Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

***

Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

***

La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

La mudanza

Publicado: 27 septiembre 2016 en Mónica Baró
Etiquetas:, , ,

“La independencia de un pueblo consiste en el
respeto que los poderes públicos demuestren
a cada uno de sus hijos”.
José Martí, “Carta a J.A. Lucena”, 1885.

—Me mudaron porque dicen que les hace falta el lugar. Les hace falta el lugar porque van a hacer un trabajo de no sé qué cosa.

Vicente no se conforma. Ni Orestes. Ni Rolando. Agradecen las buenas intenciones de quienes los mudaron a ellos y a otros cientos. Se alegran por los cientos que en pocas horas desarmaron eufóricos sus viviendas, que canjearon montículos de maderas por la llave de un apartamento, o por las llaves de varios apartamentos. Porque era dando y dando: ruinas por llave(s).

La mayoría que eran los cientos no tenía la menor idea de cómo era lo que abría la llave prometida. Hubo quienes ni siquiera visitaron la vivienda a la que iban a mudarse antes de destruir la propia. A veces los custodios que las cuidaban no disponían de llave para mostrar, en caso de que aparecieran candidatos exigiendo ver. No podría decirse que no era parte del trato, pero tampoco que era parte del trato. La inspección previa quedaba en ese limbo de lo que no se prohíbe ni propicia. Muy pocos fueron y echaron su ojeada. A inspeccionar, nadie con quien hablara. La mayoría que eran los cientos tenía el tipo de vivienda que se destruye sin dubitaciones ante la promesa de una llave inaugural, o varias llaves inaugurales. Lo malo conocido era lo suficientemente conocido como para saber que era mejor cualquier bueno por conocer.

Vicente no era de la mayoría que eran los cientos. Ni Orestes. Ni Rolando. Sus casas costaron mucha mandarria destrozarlas. Brigadas musculosas que se beneficiaron directamente o ayudaron al beneficio ajeno. Solo Vicente tuvo fuerza para dar golpes de hierro y ablandar el concreto. Toda una vida de canto y baile trae sus bendiciones. Con 61 cumplidos, su cuerpo todavía puede destrozar la casa construida con casi toda una vida de canto y baile. Orestes y Rolando acumulan más experiencia. La sumatoria de ambos da 172 años. A uno le resta salud la próstata; a otro, la columna. Es decir, el tiempo royendo los huesos. Ninguno de los dos pudo alzar una mandarria y reventar una pared. A la casa de Orestes la sacrificaron albañiles amigos de un hijo suyo mediante una especie de saqueo convenido: no cobraron un quilo pero se quedaron los restos. Ninguno de los tres se acostumbra a mirar el tamaño de su ausencia en el lugar.

Nadie sabe, con seguridad, qué cosa se va hacer con el lugar.

Vicente, Orestes y Rolando son minoría. Pero no los únicos. Hay otro Vicente, otro Orestes, otro Rolando, que se llama Tomás. Hay una Miriam que no se ha mudado porque teme llamarse Tomás. Y hay otros nombres distintos que podrían llamarse Vicente, Orestes o Rolando. También Miriam. Todos, aún, son minoría. Por suerte, residen en un país donde se afirma que las minorías importan.

***

Siete años atrás.

El lugar es La Playita. Reparto San Pedrito. Provincia Santiago de Cuba. La Playita es el seudónimo de un desastre. Puro sarcasmo. Aquí no hay playa ni nada similar. Al lugar lo bautizaron así porque suele inundarse con lluvias intensas. Porque es zona baja y lo atraviesa un río de aguas podridas con reputación de zanjón, pero que es un río y su nombre es Yarayó, aunque desde hace décadas lo traten como cloaca, por las conexiones clandestinas de demasiados hogares al drenaje pluvial.

Este es uno de los primeros paisajes que se le descubre a la ciudad si se entra por tierra: tras pasar la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, descendiendo por la Avenida Juan Gualberto Gómez, justo frente a la terminal de ómnibus, a menos de un kilómetro del Cementerio Santa Ifigenia.

La Playita –circunscripción 37 del Consejo Popular Mariana Grajales, en jerga administrativa– es otro barrio insalubre dentro de ese otro barrio insalubre que es San Pedrito. Su trama es caótica, desfigurada. Un diálogo contradictorio entre necesidad, pobreza y emprendimiento. La gente sabe resolver el diario. Sea por vías lícitas, no tan lícitas pero toleradas, o incuestionablemente ilícitas. El diario. Esa es la máxima que rige todo el diseño. La espontaneidad como respuesta a problemas coyunturales. Crece un hijo, se casa, nace un nieto: un cuarto de tablas al fondo del patio. Y si hay casa de mampostería y placa libre y se resuelve mejor: un cuarto de bloques en los altos.

La población supera la cifra de 1.400. Se acomoda en un aproximado de 500 viviendas. No todas se respaldan con título de propiedad. Algunas tampoco parecen viviendas. Desde inicios de los 60, San Pedrito es zona congelada. Congelar es una metáfora para restringir. Y es muy acertada. Quienes habiten bajo congelación no pueden construir, ni permutar, ni vender, ni etcétera. Su movilidad queda reducida. Esa es una política frecuente para enfrentar barrios insalubres, o ilegales, o ilegales e insalubres. Se espera que así no se expandan. Aunque, en ocasiones, la política no responde solo a un optimismo invertebrado sino, además, a una acción simultánea que fundamenta la congelación. Tal fue el caso, una vez, de San Pedrito.

Desde siempre, San Pedrito ha carecido de sistema de alcantarillado e instalaciones hidráulicas apropiadas. Una red de zanjas se encarga de las operaciones albañales. Hay un recuerdo que conserva una memoria de 81 años, Miriam Vicet, otra Miriam, que habla de inundaciones en 1948. Ya en esa época había casas. Y antes de esa época. Desde principios del siglo XX, San Pedrito existe y con bulla. Montó una conga que le trajo fama, que era competencia dura. Cuando arrancó 1959, ahí no quedaba de qué asombrarse. Se conocía hasta los tuétanos. Incluso lo premiaron por su contribución a la gesta revolucionaria, fundando en casa de Maíta, Guardado No. 60, la primera delegación de barrio de la Federación de Mujeres Cubanas en la provincia, en agosto de 1960. Vilma Espín, presidenta de las federadas, lo visitó tres veces.

En 1963, el trauma Flora aportó al país un mapa siniestro de vulnerabilidades. La zona oriental, por donde el huracán se entretuvo, quedó hecha un harapo. Fue como si algo hubiera agarrado a la isla por la cola y matraqueado con ella hasta descoyuntarla. Fue toneladas de lluvia. Fue inundaciones. Fue 1.126 muertos. Fue 11.103 viviendas desaparecidas y otras 21.486 con daños. San Pedrito, en especial La Playita, se convirtió en la Atlantis del Yarayó. Y el Gobierno fue y vio el horror y decidió mudar.

El destino iba a ser el Microdistrito José Martí. Un asentamiento que se construía con el sistema Gran Panel Soviético (GPS), gracias a una planta de prefabricación donada por los camaradas de la Unión Soviética a la Cuba post-Flora. La decisión parecía más definitiva que una carta astral. A muchas personas las compulsaron a vender sus muebles, porque los apartamentos nuevos venían amueblados y esos armatostes antiguos no les iban a caber. No les iban a hacer falta. Muchas personas vendieron sus muebles. El padre de Cecilia Oriz, de la calle Antúnez, vendió todo y dejó solo las camas donde dormía su familia, porque ya estaba entrevistado, con planilla hecha y numerito en la puerta. Congelaron la zona. Se paralizaron obras de ampliación y reparación. ¿Para qué construir si van a mudar? El asunto parecía bastante serio. Las federadas organizaron trabajos voluntarios y fueron a limpiar y las niñas ayudaron a sacudir. Cecilia fue a sacudir. Las viviendas las iban a entregar listas para vivir. Era solo mudarse. Ni siquiera había que cargar muebles. Pero la ilusión duró poco. Los encargados del otorgamiento ejecutaron un acto de prestidigitación, no se sabe si por iniciativa propia o por órdenes superiores, y empezaron a cubrir las miles de capacidades con gente que aparecía de cualquier parte. A quienes quedaron atrás en la cola, no les explicaron razones.

Al final, lo que cuentan son los hechos. Y el hecho es que los habitantes de San Pedrito no se mudaron a ningún lugar. Aquello no fue más que un reality show. Las viviendas martianas las limpiaron y sacudieron para otros. Las que le tocaron al barrio se podrían contar con una mano. Nadie se olvida de los elegidos que se marcharon, ni de quienes montaron su tinglado en el terruño disponible, ni de quienes agarraron un pedazo para sembrar hortalizas. Ahí se quedaron con su conga, su Yarayó, su delegación primogénita, sus numeritos en las puertas. Muchos, sin muebles. Congelados todos, con el argumento de que todavía los iban a mudar. Hasta que en 2009, más de 40 años después de aquella premonición de mudanza, los astros se alinean de manera insólita.

El Partido Comunista de Cuba (PCC) barajea la política nacional y en la repartición a Santiago le cae un As. El maestro Lázaro Expósito, un cuadro con la rara cualidad de ser más líder que cuadro, es designado primer secretario en la provincia. Le precede la legitimidad que su trabajo le ganó en Granma, donde ocupaba el mismo cargo desde 2001. Lo respetan primero porque sus resultados son visibles y ponderables, segundo porque su militancia no se agota en reuniones, tercero porque la gente siente que no ha dejado de ser parte de la gente. Pero Santiago es, en todos los sentidos, una bola de fuego. Lo que para La Habana es rebeldía, para Santiago es mero desparpajo, un performance. Y a pocas semanas de oficializarse en la ciudad, el As debuta en el juego.

Unas intensas lluvias activan el Consejo de Defensa Provincial. Asume el mando. Se inundan comunidades en distintas regiones de Oriente. Se inunda, por supuesto, San Pedrito. Se hunde, o emerge, La Playita. Para no perder la costumbre, habrá periódicos que priorizarán la historia de la sequía aliviada y los embalses recuperados. Sin embargo, para La Playita, por ejemplo, será la historia de más pérdidas, del petróleo manchándolo todo, de las zanjas vomitando inmundicias, del Yarayó desbordando sus aguas podridas, de las costras de fango, de la piel restregada conluzbrillante (querosene) para quitar el petróleo. En medio de la desgracia, el primer secretario se presenta en San Pedrito. Les ve la cara a sus dolores. Conversa, no discursa. No utiliza la calamidad de tribuna. Y sus palabras se acogen con esperanza.

A partir de este momento, el año de las inundaciones será el año en que entró Expósito a Santiago y el año en que entró Expósito a Santiago será el año de las inundaciones.

En 2010, empezará el proyecto. Se reactivará la mudanza.

***

Vicente se hizo el hombre que quiso ser en La Playita. De niño fue un callejero consagrado, sobresaliente. La calle fue su talento. Pero no lo malgastó. La calle, ese oráculo subestimado, retribuyó la lealtad. Le reveló lo que debía hacer con su vida antes de alcanzar una edad sensata para preguntárselo. Hay muchas materias que la escuela no imparte, muchas respuestas debajo de las piedras. La base de su formación es una música, una cultura, tan esencial como arrabalera: la rumba. “Miraba y me gustaba y me metía y bailaba y así iba aprendiendo cosas”. Y con la rumba, un poco más profundo, lo afrocubano. Y el tambor batá y el cajón y el palo y los caracoles. De ahí resultó Vicente Portuondo, de una simbiosis entre fe y vocación, que agregó al título de callejero los de bailarín, percusionista, profesor.

La casa a la que iba gente buscando sus criterios profesionales, para entonces ya había prosperado de tablas a bloques, se había convertido en la de cuatro hijos y cuatro nietos y se había expandido para acotejar a la familia multiplicada. “Tenía cinco cuartos. Piso de granito. Clósets. Cocina azulejada. Arriba y abajo placa. Patio enlajado”. Era de una enormidad sin pretensiones, humilde como su entorno, pero resistente a lo que la naturaleza deparara. Cuando el demonio de Sandy atacó la provincia en octubre de 2012 y eligió el viento como arma de destrucción masiva, Vicente permaneció impasible bebiendo vino. Estaba seguro de las paredes y el techo que lo guardaban. Tampoco hubo inundaciones como las de 1963, ni como las de 2009. Meses antes, al canal del Yarayó le habían ampliado las medidas y extraído sedimentos malignos. El río no estaba curado, pero al menos había mejorado su digestión de residuos. Por eso a Vicente le costó entender por qué debía demoler una vivienda que con el huracán no había sentido ni cosquillas. “A mí no me sacaron por Sandy. A mí me sacaron porque a ellos les hace falta el lugar para el proyecto”. En el patio, además, procuraba el sustento familiar criando animales: chivos, ovejos, gallinas, gallos, caballos. Mudarse no suponía un simple cambio de casa sino de vida. Si accedió a irse, fue porque no pudo elegir quedarse.

Los dos apartamentos que le otorgaron en el Asentamiento Yarayó II tuvo que lucharlos. Al principio, ellos, los del proyecto, solo querían otorgarle uno de tres cuartos a cambio de sus escombros. Pero no era justo y protestó porque sus escombros serían de cinco cuartos. Había una esposa, un hijo mayor, y una hija con dos hijos y esposo. No se iban a apretujar en tres cuartos. Los del proyecto aceptaron y concedieron el segundo. “Prepárense que en cualquier momento pueden irse”, dice que les dijeron. El cualquier momento sucedió el 29 de octubre de 2015, que lo anunciaron con casi una semana de anticipación para que despejaran el terreno.

—La casa uno es el que tiene que desbaratarla. Y en el caso mío yo empecé cuatro o cinco días antes porque, ya le dije, mi casa era arriba y abajo.
—Y usted, ¿cómo se sintió? –le pregunto.
—Ah, mija, ¿cómo me voy a sentir? Mal. Todavía estoy mal. No me adapto aquí. Estoy adaptado a tener animales para comer. Aquí no puedo tener ninguno. Y me los robaron casi todos el día antes de venir. Me robaron cinco chivas preñadas. Me robaron un caballo. Que el caballo yo vi cuando me lo llevaban y corrí detrás de la gente, pero tuve que dejar que se fuera porque ya yo estaba durmiendo al aire libre y tenía la cama afuera, el frío… Esto a mí me dejó pérdidas por donde quiera.
—¿Y por qué había que demoler?
—Lo que se dice es que ahí va una avenida, que creo que llega hasta la tumba del Comandante. Esos son los comentarios. Que la carretera tiene que pasar por ahí, que van a fabricar, que no sé qué. Yo lo que sé es que había que irse obligado.

A pesar de las inconveniencias, Vicente fue uno de los primeros en ocupar el edificio donde vive. Se lo entregaron totalmente nuevo. Tanto, que no lo terminaron. Entiéndase que Santiago de Cuba es una provincia en fase de recuperación. Las ráfagas de Sandy acribillaron el fondo habitacional. El 51 por ciento de lo que fuera. Afectaron 171.380 viviendas, derrumbaron 15.889 de las 171.380 (“Ciudad que retoña”, Bohemia, No. 6, marzo de 2013). Hay un programa constructivo acelerado que responde a esa contingencia, que apoyan brigadas de otras provincias y hasta Ecuador y Venezuela. Hay un Plan General de Ordenamiento Urbano, aprobado en mayo de 2014, publicado, en síntesis, por el Instituto de Planificación Física, que fija la meta de crear 29.400 en la provincia con plazo hasta 2025. Entiéndase que no se puede perder tiempo en nimiedades como pegar lozas, nivelar pisos, colocar puertas. No importa que la producción de materiales indispensables para las obras no concuerde con lo planificado. De Santiago nunca se espera menos que heroísmo. Los pueblos heroicos no sustentan planes en el análisis de sus posibilidades sino en la fe en su capacidad de esfuerzo y sacrificio. Esfuerzo y sacrificio han permitido recuperar 62 por ciento del fondo habitacional en tres años. Porcentaje que, según el periódico Sierra Maestra, incluye “105.800 soluciones para derrumbes parciales y totales”. De todas esas soluciones, las que registró la Oficina Nacional de Estadísticas como “viviendas terminadas” por el sector estatal civil en su último anuario de la ciudad fueron 2.254, en 2013; 2.685, en 2014. Las de 2012, por curiosidad: 1.417. Y al concluir 2015, el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, Reinaldo García, informó que 2.632. Entiéndase que ninguno de estos números debería aparecer en la historia de Vicente. Aunque lo montaron en el mismo tren de los damnificados, nunca mereció ese boleto. Y de Flora, ya hacía bastante que se había recuperado.

No es que Vicente sea un hombre ingrato. Es un hombre que aceptó una ayuda en contra de su voluntad. En lugar de preguntarse si su inconformidad clasifica como ingratitud, habría que preguntarse si la ayuda clasifica como ayuda. Hay que disculparle que no salte de alegría en un solo pie. A sus 61 años, cuando ya no cuenta con el recurso de los aplausos, ni el socorro de sus animales, debe volver a construir. “A esto hay que hacerle muchas cosas. Te la dan con este piso, pero este piso no sirve, es cemento que le derriten ahí, le pasan la cuchara y lo pulen un poquito. Los cuartos vienen sin marcos, sin puertas, sin clósets. Es una casa para resolver y sacarnos del lugar”.

De tan nueva que la dan, la dan hasta sin acceso al agua. En enero de 2016, cuando ya casi todos los edificios del asentamiento se encuentran pintados y ocupados, es que se rompe para el hueco de la cisterna. “Es desde las cinco de la mañana: pa-prrrr-ta-pa-pa-pa…”. Las ventanas de la sala de Vicente, en planta baja, se abren a una loma de arena. Las paredes exteriores de su vivienda muestran grietas y golpes. En la pintura, arañazos. “Esto es una falta de respeto”. Una vez cada no se sabe cuánto, mandan un camión abastecedor de agua. Dos veces, desde el 29 de octubre. No obstante, ya esas viviendas las avalaron colocándoles habitantes y pasaron a engrosar la fila de terminadas en 2015.

—Hay muchas personas que sí se favorecieron porque nunca fabricaron y vivían sin nada –reconoce Vicente–. Es como se dice: en casa del ciego, el tuerto es rey. Pero ese no fue el caso mío.
—¿Y la zanja a usted no le afectaba?
—Mija, nosotros estábamos adaptados a la zanja. El problema es que esa zanja es un río. Ahí antes la gente se bañaba, pescaba. Y lo hicieron el desagüe de la ciudad. Pero la zanja para mí… Casi yo me sentía mejor que en esto. Nunca me enfermé, nunca padecí de nada, y desde que estoy aquí no se me quita el catarro.

Si Vicente se hubiera llamado Ramona, no hablaría de la mudanza con amargura. Ramona Guevara es de la mayoría que eran los cientos. Desbarató unas horas antes de mudarse, el mismo 21 de noviembre de 2015. “En La Playita vivía muy mal. Casa de tablas, en lo más bajo, como a una cuadra del río”. Le entregaron tres llaves. Una para su hijo, que tenía un cuarto en el patio con su esposa y dos niños. Otra para su exesposo. Otra para ella y su hija. “Aquí me siento muy bien porque nunca imaginé tener esto. Pensé morirme en mi casita vieja sin poder comprar nada, porque todo se perdía en las inundaciones”. Su principal preocupación es un muro que queda a pocos metros de su puerta, donde se sientan hombres a beber y hablar cosas que ella preferiría no escuchar. Por eso piensa ir a ver a Expósito, para que mande a enterrar unas cabillas en el muro y nadie más pueda sentarse. Sin embargo, a Vicente le tocó llamarse Vicente. Su principal preocupación no son las conversaciones despelotadas que el ron estimula.

—Algo que me está golpeando a mí fuerte es esto que voy a decir: la propiedad de mi casa la tengo ahí, más de setenta años, por mi mamá. Ahora me dan dos casas. Yo pienso que yo pague una sola, que yo no tenga que pagar las dos.
—Pero si la suya estaba pagada, ¿por qué tendría que pagar las que le dieron?
—No… pero hay que pagar. Es obligado así. Todo esto yo tengo que pagarlo, me dicen. Entonces voy a ir adonde tenga que ir, porque si pago, pagaré una de las dos. Si a mí me quitaron una casa más grande. ¡Qué pasa compay!

***

El Quilombo es la idea original del asentamiento donde reside Vicente. Lo denominaron Asentamiento Yarayó I, pero nadie se identifica con esa denominación. El Quilombo sugiere más espíritu, más carácter. Algo con mayores posibilidades de despertar sentido de pertenencia. Un intento quizás por reconocerse en lo nuevo. Porque la gente todavía no se apropia del espacio. Como si no pudiera creer la realidad donde pisa. Las viviendas permanecen demasiado desnudas. El cemento es pornográfico. Permanecen, además, amnésicas. No revelan conflictos, pérdidas, romance. Les falta acumular historia, obvio. Pero les falta, sobre todo, la predisposición a la historia. A casi dos años de ser habitados, muchos apartamentos en El Quilombo lucirán como lucen hoy muchos apartamentos en el Abejita Laboriosa a casi dos años de ser habitados. Es la misma ajenidad. Sus habitantes usan las casas como un traje al que no le cortan la etiqueta. En San Pedrito quedan hogares vulnerables que palpitan con más energía.

Conozcamos a María Antonia. Un término medio entre la minoría y la mayoría que eran los cientos. Se siente bien, pero está inconforme: desde hace siglos se advierte que somos criaturas complejas y contradictorias. “Porque nos entregaron esto con defectos y no ha venido más nadie”. María Antonia vive y muere poniendo parches en el piso que se rompe. “El problema del agua. Hoy estamos secos. Sí, tenemos cisterna, pero no hay motor”. Y no pueden pasarse el día entero cargando tanquetas. “No digo que estoy mal, porque me siento feliz”. El problema son las situaciones que no han arreglado desde que se mudaron hace dos meses. “No, antes de tumbar nosotros no vinimos a ver”. A ellos les dijeron se mudan y ellos se mudaron. “Porque necesitaban el terreno”. Y todavía queda gente allá abajo que no se ha ido porque no acepta las ofertas que le han hecho. “Esa gente está pidiendo lo que necesita. Porque en la vida real, ellos se van a quedar con el terreno de nosotros y nosotros tenemos que volver a pagar esto”. No es que sea una mujer ingrata. María Antonia Bandera es una mujer que aceptó una ayuda que no fue incondicional. “No, todavía no me han dicho cuánto es. Pero yo sé que tengo que pagar. Y mi casa estaba pagada y era más grande”. No se equivoca. Deberá volver a pagar.

Mariela es otra de esas criaturas complejas y contradictorias. “Sí, yo nací en La Playita y tengo 49 acabados de cumplir. Así que imagínate cuántos ciclones pasé allí”. Los ciclones en La Playita eran lo más malo, lo más malo del mundo. “Bien afectados estuvimos bastante tiempo”. Su familia creció hasta doce y su casa hasta cuatro cuartos. “Aquí nos dieron tres viviendas”. Y a un hermano suyo ya le habían dado una en 2012, antes de Sandy, con piso de losas, baño y cocina de losas, clósets. “A nosotros no. A nosotros nos mataron como a los machos. Esto es una mierda lo que han dado. Y tenemos que pagarla”. Si hubiera sabido esto, ella no hubiera roto su casa. “Pero ya cuando tú rompes tienes que ir para donde te metan”. Se desesperaron. Llevaban dos meses: que se van hoy, que se van mañana, y con todo empaquetado. “Demoler la casa fue lo más grande. Mi hermano desde las cuatro de la mañana trajo una brigada que se favoreció de los materiales. Nos desbarató la casa y se llevó los bloques, unos pisos buenos que mi papá había puesto…”.

