Nadie necesita oír para creer. Quizás es por eso que la ciencia elige imágenes para contar lo que encuentra: una manzana que cae, una bombita que se prende, una estrella que brilla. Sin embargo cuando tiene que marcarle la cancha a su rival de todas las horas, de quien se dice que usó la voz para crear el universo, la ciencia le pide pases al sonido. Un big bang al comienzo. Un big crunch al final. Entre ambos instantes, la vida de todos los días. Ahí el sonido, vibración transmitida por un medio elástico como el aire, necesita tocar para existir. Como un fantasma lento, el sonido está condenado a llegar siempre después que la luz, aunque la ayude con los efectos, a la manera de un asistente abnegado y leal. Las tormentas dan miedo porque luego del resplandor del rayo viene su estruendo. Como si la naturaleza tuviera su propio diseño de audio.

César Lamschtein dice que es un tipo raro, como los magos, o los que hacen perfumes. Su objeto de estudio es invisible. Su oficio también. César es el jefe de audio y sonido del Auditorio del Sodre. Es el único de su rango que tiene una modesta oficina porque se siente incapaz de trabajar en espacios abiertos. Cuando le propusieron el puesto fue uno de sus requisitos. En la cartelera frente a su escritorio hay un papel apuntado a mano: «Sonido rules». No lo escribió él. Su oficina es la de su equipo. La mayoría, ex alumnos jóvenes que entran y salen. Revuelven sus mochilas amontonadas en el rincón de las mochilas, y lo consultan con sumisión y respeto. César es profesor fuera y dentro del auditorio. Su afición es el orden. Al parecer, lo que no se ve también necesita ser organizado. En un rato hay una grabación de la orquesta de cámara. Se agregaron atriles y otros instrumentos, un cambio del que le avisaron sobre la hora. La partitura que estudió en su casa, porque el tiempo escasea por la cantidad de espectáculos en simultáneo, podría ser otra. Hoy, además de la grabación de la orquesta hay un ballet y un rodaje. Los timbales no estaban previstos. A César le molesta mucho la improvisación y así se lo hace saber a Analía, responsable de los requerimientos para la grabación que entra en la oficina con el ademán de una batalla perdida en el pasillo. Es un día normal y la gente del audio no se calla nada.

«Nosotros manipulamos el audio, no el sonido», dice el hombre de 42 años con nombre de emperador que tiene una mueca porteña en el habla, quizás adquirida de su familia argentina y que nivela entre mate y mate, mientras pausa para pensar cada idea, en silencio. César habla con convicción aunque matiza algunas observaciones categóricas con un «no sé, lo pienso ahora», como si respetara un conocimiento que lo precede y al que es necesario remitirse. César es un tipo hiperracional, según se define, que cree en algo que no se ve.

El acople es un error imperdonable para las personas que trabajan con audio. Los Beatles fueron la primera banda de rock que incluyó el fenómeno como un recurso musical en la canción I feel fine. El efecto, que luego sería imitado por otras bandas de rock, surgió cuando John Lennon acercó su guitarra electroacústica al amplificador. La música que se ejecuta y se graba en el Auditorio  del Sodre no puede permitirse ese exceso, ni siquiera como experimentación. «En este escenario no hay acoples» dice convencido y con humildad, como orgullo por hacer lo correcto fuera exagerado.

La puerta de la oficina de César está cerrada y desconcierta al equipo. Gonzalo toca y pasa, y su visible timidez le ahorra la tarea de pedir permiso. Es muy joven. Lleva su laptop Apple apoyada en su antebrazo izquierdo como un mozo. A las ocho de la mañana César le había pedido que le enviara un mail con unos datos que necesitaba. Son las cinco de la tarde y el mail aún no llegó. Gonzalo se excusa. Dice que no hay wifi. Es el fin de la jornada de Gonzalo pero igual corrobora una y otra vez la dirección a la que tiene que enviar la misiva. No se queja, como si supiera que unos minutos más pueden hacer la diferencia en la retina de su jefe. Trabajar en audio requiere método. César le dice que si quiere se vaya y que lo mande desde su casa. Gonzalo parece nervioso. Es su segundo día de trabajo en el Auditorio. El mail llega a la bandeja de entrada de César, a quien se le nota su capacidad para perdonar ingenuidades —no actos irresponsables— y capitalizarlas para transformarlas en lecciones. Según César, los errores que pueden ocurrir en este rubro se deben a falta de trabajo. Su discurso del método es lograr que no existan, que no se vean, como el sonido.

La década prodigiosa

En 1982 Metallica tocaba por primera vez en Estados Unidos, comenzaba la guerra de las Malvinas y en España se disputaba un mundial de fútbol. Por ese entonces, César tenía nueve años y se perfilaba como baterista en su casa del barrio Parque Rodó, ubicada en la calle Patria, que muere, ensañada como el destino en los mitos griegos, en el Museo de Artes Visuales. Unos años más tarde, cuando en el Río de la Plata ni se soñaba con internet, ni siquiera a través de aquel chirrido despiadado del acceso telefónico, un amigo técnico en reparaciones le regaló un dispositivo que sería clave para descubrir una pasión que convertiría en su oficio. El dueño anterior que la había llevado a reparar nunca pasó a retirarla. La máquina llegó a las manos de César sin manual, pero sus ansias de entenderla le ganaron a las misteriosas perillas sin instrucciones.

«Tuve mi momento Eureka, nunca aprendí tanto de  audio como con esa máquina», dice el profesor, ingeniero en sonido, y responsable de hacerle honor al nombre de la institución donde trabaja: a un auditorio la gente va a ver y predispuesta para escuchar.

La máquina era una portaestudio de cuatro canales que permitía la grabación multipista. Los géneros como el rock y el pop recurren a este tipo de mecanismos para grabar cada instrumento por separado, aunque la banda toque en vivo. Investigando el dispositivo, César descubrió que podía grabarse a sí mismo y multiplicarse, como una entidad sin cuerpo, como un fantasma.

Impulsado por sus ganas de aprender y de desentrañar los misterios de aquel aparato, César descubrió cómo los Beatles hacían sus discos, sin saber cómo se hacían los discos. A los catorce grabó a una banda de amigos. «Era una grabación de mierda», según dice, que le sirvió para darse cuenta de que lo suyo no era ejecutar la música, sino palparla, manipularla, producirla. Volver visible lo invisible, como los magos, o los que hacen perfumes. Era 1986. Diego Maradona le gambeteaba la historia a los ingleses y Chernobyl se convertía en ícono de la negligencia nuclear. Por ese entonces, César se había enamorado. «Como en todas las buenas historias había una mujer», dice, aún sabiendo que todas las canciones que le grabó a modo de declaración no lograron el cometido de la conquista, aunque sí el del aprendizaje.

Oír, sobrevivir

El Yanoconodon allini es un fósil encontrado en China por científicos del Museo de Historia Natural de Pittsburgh. Fue un animal similar a las lagartijas que coexistió con los dinosaurios hace 125 millones años. En su mandíbula los paleontólogos detectaron el martillo, el yunque y el estribo, los huesos que en el oído humano se encuentran detrás de la membrana que vibra al detectar un sonido. El primer antepasado del delicado y complejo sentido del oído, aquel que nos permite erizarnos o elevarnos con la percepción de estímulos como la música, es un reptil.

En la evolución de la especie humana, el oído siempre aparece ligado a la supervivencia, no así la percepción visual. «La visión tiene un enorme poder y una enorme limitación: tiene cuadro y foco; el oído tiene un componente primitivo», explica César, que todos los martes viaja a Playa Hermosa para dar clases de sonido en la Licenciatura de Lenguajes y Medios Audiovisuales. Dice que su materia está mal denominada. Él no da clases de sonido que es el fenómeno físico por el cual una onda vibra y es recibida por el oído humano, él da clases de audio, que es la representación del sonido, ya sea gráfica, mecánica, magnética o digital.

Aunque el cine haya nacido mudo y evolucionado a lo sonoro, cuando César da su cátedra de audiovisual se siente como un profesor de astronomía de cuarto de liceo: «Tomo el desafío de interesar a gente con algo que a priori está fuera del guión». Explica que eso sucede porque el sentido predominante es la visión y el argumento antes que cultural es físico. Existen más neuronas en el nervio óptico que en el auditivo.

