La cazadora de Facebook

Publicado: 30 enero 2015 en Arelis Uribe
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Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager.

El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio.

Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

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Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón.

El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche. Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara.

Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel.

Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

– Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

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“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

– Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

– Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora.
Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie. Los community managers comentan:

Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM’S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

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Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna.

Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

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Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí.

La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo. Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos.

Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

– Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

– Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

– Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

– Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

– Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

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Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

– Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos.

La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

– Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

– La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

– Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

– ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

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Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija.

Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

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Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos.

“Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta.

Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.

Cinco minutos antes de morir, René Favaloro se puso la pijama, caminó unos pasos hasta el comedor y dejó siete sobres blancos sobre la mesa: una carta para su secretaria privada, Diana Truden, cuarenta y seis años menor que él, con quien estaba a punto de casarse, y otras a nombre de sus sobrinos, sus amigos de la infancia, “las autoridades competentes” y su empleada doméstica, Ramona Giménez, a quien agradecía por los años de servicio y dejaba una carta de recomendación.

Eran las primeras horas de la tarde del sábado 29 de julio del año 2000 cuando en su departamento de Palermo, un barrio de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, fue hasta el baño, cerró la puerta y dejó una nota pegada en el espejo. A esa hora, en el escritorio del entonces presidente de la nación, Fernando de la Rúa, había otra carta que nadie llegaría a leer a tiempo. El cirujano que había desarrollado la técnica del bypassaortocoronario, que sólo en Estados Unidos salva setecientas mil vidas por año, estaba a punto de apretar el gatillo del revólver calibre treinta y ocho que apuntaba a su corazón.

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Cuando murió René estábamos todos en mi casa. Nos llamó un político ofreciéndonos un cajón presidencial con una gran bandera y hacerse cargo de la Fundación —dice Roberto Favaloro—. Y lo mandamos a la puta que lo parió.

La puteada del sobrino de René Favaloro retumba en el silencio de su oficina. Roberto es el director de la Fundación Favaloro, uno de los centros médicos más avanzados de Argentina y Latinoamérica, donde cada año se atiende a medio millón de pacientes y se realizan alrededor de tres mil cirugías coronarias y trasplantes cardiacos, de médula ósea, pulmonares, hepáticos y renales. Roberto ocupa el lugar que perteneció a su tío desde la creación de la Fundación, en 1975, hasta el día de su muerte. Algunos médicos y familiares aseguran que él era la debilidad de René: el hijo que nunca tuvo

—René fue hasta el último día como mi padre —dice Roberto mientras deja deslizar su cuerpo por el respaldo del sillón.

A primera vista, el parecido con su tío resulta asombroso: tiene el mismo cabello blanco y tupido, lleva siempre el ceño fruncido y la misma expresión de eterna amargura.

—Creo que René sabía cuál sería su final, aunque era como Don Quijote y quizá sentía que podía seguir luchando.

Habla pausado, con oraciones cortas, y dice que nunca escuchó que su tío mencionara la posibilidad de suicidarse, que siempre se manifestaba a favor de la vida. Por eso, en un primer momento, la familia pensó que podía tratarse de un homicidio y tardaron quince días en cremarlo.

—Los valores que tenía René eran peligrosos: honestidad y pasión hoy son términos subversivos.

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René Favaloro tenía siempre el ceño fruncido y la mirada de quien atraviesa un vendaval, la mandíbula cuadrada, los pómulos bajos, el cabello cano —peinado prolijamente hacia atrás—, el gesto de amargura. Había nacido el 12 de julio de 1923 en un barrio humilde de empleados de la industria frigorífica de la ciudad de La Plata, El Mondongo, cincuenta y cinco kilómetros al sur de la ciudad de Buenos Aires. Su padre, Juan Bautista Favaloro —ebanista—, le enseñó desde muy pequeño las técnicas para trabajar la madera, y durante las vacaciones de verano pasaba horas con su hermano Juan José, tres años menor, haciendo artesanías en el taller familiar donde, a pesar de las necesidades económicas, el arte era más importante que el dinero. La madre, Geni Ida Raffaelli —modista—, siempre contaba que a los cinco años René acompañaba a su tío doctor, Arturo Cándido Favaloro —el único con educación universitaria en una familia de inmigrantes sicilianos—, durante las visitas domiciliarias a los pacientes, y decía que él también sería médico. Cuando caía la noche, le gustaba vagar por los bosques y las plazas. “Tuve tiempo de corretear y robar los primeros besos furtivos entre las sombras nocheras de los amores chiquilines y conocer después a esa mujer que el hombre encuentra en su juventud, con la que transita los caminos del amor total y siente hasta el tuétano, por primera vez, la marca del sexo”, escribió en Recuerdos de un médico rural(Torres Agüero Editor, 1980). Eso habrá sentido en el colegio secundario cuando se enamoró de una compañera de aula, María Antonia Delgado —Tony—, e iniciaron un noviazgo intenso.

Su deseo de niño empezó a cumplirse en 1941: se inscribió en la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata y ya en primer año pensaba que con un poco de esfuerzo podía ser el mejor de la clase.

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La consagración como cirujano en Estados Unidos, el aporte a la Medicina con el desarrollo del bypass, la decisión de renunciar a ingresos millonarios para volver a su país y crear un centro de avanzada que estuviera al nivel de los mejores del mundo pero al alcance de toda la comunidad, sus denuncias contra los manejos del sistema de pagos de las obras sociales y finalmente su suicidio hicieron de René Favaloro una víctima emblemática de la corrupción política argentina de la última década del siglo pasado.

Durante mucho tiempo, Favaloro fue el personaje que todos los políticos argentinos querían tener a su lado en la foto. Varios candidatos a la presidencia intentaron tenerlo como compañero de fórmula. Cuatro presidentes le ofrecieron el cargo de ministro de Salud. Y aunque haya muerto hace más de una década, en algunas encuestas que se realizaron en Argentina para medir el nivel de honestidad de celebridades, su nombre aparece por encima del de la Madre Teresa, Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. En un concurso televisivo que buscaba al representante del “gen argentino”, recibió más votos que Diego Armando Maradona y el Che Guevara. Más de cuatrocientas mil personas dijeron que les gustaba la página de Facebook que alguien creó con su nombre, y todos los días le escriben mensajes como estos: “Grandes ideales, perseverancia, gran capacidad de lucha, sabiduría y nobleza: siempre lo han distinguido. Por eso su paso por la vida ha dejado huellas”. “Doctor, cuánta falta nos hace hoy usted que fue uno de los últimos patriotas”.

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En 1950, en Jacinto Arauz, un pueblo humilde de un poco más de mil habitantes en la zona más desértica de La Pampa, seiscientos kilómetros al oeste de Buenos Aires, el único médico que había, Dardo Rachou Vega, se enfermó y tuvo que abandonar el lugar para realizarse un tratamiento en Buenos Aires. El tío de René Favaloro, antiguo poblador de la zona, pensó en su sobrino que recién había terminado los estudios universitarios y le ofreció el trabajo por tres meses. En Buenos Aires, Favaloro pensó que los tres meses pasarían rápido y que ser médico rural sería una buena oportunidad para sumar experiencia. Una tarde de mayo de 1950 partió con una valija y algunas pertenencias. Y al poco tiempo empezó a reorganizar el sistema de salud del pueblo. Enseñó a las comadronas que asistían los partos a hervir los hilos y a utilizar alcohol para desinfectar las heridas, y logró bajar la mortalidad infantil. Tomó muestras de sangre a todos los habitantes, armó una lista clasificada por tipo y factor y creó un banco de sangre viviente —formado por potenciales donantes— disponible las veinticuatro horas. Cuando había una cirugía programada, se comunicaba con los que tenían el mismo grupo y factor que el paciente y los mantenía en alerta. Cumplidos los tres meses, el doctor Rachou volvió a Arauz y le ofreció a Favaloro continuar en el pueblo. Favaloro viajó a La Plata para casarse con su novia Antonia y, al final de la luna de miel, se instaló definitivamente en Jacinto Arauz. El hermano, Juan José, que se había recibido de médico en La Plata, siguió sus pasos y se sumó al equipo de trabajo.

—Jacinto Arauz lo marcó y lo cambió mucho —dice el sobrino, Roberto, mientras se refriega los ojos con las manos en un gesto de cansancio.

Favaloro transformó una casona vieja en una clínica con veintitrés camas y una sala de cirugía. Enseñó a prevenir enfermedades y organizó charlas abiertas a la comunidad en las que brindaba pautas para el cuidado de la salud. Y a los que no tenían dinero, los atendía gratis.

—El lugar se convirtió en un centro tan importante que viajaban de otras ciudades más grandes para operarse con él.

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Y en pueblo chico, las hazañas del nuevo médico rural empezaron a comentarse en cada esquina.

Hay varias leyendas de la cirugía cardiovascular, pero René fue el más creativo.

Es una tarde de junio de 2012, y el lugar, un consultorio privado de Recoleta, un barrio de clase alta de Buenos Aires. Mariano Favaloro es primo de René. Lleva el cabello y los bigotes blancos, las gafas caídas hasta el vértice de la nariz y tiene voz grave, de locutor.

—Después del suicidio, todos los años me invitan a un programa de televisión para hablar de René. Pero la última vez dije que no. No voy más. Estoy cansado.

Se queda unos segundos en silencio. Dice que ésta será la última entrevista en la que hablará de su primo.

—Mi mujer no quiere que hable más de la muerte de René. Piensa que algunas de las cosas que yo diga pueden dañar su imagen.

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Era fanático del futbol y del club Gimnasia y Esgrima de La Plata. Tenía algunas cábalas, como ir a los entrenamientos de su equipo. Y si algún domingo ganaba, a la semana siguiente volvía a la misma hora y estacionaba el auto en el mismo lugar. Le gustaba la historia latinoamericana, salir de pesca, hablar de próceres independentistas como José de San Martín, detenerse a mirar los campos al costado de la ruta. Era generoso, prolijo, temperamental, meticuloso y humilde. Los que lo conocieron decían que tenía una personalidad arrolladora y un carisma increíble y se tomaba la vida en serio. En las fotos de los diarios y las revistas se le ve siempre serio: vestido con un delantal blanco sentado delante de una biblioteca repleta de libros, o de traje hablando frente a sus colegas en un congreso de medicina.

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La experiencia en Arauz duró doce años. Cada vez más deslumbrado por los avances de la cirugía torácica que leía en las revistas que recibía del extranjero, en 1962 pensó que para ser el mejor debía ir a perfeccionarse donde habían comenzado a realizar operaciones cardiacas de alta complejidad. Consiguió una carta de recomendación y ese mismo año se integró al staff del Departamento de Cirugía Torácica de la Cleveland Clinic Foundation, de Ohio, Estados Unidos. Su función consistía en ordenar el quirófano y cumplir guardias cada cuarenta y ocho horas. Y de a poco, se fue ganando la confianza del director del instituto. Luego de cinco años de estudio y trabajo en la Cleveland Clinic, se convenció de que podía operar y utilizar la vena safena —ubicada en la pierna— como si fuera un parche, en la cirugía de pacientes que llegaban de urgencia con síntomas como angina de pecho o un ataque cardiaco y presentaban arterias del corazón obstruidas.

El 9 de mayo de 1967, Favaloro realizó la primera operación exitosa de bypass, ante una enfermedad que hasta ese momento se cobraba más de medio millón de vidas al año sólo en Estados Unidos y marcó ese día como uno de los más importantes de la historia de la cardiología mundial. Sin embargo, después de catorce intervenciones llegó a la conclusión de que el método tenía sus limitaciones y debía perfeccionarlo. En la intervención número quince logró anteponerse a la zona obstruida con otro conducto y consiguió sacar sangre nueva y fresca directamente desde la arteria aorta, que sale del corazón. A esa técnica —el puente aortocoronario—, que a principios del siglo pasado el investigador y médico francés Alexis Carrel había probado en animales y Favaloro se encargó de perfeccionar, se le conoció en todo el mundo como “bypass Favaloro”. Él lo explicaba así: “Aquel día me sentí como si fuera un plomero que entraba a una casa donde los caños estaban tapados. Puse caños nuevos y, de pronto, un torrente de linda sangre oxigenada fluyó al corazón”.

En 1968, la Cleveland Clinic comenzó aplicar el bypass en forma sistemática. Un año después, las operaciones de bypass llegaron a quinientas setenta. Favaloro transmitió su experiencia en congresos a los que concurrían cardiólogos de todo el mundo y editó un libro, Tratamiento quirúrgico de la arteriosclerosis coronaria, que fue traducido a varios idiomas.

Aunque la técnica del bypass no había sido su idea primigenia, el mérito de Favaloro fue esforzarse por perfeccionarla, salvarla de todos sus defectos y realizarla en reiteradas ocasiones hasta conseguir su estandarización a nivel mundial.

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No era un hombre de muchas amistades. Escapaba rápido de las reuniones sociales y las fiestas. Si lo invitaban a cenar, nunca se quedaba después de las once de la noche. Cuando no trabajaba, viajaba a congresos de medicina. Y cuando no viajaba, leía alguno de los libros y revistas de investigación científica que siempre tenía apilados en la mesa del comedor de su casa. A los setenta y siete años, cumplía con las mismas obligaciones que los médicos residentes. Si había alguna urgencia, era el primero en llegar. Con la familia, recuerda el sobrino, era divertido. Uno de sus pocos amigos fue Carlos Penelas, un poeta que editó más de veinte libros y a quien Favaloro quiso conocer después de leer su libro Conversaciones con Luis Franco(Ediciones de Poesía, 1978).

—Te espero el miércoles a las doce en mi casa —dice Penelas por teléfono—. Sé puntual porque no voy poder darte más de una hora de entrevista.

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Después de consagrarse en Estados Unidos con la técnica del bypass, en 1971 Favaloro pensó que podría levantar un centro médico como la Cleveland Clinic en Argentina. Una tarde de octubre rechazó una oferta de dos millones de dólares anuales para quedarse en Estados Unidos y redactó una carta dirigida al jefe de cirugía cardiovascular. “Querido doctor Effler: como usted sabe, no existe cirugía cardiovascular de calidad en Buenos Aires. Los pacientes se van a diario a San Pablo o a Estados Unidos. Algunos tienen suficiente dinero para viajar, pero otros deben realizar tremendos esfuerzos económicos (un paciente tuvo que vender su casa) […] Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires”.

Aunque sabía que a los cuarenta y siete años lo más conveniente era permanecer en la Cleveland Clinic, el deseo de ser reconocido en su país pudo más que la razón. Dos días después, el doctor Effler le respondió por escrito: “Querido René: tu carta no me ha sorprendido, no obstante me ha desilusionado profundamente […] La pérdida será tremenda. Ya que no tengo ilusiones de tener otro Favaloro. Podré, en los próximos diez años de mi carrera, estimular a jóvenes emprendedores a que traten de alcanzar tu récord”.

Con la ayuda de su hermano y un equipo de colaboradores, en 1975 creó la Fundación Favaloro, que funcionaba como un anexo del Sanatorio Güemes, de Buenos Aires. Tenía como eje central desarrollar un plan de salud para que, con un aporte mínimo de todos los ciudadanos, se pudiera operar a cualquier persona en cualquier hospital público en forma gratuita. Otros objetivos eran poner un tope a las ganancias de los médicos y de los laboratorios, obtener para la fundación un apoyo estatal fuerte y atender también los sectores más humildes de la población. De todos los objetivos, sólo pudo cumplir con los dos últimos.

