Nunca has caminado por el Cerro de la Cruz, pero por la manera en que el guía llama al lugar, “la Pus de La Laguna”, sabes que inspira miedo el mero hecho de nombrarlo. Apenas subas, te darás cuenta de que, en vez de trepar hacia el cielo, bajarás hacia el infierno. Pronto verás que los barrios son casuchas apeñuscadas en las laderas del cerro, reproduciéndose obscenamente como las cucarachas. Y pronto, también, caminarás por callejuelas empinadas, gatearás escalinatas hechas sin ninguna planeación, no sabrás si hay más basureros que callejones sin salida, te toparás con teléfonos públicos destrozados, con perros vagabundos y observarás paredes pintarrajeadas y agujereadas que te harán entender que, por estos rumbos, la única que tiene paso libre es la muerte. Para que esto jamás lo dudes, el guía te llevará hasta donde están las jaurías de sicarios, tan jovencitos ellos, y tú supondrás que para ser matón solo se necesita tener muchos güevos. En algún momento notarás que hay tantos chicos empistolados, culebreando arriba de las motos, y tantos vendedores de droga barata que jurarás que si este cerro no es la octava maravilla del mundo, poco le hace falta para serlo. Cuando mires de nuevo hacia las casas amontonadas o cuando te fijes que los militares saludan a los narquillos como si fueran viejos conocidos, comprenderás que Dios aquí no se siente y le preguntarás al guía qué carajos hacen ahí. Él, que suele ser frío como el hielo, te responderá que de estos barrios salen a diario la chispa y la leña que han mantenido encendido el matadero en Torreón y Gómez Palacio. En los últimos seis años, casi tres mil setecientas personas han sido asesinadas como si la gente estorbara. Entonces, el guía te hablará del cártel de Sinaloa y de los Zetas, dos bandos agarrados de los R-15 que tienen a La Laguna entera de espectadora.

***

Desde que me acuerdo, aquí en el cerro se matan. Mis papás me contaron que, en sus tiempos, la gente pasó de los machetes a los cuchillos y de los cuchillos brincaron a las balas. Yo nací por ese’ntonces, cuando el mero bueno de acá del poniente de Torreón, era el Chaqui, un viejón que sicareaba pa los ricos de la Laguna. Desde los setenta, el Chaqui controló todo el trasiego de coca y mota, hasta que lo mataron por ahí del noventa. Ese bato siempre jaló pa los sinaloenses, ¿sí me entiendes? O sea, el acta de nacimiento del Cerro de la Cruz está firmada por el cártel de Sinaloa. Por eso cuando los zetones apañaron el cerro nos la pasamos rebotando muertos por esta pinchi vida. Pero ya me estoy adelantando. Con el cártel de Sinaloa, te decía, la raza estaba bien contenta. Uno sabía que sólo se morían los abusones, los soplones, los hijos de la chingada, ¿sí me entiendes? Neta que aquellos sí fueron tiempos bien perros. Todavía por el año 2003, el Chapo Guzmán se daba sus vueltas por acá y toda su gente, el Chompe, el Toro Montoya, el Dany, el César, el Gitano, el Rambo y el Saico eran los reyes del cerro y, por qué no decírtelo, nosotros sus pinchis siervos, o como se diga. ¿Sabes cuándo empezó la bronca? Ai te va: fue en 2004, cuando el Diri le entró al negocio de la coca. El Diri había sido tránsito, por eso se ayudó de la policía municipal pa irse metiendo al cerro. Los chapitos le dieron chance al Diri porque no lo miraron como competencia. Pa mí ese fue el error, ¿sí me entiendes? Y te voy a decir por qué: en 2005 llegó Heriberto Lazcano a Torreón. Media Laguna lo supimos porque el bato mandó coronas de flores a las oficinas de la estatal. Ésa fue la presentación de los zetones. Me acuerdo de que por esos días, los chapitos pasaron casa por casa pa decirnos que no nos mortificáramos, que el Lazcano y el Diri no iban a agarrar mecha, que los zetones nunca se atreverían a subir el cerro. ¿Y, cuál? El Lazcano fue a apalabrarse con el que era alcalde, un bato del PAN, y todo se fue a chingar a su madre.

[Conozco al guía desde hace algunos años y sé que no me mentiría. Publicar su nombre sería contraproducente. Aquí a los informantes, según me ha advertido, los queman en una pira de llantas.]

Los zetones apañaron el cerro de un día pa otro. Los chapitos nomás se quedaron con la Polvorera y la Durangueña. Los que nos quedamos de este lado, en la Libertad, en Cerro Azul, en la Victoria, en la Buenos Aires, en la Independencia, en El Huarache, en la San Joaquín, vimos cómo los zetones comenzaron a extorsionar a los comerciantes del Mercado Alianza y a todo aquel que tenía un negocio en el centro. Donde está la antigua harinera, ahí por donde subimos, torturaban a los que se resistían. Dos patrullas siempre cerraban la calle de la harinera pa que nadie se acercara a ver el matadero de gente. Un día pasó por ahí el reportero ese de Multimedios y miró cuando los zetones mataban a un viejón, por eso lo levantaron… Ándale, Eliseo Barrón, ¿sí me entiendes? Se puso bien pesado. Todo el poniente, que en los hechos es el centro de Torreón, era zetón. A las putas las padrotearon y las que no se dejaban, las quemaron. A los niños los enviciaron con piedra, los reclutaron de sicarios, y a los federales que no tenían comprados los corrieron de su hotel, aquí a unas calles, a punta de balazos. Cuando se cansaron del poniente se fueron al oriente a robar carros, a secuestrar, a decapitar a quien se les atravesaba. Era bien común verlos en camionetonas, custodiados por los municipales, recorriendo las calles como si fueran tiburones con el hocico abierto. Con los zetones, todos en La Laguna comenzamos a tener las mismas posibilidades de ser secuestrados, desmembrados, tableteados o ser colgados de los puentes. Para ellos matar era como sacar al perro a miar. Lo único que hacían era coger, drogarse y asesinar. Muchos fuimos a hablar con los chapitos, les pedimos paro y nomás nos dijeron que, mientras los zetones no se metieran a la Durangueña, ellos no iban a hacer nada. Asuntos de negocios, supongo. Así pasamos 2006. Pero a mediados de 2007, a un zetón que le decían comandante Gabito se le ocurrió pararse a medio cerro y se puso a disparar hacia la Durangueña. Ese día comenzó la pinchi guerra.

***

Entre los pocos negocios que han salido ganando con la guerra de La Laguna están las funerarias. Apenas esta tarde en que le volaron medio cráneo a un joven sicario, empleados de unas diez funerarias se disputaron al muerto. “Somos buitres y buitrear es lo que hacemos”, me dijo uno que presumió a los familiares del matoncillo contar con el mejor reparador de cabezas. Otro trabajador ofreció el servicio de la cremación exprés, una buena oferta hoy en día en que los pistoleros a sueldo han agarrado la mala costumbre de ir al cementerio para dispararle a los vivos en pleno entierro. Había otro tipo, el de Puerta al Cielo, que pareció sugerirle a la hermana del difunto que todos los que se velaban en esa empresa terminaban cara a cara con Dios. Sólo alcancé a escuchar a uno que habló de la dignidad. Ninguno de los empleados, que yo recuerde, ocultó su necesidad por vivir de la muerte ajena. Al final, el cadáver del sicario fue a dar a los velatorios Del Pueblo. Ahí conocí a Xoili García, el encargado. Pero eso sucedió después de entrar al anfiteatro del Hospital Universitario.

En Torreón todo mundo sabe que si te matan terminarás en el sótano del Universitario. “A veces hemos tenido hasta treinta muertitos en un solo día”, me dijo Fernando Álvarez, un tipo dicharachero que se encarga de cuidar el hospital por las tardes. “Y como nomás tenemos cuatro camillas y espacio para seis en el congelador, a muchos hemos tenido que encaramarlos en el suelo; vieras cómo se mira esta madre: parece el pinchi rastro”. La carnicería de hoy tiene sólo en el mostrador unos brazos, una pierna y pocas vísceras de un chico que serrucharon anteayer. Nadie ha ido a reclamarlos. Fernando cree que en pocos días tendrán que tirarlos.

El anfiteatro apenas medirá unos veinte metros cuadrados, parece más un pequeño laboratorio de la clase de biología y, por más cloro que utilicen para desinfectarlo, aquí nunca deja de oler a carne podrida. Fernando me contó que los forenses se han vuelto expertos en abrir esternones y en coserlos. El punto flaco del hospital, sin embargo, es cuando los sicarios han ido a visitar al paciente con el único propósito de terminar su trabajo. “El otro día vino un güey a traerle flores a un herido, subió al cuarto como si nada, le aventó el ramo en la jeta y le disparó ocho veces a la cabeza; yo creo que el bato lo remató de esa manera para ver si también teníamos buenos neurocirujanos”, me dijo Fernando y yo no supe qué parte de la historia era broma.

—Tienen cámaras de vigilancia, ¿no? —le dije.
—Pero no sirven de mucho —contestó alzando los hombros—. Fíjate: la semana pasada vinieron dos sicarios por uno de sus compañeros que estaba herido. Traían unos riflones. ¿Tú crees que les iba yo a cobrar?

Salí del Universitario pensando que a Torreón le hacía mucha falta que alguien le engrapara el corazón.

Torreón es un nicho que ningún empresario de respeto dejaría fuera de su plan de negocios. Aquí la muerte tiene dinero, compra sicarios por cuatrocientos dólares al mes, usa horrorosas camisas Versace y quiere ser enterrada como Dios manda. No en balde, desde que empezaron las rachas de violencia, las seis funerarias que antes había ahora se pelean el mercado con otras veinte. “Gringos, chilangos, regios y poblanos han abierto funerarias a lo cabrón”, me dijo Xoili García, el encargado de funerales Del Pueblo.

La fachada de Del Pueblo bien puede ser la de un taller mecánico. De pronto hace pensar que por situaciones tan insalubres es que las almas de los muertos quedan en pena. Pero uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias. Las finanzas de esta funeraria han mejorado porque la mayoría de los sicarios son pobres. “No te voy a mentir —me dijo Xoili—. Bendito Dios, nos llegan uno o dos muertitos al día”.

La funeraria Del Pueblo dista mucho de algunas otras que visité. Recuerdo que en una había ataúdes con los más variados ornamentos y colores: negros, grises, marrones, dorados y plateados; otros tenían molduras muy complejas, por no decir barrocas. Pero los mejores fueron aquellos que, en oro, se les había grabado en el lomo la silueta de un R-15. En otra funeraria vi el más variopinto muestrario de cruces. Con Xoili sólo había féretros tradicionales con herrajes de bronce y cristos hechos sin el menor cuidado.

Le pregunté a Xoili cómo había cambiado la muerte en Torreón, y sus ojos adquirieron ese aspecto distante, típico de los que hablan de cosas ocurridas mucho tiempo atrás. “Antes, de cada diez muertos había un jovencito; hoy, de cada diez hay once morros y otro viene en camino”, me dijo con su humor involuntario que a mí me hacía reír. Xoili también me contó que a las familias ya no les gusta ni velar ni enterrar a su difunto. La moda ahora es la cremación. “Los familiares tienen miedo de que los sicarios los ubiquen y la agarren contra ellos, pero yo les digo que no sean gachos, que despidan al muertito; lo hago porque es bien triste llevárnoslo en una cobija y echarlo al fuego sin que nadie le llore, pero también provoco el funeral porque así le damos trabajo al embalsamador, al de las flores, al del café, al del estacionamiento; todos ocupamos dinero”, me dijo y enseguida hizo las cuentas: en una cremación gana dos mil quinientos y mil más por cada funeral.

Xoili no quiso despedirse sin contarme algo que sabrá Dios desde cuándo le estaría quemando la lengua: la corrupción de la muerte. “Buitreamos porque los del Ministerio Público están bien apalabrados con la funeraria Flores. A ellos les dan preferencia. No sé si eso haya tenido qué ver con el asesinato de Santos Flores. Él era el dueño y lo mataron ahí mismo en la funeraria. Lo que quiero decirte es que nosotros nomás queremos un negocio parejo, porque sí está de la fregada eso de buitrear”.

EXTERIOR

Lentamente descubrimos un paisaje construido contra la gente. Son barrios cuesta arriba igual que la vida misma. El sol encandila en Gómez Palacio, pero se mira nítido. No hay sangre, no hay esmog; el aire que azotó por la mañana se los ha llevado a lugares más lejanos. Un perro orina la tanqueta estacionada de los militares y, justo ahí, se escucha a Carlos Santana con “Oye cómo va”. Entonces las imágenes en color sepia empiezan a encimarse:

Ora vemos a un par de chicos, flacos y secos como una rama, tumbados sobre la banqueta: han inhalado tanta piedra que desde hace tiempo viven en el olvido. Ora una gasolinera está en llamas. Ora un carro explota. Ora una turba de chicos saquea los negocios. Ora en pleno basurero apreciamos a un joven sicario al que no sólo lo cosieron a balazos, también le arrancaron toda la piel del rostro. Ora un centenar de policías municipales son desarmados violentamente por un batallón de soldados; tarde o temprano alguien iba a acusarlos de estar en la nómina de los Zetas. Ora se observa una manta en la que, a pesar de las faltas de ortografía, se lee que los soldados cuidan las espaldas del cártel de Sinaloa. Ora cinco comandos roban igual número de bancos con una sincronía de relojero. Ora truenan los cuernos y en el patio de una primaria los niños se tiran al suelo. Ora unos encapuchados asaltan una camioneta de valores y todavía, con parsimonia, se dan el lujo de contar ahí mismo el dinero. Ora a un sicario le estallan la cabeza cuando sale del casino; uno de los paramédicos pensará que el tipo parece un doberman con lesión cerebral. Ora en uno de los laberintos, aquellos de calles ciegas, violan a una niña que apenas tendrá siete años. Ora unos narcos secuestran a dos periodistas que en su vida han cubierto la nota roja.

NARCO

(Está encapuchado y trae un R-15 en bandolera; los periodistas permanecen atados de las manos sudan como si hubieran corrido un maratón.)

O cubren lo que está ocurriendo o pa la próxima los matamos.

Ora ocurre un motín en la cárcel; vemos a los presos armados, alzando los puños como si hubieran vencido; enseguida, sin embargo, aparece un puñado de militares disparándoles como si estuvieran en la feria y jugaran tiro al blanco. Ora una mujer y su bebé mueren en medio de una balacera. Ora nos muestran negocios cerrados, escuelas vacías y decenas de casas a la venta. Ora los soldados desmantelan puestos ambulantes, donde los Zetas venden piratería, ropa y dulces. Ora un grupo de prostitutas se manifiesta porque se ha acabado la vida nocturna. Ora la foto del Feroz aparece frente a nosotros y, quienes lo conocieron, se acuerdan que él fue el primero en desafiar a los narcos de la casa. Ora la gente se organiza en los barrios para enrejar calles. Ora los empresarios se largan de la ciudad y la industria se cae. Ora una señora que vende gorditas en el centro les paga doscientos pesos a unos chicos que van en motocicleta; es la cuota semanal para que no la maten. Ora vemos fotografías de unos veinte trabajadores de la fiscalía de Durango que han sido asesinados. Ora la fiscal, Sonia de la Garza, aparece sonriente, rodeada de sus escoltas mal encarados. Y ora una manta señala a De la Garza y a los federales como los protectores de los Zetas.

ALCALDESA ROCÍO REBOLLO

(Está sentada en la mesa de juntas. Enciende un cigarrillo.)

¿Miedo? No, no, no. Yo tengo que demostrarle a la gente que en nuestra ciudad se puede vivir tranquilo.

En la siguiente escena vemos a la alcaldesa temblando: han baleado su casa.

FONDO NEGRO

***

Gómez Palacio, también conocido por el alias de “Gómez Balazos”, es la capital del odio. En sus casi mil kilómetros cuadrados uno puede comprar armas por menos de cien dólares y a un policía por lo doble. Los Zetas se adueñaron de casi toda la municipalidad en 2007, pero el 11 de enero pasado se les acabó el corrido: 159 municipales fueron detenidos por el Ejército. Los Zetas no fueron los únicos que abrieron la cartera. El cártel de Sinaloa compró el Cereso. Eso evitó, durante un tiempo, que sus sicarios que eran arrestados en La Laguna fueran llevados a cárceles de Coahuila, donde los Zetas deciden quién es enviado a la inmensidad del infierno. Hoy, ese Cereso ha sido cerrado por los federales, los mismos que trabajan para los Zetas.

Yo no venía pensando en todo eso, pero el colega que me trajo a Gómez hablaba de los Zetas y de los Chapos como Santana hablaría de las guitarras. Por mi colega supe que la tasa de crecimiento poblacional en Gómez se ha controlado así: 1.6 muertos al día por 1.3 nacimientos, de modo que durante algún tiempo la ciudad no rebasará los trescientos cincuenta mil habitantes. Supe, también, que cuando los municipales fueron desarmados por el ejército, los Zetas se lanzaron a robar bancos para presionar a los militares. Entendí que Torreón y Gómez son dos ciudades que los gobiernos de Coahuila y de Durango siempre las han visto como el trasero de sus estados. Y me enteré, además, de que el cártel de los tal Cabrera habían llegado a La Laguna y eso complicaba más la guerra.

Cuando bajé del auto del colega, lo primero que vi fueron tres tanquetas del Ejército estacionadas frente a la presidencia municipal. Un regidor, que pidió no poner su nombre, me contaría luego que, durante la sesión de cabildo, un militar había irrumpido para decirles que un comando atacaría la alcaldía. Por eso, aquella mañana, había más soldados en las oficinas que gente tratando de hacer un trámite. La única que parecía no estar alterada por la amenaza era el tercer miembro de la familia Rebollo que ha gobernado este municipio: Rocío.

“Tengo un hijo de diez años y gobierno esta ciudad, ¿tú crees que debo tener miedo? —me dijo la alcaldesa mientras encendió un cigarro con cierto estilo—. Me han amenazado dos veces, pero para mí que esas llamadas fueron puro cuento”. Rocío también me presumió que todas las noches se trepaba en su Suburban sin blindar y recorría los barrios de Gómez. “Trato de generar confianza, decirle a mi gente que todavía se puede vivir con tranquilidad; créeme: yo no me voy a mover de aquí”. La alcaldesa no le dio mucha importancia al arresto de sus policías o tal vez no quiso hablar del asunto. Para ella lo importante fue contarme de los cadetes que pronto saldrán de la academia, que los policías con ella ganan ochocientos cincuenta dólares mensuales y que les consiguió un seguro de vida por casi noventa mil. No se lo dije, pero en La Laguna todos los policías tienen un precio.

Rocío se despidió diciéndome que la próxima vez que nos viéramos en Gómez todo iba a estar mejor. Cuatro días después, el martes 5 de febrero, un colega me escribió: “Balearon la casa de la alcaldesa, no hay lesionados”. Desde entonces he pensado que Rocío tomará la oferta que hace poco le hizo el gobernador Jorge Herrera: renunciar a la presidencia municipal e irse de diputada local.

***

Ten por seguro que orita ya saben de ti, te dice el guía cuando caminan por la Durangueña y tú imaginas lo peor: ves cómo te rodean los sicarios, sientes cómo te levantan, pides que te maten de un solo tiro y te dejas llevar con la esperanza de que tiren tu cadáver para que tu familia tenga qué enterrar. Sales de tus cavilaciones cuando el guía te dice que están en San Joaquín, pero de santo no tiene nada el barrio. “Los sicarios que dejaban salir del Cereso de Gómez, llegaron aquí y de aquí salieron a rafaguear los antros, ¿sí me entiendes?”, te cuenta y tú recuerdas las matanzas del Ferry, las Juanas y la Quinta. Entre las tres se habla de sesenta y nueve muertos, pero el guía te dice que esa cantidad apenas fue la de uno. Cierto o no, no hay un número para corroborarlo. “La idea fue pegarle a los bares de los zetones, pero los Chapos mandaron a puro loco y mataron a mucha raza inocente”, se queja el guía y enseguida te remarca que la balacera en el bar Tornado, una que apenas sucedió el 5 de enero pasado, fue hecha por los Zetas, pues el antro ya era del cártel de Sinaloa. Cuando termine de hablar, pensarás que todos los cárteles mexicanos son iguales: practican todos los sinónimos del verbo matar, sin sentimiento de culpa. A seguir caminando. Ahora el guía te dice que mires discretamente hacia la punta del cerro. “Hay dos águilas”, susurra. Las águilas, por si no sabes, son adolescentes que tienen la imperiosa necesidad de ganarse unos dólares. Si un solo vehículo, persona, animal o cosa entra al cerro y ellos no lo reportan, les darán sus tablazos. Volver a caminar. “En aquella casa es donde torturan a los zetones”, dice el guía mientras sus dedos apuntan a un lugar indescifrable. “Ahí mismo los destazan con sierra eléctrica o les aplican el torniquete, ¿sí me entiendes?”. Y el torniquete, por si tampoco lo sabes, es un filoso alambre que, amarrado a dos tubos, te arranca el pescuezo. Más tarde, cuando rodees el panteón, verás a cuatro chicos armados, chicos que muy seguro no conocerán la vejez. Los saludarás y ellos, aunque nunca los hayas visto en tu vida, te regresarán el saludo con cierta familiaridad. En algún momento le preguntarás al guía qué tan cierto es un informe militar que se ha publicado. Como él no sabrá a qué te refieres, les contarás: según el Dany ha roto con el Chapo, el Cerro de la Cruz ya no es del cártel de Sinaloa y los Zetas están aprovechando la ruptura para recuperar fuerzas. El guía se reirá y te dirá, primero, que ni el Dany ni otro trabajador del Chapo se han salido del carril; te contará que el poniente es cien por ciento de los chapitos y que a los Zetas cada vez los repliegan más hacia el oriente de Torreón. “¿Entonces qué desmadre se traen en Gómez?”, le preguntarás y él te dirá que todo se debe a que los policías federales y gente de la fiscalía de Durango quieren que los Zetas regresen. Todo eso, claro, lo sabrás cuando acabes de rodear el cementerio. Ahorita, apenas el guía te está contando que cuando el comandante Gabito disparó hacia la Durangueña, los chapitos limpiaron el cerro a punta de cuernos y R-15. “Los zetones ni las manos metieron”, te dice y describe muertes que a cualquiera le darían pesadillas. Una quedará en tu mente: la de aquella yonqui que, sólo por comprarle piedra a los Zetas, fue fusilada frente a un sacerdote.

***

“Cuando supimos que habían llegado los Zetas a La Laguna, muchos dijimos: ‘Por fin habrá acción’. Qué pendejos, nunca comprendimos que nos iba a ir tan mal”, me dice un colega en Torreón, y yo recuerdo todo lo que me han contado otros reporteros de La Laguna durante estos días. Los de Gómez Palacio, por ejemplo, me hablaron del secuestro que hace poco sufrieron dos de ellos, todo porque los narcos quieren que se publiquen las mantas que cuelgan en los puentes. Otro me platicó del día en que un comando fue a visitarlo a su casa; desde entonces dejó el periodismo. Unos de Torreón fueron citados por los Zetas a mediados de 2008; les dijeron que ellos determinarían qué publicar; sobra apuntar que, si no lo hacían, los matarían. A Eliseo Barrón, de Milenio Laguna, lo levantaron el 29 de mayo de 2009 y a una chica que vendía publicidad para el mismo diario la secuestraron tiempo después. Al Siglo de Torreón le han ido a disparar dos veces y, hace cosa de un año, unos sicarios que después de la balacera abandonaron más de diez cuernos de chivo —como para que nadie dudara de que su arsenal no tiene fondo— buscaron a ciertos periodistas para reclamarles que ellos no habían huido del lugar como decían sus notas, que ellos no eran ningunos cobardes.

“Los medios de toda La Laguna sólo reportamos los hechos”, me dijo un editor de las noticias locales. “Preferimos no investigar más, porque aquí los narcos no se andan con medias tintas”. El último gran susto fue el que ocurrió el pasado jueves 7 de febrero: cinco trabajadores del Siglo de Torreón fueron secuestrados durante algunas horas. Los colegas de La Laguna creen que los del Siglo no serán los últimos.

***

1) Drug Dealer pasa por mí al hotel. Basta verle el brillo paranoico que hay en sus ojos para asegurar que viene manejando hasta las cejas de cocaína.

2) Drug Dealer no habla español, sino argot. Aprendo nuevas palabras de viejos conceptos: los patrones son los soldados, los pandas son los federales, los perritos son los municipales, el dragón es el convoy de los militares, la pintura verde es la mota, el maguito es una cápsula de color amarillo donde viene la coca y la fresita es una dosis más pequeña.

3) Drug Dealer dice que la mariguana no sólo es para los maleantes. “El brus li, la yanis, el morrison y el jendrix la fumaban”.

4) Drug Dealer me explica que la ciudad nunca sube al Cerro de la Cruz, pero de arriba bajan a toda hora. Nosotros vamos de subida. Venimos a comprar droga.