El papá de Mariela es Orestes. Orestes Guillart es una miniatura de 89 años con bastón, sombrero y botas de niño, que todavía sonríe cuando le sacan fotos. Mariela lo trata a ratos como un muñeco. Lo manda a callar, le prohíbe esforzarse. Lo quita, lo pone. Siempre, como una reliquia. Es su manera de cuidarlo. Las preguntas para Orestes, ella las responde o completa. Explica que hasta el final su papá no quería romper su casa. “Su casa que él la hizo. No quería, no quería, no quería. Él nunca quiso venir para acá”. Pero los hijos lo convencieron de asumir el sin remedio. “Mi mamá y mi papá eran propietarios, pero si el Estado necesita… El Estado es el que manda”.

—¿Y por qué estaban haciendo la mudanza? –pregunto a Mariela.
—Ay no sé… No sé si es por la cercanía de nosotros del cementerio… Cuando se muera Fidel Castro eso tiene que estar verde desde allá hasta acá. Yo pienso que por eso es que nos mudaron. Eso es lo que comentan las personas.
—Que es para hacer la avenida.
—Para hacer la Avenida Patria.
—Pero nunca se lo dijeron así en ninguna reunión.
—No. Nunca nos dijeron por lo que era. Que se necesita ese pedazo y a todo el mundo hay que mudarlo, pero los motivos, nunca los he sabido.

El hermano de Mariela que trajo la brigada que desbarató la casa que construyó su padre, trabaja como pintor en la Avenida Patria. Eduardo ha hecho mucho por esto. Integró el Contingente Héroes del Moncada, el Contingente Ho Chi Ming. “Yo sí tengo qué contar”. Su ruta como pintor y auxiliar de albañilería es la ruta de las construcciones monumentales en Santiago de Cuba. Entregó el Mausoleo José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia, la Plaza de la Revolución, el Teatro Heredia, la Sala Polivalente. Y ya entregó también la Avenida Patria. Nunca ha hecho ni ha entregado nada él solo, pero siente muy suya cada obra. Eduardo ha sentido mucho por esto. Ahora con la mudanza siente gratitud, y con la Avenida Patria, orgullo. “Gracias a la Revolución, tengo lo que tengo. Jamás en la vida yo iba a pensar tener un apartamento”. Ya hizo su clóset, el de su mamá, porque a él le tocó con sus padres. “Poco a poco. Hay que sacrificarse”.

—Y en la Avenida Patria, ¿hace cuánto que trabaja?
—Desde que empezó la Avenida Patria. Yo empecé en la Plaza de la Revolución.
—¿En qué año?
—En el 2015. Hace un año.
—¿Y qué pinta?
—Las fachadas de lo que es toda la Avenida Patria, desde la Plaza de la Revolución hasta después del cementerio, hasta la barca de oro, que es el tramo siete. El tramo uno es la Plaza de la Revolución.
—¿Y cada qué tiempo pinta?
—Ahora mismo estamos repintando lo que se hizo hace nueve meses, un año. Ya yo empecé de allá para acá.
—Está pintando por segunda vez.
—Por segunda vez.
—Las fachadas.
—Las fachadas. Lo que hicimos, lo estamos haciendo de nuevo. Eso se llama re-pin-tar.
—Y esa avenida ¿para qué la hicieron?
—Esa Avenida Patria tiene mucho sentido. El día de mañana, cuando suceda lo que va a suceder, van a venir cientos de presidentes, porque están interesados en conocer Cuba. Cuando suceda lo que va a suceder. Que Dios me lo libre, porque yo soy fidelista. El día de mañana, cuando él caiga, como cayó Hugo Chávez, un ejemplo, esto va a ser lo más grande. Entonces por eso se empieza la Avenida Patria hasta el Cementerio de Santa Ifigenia. Eso va a ser lo más grande de la vida. Como Lenin en la Unión Soviética.

La casa que construyó Orestes comprando bloque por bloque y con un crédito del banco no era lo más grande de la vida, pero era su casa. Y una parte de su vida lo justamente grande como para no querer derribarla. Orestes era operario de máquinas soviéticas empleadas en la construcción y conocía los métodos y proporciones que garantizan la solidez de una obra. “Manejar el equipo y graduar el agua para poder hacer un concreto con calidad. La fundición para la placa y los pisos. Ese era el trabajo mío”. Hoy mira a quienes construyen asentamientos como El Quilombo y se ríe. “Hacen las cosas como quiera”. Tampoco consigue adaptarse. A él le gusta estar amplio. “Yo tenía lugar para 17 machos. Mis pollos. Gallinas”. Y aquí no los puede tener. “Vamos a ver cuando acaben esto cómo es la cosa, si se puede tener un corral fuera, que tú lleves la comida allí y los atiendas”. Extraña su patio. “Sí, sí, cómo no”. No quería demoler. “No, hija, no. Fíjate que desde que me mudaron, allá no he vuelto más que un día”.

***

—Entonces tenemos que pagar 10.000 pesos, como si esto estuviera enchapado y pintado.
—¿Y usted era propietario?
—Sí. Y nos dijeron que los propietarios íbamos a pagar la mitad del precio. Pero no cumplieron.
—Tienen que pagar los 10.000 pesos.
—Diez mil pesos valoraron así: ¡pum! Y yo digo: “Señor mío, aguanta un momento, yo soy jubilado, ¿de dónde voy a sacar?”. Que si tienes que buscar codeudor… Y nadie me quería servir de codeudor. Ahora, después de varias protestas, arriesgándome a otro infarto e incomodándome por la situación que estoy viviendo, es que me han permitido ajustar 50 pesos de mi propia chequera para el pago de la vivienda.
—¿50 pesos mensuales?
—Sí, por encima de 50. No me especificaron.
—Y su chequera, ¿de cuánto es?
—Es de 200 pesos.
—Y tiene que pagar el refrigerador.
—Ajá. Estoy pagando el frío. Lo que me quedan son 143. Ahora cuando me ajusten la vivienda no sé si que me quedo en 80 o 90.

Fernando Salazar se mudó de La Playita para el Asentamiento conocido como Abejita Laboriosa en marzo de 2014. Vive con su esposa, su hija menor y un nieto que nació aquí. Como es un hombre enfermo, le dieron planta baja. Pero la ubicación en vez de traerle alivio lo que le trajo fue problemas. Cuando llueve, en su casa se cuela una mezcla de agua estancada y orine, más lo que no es orine, si coincide el mal tiempo con un horario pico del proceso digestivo del vecindario.

—Como no han hecho los canales que evacúan el agua pluvial, de allá atrás viene toda esa agua rodando y se hace un embalse detrás de mi edificio. A mí me entra por los tragantes del baño y el patio. Y al señor de al lado le entra más cantidad.
—¿Eso cuando pasó?
—En el último aguacero que cayó fuerte. Y no me entró caca porque fue por la madrugada y en el edificio a esa hora es difícil que una persona vaya a hacer caca. Pero sí entró orine. Aquí esto estaba… ¡Imagínate! Ácido vivo. Cuando me levanté: todo corriendo y con la escoba aproveché y busqué un poco de luz brillante y fui echando… Fue tremendo para sacarlo por la puerta. Tuve que meter mis manos ahí porque yo no dispongo de guantes. No estaba esperando que esta sorpresa me cogiera así a bocajarro.
—Pero cuando se mudó para acá no pasaba eso.
—No hubo aguaceros. Ya fueron dos aguaceros fuertes.
—¿Y pasó en los dos?
—Sí. En el segundo no me dio tiempo porque no tenía bloques, ni cemento, ni arena disponibles. Ahora ya hice un muro por si acaso viene otra lluvia, se quede todo dentro del baño.

La realidad de Fernando obliga a conceptualizar de nuevo lo que es bajo costo, mediante una pregunta que permita valorar más socialmente los beneficios: ¿para quién es bajo el costo?

“Hay que tener cuidado de cómo va a ser el futuro de nuestra patria. ¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? A nadie le gusta que lo engañen”.

***

A Cecilia, la que fue a sacudir con las federadas, le hubiera encantado llamarse Vicente, Orestes o Rolando. Lo que ella no consigue entender es por qué todavía no la han mudado. A ella, a su familia, al resto de sus vecinos. Cecilia no tuvo la dicha de ser de la mayoría que eran los cientos. Su casa no entorpece ningún proyecto de avenida. Es una de las enumeradas de San Pedrito que soltaron pájaro en mano por cien volando. Se inunda en tempestades y no precisamente de aguas pluviales. Sus pisos y paredes son un campo de batalla entre remiendos y musgos. La manosea una zanja poblada de ratas insomnes que socavan los cimientos. Pero, al parecer, no es nada que no se pueda continuar postergando.

En 2012, Sandy ubicó la vivienda de Cecilia en la cifra de las 171.380 desafortunadas. Otra vez, la respuesta fue que esperara. Que esperara por el proyecto San Pedrito. Que no le iban a entregar materiales para que pusiera techo y reparara porque la iban a mudar y sería un despilfarro en medio de tanta necesidad. Que mientras, resolviera con unas lonas de nailon y unos palos rollizos. Que ya la intercalarían entre las personas que fueran mudando. Y Cecilia se animó. Creyó que el estatus de damnificada de Sandy traería el beneficio que anhelaba desde los once años, cuando fue a sacudir aquellos muebles que nunca fueron suyos y por los que perdió los de caoba que acomodaban su casa. Si había que esperar un poco más por la mudanza, esperaría. Sabía bien cómo hacerlo.

Tres años y tres meses después, Cecilia permanece en el mismo lugar, con 58 años y la esperanza quieta en la mirada. Pero Cecilia es cada vez menos Cecilia. En 2013, su hija perdió una barriga de gemelos con siete meses de gestación. “Los médicos dijeron que podía haberla afectado el lugar donde vivíamos, pero no se sabe”. En abril de 2015, enterró a su esposo con los pulmones minados de cáncer. “Pasó dos años y ocho meses con su enfermedad en esta humedad, que fue lo que lo acabó de matar”. Y en septiembre de 2015 nació su nieto, tras librar una batalla con la muerte. Yeny sufrió preeclampsia y hematoma retroplacentario: presión arterial alta y desprendimiento prematuro de la placenta. Sin embargo, las complicaciones no acabaron en el parto. Con cinco meses, Alex ha estado hospitalizado en dos ocasiones. “Cuando cae la tarde, ya el niño se nos pone malo, empieza a tupirse y con falta de aire”.

En la casa, honestamente, cuesta respirar a cualquier hora. La pestilencia ácida de la zanja se siente incluso detrás de la lengua, en la garganta, hasta en los lagrimales. Allí se han acostumbrado al asco. Después de unas horas, cualquier persona que no sea alérgica podría acostumbrarse, sin que un ataque de tos tranque su sistema respiratorio y le obligue a marcharse. Después de unos años, cualquier persona podría volverse alérgica. Pues es un hecho que nadie se transformará en anfibio.

El Doctor Enrique Molina, en su artículo “Contaminantes biológicos del aire interior de la vivienda: factores contribuyentes, afecciones relacionadas y medidas correctivas”, publicado en 2015, en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, explica que los mohos, desencadenantes comunes de alergias, se reproducen por medio de pequeñas esporas que se transportan continuamente en el aire libre y en interiores, y que cuando se adhieren a superficies húmedas, comienzan a crecer y a alimentarse de esas superficies. Asimismo, entre los síntomas y afecciones asociada a la exposición a tales esporas, identifica “reacciones alérgicas, como irritación de los ojos o la piel, rinitis, tos y estornudos, manifestaciones de asma”. Orientación del Doctor: eliminar la fuente de la humedad.

“Cuando tú ves ese verde que se está dando en una pared, ¿qué te dice eso? Esa es la humedad que tenemos abajo. Donde quiera se da una matica”, dice Cecilia mientras me muestra ese jardín exuberante que es su casa. “Todo esto es hueco. Ya hemos tapado, pero persisten los huecos. Por todos esos entra agua”. Y una vez comprendida la delicadeza de paredes y suelos, me invita a apreciar los techos: prodigios de la ingeniería post-Sandy. Desde 2012, lo que les cubre las cabezas son los mismos troncos y lonas que otorgaron, láminas de cinc recuperadas del desorden que dejó el huracán, unas tablas de madera para ataúdes que les regaló un pariente. “Esto es para guarecerse del sol y el sereno. Pero llueve y se moja todo”. En la casa hay capucha para cada caja que guarda cada cosa. Para completar el cuadro, los troncos han empezado a desmoronarse en un polvo amarillento y las tablas para ataúdes a incrementar la población de insectos. “Sueltan un bichito negro, que es una puntica así, con una guasasita verde, que pica. Al niño me lo están picando”.

Lo mejor de la casa, según Cecilia, es el frente. El frente del pedazo que le corresponde a Aleida, una de sus dos hermanas, que por su ubicación privilegiada en el campo de visión de cuanto transite por la Avenida Patria, clasificó en el plan de reparación por el 500 aniversario de la ciudad. Lo mejoraron con tres ventanas de aluminio, una puerta de aluminio, y esmalte rosa pálido. “Tú ves el frente y qué te vas a imaginar lo que hay aquí adentro. Por eso yo digo que estamos viviendo detrás de la fachada”. Pero lo que más ha perturbado a Cecilia y a sus iguales ha sido la demolición de las viviendas de la acera del frente, del otro lado de la Avenida Patria, o Crombet, como aún se le llama.

—En toda esa avenida desbarataron casas que valían… Aquello partía el alma. ¡Acabaditas de hacer! Y las que no, estaban por terminar. Sin necesidad. Porque esa gente se llenaba cuando ya nosotros estábamos ahogados.
—Y las quitaron.
—Sí, las quitaron para agrandar la avenida. Todo lo desbarataron. Y mira las condiciones en que nosotros vivimos. Van cambiando, van cambiando las formas de hacer las cosas y se van quedando las personas.

***

El proyecto San Pedrito se define como una transformación integral, o también como un programa de reordenamiento urbanístico, donde intervienen instituciones múltiples con el fin de mejorar las condiciones de vida de una población estimada en 16.000.

Madelín Méndez, jefa del Puesto de Dirección del proyecto, expresidenta del Consejo Popular Mariana Grajales, apunta que “había una deuda pendiente con esta comunidad y felizmente la estamos realizando”.

Los primeros en intervenir para saldar la deuda fueron los especialistas de la Dirección Provincial de Planificación Física. En 2010 realizaron un diagnóstico para valorar las vulnerabilidades del territorio, los cacharreados sistemas sanitarios, el fondo habitacional, las vías de circulación. Lo típico en esos estudios. Trazaron planes, objetivos, acciones, distribuyeron informes, y arrancó el trabajo.

Entre 2010 y 2012 la gente empezó a ver y escuchar los cambios. Se instalaron miles de líneas de teléfono y se iluminaron espacios públicos. Se emprendió una labor de saneamiento del río, rehabilitación de redes de drenaje pluvial, creación de alcantarillados. Y, por supuesto, se reactivó la mudanza.

Una noticia publicada en Granma en noviembre de 2011, bajo el título “San Pedrito comienza a cambiar su imagen”, hablaba de las primeras 12 familias mudadas, o reubicadas, y aseguraba que “mediante el esfuerzo concentrado del país” el reparto transformaría la imagen infraestructural de sus 9.845 viviendas clasificadas entre regular y mal estado. Dos datos que no necesariamente han estado relacionados. De acuerdo con Méndez, el reparto contaba con más de 10.715 viviendas cuando el levantamiento, es decir, que si a esa cifra se le restan aquellas 9.845, el resultado importante es que la mayoría se encontraba en mal estado. Para ahorrar molestias: 870 buenas. Sin embargo, el estado constructivo no siempre ha funcionado como indicador determinante en las mudanzas.

El proyecto se organiza en seis zonas. El orden de las zonas indica la prioridad. La zona uno corresponde a La Cañada, hermana menor de La Playita. De ahí eran las 12 familias contentas de las que hablaba Granma. En la cañada habitaban unas 800 personas. Se fueron 500, quizás 600, “el número exacto no lo puedo dar”, para 349 apartamentos. Este último número sí es exacto. Y se quedaron entre 70 y 80 viviendas, “que no afectan al proyecto, que están del otro lado de donde realmente se va a hacer la gran inversión”. Esas las van a rehabilitar. ¿Y no se inundan? “No se inundan”.

La zona dos corresponde a La Playita. De ahí eran Vicente, Orestes, Rolando. De La Playita se fueron más de mil personas para 425 apartamentos. Y se quedaron unas 95 viviendas que no reubicarán: “están en un plan de reposición o rehabilitación, o esperando decisiones finales del Gobierno”. Más otras diez, que sí deben reubicarse, pero sus moradores no han accedido. “Casitos muy puntuales que necesitamos mudar para que los constructores puedan desarrollar lo que quieren en esa área”.

—Y esas diez, ¿por qué no las han mudado?
—Sí, esas están siendo atendidas por las comisiones para mudarlas.
—¿Para qué fecha?
—Estamos esperando la entrega de nuevas viviendas para poder hacer la entrega a cada morador.
—¿A esas personas les darían casas? Porque supe que no querían apartamentos.
—Eso no puedo respondértelo. Eso está en manos de la dirección del Gobierno, que está evaluando la atención que se le va a dar a cada caso.
—Y si esas personas no quisieran mudarse, ¿se podrían quedar ahí?
—No. El proyecto no permite que alguien se quede, porque hay una inversión que se va a hacer en esa área. Debe haber un acuerdo con esa familia para solucionar los problemas del Gobierno y de ese morador.

La zona tres del proyecto, la más extensa, que es por donde marcha ahora la mudanza, abarca desde la Avenida Crombet (o Patria) hasta Los Pinos. Abarca las calles Bacardí, Frías, el triángulo de San Pedrito. Abarca la franja de Cecilia y sus iguales de la zanja. Lamentablemente, antes de Cecilia y sus iguales de la zanja, hubo que reubicar en 2014 a los vecinos del triángulo, a los de las casas acabaditas de terminar. Yarielis Ferrer, jefa de Departamento de Planeamiento Municipal de la Dirección Provincial de Planificación Física, precisa que esas viviendas habían sido rehabilitadas, pero “hubo que reubicarlas por la Avenida Patria, porque por ahí pasaba y se afectaban”. Los dos carriles de Patria costaron 25 viviendas recién rehabilitadas, más las otras que tuvieron que entregar a quienes habitaban en las 25.

Las zonas cuatro, cinco y seis aguardan su turno. Corresponden a sitios disímiles del barrio. Menos urgentes. Aunque igual Sandy alteró un poco el orden y obligó a anticipar beneficios por “situaciones emergentes”.

En total, en San Pedrito se deben reubicar y reponer 1.917 viviendas hasta 2017. Esa es la meta del proyecto. Según Ferrer, 1.527 se reubicarán y 390 se repondrán (se van a demoler y construir en el mismo emplazamiento). De las que se están reubicando, 1.400 fueron catalogadas en mal estado. El resto, entre bueno y regular. Y en La Playita, Méndez dice que de las 408 reubicadas: 146 malas, 169 regulares y 93 buenas.

No son muchas. Si se piensa en la cifra de malas, las viviendas buenas que desbarataron no son muchas. Sin embargo, si se piensa en las personas damnificadas por Sandy que todavía aguardan por un techo seguro, las viviendas buenas que se desbarataron no son ni muchas ni pocas: son un absurdo.

***

—Mi yo dice que es aquí –afirma Miriam, otra más que sacudió muebles junto a las federadas–. Cuento con 62 años y quiero seguir dando frutos. Yo soy activa. Voy para aquí, voy para allá. Y quiero estar en mi lugar, donde me siento cómoda para desplazarme.

El lugar de Miriam, aún, es La Playita. La Playita es una sombra mutilada de lo que fue. El terreno: desolación y ruinas. Casas a medio tumbar, cascarones rotos. Golpes de mandarria como premoniciones. La vida silvestre apoderándose del abandono. Y el río, un coágulo verdinegro de fecales, donde la luna inescrupulosa se refleja. El Yarayó continúa siendo esa gran comunión intestinal de la ciudad. Su olor es tenaz. Al rato, se tolera. La nariz deja de resistirse y siente que así es el aire original. Sin embargo, para Miriam todo eso es una realidad desenfocada. Para Miriam Zamora, cronista popular de San Pedrito, integrante del proyecto De la Ciudad, las Calles y sus Nombres, lo central es su barrio. De eso es de lo que puede contar y para ella poder contar lo es todo.

Miriam Zamora puede contar los orígenes de los nombres de cada calle. El fusilamiento de los 53 expedicionarios del vapor Virginius y de Perucho Figueredo. El puente que mandó a erigir don Emilio Bacardí y su apoyo a la causa independentista. La ruta del Yarayó que seguían los pescadores hasta la bahía. Los nombres de los muertos que la tiranía batistiana dejó en la Avenida Crombet. El paso de Flora y las pérdidas y la recuperación. Los mandatos de todos los secretarios del Partido en la provincia.

Que no son más que un montón de historias. Cosas que no se pueden tocar. Porque estrictamente el pasado no existe. Pero no solo con bloques se construye un país. Por eso le preguntaba a Miriam, una y otra vez: ¿Por qué usted no quiere mudarse? Y una y otra vez ella me contaba las mil y una historias. Se erguía, adornaba la voz, como si hubiera un auditorio en su sala y no fuera tarde en la noche. “Y es verdad que patria es humanidad”, dice citando a Martí, “porque si tú no amas a tu patria, no tienes el sentido de pertenencia que imbrica el lugar donde naciste, no te quieres a ti misma, no te conoces ni tienes un objetivo para luchar en la vida”. Y otra vez don Emilio Bacardí, los muertos en Crombet, el fusilamiento de Figueredo. Y otra vez la pregunta torpe: ¿Por qué no se quiere ir? Hasta que entiende que no la entiendo, desviste la voz, se quita la sonrisa desatornillada de la cara y contesta: “No. No es que no quiera irme. Yo no me resisto al desarrollo. Si aquí se va a hacer algo que afecta mi vivienda, yo puedo cruzar para otras que se hagan cerca. Porque donde conozco la historia es aquí. Lo demás sería tirarle piedra al morro”. Y tampoco le gustan las edificaciones nuevas.

—Son muy estrechas. Mira el espacio que yo tengo. Yo trabajo costura, vivo de eso y lo pongo al servicio de lo que haya que hacer. Nunca he afectado a mi Revolución pidiéndole ayuda económica. Con mis manos es que sobrevivo. Yo hago cosas que sean de fácil adquisición, modelos que puedan agradar a la gente.
—Porque usted hace ropa. No remienda.
—No, no remiendo. Yo hago ropa. Los remiendos no me gustan. Porque digo que eso es atraso. Yo transformo. Un pitusa que se rompió, trato de que te quede no como un pitusa emparchado sino como un modelo. Y todas las telas que tú estás mirando ahí son del campo socialista.
—¿Del campo socialista?
—Sí. De cuando la Unión Soviética ayudaba a Cuba.
—¿Conserva telas de esa época?
—Sí. Tengo un cuarto con sacos de retazos múltiples, porque no boto nada.
—¿Pero eran de ropas suyas?
—No… son telas nuevas, recorterías, porque yo hacía canastillas, trajes de novia… Antes las telas eran liberadas y las compraba en la tienda. Mira: este tejido es uno de los mejores del campo socialista. Y mira: esto es campo socialista, combinado con una modificación actual que hice, porque se están usando estos contrastes…
—¿Y cuánto cobra por los modelos?
—Bueno, como está la vida. Yo adecuo que lo que haga me alcance para una botella de aceite, una libra de carne. Todo yo lo suplo con la costura.

