Capítulo I

María tenía las manos metidas en el agua jabonosa de un fuentón cuando llegó la peor noticia de su vida.

—¡Loco! ¡Vengan! ¡Vamos a fijarnos! ¡Está toda la yuta! ¡Parece que lo agarraron al Frente!

María retorcía un jean en el patio del rancho de su novio Chaías. Vivía allí hacía dos semanas, exiliada por primera vez de la casa de su familia, tras una discusión con su padrastro, un poco respetad dealer de la zona, miembro del clan de los Chanos.

—¡Loco! ¡Parece que mataron al Frente!

Los pibes de esa cuadra que desde afuera parece un barrio pero por dentro es puro pasillo, todos, menos ella, salieron corriendo tal como estaban. María se quedó parada allí, sin volver la vista atrás, disimulando por pudor a causa de ese noviazgo corto pero intenso que ya había dejado de tener con el Frente. Prefirió decirse a sí misma: “Yo me hago la estúpida”. Especuló con que si algo verdaderamente malo ocurría, alguien llegaría a avisar. Por eso hizo como que frotaba la ropa, soportando las ganas dellegar también ella, más rápido que ninguna, desesperadamente, a ver la suerte que había corrido el chico de quien, a pesar de la separación reciente, aún estaba enamorada.

—Lo mataron al Frente —dijo, después de unos diez minutos, una mujer del otro lado de su cerco.

María lo escuchó sabiendo que algún día podía suceder, pero jamás tan pronto: ella, trece y él, diecisiete; y esas profusas cartas de amor sobre un futuro que se le antojaba el único, aunque ahora estuviera con otro, aunque su nuevo novio fuera uno de los amigos de Víctor, aunque el mundo se cayera. Salió secándose las manos en el pantalón, y anduvo una, dos, tres cuadras, cruzó el descampado y se metió en la villa 25 de Mayo directo hacia el rancho de su madre, el mismo del que se había escapado para refugiarse en la casa de Chaías. Apenas entró, se arrojó a los brazos de la mujer, como hacía mucho tiempo que no sucedía:

—Ma, me parece que lo mataron al Frente, acompañame —le dijo llorando en su hombro.

*

Laura estaba cubierta sólo por una sábana, acalorada por el peso de la humedad que a las diez y media de la mañana antecedía a la tormenta; el cuerpo exhausto después de una noche de Tropitango con el Frente, las chicas y el resto de los amigos que quedaban en libertad. La despertó una bulla atípica para una mañana de sábado, una agitación que de alguna manera preanunciaba la batalla que sobrevendría. Su madre no tardó en alertarla. Le dijo, sin siquiera saludarla, con una voz áspera pero sin embargo piadosa:

—Lau, me parece que lo mataron al Frente.

Salió de la cama anestesiada, sin sentir el peso del cuerpo trasnochado, de los litros de alcohol que había tomado mientras bailaban por undécima vez en el centro de la pista con esos romances tortuosos entonados por Leo Mattioli y su banda. Hizo la media cuadra de pasillo que la separaba del potrero desierto que dejaba ver el escuálido frente de la villa:

—¡Parecía como si estuvieran buscando al Gordo Valor! ¡La cantidad de policías que había!

Los más cercanos a Víctor se fueron arrimando todo lo que pudieron al rancho donde lo tenían encerrado. Se habían escuchado los tiros. Varios habían visto de refilón cómo Víctor y tras él Luisito y Coqui, dos de los integrantes de Los Bananita, pasaban corriendo por el corazón de la 25 con las sirenas policiales de fondo, cruzaban por el baldío que da a la San Francisco y se perdían en uno de sus pasillos metiéndose en el rancho de doña Inés Vera. Supieron por el veloz correo de rumores de la villa que Coqui cayó rendido en la mitad del camino, cuando al atravesar una manzana de monoblocks en lugar de seguir escapando intentó esconderse en una de las entradas. Desde el momento de los disparos, no hubo más señales sobre lo que había pasado. Nadie sabía si Luis y el Frente estaban vivos. Los policías se vieron rodeados apenas se internaron en la San Francisco; cada vez con más refuerzos, intentaban convencer a los vecinos de que se retiraran.

*

Mauro avanzó por entre los ranchos y consiguió treparse al techo de la casilla cercada por un batallón de policías en la que habían intentado refugiarse Víctor y su compinche, Luisito. Mauro era uno de los mejores amigos del Frente, un integrante fuerte de la generación anterior de ladrones, que, después de pasar demasiado tiempo preso y tras la muerte de su madre, había decidido alejarse del oficio ilegal y buscarse un trabajo de doce horas para lo básico, ya lejos de las pretensiones. Mauro había influido en Víctor con sus consejos sobre los viejos códigos, el “respeto” y la ética delincuencial en franca desaparición. Mauro recuerda bien que dormía con Nadia, su mujer, cuando lo despertaron los tiros. “Le dije: ‘Uy, los pibes’. Porque siempre que se escuchan tiros es porque hay algún pibe que anda bardeando. Me levanté, me puse un short y encaré para aquel lado”.

Apenas salió de su rancho, una nena que vivía a la vuelta y que lo sabía amigo inseparable de Víctor, a pesar de que para entonces él ya comenzaba a “dejar el choreo”, le dijo la frase tan repetida aquella mañana:

—Me parece que lo mataron al Frente.

Corrió hasta la entrada de la San Francisco. Un policía lo frenó:

—No podés pasar.

Mauro continuó sin mirar atrás. El policía le chistó. Él siguió acercándose a Víctor.

—A vos te digo, no podés pasar.

—Qué no voy a poder pasar —le dijo—. Yo voy para mi casa, cómo no voy a poder pasar, loco, si no hay una cinta ni nada.

Durante unos minutos creyó, incluso se lo dijo a Laura, que el Frente había podido escapar. “Este hijo de puta se les escapó”. Igual se trepó al techo, para cerciorarse. Desde lo alto podía ver la mitad del cuerpo de Luis saliendo de la puerta del rancho. Estaba inmóvil, parecía muerto, pero sólo lo simulaba por el pánico al fusilamiento. Mandó a pedir una cámara de fotos que no tardó nada en llegar. Disparó varias veces para registrar lo que sospechaba que la Policía Bonaerense ocultaría. Temía que Víctor estuviera herido y que, tal como estaba marcado por la Bonaerense, dejaran que se desangrase al negarle la asistencia médica. Por eso amenazaba con arrancar las chapas de la casilla si la policía no se decidía a sacarlo de allí. Hasta que Luis no pudo evitar que contra su voluntad las piernas comenzaran a temblarle. Uno de los uniformados se dio cuenta:

—Che, guarda porque éste está vivo.

Laura vio cuando lo retiraban del lugar en una camilla con la cabeza ensangrentada por el tiro que le rozó el cráneo. Chaías consiguió acercarse a él. Luis lloraba.

—El Frente, fijate en el Frente —alcanzó a decirle antes de que lo metieran en la ambulancia.

Laura se preocupó cuando unos minutos después la segunda ambulancia que había llegado para los supuestos heridos se fue vacía.

—Señor, ¿y el otro chico? —preguntó a uno de los uniformados, con miedo a la respuesta.

—Está ahí adentro, lo que pasa es que está bien —le mintió.

—¿Y por qué una de las ambulancias ya se fue?

—¡Porque está bien, nena! —cerró el policía.

*

Entre los que peleaban su lugar cerca del rancho también esperaba Matilde, confidente privilegiada del Frente, cómplice de hierro a la hora de dar refugio después de un robo, cartonera y madre de Javier, Manuel y Simón Miranda, los mejores amigos del Frente, los chicos con los que a los trece había comenzado en el camino del delito. Matilde había conseguido escurrirse hasta la puerta misma del rancho y desde ahí hablaba con Mauro, amotinado en el techo. Estuvo casi segura de que al Frente lo habían matado cuando presenció las preguntas y las evasivas entre Mauro y uno de los hombres de delantal blanco que entró al rancho con un par de guantes de látex en las manos.

—Eh, ¿qué onda con el pibe? ¿Por qué no lo sacan? —le preguntó Mauro.

—No, ahora vamos a ver —intentó evadirse el enfermero.

—Decime la verdad, decime si está muerto.

—No te puedo decir nada —lo cortó.

—Decile la verdad, loco, no va a pasar nada. Está muerto, ¿no?

El enfermero ya no volvió a abrir la boca, pero cuando volvió a pasar, bajando los párpados lentamente, lo confirmó.

Pato, el hermano mayor de Víctor, estaba en su turno de doce horas en un supermercado donde era supervisor. Su hermana Graciana ya se había casado y se había ido a vivir a Pacheco. Si no aparecía un familiar, la policía seguiría reteniéndolo en el rancho de doña Inés Vera.

—Vayan a buscar a la madre, que está trabajando en el supermercado San Cayetano de Carupá —propuso un chico.

Allá partieron Laura y Chaías en un remise. Pero Sabina estaba en la sucursal de Virreyes. Volvieron al barrio. La gente seguía amontonándose alrededor del rancho. A Virreyes corrieron a buscarla otros vecinos.

—Vení, Sabina, porque hay un problema con la policía.

—Pero dejalo que se lo lleven a ese guacho por atrevido. Yo no voy a ninguna parte —se negó Sabina, como siempre en lucha contra la pasión ladrona de su hijo menor, dispuesta a que lo metieran preso con la esperanza de que el encierro en un instituto lo reformara y lo convirtiera en un adolescente estudioso y ejemplar.

—Venite que está adentro de una casa. ¡Venite!

La convencieron. Sabina pensó: “Éste tomó como rehén a alguien y está esperando que yo llegue para entregarse, pero antes lo voy a trompear tanto…”. No llegó a imaginar la muerte de su hijo hasta que el auto se asomó al barrio doblando por la calle Quirno Costa y pudo distinguir desde el otro lado del campito un móvil de Crónica TV y un helicóptero sobrevolando la muchedumbre. “Cuando vi el mosquerío de gente y de policías, me temblaron las piernas”. Bajó del remise y escuchó que gritaban:

—¡Viene la mamá! ¡Viene la mamá! —atravesó desesperada y los pibes y las mujeres iban abriendo paso a lo largo de todo ese pasillo. Fue en ese momento en que se le unió como una guardaespaldas incondicional Matilde, experta en reclamar por sus chicos y pelearse con la policía cada vez que caían presos. Juntas llegaron a la valla humana de policías que custodiaba el acceso al rancho. Sabina dijo, con los labios apretados:

—Soy la madre —y entró.

*

María, la ex novia del Frente, en ese mismo momento caminaba sostenida por su madre hacia el campito que da a la vereda de la San Francisco por un lado y la 25 por el otro. Lo primero que vio fue la flaca silueta de su novio Chaías que saltaba en el medio del campo y gritaba.

“Todos gritaban, me mareé de repente, no veía nada, no entendía nada, me había puesto muy nerviosa, temblaba, tenía miedo y no sabía bien de qué. Hasta que llegué a la puerta del rancho, porque me iban dejando pasar, y la vi a Sabina”. Ella, Sabina Sotello, tratando de conservar la calma, queriendo creer a pesar de todo que el sabandija había tomado rehenes, preguntó intentando parecer tranquila:

—¿Dónde está mi hijo?

Una mujer policía de pelo corto, subcomisaria a cargo del operativo, la miró y no quiso contestarle.

—Yo soy la mamá —le dijo, dándole todos los motivos del mundo en uno para que le contestara.

Sabina miró hacia los costados buscando el rostro de Víctor. Pero no alcanzó a distinguirlo. “Yo creía que me lo iba a encontrar ahí parado, qué sé yo, y esta mujer no me decía qué había pasado, así que me saqué”. La agarró del cuello del uniforme y la levantó contra un ropero pequeño que había en aquel cuarto de dos por dos.

—¿Dónde está mi hijo?

—Calmate, calmate.

—¿Dónde está mi hijo?

—Pará, pará, calmate.

Sabina no dudaba en estrangularla si no hablaba, no se la quitarían de las manos si no le aclaraban qué había pasado con Víctor. Y entonces escuchó el tecleo de una máquina de escribir sobre una pequeña mesa. “Y cuando escuchás eso ya te imaginás, ¿viste?, cuando están escribiendo…”.

*

El hombre que escribía a máquina detallaba en lenguaje judicial los hechos que habían llevado a la muerte de Víctor Manuel Vital esa mañana de febrero. La historia tenía domicilio: el número 57 de la calle General Pinto, esquina French. Allí, en la puerta de su casa, Víctor le dejó en custodia a Gastón, el hermano mayor de Chaías, las cadenas, las pulseras, los anillos de oro, los fetiches de estatus que siempre llevaba puestos. Marchó, preparado para “trabajar”, a encontrarse con otros dos adolescentes con quienes solía compartir los golpes: Coqui y Luisito, dos ladrones también de diecisiete, y de otra villa con nombre católico: Santa Rita. Ellos dos y dos hermanos hijos de un ladrón conocido como el “Banana” se harían famosos tiempo después de la muerte de Víctor en una de las primeras tomas de rehenes televisadas. Habían querido robar a una familia y en lugar de escapar rápido se habían entusiasmado con la cantidad de objetos suntuosos que encontraron en el chalet de Villa Adelina. Algo parecido a lo que les ocurrió ese 6 de febrero cuando tardaron en robar una carpintería a sólo ocho cuadras de French y Pintos.

Gastón intentó persuadirlo: que no fuera, que se quedara esta vez porque el lugar tenía un “mulo”, que en la jerga significa vigilador privado; que otros ya habían “perdido” intentando lo mismo. Víctor no quiso creerle. En menos de diez minutos estaba encañonando al dueño de la fábrica de muebles. En quince salían corriendo del lugar muy cerca de la mala suerte. Los dos patrulleros que rondaban la zona recibieron un alerta radial sobre el asalto. “Tres NN masculino, de apariencia menores de edad, se dirigen con dirección a la villa 25”, escucharon. En el móvil 12179 iban el sargento Héctor Eusebio Sosa, alias el “Paraguayo”, y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. Y en el 12129, el cabo Ricardo Rodríguez y Jorgelina Massoni, famosa, por sus modos, como la “Rambito”. Las sirenas policiales se escuchaban cada vez más cerca. Víctor corría en primer lugar, acostumbrado como ninguno a escabullirse: en el último tiempo ya no podía pararse en ninguna esquina. Su sola presencia significaba motivo suficiente para una detención. A sus espaldas pretendían volar Coqui y Luisito.

—¡No puedo más! ¡No puedo más! —escucharon quejarse a Coqui, que quedó relegado en el fondo por culpa de sus pulmones comidos por la inhalación de pegamento.

Riéndose del rezagado, el Frente y Luis entraron por el primer pasillo de la San Francisco. Alicia del Castillo, una vecina de generosas proporciones, caminaba por el sendero con su hija de dos años de un lado y la bolsa del pan en el otro. El Frente la agarró de los hombros con las dos manos para correrla: ya no llevaba el arma encima. En seguida “colaron rancho”, como le dicen los chicos a refugiarse en la primera casilla amiga. La mujer que les dio paso para que se salvaran, doña Inés Vera, se paró en la puerta como esperando que pasara el tiempo y los chicos se metieron debajo de la mesa como si jugaran a las escondidas.

Los policías habían visto el movimiento. Ni siquiera le hablaron, la zamarrearon de los pelos y a los empujones liberaron la entrada. Los chicos esperaban sin pistolas: Luisito me contó que se las dieron a doña Inés, quien las tiró atrás de un ropero. Las descartaron para negociar sin el cargo de “tenencia” en caso de entregarse. Lo mismo que el dinero: lo guardó ella debajo de un colchón y lo encontró la policía, aunque nada de eso conste en las actas judiciales.

En cuclillas bajo la mesa, el Frente se llevó el índice a los labios: “Shh… callate que zafamos…”, murmuró, y vieron a una mujer policía y dos hombres entrar al rancho apuntando con sus reglamentarias. El sargento Héctor Eusebio Sosa, el Paraguayo, iba adelante con su pistola 9 milímetros. Pateó la mesa con la punta de fierro de su bota oficial; la dejó patas arriba en un rincón. Víctor alcanzó a gritar:

—¡No tiren, nos entregamos!

Luis dice que murmuraron un “no” repetido: “No, no, no”, un “no” en el que no estaban pudiendo creer que los fusilaran: “Nos salió taparnos y decir ‘no, no’, como cuando te pegan de chico”, me contó Luisito en un pabellón de la cárcel de Ezeiza, condenado a siete años de cárcel por los robos que después de la muerte del Frente siguió cometiendo, exultante al recordar los viejos tiempos después de tanto, el día de su cumpleaños veintiuno. Y describió sin parar la escena final: en el aire estrecho de aquella miserable habitación de dos por dos, silbaron cinco disparos a quemarropa. Luis supo que los fusilaban; como impulsado por un resorte, saltó hacia la puerta. En el aire una bala le rozó el cráneo. Quedó con la mitad del cuerpo afuera del rancho, ganándole medio metro al pasillo. Se desmayó. El Frente intentó protegerse cruzando las manos sobre la cara como si con ellas tapara un molesto rayo de sol. Luisito recuperó la conciencia a los pocos minutos, pero se quedó petrificado tratando de parecer un cadáver.

El Frente falleció casi en el momento en que el plomo policial le destruyó la cara. Las pericias dieron cuenta de cinco orificios de bala en Víctor Manuel Vital. Pero fueron sólo cuatro disparos. Uno de ellos le atravesó la mano con que intentaba cubrirse y entró en el pómulo. Otro más dio en la mejilla. Y los dos últimos, en el hombro. En la causa judicial, el Paraguayo Sosa declaró que Víctor murió parado y con un arma en la mano. Pero la Asesoría Pericial de la Suprema Corte, por pedido de la abogada María del Carmen Verdú, hizo durante el proceso judicial un estudio multidisciplinario. Los especialistas debieron responder, teniendo en cuenta el ángulo de la trayectoria de los proyectiles, a qué altura debería haber estado la boca de fuego para impactar de esa manera. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación y la disposición de los muebles, si los hechos hubieran sido como los relató Sosa, él debería haber disparado su pistola a un metro sesenta y siete centímetros de altura. Esto significa que para haber matado al Frente, tal como dijo ante la justicia, Sosa debería haber medido por lo menos tres metros treinta centímetros.

*

Con el rostro enrojecido por la presión del estrangulamiento, la mujer policía, elevada diez centímetros del suelo por la fuerza de la mujer que la tenía del cuello, le dijo finalmente a Sabina:

—Su hijo está muerto. Ahí está, no lo toque.

En el piso de tierra yacía Víctor, con la frente ancha y limpia que le dio sobrenombre, sobre un charco de sangre, bajo la mesa sobre la que escribían el parte oficial de su muerte.

Sabina soltó un grito de dolor. Su llegada a la escena de los hechos había provocado un silencio sólo alterado por el ruido que hacía el helicóptero suspendido sobre el gentío. Ese alarido y el llanto que lo precedió fueron suficientes para que quienes esperaban perdieran la esperanza: un policía había masacrado a Víctor Manuel Vital, el Frente, el ladrón más popular en los suburbios del norte del Gran Buenos Aires. Tenía diecisiete años, y durante los últimos cuatro había vivido del robo, con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa: los amigos, las doñas, las novias, los hombres sin trabajo, los niños.

*

“Yo sabía que todo el mundo lo quería, pero no pensaba que iban a reaccionar así. Porque hasta la señora de ochenta años empezó a tirar piedras”, cuenta Laura. Así comenzó la leyenda, estalló como lo hacen sólo los combates. Como una señal todopoderosa, entienden en la villa, el cielo se oscureció de golpe, cerrándose las nubes negras hasta semejar sobre el rancherío una repentina noche. Y comenzó a llover. La violencia de la tormenta se agitó sobre la indignación de la turba. Bajo el torrente, los vecinos de la San Francisco, la 25 y La Esperanza dieron batalla a la policía. La noticia sobre el final del Frente Vital corrió por las villas cercanas como sólo lo hacen las novedades trágicas. Llegaron de Santa Rita, de Alvear Abajo, del Detalle. A la media hora había casi mil personas rodeando a ese chico muerto y a ciento cincuenta uniformados preparados para reprimir. Llegaron los carros de asalto, la Infantería, el Grupo Especial de Operaciones, los perros rabiosos de la Bonaerense, los escopetazos policiales.

Cuando comenzaron los tiros, Laura consiguió acercarse a su amigo hasta quedar refugiada en uno de los ranchos que dan al lugar donde lo mataron. “Justo donde estaba había un agujerito y pude ver cómo lo sacaban y cómo los hijos de puta se reían y gozaban de lo que habían hecho. Los vigilantes lo sacaron destapado, como mostrándoselo a todo el mundo… no lo sacaron como a cualquier cristiano. Yo lo vi, vi las zapatillas que en la planta tenían grabada una V bien grande”. Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma V que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía.

Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar a un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro, rodeado por los otros, equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera. Ese dibujo asume que el ladrón que lo posee en algún momento fue sitiado por las pistolas de la Bonaerense, y que de allí en más se desafía a vengar su propio destino: el juramento de los cinco puntos tatuados augura que esa trampa será algún día revertida. El dibujo pretende que el destino fatal recaiga en el próximo enfrentamiento sobre el enemigo uniformado, acorralado ahora por la fuerza de cuatro vengadores. Por eso para la policía el mismo signo es señal inequívoca de antecedentes y suficiente para que el portador sea un sospechoso, un candidato al calabozo.

Son cinco puntos gigantescos, como las fichas de un casino, los que se grabó en su ancha espalda Simón, el menor de los hijos de Matilde, un poco más abajo que las sepulturas, el dragón y la calavera. Y la misma marca tiene, en el bíceps abultado del brazo derecho, Javier, el mayor de sus hermanos. Manuel, el del medio, se los tatuó en la mano. Y Facundo, el cuarto miembro de lo que precariamente fue una “bandita”, especie de hermano de los demás y sobre todo compinche íntimo del Frente, se los hizo sobre el omóplato izquierdo la primera vez que estuvo preso en una comisaría a los quince años. El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo. No hay pibe chorro que no tenga un caído bajo la metralla policial en su historia de pérdidas y humillaciones. Para estos chicos, la muerte de su amigo es una de esas heridas que se saben incurables; con las que se aprende a convivir: se veneran, se cuidan, se alivianan con algún ritual, se cuecen con el recuerdo y con las lágrimas. Y como si el destino hubiera querido preservarlos o privarlos del momento fatuo del velorio y el funeral de un ser adorado, los tres estaban presos el día que un policía bonaerense asesinó al ídolo.

La tarde anterior al crimen, Simón pudo hablar por última vez con Víctor: llamó Simón desde el teléfono público al que tienen acceso los chicos internados en el Instituto Agote. “Nos cagamos de risa un rato. Jodíamos, que pa, que pa-pa-pa. Que pum. Que pam. Y él en un momento me dijo:

”—Mirá, mañana te voy a mandar una chomba, una bermuda, guacho…

”—No pasa nada, guacho. ¿Qué me estás diciendo?

”—Eh, vos sabés que somos re amigos…

”—No pasa nada, guacho, bueno, todo bien”.

Cortaron entre risas y cargadas, como suele ser cuando dos chicos conversan, yendo de la medición del ingenio del otro, del ejercicio de la esgrima verbal permanente al afecto, que llega siempre con rodeos, disfrazado de lealtad o de “respeto”.

Esa noche Simón se durmió pensando otra vez en el día en que regresaría a la calle y añoró estar en la villa, haber vuelto al rancho después de un “hecho” con los bolsillos llenos de billetes, para sumergirse en el Tropitango, o en Metrópolis, la bailanta de Capital.

Al día siguiente volvió a marcar el diecinueve y pidió vía cobro revertido con la casa de su amiga Laura. Del otro lado escuchó en la voz de ella el aturdimiento que deja la muerte, la angustia que precede a la entrega de una pésima noticia. Laura estaba con Mariela, su novia de entonces.

—No, mejor decile vos —escuchó Simón.

—No, decile vos… —se filtró por el tubo.

—¿Qué te pasa? —casi gritó en el silencio carcelario del Agote.

—…

—¡¿Qué me tienen que decir, guachas?!

—…

—¡Eh! ¡Guachas! ¡Pónganse las pilas!

—Lo mataron al Frente.

—¡¿Cuándo?!

—Hace un rato.

—Ustedes están re locas. ¡Si yo ayer hablé con él!

Laura se largó a llorar. Él no pudo más que creerle. Ni siquiera necesitó que le contaran los detalles. Sabía cuán marcado estaba Víctor Vital por la policía de San Isidro. No pudo más que cortar y subir a la celda, encerrarse aún más dentro del encierro, para llorar solo.

Armó un porro enorme usando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y, sin largar el humo, puso en un grabador que le habían regalado los temas que escuchaba el Frente. Primero, cumbia colombiana, cumbia de sicarios; después, el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que el Frente escuchaba como parte de su personal religión.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia,/ y que no me recen cuando suenen los tambores,/ y que no me lloren porque me pongo muy triste,/ no quiero coronas ni caritas tristes,/ sólo quiero cumbia para divertirme.

