Don Chope no tiene reloj. Pero cuando su gallo canta por primera vez sabe que son las 3:30 de la madrugada. En el sosiego del canal de Tezhuilo –si acaso agitado por los chapuzones de las tilapias que saltan sobre el agua–, el campesino vuelve a sumergirse en un sueño silencioso. Durará así hasta las cinco, cuando su gallo cante otras dos veces, como si quisiera que su dueño ya se estirara. Y ahora sí, el hombre tiene claro que a su reposo le queda poco: “Cuando mi gallo empieza cantar duro es porque ya dieron las seis”.

El sol aún no despunta en el sur de la Ciudad de México cuando Anastasio Santana –“don Chope” para los pobladores de los canales de Xochimilco–, sentado en la cama se pone sus botas de hule, el sombrero de palma y camina hasta la orilla de su hogar, la popular Isla de las Muñecas, donde vive con sus dos sobrinos. Aborda su chalupón verde, saca su remo y jala con fuerza el agua hasta llegar a un amplísima chinampa, fértil, tapizada por lechugas italianas –jugosas, consistentes, verdes, frondosas– que en cinco horas más deberán estar en la colonia Polanco, en el restaurante Pujol, el mejor de México y el número 17 del mundo, según la lista The World’s 50 Best Restaurants que hace un mes publicó la marca italiana de agua mineral San Pellegrino.

“Nunca en mi vida he ido a Polanco”, dice don Chope, que ya se adentra en el campo. Sus manos, como dos animales hambrientos, se hunden en la vegetación para desyerbar. Sus gruesos y cuarteados dedos arrancan las plantas silvestres que amenazan a sus lechugas, pero son cuidadosos: el chicalote, una planta de preciosa flor amarilla, podría hacerle daño si se clavan en la piel sus gruesas espinas. “Y también estoy atento al oído, seguido hay víboras de cascabel”.

Con el sol que asoma, don Chope raja de un navajazo la base de las lechugas que ya están bien abiertas. El agricultor no se aguanta, agarra una hoja, la hace taquito, se la mete de golpe a la boca, mastica con gusto como para extraerle su agua y me entrega otra hoja para que haga lo mismo.

Cuando acaba, avanza hasta un terrenito aledaño. “Ahí tienes las verdolagas”, señala mientras se agacha para empuñar unos 10, 12 tallos a los que arranca con facilidad. Les da tres o cuatro golpes a las raíces para quitarles la tierra y con tiras de tules secos amarra los manojos.

Ahora sí, su huacal ha quedado lleno. Ya son cerca de las nueve cuando la canoa toma el canal de Apampilco y entre ahuejotes y sabinos da vuelta en el canal de Aguardientecalpa. Vemos aves gallaretas, patos golondrinos y una garza blanca que dormita sobre una chalupa.

Se acerca la hora en que tiene que llegar al embarcadero del Infiernito para subirse a un bicitaxi que lo conduzca hasta el mercado de Xochimilco. Ahí entregará a Juanita Mateos el pedido del Pujol. Don Chope rema veloz junto a una chinampa en cuya radio canta José Alfredo: Soy marino, vivo errante / cruzo por los siete mares / y como soy navegante vivo entre las tempestades…

Lo arruga

El reloj marca las nueve de la mañana, al salón principal del restaurante Pujol lo atenazan la soledad, el silencio y la penumbra. La mesera Eréndira Díaz se inclina frente al filo de una mesa y cierra el ojo izquierdo: como un jugador de billar que calcula la alineación entre bolas y troneras para que el golpe del palo sea exacto, la joven, vestida toda de negro, se cerciora de que la veintena de copas Riedel ubicadas en una misma fila de siete mesas estén alineadas con exactitud matemática. “Ninguna puede estar atrás o adelante”, aclara, y su docta mirada descubre una copa rebelde. La arregla y verifica otra vez. Ahora sí, prosigue con el rito del “misionero”, como Pujol llama al empleado que entra al restaurante antes que nadie, en una suerte de avanzada, para intercambiar con la empresa Lavaltec manteles limpios y sucios, vaciar agua en los floreros con girasoles, llenar saleros y concluir el montaje con servilletas, vasos y platos de barro bruñido de Coyoacán donde servirán el primero de los 12 tiempos del menú de degustación: una infusión de quintonil con pimienta, menta, chile mixe, cebolla tostada y sal de Colima.

Ayer, en el momento en que los últimos clientes se fueron, Eréndira cumplió el epílogo del tácito manual de obligaciones. Ya de madrugada, sacó una plancha casera, se acercó a cada una de las 13 mesas y repasó con el vapor los manteles blancos, auxiliada por otro mesero que estiraba la tela. Al cerrar las puertas de Pujol, el calor de la plancha había distendido las uniones entre las cadenas moleculares de polímero de todos los manteles de algodón: el salón estaba intachable. Por eso, esta mañana la mesera cuida con actitud severa que las sillas grises queden acomodadas a un par de centímetros del mantel: “Si la silla toca al mantel, lo arruga”. En un escondrijo trapea con esmero una mujer vestida toda de blanco, con mandil, gorra, camisola y guantes de cirujano. Eloísa Reyes, de 54 años y cinco hijos, es la única persona autorizada a barrer la vereda, limpiar el área administrativa, el salón y la oficina del propietario del restaurante, el chef Enrique Olvera, que debe estar pulcra cuando él llegue.

Por todas partes estalla un perfume intenso.

—¿A qué huele?
—Es menta, sienta el aroma –Eloísa respira como catando un vino, o un limpiador de pisos–. ¿Vio? Huele rico, como Fabuloso.
—¿Cómo es el chef respecto a la limpieza?

Eloísa se la piensa. Sonríe pícara como si fuera a develar un secreto y suelta:

—Me dice: que todo huela bonito. Y es muy ordenado.
—¿Qué tiene de complicado hacer la limpieza en Pujol?
—El primer día que llegué me dijeron: no puedes romper ni una copa. En ocho años no he roto una sola.

La mujer está a punto de concluir su faena. Tomará el Metro Polanco, transbordará en Tacubaya, bajará en Chabacano y ahí subirá al pesero que, por calzada de Tlalpan, la dejará en el centro de Xochimilco. Ahí abordará una micro hasta su pueblo, San Andrés. Cuatro horas de transporte cada día. “¿Vale la pena?”, le pregunto. “Estoy contenta, no me importa la distancia: este sí es un restaurante de lujo”.

Muchas florecitas

En el mercado de Xochimilco la mañana del martes se despereza, extenuada tras una noche de aguaceros. Los comerciantes bajan de sus carretillas las hortalizas y las acomodan en sus puestos con calma provinciana. Pero hay una excepción: Juanita Mateos, mujer de 35 años a la que no le dan tregua las revoluciones que agitan su cuerpo pequeñito. Ordena a su esposo Frontino: “¡Ve a traer los huacales para llenarlos de verdura!”, pesa berenjenas en su balanza, junta bolsas con quelites y verdolagas, recibe a don Chope y a una decena más de chinamperos que al amanecer han cruzado en canoa los canales con hoja santa, acelga, brócoli y otras verduras; vende cilantro a una clienta y desliza su índice por la hoja de pedido del Pujol para checar que la lista se vaya completando. Cansa ver trabajar a Juanita.

En su local al aire libre –aromatizado por la hierba del pápalo– esta madre de tres niños labora a contrarreloj. En una hora, en punto de las 10, debe dejar listos los cajones que viajarán a Polanco hasta el restaurante del chef Olvera.

Los huacales retacados de productos de las chinampas se van apilando en una vereda de la calle Guadalupe Ramírez, por donde avanzan aceleradas columnas de habitantes de los barrios de “Xochi” que se dispersarán en peseros por todo el Distrito Federal.

Un joven de aires intelectuales –cincelada barba de candado, camisa de vestir, zapatos lustrados y lentes– observa el trajín de Juanita. Hace dos años, Juan Carlos Solís, publicista convertido en empresario gastronómico, cerró un trato con Pujol. Productos de la Chinampa –la compañía que dirige con su esposa y suegros– acordó surtir al restaurante más célebre de México con vegetales frescos de Xochimilco, es decir, sacados de esos bloques fértiles que hace cientos de años, antes de la Conquista, los indígenas crearon con tierra mezclada con cáscaras, pastos, hojas secas, y que son contenidos por bardas de ahuejotes.

Así, Pujol obtiene desde 2011 verduras y legumbres sin agroquímicos recogidas incluso la madrugada previa. “Las chinampas dan mejor sabor, color y textura. Por ejemplo, la lechuga es de hoja gruesa, sabe intensa y su olor es único: a agua”, dice Juan Carlos simulando que en sus manos hay una lechuga, y aspira profundo.

Apenas ayer lunes a las siete de la noche, su Blackberry emitió un pitido, como ocurre cada día. Gerardo Alarcón, “Jerry”, chef de almacén del Pujol, le enviaba en un correo la lista de los productos que necesitarían a la mañana siguiente: arúgula, lechuga, verdolaga, col, epazote; chiles serrano, guajillo y manzano; albahaca, manzanilla. Pero había un pedido inusual. Para un nuevo plato, el chef Olvera requería una menta con tallo de hasta 40 centímetros de largo.

Juan Carlos llamó a Juanita, le dictó la lista del día y le preguntó sobre esa hierba: la menta poleo. Ella prometió averiguar entre los agricultores de San Andrés Ahuayucan, San Gregorio Atlapulco y San Francisco Tlalnepantla, quienes la surten con las hortalizas para el restaurante. Juan Carlos y Juanita son paramédicos de la gastronomía: un día Pujol les dijo “necesitamos diferentes lechugas para adornar”, y en un par de horas contactaron a chinamperos que recolectaron escarola, maple, francesa, comanche, romana, orejona, sangría, malva. Hace unos meses, el subchef Erik Guerrero los llamó de emergencia a las 11 de la noche: necesitaba raíces de chayote para caramelizar, y ellos lograron que los agricultores las cosecharan en minutos. En otra ocasión, Pujol llamó para decirles que “en un rato” debían enviarle 100 nopales gigantes para un evento masivo, y Juanita logró que de las nopaleras salieran rápido excelentes hojas de cactus.

El tiempo es para Pujol un monstruo devorador que intimida y empuja a toda su cadena humana a dar respuestas inmediatas. Pero la calidad no se negocia. Semanas atrás, Olvera vio a Juan Carlos entrar al restaurante con manojos de manzanilla. “No me gustan”, exclamó el chef. Desde entonces, los criterios son fijos. “La manzanilla se las escojo con muchas florecitas y los pétalos bien blancos”, cuenta Juanita y muestra un ramo del que elimina hierbas poco floreadas. “No es fácil la exigencia”, admite Juan Carlos.

Chingones los elotitos

Pasan de las 10 de la mañana y los seis huacales que irán a Pujol ya están llenos. Juanita toma un cuaderno y dicta cantidades a su marido, que teclea en una calculadora. La cuenta concluye: “mil 250 pesos”. Juan Carlos paga y abre la cajuela de su Jeep, hacia donde Frontino lleva un par de cajas de madera: “Cuidado con las coliflores”, le pide su esposa, siempre verificando de reojo que todo se haga con cuidado. Cuando Juan Carlos saca las llaves para irse, Juanita lo detiene: “Ya sé cuál menta dice: la de una hoja grande. Mañana se la traemos”.

Con los huacales crujiendo, Juan Carlos arranca a las 10:30. Maneja despacio, frenado por tamaleros, cargadores, vendedores de plantas que se cruzan en el camino. El barullo exterior muere con su estéreo: Art Blakey & The Jazz Messengers envuelven la camioneta con sus trompetas ligeras, mezclándose con un soplo húmedo de verduras impregnadas con olor a tierra. Al auto lo invade un delicioso perfume sedante.

—Todos los días hasta Polanco. Está pesado…
—Bendito segundo piso –responde Juan Carlos–, a lo mucho hago media hora.

Pero el Periférico oye al empresario y le juega una broma: atestado, hace larguísima la espera. Al fin, huyendo por Chivatito, llegamos al número 254 de la calle Petrarca. En total, una hora de trayecto. Martín, conserje del edificio en cuyos dos primeros pisos opera Pujol, sale a nuestro paso: “Tantito más para abajo”, grita y acomoda el vehículo.

La cajuela se abre y Martín, sin pedir permiso, se pone dos huacales sobre el pecho y Juan Carlos lo imita. Suben a prisa por una escalerita, esquivan cajas de vinos Malleolus, Libis y Sendero y entran en el almacén aclimatado. Ahí, Jerry, el chef de almacén, los está esperando. “Lechugas, epazotes, coliflores…”, enumera. Revisa los huacales y pasa las manzanillas a Andrea, su ayudante, que al instante las sumerge en un florero para que no pierdan sus atributos. El depósito es de una prolijidad que parece montada para una sesión de fotos. Abajo, dentro de un anaquel blanco, filitas de piñas miel reposan limpias, sin mácula. Decenas de botellas de aceite Oleico miran con sus etiquetas hacia el mismo lado. Botellas de agua San Pellegrino formadas en una hilera destellan con su vidrio verde, como si las lustraran antes de ser guardadas. Jerry dice a Juan Carlos: “Chingones los elotitos que trajiste ayer. Dulces”. Al fondo, a unos metros, se oyen cuchillos sobre tablas, cucharones que golpean ollas y voces discretas que se dan instrucciones: la cocina ya trabaja sin pausa.

Está apelmazado

En la Cocina de Servicio, un pequeño espacio frente al salón principal con estufas, refrigeradores y mesas, cinco cocineros trabajan en un silencio vehemente, tenso. Más que el sitio donde se dan toques finales a los platillos, parece un aséptico quirófano con cirujanos que en vez de batas portan filipinas, zapatos antiderrapantes y mandiles. El joven Filogonio corta nopales en cubos con la exactitud de una máquina, para integrarlos a una ensalada con frijoles rojos. El cocinero peruano Segundo Barturén clava un anillo filoso sobre rodajas de rábano para crear monedas que irán sobre el tártar; los aros sobrantes, “la merma”, los mete en una bolsa para comida del personal. Y Carlos, de barbita rala, confita unos plátanos dominicos ultra maduros con mantequilla clarificada, macadamia rayada y crema: “Entre más negra la cáscara, más dulces: sencillo y rico”, comenta. Le pregunto cómo es trabajar en Pujol. “Aquí cualquiera puede crear un plato y presentarlo bien justificado a Enrique –asegura al tiempo que me toca el hombro para que camine tres pasos hasta una covachita–. Mira, él es alguien sorprendente: el chef repostero”.

Jorge Vivanco, “Coko”, el cerebro postrero de Pujol, resiste el calor del cuarto que comparte con Carlita y Gina, sus ayudantes. Grandote y rubio, empuña un soplete Turner como si fuera un plomero. La flama va moldeando unas bombillas transparentes. “Son piñatas: esferas de azúcar Isomalt hechas con técnica de vidrio soplado. Las relleno con crema de guayaba, helado de caramelo, suprema de naranja o merengue de lima –dice, hurgando mi reacción ante cada manjar–. El cliente las rompe como una piñata”.

Coko, egresado de la escuela de postres catalana EspaiSucre, a sus 25 años forma una gran mancuerna con Olvera. En promedio, inventa un postre cada dos meses bajo una premisa que aplica a todos los platos, salados o dulces, que invente aquí cualquier cocinero: usar ingredientes y técnicas mexicanas. Ya después el líder aprobará, rechazará o pedirá cambios.

“Para mañana quiero un postre con aguacate”, le pidió Enrique a Coko hace unos meses. El repostero le preparó al chef un mousse de aguacate con queso de Ocosingo, helado y gel de coco, con rayadura de macadamia. Todo caramelizado con sal. Olvera lo probó.

—Me dijo: “¡Está chingón!, se queda en la carta” –relata Coko entre risas.

Pujol es una sociedad con un jefe máximo pero democrático. Salgo del cuarto y veo a un muchacho alto, de rasgos finos y barba recortada, freír en un sartencito. Un vaho de mantequilla salta hasta nuestras narices desde el tagliatelle de nopal con tallos de verdolaga y queso pecorino queretano de oveja. “Es una prueba”, me aclara el joven cocinero Pepe Meza, que nervioso echa el resultado en un platito, sale y encuentra a su maestro. Olvera hunde el tenedor, mastica, saborea, guarda silencio y sentencia: “Sobrecocido, apelmazado. Déjalo más crudo”. Cuando Pepe está a punto de dar la media vuelta compungido, Enrique lo serena con ese saludito de manos que se deslizan y chocan de frente con puños cerrados.

Madre mole

La Cocina de Preproducción, la principal del Pujol, es una procesión de 22 personas que baten, agitan, cortan, pican, rallan, revuelven, muelen, mezclan y, sobre todo, limpian: artefactos, refris, espátulas, repisas, cucharones, espumaderas… todo está radiante, tanto como los trapos blanquísimos con los que los miembros de este ejército arrasan manchas y restos.

Quizá en cualquier otro restaurante, tantos cocineros en un mismo espacio –de unos 100 metros cuadrados– serían una romería de gritos, bromas, albures, órdenes. Pero en esta suerte de laboratorio culinario hay un ajetreo que guarda las formas, como si dirigirse al otro se justificara siempre y cuando represente un engranaje más de la producción en cadena. Sólo que aquí no hay maquila sino arte, plasmado en un menú cambiante. En un rincón, un chico inclina la mirada sobre una plancha negra, como un débil visual que intenta seguir una lectura. Al acercarme, noto que su función es cortar, a unos ramos de albahaca tiernos y diminutos, las hojas más chiquitas y radiantes, que servirán como adorno de platillos. Fijo la mirada en las hojitas, con diámetros de máximo cinco milímetros, pero soy incapaz de detectar esos rasgos: “Observa –Alan me acerca una hojita–: está manchada, por eso no la selecciono”.

Junto a él está Luis Arellano, un chef de 27 años que Olvera se “pirateó” hace ocho meses del restaurante Casa Oaxaca de esa ciudad. Moreno, fornido, con brazos portentosos y rasgos indígenas, Luis revuelve con una pala una majestuosa olla con litros y litros que hierven y producen muchísimo vapor. Me asomo a ver qué hay dentro de ese caldero de bruja: tres chilacayotas gigantes como pelotas de básquetbol desgajadas se cocinan, giran y dan vuelcos a borbotones entre ajos enormes. Por alguna razón, Olvera le dijo a Luis hace unos días: “Quiero un caldo que tenga verduras con textura de carne”. Su discípulo pensó en la gastronomía de su estado y pidió a proveedores oaxaqueños frutos de esta

planta pariente de la calabaza. Durante una noche las nixtamalizó con cal para que en la cocción no se batieran, y hoy las puso a cocinar con azúcar, canela, chiles mixe y pasilla, hierbas de olor y cebollas.

Luis ha sido designado por Olvera para una doble tarea. La primera, ser geógrafo: “Me encargo de algo que es propio de Pujol: tener productos de todo el país. Aquí hay cerdo pelón de Yucatán, chilhuacle de Oaxaca, robalo de Veracruz”. La segunda misión es fungir como un ilustrado “chef creativo” que vigila que se respeten las recetas de Enrique y que incluso las refina. Si no fuera porque Pujol cumplió 13 años, 12 de los cuales prescindió de Luis, uno especularía que el oaxaqueño es el cerebro detrás del trono. Pero no. Sistemáticamente, impulsados por un menú que se reinventa cada siete días, Enrique, Luis y el subchef Erik Guerrero se sientan a imaginar, discutir, criticar, innovar, analizar ingredientes, recetas, ideas, estrategias, como tres filósofos que se hacen preguntas aunque no siempre obtengan respuestas. “A veces las cosas salen, a veces no”, reconoce Luis. Los virtuosos pueden aceptarse imperfectos.

Quizá porque Pujol empieza a estar más allá del bien y del mal, hace casi 100 días que en un rincón del restaurante hay una olla donde se cocina un “madre mole”: chilhuaje, tomate de riñón y cebolla mezclados con mole negro. Lo hierven mañana, tarde y noche, lo dejan reposar y el sommelier Pablo Mata, día a día, siente el añejamiento que muta el sabor. ¿El experimento acabará en algo bueno?

—Nunca antes se ha hecho –confiesa Luis–. Como dice Enrique: “Aunque tarde dos años, tú deja que el mole se siga cocinando”. Ya veremos.

Yo bato los huevos

A unos pasos de la cocina principal existe un espacio ajeno al arte culinario pero sin el cual sus sabrosas intenciones morirían.

“You Don’t Have To Be Crazy To Work Here. We’ll Train You”, dice un cartoncito colocado en la entrada de la oficina administrativa para todo aquel que se espante del aire espeso y caluroso. No hay un toque de glamour en este cuarto estrecho “optimizado” por una mampara que divide el espacio en cuadrantes. En cada uno trabaja sentada una persona. Sus escritorios, atestados de flores, cajas, papeles, fólders, carpetas, sobres, pañuelos desechables, fotos y post its, engalanan una oficina que no le pide nada a la de cualquier despacho contable. A lo lejos, sentada junto a una pared que casi la aprisiona, Pilar Figueras, mamá de Enrique Olvera y jefa de Tesorería del Pujol, acepta la entrevista pero me pide: “Déjame meter este pago y ahí voy”.

Finalmente llega y me saluda: “Soy la responsable de que los dineros estén completos; estudié para auxiliar de contabilidad, secretaria bilingüe y maestra de inglés”. Me presenta a sus tres compañeros. “Ella es Monse, de Costos; él, Alfonso, hermano de Enrique y jefe de Finanzas, y Mariana, jefa de Operaciones”. Ante cada mención, uno a uno desde su asiento ellos levantan la mano y sonríen, o algo parecido, y bajan la cabeza para seguir en lo suyo. Cuenta que al principio “compraba en Costco, atendía la caja y hasta fui lavalozas. Pero esto creció y creció. Ya deberíamos tener otra oficina”. Le pido que me cuente cómo era su hijo.

—¿Qué es lo que más le gustaba comer a Enrique de chico?
—El pozole tradicional con maíz, de pollo o puerco, verde, rojo o blanco.
—¿Y ya se le veía vocación de chef?
—Quería ayudar en todo desde los cuatro años. Batía los huevos, le gustaba poner la mesa y hasta la cebolla quería picar. Pero empezó a cocinar cuando iban a casa sus amigos de la prepa del Tec. Les hacía sus milanesas con chipotle y quesito.
—¿Algún plato de Pujol en el que usted influenciara?
—El puchero, que es inspiración de cocina de Tabasco, de donde es mi mamá. Y el entomatado, el preferido de Enrique. Pero a él no le doy mis recetas.
—¿Por?
—Me las mejora y me da mucho coraje –se ríe.
—¿Usted interviene en el menú?
—Me pide opinión. Si hay platos tradicionales de mi casa, como frijol con puerco, me llama: ¿está bien?, ¿le sobró orégano?
—¿Y cómo ve el crecimiento de Pujol? –Sólo sé que quiero acompañar a mi hijo en su sueño, para que el día que yo no esté, esto quede bien organizado.

El paso de la muerte

Cada uno de los platos que se sirven en Pujol es un acto creativo, pero también acrobático. Las cocinas de Preproducción y Servicio se conectan mediante una escalera de unos tres metros, ideal para un pintor de brocha gorda que renueva una fachada, pero no para un cocinero que debe sujetarse con la mano izquierda para no caer tres metros entre un piso y otro, mientras que con la derecha sujeta un plato de meticulosa preparación y decorado. “¡Aguas! –advierte Filogonio cuando bajo–. Varios ya se cayeron: es el paso de la muerte”.