5) Drug Dealer me da indicaciones: “Si te preguntan qué rollo contigo, les dices que eres mi camarada, que no sólo eres vicioso sino también desconfiado y por eso me acompañaste; y ojo: no se te ocurra decir algo de los zetones porque de aquí no salimos”. Si alguien se me acerca como me dice, seguro cantaré como un canario.

6) Drug Dealer cree que, para los últimos dos gobiernos panistas de Torreón, los Zetas y los municipales fueron su mayor pasión.

7) Drug Dealer tiene algo qué decir antes de llegar a la Polvorera: el Chapo es dios y yo pienso que gente como él necesita de mitos y mentiras para vivir.

8) Drug Dealer se estaciona y baja a comprar la droga. En el lugar hay jóvenes y portentosas máquinas de matar. Usan gorras Ed Hardy, visten playeras Polo o Lacoste (seguramente made in China), traen jeans y calzan tenis de la pantera enfurecida. Salvo por la gorra, estoy a tono con ellos. “Por donde cagan estos morros nadie pasa, así que ojalá hayas wachado bien cómo está el rollo”, me dice Drug Dealer apenas regresa.

9) Drug Dealer cree tener la capacidad de ver la violencia que lo rodea sin que le afecte. “Así somos los norteños: cerramos los ojos, los oídos y somos muy felices”.

10) Drug Dealer me deja en el hotel. Le digo que se quede con la droga y, antes de irse, le pregunto qué espera de esta vida. Se queda callado. No soy psiquiatra pero creo que muy pronto no quedará nada en su cerebro.

***

Vine a la parroquia de San Judas Tadeo, al oriente de Torreón, no porque haya sido asaltada ayer. Vine porque hoy conoceré a cuatro mujeres y un hombre que llevan años buscando a sus hijos. Antes de que me cuenten sus casos, sin embargo, tienen varias quejas qué soltar:

–Ya no nos gusta hablar con los reporteros porque no publican nada; sólo vienen para hacerse famosos, nos utilizan.

–Al gobernador no le interesan nuestros hijos, pero no fuera el sobrino que le mataron porque movería cielo, mar y tierra.

–Aquí nosotras hemos investigado, hasta nos hemos sentado con los narcos para que nos digan dónde podemos encontrar a nuestros hijos; ¿y todo para qué? ¿Para que la subdelegada de la PGR, la tal Claudia González a la que informábamos todo, la arrestaran por estar ligada a los Zetas?.

–No crea, si hasta ganas nos dan de ir con la gente del Chapo pa que nos ayuden.

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, con sede en Coahuila, empezó en Saltillo. Don Raúl Vera convenció a cuatro familias para organizarse y el resto lo ha hecho la desgracia. Las cifras actuales hablan de poco más de mil seiscientas personas desaparecidas en el estado, todo desde que los Zetas y el cártel de Sinaloa andan agarrados de la greña. El pasado 15 de enero, Enrique Peña Nieto iba a recibir a las mujeres que tengo enfrente, pero les canceló.

Ángeles: “Mi hijo, Jesús Antonio Mena, me llamó a las doce y media de la noche. No pude contestar y estuve llámele y llámele, hasta que me contestó un señor. Dijo que era zeta y me pidió veinte mil pesos, pero ya no volvieron a buscarme. Perdí mi trabajo de veinte años, me vino la diabetes y mi nieta trae la anemia porque no quiere comer, dice que quiere ver a su papá. Jesús desapareció el 30 de junio de 2010. La policía aceptó la denuncia, pero como robo de auto.”

María Elena: “Alguien nos dijo que los Zetas se habían llevado a Hugo, a mi hijo Hugo González, hasta Nuevo Laredo. Por eso mi esposo fue a ver si era cierto. Uno de los jefes lo recibió. Mi marido le dio el dinero que nos pidió y en dos segundos le dijo que no, que a ése no lo habían levantado ellos. Hugo tiene veintisiete años. Se lo llevaron con dos amigas de un restorán del centro de Torreón”.

Óscar: “Yo estaba trabajando en Atlanta cuando mi esposa me llamó: a Jesús se lo habían llevado dos encapuchados. Me vine y nos pusimos a investigar. Resulta que mi hijo iba en su moto y se le cerraron en un carro. Lo persiguieron varias calles, hasta que se derrapó. Me dicen que Jesús les dijo que se llevaran la moto, pero a él también lo subieron a una camioneta. ¿Sí le dije completo el nombre? Es Jesús Daniel Flores García. Despareció el 1 de mayo de 2009. Ya se me fueron todos mis ahorros de tanto buscarlo aquí y allá”.

Blanca: “Mi hijo, Iván Barush, fue al bar ese del Tornado, el que acaban de balear un día antes de Reyes. Él fue el 11 de agosto de 2011, y no salió. Sus amigos me han contado que se pelearon por andar de coquetos con la novia del guardia. Sólo a Iván no lo soltaron. Uno de mis nietos dice que quiere ser narco para buscar a su papá”.

Amelia: “Estábamos en nuestra casa de Matamoros, un pueblo pegado a Torreón, cuando unos encapuchados se nos metieron y se llevaron a mi esposo, Javier Burciaga Vázquez. Mi yerno, José Francisco Juárez, quiso defenderlo, pero también lo treparon a las camionetas. Le dimos ocho mil pesos a una licenciada que nos dijo que estaban en la cárcel, pero nomás nos robó. Pagamos brujos y ellos nos dijeron que ya iban a llegar, que ya no nos mortificáramos. Y como pasó un año, mejor nos fuimos a Zacatecas. Allá la vida fue muy dura. Nomás nos deprimimos. Entonces nos regresamos, aunque no saliéramos de la casa. Mi nieto, Luis Carlos, se desesperó de tanto encierro y un día me dijo: Abue, yo quiero trabajar, tengo treinta y dos años y pos quiero ayudar a traer dinero. Se fue al día siguiente y nunca regresó. Yo ya orita nomás creo en la justicia divina”.

***

El Rubio, un ex policía municipal de La Laguna, no quiso que habláramos de frente. Optó por contarme lo que sabía por medio del mail. Sólo nos escribimos tres veces.

Mail uno:

los de la letra nos leyeron la cartilla lueguito de cuando llegaron. o jalan o jalan cabrones. con esas palabras crees tu que alguien no le iba a entrar? además nos amenazaron con matar a nuestra familia. nuestros jefes nos dijeron que apechugaramos que nos iba a caer lana, pero ellos se quedaron toda. nuestro trabajo fue apoyar a los de la letra, apañar el poniente. con esto te digo que todo fue obligado. ahorita todavía hay unos que se creen narcos y están ayudándoles a los zetas para entrar a gómez. no sé si sepas pero cambiaron a los federales y ellos también andan chingando a los chapos. ayer en gómez no solo balearon la casa de la alcaldesa, también le metieron un susto a carlos herrera, ese es el cacique de gómez.

Mail dos:

los chapos no quieren a los municipales. el pedo ahora es que los municipales de torreón trabajan para los chapos y los de la letra andan matando polis. a uno lo rafaguearon afuera de su casa, cuando estaba lavando su carro. eso fue hace como una semana, allá en matamoros.

Y mail tres:

los chapos balearon en 2009 el premier y el 20, que era el jefe de plaza, mandó llamar a 35 municipales: director operativo, lobos y bravos para cagotearlos. los citaron en una finca de fac. y madero. todos de civiles.

delante de ellos, la burra, un morrillo de 16 o 17 años, bien loco, desquiciado, y que dice que hablaba con los muertos: decapitó con un cuchillo a 5 chapos que habían agarrado. les dijeron a los municipales que si seguían permitiendo que los chapos reventaran les iba a pasar lo mismo. un güey de apellido de león, director operativo de seguridad pública del oriente de torreón, no aguantó la carnicería y se desmayó. luego los dejaron ir.

***

El guía ahora te indica dónde, cómo y cuándo los Chapos fueron matando a los Zetas. Te habla de un tal Negro, pasa por el Junior y acaba con Chuy Caguamas. Ahí pensarás que los ajustes de cuentas se propagaron en todo el poniente como el sarampión. Y ahí, también, decidirás que no quieres saber nada más. Lo que ansías es ya largarte del cerro. Extrañamente te sentirás débil, como cuando has ido a donar sangre. Bajarán por donde llegaron, por el Mercado Alianza. Se despedirán donde se encontraron por la mañana. Tomarás un taxi e irás a visitar al escritor Carlos Velázquez. Hoy es su cumpleaños, así que no querrás arruinarle la fiesta contándole todo lo que has visto y escuchado. Se tomarán un par de Macallan y después otros. Entonces te contará del 7 de octubre de 2010, cuando fue al bar Marioneta a echarse una cervezas con unos amigos. “Los disparos zumbaban como cuchillas de afeitar”, te dice cuando ya te ha contado que uno de esos escuadrones perfectos para matar llegó en embestida al bar e hicieron los que mejor les sale. “Neta cabrón que nunca había escuchado tiros con esa fuerza, ni cuando me agarró una balacera en el Oxxo”. Otro escritor, Daniel Herrera, te contará la otra parte de la historia porque él también la vivió: “Nos tiramos al piso y nuestro compa la Marrana comenzó a sangrar; dijimos: A este cabrón le dieron. Pero no: se cortó el brazo con una botella. Que yo me acuerde, los sicarios sólo mataron por los que iban”. Más tarde te enterarás que ese día Fernando Vallejo, de visita en Torreón, tenía pensado acompañar a Carlos y a Daniel, pero declinó por cansancio. Inevitablemente pensarás en La virgen de los sicarios y te imaginarás a Vallejo en aquella balacera diciendo: “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar”. Para ese entonces, verás que en Twitter circula la información sobre el asesinato de cuatro jóvenes a unas cuantas cuadras de ahí y tu recordarás otra frase que le leíste a Vallejo: “La muerte viaja siempre más rápido que la información”. En algún momento subirán a la azotea del edificio donde vive Carlos y, desde ahí, contemplarás casi todo Torreón. Entonces caerá la noche y todo se verá como un inmenso charco de sangre seca.

13 abril, 2013

El padre Nicolás Alessio ya no vive detrás de la capilla en la que dio misa por veintiséis años. Estoy parado frente a su nuevo hogar: una casa blanca, de tejas rojas, con una verja de madera que separa la calle de un jardín sin flores. Hace diez minutos que toqué el timbre, pero oscurece y nadie atiende. Hay luz dentro de la casa, y alguien se mueve. Cruzo la verja y espío por una ventana: desparramados por el piso del living, hay muchos juguetes.

Juguetes de colores.

Tengo que disimular cuando por una puerta que no había notado antes sale un hombre bajo que me encuentra adentro de su propiedad, abre los brazos y dice hola, pasá, bienvenido. Me deja entrar en una cocina pequeña y luminosa donde hay una mesa, seis sillas y una olla calentándose sobre una hornalla. Viste jeans gastados, zapatillas marrones y una chomba celeste de mangas cortas, que se arremanga por sobre los hombros mientras dice que me siente, que va a cocinar, si no me molesta, porque está por venir Mariela. Dice Mariela y sus ojos negros resplandecen como los de un adolescente, aunque tiene cincuenta y tres años y el cabello totalmente gris, lacio, con mechones que caen sobre los ojos negros mientras se lava las manos y las seca con un repasador inmaculado.

Toma un cuchillo con el que pela, corta, pica unas cebollas y va contando que hace un mes está como en trance. El aceite crepita. Nació mi hijo y desde entonces no sé qué me pasa, es la alegría total, estoy en trance, dice, mientras inclina la tabla y con el cuchillo barre la cebolla hasta que los daditos caen en el aceite hirviendo. Se agacha con solemnidad, apoya una rodilla en el suelo y cierra los ojos un instante, hasta que recuerda dónde está lo que busca: abre una puertita, revuelve objetos bajo la mesada y emerge con una botella de vino, y yo lo miro revolver la salsa y –quizá porque está todo vestido de celeste o por la parsimonia con la que derrama el vino tinto en la olla– sigo viendo a un cura, a un hombre que habla de su hijo pero que sigue siendo cura, aunque la Iglesia católica lo haya expulsado de sus filas por decir que el matrimonio entre homosexuales estaba bien, muy bien.

***

El pasado 11 de abril de 2013, el Arzobispado de Córdoba difundió un documento en el que se daba a conocer que “el señor José Nicolás Alessio ha sido penado con la dimisión del estado clerical. Por ello ha perdido automáticamente los derechos propios del estado clerical y permanece excluido de todo el ejercicio del sagrado ministerio”

“Más de 30 años al servicio del pueblo de Dios no ha significado nada para la Iglesia católica. Bastó que opinara distinto al Arzobispado para me echaran. En lo personal no me afecta en nada, porque seguiré compartiendo los sacramentos como hasta ahora. A los fieles no les importan estas decisiones oficiales”, dijo en declaraciones al diario cordobés La Voz del Interior. Fiel a su estilo, anunció: “Si hago un bautismo o un casamiento me lo tendrán que reconocer, porque no pueden borrar lo que soy: un sacerdote. Por más que a un médico lo despiden, sigue siendo médico”.

Dante Simón, vicario judicial del Arzobispado, le dijo al mismo medio que Alessio fue penado por “impartir el sacramento del matrimonio en forma contraria a lo que dice la doctrina católica. Concretamente, por haber casado a parejas del mismo sexo o divorciadas”.

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Fotos.

Un casamiento con dos novias y ningún novio, y, detrás del altar, un cura católico apostólico romano.

El mismo cura católico apostólico romano, ya de cabello gris, en otra foto, uniendo a dos hombres en sagrado matrimonio.

Otra vez el cura, pero 15 años más joven, siendo arrastrado por dos policías durante una enardecida manifestación de trabajadores.

El cura a la intemperie, con barba, abrigado con un poncho rojo y una boina de lana, parado sobre la caja de un camioncito en el que improvisaron un altar, dando misa en una plaza llena de gente.

El cura en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis.

Sonriendo.

***

Durante veintiséis años, Alessio organizó una procesión que llegó a ser la más convocante de la ciudad de Córdoba: cada siete de agosto, por el día de San Cayetano –el patrono de su capilla–, las calles de Altamira, una barriada humilde del sudeste cordobés, se inundaban de gente que pedía paz, pan y trabajo. La procesión desembocaba en la plaza del barrio, frente a la capilla, donde se improvisaba un altar en la caja de un camioncito: parado ahí, el cura barbudo, abrigado a veces con un poncho y una boina de lana, celebraba la misa.

Así lo vi por primera vez, el siete de agosto de 2009, cuando tuve que cubrir la celebración para el diario en el que trabajo. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la plaza, tiñendo de anaranjado a los ocho mil fieles que rodeaban el camioncito. Con los brazos abiertos, mirando al cielo, el padre Alessio propuso:

—Viva San Cayetano.

—¡Viva! –respondió la multitud que colmaba la plaza.

—¡Viva el mártir Enrique Angelelli!

—¡Viva!

—¡VIVA LA DIGNIDAD DE LOS TRABAJADORES! –gritó, y los vecinos contestaron con el puño en alto y voz quebrada, y a mi lado un viejo con la piel curtida y la ropa gastada no pudo contener el llanto.

Es sus sermones, Alessio criticaba al Vaticano y honraba a Enrique Angelelli, obispo asesinado por la última dictadura militar, el cuatro de agosto de 1976. Eran misas distintas a las que se escuchan en la mayoría de las iglesias de Córdoba.

—¡Escandalizás a los más pobres cuando decís estas cosas contra el Papa, contra la Iglesia! –le enrostró una vez el hombre que comanda hoy el Arzobispado de Córdoba. Pero Alessio, en realidad, escandalizaba a los católicos más encopetados. Y lo hizo de nuevo en junio de 2010, cuando fue invitado a la marcha por la Igualdad Jurídica y Social, que desembocó en la Plaza de la Intendencia, situada en el centro de Córdoba. Ahí, parado en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis, el padre Alessio pidió perdón.

—Quiero pedir perdón porque pertenezco a una institución que no termina de convertirse al evangelio de Jesús. A un Jesús que jamás condenó la homosexualidad, jamás condenó el matrimonio homosexual y que, por el contrario, condenó a los soberbios, a los poderosos y a los que discriminaban. Quiero pedir perdón por esta institución que es muy dura para juzgar a los que están fuera y muy hipócrita para juzgar a los que están dentro.

Al anochecer, en el instante en que el cura dijo “hipócrita”, se alzó entre el tumulto de la Plaza una ovación muy diferente al rugido de las hinchadas de fútbol: fue un alarido agudo, como el ulular de una autobomba –gritaron “wuuuuu” y aplaudieron.

El discurso puede verse en Youtube bajo el título “Patético: sacerdote católico defiende matrimonio homosexual defiende matrimonio homosexual”.

Detrás de Alessio, un grupo de activistas aplaude y entre ellos, Martín Apaz, un estudiante de sociología que con 26 años se convirtió en el referente de la lucha por los derechos igualitarios en Córdoba.

—Reclamábamos una cuestión de derechos cívicos –cuenta Apaz–, pero entendimos que la cuestión religiosa se iba a colar y por eso lo invitamos. Dio un discurso muy emocionante, dijo que la homosexualidad es un don de Dios. Eso es lo mismo que decirnos que éramos parte de la riqueza de la humanidad, no parte de lo malo. Él pensaba diferente y era un estorbo. Vamos a estar siempre agradecidos con Alessio, por su solidaridad en una lucha histórica, por tomar un posicionamiento tan fuerte y tan público.

***

José Nicolás Alessio nació en 1958, en Córdoba, y vivió su infancia en Argüello, al noroeste de la ciudad. Sus padres –José Alessio, músico, y Silvia Vaca, ama de casa y reina de su jardín– eran católicos conservadores y así criaron a sus once hijos. La fe, la música y la política iban a marcar sus vidas: los tres mayores –José Raimundo, José Nicolás y José Mario– entraron al seminario: Mario dejó a los pocos meses para estudiar sociología, Raimundo abandonó los hábitos de grande y Nicolás, finalmente, fue expulsado. Otro hermano, José Luis, también dedicó su vida a la fe, pero en otra Iglesia: es pastor evangelista. Dos hermanas, Silvia y Cecilia, son cantantes líricas. José Emilio es definido por Nicolás como “el enojado”; furibundo con él por diferencias políticas, Emilio no pierde oportunidad para defenestrar a su hermano y acusarlo de “abandonar sus convicciones a cambio de un sueldito”. Faltan cuatro: Juan José Pablo, “en el cielo”; Filomena, abogada; Francisco, “el benjamín”. Y por último, Ángela Alessio, “la Gela”: comunicadora social y docente, lesbiana y madre por inseminación artificial, compinche de Nicolás: la mujer que a fuerza de cotidianeidad lo ayudó a entender que los homosexuales son personas como todos, con los mismos valores, las mismas necesidades y los mismos sufrimientos.

—La “Gela” me obligó a dar una respuesta teórica a este tema –reconoce Nicolás Alessio–. La experiencia de Gela me demostraba, contra toda biblioteca, que eso (la homosexualidad) era absolutamente natural. Llamalo extraño, diferente, es otra cosa: pero es natural. Si son personas que pueden amar ¡y lo que necesita un pibe para crecer es amor.

—A los pobres se los quiere, se los trata bien –le repetía mamá Silvia a Nicolás, cuando él tenía la edad de los niños, y él encuentra en las palabras de su madre el origen de su camino y el resumen perfecto de la Iglesia tercermundista. A su padre, dice, le debe las pasiones que iban a marcarlo: la religión y la política. Católico ferviente y militante de la resistencia peronista, José Alessio conoció la cárcel cuando en Argentina no se podía pronunciar el nombre de Perón.

Alessio no habla mucho acerca de sus padres. Quiere protegerlos, porque son muy mayores y las vidas de sus hijos –él, expulsado de la Iglesia; y Gela, lesbiana y madre por inseminación artificial– les afecta.

—Mis viejos son conservadores desde lo ideológico, sí. Pero han tenido la capacidad de entender, para ellos, lo que es la “limitación humana”. Dicen “bueno, nuestros hijos son un desastre, pero el amor es el bien más grande y en algún momento nos irá a perdonar porque ellos se van a arrepentir”, entonces ese discurso les permite vivir una relación de afecto con los hijos, en donde lo ideológico no jode tanto.

***

De La Inmaculada, su colegio secundario, Nicolás recuerda cuando subió a una de las habitaciones de los religiosos más jóvenes: desorden, libros abiertos, mate preparado; fotos del Che, de Mahatma Gandhi, de Martin Luther King.

Promediaba la década del setenta cuando comenzó a sentir que su vocación política se podría encauzar con más fuerza en la vocación religiosa. Entonces, el tío Luis –tan católica era la familia que hasta tenía un representante en el Vaticano: Luis Alessio, el tío Luis, colaborador del Papa Pablo VI– le presentó a Carlos Ñáñez.

A los dieciocho años, Alessio estaba enamorado de una chica y no sabía qué hacer. Se preguntaba cuál sería “la voluntad de Dios”. Para responder esa pregunta existen los directores espirituales.

—Ellos te ayudan a ver, sentir, descubrir, imaginar la voluntad de Dios. Y eso fue así con Ñáñez. Me decía que “Dios quiere más a los que elige para el sacerdocio, porque los ve como a su hijo Jesús”. ¿Cómo no sentirme ungido, dispuesto a todo, con semejante afirmación? Terminó de convencerme.

El seminario duró seis años, Alessio se ordenó sacerdote a fines de 1981. Ñáñez respaldó a Nicolás cada vez que su vocación flaqueaba, cada vez que el sentimiento hacia una mujer le hacía dudar. Y, según Alessio, lo mantuvo alejado de los documentos que hablaban de justicia social, pueblo, liberación. Sobre todo, le advirtió que no debía tener contacto con los curas “peligrosos”, los que se reunían a confabular en el grupo Enrique Angelelli.

Treinta y cinco años más tarde, en marzo de 2011, como arzobispo de Córdoba, Náñez firmó la sanción at divinis que expulsó a Nicolás de la institución. Él lo hizo entrar, él lo echó.

A través de su secretario personal, el arzobispo declinó un pedido de audiencia para conversar sobre Alessio.

Cuando se enteró de que había sido sancionado, en marzo de 2011, el padre Nicolás Alessio me dijo:

—Me importa tres rábanos.

Estaba atrincherado en su capilla de siempre, en Altamira, y desde ahí disparaba titulares para los diarios nacionales e internacionales: “Es evidente que en esta Iglesia disentir es pecado” (Clarín); “Ellos no tienen atado a Dios” (Página 12); “La Iglesia tolera a los violadores en sus filas, pero no a quien piense diferente” (El Mundo de España). En boca de un cura, frases que circulan en forma corriente se volvían singulares, extrañas, y causaban –según quién lo oyera– admiración, indignación o pasmo.

Tres meses antes de que Argentina se convirtiera en el primer país de América Latina en legalizar el matrimonio igualitario, en julio de 2010, difundió un documento redactado por él y firmado por un grupo de quince curas rebeldes: decían que la unión civil entre personas del mismo sexo “no tendría que ofender a nadie, y por el contrario, debería ser motivo de alegría que esas personas tradicionalmente discriminadas, ofendidas, estigmatizadas y obligadas a vivir ocultando sus más profundos sentimientos puedan sentirse amparadas por una ley que les reconozca su derecho al amor y a la familia”.

No tendría que ofender a nadie, dijo, pero ofendieron el documento y las innumerables veces que lo ratificó en diarios y programas de tele y de radio del país y del mundo.

“Recemos por el padre Alessio, para que salga de esta ruta que lo va a llevar directo al Infierno”, pedían los católicos más conservadores desde Página Católica, Panorama Católico y Argentinos Alerta, algunos de los tantos portales que santifican la web, en los que el cordobés aparece como “el cura homosexual” o simplemente como “ese cura miserable”. La presión del ala dura del catolicismo no dejó de aumentar y, al fin, Ñáñez inició un juicio canónico contra Alessio, que acabó en su condena en marzo de 2011 por “desobediencia y rechazo pertinaz de la doctrina”. Aunque la sanción que le aplicaron no se denomine expulsión y tenga un nombre más bondadoso –at divinis–, lo dejaron sin su sueldo de cura y con la terminante prohibición de dar misa, oír confesiones o celebrar casamientos.

—Lo voy a seguir haciendo, porque el ministerio es un don para la gente y no algo que controlen los obispos. Si alguien me pide que lo case lo voy a hacer.

Iba a enterarme que usaba la palabra “alguien” en su acepción primera: “persona existente sin indicación de género”. Porque inmediatamente agregó:

—Es la cuarta boda gay que bendigo. No está ni permitido ni nada, está fuera de ese círculo cerrado que es la institución. Pero es correcto. Me llaman y voy.

Caminábamos por el interior de la capilla San Cayetano, Alessio respondía pausado mientras iba mostrándome el altar de madera, los bancos oscuros y los pasillos de la pequeña capilla en la que dio misa durante un cuarto de siglo.

La que tenía que abandonar.