*

Facundo también había caído poco tiempo antes del asesinato, en el que por más deseos y mensajes conjuradores de la muerte, el barrio había llorado a mares. Había sido después de un robo con Chaías, en el que un patrullero los cruzó, cuando silbando bajo volvían al barrio después de haber robado una panadería. Chaías se demoró dos minutos de más porque quiso, antes de invertir en pastillas, pagar la cuota de un crédito que había pedido en la zona. Facundo terminó internado en el instituto de recuperación de adictos de monseñor Emilio Ogñenovich en Mercedes, que más tarde se haría famoso por las denuncias sobre malos tratos y torturas a menores. Ese día también supo del crimen por la televisión. “Fue un desastre. Le agarró un ataque de nervios, empezó a romper cosas, luchó con los celadores, quiso saltar el alambre, se quiso escapar, y entonces le pegaron mucho. Después, como él seguía con problemas, fuimos y lo encontramos muy mal. Lo drogaban mucho y temblaba solamente de lo drogado que lo tenían. Lo inyectaban y estaba todo lastimado, la boca lastimada, la ceja lastimada, todo el cuerpo raspado del alambre, porque lo habían bajado de los pantalones y se había raspado con las púas. De ahí lo trasladaron a una comunidad para adictos en Florencio Varela. Ahí se repuso, estaba con psicólogos”, me contó una tarde su abuela, una de las mai umbanda del barrio. Fue por medio de Facundo que Luis conoció al Frente, y a su vez, a través de Luis, el Frente se cruzó con Coqui, el otro integrante de Los Bananita, con quienes fue a robar por última vez.

Ese 6 de febrero Manuel estaba detenido por el último robo fallido en la comisaría 1a de San Fernando. “Con los pibes del calabozo mirábamos ‘Siempre Sábado’ por Canal 2. Cuando vino el corte empezamos a hacer zapping. De repente apareció en Crónica tv un cartel: ‘Primicia. San Fernando’”.

—Pará, loco, que yo vivo ahí —frenó Manuel al que manejaba el control remoto del televisor colgado afuera de la celda.

Reconoció las calles, los ranchos, el potrero. Y vio que sacaban en una camilla el cuerpo de alguien. Aunque enfocaban desde lejos, creyó reconocer la ropa de su amigo.

—Ojalá que no, pero para mí ése es el Frente —les dijo a los de su ranchada.

Compartía celda con dos chicos del mismo barrio y con un pibe de Boulogne que había sido “compañero” del Frente. Todos se quedaron callados. “Al final, cuando casi lo subían a la ambulancia, lo reconocí por la V en las suelas. Pensé que estaba muerto, por cómo lo llevaban. Después vino una banda de tiros de la gorra, de piedrazos de la gente. No lo podía creer. Era Crónica en directo y se veía todo el barrio. Yo había caído hacía un mes y me quería matar porque no estaba ahí con él, porque si hubiéramos estado juntos capaz que no pasaba lo que pasó. Me puse re mal. Me quería matar, ya no me importaba nada después de eso. Decían que habían quemado a un vigilante, que lo habían herido, que era una batalla campal”.

Se veían mujeres pateando patrulleros, escupiendo a la cara de los miembros del Grupo Especial de Operaciones. La policía tuvo que armar un cordón contra el que los amotinados arremetieron una y otra vez: a uno de los uniformados lo hirieron en una pierna, a otro le quebraron la clavícula de un palazo. Sabina jamás se olvidará de Matilde, la madre de Manuel, Simón y Javier, tan lejana hasta entonces, tan en la vereda de los chorros, donde ella nunca quiso abrevar, siempre sancionando con el desprecio la actividad ilegal de su hijo. La rememora corriendo entre los tiros, bajo la lluvia, embarrada hasta las rodillas y perdiendo las ojotas en la lucha. Como María, que en el fragor dejó las suyas clavadas en el barrial.

*

La batalla fue de tal magnitud que Sabina Sotello tuvo que salir del estupor, respirar profundo y pensar en qué hacer para calmar la sed de venganza por la muerte de su hijo. Sospechaba que la policía dispararía con balas de plomo y temía que, en lo extenso del enfrentamiento, la vecindad se hiciera de las armas escondidas en villas aledañas por el rumor de una razia que lo asolaría todo ese fin de semana. La venganza estaba demasiado cerca de los deudos enardecidos, que no paraban de arrojar piedras y palos contra los uniformados y sus escudos transparentes. “Yo pensaba que iban a matar a alguien más y tuve que reaccionar”. Sabina cruzó el pasillo y habló ante la multitud:

—¡Yo les pido por favor que me dejen terminar, que paremos un poco porque puede haber otra víctima, que paremos, así estos hijos de puta se van! —dijo.

Lentamente, los combatientes fueron abandonando la furia y dejando la tarde libre a la pena. “Para colmo, llovía tanto que llovía como si fuera llorar”, dice Chaías, el desgarbado morocho que, con la tempestad desatada, caminaba blandiéndose contra el viento con una sombrilla roja enorme que parecía sacada de una playa familiar de la costa, una imagen de surrealismo nipón en medio de la miseria.

Sabina regresó a la casilla donde el fiscal y los funcionarios judiciales esperaban una señal para abandonar la villa, aterrorizados ante la posibilidad franca del linchamiento. “Ellos en definitiva salieron agarrándose como pollos mojados de mi brazo y de Matilde”, me contó Sabina varias veces a lo largo del tiempo en el que reiteramos esas conversaciones pausadas, mientras me acompañaba a recorrer el largo viaje que la reconstrucción de aquella muerte me llevó a iniciar sin fecha de regreso.

Matilde no volvió a separarse de Sabina. Como si las balas hubieran dado en cualquiera de sus propios hijos. De alguna manera, Víctor había sido durante esos años de asaltos y fuego casi un hijo para ella. Juntas, las dos mujeres partieron a la comisaría para los trámites burocráticos a los que siempre se condena al familiar del chico acribillado. Pasaron cinco horas en la seccional hasta que les dijeron que tardarían en entregarles el cuerpo. Sabina suele recordar riéndose con ternura que Matilde, avergonzada de sus pies desnudos por la pérdida de las ojotas, sentada en un banco de la seccional, trataba de disimular tapándolos el uno contra el otro, escondiéndolos como una niña bajo el asiento.

Esa tarde, la de la muerte, Manuel habló con su madre desde la comisaría por teléfono: le rogó que gestionara su visita al velorio, un traslado que los jueces suelen conceder a los reos cuando sufren la muerte de un familiar cercano. Pero, aunque Manuel y Simón obtuvieron la autorización judicial, no se lo permitieron a Sabina ni a Matilde, su propia madre. Hasta hoy, a Manuel y a Simón les duele que los hayan privado de esa ceremonia de despedida, pero el clima que había en el velorio era tan enrarecido que a Matilde y a Sabina les pareció un peligro inmenso el operativo. Las armas que habían desaparecido del barrio por el rumor de las razias volvieron apenas asesinaron al Frente. “Nunca vi tantos fierros juntos”, me dijo Sabina sobre el contenido de los bolsillos de los deudos de su hijo. Si trasladaban a los hermanos hasta la casa de French y General Pintos, donde velaban a Víctor, debían hacerlo policías de la comisaría 1a, compañeros de la Rambito y de Sosa, cómplices a los ojos de todos, tan culpables de la muerte injusta como el que gatilló.

La policía, además, no se había quedado tranquila después del marasmo del sábado. El resentimiento de los hombres de la 1a de San Fernando no terminó con la represión de ese día. Manuel lo supo desde adentro. Estaba detenido en esa seccional cuando ocurrió todo. “Apenas lo mataron vinieron a gozarme y entonces se armó un bondi, discutí y le tiré un termo de agua hirviendo a un cobani. Con los pibes lo peleamos y me querían sacar solo afuera para cagarme a trompadas. Me llevaron a la comisaría de Boulogne, y después me volvieron a la 1a. Ahí estaba sin hacer nada, pensaba nomás, me quería matar. Me dio por ponerme a escribir. No paraba de recordar”.

*

Llovió todo el día y toda la noche. Y a pesar del tiempo enfurecido, desde el momento de la muerte no dejó de haber deudos esperando el cuerpo en la puerta de Pinto 57. “Tuvimos que esperar tres días para que nos lo entregaran. Me querían dejar velarlo dos o tres horas, los mandé a la puta que los parió, les dije que yo lo iba a velar el tiempo que quisiera, el tiempo que yo creía que él se merecía. Yo les discutía, les decía que ellos en ese momento eran empleados míos, que les pagaba el sueldo y que ellos iban a hacer lo que yo les dijera. Lo velamos acá por el hecho de que la gente a veces no tiene para viajar —cuenta Sabina en el cuarto donde estuvo el cadáver de Víctor—. Esto era un mundo, gente que yo no había visto en mi vida que llegaba de todas partes”.

Fue una romería. La cuadra de French entre Pinto e Ituzaingó se llenó de chicos y chicas que armaban grupos en los cordones de la vereda, una multiplicación de esas esquinas que se esparcen por los rincones del conurbano norte. “Después los pibes que venían empezaron a juntar plata para comprar coronas —me contó Chaías, que esa noche amaneció allí—. Siempre que pasa algo así alguien saca un cuaderno y van juntando para comprarle las coronas que el finadito se merece”. La mayoría de ellos estaban armados. Hubo quien en una esquina se puso a disparar como homenaje en medio del responso, y Pato, el hermano mayor de Víctor, tuvo que imponer orden, llamar a la tranquilidad a los amigos. Los patrulleros de 1a nunca dejaron de rondar la casa durante las veinticuatro horas que duró la despedida final. Cada tanto hacían sonar las sirenas golpeando con su presencia. Sabina intentaba que nadie respondiera a la provocación. Chaías dice que estaban tan “enfierrados” que podían pararse delante de un móvil policial y destruirlo con un cargador por cada uno de los vengadores. Se contuvieron hasta la mañana siguiente, el martes, cuando casi a las nueve sacaron el ataúd de la cocina y lo subieron al carro fúnebre. Hasta ahí llegó la compostura. Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Víctor Manuel Vital, el Frente. Y esos disparos comenzaron a transformar su muerte en una consagración; su ausencia, en una posible salvación.

Eran tantos que fueron necesarios dos micros y un camión con acoplado para trasladar el cortejo entero. La fila de autos, todos los remisess de la zona y los que ese fin de semana habían sido robados, daba la vuelta completa bordeando la villa 25.

A lo largo de Quirno Costa, sobre el borde del descampado, una hilera de jóvenes vaciaba los cargadores disparando hacia el barro reseco del baldío. “Salimos de acá y dimos la vuelta por los lugares donde él siempre andaba. Cuando la pompa fúnebre se asomó frente a la villa, los tiros sonaban como en Navidad. Así fue la despedida de Víctor”, recuerda orgullosa Sabina. Lo enterraron con las banderas de Boca y de Tigre cubriendo el cajón. Y entre las decenas de coronas había una igual a la que había pedido durante sus últimos meses, acosado por la policía: “Si me agarran, que me hagan una corona con flores de Boca”, había dicho como bromeando sobre un futuro anunciado.

Morir como perros

Publicado: 15 diciembre 2013 en Juan D’Alessandro
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1

La madrugada del domingo 28 de abril, Evelina Zambrano, voluntaria en un refugio canino, envolvió el cadáver de su perra Lola en una bolsa de nailon y lo guardó en el freezer.

Después salió a la calle y encontró todos esos perros muertos.

—Fue tan espantoso –dice, sentada en el jardín de su casa–. En mi vida me voy a olvidar del sufrimiento que vi esa noche.

Recorrió el pueblo junto a las voluntarias del refugio y de la protectora. Asistieron a los perros que agonizaban: les dieron agua, los acariciaron. Los guantes de látex fueron poniéndose amarillos. Algunos animales se salvaron, la mayoría no.

—Esa madrugada empezaron a caer los pájaros –recuerda Gabriela Luna, directora del hogar de niños Estrella de Belén y voluntaria de la protectora de animales–. Yo iba caminando cuando una cosa me cayó en el hombro. Era un gorrión.Y en la plaza vi un montón de tordos en el suelo. Caían: parecía una película de Hitchcock.

El sereno de la plaza pasó toda la noche embolsando animales muertos. Algunos vecinos, como Emanuel Arrieta, encontraron el cadáver de su mascota en el patio.

Nadie recuerda si esa noche los perros aullaron.

La mañana siguiente, muchos dejaron salir a sus animales. No sabían de los cebos que esperaban en los jardines, entre las hojas secas, bajo los autos estacionados. El ex director del hospital de Deán Funes Javier Ocanto vio volver a su pastor alemán torcido, inestable. Tenía los ojos muy abiertos, la lengua afuera. Una sustancia blanca le empapaba el hocico y los pelos largos del cuello. De repente, el animal abrió las patas y, como si estuviera junto a un árbol, expulsó un chorro de diarrea incontenible y ya no pudo mantenerse en pie, se dejó caer en el garaje. El perro estaba muerto.

—Supe que era un veneno absolutamente tóxico porque las moscas que se apoyaban en el cuerpo del perro morían en el acto –dice Ocanto, y se pregunta qué hubiera pasado si su hijo de ocho años tocaba al perro.

En la comisaría le dijeron que antes que él veinticinco personas habían denunciado lo mismo. Apenas eran las nueve de la mañana.

Ese domingo, solo abrió una de las dos veterinarias. Cada quince minutos entraba alguien con un perro en brazos. El tratamiento consistía en ponerles suero e inyectarles atropina –un anestésico relajante, como el Valium– para aplicarles después protectores hepáticos.

Diecinueve perros llegaron al local, uno murió pese a la atropina y lo mismo le pasó a un gato. Los que sobrevivieron –dicen las veterinarias Mara Díaz y Gabriela Lijtenstent– habían conseguido vomitar el veneno.

Budy, el labrador, no pudo hacerlo.

—Se llamaba Budy, le decíamos “El piola” –Mariana Castro, dueña de un salón de fiestas infantiles, muestra una foto arrugada en la que hay un labrador dorado y una nena que ríe–Está arrugada porque mi hija la agarra, la aprieta.

Su hija, Ana Paz, tiene cuatro años y no puede caminar porque una parálisis cerebral espástica le acalambró las piernas. Los médicos dijeron que la zooterapia podía ayudarla, y así llegó Budy a la casa. La beba y el cachorro crecieron juntos; Budy dormía con ella, a los pies de la cama, y le alcanzaba los juguetes que se le caían al suelo.

Aquel domingo, temprano, Mariana Castro dejó salir al labrador.

El perro volvió temblando.

—Mi marido le metió los dedos en la boca, pero no vomitó. Lo enterramos en el campo esa misma mañana.

La cifra oficial, que ronda los doscientos perros muertos, se compone por los 120 que levantaron los bomberos de las calles y el puñado de decenas que levantaron los empleados municipales. Pero no se sabe cuántos, como Budy, fueron enterrados por sus dueños, ni cuántos callejeros se escondieron en baldíos y descampados para morir. Las proteccionistas dicen que fueron cientos.

El labrador Budy estaba siendo entrenado para asistir a Ana Paz, para servirle de apoyo.

—No solo han matado al perro de mi hija, le han matado la posibilidad de caminar –dice Mariana Castro. Y explica que no pueden reemplazar a Budy por otro labrador entrenado, que no funciona así. El perro debe criarse junto al paciente para generar confianza y un lazo emocional. Ana Paz no puede esperar otros cinco años para aprender a caminar.

—Nunca me voy a olvidar de ese perro –dice Mariana Castro en la puerta de su casa, con los ojos húmedos. Cuenta que, por la enfermedad, su nena tiene problemas para socializar con otros chicos. Que no le resulta fácil. Y que el año pasado eso cambió, por un momento:

—Era el Día del Animal. Ana Paz llevó al Budy a la guardería y fue un revuelo: todos los compañeritos se acercaron a tocarlo. Si la hubieras visto a ella con su perro ahí, jugando con todos –dice, como puede, antes del llanto–. Estaba tan contenta ese día, mi nena. Tan feliz.

Al mediodía la municipalidad decretó la emergencia sanitaria y ambiental, las clases fueron suspendidas por una semana. La matanza ya era una noticia nacional: hasta la placa roja de Crónica reiteraba, con letras blancas y mayúsculas, “Basta de matar perros en Deán Funes Córdoba”. Sin embargo, el intendente Alejandro Teijeiro no aparecía por ningún lado. Horas antes había viajado a Israel y no regresaría sino quince días más tarde porque, según sus colaboradores, “era muy costoso cambiar los vuelos”.

Durante la tarde los bomberos voluntarios rastrillaron las calles y encontraron albóndigas en cada cuadra, sobre todo en el centro y hacia el norte, en los barrios más humildes como Las Flores, Algarrobo y La Feria, donde más perros suele haber. Cebos de carne molida con pequeños fragmentos blancos en su interior. Los bomberos alzaban a las víctimas y tapaban con cal viva las manchas de sangre, vómito y excrementos, mientras la pala mecánica de la municipalidad recorría Deán Funes con su garra cargada de perros muertos y con movimientos bruscos, trabados, los dejaba caer rodando sobre una montaña de cadáveres. En cuestión de horas un contenedor para escombros estuvo repleto de animales malolientes. Susana Pozzoli, la encargada del departamento de control alimentario de la comuna, se asomó por casualidad al contenedor y vio que uno de los perros amontonados se movía. Pudo rescatarlo. Los demás, bien muertos, comenzaron a hincharse y a emanar un olor ácido, intenso, que de a poco fue mezclándose con la podredumbre. Faltaban algunas horas para el lunes 29 de abril. En Argentina, el Día del Animal.

2

Deán Funes es un pueblo rodeado de campos para ganado, ubicado en el norte de la provincia de Córdoba y a unos ochocientos kilómetros al noroeste de Buenos Aires. Aunque técnicamente sea una ciudad, sus veintidós mil habitantes conservan la costumbre de dejar las puertas siempre abiertas y conocen el nombre de cada persona y de cada perro. Porque en Deán Funes los perros callejeros tienen nombre, historia, territorio. Por eso la gente se entristeció tanto con la muerte del Verde, el perro de la plaza que acompañaba al canillita a repartir los diarios y asistía a misa, religiosamente, todos los domingos. Y muchos se alegraron porque Fantasma, “el perro que aparece y desaparece”, tuvo el buen criterio de esfumarse aquella noche fúnebre del veintisiete de abril de 2013.

A mediados de semana ya eran dos los contenedores llenos de animales muertos. Quedaron en la calle, al lado del hospital, frente al corralón donde la municipalidad guarda las máquinas. La gente se asomaba para buscar a su mascota desaparecida. Pero de a poco los cadáveres empezaron a reventarse, a sangrar. Tuvieron que tapar los contenedores con un nailon negro y recién una semana después enterraron a los perros en un basural.

—Cavamos una fosa, un pozo de dos metros de profundidad. Pusimos una membrana plástica de PVC para que los fluidos de la descomposición no contaminen las napas –dice Daniel López, jefe del cuerpo de bomberos voluntarios, en una oficina del cuartel general–. Llenamos el fondo con perros y tiramos cal viva encima. Después va otra hilada de perros y más cal: es como si estuvieras haciendo una torta

3

Con las albóndigas los perros tragaron metomil, un insecticida de uso agrícola para el control de un amplio espectro de plagas. Es un polvo conformado por pequeños cristales blancos que debe ser diluido en agua para su aplicación en los campos. No lo diluyeron, lo usaron en estado sólido mezclado con carne molida y grasa.

Pertenece al grupo químico de los carbamatos, que originariamente fueron creados como gases neurotóxicos para la guerra. La Organización Mundial de la Salud los clasifica como sustancias de banda roja: muy peligrosos para la vida humana. Una ley local prohíbe su uso a menos de quinientos metros de los centros urbanos, si se aplica con pulverizadores terrestres; y a menos de 1.500 metros si se aplica de forma aérea.

Para matar a un perro de diez kilos hace falta apenas un gramo de metomil.

El producto se comercializa en envases de 100 y 250 gramos.

Cotiza en dólares, como todos los agroquímicos, pero es accesible: el envase más chico puede conseguirse por once dólares en un comercio de agroquímicos de Córdoba. Aunque para comprarlo hace falta tener Cuit de productor agropecuario.

El metomil se introduce en el cuerpo por ingestión, por contacto y por inhalación, pero no hubo personas afectadas, más allá de algunos casos leves como mareos, náuseas o irritaciones. Quien armó los cebos sabía la dosis exacta que debía tener cada albóndiga para matar, a lo sumo, a un perro de treinta kilos. No más.

4

A tres meses de la matanza no hay definiciones y la gente se impacienta. Los vecinos responsabilizan al fiscal Eduardo Gómez por haber “congelado la investigación”. Él argumenta que nadie colabora, ni los testigos ni los imputados. La matanza de cientos de perros puede que permanezca para siempre entre los casos inconclusos.

Seis personas están imputadas por daño y violación a la Ley de Protección Animal. Son delitos con penas bajas, excarcelables. Cinco son inspectores municipales y el sexto dejó de serlo hace algunos años, cuando existía la antigua perrera.

Nadie los vio manipulando las albóndigas.

—Las imputaciones se sustentan en indicios de presencia durante esa noche: tres inspectores estaban de turno, dando vueltas por el pueblo en una Trafic blanca, y los otros tres parece que tenían problemas con los perros. Nuestra principal hipótesis es que ellos se excedieron –dice Gómez, lento y sosegado en el modo de hablar.

Estuvieron de turno Roque Enrique Quinteros, Juan Santos Marques y Diego Oscar Allende. Si es verdad que ellos transportaron las albóndigas envenenadas en la Trafic –como sospechan los vecinos–, se expusieron a inhalar el veneno.

—Parece que esa noche la Trafic estuvo en el Hospital Romagosa porque Allende estaba descompuesto –dice el fiscal–. Pero justo llegó un patrullero y los inspectores se fueron antes de que los médicos pudieran revisarlo.

Si ellos hicieron el trabajo, la municipalidad tiene que haber dado la orden.

—¿Están investigando a algún funcionario?

—Primero vamos a tratar de confirmar las imputaciones que tenemos. Pero si se confirma esta hipótesis, sí, alguien tiene que haber dado la orden. Y no cualquiera sabe manipular este producto, hay que estar muy preparado.

—La gente dice que algunos inspectores tienen fama de maltratar a los perros.

—Los otros tres imputados son los hermanos Palomeque. Allanamos su casa y secuestramos una sustancia venenosa que no sabemos todavía si es metomil. Parece que estos hermanos se dedicaban a matar perros en la vieja perrera.

***

—Son mentiras –dice Darío Palomeque, un hombre de 31 años, alto, robusto y moreno como sus hermanos mayores, Francisco y Daniel. Está sentado en una oficina de la división de inspectores, donde se desempeña como mano derecha del director de Seguridad Ciudadana, Atanasio Solís, un ex gendarme que obliga a sus subordinados a vestir uniformes azules, gorra al tono y botas negras. De lejos, los inspectores de Deán Funes son idénticos a los policías.
—¿Recibieron la orden de envenenar a los perros de la calle?
—No. Nosotros no tenemos nada que ver. Yo creo que vino alguien de afuera; los policías dicen que no vieron nada, pero para mí dejaron el campo abierto para que alguien actúe.
—Los vecinos piensan que tus compañeros tiraron el veneno desde la Trafic.—No tiene sentido. El veneno ese es muy tóxico: no podés llevarlo en un habitáculo cerrado, inhalándolo.
—Me gustaría hablar con tus compañeros.
—Los muchachos no quieren hablar.
—¿Qué hacen tus hermanos?
—Uno de ellos trabaja acá, en la parte de maestranza; cuando había que levantar a un perro iba él. Mi otro hermano no es inspector, cobra una pensión. Él la ligó de arriba porque los tres vivimos en la misma casa, la que allanaron.
—¿Qué se llevaron en el allanamiento?
—Un frasco de K-Othrina que uso para las garrapatas de mis perros, un Raid hogar y plantas y la costeleta que me iba a comer ese día. Tuve que almorzar puré solo.

5

Ante la ausencia de una versión oficial surgieron dos hipótesis acerca de quién mató a los perros y por qué. En el pueblo casi todos piensan que el municipio ordenó a los inspectores controlar a la población canina, “como hicieron siempre”, con la diferencia de que esta vez –sospechan– se les fue la mano con el veneno y no supieron cómo ocultar el desastre. Otros dicen que quisieron prevenir la fiebre negra.

En Deán Funes hay una sobrepoblación de perros callejeros. Según dijo a los medios el subsecretario de Salud y Medio Ambiente del municipio, Carlos Gómez Calvillo, antes de la matanza había unos cuatro mil. Tres meses más tarde, en las calles la presencia sigue siendo notable: dos, tres, cuatro por cuadra.

La teoría se apuntala con la versión de que los Palomeque solían matar perros. Uno de los tres hermanos, Francisco, supo trabajar en la antigua perrera y de él se cuentan historias temibles, aunque nadie puede asegurar su veracidad. Francisco Palomeque estuvo internado en el neuropsiquiátrico de Santa María de Punilla en tres ocasiones, en 2003, 2004 y 2010. Su historia clínica indica que tuvo “trastornos con el consumo de alcohol”. En el imaginario su perfil encaja perfectamente: podría ser el “loco que mata perros”.