Aunque no quiere resistirse al desarrollo, a Miriam le cuesta entender por qué debe demoler. “Esto me ha costado dinero, porque tú sabes que hacer una casa de placa no es fácil. Y que tenga que trasladarme hacia otro lugar, con diferentes condiciones… Esto no es bajo costo”. Miriam construyó para que durara. Trabajó en construcción industrial y se instruyó en los métodos para evitar hundimientos en terrenos húmedos. “Hice los dados que eran de mi tamaño, subí 1.25 y fundí en seco. La cimentación con grado de oscilación en balsa, como se suele decir, pero en balsa de los arquitrabes. Amarré, hice una balsa y no me hundo porque todo el peso lo reciben el arquitrabe, la balsa y los dados”. La casa es su patrimonio familiar. La comparten hijos, nietos, un hermano. Tiene dos niveles y soportaría un tercero: “Porque la esperanza del pobre es el techo”.

Quienes quedan en La Playita guardan más o menos la misma esperanza. Amado, Ana Rafaela, Leonardo, Ricardo, Josefa, Zurelis, Magdalena, Enélides… Unos exigen casas para poder dividir o fabricar en la placa cuando crezca la familia. Otros, que les otorguen algo equivalente a lo que perderían. Otros, más apartamentos para solucionar sus problemas de hacinamiento. Todos son propietarios.

Amado Palacios, mecánico industrial, miembro de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, inventor de un sistema para proteger motores eléctricos que ha sido implementado en varias empresas, desde sus casi dos metros de estatura, argumenta: “Yo me he sacrificado para atender a mi familia. Toda mi vida he luchado para esto. ¿Por qué razón debo irme ahora para un apartamento chiquitico? Mire el tamaño que yo tengo. ¡Que no entro! Mire los pies largos que tengo… Y mis hijos son iguales”. Su vivienda es impecablemente nueva. Piso de granito, baño y cocina enchapados, dos cuartos. Sencilla, pero amplia y fuerte. “Si la cosa es para mejorar la vida de las personas, ¿por qué tengo que sacrificarme? ¿No es para mejorar? Denme algo que mejore lo mío. Porque yo no puedo echar para atrás. Yo quiero irme, porque estoy a favor del desarrollo. Yo soy revolucionario y todo el mundo aquí es revolucionario, pero no puedo empeorar mi vida”.

—Se nos ha dicho hasta de expropiación –acota Miriam, que acompaña.
—¡Hasta esas cosas nos han dicho! –agrega Disnaidis Lovaina, esposa de Amado–. ¿Cómo van a decirnos ese tipo de cosas? No nos pueden decir eso.

De hecho, sí pueden. El artículo 25 de la Constitución de la República de Cuba autoriza la expropiación de bienes “por razones de utilidad pública o interés social y con la debida indemnización”. Y tampoco es algo atípico en el mundo.

—¿Y qué explicaciones les han dado para la mudanza?
—Ellos dicen que hay que irse porque esto se va a seguir inundando –responde Disnaidis.
—Es un proyecto de mejorar la comunidad –precisa Amado.
—Aunque a lo mejor no es tanto así –continúa Disnaidis, suspicaz–. A lo mejor el mejoramiento está en cambiar toda esta zona, como está cerca del cementerio… Y esto realmente afea. Dicen que es para evitar las inundaciones, pero aquí nadie es bobo. Hicieron una avenida muy linda y es lógico que quieran hacer otra reestructuración.

De repente, Miriam comienza a cantar: “Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. Y seguido exclama: ¡Esta es nuestra pequeña Venecia! Esto era un canal. Yarayó lindo. Agua azulita. La gente tenía botecitos y se echaban a la mar a pescar almejas y…

Los argumentos que los otros venecianos exponen son bastante similares.

Ana Rafaela Arada: “Nos querían dar una sola vivienda y como nosotros tenemos condiciones, no accedimos. Porque nos decían que no teníamos cantidad de personas, y sí, no tenemos cantidad de personas, pero sí condiciones para que cuando mis tres hijos crezcan puedan dividir y tener lo suyo”.

Ricardo Ribeaux: “Yo les dije a los compañeros del Gobierno que si mi vivienda molestaba para el proyecto, yo no iba a frenar el desarrollo de la ciudad. Dije que estaba en disposición de irme, pero que no aceptaba apartamento. Quedé en que me hicieran una vivienda con las características de la mía. No estoy pidiendo nada más que lo mismo que tengo”.

Leonardo Sánchez: “Esto es hereditario. Es mío por derecho. Y como dice la Constitución, uno tiene sus deberes y derechos. Yo no me opongo, pero sí exijo mis derechos”.

A Miriam también le inquieta la cuestión del pago. “Es de por vida dice la gente. Nunca llegas a ser dueño de tu vivienda. Porque si me muero, el que venga sigue pagando. Y los salarios son bajos. Muy bajos. Entonces no entiendo. No entiendo”. Pero incluso sin entender, está dispuesta a derrumbar su patrimonio familiar, marcharse a otra vivienda e incrementar la deuda que ya tiene con el banco por su refrigerador. Lo único a lo que no está dispuesta Miriam Zamora es a abandonar San Pedrito. De ninguna manera quiere llamarse Tomás.

Tomás era de la mayoría que eran los cientos. Pero Tomás no era una casa precaria. Tomás era sus trece matas de aguacate y sus doce matas de mangos. Era sus tamarindos, ciruelas, plátanos, guayabas, naranjas, lechugas. Tomás no habla de la mandarria que destrozó su casa. Habla de sus matas cortadas, de sus cultivos arrasados, de tanto esmero vuelto nada. En un cuarto piso, entre cuatro paredes, con sus ataques de asma, no sabe ser feliz. Le faltan sus raíces. Y Miriam se lo nota en la cara cuando lo visita y se asusta. Así como Tomás se hace en la siembra, ella se hace en la historia.

“Y eso es lo que sucede. Como yo conozco la riqueza que tiene San Pedrito, me gustaría morirme en mi tierra, donde yo puedo hablar con claridad de qué pasó aquí, qué pasó allá. Me ennnnnnncanta… Y que sí, que se mejore la vida, pero con igualdad”.

***

No existe confirmación oficial de que la Avenida Patria fuera concebida para acoger la procesión que acompañaría el féretro del Comandante Fidel Castro hasta la necrópolis Santa Ifigenia. No existe confirmación oficial de que lo enterrarán en Santa Ifigenia. Su destino final no es de dominio público. Lo que se ha publicado al respecto no son más que especulaciones, rumores, hipótesis. Nada que se respalde en evidencias sólidas o fuentes autorizadas para responder esa incógnita.

La cobertura de medios de prensa estatales –como Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o SierraMaestra– sobre la Avenida Patria sostiene que su construcción es parte del programa por el 500 aniversario de la ciudad y se limita a ofrecer los datos elementales acerca de la obra. Que alcanza 2.7 kilómetros de longitud. Que es una ampliación de las Avenidas Juan Gualberto Gómez y Flor Crombet ya existentes y no un vial rigurosamente nuevo. Que se rehabilitaron las viviendas ubicadas en el trayecto. Que se colocaron señalizaciones, luminarias, un separador entre los dos carriles. Que comienza en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo y culmina en Santa Ifigenia.

En “Avenida Santiago”, una noticia publicada por Juventud Rebelde en junio de 2015, se cita al arquitecto Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad, explicando que “tiene el sentido de una avenida para la Patria; de ahí todo lo que se está haciendo para darle la sobriedad, la elegancia y monumentalidad que debe tener una vía histórica como esta”. Fuera de esto, no se ha explicado mucho más.

Yarielis Ferrer también confirma que es “en saludo al 500 aniversario”, y que es una inversión aparte del proyecto San Pedrito. “Que muchas viviendas de San Pedrito se beneficiaron con eso, es verdad, pero fue un proyecto aparte”.

—¿Y en qué consistió ese proyecto?
—Esa fue una propuesta del General de Ejército Raúl Castro. Una propuesta de hacer una avenida que uniera la Plaza de la Revolución con el Cementerio Santa Ifigenia.
—¿Cuándo se hizo la propuesta?
—En 2014. Y en 2014 a finales se empezó a construir.
—Y en el territorio de La Playita, ¿qué se piensa hacer?
—Como eso es zona inundable, nosotros propusimos que en la parte cercana al canal se hicieran áreas deportivas, parques, pero nosotros proponemos, no decidimos.

Lo único que se puede afirmar, sin margen de error, es que Fidel morirá algún día. Es un ser vivo y todos los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen –o no– y mueren. Es tan mortal como el más anónimo de los mortales. Más allá de ese dato básico que aporta la biología, nada más se puede afirmar. Lo otro, queda a la imaginación.

***

“Ven, ven a ver a mi papá…”, me dice Mileysi en medio de su relato envolvente sobre mudarse a Los Pinos y me hala por el brazo hasta el hombre que es su padrastro, pues como la genética no siempre hace familia, Mileysi dice que es su papá.

El Asentamiento Los Pinos es el alter ego de El Quilombo. Calle central de casi un kilómetro de largo, pendiente de asfalto, que asimilaría tres automóviles sin peligro. Edificios monocordes de cuatro y cinco niveles. Unos frente a otros: concreto versus metal. Y más de lo mismo: tanques botándose, paredes veteadas, caños tupidos, pisos con estrías, desniveles, cero losas. Incluso un chorro provocando arcoíris en la calle. Que si no fuera por la sequía que enfrenta la provincia, podría haber resultado hasta simpático.

“Yo le estoy diciendo a ella que la casa de nosotros tenía de todo”. El padre, sentado en una butaca roja, absorto frente al televisor, asiente. “Mira este piso. Mira aquello. Todo rústico. Desastre vivo”. Transmiten una de esas series norteamericanas donde hay persecuciones, patadas, música tensa, bonitas en pantalones ajustados. “Sí, Yarayó cuando se llenaba, pero nosotros vivíamos bien”. Leer los subtítulos a la distancia de la butaca demanda un esfuerzo de examen oftalmológico. “Ahora aquí estamos mejor en un aspecto, pero veo que es lo mismo. ¿Tú sabes por qué?”. El padre voltea la cabeza un instante y luego se recoge como caracol en el centro de su cuerpo. “Porque tienes que empezar a pagar una casa. Y mi papá echó la vejez allá abajo construyendo con sus propios esfuerzos. Ahora él no tiene condiciones para hacer nada. No tiene ni chequera”. La butaca roja es una maceta. El hombre, un árbol que se marchita

—Entonces, ¿cuándo fue que empezó a construir? –le pregunto.
—Hace rato de eso –responde sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué fue lo que hizo? ¿Qué construyó?
—Hice la casa.
—Hizo una vivienda de tres cuartos, con su cocina, baños, sala y comedor –aclara Mileysi–. La hizo él criando puercos.

Y de pronto, alguna palabra que lo saca de su recogimiento.

—Yo no me siento satisfecho con que me hayan desbaratado lo mío para meterme aquí, mija. Desde que me mudé estoy triste, porque yo estaba cómodo allá, criaba mis animales… Y ya no hay fuerza para echar piso, ni poner cocina. Ya no hay fuerza.
—¿Y cómo se sintió cuando tuvo que demoler?
—Todavía no me he repuesto. Desde que nos mudamos hace un mes yo no he salido. Estoy sentado viendo el televisor y pensando en la vida. Que ya uno está en un lugar tranquilo, llevando su vida, para que vengan: quítate tú, para ponerme yo.
—¿No podía decir que se quería quedar?
—No, nadie dijo nada. Querían ese terreno porque por ahí pasan carreteras, pasa esto, el cementerio… Una pila de barbaridades que hablaron.
—¿Quiénes?
—Todos los que mandan, mi vida. “Y si no quieres irte de aquí te vamos a citar para el tribunal”.
—¿Le dijeron eso?
—No a mí solo. ¿Pero qué vamos a hacer? Tribunal, ¿para qué? Si de todas formas, el que tiene el poder o el mando es el Estado. Dice que hay que irse, hay que irse.
—¿Y cómo es su nombre? Todavía no sé su nombre.
—¿Mi nombre verdadero? Rolando.
—Rolando qué.
—Maceo Santaclara.
—¿Maceo?
—Maceo. Familia del Maceo del machete. Mariana Grajales es mi bisabuela.
—¿En serio?
—Palabra. Yo no voy a mentirle. Mi papá era sobrino del general Antonio y yo soy sobrino del general Antonio en segundo lugar.
—¿Cómo se llamaba su abuelo?
—Tomás. Mi bisabuela le decía a ese sobre todo: empínate. –De acuerdo con un relato de José Martí, Mariana le dijo eso a otro hijo, pero no cuesta creer que también se lo dijo a Tomás.
—¿Y qué más le contaron?
—La historia que yo sé es esa nada más… Y así mija… ¡Qué cará! Ya está de más que uno haga comentarios, porque todos esos comentarios son cuentos. Si fueras a resolver algo… Pero no se resuelve nada.
—Por lo menos la gente se entera.
—Eso sí. Que se enteren: yo no quería mudarme de mi casa. Porque tú no sabes, mija, tú no sabes el sacrificio y la lucha que nosotros pasamos para construir. Para que entonces usted venga a última hora a decir que hay que irse. Vamos a mudar no: vamos a demoler. Es muy distinto que mudar. Vamos a demoler porque esto hace falta para embellecer el país, que esto está muy atrasado, que qué se yo qué…

Rolando Maceo vuelve a ser el hombre en la butaca roja. La butaca roja, una maceta.

“La cuestión es que ya estamos aquí. Y aquí, hasta esperar la muerte, o lo que sea. Nadie sabe. El mundo da mucha vuelta y yo he visto muchas cosas”.

1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.

Son como nosotros

Publicado: 13 septiembre 2016 en Daniel Wizenberg
Etiquetas:, , ,

Cuando ISIS decapitó a cinco hombres por comer durante el ayuno del Ramadán, María se estaba haciendo las manos. Cuando Rusia atacó a los terroristas con buques, estaba estudiando en la biblioteca. Cuando Francia bombardeó el norte del país, estaba viendo una ópera. Para María, que vive en Siria, la guerra civil, la guerra contra el terrorismo, la guerra de los terroristas, es eso que sucede mientras hace otros planes.

Es un viernes cualquiera de otoño y anochece en el barrio católico Bab-al Salam, uno de los más poblados por no musulmanes de Damasco. María busca unos jeans gastados, una remera turquesa ajustada y unos zapatos de taco alto. Se cambia y aprovecha el clima cálido para ir caminando diez calles, sola, hasta la casa de Haya. Va a juntarse con cuatro amigas, que también tienen 21 años, para salir.

Se conocieron en la Universidad de Damasco, donde estudian odontología, cuando la guerra ya había empezado. Se ven tres mañanas por semana y todas las noches se juntan en la casa de alguna o en bar. Todos los viernes van al night club “Back door” que para las 12 se llena. Hacen fila para entrar, pasan sus carteras por el detector de metales, las palpa un policía varón. A María la espera Alzohuir. La ley matrimonial siria prohíbe casarse con alguien de otro culto y si se comprueba que tuvieron relaciones sexuales antes del matrimonio, el hombre debe pagar una dote. La relación con Alzohuir está permitida: él también es católico. Si bien no son novios oficialmente, cuando un hombre se acerca a su chica él se interpone haciendo ademanes de guardaespalda. Hace pocas semanas, en el mismo boliche, el papá de María apareció por sorpresa y le pidió que tenga cuidado con su hija. Cuando llegó estaban juntos pero no se besaban; nadie se besa en los night clubs de Damasco.

Sólo se baila; hombres con hombres, mujeres con mujeres y, a veces, mujeres con hombres.

También se toma. La mayoría bebe “Arak”, un anís de 49º de grados de graduación. Quienes se animan son católicos, o islámicos que no respetan aquello que el Corán pone en palabras de Mahoma: “si una gran cantidad de cualquier cosa causara embriaguez, entonces una pequeña cantidad de ello estará prohibida” para no despertar la ira de Alá. María sirve dos dedos de Arak en un vaso de trago largo y echa agua hasta la mitad, la bebida transparente adquiere un tono blanco, con esas medidas dos vasos son suficientes para marearse. Se toma cuatro y danza sola al ritmo de “Bailando” de Enrique Iglesias. “Con-tigo-vi-vir-con-tigo-bai-lar-con-tigo-unanoche-loca-completamente-lo-ca”.

Busca a Alzohuir y juntos se acercan hacia sus amigas y otros compañeros de la universidad, arman una ronda y fuman entre todos el tabaco sabor manzana de una narguile grande. El sábado se descansa pero el domingo es día hábil.

El viernes anterior, por primera vez en mucho tiempo, casi nadie salió. Tres morteros cayeron en el barrio BabAlSalam donde vive María. Los morteros son cohetes de fabricación casera que se lanzan hacia arriba e impactan donde sea. Sobre la capital siria llueven todos los días; desde cualquier punto de la ciudad se escucha un sonido parecido al de los fuegos artificiales pero más seco. De noche, cuando el ruido del tránsito de desvanece, se percibe con mayor claridad.

Desde hace cinco años caen bombas todos los días. Para María esa ya no es una razón suficiente para no salir. En 2012, después de un año entero yéndose a dormir escuchando misiles adoptó ese criterio. Utiliza un termómetro para medir cuán complicada está la cosa allá afuera: la cara de su mamá. Las variables son los niveles de congoja y preocupación, si los nota elevados llama a sus amigas para avisar que se baja.

***

La mañana siguiente a la fatídica noche del 13 de noviembre en la que siete atentados terroristas mataron a más de cien personas, e hirieron gravemente a más de 300 en la capital francesa, Bashar Al-Assad, el presidente de Siria, se reunió con un grupo de diputados franceses en su despacho. De impecable traje oscuro, con el bigote que usa desde hace años, expresó sus condolencias. Luego dijo:

—Lo que les pasó en París es lo que vivimos aquí en Siria desde hace cinco años.

El diputado “por los franceses en el exterior” Thierry Mariani, encabezó la delegación. Una periodista de la cadena de noticias francesa RTL le preguntó:

—¿Qué piensa de lo que dijo Assad?
—Que efectivamente la diferencia entre los sirios y los franceses es que los primeros están acostumbrados al terror— respondió el galo, perteneciente a una facción del partido opositor RPR, autodenominada como “derecha popular”, tan apartada del partido gobernante (el Partido Socialista de Francois Hollande) como de la dirección de su propio partido (a cargo de Nicolas Sarkozy).

Los sirios conocen bien el poder destructivo de ISIS: más del 40% de su territorio está bajo su control. Más allá de las comparaciones, siempre complejas, a veces injustas, ¿cómo se soporta en

Siria la violencia de ISIS, del propio gobierno y de los rebeldes? ¿Cómo afecta a las personas que pretenden continuar con sus trabajos, con su familia, con sus amigos, la intervención internacional? ¿Cómo viven la guerra brutal y declarada los ciudadanos que deciden permanecer en su país, o que no encuentran el modo de escapar? ¿Porqué muchos de ellos, hoy, usan la bandera de Francia y Siria como perfil de Facebook?

Después de los atentados en París, muchos sirios se sumaron a la propuesta de Facebook de poner sobre la foto de perfil la bandera francesa. Como muchos otros, María y el resto de sus amigas siguieron la movida pero con una aplicación alternativa, y pusieron la bandera de Siria.

María no milita en política. Evita la primera persona para hablar de la guerra en público. En su muro de Facebook comparte contenidos relacionados con el conflicto, pero no cualquiera. La de ella es una política del afecto: replica lo posteado Alzohuir. El domingo 15 de noviembre publicó: “Francia es el país europeo que más ha exportado jihadistas a Siria. Y eso fue bajo el gobierno de Sarkozy y de Hollande. Ahora los terroristas están regresando de nuevo a Francia asediados por la fuerza aérea rusa.” Bajo la frase, una caricatura en la que se observa a Hollande vertiendo gasolina sobre una Siria en llamas de la que se desprende un humo negro, el humo se convierte en ISIS cuando llega a Francia.

Dos días después del atentado, el domingo 15 de noviembre, Francia -de manera autónoma y sin articular con USA, el resto de la OTAN o Rusia- bombardeó Raqqa, “el corazón de Estado Islámico”, a tan solo 367 kilómetros de Damasco.

Si se le pide una opinión en privado María responde que sabe diferenciar entre políticos y civiles. Se siente muy dolida por las víctimas de París: “Son como nosotros”.

***

El conflicto sirio comenzó en marzo de 2011 cuando en plena crisis de la economía una serie de protestas masivas en varios puntos del país contra Bashar Al-Assad intentaban continuar con la “Primavera árabe”. A la fuerte represión de las fuerzas de seguridad se sumó la deserción de cientos de soldados del Ejército con el objetivo de conformar una armada rebelde, insurgente. Esos rebeldes fundaron el Ejército Libre de Siria (ELS). Querían derrocar a Assad. Fueron financiados por Estados Unidos y la OTAN, que ya invirtieron en el ELS más de 500 millones de dólares.

Pero no se trataba de una típica guerra civil entre un gobierno autoritario y opositores con financiamiento externo. Hubo más actores involucrados, como al-Nusra (los representantes de la misma organización a la que pertenecía Osama Bin Laden, Al Qaeda) y “La Brigada del Islam”, una organización cuya búsqueda más que territorial es religiosa, apoyada, sobre todo, por el gobierno saudí. El reino de Arabia Saudita es un emirato que pertenece a la rama del islam (mayoritaria) sunita.

Enfrentada desde hace cientos de años a los chiitas, la otra rama importante. Los fanáticos sunitas (tanto Al Qaeda, como BI y Arabia Saudita) niegan que los chiitas sean verdaderos musulmanes. A la condición “laica” del Estado Sirio, que siempre molestó a los sunies, se suman argumentos político-económicos: Arabia Saudita y el gobierno de Assad hace tiempo que no tienen relaciones diplomáticas, lo que incide negativamente en el peso de los sirios para influir en el precio del barril de petróleo. A pesar del apoyo saudí a Al Qaeda y BI, Estados Unidos y la OTAN mantienen con el emirato una histórica alianza geopolítica.

Cuando parecía reproducirse lo sucedido con Saddam en Iraq, Kadaffi en Libia o Mubarak en Egipto y los principales medios de Occidente debatían si Assad se exiliaría o sería asesinado, él encontró aliados que salieron a defenderlo: Rusia (con un Vladimir Putin decidido a revivir la Guerra Fría), China, Irán y la organización libanesa Hezbollah (estos dos últimos chiitas y con una fuerte posición anti-occidente).