***

El arzobispo no quiso recibirme, pero sí lo hizo el Vicario General de la provincia, Horacio Álvarez, la mano derecha de Ñáñez, el hombre que le ayuda en el gobierno de la diócesis. Su oficina –un escritorio de madera oscura, tres puertas, una biblioteca– es tan sobria y prolija como él: sweater azul marino, camisa celeste y clergyman, el típico cuellito blanco. Álvarez hizo el seminario con Alessio; jugaron al fútbol, estudiaron y compartieron techo durante seis años. Fueron amigos, pero las inclinaciones personales los distanciaron.

—Si Nicolás manifestaba efervescencia combativa en el seminario, yo no me di cuenta. En barrio Altamira, una barriada popular con un montón de realidades durísimas, el Nico hizo una opción muy clara de meterse y trabajar con ellos. Acompañando a la gente estuvo en escenarios conflictivos, pero yo no me animo a decir que el Nico fuera conflictivo.

—¿Y qué pasó?

—Siempre fue un sacerdote un poco personalista en sus opciones. Presumo que fue tomando decisiones que tenían que ver con su proyecto de vida, y me parece que en estos últimos años sentía que esto no es para él.

—¿Qué le parece la defensa que hizo del matrimonio igualitario?

El vicario piensa bien antes de responder, es un hombre cauto.

—Yo creo que el Nico mira la cuestión del matrimonio igualitario más o menos como lo expresó, creo que es una mirada convencida la de él. Ahora, todo el armado de largarlo públicamente, con las cosas que dijo sobre el obispo, me da la impresión que fue para armar capital político aprovechando el escenario de los medios.

—Pegarle al obispo suma.

—Debe sumar capital y debe restar capital. Lo veremos un tiempo después. Yo no estoy tan seguro que haya sumado tanto.

Al finalizar el seminario, Nicolás se hizo amigo de un profesor, Victor Acha, quien lo llevó a conocer a los miembros del temido grupo Angelelli, o como les decían en el seminario: los curas peligrosos, tercermundistas, los mensajeros del Demonio. Entre ellos, Guillermo “Quito” Mariani, quien en 2004 iba a publicar Sin Tapujos, libro en el que narra sus amoríos juveniles, las frustraciones que le provocaba el celibato y hasta un fugaz encuentro homosexual.

“El Quito es mi maestro”, repite Alessio, seguro de que Mariani hablará maravillas de él.

—Nico dice que yo soy su maestro, pero la verdad es que durante mucho tiempo pidió que respaldáramos a Ñáñez. Siempre le tuvo afecto y guardó una relación amistosa con él. Hasta ahora –dice Mariani sentado en un sillón en su casa, en Argüello. Por encima de sus palabras se escucha el canto –el griterío– de una docena de pájaros que desde el living no se ven, pero que deben cantar en jaulitas tan prolijas como todo lo demás en esta casa. Mariani tiene ochenta y cinco años, es un sacerdote jubilado de sonrisa franca y ojos celestes, acuosos, quien no hace mucho, en una entrevista con Clarín, se definió como un “león herbívoro”.

—Ñáñez no mira a los ojos. Se tiene miedo a sí mismo y tiene miedo a perder el poder. La derecha lo condena, los obispos lo tienen calificado como un izquierdoso –explica Mariani, que ve amenazado por el arzobispo su último grupo de pertenencia, el grupo Angelelli, porque la jerarquía de Córdoba viene reemplazando en las parroquias a los curas tercermundistas por sacerdotes ortodoxos.

—Ahora somos ocho los miembros del grupo Angelelli, pero tenemos como quince simpatizantes –dice, con los ojos bien abiertos, expandiendo los brazos, y se ríe. Pero se pone serio de golpe al recordar que Alessio, uno de los miembros más combativos, pidió un año sabático para dedicarse a la política. En ese momento estaba trabajando en la campaña de Luis Juez, senador nacional por Córdoba y exintendente de la capital provincial, quien en 2011 perdió la elección para gobernador. Alessio, en ese momento y ahora, vive de lo que gana como asesor del bloque de legisladores nacionales del Frente Cívico.

—Lo siento como una pérdida. Ya lo he palpado en algunas posiciones que él tenía muy claras y que ya no están claras, porque la política exige ceder. La sinceridad de Nico puede verse envuelta con todo eso que se le va exigiendo. Yo creo que el poder, despacito, despacito, siempre corrompe.

Mariani, por primera vez durante la entrevista, baja la cabeza y mira hacia el suelo. Dice que formó a Nicolás en la defensa de los derechos humanos, y dice también que juntos padecieron “la anormalidad que la Iglesia provoca con sus decretos referidos a la sexualidad”. Sufrieron por las exclusiones de sacerdotes y teólogos destacados, y por los embates de la jerarquía contra la Teología de la Liberación.

—Lo veo poco. Sigue siendo mi gran amigo, pero no quiero enterarme mucho de lo que está haciendo en política. Y además, tengo miedo de que vayamos a ser utilizados por el Nico, usados como grupo de pertenencia y como cómplices en esta campaña política.

—¿A qué se refiere?

—Vos viniste a verme porque él te dijo que yo soy su maestro, ¿no? La semana pasada vinieron unos chicos de Canal Encuentro, están haciendo un documental sobre su vida, y la entrevista había sido provocada porque Nico les dijo que yo era su maestro. ¿Entendés?

Está empezando a pensar como político.

—Y eso me duele. Pero yo lo quiero mucho, es como un hijo. Nico no miente, no hace esto porque no tenga otro trabajo: está convencido de que el compromiso con los partidos políticos significa una colaboración para el mejoramiento social. Pero creo que se va a decepcionar dentro de una Legislatura llena de buitres. La militancia del Nico fuera de los partidos políticos sería mucho mejor.

***

—¿Te molesta que haga la comida mientras hablamos? Está por venir Mariela.

Me recibe a mediados de mayo de 2011 en su nuevo hogar: una casa con jardín que comparte con la mujer que ama en un barrio de clase media, en la zona sudoeste de la ciudad, lejos de la parroquia de Altamira. El hombre que fue cura lleva una chomba azul gastada, jeans sueltos, ceñidos en la cintura con un cinto de cuero blanco, y zapatillas marrones. Mientras habla, en la cocina, comienza a pelar unas cebollas sobre una tabla de madera.

—Mirá, el salto a la trinchera política conlleva todos esos riesgos que señala El Quito y muchos más: ambigüedades, quedás salpicado, es jodido. Vos estás acá –con el dedo señala una circunferencia en el piso, a su alrededor– siendo cura y tenés un ochenta por ciento de opinión a favor; te pusiste acá –da un saltito hacia la izquierda– y tenés un ochenta por ciento de opinión en contra, o dudando. Eso es porque la política está desprestigiada. Vos te parás en el terreno político y de entrada piensan que tenés algún interés sucio, mezquino, económico, o lo que fuere. O sea, entrás perdiendo.

Alessio pica la cebolla sin mirar lo que hace el cuchillo, pensando en lo que dice. Vivía solo en la capilla: está cocinando de memoria. No toca el ajo, lo clava en la tabla con el tenedor y lo pela con el cuchillo mientras dice:

—Es mucho más cómodo estar fuera de la política, porque desde ahí juzgás a todos. Es un poco como la actitud que tiene la Iglesia, se para en el cielo incontaminada, impoluta, y desde ahí juzga. Pero las transformaciones más eficaces se hacen con leyes y con decisiones políticas. —Se sube las mangas cortas de su chomba hasta dejarlas arriba de sus hombros y agrega–: Yo pasé muchos años diciendo cómo tendrían que ser las cosas, ahora me siento convocado a hacerlas.

—¿Y por qué con Luis Juez?

Descorcha un vino tinto. Creo que va a invitarme una copa, pero tira un chorro del vino en la olla y vuelve a poner el corcho. Me sirve un vaso de agua.

—Yo no soy personalista, no digo Juez es lo máximo, Juez es Dios, no, no. Luis tiene sus virtudes y sus limitaciones. Tiene astucia política, es pícaro y es honesto, es honesto en serio, no es macana. Bueno, es ambiguo ideológicamente viste, que sé yo…

—Bastante ambiguo.

—Yo apuesto a su proyecto: una fuerza nueva que pudiera tomar lo mejor del peronismo, lo mejor de los radicales, de los socialistas, lo mejor de la izquierda y vamos para adelante; entonces, en ese sentido, deseo profundamente que gane.

Alessio confiesa que Juez le pidió que lo acompañara en su eventual gobierno, pero no le dijo el cargo que iba a ocupar.

Juez perdió las elecciones. Alessio continúa con la militancia en el Proyecto Sur.

En la capilla, de noche, se imaginaba viejo y solo, rodeado quizá de alguno de sus hermanos en un asilo de curas.

—Era una imagen muy fea. Una vez conocí un asilo para curas, tiene mucho de inhumanidad. Esta locura del celibato es una aberración que no se sostiene más. Te hace vivir con los fantasmas de la culpa, de no poder ser nunca natural, no poder dejar aflorar tus sentimientos como corresponde. Se te escapan por otro lado y no sabés qué hacer.

En la capilla, de noche, cuando todos fieles se iban, él quedaba solo. Y pensaba qué lindo sería compartir la vida.

—Yo me acuerdo que disfrutaba de un paisaje, de un campamento o de un viaje y decía: “Cómo no compartir esto con alguien, más íntimamente”. Esa cuestión si me quemaba la cabeza.

En su juventud, siendo el flamante párroco de Altamira, le tocó coordinar un campamento espiritual con los fieles de su comunidad. No se acuerda bien dónde fue ni cuántos años tenía entonces. Pero nunca va a olvidarse de esto: atardecía y se había quedado dormido sobre el pasto mientras una chica del grupo juvenil lo consolaba por una pelea reciente. Los labios temblorosos de la adolescente lo despertaron.

—Mocosa de mierda, pensé. Una nena era, 14 años. ¡Qué atrevida!

Alessio se seca las manos con un repasador, mira hacia arriba, sonríe, se muerde los labios. Hasta que acepta:

—Fue re-loco, re-loco. Fue fantástico.

El beso quedó como una anécdota. Por varios años fueron solo párroco y chica de grupo juvenil. Después, iniciaron una larga relación secreta. Pero Altamira era chico y ya había que contarlo.

—Lo empezamos a blanquear con la familia de ella, y la madre no entendía cómo, por qué. Pero había mucho afecto, mucho respeto. Y los padres se convencen cuando ven que los hijos están bien. “Estos jóvenes son tan modernos”, decía mi suegra.

—¿Ñáñez lo sabía?

—Ñáñez sabía, porque yo creo que estas cosas siempre se saben. Por eso cuando me quiso apurar con el tema, le dije que el ochenta por ciento de los curas de Córdoba tienen pareja. “A mí no me consta”, respondió. Bueno, entonces te doy nombres, le dije. “No, no, dejá”. No quería ni hablar del tema. Pero es así.

La vida de Alessio está polarizada entre la religión y la política, pasiones que lo arrastran, muchas veces, en direcciones contrapuestas. O al menos eso le ocurría antes de que entrara en trance.

—Todavía no termino de caer, es como que entré en trance. Mariela había perdido varios embarazos, espontáneamente. Pero a los meses que yo le dije chau a la estructura, cuando empezó esto del juicio canónico, ella me dijo “creo que estoy embarazada”. Fue todo junto: la ruptura con el clero, el embarazo y la vocación política.

Si era nena, el bebé se iba a llamar Cielo. Si era varón, él quería ponerle Nicolás, como el padre, “por tradición”. Pero las mujeres de la familia le impidieron “ese anacronismo”.

Cuando nació su primogénito, por primera vez en su vida, el padre Nicolás Alessio encontró la perfecta confluencia de sus dos pasiones:

—De pronto se me ocurrió el nombre Simón y me gustó. En el ambiente de la política decimos que es por Simón Bolivar. Y en los ambientes religiosos decimos que es por Simón Pedro, el padre de la Iglesia: y así, mi viejo está muy contento.

“Esta es mi patria:
un montón de hombres; millones
de hombres; un panal de hombres
que no saben siquiera
de dónde viene el semen de sus vidas
inmensamente amargas”
Oswaldo Escobar Velado .

Capítulo I | Los que estuvieron a punto de no subir al microbús de la fatalidad

La lluvia comenzó a caer sobre la colina antes de las 6 de la tarde. Suave, buena. Se iban haciendo charquitos en las calles de tierra y el cielo de domingo amenazaba tormenta. Cuando el sol se esconde es oscura la colina; la alumbran solo unos faroles malogrados y los bombillos amarillos de las casas. En una de esas casitas Ella esperaba a que Café terminara su jornada como conductor de microbús.

El motor del vehículo se escuchó desde lejos, rengueando para subir las callejuelas llenas de cráteres terrosos y piedras. Los faroles del carro cortaban el aire mojado y la negrura de las 7 de la noche. No es usual que los motoristas se lleven los vehículos hasta sus casas: más bien los guardan en sus puntos de parqueo, donde los recogen al día siguiente, de madrugada, para mover el hormiguero de la capital. Pero ahí estaba el microbús, con sus faroles. Parado frente a la casa de Ella. Cafecito –el primogénito de Café- asomó por donde pudo.

En el vehículo no venían más que malas noticias y un par de tipos. Ninguno era Café.

***

Alrededor de unos columpios, cuando se le iba la luz al domingo, en un parque de Mejicanos cinco pandilleros mascullaban una venganza. Uno propuso que mataran a un hombre. Otro dijo que mejor a dos. Acordaron ir al escondite por las armas. Un tercero recordó que en su casa había gasolina. Antes de que dieran las 6 de la tarde comenzó a llover.

***

Lo que se puede decir de las circunstancias de la muerte de Crayola es en realidad muy intrascendente: que estaba en la calle, parado o sentado, haciendo o sin hacer… –es irrelevante– y ¡pum, pum, pum, pum! Unas sombras corredoras le llenaron de plomo el cuerpo y fueron luego a esconderse o a celebrarlo en algún lugar. Vaya, lo normal.

Pero la muerte de Crayola no es intrascendente. Tanta causa y tanto azar dándole vueltas a un solo muerto terminaron creando una avalancha larga.

El Tavo y el Tapa iban ese sábado a comprar cervezas para seguir animando la tertulia que habían montado algunos homeboys de la clica Columbia Liro Sayco Tayni Locos, del Barrio 18, que controla a la Colonia Polanco, de Mejicanos, y sus alrededores. Yendo iban, pensando en birras, cuando ¡pum, pum, pum, pum! Puta, ¡al suelo, a cubrirse de la balacera!, a prepararse para correr… Vaya, más o menos lo normal.

Y luego los gritos que llamaban al Tavo: que el Crayola, su cuñado, había sido el recipiente de tanto balazo, que estaba boqueando en la calle, muriéndose a pausas… ¡que no se ha muerto!, que el hombre todavía respira, que entre el Tavo y el Tapa lo subieron al pick up de la policía… que terminó muriéndose en el Hospital Zacamil. Vaya, lamentablemente lo normal.

Es en la ira del Tavo y en su idea de las proporciones donde se tuerce esta historia. Y en el hecho de que el Crayola no solo era su cuñado sino también su homeboy, su perrito, su compañero de pandilla. Quizá si solo los hubiera unido un lazo familiar las cosas habrían sido diferentes, pero eso no lo sabremos nunca.

Siempre hay quien dice que vio, quien dice que sabe. Y en este caso algunas lenguas señalaron a la colina: que hacia ahí subieron los asesinos, que para allá huyeron. Subidos en un microbús.

Para los pandilleros de la colonia Polanco la colina es “allá”, es “arriba”. Es solo una loma controlada por sus enemigos de la Mara Salvatrucha-13. No lo pensó mucho el Tavo. Hizo valer su posición de autoridad dentro de su clica y convenció al Tapa y a otro pandillero que lo acompañaran a la venganza.

Esa noche fueron asesinados un motorista y un cobrador de alguna de las rutas que atraviesan Mejicanos. Daba igual cuáles, daba igual si tenían que ver o no. Todo lo que está contenido en el territorio de la otra pandilla es –de alguna manera– la otra pandilla. La lógica viene siendo más o menos así: si mato a esta vendedora que vive allá arriba, agravio a los contrarios; los estudiantes de sus escuelas serán mis enemigos y sus maestros serán considerados espías. Los autobuses son cosas raras: cruzan los territorios de ambas pandillas, de forma que para saber si esta ruta es “tuya” o “mía”, se usa como criterio dónde aparcan.

Uno vigiló y los otros dos dispararon. Luego de matar se escondieron en la oscuridad de una quebrada sucia. A las 11 de la noche, seguros de que la policía se habría cansado ya de buscar, salieron del escondite y se fueron a sus casas. A dormir.

***

Al día siguiente, el domingo, fue la vela de Crayola en la casa comunal de la colonia Jardín: familiares rotos, y muchos homeboys de la 18 presentando sus respetos. Como es tan cotidiana la muerte en la vida pandillera, los velatorios suelen ser un espacio frecuente de socialización, de reafirmación de la identidad: si estás ahí es que sos alguien, que estás dentro, que simón…

Ahí llegó el Carne, primer palabrero de la clica, con información nueva: él lo que había escuchado era que el microbús en el que huyeron los asesinos del Crayola era específicamente de la ruta 47, que sube hasta la colina. Así que los muertos del día anterior fueron solo daños colaterales, murieron sin tener vela en ese entierro y habría que pensar en una verdadera venganza, una que sirviera de algo, a diferencia de los muertos inútiles de ayer.

El Carne reunió a un grupo de homeboys y se apartaron del barullo de la vela hasta un pequeño parque frente a la casa comunal. La reunión se celebró alrededor de los columpios.

Chumuelo dijo que la situación ameritaba matar a un cobrador. Carne consideró que no bastaba, que habría que matar también un motorista. Tavo –quizá sintiendo que su rabieta mortal del día anterior había caído en saco roto– recordó que en su casa había gasolina suficiente para quemar un microbús. Da igual cuál… “un” cobrador, “un” motorista, “un” microbús.

Al ver la reunión se asomaron otros tres pandilleros más, que fueron invitados a unirse a la pegada. Aceptaron, desde luego. Dos de ellos eran niños, así que esa era como una cartilla de aceptación, como una prueba de hombría.

Reunieron una escopeta, un revólver, una pistola y una garrafa con capacidad de almacenar un galón de gasolina. Y planificaron el operativo: uno tendría la escopeta escondida y esperaría del otro lado de la calle. Unos vigilarían el sector para prevenir la presencia de policía, y el resto esperaría en la parada de autobús con las armas y la gasolina. Esperando que asomara un microbús de la ruta 47.

Pasaba el tiempo y nada. La lluvia comenzaba a ser más que unas gotas.

Alrededor de las 7 de la noche, la parada de autobuses de la colonia Jardín nunca está vacía. En la colina viven muchos desafortunados que trabajan los domingos: paleteras, maquileras, vendedoras, controladores de autobús, peluqueros, pupuseras… y tienen obligatoriamente que pasar por ese punto para poder subir hasta sus casas.

Asoman los faroles de un microbús y cuesta ver el número que trae tatuado en la lata… se acerca… ¡es una 47! Una mano al otro lado de la calle aprieta la escopeta. Se tensan los músculos. El Tavo se lleva una mano al revólver .38 que lleva en el cinturón y levanta la otra para hacerle señal de parada al carro. Pero pasa de largo. Va demasiado lleno.

Toca esperar más tiempo con la emboscada húmeda. Todo el plan se tambalea. ¿Y si justo llegara una patrulla de policía? ¿Y si esta lluvia arrecia y ya no hay modo ni de prender un fósforo? Pasa el tiempo lento, tic, tac, tic, tac… se hacen largos los minutos. Ya no se miran ni las luces rojas del carro anterior, que se ha perdido ya, trepando la colina.

Varias personas vieron pasar a los homeboys con caminar buscapleitos y con la pinchinga de gasolina. Los vieron también montando la celada con poco disimulo. Pero los viandantes y los vendedores fueron listos, vieron a otro lado, guardaron sus cosas y se largaron. Frente a la parada de autobuses hay unos edificios de apartamentos destinados a la clase media baja, saturados de familias con niños y abuelos apiñados. Hay varias tiendas, peatones, vehículos, ruido.

Entonces asoman otros faroles tambaleándose en la calle. Es otro microbús de la ruta 47.

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El Peluquero

Dejó el pueblito donde nació porque había muchos problemas con los pandilleros. Todos los días El Peluquero tomaba varios microbuses desde San Isidro, un cantón semirrural del municipio de Panchimalco.

Viajaba más de una hora para ir a peluquear gente a Soyapango. Cada año se iban enrareciendo más las cosas, haciéndose más evidente la presencia de los homeboys en el lugar.

Un día, pandilleros armados se subieron al microbús en el que volvía a casa y le quitaron todo lo que se le podía quitar: cinco dólares, su mochila, y lo que había pasado comprando para preparar la cena con la que comerían Natalia y los niños. Llegó sin nada. Esa noche se rieron con Natalia. Menos mal que solo fueron cinco dólares.

Allá va para la tienda del cantón un peluquero y su esposa a ver qué encuentran para cenar esa noche con los chicos.

En 2006 su hermano mayor lo convenció para trasladarse con la familia a una colina en Mejicanos donde había casas baratas: más cerca del trabajo, menos microbuses con pandilleros, menos viajadera por la capital. Ni siquiera había que trepar a pata la cuesta inclemente de la colina, porque había una ruta de buses que subía rengueando las callejuelas llenas de cráteres terrosos y piedras.

Allá van para la colina un peluquero y su familia a ver si mejora la cosa.

Y mejoraron las cosas. Natalia ascendió de puesto: de maquilera pasó a ser supervisora de maquileras.

Aquel domingo de 2010 El Peluquero terminó su jornada a las 5:30 de la tarde, cuando el sol se iba yendo y las hormigas regresan al hormiguero. Natalia también terminó su jornada. Normalmente ella no trabaja los domingos, pero aquel día había un pedido inmenso y no está la cosa como para andar regateando trabajo. Sus rutas convergían en El Parque Infantil y El Peluquero y su esposa quedaron de encontrarse ahí para regresar juntos a la colina.

Pero Natalia demoró y los chiquillos estaban solos. Pudo más el apremio por los niños y El Peluquero tomó el autobús hacia la colina solo. A los minutos de haber partido, Natalia llegó al Parque Infantil. Se llamaron por teléfono. Ella le dijo que iba justo detrás de su autobús. Él se sintió reconfortado.

Frente a los edificios multifamiliares, un hombre joven levantó la mano para hacer parada al microbús en que viajaba El Peluquero, pero el conductor no se detuvo. Al vehículo no le cabía nadie más y siguió derecho hacia la colina.

Poco después sonó el teléfono de El Peluquero. Era su hermano mayor preguntándole si estaba bien. Había escuchado que algo terrible había ocurrido con un microbús de la ruta 47. El Peluquero marcó a Natalia. Natalia no contestó el teléfono.

***

El Cobrador

El Cobrador nació en una familia grande, muy grande. Diez hijos parió su mamá, pero uno se murió de empacho, siendo un gusanillo pequeño, muy pequeño.

El Salvador ha arañado a la familia de El Cobrador. Cada vez que el paisito saca las uñas, ¡zas!, les mete un zarpazo: el papá iba por la calle en 1982, caminando, sin meterse con nadie y de pronto se arma una lluvia de balas, que en aquel momento se las repartían guerrilleros y soldados. Hubo tanta bala que hasta alcanzó para romperle el pecho al señor y la familia se quedó sin papá. En febrero de 2001, el terremoto les dejó su pobreza tirada por el suelo, apachada. Se les cayó todo. Perdieron todo. Y cuando a los pobres les pasa que pierden todo, resulta que para ellos todo significa todo. De a poquito fueron parando paredes como buenamente pudieron y consiguiendo un cántaro, un vaso, un catre… En vísperas de Navidad, unos años después, una de las hijas había conseguido un trabajo bueno en una cohetería: ponía mechas a los petardos con los que la gente se alegraría en Nochebuena. A la gente le gustan mucho los cohetes y por eso hay que hacer muchos cohetes y trabajar día y noche. En esos casos es muy difícil saber cómo empezó el asunto, pero la cosa es que la cohetería agarró fuego y toda aquella pólvora saltó como loca. La chica la libró por los pelos, pero el fuego alcanzó a lamerla entera y le quedó el cuerpo arrugado, deforme. En 2010 El Cobrador tenía una milpa y un frijolar y los domingos en los que no tenía turno de andar colgado de un microbús de la ruta 47 cobrando el pasaje, lo dedicaba a darle duro a la milpa y al frijolar. El domingo en cuestión, por ejemplo, no tenía turno, pero el tipo que sí tenía se enfermó y fueron a preguntarle: ¿querés hacer vos el turno de cobrador este domingo?

Y les dijo que sí.

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La Vendedora de Paletas

La noche anterior, a La Vendedora de Paletas le pintaron las uñas de los pies de un azul chillón. Era su vanidad. Total, si vas a andar por ahí caminando con una hielera a cuestas, mejor hacerlo con los pies coquetos. Se los pintó su hija adolescente, que ya tenía maña para brocha tan fina.