De todos modos, la mayoría de los vecinos piden que la Justicia investigue a los que dieron la orden.

—Los imputados no sacaron plata de sus bolsillos para comprar carne molida y un agroquímico. Los autores ideológicos son otros –dice el médico Javier Ocanto.

—Los inspectores son gente humilde: no van a elegir envenenar a un perro antes que darle de comer a sus hijos. Cae de maduro que, si fueron ellos, solo cumplieron órdenes –dice el cura Sergio Romero.

Cuando ocurrió la matanza el intendente de Deán Funes, Alejandro Teijeiro, estaba llegando a Israel. Había partido diez horas antes de que apareciera muerto el primer perro. Regresó quince días más tarde y a la semana dejó su cargo para convertirse en funcionario provincial. Lo reemplazó en la intendencia el secretario de gobierno, Germán Fachín.

—¿Ustedes encargaron a los inspectores ejecutar la matanza de perros?
—Eso es una locura, no existió orden de ese tipo. Es insólito –la voz de Germán Fachín suena cansada en el teléfono–. Si a mí también se me murió un gato.
—¿En qué quedó la investigación interna que iban a realizar?
—En nada de nada. Negativo. No hay nada raro con los inspectores.
—¿Quién mató a los perros?
—Nosotros no. Pensá que para la gestión municipal esto es una mancha. Estoy seguro de que es una cuestión política, nos han querido perjudicar.

Aunque algunos especulan con una inusual vendetta política por los abruptos cambios de partido de Teijeiro –radical, kirchnerista, delasotista–, la mayoría piensa que se trató de una orden que fue cumplida con una eficacia delirante. Pero si el objetivo era disminuir el número de perros en las calles, ¿por qué simplemente no los castraron? ¿Y por qué no discriminaron entre callejeros y domésticos?

Un día después de la matanza, el médico, docente y exsubsecretario de Salud de Córdoba, Medardo Ávila Vázquez, dijo:

—Para exterminar a los perros, el gobierno provincial contrata a empresas especialistas en desinfecciones que saben cómo manipular el veneno. El objetivo es prevenir la leishmaniasis, una enfermedad mortal que los perros transmiten a los humanos. No van a reconocerlo, porque la enfermedad apareció por culpa de los mismos gobiernos que permitieron el desmonte.

Varios medios de comunicación las reprodujeron. El gobierno de Córdoba lo desmintió y el tema pasó al olvido.

Ávila Vázquez es coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y en 2009 trabajó en una campaña de fumigación contra el mosquito del dengue. El gobierno provincial había contratado a la Cámara de Control de Plagas (Coninplag), una decena de empresas pequeñas encargadas de realizar las fumigaciones. Cuando la tarea terminó, Ávila Vázquez le preguntó a un operario qué iban a hacer las empresas a partir de ese momento.

—Tenemos trabajo de sobra, ahora empezamos con los perros –le contestó.

En 2010 otro operario lo fue a ver al hospital en el que trabaja y le contó que ya habían empezado:

—Me dijo que tenían un contrato en Santiago del Estero para matar a cincuenta mil perros en un lapso de un año. Yo le pregunté cómo hacían y me explicó todo.

Le dijo que preparaban los cebos con dimetoato, un insecticida muy potente, pero que también podía ser metomil (tenía que ser un veneno que los matara rápido para que no pudieran irse a morir a otro lado). Comenzaban el trabajo a las diez de la noche y regresaban a las pocas horas para retirar los cadáveres y los cebos que habían quedado. Juntaban a los perros en un baldío y los enterraban.

—Me contó que suelen quedar algunos perros que no llegan a ver y que la gente los encuentra al otro día. Nunca son muchos, seis o siete. En esos casos la gente siempre piensa que hay un loco que los envenena.

Ávila Vázquez no hizo una denuncia formal ante la Justicia.

—No tengo pruebas concretas, solo esta información. Los operarios no van a hablar, quieren seguir teniendo estos contratos. De todos modos, el fiscal nunca me llamó a declarar.

Sobre este punto, la secretaria de Prevención y Promoción de la Salud Mónica Ingelmo dijo que no existe un plan para eliminar animales o controlar enfermedades.

—Se pueden utilizar fumigaciones, que no son nocivas ni para animales ni para plantas – dijo, en declaraciones a los medios locales.

Sin embargo, expertos de la Red de Investigación de la Leishmaniasis en Argentina dicen que “la lucha contra los vectores con insecticidas da resultados en el corto plazo, pero a la larga es de poca efectividad”.

El vector es un mosquito flebótomo, muy pequeño, peludo, jorobado, que se llama lutzomyia. Es de clima tropical y está bajando desde el norte a medida que el desmonte calienta las tierras del sur. En el norte de Córdoba ya está el flebótomo, los perros y las personas. Falta el parásito: la leishmania. Los expertos dicen que es cuestión de tiempo para que aparezca la enfermedad. Es el momento apropiado, entonces, para realizar acciones de prevención.

No es descabellado pensar el sacrificio masivo de perros como una medida para prevenir la leishmaniasis, solo hay que rastrear cuales son las acciones epidemiológicas recomendadas. Desde el ministerio de Salud de la Nación reiteran que lo mejor es controlar a la población canina mediante la castración, sin embargo, en la página web del mismo ministerio, cualquiera puede descargar un PDF titulado “Leishmaniasis visceral, guía para el equipo de salud”, en la que se indica que “al no existir instrumentos para evitar que los perros infectados transmitan la enfermedad al hombre y a otros perros, la conducta indicada es el sacrificio humanitario de perros infectados”.

¿Y cómo se puede saber si un perro está infectado? Porque no siempre presentan síntomas. Hay que realizarle pruebas serológicas o un examen parasitológico, es decir: estudios de laboratorio. Y es complicado realizar análisis clínicos a cada perro que deambula por la zona de riesgo, porque la zona de riesgo abarca a las provincias de Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Tucumán, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, por nombrar a aquellas provincias en las que hubo casos recientes de leishmaniasis, según el último Boletín Integrado de Vigilancia del ministerio de Salud de la Nación, que da cuenta, en total, de 164 casos confirmados en Argentina entre 2012 y lo que va de 2013.

La leishmaniasis es una enfermedad antigua. Su tipo más peligroso, la visceral, también es conocida como Kala Azar o fiebre negra. Hay quienes aseguran que en el antiguo testamento aparece como la sexta plaga de Egipto: “Y vendrá a ser polvo sobre la tierra de Egipto y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias”. Hoy se la considera una enfermedad reemergente.

Los especialistas dicen que es lo que se viene a nivel epidemiológico. Que en cinco años va a ser muy común. Que hay que aceptar que de la mano del calentamiento global la enfermedad avanza, lenta pero inexorable.

Existen tres tipos de leishmaniasis: cutánea, mucosa y visceral. Las dos primeras provocan ulceras, mutilaciones y discapacidad. La última es la forma más grave: afecta órganos internos y sin el tratamiento adecuado es letal en el noventa por ciento de los casos.

¿Tiene sentido que los gobiernos ordenen matar a los perros para frenar su avance?

El especialista en enfermedades tropicales Hugo Pizzi dice que en general se mata a los perros, que son un eslabón importante de la cadena epidemiológica. Que antes las perreras lo hacían sin problemas, pero que ahora se hace de manera más velada porque es muy criticable.

En 2008, cuando se conocieron los primeros casos de leishmaniasis visceral en Misiones, la municipalidad de Posadas ordenó el sacrificio de 1.500 perros. Organizaciones proteccionistas se manifestaron y, según denuncias, las matanzas continuaron de manera solapada. Después, en 2010, quinientos perros fueron sacrificados por la municipalidad de Santo Tomé, Corrientes; y en 2012 doscientos perros callejeros aparecieron envenenados con agroquímicos en Paysandú, Uruguay. Y este año hubo, además, asesinatos no tan masivos: treinta perros en Tanti, doce perros en Bell Ville, ocho en Jesús María; veinte en Rosario; diez en Luján. Y la lista sigue.

—Cuando nos enteramos de la matanza de Deán Funes inmediatamente lo relacionamos con la leishmaniasis, porque desde 2010 sabemos que la lutzomyia está en el norte de Córdoba, justamente, en la zona de Deán Funes –dice, por teléfono, el jefe del servicio dermatológico del Hospital Pediátrico de Córdoba, David Dib.

6

La de abril no fue la primera matanza de perros en Deán Funes.

Tres meses atrás había ocurrido lo mismo, pero con una diferencia: esa vez, casi doscientos desaparecieron de las calles. Solo que antes pudieron ser fotografiados, uno a uno, por Gabriela Luna, de la protectora de animales.

—Fue el 9 de febrero, también un sábado a la noche. Veíamos a un perro muerto, volvíamos unos minutos después y ya no estaba. Alguien los iba levantando, pero no sabíamos quién. Por eso comenzamos a sacarles fotos.

Luna contó 189 cadáveres. Al día siguiente, los inspectores municipales dijeron que solo habían encontrado a diez. Luna y Zambrano salieron entonces a buscar los cuerpos desaparecidos y los encontraron, chamuscados y a medio quemar, en un terreno cercano al predio donde la municipalidad entierra la basura.

—Eran los que yo tenía en las fotos –Gabriela Luna va mostrando en su celular decenas y decenas de animales ennegrecidos por el fuego. Algunos estaban envueltos en las bolsas celestes de la municipalidad.

—Esa es la prueba –dice Gabriela Luna. Los policías del pueblo aceptaron las fotos, pero cuando fueron al descampado, un día más tarde, los perros ya no estaban. El fiscal admitió que no hubo investigación y prometió agregar este hecho a la causa.

—Nadie nos creía. Después vino la matanza de abril. Hablaron de doscientos animales muertos, pero fueron muchísimos más: setecientos por lo menos.

—En el pueblo dicen que nosotras somos “señoras bien” que nos pasamos el día entero leyendo revistas y, como no tenemos nada que hacer, ayudamos a los perros –dice Zambrano, sentada en el jardín de su casa, en el que hay césped bien cuidado, una palmera, un bebedero para pájaros y una enorme bolsa con veintidós kilos de alimento balanceado. Los ladridos resuenan dentro de la casa, perros de todos los tamaños saltan y se asoman por las ventanas.

En febrero murieron tres –Lili, La Pipa y Fido– después de comer cebos envenenados. Zambrano ofreció una recompensa de cinco mil pesos a cambio de que alguien le dijera quién había matado a los animales, pero no consiguió nada.

Hasta la municipalidad negó que estuviera pasando algo raro.

—Nos tomaban como loquitas, no nos creían.

Por eso en abril, cuando volvió a ocurrir, Zambrano envolvió el cadáver de Lola en una bolsa y lo guardó en el freezer para esperar la autopsia. Para que nadie pudiera decir, esta vez, que a los perros no los habían matado.

Los cazadores de gringas

Publicado: 10 diciembre 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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Esta noche Phuru es el rey de la fiesta. Mientras rasga la guitarra, se balancea sobre su propio eje, y canta Mama África, de Chico César, saluda a un grupo de brasileños y, en especial, a las garotiñas que se han refugiado en Kilómetro 0, uno de los bares referentes de San Blas. Los asistentes, en su mayoría gringos y europeos, le responden con efusivos aplausos, o levantando su copa en señal de cuando-termines-vienes-a-mi-mesa. Además de ser el líder de Phuru y la banda sin nombre, el músico tiene otros atributos que saltan a la vista: nariz aguileña, pelo largo, mirada de cóndor hambriento, boca de pez, y un tatuaje mochica en su frente con las figuras del Sol y de la Luna. Ingredientes necesarios para que cualquier gringa desamparada se lance a sus brazos y se deje seducir por su verbo florido. El resto será placer puro.

Miro la escena musical desde la barra. El Kilómetro 0 es un local pequeño, de dos pisos, con una zona de canturía donde apenas caben los instrumentos, una barra de madera adornada con harto trago, y mesas desperdigadas delante del proscenio musical. En el segundo piso hay sofás más confortables. Algunas paredes del bar exhiben fotos del Che Guevara, Marilyn Monroe, y Bob Marley, entre otros artistas. Son las 11 de la noche y Phuru se despide, por un momento, de los asistentes. “Vamos a darle la oportunidad a una banda joven que nos acompaña esta noche”, dice y al rato cinco adolescentes ocupan la zona de canturía.

Phuru sube al segundo piso del bar, donde conversa conmigo. Una rubia, de chompa blanca y generosas caderas, y una brasileña de amplio escote, ambas sentadas en unos sofás negros, los miran fijamente y sonríen. Me emociono porque creo que les atraigo. Phuru les devuelve el gesto levantando su mano, y diciéndoles que abajo la fiesta está sabrosa, y más tarde se pondrá mejor. Las chicas prometen hacerle caso. “¿Brichero, yo? He sido, pero ahora ya no. No me hace falta. La música las atrae a todas, yo no tengo que hacer nada”, cuenta Phuru. Su prontuario amatorio dice que ha degustado a doscientas gringas, pero solo recuerda a dos: una española de 19 años, a la que desvirgó, y una holandesa con la que estuvo a punto de casarse.

Me salvé, gracias a Dios– relata mientras la rubia y la brasileña siguen mirando de soslayo hacia su mesa–. Imagínate como estaría ahora, con crías y aburrido de un solo hueco.

¿Qué pasó?, ¿por qué no te casaste? –le pregunto.

Me llevó a Holanda, me pagó todo, pero cuando llegué allá enloquecí: había tantas muñecas hermosas, que ella parecía chancay de a veinte –dice y suelta una risa que muestras sus dientes afilados–. Me acosté con varias, obviamente, ella se enteró y terminamos. Fue lo mejor.

Phuru viste un pantalón ancho a rayas, un polo negro con un símbolo shipibo, dos pulseras de cuero en el brazo derecho, y una cadena con un cuarzo grande que adorna su pecho flaco. Él es flaco, y alto como una garza. Vino a Cusco hace ocho años, desilusionado de su Cajamarca querida, una región dominada por la minería. “Allá no había bares culturales, donde tocar música”, prosigue el muchacho que soñaba con recorrer el planeta, con su guitarra bajo el brazo. Aterrizó en el ombligo del mundo, acompañado de un paisano suyo que ahora vive en España. “El primer año en Cusco aprendí a brichear. Me enseñaron Hugo y otros músicos de Amaru Pumac Kuntur. Esos tíos sí que la rompen con las gringas. Son una bala”, relata mientras bebe una taza de té piteado.

La charla es interrumpida por un músico de su banda que le exige volver al escenario. La gente lo espera ansiosa. Sobre todo, las chicas. Phuru se despide de mí, y avanza raudo hacia la mesa de la rubia y la brasileña. Ambas lo reciben con sendos besos en la mejilla, se ríen coquetamente, y Phuru les dice algo que no alcanzo a escuchar. Más tarde, irán al Ukukus –uno de los primeros bares de Cusco– tomarán cerveza y tragos que ellas le invitarán, bailarán salsa y rock, Phuru las hará zumbar como a trompo, se irán pegando poco a poco, él les hablará de la energía cósmica que los ha reunido esta noche, ellas le confesarán que buscaban un andean lover, y es cuando él aprovechará para hacer la conexión intergenital. Terminarán en el hotel, ellas besándolo como adolescentes desesperadas y él recorriendo sus cuerpos como explorador extraviado. Claro que no veré esa película, porque Phuru actúa solo y yo aún estoy cachorro para esas lides.

***

Nadie se pone de acuerdo sobre el término brichero, ni desde cuándo empezó a usarse en Cusco. Pero, sus posibles orígenes estarían en las palabras inglesas bridge (puente), breeches (braga o calzón), y brief (corto, fugaz). Aunque, el escritor cusqueño Luis Nieto Degregori añade una más, en español: ‘hembrichi’ (enamorada, pareja). “Empecé a escuchar la palabra a comienzos de los ochenta, cuando volví a Cusco –cuenta el autor de Buscando un inca, un cuento sobre bricheros–. Entonces había lugares para turistas y sitios para cusqueños. No se mezclaban. En ese contexto emerge el bichero, que al inicio instrumentalizó sus rasgos andinos para conquistar a extranjeras. Y, así se convirtió en una leyenda urbana”.

Dos factores fueron claves para la consolidación del brichero en la sociedad cusqueña. Por un lado, el aumento del turismo, que produjo un fuerte choque cultural y la mezcla entre locales y extranjeros; y por otro, la liberación sexual femenina, que permitió el nacimiento de la brichera. Degregori, que bebe un vaso de chocolate de rato en rato, sostiene que la figura del brichero ha cambiado. “Ya no es el indígena que se parece al inca, con cabello largo, nariz aguileña y tez cobriza. Este tipo de brichero está en extinción. Ahora los bricheros son más modernos”, dice.

Lo compruebo mientras hago un recorrido nocturno por las discotecas de la Plaza de Armas. Llego al Templo, acompañado de Álvaro, y al instante se nos acercan dos cusqueñas que se mueven locamente, de la cabeza a los pies, mientras sus senos parecen estar a punto de salirse por esos profundos escotes. Álvaro –que tiene los ojos verdes, el pelo marrón y la pinta de Cristo bohemio– empieza a cortejarlas, a jugar un rato con ellas, a bailar sensualmente, hasta que viene la pregunta del millón. “¿De dónde son?”, los interroga una de ellas. “De Lima”, responden ambos, y antes de que le devuelvan la pregunta, las chicas se miran y les dicen: “Ahorita volvemos”.

Al frente hay un grupo de gringas que bailan solas. Desde que llegaron, les había puesto el ojo. Álvaro, que es más avezado y en cierta forma brichero con clase, empieza a bailar alrededor de ellas, se balancea hacia atrás, juntando su espalda con las de sus gringas-objetivos, sonríe coquetamente, y liga con una. La agarra de la cintura, lo lleva hacia sus dominios, le da una vueltita, pero como no habla inglés, su aventura termina con la canción de Moby. Ahora es mi turno, y he optado por cambiar de gringas y me he concentrado en una ucraniana de revista porno. Ojos celestes, cabello rubio, senos prominentes, y un culo que destaca por el jean a la cadera que viste la modelo-turista.

La miro desde mi esquina, creyendo atraerla por la fuerza del cosmos. Ella me responde el gesto clavando esos ojos celestes en mis pupilas. Suena un reggaeton de Tego Calderón, y entiendo que es mi hora. Me abro paso entre las parejas cachondas que bailan pegadas, y llego hasta mi ucraniana. Está con una amiga rubia. Hi, do you want to dance with me?, le digo canchero. No, thanks, me responde ella y voltea la mirada. Pero como soy más terco que una mula, vuelvo al ataque. Don’t I like you?, le pregunto. Ella, que parece incómoda con el interrogatorio, responde con los ojos iracundos, No. She’s my girlfriend, ok?

Unas cervezas más, abandonamos la discoteca y llegamos a Mama África, en la Plaza de Armas. Álvaro reconoce a dos alemanas voluntarias, que viven en Urubamba. Se saludan, brindan con una chela y se ponen a bailar. Me acoplo al grupo, y me engancho con una gringa de lentes y cabello crespo. Conversamos como dos viejos amigos, nos animamos a bailar, le agarro la cintura y estoy a punto de darle un beso, cuando llega un tipo con pinta de Xerxes, que le toca la espalda. “Estás bailando con mi gringa”, me dice y agarra del brazo a la chica. Es igualito a Xerxes, ese rey persa de la película 300. Es flaco, moreno y pelado, tiene dos grandes aretes en las orejas, piercing en la nariz y boca, bigote en forma de U y viste de blanco. Besa a la gringa de cabello crespo, la pega a su cuerpo, la carga emulando una penetración y le coge el culo. Me pregunto qué de especial tienen estos tipos, mientras bebo mi cerveza.

En Mithologyc las escenas se repiten. Gringas que parecen modelos de revistas, vestidas con shorts que exhiben sus entrepiernas y blusas transparentes, agarran con bricheros con el pantalón roto, dreads, o gorros de rapero. Entonces, recuerdo las declaraciones del dueño de un conocido restorán de San Blas. Que los bricheros ya no son solo los de belleza andina, sino que ahora hay hippies, raperos, limeños frustrados que fungen de galanes acá, y señores adinerados de saco y corbata que utilizan el truco del te-invito-un-trago-y-te-vas-conmigo-a-mi-hotel. A fin de cuentas, ser brichero es una actitud, más que una apariencia. Una habilidad, más que una pose chola o india.

***

Me siento derrotado, humillado por esa sarta de bricheros audaces. Pero como un guerrero valiente, decido jugar mis últimas cartas esta noche. Acudo a Siete Angelitos, ese bar cosmopolita que dirige Walter Atasi Márquez. El fotógrafo, Álvaro Franco se quedó en buenas manos y piernas alemanas, en Mama África. Walter, que es un ducho en la bohemia cusqueña, me cuenta que los bricheros cazan a sus presas con la hierba, sí, con droga. Marihuana o cocaína. “Estos parcheros de San Blas, que venden artesanías, les hacen trenzas a las gringas y les dicen que en sus casas tienen marihuana. Ellas acceden. Ellos aprovechan la situación para sacarles plata, y luego llevárselas a la cama. Todo por la hierba”, señala el gordo Walter.

Hay otro tipo de brichero, asegura, que vende el cuento de la Pachamama. Lo místico, lo autóctono, lo exótico, las leyendas incaicas. Como decía Adriana Churampi Ramírez, una estudiosa de este fenómeno, “(el brichero debe tener) el conocimiento básico de la cosmología andina así como la habilidad argumentativa para recusar con estos conceptos la racionalidad occidental”. Con ella coincide, Víctor Vich, quien sostiene que “se trata, en realidad, de un contador de cuentos que vende un producto diferente (su identidad, su historia) en una ciudad también diferente (ancestral, mítica)”. Este tipo de brichero, según Nieto Degregori, es el genuino, el original.

Pero volvamos al Siete Angelitos. Sobre el escenario está Phuru y su banda sin nombre. Lo saludo desde la barra, y él me responde hablando por el micro. Una pareja de jóvenes brasileños se acomoda a mi lado. Piden dos mojitos, y funjo de buen anfitrión, hablándoles del Perú, de Machupicchu, del Corinthians que esta noche quedó eliminado de la Copa Libertadores. Rosana, ojos negros, cabello lacio, tez blanca, y trasero paradito, se engancha conmigo. Me dice que es publicista, que vive en Río de Janeiro, que está de vacaciones y que Cusco es impresionante. Aprovecho y le suelto una broma, ella ríe y muestra sus dientes perfectos, y por casualidad le rozo la pierna. En eso, Ideilson, el novio de Rosana, interviene y calma los acalorados ánimos, contando que es abogado, tiene entradas para la Copa de Confederaciones y que ya es tarde, así que Rosana es mejor irnos. Se despiden.

Me quedo solo otra vez, como casi todas las noches, observando como los bricheros se levantan a las gringas y europeas en mis narices. ¿Cómo lo hacen?, ¿Cuál es el truco? Dos semanas después conversé con varios bricheros y estos me confesaron sus mañas. Como resultado armé este decálogo para quienes pretenden iniciarse en el arte del bricherismo. Pues, como dijo Nieto Degregori, el brichero nos reivindicó como peruanos, nos levantó la autoestima, nos dijo: Ey, eres guapo y puedes levantarte a la gringa más rica del mundo, aunque no puedas cogerte a la limeña de clase alta porque en el Perú aún sobrevive el racismo. Así que si eres brichero siéntete orgulloso de serlo e infla el pecho, y si no lo eres, te enseño a cómo serlo.

DECÁLOGO DEL BRICHERO

1. Aprende inglés y otro idioma más.

2. Pule una de tus habilidades (música, baile, circo, magia).

3. Tienes que ser atrevido, arrojado.

4. Si no perseveras, no la consigues.

5. Aprende chistes en inglés, tienes que ser alegre.

6. Documéntate sobre la cosmovisión andina: los incas, los apus.

7. Acude a los bares cosmopolitas: Kilómetro 0, Siete Angelitos, Mama África, el Templo.

8. Sé práctico y no te enamores. El que se enamora, pierde.

9. Lee mucho de psicología y las leyes cósmicas de la atracción.

10. No te desanimes si te chotean. Vuelve recargado.

Con esos tips interiorizados, volví al Inka Team, una discoteca que los fines de semana revienta de gente, de gringos en busca de su andean lover y latinos eufóricos. Allí me encuentro con dos anfitrionas del café con piernas, que me presentan a una argentina de ojos saltones y anchas caderas. Hacemos clic al toque. Le invito un trago, bailamos salsa sensual, la atraigo hacia mi pecho, en cada vuelta su trasero choca contra mi miembro viril. Nos miramos fijamente y me lanzo al ataque. Le digo que anoche soñé con ella, que sabía que la encontraría allí, que el destino nos había enlazado. Ella pensó lo mismo y se abalanzó sobre mis brazos, en un beso perpetuo. Después no hubo palabras, solo baile, trago y un chau-chicas-nos-vamos. Esa noche le hice el amor con furia. Y hasta ahora no entiendo cómo la conquisté. Solo sé que todo está en la actitud, en el buen trato, en creértela, en no desistir. Claro que no me levanté a una gringa, pero por algo se empieza. Eso pensaba mientras caminaba rumbo a casa, luego de una noche agitada.

