Esperaba una caterva de mareros, con las manos en la masa, pero aquí solo veo a dos panaderos, sumisión en sus miradas, y azorados al ver que entra un forastero. El olor a pan recién horneado coincide sí; también los restos de harina por el suelo, el instrumental, los delantales. Pero en esta panadería, propiedad de la Mara Salvatrucha, faltan los homies.

—Buenos días. Busco a Cristian, le dicen El Tremendo.

Los panaderos alzan la mirada con timidez, se observan, regresan a lo suyo. Parecen más asustados que yo. Les explico qué me ha traído hasta el barrio La Coquera, de Acajutla, además del mototaxi.

En Acajutla está ocurriendo un milagro. El municipio sobresale desde que arrancó el milenio como uno de los más violentos de El Salvador: 52 asesinatos en 2005 entre una población que ronda los 55,000, 59 cadáveres en 2008, 75 en 2011… Pero en 2012 la cifra se redujo a 20; y en 2013, a 4. Es cierto que las muertes se bajaron en todo el país por la negociación entre las pandillas y el gobierno, pero mientras el descenso nacional fue del 43 %, acá los homicidios se desplomaron el 95 %. La tasa por 100,000 habitantes pasó de 140 a 7, se situó por debajo de la de Costa Rica y Uruguay. Algo así como si el esperpento que es hoy la Selecta pasara a codearse con Alemania en dos años, o como si cuadruplicaran el salario mínimo. El milagro de Acajutla merecía ser explicado, y a inicios de semana llegué a la ciudad para escuchar a quienes lo forjaron: empleados municipales, víctimas, pastores, policías, empresarios… La Mara Salvatrucha algo sabe y, para hablar con ellos, me dijeron que llegara hoy viernes a la panadería de La Coquera, y que preguntara por El Tremendo, palabrero de la clica Acajutlas Locos.

—Los muchachos están por allá –rompe el silencio al fin uno de los panaderos, y me señala una vereda a un costado de la panadería.

Treinta metros de vereda y otros cincuenta de camino empolvado, aparece un homie, hoy sí, que se para apenas me ve, la mirada y la actitud de un gallo de pelea.

—Moisés Bonilla, de la alcaldía, me dijo que llegara a las 9 y preguntara por El Tremendo.

Al fondo, bajo las sombras de unos árboles, hay un grupo de ocho o diez. Tras un gesto del vigilante se acercan tres. Les repito el porqué de mi visita, con énfasis en mi interés por conocer la versión del milagro que tienen los pandilleros.

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada.

***

Si se tiene fe, el milagro de Acajutla es sencillo de entender.

Dice Mario Alas, pastor de la iglesia Mar de Galilea: “En septiembre de 2011 Dios nos dijo: oren. Y todos los días domingo, a las 5 de la mañana, empezamos a orar en el parque para que cesara la delincuencia”.

Y dice Reyes Sermeño, pastor también: “Salimos a orar por los linderos de Acajutla, reprendiendo a los demonios que querían meterse en la ciudad. Con la oración hemos atado demonios de promiscuidad, de asesinatos, de violencia… Dios nos ha respaldado, pero yo sé que es difícil de comprender humanamente”.

Si no se tiene fe, cuesta un poco más, pero merece la pena intentarlo.

Acajutla fue puerto antes que ciudad. Los verbos embarcar-desembarcar anclaron en estas tierras desde que se gobernaban para gloria de reyes extranjeros. La vocación marítima secular el Estado salvadoreño la premió en 1961 con la inauguración de uno de los complejos portuarios más modernos de Centroamérica. Al pequeño asentamiento llegaron miles de extraños en busca de trabajo y futuro, y en 1967 la Asamblea Legislativa reconoció la pujanza con el título de ciudad. La apresurada urbanización devino en un entramado de calles, colonias y avenidas tan desordenado que la ciudad ni siquiera tiene un parque o una plaza central; y en un conglomerado humano en el que resulta complicado dar con alguien de la tercera edad que haya nacido aquí.

El puerto generó prosperidad, sí, pero también prostitución, drogas, criminalidad. El desarraigo y la pobreza fomentaron la migración hacia Estados Unidos en los ochenta, y con las deportaciones de los noventa proliferaron las pandillas. Como en el resto del país, dos terminaron monopolizando el fenómeno: la 18 se hizo fuerte en el barrio La Playa, una concatenación de burdeles y chupaderos muy codiciada por los marineros; y la Mara Salvatrucha se adueñó del resto del casco urbano.

Prostitución, alcohol, drogas, maras, narcotráfico, dinero… Los astros se alinearon para que pasara lo que pasó: Acajutla terminó convertida en un referente nacional de violencia.

Los años 2009, 2010 y 2011 fueron los más violentos que se recuerdan –68, 63 y 75 cadáveres; para igualar la tasa, en Londres tendrían que asesinar a 1,000 personas cada mes–, pero un coro de voces heterogéneas coincide en señalar que son el trienio en el que se sembró la semilla del milagro.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destinó ingentes recursos para analizar el fenómeno de la violencia, el Barrio 18 fue aniquilado, las iglesias evangélicas comenzaron a orar en el parque, el empresario Darío Guadrón ganó la municipalidad para el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), los palabreros emergieron como actores sociales cuando el alcalde les abrió las puertas, y a escala nacional la Mara Salvatrucha y la 18 suscribieron el acuerdo que pasó a ser conocido como la Tregua.

—Cuando la bulla de lo de la Tregua, el alcalde estableció un código: lo nuestro es diferente y lo vamos a manejar con discreción –dice Moisés Bonilla, pieza clave en el milagro.

A lo de Acajutla se le llamará, pues, el Proceso. Sus promotores se esfuerzan por marcar distancias con la Tregua y rechazan con visceralidad la palabra, aunque a la base de ambas iniciativas esté el mismo ingrediente básico: el diálogo con las pandillas. Las diferencias principales son que el Proceso sí logró involucrar a un sector de la empresa privada y, sobre todo, que el gobierno municipal asumió la paternidad de la iniciativa y trató de construir proyectos de inserción social para los pandilleros, como la panadería de La Coquera.

***

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada–, pero conozco al viejo ese de la alcaldía. ¿Qué querés?

Es un aka inventado, pero a partir de ahora será Stocky. Tiene 34 años y es padre de un joven de 16 que estudia noveno grado y que él se encarga de mantener alejado de la Mara. Stocky estuvo preso en Apanteos y en Chalatenango, y ahora lleva palabra en la Acajutlas Locos de La Coquera. No es muy alto y en la cárcel se engordó, pero sigue siendo de esos perfiles con los que a uno no le gustaría irse a los putazos. Ahora viste chores largos, una camisola oscura de fútbol americano con números en la espalda, y tenis caros y relucientes como si los hubiera estrenado esta mañana.

Escucha con atención. De entrada responde que no pueden hablar con periodistas, que la pandilla ha tirado línea, pero es evidente que lo está deseando, y sin mucha insistencia me lleva ante el resto del grupo.

—Este periodista quiere saber –les dice– por qué han bajado los homicidios en Acajutla, y si el alcalde nos está ayudando.

Como si se abrieran las compuertas de una represa. “Nada de ayuda ha llegado”, exagera uno al inicio. “Llevamos años pidiendo que hagan de grama artificial la canchita de la escuela”, dicen. “Los de la alcaldía son muy bocas”. “Nos han dado capacitaciones, ¿pero para qué si nadie nos da trabajo?” “Los viejos de cuello se hartan la plata de la Tregua, y abajo no llega nada”. “La alcaldía apoyó para comprar una lancha”. “El viejo cerote (por el alcalde Guadrón) solo un horno nos ha dado”. “¡Eso no es nada para cómo nosotros bajamos los índices de criminalidad!” “Y ahora tenemos prohibidísimo pedir a los vecinos o robar a los turistas”. “En La Coquera ayudaría un proyecto para que nos compraran los huevos de tortuga”.

Lo último no es exabrupto. Stocky parece haber dado vueltas a la idea. Sabe que en otras playas algunas oenegés pagan a los vecinos por cada docena de huevos que entregan para incubar en criaderos, pero aquí la extracción es ilegal, aunque la gente lo sigue haciendo por necesidad, expuesta a decomisos y a multas. Stocky está convencido de que…

—¡Jura! ¡Jura! –grita uno de los homies en labores de vigilancia.

El grupo se desvanece. El grueso de los pandilleros corre hacia la escuelita, y yo detrás. En la canchita –sin grama artificial– tres niños y cuatro niñas juegan fútbol, algunos descalzos. Apenas se inmutan por la estampida de homies, como si fuera rutina en La Coquera.

***

—La Policía Nacional Civil no tiene absolutamente nada que ver con la tregua de Acajutla.

El subinspector Gustavo de León es uno de los salvadoreños enemistados con la palabra tregua. Está asignado a la subdelegación policial de Acajutla desde abril de 2013, como segundo al mando, y en sus primeros seis meses solo se registró un homicidio. Sabe que el milagro guarda relación con el Proceso pero, por prudencia o por ignorancia real, opta por la distancia.

—Sí, he oído que tienen una panadería en La Coquera y que les dieron lanchas para pescar –dice–, pero ¿cómo obtuvieron eso? Lo desconozco. Desconozco cómo otras instituciones están manejando el tema. Nosotros a los pandilleros les aplicamos la ley.

Esta mañana hubo un operativo en la San Julián, una de las colonias que más presencia de pandillas tiene, junto a la Alvarado, la Acaxual I y II, la Ciudadela, La Coquera y el Valle de la Muerte. Son las más afectadas, pero en Acajutla no existe colonia ajena al fenómeno. El marero es vecino o vive en el pasaje de la par o dos pasajes más allá; no es un personaje, como sucede en amplios sectores de la capital, que se sabe que existe solo por los noticiarios. La pandilla acá es algo cercano. La casa del alcalde Guadrón, prominente hombre de negocios propietario de la cadena de restaurantes Acajutla, está en las inmediaciones del Valle de la Muerte.

—Y el problema –dice el subinspector De León– es que desarrollan un sentimiento de propiedad. Se creen que la colonia es su territorio y ya. Si entra un joven que llega de visita, de un solo lo interceptan, lo descamisan para ver si tiene tatuajes y lo interrogan. Si es de Nahuizalco o de Izalco, como allá solo dieciochos hay… digamos que… es un riesgo para él.
—¿Qué hay de los vecinos que no son pandilleros?
—Cuando hacemos un operativo, salen los papás, las mamás, los amigos… solo para obstaculizar nuestra labor.
—Pero… ¿y el resto? ¿Los no pandilleros?
—El problema es que el 90 % de la población de Acajutla o pertenece a la Mara o tiene algún familiar o es afín. Por eso a nosotros no nos quieren aquí.

El 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías, dice el subinspector De León. Incluso dando por sentado que haya exagerado la cifra, esa percepción es demoledora.

***

En la madrugada del 20 de agosto de 2014, un grupo de emeeses uniformados como policías llegaron a la colonia Lue, simularon la detención de Doroteo Marroquín (a) Tello, se lo llevaron maniatado a un predio baldío que llaman La Planada, y le reventaron la cabeza a plomazos. Con él, se dice estos días en Acajutla, murió el último dieciochero.

Por su simbolismo, el asesinato del Tello quizá quede grabado en la intrahistoria de la ciudad, pero el Barrio 18 dejó de tener cancha a finales de 2011. Ese año –no por casualidad el de los 75 cadáveres–, Mara Salvatrucha y Barrio 18 midieron fuerzas como nunca, y el pulso terminó con el destierro no solo de los pocos dieciocheros sobrevivientes, sino de sus familiares, de sus simpatizantes y de los que, sin ser una cosa ni la otra, pensaron que tenían poco futuro por el hecho de haberse criado en el barrio La Playa, otrora epicentro de la tumultuosa vida nocturna alimentada por prostitutas, marineros, sicarios y traficantes, y bastión de la 18.

El barrio La Playa se levanta a ambos lados de la calle que va desde el edificio de la municipalidad hasta la Capitanía del Puerto, unos 500 metros lineales junto al mar con un potencial turístico infinito. Pero aún hoy, tres años después del éxodo dieciochero, La Playa parece una zona devastada por un tsunami. Incontables casas están abandonadas, desmanteladas, semiderruidas. Vacías de vida, son el testimonio de que aquí se libró una guerra con vencedores y vencidos.

—Nos llevó años echar a los feighteen –dice Stocky– y la sangre de muchos homeboys. Y eso es lo que aquí nos llega menos de la Tregua, que del tabo tiraron línea de que había que calmarse, pero nosotros nunca vamos a estar a buenas con los feighteen.

El milagro de Acajutla es consecuencia del Proceso, y para que el Proceso cuajara tuvo que darse el intenso trabajo de ablandamiento del PNUD, las oraciones de los pastores, la victoria electoral del alcalde Guadrón y los lineamientos surgidos de la Tregua. Pero todo eso no habría funcionado, o sus efectos habrían sido mucho más limitados, sin la previa aniquilación del Barrio 18, que dejó todo el caso urbano en manos de la Acajutlas Locos.

***

Como si fuera rutina en La Coquera, la clica se desvanece antes de que llegue el Nissan Frontier de la jura. De reojo lo miro pasar de largo sentado a un costado de la canchita, a la par de dos niños de cuarto y sexto grado con los que invento una plática. Minutos después, uno a uno loshomies reaparecen y se arremolinan bajo los mismos árboles.

—¿Pueden enseñarme la panadería? –pregunto, sin esperanza.

La panadería son dos habitaciones de paredes repelladas que la pintura blanca no alcanzó a cubrir. El cuarto del fondo, el pequeño, es sombrío y alberga tres bicicletas con canastos, aunqueun homie me dice que la red de distribución la integran cinco. En el cuarto grande están, además de los panaderos de miradas sumisas, dos de sacos de harinas, estantes metálicos con bandejas llenas, una báscula, una laminadora de masa, una mesa, recipientes plásticos multicolores y hornos hay tres: dos que les donó un cura del cantón Metalío, y el tercero, el que les entregó la alcaldía como parte del Proceso. “Es el que saca el pan más rico”, dice un marero.

—Lo mejor de este negocio –dice Stocky– es que a cualquier hora día, uno manda a la esposa y sabe seguro que va a comer pan caliente.

La Mara Salvatrucha vende unos 200 dólares diarios de pan francés y pan dulce. De ahí hay que descontar los costos de producción, incluidos los salarios de los dos panaderos que trabajan para la Acajutlas Locos. No hay que haber estudiado un máster en administración de empresas para concluir que, aunque en verdad quisieran dejar de extorsionar, este proyecto no es una alternativa real para las no menos de 25 familias de los barrios La Coquera y La Atarraya vinculadas a la pandilla.

—Vamos a platicar la playa –me dice Stocky.

***

—Acajutla no aceptó ser municipio santuario; el alcalde no quiso.

Habla Moisés Bonilla. Trabaja desde hace 14 años en puestos de confianza de la municipalidad; que haya sobrevivido a cuatro alcaldes, en este país, habla bien de sus capacidades. Ahora es gerente de Proyección Social, aunque lo relevante para esta historia es su rol como director ejecutivo del Proceso.

—Mijango vino a Acajutla a presentarnos lo suyo, pero no nos pareció. ¿Por qué? Sentimos que él quería mucho protagonismo.

El mediador Raúl Mijango y el pandillero Stocky confirman la reunión, celebrada en las primeras semanas de 2013, cuando los promotores de la Tregua trataban de seducir a alcaldes de ciudades violentas para integrarse en lo que primero se conoció como “Municipios santuario”, y luego, ante el aluvión de críticas, se rebautizó como “Municipios libre de violencia”.

La versión de Mijango difiere tantito: “La alcaldía solicitó que no se hiciera público, pero sí hay un acuerdo, y eso es lo importante: nuestros promotores dan atención en Acajutla. ¿Por qué pidieron que no fuera público? Porque vieron que los medios, en lugar de apoyar, lo que hacían era criticar a los alcaldes que se sumaban”.

Acajutla ha estado fuera del escaparate de la Tregua, alejada del foco de una prensa a la que le da pereza investigar lo que sucede lejos de la capital. Pero eso no ha impedido que surjan sonoras críticas a escala local.

—Hay gente que ve mal el acercamiento del alcalde con los muchachos –dice Moisés Bonilla.
—Me dijeron que los recibe en su despacho.
—Es cierto. Vienen a veces a pedir trabajo, o porque no tienen para comer. Y por recibirlos y atenderlos, hay gente que llama al alcalde el amigo de los mareros.
—¿Cómo justificar ante la opinión pública ese acercamiento?
—Con el proyecto del PNUD se hizo un estudio y salió que hay más de 600 mareros que, independientemente de que sean o no delincuentes, son seres humanos, ciudadanos salvadoreños. Tampoco hay que olvidar que aquí todos nos conocemos. Yo vivo en la Acaxual I y conozco a todos los muchachos de la colonia.
—¿Eso explicaría también que la empresa privada apoye el Proceso?
—Nosotros como alcaldía nos reunimos con representantes de la empresa privada, les planteamos la situación, y algunos dijeron: si es para salirse, yo pongo un horno o lo que se necesite, pero supervisado por la alcaldía. Y así se está haciendo. La gran ventaja de la empresa privada es que da la plata y ya, sin problemas con la Corte de Cuentas.
—¿Por qué se desplomaron los homicidios?
—Porque aquí vimos el problema de violencia al margen de lo que sucedía en el resto del país. Ese es el valor que ha tenido Acajutla. Si usted va ahorita a la escuela de la colonia San Julián, verá afuera al montón de muchachos, solo que hablando del partido de fútbol del viernes o de cómo el alcalde los ha tomado en cuenta. Al final… no hay otra forma. Los pandilleros son ciudadanos, solo que hasta ahora nadie había querido escucharlos.

***

Igual que hay gente que aún cree que el hombre nunca puso el pie en la Luna, o que Elvis Presley está vivo, no faltarán quienes negarán el milagro de Acajutla. Dirán que los cadáveres que desaparecieron de las calles están sepultados en fosas clandestinas, o que los que dejaron de morir son puros mareros y que para la gente honrada nada cambió.

Pero algo sí cambio. En El Salvador las cifras de homicidios de 2014 se parecerán a las de antes de la Tregua, mientras que en Acajutla el año cerrará con una veintena de asesinatos, muy lejos de los números previos al Proceso. Luego están los detalles: en el baño de estudiantes del instituto nacional no hay ni una sola pintada alusiva a la Mara Salvatrucha, y el subdirector, Víctor Manuel Alfaro, confirma que la matrícula subió de 450 a 560 jóvenes.

Todo esto no quita que cuando se habla –sin grabadora– con mototaxistas, vendedoras, trabajadores, autoridades, profesores o policías, se detecte con facilidad una preocupación por el empoderamiento de la Acajutlas Locos, por su presencia creciente en la vida pública.

Varios se quejaron de que durante las fiestas patronales el alcalde Guadrón autorizó a los mareros a vender cervezas en las calles, o de que da facilidades excesivas a sus familias para abrir ventas. También se ha extendido el rumor de que algunas empresas de la zona portuaria han contratado a homies con salarios generosos, o incluso que los tienen en planilla sin trabajar. Críticas de este tipo se escuchan seguido, pero, en términos generales, podría afirmarse que los acajutlenses saben que, en el tema de la seguridad, viven mejor que hace un lustro.

Hay, sin embargo, un delito que de forma cuasi unánime se juzga descontrolado: la extorsión. El pago a los pandilleros bajo amenaza de muerte es habitual desde mediados de la década pasada, pero el Proceso parece haberlo naturalizado. Quizá por eso las cifras oficiales apenas registran el problema: en los diez primeros meses de 2014 la Policía Nacional Civil solo procesó ocho denuncias.

—Escuchamos rumores de gente que está siendo extorsionada –admite el subinspector De León–, pero tienen miedo y no denuncian.

Salvo que alguien tenga los conectes para quitársela de encima, en Acajutla pagaban y siguen pagando renta a la Mara Salvatrucha los mototaxis, los autobuses, los microbuses, las tiendas, los puestos del mercado, los ranchitos de la playa… hasta los migrantes cuando regresan desde Estados Unidos a visitar a algún familiar, o los embarcados, que es como se conoce a quienes, contratados por alguna naviera, se suben a un barco y pasan meses navegando de puerto en puerto, embarcando y desembarcando, hasta que la nave regresa a El Salvador.

***

—Vamos a platicar a la playa –me dice Stocky.

Caminamos solos el centenar de metros que separan la panadería y la playa que se abre al costado sur de la bocana del río Sensunapán. La hostilidad inicial del Stocky hace ratos desapareció.

