Los números de 2014

Publicado: 29 diciembre 2014 en Uncategorized

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 250.000 veces en 2014. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 11 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

A un lado de la carretera antigua que va de Zacatecoluca a Olocuilta, un hombre ensangrentado intenta ponerse de pie. Viste jeans azul y una camisa de botones blanca, empapada y rota. Gatea malamente sobre la hierba que crece al lado del asfalto.

Un kilómetro atrás acabamos de parar el carro, sorprendidos por la gran cantidad de zopilotes sobre un árbol que acechaban el manjar de algún animal atropellado. Fred, el fotoperiodista, creyó que aquello podía servir como foto curiosa para llenar algún espacio del periódico y saltó del vehículo con su cámara para ver qué cazaba. Pero lo hizo tan rápido que cuando estuvo cerca ya no quedaba ningún pajarote en las ramas y volvió repitiendo “La cagué, ¿veá?”, mientras revisaba las fotos desenfocadas de los bichos volando.

De eso estamos hablando todavía, de los zopilotes en el árbol, cuando vemos a este hombre al lado de la calle, intentando moverse, dejando la vida sobre la hierba.

Freno y retrocedo. Tiene la cabeza viscosa, llena de la sangre espesa y negra que le brota del cráneo. Se sostiene en sus rodillas y en sus palmas hasta que se derrumba de costado. Se aprieta el vientre con una mano y alcanza a decirnos que lleva balas dentro.

Pasa un pick up y saltamos para que se detenga. El hombre que lo conduce disminuye un poco y al ver la escena acelera. Se larga. “No aguanto”, susurra, y la sangre le baña la mano, se cuela por sus dedos. Pasa otro pick up que hace lo mismo que el primero. “Subime al carro, no aguanto”. Me doy cuenta de que no quiero tocarlo porque no quiero llenarme de su sangre.

Voy por el carro, pero él no puede ponerse de pie y lo tenemos que cargar hasta el asiento trasero. Grita cuando lo alzamos del piso y sus rodillas no tienen fuerza para sostenerlo. Dentro del vehículo se desploma sobre el asiento y gime mientras se sostiene la panza. Sobre la camisa blanca se va expandiendo la mancha oscura.

***

Zacatecoluca no es hermosa y el título de ciudad le cuelga pretencioso desde 1844. Entre sus honores figura haber sido parte del Distrito Federal de Centro América, que le duró solo dos años, entre 1836 y 1838; es la cabecera departamental del departamento de La Paz, sede de la única cárcel de máxima seguridad de El Salvador, conocida como Zacatraz, y poco más. Hace calor día y noche, más de día, pero hace mucho calor por el día y por la noche. Probablemente sus personajes más insignes sean el prócer de la independencia José Simeón Cañas, cuyo rostro aparecía en los ya extintos billetes de un colón y un indio que aunque no es oriundo del lugar fue mandado decapitar por una corte local a mediados del siglo XIX, aunque tampoco se le cortó la cabeza aquí. Se llamaba Anastasio Mártir Aquino, y para siempre se le dibujará ceñudo, cargando algo que parece un arcabuz y un machete.

El 17 de julio de 2013, representantes de la Mara Salvatrucha-13 y de la facción Revolucionarios del Barrio 18 se subieron al quiosco del parque Nicolás Peña, en el centro de la ciudad y anunciaron que Zacatecoluca se convertiría en el undécimo Municipio Libre de Violencia, en el marco de la tregua entre pandillas que inició el 8 de marzo de 2012 y que tiene fecha de fallecimiento incierta.

Los voceros de las pandillas pronunciarion discursos en los que empeñaban palabra por la recuperación de la “paz total” y en apoyo del “pacto social”. Los Revolucionarios del Barrio 18 aprovecharon la ocasión para desmentir al ministro de Seguridad Púbica, Ricardo Perdomo, que los acusaba de ser los responsables del incremento de homicidios que en aquel momento, después de un año de caída, comenzaba ya a adivinarse sutil pero con paso firme.

***

Acorralar a una fiera me explicó alguien que no quiere ser mencionado en este artículo– es una temeridad que normalmente se paga caro. Por eso siempre hay que dejar al menos una vía de escape siguió explicándome–, aunque sea para dejar la ilusión de que hay salida, de que se puede vivir. Luego ya se verá si se la mata cuando esté usando esa vía de escape. Pero acorralar a una fiera, a un hombre, por ejemplo, dejarlo sin salidas, sin opciones, suele terminar mal. Y eso fue lo que pasó en Zacatecoluca.

Hasta el 22 de octubre de 2013, en Zacatecoluca habían ocurrido 26 asesinatos y a la misma fecha de 2014 había ya 81. Más del triple. Para la mitad de este año ya había casi tantos muertos como el año más violento de todo el quinquenio presidencial anterior. En todo 2010 se asesinó a 58 personas. Hasta junio de este año iban 52 asesinatos.

El Barrio 18 solía ser en El Salvador una sola pandilla, como lo es en Los Ángeles desde mitad del siglo pasado, como lo es en Guatemala y en Honduras. Pero en El Salvador se partió en dos pedazos en 2005; y los pedazos quedaron enemistados a muerte. Las razones son profundas e intrincadas, pero si toca hacer un resumen aparecerán las dos razones previsibles: poder y negocios, si es que ambas no son, en realidad, una sola.

Zacatecoluca y sus cantones más céntricos tenían la fortuna de estar gobernados por uno solo de esos pedazos: la facción Revolucionarios del Barrio 18. Los territorios claros tienen varias ventajas: hay menos balaceras por el control de lugares, todo el mundo sabe quién manda, se paga una sola extorsión a un solo extorsionista y, sobre todo, los ciudadanos no se ven obligados a saberse al dedillo la compleja geografía pandilleril, que impide –so pena de muerte– transitar de una colonia o un pasaje a otro que esté controlado por la pandilla rival, aun si el transeunte no es parte de esa guerra.

Así estaban los viroleños, con las cosas claras, hasta que en febrero de este año la pandilla se volvió a partir, por las mismas dos razones previsibles. Es decir, que en Zacatecoluca al pedazo de la 18 que se hace llamar Revolucionarios se le partió también un pedazo, y aquí es donde cobra sentido la analogía de la fiera encerrada. La fiera, en este caso, se llama Óscar Oliva, aunque todos lo conocen como Chipilín.

Chipilín salió del penal de Izalco luego de cumplir una pena de 16 años, con la encomienda de pilotear la tribu de Zacatecoluca, de gobernar, pues, a los dieciocheros Revolucionarios del lugar. Pero desde luego, él –de 38 años y originario del municipio– no era absoluto, no era el fin de la cadena de mando. Ni siquiera de la cadena de mando local.

Tres pandilleros convertidos en colaboradores de las autoridades describen la cadena de mando así: en la calle la voz más fuerte era la de Chipilín, pero él tenía que reportarse con tres personas en el penal de Izalco: Chucho Ronco, Perro Bravo y el Paradise; que a su vez le rinden cuentas a los máximos líderes de la pandilla, que según los informantes son el Cawina, el Niño Cracy y El Muerto, a quien también apodan El Cementerio.

A Chipilín le pareció que el porcentaje que demandaban esos líderes en la prisión era una tajada excesiva del botín que con tanto esfuerzo y riesgos recolectaban sus homeboys, extorsionando, amedrentando y educando en esa lógica a los viroleños. Un pandillero que fue subordinado de Chipilín asegura también que a su exjefe le molestaba, como una telaraña en la cara, la gran cantidad de normas nuevas que supuso la tregua y que obligaban a caminar de puntillas, como evitando líneas de tiza en el piso. “Por cualquier acción te daban verga o te querían matar”, dice, como haciendo un puchero de niño. Chipilín también fue exitoso en convencer a varios de sus subordinados de que en su rebeldía había algo del espíritu de Robin Hood: “Otra onda que no le llegaba a él es que hasta a la señora de los aguacates le quitaran renta”, nos cuenta el muchacho. Posiblemente existió, en los laberintos cotidianos de la pandilla, una pobre señora con aguacates que sufría extorsión, porque pudiendo citar cualquier otro ejemplo –la señora de las pupusas, la de las tortillas…– todos los que se refieren al caso, curas, policías, pandilleros, periodistas…, citan ese mismo ejemplo. O eso, o en Zacatecoluca vender aguacates es sinónimo de mucha pobreza.

Pero la pandilla no es una asamblea de gustos y las habladurías de Chipilín llegaron rápido a los oídos de sus jefes, quienes decidieron, en algún día de principios de 2014, cortar por lo sano: o sea, matarlo.

Hasta aquí esta historia es el cuento conocido: la pandilla hablaría a tiros, probablemente uno de los amigos de Chipilín le volaría la cabeza entre cerveza y cerveza o un homeboy de otra canchase movería en el anonimato para asesinarlo. Pero pasó lo que se supone que en estos casos no debe ocurrir: que el sentenciado se enteró de la sentencia, que supo que cargaba encendida la luz, que su propia pandilla le respiraba en la nuca. Y se convirtió en fiera.

Y en lugar de huir en desbandada, Chipilín decidió plantar bandera y devolver el gesto arisco, declararse república independiente, y los Revolucionarios tuvieron que decidir entre su líder y la pandilla. En cuestión de días el escenario había cambiado y la insurrección de Chipilín fue exitosa: para finales de febrero los cantones y caseríos El Espino Arriba y El Espino Abajo, Buena Vista Arriba y Buena Vista Abajo, El Copinol, El Jobo, Pineda, La Española y 10 de Mayo eran territorio del insurrecto. Nada mal para un independiente que a simple vista parecía reclutar adeptos ofreciendo colisionar una carreta contra un tren.

Para marzo la guerra entre los que siguieron a Chipilín y quienes se mantuvieron leales a los Revolucionarios era ya sensible en los indicadores de homicidios de Zacatecoluca: de 4 asesinatos en febrero se pasó a 12 en marzo y a 20 en abril. En mayo, los insurrectos atacaron un autobús de la ruta 302 en la carretera a Comalapa y masacraron a seis personas, con el propósito de disputarles a los Revolucionarios la extorsión que pagan los transportistas… Zacatecoluca era territorio en guerra entre los cantones rurales en rebeldía y el casco urbano.

El personaje cuyo nombre no puedo escribir en esta historia conoce bien las interioridades de la guerra viroleña y me explica más cosas: la malcriadeza de Chipilín hubiera podido ser aplastada relativamente rápido de no ser porque ocurrieron dos cosas: aunque lo niega, el otro pedazo del Barrio 18, los Sureños, vieron con simpatía la gesta del caudillo y lo respaldaron, en secreto, con armas y refugio para el líder, lo que les dio fuelle a los rebeldes para resistir la embestida de los Revolucionarios. Actualmente los policías locales dan por hecho que la guerra que inició Chipilín es entre Revolucionarios y Sureños.

El otro hecho fue el paso en falso de un pandillero Revolucionario, que tuvo la mala idea de asesinar a una mujer mayor, que resultó ser la mamá de un subinspector de la Policía.

***

La sangre es viscosa y se seca rápido. Se me pegan las manos en el timón del carro en el que zumbamos hacia el hospital de Zacatecoluca. Nunca una calle me pareció tan desierta, tan limpia de vehículos, de gente, de policías y tampoco nunca había visto cómo unos pocos kilómetros son capaces de estirarse tanto. Atrás Fred lucha para mantener sentado al tipo en el asiento y lo abofetea para que no se duerma. Los dos están cubiertos de sangre.

—¡¿Cómo te llamás?!
—Felipe.
—¿Qué te pasó?
—Me fueron a tirar.
—¿Quiénes?
—…
—¿Quiénes?

Y se derrumba de lado, como lo hizo en la calle. Parece que se ha desmayado. Fred lo toma por la camisa y lo despierta a fuerza de gritos y meneos, porque nuestro conocimiento de estas situaciones –básicamente adquirido de series policiales en la televisión–, nos dice que si el tipo se duerme se nos muere en el asiento de atrás del carro.

—¡Felipe! ¡Puta, Felipe! ¿Cuántos años tenés? –grita Fred.
—34 –susurra una voz dolorosa.
—¿Tenés hijos?
—Sí. Cuatro –y nos recita los nombres de sus hijos.

El hombre se acomoda en el asiento y grita como un animal. Grita de dolor mientras se aprieta el vientre con toda la vida que le queda. Por el retrovisor alcanzo a ver que su cara ha perdido color y que apenas puede mantener abiertos los ojos. Para mis adentros me digo que si un hombre puede gritar así, seguramente es capaz de aguantar 30 kilómetros más hasta el hospital. Voy todo lo rápido que puedo y cuando se enciende el indicador de gasolina lo tapo con una estampita de monseñor Romero que llevo siempre en el tablero para emergencias como esta. La calle serpentea por colinas infinitas y atrás Fred intenta mantener a Felipe consciente.

—¿A qué te dedicás, Felipe?
—Chef.
—¿Y qué es lo que mejor te sale?
—La lasaña.
—Eeeh…. ¿Lasaña de qué?
—De todo.
—¡Nos vas a cocinar lasaña, cabrón!
—Sí.

Nos damos cuenta de que podemos invertir los momentos de lucidez de Felipe en algo menos trivial y conseguimos que nos dicte un número de teléfono. Fred llama y contesta una niña que dice ser su hermana. No cree una palabra de lo que se le cuenta y cuelga el teléfono como si le hubiera llamado un vendedor de seguros. Felipe vuelve a desmayarse.

—¡Felipe, puta, puta! ¡Felipe! –bofetadas y sacudidas– ¡Necesito que estés despierto, cabrón, ayudanos! ¿Querés ver a tus hijos?
—Sí.
—¡Entonces mantené las pepas abiertas! ¿Querés ver a tu madre de nuevo?
—No.

En este momento no lo sabemos, pero la madre de Felipe murió de un ataque fulminante mientras visitaba a un primo en el penal de Tonacatepeque cuando Felipe tenía 8 años.

***

Como suele pasar en estos casos, la pandilla asegura, a través de sus voceros, que el asesinato de la madre del oficial de la Policía fue una cagada que se mandó uno que ni siquiera era parte de la pandilla, sino un simpatizante que actuó a título propio, incluso contra la voluntad del barrio. Pero parece que esta versión no convenció a nadie: según los mismos representantes de los Revolucionarios, luego de aquel hecho, ocurrido en una fecha incierta de enero, la Policía entró al juego de morir o matar, como un jugador más del que había que cuidarse. De manera que cuando estalló la insurrección de Chipilín el odio de los policías se le pegó al pedazo de la pandilla que conservó la marca.

El 11 de enero, tres pandilleros fueron asesinados en un caserío, y tres días después otros cuatro fueron asesinados en distintos caseríos adyacentes a Zacatecoluca. En abril ya sumaban ocho emboscadas de la pandilla contra la Policía en la zona; el 21 de ese mes pandilleros rociaron de balas con una mini Uzi a un pick up de la Policía en el cantón Penitente Abajo y dos días después se liaron a tiros con unos policías que detectaron un plan para asesinar a uno de los lugartenientes de Chipilín, cuando este salía de un juzgado. El 30 de abril la Policía mató a cinco pandilleros dentro de una casa de bloques sin pintar en la Hacienda Escuintla. La pandilla dice que se trató de ejecuciones sumarias; la Policía asegura que solo se defendió, respondiendo el fuego de los pandilleros. Las primeras fotografías de ese hecho, tomadas por la Policía, muestran los cadáveres de los cinco jóvenes dentro de la casa: cuatro sobre el piso y el quinto sobre una hamaca. Todos los pandilleros asesinados eran Revolucionarios.

Los pandilleros afirman que dentro de la Policía se han creado grupos de exterminio particularmente voraces contra los Revolucionarios. Los oficiales policiales, desde sus oficinas, niegan con aplomo que esto sea así. Los agentes de rangos inferiores, desde la calle, no niegan nada.

Un policía que era investigador de homicidios a inicios de este año lo explica sin muchas ceremonias: “En Zacatecoluca los compañeros vieron en el asesinato de esa madre una oportunidad para hacer algo”. A ese algo él no le llama asesinatos sumarios. Prefiere el institucional “ajusticiamientos”.

***

La verdad es una cosa escurridiza. A veces la verdad es la verdad, a secas, como que dos y dos son cuatro, por citar una verdad famosa. Con esas verdades no hay problema. Otras verdades, más intrincadas, como si la pandilla ordenó o no un “toque de queda” en marzo en Zacatecoluca, dan más guerra y pasado un tiempo se convierten en varias verdades.

Según la edición del 13 de marzo de El Diario de Hoy, desconocidos hicieron circular un manuscrito en el centro del municipio, en el que se amenazaba a todo el que circulara después de las 6 de la tarde. El manuscrito estaba firmado “mara 18″. El papelillo tiene algunos problemas de credibilidad, como el hecho de que ningún miembro de la pandilla Barrio 18 que no desee ser vapuleado o asesinado asociaría la palabra “mara” a su organización, así como un ferviente musulmán no andaría por la vida vendiendo caricaturas del profeta Mahoma.

Pero, ¿qué es la verdad? Una cosa es si ese papel lo escribió la pandilla o es apócrifo, otra cosa es si ese día hubo o no toque de queda.

El padre Celestino Palacios, párroco de la catedral Nuestra Señora de los Pobres, notó aquel día menos almas en las misas vespertinas. Muchas menos. Menos de la mitad de lo usual. Y saliendo del templo, ninguno anduvo con socializaciones, solo se esfumaron. “En el parque no había ni un alma”, recuerda. Y al parecer no había ni una: un equipo de canal 12 fue a filmar el atardecer y las primeras horas de la noche en Zacatecoluca y aquello parecía un pueblo fantasma de puertas cerradas. El único que se animó a hablar con los periodistas fue un miembro del Cuerpo de Agentes Metropolitanos, bajo condición de que le filmaran las botas en lugar del rostro: “Pues sí, dicen que al que pase como que le van a dar…”. Por si las moscas, el agente no andaba pasando, sino que se parapetaba en la fachada de la alcaldía. Ese mismo día, pobladores del cantón El Copinol –territorio de Chipilín– le contaron al corresponsal de La Prensa Gráfica que pandilleros con fusiles tuvieron la amabilidad de visitar casa por casa, advirtiendo a los pobladores de no salir después de las 6. Las rutas 92, 3LP, 4LP, y 5LP, o sea, todas las que entran al centro del municipio, dejaron de circular después de la 1 de la tarde.

El jefe de la policía de Zacatecoluca, Inspector Omar Joachín, declaró un día después a Diario El Mundo que descartaba un toque de queda y atribuía aquel barullo a un rumor originado en el cantón El Copinol, del que dijo “tiene baja incidencia” de asesinatos. Como prueba, refirió aquel jueves que el último asesinato había sido el martes.

Dos días después el ministro de Justicia y Seguridad, Ricardo Perdomo, dijo a La Prensa Gráfica no tener evidencias de un toque de queda y agregó que “no se vale” esparcir rumores. El 26 de abril el mismo ministro dijo a Diario CoLatino tener información de una pugna entre Sureños y Revolucionarios del Barrio 18 y aseguró que la Policía tenía el control de la situación. Ese mismo día admitió haber doblado su equipo de seguridad personal.

Abril fue el mes más voraz de este año. Cobró la vida de 20 personas. Aprovechando el impulso inicial, Chipilín y su gente intentaban expulsar a sus excompañeros Revolucionarios del centro urbano, rico en comercios y por lo tanto rico en extorsiones. Los Revolucionarios intentaban barrer a los insurrectos del mapa con un manotazo fugaz. Ninguno consiguió su cometido.

Unos decían que el toque de queda iba a durar solo un día y que ese día era el 13 de abril, otros decían que comenzó el 12 y que iba a durar una semana. El padre Celestino Palacios recuerda otras alarmas en mayo y junio.

Zacatecoluca fue recuperando su vida normal sin que nadie lo decretara. Sus pobladores fueron asomando, por valentía o por hambre, y a estas alturas quién sabe cuál es la verdad de lo sucedido aquellos días.

***

Felipe pierde el conocimiento justo antes de llegar al hospital Santa Teresa, en Zacatecoluca. Ya en la ciudad hemos encontrado a una patrulla policial que nos ha guiado por el laberinto de calles urbanas y escolta nuestra entrada al hospital.

Ayudo a bajarlo y a colocarlo en la camilla, como un harapo, y un enjambre de enfermeras lo arrastra hacia pasillos oscuros. La policía nos interroga; encuentro los dos zapatos deportivos de Felipe en el piso de mi carro; nos lavamos las manos; esperamos…

Lo único que conseguimos saber luego de una hora de espera es que Felipe llevaba tres plomos dentro del abdomen y múltiples golpes en todo el cuerpo. Eso, y que sigue vivo.

***

En la primera foto son tres: el primer tipo lleva uniforme militar completo, con camuflaje verde olivo, y sostiene un M-16 con pose entrenada: con el dedo índice fuera del gatillo, la culata retráctil hacia arriba y el cañón apuntando al piso. El siguiente lleva uniforme policial oscuro, chaleco antibalas y, sobre el chaleco, arneses en los que porta dos cargadores extra para el fusil M-16 que sostiene apuntando hacia el cielo. Sobre su manga derecha luce el emblema de la Policía Nacional Civil. El tercero es el que luce más joven. También lleva uniforme policial oscuro. Con una mano sostiene una carabina de cañón largo y con la otra hace la seña del Barrio 18. Los tres son pandilleros.

En la segunda foto son siete: tres supuestos policías y cuatro presuntos soldados. Salvo uno de ellos, el resto se cubre el rostro con gorros navarone, similares a los usados por las autoridades en los operativos antipandillas. Esta vez posan con cinco M-16, una carabina y lo que parece ser una escopeta. En esta imagen la mayoría de ellos está tirando 18 con las manos, gesticulando como pandilleros apoyados en una camioneta negra.

Aunque parecen los retratos de una patrullas conjunta cualquiera, en un vistazo más minucioso es posible identificar algunas fallas en los disfraces: las botas son distintas, algunos llevan tenis, otros llevan enormes hebillas plateadas bajo el cinturón militar y… bueno… casi todos hacen gestos pandilleros, lo que da al traste con la interpretación. Al menos en la foto.

Las imágenes me las muestra un detective policial que asegura que las obtuvo del celular de un pandillero al que él mismo detuvo. Explica que los leales a Chipilín se están entrenando en tácticas de guerra; que en el reparto de territorios se quedaron con la ladera del volcán Chichontepec y que le sacan el jugo montando campos de tiro y de entrenamiento militar. Que ha escuchado incluso que contratan soldados y exguerrilleros para adiestrarlos.

Conversamos en un cantón del departamento de La Paz, al que el detective me ha pedido que lo siga para no ser visto hablando con un periodista. Nos sentamos sobre el suelo de tierra, al lado de una cancha de fútbol. Otros dos policías mantienen un ojo en la conversación y otro en el perímetro, por precaución. Dentro del carro policial hay un muchacho encapuchado y esposado, al que me quieren presentar.

“¿Verdad que están entrenando?”, le pregunta al muchacho que lleva con él, un pandillero que se ha convertido en soplón contra su pandilla. “Sí”, responde el muchacho. Vuelve el policía: “¿Soldados y guerrilleros los entrenan, verdad?”. “No, de guerrilleros no sé yo”, dice, deleitándose con un cigarro. “Pero sí sé de soldados”. “¿Fuiste a algún entrenamiento vos?”, pregunto yo. Se quita el gorro que le cubre el rostro y se lo arremanga en la cabeza. “No, a mí nunca me tocó”, dice, y disfruta del aire en el rostro y del sabor del tabaco, mientras presume: “Por lo que yo he hecho, merezco morir tres veces”. Rehúye dar más detalles sobre lo que pasa en el cerro, porque no quiere, o porque no tiene nada más que decir.

Según los policías uno de los mayores problemas del lugar es la inmensa disponibilidad de armas, y cuando se trata de buscar responsabilidades señalan al cuartel del municipio: el Destacamento Militar Número 9.

Los investigadores policiales están convencidos de que la gente de Chipilín consiguió infiltrar a varios de sus miembros –diez en concreto– como soldados al cuartel de Zacatecoluca, el DM-9, para que recibieran instrucción militar. Como parte del plan, dicen, los diez desertaron el 7 de mayo, aprovechando la celebración del Día del Soldado, con sus armas y todos sus pertrechos. Ahí el origen de las armas de guerra y de los uniformes militares.

La idea de la infiltración corrió tanto que en julio el Ministerio de la Defensa publicó un comunicado desmintiendo el rumor. El comunicado asegura que esas versiones son “ataques políticos” contra la institución castrense.

¿Y los uniformes de policías? Esos, dicen, los obtienen los pandilleros cuando asaltan a un agente de civil y le roban la mochila. O cuando asaltan su vivienda y saquean el ropero.

Sentado en su escritorio, el coronel Élmer Martínez, jefe del DM-9, asegura que no figura ninguna deserción en los expedientes del cuartel y que todas sus armas y pertrechos están intactos. “El problema es que no hay limitación para la venta del tipo de tela que usamos para nuestros uniformes”, dice, argumentando que los uniformes que usan los pandilleros son piratas. “Y el armamento es antiguo, del que quedó de la guerra, en las fotos se les nota el deterioro”.

El único caso que aparece en sus registros es el de un cabo al que la Policía detuvo con un uniforme militar y otro policial en su vehículo y que al ser descubierto se dio a la fuga. Pero ese no desertó, matiza, sino que fue expulsado.

Otro caso es el de un soldado que pidió la baja debido a que los pandilleros de su cantón lo detectaron y amenazaron con matarlo a él y a su familia. El ejército de El Salvador le concedió la baja y le ayudó a sacar las cosas de su casa para que pudiera huir seguro.

***

Chipilín fue arrestado el 21 de julio mientras se conducía en una camioneta negra. No hubo persecuciones policiales espectaculares, ni balaceras: cayó casualmente en San Vicente, en un retén de rutina que no lo esperaba. La Policía se sacó la lotería y lo celebró públicamente anunciando el hecho. Desde entonces está confinado en unas bartolinas policiales. Pero la guerra en Zacatecoluca sigue abierta y los pobladores han tenido que aprender las normas del conflicto para sobrevivir.

Uno de los sacerdotes del municipio nos invita a su pick up y sube la ladera del Chichontepec por una calle imposible, hasta un terreno en el que la vista se pierde en el verdor del volcán. “Todo eso eran milpas y pipianeras –nos explica–; ahora la gente ya no puede sembrar ahí, y está la tierra de balde”, dice, mirando a las tierras de arriba desde el último solar relativamente seguro.

Al romperse la pandilla también se rompió el volcán y los campesinos de un cantón se deben entender ahora en guerra con los pandilleros del otro. La mayor parte de agricultores viven en el centro, dominado por los Revolucionarios, y gran parte de las tierras que alquilaban para sembrar están en el volcán, propiedad de los insurrectos. Donde yo veo una ladera hermosa ellos ven un terreno minado. Y a la tierra le crece un monte salvaje e inútil.

Los campesinos ahora se pelean las tierras de siembra más céntricas, cuyo alquiler ha subido de precio. Viendo aquel desperdicio de volcán, un hombre que solía trabajar esas tierras suspira: “No se le ve arreglo a este volado”.

***

Un hombre se atraviesa a mitad del camino y el otro, parado tras una alambrada, desenfunda una pistola. Nos ordenan detenernos y, desde luego, nos detenemos. De todos modos estamos en un angosto camino de tierra por el que no podemos correr.

“¿A quién buscaban?”, pregunta el hombre con toda la amabilidad de la que es capaz el que sabe que no te detuviste por tu voluntad. “Somos periodistas”, contestamos, con tono lo más casual posible. “¿Tienen identificación?” Le entregamos los carnés de prensa y el tipo los revisa con detenimiento. El otro sigue, pistola en mano, de pie junto al cerco y ahora habla por teléfono.

—Vinimos al parqueadero de furgones a ver cómo siguió todo después del problemita que hubo.
—Eso ya pasó, ya no hay nada que hablar. O sea, eso ya se terminó.

Y yo no le creo.

Estamos a la entrada del caserío Río Blanco, uno de los posibles accesos al volcán Chichontepec. Es septiembre e intentamos dar seguimiento a una historia que inició en julio: unos días antes del arresto de Chipilín, miembros de su banda intentaron asaltar un predio que sirve para parquear los furgones que posee una familia local. Pero calcularon mal: iban armados con un fusil M-16, pistolas 9mm y una subametralladora Uzi y no esperaban resistencia. Error.

Había un solo guardia en el predio, que se dio abasto para repartirles plomo con una escopeta calibre 12 y hacerlos huir en desbandada. Según la Policía, un perdigón pudo haber alcanzado a alguno de los asaltantes, pues encontraron rastros de sangre en el camino. Frustrados, los pandilleros asesinaron a dos primos de 17 y 19 años que trabajaban en una construcción cercana. Los mataron por no haberles advertido. Y desaparecieron en el volcán.

El parqueadero de furgones, y los furgones, son un bien familiar: un patriarca compró el primer cabezal, que conducía él mismo y, con el tiempo, sus hijos. Luego se endeudaron para comprar otro y otro más y luego se endeudaron más para comprar el terreno donde los parquean. Ahora los hijos y los nietos de aquel hombre se encargan del negocio: ellos dan mantenimiento a los cabezales, consiguen contratos de transporte por Centroamérica y se turnan para cuidar el predio.

“Y yo para dónde putas me voy a ir”, me decía en julio el jefe de la familia, satisfecho de que la balacera solo le hubiera dejado una llanta desinflada y no un motor roto. “¿Usted cree que el banco me va a perdonar las cuotas? ¿Usted cree que alguien me va a querer comprar ahora el terreno?”. No se lo dije, pero en aquel momento creí que su problema no tenía solución, que le acechaba una sentencia de muerte.

Volvimos un mes después, en agosto, y en esa ocasión nos recibió uno de los sobrinos de aquel hombre: era una versión viroleña de Rambo, que en lugar de abdominales tenía el vientre de un gorila macho y que, al vernos aparecer, se parapetó en una caseta, se terció una canana llena de cartuchos de escopeta en el pecho y chasqueó el arma.

