El papá de Daniela fue a darle un beso de buenas noches y descubrió que a su hija le faltaba un mechón de pelo. Hace unos meses, la niña tenía la cabeza completamente sana. Usaba el pelo largo, liso, recogido con cintillos de colores que combinaban con su ropa. Le pedía a su papá que le colgara varios espejos en el baño para peinarse y usaba uno hasta en la ducha, para enjuagarse bien todo el champú. Daniela soñaba con tomarse ese cabello largo y frondoso en una cola de caballo. Pero su mamá nunca la dejó. Decía que ese moño, atado con colets, le iba a dañar el pelo. Ahora, más de veinte años después, Daniela tiene 34 años y cuando intenta comprender por qué empezó a arrancarse el pelo, a veces piensa que fue una forma de rebelarse contra su mamá.

Estaba frente a uno de los espejos que su papá le colgaba en el baño y en la partidura descubrió que le crecían unos hilitos irregulares, que arruinaban su peinado perfecto. Se los arrancó. “Desde ese día, nunca más lo pude controlar”. Se sentaba a hacer las tareas y en vez de tomar el lápiz, se llevaba las manos a la cabeza. Se sacaba pelos durante horas, como en trance. Cuando al fin paraba, el piso amarillo se había oscurecido de pelos.

Mantuvo este ritual durante meses, hasta la noche en que su papá la descubrió. Sus padres, sin saber qué hacer, la llevaron al dermatólogo, luego un psicólogo y más tarde un psiquiatra. Ninguno supo explicar qué le pasaba a Daniela.

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Hace 25 años, cuando Daniela aún no empezaba a sacarse el pelo y vivía con sus papás en Puente Alto, la psicóloga María Inés Pesqueira atendía al otro lado de Santiago, en Vitacura, y recibió en su consulta un caso que nunca había visto: una mujer que no podía dejar de sacarse el pelo.

Era una veinteañera que había desfilado por un sinfín de consultas y que había gastado la poca plata que tenía buscando soluciones. Lloraba desesperada. María Inés se declaró incompetente, pero la historia de la joven la conmovió y se propuso investigar para ayudarla.

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Daniela pensaba que no existía una palabra para el impulso de sacarse el pelo y que era la única en el mundo que lo hacía. Se cortaba el pelo ella misma porque le daba vergüenza ir a la peluquería. Se tapaba los pelones con otros mechones más largos. Odiaba los actos del colegio en los que había que peinarse un tomate o una trenza. Temblaba cuando le preguntaban ¿qué te pasó en la cabeza? Mentía. Jamás le decía a nadie su secreto.

La primera vez que lo contó, fue a su pololo de la adolescencia, cuya respuesta la hizo sentir como niñita chica: si la descubría sacándose el pelo, él le pegaba en las manos. También la manipulaba. Cada vez que ella intentó terminar la relación, él le decía que nadie la iba a querer con el pelo así.

Cuando Daniela se fue a vivir con Sebastián –su actual pareja– lo difícil de compartir una casa no fue acostumbrarse a las mañas domésticas del otro. Lo angustiante fue el pelo. “En la noche esperaba que él se durmiera o me escondía en el baño para, por favor, poder sacarme”.

Daniela se sentía ahogada, reprimida. Necesitaba contarle a Sebastián. Y cuando lo hizo, se relajó. “Empecé a sacarme millones de pelos y él empezó a encontrarlos”. Aparecían en distintos lugares de la casa. Él le decía “¡Dani, mira cómo estás!”. Peleaban. Ella le prometía que iba a cambiar, pero los pelos seguían apareciendo.

Lo demás en su relación iba bien. Daniela estaba terminando de estudiar ingeniería y los fines de semana iban a la casa de sus papás con las hijas de Sebastián, todo en familia. Incluso hablaban de tener un hijo juntos.

–Pero le decía al Seba, yo no quiero ser mamá mientras esté así. Quiero que mi hijo se sienta orgulloso de mí.

Daniela tenía 32 años y un largo historial de tratamientos médicos. Había estado en terapia de grupo con adolescentes que se hacían cortes en la piel. Había guardado los pelos que se sacaba en un sobre. Había tomado Ravotril y Sertralina. Había sido hipnotizada. Había respondido interrogatorios eternos en los que le preguntaban una y otra vez por algún hito doloroso de su infancia. Nada funcionó. Daniela necesitaba recuperar el pelo que tenía a los doce años y ninguna conversación bajo secreto profesional le daba lo que ella quería.

Agotada y frustrada, decidió superarlo sola. Lo intentó durante años, pero siempre recaía. Entonces asumió la realidad: una vez más, necesitaba ayuda profesional.

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María Inés Pesqueira recuerda: “Me puse a estudiar, porque dije, ¡qué es esto de sacarse el pelo! No tenía idea ni de cómo se llamaba. De hecho, la paciente lo sabía y yo no”. Leyendo, descubrió que la tricotilomanía es un trastorno de control de los impulsos, con rasgos de trastorno de ansiedad y obsesivo compulsivo. Un hábito incontrolable que lleva a las personas a arrancarse vellos de distintas partes del cuerpo, “porque es muy rico”.

Hoy, María Inés dirige y enseña en el Centro MIP, donde se especializan psicólogos. En una de sus clases, explica los orígenes de esta dolencia: puede ser genético, biológico o ambiental.

–O una mezcla de los tres. Las personas aprenden a relajarse sacándose el pelo. Así, una predisposición genética o biológica es reforzada por el ambiente.

Según un estudio español de 1987, hay 8 millones de afectados en el mundo –principalmente mujeres– quienes se jalan el pelo de la cabeza, las pestañas, las cejas o el pubis. No existen estadísticas más recientes, mucho menos locales. Además, pocas personas confiesan su enfermedad. Es difícil saber cuánta gente en Chile vive con tricotilomanía.

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A inicios de 2013, Daniela llegó a la consulta de Pedro Retamal, psiquiatra y académico de la Universidad de Chile. Desesperanzada y llena de vergüenza, contó una vez más la historia de su enfermedad sin nombre. Luego de escucharla, Retamal le preguntó lo que ningún médico antes: ¿te puedo mirar la cabeza? Daniela autorizó al doctor, y el veredicto la dejó perpleja.

–No te preocupes, resolver esto es muy sencillo.

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Estaba en la oficina y se le ocurrió googlear. Escribió: sacarse el pelo. En los resultados, Daniela leyó por primera vez la palabra tricotilomanía. También encontró grupos donde gente de distintos países hablaba de su experiencia. Quiso conocer a chilenos como ella y creó el grupo de Facebook “Tengo Trico Chile”. Ahí leyó a una mujer de Arica que no podía salir a la calle sin usar un pañuelo en la cabeza, a un papá preocupado por su hijo que estaba quedando calvo a los seis años, a una pareja de Puerto Montt que se conoció en el grupo y que ahora, juntos, intentan superar la tricotilomanía.

En paralelo, el doctor Retamal le había dictado tres mandamientos: tomarás fármacos, harás ejercicio y averiguarás de casos similares en tu familia. “No sé si tú te has dado cuenta, pero yo tengo un problema –decía Daniela a sus parientes– ¿tú haces algo raro también?”. Encontró a un primo que se arrancaba la barba y una prima que perdía el pelo por alopecia difusa. También recordó que durante su infancia había visto a su abuela sacándose costras y rompiéndose la cara. Eso, ahora ella lo sabe, se llama dermatilomanía, el hábito incontrolable de arrancarse la piel. “Es muy probable que en tu familia haya algo genético”, le explicó el psiquiatra.

Hablarlo la envalentonó. Pensaba, “¿por qué tiene que darme vergüenza estar enferma?”. Varias veces las hijas de Sebastián –su pareja– le habían preguntado qué le pasaba en el pelo. Un domingo, en el almuerzo, se arrojó. Repasaron la historia. Vieron en el tablet las fotos de Daniela a los doce años, cuando usaba cintillos de colores sobre su pelo largo y frondoso. También las fotos de su adultez, cuando usaba cintillos para disimular la pérdida de su pelo corto y débil.

Las niñas le preguntaron si podían tocar cómo era su pelo ahora. Daniela sintió los dedos pequeños y livianos curioseando sobre ella. Lloró. Tenía 33 años y por primera vez permitía que alguien le tocara la cabeza.

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–Qué ganas de que la gente que sufre tricotilomanía sepa que no tiene por qué avergonzarse –dice María Inés Pesqueira y luego explica el método que desarrolló para tratar esta enfermedad. Primero, dejar de esconderse. “Hablarlo y abrirse con sus más cercanos ayuda mucho”. Segundo, complementar una terapia psicológica con farmacoterapia recetada por un psiquiatra. “Deben medicarse, si no, es pura pérdida de tiempo”. Tercero, asumir que es imposible evitar la tentación de arrancarse vellos. “No centrarse en por qué comenzó a sacarse el pelo, sino poner lupa en cómo detenerse”. Es decir, cambiar de paradigma: comprender que la tricotilomanía –al igual que muchas otras enfermedades psicológicas– no se mejora, solamente se maneja.

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Daniela llevaba casi un año de tratamiento con el doctor Retamal. Sentía menos ansiedad y se arrancaba menos pelo. “Pero me crecía muy débil”. Entonces, fue a “Pelucas Avatte”, buscando alguna extensión que, de momento, le disimulara los pelones.

–¡Ay! Aquí han venido muchas niñas así, yo no sé por qué hacen esa tontera de sacarse el pelo– dijo la vendedora y le explicó que no existía lo que ella buscaba. Le sugirió que se rapara y se comprara una peluca. Daniela nunca lo había pensado, pero aceptó. Allí mismo, le afeitaron la cabeza. Pagó $400 mil por la peluca, se la puso y se fue a su casa, aguantando el llanto desde Providencia hasta Puente Alto.

Para asegurarse de recuperar las zonas donde sólo había piel, se rapó otras tres veces. El cabello le crecía más rápido y más fuerte. Tras cuatro meses de esconder su cabeza rala y de arrancarle varios pelos a la peluca, el picor y la transpiración se hicieron insoportables. Se quitó la peluca y terminó con su exilio autoimpuesto. “Me quiero hacer un corte”, dijo. Y, después de veinte años, regresó a la peluquería. Su pelo medía 1,5 centímetros.

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Concentrada en su nuevo tratamiento, Daniela se olvidó de los estudios, pero el Duoc se los recordó. Recibió una carta de aviso: había caducado el plazo para rendir su examen de título. Si quería retomar, debía pagar. Fue al instituto con un certificado médico y contó su historia. El jefe de carrera y el rector no sabían qué era la tricotilomanía. Después de googlearlo, le dijeron “te vamos a dar una nueva oportunidad”.

Sentía miedo del examen, de sentarse frente a los cuadernos y llevarse las manos a la cabeza. Desde el día en que se rapó en Avatte, no se quitaba ningún pelo. Comparaba su rehabilitación con la de los drogadictos. Pensaba, si me arranco un solo pelo, no voy a parar más. Entonces buscó ayuda. Si estaba sola en su casa, invitaba a su hermano o se iba a la de su mejor amiga. Para evitar arrancarse pelos en la noche, le pidió encarecidamente a Sebastián que se durmiera después de ella. Estudiaba sentada en el patio y no encerrada en la pieza; los obreros que trabajaban ampliando la casa de al lado la hacían sentir acompañada.

Se preparó durante semanas. Reprobó. “Yo estaba feliz. Había logrado estudiar y no sacarme un pelo. Para mí, ésa era la verdadera graduación”.

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La segunda vez que Daniela rindió el examen de título, aprobó. “Quedé como Julito Martínez estudiando ingeniería, pero ahora tengo más pelo que el Seba”. Por fin puede conversar con calma sobre “la trico”. Se está preparando para ser mamá y no puede creer lo que ve cada mañana al mirarse al espejo: una mujer sonriente con el pelo sano.

Sólo le falta una cosa para completar su felicidad: “Una cola de caballo. Peinarme la cola de caballo que he querido siempre”.

Las siete de la mañana del veintisiete de noviembre de 2011, un muchacho llamado Facundo González abrió la puerta de su casa –iba a trabajar– y quedó de cara a un pasillo lleno de huellas rojizas. El corredor unía los cinco PH que formaban parte del condominio de departamentos, y las pisadas –oscuras, salpicadas, confusas– salían de la puerta contigua, la de sus vecinas del timbre 5. Era domingo y el silencio en la ciudad de La Plata era total.

—Che, papá… Mirá lo que hay acá… –le dijo Facundo a su viejo.

El hombretón apareció por detrás. Se llamaba Rubén, y lucía ojeroso y despeinado. Había dormido mal. En el medio de la noche se había despertado escuchando gritos y lamentos, y se había desvelado pensando en el origen del ruido. Había dos explicaciones. Podían ser las nenas del vecino: dos chiquillas que lloraban por cualquier cosa y que se peleaban entre ellas todo el tiempo. O podían ser las ratas: en los últimos tiempos habían aparecido algunas en el condominio y los vecinos les habían declarado la guerra. El mismo Rubén había cazado dos adentro de su casa. Las había tenido que acorralar detrás de un mueble; no había sido fácil. Eran bichos veloces, incluso astutos, y era probable –había pensado Rubén aquella noche– que los golpes y los sollozos respondieran a una cacería doméstica.

A la mañana siguiente, sin embargo, la hipótesis cambió. O se confirmó.

Rubén se asomó por detrás de su hijo, siguió con la mirada las huellas del pasillo y se detuvo en la entrada de sus vecinas, a un metro de su propia nariz. La puerta estaba entreabierta. Y permitía ver un charco de sangre en el descanso del ingreso al departamento. No había nada más. O mejor dicho: Rubén no quiso ver nada más. En cambio entró a su casa y levantó el teléfono. Discó 911.

—Señorita, acá hay algo raro… –le dijo a la operadora de la policía.

Era raro, por cierto. Y atroz: sus vecinas estaban muertas y faltaba poco para que los agentes llegaran y descubrieran los cuerpos.

Susana de Bartole, de sesenta y tres años, yacía en la cocina –el ambiente contiguo al descanso de entrada– sobre un gran charco de sangre. Los peritos advirtieron que había sido golpeada en la cabeza con un elemento voluminoso y pesado, tal vez un palo de amasar o un pisapapeles. También notaron que había recibido algunas trompadas y varias puñaladas en el cuello, en el tórax y en uno de sus brazos –con dos cuchillos diferentes y con un destornillador–. Y que debajo de sus uñas había restos de piel arrancada en un rasguño: «ADN perfil NN1», en el léxico desangelado de los forenses. En el comedor, siguiendo el recorrido de la casa, apareció el cadáver de Bárbara Santos, de veintinueve años: la única hija de Susana. Podía suponerse que para ella el horror había comenzado en el baño. Allí había sido sorprendida, después de la ducha y justo antes de lavarse los dientes –el cepillo había quedado con la pasta en el lavatorio–. Bárbara había corrido unos metros, pero no había tenido suerte: fue la más castigada de las víctimas. En las manos –con las que había intentado defenderse– y en la cabeza –donde asomaba el hueso del cráneo– había recibido varios golpes con un palo de amasar que fue hallado por los forenses sobre una mesita de la sala, al lado de unas estatuillas de porcelana y de unos retratos familiares. Había más: un relámpago de puño le había desprendido un diente; al caer sobre una mesa de vidrio –o ser golpeada contra ella a propósito– se había cortado la cara; y el filo del puñal había pasado setenta y seis veces por su cara, su cuello, su torso, su abdomen, los brazos y una de sus piernas. El agresor –podía deducirse– había iniciado el ataque de frente y lo había continuado por detrás: el reguero de sangre con el que Bárbara había salpicado la pared –una estampa de microgotas en spray– daba cuenta de que la mujer se había inclinado o se estaba cayendo cuando llegó una cuchillada mortal al cuello. Después el asesino continuó apuñalándola en el piso. Ocho veces más.

La masacre siguió.

Micaela, la hija de Bárbara, de once años, había sido alcanzada en una de las habitaciones: la policía encontró su cuerpo recostado sobre la cama matrimonial, frente al televisor. La nena había sido golpeada y apuñalada dieciséis veces en el tórax y en los brazos. Por debajo de ella quedaba un celular con el que había discado 9111: había querido llamar a la policía, pero había discado un número de más. La llamada, que no se concretó, quedó registrada a las 00:07 del domingo. La niña fue la única víctima que no fue pasada a degüello.

La última en morir, Marisol Pereyra, recibió el mismo tratamiento que el resto de las víctimas adultas: puñaladas y cortes en todo el cuerpo, el cuello incluido. Marisol era una amiga joven de Susana de Bartole y su presencia en la casa a la medianoche era difícil de explicar. Quizás había llegado de visita, por casualidad y mientras ocurrían los asesinatos, y luego de haber sido recibida por el homicida había sido liquidada. Como fuera, Marisol estaba echada en la cocina, con su cabeza sobre el zócalo de la heladera. Uno de sus pómulos había sido fracturado con una trompada y tenía la marca de ocho puñaladas –la salpicadura roció el techo y dos paredes–, y así y todo en el medio del ataque había alcanzado a defenderse y a rasguñar a quien tenía enfrente: debajo de sus uñas también se hallaron restos de piel.

Había, entonces, rastros. Y no solo en las uñas de las víctimas.

En la cocina fue hallado uno de los cuchillos utilizados para la masacre –la punta estaba manchada de sangre y el resto de la hoja había sido lavada– y también había pisadas. En un intento por ordenar la escena del crimen, el asesino había dejado sus propias huellas apresuradas y confusas cerca de los dormitorios y del baño, como si hubiera estado meditando qué hacer. O como si hubiera estado buscando algo –un teléfono quizás: el de Marisol Pereyra nunca fue hallado–. Había también un guante en el comedor, señalado por los forenses con el patrón genético «ADN perfil NN1», y estaban también las últimas pisadas del homicida, esas que iban por el pasillo y que llegaban a la vereda, hasta desaparecer en el cordón. Allí, estimaron los peritos, el homicida se había subido a un auto.

La casa lucía, al final, como una gran ciénaga. Era el feroz escenario del «cuádruple crimen de La Plata»: uno de los casos más escandalosos y enigmáticos de los últimos años en la criminología argentina.

***

El mismo domingo, poco después del hallazgo de Facundo y Rubén González, un muchacho llamado Osvaldo Martínez amanecía en su casa de Melchor Romero, una localidad ubicada a veinte kilómetros del centro de la plata. Su noche –diría después– había sido tranquila, casi desangelada: había visto una película (Agente Salt, con Angelina Jolie) y con un mensaje de texto le había reprochado a su novia su desapego: «otro sábado que me dejaste solo, me voy a acostar, ya no me vas a mandar mensaje».

Su novia era Bárbara Santos, una de las mujeres muertas.

