El asesinato de un policía

Publicado: 31 octubre 2016 en Santiago Rey
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En octubre de 2015, el oficial ayudante Lucas Muñoz llegó a Bariloche con destino en la comisaría 42, del barrio 2 de Abril, en el Alto empobrecido de la ciudad. Tenía 29 años, estudiaba licenciatura en Seguridad Ciudadana en una universidad pública y hacía adicionales “para comprarse un autito”. Era muy familiero. Le gustaba tomar cerveza con sus amigos, jugar al fútbol, salir. El último verano conoció a su novia Daniela Rodio en el balneario patagónico de Las Grutas. Ella no vivía en Bariloche, pero lo visitaba seguido. Se había transformado en su confidente. A ella le contaba del temor que sentía por lo que veía: drogas y violencia, con la Policía involucrada. Con ella pasó la última noche y con ella estuvo minutos antes de que lo subieran al Corsa gris con el que lo secuestraron. Según declaró Daniela a la justicia, la noche anterior Lucas le pidió llorando que se fuera de Bariloche. Estaba asustado. Después de esa súplica permaneció 27 días desaparecido. El 10 de agosto su cuerpo fue encontrado en un descampado. Tenía un tiro en la nuca y otro en una pantorrila. Estaba con el uniforme puesto, con sus pertenencias, afeitado. Llevaba muerto pocas horas.

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—Al final se pasó el día amasando.
—Mejor, así me entretengo y no pienso.

A las 5.30 todavía es de noche en Ramos Mexía, pero en la casa de los Muñoz ya están todos levantados. Preparan el viaje de parte de la familia a Viedma para otra marcha en reclamo de justicia. Además, me esperan. A esa hora llega el colectivo que partió desde Bariloche la noche previa.

“Listo, nosotros ya le tenemos lugar aka en nuestra casa nomás, no hay problema. Soy Alicia. Le dejo avisado al chico d la terminal, q lo lleve hasta mi casa”. Por mensajes de texto, quedó todo acordado. Pero no hizo falta que el chico de la terminal me lleve. Apenas bajo del micro dos policías se acercan para preguntarme quién era. Cuando el colectivo entra en Ramos Mexía a esa hora, los policías de turno van hacia la vieja casa que sirve como estación de ómnibus con “venta de pasajes, bar, café y mate”, como dice la vidriera. Controlan quién sube y, sobre todo, quién baja en el pueblo.

—Voy a lo de los Muñoz.
—Lo acompañamos —dicen.

Lucas es el tema excluyente de la charla durante la caminata de cuatro cuadras. “Claro que lo conocía”, “se crió con mi hermano”, “era buen chico”, explican.

En el interior de la casa de los Muñoz no hay nada inesperado. Un par de banderines de River; muchos muñequitos; cartas; fotos y, desde el 10 de agosto, carteles y pancartas con la imagen de Lucas y frases pidiendo justicia. En el resto de las repisas hay centenares de mates.

Alicia prepara dos. Uno para Pocho, el papá de Lucas y el otro para su hija Noelia. Los dos son los que salen para Viedma. Ciro, el perro, reclama caricias. Alicia habla para adentro las últimas palabras de cada frase. Las respira. “Se nos vino todo abajo”, dice, y abajo es abajo y es para adentro. Tres horas habla Alicia. Llora por momentos. La primera vez que lagrimea pido que ponga la pava sólo por distraerla.

—Todo abajo se nos vino —repite.

A lo largo de ese día, Alicia hablará más de cinco horas. Y amasará pan y como nueve pizzas.

—Al final, se pasó el día amasando.
—Mejor.

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Al poco tiempo del comienzo de la investigación por la búsqueda de Lucas, se abrió un segundo expediente por entorpecimiento de las pesquisas. En él se encuentran involucrados más de una decena de policías. A cuatro los procesaron por desviar pistas, alterar el libro de actas de la Comisaría 42, allanar ilegalmente el hogar de Lucas, por abuso de autoridad y por comprar un celular con el número de Lucas a más de 550 kilómetros de Bariloche.

La investigación posterior demostró que se perdió un tiempo vital cuando Lucas desapareció. Los policías investigados estuvieron al frente de la búsqueda durante los primeros días. Por ese motivo debieron intervenir fuerzas federales. La Gendarmería y la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) quedaron a cargo de las diligencias ordenadas por la Justicia.

La inmovilización en la búsqueda incluyó involuntariamente a la familia de Lucas, a quienes la Policía de Bariloche le ofrecieron abogados. Cuando se dieron cuenta que era una trampa para no avanzar hacia la verdad, nombraron a Alejandro Pschunder y Karina Chueri como sus representantes legales. Con ellos llegó el impulso a la búsqueda y a la investigación.

El caso lo llevan el fiscal Guillermo Lista y el Juez de Instrucción Penal Bernardo Campana. En el expediente hay semiprueba de que el comisario Jorge Elizondo minimizó la desaparición de Lucas, que nunca activó las alertas de búsqueda y que, además, firmó el acta de la Comisaría 42 que mostraba -a pesar de que había sido adulterada, quince hojas fueron arrancadas y otras siete agregadas- que los oficiales Luis Irusta y Maximiliano Morales allanaron ilegalmente la casa de Lucas, revisaron sus papeles y fotografiaron con el celular la pantalla de su computadora. Se probó después que esa imagen fue recibida por el comisario David Paz, a cargo del área de Tránsito de la Policía en Bariloche, quien a su vez la envió al ex Segundo Jefe de la Regional III, comisario Manuel Poblete. Además de la casa de Lucas se habrían llevado anotaciones personales. También está acreditado que el sargento Néstor Meyreles, por orden del oficial Federico Valenzuela -según señaló el primero de ellos- compró un chip de celular con el número de Muñoz en la localidad de Catriel, a unos 560 kilómetros de Bariloche. Para hacer parecer que Lucas se había ido por su cuenta.

Todos los policías fueron desafectados de sus cargos. Una vez que esto sucedió, la Gendarmería y la PSA encabezaron allanamientos en un predio de la Policía Montada de Río Negro y en un complejo de cabañas del barrio Malvinas, sitios señalados por mensajes anónimos como posibles lugares donde Lucas estuvo secuestro. Las pruebas tomadas en ambos lugares están siendo analizados en Buenos Aires, a más de 1.500 kilómetros de distancia. A dos meses de la aparición del cuerpo, los resultados aún no son concluyentes.

“Demasiado tiempo sin saber nada”, dice la familia.

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El tiempo pasa lento en Ramos Mexía. Después de las primeras tres horas de charla, Alicia muestra que tenía preparada una cama por si decidía pasar la noche allí. En la mesa de luz hay un cuadro con una foto de Lucas y su hermana menor, Rocío, mirando a cámara. Una selfie. A sus pies, la Biblia abierta en el Salmo 91.

— ¿Cree en Dios, Alicia?
—Sí, sí, somos católicos, todos somos católicos.
—¿Son de ir a la Iglesia?
—Yo cuando puedo, siempre que hay misa trato de ir. Mi marido no va, pero es católico. Sí, creemos en Dios. Siempre sabemos ir a Cayetano, todos los años. Ya llevamos 11 años yendo. Y este año…

El Salmo 91 a los pies de la selfie de Lucas y su novia es la oración del creyente que repite su certeza: Dios protege al que confía en él. Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio.

—¿Este año no fueron a San Cayetano?
—No, ya no fuimos. Porque andábamos con las marchas.
—¿Hubieran ido?
—Sí, seguro que sí.

(Salmo 91. Dios protege al que confía en él)

—¿No se quiebra la fe cuando pasa algo así?
—A mí en un momento, sí. Sí. Yo siempre digo, soy católica, creo en Dios, pero pensaba, por qué, por qué me está pasando ésto…
—¿Y encontró respuesta?

Alicia piensa. Piensa y lagrimea. No demora su respuesta. “No. No, hasta ahora no encuentro respuesta…”

(Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio…)

—Nosotros no somos malos, mi hijo no era una persona mala, todo el mundo nos quiere. Y nos tocó ésto y es muy feo…
(Él te librará…)

“Pienso, si siempre estoy pidiendo a Dios que estemos todos bien, yo pido mucho por mis hijos, mis hijos que están afuera”, dice Alicia.

“¿Por qué le pasó ésto? No sé si será el destino, pero de esta manera, así…Yo siempre decía, decía, porque ahora ya no digo, decía que la policía siempre está en peligro, porque con los delincuentes, los chorros… yo siempre le decía al hijo, cuidáte, a la noche, todos esos malandras… pero no, a mi hijo lo mató la Policía, eso es, eso es lo que… ellos mataron a mi hijo, que su misma gente lo mate, no puede ser….No puede ser”, dice.

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Alicia habla de Lucas en presente, como si estuviera allí. “¡Lucas Muñoz! ¡Presente!”, gritan en la plaza del Centro Cívico de Bariloche, las centenares de personas que marchan para exigir el esclarecimiento de su secuestro y asesinato. Pasaron pocas horas después de la aparición del cuerpo, y, como nunca hasta ahora, la marcha fue multitudinaria. Multitudinaria, embroncada, angustiada y buscando certezas en el señalamiento de los responsables. La propia Policía y el gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, encabezan el listado de los señalados. La Justicia, un paso atrás. “¡Asesinos, asesinos!”, gritan centenares de familiares, amigos de Lucas y vecinos en la puerta de la Regional III de Policía cada vez que se reúnen ahí. La misma Regional III que ardió por la furia ciudadana seis años atrás -el 17 de junio de 2010-, luego de que efectivos de la fuerza mataran a tres jóvenes: Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco.

Sólo el primero de esos asesinatos fue esclarecido por la Justicia. Los otros dos aún son motivo de investigación, y aguardan ser elevados a juicio. El abogado defensor de los policías imputados y procesados por las muertes de Cárdenas y Carrasco, hace pocos meses fue nombrado Jefe de la Policía de Río Negro por el gobernador Weretilneck. Se trata de Mario Altuna, cuya gestión refuerza la idea de autogobierno que la Policía se reserva.

“¿Dónde está el Gobernador?”, gritaban en la Plaza pocas horas después de que fuera encontrado el cuerpo de Lucas. Ese 10 de agosto, a la mañana, Weretilneck inauguró en Bariloche un encuentro nacional de Tesorerías Generales. Hacía 27 días que Lucas había desaparecido. Cuando le soplaron al oído que apareció un cuerpo, un cuerpo uniformado, en un descampado, con un tiro en la nuca, decidió irse.

Antes, por un instante, recibió a los padres de Lucas Muñoz y les dijo: “No puedo hacer nada”, según contaron después. Y se fue. Tampoco estuvo unos días después cuando un cortejo doliente recorrió por la Ruta 23 los 443 kilómetros que separan Bariloche de Ramos Mexía. La lenta caravana paraba en cada pueblo y paraje de la Región Sur, la zona más pobre de Río Negro, para recibir el aliento y condolencias de los vecinos.

“Ni siquiera apareció el día del velorio”, dice Alicia. Ni Weretilneck, ni el Jefe de la Policía, ni el Ministro de Seguridad estuvieron.

En Ramos Mexía, diez casas de un plan provincial esperan ser entregadas. Están listas, pintadas de amarillo, y con los beneficiarios ya designados. Pero el Gobernador prefiere no ir. “Tiene miedo. De qué me pregunto yo. Lo único que haría es ir al acto con una foto de mi hijo y pedir Justicia”, explica Alicia.

 

Recién el 13 de septiembre, Weretilneck recibió a los familiares. Y les pidió perdón por sus ausencias. Una semana después de la aparición del cuerpo, el mandatario desplazó a siete policías -algunos de ellos jefes, responsables de la Unidad Regional y de la Comisaría donde Lucas cumplía funciones-. Además intervino la Regional III, y para atisbar una explicación al secuestro y asesinato habló de “internas policiales”, de “mafias”, de “pactos de silencio”.

El legislador barilochense del opositor Frente para la Victoria (FpV), Alejandro Ramos Mejía, le recordó que “tuvo que ocurrir esto para que se diera cuenta de que parte de la Policía de Bariloche está metida en hechos delictivos; y que las denuncias por vejaciones y malos tratos en las comisarías se acumulan por centenas”.

Más directo, el hermano de Lucas, Javier Muñoz, dijo que “Weretilneck es el Jefe político de la Policía. No se puede hacer el distraído. No puede mirar de afuera”.

Varios de los policías desplazados tienen denuncias, causas, y hasta existen semipruebas judiciales de su participación en anteriores hechos violentos como los asesinatos de junio de 2010, y la desaparición en el Valle Medio del trabajador salteño Daniel Solano.

Pero a pesar de esos antecedentes, seguían en funciones. Un ejemplo es el subcomisario Rodolfo Aballay, ahora apartado de la policía. Fue él quien buscó en la empresa de seguridad privada Prosegur los postigones de plomo utilizados en la represión policial de hace seis años, que terminó con los homicidios de Cárdenas y Carrasco. Ese aporte de balas intentó diluir la responsabilidad policial en el hecho, ya que de esa manera se dificultaba acreditar el uso de las postas de plomo que portaba cada uniformado. La maniobra está acreditada en el expediente judicial. Aballay continuaba activo y vivía, hasta hace pocas semanas, en el complejo de cabañas del barrio Malvinas, donde los perros adiestrados llegaron siguiendo el rastro de Lucas.

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A Ciro le gusta el auto. Una vez fue hasta El Bolsón. Durante los 600 kilómetros, el perro de raza indefinida, cuzco chiquito y simpático fue sin molestar, mirando por la ventanilla, hasta llegar al camping a la orilla de un río de la Cordillera, donde “no paró de correr”.

Benjamín o Pocho, el papá de Lucas, prepara los últimos detalles del viaje a Viedma. Esta vez, Ciro no irá. De las dos hijas que viven en Ramos Mexía, sólo Noelia con su panza de seis meses a cuestas se embarca ese jueves hacia la capital rionegrina para preparar la marcha en reclamo de Justicia. Además aprovechará el viaje para hacerse una ecografía, porque en Ramos Mexía no hay la aparatología necesaria.

Ya son seis los nietos de Alicia. Tres de Lucas, dos de Paola, uno de Javier. Ninguno vive en Ramos Mexía. Después, desde Viedma, Noelia la llamará para contarle que tendrá otra nieta. Si era varón se iba a llamar Lucas Nicolás.

Alicia tiene una “venta por día” desde hace “como diez años”. Recibe de Viedma, la capital rionegrina, mercadería, electrodomésticos, cosméticos y los vende de casa en casa. Pero desde la desaparición de Lucas no sale. “De a poco iré retomando el trabajo”, promete. Alicia también “costurea para afuera”. Le piden arreglos de ropa, de guardapolvos. “Eso le gusta”, dice.

Además cuida a Valentina, una nena de dos años, hija de una amiga que trabaja. Sentada en los sillones del living, unas semanas atrás, Valentina vio a Alicia en la tele. La vio llorando durante una de las tantas marchas por Lucas. “Alicia llora porque Ciro se portó mal”, dijo la nena.

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Alicia llora y es abrazable. ¿Toda madre que perdió a su hijo es abrazable?

—¿Y si se comprueba que Lucas andaba en algo raro?

Alicia lo niega: imposible, dice. Sin embargo es una posibilidad, aunque dos meses después de la aparición del cuerpo no hay un dato certero que sostenga esa teoría. A pesar de ello, el gobernador Weretilneck aprovechó cada off the record en Bariloche para insistir ante los periodistas en que Lucas “no era un santo”. Él y su ministro de Seguridad fueron los principales instigadores de la instalación de la hipótesis “Lucas delincuente”, que llegó a la tapa del diario local El Cordillerano y a varias páginas de Clarín.

El diario nacional publicó, en sucesivas notas, la teoría de que la víctima se habría quedado con unos 50 kilos de cocaína durante un operativo. Una semana después, sin que medie ninguna explicación salvo el cambio de información de las “fuentes”, Lucas pasó de narco en potencia a “fumar algún fasito” cada tanto y ser deudor de un dealer de pequeña escala. El mismo medio habló de movimientos extraordinarios en las cuentas bancarias del joven policía. Su hermano lo desmintió con datos certeros.

Las versiones cambiaron, pasaron y dejaron capas geológicas de sospechas. “Weretilneck quiere distraer la atención y su propia responsabilidad: el hecho de que en Bariloche funciona una banda capaz de tener 27 días secuestrado a un policía”, resume Javier.

—¿Y si se comprueba que Lucas…?

La pregunta cuesta, entre mate y pan casero, en Ramos Mexía. “Imposible”, dice Alicia y busca fotos en una caja. “No me dejaron ver el cuerpo. Para cuidarme, no me lo dejaron ver”, explica. “Me dijeron, mejor quedate con la imagen linda que tenés en las fotos”. Y allí busca. Fotos de Lucas con su hermano; con sus tres hermanas; con todos ellos; con ella, una Alicia más piba, ya madre; con Pocho, el padre ahora jubilado que fue 31 años ferroviario, encargado de la cuadrilla que arregla las vías del tren que cruza la estepa rionegrina y une la cordillera con el mar.

Busca fotos mientras la fotografío. Intuitivamente, entiende el juego que jugamos silenciosos. Bautismo; graduación; Lucas con una, dos, tres parejas; los tres hijos; una con Tomás, el amigo que compartía la pensión en Bariloche. “Si lo hubiese visto…sea como sea lo quería ver, ahora me quedé con el recuerdo de estas fotos, pero si lo hubiese visto, yo lo quería ver”. Alicia llora otra vez,  no hay fotos para ese llanto.

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El 12 de agosto fue el cumpleaños 90 de la abuela paterna de Lucas. El 14 de julio, a las 22 horas, y por Facebook, la familia se enteró de la desaparición del joven de 29 años. Lucas no había llegado a su lugar de trabajo -la Comisaría 42 de Bariloche- a las 14, como estaba previsto. Pero recién ocho horas después, en Ramos Mexía, la familia entendió que algo malo pasaba. “Nadie nos dijo nada, ni sus mismos compañeros”.

Veintisiete días más tarde, a las tres de la tarde en Bariloche, un llamado advirtió a Javier sobre la aparición de un cuerpo. A su lado, Alicia lo miro intentando adivinar la noticia.

—Me di cuenta en seguida que algo pasaba.

Javier intentó disimular y salió hacia el descampado a la vera de la Ruta de Circunvalación, a unos 2 kilómetros del centro de Bariloche, para intentar reconocer el cuerpo. Pero no pudo verlo hasta la mañana siguiente. Fueron unas 16 horas con la certeza de que se trataba de Lucas, con dichos y confirmaciones de policías y abogados, pero sin poder ver el rostro de su hermano.

La zona donde plantaron el cuerpo, fue pisada y modificada primero y perimetrada después. La Policía rionegrina fue apartada del lugar por exigencia de los abogados de la familia. Llegaron los peritos y técnicos de las fuerzas federales. Esa maniobra llevó varias horas. Una fuerte tormenta de viento, lluvia e intenso frío, se desplomó sobre Bariloche. El cuerpo a la intemperie pasó la noche en el descampado a la espera de los peritos.

“Estaba ahí, pobrecito, bajo la lluvia”, se remuerde Alicia. Mientras el cuerpo de Lucas estaba bajo la lluvia a la espera de los peritos, cientos de barilochenses marchaban por las calles, gritaban “asesinos” frente a la Regional III de Policía.

Alicia no durmió esa noche. La lluvia siguió a la mañana siguiente cuando, finalmente, Javier pudo ver el cuerpo.

El cumpleaños 90 de la abuela iba a ser el acontecimiento familiar del año en Ramos Mexía. La fiesta se suspendió, a la abuela todavía no le cuentan porqué.

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Alicia busca mensajes en el grupo familiar de WhatsApp. “Amo a mis hijos!!!” es el estado de su cuenta, “Un hermano nunca olvida!!!”, el de Javier.

—Cuando jugaba River Lucas se mensajeaba con su papá-, dice Alicia. La comida casera, el otro motivo de los mensajes: “Esos guisos, me decía, esos guisos”, y Alicia le mandaba fotos de sus preparaciones.

A la quinta pava de mate, a media mañana, Alicia enfoca su dolor. “Somos pobres”, dice, y se explica a sí misma que lo que sufrió es consecuencia de esa condición. “No encuentro respuesta, no somos malos. Es muy feo. Es la misma gente, la misma policía, que también es pobre”.

Una de las tres radios que funcionan en Ramos Mexía repite, entre cumbia y cumbia, que al mediodía se pueden comprar las pizzas que preparó Romina, la más chica de los Muñoz. Ese dinero servirá para sostener el reclamo por el esclarecimiento del asesinato. Romina suma otra de sus especialidades para la venta: un lemon pie. Además, organiza rifas. Una canasta completa, el primer premio. Lo dice la radio, entre cumbia y cumbia.

“Siempre hemos salido solos adelante. Nos cuesta estar pidiendo. Nos ofrecen, pero nos da cosa. La gente del pueblo ayuda mucho. Así tendría que ser siempre. Unidos”, se emociona Alicia, y agrega unos troncos a la salamandra.

Más de la mitad de Ramos Mexía, pueblo de la fría estepa patagónica, no tiene gas natural, y “la leña es muy cara. Antes íbamos al campo y la sacábamos, ahora hay que comprarla”, describe Alicia.

El almanaque de una panadería le recuerda dos fechas: el cumpleaños de Lucas, el próximo 25 de enero; y el Día de la Madre. “Esas fechas se ponen bravas”, sufre por anticipado.

—Cuando lo estaban buscando, usted decía: “Yo sé que Lucas está vivo”, y se comprobó que era así, estaba vivo.
—Yo decía, que se pongan una mano en el corazón, porque también deben tener madre, y que lo dejen, y seguro me estaban viendo por la tele esos sinvergüenzas. Yo sentía que mi hijo estaba vivo. Yo estaba firme, firme, yo decía no me tengo que caer porque mi hijito va a aparecer, va a aparecer, pero nunca pensé que aparecería de esta manera. Yo tenía la esperanza de que mi hijo iba a aparecer vivo… estaba vivo cuando yo decía eso, pobrecito.

Alicia se recuerda alegre. “Charlaba con uno y otro. El cambio es tremendo, nos dio vuelta todo. Uno es grande y piensa que se va antes”, y se piensa para adelante, “ahora hay que tratar de volver a hacer lo mismo de antes, pero cuesta mucho. Yo vivía con la radio, música, pero ya no quiero. No tengo ganas de nada”.

Le amputaron la familia, en la Policía ya no cree, y de Dios duda.

—A lo mejor el tiempo…

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Hace 54 años, Alicia nació en Pilcaniyeu, un pueblo a 50 kilómetros de Bariloche. Conoció Bariloche muchos años después, durante una visita con 23 familiares y amigos. Fueron desde Ramos Mexía en el mismo tren en el que trabajaba Pocho. Para la ocasión, preparó milanesas de guanaco, “una carne muy sana”. Milanesas para 23, que fueron comiendo a lo largo de los 443 kilómetros de vías por la estepa hasta llegar a la precordillera. 
A Bariloche, que detrás de la postal, oculta a más del 30 por ciento de su población bajo la línea de pobreza; un 12 por ciento en la indigencia; un 35 por ciento de sus habitantes sin gas natural; y un 10 por ciento que vive en “ranchos” o “casillas”, según el último censo de 2010.
 La postal es grande como sus maravillosos paisajes, y tapa, también, los tres femicidios cometidos durante 2016; el inicio, en esta ciudad, de los saqueos de diciembre de 2012; y que quiere cubrir, además, el secuestro y asesinato de un policía. El de Lucas.

Alicia volvió a Bariloche unos días después del 14 de julio de este año, día de la desaparición de su hijo. Inició el camino de regreso a Ramos Mexía con él “en un cajón”. Esta vez a bordo de uno de los tantos vehículos que participaron de la caravana que acompañó el cuerpo del policía. Pilcaniyeu, Comallo, Clemente Onelli, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Aguada de Guerra, Los Menucos, Sierra Colorada, y finalmente Ramos Mexía. En cada uno de los pueblos, vecinos, policías de bajo rango, algún intendente, ningún funcionario provincial, salieron a despedir al oficial al que no conocían y a acompañar a la familia. “Teníamos que parar en todos los pueblitos, fue un acompañamiento impresionante”, cuenta Alicia.

Esos pueblitos, más los que le siguen hacia el este, conforman la Región Sur, o Línea Sur, el área que corre paralela al límite con la provincia de Chubut, y que conforma el sector más postergado económica y socialmente de Río Negro. Ramos Mexía es uno de los ejemplos.

El pueblo tiene un día, a principio de mes, que es el más agitado. Sucede cuando viene el Correo a pagar las jubilaciones y las asignaciones por hijo. Endomingados paisanos; municipio lleno; colas de treinta o cuarenta personas; una feria itinerante que se instala en la plaza principal, frente a la comuna, y vende ropa, dvds, zapatillas; almacenes que hacen su más importante recaudación vendiendo pan casero, fiambre y Manaos para atenuar la espera.

Las entre 1.500 y 2.000 personas que viven en Ramos se enorgullecen del “bajo”, un pequeño valle que, al otro lado de la Ruta 23, da algo de verde y una pequeña vertiente. Lo demás, es un polvo fino, una tierra entre gris rojiza que todo lo tapa.

—¿Fuiste al bajo?, ¿lo viste?, hay un mirador ahí —repiten todos ante el forastero.

Ramos Mexía tiene un importante porcentaje de calles asfaltadas en relación a su tamaño. Gran parte de las siete por cinco manzanas que conforman la ciudad están cercadas con pavimento aunque muchas sin cordón cuneta. Es un pueblo que vive de los puestos del Estado, del tren, de la economía informal, y de las chivas y ovejas que se crían en la zona rural.

Pocos árboles, casi ninguno, salvo en las dos plazas del pueblo. El resto, tierra y casas bajas, de ladrillo gris a la vista. Todos los almacenes, kioscos, Registro Civil, panaderías, tienen en sus vidrieras un cartel con la foto de Lucas. “Tu pueblo pide Justicia”, dicen algunos, “No olvidamos”, otros.

A la noche, Ramos Mexía es olor a humo de las cocinas y salamandras, y el ruido del loraje insistente.

“¿Viste el bajo?”. Cada uno de los vecinos del pueblo que se anima a la charla, termina la conversación recomendando “ver el bajo”.

Al bajo, finalmente, llego en auto, conducido por Romina, la menor de los Muñoz, y con Alicia como acompañante. Ahí, en el bajo, está también el cementerio. El lugar quedó chico. Una estructura con doce nichos fue construida fuera del perímetro original para poder alojar a los muertos del pueblo. “Se empezaron a morir uno por mes”, es la explicación.

La tumba de Lucas es de otro color. De un marrón claro que se diferencia del gris cemento del resto. Una cruz blanca en la base, y una casillita aún sin revocar que albergará fotos, flores y velas, completan la estructura. Lo demás, lo lógico de un cementerio de pueblo chico, desbordado. Tumbas en medio de los senderos, cruces de madera, flores marchitas, flores de plástico resistentes, un panteón modesto para alguna de las familias sobresalientes, una reja sin candado en la puerta principal y una reja abierta sobre un lateral.

Alicia pone sus manos sobre la cubierta marrón de la tumba de Lucas. Dice algo para adentro. Esta vez se persigna, pero no llora.