Para captar la atención de sus estudiantes el primer día de clases, el profesor que al terminar el Liceo Francés consiguió una beca en Francia para convertir una pasión en profesión, evita los argumentos técnicos y se aboca al componente mágico de su objeto de estudio, ese que invita a cerrar los ojos para prestar atención, para saborear con deleite, para recordar. «Marcel Proust cerró los ojos para paladear la magdalena, si hacés eso por laburo sos un tipo raro», dice con humor, sabiéndose parte de una cofradía de oficios invisibles.

Según la otorrinolaringóloga Silvia Goyeneche —quien imagina limitado, oscuro y reducido al mundo sin sonido— las afecciones auditivas que más perturban a los pacientes son los acúfenos, también llamados Tinnitus. Se trata, por analogía visual, de espejismos sonoros causados por diversos motivos como el estrés o la exposición a sonidos intensos.

«Al final el sonido es todo aquello que se escucha», le increpó un alumno a César en la primera tormenta de ideas acerca del tema del curso. En un primer momento el profesor no encontró una respuesta que refutara esa afirmación y se enojó con él mismo al comprobar que un irreverente alumno echaba por tierra su lección inaugural sobre las complejidades del sonido. Por entonces comenzaba un período de vacaciones y César se fue a Brasil. Aun en esa instancia no podía dejar de pensar en algún argumento que refutara la osada afirmación de su alumno. Finalmente la encontró. César es un tipo que no se conforma y si tiene razón, le gusta demostrarlo, como a la ciencia. «Te cagué», le dijo a su alumno al regresar al curso: «Sonido no es todo aquello que se escucha, hay cosas que se escuchan que no son sonidos, como la Tinnitus que es una ilusión auditiva». Una ilusión, como la que fabrican los magos para hacernos creer.

César dice que en su oficio para que todo salga perfecto hay que estar adelante del tiempo, una cualidad fantasmagórica que lo caracteriza, como cuando descubrió cómo los Beatles hacían los discos, o cuando jugaba a la pelota en la calle del Parque Rodó y experimentaba con el sonido que producían las monedas al golpearlas sobre el techo de chapa galvanizada del estacionamiento contiguo a la Torre Patria. «De gurí supe interpretar una forma de hacer diseño sonoro; era un sonido de rayo láser —que no suena—, un sonido que me llevó al futuro, sin saberlo».

Las consultas más frecuentes en el consultorio de la otorrino con apellido de arrabal son por pérdida de audición. Al diagnosticar sorderas inminentes, Goyeneche debe manejar elementos emotivos porque los pacientes tienden a no resignarse y se angustian. La mutilación de los sentidos auditivos y visuales significa perder también un vínculo de acceso al conocimiento, de relacionamiento con el mundo, de construcción de la propia identidad: 125 millones de años después de nuestro antepasado el Yanoconodon allini, el oído sigue ayudándonos a sobrevivir.

Conozco al maestro

César piensa antes y después de hablar. Como si cada enunciado lo invitara a corroborar el rigor de lo expuesto. Su maña es el orden, su fobia «los componentes agudos de la masticación humana» porque no puede pensar en otra cosa. Cuando alguien mastica cerca, a César le molesta dejar de escuchar su pensamiento.

«Van cayendo las fichas», dice en referencia a una planilla imantada fabricada por él que cuelga en la pared al lado del cartel «Sonido rules». En la planilla, los integrantes de su equipo están representados por imanes con forma de chapitas y un Pac-Man. Todos los integrantes del staff deberían tener la constancia de mover su propia pieza cuando llegan a la oficina y cuando se van. No sucede siempre. Gonzalo ya se fue y no movió su ficha, pero César lo perdona porque es nuevo y porque le tiene fe, así que se para y la mueve por él. César necesita saber con quién cuenta y con quién no, tener una representación gráfica que le indique el mapa de situación, más allá de los walkie talkie con los que se comunican, casi de forma anacrónica, todos los miembros del equipo. Hablan siguiendo el código del dispositivo: «atento» y «copiado» son palabras que abundan como en una película policial de los años ochenta. Más allá de corroborar una voz del otro lado, César necesita ver para saber.

Hace más de veinte años que trabaja en el rubro del audio y aun así, no se aferra a ningún paradigma. Parece tener claro que las formas de representar el sonido han mutado de lo magnético a lo digital y que el conocimiento debe actualizarse con frecuencia. Los objetos de estudio invisibles parecen mutar más rápido. Su método es aprender y compartir.

«Alan Parsons es un terraja», dice categórico cuando le pido que me cuente su experiencia con el ingeniero de sonido de Abbey Road y de Dark Side of the Moon, dos discos emblemáticos e irreprochables en la historia de la música.

En cambio, prefiere hablarme de su verdadero maestro.

Cuando Charles Bukowski lo conoció en persona, su maestro John Fante estaba muriendo en un hospital de Hollywood. Debido a una diabetes avanzada, cada semana le amputaban un nuevo miembro al escritor de Pregúntale al polvo y Espera la primavera, Bandini. Bukowski descubrió a su maestro por casualidad, al leer uno de sus libros en la biblioteca pública de Los Ángeles. Desde ese momento, supo que debía conocerlo y constatar si era posible que un contemporáneo hubiera sido capaz de conmoverlo al extremo de sentir que esa era la forma en la que debía ejecutar su arte. A la salida del velatorio, según retrata en su relato «Conozco al maestro», Bukowski dice que John Fante le «había prestado una pizca de la manera cómo debía de hacerse».

Algo parecido le sucedió a César cuando Bruce Swedien, el ingeniero de sonido de Thriller, de Michael Jackson, lo recibió en su casa durante una semana. «Él es la historia de la música americana», arriesga convencido de que su admiración tiene asidero. Bruce Swedien es un viajero del tiempo que construyó su leyenda a fuerza de trabajo, experimentación y talento. «La vio toda», me dice su discípulo, quien evoca con admiración y extrañamiento su pasaje por la casa del maestro, como si aún hoy no pudiese creerlo. «Me desarmó completamente. Luego de veinte años de laburar en esto me hizo volver a aprender mi forma de hacer las cosas. Fue una epifanía». César, que se define como una persona cartesiana, afiliada al pensamiento racional, explica que la mayor enseñanza que le aportó Bruce fue la de ser reactivo y confiar en el instinto. «La música no se trata de pensar, se trata de escuchar. Si vos pensás, está mal».

 

La primera vez que vi actuar a Shirley Stonyrock fue en la boda de una amiga de mi esposa. Shirley Stonyrock es drag queen…

Era una fiesta de lujo. Quito: Hall del Museo del Agua. Trajes y vestidos de primera, elegantes manteles, una mesa repleta de bocaditos de sal, una mesa repleta de bocaditos de dulce, licores, una banda tocando toda la noche y esa vista iluminada de las iglesias del centro a través del enorme ventanal.

Shirley y dos colegas suyas irrumpieron casi a la medianoche en el escenario; con sus coloridos atuendos, con sus pelucas y maquillajes. Bailaron, gritaron, simularon que cantaban, no paraban de moverse. Hicieron su show por más de 20 minutos y vi todo tipo de reacciones. Los novios, encantados; muchos invitados se volcaron sobre el escenario para verlos como a estrellas de rock; otros, con recelo, comenzaron a alejarse; algunos no supieron ni cómo reaccionar.

Emilia y su esposo Marcelo quisieron sorprender a todos. No les dijeron ni a sus padres que esa noche, en lugar de la típica ‘hora loca’, habría un show drag. Él vivió en Barcelona y llegó fascinado por cómo allá era tan común ver drags; ella creció en Australia y este tema siempre la apasionó. “Queríamos darles un regalo, algo que nos representara –confiesa Emilia-. La mayoría de mis amigos dijeron que les encantó. Pero mi abuela materna me contó que muchos señores se quedaron pasmados y que algunos amigos de mi papá pusieron mala cara”…

Desde hace un par de años, unos 10 drag queens en el país han decidido abrir su horizonte y no solo hacer shows en discotecas o teatros, sino llevarlos también a fiestas privadas, desde cumpleaños hasta aniversarios. Shirley es una de ellas y cree que es un “acto de valentía”. Claro, una cosa es actuar en un sitio fijo, donde todo el mundo sabe a lo que va, y otra es enfrentarse a un público desconocido, que no los esperaba, y tener “la incertidumbre, el miedo de no saber cómo van a reaccionar”.