Después de tres años, Bárbara se había convertido en la primera chica que Martínez tomaba por novia formal. Sin embargo, la relación tenía ya sus altibajos. Bárbara se quejaba de los celos de Martínez y a él le molestaba que ella no lo tuviera en cuenta. Pero aun así seguían juntos. Dos días atrás, el viernes veinticinco de noviembre de 2011, él le había regalado un ramo de flores y una caja de bombones para su cumpleaños, y habían pasado toda la tarde jugando con Micaela –la niña de ella– al Reto Mental, un juego de dados y preguntas. Pero el sábado veintiséis todo se había vuelto opaco: de noche, ella no había llamado y Martínez había vivido ese silencio como un abandono.

A pesar de esa distancia, al día siguiente Martínez organizó la jornada pensando en Bárbara. Después diría que había querido hacer un plan con ella. Por eso, a media mañana del domingo veintisiete se subió a su Fiat Uno para buscar a su novia y llevarla a una fiesta familiar, al cumpleaños de su sobrina. Pero el plan no se concretó: cuando conducía por la calle Treinta y dos, una camioneta repleta de policías le cerró el paso. Martínez pensó que había un error, hasta que uno de los vigilantes le abrió la puerta del auto y le ordenó bajar.

—¿Vos sos Martínez, Osvaldo? ¡Asesinaron a tu novia! –le dijo, mientras lo hacía subir a la camioneta y le pedía que indicara el camino a su casa, que muy pronto sería allanada.

Pocas horas después, el novio salió de su hogar encapuchado y detenido, en el marco de una operación ordenada por el fiscal Álvaro Garganta. El funcionario dijo más tarde que Martínez mentía cuando decía que la noche anterior se había quedado mirando una película y durmiendo. Y que, en cambio, había estado manipulando un cuchillo y abriendo canales de sangre. La hipótesis del fiscal –que apuntó a Martínez como el principal acusado– decía que los celos enfermizos sobre Bárbara se desataron cuando Martínez se había enterado de que su novia se iría a bailar con sus amigas, y que ese rapto de furia lo había llevado a matarla –y a acuchillar a todas las demás mujeres para no dejar testigos–.

Esa versión tenía, en un principio, algún sostén: los vecinos de Bárbara se preguntaban por la ausencia de Martínez la noche del sábado –«Qué raro que no estuviera ayer; siempre dormía con ella», decían– y eso llevó al fiscal Garganta a hacer foco en el novio. Después Garganta armó un esquema de femicidio que apuntaló primero con algunos mensajes de texto de Martínez (más reproches hacia Bárbara), con las palabras del chofer de remís Marcelo Tagliaferro (un testigo que juró haber visto al acusado en la escena del crimen), y con un informe que señalaba la personalidad tenaz y prolija de su acusado. A través de una pericia telefónica, y a lo largo del tiempo, el fiscal también intentó demostrar que Martínez había estado en movimiento –y no en su casa– durante la medianoche de los crímenes, y que el nivel de agresión que había sufrido Bárbara –quien tenía el doble de puñaladas que las demás víctimas– convertía a la mujer en el eje de la masacre. Para Garganta, se trataba de una verdadera historia de amor con final trágico.

***

La hipótesis –que mostraría varias fisuras con el paso del tiempo– sorprendió a todos los que conocían a Martínez. A los veintisiete años, no encajaba con el arquetipo de un asesino múltiple. Había sido criado en el seno de una familia de clase media trabajadora del suburbio de Berisso –una localidad cercana a La Plata– y había alternado el estudio –cursaba la carrera de Ingeniería Electromecánica en la Universidad de la Plata– con el trabajo –en la petroquímica Repsol YPF– y con el deporte: había practicado karate durante diez años en los que había forjado dos brazos largos y duros, y un temple moldeado por los preceptos del arte marcial. El apodo tampoco calzaba con el perfil de un homicida: lo llamaban «Alito», un sobrenombre que venía de «Ale», un nombre árabe que la madre de Martínez había querido ponerle de acuerdo a sus tradiciones y que no había sido aceptado en el registro civil.

En cualquier caso, el asunto del apodo resultó una transformación simbólica para Martínez en el momento de ser detenido. Y es que apenas se lo acusó de la masacre, «Alito» pasó a ser una contraseña para los íntimos; el resto de la sociedad lo conoció desde entonces como «el Karateka», un alias hoy célebre en La Plata, donde Martínez es visto por algunos como un temible exterminador de mujeres; y por otros como una víctima del Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires, que lo detuvo dos veces y dos veces lo liberó por falta de pruebas.

Si el Karateka fue o no el autor de la masacre es una pregunta que quizá nunca encuentre respuesta. Como sea, la guerra de versiones comenzó en la hora cero. El fiscal y el juez apoyan la hipótesis de que fue un crimen pasional. Pero también están todas las otras versiones: muchas de ellas hacen foco en la figura de Susana de Bartole, la madre de Bárbara. De ella se han dicho principalmente dos cosas: que su trabajo como secretaria de un juez la podría haber expuesto a cierta información inconveniente. Y que su afición al juego le podría haber dejado un dineral –ganado en el bingo– atractivo para los asesinos.

—Yo estoy convencido de que todo gira en torno a mi suegra –dice Osvaldo Martínez. Es septiembre de 2012 y está sentado en la mesa de un bar de La Plata, luego de haber salido de la cárcel. Martínez tiene ya veintinueve años, y sin embargo viene a la entrevista acompañado por su madre. La señora se llama Herminia López, es empleada de un hospital y es sobre todo una mujer fuerte. Ella fue la principal opositora al fiscal Garganta y al juez que confirmó los cargos contra su hijo.

—A mí me investigaron por completo y si estoy acá, libre, es porque soy inocente –sigue Martínez–. Este no es un crimen pasional y yo quiero conocer la verdad. Todos nos merecemos conocerla. También las chicas.

«Las chicas», dice Martínez. Su madre –ojos negros, rulos morenos– asiente con la cabeza.

***

A Susana de Bartole le gustaba mantener el orden. Apenas llegaba del trabajo se quitaba la ropa cara con la que ingresaba a Tribunales, agarraba un plumero viejo y se ponía a repasar. Recién al terminar se permitía un descanso. cuando caía la tarde solía cruzarse a uno de los departamentos de adelante, donde vivía Silvia Matsunaga, una vecina más joven a la que conocía desde que había llegado al condominio, dieciséis años atrás, y que se había convertido con el tiempo en una amiga íntima. En esos primeros días, Susana ya estaba separada del padre de Bárbara –un policía que se había marchado a Mar del Plata– y la soledad la había llevado a tender lazos. Pronto nació una costumbre: Susana aparecía cada noche con sus cigarrillos Le Mans en la casa de la vecina y fumaba con ella en la ventana.

Mientras hablaban, Susana solía contarle a Silvia sobre su agujero económico. El tema era recurrente en los últimos tiempos: una de las hermanas de Susana había quedado a la intemperie con la muerte de su marido y ella la había ayudado, pero después ella misma había caído en desgracia. El dinero no le alcanzaba. No había terminado de pagar su departamento; la herencia recibida de sus padres –y compartida con las dos hermanas– no había sido suficiente y además un amigo la había traicionado pidiendo un crédito a su nombre y dejando cuotas sin pagar. Por todas estas razones Susana tenía retenida una parte de su sueldo y estaba embarcada en una vida que se había vuelto angosta. Al final había tenido que renunciar a los paseos de compras, a la ropa nueva y a las tragamonedas del bingo al que tanto le gustaba ir.

Así y todo, seguía encontrando formas de divertirse.

—Susana era una mujer moderna y sin compromisos, y estaba muy bien para la edad que tenía –dice Silvia Matsunaga, una mujer de ascendencia japonesa y sonrisa generosa–. Hemos salido juntas y vi cómo se divertía y cómo conocía gente. Pero le conocí pocos novios formales. La mayoría quedaba fuera de casa porque no quería compromisos: su prioridad era su nieta, Micaela.

Después del crimen, sin embargo, la vida íntima de Susana de Bartole perdió toda reserva: en el expediente judicial del caso, un abultado papelerío que roza los dos metros lineales, hay toda clase de historias y de rumores –difíciles de probar– sobre su vida íntima.

Que practicaba el culto Umbanda y gustaba del ocultismo, se dijo. Que pedía créditos sin parar y que estaba gravemente endeudada con una docena de acreedores. Que se jugaba lo poco que le quedaba en el bingo. Que era ludópata. Que el sexo casual era uno de sus grandes placeres. Que el sexo pago era uno de sus grandes recursos. Que el juez Blas Billordo –su jefe– era su amante. Que el suicidio del juez –con un balazo en la cabeza, apenas un día antes del cuádruple crimen– no tenía que ver con el cáncer que lo estaba carcomiendo sino con algún asunto caliente que pasó por sus manos y por las de su secretaria Susana, y que podría haber derivado también en la masacre de las cuatro mujeres. Que el albañil Javier Quiroga –que había hecho varias tareas de refacción en la casa y que el día del crimen había trabajado allí– también era su amante. Y que el albañil Javier Quiroga había sido, además y por último, su asesino.

***

Es un hombre pequeño y moreno, el albañil. Una médica forense anotó un año atrás que medía un metro con sesenta y cinco centímetros y que pesaba setenta y dos kilos, pero hoy Javier Quiroga parece más delgado. Y su rostro ajado –primero por el sol de las provincias del Norte, después por el trabajo fatigoso del obrero, finalmente por el drama policial– desmiente los treinta y cinco años que lleva en su documento.

—Me causa dolor hablar de esto… es algo que quiero olvidar hasta el día de hoy… –vacila Javier Quiroga en esta, la primera entrevista que concede a la prensa después de un largo silencio.

Por el parecido que tenía con el boxeador Rodrigo Barrios cuando se rapó el cabello, una vez y hace tiempo, a Quiroga todavía le dicen «Hiena». Sin embargo, su aspecto –doblegado– hoy no parece estar a la altura de su apodo. En una sala de la cárcel de Magdalena, a unos cincuenta kilómetros de La Plata, Quiroga fuma y habla de olvidar. Pero después recuerda. E intenta explicar la suma de –dice él– las injusticias que lo llevan a ser el único detenido por el cuádruple crimen, y que lo dejaron entre rejas el dos de mayo de 2012.

Quiroga fue capturado a seis meses del asesinato, cuando el resultado de las pericias sobre el «ADN perfil NN1» lo señaló culpable. La piel que había debajo de las uñas de Susana y Marisol era la del albañil, y también eran suyos los dieciocho rastros de sangre que habían sido recolectados adentro de la casa de La Plata. Quiroga, sin embargo, tenía una explicación. Y la dio la misma noche en la que lo capturaron. El albañil dijo que era inocente y acusó a Martínez –el Karateka– de haber orquestado la masacre. Su testimonio, que resultó clave en la investigación, derivó en la detención del Karateka –que ya había sido apresado y liberado una vez por falta de pruebas–, pero no salvó al propio albañil del encierro: acusaron a la Hiena de ser coautor del múltiple homicidio. Al principio, Quiroga estuvo cautivo en el pabellón psiquiátrico del penal de Melchor Romero –donde comenzó a limpiarse de la adicción al alcohol y a las drogas en la que había caído por la depresión de un divorcio y el horror de la masacre–, después en el de Olmos y finalmente aquí, en Magdalena.

Su temporada a la sombra no fue fácil: cargar con la muerte de una niña no es la mejor credencial para entrar a una cárcel, dice Quiroga y se limpia las lágrimas. Tiene las manos esposadas. Hace unos minutos dos guardias lo trajeron sin delicadezas a esta oficina –retirándolo de las tareas de carpintería que hace en el penal–, y le dieron un rato para hablar. Esta es su versión de la masacre, contada por primera vez ante un grabador y un periodista.

—Era sábado a la tarde –comienza–. Martínez vino a mi casa a eso de las cuatro y me encontró soldando rejas para un trabajo que estaba haciendo. Llegó caminando y se presentó, porque yo al principio no sabía quién era.

«Soy el novio de Bárbara» dice que le dijo. Quiroga apenas lo recordaba: lo había visto una sola vez, durante un trabajo previo en la casa de Bárbara y de Susana, pero en aquella oportunidad Martínez ni siquiera lo había saludado. Esta segunda vez fue distinta: el novio le habló con una confianza amistosa y hasta le encargó una nueva tarea. Martínez –dice Quiroga– le propuso juntarse ese mismo sábado, a las ocho y media de la noche, para convenir un arreglo en los cielorrasos de la casa. Le dijo que había prisa, que quería empezar ese mismo lunes.

Mientras charlaban, Quiroga –formoseño y proveniente de una familia de albañiles– notó que la cerveza que había estado bebiendo durante el trabajo ya se había acabado, y decidió ir a comprar otra. Martínez lo acompañó. En el camino hablaron de sus mujeres: los dos estaban en la cuerda floja. «Yo ando medio peleado, voy a ver si con esto arreglo un poquito mi situación», le dijo el novio de Bárbara.

«Sí, te entiendo, yo también ando en la misma: tengo un pie afuera y otro adentro», respondió Quiroga, según su versión. Luego se despidieron frente al kiosco.

—Pero antes de irse me regaló una rodaja de merca –sigue el albañil, y se muestra sorprendido–. No sé si él sabía que yo consumía, pero en un momento me dijo: «¿Vos tomás?». Y yo no sabía para qué lado lo quería llevar, porque hay gente sana que le dice «tomás» a tomar alcohol, y hay otra gente que sabe que «tomar» es tomar cocaína. Él me dijo que él no tomaba y que le habían regalado esa rodaja. ¿Un regalo de esos en la calle? ¡Era raro! Yo creía que me quería sobornar por el trabajo, para que le cobrara menos, y me causaba gracia… Después pasé a saludar a un amigo que cumplía años y le comenté lo que me había pasado. Él se rio y me dijo que tenía suerte.

Un rato más tarde Quiroga llegó en su bicicleta hasta la casa de Bárbara y tocó el timbre, según cuenta. Salió Susana, la madre, y se mostró sorprendida: no sabía nada de los arreglos en el techo.

—Pero la señora confiaba en mí y me hizo pasar; siempre prefería pagar un poquito más y tener alguien de confianza en la casa –sigue el albañil–. Nos quedamos un rato tomando mate y charlando, y después apareció Bárbara. Mientras esperaba que llegara Martínez me puse a arreglar unos cajones por pedido de Susana y… en eso llegó él… y… pasó lo que pasó.

Martínez –dice Quiroga– ni siquiera lo saludó: siguió de largo y se puso a discutir en voz baja con su novia. Cuando terminó con el arreglo, Quiroga se quedó esperando a que el otro le dijera qué hacer con el techo, y aprovechó el rato para llamar a su mujer y avisarle que iba a llegar tarde. Un instante después Bárbara se metió en el baño a tomar una ducha y recién entonces apareció Martínez para preguntarle a Quiroga si ya había comenzado a trabajar. El albañil le dijo que no y fue a buscar una silla para subirse a ver el techo.

—Ahí fue que escuché un golpe; ahí empezó todo.

En la declaración ante el fiscal, Quiroga contó que después de escuchar ese golpe Martínez apareció sorpresivamente con el rostro desencajado, calzando guantes y con un arma en una mano y un cuchillo en la otra.

Martínez se había convertido en «el Karateka».

«¡Corréte para allá, hijo de puta!» le habría ordenado entonces al albañil, para luego meterse en el baño a buscar a Bárbara.

La masacre había comenzado.

Y mientras ocurría a su alrededor, Quiroga se asustó de tal forma que –lo jura– no supo qué hacer. No pudo hablar ni moverse. Durante unos minutos estuvo de pie, pero después se le vencieron las piernas y se quedó arrodillado detrás de una mesa, mirando y a la vez tratando de no mirar. Quiroga sentía un terror primario que –dice–contrastaba con la frialdad del Karateka, que iba de un lado a otro de la casa, ejecutando su plan sin abrir la boca.

—Sólo vi uno de los homicidios. El de Bárbara –dice Quiroga.

Los demás ocurrieron en otros ambientes, asegura, aunque podía escuchar los ruidos y algunos –pocos– gritos.

Entonces sonó el timbre. Era Marisol, una enfermera de treinta y cinco años: la última de las víctimas.

Marisol tenía pocas razones para estar allí. Se había acordado de su amiga Susana de Bartole apenas un rato antes, cuando el remís en el que viajaba había pasado por delante del edificio de los Tribunales en el que trabajaba la señora. El chofer, Marcelo Tagliaferro, tiempo atrás –antes de la entrevista en el penal de Magdalena– recordó la escena de esta manera:

—Pensó en Susana y en Bárbara, y quiso ir a la casa. Intentó por teléfono: llamó dos veces y le cortaron, pero decidió ir igual. ¡Un capricho, el destino de la vida!

Luego de la masacre, Tagliaferro se transformó en un testigo fundamental. Según contó, Marisol se había bajado sin pagar –pensando que tal vez nadie la iba a recibir y que iba a tener que seguir viaje– y él se había quedado estacionado y esperando el dinero. Así fue que, aseguró, vio dos veces al Karateka en la casa: una, cuando el acusado salió a abrirle a Marisol. Y otra, cuando se acercó a su coche y le dijo «Flaco, andate que la chica se queda y después pido otro remís». Este testimonio convirtió a Tagliaferro –manos rudas, ojos claros– en un personaje de alto perfil, halagado por el fiscal, impugnado por los abogados defensores del Karateka, festejado por sus seguidores de Facebook y –dada su locuacidad, a veces excesiva– mimado por el periodista y animador televisivo Mauro Viale.

Sin embargo, la declaración parece tener fallas: Tagliaferro sólo vio la cara del tipo de noche y reflejada en el espejo lateral izquierdo, y recién asoció el rostro con el del Karateka cuando vio una foto de Martínez en el diario. Por este tipo de cosas, ahora Tagliaferro está siendo investigado por falso testimonio. Y sólo se puede afirmar lo evidente: que Marisol bajó de su auto y que entró en la casa de La Plata.

Adentro de la vivienda, la masacre estaba llegando a su fin cuando el timbre –dice Quiroga– los sorprendió a él y al Karateka, que se miraron extrañados entre los cadáveres.

«¡Correla de los pies, hijo de puta!» dijo uno.

Era el Karateka. Según Quiroga, le ordenaba mover a su novia moribunda para dejar el paso libre.

Después el Karateka abrió la puerta principal.

—Entonces Bárbara me mira como pidiéndome auxilio… –vacila Quiroga en la cárcel–, y yo… trato de tocarla, porque ni siquiera la moví, y en eso escucho que él entra y vuelvo de nuevo a mi lugar, escondido… No la moví… pero ella se movió para tratar de agarrarme a mí. Parecía que me decía «me estoy muriendo, hacé algo, hacé algo»… y yo en ese momento no podía hacer nada ni siquiera por mí…

Cuando Marisol entró y vio la escena ya era demasiado tarde: el Karateka la empujó, la golpeó y se la llevó a rastras hasta la cocina. Allí la apuñaló y la dejó echada en el suelo. O al menos eso dice Quiroga, en el marco de una versión que se choca contra los peritajes. Y es que el «ADN perfil NN1» que se encontró debajo de las uñas de las mujeres no es del Karateka Martínez, sino del propio albañil: un dato que de todas formas no excluye al Karateka. El fiscal de la causa sostiene en sus alegatos que Quiroga formó parte en un múltiple homicidio que no podría haber sido cometido por menos de dos autores.