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El tío de Lucas se llama Ceferino. Como Namuncurá, el beato al que la familia Muñoz venera, y por el cual peregrina hasta la localidad de Chimpay, todos los fines de agosto.

Ceferino, Muñoz, es ferroviario. Está reunido junto a otros trabajadores al costado de unos vagones abandonados, en las vías cercanas a la estación. Es la cuadrilla que tiene a su cargo el arreglo y mantenimiento de los rieles y durmientes del Tren Patagónico. Una zorra vieja, de unos 100 años, un sólo pistón, y sin techo, los lleva cada vez que salen a las vías. Este jueves no salieron porque el viento de frente no les permite avanzar. El único pistón no puede con él.

Trabajar en la cuadrilla significa apenas llegar a los ocho mil pesos por mes de sueldo. “Son bajísimos”, dice uno de ellos que lleva puesto un mameluco naranja. “Acá sos ferroviario o policía, no hay otra”, dice otro con un mameluco parecido.

Esos trabajadores, junto a Ceferino Muñoz, participaron del corte de la Ruta 23 con el que el pueblo de Ramos Mexía exigió la aparición de Lucas. Primos, hermanos, tíos, padres o hijos de los mismos manifestantes, con uniforme policial, intentaron disuadirlos. “Es un delito federal, vamos”, los invitaron a retirarse. “Ustedes son lo que deberían moverse para que aparezca”, les respondió un ferroviario de mameluco naranja. Y se quedaron todas las horas previstas de la protesta.

“Conocemos a los Muñoz. Acá todos nos conocemos, son buena gente, toda una vida de trabajo, de familia, para que les hagan ésto”, dice otro de mameluco naranja al pie del vagón.

Ferroviario o policía. El tren pasa dos veces por semana por Ramos Mexía, uno hacia el oeste con Bariloche como destino final, y el otro hacia el mar, Viedma, la capital, como última estación. Tanto los sueldos ferroviarios como los de los policías son igualmente de bajos.

Después de nueve meses de instrucción, un policía está listo para salir a trabajar, le dan un arma y está en la calle, se escucha argumentar como ventaja. Parte de la familia Muñoz es ferroviaria; otra, policía.

En la casa amplia de los Muñoz, construida de a poco, llegó a vivir desde hace una semana un sobrino de Alicia y Pocho. También es policía. Desayuna a las siete y media y sale hacia la comisaría de Ramos Mexía. Viene de Bariloche, de donde se fue por miedo, luego de lo que le sucedió a su primo Lucas. Quería la baja, pero le consiguieron el traslado. Alicia lo mira salir: “Ojalá ninguno más de mi familia se meta a policía”, suplica.

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El viento que levanta nubes de tierra despeina a Ciro y nos obliga a agachar la cabeza en el breve trayecto que caminamos juntos de vuelta del cementerio. Alicia entrecierra los ojos. Parece enfrentarse a una nube de imágenes, en las que se mezclan la cara de Lucas, vivo y alegre y también muerto, bajo la lluvia, toda una noche. La imagen del rostro de Pocho, que no llora, sentado a su lado mientras ella espera en vano el mensaje que le pida una foto del guiso. Alicia que costurea, vende por día, cuida a una nena de dos años, amasa. Amasa en Ramos Mexía para no pensar.

I

Una tarde de 1999, en un hotel cinco estrellas en el centro de Tokio, Christophe Vasseur, ejecutivo en Asia de una casa francesa de moda, sintió que estaba en el lugar equivocado. Debía convencer a los compradores de una gran tienda japonesa de ropa femenina de la trascendencia de una nueva colección de bufandas y pañuelos Marc Rozier confeccionados con seda. Vasseur les hablaba de la gracia de los colores, de la finura del material, de la belleza de las figuras impresas en esas lujosas prendas elaboradas a mano cuando, repentinamente, se cortó. «Me vi diciéndoles que dejaran de darle importancia a algo accesorio, que ya no les mintieran a sus clientas diciéndoles que iban a estar más bellas, que bajáramos al bar del hotel para hablar de cosas verdaderas, de cómo reconstruir el mundo». Vasseur lo recuerda una década y media después convertido en uno de los panaderos más famosos de París, sentado en una mesa al exterior de DU PAIN ET DES IDÉES, De pan y de ideas, la panadería que inauguró en 2002 en el décimo distrito de la ciudad. Aquella tarde en Tokio, Vasseur terminó su venta pero, tras ese desahogo imaginado, canceló la vida de ejecutivo de la moda que había tenido durante cinco años. Ese mismo día renunció. Dejó su base de operaciones en Hong Kong y regresó a París. Lo único que sabía con certeza era que quería guardar para siempre el traje y la corbata.

En la esquina entre la calle de Marsella y la calle Yves Toudic, a dos cuadras del canal Saint-Martin, el aire huele intensamente a mantequilla. Christophe Vasseur viste un jean holgado de otra época, unos zapatos bajos sin marca a la vista y una chaqueta de cuero estilo motociclista, pero él llega en una bicicleta anaranjada que tiene adaptado un coche en la parte delantera, donde acomoda a sus dos hijos para llevarlos a la escuela. Era rubio cuando tenía pelo, las patas de gallo se le marcan como un abanico apenas gesticula, sus manos no tienen señas evidentes de trabajo forzado y su cuerpo, más que atlético, es macizo como un saco de harina. Una fila de clientes sale de la panadería y se extiende sobre la vereda, donde una mesa larga con la madera gastada, el primer objeto que Vasseur adquirió al instalar su negocio, se llena de clientes que se detienen allí unos minutos para entregarse con deleite al simple acto de comer un pan. Las buenas ventas en la panadería de Vasseur son apenas la muestra externa de su éxito. Prestigiosas guías gastronómicas le han otorgado los títulos de Mejor Panadero de París y Panadero del Año, y el año pasado su Galette de Rois, tarta de Reyes, fue elegida como la mejor de la ciudad. Desde que se convirtió en panadero, Vasseur ha aparecido con frecuencia en espacios de prensa, radio y televisión usualmente reservados para chefs y otras celebridades. En 2002, el mismo año en que inauguró su panadería, Lionel Poilâne, considerado por décadas el panadero más famoso de Francia, murió en un accidente aéreo mientras conducía su propio helicóptero, después de haber montado un imperio económico y forjado la idea de que el pan también podía ser de boutique y tener su Yves Saint-Laurent. Frecuentaban su panadería Catherine Deneuve, Gérard Depardieu y Robert de Niro, y para el resto del mundo dejó una marca registrada: cada día miles de sus hogazas, esos panes grandes y redondos de casi dos kilos, se distribuyen por Asia, Europa y América con una P de Poilâne marcada en la corteza. Pero al morir, Lionel Poilâne dejó también el espacio vacío en la silla de panadero estrella. Nadie lo ha suplantado de manera definitiva, aunque varios, según su nivel de celebridad, compiten por un momento en el trono. A Christophe Vasseur se le considera el panadero más mediático de París.

El pan francés cayó alguna vez en decadencia y en el resto del mundo casi nadie se enteró. Durante dos siglos, cuando era un alimento esencial y su calidad era un requisito para mantener la paz social, mantuvo una corteza gruesa, crujiente y perfumada como la de un árbol robusto, una miga densa de color avellana con un primer sabor cremoso y un gusto final agradablemente amargo. Al ser elaborado con harinas poco refinadas, era rico en vitamina B, fósforo y magnesio. Tras la Segunda Guerra Mundial, ese pan antiguo sucumbió a la modernización industrial que instaló un pan blanco, liviano e insípido como norma de prestigio y referente de exportación. Fue ese el que se impuso en Asia, América y otras partes de Europa como un genérico “pan francés” inmerecidamente reputado. En la década de los noventa, un puñado de panaderos parisinos se propuso rescatar al verdadero retomando el savoir-faire de antaño, y a ese propósito se sumó Vasseur, aterrizando como un extraterrestre. «Christophe Vasseur no viene de este mundo», me dijo el historiador estadounidense Steven Kaplan, el más importante experto mundial del pan, una mañana a inicios de 2015 en la panadería de Dominique Saibron, otro de los que, junto a Vasseur, él considera entre los diez panaderos más virtuosos de París. Mientras que cerca de tres cuartas partes de los panaderos franceses vienen de familias con tradición en el oficio, Vasseur proviene de una familia burguesa, tiene estudios universitarios en comercio internacional y sus padres son psiquiatras. «Cuando Vasseur llegó a la panadería sólo sabía una cosa: que no sabía nada», me dijo Kaplan.

Cuando era niño, el dilema de Vasseur era ser chef o panadero. En su casa de la infancia, en la zona alpina de Haute-Savoie, al extremo este de Francia, donde la cima del Mont Blanc despunta para las postales, Vasseur ayudaba a su madre en la cocina. El deleite infantil de embarrarse las manos con masa para tortas fue guardándose en su memoria como un gatillo emocional. Pero su vocación se disipó ante la exigencia de sus padres, médicos de profesión, de que estudiara una carrera convencional en la universidad. Años más tarde, en sus treintas, luego de renunciar a su puesto como ejecutivo de la moda, siendo un desempleado en París, Vasseur pudo preguntarse de nuevo: «¿La cocina o el pan?». Eligió lo que le pedía su memoria táctil. Intentó una formación en una escuela de panadería, pero pronto se decepcionó al entender que el enfoque estaba en la producción masiva de un pan blanco, mal cocido, con un corto tiempo de vida útil y un aspecto atractivo pero un interior insípido. Para entonces, la panadería industrial llevaba más de treinta años de instalada en Francia con una lógica de comida rápida. «De nuevo me sentí en un mundo de apariencias», me dijo Vasseur. De su antiguo trabajo con artículos de seda, el ex representante comercial valoraba las cualidades artesanales: el trabajo manual, los materiales nobles, el respeto por un savoir-faire ancestral. Llegado el día, se dijo Vasseur, su pan deberá mantener esos principios: más amasado a mano y menos máquinas, más tiempo de fermentación para que florecieran los aromas; más ingredientes buenos, saludables y sabrosos. Así el pan retomaría el sabor, la consistencia y el espíritu de aquel con el que había crecido en su casa de infancia. Y su panadería podría llevar ese nombre en la fachada, como por ley llevan sólo aquellas donde sucede el proceso completo de panificación: el amasado, la fermentación, el dar la forma a los panes, la cocción. De esa forma él podría también reforzar esa familiaridad entre panadero y clientela que en Francia es una parte de su cultura. Pero sólo en eso su negocio se parecería a los demás. Las ideas que él tenía para su panadería debían ser únicas.

Poner las manos en la masa fue para Christophe Vasseur el inicio de una epifanía. Para aprender el oficio fue a LA GAMBETTE À PAIN, la panadería de Jean-Paul Mathon, a quien consideraba uno de los últimos apasionados del pan. Vasseur acababa de llegar de Asia, donde su vida estaba hecha de traje y corbata, viajes en avión, hospedaje en suites de lujo y reuniones con ejecutivos. De pronto estaba siendo un obrero en el calor de una panadería, cuyo dueño le pidió como primera tarea que dividiera una gran bandeja llena de masa en porciones de cincuenta gramos. «Juro que en el momento en que hice eso sentí que mi vida estaba ahí. Fue una relación casi mística con la materia», recordó Vasseur cuando conversamos en su panadería. Eran las manos de un aprendiz que penetraban un cuerpo impreciso, cálido y untuoso como un antojo carnal, la sustancia de una experiencia súbita y sensual que lo devolvió a una esquina plácida de su memoria. Pero su nueva travesía se truncó luego de apenas seis semanas de entrenamiento con Jean-Paul Mathon: una doble hernia discal le paralizó la espalda. Tuvo entonces que ensayar otra conversión. Durante dos años fue profesor de marketing y negocios internacionales en una escuela de Comercio. Más que un motivo de desaliento, su enfermedad fue la oportunidad para confirmar su vocación. Con la salud recompuesta, Vasseur debutó en el oficio cuando tenía treinta y cuatro años, más del doble de los que se inician, como mandan las costumbres, en el fulgor de la pubertad.

II

Un ex vendedor de lujosos pañuelos de seda que decide convertirse en panadero a edad madura sólo puede despertar sospechas. En el país de la Revolución Francesa, que fue provocada en parte por la falta de pan en los hogares, donde el buen proceder del panadero está descrito en tratados antiguos como LES LIVRES DES MÉTIERS de Étiene Boileau o la ENCYCLOPÉDIE de Diderot y D’Alembert; donde la reducción en el consumo y el deterioro de la calidad del pan obligaron a que en 1993, durante la presidencia de François Mitterrand, se emitiera un decreto para controlar su preparación; Vasseur parecía más cerca del marketing que de la autenticidad. En una sociedad panívora como la francesa, donde existen organismos con nombres como Observatorio del Pan o Instituto Nacional de la Panadería; donde se organizan celebraciones anuales y competencias para elegir la mejor baguette, el mejor croissant, el mejor pan de chocolate; donde hay más de cinco revistas impresas dedicadas al oficio, varios blogs especializados e incontables sitios web gastronómicos que con frecuencia diseccionan ese submundo de pasiones, las novedades sobre uno de los panaderos más famosos de París no sólo se informan, sino que se discuten. «Christophe Vasseur es ante todo un excelente comunicador. Él ha sabido aprovechar toda la experiencia de su antiguo trabajo. Lo vemos en numerosos medios que transmiten la misma información (sobre su baguette) desde hace un mes», decía un comentario en boulangerie.net, un portal web de referencia en el oficio. En mayo de 2011, el ya para entonces célebre panadero envió un comunicado a su gremio y a medios especializados para informar que iba a dejar de preparar baguette y a concentrarse en la producción de su Pain des amis, pan de los amigos, una pieza incomparable que necesita dos días de preparación para quedar con la corteza gruesa y morena como la de un pino viejo, y con una miga tupida de la que emanan aromas ahumados a castaña y sirope de arce.

Christophe Vasseur renunciaba a la representación más popular y asequible de la gastronomía francesa, y privilegiaba una creación compleja y elitista. Mientras una baguette tradicional (doscientos cincuenta gramos) costaba en promedio un euro con diez centavos, un trozo del mismo peso del Pain des amis costaba dos euros con diez centavos. Rémi Héluin, un apasionado de veinticinco años que es crítico de panaderías y que tiene un título de panadero, escribió en su popular blog painrisien.com: «Al suprimir la baguette, creo que pasamos a una panadería elitista, dedicada a los privilegiados (…) Me encanta el Pain des amis, pero yo estoy apegado a los valores de compartición y universalidad del pan. ¿Qué hacer? Por mi parte será simple: dejaré de ser cliente». Vasseur explicó que su panadería no contaba con el espacio necesario para producir con comodidad la cantidad de baguette que demandaba su clientela, y reconoció que la que preparaba, aunque era buena, no era excepcional como su Pain des amis. Fue una declaración de pretenciosa honestidad. Entre los clientes que le habían dado un empujón mediático estaban chefs de primera línea como Alain Ducasse, Alain Passard e Iñaki Aizpitarte, quienes para poder servir Pain des amis en sus restaurantes debían mandarlo a buscar donde Vasseur. A diferencia de cualquier otro panadero, el dueño de DU PAIN ET DES IDÉES no hacía entregas a domicilio.

Ser un panadero francés y no vender baguette exige tener una actitud kamikaze. En Francia se consumen más de ciento cincuenta baguettes por segundo. Si su ícono turístico repetido hasta el hartazgo es la torre Eiffel, la imagen más común del francés es la de un hombre maduro con una boina ladeada en la cabeza y una baguette bajo el brazo. Entre los cerca de cien panes regionales del país, es con la baguette que existe la relación más visceral. Apenas se la compra, sin aún salir de la panadería, a veces sin siquiera pagar, para hacerle una primera cata se le rompe la punta (el crouton) con la complicidad con la que a un amigo se le hace un pellizco. No es extraño que se la lleve a la mano sin bolsa de protección, que se la lance desnuda en el canasto de la bicicleta o que se la guarde doblada y encogida en la mochila, pero que, a pesar de ese exceso de confianza, se la quiera siempre erguida. A la baguette se la quiebra a mano y se la pone sobre la mesa, sin plato, sin servilleta, sin recelo sanitario, sin vergüenza. La baguette es la cuchara que no hace falta para absorber la salsa que queda sobrante de la comida. Es el contenedor del alimento más consumido por los franceses fuera de casa, el sándwich con baguette, el único snack que supera en popularidad a la hamburguesa. Como ocurre con un pedazo de carne, la baguette permite a los clientes escoger el punto de cocción deseado guiándose por el nivel de bronceado de la corteza. Hay los radicales de las pas trop cuite (no muy cocida), un punto de cocción criticado por algunos panaderos por no permitir que la corteza llegue a ser crocante, y hay los fundamentalistas de las bien-cuit (bien cocida), el punto correcto de una baguette que se respete. El “Decreto pan”, emitido durante el gobierno del presidente Mitterrand, oficializó los principios que definen a una baguette de tradición francesa: contener sólo harina, agua, sal y levadura. Nada de grasa. Nada de azúcar. Nada de aditivos. La decisión de Vasseur de no preparar baguettes obedece a una búsqueda evidente: preparar sólo panes distintos a los comunes en el país del pan.

El panadero que se propuso devolverle al pan francés su vieja honra no sólo no vende baguette sino que tiene un equipo compuesto en su mayoría por trabajadores japoneses. Cree que, dentro de unos años, será más fácil encontrar un buen croissant en Tokio que en París. Japón es uno de los principales destinos que los grandes panaderos franceses buscan conquistar. Ahí están Dominique Saibron, Eric Kaisser, Rodolphe Landemain, Gontran Cherrier y Frédéric Lalos, miembros de ese puñado de renovadores en el que se incluye a Vasseur. El éxito se mide también por la envergadura del negocio, pero Vasseur no busca crecer sino mantener su único local a manera de un taller de autor. Existen más de treinta mil panaderías artesanales en Francia (en Alemania, un país con más variedad de panes que Francia pero sin ningún reglamento oficial sobre los criterios de su preparación, existen menos de quince mil panaderías artesanales) y éstas ocupan el primer lugar entre las empresas alimentarias de comercio al detalle: producir más y más rápidamente también es un impulso inherente al negocio artesanal. Pero Vasseur ni siquiera abre su panadería los fines de semana, cuando las ventas suben y las filas se alargan aún más sobre la acera.

No solo las panaderías industriales sino también las artesanales manejan, como metáfora de buena salud, una oferta extensa de sándwiches y pastelería, además de una numerosa variedad de panes, pero en DU PAIN ET DES IDÉES, como en los restaurantes de etiqueta, el menú es reducido. Vasseur prepara panes con harinas orgánicas de trigo espelta, centeno o castaña y los fermenta con levadura natural (levain). Los viernes experimenta con variaciones como centeno con miel y mostaza en grano, cacao con nueces y arándano, y nueces y manzana a la flor de naranjo. Siguiendo la costumbre de principios del siglo XX, además de pan en su panadería ofrece solamente viennoiserie, ese conjunto de productos refinados hechos con masa hojaldrada o esponjosa (brioché), originarios de Viena y adoptados por París desde la segunda mitad del siglo XIX. Se consideran una especie aparte, intermedia entre el pan y los pasteles, donde el croissant, el pain au chocolat y los enrollados a los que Vasseur llama escargot, son los emblemas.

Resistir al vértigo con que se mueve la industria es escoger uno de los bandos. «Una de cada dos viennoiserie que se venden en las panaderías es industrial», dijo Philippe Godard, de la Federación de Empresas de Panadería y Pastelería Industrial. Producidas por toneladas en maquinaria pesada, a esas viennoserie se les añade aditivos como el ácido ascórbico para acelerar su fermentación e incrementar su volumen. Tras una preparación resuelta en unas cuantas horas, llegan a las panaderías congeladas, crudas o precocidas, y requieren de un breve paso por el horno para quedar listas. Su aspecto suele ser pálido, su consistencia más elástica que crocante y es frecuente que se excedan en grasa y en azúcar. En ellas, ni el trabajo artesanal ni la calidad de los ingredientes importan. De los mil doscientos artesanos panaderos de París, solo el dos por ciento de ellos no recurre a ningún tipo de producto congelado.

Vasseur es parte de esa minoría. Preparadas completamente en su local con masa de hojaldre común o con una fusión entre esa y otra esponjada llamada briochée feuilletée, sus viennoiserie se toman un día entero para fermentar y en total requieren una preparación que llega a las treinta horas. El tiempo, sin embargo, no lo resuelve todo si los ingredientes son mediocres, y elegir unos de calidad inusual implica lanzar otra apuesta de riesgo. «¿Quién es el loco que utiliza leche orgánica, huevos orgánicos, mantequilla fresca extra fina? ¡Nadie!», pregunta y se responde Vasseur afuera de su panadería, con un tono presuntuoso y el gesto retador. No cualquier panadero se atreve a pagar el doble por los ingredientes que utiliza. Vasseur lo hace porque sabe que sus clientes están dispuestos a pagar el triple para comer un pan único. Mientras un enrollado industrial cuesta un euro y uno artesanal de calidad mediana un euro con cuarenta centavos, los escargot de Vasseur cuestan tres euros con diez centavos. Dejar la clase ejecutiva de los negocios para convertirse en un obrero refinado puede ser un buen negocio.

III

No hay gasto que por bien no venga. Hace cinco años, un anciano llegó a la panadería de Vasseur con lágrimas en los ojos. Era el nieto de un panadero de campo junto al que había pasado parte de su infancia, maravillado con su habilidad de mago para transformar kilos de harina en obras preciosas. En aquella panadería rural el aire también olía a mantequilla; la temperatura era agradable en cualquier época del año. Cuando el niño tenía seis años, el abuelo panadero murió de un ataque cardíaco al pie de su horno. A partir de entonces, en su mente se anularon las imágenes y los olores de las mejores vacaciones de su vida. Hasta que él también se convirtió en abuelo y un día, mientras se hacía unos exámenes médicos cerca de la panadería de Vasseur, su esposa aprovechó para comprar, por primera vez, un gran trozo de Pain des amis. Al salir del consultorio, el anciano abrió una bolsa de papel celeste con un exquisito logotipo dorado, y al primer mordisco viajó directo a los días felices que ya no recordaba. Con la emoción todavía cortándole la voz, fue a la panadería, pidió que llamaran a Vasseur, y le dijo: «Quiero agradecerle, señor. No sé cuánto pagó mi esposa por este pan, pero usted resucitó a mi abuelo». Vasseur lo cuenta con la agilidad de quien domina una anécdota reiterada. «¿Se da cuenta?», me pregunta ahora. «En ese tiempo el pan costaba dos euros con cuarenta centavos. ¡Por dos euros con cuarenta centavos yo resucité a un muerto!». En ANTROPOLOGÍA DE LOS COMEDORES DE PAN, el investigador Abdu Gnaba dice: «Al hablar del pan, la gente se implica, se mete en escena: el pan es narrativo». Vasseur controla las escenas en las que el panadero cumple el papel de benefactor.

El panadero estrella a veces se imagina películas violentas. Vasseur es un tipo irascible, con escasa tolerancia a las críticas. En Internet hay rastros de las veces que se ha enredado en peleas de blog cuando en alguna reseña sus productos han recibido comentarios negativos. Usualmente ataca evocando la ignorancia, la envidia, la mala fe que, cree, deben amargar a los profanos que lo critican. Cuando juega de anfitrión, es capaz de llevar la irritación a los puños. «Una o dos veces al año viene algún idiota a la panadería y me provoca, y entonces me dan ganas de golpearlo, de romperle la cara. Soy un poco extremo cuando digo esto, pero no tolero la ignorancia ni la imbecilidad. Tengo un verdadero problema con eso». Una o dos veces al año. El dato debe ser literal porque, en los días comunes, lo que hay con sus comedores de pan es una relación de entera confianza. Los clientes que salen de su panadería dicen lo que a él siempre le gustaría escuchar. «Simplemente, desde la percepción gustativa, se nota que este pan está compuesto de buenos elementos», dice Carl Barbier. «Este pan es diferente a los otros, más sabroso, más denso. Es más caro, pero estoy dispuesta a pagar por la calidad», dice Hélène Marchand. «Los ingredientes son remarcables. Soy un amante de las viennoiseries y las como por todo París. Soy bastante tacaño y cuido mucho mi dinero, así que si las compro aquí es porque son las mejores», dice Patrick Aujean. «Todo en este pan es de calidad. No hay misterio, el buen pan es caro», dice Marie Moisie. «Es un pan particular, como el de antes, ya desde la corteza huele bien, eso justifica su precio», dice Bernard Delahe. «Es el único pan de París que me recuerda al pan que comía en casa de mis padres», dice Bernard Privat. «Es un pan bien cocido, con mucho sabor, que se conserva mucho tiempo, como el pan de otra época. Además, se nota que está hecho con cariño», dice Jo Miklós. «Lo que hace único a este pan es su harina orgánica, el tiempo de fermentación, el tiempo de horneado. Por eso es que varios restaurantes de París, incluso algunos con estrellas Michelin, lo tienen en su mesa», dice Antonello Sciolti. «Este pan es muy perfumado, bien levado. Vaya a cualquier otro país de Europa y no encontrará un pan como el de Francia», dice Gabriel Leroussie.

IV

Christophe Vasseur dice tener un récord: «Si tengo que dar una cifra, la fermentación de mi pan toma dos días, y la fermentación del otro 99,9 por ciento de los panaderos es de dos horas». En la travesía molecular de las harinas que se convierten en pan, la diferencia entre lo ordinario y lo superior reposa en el tiempo. En panificación, el tiempo es ese recurso preciado que se invierte —o no— para que las masas se fermenten. Vasseur hace alarde de él. Fermentar las masas es ponerlas a reposar para que se oxiden intencionalmente y en ellas se logren aromas, sabores y texturas que sin fermentación no se logran. Las masas para pan se fermentan por acción de diversos tipos de levaduras, unos cultivos orgánicos elaborados con distintas fórmulas y tradiciones. Tiempo, fermentación y levaduras: la gema del pan francés. Antoine Parmentier, el farmacéutico y nutricionista francés precursor de la química alimentaria y que en 1782 fundó la Escuela Gratuita de Panadería de París, creía que la fermentación era «el alma de la fabricación del pan». Hoy Vasseur ha conquistado el tiempo de su oficio.

Parmentier se refería exclusivamente al levain, un tipo de fermento natural que madura a lo largo de cuatro o cinco días a partir de una mezcla de agua con harina. El resultado en sí es una masa que se añade como ingrediente a las masas principales para que fermenten y se inflen (leven). El levain es el responsable de que la corteza de los panes sea espesa y crujiente, y de que la miga resulte densa y a la vez elástica e irregular. El pan hecho con levain tiene un sabor fuerte, agreste, agradablemente amargo. Es un pan que se conserva al menos una semana sin que se note su degradación, y es de más fácil digestión debido a que las bacterias lácticas que contiene inhiben la acción de microorganismos indeseables en el intestino. En el manual del oficio del Instituto Nacional de la Panadería-Pastelería, la fermentación con levain es presentada como «el método noble y tradicional que le exige al artesano una gran habilidad y una atención extrema», otra forma de decir que es la esencia de la destreza panadera.

