A sus 54 años, Agapito Pazos Méndez vivió su único día en el mundo. Conoció el mar en la costa de Galicia, recibió el beso de una mujer y comió su plato preferido. Nada mal para un condenado a no pisar la tierra. Luego lo devolvieron al Hospital Provincial de Pontevedra, donde había entrado a los 11 años y donde murió a sus 80, cuando tuvo suficiente de espiar el cielo por la ventana de la sala de medicina interna.

Esta es la vida de un hombre que pasó casi siete décadas encamado en un hospital. Su padrón municipal decía: “Agapito Pazos Méndez. Calle Loureiro Crespo, Hospital Provincial, habitación 415, cama dos. Pontevedra”.

La primera vez que lo sacaron del hospital, una siesta de mayo de 1984, asomó la cabeza para sentir el viento salado del mar.

La segunda vez, a fines de abril de 2010, fue para enterrarlo.

“Adiós al niño de la 415”, titularon los diarios gallegos primero y el resto de España después. El adulto con espina bífida y seso de niño que fue un secreto en vida y un tabú bajo tierra. Las versiones se recrudecieron entonces. ¿Quién era este inquilino que ocupó la cama de un hospital durante 69 años?

Una vez le preguntaron si comprendía que había un mundo afuera. Agapito señaló la calle y frunció el ceño. Como que los ruidos del exterior eran terribles para él.

***

Nadie podría decir que Pontevedra, en el noroeste de España, no sea una ciudad de gallegos mansos, macerados en la relativa quietud de sus 82.000 habitantes.

Franjo Padín Casas se da vuelta a toda máquina.

—¡Oye, ten cuidado con lo que dices! Agapito pasó su vida aquí adentro porque un hospital es peor que una cárcel, te encierran y no sales más. Vamos, que en todos los países los hospitales son siempre lugares peligrosos, con muchos secretos.

Con más de 30 años como cuidador de enfermos en el Hospital Provincial, debe saber de lo que habla. La fuga de Agapito al mar también fue un secreto, una maniobra arriesgada de la que Padín Casas no podía quedar afuera.

—Es que ese hombre llevaba toda su vida encerrado y queríamos quitarlo, pero teníamos problemas con las monjas. Lo quitamos tres cuidadores, Elías, Licer y yo, pero no recuerdo cómo.

Marisol Dorado, una enfermera que dedicó 33 de sus 38 años sanitarios a atender a Agapito, dirá en otra ocasión que se organizaron para sacarlo durante la siesta sin que se enteraran las monjas.

—Sí, pero aguarda que es mi turno para contar. Te decía que lo metimos del lado del copiloto en un Renault 12, bien atado con el cinturón para que no se cayera. El fulano iba todo asustado, había muchos coches y él estiraba la mano para protegerse. Piensa que en su vida había visto uno. Lo llevamos hasta la costa de Lanzada–O Grove, que era la más cercana, y pusimos el coche contra un acantilado. Agapito quedó extasiado, con los ojazos fijos en las olas, sin decir palabra. Perdió el habla. Imagina qué sintió con el viento en la cara y ese mar lapislázuli.

De regreso pasaron por la casa de una empleada del hospital y Agapito ligó un beso, una gaseosa y un pedazo de su queso favorito.

Cuando lo regresaron a la habitación 415, al atardecer, las monjas habían puesto el grito en el infierno.

Padín Casas habla en pose de denuncia:

—Sabes, para mí Agapito no era disminuido como dicen los demás. Preveía la muerte y esas cosas. Una vez fui a retirar un cadáver y me señaló a un enfermo, bajó el pulgar y dijo: “No te vayas muy leijos, que éste ya parte también”. No llegué a dejar el cadáver que ya me llamaron para buscar al otro. Él miraba a los pacientes y decía si iban a vivir o morir.

El pulgar de Agapito era el de un César.

Los mismos cuidadores intentaron otra vez llevarlo a mirar aviones, pero las monjas se desquiciaron. Hubiera sido de leyenda, seguro. Pero los hubiera son tiempos que no existen.

***

Si hay precisiones pendientes en esta historia están sepultadas en la fila tercera del nicho 80 de la zona octava del cementerio pontevedrés de San Mauro: “Agapito Pazos Méndez, 11/12/1930-23/4/2010”. Lo que ocurre entre esas fechas es de una magia real, con olor iodado de hospital.

La gaviota negra es un documental en vías de darle detalles a los 80 años de Agapito. Lo prepara a cuentagotas Generoso Martínez Acevedo, quien en 1958, a sus 4 años, fue tratado en Pontevedra de una neumonía con dos inyecciones caducadas que lo despellejaron vivo. Pasó cuatro años internado en el Hospital Provincial, alimentado con yemas de huevo crudas y aceite de bacalao. Si hasta le tenían preparado el entierro y todo, pero sus recuerdos son de correr por los pasillos del hospital empujando a Agapito en una silla de ruedas.

—La primera vez que lo vi, Agapito estaba contra un ventanal con ropa azulada. Parecía una niña. Una vez que recuperé fuerzas, me gustaba hacerlo rodar por los pasillos. Otra vez lo llevé al depósito de los muertos. Ya se sabe, travesuras de niños, y eso que él ya tenía 30. Pasamos cuatro años con Agapito jugando en un lugar de muerte. Y así y todo vivimos.

Es que la muerte es una señora demasiado seria para jugar con niños. Si había en ese hospital dos compadres del alma, eran Generoso y Agapito. Tanto como para que Generoso recuerde que por la cabeza de Agapito pasaba otro mundo, un mundo hecho de sentidos, palabras y gestos que hacían del hospital su universo.

El tiempo hizo de las suyas y Generoso no volvió a pisar el hospital. No se pudo despedir de su amigo.

Con los años pasaron cosas, y para responder a mil preguntas hace falta un periodista de los de antes. Hoy es otro día en Pontevedra y Celestino Vieitez cuenta que debe haber dado la vuelta cuatro veces al mundo, pero que la de Agapito fue la nota más complicada de su vida.

—Me entero de que este hombre llevaba 50 años en la cama del hospital, pero me encuentro con todas las trabas políticas porque Agapito costaba al contribuyente una cantidad de pesetas bestial y no querían que eso se supiera. Entonces todos huían de darme información, y cuando la Administración se entera me amenaza con que lo iban a trasladar a un centro especializado a que quedara a su suerte. ¿Quieres saber lo que hice?

Celestino fundó y redactó El Sol de Sanxenxo, un periódico quincenal de tres mil ejemplares que costaba 100 pesetas aquel diciembre de 1989 en que tituló Agapito, 50 años encamado en el hospital provincial. Acompaña una foto de Agapito sonriendo sin mirar a la cámara, tapado con una colcha cuadriculada y apoyado en su brazo izquierdo, y el epígrafe: “Es testigo silencioso de las alegrías y desvelos del Hospital Provincial desde hace medio siglo. Su cama y su habitación es todo su reino”.

Fue su único reportaje en vida. Celestino escribió aquella vez: “Ninguna de las personas entrevistadas supo concretarnos con exactitud la fecha en que fue recogido un pequeño niño que apareció envuelto en un mantel a cuadros azules y blancos, en un verano de los años 30. El recién nacido sería criado con todo mimo y cariño por los 30 empleados con que contaba el centro por aquel entonces. Que se sepa, nadie de la familia de este crío se preocuparía de él, hasta que a finales de los años 50 se acercó por el hospital un joven que dijo ser su hermano y que le hizo compañía durante dos horas. A partir de ese punto, los funcionarios más antiguos no recuerdan a ningún familiar de Agapito que se acercase a visitarlo”.

La nota se pierde en nombres de médicos y monjas que convivían con Agapito, y remata: “Agapito no puede expresarse verbalmente de una forma normal, habla por una especie de gruñidos y tan sólo es comprendido por unas ocho personas. Sin embargo, su inteligencia es sobresaliente y no se le pasa por alto ningún tipo de detalle. Cuenta con un televisor y una radio, manejando su puesta en marcha con un interruptor eléctrico colocado en la cabecera de su cama. Su apetito es bueno, desayunando grandes tazones de pan con leche, y sus mejores amigos son los muñecos. En su monótona vida se destaca la visita que realizó en el año 84 a Sanxenxo, con el único fin de ver el mar”.

—Tú dices que la nota se pierde, pero bien liado estuve por escribirla. El valor del reportaje estuvo en que se descubrió una vida que no era normal, pero a la vez no di pistas de gastos porque las repercusiones podían costarle el puesto a gente de la Administración involucrada en el fraude, entre comillas, de un costo que no se debía mantener. No querían desprenderse de Agapito porque era el hijo de todos.

Y Celestino cedió, no fuera a ser cosa que… El reportaje se publicó con la cautela de una penitencia y no hubo debacles ni púlpitos atronadores. Nada impediría el transcurrir de Agapito como un baúl en los fondos de un hospital que arrancó en 1890 como el asilo más importante de Galicia.

“Durante este año de 1941 fueron atendidos en el hospital 3.016 enfermos: 2.088 hombres y 928 mujeres, de los cuales fueron alta por curación 1.845 hombres y 792 mujeres”, dice el investigador Antonio Días Lema en su Historia del Hospital de Pontevedra. Uno de esos 3.016 era Agapito. El alta, que en realidad fue su baja, tardó más de 25.000 días.

***

Pontevedra-Madrid

Estimado periodista:

Supe de su interés por la historia de Agapito. Le diré algunas cosas, pero como ex director del hospital prefiero que no revele mi nombre para tranquilidad de mi conciencia y del secreto médico que nadie está dispuesto a romper.

Digamos que para comprender hoy el caso Agapito es necesario comprender el concepto del individuo enfermo en la beneficencia. Para la época de la Guerra Civil el hospital cumplía funciones multiuso, diferente de lo que hoy se entiende por un hospital, y la beneficencia era para tratar a los pobres. La leyenda cuenta que Agapito baja de un pueblo de la montaña, del lado de Lalín, pero los enfermeros más viejos nunca se pusieron de acuerdo en la fecha. Lo recibe una monja de muy pequeño, venía metido en un cajón rústico con forma de cuna y ya tenía las piernas inválidas. No había otro hospicio preparado para tratar a inválidos, y eso explica por qué se quedó. Se dice que estuvo una temporada en el hospital y volvió a su casa, pero al cabo de unos meses se lo volvió a ingresar por alguna enfermedad y ya nunca más se lo quitó.

Yo llegué al hospital en los ‘70 y me encontré con Agapito en la sala de Medicina Interna: eran esas salas antiguas, de piso de madera, con veinte camas de un lado y veinte del otro, y Agapito ocupaba una en el medio. Tenía un coeficiente medianamente bajo y hablaba un gallego cerrado, dificultoso, pero comprendía perfectamente lo que ocurría a su alrededor. Desde allí vigilaba a todo el mundo y si faltaba una cartera o sucedía algo fuera de lo común, él nos avisaba. Al punto de que guardaba la llave del armario de los medicamentos durante la noche y los domingos. Cuando yo entraba en la sala, hablaba primero con él para que me diera el parte de los enfermos.

Pensar que este señor vivió todos esos años en una sala donde había enfermos y enfermedades de todo tipo y jamás hizo infecciones ni úlceras, habla de que la unidad de enfermería lo tenía como oro en paño. Agapito fue pasando de generación en generación, sobrevivió a infinidad de jubilaciones pero siempre hubo quien se encargaba de su cuidado.

Con los años cambió el mundo y cambió la tradición hospitalaria en Pontevedra. Se tiró el viejo pabellón donde estaba Medicina Interna y se hicieron habitaciones con dos camas y un cuarto de baño para cuatro. Agapito llegó al final de sus días en la cuarta planta del hospital, con una ventana que daba a la calle y un televisor. Parece que le describiera al cliente de un gran hotel; pero algo así era.

Acabado el franquismo se les concedió una pensión a los discapacitados y una asistenta social le consiguió un dinerillo que Agapito guardaba en una caja de caudales al pie de su cama. Porque era suya, no del hospital: una cama de reserva perpetua que nunca se puso como cama de hospitalización para que nadie pudiera ocuparla ni trasladarlo. Incluso cuando pasamos a depender del Servicio Gallego de Administración se transfirieron todas las camas menos la de Agapito porque no figuraba en los papeles, no existía para nadie más que él y punto.

Ni siquiera cuando a fines de los ‘80 un gerente intentó trasladarlo a un asilo porque no le cabía en la cabeza que Agapito estuviera tanto tiempo en el hospital. Se le argumentó que los enfermeros eran su familia y que todos en el hospital lo entendíamos así. Además, y esto se lo pregunto a usted, ¿no es de sentido común creer que ningún asilo estaba preparado para recibir a un niño tan grande?

Hay una anécdota muy bonita y es que lo llevaron a conocer el mar. La Diputación tenía en O’ Grove el sanatorio para niño tuberculosos de los huesos y usaron esa excusa para meterlo en una silla de ruedas y bajarlo a la playa. Vino encantado, muy asombradito. Hoy eso no sería posible por la tutela jurídica de los enfermos, pero hablamos de una época en que se llevaba a los muertos en las furgonetas como si nada.

De sus padres no sé nada. Se rumoreaba que la familia vino a visitarlo algunas veces al principio, cuando recién lo metían en el hospital, pero luego ya no volvió. No nos queda otra que apelar a la memoria, porque en 2004 un incendio destruyó el almacén con los archivos del hospital y se perdieron los informes clínicos de todos los pacientes. El pasado de Agapito desapareció como la historia misma del hospital.

Hay muchas otras leyendas misteriosas alrededor de Agapito, pero dudo de que sean ciertas. Esta historia podría haber pasado en cualquier hospital del mundo. Es una historia de humanidad. Por favor, cuando escriba sobre Agapito subraye humanidad.

***

No es bueno ver morir a un personaje de la infancia. Agapito agonizaba por un derrame y porque, según la enfermera Marisol Dorado, desde que lo subieron al cuarto piso, en 1974, el niño se desorientó y le tocó envejecer.

A ella la llamaron el 23 de abril de 2010 para que corriera al hospital. Llegó deshecha y se quedó con Agapito hasta que lo llevaron en un cajón, igual que lo trajeron 69 años antes. Sentía que esa muerte los mataba también a los enfermeros, y eso que desde pequeña la habían acostumbrado a las ferocidades de la vida: su padre, el enfermero José Dorado, le contaba sobre un niño que habían abandonado en el Hospital Provincial con las piernitas truncas, metido en un cajón.

Ni modo de adivinar que ella entraría a trabajar en Medicina Interna a sus 18 años y que pasaría los siguientes 33 con Agapito. Se dedicó a alimentar a los enfermos y limpiarles el culo, pero se impacientó cuando Agapito, que la miraba con desconfianza, le pegó tres bastonazos. “Oye que tú serás mucha cosa, pero mejor te calmas o dejo entrar a esa gaviota, ¿la ves?”. Agapito miró con terror al pájaro libre y largó el bastón.

Desde entonces, pobre de él si le tironeaba el uniforme a una enfermera para verle las tetas o se negaba a comer: “Mira que llamo a Marisol y mete a la gaviota”. Y Agapito comía de mil maravillas. Marisol nunca lo recordó más feliz que cuando le daban queso. Excepto esa vez que una gaviota entró de veras y picoteó la feta del plato. “¡Queiso, queiso!”, gimoteó Agapito, y a Marisol se le rompió el corazón. Se especializó en los músculos de su cara para saber cuándo tenía hambre y cuándo sueño, pero le sorprendía que nunca llorara.

En eso estaban cuando alguien preguntó por qué ese hombre llevaba tantos años internado. Ahí la cosa se puso fea: la Diputación les colgó a los enfermeros el teléfono y la dirección les cerró la puerta. “Escuché que el padre de Agapito es alguien muy importante en Pontevedra y por eso está bien protegido”, dijo uno, y ese decir se propagó contagioso por el hospital.

Marisol jura que desde la dirección se taparon cosas, y que no está claro que esa Maruja que apareció ahora sea la hermana de Agapito. Como que tampoco cierra que nadie de la dirección haya estado en el entierro: Agapito es tabú aún muerto. Lo dice y se deja caer en la silla, sin ánimo para nada excepto para llevarle flores al cementerio de por vida, lo que en su mundo privado la conecta con esa tarde en que se las ingenió para sacarlo de la habitación y subirlo al Renault 12 que enfiló al océano.

Por eso a Marisol le enoja que alguien diga que Agapito era un pobrecito; porque él, cuenta ella, no conoció otra vida ni conoció otro mundo, pero esa vida y ese mundo lo hicieron feliz en su infancia perpetua. Tuvo sus navidades, sus propios cubiertos y sus regalos, como ese enorme perro de peluche de una paciente que falleció y fue a parar a la pieza 415.

Lo que pasaba por su mente ya es otra historia.

***

Pueblo de Anzo. Lalín, Galicia

—Tú te viniste de tan lejos para entrevistarme porque lo es tu destino. ¿Hablas gallego?
—No, señora Maruja. Mejor español.
—Lo haré intento en español. ¿Cosa quieres saber?
—De Agapito. Cuénteme su historia. ¿Conoció a su hermano?
—¡Pues claro! Somos tres hermanos de tres padres diferentes. Nacimos en Lalín: Manuel en el ’28, Agapito en el ’30 y yo en el ’37. Me adoptaron unos señores y trajeron a Anzo porque sabían que era una niña sola sin cuidados. Mi madre la vi sólo una vez, murió cuando yo con 8 años. Mi hermano mayor, que está malito ahora, se vio con recursos de nada cuando murió mi madre y encima con Agapito que no tenía columna. Y Manuel todo el día trabajando la labranza y cargando a Agapito en la espalda. Dime, ¿te parece bien cargar con un niño a los 13 años? Entonces la vida muy dura para todos.
—¿Es así que abandonan a Agapito en el hospital?
—Eso que abandonan es mentira. Unos vecinos ayudan a Manuel con la entrega de Agapito para que estese más descansado. Entonces lo dejan con 11 años en el hospital y yo más grande lo visitaba seguido y él me decía que lo llevara a casa y yo no podía llevarlo. Con Manuel fuimos muchas veces a verlo y Agapito nos miraba fijo, pero siempre mejor que se quedara en el hospital porque ahí lo cuidaban bien y Manuel y yo teníamos muchos hijos. Nunca pensamos en quitarlo, no tenía sentido.
—En el hospital se dice que el padre de Agapito era alguien importante.
—No sé quién su padre, pero Agapito no era hijo de nadie importante. Agapito era Pazos Méndez, el apellido de mi madre. Sé que el padre de Manuel era un cura, pero la vida de Agapito más única que todas porque estuvo en el hospital siempre.
—¿Nunca le pidieron los médicos quitarlo del hospital?
—Yo no podía quitarlo porque estaba con familia adoptiva que me decía qué hacer. En el hospital Agapito estaba todo contenido pero yo pensaba qué difícil para él, mejor morirse que vivir así toda la vida. Una vez lo llevaron a ver la mar. ¿Lo sabías?
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—Dos años antes de su morir. Fuimos con Manuel pero Agapito no hablaba ni no miraba, ya muy malito. Nos enteramos por la tele de su morir, el hospital no me avisa. Todo así, medio misterioso. Agapito no es el único que tuvo vida complicada.

***

Hasta que un día lo sacaron al mar. Los enfermeros Padín Casas y Dorado ya contaron lo suyo. Que el remate sea del ideólogo de la fuga, el cuidador José Licer:

―Pongamos que te cuento que Agapito me decía “mira, la caille” porque desde su ventana nunca vio otra cosa. Que a mi entender no tenía precisión del tiempo ni del mundo de afuera. Que su percepción del bien y del mal eran otras y que en los 31 años que pasé a su lado no logré comprender jamás su raciocinio, pero que sé que en su interior percibía la muerte. Que Agapito en el hospital fue un icono oculto, un murmullo que se agranda cada día sin vistas a morir. Déjame decirte que nada de eso se compara con los ojos que puso en el mar.

Reducir la vida de un hombre de 80 años a un manojo de líneas suena irrespetuoso. Mejor dejarlo frente al mar, con el viento en la cara. Sin palabras.

Les dicen botnios o botnianos. Son “un montón de niños rubios”, discursean los vecinos en los zaguanes. Abandonados por sus padres, los crían los abuelos. Nadie indica dónde golpear para conocer más sobre ellos. Es raro porque en Fray Bentos, como en cualquier pueblo chico, todos saben a quién hay que acudir en cada caso. A nadie se le niega una a mano, excepto para encontrar a los hijos de Botnia.

Son vástagos del repunte económico concebidos durante la construcción de la planta de celulosa más escandalosa del planeta. Son parte de lo que dejó la crecida de Fray Bentos, la capital del departamento de Río Negro, tras la finalización de las obras de Botnia, luego absorbida por la empresa UPM, también finlandesa. De alguna manera también son un producto de la tormentosa crisis económica de 2002. La gente habla de ellos, pero nadie sabe bien qué mujeres parieron a esos botnios hijos de gringos. Los evocan por lo bajo; acusan a las madres de no tener corazón. Y también se compadecen de su futuro.

