I. El fin de la primavera de Claudia Paz.

El día en que la derribaron, Claudia Paz y Paz pensaba que había ganado la partida. Era jueves. La Fiscal General de Guatemala convocó a su equipo de colaboradores más cercanos para una reunión a las 11 de la mañana en su despacho.

Llevaba meses bajo intenso fuego político. En solo tres años había encarcelado a estructuras completas de las Mara Salvatrucha o el Barrio 18, a militares acusados de crímenes de guerra y a un centenar de miembros de los Zetas. Había capturado y extraditado a Estados Unidos a capos tradicionales del narcotráfico local que, gracias a padrinos políticos, habían disfrutado de virtual inmunidad por años. Paz y Paz simbolizaba una nueva Justicia en Centroamérica. Pero procesar en 2013 al exdictador Efraín Ríos Montt por genocidio la había colocado en el punto de mira de la poderosa derecha tradicional de Guatemala.

La cúpula empresarial llevaba meses tratando de acortar a mayo de 2014 su tiempo en el cargo, que inicialmente debía terminar en diciembre. Veían en el rostro redondo y pecoso de Paz y Paz a la izquierda, al viejo comunismo, apropiándose del sistema de Justicia para volverlo contra ellos. La querían fuera. Querían darle una muestra clarísima de su viejo y efectivo poder.

Esa era la partida que la Fiscal creía ganada ese jueves 5 de febrero. Pensaba, por un error de cálculo, que el plazo legal para que la Corte de Constitucionalidad se pronunciara sobre su caso había expirado. Y unas declaraciones hechas el jueves anterior por Manuel Barquín, vicepresidente del Congreso, dando por buenos dos informes técnicos de la Corte Suprema de Justicia a favor de Paz y Paz terminaban de apuntalar su optimismo. La ley y la política estaban, pensaba, de su lado.

A las 11, todo su equipo acudió a la cita. Con su hilo de voz y su parsimonia habituales, perfectas para contar cuentos o secretos, Claudia Paz les comunicó su siguiente paso estratégico en la larga partida de ajedrez en que se ha convertido el pulso por la Justicia en Guatemala. Arturo Aguilar, por años su mano derecha y hasta ese momento su Secretario Privado en el Ministerio Público, iba a dejar ese puesto para unirse como asesor especial a la CICIG, la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala dependiente de Naciones Unidas. Aguilar y ella lo habían discutido varias semanas, decidido a solas y hablado ya con el comisionado de la CICIG, un exfiscal colombiano, que daba su completo aval al traslado.

Elvyn Díaz participó en aquella reunión de las 11. Era el subsecretario privado de la Fiscal.

—Aquel día Claudia nos dijo que sabía que 2014 iba a ser el último año en el MP pero que aún teníamos la posibilidad de dejar un escenario favorable para que cuando nos fuéramos no se cayera todo ni hubiera una cacería de brujas en nuestra contra. —Recuerda cuatro meses después, ya fuera del Ministerio Público—. Por eso el movimiento de Arturo.
—¿Y qué le respondieron ustedes?
—Alabamos la decisión de la jefa. Le dijimos: “Si ustedes ya lo evaluaron, y creen que es por el grupo, adelante.”

Se trataba de un movimiento defensivo. Aunque Paz y Paz pensaba que el pulso por la duración de su mandato estaba resuelto, sabía que vendrían otras acometidas. Con el traslado de Aguilar pretendía sembrar en otras instituciones la experiencia de sus tres años de gestión encarnada en su equipo, una decena de jóvenes abogados penalistas y de Derechos Humanos con los que trabaja desde hace más de una década. El mayor de ellos tiene 50 años. Los hay, como Aguilar, que apenas superan los 30.

Díaz tiene 29. Tiene maneras de estudiante aventajado. Le gusta hablar rápido, tiene un humor cortante y la risa ácida, de sarcasmo destilado. Justo después de la reunión tenía un almuerzo con dos periodistas de Plaza Pública. Con ellos estaba cuando recibió la llamada: la CC había acortado el periodo de la Fiscal.

—En diciembre se juntaron un grupo de abogados de Zona 10 con Pérez Aguilera, el presidente de la Corte de Constitucionalidad, y él ya les anticipó que Paz y Paz se iba en mayo —dice—. Nosotros sabíamos eso…Y aun así llevábamos una semana como cantando victoria. Ellos nos engañaron, lo hicieron bien, no les vamos a quitar el mérito.

***

En diciembre de 2010 ninguna estructura de poder, ninguna rosca vinculada al sistema de justicia de Guatemala, apostaba por que el presidente Colom fuera a elegir como Fiscal General a Claudia Paz y Paz. Lo dice, con esas palabras exactas, uno de los hombres que más influyó en él para que lo hiciera: Carlos Menocal, un experiodista que en aquel momento era ministro de Gobernación.

Corpulento, saco informal, mochila al hombro, barba cuidada y lentes de diseño, Menocal duda si pedir o no un café. Transmite siempre la idea de tener prisa, de estar extremadamente ocupado y a punto de irse, pero da detalles y explicaciones por casi una hora, como si que se sepa lo que sucedió hace cuatro años fuera parte de su trabajo. En eso, el Carlos Menocal periodista se impone al político.

—Álvaro Colom estaba un poco acomplejado porque en su gobierno no avanzaba el sistema de justicia transicional —dice.— El nombramiento de Claudia Paz, experta en Derechos Humanos, caía como anillo al dedo.
—¿Poner a Paz y Paz fue entonces una batalla personal de Colom para hacer justicia a las víctimas de la guerra?
—Digamos que una batalla personal y de algunos de quienes éramos sus colaboradores.

En realidad la justicia transicional no era la única preocupación de Colom y sus ministros más cercanos. Guatemala arrastraba aún la losa del asesinato de tres diputados salvadoreños del Parlamento Centroamericano en 2007, a manos de un grupo de policías corruptos. Seis días después del crimen, un comando armado entró a la cárcel de máxima seguridad “El Boquerón” en la que estaban los asesinos, los ejecutó y salió por donde había entrado. Ninguna puerta fue forzada. Ningún custodio vio nada. Nunca se capturó a nadie. El gobierno del entonces presidente Óscar Berger, en negación o complicidad, trató de atribuir el crimen, sin pruebas ni testigos, a otros presos.

Es un hecho probado que durante la administración Berger funcionaron en la Policía escuadrones de la muerte destinados a la limpieza social. La masacre de “El Boquerón” no fue la única que se cometió en aquellos años en las cárceles de Guatemala, convertidas en escenario de ajustes de cuentas entre grupos criminales, con la complicidad del Gobierno. Pero el silenciamiento, a tiros y en la cárcel, de los autores de un crimen con implicaciones diplomáticas era la mejor escenificación de un sistema de justicia absolutamente derrotado.

Un año después, ya en el poder, Álvaro Colom encontró en su despacho siete micrófonos y dos cámaras ocultas. Alguien espiaba al presidente de la República. El hombre que debía limpiar la corrupción de los cuerpos de seguridad de Guatemala no podía confiar ni en sus guardaespaldas.

En 2009 arrancó una pequeña revolución en el sistema de justicia para evitar que Guatemala se convirtiera en un Estado fallido. La CICIG, creada en 2006 para ser bastón internacional de un país cojo, comenzó a desnudar el aparataje paralelo ilegal que operaba dentro del Estado, y tanto su presión como la cooperación extranjera lograron dotar a la Fiscalía de nuevas herramientas legales y científicas de investigación como escuchas telefónicas y laboratorios de balística. Además, la paulatina aparición de nuevos grupos de poder económico ajenos a las familias tradicionales alteró el mapa de influencia en el poder judicial y permitió que la Corte de Constitucionalidad levantara el secreto de documentos militares y resolviera que la desaparición, un crimen habitual durante la reciente guerra civil, no prescribía por ser de carácter permanente. Incluso en la Policía, considerada un irrecuperable foco de corrupción, los gobiernos de España y Estados Unidos patrocinaron y formaron pequeños grupos de agentes jóvenes especializados en la persecución de homicidios y extorsiones.

Pero no bastó. Para marzo de 2010, Colom se había visto forzado a destituir, por corrupción, a tres ministros de Gobernación consecutivos y a dos directores generales de la Policía en solo dos años. Su gobierno había estado a punto de enfrentar un golpe de Estado en 2009 y navegaba con dificultad en medio de pulsos de poder en los que resultaba difícil distinguir las ambiciones puramente políticas de las que tenían raíces criminales. Pese a los avances aislados, el mágico país al que millones de turistas llegaban cada año en busca de ruinas mayas era una ruina en sí mismo.

La convulsión final vendría en junio de 2010: el Comisionado de la CICIG, el español Carlos Castresana, renunció públicamente a su cargo alegando que una semana antes Colom había elegido como Fiscal General a un corrupto pese a saber, por informes que él mismo le había dado, que tenía vínculos con el narcotráfico. El fiscal bajo sospecha, Conrado Reyes, fue forzado a renunciar y se inició un nuevo proceso de selección. Por eso Colom pudo elegir en diciembre a Claudia Paz y Paz.

Cuando le pregunto a Menocal cómo explica que el mismo Álvaro Colom que eligió como Fiscal a Paz y Paz hubiera elegido meses antes a Reyes, le renace el político y trata de lavar las manos del presidente:

—Colom escucha mucho. Fue una decisión demasiado democrática —dice.— Escuchó a muchos sectores y especialmente a su partido.
—Y todo el mundo dice que en diciembre le escuchó a usted.
—Y a otros funcionarios cercanos. Pese a las presiones de su partido, empresariales y dentro de su mismo gobierno, en diciembre tomó la decisión más acertada para el país, no para su partido, ni siquiera para él.

Los miembros de la comisión de preselección del nuevo Fiscal incluyeron a Paz y Paz en la lista final de seis aspirantes para que su perfil académico y progresista adecentara el proceso de cara a la opinión pública, en un momento en el que la legitimidad del sistema político flotaba en las cloacas. Daban por hecho que el presidente no sería tan estrafalario como para seleccionar a una abogada de ideas provocadoras, dedicada por años al esclarecimiento de los crímenes de la guerra y sin amigos ni deudas en la política. Se equivocaron. A las 12 del mediodía del jueves 9 de diciembre de 2010, Colom le dijo a Menocal que se preparara, que Paz y Paz sería nombrada a las seis de la tarde y él sería el único miembro del gabinete presente. También pidió que se enviara invitaciones urgentes al resto de poderes del Estado y a las delegaciones diplomáticas.

Al evento solo llegaron seis embajadores, entre ellos el de Estados Unidos. La Fiscal que en los siguientes años revolucionaría el Ministerio Público tomó juramento en una ceremonia exprés en un salón pequeño, lejos de los boatos con que se solía investir a sus predecesores. Colom tenía que salir de viaje al día siguiente y quería dejar instalada a la fiscal general. Temía que, si esperaba, en su ausencia pudieran fortalecerse y contraatacar quienes se oponían a ese nombramiento.

En esas precarias circunstancias, era de esperar que el respaldo político de Colom no le sirviera de mucho a Paz y Paz una vez en el cargo. Con evidente intención de obstaculizar su trabajo, el Congreso pasó los siguientes cuatro años sin nombrar al Consejo Asesor del MP, que debe autorizar decisiones administrativas como los despidos. Aunque agitó el MP por dentro e intentó una depuración interna, Paz y Paz no pudo despedir a ninguno de los 286 fiscales y empleados del MP a los que destituyó por corruptos o inútiles durante su gestión. Cuando ella dejó el cargo muchos seguían cobrando su salario a pesar de estar fuera de servicio.

La Fiscal General nunca llegó a tener control absoluto del Ministero Público. Elvyn Díaz admite que Claudia Paz no controlaba las fiscalías de Contrabando Aduanero, que solo resolvió un caso en todo su periodo, y de Medio Ambiente, en manos ambas de fiscales en los que no confiaba pero que estaban aforados por su labor sindical. Tampoco incidía apenas en las sedes fiscales más alejadas geográficamente de la capital, a las que a menudo destinó a fiscales bajo sospecha pero a los que no podía destituir.

Más aún, la gestión de Paz y Paz estuvo marcada desde sus primeros pasos por la sombra de la destitución. Los rumores de que no duraría mucho se ventilaban incluso en las páginas de los periódicos. En junio de 2011, cuando llevaba apenas seis meses en el MP, un periodista le preguntó por ese constante ruido de fondo. Su respuesta de entonces cobra un sentido lúgubre tres años después: “La ley es clara y yo mantengo lo que dije: sería un golpe de Estado técnico. Mi plan de trabajo es para cuatro años; no para menos”.

—¿Qué logran los sectores privados que se opusieron a Claudia Paz y Paz con su salida adelantada? —le pregunto a Menocal.
—Disipan el fantasma de una cacería de brujas en torno al concepto genocidio. El sector poderoso del país piensa que si fue procesado Ríos Montt, el general de generales, el gendarme de la oligarquía, puede caer cualquiera. Se abrió la puerta. Se abrió el dique, y el agua te puede arrastrar. Por eso el primer objetivo es que el tema del genocidio no avance. Mirá, todo lo que tenga que ver con justicia transicional, por poco que sea, levanta olas. Yo creo que Colom jamás midió las dimensiones políticas de nombrar a Claudia Paz y Paz.
—¿No sabía la que estaba liando?
Exacto. Él que en su gobierno se hizo cientos de miles de peticiones de perdón por crímenes durante la guerra, que llegó a pedir perdón en nombre del Estado por el asesinato de su propio tío a manos del Ejército en el 79, no vio las olas que iba a generar.

***

La jueza Yassmin Barrios hasta para ir a comprar flores se sube a una patrulla policial. Va al supermercado en un pickup con sirenas y rodeada de los agentes de policía que la protegen desde que hace diez años, el día antes a que iniciara el juicio por el asesinato del obispo Juan Gerardi, alguien arrojó una granada de fragmentación al patio de su casa. El año pasado recibió de nuevo amenazas de muerte y el sistema judicial le asignó un vehículo blindado, pero ella solo lo usa dos veces al día: para ir y regresar de la torre de tribunales. Nada más. Dice que el vehículo no es suyo y gasta mucha gasolina. “Uno debe ser austero, no abusar de las cosas”, argumenta con lógica maternal. Yassmín Barrios, la jueza que en mayo de 2013 condenó por genocidio a Efraín Ríos Montt, trata de reducir lo más complejo a lógicas simples. Y no tiene vehículo propio.

Su casa es pequeña, objetivamente pequeña. Minúscula al lado de su renombre. Nos ha recibido ella misma en el portón que da a la calle, bajo la mirada incómoda de sus escoltas, resignados a las formas sencillas de la jueza. Viste como lo haría, probablemente, cualquiera de sus vecinas, con una falda a cuadros y un suéter azul ajenos a modas. La jueza apenas se permite la vanidad de pedir que la dejemos ir a maquillarse, cuando descubre que en la entrevista habrá un fotógrafo. Regresa con el rostro lavado, los labios rojos y la línea de los ojos pintada rutinariamente de negro. Hasta la vanidad de Yassmín Barrios renuncia a la grandeza.

—¿Es difícil ser jueza en Guatemala?
—Sí, definitivamente sí lo es. No por los casos que se juzgan sino por el contexto que nos rodea.
—¿Qué contexto?
—La situación de violencia que impera, y la inseguridad para los juzgadores.
—¿Cree que hay jueces que se excusan de conocer ciertos casos por miedo?
—No puedo contestar lo que es referente a otras personas. Eso lo contestarían ellos. Cada quién sabrá por qué se excusa. Lo que sí puedo decirles es que las excusas solo se pueden plantear cuando existe un motivo. No hay por qué excusarse. Uno está obligado a cumplir con su deber.
—Pero por ejemplo, un motivo podría ser que le lancen dos granadas en el patio de casa, como le ocurrió a usted.
—Eso fue una noche antes, el debate era al día siguiente. Y me presenté a trabajar.
—¿Qué la mueve a usted a seguir adelante en unos casos que son tan complicados?
—Simplemente soy juez. Cuando empecé a trabajar hice un juramento. Esto es parte del ser juez.

Antes de que la salida de Claudia Paz y Paz de su cargo redibujara el mapa de la Justicia en Guatemala, la idea original de este texto era perfilar al puñado de personas que en los últimos años parecían haber arrebatado el país de los brazos del crimen organizado y los pactos de impunidad. Un puñado de intocables. Mandos medios policiales, fiscales de carrera, mujeres de la proyección internacional de Paz y Paz o Barrios. Una casta de equilibristas que en un entorno político minado y trabajando en instituciones altamente contaminadas asentaban precedentes impensables en países vecinos como El Salvador u Honduras, incapaces de juzgar al 95% de sus criminales de hoy y ni a uno solo de los violadores de Derechos Humanos del pasado.

Durante las ocho semanas que duró el juicio contra Ríos Montt, Barrios fue una pequeña David de pelo rizado que se batía contra la historia, las estridencias de los abogados defensores y el Goliat invisible de la presión política y mediática. Los querellantes intentaron maniobrar con cuidado para no incendiar el país, mientras los partidarios de Ríos Montt y las cúpulas empresariales acusaban a Paz y Paz y a Barrios de resquebrajar Guatemala y poner en riesgo los acuerdos de paz. La derecha guatemalteca cerró filas, restableció lazos con influyentes militares retirados y olvidó sus diferencias por un fin común. Hubo varios intentos legales de detener las audiencias y en todo momento se temió que una zancadilla política truncara el proceso.

Sabedora de que caminaba por un puente estrecho, la Fiscalía llegó a retirar testigos a última hora para no incriminar al presidente Otto Pérez Molina, general retirado y comandante en el terreno durante las masacres de aquellos años, y así evitarle la tentación de intervenir en secreto para detener el juicio.

En una breve encuesta hecha por la universidad Rafael Landívar aquellos días, un 72% de los entrevistados dio por hecho que el proceso no llegaría a su final o el exdictador sería declarado inocente sin tomar en cuenta las pruebas en su contra. Otro estudio de la misma universidad apuntó que el 61% de los columnistas de los principales periódicos del país respaldaron el juicio en sus artículos, pero la sensación de la jueza Barrios era, lo afirma ella, de cerco mediático.

Tal vez sea que las élites guatemaltecas ni siquiera necesitan generar mayorías para vencer balanzas. A medida que el juicio avanzaba se acrecentó la sensación de que su voz penetraba en las carnes del proceso. Puede que fuera un resorte anidado en la conciencia colectiva del resto del país, que reaccionó a la voz de sus viejos amos como el hipnotizado que revive recuerdos al escuchar una palabra clave o una melodía determinada.

Aun así, marzo y abril de 2013 fueron meses de esperanza para quienes llevaban décadas pidiendo reformas en la justicia guatemalteca. En menos de una década se había pasado de los ajusticiamientos trogloditas a manos de la Policía a investigar y llevar a juicio tanto a delincuentes comunes como a exdictadores que en nombre de las ideas fueron tan asesinos como los gatilleros de Berger. Si a eso le añadimos que desde 2010 el país experimentó un lento pero constante descenso en la cifra de homicidios, Guatemala vivía una primavera de la Justicia.

Pero desde que el 10 de mayo de 2013 Barrios condenó a Ríos Montt se comenzaron a encadenar mensajes de retroceso. Una mano invisible comenzó a sacudir el cable por el que caminaban en difícil equilibrio Paz y Paz, Yassmín Barrios y el resto de intocables.

Primero fue la rápida anulación del juicio, solo diez días después de la sentencia. La Corte de Constitucionalidad, controlada, según fuentes tanto de izquierda como de derecha, por la cúpula empresarial tradicional y en menor medida por el Ejecutivo de turno, alegó defectos de forma para ordenar que el juicio completo se repita. En teoría debe celebrarse en enero de 2015. Después vino la arremetida contra Claudia Paz que terminó en su salida adelantada del cargo.

En medio, el Colegio de Abogados de Guatemala intentó suspender en su cargo a Yassmín Barrios, por supuestas faltas éticas en el trato a un abogado defensor durante el juicio. Su sanción nunca llegó a aplicarse y terminó siendo desestimada por la CC, pero una mancha negra cayó sobre quienes habían intentado juzgar al exdictador.

Es como si alguien estuviera cerrando por decreto la primavera.

—¿Se siente parte de un pulso entre dos Guatemalas? —le preguntamos a Barrios.
—¿Por qué me pregunta esto?
—Porque hay claramente dos Guatemalas, como mínimo. Una que quería que el juicio a Ríos Montt llegara a término y otra que no quería que se completara. Hay una parte de Guatemala que se identifica con usted, y otra que la denuncia y presiona.
—Soy una mujer que cree en la justicia, nada más. Soy abogada. Creo en la justicia. Así de fácil. Sin mucha confusión.
—Lo cuenta usted como si fuera sencillo.
—Lo es. Soy una mujer. Soy una abogada. Creo en la justicia. Así de directo y concreto.

Las respuestas de la jueza son de una sobriedad frustrante para cualquier entrevistador. Todo intento por conseguir que se pronuncie sobre el contexto del juicio o sobre la política guatemalteca es inútil. Se niega a responder las preguntas acerca del impacto del juicio en la sociedad o del grado de independencia que hay en la Justicia guatemalteca. Ni siquiera entra a valorar si Guatemala es racista 30 años después del genocidio.

Por momentos se comporta como si estuviéramos en su sala de audiencias y ella estuviera presidiendo. Responde desde su sofá con la espalda estirada y las manos en el regazo, casi inmóvil, con una sonrisa perpetua, y pide en cuatro ocasiones que se reformule alguna pregunta porque no comparte su premisa o porque el asunto excede sus competencias como jueza. Tiendo a pensar que es tan prudente porque sabe que cualquier palabra suya puede ser usada en su contra por sus adversarios.

Pero existe otra posibilidad. Una más probable. Yassmín Barrios es tan pulcra al conducirse y obrar, tan de libro, que como periodista te desafía a buscarle grietas, defectos, lados oscuros. En su caso no los encuentras. Puede que no se trate de una mujer prudente por miedo a sus enemigos, sino de que solo alguien de carácter tan discreto y comedido como el de Yasmín Barrios haya podido sobrevivir más de una década en primera línea de un sistema de Justicia acorralado por intereses económicos, políticos y de grupo.

—Un nuevo juicio a Ríos Montt, ¿qué significa para la Justicia?
—Puedo hablar de lo que nos correspondió a nosotros jueces —se mide, de nuevo, Barrios—. Nuestra sentencia, porque somos los tres jueces del tribunal quienes la dictamos, constituye un avance. No solo la realización del debate sino llegar a la sentencia. Hay valoración de testigos, de peritajes, de documentos, y hay responsabilidad del acusado por delitos de genocidio y de deberes contra la humanidad. Constituye un avance no solo para Guatemala sino para América Latina y para el mundo entero.
—Existe otra lectura: sentar a un exjefe de Estado para juzgarlo por genocidio sin duda es un avance, pero por otro lado las reacciones fuera del tribunal y el resultado final, de nulidad de la sentencia…
—Le aclaro que no se anuló la sentencia. Se anuló el proceso. Son cosas diferentes. La Corte no anuló el análisis que efectuamos. No señaló ningún defecto en la sentencia, no entró a estudiarla, y eso es muy importante.
—O sea, que…
—Es un caso sui generis. No hay un antecedente de esa naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico penal.
—¿Y usted cree que la anulación fue contra el ordenamiento jurídico?
—Creo que lo más importante es lo que los demás piensen.

“Lo que los demás piensen” es un concepto confuso. Cuando la CC anuló el juicio contra Ríos Montt hubo organismos internacionales que lo consideraron una aberración jurídica. Organizaciones de sociedad civil denunciaron el carácter político de la decisión tomada. Y el entonces comisionado de la CICIG, el costarricense Francisco Dall’Anesse dijo en público tres meses después que se trataba de una “anulación ilegal”.

En el otro extremo reaccionaron, cabía esperarlo, los representantes del CACIF, la organización que históricamente ha concentrado a la cúpula empresarial del país. Ellos mismos habían pedido la nulidad del juicio, y acusaron al comisionado Dall’Anesse de vulnerar la Constitución guatemalteca al desafiar una decisión judicial. A ese punto, el costarricense le quedaba solo un mes en el cargo y ya estaba, por tanto, fuera de la partida. Un comunicado de la CICIG durante el juicio, denunciando la campaña mediática de presión para que Ríos Montt fuera declarado inocente, lo enfrentó con el gobierno de Pérez Molina, que se quejó por vía diplomática ante la ONU y forzó su salida del cargo. Tomar postura contra Ríos Montt en el juicio por genocidio te granjea enemigos poderosos en Guatemala.

***

Yassmín Barrios y Pablo Xitumul durante el juicio contra Rios Montt. Foto Plaza Pública/Sandra Sebastián

El magistrado Pablo Xitumul, que junto a Patricia Bustamante y Yassmín Barrios conformó el tribunal que condenó a Ríos Montt, asegura que no recibió presiones o amenazas directas durante el proceso, pero dice que su teléfono estaba intervenido y no olvida que uno de los abogados defensores del militar le gritó en plena sala de audiencias: “no voy a descansar hasta verlo tras las rejas”. En otro caso, esas palabras no hubieran significado demasiado. En este resultaba tan difícil medir su alcance que el juez las recuerda un año después de que todo acabara.

—Aquellos días, frente a mi residencia pasaban patrullas militares por la vía, porque yo vivo a la orilla de la carretera. Ahí estuvieron durante todo el juicio. Yo al inicio dije “qué bueno, están prestando seguridad”, pero 8 o 15 días después de terminar el juicio se fueron y hasta ahora no han vuelto. ¿Será una coincidencia?
—¿Usted cree que lo era?

Xitumul, originario de una pequeña aldea indígena en Rabinal, en el departamento de Baja Verapaz, calla un instante, sonríe y achina un poco más, si eso es posible, sus ojos rasgados.

—Y la otra: que la Policía Nacional Civil retuviera en esos días como en cinco oportunidades a mi hijo mayor, que trabaja en una cadena de restaurantes y a veces regresaba a casa a las 10 u 11 de la noche. Justo llegando a la casa lo paraban, le bajaban de la moto y le pedían su identidad. ¿Será una coincidencia o casualidad? Yo creo que no.

Pablo Xitumul acaba de salir de audiencia y me recibe en su despacho, en el que se hacinan un escritorio, tres sillas y un sofá que apenas dejan espacio para caminar. Junto a Barrios y Bustamante acaba de condenar a una veintena de años de cárcel a seis hombres que formaban una banda de secuestradores. Como sucedió en el juicio por genocidio, él no ha abierto la boca en todo el proceso. Se ha mantenido tieso y callado en su silla, deliberando entre susurros con sus compañeras alguna que otra vez, pero sin hacer pública su voz. Me atrevo a decir que en Guatemala poca gente la ha escuchado. Para la mayoría, el Juzgado A de Mayor Riesgo tiene un solo rostro: el de Yassmín, centro de todas las miradas y ataques —a su peinado, a sus gestos, a su supuesta ideología— de quienes querían que Ríos Montt fuera declarado inocente.

—Ellos tenían objetivos específicos. El primero era desintegrar el tribunal. ¿Y cómo se desintegra el tribunal? Cambiando a la presidencia. Cualquiera de nosotros que estuviera en la presidencia hubiera sido atacado. Hubieran buscado la manera —dice Xitumul.
—¿Y por qué cree que eran esos ataques?
—Por el tipo de juicio, el tipo de personaje a juzgar y también el tema subyacente, que es el conflicto armado.
—Pero se ha juzgado otros casos de crímenes de guerra, sin este revuelo.
—Esta vez el objetivo inicial era no permitir que fueran llevados a juicio estos personajes, pero no por el personaje en sí, sino porque en Guatemala y en otros países se ponen de acuerdo la cúpula militar, empresarial y política. Ellos temían que el juzgamiento de un individuo de estos produjera un efecto dominó hasta llegar a los empresarios.
—Parece que ese es el punto clave: los empresarios.
—Ellos hicieron todo lo que pudieron hacer. No lograron evitar el inicio del debate, y entonces la consigna era parar el juicio: a la cuarta parte, a la mitad, casi al final… Pero tampoco. Entonces hicieron lo que pudieron hacer.

A estas alturas es evidente que el hombre callado del tribunal es, en privado, mucho menos reservado con sus opiniones que Yassmín Barrios. Pablo Xitumul tiene algo de desprendido en su manera de hablar. Como si lo que le pudieran arrebatar no importara, como si ya estuviera de vuelta de todo. Será porque su padre desapareció en 1982, cuando él tenía siete años, y desde entonces le ha tocado encarar poderes. Cuenta cómo, tres meses después de la desaparición, fue con su madre a la presa Chixoy, en cuya construcción trabajaba su padre, para reclamar sus salarios pendientes. Les pidieron un acta de defunción. Les sugirieron que investigara todos los cadáveres encontrados en esos meses en la carretera de Guatemala a Cobán. Él dice que se plantó, que argumentó, que consiguió que le dieran a su madre “un chequecito”.

No es que sea un justiciero: cuando años después decidió estudiar derecho lo hizo por eliminación. Ya antes había tenido que interrumpir sus estudios por falta de dinero y no quería volver a hacerlo. La de Derecho era la única carrera cuyos horarios le permitían continuar trabajando para pagarse la universidad. En eso, Xitumul se parece a Barrios: tiene una mirada y un juicio eminentemente prácticos.