El escenario original de una compleja guerra civil se transformó en una intrincada guerra de dimensión global que se profundizó en el verano de 2014: desde Iraq ingresó el Estado Islámico de Iraq y el Levante (ISIS). El ISIS es un desprendimiento fundamentalista de la organización Al Qaeda dispuesto a fundar un califato, un Estado Islámico (EI) como el que proponía Mahoma unos cuantos siglos atrás. Ya controla un territorio más grande que el de Reino Unido. EI hace regir la sharía, la ley del islam, en cada porción de tierra que toma. Está compuesto por sunitas pero también ha incorporado militantes europeos comprometidos con el rechazo a Occidente, a los chiitas, a los católicos y a los judíos, como algunos de los detenidos por los atentados en París.

***

Para viajar a Siria es necesario sacar una visa. Una vez otorgada se imprime a todo color en el pasaporte y fija una semana como límite máximo de permanencia. Como a sus aeropuertos llegan escasos vuelos de línea lo más recomendable es hacerlo vía Beirut, la capital del Líbano conocida como “la París de Medio Oriente”. El jueves 13, un día antes de los ataques en la París de Occidente, la de Medio Oriente sufrió el primer gran atentado en 25 años, también en manos de ISIS. Murieron alrededor de 40 personas. Días atrás, habían derribado un avión de pasajeros rusos. Es decir: realizaron tres ataques en distintas partes del mundo en una semana.

Apenas se cruza la frontera, hasta llegar a Damasco hay que detenerse en cada uno de los diez “check-points”, bajarse del auto o el ómnibus y dejar a los soldados revisarlo todo.

Del lado libanés la ruta está plagada de avisos publicitarios de telefonía móvil, gaseosas y cigarrillos en francés y en árabe. Del lado sirio, todos muestran la cara de Bashar al-Assad. Al entrar a la capital la imagen del presidente se reproduce un promedio de seis veces cada cien metros. Bashar con un niño, Bashar de traje, Bashar vestido de militar. Nunca aparece vestido de médico: Bashar es oftalmólogo y ejercía la profesión cuando vivía en Londres. Era la envidia de sus compañeros porque había logrado conquistar a Asma, la joven sunita calificada como la “Lady Di de Medio Oriente”. En 1994, su hermano mayor Bassel murió al chocar su Mercedes Benz. Su padre, Hafez, presidente hacía casi treinta años y enfermo de leucemia, llamó a Bashar para comunicarle que su vida tranquila y lejana había terminado.

Bashar volvió. Fue coronel, después general y finalmente en el 2000, con 34 años, se convirtió en presidente. Sería el primer presidente alauita (una rama de los chiitas) en la historia de los 57 países árabes del mundo, sólo posible en una República constitucionalmente árabe pero laica. Su pequeña comunidad convivió muchísimos años, con relativa tranquilidad, junto a las otras ramas del islam, los sunitas y chiitas, pero también con los kurdos y los católicos.

***

Maloula es un pueblo milenario de montaña a 60 km al oeste de Damasco, al que el sol baña todo el año y donde todavía muchos hablan arameo. Para Amin, Aylan, el pequeño sirio fotografiado muerto en una playa de Turquía, es un mártir. Eso le dijo a su mamá cuando le mostró la foto, antes de llevarlo a la escuela. Tiene diez años y cursa quinto grado. Todos los días recibe entrenamiento militar en el colegio.

Hace dos años en Maloula vivían cerca de 2000 personas, Amin y sus cuatro amigos tenían puesta la camiseta del Barcelona mientras pateaban una pelota gastada en el patio de la casa de su abuela. Fue ella quien pegó el grito de alerta apenas escuchó la primera explosión. Todos se escondieron en sus casas, salvo Amin, que corrió a las montañas. Maloula tiene una sola ruta de acceso y el estallido vino de ahí. Un “mártir” jordano jihadista se inmoló mientras conducía un camión cisterna cargado de gasolina cerca de un puesto de control del Ejército. Se desarmó la defensa de la ciudad y los terroristas de ISIS tomaron el control en pocas horas.

Ese 4 de septiembre de 2013 Amín vio de frente a los encapuchados entrar al pueblo, cargados de fusiles. Amín corrió hasta un sector donde las montañas chocan pero dejan una grieta, un pasillo suficientemente amplio, de no más de dos metros de ancho y nueve de altura que termina del otro lado de la ruta, en la que se alza una iglesia ortodoxa griega del año 1000 DC y algunas casas. El padre de la iglesia griega encontró horas después al pequeño acurrucado en un rincón del corredor montañoso. Se quitó su sotana religiosa y, vestido de civil, lo llevó a su casa. Para ese momento los terroristas ya estaban en la calle principal invitando a los habitantes a decir la shadada: la declaración de fé en un único Dios, Alá.

Dos jóvenes se negaron y fueron decapitados, delante de todos. Amín y toda su familia también observaban la escena. Debieron dejar a Cristo de lado, y jurar por Alá para sobrevivir. Durante esos días Amín se aferró a su madre y no salió de su casa en las 150 horas que duraron los combates. Pasaba el tiempo dibujando y durmiendo.

La ocupación fue reprimida en cinco días por el Gobierno. El paso de los jihadistas aún se nota en las iglesias milenarias incendiadas, las ventanas sin vidrio, las cortinas de los locales perforadas por las balas y la escasez de población. Amín y su familia decidieron quedarse, al igual que las monjas ortodoxas griegas vestidas con burka (una prenda que cubre el cuerpo y la cara por completo) del monasterio de Santa Tecla. Sus vidas corrían grave peligro si la ocupación se extendía algunas horas más. El mito que da origen a la patrona de la ciudad es asombrosamente similar al relato de Amín. Santa Tecla de Iconio es considerada la primera mártir de la historia, discípula de San Pablo cuando él predicaba en Damasco. Fue condenada a muerte en diversas ocasiones, y se salvó. El más célebre de sus escapes es toda una leyenda: Tecla estaba acorralada en las montañas de Maalula, escapando de soldados que tenían orden de ejecutarla. Luego de rezar fervorosamente, un rayo cayó sobre la roca, formándose una profunda fisura, por la que pudo escapar. Después volvió a Maalula, convirtiendo a muchos de sus habitantes al cristianismo. Pasó sus días en una cueva, donde ahora está el monasterio.

El gobierno otorgó subsidios para la reconstrucción de la ciudad, reabrió oficinas del Estado, una escuela y unos cientos de locales regresaron. En el colegio, después de aquella experiencia, en ese pueblo todos los alumnos reciben un entrenamiento militar en el que aprenden técnicas básicas de combate, como disparar un arma.

Amin ya no juega al fútbol con los pocos amigos que permanecen en la ciudad. Tampoco usa más la camiseta del Barcelona. Anda todo el día con su uniforme militar.

***

A pesar de ser todos “rebeldes” sunitas y wahabistas (fundamentalistas) y de estar enfrentados a Assad, EI, alNusra y la Brigada del Islam no siempre trabajan de manera articulada. En la mayoría de los distritos, mantienen fuertes luchas territoriales entre sí, a las que se suma ELS. Como es un grupo secular fue calificado como un movimiento de “rebeldes moderados”.

Una parte importante de las armas y la logística (cientas de camionetas Toyota por ejemplo) entregadas por Estados Unidos y la OTAN al ELS fueron capturadas por Estado Islámico que, apostados sobre todo en el norte del país, recibieron desde Octubre algunos embates y bombardeos, principalmente de parte de Francia y Rusia. La intervención bélica externa directa fue inconstante, la primera intervención terrestre fue la rusa, hasta ese momento Estado Islámico sólo fue atacado, por parte de gobiernos extranjeros, por vía aérea. En un principio, cuando EI nació, la estrategia por parte de Estados Unidos y OTAN fue dejarlos hacer: eran un frente más para debilitar a Assad.

Hoy la capital del país es controlada por el Estado central pero los suburbios de Damasco están repartidos entre los diferentes grupos rebeldes.

La información que circula es muy imprecisa. Resulta difícil confirmar quién lanza cada ataque. Los medios oficiales –es decir, todos los locales- lanzan hipótesis diferentes todos los días y los pocos corresponsales extranjeros hacen foco en las batallas del norte del país. Ya no le prestan atención a los bombardeos sobre la capital. Algo que sucede todos los días durante cinco años, deja de ser noticia.

***

Para tapar el ruido de las bombas y de los enfrentamientos entre las fuerzas oficiales, alNusra y el ELS en las afueras de Kafranbel, una pequeña ciudad siria cercana a la frontera con Turquía, Hadi, un profesor de literatura de 27 años, se encerraba en su cuarto y subía el volumen de los parlantes de su computadora al máximo.

El día en que ISIS intentó entrar a la ciudad cruzando fuego con las otras 3 fuerzas que habitualmente combaten en la zona, su padre no tuvo tiempo de encontrar un lugar seguro. Quedó en el medio del tiroteo. Cuando comenzaron los disparos Hadi estaba en su casa. Gritó a su mamá y a su hermana que se encerraran en el placard. Se pusieron un casco de bicicleta cada una y permanecieron agachadas cubriéndose la cabeza durante 2 horas. Hadi apoyó el sillón contra la ventana principal para intentar amortiguar las balas, cerró la persiana y se acostó en el piso con las manos en la nuca. Cuando el repiqueteo terminó fue a abrazar a las mujeres de su familia y lloraron juntos unos minutos, quietos.

Un día antes de cumplir 26 años Hadi se sumó a los 5 millones de desplazados sirios en el exterior, marchó a Estambul. Su pueblo ya estaba controlado por los “rebeldes moderados”, el grupo del cual él forma parte, con una militancia virtual. Un día después de enterrar a su padre, sintió que la alternativa, al quedarse, era agarrar un rifle para combatir al Ejército oficial. Pasar de la guerra simbólica, al ataque real. No quería eso.

Ahora, bajo el sol radiante de la capital de Turquía, Hadi camina por la plaza Taksim buscando un Starbucks. Acaba de obtener la visa para viajar a Estados Unidos pero aún no le comunicó sus planes a la familia que quedó en Siria. Paga en la caja el pedido y espera el vaso alto con su nombre. Llama por Skype a su madre. La señal del otro lado es muy débil y la comunicación fracasa. Intenta por teléfono, hablan dos minutos. Hadi lagrimea. Lanza un “Ajak-bakí” (“te amo” en arabe) y corta.

Contribuyó con el ELS, intentando derrocar al oficialismo desde lo audiovisual y las redes sociales. Creó, entre otras plataformas, la fan page Kafranbel Syrian Revolution (https://www.facebook.com/kafrev). Desde ahí publica videos y memes. Para producirlos reunió un equipo de militantes, encargados de hacer pancartas escritas en inglés y cartulinas con caricaturas. Fotos de un grupo de personas en Minesotta con carteles que dicen “Russia Hand Off Syria!”, selfies de soldados del ELS con explosiones de fondo, pancartas denunciando que Assad usa bombas químicas y videos en los que se observan niños afectados por la guerra, algunos de ellos, muertos. Las últimas publicaciones expresan solidaridad con París. En otras, fotos de gente con carteles en inglés, dicen: “Matar civiles en París es terrorismo. ¿Pero qué pasa con matar civiles en Siria por parte de Rusia y Assad?”

Hadi está convencido de que el ELS es el más débil de todos y siente que Estados Unidos los fue dejando solos. A fines de 2014, Hillary Clinton, ex Secretaria de Estado y candidata a presidenta del partido demócrata, de Obama, anunció que iban a dejar de apoyar a los rebeldes “porque habían resultado funcionales a Estado Islámico”. Pero tanto su país, como la OTAN, no cambiaron su estrategia.

Termina el frapuccino y va a trabajar. Enseña Historia en una escuela específica para niños sirios desplazados, parte de los más de cien mil nuevos alumnos de primaria y secundaria que se sumaron desde Siria al sistema educativo turco pero de forma diferenciada, en los últimos dos años. Algunos vivían con sus familias en las estaciones de metro de Estambul hasta que el gobierno lo prohibió. Cada vez que la policía turca encuentra algún refugiado en esa situación el gobierno lo reubica en alguna de las carpas que la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) montó en las afueras de la ciudad.

***

“Para irse como se van, mejor quedarse” suele decirles Rawad a sus alumnos de español en la Escuela Secundaria nº 2 de Damasco, en el barrio islámico de Bab-Tuma, cuando surge la discusión sobre los refugiados. Rawad también quiere vivir en otro país pero no de cualquier forma.

Lamenta no saber cocinar. La electricidad viene a las 9 y se corta a las 12; vuelve a las 4 y se termina a las 7. Son sólo 6 horas por día. No puede refrigerar alimentos y no saber prepararlos lo obliga a gastar la mayor parte de su sueldo en comida hecha.

El Código Sirio de Estatuto personal dice que “no está permitido al hombre casarse con una quinta esposa, mientras que no repudie a una de sus cuatro esposas y ésta finalice su `idda”, el período de espera similar al duelo. Rawad sólo tenía una y lo acaba de dejar.

En un país con un 55% de desocupación él conserva su trabajo pero con el correr de los años su salario le quedó corto para mantener a su mujer. No sólo perdió poder de compra por el 257% de inflación anual que sufre la economía; hace dos meses le comunicaron que su salario iba a volver a bajar.

Cuando abre su Facebook, Rawad imagina que vive en España. Busca en el chat a algunos de sus amigos españoles esperando novedades, prometieron enviarle un contrato de trabajo que aún no llega. El idioma español no sólo le da de comer sino que es una puerta de salida del país que aún no se termina de abrir. Hace veinte años, cuando terminó el profesorado, pasó un tiempo en Madrid y ahora sueña con trasladarse a esa ciudad en la que fue feliz por unos meses. Rawad repite que quiere mudarse pero no ser un refugiado. Entre los pocos contenidos locales de su time-line hay una típica foto de desplazados sirios en una balsa en el Mediterráneo con una leyenda en español que reza “el que se va sin que lo echen…”.

Cuando vio la foto de Aylan, en el muro de sus contactos comentó: “No es culpa de Siria, sino de los padres.”

Luego de los atentados en París, algunos medios levantaron la sospecha, no confirmada: uno de los detenidos sería un sirio que habría ingresado a través de Grecia, y llegó a Francia como refugiado. Rawad publicó en su facebook: “Yo también creo que hay terroristas entre los refugiados. La guerra va de Arabia Saudita a Yemen, de Iraq al Libano y de Siria a Alemania”. Así se suma un complejo eslabón más al ya complicado tema político y humanitario de los exiliados, que afecta tanto a Siria como a la Unión Europea. Y también, al resto del mundo.

***

Ibrahim, a sus 9 años, no guarda tantos recuerdos como Amín. Cuando despertó de la operación los médicos le preguntaron qué pasó y él respondió: “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Una asistente social del gobierno se acercó para intentar obtener más información e Ibrahím le dijo todo lo que sabe: “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Cuando fue visitado por periodistas extranjeros repitió “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Pero agregó un pedido: “hagan algo”.

Pudieron haber sido las fuerzas de Assad pero en esa batalla el gobierno controlaba la ciudad, en posición defensiva y disparando hacia fuera de la zona urbana. La responsabilidad por la bomba que impactó sobre Ibrahim quizás radique en alguna de las otras fuerzas. Pudo haber provenido de un avión caza francés. O ser un misil de los “rebeldes moderado”s de ELS. O un mortero wahabista del ISIS.

Ibrahim nació y vivía en Homs, a 170 km de Damasco; supo ser la tercera ciudad más importante de Siria. Quien encontró a Ibrahim lo llevó a un puesto sanitario del gobierno. No se permite el ingreso de Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras y no se han brindado argumentos oficiales sobre tal decisión. Desde las organizaciones comentan que es por temor a una hipotética injerencia en el flujo de la información de la que Assad tiene el monopolio en los territorios que controla, el 60% del país, según la mayoría de las fuentes.

Por la complejidad del cuadro, Ibrahim fue derivado urgente a Damasco. Le amputaron su pierna derecha. La asistente social no tiene información sobre sus padres: cuando le den de alta irá al orfanato “Dar Al-Aman”. Significa “Casa de la seguridad” aunque en 2013 un cohete cayó sobre el edificio y murieron dos niños.

El gobierno acusa: aquel cohete lo tiraron los rebeldes. Los rebeldes de ELS dicen que fue el gobierno. U otro grupo de rebeldes como al Nusra. O alguno de los 13 países que intervienen en el conflicto. Con cada disparo se vuelve a dar la misma discusión. Con las armas químicas, también.

***

El día después de que su mujer y su hijo murieran casi sin darse cuenta, inhalando gas sarín, Alí rezó al amanecer, al mediodía, a la tarde, al ocaso y a la noche. Desayunó, almorzó, merendó y cenó. Hizo todo lo que hace un día normal. No lloró.

El 21 de agosto de 2013, mil cuatrocientas personas en los suburbios de Alepo murieron de la misma manera, respirando compuestos de laboratorio. El gobierno de Assad se desprendió de sus armas químicas según una supervisión enviada por la ONU. Pero igual fue acusado por los rebeldes y la OTAN de haber sido el responsable de esparcir las pequeñas bombas que llenaron Alepo de gases tóxicos. No es el único lugar donde se usaron armas de ese tipo. En Gouhtha en 2013 y en Damasco en abril de 2015 se comprobó la utilización del mismo gas aunque no encontraron responsables. El gobierno de Estados Unidos afirma tener pruebas de que Estado Islámico ataca con gas mostaza, pero no lo denunciaron ante ningún organismo internacional.

El barrio de Alí hoy es una serie de casas con puertas rotas, forzadas en busca de sobrevivientes y Alepo se transformó en poco tiempo en la ruina de la ciudad económicamente más importante de Siria.

Si en alguna conversación alguien habla de la guerra Alí sólo repite que su mujer y su hijo son mártires, no víctimas. Aunque es palestino, los piensa como una ofrenda a la patria. Los refugiados palestinos gozan en Siria de plena ciudadanía.

Su familia es parte de los 250 mil muertos desde que comenzó la guerra. Él es uno de los 6 millones de desplazados internos. Tiene 72 años y no tuvo otra opción que mudarse a la capital. El gobierno le dio una habitación, una pensión mínima, una colchoneta y algunas sábanas.

Todos los días asiste a la “Fundación nuestros mártires” en la que encuentra otros familiares de caídos, recibe apoyo moral y resuelve alguna de las comidas del día.

***

La palabra que más sale de la boca de Alí es “Inshallah”, antes y después de que se enterara de los atentados en Francia. La frase significa “lo que Dios quiera”. Es muy común en todo Medio Oriente: se usa como respuesta a todo. Ante situaciones críticas. Y en la vida cotidiana. Que a veces son lo mismo.

—Entonces, ¿nos vemos a las 9?
—¡Inshallah!
— Me siento mal, no puedo más.
—Mañana, Inshallah, estará mejor.

“Inshallah” es, también, el título de la novela de Oriana Fallaci, la periodista italiana que vio cómo dos camiones, conducidos por suicidas, llenos de explosivos, mataron más de 300 soldados franceses mientras dormían. Sucedió en Beirut. En el año 1983. En su texto, Fallaci intenta correr el eje de la cuestión religiosa. “El tema que hay que abordar no versa sobre la guerra, versa sobre los hombres que deciden sobre la guerra”. En el medio de esos hombres que deciden la guerra existen otros hombres y mujeres. Víctimas en Occidente y en Oriente. Huérfanos, madres y padres que perdieron a sus hijos. La familia de Alí y de Ibrahim. El papá de Hadi y, entre otros centenares, ciento veintinueve ciudadanos franceses.

La cruz de un hijitus

Publicado: 9 septiembre 2016 en Rodrigo Fluxá
Etiquetas:, , ,

Episodio uno

Estaba en la fila de la caja del Líder de La Dehesa cuando me doy cuenta de que me faltaba un tarro de atún. Me meto por un pasillo y escucho los gritos de una mujer: eso, escóndete degenerado. Andaba solo, sin mi familia. Ella me seguía hablando, la otra gente se empezaba a dar cuenta. Me fui para adentro, no supe qué hacer.

***

Si le preguntan a Juan Manuel Romeo el momento cuando comenzaron los problemas en su vida, él, un viernes a las diez y media de la noche, vestido con jeans y un chaleco viejo, con las manos sucias, con las uñas negras, no menciona ni a los niños, ni a los apoderados, ni al jardín, ni a la Cárcel de Alta Seguridad. Con los ojos abiertos, pestañeando irregularmente, sin seguir ningún patrón, habla de una antigua pista de bicicross en Vitacura.

—Tenía 8 años. Mi hermano estaba dando vueltas en su bicicleta. Yo tenía la mía, pero lo hinché tanto para que me prestara la de él, que me la pasó. Me subí con chalas, como las de Condorito, y al rato una se me enredó en el pedal. Astutamente, bajé la mano para desenredarla y choqué con un montículo. Desperté tres horas después en la Clínica Las Condes, con un golpe en la cabeza.

Su hermano mayor, Pablo Romeo, mueve la cabeza de un lado a otro: “Es un falso recuerdo. No tenía rastro del golpe. Hemos llegado a la conclusión de que debe haber sido su primera crisis”.

Juan Manuel Romeo, según recuerda su mamá, empezó a fallar en los dictados en el Colegio André sin causa aparente. En quinto básico ya tenía problemas de sociabilidad: mostraba dificultades de coordinación, se quedaba pegado, con los ojos abiertos, en medio de conversaciones y no entendía los chistes. Fue diagnosticado con una epilepsia refractaria, dentro del 10 por ciento de pacientes con esa enfermedad que, pese a los medicamentos, no pueden controlar las convulsiones.

—Un profesor hizo un consejo de curso para echarme -dice-, porque me encontraban raro, que era muy poco para ese colegio. Mi mamá tuvo que llevar a un neurólogo para que explicara lo que tenía, que era normal.

La adolescencia de Romeo también fue a medias. Por su enfermedad debía dormir sagradamente ocho horas y no podía tomar alcohol. Estaba para los mandados en sus grupos de amigos. Su familia recuerda una broma que le hacían: al llegar a los semáforos solía esperar a que el resto cruzara, para cruzar él la calle. Sus amigos, cuando se dieron cuenta, daban un primer paso en falso con luz roja y luego se detenían. Juan Manuel Romeo seguía de largo y quedaba entre bocinazos en medio de los autos.

Tomás Lailacar ha sido su mejor amigo desde tercero medio. Casi veinte años después le tocó declarar en el juicio que definía la vida de su ex compañero. Antes de que diera su testimonio, Juan Manuel Romeo, a través de su defensora Carolina Alliende, pidió permiso al tribunal para esperar en una sala contigua. Se lo concedieron. Quedarse, escuchar lo que se iba a decir, hubiese sido parte de una pesadilla social recurrente: saber lo que dicen de uno a sus espaldas.

El testimonio fue brutal.

“Lo encontrábamos raro en general, pero uno se va acostumbrando. Era más torpe de lo normal, más tedioso, repetitivo, latero. Cosas propias de él que a mí ya no me llaman la atención, pero a la gente nueva sí, les incomoda, lo encuentran nerd en extremo. Tienden a rechazarlo. En las reuniones, Juan Manuel se quedaba muy pegado en la gente. Había que salir arrancando, inventar idas al baño, para que no estuviera toda la noche con uno. Cuando hacía juntas en mi casa, algunos me pedían que no lo invitara y a veces les hacía caso (…) En el colegio lo molestaban mucho. Para el cumpleaños de Juan Manuel en cuarto medio fue mucha gente, casi todos porque había contado que tenía una polola y nadie le creía. Él estaba feliz, le tapó la boca a todos. Uno le llevó de regalo un Sahne-Nuss envuelto en papel confort, como talla, y fue de los pocos que llevaron obsequios (…) Él estaba bastante contento con la polola, le contaba a todo el mundo. Terminó abrupto, porque uno de los amigos del grupo se metió con ella. Ese mismo amigo se lo hizo después con otra niña. Más grande tuvo su relación más larga, con una estudiante de párvulos. Fue parecido a lo anterior, otro amigo también se metió con esta niña”.