Pujol, hasta para ir de una cocina a otra, es un deporte extremo.

Es casi la una y media, faltan minutos para abrir el restaurante y aún hay pendientes. Erik exhala seriedad. Ceño fruncido, actitud adusta y fornido, levanta un plato blanco y lo ve contra la luz como a un diamante para confirmar su limpieza, calienta agua, prueba un caldo y gira instrucciones a los seis cocineros que lo rodean con movimientos de ceja y monosílabos que todos comprenden, como en un dialecto local. “¡Migajitas!”, dice al aire mirando un recoveco de piso para que alguien barra –me agacho para ver a qué se refiere y detecto cuatro boronas–, mete una bolsa de basura en un bote con un sacudón fuerte como un puñetazo, levanta ágil un garrafón de 20 litros como una taza y lo vacía en una olla.

En uno de los extremos de la cocina descubro una pequeña ventanita. Salgo y toco a una puerta que daría acceso al espacio de esa mirilla casi clandestina. El que me abre es Enrique Olvera, quien desde su oficina observa sin que lo vean todo lo que ahí pasa. En su búnker, un pasillo estrecho e incómodo, hay una Mac, un dibujo de su hijo mayor donde ambos vuelan un papalote, libros, documentos, tres maquinitas de tarjetas de crédito, un bote de chile piquín en polvo para sus jícamas. “Este lugar es el confesionario”, define riéndose. Afuera lo espera Esther –una fan que lo mira fascinada, le pide sacarse una foto y que le firme un libro–, un reportero al que le responderá en la mesa 17 –la más escondida– con sencillez y sin ínfulas preguntas atípicas, como “¿Le darías de comer a Pinochet?”, y un fotógrafo que lo captará con ropa sport negra y al que explicará los tatuajes de sus brazos: “Son los apodos de mis hijos: Mosca, Rábano y Pato; sus fechas de nacimiento en maya y el símbolo de Gaia, la madre tierra, como se llama mi hija”. Cuando paso frente él, me pregunta sonriente, “¿la gente te dice la verdad o puras mentiras?”, luego me saluda con choque de puños y sugiere: “¿Ya entrevistaste a Miguel Ángel?”.

Nos nos presionamos tanto

Miguel Ángel González es un catrín. Impecable traje negro, abundante cabellera relamida y colonia. El encargado general del Pujol es un maestro de la operación que certifica la excelencia de cada área del restaurante mañana, tarde y noche, un director de orquesta de trato suave, sonrisa fija y buenos modos: en cuanto se da cuenta de que lo estoy esperando va a al bar y le pide a Bonfilio, el encargado, un agua de sandía con infusión de manzanilla y me la trae: “Verás qué rica”, anuncia. En la entrada, bajo un retrato de Enrique Figueras, abuelo del chef Olvera, Miguel hace del software de reservación de mesas Open Table una extensión de su cerebro. “Estaría confirmando para el lunes 27 de mayo”, dice a un cliente que le llama por teléfono 14 días antes de esa fecha mientras teclea en la computadora. Desde que la afamada lista The World’s 50 Best Restaurants colocó a Pujol como el restaurante número 17 del mundo, no hay modo de que pueda ofrecer una mesa en un lapso menor, pese a que el menú de degustación de siete tiempos cuesta 695 pesos por persona y el de 12 tiempos 995 pesos, sin incluir bebidas. Sobre su cabeza, en un enorme librero, reposa una veintena de libros, entre cuyos lomos alcanzo a leer El gourmet extraterrestre, de Andoni Luis Aduriz. En lo más alto, en la cumbre del mueble, yacen decenas de ejemplares de dos libros, En la milpa y Uno, escritos por Enrique.

Cierto: el chef que sólo esta semana dio entrevistas a Carlos Loret de Mola, Brozo y Joaquín López Dóriga, y a una veintena de diarios y revistas, ha devenido superstar, pero detrás de ese gran hombre hay otro gran hombre: Miguel, quien cultiva un engañoso bajo perfil, porque sin él Pujol no existiría. A fines de los noventa trabajaba en el restaurante Maxim’s de París, del hotel Presidente, donde fue lavaloza, cantinero, mesero, garrotero. Por esos días llegó como practicante de cocina un chavo de poco más de 20 años.

—Con Enrique nos entendimos muy bien y nos hicimos cuates, pero se fue a Nueva York a estudiar (al Culinary Institute of America). Regresó en el 2000, me llamó y me dijo: “Estoy listo, abramos un restaurante” –relata Miguel.
—¿Qué sienten ante esta locura?
—Nunca lo imaginamos, y ahora que lo estamos logrando no queremos transmitirle esa presión al equipo. Aunque son de ellos las victorias. Quiero que todos estemos tranquilos y de buen humor.
—¿Cómo festejan los triunfos?
—A veces acaba el servicio y con Enrique nos sentamos a beber una chela, pero otras veces sólo queremos llegar a la cama a dormir.

Son las 14:30 y el primer cliente entra a Pujol. Miguel debe ir a atenderlo. “Buenas tardes –dice desde su casi 1.90 de altura–, ¿el nombre de su reservación?”.

Diez minutos

En el salón principal, Eréndira toma la orden de una mesa de cuatro sin apuntar nada (en Pujol los meseros memoriosos no tienen permitido usar pluma). De pronto, yergue su cuerpo, abre la mano izquierda y la posa en su hombro derecho. Con ese gesto, como los señaleros de las pistas aéreas, le dice a Alberto Tiro, su mesero ayudante –los tres meseros cuentan con el suyo– que lo auxilie llevando cubiertos y estando alerta ante cualquier necesidad que surja. “Al cliente no le puede faltar una gota de agua y está prohibido que levante la mano para que vayas: si lo hace, te pueden llamar la atención”, dice Eréndira. Los meseros dominan un lenguaje mímico que evita alzar la voz. Por eso, durante todo el servicio, el ayudante no desvía la mirada del compañero al que asiste.

Eréndira retira las cartas, camina brevemente y se acerca a la Línea de Paso, el gran hueco que conecta al salón principal con la cocina. Ahí, le instruye: “cuatro degustaciones” al mesero cantante –enlace entre cocina y salón– Félix Barragán, “Guiri”, quien a su vez canta “¡cuatro degustaciones!” a los cocineros.

Sobre una hoja, Guiri escribe a qué hora la mesa nueve pidió sus primeros platos. A partir de este momento, la cocina tiene 10 minutos para que estén listos la infusión de quintonil y los elotes tatemados con mayonesa de café y hormiga chicatana. Si el tiempo límite se aproxima, Félix le dirá al subchef Erik que la espera es riesgosa y él presionará a la cocina. ¿El plato no salió? “Félix pasa un reporte por computadora que Enrique lee –revela Eréndira– y puede haber consecuencias”.

Calma. La Cocina de Servicio de Pujol es en este instante una máquina que avanza a toda velocidad. Concentración, rigor, silencio. Las miradas indican que la menor distracción causaría una tragedia.

“¿Ya las pasas, ya está listo, ya está caliente?”. “¿Ya, ya, ya?”, repite el subchef, pluma sobre la oreja, gotita sobre la frente y andar inquieto de un extremo a otro para verificar que Pepe ya esté terminando las láminas de aguacate sobre hoja de chía que formarán el aguachile, que Filogonio se está apurando en perforar las infladas de masa para rellenarlas con escamoles, que Barturen ya está echando la mayonesa de chipotle sobre las flautas de pulpo, camarón, cebolla, chile, cilantro y limón.

Son las 14:00 en punto y los platos ya viajan a la mesa nueve en el mismo instante en que el mesero Óscar Teuffer termina de memorizar la orden de la segunda mesa que se ha ocupado en Pujol.

Y otra vez, dentro de la cocina, el cronómetro está en marcha.

Los números de 2013

Publicado: 31 diciembre 2013 en Uncategorized
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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 290.000 veces en 2013. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 12 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

Elena Poniatowska está sentada en el estrado, soberbia. Sólo mira al auditorio que murmura. Lleva el cabello cano, un collar de perlas y va vestida de negro. En sus manos sostiene el discurso que, en unos momentos más, comenzará a leer. Rompe el silencio y dice:

—Gracias a todos por estar aquí, esto es casi como el día de mi boda.

El público estalla en carcajadas. Es la noche del 5 de abril de 2011, y Elena Poniatowska, la princesa de las izquierdas mexicanas, presenta en el Palacio de Bellas Artes, en el Centro Histórico de la ciudad de México, su más reciente novela, Leonora, con la que ha ganado el Premio Biblioteca Breve que otorga la editorial española Seix Barral. El sitio está repleto y la gente no para de entrar. “Disculpe, perdón, disculpe”, dicen los que llegan tarde para abrirse paso entre una multitud del todo inusual para la presentación de un libro. Ahí está la mujer a la que todos reconocen en la calle y que genera larguísimas colas a la hora de firmar libros, pero que no por eso es menos controvertida. La mujer que apoyó hasta el final al candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales de 2006, de los discursos a favor de las mujeres, el aborto, las guerrillas y los indígenas chiapanecos. Es la escritora que encandiló con su realismo popular y con sus entrevistas a los personajes icónicos del siglo XX mexicano.

Elena, Elenita, la Ponia, la Poni. La recién fallecida Leonora Carrington es la última en unirse a la lista de mujeres que ha retratado en perfiles, crónicas y novelas, desde la rusa Angelina Beloff hasta la italiana Tina Modotti: con todas ellas deberíamos medir a Poniatowska “porque con ellas actúa sin condescendencia, con ternura y admiración, pero a ratos con la ironía implacable de quien se sabe entre iguales”, escribió el crítico literario Christopher Domínguez en Letras Libres.

Ahora, ante el auditorio, Poniatowska cuenta que conoció a Leonora Carrington en la galería de arte de su tía Inés Amor en los cincuenta. Y que durante años le hizo una serie de entrevistas que guardó en carpetas, hasta que un día comenzó a escribir una novela inspirada en ella que había llamado Fiona.

—Pero cuando tenía doscientas páginas pensé: “¿Y por qué no hago una novela directamente sobre ella?”, y me lancé. Leonora siempre tuvo una sonrisa para mí, lo recuerdo como motivo de felicidad. Y guardo la última vez que me sonrió en la escalinata del Palacio de Minería. ¿Será que me he vuelto sentimental? Leonora dice que el sentimentalismo es una especie de cansancio.

Concluye su discurso y, apenas termina, Poniatowska aleja el micrófono y muestra su legendaria sonrisa de dientes y encías. El público se pone de pie y la ovaciona con aplausos que multiplican su eco por todo el Palacio de Bellas Artes. Es una escena que me recuerda, por oposición, una copla que me envió por mail Malú Huacuja del Toro, novelista y dramaturga mexicana —y una de sus grandes detractoras—, por aquello de los aduladores y admiradores, que, dice Huacuja, le han otorgado premios a su contentillo. Después de recibir ese poema satírico, le pedí a Huacuja una entrevista. Aún espero una respuesta.

Mientras tanto, los flashes disparan sobre el estrado.

***

Son las seis de la tarde y la parroquia de San Sebastián Mártir comienza a dar sus reglamentarias campanadas. Elena Poniatowska ha aceptado una tanda de entrevistas en su casa, a mediados de abril, después de que su última novela fuera recibida con bombo y platillo en el mundo editorial. Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor —su verdadero nombre— vive frente a esta iglesia en la colonia Chimalistac, al sur de la capital mexicana, un barrio empedrado que fue un pueblo colonial y quedó atrapado en medio de la mancha urbana del Distrito Federal. Su casa está pintada de amarillo y tiene una puerta blanca con grandes buganvillias. Pertenecía a una nudista que gustaba de bañarse en las fuentes, la dominatriz Eva Norvind, y Poniatowska la compró apenas después de haber quedado viuda. Estuvo casada durante casi veinte años con el astrónomo Guillermo Haro, el fundador de la astronomía moderna en México, a quien conoció al hacerle una entrevista en el observatorio astronómico de Tonantzintla, Puebla, en 1959. Es una casa con mucha luz y con amarillos salpicados por todos lados, en cuadros, sillones, lámparas y manteles; una casa burguesa repleta de libreros blancos y piezas de talavera y esferas de vidrio soplado por donde se mire. Por los rincones y las mesitas hay retratos familiares. Ahí están su padre, Jean Joseph Evremont Poniatowski Sperry, vestido de militar con todas las condecoraciones que recibió en la Segunda Guerra Mundial; su madre, María de los Dolores Paulette Amor Yturbe, mujer enigmática que siempre habló con un fuerte acento francés y fue modelo de Schiaparelli, retratada por Edward Weston; sus hijos Emmanuel, Felipe y Paula; ella rodeada por sus diez nietos.

—Ahora viene la señora —dice Martina, con tono cantadito y mirada hostil.

Martina es la mucama que se encarga de la casa, de hacer las compras y de contestar el teléfono. Poniatowska nunca ha tenido secretaria. Todo lo resuelve con una agenda negra, siempre y cuando esté a la mano. Si no, empezarán a correr por toda la casa, Martina en un piso, Elena en el otro, hasta que suene el grito: ¡aquí está!

Poniatowska puede no sólo extraviar su agenda, sino textos y libros, olvidar citas y entrevistas, aceptar llamadas telefónicas de “ve tú a saber quién”, o recibir a estudiantes que llegan a preguntarle boberías que tienen de tarea. Y nunca faltan sus clásicas cuitas: que se le paró el coche, que está preocupada por sus hijos, que se hace bolas, que no puede escribir, que no es escritora, que todo hace mal, que todo el mundo la critica.

Al ver a su mucama es imposible no pensar en la relación que ha fraguado Poniatowska con estas mujeres. Fue con ellas con quienes aprendió a hablar español en la cocina, cuando llegó de Francia en 1941, porque su madre no consideraba importante que lo hiciera en la escuela. El francés y el inglés eran suficientes, decía Paulette, quien tenía grandes prejuicios contra el país al que llegaba a vivir. El español lo aprendió con las sirvientas —un español de sirvientas—, mientras ellas se peinaban en el cuarto de la azotea. No sólo le enseñaron las palabras, sino también la realidad de un país que la marcaría años después. ¿Qué hubiera sido de Poniatowska sin las sirvientas? Tal vez nunca hubiera conocido a Josefina Bojórquez, la verdadera mujer detrás del personaje de Jesusa Palancares, que originó su primera y emblemática novela Hasta no verte, Jesús mío de 1969. Jesusa está inspirada en la tehuana que conoció cuando caminaba rumbo al Palacio Negro de Lecumberri en la ciudad de México. Josefina puso a Poniatowska a lavar overoles con gasolina y asolear gallinas con la consigna de contarle sus andares en la Revolución y sus trabajos como empleada doméstica.

***

Ahora su voz se escucha a lo lejos. Aparece sonriente, indefensa, bajando las escaleras. Ahí está la hija de la Malinche, como la llamó la escritora Margo Glantz. Viene con un pantalón y una blusa azules que parecen pijama y unos zapatos bajos negros. Pese al atuendo, no deja de lucir distinguida. Mira entonces con sorpresa, sin poder disimularlo: había olvidado que tenía una entrevista. Pide disculpas por la tardanza, dice que estaba con la computadora porque perdió veinte correos y no sabe cómo recuperarlos. Ni siquiera los pudo leer, dice Poniatowska consternada. Como tiene la promoción de Leonora, ella está hecha un lío. Se cubre entonces un poco la boca. Acaba de comer pescado y no quiere oler a ajo. Se sienta en un sofá amarillo y toma una caja morada de chocolates que acaba de traer de un viaje por Francia.

—Montpellier me gustó muchísimo, mi nieto Lucas me hizo caminar por todos lados —dice, mientras ofrece un par de chocolates rellenos de licor—. En general siempre me ha gustado viajar, Rosa Nissan dice que me voy a morir en un aeropuerto. La gente además es muy linda conmigo en todos lados. Es la ventaja de ser chaparrita. La gente me platica todo con gran facilidad, porque me sienten como acojinadita y me cuentan todo.

Sus ojos lucen diminutos, como si hubieran empequeñecido con el tiempo. Los años han pasado por su rostro. Habla con una cadencia un poco marcial, marcada por grandes pausas, como el vaivén de un columpio.

—¡Conrado! —grita al chofer—. Ya no voy a utilizar el coche, mejor váyase. Estaré trabajando en casa. Si necesito algo, camino, que falta me hace. Como en Francia, allá hacen eso: toman, tragan y caminan.

—¿No te han ofrecido nada? ¡Esa Martina! ¿Quieres té? —pregunta al reportero.

Martina llega con el té en una bandeja de madera. El té es de fresas. Elena se cerciora de que sea cierto: no quiere tomar té negro.

—Eres capaz de darme gato por liebre —le dice la escritora.
—¡Ay, cómo cree! —retoba la muchacha.

***

Elena Poniatowska nació en París en 1932, hija de padres ausentes y viajeros imparables. Sus padres, Paulette y Jean, se conocieron en un bal de la familia Rothschild, celebrado en una casa de la Place de la Concord, según recuerda el biógrafo Michael K. Schuessler en su libro Elenísima. Johnny, como le decían a Jean, había nacido en Francia, pero provenía de una familia de príncipes polacos —los Poniatowski— exiliados desde el siglo XIX. Paulette, nacida también en Francia, provenía de una familia mexicana porfiriana que había abandonado el país en tiempos de la Revolución, y tenía bastante dinero para vivir en Biarritz y en París.

—Viví mi infancia casi con mis abuelos paternos entre París, Vouvray y Mougins —dice Poniatowska—, porque mis padres estaban en la guerra, como pasaba con los ciudadanos franceses que se alistaban. Recuerdo que vivía cerca del río Sena, en la Rue Berton, pero me tenían prohibidísimo acercarme a la orilla. Mi papá saltó muchas veces en paracaídas en campo enemigo y mi mamá manejó una ambulancia. Era una de las diez mujeres que estaban dispuestas a salir a cualquier hora. Manejaba muy bien, un poco aprisa. Recuerdo que sus ojos estaban un poco tristes… En general son pocos los recuerdos que tengo de ella en Francia. El resto es de México, porque llegué a enamorarme de ella, para estar juntas y no separarnos jamás.

Llegó a México en 1941 en un barco de refugiados, el Marqués de Comillas, con su madre y su hermana Kitzia, porque la guerra parecía no acabar en Europa. Su padre Jean se quedó por un tiempo en el ejército y se les unió años después —en México fundó los laboratorios farmacéuticos Linsa, pero no le fue bien, luego puso un restaurante, con el que tampoco tuvo suerte; sin embargo, siempre se las ingenió para vivir bien—. Su familia se instaló en el elegante Paseo de la Reforma, en la calle Río Guadiana. A la pequeña Elena le sorprendía que hubiera naranjas en forma de pirámides en las esquinas de las calles, y que la gente anduviera descalza: era la pobreza, dice, pero no sabía lo que significaba entonces.

“Elenita creció con una educación muy rígida, en un entorno muy francés, muy europeo, siempre viendo hacia Francia”, dice la cronista Guadalupe Loaeza. “Tenía en México a su familia materna, los Amor, y a su abuela Elena Yturbe, que vivía aquí entonces. Los Amor eran una de las familias importantes mexicanas. Era una familia muy tradicional, rodeada de muchas mujeres, muy prejuiciosa, esnob, de abolengo, pero muy de artistas”. Ahí estaban las tías: Inés, que fumaba mucho y que puso una de las primeras galerías de arte en la ciudad —la famosa Galería de Arte Mexicano (GAM)—; Carito, que fundó una editorial médica, y Pita, la poeta excéntrica, la de los escándalos, a quien Diego Rivera pintó desnuda.

“Las Amor se sentían muy superiores al resto de las señoras en México —dice Bertha Fuentes, hermana del escritor Carlos Fuentes—. Las hermanitas Amor eran muy alzadas, nunca iban a las fiestas o a los eventos importantes. Ellas estaban siempre por encima de los demás, por encima de cualquiera”.

Elena y su hermana Kitzia asistieron a la Windsor School de México, una escuela inglesa que estaba en la colonia Roma, y más tarde a un internado de monjas en Torresdale, Pensilvania, en Estados Unidos, porque así se educaba entonces a las niñas bien. Con su regreso llegaron los bailes del Jockey Club, las embajadas y el Ministerio de Relaciones Exteriores. “Elena iba con su mirada de gatito y su collar de perlas. Era muy tímida, siempre iba detrás de su hermana Kitzia, que era como su madre, guapa y alta, como de Harper’s Bazaar”, dice Bertha Fuentes. Fue en una de todas esas fiestas que conoció al novelista Carlos Fuentes, mucho antes de que ambos fueran famosos. Aunque Fuentes no era muy buen bailador, dice Poniatowska que fueron, durante un tiempo, un par de pillos parranderos.

—Carlos era un muchacho más de las fiestas. Él iba y observaba a todos, estaba ya trabajando en La región más transparente, que es una novela soberbia. Tenía el pelo largo y era muy apasionado, como poseído por la escritura. No nos contaba nada de lo que escribía, pero era entusiasta, se fijaba en todo, tomaba notas mentales y todos fuimos a dar a sus libros. Decía Carlos que yo parecía un sueño bello de Jean Cocteau.

Sonríe y mira al techo. Comienza a tararear y a mover sus piernas.

—Bailábamos el chachachá y la raspa, tata-tatá tata-tatá. Y la bamba y el mambo de Pérez Prado. Nos sabíamos todas ésas. Ahora lo veo poco, Carlos vive en Inglaterra, pero él sabe que lo quiero.

De pronto se queda callada.

—Oye, ¿y cómo se te da la computación?

Por aquello de los mails perdidos.

***

Debutó en el periodismo en los años cincuenta, cuando era fácil encontrarse saliendo de un coche a Salvador Novo o a Xavier Villaurrutia. Poniatowska era entonces becaria del Centro Mexicano de Escritores e incursionaba como periodista: siempre con una libretita Steno, una grabadora y una máquina de escribir portátil Olivetti, que tenía una calcomanía de los Supermachos del caricaturista Rius. Su primera aparición en las librerías fue en 1954 con su relato Lilus Kikus, publicado en la colección Los Presentes, que editaba Juan José Arreola —el mismo año en que Carlos Fuentes debutaba con Los días enmascarados—. Era la historia de una niña inquieta y preguntona, de piernas largas y pies chuecos, que iba descubriendo el mundo gracias a su curiosidad incontrolable. Un ejercicio sobre la inocencia infantil que pasó más o menos inadvertido. Tardaría más de diez años en volver a la narrativa.

En cambio, en el periodismo causó sensación. Gracias a las amistades que cultivó su madre con la alta sociedad mexicana, obtuvo su primer empleo en Excélsior y luego en Novedades, en el suplemento de Fernando Benítez, México en la Cultura. Todos se preguntaban quién era esa joven reportera, con nombre de bailarina rusa, que despepitaba a diestra y siniestra. “Ahora qué va a decir esta bárbara”, decían. Sus entrevistados eran José Clemente Orozco, Alfonso Reyes, Lola Álvarez Bravo, María Félix y Juan Soriano, entre muchos otros. Fernando Benítez —el maestro de toda una generación de cronistas mexicanos— fue quien la instruyó y formó como periodista. Ella creó un personaje de entrevistadora que la consagraría: la graciosita impertinente, metiche implacable, que llegaba a todas partes con preguntas aparentemente tontas con las que terminaba acorralando a sus entrevistados. Como a Diego Rivera, a quien le preguntó si sus dientes eran de leche. “Sí, y con estos me como a las polaquitas preguntonas”, respondió él, o a María Félix, a quien le preguntó si era cierto que tenía voz de sargento. “Más vale tener voz de sargento que voz de pito”, respondió ella. “Espéreme, Elena, que soy de chispa retardada y usted me pregunta así nomás a bocajarro”, le decía desesperado Juan Rulfo.