—¿Oiga, la justicia en Guatemala está sometida a un pulso político?
—Bastante. Bastante. Bastante. La carrera judicial inicia en el juez de paz y llega a juez de instancia, donde estamos nosotros. Todos pasamos por un proceso de selección, evaluación y nos nombran para un periodo de cinco años. ¿Pero qué pasa con los magistrados de Corte, de sala de apelaciones, de Corte de Constitucionalidad?
—No sé. Dígamelo usted.
—Pues que vienen de afuera, sin haber sido jueces muchos de ellos, pero apadrinados por partidos políticos o grupos empresariales. Y todo eso hace que se comprometa su actuar. Ha habido muchas personas que por compadrazgos, por conectes, llegaron a una magistratura. Siempre hay grupos que van a luchar por llegar ahí. Por eso para mí no hay una garantía de que realmente se administre justicia.
—Pinta usted un escenario oscuro. Es pesimista.
—Solo le soy honesto. Mire, yo vivo en Guatemala, y he visto que nada más tomar posesión la Corte Suprema ya los magistrados se reunían en desayunos, almuerzos, pláticas, charlas, con grandes grupos económicos. Yo, como juez, no podría ir a sentarme con ellos. Yo me dedico a mi trabajo y no quiero comprometer mi forma de resolver. Tengo para comer, tengo para lo básico. Muchos quisieran abarcar más y vivir en lujos, por eso se olvidan de la Justicia.

Las palabras de Xitumul se podrían atribuir a la decepción. En 2009, lo admite, él también participó como candidato a magistrado de sala de apelaciones. Pensó que no tenía perfil suficiente para optar a la Corte Suprema, pero sí los méritos académicos y la experiencia para integrar un ente, el de apelaciones, más técnico. En la fase de preselección le adjudicaron 46 puntos sobre 100 y no le incluyeron en la lista final sobre la que decide una comisión nombrada por el Congreso. Se frustró. Dice que no va a participar nunca más en uno de esos procesos.

—Pero no crea: tampoco entraron quienes tenían 86, 88, 89 puntos, incluyendo a mi compañera Yassmín, que fue de las mejores calificadas.
—¿Tampoco llegaron?
—A ella la incluyeron en el listado solo para cumplir. Pero a la hora de la votación en el Congreso de la República no la tomaron en cuenta. Y en mi caso tampoco fueron los puntos, porque se fueron en el listado final personas que habían sacado 29, 30 puntos y que son los actuales magistrados de sala.

***

Antes de forzar la renuncia del Fiscal General Conrado Reyes en 2010, la CICIG ya había sacudido el sistema de justicia guatemalteco con otra denuncia pública. El 6 de octubre de 2009, el comisionado Carlos Castresana denunció que un grupo de abogados estaba tratando de tomar control de la Corte Suprema de Justicia para beneficio propio. Aseguraba que seis de los trece candidatos finales a integrar la Corte estaban vinculados a un abogado y empresario que, en secreto, había movido los hilos para ponerlos allí: Roberto López Villatoro, conocido popular y despectivamente en Guatemala como “el rey del tenis”.

De él se ha escrito que encarna a un sector de empresarios emergentes, enriquecidos a la sombra del Estado —su apodo proviene de una vieja adjudicación pública de compra de calzado—, y que durante la última década él personalmente le ha disputado al CACIF el control de la Corte Suprema, del Colegio de Abogados y del Tribunal Supremo Electoral, antes campo de cultivo exclusivo de sus influencias. López Villatoro es un hombre público que se mueve con soltura en las zonas grises del sistema. Es un operador al que uno recurre cuando necesita atajos, soluciones políticas a problemas legales o soluciones pseudojurídicas a disputas políticas.

Le he pedido una entrevista para que me confirme la versión de Xitumul acerca de que el sistema de Justicia guatemalteco descansa en una cadena de favores. A él, a quien todos señalan como un maestro en ese negocio de los favores.

Me cita en una cafetería de zona 10 en la que se venden tanto cócteles naturales como ropa de diseño que solo he visto en puertos deportivos y en fotografías de criquet. Antes de comenzar, me pregunta si quiero que hablemos on the record o prefiero que me diga toda la verdad. Cuando le respondo que necesito ambas cosas estira una sonrisa de joker y rompe los protocolos:

—Tengo un amigo que dice que Guatemala es un ajedrez en el que el rey es hueco —homosexual—, la reina puta, y los alfiles de los dos bandos hacen negocios entre sí. Todo en un tablero redondo.

Entre líneas, el rey del tenis me está diciendo que es un alfil.

—Dicen usted mueve los hilos para que a uno le elijan magistrado de la Corte Suprema.
—En este país se exagera, se sobredimensiona a las personas. Efectivamente, creo que tengo conocimiento sobre cómo opera el sistema de justicia. Me he preparado. He estudiado tres maestrías…
—Sabe cómo moverse en el sistema de elección.
—Conocer a muchas personas y saber cómo opera el sistema de Justicia te da la experiencia para conocer las fuerzas que operan en el país y saber cómo llegar. Siempre de acuerdo con las normas que establecen la Constitución de la república y la ley judicial, claro.
—Dígame qué tengo que hacer para ser magistrado.
—Tiene que hablar con académicos, con decanos de las facultades de derecho del país, con los líderes de las agrupaciones gremiales del Colegio de Abogados y luego, obviamente, tiene que hablar con los líderes políticos del país. El sistema fue creado con la buena intención de dar peso a diferentes sectores, pero en todo ese camino se pierde la independencia judicial.
—Osea, que cuando llegara a una alta magistratura debería demasiados favores.
—Obviamente, porque tiene que hacer una labor de lobby. Nadie va a llegar por sí solo. Nadie llega si no es apoyado por un sector, por un partido político. Puedes ser un magistrado con una carrera impecable, pero no te van a evaluar a partir de tus fallos o resoluciones. Esa es la realidad.

Como si todos los caminos de la política guatemalteca actual pasaran por Ríos Montt, López Villatoro estuvo casado con Zury Ríos, hija del exdictador y exvicepresidenta del Congreso. La CICIG dijo en 2009 estar investigándolo por posibles negocios ilícitos, pero nunca le imputó ni probó nada. Tampoco logró detener aquel proceso de elección de magistrados y tres de los abogados apadrinados por López Villatoro han sido hasta 2014 titulares de la Corte Suprema. Gustavo Berganza, uno de los periodistas que mejor retrata los pulsos por el poder en Guatemala, asegura que el hombre que tengo delante es mucho más influyente hoy que cuando le trataron de derribar hace cinco años.

De las acusaciones que CICIG hizo en su contra en 2009, López Villatoro dice que Castresana se dejó manipular por las elites tradicionales, interesadas en cortarles el paso a él y a otros abogados para no tener que compartir cuotas de influencia. El negocio de López Villatoro consiste en acumular el respaldo de abogados para enfocarlo en ciertos candidatos. Estos, al llegar a un cargo, deberían ser agradecidos, amables, con él y los agremiados a los que representa. Cuando le pregunto si es cierto lo que dice Berganza, que es ahora más influyente que cuando Castresana intentó tumbarle, asiente.

—El tiempo nos dio la razón —dice.— Miles de abogados vuelven a confiar en nuestra propuesta.

Hay otras preguntas que López Villatoro no quiere contestar. Hay personas o asuntos, como el pulso por el MP, de los que no quiere hablar. Cuestión de cálculo. La gente como él sabe que mañana la espiral de intereses puede hacer que tu antiguo adversario se convierta en posible aliado. Tal vez sea también la certeza de que hay enemigos a los que es mejor no crispar sin motivo. En los corrillos de abogados de Guatemala te explican que a la CC se la suele llamar la “corte celestial” no solo porque sus decisiones son inapelables, sino porque recibe líneas directas de los hombres más poderosos del país. Incluso para alguien como López Villatoro es difícil, todavía, incidir en ese olimpo.

La justicia guatemalteca está en un pulso cada vez más abierto. Lo prueba la simple existencia de una figura como la de este alfil y su ejército de peones que disputan pedazos de poder a los viejos reyes. Lo prueban los años de audacia de Paz y Paz. Lo prueba la efímera sentencia contra Ríos Montt. De hecho, ni siquiera la CC es totalmente ajena ya al pulso entre grupos de influencia. La decisión del 5 de febrero que recortó el periodo de Claudia Paz y Paz se tomó por unanimidad de los cinco magistrados, pero la anulación del primer juicio al exdictador no. Se resolvió en una votación dividida, de tres contra dos.

López Villatoro, alejado de romanticismos y aferrado a sus intereses, declara la partida abierta. Es evidente que piensa que la ganarán los que tengan paciencia y sean prudentes.

Es una virtud cada vez más extendida, la prudencia. Desde que la corte celestial ordenó que el juicio a Ríos Montt se debe repetir, más de 90 jueces se han inhibido de conocer el caso. No quieren ser la nueva Yassmín Barrios o el futuro Pablo Xitumul. Se podría pensar que lo hacen para no desafiar con una nueva condena a las elites, pero ¿cómo explicar que no haya tampoco tres jueces interesados en granjearse el favor del CACIF absolviéndole? El cálculo es más complejo y no tiene apenas que ver con el ideal de la Justicia. Los jueces con ambiciones futuras temen que la unidad de los grupos de derecha en contra del juicio sea solo temporal, que la mesa siga girando y a ellos, sea cual sea su fallo, el tiempo les ponga en el escaque equivocado de este tablero redondo.

II. El regreso de los viejos dueños.

El hijo de Claudia Paz leía aburrido y paciente en el despacho de su madre mientras esperaba que termináramos la entrevista. Yo, de alguna manera, también quería que terminara. O que empezara de nuevo. Había viajado desde San Salvador esperando escuchar de la Fiscal un análisis profundo y diseccionador, que me ayudara a entender su duelo con las fuerzas conservadoras del país y abocetar el futuro, pero solo obtenía de ella previsibles respuestas institucionales, algunas de ellas propias de un comunicado de prensa.

—Anularon una sentencia contra Ríos Montt. ¿Estamos en un punto de avance o de retroceso?
—Yo sostengo que es un avance. La posibilidad de que las víctimas declararan frente al perpetrador en una situación de igualdad frente a la ley… Según las palabras de las víctimas, para ellas fue reparador. Luego la sentencia de la Corte nos coloca frente a la necesidad de repetir el juicio.
—En los últimos años parece que la Corte de Constitucionalidad hay momentos en los que se abre a la construcción de una nueva institucionalidad, y hay momentos en los que se cierra.
—Desde la Fiscalía hay decisiones que compartimos y decisiones que no compartimos, pero igual las respetamos.
—¿Y cree que esas decisiones se basan en un proceso honesto de reflexión jurídica, o que están influidas por otros intereses?
—Son argumentos jurídicos que vemos desde otro punto de vista, y en su momento los impugnamos, y la Corte falló… Cómo falló ahí sí que…
—¿Diría que la judicatura en Guatemala es en general independiente? ¿Casos como el de Yassmín Barrios son la mayoría?
—Hay jueces muy buenos, y hay jueces que no actúan con independencia.

Algo no cuadraba. Había leído un artículo aún inédito de Francisco Goldman, autor de “El arte del asesinato político”, el libro medular para saber cómo fue el asesinato de Juan Gerardi y cómo opera el poder en Guatemala. El artículo incluía una intensa entrevista con la Fiscal y dos de sus colaboradores, Arturo Aguilar y Mynor Melgar. En ella, el nivel de transparencia y los señalamientos a las personas que boicotearon el juicio a Ríos Montt eran extraordinarios, fuera del tono habitual de la templada Paz y Paz y a años luz de la entrevista que me estaba dando a mí.

Ante Goldman, Paz y Paz habló de “ellos”, de los “intereses arraigados” que durante el juicio al exdictador habían aparecido “sin disfraz, ni nada” en defensa de la impunidad. Entre ella, Aguilar y Melgar nombraron a la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (AVEMILGUA), a “los ideólogos del sector privado”, al presidente Otto Pérez Molina, al CACIF, que agrupa a la cúpula empresarial del país…

—(…) Fue para el caso por genocidio que se unieron los sectores más conservadores de este país —dice en la entrevista Aguilar.
—Los “Ellos” —señala Paz y Paz.

Y cuando Goldman le pregunta, sin algodones:

—¿“Ellos” eran cómplices del genocidio?

Ella le responde:

—Pues, imagino, porque tuvieron tanto miedo…

Por eso esperaba a una Fiscal más deslenguada, más directa, e interpreté incluso como una buena señal, de confianza, que me citara en su despacho un sábado. Pero la encontré parapetada, cauta. Cuando le hice referencia al texto de Goldman, a sus propias palabras ahí citadas, se mostró sorprendida y dijo no recordar haber dicho aquello. Se hizo un silencio incómodo. Aunque la conversación siguió, la entrevista terminó con un deje de desconcierto.

Después. Mientras bajábamos hacia la salida en el ascensor privado que la Fiscal General usa por motivos de seguridad, Claudia Paz me preguntó si podía obtener una copia del artículo que había citado. Le expliqué que era parte del libro “Crecer a Golpes”, que iba a ponerse a la venta en pocas semanas. Parecía no terminar de salir de la sorpresa. Al despedirnos, le entregué mi copia del artículo, fotocopiada y llena de anotaciones.

Ese encuentro sucedió el 25 de enero. Una semana después, el viernes 31, la revista Contrapoder publicó en seis páginas un extracto de la entrevista de Goldman. Claudia Paz y Paz piensa aún hoy que esa publicación, la de Contrapoder, le costó el puesto.

***

El tiempo que se ha retrasado Ricardo Sagastume en llegar a nuestra cita en su despacho me ha servido para dos cosas: una, ver el primer tiempo del último e intrascendente partido de España en el Mundial de Brasil; otra, pasear por los títulos de abogado de su padre, Ricardo Sagastume Vidaurre, colgados en las paredes de madera de esta sala de visitas. Él mismo me mostrará más tarde, con evidente orgullo, una fotografía de su padre como presidente de la Corte Suprema de Justicia en 1982, tras ser colocado en el cargo, a dedo, por Efraín Ríos Montt.

Al frente de un Poder Judicial de papel, sometido al dictador, el viejo Sagastume respaldó la desaparición del habeas corpus y legitimó los tribunales de fuero especial, formados por jueces secretos que se alimentaban de confesiones bajo tortura y ordenaron al menos 15 fusilamientos en un año. De ese legado parece estar orgulloso, treinta años después, el hombre que interpuso ante la Corte de Constitucionalidad el amparo que consiguió, como deseaba el CACIF, acortar siete meses el mandato de Claudia Paz y Paz.

Ricardo Sagastume hijo, abogado también, tiene su propia trayectoria pública en Guatemala. Antes de que la CC le diera la razón y decidiera que el periodo de Paz y Paz era la continuación del de Conrado Reyes y por tanto debía cerrarse justo cuatro años después de la elección de aquel, en mayo, Sagastume fue jugador profesional de fútbol. Y candidato a la presidencia en 2011 con el respaldo de AVEMILGUA, cuyos dirigentes testificaron a favor de Ríos Montt en el juicio. Y llegó a ser director ejecutivo de la Cámara de Industriales. Su despacho legal está precisamente en la cuarta planta del edificio de la Cámara, una de las gremiales más influyentes en el CACIF. Evidentemente Sagastume no esconde sus ideas ni sus filias.

Es de hecho un hombre de inusual transparencia. “A quienes de alguna manera podemos incidir en el país poco o nada nos importa la institucionalidad”, se lamentará en un punto de nuestra conversación. Crítica la miopía de los grupos de poder desde el asiento que él mismo se reserva entre la derecha ilustrada de Guatemala. Sagastume es una de esas personas que, pese a moverse en un mundo, el de las élites empresariales, que se alimenta de secretos, presume de honestidad intelectual y trata de mentir o esconder lo menos posible. Se ve a sí mismo como un buen hombre. Tal vez en el fondo lo sea.

—Usted hizo lo que el CACIF no se atrevió a hacer…
—Lo que nadie se atrevió a hacer. Y lo seguiré haciendo. Se debía respetar la Constitución.
—Pero además es de los que piensan que lo mejor para el país era que Claudia Paz y Paz dejara cuanto antes la Fiscalía.
—Sí. De haber seguido hubiéramos llegado a una debacle peligrosa, se hubiera perdido la gobernabilidad del país. Si estamos con esta polarización sin la doctora Paz y Paz, con ella hubiera sido terrible. Además, el juicio del señor Sperisen ha generado un elemento adicional. Con o sin Claudia Paz y Paz, el tema es un polvorín.

No es el primero que me habla del caso Sperisen, aunque me sorprende oírlo de él. Defensores de Derechos Humanos y periodistas me han advertido en las últimas semanas que los mismos columnistas de ultraderecha que en 2013 prendieron las primeras chispas del “si condenan a Ríos Montt condenan a toda Guatemala” han comenzado defender que la cadena de juicios que se están dando en Europa por el Caso Pavón son una ofensa a la soberanía y a los guatemaltecos de bien. Que la izquierda internacional está queriendo manchar, igual que hizo con el juicio por genocidio, la bandera de Guatemala. Que antes en Austria y ahora en Suiza y España se está linchando a funcionarios ejemplares, a hombres justos, a patriotas.

El asunto tendía algún interés si no estuviera tan claro lo que sucedió en la Granja Penitenciaria Pavón, a las afueras de Ciudad de Guatemala, el 25 de septiembre de 2006.

Ese día, bajo el argumento de recuperar el control de la principal cárcel del país, gobernada desde hacía años por bandas de presos en complicidad con las autoridades, esas mismas autoridades entraron en el penal con un ejército de policías, detuvieron a más de mil setecientos presos y ejecutaron a siete de sus líderes. La versión oficial atribuyó las muertes a un enfrentamiento. Aun si no sobraran evidencias y testigos de lo contrario, los balazos a quemarropa que tenían las víctimas hubieran bastado para desnudar la mentira.

La justicia guatemalteca condenó en 2013 a varios de los autores materiales de esas muertes, pero para ese entonces los funcionarios del gobierno de Berger que fueron responsables de la operación ya habían huido a Europa. El subdirector de Investigación Criminal de la Policía, Javier Figueroa, pidió refugio en Austria. Erwin Sperisen, orondo y rubio director de la Policía, y Carlos Vielman, ministro de Gobernación, huyeron a Suiza y España respectivamente haciendo uso de su doble nacionalidad. En Centroamérica, pero especialmente en la racista Guatemala, a la élite de la élite le gusta presumir de su origen europeo y, si se puede, de su nacionalidad europea. Es una forma de distinguirse del resto de guatemaltecos.

Figueroa fue absuelto en Austria de cualquier responsabilidad sobre las ejecuciones de Pavón, pero a Sperisen, líder del operativo y, según la CICIG, uno de los responsables de los grupos de exterminio que operaron en las calles de Guatemala entre 2004 y 2005, le condenaron en Suiza el 5 de junio de 2014 a cadena perpetua por aquellas siete ejecuciones extrajudiciales. Vielman está en una cárcel española, a la espera de enfrentar juicio allí.

—¿Por qué es un polvorín el juicio a Sperisen y a Vielman?
—Porque las heridas de ideologización que creíamos superadas se volvieron a abrir —responde Sagastume.
—¡Pero si un juicio fue en Suiza y otro será en España!
—Sí, pero involucran lo que percibimos como ciudadanos los guatemaltecos. Hay que admitir que la justicia no ha sido lo que esperábamos. Y cuando en un país la justicia funciona para algunos y para otros no, surge la frustración y ya no importa a quién se juzgue porque alguien tiene que pagar. El tema del genocidio y ahora el caso Sperisen colocan a una élite socioeconómica versus una gran mayoría que piensa que alguien tiene que pagar lo que ha venido ocurriendo en el país.
—¿Insinúa que esto es una revuelta contra las élites? ¿No cree que exagera?
—Es que son eventos demasiado trascendentes. El señor Sperisen y el señor Vielman pertenecieron a un gobierno que todo el sector empresarial apoyó. Apoyó abiertamente al candidato Óscar Berger y finalmente se hizo parte del mismo gobierno.
—Lo que usted dice es que a Sperisen y Vielman, sean o no sean culpables, se les juzga con la intención de dañar a grupos de poder.
—Esa es la percepción. Si quisiéramos ser objetivos deberíamos estar procesando a varios exministros de gobernación, a jefes del sistema penitenciario e incluso a expresidentes del país, pero se escogió a estos.

Cuando Sagastume habla de “los guatemaltecos” es evidente que se refiere a las élites tradicionales, a industriales, terratenientes, grandes comerciantes o inversores que, efectivamente, financiaron e incluso participaron en algunas de las operaciones militares del gobierno de Ríos Montt en los 80, y que durante el gobierno de Berger se integraron públicamente en el Ejecutivo hasta casi copar el gabinete. El canciller Jorge Briz había presidido la Cámara de Comercio. El principal maquilero del país, Miguel Fernández, fue nombrado comisionado para Inversión y Competitividad. Que Vielman, miembro de una destacada familia de empresarios y expresidente de la Cámara de Industria de Guatemala fuera ministro de Gobernación no era una decisión aislada. La reacción al juicio en su contra es, en concordancia, de grupo.

De un grupo que según el transparente Sagastume siente que la justicia se le está yendo de las manos.

—Las élites han perdido el control que tenían en los procesos de nominación de determinados funcionarios públicos en el sistema de Justicia—dice.— Hace 20 años participar en el proceso y ser electo era fácil, porque era menor el número de abogados y había más control. Hoy ya no hay control.
—¿Por eso la élite empresarial del país tenía miedo de hasta dónde podía Paz y Paz llevar ciertos casos?
—Había una serie de eventos diseñados para primero perseguir a actores del Ejército de Guatemala durante el conflicto armado, y la siguiente etapa perseguir a otros actores que colaboraron o contribuyeron a que militarmente el Estado de Guatemala ganara la guerra. Había una fase subsiguiente que justa o injustamente se iba a ensañar con el sector empresarial. Eso es lo que sucede con el caso Vielman. Independientemente de lo justo o injusto del proceso, en Guatemala hay una cacería de brujas.
—Y los que se sentían víctimas de esa cacería de brujas reaccionaron y frenaron a Paz y Paz.
—No, yo creo que, yo creo que… el… —Es impresionante cómo este hombre, de discurso seguro, de repente tartamudea— Yo creo que eso no se ha hecho como sector privado. Quisiera pensar que no se hizo nada para detener la labor de ella… Lo mío fue una cuestión individual, absolutamente independiente. El sector empresarial está preocupado por la producción, la competencia, los mercados… en fin, eso que ellos saben hacer.

Dice él que ser como es y decir lo que dice le ha traído problemas “con ellos”, y ha señalado hacia el techo, hacia los pisos más altos del edificio, en los que están las oficinas de la Cámara de Industriales a la que él pertenece. Es fácil creerlo. Cuando ya casi me despido, Sagastume hace un último comentario que suena a confesión.

—¿Sabe? Nos da miedo que nos digan que somos de una élite específica. ¿Y qué? ¡Si somos ciudadanos como todos! Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a participar, porque desde siempre, cuando hace falta, somatamos la mesa —el abogado hace el gesto, el puñetazo en la mesa—y todo se arregla. Pero claro, eso a la larga nos hace daño como país…

***

A puñetazo en la mesa sonó que el Congreso aprobara el 13 de mayo, con el proceso de elección de nueva Fiscal ya en marcha y Paz y Paz inscrita en busca de la reelección, un documento que afirmaba que en Guatemala no hubo genocidio. “Los elementos que conforman los tipos penales señalados resulta jurídicamente inviable que se dieran en Guatemala, principalmente en cuanto a la existencia en nuestro suelo patrio de un genocidio…”, se lee en los considerandos del texto. Hubo quien reaccionó con indignación e insistió en que una afirmación como esa solo la puede hacer un juez. Hubo quien pidió a los diputados, como burla, que decretaran también que Guatemala había ganado un mundial, pese a no haber clasificado nunca a uno.

El documento no tiene ningún valor legal. El delito de genocidio sigue vigente en el Código Penal guatemalteco y por tanto un juez puede aplicarlo si considera que hay pruebas. Además, Guatemala ratificó en 1951 la Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio y el Estatuto de Roma, que lo recogen. Sin embargo ese acuerdo legislativo, técnicamente un “punto resolutivo”, fue un agresivo mensaje político.

El subjefe de la fracción del Partido Patriota, Luis José Fernández Chenal, fue el hombre que consiguió los votos para que el punto se aprobase. La propuesta fue de los dos diputados del PRI, el residuo de lo que la década pasada fue el poderoso Frente Republicano Guatemalteco, FRG, fundado por Ríos Montt y llave para la resurrección política que le hizo presidente del Congreso en 2009. Tiene sentido. Dos diputados de un partido venido a menos, honrando su historia y a su antiguo líder. La pregunta es por qué Fernandez Chenal, un joven de 33 años con carrera meteórica en el partido de gobierno, ahijado político de Otto Pérez Molina, un tiburón legislativo que presume de haber crecido después de la guerra y considera un mérito no tener ideología, maniobró para sacar adelante una resolución tan polémica como inútil.

—Al fin y al cabo un punto resolutivo, como dice mi jefa de bancada, es un poema de amor político. No tiene ningún tipo de vinculación jurídica —reconoce, sentado en una oficina tan lujosa como vacía, a pocos metros del hemiciclo del Congreso—. Hoy, por ejemplo, vamos a tratar de meter un punto resolutivo por los 40 años de la muerte de Miguel Ángel Asturias.

—¿Y de dónde salió el poema sobre el genocidio?
—Es que como bancada oficial vos tenés que conceder temas que no son tuyos. Nosotros decimos: “queremos incluir un préstamo”, y dice la otra bancada: “perfecto, pero a mí me dejás meter cierto tema”. Eso sucedió. Dijo el PRI “yo les doy los dos votos y me dan a cambio el punto resolutivo”.
—Así. Y ya.
—Así. Nunca se supo exactamente qué iba a decirse en el texto, te lo digo con toda la claridad. “Vamos a hacer un punto resolutivo sobre la reconciliación nacional”, dijeron. Como el tema lo propuso un diputado que tiene cuatro o cinco legislaturas, nadie pensó que fuera a escribir una pendejada.

El texto se procesó como si fuera un trámite bancario. Nadie lo leyó antes. Casi nadie prestó atención a su contenido mientras se leía en la plenaria. Se aprobó con desgana por 87 votos a favor de 158. Por muy poco. 47 diputados no estaban presentes.

—Yo le dije a la gente de la URNG, que son de izquierda: “¿Ustedes ya leyeron el punto resolutivo?, vayan a leerlo, no vayan a ser mulas de votar a favor. Porque ahí estamos diciendo de que el juicio del siglo y no sé qué y no sé cuánto…” —cuenta Fernández, sin indicios de estar bromeando.

Los votos de LIDER, el principal partido de oposición, fueron fáciles de conseguir. Días atrás uno de sus fundadores, Edgar Ajcip, había renunciado a la bancada y acusado a sus diputados de negocios ilegales y abuso de privilegios. A cambio de los votos para el punto resolutivo, el Partido Patriota se aseguró de que la comisión legislativa que debía investigar esos delitos nunca se aprobara.

Nadie dimensionó la travesura hasta que los periódicos del día siguiente titularon “Congreso dice que no hubo genocidio”. Fueron, ahora sí, días de debate y desgaste. Dice Fernández Chenal que en la plenaria siguiente siete diputados se excusaron en público por haber votado a favor: “Perdonen, me equivoqué, yo oí mal”, dice que dijeron.

—Los únicos que de cierta forma iban contento eran los dos diputados del PRI. Uno viene del FRG, y el otro es abogado de la familia Castillo que es afín a la Cámara de Industria y al CACIF.
—¿Y ustedes, en el Partido Patriota?
—No vayas a creer que hubo fiesta dentro del partido. Mucha gente, al ser el presidente Pérez Molina militar, probablemente lo vio con buenos ojos. Pero fue un tema X. El guatemalteco está mucho más enfocado en salir a la calle y que no le roben el celular que en ver si en Chimaltenango hubo hace 20 o 25 años fosas clandestinas. Mirá, nosotros en el área ixil ganamos dos alcaldías y perdimos una. Y en Quiché ganamos ampliamente en votos. Tampoco es que el juicio nos afectara electoralmente. Como te digo, es un tema sobredimensionado.

El nivel de cinismo de Fernández Chenal encaja a la perfección en un Congreso como el guatemalteco, en el que la creación y desaparición de partidos es tan habitual que la mayoría de diputados han militado al menos bajo dos siglas. Catorce de los legisladores actuales militaron de hecho en las filas del FRG. El actual presidente del Congreso, Arístides Crespo, miembro del Patriota, es uno de ellos. Otro es el jefe de bancada del partido TODOS. Como los intereses están por encima de derivas ideológicas, todos los partidos tienen en su fracción al menos a un exmiembro del partido de Ríos Montt. Que el asunto del genocidio les parezca intrascendente, alejado de la política real, es más absurdo todavía si tenemos en cuenta que uno de los diputados del Partido Patriota es hermano de Francisco García Gudiel, el histriónico abogado defensor de Ríos Montt gracias al cual trataron de inhabilitar a Yassmín Barrios. Guatemala es una madeja, y sus elites políticas un nudo de conexiones personales en la cima de esa madeja.