Pero el mismo Parmentier reconocía que el costo de lograrla eran jornadas extremas en las que el panadero era sometido a un «esclavismo lamentable». Para facilitar el trabajo en el amasadero, existe la levure, el otro tipo de levadura natural. Se fabrica a escala industrial a partir de un hongo microscópico similar al que se usa para fermentar vino y cerveza. Las masas que contienen levure se fermentan más rápidamente y levan incluso más que las hechas con levain, pero la miga resulta más liviana y su sabor más simple y ligero. Tienen en su contra un tiempo de conservación bastante más corto y un bajo valor nutritivo, pero la ventaja de resultar aún de calidad y la capacidad de reducir el esfuerzo cotidiano al valerse de un fermento comercial listo para ser usado. Es comprensible que, al aparecer en el mercado, la levure desplazara al antiguo y riguroso levain, y fue inevitable que, al hacerlo, se fueran relegando las virtudes de la vieja escuela. Hoy, aunque la levure es admitida como un ingrediente de la panadería tradicional francesa y se usa para preparar panes de buena calidad, muchos panaderos procuran reducirla a cantidades mínimas y privilegian el uso del levain, como para demostrar que el alma de su pan está cargada de paciencia.

V

Steven Kaplan, el mayor historiador del pan francés, formuló una escala de valores para juzgar un buen pan: 1. El aspecto. 2. La corteza. 3. La miga. 4. La mordida. 5. Los aromas y olores. 6. El gusto y los sabores. Y como bonus: la armonía entre todas las anteriores y algo a lo que Kaplan llama panimaginaire, una invitación a cada consumidor a dar libre curso a su fantasía evaluando el pan. Esos criterios pueden servir como un esquema de calificación que otorgue veinte puntos a la excelencia de un pan. «Un sistema de notación, como una teoría cualquiera, es reductor, pero esa es su naturaleza y la fuente de su posible utilidad», dijo Kaplan. Djibril Bodian, un panadero de treinta y ocho años nacido en Senegal, ganó este año el concurso de La Mejor Baguette de Tradición Francesa de París, que, además de recompensar al triunfador con cuatro mil euros, le da un contrato para proveer de baguettes durante un año al Palacio del Elíseo, la sede de la presidencia de Francia. Al no elaborar baguettes, a Vasseur ese concurso le resulta indiferente. A Bodian, quien llegó a los seis años a este país y hoy es el administrador de la panadería LE GRENIER À PAIN, por el contrario, le interesa tanto que es el único que lo ha ganado dos veces.

En marzo de 2015, Djibril Bodian y más de doscientos colegas llegaron a la Cámara Profesional de Artesanos Panaderos-Pasteleros, un elegante edificio en el distrito siete de París, para presentar sus mejores baguettes al concurso. Las traían a la mano, escondidas a medias en bolsas de papel o apenas sostenidas por el lomo con un cinto de folio. Durante la mañana y parte de la tarde, los panaderos fueron pasando de uno en uno para someter sus barras a la primera prueba: peso y talla. Debían tener entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco centímetros de largo, y pesar entre doscientos cincuenta y trescientos gramos. Las baguettes que superaron ese primer filtro avanzaron al escrutinio mayor ante un jurado de quince miembros compuesto, entre otros, por funcionarios del Municipio, representantes de la industria gastronómica, internautas aficionados y el panadero ganador del año pasado. Tras hacer tronar entre sus manos los panes para oír como cantaban las cortezas, después de hincarles la nariz en la miga para extraerles el aroma, habiéndolos probado todos con una metodología de catadores de vinos, incluso escupiendo algunos trozos para no saturarse, los jueces sentenciaron que la baguette de Bodian superó a las del resto de competidores en sus cinco criterios de juzgamiento: aspecto, miga, olor, sabor y cocción. Su pan, mantenido en fermentación durante veinticuatro horas antes de entrar al horno, tuvo un aspecto impecable, con una corteza crocante que permitía una mordida sin mucha tensión. Tuvo los alveolos de la miga –las cavidades aireadas de la masa– desiguales como tienen que ser, con la apariencia salvaje. La cocción fue perfecta, bien-cuite, y el sabor logró una paleta agradable con un acento amargo y otros de miel y avellanas. Tras ganar el primer concurso en 2010, los ingresos en la panadería de Bodian aumentaron un treinta por ciento. Con el segundo galardón y un prestigio elevado, la mejor baguette de París aún cuesta un euro con diez centavos. «Yo quiero llegar a la mayor cantidad de gente con un pan de calidad a un precio razonable», me dijo Bodian frente a los hornos en su panadería. «A mí no me interesa pensar en una categoría de lujo». La alcaldesa de París le entregó su premio el Día de la Fiesta del Pan.

Cada mes de mayo, durante la semana en que se celebra a Saint Honoré, el patrón de los panaderos, la Fiesta del Pan invade Francia celebrando las virtudes de los métodos artesanales en oposición a la arremetida industrial. En París, todo sucede bajo un galpón enorme en la explanada de la catedral de Notre-Dame, donde la secuencia completa de la panificación es realizada a puertas abiertas para que la admiren miles de visitantes. Los panaderos, veteranos y aprendices, amasan, hornean y hacen de expositores abnegados. Los niños son invitados a dar forma a las masas, abundan los selfies de turistas sosteniendo una baguette o abrazando a un panadero, los clientes se amontonan en los puestos de venta donde se despachan por cargas los panes apenas salidos del horno. Es una operación de marketing basada en el orgullo de la que hacen parte las principales confederaciones y algunos de sus panaderos estrellas. Vasseur nunca está presente: ni lo buscan ni lo invitan. En ese entorno de fraternidad panadera, su nombre resuena como un eco lejano. «Al señor Vasseur lo considero una persona en reconversión. No nació en el oficio, pero se desenvuelve bien y es bastante hábil con la promoción», dice Dominique Anract, panadero y presidente de la Cámara Profesional de Panadería de la región Ile de France, una de los organizadoras de La Fiesta.

Alcanzar la excelencia implica recuperar las viejas prácticas. Basile Kamir, un ex periodista de la legendaria revista francesa ACTUEL que también se convirtió en panadero y hoy está a la cabeza de Le Moulin de la Vierge, una cadena de panaderías artesanales con cinco locales en París, figura como el primero en retomar a finales de los años setenta el trabajo clásico con el levain. «Ya nadie sabía cómo hacerlo. Hubo que reinventarlo todo, trabajar de manera empírica», le dijo Kamir a una revista de Le Monde. Pero la sola experiencia no fue suficiente. Para recuperar los fundamentos de ese método, Kamir tuvo que acudir a LE PARFAIT BOULANGER, un tratado del siglo XVIII sobre la fabricación y el comercio del pan, escrito por Antoine Parmentier. Los panaderos que en adelante le siguieron la ruta, entre ellos Vasseur, comprendieron que el futuro de la panadería francesa estaba en poner al día a la tradición.

VI

Los panes de Vasseur son estrellas de Instagram. En la mesa al exterior de su panadería, una pareja de asiáticos ensaya una sesión de selfies poniendo sus croissants en primer plano. La escena no le sorprende. Vasseur tiene una fanaticada internacional, sobre todo japonesa, que circula en las redes sociales fotografías de sus panes como trofeos del paladar. Con dos golpes de nudillo, Vasseur prefiere seguir hablando de la vida real. «Este es el primer objeto que adquirí luego de firmar el contrato de compra de la panadería», dijo, haciendo un ruido seco sobre la superficie gastada de la mesa a las afueras de DU PAIN ET DES IDÉES. «En principio, esta mesa no tendría nada que ver con el negocio, pero para mí es un símbolo de camaradería y de compartir. Yo siempre he sido un apasionado por el placer de la mesa, por ese momento casi bendito en el que nos encontramos y hacemos la vida alrededor de ella». Vasseur compró la panadería cuando la zona donde está instalada, muy cerca del canal Saint-Martin, era poco concurrida y se arriesgó a tener que cerrarla pronto por falta de clientela, como les ocurrió a las tres panaderías que funcionaron ahí antes de su llegada. Hoy este vecindario, animado por restaurantes y boutiques de diseñadores, es un destino para turistas, foodies y otros sibaritas parisinos.

La panadería de Vasseur es el principal atractivo, pero no sólo por su pan. El interior tiene la gracia de una galería de arte clásico o de una tienda de antigüedades finas. Las paredes están copadas por espejos palaciegos con marcos dorados, el techo está cubierto con una pintura bajo vidrio de alegorías celestiales, y una parte de la fachada lleva otros frescos con escenas de trabajo en campos sembrados de trigo, obras todas ellas del reputado taller decimonónico BENOIST ET FILS. Las viejas latas de galletas y caramelos que se exhiben en las ventanas, las vitrinas, los canastos y los platones que contienen los panes, todo lleva el matiz delicadamente tostado de las cortezas y de la piel quebrada de las viennoiserie. Con letras doradas sobre toldos negros o adheridas a los vidrios de las ventanas, algunas frases funcionan como piezas de un manifiesto: «Harinas biológicas». «Trabajo sobre levain natural». «Hojaldre con mantequilla fina». La intención de Vasseur, calificado en la revista M DE LE MONDE como «maestro en el arte de vender la autenticidad», es revivir el espíritu panadero de finales del siglo XIX. El local de su panadería data de 1875 y está inventariado en el patrimonio suplementario de monumentos históricos. En el barrio, el panadero estrella es un vecino ilustre. Mientras conversamos, varios pasantes lo saludaron con cortesía. Con dos de ellos cerró acuerdos para juntarse a comer, y un tercero le dejó sobre la mesa una bolsa pequeña de papel celofán, a través de la cual se veía un hermoso macarrón de un dorado intenso. “Es de trufa blanca”, le dijo el hombre. “Mire, qué maravilloso”, me mostró el panadero. “¡Un macarrón de trufa blanca de Alba! ¿Se da cuenta? Eso es compartir. ¡Esa es la vida!”, dijo.

Hoy Vasseur disfruta más de la vida porque puede empezar su día a media mañana, ocuparse de tareas de administración, supervisar que tras bastidores todo marche según el cronograma y poner las manos en la masa sólo si hace falta. Entonces, si hace falta, viste su traje de obrero, no un uniforme clásico de dos piezas sino un overol blanco de rasgo industrial. La eficiencia en la organización del trabajo y la capacidad de enseñar para luego delegar las funciones es más un atributo que una deshonra. “La belleza de esto es que ejerzo un oficio sin tener la impresión de que es un trabajo. Es como si fuera un hobby. Me tomó cuatro años y dieciséis horas al día levantar el negocio, pero ahora tengo un ritmo bastante tranquilo. Hoy soy más un capitalista que explota al proletariado que un obrero”, dijo Vasseur riendo, como queriendo que no se lo tome en serio.

Como todos los días en DU PAIN ET DES IDÉES, el proletariado empezó el trabajo a las dos de la mañana. A esa hora llegó Sam Yong, una japonesa delgada y discreta que asegura ella sola el primer turno de la jornada. Al amanecer llegó otro japonés, el multifuncional Kenji Kobayashi, y sus dos colegas touriers, especialistas en vías de extinción dedicados específicamente a la finísima tarea de preparar las masas de hojaldre para las viennoserie. “Hace treinta años que en las escuelas de panadería de Francia ya no se enseña el trabajo del tourier. ¡Es dramático!”, dijo Vasseur. “El resultado es que la mayoría de las panaderías hoy venden croissants industriales, que llegan congelados desde una fábrica y por eso todos tienen el mismo sabor. Estoy convencido de que, dentro de veinte años, cuando alguien quiera aprender a hacer croissants, le van a decir que tiene que ir a Tokio, donde algún discípulo de Christophe Vasseur”. Por ahora, sus discípulos dominan la receta de sus croissants con masa levée feuilleté, que a diferencia de la feuilleté corriente, sólo hojaldrada, tiene una consistencia más robusta debido a la adición de una dosis de levure, la levadura de producción industrial también conocida como levadura de panadero. Las diversas recetas de croissant varían según los ingredientes (huevos, azúcar, levadura) que se suman a la masa básica compuesta por agua, harina y sal, y por el método para juntar a esa masa el componente esencial que es la mantequilla. No obstante, cualquier fórmula que se precie exige una alianza de precisión artesanal y cálculo matemático para que el resultado sea esa fascinante estructura laminada como hojas de libro viejo. Los croissant clásicos, que usan solamente harina, agua, sal y mantequilla, terminan compuestos por setecientas treinta capas de hojaldre luego de que a la masa se la dobla en tres y, con intervalos de descanso y enfriado a tiempos controlados, se repite esa operación seis veces. Los de Christophe Vasseur, habitués en los ránkings de críticos profesionales y foodies entusiastas, son una joya con la corteza intensamente caramelizada, un interior corpulento que no se deshace en migas como los preparados con el apuro industrial, y un poderoso sabor a mantequilla que sin embargo no deja una sensación grasosa.

Vasseur está conforme con que de ese trabajo de refinada joyería se encargue un grupo de artesanos extranjeros. “Encontrar personal fiable y motivado en Francia es imposible. Cuando he necesitado empleados y he acordado citas, el ochenta por ciento no se ha presentado, y de los que han venido la mayoría han resultado mediocres, así que renuncié a formar franceses y decidí formar sólo a japoneses. Ellos tienen un profundo sentido de lo bello, de la estética, y sobre todo una relación histórica con la tradición y un profundo apego al maestro, al sensei, a quien tiene el poder y la ciencia, y de quien reciben, de manera casi bíblica, el conocimiento”. Hace unos años, Sakiko, otra de las empleadas japonesas que trabajan con él, había llegado a París de visita. Fue a DU PAIN ET DES IDÉES porque aparecía recomendada como atracción en su guía de viaje. Sentada en la mesa del exterior comió un trozo de Pain des amis y una empanadilla de manzana, y entonces sintió un llamado. “Nunca había comido algo así. En ese instante decidí convertirme en panadera”, me dijo Sakiko al empezar su turno en la panadería de Vasseur.

La japonesa volvió a su ciudad y, tiempo después, cuando todavía trabajaba como cocinera, le escribió a Vasseur para pedirle que la aceptara como aprendiz. Ahora ya lleva tres años de empleada. Años antes, Ryuko, otra panadera japonesa, estuvo de practicante durante tres meses. Cuando regresó a Osaka, abrió la panadería Louloutte, donde prepara croissants, escargots y panes de miga espesa inspirados en los de su maestro. Fue Ryuko quien le recomendó a su amigo Kenji Kobayashi que buscara un puesto en DU PAIN ET DES IDÉES. Y así avanzó la saga japonesa, entre contactos y recomendaciones. Kobayashi lleva más de cinco años trabajando allí y entre los críticos se le reconoce una reputación propia por haber elaborado recetas deslumbrantes, como la del pan perfumado con Nikka, el cotizado whisky japonés. Este año regresará a Tokyo para abrir también un negocio aprovechando lo aprendido junto a Vasseur. “Su pasión se nota en su gusto por enseñar. Es una persona bastante sabia”, dice de él Kobayashi. Vasseur colecciona halagos de sus obreros devotos. “El más bello homenaje que un panadero japonés ha podido hacerme es decir que yo marco la ruta. Yo vengo de la montaña, y ahí quien marca la ruta es el que va adelante en las expediciones, el que toma todos los riesgos, el que lleva la voz de mando y a la vez facilita el camino para los que vienen detrás. Yo creo que, al decir eso, ese panadero entendió todo”. Ningún panadero francés le haría a Vasseur sentirse un sensei.

VII

Christophe Vasseur siempre reconoció que su ruta estuvo marcada por Jean-Paul Mathon, el panadero que lo recibió de aprendiz para que se iniciara en el oficio. Ese artesano discreto se ha negado siempre a conceder entrevistas, en Internet se encuentra un solo retrato suyo y las pocas reseñas que hablan de él, además de alabar lo sublime de su panadería LA GAMBETTE À PAIN, recuerdan que se trata del reservado maestro del publicitado Vasseur. Por ahí se dice también que Mathon cerró su negocio durante dos años y se fue a Taiwán para aprender mandarín, y que a su vuelta, en 2010, la guía Gault & Millau le concedió a LA GAMBETTE À PAIN el título de Mejor panadería de París. Tampoco entonces Jean-Paul Mathon dijo nada. Su pan siempre ha hablado por él. Vasseur ha declarado que en las cortas seis semanas que pasó junto a él pudo aprender las bases del pan, pero no de las viennoiserie, esas piezas refinadas de masa hojaldrada y brioché. Para eso contrató un tourier, el especialista en prepararlas. Lo observó preparar el hojaldre y luego perfeccionó la técnica añadiéndole sus astucias propias. “Así debe ser en el artesanado”, me dijo Vasseur. “Una vez que el principio es entendido, lo que uno hace debe ser personalizado”. Hay quienes creen que al personalizar se le fue la mano.

En la panadería de Jean-Paul Mathon, en lo alto del distrito veinte de París, un hermoso bloque de pan moreno, compacto como un adobe, luce idéntico al célebre Pain des amis de Vasseur. El de Mathon también está bautizado, se llama Mon pain préféré, mi pan preferido, y al igual que el pan de los amigos tiene una clara fragancia ahumada, aunque menos intensa y más dulzona, con un ligero acento de vainilla. Como en la panadería de Vasseur, hay en sus estantes la mouna, un pan brioché perfumado a la naranja, especialidad tradicional de los pieds-noirs, esos ciudadanos europeos que habitaban en Argelia antes de su independencia; y la empanadilla de manzana que se distingue entre cualquier otra por no llevar en el interior un puré acuoso sino una crocante mitad de la fruta. Hay en ambos locales, de Mathon y Vasseur, panes similares rellenos con ingredientes dulces y salados, y tartaletas de frutas con el mismo aspecto reluciente. Mathon también ofrece panes especiales los viernes y cierra su local los fines de semana. Las similitudes de obra y de concepto son la prueba de que entre ambos hubo una secuencia. “Ahora ya no tienen una buena relación”, me dijo Steven Kaplan, evitando entrar en detalles.

Vasseur ha declarado que empezó a hacer su Pain des amis de manera casi lúdica para comerlo con sus amigos en el brunch de los domingos. Y que luego, ante el deleite provocado, fueron esos amigos quienes le incentivaron a que lo pusiera en el menú de su panadería. Vasseur ha declarado también que se trata de un pan que hasta los años cincuenta se encontraba en las zonas rurales de Francia, de los que se conocen como pain de campagne, típico de una técnica de cocción con fuego de leña, y que él lo reprodujo manteniendo la fermentación lenta que se toma dos días, cociéndolo en un horno con piso de piedra y aplicándole quiebres de temperatura durante el horneado para que logre esa corteza como de un árbol antiguo. Vasseur no se adjudica la invención de ese tipo pan, pero al que sale de su horno lo personalizó con todo el rigor de su experticia en mercadeo: al nombre le juntó una lustrosa licencia de copyright: Pain des amis©. Lo que desde lejos podría parecer una polémica intrascendente, en el país de la baguette es capaz de levantar discusiones impetuosas. Los blogs especializados son el terreno del escarnio. En marionadecouvert.com, un usuario identificado como Colin reacciona a una reseña sobre la panadería de Vasseur: “Es donde el panadero Jean-Paul Mathon que Christophe Vasseur hizo su formación. Un panadero muy discreto del que Vasseur se ha servido exageradamente. Vaya a ver y encontrará el Pain préféré, que Christophe Vasseur copió para hacer su Pain des amis (digo copiar porque el resultado es casi idéntico, y de hecho el Pan préféré es mejor y más barato, pero Christophe Vasseur siempre ha alardeado de su invención, y ese no es el caso)”. El autor del sitio kitchenaroundthecorner.com, dice: “Mon pain préféré no deja de recordar al Pain des amis de Vasseur, con el mismo gusto ahumado, la miga bien alveolada y una corteza bien tostada, pero tengo mi preferencia por Mon pain préferé”. En el sitio painrisien.com el asunto sube de tono. El usuario uncafeladittion comenta: “Probé el Pain préféré de Mathon, que al parecer ha sido retomado por el alumno Vasseur con su Pain des amis. Me sorprendió la anécdota de Vasseur que dice cómo nació su pan. ¿Entonces, la información es tergiversada? ¿Quién es el verdadero creador?”. Otro, identificado como Mingu: “Me sorprendió y también me molestó un poco ver a qué punto Christophe Vasseur ha retomado ciertas ideas de su maestro J.P. Mathon sin reconocerle el crédito (suponiendo que esos productos existían previamente donde J.P. Mathon). Yo solo conocía a Christophe Vasseur, nunca había escuchado hablar del ‘original’”. Una usuaria identificada como Prevost dice tener la voz autorizada: “Yo soy una de las vendedoras de la panadería del señor Mathon. Tengo que decir que él es el creador del Pain préféré y que es él quien enseñó a otros panaderos. El señor Mathon prefiere estar en el amasadero buscando los pequeños detalles que van a marcar la diferencia, antes que estar frente a las cámaras”. Es probable que fuera esa misma vendedora la que, sin querer darme su nombre, me diría algo similar cuando visité la panadería de Mathon: “Mi patrón empieza a trabajar a las dos de la mañana y sale a las ocho de la noche. Él es un hombre tímido, vive en su mundo, solo le interesa vivir su pasión, no es como otros, que pasan su tiempo hablando con la prensa y dejan que todo el trabajo lo hagan sus empleados”. “¿Se refiere a Christophe Vasseur?”, le pregunté. “No nos interesa el señor Vasseur, pero ya sería bueno que a mi patrón dejaran de relacionarlo con él”, respondió. A su patrón se lo veía detrás de unos vitrales, de espaldas a la zona de venta, sumido en el manejo de la paleta que metía y sacaba masas de los hornos. Era evidente que para Jean-Paul Mathon el mundo acaba en el perímetro de su panadería.

VIII

Todos los caminos conducen a un pedazo de pan. Cuando Steven Kaplan, un joven judío de Nueva York, decidió convertirse en historiador de Francia y de la Revolución Francesa, entendió que para adentrarse en el corazón cultural de su país de acogida había que descifrar el ADN de su alimento insigne. El pan era apenas la punta del ovillo.  No era una garantía pero sí una apuesta. Al preparar su proyecto de tesis doctoral, Kaplan no escribió las veinte páginas que le exigían sino unas ciento veinte, casi de un tirón, inmerso en un gozoso estado de trance. Así comprometió sus siguientes cuarenta años de vida y de investigaciones. De esas cuatro décadas de devoción quedaron once libros del grosor de una Biblia, dos medallas de Caballero de la Legión de Honor que el gobierno francés le otorgó por sus aportes, y una bien ganada fama de monsieur pain entre todo el engranaje del oficio.

Durante el Antiguo Régimen, el período de dos siglos que precedió a la Revolución Francesa, explica Kaplan, la estabilidad del Rey de Francia dependía de su capacidad de aprovisionar el pan para su pueblo. La vida social y económica de los franceses se sostenía en la producción de cereales, que era lo esencial de su alimentación. Como la elaboración de pan y el acceso a él eran el centro de las preocupaciones cotidianas, para que eso ocurriera se creó La Policía del Pan, un cuerpo administrativo encargado de regular los mercados de los granos y las harinas, establecer impuestos y controlar fraudes en el peso y hasta en el punto de cocción del pan. Los panaderos estaban obligados a llenar sus mostradores a cualquier costo y eran presionados para que se ingeniaran la forma de conseguir las materias primas en caso de que faltaran. Al igual que los proveedores de granos y de harinas, los panaderos eran tratados como “agentes de servicio público” y no como simples comerciantes. Las autoridades creían que, si los panaderos faltaban a sus deberes, el pueblo podía explotar en una furia más o menos legítima, y las revueltas que alteraran el orden público eran lo que menos querían. Pero ocurrieron.

Una serie de motines conocidos como la Guerra de las Harinas desataron el caos en 1775, cuando la carestía de los cereales elevó el precio del pan. La gente, cuya exigencia era “pan de buena calidad, en cantidad suficiente y a precios razonables”, protestó en las calles blandiendo repulsivos trozos de pan negro como símbolo de las penurias, y las panaderías se volvieron el principal blanco de los saqueos. Para los parisinos del siglo XVIII, la buena calidad del pan era un asunto de dignidad elemental: su insatisfacción podía alentar una insurrección. La Revolución que explotó en 1789 tuvo en la Guerra de las Harinas un antecedente, y en la escasez de pan y el aumento de su precio una de sus causas determinantes. Una de las escenas más evocadas de ese capítulo decisivo de la historia francesa es la que recuerda a siete mil mujeres armadas con picos, trinches y bastones que, el 5 de octubre de ese 1789, marcharon hacia el Palacio de Versalles exigiendo el pan a gritos. Para hacer presión frente al rey Luis XVI llevaron consigo, en las líneas del frente, a los panaderos de París, y mientras ellas marchaban, en las calles se repartían panfletos que recordaba la existencia de un pan mejor y más barato. La protesta terminó con la invasión del Palacio de Versalles y varios guardias asesinados. Luis XVI y la reina María Antonieta se salvaron y debieron abandonar Versalles para instalarse en París, pero antes una comitiva de las mujeres pudo entrevistarse con el Rey y lograr que aceptara sus demandas. El pan tenía al pueblo y a las elites rendidos a su voluntad. La Enciclopedia Metódica, lanzada por el librero Charles-Joseph Panckoucke, cita que ese año había otros víveres disponibles para la alimentación, pero que “la mayoría de la gente creía morir de hambre si no había pan”. Se trataba de un asunto muy francés porque, al mismo tiempo, según la historiadora Bee Wilson, Italia había cambiado el pan por la pasta e Inglaterra había iniciado su afición por el azúcar como fuente principal de calorías. En el país de la Revolución, se hablaba de la tiranía del pan.

Emanciparse del peso histórico y cotidiano de ese alimento se volvió una urgencia. Con el paso de los años ocurrió de manera casi natural. Las innovaciones tecnológicas, los avances sociales, la adaptación a una dieta más diversa, las regulaciones políticas y la mecanización del trabajo (que demandó menos esfuerzo físico a los obreros y por lo tanto menos calorías derivadas de su ingesta) hicieron que el consumo de pan se fuera al suelo. Fue entonces cuando lo logrado se convirtió en un problema. Para los industriales del pan se volvió una obsesión recuperar lo perdido. “Una de las cifras más elocuentes de la historia de Francia desde hace tres siglos es precisamente la del consumo de pan por persona al día”, dice Steven Kaplan en uno de sus libros. El declive en el consumo continuó hacia la mitad del siglo XX. La Segunda Guerra Mundial y una mezcla de mala prensa y rumores infundados sobre supuestos perjuicios para la salud tuvieron efectos nefastos. “Las advertencias ‘científicas’ iban de la estigmatización del pan como responsable de la subida de peso hasta la acusación de ser cancerígeno y provocar tuberculosis, alcoholismo y caries dentales”, escribió Kaplan. En 1957, la directora de una escuela en Cotes-du-Nord prohibió que se les sirviera pan a los niños en el almuerzo escolar. Al año siguiente, la Confederación Nacional de Panadería planteó un juicio a la revista semanal LA PRESSE por haber publicado que el pan era un “veneno temible”. Ya unos años antes, un incidente de histeria colectiva había dejado consecuencias verdaderas. En agosto de 1951, en Pont-Saint-Esprit, una comuna en el sur de Francia, cientos de personas sufrieron intoxicaciones que degeneraron en crisis alucinatorias en la vía pública. La prensa reportó que un hombre se creyó un avión y saltó desde un segundo piso, que otros se retorcían sintiéndose poseídos por serpientes y que un niño estranguló a su mamá en un ataque de ira. Cinco personas murieron, más o menos cincuenta fueron internadas en hospitales psiquiátricos y un número incierto más en hospitales comunes. Nunca se estableció la causa concreta de este mal, pero hasta hoy se cree que la intoxicación se debió a un parásito que infectó harina de centeno. Todas las víctimas de Pont-Saint-Esprit habían comido el pan de una panadería del pueblo llamada Briand. Al affaire se lo conoce desde entonces como “El pan maldito”.