Juan Manuel Romeo terminó la enseñanza media casi con 20 años. Quería estudiar veterinaria. Dio la Prueba de Aptitud, pero no entró.

—No me dio, nomás.
—¿No pudiste prepararte por la enfermedad?
—Me preparé mucho, con cronómetro, facsímiles. No me dio, nomás.Se matriculó en el Inacap de Tabancura.

Contaba los pasos de su casa al Instituto: 328. Si tenía ganas de ir al baño, los caminaba de vuelta. Fue una forma de darle independencia, pero controlada. Su mamá, Ana María Gómez, había elegido criarlo sin diferencia con respecto a sus hermanos, pese a sus limitaciones. Sacó, por ejemplo, carné de manejar y condujo por cuatro años, ente los 22 y los 26, cuando, tras una serie de incidentes, incluido un trompo en plena avenida Kennedy, un neurólogo se lo prohibió. Su enfermedad no era un tema que trataran abiertamente en su casa. Él mismo no relacionaba sus fracasos a la epilepsia y a las continuas mezclas de remedios que tomaba para intentar controlarla. Muchos confundían eso casi con altanería.

Sebastián Benavides fue compañero suyo de colegio. Declaró tiempo después en la fiscalía oriente: “Juan Manuel era bastante apático, incluso con sus familiares. En vez de conllevar su enfermedad y asumir que tenía problemas de aprendizaje y movilidad, siempre se creyó el hoyo del queque. En realidad, le hubiera ido mucho mejor en su vida si hubiese aceptado su enfermedad y ser más humilde en la vida”.

Juan Manuel Romeo duró un semestre en su primera carrera, ingeniería agrícola. Se cambió a administración agropecuaria, de tres años, que terminó en cinco, con siete ramos rojos. Tras eso, hizo la práctica en una chanchería. Trabajó un año ayudando a su papá a administrar un casino, hasta que perdieron la concesión. Volvió a estudiar, ahora técnico vitivinícola, dos años más. Nunca pudo conseguir un trabajo en esos rubros.

Su hermano lo mira, mientras él habla y lo interrumpe:

—Uno puede estar hablando un rato con él y no notar el problema. Pero a la hora uno va notando cosas.

Juan Manuel Romeo baja la cabeza.

Su hermano ejemplifica. “Uno le dice: ya, anda a comprarme seis cervezas Escudo. Él va y al rato vuelve sin nada. Te dice: no habían Escudo. Y uno le dice: ¿y no trajiste otras? Y él no, porque no es lo que me pediste. Es muy literal y concreto. Una vez fuimos a hacer rafting y se cayó al agua. El guía le lanzó una cuerda especial y le gritó: agárrala y tírala, tratando de decir que la jalara. Juan Manuel entendió tírala, y la tiró lejos. Hubo que montar un tremendo operativo para sacarlo”.

En 2007 su madre, preocupada porque él tenía casi 30 años, le comenzó a dar labores en el jardín infantil de la que era dueña hace tres décadas en Vitacura, el Hijitus de la Aurora, propiedad contigua a su propia casa. Lo llevó a dos neurólogos, que aprobaron la medida. “Igual, si lo veía raro en la mañana, si no podía ponerse los pantalones o se ponía y sacaba los calcetines más de una vez, le decía que mejor no fuera. Tampoco era gracia que los niños vieran a un profesor convulsionando”, dice Ana María Gómez. Al principio cambiaba enchufes, ayudaba a ecualizar los actos, reponía el papel confort. Después se hizo cargo de la puerta; recibía a los niños, la mayoría de familias del sector, en las mañanas. Finalmente se hizo cargo de un taller de computación, pequeños bloques de 15 minutos, donde les mostraba programas de aprendizajes en grupos de tres: el Conejo Lector, Dinosaurios, Mi Mundo y Yo. Nunca se sintió parte del resto de las parvularias. Se compró un delantal blanco, para mimetizarse, pero no lo incluían en ninguna actividad fuera del jardín. Tal como declararon una decena de parvularias en fiscalía, les causaba gracia algunas cosas de él, como su pésima ortografía, que chocara con las paredes, que con más de 30 años viviera con sus papás y lo literal que era con las órdenes: como estaba de moda la teleserie El laberinto de Alicia, la historia de un pedófilo, su mamá, para evitar malentendidos, prohibió a los tres profesores hombres que tuvieran cualquier contacto con los niños que pudiera ser malinterpretado. Cuando un niño se caía, según declararon las educadoras, Juan Manuel levantaba las manos y no lo recogía.

—Tenía la orden de no tocar y no tocaba. No les sacaba el chaleco, no los llevaba al baño. Muchas veces querían ir al baño y la educadora estaba ocupada. Y si se orinaba, se orinaba. No tocar a un niño, era no tocar. No tal vez tocar, ni tocar en caso de… -dice Romeo.
—¿Te gustaba ese trabajo?
—Me gustaba que fuese siempre igual, que yo no tuviera que tomar decisiones, que fuese una rutina. Yo llegaba, prendía mi computador, iba a buscar a los niños a la sala, ponía los programas y el programa tomaba todas las decisiones.Estar a cargo de computación fue para él un paso importante: pese a que su mamá era la empleadora, tenía contrato, ganaba casi quinientos mil pesos mensuales. “Él sentía que había subido de nivel”, declaró su amigo Tomás Lailacar en el juicio, con Juan Manuel en la sala del lado. “Tenía más interacción con el resto del personal, era importante para él, porque le gustaba una de las niñas que trabajaba, que no lo tomaba en cuenta. Además, se podía pagar sus cosas, sus coca-colas, sus cigarros”.

Su salud seguía muy inestable. Su historial de la Clínica Alemana, solo contando el 2011, da una idea:

4 de febrero. Control. No logra cepillarse los dientes, o vestirse. Ido. Dificultad de caminar. Había llegado de vacaciones.

7 febrero. Golpe con barra del baño. Contusión.

30 de abril. Ojos fijos, desorientado, confuso, actividades no atingentes. Hubo error en baja de dosis.

17 de mayo. Movimiento involuntario del brazo derecho. Despierta adolorido, como golpeado, por convulsiones nocturnas.

22 de junio de 2011. Episodios confusionales: pone un huevo en la sal en lugar de sal al huevo. Cambios de fármacos. Madre nota cambios significativos en relaciones interpersonales.

13 de julio. Lo pica un insecto.

10 de agosto. Lengua traposa, se la muerde constantemente. Buen ánimo.

11 de agosto. Se tropieza, se golpea en la frente, pierde una pieza dentaria.

12 de octubre. Movimientos involuntarios y bruscos repetidos en la mañana. Episodios de desorientación.

12 de diciembre. Sufre caída desde la escalera mientras limpiaba el techo. Dolor en muñeca izquierda.

19 de diciembre. Irritable, más carga laboral. Falta de fuerzas, no logra pararse. Llama a madre. Niega ideas fijas o repetitivas, grave trastorno del sueño.

La vida social de Juan Manuel Romeo perdió aún más intensidad. Buena parte de su grupo de amigos se casó, inició su vida adulta. El 9 de junio de 2012, salió a caminar solo en la noche. Al volver a su casa vio que el pasaje estaba repleto de autos. Pensó que había una fiesta

Episodio dos

—Estaba saliendo desde el patio de comidas del Alto Las Condes hacia la terraza, cuando escuché que alguien me grita. No entendí bien lo que dijeron, pero me di vuelta. Estaba lleno de gente. Era un apoderado del jardín. Ahí me dice: “Pedófilo cu…, tú tenís que estar encerrado, no acá”. Yo justo andaba con el fallo en la mano impreso, porque una semana antes había salido y se lo empecé a mostrar, a decirle que se informara. Me dijo: “Yo tengo dos hijos y tú estás dando vueltas”. Me acerqué e hice lo que hago ahora: tomé el teléfono para sacarle fotos, grabarlo, tener respaldo. Ahí él se dio vuelta y se fue.

***

Declaración de Alejandra Novoa, esposa de José Miguel Izquierdo -cientista político, asesor del Presidente Sebastián Piñera-, madre de la denuncia inicial del caso:

“El viernes 8 de junio, le pregunté a mi hija por el tío Manuel: “¿Te gusta? No, no me gusta. ¿Son aburridas sus clases? Sí, son aburridas. ¿Y cuando no quieres hacer un trabajo te sube en brazos? No. ¿Te hace cariño?”. Se puso muy nerviosa. Se reía, estaba complicada, a punto de las lágrimas. “¿Donde te hace cariño?”. Dijo: “En el potito”. “¿Cuántas veces?”. Con la mano hizo tres y cuatro dedos. “¿Te dolió mucho? Sí. ¿Por qué no contaste? Él dijo que te iba a hacer algo malo”.

Al día siguiente hubo un cumpleaños de otro niño del jardín. Alejandra Novoa le comentó la situación a otros apoderados. Se coordinaron con el abogado y también ex apoderado Mario Schilling, ex vocero de la fiscalía oriente. Esa noche ella declaró en fiscalía. Su hija fue llevada al Servicio Médico legal, donde no encontraron ningún rastro físico de abuso. El abogado se juntó con un grupo grande de padres; recomendó hablar con sus hijos, revisar si habían tenido algún cambio conductual el último tiempo y apoyar con una querella.

No era una fiesta. Los autos que vio Juan Manuel Romeo en el pasaje de su casa eran de policías y apoderados. Entró a su casa.

—Al rato, casi a las cuatro de la mañana, suena el timbre. Dijeron que era la PDI, yo creía que me estaban palanqueando. Después me dijeron que venían por la declaración de una niña que decía que yo la manoseaba en clases, con mi mamá estando al lado. Yo no entendí bien de qué hablaban. Incautaron cosas y al final el fiscal me acorraló contra el refrigerador y una muralla, me mostró un papel y me dijo: “Firma acá y la sacái barata”. Mi papá me sacó justo cuando iba a firmar. Mi mamá preguntó que cuándo me iban a traer de vuelta. El PDI dijo que podía ser mañana o en meses más. Ahí mi mamá sacó 14 frascos con remedios. Yo pensé: “Pucha, la vieja exagerada, si voy a volver mañana”.
—¿Tu sabías de qué niña se trataba?
—Muy poco, solo porque era compañera de mi sobrina. Llevaba apenas tres meses en el jardín. Nunca tuve mayor contacto con ella. Hoy, con tiempo, ya enterado, me llama la atención lo irregular del caso. Me llevaron sin una investigación previa, sin haber delito infraganti. En Alemania, por ejemplo, separan al profesor, investigan meses, antes de cualquier cosa. Y todo sin publicidad.

A la salida estaban los canales de televisión, que grabaron cómo lo subían a un furgón. Minutos después cómo Izquierdo, encapuchado, pateaba la reja de la casa de los Romeo para tratar de abrirla. En el acto, el papá de Juan Manuel recibió un golpe y terminó con el coxis fracturado. Izquierdo fue formalizado 17 meses después.

A la mañana siguiente estaban los matinales en el lugar. Difundían videos de Juan Manuel paseando en el jardín, con el delantal blanco. Alejandra Novoa dio varias entrevistas. Dijo que empezó a sospechar porque cuando veía al profesor de computación, le daba algo en la “guata”, que tenía antecedentes de que él y el profesor de música se tocaban frente a los alumnos y que su hija tenía indicios de desgarros vaginales, pese a que el Servicio Médico Legal los había descartado dos días antes. Schilling fue el vocero de la acción judicial: dijo que se trataba de unos de los mayores pederastas de la historia del país, que existía una red de pedofilia al amparo de su madre, que ella estaba en Argentina para poner otro jardín, que dieran cualquier pista sobre su paradero, que había un pasadizo entre el jardín y la casa, que Juan Manuel se hacía el tonto y que habían muchos casos más. Meses después, interrogado por escrito, dijo que realmente se refería a un caso más: había escuchado de oídas que Juan Manuel había violado a su sobrina.

En pocas semanas, 93 apoderados se querellaron, la gran mayoría sin tener relato de abusos de sus hijos, pero siguiendo cambios conductuales advertidos por Schilling. Muchos solo querían asegurarse de que nada les hubiera pasado a sus hijos. La mayoría basaba sus sospechas en que Juan Manuel Romeo no miraba a los adultos a los ojos, ni los saludaba.

Del expediente:

Caterín Gibson: “El profesor de computación parece una persona extraña, no responde los saludos. A mi hija tampoco”.

Carolina Ortiz: “Un tipo muy poco empático, una persona de mala presencia, algún grado de problemas de desarrollo, no era agradable de presencia”.

María Beckdorf: “Manuel me resultaba extraño, por su mirada, cuestión que también le pasaba a mi hija de 13 años. Cuando mi hijo entraba y lo saludaba, Manuel bajaba la cabeza, cosa que es muy rara en él. Mi temor es que estuvo todos estos años, e ignoro las brutalidades que pudo haber hecho”.

Mario Jaramillo: “Lo vimos con una cámara filmando los actos del colegio”.

Cristián Santibáñez: “Nos llamaba la atención su nivel mental, nos parecía retrasado a mi señora y a mí. Como todos los papás, tenemos la certeza de que estuvieron expuestos a material pornográfico, eso lo mínimo, de ahí para arriba”.

Pedro García-Huidobro: “Para tranquilizar a mi hijo llevamos un mono que representaba a Juan Manuel y lo tiramos desde un puente del río Mapocho y vimos cómo el río se lo llevaba”.

Por la fiscalía oriente desfilaron decenas de niños, casi colapsando el sistema de toma de declaraciones. La mayoría no tenía nada que contar. Otros relataban historias que fueron descartadas por la propia fiscalía. Tal como consta en la carpeta, una niña, por ejemplo, contó que Juan Manuel la llevó a su pieza, se envolvió en una sábana, la pintó, se casaron y bailaron un vals. Otro niño decía que en plena sala de computación, los amarraba, los golpeaba, les cortaba el pelo y se ponía a bailar desnudo. Otra de las denuncias era de 2006, año en que ni siquiera trabajaba en el jardín. La mayoría de los niños ya sabía que estaba preso y que el jardín estaba cerrado, con garabatos escritos en las paredes.

Juan Manuel Romeo se enteró de todo eso mucho más tarde.

—Me llevaron de mi casa a un cuartel de la PDI. Después me metieron en un bus, rumbo a la formalización. Cuando llegué, un gendarme leyó mis papeles y en frente de los otros detenidos gritó: “Cabros, este viene con pichu.. de hueso”, que es como le dicen a la gente que está detenida por esas cosas. Me mandó al fondo de la pieza y me hizo volver y pasar entre los otros 50 detenidos, que te pegan patadas y manotazos, con manos esposadas. Lo indigno que se siente uno cuando te escupen en la cara así.

Al día siguiente lo trasladaron a Santiago Uno, donde un imputado por homicidio frustrado lo recibió.

—A la mañana siguiente este gallo pesca su teléfono y se pone a llamar gente. Me dice, te van a celebrar el mejor cumpleaños en el patio. Yo, ignorante, empecé a calcular y no me daban las fechas. Bajé y vi que se movía gente. Le dije al gendarme que iba conmigo que me iban a sacar la cresta, pero él apuró el paso y entre seis personas con palos me dejaron tirado en el suelo. Después subieron de vuelta y me repasaron. El gendarme me retó por ensuciarle el piso con sangre.

Tras el incidente, a Romeo lo llevaron a la enfermería, donde le pusieron nueve puntos, según consta en un documento de Gendarmería. La familia aún cree que fue una paliza por encargo. A los dos días fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad.

—Ahí también era lo peor de lo peor. Había asaltantes de bancos, asesinos de policías, no podía ni moverme, ni hablar con nadie. Me gritaban: “Romeo, ¿cómo te la pudiste con 90 niños?”. Tiempo después llegó gente que la acusaban de lo mismo que a mí. Como Zakarach, a quien repudiaba de antes. Conversamos harto. Él me creía.
—¿Qué te decía?
—Que sí a él lo dejasen libre, caería de nuevo, porque era algo que lo sobrepasaba, que no podía controlar. Estaba también Jorge Tocornal, el ejecutivo condenado por abusar de sus hijos.
—¿Qué postura tenías con la pedofilia?
—Si me hablas de pedofilia, de cualquier otro abuso, personalmente, lo repudio. Antes de que pasara todo esto te hubiese dicho que a alguien así hay que freírlo en aceite. Pero hacer una investigación seria antes.
—¿Te costó darte cuenta de la dimensión del problema que enfrentabas?
—Sí, no me enteré hasta varias semanas. Después me dio una gran impotencia, sentía que no podía defenderme. A mí me pisotearon, me maltrataron, me basurearon. Me hice famoso en Chile por algo horrible y que era falso. A mi familia le pegaron, a mi mamá la lincharon, también la metieron presa, tuvieron que aceptar insultos, ver cómo la empresa que nos mantenía a la familia quebraba en una sola noche.
—¿Nunca pensaste en aceptar alguna culpa para poder terminar antes?
—La fiscalía le ofreció juicio abreviado a mi abogada. De los 65 años que pedían inicialmente para mí, me ofrecieron, si me echaba la culpa, salir con libertad vigilada al día siguiente, solo firmando. Mi familia tuvo discusiones de si tomarlo o no, pero yo siempre me negué. Prefería estar 65 años preso, que admitir que había hechos cosas así. Les dije: o salgo con la frente en alto o me sacan en un cajón.

Juan Manuel Romeo estuvo un año y medio en prisión preventiva. En todo el proceso, juicio incluido, habló una sola vez, el 6 de enero de 2014, durante una de las jornadas de la audiencia de preparación de juicio oral. Esa vez, después de haber escuchado el detalle de las acusaciones en su contra, cuando la magistrada le preguntó si tenía algo que agregar, desoyendo a su defensa, habló:

“Primero que nada, llevo 18 meses diciendo mi nombre, recitando mi RUT, escuchando una cantidad de mentiras que me han levantado. Esto al margen de que cuando llegué a Santiago Uno me recibieron con tres palos en la cabeza…”.

Este viernes en la noche Juan Manuel Romeo, con los jeans, el chaleco y las uñas sucias, se escucha a sí mismo sollozar en la grabación que sale de los parlantes de un computador. La voz, su voz, se escucha temblorosa, a punto de quebrarse.

“…no puedo ni salir al patio, viviendo en tres metros cuadrados, mientras cien personas me recomiendan la mejor forma de ahorcarme. ¿Qué me queda?… Encerrar…”.

No pudo terminar la intervención. Se puso a llorar.

Su defensa costó más de 300 millones de pesos. Incluyó exámenes bastante vejatorios. Le hicieron uno proctológico para corroborar que no era homosexual, como acusaban algunos de los querellantes. El doctor Luis Ravanal le inyectó un medicamento para poder medir las dimensiones de su erección, descubriendo una de las pocas cosas que se había guardado para sí: que era impotente. En el juicio posterior, el mismo especialista sostuvo que Romeo, por los medicamentos que tomaba, no tenía impulso sexual. Abogados estuvieron discutiendo casi una hora sobre su psiquis sexual, con él ahí. A los peritos del Servicio Médico Legal les dijo que había tenido su primera experiencia sexual el 2006, con la pareja que duró casi un año y que no había vuelto a tener relaciones desde entonces. Los apoderados lo sumaron a la lista de rarezas sospechosas.

—Yo ya estaba sometido, entregado. Si me pedían que me bajara los pantalones en el estrado, me los bajaba. Yo sé que no soy homosexual, que no me han violado. Si no tengo relaciones hace siete años, es cosa mía, es personal, no es un delito. Todos se convencieron siempre de lo peor; no se molestaron en preguntar sobre los efectos de los remedios que tomo. O encontraban “sospechoso” que no mirara a los adultos en la entrada del jardín; me habían encomendado que nunca se arrancara un niño y por eso estaba siempre pendiente de eso. Y no los saludaba, porque no me sabía los nombres de la mayoría. No porque fuera raro.

El golpe más duro en la preparación para el juicio para Romeo fue constatar, científicamente, lo que su familia le había preferido no mencionar: que efectivamente tenía cierto daño cerebral por los años de convulsiones y remedios para evitarlas y que el daño iba en aumento. En un punto les dijo a sus abogados: “Toda esta defensa se basa en que soy tonto”. El perito le hizo un test que incluía sumas y restas, recitar sucesiones al revés y al derecho y explicar el sentido de algunos refranes. Romeo respondió:

A quien madruga…: se refiere a una persona que trabaja más, Dios la ayuda.

Cuando el río suena…: cuando algo suena es porque viene arrastrando algo, algo que pasa por encima de las piedras.

En casa de herrero…: la persona que se dedica a una determinada actividad, autos por ejemplo, no tiene tiempo para él mismo.

Ese examen concluyó que tiene “un típico daño cerebral adquirido”. El psiquiatra Otto Dorr, en otro, coincidió: “Deterioro orgánico secundario a la epilepsia y en alguna medida debido a la medicación”.

Durante el juicio su abogada le dio labores mínimas, como ordenar papeles, para mantenerlo ocupado. En una de las jornadas, el 20 de mayo, como destacan los jueces en el mismo fallo, “se detectó en el acusado un constante parpadeo repentino, además de trastorno en su mirada y a los pocos momentos cayó desplomado al piso reflejando una rigidez en sus extremidades inferiores”, lo que según los jueces, le permitió “corroborar lo informado por la mayoría de los profesionales que declararon en consecuencia”.

Fue un punto crucial. El otro fueron los testimonios: de los 90 casos iniciales, la fiscalía consideró cuatro como creíbles. La defensa se centró en desacreditarlos: trajeron a un experto alemán, Burkhard Schade, quien cuestionó el método en que los peritos chilenos condujeron las entrevistas. Por ejemplo, uno de los menores había declarado en dos ocasiones que nadie le había hecho nada, hasta que, después de meses de terapia reparatoria para un daño aún no explicitado, develó que Juan Manuel le habría mostrado el pene.

Alejandra Novoa, la primera denunciante, debió pedir disculpas por haber dicho que el profesor de música se tocaba con Juan Manuel. También reconoció que su hija jamás presentó daños físicos. La familia Romeo encontró otro dato: ella, en 2009, ya había presentado una denuncia a una parvularia en un colegio de San Antonio, donde trabajaba. A los meses hubo que reintegrar a la trabajadora.

Su esposo, Izquierdo, tuvo que pagar siete millones y medio y publicó disculpas en un anuncio en un diario por la agresión contra el padre de Juan Manuel Romeo.

Tres de los cuatro niños declararon, desde una sala especial, con un perro y una magistrada presente. Solo uno repitió, con contradicciones, el relato de los abusos. Juan Manuel vio todo en un televisor desde la sala principal.

—Me daban mucha lástima. ¿Cómo les robaron la inocencia a todos esos niños de manera tan terrible? -dice.

Juan Manuel Romeo fue absuelto en fallo dividido. Los jueces argumentaron falta de contundencia de los relatos e imposibilidad práctica: estuvo siempre bajo supervisión de otras personas. El texto ratifica, además, como principal víctimas a los menores, por un sistema que no supo resguardar sus derechos.