Cuando conseguimos convencerlo de que éramos inofensivos nos explicó la decisión que habían tomado:

—Mire, esto nos ha costado. Nosotros no tenemos problemas con ellos, pero si vienen lo único que se van a llevar es esto –y se tocaba los cartuchos–. Dicen que la otra vez uno llevaba un perdigón atravesado en la panza. Bueno, si quieren el resto, aquí se los tengo.
—¿Y la Policía?
—Ay dios… les tienen miedo.
—¿Y si la Policía les pide las armas a ustedes?
—¡No! Mire, nosotros tampoco tenemos problema con ellos, pero las armas no las vamos a dar.
—¿Y no le da miedo estar solo?
—¿Y quién es el que nació para no morir? Además, no estoy solo. Parece que estoy solo, pero todas esas casas que ve ahí –me señaló todas las casas del caserío– somos familia. Aquí desde que usted entra lo están viendo y toda esa gente está llena de armas. Así que aquí ya tomamos la decisión: si no se meten con nosotros no pasa nada, pero si se meten, no nos vamos a dejar.

Esta vez hemos venido a buscar a la gente del parqueadero de furgones para que alguien de la familia nos aclarara si la decisión de crear una especie de autodefensas era un exabrupto momentáneo o el inicio de una organización vecinal más permanente. Al no encontrar a nadie en el terreno nos decidíamos a salir del caserío para volver otro día. Sin embargo, creo que este señor que nos ha dado el alto y que revisa nuestros documentos, y su amigo el de la pistola, nos acaban de resolver la duda.

***

Nos dicen que Felipe murió, que en Zacatecoluca no le supieron sacar tanta bala y que murió cuando una ambulancia lo trasladaba al Hospital Rosales, en San Salvador. Sabemos que tenía un historial de varias páginas en la Policía y varias detenciones por agrupaciones ilícitas. Que tenía cuatro hijos, que le quedaban bien las lasañas de casi todo, que no se quería morir y que el último día de su vida llevaba un jeans azul y una camisa blanca rota cuando unos extraños lo encontraron gateando, muerto en vida, a la orilla de una calle.

***

Eran dos famosos maestros del corvo, o dicho de otro modo: eran dos temidos matones con machete. Los dos se habían mandado a hacer machetes a la medida: con barras protectoras de puño, como espadas –lo que aclara que ninguno andaba aquel fierro como herramienta agrícola–. Eran enemigos entre sí y habían jurado matarse.

Un día se encontraron en una calle de polvo y todo mundo se apartó con respeto, pero también todo mundo se quedó a ver el desenlace de aquel juramento mortal. Eran las 9:30 de la mañana cuando les sacaron chispas a los corvos por primera vez y siguieron blandiendo filos bajo el sol hasta el mediodía, cuando ninguno podía ya levantar el brazo para tirar un zarpazo más. Tan fiera había sido la pelea que las barras protectoras de ambos se les habían cerrado alrededor de los puños y ninguno pudo soltar su machete. Más cansados que heridos se retiraron para reponerse hasta el próximo encuentro.

Tomás me ha contado este cuento para explicarme cómo es la gente aquí y cómo ha sido la gente aquí desde siempre.

Tomás, que como todos los protagonistas de esta historia nos pide no usar su nombre real, me jura que aquel duelo ocurrió en los tiempos de antaño, en tiempos de su padre, y que de todas formas, aunque no hubiera pasado, aquí todo mundo cuenta esa anécdota a los hijos como si ellos mismos la hubieran visto.

He venido hasta él porque el sacerdote de una parroquia de Zacatecoluca me recomendó, si quería averiguar más cosas sobre movimientos de autodefensa, buscar a los ganaderos del cantón San Francisco de los Reyes.

La familia de Tomás posee más de 200 manzanas de tierra y muchas cabezas de ganado. Sus 10 hermanos son buenos jinetes y es más fácil, dice él, que salgan a la calle sin sus zapatos que sin su pistola, un hábito que aprendieron de su padre y de sus tíos.

Él sabe llamar a cada vaca por su nombre: la carebuey, la maraca, la gringa, la catrina… y cuando él llama, la vaca nombrada, solo esa, deja de comer y lo mira a los ojos.

Su padre fue jornalero en finca ajena y un día su madre vendió una marrana para comprar una ternera peluda que no prometía gran cosa. Esa ternera es la matriarca del imperio ganadero de la familia de Tomás en San Francisco de los Reyes.

Mientras caminamos por las tierras de su familia, de una belleza rabiosa y salvaje, nos cuenta lo duro que han trabajado los suyos para “ser alguien” y lo poco dispuestos que están a perder eso. Por el camino nos encontramos a su hermano, que nos posa gustoso con su revólver.

En San Francisco de los Reyes la pandilla no ha conseguido echar raíces, pero todos los cantones aledaños viven bajo el puño de los Revolucionarios del Barrio 18. Están rodeados y Tomás sabe que es cuestión de tiempo que les alcance la guerra.

“La Policía nos vino a dar un consejo: si alguien entra en su propiedad, mátelo y vaya a botarlo, pero mátelo con un arma sin registro. Hemos llegado al tiempo antiguo donde cada quien defendía a su pueblo”, sentencia, con el rostro endurecido.

Él cree que no hay más alternativa que organizarse para “hacer lo que haya que hacer” y está dispuesto a liderar el movimiento. No le preocupa tener que matar. Solo le preocupa una cosa: “¿Qué vamos a hacer después, cuando ya esté prendido el fuego?”

***

Al policía José Alfaro lo mataron en su casa el 4 de octubre. Pandilleros con disfraces de policías y de fiscales entraron a su vivienda y lo ejecutaron frente a su esposa y sus hijos. Ahora está dentro de un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador y dos mujeres policías montan la guardia de honor.

El policía que coordina la seguridad en la funeraria me explica el sentimiento que le invade al ver a su amigo muerto: mucho miedo. “Yo les digo a los jefes que me trasladen a mi cantón y me dicen que no, porque ahí los pandilleros ya me conocen y me van a matar. Pero yo todos los días tomo el bus para venir a Zacatecoluca. Yo prefiero que me maten en mi casa y no en un bus”, me explica, como si no hubiera remedio.

Cuando Fred, el fotoperiodista, apunta su cámara para retratar el féretro, la guardia de honor huye. Por miedo, las agentes que rinden honores a su colega se apartan y, solo, en medio de una funeraria semivacía, queda un ataúd cubierto con la bandera de El Salvador.

***

En una cafetería de San Salvador nos tomamos un café con el padre de Felipe. Su hija menor le contó que un hombre enloquecido había llamado para decir que Felipe estaba malherido en Zacatecoluca. Cuando se enteró de que su hijo había muerto, quiso saber quiénes eran esos que habían escuchado a su hijo mayor por última vez. El señor se llama Dolores.

Dolores no conoce el prontuario de su hijo, y hasta este momento pensaba que solo era abuelo de un nieto. Felipe, dice, se llevaba bien con los “muchachos”, pero cree que no era pandillero. Crió a su hijo en Apopa, en una colonia controlada por los Revolucionarios del Barrio 18. No tiene idea de por qué Felipe apareció baleado en Zacatecoluca y así piensa quedarse. Nos asegura que esta es la última vez que hablará del tema y que jamás lo hará frente a un policía o un fiscal.

Nosotros buscábamos rearmar el rompecabezas de la violencia en un municipio en el que demasiados toros han entrado al ruedo y Zacatecoluca no se guarda nada: en seguida aparecieron pandilleros, policías, militares y rancheros furibundos. Mientras escribo esta historia la Policía acusa a los agentes metropolitanos de luchar codo a codo con los Revolucionarios en contra de lo que queda de la banda de Chipilín, que se rehúsa a morir, y en la casa de uno de ellos encontraron más fusiles M-16, más pistolas, más balas… Zacatecoluca no se guarda nada: mientras hablábamos de zopilotes, nos mostró cómo se muere un hombre y luego cómo su muerte es un callejón sin salida más.

“Mire, ¿y Felipe le dijo algo de mí? ¿No le dijo unas palabras para mí?”, pregunta Dolores. “No”, le contesto, y aún estoy arrepentido por no haber sabido mentirle.

I

Faltaba poco más de medio día para que cumpliera doce años. Las tortas estaban listas y las bebidas ya se enfriaban en la nevera de la casa de su abuela. Dieguito quería una rumba inolvidable. Su familia, sus amigos y vecinos asistirían. Era un templete para él y para el barrio donde creció. El dinero para cubrir los gastos salió de su bolsillo. Sólo faltaba una cosa: las torres de cajones -cornetas y bajos- que ubicarían en los extremos de la vereda José Antonio Páez de la ruta I de Vista al Sol, en San Félix.

Eran las 10:30 de la mañana del jueves 23 de febrero de 2012 cuando su abuela Josefina lo vio vivo por última vez.

¿Pa’ donde vas Diego? -preguntó.

En su apuro por salir de la casa, Dieguito apenas respondió:

—A casa de Javier. Me va a acompañar a buscar los reales que faltan pa’ los cajones de esta noche.
—¡Carajo, ni siquiera has desayunado y ya te vas a la calle! -le reclamó la mujer que lo crio desde que tenía 8 años y medio.

Josefina, una morena corpulenta de 1,60, y cuyo rostro revela que tiene más edad de los sesenta años que confiesa, escuchó cuando la puerta principal de su casa se cerró de golpe. Segundos después oyó la reja del porche chocar contra el marco metálico. Sabía que su nieto iba a robar para pagar el alquiler de los cajones, pero cansada de aconsejarlo y regañarlo en vano sólo le quedó encomendárselo a Dios. Finalizada su plegaria levantó el rostro, como mirando al cielo, y exclamó:

—¡Tú sabes que es un niño!

Dieguito caminó a casa de Javier, quien pese a la diferencia de edad -era cinco años mayor que Diego- era su compañero de camino. El trayecto era corto ya que Javielito, como le dicen en el barrio, vivía a dos casas de la suya. A las 10:35 de la mañana salieron a la calle Santiago Mariño, subieron a una perrera -una camioneta Pick up modificada para ser utilizada como transporte público- para salir del barrio, uno de los tantos que conforman la parroquia Vista al Sol, la segunda más violenta de Ciudad Guayana, con 99 homicidios reportados en 2011.

En la avenida Manuel Piar, que comunica al extremo este de San Félix de norte a sur, los muchachos comenzaron a tramar el plan del día. Dieguito, sabiendo que pronto comenzaría la rumba de dos noches por su cumpleaños, dijo:

—Tiene que ser algo rápido marico, porque en la noche llevan los cajones y eso se paga chin chin. Pero por acá no, porque hay unos pajúos que me tienen tirria y apenas me ven llaman a los policías pa’ que me jodan.

Tras un breve silencio, agregó:

—Pero primero déjame visitar a una “perilla” (novia) que tengo en Las Batallas. De ahí voy a donde otra “perilla” en El Gallo y nos vemos en El Cruce de la 45 a las 4 y media.

Javier le respondió que iría a San José de Chirica a visitar a unos amigos y a buscar un arma. Ambos chocaron puños y cada quien agarró por su lado.
A la hora acordada Dieguito y Javielito se encontraron en el sitio indicado.

Caminaron la cuadra que separa El Cruce de la 45 de Doña Bárbara y comenzaron a atracar a todo aquel que se les cruzara en esas calles y veredas desoladas. El sol era inclemente y el calor insoportable. Ese día debían hacer unos 36º centígrados en la ciudad.

Media hora después, una de sus víctimas pidió auxilio. Varios muchachos, residentes del Bloque 7, escucharon los gritos, se envalentonaron y salieron en socorro de la estudiante. Corrieron tras Javielito y Dieguito, pero sólo alcanzaron al primero. Al muchacho le cayó una lluvia de puños, patadas, palazos y pedradas. Hombres y mujeres se unieron al linchamiento. Otro grupo de vecinos, compadecidos por la paliza, reportaron la situación al Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar (SAEB) 1-7-1 y éstos a su vez radiaron la información a la policía.

En la consola del Centro de Coordinación Policial (CCP) de Guaiparo escucharon a la operadora:

—Cerca del Bloque 7 de Doña Bárbara, en la entrada después del Iutirla, un grupo de personas apresó a un muchacho y lo están golpeando.
—Copiado control -respondió el jefe de servicios de guardia. Segundos después recibió respuesta de la patrulla 204.
—Vamos al sitio para evitar que maten al delincuente ese.

Los policías lograron rescatar a Javielito de la multitud. Estaba rasguñado, golpeado y sin camisa. Tampoco tenía zapatos. Sangraba profusamente por varias heridas que le causaron en la cabeza y el rostro.

Por el radio portátil uno de los funcionarios de la Policía del estado Bolívar (PEB) solicitó la presencia de una ambulancia para trasladar al joven al cercano Hospital de Guaiparo.

—Control… en el sitio necesitamos una ambulancia para llevar al herido al Hospital de Guaiparo.
—Copiado… ya la ambulancia va en camino.

Durante la espera, uno de los vecinos entregó a los uniformados un revólver Smith & Wesson calibre 38, cacha de madera, cañón niquelado de 2 pulgadas y sin cartuchos, que le quitaron durante la golpiza. El arma fue puesta dentro de la patrulla.

En el libro de novedades de la Brigada Hospitalaria de la PEB registraron el ingreso de Javielito a las 5:20 de la tarde del 23 de febrero. Mientras era atendido por los doctores, al muchacho le preocupaban dos cosas: la reacción de su madre al enterarse del motivo de la golpiza y la suerte de Dieguito.

Del paradero del niño se tuvieron noticias casi 13 horas después.

II

Diego Andrés, el cuarto hijo de Josefina, después de Osnel, José y Goyo, nació en el Hospital Pediátrico Menca de Leoni a las 4:00 de la madrugada del 24 de febrero del año 2000. Pesó 2,9 kg y midió 43 centímetros. “Siempre fue chiquitico”, recuerda su mamá, una vendedora informal de treinta y cinco años, piel oscura, y quien tuvo otros seis hijos después del nacimiento de Dieguito.

Hasta los 7 años la vida del pequeño fue como la de cualquier otro niño de un barrio. Vivió en una humilde barraca de zinc de 36 metros cuadrados, dos cuartos y una cocina en la calle principal del Barrio Moscú, a pocas cuadras de la casa de su abuela, con su mamá y sus seis hermanos menores. No conoció a su papá y las parejas de Josefina no duraban mucho tiempo en el seno familiar. “Seguro eso influyó en su carácter rebelde, porque se tuvo que hacer cancha solito”.

Dieguito era inquieto, tremendo y le gustaba vestir ropa Nike y Adidas, gusto que el sueldo de su m adre no podía costear. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol, pero pasa a engrosar las estadísticas de deserción escolar cuando le toca repetir 2º grado de primaria porque es atropellado por un microbús y tiene que pasar dos semanas hospitalizado y tres más de reposo. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol hasta que repitió segundo grado. Había sido atropellado por un autobús y tuvo que pasar dos semanas hospitalizado y tres meses convaleciente. Perdió muchas clases y muchas evaluaciones. Cuando Josefina fue a hablar con su maestra para explicar la situación, supo que el niño debía repetir el curso para que aprendiera.

Dieguito no recibió de buen modo la sugerencia y le dijo a su madre que debía conversar “algo serio” con ella. Desde ese día Josefina nunca ha podido olvidar esa escena. Su hijo tenía entonces ocho años. Josefina llegaba a su casa después de trabajar, a las 7:00 de la noche de un viernes de agosto, cuando Dieguito la llamó desde el cuarto principal del ranchito y le dijo con aplomo, como si tuviera tomada la decisión desde hacía tiempo atrás:

—Mami no quiero seguir yendo al colegio. Ahí pierdo mucho tiempo y prefiero ayudarte como hace Osnel, José y Goyo.
—¡Ay papito, pero apenas eres un bebé! ¿Qué vas a hacer para ayudarme? ¿Cuidarás a tus hermanos? -preguntó sorprendida la mujer.
—Jajajaja -rio el niño- ¡No… me pondré a trabajar! -soltó luego de manera tajante.

Josefina se quedó sin palabras, pero aceptó a regañadientes porque sabía que no tenía cómo vigilar al muchacho. Ya recuperado comenzó a embolsar las compras de los clientes del Supermercado Santa María ubicado en la avenida Manuel Piar. Dieguito maduró rápidamente y sin que se lo pidieran asumió la responsabilidad de mantener a sus seis hermanitos menores. “Era el hombrecito de la casa”, recuerda Josefina. Se convirtió en su mano derecha para todo, más que sus hermanos mayores.

Dieguito no duró mucho tiempo embolsando en el mercado. No le era rentable para costear sus gustos y mantener a sus 6 hermanos. “Si ganaba 50 bolívares diarios, me daba 40 a mí. Si hacía 40, 30 me los daba para los niños, pero él quería más, él quería para sus camisas, sus zapatos, sus pantalones”.

Josefina no conoce cuándo ni cómo su “hombrecito” comenzó a robar, quién lo acompañaba y mucho menos a quiénes robaba. Pronto Dieguito empezó a darle más dinero del que podía colectar en dos semanas de su trabajo anterior. “Hasta 600 bolívares me podía dar en un día”. También comienza a vestir ropa de marca.

Sin embargo, Osnel, el mayor de los 10 hermanos, sabía que Dieguito había conocido a Gordo Bayón y Capitán -actualmente detenidos e imputados por un triple homicidio ocurrido el 29 de febrero del 2012 en el barrio Vista Alegre, en San Félix, y de quienes se sospecha su participación en por lo menos 20 asesinatos ocurridos en Ciudad Guayana desde 2009, así como en venta de drogas, armas y municiones- en una fiesta en la calle principal de la ruta I de Vista al Sol en diciembre de 2008.

Esa noche Osnel fue a la rumba en su moto nueva. Cuando se disponía a partir, Diego, ya vestido con un Levi´s azul oscuro, una camisa roja con blanco y botines Nike negros con rojo, le dijo que quería acompañarlo. El niño bailó reggaetón y salsa toda la noche con varias muchachas -todas mayores que él- que asistieron al templete. Su cara de pícaro y sus ojos achinados le ayudaron a irse a su casa con varios números telefónicos.

—¡Carajito, tráeme una curda ahí pues! -le ordenó un hombre moreno, delgado y cabello corto, que estaba sentado con un grupo de jóvenes que han “prosperado” en el barrio.

Dieguito, que caminaba hacia donde estaba su hermano para irse, se devolvió para cumplir el mandado. Al entregar la cerveza recibió 100 bolívares de propina. Sorprendido, dio las gracias y se devolvió hasta la esquina donde Osnel lo esperaba.

—¡Maricooooooo… me dieron 100 lucas por llevar una curda! -exclamó al subirse como parrillero en la Empire Horse de su hermano. Luego, invadido por la curiosidad, le preguntó a Osnel la identidad del generoso hombre.
—Ese es Gordo Bayón. El blanco chiquitico que estaba a su derecha era Capitán y el de la izquierda, el flaco con cara e’ bobo, era Ronny Matón.
—¿Esos son con los que trabajaba el primo Franklin?
—Sí, pero no repitas eso en la calle porque recuerda que el primo es policía y lo puedes meter en peos.
—Ok… te acordarás de mí… ya verás.

Sólo Diego sabe qué hizo para ganarse la confianza de estos sujetos y, en cuestión de cuatro meses, convertirse en el pupilo de Capitán y Gordo Bayón. Es en ese período misterioso cuando comenzaron las malas andanzas del niño-hombre de Josefina: atracos y hurtos a transeúntes, casas en barrios vecinos y comercios de la avenida Manuel Piar. De vez en cuando Gordo Bayón y Capitán le encomendaban movilizar droga, armas y municiones dentro del barrio. Ganaba muy buen dinero para su edad.

Como todo adolescente era reservado para hablar de su vida privada con su familia. Todos sospechaban lo que hacía. Todos escuchaban los rumores. Todos regaron el chisme y nació la historia del niño-azote, pero nadie se atrevía a confrontarlo. Su mamá sabía que iba por mal camino y lo envió a vivir con su abuela.

En año y medio el niño desarrolló una pasión inentendible por las motos. “Robaba y hacía sus cosas y ahorraba el dinero. Cuando reunía para la moto, le daba el dinero a un amigo para que se la comprara. Les decía “tráeme tal moto, que la venden en tal sitio”, recuerda Josefina, la abuela.

Para 2011, el muchacho ya había comprado tres motos, valoradas cada una en más de 15 mil bolívares. Funcionarios de la policía estadal le quitaron dos y otra un guardia nacional, en todos los casos por no poseer documentos ni la edad necesaria para manejarlas. “Ellos sabían quién era él. Ya tenía fama y por eso le tenían el ojo montado”, agrega Josefina.

III

La primera detención de Diego fue reseñada el 6 de mayo del 2011 en el diario Correo del Caroní. En la fotografía se ve al niño, vestido con una franela azul con escudos estampados en la espalda, esposado junto a otro adolescente que usa una franelilla blanca, mientras bajaban de los puestos traseros de una patrulla del CCP de Cachamay. Un policía estadal los vigila de cerca.

Un día antes habían sido sorprendidos en la avenida Guayana de Puerto Ordaz, cerca del Orinokia Mall Center y muy lejos de su casa, mientras intentaban despojar a un hombre de una moto New Jaguar. Cerca del sitio de su detención hallaron un arma de fuego que -según el relato de la víctima- Diego usó para amenazarlo y amedrentarlo diciéndole: “Te salvas porque la pistola quedó sin balas”, y que lanzó al monte al ver que la patrulla se acercaba.

Emilio García, director de la comisaría que practicó su primera captura, recuerda a Dieguito como “un carajito tranquilo. Lo agarramos robando, pero era un niño. En ningún momento fue agresivo, por el contrario, era muy sumiso”.
La detención fue notificada a la Fiscalía Novena del Ministerio Público y por su condición de niño ante la Ley Orgánica de Protección al Niño y Adolescente (Lopna), porque era menor de 12 años, Diego recibió una medida de protección y fue puesto a la orden del Consejo de Protección. Éstos, a su vez, sugirieron que fuese tratado en un centro para atender a niños con conductas pre-delictuales, “pero resulta -lamenta Gustavo González, consejero del Consejo de Protección del municipio Caroní- que en Ciudad Guayana sólo hay dos centros de este tipo y son privados”.

Con ayuda de un tío abogado, el 1 de junio de 2011 Dieguito fue llevado a la Fundación del Niño en El Callao, al sur del estado Bolívar, donde recibió 25 días en tratamiento. Extrañaba tanto a su familia y a sus amigos que se fugó.

—¡Abuela… me devolví! -la sorprendió Diego un día mientras preparaba el almuerzo.
—¿Cómo carajo te viniste Diego Andrés?
—En cola… Huele a caraotas ¿Usted como que sabía que venía y me preparo mi comida favorita? -le dijo como queriendo cambiar el tema en camino hacia el baño principal.

Dieguito siguió delinquiendo, o cometiendo faltas, según la Lopna. Fue extorsionado, amenazado y hasta golpeado por la PEB y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Por presión familiar el muchacho se internó nuevamente en un centro de ayuda. En agosto lo llevaron al Instituto de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (Idena) en Ciudad Bolívar. Tampoco duró el mes. Se fastidió y volvió a su casa.

La conducta de Diego parecía no tener reparo. Cada día eran más comunes los rumores sobre las fechorías que cometía. A oídos de su abuela llegó uno en el que lo acusaban de darle muerte a un joven que tenía problemas con Capitán y Gordo Bayón.

—¡Te permito que robes… pero no que andes matando gente! -le increpó en el porche de la casa, blanca con columnas fucsia, cuando él llegó después de pasar la tarde paseando en su moto.
—Yo ni pistola cargo, vieja. Eso sí que no lo hago yo. Te lo juro, vieja, por Dios que me está mirando en este momento.
—Prométeme que dejarás ese mundo mi negrito. Prométeme que andarás por buen camino.
—Haré el intento vieja, trataré -dijo el muchacho mientras cruzaba el pasillo principal de la vivienda y hacia su cuarto, el segundo a la derecha.

Diego cumplió su palabra. El 1º de enero del 2012 su padrino putativo, un turco que lo conocía desde que embolsaba en el mercado, lo invitó a trabajar con él vendiendo muebles y ropa en los sectores mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, en el municipio Sifontes. Regresó a San Félix el 26 de enero. Parecía otro. Llegó con dos mil bolívares para su mamá y con un diente de oro, a lo Pedro Navaja.

Ese mismo día, mientras se cortaba el cabello, unos militares se lo llevaron detenido. “Nos pidieron diez mil bolívares para soltarlo, sin él haber hecho nada. Se los tuvimos que dar para que no lo jodieran”, recuerda su abuela con amargura. Sin embargo, en la Carpa Bicentenaria del Dibise aseguran que lo agarraron, con ayuda de la PEB, mientras robaba equipos electrodomésticos en una casa de la ruta III de Vista al Sol.

“Era desafiante y agresivo. Sabía que por ser menor de 12 años iría para la calle en cuestión de horas”, describe Jhonny Rodríguez, director del CCP Ramón Eduardo Vizcaíno.

De nuevo la presión familiar hizo que Dieguito buscara ayuda en el Idena de Ciudad Bolívar. El 2 de febrero, a 22 días de su cumpleaños, se trasladó a la capital bolivarense. Quince días después, el 7 de febrero, regresó de sorpresa en la casa. Dijo que había salido por la puerta principal, que tomó un taxi al terminal y se montó en un carrito por puesto que lo trajo hasta el terminal de San Félix.
Faltaba menos de una semana para que cumpliera doce años y Dieguito sólo pensaba en la fiesta inolvidable que ofrecería en el barrio. su abuela preguntó entonces:

—¿Y qué harás para pagarla Diego Andrés?
—Lo de siempre abuela… lo de siempre.

Josefina, su abuela, sabía que de nada valdrían los regaños. El tema no se discutió más y Dieguito retomó su antigua costumbre. Así, robando, logró reunir parte del dinero para las dos tortas y las bebidas. Se compró otra moto y la ropa que usaría el día de la rumba: una gorra negra de los Leones del Caracas, una chemise rosada y un blue jean Levi’s.

Josefina dice que su nieto tenía los días contados. Podía presentirlo en las historias que le contaba Dieguito. Tres días antes de su cumpleaños un policía lo agarró en la calle y le dijo que se cuidara. Al día siguiente volvieron a encontrarse. Esta vez le dijo:

—Faltan dos. Ya estás listo.

Diego creía que eran simples amenazas.

—Eso es pura paja abuela. Es pa’ asustarme nada más.
—Mijo cuídate, deja de andar en malos pasos. El que no coge consejo no llega a viejo. Esa gente son malandros con uniforme y hacen lo que se les antoje sin que nadie les haga nada.
—Vieja, es pura paja. Ellos saben que estoy bien con Gordo Bayón y Capitán y que no me pueden poner un dedo encima. Además, el primo Franklin se meterá si ellos me hacen algo.

Faltaba un día para su cumpleaños y aún no había conseguido el dinero para el alquiler del sonido.

IV

—Aquí Control. Reportan a una persona tirada en el suelo a 60 metros de la entrada a Acapulco, cerca de las bases del puente -comunica por radio un operador del SAEB 171 a la consola del CCP de Guaiparo a las 4:55 de la madrugada del 24 de febrero.
—Copiado Control, vamos al sitio -responde, con voz somnolienta, el conductor de la patrulla 205.

La unidad se enrumbó hacia la avenida Angosturita y tomó el desvío hacia el sector Acapulco, barriada ubicada en el margen este del río Caroní. Eran las 5:00 de la madrugada y la tenue luz solar era insuficiente para detallar el camino entre la neblina y el humo de Ferrominera del Orinoco. El conductor enciende las luces altas y retoma la marcha.

Cuatro carros desvalijados y quemados obstaculizaban la vía. La patrulla zigzagueó y continuó su recorrido. La carretera era de tierra y estaba tan deteriorada que la patrulla tuvo que maniobrar en espacios que no llegaban a 2 metros de ancho. Huecos y zanjones abundaban por doquier.

Al lado izquierdo de la vía había un talud de tierra que supera los 5 metros de altura. Al lado derecho, donde pareciera que pudieran maniobrar la 205, había una sabana de desechos en los que se divisaban -hasta llegar a una laguna cubierta de bora- lo que parecen pequeños mecheros, pero que realmente son pilas de cauchos que algunos chatarreros e indigentes queman para extraer el metal de su interior.

Llegaron al sitio, casi a orillas del río Caroní, cerca del único pilote en tierra del Puente Angosturita. Buscaron cerca de un lote de maquinaria pesada abandonado en el lugar y hallaron un cuerpo delgado de no más de un metro 55 de estatura, piel morena. La víctima vestía un pantalón deportivo negro y una camisa del F.C. Barcelona. No tenía zapatos.

—Control, es positivo el fallecido en la entrada de Acapulco. Tiene varios disparos y parece que es un menor de edad. Avisen del procedimiento al Cicpc -notificó el policía.
—Copiado -respondió el operador.

Mientras el cadáver estaba en el Instituto de Ciencias Forenses del Cicpc, la familia de Dieguito preguntaba por él en comisarías, centros médicos y en casa de sus amigos. Desde la noche del jueves esperaban su llegada para comenzar la fiesta. Josefina, la madre, estaba desesperada y le pidió a Osnel que la llevara cerca de la sede de la Universidad de Oriente, por Doña Bárbara. Josefina, la madre, soñaba con ese lugar desde hacía tres días. Al llegar sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en la cabeza. Podía sentir, dice, incluso cómo se desvanecía, pero lo disimuló con éxito. Fue en ese momento cuando presintió que a su “hombrecito” lo habían matado. Eran las 3:00 de la madrugada.