—No sé… no tengo idea. No me acuerdo –dice Quiroga en la cárcel y en voz baja.

Sí recuerda lo otro: sostiene que adentro de la casa, y con la masacre consumada, el Karateka se le acercó con el cuchillo, como si fuera a matarlo, pero en cambio tomó su mano y forcejeó con él hasta que le abrió un tajo profundo en uno de sus nudillos. Quiroga ahora deja ver su cicatriz. Dice que el Karateka lo obligó a punta de pistola a dejar su sangre en el cuchillo, el palo de amasar y buena parte de la casa. Y que regando todo con la sangre de otro, el Karateka estaba haciendo una fabulosa puesta en escena para los peritos.

—Antes de irse me amenazó para que no hable… –sigue Quiroga–. Me dijo que si yo abría la boca me iba a matar a mí y a mi familia. No supe qué hacer… No sabía si irme o quedarme. Y me quedé, no sé, veinte o treinta minutos… No tengo noción del tiempo. Esperaba que viniera la policía y no venía, no venía… Y con lo que él me había dicho y además teniendo en cuenta que hacía pocas horas que había estado en mi casa, esa misma tarde, cuando me vino a buscar para el trabajo del techo… lo consideré. Le creí. Y al final, por miedo, decidí irme y quedarme callado.

Hay, eso sí, otras versiones.

Un preso que compartió una celda en la cárcel de olmos con Quiroga pidió declarar en la causa. Fue en enero de 2013, en el medio de la modorra judicial. Daniel Oscar Peña Devito –tal era su nombre– dijo que guardaba una verdad incontenible: que la Hiena le había revelado que el cuádruple homicidio era obra propia y exclusiva, y que el Karateka nunca había participado. Pero el fiscal Álvaro Garganta, alegando que la investigación que él había conducido ya estaba cerrada, no lo quiso escuchar y les dejó la tarea a los miembros del tribunal que algún día juzgará a los acusados.

Por este tipo de cosas, la defensa de Martínez se lleva muy mal con el fiscal Garganta. Lo acusan de perder pericias que beneficiaban al Karateka y de descartar versiones que podrían liberarlo de culpas. La madre de Martínez llegó a denunciar al fiscal por hostigar a Quiroga para que involucrara al Karateka y se pregunta, además, si el remisero Marcelo Tagliaferro no es en verdad un testigo falso e incluso un cómplice de la Hiena Quiroga. En otras palabras, si Tagliaferro podría haber llevado en su coche a Quiroga para apuñalar a las mujeres y, una vez cometida la masacre, retirarlo él mismo de la zona.

En este nuevo escenario los celos no existen. Hay, por el contrario, otros móviles muy diferentes: asuntos de drogas, asuntos de prostitución, asuntos de la corporación judicial. Asuntos de la plata grande que Susana de Bartole habría ganado alguna vez en el bingo. Según esta hipótesis, Marisol Pereyra, la cuarta víctima, incluso podría ocupar el lugar de entregadora. ¿Había conocido a Susana de Bartole en el bingo? ¿Fue ella misma –aunque después traicionada y asesinada– parte de la banda? ¿Qué lugar ocuparía Tagliaferro en esta trama? El remisero también iba seguido al bingo. Había llegado a jugar cinco días por semana y había ganado el pozo en dos ocasiones. a la larga, sin embargo, se había endeudado, había perdido, había fracasado. Y quizás necesitara recuperar algo del dinero.

—No sé porque el fiscal me apunta, pero cuando se responda esa pregunta se resolverá este enigma –decía Martínez en septiembre de 2012 en aquel bar, a poco de haber recuperado su libertad por segunda vez–. En la casa no hay rastros míos, ¿cómo puede ser que el fiscal tome en cuenta las palabras de Javier Quiroga, un adicto, y que margine la palabra de la ciencia? No hay dudas de que acá la punta de lanza es Quiroga, pero no sé todavía en dónde encasillar al fiscal. Porque en esta causa yo fui el que estuvo más tiempo preso y el que ha sido más investigado, y lo único que puede decir de mí el fiscal es que soy celoso y que practiqué karate.

Como si fuera una prueba, Herminia López –la madre del Karateka– abrió su cuaderno de anotaciones y sacó una foto. La colocó al lado del pocillo de café y entre los demás papeles que había desplegado en la mesa del bar.

—Este es el Alito de antes –dijo finalmente, mientras miraba el retrato. En él se veía a Martínez sonriendo y con varios años menos–. Mi hijo tenía una vida casi perfecta. Tenía una casa, un auto, una moto, una novia, una hija de afecto, un trabajo, una carrera universitaria, una mamá, un papá, tres hermanos… se reía, era cariñoso. Pero ahora mi hijo es un chico triste; está tratando de juntar sus pedazos. Y todo gracias a un fiscal que uno no sabe si es un ingenuo manipulado o si es alguien a quien la verdad lo perjudica.

***

Aunque la causa está en manos del juez de garantías Guillermo Atencio –cuya función es velar por los derechos de los acusados– y del fiscal Álvaro Garganta, no fueron ellos los más requeridos por la prensa. El más buscado es un abogado penalista que no participó demasiado del proceso, pero que tiene influencia suficiente para asumir el centro mediático.

Ahora que el sol cae sobre el horizonte recortado por los suntuosos rascacielos de puerto Madero, ese abogado está cansado. En su coqueta oficina se acomoda el cabello, se plancha con las manos la camisa ajustadísima que deja adivinar sus pectorales trabajados en el gimnasio, se echa hacia atrás en el sillón ergonómico y le pide a su secretaria que nadie lo moleste al teléfono.

—Sí, señor Burlando –obedece la mujer.

En los círculos políticos se dice que Fernando Burlando –un comprador compulsivo y un deportista que se jacta de dar todo en el polo, en el fútbol y en el kitesurf– entra a los grandes casos de la mano del ministro de Justicia y Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Ricardo Casal. La fábula cuenta que Casal le paga millonadas y le exige a cambio que la policía de la provincia quede siempre bien parada. La misma fábula termina con una moraleja: «Dime de qué lado está Burlando y te diré de qué lado está la verdad». Él se ríe al escuchar esto. Su sonrisa es radiante.

—Aparezco para resolver, y para comunicar fácil y velozmente los casos intrincados –dice–. De todas maneras, es cierto que tengo vinculaciones políticas. la forma de ir a fondo y de llegar al éxito concreto en todo es, precisamente, con este tipo de vinculaciones.

Burlando entró al juego del cuádruple crimen cuando lo convocaron Daniel Galle –el padre de Micaela– y la familia de Marisol Pereyra. Y siempre sostuvo la versión del crimen pasional a manos del Karateka. También se lo vio cerca del remisero Marcelo Tagliaferro, que en su condición de testigo no necesitaba un abogado, pero así y todo había aceptado la representación de Burlando.

—El Estado lo dejó solo en el medio de la selva y decidí ayudarlo –dice él.

Además de abogado, Burlando es un distinguido malabarista de periodistas. Y lo sabe. Para él, la contienda de intereses políticos que sacude a la industria periodística argentina tomó y trituró el caso del cuádruple crimen: los medios oficialistas y los opositores libraron su batalla cotidiana en torno a la masacre, a las víctimas y a los acusados teniendo en cuenta factores partidarios e intereses económicos.

—Algunos le creyeron al Karateka y otros, en guerra, descreyeron de su palabra –agrega.

Burlando se refiere a una puja entre medios nacionales y locales, y que podría ejemplificarse con este caso: en la ciudad de La Plata, el diario El Día –cercano al Poder Judicial– miró sin demasiada simpatía al Karateka. Y, en la vereda de enfrente, el diario Hoy lo trató con algo más de compasión y estuvo abierto a plantear hipótesis alternativas (una de ellas, que las muertes podrían estar relacionadas con información judicial que Susana de Bartole, secretaria de un juez, tenía consigo).

Burlando suspira; de repente se muestra apesadumbrado por el asunto.

—Yo ya tenía un interés por las cuestiones relacionadas con la mujer. Una buena forma de buscar justicia es estando presente en los hechos en los que las víctimas son mujeres y son atacadas indiscriminadamente –Burlando respira hondo y luego suelta el aire: sus pectorales bajan–. Y ni hablar en el caso específico de la nena, Micaela. Fue horrible.

***

Selena Gómez, la cantante de Disney y novia del popstar Justin Bieber, era la ídola de Micaela: cuando Selena entonaba Shake it up, el tema de la serie A todo ritmo, Micaela –la hija de Bárbara– cantaba y bailaba frente al televisor. Ese era uno de sus rituales favoritos de criatura de once años.

Otras costumbres, en cambio, se estaban yendo. Así lo recuerda Laura –en esta historia, se llamará «Laura»–, su mejor amiga, a su vez hija de Silvia Matsunaga, la vecina de Bárbara y de Susana. Laura tenía la misma edad de Micaela y –por la proximidad de las casas y la amistad de las familias– se había criado con ella como si fueran hermanas. Pero un día antes de la muerte, una novedad había abierto una pequeña grieta entre ambas. El veinticinco de noviembre Laura fue a buscar a Micaela para jugar al Reto Mental y se encontró con que esa tarde Micaela no tenía ganas. Su mueca decía que algo había cambiado. Que a Micaela le parecía que ya no podía seguir jugando a lo mismo de siempre.

—En realidad, ella ya era señorita –dice Laura y sonríe. Tiene dos grandes paletas y a ambos lados está el hueco dejado por los dientes de leche recién caídos. Laura acaba de llegar de la escuela y todavía tiene puesto el uniforme. Parece liviana. Mientras su madre, Silvia, evoca a Susana y a Bárbara, Laura busca y trae unas fotos con la naturalidad de quien hizo del crimen un asunto ordinario.

En una de las imágenes aparecen ella y Micaela, abrazadas y sonrientes; en otra ambas están mezcladas entre un grupo de chicas o haciendo morisquetas a cámara.

—Estas eran nuestras amigas –dice la niña, con una frescura que no remite a la muerte, sino más bien al apremio por llegar a un olvido.

Todos, en realidad, necesitan olvidar. Hace algunos días Rubén González –el vecino del timbre 4– colocó dos plantas altas al lado de la puerta de la casa de Susana, intentando neutralizar la energía mortuoria que mana de ahí al fondo. Pero no es fácil. Los vecinos intuyen que el papel, el cartón, la tela, la ropa y las frazadas –y, acaso, la comida que haya en la heladera cerrada– se consumen y generan la putrefacción que atrae a los roedores, que a su vez entran y salen por los agujeros de la puerta de metal.

Los vecinos ya capturaron, con espanto, varias ratas. Como Rubén González, trataron de arrinconarlas y de matarlas a golpes.

Madre busca

Publicado: 1 noviembre 2015 en Leila Guerriero
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Un chico. Un chico de dos, de tres, de cuatro años en una calesita, comiendo un helado, abrazado a un muñeco de Garfield. Un adolescente. Un adolescente de trece, de catorce, de quince años con las palabras “punk” y “rock” escritas en los puños, sacando la lengua hasta el mentón, sonriendo con los ojos ocultos por Ray-Bans oscuros, haciendo el gesto de fuck you, vestido con una remera de Led Zeppelin, tocando la guitarra. Un hombre joven, delgado, con el pelo corto, con el pelo en enérgica copa de rulos, con bigote ralo, sin bigotes, el rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados, cantando ante un micrófono.

Una mujer. Una mujer un día de verano mercurial, su rostro de nariz pequeña, pómulos altos, rodeada de cámaras, diciendo, la voz precisa, la dicción perfecta: “Lucas no está, Lucas no aparece, ya recorrimos todos los hospitales y mi hijo no está en ninguna parte. Les pido que nos ayuden a encontrarlo”. Una mujer en la televisión, sosteniendo la foto de un hombre joven de rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados y, debajo, la leyenda, el videograph que, desde el 22 y hasta el 24 de febrero de 2012, mutó, como una bestia inversa, de la esperanza y la duda –“Una madre busca a su hijo: Lucas Menghini Rey”– a todo lo que sucedió después.

***

El 22 de febrero de 2012, a las 8.32 de la mañana, un tren de la línea General Sarmiento chocó contra el andén al entrar en la estación de Once de la ciudad de Buenos Aires. Minutos después, las primeras imágenes empezaban a llenar las portadas de los diarios y las pantallas de televisión: dos vagones encimados, un hombre con medio cuerpo fuera de una ventanilla, todo bajo un sol rampante y un cielo de serenidad perfecta.

A esa hora, en la localidad de Merlo, una profesora de geografía terminaba de tomar examen a sus alumnos de segundo año. Se había levantado a las seis de la mañana y había recorrido la distancia entre su casa en San Antonio de Padua y esa escuela del barrio Rivadavia en su Fiat Palio rojo, viejo. Tenía, como era natural en esas circunstancias, el teléfono celular sin sonido. A las 8.40, cuando terminó con el último alumno, encontró 20 llamadas perdidas, casi todas de Paolo Menghini, su ex marido y padre de su hijo Lucas, de 20 años. Llamó para preguntar qué sucedía y él la tranquilizó: “Quedate tranquila. Hay un accidente de tren en Once, y es el tren que siempre toma Lucas. No puedo comunicarme con él, pero ya estoy yendo a su trabajo para ver si llegó”. Entonces María Luján Rey, madre de Lucas Menghini Rey (que era músico, que tenía una hija de cuatro, que trabajaba desde hacía un año y medio en un call center del microcentro porteño y que tomaba el tren cada mañana para llegar hasta allí), subió a su auto y empezó a desandar el camino hacia su casa pensando, o tratando de pensar: “Seguro que Lucas se quedó dormido y no
estaba en el tren”.

***

—¡¡¡Lara, qué es ese ruido!!!

Son las dos de la tarde de un día de principios de febrero de 2014, y el patio de la casa de María Luján Rey, en San Antonio de Padua, parece asediado por un bombardeo: un ruido duro
de cosas chocando entre sí.

—Debe ser el lavarropas –dice Lara, su hija de 18 años, desde un cuarto.
—Dale, fijate, Lara.

María Luján Rey está en la cocina, sentada ante la mesa en la que hay una notebook, un teléfono celular, un cenicero y cigarrillos. Usa una remera de mangas cortas que deja ver las chimeneas que se tatuó en un brazo pero tapa la golondrina del hombro y la frase “Madera noble, roble es mi corazón” que le recorre la espalda, más arriba de los omóplatos. El espacio reducido, las cortinas a cuadros, la mesa rodeada por un banco de madera, le dan al espacio un aspecto infantil y abigarrado. Una puerta de chapa separa la cocina del patio donde están el perro –Walas, por Walas de Massacre–, el lavarropas, una pileta inflable con restos de agua enmohecida, una parrilla.

—Lari, dale, fijate.

En la puerta de la heladera hay una foto de Lucas Menghini Rey. Debajo, alguien escribió: “Lo amo”.

—Qué pesada, ma.

Lara Menghini usa el pelo teñido de rubio. Tiene tatuajes –en la pierna, la cadera, la espalda, la mano–, un piercing en el ombligo, otro en la nariz. Saluda, amable pero escueta, y abre la puerta que da al patio.

—Sí, ma, es el lavarropas. Lo apago.
—Bueno, dale, apagalo.

María Luján Rey enciende un cigarrillo. Es un día caluroso. Habla del aire acondicionado: no le gusta, cree que el cuerpo se tiene que regular de forma natural.

—Igual, con mi vicio del pucho, el aire me complicaría. Todo cerrado, con aire, no. Lucas fumaba un montón. Y Lara blanqueó el pucho cuando fue lo de Lucas, cuando fue la tragedia. Lucas fumaba desde los 14. Le decían Chimu, por chimenea. Una de sus bandas se llamaba Chimeneas. Por eso me tatué las chimeneas en el brazo.

Hable del cigarrillo, del aire acondicionado o del budismo que practica desde 2004, todo deriva en lo que pasó entre el 22 y el 24 de febrero de 2012, durante las 66 horas en las que su rostro y el de su hijo se multiplicaron en pantallas y diarios de todo el país.

—¿Vos creías que Lucas iba a aparecer?
—Sí. Lo primero que pensé, cuando salí a buscarlo, fue: “Lo encuentro en un hospital, lo agarro y me lo traigo”.

Después de recibir la noticia del choque, María Luján Rey llamó a Lara desde el auto y le pidió que fuera hasta el departamento que su ex marido –que vive en la Capital– tiene en Padua, para ver si Lucas, que había pasado la noche ahí, no se había quedado dormido.

—El día anterior había tocado con su banda, Sistemática, en los corsos de Padua. Yo lo fui a ver y se acostó a las cuatro de la mañana. Por eso pensé que se había quedado dormido. Pero cuando Lara fue al departamento de Paolo no había nadie. Así que lo llamé a mi papá y le dije que me viniera a buscar para ir a la Capital.

***

—Yo me enteré porque me llamo María Luján, Tuti, nosotros le decimos Tuti –dice Omar Rey, el padre de María Luján.

Su casa, en Merlo, es enorme y fresca, con un patio donde cría gallinas y un living con hogar a leña donde hace asados. Aquí y allá hay cañas de pescar, botas de goma. Vive con su pareja, Estela. Tiene 75 años y levantó esta casa, como casi todo lo demás, con sus propias manos. En el verano de 2013, un año después del choque del tren, estaba arreglando su canoa cuando, con la moladora, se cortó el brazo izquierdo: tendones, músculos, el hueso. María Luján llegó al hospital y armó una revolución hasta que logró que lo trasladaran a un sitio de alta complejidad.

—Tuti es brillante, inteligente. El día de lo de Once la fui a buscar. Estaba muy preocupada, pero la vi fuerte, como ella es. Muy celosa, eso sí.
—Uf –dice Estela, que llega y se sienta junto a la puerta del estudio.

***

—Primero pensé: “Se quedó dormido”. Cuando supimos que no, pensé: “No tiene por qué haber estado en ese tren”. Pero Paolo fue a buscarlo al call center, y tampoco había llegado.

La mañana del 22 de febrero, mientras Paolo marchaba a la estación de Once, María Luján, su padre y su hija Lara empezaban a recorrer los hospitales.

—Pero no estaba ni en los hospitales ni en las listas.

Cientos de familiares buscaban, como ella, a sus heridos y sus muertos. A las 13.30 del mediodía, cinco horas después del choque, la Superintendencia de Bomberos dio por finalizado el operativo de rescate. Para entonces, los medios hablaban de 50 muertos y 676 heridos, pero Lucas seguía sin aparecer.