—¿Nunca te dieron rabia los niños?
—No, ninguna, todo lo contrario. Los respeto mucho. ¿Qué van a pensar cuando sean adolescentes? En esa edad los compañeros son muy crueles. ¿Qué les van a decir a esa niña? “Tu mamá dijo que te desgarraron la vagina en la tele y después tuvo que pedir perdón porque eso nunca había ocurrido”. ¿Qué le va a decir esa mamá, entonces, a su hija? Es terrible lo que les pasó también.

El fallo, además, adhirió a una psicosis colectiva de parte de los apoderados, a las falencias de los peritos chilenos en la toma de testimonio de los menores, la impericia y sugestión de los padres y a una actitud “antiética” del abogado Schilling que influyó generando pánico en el resto de los apoderados. Los querellantes y el Ministerio Público fueron condenados a pagar las costas. Los padres que llegaron a juicio señalaron que le seguían creyendo a sus hijos y que estaban orgullosos de haberlos defendido.

—Personas locas siempre van a existir, personas desbordadas siempre van a existir,  personas con poder político, siempre van a existir, abogados en busca de plata y fama, también.  Como me hicieron exámenes psiquiátricos a mí, habría que hacerlos siempre a los denunciantes antes.

El fallo fue ratificado en todas las instancias. Romeo los imprimió. En junio de 2014 partió al Alto Las Condes con ellos bajo el brazo.

Episodio tres

—Iba a la casa de mi hermana. Estaba yendo a tomar la micro en Cantagallo, cuando de repente se para un auto en la mitad de la calle, dejando un tremendo taco para atrás. Empiezan a sonar las bocinas cuando veo que era la Alejandra Novoa que me empieza a gritar: “Que estái haciendo acá, degenerado”. Lo que más me impresionó es que estaba la hija, en el asiento de atrás mirando todo. Me quedé para adentro, no contesté nada. Esperé que el auto avanzara, nomás.
—¿Qué pensaste?
—Que esa gente se va a morir convencida de que yo soy culpable, no les importa lo que digan las pruebas o la justicia. Y por ese convencimiento, yo y mi familia fuimos sometidos a, como definió la Corte Suprema, un juicio paralelo. No van a cambiar. Cuando dieron el fallo, dije, listo, soy inocente, puedo salir tranquilo. Mi familia me ayudó a aterrizar mejor, que no era tan a la ligera. Al principio me preocupó mi integridad física: salía con un perro de 65 kilos para sentirme seguro. Ahora me preocupa mi integridad psíquica. Elegí que hay barrios a los que no voy, como a Vitacura.

Entre las 90 familias que inicialmente tomaron parte de la querella, los Romeo Gómez dicen que varios se han contactado con ellos para pedir disculpas. Algunos mandaron cartas. A Juan Manuel, personalmente, nadie.

—Tampoco se las recibiría, porque ninguno va a entender jamás lo que pasé yo. Y ellos armaron eso, fueron manipulados por un abogado, pero fueron parte de eso. Que ni se molesten, ellos en su casita y yo en la mía.

Al dejar la cárcel, Juan Manuel Romeo volvió a vivir con su hermana, que ya había recibido a sus papás, quienes habían tenido que vender la casa y el jardín para costear el juicio. Dos tics evidentes le quedaron del tiempo preso: duerme siempre hacia la izquierda, vigilando la puerta imaginaria de su celda y, en la noche se despierta sobresaltado, anticipándose a allanamientos de gendarmes. Otras huellas se demoraron en aparecer. Su hermana mayor tiene una hija que nació cuando su tío estaba encerrado. Cuando ella le dijo que la tomara, él respondió: “Yo, niños, no mudo”. Se demoró en atreverse a tomarlo en brazos.

—En la calle, si veo que hay niños o una plaza, prefiero cambiarme de vereda, caminar cien metros de más. Algo me quedó ahí.
—¿No has pensado en tener hijos algún día?
—No, no voy a tener. Ya no confío. Y si la mamá es una loca… Ni siquiera he pensado en retomar ese aspecto de mi vida. ¿Qué persona va a querer? Cualquier persona que conozca, el tema estará entremedio, puede pasar un día entero en internet leyendo las cosas que supuestamente hice. No planeo nada, mi vida la estoy reconstruyendo día a día, no sé lo que va a pasar mañana, ni lo que voy a hacer. Lo único que sé es que voy a llegar a bajar el switch de la luz en mi trabajo.

Viernes 12 de junio. Mediodía. Un subterráneo de un edificio en Santiago Centro. Juan Manuel se saca una polera gastada. Es un hombre muy delgado. A sus 37 años, tiene bastantes canas. Se pone una camisa limpia para tomarse fotos para este artículo. Ninguna de frente, dice, no por vergüenza, si no por algo práctico: no quiere crearle problemas a su hermana en el condominio donde vive, que algún vecino lo reconozca y empiecen de nuevo las miradas, las sospechas. Siente que ya les ha dado suficientes problemas. Apenas le levantaron la prisión preventiva y pudo hablar largo con su mamá, le dijo: esta fue la última de tu hijo cacho.

—Siempre me he sentido así, gastando una millonada en doctores, 300 mil pesos solo en remedios. Ahora, sin querer, los dejé sin nada. Sigo viviendo con ellos. ¿Quién nos mantiene? Mi hermana. No lo provoqué, no es algo racional, pero es lo que siento.

Juan Manuel Romeo no ha retomado su vida social. En todo el proceso, perdió dos amigos de los cinco que tenía: ellos le dijeron que no apoyarían hasta que supieran la sentencia.

—Como si bastara un tercero para decirles que no soy pedófilo, me conocían de toda la vida. Bueno, así no son los amigos. Tampoco salgo a casas de nadie, ni a lugares públicos con los tres amigos que me quedan. Tienen miedo de ser vistos conmigo. Los entiendo.

Juan Manuel Romeo ahora raspa con los dedos la ventanilla de una puerta.

—Llevo dos semanas tratando de limpiarla, no sale.

En las letras negras dice: mayordomo, administración. A eso se dedica ahora, es conserje. Gana el sueldo mínimo. Barre y lava vidrios. Por eso las manos sucias. Aunque quisiera otro empleo, no podría conseguirlo: no pasaría un proceso de selección. Dice que no le preocupa. Ha pensado ser ascensorista. Subir y bajar.

Se vuelve a poner la ropa de trabajo. Le gustaría usar el delantal, el blanco, el del jardín, pero teme, un poco paranoico, que lo relacionen con las imágenes de televisión donde lo nombraron.

—Siempre asumí que mi epilepsia iba a ser la cruz que iba a cargar toda mi vida. Ahora pasó todo esto y doy gracias, me sacaron esa cruz de encima.

Juan Manuel llega a la puerta del edificio. Le quedan 10 minutos libres para almorzar.

—Pero me pusieron otra mucho más pesada. ¿Quién me va a sacar este cartel de encima? ¿Quién? Me voy a morir así.

1

La mañana del 4 de mayo de 2001 un hombrecito moreno y despeinado se sacaba sus gafas de cristal ancho, como jarrones, antes de echarle sorbos al café insípido y desabrido mientras ojeaba los escaparates céntricos de Dublín. Inexplicablemente sonrió. Qué curioso, le regocijaba esa ciudad húmeda, parroquial, pero de un extraño sentido contemporáneo. Esos pubs en los que cualquier borracho contaba leyendas de mil años atrás como si hubiesen sucedido apenas la última semana, ancianos de ochenta reunidos con adolescentes a bogar barriles de cerveza agria, repertorios de calles adoquinadas guardando muros de ladrillo en los que orinó borracho Samuel Beckett, pórticos y ventanales de los tiempos de Stephen Dedalus y Leopold Bloom (también borrachos), tan helada aunque alegre, tan marginal aunque europea. Tan rebelde.

Es Dublín.

Ese hombrecito no sabía qué le seducía; si el whisky, la cerveza negra, las irlandesas rubias o el desquiciado júbilo de este pueblo de eternos bárbaros civilizados. “Los irlandeses están locos”, pensó, “todos rematadamente locos”.

Tragando el reposado del café evocó cumbres mojadas de neblina, árboles frutales y pájaros barranqueros. Descuidado, alisó sobre su rodilla el traje formal prestado para el caso, que encajó vaya a ver cómo entre hombros, ingresando al lujoso salón. Enfundaba una carpeta gorda de documentos y cifras, de fotografías y prensa recortada, manifiestos, pliegos desordenados. El sabor de la última sonrisa todavía envolvía el del café cuando, flaco, despeinado, morenito, plantaba cara tronando duro en la mitad de la asamblea anual de accionistas del conglomerado papelero más grande del mundo: el Jefferson Smurfit Group.

—Las acciones de esta compañía que ustedes poseen deberían arder en sus manos y pesar en sus conciencias —palpitaba convencido— porque esas ganancias se obtienen en contra del futuro de la humanidad…

Multitud de ojos con asombro se desplazaron del que tenía que ser el foco normal de la reunión sentado enfrente, Michael Smurfit (presidente de la compañía, hijo del fundador y accionista mayoritario), para fijarse en aquel colombiano raro que con su exquisito inglés denunciaba la quema de bosques tropicales vírgenes arrasados por retroexcavadoras y winches, pintaba montañas yermas donde los campesinos quedaron incomunicados entre latifundios forestales inabarcables, explicaba los impactos terribles de la acidificación de los suelos, de aquellos ríos ahogados por coníferas, de los eucaliptos que desplazaron a los animales de monte.

—¿Acaso…? —su mirada desafiaba el auditorio entero—. ¿Acaso la dignidad humana y la naturaleza valen menos en Colombia que en Irlanda?

A continuación seguiría un bullicio mediático que acaparó esa semana la televisión irlandesa y saturó periódicos como el Irish Independent, The Sunday Times, el Examiner y el Sunday Tribune. Quiero imaginar el despelote. Quiero inspeccionar aquel recinto lleno que exige explicaciones parloteando al tiempo. Quiero palpar las venas brotadas en el cuello de los ejecutivos adelante. The Irish Times tituló que Smurfit reñía con una “asamblea anual hostil”. Los socios criticaron duramente los salarios tan elevados de los directivos, la mayoría miembros de la familia fundadora. A causa de una legislación reciente se había revelado que Michael Smurfit acababa de devengar 6,5 millones de euros de sueldo el año anterior. Una señora accionista, de buena voluntad, ofreció disculpas y algunas libras de compensación al colombiano despeinado que seguía levantando la mano y mencionando selvas tropicales milenarias arrasadas, ríos secos, obreros explotados al otro lado del océano. La señora insistía en que recibiera sus compensaciones. “Con esto”, piensa que pensó entonces, “no pago ni el café desabrido de esta mañana”. Michael Smurfit, atacado en su guarida, salió de casillas desencajado:

—Somos una compañía muy respetable. De hecho, recientemente he recibido una carta del presidente de Colombia felicitándonos.

Un día después, el 5 de mayo, nada menos que el New York Times reseñaba parodiando ese alboroto: “lejos quedaron aquellos días cuando las asambleas anuales de las compañías irlandesas eran plácidos coloquios a los que asistían jubilados más interesados en los sánduches gratis que en las cuentas financieras de la empresa”.

Pero ya entonces el hombrecito flaco, acompañado por la eurodiputada Patricia McKenna, abandonaba Dublín tras una carrera de película de espionaje.

—Puede que fuera paranoia —confiesa—, pero yo sentía que me perseguían, hermano.

Tomó buses aleatorios. Dobló esquinas, callejones, muros donde antes orinaron borrachos Beckett y Bloom y Dedalus y Joyce juntos. Subió a un taxi siguiendo rutas absurdas. Lo soltó. Subió a otro. Traspasó el mar en ferry, pisó costa inglesa, trepó al primer avión que pudo y, ya volando, sonrió. Pensaba que esa gente tenía de sobra como mover hilos muy delicados para ensuciarlo, qué sabe uno, por ejemplo enviando una patrulla de policías a empacarle en la mochila un kilo de cualquier sustancia blanca prohibida, como puesta en escena para fingir una detención. Los titulares del Irish Times, sin duda, habrían sido diferentes.

¿Quién era el despeinado de gafas que le robó el show al amo del mayor emporio multinacional irlandés? Pues ese morenito nacido y criado en el municipio cafetero de Calarcá, caminante irredimible de charla frondosa, era otro de los propietarios de la multinacional papelera más grande del mundo, aunque no tanto como Mr. Smurfit, ni como la señora de las disculpas.

Era Néstor Jaime Ocampo, poseedor de una única acción del Jefferson Smurfit Group, puesta a su nombre por un colectivo de solidaridad con Latinoamérica en Irlanda. Una acción que aún conserva, adquirida solamente con el propósito de colarse a esa asamblea dañando los agasajos al emperador del cartón, aquel 4 de mayo, cuando la boca le sabía a café, a sonrisas.

2

En 1986 el Jefferson Smurfit Group se hizo al control mayoritario de Cartón de Colombia, una gran empresa en negocios de pulpa de papel y plantaciones forestales fundada en 1944 por inversionistas antioqueños en alianza con capital norteamericano. Cartón de Colombia comenzó fabricando cajas corrugadas, plegados y diversos empaques de fibra larga para abastecer una reciente demanda industrial en el país; vendía sus productos a confeccionistas, cementeras, fábricas de comestibles, harineras, exportadores de banano. Poco a poco la élite empresarial comprendía las ventajas de reemplazar pesados y costosos cajones de madera por cartón que cumplía además funciones de publicidad, pues llevaba impreso el logotipo de marcas y mercancías.

En los primeros años de operación Cartón de Colombia trabajó con pulpa importada de potencias madereras como Finlandia. Construyeron su planta principal junto al río Cauca en Puerto Isaacs (Yumbo). Pronto ciertas condiciones abrieron la posibilidad de encajar una economía de escala, asegurando un prominente futuro a la actividad forestal en el país: la empresa podría abastecerse de madera local gracias a las extensas selvas baldías del litoral pacífico, relativamente cercanas de la planta procesadora.

Los negros del litoral vieron una pequeña avioneta cortando nubes “desde Cabo Corrientes hasta el río Mira”, según anota Hernán Cortés Botero, veterano vicepresidente de la empresa. Eran expertos que hacían reconocimiento de las selvas y su geografía, “lo cual condujo a escoger la zona del Bajo Calima por su ubicación estratégica en relación con el sitio de la fábrica, procedimiento complementado con la intensa investigación de las especies arbóreas existentes”, concluye Cortés en un libro conmemorativo.

Gobiernos de turno otorgaron a la empresa concesiones sobre bosques vírgenes en aquella vasta región al norte del puerto de Buenaventura. La compañía recibió a través de su filial Pulpapel 15.000 hectáreas en 1957; 25.000 en 1962; 11.710 en 1970; y, finalmente, 60.000 más en 1974. Una superficie tan grande que supera casi dos veces el territorio de Holanda. No era baldía como se afirmaba, pues lleva siglos ocupada por comunidades afrodescendientes e indígenas que terminaron aserrando a destajo para la multinacional. Hasta 1993, cuando abandonó la concesión, la empresa arrasó todo lo que pudo cortando troncos tan compactos como los del manglar, que no son útiles elaborando papel. Hoy se jactan de haber sido la primera papelera del mundo que consiguió producir pulpa a partir de maderas duras tropicales.

Fue en 1969 cuando la Reforestadora del Cauca, filial de Cartón, emprendió siembras de pinos en la finca Chullipauta, entre Popayán y el municipio de Cajibío. Este modelo se extendió rápidamente por el suroccidente del país a través de contratistas, arriendos de fincas o compra directa de las tierras. La compañía aprobó en 1974 su plan forestal para adquirir 30.000 hectáreas en un lapso de 15 años. Eric Leupin, quien era cónsul holandés en Cali, fue de los primeros subcontratistas asociados. A enero de 1975, así marchaba su negocio sobre 1.600 hectáreas de cañadas vírgenes, arriba de la Cordillera Central, cerca al pueblo indígena de Inzá (Cauca):

“Habían [sic] dos factores que me llevaban a creer que la compañía tenía un buen futuro: las ventas de madera estaban aseguradas y los permisos para explotar los bosques ya habían sido aprobados por el gobierno. Las ventas estaban respaldadas por un contrato firmado entre la productora de pulpa (…) que estipulaba la compra de 100.000 toneladas de madera a un precio previamente negociado (…) El volumen total de madera para entrega podría ser ampliado para cubrir toda la madera disponible en la propiedad de la empresa que se estimaba en 230.000 toneladas aproximadamente”.

La tala de la selva andina anticipó la siembra de plántulas de pino, aportadas directamente por Cartón de Colombia. En la mayoría de casos, la propia multinacional adquiría terrenos boscosos o haciendas ganaderas poco productivas en tierra fría, por precios muy bajos. Luego las pineras invadían todo. Hacia 1989 la compañía no sólo había dejado ya de importar pulpa sino que además podía prescindir de la madera proveniente de la concesión selvática: alcanzaba a autoabastecerse por completo con sus cultivos de coníferas. Por entonces comenzaron a experimentar con los primeros brotes de eucalipto clonado.

De las 104.000 hectáreas de plantaciones y bosques nativos que la multinacional asegura poseer en el mundo (en países como Venezuela, Colombia, Francia, España), 68.534 hectáreas oficialmente se encuentran entre las cordilleras Central y Occidental de los Andes colombianos. El “principal activo forestal de esta empresa”, en palabras de sus directivos.

3

Néstor no era dueño de todo eso. No todavía.

Antes fue muchas cosas. Educado por franciscanos, fue el pequeñín campesino admirador del Santo de Asís, que cuidaba la incipiente reserva del alto Navarco con su abuelo, primer guardabosque del Quindío y quizá del antiguo departamento de Caldas. Después fue el mochilero peludo que viajaba deautostop por las carreteras de los años 60. Fue alumno en la Facultad de Ingenierías, cauchera en el bolsillo y piedra en mano, un agitado 1971 cuando la Universidad Nacional de Bogotá quería ser epicentro de todas las revoluciones de la historia. Jamás se titularía como ingeniero mecánico, prefirió irse a asesorar la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, compartiendo sudor y fatigas con sus paisanos jornaleros que paralizaron la producción cafetera. Luego fue un entusiasta participante del movimiento ecológico nacional que floreció cuando en el pequeño caserío de La Suiza, cerca a Pereira, acontecía el congreso de Ecogente en 1983.

—Arrancamos con el cuento de la ecología en los ochenta. No teníamos claro cómo era eso, pensábamos que cuidar la naturaleza era recoger las basuras, sembrar arbolitos, algo más de buenas intenciones, pues no había una comprensión profunda de los problemas ambientales.

Fue hijo, hermano, amante. Fue compañero. Una vez se sorprendió a sí mismo vendiendo morrales y tiendas de campaña para sobrevivir, porque fue padre. Néstor Ocampo fue, sobre todo, lo que sigue siendo: un caminante.

Vaya tiempo de correr el país alborotando avisperos con otros dos pioneros en la materia: Néstor Velásquez y Luis Alberto Ossa. Apenas se tomaba conciencia de la inexorable crisis ambiental en que andaba metido el planeta; mientras la izquierda sufría su peor debacle, la ecología surgía como disciplina poderosa, renovadora, a la orden de las circunstancias más urgentes. Esta semana, en Antioquia removían la opinión pública denunciando la desaparición de las selvas de Caucasia por la presión ganadera; la siguiente mostraban la contaminación que las trucheras causan al torrente del río Quindío; luego viajaban a Calima-Darién, en el Valle del Cauca, para conocer los impactos negativos de las primeras plantaciones de pino.

—Y creamos la Fundación Ecológica Cosmos en Calarcá. Es coincidencia, el mismo año que llegó la Reforestadora Andina.

El 1 de noviembre de 1987 Néstor Ocampo se sentaba solo en una casa alquilada, vacía, frente a un escritorio desierto, a dedicarse por completo sin saber muy bien a qué; limpiar el río los fines de semana, adelantar jornadas de reciclaje, reforestar los arroyuelos, programar caminatas educativas. Jamás visitó de nuevo su taller de morrales e implementos de camping.

—Hasta que una vez, caminando por la trocha que va de Calarcá a Salento, arriba de la montaña nos encontramos esa gente haciendo daños.

Desde la década del ochenta los tempranos ecologistas habían sido testigos de la invasión de las coníferas y los eucaliptos en Quindío y Risaralda. Primero con la Compañía Nacional de Reforestación, y más adelante cuando la Reforestadora Andina (empresa subsidiaria de Cartón de Colombia en el eje cafetero), ocupó enormes terrenos que habían sido bosques nativos o zonas de producción agrícola en la cordillera. Con frecuencia pillaban los operarios tumbando el monte y realizando quemas prohibidas para ahorrar trabajo al despejar lotes de siembra y cosecha. Cada año la Fundación Ecológica Cosmos interpuso demandas formales contra la Reforestadora ante la autoridad ambiental del departamento, la Corporación Autónoma Regional del Quindío. Esas demandas nunca prosperaron.

El 5 de agosto de 1993 irrumpieron en la Fundación varios campesinos calzando botas pantaneras, bastante agitados. Habían descolgado la montaña desde la vereda Chagualá.

—Hermano, viera lo que está pasando arriba —le advirtieron—, hay un incendio el verraco allá donde estaban esas pineras.

En el primer Jeep que consiguió con un compañero fotógrafo de la Fundación, Ocampo se le tiró a la montaña. Encontraron 25 hectáreas a pleno fuego encima de una plantación de pinos recién cosechada. “Yo no podía creer esa vaina”, recuerda que bajó furioso y chamuscado, directo donde el responsable de la Corporación Autónoma, para sentenciarlo:

—Este año no vamos a denunciar a la multinacional. Los vamos a denunciar a ustedes. ¿A nombre de quién mando la carta? ¿A nombre suyo?

4

Más fácil si miramos fotos antiguas.

Inconfundible la sonrisa estridente de César Gaviria Trujillo cuando era jovencísimo presidente de la República; se frunce entregándole la Cruz de Boyacá a Michael Smurfit durante una ceremonia en Cali, carcajea pasando un cóctel con los socios de la multinacional. Es 1994. Por ahí anda también el barón conservador del Valle, Carlos Holguín Sardi.

Época distinta. A blanco y negro se aprecia cómo Adolfo Carvajal soba la mano de Alan Smurfit, hermano de Michael. El Grupo Carvajal, entramado empresarial del Valle del Cauca ligado a negocios editoriales, es accionista minoritario pero importante desde que don Manuel Carvajal participara en la fundación de Cartón de Colombia en 1944.

Instantáneas de los sesenta. Figuran sentados miembros de las familias fundadoras, Carvajal, Uribe y Gómez —accionistas nacionales—, con el ministro de hacienda de ese tiempo, Luis Fernando Echavarría, junto a ejecutivos norteamericanos. Otra imagen muestra en primera fila al comandante militar de la tercera brigada de entonces, general Bernardo Lema, caminando con el gobernador del Valle, Raúl Orejuela. Con ellos va Gustavo Gómez Franco, el hombre fuerte de la compañía en Colombia, que en una foto diferente le regala un libro a la hija del rey de España, doña Cristina de Borbón y Grecia. Veremos al señor Gómez Franco con el primer ministro de Irlanda, Albert Reynolds, o inaugurando una escuelita (logo de Smurfit pintado en la pared). Lo veremos plantando arbolitos, participando en coloquios internacionales, probando whisky junto a Nicanor Restrepo, el capitán del Grupo Económico Antioqueño. Lo veremos al lado del director del Instituto Nacional de Recursos Naturales, también acompañando al Ministro de Desarrollo. Con las autoridades civiles, con las autoridades militares, con los curas, los científicos, los pintores, las señoras, los bebés, los ciclistas, con un equipo de futbol, con políticos que eligen su color o su partido según cada cuatro años.