Los domingos La Vendedora de Paletas perseguía a los turistas que salen de la ciudad buscando una altura que tenga paisaje y en la que helarse un poco, antes de bajar a la sopa caliente que es San Salvador. Los domingos ella caminaba de punta a punta Los Planes de Renderos buscando clientes para sus golosinas. Las paletas que ofrecía eran de muchos colores y tenían forma de sombrilla. Cuando terminaba la jornada se bajaba de aquel mirador e iba a dejar la hielera a la fábrica de paletas. Luego se regresaba a su colina, donde vivía casi en la parte más alta con su hija adolescente.

Ese domingo era de noche y la chica se había ido a pasar el fin de semana con unas amigas, así que La Vendedora de Paletas llamó desde la parada de autobuses del Parque Infantil. Le propuso a su hija encontrarse ahí para regresar juntas. Si la chica le decía que sí, ella esperaría sentada en algún puesto de pupusas o matando el tiempo en alguna esquina. La chica dijo que no, que se quedaría a dormir donde su amiga. La Vendedora de Paletas tomó el primer microbús de la ruta 47 que pasó.

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La Pupusera

A La Pupusera se le escapó el marido con una mujer más joven. Y cuando un marido se va, se va… no mira para atrás, ya no vuelve, ni para dejar unos centavos a las dos niñas que dejó de uno y ocho años. Se escapó y punto.

Le tocó a La Pupusera apechugar con la humillación y con las dos niñas. Así que hizo maletas y regresó a casa de su madre, a menear una olla descomunal donde hierve el chicharrón de las pupusas, a darle aire al fogón, a cortar el repollo para hacer curtido y a palmear pupusas. Todos los días la gente de la colina sabe que en esa casa hay un fuego prendido.

No comer pupusas en domingo es mala ortografía. Por alguna razón perdida en la historia de El Salvador, el domingo es como el día oficial de las pupusas. Cuando cae la tarde el cuerpo pide. En esas estaban La Pupusera y su madre, ordenándolo todo, poniendo manteles a las mesas, con sus botes de curtido y la salsa espesa y roja cuando sonó el celular y del otro lado resultó la voz del marido fugado.

Quería –cosa rara– darle plata para las niñas. Esa sí que era una oferta que no se podía rechazar, así que La Pupusera se quitó el delantal, se arregló para salir y se fue a la Zacamil a traer el dinero y pensaba de camino darse algún lujillo, pasar quizá por un centro comercial y mirar los escaparates, salir un rato de la colina, comprarle cositas bonitas a las niñas.

Salió en el microbús de la ruta 47 que la saca de la colina y que la traerá de vuelta.

Antes de salir la mamá se lo advirtió clarito: “Hija, hoy es día en que trabajamos, vaya y regrese luego”. Y se dispuso a enfrentarse sola a los primeros comensales. Pasó el tiempo y comenzó a llover, la pupusería llena y ella sola palmeando pupusas y sirviendo, ocupando a su esposo de mesero. Resolviendo. Aaaaah, los jóvenes son tan irresponsables… o quizá esos dos se arreglaron y esta se quedó también resolviendo o… el caso es que mamá estaba muy enojada, sobre todo cuando dieron las 8 de la noche y la susodicha ni contestaba el teléfono ni daba señas. Qué bárbara, qué irresponsable. Los clientes se fueron y ella recogió el lugar solita, pensando en las palabras que usaría. ¡Ja! Ya aprenderá esa muchacha… Le tocó incluso poner a dormir a la niña de un año.

Cuando daban casi las 10 de la noche alguien aporreaba la puerta de la casa, creando un gran escándalo. Mamá se preguntaba qué podría querer alguien a esa hora para hacer ese barullo.

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El Controlador

Quienes van en autobús habrán notado que en ciertas paradas hay unos tipos a quienes los conductores muestran una libreta. En esa libreta está apuntada la hora precisa en que salieron del punto de buses. Los tipos que reciben la libreta son los controladores. Su trabajo es chequear que los choferes hagan la ruta completa en el tiempo estimado, que no se adelanten y que no se atrasen. Bueno, pues Matías es uno de esos: un controlador de autobuses.

Trabajaba para la ruta 1. Aquel domingo le tocó salir 30 minutos antes de lo habitual. Es una bendición salir de trabajar temprano, aunque sea unos putos minutos, más si es domingo, cuando los suertudos están panza arriba todo el día.

Tomó el microbús de la ruta 47, que se detuvo en la parada de la iglesia Don Rúa. Iba cayendo la noche. Se veía que el chofer venía adelantado, pues decidió hacer espera en esa parada. Ahí iba despilfarrado el tiempo de ganancia por haber salido temprano.

El Controlador no consiguió asiento y le tocó pararse en el pasillo esperando que el chofer decidiera mover el microbús. Paseó los ojos por el paisaje: un señor con sombrero; la vendedora de café que iba con un canasto y dos grandes tarros de aluminio ya vacíos; dos chicas enfiestadas que no paraban de pedirle al chofer que subiera el volumen de la música –El Controlador las maldecía en secreto, porque traía un inusual dolor de cabeza–; una señora con su hija pequeña, quizá de cinco años… ¡Al fin arrancó este cabrón! Y para colmo de males hizo todo el trayecto despacito, despacito…

***

Ella

La cosa es que el Cafecito disfrutaba los viajes en microbús junto a su padre. Un montón. Como Ella es vendedora de Almacenes Simán y tiene un horario de almacén –de 9 a 9– el niño pasaba el tiempo junto a su padre, sentado al lado del volante, viendo a papá mover el timón, halar la palanca, apretar los pedales. Era divertido. Todos conocían al Cafecito, que disfrutaba los viajes en microbús junto a su padre.

Antes de emprender la última ronda del día, comenzó a llover. En realidad ese domingo no había necesidad de que el niño se fuera de tour en el microbús, porque Ella tenía descanso. Pero es que de verdad, aquel bichito de 10 años era feliz en el vehículo, abrevando el argot alburero de los motoristas y de los cobradores de autobús de la ruta 47.

Pero ya con lluvia era otro cuento. Café decidió que la última ronda la haría sin el niño, no fuera a ocurrir que se mojara y luego anduviera calenturiento ahí todo el día en el microbús. Café subió la colina en el carro y entregó el niño a Ella.

Todo el jodido domingo sentado frente al manubrio te deja todo entelerido, lleno de agujetas en la espalda. Café le preguntó al cobrador si no se animaba a cambiar de roles y el otro aceptó gustoso.

Bajando la colina venía el microbús de la ruta 47 cuando unos hombres le hicieron parada. Quienes saben cómo fueron las cosas dicen que no hay mucho que decir: apenas pusieron un pie en la grada, dispararon a lo loco. Parece que la consigna de atacar microbuses de la 47 había circulado entre los homeboys de la 18 y otro comando decidió por cuenta propia elaborar su propia emboscada. Otros creen que se trató de un atentado para despejar de policías la emboscada principal. El caso es que las balas entraron y salieron dejando al microbús agujereado.

Pero el chofer improvisado tuvo los reflejos rápidos y arrancó el microbús a todo tren, obligando a los asesinos a saltar y a caer dando tumbos. Pero el daño estaba hecho. La sangre de Crayola había vuelto a cobrar.

Una niña de 6 años iba sentada con su madre y una bala le encontró la cabeza por la parte de atrás. Dio un solo latigazo con la frente y murió al instante. Al estar en la puerta de entrada, en su posición de cobrador, Café también recibió plomo y se desangraba en el pasillo del vehículo. El motorista no detuvo el microbús hasta llegar a la sede de la Cruz Roja, suplicando que todavía hubiera algo por hacer.

Cuando Ella vio llegar un microbús hasta su casa, supo que algo había pasado. Eran dos compañeros de trabajo de Café, que llegaron con la noticia de que su marido había resultado herido en una balacera y se acercaron, solidarios, a llevarla hasta donde estuviera Café. Ella se subió al microbús haciendo preguntas que nadie supo responder.

Cuando habían bajado la colina, el hombre que manejaba se paralizó. Las manos le temblaban y lloró de miedo puro. Declaró que no era capaz de seguir conduciendo y hubo que poner a otro chofer. Y ante ellos ardía, con llamas enormes como árboles, otro microbús de la misma ruta. Había un taladrante olor a carne en llamas. Ella pensó que ese era el día más malo de todos los días.

Capítulo II | La vida viaja atrapada en la ruta 47

Por la noche viene un microbús de la ruta 47 bañado en lluvia, con los faroles encendidos y con casi 30 pasajeros dentro. Es blanco, con una franja azul en los costados. Trae la radio encendida. Dentro se escucha música.

Un hombre joven hace parada al microbús con una mano justo frente a unos edificios de apartamentos. El chofer detiene el vehículo unos metros antes del hombre, que trota la distancia hasta la puerta de entrada. Sus compañeros de pandilla lo conocen como Tavo. Detrás de Tavo suben dos más: Wilita alcanza a entrar en el microbús y Payasín apenas encuentra espacio para poner un pie en la grada de entrada y sujetarse del pasamanos metálico. El conductor y El Cobrador reparan en que han caído en una trampa. Tienen miedo. Saben que es muy difícil para ellos salir vivos de esta. Han caído en una trampa, han caído en una trampa. Lo saben. Del otro lado de la calle viene un hombre con una escopeta, se pone frente al microbús para cerrarle el paso. Apunta a la cara del conductor con la escopeta y lo insulta, le llama “hijueputa” y le ordena que desvíe su ruta, que doble hacia la entrada de la colonia Roma. El conductor no quiere, tiene miedo, no levanta la mirada. Desde dentro del microbús, Tavo le está apuntando con un revólver .38 en la cabeza, le ordena que no siga su ruta, que doble a la derecha. Le grita. El conductor no quiere entrar en esa calle, sabe que es la parte más fría de esta trampa en la que ha caído. Finge acelerar. Le da unos empujoncitos al acelerador con el pie, para que el motor ruja; quita el pie del embrague para que el carro se mueva un poquito, solo un poquito, para que esos hombres dejen de gritarle, para que no disparen, buscando una idea, esperando que algo le salve la vida de pronto. Tavo le azota el revólver en la cabeza. Duele. Otra vez le estalla el mango del revólver en el cráneo. Avanza. Adelante hay un tipo con una escopeta que lo matará antes de dejarlo seguir recto. No hay de otra, dobla hacia la derecha y se mete en el pasaje que le ordenan. El tipo que está afuera y delante del microbús da pasitos para atrás, mientras apunta con la escopeta. Cuando el vehículo está dentro del pasaje, justo al lado de una tienda, el hombre de la escopeta aprieta el gatillo. No pasa nada. El arma se ha encasquillado y al desatorarla salta hacia el piso un cartucho calibre .12, de plástico verde, lleno de los perdigones que estaban destinados a hincársele en el cuerpo al conductor. La escopeta vuelve a estar cargada, el hombre camina hacia la ventana del motorista y vuelve a apuntarle a la cara. Lo insulta. Tiene toda la intención de escupirle fuego en la cabeza. Desde dentro, Tavo lo detiene, le dice que la agarre al suave, que él está controlando y le hace un gesto con los ojos. El hombre de la escopeta se aparta un poco de la ventana. El chofer está desconcertado y levanta los ojos para ver a Tavo. ¡Pum! El primer disparo. La Niña tiene 12 años y está sentada justo atrás del chofer y alcanza a escuchar los insultos y el ruido seco que hace un arma cuando choca contra el hueso de la cabeza. Su madre la cubre con el cuerpo. Desde el refugio que es el cuerpo de su madre alcanza a ver cómo se le entierra la primera bala al chofer. ¡Pum! El segundo balazo. La bala entra y sale. El conductor se desploma contra el timón. ¡Pum! El tercer tiro. A La Niña le parece que el temblor mortal en el cuerpo del motorista, mientras va recibiendo disparos, se parece mucho al movimiento que hace la gelatina cuando se le pincha con un tenedor. Los pasajeros gritan, piden auxilio, se hacen ovillos uno detrás del otro, se agachan, se acurrucan en los asientos, gritan, gritan, gritan. El Controlador va parado casi al final del pasillo del microbús y en el asiento que tiene enfrente una señora y su hija, quizá de cinco años, se acurrucan. El Controlador le empuja la espalda para apretarla más contra el asiento, le grita que se agache, la señora le dice que no puede agacharse más. Wilita y Payasín tienen solo un arma para los dos, se la turnan, disparan sin dirección. Aparecen más pandilleros en la calle, que disparan contra el microbús desde afuera. El hombre de la escopeta se aparta, temiendo que una bala lo alcance a él. A La Niña le parece que el vehículo es un grano de arroz que ha entrado en un hormiguero enfureciendo a la colonia. Una bala le pasa rozando la sien, justo sobre la oreja izquierda y se le entierra en el muslo a su madre, que sigue cubriéndola con el cuerpo. La bala no sale, queda dentro. La gente grita, hay caos dentro del microbús. Los que van en los primeros asientos se arrastran a refugiarse en la parte de atrás, todos quieren cubrirse con el cuerpo de otro. Se forma un tumulto. El pandillero conocido como Carne aparece con una pichinga –que era de jugo de naranja– llena de gasolina y la vacía en las gradas de la única puerta que tiene el microbús. Enciende un fósforo, pero se le apaga en las manos. Enciende otro. Lo lanza, y el microbús comienza a arder. El fuego bloquea la única vía de escape y va comiéndose el microbús. Hay un humo negro dentro. La Niña corre a la parte de atrás, donde la gente está apiñada. El calor comienza a aumentar. Las ventanas son anchas, pero están protegidas por dos barras de aluminio niquelado instaladas dentro del vehículo. Las partes de metal comienzan a ponerse calientes. Los asientos y el hule arden con rapidez. La mayoría de pandilleros se ha esfumado entre las callejuelas oscuras. Los pocos que quedan están armados. La Niña se ha separado de su madre y se apretuja en la parte de atrás. Las ventanas están atascadas de gente queriendo escapar. Golpean el cristal con lo que pueden. Las barras de aluminio ahora son una hornilla candente. Hay poco aire y mucho humo negro. La Niña distingue a una señora que ha comenzado a quemarse viva y la señora le pide que saque del bus a su hija, quizá de cinco años. La Niña toma a la hija de la señora y la hala, dispuesta a correr contra el fuego para escapar por la puerta. La chiquilla no quiere dejar a su madre y se toma de una de las barras metálicas ardientes. La Niña la deja y se dirige al fuego. El Controlador consigue romper una ventana de la parte de atrás. Para salir hay que hacerlo despacio, pasar debajo de las barras y lanzarse a la calle. El fuego avanza como una ola, se va comiendo todo. Mientras escapa, El Controlador pone el antebrazo en una de las barras, que están rojas, y la piel se le desprende. Salta del microbús y su camisa va prendida en llamas, pero él no lo siente. Cae y mira como si la calle se le acercara a la cara más y más y más… ¡Pas! Cae al suelo y el golpe le atonta unos segundos. Cuando se recupera está en la calle, al lado del vehículo, con el pecho sobre el pavimento. Puede ver por debajo del microbús cómo un hombre maduro consigue también saltar y cómo lo reciben unas balas. Mira cómo ese hombre muere rebotando en el suelo. Tiene miedo de ponerse de pie. Tiene miedo de enojar a los pandilleros si notan que vive. Mira salir a El Cobrador convertido en una antorcha humana. El fuego le ha comido de la cintura para arriba y corretea desesperado, gritándole a los asesinos: “¡Matame, hijueputa, matame!” Uno de los pandilleros le dispara dos balazos y El Cobrador cae al piso, donde su cuerpo sigue ardiendo en llamas. El Controlador reacciona y se pone de pie. Cuando la lluvia le cae sobre la espalda, se asombra al escuchar chirriar su piel, shhhhhh, como cuando uno tira agua sobre carbón encendido. Cuando corre, para alejarse del microbús en llamas, mira cómo en el pavimento las balas sacan chispas. En el microbús un hombre viaja con su hijo adolescente, a quien ordena que salte por una ventana. Pero el muchacho prefiere asegurarse de que su viejo esté a salvo. El hombre salta y cae a la calle. Pero para el hijo, ahora, es demasiado tarde: ha inhalado demasiado humo y se desmaya dentro del bus. Una pareja joven viaja con su bebé y busca una salida, pero en todas las ventanas hay alguien queriendo escapar. Una mujer le pide a su marido que saque a los niños de la buseta; él consigue tirar a los niños y saltar por la ventana. Ella no. La Niña atraviesa el fuego del pasillo a toda carrera, mientras consigue adivinar la puerta de salida. No se mira nada, no se siente nada. Baja a tropezones las gradas derretidas. Consigue salir. El humo no la deja ver el poste que hay en la acera y choca contra él. Lo golpea con la cara y cae al suelo. Cuando se recupera se pone de pie y camina sin rumbo. Sin darse cuenta se interna más en la oscuridad del territorio de los pandilleros del Barrio 18 que han prendido el microbús. Mientras La Niña camina, se asombra al notar que la piel de sus piernas y de sus pies se va desprendiendo y que queda adherida al pavimento. No siente dolor. Shhhhh, le chirría la piel cuando la lluvia la moja y se da cuenta de que todavía lleva fuego en el cuerpo. Manotea, lo apaga. Entonces escucha explotar el microbús. Las llamas crecen altas, rabiosas. Nota que va en la dirección equivocada y se regresa, viendo cómo la piel se le rompe, como sus piernas son un despojo, como la piel de los brazos está blanda, blanda. Pasa nuevamente al lado del microbús en llamas. En el suelo hay un hombre que repite un mantra apenas audible: “Ayuda, ayuda”. La Niña lo mira bien. Al hombre le falta un ojo y en su lugar hay un pliego de rostro derretido y en el hombro derecho se le ve un agujero blanco. La Niña nota que sale humo por las orejas de aquel hombre, que va apagando su súplica poco a poco. Hay gente en el piso, hay gente huyendo. Entre la negrura espesa del humo la niña reconoce la voz de su madre, que ha conseguido salir viva de aquel infierno. Todo esto ocurre en menos de cinco minutos. Es el domingo 20 de junio del año 2010.

***

El policía Lombardo patrullaba Mejicanos junto a sus compañeros Milton y Salomón cuando vieron un humo negro saliendo a borbotones de alguna calle y manchando el cielo lluvioso de aquel domingo. Decidieron seguir el fuego para ver qué ocurría.

Tres años después, el policía Lombardo le contaría a un tribunal qué fue lo que se encontró. En el atestado oficial del tribunal quedó recogido su relato: “Observaron un microbús… observan que el microbús estaba completamente en llamas, que se bajaron de la patrulla a auxiliar a la gente que gritaba en el microbús, que la gente gritaba “auxilio, me quemo, ayúdenme”, que se acercó como a un metro del microbús, que no se acercó más porque había llamas, que luego con un compañero optaron por quebrar los parabrisas del vehículo, (…) que los parabrisas los quebraron con los fusiles (… ) que con la culata del fusil jalaban a la gente fuera del microbús, que salían las personas quemadas con la piel negra, que salían como que si ve un plato de carne asada, que la gente se tiraba y rodaba en el suelo porque todavía llevaban fuego en el cuerpo (…) que luego el microbús estalla, que las llamas crecieron más, que la gente que estaba dentro no se veía, ya no se escuchaban más gritos (…) que le llamó la atención, después de sofocar el fuego los bomberos, observar una completa masa que no sabía si eran personas, que lo que le llama la atención fue que vio una manita como de una niña, que esa manita estaba pegada a la lata del microbús”.

Aquel día murieron calcinadas vivas 14 personas dentro de un microbús de la ruta 47. Tres más morirían en los días siguientes con quemaduras en la mayor parte de su cuerpo.

***

La noticia corrió rápido entre los habitantes de la colina y a los minutos había una romería de gente bajando por las empinadas calles, presintiendo lo peor, buscando a quien les faltaba.

El Peluquero se asomaba por las ventanas del microbús, buscando a su esposa, que había dejado de contestar el teléfono. Varias mujeres suplicaban información a policías desconcertados. Los hospitales no sabían a ciencia cierta quién estaba vivo y quién muerto y nadie sabía con certeza cuántos cuerpos había dentro del microbús.

La mamá de El Cobrador había salido a pie, bajo la lluvia a mendigar alguna palabra a la Cruz Roja, al Hospital Rosales y al Hospital Zacamil, acompañada de uno de sus hijos menores. Cuando al fin perdió la esperanza de encontrar con vida a su muchacho se acercó a la escena del crimen. Detrás de la línea amarilla de seguridad pudo ver a su hijo muerto a un lado del microbús, devastado por las llamas, completamente quemado de la cintura para arriba. Pero a la carne que ella llevó en el vientre la reconocería en todos lados, de cualquier forma, de cualquier modo. Y lloró echadita en el suelo, derrumbada como un saco de dolores.

A uno de los camarógrafos de noticiarios que ya se agolpaban en el lugar le pareció que aquello era una buena toma y le apuntó con su cámara. El hijo menor le pidió que no filmara a su madre muriéndose de tristeza y el camarógrafo siguió filmando; le tapó el lente con la mano, y el camarógrafo le dio un puño. Cuando el chico le manoteó la cámara, el camarógrafo lo acusó con un policía y el joven terminó esposado. Tuvo que levantarse del suelo la madre a suplicar misericordia. El policía dejó ir al muchacho.

Una patrulla de policía recogió a La Niña y a su madre, cuando deambulaban solas cuesta arriba, hacia la colina, descarnadas, doloridas. Las llevó a un hospital.

El Controlador se encontró a su familia que ya lo buscaba y que al verlo quemado quisieron abrazarlo, pero no pudieron porque a él se le iba la conciencia del dolor. Esa noche llegaron periodistas al Hospital Rosales, para tener imágenes de los heridos. Desde la camilla él pidió por favor que no le fotografiaran el rostro. Al día siguiente la imagen de su cara dolorida apareció publicada en El Diario de Hoy y en La Prensa Gráfica.

***

Vivir en la colina

Han pasado tres años desde que pasó lo que pasó. La mayoría de asesinos fueron capturados y vencidos en juicio. Algunos pagan penas propias de menores de edad y los adultos recibieron las máximas condenas que el país permite. Si sobreviven al suplicio de las cárceles salvadoreñas, saldrán siendo ancianos. Tavo, que había conseguido escapar durante tres años, fue capturado en agosto de este año y condenado a pasar 66 años y ocho meses preso. Cuando ingresó al sistema penitenciario tenía 25 años.

El hombre que portaba la escopeta en la emboscada traicionó luego a la pandilla 18 a cambio de que la Fiscalía le ofreciera calidad de testigo protegido y lo eximiera de la responsabilidad penal por sus actos. Participó como testigo en los juicios, relatando con sumo detalle lo ocurrido en aquella masacre.

El presidente Mauricio Funes mandó una ley a la Asamblea que llamó Ley de Proscripción de Pandillas, que convierte en agravante para cualquier delito ser miembro de pandillas. Los jueces la encontraron de muy difícil aplicación. Su equipo de propaganda lanzó una campaña en la que un hombre se arrancaba la camisa al estilo Supermán y en la que se leía ‘Nadie va a intimidar a El Salvador’. La primera dama de la República, Vanda Pignato, ofreció a los sobrevivientes y a los familiares de los asesinados una canasta básica de alimentos durante un año. Algunos han asistido también a terapia sicológica donada por una organización feminista, exclusivamente para mujeres, y por la UCA, para los hombres.

La Mara Salvatrucha-13 pintó un mural en la colina con los nombres de los fallecidos aquel día. Mientras unos homeboys de la Mara terminan de dibujar un mural, que semeja una Biblia abierta con los nombres de los calcinados, converso con el más amable de ellos, que me da pruebas de que no necesita moldes para dejar tatuada a la pared con una letra estilizada y firme.

Se equivocó la gente rica de San Salvador dejándoles esta colina a los pobres. La altura llena de frescor las tardes y desde sus lomos se pueden ver lejanos volcanes en la silueta del país. Por sus laderas se menean árboles. Desde arriba se mira al San Salvador nocturno como cielo estrellado, con lucecitas naranjas, amarillas y blancas. En la parte más alta de la colina hay un tanque de agua. Muy grande. De cemento. Ahí, para que se mire desde todas partes, hay un letrero que dice: MS.

Cuando le señalo el tanque al tipo que pinta el mural, se sonríe, orgulloso: “Yo lo pinté… me costó un buen rato”, y sigue dándole brocha a su buena obra.

Un día, cuando bajaba por la colina, me encontré a una maestra de una de las escuelas del lugar mientras ella iba bajando esa cuesta traicionera y le ofrecí aventón en mi carro. Me explicó que la Mara controla esa colina. Que por eso es seguro ahí arriba, que es imposible que suban “las chavalas” –que es como los pandilleros de la MS-13 designan a sus enemigos del Barrio 18–, pues los homeboys tienen controlado el sector día y noche.