Las autoridades matan a pura indiferencia. “Acá no pasó nada”, niega la subdirectora de la Dirección Departamental de Salud rionegrina, que corta la conversación telefónica audiblemente enojada cuando escucha los datos del Instituto Nacional de Estadística. Las cifras hablan de un pico de nacimientos en Fray Bentos durante 2006, año en el que empezaron las obras. En ese momento nació la mayor cantidad de bebés del decenio 2000-2010. Se trata de 544 nacimientos: 86 más que dos años antes. Desde el Ministerio de Desarrollo Social son más amigables pero previenen: “Nadie habla de esas cosas”.

Sin embargo, hubo quienes entreabrieron sus puertas. Fueron las mujeres que conocieron, se enamoraron, se enredaron o incluso se casaron con alguno de aquellos tipos que llegaron en malón entre 2005 y 2007 para revolucionar el calmo transcurrir de la ciudad.

Muchos fraybentinos trazan la analogía entre Botnia, con el fenomenal movimiento que supuso su edificación, y el mítico frigorífico Anglo, que se alojó en la zona a mediados del siglo XIX. La empresa era propiedad de ingleses que atracaban en el muelle buscando corned beef para la guerra y besos etílicos para la noche. Los dos complejos albergaron unos 5.000 trabajadores y salpicaron de esplendor los escaparates, la vida social pública y también la privada. Claro que uno perduró 100 años —si se cuenta su fundación en 1865 bajo el nombre Liebig Extract of Meat Company— mientras que el otro sólo dos y algo. El frigorífico era empujado por la mano de obra local —y directa o indirectamente daba trabajo a toda la ciudad—, mientras que fueron los ciudadanos extranjeros los que más gastaron durante la construcción de la planta. Los jornaleros del Anglo tenían estabilidad y los trabajos se heredaban de generación en generación. En Botnia, en cambio, los contratos aparecían y desaparecían.

Otra diferencia fue que los requerimientos de Botnia —especialmente los asociados a las tecnologías digitales— superaron la capacidad de la mano de obra local. Por eso se establecieron entre el río Negro y el Uruguay miles de trabajadores especializados. Algunos vinieron acompañados por sus familias; otros eran veinteañeros europeos embarcados en una aventura tanto laboral como hormonal.

Desde que llegaron, la sagrada hora de la siesta en el poblado recostado contra el río Uruguay se tuvo que postergar. Los cajeros automáticos nunca tenían dinero. A veces las sucursales locales del mismo Banco República tampoco. Los comercios permanecían abiertos después del mediodía y dejaban las puertas entornadas hasta las nueve de la noche. En una especie de furor shoppingesco, los negocios atendían de lunes a lunes. La clientela quería gastar. Supermercados y tiendas de ropa montevideanos se instalaron en esa 18 de Julio que está a 300 kilómetros de la de la capital y que atraviesa las 30 cuadras de una ciudad con 24.000 habitantes. Los restoranes —o confiterías, como dicen los fraybentinos— no daban abasto. Se inauguraron pubs, prostíbulos y discotecas. El meneo mayor empezaba a las seis de la tarde, cuando los obreros abandonaban la soldadora halógena, los andamios o la computadora para tomarse unas cervezas reparadoras.

Nuevos fleteros cargaban y descargaban muebles relucientes todo el día en casas recién alquiladas por el doble de su precio anterior. Como en un balneario en verano, familias enteras de fraybentinos cedían su techo, escribano mediante, y las acondicionaban como podían. Todos aprovechaban: los empleados públicos y los profesionales alquilaban sus modestas mansiones a los extranjeros más pudientes. Las inmobiliarias también despertaron de la siesta. Encontraron su El Dorado entre albinos, musulmanes, chilenos, brasileños o turcos que amontonaron, para hacer unos pesos extra, en modestas casas arregladas de apuro. Los barraqueros chocaban a diario las palmas de constructores, albañiles, sanitarios, electricistas y también algunos improvisados en busca del mango.

Quienes tenían garaje pero no auto abrieron kioscos o cibercafés. A nadie le fue mal. Todo estaba a la venta. Todo se consumía como leña en el fuego. Miles de motos encontraron flamantes dueños, que las echaban a rugir desde las seis de la mañana hasta bien entrada la medianoche. La venta de electrodomésticos también se disparó. Un vecino evoca a sus coterráneos fraybentinos cargando orgullosos, de a pie o en moto, estilizados televisores durante cuadras y cuadras. Lo hacían a la vista de todos, para que el pueblo oliera el progreso del buen gastar.

La calma había sido alterada. Algunos funcionarios municipales —verdaderos motores de la economía local en el interior— pidieron licencia sin goce de sueldo y se dedicaron de una u otra manera a Botnia.

Los buenos sueldos y las changas se multiplicaron. Desde los floristas hasta los que plantaban papas, todos disfrutaron de la bonanza. Los peones ganaban 10.000 pesos por quincena. Los taxistas, antes bostezones, ya no descansaban. Los conversadores almaceneros tampoco. Las profesoras daban clases de español a finlandeses, holandeses, turcos, austríacos, alemanes, croatas o polacos. Las amas de casa lavaban, planchaban y cocinaban para ellos. Pagaban bien. Los gringos y los rebosantes jornaleros eran el corazón de aquella chimenea que a finales de 2007 empezó a humear. Muchos vieron multiplicar sus ingresos cuando se pusieron a la orden de gerentes tercerizados que les pedían a los obreros que tuvieran empresas unipersonales. En el pueblo todos dicen que 3.000 fraybentinos trabajaron directamente en la obra civil. Dicen.

El impulso frenético tuvo una ayuda extra con el corte del puente que une a Río Negro y Entre Ríos. Provincia y sede “piquetera” de una patota de militantes, sojeros e industriales —que tiran sus desechos negruzcos al mismo río que lo hace UPM— y localidad de un pueblo azuzado, Gualeguaychú, aislada en protesta ante un posible Chernóbil criollo. Resultado: las divisas permanecían en Fray Bentos y los gringos también.

La cadena del capital giraba. Hasta los robos bajaron: todos estaban ocupados.

***

Rita porta vitalidad y belleza con sus 50 años. El cabello negruzco como sus ojos y un rostro afilado expresan lo indígena que lleva en los genes. Todavía le parece escuchar el batir de las palmas en la puerta de su casa, que queda en el centro de la ciudad. Llegaban madres y niños que extendían la mano pidiendo algo para comer. Ella no estaba mucho mejor. La crisis de 2002 le había dejado la economía familiar patas para arriba. Nunca había visto gente pidiendo. Nunca había plantado vegetales. Nunca había pensado en talar el duro laurel del fondo, que tanto estimaba, para calentar las manos de sus hijas porque no tenía ni para el gas. El olor al humo del laurel las acompañó a todas partes durante el duro invierno de 2003. Se movían a caballo: tampoco había plata para el transporte. Los comercios estaban vacíos y la siesta se extendía un poco más de lo habitual, hasta que los hoteles, las pensiones y las casas plagadas de telarañas se vieron desbordados. Todos coinciden: Fray Bentos no estaba preparada para el aluvión de gente. Casi todos recuerdan aquel momento como uno de los más importantes de sus vidas.

En 2005, después de que el gobierno de Jorge Batlle firmara con Finlandia un tratado de libre comercio de cláusulas más que beneficiosas para los extranjeros, Botnia desmalezó el terreno en la cabecera sur del puente San Martín mientras los agrimensores mensuraban, los eléctricos tendían redes y los desarrolladores de software programaban sin tiempo para pestañear. Los arquitectos dibujaban y mandaban comprar hormigón premezclado. Los ingenieros planificaban grandes movimientos de tierra, desarrollaban planes de gestión ambiental y perforaban el suelo hasta el agua. Incluso arqueólogos, sociólogos y comunicólogos hicieron de las suyas mientras los peones se relamían. La fiebre contagió a los pueblos vecinos e incluso a alguna ciudad no tan cercana, como Paysandú. Los orientales llegaban de todas partes.Rita tenía miedo del ajetreo. Pensaba que los “gringos” ya nos habían colonizado una vez, robando las riquezas originarias que dilapidaron al otro lado del océano. Ahora los imaginaba desembarcando por el agua, lo único que quedaba en Uruguay después de la aftosa, las corridas bancarias y la sangría de jovencísimos emigrantes.

En 2006 el movimiento ya era palpable. En agosto la empresa había completado prácticamente la obra civil, se mostraba orgullosa de los 2.900 trabajadores que a diario alimentaban el barullo y anunciaba 5.000 puestitos para la próxima añadidura.

***

Por entonces la familia Taskinen se instaló en la calle Rincón de esa misma ciudad, donde Jorge Luis Borges puso a recordar y recordar a Irineo Funes, el memorioso. Fue una de las tantas familias que vinieron a Uruguay desde tantísimos países. Botnia proveía de educación a los hijos de sus altos mandos mediante un convenio con el colegio franciscano Los Laureles, que trajo maestras y profesoras desde Finlandia, la tierra donde la empresa cotiza en bolsa de valores. Las instalaciones se mejoraron y se construyó un edificio anexo para dar las clases. El barrio Jardín pasó a llamarse Residencial Botnia para albergar a las familias europeas cuyos jefes de hogar eran un ejército de imprescindibles para la multinacional. Se paseaban recreando a Finlandia entre las instalaciones perimetrales que compartían y tenían su spa propio. Tomaban sol desnudos y comían carnes que cocinaban en vinagre y con demasiado picante, según recuerdan los fraybentinos.

Frente al complejo de 80 confortables viviendas estaba la escuela. Niños uruguayos y extranjeros se veían las caras en los actos conjuntos, haciendo gimnasia, en fechas patrias y durante otros festejos. Unos bailaban el pericón y los otros sus músicas típicas. La interacción no era frecuente. Pero los Taskinen querían que sus niños se zambulleran en Uruguay. Vesa —por entonces de 10 años— y Tero —de 16— se integraron al aula franciscanovareliana y escucharon hablar de Gardel, del dulce de leche, del mate y de la rambla. Venían de una breve estadía en Finlandia, después de algún tiempo en Holanda. El señor Taskinen los hizo viajar, a ellos y a su esposa, por Japón y por diversos países europeos, entre maletas y maletines con contratos firmados. A diferencia del mundo que conocían, Fray Bentos los sedujo lo suficiente para quedarse. El movimiento del pequeño pueblo era “majestuoso”, su gente, cálida, y la seguridad, altísima: los niños salían de noche, podían volver a cualquier hora y no les iba a pasar nada malo.

A Tero le encantó Fray Bentos. De haber estado en Europa tendría que haber esperado unos cuantos años más para ver los amaneceres entre amigos. Con sus 16 años salió por las callejas y se hizo de los mejores compinches que ha tenido en la vida, amigos que ya son familia. Lo dice en el plácido fondo de la casa familiar, bajo un alero cercano a una pérgola y sobre un colchón de dos plazas coronado de almohadones. Es un rubio menudo de ojos clarísimos. Viste una casaca aurinegra que invita a cliquear en un sitio web que abrieron los manyas fraybentinos. Habla español como se habla al oriente del río. En realidad es uruguayo: fue el primer finlandés en obtener la ciudadanía celeste. Sus amigos bromeaban: “Ahora somos tres millones y uno”.

—¿Tuviste suerte con las chicas aquí?
—Podría decirse que sí —contesta sin más detalles. Luego admitirá que “se hizo hombre” en Fray Bentos.
—Claro que sí —afirma con orgullo Daïvi, su madre—. Vinimos con dos rubios. Todavía son bastante populares con las chicas.

***

En el pueblo todos lo saben. Hubo muchas parejas entre uruguayos y extranjeros: algunas momentáneas, otras con ciertas pretensiones, y unos pocos matrimonios que terminaron en Finlandia o algún otro país. Y también hubo relaciones por dinero, por necesidad o porque sí.

—Pateabas gringos, pateabas euros, dólares. Hubo amor y hubo dinero— aventura Melissa, de 35 años.

Melissa trabajaba entre las copas rojas de los lupanares. Sus carnes rollizas, su aplomo, un amplio escote y una gran simpatía eran sus armas allí. La conocieron los de afuera y los de adentro, los que tenían más y los que menos, el soldador y el ingeniero. La especulación también afectó al mercado del cuerpo. La cerveza servida entre sugerencias candorosas ahora sale 100 pesos, pero hace ocho años la cobraban a 120. El piso para los servicios sexuales era de 1.000 pesos. Los hombres del pueblo se enervan cuando recuerdan que les cerraban en la cara la puerta del cabaret. Cafishos y madamas cerraban con llave para desatar en los locales las bacanales de los extranjeros que bajaban en shuttles contratados, entre vozarrones alcohólicos ininteligibles. Muchas chicas de otras ciudades se instalaron en Fray Bentos para alimentar la maquinaria sexual masculina, para calmar la sed de la carga.

A Melissa los rusos le daban asco “por sucios”, pero la piel tersa de los austríacos la cautivó: ni pelos tenían. Uno de ellos fue Markus, que tenía 26 años. Ella tenía 29.

—Conocí un montón de gringos. Pero me dediqué a uno solo por un año y medio.

Durante dos años más mantuvieron la relación a punta de aeropuertos y videollamadas por Skype. Viajaron juntos a Buenos Aires, Brasil y Austria, entre otros lugares. Se veían cada seis meses y se cachondeaban entre computadoras cada vez que podían. Pero el tiempo pasó como pasa para la mayoría de las parejas.

La propuesta de Markus fue clara: vivir juntos mientras durara aquello. Así que Melissa abandonó Las Canteras, el barrio más humilde de la ciudad, y el que está más cerca del fogón de Botnia. Por entonces estaba terminando de construir la casa donde vive hoy con sus seis hijas, pero durante los años dorados se mudó a un chalet en Las Cañas, un lugar “pipí cucú”, según rememora. Se llevó a sus niñas más pequeñas y armaron rancho aparte con el joven austríaco.

Cuando se conocieron él pidió exclusividad. Pagaba 2.000 pesos la hora de compañía, así que a veces Melissa encajonaba 7.000 u 8.000 pesos en un día. Dejó la noche y se dedicó a la gran vida. En el barrio la veían pasear con ropas caras, lentes de sol, altiva, hecha una gran señora en el Chevrolet Corsa que Botnia le había facilitado a Markus. Tenía otros novios que al verla en la pizzería con su nuevo enamorado la tentaban con cerveza. A veces aceptaba los tragos y Markus, que estaba haciendo sus primeras armas con el español, le advertía: “Yo no estúpido”. Aquellos descendientes de los súbditos del Imperio Austrohúngaro eran celosos: si una chica salía con ellos no podía andar dispensando besos por ahí. Pero cuando Melissa volvió cierta tarde de Maldonado y encontró panchos con fideos en la heladera y sobre la mesa del comedor una servilleta con un beso dedicado a Markus, no pataleó. Un taxista le dijo que una mercedaria había visitado a su pareja. Él, para desentenderse, mandó echar a las domésticas que limpiaban la casa argumentando que se lo querían levantar. “Mentiras”.

Melissa cocinaba y hacía algunas tareas de la casa. A Markus le gustaba tanto su arte que pronto dejaron de salir a comer. A ella, el silencioso arreglo tácito no le cayó en gracia. Así que planteó que los miércoles pizzería y los viernes restorán. Y así fue.

***

Dicen que los gringos eran —y todavía son, porque algunos aún trabajan allí— los dueños del pueblo. Hubo un tiempo, incluso, en el que a los locales les costó pagar las pizzerías, las birras, la noche, las prostitutas y los regalos para las mujeres del pueblo.

Hubo chicas que dejaron sus trabajos formales para abanicar a tiempo completo a los finlandeses. Mujeres jóvenes que nunca se habían acostado con alguien por dinero empezaron a hacerlo. Chicas que trabajaban en los servicios domésticos también les sacaron algún peso de más a los gringos, y los gringos les sacaron a ellas lo que buscaban.

Los europeos llegaron a un paraje que los recibió con una parsimonia ejemplar. Todo se demoraba más. Aprendieron a soportar la impuntualidad y el “un día de éstos”. Decían “Llueve, uruguayo no trabaja. Nublado, no trabaja. Uruguayo no quiere trabajar”. Pero sacaron ventaja de la pachorra.

—Las mujeres les daban bola porque había gringos que te regalaban flores y bombones. ¿Cuándo uno de Fray Bentos vino con una caja de bombones con moñita y todo, tipo telenovela? —se pregunta Melissa—. Nunca.

Los fraybentinos se granjearon entre las mujeres la fama de perezosos. La ley del mínimo esfuerzo amoroso y el menosprecio eran, según ellas, las principales características de los varones, que incluso llegaban a administrar el sueldo de sus parejas.

—Te quitan la autoestima y se meten en la toma de decisiones. Acá las mujeres tienen como gran meta de la vida casarse y adiós que te vaya bien —dice  Rita con algo de molestia.

El uruguayo es duro con las patas. No baila. Los extranjeros danzarines y joviales invitaban vinos y comida a las chicas, algunas ya entradas en años, que rara vez recibían tales invitaciones y agasajos. Ellos hablaban de otros mundos mágicos, de cadencias virtuosas y maravillas desarrollistas.

—¡Una reina! Te digo que me sentía una reina. Nunca había visto a un hombre mirarme con esos ojos de amor. Se preocupaba, me llamaba, me mimaba. Yo no estaba acostumbrada. Un día me paró frente a una vidriera y me preguntó, “¿qué querés?” A mí me daba vergüenza —reconoce Rita, que al final eligió una prenda de ropa.

Sus hijas la veían más joven. Ella sentía el corazón con 30 años menos.

—Los europeos en general son muy educados y caballeros. Son atentos, te corren la silla, te preguntan qué comés. Si tenés frío te dan su campera. El uruguayo no, es todo lo contrario. Te dicen “dame la campera que tengo frío” y hasta terminás pagando la cuenta.

—A mí me tocó uno medio turco —dice Fabiana como si hubiera jugado a la tómbola.

Nunca había lavado ropa, pero un grupo de extranjeros recién llegados necesitaba lavandera. Un amigo la invitó a la confitería. Le hablaron de dinero antes de la cita y ella, que como casi todos los demás estaba en apuros, aceptó sin ver media alguna. Los gringos se presentaron sin otra ropa que la puesta. Uno de ellos la convidó a sentarse a su lado, pidió descorchar una botella de tinto y “un buen plato para la señorita”. Tendría 45 años y hablaba español sólo para escanciar cuando el cáliz amenazaba a vaciarse: “¿Más?”.

—Se terminó la bebida y otro amigo le pidió que comprara más bebida para la dama. ¡Yo era una dama! Me conquistó por caballero. Me puso a prueba para lavar la ropa y rompí el lavarropas —recuerda Fabiana.

La segunda cita transcurrió entre gestos vagos y sin comunicación verbal más allá de alguna onomatopeya y ciertas palabras en un inglés traído de los pelos. En la tercera cena el finlandés intentó decirle lo evidente mediante una anotación de cuaderno. Era un término en su lengua que significaba “barrera de idiomas”. A los dos o tres meses tenían una serie de vocablos básicos que licuaban entre el frenesí de los cuerpos. El franeleo antecedió a la convivencia. Fabiana se fue a vivir con su príncipe azulado, que también cobijó a sus dos hijas. “¡Era mi casita!”, añora.

—Él no entendía nada. Yo le decía, “ay, ay, ay, cosita, te quiero con mamita. ¿Me queré’? ¿Me queré’?”. Y él decía “sí, mamitaaaaa”. Nos mirábamos a los ojos y sabíamos lo que queríamos.

La cuidaron y cuidó. Relata paseos y mandados juntos y los atardeceres en el río. Advierte que le hace mal recordar: extraña. Él se quedaba mirando el atardecer en las barrancas del río y cuando el único resplandor que se adivinaba era el de las luces argentinas, Fabiana le decía que quería volver a casa y él trataba de quedarse un rato más. Decía: “Acá romántico”.

Todos los días él le entregaba “platita”. No hacía como otras, que les robaban dinero a los extranjeros de sus regordetas billeteras. Algunas prostitutas incluso los mandaron golpear. A Melissa le alcanzaba con salir a comprar un litro de leche con 1.000 pesos: él no preguntaba por el vuelto. Los taxistas y los almaceneros se hacían los vivos. Un litro de agua mineral podía costarles cuatro dólares; una cerveza, 30. Cuando se dieron cuenta, abandonaron el almacén de la esquina por el Tata de 18 de Julio, que acepta tarjetas bancarias. Una señora, responsable de un club social, evoca cómo le manotearon la billetera a un gringo en una curda fatal.