Ese matrimonio terminó con Shirley interpretando a Amy Winehouse y Emilia cantando junto a ella en medio de la algarabía del público. Shirley recuerda que le dedicó parte de su baile a un tipo de unos 30 años y que él se sintió incómodo, hasta el punto de echarse para atrás y lanzarle una mirada inquisidora. Pero que un hombre “bien puesto y elegante”, de unos 50 años, le coqueteó y le hizo “ojitos” en pleno show. Todo puede pasar.

El camerino

Mauricio Erazo es el hombre tras Shirley Stonyrock. “Es increíble cómo un solo rasgo puede cambiar tanto el rostro de una persona”…

…Habla Mauricio luego de delinear sobre su ojo derecho la perfecta ceja de Shirley. “Mira la diferencia”, me dice y se pone frente a mí para que compare ese ojo con el izquierdo, que aún no está maquillado.

Esa noche hará su show en una fiesta de cumpleaños. Han pasado siete meses desde la boda de Emilia. Es una casa de tres pisos; el último, donde normalmente funciona un taller de modas, ha sido convertido en discoteca.

Mauricio tiene 33 años, es pequeño, delgado, moreno; el pelo negro y lacio. Lleva Converse negros, jean desteñido, camiseta a rayas pegada al cuerpo y una bincha que forma una pequeña cola en su cabeza.

“El drag es la más completa rama del teatro –sonríe-. Hay actuación, fonomímica y danza”. Para él, esto no es un pasatiempo ni un trabajo, es su forma de vida. Está dedicado a eso todo el día, cada día. Cuando no está actuando, mira videos, crea coreografías, diseña vestuarios, aprende sobre maquillaje…

Por eso no ha parado de promocionarse en redes sociales, atender a cuanto medio de comunicación lo ha buscado. Y por eso ha decidido aceptar contratos para fiestas privadas. No le interesa esconderse, quiere que su arte sea visto por tanta gente como sea posible.

Cuando era niño siempre solía jugar a ser artista. Él y sus primos armaban escenarios imaginarios y cantaban, bailaban, actuaban como en las películas. El 29 de agosto del 2008, Mauricio se vistió por primera vez de Shirley Stonyrock. Era la semifinal del concurso ‘Queen of queens’ (Reina de reinas), al que se presentaban drags principiantes con el afán de demostrar que tenían ‘madera’. Ganó y ese fue el día en que su sueño comenzó a cristalizarse.

El improvisado camerino que le han dado esa noche es un diminuto cuarto, lleno de máquinas de coser, en el que han dejado una silla y una mesita sobre la que él tiene 11 brochas de diferentes tamaños y un sinfín de implementos de maquillaje: esponjas, bases, labiales, delineadores…

La transformación de Mauricio en Shirley tomará esa noche más de tres horas. Normalmente se demora dos, pero todo depende de la complejidad. Aquella vez en Halloween, cuando Shirley interpretó a ‘La payasa maldita’, tardó cinco horas en estar listo.

Siempre lleva un espejo de mano, pero también necesita uno grande, de pared. Lo primero es afeitarse. Luego se pone goma en barra sobre sus cejas y se echa polvo blanco. Parece que se las hubiese depilado por completo. “Las cejas son el marco del rostro, por eso son lo primero en desaparecer de la cara de Mauricio”.

Desaparecer… ¡Es literal! A medida que Shirley va asomando, Mauricio queda relegado hasta el punto en que se va. No es solo maquillaje. Cuando Mauricio creó el personaje, quiso que fuera todo lo opuesto a él. Él es introvertido, tranquilo, tímido, “un tipo común”. Ella es una rompecorazones: extrovertida, sociable, sensual, “una diva completa”.

Mientras se maquilla, Shirley comienza a expulsar a Mauricio de su cuerpo. Bebe una cerveza. Por su rostro han pasado cinco capas de base, una dosis de escarcha, sombras, rímel, rubor. La puerta del ‘camerino’ permanece cerrada. Afuera, los bits del reguetón suenan cada vez más fuertes, ahora ya no se escuchan las conversaciones de los invitados. Shirley comienza a moverse al ritmo de la música, con gestos fuertes, bate la cabeza de un lado a otro…

En una maleta negra, junto al vestido que usará esa noche, están las esponjas que Mauricio siempre lleva para vestir a Shirley. “Como te habrás dado cuenta, no tengo ni culo, ni tetas, ni caderas, así que me ayudo de las esponjas. Tengo que usar cuatro o cinco pares de medias nylon para ir armando todo”.

La relación de ambos es algo complicada. A veces Shirley aparece en escena como Shirley, pero otras veces interpreta a Amy Winehouse, a Selena, a Madona, a Tina Turner… Así ha recorrido muchas ciudades en Ecuador y en su rol como Lady Gaga fue a Colombia y a Argentina.

—Entonces, llega un momento en que tú vives tres personajes a la vez: Mauricio, Shirley y, digamos, Madona.
—Exactamente.
—Pero quien interpreta a Madona es Shirley, no Mauricio.
—Así es. Mauricio se queda en el camerino, él no sale a escena. Cuando salgo, cuando cruzo la puerta, soy Shirley, Mauricio se queda aquí.
—Es algo raro, porque a la final Mauricio termina siendo solamente el maquillista de Shirley.
—Yo prefiero verlo como un mánager. No solo hago el maquillaje, también diseño, creo la coreografía… Pero es verdad, Mauricio le tiene un poco de envidia a Shirley.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque quien sale al escenario es ella. Mauricio también actúa en otros teatros, canta; pero la fama, el reconocimiento, los tiene Shirley. Es como si el sueño de él lo estuviera viviendo realmente ella. Muy poquita gente me dice Mauricio. Voy a una discoteca: Shirley por aquí, Shirley por acá. Alguien llegó a decirme: ‘¿Por qué no vienes siempre como Shirley? Ella cae mejor que tú’. ¡¡¡Imagínate!!! Esa perra quiere quitarme hasta a mis amigos.

(Da los últimos toques al maquillaje de ella y, cuando dice esta frase, se ríe estrepitosamente y se lleva una mano a la boca).

A pesar de todo, Mauricio quiere profundamente a Shirley. Cada 28 de agosto le celebra su cumpleaños; hay fiesta, pastel y baile. Este año cumplirá ocho. Mauricio es Cáncer, Shirley es Leo.

Pasadas las once de la noche, él ha desaparecido. Ella se mira al espejo. Se admira. Antes de salir al escenario, pide un vodka tonic y una maciza mancha de labial queda impregnada en el vaso.

El otro show

Shirley Stonyrock está parada de espaldas al público. La mano izquierda en la cintura y la derecha estirada señalando al techo. Un reflector ilumina su silueta y proyecta la sombra en la pared. Su vestido es largo, amarillo y lleno de caritas de Bob Esponja. Usa tacones dorados de 12 centímetros de alto, collar, pulseras y una peluca afro exageradamente grande.

La gente la mira expectante… El Dj entiende su señal y comienza a sonar ‘I’m so excited’, de los Pointers. Ella suelta un grito y comienza a bailar. La escena parece incluso la de un show de Broadway.

Hay varias formas de hacer drag: ‘queen’, cuando un hombre interpreta a una mujer; ‘king’, cuando una mujer actúa de hombre; ‘glam’, cuando un drag queen personifica a una diva; ‘animal’, cuando se caracteriza a un animal; ‘monster’, cuando se interpreta a un ente, una creación de terror; ‘fishy queen’, cuando un hombre se vuelve una mujer con actitud cómica; ‘faux’, cuando una mujer hace de drag queen…

Shirley es completamente ‘glam’. Domina los altísimos tacones como muchas mujeres no logran hacerlo, sus movimientos son delicados, estilizados. Mauricio tiene frenillo y durante mucho tiempo por eso le hicieron bullying, pero ella ha sabido sacar partido de esa dificultad para pronunciar la letra ‘r’ y muchos han llegado a decirle que es una diva parisina llegada a Ecuador…

… A los ocho años, el padre de Mauricio salió de la cárcel y le confesó que no era su padre. Y ese día le cambió la vida. “Hay una historia que me han contado los que yo pensaba que eran mi familia. Pero realmente no sé qué de todo eso es cierto”.