Uno de los ojos principales de la MS-13 en la colina es una viejecita en delantal que pasa las tardes delante de un canasto de pan a la entrada de la colina. Tiene una varita de madera en la mano. Atada a la varita hay una bolsa plástica con la que espanta las moscas. Ella ve todo, se entera de cada persona que sube o baja por esa calle. Dicen que su lengua mata.

Los pandilleros de la Mara Salvatrucha que viven en la colina deben estar muy atentos, porque son una isla rodeada de sus enemigos mortales del Barrio 18. Por eso mantienen un control férreo de su territorio, por eso tienen contadas a las personas y por eso mantienen vigías en los puntos de acceso, día y noche. A una de las personas que decidieron regalarme el relato de una parte muy dolorosa de su vida, un pandillero se lo explicó así: “Nosotros somos la Fiscalía, la Policía, aquí nosotros somos todo, usted no puede hacer nada sin preguntarnos a nosotros”. Y esa persona –y las demás– se lo toman muy, muy a pecho. Si va a llegar un familiar, avisan a la pandilla; si se van a reunir para aprender algún oficio o para realizar cualquier actividad, se lo avisan a la pandilla; si entra un maestro nuevo, debe recibir el visto bueno de la pandilla.

Por eso cuando quieren recordar con un mural a los muertos que dejó la guerra de la Mara Salvatrucha con el Barrio 18, es preferible que también lo dibuje la Mara, en el muro que elijan, con el diseño que elijan y con las letras oficiales, con las que también han marcado un tanque de agua que les recuerda a todos en la colina quién manda aquí.

***

La Niña es ahora una adolescente. Parece tímida y prefiere llevar pantalones y mangas largas. Lleva en la piel de sus brazos y de sus piernas de muchacha joven la marca indeleble del fuego. La Niña y su madre hablan en susurros, con la puerta cerrada. La señora no menciona jamás a quienes las lastimaron tanto. Escuchándola podría pensarse que simplemente pasó, que les pasó eso. “Eso”, que es mejor no decir. En cambio, La Niña endurece el rostro y pronuncia palabras: “El que detuvo el microbús era delgado, pelo negro, en jeans y zapatos cafés, con camisa negra y aretes en una oreja… como si lo estuviera viendo”. Su madre la mira con horror. Llora. La señora todavía lleva en el muslo el plomo que recibió aquel día protegiendo a su hija. En los días fríos el metal le muerde por dentro y le recuerda que sigue ahí.

Después de que los periódicos publicaran su fotografía, El Controlador le pidió a su familia que se fueran de la colina. Temía, de nuevo, que el agravio terrible de estar vivo, de no haber muerto, le acarreara la persecución de los pandilleros de la 18 para siempre y que le arrancaran a su familia la vida, por no habérsela podido arrancar a él. Pasó cuatro meses en el hospital viendo morir a sus compañeros de cuarto: “Poco a poco fueron desapareciendo mis compañeras. Una señora gorda fue de las últimas que murió. ¡sí que saltaba! De repente, como a las 12 de la noche ya no aguantó y la enfermera me dijo que moría de dolor”.

El Controlador tiene la carne retorcida en los brazos y en la espalda. En uno de sus brazos tiene solo un pequeño tramo de piel intacta. Es donde estaba un reloj de pulsera, que atesora, ahora, achicharrado.

Se mudó con su familia a otro municipio, donde su hijo comenzó a estudiar en una escuela pública. Pero su nueva casa quedó también en medio de la guerra pandillera. La MS-13 comenzó a presionar al chico para que se incorporara a la pandilla. El Controlador decidió sacarlo de la escuela y dejarlo sin estudiar. Ahora el muchacho es aprendiz en un taller mecánico.

El Peluquero todavía llora a su chica. Todavía la extraña. Es profundamente evangélico y vive muy preocupado por sus chiquillos. Intenta escaparse cuando puede para recogerlos en la escuela y les compra minutas y golosinas para que estén contentos. Solo tiene un día libre a la semana, y ese día va con los chicos a la biblioteca parroquial, a hacer los deberes.

Luego de que Natalia muriera calcinada en el microbús, dejó de trabajar dos semanas, sin poder levantar la cabeza, triste. Bien triste. Había dicho a los niños que mamá estaba hospitalizada y que el hospital no es lugar bueno para niños, por el tema de los microbios. “Luego los llamé a los dos y les dije: yo voy a trabajar para que tengan lo más necesario, siempre los voy a apoyar. Su mamá no sobrevivió. Nos va a hacer falta, pero aquí estoy yo”. Y luego admite, apenado: “No pude no llorar”.

Ahora los niños pasan las horas en las que no hay escuela con su abuela, campesina y humildísima, que no puede enseñarles las letras que ella misma no sabe y que buenamente atiza un fogón para calentar el sustento a los chiquillos.

La Vendedora de Paletas no murió dentro del microbús. Los policías consiguieron sacarla y trasladarla de emergencia a un hospital. Por su sistema respiratorio había pasado aire hirviente que la quemó por dentro. Como le habían apuntado otros apellidos, nadie sabía a ciencia cierta quién era. Su hija adolescente la reconoció por el azul chillón con el que tenía pintadas las uñas de los pies. Tres días luego de haber sido quemada viva, el cuerpo se le rindió.

Después de su muerte, lo que quedaba de su familia se dispersó. El hijo mayor temió la muerte para él y se largó a Estados Unidos, con la promesa de ahorrar para llevar a su hermana hasta Estados Unidos. Pero luego de atravesar México supo que ese no era un camino para una chica. A los seis meses ella se hizo novia de un miembro de la Mara Salvatrucha, que había pasado por un proceso de rehabilitación. Este año la guerra pandillera le quitó también a su compañero de vida, que quedó tirado con el rostro irreconocible a fuerza de balazos. Dejó una niña de pocos años que tiene sus ojos.

La Pupusera dejó dos niñas muy pequeñas viviendo con su madre, que aún remueve un caldero inmenso todos los días. Esa fue la última vez que el padre de las chicas ofreció ayuda.

La madre de El Cobrador recibió 165 dólares como indemnización de la empresa de buses. Pero le cobraron el transporte para llevar el féretro hacia el entierro. Lo que quedó lo invirtió en abono para su milpa. Quienes la conocen dicen que a veces habla con su hijo muerto.

Cuando Ella llegó a la Cruz Roja buscando a su esposo herido, se encontró con una niña muerta sobre una camilla y con el microbús que Café manejaba parqueado. Dentro, en el pasillo, estaba el cadáver de él. “Al día siguiente la ausencia… ver a mi hijo llorando por su papá y expresando odio”. Sus empleadores le dieron tres días de luto y luego tuvo que volver a trabajar como vendedora del departamento de “hogar”.

Ella quisiera salir de la colina, pero su trabajo como vendedora de almacén le obliga a dejar a sus hijos solos todo el día y depende de que sus familiares políticos les echen un ojo.

“Siempre hago la misma ruta. A veces en el mismo microbús. Aún tiene los agujeros donde entraron los balazos y según yo esos son los que lo mataron. Están cerca de la puerta. Varias veces me toca ir en ese bus. La verdad, es bien difícil perdonar. Bien difícil…”

Una historia sencilla

Publicado: 23 noviembre 2013 en Leila Guerriero
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Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile.

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La ciudad de Laborde, en el sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, fue fundada en 1903 con el nombre de Las Liebres. Tiene seis mil habitantes y está en un área que, colonizada por inmigrantes italianos a principios del siglo pasado, es un vergel de trigo, maíz y derivados –harina, molinos, trabajo para centenares–, con una prosperidad, ahora sostenida por el cultivo de la soja, que se refleja en pueblos que parecen salidos de la imaginación de un niño ordenado o psicótico: pequeños centros urbanos con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta último modelo Toyota Hilux cuatro por cuatro brillante brillosa estacionada en la puerta, a veces dos. La ruta provincial número 11 atraviesa muchos pueblos así: Monte Maíz, Escalante, Pascanas. Entre Escalante y Pascanas está Laborde, una ciudad con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta, etcétera. Es una más de miles de ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto de los habitantes del país. Una ciudad como hay tantas, en una zona agrícola como hay otras. Pero, para algunas personas con un interés muy específico, Laborde es una ciudad importante. De hecho, para esas personas –con ese interés específico– no hay en el mundo una ciudad más importante que Laborde.

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El lunes 5 de enero del año 2009 el suplemento de espectáculos del diario argentino La Nación publicaba un artículo firmado por el periodista Gabriel Plaza. Se titulaba «Los atletas del folklore ya están listos», ocupaba dos columnas escasas en la portada y dos medias columnas en el interior, e incluía estas líneas: «Considerados un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas, los campeones caminan por las calles de Laborde con el respeto que despertaban los héroes deportivos de la antigua Grecia.» Guardé el artículo durante semanas, durante meses, durante dos largos años. Nunca había escuchado hablar de Laborde, pero desde que leí ese magma dramático que formaban las palabras cuerpo de elite, campeones, héroes deportivos en torno a una danza folklórica y un ignoto pueblo de la pampa no pude dejar de pensar. ¿En qué? En ir a ver, supongo.

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Gaucho es, según la definición del Diccionario folklórico argentino de Félix Coluccio y Susana Coluccio, «la palabra que se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay (…) para designar a los jinetes de la llanura o la pampa, dedicados a la ganadería. (…) Habituales jinetes y criadores de ganado, se caracterizaron por su destreza física, su altivez y su carácter reservado y melancólico. Casi todas las faenas eran realizadas a caballo, animal que constituyó su mejor compañero y toda su riqueza». El lugar común –el prejuicio– le otorga al gaucho características precisas: se lo supone valiente, leal, fuerte, indómito, austero, curtido, taciturno, arrogante, solitario, arisco y nómade.

Malambo es, según el folklorista y escritor argentino del siglo XIX Ventura Lynch, «una justa de hombres que zapatean por turno al ritmo de la música». Un baile que, con el acompañamiento de una guitarra y un bombo, era un desafío entre gauchos que intentaban superarse en resistencia y destreza.

Cuando Gabriel Plaza hablaba de «un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas» se refería a eso: a esa danza y a quienes la bailan.

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El malambo (cuyos orígenes son confusos, aunque existe consenso acerca de que es probable que se trate de una danza llegada a la Argentina desde el Perú) se compone de una serie de figuras o mudanzas de zapateo, «una combinación de movimientos y golpes rítmicos que se efectúan con los pies. Cada conjunto de movimientos y golpes ordenados dentro de una determinada métrica musical se denomina figura o mudanza (…)», escribe Héctor Aricó, argentino y especialista en danzas folklóricas, en el libro Danzas tradicionales argentinas.

Las mudanzas, a su vez, son figuras compuestas por golpes de planta, golpes de punta, golpes de taco, saltos, apoyos de media punta, flexiones (torsiones impensables) de tobillos. Un malambo profesional incluye más de veinte mudanzas, separadas unas de otras por repiqueteos, una serie de golpes –ocho en un segundo y medio– que requieren, de los músculos, una enorme capacidad de respuesta. Cada vez que una mudanza se ejecuta con un pie debe ser ejecutada después, exactamente igual, con el pie contrario, lo que significa que un malambista necesita ser preciso, fuerte, veloz y elegante con el pie derecho, y preciso, fuerte, veloz y elegante con el izquierdo también. El malambo tiene dos estilos: sureño –o sur–, que proviene de las provincias del centro y sur, y norteño –o norte–, de las provincias del norte. El sur tiene movimientos más suaves y se acompaña con guitarra. El norte es mas explosivo y se acompaña con guitarra y bombo. Los atuendos son diferentes en cada caso. En el estilo sur, el gaucho usa sombrero bombín o galera; camisa blanca; corbatín; chaleco; chaqueta corta; un cribo –un pantalón blanco amplio, terminado en bordados y flecos– sobre el que se coloca un poncho con guardas –chiripá–, ajustado a la cintura por una faja de tela; una rastra –un cinturón ancho con adornos de metal o plata–; y botas de potro, una suerte de funda de cuero muy delgada que se ajusta a la pantorrilla con tientos y sólo cubre la parte trasera de los pies, que impactan casi desnudos sobre el piso. En el estilo norte, el gaucho usa camisa, pañuelo al cuello, chaqueta, bombachas –pantalones muy amplios y plisados–, y botas de cuero de caña alta.

Este baile estrictamente masculino, que comenzó siendo un desafío rústico, llegó al siglo XX transformado en una danza coreografiada cuya ejecución toma entre dos y cinco minutos. Si su forma más conocida es la de los espectáculos for export en los que se lo baila revoleando cuchillos o saltando entre velas encendidas, en algunos festivales folklóricos del país se lo puede ver en versiones más apegadas a su esencia. Pero es en Laborde, ese pueblo de la pampa lisa, donde el malambo conserva su forma más pura: allí se lleva a cabo, desde 1966, una competencia de baile prestigiosa y temible que dura seis días, requiere de quienes participan un entrenamiento feroz, y termina con un ganador que, como los toros, como los animales de una raza pura, recibe el título de Campeón.

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Impulsado por una asociación llamada Amigos del Arte, el Festival Nacional de Malambo de Laborde se llevó a cabo por primera vez en el año 1966 en las instalaciones de un club local. En 1973 la comisión organizadora –vecinos entre los que, hasta hoy, se cuentan manicuras y fonoaudiólogas, maestros y empresarios, panaderos y amas de casa– compró el predio de mil metros cuadrados de la antigua Asociación Española y construyó allí un escenario. Ese año recibieron a dos mil personas. Ahora acuden más de seis mil y los rubros en competencia, aunque con preponderancia del malambo, incluyen algunos de canto, música y otras danzas tradicionales, en categorías como solista de canto, conjunto instrumental, pareja de danzas o cuadro costumbrista regional. Fuera de competencia, en horario central, se presentan músicos y conjuntos folklóricos de mucho prestigio (como el Chango Spasiuk, Peteco Carabajal o La Callejera). Cada año, las delegaciones de bailarines llegan desde todo el país y del extranjero –Bolivia, Chile y Paraguay– y suman dos mil personas a la población estable de Laborde, donde algunos de los habitantes abandonan temporalmente sus casas para ofrecerlas en alquiler y las escuelas municipales se transforman en albergues para la multitud que rebosa. La participación en el festival no es espontánea: meses antes se realiza, en todo el país, una selección previa, de modo que, a Laborde, sólo llega lo mejor de cada casa de la mano de un delegado provincial.

La comisión organizadora se autofinancia y se niega a entrar en la dinámica de los grandes festivales folklóricos nacionales (Cosquín, Jesús María), tsunamis de la tradición televisados para todo el país, porque cree que, para lograrlo, debería transformar el festival en algo simplemente vistoso. Y ni la duración de las jornadas –desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana– ni lo que en ellas se ve es apto para ojos que buscan digestión fácil: no hay, en Laborde, gauchos zapateando sobre velas ni trajes con brillantina ni zapatos con strass. Si el de Laborde se llama a sí mismo «el más argentino de los festivales» es porque allí se consume tradición pura y dura. El reglamento expulsa cualquier vanguardia y lo que espera ver el jurado –que forman campeones de años anteriores y especialistas en danzas tradicionales– es folklore sin remix: vestidos y zapatos que respeten el aire de modestia o de lujo que los gauchos y las paisanas (como se llama a las mujeres de campo) usaban en su época; instrumentos acústicos; pasos de baile que se correspondan con la zona a la que representan. Sobre el escenario no deben verse ni piercings, ni anillos, ni relojes, ni tatuajes, ni escotes exagerados. «Las botas duras o fuertes deberán ser con media suela y freno, como máximo, sin puntera metálica, y de colores tradicionales. La bota de potro deberá ser de formato auténtico, lo cual no implica la obligación de que sea del material con que se confeccionaban antiguamente (cuero de potro, cuero de tigre). No se permitirá el uso de puñales, boleadoras, lanzas, espuelas, ni otro tipo de elemento ajeno al baile (…) El acompañamiento musical debe ser tradicional y respetarse en todas sus formas; constará de hasta dos instrumentos de los cuales uno de ellos será obligatoriamente una guitarra (…) La presentación (…) no deberá transformarse en efectista», establecen algunos artículos del reglamento. Ese espíritu refractario a las concesiones y apegado a la tradición es, probablemente, el que lo ha transformado en el festival más secreto de la Argentina. En febrero de 2007, la periodista del diario Clarín Laura Falcoff, que acude al festival desde hace años, escribía: «En enero pasado cumplió cuarenta años el Festival Nacional del Malambo de Laborde, provincia de Córdoba, un encuentro prácticamente secreto si se mide por su reducido eco en los grandes medios de difusión. Para los malambistas de todo el país, en cambio, Laborde es una verdadera meca, el punto geográfico donde se concentran una vez por año sus expectativas más altas.» El Festival Nacional de Malambo de Laborde casi nunca es mencionado cuando se publican artículos sobre la multitud de festividades folklóricas que pueblan el verano argentino, aunque se realiza en la primera quincena de enero, entre un martes y un lunes a la madrugada.

El rubro malambo se divide en dos categorías: cuartetos (cuatro hombres zapateando en sincronización perfecta) y solistas. A su vez, esas dos categorías se dividen en subcategorías –infantil, menor, juvenil, juvenil especial, veterano–, dependiendo de la edad de los participantes. Pero la joya de la corona es la categoría solista de malambo mayor, en la que compiten hombres –solos– a partir de los veinte años. Los competidores –a quienes se llama «aspirantes»– se presentan en un número que no supera los cinco por día. En una primera aparición, que hacen en torno a la una de la mañana, cada uno de ellos baila el malambo «fuerte», que corresponde a la provincia de la que vienen: norte, si son de la zona norte; sur, si son de la zona sur. Después, en torno a las tres de la mañana, interpretan la «devolución», el malambo de estilo contrario al que bailaron en la primera ronda: los que bailaron norte bailan sur, y viceversa. El domingo a mediodía el jurado delibera, establece los nombres de los que pasan a la final y lo comunica a los delegados de cada provincia que, a su vez, lo comunican a los aspirantes. En la madrugada del lunes los seleccionados –entre tres y cinco– bailan su estilo «fuerte» en una final de apoteosis. Alrededor de las cinco y media de la mañana, con el día clareando y el predio aún repleto, se conocen los resultados en todas las categorías. El último en darse a conocer es el nombre del campeón. Un hombre que, en el mismo momento en que recibe su corona, es aniquilado.

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La ruta provincial número 11 es una cinta de asfalto angosta, con unos cuantos puentes oxidados por los que pasa una vía por la que ya no pasa el tren. Si se la recorre en el verano austral –enero, febrero–, se verá, a un lado y otro, la postal perfecta de la pampa húmeda: campos reventando de un verde como trigo verde, verde brillante, verde maíz. Es el jueves 13 de enero de 2011 y la entrada a Laborde no podría ser más obvia: hay una bandera argentina pintada –celeste, blanco– y la leyenda que dice: Laborde Capital Nacional del Malambo. El pueblo es uno de esos lugares con límites claros: siete cuadras de largo y catorce de ancho. Eso es todo y, como es tan poco, la gente casi no conoce los nombres de las calles y se guía por indicaciones como «enfrente de la casa de López» o «al lado de la heladería». Así, el predio donde se lleva a cabo el Festival Nacional de Malambo es, simplemente, «el predio». A las cuatro de la tarde, bajo una luminosidad seca como un casco de yeso, las únicas cosas que se mueven en Laborde están en ese lugar. Todo lo demás permanece cerrado: las casas, los kioscos, las tiendas de ropa, las verdulerías, los supermercados, los restaurantes, los cibercafés, los almacenes, las rotiserías, la iglesia, la municipalidad, los centros vecinales, los edificios de la policía y los bomberos. Laborde parece un pueblo sometido a un proceso de parálisis o de momificación y lo primero que pienso cuando veo esas casas bajas con su banco de cemento al frente, las bicicletas sin candado apoyadas contra los árboles, los autos abiertos con las ventanillas bajas, es que ya vi cientos de pueblos como éste y que, a simple vista, éste no tiene nada de particular.

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Si existen en la Argentina otros festivales en los que el malambo es uno de los rubros en competencia –el festival de Cosquín, el de la Sierra–, Laborde –donde este baile es protagonista excluyente– tiene un reglamento que lo hace único: establece, para la categoría de malambo mayor, un máximo de cinco minutos. En los demás festivales, el tiempo aceptable es de dos y medio o tres.

Cinco minutos son poca cosa. Una ínfima parte de un viaje en avión de doce horas, un soplo en una maratón de tres días. Pero todo cambia si se establecen las comparaciones correctas. Los corredores de cien metros libres más rápidos del mundo tienen sus marcas por debajo de los diez segundos. La de Usain Bolt es de nueve segundos cincuenta y ocho centésimas. Un malambista alcanza una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de cien metros, pero debe sostenerla no durante nueve segundos sino durante cinco minutos. Eso quiere decir que los malambistas que se preparan para Laborde no sólo reciben durante el año previo al festival el entrenamiento artístico de un bailarín, sino también la preparación física y psicológica de un atleta. No fuman, no beben, no trasnochan, corren, van al gimnasio, ejercitan la concentración, la actitud, la seguridad y la autoestima. Aunque hay quienes se entrenan solos, casi todos tienen un preparador que suele ser un campeón de años anteriores y a quien deben pagarle las clases y el viaje hasta la ciudad en la que viven. A eso hay que sumar cuotas de gimnasio, consultas con nutricionistas y deportólogos, comida de buena calidad, el atuendo (3.000 o 4.000 pesos –600 u 800 dólares– por cada uno de los estilos: sólo las botas del malambo norte cuestan 700 pesos –140 dólares– y hay que cambiarlas cada cuatro o seis meses, porque se destruyen), y la estadía en Laborde, que suele prolongarse por quince días ya que los aspirantes prefieren llegar antes del comienzo del festival. Casi todos, además, son hijos de familias muy humildes formadas por amas de casa, empleados municipales, trabajadores metalúrgicos, policías. Los más afortunados trabajan dando clases de danza en escuelas e institutos pero hay, también, electricistas, ayudantes de albañilería, mecánicos. Algunos se presentan por primera vez y ganan, pero casi todos deben insistir.

El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos– es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, un campeón de Laborde es un eterno semidiós.

Pero hay algo más.

Para preservar el prestigio del festival, y reafirmar su carácter de competencia máxima, los campeones de Laborde mantienen, desde el año 1966, un pacto tácito que dice que, aunque pueden hacerlo en otros rubros, jamás volverán a competir, ni en ese ni en otros festivales, en una categoría de malambo solista. Un quebrantamiento de esa regla no escrita –hubo dos o tres excepciones– se paga con el repudio de los pares. Así, el malambo con el que un hombre gana es, también, uno de los últimos malambos de su vida: ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin. En el mes de enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea –simple– de contar la historia del festival y tratar de entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir.

***

En las calles de tierra que circundan el predio hay decenas de toldos de color naranja que cobijan puestos en los que, durante la noche, se venden artesanías, camisetas, cedés y que, a esta hora de la tarde, reverberan bajo el sol y lanzan destellos gelatinosos y calientes. El predio está rodeado por un alambre olímpico y, apenas se entra, a la derecha, está la Galería de Campeones, un sitio donde se exhiben las fotos de quienes ganaron desde 1966, y puestos de comida, ahora cerrados, que venden empanadas, pizza, locro (un guiso tradicional), asado y pollo a la parrilla. Al otro lado están los baños y la sala de prensa, una construcción cuadrada, amplia, con sillas, computadoras, y una pared cubierta por un espejo corrido. Al fondo, el escenario.

Conozco historias sobre ese escenario: se dice que, por el respeto que impone, muchos aspirantes renunciaron minutos antes de subir; que un leve declive hacia adelante lo vuelve temible y peligroso; que está tan plagado de fantasmas de grandes malambistas que resulta sobrecogedor. Lo que veo es un telón azul y, a los costados y arriba, los carteles de los auspiciantes: Corredores de cereales Finpro, El cartucho SA transportes, Casa Rolandi, artículos para el hogar. Debajo de las tablas hay micrófonos que amplifican el sonido de cada pisada con precisión maléfica. Frente al escenario, centenares de sillas de plástico, blancas, vacías. A las cuatro y media de la tarde cuesta imaginar que, en algún momento, habrá aquí algo más que esto: nada, y esa isla de plástico de la que asciende una onda de calor ululante.

Estoy mirando la copa de unos eucaliptus, que no alcanzan para detener las garras del sol, cuando lo escucho. Un galope tendido o el traqueteo de un arma bien cargada. Me doy vuelta y veo a un hombre sobre el escenario. Tiene barba, galera, chaleco rojo, chaqueta azul, un cribo blanquísimo, un chiripá de tonos beige, y ensaya el malambo que bailará esta noche. Al principio el movimiento de las piernas no es lento pero es humano: una velocidad que se puede seguir. Después el ritmo sube, y vuelve a subir, y sigue subiendo hasta que el hombre clava un pie en el piso, se queda extático mirando el horizonte, agacha la cabeza y empieza a respirar como un pez luchando por oxígeno.

–Buena –dice el que, a su lado, toca la guitarra.

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Este es el primer capítulo de ‘Una historia sencilla’ (Anagrama, 2013), un libro de Leila Guerriero.