—Aunque sí hay un segundo mensaje dentro del punto resolutivo… —advierte el subjefe de bancada del Patriota—: el Congreso es el que aprueba el presupuesto del MP, el Congreso es el que aprueba el presupuesto del OJ, así que el mensaje que le mandaron a la nueva Fiscal fue “miren, aquí no queremos que estén hablando de investigación de genocidio”.
—Clarísimo.
—Pues sí. Es algo que se lee entre líneas.

Le pregunto a Fernández Chenal cuál era el tema que su partido necesitaba aprobar de urgencia, a cambio de qué apoyó se negoció la aprobación del punto resolutivo.

—Tendría que…si me da cinco minutos me voy a acordar. Tuvo que ser un tema clave… O sea, tampoco vas a creer que…

El relato de Fernández asienta la incertidumbre sobre el peso real que Otto Pérez Molina y su partido han tenido en el cambio de escenario que la justicia guatemalteca ha experimentado el último año. Representantes de varias organizaciones de sociedad civil aseguran que el presidente, por militar retirado, por su pasado de campaña en Quiché y por presión de grupos empresariales, fue un factor clave en la anulación del juicio y en el fin del periodo de Paz y Paz. El entorno más cercano a la exfiscal, aunque no tiene una postura única, coincide en que sin el aval o la omisión consciente de Pérez Molina ninguna de las dos cosas pudo haber sucedido.

El ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, exmilitar también y uno de los funcionarios más cercanos al presidente, intenta diluir esa hipótesis. Hablo con él durante un largo desayuno. Es un hombre de respuesta rápida, inteligente, que cree conocer el camino hacia todas las soluciones. Trabajó muy de cerca con Paz y Paz, y tanto en el MP como en los niveles medios del Ejecutivo me confirman que el nivel de coordinación interinstitucional que hubo entre ambos fue extraordinario. Alguien como él, que aspira a ser un día presidente, no permite que las diferencias ideológicas le empañen la búsqueda de resultados.

—¿Este gobierno celebró la salida de Claudia Paz y Paz del Ministerio Público?
—No. En el equipo de Seguridad teníamos la expectativa de que ella pudiera continuar. Con los niveles de institucionalidad precaria que a veces tiene el país, los que sobresalen son las personas, pero nosotros creemos en procesos.
—¿Eso quiere decir que la preferían a ella o que no les importa la persona?
—Me refiero a que aquí ha sido tradicional que cada presidente quiera tener su propio Fiscal General. Lo hizo Colom, lo hizo Berger, lo hizo Portillo… Los presidentes ya vienen con un cuestionario para que el Fiscal no pueda responder y entonces le destituyen y nombran a otro. Igual que cada quien quiere tener su propio presidente del Banco de Guatemala y su Procurador General de la Nación. El presidente Otto Pérez, pese a todas las presiones que tuvo, derivadas de la lucha ideológica que pervive en el país, Mantuvo a Claudia Paz y Paz pese a todos los rumores de que la iba a destituir.
—¿Quién le presionaba para que quitara a Paz y Paz?
—Siempre ha habido presiones, de muchos grupos. Presiones de grupos de derecha, que pensaban que una Fiscal que viniera del área de Derechos Humanos no era la mejor opción. Pero les invito a preguntar a Claudia Paz y Paz si alguna vez tuvo una sola llamada del presidente para pedirle algún favor, para ejercer presión o para hablarle de un caso en específico. Jamás.
—¿Por qué no es entonces Fiscal?
—Lo que crea el presidente, lo que creamos en el gobierno sobre el relevo en el MP no garantiza ninguna decisión de las comisiones de postulación. Pero si Claudia Paz y Paz pasaba dentro del grupo de los seis existía una altísima posibilidad de que fuera designada por el presidente. Eso es algo que nosotros sabíamos.

Fuentes cercanas a las Comisiones de Postulación que hacen el filtro previo sugieren que fue precisamente eso lo que impidió a Claudia Paz y Paz ser una de los seis finalistas que se le ofrecen al presidente para que elija Fiscal. La Comisión de Postulación no quiso arriesgarse a que Pérez Molina, pensando en su imagen internacional y las buenas cifras del MP, la reeligiera en el cargo. Por eso, pese a tener en preparación y experiencia la segunda puntuación más alta de todos los aspirantes, solo cuatro de los trece comisionados votaron por ella. Cuatro.

Ese día los enemigos del juicio a Ríos Montt, los “ellos” de los que Claudia Paz hablaba en la entrevista con Goldman, respiraron aliviados. Ricardo Sagastume, el abogado que acortó el periodo de la Fiscal, me lo dijo así: “Cuando Paz y Paz no entró en la nómina de seis todo fue como un pastel que ya no siguió creciendo. El tema ideológico se eliminó y lo que quedó ya fueron solo los intereses, la pregunta habitual de quiénes estaban detrás de cada uno de los seis”. La ideología era un problema, pero los intereses, individuales o de grupo, negociables, son para “ellos” la solución para la Justicia.

—¿A Claudia Paz la sacó el CACIF?
—Esto entra en el marco de las especulaciones. El CACIF no es un ente absolutamente homogéneo. Hay corrientes.
—Pero hubo señalamientos oficiales del CACIF contra su gestión.
—Yo no recuerdo… no recuerdo un pronunciamiento institucional. Y también hubo demasiado ruido de grupos en favor de Claudia. Hubo inclusive gente haciendo acopio de pronunciamientos de otros países. Ya conoces el viejo dicho: “no me ayudes, compadre”. Muchas veces si hay mucha insistencia también aumenta la resistencia. Qué tan militante es la gente que te apoya también sube el nivel de la confrontación.
—¿Está diciendo es que quién tenía el poder de decidir si Claudia Paz seguía o no se sintió amenazado por el ala más radical de la sociedad civil?
—No. Digo que por algo Claudia Paz y Paz fue la candidata con mayor número de objeciones . Aquí lo que hubo fue una medición de fuerzas, si queremos verlo así.

***

Las oficinas de la revista Contrapoder están en lo alto de un edificio en la Zona 9 de ciudad de Guatemala, cerca, muy cerca, de la simbólica Zona 10 en la que, entre hoteles y bares de moda, se supone que se levantan los despachos de las mayores empresas del país y los bufetes de los abogados de esas empresas. Alrededor de una mesa de cristal están sentados los tres cerebros de la revista: el director Juan Luis Font, la subirectora Claudia Méndez y la editora Paola Hurtado.

Claudia y Paola son dos reporteras de investigación de larga trayectoria y prestigio. Juan Luis dirigió El Periódico en tiempos en que era referente de independencia en el país, y años en televisión le han convertido en el principal rostro de un periodismo de credibilidad pero que huye de estridencias. A Juan Luis le respeta la izquierda y le escuchan con atención las élites de derecha.

—Antes de nada quiero contarte lo que pasó con la entrevista de Frank —Me dice Claudia, amiga de Francisco Goldman desde hace mucho y su principal cómplice en la investigación que le permitió escribir en 2009 “El arte del asesinato político”. De hecho, fue ella quien le ayudó a conseguir la polémica entrevista con Paz y Paz.
—Para eso he venido —le respondo.

Probablemente fue el exceso de confianza entre el periodista y su fuente lo que hizo que Claudia Paz y sus colaboradores hablaran con tal franqueza a Goldman, y que imaginaran, sin preguntarlo, que la conversación era privada, entre amigos. El periodista grabó la conversación, y al no haber pactado con la Fiscal ningún off the record terminó publicándola. Claudia Méndez siempre supo que Goldman preparaba el texto para un libro, y cuenta que cuando escuchó que estaba por salir a la venta propuso a su responsable de cultura que comprara los derechos de reproducción sin ni siquiera leerlo. Cuando revisó las pruebas de impresión y vio el contenido, le pareció interesante pero no especialmente explosivo. Está claro que es menos sensible a los señalamientos que los miembros del CACIF.

—Yo tengo una fuente que dice que cuando vieron eso dijeron: “Ya, ya, no más, de una vez” —dice Paola.
—No, la decisión de que ella debía salir no dependió de un artículo —le discute Claudia.— Venía de hace tiempo. De hecho nosotros publicamos en diciembre. Yo estuve en una reunión con abogados que me dijeron: “Se está pensando preguntarle a la CC cuándo se tiene que ir Paz y Paz, si en mayo o en diciembre”.
—Claro, pero no seamos ingenuos: el artículo lo apresuró. Puso fecha a la decisión. Incidió. Incidió tanto que Claudia Paz, cuando vino a entrevista en el canal, venía furiosísima…

Juan Luis Font tiene la misma edad que Paz y Paz y la conoce desde que tenían tres años. Cosas de la microsociedad acomodada de Guatemala. Celebraron juntos algunos cumpleaños y las bodas de amigos comunes. Él asegura que nunca la había visto tan enojada como el día que, poco después de que la CC recortara su periodo, la invitaron al programa de televisión que los responsables de Contrapoder tienen todas las noches. Dice que en el camerino, con los ojos entrecerrados, la Fiscal le reclamó.

—Vos sabías lo que iba a provocar esto.
—Lo lamento, pero nosotros lo que hicimos fue reproducir una entrevista que vos habías dado —dice Juan Luis que le respondió.— Claudia ¿vos creés que el artículo incidió?

Ella fue cortante. Estaba dolida:

—No era el momento.

Al igual que en algún momento lo supieron Elvyn Díaz o la misma Paz y Paz, a los tres periodistas todas sus fuentes les habían hecho saber que la sentencia por genocidio había logrado que en la segunda mitad de 2013 empresarios y operadores políticos con intereses diversos, que parecían imposibles de aliar, se dijeran unos a otros: “si no nos defendemos, si no nos unimos, nos cuelgan”. Se creó la certeza de que la Fiscal pretendía perseguirlos a todos por su apoyo a Ríos Montt en los 80.

—Pero Claudia Paz y Paz me dijo a mí alguna vez: “Juan, con lo que costó armar este proceso, ¿vos creés que se podría armar uno igual contra alguien más?” —recuerda Juan Luis. Cree que la derecha inventó sus propios cuentos de terror, se asustó a sí misma.

Juan Luis se crió en una localidad del Sur de Guatemala llamada Retalhuleu, entre ganaderos y empresarios que simpatizaron con Ríos Montt y que, en algunos casos, participaron en misiones civiles de bombardeo contrainsurgente. Sabe qué hay en la mente de quienes tomaban y toman decisiones. Ha hablado miles de veces con muchos de esos hombres. Le pregunto hasta qué punto todo esto, todo este pulso por la Justicia, es ideológico o en realidad es miedo a perder la comodidad de estar por encima del bien y del mal, de no tener más juez que tu conciencia, si la tienes.

—No creo que sea ideológico. Yo creo que es más bien por intereses de grupo. Pero ellos interpretan esos intereses de grupo como ideología y consideran que los que cuestionen esos intereses de grupo son enemigos ideológicos.
—Nunca he visto que por razones ideológicas la gente aquí se rasgue las vestiduras y embista con tanta violencia a los contrarios —dice Paola—. La razón es el temor a que la persecución penal ampliara el radio y los abarcara a ellos.
—Ellos se beneficiaron de la derrota de la guerrilla —Juan Luis de nuevo—, y por eso no cuestionan los métodos que se usaron. “Fueron necesarios, muchá”, dicen.
—Pero cuando tú financiaste desde el sector privado el sueldo de Sperisen o a Figueroa, o le diste dinero a Vielman para comprar armas ilegales, cuando sabes que fuiste parte de eso, ahí se te encienden las alertas —añade Paola, apuntando al futuro, a lo que se viene encima.

Me llama la atención que llevan un buen rato hablando de “ellos”, de las élites sin nombrarlas, del mismo “ellos” que usaban Aguilar, Melgar y Claudia Paz y Paz en la entrevista con Goldman. Se lo hago notar, y Juan Luis salta como un resorte y toma de la mesa una edición mucho más reciente de la revista, de junio, en la que publicaron una entrevista con Otto Pérez Molina.

—¡También el presidente habla de “ellos”! —dice.

Y me muestra una parte en la que Pérez Molina habla de su relación con los empresarios y los pulsos con el CACIF por la regulación de la explotación hidroeléctrica y minera. Dice textualmente “Ellos temen que nosotros avancemos y tratemos otros temas, como que el Estado cobre más presencia y participación en esos negocios”.

—Pero es un gran “ellos” que al final está acuerpado por unas grandes capas medias —explica Juan Luis. —Por eso yo también creo que el caso de Sperisen y Vielman va a desatar más tensiones incluso que el caso de genocidio, porque en el caso de genocidio estaba más generalizada la responsabilidad, pero en este caso, imaginate que a alguien se le ocurriera realmente buscar las líneas concretas de financiamiento…

Se hace un silencio como de luto, como de cansancio anticipado antes de un gran esfuerzo.

—¿Creéis que la justicia en Guatemala algún día le llegue a esos “ellos”?
—Para los hechos de la violencia de la guerra, no —dice Juan Luis Font, que hace una breve pausa, piensa—. Y para otro tipo de hechos, tampoco.

***

—¿Teníais conciencia de hasta qué punto íbais a poner a prueba el sistema? —le pregunto a Elvyn Díaz, el sarcástico exsubsecretario privado de la Fiscal. Nos hemos reunido en un bar de ambiente bohemio. En una sala se expone una instalación de arte conceptual consistente en 200 cuchillos colgados del techo y en la de al lado te sirven gintónics, papas con tocino y croquetas de queso. Dice que deja el MP satisfecho de lo logrado, optimista, pero destila amargura en sus comentarios. No le ha gustado perder la batalla. Cree en el fondo que Claudia y los que estaban con ella no se merecían el golpe.

—Creo que no. Al menos yo no. Pero no evaluamos bien los actores que rodeaban el sistema. Olvidamos que ahí estaba la Corte de Constitucionalidad… y ya vimos de qué están hechos.

Me cuenta que le preocupa el desánimo que se ha contagiado a la mayoría de organizaciones de Derechos Humanos. Cree que él y el resto de la gente de Paz y Paz deben hablar con ellas, explicarles lo que se ha logrado, los precedentes que se han sentado en cuanto a procedimientos, transparencia, casos resueltos. Quiere decirles que su proyecto de reforma de la Justicia no acaba aquí.

—Si algo hizo bien Claudia es que puso el pecho para todo: para los éxitos y para los fracasos —me explica—. Detrás de Claudia se veía a un equipo, pero ella asumió todas las desgracias administrativas por las que nos podían hacer mierda, todos los antejuicios eran para ella… Fue bien cuidadosa en eso. A los que somos más jóvenes evitó quemarnos, conscientemente, porque sabe que tendremos que sacar la cara en otro momento. Y lo hizo bien.
—Tiene clara una visión de largo plazo.
—Siempre la hemos tenido.

Me dice que él y muchos otros valoran ahora como un error no haber presentado más carta que la de Claudia Paz en el proceso de elección de nuevo Fiscal. Siente que dejaron en manos de otros sectores la Fiscalía por no buscar candidatos alternos, un plan B, sabiendo que la candidatura de Paz y Paz tenía a un ejército en contra.

***

A Claudia Paz y Paz, su último día de trabajo como Fiscal, algunas secretarias y fiscales la despiden en la puerta del Ministerio Público con lágrimas. Afuera la esperan unas 70 personas, entre familiares de víctimas y defensores de Derechos Humanos, que le han hecho una alfombra de flores y agujas de pino para que camine, escalinata abajo, desde la puerta del edificio hasta la calzada en la que aguarda su vehículo. A medida que camina por la alfombra entre aplausos, le van saliendo al encuentro mujeres que la abrazan, le dan una o dos flores y le susurran palabras al oído. Abrazo tras abrazo Claudia, cara redonda, ojos pequeños, se va emocionando más y más hasta perder toda esa cáscara de frialdad de la que se reviste cuando representa el papel de Fiscal General. Ella también llora.

Benjamín Manuel, uno de los directivos de AJR, la asociación de víctimas de la guerra que se querelló contra Ríos Montt y logró sentarlo en el banquillo, asiste a la escena a unos metros de distancia, con el gesto de piedra que tienen mucho hombres de campo. Como si no escondiera emociones. Pequeño, más cerca de los 70 años que de los 60, tiene los zapatos y los bajos de los pantalones llenos de barro después de cuatro horas de viaje desde Baja Verapaz para estar aquí, en silencio, estos precisos minutos del viernes 16 de mayo.

Un paso detrás de Paz y Paz su hermana va recogiendo las flores, que ya forman un enorme ramo. Este día la Fiscal ha buscado el respaldo de su familia. Para ella encabezar el Ministerio Público, y sobre todo dejarlo, no ha sido solo un asunto de trabajo. Como para las personas que están aquí, la gestión de Claudia Paz no se mide solo en estadísticas. Es la mujer que derribó en el sistema de Justicia ciertas barreras simbólicas. Aunque en solo diez días algunas de ellas se levantaran de nuevo.

Paz y Paz llega por fin a su vehículo. Saluda, recibe un último abrazo y se oculta tras los vidrios tintados. El recorrido por la escalinata, unos 25 metros, ha durado más de un cuarto de hora. El vehículo arranca, desaparece. Benjamín se queda donde está, intercambia palabras con algunos conocidos, personas de la asociación, familiares de víctimas, y emprende el regreso a casa.

***

El Palacio de la Cultura es el símbolo del poder político de Guatemala. Está en el parque central y es perpendicular a la Catedral Metropolitana y la oficina de ODHA en la que trabajaron Gerardi y Claudia Paz y en cuyas columnas están tallados los nombres de todas las víctimas, muertos y desaparecidos, recogidos en el REHMI. Hay más de 200 invitados en el salón de las banderas, sentados en hileras de sillas a la espera de que inicie el protocolo. Casi todos son hombres vestidos con traje oscuro. En la octava fila hay una mujer con indumentaria típica Quiché. Es una diputada, me dicen. Suena música de marimba. Un minuto antes de que entren las autoridades llega al salón el expresidente Vinicio Cerezo, que reparte sonrisas y saludos según camina. Himno. Otto Pérez Molina toma juramento a la nueva Fiscal General, Thelma Aldana. Discursos.

La Fiscal habla de la búsqueda de la armonía social, afirma su “inquebrantable compromiso con la independencia del MP” y dice que continuará con las “acciones correctas” que pueda haber tenido su antecesora. Después de ella, el presidente de la República habla del magnífico trabajo que ha hecho Claudia Paz y Paz al frente del Ministerio Público. Insiste tres veces en que siempre respetó la independencia y autonomía de la Fiscal, en que el proceso de elección de la nueva fue transparente, en que es un gran día para la institucionalidad del país.

Paz y Paz solo se levanta de su silla en la mesa principal para abrazar a Aldana y dar la mano al presidente cuando cada uno termina de hablar. Ella también ha traído un discurso de despedida escrito, pero nadie la invita a leerlo.

***

Después del evento me reúno con Paz y Paz en el edificio del MP. Aún le falta cumplir con el trámite administrativo de entregar el despacho a su sucesora. Los estantes están ya vacíos. A la Fiscal saliente la acompaña, hoy también, parte de su familia. Han pasado cuatro meses desde nuestra anterior cita y espero encontrarla despojada de los corsés del cargo, más relajada y dispuesta a opinar libremente, sobre todo después de la catarsis emocional de ayer en la escalinata.

Pero no.

Con una sonrisa constante, con diplomacia, Claudia Paz esquiva cada una de mis invitaciones a que dimensione el año que ha pasado desde la sentencia contra Ríos Montt, y las evidencias de que los sectores que forzaron la repetición del juicio siguen en pie de lucha. Le hablo del punto resolutivo del Congreso y del intento por inhabilitar a Yassmín Barrios, que podría ser considerado una amenaza a quien deba presidir el segundo juicio. Ella se mantiene en el plano de la valoración jurídica y califica de “sorprendente” lo primero y de “sumamente delicado” el ataque a Barrios. La sanción del Colegio de Abogados a la jueza le parece una aberración jurídica.

—Si el día de mañana la Corte Suprema emite una sentencia que no le guste a este grupo de abogados, ¿igual le podrían poner una sanción y pretender que dejaran de ser magistrados de la Suprema? —dice.

Es especialmente lacónica al hablar de su caso, de su destitución tácita. Oculta su enfado.

—¿Claudia, qué hizo para enojar a toda esta gente?
—En todos estos años el Ministerio Público hizo su trabajo. Es un proceso. Algunas personas sentirán que las sentencias protegen sus intereses y otras que no.
—Parece que quienes se sienten afectados tienen mucho poder en este país.
—Yo creo que por primera vez sí se juzgó a sectores, a personas, con poder.
—¿Cree que a esos sectores les ofendieron más los casos contra políticos corruptos o el juicio a Ríos Montt?
—Sin duda los grupos afines a Ríos Montt y a Rodríguez Sánchez hicieron un trabajo público para que se escuchara más su voz que la de las víctimas… Y hubo una reacción política en mi contra, está claro. Se han presentado más antejuicios contra mí en estos cuatro meses que en los tres años anteriores.
—Y finalmente no la reeligieron.
—La ley obligaba a los comisionados a puntuar los valores académicos, éticos, profesionales de los candidatos, pero de ahí ellos podían levantar la mano o no para seleccionarte. ¿Cuáles son las razones por las que no levantaron la mano en mi caso? No te lo puedo decir, no lo sé.
—¿Cree que el presidente de la república tuvo que ver en eso?
—El presidente siempre respetó la autonomía del Ministerio Público.

En nuestra entrevista de enero, Paz y Paz dijo que sostener las transformaciones en el MP dependería de que, tras su marcha, llegara una persona comprometida con el Estado de Derecho. Decía que lo importante es que a su sucesor o sucesora la eligieran por méritos. Thelma Aldana es, en ese sentido, una figura confusa, con luces y sombras en su pasado. En 2009 era una de los candidatos a la Corte Suprema a los que la CICIG acusó de estar controlados por el rey el tenis. Las críticas de Castresana contra ella fueron durísimas en aquel momento: “Aun cuando (…) la tabla de gradación tiene como objetivo seleccionar candidatos con un alto perfil, en el caso de la magistrada llama la atención la calificación que obtuvo en los siguientes rubros. Méritos de proyección humana: CERO en Participación en organizaciones y asociaciones civiles, CERO en Defensa del Estado de Derecho, CERO en Pro Derechos Humanos, CERO en Defensa y Promoción de Multiculturalidad…”

Aun así obtuvo la magistratura y en sus cuatro años en la Corte Suprema no recibió malas críticas. Claudia Paz pide darle el beneficio de la duda:

—Hay que esperar. Ella ejerció el cargo de presidenta de la Corte Suprema e hizo un trabajo muy importante a favor de las mujeres víctimas de violencia. Hay que esperar.

En un intento por que evite respuestas protocolarias, le recuerdo a Paz y Paz que ya puede decir lo que piensa porque ha dejado de ser Fiscal General. “Lo soy hasta las 4 de la tarde”, me responde con una sonrisa. “Entonces denos esta entrevista a las 5”, bromeo.

Ella encaja la burla pero no cede. El único momento en que logro romper su coraza es cuando destaco que hace dos días, 48 horas antes de irse del MP, logró la captura de Jairo Orellana Morales, un poderoso capo local de la región de Zacapa, especializado en dar tumbes de droga y vinculado, según informes de Estados Unidos, a los Zetas. Ahí sí, Claudia Paz sonríe de oreja a oreja, el rostro se le estira hasta casi cerrarle los ojos y se suelta a comentar el caso. El resto del tiempo responde con extraordinaria prudencia.

—¿La justicia aún hay que hacerla en Guatemala midiendo las consecuencias políticas de cada paso?
—La justicia hay que hacerla porque es lo que manda la ley y porque es lo que reclaman las víctimas.

Que salga del Ministerio Público no significa que Paz y Paz esté abandonando el tablero. Planea regresar a la academia, dar clases en una universidad en Washington, incidir desde allí, tal vez volver algún día. Por eso mantiene la cautela al hablar. Y no son sus únicas precauciones.

No lo sabré hasta dentro de dos semanas, pero Claudia Paz va a abandonar el país en avión esta misma noche. Ella y su equipo saben que, una vez despojada del fuero, las solicitudes de antejuicio contra ella se han convertido en denuncias, y temen acciones legales en su contra. Les han llegado, incluso, fuertes rumores de que las autoridades pretenden detenerla mañana domingo o el lunes. Sería un escándalo pero no están dispuestos a asumir el riesgo. Una vez fuera del cargo, la Fiscal General que logró condenar a Efraín Ríos Montt no se va a quedar en Guatemala ni cinco horas.

***

El vehículo se deshace por fin del tráfico de la capital y toma camino hacia el nororiente del país, hacia Nebaj. Son casi las diez de la mañana. Hoy 30 de junio es en Guatemala el día del Ejército, que antes se celebraba con una parada militar en las principales avenidas de la ciudad. Antes. En 2008 el Gobierno se rindió a la presión de las organizaciones de hijos de muertos y desaparecidos, que boicoteaban los desfiles e hicieron del 30 el día de memoria. Ahora los actos militares solo se celebran en los cuarteles y las calles del centro están llenas de murales e interminables mosaicos de fotos de desaparecidos, que permanecen en las paredes todo el año, todo el tiempo. En un muro de la Zona 1 alguien ha graffiteado: “Memoria, territorio en disputa”.

Hace un mes, el 10 de mayo, se cumplió un año desde la sentencia por genocidio. Pese a la anulación, tanto en la capital como en algunas aldeas del Quiché se conmemoró el día. En Chajul, uno de los tres municipios del departamento del Quiché que, con Nebaj y Cotzal, configuran el área Ixil, se reunieron algunos centenares de personas de toda la región para comer, dar testimonios y honrar con flores el día. Si antes se fingía que hay una sola Guatemala, desde la sentencia es más evidente que nunca que existen, en el debate sobre la historia y la justicia, al menos dos.

A los lados de la carretera los pueblos ocupan por unas horas el paisaje que antes era urbano pero terminan desapareciendo para dejar ver solo campo y bosques. Al timón está Allen González, que a finales de los 70 trabajó en Cáritas diocesana en Santa Cruz del Quiché junto al obispo Juan Gerardi. Tuvo que dejar la región cuando Gerardi, acorralado por las muertes de parroquianos y sacerdotes y tras escapar de dos atentados en su contra, decidió cerrar la diócesis. No solo irse él sino cerrar la diócesis. Allen creó en los 80 la Iglesia Guatemalteca en el Exilio y terminó regresando a finales de los 90 para trabajar en proyectos productivos con comunidades ixiles.

Es pesimista sobre el futuro. Toma la salida de Claudia Paz como un mensaje de que vienen tiempos malos para quienes exigen justicia por los crímenes de la guerra. Aun así, dice que el juicio sirvió para demostrar que no es la gente de las comunidades, de las aldeas indígenas, la que rehúye a la justicia, sino que es el mismo poder que elaboró las leyes el que las esquiva cuando la justicia no es esa que se fabricaron a medida.

—Este es un camino largo, que apenas está comenzando —dice.

Atravesamos el cantón Santabal. Allen me cuenta que a un par de kilómetros de la carretera hay dos pequeñas comunidades en las que ha llegado a contar más de 80 viudas de desaparecidos o asesinados en los años 80. Un poco más allá, me señala una enorme casona rodeada de muros blancos

—Esa la convirtieron en casa de tortura. En esos días los soldados subían a los buses encapuchados y se llevaban a quien querían para interrogarlo durante días.
—¿Tú crees que va a haber segundo juicio a Ríos Montt?
—No. Yo creo que van a darle largas al asunto hasta que se muera el señor. Van a estar en ese juego interminable que siempre se hace aquí. Además, está esa idea de que llegar a un juicio es dividir el país.
—(…)
—Tiene gracia, fijate. Pareciera que en Guatemala la injusticia une más que la justicia.

Llegamos a Nebaj, el pequeño pueblo que simboliza la represión contra los ixiles. En la plaza central, frente a la iglesia, se hacían los fusilamientos. Aun así, por años acá gobernó el FRG fundado por Ríos Montt y después el Partido Patriota. A esta plaza llegó, durante los días del juicio, Otto Pérez Molina con ropas típicas ixiles, a entregar sacos de comida. La guerra dividió a los ixiles entre quienes se refugiaron en el casco urbano bajo la tutela del Ejército y quienes huyeron a las montañas a malmorir de hambre y pasaron a ser considerados guerrilleros. Veo en un muro tras la iglesia una pintada de la Mara Salvatrucha. Hace unos días supe que Nebaj es el municipio con la tasa de suicidios adolescentes más alta de toda Guatemala. Si el pasado ixil es terrorífico su futuro también es sombrío.

***

Desde que conocí a Gaspar Velasco en 2010 le he escuchado decenas de veces enumerar el nombre de sus tres hijos asesinados durante el periodo de Efraín Ríos Montt: Miguel Velasco Hermoso, Francisco Velasco Hermoso, Juan Velasco Hermoso. En total perdió a nueve familiares, padres, hermanos, hijos, durante la guerra. El Estado de Guatemala, como parte de su política de reconciliación y sus medidas de resarcimiento, le ha compensado por dos de ellos. Es el límite. Puedes arrastrar 10, 20 muertos, pero solo se pagan dos muertos por familia. Cuenta que le dieron 44 mil quetzales, unos seis mil dólares. Los gastó en comprar tierra para cultivar. La otra que alguna vez tuvo la perdió cuando dejó su aldea, Bijolóm, huyendo del ejército.