—Había en el periodismo pocos espacios para las mujeres —dice Poniatowska—. Las mujeres que trabajaban seguían siendo vistas como que andaban buscando algo, y una qué iba a andar buscando en la calle. Pero nomás así me volví autosuficiente. Y alguien que trabajando se vuelve autosuficiente, decía Rosario Castellanos, se vuelve respetable. No dependes de nadie. Tuve una capacidad que muchas mujeres de mi época no tuvieron: si sus maridos las abandonaban, siempre se preguntaban. “Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer?”.

Más de un político encumbrado se arrepintió de haberle dado una entrevista porque, debajo de esa apariencia de chamaquita simpática y torpe, llevaba una bomba entre sus preguntas. Por ejemplo: en una entrevista que le hizo al fundador del Instituto Nacional de Nutrición de la ciudad de México, Poniatowska le preguntó al doctor Salvador Zubirán Anchondo: Oiga doctor, ¿entonces aquí en México nuestro problema es la desnutrición? “Sí, Elenita”.Oiga, ¿y en China? “En China pues no hay desnutrición porque los niños crecen bien. Tienen erradicadas muchas enfermedades alimenticias. Pero yo prefiero no hablar de China, porque no compartimos su sistema de gobierno. Allá no hay libertad. Aquí sí tenemos”. Ay, entonces muertos de hambre pero libres. “¡No, Elenita, no lo diga así!” Tal fue el éxito de sus entrevistas que fueron antologadas en publicaciones que van desde Palabras cruzadas de 1961 hasta los ocho volúmenes de Todo México de 1990.

—Eran las incoherencias del país lo que me empezaba a interesar. El mundo de las clases altas ya lo conocía, y no me sorprendía en lo absoluto. Eran los “otros”, a los que no tuve acceso, los que me interesaban. Comencé a hacer artículos y entrevistas sobre los desfavorecidos, a quienes les tocó nacer en “chilaquil”. Era algo que me apasionaba, era como ir siempre hacia lo desconocido.

Escribió entonces una serie de crónicas urbanas sobre lo que los pobres hacían domingo a domingo, publicadas en Novedades, con ilustraciones de Alberto Beltrán —y luego compiladas en Todo empezó el domingo de 1963—. Se subía a los microbuses usando zapatos de “plan quinquenal”; era la vida “de a de veras”, el encanto de las clases pobres y sus contradicciones, recorriendo barrios por donde su madre no hubiera pasado ni muerta: Los Remedios, Tepito, La Villa, Xochimilco. Pero no sólo recorría las calles por donde la ciudad de México se iba haciendo chaparrita, sino que también pisaba los agitados movimientos sociales, y así visitaba a los presos políticos de la penitenciaria del Palacio Negro de Lecumberri, en la capital mexicana, y entrevistaba, bajo el sol y rodeada de policías, a los presos del Movimiento Ferrocarrilero que armó huelgas laborales y manifestaciones callejeras por el país, que exigió aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo entre los años 1958 y 1959. Poniatowska escribió artículos a favor del líder Demetrio Vallejo, que estuvo preso once años allí. Se dicen fáciles, pero no se viven así, dice Poniatowska.

—Vallejo era un hombre fuera de serie. No era muy agraciado, pero era un líder nato. Y cuando los ferrocarrileros hablaban, les salía un grito del alma. Yo viví un poco el movimiento por medio de los presos políticos, hombres castigados que en el encierro trataban de encontrarse a sí mismos. Y él fue uno de ellos, que anduvo en “el apando” y mucho tiempo en huelga de hambre. Le hice varias entrevistas, a él y a Valentín Campa, y las guardé por años hasta que hice la novela sobre los ferrocarrileros (El tren pasa primero, 2005).

Poniatowska visitó también la penitenciaria en compañía del cineasta español Luis Buñuel. Iban juntos a ver a los homosexuales, que dormían en camas acomodadas como en un internado, unas frente a otras. Lo mismo, al poeta colombiano Álvaro Mutis, preso en Lecumberri por malversación, en una celda que más bien parecía el camarote de un barco.

—Llevé a Buñuel a Lecumberri por petición de Álvaro Mutis. Lo fui a ver a su casa. Le dije: “Oiga, Mutis lo quiere ver, está preso”. Y se animó. A Buñuel le interesaba conocer la penitenciaria, ver cómo vivían los presos, dónde jugaban futbol, dónde comían y dormían. Nos llevaron a la crujía “J” de los homosexuales. Los veíamos cómo andaban maquillados y vestidos. Recuerdo que en una ocasión les ordenaron vestirse con la cuartelera, y uno de ellos de plano se negó a desmaquillarse: los celadores le tallaron la cara con piedra pómez y lo dejaron ensangrentado. Buñuel se preocupó mucho por él.

A finales de la década de 1960, Poniatowska era una treintañera, nacionalizada mexicana, ya casada con Guillermo Haro, un científico que le llevaba casi diecinueve años y que había contribuido a las investigaciones astronómicas y al desarrollo científico del país. “Sin duda eran una pareja singular —dice el escritor Pável Granados—. Él todo un académico, miembro del Colegio Nacional, y Elenita, una reportera que no había ido a la universidad, educada con monjas, pero que se había hecho de fama dentro del periodismo. Todo el que visitaba su casa comentaba que había justo en la entrada el título de astrónomo de Guillermo Haro, del Colegio Nacional, y junto a éste, ¡el diploma de taquimecanógrafa de Elenita! Era como mostrar quién era el académico y quién la famosa”. Poniatowska estaba ya escribiendo su novela Hasta no verte, Jesús mío. Había conocido a Josefina Bohórquez en sus ires y venires por Lecumberri, y las entrevistas eran cada miércoles en una vecindad. “Ahora van a decir que eres la más pelada de América Latina”, le decía a ratos Guillermo Haro. Pero la pobreza que descubría en este personaje significó su despertar político. Era 1968, Poniatowska se sentía impotente porque veía lo que estaba haciendo un gobierno autoritario con la oposición y no estaba haciendo nada. El ferrocarrilero Demetrio Vallejo era su inspiración para soñar con cambios. “Vivíamos años muy difíciles entonces —dice el periodista Iván Restrepo—. Habíamos vivido los años de la represión de los ferrocarrileros, la represión a los maestros, la de los médicos que pedían mejores condiciones de vida y mejores hospitales, y finalmente el infame desenlace del Movimiento Estudiantil del 68. Elena se formó dentro de esa realidad —del autoritario Partido Revolucionario Institucional (PRI)—, del México del ‘¿Qué horas son? Las que usted mande, Señor Presidente'”.

Poniatowska no se involucraba en el movimiento. Se quedaba en casa mientras amamantaba a su segundo hijo, Felipe, que había nacido el 4 de junio, pero había ido al menos a tres manifestaciones y dos asambleas en las que conoció a líderes como Luis González de Alba y Marcelino Perelló. Seguía el movimiento a distancia. Mientras que Guillermo Haro asistía a los mítines y a la marcha del rector de la Universidad, ella se mantenía enterada por medio de amigos intelectuales y periodistas, hasta que llegó el 2 de octubre, la fecha en que el Ejército, por órdenes de Díaz Ordaz, aplastó el movimiento, masacró y arrestó a cientos de estudiantes que se reunían en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en el Distrito Federal, durante un mitin que congregaba a mujeres, niños, universitarios y vecinos. Eran las nueve de la noche, recuerda Poniatowska en el libro Elenísima, de Michael K. Schuessler, cuando llegaron a su casa dos amigas desesperadas que le contaron que había sangre en las paredes de los edificios de Tlatelolco, que estaban perforados los elevadores con balazos de ametralladora, con vidrios por todos lados y tanques del Ejército. Al día siguiente, Poniatowska fue muy temprano a Tlatelolco: no vio ningún cuerpo, pero se encontró con zapatos tirados y arrumbados en montones. No había agua ni luz. Comenzó entonces a recoger testimonios en la penitenciaría de Lecumberri con los líderes del movimiento, ahora presos en la crujía “C”. Pero resultó más complicado que con los ferrocarrileros: no la dejaban meter nada, ni grabadora. Tenía que echar mano de su buena memoria y recopilar testimonios escritos que los presos le pasaban. Así formó la crónica que publicaría poco después, La noche de Tlatelolco.

A su madre, Paulette Amor, le daba retortijones al ver a su hija involucrada en tal trabajo periodístico. Salvador Novo, que era amigo de la familia, le dejó de hablar inmediatamente. “Ya vimos que andas con esos revoltosos, qué ha de decir tu madre”, le decía Rosario Sansores, poeta y cronista de sociales. Pero después del 2 de octubre de ese año nació una efervescencia que se reflejaría en sus publicaciones posteriores, porque había núcleos que seguían aún peleando con el apoyo de intelectuales. Ahí estaban los inseparables Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska, que se daban una vuelta por los mítines. “Vivimos en Tlatelolco un hecho de ignominia: Tlatelolco, y nos quedamos a un lado, parados en la tierra, inútiles, junto a nuestros muertos”, dijo Poniatowska en una entrevista en 1969 para La Revista de la UNAM.

Hasta no verte, Jesús mío se publicó en 1969 y resultó ganadora del Premio Mazatlán de Literatura. Dos años después, en 1971, se publicó finalmente La noche de Tlatelolco: “Fue una locura cuando lo publicamos”, dice Neus Espresate, editora de Ediciones Era. “Siglo XXI no se lo había querido publicar. Nosotros nos sentíamos amenazados de algún modo, pero nos arriesgamos. Se le hizo mala publicidad, se decía que recogían los ejemplares de las librerías. Díaz Ordaz y Echeverría mandaron a seguir a Elena, la espiaban afuera de su casa, la seguían en coches. Pero fue todo un éxito”. Ese mismo año le otorgaron el Premio Xavier Villaurrutia, el premio de escritores para escritores. Poniatowska lo rechazó públicamente y le preguntó a Luis Echeverría Álvarez, entonces presidente de México: “¿Quién va a premiar a los muertos?”. Entonces, la prensa le puso el mote de Princesa Roja.

***

Es la primera semana de mayo de 2011. Elena Poniatowska está de regreso en la ciudad de México después de presentar Leonora en San Francisco. Son ya las cinco de la tarde y baja de su coche, un Honda City plateado, en la puerta de su casa. Cuenta que viene de casa de la feminista Marta Lamas: una comida entre amigas, pero como son “de carrera larga”, no la dejaban partir a tiempo.

—Ya no manejo, ahora me hace el favor Conrado. Manejar se me hace ya muy difícil. Fíjate que el primer coche que tuve fue un Hillman que me compró mi papá. Pero pasó el tiempo y se puso viejito. Tan derruido estaba que ya no frenaba bien. Un día lo llevé a la agencia para ver si me lo compraban. Me dijeron: “Pues le damos mil pesos pero con usted adentro”. Ya no recuerdo si lo vendí o qué le hice.

Se detiene en la entrada, en la mesa para la correspondencia. Revisa varios sobres de reojo y un sinfín de libros que envían amigos y editores para que los prologue o los presente. Aparece enseguida una gata parda, que se detiene entre sus pies.

—Se llama Vais, es muy amigable. También tengo otro pero es más tímido, Monsi, es negro con manchas blancas, viste de esmoquin. ¡Haz de cuenta que digo “Monsiváis” como veinte veces al día! Pero se esconden por cualquier cosa, ellos hacen todo distinto. Mary, mary, quite contrary —tararea una rima inglesa.

Se sienta en el mismo sofá de la vez anterior y su gata Vais se le sube encima y se acomoda sobre sus piernas. Poniatowska usa un vestido café claro, zapatos color miel y un suéter color hueso puesto sobre los hombros. Martina trae el té y ella, otra vez, revisa que no vaya a ser té negro.

—Es que si no, no duermo —dice.

Su biblioteca no parece seguir otro orden que el del azar. Por ahí tiene algunos libros que le dedicaron sus tres grandes compinches, los escritores José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis, a quien conoció cuando colaboraban para el suplemento México en la Cultura.

—José Emilio era jefe de Redacción y yo llegaba cada semana para entregar mi artículo o mi entrevista. Todos ellos eran una maravilla, jóvenes, alegres, inteligentísimos. Nos unía el amor por la escritura, el querer hacer algo. Hubo una época en la que fuimos muy unidos. Te estoy hablando de antes de los sesenta. Después José Emilio se cortó un poco. Pero era muy guapo, delgado y alto, siempre vestía de negro y muchos lo creían seminarista. Cuando se subía a un taxi, no faltaba el que le dijera: “No me pague, padrecito, mejor deme la bendición”. También por esos años, conocí a la poeta Rosario Castellanos. Me sentía muy honrada de que ella fuera cariñosa conmigo, me parecía una mujer llena de sentido del humor y muy ingeniosa. Murió electrocutada, una gran pérdida para México.

Junto al retrato de su hijo Emmanuel están las obras completas del colombiano Gabriel García Márquez, al que entrevistó muchísimas veces. Cuando Vargas Llosa le dio aquel puñetazo en la cara, Elena estaba allí. “Elenita cuenta que por él no fue buena reportera”, dice el escritor Pável Granados. “Porque mientras Ana Cecilia Treviño, la Bambi, editora de la Sección B de cultura y sociales del diario Excélsior, salió corriendo a dar la nota, Elenita fue por un bistec crudo para bajarle la hinchazón. Le ganaron la primicia”.

Tampoco faltan libros de Octavio Paz. Cuenta Poniatowska que lo admiró cada día de su vida y se escribieron con frecuencia. Lo conoció cuando había recién llegado de su residencia en París, en 1954, con su entonces esposa Elena Garro, en una cena que le preparó Carlos Fuentes en su casa de la calle Tíbet. El editor y periodista Braulio Peralta rescata del tomo cuatro de sus Obras Completas lo que escribió el poeta de vuelta en el país: “Terminé por regresar… Un México distinto. Nuevos amigos: Carlos Fuentes, Jorge Portilla, Ramón y Ana Xirau, Elena Poniatowska, Jaime García Terrés…”.

—Lo quise mucho. En aquella cena yo iba de impertinente a preguntarle qué le parecía ser el becerro de oro, porque todo mundo le rendía pleitesía. Y recuerdo que después en mi casa de la Del Valle había un ahuehuete enorme y Paz le dedicó un poema. Sólo que ya no me acuerdo cómo le puso… Al rato investigamos. Pero le hice muchas entrevistas, hubo muchas conversaciones entre nosotros, eran como duelos de espadas, decía Paz.

En una entrevista con Braulio Peralta, Paz señala que desde un inicio Elena Poniatowska le pareció una mujer encantadora, inteligente, que le sorprendió “primero por su vivacidad y por su inmensa simpatía; inmediatamente después, porque empecé a leer sus textos, que me encantaron: había introducido en el periodismo mexicano una frescura, una gracia, una imaginación que la hacían algo muy distinto. Única”. Pero lo cierto es que durante un tiempo, a finales de los años ochenta, hubo un distanciamiento entre ambos: al poeta ya no le agradaba que Poniatowska todavía tuviera inclinaciones políticas de izquierda tan arraigadas, cuando él, en cambio, abanderaba una forma de pensamiento neoliberal y apoyaba a Carlos Salinas de Gortari. Mucho menos le agradaba que Poniatowska escribiera sobre la fotógrafa italiana y comunista Tina Modotti, protagonista de su novela Tinísima (publicada en 1992), una mujer que, para Octavio Paz, cambiaba de ideas según su amante en turno.

“El premio Nobel era terriblemente anticomunista, estaba muy derechizado y acusó a Modotti de haber sido pistolera de la KGB soviética —dice el periodista Humberto Musacchio—. Tina Modotti nunca estuvo en eso, fue miembro del Socorro Rojo Internacional que tenía otras funciones, era la agrupación de los sindicatos de izquierda que apoyaba las causas obreras en todo el mundo. Se tiene que decir, además, que Tinísima fue el primer intento de entrar a fondo en la obra de Tina Modotti. Eso se dice muy poco, que fue la primera vez que se abordó la obra y la vida de este personaje con esa amplitud y seriedad”. Muchos críticos aún afirman que Tinísima sigue siendo su novela más ambiciosa. Poniatowska mezcló, en más de seiscientas páginas, el arte, la militancia política de los años treinta en México y la pasión de una mujer revolucionaria. Le dedicó casi diez años de investigación. Le siguió la pista paso a paso y registró toda la vida de la fotógrafa italiana, hasta su muerte, en circunstancias sospechosas, a bordo de un taxi en la ciudad de México. Poniatowska viajó por Cuba e Italia, en busca de información sobre los hombres que habían influido en la italiana, desde Julio Antonio Mella, Edward Weston hasta el comunista italiano Vittorio Vidali.

Otra que no veía con buenos ojos su trabajo periodístico era la tía Pita Amor: la poeta extravagante que hablaba siempre en verso, enloquecida por la tragedia de perder ahogado a su único hijo. Cuenta Poniatowska que, de joven, Pita posó desnuda. Ya anciana, caminaba con un moño enorme en la cabeza, llena de extravagancia, y daba bastonazos a quien se le pusiera enfrente. Sus vecinos de la Zona Rosa la apodaban La Abuelita de Batman.

—Siempre me dijo que yo era una “pinche” periodista.

“Pita no estaba bien de la cabeza —dice Michael K. Schuessler, biógrafo de Poniatowska y Pita Amor—. Fue una alucinación para toda la familia, les salía con cosas como hacerse pipí en el comedor. Era impactante e impredecible. Y le tenía además prohibido a Poniatowska firmar sus ‘articulitos’ con el apellido Amor, porque había una gran diferencia entre ser una periodista y una poeta de tinta americana como ella”.

La misma Elena cuenta que en una fiesta, en casa de su tía en la calle de Duero, Pita Amor al verla conversar con Octavio Paz, se encendió de furia y le gritó a voz en cuello: “¡No te compares con tu tía de sangre! / ¡No te compares con tu tía de fuego! / ¡No te atrevas a aparecerte junto a mí, / junto a mis vientos huracanados, / mis tempestades, mis ríos! /¡Soy el sol, muchachita, / apenas te aproximes te quemarán mis rayos!”. Al día siguiente, a la una de la tarde, le llamó por teléfono, fresca como la mañana: “¿Eres feliz?”, le preguntó.

***

Cuando nació el movimiento feminista en México, en los años setenta, después de Tlatelolco, muchas mujeres veían con admiración a Elena Poniatowska, como una intelectual que desafiaba a los gobiernos autoritarios y demostraba que tenía pantalones para dar voz a los que no la tenían. Por eso la invitaban a reuniones y conferencias, dice la antropóloga Marta Lamas, aunque Elena dudaba en asistir: decía que no era feminista, porque no había leído nada de feminismo. No se ponía la etiqueta, pero ahí estaba su preocupación por la situación de las mujeres en sus textos y artículos. Sobre todo en sus intensos cuentos como “De noche vienes” (publicado en De noche vienes, 1979), donde desarrolló, por medio de la ficción, la historia de una mujer que la policía arrestaba por estar casada con cinco hombres.

“Elena hablaba de política, le preocupaba mucho lo que estaba pasando en el país —dice Marta Lamas—. Le interesaban las mujeres y el ‘nuevo feminismo’. Por eso la invitábamos al movimiento. Asistíamos académicas, trotskistas, ex monjas, artistas y hasta científicas. Y hablábamos de tabúes, de sexualidad. Llegaban del extranjero muchas feministas famosas, como Gisélé Halimi, y algunas veces nos reuníamos en casa de Elena”. Pero Guillermo Haro no veía con buenos ojos el feminismo. Cuando algunas de estas reuniones tenían lugar en su casa, salía su hija Paula, aleccionada por su padre, y les decía a todas las feministas presentes: ¡Yo soy femenina, no feminista! Tenía cinco años. “Guillermo era muy inteligente, pero muy crítico y muy latoso. Solía interrumpir, criticar, interrumpía la reunión y le pedía cosas a Elena, la sacaba de la junta, como que saboteaba un poco todo lo que tuviera que ver con feminismo. Fue un hombre duro”, dice Lamas.

“Nos tocó vivir el nacimiento del feminismo a todas nosotras —dice la editora y también feminista Marta Acevedo—. La Jesusa Palancares coincidió con el movimiento, hasta la hicimos radionovela y la gente llamaba a Radio Educación para decir: ‘Oiga, esa señora sí que sabe lavar las sábanas’. Fue un gran revuelo. Eran los años en que reconocíamos, por primera vez, nuestra situación como mujeres. Y cambiaba nuestra forma de ver a nuestros padres, nuestros esposos y nuestros hijos”.

Hay un arquetipo que Poniatowska ha explorado en sus retratos, cuentos y novelas de las últimas décadas, en que ha buscado redescubrir a la narradora que lleva dentro, y su reciente trabajo sobre Leonora Carrington lo confirma: su fascinación por mujeres emblemáticas, producto de los años revolucionarios, y a la vez vanguardistas, de las primeras décadas del siglo XX. Hay un interés por dar a conocer su retrato, entre la soledad y la incomprensión, y hacer público que ellas existieron. Aunque, cuando se trata de estas mujeres, opta por géneros híbridos que rara vez convencen a críticos como Christopher Domínguez: “La biografía novelada o la novela biografiada, que carece de la libertad de la novela y el rigor de la biografía, esas decisiones, en mi opinión, las que ha tomado Poniatowska infravalorando su capacidad de investigación y dando a sus poderes novelescos un derrotero temerario”, escribió en Letras Libres, a propósito de la publicación de Leonora. Es la pasión de la mujer artista, obligada a ser dos veces artista en un mundo de hombres, lo que le fascina a Elena Poniatowska y la ha impulsado a escribir: con ellas saca chispas, dice Christopher Domínguez.

—Mira el ejemplo de las mujeres que puse en Las siete cabritas (2000), como María Izquierdo —dice Poniatowska—, que le dijeron que no estaba capacitada para hacer murales, por ser mujer, y no la dejaron; Nellie Campobello, que firmó como hombre sus primeros poemas; Nahui Ollin, que caminaba desnuda por la Alameda, o Pita Amor, que de joven recitaba poemas de San Juan de la Cruz en la TV, con blusas escotadas, y le decían que no podía andar enseñando los pechos. Luego, Tina Modotti, acusada de asesinato, y Leonora Carrington, encerrada en un manicomio en Santander, desquiciada. A todas ellas las tildaron de locas. Y podemos sumar a Angelina Beloff, pintora liberal, que fue la primera esposa de Diego Rivera en París y que sufrió, con tristeza y soledad, la ruptura de su relación. De Angelina hice una novelita epistolar (Querido Diego, te abraza Quiela, 1978), un libro de mucha soledad. Diego Rivera jamás volvió a verla.