Sabía que sin el apoyo económico de los gobiernos no podía concretar su proyecto de medicina comunitaria, y por eso, en 1976, después de oponerse al golpe militar que depuso a Isabel Martínez de Perón y mientras el país comenzaba a vivir la década más violenta de su historia, fue una de las primeras personalidades de la ciencia y la cultura en visitar al dictador Jorge Videla.

“Yo creo que detrás de la dictadura militar están todos los argentinos”, dijo Favaloro en abril de 1982, entrevistado por un canal de televisión, unos días antes de viajar a las Islas Malvinas para presenciar la asunción del entonces gobernador militar Mario Benjamín Menéndez.

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La casa de Carlos Penelas, un departamento antiguo del centro de la ciudad de Buenos Aires, parece la de un anticuario. En las paredes no hay lugar para más libros y adornos: portarretratos, cuadros, diplomas, angelitos de cerámica, caballitos de mar moldeados en porcelana, tapices y figuras de bronce.

—La única ambición de Favaloro era la medicina —dice Penelas, cruzado de piernas en un sillón floreado—. Y en eso era muy competitivo. Pero cuando lo veías en un momento tranquilo, era otra persona. Un hombre formidable. Lo que pasaba era que siempre estaba con los dedos en el enchufe. Tenía una preocupación permanente por el país y una idea de patria. Le molestaba mucho cuando le decía que todos los gobiernos robaban, aunque creo que en el fondo coincidíamos en muchas cosas. En la primera charla que tuvimos, en 1978, casi sin conocerme pero sabiendo de mi formación anarquista por mi libro que había leído, sacó una tarjeta con su nombre y me dijo: “Carlos, llévala en el bolsillo. Si te detienen, pedí que me llamen a mi casa o donde sea”. Y ése fue un gesto que no me voy a olvidar más.

Penelas se pone de pie y camina hasta la cocina. Dos minutos más tarde vuelve con dos tazas de café y dice que detrás de toda esa energía también había en Favaloro un mundo afectivo muy complejo, cierto fatalismo, ciertos elementos autodestructivos y, por cierto, contradicciones.

—Como cuando fue a Malvinas. ¿Pero cómo hacía para no ir? Si necesitaba préstamos del gobierno o el aval financiero. Favaloro me decía: “Me tienen agarrado de los huevos”.

Había soñado con levantar un centro médico de avanzada en Buenos Aires, pero no había tenido en cuenta un detalle: a diferencia de lo que ocurría en Estados Unidos, en Argentina no existía una ley que permitiera a las empresas descontar impuestos de las donaciones.

—Si hay que recordar a Borges cuando hablaba bien de Pinochet, mejor no recordarlo. A Favaloro, salvando las distancias, hay que recordarlo por lo que hizo con el bypass, la docencia y la investigación.

Penelas se toma unos segundos, hace silencio y mira la hora en su reloj como si estuviera apurado.

—Todo lo que quieras saber está en mi libro.

***

Una tarde primaveral, en el cuarto piso del edificio de la Fundación, en la oficina que alguna vez perteneció a René, Roberto Favaloro toma café y dice que no cree que su tío haya tenido que ver en algo con los militares.

—Sí sé que durante la dictadura ayudó a escapar a mucha gente del país. Como él era conocido, venían a pedirle ayuda. En aquellos años, que tu nombre apareciera en una agenda ya era peligroso. Yo en ese momento no estaba en Argentina porque había ido a estudiar a Estados Unidos.

Unos días después, un doctor que trabajó y compartió durante más de diez años consultorio con René, Mario Racki, dice que Roberto fue uno de esos nombres que aparecieron en una agenda y que René lo ayudó a escapar del país:

—Roberto militaba en la agrupación política de izquierda Montoneros y lo habían encontrado repartiendo panfletos. Los militares le dijeron a René: “Doctor, si a su sobrino no lo saca del país, lo matamos”. Y lo mandó a Estados Unidos. Roberto le debe la vida y unas cuantas cosas a su tío. Gracias a su contacto con las Fuerzas Armadas, René salvó a muchas personas. Y éste creo que es un capítulo de su vida que debería saberse.
“—¿Ayudará la vuelta de la democracia?

“—Quiero ser optimista, siempre lo he sido… Espero que Dios o el destino nos haga ver la luz, pero si la vamos a hacer como la estamos haciendo, sin hablar con claridad, no creo. Todos tenemos que ir al altar de la patria a confesar los errores que cometimos, que no son exclusivos de los militares. Veo que vuelve la demagogia que tanto mal le hizo al país, ya casi ni se habla mal del peronismo, por temor a que vuelva a ser gobierno”.

Así respondía Favaloro en un reportaje publicado en enero de 1983 en la edición número 97 de la revista Humor, que sería secuestrada antes de salir a la venta por orden del gobierno militar.

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Siempre cercano al poder de turno, en 1983 apoyó públicamente la candidatura del radical Raúl Alfonsín, y durante su presidencia la Fundación obtuvo subsidios millonarios y el aval del Estado para solicitar créditos en el Banco Interamericano de Desarrollo. En 1989, durante la presidencia del peronista Carlos Menem, fue nombrado asesor ad honórem del Ministerio de Salud y Acción Social, y su nombre circuló entre los candidatos a vicepresidente para acompañarlo en la reelección. En 1998, durante la presidencia del radical Fernando de la Rúa recibió diecisiete millones de dólares anuales para mantener su proyecto de medicina gratuita y solidaria.

—Favaloro quiso hacer un proyecto fenomenal que podía funcionar en Suecia o Finlandia. No acá —dice Penelas con el ceño fruncido, mientras camina por el living de su casa—. Porque acá todo era un negocio. Los préstamos nunca llegaban enteros. Este país era de una corruptela feroz. Todo está en mi libro.

En la biografía póstuma Diario interior de René Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003), Penelas escribió: “Favaloro vio cómo, mientras el país se estaba derrumbando, sus sueños se congelaban y era presa de la rapiña, el desmérito y el total olvido de la ciencia. En el campo de la medicina, que para él era un santuario, se instaló el imperio de lo económico y del liso y llano mercantilismo”.

Ahora, Penelas vuelve a mirar su reloj.

—Discúlpame, pero me tengo que ir a buscar mi nuevo libro de poesía.

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Sus colegas médicos conducían autos importados: Mercedes-Benz, Audi, BMW. Favaloro prefería manejar un modesto Renault 12, hasta que un día se quedó sin frenos y lo cambió por otro de igual valor: un Peugeot 504. Era obsesivo. Tenía una memoria admirable y le costaba delegar funciones. Se acordaba de todos los detalles y de la historia clínica de pacientes que no veía durante meses. Su equipo médico cobraba un salario fijo de la Fundación, pero Favaloro nunca cobró un sueldo: vivía del dinero que recibía de empresarios a los que atendía en su consultorio privado. Operaba con la misma entrega al múltiple campeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio —le hizo cinco bypass— y a un indigente. Decía en sus conferencias que él no era el médico de los ricos: “De esa clase de gente atenderé sólo diez por ciento”.

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Con el apoyo de un subsidio aprobado en el Senado, en 1992 inauguró en la ciudad de Buenos Aires el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro. Un edificio de trece pisos, cuatro mil quinientos metros cuadrados y un valor estimado en cincuenta y cinco millones de dólares, situado a pocas cuadras del Congreso. Allí, a contramano del sistema de salud y de la forma de trabajar de las clínicas privadas, primero operaba a sus pacientes y después facturaba ese servicio a las obras sociales. En 1998, el Laboratorio de Investigaciones Básicas, que había sido creado en 1980, dio lugar a la Universidad Favaloro, donde se formarían cardiólogos y cirujanos de China, España, Alemania, México y toda Latinoamérica. Los alumnos de primer año estaban obligados a trabajar en los barrios más necesitados. “No hay vacaciones. En primer año, van a las villas miserias. En tercer año van al Hospital Thompson, donde la inmensa mayoría de los pacientes son realmente pobres. Y en el último año, durante tres meses, tienen que ir a lugares humildes; van a Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta. Tienen que convivir con la comunidad. No van al hospital, van a ponerse al lado de ese médico rural para que vean el problema social”, dijo en su última conferencia académica dictada en el Congreso Nacional de Cardiología desarrollado en Argentina, en junio de 2000.

—Vení, quiero mostrarte algo —dice Roberto Favaloro y señala una de las tantas placas que están colgadas en una de las paredes de su oficina:

“El amor y patriotismo a su tierra hizo que Norteamérica perdiera a uno de los mejores cirujanos del mundo”, dice en inglés una placa de bronce que lleva la firma de uno de los pioneros en la cirugía cardiovascular, el doctor Dwight Harken.

En este edificio, en 1993, Roberto realizó el primer trasplante pulmonar doble de Argentina. Cinco años más tarde, también aquí se le colocó un corazón artificial a un paciente que fue, en América Latina, el que más tiempo resistió en esas condiciones hasta que apareció un donante.

En 1998, Argentina entró en una crisis económica profunda. Las prestadoras de salud comenzaron a atrasarse en los pagos y la deuda que mantenían con la Fundación llegó a dieciocho millones de dólares. Desde cargos jerárquicos de algunas obras sociales le insinuaron a Favaloro que si quería cobrar, debía “ceder” diez por ciento. La crisis continuó apretando y el Estado suspendió el subsidio que mantenía con la Fundación.

—Cuando nos sacaron el subsidio empezaron los problemas —dice el sobrino—. Ese dinero representaba un tercio de nuestro presupuesto.

La Obra Social para Jubilados y Pensionados de la República Argentina (PAMI, Por una Argentina con Mayores Integrados) acumuló una deuda de ciento noventa y cinco facturas sin pagar por un valor de un millón cuatrocientos mil dólares y la Fundación empezó a atrasarse en el pago de créditos y los sueldos de sus mil doscientos empleados. René se negó a pagar cualquier tipo de coima para que las obras sociales le liberaran los pagos. El periodista Pablo Calvo, del periódico Clarín, escribió en el libro La muerte de Favaloro (Editorial Sudamericana, 2003) que un día René se sintió derrotado y alguien lo vio llorar en un pasillo del edificio del PAMI. Ese mismo año falleció su mujer y entró en una profunda depresión.

—Antonia era muy buena e incomprensiva con el trabajo de René —dice su primo Mariano Favaloro—. Cuando se fueron a Arauz fue su gran colaboradora. Pero después, en el último tiempo, estaba un poco más quejosa porque René se iba de la casa a las siete de la mañana y volvía a las diez de la noche.

—Creo que no había sido feliz con Antonia —dice Penelas—, pero con su muerte empezó a faltar el olor a sopa en la casa.

En 1999, Favaloro pidió ayuda económica al entonces presidente De la Rúa y a un grupo de empresarios. Pero desde el gobierno no respondieron los llamados. Una conocida magnate y filántropa argentina, Amalia Lacroze de Fortabat, le envió una caja de champaña. Y en la Fundación comenzó a funcionar un Comité de Crisis integrado por los sobrinos Roberto y Liliana Favaloro y los médicos Héctor Rafaelli y Eduardo Raimondi, que le pedían que cediera su lugar de director y se tomara unos meses de vacaciones.

—René siempre decía que estaba arrepentido de haber regresado a la Argentina —dice Roberto—. Tendría que haber hecho algo con cincuenta camas para operar a un sector de personas. Porque era ineludible que iba a terminar dependiendo del Estado.

Unos meses después de la muerte de Antonia, Favaloro inició un romance a escondidas con una de sus secretarias, Diana Truden, cuarenta y seis años menor. Al principio se encontraban en la esquina, después comenzaron a salir juntos de la Fundación y hasta planificaron casarse. “Él estaba muy deprimido. Yo cursaba el traductorado de inglés, me quedaba estudiando en la oficina hasta las nueve de la noche. A veces charlábamos, y en una de esas charlas me dijo: ‘Me siento atraído por vos. Así empezó todo'”, le dijo Diana Truden a la revista Gente en el año 2000.

—La relación con Diana era un poco complicada por los prejuicios y porque, a medida que se acercaba el casamiento, los problemas económicos de la Fundación se acrecentaban —dice el sobrino—. Nosotros siempre estuvimos a favor. Diana hoy sigue trabajando en la Fundación y es una persona excelente.

Sin embargo, una semana después, el doctor Racki cuenta otra versión:

—A los sobrinos y nietos les cayó muy mal la idea del casamiento. Y lo maltrataron.
Penelas dice que había personas que estaban de acuerdo con el casamiento y otras que no:

—Algunos se acercaban a Favaloro por obsecuencia y le decían qué bárbaro, setenta y siete años y con una mujer de treinta y uno. En general, la sociedad le permite este tipo de cosas a un poeta o a un músico. Pero a un médico no. Y él lo sabía. Nunca apoyé esa relación. ¿Los motivos? Pregúntele a Diana.

***

Trabajar con René fue una de las experiencias más extraordinarias de mi vida —dice por teléfono el doctor Mario Racki—. Muchas veces venían a verlo personas humildes con problemas cardiacos y él les decía: “Yo la voy a operar, quédese tranquila”. Ésa era su frase de cabecera y siempre la cumplía.

En una de esas charlas de consultorio, dice Racki, René le anunció que se venía una crisis económica terrible, tan devastadora como un terremoto. Y le contó, también, que estaba apesadumbrado porque la Fundación se encontraba en una situación económica delicada.

Un día antes de suicidarse, el viernes 28 de julio de 2000, René Favaloro se reunió con su sobrino y le confirmó que se casaría el 17 de agosto. A las seis de la tarde, luego de operar a una paciente, se retiró de la Fundación con su novia Diana. Compraron comida y fueron hasta la casa de René. El sábado desayunaron y ajustaron detalles de la boda. Favaloro, que tenía setenta y siete años, se estaba cuidando en las comidas porque quería bajar la panza. Le preocupaba también no poder cumplir con el pedido de Diana, que quería que la acompañara en las clases de salsa.

Ese mediodía, Diana fue hasta su casa a buscar una valija con ropa —de regreso prepararían las invitaciones a la boda— y René dijo que iba a ir hasta La Plata a visitar a su familia. Pero eso nunca sucedió.

“Cuando volví, me extrañó que no estuviera su auto, pero pensé que había llegado temprano y lo había guardado —declaró Diana Truden en la causa judicial que investigaba el suicidio de Favaloro—. De pronto recordé algo: en enero de ese año, 2000, cuando volví de un viaje por África, me dijo: Me voy a suicidar. No puedo vivir sin esta relación, pero tampoco puedo sacrificarte. Se refería a la diferencia de edad. Hablamos y decidimos seguir, le pedí que nunca más hablara de suicidio, y me lo prometió. Pero la situación de la Fundación le angustiaba. No tiene arreglo, decía. Los últimos balances fueron negativos, y el 28 de julio se le murió un paciente que operó ese mismo día. Para colmo, me mostró una lista del personal de la Fundación que sería echado: la mayoría, amigos entrañables que empezaron con él. En mi casa, esperé a mi hermano Pedro, cargamos dos valijas y la computadora, y a las cinco menos cuarto de la tarde llegamos a la casa de René. Las llaves estaban puestas por dentro. Le llamé dos veces por mi celular, pero respondió el contestador automático. Toqué el timbre muchas veces. Por fin, Pedro pudo empujar la llave, y entramos. René estaba muerto. Yo no sabía que tenía un arma…”.