Las cobijas que lo habían abrigado en esos días de fiebre ya lo tenían fastidiado. Al mediodía de aquel soleado 6 de julio de 2000, Francisco Granados estaba agotado de tantas horas de cama. Sus casi 70 años eran una calamidad. Tardó en reparar que alguien tocaba a su puerta, no por un sueño profundo sino porque casi nunca alguien visitaba a este anciano sacristán del pueblo hidalguense de San Juan Tepemasalco. No podían ser buenas noticias.

—“Pancho”, ¡la puerta de la capilla está abierta! Alguien entró —le avisó Carmen, su hermana.

Francisco se vistió y bajó una cuadra para dar aviso a las máximas autoridades de esa población de 250 habitantes: el delegado municipal Crescencio Benítez y el juez Fidel Pérez. Cruzaron el atrio hasta quedar frente a la fachada blanca de la capilla franciscana. Era cierto; el viejo portón de madera estaba entreabierto en uno de los 364 días del año en que debía estar cerrado: salvo por una boda, 15 años o un bautizo, sólo abría los 24 de junio, en la fiesta de San Juan Bautista.

Al entrar vieron que del barandal del coro, en lo alto del templo, colgaba un lazo de más de dos metros. Alguien lo había usado para bajar a la nave principal. En el altar mayor saltaban a la vista dos huecos rectangulares, ocupados hasta hacía unas horas por dos pinturas con la imagen de Juan el Bautista, el venerado santo de largo pelo rizado. Además, faltaba un pequeño Cristo de madera.

Justo antes de salir, los tres pobladores descubrieron un bastidor tirado en el suelo. Alguien le había cortado la pintura que contenía con un objeto filoso. El sacristán lo tomó. Volteó y advirtió que en un muro lateral, a tres metros de altura, había una estaca al descubierto.

De esa pieza metálica siempre había colgado un viejo óleo verdoso. Los ladrones lo bajaron. Luego, por lo visto, con una navaja separaron la tela del bastidor, al que dejaron vacío pese a tener adherido el perímetro del lienzo. En él, Francisco, Crescencio y Fidel vieron, cercenada, la cabeza de Dios Padre. Pero no podían recordar gran cosa sobre esa pintura. Sólo que Adán y Eva aparecían borrosos en un jardín lleno de animales extraños.

En casa del anticuario

El vendedor de arte Rodrigo Rivero Lake nos da la bienvenida a la fotógrafa y a mí en su penthouse de Campos Elíseos, en Polanco.

—¿Un tecito?

Un mayordomo de uniforme trae té verde en tazas de porcelana china. Revolvemos el azúcar con cucharitas de oro. Rivero Lake se pierde unos segundos en el fondo de su departamento. Hay antigüedades en el suelo y en las paredes, sobre las mesas, en cada recámara de este piso donde el anticuario más célebre de México vive con su servidumbre. Hay piezas coloniales, estofados, altares, esculturas de la India. Objetos diminutos, fastuosos. Todo lo imaginable. Oímos un maullido: imagino una gatita de angora blanca. De pronto, vuelve Rivero Lake. Es él quien maúlla. Lleva en la boca un pequeño silbato que simula el sonido de un gato. Nos regala un silbatito a cada uno.

Camisa rosa con sus iniciales, pantalón olivo, saco beige, pañuelo amarillo y zapatos de gamuza. Rivero sabe de colores. Sus ojos son verde-azulados. Es un perfumado galán de 57 años. Eleva el rostro para la foto.

—¡Espera!

Se levanta y trae un cráneo dorado que apoya en su rodilla: “Es mi Laca-laca, se las presento. Es ecuatoriana, sacada de un San Jerónimo”.

Ahora sí, la fotógrafa se prepara a disparar.

Posa, mirando a Polanco desde la altura. Atrás suyo hay un altar indoportugués del siglo XVIII. A su lado, un San Antonio, el santo casamentero. “Hay que pedirle matrimonio, un amor sincero, soy el más guapo de los solteros”, declama Rodrigo, impostando la voz (él no es soltero, sino divorciado). Hace otra pausa, pide alejar un candelabro: “No es original; luego uno se desacredita”.

La fotógrafa se arrodilla para tomar una imagen en contrapicada.

—Usted es fotogénico –le dice ella.
—Totalmente –responde él–. Me usan para espantar niños.

Inicia la entrevista. Rivero Lake habla a un ritmo supersónico, mezclando anécdotas, hechos históricos. Se queja de estar viviendo una persecución.

—A una iglesia de la sierra llega un anticuario y se lleva las columnas, tres cuadros y deja mochada la iglesia. Yo, al contrario: voy y trato de comprarla entera. ¿Para qué? Para preservarla. Luego dicen: Rivero Lake es un saqueador. ¿Por qué? ¿Porque la preservé?
—¿Es difícil saber si sus piezas tienen un origen lícito?
—Es una desgracia: no sabes de dónde vienen. El más sabio cae engañado. He tenido muchos problemas. Compras en una casa o una tienda y la pieza es robada. Si alguien en un pueblo quiere comprar un coche, se roba la pintura de su iglesia.

La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos impone hasta 12 años de cárcel a quien robe o saque del país una pieza del Patrimonio Nacional sin permiso del gobierno. La paradoja es que el INAH carece de una base de datos pública para saber qué obras del Patrimonio han sido robadas de las iglesias.

—La ley hay que cambiarla –añade Rivero–. Si voy a regresar una pieza robada soy copartícipe del robo, cuando me deberían hacer un reconocimiento por entregarla.

Adiós a San Elías

El delegado del pueblo y el cura Francisco López –jefe religioso de la zona– acudieron al MP de Tulancingo a levantar la denuncia. Por ser de orden federal, el caso se turnó a la PGR: el cuadro de “Adán y Eva” y los demás objetos –como las 1250 piezas de arte sacro que el INAH estima robadas– eran parte del Patrimonio Nacional por pertenecer a una iglesia.

El pueblo no fincó esperanzas en que un día aparecieran: por años, su capilla ha sido saqueada hasta quedar en cueros y jamás se resolvió nada. San Juan poseía el cáliz de oro más valioso del sur de Hidalgo. Medio siglo atrás, uno de los curas en turno, antes de despedirse avisó que se lo llevaría para reparar su deteriorada base. Prometió devolverlo mucho más hermoso, para dejarlo como un digno “refugio de la Sangre Preciosísima de Cristo”. Ni él ni el cáliz regresaron.

Y de ahí pa’l real: desaparecieron una custodia de la Eucaristía, las figuras de San Pedro, San Pablo, San Cristóbal y San Miguel, y hasta los instrumentos musicales de la banda local que eran guardados en un hueco del altar.

Un día, San Juan, tan callado en su dolor, halló razones para gritar su coraje. San Elías desapareció. “Como por aquí hay secas, otros pueblos nos pedían llevárselo en procesión –dice Leonor Suárez, pobladora de casi 70 años–. Llovía en cuanto San Elías salía al campo. Íbamos a Acelotla, al Cerro de las Ánimas y ni cómo refugiarse del agua. Al santito le poníamos sombrero para protegerlo. Desde que se lo robaron, ya nunca llovió igual.”

Esta vez, los judiciales acudieron a San Juan para levantar las huellas digitales que los ladrones dejaron en el bastidor de “Adán y Eva”. El lazo en el barandal del coro no les dejó dudas sobre el modus operandi.

Los ladrones utilizaron una barda colindante con la capilla para ascender a la cúpula. Desde ahí, subieron a un hueco del campanario. Ya dentro de la capilla de San Juan Bautista, bajaron al coro por una escalera de caracol. Amarraron al barandal del coro un lazo para bajar hasta la nave del templo. El resto fue simple: las imágenes de San Juan estaban al alcance de la mano, en el retablo mayor. Y descolgar el lienzo de “Adán y Eva” sólo les supuso trepar a un altar lateral. Ya abajo lo cortaron de su bastidor.

Por testimonios de los pobladores, la PGR supo que el día elegido para el robo facilitó las cosas a los ladrones. La noche del 5 de julio todo San Juan se había mudado a Zempoala, un kilómetro al oriente. Ahí, la Virgen del Refugio era festejada con poco recato. Inspirados por el grupo Cherokee, no pocos muchachos se entregaron a la fresca mezcla de música y piel morena. La abarrotada pulquería de Don Palemón se abasteció espléndidamente de tequila y pulque. Y en la plaza: mariachis, coches locos, castillos, pastes. Si cualquier noche en San Juan era apacible, aquel miércoles los ladrones entraron a la capilla de un pueblo inanimado, habitado por enfermos y viejos, como el sacristán.

Pero la PGR no avanzó en nada más. La averiguación del robo en San Juan durmió en sus archivos. Ni qué decir de la indagación sobre el cuadro de “Adán y Eva”. El argumento oficial fue que se desconocían las medidas y el aspecto del cuadro, y que sin fotos u otros elementos era imposible iniciar las pesquisas.

Vecino de Picasso

En el San Diego Museum of Art de Estados Unidos, la joven curadora Claudia Leos recababa información sobre una rara pintura colonial mexicana de 1728 para incluirla en un catálogo. Hacía año y medio que el museo había adquirido el cuadro. Pese a ser anónimo, su notoriedad le mereció ser parte del recinto al que pertenecían Minotauro acariciando a una mujer dormida, de Picasso; Espectro de la tarde, de Dalí, o Manao Tupapau, de Gauguin.

La colorida composición que Claudia estudiaba en junio de 2002 era peculiar. Arriba se sucedían en un huerto siete escenas del Génesis: desde que Jehová formó al hombre soplándole vida por la nariz, hasta que Eva entregó a Adán el fruto prohibido. En primer plano, el Arcangel Miguel los corría del Paraíso a los dos con su espada flamígera. Los seguía una extraña serpiente del pecado original con orejas de perro.

El centro de la pintura era alucinante. La curadora observó que en un lago nadaban colibríes acuáticos, gatos con cola de delfín y peces con cabeza de borrego. A la orilla cabalgaba un unicornio, junto a un león enano y un elefante de un solo ojo. Las escenas, dispuestas en 10 planos diferentes, creaban una suerte de El jardín de las delicias de El Bosco, muy a la mexicana. Ingenuo, creativo y luminoso, el cuadro encadenaba las imágenes de modo didáctico, como si se hubiera usado para evangelizar indígenas.

En su búsqueda de información, llegó a las manos de Claudia un libro de Agustín Chávez sobre arte hidalguense. En la página 324 aparecía una foto del lienzo. Su ficha decía que pertenecía a un lugar llamado San Juan Tepemasalco. Al revisar el historial del cuadro que el vendedor entregó al museo, detectó algo extraño: ese dato había sido omitido.

Días más tarde, la titular del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo (Cecultah), Lourdes Parga, recibió en su oficina de Pachuca una carta del San Diego Museum of Art. La remitía la curadora Claudia Leos: “Busco información sobre una obra (que aparece) en un libro de 1986, La pintura colonial en Hidalgo en tres siglos de pintura colonial mexicana, Adán y Eva arrojados del paraíso, Siglo XVIII, San Juan Tepemasalco. Esta obra ahora está en la colección del Museo de Arte de San Diego”.

Parga le mostró la carta a José Vergara, director de Patrimonio Nacional del Cecultah. Al ver el título del libro, el historiador recordó que en su casa había un ejemplar. “Lo saqué de mi biblioteca, vi la foto del cuadro y me quedé estupefacto: ¿cómo era posible que un cuadro que hace 20 años estaba en una capilla de México ahora estuviera en un museo de Estados Unidos?” Lo siguiente fue revisar el Catálogo del Patrimonio Nacional de Hidalgo, donde Vergara y su equipo hallaron una diapositiva de la obra. Luego acudieron al pueblo para saber qué había ocurrido con la pintura.

Así, en unos días, el Cecultah reunió las pruebas de que el cuadro pertenecía a una iglesia del estado y que, por tanto, era Patrimonio Nacional: venderla era un delito grave.

—Envíen un oficio a la PGR con la copia de la foto del libro y la diapositiva –les pidió Parga–. Y recuérdenles que hace dos años se denunció el robo.

El vendedor: un secreto

En ese oficio, Parga informó a la PGR de Hidalgo que una carta le acababa de revelar el destino de “Adán y Eva”: el museo de San Diego. A su escrito anexó las fotos. Además, entregó un análisis químico de 11 muestras de la capa pictórica que había quedado en el bastidor. De ese modo, el museo podía cotejar dichos resultados con la obra que ellos tenían. Comparando materiales, sabrían si el bastidor y su lienzo eran dos piezas del mismo rompecabezas.

La PGR, por su parte, se acercó al Departamento de Justicia de Estados Unidos e intercambió datos con la Organización Internacional de Policía Criminal (Interpol).

Justo cuando el gobierno estadounidense comenzaba a investigar, el director del museo de San Diego, Don Bacigalupi, primer responsable en comprar el lienzo,fue transferido al The Toledo Museum of Art, de Ohio, en la otra punta del país. Escapaba así de una posible tormenta.

El caso se mantuvo en sigilo hasta el 25 de noviembre de 2004. Ese día, la reportera Anna Cearley, del The San Diego Union-Tribune, reveló que el museo poseía una pieza que, al parecer, había sido robada en un pueblo mexicano. Once días más tarde, el Consejo de Administración del museo votó devolver la obra y exigir la restitución de lo pagado al vendedor, quien accedió a entregar la suma.

El nuevo director del museo, Derick Cartwright, había logrado mantener en secreto el nombre del vendedor del lienzo. En varias ocasiones, el museo se limitó a informar que era “un vendedor de la Ciudad de México”.

El silencio se rompió en una entrevista de la reportera Cearley a un curador del museo, Marion Oettinger: el vendedor del óleo robado, declaró, era Rodrigo Rivero Lake, el gran anticuario mexicano, surtidor de empresarios y políticos. “Salí a ver qué había disponible en subastas y galerías –declaró Oettinger–. Hice tres sugerencias y una de ellas era ésta (Adán y Eva arrojados del paraíso), que pertenecía a Rivero Lake.”

Según Oettinger, el anticuario le envió fotos que probaban la “calidad” de la obra: “Le pregunté (a Rivero) si la pintura tenía papeles y procedencia adecuada, y me dijo que sí”, dijo al The San Diego Union-Tribune.

El Inah avala la venta

La obra, en efecto, tiene papeles. Rivero solicitó al INAH un documento sobre la pintura. Esa institución, a través de la subdirectora de Inventarios del Patrimonio Cultural, Rosana Calderón Martín del Campo, no tuvo inconveniente en entregarle un oficio firmado que indica: “Coleccionista Rodrigo Rivero Lake, por medio del presente oficio le informo que las pinturas San Sebastián Aparicio, Adán y Eva y Custodia no pertenecen al acervo cultural del INAH, por lo que no hay ningún inconveniente en que pueda comerciar con ellas. Sin otro particular y en esperando (sic) que esta información le sea de gran utilidad, me despido con un cordial saludo”. Pero un dato no checa. La venta ocurrió a finales del 2000. El documento del INAH está fechado el 18 de julio de 2002. Fuentes que no quisieron ser identificadas aseguran que –con objeto de dar legitimidad a la venta– el anticuario habría pedido ese documento al percibir que se cernía sobre él la amenaza de las justicias mexicana y estadounidense.

De este modo, el INAH se unió al probable delito de venta de una obra artística robada y perteneciente al Patrimonio Nacional.

La funcionaria Calderón dio su versión hace cerca de dos meses.

—¿Por qué emitió ese documento?
—Es algo muy delicado. No puedo hablar porque la investigación está en proceso. Ya declaré.
—¿Rivero Lake le pidió a usted elaborar el documento?
—Se lo pidió a otra persona que no puedo decir.
—¿Rivero Lake es su amigo?
—Todo lo contrario. Con este señor tengo muchísimos problemas de llamadas, de amenazas de todo lo que se le ocurra.
—¿Porqué salió ese lienzo de México?
—El documento sólo informa que la pieza no está a resguardo directo del INAH. Yo he sido un estorbo para que (Rivero) continúe cometiendo ilícitos. Antes le detuve cosas ilícitas y está muy enojado conmigo. Usó dolosamente el documento porque no es una autorización de compra-venta ni de salida del país.

Sin embargo, como se indica párrafos arriba, el documento firmado por la también restauradora sí avala la comercialización.

Si puedes brincarla, mejor

Entrevisto a Rivero frente a una mesa de pietra dura florentina del siglo XIX, con marquetería de lapislázuli y fósiles. Junto a mi grabadora hay una caja poblana de 1730 con esgrafiado de hueso, carey y clavos de plata.

—¿En el caso de “Adán y Eva” fue víctima de un vendedor de arte robado, a quien usted le compró la obra?
—Yo no la vendí, apenas estuvo metidita mi mano. Es una cosa delicada. Si puedes brincarla, mejor.
—Gente del museo de San Diego dice que fue usted.
—Dicen que fui uno de los agentes.
—¿Le fue complicado venderla al museo?
—No.
—¿No?
—No, si tienes la pieza y el museo el interés: en todos los museos hay agujeros que cubrir para seguir el guión museográfico.
—¿No se imaginó que era robada?
—¿Cómo imaginarme, cómo saberlo?
—¿Cual fue su papel en la venta de “Adán y Eva”?
—Se recuperó la pieza, qué bueno que está en su lugar original.

En un fax enviado semanas después de la entrevista, Rivero indicó: “El año pasado un juez de distrito resolvió que no existen elementos de prueba que acrediten mi probable responsabilidad en el robo de la pieza Adán y Eva, criterio que fue corroborado por un tribunal unitario de circuito (…) Puedo afirmar categóricamente que no he robado esta pieza.” Sus abogados secundaron el dicho del coleccionista y mostraron extractos de la resolución perteneciente a la causa penal 1962006 del juez primero de distrito.

Sin embargo, el 30 de mayo la PGR proporcionóel oficio DGPDSC/UEAI/2347/2007, en el que aclara que la averiguación previa aún está “en trámite”.

Inspiración divina

Antes de viajar a Estados Unidos, Adán y Eva arrojados del paraíso era una desgracia. En 272 años nadie le restauró un milímetro. Un tamiz café-verdoso imposibilitaba identificar más de dos o tres de los casi 100 animales (aves, mamíferos y reptiles) que rodeaban al primer hombre y la primera mujer. La espinilla de Eva tenía una rotura. La cabeza de la serpiente, una fractura triangular. Y el tiempo dejó en la miseria al caballo principal: corroído el lienzo, en lugar de su cabeza y patas se veía la base almagre sobre la cual el pintor creó la escena.

Para colmo, la brutal incisión con la que el ladrón cortó la pintura dejó en el bastidor la mitad del rostro de Dios, parte del manto de San Miguel, un pie de Adán y los cuerpos de tres pollos que miraban atentos a los dos primeros seres humanos de la Tierra.

En tales condiciones, ningún museo hubiera comprado la obra. No obstante, enviarlo a un restaurador profesional implicaba un severo gasto y una laboriosa indagación histórica. La solución era cederla a un buen pintor.

La primera acción del artista –cuya identidad es un misterio–, fue limpiar el barniz original. Pero el solvente usado fue tan poderoso que eliminó la pátina que da a la obra su espíritu antiguo. En lo cromático su labor fue notable: logró sutilezas en los ocres del cielo, en los verdes de los árboles y los cafés de las montañas. Sin embargo, usó pintura acrílica, cuando el original se elaboró con óleos.

Y siguieron los pecados: para dar simetría al cuadro agregó figuras que el original no presentaba. Para ello, añadió una banda de algodón donde pintó lo que Dios le dio a entender. Al Huerto del Edén le inventó dos querubines. A la derecha ideó montañas, flores, frutales y un conejito. Y tapó parte de la leyenda de la obra, “Aquí es el destierro”, pues al quedar nueve letras en el bastidor original, el pintor no tenía idea qué decía esa frase inconclusa.

Como el lino original era más grueso, igualó con resistol el grosor de la banda de algodón. Al cristalizar, ese pegamento fracturaría la obra pues la tela no responde de forma natural a los cambios climáticos.

Aunque la suma de imprudencias fue pasmosa, al concluir el pintor entregó a su cliente un cuadro exuberante, pleno de acción y símbolos. Una ridícula colección de fallas dio a luz una pintura muy atractiva.

El lienzo fue expuesto en el museo con un pomposo marco tallado de 2.15 por 1.55 metros, réplica de estilo colonial, de casi 40 kilos.

El tallador consentido de la Residencia Oficial de Los Pinos, Jaime Hernández, me recibió una mañana en su taller de San Andrés Tetepilco, al oriente del DF, donde ha creado marcos para obras de Francisco Toledo, Diego Rivera, Vicente Rojo o Luis Nishizawa. Le mostré la foto del marco de “Adán y Eva”.

—Este marco es mío, yo se lo hice (a Rivero Lake).
—¿Cómo lo realizó?
—En mes y medio de trabajo, es un marco trabajosito. Usé cedro rojo que compré en Iztapalapa. Lo preparo así: coloco la plantilla y arriba calo la madera con una gubia. Pongo blanco de España, pulo y le doy bol rojo de Bélgica. Le aplico oro de hoja de Inglaterra. Lo barnizo y patino para que se vea antiguo. Y le incrusté unos pequeños espejos.
—¿Rivero le trajo la pintura para que usted viera las dimensiones?
—No, él me da las medidas… son obras delicadas.
—¿Y cuánto costó?
—Unos tres mil dólares.

Así, a menos de 180 días del robo, la pintura estaba lista para ser vendida. A fines de 2000, el museo de San Diego pagó 45,000 dólares por ella. “Debió llegar con todo y marco a Estados Unidos, embalada en una caja de madera de alta resistencia. Seguramente viajó en el área de carga de un avión”, dice Lucía de la Parra, restauradora del INAH.

2,300 horas de trabajo

La pintura fue exhibida en San Diego varios meses. Cuando Cartwright, director del museo, fue notificado de la investigación judicial, retiró la pintura y acudió al Consulado de México en San Diego para pedirle al cónsul Luis Cabrera que de inmediato le aceptara la obra: no quería prolongar el desprestigio. Pero el Consulado le pidió respetar el proceso judicial estadounidense.

El 23 de agosto del año pasado, el museo recibió la orden de sacar la pintura de su bodega. Ese día acudió al Consulado una multitud de medios, entre ellos The San Diego Union-Tribune, Associated Press, NBC, Fox News y ABC. Por fin, el gobierno de Estados Unidos entregaría Adán y Eva arrojados del paraíso al gobierno de México. En la ceremonia sólo se mostró una reproducción fotográfica de la pintura, pues para ese momento volaba como “valija diplomática” en un avión de DHL.

La Secretaría de Relaciones Exteriores entregó la obra al INAH en una ceremonia a la que fueron invitados 13 pobladores de San Juan. El 28 de noviembre pasado, en su traslado de Tlatelolco a el Ex Convento de Churubusco, la pieza viajó en una caja de seguridad en un camión escoltado por la Policía. Una vez restaurado ahí, se cederá al gobierno de Hidalgo.

La restauradora Lucía de la Parra se ha hecho cargo de los trabajos sobre el cuadro, que ya casi concluyen. En siete meses, ha laborado con su ayudante ocho horas diarias para eliminar el bello y atroz repintado que la obra sufrió antes de viajar a San Diego. En septiembre, al concluir la reparación, habrá sumado con su ayudante 2,300 horas de trabajo. Lo último será unir la tela con su “eslabón perdido”: el bastidor dejado por los ladrones en la iglesia hace siete años. Dios Padre volverá a tener los dos fragmentos de su cabeza.

Mejor hablemos de La Monalisa

La habitación de Rivero es delicadísima, alfombrada. La cabecera turquesa de su cama es peruana, decorada con un hombre que dispara a un ave. El anticuario toma un libro, El Paraíso de los Pájaros Parlantes y lo abre para mostrarle una imagen a la fotógrafa: es el cuadro La Muerte, de 1739, con un demonio transportando una copa. Rivero cuenta algunas proezas: ha hecho de todo, hasta disfrazarse de cura, para poder trasladar sus antigüedades.

Frente a la cama hay un cuadro del flamenco Martin de Vos, del siglo XVI, y otro de un ángel arcabucero, típico del Cusco, el departamento peruano donde Rivero fue acusado hace tres años de robar el mural Coro Celestial, para lo cual debió desmontar la pared de una capilla, como él mismo reconoce en la entrevista.

Al posar, Rivero canta: “Para ti soy libro abierto / escribe en mí, te necesito”. Es un romántico puro, ortodoxo. Hay muchos CD’s asiáticos desperdigados: Ustad Zia Fariduddin, Nusrat Fateh Ali Khan…

Hablamos nuevamente. Según fuentes con acceso a la averiguación previa, Rivero declaró a la PGR que adquirió Adán y Eva arrojados del paraíso a unas ancianas de provincia que decían que el óleo pertenecía a su familia. A mí me indica otra cosa.