Estampa memorable. 1953, el presidente de la República Roberto Urdaneta —sombrero y corbatín— inaugura con técnicos extranjeros uno de los molinos procesadores de pulpa en la fábrica de Yumbo, diseñada nada menos que por el célebre arquitecto Walter Gropius.

Otra, 1974, el presidente de la República Misael Pastrana sirve de testigo para unas escrituras públicas conformando una entidad mixta de investigaciones forestales.

Otra más, julio de 2002, 30 compañías multinacionales, incluida Cartón de Colombia, organizan una reunión de respaldo al candidato recién electo, Álvaro Uribe Vélez, a quien donaron dinero para sus dos campañas presidenciales.

Así queda más fácil resumir setenta años. Cambian caras. La multinacional permanece.

5

—Qué hubo, malparido hijueputa. ¿Vas a seguir jodiendo? Te vamos a chuzar, cuídate, malparido, que te vamos a chuzar.

Néstor Ocampo jura que nunca ha tenido roces personales con nadie. Pero casualmente, cuando empezó a pelear contra las plantaciones forestales, sonaban a diario voces anónimas al teléfono prometiendo puñaladas.

—Mis hijos son ciudadanos canadienses —explica—, se fueron como refugiados. Yo preferí quedarme.

Debido a sus denuncias públicas la multinacional lo demandó por injuria y calumnia. 1994 fue de polémica con primeras planas informando citaciones, apelaciones, fallos en segunda instancia y finalmente un artículo en El Tiempo de Gustavo Gómez Franco, el gerente de Smurfit, respondiendo a las columnas del reconocido fotógrafo Andrés Hurtado —también en El Tiempo— que criticaban fuertemente la empresa.

Al final Néstor Ocampo ganó el pleito jurídico, pero el contexto nacional era espinoso. La guerrilla de las Farc intentó capitalizar el rechazo que sentían las comunidades campesinas del eje cafetero hacia el negocio forestal; en las lomas altas de Salento incendiaron maquinarias de la Reforestadora; sobre los grandes cultivos que abarcan las montañas de Guática y Riosucio los guerrilleros quemaban volquetas de contratistas, prohibían el ingreso a las plantaciones y amenazaban operarios. Un boletín del frente 50 que operaba entre el Quindío y el Tolima anunció que no permitirían “ni un metro más cultivado de pino”.

Más contradictorio resultó que en el sur del país varias comunidades siempre acusaron a la guerrilla de buscar alianzas con la compañía, concretamente, asesinando líderes indígenas del Cauca que se opusieron a los pinos, o cobrando extorsiones a los cultivos en sus zonas de influencia. El caso más evidente en la región del Alto Naya lo documentó Walter Joe Broderick en su libro El imperio de cartón.

Cuando la Fundación Cosmos convocó a proteger las palmas de Cera, derribadas cada semana santa para elaborar los famosos ramos, de los altares llovieron acusaciones tachándolos de comunistas ateos enemigos de la iglesia. Ahora que denunciaban a Smurfit algunos círculos insinuaron que andaban trabajándole a la guerrilla.

—Mi estrategia ha sido dar la cara haciéndome muy visible. No tengo nada que esconder. Eso sí, a mí no me van a encontrar dando papaya borracho en la calle a medianoche.

Es verdad que su figura es bastante conocida, aunque no libre de controversia. En Calarcá, desde los vigilantes del banco y los desocupados de la plaza, hasta los notables del pueblo o las vendedoras de arepas, cualquiera reconoce a Ocampo. Nada raro que lo detengan a media calle a pedirle favores o solución para esos problemas de aldea que nadie resuelve, por ejemplo, quién se va a ocupar de los desperdicios arrumados en tal esquina, quién puede adoptar un cachorro de gatito abandonado en tal lugar, y así. Hay quienes opinan que jugó un oportunismo dudoso vinculándose a la alcaldía de John Bairo Cohecha, una administración que terminó demasiado cuestionada. Algunos van más allá sentenciando que lo de Cohecha fue “el peor desbarajuste” en la historia del municipio y a Ocampo lo acusan de no ponerse al margen de esos malos manejos. “Nunca se ha sabido cómo se mantiene”, me contó un joven periodista, “yo no digo que robara, pero estuvo ahí”.

El 25 de enero de 1999 a Néstor le caerían encima dos años fulminantes. Acababa de posesionarse en la alcaldía y terminó gestionando el desastre humanitario que dejó desmoronado el terremoto del eje cafetero en Calarcá y Armenia. Montó una emisora comunitaria desde el campanario de la catedral, organizó un periódico y un centro logístico en el cuartel de bomberos, pero primero convirtió su bicicleta en oficina rodante: pedaleaba por los escombros atendiendo damnificados, canalizando víveres, llevando agua, censando víctimas.

—Fueron probablemente los años más intensos de mi vida, dormía encima del escritorio y trabajaba 16 horas diarias toda la semana. Pero los agradezco, hermano, los agradezco. Hoy siento que en esos años me gané el derecho a vivir en el nuevo milenio.

Lo dice con aire de convencimiento, quizá haya cierta presunción, quizá ansias de protagonismo. Nadie sostendría que no lo tuvo; sin embargo, sus críticos sitúan ese protagonismo junto al descalabro de la administración municipal desastrosa, endilgándole responsabilidades. Néstor es el típico líder que gravita en torno a una personalidad fuerte y absorbente, deseosa de figurar en todas las coyunturas.

Después volvió a lo de siempre: redactó memoriales, preparó ponencias, estudió la composición de los suelos, las amenazas a la fauna en peligro. A medianoche escalaba rutas del Valle del Cocora para sabotear una carretera que la Federación de Cafeteros quería echar hasta el mismísimo páramo de los nevados: de madrugaba arrancaba los postes topográficos que marcaron el trazado arrojándolos al abismo. El último, el que marca 19 kilómetros 400 metros, lo guarda como un trofeo. Buscando apoyo internacional para tantos propósitos contactó alguna vez con el BUND, la asociación ecologista más numerosa de Alemania. Con ellos viajaría a Berlín y a Heidelberg, donde estuvo tres meses impartiendo conferencias y sosteniendo reuniones. De ahí saltó a Irlanda en mayo de 2001.

Ya el teléfono había parado de sonar, por supuesto.

6

Salento es el pueblo escaparate de la parafernalia cafetera. Recibe el año completo miles de turistas propios y extranjeros, atraídos por la arquitectura típica de la colonización antioqueña, por sus vistas altivas de la cordillera y los restaurantes que sirven trucha. El visitante se devuelve con la imagen pasajera de una villa como era cien años atrás, de balcones coloridos, de aleros, portones y barandales tallados en madera de cedro, geranios y novios reventando cada ventana. Hay una encantadora panorámica del Valle del Cocora, paisaje agraciado que concluye en filas de palmas de cera acariciando la neblina. Una belleza de exportación. Una vitrina.

El drama de este pueblito es que apenas si le quedan campesinos, y no solamente por lo perturbadora que fue la explosión turística inflando los precios de todo. Se acabaron las parrandas montañeras. No hay cafetales. Se acabó la variedad de papa salentuna, antes apreciada desde Manizales hasta Sevilla. Se acabaron las lecherías y los quesitos paramunos. Quedan arrieros, claro, para subir excursionistas japoneses o italianos por el Cocora al nevado del Tolima. Los visitantes no perciben que más del 10% del territorio de Salento es propiedad de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia.

—Nunca se ha podido saber con precisión —Ocampo está ofreciendo una charla sobre terreno a un grupo de universitarios—, pero nosotros estimamos que entre el 4 y 5 por ciento de las tierras del departamento del Quindío están en manos de esa multinacional.

Los cultivos de pino hacen que algunas zonas parezcan localidades de los Alpes y no el trillado corazón de la cultura cafetera. Un viejo chiste de los ecologistas dice que la Reforestadora Andina ni es Andina ni es Reforestadora porque sus verdaderos dueños son multimillonarios irlandeses y la empresa no siembra un árbol que no vaya a talar luego.

—Observen el territorio —insiste Néstor—. ¿Qué ven? Es mucho más que un lugar. Es un paisaje, pero también una historia y una cultura. Esas lomas de cumbre plana tienen pasado: se llaman “terracetas”, fueron asentamientos de indígenas que aplanaban para cultivar y construir sus viviendas. Ese valle en forma de U tiene otra historia: fue formado probablemente por un glacial que se descongeló hace millones de años y rompió la montaña. Los potreros nos dejan ver una vocación agrícola de la zona. ¿Entienden? El concepto de territorio implica que la gente se reconoce y se siente parte de él, hay una relación humana con la tierra, porque ahí está nuestra historia, nuestras formas de vida, el sustento, las tradiciones. Nosotros somos el territorio. Nada de eso le interesa a una multinacional que viene a apropiarse de los suelos y del agua para conseguir mayores ganancias.

Superando Alto de Cruces, en la autopista entre Pereira y Armenia, los alrededores repiten el verde monótono que identifica los cultivos forestales. Los pocos pobladores aseguran que están secando la estrella hídrica del Morro Azul, donde nacen las corrientes del Consota, Cestillal, Barbas, Bolillos, Bremen, Roble, Espejo y Boquía. Las fuentes de agua para medio Quindío.

Ocampo repite los tópicos frecuentes de los ecologistas cuando lanzan diatribas a los monocultivos. Que agotan los manantiales, que destierran las comunidades campesinas, deterioran los suelos, alteran el equilibrio de la biodiversidad. Que enriquecen a corporaciones foráneas. Los mismos argumentos de los mapuches de Chile o algún manifiesto brasilero por la defensa de los bosques tropicales. Pero hay algo inédito cuando Néstor sostiene que el verdadero problema no está en la naturaleza, ni siquiera en las relaciones sociales de dominación, sino en el terreno de las ideas. Los chicos en la escuela, cuando tienen que dibujar un árbol, pintan un pino. Por eso, dice, la batalla es contra el consentimiento, contra la aceptación a priori de que sembrar esos árboles es algo bueno, necesario y hasta encomiable, sin analizar el contexto.

Las empresas publicitan su negocio arguyendo que las coníferas y eucaliptos son saludables para el planeta. Defienden que siempre será mejor una plantación que un área dedicada a la ganadería o cultivos de mayor impacto. Multinacionales como Smurfit argumentan que sus plantaciones son sumideros de carbono que ayudan a disminuir los impactos del calentamiento global. Las Corporaciones Autónomas, autoridades que se presumen independientes, escudan el negocio forestal como un ejemplo que combina productividad con protección de la naturaleza.

—Hermano, la culpa lógicamente no es de esos pobres eucaliptos —remata Néstor—. Ese árbol hace lo único que puede, que es crecer. Y con las condiciones del trópico ese crecimiento es muy acelerado, necesita más agua y nutrientes de lo normal. Pero quienes promueven eso, a sabiendas del daño que provocan, sí son responsables.

Lo cierto es que numerosa literatura científica señala algo que la sabiduría popular advirtió antes: los monocultivos forestales exóticos disminuyen el caudal de los ríos. Las causas alternan entre una gran demanda de agua del árbol en crecimiento, mayores pérdidas por evaporación y poca retención de la lluvia debido a una ausencia de capas inferiores de vegetación nativa.

Durante alguna de sus visitas a Colombia, Michael Smurfit no andaba con tonterías si declaró abiertamente que “en una industria como la nuestra, los grandes activos naturales, bosques y agua, han sido considerados como los elementos claves del éxito”. En 2005 el Jefferson Smurfit Group se fusionó con Kappa Packaging; amplió así sus operaciones prácticamente a toda Europa y dominó el mercado en Argentina, Chile y Uruguay. Las acciones de la compañía, que la última década habían fluctuado alrededor de los 8 euros, a mediados de octubre del 2014 pegaron un alza portentosa y todo 2015 se cotizaron entre 24, 26 y 29 euros. Evidentemente el negocio repunta, pues la multinacional planea una ambiciosa expansión a Perú y Ecuador cuya base obvia de operaciones será Cartón de Colombia.

Más o menos eso posee Néstor Ocampo: ni siquiera 30 euros de la mayor papelera del mundo. La que en palabras de Mr. Smurfit supo apoderarse de aquellos “elementos claves del éxito”.

7

—Te cuento, Camilo, la cultura forestal en Colombia ha sido más del tumbar que del sembrar. Este país y toda su zona andina se hizo tumbando, tanto, que el símbolo de una ciudad como Armenia es un tronco con un hacha.

Ahora le toca el turno a Ricardo Gómez Londoño, también nacido y criado en Calarcá, también amable conversador, imparable en la charla y además ciclista aficionado. Pero Ricardo será opuesto a Néstor hasta la médula: es el ingeniero responsable del núcleo de explotación forestal de Smurfit-Kappa para el eje cafetero y, por tanto, un defensor convencido de las plantaciones comerciales de árboles. En su discreta oficina, Ricardo, quien domina los datos técnicos con precisión apabullante, como un malabarista que juega tirando un arsenal de cuchillos al aire sin cortarse, me va a hipnotizar explicando que la multinacional es la propietaria privada con mayores áreas de bosque natural en el país, que sus lotes son globos de terreno siempre superiores a 70 hectáreas para lograr un rendimiento eficaz, que tienen 454 propiedades repartidas en seis departamentos, que emplean sobre terreno a 2.500 operarios entre jornaleros, aserradores, fumigadores y demás, que para alimentar los molinos de la fábrica en Yumbo se necesitan 830.000 toneladas de madera al año, es decir, cada día entre 300 y 350 tractomulas cargadas de troncos provenientes de las montañas del centro y suroccidente colombiano, y que toman en cuenta la vocación del suelo para no desarrollar actividades en zonas donde, según él, podrían alterar otras dinámicas productivas (no me lo creo) o, en todo caso, donde el precio de los terrenos no ofrecería la rentabilidad esperada (eso me parece más convincente). Por eso prefieren fincas entre los 1.600 y 2.400 metros de altitud, donde la tierra suele ser quebrada, sí, pero barata y lluviosa.

—¿Qué es lo que nos interesa? —continua Ricardo—. El agua. Smurfit-Kappa Cartón de Colombia lo tiene totalmente claro, nuestros bosques naturales protegen las fuentes hídricas de las comunidades que están más abajo de las plantaciones, porque competimos con la ganadería extensiva, ayudamos a recuperar terrenos que habían sido deforestados. Mucha gente no nos perdona que aprovecháramos bosques naturales durante muchísimos años en el Bajo Calima, pero es que no era ilegal, y no es hoy en día ilegal; empresas como Maderas Pizano lo siguen haciendo en el Chocó.

Aunque hace décadas que lograron producir papel a partir de maderas tropicales, resulta más provechoso plantar pinos y eucaliptos, pues los tiempos de cosecha son muy cortos y la calidad es superior. Sin embargo, Ricardo Gómez asegura que la multinacional ha experimentado con árboles nativos como el chaquiro (Retrophyllum rospigliosii), que se podría cultivar si sus variedades mejoradas consiguieran cosecharse a los 22 o 24 años. También admite que si se trata de conservar el medio ambiente, no hay comparación posible entre un bosque nativo y una plantación forestal, porque el primero “está totalmente regulado, el ciclo hidrológico allí es perfecto”, mientras que la plantación causa un impacto negativo cuando se tala, dejando el suelo descubierto.

—Ahí no hay discusión —reconoce—, es algo de razón natural.
—¿Y cómo ha sido la relación con Néstor Ocampo?
—Nula. Él no entiende la actividad forestal y nunca la va a entender. Hace caminatas cada mes y toma fotos, las pone en Facebook diciendo que nosotros talamos, que tumbamos, que quemamos. Smurfit tiene una excelente relación con Orquídea, la Organización Quindiana de Ambientalistas, con ellos tenemos proyectos conjuntos. Con Néstor nunca se ha podido. Yo diría que nos evade. Cuando estamos en alguna reunión no habla una palabra, porque sabe que Cartón tiene personas preparadas capaces de dar el debate. Es paisano mío, lo respeto y es un trabajador incansable, nunca ha sido agresivo, ni grosero, pero le falta profundidad. De Néstor se hablan muchas cosas, tiene partes oscuras de su vida que nadie las sabe, entonces la gente puede especular muchísimo, como que se fue del pueblo cinco o seis años y no se conoce lo que hizo en ese tiempo…

Luego nos pasamos a los ejemplares de pinos vietnamitas y centroamericanos, a las precipitaciones en la vertiente del Dagua y La Cumbre, a los inversionistas chilenos y brasileros que están sembrando miles de hectáreas de los llanos orientales con acacias, y a la posibilidad fallida de elaborar papel con fibras de guadua.

—Yo te agradezco, Camilo, que hayas venido. ¿Querés otro tinto?

8

—Cuando volví de Irlanda me encontré en Armenia a León de los Ríos, que era gerente de la Reforestadora Andina —Néstor recalca que su disputa es de ideas, pero las personas se respetan—. Es un tipo muy inteligente, muy formado. Hasta amigos nos hicimos de tanto pelear.

En un coloquio institucional sobre medio ambiente, León ingresó tarde al auditorio y apenas quedaba un puesto libre al lado de Ocampo. Cuando vaciló intentando retroceder, aquél lo encaró:

—Dejáte de pendejadas y sentáte acá, León, que yo no tengo nada contra vos, mi problema es con esa verraca multinacional.

Cierta vez León de los Ríos buscó a Néstor para decirle que Víctor Giraldo, otro de los hombres fuertes de Smurfit en el país, deseaba conocerlo:

—El doctor Giraldo lo anda buscando, quiere hablar con usted. Lo invita a Cali, a Yumbo, todos los días que quiera, en las condiciones que quiera…
—Hombre, León, decíle que yo estoy muy ocupado, no tengo tiempo de ir por allá. Si quiere hablar conmigo que venga a Calarcá.

Y vino. Cartón de Colombia ordenó alquilar uno de los salones grandes del Hotel Armenia Estelar, el mejor del momento, nada más que para sostener un almuerzo entre dos tipos. Néstor corrió temprano al lugar donde, como de costumbre, tenía conocidos.

—Muchachos —les dijo—, ¿ustedes me garantizan que no vayan a montar una hijueputa cámara escondida en ese salón?

Así, sobre seguro, luego de traspasar a bordo de su bicicleta esa ciudad ruinosa devastada por un terremoto y antes por la caída de los precios del café, el hombrecito moreno y despeinado detrás de sus lentes gruesos como jarrones vio llegar al vicepresidente colombiano de Smurfit. Víctor Giraldo era, en términos estrictamente legales, un empleado más de la multinacional que hoy factura 8.200 millones de euros al año, esa compañía con la que Néstor se ha pasado media vida peleando y de la que terminó siendo accionista sin querer. Bajo una aparente normalidad muy cordial, los convidados probaron las primeras cucharadas. Entonces Giraldo intentó con evasivas:

—Néstor, yo creo que nosotros, a pesar de algunas diferencias, estamos del mismo lado del río.

Tres frases más adelante, el otro pegó el hachazo:

—Mirá, hombre, parála ahí un momentico. Nosotros no estamos de la misma orilla de nada: estamos en las orillas opuestas de un río muy, pero muy ancho. Tan ancho, que casi ni lo alcanzo a ver a usted.

A partir de ahí ambos discutieron sin rodeos. Con una franqueza inesperada Giraldo se calentó. Que eso era oponerse al progreso, cosas de izquierda y de guerrilleros, podrían trabajar juntos en planes por el medio ambiente, una causa común, un interés superior, podrían colaborarse, ayudarse de alguna manera. No debía olvidarlo: él, por poco que fuera, también era dueño y accionista de la compañía…

Maquinaba su discurso, pero el morenito despeinado ya no iba a entender razones. Se devolvía al mismo niño que agotó sus tardes viendo trabajar las hormigas dentro de la hierba, intrigado por descifrar cómo algo tan pequeño podía moverse, sorprendido con la manera como crecen las plantas y engordan las nubes. Un niño que brincaba imitando los venados del Alto Navarco, donde aprendió con su abuelo a cuidar el monte y a buscar los huevos de las gallinas entre los matorrales.

Liquidaron el almuerzo y se despidieron. Nunca se volvieron a ver.

Ahí va, con el pantalón y esa camisa de mezclilla que usa desde que alguien le dijo que Albert Einstein no se cambiaba de ropa para no perder el tiempo. El profesor Cruz Hernández camina entre un monte agreste, protegido por enormes ceibas, huanacaxtles y coloridas amapas. Recorre el monte y sus zapatos ya están cubiertos de una coraza terregosa que se engrosa a cada paso, como si en algún momento se fuera a quedar atrapado en el lodo.

Es 9 de enero de 2007 y, en un lugar llamado Recoveco, el viento saluda con un fresco que arranca una sonrisa hasta al más huraño del pueblo. Nada qué ver con el abrasante calor de más de 40 grados que en julio y agosto convierte a una parte de sus pobladores en fantasmas. Es uno de esos días en los que el profe Cruz aprovecha lo más que puede para trabajar en su pequeño mundo: una reserva personal de 12 hectáreas que ha ido cultivando y reforestando con más amor que dinero, suficiente para convertir ese espacio en un santuario de animales que ya sólo aparecían en las historias de los más viejos: venados, tejones, cochinos salvajes y las ruidosas chachalacas.

Él y su silencio. Ora corta la maleza, ora limpia los cercos de hierba, cuando una llamada lo devuelve al mundo. La ha esperado por años, tanto que casi había perdido la esperanza.

A las 5:30 de la tarde suena su teléfono móvil, un pequeño artificio negro de bajo costo que además de permitirle hacer y recibir llamadas, envía mensajes de texto y sirve de linterna con sólo aplastarle un botón.

Cruz Hernández observa el número que aparece en la pantalla. Lo reconoce de inmediato. ¿Cuántas veces lo ha marcado? Tantas que ha perdido la cuenta.

 —¿Bueno? —contesta él.

Al otro lado de la línea se escucha la voz suave de una mujer.

—¿Señor Cruz?
—Sí.
—Permítame, le va a hablar don Gabriel…

En ese preciso instante el aire se quiebra.

***

Cruz Hernández es el primero de 10 hijos de un campesino oriundo de un lejano pueblo conocido como Tempoal, en el norte de Veracruz. Desde su infancia todo apuntaba a que repetiría la vida de su antepasado: ayudarle a hurgar en el campo terregoso, a arriar al ganado remolón y a la escasa siembra de maíz. Así parecía hasta que llegó a la secundaria y miró por la ventana un mundo paralelo: abrió su primer libro. Lo recuerda como el marinero a las estrellas:

—¿Nada para el coronel?
El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:
 —El coronel no tiene quien le escriba.

El personaje era tan parecido a su abuelo, que de inmediato lo abrigó en su pecho adolescente, a un lado del corazón, dejando apenas espacio para un tranquilo latir. La vida sería otra a partir de entonces.