También la casa en la que nos recibe la ha levantado en los últimos años con bloques de hormigón y láminas de aluminio entregadas por el Gobierno. A aquellos a quienes el ejército les quemó la casa en los 80 el Estado les ha dado materiales para construirse una casita de suelo de tierra y techo delgado, como las que se apelotonan en las zonas marginales de cualquier ciudad centroamericana.

El caserío La Libertad, 25 kilómetros al norte de Nebaj, era hace cuatro años todo de madera. Ahora está lleno de esas casas de bloque, aunque los más jóvenes, los que hace treinta años eran demasiado niños como para perder una casa propia y no han recibido ayuda del Estado, siguen viviendo entre tablones. Hablo de los jóvenes que se quedaron. En el centro de la comunidad hay una cuadrilla de obreros en un foso, levantando cimientos para la que será por mucho la casa más grande y moderna de La Libertad, de dos pisos y con instalación eléctrica completa. Es de una familia cuya hija migró a Estados Unidos.

Gaspar es un viejo bromista y de risa desdentada. Es de los pocos que habla español en la Libertad. Fue directivo de AJR pero poco antes del juicio delegó en otro vecino. Aun así, fue a testificar contra Ríos Montt y pasó semanas asistiendo día tras día a las audiencias. El día de la sentencia le vi sonreír por horas sin euforias, como quien ve un trabajo bien hecho. No había tenido oportunidad de hablar con él desde aquel día.

—¿Se sienten ustedes derrotados porque se anuló el juicio?
—¿Cómo vamos a estar débiles si pasamos lo que pasamos y sufrimos? Ellos tienen dinero y saben que nosotros somos pobres. Eso ha pasado. Pero todos los internacionales ya conocen los hechos. Todo el mundo sabe lo que Ríos Montt hizo. ¿Cómo vamos a estar débiles si ya fuimos dos veces al tribunal?

A veces es como irreal hablar con las víctimas que mantienen en pie la causa por genocidio. No hay en ellas resquicio para la derrota. Es como si midieran el éxito y sus plazos en un baremo distinto. En “Guatemala las líneas de su mano” Luis Cardoza y Aragón escribió que para los indígenas mayas el tiempo no existe. En el camino, Allen me ha dicho que la clave para entender a los ixiles es que no viven en ellos mismos sino en la comunidad, y por tanto su meta es el futuro de la comunidad, no el propio. Supongo que eso alimenta a un Gaspar que se muestra incombustible a sus 70 años.

—Siempre hay personas. Se desaniman. Pero no todos —dice Gaspar—. Los que damos testimonio sabemos que llegará el momento en que cambiemos la ley, en que cambiemos Guatemala. Porque aunque me quiten la vida esto no es para mí, es para Guatemala.
—¿Y qué dicen los jóvenes ixiles?
—Antes decían “no sabemos qué fue guerra, no sabemos qué pasó”. Pero ahora están sabiendo porque hay un libro de la sentencia. Eso ha servido. Los jóvenes saben ahora que no les mentíamos cuando les contamos qué pasó.

Gaspar me asegura que si se repite el juicio volverá a ir a testificar. A un lado suyo de pie, está Tomás Raimundo, que también dio su testimonio ante Yassmín Barrios. Al otro, como un Quijote flaco y oscuro, se para Francisco Matom. Solo habla ixil, pero con la ayuda de alguien más una vez me contó cómo vio arder el cadáver de su hermano en 1983, a la orilla de un camino. Como la mayoría de vecinos vive de sus cultivos y no falta nunca a una reunión en la que se hable del juicio, de movilizarse contra la explotación minera en la zona o de reparar la fuente. Le conozco como un hombre de ideas punzantes, de pocos rodeos:

—Ahora todos saben qué pasó —ha dicho—. Ahora hasta nuestros niños saben qué pasó. Y lo que pasó no se puede anular.
—Entonces —le pregunto de nuevo a don Gaspar—, ¿el juicio sirvió aunque lo anularan?
—¡Ay dios! El libro regó la verdad por toda Guatemala, no solo en Huehuetenango, no solo en el Quiché. Ya todo el mundo sabe cómo ocurrió todo, cómo fue el genocidio.
—¿Y si Ríos Montt muere antes de que lo condenen?
—Si muere sin el juicio, el mundo ya sabe lo que pasó y toda Guatemala deberá sentirse condenada.

Francisco usa otras palabras para expresar lo que queda, lo que ya nadie, aunque en ciudad de Guatemala se termine por archivar un proceso judicial, se destituya a una jueza o se sustituya a una Fiscal General, puede cambiar. Ajeno a los pulsos de poder, a los miedos de las élites a perder el control del país, Francisco se recuesta en la pared y emite su propia sentencia:

—Que yo me muera o Ríos Montt se muera ya no importa, porque está su familia, y está su historia, y está su conciencia.

Detrás de la puerta cerrada está Laura Bozzo. Tiene un vestido de noche color rosa, las piernas descubiertas y zapatos dorados que brillan y se adhieren al piso con suave contundencia. Sonríe a la cámara en cuclillas. Más tarde, cuando ella observe la fotografía en una pantalla, dirá que se ve muy puta y descartará la toma («ésa no es mi imagen»), pero ahora ella es pura felicidad. Tiene un reloj de oro que resplandece por efecto de los reflectores. No se sabe si el reloj da la hora correcta pero, visto de lejos, es un bonito símbolo del tiempo, aunque también podría leerse como un recordatorio de que la estrella de televisión lleva dos años encerrada y, por lo tanto, la manecilla corta ha dado unas 17,500 vueltas desde que la detuvieron. Laura Bozzo siempre ha vivido en una burbuja que otros vigilan, pero el encierro físico pertenece a una dimensión para la que nadie está preparado. He llegado a verla a su estudio de grabación donde vive en arresto domiciliario, esa suerte de cárcel desde donde se transmite su reality show por la cadena Telemundo. Está encerrada aquí acusada de recibir tres millones de dólares de Vladimiro Montesinos, el mafioso hombre de inteligencia del ex presidente Alberto Fujimori. Estoy en la sala principal. Arriba, dominándolo todo, un letrero que dice Laura con letras doradas es un primer símbolo del imperio. Debajo del letrero, jugando con la laptop del escritorio, está Christian Suárez, el novio argentino de la diva: nariz larga, redondos ojos marrones y una expresión general de buena gente. Laura tiene cincuenta y tres, y Christian tiene veintiocho, aunque en la foto de la pareja que está junto a la computadora portátil una extraña conjunción de artificios visuales hace que se vean de la misma edad.

Laura Bozzo se mueve y sus largas extremidades se ven sueltas, elásticas, ágiles: parecen formar parte de un itinerante aparato de propaganda muscular que tiene por objetivo convencerte de que, pese al encierro, a Laura la vida no la abruma, y que camina ligera porque no tiene culpas que cargar. Luce delgada, regia. Han pasado tres años desde que se hizo la operación de aumento de busto y glúteos, y muchos más desde que se mandó a desaparecer aquel lunar de carne que refulgía, imprudente, al lado de su boca en sus primeras apariciones televisivas. Ahora saluda efusivamente al fotógrafo, un profesional fashion que suele retratar a las modelos más perfectas del Perú. En la sala contigua, hay un apretado gimnasio en donde resalta un aparato que sirve para engrosarle las piernas. Lo usa tres veces por semana, de cuatro a seis de la tarde, bajo las instrucciones de un personal trainer. Laura Bozzo cuida mucho su figura. No llega a los extremos de cuando tenía veinte años, tiempos de anorexia en que sólo comía una manzana al día, pero la sigue cuidando con dedicación. Todos los días bebe las claras de veinticinco huevos crudos. «Me ha cambiado la masa muscular», dice.

Nada de eso debería causar asombro. Verse bien es parte de su trabajo, y Laura Bozzo es, ante todo, una profesional. Hay energía en sus ojos cuando comenta lo que ha hecho para conseguir la figura que tiene. Vigor, método, tenacidad. «Si comes harina, cómela con verduras. No mezcles nunca proteína con carbohidratos, ni con dulces. La proteína en la noche hace que tu organismo queme la grasa. Cuando no comes proteína en la noche, en cambio, la grasa aumenta. La gente cree que comiendo fruta en la noche va a adelgazar y mentira: el cuerpo genera más grasa porque siente que le falta». Imagino a Laura Bozzo mientras duerme plácidamente y alguna especie de fuego interior lucha contra ciertas células. Cuando la detuvieron, en julio del 2002, y empezó el arresto domiciliario, ella mandó a colocar un colchón en el piso para dormir. Creía que la orden judicial iba a ser temporal. Al cabo de ocho meses, su novio la convenció de traer una cama. A veces, cuenta, tiene pesadillas con los casos de su programa. También suele soñar con el mar. Ha dormido más de 700 noches aquí.

***

Es media tarde del día 724 de cárcel televisiva. Laura Bozzo está mansa y silenciosa en medio de su set. No lleva zapatos, está echada y rendida sobre una alfombra, y tiene su mano entrelazada con la de su novio Christian Suárez. Ha dejado de ser peligrosa. Las tribunas de madera que corresponden a su público están vacías, y en vez de cámaras hay obreros en cuyos cascos de protección se lee una L que los identifica, y que está repetida en la pared central. Nadie grita. Nadie llora. Nadie dice yo no fui, señorita Laura, esa plegaria recurrente que se ha trasladado al imaginario cotidiano de venezolanos, colombianos, portorriqueños, mexicanos: una de esas cosas que algunos recuerdan cuando no hay nada que hacer, como cualquier tic del Chavo del Ocho. Una periodista venezolana que no se pierde un programa de Laura me dijo que cuando alguien de su grupo de amigos en Caracas llega tarde, los otros se voltean, alzan los brazos y dicen: «Que pase el desgraciado», imitando la furiosa pantomima de la conductora. También me narró de memoria un programa en que una viejita se entera de que su nieta era una pepera. Mi amiga no sabía qué quería decir pepera, pero gracias al show lo supo: una muchacha atractiva que roba a los hombres poniéndoles un somnífero (pepa: pastilla) en el vaso. Una cámara oculta mostraba a la nieta en acción en un local nocturno. Abuela y niña peleaban en el set, y más tarde irrumpía súbitamente el sujeto que había sido víctima de las pastillas. «Me encanta la música que ponen cuando entra él. Es magnífica», me dijo la venezolana.

Pero nada de eso ocurre ahora en el estudio de Laura Bozzo. Sólo hay un ruido de taladros en el plató por el que Telemundo dice haber gastado dos millones de dólares. La Bozzo está relajada mirando arriba, y su entrecejo es una planicie blanda que no pronostica tormentas. Su sonrisa, amplia, es una superposición de lecciones aprendidas e implantes. Recibe el flash del fotógrafo con la misma disposición con la que recibiría las olas del mar en la cara. Flujo continuo de bienestar. Es sábado. Vuelvo a la sala y veo que Christian Suárez pone en la laptop su nuevo disco, producido en Argentina por José La Mona Jiménez, una máquina de hacer discos considerado el cordobés más famoso del mundo. Play. «Abusaste de la vida / abusaste de esa niña / tu sed saciabas a oscuras». El novio dice que la canción está basada en casos reales de violación que aparecen en los periódicos. Cambia a otro tema. «Y si te fui infiel, me olvidé quién era / y si he sido infiel, me olvidé de ella». La música es fuerte, pegajosa. Luego viene un homenaje: «Se siente, se siente / Laura está presente / Se siente, se siente / se siente su amor / protege a los pobres y a los desamparados». Pero el clímax del disco es maravilloso. El novio ha tomado grabaciones de la voz de Laura Bozzo en pleno programa y les ha agregado una orquesta, y un coro musical que canta parodiando a los panelistas y al público. «Señorita Laura / Señorita Laura», dice el coro antes de pasar al enardecido «Como un perro, ¡fuera! / Como un perro, ¡fuera!», ese grito final que la animadora lanza después de emitir su veredicto contra un miserable (un hombre, siempre) que entonces debe largarse. En el disco, la voz de la conductora suena como un instrumento musical maligno, sí, pero que encaja gloriosamente. «¿Quién es el padre de esa criatura?, a ver habla, pues. ¡Habla!». También se escucha el llanto de una panelista. Todo sobre un ritmo festivo que no se detiene.

Christian Suárez es un cantante pop de la bailanta argentina que llegó de Buenos Aires a Lima en 1999, cuando una fiebre de intérpretes lampiños –conocidos aquí como chicheros– alborotaba adolescentes y desafinaba el dial. Su grupo se llamaba Complot. Un día, fueron invitados a una edición especial de LAURA EN AMÉRICA, que por entonces era el programa top de la televisión peruana. «Noté que nadie le hablaba y me acerqué», evoca Christian. Unas semanas después, la conductora y el cantante montaron un sketch musical humorístico disfrazados de Olivia Newton-John y John Travolta en GREASE. Semanas más tarde, salieron de Batman y Gatúbela. Cumplen años en la misma fecha. «Como Michael Douglas y Catherine Zeta Jones», dice Laura Bozzo, súbitamente incorporada a la escena. Cálculo rápido: el mismo día de invierno en que Christian cumpla treinta y cinco años, Laura cumplirá sesenta. Será viernes.

En cambio, el cumpleaños cincuenta y dos cayó sábado y fue maravilloso. El cantante Ricardo Montaner arribó hasta el estudio en vuelo directo desde Venezuela. Montaner también solía encallar su yate en la casa que la Bozzo tiene en Miami, a unos cuatro mil kilómetros de distancia del estudio donde ahora está reclusa, y en el que ya ha consumido unas 17,500 horas/mujer de su hasta entonces libérrima existencia. No es para reírse. Antes de dejarte llevar por el bizarro goce estético de ver a una estrella de televisión encerrada, detente: piensa en los dos últimos años de tu vida. Rebobina veinticuatro meses y aprieta play. Ahora imagina todo ese tiempo en una locación única. Sin salir. Laura insiste en decir que ella vive feliz porque su conciencia está tranquila y que su reclusión es un alimento para el espíritu. Sin embargo, por momentos, se le escapan ráfagas de desesperación: «¡Estoy acá jodida mientras todos los ladrones de la mafia de Montesinos están en la calle!», clama. Christian asiente. Siempre asiente. «Da bronca saber que no podés de repente salir a la calle, porque si salís empiezan a especular si la dejé o no la dejé. Eso psicológicamente a ella la afecta». No da detalles de tales lesiones psicológicas. Puede que tenga algo que ver con las visitas que le hace Fernando Maestre, un famoso psicoanalista de la radio. La Bozzo vuelve a sonreír altivamente como volteando la página. Siempre decide cuándo hay que voltear la página. Ambos están comiendo juntos, y me percato de un detalle: desde donde está sentada, a Laura Bozzo le basta ponerse de pie, caminar dos metros, abrir la puerta, bajar cinco escalones y allí está: su estudio de grabación, la ventana por la que ingresa a millones de hogares, como un consuelo al hecho de que en la vida real no pueda salir del suyo.

El ruido de taladros no cesa. Ver el set de Laura Bozzo sin gente es como ver un coliseo sin leones. Es una quietud honda, alimentada por la melancólica geometría de las cosas inútiles. Ella, sin embargo, parece sentirse muy bien acostada, tomándose fotos. «Es su altar», había especulado Cecilia Cebreros, productora de su programa entre 1995 y 1999. A Cebreros se le iluminó la cara cuando le hablé del set de televisión, cuando le dije que, así como antes, la conductora se presenta ante cámaras bajando de una enorme escalera. «Laura baja con su tremendo tamaño, un metro setenta y cinco que se convierten en un metro ochenta con tacos, y se para frente a sus humildes panelistas, quienes, por supuesto, están sentados. Esa disposición no es gratuita. Eso le da poder. Es Dios. La idea es ésta: yo bajo y te digo a ti que no sabes ni mierda, te condeno». Laura Bozzo sigue posando para las fotos en el estudio. La pegajosa canción de Christian continúa sonando en mi cabeza.

—Como un perro, ¡fuera!, ¡fuera! Como un perro, ¡fueeeeera!

De pronto un gran danés negro entra en el estudio por uno de los pasadizos destinados a la presentación de los «casos», imitando la irrupción en escena de un panelista. Es un perro negro y se llama Blacky. Los obreros, que han visto más de una vez el programa, se ríen del fortuito juego semiótico. Veo a Blacky entrando al set con la lengua rosada afuera, perrunamente despreocupado, y pienso: él no sabe que su dueña llama perros a los hombres abusivos, a los violadores, a los padres en fuga. Pero conoce algo más valioso: la libertad. Lo he visto una mañana en el parque enorme que está a dos manzanas de la casa-encierro. A un hombre le pagan por llevarlo hasta allá. Cuando los vi, ambos la pasaban bien sobre el césped. Lejos, en el estudio de TV, comenzaba el día 641.

***

En la oficina del primer piso, donde a veces me toca esperarla, hay dos hombres. Uno tiene bigotes y juega Solitario en la computadora. El otro es un tipo moreno, de escaso cabello, patillas, y una morfología craneana similar a la de un foco de luz. Se dedica a comer choclo. Lo veo luchando con la coronta y su rostro se me hace familiar. Se llama Hugo Vente. Ha sido el chofer de Laura Bozzo durante más de diez años, y ahora ha tenido que reemplazar ese trabajo imposible por el de guardia de seguridad. Echa la coronta rapada al tacho de basura y pienso en lo que alguien me ha dicho: este hombre podría escribir un libro y hacerse millonario. Vente es el leal servidor que ha convertido su humanidad en una extensión psicomotriz del sistema nervioso de su jefa. Cuántas veces aceleró. Cuántas veces frenó de golpe para socorrer a un indigente que se pegó al vidrio del vehículo. No es falsa la leyenda de una Laura Bozzo recogiendo a desahuciadas almas en pena. En 1998, en pleno apogeo de su programa en América TV, creó la ONG Solidaridad Familia, una institución dedicada en principio a atender casos de mujeres maltratadas, pero que pronto, por iniciativa de la conductora, empezó a recibir otra clase de visitantes. «Laura era capaz de recoger de la calle a una mujer que apestaba por las heridas», afirma una psicóloga que trabajó en esa institución. El local de la ONG funcionaba en el edificio donde se grababa el programa. La psicóloga recuerda: «Estábamos trabajando y, de pronto, llamaban de seguridad diciendo “Laura tiene un caso”. Bajábamos como locos, porque, si te demorabas, podía putearte. Y allá abajo estaban ella, el chofer y el caso. “No te preocupes, ellos te van a atender”, decía Laura, y juah, nos lo dejaba».

—¿Y qué pasaba después?
—Se iba, se olvidaba del tema. Buscaba a su maquillador, su teléfono, su guión, y ya. Nosotros teníamos que resolverlo.

Laura Bozzo es una máquina de prometer cosas. Trabajar con alguien así es saber que vives rodeado de diminutas bombas de tiempo. Su actual productor, el venezolano Miguel Ferro, lo confirma de algún modo. «Es increíble ver cómo es Laura con el dinero. Es un desastre. Algo puede costar cien dólares, y si lo necesita el niñito ¡hay que buscarlo pues!», dice, con calculado orgullo promocional, haciendo énfasis en el lado humano de la animadora. En cambio, los profesionales de Solidaridad Familia de la época del gobierno de Fujimori no hacen énfasis en el lado humano, y prefieren recordar los hábitos demagógico-compulsivos de su jefa. «Ella siempre dijo yo te soluciono, yo me encargo, yo lo hago. Yo, yo, yo. Tratamos de combatir eso, pero ella no entendía», dice la psicóloga. Una vez, llegó una señora con un hijo que tenía el rostro desfigurado por quemaduras. «Ofrezco tratamiento para este niño», dijo Laura en su programa. Como Solidaridad Familia no tenía recursos, la estrategia del equipo era canjear tratamientos por publicidad con hospitales y laboratorios, aprovechando la popularidad del programa. El Hospital del Niño operó al menor. A los seis meses, su madre volvió. La piel de su hijo había crecido, así que había que operar de nuevo. No había dinero, pero la mujer dijo algo que muy pronto se volvería una queja recurrente: «La doctora Laura me lo prometió». Tuberculosos. Sidosos. Pacientes en espera de un órgano vital.

—La gente empezó a pedirnos cosas en las que no podíamos ayudarles. Decían: necesito sangre para mi mamá. Necesito un ojo. Una pierna. Las colas eran largas.

Antes de subir nuevamente al segundo piso de la casa-estudio-cárcel, observo al señor Vente una vez más. Cuánta información en reposo. En 1995, cuando Laura Bozzo aún no era famosa, el auto en que Hugo Vente la llevaba a ella y a su hija atropelló a una niña de seis años. Según la manifestación policial de la madre de la atropellada, Laura Bozzo dijo, ya en el hospital: «Por tu culpa, mi hija ha sufrido un estado de shock. ¿Quién la manda a tu hija a que se cruce?». La niña murió. Sobre esto, la animadora sólo contesta: «Ése es un asunto de mi chofer; no mío». Según otra ex productora de Laura Bozzo, la diva solía telefonear a la esposa de Vente para gritarle cuando él no aparecía. Quizás por solidaridad, todos recuerdan con cariño a Vente, un tipo simple, de pueblo, leal hasta los bigotes para con su jefa, aunque no ajeno a travesuras mínimas y extravagantes. Se necesitarán estudios posteriores para saber si es posible trabajar mucho tiempo con Laura Bozzo sin sufrir trastornos. Según personas del equipo de producción de ese entonces, Vente perpetraba una fechoría recurrente. Le gustaba acercarse a alguno de ellos y preguntarle: ¿Sabes cuántos años tiene la doctora?, ¿cuántos te ha dicho que tiene, ah? ¿Quieres saber? ¿Sí? Y dicen que en un clímax de suspenso casi televisivo, el chofer-guardaespaldas mostraba ese tesoro bidimensional que era la cúspide de su aventura: el documento de identidad de la jefa. Laura Cecilia Bozzo Rotondo. Fecha de nacimiento: 19 de agosto de 1951.

—Nací Leo con ascendente Leo. Siempre fui muy jodida.

***

Hay niños a los que les enseñan el valor de las cosas. Todo cuesta, nada es infinito, lo que haces siempre rebota en alguien, tus padres no serán eternos. Laura Bozzo no pertenece a ese montón. Cuando iba a visitar a su abuelo –recuerda– le quitaba la billetera y se iba corriendo a encerrarse en el baño. «Agárrame si puedes», decía. Vaciaba todo. Dice que jamás ha visto a otra niña manejando tal cantidad de billetes. Era un juego que a su abuelo no debía importarle mucho pues, en el momento de ir a las tiendas de ropa, le decía que se comprara todo lo que quisiera. Todo. «Mi cabecita no tenía límites», dice ahora entre las paredes de su encierro. Sospecho que dice eso porque le gusta que la vean así, que se la imaginen así. Es una confirmación del mayor capital que posee: Laura no actúa. Es la misma mujer sin escrúpulos que ven en la pantalla. «Siempre fui la misma loca de mierda», afirma. Lo que no hace explícito es que siempre hubo alguien listo para pagar los platos rotos, alguien dispuesto a apagar sus incendios.

Su mejor amiga de infancia la define como una mujer generosa. A Cecilia Merino se le viene a la mente la imagen de Laura administrando el quiosco del Sophianum, un colegio de monjas para niñas-bien. Dice que Laura Bozzo tenía una obsesión por demostrar que ella podía hacer algo distinto: no podía ser una administradora cualquiera. Les ofrecía más chocolates, más dulces. ¿Quieres uno? Toma dos. Toma tres. Toma. Toma. Toma. Por supuesto, el resultado era un descalabro financiero. A fin de mes, la madre de la niña Laura se encargaba de cubrir el déficit. En otra ocasión, la futura animadora se fue en yate con Merino y otras amigas. Manejó a toda velocidad por la costa de Ancón hasta embestir el yate donde se encontraba el presidente de la república Juan Velasco: cholo, nacionalista, organizador de una reforma agraria. «Todos lo odiábamos», dice hoy la animadora a modo de explicación. Su madre llegó a la comisaría para solucionar el problema. Sus nombres aparecieron en un periódico. Quedó terminantemente prohibido que se vendiera gasolina a la niña Laura.

Pido a Cecilia Merino un episodio que para ella grafique la ternura de su amiga. Se pone a pensar un rato y recuerda el día de su matrimonio. Laura Bozzo, invitada de honor, agarró al flamante esposo de la cabeza y le dijo:

—Como no la hagas feliz, yo te mato.

Un álbum de fotos en blanco y negro registra esos días de inocencia. En la primera imagen, Laura luce tranquila sentada al borde del mueble, dispuesta a tomar su primer pisco sour. Tiene quince años. Hay algo enigmático en su mirada, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba en gesto de incipiente soberbia ante la cámara. Sostiene el vaso sin contundencia y es la única del grupo de chicas que no sonríe. Otra: Laura Bozzo carga en sus rodillas a un bebé cachetón que hoy tiene un programa de análisis económico en la televisión por cable. En otra foto, lleva botas negras hasta los muslos, y hace un gesto ladeado que no llega a la coquetería pero que trasciende la timidez, una expresión de esas que te dicen que lo más importante no es el momento congelado, sino lo que vendrá más tarde, dentro de un minuto o después de tres décadas. Los labios se abren ligeramente en un punto minúsculo, como si estuviera soplando algo. Son labios que dicen demasiadas cosas incluso en estado de inmovilidad, labios grandes o agigantados por una sombra perenne en el mentón, el mismo mentón que, décadas después, rellenaría con silicona. En la foto siguiente tiene unos trece años. Está cerca del mar. La brisa despeina un cabello que se acaba de teñir de rubio.

***

La había visto en persona por primera vez algunos meses atrás. Todavía era verano, y yo iba acompañando a un maquillador muy chic que tenía por misión dejarla hermosa. Laura Bozzo estaba frente a su espejo personal, uno de esos espejos rodeados por focos. Había mandado a pedir un abrigo Roberto Cavalli de cuero y se demoraban en traerlo. Gracias a Telemundo, la colección de Cavalli llega a sus manos un mes antes de que salga al mercado. Su novio Christian dice que es un privilegio sólo otorgado a súper estrellas como JLo o Madonna. Aunque Christian dice muchas cosas exageradas («estábamos en una firma de autógrafos en Chicago, se acercó una mujer con un niño autista, y de pronto al ver a Laura, el chico empezó a reaccionar»), un reportaje de THE SUNDAY MAGAZINE TELEGRAPH, de Inglaterra, confirma sus palabras. Ese día, sentada en su silla reclinable, Laura Bozzo empezaba a sufrir los efectos de la impaciencia. «¿Dónde está mi Cavalli de cuero?». En eso llegó una mujer. Laura volteó a mirarla. Fuego. Era la tarde del día 612.

—Mamita, si esto es cuero, mejor te vas tres meses de vacaciones, ¿no?

El carácter de la diva es impredecible. «Sus respuestas podían ser totalmente distintas dependiendo del momento en que le hablabas», recuerda la psicóloga de Solidaridad. Hoy ha pasado todo el día con dolor de muelas. Sólo me recibe cuando termina su sesión con un dentista delivery que vino a curarla. Por eso me habla con el cachete inflado. Carece de maquillaje. Me exige ser rápido. Sobre el escritorio, las lecciones de inglés que una profesora particular le da dos veces al día. Son ejercicios para completar espacios en blanco del tipo You shouldn’t, You must, esos verbos que en inglés sirven para decirle a alguien lo que debe hacer. Se prepara para lanzarse al mercado norteamericano. Sueña con una entrevista a Hillary Clinton. Aunque Laura suele hacer escarnio público de las mujeres humildes que soportan la infidelidad del macho («algo que jamás toleraría»), me dice que con Hillary Clinton actuaría distinto. «Hay mujeres que se regalan a un hombre poderoso para sacarle provecho», acota, repentinamente serena.

—No tiene ningún sentido que ella estalle frente a alguien inteligente. No funciona.

Ilustra su ex productora Cecilia Cebreros. La idea es simple: es muy fácil manipular las emociones de personas sin secundaria completa. La productora de TV no lo dice como una condena, sino como un mea culpa. «Todos los que hemos trabajado con ella nos hemos convertido en pequeñas Lauritas. Es que no ves gente, ves un material de trabajo». Cebreros confirma una vieja leyenda sobre el programa de Laura: en el estudio había duchas especialmente acondicionadas para que los panelistas no olieran mal. A un hombre lo bañaron cinco veces. Recuerda el anatómico problema que representaba conseguirles zapatos. «Es gente que toda su vida ha caminado en sandalias. Su talla no te dice mucho, porque los pies son más anchos de lo normal», dice. Cebreros también admite que ganó dinero con Laura. Dinero y poder. «En la época de Fujimori, yo tenía más poder que varios de los políticos que salían en la televisión». Admite que le bastaba decir que pertenecía a la producción del programa de la Bozzo. Se le abrían muchas puertas.

Laura Bozzo afirma tener ciento cincuenta y dos de coeficiente intelectual. No hay pruebas al respecto. El único indicio, además de su astucia, es su memoria prodigiosa. Lee algo y se lo aprende en minutos. «Es rapidísima, es increíble cómo se aprende todo lo que le dices», recuerda su ex productora. Imagino las lecciones de inglés siendo devoradas sin parpadear. Sigue hablándome de Hillary Clinton, pero de pronto veo que su mirada me abandona para centrarse, artera, en un punto de fuga situado detrás de mí. «Apágala», dice, y entiendo algo: una orden de Laura es como un rayo fulminante que te desarma, un proyectil áspero que no va al cerebro sino a algún escondrijo del sistema nervioso central, algo rápido e incomprensible que hace que mi dedo índice esboce un trayecto de veinte centímetros al aparato, pero con tal velocidad que presiono el botón incorrecto. Laura Bozzo sigue mirando a lo lejos. Alza la voz.