Nunca has caminado por el Cerro de la Cruz, pero por la manera en que el guía llama al lugar, “la Pus de La Laguna”, sabes que inspira miedo el mero hecho de nombrarlo. Apenas subas, te darás cuenta de que, en vez de trepar hacia el cielo, bajarás hacia el infierno. Pronto verás que los barrios son casuchas apeñuscadas en las laderas del cerro, reproduciéndose obscenamente como las cucarachas. Y pronto, también, caminarás por callejuelas empinadas, gatearás escalinatas hechas sin ninguna planeación, no sabrás si hay más basureros que callejones sin salida, te toparás con teléfonos públicos destrozados, con perros vagabundos y observarás paredes pintarrajeadas y agujereadas que te harán entender que, por estos rumbos, la única que tiene paso libre es la muerte. Para que esto jamás lo dudes, el guía te llevará hasta donde están las jaurías de sicarios, tan jovencitos ellos, y tú supondrás que para ser matón solo se necesita tener muchos güevos. En algún momento notarás que hay tantos chicos empistolados, culebreando arriba de las motos, y tantos vendedores de droga barata que jurarás que si este cerro no es la octava maravilla del mundo, poco le hace falta para serlo. Cuando mires de nuevo hacia las casas amontonadas o cuando te fijes que los militares saludan a los narquillos como si fueran viejos conocidos, comprenderás que Dios aquí no se siente y le preguntarás al guía qué carajos hacen ahí. Él, que suele ser frío como el hielo, te responderá que de estos barrios salen a diario la chispa y la leña que han mantenido encendido el matadero en Torreón y Gómez Palacio. En los últimos seis años, casi tres mil setecientas personas han sido asesinadas como si la gente estorbara. Entonces, el guía te hablará del cártel de Sinaloa y de los Zetas, dos bandos agarrados de los R-15 que tienen a La Laguna entera de espectadora.

***

Desde que me acuerdo, aquí en el cerro se matan. Mis papás me contaron que, en sus tiempos, la gente pasó de los machetes a los cuchillos y de los cuchillos brincaron a las balas. Yo nací por ese’ntonces, cuando el mero bueno de acá del poniente de Torreón, era el Chaqui, un viejón que sicareaba pa los ricos de la Laguna. Desde los setenta, el Chaqui controló todo el trasiego de coca y mota, hasta que lo mataron por ahí del noventa. Ese bato siempre jaló pa los sinaloenses, ¿sí me entiendes? O sea, el acta de nacimiento del Cerro de la Cruz está firmada por el cártel de Sinaloa. Por eso cuando los zetones apañaron el cerro nos la pasamos rebotando muertos por esta pinchi vida. Pero ya me estoy adelantando. Con el cártel de Sinaloa, te decía, la raza estaba bien contenta. Uno sabía que sólo se morían los abusones, los soplones, los hijos de la chingada, ¿sí me entiendes? Neta que aquellos sí fueron tiempos bien perros. Todavía por el año 2003, el Chapo Guzmán se daba sus vueltas por acá y toda su gente, el Chompe, el Toro Montoya, el Dany, el César, el Gitano, el Rambo y el Saico eran los reyes del cerro y, por qué no decírtelo, nosotros sus pinchis siervos, o como se diga. ¿Sabes cuándo empezó la bronca? Ai te va: fue en 2004, cuando el Diri le entró al negocio de la coca. El Diri había sido tránsito, por eso se ayudó de la policía municipal pa irse metiendo al cerro. Los chapitos le dieron chance al Diri porque no lo miraron como competencia. Pa mí ese fue el error, ¿sí me entiendes? Y te voy a decir por qué: en 2005 llegó Heriberto Lazcano a Torreón. Media Laguna lo supimos porque el bato mandó coronas de flores a las oficinas de la estatal. Ésa fue la presentación de los zetones. Me acuerdo de que por esos días, los chapitos pasaron casa por casa pa decirnos que no nos mortificáramos, que el Lazcano y el Diri no iban a agarrar mecha, que los zetones nunca se atreverían a subir el cerro. ¿Y, cuál? El Lazcano fue a apalabrarse con el que era alcalde, un bato del PAN, y todo se fue a chingar a su madre.

[Conozco al guía desde hace algunos años y sé que no me mentiría. Publicar su nombre sería contraproducente. Aquí a los informantes, según me ha advertido, los queman en una pira de llantas.]

Los zetones apañaron el cerro de un día pa otro. Los chapitos nomás se quedaron con la Polvorera y la Durangueña. Los que nos quedamos de este lado, en la Libertad, en Cerro Azul, en la Victoria, en la Buenos Aires, en la Independencia, en El Huarache, en la San Joaquín, vimos cómo los zetones comenzaron a extorsionar a los comerciantes del Mercado Alianza y a todo aquel que tenía un negocio en el centro. Donde está la antigua harinera, ahí por donde subimos, torturaban a los que se resistían. Dos patrullas siempre cerraban la calle de la harinera pa que nadie se acercara a ver el matadero de gente. Un día pasó por ahí el reportero ese de Multimedios y miró cuando los zetones mataban a un viejón, por eso lo levantaron… Ándale, Eliseo Barrón, ¿sí me entiendes? Se puso bien pesado. Todo el poniente, que en los hechos es el centro de Torreón, era zetón. A las putas las padrotearon y las que no se dejaban, las quemaron. A los niños los enviciaron con piedra, los reclutaron de sicarios, y a los federales que no tenían comprados los corrieron de su hotel, aquí a unas calles, a punta de balazos. Cuando se cansaron del poniente se fueron al oriente a robar carros, a secuestrar, a decapitar a quien se les atravesaba. Era bien común verlos en camionetonas, custodiados por los municipales, recorriendo las calles como si fueran tiburones con el hocico abierto. Con los zetones, todos en La Laguna comenzamos a tener las mismas posibilidades de ser secuestrados, desmembrados, tableteados o ser colgados de los puentes. Para ellos matar era como sacar al perro a miar. Lo único que hacían era coger, drogarse y asesinar. Muchos fuimos a hablar con los chapitos, les pedimos paro y nomás nos dijeron que, mientras los zetones no se metieran a la Durangueña, ellos no iban a hacer nada. Asuntos de negocios, supongo. Así pasamos 2006. Pero a mediados de 2007, a un zetón que le decían comandante Gabito se le ocurrió pararse a medio cerro y se puso a disparar hacia la Durangueña. Ese día comenzó la pinchi guerra.

***

Entre los pocos negocios que han salido ganando con la guerra de La Laguna están las funerarias. Apenas esta tarde en que le volaron medio cráneo a un joven sicario, empleados de unas diez funerarias se disputaron al muerto. “Somos buitres y buitrear es lo que hacemos”, me dijo uno que presumió a los familiares del matoncillo contar con el mejor reparador de cabezas. Otro trabajador ofreció el servicio de la cremación exprés, una buena oferta hoy en día en que los pistoleros a sueldo han agarrado la mala costumbre de ir al cementerio para dispararle a los vivos en pleno entierro. Había otro tipo, el de Puerta al Cielo, que pareció sugerirle a la hermana del difunto que todos los que se velaban en esa empresa terminaban cara a cara con Dios. Sólo alcancé a escuchar a uno que habló de la dignidad. Ninguno de los empleados, que yo recuerde, ocultó su necesidad por vivir de la muerte ajena. Al final, el cadáver del sicario fue a dar a los velatorios Del Pueblo. Ahí conocí a Xoili García, el encargado. Pero eso sucedió después de entrar al anfiteatro del Hospital Universitario.

En Torreón todo mundo sabe que si te matan terminarás en el sótano del Universitario. “A veces hemos tenido hasta treinta muertitos en un solo día”, me dijo Fernando Álvarez, un tipo dicharachero que se encarga de cuidar el hospital por las tardes. “Y como nomás tenemos cuatro camillas y espacio para seis en el congelador, a muchos hemos tenido que encaramarlos en el suelo; vieras cómo se mira esta madre: parece el pinchi rastro”. La carnicería de hoy tiene sólo en el mostrador unos brazos, una pierna y pocas vísceras de un chico que serrucharon anteayer. Nadie ha ido a reclamarlos. Fernando cree que en pocos días tendrán que tirarlos.

El anfiteatro apenas medirá unos veinte metros cuadrados, parece más un pequeño laboratorio de la clase de biología y, por más cloro que utilicen para desinfectarlo, aquí nunca deja de oler a carne podrida. Fernando me contó que los forenses se han vuelto expertos en abrir esternones y en coserlos. El punto flaco del hospital, sin embargo, es cuando los sicarios han ido a visitar al paciente con el único propósito de terminar su trabajo. “El otro día vino un güey a traerle flores a un herido, subió al cuarto como si nada, le aventó el ramo en la jeta y le disparó ocho veces a la cabeza; yo creo que el bato lo remató de esa manera para ver si también teníamos buenos neurocirujanos”, me dijo Fernando y yo no supe qué parte de la historia era broma.

—Tienen cámaras de vigilancia, ¿no? —le dije.
—Pero no sirven de mucho —contestó alzando los hombros—. Fíjate: la semana pasada vinieron dos sicarios por uno de sus compañeros que estaba herido. Traían unos riflones. ¿Tú crees que les iba yo a cobrar?

Salí del Universitario pensando que a Torreón le hacía mucha falta que alguien le engrapara el corazón.

Torreón es un nicho que ningún empresario de respeto dejaría fuera de su plan de negocios. Aquí la muerte tiene dinero, compra sicarios por cuatrocientos dólares al mes, usa horrorosas camisas Versace y quiere ser enterrada como Dios manda. No en balde, desde que empezaron las rachas de violencia, las seis funerarias que antes había ahora se pelean el mercado con otras veinte. “Gringos, chilangos, regios y poblanos han abierto funerarias a lo cabrón”, me dijo Xoili García, el encargado de funerales Del Pueblo.

La fachada de Del Pueblo bien puede ser la de un taller mecánico. De pronto hace pensar que por situaciones tan insalubres es que las almas de los muertos quedan en pena. Pero uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias. Las finanzas de esta funeraria han mejorado porque la mayoría de los sicarios son pobres. “No te voy a mentir —me dijo Xoili—. Bendito Dios, nos llegan uno o dos muertitos al día”.

La funeraria Del Pueblo dista mucho de algunas otras que visité. Recuerdo que en una había ataúdes con los más variados ornamentos y colores: negros, grises, marrones, dorados y plateados; otros tenían molduras muy complejas, por no decir barrocas. Pero los mejores fueron aquellos que, en oro, se les había grabado en el lomo la silueta de un R-15. En otra funeraria vi el más variopinto muestrario de cruces. Con Xoili sólo había féretros tradicionales con herrajes de bronce y cristos hechos sin el menor cuidado.

Le pregunté a Xoili cómo había cambiado la muerte en Torreón, y sus ojos adquirieron ese aspecto distante, típico de los que hablan de cosas ocurridas mucho tiempo atrás. “Antes, de cada diez muertos había un jovencito; hoy, de cada diez hay once morros y otro viene en camino”, me dijo con su humor involuntario que a mí me hacía reír. Xoili también me contó que a las familias ya no les gusta ni velar ni enterrar a su difunto. La moda ahora es la cremación. “Los familiares tienen miedo de que los sicarios los ubiquen y la agarren contra ellos, pero yo les digo que no sean gachos, que despidan al muertito; lo hago porque es bien triste llevárnoslo en una cobija y echarlo al fuego sin que nadie le llore, pero también provoco el funeral porque así le damos trabajo al embalsamador, al de las flores, al del café, al del estacionamiento; todos ocupamos dinero”, me dijo y enseguida hizo las cuentas: en una cremación gana dos mil quinientos y mil más por cada funeral.

Xoili no quiso despedirse sin contarme algo que sabrá Dios desde cuándo le estaría quemando la lengua: la corrupción de la muerte. “Buitreamos porque los del Ministerio Público están bien apalabrados con la funeraria Flores. A ellos les dan preferencia. No sé si eso haya tenido qué ver con el asesinato de Santos Flores. Él era el dueño y lo mataron ahí mismo en la funeraria. Lo que quiero decirte es que nosotros nomás queremos un negocio parejo, porque sí está de la fregada eso de buitrear”.

EXTERIOR

Lentamente descubrimos un paisaje construido contra la gente. Son barrios cuesta arriba igual que la vida misma. El sol encandila en Gómez Palacio, pero se mira nítido. No hay sangre, no hay esmog; el aire que azotó por la mañana se los ha llevado a lugares más lejanos. Un perro orina la tanqueta estacionada de los militares y, justo ahí, se escucha a Carlos Santana con “Oye cómo va”. Entonces las imágenes en color sepia empiezan a encimarse:

Ora vemos a un par de chicos, flacos y secos como una rama, tumbados sobre la banqueta: han inhalado tanta piedra que desde hace tiempo viven en el olvido. Ora una gasolinera está en llamas. Ora un carro explota. Ora una turba de chicos saquea los negocios. Ora en pleno basurero apreciamos a un joven sicario al que no sólo lo cosieron a balazos, también le arrancaron toda la piel del rostro. Ora un centenar de policías municipales son desarmados violentamente por un batallón de soldados; tarde o temprano alguien iba a acusarlos de estar en la nómina de los Zetas. Ora se observa una manta en la que, a pesar de las faltas de ortografía, se lee que los soldados cuidan las espaldas del cártel de Sinaloa. Ora cinco comandos roban igual número de bancos con una sincronía de relojero. Ora truenan los cuernos y en el patio de una primaria los niños se tiran al suelo. Ora unos encapuchados asaltan una camioneta de valores y todavía, con parsimonia, se dan el lujo de contar ahí mismo el dinero. Ora a un sicario le estallan la cabeza cuando sale del casino; uno de los paramédicos pensará que el tipo parece un doberman con lesión cerebral. Ora en uno de los laberintos, aquellos de calles ciegas, violan a una niña que apenas tendrá siete años. Ora unos narcos secuestran a dos periodistas que en su vida han cubierto la nota roja.

NARCO

(Está encapuchado y trae un R-15 en bandolera; los periodistas permanecen atados de las manos sudan como si hubieran corrido un maratón.)

O cubren lo que está ocurriendo o pa la próxima los matamos.

Ora ocurre un motín en la cárcel; vemos a los presos armados, alzando los puños como si hubieran vencido; enseguida, sin embargo, aparece un puñado de militares disparándoles como si estuvieran en la feria y jugaran tiro al blanco. Ora una mujer y su bebé mueren en medio de una balacera. Ora nos muestran negocios cerrados, escuelas vacías y decenas de casas a la venta. Ora los soldados desmantelan puestos ambulantes, donde los Zetas venden piratería, ropa y dulces. Ora un grupo de prostitutas se manifiesta porque se ha acabado la vida nocturna. Ora la foto del Feroz aparece frente a nosotros y, quienes lo conocieron, se acuerdan que él fue el primero en desafiar a los narcos de la casa. Ora la gente se organiza en los barrios para enrejar calles. Ora los empresarios se largan de la ciudad y la industria se cae. Ora una señora que vende gorditas en el centro les paga doscientos pesos a unos chicos que van en motocicleta; es la cuota semanal para que no la maten. Ora vemos fotografías de unos veinte trabajadores de la fiscalía de Durango que han sido asesinados. Ora la fiscal, Sonia de la Garza, aparece sonriente, rodeada de sus escoltas mal encarados. Y ora una manta señala a De la Garza y a los federales como los protectores de los Zetas.

ALCALDESA ROCÍO REBOLLO

(Está sentada en la mesa de juntas. Enciende un cigarrillo.)

¿Miedo? No, no, no. Yo tengo que demostrarle a la gente que en nuestra ciudad se puede vivir tranquilo.

En la siguiente escena vemos a la alcaldesa temblando: han baleado su casa.

FONDO NEGRO

***

Gómez Palacio, también conocido por el alias de “Gómez Balazos”, es la capital del odio. En sus casi mil kilómetros cuadrados uno puede comprar armas por menos de cien dólares y a un policía por lo doble. Los Zetas se adueñaron de casi toda la municipalidad en 2007, pero el 11 de enero pasado se les acabó el corrido: 159 municipales fueron detenidos por el Ejército. Los Zetas no fueron los únicos que abrieron la cartera. El cártel de Sinaloa compró el Cereso. Eso evitó, durante un tiempo, que sus sicarios que eran arrestados en La Laguna fueran llevados a cárceles de Coahuila, donde los Zetas deciden quién es enviado a la inmensidad del infierno. Hoy, ese Cereso ha sido cerrado por los federales, los mismos que trabajan para los Zetas.

Yo no venía pensando en todo eso, pero el colega que me trajo a Gómez hablaba de los Zetas y de los Chapos como Santana hablaría de las guitarras. Por mi colega supe que la tasa de crecimiento poblacional en Gómez se ha controlado así: 1.6 muertos al día por 1.3 nacimientos, de modo que durante algún tiempo la ciudad no rebasará los trescientos cincuenta mil habitantes. Supe, también, que cuando los municipales fueron desarmados por el ejército, los Zetas se lanzaron a robar bancos para presionar a los militares. Entendí que Torreón y Gómez son dos ciudades que los gobiernos de Coahuila y de Durango siempre las han visto como el trasero de sus estados. Y me enteré, además, de que el cártel de los tal Cabrera habían llegado a La Laguna y eso complicaba más la guerra.

Cuando bajé del auto del colega, lo primero que vi fueron tres tanquetas del Ejército estacionadas frente a la presidencia municipal. Un regidor, que pidió no poner su nombre, me contaría luego que, durante la sesión de cabildo, un militar había irrumpido para decirles que un comando atacaría la alcaldía. Por eso, aquella mañana, había más soldados en las oficinas que gente tratando de hacer un trámite. La única que parecía no estar alterada por la amenaza era el tercer miembro de la familia Rebollo que ha gobernado este municipio: Rocío.

“Tengo un hijo de diez años y gobierno esta ciudad, ¿tú crees que debo tener miedo? —me dijo la alcaldesa mientras encendió un cigarro con cierto estilo—. Me han amenazado dos veces, pero para mí que esas llamadas fueron puro cuento”. Rocío también me presumió que todas las noches se trepaba en su Suburban sin blindar y recorría los barrios de Gómez. “Trato de generar confianza, decirle a mi gente que todavía se puede vivir con tranquilidad; créeme: yo no me voy a mover de aquí”. La alcaldesa no le dio mucha importancia al arresto de sus policías o tal vez no quiso hablar del asunto. Para ella lo importante fue contarme de los cadetes que pronto saldrán de la academia, que los policías con ella ganan ochocientos cincuenta dólares mensuales y que les consiguió un seguro de vida por casi noventa mil. No se lo dije, pero en La Laguna todos los policías tienen un precio.

Rocío se despidió diciéndome que la próxima vez que nos viéramos en Gómez todo iba a estar mejor. Cuatro días después, el martes 5 de febrero, un colega me escribió: “Balearon la casa de la alcaldesa, no hay lesionados”. Desde entonces he pensado que Rocío tomará la oferta que hace poco le hizo el gobernador Jorge Herrera: renunciar a la presidencia municipal e irse de diputada local.

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Ten por seguro que orita ya saben de ti, te dice el guía cuando caminan por la Durangueña y tú imaginas lo peor: ves cómo te rodean los sicarios, sientes cómo te levantan, pides que te maten de un solo tiro y te dejas llevar con la esperanza de que tiren tu cadáver para que tu familia tenga qué enterrar. Sales de tus cavilaciones cuando el guía te dice que están en San Joaquín, pero de santo no tiene nada el barrio. “Los sicarios que dejaban salir del Cereso de Gómez, llegaron aquí y de aquí salieron a rafaguear los antros, ¿sí me entiendes?”, te cuenta y tú recuerdas las matanzas del Ferry, las Juanas y la Quinta. Entre las tres se habla de sesenta y nueve muertos, pero el guía te dice que esa cantidad apenas fue la de uno. Cierto o no, no hay un número para corroborarlo. “La idea fue pegarle a los bares de los zetones, pero los Chapos mandaron a puro loco y mataron a mucha raza inocente”, se queja el guía y enseguida te remarca que la balacera en el bar Tornado, una que apenas sucedió el 5 de enero pasado, fue hecha por los Zetas, pues el antro ya era del cártel de Sinaloa. Cuando termine de hablar, pensarás que todos los cárteles mexicanos son iguales: practican todos los sinónimos del verbo matar, sin sentimiento de culpa. A seguir caminando. Ahora el guía te dice que mires discretamente hacia la punta del cerro. “Hay dos águilas”, susurra. Las águilas, por si no sabes, son adolescentes que tienen la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Si un solo vehículo, persona, animal o cosa entra al cerro y ellos no lo reportan, les darán sus tablazos. Volver a caminar. “En aquella casa es donde torturan a los zetones”, dice el guía mientras sus dedos apuntan a un lugar indescifrable. “Ahí mismo los destazan con sierra eléctrica o les aplican el torniquete, ¿sí me entiendes?”. Y el torniquete, por si tampoco lo sabes, es un filoso alambre que, amarrado a dos tubos, te arranca el pescuezo. Más tarde, cuando rodees el panteón, verás a cuatro chicos armados, chicos que muy seguro no conocerán la vejez. Los saludarás y ellos, aunque nunca los hayas visto en tu vida, te regresarán el saludo con cierta familiaridad. En algún momento le preguntarás al guía qué tan cierto es un informe militar que se ha publicado. Como él no sabrá a qué te refieres, les contarás: según el Dany ha roto con el Chapo, el Cerro de la Cruz ya no es del cártel de Sinaloa y los Zetas están aprovechando la ruptura para recuperar fuerzas. El guía se reirá y te dirá, primero, que ni el Dany ni otro trabajador del Chapo se han salido del carril; te contará que el poniente es cien por ciento de los chapitos y que a los Zetas cada vez los repliegan más hacia el oriente de Torreón. “¿Entonces qué desmadre se traen en Gómez?”, le preguntarás y él te dirá que todo se debe a que los policías federales y gente de la fiscalía de Durango quieren que los Zetas regresen. Todo eso, claro, lo sabrás cuando acabes de rodear el cementerio. Ahorita, apenas el guía te está contando que cuando el comandante Gabito disparó hacia la Durangueña, los chapitos limpiaron el cerro a punta de cuernos y R-15. “Los zetones ni las manos metieron”, te dice y describe muertes que a cualquiera le darían pesadillas. Una quedará en tu mente: la de aquella yonqui que, sólo por comprarle piedra a los Zetas, fue fusilada frente a un sacerdote.

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“Cuando supimos que habían llegado los Zetas a La Laguna, muchos dijimos: ‘Por fin habrá acción’. Qué pendejos, nunca comprendimos que nos iba a ir tan mal”, me dice un colega en Torreón, y yo recuerdo todo lo que me han contado otros reporteros de La Laguna durante estos días. Los de Gómez Palacio, por ejemplo, me hablaron del secuestro que hace poco sufrieron dos de ellos, todo porque los narcos quieren que se publiquen las mantas que cuelgan en los puentes. Otro me platicó del día en que un comando fue a visitarlo a su casa; desde entonces dejó el periodismo. Unos de Torreón fueron citados por los Zetas a mediados de 2008; les dijeron que ellos determinarían qué publicar; sobra apuntar que, si no lo hacían, los matarían. A Eliseo Barrón, de Milenio Laguna, lo levantaron el 29 de mayo de 2009 y a una chica que vendía publicidad para el mismo diario la secuestraron tiempo después. Al Siglo de Torreón le han ido a disparar dos veces y, hace cosa de un año, unos sicarios que después de la balacera abandonaron más de diez cuernos de chivo —como para que nadie dudara de que su arsenal no tiene fondo— buscaron a ciertos periodistas para reclamarles que ellos no habían huido del lugar como decían sus notas, que ellos no eran ningunos cobardes.

“Los medios de toda La Laguna sólo reportamos los hechos”, me dijo un editor de las noticias locales. “Preferimos no investigar más, porque aquí los narcos no se andan con medias tintas”. El último gran susto fue el que ocurrió el pasado jueves 7 de febrero: cinco trabajadores del Siglo de Torreón fueron secuestrados durante algunas horas. Los colegas de La Laguna creen que los del Siglo no serán los últimos.

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1) Drug Dealer pasa por mí al hotel. Basta verle el brillo paranoico que hay en sus ojos para asegurar que viene manejando hasta las cejas de cocaína.

2) Drug Dealer no habla español, sino argot. Aprendo nuevas palabras de viejos conceptos: los patrones son los soldados, los pandas son los federales, los perritos son los municipales, el dragón es el convoy de los militares, la pintura verde es la mota, el maguito es una cápsula de color amarillo donde viene la coca y la fresita es una dosis más pequeña.

3) Drug Dealer dice que la mariguana no sólo es para los maleantes. “El brus li, la yanis, el morrison y el jendrix la fumaban”.

