo; dos…

Se muere el micrófono. Nadie protesta. La chica busca reactivarlo, pero el aparato muere con un ronquido.

—Dos… 2013insiste, la voz alzándose para superar el murmullo de Sol.
—¡Oro, compramos oro! —suenan, con mayor efectividad, dos hombres que promocionan a Los Kilates del Arenal, que, por si fuera necesario, también compra plata.

A diez metros del grupo, cuatro policías ríen entre sí, porque sí.

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Leer periódicos durante una crisis es más que someterse al látigo: es pedirlo.

Un día de marzo, entre pepito y café, la prensa cuenta.

Suben los morosos en la banca. La UE, muy seria, informa que, si rescata a Chipre, será con cepo, corralito y un corsé de clavos: los salvatajes de los grandes meten a los chicos en correccionales con institutrices alemanas. Un reporte público afirma que 22% de los españoles evade al fisco y otro, de los empresarios del País Vasco, que desaparecieron setecientas dieciocho empresas en Euskadi en los primeros sesenta días del año. A Hacienda se le escapa el cardumen de peces grandes y medianos y un océano de jureles.

Como ya no hay —tanto— dinero, las empresas empiezan a eliminar el exceso de cargos de las buenas épocas y cantan un largo adiós a superjefes de logística, megavendedores del área comercial, vacas gordas de la estrategia corporativa. La grasa se debe quemar rápido para estar en forma.

Los clubes de futbol de La Liga deben quinientos cuarenta millones de euros a Hacienda; los de segunda y categorías menores, ciento cincuenta y cinco millones. En febrero se conocieron los resultados de un estudio encargado por La Liga a una consultora: la mayoría de los clubes están en riesgo de desaparecer. El Valencia, campeón de pico y pala, pasó a manos de la Generalitat. Su estadio, que quedó a medio construir, parece su opuesto, un circo romano a medio destruir. El circo puede ocultar el hambre, pero el hambre nunca salvará a ningún circo.

El último en decirme algo en el periódico es César Alierta, el —más pálido, más gris— jefe de la Gran Teta de España, Telefónica: “Nos preguntan siempre que cuándo vamos a tocar fondo y nosotros les decimos que ya”, registra un periódico. “La crisis está acabando”.

Un mes después, la prensa dice, para beneplácito de todos, que el señor gobierno, los señores expertos, el señorísimo Banco de España y los muy señorones organismos internacionales, coinciden con Alierta: la crisis tocó piso a fines de 2012.

Un mes después, la prensa dice que, por primera vez en la historia, España supera los seis millones de desempleados.

Digo: la economía puede haber frenado al borde del abismo, pero la inercia sigue tirando cuerpos a él.

Leer periódicos en la crisis no es someterse al látigo: es pedirlo. Con fruición.

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Todos los años, el Real Instituto Elcano publica un barómetro: cómo se ve España.

Dos años atrás, un estudio del banco BBVA contaba que la productividad española por hora trabajada era heroica. Al país de la siesta y los tapeos de maratón le faltaba para alcanzar el promedio europeo pero era ya tenía uno mayor que, domo arigato, el japonés.

Cuando el país crecía —a un promedio de 3.5% desde 1985 y hasta 2007—, el milagro español asombraba a quienes queríamos creer y los hijos de la Corona andaban anchos por el mundo, las voces rugientes, altos cañones de la Armada Invencible. Pero cuando el hilo de la crisis se reveló cada jalón exhibía más de una madeja sebosa de despilfarros, deudas y déficits de gobiernos, familias y empresas.

Así, a inicios de este año, los alemanes hablaron muy mal de España. Es débil, dijeron; es corrupta y tradicionalista, dijeron. Ociosa. El Real Instituto Elcano dictaminó, entonces y extraoficialmente, lo que todos sabían: el milagro español ya no existe. De todos modos, dice el reporte, a pesar del deterioro España todavía es bien valorada en Alemania, donde lo califican con 6.1 en una escala de cero a diez. A Grecia, recuerda, le pusieron 4.6.

Es curioso cómo funciona la autoconmiseración: el muerto podrá sufrir, pero se aliviará de no estar degollado.

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La crisis cambia la psicología de las personas.

Depresión, tristeza. Rabia. Se toman más ansiolíticos, se bebe peor. Se duerme mal, el rendimiento se asfixia. Varias asociaciones de ayuda contaron a la decana del Colegio de Psicólogos de Galicia que un tercio de los suicidas de la comunidad son personas desahuciadas de las viviendas que ya no pueden pagar.