Luego de las 6:00 de la mañana, y agotadas todas las opciones donde buscar al cumpleañero, su familia se trasladó al Cicpc. Allí les notificaron que minutos antes había ingresado un niño que murió baleado. Madre e hija se armaron de valor y pidieron verlo

—¡Mamá es mi bebé… Ese es Dieguito… No dejaron que llegara a los 12 mamá! -gritó desesperada Josefina, mientras golpeaba con sus puños la bandeja donde yacía su hijo.
—Sé fuerte hija… ¡Seamos fuertes! Sabíamos que esto pasaría más temprano que tarde. Sabíamos que ese era el destino del negrito -dijo Josefina, la abuela, mientras abrazaba la ropa, ahora ensangrentada y llena de tierra, con la que vio a su nieto salir de su casa la mañana del jueves.

El cuerpo fue llevado a la Funeraria La Providencia acomodado para el velatorio, que se haría en la casa de su abuela. Luego de escuchar el testimonio de Javielito, la familia denunció en los medios de comunicación y ante la Fiscalía de Derechos Fundamentales, que Dieguito había sido interceptado por policías del CCP de Guaiparo cuando huía de Doña Bárbara, torturado y ejecutado con dos tiros de escopeta.

La noche del funeral, Capitán y Gordo Bayón alquilaron los cajones para darle a Diego la fiesta que quería. La urna estaba en plena vereda, justo frente a la casa de su abuela, y a cada costado se instaló una torre de bajos y cornetas. Las bebidas fueron distribuidas entre los presentes, le cantaron cumpleaños y hasta le picaron una de las dos tortas que había encargado. A Diego le hicieron su fiesta.

Lo vistieron con la chemise rosada y el blue jean Levi’s que compró para la rumba, además le pusieron sus zapatos Nike. Diego Andrés fue velado a urna abierta. Quienes se asomaban a través del cristal protector sólo podían ver su frente. El resto de su cara estaba cubierta por un vendaje. Uno de los dos disparos que recibió le desfiguró el rostro desde el mentón hasta debajo de las cejas.

A las 10:00 de la mañana del sábado 25 de febrero, el padre Mario Pérez, vicario parroquial de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, ofició las exequias de Dieguito. Su sermón estuvo dirigido a la no violencia y al respeto de la vida. Leyó el capítulo 2, versículos del 7 al 17, de la 1ra Carta de San Juan y el Salmo 23.

El padre sabía quién había fallecido. la calle estaba llena de malandros, drogas y licores. cerca de la urna, recuerda el padre, había más de 30 casquillos de balas. josefina, la madre, estaba desconsolada y le manifestó al sacerdote que temía que sus seis hijos menores siguieran el ejemplo de Dieguito, a quien muchos consideraban el terror del barrio.

El padre Mario bendijo el féretro del muchacho y se retiró. El cortejo fúnebre partió desde la vereda José Antonio Páez a las 11:00 de la mañana. En el cruce de la avenida Libertador y la vía Angosturita, cerca del INAM y del Cicpc, se detuvieron y lo bailaron al son de la canción Punto y Aparte de Tego Calderón.

Más de 70 vehículos: camionetas último modelo, carros del año y motos de todo tipo, formaban parte del cortejo. El conductor y el copiloto de una Chevrolet Captiva hacían disparos al aire en plena avenida Angosturita. Los tiros eran respondidos por una veintena de jóvenes que iban como parrilleros en las motos. Las detonaciones apenas opacaban el reggaetón, la salsa y la changa que sonaban a todo volumen en el Ford Fiesta, en el Volkswagen Gol y en la Ford Explorer que encabezaban la caravana que llevaba a Dieguito al camposanto.

La mayoría de los carros tenían escritas, en letras blancas, consignas como: “Policías asesinos”, “Diego, pana por siempre”, “Justicia para Diego”. Delante del cortejo fúnebre iba un camión 350 con la urna del niño del diente de oro en la plataforma.

Llegaron al cementerio, el más caro de la ciudad. El féretro de Dieguito fue cargado en hombros y llevado hasta el toldo donde le darían el último adiós. Unos tomaban ron, otros fumaban marihuana. Todos lloraban la muerte del niño del diente de oro.

—¡Mi niño no está muerto! ¡Mi niño no está muerto! -repetía sollozante su madre mientras abrazaba a uno de sus hijos.

Una lluvia de rosas y claveles cayó sobre el ataúd del niño. Osnel -asesinado tres meses y medio después- tomó la pala y lanzó la primera capa de tierra sobre la urna marrón con detalles dorados de su hermano. Esa primera paleada sirvió para que los pistoleros, que aguardaban impacientes, lanzaran al cielo un sinfín de proyectiles en honor al caído. El ruido de las detonaciones competía con la música a todo volumen que aún sonaba en los carros que guiaron al cortejo fúnebre hasta Jardines del Orinoco.

Dos entierros que se realizaban en simultáneo tuvieron que ser detenidos momentáneamente. Familias y empleados del cementerio se resguardaban de los disparos que despedían a Dieguito por todo lo alto, como la rumba que planeaba hacer para celebrar su cumpleaños el día que fue ejecutado.

—Esto del número uno es una tontería, una verdadera tontería.

Dice Joan Roca, enfático y risueño, y no lo dice por despecho: hace tres meses, su restaurante, El Celler de Can Roca, fue proclamado el mejor del mundo por el ranking que todos repiten y/o respetan. Joan Roca tiene las primeras canas, las manos cuidadas, la sonrisa fácil, el gesto fácil, ese brillo en los ojos. Un día de estos va a cumplir 50 años.

—Tiene razón mi madre. Ella es la primera que nos dice que esto es una tontería. ¿A quién se le ocurre hacer un orden de los mejores restaurantes del mundo? Un despropósito. Si fuéramos coches de Fórmula 1, hay uno que llega primero y gana, es indiscutible; pero la comida es la cosa más subjetiva: ¿cómo decir que tal restaurante es mejor que tal otro? Lo acepto: una serie de gente se pone de acuerdo y vota. Vale, okay. Pero que nadie se lo crea demasiado ni se lo tome demasiado en serio y menos el que está ahí…

Hay poca gente que lo logra: en un momento, Joan Roca te hace sentir como si te conociera desde siempre y, más, como si le gustara hablar contigo. Entonces le digo que cuando te dicen que eres el mejor debe ser difícil no tomarse en serio.

—No. Esto es un barrio obrero de una pequeña ciudad del norte de España y sus vecinos son nuestros vecinos y nosotros vamos cada día a comer al restaurante de nuestros padres el menú de diez euros, y ahí te topas con la realidad, con tus orígenes. Eso es un buen antídoto.

—Pero el veneno es poderoso, supongo.

—Sí, lo es. Pero te pilla en un momento de la vida, ya maduro, en que es más fácil. Si te pilla a los 30, te puede dar la vuelta y te lo crees, y te vuelves gilipollas. Ahora espero que no.

Es raro esperar el primer plato del mejor restaurante del mundo: ese temblor. Ahora, en El Celler, el primer plato no es un plato sino un gran taco de madera que ofrece cinco cosas: cinco objetos comestibles no muy identificados, según la mejor tradición contemporánea. El primer plato-taco se llama Países: México es una gran gota con sus sabores de guacamole, semilla de tomate, agua de tomate y cilantro; Japón es una bola con un núcleo de miso, dashi de nata y tempura de nyinyonyaki; China es un cucurucho crocante, dulce, con verduras encurtidas con crema de ciruelas; Perú es una esfera llena de caldo de cebiche; Marruecos es masa fila con almendra, miel, rosa, azafrán, ras el hanout, yogur de cabra.

Cada una —cada preparación compleja, razonada, trabajada— es un bocado único: el alivio de no tener que componer el trozo, que decidir —decisiones que se hacen sin pensarlas— cortar ese trozo de carne de manera que incluya algo de grasa y agregarle una pizca de mostaza y, quién sabe, un trocito de tomate. Aquí —por ahora— todo viene compuesto, el comensal come como le dicen. Y pasea: cada bocado, un mundo; todos juntos, el mundo.

Para, enseguida, volver a las raíces: nos traen un olivo bonsái del que cuelgan sus aceitunas caramelizadas rellenas con anchoas. Un gusto fuerte, rudo, casa. Y, ya en casa, más tapas: un pétalo de flor de higo chumbo sobre una espuma de blanco de limón y, al lado, un bombón de chocolate negro relleno de vermut Carpano con pomelo y sésamo negro. El recuerdo de cualquier aperitivo en la barra de un bar, un jueves a la salida del trabajo, una explosión de sabor y memoria en un bocado.

En 1964, cuando nació Joan Roca, sus padres todavía no habían abierto su fonda en ese paraje que llaman Taialá, en las afueras de Gerona.

—Yo recuerdo cuando no teníamos para comer todos los días. La otra vez, mi hijo me dice: “Tienes que ir a ver esa película Pan negro, que habla de aquellas cosas de la guerra”, y yo le digo: “Pero pa’ qué, si yo tanto tiempo no lo he comido blanco. Yo ya no quiero ver pan negro”.

Dice ahora la señora Roca, la mamá Monserrat, y se ríe: la señora Roca se ríe, cuenta, se divierte. La señora Roca está encantada.

—Por eso, cuando nacieron mis hijos, yo quería que hiciéramos algo para que no tuvieran que salir a buscar la faena, para que tuvieran algo en casa. Porque yo hice de todo, a los 13 años ya me iba a trabajar al campo, a coger aceitunas, a segar el trigo. Y luego ya me empleé en un hotel y allí aprendí a trabajar, pero a trabajar: desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche.

Y se casó a los 20 y su marido, el señor Roca, quería cambiar, salir del pueblo, ser su propio patrón. El señor tenía veintitantos y conducía un autobús suburbano que daba vueltas por los alrededores de Gerona. Un día le llamó la atención el cartel de Se vende en un local medio bar medio barbería junto a un campo de trigo; habló con su señora —cocinera probada—, consiguieron un pequeño préstamo familiar y se lanzaron. Lo llamaron Can Roca: la casa de los Roca. Sus clientes eran los inmigrantes andaluces que se habían instalado en ese peladal para trabajar en los campos y talleres de los alrededores.

—Y los míos me decían: “Pero cómo vais a vivir allí, cómo se os ocurre”. Y yo les decía: “Pero, bueno, allá habrá gente igual que aquí. ¿Que hablarán castellano? Vale, pero yo ya lo sé hablar, no pasa nada”.

Dice ahora la señora, feliz.

El comedor de El Celler de Can Roca es como un claustro aéreo: vidrio y luz y mucho espacio alrededor de un pequeño jardín de invierno triangular, también vidriado, con sus pequeños árboles. Las mesas son sobrias, los manteles planchados con denuedo, todo blanco; en el centro de cada mesa hay tres rocas: Joan, Josep y Jordi Roca, tres hermanos que lo hacen todo juntos.

—La gran suerte que hemos tenido de que los tres nos entendamos y estemos de acuerdo y trabajemos bien juntos, eso sí que es raro de cojones. Y para colmo, los tres vivimos de la misma manera, con la misma pasión. Y como no ganamos mucho dinero, no tenemos el problema de quién se lo lleva, y como ninguno de los tres quiere tener un Ferrari sino un restaurante mejor, pues no hay peleas. Si algún día ganamos mucho, esto puede complicarse…

Dirá Joan. Pero ahora el camarero —joven, sonriente, como todos ellos, vestido de negro, como todos ellos— nos muestra una bandeja para que elijamos unos panes.

—¿Pan?

Le pregunto.

—Pan.

Me contesta, firme, porque siempre es grato asegurar lo obvio. Pero lo obvio es sorprendente: en restaurantes mucho menos encumbrados que El Celler, cocineros privan a sus clientes del pan, so pretexto de que interfiere con sus creaciones. Aquí, ahora, pienso que debe ser una forma de reafirmar las tradiciones, porque Joan me había dicho que era uno de sus puntos:

—La cocina catalana es la cocina de una sociedad bastante rica y muy curiosa, que comparte la mesa, que festeja comiendo, que tiene una gran cultura gastronómica y productos de mucha calidad. Y sí, se puede decir que nuestra cocina tiene un origen bien local, siempre que aceptes que la cocina catalana también es la fusión de tantas otras, griega, romana, árabe, los productos que llegaron de América. Y nosotros seguimos con ese proceso de fusión: vamos a Perú y nos llevamos la esencia de un cebiche, vamos a México y nos llevamos la idea del mole, de Corea nos llevamos la forma de fermentar las verduras… De todos lados nos llevamos cosas y las hacemos nuestras. La cocina tiene que ser local y global al mismo tiempo, glocal. La nuestra es una cocina que, siendo catalana, no quiere ser fundamentalista.

Entonces supongo que dar pan es una forma de reanudar lazos con esas tradiciones pero más tarde, cuando se lo pregunte, me explicará que no es un homenaje a la tradición sino al sentido común.

—Siempre había algún cliente que lo pedía. ¿Y quién soy yo para negárselo?

El rasgo proverbial de Cataluña es el seny, el sentido común. Ferrán Adriá, en El Bulli, se lo pasó gloriosamente por el gorro; los Roca lo recuperaron. Ya hablaremos de vanguardia amable.

El bar del señor y la señora Roca abría todos los días a las seis de la mañana para servir el café o el carajillo a los vecinos que salían a trabajar; a la mañana les daba desayuno; al mediodía, de comer; a la tarde, cafelitos y cervezas y unas tapas, más comida a la noche. La señora cocinaba estupendo; su marido atendía el bar; sus dos hijos jugaban y estudiaban en la sala.

—Joan y Josep eran pequeños, se pasaban aquí todo el día. Imagínese, el comedor era su casa. Y después, como doce años después, llegó Jordi. Se ve que hacía falta pa’ los postres.

Dice ahora la señora. Y que Joan no había cumplido 10 años cuando le regaló una chaqueta de cocinero chiquitita: el chico se pasaba horas jugando a ser como ella. Veía que las personas se iban contentas y pensaba que quería hacer eso. Una de las dos escuelas gastronómicas oficiales de España estaba en Gerona; Joan anunció que cuando terminara el ciclo básico quería hacerla.

—Mis profesores intentaron disuadirme, me decían que yo era una persona inteligente, que tenía buenas notas, que por qué me iba a desperdiciar en eso. Y ahora resulta que los cocineros somos como estrellas. Eso sí que es muy raro.

Joan empezó la escuela; su hermano Josep, dos años menor, lo siguió en su momento. A Josep todos le decían —le dicen— Pitu, y la cocina le gustaba menos; sus padres lo recuerdan pelando cebollas —bolsas y bolsas de cebollas— en el fondo de la fonda con snorkel y máscara de buzo para no llorar. En cambio, cuando chico, nada le divertía más que rellenar las jarras con el vino a granel del Ampurdán: también estaba dibujando su destino.

Joan terminó la escuela, cumplió 20, se marchó al servicio militar, fue cocinero de un capitán general, perdió casi dos años, se volvió. Josep lo esperaba para empezar algo: pegada a Can Roca había una casita que sus padres habían comprado para que vivieran los chicos cuando fueran grandes. Joan y Josep les pidieron que les dejaran instalar allí su propio restaurante: no querían cambiar el de sus padres, pero tampoco querían pasarse la vida cocinando arroz a la cubana los lunes, canelones los martes, calamares los viernes.

—Os pegaréis un tortazo.

Dice Joan que les dijo su padre —pero los ayudó. En agosto de 1986 abrieron un lugar muy pequeño, decorado a los ponchazos, con una cocina diminuta, que se llamaba El Celler —la bodega— de Can Roca, y prometía “comida gastronómica”.

Todo está en ese punto. El punto puede ser, digamos, untuoso, espeso, rojo oscuro. El punto puede ser casi líquido y estar, por ejemplo, en medio de una pequeña teja de maíz y aún allí, en medio de una pequeña teja de maíz, parecer muy chiquito. El punto sabe parecer muy chiquito: es uno de sus trucos más vulgares. Pero el punto es el resultado de varias manos, horas de trabajo, ideas, instrumentos: cocineros que pelaron y prepararon gambas, las mezclaron con verduras y especias, las cocieron durante vaya a saber cuánto en quién sabe qué máquinas, a dios sabe qué temperaturas hasta llegar a esta reducción, esta concentración extrema del sabor de una gamba convertido en un punto que te llena la boca y todo el resto. Como el punto, cada ingrediente, cada bocado de los cientos de bocados que forman esta comida son un proceso y un esfuerzo, el resultado de una ética del trabajo a ultranza. En el punto está la diferencia: la razón por la cual El Celler de Can Roca es, dicen, el mejor del mundo.

Los platos de aquel primer Celler eran derivados de la cocina francesa más clásica, la que se enseñaba en las escuelas —y que, en esos años, nadie en Gerona hacía. Joan los preparaba con pocos instrumentos y menos ayudantes; el entusiasmo sin fisuras. De a poco fueron haciéndose una fama: cada vez más clientes del centro se atrevieron a cruzar la frontera simbólica y aventurarse a comer en ese barrio obrero. En 1989, Joan se pasó unas semanas trabajando —aprendiendo— en el vecino Bulli, que apenas empezaba a ser lo que sería. En 1991, los dos hermanos se lanzaron a una gira por algunos de los mejores restaurantes de Francia —y fue una revelación: los platos tenían otro nivel de elaboración, la sala otra elegancia, el servicio otro garbo. Los hermanos tenían un objetivo y se dedicaron a tratar de cumplirlo. Contrataron alguna gente más, mejoraron los equipos, se apiñaron en su cocinita como sardinas industriosas. Ya preparaban cosas raras. Su abuela Angeleta, que también era cocinera, se sorprendía, los miraba con cariño y desconfianza, y preguntaba:

—¿Y tus clientes salen contentos?

Cuatro años más tarde, El Celler conseguiría su primera estrella de la famosa guía Michelin. Pero lo que realmente los haría conocidos en su ciudad fue que algún funcionario de la Casa Real decidió contratarlos para que cocinaran en la boda de la infanta Elena de Borbón. Eso sí era llegar a lo más alto.

O este bombón de trufa negra con esta brioche de trufa blanca, la gloria del sabor perfecto. Y después, para seguir el orden de las cosas, sopas. El consomé vegetal a baja temperatura de brotes, flores, hojas y frutas es la versión Roca de una sopa de verduras: clara pero untuosa, los aromas del huerto, las esferitas de guisante y menta. Y después llega otra: la infusión de saúco con cerezas al amaretto, cerezas al jengibre, cerezas heladas y anguila ahumada es una cumbre. Un líquido translúcido sobre un fondo de dorado agrietado, un gusto que no existía en ninguna parte, un plato puro sueño, recuerdo de lo que nunca sucedió.

—Son nuestras concesiones poéticas.

Dirá Joan y nos explicará que descubrieron que, en estos días, el saúco daba flor en la montaña y frutos en el llano, y que querían combinar esa anomalía, usar la flor y las semillas en un mismo plato: es el estilo de sus búsquedas, obsesiones botánicas de Pitu Roca que se convierten en bocados deslumbrantes.

Y, enseguida, un plato que remite a un recuerdo auténtico: un helado de espárragos blancos y trufa negra, pura delicia, presentado en un bloque blanco y negro igual que unos helados que llamaban contessa y que aquí, parece, todos comieron cuando chicos. Es la opción más íntima de la cocina Roca: huellas de la memoria.

—A la hora de cocinar, nos gusta recuperar nuestra memoria personal, experiencias vividas, para servirlas en un plato. Y utilizamos los recuerdos como punto de partida de ciertas recetas. No te olvides de que crecimos en un restaurante…

En 1997, el triángulo Roca se completó con el tercer hermano. Jordi había llegado un poco tarde: doce años menor que Joan, fue el hijo consentido y despistado que se pasó la adolescencia sin saber qué hacer. No quería estudiar, no tenía más vocación que salir y divertirse. Pero a los 18 empezó a trabajar de camarero en El Celler: salía a las tres de la mañana después de recoger los últimos platos y manteles. Y veía que, en cambio, en la cocina, la gente se iba poco después de medianoche: decidió que eso sería lo suyo. Aquel año, ayudando a un maestro pastelero galés, entendió que los postres serían su territorio. En los años siguientes, Jordi Roca desarrollaría varias líneas que nadie había intentado antes; la más original son los postres que remedan perfumes. El primero: con crema de vainilla, gelatina de agua de azahar, gelatina de jarabe de arce, salsa de albahaca, granizado de mandarina y helado de bergamota armó en el plato el aroma del Eternity de Calvin Klein. O, con una máquina que inventó para sacar el humo de un habano, creó el Puro helado de Partagás. O, muchos años después, el famoso Gol de Messi.

—Sí, ese plato era una de esas cosas que están en esa línea delgadísima entre lo genial y lo freaky.

Dirá ahora Joan. El Gol de Messi es, quizá, el mejor ejemplo de la irrupción actual en la cocina de un elemento que nunca había formado parte de ella: el humor.

—Un día, Jordi apuntó en la pizarra donde vamos dejando nuestras ideas “¿A qué sabe un gol de Messi”. Era una idea loca, como muchas, y ahí quedó. Nosotros le dijimos: “Tío, olvídate, no bebas más de eso”. Y entonces él se picó y siguió, le encargó a un diseñador industrial amigo un plato que tuviera forma de medio balón reglamentario con una cavidad para encajar un bol donde se construía el postre, y alrededor le puso césped con aceite esencial de césped recién cortado para que oliera a césped. Y en el bol, el diseñador hizo como un zigzag, como un regate, donde había tres puntos para poner tres merengues. Cuando el postre llegaba a la mesa, escuchabas la retransmisión de ese gol que le marcó Messi al Getafe, el gol maradoniano, y a cada regate te tenías que comer un merengue y al último, cuando ya escuchabas el gol, cogías el balón, que era un helado de dulce de leche, y lo tirabas sobre una red de azúcar y clara que estaba sobre la portería y la rompía, y estallaba sobre todo lo que había allí, petapetas, cremas, cítricos, balsámicos, sabores y aromas que relacionamos con la alegría. Fue un postre que se vendió muchísimo pero nunca estuvo en la carta, para evitar que algún merengue se lo tomara a mal, los malos rollos.

A mediados de los noventa, los hermanos Roca se compraron un caserón antiguo a pocos metros de Can Roca para hacer, alguna vez, el restaurante que siempre habían soñado. Lo pagaron con un crédito que les costó mucho devolver.

—Por eso decidimos no reformarlo mientras no tuviéramos todo el dinero, no queríamos que hubiera bancos de por medio. Entonces todavía no sabíamos todo lo malos que podían ser, pero algo sospechábamos.

Se esforzaban: de lunes a viernes trabajaban en su viejo local, los sábados y domingos usaban el nuevo para bodas y banquetes; en diez años sin francos juntaron lo que necesitaban. En 2006, justo antes de que empezara la crisis española, iniciaron las obras. Y lo abrieron en 2007, cuando todo estaba a punto de caerse. En los meses siguientes hubo momentos de terror, en que creyeron que no resistirían.

—Recuerdo aquel mes de enero que empezó a haber menos gente… Y este comedor si no está lleno se ve mucho. Nos dio un ataque de pánico.

Pero los críticos siguieron mimándolos, y el negocio se recuperó. Estaban por llegar: pasar desde una fonda de suburbio al mejor restaurante del mundo también es el recorrido de España desde el fondo del franquismo al centro de Europa, al dizque Primer Mundo.

—Esta explosión de la gastronomía española está ligada a la libertad, al comienzo de la democracia en España: un momento en que todo se mueve, en que empiezan a pasar cosas en todos los ámbitos, y también en las cocinas.

Dice Joan Roca, y que este lugar es un sueño realizado.

—Nos pasamos 20 años trabajando en condiciones difíciles, espacios más pequeños, menos organizados, y todo el tiempo pensando cómo sería el lugar ideal. Tardamos tanto en poner este que cuando lo pusimos ya teníamos la experiencia, ya sabíamos perfectamente qué era lo queríamos. Y aquí lo tenemos.

Joan Roca nos lo muestra con el orgullo con que se muestra un hijo o una obra:

—Nuestro gran objetivo era tener este restaurante. Todo lo que venga después está de más. Que si Michelin, que si número dos, que si número uno del mundo, está de más. Todo eso cuando no lo tengamos no lo echaremos en falta, porque no era el objetivo.

—Optimista te veo.

—No, de verdad. Eso no importa. Lo que nos importa es poder hacer esto tanto tiempo como queramos. Aunque uno nunca sabe, claro…

Esta mañana, cuando llegamos al Celler, el aire olía a sardina asada. No es lo que uno espera del mejor del mundo, pero ahora, en el plato, la cuestión se aclara: unas “cocochas de sardinas” yacen en una salsa verde basada en aquellas sardinas hechas en la parrilla.

—Nos importa no seguir ese escepticismo que te da la técnica moderna a ultranza, donde harías unas sardinas a la plancha que estarían bien pero no tendrían el punto del humo, de la brasa. Hay mucha gente que tiene en la memoria las sardinas a la parrilla. Por eso para nosotros es muy importante combinar la supertecnología y la tradición. Estamos convencidos de que los canelones, las croquetas de jamón y el gazpacho pueden convivir con la esferificación y los artificios miméticos.

Es la hora del mar: después de todo, la sucesión aparentemente caprichosa de los 18 platos del menú —160 euros— es la reproducción más o menos velada del orden más tradicional: entradas frías y calientes, sopas, pescados, carnes, postres. Aunque algunos platos sean sueños imposibles: la “anémona” es una composición que imita a esos animales-flor que viven en el fondo de los mares, hilos de vaya a saber qué sobre un bol de metal muy repujado. Una ilusión: en un mundo tan lleno de certezas-chasco, es bueno no saber lo que uno, en general, supone que sabe: qué estoy comiendo ahora. Después me explicarán que son ortiguillas, navajas, espardeñas y algas escabechadas y, al fondo, una cocción de auténticas anémonas. No quiero entender, salvo un detalle: la anémona es un alarde, el intento de hacer comestible lo que no lo es. Para completar el movimiento: hacer lo que no es, deshacer lo que es.

Por eso la gamba a la brasa con sus patas deshidratadas fritas y su cabeza en un jugo con algas: la disección completa de un animal conocido para comerlo de formas que no conocías y que te hacen decir ah, este era el gusto. Seguramente no lo es —es el gusto del animal más una docena de otras cosas más horas de trabajo más años de experiencia—, pero resulta una ficción perfectamente convincente.

Y la cigala al vapor de vino amontillado, velouté de bisque y caramelo de Jerez, donde la cigala está en una rejilla sobre un bol lleno de piedras muy calientes, y cuando el camarero echa el amontillado sobre las piedras, su vapor se huele y llena el aire e impregna la cigala, que uno come amontillada antes de completarla con ese velouté y, por fin, otro punto: un caramelo concentradísimo oloroso de Jerez. Y el lenguado a la brasa con ajo negro fermentado, ajo blanco, jugo de perejil y limón, y el bacalao bajo un aire de pimienta blanca con miso y garbanzos y avellanas, con sus dos garbanzos crocantes como dos avellanas, sus dos avellanas tiernas como dos garbanzos —y su sabor a mandarina y maravilla. Y tal.

Más tarde, Joan Roca nos dirá cómo inventan: cómo una película o un libro o una charla o un paseo pueden darle una idea, cómo conversa con sus dos hermanos en cualquier rincón del restaurante o de sus casas y ahí, dice: “Es cuando más inventamos, casi sin querer”. O que otras veces son más deliberados y exploran todas las posibilidades de un producto —esa cigala, dice, una alcachofa— hasta que de pronto les descubren un uso, una preparación que nadie había pensado.

—Claro, para eso necesitas tiempo y equipo: aquí hay gente liberada del servicio diario para colaborar en esas búsquedas, les vamos lanzando ideas, prueba esto, mira esto otro. Y ahí es donde empieza todo.

—¿Y cómo sabes que un plato ya está listo?

—Esa es la clave: cuando a los tres nos gusta. Y no es fácil, somos muy exigentes. No solo con el sabor sino también con el concepto, con la idea, con que tenga un discurso, con que lo podamos defender ante una reunión de mil cocineros. Las cosas ya no solo tienen que estar buenas; también tienen que identificarse con tus valores, tus principios, tu manera de entender la cocina. Todo tiene que tener un discurso, un porqué. No se vale poner esto porque queda bonito.

—¿Es nuevo que se le exija a un plato que encaje en un discurso?

—Ya lleva unos años. En la cocina, como en casi todas partes, hay épocas en que se reproduce lo anterior y momentos de ruptura. Ahora estamos en un momento de ruptura, donde los cocineros piensan por sí mismos, rompen los esquemas. Entonces cuando haces algo nuevo tiene que ser muy bueno y estar muy bien defendido.

Dirá Joan Roca, y que “el Bulli representó una revolución técnica, también conceptual, aunque a veces quizá era más un Cirque du Soleil, un papapá, pasaban cosas, la necesidad de demostrar… pero fue importantísimo para romper, para mostrar que era posible hacer una cocina con libertad”.

—Luego hubo esa etapa de Noma, de valorar el kilómetro cero, el producto local, lo verde. Si El Bulli fue la revolución tecnológica y Noma fue la revolución verde, nosotros quizá representamos la revolución emocional, en el sentido de que la gente quiere sentir, emocionarse, jugando con la memoria, con todo lo hecho hasta ahora. Nosotros aglutinamos esos aportes de El Bulli, de Noma y de todos los demás en un momento en que importa la hospitalidad, la generosidad. Y, sobre todo, dando muchísima importancia al sabor. Para esta revolución emocional, el sabor tiene la mayor importancia, incluso por encima de la estética. Ha habido momentos en que parecía que la estética era todo, y es importante, pero nosotros volvemos a darles muchísima importancia a las esencias del sabor.

Se diría que los Roca usaron la revolución Bulli, la aparición de técnicas y máquinas completamente nuevas, para recuperar una forma de comer más parecida a la tradicional, sin serlo en absoluto. No es una restauración de las viejas maneras; es el momento de realizar ganancias, consolidar lo novedoso.

La tercera estrella Michelin les llegó en 2009; al otro día, al caer la tarde, docenas de vecinos se juntaron en la puerta de El Celler para aplaudir a los hermanos: Joan dice que nunca recibió un homenaje más bonito. En el ranking de la revista Restaurant estaban cuartos; dos años después llegarían al segundo puesto. Ya entonces las mesas se reservaban con varios meses de anticipación. Pero la locura llegó con el número uno.