“¿Por qué será que le fascinan estas mujeres a Elena Poniatowska? —se pregunta la cronista Guadalupe Loaeza—. Siempre he creído que tiene un sentimiento de culpa, por haber nacido princesa, y por haber nacido en París, y por haber llegado en un momento dado a México, maravilloso y paradisiaco, pero con mucha pobreza. Elenita siempre ha sido muy sensible a la pobreza y a la desigualdad. Por eso se ha manejado toda la vida con un sentimiento perenne de culpa. Se exige demasiado y tiene muchos miedos. Y tal vez en el espejo ve a todas estas mujeres. Porque a ella la han criticado muy fuerte desde que salió, críticas muy duras”. Decían que no era una Rosario Castellanos, que no era una Elena Garro.

—Yo no creo ser como todas ellas. Es más bien que escribo como para salir de mí misma, porque en el fondo fui una gente muy dócil, educada en un internado de monjas. No podía decir quiero esto, soy aquello. Tenía que hacer lo que decían los demás. El catolicismo me cortó un poco las alas, en cierta forma, porque te hace sentirte culpable por obra, palabra y omisión. Ellas sí que se atrevieron a mucho más, hasta la misma Josefina Bojórquez, que anduvo por la Revolución de soldadera.
—Mencionaba hace un momento a la pintora surrealista Leonora Carrington, ¿cómo fue entrevistarla tantas veces?, ¿qué necesitó para que accediera a hablarle de su vida?
—Bueno, Leonora nunca permitió una grabadora, no le gustaban. Mucho menos las reporteras impertinentes. Pero resultó que habíamos tenido una infancia parecida, entonces yo le contaba que había aprendido a montar a caballo cuando era niña, y ella me decía: “Yo también”. Todo lo apunté en una libretita, palabras sueltas con caligrafía apretada. Luego regresaba a casa y me ponía a transcribir todo lo que me había dicho. Desde luego, hubo cosas de las que no quiso hablar y yo no insistí: nunca me quiso contar sobre Max Ernst, por ejemplo. Pero sí me habló con mucha facilidad de su episodio en el manicomio, del Cardiazol que le inyectaban, una medicina que hoy está prohibidísima, que le provocaba espasmos. Creo que lo hizo para que me solidarizara con ella. Y por fortuna, hubo cierta complicidad entre nosotras. Imagínate, más de cincuenta años de conocernos. Ilustró la segunda edición de mi Lilus Kikus y luego un poemario que saqué (Rondas de la niña mala, 2008). La quise mucho.
—¿Cuál cree que haya sido el mayor reto al escribir Leonora?
—Bueno, el reto es desde el momento en que escribes cualquier cosa. Desde una novela hasta un artículo de periódico. Fíjate que cada vez que tengo que hacer una entrevista tengo miedo de que no me vaya a salir bien, que no estén suficientemente preparadas mis preguntas, que no conozca suficiente mi tema. Soy en el fondo una gente que tiene poca fe en sí misma. Porque si no fuera así, nunca me hubiera dedicado el periodismo. Haberme dedicado al periodismo fue como necesitar muletas para salir adelante, porque reflejas las palabras de los demás, las ideas de los demás, los pensamientos de los demás. En vez de lanzarte a pensar sólo por ti, ya fuera bien o fuera mal.

Mira el reloj, agobiada.

—Ya se nos pasó el tiempo. ¿Cuándo nos vemos para la siguiente entrevista? ¡No tardan en pasar por mí para ir al teatro!

Baja de sus piernas a su gata Vais, que ronroneaba. Se levanta del sofá y da tan sólo dos pasos, cojea. Se le durmió una pierna.

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A pesar de pertenecer a ella, pocas veces se incluye a Poniatowska como parte de su generación, que comparte con Carlos Fuentes, Juan García Ponce y Héctor Azar, con quienes coincidió en el Centro Mexicano de Escritores, bajo la batuta de Juan Rulfo. En la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la casa máxima de estudios en México, pocos son los académicos que han trabajado su obra —o que aceptan al menos una entrevista sobre ella—. “No sabemos dónde ponerla. Es una escritora que se asoma a muchos géneros, como el ensayo, el periodismo, la narrativa testimonial, pero que hace un híbrido de todo un poco”, dice Marcela Palma, doctora en Letras Hispánicas por la UNAM.

Sucede algo único con Elena Poniatowska, cuenta Rosa Beltrán, doctora en Literatura Comparada. Todos hemos leído su obra de modos distintos, ya sea sus novelas, libros de cuentos, crónicas, ensayos y biografías, entre muchos otros. Están en boca de todos, es cita de quienes leen y quienes no leen. Pero ella, en cambio, nos recuerda que no es “escritora”: “Todo lo que soy se lo debo al periodismo, si algo he hecho en la escritura ha sido gracias a él —responde en una entrevista publicada en Me lo dijo Elena Poniatowska, de 1997—. Creo de veras que mi educación, mi formación, mi código moral, todo, lo he hecho por medio del periodismo. Soy una deudora del periodismo. Hay quienes piensan que es más prestigioso ser escritor que periodista. A lo mejor tienen razón, aun así me sigo considerando periodista”.

“¿A qué se deberá la insistencia de Elena Poniatowska en dejar claro que antes de ser escritora es periodista?, ¿y por qué esta declaración despierta tantas suspicacias en quienes hemos leído su obra? —se pregunta Rosa Beltrán—. ¿Por qué, de las dos profesiones que ella ejerce, elige para definirse la menos prestigiosa? Desde el inicio de su carrera ella misma ha dicho que no tiene vocación ni nada. Es un rasgo típico de la mexicanidad, según Octavio Paz, ese método en la negación de la propia persona hasta volverla voz que no existe. De escribir sin escribir y ser escritora sin serlo, así se ha formado una de las escritoras más subversivas del país: la que mira siempre desde un punto de vista ‘deslegitimizado'”.

¿Será acaso una forma de blindarse ante una academia que la critica y la mira siempre con desdén?

“Sucede que Elena Poniatowska tiene el oficio que ella se inventó y no tenemos los demás”, dice la periodista y escritora Alma Guillermoprieto. “Porque nadie había hecho lo que ella hacía entonces, y lo hacía sin fórmulas y con curiosidad inagotable. Pudo crear y decir: ‘Quiero hacer un libro sobre una sirvienta que me fascina’, y se inventó cómo hacer a la Jesusa Palancares. Se inventó el libro de Tlatelolco. Fue creativa con los géneros y contó con muchas armas a su favor. El hecho de ser bonita, chiquita y modosita le permitió navegar siempre con bandera de pendeja, que como sabemos es una enorme ventaja a la hora de reportear, te abre puertas, te da accesos. ¿Y qué le podríamos criticar? Pues que es demasiado sentimental muchas veces, por supuesto que cae en la cursilería, por supuesto que cuando las cosas la emocionan pierde distancia, por supuesto que su uso de la exactitud periodística no es tan grande como debe ser hoy. Pero ella también trabajó en una época en la que esa exactitud periodista no era un criterio: ni se esperaba de ella, ni de Ryszard Kapuscinski, ni de Norman Mailer ni de nadie. Cambió el paradigma. ¿Qué le critiquen sus publicaciones? Bueno, entonces es que hay algo ahí que juzgar, hay un cuerpo notable”.

Uno de los aspectos más incómodos de la figura intelectual y pública de Poniatowska ha sido su compromiso con la izquierda. Y nunca ha escatimado en recursos: formó parte de la Unión de Periodistas Democráticos de 1983; fue pieza fundamental en las movilizaciones del sindicalismo en los años setenta y cuando se impulsó el reconocimiento político para el Partido Comunista y Partido Revolucionario de los Trabajadores; también la encontramos en la fundación de Nexos y La Jornada, y en la fundación de la editorial Siglo XXI. Todo el que haya dirigido un suplemento o una revista sabe que no puede ignorarla: o se le publica, o se le entrevista o se le critica. Los medios lo saben y los políticos lo saben. “Es una mujer involucrada y ligada en los proyectos colectivos de carácter cultural —dice el periodista Humberto Musacchio—. Es una mujer de avanzada. Ha sido una presencia indispensable, ha estado siempre muy cerca de nosotros, los periodistas. Siempre está ahí, siempre se cuenta con ella. Ha sido una figura indispensable como lo fue Monsiváis, que los sabemos nuestros, los sentíamos nuestros”.

Rumbo a las elecciones de 2006, el entonces candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, la buscó para que respaldara su campaña, realizara propuestas culturales y participara en mítines. Poniatowska veía en López Obrador a un político que hablaba un lenguaje comprensible para todo mundo y con una auténtica preocupación por los pobres. “Él respondía a las necesidades del pueblo, no a las necesidades de las clases altas. Por eso lo apoyé”, dice Poniatowska. Al perder las elecciones presidenciales por un margen pequeñísimo, López Obrador organizó un movimiento de resistencia civil para que se contaran de nuevo los votos: hizo plantones en el Zócalo y marchas por la ciudad, y bloqueó durante meses el Paseo de la Reforma, una de las principales arterias de la capital. Muchos de los intelectuales que lo seguían se hicieron a un lado ante tales decisiones. Pero Poniatowska lo siguió hasta el final. Defendió a López Obrador y aparecía en campañas publicitarias hablando a su favor. Los círculos más conservadores le dejaron ir una avalancha de críticas; recibía llamadas telefónicas con mentadas de madre durante las madrugadas, y en la calle aguantaba insultos cuando la veían pasar por los barrios de la clase media alta. “Que Elena apoyara a Andrés Manuel le dolió a mucha gente —dice la antropóloga Marta Lamas—. Una mujer de familia de abolengo, princesa, que haya apoyado a alguien como él, que señalaban como un peligro para México, dolió muchísimo. A Elena le sorprendía el nivel de agresión al que llegaban las críticas, pero confió en sus convicciones, en lo que creía, y lo hizo públicamente como pocos militantes de izquierda”.

—Apoyé a López Obrador por idealismo —dice Poniatowska—, en ningún momento busqué un puesto político, no buscaba el “hueso”. Lo apoyé por un sueño, por convicción, creí en su propuesta y no me arrepiento. Lo volvería hacer, a pesar de todo lo que me dijeron, los spots de Manuel Espino, los insultos que recibí, las mentadas de madre. Lo volvería a hacer.

***

Es el 10 de mayo de 2011. Es el Día de la Madre en México.

—Tengo tanto que escribir en los años que me quedan —dice Poniatowska—. Tengo una novela en el tintero, tengo mucho material sobre Lupe Marín, la segunda esposa de Diego Rivera. Y quisiera escribir más cuentos, escribir lo más que pueda. Ya estoy vieja. Ya no puedo andar de madre ardiendo por el país. Ya no puedo hacer lo que decía Renato Leduc, la dicha inicua de perder el tiempo. Ya estoy tocando los ochenta, creo que ya voy de salida.

Elena Poniatowska ha festejado el Día de la Madre con su amigo Pablo Ortiz Monasterio, lejos de sus hijos, que andan en sus cosas como siempre: Paula vive en Mérida, es fotógrafa y tiene influencia de los monstruos de Diane Arbus, dice Poniatowska; Felipe vive en Puebla, hace videos (y le ha enseñado a usar su cuenta de Twitter, @Eponiatowska), y Mane, el mayor, Emmanuel, es físico, jefe del área científica del campus de Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Son las cinco de la tarde y Poniatowska recibe en su casa a la fotógrafa inglesa Phoebe Ling, para la sesión de fotos que acompaña esta nota. Está radiante: lleva gafas para sol, va maquillada, usa un traje sastre rojo, zapatos bicolor tipo Chanel y un collar y aretes de oro.

—Pueden tomarme fotos donde sea. En la sala, en el comedor, en el estudio. Si quieren, me siento en mi escritorio y me pongo a escribir, o en el comedor, y le decimos a Martina que nos traiga comida.

La fotógrafa observa detenidamente los cojines bordados a mano con imágenes del Santo Niño de Atocha, el Subcomandante Marcos del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), del movimiento de Andrés Manuel López Obrador, y la Virgen de Guadalupe. Es su rincón mexicano.

—Hay mucha luz, está bien —dice Ling.

—Con tanta foto me voy a poner self-conscious —dice Poniatowska.

Se escuchan las campanadas de la capilla de enfrente, San Sebastián Mártir, cuyo sonido hace eco por todos los rincones de la casa. Poniatowska cuenta que a sus hijos no los ve tan seguido como quisiera. Por eso ahora tiene mucho tiempo para pensar en su vida, en todas las cosas que ha hecho a lo largo de tantos años.

—Tengo tanto tiempo para pensar en las estupideces que hice y para llamarme idiota cada segundo. Bueno, cada segundo no, pero por lo menos tres veces al día. Finalmente uno siempre está solo… A veces pienso “por qué no hice las cosas así”, o “por qué le contesté esto a alguien”, “por qué no me detuve”, “por qué no escribí más”. ¿No te pasa eso? —le pregunta a la fotógrafa— Pienso que si volviera atrás haría tantas cosas, escribiría mucho más, muchas novelas, porque creo que no debí haber hecho tanto periodismo. A veces quisiera volver atrás para hacer las cosas mejor. Una vez se lo dije a Juan Soriano —un pintor mexicano de quien Poniatwoska escribió un libro— que yo quisiera volver unos treinta años o unos cuarenta años atrás para hacer las cosas bien. Él me dijo: “Elena, no te preocupes, ni quieras regresar, porque todo lo harías pero más mal”.

Ling comienza a disparar su cámara. Le dice a la escritora que mire a la luz, y ella dice: “Sí, miro a la luz”. Mire al cielo, dice la fotógrafa, y Poniatowska dice: “Sí, miro al cielo que se oscurece, que quiere llover”. Mire al jardín: “Sí, miro al jardín, verde que te quiero verde”. Después, lleva a la fotógrafa al comedor, donde tiene una catrina de yeso —una figura mexicana femenina que representa la muerte—. Mire hacia allí, dice la fotógrafa.

—Sí, miro a la muerte, que ahí se viene, tan callada. Procuro no pensar mucho en la muerte. Todavía no se sabe qué pasa cuando uno muere. No sé qué me vaya a pasar. No me gustaría que me diera una trombosis o que me quedara paralítica y no me pudiera mover. Eso sería terrible para mí. Espero no tenerle miedo. Recuerdo que Mariana Frenk, que era una mujer extraordinaria, que escribió muchísimos aforismos, le tuvo miedo a la muerte. Y si ella tan inteligente le tuvo miedo, pues igual y a la mera hora lo tendré también. Pero mejor… toquemos madera.

Era el minuto 70, y pude verlo todo desde donde me encontraba: detrás del arquero del Pasto, al lado de un recogebolas, guarecido apenas por una valla de publicidad: allí mismo vi cómo le cometían falta a Edwin Cardona; cómo Ómar Pérez metía el balón al área y cómo se elevaba Jonathan Copete. Quiero dejarlo así, como está en estos momentos, suspendido en el aire y a punto de pegarle al balón con la frente, para contar mi historia: la historia de un hincha del Santa Fe que durante 36 de sus 37 años jamás vio ganar a su equipo, pero que tuvo el privilegio de poder acompañarlo de cerca en el momento glorioso en que consiguió su séptimo título.

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Me cuenta mi mamá que el día que nací tres personas diferentes me mandaron de regalo uniformes del Santa Fe, y eso me hace suponer que incluso antes de haber venido al mundo ya me habían asignado equipo de fútbol: que el cupo para ser hincha estaba antes que yo, y que nací apenas para ocuparlo, como si el molde ya existiera y yo fuera solo el relleno. Era agosto de 1974 y el Santa Fe era el campeón del torneo colombiano. Mi papá ocupaba un puesto en la junta del club y su gran misión como directivo consistió en encontrar una mascota para el equipo. Según contó él mismo en un artículo que escribió para SoHo, decidieron que fuera un león porque era el rey de la selva, el imbatible: el único animal cuya garra es imposible de vencer. Mi propio papá fue a un zoológico de Cali a conseguirlo, y Monaguillo vivió en nuestra casa durante el primer mes de su vida. El cachorro crecía a pasos agigantados. En instantes dejó de ser una especie de gato grande, y comenzó a volverse león. Le creció la melena, se le ensancharon las garras, le salieron dientes afilados. Conscientes de que el hábitat de un animal salvaje no podía ser una casa familiar sino, a lo sumo, el Congreso de la República, Monaguillo fue extraditado. Vivió en la sede del club durante algún tiempo, hasta que los vecinos, seguramente hinchas de Millonarios, consiguieron que lo enviaran sin regreso al zoológico de Santa Cruz, donde lo visité cuando ya no parecía un león sino una metáfora: encerrado en una jaula se hacía viejo sin ningún asomo de gloria, como el Santa Fe que me tocó en adelante: un lánguido equipo al que la grandeza parecía haberlo abandonado.

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Si el Santa Fe ganó su séptimo título después de una sequía asombrosa que duró 36 años, 6 meses y 25 días es por culpa de ese equipo: de esos 20 jugadores que se concentraron durante más de diez días con sus noches, en el segundo piso del Hotel Dann Carlton, y que aprendieron a convivir como si, más que futbolistas, fueran un matrimonio forzoso.

Una concentración es un encierro, la forma de mantener al equipo unido y libre de tentaciones terrenales. Aparte del presidente Pastrana, que se concentró con ellos, y del DT Wilson Gutiérrez, cada integrante del equipo debe compartir habitación con otro. Esta vez, durante estas finales, Jonathan Copete durmió con Diego Cabrera; Ómar Pérez con Óscar Rodas; Yulián Anchico con Sergio Otálvaro; Quiñones con Mesa; Camilo Vargas con Leyton, el arquero suplente.

Comparten todo y a todas horas: en medio del tedio del encierro, cumplen con la agenda que el preparador físico les anota en la pizarra de un reservado del hotel: 8 a 10 a.m.: desayuno; 11 a.m.: video; 1 a 3 p.m.: almuerzo; 5 p.m., charla técnica; 7 a 9 p.m.: cena.

Comparten juegos: los veteranos juegan cartas y los más jóvenes, Play Station. En Black Jack hay algunos imbatibles: Ómar Pérez, Centurión, Otálvaro, Anchico. Juegan de noche, a veces en la habitación de Gerardo Bedoya, y tienen por regla apostar 20.000 pesos como mínimo y 50.000 como tope. Es lo mismo que apuestan quienes juegan X-Box, dentro de los cuales Camilo Vargas, Roa, Acosta y Mario Gómez suelen ser quienes ganan. Siempre juegan fútbol y siempre con clubes, no con selecciones nacionales. Para evitar desigualdades, nadie puede pedirse al Real Madrid o al Barcelona.

Comparten comidas: tres golpes grandes y dos meriendas, todos abundantes en carbohidratos: además de las proteínas, por plato siempre hay espaguetis, papas al vapor, arroz: harinas que suman más de 3000 calorías, cuando una persona común y corriente consume un promedio de 1500. El doctor Ulloa, médico del Santa Fe, me explica que un futbolista pierde por partido de 2 a 3 kilos, y a veces hasta 5, si juega en plazas como Barranquilla.

Y, por último, también comparten los dolores del corazón. Gerardo Bedoya, por ejemplo, pagó de su dinero un cuarto aledaño al suyo para que se hospedara junto con él su hija Abril, que vive en Medellín. Abril tiene 7 años y estuvo concentrada con el equipo, como un jugador más: sabe cómo se para en un tiro de esquina el Itagüí, quiénes suben a cabecear de La Equidad. Durante ocho días, Abril analizó videos como si fuera un volante. Bedoya no se le despegaba un solo instante, y cuando se cumplió el tiempo de Abril en Bogotá y tuvo que regresar con su mamá a la capital antioqueña, Bedoya por poco se muere de nostalgia.

Lo de Diego Aroldo Cabrera, en cambio, no fue nostalgia sino angustia. Al regreso del partido contra Itagüí, el goleador boliviano recibió un papel en el lobby con la razón de que se comunicara urgentemente con su familia, en Santa Cruz. Entró hablando por teléfono al bufé, alcanzó a servirse y justo cuando se sentó en la mesa le dieron la noticia del otro lado de la línea: su papá había sufrido un infarto y estaba en el hospital. Se puso a llorar al frente de su plato, mientras sus compañeros lo rodeaban y rezaban en voz alta por su recuperación.

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Mientras Diego Aroldo Cabrera llora frente a su plato repleto de harinas, sigo contando mi historia de hincha y el momento exacto en que entendí que era santafereño: fue por culpa de una estirada de Mina Camacho. Yo no debía tener más de 5 años, y mi papá me llevaba al estadio desde siempre, desde que tengo memoria. No recuerdo casi nada de ese partido. Solo recuerdo que patearon un balón de gol, a todo el ángulo derecho, y que Mina se estiró contra el cielo azul y lo atrapó con las dos manos, el balón y el cielo, las dos cosas: había tanta verdad, tanta belleza en ese salto, que supe que nada me había emocionado tanto en la vida como verlo así, entregado a la pureza de su vuelo, templado entre su propia estatura, casi inmóvil y paralizado en medio de su brinco maravilloso.

Gracias a Mina descubrí la dimensión estética del fútbol, y quedé prendado al Santa Fe como hincha verdadero. Sin embargo, fue Gottardi el hombre que de verdad llenó mi infancia. Hablo de Hugo Ernesto Gottardi, un argentino que desembarcó en el equipo en 1983. Tenía el pelo rizado, era alto, jugaba con el número nueve. Y su historia en el Santa Fe fue una épica que comenzó con rechiflas y críticas de algunos locutores deportivos, y terminó en el júbilo mayor, cuando el estadio entero se rendía a sus pies después de haber legado goles inolvidables y numerosos: pese a que jugó apenas media temporada, fue ‘Botín de oro’ en 1984, galardón que repitió un par de años después. Anotaba de cabeza, de media distancia; pescaba rebotes como nadie. Pero era insuperable cuando entraba en el área y dejaba defensas regados a su paso: caían como muertos y veían desde el suelo la forma en que, con un enganche mínimo, lleno de elegante desdén, Gottardi humillaba al arquero y cruzaba la línea con el botín pegado en el pie, sin despeinarse. Para los hinchas de Santa Fe, Gottardi no fue un jugador sino una época y, ahora, algo aún más importante: una nostalgia. Hizo goles como quiso, pero hubo uno que ningún santafereño puede olvidar. Sucedió en un clásico contra Millos y duró 30 segundos. Acababan de hacernos un gol, y Umaña y Gottardi sacaron de media cancha. En lugar de retroceder el balón, como suele suceder, les dio por emprender una carrera de paredes nunca antes vista hacia adelante, hacia el futuro, que terminó en gol: un gol que los hinchas de Millos vieron de pie, cuando aún se abrazaban. Ese era Gottardi: el hombre que no solo nos hacía celebrar a nosotros, sino que dañaba la celebración de ellos.

***

Gottardi tenía 30 años para ese entonces: dos más que Centurión y varios más que muchos de quienes disputaron la final contra el Pasto, casi todos de 22, 23 y 24 años: unos muchachos que en la noche previa a la final casi no pudieron dormir. Parecían estudiantes en una excursión. No había nadie en las habitaciones. Todos estaban sentados en el piso a lo largo del corredor. Ponían salsa. Sergio Otálvaro tocaba la caja vallenata, para lo cual muestra una gran destreza, y Yulián Anchico, la raspa.