***

Los fraybentinos los recuerdan orinando los árboles en la plaza Constitución, sudando la gota gorda para aprender español, animando las fiestas mamados hasta el tuétano, descubriendo a los mosquitos, la humedad y el sol rajante que los dejaba colorados como frutillas. Trabajaban mucho. Eran adictos al trabajo. Se colocaban todas las cervezas que podían y a las seis de la mañana del otro día estaban bañados, afeitados y marcando tarjeta uniformadísimos.

El tiempo pasó y hacia finales del 2007 el fuego pasó a ser brasa. Los pubs cerraron, algunos restoranes también y sobrevinieron los despidos. El vox populi era que iban a quedar trabajando en Botnia 1.000 fraybentinos, pero terminaron siendo poco más de 300, muchos de ellos con contratos zafrales. Al año siguiente, todo había vuelto a ser como antes de Botnia.

Muchos televisores, motos, lavarropas, aparatos de aire acondicionado, teléfonos y lustrosos mobiliarios se pusieron a la venta a precio de bicoca para pagar las cuotas de los préstamos, que habían pasado a ser incómodas. La bonanza no duró lo que parte de la población esperaba. Otros lo planificaron mejor y pudieron terminar de pagar el auto, refaccionar la casa, ponerse al día con los acreedores o hacer el viajecito.

***

Alejandra camina con su pequeño hacia la escuela. Pasa por el almacén, compra la merienda y sigue el camino. Es un mediodía de abril y hace calor en las afueras de Fray Bentos. Ella estuvo en Finlandia pero se volvió con su hijo: no quería vivir allá. Está tratando de que el padre del niño envíe dinero, pero no lo hace. Poco tiempo después de regresar a Fray Bentos, volvió a trabajar en la whiskería repleta de viejos verdes. No quiere entrar en detalles, dice estar ocupada, es lunes, cuelga la ropa en el fondo de su casa, pide disculpas y se mete adentro. Hay por lo menos otras dos chicas en su situación, pero ninguna quiso hablar del tema.

Jessica, de 26 años, se para en sus talones. Conoció en 2006 a su ex pareja, un finlandés. Viajó con 19 años a Europa. Armó las valijas, apretó los dientes y se despidió de sus alumnos de danza. Cruzó a Buenos Aires y de Ezeiza partió a Helsinki. De ahí a Uusikaupunki, un pueblito de 15.000 habitantes al suroeste de Finlandia en el golfo de Botnia, cerca de Suecia. Todo era precioso. Hasta que al tiempo volvió de vacaciones a Fray Bentos y se reencontró con las enfermedades de sus padres, la rambla, el mate, el idioma y el laburo que había dejado porque su esposo le decía que no tenía necesidad de trabajar. En Europa habían intentado ser padres, sin suerte. Primero aplazó un mes el regreso al frío. Después lloró en la terminal de ómnibus de Fray Bentos. Una amiga la acompañó al baño: quería tirar entre los desperdicios su pasaporte europeo. No lo tiró, pero llegó a Buenos Aires y no pudo con el ataque de pánico que le vino en el check–in y que otros pasajeros calmaron con tranquilizantes.

—Le dije: “Mi vida está acá. Yo te adoro, te voy a extrañar siempre, te voy a querer siempre. Pero no puedo cambiar lo que soy por vos. Aunque seas el amor de mi vida”. Fray Bentos es un pueblo muy chico. Si no me hubiera ido me hubiera quedado con la duda. Fui y tuve la experiencia, y dimos lo mejor de nosotros. Pero me quedé.

Algunas de las mujeres que habían abandonado a su pareja volvieron con ellos tras la partida de los extranjeros. Otras no.

Daniela es maestra, una de las tantas que no vivían la noche. Tiene unos 40 años y nunca pensó en algo serio hasta que se enamoró, en su caso de Osman, un cañista turco que anduvo soldando medio mundo y terminó en Fray Bentos. Se casaron en 2009. Un año antes volvió a Fray Bentos a esperar por Ence, el proyecto de planta pastera que estaba planeada para instalarse en Río Negro pero terminó en Colonia. Ahora Osman, como tantos fraybentinos, está en Conchillas, ligando tuberías. También hubo parejas que se establecieron en Finlandia, porque el país ofrece a los extranjeros facilidades para estudiar la lengua e iniciarse en la vida laboral.

Rita empezó a comunicarse con su ex pareja, que había vuelto a Europa, por videollamadas que se cortaban y le impedían escuchar a ese hombre que tanto quiere todavía. Pensaba irse, pensaba quedarse. Pero una de sus hijas quedó embarazada y se decidió por ella y su nieto, haciendo fuerza para olvidar los proyectos en República Checa. Tiene una amiga que ya hace cinco años que está por allá y está bien.

—Tuve tanto dolor como esperanzas. Tengo tantos recuerdos… Había tanta gente que desbordaba todo y vino el bajón. Fray Bentos nuevamente se volvió un pueblo fantasma. Un amigo me dijo que estuvimos en una burbuja. Y luego vino la sensación de plafón bajo. Yo lo noté en la parte sentimental.

***

Las lucecitas amarillas se apagaron y se llevaron a los muñecos del tinglado. Fray Bentos se volvió lúgubre otra vez. Los anuncios de “se alquila” se multiplicaron entre los balcones y las ventanas del pueblo. Los pubs cerraron. La siesta volvió a ocupar el lugar de privilegio de siempre. Los trabajadores retornaron a sus ciudades y se despidieron entre abrazos, besos y unos cuantos “nos vemos”.

Sanseacabó. Los municipales, los jubilados, un puñado de profesionales, los funcionarios públicos, entre ellos militares y policías, volvieron ser los que empujaban la economía.

Ahora el pueblo está en calma. Canta la chicharra. Un puñado de gerentes, ingenieros y trabajadores de confianza se miran de reojo entre ellos, cada uno en su mesa. Visten jeans o bombachas gauchas del siglo XXI, camisas a cuadrillé, chalecos de guata revestidos de polyester. Trabajan para que Botnia escupa humo. Son pocos, pero animan los restoranes al mediodía y a la noche. Piden la cuenta, pagan y dejan regada de migas de pan la mesa que la moza recoge comedidamente. Son lo que dejó la crecida.

Las volutas de humo fino y blanco se observan desde la placidez de Las Canteras como foto de un pasado mejor. Una comadrona avisa que no quedó nada, y les aconseja a los de Conchillas que no se hagan ilusiones porque Fray Bentos sigue siendo el pueblo fantasma de antes. Aunque puede que tal vez algún día alguien lo redescubra, como hicieron los ingleses con el Anglo y los finlandeses con Botnia. Que los extranjeros otra vez se maravillen con su geografía y la bondad de sus gentes.

Entonces Katy, una chica de 23 años, madre soltera de dos, uno de ellos bien rubio, volverá a ser agasajada por sus hermanos varones, que le compraban de todo en las épocas de bonanza. Caminando hacia la ruta, Katy evoca aquellas semanas con sus amigas cuando decidía a qué bar acudir a observar a los gringos tomarse hasta el agua de los floreros de lunes a lunes. Hasta ahora no tiene un trabajo fijo, pero ese día una van pasaba a buscarla: la necesitaban para recoger niños. Mientras construían andamios en Botnia atendió una tienda de insumos informáticos, pero desde entonces, maternidad de por medio, no había conseguido trabajo. Ese día, después de mucho tiempo, su quehacer sería remunerado. Estaba contenta y linda.

***

Durante el boom de Botnia los embarazos aumentaron, como aumentan cuando la gente se siente con el coraje para mantener niños. Una doctora que atiende una policlínica de Las Canteras dice que antes de las obras unas 20 chicas embarazadas se controlaban mensualmente. Desde la llegada de los europeos pasaron a ser 30 y hoy son 40. El aumento no significa que la natalidad se haya duplicado en diez años, sino que las mujeres se controlan más, aclara una partera del barrio. Ahora las mujeres piden anticonceptivos, piden exámenes luego de una relación de riesgo, preguntan y van con sus compañeros. Cosas que antes de Botnia no pasaban.

Las mujeres sabían que los gringos se les iban y tomaron las precauciones del caso. En estos años aprendieron a utilizar preservativos y anticonceptivos orales en una zona donde antes de las obras era difícil que usaran un condón. Hablar de sexo —no practicarlo— era tabú, o más tabú que ahora, afirma sin dudar la partera.

—¿Hubo un boom de la sexualidad además de lo económico?
—Pienso que sí. La situación económica lo planteó. Había que hacer dinero. Pero además la gente se educó y tomó conciencia de que cada uno es responsable de su salud. Pienso que hubo un clic. Al tomar contacto con gente de otros lugares siempre hay un enriquecimiento personal. El intercambio que existió entre la gente fue lindo. Ésta era una zona donde no se hablaba mucho. El tema estaba quietito, no sé si por vergüenza o qué. Pero ahora las pacientes están informadas, preguntan, cuestionan, aceptan, y se trabaja muy bien.

Exceptuando los precios de la vivienda y los comestibles, todo volvió a su cauce. Fray Bentos parece esperar otro milagro global que la despierte del sopor, del letargo. Que la desplace como capital de departamento con una de las mayores tasas de desempleo y con la mayor tasa de desempleo juvenil de Uruguay. Es comprensible la nostalgia.

***

Para el pueblo es prácticamente imperceptible el beneficio de lo que se produce a unas pocas cuadras: UPM es una empresa que ronda anualmente 10.000 millones de euros en ventas. No quedaron monedas y tampoco nacieron muchos niños. El mayor premio que tuvo Fray Bentos fue la efímera posibilidad de conocer gente nueva y quedarse con sus memorias en algún lugar entre el deseo y la razón, otros dos hijos de Botnia.

A esta hora los curripacos duermen. O eso parece. El sol del mediodía calienta en lo más alto, como un tizón allá arriba, mientras acá abajo sur de Guainía, frente a Venezuela, muy cerca de Brasil– el caserío permanece aletargado y vacío. Son 60 casas con paredes de bahareque o tablas, techos de palma o zinc, habitadas por descendientes de la etnia arawak. La comunidad de Cangrejo, junto al río Negro, suele ser un vaivén permanente de hombres y mujeres cuyas vidas discurren como ese cauce de aguas oscuras. Pero a esta hora –12:05, decíamos– nadie camina por sus calles desiertas.

Iginia Pinto no tiene tiempo para descansar. Desde esta mañana, con su hija y varios nietos, se instaló dentro de una choza dispuesta a tostar 100 kilos de mañoco. A ratos con parsimonia, a ratos con violencia, Iginia mueve la harina de yuca sometiéndola al calor salvaje que arde bajo el budare de hierro. Iginia ronda los 70 años, es menuda y parece frágil, pero aún tiene fuerzas para cocinar de pie durante horas. Para alimentar la brasa como un fogonero, con palos gruesos que recogen los niños en los terrenos cercanos.

El fuego no ha dejado de arder durante la faena de hoy, y el espacio dentro de la choza se ha llenado de una ceniza fina que flota en el aire. La luz del mediodía hiere la penumbra, se cuela entre las varas de las paredes y las sombras proyectadas dibujan líneas temblorosas en el piso de tierra cruda. Inmune al bochorno, Iginia cocina sin decir palabra.

***

En el extremo sur del río Negro, que aquí es la frontera natural con Venezuela, del lado colombiano sobresale un pueblo entre todos los caseríos de la zona: San Felipe hace las veces de capital. Tiene solo cuatro calles, pero es el único con comercio, escuela, iglesia y puesto de salud. En su periferia, siempre junto al río, hay 21 comunidades indígenas (todas muy limpias, con patios despejados y chozas distribuidas bajo árboles antiguos), la mayoría habitadas por curripacos, y unas pocas donde viven también los yerales, indígenas venidos de Brasil.

Con frecuencia, cuando necesitan comprar o vender algún insumo, los nativos viajan por el río en curiaras (botes largos y delgados hechos a partir de troncos) de remo o motor hasta San Felipe. Allí hacen sus diligencias y vuelven a sus aldeas antes de que caiga la noche. Los pobladores de estas comunidades suman un millar de habitantes.

La historia del Bajo Guainía –todos los pueblos ubicados entre Puerto Colombia y Brasil– está ligada al comercio del caucho y del fique. Pero también, como suele ocurrir en toda frontera, al contrabando de mercancías. Multitudes de desplazados y buscavidas diversos llegaron a este lugar atraídos por la esperanza de riqueza súbita. Había dinero entonces, todo estaba permitido y en San Felipe prosperaron cuatro prostíbulos y varias discotecas. Muchos “emprendedores” de origen dudoso –es decir, traquetos– amasaron fortunas. Más tarde, cuando llegó la ley (armada y ejército), se produjo una estampida. Y ahora, repartidas por todo el pueblo, se ven sus casas estrambóticas, que duermen en silencio el largo sueño del abandono.

A pocos pasos de San Felipe, cruzando un desvencijado puente de madera, entre cultivos de yuca amarga, está la comunidad de Cangrejo.

***

El mañoco –el oro de la selva– es una harina grumosa que se produce a partir de la yuca amarga. A diferencia de la dulce, esta hay que manejarla con sumo cuidado: contiene cianuro y es preciso extraerlo antes del consumo. De la yuca se conocen más de 50 variedades, y para los curripacos tiene una ventaja primordial: en esta selva húmeda se cultiva durante todo el año.

En su libro Datos etnográficos de Venezuela, el naturalista Lisandro Alvarado describe así el proceso de elaboración del mañoco: “Rallan la raíz (de la yuca) lo mismo que para fabricar casabe, y mezclan enseguida la masa con un fermento especial, a fin de que pueda el mañoco conservarse largo tiempo sin alterarse, y de que adquiera un sabor acídulo conveniente al gusto de los indígenas. Esta levadura se prepara de antemano poniendo en un catumare (vasija de palma) cierta porción de raíces para mantenerlas en remojo hasta que, reblandecida y fermentada, la sacan, descortezan y deshacen, volviéndola una masa homogénea, que es la que mezclan con la raíz rallada, en la proporción de una parte de morojói (así llaman a esta levadura) por tres de raíz rallada, teniendo cuidado de que al efectuarse la operación no haya en las manos herida alguna, ni escoriación. Échase la mixtura en el sebucán (una manga), prénsase, despójasela del yare (líquido amargo), y enjuta ya la masa y convertida en un largo cilindro, sácanla y pónenla en una guapa (cesta) grande en donde la desbaratan, convirtiéndola en una harina basta y gruesa, que tamizan y despojan de las partículas fibrosas. Cernida la harina, viértenla sobre un budare puesto al fuego, cuyo borde sobresale como cuatro dedos de alto, y con una paleta de madera van removiendo la sustancia para que se tueste con uniformidad y deje escapar, en forma de vaho denso y blanco, los restos de humedad y de zumo tóxico (ácido prúsico) que encierra, y también para que adquiera un color amarillo dorado y su final consistencia. En tal estado se guarda y se almacena”.

Los indígenas del triángulo amazónico que comparten Colombia, Venezuela y Brasil, consumen el mañoco y confían en sus virtudes desde antes de que llegara Colón a estas tierras. La yuca, dicen, es buena para la digestión y ayuda a combatir infecciones; también reduce la inflamación, alivia el estreñimiento y los trastornos digestivos; mejora la artritis y disminuye el dolor en las articulaciones; mitiga el dolor de cabeza, elimina las erupciones de la piel y reduce el colesterol; contiene vitaminas A, B y C; aporta calcio, potasio, fósforo, hierro, manganeso, cobre. Y, por encima de todo, contiene almidón: una gran fuente de energía. Justo lo que se necesita para sobrevivir en la selva profunda.

***

Melvino Arias, un líder curripaco, es nativo de San Felipe, pero emigró y vive en la comunidad de Coco Nuevo, ubicada a pocos kilómetros de Inírida. Melvino conoce el movimiento del mañoco desde que nació allá junto al río; hoy vive preocupado por las amenazas que enfrenta su comercialización.

—Antes nos iba bien, porque en los tiempos de bonanza los venezolanos compraban mucho mañoco; ellos nunca se dedicaron a hacer: compraban. Ahora, con el cambio de moneda, en este momento hay una de las peores crisis que ha habido. Los venezolanos eran los principales clientes, pero eso se acabó. Y en nuestras comunidades hay una afectación, porque el mañoco sigue siendo la principal actividad de los nativos.

Esta tierra sufrió un éxodo. Hace 15 años, quizá un poco menos, varios centenares de indígenas abandonaron la zona y cruzaron la frontera rumbo a Venezuela, cuando ese país era todavía un destino favorable. Pero la revolución chavista dañó las cosas. Hace cinco años empezó una nueva migración, esta vez en sentido inverso: los colombianos que se habían ido están ahora de regreso. Y a ellos se han sumado muchos venezolanos desesperados.

Algunos nativos venden su producción de mañoco en San Carlos, un pueblo de Venezuela ubicado frente a San Felipe, en la otra orilla. Otros viajan con los costales hasta Maroa, un pueblo venezolano, más bien fantasma, ubicado a casi cuatro horas de navegación río arriba, en lancha rápida o “voladora”. Pero los comerciantes de la zona, colonos venidos de otras tierras, son los únicos que tienen la capacidad de llevar mañoco en cantidades hasta Inírida.

Para sacar la producción hay dos rutas –dice Melvino–, y las dos son complicadas. Por el pueblo de Yavita es la más fácil: hay que viajar por los ríos y hay que cruzar ese pedazo, que es territorio de Venezuela (una trocha de 30 kilómetros por tierra). Pero después de 1 o 2 toneladas, ya no se puede en lancha y toca coger la trocha de Huesitos: 80 kilómetros muy difíciles. Ahorita son 13 horas de recorrido, porque está muy mala esa vía. Millón y medio cobran los tractores por cruzar. Por eso a veces es preferible venderles a los venezolanos, que están ahí mismito, al precio que paguen.

Melvino dice que lo urgente es reparar la trocha de Huesitos: con eso mejoraría la vida en las comunidades. Muchos paisanos, dice, se han sacado la nacionalidad venezolana para cruzar el atajo en suelo extranjero y evitar problemas con la autoridad. Si alguien decide hacer el viaje solo por tierra colombiana, debe navegar el río Negro hacia arriba, ahí tomar la desembocadura del Casiquiare y salir después al Orinoco; desde allí debe bajar hasta San Fernando de Atabapo, el punto donde estuvo Humboldt, y de ahí caer finalmente a Inírida. El viajero gastará más o menos cinco jornadas navegando de día: de 6:00 a 6:00. Pero eso es en invierno, porque en verano son ocho días de travesía.

Huesitos, sin embargo, es una ruta peor, y la más costosa. Pero a veces es la única. Melvino: “Por ahí toca pagar hasta tres millones ida y vuelta, más el combustible. El desplazamiento es complicado, aunque sea buen negocio”.

***

Entre Inírida y San Felipe, un par de veces al mes, viaja un avión que transporta suministros pagado por comerciantes del pueblo. A veces, en esa pista deteriorada, aterrizan vuelos oficiales y avionetas enviadas por algún servicio de salud. Pero estas son oportunidades infrecuentes. Lo único seguro ­–desde siempre y para siempre– son los ríos y sus caudales veleidosos. En invierno, cuando la corriente sube 10 o 15 metros, los cauces se vuelven senderos anchos (500 metros de orilla a orilla) de fácil navegación: bajo el agua se oculta la amenaza de las rocas grandes, y las corrientes traicioneras prácticamente cesan. En verano el agua baja, los obstáculos aparecen y el tránsito se convierte en una odisea. Los motoristas, que conocen todos estos ríos, evitan los tramos más peligrosos saliéndose del cauce: a cada rato los viajeros tienen que abandonar los botes para sortear los accidentes a pie. Deben bajar la carga, echársela al hombro y caminar con ella antes de abordar la lancha en un punto más seguro. Y todo el transporte es así, siempre atado a los caprichos de la corriente.

***

Iginia repite la ceremonia del tostado un par de veces por semana, y todos los miembros de su familia viven de esa actividad. A medida que mueve la paleta sobre el budare, parece que poco a poco va alcanzando una especie de trance: en su rostro no hay expresión; no hay fatiga, tedio ni dolor. Tampoco placer. El trabajo de Iginia es pura rutina y su cara, llena de surcos profundos, mantiene siempre un gesto pétreo con la mirada fija en la harina. A ratos pone la mano encima y verifica la temperatura, o coge con los dedos un puñado y se lo lleva a la boca: prueba el material para estar segura de que todo marcha bien.

Mientras Iginia cocina, su hija me ofrece por fin una taza llena de mañoco cocido y agua. Con una totuma, imitándolos, voy sorbiendo pequeñas cantidades como quien come cereal por la mañana. El gusto es amargo y las pepitas de harina crujen en cada mordisco. Es un sabor que exige curiosidad y costumbre, pero la descarga de energía es evidente.