—El problema que tenemos ahora es que hay demasiada gente que quiere venir, así que con la prensa casi que intentamos decir no, no nos saques, calla. Pero somos el secreto peor guardado del mundo. Entonces generamos frustración tras frustración, porque a la gente que llama para reservar ahora le tenemos que decir mire, llame este primero de septiembre que se abrirán las reservas del mes de agosto de 2014. Pero ya hemos visto cómo es: después resulta que el primero llaman y colapsan los teléfonos y a las cuatro de la tarde ya no queda más sitio, entonces la gente se frustra más y nos insulta y nos mandan correos y…

—Adriá me decía una vez que él se había metido en esto para dar de comer y de pronto lo que más hacía era decir que no.

—Puede parecer un chiste, pero de verdad es frustrante. Es maravilloso, pero muy frustrante.

Los rankings son una enfermedad moderna: públicos amplios, levemente ignorantes, que ya no quieren que les digan qué es bueno o malo sino qué es mejor o peor: que requieren la claridad del número. Y el ranking organizado por la revista inglesa Restaurant y el agua italiana San Pellegrino —y votado por los mejores críticos— es, como todos, opinable: entre los 15 primeros lugares no hay ningún francés, entre los 50 no hay ningún cultor tradicional de aquella gran cocina ni de cocinas nacionales clásicas —china, india, mexicana. El ranking es una puesta en orden y en valor de la cocina pos-Bulli: formas de la modernidad que, pasado su momento de ruptura, vuelven sobre sus bases para buscar un equilibrio.

—Ahora el restaurante de mis padres también tiene cola. Y los periodistas le dicen a mi madre que por qué no sube el precio, que 10 euros por día es muy barato, que podría sacar bastante más. Y ella les dice: “¿Qué culpa tienen mis clientes de que mis hijos se hayan hecho famosos”. Ella tiene a la gente del barrio, el pintor, el carpintero, el mecánico que van a comer cada día.

Y también los cincuenta y tantos cocineros y camareros de El Celler que van en procesión cada mañana a las 12 en punto a almorzar a lo de la señora Roca.

—¿Y te cobra?

—Pues desde hace tres años le pagamos. Hemos estado más de 20 años sin pagarle, pero ya no se podía, ¿no?

—¿Y usted está muy orgullosa?

—Claro. Esto es demasiado. Cuando estábamos segundos ya era bastante. Pero esto de estar arriba de todo… más arriba de aquí no se sube. De aquí solo queda bajar, ¿no?

Dice la señora Roca, cortando cerdo en su cocina. El señor sigue abriendo cada mañana poco antes de las seis; la señora sigue guisando cada mediodía.

La comida tradicional está hecha para que el comensal, al cabo de un par de bocados de lo mismo, se distraiga, se dedique a otra cosa. La comida pos-Bulli es exigente: ir a comer a un restaurante como este no es ir a charlar con los amigos ni a cerrar un negocio ni a levantarse una señora o un señor; es ir a comer, con todos los sentidos y la concentración más absoluta, bocados que casi nunca son lo conocido y nunca se repiten.

Y ahora son las carnes: una ventresca de cordero y mollejas de cordero sobre berenjena a la brasa de regaliz, que llega al rojo y sigue perfumándola en la mesa. A veces, el trabajo de los Roca consiste en descubrirte que nada es del todo como lo suponías; otras, en convencerte de que si el mundo fuera perfecto, el cordero —lenguado, gamba, cigala, trufa, espárrago— debería tener el sabor que tiene aquí. O, peor, confirmarte que el mundo no es perfecto, que vivimos extrañamente equivocados: esto se parece tanto a lo que cené ayer en casa —yo ceno bien en casa— como una paja de apuro en el baño de la estación de buses se parece a esa gran noche al fin con ella.

Y eso por no hablar del parfait de pichón con nueces caramelizadas al curry, enebro, piel de naranja y hierbas. Serían solo palabras. La fiesta sigue; las palabras no alcanzan, los sentidos se alborotan. Llevamos más de tres horas comiendo, descubriendo. Pero esto no es una comida; es un relato, una obra de teatro portentosa. Y esto no es comer: es construir una memoria. Sé, por experiencia alborozada, que no me voy a olvidar de esta comida, de este día. Y sé, por experiencia triste, que hay pocas cosas de las que pueda decir eso.

En la cocina de El Celler son muchos y casi todos hombres y todos muy jóvenes y cada cual trabaja en lo suyo, como si no necesitara interactuar: como si ya tuviera muy claro qué debe hacer, cómo, en qué momento. No se ven corridas, gritos, desplantes; Nacho, el jefe de cocina, dirige el tráfico discreto, sus pinzas de médico en la mano: ajusta un trozo aquí, saca una mota allá, corrige un error que nadie ve. La eficiencia es extrema, pero los hermanos quieren darle un tono familiar: lo dicen, se dice que lo hacen. Anoche, por ejemplo, una camarera cumplía años y a medianoche en punto apareció Jordi en la cocina con un dulce, y Josep y Joan, con una botella de cava y la abrazaron y brindaron.

—Nosotros entendemos esto como una forma de vivir, como mucha gente entiende un hobby. Para nosotros la línea es tan delgada entre hobby y trabajo que, de la misma manera que podríamos comprarnos un barco y navegar, nos compramos un restaurante para disfrutar de él.

—Cuando dijiste hobby, pensé obra.

—Bueno, es una manera de vivir, una forma de vida.

—Pero es como una obra en el sentido en que un artista produce una obra.

—Nosotros nos resistimos a considerarnos artistas. Pensamos que somos artesanos, o más bien orfebres, unos artesanos de calidad, pero no artistas. El arte es otra cosa… Es muy bonito, es muy halagador cuando alguien sale de comer y te dice esto es arte. Pero un artista es otra cosa.

Joan Roca se pasa el día de un lado para otro. Tiene reuniones, llamados, clientes que lo buscan, fotos por sacarse, conferencias por dar, publicidades por filmar, entrevistas por responder, propuestas de todas formas y colores.

—Tienes que intentar ser feliz en este camino, porque las metas pasan muy rápido. Te dan una estrella y al día siguiente tienes que ir a trabajar. Te dan la segunda y es lo mismo, te dan la tercera y es igual. La vida sigue.

Joan Roca vive aquí mismo, encima de su restaurante, con su mujer y sus dos hijos. Cada día entra a trabajar a las nueve de la mañana y se va a las dos y media o tres de la mañana siguiente. En el medio corta un rato, de seis y media a ocho y media para cenar con su familia; los domingos, lunes y martes al mediodía cierran. Cada noche, cuando todos se han ido, Joan Roca da su última vuelta por la cocina apagando alguna placa que quedó caliente, una luz encendida.

—Siempre algo hay. Claro, si quedara no pasaría nada, pero…

Dice, como quien sabe y se disculpa.

Con las tapas bebimos un cava del Penedés; con las sopas un blanco de Tarragona, con el Contessa un blanco del Mosela, con los pescados un blanco de Borgoña, con las carnes un tinto del Priorato: algunos de ellos se mezclaban tan bien con la comida que parecía milagro —y era, en realidad, la elegancia del hermano Pitu, el sommelier y sus 40.000 botellas. Y ahora el primer postre es un helado de masa madre con pulpa de cacao, liches y macarrones de vinagre balsámico. La definición, como suele pasar, define poco: el primer postre es un raro corazón blanco que respira en su fuente, un alien que, si no fuera tan dulce, podría ser de terror. Y después una esfera de canela y violetas con coco y toffee de miel, y otro que se llama Violetas y que es, en realidad, una construcción complejísima hecha para recordar a un perfume famoso, el Shalimar de Guerlain. Con un alarde: después de comerlo, hay que oler en un cartón el verdadero Shalimar, comparar, darse por convencido.

—Pero nosotros también debemos usar esta nueva posición en la sociedad para lanzar mensajes que sean realmente útiles: ser más solidarios que nunca, ayudar, devolver a la sociedad lo que te ha dado. Esto lo deberíamos tener todos muy presente. Y tratar de incidir en cómo come la gente, qué va a comer y qué no, qué es bueno para la sostenibilidad del planeta y qué no. Dar ejemplo para que la gente entienda estos mensajes.

Dice Joan Roca. Alrededor, clientes ahítos vienen a despedirse, a agradecer, a hacerse fotos.

—¿Tú miras las caras de tus clientes cuando se van?

—Siempre, a todos.

—Debes ser una de las personas que ve más caras de felicidad…

—Sí. Felicidad y agradecimiento: una de las mejores cosas de este oficio es que el retorno de nuestro esfuerzo es directo, inmediato.

Dice Joan Roca, y yo le digo que a veces, cuando la vida no me parece lo suficientemente amable, me voy un rato a un aeropuerto —que es el lugar en que uno ve más gente que se quiere, se abraza, se besa, se jura cosas raras.

—Pero quizá me resulte mejor venir a pararme aquí a tu puerta.

—Cuando quieras.

Hace unos días, uno de los mejores críticos gastronómicos, A.A.Gill, del Sunday Times, supo sintetizar lo que yo no: “¿Este es el mejor almuerzo del mundo? Quién sabe, pero sí sé que no hay otro que hubiera preferido comer hoy”.

Son las cinco y media de la tarde: llevamos más de seis horas en El Celler y habría que empezar a irse. Joan Roca parece tan tranquilo, tan contento, que intento un tiro tonto:

—¿Qué no te gusta de ser cocinero?

—En otras épocas te hubiera dicho las largas jornadas, que tus amigos te esperan para salir y tú llegas tarde, cuando ya no queda más juego. Hay un momento de tu vida en que dices uy pero qué mierda, qué rollo este, y vas perdiendo a tus amigos por el camino. Pero ahora mismo no te sabría decir, no veo nada que no me guste. Estamos viviendo un momento mágico, dulce, increíble, donde tengo la suerte de haber construido un mundo muy a medida. Cuando llegas a este punto culminante y además, sin tú buscarlo, resulta que hay gente que dice que tienes el mejor restaurante del mundo, ¿qué más quieres, no? ¿Qué puedes encontrar de negativo en todo esto?

I. El fin de la primavera de Claudia Paz.

El día en que la derribaron, Claudia Paz y Paz pensaba que había ganado la partida. Era jueves. La Fiscal General de Guatemala convocó a su equipo de colaboradores más cercanos para una reunión a las 11 de la mañana en su despacho.

Llevaba meses bajo intenso fuego político. En solo tres años había encarcelado a estructuras completas de las Mara Salvatrucha o el Barrio 18, a militares acusados de crímenes de guerra y a un centenar de miembros de los Zetas. Había capturado y extraditado a Estados Unidos a capos tradicionales del narcotráfico local que, gracias a padrinos políticos, habían disfrutado de virtual inmunidad por años. Paz y Paz simbolizaba una nueva Justicia en Centroamérica. Pero procesar en 2013 al exdictador Efraín Ríos Montt por genocidio la había colocado en el punto de mira de la poderosa derecha tradicional de Guatemala.

La cúpula empresarial llevaba meses tratando de acortar a mayo de 2014 su tiempo en el cargo, que inicialmente debía terminar en diciembre. Veían en el rostro redondo y pecoso de Paz y Paz a la izquierda, al viejo comunismo, apropiándose del sistema de Justicia para volverlo contra ellos. La querían fuera. Querían darle una muestra clarísima de su viejo y efectivo poder.

Esa era la partida que la Fiscal creía ganada ese jueves 5 de febrero. Pensaba, por un error de cálculo, que el plazo legal para que la Corte de Constitucionalidad se pronunciara sobre su caso había expirado. Y unas declaraciones hechas el jueves anterior por Manuel Barquín, vicepresidente del Congreso, dando por buenos dos informes técnicos de la Corte Suprema de Justicia a favor de Paz y Paz terminaban de apuntalar su optimismo. La ley y la política estaban, pensaba, de su lado.

A las 11, todo su equipo acudió a la cita. Con su hilo de voz y su parsimonia habituales, perfectas para contar cuentos o secretos, Claudia Paz les comunicó su siguiente paso estratégico en la larga partida de ajedrez en que se ha convertido el pulso por la Justicia en Guatemala. Arturo Aguilar, por años su mano derecha y hasta ese momento su Secretario Privado en el Ministerio Público, iba a dejar ese puesto para unirse como asesor especial a la CICIG, la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala dependiente de Naciones Unidas. Aguilar y ella lo habían discutido varias semanas, decidido a solas y hablado ya con el comisionado de la CICIG, un exfiscal colombiano, que daba su completo aval al traslado.

Elvyn Díaz participó en aquella reunión de las 11. Era el subsecretario privado de la Fiscal.

—Aquel día Claudia nos dijo que sabía que 2014 iba a ser el último año en el MP pero que aún teníamos la posibilidad de dejar un escenario favorable para que cuando nos fuéramos no se cayera todo ni hubiera una cacería de brujas en nuestra contra. —Recuerda cuatro meses después, ya fuera del Ministerio Público—. Por eso el movimiento de Arturo.
—¿Y qué le respondieron ustedes?
—Alabamos la decisión de la jefa. Le dijimos: “Si ustedes ya lo evaluaron, y creen que es por el grupo, adelante.”

Se trataba de un movimiento defensivo. Aunque Paz y Paz pensaba que el pulso por la duración de su mandato estaba resuelto, sabía que vendrían otras acometidas. Con el traslado de Aguilar pretendía sembrar en otras instituciones la experiencia de sus tres años de gestión encarnada en su equipo, una decena de jóvenes abogados penalistas y de Derechos Humanos con los que trabaja desde hace más de una década. El mayor de ellos tiene 50 años. Los hay, como Aguilar, que apenas superan los 30.

Díaz tiene 29. Tiene maneras de estudiante aventajado. Le gusta hablar rápido, tiene un humor cortante y la risa ácida, de sarcasmo destilado. Justo después de la reunión tenía un almuerzo con dos periodistas de Plaza Pública. Con ellos estaba cuando recibió la llamada: la CC había acortado el periodo de la Fiscal.

—En diciembre se juntaron un grupo de abogados de Zona 10 con Pérez Aguilera, el presidente de la Corte de Constitucionalidad, y él ya les anticipó que Paz y Paz se iba en mayo —dice—. Nosotros sabíamos eso…Y aun así llevábamos una semana como cantando victoria. Ellos nos engañaron, lo hicieron bien, no les vamos a quitar el mérito.

***

En diciembre de 2010 ninguna estructura de poder, ninguna rosca vinculada al sistema de justicia de Guatemala, apostaba por que el presidente Colom fuera a elegir como Fiscal General a Claudia Paz y Paz. Lo dice, con esas palabras exactas, uno de los hombres que más influyó en él para que lo hiciera: Carlos Menocal, un experiodista que en aquel momento era ministro de Gobernación.

Corpulento, saco informal, mochila al hombro, barba cuidada y lentes de diseño, Menocal duda si pedir o no un café. Transmite siempre la idea de tener prisa, de estar extremadamente ocupado y a punto de irse, pero da detalles y explicaciones por casi una hora, como si que se sepa lo que sucedió hace cuatro años fuera parte de su trabajo. En eso, el Carlos Menocal periodista se impone al político.

—Álvaro Colom estaba un poco acomplejado porque en su gobierno no avanzaba el sistema de justicia transicional —dice.— El nombramiento de Claudia Paz, experta en Derechos Humanos, caía como anillo al dedo.
—¿Poner a Paz y Paz fue entonces una batalla personal de Colom para hacer justicia a las víctimas de la guerra?
—Digamos que una batalla personal y de algunos de quienes éramos sus colaboradores.

En realidad la justicia transicional no era la única preocupación de Colom y sus ministros más cercanos. Guatemala arrastraba aún la losa del asesinato de tres diputados salvadoreños del Parlamento Centroamericano en 2007, a manos de un grupo de policías corruptos. Seis días después del crimen, un comando armado entró a la cárcel de máxima seguridad “El Boquerón” en la que estaban los asesinos, los ejecutó y salió por donde había entrado. Ninguna puerta fue forzada. Ningún custodio vio nada. Nunca se capturó a nadie. El gobierno del entonces presidente Óscar Berger, en negación o complicidad, trató de atribuir el crimen, sin pruebas ni testigos, a otros presos.

Es un hecho probado que durante la administración Berger funcionaron en la Policía escuadrones de la muerte destinados a la limpieza social. La masacre de “El Boquerón” no fue la única que se cometió en aquellos años en las cárceles de Guatemala, convertidas en escenario de ajustes de cuentas entre grupos criminales, con la complicidad del Gobierno. Pero el silenciamiento, a tiros y en la cárcel, de los autores de un crimen con implicaciones diplomáticas era la mejor escenificación de un sistema de justicia absolutamente derrotado.

Un año después, ya en el poder, Álvaro Colom encontró en su despacho siete micrófonos y dos cámaras ocultas. Alguien espiaba al presidente de la República. El hombre que debía limpiar la corrupción de los cuerpos de seguridad de Guatemala no podía confiar ni en sus guardaespaldas.

En 2009 arrancó una pequeña revolución en el sistema de justicia para evitar que Guatemala se convirtiera en un Estado fallido. La CICIG, creada en 2006 para ser bastón internacional de un país cojo, comenzó a desnudar el aparataje paralelo ilegal que operaba dentro del Estado, y tanto su presión como la cooperación extranjera lograron dotar a la Fiscalía de nuevas herramientas legales y científicas de investigación como escuchas telefónicas y laboratorios de balística. Además, la paulatina aparición de nuevos grupos de poder económico ajenos a las familias tradicionales alteró el mapa de influencia en el poder judicial y permitió que la Corte de Constitucionalidad levantara el secreto de documentos militares y resolviera que la desaparición, un crimen habitual durante la reciente guerra civil, no prescribía por ser de carácter permanente. Incluso en la Policía, considerada un irrecuperable foco de corrupción, los gobiernos de España y Estados Unidos patrocinaron y formaron pequeños grupos de agentes jóvenes especializados en la persecución de homicidios y extorsiones.

Pero no bastó. Para marzo de 2010, Colom se había visto forzado a destituir, por corrupción, a tres ministros de Gobernación consecutivos y a dos directores generales de la Policía en solo dos años. Su gobierno había estado a punto de enfrentar un golpe de Estado en 2009 y navegaba con dificultad en medio de pulsos de poder en los que resultaba difícil distinguir las ambiciones puramente políticas de las que tenían raíces criminales. Pese a los avances aislados, el mágico país al que millones de turistas llegaban cada año en busca de ruinas mayas era una ruina en sí mismo.

La convulsión final vendría en junio de 2010: el Comisionado de la CICIG, el español Carlos Castresana, renunció públicamente a su cargo alegando que una semana antes Colom había elegido como Fiscal General a un corrupto pese a saber, por informes que él mismo le había dado, que tenía vínculos con el narcotráfico. El fiscal bajo sospecha, Conrado Reyes, fue forzado a renunciar y se inició un nuevo proceso de selección. Por eso Colom pudo elegir en diciembre a Claudia Paz y Paz.

Cuando le pregunto a Menocal cómo explica que el mismo Álvaro Colom que eligió como Fiscal a Paz y Paz hubiera elegido meses antes a Reyes, le renace el político y trata de lavar las manos del presidente:

—Colom escucha mucho. Fue una decisión demasiado democrática —dice.— Escuchó a muchos sectores y especialmente a su partido.
—Y todo el mundo dice que en diciembre le escuchó a usted.
—Y a otros funcionarios cercanos. Pese a las presiones de su partido, empresariales y dentro de su mismo gobierno, en diciembre tomó la decisión más acertada para el país, no para su partido, ni siquiera para él.

Los miembros de la comisión de preselección del nuevo Fiscal incluyeron a Paz y Paz en la lista final de seis aspirantes para que su perfil académico y progresista adecentara el proceso de cara a la opinión pública, en un momento en el que la legitimidad del sistema político flotaba en las cloacas. Daban por hecho que el presidente no sería tan estrafalario como para seleccionar a una abogada de ideas provocadoras, dedicada por años al esclarecimiento de los crímenes de la guerra y sin amigos ni deudas en la política. Se equivocaron. A las 12 del mediodía del jueves 9 de diciembre de 2010, Colom le dijo a Menocal que se preparara, que Paz y Paz sería nombrada a las seis de la tarde y él sería el único miembro del gabinete presente. También pidió que se enviara invitaciones urgentes al resto de poderes del Estado y a las delegaciones diplomáticas.

Al evento solo llegaron seis embajadores, entre ellos el de Estados Unidos. La Fiscal que en los siguientes años revolucionaría el Ministerio Público tomó juramento en una ceremonia exprés en un salón pequeño, lejos de los boatos con que se solía investir a sus predecesores. Colom tenía que salir de viaje al día siguiente y quería dejar instalada a la fiscal general. Temía que, si esperaba, en su ausencia pudieran fortalecerse y contraatacar quienes se oponían a ese nombramiento.

En esas precarias circunstancias, era de esperar que el respaldo político de Colom no le sirviera de mucho a Paz y Paz una vez en el cargo. Con evidente intención de obstaculizar su trabajo, el Congreso pasó los siguientes cuatro años sin nombrar al Consejo Asesor del MP, que debe autorizar decisiones administrativas como los despidos. Aunque agitó el MP por dentro e intentó una depuración interna, Paz y Paz no pudo despedir a ninguno de los 286 fiscales y empleados del MP a los que destituyó por corruptos o inútiles durante su gestión. Cuando ella dejó el cargo muchos seguían cobrando su salario a pesar de estar fuera de servicio.

La Fiscal General nunca llegó a tener control absoluto del Ministero Público. Elvyn Díaz admite que Claudia Paz no controlaba las fiscalías de Contrabando Aduanero, que solo resolvió un caso en todo su periodo, y de Medio Ambiente, en manos ambas de fiscales en los que no confiaba pero que estaban aforados por su labor sindical. Tampoco incidía apenas en las sedes fiscales más alejadas geográficamente de la capital, a las que a menudo destinó a fiscales bajo sospecha pero a los que no podía destituir.

Más aún, la gestión de Paz y Paz estuvo marcada desde sus primeros pasos por la sombra de la destitución. Los rumores de que no duraría mucho se ventilaban incluso en las páginas de los periódicos. En junio de 2011, cuando llevaba apenas seis meses en el MP, un periodista le preguntó por ese constante ruido de fondo. Su respuesta de entonces cobra un sentido lúgubre tres años después: “La ley es clara y yo mantengo lo que dije: sería un golpe de Estado técnico. Mi plan de trabajo es para cuatro años; no para menos”.

—¿Qué logran los sectores privados que se opusieron a Claudia Paz y Paz con su salida adelantada? —le pregunto a Menocal.
—Disipan el fantasma de una cacería de brujas en torno al concepto genocidio. El sector poderoso del país piensa que si fue procesado Ríos Montt, el general de generales, el gendarme de la oligarquía, puede caer cualquiera. Se abrió la puerta. Se abrió el dique, y el agua te puede arrastrar. Por eso el primer objetivo es que el tema del genocidio no avance. Mirá, todo lo que tenga que ver con justicia transicional, por poco que sea, levanta olas. Yo creo que Colom jamás midió las dimensiones políticas de nombrar a Claudia Paz y Paz.
—¿No sabía la que estaba liando?
Exacto. Él que en su gobierno se hizo cientos de miles de peticiones de perdón por crímenes durante la guerra, que llegó a pedir perdón en nombre del Estado por el asesinato de su propio tío a manos del Ejército en el 79, no vio las olas que iba a generar.

***

La jueza Yassmin Barrios hasta para ir a comprar flores se sube a una patrulla policial. Va al supermercado en un pickup con sirenas y rodeada de los agentes de policía que la protegen desde que hace diez años, el día antes a que iniciara el juicio por el asesinato del obispo Juan Gerardi, alguien arrojó una granada de fragmentación al patio de su casa. El año pasado recibió de nuevo amenazas de muerte y el sistema judicial le asignó un vehículo blindado, pero ella solo lo usa dos veces al día: para ir y regresar de la torre de tribunales. Nada más. Dice que el vehículo no es suyo y gasta mucha gasolina. “Uno debe ser austero, no abusar de las cosas”, argumenta con lógica maternal. Yassmín Barrios, la jueza que en mayo de 2013 condenó por genocidio a Efraín Ríos Montt, trata de reducir lo más complejo a lógicas simples. Y no tiene vehículo propio.

Su casa es pequeña, objetivamente pequeña. Minúscula al lado de su renombre. Nos ha recibido ella misma en el portón que da a la calle, bajo la mirada incómoda de sus escoltas, resignados a las formas sencillas de la jueza. Viste como lo haría, probablemente, cualquiera de sus vecinas, con una falda a cuadros y un suéter azul ajenos a modas. La jueza apenas se permite la vanidad de pedir que la dejemos ir a maquillarse, cuando descubre que en la entrevista habrá un fotógrafo. Regresa con el rostro lavado, los labios rojos y la línea de los ojos pintada rutinariamente de negro. Hasta la vanidad de Yassmín Barrios renuncia a la grandeza.

—¿Es difícil ser jueza en Guatemala?
—Sí, definitivamente sí lo es. No por los casos que se juzgan sino por el contexto que nos rodea.
—¿Qué contexto?
—La situación de violencia que impera, y la inseguridad para los juzgadores.
—¿Cree que hay jueces que se excusan de conocer ciertos casos por miedo?
—No puedo contestar lo que es referente a otras personas. Eso lo contestarían ellos. Cada quién sabrá por qué se excusa. Lo que sí puedo decirles es que las excusas solo se pueden plantear cuando existe un motivo. No hay por qué excusarse. Uno está obligado a cumplir con su deber.
—Pero por ejemplo, un motivo podría ser que le lancen dos granadas en el patio de casa, como le ocurrió a usted.
—Eso fue una noche antes, el debate era al día siguiente. Y me presenté a trabajar.
—¿Qué la mueve a usted a seguir adelante en unos casos que son tan complicados?
—Simplemente soy juez. Cuando empecé a trabajar hice un juramento. Esto es parte del ser juez.

Antes de que la salida de Claudia Paz y Paz de su cargo redibujara el mapa de la Justicia en Guatemala, la idea original de este texto era perfilar al puñado de personas que en los últimos años parecían haber arrebatado el país de los brazos del crimen organizado y los pactos de impunidad. Un puñado de intocables. Mandos medios policiales, fiscales de carrera, mujeres de la proyección internacional de Paz y Paz o Barrios. Una casta de equilibristas que en un entorno político minado y trabajando en instituciones altamente contaminadas asentaban precedentes impensables en países vecinos como El Salvador u Honduras, incapaces de juzgar al 95% de sus criminales de hoy y ni a uno solo de los violadores de Derechos Humanos del pasado.

Durante las ocho semanas que duró el juicio contra Ríos Montt, Barrios fue una pequeña David de pelo rizado que se batía contra la historia, las estridencias de los abogados defensores y el Goliat invisible de la presión política y mediática. Los querellantes intentaron maniobrar con cuidado para no incendiar el país, mientras los partidarios de Ríos Montt y las cúpulas empresariales acusaban a Paz y Paz y a Barrios de resquebrajar Guatemala y poner en riesgo los acuerdos de paz. La derecha guatemalteca cerró filas, restableció lazos con influyentes militares retirados y olvidó sus diferencias por un fin común. Hubo varios intentos legales de detener las audiencias y en todo momento se temió que una zancadilla política truncara el proceso.

Sabedora de que caminaba por un puente estrecho, la Fiscalía llegó a retirar testigos a última hora para no incriminar al presidente Otto Pérez Molina, general retirado y comandante en el terreno durante las masacres de aquellos años, y así evitarle la tentación de intervenir en secreto para detener el juicio.

En una breve encuesta hecha por la universidad Rafael Landívar aquellos días, un 72% de los entrevistados dio por hecho que el proceso no llegaría a su final o el exdictador sería declarado inocente sin tomar en cuenta las pruebas en su contra. Otro estudio de la misma universidad apuntó que el 61% de los columnistas de los principales periódicos del país respaldaron el juicio en sus artículos, pero la sensación de la jueza Barrios era, lo afirma ella, de cerco mediático.

Tal vez sea que las élites guatemaltecas ni siquiera necesitan generar mayorías para vencer balanzas. A medida que el juicio avanzaba se acrecentó la sensación de que su voz penetraba en las carnes del proceso. Puede que fuera un resorte anidado en la conciencia colectiva del resto del país, que reaccionó a la voz de sus viejos amos como el hipnotizado que revive recuerdos al escuchar una palabra clave o una melodía determinada.

Aun así, marzo y abril de 2013 fueron meses de esperanza para quienes llevaban décadas pidiendo reformas en la justicia guatemalteca. En menos de una década se había pasado de los ajusticiamientos trogloditas a manos de la Policía a investigar y llevar a juicio tanto a delincuentes comunes como a exdictadores que en nombre de las ideas fueron tan asesinos como los gatilleros de Berger. Si a eso le añadimos que desde 2010 el país experimentó un lento pero constante descenso en la cifra de homicidios, Guatemala vivía una primavera de la Justicia.

Pero desde que el 10 de mayo de 2013 Barrios condenó a Ríos Montt se comenzaron a encadenar mensajes de retroceso. Una mano invisible comenzó a sacudir el cable por el que caminaban en difícil equilibrio Paz y Paz, Yassmín Barrios y el resto de intocables.

Primero fue la rápida anulación del juicio, solo diez días después de la sentencia. La Corte de Constitucionalidad, controlada, según fuentes tanto de izquierda como de derecha, por la cúpula empresarial tradicional y en menor medida por el Ejecutivo de turno, alegó defectos de forma para ordenar que el juicio completo se repita. En teoría debe celebrarse en enero de 2015. Después vino la arremetida contra Claudia Paz que terminó en su salida adelantada del cargo.

En medio, el Colegio de Abogados de Guatemala intentó suspender en su cargo a Yassmín Barrios, por supuestas faltas éticas en el trato a un abogado defensor durante el juicio. Su sanción nunca llegó a aplicarse y terminó siendo desestimada por la CC, pero una mancha negra cayó sobre quienes habían intentado juzgar al exdictador.