Es de espanto: entre 2008 y 2012, cerca de medio millón de familias fueron expulsadas por los jueces de sus hogares. En España, la ley inmobiliaria carga a las personas con el sambenito de la Inquisición pues prohíbe a nadie enviar a la quiebra su deuda hipotecaria. En marzo, la ue apuntó con el índice a la norma y dio potestad inmediata a los jueces del país para que detengan los desalojos mientras investigan si las familias han firmado créditos con cláusulas abusivas.

El fallo del Tribunal de Justicia de la UE que puede permitir a miles mantener sus techos, nació de una demanda de un desahuciado de Barcelona llamado Mohamed Aziz. Mucha España le deberá su casa a un migrante, a un mal mirado, un negado, Aziz, un moro.

La crisis debe cambiar la psicología de las personas.

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Telefónica ganó casi cuatro mil millones de euros en 2012 —27% menos que el año anterior—. Repsol, la expropiada, ganó dos mil millones —6% menos—. BBVA ganó mil setecientos millones —44% menos—. Hay gente que se indigna: ¿por qué el gran capital siempre gana cuando yo pierdo?

Pues bien: la siderúrgica Acerinox perdió dieciocho millones de euros en 2012. IAG perdió novecientos veintitres millones e Iberia trescientos cincuenta y un millones. Bankia, el holding financiero, perdió veintiún mil doscientos millones de euros. Hay gente que festeja: era hora de que les toque perder.

Las crisis no dejan pensar bien.

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En el Metro, siete años atrás, los más jóvenes, los del medio, los más viejos eran muy españoles: hablaban con el volumen de las multitudes. Hace un mes, el Metro era una sala de espera de hospital: el silencio del miedo, las arrugas de la preocupación. Los únicos que se oyen son los adolescentes, porque están en la edad en que nada importa, y los necesitados, porque están en la edad en la que todo importa.

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El tipo es muy alto y muy flaco y camina por el centro del vagón con la vista al frente y el ojo afiebrado del poseso. Hablará sin pausas.

—Llevo una semana sin comer, salí de la cárcel en condicional hace un mes y no quisiera pediros nada porque el hombre debe valerse por sí mismo y yo me he equivocao y la he pagao y ahora quiero una oportunidad de hacer las cosas bien soy una persona de bien y tengo hambre y me duele el estómago llevo días sin dormir y hasta siento mareos si me dáis dinero está bien y para que veáis que mi hambre es verdadera y no busco unas monedas para beber si me dais algo de comer por dios os digo que me lo como delante de vosotros.

Una pareja le pasa un par de monedas y una abuela saca de su cartera una bruta garrapiñada de maníes. El ex prisionero insomne y famélico se detiene y, con toda la pausa recuperada, dice:

—Disculpad, pero no puedo. Soy diabético.

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Caminamos en el principio de la noche zurrados por el frío. Mi colega lleva rato azotando el deseo exacerbado de sus compatriotas. Que cómo comprarse un piso que no puedes pagar con tu salario. Que cómo, incluso, pensar en tener un segundo. Y un auto nuevo y muchas vacaciones. Que él nunca compró: que renta. Que la ex esposa le dice que siempre fue un agarrado y él, ahora, relajado, ante las evidencias del jaleo, la ve y ve un velorio: ella y su nueva pareja con el agua al cuello para pagar la hipoteca de la casa que él no quiso.

—No entiendo cómo en este país la gente hace estas cosas —dice.

Quiero decirle que vivo en Estados Unidos, que tampoco entiendo cómo en este país —cómo en muchos países— la gente hace las cosas. Pero sobrevivimos a irracionalidades mayores —guerras, latrocinios, hambrunas, Mariah Carey— y callo. Además, estoy sin comer.

Cuando llegamos al bar, pedimos serrano, tortilla de patatas, cañas, y sigo callado. Mejor reímos.

Bienvenidos a España.

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—Buen día, vi el anuncio en la calle de Francisco de Silvela.

El anuncio decía: “Precios sin competencia. Pintor profesional. Techos, locales, pisos, su comunidad. Experiencia en pintura lisa y gota. Pintamos todo. Presupuesto gratis y sin compromiso. Seriedad, limpieza, rapidez”.

Era un cartelito del tamaño de un posavasos pegado en la pared de un edificio gris, en una esquina donde pasan muchos autos y pocos paseantes. El número de teléfono estaba borroneado pero aun parecía legible. Un sábado por la mañana decidí probarlo, conocer algo más de alguien que no vive en Peleas de Abajo pero que conoce las ídem.

—¿Podría hablar con el pintor?

La mujer que atendió no perdió el tiempo.

—No está más. Se volvió a su país.

Adiós, España.