Así, cucharada a cucharada, voy consumiendo el oro de la selva: el alimento difícil que los indígenas curripacos le arrancan a la tierra desde hace siglos. Entonces pienso en el origen de lo que estoy llevando a mi estómago: en la piel fuerte y rústica de la yuca amarga; incluso en la violencia de su veneno –a veces inofensivo, pero siempre latente–. Y así entiendo por qué el mañoco es el principal bocado de toda esta etnia empecinada: no puede haber para ellos, gente recia, un alimento más apropiado.

Miguel Ángel Tobar era un hombre que desde noviembre de 2009 sabía que sería asesinado.

Él tenía dudas acerca de quién lo asesinaría. A veces creía que lo harían unos policías del occidente de El Salvador. A veces creía que sería asesinado por pandilleros del Barrio 18. Pero la mayor cantidad de veces en las que pensaba acerca de su muerte, estaba convencido de que sería asesinado por pandilleros de la que fue su pandilla, la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar, un hombre de 30 años, estaba convencido de que no moriría de un ataque cardíaco ni de una caída desde las alturas ni tampoco de viejo –jamás pensó que moriría de viejo-. A veces pensaba que moriría masacrado en alguna vereda polvosa del departamento de Santa Ana o una del departamento de Ahuachapán. Desde enero de 2012 que lo conozco, siempre tuvo presente que “La Bestia” lo seguía. Lo decía todo el tiempo. Por eso, Miguel Ángel Tobar recuperó el año pasado la escopeta 12 que había enterrado en un predio baldío luego de robarla al vigilante de una gasolinera de El Congo durante un asalto que la Policía le pidió que hiciera. Era complicada la vida de Miguel Ángel Tobar. Por eso él consiguió a principios de este año una pistola .357, pero la Policía se la decomisó cuando él caminaba cerca de su casa, en el cantón Las Pozas, del municipio de San Lorenzo, en el departamento de Ahuachapán. Por eso, porque sabía que La Bestia lo seguía, Miguel Ángel Tobar cruzó la frontera con Guatemala por un punto ciego a principios de este año y pagó 20 dólares para que le fabricaran un trabuco –dos piezas tubulares de metal que al chocar percuten un cartucho de escopeta 12-. Miguel Ángel Tobar sabía que sería asesinado, pero pretendía evitar ser descuartizado, torturado, ahorcado. Él prefería un balazo.

Sabía tanto que su muerte sería un asesinato que el tema se podía tocar sin ningún tapujo. El martes 14 de enero de este 2014 lo visité. Solía visitarlo al menos una vez al mes desde que lo conocí en enero de 2012. Ese día él sentía que su muerte estaba más cerca que de costumbre. La noche anterior le dijeron que unos jóvenes habían llegado al cantón donde él vivía y habían preguntado por el marero del lugar. Ese día hablamos adentro del vehículo de vidrios polarizados en el que lo visité. El motor del carro nunca estuvo apagado.

-Ey, hay un problema, Miguel. Como a cada rato cambiás de teléfono, cuesta localizarte. Necesito que me des números de tu familia para llamarles por cualquier cosa –le dije aquel martes.

-Ah, simón, por si algo pasa… O sea, para que te avisen cuando me maten y te digan: ey, mataron al Niño –me dijo en el pick up Miguel Ángel Tobar, que siempre se refería a él por el apodo que tenía en la Mara Salvatrucha. El Niño de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya.

El pasado viernes 21 de noviembre no me llamó ningún familiar. Me llamó un vecino de El Niño desde el cantón Las Pozas. Fue él quien a las 3:43 de la tarde me anunció que había pasado lo que todos sabíamos que iba a pasar.

-Ey, malas noticias. Se dieron al Niño en San Lorenzo.

***

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Si se le preguntaba a cuántas personas había asesinado, él contestaba:

—Me he quebrado…me he quebrado 56. Como seis mujeres y 50 hombres. Entre los hombres incluyo los culeros, porque he matado a dos culeros.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

En expedientes policiales hay evidencia de 30 de los homicidios en los que ese hombre participó cuando era pandillero de la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Era uno despiadado. Allá por 2005 asesinó junto con otros pandilleros a un joven de unos 23 años a quien apodaban Caballo. Ese hombre en un acto de idiotez había decidido tatuarse un 1 en un muslo y un 8 en el otro, pero también tenía tatuadas dos letras en el pecho: MS. Quién sabe cómo lo logró, pero Caballo se presumía pandilllero del Barrio 18 cuando le convenía y marero de la Emeese cuando era mejor para él. Miguel Ángel Tobar descubrió su secreto, lo adentró con mentiras en los montes de Atiquizaya junto a otros emeeses. Lo asesinaron. Basta decir que Caballo murió sin brazos, sin piernas, sin tatuajes. Y, cuando ya no tenía nada de eso, aún alcanzaron a torturarlo unos minutos más. Fue ese día cuando Miguel Ángel Tobar, que era conocido en su clica como Payaso -gracias a su cara socarrona, alargada, boca grande- se cambió su apodo al de El Niño, porque cuando le sacó el corazón al Caballo tuvo una epifanía y aquello le pareció como el nacimiento de un bebé. De un niño.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Eso todos lo saben desde hace mucho. La Policía, cuando se le acercó a principios de 2009 para que le ayudara a resolver casos de homicidios cometidos por la Hollywood Locos Salvatrucha, sabía que se acercaba a un homicida. Nunca creyeron que era otra cosa. De hecho, el cabo de la Policía que llegó hasta su casa en el cantón Las Pozas a buscarlo aquella tarde que Miguel Ángel Tobar decidió traicionar a su pandilla, tuvo que tener precauciones. El pandillero estaba armado esa tarde con una .40 y una .357 y bajo los efectos del crack, pero aceptó acercarse hasta el puesto de investigadores del municipio de El Refugio.

El Niño se sentía acorralado. Su clica empezaba a sospechar que él era el asesino de tres de los pandilleros de la clica de los Parvis Locos Salvatrucha de Turín (municipio vecino de Atiquizaya) que habían matado a su hermano. Así es el interior de una pandilla, un manglar de intrigas y conspiraciones entre sus propios miembros. El hermano de El Niño, apodado El Cheje en su clica, fue asesinado en 2007. El Niño, poco a poco, vengó su muerte discretamente, sin anunciarlo a nadie de su clica. Asesinó a Chato, Zarco y Mosco de un tiro en sus cabezas. Solo sobrevive un pandillero conocido como Coco, que huyó de la zona occidental del país al ver que sus amigos de crimen caían uno a uno con el cráneo perforado por el hermano de su víctima.

Sin embargo, Miguel Ángel Tobar fue mucho más que un asesino. Él fue la llave que la Policía y la Fiscalía usaron para meter en la cárcel a más de 30 pandilleros de las clicas Hollywood, Parvis y Ángeles, de Santa Ana y Ahuachapán. Fue el testimonio de ese hombre el que logró que un juez dictara 22 años de prisión contra los dos líderes de la Hollywood. Uno es José Guillermo Solito Escobar, conocido como El Extraño, un treintañero líder de la pandilla en la zona de Atiquizaya. El otro es más célebre, incluso fue citado por el ex ministro de Justicia y Seguridad de El Salvador, Manuel Melgar, como uno de los pandilleros que habían dado el salto a crimen organizado en el país. Se trata de José Antonio Terán, conocido como Chepe Furia, un cuarentón, ex guardia nacional, dueño de los camiones recolectores de basura de Atiquizaya, uno de los primeros miembros de la MS en Estados Unidos, fundador allá de la clica Fulton Locos Salvatrucha y en El Salvador fundador de la clica Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Hoy, gracias a lo que dijo Miguel Ángel Tobar en un juzgado especializado de San Miguel, Chepe Furia y El Extraño cumplen 22 años de condena por haber asesinado a un informante de la Policía en el departamento de Usulután el 24 de noviembre de 2009. El muchacho se llamaba Samuel Trejo, tenía 23 años cuando lo asesinaron, y era conocido en la pandilla como Rambito.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Sin embargo, sin su ayuda, 30 asesinos estarían sueltos en El Salvador. Y probablemente –muy probablemente- ese hombre fue asesinado por haber dado esa ayuda a la justicia salvadoreña. Y quizá hubiera encerrado a 11 más, pero ya no podrá declarar en el juicio contra los pandilleros acusados de tirar cadáveres a un pozo abandonado en medio de una milpa en el municipio de Turín.

El viernes 21 de noviembre no solo fue asesinado un asesino. Fue asesinado un testigo protegido del Estado salvadoreño. El viernes 21 de noviembre Miguel Ángel Tobar fue asesinado a balazos en un acto de sicariato. Ese día fue asesinado un hombre al que el Estado salvadoreño prometió proteger a cambio de su testimonio. Era un hombre al que incluso el Estado le había dado un nuevo nombre. Liebre o Yogui. Así lo llamaban en los expedientes judiciales y en los juicios, cuando aparecía con un pasamontañas y vestido de policía con uniformes que le sobraban en su cuerpo menudo pero recio. Miguel Ángel Tobar era un hombre que fue asesinado mientras el Estado cuidaba de él.

***

La bicicleta y el charco de sangre que salió de su cabeza están a 30 pasos aquí en la calle del municipio de San Lorenzo, detrás del puesto policial. Aquí todos conocen esta como la calle al Portillo. Es viernes 21 de noviembre de 2014. Son las 8 de la noche.

San Lorenzo es un municipio al que se llega pasando Santa Ana, entrando a Atiquizaya, dejando atrás el parque central y recorriendo unos 20 kilómetros por una calle de dos carriles que rompe el llano en medio de cerros. Llego aquí acompañado de mi hermano Juan, con quien visitamos a El Niño desde enero de 2012.

El puesto policial es una casita que está casi al final del casco urbano de San Lorenzo. A esta hora temprana de la noche, este municipio es oscuro. Unas pocas bombillas públicas iluminan la calle. La gente se duerme poco después que los pollos y solo un pequeño grupo de muchachos platica en la calle. Se extrañan al ver pasar el pick up.

En el puesto policial hay dos agentes. No dan ninguna señal de temor. Si un pick up polarizado se acerca a un puestito policial de un municipio rural salvadoreño por la noche, muy probablemente los agentes lo recibirán con la mano en la pistola. Si no lo hacen, como aquí en San Lorenzo, es porque no consideran que están en un punto crítico de este país. Y no lo están. San Lorenzo, con una población que ronda los 10,000 habitantes, tuvo, según datos de la Policía, cero homicidios en 2013; en 2012, dos homicidios; y en 2011, cero homicidios. De hecho, este año los dos agentes del puesto solo recuerdan un homicidio, el que ocurrió hoy hace unas horas, el de Miguel Ángel Tobar, El Niño. Desde junio de 2012, este es el primer asesinado en San Lorenzo. Eso hace de San Lorenzo un pedacito afortunado de este país.

Tras una breve charla queda claro que El Niño es considerado por los policías como una lacra, alguien que estaba destinado a morir. “Era problemático”. “Era un delincuente”. “Incluso este año tuvo un problema de que lesionó a un compañero de la DIC (División de Investigación Criminal) de Santa Ana que estaba en su tiempo libre tomando allá en el cantón de donde era ese muchacho”.

El Niño era conocido en toda la zona. San Lorenzo, a la luz de las cifras, no es un municipio con serio problema de pandillas. El mismo Niño lo describía como un lugar de asaltantes y miembros de bandas de robafurgones, pero no de pandillas. Era zona de paso de pandilleros que se movían entre la frontera con Guatemala y Atiquizaya, pero no de habitación. Cuando el Niño llegó al lugar, a mediados de este año, empezó a correrse la voz de que un pandillero o un traidor de la pandilla o más bien un líder de la pandilla vivía en el cantón Las Pozas. Unos decían una cosa y otros decían otra. La primera vez que lo visité en su casa, una de esas veces en las que conversamos dentro del carro con el motor encendido, varios curiosos llegaron a ver quién visitaba al célebre Niño. Llegaron vendedoras, vecinos, estudiantes de la escuelita del polvoriento cantón Las Pozas.

Los policías lo odiaban en primer lugar porque había sido pandillero. Hablaba como pandillero, era problemático como son los pandilleros, e irreverente y mariguanero.

Muchos policías de la zona lo odiaban porque era el testigo clave en el caso contra dos cabos de Atiquizaya. Se trata de José Wilfredo Tejada, de la unidad contra homicidios de Atiquizaya, y Walter Misael Hernández, de la unidad contra extorsiones. La mañana del 24 de noviembre de 2009, estos dos policías solicitaron a la unidad de seguridad pública que detuviera, en el mercado, a un muchacho de 23 años, porque tenían que hablar con él. Ese muchacho era Samuel Trejo, conocido como Rambito. Ese muchacho fue asesinado por Chepe Furia. En el libro de novedades del 24 de noviembre de 2009 consta que esos dos cabos se llevaron al muchacho de la subdelegación de Atiquizaya y nunca lo devolvieron. Horas después, El Niño lo vio en un pick up que era conducido por Chepe Furia y donde también iban El Extraño y otro pandillero deportado de Estados Unidos en 2009 con cargos de lesiones graves. En Maryland, según su ficha de deportación, ese otro pandillero era conocido como Baby Yorker. Aquí se renombró como Liro Jocker. Su nombre real es Jorge Alberto González Navarrete y tiene 32 años. Chepe Furia, El Extraño y Liro Jocker se llevaron a Rambito en un pick up, y El Niño los vio.

El muchacho, Rambito, que iba en ese pick up horas después de haber sido sacado de la subdelegación por los cabos, apareció asesinado 13 días después en una carretera en el departamento de Usulután. Putrefacto. Tenía las manos atadas por atrás con un lazo azul –el mismo lazo azul que El Niño declaró ver en el pick up-. El informe forense dice que fue asesinado el mismo día que los cabos lo sacaron de la subdelegación, el mismo día que los pandilleros se lo llevaron en el pick up. El informe dice también que lo torturaron y luego le metieron tres balazos en la cabeza. Los investigadores de la Policía aseguran que Rambito era informante de la Policía y ayudaba a levantar un caso de extorsión contra Chepe Furia.

Antes de llegar hasta el pick up de Chepe Furia, cuando El Niño caminaba hacia el punto de encuentro, había visto a los cabos pasar con Rambito en otro pick up. Eso declaró en la primera etapa del juicio.

El miércoles 15 de enero de este 2014, más de cuatro años después del asesinato de Rambito, los cabos fueron absueltos. Sus colegas policías no quisieron declarar nada. Dijeron no recordar lo que habían dicho en etapas anteriores del juicio. Dijeron que no recordaban si esos cabos habían pedido detener a Rambito el día de su asesinato. Los fiscales les mostraron el libro de novedades, donde esos mismos policías, de su puño y letra, habían escrito que los cabos se habían llevado a Rambito. Luego les mostraron a esos policías su declaración anterior, donde recordaban todo con claridad. Luego les recordaron que estaban bajo juramento. Los policías, los tres que declararon, dijeron que reconocían su letra, pero que ya no recordaban nada, que estaban confundidos. Bajaron la cabeza –los tres- y repitieron lo mismo: no recuerdo, no recuerdo, no recuerdo.

El Niño entró ese día con la cara cubierta a la sala de juicio del Juzgado Especializado de Sentencia de San Miguel. Aquel día, la Fiscalía le había asignado el nombre de Yogui. Así lo llamaban en su calidad de testigo criteriado. Poco después de haber entrado a aquel horno, se quitó la máscara. Dijo que le picaba la cara. No le importó que lo vieran los abogados defensores de los cabos acusados –que ya estaban atrás de un biombo, rezando-. Dijo que total a él ya lo conocían. Todos sabían que El Niño era Miguel Ángel Tobar. Por orden del juez se puso de nuevo el pasamontañas y actuó igual que los policías que fueron citados como testigos. Dijo que no recordaba nada, que no recordaba nada de lo que había dicho antes, que no recordaba haber visto a Rambito en el pick up ni nada de nada. Los abogados defensores de los cabos reían en la sala de juicio, los fiscales se volvían a ver entre ellos, incrédulos, asustados. Los cabos rezaban tras el biombo. Los cabos fueron absueltos.

Las sentencias son un sinsentido bajo la lógica común. Los cabos absueltos sacaron a Rambito del lugar de su detención. Este terminó en manos de los pandilleros que están condenados por asesinarlo. En medio de una cosa y otra todo es borroso.

La Fiscalía, en aquella sala, sin El Niño, no era nada. Era dos fiscales asustados haciendo el ridículo. Era un espectáculo chistoso del que se reían dos abogados defensores privados.

Yo salí confundido de la sala. Pensé por un momento que El Niño me había engañado. Luego recordé que él mismo me había contado que algunos investigadores de Atiquizaya y El Refugio le habían pedido que se equivocara en la primera fase del juicio, que confundiera a los investigadores en el reconocimiento. Le ofrecieron 5,000 dólares por equivocarse, me contó El Niño. Luego le ofrecieron ir a cometer un homicidio a un monte de Atiquizaya, pero le dijeron que le darían el arma cuando estuvieran allá. El Niño, con odio, se rio de lo burda de la estratagema cuando conversamos en una de mis visitas.

—Pendejos, ilusos, malditas ratas, ellos querían “caminar” a al Niño. La Bestia, pendejos.

Cuando el juicio terminó y los cabos salieron libres, llamé por teléfono a El Niño.

—Niño, ¿vos me mentiste a mí o le mentiste al juez?
—Yo los vi con Rambito y vi a Rambito irse con Chepe y los otros… La onda es que… Yo sólo no quería decir lo mismo. Ya tengo demasiadas cruces encima como para ponerme una más.

***

Cuando ocurrió aquella escena en San Miguel, El Niño no vivía en el cantón Las Pozas, de San Lorenzo. El Niño vivía en el municipio de El Refugio, muy cerca de Atiquizaya. Vivía en una casita con solar que la Policía y la Fiscalía le pagaban. Vivía enfrente del puesto de investigadores policiales de El Refugio. En teoría, lo habían sacado de Atiquizaya porque los mismos investigadores estaban convencidos de que Chepe Furia había infiltrado la subdelegación de ese municipio.

En El Refugio vivían el Niño, su compañera de vida, de 18 años, y su hija Marbely, de dos. Vivían de lo que El Niño pudiera hacer, que era cultivar mariguana o traer un poco de mariguana desde Guatemala a través de sus contactos y venderla en pequeñas dosis a los pocos consumidores que sabían que él vivía ahí. Por lo demás, la Unidad Técnica Ejecutiva del Sector Justicia (UTE) le enviaba cada mes una canasta, la canasta que preparan para los testigos criteriados que no viven en casas de seguridad de la UTE. La canasta es miserable.

La UTE atiende a unas 1,000 personas cada año. La gran mayoría son víctimas o testigos oculares de algún hecho delictivo. Solo unos 50 cada año son como El Niño, testigos criteriados. Asesinos, ladrones, coyotes protegidos por la Fiscalía y la Policía para que declaren en juicio. El trato es sencillo: protección y mantenimiento a cambio de la traición en juicio a tu grupo de criminales.

Así, El Niño obtenía del Estado la casita con solar y una canasta mensual con cuatro libras de frijoles, otras cuatro de arroz, pasta, salsitas de tomate, sal, azúcar, aceite, papel higiénico, jabón, cepillo. Punto. Por eso, para comprar más comida, ropa para la niña o leche, El Niño vendía mariguana.

Lo que ocurrió es que desde enero de este 2014, la canasta dejó de llegar. Sin que le hicieran saber razón alguna, la canasta dejó de llegar. El Niño aún tenía que declarar contra los policías y contra los asesinos del pozo de Turín –donde él mismo participó en el lanzamiento de dos cadáveres-. Y no solo la canasta. Los 60 dólares que los policías le entregaban de vez en cuando dejaron de llegar. Cuando la Policía consigue testigos que dan buena información suelen darles una pequeña cantidad mensual para mantenerlos controlados.

El Niño decidió largarse en marzo de la casita de El Refugio con su mujer embarazada y Marbely.

Al principio, El Niño dejó a su familia en la casa de Las Pozas y se fue a vivir en un monte cercano en una casita abandonada que algún agricultor de la zona levantó años atrás. Vivía resguardado por la escopeta 12 que escondió tras el asalto a la gasolinera. Ese asalto a la gasolinera de El Congo en 2009 era una acción policial. El Niño era el infiltrado en el grupo de pandilleros, cuando la pandilla aún no se enteraba de que era un traidor. Él iba a informar del asalto minuto a minuto para que la Policía llegara. Eso hizo. Envió mensajes, pero las patrullas nunca aparecieron, así que decidió participar de lleno en el asalto y llevarse la escopeta del vigilante y algo de dinero. El Niño recuperó su escopeta cuando se fue de El Refugio, y se llevó consigo a tres muchachos de Las Pozas a los que él llamaba los ganyeros, porque todos consumían mariguana y de alguna u otra forma tenían problemas con los emeeses que de vez en cuando llegaban a Las Pozas a vigilar que el Barrio 18 no se hubiera tomado ese territorio de nadie. En Las Pozas hay pintas de la MS y de la 18. Es un territorio de paso de ambas pandillas.