—Yo soy del noventa y ocho –dice.

Se refiere a que en 1998 lo brincaron. Stocky dice “Soy de” como el porteño que dice “Soy de Boca”, o el gringo conservador que dice “Soy republicano”, solo que el sentido de pertenencia es hacia una estructura criminal como la Mara Salvatrucha.

Stocky mira el océano, calmado y luminoso, y dice que su hermano está ahora mar adentro, con una lancha que la familia adquirió con un crédito bancario. Su hermano no es pandillero, pero debe formar parte del casi medio millón de salvadoreños –cifras oficiales– que conforma el colchón social de las pandillas. Salió de madrugada con dos adolescentes que sí vacilan con la Mara. Se paga bien el dorado en estos días, a 1.40 dólares la libra, y si acompaña la suerte, en una salida se le pueden robar al mar hasta mil libras.

—¿Por qué la Mara sigue cobrando la renta? –pregunto.
—…
—Escuché que cobran a los embarcados.

Un embarcado que se embarca por primera vez gana unos 700 dólares al mes. Si tiene experiencia, el salario sube hasta los 1,000 o 1,200 dólares. El embarcado pasa cinco, seis o diez meses en el mar, sin apenas gastos, y el jugoso cheque le espera cuando desembarca en el puerto de Acajutla.

—¿Cuál es el problema por dar 100 pesitos al barrio? –dice Stocky–. No es nada para ellos, y a nosotros nos ayuda mucho.
—¿A usted le gustaría que alguien le quitara 50 libritas del pescado que trae su hermano?

Stocky calla unos segundos, como si buscara la respuesta con la que quisiera zanjar el tema.

—La renta de años se cobra en El Salvador –dice–, ni siquiera la inventamos nosotros. En la guerra se extorsionaba. Hacemos lo mismo que en su día hizo el FMLN.

***

Son las 11 y media de la mañana, hora de mucho movimiento en la subdelegación de la Policía Nacional Civil. En unas sillas plásticas cerca de la entrada tienen sentados a dos jóvenes enclenques: uno tiene 23 años, calza chanclas y dice ser panadero; el otro tiene 19 años, calza Nike, lleva cachucha y dice ser corralero en la Hacienda Kilo 5.

Un agente que parece recién salido de la academia les hace preguntas obvias –nombre, padres, dirección, tatuajes sí o no, altura…– y con las respuestas rellena sendas fichas. Pero a cada rato llega Fredy, de investigaciones, y los cuestiona con preguntas más elaboradas. Fredy viste tan desaliñado que no parece un policía; ahora lleva unos pantalones beige un par de tallas más grande y una camiseta blanca con una muñeca pintada que dice “Mom, I Love U”.

La pareja de enclenques iba en moto por el bulevar 25 de Febrero, los pararon en un retén junto al obelisco y los remitieron por indocumentados. Les han pedido los celulares. Fredy los analiza en algún cuarto adentro. A cada rato sale y pregunta algo con tono serio. No hay problemas con el supuesto panadero, dice, pero en el teléfono del supuesto corralero han hallado “música de mareros”, y entre los contactos hay dos números que el sistema atribuye a pandilleros activos.

—¿El chip es suyo? –pregunta Fredy en otra de sus salidas.
—Sí.
—Lo tenemos que decomisar. Pueden irse, pero usted tiene que firmar que deja esto aquí, para que lo investiguemos. Solo que ahora estoy ocupado con otro papeleo. Si tiene prisa, le doy una hoja en blanco, la firma y luego la relleno.
—Está bueno –dice el supuesto corralero con una naturalidad que invita a pensar que no es la primera vez.

Al rato le traen su teléfono abierto. Lo revisa y de inmediato comprueba que, además del chip, le falta la tarjeta de memoria.

—Falta la memoria. Yo vi que los agentes del retén se la quitaron –se atreve a reclamarle a Fredy.
—¿Está seguro de que tenía memoria?
—Sí… si yo música venía escuchando en la moto.

Fredy grita que identifiquen a los agentes del retén, que quiere sus nombres para preguntarles por radio si saben algo. Los cinco o seis agentes que en ese momento pasan cerca se percatan de la situación. “Estos bichos mienten seguido”, dice uno. “Si como dos dólares vale esa mierda, ¿para qué la bulla?”, emplaza otro al supuesto corralero.

—Vaya… no hay problema… puedo comprar otra memoria –dice, consciente de su situación.

Al poco le traen la hoja en blanco, estampa su firma solitaria, y él y su amigo salen cabizbajos de la subdelegación. En cuatro horas, el jefe de todos estos policías me dirá sorprendido que el 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías.

***

Faltan minutos para el mediodía cuando me despido de Stocky. Camino por la playa hasta el barrio La Atarraya, donde me ha dicho que puedo fotografiar placazos recientes de la Acajutlas Locos. Los hay vistosos y coloridos, otros viejos; abundan las garras, las lápidas, las calaveras, la omnipresente MS-13. Pero los que más se repiten son las amenazas tipo “Muerte al soplón” y “Ver, oír y callar”.

Voy cámara en mano y me detengo a cada rato. Al doblar una esquina, un niño de unos 12 años en labores de vigilancia me mira extrañado. Se calma cuando le digo que vengo de hablar con los muchachos. En El Salvador pocos lugares serán tan seguros como una cancha de una pandilla cuando se tiene el aval del palabrero.

Junto a la Capitanía del Puerto paro un mototaxi y, como es hora de almuerzo, le pido que me acerque al mercado. Justo aquí inicia el barrio La Playa, los 500 metros lineales junto al mar con sus incontables casas abandonadas, desmanteladas, semiderruidas, consecuencia de la aniquilación del Barrio 18.

—Por esta calle hace tres años no podíamos pasar –dice el mototaxista cuando se convence de que soy periodista–. Acá estaba la otra pandilla.
—¿Ahora es mejor?
—Sí, corazón –responde.
—¿Usted no paga renta?
—Yo no, porque el mototaxi no es mío, pero el dueño sí. Y está bueno, porque ahora yo trabajo hasta las 7 de la noche, y me muevo tranquilo hasta por los cantones. Sé que no me va a pasar nada aunque lleve a dos manchados, no como antes.

En mi libreta anoto el enésimo ejemplo de naturalización de la violencia que he escuchado esta semana. Ante la débil presencia del Estado salvadoreño, un sector de los oprimidos incluso agradecen su condición al opresor, como un mal menor. El Proceso en Acajutla ha salvado docenas de vidas, pero también parece estar creando la dictadura perfecta.

Sandra Rojas vive en una casa de dos pisos con una biblioteca modesta y tés de muchos sabores en la despensa de la cocina. Bajo una luz amarilla, un hombre con rastas y un niño miran un cuaderno. Son las siete y treinta de la noche, y la mujer que desde hace dos décadas toca el bajo y canta con Polikarpa y sus Viciosas ya está empiyamada. Lleva el pelo de un rojo apagado y rapado el costado izquierdo de la cabeza. Un tatuaje de cráneos grisáceos se asoma por la manga derecha de su camisa.

—Yo vivía en Chapinero Alto, en la 64 con primera, y a la vuelta de mi casa había una calle cerrada y un parque que daba hacia la carrera tercera, pegadito a una invasión. Mi papá era el típico cachaco de clase media y nos tenía prohibido ir hacia ese lado porque “Allá vive una gente terrible”, decía.

Es amable. Me recibió con una hospitalidad que no esperé encontrar después de escuchar tantas veces Machos, la canción de finales de los noventa en la que despotricaban contra los hombres. Confiesa que cuando tenía siete años esculcó un cajón de su papá, se robó un par de monedas y se voló hacia el barrio de invasión.

—En la plaza de mercado vendían unos heladitos de barrio que costaban veinte pesos, y me compré uno con esa plata. Luego me hice amiga de un chico de por ahí, y armamos un equipito de béisbol. No sabes cuánto le agradezco a esa gente, la “gente terrible”. Me cambió la vida.

Dante, su hijo de seis años, está haciendo tareas junto al padre, Emiliano, de 44. Después de un largo silencio, Sandra dice:

—Mierda, la vida se pasa muy rápido. Este año cumplo cuarenta.

Sandra se graduó del colegio en 1993 y entró a la Universidad Javeriana a estudiar Artes Audiovisuales.

—El primer trabajo que tuve fue en un programa cultural para un canal nacional. Ese ha sido el explotadero más grande de mi vida. Tenía que hacer de todo: investigación, libretos, programar al camarógrafo, producción, realización, recoger a la presentadora en un carro destartalado y cuadrar la alimentación del equipo. Fue como un año de camello por el que sólo me pagaron 500.000 pesos. Ahora es diferente, porque trabajo en Cátedra de Derechos Humanos.

El trabajo que hoy hace (en el que, entre otras cosas, debe coordinar desde el diseño de un flyer hasta una charla) es eso que el punk y la gente terrible le enseñaron a observar en detalle.

—Llegué al punk por andar callejeando desde que tenía la edad de él —dice, y señala, apretando los labios, a Dante.

Al terminar el colegio empezó a andar con un grupo de skinheads denominado REA (Rechazo a la Explotación Animal), en el que sólo había cuatro mujeres; allí conoció a las otras polas: Lorna Vázquez y Paola Loaiza. Lorna tocó la guitarra durante dos años y luego la remplazó Andrea Rico, sustituida posteriormente por Marcela Uribe. La formación actual se estableció años más tarde.

—Mamá, ¿Lorna ya dejó de tocar? —pregunta Dante.
—Lorna ya dejó de tocar, mi amor. Se volvió cristiana.

***

Existe el mito urbano de que Polikarpa y sus Viciosas fueron las primeras punkeras en la escena under bogotana, y eso no es del todo cierto.

—Tienen mucha importancia porque ellas fueron la primera banda completamente femenina —dice Marco Sosa, fundador de la librería anarquista La Valija de Fuego—, pero hubo mujeres antes de ellas que hicieron punk. Jessica, de Sin Pudor, tocó en muchas bandas antes. Lo que sí es completamente cierto es que revolucionaron la escena con su pelo de colores, minifalda y una propuesta musical diferente, influenciada por el hardcore punk polaco, aunque en principio no fueron bien recibidas.

En el estudio de la casa, junto a su bajo y una planta de diez vatios, Sandra nombra algunas bandas colombianas de los años ochenta y noventa en las que tocan o tocaron mujeres: Demencia Libertaria, con Rocío en la voz y la batería; Fértil Miseria, con Yolanda en la batería, Piedad en el bajo y Vicky en la voz; I.R.A., con Mónica Moreno en la voz y la batería.

Mónica Moreno, ícono femenino del punk paisa, dice:

—A las Polikarpas las he visto siempre igual: el sonido, el discurso y la estética. Su proyecto está bien definido y se mantienen después de 20 años.

***

—¿En qué momento decidieron armar la banda? —le pregunto a Sandra.
—Un día les dije a Paola y a Lorna: “No, no, señoras, yo no soy dama de compañía de ningún man”. Y arrancamos a tocar en el ensayadero de Skartel. Montamos cuatro canciones y grabamos un casete, muy mal grabado, por cierto. Nos invitaron a tocar por primera vez en el Colegio Emilio Valenzuela. En esa época, muchos toques se hacían en colegios. Después, una gente de la Javeriana nos grabó cinco canciones, las mandamos a la convocatoria de Rock al Parque y quedamos. Así pasó todo, de golpe.

Una tarde, en la Universidad Javeriana, Sandra se encontró con su amigo Jorge Pizarro (el fotógrafo y músico), que venía acompañado de la mujer que completaría esta trinidad femenina del punk bogotano: Andrea Restrepo.

***

Andrea está sentada frente a dos vasos de café y se arregla con los dedos el flequillo negro que le cubre parte de la frente. Lleva puesta una chaqueta negra al estilo The Ramones, botas, bufanda roja y unas gafas oscuras, redondas y grandes que, debido a una pequeña infección ocular, no se quitará durante la entrevista.

—Yo voy a hacer las preguntas, ¿vale? —me dice.
—Vale.

Sólo formula una.

—¿Leíste mi tesis?
—No…

“Una lectura de lo real a través del punk”, artículo publicado en la revista Historia Crítica, de la Universidad de los Andes, es una versión reducida de su tesis. Es quizás, junto con el libro Punk Medallo, de David Viola (I.R.A.), uno de los documentos más juiciosos que se han escrito sobre el surgimiento del punk en Colombia, más específicamente en Medellín. De acuerdo con el artículo de Andrea, este género musical fue una reacción al narcotráfico, al fenómeno del sicariato y al desinterés estatal por la juventud marginal. En un texto publicado en 2012 por la revista Universo Centro, Ignacio Piedrahíta escribió: “Sin instrumentos ni conocimientos musicales, los punks respondieron con un ‘No’ filosófico y estético a los engañosos valores de la moto fácil y el plomo gratis”.

Andrea tiene 37 años y es, en cierto modo, el resultado de un devenir familiar marcado por las humanidades: una abuela socióloga y fundadora en los años setenta del primer movimiento feminista socialista colombiano; un padre rockero, guitarrista de las legendarias bandas Los Flippers y Malanga; y una madre corresponsal de un diario español de izquierda.

—Polikarpa transgredió el orden machista del punk en la Bogotá de los noventa —dice Andrea—. Polikarpa reivindicó a las mujeres en el escenario musical y político del país. Es que el punk debe ser eso, una reacción política contestataria; para mí, es importante cuestionar lo que han sido el sistema patriarcal y la participación de las mujeres en lo social, y aunque creo que el punk no genera grandes procesos reales de transformación, sí acompaña y agiliza causas políticas. Es un motor. Pero si el punk no se articula de manera consciente, no sirve para nada.

Historiadora de la Universidad Javeriana, Andrea trabajó entre 2005 y 2007 con el sociólogo y periodista Alfredo Molano reconstruyendo historias de algunas comunidades del Putumayo. Luego colaboró con la Red de Mujeres Combatientes y con la Red de Conflicto Armado Colombiano. Actualmente se enfoca en el derecho a la paz y en las víctimas de la violencia.

Se levanta a las cuatro y media de la mañana, pues tiene un hijo que va al colegio; trabaja en una oficina de ocho a seis; y por si fuera poco, cursa un máster en Género y Políticas Públicas en la Universidad de los Andes.

—Durante muchos años, Polikarpa se centró en el movimiento de mujeres, pero al tiempo trabajamos en una campaña en contra de Coca-Cola y en contra de la minería. Para eso estudio y para eso trabajo. La única coherencia posible dentro de un ideal es convertirlo en trabajo y política diarios.

Sale del café y camina con prisa. Estira el brazo, pero ningún taxi para.

—A ver si hago bien la cuenta —dice Andrea mientras espera—. Primero salió un casete, después el CD con Libra, luego el sencillo de Animales muertos, siguió uno que nos produjeron en Japón con Defuse —banda integrada por mujeres japonesas—, sacamos un siete pulgadas en Europa con distribuidores independientes y nos acaban de reeditar el primer disco en acetato, en Holan… ¡Taaaxi!

Antes de cerrar la puerta, me dice que “la más entregada a la música en la banda es Paola”.

***

Junto a un semáforo de la avenida 19, Paola Loaiza, baterista y una de las fundadoras de Polikarpa y sus Viciosas, levanta la mano, la sacude, y sonríe. Tiene el pelo pintado de fucsia, como una muñeca, y camisa, chaqueta y pantalón negro.

—Qué pena. Llegué hace tres días a Bogotá y me la he pasado con Nawal (su hijo de 20 años) de un lado a otro, de una casa a otra. Por eso la demora.

A primera vista, es la más punkera de las tres integrantes de la banda. Nació en el Caquetá, pero a los cinco años, después de la muerte de su padre, se vino a Bogotá con su mamá y sus dos hermanas. De niña ayudaba en Sanandresito con los mandados a cambio de muñecas y estudio, pero a los doce se fue de la casa.

—Rodé mucho. Viví con skinheads y con punkies. Después de un tiempo terminé trabajando en una pescadería (que luego se convertiría en un clásico ensayadero). Cuando nació Nawal yo tenía 17, y su nacimiento es, en cierto modo, parte del nacimiento de la banda.

Con una cerveza en la mano, dice que esperemos a unos amigos.

—Yo lo hice todo al revés: me fui de la casa, tuve mi hijo y luego validé el bachillerato. Se supone que uno primero estudia y luego hace su vida, como Sandra y Andrea. Pero no me quejo, siempre he llevado la vida que quiero y afortunadamente vivo de la música.

En el 95, Nawal sufrió una neumonía que obligó a Paola a aceptar la propuesta de salir en un comercial de Pony Malta. La banda (especialmente Sandra, a quien confundían con Paola) fue señalada de hipócrita y capitalista.

—Con mi hijo de meses en el hospital, tuve que aceptar. El día del rodaje, en el chorro de Quevedo, llegaron todos los punkeros y pensé: “Ay jueputa, me van a cascar”. “¿Usted qué está haciendo?”, me preguntaron, y les dije que estaba trabajando, que si querían Pony. Me tocó parármeles. Del susto que tenía, se me salió la malta por la nariz en plena grabación. Tiempo después, en un concierto que hicimos con Fértil Miseria, dos chicas lanzaron panfletos que decían “Pony Malta y sus Ambiciosas” cuando íbamos a empezar a tocar. Me paré de la batería y les dije que por qué se gastaban la plata del chorro en pendejadas.

Compramos una botella de whisky en la 19 con octava y seguimos caminando. Sin darme cuenta, me he unido a un jolgorio de amigos íntimos que celebran el regreso de Paola a la ciudad.

—Yo siempre he sido de contactos —dice Paola—. En los noventa me escribía con gente de afuera: yo mandaba discos y fanzines para que ellos me enviaran su música. A eso me dediqué: a vender música y a conocer gente de otros países. Y todos esos contactos dieron pie para organizar la primera gira de la banda en Europa. Allá, al final de cada concierto, poníamos cumbias y otras músicas colombiana. Si vieras a los europeos enloquecidos con nosotras.
—¿Por qué volver a Bogotá?
—Viví en Medellín como desde los 20; hasta ahora vuelvo a Bogotá. Es que mi vida siempre ha sido la música. He tocado con muchas bandas y hasta tuve una escuela para niños, casi todos especiales, que se llamó Walden, como el libro de Thoreau. En Walden di clases de shaolin, de música y de arte, porque mi exesposo es pintor. Luego colaboré con Comfenalco en la organización de exposiciones de arte. Ahora estoy acá y ya veremos.

***

Fue en 1994 cuando las Polas jugaron con el nombre de la heroína revolucionaria Policarpa Salavarrieta y se inspiraron en algunos de sus principios para hacer música. Hoy, 17 de agosto de 2014, después de 20 años, están en el escenario Plaza del parque Simón Bolívar cantando No al servicio militarBotín de guerra y Libertad, en la duodécima edición del festival más grande del continente. Policarpa las sigue inspirando.

A su inventor nadie lo conoce. Tampoco hay certeza sobre cuándo comenzaron a venderse en los pueblos y ciudades de la frontera norte de México. De lo siguiente no hay duda: los únicos compradores de estas pantuflas son los migrantes que están a un paso de recorrer el último tramo de su camino hacia lo que miran como su tierra prometida. El anónimo creador de tan singular invención tuvo ingenio: la suela de las pantuflas son de alfombra, para que las huellas de los caminantes no queden grabadas en la tierra del desierto de Arizona.

Bajo la sombra tímida de un árbol de mezquite, en un patio con el piso de tierra, entre muebles viejos y partes de automóviles, hay tres máquinas de coser con las que Lidia crea las pantuflas para los migrantes. Hace dos años comenzó el negocio. Antes sólo se dedicaba a coser ropa ajena. Un hombre que sabía de sus habilidades como costurera, y que era guía de migrantes en el desierto, le propuso dedicarse a la fabricación del extraño calzado; le llevó un par como muestra y le pidió hacer una versión mejorada. Las primeras las hizo de mezclilla. Ahora, la pantuflas que Lidia confecciona llevan cintas para poder atarlas sobre los zapatos y son de una tela estampada con hojas y ramas de tonalidades pardas, los mismos colores que predominan en el desierto. Y claro, lo que nunca cambió fue la suela de alfombra.

—El señor que me trajo las primeras, me dijo que era muy buen negocio. Y como en Altar nadie las hacía, pues sí nos fue muy bien. El año pasado estuvo muy suave, trabajábamos mi esposo, mis hijos y yo. Hacíamos 160 al día. Ahorita hago 50 o 60, porque está muy calmado.
— Si ya no llegaran migrantes a Altar, ¿qué haría?
—Pues dejar de trabajar. No hay otro trabajo para uno. Acá, para todo, dependemos de los migrantes. Todos dependemos de ellos.