Pero la verdadera maldición del pan francés fue la caída en el consumo porque su calidad era cada vez peor. Ya no eran sólo razones externas las causantes sino algo relacionado con el ADN que lo hacía insigne, con la tradición que alguna vez lo encumbró. “Esta afirmación contradecía un estereotipo que alimentaba un cierto orgullo patrio: que el buen pan francés era el mejor pan del mundo”, me explicó Steven Kaplan. En 1962, el Centre Nacional de Coordination des Etudes et Recherches sur la Nutrition et l’Alimentation publicó LA CALIDAD DEL PAN, un estudio de mil páginas que revelaba las causas de la desgracia. Decía que el trigo usado para las harinas era alterado genéticamente y tratado con abonos químicos para asegurar su crecimiento, que las harinas eran cargadas de aditivos para mejorarles el sabor y el rendimiento, que la levadura natural (levain) había sido reemplazada por la levadura de panadero (levure), la que, aunque proveniente de un hongo natural, era percibida como química. El informe destacaba un pecado mortal: el sacrificio del tiempo. A las masas apenas se las dejaba reposar, impidiendo que una fermentación apropiada le permitiera alcanzar los aromas deseados. Se buscaba producir más y más rápidamente, y para eso eran más eficientes los hornos a combustible que los que usaban leña o bloques de piedra. Además, era una época en que el Estado fijaba los precios en lo mínimo posible, por lo que no interesaba mejorar las materias primas pero sí aumentar las ventas por volumen (el precio del pan, fijado por el Estado desde 1791, se liberalizó casi dos siglos después). En pleno revuelo industrial en esa parte del mundo, la panadería artesanal se entregó a la lógica mecanizada. La calidad tenía como sinónimo la innovación y no la nostalgia. Atrás habían quedado los panes de los años treinta elaborados todavía con levain, amasados a mano y dejados en fermentación por largas horas. Volvió con fuerza el plan blanco, ese pan de aspecto higienizado, con su corteza delgada y quebradiza, su miga ligera e inflada como una espuma de poliuretano, insípido y sin el menor contenido nutricional. Era la antítesis de aquel por el que la gente había peleado en las calles en la Revolución Francesa. Durante más de tres décadas, y hasta inicios de los años noventa, los franceses y su pan vivirían una intensa historia de desamor, hasta que molineros y panaderos acordaron revivir las bondades de otra época. Los primeros producirían harinas sin aditivos y los segundos retomarían el método con levain y el largo reposo. Se estableció el “decreto pan” durante la presidencia de Mitterrand, y aparecieron los primeros paladines que rescataron del olvido un arquetípico pan francés.

Unos años más tarde apareció un resuelto Christophe Vasseur a buscarse un lugar donde nadie lo esperaba. “Él sabía que todo el sistema estaba estructurado en su contra, que le iba a ser hostil. A los panaderos no les gusta los outsiders”, me dijo Steven Kaplan. “Pero trabajó mucho para ganar credibilidad. Experimentó, tomó riesgos, fue atrevido. Y aunque no podía anticipar las consecuencias, tuvo una idea intuitiva y genial, con gran sentido de la estética y del sabor. Pasó de tener una gran variedad de panes a enfocarse en su Pain des amis, un pan seductor, suntuoso, voluptuoso. Debido a todo eso llegó a tener visibilidad. Como el individuo atractivo que es, empezó a aparecer cada vez más en los medios. Tuvo la capacidad de imponerse”. El día que me citó en la panadería de Dominique Saibron, mientras tomaba un segundo café con leche, Kaplan fue preciso al mencionar que la gloria de un panadero no es sólo un asunto de destreza artesanal. “Entre los panaderos hay una sola forma de medir el éxito, que no es el juicio sobre si el pan es delicioso o no, sino sobre cuán altos son los ingresos que tienen, y evidentemente a Vasseur le va muy bien. Creo que por todas esas razones, desde la tradición dinástica y la organización sindical del oficio lo ven con una dosis de envidia y de desdén”. Hay pan para todo el mundo, dicen los panaderos franceses respecto a la libertad de elegir la alcurnia de sus productos. En un extremo del abanico está Christophe Vasseur, con declaraciones altisonantes pero no poco ciertas. “Yo vendo el Hermès del pan”, dice. “Vendo pan a más de diez euros el kilo, mis escargot cuestan tres euros con diez centavos. Nadie hace eso. Pero nadie hace pan con esta calidad. Encuéntreme un solo artesano que utilice materias primas como las mías. No hay uno solo”. Si Vasseur estuviera equivocado, su panadería no estaría tan llena de gente que cree que el pan también puede ser un artículo de alta costura. Un artículo de lujo francés.

En el poblado de San Antonio, en la comuna de Tierra Amarilla, en pleno desierto, llueve como nunca. También hay truenos y un viento chillón que no dejan dormir a Mari Marín (34). hasta que un ruido seco la despierta de golpe. Salta fuera de la cama y los pies se le hunden en el barro hasta los tobillos. son las tres de la mañana.

–¡Despiértate, Víctor! ¡Despiértate, que se nos inunda la casa!–, zamarrea a su marido. Agarra en brazos a Francesco, su hijo de 5 meses que dormía en su cama, y camina como puede entre el lodo para despertar a sus otros dos hijos. No hay luz. La puerta de Felipe (18) está trancada por el barro y la de Camila (13) bloqueada por una cómoda. Víctor golpea con fuerza las puertas de sus hijos y les grita desesperado que se despierten. Mari lo ayuda a empujar la puerta de Felipe, que no afloja. “¡Hijo, tienes que salir de ahí ahora!”. El niño reacciona rápido: se da cuenta que está encerrado y que el barro le sube por las piernas. Toma su televisor, rompe la ventana, salta hacia fuera, y entra por la puerta principal a la casa. Mari llora abrazando a su guagua. Junto a Felipe se suben a la mesa del comedor mientras Víctor lucha contra el mueble que lo separa de la pieza de Camila. La niña, inexplicablemente, sigue dormida. Cuando Víctor logra entrar, el barro ya alcanza la altura de la cama de su hija. Se estira y la levanta de un tirón del pelo. Se suben los cinco a la mesa del comedor. El agua sigue subiendo. Se escuchan las casas alrededor derrumbándose. Los vecinos gritan.

–¡Hay que salir de acá ahora!–, dice Víctor. –Si no, la casa se nos va a venir encima.

Pero salir, a esas alturas, significaba dejarse llevar por la corriente de lodo que corre cada vez más fuerte por la calle. Y eso, con una guagua de cinco meses en brazos, es una tarea suicida. “Yo solo pensaba en mi niño, tan chiquito, tan indefenso. Le pedía a mi mamá en el cielo que salvara a mi hijo, que nos salvara a todos”, recuerda Mari, sentada en lo que queda del living de su casa: unas baldosas rosadas sobre un terreno baldío. Ninguna pared. Ninguna estructura.

Lo muebles empiezan a flotar, las sillas se chocan unas con otras. Desde arriba de la mesa, Mari ve la pequeña tina de plástico celeste en la que algunas horas atrás había bañado a Francesco. Olvidó guardarla en el baño y ahora flota en la mitad del living. “Saquémoslo en la bañerita, Víctor”, le dice a su marido. Envuelven a la guagua en un manta y lo amarran a la tina con un chaleco. Entonces deciden abandonar la casa. Los 19 años de esfuerzo, las fotos, las camas nuevas, la pieza recién remodelada de Felipe. Salen a la calle convertida en río y no miran para atrás. Los niños primero. Mari le pasa la tina a su marido con Francesco dentro. Los arrastra la corriente. Apenas mantienen las cabezas fuera. El barro está frío.

“Vamos a morir”, piensa Mari, mientras la arrastra la corriente. “Escuchaba gritos de todo el pueblo, todos pedían auxilio pero nadie podía socorrer a nadie. El barro traía de todo, era espeso, como que te chupaba. Yo gritaba: ‘¡Francesco, Francesco!’, porque mi niño iba más adelante y apenas podía verlo”.

Unos 100 metros más abajo, a la altura de la Escuela de San Antonio, la familia se agarra de un árbol y unos vecinos logran rescatarlos del río. Cual Moisés, Francesco sobrevive salvado en una cesta. Están apenas vestidos, con los pies descalzos y las piernas rasgadas por los escombros. Mari recibe de nuevo en brazos a su hijo menor. Lo abraza. El niño no llora. Solo la mira con los ojos muy abiertos. Está lleno de barro, mojado. Vivo.

Mari Marín y Víctor Mora son una de las 20 familias que conformaban la pequeña localidad de San Antonio. Nacidos y criados ahí, aún les cuesta creer que apenas queden rastros. A 70 kilómetros de Copiapó, esas 3 calles, que existen mayormente para alojar a los trabajadores de empresas vinícolas, estuvieron aisladas por 3 días, 16 de sus familias quedaron damnificadas y 2 personas murieron. Una de ellas fue el sobrino de 4 años de Mari, Máximo Cerezo, el niño que se soltó de los brazos de su padre. Mari, Víctor, Camila, Felipe y Francesco Mora hoy permanecen allegados en el fundo de la Frutícola Atacama, donde trabaja Víctor. “Lo más difícil ha sido darles ánimo a mis hijos luego de perderlo todo. La Camila tiene rabia. Me dice ‘mamá, ¿por qué nos pasó esto si nosotros no nos metimos con nadie?’. Yo le digo que son cosas que pasan que no podemos prevenir algo así”, dice Mari. “Es muy duro tener que empezar de cero pero lo que pasó me ha hecho crear un lazo más fuerte con mis niños. Siento que les salvé la vida y que ahora tenemos que salir todos juntos adelante”.

Un pueblo demoliéndose

A la una de la tarde del 25 de marzo, en el restorán QRZ Búfalo de Chañaral, la imagen es esta: como si se desbordara una represa dentro de una habitación. La puerta del restorán sale disparada, los sacos de arena se rompen, las ventanas estallan. Los muebles se levantan, la mercadería cae de las repisas, las sillas chocan unas con otras. Y ahí está Vilma Alcoba (37), parada con su hijo Mateo, de 20 días, en brazos en medio de esa licuadora. Lo abraza fuerte y cierra los ojos. Reza. Siente el agua fría subiendo rápido por su cuerpo, los palos que trae el lodo chocando con sus piernas. Hay un pueblo demoliéndose a su alrededor y Vilma no escucha nada. A unos pocos metros de ella su jefe lucha por avanzar contra corriente y rescatarla. Le grita que reaccione, que se dé la vuelta y se acerque a él. Le grita que le pase a Mateo. Que lo haga rápido, que él puede ayudarlos. Pero ella está paralizada.

Esa mañana había sido un tanto diferente para el restorán QRZ Búfalo de Chañaral. Su dueño, Darwin Vargas, decidió no abrir ese día luego de que se decretara alerta de evacuación por las lluvias en la zona. En el local –ubicado en la Panamericana Norte, frente a la Petrobras y a solo unos 80 metros del río El Salado– él y sus cuatro empleados tomaron desayuno con calma en el comedor. Como el agua había empezado a entrar ligeramente por las rendijas de las puertas, se dedicaron a sellar las entradas con sacos de arena, a recoger las cosas que estuvieran en el suelo y a subir la mercadería hacia estantes más altos. Todo por precaución. No tenían en mente ningún peligro mayor.

Vilma Alcoba trabajaba en el Búfalo desde hacía seis meses. Había llegado a Chile desde Bolivia en 2013 buscando ganar más dinero para mantener a los cuatro hijos que dejó en Santa Cruz. Luego de unos meses en Iquique trabajando como asesora del hogar, partió a Chañaral con la idea de vivir en un lugar más tranquilo, donde ganara más y pudiera trabajar como cocinera. Eso lo había encontrado en el Búfalo. Le daban trabajo, alojamiento y la recibieron sin problemas esperando a su quinto hijo, Mateo, quien había nacido el 5 de marzo, 20 días antes del aluvión.

Tras el desayuno, Vilma se va a su habitación ubicada arriba del local. Con su hija mayor Briyit –quien había llegado desde Bolivia en octubre de 2014– recogen todo lo que hay en el suelo, por si acaso. Los zapatos, el bolsito de Mateo, una maleta con ropa: todo lo dejan sobre las camas. Vilma pone a Mateo en su coche y vuelve al restorán. Está sola recogiendo las cosas que hay en el piso. Ya el suelo está un poco resbaloso así que sube el coche –con su guagua– a una mesa. Guarda más implementos de cocina. “Hacía mucho viento pero llovía apenas poquito. De repente miré para afuera y vi el auto de mi jefe que se lo llevaba el agua. Fue muy rápido, como si viniera una ola. Entró toda el agua y todo venía revuelto: latas viejas, palos de madera, el agua bien oscura, espesa. Ahí no sabía adónde ir, si escaparme hacia los cuartos, no sabía qué hacer con mi bebé. El coche de mi bebé lo había puesto con freno así que no podía bajarlo de la mesa. No me quedó otra que jalar a Mateo desde su brazo y se me cayó el coche. Intenté correr con él pero no podía moverme, estaba en shock. Don Darwin me dice que él me hablaba, me pedía que reaccionara, pero yo estaba paralizada. Yo creía que ahí me moría con mi bebé”.

Vilma ya casi no toca el piso. No sabe nadar. Se impulsa intentando alcanzar el suelo mientras mantiene a Mateo arriba de sus brazos. Traga agua. Su jefe está unos tres metros atrás, en el umbral entre la cocina y el comedor, pero una máquina de bebidas sobre su pierna derecha impide que avance. Cuando Vilma reacciona y le intenta pasar a Mateo a Darwin, la guagua se le suelta de las manos. Se hunde. Ella lo recoge de inmediato. Lleno de barro, Mateo llega a las manos del hombre. Vilma llora. El agua ya les llega hasta el cuello y a Vilma le cuesta mantenerse a flote. Darwin logra impulsarse con fuerza y sacar la pierna atrapada por la máquina. Entonces deja a la guagua en el entretecho y sube él también. “Me decía: ven, Vilma, tú también tienes que salvarte. Yo no reaccionaba, solo le decía ‘salve a mi hijo, por favor’. Y entonces ahí fue cuando pensé en mis otros hijos. Yo soy papá y mamá para ellos, así que me acerqué no sé cómo, todo era muy pesado para moverse. Trepé por una ventana y una repisa hacia el entretecho y agarré a mi bebé que ya estaba morado; no lloraba, botaba flema pero con barro. Lo abracé, aún respiraba”, recuerda Vilma.

Darwin Vargas se sujeta de unos pilares y, a patadas, rompe el techo. Salen a la superficie de hojalata y se dan cuenta que están en una isla en mitad del infierno. A su alrededor ya no quedaba nada: los locales aledaños habían desaparecido; el río El Salado, desbocado desde Diego de Almagro, había arrasado con toda la costa de Chañaral y traía consigo kilómetros de casas destruidas, maquinaria pesada, camiones, palos. Ya no existía separación entre el mar y el río; todo era agua furiosa, cargada de lo que se le había atravesado en el camino.

El hombre de repente recuerda que sobre los baños tiene una bodega con agua, papel higiénico, toalla nova y bidones de lavaloza. Cuenta las vigas y rompe el techo desde fuera. Ahí se refugian Vilma y Mateo. La guagua está fría, no llora, apenas se mueve. Le sacan la ropa llena de barro, le limpian la carita y lo envuelven en toalla de papel y bolsas plásticas. Vilma se quita el barro de su pecho y amamanta a Mateo en medio del diluvio. En ese techo sobreviven tres horas, de las 3 a las 6 de la tarde. Finalmente, luego de innumerables llamados de Darwin y de un relato en vivo a un canal de televisión, un helicóptero los rescata.

Vilma y Mateo son trasladados directamente al hospital de Chañaral, sin mayores daños. Briyit, la hija de Vilma, también logra salvarse. Hasta la fecha, permanecen en el albergue Federico Varela, con otras cuarenta familias que lo perdieron todo. Chañaral tuvo pérdidas materiales importantes: el río partió el pueblo por la mitad y 70 por ciento del comercio quedó destruido. Sin embargo, Vilma quiere quedarse y planea traer a sus otros tres niños de Bolivia. “Cuando supe que mi bebé y mi hija estaban bien me prometí que no volvería a separarme de ellos. Quiero que ellos no tengan que pasar sacrificio, que tengan un buen futuro. Sé que aquí estaremos mejor aunque tengamos que partir de cero”, dice.

El instinto y el miedo

Yohanela Gatica nació en el asiento trasero de una camioneta Chevrolet Colorado blanca, a las 5:28 am del 26 de marzo, poco después de que Copiapó quedó sumergido bajo el barro. Sin luz, sin anestesia, sin médico a cargo. Su madre, Camila Abarca (20), había huido a la una de la tarde con su hijo Luis Mauricio de 3 años, su pareja y sus padres, al Cerro La Cruz –un pequeño montículo de arena y piedras al lado sur de Paipote– para protegerse del desborde del río Copiapó que los obligó a abandonar su casa. Camila apenas podía caminar: estaba con un embarazo de término.

Ya sobre la cumbre, algunos vecinos se aventuran a bajar de nuevo en búsqueda de carpas. La pareja de Camila está entre ellos. Camila y su hijo se quedan en el cerro, esperando. Mojados, con la ropa embarrada y apenas cubiertos por una tela de plástico, observan cómo Paipote se inunda calle por calle. Cuando cae la noche, Camila y otros once miembros de su familia se refugian en una carpa para seis. Todos están sentados, menos ella, que está recostada sobre las piernas de Luis. “Tenía mucho frío y estaba muy incómoda. Hacia las 9 de la noche me empezó un dolor muy fuerte en las caderas, pero no dije nada. Jamás pensé que iba a tener la guagua esa noche, pensaba que era un dolor más”, recuerda. Pero su familia se da cuenta de que algo anda mal: Camila suda y frunce la cara. Su padre le dice a un vecino que su hija está embarazada, que por favor le preste la camioneta para recostarse. Se acuesta en el asiento delantero.

En el cerro hay un estudiante de Paramédico que se entera de que Camila está con dolores y, por mensaje de texto, le pide a su tía matrona que le dé instrucciones. Lo primero es medir la frecuencia de las contracciones: a las 11 pm Camila las tiene cada 10 minutos. Le dicen que probablemente tendrá la guagua a la mañana siguiente. Pero todo corre más rápido: “Cada vez eran más fuertes. Ya no las aguantaba, no podía moverme hacia ningún lado. El paramédico me dijo que la tendría como a las 4 de la mañana pero yo no quería. Les pedía que, por favor, alguien me viniera a buscar, un helicóptero o algo; no soportaba el dolor”, recuerda.

Deciden pasar a Camila al asiento trasero. Ella grita. Aprieta los respaldos, las puertas. Todo el cerro sabe que hay una mujer en trabajo de parto. El paramédico empieza a buscar implementos para poder recibir a la guagua: agua caliente para limpiar los instrumentos, una bolsa limpia para recibir la placenta, mantas para arropar a la guagua. Existe un riesgo mayor: en el primer parto, a Camila le hicieron una incisión para que Luis naciera. Si se rompe de nuevo, no tienen cómo suturarla. “Yo tenía mucho miedo de que el tajo se me abriera. Además, tenía mucha vergüenza, todo el mundo se puso a mirar fuera de la camioneta. Fue el dolor más insoportable que he sentido. Empujaba y empujaba, pero nada. El paramédico me ayudó rompiendo la bolsa con las manos y ahí empezaron las contracciones al máximo. Todo el mundo alrededor me gritaba: empuja, empuja. Yo hacía mi mayor esfuerzo pero no salía. Hasta que, de repente, nació. Sentí un alivio increíble de verla, que mi niña estaba bien, que no le pasó nada. Me tiré para atrás, la abracé y lloré”, recuerda. Por unos segundos la lluvia y los truenos se camuflaron con aplausos, bocinas, gritos de alegría.

Recién a las 12 de la mañana siguiente un helicóptero pasa a buscar a Yohanela y a Camila. El sobrevuelo es desolador: la cancha de fútbol desaparecida, los autos destrozados, las casas sumergidas, el parque de juegos sin juegos. “A la mañana siguiente todo había desaparecido. Tenía mucha pena por toda la gente que había perdido todo y a la vez mucha alegría por mi hija”, dice Camila. En el hospital le confirman que su guagua y ella están en perfectas condiciones.

Junto a otras 20 familias, Camila, Yohanela, Luis y Luis jr. siguen durmiendo en una carpa sobre el Cerro La Cruz, a la espera de poder reconstruir su casa. “Luego de eso mucha gente me decía que mi guagua fue como un milagro en mitad de la tragedia. Me decían que le pusiera Esperanza, Paz, pero nos quisimos quedar con Yohanela. Ella es lo más lindo que me ha pasado, con mi hijo Luis. Es como un impulso para todos de que hay que salir de esta”, dice Camila.

Encerrados en un container

Nancy Rojas (51), su marido, sus tres hijos y sus suegros fueron rescatados de un container a 3 kilómetros de su casa en Paipote, en Copiapó. Se habían auto-encerrado ahí para protegerse del alud que dejó su casa enterrada bajo el barro.

“¡Se reventó la defensa! ¡Salgan ahora! ¡Salgan ahora que viene el agua!”, escucha Nancy a un vecino gritar desde la calle.  Así se despierta la familia Rojas, a las 4:30 a.m. el jueves 26 de marzo. Todo ocurre en un lapso de 5 minutos: la defensa del río se rompe, el agua se rebalsa, se expande rápido por las casas que bordean el cauce, avanza violenta, rompiendo postes, puertas, arrastrando autos. Llega a la casa de los Rojas y un ruido
metálico se escucha: la corriente de lodo vuela el portón delantero. El barro levanta la puerta de la casa, se inunda el living, las piezas, los muebles flotan. Todo está negro, los vidrios se rompen.

Nancy está paralizada. Su marido Miguel Abarcia pide auxilio por radio. Sus hijos alcanzan a guardar sus notebooks e Igsa, la única mujer, recoge al perro Toy de la familia, lo mete en una bolsa plástica y se lo cuelga a su madre al cuello. “Esto se lo va a llevar el agua. Hay que salir ya”, dice Miguel. Nancy llora. Ve toda su casa derrumbándose y mira a su marido buscando instrucciones. “Ahí él me dijo con mucha pena que teníamos que dejarlo todo. Yo no reaccionaba. Quería correr, encerrarme en el baño y que todo pasara rápido”, recuerda Nancy.

Salen por la puerta trasera. El patio está convertido en una piscina de barro. Miguel toma una escalera metálica y les dice que la única manera de salir es trepar el muro hacia la calle de atrás. El lodo ya les cubre las piernas. Es difícil moverse. Especialmente para los abuelos de 78 y 79 años. Rodrigo, el hijo mayor, carga en la espalda a su abuela. Se afirman de los tendederos pero no son suficientemente firmes. Las murallas laterales de adobe se empiezan a derrumbar. No alcanzan a subir por la escalera porque el lodo, con su propia fuerza, los alza y quedan casi sentados arriba del muro. Nancy agarra las manos de sus hijos. “Del otro lado nos dimos cuenta de que la situación era igual: casas derrumbadas, postes caídos, autos dados vuelta, la gente llorando, pidiendo auxilio porque se estaban ahogando. Además, apenas veíamos porque la luz estaba cortada. No sabíamos qué hacer”, recuerda Nancy.

Entonces ve el container en la calle y se lo señala a su marido. “Derrumbémoslo nomás, echémoslo abajo”, dice él. Con un palo que flotaba, Miguel rompe el sello del candado y en fila india se sostienen entre todos para llegar hasta ahí. Se meten todos adentro. El lodo entra mientras tienen la puerta abierta así que se encierran. Se sostiene de unas literas que hay al interior. “El container empezó a moverse por todos lados, nos pusimos a rezar. Ya yo había perdido todas las esperanzas. Pensaba simplemente que eso se iba a caer por un barranco, que se iba a ladear, que nos íbamos a morir adentro. El container se movía y se movía”, recuerda Nancy.

Entonces para. Luego de avanzar por la calle Caupolicán, empujado por el río de lodo, el container se detiene en un banco de barro. Miguel había informado por radio de la situación y ubicación y a los pocos minutos una camioneta 4×4 llegó al rescate de los siete.

La familia Rojas perdió todo: la casa, los dos vehículos con los que el padre y el hijo mayor trabajaban en transporte, las dos máquinas de coser con las que Nancy hacía arreglos. Ahora viven de allegados en la casa del pololo de Igsa. “La casa que perdimos era de mis suegros. Yo no le deseo esto a nadie. Estoy esperando que se abra el área de salud mental del hospital para buscar cómo superar el trauma porque ha sido muy fuerte. Pero cuando pienso en la gente que murió y en cómo nosotros nos salvamos, pienso que todo es por algo, que tenemos que tener fuerza y volver a pararnos”, dice Nancy. ·

Aquí murió un río. Queda solo su carcasa. Un cauce seco. Un lecho polvoriento, con enormes rocas y piedras de todos los tamaños, donde otrora nadaban peces. Su cadalso está unos metros arriba, entre las montañas del Jilguero: un embalse de cemento donde van a morir las aguas del río Zapotal y todo lo que las habitaba. Corona el embalse una gran manta plástica en la que aún es reconocible el rostro de la diputada Gladis Aurora López, vicepresidenta del Congreso; presidenta del Partido Nacional que busca la reelección del presidente Juan Orlando Hernández; y esposa del propietario de esta represa que lleva su nombre: Aurora 1. Ante el retrato sonriente de la congresista se muere El Zapotal. A partir de aquí, el agua corre entubada durante algunos kilómetros para terminar más abajo en unas turbinas.

Caminamos por lo que alguna vez fue río abajo con Magdaleno Aguilar, un recio lenca de 61 años que pescó aquí toda su vida; que se bañó aquí toda su vida. A pesar de que la ley exige a las hidroeléctricas dejar parte del caudal del río para preservar los ecosistemas, aquí ya no hay agua. Este es un cauce árido en plena temporada lluviosa, salvo por una charca formada por la caída de una raquítica cascada que desliza por una de las laderas de la montaña del Jilguero. “Ya ve -dice Magdaleno Aguilar-: Ya no hay río. Ya no hay peces. Ya no hay nada”.