4) Drug Dealer me explica que la ciudad nunca sube al Cerro de la Cruz, pero de arriba bajan a toda hora. Nosotros vamos de subida. Venimos a comprar droga.

5) Drug Dealer me da indicaciones: “Si te preguntan qué rollo contigo, les dices que eres mi camarada, que no sólo eres vicioso sino también desconfiado y por eso me acompañaste; y ojo: no se te ocurra decir algo de los zetones porque de aquí no salimos”. Si alguien se me acerca como me dice, seguro cantaré como un canario.

6) Drug Dealer cree que, para los últimos dos gobiernos panistas de Torreón, los Zetas y los municipales fueron su mayor pasión.

7) Drug Dealer tiene algo qué decir antes de llegar a la Polvorera: el Chapo es dios y yo pienso que gente como él necesita de mitos y mentiras para vivir.

8) Drug Dealer se estaciona y baja a comprar la droga. En el lugar hay jóvenes y portentosas máquinas de matar. Usan gorras Ed Hardy, visten playeras Polo o Lacoste (seguramente made in China), traen jeans y calzan tenis de la pantera enfurecida. Salvo por la gorra, estoy a tono con ellos. “Por donde cagan estos morros nadie pasa, así que ojalá hayas wachado bien cómo está el rollo”, me dice Drug Dealer apenas regresa.

9) Drug Dealer cree tener la capacidad de ver la violencia que lo rodea sin que le afecte. “Así somos los norteños: cerramos los ojos, los oídos y somos muy felices”.

10) Drug Dealer me deja en el hotel. Le digo que se quede con la droga y, antes de irse, le pregunto qué espera de esta vida. Se queda callado. No soy psiquiatra pero creo que muy pronto no quedará nada en su cerebro.

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Vine a la parroquia de San Judas Tadeo, al oriente de Torreón, no porque haya sido asaltada ayer. Vine porque hoy conoceré a cuatro mujeres y un hombre que llevan años buscando a sus hijos. Antes de que me cuenten sus casos, sin embargo, tienen varias quejas qué soltar:

–Ya no nos gusta hablar con los reporteros porque no publican nada; sólo vienen para hacerse famosos, nos utilizan.

–Al gobernador no le interesan nuestros hijos, pero no fuera el sobrino que le mataron porque movería cielo, mar y tierra.

–Aquí nosotras hemos investigado, hasta nos hemos sentado con los narcos para que nos digan dónde podemos encontrar a nuestros hijos; ¿y todo para qué? ¿Para que la subdelegada de la PGR, la tal Claudia González a la que informábamos todo, la arrestaran por estar ligada a los Zetas?.

–No crea, si hasta ganas nos dan de ir con la gente del Chapo pa que nos ayuden.

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, con sede en Coahuila, empezó en Saltillo. Don Raúl Vera convenció a cuatro familias para organizarse y el resto lo ha hecho la desgracia. Las cifras actuales hablan de poco más de mil seiscientas personas desaparecidas en el estado, todo desde que los Zetas y el cártel de Sinaloa andan agarrados de la greña. El pasado 15 de enero, Enrique Peña Nieto iba a recibir a las mujeres que tengo enfrente, pero les canceló.

Ángeles: “Mi hijo, Jesús Antonio Mena, me llamó a las doce y media de la noche. No pude contestar y estuve llámele y llámele, hasta que me contestó un señor. Dijo que era zeta y me pidió veinte mil pesos, pero ya no volvieron a buscarme. Perdí mi trabajo de veinte años, me vino la diabetes y mi nieta trae la anemia porque no quiere comer, dice que quiere ver a su papá. Jesús desapareció el 30 de junio de 2010. La policía aceptó la denuncia, pero como robo de auto.”

María Elena: “Alguien nos dijo que los Zetas se habían llevado a Hugo, a mi hijo Hugo González, hasta Nuevo Laredo. Por eso mi esposo fue a ver si era cierto. Uno de los jefes lo recibió. Mi marido le dio el dinero que nos pidió y en dos segundos le dijo que no, que a ése no lo habían levantado ellos. Hugo tiene veintisiete años. Se lo llevaron con dos amigas de un restorán del centro de Torreón”.

Óscar: “Yo estaba trabajando en Atlanta cuando mi esposa me llamó: a Jesús se lo habían llevado dos encapuchados. Me vine y nos pusimos a investigar. Resulta que mi hijo iba en su moto y se le cerraron en un carro. Lo persiguieron varias calles, hasta que se derrapó. Me dicen que Jesús les dijo que se llevaran la moto, pero a él también lo subieron a una camioneta. ¿Sí le dije completo el nombre? Es Jesús Daniel Flores García. Despareció el 1 de mayo de 2009. Ya se me fueron todos mis ahorros de tanto buscarlo aquí y allá”.

Blanca: “Mi hijo, Iván Barush, fue al bar ese del Tornado, el que acaban de balear un día antes de Reyes. Él fue el 11 de agosto de 2011, y no salió. Sus amigos me han contado que se pelearon por andar de coquetos con la novia del guardia. Sólo a Iván no lo soltaron. Uno de mis nietos dice que quiere ser narco para buscar a su papá”.

Amelia: “Estábamos en nuestra casa de Matamoros, un pueblo pegado a Torreón, cuando unos encapuchados se nos metieron y se llevaron a mi esposo, Javier Burciaga Vázquez. Mi yerno, José Francisco Juárez, quiso defenderlo, pero también lo treparon a las camionetas. Le dimos ocho mil pesos a una licenciada que nos dijo que estaban en la cárcel, pero nomás nos robó. Pagamos brujos y ellos nos dijeron que ya iban a llegar, que ya no nos mortificáramos. Y como pasó un año, mejor nos fuimos a Zacatecas. Allá la vida fue muy dura. Nomás nos deprimimos. Entonces nos regresamos, aunque no saliéramos de la casa. Mi nieto, Luis Carlos, se desesperó de tanto encierro y un día me dijo: Abue, yo quiero trabajar, tengo treinta y dos años y pos quiero ayudar a traer dinero. Se fue al día siguiente y nunca regresó. Yo ya orita nomás creo en la justicia divina”.

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El Rubio, un ex policía municipal de La Laguna, no quiso que habláramos de frente. Optó por contarme lo que sabía por medio del mail. Sólo nos escribimos tres veces.

Mail uno:

los de la letra nos leyeron la cartilla lueguito de cuando llegaron. o jalan o jalan cabrones. con esas palabras crees tu que alguien no le iba a entrar? además nos amenazaron con matar a nuestra familia. nuestros jefes nos dijeron que apechugaramos que nos iba a caer lana, pero ellos se quedaron toda. nuestro trabajo fue apoyar a los de la letra, apañar el poniente. con esto te digo que todo fue obligado. ahorita todavía hay unos que se creen narcos y están ayudándoles a los zetas para entrar a gómez. no sé si sepas pero cambiaron a los federales y ellos también andan chingando a los chapos. ayer en gómez no solo balearon la casa de la alcaldesa, también le metieron un susto a carlos herrera, ese es el cacique de gómez.

Mail dos:

los chapos no quieren a los municipales. el pedo ahora es que los municipales de torreón trabajan para los chapos y los de la letra andan matando polis. a uno lo rafaguearon afuera de su casa, cuando estaba lavando su carro. eso fue hace como una semana, allá en matamoros.

Y mail tres:

los chapos balearon en 2009 el premier y el 20, que era el jefe de plaza, mandó llamar a 35 municipales: director operativo, lobos y bravos para cagotearlos. los citaron en una finca de fac. y madero. todos de civiles.

delante de ellos, la burra, un morrillo de 16 o 17 años, bien loco, desquiciado, y que dice que hablaba con los muertos: decapitó con un cuchillo a 5 chapos que habían agarrado. les dijeron a los municipales que si seguían permitiendo que los chapos reventaran les iba a pasar lo mismo. un güey de apellido de león, director operativo de seguridad pública del oriente de torreón, no aguantó la carnicería y se desmayó. luego los dejaron ir.

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El guía ahora te indica dónde, cómo y cuándo los Chapos fueron matando a los Zetas. Te habla de un tal Negro, pasa por el Junior y acaba con Chuy Caguamas. Ahí pensarás que los ajustes de cuentas se propagaron en todo el poniente como el sarampión. Y ahí, también, decidirás que no quieres saber nada más. Lo que ansías es ya largarte del cerro. Extrañamente te sentirás débil, como cuando has ido a donar sangre. Bajarán por donde llegaron, por el Mercado Alianza. Se despedirán donde se encontraron por la mañana. Tomarás un taxi e irás a visitar al escritor Carlos Velázquez. Hoy es su cumpleaños, así que no querrás arruinarle la fiesta contándole todo lo que has visto y escuchado. Se tomarán un par de Macallan y después otros. Entonces te contará del 7 de octubre de 2010, cuando fue al bar Marioneta a echarse una cervezas con unos amigos. “Los disparos zumbaban como cuchillas de afeitar”, te dice cuando ya te ha contado que uno de esos escuadrones perfectos para matar llegó en embestida al bar e hicieron los que mejor les sale. “Neta cabrón que nunca había escuchado tiros con esa fuerza, ni cuando me agarró una balacera en el Oxxo”. Otro escritor, Daniel Herrera, te contará la otra parte de la historia porque él también la vivió: “Nos tiramos al piso y nuestro compa la Marrana comenzó a sangrar; dijimos: A este cabrón le dieron. Pero no: se cortó el brazo con una botella. Que yo me acuerde, los sicarios sólo mataron por los que iban”. Más tarde te enterarás que ese día Fernando Vallejo, de visita en Torreón, tenía pensado acompañar a Carlos y a Daniel, pero declinó por cansancio. Inevitablemente pensarás en La virgen de los sicarios y te imaginarás a Vallejo en aquella balacera diciendo: “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar”. Para ese entonces, verás que en Twitter circula la información sobre el asesinato de cuatro jóvenes a unas cuantas cuadras de ahí y tu recordarás otra frase que le leíste a Vallejo: “La muerte viaja siempre más rápido que la información”. En algún momento subirán a la azotea del edificio donde vive Carlos y, desde ahí, contemplarás casi todo Torreón. Entonces caerá la noche y todo se verá como un inmenso charco de sangre seca.

13 abril, 2013

El padre Nicolás Alessio ya no vive detrás de la capilla en la que dio misa por veintiséis años. Estoy parado frente a su nuevo hogar: una casa blanca, de tejas rojas, con una verja de madera que separa la calle de un jardín sin flores. Hace diez minutos que toqué el timbre, pero oscurece y nadie atiende. Hay luz dentro de la casa, y alguien se mueve. Cruzo la verja y espío por una ventana: desparramados por el piso del living, hay muchos juguetes.

Juguetes de colores.

Tengo que disimular cuando por una puerta que no había notado antes sale un hombre bajo que me encuentra adentro de su propiedad, abre los brazos y dice hola, pasá, bienvenido. Me deja entrar en una cocina pequeña y luminosa donde hay una mesa, seis sillas y una olla calentándose sobre una hornalla. Viste jeans gastados, zapatillas marrones y una chomba celeste de mangas cortas, que se arremanga por sobre los hombros mientras dice que me siente, que va a cocinar, si no me molesta, porque está por venir Mariela. Dice Mariela y sus ojos negros resplandecen como los de un adolescente, aunque tiene cincuenta y tres años y el cabello totalmente gris, lacio, con mechones que caen sobre los ojos negros mientras se lava las manos y las seca con un repasador inmaculado.

Toma un cuchillo con el que pela, corta, pica unas cebollas y va contando que hace un mes está como en trance. El aceite crepita. Nació mi hijo y desde entonces no sé qué me pasa, es la alegría total, estoy en trance, dice, mientras inclina la tabla y con el cuchillo barre la cebolla hasta que los daditos caen en el aceite hirviendo. Se agacha con solemnidad, apoya una rodilla en el suelo y cierra los ojos un instante, hasta que recuerda dónde está lo que busca: abre una puertita, revuelve objetos bajo la mesada y emerge con una botella de vino, y yo lo miro revolver la salsa y –quizá porque está todo vestido de celeste o por la parsimonia con la que derrama el vino tinto en la olla– sigo viendo a un cura, a un hombre que habla de su hijo pero que sigue siendo cura, aunque la Iglesia católica lo haya expulsado de sus filas por decir que el matrimonio entre homosexuales estaba bien, muy bien.

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El pasado 11 de abril de 2013, el Arzobispado de Córdoba difundió un documento en el que se daba a conocer que “el señor José Nicolás Alessio ha sido penado con la dimisión del estado clerical. Por ello ha perdido automáticamente los derechos propios del estado clerical y permanece excluido de todo el ejercicio del sagrado ministerio”

“Más de 30 años al servicio del pueblo de Dios no ha significado nada para la Iglesia católica. Bastó que opinara distinto al Arzobispado para me echaran. En lo personal no me afecta en nada, porque seguiré compartiendo los sacramentos como hasta ahora. A los fieles no les importan estas decisiones oficiales”, dijo en declaraciones al diario cordobés La Voz del Interior. Fiel a su estilo, anunció: “Si hago un bautismo o un casamiento me lo tendrán que reconocer, porque no pueden borrar lo que soy: un sacerdote. Por más que a un médico lo despiden, sigue siendo médico”.

Dante Simón, vicario judicial del Arzobispado, le dijo al mismo medio que Alessio fue penado por “impartir el sacramento del matrimonio en forma contraria a lo que dice la doctrina católica. Concretamente, por haber casado a parejas del mismo sexo o divorciadas”.

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Fotos.

Un casamiento con dos novias y ningún novio, y, detrás del altar, un cura católico apostólico romano.

El mismo cura católico apostólico romano, ya de cabello gris, en otra foto, uniendo a dos hombres en sagrado matrimonio.

Otra vez el cura, pero 15 años más joven, siendo arrastrado por dos policías durante una enardecida manifestación de trabajadores.

El cura a la intemperie, con barba, abrigado con un poncho rojo y una boina de lana, parado sobre la caja de un camioncito en el que improvisaron un altar, dando misa en una plaza llena de gente.

El cura en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis.

Sonriendo.

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Durante veintiséis años, Alessio organizó una procesión que llegó a ser la más convocante de la ciudad de Córdoba: cada siete de agosto, por el día de San Cayetano –el patrono de su capilla–, las calles de Altamira, una barriada humilde del sudeste cordobés, se inundaban de gente que pedía paz, pan y trabajo. La procesión desembocaba en la plaza del barrio, frente a la capilla, donde se improvisaba un altar en la caja de un camioncito: parado ahí, el cura barbudo, abrigado a veces con un poncho y una boina de lana, celebraba la misa.

Así lo vi por primera vez, el siete de agosto de 2009, cuando tuve que cubrir la celebración para el diario en el que trabajo. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la plaza, tiñendo de anaranjado a los ocho mil fieles que rodeaban el camioncito. Con los brazos abiertos, mirando al cielo, el padre Alessio propuso:

—Viva San Cayetano.

—¡Viva! –respondió la multitud que colmaba la plaza.

—¡Viva el mártir Enrique Angelelli!

—¡Viva!

—¡VIVA LA DIGNIDAD DE LOS TRABAJADORES! –gritó, y los vecinos contestaron con el puño en alto y voz quebrada, y a mi lado un viejo con la piel curtida y la ropa gastada no pudo contener el llanto.

Es sus sermones, Alessio criticaba al Vaticano y honraba a Enrique Angelelli, obispo asesinado por la última dictadura militar, el cuatro de agosto de 1976. Eran misas distintas a las que se escuchan en la mayoría de las iglesias de Córdoba.

—¡Escandalizás a los más pobres cuando decís estas cosas contra el Papa, contra la Iglesia! –le enrostró una vez el hombre que comanda hoy el Arzobispado de Córdoba. Pero Alessio, en realidad, escandalizaba a los católicos más encopetados. Y lo hizo de nuevo en junio de 2010, cuando fue invitado a la marcha por la Igualdad Jurídica y Social, que desembocó en la Plaza de la Intendencia, situada en el centro de Córdoba. Ahí, parado en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis, el padre Alessio pidió perdón.

—Quiero pedir perdón porque pertenezco a una institución que no termina de convertirse al evangelio de Jesús. A un Jesús que jamás condenó la homosexualidad, jamás condenó el matrimonio homosexual y que, por el contrario, condenó a los soberbios, a los poderosos y a los que discriminaban. Quiero pedir perdón por esta institución que es muy dura para juzgar a los que están fuera y muy hipócrita para juzgar a los que están dentro.

Al anochecer, en el instante en que el cura dijo “hipócrita”, se alzó entre el tumulto de la Plaza una ovación muy diferente al rugido de las hinchadas de fútbol: fue un alarido agudo, como el ulular de una autobomba –gritaron “wuuuuu” y aplaudieron.

El discurso puede verse en Youtube bajo el título “Patético: sacerdote católico defiende matrimonio homosexual defiende matrimonio homosexual”.

Detrás de Alessio, un grupo de activistas aplaude y entre ellos, Martín Apaz, un estudiante de sociología que con 26 años se convirtió en el referente de la lucha por los derechos igualitarios en Córdoba.

—Reclamábamos una cuestión de derechos cívicos –cuenta Apaz–, pero entendimos que la cuestión religiosa se iba a colar y por eso lo invitamos. Dio un discurso muy emocionante, dijo que la homosexualidad es un don de Dios. Eso es lo mismo que decirnos que éramos parte de la riqueza de la humanidad, no parte de lo malo. Él pensaba diferente y era un estorbo. Vamos a estar siempre agradecidos con Alessio, por su solidaridad en una lucha histórica, por tomar un posicionamiento tan fuerte y tan público.

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José Nicolás Alessio nació en 1958, en Córdoba, y vivió su infancia en Argüello, al noroeste de la ciudad. Sus padres –José Alessio, músico, y Silvia Vaca, ama de casa y reina de su jardín– eran católicos conservadores y así criaron a sus once hijos. La fe, la música y la política iban a marcar sus vidas: los tres mayores –José Raimundo, José Nicolás y José Mario– entraron al seminario: Mario dejó a los pocos meses para estudiar sociología, Raimundo abandonó los hábitos de grande y Nicolás, finalmente, fue expulsado. Otro hermano, José Luis, también dedicó su vida a la fe, pero en otra Iglesia: es pastor evangelista. Dos hermanas, Silvia y Cecilia, son cantantes líricas. José Emilio es definido por Nicolás como “el enojado”; furibundo con él por diferencias políticas, Emilio no pierde oportunidad para defenestrar a su hermano y acusarlo de “abandonar sus convicciones a cambio de un sueldito”. Faltan cuatro: Juan José Pablo, “en el cielo”; Filomena, abogada; Francisco, “el benjamín”. Y por último, Ángela Alessio, “la Gela”: comunicadora social y docente, lesbiana y madre por inseminación artificial, compinche de Nicolás: la mujer que a fuerza de cotidianeidad lo ayudó a entender que los homosexuales son personas como todos, con los mismos valores, las mismas necesidades y los mismos sufrimientos.

—La “Gela” me obligó a dar una respuesta teórica a este tema –reconoce Nicolás Alessio–. La experiencia de Gela me demostraba, contra toda biblioteca, que eso (la homosexualidad) era absolutamente natural. Llamalo extraño, diferente, es otra cosa: pero es natural. Si son personas que pueden amar ¡y lo que necesita un pibe para crecer es amor.

—A los pobres se los quiere, se los trata bien –le repetía mamá Silvia a Nicolás, cuando él tenía la edad de los niños, y él encuentra en las palabras de su madre el origen de su camino y el resumen perfecto de la Iglesia tercermundista. A su padre, dice, le debe las pasiones que iban a marcarlo: la religión y la política. Católico ferviente y militante de la resistencia peronista, José Alessio conoció la cárcel cuando en Argentina no se podía pronunciar el nombre de Perón.

Alessio no habla mucho acerca de sus padres. Quiere protegerlos, porque son muy mayores y las vidas de sus hijos –él, expulsado de la Iglesia; y Gela, lesbiana y madre por inseminación artificial– les afecta.

—Mis viejos son conservadores desde lo ideológico, sí. Pero han tenido la capacidad de entender, para ellos, lo que es la “limitación humana”. Dicen “bueno, nuestros hijos son un desastre, pero el amor es el bien más grande y en algún momento nos irá a perdonar porque ellos se van a arrepentir”, entonces ese discurso les permite vivir una relación de afecto con los hijos, en donde lo ideológico no jode tanto.

***

De La Inmaculada, su colegio secundario, Nicolás recuerda cuando subió a una de las habitaciones de los religiosos más jóvenes: desorden, libros abiertos, mate preparado; fotos del Che, de Mahatma Gandhi, de Martin Luther King.

Promediaba la década del setenta cuando comenzó a sentir que su vocación política se podría encauzar con más fuerza en la vocación religiosa. Entonces, el tío Luis –tan católica era la familia que hasta tenía un representante en el Vaticano: Luis Alessio, el tío Luis, colaborador del Papa Pablo VI– le presentó a Carlos Ñáñez.

A los dieciocho años, Alessio estaba enamorado de una chica y no sabía qué hacer. Se preguntaba cuál sería “la voluntad de Dios”. Para responder esa pregunta existen los directores espirituales.

—Ellos te ayudan a ver, sentir, descubrir, imaginar la voluntad de Dios. Y eso fue así con Ñáñez. Me decía que “Dios quiere más a los que elige para el sacerdocio, porque los ve como a su hijo Jesús”. ¿Cómo no sentirme ungido, dispuesto a todo, con semejante afirmación? Terminó de convencerme.

El seminario duró seis años, Alessio se ordenó sacerdote a fines de 1981. Ñáñez respaldó a Nicolás cada vez que su vocación flaqueaba, cada vez que el sentimiento hacia una mujer le hacía dudar. Y, según Alessio, lo mantuvo alejado de los documentos que hablaban de justicia social, pueblo, liberación. Sobre todo, le advirtió que no debía tener contacto con los curas “peligrosos”, los que se reunían a confabular en el grupo Enrique Angelelli.

Treinta y cinco años más tarde, en marzo de 2011, como arzobispo de Córdoba, Náñez firmó la sanción at divinis que expulsó a Nicolás de la institución. Él lo hizo entrar, él lo echó.

A través de su secretario personal, el arzobispo declinó un pedido de audiencia para conversar sobre Alessio.

Cuando se enteró de que había sido sancionado, en marzo de 2011, el padre Nicolás Alessio me dijo:

—Me importa tres rábanos.

Estaba atrincherado en su capilla de siempre, en Altamira, y desde ahí disparaba titulares para los diarios nacionales e internacionales: “Es evidente que en esta Iglesia disentir es pecado” (Clarín); “Ellos no tienen atado a Dios” (Página 12); “La Iglesia tolera a los violadores en sus filas, pero no a quien piense diferente” (El Mundo de España). En boca de un cura, frases que circulan en forma corriente se volvían singulares, extrañas, y causaban –según quién lo oyera– admiración, indignación o pasmo.

Tres meses antes de que Argentina se convirtiera en el primer país de América Latina en legalizar el matrimonio igualitario, en julio de 2010, difundió un documento redactado por él y firmado por un grupo de quince curas rebeldes: decían que la unión civil entre personas del mismo sexo “no tendría que ofender a nadie, y por el contrario, debería ser motivo de alegría que esas personas tradicionalmente discriminadas, ofendidas, estigmatizadas y obligadas a vivir ocultando sus más profundos sentimientos puedan sentirse amparadas por una ley que les reconozca su derecho al amor y a la familia”.

No tendría que ofender a nadie, dijo, pero ofendieron el documento y las innumerables veces que lo ratificó en diarios y programas de tele y de radio del país y del mundo.

“Recemos por el padre Alessio, para que salga de esta ruta que lo va a llevar directo al Infierno”, pedían los católicos más conservadores desde Página Católica, Panorama Católico y Argentinos Alerta, algunos de los tantos portales que santifican la web, en los que el cordobés aparece como “el cura homosexual” o simplemente como “ese cura miserable”. La presión del ala dura del catolicismo no dejó de aumentar y, al fin, Ñáñez inició un juicio canónico contra Alessio, que acabó en su condena en marzo de 2011 por “desobediencia y rechazo pertinaz de la doctrina”. Aunque la sanción que le aplicaron no se denomine expulsión y tenga un nombre más bondadoso –at divinis–, lo dejaron sin su sueldo de cura y con la terminante prohibición de dar misa, oír confesiones o celebrar casamientos.

—Lo voy a seguir haciendo, porque el ministerio es un don para la gente y no algo que controlen los obispos. Si alguien me pide que lo case lo voy a hacer.

Iba a enterarme que usaba la palabra “alguien” en su acepción primera: “persona existente sin indicación de género”. Porque inmediatamente agregó:

—Es la cuarta boda gay que bendigo. No está ni permitido ni nada, está fuera de ese círculo cerrado que es la institución. Pero es correcto. Me llaman y voy.

Caminábamos por el interior de la capilla San Cayetano, Alessio respondía pausado mientras iba mostrándome el altar de madera, los bancos oscuros y los pasillos de la pequeña capilla en la que dio misa durante un cuarto de siglo.