—Dijeron que ya no quedaba nadie en el tren. Entonces empezamos a pensar: “Está en un hospital, mal registrado”. Y empezamos la recorrida otra vez.

Se habían sumado a la búsqueda dos hermanos de Paolo –Graciela y Leonardo– y primos y amigos de Lucas. Todos los canales de televisión transmitían en directo el desastre de dimensiones épicas y la historia de Lucas Menghini Rey empezaba a abrirse paso con entidad propia. En los canales de noticias, María Luján Rey repetía como un mantra oscuro, sosteniendo una foto de su hijo: “Estoy buscando a mi hijo. Salió de Padua a la mañana, tomó el tren y nunca llegó al trabajo”. En algún momento, ella y Paolo decidieron ir a la morgue.

—Pero yo sentía que Lucas no iba a estar ahí. Cuando entramos, nos mostraron las fotos y yo iba diciendo: “No, no es”. Y, mientras pensaba “qué suerte” me sentía una mierda por sentir alivio, porque esa persona que te mostraban era el padre, el hijo de alguien.

De la esperanza al horror y, de ahí, otra vez a la esperanza. Lucas quizás se había quedado dormido, pero no; Lucas quizás había llegado a su trabajo, pero no; Lucas quizás no viajaba en ese tren, pero sí; Lucas quizás estaba en los hospitales, pero no.

Lucas –músico, malhumorado, fumador, rey del carisma– se había esfumado.

El jueves 23 de febrero, en un informe de prensa, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, dijo que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado, seguramente hubiera sido una cosa mucho menor”, e hizo mención a la costumbre argentina de apiñarse en los primeros vagones para llegar más rápido a la salida (en los dos primeros, que se encimaron, se registró la mayor cantidad de muertos y heridos). María Luján, mientras tanto, había sido convocada a la morgue para revisar fotos que ya había visto. Cuando salió la esperaban los medios. Furiosa porque, como había anticipado, las fotos no eran de Lucas, dijo: “Quiero que me den una lista de todos los heridos. Mi hijo tomó el tren en Padua y no sé dónde está”.

—Y mientras, los que tenían que buscarlo me decían: “¿Usted está segura de que iba en el tren? ¿No tendrá una noviecita?”. Las preguntas te daban la pauta de que no lo estaban buscando, y pensábamos: “No lo buscan porque no nos creen”.

Sólo en dos ocasiones dejó de fumar: durante los embarazos de sus hijos. En el sexto mes del de Lara festejaban el cumpleaños de Lucas y se cortó un pulgar con un cutter. La sangre salía a chorros y se dio cuenta: se había cortado una arteria. Impávida, pidió una toalla, se envolvió y les ordenó a su madre y a su suegra: “Préndanme un pucho y llamen a una ambulancia”. En el hospital, después de coserla, el médico le recetó pastillas para el dolor pero le dijo que no tomara más de una por día, por el embarazo. Ella le contestó: “Si es peligroso, no las voy a tomar. Me la banco”.

***

María Luján Rey nació el 4 de agosto de 1969, hace 45 años. Tiene un hermano mayor –Juan Manuel– y una menor a la que le lleva cuatro años, María del Carmen. Juan Manuel, de adolescente, empezó a tocar en una banda, la contagió con sus propios gustos musicales –Spinetta, Led Zeppelin– y le dio sus primeros cigarrillos. Ella aprendió a leer a los cuatro y era una niña sensible y buena alumna a la que su familia apodaba María Sauce –por llorona– y María Limón, por malhumorada. La infancia transcurrió en el oeste del conurbano con una situación económica buena: su padre vendía bolsas de arpillera, tenían autos nuevos y casa en Piriápolis, Uruguay. Elba, su madre, era militante peronista, hija del fundador de la primera unidad básica del PJ en Padua y cuando, ya grande, empezó a estudiar Psicología, María Luján la ayudó a preparar exámenes. Más que con Elba, los hermanos se criaron con una vecina, Mamá Iole, que atendía las cosas a las que en aquella casa los adultos no daban importancia: los cumpleaños, el colegio. Cuando María Luján tenía 17, sus padres se separaron y siguió a eso un tiempo confuso. Juan Manuel se mudó con su padre; después, peleada con su madre, María Luján hizo lo mismo hasta que, peleada con su padre, volvió a casa de Elba. Salió de allí embarazada de cinco meses, casada con Paolo Menghini.

***

La voz de María del Carmen Rey, la hermana menor de María Luján, llega por teléfono desde Tierra del Fuego. Es docente, su marido es miembro retirado de la Armada, estudia la carrera de bibliotecaria, hace artesanías en madera.

—Ella tiene un idilio con mi papá, pero él siempre hizo diferencia entre los hijos. El año anterior a la tragedia nosotras volvíamos a Buenos Aires desde Tierra del Fuego. Se rompió el auto y ella quería decidir lo que había que hacer. Entonces le dije: “Es mi auto, yo sé lo que hay que hacer”. Bajamos y empezamos a los gritos. Le dije que sabía que la solución a todos sus problemas hubiera sido que yo no existiera, y ella me dijo que yo era perfecta, que papá siempre estaba pendiente de mí. Después nos dimos un abrazo, porque yo la adoro. Es incondicional. Pero cuando mis papás se separaron ella tenía 17, y mi mamá la convenció para que atestiguara en contra de él, como que no nos pasaba dinero. Y eso a mi papá le generó una enemistad terrible. Una vez él me trajo unos Kickers y a ella no le trajo nada. Después, mi hermana se peleó con la nueva señora de mi papá y cuando nació Lucas mi papá no quiso conocerlo. Cuando Lucas tenía dos meses, mi hermana fue y le dijo: “Te presento a tu nieto”. Mi papá siempre fue muy hiriente con ella. En Paolo encontró un gran compañero. Venía de relaciones tormentosas, y Paolo fue la calma.

—¿Le iba bien con los varones?
—Todos estaban enamorados. Era hermosa, líder, y con el que le gustaba salía. He visto a muchos llorar por ella.

***

—Elba no era la típica mamá que les prepara los útiles a los chicos –dice Omar Rey–. Cuando nos separamos, pasé de tener lancha, casa en Piriápolis, a perder todo. Mis principales clientes eran los ingenios azucareros, y cerraron y me quedé sin nada.

Empezó a fabricar toldos de lona, vivió en Uruguay, donde conoció a su segunda pareja, y regresó a Padua en plena crisis de 2001. Con el país en llamas, pensó que vender comida para pájaros podía ser un buen recurso. Así, otra vez desde cero, montó un negocio.

—María Luján sacó algo de ese espíritu kamikaze. Ella me quiere al extremo. Es muy celosa.
—Todo bien mientras estábamos de novios –dice Estela–. Ahora, cuando nos juntamos, sonamos. Pero yo digo que si no fuera por el budismo ella no estaría parada.

***

—Mi viejo te dice: “¿Qué te hiciste en la cabeza?”, y eso quiere decir que te queda lindo lo que te hiciste en el pelo.

Sobre la mesa de la casa de María Luján Rey hay una pila de volantes que dicen “Justicia por las Víctimas de Once”. El 22 de febrero de este año, 2014, habrá un acto en la Plaza de Mayo para recordar el segundo aniversario de lo que ella y 20 familias nucleadas en un grupo informal llaman tragedia, jamás accidente. La diferencia encierra un concepto: lo que sucedió en Once, sostienen, pudo haberse prevenido si el dinero para el mantenimiento de los trenes no hubiera sido desviado (hacia sus propias arcas) por funcionarios y empresarios corruptos. Eso transforma un accidente –obra de la fatalidad– en una masacre con responsables.

—Mi viejo te tiraba la carpa en el fondo y la tenías que armar 100 veces hasta que te salía. Y mientras tanto te decía: “Sos boluda”. Pero todas las cosas que tienen que ver con las manualidades, con saber usar un taladro, las aprendí de
mi viejo.

A los 17 o 18 años tuvo su primer trabajo, comenzó a militar en la Juventud Peronista y a estudiar Magisterio.

—Trabajaba en una unidad sanitaria de Merlo. Milité hasta los 20, porque la JP bancaba a Luder y, como ganó Menem, teníamos que bancar a Menem. Y me fui.
—¿Paolo militaba?
—No. Siempre fue más de izquierda, pero no militó nunca.

Paolo Menghini estudiaba, hacía música y tocaba en la misma banda en la que tocaba el hermano de María Luján, de modo que todos eran amigos. Un día propuso dar un paso más y ella sólo aceptó tres años más tarde. A los tres meses de empezar la relación quedó embarazada y se casaron. Cuatro años después –en medio de una economía precaria– nació Lara. Para entonces, María Luján trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, como secretaria, un puesto que mantuvo ocho años hasta que cambió el ministro y no le renovaron el contrato.

—¿Hay algo de comer? –pregunta Lara, entrando en la cocina.
—Te dije si no querías una tarta.
—No, ya fue, me hago un omelette –dice Lara, sacando una sartén.
—Yo cocino bárbaro. Pero ahora hago pocas cosas en casa. Muchas veces por la lucha de justicia de Once, y muchas
veces por acompañar a otros. A los inundados de La Plata. O a la red antimafia de Rosario. Pero tampoco soy la madre que lo deja todo para que brillen los vidrios. Si Lara tiene el cuarto despelotado, cierro la puerta y adiós.
—¿Y antes eras de cocinar?
—Sí, era –dice Lara.
—No seas guacha –dice María Luján, riéndose.

Impostan un tono de reproche, como dos actrices de comedia brillante en un guión aceitado y autoparódico: la madre que no se ocupa de su hija, la hija que se queja de que su madre no se ocupa de ella.

—No tiene horarios. Lucas era igual. Le podía entrar al dulce de leche mientras comía fideos a las cuatro de la tarde. Pero ahora estoy demasiado metida en esto. Y por ahí para Lara es un poco denso.
—Yo estoy acostumbrada –dice Lara, echando en la sartén un spray para freír.
—Sí, pero por ahí se incomoda. El otro día fuimos a comprar dulce de leche y una mujer me tuvo tres horas. “Siga luchando, mi hijo también viaja en tren.” Por un lado la entiendo y por el otro me jode. Está buenísimo que la gente no se olvide. Pero vas a comprar dulce de leche, no vas a hablar de la tragedia de Once. A nosotros no se nos terminó la vida con Lucas. Nuestra vida cambió, pero no nos quedamos sin vida. La gente te mira y dice: “Mmm, no llora”. La vez pasada un tipo puso en Twitter: “Le enseñaste a tu hijo a transgredir normas y por eso terminó muerto, bancatelá”. Yo nunca contesto. Por un comentario bueno va a haber mil que van a decir: “Esta mujer se dedica a la bebida”.

Fuma sosteniendo el cigarrillo con la punta de los dedos, manteniendo los otros recogidos hacia la palma.

—Hay gente que te dice: “Ay, qué lástima que fumás”. Y, sí, también tengo artritis reumatoidea y no tiene nada que ver con el pucho.
—¿Tenés desde hace mucho?
—Desde antes de la tragedia. Pero después dejé de darle bolilla. Me habían dado una medicación que puede afectar la vista. Tenía fecha para ir al médico en esos días y no fui. Empecé a ver menos, dije: “A ver si es la medicación”, y la dejé.
—¿Ves mejor?
—No. Veo menos porque estoy más vieja.

Fue una madre que mezclaba formas estrictas –retaba, repartía penitencias–, cuidados amorosos –preparó los souvenirs y la torta de todos los cumpleaños de sus hijos– y una comunicación que funcionaba, en temas como el sexo, la religión o la política, de manera fluida. Cuando a los 13 Lucas empezó a tocar la guitarra, a componer, a ratearse para ir a un bar de Padua llamado Frida, hacía dos años que, en 2004, Paolo Menghini y María Luján Rey se habían
separado.

—Nos llevábamos muy bien, pero yo tenía la sensación de que la vida pasaba por el costado. El es el mejor papá que le podría haber dado a mis hijos, y yo no tengo dudas de que piensa lo mismo de mí.

Durante los catorce años que vivieron juntos, compartieron las tareas de la casa pero, como su padre le había enseñado a pintar, cortar, desatascar, la maquinaria pesada corría por cuenta de ella. El día en que Lucas, de 15, llegó para contarle que había dejado embarazada a su novia Romina, de 17, María Luján estaba pintando la habitación de Lara.

—Les dije: “Cuenten conmigo, pero yo no voy a opinar si está bien, mal, si el aborto va o no va”. Era la vida de ellos.

Lucas y Romina nunca vivieron juntos y sólo fueron pareja hasta que su hija, Guadalupe Paz, cumplió seis meses, pero, aun así, Lucas tenía a la nena tres veces por semana en casa de su madre.

—Me acuerdo de escucharla llorar a Paz a la noche, y yo diciendo: “Ay, si la agarro no llora más”. Pero le decía: “Lucas, probá con tal cosa”. No era: “Damelá que la calmo”. Nunca me moví de ese rol: yo soy la abuela, no la tengo que criar. Era re buen padre. La cambiaba, la dormía. El empezó a laburar porque tenía a Paz. Hacía casi un año que trabajaba en el call center. Decía que era un laburo comecabeza. Vendía Cablevisión y Fibertel y le iba muy bien. Le pasaba la plata a la mamá de Paz, y el resto lo gastaba en la música, cigarrillos, cerveza. Decía: “La música no se vende”. Y yo le decía: “Pero tenés que comer, por qué no hacés covers y vas a un bar”. Ni loco. Era muy cabezadura. Un carácter tremendo. Cuando se enojaba, se cegaba.

***

—Con Lucas me llevaba bien –dice Omar Rey–. Pero nos veíamos poco. Lo criaron muy suelto. Cuando me dijo que iba a ser padre, yo no daba dos mangos. Dije: “Qué va a ser padre éste, si fuma como un murciélago, chupa”. Y sin embargo era un papá de la gran flauta. Tenía un carácter bravo, pero era el único de toda la familia que se llevaba bien con Elba, mi ex. Ella es kirchnerista a muerte. El 22 de febrero, el día del aniversario de lo que pasó, ella puede poner en el Twitter: “Un día como hoy se murió Humphrey Bogart”.

Llorar no es una opción para un hombre como él, de modo que no debe ser cómodo lo que le sucede ahora, inesperadamente.

—Uno piensa… me gustaría haber hablado más con mi nieto. Pero bueno… al menos no me llevaba mal. Y él era muy atento conmigo.

***

Son las nueve y media de la mañana de un día de febrero. Paolo Menghini está en una isla de edición de Canal 7, donde trabaja desde 1995 como editor de noticias. Cuando el tren chocó, él estaba en su trabajo. Fue hasta la redacción a buscar un informe, encontró un desbande y preguntó qué pasaba.

—Y me dijeron. Era el tren que tomaba Lucas. Llegué a Once en la negación total. Estaba en la estación y decía: “Uy, cuántos heridos”. En un momento dije: “Puta, ¿no habrá algún muerto acá?”. Y pasan dos policías con las bolsas negras y pensé: “Hay muertos, hay muertos”. Y se me congeló la sangre.

***

El viernes 24 de febrero de 2012, por la mañana, Lucas Menghini Rey no había aparecido. En la división Sarmiento de la Policía Federal, dentro de la estación de Once, se empezaron a revisar filmaciones de las cámaras de seguridad y Lara vio en una, correspondiente al andén de Padua, a un chico que subía por la ventanilla a una cabina destinada al guarda, entre los vagones 3 y 4. Apenas lo vio, dijo: “Ese es mi hermano”. María Luján y su cuñada Graciela estaban en el Hospital Alvear cuando las llamaron para pedirles que regresaran a la estación sin explicarles lo que sucedía. Mientras tanto, en Once, las personas encargadas del rescate se asomaban a la ventanilla de la cabina y veían en el piso, donde había permanecido desde el día 22, el cuerpo de Lucas Menghini Rey. María Luján atravesaba la ciudad en auto y no podía ver que la televisión cambiaba el videograph “¿Dónde está Lucas?” por uno que rezaba “Apareció el cuerpo de Lucas en el cuarto vagón”. En el hall de Once, cientos de usuarios empezaban a gritar: “¡Cristina dónde está!”, “¡Schiavi hijo de puta!”, “¡Que se vayan todos!”. Los trabajos para sacar el cuerpo de la cabina, reducida a 30 centímetros, ya
habían empezado.

***

—Está todo filmado –dice María Luján Rey, en la cocina de su casa–. Se suben dos cosos, miran por la ventana y uno hace: “Acá está”. Estaba en el piso, en la cabina. Por al lado pasaron los bomberos con los 50 muertos y nunca se asomaron. Cuando llegué a Once fuimos a un cuartito y un tipo dice: “Habríamos encontrado un cuerpo…”. Y yo a los gritos: “¡El cuerpo de quién!”. Y el tipo: “Tendría las características…”. Y yo: “¡Decimeló, sorete!”. Yo ya sabía, pero quería que tuviera los huevos de decir: “Encontramos a su hijo en el vagón, tres días después, porque somos unos ineptos inoperantes del orto”.

Arriba, en la estación, la gente arrojaba piedras y la policía reprimía con gases lacrimógenos mientras algunos familiares de Lucas pedían que pararan, que no sumaran más espanto. Abajo, María Luján, abrazada a su hermana que había llegado desde Tierra del Fuego, repetía: “Mi nene, mi nene”.

—Lo primero que pensé fue si Lucas había tenido sobrevida, si había muerto porque estos inoperantes no lo buscaron. Cuánto tiempo había estado ahí esperando que lo encontraran. Una hora, dos horas. Mirá si estuvo un día entero vivo y nosotros dando vueltas. Pero no. Lucas murió en el momento. Eso lo supe cuando leí la autopsia, tiempo después. Fue duro leerla, pero si Lucas había estado esperando doce horas, yo lo quería saber.

Ahora, en el atardecer de un día de verano tan bello como aquel en que encontró el cuerpo de su hijo, María Luján Rey dice:

—Y con todo el dolor del mundo, cuando Lucas aparece me duermo sabiendo que mi hijo está muerto. Cuando no sabía dónde estaba no me podía dormir porque decía: “¿Cómo me voy a ir a dormir si mi hijo puede estar necesitándome en algún lado?”.

¿Fueron –además de la laceración de aquella búsqueda– las declaraciones de Schiavi; fue el comunicado de la Presidenta de la Nación que a las diez de la noche del día del accidente expresó condolencias escuetas al tiempo que anunciaba la suspensión de los corsos en esa época de carnavales? Sea como fuere, las diferencias entre el gobierno nacional y esa familia (de militantes peronistas, de hombres que lloran escuchando a Spinetta) empezaron de inmediato.

***

—Hay imágenes que no se me van a borrar en la vida, en la vida, en la vida –dice Paolo Menghini.