Este río se secó por decreto. Con licencias del ministerio de Medio Ambiente de la administración de facto de Roberto Micheletti, otorgadas sin que se llevaran a cabo consultas ni estudios previstos por la ley. Con permisos de construcción aprobados por la alcaldía de San José sin la consulta popular a la que obligan la ley hondureña y los convenios internacionales. Con un contrato en el cual la Empresa Nacional de Energía Eléctrica se comprometió a comprar durante el siguiente medio siglo la energía producida por Aurora 1. A pesar de que tanto la diputada como su esposo han dicho que el proyecto fue aprobado durante la administración del depuesto Manuel Zelaya, los documentos oficiales revelan que el contrato se realizó en junio de 2010, un año después del golpe de Estado y cuando Gladis Aurora López ya era diputada nacional, a pesar de que la ley prohíbe la firma de contratos estatales con funcionarios públicos.

El Zapotal se encuentra en una reserva natural protegida, en el departamento hondureño de La Paz, a pocos kilómetros de la frontera con El Salvador. Aquí es territorio lenca. Pero ni siquiera una reserva protegida impidió que Inversiones Aurora, la empresa de la prominente familia nacionalista hondureña, obtuviera autorización para construir la hidroeléctrica.

Poco después de recibir los permisos, en 2010, Arnold Castro, el propietario de Inversiones La Aurora y esposo de la diputada López, firmó un acuerdo con representantes de los patronatos de cinco comunidades del municipio de San José La Paz en el que se listan las obras que cada patronato solicitaba a cambio de apoyar la construcción de la represa. Leer esa lista ayuda a dimensionar la pobreza de estas comunidades: repello de la escuela o la iglesia, apertura de caminos, asignación de un vehículo para evacuar enfermos en caso de emergencia, mejoramiento del centro de salud, electrificación de la comunidad etc. Hay otras, como redes para las porterías de la cancha de fútbol y la construcción de una ermita. A cambio, los representantes de los patronatos autorizaron a Inversiones La Aurora el uso de los recursos naturales de sus comunidades para producción hidroeléctrica. Por los próximos 50 años.

El acuerdo se hizo a espaldas de los pobladores, pero eso bastó a Aurora para no llevar a cabo las consultas que la ley le exigía. Cuando le demandaron la consulta, la diputada organizó un mitin con simpatizantes del Partido Nacional y recolectó firmas. Asunto arreglado. En seguida mataron al río. Aurora ni siquiera cumplió con las míseras promesas que hizo a los representantes de los patronatos. Los caminos que llevan a la presa son los mismos senderos maltrechos que abrió, hace muchos años, una organización local de pequeños productores de café. No hay vehículo para evacuar a los enfermos en esa zona de difícil acceso. Nada. Solo la presa.

En Honduras este tipo de proyectos está viviendo su boom desde el golpe de Estado de junio de 2009. “El golpe se convirtió en una piñata”, dice el sacerdote jesuita Ismael Moreno, director de la Radio Progreso, una estación reconocida como lugar de encuentro y plataforma de movimientos populares y denuncias de violaciones a derechos humanos. “Todo quedó sin asidero. Las multinacionales se aliaron con los capitales locales y con los políticos. En los primeros meses se desató una ola de decretos para concesiones”.

El gobierno de Micheletti derogó decretos previos que prohibían explotación de recursos hídricos en zonas protegidas; a partir de entonces comenzó una masiva privatización de ríos y concesión de represas. En un año se concesionaron 40 nuevos proyectos, entre ellos las Auroras.

Desde aquel golpe de Estado de 2009, las sucesivas administraciones de Micheletti, Lobo y Hernández han otorgado 111 concesiones para la construcción de hidroeléctricas. Aprobaron también una ley de incentivos que otorga exenciones fiscales a quienes desarrollen estos proyectos. Algunas de las familias más poderosas de Honduras crearon empresas “verdes” para desarrollar proyectos hidrológicos en medio de comunidades extremadamente pobres. El Estado compra la mayoría de la producción energética.

Se otorgaron además centenares de concesiones mineras; de carreteras, de administración de reservas naturales y, a partir del próximo año, de administración privada de comunidades enteras en las llamadas ciudades modelo.

En el noroccidente, el gobierno hondureño ha iniciado la concesión de carreteras estatales a empresas privadas, y el experimento es tan agresivo que hoy no es posible salir de la ciudad de El Progreso, antigua capital de la industria bananera, si no es pasando por una caseta de peaje. Desde San Pedro Sula, la única manera de evadir la primera de cuatro casetas para llegar a Tegucigalpa es atravesando el peligroso barrio Rivera Hernández, controlado por pandillas. No hay escape de las otras tres casetas. Esa carretera, la que conecta a las dos ciudades más importantes del país, fue construida con fondos del Milenio -es decir, con fondos de los contribuyentes estadounidenses- y contrapartida del BCIE y el Banco Mundial, pero ha sido concesionada a una empresa privada ecuatoriana para que la mantenga y cobre el peaje.

El seguro social, prácticamente quebrado por un millonario fraude cometido por funcionarios de la administración de Juan Orlando Hernández, ha comenzado en algunos hospitales a entregar vales para que los usuarios compren medicamentos en farmacias comerciales. El estado garantiza el negocio a las farmacias privadas.

La minería es probablemente el más rotundo ejemplo de la Honduras concesionada. Según el Equipo Jesuita de Investigación, Reflexión y Comunicación, ERIC, solo en proyectos mineros Honduras ha otorgado 155 concesiones que abarcan la tercera parte del territorio hondureño: 35 mil kilómetros cuadrados; es decir, un territorio mayor que el de El Salvador.

La ley de Minería, aprobada en 1999, afrontó fuerte resistencia de las organizaciones sociales, que lograron una moratoria a nuevas concesiones hasta 2009, cuando el golpe de Estado puso en el gobierno a la administración que contrajo la fiebre de las concesiones y la heredó a las siguientes.

El gobierno de Roberto Micheletti autorizó a las mineras a explotar todos los recursos hídricos de cada zona de operación concesionada y dejó desarmadas jurídicamente el 90 por ciento de las áreas naturales protegidas. Los siguientes dos gobiernos ampliaron el espectro. El año pasado, Honduras fue sede de un cónclave mundial minero denominado “Honduras está listo para la Minería” que ofreció casi mil nuevos proyectos mineros a inversionistas extranjeros.

A ello se agrega el desplazamiento de campesinos para la utilización de tierras en la agroindustria, que también ha sido fuente mayúscula de conflictos sociales.

Honduras ha delegado el desarrollo de su población más pobre al sector privado. El Estado parece haber capitulado a favor de los empresarios.

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El lenca Felipe Benítez ha venido a Simpinula, a pocos kilómetros de donde termina la presa de Aurora, a dirigir una ceremonia maya. Viste jeans, una camisa americana de manga larga a cuadros y una gorra para protegerse del sol. Tiene 44 años; la tez curtida por el trabajo agrícola y una sonrisa que no se le va ni cuando habla de los proyectos hidroeléctricos que él ve como amenaza para su etnia.

Yo he venido tras él porque hoy, 21 de agosto de 2016, se celebra aquí un guancasco: una fiesta lenca en la que usualmente dos comunidades se encuentran para reafirmar su amistad y armonía, en las que suele haber bailes tradicionales. Pero el de hoy no es un guancasco usual. Representantes de varias comunidades lencas de La Paz han hecho el viaje a Simpinula por un tortuoso camino de tierra, cuesta abajo, para participar, dicen ellos, de un día histórico.

Simpinula es un pequeño valle, de difícil acceso, escondido entre cerros y altas montañas. La entrada, y centro de la vida comunal, es una enorme y maltrecha cancha de futbol con parches de grama cuyas porterías son apenas marcos oxidados, sin red, que también sirve de estacionamiento para camionetas y microbuses en los que llegaron decenas de peregrinos. Cuando hay partido, si alguien lanza el balón fuera habrá que irlo a rescatar a los maizales de algún vecino. Justo frente a la cancha está el cerro en el que tendrá lugar elguancasco.

Ha llovido esta mañana y las nubes mantienen ese color gris plomizo que lucen cuando están a punto de reventar y liberar un largo diluvio tropical, como han hecho todos los días durante las últimas dos semanas. Le digo esto a Felipe Benítez a manera de advertencia. Él mira al cielo, se sonríe y me responde que no. Que no caerá agua hasta entrada la tarde. Pronto saldrá el sol.

Los lencas se han reunido hoy en una pequeña planicie que corona el cerro frente a la cancha de futbol. Las mujeres abrieron tres agujeros cúbicos en la tierra en los que han encendido leña a manera de fogón y en grandes cazos preparan atol salado, elotes y un guisado de carne con yuca. En una comunidad pobre, este lujo indica la estatura de la fiesta.

Han preparado con esmero una pequeña alfombra ceremonial compuesta por aserrín y rodeada de hoja de aguja de pino. Al centro colocaron una vasija de barro; una estatuilla maya de las que venden en Copán a los turistas y una botella de plástico con dos litros de chicha para agradecer a la tierra por los cultivos. En los cuatro puntos cardinales, granos dispuestos según la tradición maya: al norte maíz blanco; al sur maíz amarillo; al este frijol rojo y al oeste negro. La alfombra está rodeada por un círculo de hierbas verdes y frutas y flores y candelas de los mismos colores de los granos, simbolizando la purificación, la fertilidad, el sol y la muerte. Una cruz cósmica. Una ofrenda a la madre tierra, la buena madre, que les ha dado el maíz y el frijol. Que les ha dado los ríos y las montañas.

Benítez encabeza una organización llamada Milpah (Movimiento de Indígenas Lencas de La Paz, Honduras) que se ha plantado en resistencia contra proyectos hidroeléctricos en el departamento de La Paz.

Inversiones La Aurora tiene los permisos para construir otra represa, llamada Aurora 2, arriba en Santa Elena, donde vive el Felipe Benítez. El gobierno hondureño no vio ningún impedimento para aprobar la concesión a pesar de que se encuentra, también, en una reserva natural protegida. Benítez y otros lencas sí vieron el problema: una empresa privada quiere apropiarse de sus ríos.

Hace algunos meses, organizaciones lencas como Milpah se tomaron la carretera impidiendo que la empresa ingresara tractores y maquinaria para la construcción de Aurora 2. Mientras resisten in situ, buscan soluciones definitivas. Su misión parece titánica, habida cuenta del poder político de los propietarios de Aurora. La ceremonia de esta mañana en Simpinula es parte de su estrategia. Eso explica la presencia de periodistas de varios medios de comunicación locales, entre ellos radios comunitarias, y algunos académicos, invitados por Milpah para registrar la ceremonia.

Un hombre sopla un caracol hacia el cielo, lo que anuncia el inicio de los oficios. Felipe Benítez toma un micrófono y explica la cruz cósmica maya: “Aquí tenemos la comida que nos quiere quitar Monsanto…”. Lee después un comunicado firmado por los líderes lencas presentes: “Este cerro será llamado, a partir de hoy, Guastes Tupayca”. Como casi ninguno de los lencas habla lenca, Benítez traduce: “El Cerro de Nuestro Señor”. A partir de hoy, pues, este cerro será un centro ceremonial. Los habitantes de Simpinula se comprometen a cuidarlo, a mantener la cruz cósmica en orden y fuera del alcance de los perros callejeros que en el campo, donde no hay calles, se llaman aguacateros.

Invoca al espíritu de Lempira y al de la nueva mártir del movimiento indigenista y ambientalista hondureño: “Berta Cáceres. Que su espíritu nos guíe en nuestra lucha para proteger a Maika Durra, la Madre Tierra”. Berta Cáceres, la líder ambientalista que dedicó los últimos años de su vida a resistir contra estos proyectos, asesinada hace seis meses y hoy colocada en el martirologio lenca junto a Lempira, el jefe que resistió a la colonización española hasta que un arcabús ibérico le partió el pecho. Por el pecho, también, penetró una de las tres balas que terminaron con la vida de Cáceres cinco siglos después.

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Poco antes de la medianoche del pasado 2 de marzo, tres hombres llegaron a la ciudad de La Esperanza, forzaron la puerta de la casa de Berta Cáceres y la asesinaron. El mexicano Gustavo Castro, quien se hospedaba en la casa, recibió algunas heridas de bala. Pero sobrevivió.

Dice Felipe Benítez que habló con ella el día anterior al crimen. “Queríamos hacer un frente común de varias organizaciones indígenas”. El gran desafío que enfrentan hoy estas organizaciones es sobrevivir a la muerte de la más visible de entre ellos.

Cáceres era la activista hondureña más reconocida en el mundo, sobre todo tras haber ganado, algunos meses antes, el premio Goldman, conocido como el Nobel verde. Su asesinato puso en las portadas de los periódicos internacionales el conflicto entre comunidades indígenas y empresas beneficiarias de la fiebre hondureña por concesionarlo todo. Y también los riesgos para los ambientalistas y defensores de tierras en Honduras. Berta Cáceres murió la víspera de cumplir 45 años de edad.

Hija de una lideresa lenca, inició su actividad política en la guerra civil salvadoreña, a los 16 años. Siguiendo a su novio, el activista hondureño Salvador Zúñiga, cruzó la frontera entrando por Cabañas. Ambos se incorporaron al FMLN en 1988. “Estuvimos organizados con la Resistencia Nacional”, aclara Zúñiga. “No solo del lado salvadoreño. Apoyamos en otros momentos en la parte logística en Honduras, en Nicaragua también. Para la ofensiva del 89 estuvimos en Soyapango”.

Tras la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador, ambos regresaron a Honduras a fundar el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH. “La experiencia revolucionaria nos ayudó a organizar a las comunidades, a plantearnos la estrategia pero en tiempos de paz”, recuerda Zúñiga, el primer coordinador de la organización. Mientras Centroamérica intentaba pasar página a los años de las revoluciones y las dictaduras, las banderas del COPINH ya estaban en una nueva lucha: la defensa medioambiental y la reivindicación de la identidad indígena.

El divorcio con Zúñiga terminó también con la sociedad y ella quedó sola al frente del COPINH. Demostró ser hábil para la organización y apta para el liderazgo. Ya había probado ser incombustible y visitaba con frecuencia lugares de muy difícil acceso, lo que ayudó a mitificar su omnipresencia.

Algunas personas a las que Berta fue conociendo en el camino la recuerdan especialmente insistente en el devocional respeto a la naturaleza, heredado de la cosmovisión lenca; y en la recuperación de la dignidad y el orgullo indígena. Pero lo hacía con la estrategia aprendida de los movimientos revolucionarios: participaba en redes regionales, apelaba a la solidaridad internacional, intercambiaba experiencias con otros movimientos en toda América Latina.

Frenó la labor de algunos aserraderos, una de las grandes industrias extractivas de Honduras y origen de violencia en todo el país. Marchó con otros activistas a Tegucigalpa para protestar contra las concesiones (en una de ellas tiraron abajo una estatua en honor a Cristóbal Colón y en su lugar colocaron una de Lempira). Creó talleres para hombres y mujeres lencas. El COPINH se convirtió en un importante lugar de encuentro de muchas comunidades.

En 2010, poco después del golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, el gobierno de facto de Roberto Micheletti otorgó a la empresa Desarrollos Energéticos S.A., DESA, la concesión para construir tres represas en el río Gualcarque, que sirve de frontera a los departamentos de Intibucá y Santa Bárbara, zonas lencas también.

DESA es una empresa privada copropiedad de José Eduardo Atala y sus hermanos Pedro y Jacobo. El grupo familiar, llamado Jacaranda, importa y distribuye equipos de maquinaria y construcción, representa a la marca John Deere en Honduras y tiene inversiones en bienes raíces y energía. Los hermanos Atala son además propietarios del Club de Futbol Motagua.

Su proyecto hidroeléctrico sobre el río Gualcarque, llamado Agua Zarca, obtuvo un financiamiento de $45 millones de dólares provenientes del Banco Centroamericano de Inversión Económica, de fondos finlandeses y holandeses que promueven la producción de energías limpias. Agua Zarca es un proyecto a filo de agua que, a diferencia de las Auroras, sí contempla mantener el caudal ecológico; tiene proyectado producir 21 megawatts en el Gualcarque. Por eso calificó como proyecto de energía limpia para los donantes internacionales. En los albores del proyecto, el gigante chino de construcciones de presas, Sinohydro, fue subcontratado para la construcción.

Agua Zarca instaló su campamento original en Río Blanco, Intibucá, en la ribera oriental del río Gualcarque. Pero el COPINH, capitaneado por Berta Cáceres, logró expulsar a Sinohydro. DESA tuvo que instalarse al otro lado del río, en el municipio de San Francisco Ojuera, Santa Bárbara, donde se encuentra ahora.

Tras la salida de los chinos, DESA contrató para la construcción del proyecto a la empresa Copreca, la misma acusada en El Salvador por fraude contra el Estado por $12 millones de dólares tras el fiasco en la construcción del Boulevard Diego de Holguín (Hoy llamado Monseñor Romero). Copreca, cuyo propietario Jesús Hernández Campollo es prófugo de la justicia salvadoreña, acusado de estafa, peculado y falsedad ideológica, está a cargo de la construcción de otras hidroeléctricas en Honduras.

Pero la presa de Agua Zarca no ha podido construirse a pesar de la inversión que DESA ha realizado ya para iniciar el proyecto (apertura de calles; contratación de ingenieros; instalaciones eléctricas; materiales de construcción; trabajadores sociales; agentes de seguridad privada; etc…), debido a la protesta de las comunidades que se oponen al proyecto. Berta Cáceres encabezó la resistencia contra Agua Zarca.

Hace tres años, Cáceres comenzó a recibir amenazas, de las que responsabilizó a DESA y a las fuerzas de seguridad hondureñas. El jefe de seguridad de la empresa era un militar retirado, Douglas Bustillo.

El Presidente de DESA, David Castillo Mejía, es también un militar. Se graduó de West Point y fue sancionado en noviembre de 2009 por el Tribunal de Cuentas hondureño, por estar recibiendo doble salario de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, ENEE, y de las Fuerzas Armadas, donde fungía como subteniente de inteligencia militar. El Tribunal le obligó a devolver los sueldos. Lo encontró además culpable de vender equipos sobrevalorados a la Fuerza Armada, desde una empresa de su propiedad.

Debido a las amenazas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos pidió al estado hondureño medidas cautelares para proteger a Berta Cáceres. A pesar de las amenazas, el COPINH mantuvo la resistencia. A pesar de las medidas cautelares, Berta Cáceres fue asesinada.

El crimen causó tal indignación internacional que se convirtió en el principal problema político del gobierno de Juan Orlando Hernández. En las semanas posteriores, las autoridades hondureñas llevaron a cabo cinco capturas: Los gemelos sicarios Edilson y Emilson Duarte, presuntamente contratados para perpetrar el crimen; como cómplices continúan detenidos el ex jefe de seguridad de DESA, Douglas Bustillo, a quien Cáceres había denunciado, además, por acoso; el Ingeniero Sergio Rodríguez, a cargo de las obras de construcción de DESA; y Mariano Díaz Chávez, un militar activo al momento del crimen. Hace dos semanas, las autoridades detuvieron a Elvin Rápalo Orellana, el presunto tercer hombre en participar en el asesinato. Hay un prófugo, Henry Hernández, de quien las autoridades suponen que era el conductor, que esperó en el vehículo mientras los asesinos disparaban contra Cáceres y Castro.

Los investigadores armaron el caso a partir de los registros de llamadas telefónicas de los acusados, en los que habrían determinado no solo la ruta y las horas en que los asesinos entraron y salieron de La Esperanza, sino también una intensa comunicación entre ellos y el exjefe de seguridad de DESA; cuando la policía allanó la casa de los gemelos Duarte, encontró el arma con que se cometió el crimen. Posteriormente el Ministerio Público reveló que los gemelos sicarios habían confesado su participación y, según reportes de la prensa hondureña, dijeron haber sido contratados por Sergio Rodríguez, el ingeniero empleado de DESA.

Con las capturas, el gobierno alivió la presión. Y no hay ninguna novedad sobre la autoría intelectual ni ninguna línea de investigación para determinar la naturaleza de la participación de militares en el crimen. En junio pasado, un soldado hondureño dijo al periódico inglés The Guardian que había desertado después de recibir una lista de activistas a los que su unidad debía asesinar, entre los que se encontraba Berta Cáceres. El ejército desmintió estas declaraciones.

Ni el Copinh ni DESA están satisfechos con las investigaciones. “No tiene ningún sentido que responsabilicen al ingeniero Rodríguez o a DESA”, dice José Eduardo Atala, el principal accionista de la empresa. “Nadie se vuelve matón de la noche a la mañana. El ingeniero Rodríguez es un hombre de familia”. Atala asegura que desde que cambiaron el proyecto de Río Blanco a Ojuera habían estado trabajando sin problemas. “Llevábamos quince meses de trabajo ininterrumpido. Habíamos entrado en un diálogo con la señora Cáceres. No tiene ninguna lógica. Hoy tenemos parado un proyecto de $45 millones de dólares que ya iba caminando. Dígame usted si tiene sentido la tesis del Ministerio Público”.

Víctor Fernández, abogado, amigo y asesor legal de Berta Cáceres durante muchos años, es quien representa a la víctima en el juicio. Fernández cree que el caso fue mal armado, porque las investigaciones se basaron en llamadas telefónicas –y ni siquiera se conoce el contenido de esas llamadas- y no en personas. No ve ningún avance en la determinación de la autoría intelectual del crimen ni voluntad del ministerio público. “El caso sigue igual que en mayo, cuando fueron las audiencias iniciales.

Las sospechas sobre el accionar del Ministerio Público se deben también a su historial en un país con altísimos índices de corrupción y de impunidad. “Es el mismo Ministerio Público que en 2013 y 2014 la acusó de portación de armas, usurpación, coacción y daños continuados. Es la misma fiscalía la que llevaba el juicio contra Berta. ¿Cómo podemos confiar en el coyote para que cuide las gallinas?” reclama Tomás Gómez Membreño, quien asumió la coordinación interina del Copinh tras la muerte de Cáceres. Pide que sea la CIDH la que investigue el crimen, habida cuenta de que “en el asesinato han participado el poder económico, el político y el militar”.

Atala también quiere una investigación independiente. Dice haber contratado ya a una empresa internacional para que haga una investigación a fondo. “Mientras no se solucione el asesinato de Berta Cáceres no vendrán a Honduras más fondos internacionales para hidroeléctricas. Es en el interés del país resolver esto”.

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A San Francisco de Ojuera, el municipio que alberga hoy el proyecto de Agua Zarca, se llega tomando el desvío a Santa Bárbara y posteriormente decenas de kilómetros de caminos de piedra y tierra que se internan en las montañas. La plaza central lleva el nombre del actual alcalde, Raúl Pineda, que la pintó y remodeló. Berta Cáceres lo denunció por amenazas y por asociarse con policías, militares y guardias de seguridad privados para reprimir a manifestantes contra la represa. Desde el asesinato de la activista, ni el alcalde ni el vicealcalde quieren hablar sobre la presa. Dicen que no quieren más problemas. El vicealcalde ofrece, a cambio, guiarnos hasta la casa de Ramón Rivera, empleado de DESA a cargo de las relaciones con la comunidad y quien lleva, desde el encarcelamiento del ingeniero Sergio Rodríguez, la oficina de DESA en el pueblo.

Rivera es un hombre delgado, con el cabello entrecano que delata su edad mediana a pesar de su mirada juvenil. Tiene 40 años. Pulseras textiles en la muñeca, lentes y un habla más sofisticada que la de los habitantes locales le hacen parecer un profesor universitario de cualquier ciudad centroamericana. Sabe escuchar y cuando habla habla con una voz serena que fluye con argumentos, aspirando a convencer. En su escritorio hay una maqueta del proyecto de Agua Zarca y varias actas con cientos de firmas de habitantes de la zona que piden la reanudación de la construcción de la represa. El contraataque de DESA, pues, corre a cargo de este señor.

A pesar de su apariencia urbana, Ramón Rivera nació en esta zona rural aislada del mundo. Siendo aún niño se mudó con su familia a Las Vegas, un pueblo minero a orillas del lago Yojoa. Su padre trabajaba en la mina de El Mochito (propiedad de mineras internacionales desde su apertura, en 1948), que extrae zinc, plomo y plata. Esa experiencia temprana parece haber marcado su visión del progreso: “La mina nos dio una mejor casa, con piso y luz eléctrica. Una mejor escuela. Una mejor comida. La mina nos dio una mejor vida. Allí aprendí de desarrollo”.

Años después obtuvo una beca y se mudó a La Habana para estudiar medicina. Allí vivió cuatro años. No terminó la carrera, pero cree que la revolución cubana le enseñó algo más importante: “que todos tienen derecho a una vida digna. Que todos tienen la obligación de ayudar a que el prójimo esté mejor”. Se define como un revolucionario ambientalista y dice que por ello su relación con el proyecto de Agua Zarca es congruente: “Producir electricidad no es delito en ninguna legislatura. Este proyecto es de energía limpia; ha creado trabajos, ha abierto calles, traerá una clínica y una escuela. ¿Por qué se oponen los copines? ¡Si esto es lo que todos queremos… desarrollo!”.

Le pregunto si abrir una calle, poner una escuela y un centro de salud no son obligaciones básicas del Estado. “Sí. También es cierto que el Estado nunca ha cumplido ni está en capacidad de cumplir con su obligación de abrir estas calles y poner clínicas y dar educación y salud a todos los hondureños. ¿Pero por qué nos vamos a oponer a que una empresa privada nos traiga estos beneficios?” Rivera no es el único que piensa así. A este lado del río, son muchos los campesinos, los lencas, que están a favor del proyecto de Agua Zarca. Y Ramón Rivera los está organizando. Convive con las comunidades que están a favor y a todos les habla de medio ambiente. Las hidroeléctricas, dice, son el equilibrio perfecto entre desarrollo y medio ambiente.

Una vez que la hidroeléctrica sea terminada y comience a funcionar, DESA deberá trasladar a las comunidades el dos por ciento de la facturación por venta de energía. Pero por ahora el proyecto está en pausa, porque las entidades financieras internacionales suspendieron los desembolsos desde el asesinato de Berta Cáceres.

La semana pasada, el Banco Holandés de Desarrollo, uno de los donantes, publicó un reporte de situación en el área , realizado por una misión internacional independiente. El reporte es crítico con el proceso de instalación del proyecto y su efecto en las comunidades; sobre todo porque no se llevó a cabo una consulta libre, previa e informada como obliga el convenio 169 de la OIT.

Atala explica las razones: “El país es signatario de ese convenio pero nunca hizo un reglamento. Es el Estado el que está obligado a llevar a cabo esas consultas, no las empresas. Pero el Estado se ha deslindado de esa responsabilidad y nos pide a nosotros que hagamos las consultas, sin un reglamento que determine siquiera cómo se hacen”.

El entonces viceministro de Recursos Naturales, Jonathan Laínez, enfrenta un juicio por otorgar esos permisos de manera ilegal no solo a Agua Zarca, sino a otras concesiones hidroeléctricas, entre ellas Aurora 2. El funcionario enfrenta un juicio; las empresas no están siendo investigadas por beneficiarse de la corrupción.

El informe del FMO coincide con muchas de las observaciones de Ramón Rivera sobre las posibilidades de desarrollo que el proyecto abre para las comunidades de la zona.