El Niño y los suyos, allá en el monte, dormían por turnos: dos descansaban y dos vigilaban, y bajaban solo si era necesario proveerse de algo.

La primera vez que lo visité fuera de El Refugio, el Niño me indicó que lo esperara en una vereda que sale a la carretera que va a San Lorenzo, donde hay un grande y frondoso amate. Esa es zona 18. Unos muchachos de una llantería estaban ya demasiado inquietos por la presencia inmóvil de un pick up polarizado en medio de la nada. De repente, El Niño salió de la vereda a paso rápido. Llevaba en la mano un machete corto y en el pantalón un trabuco y cinco cartuchos de escopeta 12. Iba con el pasamontañas que ocupaba en los juicios como gorro, a medio poner. Se metió en la parte de atrás del carro –adelante me acompañaba mi hermano Juan-. Iba asustado, agitado. Veía para todos lados. Dijo: “¡Démosle, démosle con todo, metele la pata!” Cuando pasamos por Atiquizaya, se hundió en el asiento lo más que pudo y se tapó la mitad de la cara con una mano. Nos metimos en un motel de la carretera que va a Santa Ana. Cerramos el portón y pusimos tranca. Y entonces logramos conversar con calma.

Poco a poco fue midiendo los riesgos en Las Pozas y decidió volver a la casa de su madre, donde nació y creció. Vivía en alerta. Tenía un sistema de ganyeros que vigilaban cualquier movimiento extraño.

Ya fuera de El Refugio era mucho más difícil localizarlo. Se deshacía de los celulares cada semana. Viajaba por el monte hacia Guatemala a comprar onzas de mariguana para venderlas en Las Pozas. Fue detenido varias veces por soldados y policías. Le decomisaron las armas, lo arrestaron cuando iba al río a pescar y le encontraron dos puros de marihuana que pensaba fumarse para relajarse un poco. Lo llevaron a Atiquizaya y lo metieron en la bartolina de los emeese. Eso ocurrió el pasado octubre. El Niño había dicho que él era un retirado de la clica de los Centrales Locos Salvatrucha de San Salvador. El Niño me contó que un policía pasó por la celda cuando él ya estaba adentro y dijo: “Este es el Niño de Hollywood, el que metió preso a Chepe Furia”. El Niño, por suerte, había logrado esconder la hoja de una navaja de bolsillo en su calcetín. Se amotinó en una esquina de la celda, pero los pandilleros –muy jóvenes, los recordó El Niño- no se atrevieron a atacar al celebérrimo expandillero. Finalmente, llegó la orden de que lo sacaran de esa celda, porque él, mientras blandía su navajita frente a los mareros, estaba bajo la protección del Estado. Eso se suponía.

El Niño era lo que era, un hombre de vida dura, un delincuente. Y, ya suelto, empezó a vivir como tal. Se peleaba en la cantina. E incluso en una ocasión, noqueó a un policía vecino, que un día borracho entró a casa de El Niño aprovechando que este dejó la puerta abierta para meter un tercio de leña, y empezó a insultarlo diciéndole “culero, traidor de la Mara, maricón”. El Niño lo atizó. Horas después, el policía recibió dos disparos de escopeta 12. Él acusó a El Niño. Tres testigos de la zona me aseguraron que fueron dos muchachos desconocidos en el cantón que pasaron por ahí. El Niño ya no tenía su escopeta en ese entonces. Él me aseguró que fueron “unos bichos dieciocho” que, según su hipótesis, pasaron y vieron al policía de la División de Investigaciones Criminales de Santa Ana ebrio y decidieron atentar contra él.

Era muy común que El Niño se despidiera de la misma manera tras mis visitas.

-Va, pues, a ver si cuando vengás a la próxima sigo vivo.

***

La reconstrucción que la Policía hizo de la escena del crimen señaló esto: El Niño iba en bicicleta por la calle hacia el Portillo, en San Lorenzo. Es una calle que conecta con caminos de tierra que llevan hasta el cantón Las Pozas. De frente a él, una mototaxi apareció con dos hombres gordos, rapados y de unos 40 años. Lo embistieron con la mototaxi. Su bicicleta quedó tirada. El Niño corrió. El primer tiro de los seis le entró por la espalda. Las primeras gotas rojas sobre el pavimento están a apenas un metro de la bicicleta. Avanzó mientras le asestaron otros dos tiros, uno en la cabeza, atrás de una de sus orejas y otro al costado. Las gotitas se hacen más frecuentes a los 15 pasos largos. Dio 15 pasos más. Cayó boca abajo. Se volteó hacia arriba para pelear. Los victimarios se acercaron y le metieron tres tiros más. Cabeza y pecho. Las vainillas de las balas están ahí, a la par del charco de sangre pintado en el pavimento, esparcido, como si un animal herido se hubiera arrastrado. Los asesinos se largaron no hacia el monte, sino que hacia el pueblo de San Lorenzo en una de esas mototaxis que hacen un estruendoso ruido. La escena está a unos 50 metros del puesto policial. Los policías llegaron como 20 minutos después del hecho. No hubo operativo de búsqueda ni nada por el estilo.

Lo imagino, sobre todo, revolcándose en el pavimento y boqueando sangre. Lo conozco. Sé que peleó como animal hasta el último momento. Ya lo habían intentado matar antes. Ya había peleado como bestia, con cada pedazo de su cuerpo. Siempre dijo que un balazo era algo que seguramente le ocurriría, pero que se lo llevara La Bestia, que lo levantara y lo llevara a un lugar donde matarlo tranquilamente… “Eso no, eso está paloma”, decía. Y lo decía porque lo sabía, porque él había sido esa bestia antes.

El viernes 21 de noviembre de 2014, el día de su muerte, el Niño había ido a San Lorenzo a asentar a su segunda hija. Llevó su documento único de identidad y el de su mujer. Le puso Jennifer y tiene tres meses de edad. Ella se quedó huérfana de padre el mismo día que su padre la reconoció como su hija.

***

Nadie, ni un policía ni un fiscal ni un juez ni un funcionario de la UTE, hizo nada para que El Niño estuviera a resguardo de nuevo. Nadie hizo nada siquiera para que le devolvieran la canasta de víveres. Todos los policías con los que hablé del caso durante estos más de dos años sabían que el Niño terminaría asesinado. Lo decían como si eso no representara un fracaso de ellos mismos.

En marzo de 2014 publiqué en El Faro una crónica titulada “La espina de la Mara Salvatrucha”, un perfil de El Niño que mi hermano Juan y yo escribimos en 2013 para un libro. Más o menos un mes después, mi hermano Carlos, también reportero de El Faro, me dijo que Raúl Mijango le había trasladado un mensaje de la ranfla nacional de la Mara Salvatrucha. Raúl Mijango es –acortando lo más posible su extenso currículum- un ex comandante guerrillero que desde marzo de 2012 se presentó a sí mismo como mediador entre el gobierno y las pandillas en la tregua que nació ese mes y redujo drásticamente los homicidios durante más de un año. La tregua ahora se desmorona al ritmo de la subida de los homicidios. Mijango sigue siendo reconocido por los pandilleros como su interlocutor. La ranfla nacional es el grupo de líderes nacionales que marcan las pautas generales para todas las clicas de la Mara. Todos están presos en el penal de Ciudad Barrios. En aquella ocasión, Mijango le dijo a mi hermano que la crónica causó malestar entre los ranfleros, que no les gustó que se ventilaran interioridades de la pandilla. Mi hermano Carlos preguntó a Mijango, entendiendo que la publicación aumentaba el riesgo de El Niño, si había alguna solución para su caso. La respuesta de Mijango fue: “No, no hay ninguna solución”.

Todos sabíamos que El Niño sería asesinado. Yo era uno de los que lo sabíamos.

Nadie hizo nada por evitarlo.

***

En una ocasión a principios de 2013 tuvimos esta conversación en el solar de El Refugio, mientras comíamos unos pipianes hervidos.

—¿Sentís que te usaron? —pregunté.
—Si de todo mi caso el único menos alivianado soy yo. Todos los viejos de allá arriba, de la alta sociedad, han salido alivianados. ¿Cuánto valía la muerte de Rambito? 11 mil dólares pagó Chepe Furia para que caminaran a Rambito. Yo soy el que menos he sacado.
—¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué nos garantiza que cuando el Estado te suelte no seás sicario?
—No me han ofrecido otro camino. Tendría que haber un programa de trabajo. Te vamos a dar chance de que barrás en tal juzgado. Yo no me he borrado las tintas porque no me han ofrecido nada, y al menos esto me protege con respeto si me voy a otro lado. La información que he dado vale. Yo dije que yo fui, que yo disparé, y que los otros hicieron lo que hicieron. ¡Eso vale!
—¿Vos descartás que volvás a las andadas?
—No lo puedo descartar. Si estando aquí me han ofrecido oportunidades.
—Y a vos, ¿qué te debemos nosotros los salvadoreños?
—Yo arriesgo mi vida. Salí yo de las calles y saqué a otro vergo de sicarios. Por eso hay un vergo de gente que me quiere matar. Policías, pandilleros. Yo no sé quién trabaja para quién aquí. Es una onda que se llama crimen organizado. Yo no quiero estar ya en este riesgo, tengo a mi niña. A la sociedad no le importa que esté en este riesgo, a ellos solo les importa que el testigo ya declaró. Si ellos se pusieran a pensar y dijeran: “Ey, a este bicho le puede ir mal, tiene a su hija, tiene a su mujer, pongámosle al menos una chambita”.

***

Los pandilleros que lo amenazaron por teléfono desde el penal de Ciudad Barrios en 2011 se equivocaron. Le dijeron que lo iban a dejar oliendo a pino. Se referían al material del ataúd. El Niño también se equivocó. Les dijo que no sabían a qué olía el pino, y que los ataúdes en su zona los hacían de mango y conacaste.

El ataúd de El Niño es de teca. Era el más barato de la funeraria. Lo donó la alcaldía de San Lorenzo a petición del suegro de El Niño.

La vela transcurre sin novedades este sábado 22 de noviembre. Unas 30 personas, amigos de la madre de El Niño, cantan coros evangélicos. Uno de esos coros dice algo como que solo dos lados hay, uno es el recinto celestial y el otro es el lago infernal. Hay atol, café y pan dulce. La madre de El Niño está derrotada en una silla de plástico a la par del ataúd. No llora, no es primeriza en esto. En 2007, la Mara Salvatrucha asesinó a su otro hijo, un pandillero de la Parvis Locos Salvatrucha de Atiquizaya a quien llamaban Cheje. Hoy ella no llora, solo está derrotada sobre la silla, sin hablar. La viuda de El Niño amamanta a Jennifer en una esquina.

Afuera hay fiesta. En el cantón Las Pozas hay fiesta. Hay una tarima y hay una discomóvil que echa unas pocas luces de colores y pone reguetón a todo volumen frente a la escuela. La fiesta está a 100 metros de la vela, por eso el reguetón y los coros evangélicos luchan por sobresalir. La fiesta ya estaba programada, se hace todos los años por estas fechas, la organiza la alcaldía de San Lorenzo. No la iban a detener por un muerto.

***

Es domingo 23 de noviembre, son las 12 del mediodía. Es el cementerio de Atiquizaya. Es el entierro de El Niño. La tumba es un hoyo a la par de un barranco en los linderos del cementerio. El hoyo lo abrió desde la mañana el suegro de El Niño. Unas 30 personas llegan. La mayoría de ellas convocadas por el pastor que predica en el cantón Las Pozas. Unas cinco tumbas más allá, un grupo de pandilleros chivea con dados. El enterrador, sentado junto al vigilante municipal del cementerio, nos dijo al entrar que “ellos son los que controlan aquí”. La zona está dominada por el Barrio 18. La presencia de mi hermano Juan y la mía es desconcertante para los pandilleros que rondan el entierro. Uno aparece del barranco. Llegan dos más a la tumba donde chivean. Aparece uno riendo, justo cuando varios hombres echan tierra para sepultar el ataúd. Este último va disfrazado de pandillero hasta el ridículo: lleva un sombrero redondo pachuco, una camiseta blanca y floja por dentro de unos pantalones de tela negra flojos también y unos tenis blancos. Se siente fuerte, ríe, se pasea por atrás de nosotros, escupe. Se va. Entra otro más desde el barranco. Dos mujeres cantan coros evangélicos. La madre de El Niño grita y llora durante unos cinco minutos. Decidimos irnos cuando los hombres echan las últimas paladas de tierra. Da la impresión de que pronto los pandilleros harán algo. Hay demasiados alrededor. Le decimos a la viuda que nos veremos en la entrada del cementerio, que es mejor que nosotros nos vayamos. Lo hacemos. Sin decirlo, ella y su padre han notado la tensión. Apuran el entierro. Un hombre corta una rama de un arbolito de izote, la flor nacional de El Salvador, y la clava en el lugar donde quizá alguien ponga una cruz de cemento algún día.

Salimos con Juan y por el callejón nos persigue un muchacho alto, moreno, de no más de 25 años. Nos pide que paremos. No le hacemos caso. Detrás de nosotros viene toda la gente del entierro. Un pequeño desfile de pobres. El muchacho se aposta en la entrada del cementerio junto a otro más a vigilar que todos se vayan. Apenas logramos darnos la mano con la viuda y su padre.

Adentro del cementerio, sin cruz, sin mausoleo, sin epitafio queda un bulto de tierra con una rama de izote clavada. Abajo yace Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood, un hombre del que todos sabíamos que iba a morir asesinado.

Roberto fue probablemente el hombre más infeliz del mundo durante 17 horas continuas, entre la mañana del 1 y la madrugada del 2 de junio de 2013. En ese tiempo, una multitud endemoniada lo acusó de liderar el robo de un camión Nissan Cóndor, lo amarró de pies y manos, lo golpeó con mangos de picotas en la cabeza, en las costillas y en el culo, y cuando el sol ardía bajo el dominio de las tres de la tarde, su cuerpo recibió chorros de gasolina y una mano de hombre sin pena prendió el cerillo y lo transformó en una antorcha medieval y él iba de tumbo en tumbo, revolcándose como una culebra en la plaza del pueblo, rogando a ciegas a sus verdugos que le libraran de ese calor enorme que le comía como una piraña hambrienta cada pedazo de piel.

—Quiero agua, dirá varias veces después en el hospital y lo dirá a las dos de la madrugada por última vez, antes de que su cuerpo ya no robusto, con el 90% carbonizado, achicado por las llamas, emita su último suspiro.

A las seis de la tarde de ese 1 de junio, la multitud de Ivirgarzama regresó a paso lento a sus labores cotidianas, con el alma desahogada como quien sale apaciguado de la misa dominical, con la certeza de haber sancionado a mano propia y dura a un delincuente y aportado con un granito de arena en la lucha contra el crimen. A la misma hora, Roberto Ángel Antezana, de 27 años de edad, moreno, padre de un niño de siete años y cortador de árboles madereros de oficio, fue socorrido por su papá Melquiades y su mamá Isabel, que bajo los efectos de una soledad evidente y de una tristeza eterna, solo atinaron a echarle tierra a su hijo para que las últimas bocas de fuego se extingan. Después espiaron a los costados y cuando vieron que ya no había más peligro, lo cargaron al hospital en una camilla improvisada que hicieron con dos bolsas de tela que compraron en el mercado que está a media cuadra de la plaza, porque el chofer de la ambulancia municipal se negaba a socorrerlo por temor a despertar de nuevo a los llamados amos de los linchamientos.

Ivirgarzama es un pueblo que con sus cerca de 10.000 habitantes en su núcleo urbano, está anclada en la provincia Carrasco y forma parte del famoso trópico de Cochabamba, cuya imagen más visible es Chapare, la cuna política del presidente Evo Morales y el territorio fértil del circuito de la hoja de coca, esa planta milenaria que va a los cachetes de los consumidores tradicionales o siguen camino a las fosas de maceración donde se cocina la cocaína made in Bolivia.

El trópico de Cochabamba es también la tierra brava donde desde el 2005 hasta septiembre de 2013, grupos eufóricos de varios pueblos llevaron por a la hoguera a 13 hombres de entre 18 y 45 años de edad, acusados de haber robado vehículos usados o motocicletas que no cuestan más de 300 dólares. En ese polvorín, Ivirgarzama fue el epicentro donde por lo menos 20 personas más, según reportes policiales, soportaron golpes de manada o fueron asfixiados con alambres de púas como medida de presión para que canten sus pecados.

Pero estadísticas anteriores que maneja el estudio de la misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala y que no están registradas en los libros del Ministerio Público ni de la Policía nacional, elevan – o descienden – a Bolivia al pedestal número dos del ranking de ajusticiamientos por manos de civiles. Ese informe le da al país el título de subcampeón de linchamientos al haberse registrado entre 1996 y 2002, un total de 480 incidentes de ese tipo, de los que 133 terminaron en muerte en diferentes ciudades y zonas rurales de la nación.

Para el ministerio público y la Policía, para los habitantes más antiguos y para los recién llegados de Ivirgarzama, para los comerciantes de vehículos indocumentados y vendedores de chucherías, esta zona del país que se encuentra en el corazón del territorio nacional, a 350 km de Santa Cruz de la Sierra y a 800 de La Paz, es por momentos una especie de lejano oeste, un Estado dentro de un Estado, donde la justicia y la seguridad ciudadana se asumen por cuenta propia.

—Siempre fue así, dice José Luis Hervas, que llegó de Cochabamba en 1985, con sus 29 años de edad y su flamante título de médico general debajo del brazo.

Ese mismo año, ante la ausencia estatal, junto al párroco, a la directora de la escuela y al corregidor, el médico ayudó a formar un tribunal de sentencia para frenar a los ladrones de gallinas que en aquel tiempo malhumoraban a los habitantes.

La primera sentencia que dieron fue cuando un vecino denunció a otro que le había robado tres pollos. La decisión unánime del comité fue obligar al ladrón a que devuelva los animales, vivos o muertos, y someterlo a 20 chicotazos a espalda pelada, amarrado a un poste en el centro de la plaza, para que pase vergüenza, para que se sepa que en Ivirgarzama habita gente de ley.

—Supuestamente hacíamos justicia.

Eso cree ahora el médico que recuerda que la justicia ordinaria y oficial dio señales de vida allá por 1990, cuando desde La Paz llegó el primer policía no itinerante al pueblo, y siete años después, el 2002, bajó de un bus el primer fiscal permanente, más que para combatir los delitos de bagatela, para estar alerta ante los brotes de violencia anunciados por la Federación de Cocaleros, que había amenazado con bloquear la carretera asfaltada que va de Santa cruz a Cochabamba, como represalia al gobierno de Jorge Quiroga, cuyos parlamentarios aprobaron en enero la expulsión definitiva del diputado Evo Morales del congreso, bajo acusación de ser el autor intelectual de la muerte de un subteniente y de un policía en la localidad de Sacaba, a manos de campesinos.

Las cifras no han mejorado mucho. Ivirgarzama estrenó hace dos años un edificio de tres plantas donde funciona el Comando de la Policía, que está casi deshabitado porque para la población solo están destinados tres efectivos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), que se visten de civil cuando ocurren los linchamientos. Los dos fiscales que ahora existen, trabajan en una casita sin baño, sin conexión telefónica ni internet y donde está guardada una camioneta color roja del año 2000 que el Ministerio Público envió desde Cochabamba, pero que no funciona porque no tienen presupuesto para reparar el problema de motor ni para comprar gasolina.

Marcos Vidal tiene su carta de renuncia en la punta de la lengua, al cargo de fiscal, porque está cansado de destinar el 60% de sus 800 dólares de sueldo para gastos operativos de su oficina, y de cargar a nombre de la justicia boliviana el peso de impedir las matanzas y de investigar a los autores que están amparados en un código del silencio que la gente ha instaurado para protegerse de las investigaciones del Ministerio Público.

La tarde en que quemaron vivo a Roberto Ángel Antezana, el fiscal buscó ocultar su investidura con una polera negra entre las aproximadamente mil personas que enarbolaban la muerte en la plaza. Pero alguien reconoció su cuerpo de niño grande, su cabello ondulado y su voz de papagayo y de una botella de plástico le disparó combustible.

—Sentí el frío de la gasolina en mi espalda y escuché una voz que me dijo: ¡Apartate fiscal de mierda!

Dio un paso hacia atrás y ahora cree que esa reacción lo libró de la muerte. Pero aquel pasaje no es el peor tormento que habita en los recuerdos de este fiscal cruceño que, por problemas con una autoridad superior, llegó a Ivirgarzama como castigo en enero del 2013, supuestamente solo por dos meses. Marcos Vidal, a sus 47 años de vida, ya no duerme como un bebé. Sus sueños son un nido de culebras porque no puede olvidar la cara perdida de un hombre con cuerpo de pajarito que a las tres de la tarde de ese 1 de junio, encendió un fósforo y lo lanzó a otro hombre que desde las nueve de la mañana empezó a ser castigado en las entrañas de una especie de inquisición del siglo XXI.