De lo que le han dicho, su madre era una joven colombiana que llegó al país luego de ser violada por un primo. Comenzó a trabajar como empleada, no quería tener al bebé y se enamoró del hijo de sus jefes. Tuvo al bebé y se regresó a Colombia, dejándolo como regalo a sus patrones, que terminaron criando a Mauricio como sus abuelos. Al poco tiempo (no quiere contar por qué), el joven de esa casa, o sea, quien decía que era su padre, fue a parar a prisión.

Luego de ocho años llegó, le contó esta historia y lo obligó a vivir con él. “Me vio desde el principio más como un empleado que como un hijo. Me sacó de la escuela. Me golpeaba. ¿Ves esta cicatriz? (me enseña la cabeza). Fue por un palazo que me dio solo porque me olvidé de sacar los papeles higiénicos del baño. Nunca hubo abuso sexual. Todo eso fue un shock y marcó definitivamente lo que es mi vida, para bien o para mal. ¡Para bien, creo yo!”…

Cundo habla sobre esta parte de su historia, es el único momento en que se le borra la sonrisa. Habla despacio, bajito. A ratos hasta parece que se le quiebra la voz.

A los 12 años se escapó de la casa de su padre: “Es la mejor decisión que he tomado en la vida. Yo no practico ninguna religión, pero ahí es cuando digo que Dios existe. Me encontré con gente muy buena, alguien que me dio posada, alguien que me dio mi primer trabajo como lavaplatos, gente que me cuidó. Volví a la escuela, me gradué; fui al colegio, me gradué”.

Desde pequeño, Mauricio se sentía “diferente”, pero recién a los 20 años reconoció abiertamente que es homosexual. Antes había tenido unas cuatro novias y pasó, “como todos”, por una etapa de negación en la que no quiso admitir que le gustaban los hombres. Repite varias veces, como tratando de que no queden dudas, que ser drag no tiene nada que ver con el género, que cualquier heterosexual puede practicar este arte. Pero también reconoce que en Ecuador la mayoría de drag queens son homosexuales. “Si conozco dos o tres heterosexuales, sería bastante”.

—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que todavía no se masifica esto de llevar los shows a las fiestas privadas, porque aún están presentes los estereotipos. Hay gente que cree incluso que todos nosotros somos transexuales, que nuestro sueño es convertirnos en mujeres, pero no necesariamente es así. Algunos han usado este arte como trampolín para eso, pero la gran mayoría somos gays. Yo soy un hombre al que le gustan los hombres y moriré siendo un hombre al que le gustan los hombres.
—De lo que conoces, ¿cómo es en otros países?
—Hay muchos países en donde la mayoría de los drag queens son heterosexuales.

Eso de que un hombre le coquetee no es tan raro. Pero tampoco lo es que alguien se le quede viendo mal. Pero eso le anima. “El drag es para trasgredir, para romper estereotipos. Es para incomodar. Si veo que alguien se incomoda con mi show, me da más ganas de seguirle, de dedicarle mi baile”.

Hay muchas anécdotas. Hace poco llamaron a Mauricio de parte de un alto funcionario de un ministerio pidiéndole un ‘servicio’ y confundiendo a Shirley con una prostituta transgénero. Él les dijo que se informaran bien, les explicó lo que hacía y colgó.

Su presentación termina con la canción ‘Reach out’, de Gloria Gaynor. Abraza al cumpleañero y se pone a bailar junto a los invitados. No acostumbra a quitarse su vestuario enseguida. “¿Te imaginas maquillarse durante tres horas para que solo te dure 20 minutos? ¡No! Yo siempre me quedó un rato con el traje para disfrutar de la fiesta”.

Su casa

En la pared del fondo están pegadas las fotografías de las actrices Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Greta Garbo y un disco de vinilo. Junto a ellas está ‘Rupaul’, el drag queen más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Un tipo tan bien maquillado que realmente parece mujer y se ha convertido en el referente de Shirley Stonyrock.

La casa que, literalmente, comparten Shirley y Mauricio, es un lugar pequeñito pero acogedor. Lo escribo en ese orden: ‘Shirley y Mauricio’, porque en verdad la casa le pertenece mucho más a ella que a él. Tras la puerta, lo primero es una cocina de dos metros cuadrados con un diminuto mesón y el lavaplatos que en la mañana de ese martes luce atiborrado de trastes sucios.

Luego viene el dormitorio-sala-comedor. La cama y su espaldar lleno de pilas de videos y películas musicales, la mayoría con temática drag. Frente a la cama un televisor y algunos libros tirados. El escritorio, con una computadora personal y una pequeña mesita que funge de comedor. Las paredes llenas de cuadros de Shirley, imágenes que han hecho varios fotógrafos famosos. No hay ni una sola foto de Mauricio.

La diferencia más grande se ve en los vestidores. La ropa de Mauricio está en un clóset de menos de un metro, oscuro y escondido junto a la puerta del baño. La de Shirley ocupa tres de las cuatro paredes de un espacio más grande que todo el resto de la casa. Es su camerino. Un espejo enorme, una peinadora, piso de baldosa y sus 200 trajes, sus 30 pelucas y sus 24 pares de zapatos.

Cada vez que Mauricio habla sobre su trabajo, su rostro se enciende. Es como el rostro de un niño presumiendo su juguete nuevo en Navidad. En su escritorio guarda una carpeta bastante gorda con todos los recortes de periódicos y revistas en los que se ha publicado sobre Shirley. “Si me ofrecieran otro trabajo diciéndome que me van a pagar más, pero haciendo otra cosa, no lo aceptaría”. En promedio, logra reunir un salario básico al mes; a veces más, a veces menos. Y recuerda su sueño de niño: ser artista, bailar, actuar. “Estoy cumpliendo mi sueño, estoy haciendo lo que quería. Soy completamente feliz”.

Hay que comprender eso para saber por qué estos hombres decidieron llevar su arte un paso más allá. Daniel Moreno interpreta a la mítica Sarahí Basso y es uno de los maestros de Mauricio. Ambos ven este oficio igual, a tiempo completo. “El trabajo escénico del drag es un espectáculo cabaret, es como una revista musical para entretener al público, pero no solo a uno en específico, nosotros nos hacemos al público. Yo he tenido que ir a desfiles de modas, despedidas de solteros, matrimonios. Una vez tuvimos que interpretar un bolero que era el preferido de dos viejitos que celebraban su aniversario y pidieron un show nuestro como regalo”.

—¿Te puedo citar?
—Claro, no hay problema.
—¿Cómo te cito?
—Daniel Moreno, quien interpreta a Sarahí Basso. Es que estamos empeñados en que se reconozca nuestro nombre, porque a veces identifican solo al personaje.

(Esta lucha interna entre el personaje y el intérprete es común entre quienes han desarrollado este arte a ese nivel)

Ahora Mauricio está estudiando técnica vocal. Él canta, pero quiere que un día Shirley también lo haga en un show en lugar de recurrir a la fonomímica. Añora que todo el mundo lo conozca, presentarse en otros países, tener un programa de televisión, hacer un calendario tipo ‘la chica Pilsener’.

No tiene novio, pero quiere formar un hogar. Le gustaría adoptar. Le recuerdo que no podría hacerlo en este país. “Bueno, lo que tenga que ser, que sea, he decidido no forzar las cosas”.

La franja traslúcida que hay en el techo del camerino de su casa le da al sitio una iluminación muy cálida. “Fue hecha especialmente para mí”, me dice, mientras recoge una de sus pelucas del piso.

(…) “Y a todas estas, ¿qué tengo que hacer para ser portada de SoHo? De tanto que hemos hablado, ya me veo yo en esa portada”. Suelta la más grande carcajada. Así es Shirley Stonyrock.

Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

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Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

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La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

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En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

“¡Suban pues que los vamos a violar!”, grita Viviana. Cinco hombres, tres mujeres y una pareja de esposos la siguen. Ellas tienen vestidos de baño. Ellos, una toalla amarrada a la cintura. Dejaron sus cervezas y se salieron del jacuzzi y de los saunas para tomar las escaleras hacia el segundo piso, donde hay un sofá anaranjado largo en forma de cruz. En el primer escalón está Alejandro, que le entrega a cada hombre un condón marca Corona importado de la China. Además de la única pareja de esposos, se forman otras dos. Los tres hombres que se quedaron solos rodean a la mujer que está sola. Ella les unta jabón líquido antibacterial en sus manos antes de dejarlos pasar los dedos y la lengua por entre sus piernas y tetas.