En ocasiones repite varias veces la misma frase como si quisiera drenar alguna cosa, arrancarse algo pegajoso y tóxico de la memoria.

—Lo que nos han hecho. Lo que nos han hecho. A mí no sólo me destrozaron la vida de la manera más cruel. Cuando además tuviste que ver morirse gente en el andén, deambular por los hospitales, la morgue. Recibir llamados de gente enferma. El 23, cuando salgo de la morgue, recibo un mensaje de texto: “Quedate tranquilo, estoy bien”. Llamo y me atiende una chica, y se empieza a reír y me dice: “No, era una joda, jaja”. Hubo varios de ésos. En esos días de búsqueda me han generado, para con los jefes del operativo de rescate, sentimientos para los que yo no fui criado. No los voy a perdonar en mi vida. No lo buscaron. Estaba en el vagón cuatro. Ponían una escalera, miraban y lo encontraban. Y no lo hicieron. Disculpame.

Cada vez que no puede seguir hablando, abre los ojos, inspira hondo, y dice: “Disculpame”. Cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo en la morgue pidió que sólo le mostraran la mano derecha donde Lucas tenía –desde niño– la marca de una quemadura.

—No quise ver más. Lucas se fue dormido y escuchando música. Si uno tiene que elegir alguna puta manera de que haya cambiado de estado en esas circunstancias, es la mejor manera que puedo desear para él.

***

El 5 de febrero de 2014, seis bomberos murieron mientras apagaban un incendio en el barrio porteño de Barracas. De inmediato, se decretaron dos días de duelo nacional y les rindieron homenajes de héroes. A las tres de la tarde del día siguiente, 6 de febrero de 2014, María Luján Rey abre la puerta de su casa. Está hablando por teléfono, hace señas de “pasá, pasá”. Sobre el living hay un pequeño entrepiso. Allí está la biblioteca, con títulos de Rosa Montero, Saramago, García Márquez. Siempre leyó mucho, pero desde febrero de 2012 no puede permanecer alejada de las noticias sin sentir que se pierde algo importante. El altar budista está empotrado en una de las paredes del living: es un armario chico que permanece con las puertas cerradas.

—Sí, el 22 a las siete de la tarde es el acto en Plaza de Mayo –le dice a alguien al teléfono–. Sin banderías políticas. La justicia no es para el PO, La Cámpora, el MST; es para todos.

Después se sabrá que ha pasado algo extraordinario, pero para ella es otro día más: otro día de una vida en la que dejó de ser una profesora de geografía para ser una mujer que sabe qué cosa es una cámara de casación y a quién hay que pedirle el mangrullo para un acto en Plaza de Mayo.

—Bueno, dale. Mil gracias por llamar.

Un gato bebé, que ayer se metió por el jardín y fue acogido en la casa, salta entre sus piernas. Le pusieron Flan y tiene el tamaño y el color de una esponja para lavar los platos.

—Era una política de no sé qué partido –dice, colgando–. Está indignada, dice, porque dieron dos días de duelo por los bomberos. No sabés si te llaman para ponerte fichas o qué.

El 18 de marzo empezará el juicio por el choque del tren de Once, que tiene 300 testigos y 29 procesados, entre los que se cuentan el maquinista Marcos Córdoba, que conducía la formación; los ex secretarios de Transporte Ricardo Jaime y su sucesor, Juan Pablo Schiavi; el director de Trenes de Buenos Aires (la concesionaria del Sarmiento en el momento del choque) Claudio Cirigliano; el ex subsecretario de Transporte Ferroviario Antonio Luna, y los ex directores de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte Pedro Ochoa Romero y Antonio Sícaro. La figura por la que se los procesa es administración fraudulenta y descarrilamiento con estrago culposo, pero la familia de María Luján Rey, querellante en la causa, los acusa por asociación ilícita y dolo eventual, dos figuras que implican intención y conciencia acerca de los efectos que tiene desviar fondos de los subsidios destinados al mantenimiento de un transporte público. En paralelo a esa causa, la familia Menghini Rey inició otra contra siete miembros de la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal, a cargo del operativo de rescate, por “violación de deberes de funcionario público”, o sea, por no haber buscado debidamente a Lucas. El 5 de febrero, cuando María Luján escuchó los nombres de los seis bomberos muertos en Barracas, le pareció reconocer el de uno de ellos. Fue a buscar la causa y vio que, en efecto, uno de los fallecidos –Leonardo Arturo Day, jefe de los Bomberos de la Policía Federal– estaba entre los procesados. De modo que se pasó el día ante el televisor, viendo cómo un hombre a quien ella considera uno de los responsables de los peores tres días de su vida era coronado de flores.

—Es una sensación de mierda, porque uno no le desea la muerte a nadie, pero el tipo en la declaración dice que no tiene nada que ver con que no lo hayan encontrado a Lucas. Que él buscaba vivos, no cadáveres. ¡Hijo de puta, cómo sabía que Lucas estaba… era un cadáver! Lo tendría que haber buscado como si estuviera vivo. Dice que estuvo tres o cuatro días sin dormir por lo que había visto. Y yo pensaba: “Yo también estuve cuatro días sin dormir, pero haciendo lo que vos no hiciste: buscando a mi hijo”.

La voz se torna un río de cólera, una furia blindada.

—Además, murió cumpliendo con su deber y la familia lo encontró a los cinco minutos. No tuvieron que dar vueltas durante 66 horas. Pero no quise salir a decir nada, porque debe haber una mina llorando a su hijo, como yo.

De pronto, tocan el timbre. Ella camina hasta la puerta, abre y dice: “¡Hola!”, con una voz que ha perdido cualquier resto de enojo. Gustavo Bustamante y su madre, Ester Bustamante, son el hermano y la madre de Federico Bustamante,
que murió en el choque, y han venido a buscar volantes del acto del 22 para repartir. Ester se apoya contra la mesada y Gustavo, bajo el marco de una puerta, llena la cocina con su presencia monumental.

—¿Viste lo de los bomberos de ayer? –pregunta María Luján, y repite, de manera más o menos exacta, lo que ha dicho antes.

—Ester la escucha, muda. Después, cuenta cómo aquella mañana ella misma pudo haber estado en ese tren, de camino a su trabajo como empleada doméstica, y María Luján –aunque debe conocer la historia– la escucha, muda.
—Ayer saqué la causa –dice María Luján–, y Lara vio la autopsia. Quiso leerla y me dijo: “Es menos de lo que yo me imaginaba, pensé que tenía la cabeza destrozada”. Le dije: “No, la cabeza la tenía intacta. El cuerpo no. Tenía una lastimadura en una pierna, el jean tiene un tajo”. Y me dice: “¿Pero vos tenés el pantalón?”. Le digo: “Tengo toda la ropa que llevaba puesta tu hermano. El pantalón, el buzo, las zapatillas, el calzoncillo”. Y Lara me dice: “Tirá todo eso”. Pero yo no lo voy a tirar. Tengo los dos encendedores, el paquete de Philip Morris vacío, la mochila. A la ropa mi vecina la lavó y me la dio. El domingo 26, cuando nos juntamos con Paolo para preparar la conferencia de prensa que hicimos el 27,  agarro el buzo de Lucas y me lo llevo. Estábamos en un departamento y de pronto empezamos a sentir un olor terrible. Hasta que me di cuenta que era del buzo. Un olor a podrido que… No es olor a podrido de cualquier cosa. Inclusive cuando decís: “Hay olor a bicho muerto”, no, ni siquiera a bicho muerto. Es un olor rarísimo.
—Es olor a sangre machucada –dice Ester.

Hay un segundo de silencio y María Luján dice:

—Lara me decía que tirara todo porque las almas no descansan. Y yo le dije: “¡Nena, con lo que descansaba tu hermano vivo, mirá que no va a descansar estando muerto!”. Se la pasaba durmiendo.

***

—Con María Luján no creo que seamos ejemplo de nada –dice Paolo Menghini–. Pelea por su hijo como lo hizo siempre, y yo también. Cuando supe que uno de estos bomberos estaba imputado en la causa, para la familia de ese tipo todos mis sentimientos. Pero no para él. No puedo. No sólo porque murió en cumplimiento de su deber, sino porque además me generó un dolor que no se me va a terminar en la vida. Lucas no está. Pero estos corruptos delincuentes hijos de puta, aunque destrocen la historia argentina, a Lucas no lo tocan. Disculpame.

***

Cuando el bar Frida Cerro, los dueños y amigos se nuclearon en una casa comunitaria de Padua –Casa Frida– donde se hacen recitales y ferias americanas, y donde Lucas pasaba mucho tiempo. Fue allí donde la familia decidió hacer lo que nunca llamaron velatorio sino despedida. El 25 de febrero dispusieron un ataúd sin cruces y lo colocaron en el patio, bajo un árbol de laurel. Paolo Menghini cantó canciones de Spinetta y de los Beatles. María Luján y Lara, que también practicó el budismo, recitaron la Ceremonia de los Muertos, y una larga caravana marchó más tarde al cementerio. Después, María Luján fue a hacer lo que tenía que hacer: buscar a Paz, su nieta, para decirle que ya no volvería a ver a su padre.

***

El día es gris y destemplado. María Luján Rey, como en medio de una escenografía inmóvil, está, otra vez, en la cocina de su casa. A lo largo de semanas contará, con mano firme, la manera en que buscó y encontró a su hijo, pero cuando recuerda el momento en que habló con su nieta parece una mujer sumida en un lugar ruinoso y desesperanzado.

—Nos sentamos en el piso. Le dije: “Bueno, Paz, hubo un accidente con el tren que lleva a la gente a trabajar”. Y empezó a decir: “Mi papá no, mi papá no”. Le dije: “Sí, tu papá iba en el tren y se lastimó mucho”. Y lloraba y decía: “Ay,
ay, mi papá no”.

Habla sin mirar a los ojos, con una pedagogía suave, como si no le estuviera contando eso a un adulto sino, una y otra vez, a su nieta de cuatro años.

—Y le dije: “Sí, Pachu, papá se murió, así que no lo vamos a volver a ver”.

Esa misma noche hubo una marcha de vecinos hacia la estación de Padua. Cuando la marcha terminó, ella les dijo a los amigos de Lucas: “¿Y la guitarra? Sin guitarra no es el Chimu”. Los amigos llevaron las guitarras y ella se quedó con ellos, cantando hasta el amanecer.

—Si a mí me hubieras dicho el 21 de febrero: “¿Qué hacés si mañana tu hijo choca con un tren, no aparece, y después de tres días aparece muerto?”, yo te decía: “Me mato”. Y bueno. No me maté. Cuando lo extraño mucho pongo su música. Por algo le pasó a él. Yo, por mi creencia, no creo en las casualidades. Lucas no terminó el secundario, era muy mal alumno. Yo lo hinchaba para que terminara. A veces digo qué bueno que no me dio pelota y se dedicó a la música. Mirá si me hubiera dado bola y se hubiera dedicado solamente a dar las materias. ¿Hoy qué me quedaba? La tarjetita del call center.

***

El domingo 26 de febrero de 2012, un día después de enterrar a su hijo, María Luján Rey fue a comprar algo para el desayuno y, al salir, levantó el diario. En la segunda página vio el titular: “Lucas viajaba en un lugar prohibido”. El día anterior, la ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, había difundido un comunicado que decía: “Se identificó que el cuerpo de Menghini se encontraba dentro de la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros (…)”. El 27 de febrero, María Luján y Paolo dieron una conferencia de prensa. “Es una necesidad mía –leyó ella aquella tarde con un tono en el que ya se conjugaban la indignación marcial y el dolor sereno– (…) expresar mi más enérgico repudio al comunicado emitido por el Ministerio de Seguridad de la Nación encabezado por la doctora Nilda Garré, en el cual deja entrever la posibilidad de que Lucas tenga responsabilidad en lo sucedido (…) Tratar de convertir a la víctima en culpable es un recurso vil, bajo, bastardo y canalla (…).”

Los heridos por el choque fueron 800. Los muertos –se incluye un embarazo en gestación– 52.

***

Leonardo Menghini está sentado ante una mesa en una sala de juntas, en un despacho del microcentro. Es, además del hermano de Paolo, el abogado de la familia en el juicio contra los responsables del choque. En 1994 dejó la profesión
para dedicarse a la música hasta 1998, cuando retomó, y está convencido de que éste será su último trabajo, que después se dedicará a otra cosa.

—Nosotros somos gente de izquierda. Siempre pensé que el trabajador es el último eslabón de la cadena. La gente ve como inexorable que a los laburantes los caguen. Lo que no pueden creer, en este caso, es que no hayan buscado al pibe. Yo adhiero a muchísimas cosas de este Gobierno, pero la negativa de asumir la responsabilidad de lo que pasó deja en evidencia el desinterés real que tiene por cosas populares. Y la principal prueba de su responsabilidad es todo esto que dicen que están haciendo con los trenes: trayendo coches nuevos, arreglando vías. Si pudiste hacerlo en dos años, ¿cómo no pudiste hacerlo en diez? No quisiste. Y si no quisiste, te cagaste en el pobre.

***

En medio del caudaloso pasillo de Canal 7, de cara a un día con lluvia en vendaval, caminando hacia la salida, Paolo Menghini dice que él lleva adelante una lucha que ha sido desatendida por el partido gobernante.

—No sólo, pero sobre todo por el partido gobernante. Y trabajo en un canal estatal. Eso no me ha traído ningún conflicto. Acá sólo encontré comprensión y apoyo. Pero las diferencias que el grupo del que formo parte tiene con el gobierno nacional son las mismas que yo tengo. Suscribo a cada palabra que dice este grupo. Absolutamente.

***

Faltan pocos días para el acto del 22 de febrero de 2014 y Lara está sola en casa porque su madre fue con una amiga a repartir volantes al centro de Padua. Buena parte de su vida escolar transcurrió en un colegio privado en el que fue buena alumna y abanderada. Quiere empezar a estudiar Diseño y hoy –como casi siempre– tiene planes de tatuarse. Empezó a hacerlo hace dos años, un día después de que encontraran a su hermano, y ahora se tatúa con la naturalidad de quien va a la peluquería.

—Antes no me dejaban, pero cuando fue lo de mi hermano dije: “Ya fue”, y la misma mañana de la despedida me tatué en la espalda la tapa del disco que él no llegó a grabar.

Habla en un tono tajante, con displicencia amable y desencanto.

—No sé si lo que mantenemos es la calma. Lo que mantenemos es la cordura. A veces a un amigo le pasa algo, y uno le dice: “¿Y de eso te quejás?”. Pero no está bueno. Porque los raros somos nosotros. No podés medir las cosas por algo tan extremo que te pasó. Yo lo extraño a mi hermano, pero ya se murió, mi vida no se quedó frenada en eso. Mis papás luchan para que se haga justicia, y eso está bien, pero yo no voy a dedicar mi vida a eso.
—¿Nunca pensaste “por qué me pasa a mí”?
—No. Jamás. Porque yo creo que no me pasó a mí. Creo que le pasó a mi hermano.

La casa tiene zonas más ordenadas –la cocina–, menos ordenadas –el cuarto de baño donde, dentro de la bañera, se acumula la ropa para lavar– y plenamente desordenadas, como el cuarto de Lara y el antiguo cuarto de Lucas. El de Lara parece haber sufrido una requisa. El colchón está desnudo. Junto a la cama hay un mueble indiscernible, cubierto por ropa (cosas verdes, cosas grises, cosas floreadas). A los pies, una tabla de skate sin ruedas, sostenida por dos ladrillos huecos. El armario está abierto. Del barral cuelga una sola percha. En la puerta, una frase: “Queda prohibido llorar”.

—¿Querés ver el cuarto de mi hermano?

El cuarto de Lucas se usa para amontonar cosas pero está, en muchos aspectos, como lo dejó. Separado de la casa, se accede atravesando el patio. Hay una bicicleta, cajas, rollos de cables. Las paredes están empapeladas con hojas de diario, recorridas por dibujos, nombres de bandas –Viejas Locas–, frases –“Al carajo con Dios y la Virgen”–, siglas: EZLN. Ejército Zapatista del Pueblo.

—Lucas defendía a este Gobierno. Mi papá era re kirchnerista. Por eso le costó, después. Porque defendía algo que lo perjudicó más que a cualquiera.

***

María Luján y su amiga Mariela acaban de llegar del centro de Padua y están sentadas en el piso del living, recortando cartones para que la cera de las velas no se escurra de las botellas donde irán insertas durante el acto de Plaza de Mayo. Podrían ser dos maestras haciendo cualquier manualidad.

—Nadie te enseña a estar expuesta –dice María Luján–. Vos enterrás a tu hijo, pero el resto opina si lloraste poco, si estás empastillada. Tenés que fumarte a la que viene y te dice que no podía quedar embarazada y le pidió a Lucas y quedó, o la que no podía caminar y se le apareció Lucas en la copa de un árbol y caminó.

Se ríe, mordiéndose el labio inferior. Lara baja del entrepiso cargando un álbum de fotos. Está repleto de imágenes de Lucas y de Lara, de Paolo, de los hermanos de Paolo, pero no hay ninguna foto de la madre de María Luján.

—Vive en Mar del Plata. No tengo una relación fluida. Es ultrakirchnerista. Para mi vieja es el bajón de haber perdido a su nieto, y listo. No entiende que su nieto murió por la corrupción de estos hijos de puta. Porque no los ve como
hijos de puta.
—¿Eso te enoja?
—No. Cada uno lidia con esto como puede.

Lara, sentada en el alféizar de la ventana, hace un gesto de hastío y dice:

—Me voy a tatuar.
—Nena, tenés hormigas en el traste, como tu hermano.

Si Paolo Menghini habla de su hijo como de un talento perdido (“Para mí es un legado que se conozca la obra de Lucas”), su madre habla de él como de alguien desordenado, buen padre, cariñoso, simpatiquísimo, de pésimo carácter, que se vestía en ferias americanas y se cortaba el pelo solo. Hacia el final de la tarde, María Luján y su amiga volverán al centro de Padua, a repartir volantes. Como si un día sin hacer nada fuera –entonces sí– un día sin Lucas.

***

Poco después del choque, el ministro de Planificación Julio De Vido anunció que el Gobierno pediría ser querellante en el proceso judicial, pero la Cámara Federal lo rechazó por estar el Gobierno en la línea de responsables. Cinco días después del choque, en un acto público en Rosario, la Presidenta pidió que las pericias de lo que había sucedido en Once no tardaran más de quince días, porque “los 40 millones y las víctimas necesitan saber quién es el responsable”. Dos semanas después del choque, Schiavi renunció a su cargo y la administración del transporte pasó al ala del Ministerio del Interior conducido por Florencio Randazzo.

***

—Sí, dos temas de Pity y después nosotros. No sé si habló con Axel.