***

Roberto no fue el único al que esa tarde quemaron vivo. Pero fue el primero. Casi inmediatamente después, sus hermanos Álvaro, Nelson y Melquiades, su sobrino Gunnar Antezana Ángel y su yerno Rubén Aguilar Cuéllar, maniatados y con la cabeza metida en bolsas de nailon, también pasaron por el patíbulo autoritario de la turba, alimentada por moto taxistas y choferes del transporte interprovincial, por campesinos y por curiosos que a voz en cuello decían que estaban en contra de los criminales que no dejan dormir en las noches calientes y húmedas del trópico de Cochabamba.

Álvaro pasó por 20 cirugías y le amputaron dos dedos de la mano derecha y la mano izquierda está convertida en un puñete que no puede soltar. El fuego le deformó la piel de sus brazos y el diagnóstico médico dice que sufrió quemaduras de primer, segundo y de tercer grado. Por eso estuvo cinco meses en cama y los representantes del Ministerio Público acudían a una clínica de Cochabamba no para investigar sobre lo que le hicieron, sino para tomarle declaraciones dentro del proceso por el supuesto robo del camión Nissan Cóndor instaurado a los linchados.

La cara redonda y plana de Álvaro delata a un hombre que aparenta más de los 32 años que tiene, porque a partir de aquella tragedia – él mismo lo dice – los años se le vaciaron encima de la noche a la mañana. Desde su casa paterna de Bulo Bulo, donde está ahora, a orillas del río Ichilo y a 50 kilómetros del lugar aquel que bautizó como la cuna de sus peores dramas, este sobreviviente deshilvana su reciente pasado:

Todos los que fuimos linchados aquel día, menos Roberto, salimos de aquí a las 5:00 a sacar simbao – peces que sirven de carnada para pescar – de los atajados de Puerto Gretter. Fuimos en la camioneta de mi papá, en la Hilux plateada que compró en 11.000 dólares.A las 6:00 ya estábamos de retorno, chupando mandarinas y planificando la jornada de pesca. Viajábamos despacio y relajados, pero dos hombres vestidos de uniforme policial se bajaron de una vagoneta y nos hicieron parar.

No nos asustamos porque sabemos que ésta es una zona roja donde opera el narcotráfico y se esconden los ladrones de vehículos, y que de vez en cuando llegan desde Santa Cruz policías para realizar operativos. Como no teníamos nada que temer, les hicimos caso. Pero sentí una mala espina, llamé a mi casa y no me acuerdo quién contestó. Solo dije que nos habían detenido unos uniformados. Cuando los cinco ya estábamos fuera de nuestro vehículo, salieron del monte por lo menos 20 personas con palos y piedras y los supuestos policías desaparecieron o quizá se cambiaron de ropa. Eso fue a 20 km de Bulo Bulo. Nos acusaron de haber robado un camión y después hicieron lo que quisieron, nos colocaron bolsas en la cabeza, nos inmovilizaron con nudos ciegos en las manos y en los pies y nos tiraron como a chancho a la carrocería de nuestro propio vehículo. Uno de ellos le quitó la llave a mi hermano Melquiades y nos llevaron hasta un cruce de camino que está a 5 km de aquí. Ahí fue que escuché la voz de mi papá.

Don Melquiades Ángel Roca es de estatura pequeña, tiene bigotes despoblados y una cara que confirma que la desgracia tocó la puerta de su vida a los 60 años de edad, cuando pensaba que la tranquilidad le vendría como un regalo que siempre mereció, después de criar a sus 12 hijos con el esfuerzo de hombre de campo, cultivando esas 40 hectáreas que compró en las mejores épocas de su existencia.

Nació en Todos Santos, un rancherío metido en alguna esquina de Villa Tunari, dentro de la provincia Chapare. Ahora está sentado junto a su hijo Álvaro y a su esposa Isabel, amparados por una cabaña que es la antesala de su dormitorio y donde hasta el 30 de junio del 2013, un día antes de los sucesos, junto a su mujer dirigía un restaurante de comida típica. La rocola, ese gramófono que funciona con monedas expulsando canciones a la carta, era la alegría de los clientes a la hora del almuerzo.

Recibí una llamada de Álvaro, me dijo que estaban en problemas, que los habían detenido. Fui con mi esposa y con mi hijo Roberto a buscarlos y los encontramos tirados en la carrocería, como si fueran animalitos. Dos hombres dispararon al aire con sus escopetas y lo rodearon a Roberto, lo ataron y lo alzaron donde estaban los cinco. Lo acusaron de ser el hombre orquesta de una banda que se dedica a robar vehículos. Les insistí en que si eso era verdad por qué no acuden a la Policía. Me contestaron que no creen en la justicia. Me desesperé y les dije que si eran machitos que se agarren a puño uno a uno conmigo. Para ese momento, que era cerca de las 9:00, ellos ya pasaban de 80 porque había llegado en un bus más gente alterada. Mi mujer se desplomó de dolor y tuvo que volver a la casa para reponerse. Luego se los llevaron a Ivirgarzama y yo los seguí de lejitos, en un auto que en Bulo Bulo había contratado por horas.

En la camioneta, para ponerlo a la par con los otros, a Roberto lo agarraron a patadas con modales de barbarie. Eso cuenta Álvaro, que tiene recuerdos intermitentes:

En el vehículo perdía y recordaba el conocimiento. Lo volví a recuperar cuando me estaban azotando y después me enteré que todo había ocurrido en la plaza, al frente de la Alcaldía y a un costado de la iglesia. La gasolina que me echaban encima me sacaba y me devolvía a la vida. Porque cuando me perdía su olor fuerte me despertaba pero después me mareaba y me volvía a dormir. Intuí que me prendieron fuego, me revolqué en el piso para intentar apagarme. No sentía dolor, estaba adormecido de tanto palo. Nunca pude ver el fuego pero sabía que me estaba quemando. No me acuerdo si grité.

Gritó como bala un cordero que va camino al matadero.

Eso lo asegura su papá, que estaba prisionero en la carrocería de un camión estacionado a metros de los condenados. Ahí lo subieron por la fuerza. Desde ese lugar estiraba el cuello para ver el circo romano instalado en el centro del pueblo, donde el público febril esa tarde acosaba a seis gladiadores atormentados.

Desde esa carrocería de camión, vi a un hombre que estaba con la cara reventada. Le pregunté a Jeison, mi hijo de 17 años que me acompañaba, quién era ese pobre tipo. El muchacho no me respondió, solo se puso a llorar y yo entendí que se trataba de Roberto. Tan mal estaba el pobre que no lo reconocí.

Desde ahí vio gritar a Roberto y a Álvaro, a Nelson y Melquiades, a Gunnar y a Rubén. Todos jóvenes de entre 18 y 32 años de edad.

Escuché decir a la gente que Álvaro ya estaba muerto y le cortaron las pitas de las manos y de los pies porque el fuego no las había quemado. Pero de pronto despertó y se arrastró a una banqueta de la plaza. Pidió una frazada no sé si porque le hacía frío o porque estaba casi desnudo, pero una vendedora de refresco le alcanzó un vaso y mi pobre hijo se acostó como una guagua. Cuando ya estaban todos tirados y sin fuerza, con el cuerpo negro y destrozado, los que me tenían prisionero me preguntaron si quería bajarme de la carrocería. Les respondí que depende de ustedes. Y una voz hipócrita me dijo que si yo no hice nada por qué estaba ahí. Entonces brinqué, corrí a socorrer a las víctimas y en ese trajín encontré a mi mujer que gritaba como loca.

A Roberto, a Álvaro, a Nelson y a Gunnar los llevaron de a uno al hospital, cargados en la misma camilla improvisada. Pero Rubén y Melquiades, que presentaban evidencias de no estar al borde de la muerte, fueron trasladados a las celdas por dos policías que solo llegaron al escenario para eso.

Álvaro despertó en el hospital.

Ahí me di cuenta que Roberto estaba todavía vivo. Una enfermera gritó: ¡Doctor, doctor, un paciente está mal, agonizando! Antes yo lo había visto en estado consciente y vendado todo, menos su cara. Pedía agua y no le daban. Yo quería llorar y no podía. Supuse que era de madrugada. Cuando amaneció llamaron a mi mamá para decirle que uno de los gordos había muerto. Los policías me contaron después que por el fallecimiento de mi hermano se preocuparon del resto de los linchados y nos llevaron a un hospital de Cochabamba.

A la muerte de Roberto, se sumó la de Gunnar, que se fue de este mundo en enero pasado, a los 26 años de edad, a causa de un cáncer que le diagnosticaron en ese pie derecho que la tarde de furia la multitud anónima le había destrozado a patadas.

Álvaro recibió de la justicia ordinaria el beneficio de detención domiciliaria y por eso ahora está aquí con sus padres, masticando el drama de los hechos. Pero Melquiades, Nelson y Rubén continúan detenidos en la cárcel de El Abra de Cochabamba. Sus familiares vendieron dos terrenos para pagar a un abogado y Melquiades papá no ha recuperado su camioneta Hilux.

—Es como si la tierra se la hubiera tragado.

Pero la pérdida de las cosas materiales no es lo que acongoja a don Melquiades. Lo que lo llena de espanto es que incluso en pleno velorio de Roberto le llegaron amenazas de que iban a sacar el cuerpo del difunto después de que lo entierren.

Si fuera cobarde me hubiera ido de aquí, no lo hago porque estoy con Dios y porque mis hijos no son ladrones. A esa gente le hice saber que aquí estamos y que si quieren vengan a matarnos. Total, con todo lo que pasó ya estamos medio muertos.

Para defenderse, los Ángel Antezana tenían dos armas que consideraban eficientes: machetes y once perros.

Estos últimos, dice doña Isabel, morena, de 51 años, de una boca que vive con la sonrisa extraviada y de ojos enormes y nublados, los perros se portaron como verdaderos guardianes, porque a falta de policías, los animales se desgañitaban ladrando cuando sentían ruidos de hombres extraños en los alrededores de la casa.

Varias veces intentaron hacernos algo. Nos llama la atención que de los once solo queden siete. Se fueron muriendo, tal vez ellos los mataron.

***

Y ellos son todos y son nadie. La justicia ordinaria no mostró mano dura contra los autores de los linchamientos producidos en el trópico y, por el contrario, cuando la Policía detuvo a algún sospechoso, los pobladores, campesinos y colonos reaccionaron como un solo hombre, se quejaron y amenazaron al Gobierno nacional. El 3 de febrero de 2010, el magno congreso ordinario de la Federación Sindical de Comunidades Carrasco Tropical, emitió un pronunciamiento y envió una carta con el rótulo de urgente al entonces ministro de Gobierno Sacha Llorenti.

Parte de la carta dice: “No logramos entender cómo la justicia está a favor del delincuente. Ante la constante aparición de robo de motos y a domicilios, la gente se siente desprotegida, y al respecto no se hace ninguna investigación. Pero cuando aparece muerto un ladrón, rápidamente actúa la Policía. Un compañero nuestro fue detenido acusado de instigar un linchamiento y enviado a la cárcel de Sacaba de Cochabamba. Rogamos a su autoridad que se lo libere y que se deje sin efecto las investigaciones en su contra. Por otro lado, le pedimos que pueda gestionar la reestructuración de la Policía y de los administradores de justicia, con los que no nos sentimos protegidos”.

El 2 de marzo de 2010, la Federación Sindical de Mujeres Carrasco Tropical, le envió otra carta a la ministra de Justicia, Celima Torrico, en la que se le pide que libere a un afiliado que detuvieron y al que se lo involucra en el ajusticiamiento del 14 de diciembre de 2009 por parte de una multitud a los ladrones de motocicletas, y que, en caso de no ser escuchadas, amenazaron con movilizaciones, pero le aclararon que no quisieran llegar a esa extrema medida.

Los dirigentes de las instituciones que forman parte de la federación Carrasco Tropical guardan un silencio de cementerio para referirse personalmente sobre los linchamientos y desde la vereda del anonimato coinciden con el discurso del ciudadano común: “Le hemos perdido la fe a la Policía, a los jueces, a los fiscales y por eso nos vemos obligados a sancionar a los delincuentes, porque cuando los policías los mete a la cárcel, a los pocos días los liberan en nuestras narices”.

El moto taxi es el principal servicio de transporte público en Ivirgarzama y sus conductores se ganaron el apodo de ‘verdugos’, porque como tienen la facilidad de movilizarse cuando han descubierto a un supuesto ladrón, alborotan a la población y preparar la hoguera para ejecutarlo.

Si uno les pregunta, ¿qué hacen ustedes cuando descubren a un ratero de motos? Lo quemamos, contestan, siempre que la pregunta no la haga un periodista identificado. Y se justifican argumentando que lo único que hace el pueblo es aplicar la justicia comunitaria que está amparada por la nueva Constitución Política del Estado y por la Ley de Deslinde Jurisdiccional que se aprobó el año 2010.

—Pero no existe ningún artículo que mande que se aplique la pena de muerte. Los castigos de la justicia comunitaria y ancestral apuntan solo a tareas físicas, asegura el fiscal Vidal.

El jurista habla con conocimiento de causa porque a él, una vez, lo sentenciaron y castigaron los aimaras del lago Titicaca. Fue el 2005 cuando acudió a la comunidad indígena Chua, para detener, junto a un policía, a un profesor de escuela sobre el que pesaba la acusación seria de haber violado a varias estudiantes de 15 años.

—Pero usted cometió un error, le dijo el Mallku, el líder político de la comunidad que de poncho rojo, con su bastón de mando en una mano y un chicote en la otra, lo invitó a que explique por qué ha detenido al profesor sin su permiso, causando un perjuicio para los estudiantes, porque es sabido que – le enfatizó – cuesta que el Estado les envíe a un nuevo maestro a ese rincón de la patria que si se viaja en un vehículo se llega en solo tres horas de La Paz.

Lo pusieron al medio de un círculo formado por otros dirigentes. Desde las 16:00 hasta las 18:00 lo llevaron a un juicio bajo las normas de la justicia comunitaria. Lo sentenciaron a que haga 200 adobes en lo que quedaba del día. Como ya era tarde y hacía frío, le dieron una especie de indulto: que compre 10 cajas de gaseosa popular a cambio de bajar a la mitad la pena.

—Por suerte tenía dinero y había una venta en la esquina de una cuadra, cuenta ahora el fiscal con buen humor, sentado en un restaurante del centro de Ivirgarzama.

Mira de a rato su teléfono celular de 20 dólares y dice: Ya son siete las llamadas que me hicieron de un número privado desde que estoy hablando contigo. Y de eso hace cuatro horas.

Deduce que en el pueblo ya se enteraron que el fiscal está hablando con un periodista y que los telefonazos podrían ser una advertencia para que no estire la lengua, para que no hable de los misteriosos linchamientos. Pero él ha decidido no contestar las llamadas que le hagan desde un número privado, porque ya está cansado de las amenazas. Por eso, prefiere recordar cómo terminó su historia de reo a orillas del Titicaca.

Aquella tarde-noche se sacó los zapatos y se arremangó el pantalón. Le dieron baldes para que saque agua del lago, le entregaron un montículo de paja, otro de tierra y empezó a ‘trabajar’.

Cuando iba por los 20 adobes tembló de frío y los efectos de los 3.800 metros de altura sobre los que se asienta el Titicaca, era un taladro pesado que le perforaba la cabeza.

—Pero igual seguí. Se había armado una muralla de gente a mi alrededor y en coro contaban cuando iba por el adobe 98, por el 99, por el 100.

Eran las 10 de la noche cuando el Mallku lo despidió con un abrazo de amigo y le dio un mensaje que Marcos Vidal nunca olvidará: Ya sabe fiscal, siempre hay que pedir permiso a la comunidad y si el maestro es culpable de lo que se le acusa, estamos de acuerdo que pague en la cárcel. El profesor ahora tiene 36 años de edad y cumple una condena de 20 años de prisión en la cárcel de San Pedro de La Paz.

Un año antes, Marcos Vidal se estrenó en su lucha contra los linchamientos como suele ocurrirles a quienes están notoriamente marcados por el sello de la muerte. En El Alto de La Paz, esa ciudad montada sobre 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, descubrió que la muerte purga los pecados de una de las urbes más alta del mundo. El 2004 él se inició como fiscal de homicidios y su primera misión fue rescatar con vida a un paisano que había sido sorprendido robando una garrafa en un barrio de la zona de Río Seco. Cuando llegó al lugar de los hechos, a eso de las 18:30, vio que en una cancha de fulbito estaba un hombre ensangrentado y con el cuerpo mojado con gasolina, listo para que lo conviertan en un mechero humano.

Se abrió paso sin identificarse. Cuando estuvo frente al amarrado, se presentó como el doctor Vidal, representante del Ministerio Público de Bolivia, señores. Solicitó que le den permiso para trasladar al acusado a una oficina judicial para someterlo a una audiencia de medidas cautelares.

Amenazaron con sacarlo a patadas.

Los policías que lo acompañaban no se asomaron al escenario. Se quedaron a unas cuadras de la cancha, con el motor del vehículo encendido, listo para escapar por si la gente agarre su bronca contra los agentes de la ley.

—¿Quién garantiza que a este ladrón no lo soltarán después que nosotros se lo entreguemos?, recuerda el doctor Vidal que alguien de entre la masa le grito de frente.
—Yo garantizo, cuenta que respondió con aplomo.

Le tomaron la palabra, soltaron al supuesto hombre de mal hacer y agarraron al fiscal, lo ataron al arco de fulbito y le aclararon que si el juez libera al detenido, será a él a quien torturen.

Un juez de El Alto, enterado sobre la vida dura por la que atravesaba Marcos Vidal, terminó la audiencia en 30 minutos y ordenó que al ladrón de garrafas se lo traslade a San Pedro, a esa cárcel que luce sus muros de adobes centenarios a pocas cuadras del centro de la sede de Gobierno.

El fiscal no sabía que a partir de esa noche iba a evidenciar la ejecución de por lo menos 20 linchamientos, que salvará a algunos y que no podrá hacer nada por otros, que su ritmo de trabajo alocado y franciscano sería la causa para que fracase su matrimonio con la mujer con la que procreó dos hijos y que un 1 de julio de 2013, en plena plaza de Ivirgarzama, alguien de la manada de ejecutores le rociará con gasolina en la espalda y le dirá: Apartate de ahí fiscal de mierda.

***

Los acusados de ser ladrones en Ivirgarzama son odiados a muerte cuando están vivos, pero dos de ellos, cuando cruzaron el umbral del más allá, pasaron de chicos malos a ‘santos’ y ahora les ponen velas y les rezan para pedirles milagros los lunes y los viernes, cuando la creencia popular asegura que las almas vuelven de visita a la tierra para ayudar o hacer la vida imposible a los mortales.

Pero la gente les claman por una ayuda no en el templo del pueblo, sino, y aunque cueste creerlo, en la mismísima Policía. Los devotos no son solo los hombres o mujeres de civil, los uniformados también les piden que interpongan sus oficios para un montón de peticiones.

En un lugar privilegiado del Comando de la Policía de Ivirgarzama, encima de una mesita de tocador, duerme una urna de madera donde están guardados los restos óseos de dos hombres sin nombre que hace más de cinco años fueron quemados vivos y acusados de un robo que no figura en los expedientes policiales.

El suboficial Pedro Núñez Pacheco, director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), se ríe con vergüenza evidente cuando admite que las ‘calaveritas’ están ahí, acompañando a los pocos policías que trabajan en Ivirgarzama y a las que elevan plegarias cuando se avecina un linchamiento, para que desinflen el ventarrón de la furia de la gente, para que no permitan que otros caigan en desgracia.

Son los patrones de la guarda de los sentenciados a muerte, sentencia el suboficial Núñez, el policía que llegó al trópico de Cochabamba el 2010, cuando los cráneos y otras partes del cuerpo de esos seres anónimos ya estaban en la casa policial. Como no existe nada escrito, se remite a testimonios de sus camaradas antiguos que ya no están, los que le contaron que fue a orillas del río Ichilo donde se encontraron dos cuerpos carbonizados, que luego fueron llevados al Comando para que las almas de los fallecidos hagan el milagro que la Policía pocas veces puede evitar: impedir que la gente mate a otra gente aplicando técnicas brutales conocidas como linchamientos.

Tanta fe les tienen los policías a esos restos, que fueron ellos los que pusieron cuota para comprar la urna. Cuando la noticia llegó a las casas de los vecinos, éstos se sumaron a la romería y ahora tienen la costumbre de acudir a la Policía para rezar por el alma de los esqueletos y para pedirles milagros: Una ayuda por favor para que prospere el negocio, para alejar a los rateros de la casa y para que los seres queridos siempre regresen sanos a casa.