Es como si alguien estuviera cerrando por decreto la primavera.

—¿Se siente parte de un pulso entre dos Guatemalas? —le preguntamos a Barrios.
—¿Por qué me pregunta esto?
—Porque hay claramente dos Guatemalas, como mínimo. Una que quería que el juicio a Ríos Montt llegara a término y otra que no quería que se completara. Hay una parte de Guatemala que se identifica con usted, y otra que la denuncia y presiona.
—Soy una mujer que cree en la justicia, nada más. Soy abogada. Creo en la justicia. Así de fácil. Sin mucha confusión.
—Lo cuenta usted como si fuera sencillo.
—Lo es. Soy una mujer. Soy una abogada. Creo en la justicia. Así de directo y concreto.

Las respuestas de la jueza son de una sobriedad frustrante para cualquier entrevistador. Todo intento por conseguir que se pronuncie sobre el contexto del juicio o sobre la política guatemalteca es inútil. Se niega a responder las preguntas acerca del impacto del juicio en la sociedad o del grado de independencia que hay en la Justicia guatemalteca. Ni siquiera entra a valorar si Guatemala es racista 30 años después del genocidio.

Por momentos se comporta como si estuviéramos en su sala de audiencias y ella estuviera presidiendo. Responde desde su sofá con la espalda estirada y las manos en el regazo, casi inmóvil, con una sonrisa perpetua, y pide en cuatro ocasiones que se reformule alguna pregunta porque no comparte su premisa o porque el asunto excede sus competencias como jueza. Tiendo a pensar que es tan prudente porque sabe que cualquier palabra suya puede ser usada en su contra por sus adversarios.

Pero existe otra posibilidad. Una más probable. Yassmín Barrios es tan pulcra al conducirse y obrar, tan de libro, que como periodista te desafía a buscarle grietas, defectos, lados oscuros. En su caso no los encuentras. Puede que no se trate de una mujer prudente por miedo a sus enemigos, sino de que solo alguien de carácter tan discreto y comedido como el de Yasmín Barrios haya podido sobrevivir más de una década en primera línea de un sistema de Justicia acorralado por intereses económicos, políticos y de grupo.

—Un nuevo juicio a Ríos Montt, ¿qué significa para la Justicia?
—Puedo hablar de lo que nos correspondió a nosotros jueces —se mide, de nuevo, Barrios—. Nuestra sentencia, porque somos los tres jueces del tribunal quienes la dictamos, constituye un avance. No solo la realización del debate sino llegar a la sentencia. Hay valoración de testigos, de peritajes, de documentos, y hay responsabilidad del acusado por delitos de genocidio y de deberes contra la humanidad. Constituye un avance no solo para Guatemala sino para América Latina y para el mundo entero.
—Existe otra lectura: sentar a un exjefe de Estado para juzgarlo por genocidio sin duda es un avance, pero por otro lado las reacciones fuera del tribunal y el resultado final, de nulidad de la sentencia…
—Le aclaro que no se anuló la sentencia. Se anuló el proceso. Son cosas diferentes. La Corte no anuló el análisis que efectuamos. No señaló ningún defecto en la sentencia, no entró a estudiarla, y eso es muy importante.
—O sea, que…
—Es un caso sui generis. No hay un antecedente de esa naturaleza en nuestro ordenamiento jurídico penal.
—¿Y usted cree que la anulación fue contra el ordenamiento jurídico?
—Creo que lo más importante es lo que los demás piensen.

“Lo que los demás piensen” es un concepto confuso. Cuando la CC anuló el juicio contra Ríos Montt hubo organismos internacionales que lo consideraron una aberración jurídica. Organizaciones de sociedad civil denunciaron el carácter político de la decisión tomada. Y el entonces comisionado de la CICIG, el costarricense Francisco Dall’Anesse dijo en público tres meses después que se trataba de una “anulación ilegal”.

En el otro extremo reaccionaron, cabía esperarlo, los representantes del CACIF, la organización que históricamente ha concentrado a la cúpula empresarial del país. Ellos mismos habían pedido la nulidad del juicio, y acusaron al comisionado Dall’Anesse de vulnerar la Constitución guatemalteca al desafiar una decisión judicial. A ese punto, el costarricense le quedaba solo un mes en el cargo y ya estaba, por tanto, fuera de la partida. Un comunicado de la CICIG durante el juicio, denunciando la campaña mediática de presión para que Ríos Montt fuera declarado inocente, lo enfrentó con el gobierno de Pérez Molina, que se quejó por vía diplomática ante la ONU y forzó su salida del cargo. Tomar postura contra Ríos Montt en el juicio por genocidio te granjea enemigos poderosos en Guatemala.

***

Yassmín Barrios y Pablo Xitumul durante el juicio contra Rios Montt. Foto Plaza Pública/Sandra Sebastián

El magistrado Pablo Xitumul, que junto a Patricia Bustamante y Yassmín Barrios conformó el tribunal que condenó a Ríos Montt, asegura que no recibió presiones o amenazas directas durante el proceso, pero dice que su teléfono estaba intervenido y no olvida que uno de los abogados defensores del militar le gritó en plena sala de audiencias: “no voy a descansar hasta verlo tras las rejas”. En otro caso, esas palabras no hubieran significado demasiado. En este resultaba tan difícil medir su alcance que el juez las recuerda un año después de que todo acabara.

—Aquellos días, frente a mi residencia pasaban patrullas militares por la vía, porque yo vivo a la orilla de la carretera. Ahí estuvieron durante todo el juicio. Yo al inicio dije “qué bueno, están prestando seguridad”, pero 8 o 15 días después de terminar el juicio se fueron y hasta ahora no han vuelto. ¿Será una coincidencia?
—¿Usted cree que lo era?

Xitumul, originario de una pequeña aldea indígena en Rabinal, en el departamento de Baja Verapaz, calla un instante, sonríe y achina un poco más, si eso es posible, sus ojos rasgados.

—Y la otra: que la Policía Nacional Civil retuviera en esos días como en cinco oportunidades a mi hijo mayor, que trabaja en una cadena de restaurantes y a veces regresaba a casa a las 10 u 11 de la noche. Justo llegando a la casa lo paraban, le bajaban de la moto y le pedían su identidad. ¿Será una coincidencia o casualidad? Yo creo que no.

Pablo Xitumul acaba de salir de audiencia y me recibe en su despacho, en el que se hacinan un escritorio, tres sillas y un sofá que apenas dejan espacio para caminar. Junto a Barrios y Bustamante acaba de condenar a una veintena de años de cárcel a seis hombres que formaban una banda de secuestradores. Como sucedió en el juicio por genocidio, él no ha abierto la boca en todo el proceso. Se ha mantenido tieso y callado en su silla, deliberando entre susurros con sus compañeras alguna que otra vez, pero sin hacer pública su voz. Me atrevo a decir que en Guatemala poca gente la ha escuchado. Para la mayoría, el Juzgado A de Mayor Riesgo tiene un solo rostro: el de Yassmín, centro de todas las miradas y ataques —a su peinado, a sus gestos, a su supuesta ideología— de quienes querían que Ríos Montt fuera declarado inocente.

—Ellos tenían objetivos específicos. El primero era desintegrar el tribunal. ¿Y cómo se desintegra el tribunal? Cambiando a la presidencia. Cualquiera de nosotros que estuviera en la presidencia hubiera sido atacado. Hubieran buscado la manera —dice Xitumul.
—¿Y por qué cree que eran esos ataques?
—Por el tipo de juicio, el tipo de personaje a juzgar y también el tema subyacente, que es el conflicto armado.
—Pero se ha juzgado otros casos de crímenes de guerra, sin este revuelo.
—Esta vez el objetivo inicial era no permitir que fueran llevados a juicio estos personajes, pero no por el personaje en sí, sino porque en Guatemala y en otros países se ponen de acuerdo la cúpula militar, empresarial y política. Ellos temían que el juzgamiento de un individuo de estos produjera un efecto dominó hasta llegar a los empresarios.
—Parece que ese es el punto clave: los empresarios.
—Ellos hicieron todo lo que pudieron hacer. No lograron evitar el inicio del debate, y entonces la consigna era parar el juicio: a la cuarta parte, a la mitad, casi al final… Pero tampoco. Entonces hicieron lo que pudieron hacer.

A estas alturas es evidente que el hombre callado del tribunal es, en privado, mucho menos reservado con sus opiniones que Yassmín Barrios. Pablo Xitumul tiene algo de desprendido en su manera de hablar. Como si lo que le pudieran arrebatar no importara, como si ya estuviera de vuelta de todo. Será porque su padre desapareció en 1982, cuando él tenía siete años, y desde entonces le ha tocado encarar poderes. Cuenta cómo, tres meses después de la desaparición, fue con su madre a la presa Chixoy, en cuya construcción trabajaba su padre, para reclamar sus salarios pendientes. Les pidieron un acta de defunción. Les sugirieron que investigara todos los cadáveres encontrados en esos meses en la carretera de Guatemala a Cobán. Él dice que se plantó, que argumentó, que consiguió que le dieran a su madre “un chequecito”.

No es que sea un justiciero: cuando años después decidió estudiar derecho lo hizo por eliminación. Ya antes había tenido que interrumpir sus estudios por falta de dinero y no quería volver a hacerlo. La de Derecho era la única carrera cuyos horarios le permitían continuar trabajando para pagarse la universidad. En eso, Xitumul se parece a Barrios: tiene una mirada y un juicio eminentemente prácticos.

—¿Oiga, la justicia en Guatemala está sometida a un pulso político?
—Bastante. Bastante. Bastante. La carrera judicial inicia en el juez de paz y llega a juez de instancia, donde estamos nosotros. Todos pasamos por un proceso de selección, evaluación y nos nombran para un periodo de cinco años. ¿Pero qué pasa con los magistrados de Corte, de sala de apelaciones, de Corte de Constitucionalidad?
—No sé. Dígamelo usted.
—Pues que vienen de afuera, sin haber sido jueces muchos de ellos, pero apadrinados por partidos políticos o grupos empresariales. Y todo eso hace que se comprometa su actuar. Ha habido muchas personas que por compadrazgos, por conectes, llegaron a una magistratura. Siempre hay grupos que van a luchar por llegar ahí. Por eso para mí no hay una garantía de que realmente se administre justicia.
—Pinta usted un escenario oscuro. Es pesimista.
—Solo le soy honesto. Mire, yo vivo en Guatemala, y he visto que nada más tomar posesión la Corte Suprema ya los magistrados se reunían en desayunos, almuerzos, pláticas, charlas, con grandes grupos económicos. Yo, como juez, no podría ir a sentarme con ellos. Yo me dedico a mi trabajo y no quiero comprometer mi forma de resolver. Tengo para comer, tengo para lo básico. Muchos quisieran abarcar más y vivir en lujos, por eso se olvidan de la Justicia.

Las palabras de Xitumul se podrían atribuir a la decepción. En 2009, lo admite, él también participó como candidato a magistrado de sala de apelaciones. Pensó que no tenía perfil suficiente para optar a la Corte Suprema, pero sí los méritos académicos y la experiencia para integrar un ente, el de apelaciones, más técnico. En la fase de preselección le adjudicaron 46 puntos sobre 100 y no le incluyeron en la lista final sobre la que decide una comisión nombrada por el Congreso. Se frustró. Dice que no va a participar nunca más en uno de esos procesos.

—Pero no crea: tampoco entraron quienes tenían 86, 88, 89 puntos, incluyendo a mi compañera Yassmín, que fue de las mejores calificadas.
—¿Tampoco llegaron?
—A ella la incluyeron en el listado solo para cumplir. Pero a la hora de la votación en el Congreso de la República no la tomaron en cuenta. Y en mi caso tampoco fueron los puntos, porque se fueron en el listado final personas que habían sacado 29, 30 puntos y que son los actuales magistrados de sala.

***

Antes de forzar la renuncia del Fiscal General Conrado Reyes en 2010, la CICIG ya había sacudido el sistema de justicia guatemalteco con otra denuncia pública. El 6 de octubre de 2009, el comisionado Carlos Castresana denunció que un grupo de abogados estaba tratando de tomar control de la Corte Suprema de Justicia para beneficio propio. Aseguraba que seis de los trece candidatos finales a integrar la Corte estaban vinculados a un abogado y empresario que, en secreto, había movido los hilos para ponerlos allí: Roberto López Villatoro, conocido popular y despectivamente en Guatemala como “el rey del tenis”.

De él se ha escrito que encarna a un sector de empresarios emergentes, enriquecidos a la sombra del Estado —su apodo proviene de una vieja adjudicación pública de compra de calzado—, y que durante la última década él personalmente le ha disputado al CACIF el control de la Corte Suprema, del Colegio de Abogados y del Tribunal Supremo Electoral, antes campo de cultivo exclusivo de sus influencias. López Villatoro es un hombre público que se mueve con soltura en las zonas grises del sistema. Es un operador al que uno recurre cuando necesita atajos, soluciones políticas a problemas legales o soluciones pseudojurídicas a disputas políticas.

Le he pedido una entrevista para que me confirme la versión de Xitumul acerca de que el sistema de Justicia guatemalteco descansa en una cadena de favores. A él, a quien todos señalan como un maestro en ese negocio de los favores.

Me cita en una cafetería de zona 10 en la que se venden tanto cócteles naturales como ropa de diseño que solo he visto en puertos deportivos y en fotografías de criquet. Antes de comenzar, me pregunta si quiero que hablemos on the record o prefiero que me diga toda la verdad. Cuando le respondo que necesito ambas cosas estira una sonrisa de joker y rompe los protocolos:

—Tengo un amigo que dice que Guatemala es un ajedrez en el que el rey es hueco —homosexual—, la reina puta, y los alfiles de los dos bandos hacen negocios entre sí. Todo en un tablero redondo.

Entre líneas, el rey del tenis me está diciendo que es un alfil.

—Dicen usted mueve los hilos para que a uno le elijan magistrado de la Corte Suprema.
—En este país se exagera, se sobredimensiona a las personas. Efectivamente, creo que tengo conocimiento sobre cómo opera el sistema de justicia. Me he preparado. He estudiado tres maestrías…
—Sabe cómo moverse en el sistema de elección.
—Conocer a muchas personas y saber cómo opera el sistema de Justicia te da la experiencia para conocer las fuerzas que operan en el país y saber cómo llegar. Siempre de acuerdo con las normas que establecen la Constitución de la república y la ley judicial, claro.
—Dígame qué tengo que hacer para ser magistrado.
—Tiene que hablar con académicos, con decanos de las facultades de derecho del país, con los líderes de las agrupaciones gremiales del Colegio de Abogados y luego, obviamente, tiene que hablar con los líderes políticos del país. El sistema fue creado con la buena intención de dar peso a diferentes sectores, pero en todo ese camino se pierde la independencia judicial.
—Osea, que cuando llegara a una alta magistratura debería demasiados favores.
—Obviamente, porque tiene que hacer una labor de lobby. Nadie va a llegar por sí solo. Nadie llega si no es apoyado por un sector, por un partido político. Puedes ser un magistrado con una carrera impecable, pero no te van a evaluar a partir de tus fallos o resoluciones. Esa es la realidad.

Como si todos los caminos de la política guatemalteca actual pasaran por Ríos Montt, López Villatoro estuvo casado con Zury Ríos, hija del exdictador y exvicepresidenta del Congreso. La CICIG dijo en 2009 estar investigándolo por posibles negocios ilícitos, pero nunca le imputó ni probó nada. Tampoco logró detener aquel proceso de elección de magistrados y tres de los abogados apadrinados por López Villatoro han sido hasta 2014 titulares de la Corte Suprema. Gustavo Berganza, uno de los periodistas que mejor retrata los pulsos por el poder en Guatemala, asegura que el hombre que tengo delante es mucho más influyente hoy que cuando le trataron de derribar hace cinco años.

De las acusaciones que CICIG hizo en su contra en 2009, López Villatoro dice que Castresana se dejó manipular por las elites tradicionales, interesadas en cortarles el paso a él y a otros abogados para no tener que compartir cuotas de influencia. El negocio de López Villatoro consiste en acumular el respaldo de abogados para enfocarlo en ciertos candidatos. Estos, al llegar a un cargo, deberían ser agradecidos, amables, con él y los agremiados a los que representa. Cuando le pregunto si es cierto lo que dice Berganza, que es ahora más influyente que cuando Castresana intentó tumbarle, asiente.

—El tiempo nos dio la razón —dice.— Miles de abogados vuelven a confiar en nuestra propuesta.

Hay otras preguntas que López Villatoro no quiere contestar. Hay personas o asuntos, como el pulso por el MP, de los que no quiere hablar. Cuestión de cálculo. La gente como él sabe que mañana la espiral de intereses puede hacer que tu antiguo adversario se convierta en posible aliado. Tal vez sea también la certeza de que hay enemigos a los que es mejor no crispar sin motivo. En los corrillos de abogados de Guatemala te explican que a la CC se la suele llamar la “corte celestial” no solo porque sus decisiones son inapelables, sino porque recibe líneas directas de los hombres más poderosos del país. Incluso para alguien como López Villatoro es difícil, todavía, incidir en ese olimpo.

La justicia guatemalteca está en un pulso cada vez más abierto. Lo prueba la simple existencia de una figura como la de este alfil y su ejército de peones que disputan pedazos de poder a los viejos reyes. Lo prueban los años de audacia de Paz y Paz. Lo prueba la efímera sentencia contra Ríos Montt. De hecho, ni siquiera la CC es totalmente ajena ya al pulso entre grupos de influencia. La decisión del 5 de febrero que recortó el periodo de Claudia Paz y Paz se tomó por unanimidad de los cinco magistrados, pero la anulación del primer juicio al exdictador no. Se resolvió en una votación dividida, de tres contra dos.

López Villatoro, alejado de romanticismos y aferrado a sus intereses, declara la partida abierta. Es evidente que piensa que la ganarán los que tengan paciencia y sean prudentes.

Es una virtud cada vez más extendida, la prudencia. Desde que la corte celestial ordenó que el juicio a Ríos Montt se debe repetir, más de 90 jueces se han inhibido de conocer el caso. No quieren ser la nueva Yassmín Barrios o el futuro Pablo Xitumul. Se podría pensar que lo hacen para no desafiar con una nueva condena a las elites, pero ¿cómo explicar que no haya tampoco tres jueces interesados en granjearse el favor del CACIF absolviéndole? El cálculo es más complejo y no tiene apenas que ver con el ideal de la Justicia. Los jueces con ambiciones futuras temen que la unidad de los grupos de derecha en contra del juicio sea solo temporal, que la mesa siga girando y a ellos, sea cual sea su fallo, el tiempo les ponga en el escaque equivocado de este tablero redondo.

II. El regreso de los viejos dueños.

El hijo de Claudia Paz leía aburrido y paciente en el despacho de su madre mientras esperaba que termináramos la entrevista. Yo, de alguna manera, también quería que terminara. O que empezara de nuevo. Había viajado desde San Salvador esperando escuchar de la Fiscal un análisis profundo y diseccionador, que me ayudara a entender su duelo con las fuerzas conservadoras del país y abocetar el futuro, pero solo obtenía de ella previsibles respuestas institucionales, algunas de ellas propias de un comunicado de prensa.

—Anularon una sentencia contra Ríos Montt. ¿Estamos en un punto de avance o de retroceso?
—Yo sostengo que es un avance. La posibilidad de que las víctimas declararan frente al perpetrador en una situación de igualdad frente a la ley… Según las palabras de las víctimas, para ellas fue reparador. Luego la sentencia de la Corte nos coloca frente a la necesidad de repetir el juicio.
—En los últimos años parece que la Corte de Constitucionalidad hay momentos en los que se abre a la construcción de una nueva institucionalidad, y hay momentos en los que se cierra.
—Desde la Fiscalía hay decisiones que compartimos y decisiones que no compartimos, pero igual las respetamos.
—¿Y cree que esas decisiones se basan en un proceso honesto de reflexión jurídica, o que están influidas por otros intereses?
—Son argumentos jurídicos que vemos desde otro punto de vista, y en su momento los impugnamos, y la Corte falló… Cómo falló ahí sí que…
—¿Diría que la judicatura en Guatemala es en general independiente? ¿Casos como el de Yassmín Barrios son la mayoría?
—Hay jueces muy buenos, y hay jueces que no actúan con independencia.

Algo no cuadraba. Había leído un artículo aún inédito de Francisco Goldman, autor de “El arte del asesinato político”, el libro medular para saber cómo fue el asesinato de Juan Gerardi y cómo opera el poder en Guatemala. El artículo incluía una intensa entrevista con la Fiscal y dos de sus colaboradores, Arturo Aguilar y Mynor Melgar. En ella, el nivel de transparencia y los señalamientos a las personas que boicotearon el juicio a Ríos Montt eran extraordinarios, fuera del tono habitual de la templada Paz y Paz y a años luz de la entrevista que me estaba dando a mí.

Ante Goldman, Paz y Paz habló de “ellos”, de los “intereses arraigados” que durante el juicio al exdictador habían aparecido “sin disfraz, ni nada” en defensa de la impunidad. Entre ella, Aguilar y Melgar nombraron a la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (AVEMILGUA), a “los ideólogos del sector privado”, al presidente Otto Pérez Molina, al CACIF, que agrupa a la cúpula empresarial del país…

—(…) Fue para el caso por genocidio que se unieron los sectores más conservadores de este país —dice en la entrevista Aguilar.
—Los “Ellos” —señala Paz y Paz.

Y cuando Goldman le pregunta, sin algodones:

—¿“Ellos” eran cómplices del genocidio?

Ella le responde:

—Pues, imagino, porque tuvieron tanto miedo…

Por eso esperaba a una Fiscal más deslenguada, más directa, e interpreté incluso como una buena señal, de confianza, que me citara en su despacho un sábado. Pero la encontré parapetada, cauta. Cuando le hice referencia al texto de Goldman, a sus propias palabras ahí citadas, se mostró sorprendida y dijo no recordar haber dicho aquello. Se hizo un silencio incómodo. Aunque la conversación siguió, la entrevista terminó con un deje de desconcierto.

Después. Mientras bajábamos hacia la salida en el ascensor privado que la Fiscal General usa por motivos de seguridad, Claudia Paz me preguntó si podía obtener una copia del artículo que había citado. Le expliqué que era parte del libro “Crecer a Golpes”, que iba a ponerse a la venta en pocas semanas. Parecía no terminar de salir de la sorpresa. Al despedirnos, le entregué mi copia del artículo, fotocopiada y llena de anotaciones.

Ese encuentro sucedió el 25 de enero. Una semana después, el viernes 31, la revista Contrapoder publicó en seis páginas un extracto de la entrevista de Goldman. Claudia Paz y Paz piensa aún hoy que esa publicación, la de Contrapoder, le costó el puesto.

***

El tiempo que se ha retrasado Ricardo Sagastume en llegar a nuestra cita en su despacho me ha servido para dos cosas: una, ver el primer tiempo del último e intrascendente partido de España en el Mundial de Brasil; otra, pasear por los títulos de abogado de su padre, Ricardo Sagastume Vidaurre, colgados en las paredes de madera de esta sala de visitas. Él mismo me mostrará más tarde, con evidente orgullo, una fotografía de su padre como presidente de la Corte Suprema de Justicia en 1982, tras ser colocado en el cargo, a dedo, por Efraín Ríos Montt.

Al frente de un Poder Judicial de papel, sometido al dictador, el viejo Sagastume respaldó la desaparición del habeas corpus y legitimó los tribunales de fuero especial, formados por jueces secretos que se alimentaban de confesiones bajo tortura y ordenaron al menos 15 fusilamientos en un año. De ese legado parece estar orgulloso, treinta años después, el hombre que interpuso ante la Corte de Constitucionalidad el amparo que consiguió, como deseaba el CACIF, acortar siete meses el mandato de Claudia Paz y Paz.

Ricardo Sagastume hijo, abogado también, tiene su propia trayectoria pública en Guatemala. Antes de que la CC le diera la razón y decidiera que el periodo de Paz y Paz era la continuación del de Conrado Reyes y por tanto debía cerrarse justo cuatro años después de la elección de aquel, en mayo, Sagastume fue jugador profesional de fútbol. Y candidato a la presidencia en 2011 con el respaldo de AVEMILGUA, cuyos dirigentes testificaron a favor de Ríos Montt en el juicio. Y llegó a ser director ejecutivo de la Cámara de Industriales. Su despacho legal está precisamente en la cuarta planta del edificio de la Cámara, una de las gremiales más influyentes en el CACIF. Evidentemente Sagastume no esconde sus ideas ni sus filias.

Es de hecho un hombre de inusual transparencia. “A quienes de alguna manera podemos incidir en el país poco o nada nos importa la institucionalidad”, se lamentará en un punto de nuestra conversación. Crítica la miopía de los grupos de poder desde el asiento que él mismo se reserva entre la derecha ilustrada de Guatemala. Sagastume es una de esas personas que, pese a moverse en un mundo, el de las élites empresariales, que se alimenta de secretos, presume de honestidad intelectual y trata de mentir o esconder lo menos posible. Se ve a sí mismo como un buen hombre. Tal vez en el fondo lo sea.

—Usted hizo lo que el CACIF no se atrevió a hacer…
—Lo que nadie se atrevió a hacer. Y lo seguiré haciendo. Se debía respetar la Constitución.
—Pero además es de los que piensan que lo mejor para el país era que Claudia Paz y Paz dejara cuanto antes la Fiscalía.
—Sí. De haber seguido hubiéramos llegado a una debacle peligrosa, se hubiera perdido la gobernabilidad del país. Si estamos con esta polarización sin la doctora Paz y Paz, con ella hubiera sido terrible. Además, el juicio del señor Sperisen ha generado un elemento adicional. Con o sin Claudia Paz y Paz, el tema es un polvorín.

No es el primero que me habla del caso Sperisen, aunque me sorprende oírlo de él. Defensores de Derechos Humanos y periodistas me han advertido en las últimas semanas que los mismos columnistas de ultraderecha que en 2013 prendieron las primeras chispas del “si condenan a Ríos Montt condenan a toda Guatemala” han comenzado defender que la cadena de juicios que se están dando en Europa por el Caso Pavón son una ofensa a la soberanía y a los guatemaltecos de bien. Que la izquierda internacional está queriendo manchar, igual que hizo con el juicio por genocidio, la bandera de Guatemala. Que antes en Austria y ahora en Suiza y España se está linchando a funcionarios ejemplares, a hombres justos, a patriotas.

El asunto tendía algún interés si no estuviera tan claro lo que sucedió en la Granja Penitenciaria Pavón, a las afueras de Ciudad de Guatemala, el 25 de septiembre de 2006.

Ese día, bajo el argumento de recuperar el control de la principal cárcel del país, gobernada desde hacía años por bandas de presos en complicidad con las autoridades, esas mismas autoridades entraron en el penal con un ejército de policías, detuvieron a más de mil setecientos presos y ejecutaron a siete de sus líderes. La versión oficial atribuyó las muertes a un enfrentamiento. Aun si no sobraran evidencias y testigos de lo contrario, los balazos a quemarropa que tenían las víctimas hubieran bastado para desnudar la mentira.

La justicia guatemalteca condenó en 2013 a varios de los autores materiales de esas muertes, pero para ese entonces los funcionarios del gobierno de Berger que fueron responsables de la operación ya habían huido a Europa. El subdirector de Investigación Criminal de la Policía, Javier Figueroa, pidió refugio en Austria. Erwin Sperisen, orondo y rubio director de la Policía, y Carlos Vielman, ministro de Gobernación, huyeron a Suiza y España respectivamente haciendo uso de su doble nacionalidad. En Centroamérica, pero especialmente en la racista Guatemala, a la élite de la élite le gusta presumir de su origen europeo y, si se puede, de su nacionalidad europea. Es una forma de distinguirse del resto de guatemaltecos.

Figueroa fue absuelto en Austria de cualquier responsabilidad sobre las ejecuciones de Pavón, pero a Sperisen, líder del operativo y, según la CICIG, uno de los responsables de los grupos de exterminio que operaron en las calles de Guatemala entre 2004 y 2005, le condenaron en Suiza el 5 de junio de 2014 a cadena perpetua por aquellas siete ejecuciones extrajudiciales. Vielman está en una cárcel española, a la espera de enfrentar juicio allí.

—¿Por qué es un polvorín el juicio a Sperisen y a Vielman?
—Porque las heridas de ideologización que creíamos superadas se volvieron a abrir —responde Sagastume.
—¡Pero si un juicio fue en Suiza y otro será en España!
—Sí, pero involucran lo que percibimos como ciudadanos los guatemaltecos. Hay que admitir que la justicia no ha sido lo que esperábamos. Y cuando en un país la justicia funciona para algunos y para otros no, surge la frustración y ya no importa a quién se juzgue porque alguien tiene que pagar. El tema del genocidio y ahora el caso Sperisen colocan a una élite socioeconómica versus una gran mayoría que piensa que alguien tiene que pagar lo que ha venido ocurriendo en el país.
—¿Insinúa que esto es una revuelta contra las élites? ¿No cree que exagera?
—Es que son eventos demasiado trascendentes. El señor Sperisen y el señor Vielman pertenecieron a un gobierno que todo el sector empresarial apoyó. Apoyó abiertamente al candidato Óscar Berger y finalmente se hizo parte del mismo gobierno.
—Lo que usted dice es que a Sperisen y Vielman, sean o no sean culpables, se les juzga con la intención de dañar a grupos de poder.
—Esa es la percepción. Si quisiéramos ser objetivos deberíamos estar procesando a varios exministros de gobernación, a jefes del sistema penitenciario e incluso a expresidentes del país, pero se escogió a estos.