En la tarde fría de un sábado invernal, la noticia de la muerte de René Favaloro, producto de un disparo en el corazón, conmocionó a la sociedad argentina. Los periódicos y los semanarios le dedicaron la portada y el motivo de su muerte despertó una gran incógnita. El entonces presidente de Argentina, De la Rúa, decretó duelo nacional. A la mañana siguiente, en la puerta del edificio de la Fundación, cientos de personas se reunieron para despedirlo entre lágrimas y flores. La familia solicitó al juez que tomara muestras de ADN para prevenir la aparición de un hijo no reconocido. Una investigación publicada en elClarín reveló que Favaloro había dejado una herencia de catorce departamentos, dos casas, dos campos, una cuenta bancaria con miles de dólares, un libro inédito terminado y siete cartas de despedida.

Doce años después del suicidio de René, desde su oficina a cargo del Departamento de Comunicación e Imagen Institucional de la Fundación Favaloro, Diana Truden dice por teléfono que no habla con la prensa y que la entrevista que salió publicada unos días después de la muerte de René no fue tan así.

—Dije dos palabras y armaron una nota.

La voz suena suave, dubitativa y cortante.

—Creo que los sobrinos son las personas más indicadas para hablar del doctor. Recomiendo que el que quiera saber realmente sobre la vida de Favaloro lea los libros que él escribió.

***

En un programa de televisión emitido en agosto de 2000, dos médicos amigos, Tulio Huberman y Bernardo Boskis, cargaron contra el subdirector del periódicoLa Nación, José Claudio Escribano, por haber publicado un día después de la muerte una carta que Favaloro le había enviado con un mes de anticipación, en la que decía que estaba pasando uno de los momentos más difíciles de su vida: “Me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea. Yo no vivo de homenajes, me duran unos momentos”. El entonces presidente De la Rúa reconoció también que su secretaria había recibido una carta de Favaloro un día antes de su muerte. Pero explicó que a sus manos llegó un día después del suicidio. La carta decía: “Estimado Fernando: te escribo estas líneas porque nuestra Fundación está al borde de la quiebra […] Necesitamos alrededor de seis millones de pesos. No tengo conexiones con el empresariado argentino […] Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido”.

Con el correr de los años, el juez que llevaba la causa de la muerte de Favaloro, Daniel Turano, liberó algunas de las cartas que Favaloro había dejado en hojas membretadas con su nombre y apellido. Un fragmento de una de ellas decía: “Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento, como decía don Ata. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Sólo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad […] En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz”. Otra, que le dejó a su secretaria, la mujer con la que estaba a punto de casarse, decía: “Diana: ha llegado el momento de la gran decisión. Tú no eres culpable de nada. Mis proyectos se han hecho pedazos […] Tú has sido mi grande y verdadero amor. Siempre me he sentido un poco culpable. Nunca debí permitir que nuestro amor llegara tan lejos. Cuarenta y seis años es una gran diferencia […] Te he amado con locura. Estaré pensando en ti hasta el último segundo”. En un fragmento de la carta que dejó para sus amigos y familiares, manifestó su voluntad inquebrantable de no pagar coimas: “El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse. Hemos tenido reuniones con mis colaboradores más cercanos […] me aconsejaban que, para salvar a la Fundación, debemos incorporarnos al sistema; sí, a los retornos; sí, al ana-ana [n. de la r.: un código que indica que hay que repartir una mercancía], pondremos gente a organizar todo. Hay especialistas que saben cómo hacerlo. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado. En estos momentos, a esta edad, terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros, mis profesores, me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar. Prefiero desaparecer”.

En el cuarto piso de la Fundación, Roberto Favaloro se sienta otra vez en el sillón y dice que el Comité de crisis nunca planteó pagar coimas.

—Era un tema aritmético de reducción de personal. Cerramos un piso y medio: casi cien camas.

El número de empleados bajó de mil doscientos a ochocientos. Muchos de los despedidos fueron profesionales con los que René mantuvo una relación de amistad. No podíamos seguir así. Eran doctores cercanos porque habían sido compañeros de estudio y demás, pero con la diferencia que René tenía setenta y siete años y parecía de sesenta y siete, y los otros de noventa y siete. Era cuestión de sobrevivir, o morir.

En 2001, el primo de René, Mariano Favaloro, sintió que en la Fundación había cambiado la esencia impuesta por su creador y presentó su renuncia. Lo siguió Penelas, el vocero, con una carta que decía que, fallecido su entrañable y admirado amigo, había advertido que la Fundación comenzaba transitar por caminos que a su entender no se compadecían con el pensamiento de Favaloro. El doctor Mario Racki y su esposa —también doctora— formaron parte de la lista de despedidos. Tres años después, en 2004, el entonces presidente de Argentina, Néstor Kirchner, declaró el 12 de julio como Día de la Medicina Social, en homenaje a Favaloro.

La Fundación llegó a deber un año de salario a los médicos y tres meses a los enfermeros. Tuvieron que pasar cinco años del suicidio de René Favaloro para que comenzaran a equilibrarse los números. El apellido se transformó en la marca de una línea de alimentos saludables y, en la Fundación, se empezaron a realizar cirugías estéticas: lifting facial, aumento de senos y lipoaspiración de abdomen.

—Ese año empezamos a repuntar y a abrir camas para cumplir con otras ideas que tenía René —dice su sobrino—, como la de realizar trasplantes de médula ósea e intestino.
—¿Usted sabe por qué se suicidó René?
—Ayyy, si yo supiera. Fueron múltiples causas. La más grande fue esta Fundación que era como su hijo. Creo que si yo fuera René y tuviera esos problemas a los setenta y siete años, pensaría: “Llegaré a los ochenta y dos años para ver todo solucionado, o mejor que se encarguen los que vienen atrás”. No sé, uno puede hacer muchas conjeturas.

El teléfono celular no para de vibrar sobre la mesa. Roberto mira la pantalla y aprovecha para tomar otro sorbo de café.

—Antes de matarse, René dejó una carta para Diana, una para la señora que trabaja en la casa, otra para todos, otra para no sé quién…
—Y también dejó una para usted.
—Sí, es cierto, y no sé por qué.
—¿Se puede saber qué dice esa carta?
—No, no se puede.

Y ésas son sus últimas palabras de esta tarde.

El corazón es el primero en avisar cuando algo no anda bien. En estado de reposo, mientras reina la normalidad, puede latir 75 veces por minuto. Pero si algo extraño pasa, su frecuencia suele duplicarse: puede producir más de 150 pulsaciones en el mismo tiempo. Cuando este brinco ocurre, el retumbar se siente con más fuerza. La sangre corre más rápido por el cuerpo, la temperatura aumenta y el respirar se convierte en un ejercicio apresurado. Una alerta así no puede pasar desapercibida, y Yonatan ya se dio cuenta. Su corazón le está avisando que cerca hay peligro.

En apariencia, sólo está a punto de entrar a un salón de clases. La verdad: en segundos se enfrentará de nuevo al enemigo. Bien puede dar media vuelta, pero arrepentirse a estas alturas no tendría sentido. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. La alarma sigue encendida, pero ya nadie puede detenerlo. Con una respiración profunda ataja un poco de calma, y con un “Buenos días” entra en el ruedo.

Todos voltean a verlo. Aquí los estudiantes son policías. Eso es lo que altera a Yonatan. Es probable que no sean los mismos que lo atacaron hace más de un año, pero el estar aquí es ver de nuevo sus caras. Y hay algo que empeora todo: está solo. Todos los profesores debutantes siempre van acompañados por otro docente con experiencia. Pero este día es la excepción.

Es mayo del 2011. Se encuentra en la sede de la Universidad Experimental para la Seguridad (Unes) en Catia, al Oeste de Caracas. Está allí para hablar de derechos humanos, su tema sensible. Los efectivos asisten porque la ley los obliga. La legislación sobre el Servicio de Policía y el Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana (PNB), aprobada en 2009, ordena la formación periódica de todos los efectivos. “Reentrenamiento” le llaman, luego de creada la nueva PNB y en referencia a los otros 137 cuerpos policiales que existen en Venezuela y que no fueron fundados bajo el “nuevo paradigma”. Él está allí para reentrenarlos.

Han pasado ocho meses desde aquel incidente en la Libertador, la avenida que atraviesa el corazón de Caracas. La gran diferencia es que ahora él está al mando. Y para dejarlo en claro, decide retarlos y lanza el anzuelo.

—Señores, mi nombre es Yonatan Matheus, soy su profesor y soy gay.

***

La sangre se ha derramado por litros en la Libertador.

Es la noche del 25 de septiembre de 2010. Vestido de uniforme naranja y con un bolso repleto de folletos y preservativos, Yonatan cumple con su acostumbrado recorrido de los viernes por esta avenida. Como director de la organización no gubernamental Venezuela Diversa, tiene más de un año visitando a las transgéneros y prostitutas que encontraron en la conocida vía capitalina su mejor mercado de trabajo. Es una especie de predicador, que siempre se acerca a la zona para hablar de protección y prudencia sexual. Pero, esta vez, algo más lo lleva hasta el lugar.

Una semana antes, varios impactos de bala terminaron con la vida de Nathaly, una de las transexuales. No fue un robo. Todos sus conocidos aseguran que se trató de un delito de odio: la mataron por transexual. Por más perturbadora que pudiera parecer la noticia, no sorprende. En 2009, sólo en esta avenida, cinco transexuales fueron asesinadas. Venezuela Diversa lleva bien esa cuenta: varios reportes sobre violaciones, maltratos y chantajes contra estas personas reposan en los expedientes de la ONG. Sólo esta organización le ha hecho seguimiento a estos casos. Ningún organismo estatal ha prestado especial atención, por eso no hay cifras oficiales.

Yonatan se ha encargado personalmente de hacer la denuncia ante las autoridades y los medios de comunicación. Y ha sido contundente al señalar a los presuntos culpables: muchos de los testimonios recogidos aseguran que los responsables de estos delitos visten uniforme y actúan en nombre de la ley. Esta noche, busca información sobre el último asesinato.

Ya está por concluir su jornada. Conversa sobre Nathaly –la víctima más reciente- con una de sus compañeras de trabajo en la Libertador, cuando una patrulla de la Policía Metropolitana de Caracas se estaciona a pocos metros. Del vehículo se bajan nueve personas. Todas, con las pistolas alzadas y gritando. “¡Contra la pared ya!”, ordena uno de ellos. Otro va directo hacia donde está Yonatan y lo hala del brazo. Bulla, empujones y más gritos. En cuestiones de segundos, Yonatan desaparece y los policías arrancan.

Siete de los funcionarios, entre ellos una mujer, le hacen compañía en la parte trasera de la patrulla. El lugar es oscuro y sucio. Tiene sólo dos muebles de cuero negro a los costados. Toda una jaula. Son pasadas las 10 de la noche. Un joven de no más de 14 años está con ellos. Viste ropa mugrienta, sus ojos están enrojecidos y la posición de su cuerpo es inestable. Él también estaba en la Libertador.

—¡Eres un rolo e’ marico, el sapo que nos tiene en peo! -grita uno de los policías.

El hombre levanta su arma y apunta a Yonatan. Él intenta hablar para defenderse. “¡Cállate!”. Yonatan obedece. Sabe que no debe insistir o desobedecer. “¿Y tú quién eres?… Seguro eres el marido de éste. ¡Habla!”, dice el hombre ahora apuntando hacia el menor de edad. El joven también quiere hablar pero el llanto se lo impide. “¡Ay, mira!, está llorando. Está cagado. El maldito está drogado. Ponlo a toser sangre para que sepa quién está al mando aquí”.

La orden se cumple. Los golpes logran ahogar el llanto del adolescente. Ninguna de las súplicas calma al policía. “Y tú, cierra los ojos, marico de mierda”. Con los párpados apretados, Yonatan escucha aterrado. Quiere llorar, pero hace lo posible por mantener la calma. Sabe que después irán con él.

De pronto, la patrulla se detiene. Dos motorizados frente a una licorería llamaron la atención del grupo de efectivos, por lo que todos deciden bajar del vehículo. Yonatan y el niño se quedan solos. Es ahora o nunca. Saca el celular de su ropa interior. Con las manos temblando, comienza a revisarlo en busca de un nombre clave. Su pulso torpe complica todo, pero logra encontrarlo en segundos. Marca el número. Comienza a repicar. Su corazón late desordenado y sus manos están empapadas de sudor. Sigue repicando. Mira hacia afuera. Espera que los policías no lleguen todavía. Repica y nada. A los pocos segundos, cae la contestadora. Primera frustración. Lo vuelve a intentar. Repica por varios segundos y sucede de nuevo. Nadie contesta. Las voces de los efectivos se escuchan cada vez más fuerte. Debe intentarlo una vez más y rápido. El temor amenaza con someterlo, pero vuelve a marcar. Espera. Nada sucede. Cuando parece que volverá a fracasar, lo logra.

—¿Aló?
—¡Me secuestraron! Estaba en la Libertador y unos policías me secuestraron. No sé adónde me llevan. ¡Me quieren matar!

Cuelga justo cuando la mujer oficial sube a la patrulla. “¿A quién llamaste?… ¡Apaga esa vaina!”. El resto del grupo sube y el vehículo se mueve de nuevo. La esperanza de Yonatan desaparece.

El mismo oficial que lo había amenazado le da la orden. “¡Arrodíllate!”. Yonatan vuelve a obedecer. Tiembla y el sudor corre frío por su cuello. El uniformado es tajante: “No veas y baja la cabeza”. El arma lo apunta de nuevo. “Por marico, verás lo que te va a pasar”. Sigue aguantando el llanto. Morirá, pero no lo verán llorar.

—¡No le hagan nada! Ese marico ya habló con alguien. Si le hacen algo, nos vamos a meter en un peo –dice de repente la mujer policía.

Escucha sorprendido. Se mantiene cabizbajo, esperando alguna respuesta del funcionario que lo había amenazado. Durante pocos segundos, el silencio es lo único que sucede.

—Párate –ordena el hombre.

Da una señal y la patrulla se detiene.

—Baja.

Está atónito, pero no espera. Con las piernas aún temblando, Yonatan baja de la patrulla.

—Mosca con hablar. Te tenemos pillao’. Te vamos a vigilar –dice el policía, antes de que la patrulla se pusiera en marcha y desapareciera de su vista.

Yonatan sólo alcanza a dar un par de pasos más por aquella calle oscura. En el borde de la acera más cercana, se deja caer. Respira varias veces, pero no aguanta más: en ese momento, comienza a llorar.