Los que acuden en las noches no solo prenden velas, se quedan en silencio durante horas para pijchear (masticar hojas de coca) y así entablar una comunicación espiritual con esos hombres de los que no se sabe quiénes fueron, de dónde son, ni qué hacían en el trópico antes de que se les corte el hilo de la vida.

El suboficial Núñez incluso cree que algunos de los fieles podrían ser quienes participaron del linchamiento. Suele ver a algunos que se sientan a llorar como un bebé, que levantan las manos y hablan despacio, como si se estuvieran quejando de algo, como si un pecado mayor les sofocara en el pecho.

La mayoría de los linchados queda como NN porque ningún familiar o amigo llega para reclamar el cuerpo y por eso no se consigue identificarlos. El médico forense Pedro Cejas Suárez, 58 años de edad y con voz de sacerdote en estado de gracia, cree que los parientes de los difuntos no aparecen por miedo a que el pueblo los apunte o porque quizá son de otros rincones del país y desconocen en qué terminó su ser querido.

—Después de 48 horas son sepultados en fosas comunes. No hace falta cavar un pozo hondo porque el fuego achica los cuerpos. A veces nos hemos encontrado con amputaciones térmicas, donde solo quedan parte de la columna y de la cabeza.

Pedro Cejas trabaja en un consultorio que está en la segunda planta de las instalaciones de la Policía, y desde ahí ve pasar la vida y las muertes que ocurren en Ivirgarzama, el pueblo con casas de dos o de tres pisos sin revocar, con techos de calamina y con terrazas donde las mujeres tienden las ropas lavadas, con calles de tierra y con perros que saben hacerles zigzag a las motos, a las miles de motos sin placas que conforman el parque automotor.

No hay estadísticas serias que sirvan para hacer comparaciones. Ni la Policía ni el Ministerio Público manejan datos de ajusticiamientos que nunca se saben, que quedan ocultos entre los barbechos de la jungla tropical. Pero lo que se puede percibir a través de las pocas denuncias sobre el índice de delitos, entre cinco o 10 cada mes –con el robo de motos en la cima del ranking – el médico forense cree que los ajusticiamientos asustan a los delincuentes y por eso desaparecen un tiempo, hasta que se les pasa el miedo.

La última muerte a mano de vecinos fue el 7 de noviembre del año pasado. El informe forense dice que Gerardo Mérida García, de 25 años, fue encontrado colgado de un árbol de palo santo, con signos de violencia y hematomas en toda su humanidad y que la causa de su muerte fue probablemente por asfixia mecánica por estrangulamiento con soga delgada.

Desde aquel día no se presentaron denuncias oficiales de robo de motocicletas, revela el director de la Felcc, sin ningún tono de orgullo, porque sabe – lo afirma – que la lucha contra el delito se apoya más en la política del terror que en los esfuerzos de sus pocos hombres.

Los policías se sienten con las manos atadas y creen que sus vidas, si se hicieran los machitos, penderían de un hilo. El 2009, el Comando fue reducido a mero observador de una matanza. La Unidad Móvil de Patrullaje Rural (Umopar) detuvo a cuatro personas que corrían por la carretera en un vehículo tipo taxi. En el interior del motorizado encontraron armas y los metieron a la celda policial. Solo bastó una hora para que miembros de un sindicato de transportistas lleguen hasta ahí para hacer saber que esos cuatro ‘tipos’ habían intentado robar 45.000 dólares del interior de la casa de uno de sus afiliados.

La gente se alborotó y a los detenidos se los quitaron a la Policía de las manos.

La masa de hombres se entró por la parte trasera del edificio y mientras cortaban el candado de la prisión con una cierra, los presos Bladimir Herrera Tintaya (32), Edgar Alba Caero (21), Eldy Eliot Villalba Chávez (28), desesperados como cebras atacados por felinos, rompieron la ventana de la cárcel y cayeron de las brasas al sartén, directo a los brazos de sus enemigos que primero les dieron con palos y luego los colocaron encima de una llanta de camión donde estuvieron ardiendo horas hasta convertirse casi en cenizas.

El cuarto supuesto delincuente, Eufracio Carlos Alba, de 29 años, no escapó por la ventana rota y se quedó en una esquina de la celda temblando como un gatito.

—Estoy aquí como prueba de mi inocencia, cuenta el suboficial Núñez que Eufracio les dijo a sus atacantes, que después de varios azotes le perdonaron la vida.

***

Los dos primeros palazos parten el alma y los que vienen después son una anestesia para el cuerpo, un preparativo para que el zarpazo de la muerte no vuelva loco al hombre en llamas.

Álvaro Ángel Antezana no es consciente de si gritó o no cuando lo estaban quemando y entre los intervalos de ese infierno recuerda cosas que le ayudaron a seguir con vida, como el vaso de refresco que una mano de mujer le alcanzó cuando él estaba tirado en el banco de la plaza adonde llegó a rastras cuando dejaron de atacarlo.

—Esa persona se jugó la vida entre medio de tantos bárbaros.

Eso cree Álvaro y admite que le hubiera gustado que aquel ángel solidario haya ido horas después al hospital, para que cuando su hermano Roberto pida agua, lo socorra y le apague el fuego que se le quedó encendido en la garganta.

El escapista

Publicado: 11 febrero 2015 en Isabella Portilla
Etiquetas:, , ,

2000. 21 de noviembre. 4:30 p. m. Londres. Justo al frente del Ritz, en Berkeley Square, un sujeto alto, guapo, vestido con un traje negro de Valentino, mira cada 20 segundos el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, que lleva puesto en su muñeca izquierda.

Dos cuadras atrás el detective Andy Swindells, de Scotland Yard, estaciona su automóvil frente a un autoservicio. Después de comprar cigarrillos continúa lentamente su trayecto. Con un gesto usual, mira por el retrovisor y percibe a escasos 200 metros un rostro memorable: la presa que intentaba cazar seis meses atrás.

Es causa del azar, piensa.

Entonces Andy Swindells saca su arma. Le apunta a Juan Carlos Guzmán Betancourt. En seguida lo apresa. Le rodea las muñecas con unas esposas que hacen imposible el contacto con el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, robado de una caja fuerte de máxima seguridad de alguno de los nueve hoteles más suntuosos de Londres. De ellos, Guzmán extrajo un año atrás 75.000 dólares en joyas, 40.000 en efectivo y numerosas tarjetas de crédito.

Dos días después, en su oficina, Andy Swindells golpea con su puño el escritorio al tiempo que revisa un documento. Uno. Dos… Al quinto golpe lleva la mano derecha a su pelo enmarañado y con la izquierda suelta furioso las hojas. Aunque Swindells sabe que Guzmán es un estafador de marca mayor, campeón de una maratónica serie de robos hoteleros, las pruebas que reúne en su contra no son suficientes para encarcelarlo.

A las pocas horas, Guzmán es puesto en libertad bajo fianza.

1993. Viernes, 4 de junio. 2:15 de la madrugada. Aeropuerto internacional de Miami. Carlos Bohórquez, un empleado de la aerolínea Arca, abre el tren de aterrizaje de un avión DC-8, proveniente de Colombia. De pronto, como un bulto congelado, exánime, un niño cae.

Bohórquez sacude el cuerpo que parece inerte. Le toma el pulso, le da respiración boca a boca. El niño está entumecido, hipotérmico. Las autoridades de inmigración lo trasladan al Hospital Panamericano. El niño es dado de alta a las 6:00 de la mañana del sábado.

La noticia empieza a propagarse. Una cadena local entrevista a Guillermo Rosales, el niño. Dice que tiene 14 años. Estudiaba en Cali, en el colegio Icet y cursaba segundo año de secundaria. Dice que sus padres murieron seis meses atrás, y que por eso se retiró del colegio y se fue a vivir a la calle. Dice que no tenía qué comer, ni dónde dormir: su casa era alquilada. Dice que no tenía hermanos, ni tíos, ni abuelos. Dice que está solo en el mundo.

Le dice al periodista, mientras pierde la mirada en el aire, que no le quedó más opción que la calle, pero no robó ni se envició. Ni consiguió compañía. Ni amigos. Ni un perro: no tenía dinero para darle de comer.

En Cali conoció a varios vendedores ambulantes, cargueros y maleteros de la terminal. Ellos le dieron pequeños trabajos. Con ese dinero comía; a veces, buscaba desperdicios en la basura. Dice que una señora de un restaurante, Nelly, le regaló un radio que lo acompañó durante las tres horas que duró el vuelo de Bogotá a Miami, mientras viajaba entre las ruedas y amortiguadores del aeroplano y se congelaba.

Dice que tomó esa decisión porque estaba harto de la pobreza; entonces pensó en una tía que vivía en Miami. Ella seguramente lo ayudaría.

Dice que pudo elegir un avión de pasajeros para viajar, pero descartó esa idea porque la gente después de verlo hubiera gritado: ¡en el avión se coló un muchacho!

Dice que no tuvo tiempo de pensarlo. Cuando vio los claveles y las rosas que traía el avión y las escasas personas que viajaban en él, se subió. No sabía dónde aterrizaría. Dice que si el avión no hubiera aterrizado en Miami, habría trabajado hasta llegar allá para encontrar a su tía.

Pero ahora está en Miami. Dice que es suerte.

1993. Lunes, 7 de junio. 8:00 a. m. Consulado de Colombia en Miami. “Hacemos un llamado a la comunidad latina en Estados Unidos para que, por medio de su generosidad y abogando por la solidaridad de los pueblos, le puedan brindar alojamiento al menor Guillermo Rosales, mientras se define su situación”, dice ante los micrófonos de los medios miamenses Andrés Talero, el cónsul colombiano. Radio Klaridad, la emisora con más audiencia de latinos en el sureste de Florida, hace eco del mensaje. Inmediatamente aparecen tres familias interesadas en ayudar al niño: Ruth Withney y su esposo, residentes en Washington DC; Mike y Lady Muñoz, de West Palm Beach; y los Lozano, de Miami.

Los Lozano: Jairo y William: colombianos, policías, reconocidos en la colonia latina en Estados Unidos por sus obras sociales, son los elegidos.

Guillermo se traslada a su nueva casa. Los Lozano se encariñan fácilmente con él. El niño llama “papá” a Jairo, y a Bertha, su esposa, le dice “mamá”. Guillermo recibe el mismo trato que los otros tres hijos del matrimonio: tiene cuarto propio, comida, ropa nueva, cariño, protección… Pero se diferencia de ellos por una sola razón: es famoso.

Un halo de heroísmo parece envolverlo. Un sábado va a comer a un McDonald’s de Coral Way con su nueva familia. Gloria Bejarano, caleña, 14 años, se abalanza sobre él. Lo abraza, lo besa muy cerca de la boca. Él se sonroja. Sus nuevos hermanos celebran. Después, como si se tratara de un acto protocolario, varios hombres se acercan a darle la mano, a pegarle palmaditas en la espalda. Están felices de conocerlo, de tenerlo al lado, como si se tratara de Ulises después de volver de Troya.

Los medios hispanos y anglófonos amplían la historia del pequeño. Reportan su día a día. Su primera hamburguesa, su primer corte de pelo, su primer paseo, etc. Pero no olvidan su historia de polizón.

Expertos en aeronáutica explican ante las cámaras y en los periódicos las incongruencias del testimonio de Guillermo. A 10.000 metros de altura, a 20 grados bajo cero y sin presurización parece imposible que un humano sobreviva siquiera media hora, dicen los técnicos. Los ingenieros de vuelo creen que si el niño hubiera estado en el tren de aterrizaje habría muerto por alguna de estas tres razones: asfixia, frío o trituramiento.

Sin embargo, Armando Socarrás, un cubano que viajó en 1969 de Cuba a Madrid en un tren de aterrizaje, igual que Guillermo, cree en la versión del muchacho. Y lo apoya. También lo hace David Iverson, abogado, 27 años, estadounidense, casado con una colombiana, quien se ofrece a representarlo sin ningún costo por solicitud de una asociación de compatriotas de su esposa.

Los latinos se sienten identificados con su historia. Lo convierten en héroe. Parece ser el símbolo de superación, la estrella que los ilumina a seguir trabajando por su sueño americano.

Todo está a su favor. Pero, de repente, una mujer llama a una emisora colombiana. Se presenta como la tía del polizón. Dice que el muchacho no tiene 13 años, sino 17; que sus papás están vivos y que no se llama Guillermo, sino Juan Carlos.

1993. Lunes, 14 de junio, Colombia. El Departamento Administrativo de Seguridad descubre la verdadera identidad del polizón: Juan Carlos Guzmán Betancourt, 17 años, nacido en Roldadillo, Valle del Cauca. No es huérfano. Es hijo de Yolanda Betancourt, empleada doméstica, y Óscar Guzmán Tobar, agricultor, a quien nunca conoció. De su casa huyó, no porque estuviera solo en el mundo; huyó de las golpizas propinadas por Harold Velasco, su padrastro.

A raíz del escándalo, crece su fama. La historia de Juan Carlos resulta más conmovedora que la de Guillermo. Los estadounidenses quieren ayudarlo. Una mujer texana, adinerada, 80 años, le ofrece una gran suma de dinero.

Dos familias sin hijos, una de Nueva York y otra de Illinois, quieren adoptarlo.

Pero Juan Carlos Guzmán no puede permanecer en el país norteamericano. Walter Cadman, el director del Servicio de Inmigración, decide suspender el permiso de estadía del joven.

Guzmán es trasladado al sur del condado de Dade, a la casa de una pariente lejana, Luzmila Marín. Su permanencia allí es sólo una cuestión de procedimiento. Pero Juan Carlos se siente aprisionado. Huye. Un policía de Miami lo atrapa cuando lo ve merodear por la casa de los Lozano. Lo llevan a dos estaciones de Policía. Finalmente, a una cárcel. Es la primera vez que está en un lugar como ese. De allí lo trasladan al aeropuerto.

Camina pausado, cabizbajo, sus grandes ojos marrones parecen agigantados cuando ve que un grupo de periodistas se lanzan a interrogarlo con micrófono en mano. Juan Carlos no responde ninguna pregunta. Se echa a llorar.

De regreso a Colombia viaja con Arca. En uno de los aviones de esta compañía aérea se camufló como un tornillo hasta Miami. Ahora está muy lejos del tren de aterrizaje. Viaja en compañía de un funcionario de inmigración que sólo le quita las esposas cuando sobrevuelan Jamaica.

En el aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá hay al menos una docena de periodistas a la espera del muchacho. A esa misma hora llega Faustino Asprilla, jugador de fútbol. A su arribo, “El Tino” agrede físicamente a un reportero. Entonces el manojo de periodistas presentes se divide en dos. Los que están pendientes de la llegada de Guzmán ven llegar al joven envuelto en un traje de paño nuevo; tiene clavados los audífonos de un walkman en las orejas y está estrenando reloj.

Reconoce que no es huérfano de madre. Dice que aunque sabe dónde vive, no la va a buscar. Dice que ella lo echó de la casa hace tres años. No soportaba a su padrastro ni la pobreza que tuvo que vivir. Dice que mintió, sí. Que falseó su nombre y su edad. Pero dice que lo hizo para que no lo deportaran el mismo día que llegó a Miami. Dice que el cónsul colombiano lo trató de narcotraficante, drogadicto y homosexual, pero que todos —menos él— le brindaron el apoyo que buscaba.

Sin mirarlos a los ojos, el joven les dice a sus interrogadores que se siente triste y aburrido. Dice que no le queda otro camino que volver a su antigua vida: la de callejero, la de gamín. Dice que en Colombia no tiene ninguna oportunidad de progresar. Dice que quiere volver a Estados Unidos, esta vez por lo legal: allá tiene dos casas para vivir, 5.000 dólares, un yate. Y futuro.

1993. Sábado, 26 de junio. 6:45 a. m. Isugú, una vereda de Roldanillo, Valle del Cauca, Colombia. Yolanda Betancourt sirve café en dos pocillos viejos, escarapelados. Le da uno a Aurelia Carmona, su mamá. Las señoras, sentadas en la entrada de la casa de adobe, hablan del clima, de la crecida del río Cauca, del bochorno de la mañana.

A la conversación se une María del Pilar, hija de Aurelia y hermana de Yolanda. Al parecer, la tía de Juan Carlos es la única que tiene presente la fecha de su cumpleaños o, por lo menos, es la única que se atreve a hablar del tema.

¿Dónde estará Juan?”, pregunta la muchacha mientras moja un pedazo de pan en el café. Yolanda y Aurelia se miran espantadas, como si acabaran de oír un terrible pecado.

Pero en seguida las tres echan de menos al hijo menor de Yolanda. Entre llanto y risas recuerdan la primera vez que Juan Carlos se escapó de la casa. Era 12 de septiembre de 1986. El niño tenía diez años. Iba todos los días a un circo venezolano estacionado en Roldanillo. Se hizo amigo de los payasos, y el día que el circo se fue Juan Carlos partió con ellos.

Pasaron 168 días hasta que Yolanda lo volvió a ver. Estaba angustiada, sumida en el terror de la desaparición de su hijo. Una mujer del circo la llamó desde Cúcuta, le avisó que el niño estaba bien, con vida, pero tenía problemas con sus documentos. Esa fue la primera vez que lo deportaron: estaba en Caracas.

Su mamá no lo juzga. Mientras juega con el pocillo vacío en sus manos, dice que el muchacho estaba huyendo de la pobreza. Culpa a la miseria, a su destino, al abandono de su esposo, a la vida.

Yolanda nunca fue al colegio. Aurelia le enseñó a cocinar, a lavar, a planchar. Eso es lo único que sabe hacer. Hace tiempo conoció a un hombre; tuvo tres hijos: Alexander, Edwin y Juan Carlos. Cuando quedó embarazada de Juan, a los 23 años, faltando un mes para que el niño naciera, el hombre la abandonó.

Vivió con los niños y su mamá. Construyeron un cambuche, en Guayabal, un caserío a orillas del río Cauca. Ella y Aurelia trabajaban todo el día como empleadas del servicio. De eso vivían. Los niños crecieron solos. Sin afecto, ni protección. Entre el barro y la escasez.

Pasaron seis años. Yolanda viajó a Cali. Buscó trabajo como empleada doméstica. No la recibieron en ninguna casa con sus hijos. Alquiló un cuarto en Puerta del Sol, en el Distrito de Aguablanca, uno de los lugares más poblados, violentos y marginales de Cali, donde la pavimentación de vías y la construcción de vivienda no son realizadas por el Estado, sino por los desplazados.

Los niños estudiaban. Ella, Yolanda, trabajaba doce horas diarias. Seis días a la semana. El domingo descansaba. No tenía tiempo de darles un abrazo ni un beso a sus hijos. Los trataba con dureza, con sequedad.

Poco después conoció a Harold Velasco. Vivieron todos juntos. La situación empeoró para los niños: no toleraban a Harold. Él nunca los quiso.

Juan Carlos se cansó de los maltratos y los regaños de su mamá y luego de los de su padrastro. Se fue de la casa después de una fuerte discusión con Yolanda. Esa fue la última vez que la mujer lo vio.

Después de tres meses, un día, cuando Yolanda entró a comprar una panela a una tienda, lo reconoció. Juan Carlos apareció en un programa de televisión.

1993. Sábado, 11 de diciembre. Nueva York. Juan Carlos Guzmán se baja de un avión de American Airlines. No lleva tiquete; tampoco pasaporte. Pasa por inmigración. Le piden sus documentos. “Una prima tiene mi pasaporte, pero se adelantó”, responde con encanto. Lo dejan seguir. Antes de pasar por la aduana se sube a los conductos del aire acondicionado. Guzmán duerme esa noche en el aeropuerto John F. Kennedy. Al día siguiente se oye caer una rendija y en seguida el hombre cae de pie. Nadie lo ve.

Es invierno en Nueva York. Guzmán camina por las calles del Bronx; tiene puesto sólo una camiseta y unos jeans. Se encuentra con un sacerdote; este lo lleva a un hogar de caridad. Le dan comida, abrigo, techo. El joven les pide dinero para comprarse un boleto de tren.

El 29 de diciembre Juan Carlos Guzmán viaja en Silver Meteor disfrazado de monje para evitar ser sorprendido por las autoridades fronterizas. Llega a Miami, llama a los Lozano, vuelve a hospedarse en casa de los policías. Contacta a Iverson, su antiguo abogado, y acuerdan ofrecer una rueda de prensa en el restaurante Monserrate.

Iverson descarta hallar en la adopción una salvación para el muchacho; para este procedimiento el trámite tendría que haberse hecho antes de su cumpleaños número 16. En cambio, el abogado cree en la posibilidad de conseguir una visa humanitaria, pues hasta el 26 de junio, día en que Juan Carlos cumple 18 años, es todavía menor de edad.

Apenas empieza la pelea legal por la estadía de Guzmán en Estados Unidos. No importa que sea un mentiroso. El inmigrante ilegal, colombiano, menor de edad, es apoyado espiritual y económicamente por una gran cantidad de personas, como Arturo López, el dueño del restaurante Monserrate, quien se pronuncia frente a la prensa: “Creo en él. Ojalá todos pudiéramos ayudarlo para que deje de ser un gamín, estudie medicina —como quiere— y sea alguien en la vida”.