Faltan pocos días para el acto del 22 y María Luján habla por teléfono con Paolo, mencionando nombres de músicos y bandas. Cuando cuelga, dice que están intentando que algún grupo los acompañe en el acto.

—En esta época hay mucha gente de gira. Por otra parte, el Gobierno se ha encargado de instalar que nosotros somos la oposición, entonces un tipo dice: “Voy, canto por la justicia y me pierdo un show en Tecnópolis”, y los re entiendo.
—¿Tuviste pareja después de Paolo?
—Siete años de convivencia catastrófica. Fernando. El Chino. Logré que terminara el secundario, que consiguiera trabajo, que se internara por su adicción a las drogas. Yo lo conocía desde chico, pero cuando lo volví a encontrar decía que había dejado de consumir. Fue chamuyo. Me banqué el año de internación, el año de reinserción social. Para haberme enganchado con una persona enferma tendría algún punto enfermo yo. A los dos meses de lo de Lucas, estábamos por ir a un cumpleaños y me dijo: “Yo no voy”. “¿Por?”. “Estoy esperando el momento menos doloroso.” “¿Para qué?” “Para irme.” Y le dije: “Es éste. Agarrá todo y andate”.

Durante los siete años de convivencia con Fernando, María Luján trabajó haciendo duendes de arcilla que vendía en las ferias de las plazas mientras estudiaba el profesorado de geografía. Desde que se recibió, trabaja como suplente en la secundaria 22 de Merlo, en la 26 de Padua, en la media 17 de Merlo centro, en la media 10 de Merlo.

—Me gusta generar en los pibes una semillita de curiosidad. Pero últimamente me interesa más que entiendan que una persona boliviana es un igual, y que salir a afanar estéreos no es laburo.

A lo largo de la tarde, ella y Paolo seguirán intentando contactar a un grupo que pueda tocar el 22. Finalmente, no conseguirán a nadie.

***

El edificio donde funciona Radio La Colectiva, en Buenos Aires, era una sucursal del Banco Mayo. Ahora, en esos tres o cuatro pisos, hay viviendas, cooperativas, la radio. Es sábado, y María Luján y su sobrina Lucila, prima de Lucas, están siendo entrevistadas en un programa del mediodía. Cuando van a un corte, la conductora pregunta:

—¿Existió alguna posibilidad de que Lucas estuviera vivo?
—No –dice María Luján, seca.
—Muere en el momento.
—Sí.
—Mirá vos. Mirá vos.

María Luján no dice nada pero hace un gesto imperceptible: lo contrario de la amabilidad y la paciencia. Después, ya en la calle, enciende un cigarrillo y mientras camina dejando volantes en los parabrisas de los autos dice:

—¿Se nota que me caliento mal? El morbo de la gente siempre quiere más. Quiere que encima estuvo vivo y que encima pasaron todas esas horas. Como no es la sangre de ellos, ni las tripas de ellos…

***

A dos días del acto en plaza de Mayo, el living de la casa está atiborrado de bolsas que contienen las botellas que se usarán como candelabros. María Luján está en la cocina, organizando equipos: un equipo de gente para las velas, otro para estampar remeras.

El 25 de febrero del año 2013, cuando se cumplió un año de la despedida de Lucas en Casa Frida, ella escribió una carta abierta donde insistía en que la ministra Garré no se hacía responsable “de la ineficacia de las personas que están a su cargo”.

—Me tocaron el timbre a las ocho de la noche y era un tipo con un sobre: “Se lo manda la ministra”. Yo me quedé helada, no lo quería abrir.
—¿Por qué, qué pensaste que había?
—Fotos. Pensé que me había mandado fotos del lugar en el que estaba Lucas para decir: “¿Ve que era difícil de encontrar?”. Yo nunca quise ver esas fotos. Pero no. Eran cinco carillas, en las que decía que yo había malinterpretado sus dichos, que la habíamos dejado como un monstruo. Creo que todos los funcionarios se han manejado con el prejuicio de pensar que por el hecho de vivir en el conurbano y usar el tren éramos gente que iba a poder silenciarse. Y justo les tocaron dos que encabezan, que protestan. Yo nunca los voté a los Kirchner, pero Lucas apoyaba este proyecto.

Un auto se detiene en la calle y llega Lara. Saluda, parca.

—¿Te tatuaste el otro día?
—No, voy mañana.
—Te dieron el primer permiso y no paraste –dice María Luján–. Tu hermano era obediente. Le dijimos que no y nunca se hizo. Murió a los 20 sin un solo tatuaje. Ella es arisca. Esta se va a morir y…

Una breve pausa.

—…se va a morir a los 87 siendo arisca. Pero ahora le toca todo doble, todo el amor va para ella, ¿no?

María Luján Rey fue, por pedido de su hija y de sus compañeros de colegio, la única madre acompañante en el viaje de egresados a Bariloche en 2013. Usa, sin que suenen impostadas, frases como “se escabió la vida, la pendeja”.

***

El 22 de febrero de 2014 es –una vez más– un día espléndido. A las siete de la tarde, la Plaza de Mayo está repleta. A las siete y media hablan Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora; el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; el director de cine Juan José Campanella (“No somos golpistas ni destituyentes. Que digan eso de nosotros es el peor insulto que se nos puede hacer. Sólo estamos pidiendo justicia”). Entre una cosa y otra, Gabriela Radice y Sebastián Wainraich leen adhesiones al acto: Frente de Izquierda, Kevin Johansen, la juventud socialista del MST, el líder de la comunidad Qom Félix Díaz. Alrededor de las ocho, María Luján Rey y Paolo Menghini suben al escenario para leer el discurso central, y tras ellos sube una nena rubia con una remera negra en la que se ve, estampado, el rostro de su padre: Lucas.

—Al Gobierno le exigimos desde el primer día lo que merecíamos –lee Paolo–: que nos dieran una ayuda integral, un seguimiento de las lesiones físicas y psíquicas, y nunca lo hicieron.
—Señalamos como principal responsable de ese abandono –lee María Luján– a la señora presidente Cristina Fernández de Kirchner. Es responsable porque nunca instruyó a sus ministros y secretarios para que se ocuparan de todos nosotros y de las consecuencias del desastre al que nos arrastraron.
—No habrá tenido tiempo –dice Paolo, con sorna–. Pero sí tuvo tiempo para lapidar a quienes opinan diferente. Un gobierno que se ufana de estar del lado de los más necesitados nos abandonó a nuestra suerte.

A lo largo del discurso, se menciona a Florencio Randazzo, a Julio De Vido, a Cirigliano, a Schiavi. Cada vez, la gente silba y algunos, pocos, gritan: “¡Asesino!”. Cuando ambos terminan de leer, los familiares suben al escenario y Paolo, con la guitarra colgada, anuncia:

—Vamos a cantar una canción de lucha, de lucha y de más lucha.

Suenan los primeros acordes de un clásico de multitudes –“Pronto venceremos”– y los familiares empiezan a cantar, tímidamente, hasta que la voz decidida de María Luján Rey los arrasa como una fuerza imperante, como una voluntad
o como un puño, y todos la siguen.

***

—Estoy contenta, porque fue mucha gente. Pero no hubiéramos hecho el acto si tuviera a mi hijo durmiendo en casa.

Han pasado pocos días desde el 22 de febrero y la cocina está otra vez repleta de carteles –“Por los que se fueron, por los que estamos, por los que vendrán”– que planean colocar en las puertas de Comodoro Py cuando comience el juicio. Aunque la bautizaron en la iglesia católica, María Luján Rey nunca fue religiosa hasta que empezó a ir en 2004 a las reuniones de la organización budista japonesa Soka Gakkai.

—En el budismo uno debe hacerse cargo de ser quien dirige su vida. De ahí la idea del karma. Que mi sufrimiento no sea sólo sufrir, que se transforme en algo más. A veces pienso que empecé a practicar el budismo ocho años antes de lo que pasó sólo para prepararme para lo que tenía que vivir.
—¿En algún momento te pareció que no lo ibas a aguantar?
—No. Pero hay momentos donde decís: “Estoy triste y parece que todo lo que me falta va a ser igual”.

Después, alza la vista, que ha mantenido baja y concentrada en un papel que dobla sobre sí mismo, y pregunta:

—¿Querés que vayamos a Casa Frida?

Por el camino, en el auto, dice que empezó a escribir un libro que narra el primer año de su vida después del choque.

—Es raro escribir todo eso. Ahora estoy por llegar a enero de 2013, y a veces le tengo que preguntar cosas a los otros, porque hay cosas que borré o no registré.

(El libro, finalmente publicado el mes pasado por Planeta, bajo el título Desde mis zapatos, decía, en su versión original: “Veía periodistas por todos lados. Cámaras, móviles, micrófonos (…) y yo sólo quería encontrar a mi hijo (…) No pensaba en esos momentos en que alguien me vería en un noticiero (…) Era como si fuera una autómata, quería encontrar a mi hijo y lo único que pensaba era que cuantas más personas supieran de nuestra búsqueda más pronto lo íbamos a encontrar”.)

Casa Frida no queda lejos. Es añosa y descuidada, pero de estructura noble. En el porche, descalzos, están Federico y Fernando, amigos de Lucas. Cuando ven bajar del auto a María Luján, se acercan a abrazarla.

—¡Ey, Tuti! Hay que ir a buscarte para que vengas.
—¿Y ustedes? Hace mil que no van para allá. ¿Todo tranca?

Atrás, en el patio, el laurel bajo el que colocaron el cuerpo de Lucas es gigante: ramas de un verde casi negro que superan la altura de la casa. María Luján lo mira con admiración y dice:

—¿Me puedo llevar un poco? Para el guiso. Cuando haga los invito.

***

El martes 18 de marzo de 2014 comenzó el juicio oral y público. Por la mañana se supo que un grupo de familiares había llegado a un acuerdo extrajudicial, aceptando una suma de dinero a cambio de desistir de toda imputación. Paolo Menghini, consultado por los medios, dijo: “Son víctimas y merecen todo nuestro respeto. Las personas que accedieron a ese acuerdo no forman parte del grupo de lucha que ha sostenido el pedido de justicia. Nosotros lo hicimos por todos, pero respetando las decisiones personales”. A las once y media de la mañana, cuando el juicio ya había comenzado, él y María Luján sostenían contra el vidrio de la sala –que separa al público de los testigos y los jueces– un cartel que decía “Justicia”. Miraban al frente con la vista fija, como si quisieran morder.

***

Es 29 de julio de 2014, día gris, invierno. María Luján Rey apaga el cigarrillo apenas antes de empujar la puerta de la confitería Imperio, de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Saluda, se sienta, dice que tiene un nuevo tatuaje: tres estrellas en el tobillo.

—Me las hizo Lara. No sabés cómo me dolió.
—¿Lara sabe tatuar?
—Se compró la máquina y practicó con piel de chancho y una calabaza. Y conmigo.

Desde que empezó el juicio, va todos los lunes y martes a Comodoro Py, sin perderse una audiencia. Con memoria implacable, como si no exponer cada segmento de un relato significara faltar a la verdad, recuerda la declaración de un guarda que terminó imputado por falso testimonio, la de la médica que atendió al maquinista Marcos Córdoba y, claro, el episodio con Schiavi.

—Era el segundo día del juicio. Estábamos en la vereda y cuando levanto la vista lo veo a Schiavi. Venía para donde estábamos nosotros, con Paolo y Leo. Entonces agarro el cartel de Justicia y lo levanto. El tipo viene como para abrazarme y Leonardo le pone la mano acá, y Schiavi le dice: “No la voy a tocar”. Y yo digo: “No, no me va a tocar”. Y me empieza a decir que hacía tanto que quería decirme que me entendía y que le daba mucha bronca cuando escuchaba que decían que Lucas había muerto por viajar en un lugar indebido, que Lucas en realidad había viajado donde había podido, que él había llorado mucho. Yo lo miraba. Con el cartel acá. Hasta que Leonardo le dijo: “Bueno, listo”. Y se fue. Bajé el cartel, y después de eso estuve un día en cama. Parecía que me habían cagado a palos. Una bronca. Yo le tenía que tener pena a él por lo mal que se había sentido.
—¿Sentiste pena en algún momento?
—No.
—¿Qué sentiste?
—Asombro. Lo que me ayudó a contener mis reacciones fue pensar: “No le voy a dar lo que quiere”.
—¿Y qué quería?
—Cualquier cosa que yo le hubiera dado. Llorar, pegarle, insultarlo. Cualquier demostración hubiera sido una victoria para él. Yo no quiero ganar nada, pero no quiero que se lleven lo que quieren de mí.

En el mes de julio de 2014 comenzaron a correr en el ramal Sarmiento algunas de las formaciones nuevas que anunció el ministro Florencio Randazzo. El 21 de ese mes la presidenta Cristina Fernández de Kirchner las inauguró diciendo: “¿Todos ubicaditos? (…) Tenemos que hacer rápido porque si no viene la próxima formación y nos lleva puestos”, y “(…) El tren no arranca si las puertas no están herméticamente cerradas (…) Para mí que he visto tantas veces viajar a la gente colgada del tren (…) Por una cuestión de que les gustaba tomar aire, la verdad que me parece un salto cualitativo”. María Luján retweeteó las declaraciones con un comentario –“Puaj”– que terminó en la portada del diario Perfil.

—Cualquier cosa que hagan con el tren está cimentada en 800 heridos y 52 cadáveres de los que nunca hablan.
—¿Podés viajar en el tren sin sentir aprensión?
—Sí. Una sola vez me sentí mal. Viajaba sentada en el piso y empecé a pensar: “Si el tren choca, ¿por dónde me van a entrar las chapas?”. La llamé a Mariela, mi amiga, y me dijo: “Bajate ya”. Y yo pensé: “No, si mi cabeza hace esto,
mi cabeza acomoda”.
—Y te quedaste.
—Y me quedé ahí. Sentada.

Berlín no es Alemania, pero tampoco parece El Salvador.

De ahí mi desconcierto cuando el bus 354, después de serpentear por la sierra de Tecapa-Chinameca, llega a su destino, se detiene a una cuadra del parque central, y lo primero que veo al bajar es a tres policías con chalecos y escopetas que retienen contra la pared y manos en la nuca a un joven espigado y dócil. Un agente le saca la cartera de la bolsa y la revisa sin pudor. Otro le trastea el celular. Al poco lo dejan ir, ileso.

Desconcierto porque a Berlín (Usulután) me trae la convicción de que es un lugar tranquilo en parámetros salvadoreños. Durante la última década este municipio presenta tasas de homicidios más parecidas a las de Costa Rica que a las de El Salvador. Incluso en los últimos dosquetrésaños, cuando la violencia en los alrededores (Santiago de María, Tecapán, Mercedes Umaña…) se ha disparado, acá se han mantenido abajo, con un homicidio cada tres o cuatro meses. Vengo, de hecho, a buscar los porqués de esa tranquilidad.

La requisa al joven espigado resulta el inicio de la paradoja. Todo el parque central es un vaivén de policías con caras serias y armas largas. Están esperando a que termine una misa de cuerpo presente en la luminosa iglesia de San José, ubicada en uno de los topes del parque.

Adentro, en un ataúd gris, está Roberto Carlos Alejo, 31 años, exempleado de la ruta de microbuses 140. Unos pandilleros lo asesinaron tres días atrás en la comunidad Los Olivos, en San Martín, en el área metropolitana de San Salvador. La madre, oriunda de Berlín, creyó conveniente enterrarlo en el terruño del que escapó hace mil años. Y en el pueblo se ha regado la idea de que la misa es por un marero.

“Los vecinos nos avisaron de que habían venido jóvenes que nadie conocía”, me dirá pasado mañana el subinspector Francisco Pérez.

Cuando el padre Cándido finaliza con aquello de ‘pueden ir en paz’, el ataúd sale en volandas, cargado por puros hombres, y detrás camina una treintena de dolientes, mayoría aplastante de mujeres. En la puerta esperan un viejo pick-up Nissan Frontier acondicionado como carro funerario y una Coaster de la Ruta 140. Pero los agentes se meten entre el grupo, seleccionan a tres jóvenes y los apartan contra la pared y manos en la nuca. La escena se asume con extraña naturalidad.

Suenan campanas a muerto: dos repiques, silencio largo, otros dos repiques. Algunos familiares se lamentan, pero sumisos. “Son de un cantón”, dice una señora. “Son sanos”, dice otra. “Es por el bien de ustedes; si no hay problema, no los vamos a detener”, replica un agente, pura amabilidad. “Él es primo del difunto, el otro también… ¡los tres son primos!”, insiste una señora. Pero cero crispación. Los agentes invitan a que el grupo se encamine hacia el cementerio en la Coaster, que los tres los alcanzarán si no deben nada. “Hacen su trabajo”, dice un doliente. “Al finado lo trajeron de allá, y para la tranquilidad del pueblo es lo mejor”, dice otro. La crítica más sonora que anoto en mi libreta es esta: “Los policías actúan sin tener en cuenta el dolor de la gente”. A los 10 minutos, tras chequear por radio que están limpios, les devuelven sus documentos y, hoy sí, pueden ir en paz. El parque regresa poco a poco a la normalidad.

Me acerco a un agente que ha demostrado voz de mando. “Cuando vemos movimiento de personas que no son de Berlín, como autoridad tenemos la obligación de identificarlos”, me dice, “y al finado como lo traían de allá… la gente siempre nos informa de cualquier situación”.

No parece El Salvador.

***

Cuenta la leyenda que Berlín se llama Berlín por un naufragio: el barco en el que viajaba desde Costa Rica un misterioso alemán-berlinés llamado Serafín Brennen se hundió frente a las costas salvadoreñas, dicen que en 1884.

El señor Brennen se instaló en el valle de Agua Caliente, que pertenecía a Tecapa (hoy Alegría). Se integró tan bien con los lugareños que, cuando en octubre de 1885 el presidente de la República Francisco Menéndez firmó el decreto que autorizaba la creación de un pueblo en el valle, los beneficiados avalaron el nombre de Berlín por ser la ciudad natal del extranjero, quien formó parte de la primera municipalidad.

Con el café como motor económico y un clima suave por sus mil metros de altitud como reclamo, el pueblo creció rápido y bien: solo necesitó de dos décadas para recibir el título de villa vía decreto, y una década más para el de ciudad.

La actual bandera alemana (franjas horizontales negra, roja y oro) es la bandera oficial de este municipio del departamento de Usulután, que está a 110 kilómetros de la capital, que ronda los 17,000 habitantes, y que pierde población año tras año a pesar del influjo de LaGeo, la empresa estatal de producción geotérmica que tiene en Berlín y alrededores los campos más activos de El Salvador.

Hoy Berlín es una ciudad cordial en la que el alambre razor escasea, de tiendas sin barrotes ni guardias de seguridad, de viviendas con la puerta abierta, una ciudad en la que uno puede sentarse en la acera al caer la tarde para platicar con sus vecinos, y en la que la gente saluda al extraño como si lo conociera. Pinceladas no tan genuinas, pero lo que en verdad singulariza este asentamiento es que no hay clicas ni canchas ni placazos ni ‘Ver, oír y callar’. No hay maras en Berlín.