***

Todos ríen a carcajadas en el piso más alto de El Helicoide, un edifico ícono al sur de Caracas. Es febrero de 2012. Allí, el personal de la Unes está celebrando con una noche de fiesta el tercer aniversario de la universidad. Fue creada en 2009 por el gobierno nacional con la idea de que fuera allí donde se formara a la nueva Policía Nacional Bolivariana (PNB). El Ejecutivo la defendió como la principal estrategia para detener “el cáncer” de la corrupción que se corrió dentro de las paredes de las policías del país en tiempos de la “cuarta república”, según palabras del entonces presidente Hugo Chávez. Al cierre de 2011, la institución hacía alarde de haber graduado a 23 mil 714 nuevos efectivos. Para septiembre de 2012, según cifras oficiales, serían más de 31 mil 976 policías nacionales bolivarianos. Eso festejan esta noche. Y Yonatan está allí.

El salón tiene vista panorámica de toda la ciudad, que a esta hora ya está convertida en miles de puntos luminosos. Es, formalmente hablando, una fiesta de trabajo. Son profesores, militares, policías. Casi todos llegaron acompañados. Los hombres de esposas y las mujeres de esposos. Yonatan también ha decidido ir en pareja. Pero está con un hombre, un amigo, un atrevimiento para muchos a juzgar por los cuchicheos.

Ha pasado ya casi año y medio desde aquel ataque en la Libertador -que queda a media hora de este salón de fiesta- y nueve meses desde que comenzó a dar clases en la institución. Su labor como activista de Venezuela Diversa llamó la atención de la coordinación de Derechos Humanos de la Unes. Le aseguraron que, en el nuevo perfil del PNB, el respeto a la diversidad era supremo, por lo que le propusieron ayudar. Aceptar era entrar a la mismísima boca del lobo. Él lo sabía y aún así entró.

Hay una música suave de fondo. Todos esperan por el brindis protocolar para subirle volumen a la bulla. Los murmullos continúan. Nada nuevo. La aclaratoria que hizo Yonatan en su primer día de clase se debió repetir muchas veces más. La autoridad que le confiere ahora su rol como profesor matizó un poco la reacción de la mayoría, pero no evitó –ni evita- las burlas, presiones y juegos en su contra, tanto de parte de sus alumnos como de colegas. Para él, eso era algo obvio de esperar. Después de todo, se inmiscuyó en una estructura que funciona con las mismas normas convenidas en un cuartel militar, y que defiende sin pena una de sus más claras premisas: a los policías no le gustan los homosexuales.

La organización Acción Ciudadana Contra el Sida (Accsi), con el auspicio de Onusida y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, realizó en 2008 un estudio basado en una encuesta a 742 personas en locales y zonas de encuentro del colectivo Lgbt (lugares de “ambiente”) en Caracas, Maracaibo y Mérida. Es una de las pocas investigaciones desarrolladas en el país sobre el tema. La mayoría de los consultados aseguró haber sido agredido por policías al menos una vez: 50% lo dijo en Caracas, 63% en Maracaibo y 65% en Mérida. La violencia verbal, la “matraca” (soborno) y la privación arbitraria de libertad resultaron ser las faltas más comunes. Los transexuales figuraron siempre como los más afectados. Pero el mismo Yonatan sabe que la violencia ha llegado a más.

Yonatan sí volvió a la Libertador, pero las visitas debieron ser cada vez menos. El “te vamos a vigilar” reapareció varias veces, en mensajes que le llegaban de boca de las prostitutas o en alguna patrulla que bajaba sospechosamente la velocidad ante su presencia. Yonatan, finalmente, dejó de ir, pero la sangre no dejó de correr por la Libertador. En 2011, Venezuela Diversa conoció de cuatro transexuales asesinadas en Caracas. Tres de ellas, en la famosa avenida. El Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas (Cicpc) relacionó dos de estos casos con una banda delictiva y prostitución dirigida por transgéneros. En mayo de 2011, Wilmer Flores, director del Cicpc, aseguró que en la zona se habían registrado más de 20 transexuales asesinadas que, a juzgar por el modus operandi, guardaban relación con la misma banda. Para Yonatan y otros activistas, fue una generalización peligrosa que buscó minimizar las otras denuncias en las que figuraban como sospechosos, precisamente, efectivos policiales.

“Popssssss”… Los aplausos revientan complacidos al destape de la botella que protagonizará el brindis. En la fiesta ya está reunida todala plana mayor de la universidad, incluyendo a la rectora Soraya El Achkar, designada por el propio presidente Chávez para dirigir la institución. Suenan las copas, más carcajadas y arranca la orquesta. Como debe ser, la rectora y su pareja son los primeros en entrar a la pista de baile. Pero capturan la atención sólo por pocos momentos. En segundos, las miradas pasan de un golpe a fijarse en otra pareja que acaba de entrar a la escena: son Yonatan y su amigo.

Son dos hombres bailando juntos, al lado de la rectora y frente adecenas de funcionarios. Yonatan sabe que todos lo miran. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. Está asustado, pero baila como si nada importara. Debe mostrarse seguro. Es un reto ya enfrentado y no piensa declinar. Sin embargo, no ha terminado la primera pieza cuando pasa.

—¿Qué están haciendo? ¿Cómo se les ocurre? -los interrumpe una señora alterada que él no reconoce.

Yonatan duda por momentos, pero su amigo se apresura y es quien responde.

—Queríamos bailar y es lo que estamos haciendo. ¿Es que no tenemos derecho a hacerlo?

La mujer no consigue con qué defender la queja. Nadie se atrevea secundarla. Yonatan, parado en medio de la pista, intenta ver el rostro de la rectora. No parece incómoda o sorprendida. Así que la ofendida no tiene más remedio que retirarse, derrotada. Yonatan se vuelve a unir con su amigo en un abrazo, y con una sonrisa dibujada en el rostro sigue bailando. Bailó y sonrió toda la noche.

***

Talones juntos, espalda erguida, puntas de mano derecha en la sien. “Buenos-días-profe-sor”, dice con firmeza un muchacho cuando ve pasar a Yonatan. El profesor sonríe, devuelve el saludo y sigue su camino rumbo al salón de clases. Es norma en la Unes que todo estudiante se presente con saludo militar ante sus profesores, y la respuesta suele darse en el mismo código. Pero Yonatan ni es militar ni le gusta lo militar. “Buenos-días-profe-sor”, repite más adelante el ritual otra alumna. Esta vez, Yonatan se detiene, se para firme delante de la muchacha y se burla de nuevo del sistema: en lugar de la frente, coloca delicadamente su mano en la cintura, inclina hacia un lado la cadera y, en vez de pisar firme, flexiona ligeramente su rodilla hacia atrás. “Buenos días, bachiller”, responde con voz pícara. El resultado es un par de risas cómplices.

Es una mañana de clases cualquiera en el Helicoide. Desde diciembre de 2011, Yonatan fue transferido desde Catia a la sede principal de la universidad. Ahora da clases a los aspirantes a PNB, que son en su mayoría bachilleres recién graduados. Ya no está a cargo del “reentrenamiento”. Es responsable ahora de la formación de los nuevos policías. Cuida la planta desde la semilla. En este tiempo, su osadía le ha ganado la admiración de algunos profesores y la simpatía de varios alumnos. Y aún mejor: el respeto de muchos.

La clase de hoy es sobre el uso progresivo de la fuerza. El más viejo de los alumnos ha de tener 22 años. Yonatan ordena a todos sacar de sus morrales la ley del Servicio del Policía. Todos obedecen. “Atención en el artículo 12”. Pide a uno de los alumnos el favor y el joven se pone de pie y lee.

—Artículo 12: Los cuerpos de policía actuarán con estricto apego y respeto a los derechos humanos consagrados en la Constitución de la República, en los tratados sobre los derechos humanos suscritos y ratificados por la República

Yonatan nunca denunció a sus agresores de la Libertador. Miedo o prudencia. Y así como él, la mayoría de las víctimas. Según el mismo estudio de Accsi de 2008, cerca de 88% de las personas Lgbt que dijeron haber sido víctimas de algún atropello por partes de efectivos nunca denunciaron. Y del grupo que sí se atrevió, sólo 15% dijo que su caso había sido resuelto. Es miedo, prudencia y también resignación.

—Ahora el artículo 8, por favor –ordena Yonatan.
—Artículo 8: Los cuerpos de policía darán una respuesta oportuna, necesaria e inmediata para proteger a las personas y a las comunidades…

Yonatan es de los que cree que la denuncia se desestima si no se resuelven los casos. Admite, también, que si no se denuncia la impunidad gana. Un círculo vicioso. Pero la recurrencia de los asesinatos de transexuales es tal que llamó la atención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh). El pronunciamiento oficial se hizo el 7 de junio de 2012, a raíz del asesinato de otra transgénero apodada “Lulú”. Fue el blanco de varios impactos de balas el 3 de junio de 2012. ¿El lugar del crimen? De nuevo la avenida Libertador de Caracas. La Cidh señaló que al menos otras ocho transexuales fueron asesinadas en la capital en el primer semestre de 2012. Se refirió también a la actuación irregular de efectivos policiales: “La Comisión continúa recibiendo información sobre asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias…”. En su pronunciamiento, culpó al Estado de no investigar estos casos y de su consecuente impunidad. E hizo una recomendación puntual: incluir “las reformas necesarias para adecuar las leyes a los instrumentos interamericanos en materia de derechos humanos”.

El 19 de noviembre de 2010, el Ministerio de Interior y Justicia aprobó la creación del Consejo de Igualdad y Equidad de Género para los cuerpos policiales. Según la resolución publicada en la Gaceta Oficial 39.556, la instancia tiene la tarea de crear políticas para “erradicar las conductas o situaciones de discriminación contra las mujeres y personas sexodiversas, y velar por la atención oportuna e integral a las víctimas de discriminación y violencia” por parte de los organismos de seguridad del Estado. Pero, si le preguntan a Yonatan, las reformas legislativas deberían comenzar por la inclusión de la tipificación de los “delitos de odio”. Al menos 19 países del mundo (seis en Latinoamérica) ya aprobaron esta figura, que estipula agravantes en caso de que el ataque esté asociado a prejuicios religiosos, raciales, xenofóbicos u homofóbicos. El mensaje con esta iniciativa es claro: si matar es condenable, hacerlo por estos motivos lo es mucho más.

Yonatan no vio a sus agresores pagar su ofensa, pero ha conseguido su propia forma de compensación. La Policía Metropolitana se terminó de desintegrar en 2011, y la mayoría de sus funcionarios fueron “reentrenados” y sumados a las filas de la PNB. Los gritos y la humillación de aquella noche se transformaron ahora en un “permiso, profesor”. Con su sola presencia, obliga a que el tema de la diversidad sea asunto de todos los días en una de las instituciones más importantes del país. Sólo por estar allí, el lugar se parece menos a un cuartel. Un gay educa al nuevo policía nacional.

—Ahora el artículo 13…
—Los cuerpos de policía prestarán su servicio a toda la población sin distinción o discriminación alguna fundamentada en la posición económica, origen étnico, sexo, idioma, religión, nacionalidad, opinión política o de cualquier otra condición o índole…
—¿Qué quiere decir lo que el compañero acaba de leer? –pregunta Yonatan a otra alumna que responde de inmediato.
—Significa que no importa si eres sangre azul, si te gustan las mujeres o los hombres… Tenemos que servir con respeto a todos. Todo esto es un tema de dignidad humana.

“Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. El corazón es también de los primeros en avisar cuando algo bueno está por ocurrir y el de Yonatan ya encendió la alarma.

Esperaba una caterva de mareros, con las manos en la masa, pero aquí solo veo a dos panaderos, sumisión en sus miradas, y azorados al ver que entra un forastero. El olor a pan recién horneado coincide sí; también los restos de harina por el suelo, el instrumental, los delantales. Pero en esta panadería, propiedad de la Mara Salvatrucha, faltan los homies.

—Buenos días. Busco a Cristian, le dicen El Tremendo.

Los panaderos alzan la mirada con timidez, se observan, regresan a lo suyo. Parecen más asustados que yo. Les explico qué me ha traído hasta el barrio La Coquera, de Acajutla, además del mototaxi.

En Acajutla está ocurriendo un milagro. El municipio sobresale desde que arrancó el milenio como uno de los más violentos de El Salvador: 52 asesinatos en 2005 entre una población que ronda los 55,000, 59 cadáveres en 2008, 75 en 2011… Pero en 2012 la cifra se redujo a 20; y en 2013, a 4. Es cierto que las muertes se bajaron en todo el país por la negociación entre las pandillas y el gobierno, pero mientras el descenso nacional fue del 43 %, acá los homicidios se desplomaron el 95 %. La tasa por 100,000 habitantes pasó de 140 a 7, se situó por debajo de la de Costa Rica y Uruguay. Algo así como si el esperpento que es hoy la Selecta pasara a codearse con Alemania en dos años, o como si cuadruplicaran el salario mínimo. El milagro de Acajutla merecía ser explicado, y a inicios de semana llegué a la ciudad para escuchar a quienes lo forjaron: empleados municipales, víctimas, pastores, policías, empresarios… La Mara Salvatrucha algo sabe y, para hablar con ellos, me dijeron que llegara hoy viernes a la panadería de La Coquera, y que preguntara por El Tremendo, palabrero de la clica Acajutlas Locos.

—Los muchachos están por allá –rompe el silencio al fin uno de los panaderos, y me señala una vereda a un costado de la panadería.

Treinta metros de vereda y otros cincuenta de camino empolvado, aparece un homie, hoy sí, que se para apenas me ve, la mirada y la actitud de un gallo de pelea.

—Moisés Bonilla, de la alcaldía, me dijo que llegara a las 9 y preguntara por El Tremendo.

Al fondo, bajo las sombras de unos árboles, hay un grupo de ocho o diez. Tras un gesto del vigilante se acercan tres. Les repito el porqué de mi visita, con énfasis en mi interés por conocer la versión del milagro que tienen los pandilleros.

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada.

***

Si se tiene fe, el milagro de Acajutla es sencillo de entender.

Dice Mario Alas, pastor de la iglesia Mar de Galilea: “En septiembre de 2011 Dios nos dijo: oren. Y todos los días domingo, a las 5 de la mañana, empezamos a orar en el parque para que cesara la delincuencia”.

Y dice Reyes Sermeño, pastor también: “Salimos a orar por los linderos de Acajutla, reprendiendo a los demonios que querían meterse en la ciudad. Con la oración hemos atado demonios de promiscuidad, de asesinatos, de violencia… Dios nos ha respaldado, pero yo sé que es difícil de comprender humanamente”.

Si no se tiene fe, cuesta un poco más, pero merece la pena intentarlo.

Acajutla fue puerto antes que ciudad. Los verbos embarcar-desembarcar anclaron en estas tierras desde que se gobernaban para gloria de reyes extranjeros. La vocación marítima secular el Estado salvadoreño la premió en 1961 con la inauguración de uno de los complejos portuarios más modernos de Centroamérica. Al pequeño asentamiento llegaron miles de extraños en busca de trabajo y futuro, y en 1967 la Asamblea Legislativa reconoció la pujanza con el título de ciudad. La apresurada urbanización devino en un entramado de calles, colonias y avenidas tan desordenado que la ciudad ni siquiera tiene un parque o una plaza central; y en un conglomerado humano en el que resulta complicado dar con alguien de la tercera edad que haya nacido aquí.