Lidia no exagera. En Altar, Sonora, de acuerdo con datos de la propia presidencia municipal, más del 90 por ciento de los habitantes dependen económicamente de quienes buscan cruzar a Estados Unidos. Por ellos es que los habitantes de esta comunidad de calles polvorientas dejaron a un lado la agricultura y la ganadería para abrir casas de huéspedes, hoteles, embotelladoras de agua, puestos callejeros, tiendas de abarrotes.

Altar, Sonora, no es el único sitio que vive de los migrantes, pero sí es la comunidad en donde el negocio se muestra sin disimulo.

En México, de Sur a Norte, toda una economía se sostiene gracias a las más de 400 mil personas que al año —de acuerdo con la cifra presentada en 2012 por la Organización Internacional para las Migraciones. El Instituto Nacional de Migración reporta 140 mil deportaciones al año— cruzan el país para llegar a su meta: Estados Unidos.

Una economía que mueve millones de dólares, que deja ganancias a personas como Lidia, pero también a grandes empresas. Y no se diga al crimen organizado.

Como bien dice el investigador Rodolfo Casillas, pionero en el estudio de la migración centroamericana, la economía que genera esta población “está en pleno crecimiento, en pleno desarrollo y tiene actores múltiples”.

***

Viajar al Norte. Llegar a Los Ángeles, California, y encontrarse con su tío que vive en esa ciudad que se mira tan bonita en las películas y en las series de televisión. El tío le ayudaría a conseguir trabajo, también le mandaría dinero para costear el largo viaje. Algo así pensó David cuando decidió guardar sus herramientas de soldador, cuando se cansó de vivir en un lugar donde escasea el trabajo y abunda la violencia, cuando tomó una mochila y dejó Choloma, Honduras.

Conozco su historia en el Centro Comunitario de Atención al Migrante y Necesitado (CCAMYN), de Altar, Sonora. David tiene 22 años y una voz de susurro. Es necesario afinar el oído para escuchar bien la narración de su travesía:

“Tengo dos meses y medio de viaje. Salí de Choloma y tomé un camión que me llevó hasta Tecún Umán (Guatemala), por ese viaje pagué dos mil lempiras (poco más de 1200 pesos). Para cruzar el río y llegar a México no pagué, porque me lo eché nadando. Agarré la combi para Tapachula, me cobraron 500 pesos; íbamos como 15 migrantes. En Arriaga (Chiapas) me subí al tren. Ahí, la mafia, me cobró cien dólares; pagué otros cien en Tierra Blanca (Veracruz) y otros cien más adelante, ya no me acuerdo cómo se llama el lugar…”

***

El negocio es grande y diverso.

En la frontera sur de México hay toda una red de camionetas para trasladar a los migrantes a la base del tren; en Tuxtla Gutiérrez funcionan los “tijuanas”, camiones turísticos que cruzan el país para llegar a las metrópolis de la frontera norte. En Tenosique, Tabasco, por 15 pesos los migrantes pueden comprar un cartón para dormir junto a las vías. Los que tienen más de recursos pagan 150 pesos por pequeños cuartos. Diez pesos puede costarles el minuto en una llamada telefónica. En Ixtepec, Oaxaca, hoteles y moteles viven por los migrantes que llevan los coyotes.

La hermana Leticia Gutiérrez, directora de la misión para migrantes y refugiados de las misioneras Scalabrinianas, recuerda que hace unos años en Tierra Blanca, Veracruz, los pobladores sacaban sus mesas y las instalaban cerca de las vías del tren con letreros como estos: “Se renta teléfono”.

Los detalles del viaje de David se siguen escuchando bajito, como si tuviera miedo de gritar y despertar a un bebé o a una bestia:

… En Lechería lo asaltan a uno. Cuando llega el tren ya están ellos esperando, son como 20 o 30. Son mexicanos, hondureños, de varias partes. Dicen que son zetas y que tenemos que pagar. Me quitaron 200 pesos. A varios los golpearon, los agarraban con machete. Ahí me quedé a dormir en la calle y la ley, los policías, también me quitaron como 300 pesos. De Lechería me fui a Huehuetoca (Estado de México). Seguí en el tren. En Mazatlán, una bolsa de papas me la vendieron a 30 pesos; las tortillas de harina a 40 y una Coca cola de esas chiquitas, de lata, me la dieron a 20. Por acá, las cosas están muy caras. Ahí me cobraron 40 pesos por dormirme en el suelo…

El investigador Rodolfo Casillas reflexiona que un delito mayor no existe sin muchos delitos menores y que los negocios, y los delitos, se transforman con los tiempos.

“Delitos pequeños evolucionan hasta profesionalizarse en delitos mayores como las extorsiones o los secuestros”.

Hace tiempo que los migrantes dejaron de ser sólo consumidores. Hace tiempo que los migrantes también son la mercancía.

***

“Es desangrar al migrante por donde se deje”, lamenta Fray Tomás González, director de la casa del migrante “La 72”, en Tenosique, Tabasco.

En abril del 2014, el sacerdote acompañó el viacrucis migrante, que salió de Tabasco y llegó hasta el Distrito Federal sumando mil 200 caminantes. Así, lograron que la Secretaría de Gobernación les otorgara permisos de tránsito por México.

Al término de esa caravana, Fray Tomás y otros defensores de derechos humanos concluyeron que el crimen organizado perdió “alrededor de 60 millones de pesos” de los migrantes.

Fray Tomás explica el cálculo: si cada uno de los mil 200 migrantes hubiera pagado 500 dólares de extorsiones durante su viaje en el tren; si decenas de ellos hubieran sido secuestrados con rescates de 5 mil dólares por cada uno, si cada uno hubiera pagado a un coyote o pollero se llegaría a esa cifra. Sólo lo que les quita el crimen organizado.

El hondureño Azael Cruz, que parece menor de edad, caminó con la caravana. En Carolina del Norte, Estados Unidos, su abuela lo espera.

Azael dejó la caravana en el Distrito Federal, después de obtener el permiso de tránsito por México. Tomó un par de autobuses para llegar a Altar, Sonora, y alcanzar a un amigo hondureño.

“Mi amigo conoce al coyote y no sé en cuánto quedaron para que nos pase. Yo tengo dos mil dólares. Ya me los mandó mi abuela y en estos días salimos”.

Es mayo y Azael aún está en Altar, esperando poder cruzar el desierto. Pero, aunque su abuela le mandó dos mil dólares, él ya no tiene dinero. Los dólares los tiene el coyote.

***

Sobre la carretera que cruza Altar y dentro del poblado hay varios puestos callejeros que venden casi lo mismo: mochilas, sudaderas, pantalones, gorras y paliacates en tonos camuflados; cobijas, rosarios, zapatos, camisetas, calcetines y, por supuesto, pantuflas.

En todas las tiendas de abarrotes de Altar se pueden comprar analgésicos, sueros y galones de agua en envases de color negro.

Los galones oscuros son otro producto fabricado para los migrantes, si llevaran su agua en envases de color blanco, el reflejo de la luz los delataría ante la Patrulla Fronteriza.

Durante algún tiempo, los galones se pintaban de color oscuro. Hace cuatro años, el señor Martín, de 70 años, comenzó a fabricar los primeros envases con plástico negro. Él también tiene una historia migrante: nació en Zacatecas, fue jornalero en Estados Unidos y hace ya varias décadas se estableció en Caborca, Sonora.

—Primero empecé a traerlos de Monterrey. Después compré una máquina para fabricarlos. Ahora vienen de toda la región a comprarme. En temporada buena vendemos de 500 a 600 galones diarios. Hay un señor que a la semana o cada 15 días se lleva mil 600.

El “señor” del que habla el fabricante de los envases forma parte del grupo del crimen organizado que actualmente controla el tráfico de migrantes en esta región de Sonora.

***

El negocio de la migración no sólo se concentra en quienes viajan al Norte. También hay quien gana millones cuando los migrantes no logran su objetivo y regresan al Sur. Y ellos no son pocos: de acuerdo con el informe de labores 2012-2013 del Instituto Nacional de Migración (INM), de diciembre de 2012 a junio de 2013 hubo 40 mil 92 retornos asistidos de centroamericanos.

La empresa de autobuses turísticos Space Tours, de Adán José Lecona Guizar, ha firmado desde el 2003 varios contratos con el INM para repatriarlos. En 2012 obtuvo tres contratos por más de 15 millones de pesos. En 2013 por el servicio de traslado durante un mes recibió 3 millones 819 mil 864 pesos. A principios del 2014 obtuvo de manera directa un contrato para todo el año por 37 millones 542 mil 229 pesos.

Otra empresa que goza del negocio de repatriar migrantes es Pullman de Chiapas que, de manera directa, recibió del INM un contrato de 78 millones 420 mil 676 pesos.

***

María recuerda cómo hace 14 años mujeres de Altar se organizaron para regalar comida a los más de 200 migrantes que, en un domingo, se reunían en el lugar.

Fue en esos años cuando Altar comenzó a cambiar.

—Cuando empezó a verse mucha gente, muchos compraron vans para llevar migrantes al Sásabe (población de Sonora, localizada justo en la frontera con Estados Unidos). Se fueron acoplando a este trabajo. —Ella montó un pequeño puesto de comida en la plaza central de Altar.

En la calle que está atrás del pequeño negocio de María hay una camioneta gris estacionada y alrededor de ella hay un par de polleros y unos diez migrantes. Hace unos cuatro años, el mismo ayuntamiento registró todos los vehículos utilizados para el transporte de migrantes al Sásabe; contabilizó 400 camionetas. Hoy, la presidenta municipal asegura que hay menos de cien en operación.

A una cuadra de ahí, una pequeña ventana funciona como taquilla para la venta de boletos de autobús que se dirigen a Chiapas. Los camiones que salen de Altar van casi vacíos, a veces sólo llevan a uno o dos pasajeros, migrantes que fracasaron en su intento por llegar a Estados Unidos y ya no tienen los 600 a 1,200 dólares que deben pagar si quieren volver a cruzar por el desierto que está más allá de Sásabe.

Todos los días, a unos pasos de esa misma taquilla, llega un camión con migrantes procedente de Tuxtla Gutiérrez, Comitán o Comalapa, Chiapas.

—Antes llegaban hasta tres o cuatro camiones diarios. En ese entonces, el pueblo se alivianó, había mucha actividad. Los negocios estaban llenos. Ahorita aquí la cosa ya se acabó. —Jorge, uno de los hermanos que tiene el negocio de autobuses en Altar, recuerda con resignación y nostalgia los buenos tiempos de su comunidad. No es el único.

Elena, mujer alta y corpulenta, nació en Altar. Ella también se subió al tren del negocio que llegó a su tierra: junto a su casa construyó un par de cuartos que ahora llama casa de huéspedes. A cada migrante le cobra 40 pesos el día.

—Cuando había mucha gente sí convenía, porque cobraba 40 pesos la comida y 40 el hospedaje. En seis meses junté 120 mil pesos. Ahorita, ya no. En Altar nadie está viendo el beneficio de la migración.

La queja se escucha en cada esquina, en cada comercio de Altar. En una tienda de abarrotes la oigo una vez más. Ahí el comerciante me lanza una frase:

—Ahora, el botín ya lo tienen ellos (el crimen organizado). Ellos se quedaron con todo el botín y no ya sueltan nada para nosotros. —dice el comerciante de unos cincuenta años. Cuando termina su frase, se sonroja y repara en sus palabras— Bueno, suena mal que digamos que es el botín, ¿verdad?

***

El padre Prisciliano Peraza es famoso dentro y fuera de Altar, Sonora, sobre todo por su trabajo como director del CCAMYN. No habla ni se mira como un sacerdote, parece más un ganadero: usa pantalones de mezclilla, camisas, sombrero y lentes Ray-Ban. Cuando camina por el pueblo va saludando a comerciantes, mujeres y niños.

Siempre que llega un periodista, el padre Prisciliano realiza el mismo recorrido. Como si se tratara de un paseo turístico, lleva a los visitantes a conocer algunas casas de huéspedes con camas de tablón, a la farmacia que vende inyecciones anticonceptivas para las migrantes, a las tiendas de los galones negros y a los puestos callejeros donde venden las pantuflas con suela de alfombra.

Entre el 2005 y el 2006, “cuando se dio el clímax de la migración”, cuenta el padre Prisiciliano— Altar llegó a tener más de 15 hoteles y más de 100 casas de huéspedes. Ahora, asegura, sólo funcionan alrededor de 50 casas. Las cifras proporcionadas por la propia presidencia municipal impactan: en 2010, Altar tenía un flujo diario, en promedio, de 13 mil migrantes. La cifra se desplomó en lo que va de 2014: todos los días pasan alrededor de 124. Estos son los datos de la alcaldía.”

El padre Prisciliano nació en estas tierras del norte, es franco y directo:

“Mucha gente dice que ya no pasa tanta gente como antes. Y sí, ya no pasan los mismos que antes, pero siguen pasando muchos, ¿por qué no cierran las casa de huéspedes o los hoteles? Lo que pasa ahora es que, en Altar, el negocio de la migración está controlado totalmente por la mafia”.

Cuando fue el “clímax de la migración en Altar”, los migrantes que llegaban a esta comunidad pagaban entre 500 y 600 pesos a los polleros que los “enganchaban” en la plaza. Después, el costó subió a 100 dólares, “así se estabilizó como cuatro años”, hasta que mataron “al jefe de la zona”, en 2013, uno de los líderes del Cartel de Sinaloa.

La gente relata que cuando lo mataron la frontera y el pueblo se cerraron durante más de una semana, hasta que llegaron otros “jefes” y definieron las nuevas reglas del negocio. Por ejemplo, aumentar la cuota por cruce: los mexicanos entre 600 y 800 dólares; los centroamericanos entre mil y 1,500 dólares. Otra de las nuevas reglas fue cobrar una cuota de 100 dólares al migrante que quisiera dejar el lugar.

“Pensamos que ya no iba a llegar nadie, nadie iba a poder pagar eso. Aún así llegan” dice sorprendida una de las voluntarias en el CCAMYN.

Al estudiar la migración centroamericana, el investigador Rodolfo Casillas encontró una de las claves del negocio que gira en torno a esta población: “son personas que no tienen dinero, pero sí tienen una gran capacidad para endeudarse.”

***

Desde septiembre del 2012, Martha Elsa Vidrio Federico es la presidenta municipal de Altar, Sonora. Antes de esa fecha era conocida por ser la madre del entonces presidente municipal de Altar, Rafael Rivera Vidrio. Esta familia de políticos panistas también se contagió por la euforia económica que trajeron los migrantes y no quisieron quedarse fuera del negocio: abrieron el Hotel Rivera. Hoy, la alcaldesa también se queja de que la migración ya no es lo de antes.

Hasta le salen las lágrimas cuando cuenta que el único banco cerró hace un año, nadie está pagando el agua, los comercios están bajando las cortinas, las casas de huéspedes y los hoteles están cerrando. El suyo —se queja— ya casi no recibe gente.

—Se nos vino todo abajo –se lamenta en su oficina.
—¿Por qué?
—Se ha asustado mucho la gente (los migrantes) cuando ve al mando único, al montón de patrullas; les da miedo y ya no vienen… Se acabó la migración y todo se nos vino abajo. La economía está muy difícil en Altar.
—¿Los migrantes ya no llegan por culpa del mando único o porque el negocio de la migración lo controla el crimen organizado que cobra “cuota” muy alta?
—Así es. Yo estuve investigando y me dicen que en todas las fronteras es la misma cuota, la misma cantidad. No sé con qué derecho lo hacen. Yo como presidenta municipal no puedo andar directamente arriesgándome, averiguando con ese tipo de personas… Por eso he pedido, buscado el centro de acopio para que fueran debidamente protegidos los migrantes.
—¿Un centro de acopio?
—Desde que estaba el presidente Fox, luego Felipe Calderón y hasta ahora, yo estoy mandando oficios porque quiero un centro de acopio de migrantes. Eso vendría a reactivar la economía de nuestros municipios, beneficiaría a los hoteles, los taxis, las vans… Un centro de acopio para que (los migrantes) tengan contratos directos con la gente de Estados Unidos, para que el lugar que requiera mano de obra esté conectado con Altar.

La alcaldesa insiste en que la solución económica para Altar es tener un “centro de acopio de migrantes”; algo parecido a lo que fue el controvertido Programa Bracero, acuerdo laboral entre Estados Unidos y México —que funcionó desde la década de los 40 y hasta los 60— y el cual dotó a los trabajadores mexicanos de permisos para trabajar como jornaleros en los campos estadounidenses.

La panista no explica cómo se terminarán las mafias que controlan la migración en el municipio que ella gobierna. Ese tema ni siquiera desea mencionarlo, sólo habla de lo que es su anhelo: “que me apoyen con ese centro de acopio para migrantes, porque si no Altar se va a morir de hambre o se queda como un pueblo fantasma”.

***

David, el hondureño de 22 años y voz de susurro, ya conoció las nuevas reglas de Altar:

Llegué en tren a Caborca. El ride para Altar me costó 200 pesos. Aquí me cobraron mil 500 dólares sólo para cruzar la línea. Ya pagué una vez y no pasé, me dejaron botado en el desierto. No sé si seguir. Llevo un chingo de dinero gastado. Ahorita me están pidiendo 5 mil dólares para pasarme hasta Los Ángeles. Ya le pedí el dinero a mi tío, voy a esperar a ver si me ayuda o voy pa’ tras…

Los más de 25 mil pesos que David ha gastado en su viaje de Choloma al Sásabe no los traía consigo desde Honduras. Los migrantes centroamericanos ya saben que deben llevar sólo lo necesario para pagar las extorsiones, algún transporte, la comida y, sobre todo, las llamadas telefónicas a sus familiares que los esperan en Estados Unidos, para pedir dinero y continuar el camino.

“Es tal el flujo de transmigrantes por México —resalta el investigador Rodolfo Casillas en su estudio Efectos múltiples de las remesas centroamericanas a México— que las remesas constituyen una importante derrama diaria de divisas de un monto impreciso hasta el momento. Estos envíos quedan a simple vista ‘subsumidos’ como parte de las remesas de mexicanos en Estados Unidos a mexicanos en México, lo cual es inexacto”.

México, según el Banco Mundial, está entre los principales países que reciben remesas. Sólo en 2013, recibió 22 mil millones de dólares.

El hondureño David habló con su tío de Los Ángeles cuando estaba en Tierra Blanca. Ahí le pidió que le mandara los 100 dólares para pagar la extorsión del tren. Después le llamó cuando estaba en Puebla, ahí le mandó 100 dólares más. En Altar también lo buscó y le pidió que le enviara los 1,500 dólares para cruzar. El tío así lo hizo: mandó el dinero desde Estados Unidos, utilizando una de las varias compañías que se dedican al envío de remesas. En México, los dólares del tío llegaron a las tiendas Elektra.

Para poder cobrar el dinero, los migrantes deben pedir ayuda a personas con credencial de elector. Los mexicanos que ya saben de esto, cobran entre el 10 y 30 por ciento de la cantidad retirada por el “servicio”. En Tierra Blanca a David le cobraron 200 pesos por retirar cien dólares. En Puebla no le pidieron dinero. En Caborca, “el mero jefe al que le pagué para que me cruzara fue el que sacó el dinero. Mi tío mandó el dinero a su nombre y él fue quien lo sacó”.

El investigador Rodolfo Casillas resalta en su estudio que es posible que “la mayor parte de las remesas para el traslado, o paso por México, se destinan a cubrir ‘los derechos de paso’ exigidos de manera ilegal”.

Hace un par de años, Casillas fue invitado a una reunión sobre migración en la que estaban presentes representantes de distintas dependencias del gobierno mexicano, así como directivos de Elektra y Wester Unión. Cuando se habló del tema de los secuestros y las extorsiones a migrantes centroamericanos, “les dije a los directivos de las empresas: ustedes saben cuánto dinero mandan los migrantes, a qué sucursales llegan, tienen los nombres de quienes cobraron ese dinero, el día y la hora en que lo recibieron. Cuando los envíos son mayores a mil dólares saben que es para pagar un rescate o una extorsión, ¿por qué no existe una colaboración de alto nivel para compartir esa información con el gobierno, para eso no se necesita cambiar ninguna ley, se puede hacer?” La respuesta que recibió el investigador fue un prolongado silencio.

En 2012, Grupo Elektra —de acuerdo con su último informe anual, presentado a la Bolsa Mexicana de Valores en abril pasado— operaba 6 mil 397 puntos de venta. Un año después aumentó a más de 6 mil 700: 4 mil 300 están en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Perú, Panamá y Brasil; y 2 mil 400 sucursales de Advance America en Estados Unidos. Además, Elektra ha firmado acuerdos de colaboración con Wester Union y con Money Gram, las dos empresas líderes en transferencia de dinero.