—Claaaro, ¿no? Como a una le están haciendo una entrevista, el chico se va a la calle –dice.

Christian se acerca a paso lento. Llega. Sonríe. Lleva una chaqueta negra y un gorrito blanco. Está impecablemente vestido, como quien se prepara para salir. De su cuello cuelga una cadena gruesa con una pequeña escultura de micrófono plateado. «Me estoy probando la ropa», dice. Laura lo mira: es como una madre severa en un rapto de comprensión. «Sí, ¿no? ¿Boludita soy yo?, ¿no?». Christian se sienta con nosotros. En silencio.

Los comentarios de la prensa que acusan a Christian Suárez de gigoló son maniqueos y fáciles. Sólo Dios sabe si él la ama de verdad, pero es innegable que el dinero no es el único móvil de la relación. Laura Bozzo es, en el sentido cabal del término, una fábrica de sueños. «Ella es como Maradona para mí», dice él, y ésas son palabras fuertes viniendo de un argentino. «Para mí es una fantasía, es como vivir en una burbuja». Dice que como fan siempre sintió tristeza de ver cuán inaccesibles eran sus ídolos: «Siempre hay un guardaespaldas que te dificulta las cosas», observa, y yo pienso en su contextura frágil y su andar de pantera rosa. En cambio, todo es distinto con ella. El jet set de Miami se acerca a Laura Bozzo, la saluda, la mima, le hace pensar que su trabajo es bueno. Ahora Christian abre un álbum de fotos. Es el día de la presentación de los premios Billboard del 2002. Foto con Ricky Martin. Foto con Christian Castro. Con Thalía. Con Marc Anthony. Con la fallecida Celia Cruz. «Nunca se vayan a dormir con una discusión de por medio», le recomendó Celia Cruz a la pareja. Azúcar.

—No es el caso del vivo que se enamoró de la multimillonaria conductora. Cuando la conocí, ella no era lo que es ahora. Hemos crecido juntos.

Dice el novio. Y sí, he visto ternura entre ambos. Un día, él estaba viendo en el cable una película con Meg Ryan. El peinado de la actriz le pareció perfecto. Cogió su cámara digital y capturó una fracción de la película. Imprimió la fotografía y dijo: «Esto quiero lograr con ella». El estilista de turno cogió el papel impreso. Laura Bozzo. Meg Ryan. Laura. Meg. He visto también cómo le canta canciones de amor improvisadas y dulces. «Ella sabe lo que yo soy para ella, y yo sé lo que ella es para mí. No tenemos por qué rendir cuentas a nadie. El día que, que, Dios no lo permita –y no lo va a querer–, pero el día que esto se acabe, ni ella me debe nada a mí ni yo le debo nada a ella, y está todo bien. ¿Entiendes? O sea, nadie se va a reprochar nada», dice Christian Suárez. Laura lo mira impostando confusión.

—¿A qué te refieres? –pregunta.
—No, yo decía… que mañana, hipotéticamente, cuando me vaya…
—A la mierda te vas a ir. A la tumba –interrumpe la Bozzo medio en serio y medio en broma, y suelta una risa de ecos tenebrosos.

Súbitamente, nota que yo también estoy en la mesa. Me mira. Pide disculpas.

***

Pese a las apariencias, Laura Bozzo no guarda rencores. Según Christian, una vez ella le dio una espléndida bofetada a alguien que pasaba por la calle y le dijo chibolera. Es decir, vieja verde. «Le volteó la cara», recuerda. También Laura es capaz de amenazar a una psicóloga de Solidaridad Familia con meterla a la cárcel sólo por un malentendido rutinario. O de pegarle a una monja en el colegio. Pero la ruptura definitiva, la enemistad compulsiva, es algo que no encaja en su perfil. Su lógica me recuerda a la de un dictador africano llamado Omar Bongo, quien dijo una vez que la política del perdón era su mejor venganza (no por casualidad es el tirano más longevo de África). Hace un tiempo, Laura Bozzo marcó el número de Fernando Vivas, el crítico de televisión más influyente del Perú, un hombre que la ha hecho trizas, sistemáticamente, en columnas y reportajes que retratan a la animadora como una explotadora de la miseria humana y el asistencialismo más ruin. Simplemente, cogió el teléfono. «Fernandito», le dijo. «Puedo abrazar a mi peor enemigo, al que me ha hecho cosas horribles», me explica ella. Demasiados periodistas han escrito sobre la naturaleza peligrosa de sus fuertes abrazos.

Pero Laura Bozzo es una buena madre. A pesar de la fama, mima a sus dos hijas con una atención obsesiva. Una psicóloga de Solidaridad Familia recuerda que la Bozzo tenía una asistente personal a la que le pagaba ciento cincuenta dólares mensuales de su bolsillo. Era una mujer que vivía en un barrio pobre de las afueras de Lima. Pero el canal se atrasó dos meses en los pagos del personal. La mujer, desesperada, pidió a Laura un adelanto. Error. «¡No tengo plata!, ¿acaso no sabes que no me han pagado?», le dijo, según la psicóloga. También me dice que no fue eso lo que más le chocó, total, no había plata, sino lo que sucedería minutos después: la conductora sacó de su bolsillo doscientos dólares y se los dio a su chofer para que llevara a sus hijas a un parque de diversiones llamado Daytona Park. Conozco el parque. La pasas de maravilla con veinte dólares. Laura Bozzo dice que prefiere ser amiga de sus hijas, que nunca las juzgaría. Eso sí, durante mucho tiempo las obligó a ver su programa. Es una madre franca, que les habla de la vida frontalmente. Hace unos meses su hija mayor vino a Lima a visitarla. Al ver de cuerpo entero a su madre, le dijo:

—Me traumas, mamá. No puede ser. Tú eres mi mamá, yo tengo que estar mejor que tú. ¡Pero tú estás mejor!
—No jodas, pues hija. No tragues y vas a estar mejor que yo.

Ahora Laura Bozzo come un plato a base de centollo y yo no puedo evitar pensar que esta mujer encerrada siempre tuvo lugares especialmente acondicionados para sentirse libre, para perpetrar todas sus locuras asistidas. De niña tenía el departamento de su abuelo en Ancón –un balneario de la oligarquía de esa época–, donde pasaba casi todo el verano. En invierno se la llevaban todos los fines de semana a San Bartolomé, un lugar campestre en la sierra de Lima donde el día es claro y el cielo azul, un lugar en el que una vez trepó en burro tratando de llegar a la cima del cerro (al final, el burro se detuvo a la mitad y tuvieron que llamar a sus padres). Una constatación climática me asalta: Laura Bozzo nunca tuvo que verse obligada a dejar de ver el sol. Ahora termina de almorzar al final de una gris tarde de julio. Por las ventanas se cuela una luz moribunda, blanquecina y fea, que apenas llega a definir los contornos interiores, como aquel televisor de sesenta pulgadas que descansa al lado del oscuro gimnasio. El televisor está apagado.

1

El último vuelo de La Nica, la línea aérea del dictador Anastasio Somoza Debayle, despega sin problemas. Ahí, con Carmen Marina, su hija de nueve años sobre las piernas, pegado a la ventanilla y con los ojos encharcados, va el compositor Adán Torres, presintiendo que ésta será la última vez que podrá ver la cornisa oriental del Xolotlán. El desdichado lago que en forma de ocho se exhibe extrañamente limpio, pero desolado.

A un lado Marina Moncada, su mujer, con el cutis barnizado por las lágrimas resecas y acurrucando a María Verónica, su otra hija de ocho años, percibe la tristeza de Adán, y desatendiendo la propia, lo consuela: “vamos a volver, vamos a volver algún día”.

Horas antes, en el aeropuerto Las Mercedes de Managua, la pareja creyó que sería imposible salir del infierno en que se había convertido aquel país inevitable.

2

Es la tarde del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve: un día aciago y claroscuro para unos; alegre y luminoso para otros.

La aeronave va repleta de niños, ancianos y mujeres y hombres abatidos. Han sido desplazadas las butacas de la parte final del avión para acomodar a cinco oficiales heridos de la Guardia Nacional de Somoza, que se quejan insonoros; solamente arrugan los rostros mientras soban los vendajes supurantes y llaman sin parar a las azafatas que hacen de enfermeras. Uno de ellos es conocido de Adán desde los tiempos de estudios en el Colegio Bautista.

“La escena era dantesca”, diría su esposa Marina décadas después.

Algunos pasajeros ríen nerviosos, quizás celebrando una segunda oportunidad. Parece un arca donde los ejemplares que perpetuarán la especie tras la hecatombe son salvaguardados.

Adán baja la persiana plástica. Se desinteresa de la panorámica y rememora la persistencia de su mama Carmen; el privilegio de poder decir tengo dos padres; la imagen de un venadito balaceado que desde los quince años le indujo el amor por la cacería; los viajes post terremoto a la casa de su papa Humberto en Estelí; y la alegría de sus alumnos y colegas en el Instituto Tecnológico de Granada.

Evoca las visitas a Marina, las tardes compartidas de matinée y la primera vez que advirtió su perfil blanquecino parecido (pero mejor delineado) al de Jackie Kennedy-Onassis.

También se acuerda de la íngrima noche en California cuando creyó abrazarla, llenarla de besos, de caricias ansiosas y mustias; cuando todo era claro, certero, real y luego, como en un relato fantástico despertó y solo estaba la maldita almohada. Se ve concentrado en la página donde escribió la primera estrofa de una extraña canción sin coro o estribillo que repetir.

Una tonada unidimensional. Ascendente como ola.

Unigénita.
Perfecta.
Su Almohada.

Pero lejos está de augurar que aquella canción ignorada en el Festival OTI Nicaragua 1977, llegaría a ser una de las composiciones imperecederas de la música popular en español, y una de las tonadas más interpretada por artistas como José José, Mark Anthony, Cristian Castro, Tito Nieves, Pepe Aguilar y otros, porque ahora, en el vuelo que lo aleja de su tierra, su mente se enreda en los despropósitos de las últimas horas.

3

Había trasladado a su familia al aeropuerto el día dieciséis por la tarde desde su casa en Piedra Quemada, con las balas silbando sobre su cabeza. Todos, incluso su padre biológico, don Efraín Huezo, que fue con la misión de regresar con el carro a casa, habían viajado aterrorizados.

Llevaba cuatro pasajes que su hermano mayor le había remitido desde Los Ángeles, sin embargo al llegar al aeropuerto, supo que en los pocos vuelos que faltaban ya no quedaban asientos disponibles. En el vestíbulo de la terminal, la escena mostraba rostros ojerosos y suplicantes. Todos buscaban un sitio. Familias enteras se abrazaban entre plegarias y rezos.

Querían huir.

Volar.

Escapar de aquel armagedón.

Agobiado, con su familia guarnecida tras su porte gigante y patriarcal, Adán no pudo perdonarse el haber esperado tanto tiempo para escapar de Nicaragua.

Esa intención, que estuvo guardada en su cabeza desde que un compañero de trabajo lo amenazó de muerte, la había rumiado por meses; pero siempre eludió la idea de trasplantarse en aquella sociedad robótica e impersonal a donde algunos años antes había ido a prepararse.

—No me interesa la guerra, soy un profesor, un técnico, un autor de canciones; un artista que solamente quiere ganarse la comida de su familia -le dijo Adán al sujeto cuando éste le ofreció una metralleta para unirse a la guerrilla.

—Pues entonces burgués baboso, si no la aceptás con ella misma te vamos a pasar la cuenta cuando hayamos  triunfado -lo sentenció el tipo.

Adán sintió miedo. Impotencia. La seguridad de su familia estaba en peligro. La tranquilidad por la que había renunciado a tantas cosas se esfumaba. Todo le parecía absurdo.

El sacrificio que significó estar ausente durante los irrecuperables años núbiles de su mujer; no gozar de los llantos primerizos de las niñas; privarse de los  paseos y cacerías en la floresta segoviana; excluirse de las guitarreadas y tertulias con sus amigos de Los Rockets (su banda de la adolescencia), no habría tenido sentido si aceptaba aquella propuesta idealista.

Tanto le dolió abandonar sus rutinas más íntimas cuando se marchó a estudiar mecánica automotriz al International Technical School de Los Ángeles, que la opción intimidante del desarraigo le había hecho posponer la huida cada vez que lo pensaba. Entonces creyó que la situación iba a mejorar y no fue así: se había equivocado.

4

En el avión, Adán ve ahora lejana e irreal aquella disyuntiva. Y para no pensar más, suaviza sus facciones buscando provocar una tímida sonrisa de su mujer, quien corresponde, pero un segundo nada más, porque enseguida ella vuelca su atención hacia el sosiego de las niñas. Aquel gesto le distrae, pero no puede dejar de rebobinar los recuerdos recientes de cuando su amigo, el chino Jorge Wong, tras reconocerlo en medio de los que pugnaban por un espacio, promete ayudarlo. Aquel hombre, aún influyente, tenía sus “contactos”.

—Déjenme ver que hago por ustedes -le dijo.

Al rato Wong volvió animado:

—Dos sitios, Adán. Sólo dos sitios están disponibles porque unos pasajeros no han podido llegar hasta el aeropuerto por los combates, pero el vuelo será mañana en la tarde y ustedes deberán llevar chineadas a las niñas.

Esa noche se percibió ralenti por el traqueteo de las ráfagas que llegaba desparramado por el viento hasta el interior del edificio como música de un chinamo diabólico; entre tanto, Adán y su familia, acostados todos en el piso, no pegaron pestañas mientras en la madrugada por la puerta trasera Somoza, su amante, y toda la cohorte, escapaban.

5

Un movimiento sugerente de su hija en brazos le interrumpe los recuerdos, mientras la acomoda, busca otra vez la mirada de su esposa, quien ahora no sonríe. Ella lo ve retraída y le dice:

─Pobrecitas, ha sido demasiado.

Las dos niñas habían protagonizado un evento que los pasajeros de aquel vuelo no iban a olvidar por mucho tiempo.

Para sortear el tedio de esperar y esperar la salida del avión, Adán había sacado su vieja guitarra para repasar algunos acordes. Lentamente llamó la atención de la gente en los pasillos y fue cuando Wong le dijo:

─“Caballón”, cantate aquella canción tuya, a la que le robaron el primer lugar en el OTI.

─Ay hermano ─le respondió Adán, condescendiente al escuchar el mote cariñoso con que lo nombraban sus amigos de toda la vida─, hoy no estoy para cantar, mejor que lo hagan mis hijas y yo las voy a acompañar con la guitarra.

Fueron minutos dulces. Tras los primeros punteos las dos vocecitas se elevaron unísonas hasta el techo en volutas flameantes, que Adán imaginó como la escalera del ADN:

«Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda/ Tú duermes conmigo toditas las noches, te quedas callada sin ningún reproche/ Por eso te quiero, por eso te adoro; eres en mi vida todo mi tesoro/ A veces regreso borracho de angustias, te lleno de besos y caricias mustias. . .»

Cuando las pequeñas llegaron al final hubo lágrimas, aplausos y felicitaciones. Y el ambiente graso de aquel galpón que hacía de terminal aérea se aligeró.

Unos periodistas mexicanos que desde cierta distancia habían disfrutado la performance se arrimaron al molote y extrañados, preguntaron a Adán que dónde había comprado el disco.

─Cuál disco -respondió Adán, mientras metía la guitarra en su estuche.

─Señor, esa canción la grabó hace poco José José -contradijo uno de los periodistas.

─Esta canción es mía, yo la compuse, y sí, se la di a José José la última vez que vino a Nicaragua. Pero a pesar de tener su promesa de que la grabaría, nunca pensé que sería tan pronto. Es más ─continuó─ no me hice tantas expectativas.

─Pues felicidades. mano ─dijo otro de los periodistas, incrédulo y burlón─. su rola ya se escucha a nivel internacional y nada menos que interpretada por el gran José José. Vaya a buscar a Chepe para que le dé la lana.

Pronto Adán olvidó la buena noticia que le dieron los corresponsales mexicanos que cubrían la guerra. Sólo ahora, a miles de metros de altura y revolcando los pensamientos, cae en la cuenta de lo que eso significa. Imaginar su Almohada convertida en un éxito musical, afloja el ahogo que le causa dejar para siempre su país, donde asegura, vive “la gente más dulce del mundo”.

Y sigue repasando tantos momentos vividos con esa su gente (que con los años visionaría tan a la deriva como las vidas de él y su familia en el avión) hasta cuando se escucha por el intercomunicador,  la voz gangosa del capitán anunciando el aterrizaje. Los pasajeros se desentumen y desciende la tensión de una jornada intensa y amarga.

Al bajar en el aeropuerto de Miami, agotados, con el aliento avinagrado, y avergonzados por la aún sangrante cicatriz del destierro, Adán y Marina topan con la realidad de sólo doscientos dólares en la bolsa y dos niñas hambrientas. Buscan un hotel barato donde poder descansar, y esperan el día siguiente para viajar a California.

6

Desde aquel viaje han pasado ya más de treinta años, pero en la mente de Adán y Marina, las imágenes, sentimientos, y hasta los olores de aquellos días, aún pinchan sus sentidos.

Cuando conocí a Marina Moncada en una tertulia en Managua no pude aguantarme las ganas de preguntarle si ella era la musa que había inspirado la famosa Almohada.

─Bueno. . . sí. . . pero mejor te voy a poner en contacto con Adán para que él mismo te lo cuente todo. ─Me contestó.

Y es así como ahora estoy en un restaurante Denny’s de un suburbio angelino, desayunando con Marina y Adán, quienes distendidos, igual que si estuvieran con un amigo de siempre, me han ido relatando esta historia.

Cerca de ahí, queda la planta lechera de la cadena de supermercados, donde Adán consiguió empleo a los pocos días de haber llegado. Ese fue su único trabajo en el exilio hasta jubilarse.

En una pausa entre tantos recuerdos mencionan a Jorge Adán, el hijo de veintiocho años nacido en Estados Unidos quien también canta, toca el bajo y compone.

El compositor luce como un abuelo cariñoso y conversador. Con el bigote y los cabellos platinados, a sus casi 67 años se ve fuerte, erguido y sin señas de cansancio.

Mientras habla, respalda lo dicho rayando arabescos invisibles con las aspas de sus brazos. Su oralidad engancha. Me revela que desde joven ha sdo un fanático del diccionario, y que escribió un libro de cuentos y poemas inédito titulado El cazador.

Adán ha regresado a Nicaragua sólo dos veces desde aquel 17 de julio: en 1999 y en el 2001.  En cambio su esposa no supera la lejanía.

Las maneras, acento, y el agradable voceo de esta pareja revelan una nacionalidad a la que extrañan y aún lloran. Sin embargo, por ahora, él no quiere volver. Le deprime la miseria, le arrecha la injusticia, y todavía recela de muchas situaciones de una Nicaragua, según él, incorregible.

Mientras ellos sin prisa, predispuestos por un cómodo retiro gringo me platican sus vidas, llega a mi mente la cadencia inicial del arreglo que Tom Parker confeccionó como traje a la medida, para una pieza que ha sido tema de fondo en la vida de serenateros, bohemios, mariachis, filarmónicos de escuela, melómanos aguardentosos; y mujeres y hombres acabangados.

Con aquella melodía sonando en mi cabeza, compruebo que no era invención urbana la anécdota de un compositor desconocido que de romplón y sin más ni más, le pide a un famoso intérprete que le grabe su canción:

“Fue en 1978 ─narra Adán─, Marina y yo habíamos estado esperando a José José en el Lobby del Hotel Camino Real de Managua. Ya me lo habían negado varias veces pero tuvimos paciencia. Además, un  taxista al servicio del hotel me había dicho: aguantate que más tarde viene. Cuando al fin aparece José Sosa Ortiz, el gran José José, y me ve con la guitarra en la mano, como que le fui simpático; entonces va a mi encuentro y me da un abrazo cariñoso; hacé de cuenta y caso ─me dice Adán poniendo su brazo alrededor de mi hombro representando aquel instante─ que como de amigos. Entonces  ─continúa Adán inspirado─, me dice José José: ¿En qué puedo servirte? Y le respondo que quiero que escuche una canción. Y es cuando él me sorprende diciendo: ¿Y el casete? ¿Trajiste la canción grabada en casete? Pues. . . no, le digo, sólo traje mi guitarra y me apuro a decirle que alguien había recomendado que estaba perfecta para él. ¿Y quién dijo eso? Me pregunta. Allí mismo ─sigue Adán─ aprovecho y le platico que cuando Lupita D’ Alesio fue jurado en el OTI nica del 77 me había prometido hablarle a él de la canción; y entonces José José se pone interesado y me contesta: Mira, mira; no tengo tiempo porque ya será hora de mi actuación de esta noche, pero vente a la habitación y la tocas. Ya en la habitación, ─sigue relatando el compositor─ mientras José se acomoda la corbata y se cambia de saco, le agarra por cantar pedacitos de sus canciones. ¿Verdad Marina que estábamos encantados? ─Le pregunta a su esposa y ella responde: ¡Por supuesto! Vieras como exageraba la pronunciación de las vocales ─me dice─, así ve. . . ─y comienza a imitar al cantante: No dejabas deee miraaar estabas sooola. . . ─cambia de tono─: Yo que fui tormeeenta. . . la, la, la; ─vuelve a modular y canta otra vez─: El triste todos diiicen que soooy”.

Adán se detiene, traga gordo, y sigue narrando:

“Y entonces sentados en la orilla de su cama yo empecé a cantar la canción en tono de sol menor porque en esa tonalidad la compuse. Aunque después él la grabó en la menor. Y José José ni me deja terminar los primeros versos porque me interrumpe: Espérate, espérate, espérate; y se dirige a su manager y compañero de cuarto: ¿Hay casete en limpio en la grabadora? Sí, le dice su compañero, y tras preguntar mi nombre completo y el de la canción echa a andar la grabadora y dice muy formal: La canción Almohada, del señor Adán Torres. Después nos fuimos Marina y yo al Camino de Oriente a celebrar en la discoteca El Infinito. Y cuando volvimos a la casa a medianoche, nos encontramos con la sorpresa de que José José había llamado por teléfono. La canción le había gustado y dejó dicho con mi cuñada que en cuanto nomás volviera a México, la iba a grabar”.

Son dos historias que se cuentan casi de la misma manera. Como ocurren con un año de diferencia, y cambian los nombres, podemos estar seguros de que no es la misma historia contada dos veces. O tres, o diez. Porque también sabemos que se ha repetido antes. La muerte no marca el principio ni el final de ninguna de ellas. La muerte es, en todo caso, un instante entre lo que se desencadena después, y lo que ha pasado antes. Aunque lo que ha pasado antes nunca termine de develarse. Entonces: entre una y otra historia cambian los nombres, las caras, los lugares y las fechas, pero las dos se pueden contar igual. A eso vamos.

Primero, las noticias.

El lunes 23 de septiembre de 2013 los dos matutinos santiagueños, El Liberal y Nuevo Diario, publican la historia de un hombre de 43 años que murió en el Hospital Regional después de descompensarse en la Comisaría Décima. Un texto de oraciones cortas dice que lo habían detenido la mañana anterior, acusado de robar dinero, joyas y dos televisores. El hombre se llama Ramón Vázquez y la historia del diario tiene verbos en potencial y escenas que no quedan claras: se escribe que Vázquez tomó un remís hasta la casa en cuestión, que el chofer esperó a que regresara con el botín. Sin embargo, en los dos diarios dicen que el remisero fue el testigo clave que entregó a Vázquez. El miércoles algunos portales web informan sobre la detención de cuatro policías. Después nadie dice más nada.   El domingo 21 de septiembre de 2014 los dos diarios informan sobre un accidente la noche del viernes. Un motociclista murió al chocar contra un poste de luz. Se llamaba Cristian Farías, tenía 23 años y trabajaba en una gomería. Sobre él dicen que chocó mientras intentaba escapar de la policía, porque la moto en que iba era robada. Dos días después Nuevo Diario publica que se siguen investigando las causas de la muerte. La nota aclara que la moto no era robada, que era de Cristian Farías. No vuelven a publicar nada. Segundo, las familias.

El domingo que va a morir, Ramón Vázquez se despierta en su casa de un sobresalto. Escucha gritos y un portazo. Reconoce la voz de su hijo y de otros hombres en el comedor de su casa de Bruno Volta, una zona de viviendas humildes al costado del cementerio de la capital. Sale de la pieza con un pantalón corto a medio poner y los ojos legañosos. Ve en el reloj que son las ocho y algo de la mañana. No llega a orientarse del todo. Un policía agarra a su hijo y el otro viene contra él. Alcanza a ver que hay uno más afuera. Ramón vuelve a la pieza para buscar un papel que espera que lo salve.

Dos semanas antes, los policías ya habían venido a buscarlo. Alguien había robado plata y joyas en la casa del barrio América del Sur donde él trabajaba como albañil. Lo tuvieron detenido e incomunicado veinticuatro horas. Lo amenazaron para que se hiciera cargo del robo, pero nunca pudieron probar su vinculación con el hecho y el no aflojó. Cuando lo largaron, Ramón se acercó a un grupo de abogados vinculados a organizaciones de derechos humanos, que lo asesoraron para pedir un habeas corpus. El papel en el que ahora tiene depositada su fe no le sirve de nada. Los policías lo agarran, se lo vuelven a llevar. No tienen orden judicial ni hacen caso al habeas corpus, que cae lento en el piso del comedor. Ramón se aleja en el patrullero envuelto en una nube de tierra. La esposa y los hijos no pueden hacer nada. Es la última vez que lo ven vivo.

A media mañana, Moisés, el hijo mayor, logra averiguar que Ramón está en la Comisaría Décima del barrio Autonomía, a unos dos kilómetros de su casa. En el lugar los policías de guardia les confirman que está ahí, pero le prohíben verlo. Moisés y su madre esperan una hora, dos, tres. La comisaría en penumbras y un ventilador que rechina hacen más largo el mediodía. Entrada la siesta, un oficial se acerca y les dice que Ramón sufrió una descompensación en la Comisaría, lo llevaron al Hospital Regional y falleció. Las preguntas, los gritos y los llantos. Hay que ir a reconocer el cuerpo. Salen a la calle encandilados por el sol. Aturden el aire caliente de la siesta.

Un año después, en el barrio 8 de abril, pegado al centro de la ciudad, Viviana Farías está por salir a hacer las compras cuando escucha en la noticia en la radio levantada de algún portal web. Un choque.

Cristian es su sobrino. Es sábado a la mañana. En la radio dan el nombre, nadie de la familia sabe nada.

El accidente pasó entre hace apenas unas horas, y saldrá en el diario en papel recién al día siguiente.

Musa Azar, ex jefe de la policiía santiagueña, actualmente detenido en la prisión de Ezeiza, durante la lectura de la sentencia del último juicio que se le hizo este año por crímenes durante la dictadura Todo pasa muy rápido. A las 9 de la mañana Viviana está en la Comisaría 35 junto con su hermana Cristina, la mamá de Cristian. Espera dos horas, nadie les explica nada. A las once un policía de civil les confirma que Cristian murió al chocar contra un poste en la esquina de la avenida Colón y la calle Peralta Luna, en el extremo sur de una vieja calle que a esa altura empieza a terminar y volverse más oscura. Las preguntas, los gritos y los llantos pero hay algo distinto a la otra historia, a la de Ramón Vázquez. Hay un sobreviviente que nadie en la familia conoce. Es un chico de 15 años que venía con Cristian en la moto y está internado en el Hospital Regional, inconsciente y con heridas de bala en una pierna.

Tercero, la furia.

Cuando Moisés Vázquez vuelve a estar frente a su padre lo ve azul. Parece una foto en sepia de lo que era el albañil Ramón Vázquez. La médica que acompaña el reconocimiento del cuerpo le explica al hijo que posiblemente se haya puesto así por falta de oxígeno, que hay que esperar a la autopsia para saber qué pasó. Ramón tiene magulladuras en la cara y las muñecas, y una quemadura en el centro del pecho. A Moisés le dicen algo más: al hospital llegó muerto. La doctora le dice que lo entregaron dos policías en la sala de emergencia como NN, que ella lo llevó adentro para atenderlo, y que al constatar que estaba muerto, salió a buscar a los policías. Ya no estaban.

La autopsia confirma que la causa de muerte es asfixia por sofocación. Las sospechas sobre la tortura policial ya habían empezado a correr y agitarse durante toda esa tarde entre las casas del barrio Bruno Volta. Al caer el sol unos cien familiares y amigos se reúnen al costado del cementerio,  para marchar denunciando el accionar policial. Pero el domingo que empezó con tres policías forzando la puerta de los Vázquez termina con un pelotón de uniformados dispersando a los vecinos con gases y balas de goma. Nada de marchas.

A la mañana siguiente, ni los diarios ni la televisión dicen nada del enfrentamiento entre vecinos y policías en plena calle del apacible Bruno Volta. Tampoco aparece el testimonio de Moisés, que había hablado con la prensa contando con bronca que a su padre lo habían matado. Los familiares y vecinos vuelven a arremeter, esta vez en la puerta de la comisaría, que desde la noche anterior está con un cordón policial. Queman gomas, se enfrentan a la policía.