Casi no se duermen por culpa de la ansiedad, porque nunca antes habían tenido tan cerca el título. El equipo había conseguido empatar por un gol en Pasto, en un partido recio en el cual padecieron la condición de ser visitantes: durante día y noche, los hinchas soplaban unas vuvuzelas infernales en torno al pequeño hotel del centro de San Juan de Pasto en que el equipo durmió. Pero hubo ánimo, siempre hubo ánimo, como cuando a la hora del almuerzo, de manera espontánea, golpearon con las palmas y los cubiertos la mesa mientras cantaban los coros clásicos de las tribunas: “Volveremos, volveremos/ volveremos otra vez/ volveremos a ser campeones/ como la primera vez”.

Gracias a un cabezazo de Julián Quiñones, un central de 22 años hecho en la cantera, el equipo se trajo un punto de Pasto y regresó a Bogotá para jugarse la vida. Durmieron como pudieron, y al día siguiente entraron de frente a la rutina del día: desayunaron; analizaron un video táctico; vieron otro, de motivación; almorzaron papa al vapor, pasta, arroz, pollo. Wilson Cano, goleador santafereño de los noventa, almorzó con ellos. Sentados en una misma mesa grande, los jugadores bromeaban. A Bedoya le escondieron el celular, lo buscaba puesto por puesto y ofrecía una boleta a quien le diera el paradero. Ómar Pérez, concentrado, trataba de leer en El Tiempo la entrevista que le había concedido para ese día a Yamid Amat. “Pero saliste medio maluco ahí”, le decía Diego Cabrera señalándole la foto. En un rapto de diversión general, Ómar Rodas y Sergio Otálvaro promovieron hacer la ola: e hicieron la ola todos, como si estuvieran en el estadio, en medio de la risa comunal.

Se retiraron a sus cuartos y, de acuerdo con la agenda que les habían escrito ese día en la pizarra, a las cuatro de la tarde bajaron al lobby, que estaba ambientado con luces rojas. Se subieron uno por uno al bus, en medio de los aplausos de los hinchas.

Pude ver que en pocos lugares se respiran tantos nervios como en un bus cargado de futbolistas que van a disputar una final. Mientras tomaba la 30, la ciudad hervía de ansiedad; desde los apartamentos, desde los andenes, la gente saludaba al equipo; un cardumen de motos y de carros, de los cuales flameaban banderas del Santa Fe, lo acompañaban. Los jugadores veían todo eso por la ventana: sentían el pulso que despertaba en las calles el espectáculo que ellos mismos tenían que protagonizar. ¿Cómo se puede manejar semejante presión, responder por una ilusión colectiva tan grande? ¿Cómo no sentir que cada grito de respaldo puede ser también una resoplo de decepción después del partido?

Los muchachos que iban en ese bus son demasiado jóvenes para soportar tanto peso público, tanto afán por ganar. Han tenido que madurar prematuramente; aprender a ser figuras públicas desde muy temprano. Ser figura pública en el circo romano del fútbol significa que si corean el nombre de uno desde las graderías, acompañado de un insulto, uno tiene que aguantarse: no romperse, no llorar, ni siquiera distraerse. A veces es imposible. En ese mismo bus, Diego Aroldo Cabrera me contó que una vez no aguantó: en un partido no muy lejano, un hincha santafereño lo insultó sin misericordia alguna. Ese día anotó el primero de los nueve goles que fueron fundamentales para llegar hasta la final, y no pudo contenerse: corrió hasta el lugar exacto que ya tenía identificado en la grada —un puesto arriba de la boca del túnel por donde salen los equipos—, y señaló a aquel hincha atónito que no sabía dónde esconderse: le dedicó el gol con rabia, no con alegría.

Parecían estar en ese bus sin estar, andar empujados, existir por inercia. Miraban por los vidrios. Muchos se aislaban con audífonos. Casi nadie hablaba. Apenas Óscar Rodas se animaba con un par de chistes sobre el trancón de la 30, al igual que el boliviano, cuyo humor es reconocido en el equipo. Luego de cruzar la rotonda de la 100, Anchico se animó y sacó la raspa; Otálvaro, la caja. Una limusina cruzó por delante, y Cabrera dijo que así eran los taxis en Santa Cruz. El bus estaba más lleno que de costumbre, porque en él viajaban también todos los miembros del equipo B. Del radio bramaba una cumbia de las que oyen en Argentina. Camilo Vargas alzaba en las rodillas a su sobrino e iba al lado de Daniel Torres, que cargaba a su hijo. Casi todos tenían la mirada perdida, como sin saber qué hacer con la ebullición que ellos mismos propiciaron en toda la ciudad. Súbitamente, entonces, Pérez lanzó un rugido de guerra: “¡Vamos, vamos, carajo!”. Centurión lo secundó: “¡A jugar por las familias, carajo!”.

La bajada fue una gesta. Había un remolino de hinchas eufóricos que entraron en histeria cuando el bus se acercó. Desde el vidrio, los jugadores veían cómo una señora de unos 50 años abría los morrales de otros hinchas para robarlos. Camilo Vargas golpeaba con desespero el vidrio para alertar a las víctimas, que creían que era un efusivo saludo del arquero. Los carabineros abrieron paso con dos caballos y, en un episodio cargado de surrealismo, por entre las patas de esos animales se bajaron los jugadores, aún con los niños cargados, en dirección al camerino.

***

Después de Gottardi, pasaron meses sin ganar el campeonato; meses que fueron años, años que fueron décadas. Tres décadas sin un campeonato, tres décadas hablando de las seis estrellas; de Pandolfi, de Sarnari. El equipo me regaló algunos momentos de gloria, no lo niego; pero eran consuelos: no ganábamos nada, pero veíamos tapar a Navarro Montoya, el heredero de Gati que, mucho tiempo antes que Higuita, demostró que el oficio de arquero puede asumirse con sentido del humor. No ganábamos nada, pero nos llenábamos de ilusión con ese equipo que ha debido ser campeón, del cual hacían parte Balbis, Rincón, Cabrera y Niño, que de una sola transacción terminó en manos del América de los Rodríguez Orejuela. Porque, como todos los hinchas colombianos, también aprendimos a dopar el sentido de la ética, y a mirar distraídamente, aunque con no poca repulsión, aquellos momentos en que la mafia sorbía desde dentro al equipo de nuestros amores.

No ganábamos nada, pero aprendimos a ser un equipo de media tabla en el que jugaban diez tipos cualesquiera y un delantero al que terminábamos adorando: llámese Checho Angulo, o Pollo Díaz, o Acisclo Córdoba, o Tren Valencia, o Léider Preciado. Llámese sobre todo Léider Preciado: el centrodelantero que le calló la boca a un estadio entero cuando, durante un clásico, y para amilanarlo, los hinchas azules cantaban un coro en que le recordaban que a su hermano lo acababan de matar, y él les respondió con un gol de cabeza que celebró llorando a mares y llevándose el índice a la boca, mientras atravesaba de un lado al otro toda la tribuna azul, pasmada y muda.

No ganábamos nada, pero a cambio de no ganar, forjamos, también, una identidad. Ser santafereño era una manera de sufrir. Los santafereños hicimos de la angustia un estilo de vida. Por muchos años no supimos lo que era ganar sin hacer tiempo; ganar sin mirar el reloj; clasificar —o perder la clasificación— atendiendo por radio un partido cualquiera, de cuyos puntos dependíamos para saber si pasábamos o no al octogonal. Así era el dolor santafereño. Se pagaba por cuotas, motivo por el cual era más duradero y siempre estaba adobado por un efecto de ilusión que persistía hasta el minuto final, en que todo se derrumbaba.

Sin embargo, durante todos estos años estuve con el Santa Fe. Ser hincha, al final, no es solo hacerle fuerza a un equipo, sino revindicarse con el niño que uno fue. Ser hincha es una manera de estar con el papá, de verse con los amigos. También es una manera de recuperar la desprevención que se acaba con los años. Solo el fútbol permite que uno se abrace con gente que nunca ha visto para celebrar una emoción que ningún otro aspecto de la vida puede dar, y que es un gol a favor: no hay una alegría que se presente en mayor estado de pureza que esa. Quizá tener un hijo. Pero un santafereño puede tener muchos hijos; en cambio, goles por celebrar tiene muy pocos. Para curarme en salud, yo tuve dos hijas. Y ambas son santafereñas.

***

Es 15 de julio; son las 4:32 de la tarde y los jugadores que ingresan al camerino se topan con una novedad: el diligente jefe de prensa santafereña, Pablo García, y su equipo pasaron la noche en blanco imprimiendo fotos de los hijos y las esposas de cada uno de ellos para pegarlas en cada casillero. Hay fotos de niños en todas las paredes, y también hay más gente que de costumbre en el vestuario: aparte de sus hijos, por ejemplo, Ómar Pérez invitó a sus dos mejores amigos: se los trajo desde Santiago del Estero, y uno de ellos porta la camiseta del equipo de su pueblo, que él, por agüero, lleva a todas las finales que disputa.

El equipo se somete a su rutina de camerino: tan pronto como llegan, se descalzan y salen al césped para pisar la cancha. Lo hacen en obediencia a una cita bíblica, Deuteronomio 11:23, que insta a tomar posesión. Tan pronto como se asoman, el estadio se descose de la cantidad de gente que vino a verlos. No cabe un alfiler. Hay un hervidero de hinchas, casi 45.000, que sacuden las tribunas como nunca antes han visto los jugadores. Pisan la cancha, se emocionan, contemplan el espectáculo y regresan al vestuario. Una vez adentro, Centurión, que por acumulación de amarillas no jugará la final —de la rabia, le pegaba al piso cuando se la sacaron contra La Equidad— y que viste una camiseta con una imagen de la ecografía tridimensional de Luca Germán, el bebé que espera con Mónica, su mujer, se acerca con sigilo a Alfonso Ovalle, el utilero más veterano del Santa Fe, y lo abraza por detrás: “Creíste que por ser la final te ibas a librar, ¿no?”, le dice; en el acto, caen encima del utilero seis futbolistas que lo inmovilizan para cumplir el ritual de pintarle la cara. Es una cábala que siempre cumplen: le pintan la cara con el escudo del Santa Fe, y el pobre hombre se sacude y sale del trance con el ánimo intacto y la cara irreconocible. Acto seguido, comienza del todo la rutina: a Ómar Pérez le amarran una bolsa de hielo en la rodilla; el kinesiólogo hace masajes por turnos y venda a quienes lo necesitan. Los jugadores se preparan. Algunos beben Red Bull; otros toman tinto caliente; todos se hidratan chupando bolsas de agua.

Bustos, el preparador físico, enciende a gritos el vestuario: “Guayitos, guayitos que en diez minutos salimos”. Otálvaro le sube al parlante móvil con que siempre anda para que truene la salsa. En instantes, todos tienen puesto el uniforme amarillo de los entrenamientos, y salen por segunda vez a la cancha ante la euforia del público, que los verá calentar durante poco más de 15 minutos.

Hoy se jugarán la vida. El presidente del equipo, además, ya les ofreció la mitad de la taquilla para que se repartan entre ellos, en la proporción que indiquen Ómar Pérez, Centurión y Anchico, que se guían por una tabla de méritos. Hay 1000 millones para que todos reciban una parte: utileros, cuerpo técnico, suplentes. Y, claro, los titulares, a quienes Sandra Merino, la asesora espiritual, pasa ahora puesto por puesto, uno por uno, y les reza las piernas: se inclina, les pone las manos en las rodillas e invoca a Dios para que las proteja de rezos, de maleficios, de lesiones: “En el nombre de Jesús bendigo tus rodillas y tus tobillos y declaro que nadie podrá hacerte daño”. Ella es quien representa esa especie de cohesión mística gracias a la cual el Santa Fe, por momentos, parece un grupo de fervientes feligreses que en su tiempo libre juegan fútbol.

De pie, en una esquina, Wilson Gutiérrez bebe pequeños sorbos de Coca-Cola mientras los jugadores ya han regresado y se visten con el uniforme definitivo. Él también es de la cantera: se hizo en el Santa Fe tanto en su faceta de futbolista como en la de entrenador, y hasta hace menos de un año entrenaba a las divisiones inferiores. Además de técnico, es hincha. Ahora está al frente del equipo y, visto de cerca, me parece que una buena manera de definirlo es afirmar que parece el reverso del Bolillo Gómez: Gutiérrez es un tipo tranquilo, compuesto, educado. Un caballero a carta cabal. Un hombre discreto, que es especialmente bueno cuando trabaja con los jugadores uno a uno, y que sabe hablarles también al final de los partidos, cuando entran con heridas de guerra —las canillas rajadas, los moretones a punto de salir—. En esos momentos posteriores, para que bajen el ácido láctico y mitiguen los dolores, todos los jugadores se sumergen de la cintura para abajo en una piscina inflable, atiborrada de hielo y agua, bajo la cual deben aguantar ocho minutos por reloj: de lo contrario, 48 horas después el dolor los puede entumecer.

Pero eso no sucederá esta vez, porque, cuando regrese al camerino, el equipo solo tendrá tiempo para celebrar. Ellos aún no lo saben, aunque saben que cada uno de sus integrantes ha hecho méritos para salir campeones. Le asiste uno especial a César Pastrana, el presidente que ejerció un liderazgo sobre todos ellos e hizo que las circunstancias adversas del equipo —que recibió sin patrocinadores y a punto de la quiebra— fueran un motivo de unidad: para salvar al club, propuso a los jugadores que se bajaran el sueldo a la mitad, bajo el compromiso de que si conseguían clasificar a las finales de ese entonces, con el dinero de la taquilla recibirían la mitad faltante. Con ello no solo consiguió tapar las goteras financieras, sino cohesionarlos en torno a una causa común. Desde entonces, el Santa Fe se convirtió en un equipo de verdad. Un equipo que, por lo demás, es tan austero como el técnico que lo dirige: según cifras no oficiales, el Atlético Nacional invirtió 20.000 millones para esta copa; Santa Fe, en cambio, prácticamente no gastó dinero en refuerzos. Otros datos: la nómina del Junior o del Cali cuesta al mes 600 millones de pesos; la del Santa Fe está por el orden de los 320, con los cuales pagan sueldos que van desde 1,5 hasta 30 millones, que es el dinero que gana el futbolista mejor pagado, cuyo nombre el club prefiere no suministrar. En el fútbol, la plata es importante, pero no es lo único, y los resultados no dependen de la chequera.

Pero ahora no piensan en eso: están en el camerino, y Anchico le sube a la salsa. Cada uno desdobla en su casillero la camiseta roja del uniforme: una de las 500 camisetas que el patrocinador, Umbro, le da por temporada al club, y que van marcando con número y nombre en la medida en que lo necesiten. El kinesiólogo atraviesa el vestuario repartiendo chicles.

—¡Dale, viejo, vamos con toda! —anima el boliviano.

Faltan tres minutos para que el equipo salga, y sucede el último ritual: el presidente toma la palabra, pide que apaguen la música y los convoca a rezar. El equipo se abraza en círculo. Todos hacen silencio. Y hablan algunos líderes:

—Hermano, llegó el momento que tanto soñamos; juguemos concentrados, con paciencia —dice Camilo Vargas.
—¡Vamos a salir allá y vamos a traer la copa, papá! —grita Sergio Otálvaro.
—Muchachos, hoy es el día para pensar en todas las personas que nos acompañaron y no están. Vamos, salgamos, juguemos que tenemos mucho fútbol —pide Ómar Pérez.

Como siempre, Agustín Julio, ídolo y actual gerente deportivo del Santa Fe, habla de último: eleva en voz alta una oración a Dios para que los ilumine, para que les permita traer el título y dedicárselo a él. Ponen todos la mano en el centro del círculo. Y Julio grita:

—¡Que nos salga del corazón, de lo más profundo, carajo!

Cuenta hasta tres, y lanzan el grito de guerra: “¡Santa Fe, Santa Fe, Santa fe!”. Se abrazan unos con otros, se desean suerte, salen al túnel, y desde allí se lanzan al resplandor de la final: a ese estadio lleno de hinchas de toda la vida, de abuelos que van con sus nietos, de padres de familia que llevan a sus hijos, que llevan haciéndole fuerza a este equipo desde hace 37 años sin recibir una estrella.

Canta el himno el equipo que aún no sabe que va a ganar: el mismo que arranca a jugar con un ímpetu letal; al que le sacan una pelota de gol de la línea en los primeros cinco minutos; el que ve cómo Diego Cabrera estuvo a punto de marcar un gol de taquito que habría sido histórico. Y el que hace padecer a sus hinchas durante 70 minutos en los cuales muchos de ellos presentían que una vez más aparecía la nube negra de ser santafereños: 70 minutos infernales; 70 minutos que hacían prever la definición por penales, y, tras ella, la frustración de siempre, la tristeza acostumbrada, la desazón mayúscula de una nueva muerte.

Pero este equipo no iba a perder. No iba a perder. Esta vez no. En el minuto 70, Edwin Cardona recibe una patada. El árbitro pita falta. Ómar Pérez toma el balón, lo eleva cruzado, desde lejos. Lo vi desde donde me encontraba: al lado del recogebolas, detrás de la portería del Pasto. El balón se eleva y Jonathan Copete salta. Y acá vamos a descongelar la imagen, porque Copete cruza el balón de cabeza, lo hace picar contra el piso y el balón entra en cámara lenta y, lentamente, infla la malla. Por un instante se me descuaja por dentro todo lo que había acumulado durante 37 años, Monaguillo, Mina Camacho, Gottardi, Navarro Montoya, Léider Preciado, los lunes de vacío, las burlas de oficina, mi infancia plena y recibo la descarga de una felicidad rotunda, plena, en estado puro, absoluta: una felicidad que solo ofrece el fútbol y que ya nadie me puede quitar: la felicidad de sentirme pleno y rotundo al menos por un día; la felicidad de haber sido inmortal por un domingo.

Capítulo I

María tenía las manos metidas en el agua jabonosa de un fuentón cuando llegó la peor noticia de su vida.

—¡Loco! ¡Vengan! ¡Vamos a fijarnos! ¡Está toda la yuta! ¡Parece que lo agarraron al Frente!

María retorcía un jean en el patio del rancho de su novio Chaías. Vivía allí hacía dos semanas, exiliada por primera vez de la casa de su familia, tras una discusión con su padrastro, un poco respetad dealer de la zona, miembro del clan de los Chanos.

—¡Loco! ¡Parece que mataron al Frente!

Los pibes de esa cuadra que desde afuera parece un barrio pero por dentro es puro pasillo, todos, menos ella, salieron corriendo tal como estaban. María se quedó parada allí, sin volver la vista atrás, disimulando por pudor a causa de ese noviazgo corto pero intenso que ya había dejado de tener con el Frente. Prefirió decirse a sí misma: “Yo me hago la estúpida”. Especuló con que si algo verdaderamente malo ocurría, alguien llegaría a avisar. Por eso hizo como que frotaba la ropa, soportando las ganas dellegar también ella, más rápido que ninguna, desesperadamente, a ver la suerte que había corrido el chico de quien, a pesar de la separación reciente, aún estaba enamorada.

—Lo mataron al Frente —dijo, después de unos diez minutos, una mujer del otro lado de su cerco.

María lo escuchó sabiendo que algún día podía suceder, pero jamás tan pronto: ella, trece y él, diecisiete; y esas profusas cartas de amor sobre un futuro que se le antojaba el único, aunque ahora estuviera con otro, aunque su nuevo novio fuera uno de los amigos de Víctor, aunque el mundo se cayera. Salió secándose las manos en el pantalón, y anduvo una, dos, tres cuadras, cruzó el descampado y se metió en la villa 25 de Mayo directo hacia el rancho de su madre, el mismo del que se había escapado para refugiarse en la casa de Chaías. Apenas entró, se arrojó a los brazos de la mujer, como hacía mucho tiempo que no sucedía:

—Ma, me parece que lo mataron al Frente, acompañame —le dijo llorando en su hombro.

*

Laura estaba cubierta sólo por una sábana, acalorada por el peso de la humedad que a las diez y media de la mañana antecedía a la tormenta; el cuerpo exhausto después de una noche de Tropitango con el Frente, las chicas y el resto de los amigos que quedaban en libertad. La despertó una bulla atípica para una mañana de sábado, una agitación que de alguna manera preanunciaba la batalla que sobrevendría. Su madre no tardó en alertarla. Le dijo, sin siquiera saludarla, con una voz áspera pero sin embargo piadosa:

—Lau, me parece que lo mataron al Frente.

Salió de la cama anestesiada, sin sentir el peso del cuerpo trasnochado, de los litros de alcohol que había tomado mientras bailaban por undécima vez en el centro de la pista con esos romances tortuosos entonados por Leo Mattioli y su banda. Hizo la media cuadra de pasillo que la separaba del potrero desierto que dejaba ver el escuálido frente de la villa:

—¡Parecía como si estuvieran buscando al Gordo Valor! ¡La cantidad de policías que había!

Los más cercanos a Víctor se fueron arrimando todo lo que pudieron al rancho donde lo tenían encerrado. Se habían escuchado los tiros. Varios habían visto de refilón cómo Víctor y tras él Luisito y Coqui, dos de los integrantes de Los Bananita, pasaban corriendo por el corazón de la 25 con las sirenas policiales de fondo, cruzaban por el baldío que da a la San Francisco y se perdían en uno de sus pasillos metiéndose en el rancho de doña Inés Vera. Supieron por el veloz correo de rumores de la villa que Coqui cayó rendido en la mitad del camino, cuando al atravesar una manzana de monoblocks en lugar de seguir escapando intentó esconderse en una de las entradas. Desde el momento de los disparos, no hubo más señales sobre lo que había pasado. Nadie sabía si Luis y el Frente estaban vivos. Los policías se vieron rodeados apenas se internaron en la San Francisco; cada vez con más refuerzos, intentaban convencer a los vecinos de que se retiraran.

*

Mauro avanzó por entre los ranchos y consiguió treparse al techo de la casilla cercada por un batallón de policías en la que habían intentado refugiarse Víctor y su compinche, Luisito. Mauro era uno de los mejores amigos del Frente, un integrante fuerte de la generación anterior de ladrones, que, después de pasar demasiado tiempo preso y tras la muerte de su madre, había decidido alejarse del oficio ilegal y buscarse un trabajo de doce horas para lo básico, ya lejos de las pretensiones. Mauro había influido en Víctor con sus consejos sobre los viejos códigos, el “respeto” y la ética delincuencial en franca desaparición. Mauro recuerda bien que dormía con Nadia, su mujer, cuando lo despertaron los tiros. “Le dije: ‘Uy, los pibes’. Porque siempre que se escuchan tiros es porque hay algún pibe que anda bardeando. Me levanté, me puse un short y encaré para aquel lado”.

Apenas salió de su rancho, una nena que vivía a la vuelta y que lo sabía amigo inseparable de Víctor, a pesar de que para entonces él ya comenzaba a “dejar el choreo”, le dijo la frase tan repetida aquella mañana:

—Me parece que lo mataron al Frente.

Corrió hasta la entrada de la San Francisco. Un policía lo frenó:

—No podés pasar.

Mauro continuó sin mirar atrás. El policía le chistó. Él siguió acercándose a Víctor.

—A vos te digo, no podés pasar.

—Qué no voy a poder pasar —le dijo—. Yo voy para mi casa, cómo no voy a poder pasar, loco, si no hay una cinta ni nada.