***

El Ministerio de Educación tiene registrados 32 centros educativos y un único instituto: el Instituto Nacional de Berlín, el INB.

—Esta es una ciudad tranquila –dice Saúl Flores González, don Saúl, el director desde hace más de una década.

En El Salvador, la educación secundaria es un termómetro confiable para medir la temperatura de las maras. Basta meterse en el baño de los varones para calibrar su influencia. En los del instituto berlinés hay algún que otro garabato y rayón que dicen ‘MS13’, ‘NLS’, ‘XV3’… pero son escasos, malhechos y furtivos, con dejo de travesura. Pesa más que, para ingresar al INB, en el portón no haya policías ni soldados ni seguridad privada, lo habitual en amplias zonas del país. Aun así, don Saúl está preocupado. En los últimos años, el número de jóvenes procedentes de otros municipios que se matriculan se ha disparado. Varios provienen de allá, de Apopa, de Soyapango, de San Miguel, y algunos de los que vienen con 11, 12 o 14 años traen el alien dentro.

—Los lunes hacemos una formación general –dice don Saúl–, y yo les pido de favor que tratemos de respetarnos, que nosotros respetamos su uso de tiempo libre, pero que tratemos de mantener el instituto sin marcas de maras, que hagamos de la institución una zona neutral, y que aquí ninguno es dueño de nada. Les digo que sus hijos algún día estudiarán acá y que hay que cuidar lo que tenemos.

Junto a la cancha de baloncesto, lugar en el que los forman, destaca un mural de letras grandes sobre una pared: “Tus padres invierten tiempo y dinero en tu educación; no los defraudes”.

—¿Funciona decirles eso los lunes?
—Sí. Yo se los digo con todo respeto.
—¿Un discurso una vez por semana? ¿Eso es todo?

—No. La clave son los proyectos sociales, y en eso estamos varias instituciones involucradas. Por ejemplo, nosotros tenemos de 60 a 80 jóvenes en la banda de paz. Vienen de 4 a 6 o 7 de la tarde, todos los días. Si no estuvieran acá, estarían en el billar. La vitamina es que el joven pase ocupado, pero para eso se necesitan recursos.

Que el joven pase ocupado, dice don Saúl. Tan sencillo y tan complicado.

***

El mercado municipal de Berlín no ganaría un premio a la limpieza, al orden o la decoración, pero tiene una virtud invaluable: ninguna clica de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18 ha establecido –bajo amenaza de muerte– una cuota a los vendedores.

“Pasan cositas, pero puede decirse que es tranquilo”, me cuenta en su cubículo con aspiraciones de despacho Salvador Peña, el administrador durante cuatro años. Sabe de puestos y negocios a los que han tratado de rentear, pero en Berlín esos abusos por lo general se denuncian. “Todos los habitantes están pendientes, nos conocemos la mayoría, y la Policía actúa rápido”, dice.

Peña resulta convincente cuando me niega la presencia de pandillas, pero tampoco hay que pecar de iluso: si fueran una amenaza, no se lo confiaría a un periodista con la grabadora encendida.

A una cuadra del mercado, sobre la avenida Simeón Cañas, está el Juzgado de Primera Instancia de Berlín. La secretaria, Ana Margarita Bermúdez, me deja revisar el Libro de Entradas, un voluminoso cuaderno manuscrito donde están registrados todos los procesos abiertos este año. Los artículos del Código Penal que más se repiten son el 346, tenencia, portación, conducción ilegal o irresponsable de armas; el 142, lesiones; y el 367, trata y tráfico de personas, el coyotaje.

La extorsión es la principal fuente de ingresos de las pandillas salvadoreñas, y Berlín parece territorio liberado. Se ha dado algún caso puntual, de clicas establecidas en municipios aledaños que amenazan por teléfono o incluso de delincuentes que se hacen pasar por mareros, pero parece no existir el pago de la renta.

Lo dicho: no parece El Salvador.

***

La Policía Nacional Civil registró un único homicidio en Berlín durante 2014. En Mercedes Umaña hubo 15. En Ozatlán, 10. En Alegría, 11. En Tecapán, otros 10. Todos son Usulután, y todos, pueblos con menos habitantes.

—¿Esto es tan tranquilo como los números parecen indicar?
—Sí.

Responde el subinspector Francisco Pérez, 43 años de edad, 22 años uniformado. Lo han enviado siete meses como jefe de la subdelegación, un interinato, y va camino de cumplir la mitad. Antes estaba en la delegación de Usulután, en el Sistema 911. Y más antes, en Santa Tecla, en San Marcos, en La Libertad… sabe lo que es trabajar en lugares con alta incidencia de maras.

—Aquí es más calmado por el nivel de coordinación, tanto entre las organizaciones vivas del municipio como con la población. La gente nos avisa si un muchacho da marihuana a nuestros jóvenes. Y ahí entramos nosotros.
—¿Llegan muchos jóvenes de fuera?
—Hoy sí están viniendo muchachos en conflicto con la ley en otros municipios, sobre todo a los cantones. Pero cuando tenemos conocimiento de alguien sospechoso, inmediatamente hacemos la visita.

Las colonias más conflictivas son La Chicharra, la Bográn y la Primavera. En esta última, por la zona de la canchona, apareció un placazo de la Mara Salvatrucha.

—Llegan sujetos de grupos delincuenciales –dice–, pero no dejamos que se establezcan.

El subinspector Francisco Pérez remarca cada vez que puede la colaboración entre los berlineses y sus policías. Se ha implementado “bastante bien” la filosofía de la policía comunitaria, que exige confianza mutua entre ciudadanos y agentes, una confianza imposible de construir si hay detenciones arbitrarias, si se requisa con violencia y prejuicios, o si se realizan ejecuciones sumarias.

Pero la institución rota a los policías de una delegación a otra. Y pasa que a alguno lo mueven de zonas calientes, de allá, y trae dentro el alien de la represión desmedida.

—Pero en Berlín inmediatamente uno observa que la incidencia delincuencial es diferente, y nosotros mismos nos adaptamos –dice, huidizo.

La relación policías-ciudadanos en Berlín no es tan de color de rosa como la pinta el subinspector Francisco Pérez, pero existe, se cultiva y, en general, se aprecia por ambas partes. En el contexto salvadoreño suena revolucionario.

***

Las ciudades de Santiago de María y Berlín están separadas por 13 sinuosos kilómetros de carretera, ambas enclavadas en la sierra de Tecapa-Chinameca. Tienen 19,000 y 17,000 habitantes, respectivamente, y un único instituto nacional. Las dos se fundaron a finales del siglo XIX, y evolucionaron de la mano, con el café como motor. Desde los ochenta son punto de partida de la migración. Por compartir, comparten incluso el clima.

Pero en Santiago de María el fenómeno de las maras germinó hace unos ocho años, y la ciudad es hoy una de las plazas fuertes del Barrio 18-Sureños. Durante 2014, los forenses de Medicina Legal recogieron 25 cadáveres de sus calles y veredas.

Desde que ayer llegué a Berlín no he tenido una plática en la que no ha surgido el ejemplo santiagueño, como la trágica consecuencia de bajar la guardia ante las maras. Mañana el alcalde berlinés me contará que un adolescente de su pueblo no puede hoy abordar un bus e ir tranquilo a Santiago de María, que su vida corre peligro tan solo por su procedencia. El Duicentro comarcal está en el santiagüeño barrio Concepción, y un microbús municipal tiene que hacer viajes especiales, custodiado por el Cuerpo de Agentes Municipales, para que jóvenes berlineses saquen en grupo su dui, por temor a ser atacados por pandilleros.

Santiago de María sí parece El Salvador.

***

La madrugada del 8 de septiembre del año 2000 Berlín se echó a las calles. Un día antes, por una orden girada desde San Salvador se había vaciado la pequeña cárcel contigua a la municipalidad. En el pueblo se corrió la voz de que la llenarían con medio centenar de menores infractores del Barrio 18 que al gobierno le urgía sacar del penal de Ciudad Barrios, después de un violento motín que se saldó con un joven destazado y decenas de heridos.

Un nutrido grupo de vecinos, convencidos de que un centro de inserción de menores dieciocheros a una cuadra del parque central era una mala inversión, se opuso con cortes de calles, llantas quemadas y barricadas humanas. Jueces y sacerdotes trataron de convencerlos, pero nada. La Policía intervino, pero nada. La determinación fue tal que el traslado se suspendió.

—Todo mundo se quedó asombrado, porque se manifestó Berlín entero.

Habla Héctor Alvarado, berlinés de 47 años que aquella noche quiso, pero no participó en la protesta. Él trabajaba para la Dirección General de Centros Penales, como encargado de seguridad precisamente en la minicárcel que querían taquear de mareros.

—No me manifesté –dice–, pero estaba con ellos, porque sabía que si los dejaban entrar, todo se nos iba a desbaratar.

Héctor hoy es instructor de deportes en la sede berlinesa del gubernamental Instituto Nacional de la Juventud. Trabaja con jóvenes. Cree que el espíritu que llevó a los vecinos a manifestarse aquella madrugada de 2000 contra los pandilleros sigue de alguna manera vivo.

—Pero como comunidad no tenemos que dormirnos. Este es un virus y lo tenemos muy cerca: en Santiago de María y en Mercedes Umaña.
—¿Por qué en esos pueblos sí y en Berlín no?
—Acá como que la ciudadanía ha tomado más conciencia, y todos los actores locales contribuyen en la prevención. Por eso aún no estamos contaminados.
—¿Cómo es la relación con los policías?
—En Berlín nos conocemos todos; si no es por el nombre, por el apodo. Y si viene gente de afuera sospechosa, siempre alguien llama a la Policía. Tienen un papel muy importante en todo esto, y vemos que los agentes se preocupan por identificar a la gente que es de Berlín.

Admite que hay agentes a los que se les va la mano, sobre todo los que vienen de alguna rotación. El tema, dice, se ha abordadp en el Comité Municipal de Prevención de la Violencia.

—Pero es que hay jóvenes acá que no son de pandillas, pero llevan gorra plana y la ropa ancha. Lo hacen por desconocimiento, porque no saben los problemas que podrían tener si salieran de Berlín vestidos así. Sé de algunos a los que cuando los policías los han requisado, les han quitado las cachuchas y se las han enconchado, para que no parezcan de pandilleros.

En el discurso de Héctor, los excesos policiales suenan a mal menor, a algo llevadero ante una amenaza como las maras.

***

¡Han matado a alguien en Berlín!

Me entero en flagrancia cuando, después de tres días acá, entro en la subdelegación para solicitar la entrevista con el jefe policial. El agente tras la mesa que hace las veces de recepción me dice que no podrá ser, que el subinspector ha salido porque hubo un homicidio en el caserío Los Cañales. No me da detalles. Quizá no sepa más. Acaba de suceder. Salgo disparado, paro el primer mototaxi que cruza, y trato de explicar a dónde tenemos que ir con los pocos datos que el policía me ha facilitado. Pero el mototaxista ya sabe. El fallecido es un compañero.

El desvío a Los Cañales está sobre la calle que baja a Mercedes Umaña, a unos dos kilómetros del parque central. Llegar nos toma menos de cinco minutos. La Policía tiene acordonada la zona con cinta amarilla a la altura de una inexplicable pasarela metálica, unos 200 metros calle adentro. Faltan minutos para las 4 de la tarde. Entre curiosos, familiares y compañeros de trabajo del joven de 23 años asesinado, llamado Víctor Mauricio Sigarán, ya suman la cuarentena.

Una mujer mayor que recién llega se arranca a llorar. “No puede seeer, señor Jesús…” A la par, un joven de unos 17 años también lagrimea. Ella: “¿Por qué, señooor? ¡¡¡Por qué, señooor!!!” Se acerca más y más gente a tratar de calmarla. “Mi sobrino, Dios mííío…” El joven llora en silencio, como el machismo le impone. Ella: “Señooor, señooor” Alguien dice: Está encendida la moto, ¿va? Y sí, entre los gritos, murmullos y sollozos se alcanza a oír, al otro lado de la quebrada, el ronroneo del motor y hasta la música de la radio. Ella se desmaya. La llaman: ¡Mercedes, Mercedes! La tumban sobre el concreto. ¡Mercedes, Mercedes! Viene una agente de policía. “Tranquila, tranquila”. Murmullo de fondo. La airean con un suéter. “Necesito que me colabore, tía”. Alguien dice que hay que llevarla a la unidad de salud. Ella resucita para mover la cabeza. Dios les va a dar fortaleza, dice alguien. Está fregado este país, dice otro. Alguien ofrece su carro para sacarla. “¿La levantamos, tía? Despacito”. Entre varios la levantamos. “No la vamos a llevar, pero despacito”. Murmullo de fondo. “Estire las canillas”, le dicen. Parece que se repone. Tratan de convencerla diciendo que no va a poder ver a Víctor, que los señores policías no dejan ir más allá de la pasarela, que estar acá es por gusto.

Mañana todos los mototaxis de la cooperativa en la que Víctor trabajaba tendrán mensajes en sus vidrios que dirán que lo recordarán por siempre y cosas por el estilo, pero ahora cae la noche, los forenses de Medicina Legal aún no han llegado, y todo acá es rabia, desconfianza y recelo. Sus compañeros están convencidos de que lo mataron por mototaxista, no por por Víctor Sigarán. Podía haber sido cualquiera de ellos.

Me cuentan que a la cooperativa de mototaxis le habían llegado amenazas escritas y telefónicas de pandilleros, para que pagaran la renta. Se cree que de la pandilla que opera en Mercedes Umaña, la Mara Salvatrucha. Pero se han negado. Entre los compañeros habían improvisado algunas medidas precarias de seguridad, como no subir a desconocidos o evitar los cantones más alejados.

Berlín hoy sí parece El Salvador.

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Una gran bandera de la República Federal de Alemania asida a un mástil de dos metros singulariza el despacho de Jesús Antonio Cortez Mendoza, el alcalde de Berlín. Es relativamente joven, aún se puede presentar como treintañero, y se estrenó en el cargo hace poco más de un mes, si bien en el período anterior fungió como síndico.

El alcalde Jesús Cortez también destila satisfacción por saberse vecino de una ciudad sin maras. No oculta que la coyuntura actual, con un gobierno que ha decidido afrontar el fenómeno de las maras por la vía estrictamente represiva, les podría afectar, por el retorno de personas de Apopa, de Soyapango, de San Miguel… de allá.

—Tenemos algunas colonias –dice– que empiezan a quererse complicar, con jóvenes… digamos… aficionados a las pandillas. La juventud siempre está en ese situación de poderse contaminar, por la gente que viene de otros municipios.

Contaminar, dice. Es un verbo que repiten mucho los berlineses para referirse a las maras. También ‘virus’. También ‘lacras’.

—Sabemos que estamos en riesgo. Mercedes Umaña está a 11 kilómetros, y Santiago, a 13. Ya están queriendo poner la renta a nuestra gente desde afuera: de Jiquilisco y de Mercedes. Hemos visto el ejemplo de qué sucede cuando entran las pandillas, y por eso estamos haciendo conciencia con nuestros jóvenes, que son los más vulnerables.
—Trabajar con los jóvenes. Eso podría decirlo el alcalde de cualquier ciudad salvadoreña.
—Nuestra ventaja es que todos sabemos quién es y en qué anda nuestro vecino. La población se ha unido.

La población se ha unido, dice el alcalde Jesús Cortez. Quizá sea una frase hecha, enésimo lugar común en la boca de un político. Pero quizá no, quizá una idea tan simple sea la clave de todo.

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Tres meses desde el asesinato del mototaxista Víctor Sigarán y, aunque para El Salvador están siendo los tiempos más sangrientos desde que inició el siglo, en Berlín se reporta un único homicidio adicional: una señora de 55 años el 3 de septiembre, en el cantón San Juan Loma Alta. No parece tema de pandillas.

Asisto en un hotel de Bogotá, Colombia, a un seminario en el que uno de los ponentes invitados es Howard Augusto Cotto, el subdirector de la Policía Nacional Civil. Habla con inusual franqueza sobre la terrible situación de violencia que afecta a El Salvador, y en un momento dice lo siguiente: “Nuestro trabajo es mucho más fácil cuando más organización social hay, y se vuelve más difícil en los lugares donde se ha roto el tejido social”. Siento como si hablara de Berlín.

El seminario es un evento cerrado, el acuerdo con Cotto es que lo que acá se dice, acá se queda; pero mañana le preguntaré si me permitiría incluir la frase que acabo de anotar en un relato que tiene a Berlín como protagonista. Sí, dirá. Luego se acordará de que unos días atrás media docena de berlineses, encabezados por el alcalde Jesús Cortez, viajaron hasta San Salvador para reunirse con él, para decirle lo satisfechos que están con el subinspector Francisco Pérez, y para pedirle que siga al frente de la subdelegación cuando concluyan los siete meses de interinato.

No. Berlín no es Alemania, pero definitivamente tampoco parece El Salvador.

Cuando Daniela Moreno y su hermana Andrea se enteraron de que la casa de sus abuelos sería demolida y sus árboles derribados, decidieron salvar el toronjal de seis metros que estaba en la puerta de entrada. Moverlo, permitiría poner en cuestión la forma en que está creciendo Quito, donde se talan árboles todos los días y se elevan edificios que individualizan la multitud urbana. A la vez, trasplantar el árbol que durante cincuenta años dio la bienvenida a la familia, significaría mirar un pasado que se diluía con la destrucción de la casa. Era abril de 2014, la iniciativa adquirió un sentido íntimo y colectivo del que surgió la acción poética y eco-política El Árbol en Movimiento.

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La empresa era atrevida. Trasplantar un árbol adulto es comparable a una operación de corazón abierto, se requiere el vigor para elevar toneladas (el toronjal pesaba seis), pero también precisión para no maltratar las raíces que lo alimentan. Faltaban noventa días antes de que elevaran el edificio y Daniela, que no tenía dinero en ese momento, tenía que encontrar los medios para mover al toronjal.

Tras las primeras gestiones el toronjal encontró casa, el Jardín Botánico de Quito accedió a recibirlo. Daniela –entusiasmada- pidió ayuda al Municipio de la ciudad para que con su maquinaria trasladen al árbol. El 22 de mayo la invitaron a un recorrido por los árboles emblemáticos de la ciudad junto al alcalde Mauricio Rodas. Al llegar, Daniela se enteró de que el evento era por el Día del Árbol.   Visitaron una araucaria, una magnolia y un higo que se conservan en el Centro Histórico. No se sabe si los árboles reconocieron el honor de la visita. En medio del acto solemne, Daniela explicó en segundos la propuesta de El Árbol en Movimientohaciendo énfasis en la necesidad de que el crecimiento de Quito sea distinto: en convivencia con los árboles y no a pesar de ellos. El alcalde la felicitó.  Al terminar el recorrido, Daniela espetó: “¡¿Entonces, Mauricio vas a ayudarnos?!”. Él respondió: “Claro que sí, me gusta tu estilo”.