El puerto generó prosperidad, sí, pero también prostitución, drogas, criminalidad. El desarraigo y la pobreza fomentaron la migración hacia Estados Unidos en los ochenta, y con las deportaciones de los noventa proliferaron las pandillas. Como en el resto del país, dos terminaron monopolizando el fenómeno: la 18 se hizo fuerte en el barrio La Playa, una concatenación de burdeles y chupaderos muy codiciada por los marineros; y la Mara Salvatrucha se adueñó del resto del casco urbano.

Prostitución, alcohol, drogas, maras, narcotráfico, dinero… Los astros se alinearon para que pasara lo que pasó: Acajutla terminó convertida en un referente nacional de violencia.

Los años 2009, 2010 y 2011 fueron los más violentos que se recuerdan –68, 63 y 75 cadáveres; para igualar la tasa, en Londres tendrían que asesinar a 1,000 personas cada mes–, pero un coro de voces heterogéneas coincide en señalar que son el trienio en el que se sembró la semilla del milagro.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destinó ingentes recursos para analizar el fenómeno de la violencia, el Barrio 18 fue aniquilado, las iglesias evangélicas comenzaron a orar en el parque, el empresario Darío Guadrón ganó la municipalidad para el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), los palabreros emergieron como actores sociales cuando el alcalde les abrió las puertas, y a escala nacional la Mara Salvatrucha y la 18 suscribieron el acuerdo que pasó a ser conocido como la Tregua.

—Cuando la bulla de lo de la Tregua, el alcalde estableció un código: lo nuestro es diferente y lo vamos a manejar con discreción –dice Moisés Bonilla, pieza clave en el milagro.

A lo de Acajutla se le llamará, pues, el Proceso. Sus promotores se esfuerzan por marcar distancias con la Tregua y rechazan con visceralidad la palabra, aunque a la base de ambas iniciativas esté el mismo ingrediente básico: el diálogo con las pandillas. Las diferencias principales son que el Proceso sí logró involucrar a un sector de la empresa privada y, sobre todo, que el gobierno municipal asumió la paternidad de la iniciativa y trató de construir proyectos de inserción social para los pandilleros, como la panadería de La Coquera.

***

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada–, pero conozco al viejo ese de la alcaldía. ¿Qué querés?

Es un aka inventado, pero a partir de ahora será Stocky. Tiene 34 años y es padre de un joven de 16 que estudia noveno grado y que él se encarga de mantener alejado de la Mara. Stocky estuvo preso en Apanteos y en Chalatenango, y ahora lleva palabra en la Acajutlas Locos de La Coquera. No es muy alto y en la cárcel se engordó, pero sigue siendo de esos perfiles con los que a uno no le gustaría irse a los putazos. Ahora viste chores largos, una camisola oscura de fútbol americano con números en la espalda, y tenis caros y relucientes como si los hubiera estrenado esta mañana.

Escucha con atención. De entrada responde que no pueden hablar con periodistas, que la pandilla ha tirado línea, pero es evidente que lo está deseando, y sin mucha insistencia me lleva ante el resto del grupo.

—Este periodista quiere saber –les dice– por qué han bajado los homicidios en Acajutla, y si el alcalde nos está ayudando.

Como si se abrieran las compuertas de una represa. “Nada de ayuda ha llegado”, exagera uno al inicio. “Llevamos años pidiendo que hagan de grama artificial la canchita de la escuela”, dicen. “Los de la alcaldía son muy bocas”. “Nos han dado capacitaciones, ¿pero para qué si nadie nos da trabajo?” “Los viejos de cuello se hartan la plata de la Tregua, y abajo no llega nada”. “La alcaldía apoyó para comprar una lancha”. “El viejo cerote (por el alcalde Guadrón) solo un horno nos ha dado”. “¡Eso no es nada para cómo nosotros bajamos los índices de criminalidad!” “Y ahora tenemos prohibidísimo pedir a los vecinos o robar a los turistas”. “En La Coquera ayudaría un proyecto para que nos compraran los huevos de tortuga”.

Lo último no es exabrupto. Stocky parece haber dado vueltas a la idea. Sabe que en otras playas algunas oenegés pagan a los vecinos por cada docena de huevos que entregan para incubar en criaderos, pero aquí la extracción es ilegal, aunque la gente lo sigue haciendo por necesidad, expuesta a decomisos y a multas. Stocky está convencido de que…

—¡Jura! ¡Jura! –grita uno de los homies en labores de vigilancia.

El grupo se desvanece. El grueso de los pandilleros corre hacia la escuelita, y yo detrás. En la canchita –sin grama artificial– tres niños y cuatro niñas juegan fútbol, algunos descalzos. Apenas se inmutan por la estampida de homies, como si fuera rutina en La Coquera.

***

—La Policía Nacional Civil no tiene absolutamente nada que ver con la tregua de Acajutla.

El subinspector Gustavo de León es uno de los salvadoreños enemistados con la palabra tregua. Está asignado a la subdelegación policial de Acajutla desde abril de 2013, como segundo al mando, y en sus primeros seis meses solo se registró un homicidio. Sabe que el milagro guarda relación con el Proceso pero, por prudencia o por ignorancia real, opta por la distancia.

—Sí, he oído que tienen una panadería en La Coquera y que les dieron lanchas para pescar –dice–, pero ¿cómo obtuvieron eso? Lo desconozco. Desconozco cómo otras instituciones están manejando el tema. Nosotros a los pandilleros les aplicamos la ley.

Esta mañana hubo un operativo en la San Julián, una de las colonias que más presencia de pandillas tiene, junto a la Alvarado, la Acaxual I y II, la Ciudadela, La Coquera y el Valle de la Muerte. Son las más afectadas, pero en Acajutla no existe colonia ajena al fenómeno. El marero es vecino o vive en el pasaje de la par o dos pasajes más allá; no es un personaje, como sucede en amplios sectores de la capital, que se sabe que existe solo por los noticiarios. La pandilla acá es algo cercano. La casa del alcalde Guadrón, prominente hombre de negocios propietario de la cadena de restaurantes Acajutla, está en las inmediaciones del Valle de la Muerte.

—Y el problema –dice el subinspector De León– es que desarrollan un sentimiento de propiedad. Se creen que la colonia es su territorio y ya. Si entra un joven que llega de visita, de un solo lo interceptan, lo descamisan para ver si tiene tatuajes y lo interrogan. Si es de Nahuizalco o de Izalco, como allá solo dieciochos hay… digamos que… es un riesgo para él.
—¿Qué hay de los vecinos que no son pandilleros?
—Cuando hacemos un operativo, salen los papás, las mamás, los amigos… solo para obstaculizar nuestra labor.
—Pero… ¿y el resto? ¿Los no pandilleros?
—El problema es que el 90 % de la población de Acajutla o pertenece a la Mara o tiene algún familiar o es afín. Por eso a nosotros no nos quieren aquí.

El 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías, dice el subinspector De León. Incluso dando por sentado que haya exagerado la cifra, esa percepción es demoledora.

***

En la madrugada del 20 de agosto de 2014, un grupo de emeeses uniformados como policías llegaron a la colonia Lue, simularon la detención de Doroteo Marroquín (a) Tello, se lo llevaron maniatado a un predio baldío que llaman La Planada, y le reventaron la cabeza a plomazos. Con él, se dice estos días en Acajutla, murió el último dieciochero.

Por su simbolismo, el asesinato del Tello quizá quede grabado en la intrahistoria de la ciudad, pero el Barrio 18 dejó de tener cancha a finales de 2011. Ese año –no por casualidad el de los 75 cadáveres–, Mara Salvatrucha y Barrio 18 midieron fuerzas como nunca, y el pulso terminó con el destierro no solo de los pocos dieciocheros sobrevivientes, sino de sus familiares, de sus simpatizantes y de los que, sin ser una cosa ni la otra, pensaron que tenían poco futuro por el hecho de haberse criado en el barrio La Playa, otrora epicentro de la tumultuosa vida nocturna alimentada por prostitutas, marineros, sicarios y traficantes, y bastión de la 18.

El barrio La Playa se levanta a ambos lados de la calle que va desde el edificio de la municipalidad hasta la Capitanía del Puerto, unos 500 metros lineales junto al mar con un potencial turístico infinito. Pero aún hoy, tres años después del éxodo dieciochero, La Playa parece una zona devastada por un tsunami. Incontables casas están abandonadas, desmanteladas, semiderruidas. Vacías de vida, son el testimonio de que aquí se libró una guerra con vencedores y vencidos.

—Nos llevó años echar a los feighteen –dice Stocky– y la sangre de muchos homeboys. Y eso es lo que aquí nos llega menos de la Tregua, que del tabo tiraron línea de que había que calmarse, pero nosotros nunca vamos a estar a buenas con los feighteen.

El milagro de Acajutla es consecuencia del Proceso, y para que el Proceso cuajara tuvo que darse el intenso trabajo de ablandamiento del PNUD, las oraciones de los pastores, la victoria electoral del alcalde Guadrón y los lineamientos surgidos de la Tregua. Pero todo eso no habría funcionado, o sus efectos habrían sido mucho más limitados, sin la previa aniquilación del Barrio 18, que dejó todo el caso urbano en manos de la Acajutlas Locos.

***

Como si fuera rutina en La Coquera, la clica se desvanece antes de que llegue el Nissan Frontier de la jura. De reojo lo miro pasar de largo sentado a un costado de la canchita, a la par de dos niños de cuarto y sexto grado con los que invento una plática. Minutos después, uno a uno loshomies reaparecen y se arremolinan bajo los mismos árboles.

—¿Pueden enseñarme la panadería? –pregunto, sin esperanza.

La panadería son dos habitaciones de paredes repelladas que la pintura blanca no alcanzó a cubrir. El cuarto del fondo, el pequeño, es sombrío y alberga tres bicicletas con canastos, aunqueun homie me dice que la red de distribución la integran cinco. En el cuarto grande están, además de los panaderos de miradas sumisas, dos de sacos de harinas, estantes metálicos con bandejas llenas, una báscula, una laminadora de masa, una mesa, recipientes plásticos multicolores y hornos hay tres: dos que les donó un cura del cantón Metalío, y el tercero, el que les entregó la alcaldía como parte del Proceso. “Es el que saca el pan más rico”, dice un marero.

—Lo mejor de este negocio –dice Stocky– es que a cualquier hora día, uno manda a la esposa y sabe seguro que va a comer pan caliente.

La Mara Salvatrucha vende unos 200 dólares diarios de pan francés y pan dulce. De ahí hay que descontar los costos de producción, incluidos los salarios de los dos panaderos que trabajan para la Acajutlas Locos. No hay que haber estudiado un máster en administración de empresas para concluir que, aunque en verdad quisieran dejar de extorsionar, este proyecto no es una alternativa real para las no menos de 25 familias de los barrios La Coquera y La Atarraya vinculadas a la pandilla.

—Vamos a platicar la playa –me dice Stocky.

***

—Acajutla no aceptó ser municipio santuario; el alcalde no quiso.

Habla Moisés Bonilla. Trabaja desde hace 14 años en puestos de confianza de la municipalidad; que haya sobrevivido a cuatro alcaldes, en este país, habla bien de sus capacidades. Ahora es gerente de Proyección Social, aunque lo relevante para esta historia es su rol como director ejecutivo del Proceso.

—Mijango vino a Acajutla a presentarnos lo suyo, pero no nos pareció. ¿Por qué? Sentimos que él quería mucho protagonismo.

El mediador Raúl Mijango y el pandillero Stocky confirman la reunión, celebrada en las primeras semanas de 2013, cuando los promotores de la Tregua trataban de seducir a alcaldes de ciudades violentas para integrarse en lo que primero se conoció como “Municipios santuario”, y luego, ante el aluvión de críticas, se rebautizó como “Municipios libre de violencia”.

La versión de Mijango difiere tantito: “La alcaldía solicitó que no se hiciera público, pero sí hay un acuerdo, y eso es lo importante: nuestros promotores dan atención en Acajutla. ¿Por qué pidieron que no fuera público? Porque vieron que los medios, en lugar de apoyar, lo que hacían era criticar a los alcaldes que se sumaban”.

Acajutla ha estado fuera del escaparate de la Tregua, alejada del foco de una prensa a la que le da pereza investigar lo que sucede lejos de la capital. Pero eso no ha impedido que surjan sonoras críticas a escala local.

—Hay gente que ve mal el acercamiento del alcalde con los muchachos –dice Moisés Bonilla.
—Me dijeron que los recibe en su despacho.
—Es cierto. Vienen a veces a pedir trabajo, o porque no tienen para comer. Y por recibirlos y atenderlos, hay gente que llama al alcalde el amigo de los mareros.
—¿Cómo justificar ante la opinión pública ese acercamiento?
—Con el proyecto del PNUD se hizo un estudio y salió que hay más de 600 mareros que, independientemente de que sean o no delincuentes, son seres humanos, ciudadanos salvadoreños. Tampoco hay que olvidar que aquí todos nos conocemos. Yo vivo en la Acaxual I y conozco a todos los muchachos de la colonia.
—¿Eso explicaría también que la empresa privada apoye el Proceso?
—Nosotros como alcaldía nos reunimos con representantes de la empresa privada, les planteamos la situación, y algunos dijeron: si es para salirse, yo pongo un horno o lo que se necesite, pero supervisado por la alcaldía. Y así se está haciendo. La gran ventaja de la empresa privada es que da la plata y ya, sin problemas con la Corte de Cuentas.
—¿Por qué se desplomaron los homicidios?
—Porque aquí vimos el problema de violencia al margen de lo que sucedía en el resto del país. Ese es el valor que ha tenido Acajutla. Si usted va ahorita a la escuela de la colonia San Julián, verá afuera al montón de muchachos, solo que hablando del partido de fútbol del viernes o de cómo el alcalde los ha tomado en cuenta. Al final… no hay otra forma. Los pandilleros son ciudadanos, solo que hasta ahora nadie había querido escucharlos.

***

Igual que hay gente que aún cree que el hombre nunca puso el pie en la Luna, o que Elvis Presley está vivo, no faltarán quienes negarán el milagro de Acajutla. Dirán que los cadáveres que desaparecieron de las calles están sepultados en fosas clandestinas, o que los que dejaron de morir son puros mareros y que para la gente honrada nada cambió.

Pero algo sí cambio. En El Salvador las cifras de homicidios de 2014 se parecerán a las de antes de la Tregua, mientras que en Acajutla el año cerrará con una veintena de asesinatos, muy lejos de los números previos al Proceso. Luego están los detalles: en el baño de estudiantes del instituto nacional no hay ni una sola pintada alusiva a la Mara Salvatrucha, y el subdirector, Víctor Manuel Alfaro, confirma que la matrícula subió de 450 a 560 jóvenes.

Todo esto no quita que cuando se habla –sin grabadora– con mototaxistas, vendedoras, trabajadores, autoridades, profesores o policías, se detecte con facilidad una preocupación por el empoderamiento de la Acajutlas Locos, por su presencia creciente en la vida pública.

Varios se quejaron de que durante las fiestas patronales el alcalde Guadrón autorizó a los mareros a vender cervezas en las calles, o de que da facilidades excesivas a sus familias para abrir ventas. También se ha extendido el rumor de que algunas empresas de la zona portuaria han contratado a homies con salarios generosos, o incluso que los tienen en planilla sin trabajar. Críticas de este tipo se escuchan seguido, pero, en términos generales, podría afirmarse que los acajutlenses saben que, en el tema de la seguridad, viven mejor que hace un lustro.