—¿Quién le vendió a usted la pintura de San Juan Tepemasalco?
—Se compra por patronatos. No me gusta hablar de eso. Hablemos mejor de La Monalisa. Un día entró un señor con una bici vestido de empleado del Louvre por la puerta principal del museo. La descolgó y se la llevó en bici. Luego…
—¿Qué patronatos?
—Estoy en muchos patronatos.
—¿No le convendría abrir la información?
—No oculto. Son delicadezas jurídicas. Todo lo que se ha tenido que pagar se ha hecho. La pieza está de regreso sin ningún problema.
—¿Ya devolvió el dinero al museo?
—No ha habido problema. Ha sido algo muy alivianado.
—¿Cómo viajó la obra a San Diego?
—Si ese es el tema de conversación, créeme que no sé. No es un tema interesante, ni agradable. Mejor termino de contarte lo de La Monalisa.

Nueva tentación

Conocí hace poco San Juan Tepemasalco. Al sacristán “Pancho” me lo topé mientras descansaba sobre unas piedras en lo que llegaba el camión del gas. Cuando al ex delegado Crescencio le pregunté qué había pasado de interesante en el pueblo, que no fuera lo del cuadro, me dijo: una vez “alguien” mató el animal de un vecino; una gallina, si mal no recuerda.

Ya en la capilla, vi la pared vacía donde estaba la pintura y agarré la soga amarilla por donde bajaron los ladrones. Subí a la cúpula y observé desde arriba al pueblo. San Juan son cinco manzanas polvorientas donde la gente cría puercos, gallinas y guajolotes. Comen sus cultivos: maíz, frijoles y haba. Aunque algunos dicen que son 250 habitantes, otros lanzan cifras temerarias: son 300. El problema es que el censo los incluye en Zempoala, la localidad aledaña, con la que hay una rivalidad futbolera: el River de San Juan Tepemasalco contra los Cariocas de Zempoala. Ahí sí se arma.

Una tarde platiqué con Guadalupe Pérez, hasta hace poco delegada del pueblo. Ella suele reunir a la gente para actualizar las noticias sobre “Adán y Eva”, que regresará en septiembre; antes, quizá, que la PGR dicte sentencia. Para evitar otra desgracia, a la capilla le instalarán un sistema de alarmas. “Esto del cuadro nos dio realce. Ya todo el país sabe de San Juan Tepemasalco”, dice Lupita, entusiasmada. Recibirán la pintura con una gran verbena.

—¿En San Juan hay algo de lo que se enorgullezcan?
—Pues de la iglesia, hay tres tienditas… Ah, de nuestro órgano. Es del siglo XVI y está ahí, en el coro, con su fuelle. Mire, véalo desde aquí. Es chiquito y cada flauta tiene una pintura.
—¿Y funciona?
—No. Pero ya vino alguien que decía que era el cura de la Catedral de México. Pidió llevárselo para arreglarlo. “Lo arreglamos con nuestro presupuesto y luego se lo traemos”, nos ofreció ese señor.

Hasta ahora, el órgano sigue en el pueblo.

Al alba, el reloj señala las cinco y diez mientras Gerardo Chan Chan prepara una rebanada de pan con frijoles que le servirá de desayuno. Afuera el termómetro marca ya 28 grados centígrados, preludio de lo que será otra vez una jornada abrasadora. En la radio un adormecido locutor narra los titulares del día: “Un hombre acuchilla a su esposa en Maxcanú a causa de celos”, “Un homosexual es apresado en la Plaza Grande de Mérida por ofrecer favores sexuales”, “Los Leones jugarán esta noche en Kukulcán”. A las seis, el himno nacional resuena en la pequeña habitación mientras Gerardo toma su mochila y se dispone a salir rumbo al trabajo. Es viernes 8 de junio por lo que al mediodía deberá interrumpir su laboro para viajar a Mérida, al hospital general y cumplir con su cotidiana revisión mensual del VIH.

“El SIDA me ha traído más bien, que mal. Por él ahora aprecio más las pequeñas cosas de la vida: que el sol, que la lluvia, un amanecer, un nuevo amigo…”, musita Gerardo mientras remueve la tierra vieja. Se ocupa como jardinero desde hace tres años en casa de “unos ricos de la ciudad que se vinieron a vivir acá”. Es el pueblo de Sitpach, Yucatán, de apenas 1.500 habitantes y donde hasta hace no mucho tiempo se escuchaba de boca en boca la historia del Keken, el hombre puerco: la historia de Gerardo desnudo y maltrecho viviendo en un chiquero.

El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron.

“Mi homosexualidad inició cuando yo tenía
unos 7 años. Desde la primaria siempre me
cotorreaban mis compañeros diciéndome
que era yo un afeminado por lo que me
gustaban las cosas femeninas, como las
zapatillas, no sé, tenía yo algo de… me
gustaba jugar a las muñecas.
Me daba cuenta de que no era yo, bueno, se
decía que no era yo normal. Y poco a poco
empezaron mis compañeritos a
enamorarme y así, cuando me di cuenta, ya
estaba yo en el rol de la homosexualidad.
Obviamente no había yo, como decimos
ahora, salido del closet. Trataba de ocultar
mi homosexualidad, con eso de que la
religión que dice que “eso está mal” y que
me inculcaron esto… entonces como que
todavía yo no me descubría a mí mismo y
no quería salir. Me avergonzaba de mí
mismo”.

Podar las ceibas, regar las rosas y cortar algunos geranios que le servirán para adornar la casa de los patrones. Se siente contento del jardín que ha logrado confeccionar. Particularmente le enorgullecen sus flores. Las hay de color amarillo, rosa, carmín y violetas. De entre todas ellas, sus preferidas son los girasoles porque dice que son como él mismo: se acoplan a la vida. A veces, mientras corta el césped o unta abono a la tierra negra, Gerardo recuerda los días difíciles: aquellos días cuando sus padres al enterarse que estaba contagiado con la mala enfermedad lo orillaron a vivir en el chiquero que está detrás de casa. Días de castigo. Días de nadie. Días en los cuales no podía relacionarse con sus queridas hermanas, ni con amigos del pueblo o vecinos. Días de ausencia. Condenado a un rudimentario cuartucho de 3×3 en el que solo cabía él, un perro ocasional que le visitaba y las ganas de morir, Gerardo pasaba las horas esperando la nada.

Se siente confuso al rememorar si fueron seis meses o un año los que vivió en esas condiciones. Solo recuerda que se quedó sin ropa ya que su vestimenta era quemada inmediatamente después de cada vomito “para que no contagiara a nadie”. Recuerda también los platos desechables y un destartalado bote de plástico que en sus mejores días albergaba un yogur sabor fresa de la marca Danone. Ése era su vaso. Así eran sus utensilios para comer. Su mesa era el suelo rocoso y una vela a medio uso parecía ser la única luz que llegaba a su vida. Cuando la vela se acababa, la zozobra y soledad de Gerardo no tenían fin. “La pasé mal, pero los perdono y los comprendo: en ese tiempo, año 2001, nadie en el pueblo sabía nada sobre VIH y sus formas de contagio. Me convertí en la peste del pueblo”.

Mientras conduce su bicicleta rumbo al trabajo, Gerardo tararea esa canción de Willie Colón que resulta ser un himno: “No se puede corregir, a la naturaleza, árbol que nace doblao, jamás su tronco endereza”. Al llegar a su jardín, pregunta parsimoniosamente a las flores cómo fue la tarde del día anterior. El viento las mueve, como queriendo contestarle.

“En el 2001 llegó mi recaída; ya no me pude
levantar, se me caía el pelo, ya no podía
trabajar. Mi mamá ya sabía de mi
enfermedad para ese entonces, pero nadie
más. Vivía en casa con diarrea diaria y
medicamentos recetados por mi madre,
como pepto-bismol, hasta que llegó el
momento en que papá me preguntó: ‘¿Qué te
está pasando?’, a lo que respondí; ‘¿quieres
realmente saberlo?’. Siempre tuve mucho
pleito con él y por ello hasta con orgullo se lo
dije, por el rencor que le tenía: ‘Tengo SIDA’.
Enfadado me reviró; ‘¿Cómo va a ser? ¡Me
estás engañando!’. Nunca en mi vida lo
había visto llorar. Cuando se calmó me dijo:
‘Hoy vas a irte a vivir al fondo del patio, al
chiquero, donde los marranos. Ahí vas a
vivir’. Pintó una raya en el suelo y me dijo,
‘¡De aquí no pasas! Ahí se te va a llevar tu
comida’. Yo ya estaba cansado física y
emocionalmente, ya no podía yo rebelarme,
así que acepté”.

“Cuando supe qué es lo que está haciendo mi
hijo, pues me entristecí porque a nosotros
no nos está acostumbrado que un hijo se
trata como a una mujer cuando no es mujer;
pues nosotros cuando nace uno de tus hijos
estás contento porque sabes que es hombre
pero de un momento te dice ‘soy mujer’,
pues claro que no te lo va a decir rápido.
Pues de lo que yo no entendí es que entró a
trabajar en una casa y su trabajo, para
nosotros, no estaba acostumbrado porque es
trabajo de una mujer, entonces ¿cuál es su
oficio? En lugar que se vaya y busque
trabajo bien, porque dentro de nosotros no
se está acostumbrado, como campesinos que
somos, que un hombre vaya a trapear, para
nosotros no es trabajo de un hombre, es
trabajo de una mujer y empecé a mal
entenderlo”.

***

Junio del 2006
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

El albergue Oasis ofrece atención y estancia a portadores y enfermos terminales de SIDA y es la última morada que brinda cariño y cobijo a quien ya nada tiene. Allí las necesidades son tantas y los medios son tan pocos que la realidad obliga al enfermo a servir como enfermero propio y de otros; a cocinar; a ser confidente y poner el hombro; a limpiar los pasillos y los pequeños cuartos; a buscar esa vena aún no tan maltratada para inyectar; a bañar a otros menos fuertes y a reír mientras se pueda: el interno en Oasis es todo y es nada.

Tomé el autobús de la capital Mérida hacia Conkal una mañana en que el sol ya empezaba a derretir el entusiasmo. Uno se acostumbra a respirar poco a poco a riesgo de sentir como si el hálito quemara las entrañas. A mi lado viajaba un joven de rasgos mayas y entonces se aviva la pregunta sobre qué significa ser maya hoy en día. El camión estaba repleto de gente, gallinas y nostalgias a Peón Contreras. Aunque el trayecto de la capital Mérida hacia Conkal no es largo, el autobús hacía múltiples paradas; ya sea para bajar a la señora que había viajado a la capital a vender hamacas el día anterior, o ya sea para subir al señor que llevaba su par de chivitos a vender al pueblo de Chicxulub, más al norte de Conkal.

Al llegar al pueblo se tiene la impresión de haber viajado en la máquina del tiempo. El municipio es prácticamente plano, formado por llanuras de barrera con piso rocoso y ceibas, el árbol sagrado de los mayas. De vez en cuando una chachalaca cantaba a lo lejos o una iguana cruzaba en mi camino y aunque el poblado de poco más de seis mil habitantes llegó a albergar el cuarto convento franciscano de los tiempos en que el catolicismo español evangelizaba indígenas, éste luce ahora abandonado y semidestruido. Según el historiador Manuel Rejón, el nombre de Conkal proviene de una hermosa flor que se llama cuunka o kahyuc, pero dicha flor se esconde al visitante.

Un frágil viejecillo me recibió en un tendejón; le pregunté por la ubicación del albergue Oasis a lo que me respondió “¡ah!, el lugar de los enfermitos”, así, en diminutivo. “Por diez pesos yo lo llevo en mi bici-taxi, el albergue está lejos”. Después supe que el anciano se llama Camilo, supe que tenía 74 años y que había nacido en Mocochá, pero Mocochá es muy pequeño y prefería venir a trabajar cada día hasta Conkal. “No se quede mucho tiempo allí joven, el lugar está lleno de muertitos en vida”, advirtió mientras pedaleaba.

Al llegar al albergue dos niñas me reciben gritando “¡allí viene el lobo, allí viene el lobo!”. Horas después, mientras me cuenta la historia de su vida, Gerardo me muestra el vivero que construye detrás de las ceibas que bordean al albergue:

“Ahora vivo más tranquilo.
Aprendí que hay que darse a la vida sin
esperar nada a cambio. Lo que viene lo acepto y los días
son
unos iguales a otros.
Pero ¿sabes?, algún día saldré de aquí.
Ya me siento fuerte, con ánimos.
Quisiera trabajar. Quizá cortando el pelo o
cuidando plantas: ¿conoces tú algún lugar en
Mérida donde
me quieran dar trabajo?”.

La mirada y fisionomía de Gerardo se asemejan al Bacchino malato (1593), de Caravaggio.

Su historia de vida también.

***

6 de agosto del 2012
Sitpach, Yucatán

“Sé que algún día, cuando ya no tenga más
fuerzas, entonces tendré que regresar al
Oasis. Mientras ese día llega, no dejaré que
nadie más me llame agachado, ni que me
pise, ni que me haga sentir menos. Yo sé
mis derechos”.

Gerardo guarda una cajita escondida debajo de su cama. En ella atesora una piedra de color grisáceo la cual, dice, era su única amiga en los días en que nadie quería hablar con él. “No tiene nombre, pero ni falta le hace, nos entendemos muy bien”.

El día que me despedí de Gerardo llovió como nunca. Después del aguacero me dijo con una grande sonrisa: “¡Mira!, la lluvia lavó el cielo”.

Entonces me sentí limpio.

***

Domingo, 23 de mayo del 2010
Albergue Oasis. Conkal, Yucatán, México

Morgan, el perro, es la mascota de la gran familia llamada Oasis. No tiene cola pero sí muchas garrapatas en las orejas. Cada vez que uno le pide la pata solo recibe como respuesta una juguetona mordida. A Morgan lo bañan cada domingo horas antes de que inicie la transmisión por televisión del partido de fútbol, es entonces cuando gran parte de los compañeros de Oasis se reúnen a ver la feria de goles. No son muchas ni comunes las actividades que congregan a los internos de este albergue; quizá solo la misa de los miércoles, la comida al mediodía, el cumpleaños de alguien o el día en que la muerte y el virus vencen a otro compañero. Y es que portar VIH jode el ánimo y a veces solo quedan ganas para dormir, dormir y dormir, esperando la lenta última hora.

Situado a las afueras del poblado, para llegar a Oasis hay que pasar justo a un lado de la iglesia del Sagrado Corazón, en la Plaza Central, donde el párroco local, Jesús R., en su homilía de hace no muchos días dijo que los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; que la ley de Dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van a entrar al reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa. El domingo que el cura Jesús R. pronunció estas palabras en Oasis el televisor proyectó un partido en el que el Atlante ganaba 3-1 al Santos.

***

Martes, 12 de abril del 2011
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Algunos mejor que otros pero todos ayudan.

Se limpia el baño cada segundo día, el chiquero de los puercos cada fin de semana y el depósito de agua cada dos semanas. Aunque no está escrito en ningún lugar, los internos dividen sus tareas no acorde a sus conocimientos y habilidades sino a su estado de salud: los más fuertes dan de comer a los puercos y lavan los baños; los menos fuertes se encargan de la cocina y de barrer. Los que ya no tienen mucho camino por seguir, ellos descansan en una habitación especial a la que llaman el cuarto X o cuarto de salida. Allí llegan pacientes en fase terminal más o menos conscientes de que viven sus últimos momentos.

Después de ello, la nada.

La estancia es pequeña, con paredes de color verde turquesa y dos ventanas sin cortinas. Pocos sonidos llenan la sala; solo un parsimonioso ventilador y un único paciente que más que respirar, jadea. Carlos es su nombre pero nadie conoce su apellido. Pasa ya de los cuarenta años y fue llevado a Oasis desde el hospital general apenas el viernes pasado. Él quería morir en paz, lejos del anonimato y la frialdad del hospital. La gente de Oasis ya le conocía. Carlangas le llamaban con cariño.

Amarillo. Todo alrededor del albergue Oasis es amarillo: sus paredes, los platos viejos, el cielo del atardecer, el papel corroído del primer análisis con el que Carlos se enteró que era seropositivo, la dosis de Efavirenzque Juan olvidó ingerir, los ojos de Manuel quien descansa en el cuarto “de salida” destinado a quienes sus respiros están ya contados. Amarillo, en Oasis todo es amarillo. Del color de la orina cuyo olor invade la bodega cuando el calor arrecia en Yucatán. Del color de los días iguales, unos tras otros a la espera de que algo cambie.

Oasis es amarillo.

Son las cinco de la tarde y Reyna Patricia esboza una sonrisa apretada. “Estoy hasta la madre de este lugar, ya me quiero ir, pero no sé a dónde…”.

“No hay ninguna guerra. O sea yo siempre he
tenido clara esa, esa…
las dos facetas de mi vida, las he tenido siempre
bien claras.
O sea la prostitución es un hobby,
la prostitución es diversión,
la prostitución es pasarla bien,
la prostitución es placer,
la prostitución me da un poco de satisfacción
sexual,
y nada más.
La cocina es mi vida, la cocina es arte, la cocina
es lo que me apasiona,
lo que amo, lo que disfruto, lo que gozo. Pero
interno, me explico? Porque nace desde muy
dentro. O sea nace desde adentro”.
“…disfruto las dos facetas de mi vida,
ser Rey y ser Reyna Patricia.
Es siempre estar en medio del camino”.
“O sea, vivo ese momento, lo disfruto, vivo toda
esa faceta, vivo toda esa
transformación. Vivo esa emoción, esa
adrenalina,
eso que se siente dentro de mí.
Y se termina, vuelvo a regresar a casa, vuelvo a
regresar al cuarto,
me vuelvo a desmaquillar, vuelvo a quitar todo,
me vuelvo a
poner la ropa normal, y amanece
y soy Rey”.

“Un buen cliente, uno que lleve toda su semana,
con una cartera llena de dinero y se la pueda robar.
Entonces
ese es un buen cliente,
no importa que sea gordo, joven, viejo, chaparro,
una verga grande, una chiquita, gruesa, delgada, lo
que sea.
Lo importante es eso; que lleve eso, ¿me explico?
Con que lleve eso
sería suficiente, seria excelente una noche.
¿Pero y si no?”.

***

Viernes, 29 de julio del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reyna Patricia tiene miedo a morir.

Frente a un ruinoso espejo en el que se observa un poster de Shakira, Rey abre su estuche de maquillaje mientras se mira con orgullo los pechos que aun conserva en su rechoncho cuerpo de varón maduro: “la cosecha de hormonas inyectadas en mis tiempos de juventud”, dice con una sonrisa.

Reyna Patricia es baja, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Reynaldo, tiene 40 años y desde hace cinco sabe que es seropositivo. Se pavonea caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta los hombros y vestida con una minifalda y una blusa carmesí. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

Reyna Patricia solo quiere regresar al tiempo en que no era portadora del HIV.

“¿Qué si en dónde obtuve el virus de…?,
creo, que en Ciudad del Carmen, Campeche,
creo.
No estoy al cien por ciento seguro,
ya que en ese entonces viajaban por varios lugares
de la República, Estados.
Así que no puedo tener una certeza si fue en alguno
de esos viajes,
si fue en la Isla, si fue a bordo de barcazas o barcos.
No hay una seguridad en donde fue.
Lo que sí sé que a la edad de… a los treinta y seis
años, en una prueba de VIH
que se hizo en el hospital general de la Ciudad del
Carmen, Campeche, al ir a recoger los exámenes,
me dieron la noticia de que era seropositivo.
Fue la peor noticia del mundo, lo… lo más espantoso que
se pudo haber escuchado,
lo más horrendo que me pudo haber pasado.
No me quedó más que escapar. Escapar de la
realidad
porque no puedo decir que enfrenté en esos
momentos la situación, sino que la esquivé,
la evité, traté de olvidarla. Así fue mi salida de la
Isla (de Campeche)
a la ciudad de Cancún en donde empecé a
dedicarme a la hotelería
y a la prostitución.
Y empecé a vivir mi vida dándole rienda suelta a
todo. No me importaba nada en ese momento. Lo
que quería era autodestruirme,
acabar conmigo mismo, acabar con mi existencia,
acabar con todo porque
me decía que ya no tenía caso seguir viviendo.
No asimilaba, no aceptaba vivir con el VIH”.

“Fue una época bastante difícil, fue una época
bastante mala.
Guardando un secreto tan grande; no se lo podía
platicar a nadie.
No tenía el valor para hacerlo. Ni amistades ni
compañeros, nadie. No.
Ni a mi familia, porque ni a mi familia le dije nada.
Hasta el momento no le he dicho nada.
Mucho menos se lo iba a platicar a un extraño en
aquel se entonces.
Viví ese tipo de vida allá en Cancún; arrastrando ese
secreto, arrastrando esa frustración.
Eso fue lo que me llevó a hundirme más en las
drogas: meterme en la piedra, consumir más
cocaína,
inyectarme heroína… o sea quería acabar con mi
existencia. Pero al final a lo único que
me llevó fue a desgastarme más hasta el grado de
llegar a hospitalizarme”.

“Fue que llegué en aquel entonces, 28 de febrero
llegue a Oasis por primera vez”.
“Oasis… A veces yo he dicho que… Es un lugar
que existe.
¡Qué bueno que existan lugares como ese! Porque
verdaderamente puede
ser de ayuda a mucha gente con necesidades. Yo
Oasis lo he agarrado
como botiquín de último recurso. Hasta cierto
punto a veces me siento bien ahí,
y hay momentos en que me asfixia la vida de
Oasis,
a veces me desagrada todo lo que pasa, todo lo
que… Ver tanto sufrimiento de los demás, tanta
hipocresía…
me hace impotente”.

“Llego en un cuarto, me encierro. Llego, me
encierro, veo las cuatro paredes, me siento solo.
Una soledad que te cala, que te frustra, que a
veces me hace pensar para qué luchar,
para qué seguir.
Hay momentos en que no se le ve sentido a la
vida.
Luego con esta chingada enfermedad
vivir a base de pura chingada pastilla, llega un
momento en que te sientes agotado,
te sientes cansado”.

***

Martes, 7 de agosto del 2012
Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

Reynaldo. Rey. Reyna Patricia. Reynita. De ojos como espejo y manos de hombre de mar, me abrió su vida de par en par. Así supe que en los días en que se siente triste Reyna cierra los ojos e imagina otros ayeres, cuando trabajaba como cocinero en una plataforma petrolera en medio del Golfo de México. Entonces era ella la única diva en medio de un mar de obreros: 60 días a la mitad de la grande mar vendiendo favores a quien quisiera y en cuánto quisiera. Era ella quien manejaba gustos, tiempos y caprichos. Era ella quien manejaba al destino.

Hoy su agenda es distinta, el virus le recuerda que debe desvelarse poco, tomar los medicamentos, comprar decenas de condones e intentar comer bien. Pasa su vida entre el albergue Oasis y Playa del Carmen, Quintana Roo, a donde siempre regresa en cuanto su fuerza se lo permite y su falta de dinero se lo exige.

Así han sido ya los últimos cinco años de su vida: lejos del mar de su juventud y cercana al farol de cualquier esquina.

“No creo llegar a diez años.
O sea no es mi meta en la vida llegar a esa edad.
Siempre he deseado acabar joven,
bella y hermosa”.

***

—Compa, ¿me da chance de partirle la madre a este putito? –preguntó Alex al chófer del taxi que los llevaba de regreso a casa. Sus ojos estaban llenos de ira, de celos, de coraje.
—Mientras no me ensucien el asiento, yo no veo ni digo nada –respondió indiferente el conductor.

Entonces Deborah sintió caer sobre sí años de maltratos de su padre, reclamos de su novio Alex y todos los leñazos que la vida le había propinado. Todo allí, en ese momento, en ese taxi de color verde. Fue cuando lo decidió. Pensó para sí misma, en medio de aquel torbellino de golpes, que no tenía por qué seguir soportando más. Como pudo, abrió la portezuela del taxi y se aventó a la orilla del camino mientras el taxi seguía su rumbo.

Ensangrentada a altas horas de la noche y con la ropa maltrecha, Deborah se acercó al Hotel Paraíso y tuvo la suerte de encontrar a Manuel, su amigo de la infancia quien trabajaba allí como velador del estacionamiento.

—Préstame dinero, no seas malito.
—Chingado Deborah, ora sí que te partieron la madre. Toma, es todo lo que tengo.

Deborah recordó a María quien le había platicado del Oasis.

Al amanecer, con hambre, desecha y con frío, Deborah tomó el primer autobús que le llevaría de Mérida a Conkal. Al llegar, Carlos Méndez, director del albergue, le extendió una frazada.

—Claro que te puedes quedar aquí. ¿Qué sabes hacer?
—Pues la verdad nada, respondió Deborah.

A partir de entonces Deborah comprendió que cuando decidió huir de ese taxi huyó también de toda una vida pasada.

Aprendió a cocinar y a coser. Conoció a José y al amor. Empezó su rutina médica e intentó, sin éxito completo, dejar las drogas.

“Ahora ya solo fumo churro y chemo.
Ya dejé las duras”.