Durante unos minutos creyó, incluso se lo dijo a Laura, que el Frente había podido escapar. “Este hijo de puta se les escapó”. Igual se trepó al techo, para cerciorarse. Desde lo alto podía ver la mitad del cuerpo de Luis saliendo de la puerta del rancho. Estaba inmóvil, parecía muerto, pero sólo lo simulaba por el pánico al fusilamiento. Mandó a pedir una cámara de fotos que no tardó nada en llegar. Disparó varias veces para registrar lo que sospechaba que la Policía Bonaerense ocultaría. Temía que Víctor estuviera herido y que, tal como estaba marcado por la Bonaerense, dejaran que se desangrase al negarle la asistencia médica. Por eso amenazaba con arrancar las chapas de la casilla si la policía no se decidía a sacarlo de allí. Hasta que Luis no pudo evitar que contra su voluntad las piernas comenzaran a temblarle. Uno de los uniformados se dio cuenta:

—Che, guarda porque éste está vivo.

Laura vio cuando lo retiraban del lugar en una camilla con la cabeza ensangrentada por el tiro que le rozó el cráneo. Chaías consiguió acercarse a él. Luis lloraba.

—El Frente, fijate en el Frente —alcanzó a decirle antes de que lo metieran en la ambulancia.

Laura se preocupó cuando unos minutos después la segunda ambulancia que había llegado para los supuestos heridos se fue vacía.

—Señor, ¿y el otro chico? —preguntó a uno de los uniformados, con miedo a la respuesta.

—Está ahí adentro, lo que pasa es que está bien —le mintió.

—¿Y por qué una de las ambulancias ya se fue?

—¡Porque está bien, nena! —cerró el policía.

*

Entre los que peleaban su lugar cerca del rancho también esperaba Matilde, confidente privilegiada del Frente, cómplice de hierro a la hora de dar refugio después de un robo, cartonera y madre de Javier, Manuel y Simón Miranda, los mejores amigos del Frente, los chicos con los que a los trece había comenzado en el camino del delito. Matilde había conseguido escurrirse hasta la puerta misma del rancho y desde ahí hablaba con Mauro, amotinado en el techo. Estuvo casi segura de que al Frente lo habían matado cuando presenció las preguntas y las evasivas entre Mauro y uno de los hombres de delantal blanco que entró al rancho con un par de guantes de látex en las manos.

—Eh, ¿qué onda con el pibe? ¿Por qué no lo sacan? —le preguntó Mauro.

—No, ahora vamos a ver —intentó evadirse el enfermero.

—Decime la verdad, decime si está muerto.

—No te puedo decir nada —lo cortó.

—Decile la verdad, loco, no va a pasar nada. Está muerto, ¿no?

El enfermero ya no volvió a abrir la boca, pero cuando volvió a pasar, bajando los párpados lentamente, lo confirmó.

Pato, el hermano mayor de Víctor, estaba en su turno de doce horas en un supermercado donde era supervisor. Su hermana Graciana ya se había casado y se había ido a vivir a Pacheco. Si no aparecía un familiar, la policía seguiría reteniéndolo en el rancho de doña Inés Vera.

—Vayan a buscar a la madre, que está trabajando en el supermercado San Cayetano de Carupá —propuso un chico.

Allá partieron Laura y Chaías en un remise. Pero Sabina estaba en la sucursal de Virreyes. Volvieron al barrio. La gente seguía amontonándose alrededor del rancho. A Virreyes corrieron a buscarla otros vecinos.

—Vení, Sabina, porque hay un problema con la policía.

—Pero dejalo que se lo lleven a ese guacho por atrevido. Yo no voy a ninguna parte —se negó Sabina, como siempre en lucha contra la pasión ladrona de su hijo menor, dispuesta a que lo metieran preso con la esperanza de que el encierro en un instituto lo reformara y lo convirtiera en un adolescente estudioso y ejemplar.

—Venite que está adentro de una casa. ¡Venite!

La convencieron. Sabina pensó: “Éste tomó como rehén a alguien y está esperando que yo llegue para entregarse, pero antes lo voy a trompear tanto…”. No llegó a imaginar la muerte de su hijo hasta que el auto se asomó al barrio doblando por la calle Quirno Costa y pudo distinguir desde el otro lado del campito un móvil de Crónica TV y un helicóptero sobrevolando la muchedumbre. “Cuando vi el mosquerío de gente y de policías, me temblaron las piernas”. Bajó del remise y escuchó que gritaban:

—¡Viene la mamá! ¡Viene la mamá! —atravesó desesperada y los pibes y las mujeres iban abriendo paso a lo largo de todo ese pasillo. Fue en ese momento en que se le unió como una guardaespaldas incondicional Matilde, experta en reclamar por sus chicos y pelearse con la policía cada vez que caían presos. Juntas llegaron a la valla humana de policías que custodiaba el acceso al rancho. Sabina dijo, con los labios apretados:

—Soy la madre —y entró.

*

María, la ex novia del Frente, en ese mismo momento caminaba sostenida por su madre hacia el campito que da a la vereda de la San Francisco por un lado y la 25 por el otro. Lo primero que vio fue la flaca silueta de su novio Chaías que saltaba en el medio del campo y gritaba.

“Todos gritaban, me mareé de repente, no veía nada, no entendía nada, me había puesto muy nerviosa, temblaba, tenía miedo y no sabía bien de qué. Hasta que llegué a la puerta del rancho, porque me iban dejando pasar, y la vi a Sabina”. Ella, Sabina Sotello, tratando de conservar la calma, queriendo creer a pesar de todo que el sabandija había tomado rehenes, preguntó intentando parecer tranquila:

—¿Dónde está mi hijo?

Una mujer policía de pelo corto, subcomisaria a cargo del operativo, la miró y no quiso contestarle.

—Yo soy la mamá —le dijo, dándole todos los motivos del mundo en uno para que le contestara.

Sabina miró hacia los costados buscando el rostro de Víctor. Pero no alcanzó a distinguirlo. “Yo creía que me lo iba a encontrar ahí parado, qué sé yo, y esta mujer no me decía qué había pasado, así que me saqué”. La agarró del cuello del uniforme y la levantó contra un ropero pequeño que había en aquel cuarto de dos por dos.

—¿Dónde está mi hijo?

—Calmate, calmate.

—¿Dónde está mi hijo?

—Pará, pará, calmate.

Sabina no dudaba en estrangularla si no hablaba, no se la quitarían de las manos si no le aclaraban qué había pasado con Víctor. Y entonces escuchó el tecleo de una máquina de escribir sobre una pequeña mesa. “Y cuando escuchás eso ya te imaginás, ¿viste?, cuando están escribiendo…”.

*

El hombre que escribía a máquina detallaba en lenguaje judicial los hechos que habían llevado a la muerte de Víctor Manuel Vital esa mañana de febrero. La historia tenía domicilio: el número 57 de la calle General Pinto, esquina French. Allí, en la puerta de su casa, Víctor le dejó en custodia a Gastón, el hermano mayor de Chaías, las cadenas, las pulseras, los anillos de oro, los fetiches de estatus que siempre llevaba puestos. Marchó, preparado para “trabajar”, a encontrarse con otros dos adolescentes con quienes solía compartir los golpes: Coqui y Luisito, dos ladrones también de diecisiete, y de otra villa con nombre católico: Santa Rita. Ellos dos y dos hermanos hijos de un ladrón conocido como el “Banana” se harían famosos tiempo después de la muerte de Víctor en una de las primeras tomas de rehenes televisadas. Habían querido robar a una familia y en lugar de escapar rápido se habían entusiasmado con la cantidad de objetos suntuosos que encontraron en el chalet de Villa Adelina. Algo parecido a lo que les ocurrió ese 6 de febrero cuando tardaron en robar una carpintería a sólo ocho cuadras de French y Pintos.

Gastón intentó persuadirlo: que no fuera, que se quedara esta vez porque el lugar tenía un “mulo”, que en la jerga significa vigilador privado; que otros ya habían “perdido” intentando lo mismo. Víctor no quiso creerle. En menos de diez minutos estaba encañonando al dueño de la fábrica de muebles. En quince salían corriendo del lugar muy cerca de la mala suerte. Los dos patrulleros que rondaban la zona recibieron un alerta radial sobre el asalto. “Tres NN masculino, de apariencia menores de edad, se dirigen con dirección a la villa 25”, escucharon. En el móvil 12179 iban el sargento Héctor Eusebio Sosa, alias el “Paraguayo”, y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. Y en el 12129, el cabo Ricardo Rodríguez y Jorgelina Massoni, famosa, por sus modos, como la “Rambito”. Las sirenas policiales se escuchaban cada vez más cerca. Víctor corría en primer lugar, acostumbrado como ninguno a escabullirse: en el último tiempo ya no podía pararse en ninguna esquina. Su sola presencia significaba motivo suficiente para una detención. A sus espaldas pretendían volar Coqui y Luisito.

—¡No puedo más! ¡No puedo más! —escucharon quejarse a Coqui, que quedó relegado en el fondo por culpa de sus pulmones comidos por la inhalación de pegamento.

Riéndose del rezagado, el Frente y Luis entraron por el primer pasillo de la San Francisco. Alicia del Castillo, una vecina de generosas proporciones, caminaba por el sendero con su hija de dos años de un lado y la bolsa del pan en el otro. El Frente la agarró de los hombros con las dos manos para correrla: ya no llevaba el arma encima. En seguida “colaron rancho”, como le dicen los chicos a refugiarse en la primera casilla amiga. La mujer que les dio paso para que se salvaran, doña Inés Vera, se paró en la puerta como esperando que pasara el tiempo y los chicos se metieron debajo de la mesa como si jugaran a las escondidas.

Los policías habían visto el movimiento. Ni siquiera le hablaron, la zamarrearon de los pelos y a los empujones liberaron la entrada. Los chicos esperaban sin pistolas: Luisito me contó que se las dieron a doña Inés, quien las tiró atrás de un ropero. Las descartaron para negociar sin el cargo de “tenencia” en caso de entregarse. Lo mismo que el dinero: lo guardó ella debajo de un colchón y lo encontró la policía, aunque nada de eso conste en las actas judiciales.

En cuclillas bajo la mesa, el Frente se llevó el índice a los labios: “Shh… callate que zafamos…”, murmuró, y vieron a una mujer policía y dos hombres entrar al rancho apuntando con sus reglamentarias. El sargento Héctor Eusebio Sosa, el Paraguayo, iba adelante con su pistola 9 milímetros. Pateó la mesa con la punta de fierro de su bota oficial; la dejó patas arriba en un rincón. Víctor alcanzó a gritar:

—¡No tiren, nos entregamos!

Luis dice que murmuraron un “no” repetido: “No, no, no”, un “no” en el que no estaban pudiendo creer que los fusilaran: “Nos salió taparnos y decir ‘no, no’, como cuando te pegan de chico”, me contó Luisito en un pabellón de la cárcel de Ezeiza, condenado a siete años de cárcel por los robos que después de la muerte del Frente siguió cometiendo, exultante al recordar los viejos tiempos después de tanto, el día de su cumpleaños veintiuno. Y describió sin parar la escena final: en el aire estrecho de aquella miserable habitación de dos por dos, silbaron cinco disparos a quemarropa. Luis supo que los fusilaban; como impulsado por un resorte, saltó hacia la puerta. En el aire una bala le rozó el cráneo. Quedó con la mitad del cuerpo afuera del rancho, ganándole medio metro al pasillo. Se desmayó. El Frente intentó protegerse cruzando las manos sobre la cara como si con ellas tapara un molesto rayo de sol. Luisito recuperó la conciencia a los pocos minutos, pero se quedó petrificado tratando de parecer un cadáver.

El Frente falleció casi en el momento en que el plomo policial le destruyó la cara. Las pericias dieron cuenta de cinco orificios de bala en Víctor Manuel Vital. Pero fueron sólo cuatro disparos. Uno de ellos le atravesó la mano con que intentaba cubrirse y entró en el pómulo. Otro más dio en la mejilla. Y los dos últimos, en el hombro. En la causa judicial, el Paraguayo Sosa declaró que Víctor murió parado y con un arma en la mano. Pero la Asesoría Pericial de la Suprema Corte, por pedido de la abogada María del Carmen Verdú, hizo durante el proceso judicial un estudio multidisciplinario. Los especialistas debieron responder, teniendo en cuenta el ángulo de la trayectoria de los proyectiles, a qué altura debería haber estado la boca de fuego para impactar de esa manera. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación y la disposición de los muebles, si los hechos hubieran sido como los relató Sosa, él debería haber disparado su pistola a un metro sesenta y siete centímetros de altura. Esto significa que para haber matado al Frente, tal como dijo ante la justicia, Sosa debería haber medido por lo menos tres metros treinta centímetros.

*

Con el rostro enrojecido por la presión del estrangulamiento, la mujer policía, elevada diez centímetros del suelo por la fuerza de la mujer que la tenía del cuello, le dijo finalmente a Sabina:

—Su hijo está muerto. Ahí está, no lo toque.

En el piso de tierra yacía Víctor, con la frente ancha y limpia que le dio sobrenombre, sobre un charco de sangre, bajo la mesa sobre la que escribían el parte oficial de su muerte.

Sabina soltó un grito de dolor. Su llegada a la escena de los hechos había provocado un silencio sólo alterado por el ruido que hacía el helicóptero suspendido sobre el gentío. Ese alarido y el llanto que lo precedió fueron suficientes para que quienes esperaban perdieran la esperanza: un policía había masacrado a Víctor Manuel Vital, el Frente, el ladrón más popular en los suburbios del norte del Gran Buenos Aires. Tenía diecisiete años, y durante los últimos cuatro había vivido del robo, con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa: los amigos, las doñas, las novias, los hombres sin trabajo, los niños.

*

“Yo sabía que todo el mundo lo quería, pero no pensaba que iban a reaccionar así. Porque hasta la señora de ochenta años empezó a tirar piedras”, cuenta Laura. Así comenzó la leyenda, estalló como lo hacen sólo los combates. Como una señal todopoderosa, entienden en la villa, el cielo se oscureció de golpe, cerrándose las nubes negras hasta semejar sobre el rancherío una repentina noche. Y comenzó a llover. La violencia de la tormenta se agitó sobre la indignación de la turba. Bajo el torrente, los vecinos de la San Francisco, la 25 y La Esperanza dieron batalla a la policía. La noticia sobre el final del Frente Vital corrió por las villas cercanas como sólo lo hacen las novedades trágicas. Llegaron de Santa Rita, de Alvear Abajo, del Detalle. A la media hora había casi mil personas rodeando a ese chico muerto y a ciento cincuenta uniformados preparados para reprimir. Llegaron los carros de asalto, la Infantería, el Grupo Especial de Operaciones, los perros rabiosos de la Bonaerense, los escopetazos policiales.

Cuando comenzaron los tiros, Laura consiguió acercarse a su amigo hasta quedar refugiada en uno de los ranchos que dan al lugar donde lo mataron. “Justo donde estaba había un agujerito y pude ver cómo lo sacaban y cómo los hijos de puta se reían y gozaban de lo que habían hecho. Los vigilantes lo sacaron destapado, como mostrándoselo a todo el mundo… no lo sacaron como a cualquier cristiano. Yo lo vi, vi las zapatillas que en la planta tenían grabada una V bien grande”. Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma V que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía.

Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar a un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro, rodeado por los otros, equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera. Ese dibujo asume que el ladrón que lo posee en algún momento fue sitiado por las pistolas de la Bonaerense, y que de allí en más se desafía a vengar su propio destino: el juramento de los cinco puntos tatuados augura que esa trampa será algún día revertida. El dibujo pretende que el destino fatal recaiga en el próximo enfrentamiento sobre el enemigo uniformado, acorralado ahora por la fuerza de cuatro vengadores. Por eso para la policía el mismo signo es señal inequívoca de antecedentes y suficiente para que el portador sea un sospechoso, un candidato al calabozo.

Son cinco puntos gigantescos, como las fichas de un casino, los que se grabó en su ancha espalda Simón, el menor de los hijos de Matilde, un poco más abajo que las sepulturas, el dragón y la calavera. Y la misma marca tiene, en el bíceps abultado del brazo derecho, Javier, el mayor de sus hermanos. Manuel, el del medio, se los tatuó en la mano. Y Facundo, el cuarto miembro de lo que precariamente fue una “bandita”, especie de hermano de los demás y sobre todo compinche íntimo del Frente, se los hizo sobre el omóplato izquierdo la primera vez que estuvo preso en una comisaría a los quince años. El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo. No hay pibe chorro que no tenga un caído bajo la metralla policial en su historia de pérdidas y humillaciones. Para estos chicos, la muerte de su amigo es una de esas heridas que se saben incurables; con las que se aprende a convivir: se veneran, se cuidan, se alivianan con algún ritual, se cuecen con el recuerdo y con las lágrimas. Y como si el destino hubiera querido preservarlos o privarlos del momento fatuo del velorio y el funeral de un ser adorado, los tres estaban presos el día que un policía bonaerense asesinó al ídolo.

La tarde anterior al crimen, Simón pudo hablar por última vez con Víctor: llamó Simón desde el teléfono público al que tienen acceso los chicos internados en el Instituto Agote. “Nos cagamos de risa un rato. Jodíamos, que pa, que pa-pa-pa. Que pum. Que pam. Y él en un momento me dijo:

”—Mirá, mañana te voy a mandar una chomba, una bermuda, guacho…

”—No pasa nada, guacho. ¿Qué me estás diciendo?

”—Eh, vos sabés que somos re amigos…

”—No pasa nada, guacho, bueno, todo bien”.

Cortaron entre risas y cargadas, como suele ser cuando dos chicos conversan, yendo de la medición del ingenio del otro, del ejercicio de la esgrima verbal permanente al afecto, que llega siempre con rodeos, disfrazado de lealtad o de “respeto”.

Esa noche Simón se durmió pensando otra vez en el día en que regresaría a la calle y añoró estar en la villa, haber vuelto al rancho después de un “hecho” con los bolsillos llenos de billetes, para sumergirse en el Tropitango, o en Metrópolis, la bailanta de Capital.

Al día siguiente volvió a marcar el diecinueve y pidió vía cobro revertido con la casa de su amiga Laura. Del otro lado escuchó en la voz de ella el aturdimiento que deja la muerte, la angustia que precede a la entrega de una pésima noticia. Laura estaba con Mariela, su novia de entonces.

—No, mejor decile vos —escuchó Simón.

—No, decile vos… —se filtró por el tubo.

—¿Qué te pasa? —casi gritó en el silencio carcelario del Agote.

—…

—¡¿Qué me tienen que decir, guachas?!

—…

—¡Eh! ¡Guachas! ¡Pónganse las pilas!

—Lo mataron al Frente.

—¡¿Cuándo?!

—Hace un rato.

—Ustedes están re locas. ¡Si yo ayer hablé con él!

Laura se largó a llorar. Él no pudo más que creerle. Ni siquiera necesitó que le contaran los detalles. Sabía cuán marcado estaba Víctor Vital por la policía de San Isidro. No pudo más que cortar y subir a la celda, encerrarse aún más dentro del encierro, para llorar solo.

Armó un porro enorme usando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y, sin largar el humo, puso en un grabador que le habían regalado los temas que escuchaba el Frente. Primero, cumbia colombiana, cumbia de sicarios; después, el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que el Frente escuchaba como parte de su personal religión.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia,/ y que no me recen cuando suenen los tambores,/ y que no me lloren porque me pongo muy triste,/ no quiero coronas ni caritas tristes,/ sólo quiero cumbia para divertirme.

*

Facundo también había caído poco tiempo antes del asesinato, en el que por más deseos y mensajes conjuradores de la muerte, el barrio había llorado a mares. Había sido después de un robo con Chaías, en el que un patrullero los cruzó, cuando silbando bajo volvían al barrio después de haber robado una panadería. Chaías se demoró dos minutos de más porque quiso, antes de invertir en pastillas, pagar la cuota de un crédito que había pedido en la zona. Facundo terminó internado en el instituto de recuperación de adictos de monseñor Emilio Ogñenovich en Mercedes, que más tarde se haría famoso por las denuncias sobre malos tratos y torturas a menores. Ese día también supo del crimen por la televisión. “Fue un desastre. Le agarró un ataque de nervios, empezó a romper cosas, luchó con los celadores, quiso saltar el alambre, se quiso escapar, y entonces le pegaron mucho. Después, como él seguía con problemas, fuimos y lo encontramos muy mal. Lo drogaban mucho y temblaba solamente de lo drogado que lo tenían. Lo inyectaban y estaba todo lastimado, la boca lastimada, la ceja lastimada, todo el cuerpo raspado del alambre, porque lo habían bajado de los pantalones y se había raspado con las púas. De ahí lo trasladaron a una comunidad para adictos en Florencio Varela. Ahí se repuso, estaba con psicólogos”, me contó una tarde su abuela, una de las mai umbanda del barrio. Fue por medio de Facundo que Luis conoció al Frente, y a su vez, a través de Luis, el Frente se cruzó con Coqui, el otro integrante de Los Bananita, con quienes fue a robar por última vez.

Ese 6 de febrero Manuel estaba detenido por el último robo fallido en la comisaría 1a de San Fernando. “Con los pibes del calabozo mirábamos ‘Siempre Sábado’ por Canal 2. Cuando vino el corte empezamos a hacer zapping. De repente apareció en Crónica tv un cartel: ‘Primicia. San Fernando’”.

—Pará, loco, que yo vivo ahí —frenó Manuel al que manejaba el control remoto del televisor colgado afuera de la celda.

Reconoció las calles, los ranchos, el potrero. Y vio que sacaban en una camilla el cuerpo de alguien. Aunque enfocaban desde lejos, creyó reconocer la ropa de su amigo.

—Ojalá que no, pero para mí ése es el Frente —les dijo a los de su ranchada.

Compartía celda con dos chicos del mismo barrio y con un pibe de Boulogne que había sido “compañero” del Frente. Todos se quedaron callados. “Al final, cuando casi lo subían a la ambulancia, lo reconocí por la V en las suelas. Pensé que estaba muerto, por cómo lo llevaban. Después vino una banda de tiros de la gorra, de piedrazos de la gente. No lo podía creer. Era Crónica en directo y se veía todo el barrio. Yo había caído hacía un mes y me quería matar porque no estaba ahí con él, porque si hubiéramos estado juntos capaz que no pasaba lo que pasó. Me puse re mal. Me quería matar, ya no me importaba nada después de eso. Decían que habían quemado a un vigilante, que lo habían herido, que era una batalla campal”.

Se veían mujeres pateando patrulleros, escupiendo a la cara de los miembros del Grupo Especial de Operaciones. La policía tuvo que armar un cordón contra el que los amotinados arremetieron una y otra vez: a uno de los uniformados lo hirieron en una pierna, a otro le quebraron la clavícula de un palazo. Sabina jamás se olvidará de Matilde, la madre de Manuel, Simón y Javier, tan lejana hasta entonces, tan en la vereda de los chorros, donde ella nunca quiso abrevar, siempre sancionando con el desprecio la actividad ilegal de su hijo. La rememora corriendo entre los tiros, bajo la lluvia, embarrada hasta las rodillas y perdiendo las ojotas en la lucha. Como María, que en el fragor dejó las suyas clavadas en el barrial.