La que tenía que abandonar.

***

El arzobispo no quiso recibirme, pero sí lo hizo el Vicario General de la provincia, Horacio Álvarez, la mano derecha de Ñáñez, el hombre que le ayuda en el gobierno de la diócesis. Su oficina –un escritorio de madera oscura, tres puertas, una biblioteca– es tan sobria y prolija como él: sweater azul marino, camisa celeste y clergyman, el típico cuellito blanco. Álvarez hizo el seminario con Alessio; jugaron al fútbol, estudiaron y compartieron techo durante seis años. Fueron amigos, pero las inclinaciones personales los distanciaron.

—Si Nicolás manifestaba efervescencia combativa en el seminario, yo no me di cuenta. En barrio Altamira, una barriada popular con un montón de realidades durísimas, el Nico hizo una opción muy clara de meterse y trabajar con ellos. Acompañando a la gente estuvo en escenarios conflictivos, pero yo no me animo a decir que el Nico fuera conflictivo.

—¿Y qué pasó?

—Siempre fue un sacerdote un poco personalista en sus opciones. Presumo que fue tomando decisiones que tenían que ver con su proyecto de vida, y me parece que en estos últimos años sentía que esto no es para él.

—¿Qué le parece la defensa que hizo del matrimonio igualitario?

El vicario piensa bien antes de responder, es un hombre cauto.

—Yo creo que el Nico mira la cuestión del matrimonio igualitario más o menos como lo expresó, creo que es una mirada convencida la de él. Ahora, todo el armado de largarlo públicamente, con las cosas que dijo sobre el obispo, me da la impresión que fue para armar capital político aprovechando el escenario de los medios.

—Pegarle al obispo suma.

—Debe sumar capital y debe restar capital. Lo veremos un tiempo después. Yo no estoy tan seguro que haya sumado tanto.

Al finalizar el seminario, Nicolás se hizo amigo de un profesor, Victor Acha, quien lo llevó a conocer a los miembros del temido grupo Angelelli, o como les decían en el seminario: los curas peligrosos, tercermundistas, los mensajeros del Demonio. Entre ellos, Guillermo “Quito” Mariani, quien en 2004 iba a publicar Sin Tapujos, libro en el que narra sus amoríos juveniles, las frustraciones que le provocaba el celibato y hasta un fugaz encuentro homosexual.

“El Quito es mi maestro”, repite Alessio, seguro de que Mariani hablará maravillas de él.

—Nico dice que yo soy su maestro, pero la verdad es que durante mucho tiempo pidió que respaldáramos a Ñáñez. Siempre le tuvo afecto y guardó una relación amistosa con él. Hasta ahora –dice Mariani sentado en un sillón en su casa, en Argüello. Por encima de sus palabras se escucha el canto –el griterío– de una docena de pájaros que desde el living no se ven, pero que deben cantar en jaulitas tan prolijas como todo lo demás en esta casa. Mariani tiene ochenta y cinco años, es un sacerdote jubilado de sonrisa franca y ojos celestes, acuosos, quien no hace mucho, en una entrevista con Clarín, se definió como un “león herbívoro”.

—Ñáñez no mira a los ojos. Se tiene miedo a sí mismo y tiene miedo a perder el poder. La derecha lo condena, los obispos lo tienen calificado como un izquierdoso –explica Mariani, que ve amenazado por el arzobispo su último grupo de pertenencia, el grupo Angelelli, porque la jerarquía de Córdoba viene reemplazando en las parroquias a los curas tercermundistas por sacerdotes ortodoxos.

—Ahora somos ocho los miembros del grupo Angelelli, pero tenemos como quince simpatizantes –dice, con los ojos bien abiertos, expandiendo los brazos, y se ríe. Pero se pone serio de golpe al recordar que Alessio, uno de los miembros más combativos, pidió un año sabático para dedicarse a la política. En ese momento estaba trabajando en la campaña de Luis Juez, senador nacional por Córdoba y exintendente de la capital provincial, quien en 2011 perdió la elección para gobernador. Alessio, en ese momento y ahora, vive de lo que gana como asesor del bloque de legisladores nacionales del Frente Cívico.

—Lo siento como una pérdida. Ya lo he palpado en algunas posiciones que él tenía muy claras y que ya no están claras, porque la política exige ceder. La sinceridad de Nico puede verse envuelta con todo eso que se le va exigiendo. Yo creo que el poder, despacito, despacito, siempre corrompe.

Mariani, por primera vez durante la entrevista, baja la cabeza y mira hacia el suelo. Dice que formó a Nicolás en la defensa de los derechos humanos, y dice también que juntos padecieron “la anormalidad que la Iglesia provoca con sus decretos referidos a la sexualidad”. Sufrieron por las exclusiones de sacerdotes y teólogos destacados, y por los embates de la jerarquía contra la Teología de la Liberación.

—Lo veo poco. Sigue siendo mi gran amigo, pero no quiero enterarme mucho de lo que está haciendo en política. Y además, tengo miedo de que vayamos a ser utilizados por el Nico, usados como grupo de pertenencia y como cómplices en esta campaña política.

—¿A qué se refiere?

—Vos viniste a verme porque él te dijo que yo soy su maestro, ¿no? La semana pasada vinieron unos chicos de Canal Encuentro, están haciendo un documental sobre su vida, y la entrevista había sido provocada porque Nico les dijo que yo era su maestro. ¿Entendés?

Está empezando a pensar como político.

—Y eso me duele. Pero yo lo quiero mucho, es como un hijo. Nico no miente, no hace esto porque no tenga otro trabajo: está convencido de que el compromiso con los partidos políticos significa una colaboración para el mejoramiento social. Pero creo que se va a decepcionar dentro de una Legislatura llena de buitres. La militancia del Nico fuera de los partidos políticos sería mucho mejor.

***

—¿Te molesta que haga la comida mientras hablamos? Está por venir Mariela.

Me recibe a mediados de mayo de 2011 en su nuevo hogar: una casa con jardín que comparte con la mujer que ama en un barrio de clase media, en la zona sudoeste de la ciudad, lejos de la parroquia de Altamira. El hombre que fue cura lleva una chomba azul gastada, jeans sueltos, ceñidos en la cintura con un cinto de cuero blanco, y zapatillas marrones. Mientras habla, en la cocina, comienza a pelar unas cebollas sobre una tabla de madera.

—Mirá, el salto a la trinchera política conlleva todos esos riesgos que señala El Quito y muchos más: ambigüedades, quedás salpicado, es jodido. Vos estás acá –con el dedo señala una circunferencia en el piso, a su alrededor– siendo cura y tenés un ochenta por ciento de opinión a favor; te pusiste acá –da un saltito hacia la izquierda– y tenés un ochenta por ciento de opinión en contra, o dudando. Eso es porque la política está desprestigiada. Vos te parás en el terreno político y de entrada piensan que tenés algún interés sucio, mezquino, económico, o lo que fuere. O sea, entrás perdiendo.

Alessio pica la cebolla sin mirar lo que hace el cuchillo, pensando en lo que dice. Vivía solo en la capilla: está cocinando de memoria. No toca el ajo, lo clava en la tabla con el tenedor y lo pela con el cuchillo mientras dice:

—Es mucho más cómodo estar fuera de la política, porque desde ahí juzgás a todos. Es un poco como la actitud que tiene la Iglesia, se para en el cielo incontaminada, impoluta, y desde ahí juzga. Pero las transformaciones más eficaces se hacen con leyes y con decisiones políticas. —Se sube las mangas cortas de su chomba hasta dejarlas arriba de sus hombros y agrega–: Yo pasé muchos años diciendo cómo tendrían que ser las cosas, ahora me siento convocado a hacerlas.

—¿Y por qué con Luis Juez?

Descorcha un vino tinto. Creo que va a invitarme una copa, pero tira un chorro del vino en la olla y vuelve a poner el corcho. Me sirve un vaso de agua.

—Yo no soy personalista, no digo Juez es lo máximo, Juez es Dios, no, no. Luis tiene sus virtudes y sus limitaciones. Tiene astucia política, es pícaro y es honesto, es honesto en serio, no es macana. Bueno, es ambiguo ideológicamente viste, que sé yo…

—Bastante ambiguo.

—Yo apuesto a su proyecto: una fuerza nueva que pudiera tomar lo mejor del peronismo, lo mejor de los radicales, de los socialistas, lo mejor de la izquierda y vamos para adelante; entonces, en ese sentido, deseo profundamente que gane.

Alessio confiesa que Juez le pidió que lo acompañara en su eventual gobierno, pero no le dijo el cargo que iba a ocupar.

Juez perdió las elecciones. Alessio continúa con la militancia en el Proyecto Sur.

En la capilla, de noche, se imaginaba viejo y solo, rodeado quizá de alguno de sus hermanos en un asilo de curas.

—Era una imagen muy fea. Una vez conocí un asilo para curas, tiene mucho de inhumanidad. Esta locura del celibato es una aberración que no se sostiene más. Te hace vivir con los fantasmas de la culpa, de no poder ser nunca natural, no poder dejar aflorar tus sentimientos como corresponde. Se te escapan por otro lado y no sabés qué hacer.

En la capilla, de noche, cuando todos fieles se iban, él quedaba solo. Y pensaba qué lindo sería compartir la vida.

—Yo me acuerdo que disfrutaba de un paisaje, de un campamento o de un viaje y decía: “Cómo no compartir esto con alguien, más íntimamente”. Esa cuestión si me quemaba la cabeza.

En su juventud, siendo el flamante párroco de Altamira, le tocó coordinar un campamento espiritual con los fieles de su comunidad. No se acuerda bien dónde fue ni cuántos años tenía entonces. Pero nunca va a olvidarse de esto: atardecía y se había quedado dormido sobre el pasto mientras una chica del grupo juvenil lo consolaba por una pelea reciente. Los labios temblorosos de la adolescente lo despertaron.

—Mocosa de mierda, pensé. Una nena era, 14 años. ¡Qué atrevida!

Alessio se seca las manos con un repasador, mira hacia arriba, sonríe, se muerde los labios. Hasta que acepta:

—Fue re-loco, re-loco. Fue fantástico.

El beso quedó como una anécdota. Por varios años fueron solo párroco y chica de grupo juvenil. Después, iniciaron una larga relación secreta. Pero Altamira era chico y ya había que contarlo.

—Lo empezamos a blanquear con la familia de ella, y la madre no entendía cómo, por qué. Pero había mucho afecto, mucho respeto. Y los padres se convencen cuando ven que los hijos están bien. “Estos jóvenes son tan modernos”, decía mi suegra.

—¿Ñáñez lo sabía?

—Ñáñez sabía, porque yo creo que estas cosas siempre se saben. Por eso cuando me quiso apurar con el tema, le dije que el ochenta por ciento de los curas de Córdoba tienen pareja. “A mí no me consta”, respondió. Bueno, entonces te doy nombres, le dije. “No, no, dejá”. No quería ni hablar del tema. Pero es así.

La vida de Alessio está polarizada entre la religión y la política, pasiones que lo arrastran, muchas veces, en direcciones contrapuestas. O al menos eso le ocurría antes de que entrara en trance.

—Todavía no termino de caer, es como que entré en trance. Mariela había perdido varios embarazos, espontáneamente. Pero a los meses que yo le dije chau a la estructura, cuando empezó esto del juicio canónico, ella me dijo “creo que estoy embarazada”. Fue todo junto: la ruptura con el clero, el embarazo y la vocación política.

Si era nena, el bebé se iba a llamar Cielo. Si era varón, él quería ponerle Nicolás, como el padre, “por tradición”. Pero las mujeres de la familia le impidieron “ese anacronismo”.

Cuando nació su primogénito, por primera vez en su vida, el padre Nicolás Alessio encontró la perfecta confluencia de sus dos pasiones:

—De pronto se me ocurrió el nombre Simón y me gustó. En el ambiente de la política decimos que es por Simón Bolivar. Y en los ambientes religiosos decimos que es por Simón Pedro, el padre de la Iglesia: y así, mi viejo está muy contento.

“Esta es mi patria:
un montón de hombres; millones
de hombres; un panal de hombres
que no saben siquiera
de dónde viene el semen de sus vidas
inmensamente amargas”
Oswaldo Escobar Velado .

Capítulo I | Los que estuvieron a punto de no subir al microbús de la fatalidad

La lluvia comenzó a caer sobre la colina antes de las 6 de la tarde. Suave, buena. Se iban haciendo charquitos en las calles de tierra y el cielo de domingo amenazaba tormenta. Cuando el sol se esconde es oscura la colina; la alumbran solo unos faroles malogrados y los bombillos amarillos de las casas. En una de esas casitas Ella esperaba a que Café terminara su jornada como conductor de microbús.

El motor del vehículo se escuchó desde lejos, rengueando para subir las callejuelas llenas de cráteres terrosos y piedras. Los faroles del carro cortaban el aire mojado y la negrura de las 7 de la noche. No es usual que los motoristas se lleven los vehículos hasta sus casas: más bien los guardan en sus puntos de parqueo, donde los recogen al día siguiente, de madrugada, para mover el hormiguero de la capital. Pero ahí estaba el microbús, con sus faroles. Parado frente a la casa de Ella. Cafecito –el primogénito de Café- asomó por donde pudo.

En el vehículo no venían más que malas noticias y un par de tipos. Ninguno era Café.

***

Alrededor de unos columpios, cuando se le iba la luz al domingo, en un parque de Mejicanos cinco pandilleros mascullaban una venganza. Uno propuso que mataran a un hombre. Otro dijo que mejor a dos. Acordaron ir al escondite por las armas. Un tercero recordó que en su casa había gasolina. Antes de que dieran las 6 de la tarde comenzó a llover.

***

Lo que se puede decir de las circunstancias de la muerte de Crayola es en realidad muy intrascendente: que estaba en la calle, parado o sentado, haciendo o sin hacer… –es irrelevante– y ¡pum, pum, pum, pum! Unas sombras corredoras le llenaron de plomo el cuerpo y fueron luego a esconderse o a celebrarlo en algún lugar. Vaya, lo normal.

Pero la muerte de Crayola no es intrascendente. Tanta causa y tanto azar dándole vueltas a un solo muerto terminaron creando una avalancha larga.

El Tavo y el Tapa iban ese sábado a comprar cervezas para seguir animando la tertulia que habían montado algunos homeboys de la clica Columbia Liro Sayco Tayni Locos, del Barrio 18, que controla a la Colonia Polanco, de Mejicanos, y sus alrededores. Yendo iban, pensando en birras, cuando ¡pum, pum, pum, pum! Puta, ¡al suelo, a cubrirse de la balacera!, a prepararse para correr… Vaya, más o menos lo normal.

Y luego los gritos que llamaban al Tavo: que el Crayola, su cuñado, había sido el recipiente de tanto balazo, que estaba boqueando en la calle, muriéndose a pausas… ¡que no se ha muerto!, que el hombre todavía respira, que entre el Tavo y el Tapa lo subieron al pick up de la policía… que terminó muriéndose en el Hospital Zacamil. Vaya, lamentablemente lo normal.

Es en la ira del Tavo y en su idea de las proporciones donde se tuerce esta historia. Y en el hecho de que el Crayola no solo era su cuñado sino también su homeboy, su perrito, su compañero de pandilla. Quizá si solo los hubiera unido un lazo familiar las cosas habrían sido diferentes, pero eso no lo sabremos nunca.

Siempre hay quien dice que vio, quien dice que sabe. Y en este caso algunas lenguas señalaron a la colina: que hacia ahí subieron los asesinos, que para allá huyeron. Subidos en un microbús.

Para los pandilleros de la colonia Polanco la colina es “allá”, es “arriba”. Es solo una loma controlada por sus enemigos de la Mara Salvatrucha-13. No lo pensó mucho el Tavo. Hizo valer su posición de autoridad dentro de su clica y convenció al Tapa y a otro pandillero que lo acompañaran a la venganza.

Esa noche fueron asesinados un motorista y un cobrador de alguna de las rutas que atraviesan Mejicanos. Daba igual cuáles, daba igual si tenían que ver o no. Todo lo que está contenido en el territorio de la otra pandilla es –de alguna manera– la otra pandilla. La lógica viene siendo más o menos así: si mato a esta vendedora que vive allá arriba, agravio a los contrarios; los estudiantes de sus escuelas serán mis enemigos y sus maestros serán considerados espías. Los autobuses son cosas raras: cruzan los territorios de ambas pandillas, de forma que para saber si esta ruta es “tuya” o “mía”, se usa como criterio dónde aparcan.

Uno vigiló y los otros dos dispararon. Luego de matar se escondieron en la oscuridad de una quebrada sucia. A las 11 de la noche, seguros de que la policía se habría cansado ya de buscar, salieron del escondite y se fueron a sus casas. A dormir.

***

Al día siguiente, el domingo, fue la vela de Crayola en la casa comunal de la colonia Jardín: familiares rotos, y muchos homeboys de la 18 presentando sus respetos. Como es tan cotidiana la muerte en la vida pandillera, los velatorios suelen ser un espacio frecuente de socialización, de reafirmación de la identidad: si estás ahí es que sos alguien, que estás dentro, que simón…

Ahí llegó el Carne, primer palabrero de la clica, con información nueva: él lo que había escuchado era que el microbús en el que huyeron los asesinos del Crayola era específicamente de la ruta 47, que sube hasta la colina. Así que los muertos del día anterior fueron solo daños colaterales, murieron sin tener vela en ese entierro y habría que pensar en una verdadera venganza, una que sirviera de algo, a diferencia de los muertos inútiles de ayer.

El Carne reunió a un grupo de homeboys y se apartaron del barullo de la vela hasta un pequeño parque frente a la casa comunal. La reunión se celebró alrededor de los columpios.

Chumuelo dijo que la situación ameritaba matar a un cobrador. Carne consideró que no bastaba, que habría que matar también un motorista. Tavo –quizá sintiendo que su rabieta mortal del día anterior había caído en saco roto– recordó que en su casa había gasolina suficiente para quemar un microbús. Da igual cuál… “un” cobrador, “un” motorista, “un” microbús.

Al ver la reunión se asomaron otros tres pandilleros más, que fueron invitados a unirse a la pegada. Aceptaron, desde luego. Dos de ellos eran niños, así que esa era como una cartilla de aceptación, como una prueba de hombría.

Reunieron una escopeta, un revólver, una pistola y una garrafa con capacidad de almacenar un galón de gasolina. Y planificaron el operativo: uno tendría la escopeta escondida y esperaría del otro lado de la calle. Unos vigilarían el sector para prevenir la presencia de policía, y el resto esperaría en la parada de autobús con las armas y la gasolina. Esperando que asomara un microbús de la ruta 47.

Pasaba el tiempo y nada. La lluvia comenzaba a ser más que unas gotas.

Alrededor de las 7 de la noche, la parada de autobuses de la colonia Jardín nunca está vacía. En la colina viven muchos desafortunados que trabajan los domingos: paleteras, maquileras, vendedoras, controladores de autobús, peluqueros, pupuseras… y tienen obligatoriamente que pasar por ese punto para poder subir hasta sus casas.

Asoman los faroles de un microbús y cuesta ver el número que trae tatuado en la lata… se acerca… ¡es una 47! Una mano al otro lado de la calle aprieta la escopeta. Se tensan los músculos. El Tavo se lleva una mano al revólver .38 que lleva en el cinturón y levanta la otra para hacerle señal de parada al carro. Pero pasa de largo. Va demasiado lleno.

Toca esperar más tiempo con la emboscada húmeda. Todo el plan se tambalea. ¿Y si justo llegara una patrulla de policía? ¿Y si esta lluvia arrecia y ya no hay modo ni de prender un fósforo? Pasa el tiempo lento, tic, tac, tic, tac… se hacen largos los minutos. Ya no se miran ni las luces rojas del carro anterior, que se ha perdido ya, trepando la colina.

Varias personas vieron pasar a los homeboys con caminar buscapleitos y con la pinchinga de gasolina. Los vieron también montando la celada con poco disimulo. Pero los viandantes y los vendedores fueron listos, vieron a otro lado, guardaron sus cosas y se largaron. Frente a la parada de autobuses hay unos edificios de apartamentos destinados a la clase media baja, saturados de familias con niños y abuelos apiñados. Hay varias tiendas, peatones, vehículos, ruido.

Entonces asoman otros faroles tambaleándose en la calle. Es otro microbús de la ruta 47.

***

El Peluquero

Dejó el pueblito donde nació porque había muchos problemas con los pandilleros. Todos los días El Peluquero tomaba varios microbuses desde San Isidro, un cantón semirrural del municipio de Panchimalco.

Viajaba más de una hora para ir a peluquear gente a Soyapango. Cada año se iban enrareciendo más las cosas, haciéndose más evidente la presencia de los homeboys en el lugar.

Un día, pandilleros armados se subieron al microbús en el que volvía a casa y le quitaron todo lo que se le podía quitar: cinco dólares, su mochila, y lo que había pasado comprando para preparar la cena con la que comerían Natalia y los niños. Llegó sin nada. Esa noche se rieron con Natalia. Menos mal que solo fueron cinco dólares.

Allá va para la tienda del cantón un peluquero y su esposa a ver qué encuentran para cenar esa noche con los chicos.

En 2006 su hermano mayor lo convenció para trasladarse con la familia a una colina en Mejicanos donde había casas baratas: más cerca del trabajo, menos microbuses con pandilleros, menos viajadera por la capital. Ni siquiera había que trepar a pata la cuesta inclemente de la colina, porque había una ruta de buses que subía rengueando las callejuelas llenas de cráteres terrosos y piedras.

Allá van para la colina un peluquero y su familia a ver si mejora la cosa.

Y mejoraron las cosas. Natalia ascendió de puesto: de maquilera pasó a ser supervisora de maquileras.

Aquel domingo de 2010 El Peluquero terminó su jornada a las 5:30 de la tarde, cuando el sol se iba yendo y las hormigas regresan al hormiguero. Natalia también terminó su jornada. Normalmente ella no trabaja los domingos, pero aquel día había un pedido inmenso y no está la cosa como para andar regateando trabajo. Sus rutas convergían en El Parque Infantil y El Peluquero y su esposa quedaron de encontrarse ahí para regresar juntos a la colina.

Pero Natalia demoró y los chiquillos estaban solos. Pudo más el apremio por los niños y El Peluquero tomó el autobús hacia la colina solo. A los minutos de haber partido, Natalia llegó al Parque Infantil. Se llamaron por teléfono. Ella le dijo que iba justo detrás de su autobús. Él se sintió reconfortado.

Frente a los edificios multifamiliares, un hombre joven levantó la mano para hacer parada al microbús en que viajaba El Peluquero, pero el conductor no se detuvo. Al vehículo no le cabía nadie más y siguió derecho hacia la colina.

Poco después sonó el teléfono de El Peluquero. Era su hermano mayor preguntándole si estaba bien. Había escuchado que algo terrible había ocurrido con un microbús de la ruta 47. El Peluquero marcó a Natalia. Natalia no contestó el teléfono.

***

El Cobrador

El Cobrador nació en una familia grande, muy grande. Diez hijos parió su mamá, pero uno se murió de empacho, siendo un gusanillo pequeño, muy pequeño.

El Salvador ha arañado a la familia de El Cobrador. Cada vez que el paisito saca las uñas, ¡zas!, les mete un zarpazo: el papá iba por la calle en 1982, caminando, sin meterse con nadie y de pronto se arma una lluvia de balas, que en aquel momento se las repartían guerrilleros y soldados. Hubo tanta bala que hasta alcanzó para romperle el pecho al señor y la familia se quedó sin papá. En febrero de 2001, el terremoto les dejó su pobreza tirada por el suelo, apachada. Se les cayó todo. Perdieron todo. Y cuando a los pobres les pasa que pierden todo, resulta que para ellos todo significa todo. De a poquito fueron parando paredes como buenamente pudieron y consiguiendo un cántaro, un vaso, un catre… En vísperas de Navidad, unos años después, una de las hijas había conseguido un trabajo bueno en una cohetería: ponía mechas a los petardos con los que la gente se alegraría en Nochebuena. A la gente le gustan mucho los cohetes y por eso hay que hacer muchos cohetes y trabajar día y noche. En esos casos es muy difícil saber cómo empezó el asunto, pero la cosa es que la cohetería agarró fuego y toda aquella pólvora saltó como loca. La chica la libró por los pelos, pero el fuego alcanzó a lamerla entera y le quedó el cuerpo arrugado, deforme. En 2010 El Cobrador tenía una milpa y un frijolar y los domingos en los que no tenía turno de andar colgado de un microbús de la ruta 47 cobrando el pasaje, lo dedicaba a darle duro a la milpa y al frijolar. El domingo en cuestión, por ejemplo, no tenía turno, pero el tipo que sí tenía se enfermó y fueron a preguntarle: ¿querés hacer vos el turno de cobrador este domingo?

Y les dijo que sí.

***

La Vendedora de Paletas

La noche anterior, a La Vendedora de Paletas le pintaron las uñas de los pies de un azul chillón. Era su vanidad. Total, si vas a andar por ahí caminando con una hielera a cuestas, mejor hacerlo con los pies coquetos. Se los pintó su hija adolescente, que ya tenía maña para brocha tan fina.