Rivera se ofrece a guiarnos hasta la represa por decenas de kilómetros de calle rural que DESA abrió para llegar hasta el Gualcarque. Vamos en un vehículo doble tracción hacia el lugar donde la empresa inició el desvío del río; hacemos paradas en el camino para subir a algunos campesinos que van de un caserío a otro. Todos saludan a Rivera con estima y se quejan del COPINH. Dicen que la organización de Berta Cáceres les ha quitado el trabajo; los acusan de ser violentos. Los responsabilizan de que ahora la calle esté en mal estado; de que no tengan más los servicios de DESA para sacar a los enfermos hasta una clínica en caso de emergencia. Acusan al COPINH, en resumidas cuentas, de condenarlos al subdesarrollo. De dividir a la comunidad. De negarles la posibilidad de optar a una vida como la que la mina de El Mochito le brindó a Ramón Rivera.

Paramos allí donde ha iniciado el desvío del río. Las palas de la compañía abrieron un canal y acumularon la tierra extraída en un macizo al centro del cauce original del Gualcarque. Así se divide un río: uno de los brazos seguirá corriendo por su cauce natural mientras el otro será guiado por un nuevo sendero hasta donde la empresa ha decidido construir el embalse, donde el agua se irá acumulando a la espera de que alguien abra las compuertas para dejarla correr entubada, por cinco kilómetros, hasta que desde un montículo y de manera natural aumente la aceleración y caiga en picada, con fuerza, hasta unas turbinas que producirán los 21 megawatts proyectados; y esa agua se volverá a unir con el caudal. Así se ha planificado el desvío del Gualcarque, pero hasta ahora solo está el pequeño macizo de tierra al centro que bifurca el caudal, que se vuelve a unir en su otro extremo porque lo demás no ha podido ser construido.

A pocos metros hay un puente colgante, construido también por DESA, que une a las dos riberas. Al cruzarlo se llega a la comunidad de Valle de Ángeles, en el departamento de Intibucá. Es uno de los cinco caseríos de Río Blanco y el más próximo al Gualcarque. Aquí, justo a la orilla del río, vive Lucila Mejía, una señora a la que los años han dado una voz ronca y contundente. Habla con un don de mando que contrasta con la voz suave de Rivera. “Con el proyecto no tenemos problemas. Nuestros problemas son con los copines. Ellos nos han amenazado. Nos han dicho que nos van a matar”. Le pregunto cómo y cuándo le han dicho eso. “Directamente no. Pero todo mundo lo sabe. Nos dicen que andemos con cuidado porque los copines nos quieren matar”.

¿Cómo es que un proyecto de energía limpia se convirtió en un conflicto entre comunidades pobres? Lucila apunta el dedo acusador hacia la montaña a sus espaldas, allí donde está el caserío de La Tejera, foco de la resistencia contra la presa. “Ellos están peleando por el río. Pero no es de ellos. Es cierto, es un pleito entre comunidades. Pero ellos pelean por destruir. El río nunca se va a acabar y este proyecto nos trae beneficios. Ya ve usted, dicen que el rico vive del pobre. Pero el pobre también vive del rico. Los copines no quieren que nos den estos beneficios”.

Atrás de ella están dos de sus hijos. Son altos y musculosos. Ambos parecen rondar los 30 años. Uno de ellos cuenta que, hace algunas semanas, los vecinos alertaron que todas las tardes, a tiro de vista de aquí, doscopines se sentaban para registrar los movimientos de estos caseríos. Preocupados por un eventual ataque, uno de los hijos de Lucila decidió ir a confrontarlos. Lucila se quedó angustiada, pensando que podían matarle a su hijo. Él me cuenta la experiencia: “Llegué y no había nadie. Y nunca más volvieron”, me dice él. Le pregunto cómo sabe que alguna vez vinieron. “Eso decían. Pero nunca los vi”. El conflicto en Agua Zarca se ha llenado de fantasmas.

Hay dos elementos que parecen comunes a todos los proyectos de industrias extractivas: la división local de las comunidades a través de promesas de beneficios para quienes estén a favor; y los rumores que se esparcen como bolas de nieve, agravando las divisiones. El conflicto visto desde afuera del bosque parece ser entre corporaciones y comunidades pobres; pero al internarse entre los árboles se parece más a uno de pobres contra pobres.

Víctor Fernández, el abogado que lleva el caso de Berta Cáceres, cree que lo que ha pasado desde el golpe de Estado es un plan para que los grupos de poder se hagan del control estratégico de los recursos naturales de los hondureños. “Estas empresas, que ofrecen hacer inversión social en las comunidades, están traficando con la dignidad de las personas”.

El reporte de misión del FMO recomienda que sigan los desembolsos al proyecto de Agua Zarca de DESA, porque, concluye, no hay ningún proyecto alternativo de desarrollo para las comunidades que viven alrededor del Gualcarque. En otras palabras, el gobierno hondureño no tiene ningún plan para propiciar el desarrollo de las comunidades más abandonadas, salvo delegarlo en empresas privadas que no tienen un interés social, sino de negocios.

El Estado, dice el mismo reporte, ni siquiera fue capaz de mediar cuando inició el conflicto en la zona. Por el contrario, actuó como históricamente ha actuado: envió soldados y policías. Y allí estalló todo.

Honduras es el país más peligroso del mundo para los activistas y defensores ambientalistas. Según la organización Global Witness, desde el golpe de Estado, 118 de ellos han sido asesinados. Ninguno tan visible, ninguno tan reconocido, ninguno tan claro, ninguno tan sonoro como el de Berta Cáceres.

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Muchas veces pasó Berta Cáceres por estos senderos de barro que conducen a La Tejera. Muchas pasaron los equipos de DESA que también ampliaron estos caminos; y los ingenieros chinos de Sinohydro que pretendían construir la represa; y los supervisores financieros; y las camionetas con materiales para instalar el campamento de los chinos a la vera del río Gualcarque. Desde entonces ha habido varios muertos. Incluso antes de que los chinos pasaran de regreso con sus cosas y abandonaran el proyecto.

Alan García tenía 16 años, en julio de 2013, cuando se encaminó con otros pobladores hacia el campamento de DESA para protestar contra el proyecto. Iba con su papá, Tomás, un líder local. Al llegar a las puertas del campamento, los manifestantes se toparon con soldados del ejército hondureño que custodiaban a los ingenieros chinos. Las versiones varían, pero no las armas: Entre quienes participaban en la protesta había ancianos, mujeres, niños desarmados; y algunos hombres con machetes. Las únicas armas de fuego a la vista, aquel día, estaban en manos de soldados y vigilantes privados. Uno de los soldados disparó contra Tomás García y lo mató. Alan, viendo cómo su padre caía, se lanzó a ayudarlo. Recibió otros dos balazos que lo dejaron inconsciente. Fue trasladado a un hospital y logró sobrevivir.

Hoy, con 19 años y huérfano, es un muchacho que habla poco. Es menudo y aparenta tener aún la edad que tenía cuando fue herido. Se levanta la camisa y nos muestra las cicatrices de aquella jornada infausta en que perdió a su padre. Una adelante que ocupa medio torso. Otra atrás… Un cráter en la parte superior de la espalda. “El pleito fue porque ellos se metieron en nuestras tierras. En nuestros frijolares. Metieron tractores. No nos preguntaron nada. No aceptaron ningún diálogo”, dice. “Solo dispararon”.

Horas después de la muerte de Tomás García, un niño llamado Christian Madrid, de 14 años, fue asesinado mientras cultivaba las tierras de su familia. Sus hermanos mayores responsabilizan de su muerte a Berta Cáceres y al COPINH. Dicen saber quién es el asesino: “un compadre de mi papá que andaba con ellos”; y acusan a los ambientalistas de protegerlo. Dos muertes. Suficientes para dividir a una comunidad de tal manera que, aunque mañana mismo se clausurara el proyecto de Agua Zarca, sus diferencias son ya lo suficientemente grandes como para esperar que pronto los pobladores vuelvan a ser una sola comunidad.

“Aquí hemos quedado todos divididos”, dice Juan Bautista Madrid, uno de los hermanos de Christian. “Padres contra hijos, hijos contra padres. Primos contra primos. Aquí nos olvidó el gobierno, nos olvidó la alcaldía. Solo la empresa (DESA) nos trajo la calle y nos puso electricidad. Ellos, los copines , destruyeron el proyecto. Nos han amenazado. Aquí ahora nos matamos entre familias”.

Hay cinco caseríos en Río Blanco. La propiedad de los Madrid queda justo en una parada entre caseríos a la que llaman La Caseta. Algunos kilómetros más arriba se encuentra La Tejera. No avisamos a nadie que vendríamos, pero en cuanto llegamos al páramo que sirve de plaza se nos acercó una señora para decirnos que doña Mercedes nos estaba esperando. Ya sabían que nos habíamos detenido a hablar con la familia Madrid. Cuando entramos a su casa, ya había otras dos mujeres de la comunidad. Cuando salimos eran siete. Convocadas por doña Mercedes “para que ustedes estén bien informados”.

Mercedes Pérez es la líder de La Tejera y la cabeza de una familia matriarcal. Altiva y delgada, con el cabello pintando ya canas, parece la imagen que Lucila, la abuela de Valle de Ángeles, podría encontrar en su espejo si tuviera el cabello blanco. Mercedes habla con la misma firmeza pero desde el otro lado de esa frontera que la presa ha creado entre las comunidades de Río Blanco.

Su casa es la de una mujer pobre que sostiene a una familia grande. Piso de tierra y cocina de leña. En un rincón ha apilado decenas de mazorcas, almacenadas en forma de abanico, que terminan componiendo una figura armoniosa, geométrica, compacta. Hermosa. Encima de las mazorcas hay hierbas olorosas para espantar a los ratones del campo. Enfrente una pequeña hamaca, en la que reposa un bebé de dos años. Tres niños más grandes corren y gritan por la casa. Otro más, un poco más pequeño, nos mira fijo desde la esquina. Una veintiañera lava platos en la pila. Tiene a otro bebé colgando. Todos son nietos de doña Mercedes. Hijos de sus hijos que se los encargaron. Hijos de sus hijas cuyos maridos las abandonaron.

Junto a las mazorcas hay una puerta sin puerta, sino con una cortina, por la cual se entra una pequeña habitación. “Aquí dormía Bertita cuando venía”, dice, con orgullo. “Aquí comía”. A sus espaldas, otro cuarto que sirve de comedor tiene las paredes forradas de afiches con la foto de Berta Cáceres. Entrar a esta casa es saberse en territorio en pie de lucha contra la hidroeléctrica. La abuela Mercedes alza la voz: “¡Yo soy Copinh hasta la muerte! Aquí nunca aceptaremos la presa. ¡Nunca! Son unos sinvergüenzas”.

El origen del pleito, en el que todos coinciden, es muy simple: los tractores de DESA invadieron un frijolar. La gente se molestó con la empresa. Organizaron una protesta y voltearon los tractores. Los militares acudieron a proteger a los chinos. La protesta llegó hasta la entrada del campamento y el Estado utilizó a su brazo armado. Para defender a la empresa. Sonó el disparo que terminó con la vida de Tomás García y los dos siguientes, que hirieron gravemente a su hijo Alan. Alguien mató más tarde a Christian Madrid. Y la bolita fue creciendo. Después hubo otros muertos. Uno de paludismo. Otro asesinado en una borrachera. Una joven murió en un accidente automovilístico. Cada parte de la comunidad ha encontrado la manera de culpar a la otra por cada una de estas muertes.

Le pregunto a Mercedes Pérez por los muertos. Comienzo por Christian Madrid. “Mire, su mamá es mi comadre. Hoy ya no nos hablamos. Ese muchacho no murió por nada. Su familia es la que le vendió las tierras a la presa”. La presiono un poco más y termina responsabilizando a DESA también de esa muerte: “Lo mataron para echarle la culpa al Copinh”. Entonces habla de los otros muertos. El asesinato del borracho le parece sospechoso, porque el asesino actuó con premeditación: “lo llevó a tomar para matarlo”, dice. La joven que murió en un accidente de tránsito, murió intentando llegar hasta donde los tractores estaban invadiendo el frijolar. Si la presa no estuviera en construcción, si los tractores no se hubieran metido en el frijolar, si la comunidad no tuviera este problema… la joven estaría viva. Así que esa muerte también debe agregarse a la lista de víctimas de la represa. Y así. Y cada muerte que menciona le cierra un poco los ojos y le endurece la quijada. Con rencor.

En lo único en lo que parece estar de acuerdo con su comadre, la mamá de Christian Madrid, es en que será muy difícil reconciliar a esta comunidad. Es la misma experiencia en todas las comunidades divididas por estos proyectos, particularmente donde ya hay muertos. Pobres contra pobres. Lencas contra lencas.

Sentado en su oficina de La Esperanza, a pocas cuadras de la casa donde Berta Cáceres fue asesinada, el coordinador interino de Copinh Tomás Gómez Membreño me dirá después: “Estos problemas llegaron con las concesiones de los proyectos. El origen de estos conflictos está en las concesiones, no en las comunidades”.

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La división entre comunidades, hasta ahora, es menor en La Paz. Ni hay muertos entre los que estaban a favor de las Auroras ni hay mucho desarrollo ni oportunidades que defender. La mayor oposición comunitaria a las organizaciones indígenas proviene de aquellos que se benefician del clientelismo político. Alcaldes, representantes patronales, empleados del Partido Nacional en la zona. Y es a través de ellos que el gobierno impulsa su plan.

En Simpinula hay postes de cemento, de esos que sostienen los cables eléctricos. Pero no hay cables. No hay electricidad. Solo postes de cemento. Es un paisaje absurdo en medio de las montañas. El gobierno prometió a los simpinulenses conectarlos a la red eléctrica justo cuando comenzaron los proyectos de las Auroras, pero la comunidad se negó a que se llevara a cabo un catastro para delimitar las propiedades de la comunidad. Sin catastro, les dijeron, no hay electricidad.

No hay electricidad. Los simpinulenses se amparan en el derecho comunal ancestral de los lencas, por el que las tierras de la comunidad son propiedad comunal, no individual, para oponerse al catastro. Esa es parte de su resistencia a las concesiones; su manera de amarrarse al mástil para resistir a los cantos de sirena: Si la comunidad es la dueña de todo, ninguna empresa podrá tentar a un campesino para comprarle las tierras en las que desarrollará los proyectos concesionados. Pero es solo una parte de su resistencia. Negarse al catastro es también reafirmar el carácter indígena de la comunidad.

Las organizaciones indígenas hondureñas, que representan también a las otras etnias (pech, tawaka, misquito, tolupán, garífuna, chortí…), saben que Honduras es signataria del Convenio 169 de la Organización Internacional de Trabajo. El convenio prevé derechos especiales para las comunidades indígenas y aborígenes, siempre y cuando sus condiciones sociales, económicas y culturales las distingan “de otros sectores de la colectividad nacional y que estén regidos total o parcialmente por sus propias costumbres o tradiciones…”. Por ejemplo: propiedad comunal de la tierra y un cerro sagrado para sus propias ceremonias, como el que acaban de proclamar en Simpinula.

El Convenio les otorga además el derecho a decidir sobre cualquier asunto que afecte su cultura, sus costumbres sociales, sus creencias, su bienestar espiritual o sus tierras. Y obliga a los estados signatarios a respetar y proteger sus organizaciones sociales y su forma de vida. Pero uno de los requisitos más importantes, desde luego, es que los indígenas se asuman como indígenas. Por eso es tan trascendente el esfuerzo que están haciendo por recuperar su identidad. Y llevan muchos años en ello.

Berta Cáceres y el Copinh cimentaron buena parte de su estrategia en el 169 y lograron mediante él presionar al gobierno a que cumpliera sus compromisos internacionales. En julio de 2011, Cáceres firmó un convenio con el entonces presidente, Porfirio Lobo Sosa, en el que este se comprometía a no autorizar ninguna concesión sin “una consulta previa, libre e informada”, para lo cual se redactaría un reglamento en coordinación con el Copinh. Además, el gobierno de Lobo reconocía el derecho de las comunidades indígenas a la propiedad comunal.

El convenio tenía dos problemas: que la mayoría de concesiones ya habían sido otorgadas y que el gobierno de Lobo ya iba de salida. Con la llegada de Juan Orlando Hernández, el acuerdo fue engavetado. No hay ningún reglamento. En cambio, la presidencia de Hernández promovió internacionalmente una política de concesiones sin precedentes, que incluyen la creación de “ciudades modelo” en las que las corporaciones extranjeras ganen licitaciones podrán trabajar con ventajas arancelarias en grandes zonas geográficas, con legislación diferente, que en la práctica serán administradas de manera privada. La primera ciudad modelo será inaugurada a finales de este año.

Donald Hernández, abogado del Centro Hondureño de Promoción para el Desarrollo Comunitario CEPRODEH y uno de los principales promotores del 169 como herramienta de resistencia, visita frecuentemente la zona de La Paz y reúne a decenas de indígenas para informarles sobre el tratado de la OIT y escuchar sus inquietudes y su situación.

Cuando lo conocí, hacía una presentación a unos 40 indígenas de la zona de Marcala, en la sede local de la Central Nacional de Trabajadores del Campo. Su lenguaje era claro: “quieren forzarnos a la emigración para que les dejemos nuestros ríos y nuestras montañas y nuestros minerales. Quieren que nos sintamos avergonzados de ser indígenas. ¡Pero somos indígenas! Preguntemos a nuestros abuelos. Que nos cuenten nuestras historias. No veamos a los pies a nadie, nunca más. Tenemos muchas historias; y muchos muertos”.

Uno de los asistentes preguntó cómo podían evitar el avance corporativo sobre sus tierras. Donald Hernández, antes de explicar el 169, respondió: “¡Rescatemos nuestra cultura! Nos dicen robatierras pero no estamos robando nada. Nosotros re-cu-pe-ra-mos tierras. Siempre fueron nuestras. Tierras indígenas comunales. Que un alcalde se las haya titulado a un extranjero no las hace de ese extranjero. Son nuestras.” Entonces les habló del convenio de la OIT.

En la reunión estaba también Margarita Posada, cofundadora de Copinh y una activista local muy respetada, quien fuera cercana a Berta Cáceres. Ha dado seguimiento al proceso de construcción de las Auroras y tiene un archivo del que echa mano para explicar las irregularidades en la concesión de los permisos. Le pregunto cuál es el problema con que se produzca energía limpia, a partir del agua de un río. “Con eso no tenemos ningún problema. El problema es que en vez de consultarnos, en vez de darnos facilidades para que las comunidades mismas produzcamos nuestra energía limpia, los organismos financieros internacionales le dan dinero a empresas privadas que no lo necesitan para que sean ellos los que se lucren de nuestros ríos. Los que los controlen. Los que los destruyan. Ese es el problema. Somos nosotros, las comunidades, las que debemos decidir en qué ríos queremos hacer estos proyectos y cómo los vamos a administrar, de tal manera que nos permitan producir nuestra propia energía en vez de pagarles a estas empresas por controlar nuestros ríos”.

Intenté hablar con Arnold Castro, el propietario de Aurora y esposo de la vicepresidenta del Congreso, pero me canceló a última hora dos reuniones pactadas en la ciudad de Marcala y después alegó estar en reuniones de negocios para no atenderme por teléfono, a pesar de mis insistencias durante más de un mes. Quería preguntarle cómo ha afectado a su empresa el asesinato de Berta Cáceres; cuestionar las alegaciones de irregularidades en la obtención de sus contratos con el Estado; quería que me explicara por qué una empresa de la familia de Gladis Aurora López no ha sido multada ni castigada por no cumplir con la ley. Por qué no respetó el caudal ecológico. Cómo ha beneficiado a las comunidades.

Intenté hablar también con el ministro de Recursos Naturales, José Galdámez, pero me advirtió que lo que lo que yo quería abordar es “muy sensible”. Me ofreció hablarlo en su oficina, después de recibir una solicitud formal de entrevista que incluyera las preguntas que le quería formular. He turnado ya la solicitud. Aún no he recibido respuesta.

En el cerro de Simpinula, el lenca Felipe Benítez lee el acta firmada por todos los representantes de comunidades presentes en el guancasco. En ella, los lencas de la zona se declaran en alerta permanente frente a las “amenazas como las leyes que violentan nuestros derechos indígenas”. Amparados en el convenio 169 de la OIT, “damos el mandato de seguir con el proceso de defensa y organización de los pueblos lencas…”.

Al final de la ceremonia, me siento con Felipe Benítez bajo un árbol, en la cima del cerro que acaba de oficializar como centro ceremonial. ¿Cuántos cerros ceremoniales tienen los lencas? Este, responde, es el primero. Por primera vez se le llenan los ojos de lágrimas cuando le pregunto por Berta Cáceres y qué cambia tras su asesinato. “Es difícil”, me dice. “Estábamos por hacer grandes cosas”. Me pregunta qué me parece la ceremonia de hoy. Le digo que es un hermoso intento de rescate de sus tradiciones, cuyo objetivo es político, no cultural. Benítez me mira de lado y vuelve a sonreir. “Ya le entendió”. Toma un poco de carne con yuca, que han preparado las mujeres del pueblo, y come con gusto. “Pero en el camino vamos a recuperar mucho de lo que hemos perdido durante siglos”. Miro al cielo. Las nubes se han ido. Hoy no llovió.

Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

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La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

La mudanza

Publicado: 27 septiembre 2016 en Mónica Baró
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“La independencia de un pueblo consiste en el
respeto que los poderes públicos demuestren
a cada uno de sus hijos”.
José Martí, “Carta a J.A. Lucena”, 1885.

—Me mudaron porque dicen que les hace falta el lugar. Les hace falta el lugar porque van a hacer un trabajo de no sé qué cosa.

Vicente no se conforma. Ni Orestes. Ni Rolando. Agradecen las buenas intenciones de quienes los mudaron a ellos y a otros cientos. Se alegran por los cientos que en pocas horas desarmaron eufóricos sus viviendas, que canjearon montículos de maderas por la llave de un apartamento, o por las llaves de varios apartamentos. Porque era dando y dando: ruinas por llave(s).

La mayoría que eran los cientos no tenía la menor idea de cómo era lo que abría la llave prometida. Hubo quienes ni siquiera visitaron la vivienda a la que iban a mudarse antes de destruir la propia. A veces los custodios que las cuidaban no disponían de llave para mostrar, en caso de que aparecieran candidatos exigiendo ver. No podría decirse que no era parte del trato, pero tampoco que era parte del trato. La inspección previa quedaba en ese limbo de lo que no se prohíbe ni propicia. Muy pocos fueron y echaron su ojeada. A inspeccionar, nadie con quien hablara. La mayoría que eran los cientos tenía el tipo de vivienda que se destruye sin dubitaciones ante la promesa de una llave inaugural, o varias llaves inaugurales. Lo malo conocido era lo suficientemente conocido como para saber que era mejor cualquier bueno por conocer.

Vicente no era de la mayoría que eran los cientos. Ni Orestes. Ni Rolando. Sus casas costaron mucha mandarria destrozarlas. Brigadas musculosas que se beneficiaron directamente o ayudaron al beneficio ajeno. Solo Vicente tuvo fuerza para dar golpes de hierro y ablandar el concreto. Toda una vida de canto y baile trae sus bendiciones. Con 61 cumplidos, su cuerpo todavía puede destrozar la casa construida con casi toda una vida de canto y baile. Orestes y Rolando acumulan más experiencia. La sumatoria de ambos da 172 años. A uno le resta salud la próstata; a otro, la columna. Es decir, el tiempo royendo los huesos. Ninguno de los dos pudo alzar una mandarria y reventar una pared. A la casa de Orestes la sacrificaron albañiles amigos de un hijo suyo mediante una especie de saqueo convenido: no cobraron un quilo pero se quedaron los restos. Ninguno de los tres se acostumbra a mirar el tamaño de su ausencia en el lugar.

Nadie sabe, con seguridad, qué cosa se va hacer con el lugar.

Vicente, Orestes y Rolando son minoría. Pero no los únicos. Hay otro Vicente, otro Orestes, otro Rolando, que se llama Tomás. Hay una Miriam que no se ha mudado porque teme llamarse Tomás. Y hay otros nombres distintos que podrían llamarse Vicente, Orestes o Rolando. También Miriam. Todos, aún, son minoría. Por suerte, residen en un país donde se afirma que las minorías importan.

***

Siete años atrás.

El lugar es La Playita. Reparto San Pedrito. Provincia Santiago de Cuba. La Playita es el seudónimo de un desastre. Puro sarcasmo. Aquí no hay playa ni nada similar. Al lugar lo bautizaron así porque suele inundarse con lluvias intensas. Porque es zona baja y lo atraviesa un río de aguas podridas con reputación de zanjón, pero que es un río y su nombre es Yarayó, aunque desde hace décadas lo traten como cloaca, por las conexiones clandestinas de demasiados hogares al drenaje pluvial.

Este es uno de los primeros paisajes que se le descubre a la ciudad si se entra por tierra: tras pasar la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, descendiendo por la Avenida Juan Gualberto Gómez, justo frente a la terminal de ómnibus, a menos de un kilómetro del Cementerio Santa Ifigenia.

La Playita –circunscripción 37 del Consejo Popular Mariana Grajales, en jerga administrativa– es otro barrio insalubre dentro de ese otro barrio insalubre que es San Pedrito. Su trama es caótica, desfigurada. Un diálogo contradictorio entre necesidad, pobreza y emprendimiento. La gente sabe resolver el diario. Sea por vías lícitas, no tan lícitas pero toleradas, o incuestionablemente ilícitas. El diario. Esa es la máxima que rige todo el diseño. La espontaneidad como respuesta a problemas coyunturales. Crece un hijo, se casa, nace un nieto: un cuarto de tablas al fondo del patio. Y si hay casa de mampostería y placa libre y se resuelve mejor: un cuarto de bloques en los altos.

La población supera la cifra de 1.400. Se acomoda en un aproximado de 500 viviendas. No todas se respaldan con título de propiedad. Algunas tampoco parecen viviendas. Desde inicios de los 60, San Pedrito es zona congelada. Congelar es una metáfora para restringir. Y es muy acertada. Quienes habiten bajo congelación no pueden construir, ni permutar, ni vender, ni etcétera. Su movilidad queda reducida. Esa es una política frecuente para enfrentar barrios insalubres, o ilegales, o ilegales e insalubres. Se espera que así no se expandan. Aunque, en ocasiones, la política no responde solo a un optimismo invertebrado sino, además, a una acción simultánea que fundamenta la congelación. Tal fue el caso, una vez, de San Pedrito.

Desde siempre, San Pedrito ha carecido de sistema de alcantarillado e instalaciones hidráulicas apropiadas. Una red de zanjas se encarga de las operaciones albañales. Hay un recuerdo que conserva una memoria de 81 años, Miriam Vicet, otra Miriam, que habla de inundaciones en 1948. Ya en esa época había casas. Y antes de esa época. Desde principios del siglo XX, San Pedrito existe y con bulla. Montó una conga que le trajo fama, que era competencia dura. Cuando arrancó 1959, ahí no quedaba de qué asombrarse. Se conocía hasta los tuétanos. Incluso lo premiaron por su contribución a la gesta revolucionaria, fundando en casa de Maíta, Guardado No. 60, la primera delegación de barrio de la Federación de Mujeres Cubanas en la provincia, en agosto de 1960. Vilma Espín, presidenta de las federadas, lo visitó tres veces.