*

La batalla fue de tal magnitud que Sabina Sotello tuvo que salir del estupor, respirar profundo y pensar en qué hacer para calmar la sed de venganza por la muerte de su hijo. Sospechaba que la policía dispararía con balas de plomo y temía que, en lo extenso del enfrentamiento, la vecindad se hiciera de las armas escondidas en villas aledañas por el rumor de una razia que lo asolaría todo ese fin de semana. La venganza estaba demasiado cerca de los deudos enardecidos, que no paraban de arrojar piedras y palos contra los uniformados y sus escudos transparentes. “Yo pensaba que iban a matar a alguien más y tuve que reaccionar”. Sabina cruzó el pasillo y habló ante la multitud:

—¡Yo les pido por favor que me dejen terminar, que paremos un poco porque puede haber otra víctima, que paremos, así estos hijos de puta se van! —dijo.

Lentamente, los combatientes fueron abandonando la furia y dejando la tarde libre a la pena. “Para colmo, llovía tanto que llovía como si fuera llorar”, dice Chaías, el desgarbado morocho que, con la tempestad desatada, caminaba blandiéndose contra el viento con una sombrilla roja enorme que parecía sacada de una playa familiar de la costa, una imagen de surrealismo nipón en medio de la miseria.

Sabina regresó a la casilla donde el fiscal y los funcionarios judiciales esperaban una señal para abandonar la villa, aterrorizados ante la posibilidad franca del linchamiento. “Ellos en definitiva salieron agarrándose como pollos mojados de mi brazo y de Matilde”, me contó Sabina varias veces a lo largo del tiempo en el que reiteramos esas conversaciones pausadas, mientras me acompañaba a recorrer el largo viaje que la reconstrucción de aquella muerte me llevó a iniciar sin fecha de regreso.

Matilde no volvió a separarse de Sabina. Como si las balas hubieran dado en cualquiera de sus propios hijos. De alguna manera, Víctor había sido durante esos años de asaltos y fuego casi un hijo para ella. Juntas, las dos mujeres partieron a la comisaría para los trámites burocráticos a los que siempre se condena al familiar del chico acribillado. Pasaron cinco horas en la seccional hasta que les dijeron que tardarían en entregarles el cuerpo. Sabina suele recordar riéndose con ternura que Matilde, avergonzada de sus pies desnudos por la pérdida de las ojotas, sentada en un banco de la seccional, trataba de disimular tapándolos el uno contra el otro, escondiéndolos como una niña bajo el asiento.

Esa tarde, la de la muerte, Manuel habló con su madre desde la comisaría por teléfono: le rogó que gestionara su visita al velorio, un traslado que los jueces suelen conceder a los reos cuando sufren la muerte de un familiar cercano. Pero, aunque Manuel y Simón obtuvieron la autorización judicial, no se lo permitieron a Sabina ni a Matilde, su propia madre. Hasta hoy, a Manuel y a Simón les duele que los hayan privado de esa ceremonia de despedida, pero el clima que había en el velorio era tan enrarecido que a Matilde y a Sabina les pareció un peligro inmenso el operativo. Las armas que habían desaparecido del barrio por el rumor de las razias volvieron apenas asesinaron al Frente. “Nunca vi tantos fierros juntos”, me dijo Sabina sobre el contenido de los bolsillos de los deudos de su hijo. Si trasladaban a los hermanos hasta la casa de French y General Pintos, donde velaban a Víctor, debían hacerlo policías de la comisaría 1a, compañeros de la Rambito y de Sosa, cómplices a los ojos de todos, tan culpables de la muerte injusta como el que gatilló.

La policía, además, no se había quedado tranquila después del marasmo del sábado. El resentimiento de los hombres de la 1a de San Fernando no terminó con la represión de ese día. Manuel lo supo desde adentro. Estaba detenido en esa seccional cuando ocurrió todo. “Apenas lo mataron vinieron a gozarme y entonces se armó un bondi, discutí y le tiré un termo de agua hirviendo a un cobani. Con los pibes lo peleamos y me querían sacar solo afuera para cagarme a trompadas. Me llevaron a la comisaría de Boulogne, y después me volvieron a la 1a. Ahí estaba sin hacer nada, pensaba nomás, me quería matar. Me dio por ponerme a escribir. No paraba de recordar”.

*

Llovió todo el día y toda la noche. Y a pesar del tiempo enfurecido, desde el momento de la muerte no dejó de haber deudos esperando el cuerpo en la puerta de Pinto 57. “Tuvimos que esperar tres días para que nos lo entregaran. Me querían dejar velarlo dos o tres horas, los mandé a la puta que los parió, les dije que yo lo iba a velar el tiempo que quisiera, el tiempo que yo creía que él se merecía. Yo les discutía, les decía que ellos en ese momento eran empleados míos, que les pagaba el sueldo y que ellos iban a hacer lo que yo les dijera. Lo velamos acá por el hecho de que la gente a veces no tiene para viajar —cuenta Sabina en el cuarto donde estuvo el cadáver de Víctor—. Esto era un mundo, gente que yo no había visto en mi vida que llegaba de todas partes”.

Fue una romería. La cuadra de French entre Pinto e Ituzaingó se llenó de chicos y chicas que armaban grupos en los cordones de la vereda, una multiplicación de esas esquinas que se esparcen por los rincones del conurbano norte. “Después los pibes que venían empezaron a juntar plata para comprar coronas —me contó Chaías, que esa noche amaneció allí—. Siempre que pasa algo así alguien saca un cuaderno y van juntando para comprarle las coronas que el finadito se merece”. La mayoría de ellos estaban armados. Hubo quien en una esquina se puso a disparar como homenaje en medio del responso, y Pato, el hermano mayor de Víctor, tuvo que imponer orden, llamar a la tranquilidad a los amigos. Los patrulleros de 1a nunca dejaron de rondar la casa durante las veinticuatro horas que duró la despedida final. Cada tanto hacían sonar las sirenas golpeando con su presencia. Sabina intentaba que nadie respondiera a la provocación. Chaías dice que estaban tan “enfierrados” que podían pararse delante de un móvil policial y destruirlo con un cargador por cada uno de los vengadores. Se contuvieron hasta la mañana siguiente, el martes, cuando casi a las nueve sacaron el ataúd de la cocina y lo subieron al carro fúnebre. Hasta ahí llegó la compostura. Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Víctor Manuel Vital, el Frente. Y esos disparos comenzaron a transformar su muerte en una consagración; su ausencia, en una posible salvación.

Eran tantos que fueron necesarios dos micros y un camión con acoplado para trasladar el cortejo entero. La fila de autos, todos los remisess de la zona y los que ese fin de semana habían sido robados, daba la vuelta completa bordeando la villa 25.

A lo largo de Quirno Costa, sobre el borde del descampado, una hilera de jóvenes vaciaba los cargadores disparando hacia el barro reseco del baldío. “Salimos de acá y dimos la vuelta por los lugares donde él siempre andaba. Cuando la pompa fúnebre se asomó frente a la villa, los tiros sonaban como en Navidad. Así fue la despedida de Víctor”, recuerda orgullosa Sabina. Lo enterraron con las banderas de Boca y de Tigre cubriendo el cajón. Y entre las decenas de coronas había una igual a la que había pedido durante sus últimos meses, acosado por la policía: “Si me agarran, que me hagan una corona con flores de Boca”, había dicho como bromeando sobre un futuro anunciado.

Morir como perros

Publicado: 15 diciembre 2013 en Juan D’Alessandro
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La madrugada del domingo 28 de abril, Evelina Zambrano, voluntaria en un refugio canino, envolvió el cadáver de su perra Lola en una bolsa de nailon y lo guardó en el freezer.

Después salió a la calle y encontró todos esos perros muertos.

—Fue tan espantoso –dice, sentada en el jardín de su casa–. En mi vida me voy a olvidar del sufrimiento que vi esa noche.

Recorrió el pueblo junto a las voluntarias del refugio y de la protectora. Asistieron a los perros que agonizaban: les dieron agua, los acariciaron. Los guantes de látex fueron poniéndose amarillos. Algunos animales se salvaron, la mayoría no.

—Esa madrugada empezaron a caer los pájaros –recuerda Gabriela Luna, directora del hogar de niños Estrella de Belén y voluntaria de la protectora de animales–. Yo iba caminando cuando una cosa me cayó en el hombro. Era un gorrión.Y en la plaza vi un montón de tordos en el suelo. Caían: parecía una película de Hitchcock.

El sereno de la plaza pasó toda la noche embolsando animales muertos. Algunos vecinos, como Emanuel Arrieta, encontraron el cadáver de su mascota en el patio.

Nadie recuerda si esa noche los perros aullaron.

La mañana siguiente, muchos dejaron salir a sus animales. No sabían de los cebos que esperaban en los jardines, entre las hojas secas, bajo los autos estacionados. El ex director del hospital de Deán Funes Javier Ocanto vio volver a su pastor alemán torcido, inestable. Tenía los ojos muy abiertos, la lengua afuera. Una sustancia blanca le empapaba el hocico y los pelos largos del cuello. De repente, el animal abrió las patas y, como si estuviera junto a un árbol, expulsó un chorro de diarrea incontenible y ya no pudo mantenerse en pie, se dejó caer en el garaje. El perro estaba muerto.

—Supe que era un veneno absolutamente tóxico porque las moscas que se apoyaban en el cuerpo del perro morían en el acto –dice Ocanto, y se pregunta qué hubiera pasado si su hijo de ocho años tocaba al perro.

En la comisaría le dijeron que antes que él veinticinco personas habían denunciado lo mismo. Apenas eran las nueve de la mañana.

Ese domingo, solo abrió una de las dos veterinarias. Cada quince minutos entraba alguien con un perro en brazos. El tratamiento consistía en ponerles suero e inyectarles atropina –un anestésico relajante, como el Valium– para aplicarles después protectores hepáticos.

Diecinueve perros llegaron al local, uno murió pese a la atropina y lo mismo le pasó a un gato. Los que sobrevivieron –dicen las veterinarias Mara Díaz y Gabriela Lijtenstent– habían conseguido vomitar el veneno.

Budy, el labrador, no pudo hacerlo.

—Se llamaba Budy, le decíamos “El piola” –Mariana Castro, dueña de un salón de fiestas infantiles, muestra una foto arrugada en la que hay un labrador dorado y una nena que ríe–Está arrugada porque mi hija la agarra, la aprieta.

Su hija, Ana Paz, tiene cuatro años y no puede caminar porque una parálisis cerebral espástica le acalambró las piernas. Los médicos dijeron que la zooterapia podía ayudarla, y así llegó Budy a la casa. La beba y el cachorro crecieron juntos; Budy dormía con ella, a los pies de la cama, y le alcanzaba los juguetes que se le caían al suelo.

Aquel domingo, temprano, Mariana Castro dejó salir al labrador.

El perro volvió temblando.

—Mi marido le metió los dedos en la boca, pero no vomitó. Lo enterramos en el campo esa misma mañana.

La cifra oficial, que ronda los doscientos perros muertos, se compone por los 120 que levantaron los bomberos de las calles y el puñado de decenas que levantaron los empleados municipales. Pero no se sabe cuántos, como Budy, fueron enterrados por sus dueños, ni cuántos callejeros se escondieron en baldíos y descampados para morir. Las proteccionistas dicen que fueron cientos.

El labrador Budy estaba siendo entrenado para asistir a Ana Paz, para servirle de apoyo.

—No solo han matado al perro de mi hija, le han matado la posibilidad de caminar –dice Mariana Castro. Y explica que no pueden reemplazar a Budy por otro labrador entrenado, que no funciona así. El perro debe criarse junto al paciente para generar confianza y un lazo emocional. Ana Paz no puede esperar otros cinco años para aprender a caminar.

—Nunca me voy a olvidar de ese perro –dice Mariana Castro en la puerta de su casa, con los ojos húmedos. Cuenta que, por la enfermedad, su nena tiene problemas para socializar con otros chicos. Que no le resulta fácil. Y que el año pasado eso cambió, por un momento:

—Era el Día del Animal. Ana Paz llevó al Budy a la guardería y fue un revuelo: todos los compañeritos se acercaron a tocarlo. Si la hubieras visto a ella con su perro ahí, jugando con todos –dice, como puede, antes del llanto–. Estaba tan contenta ese día, mi nena. Tan feliz.

Al mediodía la municipalidad decretó la emergencia sanitaria y ambiental, las clases fueron suspendidas por una semana. La matanza ya era una noticia nacional: hasta la placa roja de Crónica reiteraba, con letras blancas y mayúsculas, “Basta de matar perros en Deán Funes Córdoba”. Sin embargo, el intendente Alejandro Teijeiro no aparecía por ningún lado. Horas antes había viajado a Israel y no regresaría sino quince días más tarde porque, según sus colaboradores, “era muy costoso cambiar los vuelos”.

Durante la tarde los bomberos voluntarios rastrillaron las calles y encontraron albóndigas en cada cuadra, sobre todo en el centro y hacia el norte, en los barrios más humildes como Las Flores, Algarrobo y La Feria, donde más perros suele haber. Cebos de carne molida con pequeños fragmentos blancos en su interior. Los bomberos alzaban a las víctimas y tapaban con cal viva las manchas de sangre, vómito y excrementos, mientras la pala mecánica de la municipalidad recorría Deán Funes con su garra cargada de perros muertos y con movimientos bruscos, trabados, los dejaba caer rodando sobre una montaña de cadáveres. En cuestión de horas un contenedor para escombros estuvo repleto de animales malolientes. Susana Pozzoli, la encargada del departamento de control alimentario de la comuna, se asomó por casualidad al contenedor y vio que uno de los perros amontonados se movía. Pudo rescatarlo. Los demás, bien muertos, comenzaron a hincharse y a emanar un olor ácido, intenso, que de a poco fue mezclándose con la podredumbre. Faltaban algunas horas para el lunes 29 de abril. En Argentina, el Día del Animal.

2

Deán Funes es un pueblo rodeado de campos para ganado, ubicado en el norte de la provincia de Córdoba y a unos ochocientos kilómetros al noroeste de Buenos Aires. Aunque técnicamente sea una ciudad, sus veintidós mil habitantes conservan la costumbre de dejar las puertas siempre abiertas y conocen el nombre de cada persona y de cada perro. Porque en Deán Funes los perros callejeros tienen nombre, historia, territorio. Por eso la gente se entristeció tanto con la muerte del Verde, el perro de la plaza que acompañaba al canillita a repartir los diarios y asistía a misa, religiosamente, todos los domingos. Y muchos se alegraron porque Fantasma, “el perro que aparece y desaparece”, tuvo el buen criterio de esfumarse aquella noche fúnebre del veintisiete de abril de 2013.

A mediados de semana ya eran dos los contenedores llenos de animales muertos. Quedaron en la calle, al lado del hospital, frente al corralón donde la municipalidad guarda las máquinas. La gente se asomaba para buscar a su mascota desaparecida. Pero de a poco los cadáveres empezaron a reventarse, a sangrar. Tuvieron que tapar los contenedores con un nailon negro y recién una semana después enterraron a los perros en un basural.

—Cavamos una fosa, un pozo de dos metros de profundidad. Pusimos una membrana plástica de PVC para que los fluidos de la descomposición no contaminen las napas –dice Daniel López, jefe del cuerpo de bomberos voluntarios, en una oficina del cuartel general–. Llenamos el fondo con perros y tiramos cal viva encima. Después va otra hilada de perros y más cal: es como si estuvieras haciendo una torta

3

Con las albóndigas los perros tragaron metomil, un insecticida de uso agrícola para el control de un amplio espectro de plagas. Es un polvo conformado por pequeños cristales blancos que debe ser diluido en agua para su aplicación en los campos. No lo diluyeron, lo usaron en estado sólido mezclado con carne molida y grasa.

Pertenece al grupo químico de los carbamatos, que originariamente fueron creados como gases neurotóxicos para la guerra. La Organización Mundial de la Salud los clasifica como sustancias de banda roja: muy peligrosos para la vida humana. Una ley local prohíbe su uso a menos de quinientos metros de los centros urbanos, si se aplica con pulverizadores terrestres; y a menos de 1.500 metros si se aplica de forma aérea.

Para matar a un perro de diez kilos hace falta apenas un gramo de metomil.

El producto se comercializa en envases de 100 y 250 gramos.

Cotiza en dólares, como todos los agroquímicos, pero es accesible: el envase más chico puede conseguirse por once dólares en un comercio de agroquímicos de Córdoba. Aunque para comprarlo hace falta tener Cuit de productor agropecuario.

El metomil se introduce en el cuerpo por ingestión, por contacto y por inhalación, pero no hubo personas afectadas, más allá de algunos casos leves como mareos, náuseas o irritaciones. Quien armó los cebos sabía la dosis exacta que debía tener cada albóndiga para matar, a lo sumo, a un perro de treinta kilos. No más.

4

A tres meses de la matanza no hay definiciones y la gente se impacienta. Los vecinos responsabilizan al fiscal Eduardo Gómez por haber “congelado la investigación”. Él argumenta que nadie colabora, ni los testigos ni los imputados. La matanza de cientos de perros puede que permanezca para siempre entre los casos inconclusos.

Seis personas están imputadas por daño y violación a la Ley de Protección Animal. Son delitos con penas bajas, excarcelables. Cinco son inspectores municipales y el sexto dejó de serlo hace algunos años, cuando existía la antigua perrera.

Nadie los vio manipulando las albóndigas.

—Las imputaciones se sustentan en indicios de presencia durante esa noche: tres inspectores estaban de turno, dando vueltas por el pueblo en una Trafic blanca, y los otros tres parece que tenían problemas con los perros. Nuestra principal hipótesis es que ellos se excedieron –dice Gómez, lento y sosegado en el modo de hablar.

Estuvieron de turno Roque Enrique Quinteros, Juan Santos Marques y Diego Oscar Allende. Si es verdad que ellos transportaron las albóndigas envenenadas en la Trafic –como sospechan los vecinos–, se expusieron a inhalar el veneno.

—Parece que esa noche la Trafic estuvo en el Hospital Romagosa porque Allende estaba descompuesto –dice el fiscal–. Pero justo llegó un patrullero y los inspectores se fueron antes de que los médicos pudieran revisarlo.

Si ellos hicieron el trabajo, la municipalidad tiene que haber dado la orden.

—¿Están investigando a algún funcionario?

—Primero vamos a tratar de confirmar las imputaciones que tenemos. Pero si se confirma esta hipótesis, sí, alguien tiene que haber dado la orden. Y no cualquiera sabe manipular este producto, hay que estar muy preparado.

—La gente dice que algunos inspectores tienen fama de maltratar a los perros.

—Los otros tres imputados son los hermanos Palomeque. Allanamos su casa y secuestramos una sustancia venenosa que no sabemos todavía si es metomil. Parece que estos hermanos se dedicaban a matar perros en la vieja perrera.

***

—Son mentiras –dice Darío Palomeque, un hombre de 31 años, alto, robusto y moreno como sus hermanos mayores, Francisco y Daniel. Está sentado en una oficina de la división de inspectores, donde se desempeña como mano derecha del director de Seguridad Ciudadana, Atanasio Solís, un ex gendarme que obliga a sus subordinados a vestir uniformes azules, gorra al tono y botas negras. De lejos, los inspectores de Deán Funes son idénticos a los policías.
—¿Recibieron la orden de envenenar a los perros de la calle?
—No. Nosotros no tenemos nada que ver. Yo creo que vino alguien de afuera; los policías dicen que no vieron nada, pero para mí dejaron el campo abierto para que alguien actúe.
—Los vecinos piensan que tus compañeros tiraron el veneno desde la Trafic.—No tiene sentido. El veneno ese es muy tóxico: no podés llevarlo en un habitáculo cerrado, inhalándolo.
—Me gustaría hablar con tus compañeros.
—Los muchachos no quieren hablar.
—¿Qué hacen tus hermanos?
—Uno de ellos trabaja acá, en la parte de maestranza; cuando había que levantar a un perro iba él. Mi otro hermano no es inspector, cobra una pensión. Él la ligó de arriba porque los tres vivimos en la misma casa, la que allanaron.
—¿Qué se llevaron en el allanamiento?
—Un frasco de K-Othrina que uso para las garrapatas de mis perros, un Raid hogar y plantas y la costeleta que me iba a comer ese día. Tuve que almorzar puré solo.

5

Ante la ausencia de una versión oficial surgieron dos hipótesis acerca de quién mató a los perros y por qué. En el pueblo casi todos piensan que el municipio ordenó a los inspectores controlar a la población canina, “como hicieron siempre”, con la diferencia de que esta vez –sospechan– se les fue la mano con el veneno y no supieron cómo ocultar el desastre. Otros dicen que quisieron prevenir la fiebre negra.

En Deán Funes hay una sobrepoblación de perros callejeros. Según dijo a los medios el subsecretario de Salud y Medio Ambiente del municipio, Carlos Gómez Calvillo, antes de la matanza había unos cuatro mil. Tres meses más tarde, en las calles la presencia sigue siendo notable: dos, tres, cuatro por cuadra.

La teoría se apuntala con la versión de que los Palomeque solían matar perros. Uno de los tres hermanos, Francisco, supo trabajar en la antigua perrera y de él se cuentan historias temibles, aunque nadie puede asegurar su veracidad. Francisco Palomeque estuvo internado en el neuropsiquiátrico de Santa María de Punilla en tres ocasiones, en 2003, 2004 y 2010. Su historia clínica indica que tuvo “trastornos con el consumo de alcohol”. En el imaginario su perfil encaja perfectamente: podría ser el “loco que mata perros”.

De todos modos, la mayoría de los vecinos piden que la Justicia investigue a los que dieron la orden.

—Los imputados no sacaron plata de sus bolsillos para comprar carne molida y un agroquímico. Los autores ideológicos son otros –dice el médico Javier Ocanto.

—Los inspectores son gente humilde: no van a elegir envenenar a un perro antes que darle de comer a sus hijos. Cae de maduro que, si fueron ellos, solo cumplieron órdenes –dice el cura Sergio Romero.

Cuando ocurrió la matanza el intendente de Deán Funes, Alejandro Teijeiro, estaba llegando a Israel. Había partido diez horas antes de que apareciera muerto el primer perro. Regresó quince días más tarde y a la semana dejó su cargo para convertirse en funcionario provincial. Lo reemplazó en la intendencia el secretario de gobierno, Germán Fachín.

—¿Ustedes encargaron a los inspectores ejecutar la matanza de perros?
—Eso es una locura, no existió orden de ese tipo. Es insólito –la voz de Germán Fachín suena cansada en el teléfono–. Si a mí también se me murió un gato.
—¿En qué quedó la investigación interna que iban a realizar?
—En nada de nada. Negativo. No hay nada raro con los inspectores.
—¿Quién mató a los perros?
—Nosotros no. Pensá que para la gestión municipal esto es una mancha. Estoy seguro de que es una cuestión política, nos han querido perjudicar.

Aunque algunos especulan con una inusual vendetta política por los abruptos cambios de partido de Teijeiro –radical, kirchnerista, delasotista–, la mayoría piensa que se trató de una orden que fue cumplida con una eficacia delirante. Pero si el objetivo era disminuir el número de perros en las calles, ¿por qué simplemente no los castraron? ¿Y por qué no discriminaron entre callejeros y domésticos?