Si una persona que se encuentra en Estados Unidos desea enviar 300 dólares a México, las empresas de transferencia de dinero cobrarán una comisión que va de los 3 a los 10 dólares, de acuerdo con la herramienta “¿Quién es quien en el envío de dinero?”, disponible en el portal de internet de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco). Y aunque —como bien señala el investigador Casillas— no existen datos de cuánto dinero envían los centroamericanos a sus familiares durante su trayecto por México (para pagar las extorsiones o secuestros), si es posible tener una idea del negocio si, según datos del Banco de México, tan sólo en abril del 2014 de Estados Unidos se enviaron a diferentes estados de México 1 mil 922.66 millones de dólares, utilizando los servicios de estas empresas dedicadas a la transferencia de dinero.

La misionera Leticia Gutiérrez sintetiza así este negocio: “Elektra, Wester Union y Money Gram se han convertido en grandes empresas no sólo como consecuencia del producto del trabajo; es riqueza producida por el soborno, el secuestro y la sangre de muchos migrantes, porque son las empresas a través de las cuales se paga la extorsión y liberación de un secuestro. Si Elektra o Wester Unión juegan en la bolsa de valores no lo hacen con dinero bien habido, es un dinero que lleva sangre, muerte y dolor de muchas familias”.

Los migrantes —remata la misionera— son un botín para muchos.

***

David, el hondureño, se quita su cachucha y se frota la cabeza. No sabe qué hacer. Si su tío no le manda más dinero, deberá volver a Choloma, Honduras, donde lo recibirán sus viejas conocidas: la violencia y la pobreza. Por lo pronto, aquí en el albergue del CCAMYN de Altar puede comer sin pagar. Mientras espera una respuesta de su tío de Los Ángeles, trabaja limpiando coches en el estacionamiento de un OXXO.

En este albergue los migrantes sólo pueden quedarse a dormir tres días. Cómo David ya cumplió ese tiempo, hoy dormirá en el suelo de una casa de huéspedes donde le cobrarán 20 pesos; si quiere una cobija, tendrá que desembolsar cinco pesos más. Las pantuflas con suela de alfombra que le dieron hace unas semanas en su primer intento por cruzar el desierto ni siquiera las estrenó. Aún las guarda.

Si David decide ir pa’tras y regresar a Honduras, volverá a su patria con una nueva preocupación: que su tío no le cobre los dólares que le mandó para el viaje más caro de su vida.

Los números de 2014

Publicado: 29 diciembre 2014 en Uncategorized

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 250.000 veces en 2014. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 11 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

A un lado de la carretera antigua que va de Zacatecoluca a Olocuilta, un hombre ensangrentado intenta ponerse de pie. Viste jeans azul y una camisa de botones blanca, empapada y rota. Gatea malamente sobre la hierba que crece al lado del asfalto.

Un kilómetro atrás acabamos de parar el carro, sorprendidos por la gran cantidad de zopilotes sobre un árbol que acechaban el manjar de algún animal atropellado. Fred, el fotoperiodista, creyó que aquello podía servir como foto curiosa para llenar algún espacio del periódico y saltó del vehículo con su cámara para ver qué cazaba. Pero lo hizo tan rápido que cuando estuvo cerca ya no quedaba ningún pajarote en las ramas y volvió repitiendo “La cagué, ¿veá?”, mientras revisaba las fotos desenfocadas de los bichos volando.

De eso estamos hablando todavía, de los zopilotes en el árbol, cuando vemos a este hombre al lado de la calle, intentando moverse, dejando la vida sobre la hierba.

Freno y retrocedo. Tiene la cabeza viscosa, llena de la sangre espesa y negra que le brota del cráneo. Se sostiene en sus rodillas y en sus palmas hasta que se derrumba de costado. Se aprieta el vientre con una mano y alcanza a decirnos que lleva balas dentro.

Pasa un pick up y saltamos para que se detenga. El hombre que lo conduce disminuye un poco y al ver la escena acelera. Se larga. “No aguanto”, susurra, y la sangre le baña la mano, se cuela por sus dedos. Pasa otro pick up que hace lo mismo que el primero. “Subime al carro, no aguanto”. Me doy cuenta de que no quiero tocarlo porque no quiero llenarme de su sangre.

Voy por el carro, pero él no puede ponerse de pie y lo tenemos que cargar hasta el asiento trasero. Grita cuando lo alzamos del piso y sus rodillas no tienen fuerza para sostenerlo. Dentro del vehículo se desploma sobre el asiento y gime mientras se sostiene la panza. Sobre la camisa blanca se va expandiendo la mancha oscura.

***

Zacatecoluca no es hermosa y el título de ciudad le cuelga pretencioso desde 1844. Entre sus honores figura haber sido parte del Distrito Federal de Centro América, que le duró solo dos años, entre 1836 y 1838; es la cabecera departamental del departamento de La Paz, sede de la única cárcel de máxima seguridad de El Salvador, conocida como Zacatraz, y poco más. Hace calor día y noche, más de día, pero hace mucho calor por el día y por la noche. Probablemente sus personajes más insignes sean el prócer de la independencia José Simeón Cañas, cuyo rostro aparecía en los ya extintos billetes de un colón y un indio que aunque no es oriundo del lugar fue mandado decapitar por una corte local a mediados del siglo XIX, aunque tampoco se le cortó la cabeza aquí. Se llamaba Anastasio Mártir Aquino, y para siempre se le dibujará ceñudo, cargando algo que parece un arcabuz y un machete.

El 17 de julio de 2013, representantes de la Mara Salvatrucha-13 y de la facción Revolucionarios del Barrio 18 se subieron al quiosco del parque Nicolás Peña, en el centro de la ciudad y anunciaron que Zacatecoluca se convertiría en el undécimo Municipio Libre de Violencia, en el marco de la tregua entre pandillas que inició el 8 de marzo de 2012 y que tiene fecha de fallecimiento incierta.

Los voceros de las pandillas pronunciarion discursos en los que empeñaban palabra por la recuperación de la “paz total” y en apoyo del “pacto social”. Los Revolucionarios del Barrio 18 aprovecharon la ocasión para desmentir al ministro de Seguridad Púbica, Ricardo Perdomo, que los acusaba de ser los responsables del incremento de homicidios que en aquel momento, después de un año de caída, comenzaba ya a adivinarse sutil pero con paso firme.

***

Acorralar a una fiera me explicó alguien que no quiere ser mencionado en este artículo– es una temeridad que normalmente se paga caro. Por eso siempre hay que dejar al menos una vía de escape siguió explicándome–, aunque sea para dejar la ilusión de que hay salida, de que se puede vivir. Luego ya se verá si se la mata cuando esté usando esa vía de escape. Pero acorralar a una fiera, a un hombre, por ejemplo, dejarlo sin salidas, sin opciones, suele terminar mal. Y eso fue lo que pasó en Zacatecoluca.

Hasta el 22 de octubre de 2013, en Zacatecoluca habían ocurrido 26 asesinatos y a la misma fecha de 2014 había ya 81. Más del triple. Para la mitad de este año ya había casi tantos muertos como el año más violento de todo el quinquenio presidencial anterior. En todo 2010 se asesinó a 58 personas. Hasta junio de este año iban 52 asesinatos.

El Barrio 18 solía ser en El Salvador una sola pandilla, como lo es en Los Ángeles desde mitad del siglo pasado, como lo es en Guatemala y en Honduras. Pero en El Salvador se partió en dos pedazos en 2005; y los pedazos quedaron enemistados a muerte. Las razones son profundas e intrincadas, pero si toca hacer un resumen aparecerán las dos razones previsibles: poder y negocios, si es que ambas no son, en realidad, una sola.

Zacatecoluca y sus cantones más céntricos tenían la fortuna de estar gobernados por uno solo de esos pedazos: la facción Revolucionarios del Barrio 18. Los territorios claros tienen varias ventajas: hay menos balaceras por el control de lugares, todo el mundo sabe quién manda, se paga una sola extorsión a un solo extorsionista y, sobre todo, los ciudadanos no se ven obligados a saberse al dedillo la compleja geografía pandilleril, que impide –so pena de muerte– transitar de una colonia o un pasaje a otro que esté controlado por la pandilla rival, aun si el transeunte no es parte de esa guerra.

Así estaban los viroleños, con las cosas claras, hasta que en febrero de este año la pandilla se volvió a partir, por las mismas dos razones previsibles. Es decir, que en Zacatecoluca al pedazo de la 18 que se hace llamar Revolucionarios se le partió también un pedazo, y aquí es donde cobra sentido la analogía de la fiera encerrada. La fiera, en este caso, se llama Óscar Oliva, aunque todos lo conocen como Chipilín.

Chipilín salió del penal de Izalco luego de cumplir una pena de 16 años, con la encomienda de pilotear la tribu de Zacatecoluca, de gobernar, pues, a los dieciocheros Revolucionarios del lugar. Pero desde luego, él –de 38 años y originario del municipio– no era absoluto, no era el fin de la cadena de mando. Ni siquiera de la cadena de mando local.

Tres pandilleros convertidos en colaboradores de las autoridades describen la cadena de mando así: en la calle la voz más fuerte era la de Chipilín, pero él tenía que reportarse con tres personas en el penal de Izalco: Chucho Ronco, Perro Bravo y el Paradise; que a su vez le rinden cuentas a los máximos líderes de la pandilla, que según los informantes son el Cawina, el Niño Cracy y El Muerto, a quien también apodan El Cementerio.

A Chipilín le pareció que el porcentaje que demandaban esos líderes en la prisión era una tajada excesiva del botín que con tanto esfuerzo y riesgos recolectaban sus homeboys, extorsionando, amedrentando y educando en esa lógica a los viroleños. Un pandillero que fue subordinado de Chipilín asegura también que a su exjefe le molestaba, como una telaraña en la cara, la gran cantidad de normas nuevas que supuso la tregua y que obligaban a caminar de puntillas, como evitando líneas de tiza en el piso. “Por cualquier acción te daban verga o te querían matar”, dice, como haciendo un puchero de niño. Chipilín también fue exitoso en convencer a varios de sus subordinados de que en su rebeldía había algo del espíritu de Robin Hood: “Otra onda que no le llegaba a él es que hasta a la señora de los aguacates le quitaran renta”, nos cuenta el muchacho. Posiblemente existió, en los laberintos cotidianos de la pandilla, una pobre señora con aguacates que sufría extorsión, porque pudiendo citar cualquier otro ejemplo –la señora de las pupusas, la de las tortillas…– todos los que se refieren al caso, curas, policías, pandilleros, periodistas…, citan ese mismo ejemplo. O eso, o en Zacatecoluca vender aguacates es sinónimo de mucha pobreza.

Pero la pandilla no es una asamblea de gustos y las habladurías de Chipilín llegaron rápido a los oídos de sus jefes, quienes decidieron, en algún día de principios de 2014, cortar por lo sano: o sea, matarlo.

Hasta aquí esta historia es el cuento conocido: la pandilla hablaría a tiros, probablemente uno de los amigos de Chipilín le volaría la cabeza entre cerveza y cerveza o un homeboy de otra canchase movería en el anonimato para asesinarlo. Pero pasó lo que se supone que en estos casos no debe ocurrir: que el sentenciado se enteró de la sentencia, que supo que cargaba encendida la luz, que su propia pandilla le respiraba en la nuca. Y se convirtió en fiera.

Y en lugar de huir en desbandada, Chipilín decidió plantar bandera y devolver el gesto arisco, declararse república independiente, y los Revolucionarios tuvieron que decidir entre su líder y la pandilla. En cuestión de días el escenario había cambiado y la insurrección de Chipilín fue exitosa: para finales de febrero los cantones y caseríos El Espino Arriba y El Espino Abajo, Buena Vista Arriba y Buena Vista Abajo, El Copinol, El Jobo, Pineda, La Española y 10 de Mayo eran territorio del insurrecto. Nada mal para un independiente que a simple vista parecía reclutar adeptos ofreciendo colisionar una carreta contra un tren.

Para marzo la guerra entre los que siguieron a Chipilín y quienes se mantuvieron leales a los Revolucionarios era ya sensible en los indicadores de homicidios de Zacatecoluca: de 4 asesinatos en febrero se pasó a 12 en marzo y a 20 en abril. En mayo, los insurrectos atacaron un autobús de la ruta 302 en la carretera a Comalapa y masacraron a seis personas, con el propósito de disputarles a los Revolucionarios la extorsión que pagan los transportistas… Zacatecoluca era territorio en guerra entre los cantones rurales en rebeldía y el casco urbano.

El personaje cuyo nombre no puedo escribir en esta historia conoce bien las interioridades de la guerra viroleña y me explica más cosas: la malcriadeza de Chipilín hubiera podido ser aplastada relativamente rápido de no ser porque ocurrieron dos cosas: aunque lo niega, el otro pedazo del Barrio 18, los Sureños, vieron con simpatía la gesta del caudillo y lo respaldaron, en secreto, con armas y refugio para el líder, lo que les dio fuelle a los rebeldes para resistir la embestida de los Revolucionarios. Actualmente los policías locales dan por hecho que la guerra que inició Chipilín es entre Revolucionarios y Sureños.

El otro hecho fue el paso en falso de un pandillero Revolucionario, que tuvo la mala idea de asesinar a una mujer mayor, que resultó ser la mamá de un subinspector de la Policía.

***

La sangre es viscosa y se seca rápido. Se me pegan las manos en el timón del carro en el que zumbamos hacia el hospital de Zacatecoluca. Nunca una calle me pareció tan desierta, tan limpia de vehículos, de gente, de policías y tampoco nunca había visto cómo unos pocos kilómetros son capaces de estirarse tanto. Atrás Fred lucha para mantener sentado al tipo en el asiento y lo abofetea para que no se duerma. Los dos están cubiertos de sangre.

—¡¿Cómo te llamás?!
—Felipe.
—¿Qué te pasó?
—Me fueron a tirar.
—¿Quiénes?
—…
—¿Quiénes?

Y se derrumba de lado, como lo hizo en la calle. Parece que se ha desmayado. Fred lo toma por la camisa y lo despierta a fuerza de gritos y meneos, porque nuestro conocimiento de estas situaciones –básicamente adquirido de series policiales en la televisión–, nos dice que si el tipo se duerme se nos muere en el asiento de atrás del carro.

—¡Felipe! ¡Puta, Felipe! ¿Cuántos años tenés? –grita Fred.
—34 –susurra una voz dolorosa.
—¿Tenés hijos?
—Sí. Cuatro –y nos recita los nombres de sus hijos.

El hombre se acomoda en el asiento y grita como un animal. Grita de dolor mientras se aprieta el vientre con toda la vida que le queda. Por el retrovisor alcanzo a ver que su cara ha perdido color y que apenas puede mantener abiertos los ojos. Para mis adentros me digo que si un hombre puede gritar así, seguramente es capaz de aguantar 30 kilómetros más hasta el hospital. Voy todo lo rápido que puedo y cuando se enciende el indicador de gasolina lo tapo con una estampita de monseñor Romero que llevo siempre en el tablero para emergencias como esta. La calle serpentea por colinas infinitas y atrás Fred intenta mantener a Felipe consciente.

—¿A qué te dedicás, Felipe?
—Chef.
—¿Y qué es lo que mejor te sale?
—La lasaña.
—Eeeh…. ¿Lasaña de qué?
—De todo.
—¡Nos vas a cocinar lasaña, cabrón!
—Sí.

Nos damos cuenta de que podemos invertir los momentos de lucidez de Felipe en algo menos trivial y conseguimos que nos dicte un número de teléfono. Fred llama y contesta una niña que dice ser su hermana. No cree una palabra de lo que se le cuenta y cuelga el teléfono como si le hubiera llamado un vendedor de seguros. Felipe vuelve a desmayarse.

—¡Felipe, puta, puta! ¡Felipe! –bofetadas y sacudidas– ¡Necesito que estés despierto, cabrón, ayudanos! ¿Querés ver a tus hijos?
—Sí.
—¡Entonces mantené las pepas abiertas! ¿Querés ver a tu madre de nuevo?
—No.

En este momento no lo sabemos, pero la madre de Felipe murió de un ataque fulminante mientras visitaba a un primo en el penal de Tonacatepeque cuando Felipe tenía 8 años.

***

Como suele pasar en estos casos, la pandilla asegura, a través de sus voceros, que el asesinato de la madre del oficial de la Policía fue una cagada que se mandó uno que ni siquiera era parte de la pandilla, sino un simpatizante que actuó a título propio, incluso contra la voluntad del barrio. Pero parece que esta versión no convenció a nadie: según los mismos representantes de los Revolucionarios, luego de aquel hecho, ocurrido en una fecha incierta de enero, la Policía entró al juego de morir o matar, como un jugador más del que había que cuidarse. De manera que cuando estalló la insurrección de Chipilín el odio de los policías se le pegó al pedazo de la pandilla que conservó la marca.

El 11 de enero, tres pandilleros fueron asesinados en un caserío, y tres días después otros cuatro fueron asesinados en distintos caseríos adyacentes a Zacatecoluca. En abril ya sumaban ocho emboscadas de la pandilla contra la Policía en la zona; el 21 de ese mes pandilleros rociaron de balas con una mini Uzi a un pick up de la Policía en el cantón Penitente Abajo y dos días después se liaron a tiros con unos policías que detectaron un plan para asesinar a uno de los lugartenientes de Chipilín, cuando este salía de un juzgado. El 30 de abril la Policía mató a cinco pandilleros dentro de una casa de bloques sin pintar en la Hacienda Escuintla. La pandilla dice que se trató de ejecuciones sumarias; la Policía asegura que solo se defendió, respondiendo el fuego de los pandilleros. Las primeras fotografías de ese hecho, tomadas por la Policía, muestran los cadáveres de los cinco jóvenes dentro de la casa: cuatro sobre el piso y el quinto sobre una hamaca. Todos los pandilleros asesinados eran Revolucionarios.

Los pandilleros afirman que dentro de la Policía se han creado grupos de exterminio particularmente voraces contra los Revolucionarios. Los oficiales policiales, desde sus oficinas, niegan con aplomo que esto sea así. Los agentes de rangos inferiores, desde la calle, no niegan nada.

Un policía que era investigador de homicidios a inicios de este año lo explica sin muchas ceremonias: “En Zacatecoluca los compañeros vieron en el asesinato de esa madre una oportunidad para hacer algo”. A ese algo él no le llama asesinatos sumarios. Prefiere el institucional “ajusticiamientos”.

***

La verdad es una cosa escurridiza. A veces la verdad es la verdad, a secas, como que dos y dos son cuatro, por citar una verdad famosa. Con esas verdades no hay problema. Otras verdades, más intrincadas, como si la pandilla ordenó o no un “toque de queda” en marzo en Zacatecoluca, dan más guerra y pasado un tiempo se convierten en varias verdades.

Según la edición del 13 de marzo de El Diario de Hoy, desconocidos hicieron circular un manuscrito en el centro del municipio, en el que se amenazaba a todo el que circulara después de las 6 de la tarde. El manuscrito estaba firmado “mara 18″. El papelillo tiene algunos problemas de credibilidad, como el hecho de que ningún miembro de la pandilla Barrio 18 que no desee ser vapuleado o asesinado asociaría la palabra “mara” a su organización, así como un ferviente musulmán no andaría por la vida vendiendo caricaturas del profeta Mahoma.

Pero, ¿qué es la verdad? Una cosa es si ese papel lo escribió la pandilla o es apócrifo, otra cosa es si ese día hubo o no toque de queda.

El padre Celestino Palacios, párroco de la catedral Nuestra Señora de los Pobres, notó aquel día menos almas en las misas vespertinas. Muchas menos. Menos de la mitad de lo usual. Y saliendo del templo, ninguno anduvo con socializaciones, solo se esfumaron. “En el parque no había ni un alma”, recuerda. Y al parecer no había ni una: un equipo de canal 12 fue a filmar el atardecer y las primeras horas de la noche en Zacatecoluca y aquello parecía un pueblo fantasma de puertas cerradas. El único que se animó a hablar con los periodistas fue un miembro del Cuerpo de Agentes Metropolitanos, bajo condición de que le filmaran las botas en lugar del rostro: “Pues sí, dicen que al que pase como que le van a dar…”. Por si las moscas, el agente no andaba pasando, sino que se parapetaba en la fachada de la alcaldía. Ese mismo día, pobladores del cantón El Copinol –territorio de Chipilín– le contaron al corresponsal de La Prensa Gráfica que pandilleros con fusiles tuvieron la amabilidad de visitar casa por casa, advirtiendo a los pobladores de no salir después de las 6. Las rutas 92, 3LP, 4LP, y 5LP, o sea, todas las que entran al centro del municipio, dejaron de circular después de la 1 de la tarde.