Cuando Sagastume habla de “los guatemaltecos” es evidente que se refiere a las élites tradicionales, a industriales, terratenientes, grandes comerciantes o inversores que, efectivamente, financiaron e incluso participaron en algunas de las operaciones militares del gobierno de Ríos Montt en los 80, y que durante el gobierno de Berger se integraron públicamente en el Ejecutivo hasta casi copar el gabinete. El canciller Jorge Briz había presidido la Cámara de Comercio. El principal maquilero del país, Miguel Fernández, fue nombrado comisionado para Inversión y Competitividad. Que Vielman, miembro de una destacada familia de empresarios y expresidente de la Cámara de Industria de Guatemala fuera ministro de Gobernación no era una decisión aislada. La reacción al juicio en su contra es, en concordancia, de grupo.

De un grupo que según el transparente Sagastume siente que la justicia se le está yendo de las manos.

—Las élites han perdido el control que tenían en los procesos de nominación de determinados funcionarios públicos en el sistema de Justicia—dice.— Hace 20 años participar en el proceso y ser electo era fácil, porque era menor el número de abogados y había más control. Hoy ya no hay control.
—¿Por eso la élite empresarial del país tenía miedo de hasta dónde podía Paz y Paz llevar ciertos casos?
—Había una serie de eventos diseñados para primero perseguir a actores del Ejército de Guatemala durante el conflicto armado, y la siguiente etapa perseguir a otros actores que colaboraron o contribuyeron a que militarmente el Estado de Guatemala ganara la guerra. Había una fase subsiguiente que justa o injustamente se iba a ensañar con el sector empresarial. Eso es lo que sucede con el caso Vielman. Independientemente de lo justo o injusto del proceso, en Guatemala hay una cacería de brujas.
—Y los que se sentían víctimas de esa cacería de brujas reaccionaron y frenaron a Paz y Paz.
—No, yo creo que, yo creo que… el… —Es impresionante cómo este hombre, de discurso seguro, de repente tartamudea— Yo creo que eso no se ha hecho como sector privado. Quisiera pensar que no se hizo nada para detener la labor de ella… Lo mío fue una cuestión individual, absolutamente independiente. El sector empresarial está preocupado por la producción, la competencia, los mercados… en fin, eso que ellos saben hacer.

Dice él que ser como es y decir lo que dice le ha traído problemas “con ellos”, y ha señalado hacia el techo, hacia los pisos más altos del edificio, en los que están las oficinas de la Cámara de Industriales a la que él pertenece. Es fácil creerlo. Cuando ya casi me despido, Sagastume hace un último comentario que suena a confesión.

—¿Sabe? Nos da miedo que nos digan que somos de una élite específica. ¿Y qué? ¡Si somos ciudadanos como todos! Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a participar, porque desde siempre, cuando hace falta, somatamos la mesa —el abogado hace el gesto, el puñetazo en la mesa—y todo se arregla. Pero claro, eso a la larga nos hace daño como país…

***

A puñetazo en la mesa sonó que el Congreso aprobara el 13 de mayo, con el proceso de elección de nueva Fiscal ya en marcha y Paz y Paz inscrita en busca de la reelección, un documento que afirmaba que en Guatemala no hubo genocidio. “Los elementos que conforman los tipos penales señalados resulta jurídicamente inviable que se dieran en Guatemala, principalmente en cuanto a la existencia en nuestro suelo patrio de un genocidio…”, se lee en los considerandos del texto. Hubo quien reaccionó con indignación e insistió en que una afirmación como esa solo la puede hacer un juez. Hubo quien pidió a los diputados, como burla, que decretaran también que Guatemala había ganado un mundial, pese a no haber clasificado nunca a uno.

El documento no tiene ningún valor legal. El delito de genocidio sigue vigente en el Código Penal guatemalteco y por tanto un juez puede aplicarlo si considera que hay pruebas. Además, Guatemala ratificó en 1951 la Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio y el Estatuto de Roma, que lo recogen. Sin embargo ese acuerdo legislativo, técnicamente un “punto resolutivo”, fue un agresivo mensaje político.

El subjefe de la fracción del Partido Patriota, Luis José Fernández Chenal, fue el hombre que consiguió los votos para que el punto se aprobase. La propuesta fue de los dos diputados del PRI, el residuo de lo que la década pasada fue el poderoso Frente Republicano Guatemalteco, FRG, fundado por Ríos Montt y llave para la resurrección política que le hizo presidente del Congreso en 2009. Tiene sentido. Dos diputados de un partido venido a menos, honrando su historia y a su antiguo líder. La pregunta es por qué Fernandez Chenal, un joven de 33 años con carrera meteórica en el partido de gobierno, ahijado político de Otto Pérez Molina, un tiburón legislativo que presume de haber crecido después de la guerra y considera un mérito no tener ideología, maniobró para sacar adelante una resolución tan polémica como inútil.

—Al fin y al cabo un punto resolutivo, como dice mi jefa de bancada, es un poema de amor político. No tiene ningún tipo de vinculación jurídica —reconoce, sentado en una oficina tan lujosa como vacía, a pocos metros del hemiciclo del Congreso—. Hoy, por ejemplo, vamos a tratar de meter un punto resolutivo por los 40 años de la muerte de Miguel Ángel Asturias.

—¿Y de dónde salió el poema sobre el genocidio?
—Es que como bancada oficial vos tenés que conceder temas que no son tuyos. Nosotros decimos: “queremos incluir un préstamo”, y dice la otra bancada: “perfecto, pero a mí me dejás meter cierto tema”. Eso sucedió. Dijo el PRI “yo les doy los dos votos y me dan a cambio el punto resolutivo”.
—Así. Y ya.
—Así. Nunca se supo exactamente qué iba a decirse en el texto, te lo digo con toda la claridad. “Vamos a hacer un punto resolutivo sobre la reconciliación nacional”, dijeron. Como el tema lo propuso un diputado que tiene cuatro o cinco legislaturas, nadie pensó que fuera a escribir una pendejada.

El texto se procesó como si fuera un trámite bancario. Nadie lo leyó antes. Casi nadie prestó atención a su contenido mientras se leía en la plenaria. Se aprobó con desgana por 87 votos a favor de 158. Por muy poco. 47 diputados no estaban presentes.

—Yo le dije a la gente de la URNG, que son de izquierda: “¿Ustedes ya leyeron el punto resolutivo?, vayan a leerlo, no vayan a ser mulas de votar a favor. Porque ahí estamos diciendo de que el juicio del siglo y no sé qué y no sé cuánto…” —cuenta Fernández, sin indicios de estar bromeando.

Los votos de LIDER, el principal partido de oposición, fueron fáciles de conseguir. Días atrás uno de sus fundadores, Edgar Ajcip, había renunciado a la bancada y acusado a sus diputados de negocios ilegales y abuso de privilegios. A cambio de los votos para el punto resolutivo, el Partido Patriota se aseguró de que la comisión legislativa que debía investigar esos delitos nunca se aprobara.

Nadie dimensionó la travesura hasta que los periódicos del día siguiente titularon “Congreso dice que no hubo genocidio”. Fueron, ahora sí, días de debate y desgaste. Dice Fernández Chenal que en la plenaria siguiente siete diputados se excusaron en público por haber votado a favor: “Perdonen, me equivoqué, yo oí mal”, dice que dijeron.

—Los únicos que de cierta forma iban contento eran los dos diputados del PRI. Uno viene del FRG, y el otro es abogado de la familia Castillo que es afín a la Cámara de Industria y al CACIF.
—¿Y ustedes, en el Partido Patriota?
—No vayas a creer que hubo fiesta dentro del partido. Mucha gente, al ser el presidente Pérez Molina militar, probablemente lo vio con buenos ojos. Pero fue un tema X. El guatemalteco está mucho más enfocado en salir a la calle y que no le roben el celular que en ver si en Chimaltenango hubo hace 20 o 25 años fosas clandestinas. Mirá, nosotros en el área ixil ganamos dos alcaldías y perdimos una. Y en Quiché ganamos ampliamente en votos. Tampoco es que el juicio nos afectara electoralmente. Como te digo, es un tema sobredimensionado.

El nivel de cinismo de Fernández Chenal encaja a la perfección en un Congreso como el guatemalteco, en el que la creación y desaparición de partidos es tan habitual que la mayoría de diputados han militado al menos bajo dos siglas. Catorce de los legisladores actuales militaron de hecho en las filas del FRG. El actual presidente del Congreso, Arístides Crespo, miembro del Patriota, es uno de ellos. Otro es el jefe de bancada del partido TODOS. Como los intereses están por encima de derivas ideológicas, todos los partidos tienen en su fracción al menos a un exmiembro del partido de Ríos Montt. Que el asunto del genocidio les parezca intrascendente, alejado de la política real, es más absurdo todavía si tenemos en cuenta que uno de los diputados del Partido Patriota es hermano de Francisco García Gudiel, el histriónico abogado defensor de Ríos Montt gracias al cual trataron de inhabilitar a Yassmín Barrios. Guatemala es una madeja, y sus elites políticas un nudo de conexiones personales en la cima de esa madeja.

—Aunque sí hay un segundo mensaje dentro del punto resolutivo… —advierte el subjefe de bancada del Patriota—: el Congreso es el que aprueba el presupuesto del MP, el Congreso es el que aprueba el presupuesto del OJ, así que el mensaje que le mandaron a la nueva Fiscal fue “miren, aquí no queremos que estén hablando de investigación de genocidio”.
—Clarísimo.
—Pues sí. Es algo que se lee entre líneas.

Le pregunto a Fernández Chenal cuál era el tema que su partido necesitaba aprobar de urgencia, a cambio de qué apoyó se negoció la aprobación del punto resolutivo.

—Tendría que…si me da cinco minutos me voy a acordar. Tuvo que ser un tema clave… O sea, tampoco vas a creer que…

El relato de Fernández asienta la incertidumbre sobre el peso real que Otto Pérez Molina y su partido han tenido en el cambio de escenario que la justicia guatemalteca ha experimentado el último año. Representantes de varias organizaciones de sociedad civil aseguran que el presidente, por militar retirado, por su pasado de campaña en Quiché y por presión de grupos empresariales, fue un factor clave en la anulación del juicio y en el fin del periodo de Paz y Paz. El entorno más cercano a la exfiscal, aunque no tiene una postura única, coincide en que sin el aval o la omisión consciente de Pérez Molina ninguna de las dos cosas pudo haber sucedido.

El ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, exmilitar también y uno de los funcionarios más cercanos al presidente, intenta diluir esa hipótesis. Hablo con él durante un largo desayuno. Es un hombre de respuesta rápida, inteligente, que cree conocer el camino hacia todas las soluciones. Trabajó muy de cerca con Paz y Paz, y tanto en el MP como en los niveles medios del Ejecutivo me confirman que el nivel de coordinación interinstitucional que hubo entre ambos fue extraordinario. Alguien como él, que aspira a ser un día presidente, no permite que las diferencias ideológicas le empañen la búsqueda de resultados.

—¿Este gobierno celebró la salida de Claudia Paz y Paz del Ministerio Público?
—No. En el equipo de Seguridad teníamos la expectativa de que ella pudiera continuar. Con los niveles de institucionalidad precaria que a veces tiene el país, los que sobresalen son las personas, pero nosotros creemos en procesos.
—¿Eso quiere decir que la preferían a ella o que no les importa la persona?
—Me refiero a que aquí ha sido tradicional que cada presidente quiera tener su propio Fiscal General. Lo hizo Colom, lo hizo Berger, lo hizo Portillo… Los presidentes ya vienen con un cuestionario para que el Fiscal no pueda responder y entonces le destituyen y nombran a otro. Igual que cada quien quiere tener su propio presidente del Banco de Guatemala y su Procurador General de la Nación. El presidente Otto Pérez, pese a todas las presiones que tuvo, derivadas de la lucha ideológica que pervive en el país, Mantuvo a Claudia Paz y Paz pese a todos los rumores de que la iba a destituir.
—¿Quién le presionaba para que quitara a Paz y Paz?
—Siempre ha habido presiones, de muchos grupos. Presiones de grupos de derecha, que pensaban que una Fiscal que viniera del área de Derechos Humanos no era la mejor opción. Pero les invito a preguntar a Claudia Paz y Paz si alguna vez tuvo una sola llamada del presidente para pedirle algún favor, para ejercer presión o para hablarle de un caso en específico. Jamás.
—¿Por qué no es entonces Fiscal?
—Lo que crea el presidente, lo que creamos en el gobierno sobre el relevo en el MP no garantiza ninguna decisión de las comisiones de postulación. Pero si Claudia Paz y Paz pasaba dentro del grupo de los seis existía una altísima posibilidad de que fuera designada por el presidente. Eso es algo que nosotros sabíamos.

Fuentes cercanas a las Comisiones de Postulación que hacen el filtro previo sugieren que fue precisamente eso lo que impidió a Claudia Paz y Paz ser una de los seis finalistas que se le ofrecen al presidente para que elija Fiscal. La Comisión de Postulación no quiso arriesgarse a que Pérez Molina, pensando en su imagen internacional y las buenas cifras del MP, la reeligiera en el cargo. Por eso, pese a tener en preparación y experiencia la segunda puntuación más alta de todos los aspirantes, solo cuatro de los trece comisionados votaron por ella. Cuatro.

Ese día los enemigos del juicio a Ríos Montt, los “ellos” de los que Claudia Paz hablaba en la entrevista con Goldman, respiraron aliviados. Ricardo Sagastume, el abogado que acortó el periodo de la Fiscal, me lo dijo así: “Cuando Paz y Paz no entró en la nómina de seis todo fue como un pastel que ya no siguió creciendo. El tema ideológico se eliminó y lo que quedó ya fueron solo los intereses, la pregunta habitual de quiénes estaban detrás de cada uno de los seis”. La ideología era un problema, pero los intereses, individuales o de grupo, negociables, son para “ellos” la solución para la Justicia.

—¿A Claudia Paz la sacó el CACIF?
—Esto entra en el marco de las especulaciones. El CACIF no es un ente absolutamente homogéneo. Hay corrientes.
—Pero hubo señalamientos oficiales del CACIF contra su gestión.
—Yo no recuerdo… no recuerdo un pronunciamiento institucional. Y también hubo demasiado ruido de grupos en favor de Claudia. Hubo inclusive gente haciendo acopio de pronunciamientos de otros países. Ya conoces el viejo dicho: “no me ayudes, compadre”. Muchas veces si hay mucha insistencia también aumenta la resistencia. Qué tan militante es la gente que te apoya también sube el nivel de la confrontación.
—¿Está diciendo es que quién tenía el poder de decidir si Claudia Paz seguía o no se sintió amenazado por el ala más radical de la sociedad civil?
—No. Digo que por algo Claudia Paz y Paz fue la candidata con mayor número de objeciones . Aquí lo que hubo fue una medición de fuerzas, si queremos verlo así.

***

Las oficinas de la revista Contrapoder están en lo alto de un edificio en la Zona 9 de ciudad de Guatemala, cerca, muy cerca, de la simbólica Zona 10 en la que, entre hoteles y bares de moda, se supone que se levantan los despachos de las mayores empresas del país y los bufetes de los abogados de esas empresas. Alrededor de una mesa de cristal están sentados los tres cerebros de la revista: el director Juan Luis Font, la subirectora Claudia Méndez y la editora Paola Hurtado.

Claudia y Paola son dos reporteras de investigación de larga trayectoria y prestigio. Juan Luis dirigió El Periódico en tiempos en que era referente de independencia en el país, y años en televisión le han convertido en el principal rostro de un periodismo de credibilidad pero que huye de estridencias. A Juan Luis le respeta la izquierda y le escuchan con atención las élites de derecha.

—Antes de nada quiero contarte lo que pasó con la entrevista de Frank —Me dice Claudia, amiga de Francisco Goldman desde hace mucho y su principal cómplice en la investigación que le permitió escribir en 2009 “El arte del asesinato político”. De hecho, fue ella quien le ayudó a conseguir la polémica entrevista con Paz y Paz.
—Para eso he venido —le respondo.

Probablemente fue el exceso de confianza entre el periodista y su fuente lo que hizo que Claudia Paz y sus colaboradores hablaran con tal franqueza a Goldman, y que imaginaran, sin preguntarlo, que la conversación era privada, entre amigos. El periodista grabó la conversación, y al no haber pactado con la Fiscal ningún off the record terminó publicándola. Claudia Méndez siempre supo que Goldman preparaba el texto para un libro, y cuenta que cuando escuchó que estaba por salir a la venta propuso a su responsable de cultura que comprara los derechos de reproducción sin ni siquiera leerlo. Cuando revisó las pruebas de impresión y vio el contenido, le pareció interesante pero no especialmente explosivo. Está claro que es menos sensible a los señalamientos que los miembros del CACIF.

—Yo tengo una fuente que dice que cuando vieron eso dijeron: “Ya, ya, no más, de una vez” —dice Paola.
—No, la decisión de que ella debía salir no dependió de un artículo —le discute Claudia.— Venía de hace tiempo. De hecho nosotros publicamos en diciembre. Yo estuve en una reunión con abogados que me dijeron: “Se está pensando preguntarle a la CC cuándo se tiene que ir Paz y Paz, si en mayo o en diciembre”.
—Claro, pero no seamos ingenuos: el artículo lo apresuró. Puso fecha a la decisión. Incidió. Incidió tanto que Claudia Paz, cuando vino a entrevista en el canal, venía furiosísima…

Juan Luis Font tiene la misma edad que Paz y Paz y la conoce desde que tenían tres años. Cosas de la microsociedad acomodada de Guatemala. Celebraron juntos algunos cumpleaños y las bodas de amigos comunes. Él asegura que nunca la había visto tan enojada como el día que, poco después de que la CC recortara su periodo, la invitaron al programa de televisión que los responsables de Contrapoder tienen todas las noches. Dice que en el camerino, con los ojos entrecerrados, la Fiscal le reclamó.

—Vos sabías lo que iba a provocar esto.
—Lo lamento, pero nosotros lo que hicimos fue reproducir una entrevista que vos habías dado —dice Juan Luis que le respondió.— Claudia ¿vos creés que el artículo incidió?

Ella fue cortante. Estaba dolida:

—No era el momento.

Al igual que en algún momento lo supieron Elvyn Díaz o la misma Paz y Paz, a los tres periodistas todas sus fuentes les habían hecho saber que la sentencia por genocidio había logrado que en la segunda mitad de 2013 empresarios y operadores políticos con intereses diversos, que parecían imposibles de aliar, se dijeran unos a otros: “si no nos defendemos, si no nos unimos, nos cuelgan”. Se creó la certeza de que la Fiscal pretendía perseguirlos a todos por su apoyo a Ríos Montt en los 80.

—Pero Claudia Paz y Paz me dijo a mí alguna vez: “Juan, con lo que costó armar este proceso, ¿vos creés que se podría armar uno igual contra alguien más?” —recuerda Juan Luis. Cree que la derecha inventó sus propios cuentos de terror, se asustó a sí misma.

Juan Luis se crió en una localidad del Sur de Guatemala llamada Retalhuleu, entre ganaderos y empresarios que simpatizaron con Ríos Montt y que, en algunos casos, participaron en misiones civiles de bombardeo contrainsurgente. Sabe qué hay en la mente de quienes tomaban y toman decisiones. Ha hablado miles de veces con muchos de esos hombres. Le pregunto hasta qué punto todo esto, todo este pulso por la Justicia, es ideológico o en realidad es miedo a perder la comodidad de estar por encima del bien y del mal, de no tener más juez que tu conciencia, si la tienes.

—No creo que sea ideológico. Yo creo que es más bien por intereses de grupo. Pero ellos interpretan esos intereses de grupo como ideología y consideran que los que cuestionen esos intereses de grupo son enemigos ideológicos.
—Nunca he visto que por razones ideológicas la gente aquí se rasgue las vestiduras y embista con tanta violencia a los contrarios —dice Paola—. La razón es el temor a que la persecución penal ampliara el radio y los abarcara a ellos.
—Ellos se beneficiaron de la derrota de la guerrilla —Juan Luis de nuevo—, y por eso no cuestionan los métodos que se usaron. “Fueron necesarios, muchá”, dicen.
—Pero cuando tú financiaste desde el sector privado el sueldo de Sperisen o a Figueroa, o le diste dinero a Vielman para comprar armas ilegales, cuando sabes que fuiste parte de eso, ahí se te encienden las alertas —añade Paola, apuntando al futuro, a lo que se viene encima.

Me llama la atención que llevan un buen rato hablando de “ellos”, de las élites sin nombrarlas, del mismo “ellos” que usaban Aguilar, Melgar y Claudia Paz y Paz en la entrevista con Goldman. Se lo hago notar, y Juan Luis salta como un resorte y toma de la mesa una edición mucho más reciente de la revista, de junio, en la que publicaron una entrevista con Otto Pérez Molina.

—¡También el presidente habla de “ellos”! —dice.

Y me muestra una parte en la que Pérez Molina habla de su relación con los empresarios y los pulsos con el CACIF por la regulación de la explotación hidroeléctrica y minera. Dice textualmente “Ellos temen que nosotros avancemos y tratemos otros temas, como que el Estado cobre más presencia y participación en esos negocios”.

—Pero es un gran “ellos” que al final está acuerpado por unas grandes capas medias —explica Juan Luis. —Por eso yo también creo que el caso de Sperisen y Vielman va a desatar más tensiones incluso que el caso de genocidio, porque en el caso de genocidio estaba más generalizada la responsabilidad, pero en este caso, imaginate que a alguien se le ocurriera realmente buscar las líneas concretas de financiamiento…

Se hace un silencio como de luto, como de cansancio anticipado antes de un gran esfuerzo.

—¿Creéis que la justicia en Guatemala algún día le llegue a esos “ellos”?
—Para los hechos de la violencia de la guerra, no —dice Juan Luis Font, que hace una breve pausa, piensa—. Y para otro tipo de hechos, tampoco.

***

—¿Teníais conciencia de hasta qué punto íbais a poner a prueba el sistema? —le pregunto a Elvyn Díaz, el sarcástico exsubsecretario privado de la Fiscal. Nos hemos reunido en un bar de ambiente bohemio. En una sala se expone una instalación de arte conceptual consistente en 200 cuchillos colgados del techo y en la de al lado te sirven gintónics, papas con tocino y croquetas de queso. Dice que deja el MP satisfecho de lo logrado, optimista, pero destila amargura en sus comentarios. No le ha gustado perder la batalla. Cree en el fondo que Claudia y los que estaban con ella no se merecían el golpe.

—Creo que no. Al menos yo no. Pero no evaluamos bien los actores que rodeaban el sistema. Olvidamos que ahí estaba la Corte de Constitucionalidad… y ya vimos de qué están hechos.

Me cuenta que le preocupa el desánimo que se ha contagiado a la mayoría de organizaciones de Derechos Humanos. Cree que él y el resto de la gente de Paz y Paz deben hablar con ellas, explicarles lo que se ha logrado, los precedentes que se han sentado en cuanto a procedimientos, transparencia, casos resueltos. Quiere decirles que su proyecto de reforma de la Justicia no acaba aquí.

—Si algo hizo bien Claudia es que puso el pecho para todo: para los éxitos y para los fracasos —me explica—. Detrás de Claudia se veía a un equipo, pero ella asumió todas las desgracias administrativas por las que nos podían hacer mierda, todos los antejuicios eran para ella… Fue bien cuidadosa en eso. A los que somos más jóvenes evitó quemarnos, conscientemente, porque sabe que tendremos que sacar la cara en otro momento. Y lo hizo bien.
—Tiene clara una visión de largo plazo.
—Siempre la hemos tenido.

Me dice que él y muchos otros valoran ahora como un error no haber presentado más carta que la de Claudia Paz en el proceso de elección de nuevo Fiscal. Siente que dejaron en manos de otros sectores la Fiscalía por no buscar candidatos alternos, un plan B, sabiendo que la candidatura de Paz y Paz tenía a un ejército en contra.

***

A Claudia Paz y Paz, su último día de trabajo como Fiscal, algunas secretarias y fiscales la despiden en la puerta del Ministerio Público con lágrimas. Afuera la esperan unas 70 personas, entre familiares de víctimas y defensores de Derechos Humanos, que le han hecho una alfombra de flores y agujas de pino para que camine, escalinata abajo, desde la puerta del edificio hasta la calzada en la que aguarda su vehículo. A medida que camina por la alfombra entre aplausos, le van saliendo al encuentro mujeres que la abrazan, le dan una o dos flores y le susurran palabras al oído. Abrazo tras abrazo Claudia, cara redonda, ojos pequeños, se va emocionando más y más hasta perder toda esa cáscara de frialdad de la que se reviste cuando representa el papel de Fiscal General. Ella también llora.

Benjamín Manuel, uno de los directivos de AJR, la asociación de víctimas de la guerra que se querelló contra Ríos Montt y logró sentarlo en el banquillo, asiste a la escena a unos metros de distancia, con el gesto de piedra que tienen mucho hombres de campo. Como si no escondiera emociones. Pequeño, más cerca de los 70 años que de los 60, tiene los zapatos y los bajos de los pantalones llenos de barro después de cuatro horas de viaje desde Baja Verapaz para estar aquí, en silencio, estos precisos minutos del viernes 16 de mayo.

Un paso detrás de Paz y Paz su hermana va recogiendo las flores, que ya forman un enorme ramo. Este día la Fiscal ha buscado el respaldo de su familia. Para ella encabezar el Ministerio Público, y sobre todo dejarlo, no ha sido solo un asunto de trabajo. Como para las personas que están aquí, la gestión de Claudia Paz no se mide solo en estadísticas. Es la mujer que derribó en el sistema de Justicia ciertas barreras simbólicas. Aunque en solo diez días algunas de ellas se levantaran de nuevo.

Paz y Paz llega por fin a su vehículo. Saluda, recibe un último abrazo y se oculta tras los vidrios tintados. El recorrido por la escalinata, unos 25 metros, ha durado más de un cuarto de hora. El vehículo arranca, desaparece. Benjamín se queda donde está, intercambia palabras con algunos conocidos, personas de la asociación, familiares de víctimas, y emprende el regreso a casa.

***

El Palacio de la Cultura es el símbolo del poder político de Guatemala. Está en el parque central y es perpendicular a la Catedral Metropolitana y la oficina de ODHA en la que trabajaron Gerardi y Claudia Paz y en cuyas columnas están tallados los nombres de todas las víctimas, muertos y desaparecidos, recogidos en el REHMI. Hay más de 200 invitados en el salón de las banderas, sentados en hileras de sillas a la espera de que inicie el protocolo. Casi todos son hombres vestidos con traje oscuro. En la octava fila hay una mujer con indumentaria típica Quiché. Es una diputada, me dicen. Suena música de marimba. Un minuto antes de que entren las autoridades llega al salón el expresidente Vinicio Cerezo, que reparte sonrisas y saludos según camina. Himno. Otto Pérez Molina toma juramento a la nueva Fiscal General, Thelma Aldana. Discursos.

La Fiscal habla de la búsqueda de la armonía social, afirma su “inquebrantable compromiso con la independencia del MP” y dice que continuará con las “acciones correctas” que pueda haber tenido su antecesora. Después de ella, el presidente de la República habla del magnífico trabajo que ha hecho Claudia Paz y Paz al frente del Ministerio Público. Insiste tres veces en que siempre respetó la independencia y autonomía de la Fiscal, en que el proceso de elección de la nueva fue transparente, en que es un gran día para la institucionalidad del país.

Paz y Paz solo se levanta de su silla en la mesa principal para abrazar a Aldana y dar la mano al presidente cuando cada uno termina de hablar. Ella también ha traído un discurso de despedida escrito, pero nadie la invita a leerlo.

***

Después del evento me reúno con Paz y Paz en el edificio del MP. Aún le falta cumplir con el trámite administrativo de entregar el despacho a su sucesora. Los estantes están ya vacíos. A la Fiscal saliente la acompaña, hoy también, parte de su familia. Han pasado cuatro meses desde nuestra anterior cita y espero encontrarla despojada de los corsés del cargo, más relajada y dispuesta a opinar libremente, sobre todo después de la catarsis emocional de ayer en la escalinata.

Pero no.

Con una sonrisa constante, con diplomacia, Claudia Paz esquiva cada una de mis invitaciones a que dimensione el año que ha pasado desde la sentencia contra Ríos Montt, y las evidencias de que los sectores que forzaron la repetición del juicio siguen en pie de lucha. Le hablo del punto resolutivo del Congreso y del intento por inhabilitar a Yassmín Barrios, que podría ser considerado una amenaza a quien deba presidir el segundo juicio. Ella se mantiene en el plano de la valoración jurídica y califica de “sorprendente” lo primero y de “sumamente delicado” el ataque a Barrios. La sanción del Colegio de Abogados a la jueza le parece una aberración jurídica.

—Si el día de mañana la Corte Suprema emite una sentencia que no le guste a este grupo de abogados, ¿igual le podrían poner una sanción y pretender que dejaran de ser magistrados de la Suprema? —dice.

Es especialmente lacónica al hablar de su caso, de su destitución tácita. Oculta su enfado.

—¿Claudia, qué hizo para enojar a toda esta gente?
—En todos estos años el Ministerio Público hizo su trabajo. Es un proceso. Algunas personas sentirán que las sentencias protegen sus intereses y otras que no.
—Parece que quienes se sienten afectados tienen mucho poder en este país.
—Yo creo que por primera vez sí se juzgó a sectores, a personas, con poder.
—¿Cree que a esos sectores les ofendieron más los casos contra políticos corruptos o el juicio a Ríos Montt?
—Sin duda los grupos afines a Ríos Montt y a Rodríguez Sánchez hicieron un trabajo público para que se escuchara más su voz que la de las víctimas… Y hubo una reacción política en mi contra, está claro. Se han presentado más antejuicios contra mí en estos cuatro meses que en los tres años anteriores.
—Y finalmente no la reeligieron.
—La ley obligaba a los comisionados a puntuar los valores académicos, éticos, profesionales de los candidatos, pero de ahí ellos podían levantar la mano o no para seleccionarte. ¿Cuáles son las razones por las que no levantaron la mano en mi caso? No te lo puedo decir, no lo sé.
—¿Cree que el presidente de la república tuvo que ver en eso?
—El presidente siempre respetó la autonomía del Ministerio Público.