Los domingos La Vendedora de Paletas perseguía a los turistas que salen de la ciudad buscando una altura que tenga paisaje y en la que helarse un poco, antes de bajar a la sopa caliente que es San Salvador. Los domingos ella caminaba de punta a punta Los Planes de Renderos buscando clientes para sus golosinas. Las paletas que ofrecía eran de muchos colores y tenían forma de sombrilla. Cuando terminaba la jornada se bajaba de aquel mirador e iba a dejar la hielera a la fábrica de paletas. Luego se regresaba a su colina, donde vivía casi en la parte más alta con su hija adolescente.

Ese domingo era de noche y la chica se había ido a pasar el fin de semana con unas amigas, así que La Vendedora de Paletas llamó desde la parada de autobuses del Parque Infantil. Le propuso a su hija encontrarse ahí para regresar juntas. Si la chica le decía que sí, ella esperaría sentada en algún puesto de pupusas o matando el tiempo en alguna esquina. La chica dijo que no, que se quedaría a dormir donde su amiga. La Vendedora de Paletas tomó el primer microbús de la ruta 47 que pasó.

***

La Pupusera

A La Pupusera se le escapó el marido con una mujer más joven. Y cuando un marido se va, se va… no mira para atrás, ya no vuelve, ni para dejar unos centavos a las dos niñas que dejó de uno y ocho años. Se escapó y punto.

Le tocó a La Pupusera apechugar con la humillación y con las dos niñas. Así que hizo maletas y regresó a casa de su madre, a menear una olla descomunal donde hierve el chicharrón de las pupusas, a darle aire al fogón, a cortar el repollo para hacer curtido y a palmear pupusas. Todos los días la gente de la colina sabe que en esa casa hay un fuego prendido.

No comer pupusas en domingo es mala ortografía. Por alguna razón perdida en la historia de El Salvador, el domingo es como el día oficial de las pupusas. Cuando cae la tarde el cuerpo pide. En esas estaban La Pupusera y su madre, ordenándolo todo, poniendo manteles a las mesas, con sus botes de curtido y la salsa espesa y roja cuando sonó el celular y del otro lado resultó la voz del marido fugado.

Quería –cosa rara– darle plata para las niñas. Esa sí que era una oferta que no se podía rechazar, así que La Pupusera se quitó el delantal, se arregló para salir y se fue a la Zacamil a traer el dinero y pensaba de camino darse algún lujillo, pasar quizá por un centro comercial y mirar los escaparates, salir un rato de la colina, comprarle cositas bonitas a las niñas.

Salió en el microbús de la ruta 47 que la saca de la colina y que la traerá de vuelta.

Antes de salir la mamá se lo advirtió clarito: “Hija, hoy es día en que trabajamos, vaya y regrese luego”. Y se dispuso a enfrentarse sola a los primeros comensales. Pasó el tiempo y comenzó a llover, la pupusería llena y ella sola palmeando pupusas y sirviendo, ocupando a su esposo de mesero. Resolviendo. Aaaaah, los jóvenes son tan irresponsables… o quizá esos dos se arreglaron y esta se quedó también resolviendo o… el caso es que mamá estaba muy enojada, sobre todo cuando dieron las 8 de la noche y la susodicha ni contestaba el teléfono ni daba señas. Qué bárbara, qué irresponsable. Los clientes se fueron y ella recogió el lugar solita, pensando en las palabras que usaría. ¡Ja! Ya aprenderá esa muchacha… Le tocó incluso poner a dormir a la niña de un año.

Cuando daban casi las 10 de la noche alguien aporreaba la puerta de la casa, creando un gran escándalo. Mamá se preguntaba qué podría querer alguien a esa hora para hacer ese barullo.

***

El Controlador

Quienes van en autobús habrán notado que en ciertas paradas hay unos tipos a quienes los conductores muestran una libreta. En esa libreta está apuntada la hora precisa en que salieron del punto de buses. Los tipos que reciben la libreta son los controladores. Su trabajo es chequear que los choferes hagan la ruta completa en el tiempo estimado, que no se adelanten y que no se atrasen. Bueno, pues Matías es uno de esos: un controlador de autobuses.

Trabajaba para la ruta 1. Aquel domingo le tocó salir 30 minutos antes de lo habitual. Es una bendición salir de trabajar temprano, aunque sea unos putos minutos, más si es domingo, cuando los suertudos están panza arriba todo el día.

Tomó el microbús de la ruta 47, que se detuvo en la parada de la iglesia Don Rúa. Iba cayendo la noche. Se veía que el chofer venía adelantado, pues decidió hacer espera en esa parada. Ahí iba despilfarrado el tiempo de ganancia por haber salido temprano.

El Controlador no consiguió asiento y le tocó pararse en el pasillo esperando que el chofer decidiera mover el microbús. Paseó los ojos por el paisaje: un señor con sombrero; la vendedora de café que iba con un canasto y dos grandes tarros de aluminio ya vacíos; dos chicas enfiestadas que no paraban de pedirle al chofer que subiera el volumen de la música –El Controlador las maldecía en secreto, porque traía un inusual dolor de cabeza–; una señora con su hija pequeña, quizá de cinco años… ¡Al fin arrancó este cabrón! Y para colmo de males hizo todo el trayecto despacito, despacito…

***

Ella

La cosa es que el Cafecito disfrutaba los viajes en microbús junto a su padre. Un montón. Como Ella es vendedora de Almacenes Simán y tiene un horario de almacén –de 9 a 9– el niño pasaba el tiempo junto a su padre, sentado al lado del volante, viendo a papá mover el timón, halar la palanca, apretar los pedales. Era divertido. Todos conocían al Cafecito, que disfrutaba los viajes en microbús junto a su padre.

Antes de emprender la última ronda del día, comenzó a llover. En realidad ese domingo no había necesidad de que el niño se fuera de tour en el microbús, porque Ella tenía descanso. Pero es que de verdad, aquel bichito de 10 años era feliz en el vehículo, abrevando el argot alburero de los motoristas y de los cobradores de autobús de la ruta 47.

Pero ya con lluvia era otro cuento. Café decidió que la última ronda la haría sin el niño, no fuera a ocurrir que se mojara y luego anduviera calenturiento ahí todo el día en el microbús. Café subió la colina en el carro y entregó el niño a Ella.

Todo el jodido domingo sentado frente al manubrio te deja todo entelerido, lleno de agujetas en la espalda. Café le preguntó al cobrador si no se animaba a cambiar de roles y el otro aceptó gustoso.

Bajando la colina venía el microbús de la ruta 47 cuando unos hombres le hicieron parada. Quienes saben cómo fueron las cosas dicen que no hay mucho que decir: apenas pusieron un pie en la grada, dispararon a lo loco. Parece que la consigna de atacar microbuses de la 47 había circulado entre los homeboys de la 18 y otro comando decidió por cuenta propia elaborar su propia emboscada. Otros creen que se trató de un atentado para despejar de policías la emboscada principal. El caso es que las balas entraron y salieron dejando al microbús agujereado.

Pero el chofer improvisado tuvo los reflejos rápidos y arrancó el microbús a todo tren, obligando a los asesinos a saltar y a caer dando tumbos. Pero el daño estaba hecho. La sangre de Crayola había vuelto a cobrar.

Una niña de 6 años iba sentada con su madre y una bala le encontró la cabeza por la parte de atrás. Dio un solo latigazo con la frente y murió al instante. Al estar en la puerta de entrada, en su posición de cobrador, Café también recibió plomo y se desangraba en el pasillo del vehículo. El motorista no detuvo el microbús hasta llegar a la sede de la Cruz Roja, suplicando que todavía hubiera algo por hacer.

Cuando Ella vio llegar un microbús hasta su casa, supo que algo había pasado. Eran dos compañeros de trabajo de Café, que llegaron con la noticia de que su marido había resultado herido en una balacera y se acercaron, solidarios, a llevarla hasta donde estuviera Café. Ella se subió al microbús haciendo preguntas que nadie supo responder.

Cuando habían bajado la colina, el hombre que manejaba se paralizó. Las manos le temblaban y lloró de miedo puro. Declaró que no era capaz de seguir conduciendo y hubo que poner a otro chofer. Y ante ellos ardía, con llamas enormes como árboles, otro microbús de la misma ruta. Había un taladrante olor a carne en llamas. Ella pensó que ese era el día más malo de todos los días.

Capítulo II | La vida viaja atrapada en la ruta 47

Por la noche viene un microbús de la ruta 47 bañado en lluvia, con los faroles encendidos y con casi 30 pasajeros dentro. Es blanco, con una franja azul en los costados. Trae la radio encendida. Dentro se escucha música.

Un hombre joven hace parada al microbús con una mano justo frente a unos edificios de apartamentos. El chofer detiene el vehículo unos metros antes del hombre, que trota la distancia hasta la puerta de entrada. Sus compañeros de pandilla lo conocen como Tavo. Detrás de Tavo suben dos más: Wilita alcanza a entrar en el microbús y Payasín apenas encuentra espacio para poner un pie en la grada de entrada y sujetarse del pasamanos metálico. El conductor y El Cobrador reparan en que han caído en una trampa. Tienen miedo. Saben que es muy difícil para ellos salir vivos de esta. Han caído en una trampa, han caído en una trampa. Lo saben. Del otro lado de la calle viene un hombre con una escopeta, se pone frente al microbús para cerrarle el paso. Apunta a la cara del conductor con la escopeta y lo insulta, le llama “hijueputa” y le ordena que desvíe su ruta, que doble hacia la entrada de la colonia Roma. El conductor no quiere, tiene miedo, no levanta la mirada. Desde dentro del microbús, Tavo le está apuntando con un revólver .38 en la cabeza, le ordena que no siga su ruta, que doble a la derecha. Le grita. El conductor no quiere entrar en esa calle, sabe que es la parte más fría de esta trampa en la que ha caído. Finge acelerar. Le da unos empujoncitos al acelerador con el pie, para que el motor ruja; quita el pie del embrague para que el carro se mueva un poquito, solo un poquito, para que esos hombres dejen de gritarle, para que no disparen, buscando una idea, esperando que algo le salve la vida de pronto. Tavo le azota el revólver en la cabeza. Duele. Otra vez le estalla el mango del revólver en el cráneo. Avanza. Adelante hay un tipo con una escopeta que lo matará antes de dejarlo seguir recto. No hay de otra, dobla hacia la derecha y se mete en el pasaje que le ordenan. El tipo que está afuera y delante del microbús da pasitos para atrás, mientras apunta con la escopeta. Cuando el vehículo está dentro del pasaje, justo al lado de una tienda, el hombre de la escopeta aprieta el gatillo. No pasa nada. El arma se ha encasquillado y al desatorarla salta hacia el piso un cartucho calibre .12, de plástico verde, lleno de los perdigones que estaban destinados a hincársele en el cuerpo al conductor. La escopeta vuelve a estar cargada, el hombre camina hacia la ventana del motorista y vuelve a apuntarle a la cara. Lo insulta. Tiene toda la intención de escupirle fuego en la cabeza. Desde dentro, Tavo lo detiene, le dice que la agarre al suave, que él está controlando y le hace un gesto con los ojos. El hombre de la escopeta se aparta un poco de la ventana. El chofer está desconcertado y levanta los ojos para ver a Tavo. ¡Pum! El primer disparo. La Niña tiene 12 años y está sentada justo atrás del chofer y alcanza a escuchar los insultos y el ruido seco que hace un arma cuando choca contra el hueso de la cabeza. Su madre la cubre con el cuerpo. Desde el refugio que es el cuerpo de su madre alcanza a ver cómo se le entierra la primera bala al chofer. ¡Pum! El segundo balazo. La bala entra y sale. El conductor se desploma contra el timón. ¡Pum! El tercer tiro. A La Niña le parece que el temblor mortal en el cuerpo del motorista, mientras va recibiendo disparos, se parece mucho al movimiento que hace la gelatina cuando se le pincha con un tenedor. Los pasajeros gritan, piden auxilio, se hacen ovillos uno detrás del otro, se agachan, se acurrucan en los asientos, gritan, gritan, gritan. El Controlador va parado casi al final del pasillo del microbús y en el asiento que tiene enfrente una señora y su hija, quizá de cinco años, se acurrucan. El Controlador le empuja la espalda para apretarla más contra el asiento, le grita que se agache, la señora le dice que no puede agacharse más. Wilita y Payasín tienen solo un arma para los dos, se la turnan, disparan sin dirección. Aparecen más pandilleros en la calle, que disparan contra el microbús desde afuera. El hombre de la escopeta se aparta, temiendo que una bala lo alcance a él. A La Niña le parece que el vehículo es un grano de arroz que ha entrado en un hormiguero enfureciendo a la colonia. Una bala le pasa rozando la sien, justo sobre la oreja izquierda y se le entierra en el muslo a su madre, que sigue cubriéndola con el cuerpo. La bala no sale, queda dentro. La gente grita, hay caos dentro del microbús. Los que van en los primeros asientos se arrastran a refugiarse en la parte de atrás, todos quieren cubrirse con el cuerpo de otro. Se forma un tumulto. El pandillero conocido como Carne aparece con una pichinga –que era de jugo de naranja– llena de gasolina y la vacía en las gradas de la única puerta que tiene el microbús. Enciende un fósforo, pero se le apaga en las manos. Enciende otro. Lo lanza, y el microbús comienza a arder. El fuego bloquea la única vía de escape y va comiéndose el microbús. Hay un humo negro dentro. La Niña corre a la parte de atrás, donde la gente está apiñada. El calor comienza a aumentar. Las ventanas son anchas, pero están protegidas por dos barras de aluminio niquelado instaladas dentro del vehículo. Las partes de metal comienzan a ponerse calientes. Los asientos y el hule arden con rapidez. La mayoría de pandilleros se ha esfumado entre las callejuelas oscuras. Los pocos que quedan están armados. La Niña se ha separado de su madre y se apretuja en la parte de atrás. Las ventanas están atascadas de gente queriendo escapar. Golpean el cristal con lo que pueden. Las barras de aluminio ahora son una hornilla candente. Hay poco aire y mucho humo negro. La Niña distingue a una señora que ha comenzado a quemarse viva y la señora le pide que saque del bus a su hija, quizá de cinco años. La Niña toma a la hija de la señora y la hala, dispuesta a correr contra el fuego para escapar por la puerta. La chiquilla no quiere dejar a su madre y se toma de una de las barras metálicas ardientes. La Niña la deja y se dirige al fuego. El Controlador consigue romper una ventana de la parte de atrás. Para salir hay que hacerlo despacio, pasar debajo de las barras y lanzarse a la calle. El fuego avanza como una ola, se va comiendo todo. Mientras escapa, El Controlador pone el antebrazo en una de las barras, que están rojas, y la piel se le desprende. Salta del microbús y su camisa va prendida en llamas, pero él no lo siente. Cae y mira como si la calle se le acercara a la cara más y más y más… ¡Pas! Cae al suelo y el golpe le atonta unos segundos. Cuando se recupera está en la calle, al lado del vehículo, con el pecho sobre el pavimento. Puede ver por debajo del microbús cómo un hombre maduro consigue también saltar y cómo lo reciben unas balas. Mira cómo ese hombre muere rebotando en el suelo. Tiene miedo de ponerse de pie. Tiene miedo de enojar a los pandilleros si notan que vive. Mira salir a El Cobrador convertido en una antorcha humana. El fuego le ha comido de la cintura para arriba y corretea desesperado, gritándole a los asesinos: “¡Matame, hijueputa, matame!” Uno de los pandilleros le dispara dos balazos y El Cobrador cae al piso, donde su cuerpo sigue ardiendo en llamas. El Controlador reacciona y se pone de pie. Cuando la lluvia le cae sobre la espalda, se asombra al escuchar chirriar su piel, shhhhhh, como cuando uno tira agua sobre carbón encendido. Cuando corre, para alejarse del microbús en llamas, mira cómo en el pavimento las balas sacan chispas. En el microbús un hombre viaja con su hijo adolescente, a quien ordena que salte por una ventana. Pero el muchacho prefiere asegurarse de que su viejo esté a salvo. El hombre salta y cae a la calle. Pero para el hijo, ahora, es demasiado tarde: ha inhalado demasiado humo y se desmaya dentro del bus. Una pareja joven viaja con su bebé y busca una salida, pero en todas las ventanas hay alguien queriendo escapar. Una mujer le pide a su marido que saque a los niños de la buseta; él consigue tirar a los niños y saltar por la ventana. Ella no. La Niña atraviesa el fuego del pasillo a toda carrera, mientras consigue adivinar la puerta de salida. No se mira nada, no se siente nada. Baja a tropezones las gradas derretidas. Consigue salir. El humo no la deja ver el poste que hay en la acera y choca contra él. Lo golpea con la cara y cae al suelo. Cuando se recupera se pone de pie y camina sin rumbo. Sin darse cuenta se interna más en la oscuridad del territorio de los pandilleros del Barrio 18 que han prendido el microbús. Mientras La Niña camina, se asombra al notar que la piel de sus piernas y de sus pies se va desprendiendo y que queda adherida al pavimento. No siente dolor. Shhhhh, le chirría la piel cuando la lluvia la moja y se da cuenta de que todavía lleva fuego en el cuerpo. Manotea, lo apaga. Entonces escucha explotar el microbús. Las llamas crecen altas, rabiosas. Nota que va en la dirección equivocada y se regresa, viendo cómo la piel se le rompe, como sus piernas son un despojo, como la piel de los brazos está blanda, blanda. Pasa nuevamente al lado del microbús en llamas. En el suelo hay un hombre que repite un mantra apenas audible: “Ayuda, ayuda”. La Niña lo mira bien. Al hombre le falta un ojo y en su lugar hay un pliego de rostro derretido y en el hombro derecho se le ve un agujero blanco. La Niña nota que sale humo por las orejas de aquel hombre, que va apagando su súplica poco a poco. Hay gente en el piso, hay gente huyendo. Entre la negrura espesa del humo la niña reconoce la voz de su madre, que ha conseguido salir viva de aquel infierno. Todo esto ocurre en menos de cinco minutos. Es el domingo 20 de junio del año 2010.

***

El policía Lombardo patrullaba Mejicanos junto a sus compañeros Milton y Salomón cuando vieron un humo negro saliendo a borbotones de alguna calle y manchando el cielo lluvioso de aquel domingo. Decidieron seguir el fuego para ver qué ocurría.

Tres años después, el policía Lombardo le contaría a un tribunal qué fue lo que se encontró. En el atestado oficial del tribunal quedó recogido su relato: “Observaron un microbús… observan que el microbús estaba completamente en llamas, que se bajaron de la patrulla a auxiliar a la gente que gritaba en el microbús, que la gente gritaba “auxilio, me quemo, ayúdenme”, que se acercó como a un metro del microbús, que no se acercó más porque había llamas, que luego con un compañero optaron por quebrar los parabrisas del vehículo, (…) que los parabrisas los quebraron con los fusiles (… ) que con la culata del fusil jalaban a la gente fuera del microbús, que salían las personas quemadas con la piel negra, que salían como que si ve un plato de carne asada, que la gente se tiraba y rodaba en el suelo porque todavía llevaban fuego en el cuerpo (…) que luego el microbús estalla, que las llamas crecieron más, que la gente que estaba dentro no se veía, ya no se escuchaban más gritos (…) que le llamó la atención, después de sofocar el fuego los bomberos, observar una completa masa que no sabía si eran personas, que lo que le llama la atención fue que vio una manita como de una niña, que esa manita estaba pegada a la lata del microbús”.

Aquel día murieron calcinadas vivas 14 personas dentro de un microbús de la ruta 47. Tres más morirían en los días siguientes con quemaduras en la mayor parte de su cuerpo.

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La noticia corrió rápido entre los habitantes de la colina y a los minutos había una romería de gente bajando por las empinadas calles, presintiendo lo peor, buscando a quien les faltaba.

El Peluquero se asomaba por las ventanas del microbús, buscando a su esposa, que había dejado de contestar el teléfono. Varias mujeres suplicaban información a policías desconcertados. Los hospitales no sabían a ciencia cierta quién estaba vivo y quién muerto y nadie sabía con certeza cuántos cuerpos había dentro del microbús.

La mamá de El Cobrador había salido a pie, bajo la lluvia a mendigar alguna palabra a la Cruz Roja, al Hospital Rosales y al Hospital Zacamil, acompañada de uno de sus hijos menores. Cuando al fin perdió la esperanza de encontrar con vida a su muchacho se acercó a la escena del crimen. Detrás de la línea amarilla de seguridad pudo ver a su hijo muerto a un lado del microbús, devastado por las llamas, completamente quemado de la cintura para arriba. Pero a la carne que ella llevó en el vientre la reconocería en todos lados, de cualquier forma, de cualquier modo. Y lloró echadita en el suelo, derrumbada como un saco de dolores.

A uno de los camarógrafos de noticiarios que ya se agolpaban en el lugar le pareció que aquello era una buena toma y le apuntó con su cámara. El hijo menor le pidió que no filmara a su madre muriéndose de tristeza y el camarógrafo siguió filmando; le tapó el lente con la mano, y el camarógrafo le dio un puño. Cuando el chico le manoteó la cámara, el camarógrafo lo acusó con un policía y el joven terminó esposado. Tuvo que levantarse del suelo la madre a suplicar misericordia. El policía dejó ir al muchacho.

Una patrulla de policía recogió a La Niña y a su madre, cuando deambulaban solas cuesta arriba, hacia la colina, descarnadas, doloridas. Las llevó a un hospital.

El Controlador se encontró a su familia que ya lo buscaba y que al verlo quemado quisieron abrazarlo, pero no pudieron porque a él se le iba la conciencia del dolor. Esa noche llegaron periodistas al Hospital Rosales, para tener imágenes de los heridos. Desde la camilla él pidió por favor que no le fotografiaran el rostro. Al día siguiente la imagen de su cara dolorida apareció publicada en El Diario de Hoy y en La Prensa Gráfica.

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Vivir en la colina

Han pasado tres años desde que pasó lo que pasó. La mayoría de asesinos fueron capturados y vencidos en juicio. Algunos pagan penas propias de menores de edad y los adultos recibieron las máximas condenas que el país permite. Si sobreviven al suplicio de las cárceles salvadoreñas, saldrán siendo ancianos. Tavo, que había conseguido escapar durante tres años, fue capturado en agosto de este año y condenado a pasar 66 años y ocho meses preso. Cuando ingresó al sistema penitenciario tenía 25 años.

El hombre que portaba la escopeta en la emboscada traicionó luego a la pandilla 18 a cambio de que la Fiscalía le ofreciera calidad de testigo protegido y lo eximiera de la responsabilidad penal por sus actos. Participó como testigo en los juicios, relatando con sumo detalle lo ocurrido en aquella masacre.

El presidente Mauricio Funes mandó una ley a la Asamblea que llamó Ley de Proscripción de Pandillas, que convierte en agravante para cualquier delito ser miembro de pandillas. Los jueces la encontraron de muy difícil aplicación. Su equipo de propaganda lanzó una campaña en la que un hombre se arrancaba la camisa al estilo Supermán y en la que se leía ‘Nadie va a intimidar a El Salvador’. La primera dama de la República, Vanda Pignato, ofreció a los sobrevivientes y a los familiares de los asesinados una canasta básica de alimentos durante un año. Algunos han asistido también a terapia sicológica donada por una organización feminista, exclusivamente para mujeres, y por la UCA, para los hombres.

La Mara Salvatrucha-13 pintó un mural en la colina con los nombres de los fallecidos aquel día. Mientras unos homeboys de la Mara terminan de dibujar un mural, que semeja una Biblia abierta con los nombres de los calcinados, converso con el más amable de ellos, que me da pruebas de que no necesita moldes para dejar tatuada a la pared con una letra estilizada y firme.

Se equivocó la gente rica de San Salvador dejándoles esta colina a los pobres. La altura llena de frescor las tardes y desde sus lomos se pueden ver lejanos volcanes en la silueta del país. Por sus laderas se menean árboles. Desde arriba se mira al San Salvador nocturno como cielo estrellado, con lucecitas naranjas, amarillas y blancas. En la parte más alta de la colina hay un tanque de agua. Muy grande. De cemento. Ahí, para que se mire desde todas partes, hay un letrero que dice: MS.

Cuando le señalo el tanque al tipo que pinta el mural, se sonríe, orgulloso: “Yo lo pinté… me costó un buen rato”, y sigue dándole brocha a su buena obra.

Un día, cuando bajaba por la colina, me encontré a una maestra de una de las escuelas del lugar mientras ella iba bajando esa cuesta traicionera y le ofrecí aventón en mi carro. Me explicó que la Mara controla esa colina. Que por eso es seguro ahí arriba, que es imposible que suban “las chavalas” –que es como los pandilleros de la MS-13 designan a sus enemigos del Barrio 18–, pues los homeboys tienen controlado el sector día y noche.