El jefe de la policía de Zacatecoluca, Inspector Omar Joachín, declaró un día después a Diario El Mundo que descartaba un toque de queda y atribuía aquel barullo a un rumor originado en el cantón El Copinol, del que dijo “tiene baja incidencia” de asesinatos. Como prueba, refirió aquel jueves que el último asesinato había sido el martes.

Dos días después el ministro de Justicia y Seguridad, Ricardo Perdomo, dijo a La Prensa Gráfica no tener evidencias de un toque de queda y agregó que “no se vale” esparcir rumores. El 26 de abril el mismo ministro dijo a Diario CoLatino tener información de una pugna entre Sureños y Revolucionarios del Barrio 18 y aseguró que la Policía tenía el control de la situación. Ese mismo día admitió haber doblado su equipo de seguridad personal.

Abril fue el mes más voraz de este año. Cobró la vida de 20 personas. Aprovechando el impulso inicial, Chipilín y su gente intentaban expulsar a sus excompañeros Revolucionarios del centro urbano, rico en comercios y por lo tanto rico en extorsiones. Los Revolucionarios intentaban barrer a los insurrectos del mapa con un manotazo fugaz. Ninguno consiguió su cometido.

Unos decían que el toque de queda iba a durar solo un día y que ese día era el 13 de abril, otros decían que comenzó el 12 y que iba a durar una semana. El padre Celestino Palacios recuerda otras alarmas en mayo y junio.

Zacatecoluca fue recuperando su vida normal sin que nadie lo decretara. Sus pobladores fueron asomando, por valentía o por hambre, y a estas alturas quién sabe cuál es la verdad de lo sucedido aquellos días.

***

Felipe pierde el conocimiento justo antes de llegar al hospital Santa Teresa, en Zacatecoluca. Ya en la ciudad hemos encontrado a una patrulla policial que nos ha guiado por el laberinto de calles urbanas y escolta nuestra entrada al hospital.

Ayudo a bajarlo y a colocarlo en la camilla, como un harapo, y un enjambre de enfermeras lo arrastra hacia pasillos oscuros. La policía nos interroga; encuentro los dos zapatos deportivos de Felipe en el piso de mi carro; nos lavamos las manos; esperamos…

Lo único que conseguimos saber luego de una hora de espera es que Felipe llevaba tres plomos dentro del abdomen y múltiples golpes en todo el cuerpo. Eso, y que sigue vivo.

***

En la primera foto son tres: el primer tipo lleva uniforme militar completo, con camuflaje verde olivo, y sostiene un M-16 con pose entrenada: con el dedo índice fuera del gatillo, la culata retráctil hacia arriba y el cañón apuntando al piso. El siguiente lleva uniforme policial oscuro, chaleco antibalas y, sobre el chaleco, arneses en los que porta dos cargadores extra para el fusil M-16 que sostiene apuntando hacia el cielo. Sobre su manga derecha luce el emblema de la Policía Nacional Civil. El tercero es el que luce más joven. También lleva uniforme policial oscuro. Con una mano sostiene una carabina de cañón largo y con la otra hace la seña del Barrio 18. Los tres son pandilleros.

En la segunda foto son siete: tres supuestos policías y cuatro presuntos soldados. Salvo uno de ellos, el resto se cubre el rostro con gorros navarone, similares a los usados por las autoridades en los operativos antipandillas. Esta vez posan con cinco M-16, una carabina y lo que parece ser una escopeta. En esta imagen la mayoría de ellos está tirando 18 con las manos, gesticulando como pandilleros apoyados en una camioneta negra.

Aunque parecen los retratos de una patrullas conjunta cualquiera, en un vistazo más minucioso es posible identificar algunas fallas en los disfraces: las botas son distintas, algunos llevan tenis, otros llevan enormes hebillas plateadas bajo el cinturón militar y… bueno… casi todos hacen gestos pandilleros, lo que da al traste con la interpretación. Al menos en la foto.

Las imágenes me las muestra un detective policial que asegura que las obtuvo del celular de un pandillero al que él mismo detuvo. Explica que los leales a Chipilín se están entrenando en tácticas de guerra; que en el reparto de territorios se quedaron con la ladera del volcán Chichontepec y que le sacan el jugo montando campos de tiro y de entrenamiento militar. Que ha escuchado incluso que contratan soldados y exguerrilleros para adiestrarlos.

Conversamos en un cantón del departamento de La Paz, al que el detective me ha pedido que lo siga para no ser visto hablando con un periodista. Nos sentamos sobre el suelo de tierra, al lado de una cancha de fútbol. Otros dos policías mantienen un ojo en la conversación y otro en el perímetro, por precaución. Dentro del carro policial hay un muchacho encapuchado y esposado, al que me quieren presentar.

“¿Verdad que están entrenando?”, le pregunta al muchacho que lleva con él, un pandillero que se ha convertido en soplón contra su pandilla. “Sí”, responde el muchacho. Vuelve el policía: “¿Soldados y guerrilleros los entrenan, verdad?”. “No, de guerrilleros no sé yo”, dice, deleitándose con un cigarro. “Pero sí sé de soldados”. “¿Fuiste a algún entrenamiento vos?”, pregunto yo. Se quita el gorro que le cubre el rostro y se lo arremanga en la cabeza. “No, a mí nunca me tocó”, dice, y disfruta del aire en el rostro y del sabor del tabaco, mientras presume: “Por lo que yo he hecho, merezco morir tres veces”. Rehúye dar más detalles sobre lo que pasa en el cerro, porque no quiere, o porque no tiene nada más que decir.

Según los policías uno de los mayores problemas del lugar es la inmensa disponibilidad de armas, y cuando se trata de buscar responsabilidades señalan al cuartel del municipio: el Destacamento Militar Número 9.

Los investigadores policiales están convencidos de que la gente de Chipilín consiguió infiltrar a varios de sus miembros –diez en concreto– como soldados al cuartel de Zacatecoluca, el DM-9, para que recibieran instrucción militar. Como parte del plan, dicen, los diez desertaron el 7 de mayo, aprovechando la celebración del Día del Soldado, con sus armas y todos sus pertrechos. Ahí el origen de las armas de guerra y de los uniformes militares.

La idea de la infiltración corrió tanto que en julio el Ministerio de la Defensa publicó un comunicado desmintiendo el rumor. El comunicado asegura que esas versiones son “ataques políticos” contra la institución castrense.

¿Y los uniformes de policías? Esos, dicen, los obtienen los pandilleros cuando asaltan a un agente de civil y le roban la mochila. O cuando asaltan su vivienda y saquean el ropero.

Sentado en su escritorio, el coronel Élmer Martínez, jefe del DM-9, asegura que no figura ninguna deserción en los expedientes del cuartel y que todas sus armas y pertrechos están intactos. “El problema es que no hay limitación para la venta del tipo de tela que usamos para nuestros uniformes”, dice, argumentando que los uniformes que usan los pandilleros son piratas. “Y el armamento es antiguo, del que quedó de la guerra, en las fotos se les nota el deterioro”.

El único caso que aparece en sus registros es el de un cabo al que la Policía detuvo con un uniforme militar y otro policial en su vehículo y que al ser descubierto se dio a la fuga. Pero ese no desertó, matiza, sino que fue expulsado.

Otro caso es el de un soldado que pidió la baja debido a que los pandilleros de su cantón lo detectaron y amenazaron con matarlo a él y a su familia. El ejército de El Salvador le concedió la baja y le ayudó a sacar las cosas de su casa para que pudiera huir seguro.

***

Chipilín fue arrestado el 21 de julio mientras se conducía en una camioneta negra. No hubo persecuciones policiales espectaculares, ni balaceras: cayó casualmente en San Vicente, en un retén de rutina que no lo esperaba. La Policía se sacó la lotería y lo celebró públicamente anunciando el hecho. Desde entonces está confinado en unas bartolinas policiales. Pero la guerra en Zacatecoluca sigue abierta y los pobladores han tenido que aprender las normas del conflicto para sobrevivir.

Uno de los sacerdotes del municipio nos invita a su pick up y sube la ladera del Chichontepec por una calle imposible, hasta un terreno en el que la vista se pierde en el verdor del volcán. “Todo eso eran milpas y pipianeras –nos explica–; ahora la gente ya no puede sembrar ahí, y está la tierra de balde”, dice, mirando a las tierras de arriba desde el último solar relativamente seguro.

Al romperse la pandilla también se rompió el volcán y los campesinos de un cantón se deben entender ahora en guerra con los pandilleros del otro. La mayor parte de agricultores viven en el centro, dominado por los Revolucionarios, y gran parte de las tierras que alquilaban para sembrar están en el volcán, propiedad de los insurrectos. Donde yo veo una ladera hermosa ellos ven un terreno minado. Y a la tierra le crece un monte salvaje e inútil.

Los campesinos ahora se pelean las tierras de siembra más céntricas, cuyo alquiler ha subido de precio. Viendo aquel desperdicio de volcán, un hombre que solía trabajar esas tierras suspira: “No se le ve arreglo a este volado”.

***

Un hombre se atraviesa a mitad del camino y el otro, parado tras una alambrada, desenfunda una pistola. Nos ordenan detenernos y, desde luego, nos detenemos. De todos modos estamos en un angosto camino de tierra por el que no podemos correr.

“¿A quién buscaban?”, pregunta el hombre con toda la amabilidad de la que es capaz el que sabe que no te detuviste por tu voluntad. “Somos periodistas”, contestamos, con tono lo más casual posible. “¿Tienen identificación?” Le entregamos los carnés de prensa y el tipo los revisa con detenimiento. El otro sigue, pistola en mano, de pie junto al cerco y ahora habla por teléfono.

—Vinimos al parqueadero de furgones a ver cómo siguió todo después del problemita que hubo.
—Eso ya pasó, ya no hay nada que hablar. O sea, eso ya se terminó.

Y yo no le creo.

Estamos a la entrada del caserío Río Blanco, uno de los posibles accesos al volcán Chichontepec. Es septiembre e intentamos dar seguimiento a una historia que inició en julio: unos días antes del arresto de Chipilín, miembros de su banda intentaron asaltar un predio que sirve para parquear los furgones que posee una familia local. Pero calcularon mal: iban armados con un fusil M-16, pistolas 9mm y una subametralladora Uzi y no esperaban resistencia. Error.

Había un solo guardia en el predio, que se dio abasto para repartirles plomo con una escopeta calibre 12 y hacerlos huir en desbandada. Según la Policía, un perdigón pudo haber alcanzado a alguno de los asaltantes, pues encontraron rastros de sangre en el camino. Frustrados, los pandilleros asesinaron a dos primos de 17 y 19 años que trabajaban en una construcción cercana. Los mataron por no haberles advertido. Y desaparecieron en el volcán.

El parqueadero de furgones, y los furgones, son un bien familiar: un patriarca compró el primer cabezal, que conducía él mismo y, con el tiempo, sus hijos. Luego se endeudaron para comprar otro y otro más y luego se endeudaron más para comprar el terreno donde los parquean. Ahora los hijos y los nietos de aquel hombre se encargan del negocio: ellos dan mantenimiento a los cabezales, consiguen contratos de transporte por Centroamérica y se turnan para cuidar el predio.

“Y yo para dónde putas me voy a ir”, me decía en julio el jefe de la familia, satisfecho de que la balacera solo le hubiera dejado una llanta desinflada y no un motor roto. “¿Usted cree que el banco me va a perdonar las cuotas? ¿Usted cree que alguien me va a querer comprar ahora el terreno?”. No se lo dije, pero en aquel momento creí que su problema no tenía solución, que le acechaba una sentencia de muerte.

Volvimos un mes después, en agosto, y en esa ocasión nos recibió uno de los sobrinos de aquel hombre: era una versión viroleña de Rambo, que en lugar de abdominales tenía el vientre de un gorila macho y que, al vernos aparecer, se parapetó en una caseta, se terció una canana llena de cartuchos de escopeta en el pecho y chasqueó el arma.

Cuando conseguimos convencerlo de que éramos inofensivos nos explicó la decisión que habían tomado:

—Mire, esto nos ha costado. Nosotros no tenemos problemas con ellos, pero si vienen lo único que se van a llevar es esto –y se tocaba los cartuchos–. Dicen que la otra vez uno llevaba un perdigón atravesado en la panza. Bueno, si quieren el resto, aquí se los tengo.
—¿Y la Policía?
—Ay dios… les tienen miedo.
—¿Y si la Policía les pide las armas a ustedes?
—¡No! Mire, nosotros tampoco tenemos problema con ellos, pero las armas no las vamos a dar.
—¿Y no le da miedo estar solo?
—¿Y quién es el que nació para no morir? Además, no estoy solo. Parece que estoy solo, pero todas esas casas que ve ahí –me señaló todas las casas del caserío– somos familia. Aquí desde que usted entra lo están viendo y toda esa gente está llena de armas. Así que aquí ya tomamos la decisión: si no se meten con nosotros no pasa nada, pero si se meten, no nos vamos a dejar.

Esta vez hemos venido a buscar a la gente del parqueadero de furgones para que alguien de la familia nos aclarara si la decisión de crear una especie de autodefensas era un exabrupto momentáneo o el inicio de una organización vecinal más permanente. Al no encontrar a nadie en el terreno nos decidíamos a salir del caserío para volver otro día. Sin embargo, creo que este señor que nos ha dado el alto y que revisa nuestros documentos, y su amigo el de la pistola, nos acaban de resolver la duda.

***

Nos dicen que Felipe murió, que en Zacatecoluca no le supieron sacar tanta bala y que murió cuando una ambulancia lo trasladaba al Hospital Rosales, en San Salvador. Sabemos que tenía un historial de varias páginas en la Policía y varias detenciones por agrupaciones ilícitas. Que tenía cuatro hijos, que le quedaban bien las lasañas de casi todo, que no se quería morir y que el último día de su vida llevaba un jeans azul y una camisa blanca rota cuando unos extraños lo encontraron gateando, muerto en vida, a la orilla de una calle.

***

Eran dos famosos maestros del corvo, o dicho de otro modo: eran dos temidos matones con machete. Los dos se habían mandado a hacer machetes a la medida: con barras protectoras de puño, como espadas –lo que aclara que ninguno andaba aquel fierro como herramienta agrícola–. Eran enemigos entre sí y habían jurado matarse.

Un día se encontraron en una calle de polvo y todo mundo se apartó con respeto, pero también todo mundo se quedó a ver el desenlace de aquel juramento mortal. Eran las 9:30 de la mañana cuando les sacaron chispas a los corvos por primera vez y siguieron blandiendo filos bajo el sol hasta el mediodía, cuando ninguno podía ya levantar el brazo para tirar un zarpazo más. Tan fiera había sido la pelea que las barras protectoras de ambos se les habían cerrado alrededor de los puños y ninguno pudo soltar su machete. Más cansados que heridos se retiraron para reponerse hasta el próximo encuentro.

Tomás me ha contado este cuento para explicarme cómo es la gente aquí y cómo ha sido la gente aquí desde siempre.

Tomás, que como todos los protagonistas de esta historia nos pide no usar su nombre real, me jura que aquel duelo ocurrió en los tiempos de antaño, en tiempos de su padre, y que de todas formas, aunque no hubiera pasado, aquí todo mundo cuenta esa anécdota a los hijos como si ellos mismos la hubieran visto.

He venido hasta él porque el sacerdote de una parroquia de Zacatecoluca me recomendó, si quería averiguar más cosas sobre movimientos de autodefensa, buscar a los ganaderos del cantón San Francisco de los Reyes.

La familia de Tomás posee más de 200 manzanas de tierra y muchas cabezas de ganado. Sus 10 hermanos son buenos jinetes y es más fácil, dice él, que salgan a la calle sin sus zapatos que sin su pistola, un hábito que aprendieron de su padre y de sus tíos.

Él sabe llamar a cada vaca por su nombre: la carebuey, la maraca, la gringa, la catrina… y cuando él llama, la vaca nombrada, solo esa, deja de comer y lo mira a los ojos.

Su padre fue jornalero en finca ajena y un día su madre vendió una marrana para comprar una ternera peluda que no prometía gran cosa. Esa ternera es la matriarca del imperio ganadero de la familia de Tomás en San Francisco de los Reyes.

Mientras caminamos por las tierras de su familia, de una belleza rabiosa y salvaje, nos cuenta lo duro que han trabajado los suyos para “ser alguien” y lo poco dispuestos que están a perder eso. Por el camino nos encontramos a su hermano, que nos posa gustoso con su revólver.

En San Francisco de los Reyes la pandilla no ha conseguido echar raíces, pero todos los cantones aledaños viven bajo el puño de los Revolucionarios del Barrio 18. Están rodeados y Tomás sabe que es cuestión de tiempo que les alcance la guerra.

“La Policía nos vino a dar un consejo: si alguien entra en su propiedad, mátelo y vaya a botarlo, pero mátelo con un arma sin registro. Hemos llegado al tiempo antiguo donde cada quien defendía a su pueblo”, sentencia, con el rostro endurecido.

Él cree que no hay más alternativa que organizarse para “hacer lo que haya que hacer” y está dispuesto a liderar el movimiento. No le preocupa tener que matar. Solo le preocupa una cosa: “¿Qué vamos a hacer después, cuando ya esté prendido el fuego?”

***

Al policía José Alfaro lo mataron en su casa el 4 de octubre. Pandilleros con disfraces de policías y de fiscales entraron a su vivienda y lo ejecutaron frente a su esposa y sus hijos. Ahora está dentro de un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador y dos mujeres policías montan la guardia de honor.

El policía que coordina la seguridad en la funeraria me explica el sentimiento que le invade al ver a su amigo muerto: mucho miedo. “Yo les digo a los jefes que me trasladen a mi cantón y me dicen que no, porque ahí los pandilleros ya me conocen y me van a matar. Pero yo todos los días tomo el bus para venir a Zacatecoluca. Yo prefiero que me maten en mi casa y no en un bus”, me explica, como si no hubiera remedio.

Cuando Fred, el fotoperiodista, apunta su cámara para retratar el féretro, la guardia de honor huye. Por miedo, las agentes que rinden honores a su colega se apartan y, solo, en medio de una funeraria semivacía, queda un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador.

***

En una cafetería de San Salvador nos tomamos un café con el padre de Felipe. Su hija menor le contó que un hombre enloquecido había llamado para decir que Felipe estaba malherido en Zacatecoluca. Cuando se enteró de que su hijo había muerto, quiso saber quiénes eran esos que habían escuchado a su hijo mayor por última vez. El señor se llama Dolores.

Dolores no conoce el prontuario de su hijo, y hasta este momento pensaba que solo era abuelo de un nieto. Felipe, dice, se llevaba bien con los “muchachos”, pero cree que no era pandillero. Crió a su hijo en Apopa, en una colonia controlada por los Revolucionarios del Barrio 18. No tiene idea de por qué Felipe apareció baleado en Zacatecoluca y así piensa quedarse. Nos asegura que esta es la última vez que hablará del tema y que jamás lo hará frente a un policía o un fiscal.

Nosotros buscábamos rearmar el rompecabezas de la violencia en un municipio en el que demasiados toros han entrado al ruedo y Zacatecoluca no se guarda nada: en seguida aparecieron pandilleros, policías, militares y rancheros furibundos. Mientras escribo esta historia la Policía acusa a los agentes metropolitanos de luchar codo a codo con los Revolucionarios en contra de lo que queda de la banda de Chipilín, que se rehúsa a morir, y en la casa de uno de ellos encontraron más fusiles M-16, más pistolas, más balas… Zacatecoluca no se guarda nada: mientras hablábamos de zopilotes, nos mostró cómo se muere un hombre y luego cómo su muerte es un callejón sin salida más.

“Mire, ¿y Felipe le dijo algo de mí? ¿No le dijo unas palabras para mí?”, pregunta Dolores. “No”, le contesto, y aún estoy arrepentido por no haber sabido mentirle.

I

Faltaba poco más de medio día para que cumpliera doce años. Las tortas estaban listas y las bebidas ya se enfriaban en la nevera de la casa de su abuela. Dieguito quería una rumba inolvidable. Su familia, sus amigos y vecinos asistirían. Era un templete para él y para el barrio donde creció. El dinero para cubrir los gastos salió de su bolsillo. Sólo faltaba una cosa: las torres de cajones -cornetas y bajos- que ubicarían en los extremos de la vereda José Antonio Páez de la ruta I de Vista al Sol, en San Félix.