En 1963, el trauma Flora aportó al país un mapa siniestro de vulnerabilidades. La zona oriental, por donde el huracán se entretuvo, quedó hecha un harapo. Fue como si algo hubiera agarrado a la isla por la cola y matraqueado con ella hasta descoyuntarla. Fue toneladas de lluvia. Fue inundaciones. Fue 1.126 muertos. Fue 11.103 viviendas desaparecidas y otras 21.486 con daños. San Pedrito, en especial La Playita, se convirtió en la Atlantis del Yarayó. Y el Gobierno fue y vio el horror y decidió mudar.

El destino iba a ser el Microdistrito José Martí. Un asentamiento que se construía con el sistema Gran Panel Soviético (GPS), gracias a una planta de prefabricación donada por los camaradas de la Unión Soviética a la Cuba post-Flora. La decisión parecía más definitiva que una carta astral. A muchas personas las compulsaron a vender sus muebles, porque los apartamentos nuevos venían amueblados y esos armatostes antiguos no les iban a caber. No les iban a hacer falta. Muchas personas vendieron sus muebles. El padre de Cecilia Oriz, de la calle Antúnez, vendió todo y dejó solo las camas donde dormía su familia, porque ya estaba entrevistado, con planilla hecha y numerito en la puerta. Congelaron la zona. Se paralizaron obras de ampliación y reparación. ¿Para qué construir si van a mudar? El asunto parecía bastante serio. Las federadas organizaron trabajos voluntarios y fueron a limpiar y las niñas ayudaron a sacudir. Cecilia fue a sacudir. Las viviendas las iban a entregar listas para vivir. Era solo mudarse. Ni siquiera había que cargar muebles. Pero la ilusión duró poco. Los encargados del otorgamiento ejecutaron un acto de prestidigitación, no se sabe si por iniciativa propia o por órdenes superiores, y empezaron a cubrir las miles de capacidades con gente que aparecía de cualquier parte. A quienes quedaron atrás en la cola, no les explicaron razones.

Al final, lo que cuentan son los hechos. Y el hecho es que los habitantes de San Pedrito no se mudaron a ningún lugar. Aquello no fue más que un reality show. Las viviendas martianas las limpiaron y sacudieron para otros. Las que le tocaron al barrio se podrían contar con una mano. Nadie se olvida de los elegidos que se marcharon, ni de quienes montaron su tinglado en el terruño disponible, ni de quienes agarraron un pedazo para sembrar hortalizas. Ahí se quedaron con su conga, su Yarayó, su delegación primogénita, sus numeritos en las puertas. Muchos, sin muebles. Congelados todos, con el argumento de que todavía los iban a mudar. Hasta que en 2009, más de 40 años después de aquella premonición de mudanza, los astros se alinean de manera insólita.

El Partido Comunista de Cuba (PCC) barajea la política nacional y en la repartición a Santiago le cae un As. El maestro Lázaro Expósito, un cuadro con la rara cualidad de ser más líder que cuadro, es designado primer secretario en la provincia. Le precede la legitimidad que su trabajo le ganó en Granma, donde ocupaba el mismo cargo desde 2001. Lo respetan primero porque sus resultados son visibles y ponderables, segundo porque su militancia no se agota en reuniones, tercero porque la gente siente que no ha dejado de ser parte de la gente. Pero Santiago es, en todos los sentidos, una bola de fuego. Lo que para La Habana es rebeldía, para Santiago es mero desparpajo, un performance. Y a pocas semanas de oficializarse en la ciudad, el As debuta en el juego.

Unas intensas lluvias activan el Consejo de Defensa Provincial. Asume el mando. Se inundan comunidades en distintas regiones de Oriente. Se inunda, por supuesto, San Pedrito. Se hunde, o emerge, La Playita. Para no perder la costumbre, habrá periódicos que priorizarán la historia de la sequía aliviada y los embalses recuperados. Sin embargo, para La Playita, por ejemplo, será la historia de más pérdidas, del petróleo manchándolo todo, de las zanjas vomitando inmundicias, del Yarayó desbordando sus aguas podridas, de las costras de fango, de la piel restregada conluzbrillante (querosene) para quitar el petróleo. En medio de la desgracia, el primer secretario se presenta en San Pedrito. Les ve la cara a sus dolores. Conversa, no discursa. No utiliza la calamidad de tribuna. Y sus palabras se acogen con esperanza.

A partir de este momento, el año de las inundaciones será el año en que entró Expósito a Santiago y el año en que entró Expósito a Santiago será el año de las inundaciones.

En 2010, empezará el proyecto. Se reactivará la mudanza.

***

Vicente se hizo el hombre que quiso ser en La Playita. De niño fue un callejero consagrado, sobresaliente. La calle fue su talento. Pero no lo malgastó. La calle, ese oráculo subestimado, retribuyó la lealtad. Le reveló lo que debía hacer con su vida antes de alcanzar una edad sensata para preguntárselo. Hay muchas materias que la escuela no imparte, muchas respuestas debajo de las piedras. La base de su formación es una música, una cultura, tan esencial como arrabalera: la rumba. “Miraba y me gustaba y me metía y bailaba y así iba aprendiendo cosas”. Y con la rumba, un poco más profundo, lo afrocubano. Y el tambor batá y el cajón y el palo y los caracoles. De ahí resultó Vicente Portuondo, de una simbiosis entre fe y vocación, que agregó al título de callejero los de bailarín, percusionista, profesor.

La casa a la que iba gente buscando sus criterios profesionales, para entonces ya había prosperado de tablas a bloques, se había convertido en la de cuatro hijos y cuatro nietos y se había expandido para acotejar a la familia multiplicada. “Tenía cinco cuartos. Piso de granito. Clósets. Cocina azulejada. Arriba y abajo placa. Patio enlajado”. Era de una enormidad sin pretensiones, humilde como su entorno, pero resistente a lo que la naturaleza deparara. Cuando el demonio de Sandy atacó la provincia en octubre de 2012 y eligió el viento como arma de destrucción masiva, Vicente permaneció impasible bebiendo vino. Estaba seguro de las paredes y el techo que lo guardaban. Tampoco hubo inundaciones como las de 1963, ni como las de 2009. Meses antes, al canal del Yarayó le habían ampliado las medidas y extraído sedimentos malignos. El río no estaba curado, pero al menos había mejorado su digestión de residuos. Por eso a Vicente le costó entender por qué debía demoler una vivienda que con el huracán no había sentido ni cosquillas. “A mí no me sacaron por Sandy. A mí me sacaron porque a ellos les hace falta el lugar para el proyecto”. En el patio, además, procuraba el sustento familiar criando animales: chivos, ovejos, gallinas, gallos, caballos. Mudarse no suponía un simple cambio de casa sino de vida. Si accedió a irse, fue porque no pudo elegir quedarse.

Los dos apartamentos que le otorgaron en el Asentamiento Yarayó II tuvo que lucharlos. Al principio, ellos, los del proyecto, solo querían otorgarle uno de tres cuartos a cambio de sus escombros. Pero no era justo y protestó porque sus escombros serían de cinco cuartos. Había una esposa, un hijo mayor, y una hija con dos hijos y esposo. No se iban a apretujar en tres cuartos. Los del proyecto aceptaron y concedieron el segundo. “Prepárense que en cualquier momento pueden irse”, dice que les dijeron. El cualquier momento sucedió el 29 de octubre de 2015, que lo anunciaron con casi una semana de anticipación para que despejaran el terreno.

—La casa uno es el que tiene que desbaratarla. Y en el caso mío yo empecé cuatro o cinco días antes porque, ya le dije, mi casa era arriba y abajo.
—Y usted, ¿cómo se sintió? –le pregunto.
—Ah, mija, ¿cómo me voy a sentir? Mal. Todavía estoy mal. No me adapto aquí. Estoy adaptado a tener animales para comer. Aquí no puedo tener ninguno. Y me los robaron casi todos el día antes de venir. Me robaron cinco chivas preñadas. Me robaron un caballo. Que el caballo yo vi cuando me lo llevaban y corrí detrás de la gente, pero tuve que dejar que se fuera porque ya yo estaba durmiendo al aire libre y tenía la cama afuera, el frío… Esto a mí me dejó pérdidas por donde quiera.
—¿Y por qué había que demoler?
—Lo que se dice es que ahí va una avenida, que creo que llega hasta la tumba del Comandante. Esos son los comentarios. Que la carretera tiene que pasar por ahí, que van a fabricar, que no sé qué. Yo lo que sé es que había que irse obligado.

A pesar de las inconveniencias, Vicente fue uno de los primeros en ocupar el edificio donde vive. Se lo entregaron totalmente nuevo. Tanto, que no lo terminaron. Entiéndase que Santiago de Cuba es una provincia en fase de recuperación. Las ráfagas de Sandy acribillaron el fondo habitacional. El 51 por ciento de lo que fuera. Afectaron 171.380 viviendas, derrumbaron 15.889 de las 171.380 (“Ciudad que retoña”, Bohemia, No. 6, marzo de 2013). Hay un programa constructivo acelerado que responde a esa contingencia, que apoyan brigadas de otras provincias y hasta Ecuador y Venezuela. Hay un Plan General de Ordenamiento Urbano, aprobado en mayo de 2014, publicado, en síntesis, por el Instituto de Planificación Física, que fija la meta de crear 29.400 en la provincia con plazo hasta 2025. Entiéndase que no se puede perder tiempo en nimiedades como pegar lozas, nivelar pisos, colocar puertas. No importa que la producción de materiales indispensables para las obras no concuerde con lo planificado. De Santiago nunca se espera menos que heroísmo. Los pueblos heroicos no sustentan planes en el análisis de sus posibilidades sino en la fe en su capacidad de esfuerzo y sacrificio. Esfuerzo y sacrificio han permitido recuperar 62 por ciento del fondo habitacional en tres años. Porcentaje que, según el periódico Sierra Maestra, incluye “105.800 soluciones para derrumbes parciales y totales”. De todas esas soluciones, las que registró la Oficina Nacional de Estadísticas como “viviendas terminadas” por el sector estatal civil en su último anuario de la ciudad fueron 2.254, en 2013; 2.685, en 2014. Las de 2012, por curiosidad: 1.417. Y al concluir 2015, el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, Reinaldo García, informó que 2.632. Entiéndase que ninguno de estos números debería aparecer en la historia de Vicente. Aunque lo montaron en el mismo tren de los damnificados, nunca mereció ese boleto. Y de Flora, ya hacía bastante que se había recuperado.

No es que Vicente sea un hombre ingrato. Es un hombre que aceptó una ayuda en contra de su voluntad. En lugar de preguntarse si su inconformidad clasifica como ingratitud, habría que preguntarse si la ayuda clasifica como ayuda. Hay que disculparle que no salte de alegría en un solo pie. A sus 61 años, cuando ya no cuenta con el recurso de los aplausos, ni el socorro de sus animales, debe volver a construir. “A esto hay que hacerle muchas cosas. Te la dan con este piso, pero este piso no sirve, es cemento que le derriten ahí, le pasan la cuchara y lo pulen un poquito. Los cuartos vienen sin marcos, sin puertas, sin clósets. Es una casa para resolver y sacarnos del lugar”.

De tan nueva que la dan, la dan hasta sin acceso al agua. En enero de 2016, cuando ya casi todos los edificios del asentamiento se encuentran pintados y ocupados, es que se rompe para el hueco de la cisterna. “Es desde las cinco de la mañana: pa-prrrr-ta-pa-pa-pa…”. Las ventanas de la sala de Vicente, en planta baja, se abren a una loma de arena. Las paredes exteriores de su vivienda muestran grietas y golpes. En la pintura, arañazos. “Esto es una falta de respeto”. Una vez cada no se sabe cuánto, mandan un camión abastecedor de agua. Dos veces, desde el 29 de octubre. No obstante, ya esas viviendas las avalaron colocándoles habitantes y pasaron a engrosar la fila de terminadas en 2015.

—Hay muchas personas que sí se favorecieron porque nunca fabricaron y vivían sin nada –reconoce Vicente–. Es como se dice: en casa del ciego, el tuerto es rey. Pero ese no fue el caso mío.
—¿Y la zanja a usted no le afectaba?
—Mija, nosotros estábamos adaptados a la zanja. El problema es que esa zanja es un río. Ahí antes la gente se bañaba, pescaba. Y lo hicieron el desagüe de la ciudad. Pero la zanja para mí… Casi yo me sentía mejor que en esto. Nunca me enfermé, nunca padecí de nada, y desde que estoy aquí no se me quita el catarro.

Si Vicente se hubiera llamado Ramona, no hablaría de la mudanza con amargura. Ramona Guevara es de la mayoría que eran los cientos. Desbarató unas horas antes de mudarse, el mismo 21 de noviembre de 2015. “En La Playita vivía muy mal. Casa de tablas, en lo más bajo, como a una cuadra del río”. Le entregaron tres llaves. Una para su hijo, que tenía un cuarto en el patio con su esposa y dos niños. Otra para su exesposo. Otra para ella y su hija. “Aquí me siento muy bien porque nunca imaginé tener esto. Pensé morirme en mi casita vieja sin poder comprar nada, porque todo se perdía en las inundaciones”. Su principal preocupación es un muro que queda a pocos metros de su puerta, donde se sientan hombres a beber y hablar cosas que ella preferiría no escuchar. Por eso piensa ir a ver a Expósito, para que mande a enterrar unas cabillas en el muro y nadie más pueda sentarse. Sin embargo, a Vicente le tocó llamarse Vicente. Su principal preocupación no son las conversaciones despelotadas que el ron estimula.

—Algo que me está golpeando a mí fuerte es esto que voy a decir: la propiedad de mi casa la tengo ahí, más de setenta años, por mi mamá. Ahora me dan dos casas. Yo pienso que yo pague una sola, que yo no tenga que pagar las dos.
—Pero si la suya estaba pagada, ¿por qué tendría que pagar las que le dieron?
—No… pero hay que pagar. Es obligado así. Todo esto yo tengo que pagarlo, me dicen. Entonces voy a ir adonde tenga que ir, porque si pago, pagaré una de las dos. Si a mí me quitaron una casa más grande. ¡Qué pasa compay!

***

El Quilombo es la idea original del asentamiento donde reside Vicente. Lo denominaron Asentamiento Yarayó I, pero nadie se identifica con esa denominación. El Quilombo sugiere más espíritu, más carácter. Algo con mayores posibilidades de despertar sentido de pertenencia. Un intento quizás por reconocerse en lo nuevo. Porque la gente todavía no se apropia del espacio. Como si no pudiera creer la realidad donde pisa. Las viviendas permanecen demasiado desnudas. El cemento es pornográfico. Permanecen, además, amnésicas. No revelan conflictos, pérdidas, romance. Les falta acumular historia, obvio. Pero les falta, sobre todo, la predisposición a la historia. A casi dos años de ser habitados, muchos apartamentos en El Quilombo lucirán como lucen hoy muchos apartamentos en el Abejita Laboriosa a casi dos años de ser habitados. Es la misma ajenidad. Sus habitantes usan las casas como un traje al que no le cortan la etiqueta. En San Pedrito quedan hogares vulnerables que palpitan con más energía.

Conozcamos a María Antonia. Un término medio entre la minoría y la mayoría que eran los cientos. Se siente bien, pero está inconforme: desde hace siglos se advierte que somos criaturas complejas y contradictorias. “Porque nos entregaron esto con defectos y no ha venido más nadie”. María Antonia vive y muere poniendo parches en el piso que se rompe. “El problema del agua. Hoy estamos secos. Sí, tenemos cisterna, pero no hay motor”. Y no pueden pasarse el día entero cargando tanquetas. “No digo que estoy mal, porque me siento feliz”. El problema son las situaciones que no han arreglado desde que se mudaron hace dos meses. “No, antes de tumbar nosotros no vinimos a ver”. A ellos les dijeron se mudan y ellos se mudaron. “Porque necesitaban el terreno”. Y todavía queda gente allá abajo que no se ha ido porque no acepta las ofertas que le han hecho. “Esa gente está pidiendo lo que necesita. Porque en la vida real, ellos se van a quedar con el terreno de nosotros y nosotros tenemos que volver a pagar esto”. No es que sea una mujer ingrata. María Antonia Bandera es una mujer que aceptó una ayuda que no fue incondicional. “No, todavía no me han dicho cuánto es. Pero yo sé que tengo que pagar. Y mi casa estaba pagada y era más grande”. No se equivoca. Deberá volver a pagar.

Mariela es otra de esas criaturas complejas y contradictorias. “Sí, yo nací en La Playita y tengo 49 acabados de cumplir. Así que imagínate cuántos ciclones pasé allí”. Los ciclones en La Playita eran lo más malo, lo más malo del mundo. “Bien afectados estuvimos bastante tiempo”. Su familia creció hasta doce y su casa hasta cuatro cuartos. “Aquí nos dieron tres viviendas”. Y a un hermano suyo ya le habían dado una en 2012, antes de Sandy, con piso de losas, baño y cocina de losas, clósets. “A nosotros no. A nosotros nos mataron como a los machos. Esto es una mierda lo que han dado. Y tenemos que pagarla”. Si hubiera sabido esto, ella no hubiera roto su casa. “Pero ya cuando tú rompes tienes que ir para donde te metan”. Se desesperaron. Llevaban dos meses: que se van hoy, que se van mañana, y con todo empaquetado. “Demoler la casa fue lo más grande. Mi hermano desde las cuatro de la mañana trajo una brigada que se favoreció de los materiales. Nos desbarató la casa y se llevó los bloques, unos pisos buenos que mi papá había puesto…”.

El papá de Mariela es Orestes. Orestes Guillart es una miniatura de 89 años con bastón, sombrero y botas de niño, que todavía sonríe cuando le sacan fotos. Mariela lo trata a ratos como un muñeco. Lo manda a callar, le prohíbe esforzarse. Lo quita, lo pone. Siempre, como una reliquia. Es su manera de cuidarlo. Las preguntas para Orestes, ella las responde o completa. Explica que hasta el final su papá no quería romper su casa. “Su casa que él la hizo. No quería, no quería, no quería. Él nunca quiso venir para acá”. Pero los hijos lo convencieron de asumir el sin remedio. “Mi mamá y mi papá eran propietarios, pero si el Estado necesita… El Estado es el que manda”.

—¿Y por qué estaban haciendo la mudanza? –pregunto a Mariela.
—Ay no sé… No sé si es por la cercanía de nosotros del cementerio… Cuando se muera Fidel Castro eso tiene que estar verde desde allá hasta acá. Yo pienso que por eso es que nos mudaron. Eso es lo que comentan las personas.
—Que es para hacer la avenida.
—Para hacer la Avenida Patria.
—Pero nunca se lo dijeron así en ninguna reunión.
—No. Nunca nos dijeron por lo que era. Que se necesita ese pedazo y a todo el mundo hay que mudarlo, pero los motivos, nunca los he sabido.

El hermano de Mariela que trajo la brigada que desbarató la casa que construyó su padre, trabaja como pintor en la Avenida Patria. Eduardo ha hecho mucho por esto. Integró el Contingente Héroes del Moncada, el Contingente Ho Chi Ming. “Yo sí tengo qué contar”. Su ruta como pintor y auxiliar de albañilería es la ruta de las construcciones monumentales en Santiago de Cuba. Entregó el Mausoleo José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia, la Plaza de la Revolución, el Teatro Heredia, la Sala Polivalente. Y ya entregó también la Avenida Patria. Nunca ha hecho ni ha entregado nada él solo, pero siente muy suya cada obra. Eduardo ha sentido mucho por esto. Ahora con la mudanza siente gratitud, y con la Avenida Patria, orgullo. “Gracias a la Revolución, tengo lo que tengo. Jamás en la vida yo iba a pensar tener un apartamento”. Ya hizo su clóset, el de su mamá, porque a él le tocó con sus padres. “Poco a poco. Hay que sacrificarse”.

—Y en la Avenida Patria, ¿hace cuánto que trabaja?
—Desde que empezó la Avenida Patria. Yo empecé en la Plaza de la Revolución.
—¿En qué año?
—En el 2015. Hace un año.
—¿Y qué pinta?
—Las fachadas de lo que es toda la Avenida Patria, desde la Plaza de la Revolución hasta después del cementerio, hasta la barca de oro, que es el tramo siete. El tramo uno es la Plaza de la Revolución.
—¿Y cada qué tiempo pinta?
—Ahora mismo estamos repintando lo que se hizo hace nueve meses, un año. Ya yo empecé de allá para acá.
—Está pintando por segunda vez.
—Por segunda vez.
—Las fachadas.
—Las fachadas. Lo que hicimos, lo estamos haciendo de nuevo. Eso se llama re-pin-tar.
—Y esa avenida ¿para qué la hicieron?
—Esa Avenida Patria tiene mucho sentido. El día de mañana, cuando suceda lo que va a suceder, van a venir cientos de presidentes, porque están interesados en conocer Cuba. Cuando suceda lo que va a suceder. Que Dios me lo libre, porque yo soy fidelista. El día de mañana, cuando él caiga, como cayó Hugo Chávez, un ejemplo, esto va a ser lo más grande. Entonces por eso se empieza la Avenida Patria hasta el Cementerio de Santa Ifigenia. Eso va a ser lo más grande de la vida. Como Lenin en la Unión Soviética.

La casa que construyó Orestes comprando bloque por bloque y con un crédito del banco no era lo más grande de la vida, pero era su casa. Y una parte de su vida lo justamente grande como para no querer derribarla. Orestes era operario de máquinas soviéticas empleadas en la construcción y conocía los métodos y proporciones que garantizan la solidez de una obra. “Manejar el equipo y graduar el agua para poder hacer un concreto con calidad. La fundición para la placa y los pisos. Ese era el trabajo mío”. Hoy mira a quienes construyen asentamientos como El Quilombo y se ríe. “Hacen las cosas como quiera”. Tampoco consigue adaptarse. A él le gusta estar amplio. “Yo tenía lugar para 17 machos. Mis pollos. Gallinas”. Y aquí no los puede tener. “Vamos a ver cuando acaben esto cómo es la cosa, si se puede tener un corral fuera, que tú lleves la comida allí y los atiendas”. Extraña su patio. “Sí, sí, cómo no”. No quería demoler. “No, hija, no. Fíjate que desde que me mudaron, allá no he vuelto más que un día”.

***

—Entonces tenemos que pagar 10.000 pesos, como si esto estuviera enchapado y pintado.
—¿Y usted era propietario?
—Sí. Y nos dijeron que los propietarios íbamos a pagar la mitad del precio. Pero no cumplieron.
—Tienen que pagar los 10.000 pesos.
—Diez mil pesos valoraron así: ¡pum! Y yo digo: “Señor mío, aguanta un momento, yo soy jubilado, ¿de dónde voy a sacar?”. Que si tienes que buscar codeudor… Y nadie me quería servir de codeudor. Ahora, después de varias protestas, arriesgándome a otro infarto e incomodándome por la situación que estoy viviendo, es que me han permitido ajustar 50 pesos de mi propia chequera para el pago de la vivienda.
—¿50 pesos mensuales?
—Sí, por encima de 50. No me especificaron.
—Y su chequera, ¿de cuánto es?
—Es de 200 pesos.
—Y tiene que pagar el refrigerador.
—Ajá. Estoy pagando el frío. Lo que me quedan son 143. Ahora cuando me ajusten la vivienda no sé si que me quedo en 80 o 90.

Fernando Salazar se mudó de La Playita para el Asentamiento conocido como Abejita Laboriosa en marzo de 2014. Vive con su esposa, su hija menor y un nieto que nació aquí. Como es un hombre enfermo, le dieron planta baja. Pero la ubicación en vez de traerle alivio lo que le trajo fue problemas. Cuando llueve, en su casa se cuela una mezcla de agua estancada y orine, más lo que no es orine, si coincide el mal tiempo con un horario pico del proceso digestivo del vecindario.

—Como no han hecho los canales que evacúan el agua pluvial, de allá atrás viene toda esa agua rodando y se hace un embalse detrás de mi edificio. A mí me entra por los tragantes del baño y el patio. Y al señor de al lado le entra más cantidad.
—¿Eso cuando pasó?
—En el último aguacero que cayó fuerte. Y no me entró caca porque fue por la madrugada y en el edificio a esa hora es difícil que una persona vaya a hacer caca. Pero sí entró orine. Aquí esto estaba… ¡Imagínate! Ácido vivo. Cuando me levanté: todo corriendo y con la escoba aproveché y busqué un poco de luz brillante y fui echando… Fue tremendo para sacarlo por la puerta. Tuve que meter mis manos ahí porque yo no dispongo de guantes. No estaba esperando que esta sorpresa me cogiera así a bocajarro.
—Pero cuando se mudó para acá no pasaba eso.
—No hubo aguaceros. Ya fueron dos aguaceros fuertes.
—¿Y pasó en los dos?
—Sí. En el segundo no me dio tiempo porque no tenía bloques, ni cemento, ni arena disponibles. Ahora ya hice un muro por si acaso viene otra lluvia, se quede todo dentro del baño.

La realidad de Fernando obliga a conceptualizar de nuevo lo que es bajo costo, mediante una pregunta que permita valorar más socialmente los beneficios: ¿para quién es bajo el costo?

“Hay que tener cuidado de cómo va a ser el futuro de nuestra patria. ¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? A nadie le gusta que lo engañen”.

***

A Cecilia, la que fue a sacudir con las federadas, le hubiera encantado llamarse Vicente, Orestes o Rolando. Lo que ella no consigue entender es por qué todavía no la han mudado. A ella, a su familia, al resto de sus vecinos. Cecilia no tuvo la dicha de ser de la mayoría que eran los cientos. Su casa no entorpece ningún proyecto de avenida. Es una de las enumeradas de San Pedrito que soltaron pájaro en mano por cien volando. Se inunda en tempestades y no precisamente de aguas pluviales. Sus pisos y paredes son un campo de batalla entre remiendos y musgos. La manosea una zanja poblada de ratas insomnes que socavan los cimientos. Pero, al parecer, no es nada que no se pueda continuar postergando.

En 2012, Sandy ubicó la vivienda de Cecilia en la cifra de las 171.380 desafortunadas. Otra vez, la respuesta fue que esperara. Que esperara por el proyecto San Pedrito. Que no le iban a entregar materiales para que pusiera techo y reparara porque la iban a mudar y sería un despilfarro en medio de tanta necesidad. Que mientras, resolviera con unas lonas de nailon y unos palos rollizos. Que ya la intercalarían entre las personas que fueran mudando. Y Cecilia se animó. Creyó que el estatus de damnificada de Sandy traería el beneficio que anhelaba desde los once años, cuando fue a sacudir aquellos muebles que nunca fueron suyos y por los que perdió los de caoba que acomodaban su casa. Si había que esperar un poco más por la mudanza, esperaría. Sabía bien cómo hacerlo.

Tres años y tres meses después, Cecilia permanece en el mismo lugar, con 58 años y la esperanza quieta en la mirada. Pero Cecilia es cada vez menos Cecilia. En 2013, su hija perdió una barriga de gemelos con siete meses de gestación. “Los médicos dijeron que podía haberla afectado el lugar donde vivíamos, pero no se sabe”. En abril de 2015, enterró a su esposo con los pulmones minados de cáncer. “Pasó dos años y ocho meses con su enfermedad en esta humedad, que fue lo que lo acabó de matar”. Y en septiembre de 2015 nació su nieto, tras librar una batalla con la muerte. Yeny sufrió preeclampsia y hematoma retroplacentario: presión arterial alta y desprendimiento prematuro de la placenta. Sin embargo, las complicaciones no acabaron en el parto. Con cinco meses, Alex ha estado hospitalizado en dos ocasiones. “Cuando cae la tarde, ya el niño se nos pone malo, empieza a tupirse y con falta de aire”.