Un día en que Carlos Méndez la regañaba por haber quemado el pavo de Navidad a la hora de cocinarlo, Deborah supo que era el momento de saltar de nuevo por la portezuela. Ahora era más fuerte. Ahora tenía ya un amor.

***

Sábado, 26 de febrero del 2012
Motul, Yucatán

Mientras un pequeño perro ruano lame sus pies, Eyder Manzanero se dispone a iniciar el ritual de lo habitual. Es sábado y hace falta dinero para pagar la renta pasado mañana. José, su pareja, tuvo la mala hora de gastarse en cervezas el poco dinero que había ahorrado este mes, producto de un trabajo ocasional como albañil en una escuela del pueblo vecino, Tixkokob. Ahora Eyder –o más bien Deborah- tiene que enmendar la resaca de José.

Con la delicadeza de una quinceañera, Eyder aplica una base de maquillaje en su rostro. Después la distribuye uniformemente hasta que su cacariza piel de hombre adquiere una tonalidad similar a la de “una doncella maya, ¿o no lo parezco?”, me pregunta desafiante con esos grandes labios carmines. Me pide le ayude a escoger sus aretes aunque le confieso que los adornos me dan lo mismo. Entonces me responde ya no como Eyder, sino como Deborah: “Ustedes los hombres no saben nada de nada”.

Tacones con plataforma alta resuenan en las banquetas del pueblo de Motul. El autobús que viaja a la capital Mérida no tarda en llegar y Deborah apresura el paso rumbo a la parada oficial. Una vez dentro, y ya que el trayecto toma poco más de una hora, Deborah aprovechará para darse los últimos retoques y además hojear la revista Vanidades que guarda en su bolso de color vino. Mientras ella intenta responder un test de opción múltiple que se titula ¿Eres lo suficientemente cool?, un par de viejecillas del asiento vecino cuchichean algo que parecería estar destinado a Deborah. Ella parece hacer oídos sordos a todo. Su mundo es su cabeza.

Nuestra primer parada es el bar La Oficina. Dos cervezas de litro y música de los años setentas invaden mi cabeza. Deborah ha dejado de poner atención al periodista y a la fotógrafa que estamos frente a ella en la misma mesa. Aunque no lo parezca, está ya trabajando: lanza miradas como anzuelos y parecería que un hombre de una mesa contigua a la nuestra será el primero a quien venderá sus amores peregrinos a cambio de una sonrisa y 200 pesos. Mismos que le servirán para completar la renta de pasado mañana lunes, cuando Eyder empiece de nuevo su semana normal en Motul.

***

Después de tres días de amnesia a causa de los muchos sicotrópicos que ingirió dentro del penal a donde había caído por tercera vez, Deborah se despertó con una nueva sorpresa: un tatuaje en forma de flor en su espalda donde se alcanza a leer Eyder / Chako, en referencia a sus dos vidas.

***

Mientras los habitantes del pueblo de Motul se preparan para regresar del trabajo a casa, Deborah se alista para salir a trabajar a las calles de la capital Mérida. 200 pesos servicio completo; 70 pesos una cachucha (sexo oral).

“Mis compañeras fueron las que me
empezaron a inyectar hormonas y aceite
comestible en forma de triángulo en cada
pompi. Luego íbamos a talonear y me
gustó: nunca olvidaré la primer noche,
gane 1.500 porque me metí con tres
hombres, así empecé y ya luego la escuela
no me importó, ¿pa’ qué?”.

“Por mil pesos. Dejé que me infectaran de
VIH por mil pesos. Por tener un poquito
más que las demás esa noche”.

“Quisiera hablar con mis familiares, hablar
de en dónde me van a enterrar cuando yo
ya no esté aquí. 16 años ya que me
diagnosticaron, desde que tenía yo 19
años”.

***

17:30
Motul, Yucatán

José, pareja de Eyder, espera sentado en la hamaca a que su pareja se convierta en Deborah.

Ya en Mérida, la Calle 58 es el paraíso de la prostitución: las hay jóvenes y guapas que desertan de Cancún ante la dura competencia: las hay locales y maricas. Eyder, Deborah, ocupa el último escalafón en la pirámide del sexo-servicio. El final de la Calle 58 así se lo recuerda. El ambiente es pesado, huele a licor mal destilado y lujurias por cumplir. Payaso, de José-José, suena en la rocola mientras Deborah hace cuentas en voz alta: “con esto tengo para un churro y unas guamas. Condones y medicinas. La renta y tortillas. ¡Hasta pollo alcanzaré!”.

Deborah; maya, homosexual y seropositiva, vio en la prostitución la única puerta de salida para una vida de condena continua. Orgullosos de los indígenas solo cuando aparecen en los libros de historia, la sociedad mexicana ha orillado a esta cultura a trabajos de mierda: construyendo hoteles de lujo para turistas o limpiando casas de ricos al norte de la ciudad.

“Es difícil ser maya, marica y tener sida. Jodida está la cosa”, nos dice Deborah antes de levantarse de nuestra mesa para empezar su jornada de trabajo.

Por qué se suicidó Gabriela

Publicado: 11 noviembre 2013 en Gabriela García
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Juan Marín Mejías (24) había hecho una promesa después de la reciente muerte de su hermana Gabriela: no llorar. Pero el 12 de octubre, solo en el living de su casa en San Fernando (VI Región), no pudo mantener su palabra. Sacó de su billetera una hoja de cuaderno doblada en cuatro: una carta que Gabriela escribió poco antes de suicidarse. “Perdóname. Solo eso. Por no ser la hermana fuerte. No pude ser. Te pido que esto no se quede así. Haz que paguen”, se lee en el papel escrito con lápiz negro y letra redonda y clara.

Fuera, ladra Aquiles, el perro de Juan. “Nos cagaron la vida”, dice y se seca las lágrimas. Gabriela era su única hermana, un año menor, su yunta.

El 7 de agosto comenzó la tragedia que terminó con la vida de la parvularia. A las nueve y media de la noche, salió de un cíber café, cuando un extraño la llevó amenazada hasta la línea férrea en el paseo peatonal de Tres Montes. El tipo silbó. Otros dos sujetos aparecieron y comenzaron a arrancarle la ropa, el pelo y golpearle la cabeza con piedras tomadas desde los rieles.

Las mismas que luego introdujeron en su vagina antes de perderse en la noche, después de abusar sexualmente de ella. La joven, semi desnuda, logró pedir ayuda. Carabineros detuvo a tres veinteañeros que ella reconoció como culpables; dos de ellos tenían antecedentes penales. Al día siguiente el tribunal decretó ilegal la detención y los sujetos identificados con las iniciales B.R.D., C.B.B y Y.P.C quedaron libres. Gabriela quedó desolada. Comenzó a sentir miedo de encontrarse con sus agresores a la vuelta de la esquina. Sufrió pesadillas e ideación suicida. Fue al hospital donde recibió atención, pero los médicos no advirtieron la gravedad de su estado. Un mes después, el 6 de septiembre, se ahorcó en el segundo piso de la vivienda de Juan. Tenía dos hijos: Sofía de 5 años y Nicolás, de 2. Y la ilusión de que su hermano llevara adelante lo que ella no pudo: enviar a los culpables a la cárcel.

Juan trabaja como bodeguero, y sagradamente pasa sus horas de almuerzo en el cementerio Parque San Fernando, junto a la tumba de Gabriela. Pronto será padre por segunda vez y llamará Gabriel a su hijo, en honor a ella. “He buscado pruebas como un loco, pero ya no sé a quién más recurrir. Siento que el caso se está transformando en una misión perdida”, dice Juan, cabizbajo.

Los errores

Casos como el de Gabriela son complejos de resolver. De las 10.722 denuncias por delitos sexuales que la Fiscalía Nacional registra en el primer trimestre de 2012, solo 7% han recibido sentencia condenatoria, mientras que 55,2%, fue archivado provisionalmente por falta de pruebas.

“Los niños saben que la mamá está en el cielo, pero el otro día pillamos a la Sofi (5) diciendo que se quería morir y al Nico (2) tratando de abrazar el cuadro de Gabriela”, cuenta LLoana, la suegra de la parvularia.

En la VI Región los delitos sexuales son atípicos. Según la Fiscalía Regional de O’Higgins, de un promedio de 68 mil denuncias que investigaron en 2011, solo 2% correspondió a crímenes de esta índole. Sin embargo, las primeras diligencias que realizaron Carabineros y el Ministerio Público, no estuvieron al nivel de un delito de connotación pública como el de ella.

Para empezar, el fiscal jefe de San Fernando, Néstor Gómez, no se constituyó en el sitio del suceso la noche del ultraje, como tampoco consta en el parte policial que haya instruido las pericias telefónicamente. La rueda de reconocimiento se realizó sin su supervisión. Procedimiento que los tribunales, al día siguiente, decretaron ilegal en la audiencia de control de detención. La Fiscalía (encargada de representar a Gabriela) no pidió la prisión preventiva de los imputados ni tampoco apeló. En la región que tienen el archivo provisional más bajo de Chile (29%), el abuso sexual agravado que padeció Gabriela aún no es sancionado. “¿Cómo puede ser que a un tipo que roba un celular le den prisión preventiva y los sospechosos de torturar a mi hermana no queden con ninguna medida cautelar?”, reclama Juan.

El caso de Gabriela pudo haberse archivado. Pero su trágico final puso a toda la cadena de persecución penal en el ojo mediático. Se supo así que a la audiencia del 8 de agosto tampoco asistió el fiscal jefe sino otro fiscal, Carlos López. Y que este tomó la carpeta de investigación solo cinco minutos antes de entrar. “Yo entiendo que pueda pensarse que pasarse carpetas entre fiscales rápidamente sea una práctica común, pero no es así. Aquí hubo una serie de errores que no nos permitieron proveer de pruebas a los tribunales”, señala el fiscal regional Luis Toledo.

La Fiscalía Regional de O’Higgins y Carabineros tuvieron que abrir un sumario administrativo y hacer reestructuraciones. Por el momento, Néstor Gómez dejó de ser fiscal jefe de San Fernando y pasó a funcionario adjunto en Santa Cruz. Y Carlos López, fue suspendido de la investigación de Gabriela y removido a Rengo. Que la agresión de la parvularia no quede impune depende ahora de la fiscal Fabiola Echeverría y la PDI, quienes tienen un plazo de dos años para darle término judicial. “Son casos bien terribles, porque muchas veces el testimonio de la víctima es lo único que se tiene y en este caso la perdimos, pero no hay que perder la esperanza” dice María Cecilia Ramírez, jefa de la Unidad de Delitos Sexuales de la Fiscalía Nacional que monitorea el trabajo.

La Defensoría Penal Pública (encargada de representar a los acusados) sigue apelando a un procedimiento mal hecho para sostener la inocencia de los imputados. Por ejemplo, a que en la rueda de reconocimiento a Gabriela solo se le hayan presentado a tres detenidos y no a varios sujetos como exige la norma. “Según el parte policial, Carabineros le dijo que había encontrado a los culpables antes de que ella los identificara. ¿Qué pasa en la mente de una chica sometida a un trauma como ese? Le cree a la policía obviamente”, explica el abogado de los acusados, Cristián de la Jara.

Los detenidos de esa noche están libres, pero no pueden salir de sus casas. En San Fernando la gente ha tomado la justicia por sus propias manos y los ha golpeado y amenazado de muerte. “Violadores maricones”, escribió alguien en la línea férrea donde Gabriela fue violentada. Según De la Jara, “cuando el procedimiento policial está absolutamente cuestionado, ocurre esto: pagan justos por pecadores”.

¿Es mejor tener un culpable en las calles que a un inocente preso? Alberto Ortega, defensor regional, piensa que sí. Porque solo en la VI Región, 30 personas pasaron por la medida cautelar preventiva en 2011, sin tener participación alguna en el delito por falta de rigurosidad en los procedimientos. “Si la Fiscalía tuviera otros antecedentes sería otro el debate, pero aquí hubo teléfonos que se encontraron en el sitio del suceso y que Carabineros, en lugar de analizar, se los devolvió a la víctima. Por otro lado, son los propios imputados los que ofrecen sus ropas voluntariamente un mes después. ¿Pudieron haberlas lavado? Sí. Pero nosotros no estamos para subsidiar los errores del Ministerio Público”, agrega Ortega.

La falta de prolijidad en la investigación de Gabriela dejó en evidencia otro problema. Si bien se estima que un fiscal puede soportar 1.250 causas anuales, los 26 funcionarios con que cuentan las 7 fiscalías de la Región de O’Higgins atienden más del doble. “Está claro que necesitamos ser fortalecidos, pero también los servicios de salud. Si el Hospital de San Fernando hace la constatación de lesiones con médicos legistas que solo atienden a las marcas genitales, y en su informe no aparece si le revisaron las uñas a la víctima, por ejemplo, enfrentamos un problema estructural. Tampoco facilita la investigación que el examen de ADN tenga que mandarse a Santiago porque aquí no se tienen los equipos”, señala Luis Toledo.

Carabineros fue contactado en reiteradas ocasiones por revista Paula, pero no quiso referirse al caso.

El alma de la familia

En la casa de Lloana Pavez, la suegra de Gabriela, en El Tambo, sus deudos culpan a la famosa puerta giratoria. Como una forma de hacer justicia, colgaron las fotos ampliadas de la parvularia en casi todas las paredes y levantaron un pequeño altar. A su vez, Juan imprimió su imagen en folletos para distribuirlos en velatones que organiza al menos una vez a la semana en la Plaza de San Fernando. Allí, no hay árbol que no mencione a su hermana. Para una comunidad que no supera los 63.732 mil habitantes, Gabriela es una mártir. “En la última velatón llegó muy poca gente. Es que el tiempo pasa y todos vuelven a sus cosas”, se lamenta la mamá de la joven, Inés Mejías.

Seis días después del ultraje, a Gabriela la dieron de alta en el hospital. El siquiatra Guillermo Gálvez la consideró estabilizada y recomendó atención ambulatoria y antidepresivos. El 4 de septiembre, durante una sesión con la sicóloga, Gabriela pidió hacerse una cura de sueño. Le dijeron que no había camas. Dos días después, se quitó la vida.

Para la madre el mundo se detuvo. Desde que veló a Gabriela en esa misma casa donde hoy acurruca a Nicolás, el menor de los hijos de Gabriela, los insomnios son largos como su pena. Es viernes por la noche y el pequeño de casi dos años llora en sus brazos, mientras Sofía, la hija mayor de Gabriela que tiene cinco años, se pasea en bicicleta con un celular que tiene puesta la canción de Karen Paola a todo volumen. Nadie se atreve a quitárselo porque esta y otras canciones infantiles eran las que enseñaba Gabriela en el jardín El Tambito, en que trabajaba y donde también era apoderada. “La sicóloga de la Unidad de Apoyo a Víctimas dijo que les iban a dar rabietas”, cuenta Inés.

Sofía y Nicolás viven con Lloana, la suegra de Gabriela. De esta forma, su papá Antonio puede verlos cada noche, cuando regresa de Viña del Mar, donde trabaja poniendo máquinas de ejercicios en plazas. “Los niños saben que la mamá está en el cielo, pero el otro día pillamos a la Sofi diciendo que se quería morir y al Nico tratando de abrazar el cuadro de la Gaby”, cuenta Lloana con la mirada perpleja.

Gabriela era el alma de la familia. Le gustaban las rancheras, bailaba cueca en un conjunto folclórico, tocaba la guitarra, y le gustaba subir sus fotos a facebook. “Hasta el final fuimos al karaoke. Es raro. A mí siempre me trató de demostrar que estaba bien”, cuenta Antonio, la pareja de Gabriela.

Llevaban siete años juntos. En una salsoteca de San Fernando, en 2005, comenzaron a pololear. Últimamente juntaban dinero para casarse, pero la agresión del 7 de agosto cambió los planes. “Sé que estarás enojado conmigo, pero te juro amor que no me quedaron fuerzas para seguir con esto que me hicieron. Por nuestros hijos, deje el alcohol y constrúyales una casita”, le escribió en una carta antes de su suicidio.

Antonio intenta seguir el encargo de Gabriela al pie de la letra. “A veces me da tanta rabia, que quisiera pescar una pistola y matarlos para estar tranquilo, pero no lo hago por los niños”. Inés Mejías, la madre de Gabriela, revuelve una taza de té. Recuerda que días después del ataque a su hija visitó el lugar donde fue atacada, en la línea férrea. “Se supone que la Labocar (Laboratorio de Criminalística de Carabineros) había levantado las pruebas pero yo encontré mucho cabello de mi hija ahí. Si la policía hace mal la pega, ¿qué le queda a uno?”, susurra.

La madre cuenta con tristeza que la vida de Gabriela siempre fue dura. No fue reconocida por su padre, de niña estuvo junto a su hermano Juan en un hogar de menores, cuando el sueldo de Inés, que trabajaba como temporera, no alcanzó para sostenerlos; la madre, sin embargo, nunca perdió contacto con sus hijos. “Nuestra vida fue súper difícil. Pero la Gaby siempre soñó con algo mejor; anhelaba llegar a tener su casa propia y darles a la Sofi y al Nico lo que nosotros no tuvimos”, dice Juan.

En 2009 estuvo cerca de lograrlo. Tras vivir algunos años con Antonio en la casa de su suegra, la pareja arrendó una vivienda en San Vicente de Tagua-Tagua donde Sofía tuvo una habitación parecida a la de una princesa. “Entonces a mí me despidieron de la minera donde trabajaba, y tuvimos que volver a vivir al alero de otros”, dice Antonio. Desde 2011 convivieron principalmente con la mamá de la Gaby en una casa a no más de cuatro cuadras de la línea férrea donde fue abusada ese 7 de agosto. “Un mes después fui a pedir una mediagua para que se instalara en el patio trasero de su suegro. Pero cuando llegué a darle la sorpresa ya era demasiado tarde”, dice la madre, Inés.

Las señales

Es 11 de agosto de 2012, tres días después del ultraje. La noticia se ha expandido entre los vecinos y Gabriela se niega a ducharse. No quiere verse los moretones que le quedaron del ataque. Se siente sucia. “Me tomé las pastillas que toma el tío para la diabetes”, le murmuró a su madre antes de desvanecerse e ingresar al Hospital de San Fernando por una sobredosis. El mismo establecimiento donde tres días antes había constatado lesiones.

“Las víctimas se sienten estigmatizadas. Y en pueblos chicos esto se incrementa. Además, la probabilidad de encuentro con quienes la atacaron es mucho mayor, y potencia su estado de desolación. Por eso es tan importante que las instituciones funcionen”, explica María de los Ángeles Aliste, sicóloga y coordinadora técnica del Área Reparación Adultos del Centro de Asistencia a Víctimas de Atentados Sexuales (CAVAS), dependiente del Instituto de Criminología de la PDI.

El hospital aplicó los protocolos estándar con Gabriela.

Amarrada a una camisa de fuerza durante los 7 días que estuvo hospitalizada, recibió, además, a Labocar que le hizo pruebas de saliva y pelo. “Todos esos trámites a destiempo la tenían pésimo. Y también el hecho de exponerse una y otra vez a la calle para asistir a las citas con Unidad de Víctimas del Ministerio Público. Estaba aterrada. Dormía en posición fetal. Quería que le cuidaran el sueño porque tenía pesadillas”, cuenta Juan.

Los detenidos de esa noche están libres, pero no pueden salir de sus casas. En San Fernando la gente ha tomado la justicia por sus propias manos y los ha golpeado y amenazado de muerte. “Violadores maricones”, escribió alguien en la línea férrea donde Gabriela fue violentada.

Días después, dopada en el hospital, Gabriela le decía a su mejor amiga, Claudia: “Le regalé mis hijos a la tía Lloana”.Según la sicóloga del CAVAS, no es extraño que en las víctimas de agresiones violentas fantaseen con la muerte. “Algunas encuentran en los hijos un motivo de vida, pero otras están tan desesperadas que sienten que la crianza es una exigencia que sobrepasa su capacidad de respuesta. Piensan que si el mundo se ha convertido en un peligro, ya no los pueden proteger”, afirma.

Gabriela fue dada de alta el 17 de agosto. El siquiatra Guillermo Gálvez, la consideró estabilizada y recomendó atención ambulatoria y antidepresivos. El 4 de septiembre, durante una sesión con la sicóloga Macarena Gallegos, la paciente pidió hacerse una cura de sueño. Le dijeron que no había camas. El hospital lo desmiente. “Desde la Unidad de Salud Mental no emitieron ninguna orden de hospitalización”, afirma el director del establecimiento, el doctor Carlos Herrera.

Para que Gabriela pudiera ser internada nuevamente tendría que haber llegado al servicio de urgencia tal como llega cualquiera que se ha doblado el tobillo. “Pudimos haber indagado más. Pero existen 1.300 pacientes con patologías mentales severas que atender al año y hay que sistematizar. Si me dedicara a seguir todos los casos me volvería loco”, dice Herrera.

El Hospital de San Fernando está catalogado como de Alta Complejidad, pero no tiene una unidad de siquiatría con hospitalización. La única opción es la Unidad de Corta Estadía en Rancagua, pero el siquiatra al descartar su riesgo suicida, la desestimó. “Lo otro sería que la hubieran llevado a Santiago o a una clínica privada. Pero uno puede querer muchas cosas y otra distinta es a lo que puedes acceder”, agrega Herrera.

Ese 4 de septiembre, Gabriela también buscó al doctor Gálvez y le pidió una licencia para que su mamá pudiera presentarla en la casa particular donde trabaja como empleada. “Le tomó las manos y le dijo, con su carita llena de pena, si le podía hacer ese favor para que yo pudiera cuidarla pero él dijo que no podía. Nos vinimos con la cabeza gacha. Todo nos salía mal. A la Gaby más encima le tenían las licencias retenidas y no tenía un peso”, recuerda Inés. Su suegra, Lloana, accedió a quedarse con sus hijos desde entonces para que Gabriela pudiera irse a la casa de su hermano Juan. No volvió a ver a los niños.

Intentos desesperados

Cuando Juan se enteró de la sobredosis de Gabriela sintió que lo quemaban vivo. Desesperado, advirtió al Ministerio Público que había cámaras en la vía pública que seguramente habían registrado lo ocurrido la noche que Gabriela fue atacada y podían arrojar luces de los autores. Pero no encontró respuesta. “No sé dónde están. Las pedimos, pero no han aparecido. Si las tuviéramos, obviamente las habríamos ocupado como una prueba”, dice el fiscal regional, Luis Toledo.

La siguiente puerta que golpeó Juan fue la del Sernam. Aunque la institución solo puede asistir a juicios sobre violencia intrafamiliar, un abogado de la institución, Claudio Díaz, consiguió una autorización excepcional para patrocinar el caso ad honórem. El 22 de agosto, quince días después del ultraje, el abogado y Gabriela redactaron una querella por violación que fue presentada en el Tribunal de Garantía. “Ese día me comprometí a encontrar a los culpables. Era tan evidente lo afectada que estaba, no sé cómo el servicio de salud no fue capaz de verlo”, dice Díaz.

Hasta ahora el abogado no ha podido cumplir su promesa. Los análisis de ADN que se aplicaron a la ropa interior de los tres sospechosos no arrojaron nada. Y solo las piedras que se encontraron en su zona genital y que tiene Labocar en Santiago, podrían dar alguna luz. Semanas antes, el abogado que defiende a los acusados, Cristián de la Jara, sin saber que los resultados de esas prendas favorecerían a sus clientes, planteaba la duda: “¿Qué importancia va a tener esa prueba si la ha analizado un servicio que ha hecho mal el trabajo desde un principio?”.

La despedida

El sol cae sobre el cementerio Parque San Fernando. Juan, Inés y Lloana hermosean la tumba mientras Sofía y Nicolás juegan. “Estaba fumando harto la Gaby al final”, comentan mientras un cigarrillo se consume sobre su lápida.

La última cajetilla se la compró Juan el 6 de septiembre, el mismo día que ella se suicidó. Según recuerda, habían compartido juntos un plato de charquicán al almuerzo. Y su hermana, le pidió el celular. Fue en ese momento que escribió en su facebook: Adiós a todos. “Cuando una tía del jardín infantil donde la Gaby trabajaba me llamó para advertirme de eso, fui corriendo a verla. Pero Gabriela me explicó que lo había escrito porque iba a cerrar el sitio. ¿Te sientes bien hija?, le pregunté. Y con una risa extraña, me empezó a contar que se había bañado. Empecé a llorar. Yo andaba tan mal como ella”, revela la madre.

“Antes que te vayas, abrázame”, le pidió Gabriela. Y encorvada como un caracol en sus brazos comenzó a besarle la cara. La madre se culpa de no haber notado que se estaba despidiendo. Cuando Juan fue buscar a Gabriela para decirle que había conseguido una licencia para la mamá, el perro Aquiles no ladró. Estaba mirando el cuerpo de la joven que colgaba desde el segundo piso hacia fuera, amarrado a una sábana. “La impotencia más grande es que mi hermana se tuvo que suicidar para que las falencias de un sistema completo que no fue capaz de contenerla salieran a la luz”, dice Juan acariciando la última carta de Gabriela.