La ciudad en fin de semana transforma sus calles en flujos que rebasan la líbido, embriagando los cuerpos jóvenes con el deseo de turno; lo que sea, depende la hora, el money o el feroz aburrimiento que los hace invertir a veces la selva rizada de una doncella por el túnel mojado de la pasión ciudad-anal.

Quizás estas crispadas relaciones son el agravante que enluta las aceras donde giran las locas en busca de un corazón imposible, vampireando la noche por callejones, bajo puentes y parques donde la oscuridad es una sábana negra que ahoga los suspiros. La loca es cómplice de la noche en su penumbra de sitio eriazo donde es fácil evacuar la calentura, la fiebre suelta de un sábado cuando los chicos lateados de las poblaciones emigran al centro, en busca de una boca chupona que más encima les tire unos pesos.

La loca sabe el fin de estas aventuras, presiente que el después deviene fatal, sobre todo esta noche cargada al reviente. Algo en el aire la previene, pero también la excita ese olor a ultraje que se mezcla con la música. Esas ganas de no se qué. Ay, esa comezón de perra en leva, esa histeria anal que no le permite sentarse. Ay, ese fragor, ese cosquilleo hemorroide que enciende el alcohol como una brasa errante que la empuja afuera callejuela y fugitiva.

Pareciera que el homosexual asume cierta valentía en esta capacidad infinita de riesgo, rinconeando la sombra en su serpentina de echar el guante al primer macho que le corresponda el guiño. Algo así como desafiar los roles y contaminar sus fronteras. Alterar la típica pareja gay y la hibrides de sus azahares, conquistarse uno de esos chicos duros que al primer trago dicen nunca, al segundo probablemente, y al tercero, sí hay un pitillo, se funden en la felpa del escampado.

Por eso la noche de la marica huele a sexo, algo incierto la hace deambular por calles mirando la fruta prohibida. Apenas un segundo que resbala el ojo coliza hiriendo la entrepierna, donde el jeans es un oasis desteñido por el manoseo del cierre eclair. Un visaje rápido batiendo las pestañas en el aleteo cómplice con el chico, que se mira esa parte preocupado, pensando que tiene la cremallera abierta. Pero no es así, y sin embargo esa pupila aguja pincha ese lugar. Entonces el chico se da cuenta que esa parte suya vale oro para la loca que sigue caminando y disimulada gira la cabeza para mirarlo. Tres pasos más allá se detiene frente a una vitrina, esperando que el pendex se acerque para preguntarle de reojo: ¿en qué andas? Caminando. Caminemos. ¿Cómo te llamas?, da lo mismo, todos se llaman Claudio o Jaime cuando van junto a una loca que les promete algún panorama. A cambio el pendex se acomoda el bulto y se hace el simpático esperando que el destino sea un súper departamento con mucho whisky, música y al final una buena paga. Pero debe contentarse con un cigarro barato y después de dar vueltas y vueltas buscando un rincón oscuro, recalan en el sitio abandonado, lleno de basuras y perros muertos, donde la loca suelta la tarántula por la mezclilla erecta del marrueco. Allí el pequeño hombrecito, arropado en el fuego de esos dedos, se entrega al balanceo genital de la marica ternera mamando, diciendo: pónemelo un ratito, la puntita no más. ¿Querís? Y sin esperar respuesta se baja los pantalones y se lo enchufa sola, moviéndose, sudando en el ardor del empalme que gime: ay que duele, no tan fuerte, es muy grande, despacito. Que te gusta, que te parto, cómetelo todo, que ya viene, que me voy, no te movai, que me fui. Así, así calentito, el chico derrama su leche en el torniquete trasero, hasta la última gota espermea el quejido.