En nuestra entrevista de enero, Paz y Paz dijo que sostener las transformaciones en el MP dependería de que, tras su marcha, llegara una persona comprometida con el Estado de Derecho. Decía que lo importante es que a su sucesor o sucesora la eligieran por méritos. Thelma Aldana es, en ese sentido, una figura confusa, con luces y sombras en su pasado. En 2009 era una de los candidatos a la Corte Suprema a los que la CICIG acusó de estar controlados por el rey el tenis. Las críticas de Castresana contra ella fueron durísimas en aquel momento: “Aun cuando (…) la tabla de gradación tiene como objetivo seleccionar candidatos con un alto perfil, en el caso de la magistrada llama la atención la calificación que obtuvo en los siguientes rubros. Méritos de proyección humana: CERO en Participación en organizaciones y asociaciones civiles, CERO en Defensa del Estado de Derecho, CERO en Pro Derechos Humanos, CERO en Defensa y Promoción de Multiculturalidad…”

Aun así obtuvo la magistratura y en sus cuatro años en la Corte Suprema no recibió malas críticas. Claudia Paz pide darle el beneficio de la duda:

—Hay que esperar. Ella ejerció el cargo de presidenta de la Corte Suprema e hizo un trabajo muy importante a favor de las mujeres víctimas de violencia. Hay que esperar.

En un intento por que evite respuestas protocolarias, le recuerdo a Paz y Paz que ya puede decir lo que piensa porque ha dejado de ser Fiscal General. “Lo soy hasta las 4 de la tarde”, me responde con una sonrisa. “Entonces denos esta entrevista a las 5”, bromeo.

Ella encaja la burla pero no cede. El único momento en que logro romper su coraza es cuando destaco que hace dos días, 48 horas antes de irse del MP, logró la captura de Jairo Orellana Morales, un poderoso capo local de la región de Zacapa, especializado en dar tumbes de droga y vinculado, según informes de Estados Unidos, a los Zetas. Ahí sí, Claudia Paz sonríe de oreja a oreja, el rostro se le estira hasta casi cerrarle los ojos y se suelta a comentar el caso. El resto del tiempo responde con extraordinaria prudencia.

—¿La justicia aún hay que hacerla en Guatemala midiendo las consecuencias políticas de cada paso?
—La justicia hay que hacerla porque es lo que manda la ley y porque es lo que reclaman las víctimas.

Que salga del Ministerio Público no significa que Paz y Paz esté abandonando el tablero. Planea regresar a la academia, dar clases en una universidad en Washington, incidir desde allí, tal vez volver algún día. Por eso mantiene la cautela al hablar. Y no son sus únicas precauciones.

No lo sabré hasta dentro de dos semanas, pero Claudia Paz va a abandonar el país en avión esta misma noche. Ella y su equipo saben que, una vez despojada del fuero, las solicitudes de antejuicio contra ella se han convertido en denuncias, y temen acciones legales en su contra. Les han llegado, incluso, fuertes rumores de que las autoridades pretenden detenerla mañana domingo o el lunes. Sería un escándalo pero no están dispuestos a asumir el riesgo. Una vez fuera del cargo, la Fiscal General que logró condenar a Efraín Ríos Montt no se va a quedar en Guatemala ni cinco horas.

***

El vehículo se deshace por fin del tráfico de la capital y toma camino hacia el nororiente del país, hacia Nebaj. Son casi las diez de la mañana. Hoy 30 de junio es en Guatemala el día del Ejército, que antes se celebraba con una parada militar en las principales avenidas de la ciudad. Antes. En 2008 el Gobierno se rindió a la presión de las organizaciones de hijos de muertos y desaparecidos, que boicoteaban los desfiles e hicieron del 30 el día de memoria. Ahora los actos militares solo se celebran en los cuarteles y las calles del centro están llenas de murales e interminables mosaicos de fotos de desaparecidos, que permanecen en las paredes todo el año, todo el tiempo. En un muro de la Zona 1 alguien ha graffiteado: “Memoria, territorio en disputa”.

Hace un mes, el 10 de mayo, se cumplió un año desde la sentencia por genocidio. Pese a la anulación, tanto en la capital como en algunas aldeas del Quiché se conmemoró el día. En Chajul, uno de los tres municipios del departamento del Quiché que, con Nebaj y Cotzal, configuran el área Ixil, se reunieron algunos centenares de personas de toda la región para comer, dar testimonios y honrar con flores el día. Si antes se fingía que hay una sola Guatemala, desde la sentencia es más evidente que nunca que existen, en el debate sobre la historia y la justicia, al menos dos.

A los lados de la carretera los pueblos ocupan por unas horas el paisaje que antes era urbano pero terminan desapareciendo para dejar ver solo campo y bosques. Al timón está Allen González, que a finales de los 70 trabajó en Cáritas diocesana en Santa Cruz del Quiché junto al obispo Juan Gerardi. Tuvo que dejar la región cuando Gerardi, acorralado por las muertes de parroquianos y sacerdotes y tras escapar de dos atentados en su contra, decidió cerrar la diócesis. No solo irse él sino cerrar la diócesis. Allen creó en los 80 la Iglesia Guatemalteca en el Exilio y terminó regresando a finales de los 90 para trabajar en proyectos productivos con comunidades ixiles.

Es pesimista sobre el futuro. Toma la salida de Claudia Paz como un mensaje de que vienen tiempos malos para quienes exigen justicia por los crímenes de la guerra. Aun así, dice que el juicio sirvió para demostrar que no es la gente de las comunidades, de las aldeas indígenas, la que rehúye a la justicia, sino que es el mismo poder que elaboró las leyes el que las esquiva cuando la justicia no es esa que se fabricaron a medida.

—Este es un camino largo, que apenas está comenzando —dice.

Atravesamos el cantón Santabal. Allen me cuenta que a un par de kilómetros de la carretera hay dos pequeñas comunidades en las que ha llegado a contar más de 80 viudas de desaparecidos o asesinados en los años 80. Un poco más allá, me señala una enorme casona rodeada de muros blancos

—Esa la convirtieron en casa de tortura. En esos días los soldados subían a los buses encapuchados y se llevaban a quien querían para interrogarlo durante días.
—¿Tú crees que va a haber segundo juicio a Ríos Montt?
—No. Yo creo que van a darle largas al asunto hasta que se muera el señor. Van a estar en ese juego interminable que siempre se hace aquí. Además, está esa idea de que llegar a un juicio es dividir el país.
—(…)
—Tiene gracia, fijate. Pareciera que en Guatemala la injusticia une más que la justicia.

Llegamos a Nebaj, el pequeño pueblo que simboliza la represión contra los ixiles. En la plaza central, frente a la iglesia, se hacían los fusilamientos. Aun así, por años acá gobernó el FRG fundado por Ríos Montt y después el Partido Patriota. A esta plaza llegó, durante los días del juicio, Otto Pérez Molina con ropas típicas ixiles, a entregar sacos de comida. La guerra dividió a los ixiles entre quienes se refugiaron en el casco urbano bajo la tutela del Ejército y quienes huyeron a las montañas a malmorir de hambre y pasaron a ser considerados guerrilleros. Veo en un muro tras la iglesia una pintada de la Mara Salvatrucha. Hace unos días supe que Nebaj es el municipio con la tasa de suicidios adolescentes más alta de toda Guatemala. Si el pasado ixil es terrorífico su futuro también es sombrío.

***

Desde que conocí a Gaspar Velasco en 2010 le he escuchado decenas de veces enumerar el nombre de sus tres hijos asesinados durante el periodo de Efraín Ríos Montt: Miguel Velasco Hermoso, Francisco Velasco Hermoso, Juan Velasco Hermoso. En total perdió a nueve familiares, padres, hermanos, hijos, durante la guerra. El Estado de Guatemala, como parte de su política de reconciliación y sus medidas de resarcimiento, le ha compensado por dos de ellos. Es el límite. Puedes arrastrar 10, 20 muertos, pero solo se pagan dos muertos por familia. Cuenta que le dieron 44 mil quetzales, unos seis mil dólares. Los gastó en comprar tierra para cultivar. La otra que alguna vez tuvo la perdió cuando dejó su aldea, Bijolóm, huyendo del ejército.

También la casa en la que nos recibe la ha levantado en los últimos años con bloques de hormigón y láminas de aluminio entregadas por el Gobierno. A aquellos a quienes el ejército les quemó la casa en los 80 el Estado les ha dado materiales para construirse una casita de suelo de tierra y techo delgado, como las que se apelotonan en las zonas marginales de cualquier ciudad centroamericana.

El caserío La Libertad, 25 kilómetros al norte de Nebaj, era hace cuatro años todo de madera. Ahora está lleno de esas casas de bloque, aunque los más jóvenes, los que hace treinta años eran demasiado niños como para perder una casa propia y no han recibido ayuda del Estado, siguen viviendo entre tablones. Hablo de los jóvenes que se quedaron. En el centro de la comunidad hay una cuadrilla de obreros en un foso, levantando cimientos para la que será por mucho la casa más grande y moderna de La Libertad, de dos pisos y con instalación eléctrica completa. Es de una familia cuya hija migró a Estados Unidos.

Gaspar es un viejo bromista y de risa desdentada. Es de los pocos que habla español en la Libertad. Fue directivo de AJR pero poco antes del juicio delegó en otro vecino. Aun así, fue a testificar contra Ríos Montt y pasó semanas asistiendo día tras día a las audiencias. El día de la sentencia le vi sonreír por horas sin euforias, como quien ve un trabajo bien hecho. No había tenido oportunidad de hablar con él desde aquel día.

—¿Se sienten ustedes derrotados porque se anuló el juicio?
—¿Cómo vamos a estar débiles si pasamos lo que pasamos y sufrimos? Ellos tienen dinero y saben que nosotros somos pobres. Eso ha pasado. Pero todos los internacionales ya conocen los hechos. Todo el mundo sabe lo que Ríos Montt hizo. ¿Cómo vamos a estar débiles si ya fuimos dos veces al tribunal?

A veces es como irreal hablar con las víctimas que mantienen en pie la causa por genocidio. No hay en ellas resquicio para la derrota. Es como si midieran el éxito y sus plazos en un baremo distinto. En “Guatemala las líneas de su mano” Luis Cardoza y Aragón escribió que para los indígenas mayas el tiempo no existe. En el camino, Allen me ha dicho que la clave para entender a los ixiles es que no viven en ellos mismos sino en la comunidad, y por tanto su meta es el futuro de la comunidad, no el propio. Supongo que eso alimenta a un Gaspar que se muestra incombustible a sus 70 años.

—Siempre hay personas. Se desaniman. Pero no todos —dice Gaspar—. Los que damos testimonio sabemos que llegará el momento en que cambiemos la ley, en que cambiemos Guatemala. Porque aunque me quiten la vida esto no es para mí, es para Guatemala.
—¿Y qué dicen los jóvenes ixiles?
—Antes decían “no sabemos qué fue guerra, no sabemos qué pasó”. Pero ahora están sabiendo porque hay un libro de la sentencia. Eso ha servido. Los jóvenes saben ahora que no les mentíamos cuando les contamos qué pasó.

Gaspar me asegura que si se repite el juicio volverá a ir a testificar. A un lado suyo de pie, está Tomás Raimundo, que también dio su testimonio ante Yassmín Barrios. Al otro, como un Quijote flaco y oscuro, se para Francisco Matom. Solo habla ixil, pero con la ayuda de alguien más una vez me contó cómo vio arder el cadáver de su hermano en 1983, a la orilla de un camino. Como la mayoría de vecinos vive de sus cultivos y no falta nunca a una reunión en la que se hable del juicio, de movilizarse contra la explotación minera en la zona o de reparar la fuente. Le conozco como un hombre de ideas punzantes, de pocos rodeos:

—Ahora todos saben qué pasó —ha dicho—. Ahora hasta nuestros niños saben qué pasó. Y lo que pasó no se puede anular.
—Entonces —le pregunto de nuevo a don Gaspar—, ¿el juicio sirvió aunque lo anularan?
—¡Ay dios! El libro regó la verdad por toda Guatemala, no solo en Huehuetenango, no solo en el Quiché. Ya todo el mundo sabe cómo ocurrió todo, cómo fue el genocidio.
—¿Y si Ríos Montt muere antes de que lo condenen?
—Si muere sin el juicio, el mundo ya sabe lo que pasó y toda Guatemala deberá sentirse condenada.

Francisco usa otras palabras para expresar lo que queda, lo que ya nadie, aunque en ciudad de Guatemala se termine por archivar un proceso judicial, se destituya a una jueza o se sustituya a una Fiscal General, puede cambiar. Ajeno a los pulsos de poder, a los miedos de las élites a perder el control del país, Francisco se recuesta en la pared y emite su propia sentencia:

—Que yo me muera o Ríos Montt se muera ya no importa, porque está su familia, y está su historia, y está su conciencia.

Detrás de la puerta cerrada está Laura Bozzo. Tiene un vestido de noche color rosa, las piernas descubiertas y zapatos dorados que brillan y se adhieren al piso con suave contundencia. Sonríe a la cámara en cuclillas. Más tarde, cuando ella observe la fotografía en una pantalla, dirá que se ve muy puta y descartará la toma («ésa no es mi imagen»), pero ahora ella es pura felicidad. Tiene un reloj de oro que resplandece por efecto de los reflectores. No se sabe si el reloj da la hora correcta pero, visto de lejos, es un bonito símbolo del tiempo, aunque también podría leerse como un recordatorio de que la estrella de televisión lleva dos años encerrada y, por lo tanto, la manecilla corta ha dado unas 17,500 vueltas desde que la detuvieron. Laura Bozzo siempre ha vivido en una burbuja que otros vigilan, pero el encierro físico pertenece a una dimensión para la que nadie está preparado. He llegado a verla a su estudio de grabación donde vive en arresto domiciliario, esa suerte de cárcel desde donde se transmite su reality show por la cadena Telemundo. Está encerrada aquí acusada de recibir tres millones de dólares de Vladimiro Montesinos, el mafioso hombre de inteligencia del ex presidente Alberto Fujimori. Estoy en la sala principal. Arriba, dominándolo todo, un letrero que dice Laura con letras doradas es un primer símbolo del imperio. Debajo del letrero, jugando con la laptop del escritorio, está Christian Suárez, el novio argentino de la diva: nariz larga, redondos ojos marrones y una expresión general de buena gente. Laura tiene cincuenta y tres, y Christian tiene veintiocho, aunque en la foto de la pareja que está junto a la computadora portátil una extraña conjunción de artificios visuales hace que se vean de la misma edad.

Laura Bozzo se mueve y sus largas extremidades se ven sueltas, elásticas, ágiles: parecen formar parte de un itinerante aparato de propaganda muscular que tiene por objetivo convencerte de que, pese al encierro, a Laura la vida no la abruma, y que camina ligera porque no tiene culpas que cargar. Luce delgada, regia. Han pasado tres años desde que se hizo la operación de aumento de busto y glúteos, y muchos más desde que se mandó a desaparecer aquel lunar de carne que refulgía, imprudente, al lado de su boca en sus primeras apariciones televisivas. Ahora saluda efusivamente al fotógrafo, un profesional fashion que suele retratar a las modelos más perfectas del Perú. En la sala contigua, hay un apretado gimnasio en donde resalta un aparato que sirve para engrosarle las piernas. Lo usa tres veces por semana, de cuatro a seis de la tarde, bajo las instrucciones de un personal trainer. Laura Bozzo cuida mucho su figura. No llega a los extremos de cuando tenía veinte años, tiempos de anorexia en que sólo comía una manzana al día, pero la sigue cuidando con dedicación. Todos los días bebe las claras de veinticinco huevos crudos. «Me ha cambiado la masa muscular», dice.

Nada de eso debería causar asombro. Verse bien es parte de su trabajo, y Laura Bozzo es, ante todo, una profesional. Hay energía en sus ojos cuando comenta lo que ha hecho para conseguir la figura que tiene. Vigor, método, tenacidad. «Si comes harina, cómela con verduras. No mezcles nunca proteína con carbohidratos, ni con dulces. La proteína en la noche hace que tu organismo queme la grasa. Cuando no comes proteína en la noche, en cambio, la grasa aumenta. La gente cree que comiendo fruta en la noche va a adelgazar y mentira: el cuerpo genera más grasa porque siente que le falta». Imagino a Laura Bozzo mientras duerme plácidamente y alguna especie de fuego interior lucha contra ciertas células. Cuando la detuvieron, en julio del 2002, y empezó el arresto domiciliario, ella mandó a colocar un colchón en el piso para dormir. Creía que la orden judicial iba a ser temporal. Al cabo de ocho meses, su novio la convenció de traer una cama. A veces, cuenta, tiene pesadillas con los casos de su programa. También suele soñar con el mar. Ha dormido más de 700 noches aquí.

***

Es media tarde del día 724 de cárcel televisiva. Laura Bozzo está mansa y silenciosa en medio de su set. No lleva zapatos, está echada y rendida sobre una alfombra, y tiene su mano entrelazada con la de su novio Christian Suárez. Ha dejado de ser peligrosa. Las tribunas de madera que corresponden a su público están vacías, y en vez de cámaras hay obreros en cuyos cascos de protección se lee una L que los identifica, y que está repetida en la pared central. Nadie grita. Nadie llora. Nadie dice yo no fui, señorita Laura, esa plegaria recurrente que se ha trasladado al imaginario cotidiano de venezolanos, colombianos, portorriqueños, mexicanos: una de esas cosas que algunos recuerdan cuando no hay nada que hacer, como cualquier tic del Chavo del Ocho. Una periodista venezolana que no se pierde un programa de Laura me dijo que cuando alguien de su grupo de amigos en Caracas llega tarde, los otros se voltean, alzan los brazos y dicen: «Que pase el desgraciado», imitando la furiosa pantomima de la conductora. También me narró de memoria un programa en que una viejita se entera de que su nieta era una pepera. Mi amiga no sabía qué quería decir pepera, pero gracias al show lo supo: una muchacha atractiva que roba a los hombres poniéndoles un somnífero (pepa: pastilla) en el vaso. Una cámara oculta mostraba a la nieta en acción en un local nocturno. Abuela y niña peleaban en el set, y más tarde irrumpía súbitamente el sujeto que había sido víctima de las pastillas. «Me encanta la música que ponen cuando entra él. Es magnífica», me dijo la venezolana.

Pero nada de eso ocurre ahora en el estudio de Laura Bozzo. Sólo hay un ruido de taladros en el plató por el que Telemundo dice haber gastado dos millones de dólares. La Bozzo está relajada mirando arriba, y su entrecejo es una planicie blanda que no pronostica tormentas. Su sonrisa, amplia, es una superposición de lecciones aprendidas e implantes. Recibe el flash del fotógrafo con la misma disposición con la que recibiría las olas del mar en la cara. Flujo continuo de bienestar. Es sábado. Vuelvo a la sala y veo que Christian Suárez pone en la laptop su nuevo disco, producido en Argentina por José La Mona Jiménez, una máquina de hacer discos considerado el cordobés más famoso del mundo. Play. «Abusaste de la vida / abusaste de esa niña / tu sed saciabas a oscuras». El novio dice que la canción está basada en casos reales de violación que aparecen en los periódicos. Cambia a otro tema. «Y si te fui infiel, me olvidé quién era / y si he sido infiel, me olvidé de ella». La música es fuerte, pegajosa. Luego viene un homenaje: «Se siente, se siente / Laura está presente / Se siente, se siente / se siente su amor / protege a los pobres y a los desamparados». Pero el clímax del disco es maravilloso. El novio ha tomado grabaciones de la voz de Laura Bozzo en pleno programa y les ha agregado una orquesta, y un coro musical que canta parodiando a los panelistas y al público. «Señorita Laura / Señorita Laura», dice el coro antes de pasar al enardecido «Como un perro, ¡fuera! / Como un perro, ¡fuera!», ese grito final que la animadora lanza después de emitir su veredicto contra un miserable (un hombre, siempre) que entonces debe largarse. En el disco, la voz de la conductora suena como un instrumento musical maligno, sí, pero que encaja gloriosamente. «¿Quién es el padre de esa criatura?, a ver habla, pues. ¡Habla!». También se escucha el llanto de una panelista. Todo sobre un ritmo festivo que no se detiene.

Christian Suárez es un cantante pop de la bailanta argentina que llegó de Buenos Aires a Lima en 1999, cuando una fiebre de intérpretes lampiños –conocidos aquí como chicheros– alborotaba adolescentes y desafinaba el dial. Su grupo se llamaba Complot. Un día, fueron invitados a una edición especial de LAURA EN AMÉRICA, que por entonces era el programa top de la televisión peruana. «Noté que nadie le hablaba y me acerqué», evoca Christian. Unas semanas después, la conductora y el cantante montaron un sketch musical humorístico disfrazados de Olivia Newton-John y John Travolta en GREASE. Semanas más tarde, salieron de Batman y Gatúbela. Cumplen años en la misma fecha. «Como Michael Douglas y Catherine Zeta Jones», dice Laura Bozzo, súbitamente incorporada a la escena. Cálculo rápido: el mismo día de invierno en que Christian cumpla treinta y cinco años, Laura cumplirá sesenta. Será viernes.

En cambio, el cumpleaños cincuenta y dos cayó sábado y fue maravilloso. El cantante Ricardo Montaner arribó hasta el estudio en vuelo directo desde Venezuela. Montaner también solía encallar su yate en la casa que la Bozzo tiene en Miami, a unos cuatro mil kilómetros de distancia del estudio donde ahora está reclusa, y en el que ya ha consumido unas 17,500 horas/mujer de su hasta entonces libérrima existencia. No es para reírse. Antes de dejarte llevar por el bizarro goce estético de ver a una estrella de televisión encerrada, detente: piensa en los dos últimos años de tu vida. Rebobina veinticuatro meses y aprieta play. Ahora imagina todo ese tiempo en una locación única. Sin salir. Laura insiste en decir que ella vive feliz porque su conciencia está tranquila y que su reclusión es un alimento para el espíritu. Sin embargo, por momentos, se le escapan ráfagas de desesperación: «¡Estoy acá jodida mientras todos los ladrones de la mafia de Montesinos están en la calle!», clama. Christian asiente. Siempre asiente. «Da bronca saber que no podés de repente salir a la calle, porque si salís empiezan a especular si la dejé o no la dejé. Eso psicológicamente a ella la afecta». No da detalles de tales lesiones psicológicas. Puede que tenga algo que ver con las visitas que le hace Fernando Maestre, un famoso psicoanalista de la radio. La Bozzo vuelve a sonreír altivamente como volteando la página. Siempre decide cuándo hay que voltear la página. Ambos están comiendo juntos, y me percato de un detalle: desde donde está sentada, a Laura Bozzo le basta ponerse de pie, caminar dos metros, abrir la puerta, bajar cinco escalones y allí está: su estudio de grabación, la ventana por la que ingresa a millones de hogares, como un consuelo al hecho de que en la vida real no pueda salir del suyo.

El ruido de taladros no cesa. Ver el set de Laura Bozzo sin gente es como ver un coliseo sin leones. Es una quietud honda, alimentada por la melancólica geometría de las cosas inútiles. Ella, sin embargo, parece sentirse muy bien acostada, tomándose fotos. «Es su altar», había especulado Cecilia Cebreros, productora de su programa entre 1995 y 1999. A Cebreros se le iluminó la cara cuando le hablé del set de televisión, cuando le dije que, así como antes, la conductora se presenta ante cámaras bajando de una enorme escalera. «Laura baja con su tremendo tamaño, un metro setenta y cinco que se convierten en un metro ochenta con tacos, y se para frente a sus humildes panelistas, quienes, por supuesto, están sentados. Esa disposición no es gratuita. Eso le da poder. Es Dios. La idea es ésta: yo bajo y te digo a ti que no sabes ni mierda, te condeno». Laura Bozzo sigue posando para las fotos en el estudio. La pegajosa canción de Christian continúa sonando en mi cabeza.

—Como un perro, ¡fuera!, ¡fuera! Como un perro, ¡fueeeeera!

De pronto un gran danés negro entra en el estudio por uno de los pasadizos destinados a la presentación de los «casos», imitando la irrupción en escena de un panelista. Es un perro negro y se llama Blacky. Los obreros, que han visto más de una vez el programa, se ríen del fortuito juego semiótico. Veo a Blacky entrando al set con la lengua rosada afuera, perrunamente despreocupado, y pienso: él no sabe que su dueña llama perros a los hombres abusivos, a los violadores, a los padres en fuga. Pero conoce algo más valioso: la libertad. Lo he visto una mañana en el parque enorme que está a dos manzanas de la casa-encierro. A un hombre le pagan por llevarlo hasta allá. Cuando los vi, ambos la pasaban bien sobre el césped. Lejos, en el estudio de TV, comenzaba el día 641.

***

En la oficina del primer piso, donde a veces me toca esperarla, hay dos hombres. Uno tiene bigotes y juega Solitario en la computadora. El otro es un tipo moreno, de escaso cabello, patillas, y una morfología craneana similar a la de un foco de luz. Se dedica a comer choclo. Lo veo luchando con la coronta y su rostro se me hace familiar. Se llama Hugo Vente. Ha sido el chofer de Laura Bozzo durante más de diez años, y ahora ha tenido que reemplazar ese trabajo imposible por el de guardia de seguridad. Echa la coronta rapada al tacho de basura y pienso en lo que alguien me ha dicho: este hombre podría escribir un libro y hacerse millonario. Vente es el leal servidor que ha convertido su humanidad en una extensión psicomotriz del sistema nervioso de su jefa. Cuántas veces aceleró. Cuántas veces frenó de golpe para socorrer a un indigente que se pegó al vidrio del vehículo. No es falsa la leyenda de una Laura Bozzo recogiendo a desahuciadas almas en pena. En 1998, en pleno apogeo de su programa en América TV, creó la ONG Solidaridad Familia, una institución dedicada en principio a atender casos de mujeres maltratadas, pero que pronto, por iniciativa de la conductora, empezó a recibir otra clase de visitantes. «Laura era capaz de recoger de la calle a una mujer que apestaba por las heridas», afirma una psicóloga que trabajó en esa institución. El local de la ONG funcionaba en el edificio donde se grababa el programa. La psicóloga recuerda: «Estábamos trabajando y, de pronto, llamaban de seguridad diciendo “Laura tiene un caso”. Bajábamos como locos, porque, si te demorabas, podía putearte. Y allá abajo estaban ella, el chofer y el caso. “No te preocupes, ellos te van a atender”, decía Laura, y juah, nos lo dejaba».

—¿Y qué pasaba después?
—Se iba, se olvidaba del tema. Buscaba a su maquillador, su teléfono, su guión, y ya. Nosotros teníamos que resolverlo.

Laura Bozzo es una máquina de prometer cosas. Trabajar con alguien así es saber que vives rodeado de diminutas bombas de tiempo. Su actual productor, el venezolano Miguel Ferro, lo confirma de algún modo. «Es increíble ver cómo es Laura con el dinero. Es un desastre. Algo puede costar cien dólares, y si lo necesita el niñito ¡hay que buscarlo pues!», dice, con calculado orgullo promocional, haciendo énfasis en el lado humano de la animadora. En cambio, los profesionales de Solidaridad Familia de la época del gobierno de Fujimori no hacen énfasis en el lado humano, y prefieren recordar los hábitos demagógico-compulsivos de su jefa. «Ella siempre dijo yo te soluciono, yo me encargo, yo lo hago. Yo, yo, yo. Tratamos de combatir eso, pero ella no entendía», dice la psicóloga. Una vez, llegó una señora con un hijo que tenía el rostro desfigurado por quemaduras. «Ofrezco tratamiento para este niño», dijo Laura en su programa. Como Solidaridad Familia no tenía recursos, la estrategia del equipo era canjear tratamientos por publicidad con hospitales y laboratorios, aprovechando la popularidad del programa. El Hospital del Niño operó al menor. A los seis meses, su madre volvió. La piel de su hijo había crecido, así que había que operar de nuevo. No había dinero, pero la mujer dijo algo que muy pronto se volvería una queja recurrente: «La doctora Laura me lo prometió». Tuberculosos. Sidosos. Pacientes en espera de un órgano vital.

—La gente empezó a pedirnos cosas en las que no podíamos ayudarles. Decían: necesito sangre para mi mamá. Necesito un ojo. Una pierna. Las colas eran largas.

Antes de subir nuevamente al segundo piso de la casa-estudio-cárcel, observo al señor Vente una vez más. Cuánta información en reposo. En 1995, cuando Laura Bozzo aún no era famosa, el auto en que Hugo Vente la llevaba a ella y a su hija atropelló a una niña de seis años. Según la manifestación policial de la madre de la atropellada, Laura Bozzo dijo, ya en el hospital: «Por tu culpa, mi hija ha sufrido un estado de shock. ¿Quién la manda a tu hija a que se cruce?». La niña murió. Sobre esto, la animadora sólo contesta: «Ése es un asunto de mi chofer; no mío». Según otra ex productora de Laura Bozzo, la diva solía telefonear a la esposa de Vente para gritarle cuando él no aparecía. Quizás por solidaridad, todos recuerdan con cariño a Vente, un tipo simple, de pueblo, leal hasta los bigotes para con su jefa, aunque no ajeno a travesuras mínimas y extravagantes. Se necesitarán estudios posteriores para saber si es posible trabajar mucho tiempo con Laura Bozzo sin sufrir trastornos. Según personas del equipo de producción de ese entonces, Vente perpetraba una fechoría recurrente. Le gustaba acercarse a alguno de ellos y preguntarle: ¿Sabes cuántos años tiene la doctora?, ¿cuántos te ha dicho que tiene, ah? ¿Quieres saber? ¿Sí? Y dicen que en un clímax de suspenso casi televisivo, el chofer-guardaespaldas mostraba ese tesoro bidimensional que era la cúspide de su aventura: el documento de identidad de la jefa. Laura Cecilia Bozzo Rotondo. Fecha de nacimiento: 19 de agosto de 1951.