Después de limpiarse, un tipo soltero que asiste por cuarta vez a estas fiestas le toca un pezón a la chica, mientras su vagina recibe caricias de otro hombre. Al tiempo que la tocan, a su lado las otras dos parejas tienen sexo en el sofá. Los tipos, ya sin toalla pero con las chancletas de plástico azul que les dieron a la entrada, están encima, entre las piernas de su respectiva compañía. La pareja de esposos únicamente mira, mientras él la acaricia por encima del bikini.

Un tipo calvo al que la ropa le queda ajustada y la barba empieza a crecerle, es el único de la fiesta que no se ha desnudado. Está sentado en una silla enfrente del sofá. Mira la escena, sonríe, saca su celular, toma un par de fotos, y sigue con la mirada clavada en la orgía que se empieza a formar. Es el productor de este evento, el Emperador de las noches cuckold.

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Dos horas antes de sentarse a observar lo que sucede en la fiesta, Alejandro está encerrado en una cafetería sobre la calle 57, dos cuadras abajo de la Avenida Caracas. Además de la mujer que atiende el local, él es el único que está adentro. La reja está puesta para evitar la entrada de los hinchas de Millonarios que caminan desde El Campín este sábado por la noche.

“Esta es mi oficina improvisada”, dice, riéndose y mirando a la dueña.

A través de la reja, dos hombres con camisetas de fútbol piden una gaseosa y un paquete de papas. “Son puros ñampiros. Si se encuentra uno de Nacional con otro de Millonarios se rompen ellos y rompen todo”, dice Alejandro, mientras se sienta en la última mesa de la tienda y pide un tinto que espera lo ayude a aguantar una noche más como anfitrión de las juergas de los cornudos y los corneadores, que se prolongan hasta las tres de la mañana.

Este empresario de la noche bogotana, de sonrisa amplia y brazos gruesos, se crió rodeado de lujuria.

“Yo soy vago desde pequeñito. Mi papá tenía residencias en Sevilla (Valle del Cauca). Siempre había mucha prostituta y entraba todo el mercado de la infidelidad”.

Hoy su negocio consiste en explotar el fetiche cuckold, o fantasía del cornudo, un juego sexual en el que un corneador tiene sexo con la pareja de otro, que observa y celebra la escena. Durante los últimos cinco de sus 49 años de vida se ha dedicado a organizar estas fiestas sexuales temáticas en sitios que alquila en Chapinero.

“En el mundo cornudo el fetiche del man es ver a la pareja como su muñeca; ella es su parcera, su actriz porno, su amante –explica Alejandro–. El corneador es el que presta el servicio, o sea el amante de la esposa, llamada hotwife. Ella puede tener uno o varios en una noche”.

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La fiesta de esta noche es en Poseidón, un spa gay con zonas húmedas sobre la 57, ubicado entre una tienda de la cadena de precios bajos D1 y una taberna. Hay duchas, turco, jacuzzi y pantallas LCD que muestran escenas de porno heterosexual de culioneros.com, y cuatro cuartos privados, cada uno con la cama a ras de suelo y un rollo de papel higiénico en la cabecera.

La invitación para asistir a la fiesta es un flyer que diseña Alejandro en Paint y le envía a cada uno de los 3.551 contactos repartidos en 16 listas de difusión que tiene en su Whatsapp. Va firmada con el seudónimo de Eliot Gabalo.

“Una noche estaba viendo un programa en NatGeo sobre las fiestas del emperador Heliogábalo y pensé que eso se podía hacer”, comenta a propósito del personaje en el que se inspiró: un joven emperador romano conocido por los banquetes que armaba y por ser una de las primeras personas que los historiadores reseñaron como transexual.

“Crecí y seguí siendo vago: organizaba fiestas de mi bolsillo, nos reuníamos con amigos y hacíamos orgías. Sacábamos suites en el Hotel La Fontana, en la 127, y montábamos fiestas solo por placer”.

Para lograrlo, usaba una extinta sección de clasificados del periódico El Tiempo, ‘Corazones solitarios’, donde publicaba avisos para contactar a personas dispuestas a compartir esta experiencia con él y sus amigos.

“Hace 28 años estoy casado con la misma mujer, pero he tenido siete mozas. Nunca he tenido una enfermedad venérea ni hijos por fuera del matrimonio, como dicen por ahí: he sido jugador pero responsable”, dice antes de contestar el celular y darle a una mujer indicaciones para llegar a la fiesta.

“Cuando estés ahí me pegas el pitazo. Un besito”, se despide y cuelga. Era Natalia, una médica que Alejandro describe como una mujer bajita y chusquita, su pareja desde hace dos años en el mundo cuckold. “Somos una pareja, pero más como de buenos parceros, de socios; no creo que estemos enamorados ni tengamos una relación sentimental, pero es parte del ejercicio”, dice.

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La noche de Alejandro no acaba sino hasta las cuatro de la mañana, que es cuando termina de revisar las cuentas que dejó el evento. Cada sábado sale a las seis de la tarde de su casa y vuelve hasta las cinco de la mañana. La noche se le va preparando todo para las fiestas, que incluyen rumbas personalizadas a petición de sus clientes.

“Hay un man chacho, con un puesto importante en la Procuraduría General, que es muy cornudo. Me dio un millón de pesos para que le celebrara el cumpleaños de su pareja. Quería que le consiguiera tipos jóvenes para que tuvieran sexo con ella; una de las fantasías del man era que hubiera un negro y se lo incluí”.

Pero no todas las noches su tarea es organizar fiestas cuckold en la ciudad. También colabora como conductor radial en Bogotá Nocturna, un canal de YouTube.

“Yo hago dos programas: uno que se llama Atmósfera Erótica, en el que se tratan temas sexuales, y otro que se llama Mi Empresa es Colombia, dedicada a entrevistar empresarios colombianos para dejarles un mensaje positivo a los jóvenes”.

Su cercanía al mundo de los fetiches le ha dado el bagaje para conducir Atmósfera Erótica, y su vena empresarial, que cultiva desde que estudió Ingeniería Química e Industrial en la Universidad Nacional, le permite entenderse con los empresarios que invita a su otro programa.

“Trabajé mucho tiempo con polímeros y tuve una empresa de adhesivos. Me mataba como un hijueputa en eso. Tenía 42 empleados jodiéndome la vida. Hice plata pero también hubo mucho estrés; era despertarme y hacer 20 millones ese día. Cada mes lloraba”, cuenta.

En la industria química, Alejandro tenía que transformar la materia prima en productos para comercializar. Ahora, en su faceta de empresario del sexo tiene que vender y recrear una fantasía, y lograr que se vuelva un círculo vicioso para que sus clientes regresen.

“En la organización de estos eventos el mayor riesgo es que no venga nadie y solo pasó una vez”, dice. Le sucedió por culpa de un socio que tenía antes. “El man sólo quería convocar por redes, hicimos el experimento y llegaron dos personas…”, cuenta Alejandro, que desde esa experiencia ha explotado más el uso de Whatsapp, pero sin descuidar los perfiles que tienen en redes sociales como Twitter.

“Aprendí a manejar redes sociales y posicionamiento SEO. Tengo varias cuentas en Twitter, pero la de presentar es @eliotgabalo –donde tiene más de 12.000 seguidores–”, explica mientras las busca en su celular, en el cual también tiene instaladas aplicaciones para buscar pareja como Tinder o Badoo. “Todos los perfiles los manejo personalmente, desde Hootsuite”.

***

Esta noche Alejandro no espera una convocatoria masiva. “Es 13, no cae quincena y no van a venir muchos”, pronostica. Sale de la cafetería y camina dos cuadras hacia la Caracas. Saluda a un amigo –un hombre casado que viene con la moza– y a Natalia, su pareja en este juego sexual, que ya lo estaba esperando a la entrada del sitio. Él le da un pico y ella le entrega una caja con 24 preservativos.