Las balas silban, los gritos asustan, el gas arde en los ojos, sofoca; mientras la prensa calla.

Esa tarde, en internet circulan dos videos. Uno muestra el enfrentamiento y otro la conversaciones de los policías para disuadir a las familias. Una semana después el diario Perfil va a publicar una noticia de tres párrafos sobre la represión policial en Santiago. Nada más. Los medios cubren el hecho. Lo cubren como el que envuelve y tapa algo que no se quiere ver. No dicen nada. La familia marcha y las fotos hacen ruido en las redes sociales. A la semana cambia el panorama. La jueza que atiende el caso recibe a la familia y les confirma que hay cuatro policías que están detenidos. Que la muerte de Ramón se va a investigar a fondo. Se alegran, pero dudan. De la detención de los policías casi nadie se entera.  El se mueve en voz baja.

El 21 de septiembre de 2014 el tío de Cristian Farías llega a la morgue con una muda de ropa. Quiere dar vuelta el cuerpo, que está tendido boca arriba. Dice que es para vestirlo, pero el encargado de la morgue lo detiene. Discuten. El tío de Cristian se enoja porque el impedimento aviva su desconfianza. La ropa es una excusa. Quiere ver que Cristian no tenga un tiro en la espalda. Está seguro que lo tiene y que se lo están ocultando. Si el chico que sobrevivió tiene un tiro en la pierna es posible que a él también le hayan tirado. Al final no lo puede comprobar. Se va. Cristina y Viviana Farías se van también. Les dicen que no hay nada que hacer.

Mientras, la versión oficial sobre el accidente empieza a circular entre declaraciones judiciales y redacciones periodísticas, y dice que Cristian se había reunido con un grupo de amigos motoqueros la noche del viernes, dispuestos recuperar la moto de uno de ellos que había sido secuestrada en un operativo vial. Nueve jóvenes en sus respectivas motos – dice la versión – rondaron la Dirección de Inteligencia Criminal,  donde supuestamente se encontraba el vehículo. Al ser advertidos por los policías que se encontraban en el lugar, se escaparon por la avenida. Un patrullero los perseguía: las motos se separaron. Cristian y el joven que lo acompañaba en su moto fueron los únicos que continuaron por la calle principal. Tras una persecución de 30 cuadras la moto se encontró con un badén, y Cristian perdió el control, dio contra un poste de luz y murió en el acto, mientras que su acompañante rodó por la calle.

El choque fue a las dos y media de la mañana. A la familia le confirmaron la muerte ocho horas más tarde.

La versión oficial del accidente es un racimo de cabos sueltos. Indigna a los vecinos y familiares de Cristian Farías, que comienzan a reunirse en el barrio 8 de abril, para preparar un reclamo. Se vuelven a cruzar ladrillos y las balas de goma. Otra vez la policía va a disuadir. Los medios tampoco dicen nada del enfrentamiento. La policía logra separar a los vecinos que denunciaban el asesinato, pero rápidamente, al día siguiente se organizan. Se acercan dirigentes de H.I.J.O.S., de la Asociación por la Memoria y abogados penalistas. La investigación avanza por otro lado y aparece entonces un testigo clave. Un vecino de la esquina de Colón y Peralta Luna, donde fue el choque, cuenta que esa noche estaba despierto y escuchó el derrape de la moto, el frenazo del auto policial, portazos y a los policías discutiendo. Cuenta que al momento en que salió a la calle a ver qué pasaba, escuchó la frase que lo cambiaba todo: Apurate que es testigo. Según el vecino, el policía le hablaba al compañero, que le apuntaba con su arma al chico más joven. Cristian todavía se movía en el piso. Al ver más gente saliendo de las casas, los policías se comunicaron por radio con la Emergencia. La calle se llenó de gente y Cristian murió en algún momento entre el choque y la llegada de la ambulancia. El cuerpo fue retirado de la calle recién a las 5 de la mañana.

Las nuevas versiones siembran dudas y bronca. Los medios abonan la versión del accidente y caso cerrado. En los días que siguen, la familia y unos cuantos vecinos comienzan a marchar por las calles del centro de la ciudad con carteles que piden Justicia por Cristian Farías y Basta de Gatillo Fácil. Los recibe el ministro de Seguridad y les promete investigar el caso a fondo. Les pide tranquilidad. Pero los Farías siguen marchando todos los jueves durante un mes. Los sábados hacen un bingo para juntar plata para gastos judiciales. Sortean carne para asado y una torta. De todo eso, nadie se entera. Antes del final, a las dos historias les hace bien un interludio.

Si se cuentan igual, si se parecen, es porque en realidad forman parte de una trama mayor. En Santiago del Estero, como en el resto del país, las denuncias de violencia policial se han repetido por décadas. Pero en esta provincia uno de esos casos derrumbó un gobierno en 2004. El famoso Crimen de la Dársena, tras casi dos años de marchas de pedido de justicia por el asesinato de dos jóvenes santiagueñas, terminó con la intervención federal al gobierno de los Juárez. Sin embargo, el caso nunca se resolvió del todo. De los más de treinta detenidos, en 2006 apenas cuatro fueron condenados por la muerte de Patricia Villalba: el ex represor Musa Azar, dos policías y un carnicero, que según la justicia la mataron porque sabía cómo había muerto Leyla Bshier Nazar, la otra víctima del Doble Crimen. Esa muerte nunca se esclareció. Diez años después, nadie sabe cómo murió Leyla ni quién la mató. Ni la justicia ni los medios indagaron más allá. Caso cerrado.

Desde entonces en Santiago se produjeron otras muertes violentas y resonantes que nunca tuvieron culpables. La primera. En abril de 2006 hubo un enfrentamiento en la cancha del Club Sarmiento de La Banda entre hinchadas y policías. Un disparo dio en el pecho de Exequiel Melián, que murió en el acto. Tenía 17 años. Ese día hubo además 26 heridos y ningún culpable. Todos los policías que la justicia había investigado por su responsabilidad en el caso fueron sobreseídos.

La segunda. Dos años después, en mayo de 2008, hallaron en un descampado el cuerpo descuartizado de Raúl Domínguez, que había estado desaparecido nueve días después de denunciar una estafa en la Dirección de Rentas, donde trabajaba. Los abogados de la familia denunciaron a un grupo de policías exonerados de la Fuerza durante un acuartelamiento en 2006. El caso se cajoneó en la justicia. En 2014 la familia marchó a seis años del crimen pidiendo justicia, acompañada por organizaciones de derechos humanos. La marcha no salió en los medios. La justicia no escuchó, casi nadie se enteró.

La tercera. En marzo de 2012 Edgardo Llugdar sufrió un ACV hemorrágico. Estaba adentro de una celda de la División de Delitos Comunes hacía tres días. Era un empleado del Registro de la Propiedad Inmueble que había sido vinculado a una estafa de tierras. Era el único detenido. Después de su muerte la investigación no fue mucho más lejos. Caso cerrado. A otro tema.

Hoy los rostros de Melián, Domínguez y Llugdar se bambolean en pancartas cada vez que hay una marcha por justicia en Santiago del Estero. Por casos de gatillo fácil en la ciudad y de asesinatos por conflictos de tierra en el campo, desde 2003 se denunciaron más de setenta casos.

En la prensa local hay predilección por las noticias policiales. Todos los días se publican choques, violaciones y asesinatos. La mayoría de las historias terminan ahí. Pero en Santiago hay algunas víctimas que parecen fantasmas. Sus propias familias son como espectros que uno puede ver por ahí desplazándose, intentando decir algo que nadie escucha bien. La sensación es la de ver algo que no existe: las demandas de justicia y los conflictos de los sectores populares parecen no ser, porque no hacen a la agenda de los medios provinciales. Algunos vieron pasar una marcha, escucharon un lamento, pero nadie dijo nada después. Se tapan los oídos, miran para otro lado. La prudencia de los medios de no mostrar algo que pueda ofender al poder se ha convertido en una costumbre de la que no escapa casi nadie. En Santiago los dos diarios en papel (El Liberal y Nuevo Diario), el canal de aire (Canal 7) y las radios más importantes son oficialistas del Gobierno Provincial, aunque no le ahorran críticas al Gobierno Nacional. La provincia ha crecido como nunca en los últimos diez años. Se vive mejor. Pero se muere peor. Los medios parecen creer, equivocadamente, que decir todo el tiempo que todo está bien es hacerle bien al gobierno.

Pero en estos años también hubo justicia. En Santiago se realizaron tres juicios por delitos de lesa humanidad cometidos antes y después de la dictadura del 76, que involucraban a miembros de la policía santiagueña. En cada uno Musa Azar fue condenado a cadena perpetua, y otros miembros de la fuerza recibieron sentencias parecidas. Los medios santiagueños cubrieron los casos con reportajes extensos y atrapantes. Fueron juicios históricos. Aunque algo se perdió de vista. Los monstruos habían sido condenados, tenían nombre y apellido, y habían sido fotografiados a la luz del día. Pero nunca nadie relacionó aquella vieja policía de Musa Azar con la actual, y con las vidas que hasta hoy se sigue cobrando.

Por último, un final que no es tal.

Termina octubre de 2014. Moisés Vázquez, su familia y sus abogados, siguen reclamando por el esclarecimiento del crimen de Ramón Vázquez. Eligen ver el vaso medio lleno y seguir: los cuatro policías siguen detenidos y el proceso está en instancia de instrucción. Cuando ven la mitad vacía, les preocupan otros tres policías a los que la defensa les adjudica participación en el asesinato, pero han sido parcialmente desligados de la causa. Los Vázquez esperan para principios de 2015 el procesamiento y el inicio del juicio.

La familia Farías tiene menos suerte. A más de un mes de la muerte de Cristian, no han logrado acceder a los resultados de la autopsia, ni a una audiencia con el juez, ni a una declaración del sobreviviente de la pierna baleada. Los Farías siguen marchando todos los jueves, menos uno: el 13 de noviembre, porque hay programada una marcha contra el gobierno. La mamá de Cristian dice que no quiere que se mezclen las cosas. Pero si no nos responden – afirma desafiante – vamos a salir con más fuerza a la calle.

Las historias no terminan. Ni estas dos, ni las otras. Es muy pronto para que se esclarezca el crimen de Cristian Farías, pero tampoco nadie sabe por qué hace un año mataron a Moisés Vázquez. No se pudo probar su vinculación con el robo a la casa del barrio América del Sur, y no hay otras hipótesis de por qué los policías de la Décima lo buscaban con tanto ahínco. Diez años después nadie sabe cómo murió Leyla Bshier Nazar. Seis años después es un misterio quién descuartizó a Raúl Domínguez. Tampoco se investiga la causa ni se muestran los reclamos en las calles. Tampoco se resolvieron las dudas sobre el ACV de Llugdar ni hay responsables por el tiro en el pecho de Melián. Pocos saben de las otras denuncias de violencia policial, que se amontonan a decenas. La prensa no pregunta, la justicia no avanza. Las heridas, como las historias, siguen sin cerrar.

Shakira

Publicado: 6 noviembre 2014 en Gabriel García Márquez
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Shakira voló de Miami a Buenos Aires el lunes primero de febrero, perseguida por un periodista que quería hacerle por teléfono una sola pregunta para un programa de radio. Por motivos diversos, aunque naturales en los oficios de ambos, no pudo alcanzarla en los veintisiete días siguientes, hasta que le perdió la pista en España en la primera semana de marzo. Lo único que le quedó al periodista fue el argumento y el título del reportaje: “¿Qué está haciendo Shakira cuando nadie la encuentra?”. Shakira, muerta de risa, lo explica agenda en mano: “Estoy viviendo”.

Había llegado a Buenos Aires en la tarde del primero de febrero, y trabajó el martes hasta pasada la medianoche, sin tiempo para celebrar aquel día sus veintidós años. El miércoles regresó a Miami, donde hizo una larga sesión de fotos para publicidad, y grabó varias horas para la versión en inglés de su último disco. Al día siguiente, viernes, continuó la grabación desde las dos de la tarde hasta el amanecer del sábado, durmió tres horas, y siguió grabando hasta las tres de la tarde. Esa noche durmió unas pocas horas y el domingo temprano voló a Lima. Allí grabó un programa el lunes al mediodía, hizo una presentación en vivo, participó a las cuatro de la tarde en un programa comercial y estuvo hasta la madrugada en una fiesta de promoción. Al día siguiente, 9 de febrero, concedió once entrevistas de media hora cada una para radio, televisión y prensa, desde la diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, con una pausa de una hora para almorzar. Debía llegar de urgencia a Miami, pero a última hora tuvo que improvisar una escala en Bogotá para una visita de consuelo a los damnificados del terremoto de Armenia. Esa noche alcanzó su último avión para Miami, donde ensayó cuatro días para compromisos en España y París. También sacó tiempo para trabajar con la cantante Gloria Estefan en la traducción inglesa de sus discos, desde el almuerzo del sábado hasta las cuatro y media de la madrugada del domingo. Volvió a su casa con las primeras luces, se tomó un café con un pan y se acostó a dormir vestida. Una hora y media después la despertaron para una serie de entrevistas por radio que ya tenía comprometidas. El martes 16, ya en Costa Rica, hizo una presentación en vivo. El jueves 18 viajó a Miami y a Caracas, y allí participó en el programa Sábado Sensacional. Apenas durmió, pues el 21 tuvo que volar de Venezuela a Los Ángeles para asistir a la entrega de los premios Grammy, con la esperanza de ser una de las escogidas, pero la pesada de los Estados Unidos barrió con los premios grandes. No se amilanó: el 25 dio el salto a España, donde la esperaban para trabajar el 27 y el 28 de febrero. El primero de marzo, cuando por fin pudo dormir una noche completa en un hotel de Madrid, había volado tanto como una azafata profesional: más de cuarenta mil kilómetros en un mes.

Los compromisos que Shakira hace en tierra firme no son menos traumáticos. Entre músicos, iluminadores, tramoyistas e ingenieros de sonido, el equipo que viaja con ella es una escuadra de combate. Ella se ocupa de todo en persona. No sabe leer música, pero en los ensayos está pendiente de cada instrumento, con un sentido crítico severo y un oído privilegiado que le permiten interrumpir un ensayo para coordinar la nota exacta con sus músicos. No solo colabora con ellos en el escenario sino que se preocupa por la suerte personal de cada uno. Muy pocas veces se deja ver el cansancio, pero no hay que engañarse. En una serie de cuarenta conciertos que hizo en Argentina no dio una mínima muestra de fatiga, pero en los últimos alguien la esperaba en entre bambalinas para llevarla cargada hasta la camioneta. En diversas ocasiones ha tenido taquicardias, inflamación del colon, o alergias de la piel.

Esta situación se ha agravado con los arduos preparativos de la versión inglesa de ‘¿Dónde están los ladrones?’ para los Estados Unidos, con la afortunada colaboración de Emilio Estefan y su esposa, Gloria, que son productores actuales de sus discos. Es una de las presiones fuertes que Shakira ha sufrido en su vida. Habla un inglés de uso diario, pero ha tenido que someterlo a prácticas agotadoras para depurar su acento, y está tan obsesionada que a veces sigue hablándolo mientras duerme. En vísperas de su estreno hizo una crisis de fiebres durante toda la noche y no durmió más de una hora. “Fue uno de los momentos más extenuantes de mi vida”, dice. “Lloré casi toda la noche pensando que no iba a ser capaz”.

¿De qué se extraña? Shakira parecer haber olvidado demasiado pronto que ese vértigo indomable nació con ella, y quiera Dios que la acompañe hasta su más tierna vejez. Es la hija única de un conocido joyero de Barranquilla, don William Mebarak, y su esposa, doña Nydia Ripoll, una familia de ascendencia árabe tutelada por los ángeles de las artes y las letras. La precocidad descomunal de Shakira, su genio creativo, su voluntad de granito y una ciudad natal propensa a la invención artística solo podían ser los gérmenes de un tan raro destino. Sus primeros años parecen saltos de décadas. Sus cronistas aseguran que a la edad de diecisiete meses recitaba el abecedario, a los tres cantaba los números, a los cuatro bailó la danza del vientre sin maestro en una escuela de monjas de Barranquilla, donde un funcionario sibarítico de los años treinta quiso erigir un monumento consagrado al culto de Shirley Temple. A los siete años, Shakira había compuesto su primera canción. Entre los ocho y los diez escribió sus primeros versos, y sus primeras canciones con letra y música originales. Por la misma época firmó su primer contrato para entretener a los obreros en las minas de carbón de El Cerrejón, en la alta Guajira. Aún no había comenzado bachillerato cuando una empresa disquera le grabó su primer disco. “Siempre estuve muy familiarizada con mi capacidad de crear –dice–, recitar poemas de amor, empecé escribiendo cuentos y sacaba muy buenas notas, excepto en matemáticas”. Sin embargo, le aburría a morir que los amigos de sus padres la obligaran a cantar en las visitas. “Prefiero una multitud de treinta mil personas que cinco gatos escuchándome cantar con la guitarra”, dice. Con su rostro de niña perfecta y su engañosa fragilidad, tuvo siempre la certeza absoluta de que iba a ser un personaje público de resonancia mundial. No sabía en qué arte o en qué parte, pero no tenía una sombra de duda, como si estuviera condenada al fatalismo de una profecía.

Hoy el sueño está más que cumplido. La música de Shakira tiene una impronta personal que no se parece a la de nadie, y nadie la canta ni la baila como ella a ninguna edad con una sensualidad inocente que parece inventada por ella. Se dice fácil: “Si no canto me muero”. Pero en Shakira es cierto: si no canta no vive. Lo único que le devuelve la paz del espíritu es la soledad en medio de las muchedumbres. Una vez en el escenario no tiene el temor escénico, sino todo lo contrario: el terror de no estar allí. “Me siento –dice– como un león en la selva”. Es uno de esos pocos espacios donde tiene la oportunidad real de mostrar lo que es, lo que ha sido, y lo único que será sin duda hasta la muerte.

Es el caso ejemplar de una fuerza telúrica al servicio de una magia sutil. La mayoría de los cantantes se hace poner las luces de frente para no enfrentarse al fantasma de las muchedumbres. Shakira escogió lo contrario. Ha instruido a sus técnicos para que no instalen las luces fuertes contra su cara, sino que las vuelvan hacia el público, para que ella pueda verlo y vivirlo mientras canta. “La comunicación es total”, dice. La muchedumbre anónima e impredecible no solo le revela entonces una complicidad del corazón que la actriz va moldeando a medida que actúa según los pálpitos de su inspiración. “Me gusta ver los ojos de la gente cuando canto para ella”, dice. Algunas caras que no ha visto nunca las descubre entre el público y las recuerda para siempre como si fueran de viejos amigos. Una vez, de improviso, reconoció a alguien que había muerto desde hacía años. Y más aún: se sintió reconocida desde otra vida. “Canté toda la noche para él”, dice. Son milagros secretos que hacen la gloria –y muchas veces el desastre– de grandes artistas.

El fenómeno más entrañable en la vida de Shakira es la contaminación masiva de las muchedumbres infantiles. Cuando apareció ‘Pies descalzos’, los publicistas decidieron promoverlo en los intermedios de los conciertos populares del Caribe. Tuvieron que cambiar de idea, porque el público juvenil se lanzaba al ruedo para bailar y cantar con Shakira y solo quería más de lo mismo para el resto de la noche. Hoy es un fenómeno digno de una cátedra magistral. Las escuelas primarias de cualquier nivel social se han convertido en donaciones masivas de Shakiras, vestidas, habladas y cantadas como ella. Más curioso aún: la fiebre más alta está en el promedio de las niñas de seis años. Las grabaciones piratas de Shakira son moneda corriente en los cambalaches de los recreos y se venden a dos por cinco en las puertas de las escuelas. Los adornos de sus cabellos, sus collares y aretes se agotan al salir, y en los mercados se venden al por mayor las anilinas para cambiarse los colores de las trenzas según la moda del día. La heroína de la escuela es la primera que aparece en clase con el disco. Los grupos de estudio más concurridos se convocan en casas particulares, y al cabo de un repaso rápido de la tarea empieza el pandemonio. Los cumpleaños son fiestas de Shakiras, en las que solo se canta y se baila a Shakira. En las más puristas –que no son pocas– no hay hombres invitados.

Es difícil ser lo que Shakira es hoy en su carrera, no solo por su genio y su juicio, sino por el milagro de una madurez inconcebible a su edad. Cuesta trabajo entender semejante poder de creación compatible con sus trenzas negras de ayer, las rojas de hoy, las verdes de mañana. El año próximo será suyo: está previsto que entrará en discos y en vivo en los vastos mercados de Europa, Estados Unidos, Asía y África, donde millones de fanáticos la esperan cantando sus canciones en numerosos idiomas. Tiene más premios, trofeos y diplomas que muchas veteranas grandes. Se ve que es como ella quiso ser: inteligente, insegura, recatada, golosa, evasiva, intensa. Barranquillera de hueso colorado, desde el mundo entero y desde las nubes de su Olimpo añora las huevas de lisa y el bollo de yuca, y una casa de techos muy altos que no ha podido comprar frente al mar, con dos caballos y mucha tranquilidad. Adora los libros, los compra, los acaricia, pero no tiene el tiempo que quisiera para leerlos. Anhela a los amigos que se le quedan en los adioses apresurados de los aeropuertos, pero sabe que no será fácil volver a verlos.

Sobre el dinero que ha ganado, dice: “Tengo menos de lo que dicen y más de lo que yo digo”. Su sitio predilecto para oír música es el automóvil cerrado, a todo volumen, sin molestar a nadie. “Es el lugar ideal para hablar con Dios, hablar conmigo misma, tratar de entender”, dice. Confiesa que odia la televisión. Dice que su contradicción más grande es creer que existe la vida eterna pero siente el terror insoportable de la muerte, por la pérdida de los sentidos.

Hubo épocas en que concedió hasta cuarenta entrevistas diarias sin repetirse. Tiene ideas propias sobre el arte, la vida terrenal y la eterna, la existencia de Dios, el amor o la muerte. Sin embargo, sus entrevistadores y publicistas ocasionales se han empeñado tanto en que las explique, que la han vuelto experta en respuestas fugitivas, más útiles para escamotear que para revelar. Rechaza toda idea relacionada con la fragilidad de su fama, y la exasperan las versiones de que puede perder la voz por sus supuestos abusos. “En plena luz del mediodía –dice Shakira– no quiero pensar en el ocaso”. De todos modos, los especialistas lo ven como un riesgo improbable, pues su voz tiene una colocación natural capaz de sobrevivir a sus excesos. Ha tenido que cantar agotada por las fiebres, ha perdido el conocimiento por cansancio, pero nunca ha sufrido la mínima alteración de la voz. “La peor frustración de un cantante –dice con su impaciencia final de entrevistada– es haber escogido la carrera de hacer música y no hacer más música todos los días por estar haciendo entrevistas”. Su tema más resbaladizo es el amor. Lo exalta, lo idealiza, y es el alma y razón de sus canciones, pero lo elude con humor en la charla personal. “La verdad –dice a carcajadas– es que le tengo más miedo al matrimonio que a la muerte”. Acepta de buen talante haber tenido cuatro novios visibles, y por lo menos tres en la penumbra. Llama la atención que parece haber tenido los que correspondían a su edad, pero ninguno a la altura de su madurez. En cambio, el cantante puertorriqueño Oswaldo Ríos, el mayor de todos, parece haber sido el menos maduro. Shakira habla de ellos con afecto pero sin dolor, y parece recordarlos como a seis fantasmas efímeros que uno tras otro se le habían ido quedando colgados en el ropero. Por fortuna, no hay motivos para desesperar: el próximo 2 de febrero, bajo el signo de acuario, Shakira cumplirá –apenas– sus primeros veintitrés años.

—Pasá, pasá, es chiquito, es el típico departamento de portero, pero me encanta. No vivo acá, vivo en otro departamento de la planta baja, éste lo alquilo porque tiene luz, balcón, lugar para los perros y los gatos. ¿Vos tomás té? Tengo uno riquísimo, japonés, que lo compré en Japón. Estuve en Japón hace poco, cantando “María de Buenos Aires”, primera vez que la canto en décadas. Ay, mirá vos, esta perra. Ni la mires porque te va a volver loca. Sentate mientras yo hago el té. Mirá la gata: ya te fichó. ¿Vos tomás con azúcar? Hoy ha sido una locura. Estaba con una alumna, porque doy clases de interpretación, y me llamó el productor de Notorius, el lugar donde voy a hacer el espectáculo de canciones de Astor y Vinícius, y me volvieron loca a llamados. Mirá esta pobre perra, está con displasia, pero no le duele. En cuanto vea que sufre, la pongo a dormir. Eso sí, no escucha nada, sorda como tapia. ¿Cuántos años tenés vos? Ah, una piba. Yo tengo 73. Y tomo sol y no me pasa nada. Es genético. Me pongo el coso, la cosa, la pantalla solar de sesenta en la cara, y me voy a tomar sol. Fumar ya no fumo, fumaba hasta hace diecisiete años, pero no hay que fumar. Yo no fumo y no tomo café.
—¿No te gusta el café?
—Me gusta, pero lo tengo que preparar y me da pereza. Sentate. Mirá, esos son caramelos de café. Agarrá, llevate. Ah, pero sos una piba. Por no decir una pendeja, porque no nos tenemos confianza. A ver, a ver, dónde está el té, dónde está el té. Ay, perra, salí. ¿Vos tomás con azúcar?

La luz del sol entra serena a la sala de este departamento de Barrio Norte, Buenos Aires. Hay una mesa de madera rústica, dos bancos largos, un sofá, tres gatos, tres perros, un televisor, una biblioteca, un escritorio.

—No sabés lo que fue hoy. Me llamaba todo el mundo. Sin azúcar me dijiste. Por eso sos flaca. Yo también soy flaca, pero vos más.

En una de las paredes hay una hoja de papel amarillenta, enmarcada, en la que se lee la letra de un tango escrita a máquina y con algunos tachones en lápiz: “Por las noches cara sucia/ de angelito con bluyín/ vende rosas en las mesas/ del boliche de Bachín”.

—¿Ésa es la letra de “Chiquilín de Bachín”?
—Sí, es. Ésa es la caligrafía de Ferrer.

“Chiquilín de Bachín” es un tango compuesto por Astor Piazzolla y el poeta Horacio Ferrer en 1969, un clásico automático que interpretó por primera vez una mujer llamada Amelita Baltar que ahora, tres y media de la tarde de un día de abril del año en curso, con una camisa gris sobre pantalones blancos, el pelo rubio ceniza que le cae sobre la frente en un mechón que aparta con el pulgar y el índice, como una reina importunada por una mosca, sirve té japonés en el departamento en cuyas paredes repletas de fotos hay apenas dos de Astor Piazzolla, bandoneonista, compositor, argentino, uno de los mejores músicos del siglo XX y el hombre que fue su pareja durante seis —tormentosos, magníficos— años.

—Después me odió, me odió. Me hizo la vendetta, no me perdonó nunca. Pero nadie te odia durante veinte años si no te ama.

***

María Amelia Baltar nació el 24 de septiembre de 1940. Es hija de María Amelia Oviedo Olmos, que a los 21 años se casó con un dandy principesco: Pichón Baltar. Los dos vivían en Junín, una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, y provenían de familias con posiciones económicas razonablemente buenas. Amelita Baltar —María Amelia, Amelia, Amelie, Amelita— fue única hija de ese matrimonio y, cuando cumplió un año, su padre compró una chacra en las afueras. Se crió rodeada de patos, perros, gallinas y cabras, cantando canciones en francés que le enseñaba su madre, hasta que se mudaron a Buenos Aires y ella empezó a ir al colegio. Cancelado aquel vergel bucólico, dos barrios elegantes de la capital —Recoleta y Barrio Norte— se transformaron en su centro de operaciones y en el paisaje del resto de su vida.

—Por suerte, mis viejos vinieron a este barrio, porque imaginate, vivir en Morón, en San Antonio de Padua, en Devoto. Qué horror. Yo, más allá de avenida Córdoba, no sé qué hay.

Barrio Norte y Recoleta son la columna en torno a la cual se organiza todo: los almuerzos en el restaurante del Museo de Arte Decorativo, la caminata por los lagos de Palermo y la avenida del Libertador, su modisto que atiende a la vuelta del hotel Alvear. Todo lo demás —todo lo que está más allá de la avenida Córdoba— es un territorio que rehúye, pero que debe recorrer cada domingo para ir a la iglesia bautista a la que pertenece desde hace diecisiete años, y que queda en el corazón del popularísimo barrio del Abasto, repleto de vendedores callejeros, inquilinatos.

—Cuando voy a la iglesia me tomo el colectivo y llego al Abasto. Y caminar esas tres cuadras escuchando los gritos: “¡Comidita calientita!”, te dicen los cosos. Todos los guisachos los sacan de una olla y los sirven. De todo venden. Falta que vendan gente. Mmm, qué rico. Mojar las galletitas en el té, algo que no se debe hacer.

En Buenos Aires, vivió con sus padres en la casa de la abuela paterna, en la calle Ayacucho, un escenario de prosapia para años que no fueron buenos.