Hay, sin embargo, un delito que de forma cuasi unánime se juzga descontrolado: la extorsión. El pago a los pandilleros bajo amenaza de muerte es habitual desde mediados de la década pasada, pero el Proceso parece haberlo naturalizado. Quizá por eso las cifras oficiales apenas registran el problema: en los diez primeros meses de 2014 la Policía Nacional Civil solo procesó ocho denuncias.

—Escuchamos rumores de gente que está siendo extorsionada –admite el subinspector De León–, pero tienen miedo y no denuncian.

Salvo que alguien tenga los conectes para quitársela de encima, en Acajutla pagaban y siguen pagando renta a la Mara Salvatrucha los mototaxis, los autobuses, los microbuses, las tiendas, los puestos del mercado, los ranchitos de la playa… hasta los migrantes cuando regresan desde Estados Unidos a visitar a algún familiar, o los embarcados, que es como se conoce a quienes, contratados por alguna naviera, se suben a un barco y pasan meses navegando de puerto en puerto, embarcando y desembarcando, hasta que la nave regresa a El Salvador.

***

—Vamos a platicar a la playa –me dice Stocky.

Caminamos solos el centenar de metros que separan la panadería y la playa que se abre al costado sur de la bocana del río Sensunapán. La hostilidad inicial del Stocky hace ratos desapareció.

—Yo soy del noventa y ocho –dice.

Se refiere a que en 1998 lo brincaron. Stocky dice “Soy de” como el porteño que dice “Soy de Boca”, o el gringo conservador que dice “Soy republicano”, solo que el sentido de pertenencia es hacia una estructura criminal como la Mara Salvatrucha.

Stocky mira el océano, calmado y luminoso, y dice que su hermano está ahora mar adentro, con una lancha que la familia adquirió con un crédito bancario. Su hermano no es pandillero, pero debe formar parte del casi medio millón de salvadoreños –cifras oficiales– que conforma el colchón social de las pandillas. Salió de madrugada con dos adolescentes que sí vacilan con la Mara. Se paga bien el dorado en estos días, a 1.40 dólares la libra, y si acompaña la suerte, en una salida se le pueden robar al mar hasta mil libras.

—¿Por qué la Mara sigue cobrando la renta? –pregunto.
—…
—Escuché que cobran a los embarcados.

Un embarcado que se embarca por primera vez gana unos 700 dólares al mes. Si tiene experiencia, el salario sube hasta los 1,000 o 1,200 dólares. El embarcado pasa cinco, seis o diez meses en el mar, sin apenas gastos, y el jugoso cheque le espera cuando desembarca en el puerto de Acajutla.

—¿Cuál es el problema por dar 100 pesitos al barrio? –dice Stocky–. No es nada para ellos, y a nosotros nos ayuda mucho.
—¿A usted le gustaría que alguien le quitara 50 libritas del pescado que trae su hermano?

Stocky calla unos segundos, como si buscara la respuesta con la que quisiera zanjar el tema.

—La renta de años se cobra en El Salvador –dice–, ni siquiera la inventamos nosotros. En la guerra se extorsionaba. Hacemos lo mismo que en su día hizo el FMLN.

***

Son las 11 y media de la mañana, hora de mucho movimiento en la subdelegación de la Policía Nacional Civil. En unas sillas plásticas cerca de la entrada tienen sentados a dos jóvenes enclenques: uno tiene 23 años, calza chanclas y dice ser panadero; el otro tiene 19 años, calza Nike, lleva cachucha y dice ser corralero en la Hacienda Kilo 5.

Un agente que parece recién salido de la academia les hace preguntas obvias –nombre, padres, dirección, tatuajes sí o no, altura…– y con las respuestas rellena sendas fichas. Pero a cada rato llega Fredy, de investigaciones, y los cuestiona con preguntas más elaboradas. Fredy viste tan desaliñado que no parece un policía; ahora lleva unos pantalones beige un par de tallas más grande y una camiseta blanca con una muñeca pintada que dice “Mom, I Love U”.

La pareja de enclenques iba en moto por el bulevar 25 de Febrero, los pararon en un retén junto al obelisco y los remitieron por indocumentados. Les han pedido los celulares. Fredy los analiza en algún cuarto adentro. A cada rato sale y pregunta algo con tono serio. No hay problemas con el supuesto panadero, dice, pero en el teléfono del supuesto corralero han hallado “música de mareros”, y entre los contactos hay dos números que el sistema atribuye a pandilleros activos.

—¿El chip es suyo? –pregunta Fredy en otra de sus salidas.
—Sí.
—Lo tenemos que decomisar. Pueden irse, pero usted tiene que firmar que deja esto aquí, para que lo investiguemos. Solo que ahora estoy ocupado con otro papeleo. Si tiene prisa, le doy una hoja en blanco, la firma y luego la relleno.
—Está bueno –dice el supuesto corralero con una naturalidad que invita a pensar que no es la primera vez.

Al rato le traen su teléfono abierto. Lo revisa y de inmediato comprueba que, además del chip, le falta la tarjeta de memoria.

—Falta la memoria. Yo vi que los agentes del retén se la quitaron –se atreve a reclamarle a Fredy.
—¿Está seguro de que tenía memoria?
—Sí… si yo música venía escuchando en la moto.

Fredy grita que identifiquen a los agentes del retén, que quiere sus nombres para preguntarles por radio si saben algo. Los cinco o seis agentes que en ese momento pasan cerca se percatan de la situación. “Estos bichos mienten seguido”, dice uno. “Si como dos dólares vale esa mierda, ¿para qué la bulla?”, emplaza otro al supuesto corralero.

—Vaya… no hay problema… puedo comprar otra memoria –dice, consciente de su situación.

Al poco le traen la hoja en blanco, estampa su firma solitaria, y él y su amigo salen cabizbajos de la subdelegación. En cuatro horas, el jefe de todos estos policías me dirá sorprendido que el 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías.

***

Faltan minutos para el mediodía cuando me despido de Stocky. Camino por la playa hasta el barrio La Atarraya, donde me ha dicho que puedo fotografiar placazos recientes de la Acajutlas Locos. Los hay vistosos y coloridos, otros viejos; abundan las garras, las lápidas, las calaveras, la omnipresente MS-13. Pero los que más se repiten son las amenazas tipo “Muerte al soplón” y “Ver, oír y callar”.

Voy cámara en mano y me detengo a cada rato. Al doblar una esquina, un niño de unos 12 años en labores de vigilancia me mira extrañado. Se calma cuando le digo que vengo de hablar con los muchachos. En El Salvador pocos lugares serán tan seguros como una cancha de una pandilla cuando se tiene el aval del palabrero.

Junto a la Capitanía del Puerto paro un mototaxi y, como es hora de almuerzo, le pido que me acerque al mercado. Justo aquí inicia el barrio La Playa, los 500 metros lineales junto al mar con sus incontables casas abandonadas, desmanteladas, semiderruidas, consecuencia de la aniquilación del Barrio 18.

—Por esta calle hace tres años no podíamos pasar –dice el mototaxista cuando se convence de que soy periodista–. Acá estaba la otra pandilla.
—¿Ahora es mejor?
—Sí, corazón –responde.
—¿Usted no paga renta?
—Yo no, porque el mototaxi no es mío, pero el dueño sí. Y está bueno, porque ahora yo trabajo hasta las 7 de la noche, y me muevo tranquilo hasta por los cantones. Sé que no me va a pasar nada aunque lleve a dos manchados, no como antes.

En mi libreta anoto el enésimo ejemplo de naturalización de la violencia que he escuchado esta semana. Ante la débil presencia del Estado salvadoreño, un sector de los oprimidos incluso agradecen su condición al opresor, como un mal menor. El Proceso en Acajutla ha salvado docenas de vidas, pero también parece estar creando la dictadura perfecta.

Sandra Rojas vive en una casa de dos pisos con una biblioteca modesta y tés de muchos sabores en la despensa de la cocina. Bajo una luz amarilla, un hombre con rastas y un niño miran un cuaderno. Son las siete y treinta de la noche, y la mujer que desde hace dos décadas toca el bajo y canta con Polikarpa y sus Viciosas ya está empiyamada. Lleva el pelo de un rojo apagado y rapado el costado izquierdo de la cabeza. Un tatuaje de cráneos grisáceos se asoma por la manga derecha de su camisa.

—Yo vivía en Chapinero Alto, en la 64 con primera, y a la vuelta de mi casa había una calle cerrada y un parque que daba hacia la carrera tercera, pegadito a una invasión. Mi papá era el típico cachaco de clase media y nos tenía prohibido ir hacia ese lado porque “Allá vive una gente terrible”, decía.

Es amable. Me recibió con una hospitalidad que no esperé encontrar después de escuchar tantas veces Machos, la canción de finales de los noventa en la que despotricaban contra los hombres. Confiesa que cuando tenía siete años esculcó un cajón de su papá, se robó un par de monedas y se voló hacia el barrio de invasión.

—En la plaza de mercado vendían unos heladitos de barrio que costaban veinte pesos, y me compré uno con esa plata. Luego me hice amiga de un chico de por ahí, y armamos un equipito de béisbol. No sabes cuánto le agradezco a esa gente, la “gente terrible”. Me cambió la vida.

Dante, su hijo de seis años, está haciendo tareas junto al padre, Emiliano, de 44. Después de un largo silencio, Sandra dice:

—Mierda, la vida se pasa muy rápido. Este año cumplo cuarenta.

Sandra se graduó del colegio en 1993 y entró a la Universidad Javeriana a estudiar Artes Audiovisuales.

—El primer trabajo que tuve fue en un programa cultural para un canal nacional. Ese ha sido el explotadero más grande de mi vida. Tenía que hacer de todo: investigación, libretos, programar al camarógrafo, producción, realización, recoger a la presentadora en un carro destartalado y cuadrar la alimentación del equipo. Fue como un año de camello por el que sólo me pagaron 500.000 pesos. Ahora es diferente, porque trabajo en Cátedra de Derechos Humanos.

El trabajo que hoy hace (en el que, entre otras cosas, debe coordinar desde el diseño de un flyer hasta una charla) es eso que el punk y la gente terrible le enseñaron a observar en detalle.

—Llegué al punk por andar callejeando desde que tenía la edad de él —dice, y señala, apretando los labios, a Dante.

Al terminar el colegio empezó a andar con un grupo de skinheads denominado REA (Rechazo a la Explotación Animal), en el que sólo había cuatro mujeres; allí conoció a las otras polas: Lorna Vázquez y Paola Loaiza. Lorna tocó la guitarra durante dos años y luego la remplazó Andrea Rico, sustituida posteriormente por Marcela Uribe. La formación actual se estableció años más tarde.

—Mamá, ¿Lorna ya dejó de tocar? —pregunta Dante.
—Lorna ya dejó de tocar, mi amor. Se volvió cristiana.

***

Existe el mito urbano de que Polikarpa y sus Viciosas fueron las primeras punkeras en la escena under bogotana, y eso no es del todo cierto.

—Tienen mucha importancia porque ellas fueron la primera banda completamente femenina —dice Marco Sosa, fundador de la librería anarquista La Valija de Fuego—, pero hubo mujeres antes de ellas que hicieron punk. Jessica, de Sin Pudor, tocó en muchas bandas antes. Lo que sí es completamente cierto es que revolucionaron la escena con su pelo de colores, minifalda y una propuesta musical diferente, influenciada por el hardcore punk polaco, aunque en principio no fueron bien recibidas.

En el estudio de la casa, junto a su bajo y una planta de diez vatios, Sandra nombra algunas bandas colombianas de los años ochenta y noventa en las que tocan o tocaron mujeres: Demencia Libertaria, con Rocío en la voz y la batería; Fértil Miseria, con Yolanda en la batería, Piedad en el bajo y Vicky en la voz; I.R.A., con Mónica Moreno en la voz y la batería.

Mónica Moreno, ícono femenino del punk paisa, dice:

—A las Polikarpas las he visto siempre igual: el sonido, el discurso y la estética. Su proyecto está bien definido y se mantienen después de 20 años.

***

—¿En qué momento decidieron armar la banda? —le pregunto a Sandra.
—Un día les dije a Paola y a Lorna: “No, no, señoras, yo no soy dama de compañía de ningún man”. Y arrancamos a tocar en el ensayadero de Skartel. Montamos cuatro canciones y grabamos un casete, muy mal grabado, por cierto. Nos invitaron a tocar por primera vez en el Colegio Emilio Valenzuela. En esa época, muchos toques se hacían en colegios. Después, una gente de la Javeriana nos grabó cinco canciones, las mandamos a la convocatoria de Rock al Parque y quedamos. Así pasó todo, de golpe.

Una tarde, en la Universidad Javeriana, Sandra se encontró con su amigo Jorge Pizarro (el fotógrafo y músico), que venía acompañado de la mujer que completaría esta trinidad femenina del punk bogotano: Andrea Restrepo.

***

Andrea está sentada frente a dos vasos de café y se arregla con los dedos el flequillo negro que le cubre parte de la frente. Lleva puesta una chaqueta negra al estilo The Ramones, botas, bufanda roja y unas gafas oscuras, redondas y grandes que, debido a una pequeña infección ocular, no se quitará durante la entrevista.

—Yo voy a hacer las preguntas, ¿vale? —me dice.
—Vale.

Sólo formula una.

—¿Leíste mi tesis?
—No…

“Una lectura de lo real a través del punk”, artículo publicado en la revista Historia Crítica, de la Universidad de los Andes, es una versión reducida de su tesis. Es quizás, junto con el libro Punk Medallo, de David Viola (I.R.A.), uno de los documentos más juiciosos que se han escrito sobre el surgimiento del punk en Colombia, más específicamente en Medellín. De acuerdo con el artículo de Andrea, este género musical fue una reacción al narcotráfico, al fenómeno del sicariato y al desinterés estatal por la juventud marginal. En un texto publicado en 2012 por la revista Universo Centro, Ignacio Piedrahíta escribió: “Sin instrumentos ni conocimientos musicales, los punks respondieron con un ‘No’ filosófico y estético a los engañosos valores de la moto fácil y el plomo gratis”.

Andrea tiene 37 años y es, en cierto modo, el resultado de un devenir familiar marcado por las humanidades: una abuela socióloga y fundadora en los años setenta del primer movimiento feminista socialista colombiano; un padre rockero, guitarrista de las legendarias bandas Los Flippers y Malanga; y una madre corresponsal de un diario español de izquierda.

—Polikarpa transgredió el orden machista del punk en la Bogotá de los noventa —dice Andrea—. Polikarpa reivindicó a las mujeres en el escenario musical y político del país. Es que el punk debe ser eso, una reacción política contestataria; para mí, es importante cuestionar lo que han sido el sistema patriarcal y la participación de las mujeres en lo social, y aunque creo que el punk no genera grandes procesos reales de transformación, sí acompaña y agiliza causas políticas. Es un motor. Pero si el punk no se articula de manera consciente, no sirve para nada.