En la casa, honestamente, cuesta respirar a cualquier hora. La pestilencia ácida de la zanja se siente incluso detrás de la lengua, en la garganta, hasta en los lagrimales. Allí se han acostumbrado al asco. Después de unas horas, cualquier persona que no sea alérgica podría acostumbrarse, sin que un ataque de tos tranque su sistema respiratorio y le obligue a marcharse. Después de unos años, cualquier persona podría volverse alérgica. Pues es un hecho que nadie se transformará en anfibio.

El Doctor Enrique Molina, en su artículo “Contaminantes biológicos del aire interior de la vivienda: factores contribuyentes, afecciones relacionadas y medidas correctivas”, publicado en 2015, en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, explica que los mohos, desencadenantes comunes de alergias, se reproducen por medio de pequeñas esporas que se transportan continuamente en el aire libre y en interiores, y que cuando se adhieren a superficies húmedas, comienzan a crecer y a alimentarse de esas superficies. Asimismo, entre los síntomas y afecciones asociada a la exposición a tales esporas, identifica “reacciones alérgicas, como irritación de los ojos o la piel, rinitis, tos y estornudos, manifestaciones de asma”. Orientación del Doctor: eliminar la fuente de la humedad.

“Cuando tú ves ese verde que se está dando en una pared, ¿qué te dice eso? Esa es la humedad que tenemos abajo. Donde quiera se da una matica”, dice Cecilia mientras me muestra ese jardín exuberante que es su casa. “Todo esto es hueco. Ya hemos tapado, pero persisten los huecos. Por todos esos entra agua”. Y una vez comprendida la delicadeza de paredes y suelos, me invita a apreciar los techos: prodigios de la ingeniería post-Sandy. Desde 2012, lo que les cubre las cabezas son los mismos troncos y lonas que otorgaron, láminas de cinc recuperadas del desorden que dejó el huracán, unas tablas de madera para ataúdes que les regaló un pariente. “Esto es para guarecerse del sol y el sereno. Pero llueve y se moja todo”. En la casa hay capucha para cada caja que guarda cada cosa. Para completar el cuadro, los troncos han empezado a desmoronarse en un polvo amarillento y las tablas para ataúdes a incrementar la población de insectos. “Sueltan un bichito negro, que es una puntica así, con una guasasita verde, que pica. Al niño me lo están picando”.

Lo mejor de la casa, según Cecilia, es el frente. El frente del pedazo que le corresponde a Aleida, una de sus dos hermanas, que por su ubicación privilegiada en el campo de visión de cuanto transite por la Avenida Patria, clasificó en el plan de reparación por el 500 aniversario de la ciudad. Lo mejoraron con tres ventanas de aluminio, una puerta de aluminio, y esmalte rosa pálido. “Tú ves el frente y qué te vas a imaginar lo que hay aquí adentro. Por eso yo digo que estamos viviendo detrás de la fachada”. Pero lo que más ha perturbado a Cecilia y a sus iguales ha sido la demolición de las viviendas de la acera del frente, del otro lado de la Avenida Patria, o Crombet, como aún se le llama.

—En toda esa avenida desbarataron casas que valían… Aquello partía el alma. ¡Acabaditas de hacer! Y las que no, estaban por terminar. Sin necesidad. Porque esa gente se llenaba cuando ya nosotros estábamos ahogados.
—Y las quitaron.
—Sí, las quitaron para agrandar la avenida. Todo lo desbarataron. Y mira las condiciones en que nosotros vivimos. Van cambiando, van cambiando las formas de hacer las cosas y se van quedando las personas.

***

El proyecto San Pedrito se define como una transformación integral, o también como un programa de reordenamiento urbanístico, donde intervienen instituciones múltiples con el fin de mejorar las condiciones de vida de una población estimada en 16.000.

Madelín Méndez, jefa del Puesto de Dirección del proyecto, expresidenta del Consejo Popular Mariana Grajales, apunta que “había una deuda pendiente con esta comunidad y felizmente la estamos realizando”.

Los primeros en intervenir para saldar la deuda fueron los especialistas de la Dirección Provincial de Planificación Física. En 2010 realizaron un diagnóstico para valorar las vulnerabilidades del territorio, los cacharreados sistemas sanitarios, el fondo habitacional, las vías de circulación. Lo típico en esos estudios. Trazaron planes, objetivos, acciones, distribuyeron informes, y arrancó el trabajo.

Entre 2010 y 2012 la gente empezó a ver y escuchar los cambios. Se instalaron miles de líneas de teléfono y se iluminaron espacios públicos. Se emprendió una labor de saneamiento del río, rehabilitación de redes de drenaje pluvial, creación de alcantarillados. Y, por supuesto, se reactivó la mudanza.

Una noticia publicada en Granma en noviembre de 2011, bajo el título “San Pedrito comienza a cambiar su imagen”, hablaba de las primeras 12 familias mudadas, o reubicadas, y aseguraba que “mediante el esfuerzo concentrado del país” el reparto transformaría la imagen infraestructural de sus 9.845 viviendas clasificadas entre regular y mal estado. Dos datos que no necesariamente han estado relacionados. De acuerdo con Méndez, el reparto contaba con más de 10.715 viviendas cuando el levantamiento, es decir, que si a esa cifra se le restan aquellas 9.845, el resultado importante es que la mayoría se encontraba en mal estado. Para ahorrar molestias: 870 buenas. Sin embargo, el estado constructivo no siempre ha funcionado como indicador determinante en las mudanzas.

El proyecto se organiza en seis zonas. El orden de las zonas indica la prioridad. La zona uno corresponde a La Cañada, hermana menor de La Playita. De ahí eran las 12 familias contentas de las que hablaba Granma. En la cañada habitaban unas 800 personas. Se fueron 500, quizás 600, “el número exacto no lo puedo dar”, para 349 apartamentos. Este último número sí es exacto. Y se quedaron entre 70 y 80 viviendas, “que no afectan al proyecto, que están del otro lado de donde realmente se va a hacer la gran inversión”. Esas las van a rehabilitar. ¿Y no se inundan? “No se inundan”.

La zona dos corresponde a La Playita. De ahí eran Vicente, Orestes, Rolando. De La Playita se fueron más de mil personas para 425 apartamentos. Y se quedaron unas 95 viviendas que no reubicarán: “están en un plan de reposición o rehabilitación, o esperando decisiones finales del Gobierno”. Más otras diez, que sí deben reubicarse, pero sus moradores no han accedido. “Casitos muy puntuales que necesitamos mudar para que los constructores puedan desarrollar lo que quieren en esa área”.

—Y esas diez, ¿por qué no las han mudado?
—Sí, esas están siendo atendidas por las comisiones para mudarlas.
—¿Para qué fecha?
—Estamos esperando la entrega de nuevas viviendas para poder hacer la entrega a cada morador.
—¿A esas personas les darían casas? Porque supe que no querían apartamentos.
—Eso no puedo respondértelo. Eso está en manos de la dirección del Gobierno, que está evaluando la atención que se le va a dar a cada caso.
—Y si esas personas no quisieran mudarse, ¿se podrían quedar ahí?
—No. El proyecto no permite que alguien se quede, porque hay una inversión que se va a hacer en esa área. Debe haber un acuerdo con esa familia para solucionar los problemas del Gobierno y de ese morador.

La zona tres del proyecto, la más extensa, que es por donde marcha ahora la mudanza, abarca desde la Avenida Crombet (o Patria) hasta Los Pinos. Abarca las calles Bacardí, Frías, el triángulo de San Pedrito. Abarca la franja de Cecilia y sus iguales de la zanja. Lamentablemente, antes de Cecilia y sus iguales de la zanja, hubo que reubicar en 2014 a los vecinos del triángulo, a los de las casas acabaditas de terminar. Yarielis Ferrer, jefa de Departamento de Planeamiento Municipal de la Dirección Provincial de Planificación Física, precisa que esas viviendas habían sido rehabilitadas, pero “hubo que reubicarlas por la Avenida Patria, porque por ahí pasaba y se afectaban”. Los dos carriles de Patria costaron 25 viviendas recién rehabilitadas, más las otras que tuvieron que entregar a quienes habitaban en las 25.

Las zonas cuatro, cinco y seis aguardan su turno. Corresponden a sitios disímiles del barrio. Menos urgentes. Aunque igual Sandy alteró un poco el orden y obligó a anticipar beneficios por “situaciones emergentes”.

En total, en San Pedrito se deben reubicar y reponer 1.917 viviendas hasta 2017. Esa es la meta del proyecto. Según Ferrer, 1.527 se reubicarán y 390 se repondrán (se van a demoler y construir en el mismo emplazamiento). De las que se están reubicando, 1.400 fueron catalogadas en mal estado. El resto, entre bueno y regular. Y en La Playita, Méndez dice que de las 408 reubicadas: 146 malas, 169 regulares y 93 buenas.

No son muchas. Si se piensa en la cifra de malas, las viviendas buenas que desbarataron no son muchas. Sin embargo, si se piensa en las personas damnificadas por Sandy que todavía aguardan por un techo seguro, las viviendas buenas que se desbarataron no son ni muchas ni pocas: son un absurdo.

***

—Mi yo dice que es aquí –afirma Miriam, otra más que sacudió muebles junto a las federadas–. Cuento con 62 años y quiero seguir dando frutos. Yo soy activa. Voy para aquí, voy para allá. Y quiero estar en mi lugar, donde me siento cómoda para desplazarme.

El lugar de Miriam, aún, es La Playita. La Playita es una sombra mutilada de lo que fue. El terreno: desolación y ruinas. Casas a medio tumbar, cascarones rotos. Golpes de mandarria como premoniciones. La vida silvestre apoderándose del abandono. Y el río, un coágulo verdinegro de fecales, donde la luna inescrupulosa se refleja. El Yarayó continúa siendo esa gran comunión intestinal de la ciudad. Su olor es tenaz. Al rato, se tolera. La nariz deja de resistirse y siente que así es el aire original. Sin embargo, para Miriam todo eso es una realidad desenfocada. Para Miriam Zamora, cronista popular de San Pedrito, integrante del proyecto De la Ciudad, las Calles y sus Nombres, lo central es su barrio. De eso es de lo que puede contar y para ella poder contar lo es todo.

Miriam Zamora puede contar los orígenes de los nombres de cada calle. El fusilamiento de los 53 expedicionarios del vapor Virginius y de Perucho Figueredo. El puente que mandó a erigir don Emilio Bacardí y su apoyo a la causa independentista. La ruta del Yarayó que seguían los pescadores hasta la bahía. Los nombres de los muertos que la tiranía batistiana dejó en la Avenida Crombet. El paso de Flora y las pérdidas y la recuperación. Los mandatos de todos los secretarios del Partido en la provincia.

Que no son más que un montón de historias. Cosas que no se pueden tocar. Porque estrictamente el pasado no existe. Pero no solo con bloques se construye un país. Por eso le preguntaba a Miriam, una y otra vez: ¿Por qué usted no quiere mudarse? Y una y otra vez ella me contaba las mil y una historias. Se erguía, adornaba la voz, como si hubiera un auditorio en su sala y no fuera tarde en la noche. “Y es verdad que patria es humanidad”, dice citando a Martí, “porque si tú no amas a tu patria, no tienes el sentido de pertenencia que imbrica el lugar donde naciste, no te quieres a ti misma, no te conoces ni tienes un objetivo para luchar en la vida”. Y otra vez don Emilio Bacardí, los muertos en Crombet, el fusilamiento de Figueredo. Y otra vez la pregunta torpe: ¿Por qué no se quiere ir? Hasta que entiende que no la entiendo, desviste la voz, se quita la sonrisa desatornillada de la cara y contesta: “No. No es que no quiera irme. Yo no me resisto al desarrollo. Si aquí se va a hacer algo que afecta mi vivienda, yo puedo cruzar para otras que se hagan cerca. Porque donde conozco la historia es aquí. Lo demás sería tirarle piedra al morro”. Y tampoco le gustan las edificaciones nuevas.

—Son muy estrechas. Mira el espacio que yo tengo. Yo trabajo costura, vivo de eso y lo pongo al servicio de lo que haya que hacer. Nunca he afectado a mi Revolución pidiéndole ayuda económica. Con mis manos es que sobrevivo. Yo hago cosas que sean de fácil adquisición, modelos que puedan agradar a la gente.
—Porque usted hace ropa. No remienda.
—No, no remiendo. Yo hago ropa. Los remiendos no me gustan. Porque digo que eso es atraso. Yo transformo. Un pitusa que se rompió, trato de que te quede no como un pitusa emparchado sino como un modelo. Y todas las telas que tú estás mirando ahí son del campo socialista.
—¿Del campo socialista?
—Sí. De cuando la Unión Soviética ayudaba a Cuba.
—¿Conserva telas de esa época?
—Sí. Tengo un cuarto con sacos de retazos múltiples, porque no boto nada.
—¿Pero eran de ropas suyas?
—No… son telas nuevas, recorterías, porque yo hacía canastillas, trajes de novia… Antes las telas eran liberadas y las compraba en la tienda. Mira: este tejido es uno de los mejores del campo socialista. Y mira: esto es campo socialista, combinado con una modificación actual que hice, porque se están usando estos contrastes…
—¿Y cuánto cobra por los modelos?
—Bueno, como está la vida. Yo adecuo que lo que haga me alcance para una botella de aceite, una libra de carne. Todo yo lo suplo con la costura.

Aunque no quiere resistirse al desarrollo, a Miriam le cuesta entender por qué debe demoler. “Esto me ha costado dinero, porque tú sabes que hacer una casa de placa no es fácil. Y que tenga que trasladarme hacia otro lugar, con diferentes condiciones… Esto no es bajo costo”. Miriam construyó para que durara. Trabajó en construcción industrial y se instruyó en los métodos para evitar hundimientos en terrenos húmedos. “Hice los dados que eran de mi tamaño, subí 1.25 y fundí en seco. La cimentación con grado de oscilación en balsa, como se suele decir, pero en balsa de los arquitrabes. Amarré, hice una balsa y no me hundo porque todo el peso lo reciben el arquitrabe, la balsa y los dados”. La casa es su patrimonio familiar. La comparten hijos, nietos, un hermano. Tiene dos niveles y soportaría un tercero: “Porque la esperanza del pobre es el techo”.

Quienes quedan en La Playita guardan más o menos la misma esperanza. Amado, Ana Rafaela, Leonardo, Ricardo, Josefa, Zurelis, Magdalena, Enélides… Unos exigen casas para poder dividir o fabricar en la placa cuando crezca la familia. Otros, que les otorguen algo equivalente a lo que perderían. Otros, más apartamentos para solucionar sus problemas de hacinamiento. Todos son propietarios.

Amado Palacios, mecánico industrial, miembro de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, inventor de un sistema para proteger motores eléctricos que ha sido implementado en varias empresas, desde sus casi dos metros de estatura, argumenta: “Yo me he sacrificado para atender a mi familia. Toda mi vida he luchado para esto. ¿Por qué razón debo irme ahora para un apartamento chiquitico? Mire el tamaño que yo tengo. ¡Que no entro! Mire los pies largos que tengo… Y mis hijos son iguales”. Su vivienda es impecablemente nueva. Piso de granito, baño y cocina enchapados, dos cuartos. Sencilla, pero amplia y fuerte. “Si la cosa es para mejorar la vida de las personas, ¿por qué tengo que sacrificarme? ¿No es para mejorar? Denme algo que mejore lo mío. Porque yo no puedo echar para atrás. Yo quiero irme, porque estoy a favor del desarrollo. Yo soy revolucionario y todo el mundo aquí es revolucionario, pero no puedo empeorar mi vida”.

—Se nos ha dicho hasta de expropiación –acota Miriam, que acompaña.
—¡Hasta esas cosas nos han dicho! –agrega Disnaidis Lovaina, esposa de Amado–. ¿Cómo van a decirnos ese tipo de cosas? No nos pueden decir eso.

De hecho, sí pueden. El artículo 25 de la Constitución de la República de Cuba autoriza la expropiación de bienes “por razones de utilidad pública o interés social y con la debida indemnización”. Y tampoco es algo atípico en el mundo.

—¿Y qué explicaciones les han dado para la mudanza?
—Ellos dicen que hay que irse porque esto se va a seguir inundando –responde Disnaidis.
—Es un proyecto de mejorar la comunidad –precisa Amado.
—Aunque a lo mejor no es tanto así –continúa Disnaidis, suspicaz–. A lo mejor el mejoramiento está en cambiar toda esta zona, como está cerca del cementerio… Y esto realmente afea. Dicen que es para evitar las inundaciones, pero aquí nadie es bobo. Hicieron una avenida muy linda y es lógico que quieran hacer otra reestructuración.

De repente, Miriam comienza a cantar: “Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. Y seguido exclama: ¡Esta es nuestra pequeña Venecia! Esto era un canal. Yarayó lindo. Agua azulita. La gente tenía botecitos y se echaban a la mar a pescar almejas y…

Los argumentos que los otros venecianos exponen son bastante similares.

Ana Rafaela Arada: “Nos querían dar una sola vivienda y como nosotros tenemos condiciones, no accedimos. Porque nos decían que no teníamos cantidad de personas, y sí, no tenemos cantidad de personas, pero sí condiciones para que cuando mis tres hijos crezcan puedan dividir y tener lo suyo”.

Ricardo Ribeaux: “Yo les dije a los compañeros del Gobierno que si mi vivienda molestaba para el proyecto, yo no iba a frenar el desarrollo de la ciudad. Dije que estaba en disposición de irme, pero que no aceptaba apartamento. Quedé en que me hicieran una vivienda con las características de la mía. No estoy pidiendo nada más que lo mismo que tengo”.

Leonardo Sánchez: “Esto es hereditario. Es mío por derecho. Y como dice la Constitución, uno tiene sus deberes y derechos. Yo no me opongo, pero sí exijo mis derechos”.

A Miriam también le inquieta la cuestión del pago. “Es de por vida dice la gente. Nunca llegas a ser dueño de tu vivienda. Porque si me muero, el que venga sigue pagando. Y los salarios son bajos. Muy bajos. Entonces no entiendo. No entiendo”. Pero incluso sin entender, está dispuesta a derrumbar su patrimonio familiar, marcharse a otra vivienda e incrementar la deuda que ya tiene con el banco por su refrigerador. Lo único a lo que no está dispuesta Miriam Zamora es a abandonar San Pedrito. De ninguna manera quiere llamarse Tomás.

Tomás era de la mayoría que eran los cientos. Pero Tomás no era una casa precaria. Tomás era sus trece matas de aguacate y sus doce matas de mangos. Era sus tamarindos, ciruelas, plátanos, guayabas, naranjas, lechugas. Tomás no habla de la mandarria que destrozó su casa. Habla de sus matas cortadas, de sus cultivos arrasados, de tanto esmero vuelto nada. En un cuarto piso, entre cuatro paredes, con sus ataques de asma, no sabe ser feliz. Le faltan sus raíces. Y Miriam se lo nota en la cara cuando lo visita y se asusta. Así como Tomás se hace en la siembra, ella se hace en la historia.

“Y eso es lo que sucede. Como yo conozco la riqueza que tiene San Pedrito, me gustaría morirme en mi tierra, donde yo puedo hablar con claridad de qué pasó aquí, qué pasó allá. Me ennnnnnncanta… Y que sí, que se mejore la vida, pero con igualdad”.

***

No existe confirmación oficial de que la Avenida Patria fuera concebida para acoger la procesión que acompañaría el féretro del Comandante Fidel Castro hasta la necrópolis Santa Ifigenia. No existe confirmación oficial de que lo enterrarán en Santa Ifigenia. Su destino final no es de dominio público. Lo que se ha publicado al respecto no son más que especulaciones, rumores, hipótesis. Nada que se respalde en evidencias sólidas o fuentes autorizadas para responder esa incógnita.

La cobertura de medios de prensa estatales –como Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o SierraMaestra– sobre la Avenida Patria sostiene que su construcción es parte del programa por el 500 aniversario de la ciudad y se limita a ofrecer los datos elementales acerca de la obra. Que alcanza 2.7 kilómetros de longitud. Que es una ampliación de las Avenidas Juan Gualberto Gómez y Flor Crombet ya existentes y no un vial rigurosamente nuevo. Que se rehabilitaron las viviendas ubicadas en el trayecto. Que se colocaron señalizaciones, luminarias, un separador entre los dos carriles. Que comienza en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo y culmina en Santa Ifigenia.

En “Avenida Santiago”, una noticia publicada por Juventud Rebelde en junio de 2015, se cita al arquitecto Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad, explicando que “tiene el sentido de una avenida para la Patria; de ahí todo lo que se está haciendo para darle la sobriedad, la elegancia y monumentalidad que debe tener una vía histórica como esta”. Fuera de esto, no se ha explicado mucho más.

Yarielis Ferrer también confirma que es “en saludo al 500 aniversario”, y que es una inversión aparte del proyecto San Pedrito. “Que muchas viviendas de San Pedrito se beneficiaron con eso, es verdad, pero fue un proyecto aparte”.

—¿Y en qué consistió ese proyecto?
—Esa fue una propuesta del General de Ejército Raúl Castro. Una propuesta de hacer una avenida que uniera la Plaza de la Revolución con el Cementerio Santa Ifigenia.
—¿Cuándo se hizo la propuesta?
—En 2014. Y en 2014 a finales se empezó a construir.
—Y en el territorio de La Playita, ¿qué se piensa hacer?
—Como eso es zona inundable, nosotros propusimos que en la parte cercana al canal se hicieran áreas deportivas, parques, pero nosotros proponemos, no decidimos.

Lo único que se puede afirmar, sin margen de error, es que Fidel morirá algún día. Es un ser vivo y todos los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen –o no– y mueren. Es tan mortal como el más anónimo de los mortales. Más allá de ese dato básico que aporta la biología, nada más se puede afirmar. Lo otro, queda a la imaginación.

***

“Ven, ven a ver a mi papá…”, me dice Mileysi en medio de su relato envolvente sobre mudarse a Los Pinos y me hala por el brazo hasta el hombre que es su padrastro, pues como la genética no siempre hace familia, Mileysi dice que es su papá.

El Asentamiento Los Pinos es el alter ego de El Quilombo. Calle central de casi un kilómetro de largo, pendiente de asfalto, que asimilaría tres automóviles sin peligro. Edificios monocordes de cuatro y cinco niveles. Unos frente a otros: concreto versus metal. Y más de lo mismo: tanques botándose, paredes veteadas, caños tupidos, pisos con estrías, desniveles, cero losas. Incluso un chorro provocando arcoíris en la calle. Que si no fuera por la sequía que enfrenta la provincia, podría haber resultado hasta simpático.

“Yo le estoy diciendo a ella que la casa de nosotros tenía de todo”. El padre, sentado en una butaca roja, absorto frente al televisor, asiente. “Mira este piso. Mira aquello. Todo rústico. Desastre vivo”. Transmiten una de esas series norteamericanas donde hay persecuciones, patadas, música tensa, bonitas en pantalones ajustados. “Sí, Yarayó cuando se llenaba, pero nosotros vivíamos bien”. Leer los subtítulos a la distancia de la butaca demanda un esfuerzo de examen oftalmológico. “Ahora aquí estamos mejor en un aspecto, pero veo que es lo mismo. ¿Tú sabes por qué?”. El padre voltea la cabeza un instante y luego se recoge como caracol en el centro de su cuerpo. “Porque tienes que empezar a pagar una casa. Y mi papá echó la vejez allá abajo construyendo con sus propios esfuerzos. Ahora él no tiene condiciones para hacer nada. No tiene ni chequera”. La butaca roja es una maceta. El hombre, un árbol que se marchita

—Entonces, ¿cuándo fue que empezó a construir? –le pregunto.
—Hace rato de eso –responde sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué fue lo que hizo? ¿Qué construyó?
—Hice la casa.
—Hizo una vivienda de tres cuartos, con su cocina, baños, sala y comedor –aclara Mileysi–. La hizo él criando puercos.

Y de pronto, alguna palabra que lo saca de su recogimiento.

—Yo no me siento satisfecho con que me hayan desbaratado lo mío para meterme aquí, mija. Desde que me mudé estoy triste, porque yo estaba cómodo allá, criaba mis animales… Y ya no hay fuerza para echar piso, ni poner cocina. Ya no hay fuerza.
—¿Y cómo se sintió cuando tuvo que demoler?
—Todavía no me he repuesto. Desde que nos mudamos hace un mes yo no he salido. Estoy sentado viendo el televisor y pensando en la vida. Que ya uno está en un lugar tranquilo, llevando su vida, para que vengan: quítate tú, para ponerme yo.
—¿No podía decir que se quería quedar?
—No, nadie dijo nada. Querían ese terreno porque por ahí pasan carreteras, pasa esto, el cementerio… Una pila de barbaridades que hablaron.
—¿Quiénes?
—Todos los que mandan, mi vida. “Y si no quieres irte de aquí te vamos a citar para el tribunal”.
—¿Le dijeron eso?
—No a mí solo. ¿Pero qué vamos a hacer? Tribunal, ¿para qué? Si de todas formas, el que tiene el poder o el mando es el Estado. Dice que hay que irse, hay que irse.
—¿Y cómo es su nombre? Todavía no sé su nombre.
—¿Mi nombre verdadero? Rolando.
—Rolando qué.
—Maceo Santaclara.
—¿Maceo?
—Maceo. Familia del Maceo del machete. Mariana Grajales es mi bisabuela.
—¿En serio?
—Palabra. Yo no voy a mentirle. Mi papá era sobrino del general Antonio y yo soy sobrino del general Antonio en segundo lugar.
—¿Cómo se llamaba su abuelo?
—Tomás. Mi bisabuela le decía a ese sobre todo: empínate. –De acuerdo con un relato de José Martí, Mariana le dijo eso a otro hijo, pero no cuesta creer que también se lo dijo a Tomás.
—¿Y qué más le contaron?
—La historia que yo sé es esa nada más… Y así mija… ¡Qué cará! Ya está de más que uno haga comentarios, porque todos esos comentarios son cuentos. Si fueras a resolver algo… Pero no se resuelve nada.
—Por lo menos la gente se entera.
—Eso sí. Que se enteren: yo no quería mudarme de mi casa. Porque tú no sabes, mija, tú no sabes el sacrificio y la lucha que nosotros pasamos para construir. Para que entonces usted venga a última hora a decir que hay que irse. Vamos a mudar no: vamos a demoler. Es muy distinto que mudar. Vamos a demoler porque esto hace falta para embellecer el país, que esto está muy atrasado, que qué se yo qué…

Rolando Maceo vuelve a ser el hombre en la butaca roja. La butaca roja, una maceta.

“La cuestión es que ya estamos aquí. Y aquí, hasta esperar la muerte, o lo que sea. Nadie sabe. El mundo da mucha vuelta y yo he visto muchas cosas”.

1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.