Eran las 10:30 de la mañana del jueves 23 de febrero de 2012 cuando su abuela Josefina lo vio vivo por última vez.

¿Pa’ donde vas Diego? -preguntó.

En su apuro por salir de la casa, Dieguito apenas respondió:

—A casa de Javier. Me va a acompañar a buscar los reales que faltan pa’ los cajones de esta noche.
—¡Carajo, ni siquiera has desayunado y ya te vas a la calle! -le reclamó la mujer que lo crio desde que tenía 8 años y medio.

Josefina, una morena corpulenta de 1,60, y cuyo rostro revela que tiene más edad de los sesenta años que confiesa, escuchó cuando la puerta principal de su casa se cerró de golpe. Segundos después oyó la reja del porche chocar contra el marco metálico. Sabía que su nieto iba a robar para pagar el alquiler de los cajones, pero cansada de aconsejarlo y regañarlo en vano sólo le quedó encomendárselo a Dios. Finalizada su plegaria levantó el rostro, como mirando al cielo, y exclamó:

—¡Tú sabes que es un niño!

Dieguito caminó a casa de Javier, quien pese a la diferencia de edad -era cinco años mayor que Diego- era su compañero de camino. El trayecto era corto ya que Javielito, como le dicen en el barrio, vivía a dos casas de la suya. A las 10:35 de la mañana salieron a la calle Santiago Mariño, subieron a una perrera -una camioneta Pick up modificada para ser utilizada como transporte público- para salir del barrio, uno de los tantos que conforman la parroquia Vista al Sol, la segunda más violenta de Ciudad Guayana, con 99 homicidios reportados en 2011.

En la avenida Manuel Piar, que comunica al extremo este de San Félix de norte a sur, los muchachos comenzaron a tramar el plan del día. Dieguito, sabiendo que pronto comenzaría la rumba de dos noches por su cumpleaños, dijo:

—Tiene que ser algo rápido marico, porque en la noche llevan los cajones y eso se paga chin chin. Pero por acá no, porque hay unos pajúos que me tienen tirria y apenas me ven llaman a los policías pa’ que me jodan.

Tras un breve silencio, agregó:

—Pero primero déjame visitar a una “perilla” (novia) que tengo en Las Batallas. De ahí voy a donde otra “perilla” en El Gallo y nos vemos en El Cruce de la 45 a las 4 y media.

Javier le respondió que iría a San José de Chirica a visitar a unos amigos y a buscar un arma. Ambos chocaron puños y cada quien agarró por su lado.
A la hora acordada Dieguito y Javielito se encontraron en el sitio indicado.

Caminaron la cuadra que separa El Cruce de la 45 de Doña Bárbara y comenzaron a atracar a todo aquel que se les cruzara en esas calles y veredas desoladas. El sol era inclemente y el calor insoportable. Ese día debían hacer unos 36º centígrados en la ciudad.

Media hora después, una de sus víctimas pidió auxilio. Varios muchachos, residentes del Bloque 7, escucharon los gritos, se envalentonaron y salieron en socorro de la estudiante. Corrieron tras Javielito y Dieguito, pero sólo alcanzaron al primero. Al muchacho le cayó una lluvia de puños, patadas, palazos y pedradas. Hombres y mujeres se unieron al linchamiento. Otro grupo de vecinos, compadecidos por la paliza, reportaron la situación al Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar (SAEB) 1-7-1 y éstos a su vez radiaron la información a la policía.

En la consola del Centro de Coordinación Policial (CCP) de Guaiparo escucharon a la operadora:

—Cerca del Bloque 7 de Doña Bárbara, en la entrada después del Iutirla, un grupo de personas apresó a un muchacho y lo están golpeando.
—Copiado control -respondió el jefe de servicios de guardia. Segundos después recibió respuesta de la patrulla 204.
—Vamos al sitio para evitar que maten al delincuente ese.

Los policías lograron rescatar a Javielito de la multitud. Estaba rasguñado, golpeado y sin camisa. Tampoco tenía zapatos. Sangraba profusamente por varias heridas que le causaron en la cabeza y el rostro.

Por el radio portátil uno de los funcionarios de la Policía del estado Bolívar (PEB) solicitó la presencia de una ambulancia para trasladar al joven al cercano Hospital de Guaiparo.

—Control… en el sitio necesitamos una ambulancia para llevar al herido al Hospital de Guaiparo.
—Copiado… ya la ambulancia va en camino.

Durante la espera, uno de los vecinos entregó a los uniformados un revólver Smith & Wesson calibre 38, cacha de madera, cañón niquelado de 2 pulgadas y sin cartuchos, que le quitaron durante la golpiza. El arma fue puesta dentro de la patrulla.

En el libro de novedades de la Brigada Hospitalaria de la PEB registraron el ingreso de Javielito a las 5:20 de la tarde del 23 de febrero. Mientras era atendido por los doctores, al muchacho le preocupaban dos cosas: la reacción de su madre al enterarse del motivo de la golpiza y la suerte de Dieguito.

Del paradero del niño se tuvieron noticias casi 13 horas después.

II

Diego Andrés, el cuarto hijo de Josefina, después de Osnel, José y Goyo, nació en el Hospital Pediátrico Menca de Leoni a las 4:00 de la madrugada del 24 de febrero del año 2000. Pesó 2,9 kg y midió 43 centímetros. “Siempre fue chiquitico”, recuerda su mamá, una vendedora informal de treinta y cinco años, piel oscura, y quien tuvo otros seis hijos después del nacimiento de Dieguito.

Hasta los 7 años la vida del pequeño fue como la de cualquier otro niño de un barrio. Vivió en una humilde barraca de zinc de 36 metros cuadrados, dos cuartos y una cocina en la calle principal del Barrio Moscú, a pocas cuadras de la casa de su abuela, con su mamá y sus seis hermanos menores. No conoció a su papá y las parejas de Josefina no duraban mucho tiempo en el seno familiar. “Seguro eso influyó en su carácter rebelde, porque se tuvo que hacer cancha solito”.

Dieguito era inquieto, tremendo y le gustaba vestir ropa Nike y Adidas, gusto que el sueldo de su m adre no podía costear. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol, pero pasa a engrosar las estadísticas de deserción escolar cuando le toca repetir 2º grado de primaria porque es atropellado por un microbús y tiene que pasar dos semanas hospitalizado y tres más de reposo. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol hasta que repitió segundo grado. Había sido atropellado por un autobús y tuvo que pasar dos semanas hospitalizado y tres meses convaleciente. Perdió muchas clases y muchas evaluaciones. Cuando Josefina fue a hablar con su maestra para explicar la situación, supo que el niño debía repetir el curso para que aprendiera.

Dieguito no recibió de buen modo la sugerencia y le dijo a su madre que debía conversar “algo serio” con ella. Desde ese día Josefina nunca ha podido olvidar esa escena. Su hijo tenía entonces ocho años. Josefina llegaba a su casa después de trabajar, a las 7:00 de la noche de un viernes de agosto, cuando Dieguito la llamó desde el cuarto principal del ranchito y le dijo con aplomo, como si tuviera tomada la decisión desde hacía tiempo atrás:

—Mami no quiero seguir yendo al colegio. Ahí pierdo mucho tiempo y prefiero ayudarte como hace Osnel, José y Goyo.
—¡Ay papito, pero apenas eres un bebé! ¿Qué vas a hacer para ayudarme? ¿Cuidarás a tus hermanos? -preguntó sorprendida la mujer.
—Jajajaja -rio el niño- ¡No… me pondré a trabajar! -soltó luego de manera tajante.

Josefina se quedó sin palabras, pero aceptó a regañadientes porque sabía que no tenía cómo vigilar al muchacho. Ya recuperado comenzó a embolsar las compras de los clientes del Supermercado Santa María ubicado en la avenida Manuel Piar. Dieguito maduró rápidamente y sin que se lo pidieran asumió la responsabilidad de mantener a sus seis hermanitos menores. “Era el hombrecito de la casa”, recuerda Josefina. Se convirtió en su mano derecha para todo, más que sus hermanos mayores.

Dieguito no duró mucho tiempo embolsando en el mercado. No le era rentable para costear sus gustos y mantener a sus 6 hermanos. “Si ganaba 50 bolívares diarios, me daba 40 a mí. Si hacía 40, 30 me los daba para los niños, pero él quería más, él quería para sus camisas, sus zapatos, sus pantalones”.

Josefina no conoce cuándo ni cómo su “hombrecito” comenzó a robar, quién lo acompañaba y mucho menos a quiénes robaba. Pronto Dieguito empezó a darle más dinero del que podía colectar en dos semanas de su trabajo anterior. “Hasta 600 bolívares me podía dar en un día”. También comienza a vestir ropa de marca.

Sin embargo, Osnel, el mayor de los 10 hermanos, sabía que Dieguito había conocido a Gordo Bayón y Capitán -actualmente detenidos e imputados por un triple homicidio ocurrido el 29 de febrero del 2012 en el barrio Vista Alegre, en San Félix, y de quienes se sospecha su participación en por lo menos 20 asesinatos ocurridos en Ciudad Guayana desde 2009, así como en venta de drogas, armas y municiones- en una fiesta en la calle principal de la ruta I de Vista al Sol en diciembre de 2008.

Esa noche Osnel fue a la rumba en su moto nueva. Cuando se disponía a partir, Diego, ya vestido con un Levi´s azul oscuro, una camisa roja con blanco y botines Nike negros con rojo, le dijo que quería acompañarlo. El niño bailó reggaetón y salsa toda la noche con varias muchachas -todas mayores que él- que asistieron al templete. Su cara de pícaro y sus ojos achinados le ayudaron a irse a su casa con varios números telefónicos.

—¡Carajito, tráeme una curda ahí pues! -le ordenó un hombre moreno, delgado y cabello corto, que estaba sentado con un grupo de jóvenes que han “prosperado” en el barrio.

Dieguito, que caminaba hacia donde estaba su hermano para irse, se devolvió para cumplir el mandado. Al entregar la cerveza recibió 100 bolívares de propina. Sorprendido, dio las gracias y se devolvió hasta la esquina donde Osnel lo esperaba.

—¡Maricooooooo… me dieron 100 lucas por llevar una curda! -exclamó al subirse como parrillero en la Empire Horse de su hermano. Luego, invadido por la curiosidad, le preguntó a Osnel la identidad del generoso hombre.
—Ese es Gordo Bayón. El blanco chiquitico que estaba a su derecha era Capitán y el de la izquierda, el flaco con cara e’ bobo, era Ronny Matón.
—¿Esos son con los que trabajaba el primo Franklin?
—Sí, pero no repitas eso en la calle porque recuerda que el primo es policía y lo puedes meter en peos.
—Ok… te acordarás de mí… ya verás.

Sólo Diego sabe qué hizo para ganarse la confianza de estos sujetos y, en cuestión de cuatro meses, convertirse en el pupilo de Capitán y Gordo Bayón. Es en ese período misterioso cuando comenzaron las malas andanzas del niño-hombre de Josefina: atracos y hurtos a transeúntes, casas en barrios vecinos y comercios de la avenida Manuel Piar. De vez en cuando Gordo Bayón y Capitán le encomendaban movilizar droga, armas y municiones dentro del barrio. Ganaba muy buen dinero para su edad.

Como todo adolescente era reservado para hablar de su vida privada con su familia. Todos sospechaban lo que hacía. Todos escuchaban los rumores. Todos regaron el chisme y nació la historia del niño-azote, pero nadie se atrevía a confrontarlo. Su mamá sabía que iba por mal camino y lo envió a vivir con su abuela.

En año y medio el niño desarrolló una pasión inentendible por las motos. “Robaba y hacía sus cosas y ahorraba el dinero. Cuando reunía para la moto, le daba el dinero a un amigo para que se la comprara. Les decía “tráeme tal moto, que la venden en tal sitio”, recuerda Josefina, la abuela.

Para 2011, el muchacho ya había comprado tres motos, valoradas cada una en más de 15 mil bolívares. Funcionarios de la policía estadal le quitaron dos y otra un guardia nacional, en todos los casos por no poseer documentos ni la edad necesaria para manejarlas. “Ellos sabían quién era él. Ya tenía fama y por eso le tenían el ojo montado”, agrega Josefina.

III

La primera detención de Diego fue reseñada el 6 de mayo del 2011 en el diario Correo del Caroní. En la fotografía se ve al niño, vestido con una franela azul con escudos estampados en la espalda, esposado junto a otro adolescente que usa una franelilla blanca, mientras bajaban de los puestos traseros de una patrulla del CCP de Cachamay. Un policía estadal los vigila de cerca.

Un día antes habían sido sorprendidos en la avenida Guayana de Puerto Ordaz, cerca del Orinokia Mall Center y muy lejos de su casa, mientras intentaban despojar a un hombre de una moto New Jaguar. Cerca del sitio de su detención hallaron un arma de fuego que -según el relato de la víctima- Diego usó para amenazarlo y amedrentarlo diciéndole: “Te salvas porque la pistola quedó sin balas”, y que lanzó al monte al ver que la patrulla se acercaba.

Emilio García, director de la comisaría que practicó su primera captura, recuerda a Dieguito como “un carajito tranquilo. Lo agarramos robando, pero era un niño. En ningún momento fue agresivo, por el contrario, era muy sumiso”.
La detención fue notificada a la Fiscalía Novena del Ministerio Público y por su condición de niño ante la Ley Orgánica de Protección al Niño y Adolescente (Lopna), porque era menor de 12 años, Diego recibió una medida de protección y fue puesto a la orden del Consejo de Protección. Éstos, a su vez, sugirieron que fuese tratado en un centro para atender a niños con conductas pre-delictuales, “pero resulta -lamenta Gustavo González, consejero del Consejo de Protección del municipio Caroní- que en Ciudad Guayana sólo hay dos centros de este tipo y son privados”.

Con ayuda de un tío abogado, el 1 de junio de 2011 Dieguito fue llevado a la Fundación del Niño en El Callao, al sur del estado Bolívar, donde recibió 25 días en tratamiento. Extrañaba tanto a su familia y a sus amigos que se fugó.

—¡Abuela… me devolví! -la sorprendió Diego un día mientras preparaba el almuerzo.
—¿Cómo carajo te viniste Diego Andrés?
—En cola… Huele a caraotas ¿Usted como que sabía que venía y me preparo mi comida favorita? -le dijo como queriendo cambiar el tema en camino hacia el baño principal.

Dieguito siguió delinquiendo, o cometiendo faltas, según la Lopna. Fue extorsionado, amenazado y hasta golpeado por la PEB y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Por presión familiar el muchacho se internó nuevamente en un centro de ayuda. En agosto lo llevaron al Instituto de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (Idena) en Ciudad Bolívar. Tampoco duró el mes. Se fastidió y volvió a su casa.

La conducta de Diego parecía no tener reparo. Cada día eran más comunes los rumores sobre las fechorías que cometía. A oídos de su abuela llegó uno en el que lo acusaban de darle muerte a un joven que tenía problemas con Capitán y Gordo Bayón.

—¡Te permito que robes… pero no que andes matando gente! -le increpó en el porche de la casa, blanca con columnas fucsia, cuando él llegó después de pasar la tarde paseando en su moto.
—Yo ni pistola cargo, vieja. Eso sí que no lo hago yo. Te lo juro, vieja, por Dios que me está mirando en este momento.
—Prométeme que dejarás ese mundo mi negrito. Prométeme que andarás por buen camino.
—Haré el intento vieja, trataré -dijo el muchacho mientras cruzaba el pasillo principal de la vivienda y hacia su cuarto, el segundo a la derecha.

Diego cumplió su palabra. El 1º de enero del 2012 su padrino putativo, un turco que lo conocía desde que embolsaba en el mercado, lo invitó a trabajar con él vendiendo muebles y ropa en los sectores mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, en el municipio Sifontes. Regresó a San Félix el 26 de enero. Parecía otro. Llegó con dos mil bolívares para su mamá y con un diente de oro, a lo Pedro Navaja.

Ese mismo día, mientras se cortaba el cabello, unos militares se lo llevaron detenido. “Nos pidieron diez mil bolívares para soltarlo, sin él haber hecho nada. Se los tuvimos que dar para que no lo jodieran”, recuerda su abuela con amargura. Sin embargo, en la Carpa Bicentenaria del Dibise aseguran que lo agarraron, con ayuda de la PEB, mientras robaba equipos electrodomésticos en una casa de la ruta III de Vista al Sol.

“Era desafiante y agresivo. Sabía que por ser menor de 12 años iría para la calle en cuestión de horas”, describe Jhonny Rodríguez, director del CCP Ramón Eduardo Vizcaíno.

De nuevo la presión familiar hizo que Dieguito buscara ayuda en el Idena de Ciudad Bolívar. El 2 de febrero, a 22 días de su cumpleaños, se trasladó a la capital bolivarense. Quince días después, el 7 de febrero, regresó de sorpresa en la casa. Dijo que había salido por la puerta principal, que tomó un taxi al terminal y se montó en un carrito por puesto que lo trajo hasta el terminal de San Félix.
Faltaba menos de una semana para que cumpliera doce años y Dieguito sólo pensaba en la fiesta inolvidable que ofrecería en el barrio. su abuela preguntó entonces:

—¿Y qué harás para pagarla Diego Andrés?
—Lo de siempre abuela… lo de siempre.

Josefina, su abuela, sabía que de nada valdrían los regaños. El tema no se discutió más y Dieguito retomó su antigua costumbre. Así, robando, logró reunir parte del dinero para las dos tortas y las bebidas. Se compró otra moto y la ropa que usaría el día de la rumba: una gorra negra de los Leones del Caracas, una chemise rosada y un blue jean Levi’s.

Josefina dice que su nieto tenía los días contados. Podía presentirlo en las historias que le contaba Dieguito. Tres días antes de su cumpleaños un policía lo agarró en la calle y le dijo que se cuidara. Al día siguiente volvieron a encontrarse. Esta vez le dijo:

—Faltan dos. Ya estás listo.

Diego creía que eran simples amenazas.

—Eso es pura paja abuela. Es pa’ asustarme nada más.
—Mijo cuídate, deja de andar en malos pasos. El que no coge consejo no llega a viejo. Esa gente son malandros con uniforme y hacen lo que se les antoje sin que nadie les haga nada.
—Vieja, es pura paja. Ellos saben que estoy bien con Gordo Bayón y Capitán y que no me pueden poner un dedo encima. Además, el primo Franklin se meterá si ellos me hacen algo.

Faltaba un día para su cumpleaños y aún no había conseguido el dinero para el alquiler del sonido.

IV

—Aquí Control. Reportan a una persona tirada en el suelo a 60 metros de la entrada a Acapulco, cerca de las bases del puente -comunica por radio un operador del SAEB 171 a la consola del CCP de Guaiparo a las 4:55 de la madrugada del 24 de febrero.
—Copiado Control, vamos al sitio -responde, con voz somnolienta, el conductor de la patrulla 205.

La unidad se enrumbó hacia la avenida Angosturita y tomó el desvío hacia el sector Acapulco, barriada ubicada en el margen este del río Caroní. Eran las 5:00 de la madrugada y la tenue luz solar era insuficiente para detallar el camino entre la neblina y el humo de Ferrominera del Orinoco. El conductor enciende las luces altas y retoma la marcha.

Cuatro carros desvalijados y quemados obstaculizaban la vía. La patrulla zigzagueó y continuó su recorrido. La carretera era de tierra y estaba tan deteriorada que la patrulla tuvo que maniobrar en espacios que no llegaban a 2 metros de ancho. Huecos y zanjones abundaban por doquier.

Al lado izquierdo de la vía había un talud de tierra que supera los 5 metros de altura. Al lado derecho, donde pareciera que pudieran maniobrar la 205, había una sabana de desechos en los que se divisaban -hasta llegar a una laguna cubierta de bora- lo que parecen pequeños mecheros, pero que realmente son pilas de cauchos que algunos chatarreros e indigentes queman para extraer el metal de su interior.

Llegaron al sitio, casi a orillas del río Caroní, cerca del único pilote en tierra del Puente Angosturita. Buscaron cerca de un lote de maquinaria pesada abandonado en el lugar y hallaron un cuerpo delgado de no más de un metro 55 de estatura, piel morena. La víctima vestía un pantalón deportivo negro y una camisa del F.C. Barcelona. No tenía zapatos.

—Control, es positivo el fallecido en la entrada de Acapulco. Tiene varios disparos y parece que es un menor de edad. Avisen del procedimiento al Cicpc -notificó el policía.
—Copiado -respondió el operador.