—Nací Leo con ascendente Leo. Siempre fui muy jodida.

***

Hay niños a los que les enseñan el valor de las cosas. Todo cuesta, nada es infinito, lo que haces siempre rebota en alguien, tus padres no serán eternos. Laura Bozzo no pertenece a ese montón. Cuando iba a visitar a su abuelo –recuerda– le quitaba la billetera y se iba corriendo a encerrarse en el baño. «Agárrame si puedes», decía. Vaciaba todo. Dice que jamás ha visto a otra niña manejando tal cantidad de billetes. Era un juego que a su abuelo no debía importarle mucho pues, en el momento de ir a las tiendas de ropa, le decía que se comprara todo lo que quisiera. Todo. «Mi cabecita no tenía límites», dice ahora entre las paredes de su encierro. Sospecho que dice eso porque le gusta que la vean así, que se la imaginen así. Es una confirmación del mayor capital que posee: Laura no actúa. Es la misma mujer sin escrúpulos que ven en la pantalla. «Siempre fui la misma loca de mierda», afirma. Lo que no hace explícito es que siempre hubo alguien listo para pagar los platos rotos, alguien dispuesto a apagar sus incendios.

Su mejor amiga de infancia la define como una mujer generosa. A Cecilia Merino se le viene a la mente la imagen de Laura administrando el quiosco del Sophianum, un colegio de monjas para niñas-bien. Dice que Laura Bozzo tenía una obsesión por demostrar que ella podía hacer algo distinto: no podía ser una administradora cualquiera. Les ofrecía más chocolates, más dulces. ¿Quieres uno? Toma dos. Toma tres. Toma. Toma. Toma. Por supuesto, el resultado era un descalabro financiero. A fin de mes, la madre de la niña Laura se encargaba de cubrir el déficit. En otra ocasión, la futura animadora se fue en yate con Merino y otras amigas. Manejó a toda velocidad por la costa de Ancón hasta embestir el yate donde se encontraba el presidente de la república Juan Velasco: cholo, nacionalista, organizador de una reforma agraria. «Todos lo odiábamos», dice hoy la animadora a modo de explicación. Su madre llegó a la comisaría para solucionar el problema. Sus nombres aparecieron en un periódico. Quedó terminantemente prohibido que se vendiera gasolina a la niña Laura.

Pido a Cecilia Merino un episodio que para ella grafique la ternura de su amiga. Se pone a pensar un rato y recuerda el día de su matrimonio. Laura Bozzo, invitada de honor, agarró al flamante esposo de la cabeza y le dijo:

—Como no la hagas feliz, yo te mato.

Un álbum de fotos en blanco y negro registra esos días de inocencia. En la primera imagen, Laura luce tranquila sentada al borde del mueble, dispuesta a tomar su primer pisco sour. Tiene quince años. Hay algo enigmático en su mirada, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba en gesto de incipiente soberbia ante la cámara. Sostiene el vaso sin contundencia y es la única del grupo de chicas que no sonríe. Otra: Laura Bozzo carga en sus rodillas a un bebé cachetón que hoy tiene un programa de análisis económico en la televisión por cable. En otra foto, lleva botas negras hasta los muslos, y hace un gesto ladeado que no llega a la coquetería pero que trasciende la timidez, una expresión de esas que te dicen que lo más importante no es el momento congelado, sino lo que vendrá más tarde, dentro de un minuto o después de tres décadas. Los labios se abren ligeramente en un punto minúsculo, como si estuviera soplando algo. Son labios que dicen demasiadas cosas incluso en estado de inmovilidad, labios grandes o agigantados por una sombra perenne en el mentón, el mismo mentón que, décadas después, rellenaría con silicona. En la foto siguiente tiene unos trece años. Está cerca del mar. La brisa despeina un cabello que se acaba de teñir de rubio.

***

La había visto en persona por primera vez algunos meses atrás. Todavía era verano, y yo iba acompañando a un maquillador muy chic que tenía por misión dejarla hermosa. Laura Bozzo estaba frente a su espejo personal, uno de esos espejos rodeados por focos. Había mandado a pedir un abrigo Roberto Cavalli de cuero y se demoraban en traerlo. Gracias a Telemundo, la colección de Cavalli llega a sus manos un mes antes de que salga al mercado. Su novio Christian dice que es un privilegio sólo otorgado a súper estrellas como JLo o Madonna. Aunque Christian dice muchas cosas exageradas («estábamos en una firma de autógrafos en Chicago, se acercó una mujer con un niño autista, y de pronto al ver a Laura, el chico empezó a reaccionar»), un reportaje de THE SUNDAY MAGAZINE TELEGRAPH, de Inglaterra, confirma sus palabras. Ese día, sentada en su silla reclinable, Laura Bozzo empezaba a sufrir los efectos de la impaciencia. «¿Dónde está mi Cavalli de cuero?». En eso llegó una mujer. Laura volteó a mirarla. Fuego. Era la tarde del día 612.

—Mamita, si esto es cuero, mejor te vas tres meses de vacaciones, ¿no?

El carácter de la diva es impredecible. «Sus respuestas podían ser totalmente distintas dependiendo del momento en que le hablabas», recuerda la psicóloga de Solidaridad. Hoy ha pasado todo el día con dolor de muelas. Sólo me recibe cuando termina su sesión con un dentista delivery que vino a curarla. Por eso me habla con el cachete inflado. Carece de maquillaje. Me exige ser rápido. Sobre el escritorio, las lecciones de inglés que una profesora particular le da dos veces al día. Son ejercicios para completar espacios en blanco del tipo You shouldn’t, You must, esos verbos que en inglés sirven para decirle a alguien lo que debe hacer. Se prepara para lanzarse al mercado norteamericano. Sueña con una entrevista a Hillary Clinton. Aunque Laura suele hacer escarnio público de las mujeres humildes que soportan la infidelidad del macho («algo que jamás toleraría»), me dice que con Hillary Clinton actuaría distinto. «Hay mujeres que se regalan a un hombre poderoso para sacarle provecho», acota, repentinamente serena.

—No tiene ningún sentido que ella estalle frente a alguien inteligente. No funciona.

Ilustra su ex productora Cecilia Cebreros. La idea es simple: es muy fácil manipular las emociones de personas sin secundaria completa. La productora de TV no lo dice como una condena, sino como un mea culpa. «Todos los que hemos trabajado con ella nos hemos convertido en pequeñas Lauritas. Es que no ves gente, ves un material de trabajo». Cebreros confirma una vieja leyenda sobre el programa de Laura: en el estudio había duchas especialmente acondicionadas para que los panelistas no olieran mal. A un hombre lo bañaron cinco veces. Recuerda el anatómico problema que representaba conseguirles zapatos. «Es gente que toda su vida ha caminado en sandalias. Su talla no te dice mucho, porque los pies son más anchos de lo normal», dice. Cebreros también admite que ganó dinero con Laura. Dinero y poder. «En la época de Fujimori, yo tenía más poder que varios de los políticos que salían en la televisión». Admite que le bastaba decir que pertenecía a la producción del programa de la Bozzo. Se le abrían muchas puertas.

Laura Bozzo afirma tener ciento cincuenta y dos de coeficiente intelectual. No hay pruebas al respecto. El único indicio, además de su astucia, es su memoria prodigiosa. Lee algo y se lo aprende en minutos. «Es rapidísima, es increíble cómo se aprende todo lo que le dices», recuerda su ex productora. Imagino las lecciones de inglés siendo devoradas sin parpadear. Sigue hablándome de Hillary Clinton, pero de pronto veo que su mirada me abandona para centrarse, artera, en un punto de fuga situado detrás de mí. «Apágala», dice, y entiendo algo: una orden de Laura es como un rayo fulminante que te desarma, un proyectil áspero que no va al cerebro sino a algún escondrijo del sistema nervioso central, algo rápido e incomprensible que hace que mi dedo índice esboce un trayecto de veinte centímetros al aparato, pero con tal velocidad que presiono el botón incorrecto. Laura Bozzo sigue mirando a lo lejos. Alza la voz.

—Claaaro, ¿no? Como a una le están haciendo una entrevista, el chico se va a la calle –dice.

Christian se acerca a paso lento. Llega. Sonríe. Lleva una chaqueta negra y un gorrito blanco. Está impecablemente vestido, como quien se prepara para salir. De su cuello cuelga una cadena gruesa con una pequeña escultura de micrófono plateado. «Me estoy probando la ropa», dice. Laura lo mira: es como una madre severa en un rapto de comprensión. «Sí, ¿no? ¿Boludita soy yo?, ¿no?». Christian se sienta con nosotros. En silencio.

Los comentarios de la prensa que acusan a Christian Suárez de gigoló son maniqueos y fáciles. Sólo Dios sabe si él la ama de verdad, pero es innegable que el dinero no es el único móvil de la relación. Laura Bozzo es, en el sentido cabal del término, una fábrica de sueños. «Ella es como Maradona para mí», dice él, y ésas son palabras fuertes viniendo de un argentino. «Para mí es una fantasía, es como vivir en una burbuja». Dice que como fan siempre sintió tristeza de ver cuán inaccesibles eran sus ídolos: «Siempre hay un guardaespaldas que te dificulta las cosas», observa, y yo pienso en su contextura frágil y su andar de pantera rosa. En cambio, todo es distinto con ella. El jet set de Miami se acerca a Laura Bozzo, la saluda, la mima, le hace pensar que su trabajo es bueno. Ahora Christian abre un álbum de fotos. Es el día de la presentación de los premios Billboard del 2002. Foto con Ricky Martin. Foto con Christian Castro. Con Thalía. Con Marc Anthony. Con la fallecida Celia Cruz. «Nunca se vayan a dormir con una discusión de por medio», le recomendó Celia Cruz a la pareja. Azúcar.

—No es el caso del vivo que se enamoró de la multimillonaria conductora. Cuando la conocí, ella no era lo que es ahora. Hemos crecido juntos.

Dice el novio. Y sí, he visto ternura entre ambos. Un día, él estaba viendo en el cable una película con Meg Ryan. El peinado de la actriz le pareció perfecto. Cogió su cámara digital y capturó una fracción de la película. Imprimió la fotografía y dijo: «Esto quiero lograr con ella». El estilista de turno cogió el papel impreso. Laura Bozzo. Meg Ryan. Laura. Meg. He visto también cómo le canta canciones de amor improvisadas y dulces. «Ella sabe lo que yo soy para ella, y yo sé lo que ella es para mí. No tenemos por qué rendir cuentas a nadie. El día que, que, Dios no lo permita –y no lo va a querer–, pero el día que esto se acabe, ni ella me debe nada a mí ni yo le debo nada a ella, y está todo bien. ¿Entiendes? O sea, nadie se va a reprochar nada», dice Christian Suárez. Laura lo mira impostando confusión.

—¿A qué te refieres? –pregunta.
—No, yo decía… que mañana, hipotéticamente, cuando me vaya…
—A la mierda te vas a ir. A la tumba –interrumpe la Bozzo medio en serio y medio en broma, y suelta una risa de ecos tenebrosos.

Súbitamente, nota que yo también estoy en la mesa. Me mira. Pide disculpas.

***

Pese a las apariencias, Laura Bozzo no guarda rencores. Según Christian, una vez ella le dio una espléndida bofetada a alguien que pasaba por la calle y le dijo chibolera. Es decir, vieja verde. «Le volteó la cara», recuerda. También Laura es capaz de amenazar a una psicóloga de Solidaridad Familia con meterla a la cárcel sólo por un malentendido rutinario. O de pegarle a una monja en el colegio. Pero la ruptura definitiva, la enemistad compulsiva, es algo que no encaja en su perfil. Su lógica me recuerda a la de un dictador africano llamado Omar Bongo, quien dijo una vez que la política del perdón era su mejor venganza (no por casualidad es el tirano más longevo de África). Hace un tiempo, Laura Bozzo marcó el número de Fernando Vivas, el crítico de televisión más influyente del Perú, un hombre que la ha hecho trizas, sistemáticamente, en columnas y reportajes que retratan a la animadora como una explotadora de la miseria humana y el asistencialismo más ruin. Simplemente, cogió el teléfono. «Fernandito», le dijo. «Puedo abrazar a mi peor enemigo, al que me ha hecho cosas horribles», me explica ella. Demasiados periodistas han escrito sobre la naturaleza peligrosa de sus fuertes abrazos.

Pero Laura Bozzo es una buena madre. A pesar de la fama, mima a sus dos hijas con una atención obsesiva. Una psicóloga de Solidaridad Familia recuerda que la Bozzo tenía una asistente personal a la que le pagaba ciento cincuenta dólares mensuales de su bolsillo. Era una mujer que vivía en un barrio pobre de las afueras de Lima. Pero el canal se atrasó dos meses en los pagos del personal. La mujer, desesperada, pidió a Laura un adelanto. Error. «¡No tengo plata!, ¿acaso no sabes que no me han pagado?», le dijo, según la psicóloga. También me dice que no fue eso lo que más le chocó, total, no había plata, sino lo que sucedería minutos después: la conductora sacó de su bolsillo doscientos dólares y se los dio a su chofer para que llevara a sus hijas a un parque de diversiones llamado Daytona Park. Conozco el parque. La pasas de maravilla con veinte dólares. Laura Bozzo dice que prefiere ser amiga de sus hijas, que nunca las juzgaría. Eso sí, durante mucho tiempo las obligó a ver su programa. Es una madre franca, que les habla de la vida frontalmente. Hace unos meses su hija mayor vino a Lima a visitarla. Al ver de cuerpo entero a su madre, le dijo:

—Me traumas, mamá. No puede ser. Tú eres mi mamá, yo tengo que estar mejor que tú. ¡Pero tú estás mejor!
—No jodas, pues hija. No tragues y vas a estar mejor que yo.

Ahora Laura Bozzo come un plato a base de centollo y yo no puedo evitar pensar que esta mujer encerrada siempre tuvo lugares especialmente acondicionados para sentirse libre, para perpetrar todas sus locuras asistidas. De niña tenía el departamento de su abuelo en Ancón –un balneario de la oligarquía de esa época–, donde pasaba casi todo el verano. En invierno se la llevaban todos los fines de semana a San Bartolomé, un lugar campestre en la sierra de Lima donde el día es claro y el cielo azul, un lugar en el que una vez trepó en burro tratando de llegar a la cima del cerro (al final, el burro se detuvo a la mitad y tuvieron que llamar a sus padres). Una constatación climática me asalta: Laura Bozzo nunca tuvo que verse obligada a dejar de ver el sol. Ahora termina de almorzar al final de una gris tarde de julio. Por las ventanas se cuela una luz moribunda, blanquecina y fea, que apenas llega a definir los contornos interiores, como aquel televisor de sesenta pulgadas que descansa al lado del oscuro gimnasio. El televisor está apagado.

1

El último vuelo de La Nica, la línea aérea del dictador Anastasio Somoza Debayle, despega sin problemas. Ahí, con Carmen Marina, su hija de nueve años sobre las piernas, pegado a la ventanilla y con los ojos encharcados, va el compositor Adán Torres, presintiendo que ésta será la última vez que podrá ver la cornisa oriental del Xolotlán. El desdichado lago que en forma de ocho se exhibe extrañamente limpio, pero desolado.

A un lado Marina Moncada, su mujer, con el cutis barnizado por las lágrimas resecas y acurrucando a María Verónica, su otra hija de ocho años, percibe la tristeza de Adán, y desatendiendo la propia, lo consuela: “vamos a volver, vamos a volver algún día”.

Horas antes, en el aeropuerto Las Mercedes de Managua, la pareja creyó que sería imposible salir del infierno en que se había convertido aquel país inevitable.

2

Es la tarde del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve: un día aciago y claroscuro para unos; alegre y luminoso para otros.

La aeronave va repleta de niños, ancianos y mujeres y hombres abatidos. Han sido desplazadas las butacas de la parte final del avión para acomodar a cinco oficiales heridos de la Guardia Nacional de Somoza, que se quejan insonoros; solamente arrugan los rostros mientras soban los vendajes supurantes y llaman sin parar a las azafatas que hacen de enfermeras. Uno de ellos es conocido de Adán desde los tiempos de estudios en el Colegio Bautista.

“La escena era dantesca”, diría su esposa Marina décadas después.

Algunos pasajeros ríen nerviosos, quizás celebrando una segunda oportunidad. Parece un arca donde los ejemplares que perpetuarán la especie tras la hecatombe son salvaguardados.

Adán baja la persiana plástica. Se desinteresa de la panorámica y rememora la persistencia de su mama Carmen; el privilegio de poder decir tengo dos padres; la imagen de un venadito balaceado que desde los quince años le indujo el amor por la cacería; los viajes post terremoto a la casa de su papa Humberto en Estelí; y la alegría de sus alumnos y colegas en el Instituto Tecnológico de Granada.

Evoca las visitas a Marina, las tardes compartidas de matinée y la primera vez que advirtió su perfil blanquecino parecido (pero mejor delineado) al de Jackie Kennedy-Onassis.

También se acuerda de la íngrima noche en California cuando creyó abrazarla, llenarla de besos, de caricias ansiosas y mustias; cuando todo era claro, certero, real y luego, como en un relato fantástico despertó y solo estaba la maldita almohada. Se ve concentrado en la página donde escribió la primera estrofa de una extraña canción sin coro o estribillo que repetir.

Una tonada unidimensional. Ascendente como ola.

Unigénita.
Perfecta.
Su Almohada.

Pero lejos está de augurar que aquella canción ignorada en el Festival OTI Nicaragua 1977, llegaría a ser una de las composiciones imperecederas de la música popular en español, y una de las tonadas más interpretada por artistas como José José, Mark Anthony, Cristian Castro, Tito Nieves, Pepe Aguilar y otros, porque ahora, en el vuelo que lo aleja de su tierra, su mente se enreda en los despropósitos de las últimas horas.

3

Había trasladado a su familia al aeropuerto el día dieciséis por la tarde desde su casa en Piedra Quemada, con las balas silbando sobre su cabeza. Todos, incluso su padre biológico, don Efraín Huezo, que fue con la misión de regresar con el carro a casa, habían viajado aterrorizados.

Llevaba cuatro pasajes que su hermano mayor le había remitido desde Los Ángeles, sin embargo al llegar al aeropuerto, supo que en los pocos vuelos que faltaban ya no quedaban asientos disponibles. En el vestíbulo de la terminal, la escena mostraba rostros ojerosos y suplicantes. Todos buscaban un sitio. Familias enteras se abrazaban entre plegarias y rezos.

Querían huir.

Volar.

Escapar de aquel armagedón.

Agobiado, con su familia guarnecida tras su porte gigante y patriarcal, Adán no pudo perdonarse el haber esperado tanto tiempo para escapar de Nicaragua.

Esa intención, que estuvo guardada en su cabeza desde que un compañero de trabajo lo amenazó de muerte, la había rumiado por meses; pero siempre eludió la idea de trasplantarse en aquella sociedad robótica e impersonal a donde algunos años antes había ido a prepararse.

—No me interesa la guerra, soy un profesor, un técnico, un autor de canciones; un artista que solamente quiere ganarse la comida de su familia -le dijo Adán al sujeto cuando éste le ofreció una metralleta para unirse a la guerrilla.

—Pues entonces burgués baboso, si no la aceptás con ella misma te vamos a pasar la cuenta cuando hayamos  triunfado -lo sentenció el tipo.

Adán sintió miedo. Impotencia. La seguridad de su familia estaba en peligro. La tranquilidad por la que había renunciado a tantas cosas se esfumaba. Todo le parecía absurdo.

El sacrificio que significó estar ausente durante los irrecuperables años núbiles de su mujer; no gozar de los llantos primerizos de las niñas; privarse de los  paseos y cacerías en la floresta segoviana; excluirse de las guitarreadas y tertulias con sus amigos de Los Rockets (su banda de la adolescencia), no habría tenido sentido si aceptaba aquella propuesta idealista.

Tanto le dolió abandonar sus rutinas más íntimas cuando se marchó a estudiar mecánica automotriz al International Technical School de Los Ángeles, que la opción intimidante del desarraigo le había hecho posponer la huida cada vez que lo pensaba. Entonces creyó que la situación iba a mejorar y no fue así: se había equivocado.

4

En el avión, Adán ve ahora lejana e irreal aquella disyuntiva. Y para no pensar más, suaviza sus facciones buscando provocar una tímida sonrisa de su mujer, quien corresponde, pero un segundo nada más, porque enseguida ella vuelca su atención hacia el sosiego de las niñas. Aquel gesto le distrae, pero no puede dejar de rebobinar los recuerdos recientes de cuando su amigo, el chino Jorge Wong, tras reconocerlo en medio de los que pugnaban por un espacio, promete ayudarlo. Aquel hombre, aún influyente, tenía sus “contactos”.

—Déjenme ver que hago por ustedes -le dijo.

Al rato Wong volvió animado:

—Dos sitios, Adán. Sólo dos sitios están disponibles porque unos pasajeros no han podido llegar hasta el aeropuerto por los combates, pero el vuelo será mañana en la tarde y ustedes deberán llevar chineadas a las niñas.

Esa noche se percibió ralenti por el traqueteo de las ráfagas que llegaba desparramado por el viento hasta el interior del edificio como música de un chinamo diabólico; entre tanto, Adán y su familia, acostados todos en el piso, no pegaron pestañas mientras en la madrugada por la puerta trasera Somoza, su amante, y toda la cohorte, escapaban.

5

Un movimiento sugerente de su hija en brazos le interrumpe los recuerdos, mientras la acomoda, busca otra vez la mirada de su esposa, quien ahora no sonríe. Ella lo ve retraída y le dice:

─Pobrecitas, ha sido demasiado.

Las dos niñas habían protagonizado un evento que los pasajeros de aquel vuelo no iban a olvidar por mucho tiempo.

Para sortear el tedio de esperar y esperar la salida del avión, Adán había sacado su vieja guitarra para repasar algunos acordes. Lentamente llamó la atención de la gente en los pasillos y fue cuando Wong le dijo:

─“Caballón”, cantate aquella canción tuya, a la que le robaron el primer lugar en el OTI.

─Ay hermano ─le respondió Adán, condescendiente al escuchar el mote cariñoso con que lo nombraban sus amigos de toda la vida─, hoy no estoy para cantar, mejor que lo hagan mis hijas y yo las voy a acompañar con la guitarra.

Fueron minutos dulces. Tras los primeros punteos las dos vocecitas se elevaron unísonas hasta el techo en volutas flameantes, que Adán imaginó como la escalera del ADN:

«Amor como el nuestro no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda/ Tú duermes conmigo toditas las noches, te quedas callada sin ningún reproche/ Por eso te quiero, por eso te adoro; eres en mi vida todo mi tesoro/ A veces regreso borracho de angustias, te lleno de besos y caricias mustias. . .»

Cuando las pequeñas llegaron al final hubo lágrimas, aplausos y felicitaciones. Y el ambiente graso de aquel galpón que hacía de terminal aérea se aligeró.

Unos periodistas mexicanos que desde cierta distancia habían disfrutado la performance se arrimaron al molote y extrañados, preguntaron a Adán que dónde había comprado el disco.

─Cuál disco -respondió Adán, mientras metía la guitarra en su estuche.

─Señor, esa canción la grabó hace poco José José -contradijo uno de los periodistas.

─Esta canción es mía, yo la compuse, y sí, se la di a José José la última vez que vino a Nicaragua. Pero a pesar de tener su promesa de que la grabaría, nunca pensé que sería tan pronto. Es más ─continuó─ no me hice tantas expectativas.

─Pues felicidades. mano ─dijo otro de los periodistas, incrédulo y burlón─. su rola ya se escucha a nivel internacional y nada menos que interpretada por el gran José José. Vaya a buscar a Chepe para que le dé la lana.

Pronto Adán olvidó la buena noticia que le dieron los corresponsales mexicanos que cubrían la guerra. Sólo ahora, a miles de metros de altura y revolcando los pensamientos, cae en la cuenta de lo que eso significa. Imaginar su Almohada convertida en un éxito musical, afloja el ahogo que le causa dejar para siempre su país, donde asegura, vive “la gente más dulce del mundo”.

Y sigue repasando tantos momentos vividos con esa su gente (que con los años visionaría tan a la deriva como las vidas de él y su familia en el avión) hasta cuando se escucha por el intercomunicador,  la voz gangosa del capitán anunciando el aterrizaje. Los pasajeros se desentumen y desciende la tensión de una jornada intensa y amarga.

Al bajar en el aeropuerto de Miami, agotados, con el aliento avinagrado, y avergonzados por la aún sangrante cicatriz del destierro, Adán y Marina topan con la realidad de sólo doscientos dólares en la bolsa y dos niñas hambrientas. Buscan un hotel barato donde poder descansar, y esperan el día siguiente para viajar a California.

6

Desde aquel viaje han pasado ya más de treinta años, pero en la mente de Adán y Marina, las imágenes, sentimientos, y hasta los olores de aquellos días, aún pinchan sus sentidos.

Cuando conocí a Marina Moncada en una tertulia en Managua no pude aguantarme las ganas de preguntarle si ella era la musa que había inspirado la famosa Almohada.

─Bueno. . . sí. . . pero mejor te voy a poner en contacto con Adán para que él mismo te lo cuente todo. ─Me contestó.

Y es así como ahora estoy en un restaurante Denny’s de un suburbio angelino, desayunando con Marina y Adán, quienes distendidos, igual que si estuvieran con un amigo de siempre, me han ido relatando esta historia.

Cerca de ahí, queda la planta lechera de la cadena de supermercados, donde Adán consiguió empleo a los pocos días de haber llegado. Ese fue su único trabajo en el exilio hasta jubilarse.

En una pausa entre tantos recuerdos mencionan a Jorge Adán, el hijo de veintiocho años nacido en Estados Unidos quien también canta, toca el bajo y compone.

El compositor luce como un abuelo cariñoso y conversador. Con el bigote y los cabellos platinados, a sus casi 67 años se ve fuerte, erguido y sin señas de cansancio.

Mientras habla, respalda lo dicho rayando arabescos invisibles con las aspas de sus brazos. Su oralidad engancha. Me revela que desde joven ha sdo un fanático del diccionario, y que escribió un libro de cuentos y poemas inédito titulado El cazador.

Adán ha regresado a Nicaragua sólo dos veces desde aquel 17 de julio: en 1999 y en el 2001.  En cambio su esposa no supera la lejanía.

Las maneras, acento, y el agradable voceo de esta pareja revelan una nacionalidad a la que extrañan y aún lloran. Sin embargo, por ahora, él no quiere volver. Le deprime la miseria, le arrecha la injusticia, y todavía recela de muchas situaciones de una Nicaragua, según él, incorregible.

Mientras ellos sin prisa, predispuestos por un cómodo retiro gringo me platican sus vidas, llega a mi mente la cadencia inicial del arreglo que Tom Parker confeccionó como traje a la medida, para una pieza que ha sido tema de fondo en la vida de serenateros, bohemios, mariachis, filarmónicos de escuela, melómanos aguardentosos; y mujeres y hombres acabangados.

Con aquella melodía sonando en mi cabeza, compruebo que no era invención urbana la anécdota de un compositor desconocido que de romplón y sin más ni más, le pide a un famoso intérprete que le grabe su canción:

“Fue en 1978 ─narra Adán─, Marina y yo habíamos estado esperando a José José en el Lobby del Hotel Camino Real de Managua. Ya me lo habían negado varias veces pero tuvimos paciencia. Además, un  taxista al servicio del hotel me había dicho: aguantate que más tarde viene. Cuando al fin aparece José Sosa Ortiz, el gran José José, y me ve con la guitarra en la mano, como que le fui simpático; entonces va a mi encuentro y me da un abrazo cariñoso; hacé de cuenta y caso ─me dice Adán poniendo su brazo alrededor de mi hombro representando aquel instante─ que como de amigos. Entonces  ─continúa Adán inspirado─, me dice José José: ¿En qué puedo servirte? Y le respondo que quiero que escuche una canción. Y es cuando él me sorprende diciendo: ¿Y el casete? ¿Trajiste la canción grabada en casete? Pues. . . no, le digo, sólo traje mi guitarra y me apuro a decirle que alguien había recomendado que estaba perfecta para él. ¿Y quién dijo eso? Me pregunta. Allí mismo ─sigue Adán─ aprovecho y le platico que cuando Lupita D’ Alesio fue jurado en el OTI nica del 77 me había prometido hablarle a él de la canción; y entonces José José se pone interesado y me contesta: Mira, mira; no tengo tiempo porque ya será hora de mi actuación de esta noche, pero vente a la habitación y la tocas. Ya en la habitación, ─sigue relatando el compositor─ mientras José se acomoda la corbata y se cambia de saco, le agarra por cantar pedacitos de sus canciones. ¿Verdad Marina que estábamos encantados? ─Le pregunta a su esposa y ella responde: ¡Por supuesto! Vieras como exageraba la pronunciación de las vocales ─me dice─, así ve. . . ─y comienza a imitar al cantante: No dejabas deee miraaar estabas sooola. . . ─cambia de tono─: Yo que fui tormeeenta. . . la, la, la; ─vuelve a modular y canta otra vez─: El triste todos diiicen que soooy”.

Adán se detiene, traga gordo, y sigue narrando:

“Y entonces sentados en la orilla de su cama yo empecé a cantar la canción en tono de sol menor porque en esa tonalidad la compuse. Aunque después él la grabó en la menor. Y José José ni me deja terminar los primeros versos porque me interrumpe: Espérate, espérate, espérate; y se dirige a su manager y compañero de cuarto: ¿Hay casete en limpio en la grabadora? Sí, le dice su compañero, y tras preguntar mi nombre completo y el de la canción echa a andar la grabadora y dice muy formal: La canción Almohada, del señor Adán Torres. Después nos fuimos Marina y yo al Camino de Oriente a celebrar en la discoteca El Infinito. Y cuando volvimos a la casa a medianoche, nos encontramos con la sorpresa de que José José había llamado por teléfono. La canción le había gustado y dejó dicho con mi cuñada que en cuanto nomás volviera a México, la iba a grabar”.