La invitación es clara: Chico solo 60 mil, pareja 50 mil, chico menor de 25 años 50 mil, chica sola gratis…. Hoy apenas llegan a 20 los asistentes, pero hay fiestas a las que han entrado hasta 120 personas.

“Hace 15 días éramos más de 100, fue Sodoma y Gomorra. Había un grupo de 15 tipos con la misma vieja”, cuenta Carlos Eduardo, de 43 años de edad y seis de divorciado.

No hay fila y los pocos que llegan antes de las nueve de la noche, hora en la que abren las puertas y empieza la fiesta, no ocultan su timidez. “¿Es la primera vez que vienes a esto?”, le pregunta una mujer a un tipo que acaba de llegar y que asiente con la cabeza.

Adentro del sitio, cada hombre y pareja pagan su cover. A cambio les dan acceso a un locker, toalla y chancletas, y a todas las zonas húmedas y cuartos privados del lugar. Cuando entran en calor y dejan la vergüenza, unos empiezan a meterse en el jacuzzi, hablar y pedir cerveza. La estatua del dios Poseidón, que le da el nombre al lugar, se pierde entre el humo aromatizado que sale de unos extintores y carteles que invitan a la protección: “Si te gusta mamar, ponte condón”. La música para prender la primera hora es una compilación que ponen en YouTube: Clásicos del merengue 80 y 90.

“La mayoría de las viejas que vienen a esto son gorditas, eso sí, las cosas como son”, dice Carlos Eduardo, antes de pararse de la mesa donde charla y dirigirse al sauna para espiar a la pareja que acaba de entrar. “No están haciendo nada todavía”, notifica y se vuelve a sentar junto a otro participante que no quiere decir su nombre, Viviana –socia de Alejandro, que está separada y hace 15 días no pudo ir a la fiesta por tener la custodia de los hijos–, y una de las slut toys, que tiene las piernas llenas de morados, pues la noche anterior se cayó bailando en un tubo.

“Las slut toys son viejas que estuvieron metidas en la movida swinger y se quedaron enganchadas, pero ya sin pareja. Son parte de la logística y se encargan de prender el ambiente. Aunque reciben un salario, esto lo hacen por gusto. Gratis no hay nada en la vida y su principal función es acostarse con los manes que vienen solos”, explica Alejandro para negar que se trate de prostitución, aunque admite que sus eventos rayan en ello.

“Esto casi cae en prostitución, por eso se hace en zonas de tolerancia que tienen los permisos. Es sexo consensuado, la gente que viene es por ahí de 40 años. Son parejas y solteros que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a reunirse”, dice para defender sus eventos, que ya suman más de 200.

Alejandro se para en la entrada, da la bienvenida a cada invitado y cuida hasta el más mínimo detalle para mantener intacto su título de emperador de la rumba cuckold. Cuando escucha el grito de Viviana, el llamado de guerra para que arranque la acción, empieza a entregar condones.

“Yo soy el más teso en esto. Los otros clubes no le meten creatividad: venden sitio sin pensar en las fantasías de la gente. Yo incentivo el fetiche, lo conozco; he sido cornudo y me gusta. Coger a una vieja y darle clavo entre 10 es una chimba… ¿O usted no lo hizo nunca en el colegio?”, pregunta y enseguida suelta una carcajada.

Mareros en Milán

Publicado: 9 mayo 2016 en Roberto Valencia
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Miles de milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses, furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.

Zinedine Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños, fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado, Sleepy, Mecha…

Algunos generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas del fenómeno de ‘le gang latine’, pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura, ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9 de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.

Aunque no tardaría en desbocarse todo… en regresar a la normalidad.

***

Para hallar huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger, un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.

—Tenemos que ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.

Tiger aterrizó en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla perfecto italiano y… y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero aka del Tiger.

En El Salvador desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia, sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades relevantes de su barrio.

“Ya no le tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”

En plaza Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos bajo la imponente estación Milano Centrale.

***

La Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica, los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.

Las gangas se importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales, económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.

La aparente paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a 2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000 habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas y victimarios la ponen las maras. Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras 400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social, en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.

Más allá de los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional, fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla, fronteras erigidas sobre la sangre de miles.

La mitad de la población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros, un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18. Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares que residen en áreas controladas por pandillas rivales.

Pero… ¿por qué Milán, a 10,000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.

El Consulado General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de salvadoreños en Milán y alrededores.

“Estamos un poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”, dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.

Hay salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de salvadoreños ya –miles quizá– de segunda y hasta de tercera generación. El flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por las pandillas como detonante.

A Italia migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados, amenazados de muerte. Y migran también mareros: algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el corazón.

“En 2005 o 2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano, por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.

Mareros dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.

Desde afuera resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir, siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo ve cómo son las leyes, las costumbres… uno se adapta. Luego entrás a cometer delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los deportan”.

***

La estación Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su monumentalidad: 200 metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone, la plaza Duca d’Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para hallar huellas.

—‘È qui’ cerca –dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.

La calle al costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este ‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.

En la entrada de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador: metro y medio de altura, aerosol… Había un gran ‘18’ azul, y a los costados, en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día Tiger.

Su teléfono vuelve a sonar.

—¿¡Y quién va a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?
—…
—Casi todo lo han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.

En el placazo aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza brutal que un grupo de emeeses le propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más destacado, el Gato.

Gato es el aka de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013, inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir su vida.

—Quizá sea el único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.

En septiembre de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia. Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en Milán.

—Vamos a Carbonari –me apura Tiger–, quizá queden más placazos.

Trata de disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.

***

Cuando Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía, y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.

La poderosa burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia católica canalizó esa necesidad. Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas tres, cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.

Cuatro décadas después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la Iglesia católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero, con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.

—¿Cuándo empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.
—Se escuchaban cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó… quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.

El domingo 13 de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros. Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon, le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.

—La Policía nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.

Los nuestros, dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo. Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.

Los nuestros, dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El Salvador.

Los nuestros, dice Deidamia con el alma doliente.

***

Rara vez baja a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.

—¿En Milán está dividida la 18? –pregunto.
—Sí, pero de hace poco.

En El Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios, fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.

—Acá no había división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.
—¿Pagar a la pandilla?
—Aguantar verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron la pandilla.

A escala minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a lo que representó el Viejo Lyn.

—Vaya, estamos en Carbonari –me dice Tiger.

***

Dentro del enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las más nutridas y especializadas.

En 2005 se conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean, estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.

En Milán, por su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida mayor preocupación.

—La mentalidad del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes más experimentados del grupo.

Lisi y Campari manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero, palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño promedio tiene problemas para definir con precisión.

—La mentalidad es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.
—¿Creen que pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.
—Yo no lo creo –dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la Salvatrucha o la 18.
—Son diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios, por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo nacional, de solidaridad interna… Las pandillas salvadoreñas no; según mi experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.

Los operativos más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa ferroviaria regional.

El jueves 11 de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme.

Lisi y Campari están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.

—Cuando apagas un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de nuevo.

Dentro de dos días, Cholo, el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo. Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.

***

Me dice Tiger que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en Milán.

—Aquí se hacían los meeting.

Le dicen plaza Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro, diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima. Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo. Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de bancas, árboles, senderos adoquinados…

—Es un parque escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil, porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían los meeting.

El meeting, de asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero. Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado popular de San Donato Milanese. Y así.

El crecimiento del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso. Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.

—Deben de haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.

Maciachini, un sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de un kilómetro.

—Vamos mejor a ver qué ondas en el Trotter.

***

Mientras en El Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia vela por los mareros encarcelados.

—Yo llego a las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.

Habla Vanessa Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados, procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado italiano respete sus derechos humanos.

La mayoría de las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked, al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del total.

—Adentro son bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.

Vanessa Hasbún busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades, incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.

—Pero los demás van a seguir; esa es mi sensación.

***

El Trotter todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18… Tiger está inquieto.

—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.

Desde que a mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador, ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la MS-13, y de 18 en la 18.

—Es lo que les falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo es el Wicked.

Wicked es el aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, siempre de la 18.

El domingo 7 de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a) King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas de las pandillas latinas milanesas.

—Nosotros escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se metió en lo de matar al King Boricua.
—Algo desequilibrado, ¿no?
—Noooo. Wicked no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona tranquila, bien portado.