Mientras el cadáver estaba en el Instituto de Ciencias Forenses del Cicpc, la familia de Dieguito preguntaba por él en comisarías, centros médicos y en casa de sus amigos. Desde la noche del jueves esperaban su llegada para comenzar la fiesta. Josefina, la madre, estaba desesperada y le pidió a Osnel que la llevara cerca de la sede de la Universidad de Oriente, por Doña Bárbara. Josefina, la madre, soñaba con ese lugar desde hacía tres días. Al llegar sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en la cabeza. Podía sentir, dice, incluso cómo se desvanecía, pero lo disimuló con éxito. Fue en ese momento cuando presintió que a su “hombrecito” lo habían matado. Eran las 3:00 de la madrugada.

Luego de las 6:00 de la mañana, y agotadas todas las opciones donde buscar al cumpleañero, su familia se trasladó al Cicpc. Allí les notificaron que minutos antes había ingresado un niño que murió baleado. Madre e hija se armaron de valor y pidieron verlo

—¡Mamá es mi bebé… Ese es Dieguito… No dejaron que llegara a los 12 mamá! -gritó desesperada Josefina, mientras golpeaba con sus puños la bandeja donde yacía su hijo.
—Sé fuerte hija… ¡Seamos fuertes! Sabíamos que esto pasaría más temprano que tarde. Sabíamos que ese era el destino del negrito -dijo Josefina, la abuela, mientras abrazaba la ropa, ahora ensangrentada y llena de tierra, con la que vio a su nieto salir de su casa la mañana del jueves.

El cuerpo fue llevado a la Funeraria La Providencia acomodado para el velatorio, que se haría en la casa de su abuela. Luego de escuchar el testimonio de Javielito, la familia denunció en los medios de comunicación y ante la Fiscalía de Derechos Fundamentales, que Dieguito había sido interceptado por policías del CCP de Guaiparo cuando huía de Doña Bárbara, torturado y ejecutado con dos tiros de escopeta.

La noche del funeral, Capitán y Gordo Bayón alquilaron los cajones para darle a Diego la fiesta que quería. La urna estaba en plena vereda, justo frente a la casa de su abuela, y a cada costado se instaló una torre de bajos y cornetas. Las bebidas fueron distribuidas entre los presentes, le cantaron cumpleaños y hasta le picaron una de las dos tortas que había encargado. A Diego le hicieron su fiesta.

Lo vistieron con la chemise rosada y el blue jean Levi’s que compró para la rumba, además le pusieron sus zapatos Nike. Diego Andrés fue velado a urna abierta. Quienes se asomaban a través del cristal protector sólo podían ver su frente. El resto de su cara estaba cubierta por un vendaje. Uno de los dos disparos que recibió le desfiguró el rostro desde el mentón hasta debajo de las cejas.

A las 10:00 de la mañana del sábado 25 de febrero, el padre Mario Pérez, vicario parroquial de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, ofició las exequias de Dieguito. Su sermón estuvo dirigido a la no violencia y al respeto de la vida. Leyó el capítulo 2, versículos del 7 al 17, de la 1ra Carta de San Juan y el Salmo 23.

El padre sabía quién había fallecido. la calle estaba llena de malandros, drogas y licores. cerca de la urna, recuerda el padre, había más de 30 casquillos de balas. josefina, la madre, estaba desconsolada y le manifestó al sacerdote que temía que sus seis hijos menores siguieran el ejemplo de Dieguito, a quien muchos consideraban el terror del barrio.

El padre Mario bendijo el féretro del muchacho y se retiró. El cortejo fúnebre partió desde la vereda José Antonio Páez a las 11:00 de la mañana. En el cruce de la avenida Libertador y la vía Angosturita, cerca del INAM y del Cicpc, se detuvieron y lo bailaron al son de la canción Punto y Aparte de Tego Calderón.

Más de 70 vehículos: camionetas último modelo, carros del año y motos de todo tipo, formaban parte del cortejo. El conductor y el copiloto de una Chevrolet Captiva hacían disparos al aire en plena avenida Angosturita. Los tiros eran respondidos por una veintena de jóvenes que iban como parrilleros en las motos. Las detonaciones apenas opacaban el reggaetón, la salsa y la changa que sonaban a todo volumen en el Ford Fiesta, en el Volkswagen Gol y en la Ford Explorer que encabezaban la caravana que llevaba a Dieguito al camposanto.

La mayoría de los carros tenían escritas, en letras blancas, consignas como: “Policías asesinos”, “Diego, pana por siempre”, “Justicia para Diego”. Delante del cortejo fúnebre iba un camión 350 con la urna del niño del diente de oro en la plataforma.

Llegaron al cementerio, el más caro de la ciudad. El féretro de Dieguito fue cargado en hombros y llevado hasta el toldo donde le darían el último adiós. Unos tomaban ron, otros fumaban marihuana. Todos lloraban la muerte del niño del diente de oro.

—¡Mi niño no está muerto! ¡Mi niño no está muerto! -repetía sollozante su madre mientras abrazaba a uno de sus hijos.

Una lluvia de rosas y claveles cayó sobre el ataúd del niño. Osnel -asesinado tres meses y medio después- tomó la pala y lanzó la primera capa de tierra sobre la urna marrón con detalles dorados de su hermano. Esa primera paleada sirvió para que los pistoleros, que aguardaban impacientes, lanzaran al cielo un sinfín de proyectiles en honor al caído. El ruido de las detonaciones competía con la música a todo volumen que aún sonaba en los carros que guiaron al cortejo fúnebre hasta Jardines del Orinoco.

Dos entierros que se realizaban en simultáneo tuvieron que ser detenidos momentáneamente. Familias y empleados del cementerio se resguardaban de los disparos que despedían a Dieguito por todo lo alto, como la rumba que planeaba hacer para celebrar su cumpleaños el día que fue ejecutado.

—Esto del número uno es una tontería, una verdadera tontería.

Dice Joan Roca, enfático y risueño, y no lo dice por despecho: hace tres meses, su restaurante, El Celler de Can Roca, fue proclamado el mejor del mundo por el ranking que todos repiten y/o respetan. Joan Roca tiene las primeras canas, las manos cuidadas, la sonrisa fácil, el gesto fácil, ese brillo en los ojos. Un día de estos va a cumplir 50 años.

—Tiene razón mi madre. Ella es la primera que nos dice que esto es una tontería. ¿A quién se le ocurre hacer un orden de los mejores restaurantes del mundo? Un despropósito. Si fuéramos coches de Fórmula 1, hay uno que llega primero y gana, es indiscutible; pero la comida es la cosa más subjetiva: ¿cómo decir que tal restaurante es mejor que tal otro? Lo acepto: una serie de gente se pone de acuerdo y vota. Vale, okay. Pero que nadie se lo crea demasiado ni se lo tome demasiado en serio y menos el que está ahí…

Hay poca gente que lo logra: en un momento, Joan Roca te hace sentir como si te conociera desde siempre y, más, como si le gustara hablar contigo. Entonces le digo que cuando te dicen que eres el mejor debe ser difícil no tomarse en serio.

—No. Esto es un barrio obrero de una pequeña ciudad del norte de España y sus vecinos son nuestros vecinos y nosotros vamos cada día a comer al restaurante de nuestros padres el menú de diez euros, y ahí te topas con la realidad, con tus orígenes. Eso es un buen antídoto.

—Pero el veneno es poderoso, supongo.

—Sí, lo es. Pero te pilla en un momento de la vida, ya maduro, en que es más fácil. Si te pilla a los 30, te puede dar la vuelta y te lo crees, y te vuelves gilipollas. Ahora espero que no.

Es raro esperar el primer plato del mejor restaurante del mundo: ese temblor. Ahora, en El Celler, el primer plato no es un plato sino un gran taco de madera que ofrece cinco cosas: cinco objetos comestibles no muy identificados, según la mejor tradición contemporánea. El primer plato-taco se llama Países: México es una gran gota con sus sabores de guacamole, semilla de tomate, agua de tomate y cilantro; Japón es una bola con un núcleo de miso, dashi de nata y tempura de nyinyonyaki; China es un cucurucho crocante, dulce, con verduras encurtidas con crema de ciruelas; Perú es una esfera llena de caldo de cebiche; Marruecos es masa fila con almendra, miel, rosa, azafrán, ras el hanout, yogur de cabra.

Cada una —cada preparación compleja, razonada, trabajada— es un bocado único: el alivio de no tener que componer el trozo, que decidir —decisiones que se hacen sin pensarlas— cortar ese trozo de carne de manera que incluya algo de grasa y agregarle una pizca de mostaza y, quién sabe, un trocito de tomate. Aquí —por ahora— todo viene compuesto, el comensal come como le dicen. Y pasea: cada bocado, un mundo; todos juntos, el mundo.

Para, enseguida, volver a las raíces: nos traen un olivo bonsái del que cuelgan sus aceitunas caramelizadas rellenas con anchoas. Un gusto fuerte, rudo, casa. Y, ya en casa, más tapas: un pétalo de flor de higo chumbo sobre una espuma de blanco de limón y, al lado, un bombón de chocolate negro relleno de vermut Carpano con pomelo y sésamo negro. El recuerdo de cualquier aperitivo en la barra de un bar, un jueves a la salida del trabajo, una explosión de sabor y memoria en un bocado.

En 1964, cuando nació Joan Roca, sus padres todavía no habían abierto su fonda en ese paraje que llaman Taialá, en las afueras de Gerona.

—Yo recuerdo cuando no teníamos para comer todos los días. La otra vez, mi hijo me dice: “Tienes que ir a ver esa película Pan negro, que habla de aquellas cosas de la guerra”, y yo le digo: “Pero pa’ qué, si yo tanto tiempo no lo he comido blanco. Yo ya no quiero ver pan negro”.

Dice ahora la señora Roca, la mamá Monserrat, y se ríe: la señora Roca se ríe, cuenta, se divierte. La señora Roca está encantada.

—Por eso, cuando nacieron mis hijos, yo quería que hiciéramos algo para que no tuvieran que salir a buscar la faena, para que tuvieran algo en casa. Porque yo hice de todo, a los 13 años ya me iba a trabajar al campo, a coger aceitunas, a segar el trigo. Y luego ya me empleé en un hotel y allí aprendí a trabajar, pero a trabajar: desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche.

Y se casó a los 20 y su marido, el señor Roca, quería cambiar, salir del pueblo, ser su propio patrón. El señor tenía veintitantos y conducía un autobús suburbano que daba vueltas por los alrededores de Gerona. Un día le llamó la atención el cartel de Se vende en un local medio bar medio barbería junto a un campo de trigo; habló con su señora —cocinera probada—, consiguieron un pequeño préstamo familiar y se lanzaron. Lo llamaron Can Roca: la casa de los Roca. Sus clientes eran los inmigrantes andaluces que se habían instalado en ese peladal para trabajar en los campos y talleres de los alrededores.

—Y los míos me decían: “Pero cómo vais a vivir allí, cómo se os ocurre”. Y yo les decía: “Pero, bueno, allá habrá gente igual que aquí. ¿Que hablarán castellano? Vale, pero yo ya lo sé hablar, no pasa nada”.

Dice ahora la señora, feliz.

El comedor de El Celler de Can Roca es como un claustro aéreo: vidrio y luz y mucho espacio alrededor de un pequeño jardín de invierno triangular, también vidriado, con sus pequeños árboles. Las mesas son sobrias, los manteles planchados con denuedo, todo blanco; en el centro de cada mesa hay tres rocas: Joan, Josep y Jordi Roca, tres hermanos que lo hacen todo juntos.

—La gran suerte que hemos tenido de que los tres nos entendamos y estemos de acuerdo y trabajemos bien juntos, eso sí que es raro de cojones. Y para colmo, los tres vivimos de la misma manera, con la misma pasión. Y como no ganamos mucho dinero, no tenemos el problema de quién se lo lleva, y como ninguno de los tres quiere tener un Ferrari sino un restaurante mejor, pues no hay peleas. Si algún día ganamos mucho, esto puede complicarse…

Dirá Joan. Pero ahora el camarero —joven, sonriente, como todos ellos, vestido de negro, como todos ellos— nos muestra una bandeja para que elijamos unos panes.

—¿Pan?

Le pregunto.

—Pan.

Me contesta, firme, porque siempre es grato asegurar lo obvio. Pero lo obvio es sorprendente: en restaurantes mucho menos encumbrados que El Celler, cocineros privan a sus clientes del pan, so pretexto de que interfiere con sus creaciones. Aquí, ahora, pienso que debe ser una forma de reafirmar las tradiciones, porque Joan me había dicho que era uno de sus puntos:

—La cocina catalana es la cocina de una sociedad bastante rica y muy curiosa, que comparte la mesa, que festeja comiendo, que tiene una gran cultura gastronómica y productos de mucha calidad. Y sí, se puede decir que nuestra cocina tiene un origen bien local, siempre que aceptes que la cocina catalana también es la fusión de tantas otras, griega, romana, árabe, los productos que llegaron de América. Y nosotros seguimos con ese proceso de fusión: vamos a Perú y nos llevamos la esencia de un cebiche, vamos a México y nos llevamos la idea del mole, de Corea nos llevamos la forma de fermentar las verduras… De todos lados nos llevamos cosas y las hacemos nuestras. La cocina tiene que ser local y global al mismo tiempo, glocal. La nuestra es una cocina que, siendo catalana, no quiere ser fundamentalista.

Entonces supongo que dar pan es una forma de reanudar lazos con esas tradiciones pero más tarde, cuando se lo pregunte, me explicará que no es un homenaje a la tradición sino al sentido común.

—Siempre había algún cliente que lo pedía. ¿Y quién soy yo para negárselo?

El rasgo proverbial de Cataluña es el seny, el sentido común. Ferrán Adriá, en El Bulli, se lo pasó gloriosamente por el gorro; los Roca lo recuperaron. Ya hablaremos de vanguardia amable.

El bar del señor y la señora Roca abría todos los días a las seis de la mañana para servir el café o el carajillo a los vecinos que salían a trabajar; a la mañana les daba desayuno; al mediodía, de comer; a la tarde, cafelitos y cervezas y unas tapas, más comida a la noche. La señora cocinaba estupendo; su marido atendía el bar; sus dos hijos jugaban y estudiaban en la sala.

—Joan y Josep eran pequeños, se pasaban aquí todo el día. Imagínese, el comedor era su casa. Y después, como doce años después, llegó Jordi. Se ve que hacía falta pa’ los postres.

Dice ahora la señora. Y que Joan no había cumplido 10 años cuando le regaló una chaqueta de cocinero chiquitita: el chico se pasaba horas jugando a ser como ella. Veía que las personas se iban contentas y pensaba que quería hacer eso. Una de las dos escuelas gastronómicas oficiales de España estaba en Gerona; Joan anunció que cuando terminara el ciclo básico quería hacerla.

—Mis profesores intentaron disuadirme, me decían que yo era una persona inteligente, que tenía buenas notas, que por qué me iba a desperdiciar en eso. Y ahora resulta que los cocineros somos como estrellas. Eso sí que es muy raro.

Joan empezó la escuela; su hermano Josep, dos años menor, lo siguió en su momento. A Josep todos le decían —le dicen— Pitu, y la cocina le gustaba menos; sus padres lo recuerdan pelando cebollas —bolsas y bolsas de cebollas— en el fondo de la fonda con snorkel y máscara de buzo para no llorar. En cambio, cuando chico, nada le divertía más que rellenar las jarras con el vino a granel del Ampurdán: también estaba dibujando su destino.

Joan terminó la escuela, cumplió 20, se marchó al servicio militar, fue cocinero de un capitán general, perdió casi dos años, se volvió. Josep lo esperaba para empezar algo: pegada a Can Roca había una casita que sus padres habían comprado para que vivieran los chicos cuando fueran grandes. Joan y Josep les pidieron que les dejaran instalar allí su propio restaurante: no querían cambiar el de sus padres, pero tampoco querían pasarse la vida cocinando arroz a la cubana los lunes, canelones los martes, calamares los viernes.

—Os pegaréis un tortazo.

Dice Joan que les dijo su padre —pero los ayudó. En agosto de 1986 abrieron un lugar muy pequeño, decorado a los ponchazos, con una cocina diminuta, que se llamaba El Celler —la bodega— de Can Roca, y prometía “comida gastronómica”.

Todo está en ese punto. El punto puede ser, digamos, untuoso, espeso, rojo oscuro. El punto puede ser casi líquido y estar, por ejemplo, en medio de una pequeña teja de maíz y aún allí, en medio de una pequeña teja de maíz, parecer muy chiquito. El punto sabe parecer muy chiquito: es uno de sus trucos más vulgares. Pero el punto es el resultado de varias manos, horas de trabajo, ideas, instrumentos: cocineros que pelaron y prepararon gambas, las mezclaron con verduras y especias, las cocieron durante vaya a saber cuánto en quién sabe qué máquinas, a dios sabe qué temperaturas hasta llegar a esta reducción, esta concentración extrema del sabor de una gamba convertido en un punto que te llena la boca y todo el resto. Como el punto, cada ingrediente, cada bocado de los cientos de bocados que forman esta comida son un proceso y un esfuerzo, el resultado de una ética del trabajo a ultranza. En el punto está la diferencia: la razón por la cual El Celler de Can Roca es, dicen, el mejor del mundo.

Los platos de aquel primer Celler eran derivados de la cocina francesa más clásica, la que se enseñaba en las escuelas —y que, en esos años, nadie en Gerona hacía. Joan los preparaba con pocos instrumentos y menos ayudantes; el entusiasmo sin fisuras. De a poco fueron haciéndose una fama: cada vez más clientes del centro se atrevieron a cruzar la frontera simbólica y aventurarse a comer en ese barrio obrero. En 1989, Joan se pasó unas semanas trabajando —aprendiendo— en el vecino Bulli, que apenas empezaba a ser lo que sería. En 1991, los dos hermanos se lanzaron a una gira por algunos de los mejores restaurantes de Francia —y fue una revelación: los platos tenían otro nivel de elaboración, la sala otra elegancia, el servicio otro garbo. Los hermanos tenían un objetivo y se dedicaron a tratar de cumplirlo. Contrataron alguna gente más, mejoraron los equipos, se apiñaron en su cocinita como sardinas industriosas. Ya preparaban cosas raras. Su abuela Angeleta, que también era cocinera, se sorprendía, los miraba con cariño y desconfianza, y preguntaba:

—¿Y tus clientes salen contentos?

Cuatro años más tarde, El Celler conseguiría su primera estrella de la famosa guía Michelin. Pero lo que realmente los haría conocidos en su ciudad fue que algún funcionario de la Casa Real decidió contratarlos para que cocinaran en la boda de la infanta Elena de Borbón. Eso sí era llegar a lo más alto.

O este bombón de trufa negra con esta brioche de trufa blanca, la gloria del sabor perfecto. Y después, para seguir el orden de las cosas, sopas. El consomé vegetal a baja temperatura de brotes, flores, hojas y frutas es la versión Roca de una sopa de verduras: clara pero untuosa, los aromas del huerto, las esferitas de guisante y menta. Y después llega otra: la infusión de saúco con cerezas al amaretto, cerezas al jengibre, cerezas heladas y anguila ahumada es una cumbre. Un líquido translúcido sobre un fondo de dorado agrietado, un gusto que no existía en ninguna parte, un plato puro sueño, recuerdo de lo que nunca sucedió.

—Son nuestras concesiones poéticas.

Dirá Joan y nos explicará que descubrieron que, en estos días, el saúco daba flor en la montaña y frutos en el llano, y que querían combinar esa anomalía, usar la flor y las semillas en un mismo plato: es el estilo de sus búsquedas, obsesiones botánicas de Pitu Roca que se convierten en bocados deslumbrantes.

Y, enseguida, un plato que remite a un recuerdo auténtico: un helado de espárragos blancos y trufa negra, pura delicia, presentado en un bloque blanco y negro igual que unos helados que llamaban contessa y que aquí, parece, todos comieron cuando chicos. Es la opción más íntima de la cocina Roca: huellas de la memoria.