—Vivíamos de la plata de mi abuela. A mi papá, cuando se gastó la fortuna de la familia, no le quedó nada. Trabajar no sabía. Y le tocó la época de Perón, que para trabajar había que afiliarse al partido peronista, y nosotros somos radicales. Para mí, el líder, Perón, fue la desgracia de la Argentina, porque después vino Isabel Perón y llegó la triple A, y después la dictadura. Ay, un cuete de perro, un pedo de perro, menos mal que es suavecito. Disculpame, nunca hacen esto, no sé qué les pasa.

Abajo de la mesa, un perro se agita. Puede llamarse Nina, o Arena, o Blue Blue. Los perros y gatos son tantos que no se sabe quién es quién, cuál es cuál.

—Mi padre falleció a los 54 años, era alcohólico. No de estar borracho del día a la noche, pero a veces pasaba tres días tomando. Yo no podía decirle a una amiga “Vení a estudiar a casa”, porque no sabía qué día mi papá iba a tomar. Cuando él estaba bien, nos quedábamos a la noche, yo leyendo un libro, mamá cosiendo, y él agarraba una lapicera y le escribía en el borde del diario una cuarteta a mamá, y se la mostraba, y ella decía “Ay, Pichón”.

Mientras iba al colegio secundario empezó a estudiar guitarra, aunque no quería ser música ni cantante sino actriz, y se pasó buena parte de aquellos años improvisando representaciones frente al espejo de una cómoda.

***

—Lo primero que me viene a la mente es su capacidad de trabajo —dice Nora Raffo, una de sus amigas más antiguas—. Íbamos juntas al colegio y su familia no tenía grandes recursos económicos, entonces empezó a dar clases de guitarra. Siempre supo sacar partido de su físico. Tenía una actitud de modelo. Era muy cautivante. Nosotras ya estamos en edad de retirarnos, viste. Pero ella no. Sigue, como si tuviera 40 años. Es muy generosa, pero no le pidas que te escuche, porque no escucha, y habla mal de todo el mundo. Éste es un hijo de puta, éste es aquello otro. Es muy mal hablada. Es una señora de Barrio Norte, elegante, pero rea.

***

La sala está limpia y ordenada, pero aquí y allá se ven almohadones llenos de pelo, sillas deshilachadas por garras felinas, fundas que ya perdieron la batalla contra los arañazos de los gatos y los perros que, a lo largo de años, ella ha encontrado en las calles, y ha entrenado en el arte de orinar en areneros y comer como se debe.

—Les hiervo carcasas de pollo que me vende un carnicero. A veces vienen con tanta carne que salen unas ensaladas y unos sánguches fantásticos.

En 1962, empezó a cantar, como si siempre lo hubiera hecho, en un grupo de folklore llamado Quinteto Sombras.

—Yo nunca decidí que me iba a dedicar a cantar. Un día vino un amigo y me dijo “Che, hay un conjunto de chicos”. Se les había ido la que cantaba y empecé. Después, cuando me casé con Alfredo, dejé un año, para cuidar a Mariano, mi hijo más grande.

Tiene dos hijos, Mariano y Patricio, de dos parejas diferentes. El primero nació en 1964, cuando hacía poco que ella se había casado con Alfredo Garrido, un productor que por entonces era periodista.

—Nos conocimos en una fiesta juvenil —dice Alfredo Garrido, por teléfono—. Estábamos ahí, y de pronto dijeron: “Ahora va a cantar a Amelita”, y cantó ella y pensé: “Uy, no puedo bailar más”. Y ahí empezamos a noviar. Cuando nos casamos, se ocupó muchísimo de Mariano. Dejó su carrera para ocuparse de él. Yo la quiero mucho. Imagínese: fue mi primer amor.

***

—Alfredo es un tipazo. Bien nacido, bien criado. Pero yo me casé para irme de casa. No estaba súper enamorada. Nos separamos tres años después.

En una pequeña sala que funciona como recibidor hay un piano vertical, un mueble repleto de CDs: Jacques Brel, Roberta Flack.

—Tango yo no escucho. Soy más del rock, de la canción francesa. Yo ni bailar el tango sé. La vez pasada…

Encadena las frases con verborragia bulímica, como si sus palabras hicieran un esfuerzo descomunal por ir detrás de un pensamiento que salta de una cosa a la otra sin hacer pie.

—¿Habías tenido novios antes de Alfredo?
—Pero sí. Igual, yo perdí la virginidad a los 18 muy bien cumplidos, porque no se usaba perderla antes. Fue casi una violación. Un tipo mucho más grande. Yo estaba de vacaciones, y estuve histeriqueándole todo el verano. Un día me dijo: “Vení que te acompaño a tu casa”. Y me llevó al río y pum, tum, zac. Yo tenia 18, el tipo 32 y me encantaba. Después me llevó a casa, me dio un beso y me dijo: “Bueno, chau”. Como quien dice: “Espero que no me jodas más”. Pero no me dejó trauma. Lo estuve histeriqueando tanto que medio me lo busqué.
—Bueno, eso no…
—Y a los tres meses conocí a un tipo y me puse de novia, y nunca creyó que nunca me había acostado con un tipo. De lo bien que yo hacía el amor. Algo innato que me salía.
—¿Dónde habías aprendido, leyendo?
—Nada. Me enseñaba la calentura, qué sé yo. Yo siempre hice vida de hombre. Hacía lo que quería. Yo creo que con papá le perdí el respeto al hombre. El hombre, mientras yo lo quería, bien. Pero después, chau.

En abril dio una serie de conciertos en una disquería–bar llamada Notorius, un sitio prestigioso dentro del circuito del jazz, y emprendió otra serie en una gran sala, Tango Porteño. Aunque siempre trabaja, la economía parece estar al límite, y en la conversación se reitera la idea del ahorro: las segundas marcas de detergentes que son igual de buenas que las primeras; las camisetas compradas en oferta.

—En Tango Porteño pagan muy bien, entonces voy a comprar dólares y un lavarropas. El que tengo tiene 19 años, anda estupendo, pero un día, viste, se rompe y chau, entonces lo regalo a la iglesia y me compro otro. Ahora tuve un gasto enorme, porque mi hijo Mariano, que siempre fue modelo, vive en Sudáfrica y está buscando trabajo allá, para tener la residencia. Cumple 50 y le mandé el pasaje para que viniera a festejar acá. Lo pagué yo, él no está bien económicamente.
—¿Cuántos años tiene tu otro hijo, Patricio?
—Treinta y tres.
—¿Qué hace?
—Vive en casa. Hace pelotudeces. Hace las compras del supermercado. Saca los perros. Tuvo un problema con un socio, hace tres años, y quedó con una depre. Desde entonces no hace nada.
—¿Cómo te arreglabas con los chicos y una vida de actuaciones, de viajes?
—Mi mamá. Ella se ocupó mucho.

Se levanta, va hasta la sala donde está el piano, toma un portarretratos, vuelve.

—Mi mamá. Una divinura. Murió hace nueve años, a los 88. Yo sueño una vez a la semana con mamá joven. ¿Sabés lo que es haber soñado con tu madre joven, con esa divinura? Una discreción, una fineza. Mirá la piel, los pómulos, los labios. Yo no heredé nada de ella, nada más que la artrosis. ¡Ay, artrosis! Me tengo que ir al kinesiólogo.

Es delgada, pechos altos, piernas largas. Sentada o de pie, permanece con la espalda recta y gira en bloque, con una media vuelta dramática y teatral. Ahora se pone los anteojos de sol, abre la puerta, cierra la puerta, llama el ascensor, abre el ascensor, sube al ascensor, dice que la chica que la ayuda a limpiar gasta demasiado detergente para lavar los platos, baja del ascensor, abre la puerta de calle y, en la vereda, grita:

—¡Ahhh, mirá! ¡Lo que pusieron ahí enfrente!

Enfrente pusieron —hace un par de horas— un contenedor para deshechos reciclables. Amelita Baltar recoge un envase de gaseosa vacío que alguien arrojó en la vereda, cruza la calle, lo mete en el contenedor, regresa y dice:

—Lo inauguré. Nos vemos la semana que viene, vuelo, me voy a tener que tomar un taxi.

De modo que allá va, camino al kinesiólogo —¡artrosis, artrosis!—, la mujer que le puso voz y rostro a la banda de sonido de una época.

***

En 2013, después de doce años sin sacar un disco, lanzó El nuevo rumbo, producido por un músico joven llamado Sebastián Barbui, con invitados como Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y nombres de alto prestigio: Luis Salinas, Raúl Carnota. El disco, editado por Random, incluye folklore, jazz, tango, canción brasileña, y tres temas escritos por ella. La crítica lo puso por las nubes y el disco ganó el premio Gardel —el máximo galardón de la industria discográfica local— al mejor álbum de tango en voz femenina. En el suplemento Radar del diario argentino Página/12, en enero de 2013, el periodista Mariano del Mazo se refería al “notable disco que acaba de sacar la Jane Birkin del tango (…) El disco es un triunfo de una buena idea, una idea audaz y fragmentaria basada en invitados imprevistos, la presentación en sociedad de tres letras de la propia Baltar y un regreso al pasado más lejano de su trayectoria: el folklore argentino (…) Amelita Baltar pertenece más a la sofisticación urbana de los años sesenta que a la densa y endogámica cultura del tango (…) Cuando Piazzolla descubrió a Amelita Baltar en una peña folklórica porteña, debe haber sentido que encontraba a su Brigitte Bardot”.

***

—Amelita todavía no llegó, pero llamó para avisar que la espere —dice una chica joven que abre la puerta del departamento y que, después, desaparece.

Son las cuatro de la tarde. En el departamento del último piso están los tres perros, los tres gatos, y todo a merced: casilla de mails abierta, cajones, cartas, agenda. En la biblioteca hay libros de Pablo Neruda, Mario Benedetti, Orhan Pamuk, Ibsen, Pirandello, un par de biografías de Astor Piazzolla. Sobre el escritorio, una lista: “dermatólogo, pasaje Gardel, carcasas pollo, churrascos”. En una estantería, el Premio Gardel. Como una tromba, ardiendo de indignación, diez minutos más tarde llega Amelita Baltar.

—Ayyy, llegué. Qué terrible. Tenía que cobrar un cheque y me fui a la jefatura de gobierno, y me dicen: “No, es en otra parte”. Y fui a ese lugar, y me dicen, no, debe ser en tal lado, y tampoco. ¿A vos te gustaba el té, o el café? Mirá, esta perra se está haciendo pis.

Viste una camiseta rosa, un chaleco gris, pantalones oscuros, los anteojos sobre el pelo rubio. Desaparece en la cocina, desde donde llega ruido de agua.

—Disculpame, tengo que pasar con una caca del gato —dice, atravesando la sala con un bollo de papel en la mano.

Abre la puerta del baño, arroja el papel al inodoro.

—Muy bien, muy bien, vamos a hacer el té. El té, el té.

Vuelve a desaparecer en la cocina. Se escucha su voz diciendo: “Muy bien, muy bien”, como si quisiera convencerse de alguna cosa.

—¿Hiciste algo en el pasaje Carlos Gardel?
—Sí, ni me hables. Una cosa al aire libre. Había una nenita de cuatro años que se metía todo el tiempo en el escenario. Y yo dije: “Herodes no vino hoy, ¿no?”.

Lleva hasta la mesa de la sala una tetera de cerámica, dos tazas de té, galletas. Se sienta, sirve.

—¿Vos te creés que la gente que estaba ahí le dijo al padre: “¿Podés agarrar a tu hija que está molestando a la artista?”. Encima, ayer me dejó colgada una alumna. Dos horas antes me mandó un mail diciendo que no venía.

En las paredes hay muchas fotos —ella de vacaciones con amigas, ella con otras cantantes—, pero hay sólo dos en las que está con Piazzolla. Son fotos de un hombre y una mujer sonrientes, sin nada que parezca unirlos.

—Bueno, hablemos del maestro.

La noche en que Piazzolla la vio por primera vez, ella cantaba con el Quinteto Sombras en un café concert llamado 676.

—Astor ya estaba divorciado de Dedé, su primera mujer, y tenía dos hijos. Fue a escuchar a un pianista amigo, que tocaba en ese lugar. Fue con un matrimonio y yo estaba saliendo con el hijo de ese matrimonio. Yo estaba divina. Mi minifalda, mis zapatitos.

Astor Piazzolla ya era un compositor al que los tangueros tradicionales atacaban, acusándolo de estar asesinando el género. Horacio Ferrer escribía las letras de sus tangos y entre ambos habían creado la ópera María de Buenos Aires, que durante un tiempo —pero ya no— había cantado Egle Martin, una mujer casada con la que Piazzolla se había enredado sentimentalmente. El día en que Piazzolla escuchó cantar a Amelita Baltar era, además de un hombre atraído por una mujer bella, un compositor revolucionario que necesitaba una voz femenina para grabar su ópera. Y Amelita Baltar era una tormenta. Una cantante de folklore bella y pop, que entendía la moda de la época —largos vestidos a rayas, botas altas, minifaldas, pantalones Oxford—, y que varias noches a la semana se sumergía en las boites porteñas —Afrika, Snob—, donde, apenas el DJ la veía entrar, ponía una canción de Iva Zanicchi que funcionaba como código para avisar a sus amigos que ella había llegado. De modo que Piazzolla vio dos piernas infinitas sostenidas por una voz ronca que le gustó mucho. Ella vio a un hombre mayor.

—Un señor gordito, con entradas en el pelo. Yo estaba saliendo con un bombón de mi edad. Astor estaba con los padres de ese bombón, que me dijo: “Están mis padres con Piazzolla, y te quiere conocer”. Fui. Él me dijo: “Tenés linda voz”. Y yo pensé: “¿Qué le pasa a este señor?”. Yo no sabía de qué hablar. Era un tipo del que me sonaba el nombre y nada más. Yo vivía en el mundo del folklore. Pero pasaron los días y me dijo de grabar María de Buenos Aires, y empezamos a ensayar. Yo me puse a estudiar sociología del tango, letras. Cada tanto él me decía: “Me invitaron al teatro, ¿venís?”. Como vivíamos cerca, me dejaba en mi casa y después seguía hasta la suya. Y me decía: “¿No querés tomar un cafecito en casa?”. Y yo no, no, y me bajaba y me bajaba. Y me bajé cualquier cantidad de tiempo, hasta que un día me habré tomado dos whiskies de más, fuimos y pum. Hicimos el amor y me enganchó. Hasta que volvimos a hacer el amor pasó un tiempo. Pero tuve como un click. Me atrajo el gordito. Pero no me gustaba. Vestía mal. Se ponía un traje con pantalones escoceses, un saco a cuadros, camisa rayada. Usaba guayaberas con florcitas. Era bruto, terminaba de comer y dejaba los cubiertos al costado del plato, y decía: “¿Por qué no me llevan el plato, si no tengo más comida?”.
—¿Y qué te atrajo?
—No sé si me enamoré, pero me gustó. Le enseñé a hacer el amor un poco mejor. Tenía… cualidades importantes, pero era muy rústico. Un tipo rudimentario en todo. Un poco después pasamos la noche juntos y al otro día nos pasaron a buscar para el almuerzo. Yo me estaba duchando y él ya había terminado, porque todo lo hacía en tres minutos, todo a lo bestia. Bueno, ese día escucho el piano, desde la planta baja, porque él vivía en un dúplex. Bajo la escalera, le digo: “¿Qué es eso?”. Y me dijo: “Es lo que me inspiró esta noche que pasé con vos”. Eso fue la Milonga en ay menor.

Un año después estaban viviendo juntos y la marca Piazzolla–Baltar, y su versión Piazzolla–Baltar–Ferrer, empezó a dejar huella. Ella era la muchacha joven que, con una voz personalísima —capaz de brillar en el risco de las notas altas y descender a las honduras opacas de los tangos—, interpretaba las letras kilométricas que un poeta barroco y surrealista —Horacio Ferrer— escribía para un compositor que demolía las formas conocidas. Eran el corazón de la vanguardia, y ella la musa grácil de aquel toro bestial a quien sus músicos, por exigente, llamaban “el Coronel”.

—Astor era muy hincha. No me dejaba cantar con la partitura, y las letras de Ferrer eran eternas. Y me obligaba a cantar en un registro más alto. Así me arruinó la voz.

Su primer disco es del año 1968. En la portada hay una foto suya, el pelo castaño, un cigarrillo sostenido en la mano derecha que se apoya en la frente. El álbum, de canciones folklóricas, llamado Para usted, ganó el Premio Revelación del Festival Nacional del Disco de ese año. Su segundo trabajo fue María de Buenos Aires, grabado con Astor Piazzolla en 1969. Ese año, Piazzola y Ferrer habían compuesto un tango extraño, que tenía aires de vals y una letra surrealista, y decidieron presentarlo a concurso en el Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, que se hizo en el estadio Luna Park. Se llamaba “Balada para un loco” y empezaba, inolvidablemente, con aquel recitado: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste. Salgo de casa por Arenales, lo de siempre, en la calle y en mí, cuando de repente, de atrás de ese árbol, se aparece. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus”. La noche del 16 de octubre de 1969, Amelita Baltar salió a cantarlo en el Luna Park y, con la voz desmayada, recitó: “Las tardecitas de Buenos Aires…”. No había llegado al minuto cuando empezaron los gritos: yegua, puta, la puta que te parió.

—Yegua, hija de puta. Nos tiraron monedazos. Era un tango atípico, y los más tradicionalistas estallaron. Yo casi no podía respirar.

El jurado, integrado por Vinicius de Moraes y Chabuca Granda, entre otros, declaró a la canción finalista en la categoría “tango”, y las furias fueron peores.

—La tuve que volver a cantar, y volvieron a chiflar. Fue una cosa muy fea, y el concurso lo ganó otro tango. Pero el lunes salió el disco a la venta, con “Balada para un loco” de un lado y “Chiquilín de Bachín” del otro. Para el viernes había vendido doscientas mil placas. Empezamos a hacer la balada en vivo, y la gente nos tiraba flores. Entonces aquella noche nefasta se desdibujó.

“Balada para un loco” es uno de los tangos más emblemáticos de Piazzolla, y aquello de “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao” dio la vuelta al mundo en la voz de Baltar.

La vida con Piazzolla empezó a ser una cabalgata rutilante. Viajaban, se codeaban con Milton Nascimento, Iva Zanicchi, Charles Aznavour, se presentaban en el teatro Olympia de París. A veces iban a la bahía de San Blas, sobre el océano Atlántico, en la Argentina, donde Piazzolla pescaba.

—Él tenía una cosa de competitividad, y yo le decía: “Pero Astor, ponele que yo sea un rosal lindo, pero un rosal. ¡Vos sos un ombú, sos un genio!”. Y era muy celoso. Entrábamos a un cóctel y decía: “Ya me di cuenta de que lo miraste”. Yo no sabía de quién hablaba, pero cuando te meten la espinita empezás a mirar, y decís: “Uy, seguro que es ése”.
—¿Te iba bien con los hombres?
—No se me escapaba nadie. Por un día o por diez o por tres meses. Estuviera yo en el estado civil en que estuviera. Y volvía a mi casa y disfrutaba sin culpas. Era un modo de vivir muy masculino. Pero era muy discreta. Nos encontrábamos en un hotelito, entre las dos y las cuatro de la tarde. Yo decía que me iba a buscar a Mariano a la escuela, y salía un rato antes: “Voy a comprar zapatos”. Pero ahora ya está. Yo soy muy creyente, y como el Señor perdona todo, ya tengo todo perdonado. Desde que estoy convertida, nunca más me acosté con un tipo casado.
—¿Y cuando estabas con Astor también pasaban esas cosas?
—Eh… bueeeno… Era nada más que sexo y chau.

En 1973 se fueron a vivir a Roma, y Mariano, el hijo de Amelita, quedó en Buenos Aires.

—Estuvimos en Roma un año y medio. Y yo un día me compré el pasaje a la Argentina, y me vine. Saqué pasaje para el 27 de mayo, porque el 28 Mariano cumplía 10 años. El chico me extrañaba muchísimo, pero Astor, que sin una mujer no sabía ni limpiarse los mocos, me decía: “No vayas, me voy a quedar solo”. Y yo le decía: “Astor, el chico tiene diez años y vos 55”. Así que me vine.
—Pero algo habría pasado para que te fueras así.
—Y sí, había cosas de un poquito antes. Me había hecho abortar un chico de él.

***

Entre 1968 y 1974, ella fue —en los discos, en el escenario—, la muchacha que ponía la voz a tangos como “Balada para un loco”, “Memoria en ay menor”, “Preludio para el año 3001″. Con 28, 29, 30 años, navegaba sin dificultad por versos difíciles, arrancando chispas de luminosa oscuridad a tangos que decían cosas como las que dice “Balada para mi muerte”: “Moriré en Buenos Aires. Será de madrugada. Guardaré, mansamente, las cosas de vivir. (…) Mi penúltimo whisky quedará sin beber. Llegará tangamente mi muerte enamorada, yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis”

***

—Me había quedado embarazada cuidándome a lo loco. Me habré sacado el diafragma un poco antes, no sé. Él había estado de gira por Europa. El día que llegó estábamos en su departamento. Llegaba de Londres y me había traído un mameluco de jean, y me lo probé. Le dije: “Es medio justito y no sé qué va a pasar dentro de poco, porque estoy esperando un bebé”. Se puso como loco. “¡Cómo, si nos cuidamos!”. Y de ahí en más, fue una tortura mental. “¡Ya tenés un hijo, andate de acá y ponele Baltar, Piazzolla no le vas a poner a eso!”. A la mañana, a la tarde y a la noche. Y yo lloraba. Le decía: “Pero vino sin querer”. Estuvo quince, veinte días así. Ahí supe lo que era la crueldad mental. “Ponele Baltar, yo no quiero hijos”. Ahí se me vino abajo el tipo. Y nunca levantó. Al final dije: “Por favor, llamá a un médico, esto no lo aguanto más”. Ese menosprecio, esa subestimación. Él me dijo: “Bueno, media hora, te anestesian, te lo sacan y ya está”. Yo ya le había contado a Mariano que iba a tener un hermanito, porque qué iba a pensar yo que Astor… Bueno, el día que volví a las siete y media de la tarde a casa, que volví del horror, Mariano abrió la puerta. Le dije: “Hola, mi amor, el hermanito que estaba ahí adentro se murió y tuve que ir a que me lo sacaran”. Y me miró y me dijo, era zetudo: “Loz grandez no zirven para nada”. Y se puso a llorar. Y yo me puse a llorar y me fui a mi cuarto. Entonces vino Astor y me dijo: “Bueno, no te pongas así, vamos a programarlo con tiempo, y vamos a tener uno”. Y yo le dije, textuales palabras…

Hace una pausa, toma aire y, con la voz cargada de ira volcánica, dice:

—“Salí de este cuarto y andate a la remil puta madre que te remil parió, y no entres hasta que yo te llame”. Eso le dije. Y se fue. Y ahí se rompió todo. Yo creo que sentí hasta asco, porque cómo ese hombre, la persona que yo amaba tanto…

Era 1972 y la relación duró, todavía, dos años más. Ella hizo, junto a otras dos cantantes, Susana Rinaldi y Marikena Monti, un espectáculo llamado Tres mujeres para el show, un éxito estruendoso.

—Después nos fuimos a Roma, y ahí lo dejé. Astor estuvo sin llamarme quince días y después empezó a llamar. Me decía: “Hice todo mal, no te valoré, sin vos no puedo vivir”. Y al cabo de dos meses vino a Buenos Aires, y empecé a aflojar. Se iba a Brasil, y me dijo: “Cuando vuelva, volvemos a estar juntos”. Entonces conocí a Ronnie Scally, en un asado. Un modelo que era un sol. Hicimos el amor y me encantó, y cuando a los veinticinco días llegó Astor, le dije: “Conocí a otra persona”. Yo creí no sólo que se moría, sino que me mataba. No me perdonó nunca. Y nunca más lo vi. Después él empezó a salir con la tercera viuda.

—¿La tercera viuda?
—La tercera mujer. Me odia. Porque yo fui el gran amor de Piazzolla. Él me odió durante años. Cuando le preguntaban por mí, decía: “El amor es ciego. Y sordo”. Pero vos no odiás durante veinte años a alguien a quien no amaste.

En 1990, en París, Piazzolla sufrió un ataque que lo dejó semiparalizado y, en 1992, falleció en Buenos Aires.

—Yo fui al velatorio. Fui hasta el cajón y le dije “Viste. ¿Para qué tanto odio?”.

En el libro Astor Piazzolla, a manera de memoria, de Natalio Gorin, el autor pregunta si la separación de Baltar fue conflictiva, y Piazzolla responde: “Sufrí mucho y me hizo daño (…) Los seis años que vivimos juntos fue como estar adentro de un volcán. Dios quiso que el final fuera así, violento, que se fuera de Italia (…) y nunca más se supo. Después me enteré de cosas peores. Gracias a dios, se rompió todo”.

—¿Tenés recuerdos lindos?

Se hace un silencio largo. Entrecierra los ojos.

—Era lindo meter cuatro cosas en un bolso e ir a visitar a su mamá a Mar del Plata. Era lindo ir a pescar con Mariano. Pero la vida linda pasa… y pasa. Te acordás de los momentos feos. Ahora ya soy grande, y está bien que el mundo se entere de cosas que yo pasé.

***

Después de su separación de Piazzolla, pasó cuatro años sin sacar un disco y su producción se volvió más espaciada: si en 1970 había grabado Amelita Baltar con Piazzolla y Ferrer; en 1971, La bicicleta blanca; en 1972, Piazzolla, Baltar, Ferrer; en 1973, Cantándole a mi tierra, recién en 1978 editó Nostalgias y pasaron casi diez años para Como nunca, un disco de 1989. Durante buena parte de todos esos años, su pareja de entonces, Ronnie Scally (que falleció en julio pasado), fue su manager.

—Pero no sabía hacerlo, y me hundió la carrera. Fueron épocas malísimas. Y encima yo tenía las cuerdas vocales destruidas, porque Astor me había hecho cantar en una tesitura más alta.

En 1982, cuando el hijo de ambos, Patricio, tenía un año, se separaron.

—Patricio tiene mala relación conmigo. Yo preparo algo de comer y lo dejo ahí y se lo lleva al cuarto. Si yo entro a su cuarto, se encierra con llave. Lloré mucho. Ahora me da mucha pena el tiempo que pierde ese chico de tener una relación así con la madre. Yo lo adoro.

Desde el recibidor llega el sonido del teléfono fijo.

—Debe ser él.

Se levanta, atiende.

—Hola.

Silencio.

—¿En mi billetera no está?

Silencio.

—Me están haciendo una nota. Bueno, ahí voy.

Cuelga el teléfono, se disculpa:

—Voy a bajar a buscar la tarjeta que necesita Patricio para tomar el colectivo.

Abre la puerta, cierra la puerta. El departamento queda otra vez solo, a merced.

***

Desde el lanzamiento de Como nunca luchó contra una voz mortificada, afónica. Recorrió médicos, fonoaudiólogos, alergistas. Al final, todo se arregló con un milagro cuando, en 1993, empezó a ir a la iglesia bautista. Volvió a cantar en vivo, editó dos discos en 1999, Leyendas y Referencias; Amelita de todos los tangos en 2001 y, doce años después, en 2013, El nuevo rumbo, que presentó en diversos shows. Pero eso, una vez más, es historia antigua.

***

La puerta del departamento se abre, y llega, agitada, desde la planta baja.

—Ya le mostré dónde estaba. No puedo más. Hace rato que no puedo ir a la iglesia, y la iglesia para mí es muy importante. Yo oré, y la voz empezó a mejorar. Fue un milagro, porque tengo las cuerdas vocales ensanchadas, por culpa de Astor, pero canto cada vez mejor.
—¿Seguís presentando el disco nuevo?
—No, porque el grupo me largó en septiembre de 2013. Sebastián, el productor, me vino a ver y me dijo: “Queremos seguir solos, estoy muy estresado por los llamados que me hacen porque vos no sos kirchnerista”. Así que estoy sola. ¿Querés que vayamos abajo?

Es el final de la tarde, y el departamento de la planta baja está oscuro. En el recibidor se amontonan las correas de los perros. En su habitación, la cama ocupa todo el espacio. En el comedor hay sofás cubiertos por telas, para que no los rompan los animales. El sitio donde duerme Patricio es un espacio triangular, separado de la sala por puertas de hierro repujado. Huele a cigarrillo y la luz de la tarde, mortecina, entra por una claraboya.

***

Es martes por la tarde, y ha dormido muy poco, a pesar de haber tomado medio Alplax y medio Valium.

—Desde que me desperté no puedo parar.

Sobre la mesa de la sala hay una caja con artículos y fotos: diarios de Argentina, Brasil, España, Francia, con títulos como “Le superbe tango d’Amelita Baltar”, “La passion Argentine”, “Amelita de todos os tangos”, “Una musa inspiradora”.

—¿Piazzolla te respetaba como artista?
—Yo creo que… él me amaba muchísimo, pero si no le hubiera gustado cómo yo cantaba, no me hubiera tenido en un escenario. La gente se moría cuando me escuchaba. El pudo llegar a ser el amor de mi vida. Pero no llegó a ser. Si no hubiera hecho eso, hubiera sido el amor de mi vida y yo tendría un hijo de 43 años. O una hija.

La puerta del departamento se abre y ella se sobresalta.

—Ay… eh… hola… eh…

Un hombre alto, de barba, entra cargando bolsas de supermercado y, sin saludar, se mete en la cocina.