El Wicked simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia, dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el arraigo del fenómeno.

Aún vamos en el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a sonar.

Después de lo del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.

—¿Por qué la dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.
—No, no, no… cada uno lo suyo –responde, casi ofendido–. Lo han insinuado, pero pollos pendejos tampoco somos.
—Entonces, ¿de qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?
—Que se expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí, para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto? Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de locos presos y el vergo fuera.

Con un movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.

***

Cuando el salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el ‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.

La Misión Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador, tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.

“Mi función es ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene la metástasis de las maras en Milán.

***

Desde piazzale Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu, árabe… Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a pasear el milanés clasemediero o de más arriba.

—No hay barrio más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de culeros, prostitutas y transas.

Su teléfono vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza. Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El Manabá.

—Este era nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema.

Ese es el problema, dice.

—Mirá, esta es la entrada del Trotter.

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La metástasis de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de la sociedad salvadoreña son… nulas.

Comparado con el salvadoreño, el italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares brutos. Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier nueva estructura que amenazara sus intereses.

“Acá en Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.

Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia, por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.

Para que las maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la salvadoreña.

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El ‘parco’ Trotter es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El Dorado.

Un señor mayor nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no. En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos que veré en Milán.

Es mediodía ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá. Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para la comunidad salvadoreña.

—¿Vos sos Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San Siro?
—¡No, ni pendejo! Se llena de salvadoreños.

Vida de peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al estadio.

Su teléfono vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.

—Era mi cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.

Tiger calla por unos segundos.

—Una vez conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n’ombre… malísimo… con cara de asco… de odio. A saber, quizá se vinieron de El Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara… Yo hasta mal me sentí.
—¿No le dijiste nada?
—¿Y qué le voy a decir? Si… ‘a la final’… ella tiene razón.

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Deidamia habla con el alma doliente.

—Estuve en junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te digo: oíme bien… y mirame…

Deidamia me clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta ahora firme.

—… Amo mi patria… amo mis raíces… Primera vez en mi vida que fui y me sentí prisionera… ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección… Si ahora me preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible… ¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.

Deidamia teme que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, indetenible, cancerígeno.

—¿Cómo evitar que esto siga creciendo, Deidamia?
—Ya es tarde –dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que nuestra gente ya no emigre para acá.

Es la primera entrega del día y Santos acelera el paso sobre el puente peatonal que atraviesa una de las avenidas más congestionadas de la ciudad. Pero a esta hora de la mañana –las 11, más o menos– las vías están más bien despejadas. Un grupo de estudiantes se agolpa para entrar en la Universidad de Lima. Santos trae consigo una mochila repleta de discos que pesa como un difunto. Un profesor, viejo cliente suyo, le ha pedido una decena de películas para un taller de la Facultad de Comunicaciones. Es mayo de 2014 y, bajo la resolana que le brilla en la pelada, el pirata favorito de los cinéfilos peruanos cumple con hacer una de sus últimas entregas.

—¿Tú eres Santos? –le pregunta de pronto un chico de camisa a cuadros.

Santos advierte de que se trata de un enviado del profesor. Asiente y saca las películas envueltas en una bolsa negra. El joven, que frente a él parece un enano de circo, le recibe el encargo, le da un billete y se despide. Santos ojea dentro de la mochila: quedan sólo dos entregas más.

—Estoy jodido –se lamenta.

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Santos Herrera, quien hasta hace poco más de un año era uno de los piratas más solicitados de Lima, tiene 45 años, los párpados pesados y los ojos mínimos. Una antigua clienta suya lo describe como «un cuchi-cuchi, pero grande». En el habla más doméstica del cariño, cuchi-cuchi se usa para referirse a alguien que desborda ternura. Pero este retrato es una segunda impresión, porque a primera vista, su talla, su barba cenicienta y su contextura intimidan. Con el tiempo, sin embargo, Santos va tomando para uno la forma de un gigante bueno que, por lo general, habla pausado hasta que la pasión le atropella. A menudo da la impresión de que su memoria va por mucho kilometraje adelante de su voz. Cuando menciona el título de una película se ahoga diciendo dos o tres más casi sin proponérselo.

—Mi mente siempre vuela a mil. Siempre vuela a mil –dice Santos camino a una entrega en Miraflores, el distrito más turístico de Lima.

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En los años ochenta, Santos vivió su adolescencia en El Porvenir, en La Victoria, una zona popular pegadita al centro de la ciudad. En ese entonces al cine se iba con mucha regularidad y el barrio de Santos rebosaba de salas de proyección. En la segunda mitad de la década, cuando el terrorismo se trasladó de la sierra a la capital y Perú cayó en la peor crisis social y económica de su historia, los limeños se encerraron en sus casas y el negocio de los cines entró en una penuria que duró más de 10 años. De los casi 120 cines que habían en Lima, para 1991 quedaban 100 y en 1994, sólo 60. El resto de las salas del mundo también padecía la crisis por la aparición de nuevas tecnologías como el VHS, el primer gran soporte de la piratería.

En ese entorno, Santos empezó su educación cinematográfica. El cuenta que desde entonces procura ver entre una y dos cintas diarias. No vale la pena hacer el intento de calcular cuántas películas ha visto en su vida, porque una cifra inverosímil no aporta nada. Basta con decir que ha visto muchas, muchas películas. Pero lo que más sorprendía a sus clientes era la capacidad de recordarlas como si se le proyectaran al interior de la frente.

Y este último rasgo es precisamente el que lo define. La referencia mínima que puedas tener sobre una película le basta para encontrarla. Con tener un recuerdo nítido de la escena de una cinta puede alcanzar, así no pronuncies bien el nombre del director, o no recuerdes si la película es belga o francesa, o si es de los noventas u ochentas. «Yo con solo leer el título sé si anda por la Red o si está en Polvos», cuenta Santos.

Lo que él llama su “disque éxito” se debe también a las selecciones especializadas que realizó; recopilaciones de películas sobre arte, arquitectura, danza, fotografía.

Hasta mayo de 2014, entregando cintas de contrabando a domicilio, Santos ganaba al mes alrededor de 2.500 soles (poco menos de 800 dólares). Por su catálogo y su capacidad para recomendar, entre sus clientes resaltaban varios rostros conocidos de la escena cultural de Lima. Era el repartidor más solicitado por cineastas, críticos, artistas, escritores y periodistas. “Ahora no llego ni a los 300 soles mensuales. Y eso es jodido”, cuenta.

Pese a que la discreción parezca una regla natural en el oficio de la piratería, Santos dentro de todo siempre fue muy notorio. En “La República”, uno de los periódicos más importantes del país, el periodista Renato Cisneros se refiere a él en una columna: “Es la persona que me suministra películas que, ni por casualidad, aterrizarán en las marquesinas locales […]. En su trabajo hay informalidad, sí, pero su espíritu benefactor lo resarce”. Como este, otros tantos testimonios de clientes de Santos se han colado en la prensa escrita, radial y televisiva. Incluso, en una micro-comedia web bastante popular en el Perú, llamada “Los Cinéfilos”, Santos tiene una escena en la que se interpreta a sí mismo. Al final del capítulo, uno de los protagonistas se gira hacia a él y le dice: “Nunca te mueras, huevón”.

Santos era, en realidad, ya tan público que nadie pudo prever que, en marzo de 2014, un cortometraje de “MotherBoard”, la vertical tecnológica de la revista “Vice”, tuviera el efecto que tuvo en Lima. Sobre todo porque iba dirigido a un público norteamericano. Los noticieros locales, que reeditaron a su gusto fragmentos del documental, lo convirtieron en denuncia: “Un medio estadounidense desvela la piratería en el Perú”. El enfoque parecía una broma, porque la piratería cinematográfica corre desnuda desde siempre por todas las calles del país: más del 95% del cine que ven los peruanos en DVD procede del mercado ilegal. “Hay policías que van a comprar en uniforme. ¿Desde cuándo es novedad la piratería?”, reclama Santos.

El documental de “Vice”, titulado Peru’s DVD pirates have exquisite taste (Los piratas peruanos de DVD’s tiene un gusto exquisito), se centró en Santos y en los vendedores de un lugar mítico de la piratería cinéfila: el Pasaje 18, un corredor dentro Polvos Azules, la galería comercial más popular de Lima, en donde existe un oasis de cine clásico e independiente desde hace más de 11 años.