—A la hora de cocinar, nos gusta recuperar nuestra memoria personal, experiencias vividas, para servirlas en un plato. Y utilizamos los recuerdos como punto de partida de ciertas recetas. No te olvides de que crecimos en un restaurante…

En 1997, el triángulo Roca se completó con el tercer hermano. Jordi había llegado un poco tarde: doce años menor que Joan, fue el hijo consentido y despistado que se pasó la adolescencia sin saber qué hacer. No quería estudiar, no tenía más vocación que salir y divertirse. Pero a los 18 empezó a trabajar de camarero en El Celler: salía a las tres de la mañana después de recoger los últimos platos y manteles. Y veía que, en cambio, en la cocina, la gente se iba poco después de medianoche: decidió que eso sería lo suyo. Aquel año, ayudando a un maestro pastelero galés, entendió que los postres serían su territorio. En los años siguientes, Jordi Roca desarrollaría varias líneas que nadie había intentado antes; la más original son los postres que remedan perfumes. El primero: con crema de vainilla, gelatina de agua de azahar, gelatina de jarabe de arce, salsa de albahaca, granizado de mandarina y helado de bergamota armó en el plato el aroma del Eternity de Calvin Klein. O, con una máquina que inventó para sacar el humo de un habano, creó el Puro helado de Partagás. O, muchos años después, el famoso Gol de Messi.

—Sí, ese plato era una de esas cosas que están en esa línea delgadísima entre lo genial y lo freaky.

Dirá ahora Joan. El Gol de Messi es, quizá, el mejor ejemplo de la irrupción actual en la cocina de un elemento que nunca había formado parte de ella: el humor.

—Un día, Jordi apuntó en la pizarra donde vamos dejando nuestras ideas “¿A qué sabe un gol de Messi”. Era una idea loca, como muchas, y ahí quedó. Nosotros le dijimos: “Tío, olvídate, no bebas más de eso”. Y entonces él se picó y siguió, le encargó a un diseñador industrial amigo un plato que tuviera forma de medio balón reglamentario con una cavidad para encajar un bol donde se construía el postre, y alrededor le puso césped con aceite esencial de césped recién cortado para que oliera a césped. Y en el bol, el diseñador hizo como un zigzag, como un regate, donde había tres puntos para poner tres merengues. Cuando el postre llegaba a la mesa, escuchabas la retransmisión de ese gol que le marcó Messi al Getafe, el gol maradoniano, y a cada regate te tenías que comer un merengue y al último, cuando ya escuchabas el gol, cogías el balón, que era un helado de dulce de leche, y lo tirabas sobre una red de azúcar y clara que estaba sobre la portería y la rompía, y estallaba sobre todo lo que había allí, petapetas, cremas, cítricos, balsámicos, sabores y aromas que relacionamos con la alegría. Fue un postre que se vendió muchísimo pero nunca estuvo en la carta, para evitar que algún merengue se lo tomara a mal, los malos rollos.

A mediados de los noventa, los hermanos Roca se compraron un caserón antiguo a pocos metros de Can Roca para hacer, alguna vez, el restaurante que siempre habían soñado. Lo pagaron con un crédito que les costó mucho devolver.

—Por eso decidimos no reformarlo mientras no tuviéramos todo el dinero, no queríamos que hubiera bancos de por medio. Entonces todavía no sabíamos todo lo malos que podían ser, pero algo sospechábamos.

Se esforzaban: de lunes a viernes trabajaban en su viejo local, los sábados y domingos usaban el nuevo para bodas y banquetes; en diez años sin francos juntaron lo que necesitaban. En 2006, justo antes de que empezara la crisis española, iniciaron las obras. Y lo abrieron en 2007, cuando todo estaba a punto de caerse. En los meses siguientes hubo momentos de terror, en que creyeron que no resistirían.

—Recuerdo aquel mes de enero que empezó a haber menos gente… Y este comedor si no está lleno se ve mucho. Nos dio un ataque de pánico.

Pero los críticos siguieron mimándolos, y el negocio se recuperó. Estaban por llegar: pasar desde una fonda de suburbio al mejor restaurante del mundo también es el recorrido de España desde el fondo del franquismo al centro de Europa, al dizque Primer Mundo.

—Esta explosión de la gastronomía española está ligada a la libertad, al comienzo de la democracia en España: un momento en que todo se mueve, en que empiezan a pasar cosas en todos los ámbitos, y también en las cocinas.

Dice Joan Roca, y que este lugar es un sueño realizado.

—Nos pasamos 20 años trabajando en condiciones difíciles, espacios más pequeños, menos organizados, y todo el tiempo pensando cómo sería el lugar ideal. Tardamos tanto en poner este que cuando lo pusimos ya teníamos la experiencia, ya sabíamos perfectamente qué era lo queríamos. Y aquí lo tenemos.

Joan Roca nos lo muestra con el orgullo con que se muestra un hijo o una obra:

—Nuestro gran objetivo era tener este restaurante. Todo lo que venga después está de más. Que si Michelin, que si número dos, que si número uno del mundo, está de más. Todo eso cuando no lo tengamos no lo echaremos en falta, porque no era el objetivo.

—Optimista te veo.

—No, de verdad. Eso no importa. Lo que nos importa es poder hacer esto tanto tiempo como queramos. Aunque uno nunca sabe, claro…

Esta mañana, cuando llegamos al Celler, el aire olía a sardina asada. No es lo que uno espera del mejor del mundo, pero ahora, en el plato, la cuestión se aclara: unas “cocochas de sardinas” yacen en una salsa verde basada en aquellas sardinas hechas en la parrilla.

—Nos importa no seguir ese escepticismo que te da la técnica moderna a ultranza, donde harías unas sardinas a la plancha que estarían bien pero no tendrían el punto del humo, de la brasa. Hay mucha gente que tiene en la memoria las sardinas a la parrilla. Por eso para nosotros es muy importante combinar la supertecnología y la tradición. Estamos convencidos de que los canelones, las croquetas de jamón y el gazpacho pueden convivir con la esferificación y los artificios miméticos.

Es la hora del mar: después de todo, la sucesión aparentemente caprichosa de los 18 platos del menú —160 euros— es la reproducción más o menos velada del orden más tradicional: entradas frías y calientes, sopas, pescados, carnes, postres. Aunque algunos platos sean sueños imposibles: la “anémona” es una composición que imita a esos animales-flor que viven en el fondo de los mares, hilos de vaya a saber qué sobre un bol de metal muy repujado. Una ilusión: en un mundo tan lleno de certezas-chasco, es bueno no saber lo que uno, en general, supone que sabe: qué estoy comiendo ahora. Después me explicarán que son ortiguillas, navajas, espardeñas y algas escabechadas y, al fondo, una cocción de auténticas anémonas. No quiero entender, salvo un detalle: la anémona es un alarde, el intento de hacer comestible lo que no lo es. Para completar el movimiento: hacer lo que no es, deshacer lo que es.

Por eso la gamba a la brasa con sus patas deshidratadas fritas y su cabeza en un jugo con algas: la disección completa de un animal conocido para comerlo de formas que no conocías y que te hacen decir ah, este era el gusto. Seguramente no lo es —es el gusto del animal más una docena de otras cosas más horas de trabajo más años de experiencia—, pero resulta una ficción perfectamente convincente.

Y la cigala al vapor de vino amontillado, velouté de bisque y caramelo de Jerez, donde la cigala está en una rejilla sobre un bol lleno de piedras muy calientes, y cuando el camarero echa el amontillado sobre las piedras, su vapor se huele y llena el aire e impregna la cigala, que uno come amontillada antes de completarla con ese velouté y, por fin, otro punto: un caramelo concentradísimo oloroso de Jerez. Y el lenguado a la brasa con ajo negro fermentado, ajo blanco, jugo de perejil y limón, y el bacalao bajo un aire de pimienta blanca con miso y garbanzos y avellanas, con sus dos garbanzos crocantes como dos avellanas, sus dos avellanas tiernas como dos garbanzos —y su sabor a mandarina y maravilla. Y tal.

Más tarde, Joan Roca nos dirá cómo inventan: cómo una película o un libro o una charla o un paseo pueden darle una idea, cómo conversa con sus dos hermanos en cualquier rincón del restaurante o de sus casas y ahí, dice: “Es cuando más inventamos, casi sin querer”. O que otras veces son más deliberados y exploran todas las posibilidades de un producto —esa cigala, dice, una alcachofa— hasta que de pronto les descubren un uso, una preparación que nadie había pensado.

—Claro, para eso necesitas tiempo y equipo: aquí hay gente liberada del servicio diario para colaborar en esas búsquedas, les vamos lanzando ideas, prueba esto, mira esto otro. Y ahí es donde empieza todo.

—¿Y cómo sabes que un plato ya está listo?

—Esa es la clave: cuando a los tres nos gusta. Y no es fácil, somos muy exigentes. No solo con el sabor sino también con el concepto, con la idea, con que tenga un discurso, con que lo podamos defender ante una reunión de mil cocineros. Las cosas ya no solo tienen que estar buenas; también tienen que identificarse con tus valores, tus principios, tu manera de entender la cocina. Todo tiene que tener un discurso, un porqué. No se vale poner esto porque queda bonito.

—¿Es nuevo que se le exija a un plato que encaje en un discurso?

—Ya lleva unos años. En la cocina, como en casi todas partes, hay épocas en que se reproduce lo anterior y momentos de ruptura. Ahora estamos en un momento de ruptura, donde los cocineros piensan por sí mismos, rompen los esquemas. Entonces cuando haces algo nuevo tiene que ser muy bueno y estar muy bien defendido.

Dirá Joan Roca, y que “el Bulli representó una revolución técnica, también conceptual, aunque a veces quizá era más un Cirque du Soleil, un papapá, pasaban cosas, la necesidad de demostrar… pero fue importantísimo para romper, para mostrar que era posible hacer una cocina con libertad”.

—Luego hubo esa etapa de Noma, de valorar el kilómetro cero, el producto local, lo verde. Si El Bulli fue la revolución tecnológica y Noma fue la revolución verde, nosotros quizá representamos la revolución emocional, en el sentido de que la gente quiere sentir, emocionarse, jugando con la memoria, con todo lo hecho hasta ahora. Nosotros aglutinamos esos aportes de El Bulli, de Noma y de todos los demás en un momento en que importa la hospitalidad, la generosidad. Y, sobre todo, dando muchísima importancia al sabor. Para esta revolución emocional, el sabor tiene la mayor importancia, incluso por encima de la estética. Ha habido momentos en que parecía que la estética era todo, y es importante, pero nosotros volvemos a darles muchísima importancia a las esencias del sabor.

Se diría que los Roca usaron la revolución Bulli, la aparición de técnicas y máquinas completamente nuevas, para recuperar una forma de comer más parecida a la tradicional, sin serlo en absoluto. No es una restauración de las viejas maneras; es el momento de realizar ganancias, consolidar lo novedoso.

La tercera estrella Michelin les llegó en 2009; al otro día, al caer la tarde, docenas de vecinos se juntaron en la puerta de El Celler para aplaudir a los hermanos: Joan dice que nunca recibió un homenaje más bonito. En el ranking de la revista Restaurant estaban cuartos; dos años después llegarían al segundo puesto. Ya entonces las mesas se reservaban con varios meses de anticipación. Pero la locura llegó con el número uno.

—El problema que tenemos ahora es que hay demasiada gente que quiere venir, así que con la prensa casi que intentamos decir no, no nos saques, calla. Pero somos el secreto peor guardado del mundo. Entonces generamos frustración tras frustración, porque a la gente que llama para reservar ahora le tenemos que decir mire, llame este primero de septiembre que se abrirán las reservas del mes de agosto de 2014. Pero ya hemos visto cómo es: después resulta que el primero llaman y colapsan los teléfonos y a las cuatro de la tarde ya no queda más sitio, entonces la gente se frustra más y nos insulta y nos mandan correos y…

—Adriá me decía una vez que él se había metido en esto para dar de comer y de pronto lo que más hacía era decir que no.

—Puede parecer un chiste, pero de verdad es frustrante. Es maravilloso, pero muy frustrante.

Los rankings son una enfermedad moderna: públicos amplios, levemente ignorantes, que ya no quieren que les digan qué es bueno o malo sino qué es mejor o peor: que requieren la claridad del número. Y el ranking organizado por la revista inglesa Restaurant y el agua italiana San Pellegrino —y votado por los mejores críticos— es, como todos, opinable: entre los 15 primeros lugares no hay ningún francés, entre los 50 no hay ningún cultor tradicional de aquella gran cocina ni de cocinas nacionales clásicas —china, india, mexicana. El ranking es una puesta en orden y en valor de la cocina pos-Bulli: formas de la modernidad que, pasado su momento de ruptura, vuelven sobre sus bases para buscar un equilibrio.

—Ahora el restaurante de mis padres también tiene cola. Y los periodistas le dicen a mi madre que por qué no sube el precio, que 10 euros por día es muy barato, que podría sacar bastante más. Y ella les dice: “¿Qué culpa tienen mis clientes de que mis hijos se hayan hecho famosos”. Ella tiene a la gente del barrio, el pintor, el carpintero, el mecánico que van a comer cada día.

Y también los cincuenta y tantos cocineros y camareros de El Celler que van en procesión cada mañana a las 12 en punto a almorzar a lo de la señora Roca.

—¿Y te cobra?

—Pues desde hace tres años le pagamos. Hemos estado más de 20 años sin pagarle, pero ya no se podía, ¿no?

—¿Y usted está muy orgullosa?

—Claro. Esto es demasiado. Cuando estábamos segundos ya era bastante. Pero esto de estar arriba de todo… más arriba de aquí no se sube. De aquí solo queda bajar, ¿no?

Dice la señora Roca, cortando cerdo en su cocina. El señor sigue abriendo cada mañana poco antes de las seis; la señora sigue guisando cada mediodía.

La comida tradicional está hecha para que el comensal, al cabo de un par de bocados de lo mismo, se distraiga, se dedique a otra cosa. La comida pos-Bulli es exigente: ir a comer a un restaurante como este no es ir a charlar con los amigos ni a cerrar un negocio ni a levantarse una señora o un señor; es ir a comer, con todos los sentidos y la concentración más absoluta, bocados que casi nunca son lo conocido y nunca se repiten.

Y ahora son las carnes: una ventresca de cordero y mollejas de cordero sobre berenjena a la brasa de regaliz, que llega al rojo y sigue perfumándola en la mesa. A veces, el trabajo de los Roca consiste en descubrirte que nada es del todo como lo suponías; otras, en convencerte de que si el mundo fuera perfecto, el cordero —lenguado, gamba, cigala, trufa, espárrago— debería tener el sabor que tiene aquí. O, peor, confirmarte que el mundo no es perfecto, que vivimos extrañamente equivocados: esto se parece tanto a lo que cené ayer en casa —yo ceno bien en casa— como una paja de apuro en el baño de la estación de buses se parece a esa gran noche al fin con ella.

Y eso por no hablar del parfait de pichón con nueces caramelizadas al curry, enebro, piel de naranja y hierbas. Serían solo palabras. La fiesta sigue; las palabras no alcanzan, los sentidos se alborotan. Llevamos más de tres horas comiendo, descubriendo. Pero esto no es una comida; es un relato, una obra de teatro portentosa. Y esto no es comer: es construir una memoria. Sé, por experiencia alborozada, que no me voy a olvidar de esta comida, de este día. Y sé, por experiencia triste, que hay pocas cosas de las que pueda decir eso.

En la cocina de El Celler son muchos y casi todos hombres y todos muy jóvenes y cada cual trabaja en lo suyo, como si no necesitara interactuar: como si ya tuviera muy claro qué debe hacer, cómo, en qué momento. No se ven corridas, gritos, desplantes; Nacho, el jefe de cocina, dirige el tráfico discreto, sus pinzas de médico en la mano: ajusta un trozo aquí, saca una mota allá, corrige un error que nadie ve. La eficiencia es extrema, pero los hermanos quieren darle un tono familiar: lo dicen, se dice que lo hacen. Anoche, por ejemplo, una camarera cumplía años y a medianoche en punto apareció Jordi en la cocina con un dulce, y Josep y Joan, con una botella de cava y la abrazaron y brindaron.

—Nosotros entendemos esto como una forma de vivir, como mucha gente entiende un hobby. Para nosotros la línea es tan delgada entre hobby y trabajo que, de la misma manera que podríamos comprarnos un barco y navegar, nos compramos un restaurante para disfrutar de él.

—Cuando dijiste hobby, pensé obra.

—Bueno, es una manera de vivir, una forma de vida.

—Pero es como una obra en el sentido en que un artista produce una obra.

—Nosotros nos resistimos a considerarnos artistas. Pensamos que somos artesanos, o más bien orfebres, unos artesanos de calidad, pero no artistas. El arte es otra cosa… Es muy bonito, es muy halagador cuando alguien sale de comer y te dice esto es arte. Pero un artista es otra cosa.

Joan Roca se pasa el día de un lado para otro. Tiene reuniones, llamados, clientes que lo buscan, fotos por sacarse, conferencias por dar, publicidades por filmar, entrevistas por responder, propuestas de todas formas y colores.

—Tienes que intentar ser feliz en este camino, porque las metas pasan muy rápido. Te dan una estrella y al día siguiente tienes que ir a trabajar. Te dan la segunda y es lo mismo, te dan la tercera y es igual. La vida sigue.

Joan Roca vive aquí mismo, encima de su restaurante, con su mujer y sus dos hijos. Cada día entra a trabajar a las nueve de la mañana y se va a las dos y media o tres de la mañana siguiente. En el medio corta un rato, de seis y media a ocho y media para cenar con su familia; los domingos, lunes y martes al mediodía cierran. Cada noche, cuando todos se han ido, Joan Roca da su última vuelta por la cocina apagando alguna placa que quedó caliente, una luz encendida.

—Siempre algo hay. Claro, si quedara no pasaría nada, pero…

Dice, como quien sabe y se disculpa.

Con las tapas bebimos un cava del Penedés; con las sopas un blanco de Tarragona, con el Contessa un blanco del Mosela, con los pescados un blanco de Borgoña, con las carnes un tinto del Priorato: algunos de ellos se mezclaban tan bien con la comida que parecía milagro —y era, en realidad, la elegancia del hermano Pitu, el sommelier y sus 40.000 botellas. Y ahora el primer postre es un helado de masa madre con pulpa de cacao, liches y macarrones de vinagre balsámico. La definición, como suele pasar, define poco: el primer postre es un raro corazón blanco que respira en su fuente, un alien que, si no fuera tan dulce, podría ser de terror. Y después una esfera de canela y violetas con coco y toffee de miel, y otro que se llama Violetas y que es, en realidad, una construcción complejísima hecha para recordar a un perfume famoso, el Shalimar de Guerlain. Con un alarde: después de comerlo, hay que oler en un cartón el verdadero Shalimar, comparar, darse por convencido.

—Pero nosotros también debemos usar esta nueva posición en la sociedad para lanzar mensajes que sean realmente útiles: ser más solidarios que nunca, ayudar, devolver a la sociedad lo que te ha dado. Esto lo deberíamos tener todos muy presente. Y tratar de incidir en cómo come la gente, qué va a comer y qué no, qué es bueno para la sostenibilidad del planeta y qué no. Dar ejemplo para que la gente entienda estos mensajes.

Dice Joan Roca. Alrededor, clientes ahítos vienen a despedirse, a agradecer, a hacerse fotos.

—¿Tú miras las caras de tus clientes cuando se van?

—Siempre, a todos.

—Debes ser una de las personas que ve más caras de felicidad…

—Sí. Felicidad y agradecimiento: una de las mejores cosas de este oficio es que el retorno de nuestro esfuerzo es directo, inmediato.

Dice Joan Roca, y yo le digo que a veces, cuando la vida no me parece lo suficientemente amable, me voy un rato a un aeropuerto —que es el lugar en que uno ve más gente que se quiere, se abraza, se besa, se jura cosas raras.

—Pero quizá me resulte mejor venir a pararme aquí a tu puerta.

—Cuando quieras.

Hace unos días, uno de los mejores críticos gastronómicos, A.A.Gill, del Sunday Times, supo sintetizar lo que yo no: “¿Este es el mejor almuerzo del mundo? Quién sabe, pero sí sé que no hay otro que hubiera preferido comer hoy”.

Son las cinco y media de la tarde: llevamos más de seis horas en El Celler y habría que empezar a irse. Joan Roca parece tan tranquilo, tan contento, que intento un tiro tonto:

—¿Qué no te gusta de ser cocinero?

—En otras épocas te hubiera dicho las largas jornadas, que tus amigos te esperan para salir y tú llegas tarde, cuando ya no queda más juego. Hay un momento de tu vida en que dices uy pero qué mierda, qué rollo este, y vas perdiendo a tus amigos por el camino. Pero ahora mismo no te sabría decir, no veo nada que no me guste. Estamos viviendo un momento mágico, dulce, increíble, donde tengo la suerte de haber construido un mundo muy a medida. Cuando llegas a este punto culminante y además, sin tú buscarlo, resulta que hay gente que dice que tienes el mejor restaurante del mundo, ¿qué más quieres, no? ¿Qué puedes encontrar de negativo en todo esto?