Historiadora de la Universidad Javeriana, Andrea trabajó entre 2005 y 2007 con el sociólogo y periodista Alfredo Molano reconstruyendo historias de algunas comunidades del Putumayo. Luego colaboró con la Red de Mujeres Combatientes y con la Red de Conflicto Armado Colombiano. Actualmente se enfoca en el derecho a la paz y en las víctimas de la violencia.

Se levanta a las cuatro y media de la mañana, pues tiene un hijo que va al colegio; trabaja en una oficina de ocho a seis; y por si fuera poco, cursa un máster en Género y Políticas Públicas en la Universidad de los Andes.

—Durante muchos años, Polikarpa se centró en el movimiento de mujeres, pero al tiempo trabajamos en una campaña en contra de Coca-Cola y en contra de la minería. Para eso estudio y para eso trabajo. La única coherencia posible dentro de un ideal es convertirlo en trabajo y política diarios.

Sale del café y camina con prisa. Estira el brazo, pero ningún taxi para.

—A ver si hago bien la cuenta —dice Andrea mientras espera—. Primero salió un casete, después el CD con Libra, luego el sencillo de Animales muertos, siguió uno que nos produjeron en Japón con Defuse —banda integrada por mujeres japonesas—, sacamos un siete pulgadas en Europa con distribuidores independientes y nos acaban de reeditar el primer disco en acetato, en Holan… ¡Taaaxi!

Antes de cerrar la puerta, me dice que “la más entregada a la música en la banda es Paola”.

***

Junto a un semáforo de la avenida 19, Paola Loaiza, baterista y una de las fundadoras de Polikarpa y sus Viciosas, levanta la mano, la sacude, y sonríe. Tiene el pelo pintado de fucsia, como una muñeca, y camisa, chaqueta y pantalón negro.

—Qué pena. Llegué hace tres días a Bogotá y me la he pasado con Nawal (su hijo de 20 años) de un lado a otro, de una casa a otra. Por eso la demora.

A primera vista, es la más punkera de las tres integrantes de la banda. Nació en el Caquetá, pero a los cinco años, después de la muerte de su padre, se vino a Bogotá con su mamá y sus dos hermanas. De niña ayudaba en Sanandresito con los mandados a cambio de muñecas y estudio, pero a los doce se fue de la casa.

—Rodé mucho. Viví con skinheads y con punkies. Después de un tiempo terminé trabajando en una pescadería (que luego se convertiría en un clásico ensayadero). Cuando nació Nawal yo tenía 17, y su nacimiento es, en cierto modo, parte del nacimiento de la banda.

Con una cerveza en la mano, dice que esperemos a unos amigos.

—Yo lo hice todo al revés: me fui de la casa, tuve mi hijo y luego validé el bachillerato. Se supone que uno primero estudia y luego hace su vida, como Sandra y Andrea. Pero no me quejo, siempre he llevado la vida que quiero y afortunadamente vivo de la música.

En el 95, Nawal sufrió una neumonía que obligó a Paola a aceptar la propuesta de salir en un comercial de Pony Malta. La banda (especialmente Sandra, a quien confundían con Paola) fue señalada de hipócrita y capitalista.

—Con mi hijo de meses en el hospital, tuve que aceptar. El día del rodaje, en el chorro de Quevedo, llegaron todos los punkeros y pensé: “Ay jueputa, me van a cascar”. “¿Usted qué está haciendo?”, me preguntaron, y les dije que estaba trabajando, que si querían Pony. Me tocó parármeles. Del susto que tenía, se me salió la malta por la nariz en plena grabación. Tiempo después, en un concierto que hicimos con Fértil Miseria, dos chicas lanzaron panfletos que decían “Pony Malta y sus Ambiciosas” cuando íbamos a empezar a tocar. Me paré de la batería y les dije que por qué se gastaban la plata del chorro en pendejadas.

Compramos una botella de whisky en la 19 con octava y seguimos caminando. Sin darme cuenta, me he unido a un jolgorio de amigos íntimos que celebran el regreso de Paola a la ciudad.

—Yo siempre he sido de contactos —dice Paola—. En los noventa me escribía con gente de afuera: yo mandaba discos y fanzines para que ellos me enviaran su música. A eso me dediqué: a vender música y a conocer gente de otros países. Y todos esos contactos dieron pie para organizar la primera gira de la banda en Europa. Allá, al final de cada concierto, poníamos cumbias y otras músicas colombiana. Si vieras a los europeos enloquecidos con nosotras.
—¿Por qué volver a Bogotá?
—Viví en Medellín como desde los 20; hasta ahora vuelvo a Bogotá. Es que mi vida siempre ha sido la música. He tocado con muchas bandas y hasta tuve una escuela para niños, casi todos especiales, que se llamó Walden, como el libro de Thoreau. En Walden di clases de shaolin, de música y de arte, porque mi exesposo es pintor. Luego colaboré con Comfenalco en la organización de exposiciones de arte. Ahora estoy acá y ya veremos.

***

Fue en 1994 cuando las Polas jugaron con el nombre de la heroína revolucionaria Policarpa Salavarrieta y se inspiraron en algunos de sus principios para hacer música. Hoy, 17 de agosto de 2014, después de 20 años, están en el escenario Plaza del parque Simón Bolívar cantando No al servicio militarBotín de guerra y Libertad, en la duodécima edición del festival más grande del continente. Policarpa las sigue inspirando.

A su inventor nadie lo conoce. Tampoco hay certeza sobre cuándo comenzaron a venderse en los pueblos y ciudades de la frontera norte de México. De lo siguiente no hay duda: los únicos compradores de estas pantuflas son los migrantes que están a un paso de recorrer el último tramo de su camino hacia lo que miran como su tierra prometida. El anónimo creador de tan singular invención tuvo ingenio: la suela de las pantuflas son de alfombra, para que las huellas de los caminantes no queden grabadas en la tierra del desierto de Arizona.

Bajo la sombra tímida de un árbol de mezquite, en un patio con el piso de tierra, entre muebles viejos y partes de automóviles, hay tres máquinas de coser con las que Lidia crea las pantuflas para los migrantes. Hace dos años comenzó el negocio. Antes sólo se dedicaba a coser ropa ajena. Un hombre que sabía de sus habilidades como costurera, y que era guía de migrantes en el desierto, le propuso dedicarse a la fabricación del extraño calzado; le llevó un par como muestra y le pidió hacer una versión mejorada. Las primeras las hizo de mezclilla. Ahora, la pantuflas que Lidia confecciona llevan cintas para poder atarlas sobre los zapatos y son de una tela estampada con hojas y ramas de tonalidades pardas, los mismos colores que predominan en el desierto. Y claro, lo que nunca cambió fue la suela de alfombra.

—El señor que me trajo las primeras, me dijo que era muy buen negocio. Y como en Altar nadie las hacía, pues sí nos fue muy bien. El año pasado estuvo muy suave, trabajábamos mi esposo, mis hijos y yo. Hacíamos 160 al día. Ahorita hago 50 o 60, porque está muy calmado.
— Si ya no llegaran migrantes a Altar, ¿qué haría?
—Pues dejar de trabajar. No hay otro trabajo para uno. Acá, para todo, dependemos de los migrantes. Todos dependemos de ellos.

Lidia no exagera. En Altar, Sonora, de acuerdo con datos de la propia presidencia municipal, más del 90 por ciento de los habitantes dependen económicamente de quienes buscan cruzar a Estados Unidos. Por ellos es que los habitantes de esta comunidad de calles polvorientas dejaron a un lado la agricultura y la ganadería para abrir casas de huéspedes, hoteles, embotelladoras de agua, puestos callejeros, tiendas de abarrotes.

Altar, Sonora, no es el único sitio que vive de los migrantes, pero sí es la comunidad en donde el negocio se muestra sin disimulo.

En México, de Sur a Norte, toda una economía se sostiene gracias a las más de 400 mil personas que al año —de acuerdo con la cifra presentada en 2012 por la Organización Internacional para las Migraciones. El Instituto Nacional de Migración reporta 140 mil deportaciones al año— cruzan el país para llegar a su meta: Estados Unidos.

Una economía que mueve millones de dólares, que deja ganancias a personas como Lidia, pero también a grandes empresas. Y no se diga al crimen organizado.

Como bien dice el investigador Rodolfo Casillas, pionero en el estudio de la migración centroamericana, la economía que genera esta población “está en pleno crecimiento, en pleno desarrollo y tiene actores múltiples”.

***

Viajar al Norte. Llegar a Los Ángeles, California, y encontrarse con su tío que vive en esa ciudad que se mira tan bonita en las películas y en las series de televisión. El tío le ayudaría a conseguir trabajo, también le mandaría dinero para costear el largo viaje. Algo así pensó David cuando decidió guardar sus herramientas de soldador, cuando se cansó de vivir en un lugar donde escasea el trabajo y abunda la violencia, cuando tomó una mochila y dejó Choloma, Honduras.

Conozco su historia en el Centro Comunitario de Atención al Migrante y Necesitado (CCAMYN), de Altar, Sonora. David tiene 22 años y una voz de susurro. Es necesario afinar el oído para escuchar bien la narración de su travesía:

“Tengo dos meses y medio de viaje. Salí de Choloma y tomé un camión que me llevó hasta Tecún Umán (Guatemala), por ese viaje pagué dos mil lempiras (poco más de 1200 pesos). Para cruzar el río y llegar a México no pagué, porque me lo eché nadando. Agarré la combi para Tapachula, me cobraron 500 pesos; íbamos como 15 migrantes. En Arriaga (Chiapas) me subí al tren. Ahí, la mafia, me cobró cien dólares; pagué otros cien en Tierra Blanca (Veracruz) y otros cien más adelante, ya no me acuerdo cómo se llama el lugar…”

***

El negocio es grande y diverso.

En la frontera sur de México hay toda una red de camionetas para trasladar a los migrantes a la base del tren; en Tuxtla Gutiérrez funcionan los “tijuanas”, camiones turísticos que cruzan el país para llegar a las metrópolis de la frontera norte. En Tenosique, Tabasco, por 15 pesos los migrantes pueden comprar un cartón para dormir junto a las vías. Los que tienen más de recursos pagan 150 pesos por pequeños cuartos. Diez pesos puede costarles el minuto en una llamada telefónica. En Ixtepec, Oaxaca, hoteles y moteles viven por los migrantes que llevan los coyotes.

La hermana Leticia Gutiérrez, directora de la misión para migrantes y refugiados de las misioneras Scalabrinianas, recuerda que hace unos años en Tierra Blanca, Veracruz, los pobladores sacaban sus mesas y las instalaban cerca de las vías del tren con letreros como estos: “Se renta teléfono”.

Los detalles del viaje de David se siguen escuchando bajito, como si tuviera miedo de gritar y despertar a un bebé o a una bestia:

… En Lechería lo asaltan a uno. Cuando llega el tren ya están ellos esperando, son como 20 o 30. Son mexicanos, hondureños, de varias partes. Dicen que son zetas y que tenemos que pagar. Me quitaron 200 pesos. A varios los golpearon, los agarraban con machete. Ahí me quedé a dormir en la calle y la ley, los policías, también me quitaron como 300 pesos. De Lechería me fui a Huehuetoca (Estado de México). Seguí en el tren. En Mazatlán, una bolsa de papas me la vendieron a 30 pesos; las tortillas de harina a 40 y una Coca cola de esas chiquitas, de lata, me la dieron a 20. Por acá, las cosas están muy caras. Ahí me cobraron 40 pesos por dormirme en el suelo…

El investigador Rodolfo Casillas reflexiona que un delito mayor no existe sin muchos delitos menores y que los negocios, y los delitos, se transforman con los tiempos.

“Delitos pequeños evolucionan hasta profesionalizarse en delitos mayores como las extorsiones o los secuestros”.

Hace tiempo que los migrantes dejaron de ser sólo consumidores. Hace tiempo que los migrantes también son la mercancía.

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“Es desangrar al migrante por donde se deje”, lamenta Fray Tomás González, director de la casa del migrante “La 72”, en Tenosique, Tabasco.

En abril del 2014, el sacerdote acompañó el viacrucis migrante, que salió de Tabasco y llegó hasta el Distrito Federal sumando mil 200 caminantes. Así, lograron que la Secretaría de Gobernación les otorgara permisos de tránsito por México.

Al término de esa caravana, Fray Tomás y otros defensores de derechos humanos concluyeron que el crimen organizado perdió “alrededor de 60 millones de pesos” de los migrantes.

Fray Tomás explica el cálculo: si cada uno de los mil 200 migrantes hubiera pagado 500 dólares de extorsiones durante su viaje en el tren; si decenas de ellos hubieran sido secuestrados con rescates de 5 mil dólares por cada uno, si cada uno hubiera pagado a un coyote o pollero se llegaría a esa cifra. Sólo lo que les quita el crimen organizado.

El hondureño Azael Cruz, que parece menor de edad, caminó con la caravana. En Carolina del Norte, Estados Unidos, su abuela lo espera.

Azael dejó la caravana en el Distrito Federal, después de obtener el permiso de tránsito por México. Tomó un par de autobuses para llegar a Altar, Sonora, y alcanzar a un amigo hondureño.

“Mi amigo conoce al coyote y no sé en cuánto quedaron para que nos pase. Yo tengo dos mil dólares. Ya me los mandó mi abuela y en estos días salimos”.

Es mayo y Azael aún está en Altar, esperando poder cruzar el desierto. Pero, aunque su abuela le mandó dos mil dólares, él ya no tiene dinero. Los dólares los tiene el coyote.

***

Sobre la carretera que cruza Altar y dentro del poblado hay varios puestos callejeros que venden casi lo mismo: mochilas, sudaderas, pantalones, gorras y paliacates en tonos camuflados; cobijas, rosarios, zapatos, camisetas, calcetines y, por supuesto, pantuflas.

En todas las tiendas de abarrotes de Altar se pueden comprar analgésicos, sueros y galones de agua en envases de color negro.

Los galones oscuros son otro producto fabricado para los migrantes, si llevaran su agua en envases de color blanco, el reflejo de la luz los delataría ante la Patrulla Fronteriza.

Durante algún tiempo, los galones se pintaban de color oscuro. Hace cuatro años, el señor Martín, de 70 años, comenzó a fabricar los primeros envases con plástico negro. Él también tiene una historia migrante: nació en Zacatecas, fue jornalero en Estados Unidos y hace ya varias décadas se estableció en Caborca, Sonora.

—Primero empecé a traerlos de Monterrey. Después compré una máquina para fabricarlos. Ahora vienen de toda la región a comprarme. En temporada buena vendemos de 500 a 600 galones diarios. Hay un señor que a la semana o cada 15 días se lleva mil 600.

El “señor” del que habla el fabricante de los envases forma parte del grupo del crimen organizado que actualmente controla el tráfico de migrantes en esta región de Sonora.

***

El negocio de la migración no sólo se concentra en quienes viajan al Norte. También hay quien gana millones cuando los migrantes no logran su objetivo y regresan al Sur. Y ellos no son pocos: de acuerdo con el informe de labores 2012-2013 del Instituto Nacional de Migración (INM), de diciembre de 2012 a junio de 2013 hubo 40 mil 92 retornos asistidos de centroamericanos.