Santos, por su papel protagónico, fue quien pagó por los platos rotos. En Polvos Azules le mostraron los dientes y una advertencia clara le llegó a través de un amigo: “Gordo, no te aparezcas en buen tiempo por acá. Te lo aconsejo por tu salud”.

Una semana después, en el Pasaje 18 se respiraba tensión. Un par de estudiantes, con una cámara de video, intentaban hacer un reportaje para una asignación universitaria. Los dueños de las tiendas –por lo general amables y voluntariosos– se negaban por todos los medios a responderle a los muchachos. A un lado, dos comerciantes conversaban sobre Santos: “A él lo jodió su vanidad. Quién le manda a aparecer en un documental.”

Mariano Carranza, el responsable del corto-documental, quien tiene en “Vice” un cargo híbrido entre productor y director, es un peruano que antes de residir en Nueva York fue por mucho tiempo cliente de Santos. Tras el impacto inesperado del cortometraje, Santos no le quiso volver a hablar. “Creo que se desahogó conmigo porque yo era el realizador del documental”, dice Mariano. “Los medios en Perú son una porquería. Yo creo que se entendió lo que quise contar. Si los canales de TV en su afán de buscar noticia lo tergiversan, ya escapa de mis manos. Es más, en algunos rebotes pixelaban el logo de ‘MotherBoard’. Eso ya sobrepasa cualquier límite, no sólo legal y ético, sino de mínima cortesía.”

Aunque poco después del escándalo sus compañeros del Pasaje 18 le incentivaban a volver, Santos temía por las represalias de los mayoristas de Polvos Azules, quienes aseguraban que los había expuesto al peligro de una intervención policial. Como pronto le fue imposible seguir trabajando sin acceder a los catálogos de la galería, su negocio cayó en picada. Además, un amigo de Santos que trabaja en la Fiscalía le advirtió que la policía podría irrumpir en su casa. “No sé cuándo, pero estoy seguro de que te van a intervenir”, le dijo. Una vez avisado, Santos se deshizo de casi toda su colección personal. Una madrugada tomó los más de 4.000 DVD’s que tenía y los repartió entre tres de sus mejores clientes. “Los tombos piensan: ‘A este cojudo lo tenemos que intervenir’. Pero se van a llevar un gran sorpresa porque yo ya no tengo nada”, explica él.

Es muy sabido que en Lima las intervenciones a los locales piratas se hacen entre agosto y diciembre. Tras un largo rumor de que se avecinaba una, la policía arremetió el 13 de septiembre de 2014 contra más de cien tiendas de DVD’s en Polvos Azules. No parecía haber relación con el documental porque al Pasaje 18 ni lo miraron. Sin embargo, todos los contrabandistas coinciden en que “Vice” cometió un error. En el sótano de Polvos –justo el lugar de la intervención –, donde se trabaja la piratería a gran escala, los mayoristas graban DVD’s de a decenas en las llamadas torres de copia, unas máquinas hasta la altura de las rodillas muy parecidas a un CPU. “Vice” las mostró y no debió, piensan ellos.

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Para un país con una de las conexiones a Internet más lentas del mundo y casi huérfano de filmotecas, lo que trae consigo la piratería no se condena, se elogia. Un gran número de directores peruanos van por sí mismos a entregar su película a los piratas, porque la mayoría de ellos le adeudan al Pasaje 18 su educación audiovisual. El documentalista Javier Corcuera lo explica mejor que nadie en la dedicatoria de su cinta La espalda del mundo. Esta dice: “A Polvos Azules, por democratizar la cultura”.

Corcuera es uno de los cineastas que entregan sus películas directamente a los piratas del Pasaje 18, pero con la condición de que no se altere el producto y que las copias sean de buena calidad. Además, propone que se obligue a pagar un canon a quienes él llama los verdaderos piratas, aquellos que otorgan el soporte para la piratería: las grandes importadoras de discos en blanco y la Telefónica, por ejemplo, que gana millones en el Perú por dar un servicio de Internet que es usado para descargar películas ilegalmente. El camino para que los artistas vivan de sus obras, piensa él, no es criminalizar a los pequeños comerciantes ni a los compradores de contrabando sino hacer responsables a los que realmente lucran con ese negocio.

Andrés Wood, el director chileno de Machuca, cuando estuvo en el Perú en 2009 por el Festival de Cine, se refirió en privado a Polvos Azules como la “mayor filmoteca de América Latina”. Él, como tantos otros directores extranjeros que llegan a Lima, acude al Pasaje 18 para conseguir todo el cine que probablemente no encuentre en ninguna otra parte, y paga por película algo parecido a lo que cuesta un litro de Coca Cola. Si uno revisa los catálogos cinematográficos del Pasaje, se encontrará con varios autógrafos de cineastas. Florencio, uno de los primeros comerciantes de cine independiente en este lugar, presume a menudo de la firma del director tailandés Apichatpong Weerasethakul.

Santos es uno de los hijos más célebres del Pasaje 18. Hace 10 años, luego de trabajar en el MHOL (una asociación civil peruana que vela por los derechos de los homosexuales), se inició como vendedor de piratería en un stand de Polvos Azules llamado Mondo Trasho. Este local fue una de los primeros en tener un cartel y Santos propuso llamar la atención con un eslogan que se convertiría en una muletilla constante entre los vendedores del Pasaje: “sólo-para-conocedores”.

Si uno va de sur a norte por el Paseo de la República, una de las vías más importantes de la ciudad, justo antes de experimentar la sensación de estar en el centro de Lima, a su mano derecha se encuentra con Polvos Azules. Hay muchos rumores sobre esta galería, pero una única verdad: en Polvos Azules se encuentra todo: ropa y calzado, videojuegos, relojes, celulares, discografía musical, computadoras, juguetes, muebles y un largo etcétera. Sin embargo, es particularmente conocido en los últimos años por el comercio de DVD’s. El periodista Jaime Bedoya escribe lo siguiente: “He comprado productos piratas en Nueva York, Madrid, París, Seúl, Buenos Aires y Río. Doy fe en que ninguno de esos lugares he encontrado el standard de calidad ilegal del DVD pirata peruano”. Bedoya hace también una salvedad: “La piratería seguramente es mala, pero el desempleo debe ser peor”.

***

Desde que Santos perdió su trabajo ha vuelto a ir a Polvos Azules solo tres veces en casi un año y medio. “Pero como un rayo”, dice él. “Una visita de médico”.

Santos menea la cabeza de lado a lado buscando un tenedor. Es la hora de almuerzo y está frente a un plato de arroz chaufa, en un restaurante a unas cuadras de su casa. En este tiempo ha trabajado de todo: de encuestador, mensajero, de operador logístico en una constructora… “Te contaré que hasta he dado masajes”, confiesa. Ha participado también de series web, videoclips, en una telenovela y de extra en una película. “Si tienes buena vista, me ves”, dice.

Ahora mismo, Santos evalúa si postular a algún trabajo como vigilante, aunque antes estuvo cerca de ser un superhéroe. Sus clientes le pedían imposibles: “Habían personas que me pedían películas que se estaban proyectando en el Festival de Cannes. ¿Cómo vas a tener una película que no se ha estrenado en ninguna parte del mundo? La gente te pide cada cosa…”, y sonríe antes de llevarse el tenedor a la boca.

Cruzando la avenida Los Quechuas, en una callecita de Salamanca, una zona de clase media al este de Lima, Santos vive con sus hermanos. “Juntos, pero no revueltos”, aclara. En el cuarto piso de un edificio color melón, Santos tiene una habitación de madera que construyó hace unos años. Sus hermanos, sus parejas e hijos viven repartidos en el resto de departamentos.

En este último año, Santos ha sido varias personas en una: para la justicia, un pirata; para la sociedad, un desempleado; para sí mismo y sus feligreses, un difusor cultural. La mesera le ha retirado el plato, y él ha cruzado los brazos sobre la mesa.

—Pero yo quiero decir algo… –se pone serio–. Si tú tienes una película propia, y eres un completo desconocido, y tu película la piratean en Polvos, siéntete halagado. ¿Me entiendes?

Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.