Sólo entonces la mira sin calentura, como si de un momento a otro la fragua del ensarte se congelara en un vaho sucio que nubla el baldío, la sábana nupcial donde la loca jadeando pide aún “otro poquito”. Con los pantalones a media canilla, ofrece su magnolia terciopela en el recuajo que la florece nocturna. Partido en dos su cielo rajo, calado y espeluznante, que venga el burro urgente a deshojar su margarita. Que vuelva a regar su flor homófoga goteando blondas en el aprieta y suelta pétalos babosos, su gineceo de trasnoche incuba semillas adolescentes. Las germina el ardor fecal de su trompa caníbal. Su amapola erizo que puja a tajo abierta aún descontenta. Vaciada por el saque, un espacio estelar la pena por dentro. La pena por el pene que arrugado se retira a guardarse en su forro. Como una avispa que ha succionado miel de esas mucosas y abandona la corola retornando el músculo a su fetidez de vaciadero. Pasado el festín, su cáliz vacío la rehueca post-parto. Iluminado por ausencia, el esfínter marchito es una pupila ciega que parpadea entre las nalgas. Así fuera un desperdicio, una concha tuerta, una cuenca marisca, un molusco concheperla que perdió su joya en mitad de la fiesta. Y sólo le queda la huella de la perla, como un boquerón que irradia la memoria del nácar sobre la basura. Tal fulgor, contrasta con el haz tenue del farol que recorta en sombra la tula plegada del chico, el péndulo triste en esa lágrima postrera que amarilla el calzoncillo cuando huyendo toma la micro salpicado de sangre. Preguntándose por qué lo hizo, por qué le vino ese asco con él mismo, esa hiel amarga en el tira y afloja con el reloj pulsera de la loca que le decía: Es un recuerdo de mi mamá, suplicando. La loca que chillaba como un berraco cuando vio el filo de la punta, ese insignificante cortaplumas que él usaba para darse los brillos. Que jamás había cortado a nadie pero la loca gritaba tanto, se fue de escándalo y tuvo que ensartarla una y otra vez en el ojo, en la panza, en el costado, donde cayera para que se callara. Pero no caía ni se callaba nunca el maricón porfiado. Seguía gritando, como si las puntadas le dieran nuevos bríos para brincar a su marioneta loca que se baila la muerte. Que se chupa el puñal como un pene pidiendo más, “otra vez papito”, la última que me muero. Como si el estoque fuera una picana eléctrica y sus descargas corbaran la carne tensa, estirándola, mostrando nuevos lugares vírgenes para otra cuchillada. Sitios no vistos en la secuencia de poses y estertores de la loca teatrera en su agonía. Tratando de taparse la cara, descuidando la axila elástica que se raja en los tendones.

Calada en el riñón la marica en pie hace de aguante, posando Monroe al flashazo de los cortes, quebrándose Marilyn a la navaja Polaroid que abre la gamuza del lomo modelado a tajos por la moda del destripe. La star top en su mejor desfile de vísceras frescas, recibiendo la hoja de plata como un trofeo. Casi humilde su pescuezo flechado se tuerce garbo para el aluminio que lo escabecha. Casi casual ataja el metal como si fuera una coincidencia, un leve rasguño, un punto en la media, una rasgadura del atuendo Cristián Dior que en púrpura la estila. La marica maniquí luciendo el looks siempre viva en la pasarela del charco, burlesca en el muac de besos que troca por una destellada, irónica en el gesto cinematográfico ofrece sus labios machucados al puño que los clausura. Otra vez endurecido, el pantalón del chico es un dedo que la apunta y despunta alfileteada en los claveles lacres que le brotan en el pecho. Guiñapo de loca que resiste amanerado llevando al extremo la templanza del macho. Conteniendo el vómito de copihues lo coquetea, lasciva al ruedo lo desafía. La noche del erial es entonces raso de lid, pañoleta de un coliseo que en vuelo flamenco la escarlata. Espumas rojas de maricón que lo andaluzan flameando en el tajo. Torero topacio es el chico poblador que lo parte, lo azucena en la pana hirviendo, trozada Macarena. Atavío de hemorragia la maja cola menstrua el ruedo, herida de muerte muge gorgojos y carmines pidiendo tregua, suplicando un impás, un intermedio, para retomar borracha la punzada que la danza. Pero el nene nuevamente erecto, sigue desguazando la charcha gardenia de la carne. Un velo turbio lo encabrita por linchar al maricón hasta el infinito. Por todos lados, por el culo, por los fracasos, por la policia y sus patadas, por cada escupo devolver un beso sangriento diciendo con los dientes apretados: ¿No queríai otro poquito?

En la mañana las excedencias corporales imprimen la noticia. El suceso no levanta polvo porque un juicio moral avala estas prácticas, sustenta el ensañamiento en el titular del diario que lo vocea como un castigo merecido: “Murió en su ley”, “El que la busca la encuentra”, “Lo mataron por atrás” y otros tantos clichés con que la homofobia de la prensa amarilla acentúa las puñaladas.

El tema rezuma muchas lecturas y causas que siguen girando fatídicas en torno al deambular de las locas por ciertos lugares. Sitios baldíos que la urbe va desmantelando para instalar nuevas construcciones en los rescoldos del crimen. Teatros lúgubres donde la violencia contra homosexuales excede la simple riña, la venganza o el robo. Carnicerías del resentimiento social que se cobran en el pellejo más débil, el más expuesto. El corazón gitano de las locas que buscan una gota de placer en las espinas de un rosal prohibido.