Un día después de la matanza, el médico, docente y exsubsecretario de Salud de Córdoba, Medardo Ávila Vázquez, dijo:

—Para exterminar a los perros, el gobierno provincial contrata a empresas especialistas en desinfecciones que saben cómo manipular el veneno. El objetivo es prevenir la leishmaniasis, una enfermedad mortal que los perros transmiten a los humanos. No van a reconocerlo, porque la enfermedad apareció por culpa de los mismos gobiernos que permitieron el desmonte.

Varios medios de comunicación las reprodujeron. El gobierno de Córdoba lo desmintió y el tema pasó al olvido.

Ávila Vázquez es coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y en 2009 trabajó en una campaña de fumigación contra el mosquito del dengue. El gobierno provincial había contratado a la Cámara de Control de Plagas (Coninplag), una decena de empresas pequeñas encargadas de realizar las fumigaciones. Cuando la tarea terminó, Ávila Vázquez le preguntó a un operario qué iban a hacer las empresas a partir de ese momento.

—Tenemos trabajo de sobra, ahora empezamos con los perros –le contestó.

En 2010 otro operario lo fue a ver al hospital en el que trabaja y le contó que ya habían empezado:

—Me dijo que tenían un contrato en Santiago del Estero para matar a cincuenta mil perros en un lapso de un año. Yo le pregunté cómo hacían y me explicó todo.

Le dijo que preparaban los cebos con dimetoato, un insecticida muy potente, pero que también podía ser metomil (tenía que ser un veneno que los matara rápido para que no pudieran irse a morir a otro lado). Comenzaban el trabajo a las diez de la noche y regresaban a las pocas horas para retirar los cadáveres y los cebos que habían quedado. Juntaban a los perros en un baldío y los enterraban.

—Me contó que suelen quedar algunos perros que no llegan a ver y que la gente los encuentra al otro día. Nunca son muchos, seis o siete. En esos casos la gente siempre piensa que hay un loco que los envenena.

Ávila Vázquez no hizo una denuncia formal ante la Justicia.

—No tengo pruebas concretas, solo esta información. Los operarios no van a hablar, quieren seguir teniendo estos contratos. De todos modos, el fiscal nunca me llamó a declarar.

Sobre este punto, la secretaria de Prevención y Promoción de la Salud Mónica Ingelmo dijo que no existe un plan para eliminar animales o controlar enfermedades.

—Se pueden utilizar fumigaciones, que no son nocivas ni para animales ni para plantas – dijo, en declaraciones a los medios locales.

Sin embargo, expertos de la Red de Investigación de la Leishmaniasis en Argentina dicen que “la lucha contra los vectores con insecticidas da resultados en el corto plazo, pero a la larga es de poca efectividad”.

El vector es un mosquito flebótomo, muy pequeño, peludo, jorobado, que se llama lutzomyia. Es de clima tropical y está bajando desde el norte a medida que el desmonte calienta las tierras del sur. En el norte de Córdoba ya está el flebótomo, los perros y las personas. Falta el parásito: la leishmania. Los expertos dicen que es cuestión de tiempo para que aparezca la enfermedad. Es el momento apropiado, entonces, para realizar acciones de prevención.

No es descabellado pensar el sacrificio masivo de perros como una medida para prevenir la leishmaniasis, solo hay que rastrear cuales son las acciones epidemiológicas recomendadas. Desde el ministerio de Salud de la Nación reiteran que lo mejor es controlar a la población canina mediante la castración, sin embargo, en la página web del mismo ministerio, cualquiera puede descargar un PDF titulado “Leishmaniasis visceral, guía para el equipo de salud”, en la que se indica que “al no existir instrumentos para evitar que los perros infectados transmitan la enfermedad al hombre y a otros perros, la conducta indicada es el sacrificio humanitario de perros infectados”.

¿Y cómo se puede saber si un perro está infectado? Porque no siempre presentan síntomas. Hay que realizarle pruebas serológicas o un examen parasitológico, es decir: estudios de laboratorio. Y es complicado realizar análisis clínicos a cada perro que deambula por la zona de riesgo, porque la zona de riesgo abarca a las provincias de Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Tucumán, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, por nombrar a aquellas provincias en las que hubo casos recientes de leishmaniasis, según el último Boletín Integrado de Vigilancia del ministerio de Salud de la Nación, que da cuenta, en total, de 164 casos confirmados en Argentina entre 2012 y lo que va de 2013.

La leishmaniasis es una enfermedad antigua. Su tipo más peligroso, la visceral, también es conocida como Kala Azar o fiebre negra. Hay quienes aseguran que en el antiguo testamento aparece como la sexta plaga de Egipto: “Y vendrá a ser polvo sobre la tierra de Egipto y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias”. Hoy se la considera una enfermedad reemergente.

Los especialistas dicen que es lo que se viene a nivel epidemiológico. Que en cinco años va a ser muy común. Que hay que aceptar que de la mano del calentamiento global la enfermedad avanza, lenta pero inexorable.

Existen tres tipos de leishmaniasis: cutánea, mucosa y visceral. Las dos primeras provocan ulceras, mutilaciones y discapacidad. La última es la forma más grave: afecta órganos internos y sin el tratamiento adecuado es letal en el noventa por ciento de los casos.

¿Tiene sentido que los gobiernos ordenen matar a los perros para frenar su avance?

El especialista en enfermedades tropicales Hugo Pizzi dice que en general se mata a los perros, que son un eslabón importante de la cadena epidemiológica. Que antes las perreras lo hacían sin problemas, pero que ahora se hace de manera más velada porque es muy criticable.

En 2008, cuando se conocieron los primeros casos de leishmaniasis visceral en Misiones, la municipalidad de Posadas ordenó el sacrificio de 1.500 perros. Organizaciones proteccionistas se manifestaron y, según denuncias, las matanzas continuaron de manera solapada. Después, en 2010, quinientos perros fueron sacrificados por la municipalidad de Santo Tomé, Corrientes; y en 2012 doscientos perros callejeros aparecieron envenenados con agroquímicos en Paysandú, Uruguay. Y este año hubo, además, asesinatos no tan masivos: treinta perros en Tanti, doce perros en Bell Ville, ocho en Jesús María; veinte en Rosario; diez en Luján. Y la lista sigue.

—Cuando nos enteramos de la matanza de Deán Funes inmediatamente lo relacionamos con la leishmaniasis, porque desde 2010 sabemos que la lutzomyia está en el norte de Córdoba, justamente, en la zona de Deán Funes –dice, por teléfono, el jefe del servicio dermatológico del Hospital Pediátrico de Córdoba, David Dib.

6

La de abril no fue la primera matanza de perros en Deán Funes.

Tres meses atrás había ocurrido lo mismo, pero con una diferencia: esa vez, casi doscientos desaparecieron de las calles. Solo que antes pudieron ser fotografiados, uno a uno, por Gabriela Luna, de la protectora de animales.

—Fue el 9 de febrero, también un sábado a la noche. Veíamos a un perro muerto, volvíamos unos minutos después y ya no estaba. Alguien los iba levantando, pero no sabíamos quién. Por eso comenzamos a sacarles fotos.

Luna contó 189 cadáveres. Al día siguiente, los inspectores municipales dijeron que solo habían encontrado a diez. Luna y Zambrano salieron entonces a buscar los cuerpos desaparecidos y los encontraron, chamuscados y a medio quemar, en un terreno cercano al predio donde la municipalidad entierra la basura.

—Eran los que yo tenía en las fotos –Gabriela Luna va mostrando en su celular decenas y decenas de animales ennegrecidos por el fuego. Algunos estaban envueltos en las bolsas celestes de la municipalidad.

—Esa es la prueba –dice Gabriela Luna. Los policías del pueblo aceptaron las fotos, pero cuando fueron al descampado, un día más tarde, los perros ya no estaban. El fiscal admitió que no hubo investigación y prometió agregar este hecho a la causa.

—Nadie nos creía. Después vino la matanza de abril. Hablaron de doscientos animales muertos, pero fueron muchísimos más: setecientos por lo menos.

—En el pueblo dicen que nosotras somos “señoras bien” que nos pasamos el día entero leyendo revistas y, como no tenemos nada que hacer, ayudamos a los perros –dice Zambrano, sentada en el jardín de su casa, en el que hay césped bien cuidado, una palmera, un bebedero para pájaros y una enorme bolsa con veintidós kilos de alimento balanceado. Los ladridos resuenan dentro de la casa, perros de todos los tamaños saltan y se asoman por las ventanas.

En febrero murieron tres –Lili, La Pipa y Fido– después de comer cebos envenenados. Zambrano ofreció una recompensa de cinco mil pesos a cambio de que alguien le dijera quién había matado a los animales, pero no consiguió nada.

Hasta la municipalidad negó que estuviera pasando algo raro.

—Nos tomaban como loquitas, no nos creían.

Por eso en abril, cuando volvió a ocurrir, Zambrano envolvió el cadáver de Lola en una bolsa y lo guardó en el freezer para esperar la autopsia. Para que nadie pudiera decir, esta vez, que a los perros no los habían matado.

Los cazadores de gringas

Publicado: 10 diciembre 2013 en Ralph Zapata Ruiz
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Esta noche Phuru es el rey de la fiesta. Mientras rasga la guitarra, se balancea sobre su propio eje, y canta Mama África, de Chico César, saluda a un grupo de brasileños y, en especial, a las garotiñas que se han refugiado en Kilómetro 0, uno de los bares referentes de San Blas. Los asistentes, en su mayoría gringos y europeos, le responden con efusivos aplausos, o levantando su copa en señal de cuando-termines-vienes-a-mi-mesa. Además de ser el líder de Phuru y la banda sin nombre, el músico tiene otros atributos que saltan a la vista: nariz aguileña, pelo largo, mirada de cóndor hambriento, boca de pez, y un tatuaje mochica en su frente con las figuras del Sol y de la Luna. Ingredientes necesarios para que cualquier gringa desamparada se lance a sus brazos y se deje seducir por su verbo florido. El resto será placer puro.

Miro la escena musical desde la barra. El Kilómetro 0 es un local pequeño, de dos pisos, con una zona de canturía donde apenas caben los instrumentos, una barra de madera adornada con harto trago, y mesas desperdigadas delante del proscenio musical. En el segundo piso hay sofás más confortables. Algunas paredes del bar exhiben fotos del Che Guevara, Marilyn Monroe, y Bob Marley, entre otros artistas. Son las 11 de la noche y Phuru se despide, por un momento, de los asistentes. “Vamos a darle la oportunidad a una banda joven que nos acompaña esta noche”, dice y al rato cinco adolescentes ocupan la zona de canturía.

Phuru sube al segundo piso del bar, donde conversa conmigo. Una rubia, de chompa blanca y generosas caderas, y una brasileña de amplio escote, ambas sentadas en unos sofás negros, los miran fijamente y sonríen. Me emociono porque creo que les atraigo. Phuru les devuelve el gesto levantando su mano, y diciéndoles que abajo la fiesta está sabrosa, y más tarde se pondrá mejor. Las chicas prometen hacerle caso. “¿Brichero, yo? He sido, pero ahora ya no. No me hace falta. La música las atrae a todas, yo no tengo que hacer nada”, cuenta Phuru. Su prontuario amatorio dice que ha degustado a doscientas gringas, pero solo recuerda a dos: una española de 19 años, a la que desvirgó, y una holandesa con la que estuvo a punto de casarse.

Me salvé, gracias a Dios– relata mientras la rubia y la brasileña siguen mirando de soslayo hacia su mesa–. Imagínate como estaría ahora, con crías y aburrido de un solo hueco.

¿Qué pasó?, ¿por qué no te casaste? –le pregunto.

Me llevó a Holanda, me pagó todo, pero cuando llegué allá enloquecí: había tantas muñecas hermosas, que ella parecía chancay de a veinte –dice y suelta una risa que muestras sus dientes afilados–. Me acosté con varias, obviamente, ella se enteró y terminamos. Fue lo mejor.

Phuru viste un pantalón ancho a rayas, un polo negro con un símbolo shipibo, dos pulseras de cuero en el brazo derecho, y una cadena con un cuarzo grande que adorna su pecho flaco. Él es flaco, y alto como una garza. Vino a Cusco hace ocho años, desilusionado de su Cajamarca querida, una región dominada por la minería. “Allá no había bares culturales, donde tocar música”, prosigue el muchacho que soñaba con recorrer el planeta, con su guitarra bajo el brazo. Aterrizó en el ombligo del mundo, acompañado de un paisano suyo que ahora vive en España. “El primer año en Cusco aprendí a brichear. Me enseñaron Hugo y otros músicos de Amaru Pumac Kuntur. Esos tíos sí que la rompen con las gringas. Son una bala”, relata mientras bebe una taza de té piteado.

La charla es interrumpida por un músico de su banda que le exige volver al escenario. La gente lo espera ansiosa. Sobre todo, las chicas. Phuru se despide de mí, y avanza raudo hacia la mesa de la rubia y la brasileña. Ambas lo reciben con sendos besos en la mejilla, se ríen coquetamente, y Phuru les dice algo que no alcanzo a escuchar. Más tarde, irán al Ukukus –uno de los primeros bares de Cusco– tomarán cerveza y tragos que ellas le invitarán, bailarán salsa y rock, Phuru las hará zumbar como a trompo, se irán pegando poco a poco, él les hablará de la energía cósmica que los ha reunido esta noche, ellas le confesarán que buscaban un andean lover, y es cuando él aprovechará para hacer la conexión intergenital. Terminarán en el hotel, ellas besándolo como adolescentes desesperadas y él recorriendo sus cuerpos como explorador extraviado. Claro que no veré esa película, porque Phuru actúa solo y yo aún estoy cachorro para esas lides.

***

Nadie se pone de acuerdo sobre el término brichero, ni desde cuándo empezó a usarse en Cusco. Pero, sus posibles orígenes estarían en las palabras inglesas bridge (puente), breeches (braga o calzón), y brief (corto, fugaz). Aunque, el escritor cusqueño Luis Nieto Degregori añade una más, en español: ‘hembrichi’ (enamorada, pareja). “Empecé a escuchar la palabra a comienzos de los ochenta, cuando volví a Cusco –cuenta el autor de Buscando un inca, un cuento sobre bricheros–. Entonces había lugares para turistas y sitios para cusqueños. No se mezclaban. En ese contexto emerge el bichero, que al inicio instrumentalizó sus rasgos andinos para conquistar a extranjeras. Y, así se convirtió en una leyenda urbana”.

Dos factores fueron claves para la consolidación del brichero en la sociedad cusqueña. Por un lado, el aumento del turismo, que produjo un fuerte choque cultural y la mezcla entre locales y extranjeros; y por otro, la liberación sexual femenina, que permitió el nacimiento de la brichera. Degregori, que bebe un vaso de chocolate de rato en rato, sostiene que la figura del brichero ha cambiado. “Ya no es el indígena que se parece al inca, con cabello largo, nariz aguileña y tez cobriza. Este tipo de brichero está en extinción. Ahora los bricheros son más modernos”, dice.

Lo compruebo mientras hago un recorrido nocturno por las discotecas de la Plaza de Armas. Llego al Templo, acompañado de Álvaro, y al instante se nos acercan dos cusqueñas que se mueven locamente, de la cabeza a los pies, mientras sus senos parecen estar a punto de salirse por esos profundos escotes. Álvaro –que tiene los ojos verdes, el pelo marrón y la pinta de Cristo bohemio– empieza a cortejarlas, a jugar un rato con ellas, a bailar sensualmente, hasta que viene la pregunta del millón. “¿De dónde son?”, los interroga una de ellas. “De Lima”, responden ambos, y antes de que le devuelvan la pregunta, las chicas se miran y les dicen: “Ahorita volvemos”.

Al frente hay un grupo de gringas que bailan solas. Desde que llegaron, les había puesto el ojo. Álvaro, que es más avezado y en cierta forma brichero con clase, empieza a bailar alrededor de ellas, se balancea hacia atrás, juntando su espalda con las de sus gringas-objetivos, sonríe coquetamente, y liga con una. La agarra de la cintura, lo lleva hacia sus dominios, le da una vueltita, pero como no habla inglés, su aventura termina con la canción de Moby. Ahora es mi turno, y he optado por cambiar de gringas y me he concentrado en una ucraniana de revista porno. Ojos celestes, cabello rubio, senos prominentes, y un culo que destaca por el jean a la cadera que viste la modelo-turista.

La miro desde mi esquina, creyendo atraerla por la fuerza del cosmos. Ella me responde el gesto clavando esos ojos celestes en mis pupilas. Suena un reggaeton de Tego Calderón, y entiendo que es mi hora. Me abro paso entre las parejas cachondas que bailan pegadas, y llego hasta mi ucraniana. Está con una amiga rubia. Hi, do you want to dance with me?, le digo canchero. No, thanks, me responde ella y voltea la mirada. Pero como soy más terco que una mula, vuelvo al ataque. Don’t I like you?, le pregunto. Ella, que parece incómoda con el interrogatorio, responde con los ojos iracundos, No. She’s my girlfriend, ok?

Unas cervezas más, abandonamos la discoteca y llegamos a Mama África, en la Plaza de Armas. Álvaro reconoce a dos alemanas voluntarias, que viven en Urubamba. Se saludan, brindan con una chela y se ponen a bailar. Me acoplo al grupo, y me engancho con una gringa de lentes y cabello crespo. Conversamos como dos viejos amigos, nos animamos a bailar, le agarro la cintura y estoy a punto de darle un beso, cuando llega un tipo con pinta de Xerxes, que le toca la espalda. “Estás bailando con mi gringa”, me dice y agarra del brazo a la chica. Es igualito a Xerxes, ese rey persa de la película 300. Es flaco, moreno y pelado, tiene dos grandes aretes en las orejas, piercing en la nariz y boca, bigote en forma de U y viste de blanco. Besa a la gringa de cabello crespo, la pega a su cuerpo, la carga emulando una penetración y le coge el culo. Me pregunto qué de especial tienen estos tipos, mientras bebo mi cerveza.

En Mithologyc las escenas se repiten. Gringas que parecen modelos de revistas, vestidas con shorts que exhiben sus entrepiernas y blusas transparentes, agarran con bricheros con el pantalón roto, dreads, o gorros de rapero. Entonces, recuerdo las declaraciones del dueño de un conocido restorán de San Blas. Que los bricheros ya no son solo los de belleza andina, sino que ahora hay hippies, raperos, limeños frustrados que fungen de galanes acá, y señores adinerados de saco y corbata que utilizan el truco del te-invito-un-trago-y-te-vas-conmigo-a-mi-hotel. A fin de cuentas, ser brichero es una actitud, más que una apariencia. Una habilidad, más que una pose chola o india.

***

Me siento derrotado, humillado por esa sarta de bricheros audaces. Pero como un guerrero valiente, decido jugar mis últimas cartas esta noche. Acudo a Siete Angelitos, ese bar cosmopolita que dirige Walter Atasi Márquez. El fotógrafo, Álvaro Franco se quedó en buenas manos y piernas alemanas, en Mama África. Walter, que es un ducho en la bohemia cusqueña, me cuenta que los bricheros cazan a sus presas con la hierba, sí, con droga. Marihuana o cocaína. “Estos parcheros de San Blas, que venden artesanías, les hacen trenzas a las gringas y les dicen que en sus casas tienen marihuana. Ellas acceden. Ellos aprovechan la situación para sacarles plata, y luego llevárselas a la cama. Todo por la hierba”, señala el gordo Walter.

Hay otro tipo de brichero, asegura, que vende el cuento de la Pachamama. Lo místico, lo autóctono, lo exótico, las leyendas incaicas. Como decía Adriana Churampi Ramírez, una estudiosa de este fenómeno, “(el brichero debe tener) el conocimiento básico de la cosmología andina así como la habilidad argumentativa para recusar con estos conceptos la racionalidad occidental”. Con ella coincide, Víctor Vich, quien sostiene que “se trata, en realidad, de un contador de cuentos que vende un producto diferente (su identidad, su historia) en una ciudad también diferente (ancestral, mítica)”. Este tipo de brichero, según Nieto Degregori, es el genuino, el original.

Pero volvamos al Siete Angelitos. Sobre el escenario está Phuru y su banda sin nombre. Lo saludo desde la barra, y él me responde hablando por el micro. Una pareja de jóvenes brasileños se acomoda a mi lado. Piden dos mojitos, y funjo de buen anfitrión, hablándoles del Perú, de Machupicchu, del Corinthians que esta noche quedó eliminado de la Copa Libertadores. Rosana, ojos negros, cabello lacio, tez blanca, y trasero paradito, se engancha conmigo. Me dice que es publicista, que vive en Río de Janeiro, que está de vacaciones y que Cusco es impresionante. Aprovecho y le suelto una broma, ella ríe y muestra sus dientes perfectos, y por casualidad le rozo la pierna. En eso, Ideilson, el novio de Rosana, interviene y calma los acalorados ánimos, contando que es abogado, tiene entradas para la Copa de Confederaciones y que ya es tarde, así que Rosana es mejor irnos. Se despiden.

Me quedo solo otra vez, como casi todas las noches, observando como los bricheros se levantan a las gringas y europeas en mis narices. ¿Cómo lo hacen?, ¿Cuál es el truco? Dos semanas después conversé con varios bricheros y estos me confesaron sus mañas. Como resultado armé este decálogo para quienes pretenden iniciarse en el arte del bricherismo. Pues, como dijo Nieto Degregori, el brichero nos reivindicó como peruanos, nos levantó la autoestima, nos dijo: Ey, eres guapo y puedes levantarte a la gringa más rica del mundo, aunque no puedas cogerte a la limeña de clase alta porque en el Perú aún sobrevive el racismo. Así que si eres brichero siéntete orgulloso de serlo e infla el pecho, y si no lo eres, te enseño a cómo serlo.

DECÁLOGO DEL BRICHERO

1. Aprende inglés y otro idioma más.

2. Pule una de tus habilidades (música, baile, circo, magia).

3. Tienes que ser atrevido, arrojado.

4. Si no perseveras, no la consigues.

5. Aprende chistes en inglés, tienes que ser alegre.

6. Documéntate sobre la cosmovisión andina: los incas, los apus.

7. Acude a los bares cosmopolitas: Kilómetro 0, Siete Angelitos, Mama África, el Templo.

8. Sé práctico y no te enamores. El que se enamora, pierde.

9. Lee mucho de psicología y las leyes cósmicas de la atracción.

10. No te desanimes si te chotean. Vuelve recargado.

Con esos tips interiorizados, volví al Inka Team, una discoteca que los fines de semana revienta de gente, de gringos en busca de su andean lover y latinos eufóricos. Allí me encuentro con dos anfitrionas del café con piernas, que me presentan a una argentina de ojos saltones y anchas caderas. Hacemos clic al toque. Le invito un trago, bailamos salsa sensual, la atraigo hacia mi pecho, en cada vuelta su trasero choca contra mi miembro viril. Nos miramos fijamente y me lanzo al ataque. Le digo que anoche soñé con ella, que sabía que la encontraría allí, que el destino nos había enlazado. Ella pensó lo mismo y se abalanzó sobre mis brazos, en un beso perpetuo. Después no hubo palabras, solo baile, trago y un chau-chicas-nos-vamos. Esa noche le hice el amor con furia. Y hasta ahora no entiendo cómo la conquisté. Solo sé que todo está en la actitud, en el buen trato, en creértela, en no desistir. Claro que no me levanté a una gringa, pero por algo se empieza. Eso pensaba mientras caminaba rumbo a casa, luego de una noche agitada.