1994. Miércoles, 20 de abril. 9:00 a. m. Aeropuerto de Fort Lauderdale, Condado de Broward, Florida. Juan Carlos Guzmán se dirige a los mostradores de la aerolínea Continental. Solicita un tiquete de ida y regreso a Nueva York. Saca una tarjeta de crédito de una billetera de aspecto infantil, la pasa por el datáfono. Clave errada. Otro intento. Vuelve a fallar.

Decide cambiar de aerolínea, se dirige ahora a los mostrdores de Delta, pide sólo el boleto de ida. Un policía husmea la conversación que Guzmán mantiene con la vendedora. Las tarjetas de crédito que ahora tiene en sus manos han sido reportadas como robadas tan sólo unas cuantas horas atrás en Miami Beach. Juan Carlos Guzmán es apresado, lo trasladan al centro de detención de Krome e inician su proceso de deportación.

Hace una semana, Iverson, su abogado, lo salvó cuando lo sorprendieron robando en una habitación del Fontainebleau Hilton, en Miami. El hotel decidió no presentar cargos, y quedó libre.

Ahora los medios registran el arresto. No tiene aliados y empiezan a crecer sus detractores. En las notas de prensa se repite constantemente su país de origen. La colonia está furiosa porque Juan Carlos vigoriza la fama de tramposos y mentirosos de los latinoamericanos. Rolando Pérez, un colombiano que vive en Miami, se ofrece a recoger firmas para que envíen a Guzmán a la cárcel, sin contemplaciones.

2004. Lunes, 20 de diciembre. 7:40 p. m. Londres. Andy Swindells está fuera de servicio. Ríe, habla, fuma y tararea canciones sentado en un bar de West End, rodeado de seis amigos. Media hora más tarde recibe una llamada telefónica de la comisaría de Marylebone; le piden que se haga cargo de un arresto. Swindells está cerca del lugar. Se despide de sus compañeros de noche y camina hacia la oficina.

Hace frío. Llovizna. Es una de las noches más oscuras del año en Londres. Andy Swindells luce pálido, desgastado; no le han sentado bien los tragos. Se sumerge entre la apabullante muchedumbre que camina por Oxford Street. A lo lejos aparece poco a poco una cara familiar, una frente memorizada, anteriormente examinada, un lunar azulado y plano entre ceja y ceja, único en el mundo. Los ojos del detective miran con zoom de amplio alcance. Los oídos se agudizan. Swindells oye, entre los murmullos de los cientos de transeúntes, una sola voz que habla español, con acento colombiano. Lo sabe. Es él, el culpable de su insomnio, a quien capturó y pese a su voluntad tuvo que dejar en libertad cuatro años atrás.

Después de aquella vez, con una tarjeta de crédito robada, Guzmán viajó rumbo a Francia. Se hospedó en un lujoso hotel parisino. Pidió champaña, caviar de beluga y durmió durante dos días. A la tercera noche bajó al bar. Iba vestido con un traje Armani azul marino, sus zapatos lucían impecablemente brillantes. Tomó whisky durante toda la noche; por lo menos eso hizo creer. Entrada la madrugada, le pidió a un empleado que lo llevara a su habitación. Al tocarse los bolsillos, dijo haber perdido la llave, así que mandó a buscar una copia a la recepción. El empleado abrió la puerta contra la que reposaba el cuerpo aparentemente ebrio. Lo dejó postrado en una cama y se fue. A los quince minutos, Guzmán salió de ese cuarto con tres maletas llenas de ropa, joyas y dinero. Esa misma noche pensaba partir de allí, de no haber sido por calcular mal la hora de llegada de Robert Miran, el huésped del hotel que lo sorprendió en el ascensor cuando intentaba huir con sus pertenencias.

Guzmán fue arrestado por la Policía de París. Ese intento de robo lo llevó a la cárcel, pero después de once meses fue dejado de nuevo en libertad. Entonces robaría en otra veintena de hoteles alrededor del mundo usando más de diez alias y dos pasaportes falsos: uno ruso y otro español.

Ahora Swindells actúa sigiloso. Ve a través de las farolas que iluminan la calle. Guzmán, de chaqueta negra, Armani, de cuero, está acompañado. Un hombre más bajo que él casi grita al hablarle. De repente, los dos entran a una tienda de Sainsbury’s; mientras tanto el detective llama refuerzos y en tres minutos la Policía acordona la calle.

No tiene que pasar mucho tiempo para que Guzmán y su acompañante salgan con las manos en la cabeza.

Swindells no puede creer que haya capturado de nuevo al tipo que ha venido buscando durante tanto tiempo. Esta vez el detective tiene un notable gesto de satisfacción. “I see you again, I see you again”, repite mientras se escucha la sirena de una patrulla en el centro de Londres.

2004. Miércoles, 22 de diciembre. 10:00 a. m. Londres. Andy Swindells revisa un cuarto de hotel en Lisson Grove; el cuarto que había ocupado hasta hace un par de días uno de los más expertos ladrones del mundo.

La cama está tendida. Hay dos mesas de luz a lado y lado. En el costado izquierdo reposa un armario de madera de seis cajones. Cualquiera diría que Guzmán visitó un casino y se sacó el premio mayor; en el interior del mueble hay cientos y cientos de monedas. Más abajo, en otros cajones, hay recibos, tiquetes de compras de distintos almacenes. Bolsas. Facturas. Chequeras. Una etiqueta de equipaje de San Petersburgo. Un pasaje de avión a Estambul y un tiquete de compra de un reloj Jaeger-LeCoultre por 20.700 libras.

En el fondo de uno de los cajones, entre un par de toallas, Swindells encuentra un tesoro: dos pasaportes: uno ruso y otro español. Ambos, sesudamente falsificados, tienen la foto de Guzmán. El español pertenece a David Iglesias Vieito; Guzmán lo robó un año atrás, en uno de sus tantos logros en un hotel de las islas Canarias.

La habitación grande y clara está alquilada a nombre de un amigo del ladrón, un francés que conoció dos semanas atrás. Swindells le cuenta lo sucedido; el francés no sale de su asombro: “pensé que era un hombre de negocios; siempre lo he llamado ‘David de España’”.

Una hora más tarde Swindells es trasladado a una pequeña cárcel. Allí, en una cama, con la mirada suspendida en el techo, reposa Guzmán. Los dos hombres se ven cara a cara. El detective no puede dejar de examinar el lunar azulado que el ladrón tiene justo arriba de la nariz. Swindells le pregunta por cada uno de sus robos: cuatro en Londres en 2001 y cuatro en 2004, que incluían el del Mandarín Oriental (de donde Guzmán sustrajo 40.000 libras en joyas y efectivo) y el de Dorchester (en donde robó cerca de 36.000 libras). Al escuchar al detective, Guzmán asiente con la cabeza, simula una leve y taimada sonrisa. Le gusta lo que oye. Al final de la intervención confiesa su responsabilidad en cada uno de esos robos y le cuenta a Swindells, paso a paso, con cinismo y gusto, orgulloso de sí mismo, la forma en que los ejecutó.

Después de unos cuantos pero largos segundos de silencio, Swindells le pregunta por qué siendo un hombre tan brillante se ha dedicado a robar. Guzmán, con los ojos perdidos en algún lugar del recinto oscuro, le responde: “usted no lo entendería”.

2005. Lunes, 6 de junio. Prisión de Standforfd Hill, Kent, Inglaterra. Juan Carlos Guzmán se despierta a las seis de la mañana. Se baña y toma su desayuno junto a los otros reclusos. Luego se dispone a asistir a una clase, como ha venido ocurriendo en los últimos 71 días de su vida, desde que un juez inglés le dictó una sentencia de tres años y medio por los delitos cometidos en los hoteles más lujosos de Londres.

Standford Hill es una cárcel clavada en la isla de Sheppey, de categoría D, lo que la hace una prisión abierta; en ella están recluidos los presos que cumplen condenas menores a cinco años, de baja peligrosidad y de poca probabilidad de fuga.

Son las tres de la tarde. Es un día soleado en Sheppey. Guzmán manda a llamar a uno de los guardias hasta su reja. Se queja de dolor de muela. Le dice que necesita ir al dentista. El dolor parece insoportable. Los guardias le abren las puertas de la prisión y lo dejan salir solo, como se permite en una cárcel abierta.

Tiene quince alias, dos pasaportes falsos, ha robado en más de cuarenta hoteles del mundo. ¿Tenían que instalarlo en una cárcel de categoría D?”, se preguntaba retóricamente, una y otra vez, el detective Swindells, después de conocer el dictamen de Michael Peart, el juez que atendió el caso. Ahora Swindells sabe que algo saldrá mal; las noticias no tardarán en llegar al departamento de investigaciones de Scotland Yard.

Apenas da un paso afuera del inmenso presidio, Guzmán oculta sus ojos detrás de unas gafas Cartier. Va al dentista, pero jamás vuelve a la cárcel de Standford Hill. Huye por el único camino posible: un puente en la parte continental de Kent. Logra salir de Inglaterra solo, sin dinero, sin tarjetas de crédito, sin amparo. Sólo Dios sabe cómo logra instalarse en Dublín.

2005. Jueves, 16 de junio. 2:30 p. m. Irlanda. La catedral de San Patricio luce empapada. Llueve en el centro de Dublín. Juan Carlos Guzmán, guarnecido bajo un paraguas negro, camina despacio por una calle peatonal. Entra al hotel Merrion. El conserje lo saluda, le abre la puerta y recibe su paraguas; cada acto se reviste de una esmerada atención cortesana.

Guzmán dirige la vista hacia la chimenea situada al frente del recibidor; se acomoda en una fina silla de cedro, del color de la natilla; todo allí tiene una envoltura ceremonial: el espejo ancho acomodado encima de la chimenea, las tenues lucecillas que sobresalen a lado y lado del mármol, las flores largas y de colores opacos y las lámparas vestidas con cristal de roca del siglo XVII que cuelgan del techo, repletas de pequeñas velas.

La noche anterior estuvo en el bar. Bebió un poco de cerveza mientras estudiaba a su víctima. Cuando el sujeto partió en compañía de una mujer, Guzmán recogió una copia del recibo en donde aparecía su nombre y su número de habitación.

Ahora, en la sala del lujoso Merrion, Guzmán pide té. Mira con reserva las estampillas irlandesas de una de las paredes. Se deleita con el calor del fuego y cruza una o dos líneas con algún huésped. Minutos más tarde se dirige al lobby. Saluda amablemente a los empleados. Habla del clima en un perfecto inglés. Cambia unas cuantas divisas. Dilata su charla unos minutos más, ríe, bromea. Se asegura de que los empleados reconozcan su cara después.

Al día siguiente Juan Carlos Guzmán, quien lleva puesta una camiseta con un mensaje que dice: “Ahorra agua, bebe cerveza”, hace una llamada desde el vestíbulo del hotel.

Minutos más tarde sube hasta el último piso. Desde allí, a las 9:30 de la mañana, todos los días, las aseadoras llevan sábanas y cobijas limpias a los cuartos. Aborda a una de ellas. “Extravié mi llave”, le dice. Necesita que lo ayude a abrir su habitación. La aseadora le responde que no puede. Pero él, de antemano, conoce su respuesta. Sigue hablándole. Dice que no sabe dónde pudo perderla. Poco a poco se muestra encantador. Le hace preguntas, después le suelta un halago. Ríen. Congenian. Guzmán quiere conocer detalles sobre sus víctimas. La aseadora cae en la trampa; de repente, ésta dispara: “No hay de qué preocuparse, señor. Seguramente todo estará solucionado para cuando yo recoja a sus hijos y los lleve a la guardería”.

Guzmán se dirige nuevamente al lobby. Kirk, el recepcionista, lo reconoce, lo saluda agradablemente. Guzmán le pide una nueva llave para su habitación. “Perdí estúpidamente mis llaves”, le explica. Antes de intercambiar cualquier tipo de información, el astuto hombre le dice que quiere confirmar el servicio de guardería para esa noche. No da lugar a dudas. Ni a sospechas. Al fin y al cabo: el cliente tiene siempre la razón.

Ahora, llave en mano, se dirige al cuarto, a la suite de sus víctimas. Sabe que el matrimonio de Beverly Hills llegó a Dublín en un viaje de placer, así que tardarán en volver al hotel. Ya instalado en el cuarto, calculando cada detalle, llama al operador del Merrion. “Mis hijos estuvieron jugando con las claves de las cajas fuertes y me es imposible abrirlas”, le dice a un empleado con su magnífico y creíble acento gringo. Minutos después un conserje lo saca del apuro: abre las cajas.

Guzmán baja, como si nada. Se despide con la gentileza que lo ha caracterizado durante su estadía. En la entrada del Merrion un chofer de Bentley lo espera en un lujoso automóvil. Guzmán sale del hotel. Lleva consigo casi 4.000 dólares, un anillo de rubí, una tarjeta de crédito empresarial American Express y los pasaportes de la pareja.

Mas tarde, después de dejar sus nuevas pertenencias en el cuarto de un hostal, entra a Weir & Sons, la joyería más grande de Dublín. Con la American Express compra un reloj rolex Daytona de oro blanco y dos mil dólares más en joyas. Luego va rumbo a Brown Thomas, la tienda de moda más lujosa de Irlanda; se mide alrededor de diez trajes de diseñador y gasta otros 700 dólares más.

En la noche, cuando la pareja de estadounidenses llega al hotel se percatan de la calamidad. Un huracán llamado Juan Carlos Guzmán se ha llevado todo.

2005. Viernes, 17 de Junio. Irlanda. Hace nueve horas Juan Carlos Guzmán protagonizó uno de sus mejores robos. Ahora decide cambiar de hotel. Esta vez se hospeda en un hostal modesto. Después de descansar durante medio día echado en una cama, sale a caminar por las calles de Dublín; se dirige a Hmv, la famosa megatienda musical. Compra cerca de mil dólares en música y paga con la ya maltratada y muy dadivosa American Express.

Por descuido no se percata de un pequeño detalle: la pareja de estadounidenses ya denunció el robo de la tarjeta.

Después de pagar, el dueño del almacén le ordena que lo acompañe a su oficina. Allí, quince minutos más tarde, Bryan McGlinn, detective de la Policía irlandesa, le presenta una orden de detención. Guzmán se defiende, esta vez en un spanglish desconcertante. Les dice —al dueño de la tienda y al detective— que acaba de encontrarse la tarjeta en la calle camino a la tienda, por eso había decidido entrar y comprar algo de música. En seguida presenta sus documentos: un pasaporte español a nombre de Alejandro Cuenca, 25 años, procedente de Cádiz, España. Dice ser huérfano de una familia gitana al sur del país ibérico. Al juzgar por su dialecto y sus facciones, los dos hombres terminan convencidos de su identidad. No les queda duda cuando descubren un tatuaje de la bandera española en su brazo. El detective le pide disculpas, le dice que buscan a un sujeto de origen colombiano, pero no se da cuenta de que está en frente del genio encantador, el mismo a quien Swindells describió como el que es capaz de vender cubos de hielo en el Ártico.

Se va. Parte con las manos repletas de bolsas con discos. Camina lento, esta vez más que de costumbre. En su mente se posan varios recuerdos: cuando lo detuvieron por vez primera en Londres, hacia 1998, después de robar en el hotel Le Méridien y emplear una tarjeta de crédito robada. No sabía exactamente qué hacer, ni qué decir. Pero de repente, de su boca salió un acento español que pronunció: “Pero si yo no soy el que buscan. Yo me llamo Gonzalo Zapater Vivas”, y lo comprobó cuando sacó de su bolsillo el pasaporte que confirmaba esa identidad; entonces lo dejaron ir.

Y cuando lo arrestaron en el aeropuerto de Heathrow. Acababa de hacer unas compras en Dixons; usó una tarjeta de crédito robada en una habitación de un hotel de Tokio. Entonces dijo que se llamaba César Vera Ortigosa. Fue declarado culpable, pero pagó su fianza: 800 dólares; los pagó en efectivo; sacó un fajo de billetes de su bolsillo y lo dejaron libre.

Si la Policía hubiera contado con un sistema de huellas digitales, su suerte habría sido otra; pues no tardarían en darse cuenta de que Cuenca, Zapater Vivas y Ortigosa Vera eran una misma persona; pero la suerte, esa dama caprichosa, por ahora, era su amante, le pertenecía. Al fin y al cabo, parecía el personaje de la canción de M.I.A.: volaba como el papel, se elevaba como los aviones y si lo atrapaban en la frontera, tenía visados a su nombre.

2009. Lunes, 21 de septiembre. 11:45 a. m. Vermont. Frontera entre Canadá y Estados Unidos. Hace calor, Juan Carlos Guzmán no soporta los rayos de sol que caen en su cara. Hace veinte minutos está en una carretera, camina solo con un tarro vacío en sus manos. Busca una estación de gasolina. Alza los brazos en busca de ayuda. Nadie para.

De repente, ve que una patrulla de la Policía se estaciona en la orilla de la calzada. De ella se baja un hombre calvo, enjuto, de unos 50 años. Es un agente de la Policía fronteriza. Camina hacia él fijamente, con las manos en la cintura.

Los dos hombres se saludan. Guzmán le pide ayuda: su auto, estacionado unos metros atrás, está averiado; no tiene gasolina y su teléfono celular se quedó sin batería. El policía nota algo raro en él. Es el tono de su voz. Parece acelerado, pronuncia una gran cantidad de palabras por minuto, más de lo normal. También suda en exceso. El calor insoportable de la zona y el estado de su auto explicarían su comportamiento; sin embargo, el policía no suele equivocarse con esas cosas. Algo anda mal.

A lo mejor no se dio cuenta, pero usted acaba de pasar la línea fronteriza”, dice el policía. En seguida le pide su identificación.

Guzmán camina otra vez hacia su auto, saca de él un pasaporte español a nombre de Jordi Ejarque Rodríguez. El sargento mira los numerosos sellos: Turquía, Egipto, Londres, Jordania, España, Omán…

Al sargento algo le huele mal. Después de ver el pasaporte, el sujeto le parece aún más raro.

Cuando decide confirmar su identidad por medio de una lectura electrónica de sus huellas digitales, la luz roja, señal de alerta, se enciende. Es cuando lo comprueba: tiene razón, algo anda mal. Acaba de dar con uno de los estafadores más perseguidos en todo el mundo.

Juan Carlos Guzmán Betancourt: vinculado a trece casos por hurto y estafa en hoteles de Londres, Francia, Irlanda y España. Prófugo de una cárcel de Inglaterra. Capturado en el aeropuerto de Heathrow de Londres con una tarjeta de crédito robada en Japón. Procesado en Dublín por robo. Ladrón. Políglota. Mentiroso. Genio. Una especie de Frank Abagnale Jr., a quien Spilberg dio vida en Catch me if you can. El supuesto hijo de un diplomático. Un ficticio príncipe alemán. El jeque árabe. El carismático. El fingido descendiente de una familia de gitanos. El hipnotizador. El magnífico corredor de bolsa catalán. El huérfano. El estafador internacional más buscado en el mundo. Gonzalo Zapater Vives. Khalid al-Sharif. Jordi Ejarque. David Iglesias Vieito. César Ortigosa Vera. Todos. Él. Está ahora mismo recluido en una cárcel de Estados Unidos, al recibir una condena de un juez del estado de Vermont por treinta años. Mientras tanto, en su mente brillante planea como siempre un escape.

El amigo chino

Publicado: 4 febrero 2015 en Leila Guerriero
Etiquetas:, , ,

El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».

Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:

—¿Hoy no pan, hoy no leche?

Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:

—Muy caro. ¿Tanto quiere?

Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.

En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.

***

La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.

—Mucha gracia.

Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.

—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.

Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.

—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.

Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:

—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.

Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.

—No tiene nombre chino, toravía.

Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.

***

La China es un país desmesurado.

Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.

El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.

Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.

—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.

Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:

—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?

En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.

—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña—, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.

Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.

—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.

Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.

No entiendo.

Entonces llamo al señor Han.

***

En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.

—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.
En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.

—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.

Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.

***

Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.

—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.

Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.

—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.

Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.

—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.

Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.

***

Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.

La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.

—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.

De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.

—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.

Miro alrededor: el supermercado está vacío.

Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.

***

—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.

El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.

—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.

El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.

—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.

Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.

—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.

El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.

—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.

Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.

***

Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:

—Chúnguo panguió.

Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.

—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.

Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».

—Escribe así: Zhong Guo Peng You.

Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.

—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?

Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».

***

Clarita es dos años mayor que Ale.

Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.

A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.

Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.

***

—Pase, pase, asienta toma por favor.

El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.

—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.

Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.

—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.

Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:

—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.

Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.

***

Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.

La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.

—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.

En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.

—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.

***

El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.

—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.

Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.

Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.

Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.