Uno de los ojos principales de la MS-13 en la colina es una viejecita en delantal que pasa las tardes delante de un canasto de pan a la entrada de la colina. Tiene una varita de madera en la mano. Atada a la varita hay una bolsa plástica con la que espanta las moscas. Ella ve todo, se entera de cada persona que sube o baja por esa calle. Dicen que su lengua mata.

Los pandilleros de la Mara Salvatrucha que viven en la colina deben estar muy atentos, porque son una isla rodeada de sus enemigos mortales del Barrio 18. Por eso mantienen un control férreo de su territorio, por eso tienen contadas a las personas y por eso mantienen vigías en los puntos de acceso, día y noche. A una de las personas que decidieron regalarme el relato de una parte muy dolorosa de su vida, un pandillero se lo explicó así: “Nosotros somos la Fiscalía, la Policía, aquí nosotros somos todo, usted no puede hacer nada sin preguntarnos a nosotros”. Y esa persona –y las demás– se lo toman muy, muy a pecho. Si va a llegar un familiar, avisan a la pandilla; si se van a reunir para aprender algún oficio o para realizar cualquier actividad, se lo avisan a la pandilla; si entra un maestro nuevo, debe recibir el visto bueno de la pandilla.

Por eso cuando quieren recordar con un mural a los muertos que dejó la guerra de la Mara Salvatrucha con el Barrio 18, es preferible que también lo dibuje la Mara, en el muro que elijan, con el diseño que elijan y con las letras oficiales, con las que también han marcado un tanque de agua que les recuerda a todos en la colina quién manda aquí.

***

La Niña es ahora una adolescente. Parece tímida y prefiere llevar pantalones y mangas largas. Lleva en la piel de sus brazos y de sus piernas de muchacha joven la marca indeleble del fuego. La Niña y su madre hablan en susurros, con la puerta cerrada. La señora no menciona jamás a quienes las lastimaron tanto. Escuchándola podría pensarse que simplemente pasó, que les pasó eso. “Eso”, que es mejor no decir. En cambio, La Niña endurece el rostro y pronuncia palabras: “El que detuvo el microbús era delgado, pelo negro, en jeans y zapatos cafés, con camisa negra y aretes en una oreja… como si lo estuviera viendo”. Su madre la mira con horror. Llora. La señora todavía lleva en el muslo el plomo que recibió aquel día protegiendo a su hija. En los días fríos el metal le muerde por dentro y le recuerda que sigue ahí.

Después de que los periódicos publicaran su fotografía, El Controlador le pidió a su familia que se fueran de la colina. Temía, de nuevo, que el agravio terrible de estar vivo, de no haber muerto, le acarreara la persecución de los pandilleros de la 18 para siempre y que le arrancaran a su familia la vida, por no habérsela podido arrancar a él. Pasó cuatro meses en el hospital viendo morir a sus compañeros de cuarto: “Poco a poco fueron desapareciendo mis compañeras. Una señora gorda fue de las últimas que murió. ¡sí que saltaba! De repente, como a las 12 de la noche ya no aguantó y la enfermera me dijo que moría de dolor”.

El Controlador tiene la carne retorcida en los brazos y en la espalda. En uno de sus brazos tiene solo un pequeño tramo de piel intacta. Es donde estaba un reloj de pulsera, que atesora, ahora, achicharrado.

Se mudó con su familia a otro municipio, donde su hijo comenzó a estudiar en una escuela pública. Pero su nueva casa quedó también en medio de la guerra pandillera. La MS-13 comenzó a presionar al chico para que se incorporara a la pandilla. El Controlador decidió sacarlo de la escuela y dejarlo sin estudiar. Ahora el muchacho es aprendiz en un taller mecánico.

El Peluquero todavía llora a su chica. Todavía la extraña. Es profundamente evangélico y vive muy preocupado por sus chiquillos. Intenta escaparse cuando puede para recogerlos en la escuela y les compra minutas y golosinas para que estén contentos. Solo tiene un día libre a la semana, y ese día va con los chicos a la biblioteca parroquial, a hacer los deberes.

Luego de que Natalia muriera calcinada en el microbús, dejó de trabajar dos semanas, sin poder levantar la cabeza, triste. Bien triste. Había dicho a los niños que mamá estaba hospitalizada y que el hospital no es lugar bueno para niños, por el tema de los microbios. “Luego los llamé a los dos y les dije: yo voy a trabajar para que tengan lo más necesario, siempre los voy a apoyar. Su mamá no sobrevivió. Nos va a hacer falta, pero aquí estoy yo”. Y luego admite, apenado: “No pude no llorar”.

Ahora los niños pasan las horas en las que no hay escuela con su abuela, campesina y humildísima, que no puede enseñarles las letras que ella misma no sabe y que buenamente atiza un fogón para calentar el sustento a los chiquillos.

La Vendedora de Paletas no murió dentro del microbús. Los policías consiguieron sacarla y trasladarla de emergencia a un hospital. Por su sistema respiratorio había pasado aire hirviente que la quemó por dentro. Como le habían apuntado otros apellidos, nadie sabía a ciencia cierta quién era. Su hija adolescente la reconoció por el azul chillón con el que tenía pintadas las uñas de los pies. Tres días luego de haber sido quemada viva, el cuerpo se le rindió.

Después de su muerte, lo que quedaba de su familia se dispersó. El hijo mayor temió la muerte para él y se largó a Estados Unidos, con la promesa de ahorrar para llevar a su hermana hasta Estados Unidos. Pero luego de atravesar México supo que ese no era un camino para una chica. A los seis meses ella se hizo novia de un miembro de la Mara Salvatrucha, que había pasado por un proceso de rehabilitación. Este año la guerra pandillera le quitó también a su compañero de vida, que quedó tirado con el rostro irreconocible a fuerza de balazos. Dejó una niña de pocos años que tiene sus ojos.

La Pupusera dejó dos niñas muy pequeñas viviendo con su madre, que aún remueve un caldero inmenso todos los días. Esa fue la última vez que el padre de las chicas ofreció ayuda.

La madre de El Cobrador recibió 165 dólares como indemnización de la empresa de buses. Pero le cobraron el transporte para llevar el féretro hacia el entierro. Lo que quedó lo invirtió en abono para su milpa. Quienes la conocen dicen que a veces habla con su hijo muerto.

Cuando Ella llegó a la Cruz Roja buscando a su esposo herido, se encontró con una niña muerta sobre una camilla y con el microbús que Café manejaba parqueado. Dentro, en el pasillo, estaba el cadáver de él. “Al día siguiente la ausencia… ver a mi hijo llorando por su papá y expresando odio”. Sus empleadores le dieron tres días de luto y luego tuvo que volver a trabajar como vendedora del departamento de “hogar”.

Ella quisiera salir de la colina, pero su trabajo como vendedora de almacén le obliga a dejar a sus hijos solos todo el día y depende de que sus familiares políticos les echen un ojo.

“Siempre hago la misma ruta. A veces en el mismo microbús. Aún tiene los agujeros donde entraron los balazos y según yo esos son los que lo mataron. Están cerca de la puerta. Varias veces me toca ir en ese bus. La verdad, es bien difícil perdonar. Bien difícil…”

Una historia sencilla

Publicado: 23 noviembre 2013 en Leila Guerriero
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Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile.

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La ciudad de Laborde, en el sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, fue fundada en 1903 con el nombre de Las Liebres. Tiene seis mil habitantes y está en un área que, colonizada por inmigrantes italianos a principios del siglo pasado, es un vergel de trigo, maíz y derivados –harina, molinos, trabajo para centenares–, con una prosperidad, ahora sostenida por el cultivo de la soja, que se refleja en pueblos que parecen salidos de la imaginación de un niño ordenado o psicótico: pequeños centros urbanos con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta último modelo Toyota Hilux cuatro por cuatro brillante brillosa estacionada en la puerta, a veces dos. La ruta provincial número 11 atraviesa muchos pueblos así: Monte Maíz, Escalante, Pascanas. Entre Escalante y Pascanas está Laborde, una ciudad con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta, etcétera. Es una más de miles de ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto de los habitantes del país. Una ciudad como hay tantas, en una zona agrícola como hay otras. Pero, para algunas personas con un interés muy específico, Laborde es una ciudad importante. De hecho, para esas personas –con ese interés específico– no hay en el mundo una ciudad más importante que Laborde.

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El lunes 5 de enero del año 2009 el suplemento de espectáculos del diario argentino La Nación publicaba un artículo firmado por el periodista Gabriel Plaza. Se titulaba «Los atletas del folklore ya están listos», ocupaba dos columnas escasas en la portada y dos medias columnas en el interior, e incluía estas líneas: «Considerados un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas, los campeones caminan por las calles de Laborde con el respeto que despertaban los héroes deportivos de la antigua Grecia.» Guardé el artículo durante semanas, durante meses, durante dos largos años. Nunca había escuchado hablar de Laborde, pero desde que leí ese magma dramático que formaban las palabras cuerpo de elite, campeones, héroes deportivos en torno a una danza folklórica y un ignoto pueblo de la pampa no pude dejar de pensar. ¿En qué? En ir a ver, supongo.

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Gaucho es, según la definición del Diccionario folklórico argentino de Félix Coluccio y Susana Coluccio, «la palabra que se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay (…) para designar a los jinetes de la llanura o la pampa, dedicados a la ganadería. (…) Habituales jinetes y criadores de ganado, se caracterizaron por su destreza física, su altivez y su carácter reservado y melancólico. Casi todas las faenas eran realizadas a caballo, animal que constituyó su mejor compañero y toda su riqueza». El lugar común –el prejuicio– le otorga al gaucho características precisas: se lo supone valiente, leal, fuerte, indómito, austero, curtido, taciturno, arrogante, solitario, arisco y nómade.

Malambo es, según el folklorista y escritor argentino del siglo XIX Ventura Lynch, «una justa de hombres que zapatean por turno al ritmo de la música». Un baile que, con el acompañamiento de una guitarra y un bombo, era un desafío entre gauchos que intentaban superarse en resistencia y destreza.

Cuando Gabriel Plaza hablaba de «un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas» se refería a eso: a esa danza y a quienes la bailan.

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El malambo (cuyos orígenes son confusos, aunque existe consenso acerca de que es probable que se trate de una danza llegada a la Argentina desde el Perú) se compone de una serie de figuras o mudanzas de zapateo, «una combinación de movimientos y golpes rítmicos que se efectúan con los pies. Cada conjunto de movimientos y golpes ordenados dentro de una determinada métrica musical se denomina figura o mudanza (…)», escribe Héctor Aricó, argentino y especialista en danzas folklóricas, en el libro Danzas tradicionales argentinas.

Las mudanzas, a su vez, son figuras compuestas por golpes de planta, golpes de punta, golpes de taco, saltos, apoyos de media punta, flexiones (torsiones impensables) de tobillos. Un malambo profesional incluye más de veinte mudanzas, separadas unas de otras por repiqueteos, una serie de golpes –ocho en un segundo y medio– que requieren, de los músculos, una enorme capacidad de respuesta. Cada vez que una mudanza se ejecuta con un pie debe ser ejecutada después, exactamente igual, con el pie contrario, lo que significa que un malambista necesita ser preciso, fuerte, veloz y elegante con el pie derecho, y preciso, fuerte, veloz y elegante con el izquierdo también. El malambo tiene dos estilos: sureño –o sur–, que proviene de las provincias del centro y sur, y norteño –o norte–, de las provincias del norte. El sur tiene movimientos más suaves y se acompaña con guitarra. El norte es mas explosivo y se acompaña con guitarra y bombo. Los atuendos son diferentes en cada caso. En el estilo sur, el gaucho usa sombrero bombín o galera; camisa blanca; corbatín; chaleco; chaqueta corta; un cribo –un pantalón blanco amplio, terminado en bordados y flecos– sobre el que se coloca un poncho con guardas –chiripá–, ajustado a la cintura por una faja de tela; una rastra –un cinturón ancho con adornos de metal o plata–; y botas de potro, una suerte de funda de cuero muy delgada que se ajusta a la pantorrilla con tientos y sólo cubre la parte trasera de los pies, que impactan casi desnudos sobre el piso. En el estilo norte, el gaucho usa camisa, pañuelo al cuello, chaqueta, bombachas –pantalones muy amplios y plisados–, y botas de cuero de caña alta.

Este baile estrictamente masculino, que comenzó siendo un desafío rústico, llegó al siglo XX transformado en una danza coreografiada cuya ejecución toma entre dos y cinco minutos. Si su forma más conocida es la de los espectáculos for export en los que se lo baila revoleando cuchillos o saltando entre velas encendidas, en algunos festivales folklóricos del país se lo puede ver en versiones más apegadas a su esencia. Pero es en Laborde, ese pueblo de la pampa lisa, donde el malambo conserva su forma más pura: allí se lleva a cabo, desde 1966, una competencia de baile prestigiosa y temible que dura seis días, requiere de quienes participan un entrenamiento feroz, y termina con un ganador que, como los toros, como los animales de una raza pura, recibe el título de Campeón.

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Impulsado por una asociación llamada Amigos del Arte, el Festival Nacional de Malambo de Laborde se llevó a cabo por primera vez en el año 1966 en las instalaciones de un club local. En 1973 la comisión organizadora –vecinos entre los que, hasta hoy, se cuentan manicuras y fonoaudiólogas, maestros y empresarios, panaderos y amas de casa– compró el predio de mil metros cuadrados de la antigua Asociación Española y construyó allí un escenario. Ese año recibieron a dos mil personas. Ahora acuden más de seis mil y los rubros en competencia, aunque con preponderancia del malambo, incluyen algunos de canto, música y otras danzas tradicionales, en categorías como solista de canto, conjunto instrumental, pareja de danzas o cuadro costumbrista regional. Fuera de competencia, en horario central, se presentan músicos y conjuntos folklóricos de mucho prestigio (como el Chango Spasiuk, Peteco Carabajal o La Callejera). Cada año, las delegaciones de bailarines llegan desde todo el país y del extranjero –Bolivia, Chile y Paraguay– y suman dos mil personas a la población estable de Laborde, donde algunos de los habitantes abandonan temporalmente sus casas para ofrecerlas en alquiler y las escuelas municipales se transforman en albergues para la multitud que rebosa. La participación en el festival no es espontánea: meses antes se realiza, en todo el país, una selección previa, de modo que, a Laborde, sólo llega lo mejor de cada casa de la mano de un delegado provincial.

La comisión organizadora se autofinancia y se niega a entrar en la dinámica de los grandes festivales folklóricos nacionales (Cosquín, Jesús María), tsunamis de la tradición televisados para todo el país, porque cree que, para lograrlo, debería transformar el festival en algo simplemente vistoso. Y ni la duración de las jornadas –desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana– ni lo que en ellas se ve es apto para ojos que buscan digestión fácil: no hay, en Laborde, gauchos zapateando sobre velas ni trajes con brillantina ni zapatos con strass. Si el de Laborde se llama a sí mismo «el más argentino de los festivales» es porque allí se consume tradición pura y dura. El reglamento expulsa cualquier vanguardia y lo que espera ver el jurado –que forman campeones de años anteriores y especialistas en danzas tradicionales– es folklore sin remix: vestidos y zapatos que respeten el aire de modestia o de lujo que los gauchos y las paisanas (como se llama a las mujeres de campo) usaban en su época; instrumentos acústicos; pasos de baile que se correspondan con la zona a la que representan. Sobre el escenario no deben verse ni piercings, ni anillos, ni relojes, ni tatuajes, ni escotes exagerados. «Las botas duras o fuertes deberán ser con media suela y freno, como máximo, sin puntera metálica, y de colores tradicionales. La bota de potro deberá ser de formato auténtico, lo cual no implica la obligación de que sea del material con que se confeccionaban antiguamente (cuero de potro, cuero de tigre). No se permitirá el uso de puñales, boleadoras, lanzas, espuelas, ni otro tipo de elemento ajeno al baile (…) El acompañamiento musical debe ser tradicional y respetarse en todas sus formas; constará de hasta dos instrumentos de los cuales uno de ellos será obligatoriamente una guitarra (…) La presentación (…) no deberá transformarse en efectista», establecen algunos artículos del reglamento. Ese espíritu refractario a las concesiones y apegado a la tradición es, probablemente, el que lo ha transformado en el festival más secreto de la Argentina. En febrero de 2007, la periodista del diario Clarín Laura Falcoff, que acude al festival desde hace años, escribía: «En enero pasado cumplió cuarenta años el Festival Nacional del Malambo de Laborde, provincia de Córdoba, un encuentro prácticamente secreto si se mide por su reducido eco en los grandes medios de difusión. Para los malambistas de todo el país, en cambio, Laborde es una verdadera meca, el punto geográfico donde se concentran una vez por año sus expectativas más altas.» El Festival Nacional de Malambo de Laborde casi nunca es mencionado cuando se publican artículos sobre la multitud de festividades folklóricas que pueblan el verano argentino, aunque se realiza en la primera quincena de enero, entre un martes y un lunes a la madrugada.

El rubro malambo se divide en dos categorías: cuartetos (cuatro hombres zapateando en sincronización perfecta) y solistas. A su vez, esas dos categorías se dividen en subcategorías –infantil, menor, juvenil, juvenil especial, veterano–, dependiendo de la edad de los participantes. Pero la joya de la corona es la categoría solista de malambo mayor, en la que compiten hombres –solos– a partir de los veinte años. Los competidores –a quienes se llama «aspirantes»– se presentan en un número que no supera los cinco por día. En una primera aparición, que hacen en torno a la una de la mañana, cada uno de ellos baila el malambo «fuerte», que corresponde a la provincia de la que vienen: norte, si son de la zona norte; sur, si son de la zona sur. Después, en torno a las tres de la mañana, interpretan la «devolución», el malambo de estilo contrario al que bailaron en la primera ronda: los que bailaron norte bailan sur, y viceversa. El domingo a mediodía el jurado delibera, establece los nombres de los que pasan a la final y lo comunica a los delegados de cada provincia que, a su vez, lo comunican a los aspirantes. En la madrugada del lunes los seleccionados –entre tres y cinco– bailan su estilo «fuerte» en una final de apoteosis. Alrededor de las cinco y media de la mañana, con el día clareando y el predio aún repleto, se conocen los resultados en todas las categorías. El último en darse a conocer es el nombre del campeón. Un hombre que, en el mismo momento en que recibe su corona, es aniquilado.

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La ruta provincial número 11 es una cinta de asfalto angosta, con unos cuantos puentes oxidados por los que pasa una vía por la que ya no pasa el tren. Si se la recorre en el verano austral –enero, febrero–, se verá, a un lado y otro, la postal perfecta de la pampa húmeda: campos reventando de un verde como trigo verde, verde brillante, verde maíz. Es el jueves 13 de enero de 2011 y la entrada a Laborde no podría ser más obvia: hay una bandera argentina pintada –celeste, blanco– y la leyenda que dice: Laborde Capital Nacional del Malambo. El pueblo es uno de esos lugares con límites claros: siete cuadras de largo y catorce de ancho. Eso es todo y, como es tan poco, la gente casi no conoce los nombres de las calles y se guía por indicaciones como «enfrente de la casa de López» o «al lado de la heladería». Así, el predio donde se lleva a cabo el Festival Nacional de Malambo es, simplemente, «el predio». A las cuatro de la tarde, bajo una luminosidad seca como un casco de yeso, las únicas cosas que se mueven en Laborde están en ese lugar. Todo lo demás permanece cerrado: las casas, los kioscos, las tiendas de ropa, las verdulerías, los supermercados, los restaurantes, los cibercafés, los almacenes, las rotiserías, la iglesia, la municipalidad, los centros vecinales, los edificios de la policía y los bomberos. Laborde parece un pueblo sometido a un proceso de parálisis o de momificación y lo primero que pienso cuando veo esas casas bajas con su banco de cemento al frente, las bicicletas sin candado apoyadas contra los árboles, los autos abiertos con las ventanillas bajas, es que ya vi cientos de pueblos como éste y que, a simple vista, éste no tiene nada de particular.

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Si existen en la Argentina otros festivales en los que el malambo es uno de los rubros en competencia –el festival de Cosquín, el de la Sierra–, Laborde –donde este baile es protagonista excluyente– tiene un reglamento que lo hace único: establece, para la categoría de malambo mayor, un máximo de cinco minutos. En los demás festivales, el tiempo aceptable es de dos y medio o tres.

Cinco minutos son poca cosa. Una ínfima parte de un viaje en avión de doce horas, un soplo en una maratón de tres días. Pero todo cambia si se establecen las comparaciones correctas. Los corredores de cien metros libres más rápidos del mundo tienen sus marcas por debajo de los diez segundos. La de Usain Bolt es de nueve segundos cincuenta y ocho centésimas. Un malambista alcanza una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de cien metros, pero debe sostenerla no durante nueve segundos sino durante cinco minutos. Eso quiere decir que los malambistas que se preparan para Laborde no sólo reciben durante el año previo al festival el entrenamiento artístico de un bailarín, sino también la preparación física y psicológica de un atleta. No fuman, no beben, no trasnochan, corren, van al gimnasio, ejercitan la concentración, la actitud, la seguridad y la autoestima. Aunque hay quienes se entrenan solos, casi todos tienen un preparador que suele ser un campeón de años anteriores y a quien deben pagarle las clases y el viaje hasta la ciudad en la que viven. A eso hay que sumar cuotas de gimnasio, consultas con nutricionistas y deportólogos, comida de buena calidad, el atuendo (3.000 o 4.000 pesos –600 u 800 dólares– por cada uno de los estilos: sólo las botas del malambo norte cuestan 700 pesos –140 dólares– y hay que cambiarlas cada cuatro o seis meses, porque se destruyen), y la estadía en Laborde, que suele prolongarse por quince días ya que los aspirantes prefieren llegar antes del comienzo del festival. Casi todos, además, son hijos de familias muy humildes formadas por amas de casa, empleados municipales, trabajadores metalúrgicos, policías. Los más afortunados trabajan dando clases de danza en escuelas e institutos pero hay, también, electricistas, ayudantes de albañilería, mecánicos. Algunos se presentan por primera vez y ganan, pero casi todos deben insistir.

El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos– es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, un campeón de Laborde es un eterno semidiós.

Pero hay algo más.

Para preservar el prestigio del festival, y reafirmar su carácter de competencia máxima, los campeones de Laborde mantienen, desde el año 1966, un pacto tácito que dice que, aunque pueden hacerlo en otros rubros, jamás volverán a competir, ni en ese ni en otros festivales, en una categoría de malambo solista. Un quebrantamiento de esa regla no escrita –hubo dos o tres excepciones– se paga con el repudio de los pares. Así, el malambo con el que un hombre gana es, también, uno de los últimos malambos de su vida: ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin. En el mes de enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea –simple– de contar la historia del festival y tratar de entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir.

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En las calles de tierra que circundan el predio hay decenas de toldos de color naranja que cobijan puestos en los que, durante la noche, se venden artesanías, camisetas, cedés y que, a esta hora de la tarde, reverberan bajo el sol y lanzan destellos gelatinosos y calientes. El predio está rodeado por un alambre olímpico y, apenas se entra, a la derecha, está la Galería de Campeones, un sitio donde se exhiben las fotos de quienes ganaron desde 1966, y puestos de comida, ahora cerrados, que venden empanadas, pizza, locro (un guiso tradicional), asado y pollo a la parrilla. Al otro lado están los baños y la sala de prensa, una construcción cuadrada, amplia, con sillas, computadoras, y una pared cubierta por un espejo corrido. Al fondo, el escenario.

Conozco historias sobre ese escenario: se dice que, por el respeto que impone, muchos aspirantes renunciaron minutos antes de subir; que un leve declive hacia adelante lo vuelve temible y peligroso; que está tan plagado de fantasmas de grandes malambistas que resulta sobrecogedor. Lo que veo es un telón azul y, a los costados y arriba, los carteles de los auspiciantes: Corredores de cereales Finpro, El cartucho SA transportes, Casa Rolandi, artículos para el hogar. Debajo de las tablas hay micrófonos que amplifican el sonido de cada pisada con precisión maléfica. Frente al escenario, centenares de sillas de plástico, blancas, vacías. A las cuatro y media de la tarde cuesta imaginar que, en algún momento, habrá aquí algo más que esto: nada, y esa isla de plástico de la que asciende una onda de calor ululante.

Estoy mirando la copa de unos eucaliptus, que no alcanzan para detener las garras del sol, cuando lo escucho. Un galope tendido o el traqueteo de un arma bien cargada. Me doy vuelta y veo a un hombre sobre el escenario. Tiene barba, galera, chaleco rojo, chaqueta azul, un cribo blanquísimo, un chiripá de tonos beige, y ensaya el malambo que bailará esta noche. Al principio el movimiento de las piernas no es lento pero es humano: una velocidad que se puede seguir. Después el ritmo sube, y vuelve a subir, y sigue subiendo hasta que el hombre clava un pie en el piso, se queda extático mirando el horizonte, agacha la cabeza y empieza a respirar como un pez luchando por oxígeno.

–Buena –dice el que, a su lado, toca la guitarra.

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Este es el primer capítulo de ‘Una historia sencilla’ (Anagrama, 2013), un libro de Leila Guerriero.