En esos tiempos buscaba leer todo lo que estuviera firmado por un tal García Márquez. Ahí se encuentra el inicio de su obsesión. Cursó la preparatoria, después la carrera de Agronomía y obtuvo una plaza de maestro en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario (CBTA).

Sólo había un inconveniente. El empleo estaba lejos de su hogar, hasta un ejido de altas temperaturas: Recoveco, municipio de Mocorito, Sinaloa, un pueblo rural de unos mil 600 habitantes.

Ya tenía una carrera, pero no le bastó y decidió estudiar una segunda: Veterinaria. Con esta profesión y la de su esposa Alma del Carmen, médica, le bastó para ganarse la buena voluntad de la gente de Recoveco, sobre todo cuando la pareja prometió replicar aquella máxima de Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera: “En esta profesión tratamos de que los ricos paguen por los pobres”.

Han pasado más de dos décadas desde aquellos días y él sigue auscultando animales en los corrales del pueblo, aconsejando a campesinos sobre sus cultivos e impartiendo clase en los salones del bachillerato.

Pero en Recoveco nada ha identificado tan bien al profe Cruz como esa manía por la lectura que carga desde que se topó por primera vez con El coronel no tiene quien le escriba, y que ha tratado de inyectar en niños y adolescentes. Por eso, cada que en el pueblo ve a un joven ocioso, suelta como sapo una pregunta que siempre guarda debajo de la lengua: “Y tú, ¿qué estás leyendo?”.

La técnica ha dado buenos resultados. Al paso de los años los alumnos pedían más y más libros hasta que un día, cuando el calendario mostraba las primeras hojas de marzo de 2003, se le ocurrió invitar a la plebada a realizar una actividad distinta a la de leer en soledad.

—Hey —les dijo—, hay que hacerle una tertulia al Gabo.

***

Ese 6 de marzo de 2003 el profe Cruz llegó muy temprano al CBTA de Recoveco, donde ya los alumnos lo esperaban.

Con esa parsimoniosa voz colmada de explicaciones no solicitadas que lo hacen parecer un narrador de cuentos improvisados, el profe empezó a dar instrucciones a los jóvenes que le ayudaban a colocar manteles blancos y largos, a encender el micrófono de la escuela…

—Ayúdame con la bocina, Juan. Ésta tiene que ir aquí para que se escuche bien —dijo el profe a uno de los bachilleres, justo el día en que se celebraba el aniversario número 76 del nacimiento de Gabriel García Márquez.

La sala de encuentro —un auditorio de paredes blancas con hileras de sillas azules— se convertía de a poquito en un pedazo de Macondo, el pueblo de Cien años de soledad donde vivía una estirpe de locos caídos en desgracia que irónicamente se apellidaban Buendía.

El profe colocó en un florero los girasoles silvestres que cortó de entre las parcelas verdes de maíz sembradas a un costado de la escuela. De una vieja grabadora escapaban los ritmos del vallenato, el mismo que tantas noches llenó de alegría las caderas del Gabo.

Unos 10 jóvenes de preparatoria, en su mayoría mujeres, empezaron a contar las lecturas que habían hecho de García Márquez. Hablaron de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, Los funerales de la Mamá Grande, la infaltable Cien años de soledad, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, El amor en los tiempos del cólera La hojarasca.

Juan Carlos deseaba que por cada página que leía de Cien años de soledad, surgieran 10 más; Juan Luis gozaba con el encuentro porque decía que escuchar a sus compañeros le permitía leer “un chingo de libros” en un solo día; y María Antonia, una jovencita que vivía en un poblado aún más pequeño y escondido que Recoveco, confesaba que había soltado el llanto cuando leyó la última palabra de Cien años de soledad. El fin de la estirpe.

Los participantes habían encontrado en los textos pizcas de ellos mismos, de sus familias y de sus pueblos. No era imposibe, en el campo aún viven las historias de fantasía y ese sencillo hábito de contar cuentos en las noches sin luna, con el café de olla sobre la hornilla humeante atizada con leña.

Al paso de una hora y media los jóvenes detuvieron la charla, aumentaron el volumen de la música que se fugaba del anciano equipo de sonido, uno de ellos se puso de pie y empezó a improvisar unos pasos de vallenato en una zona donde el corrido ligado al narcotráfico es un rosario repetido día a día.

Pero en esa ocasión, y en voz de Carlos Vives, el vallenato fue el vencedor.

Acordate Moralito de aquel día
que estuviste en Urumita
y no quisiste hacer parranda.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia.
Te fuiste de mañanita,
sería de la misma rabia… 

La tertulia salió tan bien que Cruz Hernández no se resignó a dejarla en el libro del anecdotario del pueblo o en las fotos que alguien tomó y subió al blog del CBTA 133 de Recoveco. Fue entonces cuando este profesor se juró a sí mismo lo que tarde o temprano cumpliría.

—Esto lo tiene que saber el maestro García Márquez.

***

Días después el profe Cruz Hernández marcó a la revista Proceso —donde García Márquez había colaborado— para pedir el teléfono del escritor. Llamó al número que le pasaron y una cálida voz le respondió. Era Mónica Alonso, la asistente del colombiano.

Le explicó entonces que en el CBTA 133 le habían hecho un pequeño homenaje realizado por un grupo de estudiantes hijos de obreros y campesinos, en una vaina llamada Recoveco, Sinaloa, y que si le interesaba podía bajar las fotos del sitio web del centro escolar. También le dejó el correo que usaba y sigue utilizando desde entonces: cruzmacondo@hotmail.com.

Mónica Alonso vio las fotos de los jovencitos bien nutridos de letras y se las enseñó a García Márquez. El profe Cruz siguió con su vida y al paso de siete meses, un 21 de octubre de 2003, exactamente a las siete de la noche con 51 minutos, recibió una respuesta:

“Sr. Cruz. Le escribe Mónica, de casa de Don Gabriel García Márquez para avisarle que el viernes 17 de oct, como al media día y por correo normal, salieron para allá tres paquetes con los libros que le comentaba. Van a su nombre y nos dieron los siguientes números de paquetes: 722, 723 y 724. Por favor avíseme cuando los haya recibido y en qué estado llegaron. Muchas gracias, Mónica Alonso”.

En cuanto terminó de leer el correo, Cruz Hernández lo imprimió, lo enmarcó y lo colgó en la sala de su casa. Ahí permanece. Intocable. Inmaculado.

Envueltos en papeles amarillos, a los días llegaron los primeros tres paquetitos con más de mil libros, salidos desde la mismísima casa de Gabriel García Márquez hasta esa vaina llamada Recoveco, Mocorito.

Pasaron los meses, los años y Cruz Hernández no dejó de llamar a Mónica Alonso, cada vez más motivado a pesar del desgaste de ese maratón de infamias al que llamamos vida, porque don Gabriel no había dejado de mandarle libros para el club de lectura que había consolidado desde la tertulia de 2003, y que bautizaron como La Hojarasca en honor a la primera novela publicada por el Gabo.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil.

A cambio, el profe le enviaba de vez en vez a García Márquez cajas con lichis jugosas, rellenas de vida de las tierras y las aguas de Recoveco. Fue la mejor forma que Cruz encontró de mostrar su agradecimiento al escritor. La relación con García Márquez a través de Mónica Alonso se había tejido como se tejen las novelas, con paciencia. Tres años después, en 2006, Cruz Hernández imaginó un nuevo objetivo de vida: “conocer al maestro”. Sin pensarlo demasiado, escapó de Recoveco en dirección a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Ahí, en el inmenso auditorio Juan Rulfo, entre el bullicio, los aplausos y los flashes, lo vería por primera vez en persona. “Ahí estaba, acompañado de Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes y de José Saramago. ¡Vaya grupo! Todos canos, elegantes y plenos. Se apapachaban, se disfrutaban, se querían con cortesías de caballeros sabios”. En el salón no cabía uno más, pero Cruz Hernández le dio unas brazadas al aire para hacer espacio y acomodarse a un costado de la última fila de asientos. Aquella era una oportunidad única para saludar a García Márquez, para decirle que él era ese profe de Recoveco al que le enviaba libros; el mismo que con enorme gusto le enviaba cajas de lichis preciosas hasta la puerta de su casa; que era él quien organizó esa tertulia de 2003 en su honor, que se repetía año con año, siempre en su cumpleaños, y que desde entonces se había creado un club de lectura llamado La Hojarasca con los cientos de libros que el Nobel les había mandado.

Pero algo pasó, algo paralizó al profe. Se quedó mirando a lo lejos. Frío. Inmóvil. Sólo Melquíades, el gitano sabio de Cien años de soledad, el mismo que hace más de un siglo predijo que dentro de poco el hombre podría ver lo que ocurriría en cualquier lugar de la tierra sin moverse de su casa, sólo él podía saber lo que Cruz Hernández sintió, lo que le impidió abrirse paso entre la masa de gente que ensordecía con aplausos y gritos de admiración, para saludar al hijo de Aracataca.

De regreso a Recoveco el profe le marcó nuevamente a Mónica Alonso para contarle que había ido a la feria del libro y que entre el tumulto, vio de lejos al maestro sin saludarlo. Ella le respondió con algo que parecía un amable regaño: si en realidad lo deseaba, lo hubiera podido hacer sin problema porque Gabo lo tenía muy presente.

De nueva cuenta, el aire se quebró.

***

Recoveco ya había decidido ser el pueblo con más lectores de Gabo en Sinaloa y en todo México. Por eso, en 2007, durante una reunión en la que los campesinos resolvían la manera en que festejarían los 60 años de la fundación del ejido y la forma en que podían agradecer a García Márquez los miles de libros que les había mandado en paqueticos amarillos, Socorro Gámez Barajas, ejidatario del lugar, tuvo la intempestiva idea de leer una de sus obras entre todos los habitantes. Se hablaba tanto del escritor: que Gabo esto, que Gabo lo otro, que lo menos que podían hacer era leerlo en comunidad.

La propuesta fue abrazada por los habitantes, sobre todo por Cruz Hernández que para entonces ya llevaba años con el club de lectura La Hojarasca. Sugirió leer la máxima obra de don Gabriel: Cien años de soledad.

En todo el pueblo se anunció el acuerdo. Se habló con los directores de las escuelas del lugar y de las comunidades vecinas de Pericos y Calomato; se arregló la casa ejidal con pacas de alfalfa y maíz en los costados, se montó una mesa con manteles largos sobre la que colocaron tres libros para leer, unas flores amarillas y un micrófono para turnarse la lectura.

—Nada puede salir mal cuando hay flores amarillas —se le oyó decir al profe.

Como lobos que acudían al llamado del aullido, se hicieron presentes el señor enfermero de la botica, la dueña de la tienda de abarrotes, el vecino cascarrabias y el muchacho que no quería ir pero que al final lo hizo.

Cada uno de los tres libros cumplía con un propósito: uno era usado por el que estaba leyendo, otro por quien debía seguir en la lectura, y uno más por el tercero en línea. La idea era no perder el hilo de la lectura.

A las 10 de la mañana de ese 11 de junio de 2007, día en que se recordaba la fundación del ejido de Recoveco, empezaron a leer la novela, y mientras pasaban las páginas, también avanzaba el reloj.

Tic, tac. Tic, tac. Querían saber cuántas horas tardarían en leer el invencible Cien añosos de soledad.

En Recoveco la temperatura ambiente daba la sensación de marcar 40 grados centígrados, pero la lectura se podía realizar sin inconvenientes porque la casa ejidal estaba ventilada. Leyeron niños de preescolar y primaria; adolescentes, jóvenes, maestros; hombres de bigote, botas y sombrero; señoras avejentadas por la vida de campo, amas de casa, profesionistas.

Una de ellas fue Alba, maestra jubilada de unos 60 años de edad. Tomó su lugar, cogió el micrófono y antes de leer les contó una historia que ni el profe Cruz, su amigo y colega, conocía. En su juventud, cuando se encontraba en trabajo de parto, escuchó que a unos cuantos metros de ella el doctor no paraba de reír a carcajadas. Pasaban los minutos y Alba seguía sudando y sufriendo los dolores naturales antes de dar a luz mientras el médico seguía con sus risas; la señora sentía arder de coraje y una vez que parió y tuvo al médico enfrente, le reclamó: de qué se reía mientras ella pasaba uno de los peores dolores de su vida. El doctor contestó que se carcajeaba de las ocurrencias del Gabo en Cien años de soledad. Alba ya había aborrecido al doctor, pero cuando éste le confesó los motivos de sus risas, también odió a la novela.

—Y dije: jamás voy a leer ese libro —narró frente a los ejidatarios. Una vez contada su historia, explicó que había acudido a la lectura porque el profe Cruz la invitó, y fue hasta entonces cuando por primera vez probó la novela.

Tic, tac.

El señor Mayo Labi, el eterno comisario al que ubican más por su apodo que por su nombre, no perdió la oportunidad de subirse al tren de lectores. Mayo Labi no acostumbraba leer literatura, pero no se perdería el festejo. Tomó uno de los libros, clavó su mirada en el texto y fue deletreando.

—¡Es-toy ha-blan-do!, gri-tó Úr-su-la.

Con sus 70 años, tardó varios minutos en terminar una página completa, pero lo logró.

Tic, tac. Tic, tac.

Como un batallón de emergencia ante un indomable incendio, camiones con estudiantes de poblados cercanos llegaban a reforzar. Los autobuses arribaban embarazados de decenas de niños que se desparramaban en la casa ejidal.

—El que quiera leer, bueno, y el que no, también —les decía el profe Cruz a los que se resistían a tomar el micrófono para continuar con la lectura.

Después de las ocho de la noche el salón casi se vació, pero pronto llegaron más lectores; los que ya habían leído abandonaban el sitio y a las horas regresaban a preguntar: “¿En qué página van?”. Tomaban café para no dormir, conversaban de cualquier cosa y sacudían con chiras los zancudos hambrientos que merodeaban sus piernas.

Tic, tac. Tic, tac.

Era la media noche cuando, tras medio día sin tregua, el sistema eléctrico se colapsó, se botaron las pastillas y las sombras invadieron el lugar. El plan podría colapsar, como la luz.

La lectura se interrumpió. El silencio avanzó de la mano de la angustia. El reloj seguía: tic, tac. Tenían que moverse rápido. El profe Cruz llamó a un vecino, ése que siempre arreglaba los problemas eléctricos, y en 20 minutos las lámparas funcionaron nuevamente.

Tic, tac. Tic, tac.

La madrugada se convirtió en el momento más complicado. La participación bajó pero un grupo de jóvenes se comprometió a terminar la empresa. Dentro y fuera del salón yacían envueltos en sábanas en espera de su turno o permanecían sentados con las piernas enredadas en casas de campañas. Minutos antes de las seis de la mañana, el último lector pronunció con voz entumecida las palabras más esperadas de la jornada: “…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. La sala fue arrasada por aplausos, abrazos y gritos. Lo habían logrado: 19 horas con 50 minutos; más de 250 pobladores de Recoveco y de comunidades vecinas leyeron por completo Cien años de soledad.

 ***

Cruz Hernández observó el número que aparecía en la pantalla y lo reconoció porque lo había marcado muchas veces, pero no podía creer que algún día le regresarían la llamada, y menos en ese momento de soledad, el 9 de enero de 2007 a las 5:30 de la tarde.

—¿Señor Cruz?
—Sí.

Al otro lado de la línea, la voz de Mónica Alonso.

—Permítame, le va a hablar don Gabriel…
—Sí.

Oyó, entonces, a Gabriel García Márquez.

—Que fuiste a Guadalajara…
—Sí, maestro.
—¿Y por qué no me saludaste?

En ese momento el profe Cruz Hernández le iba a decir en broma que no lo había saludado por vergüenza, porque había mucha gente enzapatada, pero no se animó. —No, maestro, es que no se pudo. Estaba muy estricta la seguridad.

—No, me hubieras mandado un recado con los que estaban ahí.
—Ah, no se me ocurrió.
—¿Pero vas a ir a la próxima?
—Sí maestro, sí vamos a ir.
—¿Cuántos van a ir? A Cruz Hernández le volaron las ideas por la cabeza como mariposas:
—Como unos 40, maestro.
—No, son muchos: ¡me vuelven loco!
—Ah, bueno, entonces más poquitos.
—Ah, pues ponte de acuerdo con Mónica, y allá comemos.

Cruz Hernández acababa de hablar con el Nobel de Literatura y lo había tratado con naturalidad y sencillez.

La fecha marcada llegó, como lo hacen todas, y con ello el tiempo de acudir a la FIL de Guadalajara en su edición 2007. Para entonces el profe Cruz ya tenía el número de teléfono de la esposa de García Márquez, la señora Mercedes Barcha, y le marcó cuando, junto con su esposa, sus dos hijos y un antiguo amigo, pisó la recepción del hotel Hilton.

—Hey, no los vi cuando llegamos. Súbanse, aquí estamos en el salón —le dijo por teléfono la señora Mercedes Barcha.

El profe llegó al lugar que lucía elegantemente alfombrado y de manteles largos. García Márquez lo reconoció sin conocerlo y le hizo señas para que se acercara.

—Maestro, nomás venimos a saludarlo —le dijo Cruz con la firme convicción de no ser imprudente.
—No, no, no. Pásenle para acá —los invitó el escritor mientas ahuyentaba a un Raúl Padilla, presidente de la FIL, que temía que fueran unos fanáticos incómodos e infiltrados de los que nunca faltan.

Se sentaron en una mesa aparte arreglada con un juego de girasoles al centro y, en cuestión de minutos, García Márquez llegó con ellos. “Y yo, ¿dónde me siento?”.

Mercedes Azucena Hernández Sapiens, hija de Cruz Hernández, llevaba consigo el libro El amor en los tiempos del cólera. Por eso cuando el colombiano bromeó —“al autor de ese libro yo lo conozco, y dicen que el libro es bueno”— y sacó su pluma para firmarlo, la hija del profesor de Recoveco le mostró el punto exacto donde debía de hacerlo.

—Y lo firma donde dice: “Para Mercedes, por supuesto”, pero le pone una comita, y le escribe: “y para Mercedes Azucena con un abrazo de su tío prestado: Gabo”.

El nombre de la hija de Cruz Hernández no era casualidad, lo había decidido así por dos razones principales: por la esposa de García Márquez, Mercedes Barcha, y por su suegra Mercedes. Así mataba dos pájaros de un tiro.

Su hijo se llama Omar Rigoberto, Omar por Torrijos y Rigoberto por un gran amigo de él. Cuando Omar le mostró el libro a firmar, Vivir para contarla, Gabo le estampó la firma y después le dijo: “Ya lo puedes vender”.

Omar se ruborizó, pero sin saberlo Gabo le había obsequiado un guiño de aventura que podía soltar frente a sus amigos al trote de los años; al cabo que como decía el Nobel en la primera página del libro que acababa de firmar: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

A García Márquez le interesaba mucho que el club de lectura La Hojarasca continuara, y lo que más le gustaba es que los plebes se mantuvieran hojeando libros.

—Lo que sea, decía, pero que lean. No me interesa que me lean a mí, pero que lean —recuerda el profe que le dijo el escritor.

Cruz Hernández mantuvo los lazos que había formado con el Nobel. Incluso una vez, a las 12 horas del día 12 de septiembre de 2012, lo visitó en su casa de la Ciudad de México.

El profe llegó media hora antes de la pactada a la casa de García Márquez y esperó pacientemente afuera del lugar hasta que el reloj marcara el medio día. Entonces tocó el timbre.

—¿Quién es? —preguntó una mujer.
—Soy Cruz Hernández y vengo de Sinaloa —respondió.

Abrieron la puerta y lo condujeron al estudio de don Gabriel, un cuarto de paredes blancas tapizado de libros y dividido del resto de la vivienda por un jardín enverdecido. Ahí ya lo esperaban García Márquez y Mónica Alonso.

—Por ahí entran los amigos —le dijo el Nobel cuando lo vio llegar.

El profe Cruz sonrió y le entregó un ejemplar de Don Quijote de la Mancha firmado por todos los alumnos del CBTA 133 que eran parte del club de lectura La Hojarasca. Charlaron sobre Aracataca, Recoveco y el club, y ya entrados en la conversación, mientras Cruz Hernández platicaba con el escritor, que ese día portaba un traje negro de rayas grises combinado con unos botines oscuros de broches dorados, le soltó que en Recoveco leían a los escritores más reconocidos.

—Allá admiramos a los grandes, como usted —le dijo con la intención de halagarlo.
—No, también hay que admirar a los pequeños —reviró don Gabriel.

A pesar de que ya se había difundido la noticia de que la salud de García Márquez mermaba, jamás imaginó que un grupo de mariposas amarillas pudieran llevarse las fotos de sus recuerdos. Lo único que le quedó entre las cejas fue que el Nobel usaba un aparato auditivo para escuchar de manera adecuada.

—¿Ya escuchó, don Gabriel? —le preguntaba frecuentemente Mónica Alonso durante la conversación.
—Sí, lo estoy escuchando perfectamente —respondía.

***

De todas las ocasiones en que Cruz Hernández pudo intercambiar palabra con don Gabriel, hay una que en este este día de marzo de 2015 —durante la entrevista realizada en la biblioteca Juan Rulfo del CBTA 133, donde se halla toda la colección de libros enviados por el colombiano en paqueticos forrados de papeles amarillos—, recuerda con un orgullo similar al que despiden los padres que muestran las fotos de sus hijos: el cumpleaños número 85 de García Márquez, celebrado el 6 de marzo de 2012.

Cruz Hernández marcó un día antes a la oficina del maestro y Mónica Alonso le prometió que programaría una llamada para el día siguiente, el del cumpleaños; se realizaría entre las 12 del día y la una de la tarde.

Llegó el 6 de marzo, el reloj marcó las 12, la una, las dos y las tres de la tarde y la llamada no llegaba. Cruz Hernández recordó que García Márquez era una persona muy solicitada: presidentes, embajadores, intelectuales, gobernadores, todo mundo querría saludarlo. Así que perdió la esperanza.

Cuando ya se había resignado, sonó su teléfono, exactamente a las 3:15 de la tarde hora de Recoveco. Entonces le habló el festejado.

—¿Qué la cosa? ¿Cómo va esa vaina? —le dijo García Márquez.
—Maestro, con la novedad de que otra vez terminamos de leer Cien años de soledad ininterrumpidamente, y si ahora no hicimos un récord mundial, hicimos un récord en Sinaloa —le respondió Cruz Hernández entre risas.
—Yo voy a ir a ese pueblo, pero sin mucho ruido —prometió.

***

Algo le pasaba a su maldito teléfono móvil y el profe Cruz Hernández no podía enviar los mensajes de texto que le escribía a Mónica Alonso para preguntarle por la salud de don Gabriel.

Sabía que estaba grave y no tener noticias de él lo angustiaba. Le robaba la calma. Era como no encontrar sabor a la lectura. Mientras veía absorto el teléfono, entró una llamada de su amigo Raúl Beltrán, un constructor que nada tenía que ver con la literatura pero que conocía tan bien al profe Cruz que no pudo evitar hablarle cuando se enteró.

—¿Ya sabes que falleció García Márquez?
—Chingado, ¡no me digas eso! —respondió el profe mientras maldecía sin resignación ese momento.

Caminó solo por esos surcos del campo donde hacía años había escuchado por primera vez la voz de Gabriel García Márquez.

Caminó. Sólo caminó.

Y sintió cómo se quebraba el aire.