La empresa de autobuses turísticos Space Tours, de Adán José Lecona Guizar, ha firmado desde el 2003 varios contratos con el INM para repatriarlos. En 2012 obtuvo tres contratos por más de 15 millones de pesos. En 2013 por el servicio de traslado durante un mes recibió 3 millones 819 mil 864 pesos. A principios del 2014 obtuvo de manera directa un contrato para todo el año por 37 millones 542 mil 229 pesos.

Otra empresa que goza del negocio de repatriar migrantes es Pullman de Chiapas que, de manera directa, recibió del INM un contrato de 78 millones 420 mil 676 pesos.

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María recuerda cómo hace 14 años mujeres de Altar se organizaron para regalar comida a los más de 200 migrantes que, en un domingo, se reunían en el lugar.

Fue en esos años cuando Altar comenzó a cambiar.

—Cuando empezó a verse mucha gente, muchos compraron vans para llevar migrantes al Sásabe (población de Sonora, localizada justo en la frontera con Estados Unidos). Se fueron acoplando a este trabajo. —Ella montó un pequeño puesto de comida en la plaza central de Altar.

En la calle que está atrás del pequeño negocio de María hay una camioneta gris estacionada y alrededor de ella hay un par de polleros y unos diez migrantes. Hace unos cuatro años, el mismo ayuntamiento registró todos los vehículos utilizados para el transporte de migrantes al Sásabe; contabilizó 400 camionetas. Hoy, la presidenta municipal asegura que hay menos de cien en operación.

A una cuadra de ahí, una pequeña ventana funciona como taquilla para la venta de boletos de autobús que se dirigen a Chiapas. Los camiones que salen de Altar van casi vacíos, a veces sólo llevan a uno o dos pasajeros, migrantes que fracasaron en su intento por llegar a Estados Unidos y ya no tienen los 600 a 1,200 dólares que deben pagar si quieren volver a cruzar por el desierto que está más allá de Sásabe.

Todos los días, a unos pasos de esa misma taquilla, llega un camión con migrantes procedente de Tuxtla Gutiérrez, Comitán o Comalapa, Chiapas.

—Antes llegaban hasta tres o cuatro camiones diarios. En ese entonces, el pueblo se alivianó, había mucha actividad. Los negocios estaban llenos. Ahorita aquí la cosa ya se acabó. —Jorge, uno de los hermanos que tiene el negocio de autobuses en Altar, recuerda con resignación y nostalgia los buenos tiempos de su comunidad. No es el único.

Elena, mujer alta y corpulenta, nació en Altar. Ella también se subió al tren del negocio que llegó a su tierra: junto a su casa construyó un par de cuartos que ahora llama casa de huéspedes. A cada migrante le cobra 40 pesos el día.

—Cuando había mucha gente sí convenía, porque cobraba 40 pesos la comida y 40 el hospedaje. En seis meses junté 120 mil pesos. Ahorita, ya no. En Altar nadie está viendo el beneficio de la migración.

La queja se escucha en cada esquina, en cada comercio de Altar. En una tienda de abarrotes la oigo una vez más. Ahí el comerciante me lanza una frase:

—Ahora, el botín ya lo tienen ellos (el crimen organizado). Ellos se quedaron con todo el botín y no ya sueltan nada para nosotros. —dice el comerciante de unos cincuenta años. Cuando termina su frase, se sonroja y repara en sus palabras— Bueno, suena mal que digamos que es el botín, ¿verdad?

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El padre Prisciliano Peraza es famoso dentro y fuera de Altar, Sonora, sobre todo por su trabajo como director del CCAMYN. No habla ni se mira como un sacerdote, parece más un ganadero: usa pantalones de mezclilla, camisas, sombrero y lentes Ray-Ban. Cuando camina por el pueblo va saludando a comerciantes, mujeres y niños.

Siempre que llega un periodista, el padre Prisciliano realiza el mismo recorrido. Como si se tratara de un paseo turístico, lleva a los visitantes a conocer algunas casas de huéspedes con camas de tablón, a la farmacia que vende inyecciones anticonceptivas para las migrantes, a las tiendas de los galones negros y a los puestos callejeros donde venden las pantuflas con suela de alfombra.

Entre el 2005 y el 2006, “cuando se dio el clímax de la migración”, cuenta el padre Prisiciliano— Altar llegó a tener más de 15 hoteles y más de 100 casas de huéspedes. Ahora, asegura, sólo funcionan alrededor de 50 casas. Las cifras proporcionadas por la propia presidencia municipal impactan: en 2010, Altar tenía un flujo diario, en promedio, de 13 mil migrantes. La cifra se desplomó en lo que va de 2014: todos los días pasan alrededor de 124. Estos son los datos de la alcaldía.”

El padre Prisciliano nació en estas tierras del norte, es franco y directo:

“Mucha gente dice que ya no pasa tanta gente como antes. Y sí, ya no pasan los mismos que antes, pero siguen pasando muchos, ¿por qué no cierran las casa de huéspedes o los hoteles? Lo que pasa ahora es que, en Altar, el negocio de la migración está controlado totalmente por la mafia”.

Cuando fue el “clímax de la migración en Altar”, los migrantes que llegaban a esta comunidad pagaban entre 500 y 600 pesos a los polleros que los “enganchaban” en la plaza. Después, el costó subió a 100 dólares, “así se estabilizó como cuatro años”, hasta que mataron “al jefe de la zona”, en 2013, uno de los líderes del Cartel de Sinaloa.

La gente relata que cuando lo mataron la frontera y el pueblo se cerraron durante más de una semana, hasta que llegaron otros “jefes” y definieron las nuevas reglas del negocio. Por ejemplo, aumentar la cuota por cruce: los mexicanos entre 600 y 800 dólares; los centroamericanos entre mil y 1,500 dólares. Otra de las nuevas reglas fue cobrar una cuota de 100 dólares al migrante que quisiera dejar el lugar.

“Pensamos que ya no iba a llegar nadie, nadie iba a poder pagar eso. Aún así llegan” dice sorprendida una de las voluntarias en el CCAMYN.

Al estudiar la migración centroamericana, el investigador Rodolfo Casillas encontró una de las claves del negocio que gira en torno a esta población: “son personas que no tienen dinero, pero sí tienen una gran capacidad para endeudarse.”

***

Desde septiembre del 2012, Martha Elsa Vidrio Federico es la presidenta municipal de Altar, Sonora. Antes de esa fecha era conocida por ser la madre del entonces presidente municipal de Altar, Rafael Rivera Vidrio. Esta familia de políticos panistas también se contagió por la euforia económica que trajeron los migrantes y no quisieron quedarse fuera del negocio: abrieron el Hotel Rivera. Hoy, la alcaldesa también se queja de que la migración ya no es lo de antes.

Hasta le salen las lágrimas cuando cuenta que el único banco cerró hace un año, nadie está pagando el agua, los comercios están bajando las cortinas, las casas de huéspedes y los hoteles están cerrando. El suyo —se queja— ya casi no recibe gente.

—Se nos vino todo abajo –se lamenta en su oficina.
—¿Por qué?
—Se ha asustado mucho la gente (los migrantes) cuando ve al mando único, al montón de patrullas; les da miedo y ya no vienen… Se acabó la migración y todo se nos vino abajo. La economía está muy difícil en Altar.
—¿Los migrantes ya no llegan por culpa del mando único o porque el negocio de la migración lo controla el crimen organizado que cobra “cuota” muy alta?
—Así es. Yo estuve investigando y me dicen que en todas las fronteras es la misma cuota, la misma cantidad. No sé con qué derecho lo hacen. Yo como presidenta municipal no puedo andar directamente arriesgándome, averiguando con ese tipo de personas… Por eso he pedido, buscado el centro de acopio para que fueran debidamente protegidos los migrantes.
—¿Un centro de acopio?
—Desde que estaba el presidente Fox, luego Felipe Calderón y hasta ahora, yo estoy mandando oficios porque quiero un centro de acopio de migrantes. Eso vendría a reactivar la economía de nuestros municipios, beneficiaría a los hoteles, los taxis, las vans… Un centro de acopio para que (los migrantes) tengan contratos directos con la gente de Estados Unidos, para que el lugar que requiera mano de obra esté conectado con Altar.

La alcaldesa insiste en que la solución económica para Altar es tener un “centro de acopio de migrantes”; algo parecido a lo que fue el controvertido Programa Bracero, acuerdo laboral entre Estados Unidos y México —que funcionó desde la década de los 40 y hasta los 60— y el cual dotó a los trabajadores mexicanos de permisos para trabajar como jornaleros en los campos estadounidenses.

La panista no explica cómo se terminarán las mafias que controlan la migración en el municipio que ella gobierna. Ese tema ni siquiera desea mencionarlo, sólo habla de lo que es su anhelo: “que me apoyen con ese centro de acopio para migrantes, porque si no Altar se va a morir de hambre o se queda como un pueblo fantasma”.

***

David, el hondureño de 22 años y voz de susurro, ya conoció las nuevas reglas de Altar:

Llegué en tren a Caborca. El ride para Altar me costó 200 pesos. Aquí me cobraron mil 500 dólares sólo para cruzar la línea. Ya pagué una vez y no pasé, me dejaron botado en el desierto. No sé si seguir. Llevo un chingo de dinero gastado. Ahorita me están pidiendo 5 mil dólares para pasarme hasta Los Ángeles. Ya le pedí el dinero a mi tío, voy a esperar a ver si me ayuda o voy pa’ tras…

Los más de 25 mil pesos que David ha gastado en su viaje de Choloma al Sásabe no los traía consigo desde Honduras. Los migrantes centroamericanos ya saben que deben llevar sólo lo necesario para pagar las extorsiones, algún transporte, la comida y, sobre todo, las llamadas telefónicas a sus familiares que los esperan en Estados Unidos, para pedir dinero y continuar el camino.

“Es tal el flujo de transmigrantes por México —resalta el investigador Rodolfo Casillas en su estudio Efectos múltiples de las remesas centroamericanas a México— que las remesas constituyen una importante derrama diaria de divisas de un monto impreciso hasta el momento. Estos envíos quedan a simple vista ‘subsumidos’ como parte de las remesas de mexicanos en Estados Unidos a mexicanos en México, lo cual es inexacto”.

México, según el Banco Mundial, está entre los principales países que reciben remesas. Sólo en 2013, recibió 22 mil millones de dólares.

El hondureño David habló con su tío de Los Ángeles cuando estaba en Tierra Blanca. Ahí le pidió que le mandara los 100 dólares para pagar la extorsión del tren. Después le llamó cuando estaba en Puebla, ahí le mandó 100 dólares más. En Altar también lo buscó y le pidió que le enviara los 1,500 dólares para cruzar. El tío así lo hizo: mandó el dinero desde Estados Unidos, utilizando una de las varias compañías que se dedican al envío de remesas. En México, los dólares del tío llegaron a las tiendas Elektra.

Para poder cobrar el dinero, los migrantes deben pedir ayuda a personas con credencial de elector. Los mexicanos que ya saben de esto, cobran entre el 10 y 30 por ciento de la cantidad retirada por el “servicio”. En Tierra Blanca a David le cobraron 200 pesos por retirar cien dólares. En Puebla no le pidieron dinero. En Caborca, “el mero jefe al que le pagué para que me cruzara fue el que sacó el dinero. Mi tío mandó el dinero a su nombre y él fue quien lo sacó”.

El investigador Rodolfo Casillas resalta en su estudio que es posible que “la mayor parte de las remesas para el traslado, o paso por México, se destinan a cubrir ‘los derechos de paso’ exigidos de manera ilegal”.

Hace un par de años, Casillas fue invitado a una reunión sobre migración en la que estaban presentes representantes de distintas dependencias del gobierno mexicano, así como directivos de Elektra y Wester Unión. Cuando se habló del tema de los secuestros y las extorsiones a migrantes centroamericanos, “les dije a los directivos de las empresas: ustedes saben cuánto dinero mandan los migrantes, a qué sucursales llegan, tienen los nombres de quienes cobraron ese dinero, el día y la hora en que lo recibieron. Cuando los envíos son mayores a mil dólares saben que es para pagar un rescate o una extorsión, ¿por qué no existe una colaboración de alto nivel para compartir esa información con el gobierno, para eso no se necesita cambiar ninguna ley, se puede hacer?” La respuesta que recibió el investigador fue un prolongado silencio.

En 2012, Grupo Elektra —de acuerdo con su último informe anual, presentado a la Bolsa Mexicana de Valores en abril pasado— operaba 6 mil 397 puntos de venta. Un año después aumentó a más de 6 mil 700: 4 mil 300 están en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Perú, Panamá y Brasil; y 2 mil 400 sucursales de Advance America en Estados Unidos. Además, Elektra ha firmado acuerdos de colaboración con Wester Union y con Money Gram, las dos empresas líderes en transferencia de dinero.

Si una persona que se encuentra en Estados Unidos desea enviar 300 dólares a México, las empresas de transferencia de dinero cobrarán una comisión que va de los 3 a los 10 dólares, de acuerdo con la herramienta “¿Quién es quien en el envío de dinero?”, disponible en el portal de internet de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco). Y aunque —como bien señala el investigador Casillas— no existen datos de cuánto dinero envían los centroamericanos a sus familiares durante su trayecto por México (para pagar las extorsiones o secuestros), si es posible tener una idea del negocio si, según datos del Banco de México, tan sólo en abril del 2014 de Estados Unidos se enviaron a diferentes estados de México 1 mil 922.66 millones de dólares, utilizando los servicios de estas empresas dedicadas a la transferencia de dinero.

La misionera Leticia Gutiérrez sintetiza así este negocio: “Elektra, Wester Union y Money Gram se han convertido en grandes empresas no sólo como consecuencia del producto del trabajo; es riqueza producida por el soborno, el secuestro y la sangre de muchos migrantes, porque son las empresas a través de las cuales se paga la extorsión y liberación de un secuestro. Si Elektra o Wester Unión juegan en la bolsa de valores no lo hacen con dinero bien habido, es un dinero que lleva sangre, muerte y dolor de muchas familias”.

Los migrantes —remata la misionera— son un botín para muchos.

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David, el hondureño, se quita su cachucha y se frota la cabeza. No sabe qué hacer. Si su tío no le manda más dinero, deberá volver a Choloma, Honduras, donde lo recibirán sus viejas conocidas: la violencia y la pobreza. Por lo pronto, aquí en el albergue del CCAMYN de Altar puede comer sin pagar. Mientras espera una respuesta de su tío de Los Ángeles, trabaja limpiando coches en el estacionamiento de un OXXO.

En este albergue los migrantes sólo pueden quedarse a dormir tres días. Cómo David ya cumplió ese tiempo, hoy dormirá en el suelo de una casa de huéspedes donde le cobrarán 20 pesos; si quiere una cobija, tendrá que desembolsar cinco pesos más. Las pantuflas con suela de alfombra que le dieron hace unas semanas en su primer intento por cruzar el desierto ni siquiera las estrenó. Aún las guarda.

Si David decide ir pa’tras y regresar a Honduras, volverá a su patria con una nueva preocupación: que su tío no le cobre los dólares que le mandó para el viaje más caro de su vida.

Los números de 2014

Publicado: 29 diciembre 2014 en Uncategorized

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 250.000 veces en 2014. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 11 días para que toda esa gente la visitase.

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