—Hola, hola —dice ella, como si en vez de hola estuviera diciendo: “Quiero hacerte notar que no has saludado”.

El hombre dice algo que puede ser “hola” o “no me jodas”.

—Ella es… Leila. Está haciendo una nota para una… revista de… de… México.
—Hola —dice el hombre, y se va.
—Chau, chau —dice ella, con un temor que parece más bien una imitación del temor.

Después susurra, como si el hombre pudiera escucharla:

—Ése es Patricio. Tiene unos ojos así y una piel que es un angelito. Yo le pido al Señor: “Por favor, hacé como hiciste con Pablo”.
—¿Quién es Pablo?
—El apóstol Pablo, el único que no conoció a Jesús. Entregaba a los cristianos a los romanos para que los mataran, hasta que un día se desmayó y vino el Señor y le dijo: “Por qué me perseguís así”. Por eso le pido al Señor, que un día este chico se caiga en la calle y necesite ayuda y me diga qué pasa, mamá, te necesito. Vení, vamos a ver qué me trajo.

Sobre la mesada de la cocina hay tres bolsas de supermercado.

—Zapallitos, naranjas. A veces me dice: “¡Quién sos vos, quién sos!”. Y yo le digo “¡La que paga lo que comés, pedazo de pelotudo!”. Es como estar durmiendo con el enemigo. Pero mirá, me trajo naranjas. Me quiere.

Odilon de Oliveira, el juez más amenazado de Brasil, no tiene un solo rasguño pero guarda en su armario una carpeta llena de planes para matarlo. Es una carpeta negra del grueso de una guía telefónica a la que cada semana le agrega un nuevo recorte: emails anónimos, trozos de periódicos e informes de sus escoltas y de la policía que le advierten de posibles atentados. Ahí se encuentran todos los intentos para asesinarlo: cuando dispararon contra su casa y los hoteles donde se hospedó, las tentativas de envenenamiento, cuando estuvo en la mira de un francotirador, el día que un hombre entró al gimnasio donde corría para cortarle la garganta, o la vez que tuvo que rescatarlo un helicóptero. Administrar justicia es un oficio de alto riesgo. Giovanni Falcone, el juez italiano célebre por su lucha contra la Cosa Nostra, fue asesinado con su mujer y tres guardaespaldas en una explosión de media tonelada de dinamita que sacudió la carretera a Palermo. Paolo Borsellino, otro juez antimafia, acababa de almorzar en un restaurante con su familia cuando estalló a su lado un Fiat 126. Rocco Chinnici, jefe de ambos, también murió por la explosión de un coche bomba. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia de Colombia, uno de los mayores enemigos del cártel de Medellín, fue baleado en su coche por un sicario en motocicleta. A Tulio Manuel Castro, un juez colombiano que llamó a juicio a Pablo Escobar por un asesinato, lo acribillaron cuando tomaba un taxi para ir al entierro de un tío. Robert Smith Vance murió al abrir un paquete bomba enviado por un hombre al que había condenado. Al magistrado español José María Lidón un miembro de ETA lo mató frente a su mujer y su hijo. La jueza hondureña Mireya Mendoza estrelló su coche contra un semáforo cuando dos criminales que investigaba le dispararon por la ventanilla. A Alexandre Martins, un juez brasileño que investigaba a un grupo de asesinos a sueldo, lo mataron al llegar al gimnasio el día que dio libre a su guardaespaldas. A Patricia Acioli, una jueza de Río de Janeiro que investigaba los nexos entre la policía y el crimen organizado, le dispararon más de veinte veces mientras intentaba abrir la puerta de su garaje. La Asociación de Magistrados de Brasil dice que al menos cuatrocientos jueces están o se sienten amenazados. Todos pertenecen a la rara estirpe de magistrados que están dispuestos a arriesgar la vida para hacer valer la ley. Los más buscados entre los criminales. Los que sacrifican su libertad. Los que siempre están bajo la mira de un asesino. El juez Odilon de Oliveira lleva chaleco antibalas cuando llega a las diez de la mañana con cinco guardaespaldas a su despacho de Campo Grande, una apacible ciudad de Matto Grosso do Sul, y se acomoda debajo de un crucifijo a trabajar. Por esta zona entra gran parte de la droga proveniente de Paraguay —el segundo productor mundial de marihuana— y Bolivia —el tercero de cocaína—. En Ponta Porá, a tres horas de Campo Grande, viven los grandes capos de la droga de la frontera brasileña. Ser juez penal aquí es uno de los más peligrosos trabajos de escritorio.

En Brasil los jueces más populares se enfrentan contra el poder gobernante. A Joaquim Barbosa, el primer juez negro de la Suprema Corte de Justicia, la gente lo detiene en la calle para agradecerle por acusar de corrupción a una treintena de ministros y funcionarios del partido del expresidente Lula da Silva, y la máscara más vendida del último carnaval de Río llevaba su rostro.

Fuera de Matto Grosso do Sul, un estado en el centrooeste del país, pocos han escuchado hablar del juez más amenazado de Brasil. Y no se venden máscaras festivas de él. Pero algunos de los hombres más peligrosos del país lo conocen de sobra. A Irineu Soligo, ‘Pingo’, uno de los traficantes más buscados del país, Odilon de Oliveira lo condenó por homicidio, tráfico de armas, drogas y formación de un grupo criminal. Nilton Cesar Antunes, ‘O Cezinha’, un jefe del Primer Comando Capital (PCC), ha intentado matar al juez dos veces después de que lo condenara a veintiocho años. Aldo Brandao, ‘Alvejado’, otro narcotraficante del PCC, preparó un plan para matarlo un Día de la Madre. El juez le había dado treinta años de prisión. La Policía Federal descubrió que ‘Alvejado’ había contratado a decenas de sicarios y a una avioneta para vigilarlo. En un solo año Odilon de Oliveira mandó a doscientos traficantes a la cárcel. Las condenas de todos juntos suman diez siglos de encierro.

Odilon de Oliveira tiene un nombre de pila que sugiere una altura mayor a su metro sesenta de estatura. A primera vista parece un tipo duro y desconfiado, excepto cuando mira su colección de amenazas y da la impresión de ser un niño miope y sesentón que se ajusta los lentes para leer un cómic de superhéroes. Sus admiradores le recuerdan cada cierto tiempo que es «el más valiente» por dirigir el único juzgado nacional que persigue delitos financieros y lavado de dinero en un estado del tamaño de Alemania. Ser odiado y amenazado, según él, significa que está haciendo bien su trabajo. Hay quienes coleccionan facturas, cartas o revistas. En un armario bajo llave frente al escritorio de su despacho, Odilon de Oliveira guarda junto a su toga, las fotos de sus padres y el chaleco antibalas, esa carpeta negra con recortes de periódico que anuncian que en la frontera con Paraguay y Bolivia ofrecen dos millones y medio de dólares por su cabeza. La frontera es una especie de Viejo Oeste, una zona árida, porosa y violenta, rodeada de autopistas clandestinas en las que aterrizan avionetas cargadas de droga. Casi no hay controles policiales. Los ajustes de cuentas son comunes en un paisaje de cuerpos decapitados, brazos cortados y hombres quemados vivos. Cuatro periodistas han muerto en menos de un año y medio. Cándido Figueredo, un periodista paraguayo especializado en narcotráfico, tiene la mitad de escoltas que el juez y su casa es un búnker. Los principales enemigos de Odilon de Oliveira —como el ‘Rey de la Frontera’, Fahd Yamil, o la familia Morel, que controlaba la droga que entraba desde Paraguay— viven en Ponta Porá. Odilon de Oliveira no sólo desarticuló en la frontera una parte del Comando Vermelho, el grupo que comandaba Fernandinho Beira Mar, el capo de la droga más famoso del Brasil: también encontró grabaciones en las que ese narcotraficante reía mientras ordenaba a su gente que cortara las orejas, los pies y los genitales a un joven que se había involucrado con una exnovia suya. En otras Beira Mar decía por teléfono a un mafioso: «El juez tiene el tiempo corto. No puedo esperar para matarlo». Como en todas partes, Odilon de Oliveira no puede estar solo allí, donde es más fácil morir que ser héroe. Cuando el juez viaja a esta zona, la Policía Federal interrumpe las comunicaciones, cierra las calles y no permite que nadie se acerque. Hace unos años dispararon al puesto militar en el que el juez de Oliveira dormía junto con cincuenta hombres armados. Dice con jactancia que él no se despertó.

[II]

Cuando tiene pesadillas, el juez Odilon de Oliveira siempre está solo. Unos días antes del Día del Trabajo de 2013 soñó que estaba sin seguridad en una ciudad muy pequeña y que unos hombres armados lo perseguían. Él se escondía en un camión de basura para evadirlos. Su aislamiento le ha permitido reflexionar sobre sus sueños. Aunque esté rodeado de personas, se ha acostumbrado a su soledad. Los justos también viven en cautiverio. Desde hace casi quince años, Odilon de Oliveira nunca puede estar solo. Hoy vive vigilado día y noche por nueve agentes federales que se dedican sólo a cuidarlo. Al menos cuatro de ellos están siempre a su lado. Su esposa, Maria Divina de Oliveira, una mujer más alta que él, de voz grave y que quiere bajar cinco kilos, recuerda la vez que estuvo sola en un concurso de baile esperando a que llegara su marido. Vestía un colorido traje típico sin escote y miraba hacia la puerta cuando supo que De Oliveira, por instrucción de sus guardaespaldas, jamás llegaría. La mujer del juez se quedó sin pareja. «Me he acostumbrado a hacer una vida sola», dijo cuando preparaba pan casero para un asado con su familia y los guardaespaldas de su esposo el feriado del uno de mayo. Durante la parrillada a la que me invitó en su casa, el juez apartó un par de sillas para hablar lejos de su familia. Lo rodeaban sus nietos, un bebé de dos meses y un niño de seis años que tocaba un acordeón. Tampoco sus hijos entran en ese mundo blindado. Su casa, una residencia con piscina y sótano donde habitan nueve personas, se ha convertido en una prisión en la que también duermen los responsables de mantenerlo vivo, que son unos extraños para él. El juez no sabe si tienen hijos o si alguien los espera en casa. Durante el asado, dos de sus guardaespaldas dejaron las armas sobre la mesa: bromeaban y bebían cerveza. A pesar de que el juez se olvida de sus nombres, forman parte de su rutina doméstica. Se turnan de dos en dos para dormir en el sótano de la casa. A la hora de comer, mientras todos se sentaban a la mesa a conversar de fútbol, el juez comía solo y de pie. Como un invitado en su propia casa. Claudia Bittencourt, quien desde hace veinte años es su secretaria, dice que en el juzgado su jefe también almuerza solo en la sala de audiencias junto a su despacho y que jamás visita el comedor. En su casa, durante la parrillada, su hijo y su cuñado reían a carcajadas cuando decían que el juez es hincha del Corinthians, el equipo que suelen seguir los miembros del Primer Comando Capital, la mayor banda criminal en la frontera. Después de comer, los hombres y las mujeres presentes tomaron café por separado. Odilon de Oliveira no entró en ninguno de los grupos. Se paseó por su biblioteca de tratados de derecho y novelas criminales, como GOMORRA, cuyos pasajes sobre lavado de dinero ha subrayado a lápiz. Durante algún tiempo Odilon de Oliveira escribió emails a Roberto Saviano para expresarle su admiración y contarle que él también vivía apresado. Jamás obtuvo respuesta. «Nunca ha sido de muchas palabras, pero desde que tiene seguridad cada vez se aísla más», me dijo su hijo mayor, el encargado de poner la carne en la parrilla, un abogado que vive en la misma casa con su mujer y sus dos hijos. Cuando el juez no está allí, su familia vive sin seguridad. «Los bandidos tienen ética. Nunca se meten con la familia —explica Odilon de Oliveira—. Las mujeres y los hijos son sagrados». El juez habla poco. Sus temas son siempre las drogas y los criminales. Cada vez que puede insiste en que no les teme. Antes de tener guardaespaldas y después de la muerte de su padre, el juez tenía miedo a los fantasmas. Temía que su espíritu se le apareciera por la noche.

Despertaba a su mujer si tenía sed o ganas de ir al baño. Estuvo tres años y medio en terapia, pero aún no le gusta hablar de eso. Sin embargo, Odilon de Oliveira insiste en haber enterrado sus miedos y quiere parecer invulnerable, aunque a veces su inconsciente lo traicione. En una de sus pesadillas, unos criminales lo matan a tiros y él ve cómo meten su cadáver en el féretro. Lleva un traje azul marino. Su familia no está. Nadie lo llora. Todo está muy oscuro. «En la vida real no me siento así —aclara con prisas—. Sólo en los sueños». El juez también está solo en los buenos sueños: a veces trepa un muro de su casa y escapa de sus escoltas.

Aunque sea onírica, la paranoia de Odilon de Oliveira tiene fundamentos. Desde afuera Brasil es visto como el país de la alegría, donde la gente baila samba, toma el sol en playas y juega al fútbol las veinticuatro horas. Pero en la lista de los países que no están en guerra, es el sétimo país más peligroso del mundo. Cada quince minutos una persona es asesinada en Brasil. Campo Grande, donde vive el juez De Oliveira, es una ciudad provinciana en la que sus habitantes toman tereré —especie de mate frío—, se divierten en los karaokes y sufren un calor extremo casi todo el año. En un país en el que se resuelve sólo uno de cada diez asesinatos, Odilon de Oliveira es el héroe de un estado remoto. Pero la mayoría de personas ignora a cuántos delincuentes ha metido a la cárcel ni por cuánto tiempo. Es un héroe porque lo ven rodeado de guardaespaldas. Es un héroe porque otros quieren matarlo y sigue vivo.

[III]

A Odilon de Oliveira la policía le prohibió ir a clases de baile, trotar al aire libre y visitar la peluquería. El juez contrató a un profesor de danza tradicional para seguir bailando en casa con su esposa. Pidió un manicurista a domicilio porque no soporta tener las uñas sucias. Y todos los días va al gimnasio, obsesionado con mantenerse fuerte. El Día del Trabajo de 2013 fue excepcional para el juez: era una de las dos veces al año en que le dan permiso de correr ‘al aire libre’, es decir, encerrado en una pista de doscientos metros de concreto en la sede de la Policía Federal de Campo Grande. Había nueve guardaespaldas armados que lo veían ejercitarse y paseaban a su alrededor. Esa mañana De Oliveira iba a correr con Joao Bittencourt, su mejor amigo, un hombre esquelético, funcionario del Ministerio del Trabajo y esposo de la secretaria del juez. El magistrado vestía una camiseta blanca sin mangas y unos pantalones cortos azules. Antes corría media maratón cada semana hasta que los responsables de su seguridad se lo prohibieron por temor a los francotiradores. Desde entonces Odilon de Oliveira hace pesas y corre en la cinta. Su fisioterapeuta le había advertido que no lo hiciera en superficies de concreto por una lesión que desde hace diez años tiene en la rodilla izquierda. Pero a Odilon de Oliveira no le importa. Apenas llegó a la sede de la Policía Federal se estiró un par de minutos, pidió a uno de sus guardaespaldas que le cronometrara el tiempo y empezó a correr. El juez lucía feliz y relajado. Pero, incluso cuando trotaba, no abandonaba su obsesión por el crimen: comentaba con su amigo de la producción de coca en el Perú y de cómo Sendero Luminoso se había entrometido en mover la droga. Después de cuarenta y cinco minutos, y de correr unos ocho kilómetros y medio, uno de sus guardaespaldas le hizo una señal al juez. Era el momento de detenerse. Decepcionado, De Oliveira abrió los brazos y resopló. Su alegría había durado treinta y siete vueltas.

Después de correr en la sede de la Policía Federal, Odilon de Oliveira se duchó y regresó a su casa rodeado de rifles. Como un condenado, los justos también pierden la libertad. Se olvidan para siempre de correr al aire libre o de ir al cine. Improvisar es casi imposible. La mafia ni perdona ni olvida. Los criminales pueden pasar años estudiando el momento clave para atacar. Para un enemigo de los mafiosos, cada día comienza y acaba entre choferes armados y desconocidos que conducen por ellos y miran con desconfianza por el espejo retrovisor. Tener una escolta es vivir bajo un reflector que te protege y a la vez te exhibe, y también produce sombras que casi nunca te dejan solo. El juez español Baltasar Garzón solía poner música a todo volumen para hablar con su mujer en privado y evitar que lo escucharan sus guardaespaldas. Roberto Saviano, el autor de Gomorra, no tiene domicilio fijo, viaja en autos distintos y vive con más de una decena de carabineros para evitar que la Camorra lo asesine. Jesús Blancornelas, director del semanario mexicano Zeta, vivió más de una década rodeado de militares hasta que un cáncer lo mató. En estos casos, la reclusión es un seguro para conservar la vida, aunque el encierro tampoco garantice sobrevivir. Todos los jueces asesinados eran prudentes, sabían que podían morir y se tomaban en serio su seguridad. Sólo hay dos formas de matar a un juez que vive detrás de vidrios blindados y con un grupo de hombres que protegen sus espaldas: con la espectacularidad de una escena cinematográfica o la ayuda de un traidor. Al juez italiano Giovanni Falcone lo mató una explosión que los sismógrafos registraron como un terremoto. Tampoco hay muchas formas de proteger a un juez. Para cuidar a los jueces amenazados, Brasil decidió que los casos de crimen organizado sean juzgados por tres magistrados en lugar de uno solo. México modificó los horarios de trabajo de los jueces en las zonas más peligrosas del país. Durante los años noventa, Colombia y el Perú crearon la figura de los ‘jueces sin rostro’. Viajaban en coches blindados, distorsionaban sus voces durante los juicios, y las audiencias sucedían bajo máximas condiciones de seguridad. En Honduras, al sentirse desprotegidos, los jueces amenazaron con renunciar a sus trabajos y convocaron a una huelga nacional. Al ver la suerte de otros jueces, Odilon de Oliveira ha tomado sus propias precauciones. El juez ha depositado su confianza en la carpeta que guarda junto a las fotografías de sus padres. Si se quedara sin protección y lo mataran, Odilon de Oliveira sabe que podrían inventarse cuentos de él. Cuando asesinaron a Patricia Acioli, la judicatura brasileña argumentó que ella no quería tener escoltas y que, en ese momento, ya no existían amenazas en contra de ella. La carpeta negra que guarda el juez pesa unos cuatro kilos. Esa colección de amenazas, anónimos y recortes de periódicos no es el capricho de un excéntrico. Es su seguro contra la difamación.

Pero el juez sabe que a veces el enemigo duerme en casa. Su escolta le da cierta tranquilidad porque la Policía Federal es la más respetada de los cuerpos de seguridad brasileños. «Los bandidos les tienen miedo», dice De Oliveira. Sin embargo a veces también hay que temer a algunos policías. Dos escoltas de la Policía Militar intentaron matar a Fabiola Mendez de Moura, una joven jueza de Pernambuco amenazada por investigar un caso de diecinueve policías que pertenecían a un grupo de exterminio, y su marido tuvo que convertirse en su guardaespaldas. Alexandre Martins, el juez más célebre de Espíritu Santo, fue asesinado por investigar a su propio jefe, quien liberaba a criminales de varias pandillas. Según el presidente de la Asociación de Magistrados de Brasil, hace quince años era impensable matar a un magistrado, pero el descontrol de las prisiones brasileñas —en las que hoy se podría encontrar la población entera de Washington D.C.— permitió que las bandas criminales se organizaran tras las rejas y planearan asesinar a los jueces que los habían condenado. Así mataron a la jueza Acioli y al juez Martins. Fue en las cárceles donde nacieron el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital. El propio ministro de Justicia de Brasil dijo que preferiría morir antes de pasar varios años en un presidio brasileño. Odilon de Oliveira descubrió que el capo Fernandinho Beira Mar daba órdenes desde una prisión federal a las mafias en Río de Janeiro a través de cartas que escondía en bolígrafos y que su abogado entregaba a sus capitanes. Un setenta por ciento de los presos liberados vuelve al crimen. Muchos de ellos no pueden olvidar al juez que los condenó.

La admiración que Odilon de Oliveira provoca tiene algo que ver con el odio que inspira en otros. Según la lista de sospechosos de la Policía Federal, unas sesenta y siete personas podrían estar tramando su muerte en estos momentos. Cada vez que cierra un caso, el juez gana un enemigo. Entre los montones de expedientes que saturan su oficina, De Oliveira sólo recuerda algunos de los nombres de las personas cuyo destino decidió, pero sus sentenciados se acuerdan bien de él. Según el secretario de Seguridad Pública de Matto Grosso do Sul, Wantuir Jacini, uno tenía la foto del juez en su celda y todos los días juraba ante la imagen que lo mataría. En el derecho anglosajón, los jueces son electos por los ciudadanos, y los veredictos están a cargo de un jurado que decide por unanimidad. Pero, en América Latina, el futuro de una persona está en manos de un solo hombre. Odilon de Oliveira ha desarticulado batallones de grandes organizaciones criminales y les ha pegado donde más les duele. Ha confiscado a las mafias avionetas, coches, ganado y dinero suficientes para financiar el estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más costoso del país. En uno de los emails anónimos que le mandan, el remitente le advierte que faltan sólo seis años para que se jubile. Será en febrero de 2019, cuando cumpla setenta años y, por ley, tenga que retirarse de su puesto en el juzgado y pierda sus guardaespaldas. «Ese día —advierte el anónimo— los hijos de aquellos que cometieron un error semejante a robar una gallina y fueron sentenciados por ese loco desgraciado encontrarán una buena oportunidad de venganza». El juez recuerda sus casos por los números, como el de catorce traficantes y siete avionetas en el que ha trabajado en los últimos meses. Casi nunca se queda con los nombres de los delincuentes. Sus condenados, sin embargo, nunca olvidarán el nombre de Odilon de Oliveira. El juez no da detalles a su familia de las amenazas que le siguen llegando. No les cuenta cada vez que tiene que salir en un helicóptero o si recibe una llamada que le pregunta de qué color quiere su féretro. Insiste en que no tiene miedo de morir, pero en su escritorio hay unos papelitos de colores con citas bíblicas que le regaló su hija —una jueza civil en Sao Paulo que se dedica sobre todo a casos de divorcio— y que él utiliza como separadores de las páginas de los expedientes: «¡Líbrame, oh, Jehová, del hombre malo!». «¡Líbrame de gente impía y del hombre engañoso e inicuo!». «Si el justo con dificultad se salva, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?». Odilon de Oliveira reza mientras sentencia.

Si la Justicia es una mujer que sostiene una espada y una balanza con los ojos vendados, el trabajo de un juez es abrir bien los ojos para dar a cada uno lo que le corresponde. Pero si en algún lugar se encuentra la rara especie de los jueces justos, estos se convierten en héroes con sólo cumplir su trabajo. Los jueces, además de castigar a los criminales, trabajan contra la incredulidad de los ciudadanos. El prejuicio sobre los agentes de la justicia —jueces, procuradores, fiscales— es que son corruptos, cobardes o débiles, incapaces de hacer cumplir la ley. Un alto magistrado dio a Rocco Chinnici, el jefe de Falcone y uno de los primeros en investigar a la mafia siciliana, el siguiente consejo: «Sepúltalo bajo montañas de juicios insignificantes. Al menos nos dejará en paz». Chinnici ignoró el consejo y se convirtió en un juez idolatrado. En las librerías italianas se encuentran cientos de libros sobre Falcone. Cada año Palermo recuerda su muerte y la de su colega Paolo Borsellino, con un cartel en la plaza central: «No los han matado: sus ideas caminan sobre nuestras piernas». Baltasar Garzón se convirtió en un fenómeno mediático en todo el mundo por investigar los crímenes del franquismo y los de las dictaduras chilena y argentina. Eugenio Raúl Zaffaroni, ministro de la Suprema Corte de Justicia argentina, recibió cientos de condecoraciones por estudiar los crímenes masivos de los regímenes militares.

Odilon de Oliveira tiene un club de admiradores en Campo Grande, gente que lo llama ‘doctor’, aunque nunca hizo un doctorado y le dejan en su oficina figuras religiosas para que lo protejan. Si alguien quiere un certificado de su valentía, sólo tiene que mirar la pared tapizada de diplomas en los que la Presidencia, la ONU y el Papa lo acreditan. Odilon de Oliveira es especialista en peces gordos. No le interesan las mulas de drogas ni el resto de peones del narcotráfico. Si se cruza con ellos, pide penas mínimas siempre y cuando no tengan antecedentes y comprueben que no viven del crimen organizado. Él busca a los capos, a la gente detrás del dinero, a los empresarios y políticos enredados con el narcotráfico. Cuando llegan al Tercer Juzgado Federal de Campo Grande, especializado en delitos financieros y lavado de dinero, les impone la pena más alta, que es de quince años. Por eso es parte de un grupo de jueces a los que se les llama de linha dura, famosos por condenar con severidad a las mafias organizadas. Cinco de ellos han muerto por eso. Si Odilon de Oliveira muriera, no habría un solo juez en el centrooeste que pudiera reemplazarlo.

[IV]

Casi nunca el juez es el protagonista de una película. Los abogados y los fiscales saben cuál es su posición respecto a la ley y la justicia: a favor o en contra del acusado. En Testigo de cargo, el héroe es un abogado defensor que salva a un hombre culpable porque confía en que es inocente. En Matar a un ruiseñor, un abogado defiende a un afroamericano y prueba que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En Justicia para todos, Al Pacino tiene que enfrentarse a un juez que además es culpable de haber violado a una joven. Las películas muestran la poca fe que hay en la justicia. En la pantalla grande, nadie quiere golpear con un martillo de madera sobre la mesa. Odilon de Oliveira está sentado entre dos conceptos que repite siempre: ‘lo justo’ y ‘lo legal’. Los abogados aprenden que la justicia es aplicar la ley, pero él cree que no siempre es justo hacerlo. Admite que a veces se ha saltado procesos burocráticos para atrapar a un capo. Por eso es el favorito de algunos policías de Matto Grosso do Sul. En ocasiones el juez firma órdenes de captura después de atrapar al malo. Son trucos que no llegan a lo ilegal, pero que le permiten avanzar en las investigaciones. La Orden de Abogados de Brasil lo acusó de grabar sin permiso conversaciones entre abogados y presos en las cárceles. Aunque nunca se comprobó, hay quienes dicen que con ellas atrapó a criminales que ahora planean su muerte desde la prisión. Lo justo y lo legal suponen un dilema moral que le es imposible resolver. Entonces surgen preguntas que intenta responder a su manera. ¿Cómo combatir el narcotráfico si el que roba un bolígrafo cumple la misma condena que el dueño de un camión lleno de cocaína? ¿Cómo hacer justicia si sólo tienes quince días para pinchar los teléfonos de una organización criminal? ¿Cómo proteger a los testigos si el sistema está lleno de delatores? Y concluye: «Puede haber aplicación de la ley, pero no hay justicia». «Aquí la ley no protege ni al juez». A ratos Odilon de Oliveira admite la derrota: «Como juez quiero hacer justicia, pero la ley que tenemos aquí en Brasil no da para eso». Tal vez por eso el juez pase su tiempo libre viendo documentales o leyendo sobre jueces de otros países que admira, como Falcone o Garzón. Pero su mayor héroe es Lampiao, una especie de Robin Hood brasileño, un bandido que a principios del siglo XX robaba a los hacendados y daba dinero a los pobres. Lampiao fue un ídolo nordestino, pero también un criminal temido en todo el país por ser un asesino cruel que torturaba sin piedad a sus enemigos. Lo admira por su sentido de justicia y porque no le importaba romper la ley para luchar por sus ideales, aunque si hubiera vivido en la misma época, Odilon de Oliveira dice que habría condenado a su héroe.

Odilon de Oliveira sabe qué sucederá cuando se muera. Hace unos años, durante el Encuentro Internacional de Magistrados en Victoria, el juez se convirtió en fantasma. Cuando se rendía homenaje a jueces como Alexandre Martins y Antonio José Machado Días, asesinado a tiros en Sao Paulo, se oyó por los altavoces: «Homenajeamos la memoria del juez Odilon de Oliveira». El juez subió al escenario a recoger su diploma. El público quedó atónito: el muerto estaba vivo. Por error se daba por hecho que el juez más amenazado del país ya había sido asesinado. «Ese día—recuerda De Oliveira— me di cuenta de que mi trabajo ha servido de algo». Cuando lo vieron subir al estrado, no le quisieron dar el premio. Era un diploma y una escultura de una mano que sujeta un mazo de juez y un mundo con una lágrima. Peleó para que meses después se los entregaran. Ahora la conserva en una vitrina de su casa.

El día de 2019 que se retire, Odilon de Oliveira se quedará solo. «El día que me jubile, duraré máximo seis meses». Conservará las imágenes religiosas que le han regalado para que lo protejan y esa gran carpeta negra que guarda en su armario. Sólo su esposa y su secretaria tendrán copias de esos archivos que enumeran todos los intentos de atentados contra él y que recopilan cada advertencia, como la vez que la mujer de un mafioso le avisó que su marido planeaba asesinarlo. La carpeta es su única garantía para demostrar que Odilon de Oliveira luchó por la justicia y para que, si llega el día en que lo maten, su muerte no quede impune. El juez está preparado por si le toca enfrentarse contra el sistema después de muerto. Cierra su carpeta con cuidado. En la tapa se alcanza a ver una leyenda: En caso de muerte, no entregar a la Policía Federal.