Pero todavía era necesario reunir dinero para comprar una máquina sofisticada que limpiaba la tierra de las raíces del árbol arrojando aíre a fortísima presión, pero sin lastimarlas. Para recaudar el dinero, el 30 de mayo, se realizó la primera minga bailable de El Árbol en Movimiento y varios artistas participaron gratis. Hubo música en vivo y proyecciones visuales, otros amigos repartieron los tragos en la barra, la madre de Daniela vendió choclos asados, cuatrocientas personas bailaban y alguien calmaba a su padre, diciéndole que no se iba a caer la casa.

Se hizo una segunda minga bailable y en total se recaudaron mil quinientos dólares para comprar la máquina que limpiaba las raíces (Airspade 2000) . Entonces inició la intervención de los arbolistas, los especialistas que dirigirían el minucioso procedimiento de trasplante, quienes podaron el árbol para aligerar su peso. Descartaron toronjas y ramas muertas. Destruyeron el concreto que rodeaba al árbol y quitaron la tierra que tenían las raíces con la máquina adquirida. Las raíces desnudas -que juntas alcanzaban hasta dos metros de diámetro- quedaron como único sostén del árbol. A inicios de agosto, el toronjal estaba listo para ser trasplantado.

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Como el árbol más grande de su casa, los Moreno Wray también debían mudarse. Andrea dice que durante la mudanza iban apareciendo los rastros de los más antiguos habitantes de la casa. Al vaciarse el baño apareció el papel tapiz de antaño. Encontraron una hoja escrita por la tía Inés que detallaba cuántas prendas de vestir, de qué material y de qué color habían en el clóset. En una de las últimas noches que la familia durmió ahí, se escucharon ruidos, como si alguien bajara maletas por las gradas y los pasillos. Pensaban que a lo mejor serían las tías Inés, Judith, Manana, o los abuelos que también estaban empacando. Gente que aunque había muerto, nunca dejó de habitar la casa. Daniela se preguntaba a dónde irán sus fantasmas. El toronjal era el único que tendría una nueva estancia.

Daniela, que es documentalista, filmó cada momento para perpetuar la memoria de la casa. Registró la mudanza y la casa vacía.  A ratos dejaba la cámara e iba a cualquier cuarto ya desocupado, para llorar a solas. Grabó después la destrucción de los árboles en el jardín y la demolición de la casa. La retroexcavadora redujo todo -el cerramiento, los cuartos, la sala, la cocina- a un montón de escombros color ladrillo.  Las varillas retorcidas salían de las pocas paredes que se mantenían en pie. En medio de la destrucción, el toronjal permanecía erguido, esperando  entrar en movimiento.

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El 19 de julio de 2014, decenas de personas merodeaban la casa del toronjal. Espiaban por la puerta del garaje, como quien busca al recién nacido. Encontraban al árbol rodeado de periodistas, camarógrafos y fotógrafos pendientes de su destino. Un hombre rociaba fertilizantes a las raíces desnudas. Fortalecer las raíces más pequeñas era necesario para que, en el nuevo sitio, el árbol se pudiera alimentar.  Los arbolistas sujetaban las ramas más fuertes del toronjal con cadenas, que a su vez estaban sujetas a una grúa. La Empresa Eléctrica retiró los cables de los postes que podían estorbar la ruta hacia el Jardín Botánico. Llegaron tres bufones, un grupo con tambores y la gente comenzó a disfrutar.

La mayoría eran individuos, colectivos e instituciones públicas y privadas que querían salvar el árbol y no cobraron por su ayuda. Daniela dice que en comparación con el apoyo de la gente, lo que menos se usó fue dinero. El árbol le enseñó a no angustiarse, sin dinero pero en minga los propósitos se pueden alcanzar.

Antes de que el árbol se marchara, Andrea, Daniela y su mamá Natalia se acercaron al toronjal. Descendieron al hueco donde estaban las raíces descubiertas. Con ánimo ritual, fumaron hojas de tabaco para comunicarse con él: agradecerle por el tiempo que estuvo ahí, por las jugosas toronjas que regaló a la familia esos cincuenta años, y despedirse. Se retiraron y los arbolistas siguieron con su trabajo.

El árbol parecía volar mientras la grúa lo trasladaba por el aire. Las personas seguían con suspenso el lento desplazamiento. Las raíces, que eran tan fuertes en tierra, parecían nervios expuestos que irritaban al árbol con el viento. Podíamos sentir al toronjal.

Los arbolistas daban instrucciones a cada movimiento de los maquinistas para no dañar al follaje, ramas y raíces. Suave, suave, decían. En la calle una larga plataforma retrocedía para poder recibir al árbol. Uno de los bufones, con gestos enérgicos, golpeaba la plataforma con un mazo y gritaba con voz aguda: “¡Despacio, despacio, hijo de Satanás!”. Todos reían, excepto el conductor. El árbol descansó acostado en la plataforma.

El camino al Jardín Botánico fue breve. Bajaron al árbol en el espacio que se había reservado para él, se prendió tabaco para recibirlo y se cubrieron sus raíces.

***

Andrea y Daniela son tías de Luana, que nació hace pocos meses. En unos años, su sobrina podrá visitar el toronjal que, de algún modo, sigue siendo una entrada a donde sus antepasados están.

La madre que lo parió

Publicado: 13 octubre 2015 en Laura San José
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Alicia Soria abre la puerta de su departamento, con cara de sueño y diciendo “me quedé dormida”, descalza, despeinada y preguntándome por una beba que no tengo.

—Pasa, pasa, ¿era hoy?, ¿estas segura?, te esperaba a la tarde. Sentate acá que me voy a cambiar- dice mientras atravesamos el pasillo de cerámica y vamos llegando al comedor.

Al entrar ya se va viendo una casa que solo le puede caber algo más: aire.

El departamento está atiborrado. Entre latas de bombones vacías, caracoles y flores de plástico reinan cuatro poet y un cocodrilo inflado arriba de un mueble. Después el torbellino del caos de cosas: libros, tazas, tarros, tres equipos de música viejos. La artificialidad reinante: papeles, fotos, relojes, una cafetera de hierro azul, trofeos de fútbol y el olor a humedad y a cigarrillo que ya está instalado.

La mesa del comedor da a un gran ventanal y el ventanal a un pequeño patiecito. Afuera el día está hermoso y acá dentro, en una hora, hará un frio que escarchará la sangre. Pero eso será después, todavía no se siente.

Alicia aparece por el pasillito que da a los cuartos, ya tiene puesto el prendedor. Pasa por al lado de la mesa y se mete en la cocina a preparar café. Habla todo el tiempo del tema mientras pone masitas y posillos sobre la mesa. Va y viene a la cocina, sin sentirme, sin verme.

Tiene puesto un sweter y agarrado a la lana está el prendedor. Ahí está todo: su presente, su pasado, lo que hizo y lo que fue y aquello que cambió la dirección de su devenir y lo trasformó en un grito, el asesinato de su hijo.

—Yo le decía cuando era chico, andá a tomar solcito- comenta mientras se sienta en la computadora y deja el café haciéndose. Empieza a abrir carpetas de archivos que contienen imágenes y dice: “él no podía ir a cualquier cementerio”.

Ella quería un lugar donde le diera el sol y se acordó, entonces, de Los Cipreses, ya habían estado allí, una tarde de domingo con los chicos y sus bicicletas; Rodrigo, sin saberlo, le dijo

—Ay, mamá, qué hermosura que es esto -ese sería su cementerio.

Alicia pasa una, y otra foto. El lugar tiene patos, gansos, una cascada y una capilla de Páez Vilaró, que se llama Capilla Multicultos. Pasa una imagen donde se ven los rayos de sol justo sobre la tumba de cemento frío, calentándolo, mientras el día permanece nublado, igual que cuando lo enterraron.

—En el momento que están bajando el cajón, se abrió el cielo y se vieron los rayos de Dios Misericordioso-dice.

Más adelante contará que en el velatorio había tres coronas. Estaba el cajón, con Rodrigo adentro y la cabeza vendada, estaban los amigos. Había olor a perfume, dirá la madre, no había olor a muerto.

De esas coronas que colgaban aquel día, cayeron pétalos de rosas, solamente de las coronas que estaban del lado izquierdo, el lado de la herida. “Todo el mundo sabe que las flores frescas no se deshojan”, dijo el hijo del florista que estaba ahí viéndolo todo.

***

A Rodrigo le tuvieron que hacer una autopsia por eso no pudieron donar sus órganos.

Al principio ella decía “que se salve, que se salve”, pero después pensó “menos mal que no se salvó”.

A Rodrigo lo tuvieron que operar apenas entró en la guardia, no para salvarlo sino para descomprimirle la cabeza.

El tiro fue hecho con una bala de punta hueca. La bala de punta hueca no agujerea, no hace un recorrido ni se queda alojada en alguna fibra, no sale por ningún lado. La bala de punta hueca se abre dentro del cuerpo, y va rompiendo y explotando. La bala de punta hueca gira y con la velocidad que toma se abre como una flor, sin serlo. El agujero en la cabeza de Rodrigo parecía un lunar, pero adentro ya estaba hecho el surco.

El ojo izquierdo, un ojo que vio colores y movimientos. Ahora opaco, estático.

El ojo izquierdo le quedó del tamaño de una taza.

Le tuvieron que hacer la toilette quirúrgica, para vaciárselo.

Si Rodrigo hubiese vivido habría quedado cuadripléjico, con un hueco oscuro en su rostro y en estado vegetativo.

—La doctora me dice “no le pida que viva”. Ahí él me mueve una pierna, una sola, la pierna izquierda, la del corazón. ¿Sabés que sentí? Un parto al revés.

Alicia dice que se siente como un dolor que sube desde la pelvis y queda atragantado en la garganta, como un grito quebrado que quiere salir pero no puede.

—Vos sentís … – dice Alicia y pone una mano en el centro de su pelvis, la sacude y la palabra “despariste” se empieza a arrastrar entre los dientes- vos sentís que te despariste.

Dice también que “Las madres del dolor” tendrían que llamarse “Las desparidas”, pero que eso no se puede.

Un mar de gente velaba por Rodrigo con llamas prendidas en sus velas y oraciones de fe en sus bocas. Musulmanes, católicos, amigos de la Luz Violeta, todos aquellos que pudieran iluminar con el pensamiento. Mientras Alicia habla, el gato, ese peluche blanco, molesto, mamero, se sentará al lado de ella y maullará.

—Anda a despertar a Juanpi- le dice y el gato nada, sigue con los ojos clavados en ella. Juanpi es uno de los hijos que vive ahí todavía, pero la puerta de su dormitorio no se abrirá en las seis horas que estemos charlando allí.

El gato sigue ahí y ella lo ignora, porque está contando la historia, su historia. A partir de ese momento, el momento en que Rodrigo murió, ella está diciendo que se psicotizó, que dejó la cabeza por un lado y el cuerpo por el otro.

—Me dejaba los dedos dentro de los cajones. Estaba suspendida la cabeza del cuerpo. Eso sí, la cabeza era una máquina. Yo me programaba. Porque primero no podía perder el tiempo: teníamos que salir por televisión ante millones de personas, donde estaban los futuros jueces y contar lo que pasó, pedir justicia. Entonces yo me dije “no voy a desaprovechar haciendo papelones, si esto es una cosa que nunca voy a superar”; de eso tuve la absoluta convicción siempre.

***

“Mauro al mediodía”; “El periscopio”, con la conducción de Graciela Alfano; CVN Noticias, fueron algunos de los programas en los que participó Alicia Soria.

—Te aviso que no me vas a ver llorar, yo lloro en casa y en el baño para que los chicos no me vean- dice Alicia ubicando la misma cara que puso cuando le habló a Graciela Alfano fuera de cámara: los ojos bien abiertos y la mano suspendida en el aire sellando el dedo índice y el pulgar, como quién advierte.

Pero ese día sí lloró. En el estudio de filmación estaba ella, impávida, con la mirada perdida y los ojos hinchados. Atrás, todos parados, sus hijos, vecinos y amigos de Rodrigo, con carteles, con pelos largos y con desconcierto. Alicia le habla a cámara pero no mira a cámara, y dice “esto es para que ninguna mamá vea a su hijo como lo tuve que ver yo, en el hospital, peleando. Tres días por cada hermano, pero no pudo”. Mientras sucede eso uno piensa llora, llora, llora. Pero no. En cuanto Alfano manda al corte, en cuanto la cortina del programa se va metiendo en la escena de aire, en cuanto los títulos empiezan a deslizarse, se ve y se escucha una madre que rompe en llanto, un llanto seco, trabado, un llanto de bronca. Y después, la tanda comercial.

De esa Alicia que se ve en televisión no queda mucho. Hoy tiene un cuerpo de manzana, las piernas son finas y no muy largas. Su cara esta lavada, sin facciones que sobresalgan con delicadeza, sus manos no son dulces, su pelo no es ni lacio ni enrulado, sus dientes no están claros. Alicia no es un estandarte de belleza, pero sí de rudeza. Tiene el pelo castaño, ojos oscuros y la piel en un gris humo. Tiene las cejas finas como un dibujo y una papada que no le deja terminar la línea de la pera.

Esa Alicia que se ve en televisión no se parece mucho a la mujer que sonríe en una foto, feliz, junto a sus hijos. Con la mirada descansada, la sonrisa amplia y no forzada, los ojos centrados y no desorbitados. Esa Alicia sí pudo estar en pareja, criar a sus hijos, todos iguales, sin hacer diferencia entre los vivos, entre los muertos.

Esta Alicia, no la que sale en televisión, ni la que está en la fotografía, sino la que está sentada en la mesa del comedor solo puede hablar de una cosa.

—Le pedí a mis vecinos que me grabaran los programas- dice.

Hoy tiene hecho un solo video con las mejores partes de cada uno en donde participó, porque estuvo pasando los VHS a DVD, y entonces aprovechó. El primero que pasó fue el del juicio. Después siguió con el del cumpleaños de 15 de su hija Maia, que ahora tiene 30 años. Pasó también el video en que se lo ve a su hijo Juan Patricio cantando en “Cantaniño” pero ahora ya no es un niño y tiene 23; pasó algunos de Emanuel que tiene 31 y, por supuesto, hay varios de Rodrigo, que hoy hubiera cumplido 40 años.

Rodrigo cumplía el 16 de junio. El 11, cinco días antes de su cumpleaños, falleció en el Hospital Municipal de Vicente López. Era un martes. Después de enumerar estas dos fechas Alicia tratará de hacer memoria con respeto a un fin de semana largo que había, que la gente se fue, que no había mucha plata, pero igual se iban, a la costa, algunos tenían casa afuera, algunos se quedaron.

—Bueno la cuestión es que…, yo me ramifico, pero no te preocupes que vuelvo- dice y dirá a lo largo de toda la entrevista.

Prende un cigarrillo, lo termina, y enciende otro. Pita con fuerza, agarrándose de esa boquilla como quién se sostiene de la roca ante el precipicio. La madre de Rodrigo tiene la voz ronca y gastada como la de un león que ya ha rugido bastante.

Empieza a hacer frío allí dentro, ella se para y amablemente va a buscar una estufa eléctrica. La pone cerca de mis piernas, pero el frío no se va. Ella se saca el sweter rojo y amarillo, donde lleva el prendedor, el mismo que la acompaña a hacer las compras, el mismo elemento al que ella le habla cuando hay días de sol, como si Rodrigo estuviera ahí, tan quietito como la imágen. Se queda solo con una remera negra manga larga, yo no me podré sacar el saco en toda la tarde.

—¿Si te cruzaras con el asesino qué le dirías?
Lo vivo invitando para encontrarnos, para mostrarle el álbum de fotos de mi hijo desde que nació hasta dos días antes que él lo mató, y no quiso juntarse conmigo. Quiero realmente que me diga si él cree que merece estar en libertad.

Alicia se enteró de esto un año después de que el tipo ya caminaba las calles. Porque era concejal, porque alguien que sin conocerla, fue a pedirle trabajo, ese alguien había participado de las marchas y la reconoció, porque la cuñada de Morales hacia la limpieza en una inmobiliaria, porque este alguien estaba haciendo una changa de electricidad ahí, porque ese día la mujer llegó contenta diciendo que su cuñado estaba libre, porque el destino lo quiso y buscó la forma, Alicia se enteró. También, por obra macabra de las causalidades, con la risotada de la ironía sonando en el medio, el día que le firmaron la libertad a Morales, era el cumpleaños de Rodrigo.

Desde ese momento, Alicia, lo midió a la distancia.

Hubo una vez, una mañana de sol cálido que salió de un supermercado, agitada, con pasos rápidos, creyendo haberlo visto. Se metió en el kiosco de al lado y por la ventanilla, comprando un alfajor, apareció él. Quiso gritar: “¡Es el asesino de mi hijo!”, pero la voz no le salió.

Morales vivía a la vuelta de aquel kiosco y ella en cuanto supo la dirección fue hasta su casa, esperó que saliera, agazapada detrás de un cartel, lo siguió, se paró junto a él en una parada de colectivo, le mandó un mensaje a su hija, que no la espere, que llegaría tarde. Pero él no la vió, ni se percató: tal vez por su campera con capucha, tal vez por sus anteojos negros o simplemente porque no era una cara que le importara recordar.

El expediente de la causa podría decir algo así: Rodrigo Sebastián Susevich Raze, de 22 años, fue baleado el 8 de junio de 1997, por Isidro Adolfo Morales, un sereno de una garita de vigilancia privada que no estaba habilitada. Rodrigo junto a dos amigos había salido de un recital en la Sociedad de Fomento Drysdale, Carapachay, y fueron a preguntarle al garita por una parada de colectivo.

De no haber sido porque Morales, en vez de indicarles el camino, los trató mal y los echó. De no haber sido porque los chicos le dijeron “garitero mala onda”, tal vez Rodrigo estaría vivo.

Morales los siguió dos cuadras y desde la sombra les disparó. Salieron dos tiros y se le trabó el arma. Pero eso bastó: Rodrigo ya estaba en el piso.

—Yo estoy segura que, en su cabeza de sorete, lo que lo puso loco fue que los chicos le dijeran “garitero mala onda”. Garitero es despectivo. El garitero es el que está en la garita como el perro que está en la casilla.

***

Alicia vuelve a pararse, esta vez para ir hasta el mueble que está detrás de ella y tomar la única foto que hay de Rodrigo en el comedor, esta con un grupo de amigos. Me la deja en las mano y se vuelve a la cocina que está separada por un desayunador, desde allí habla, habla sin parar.

El departamento es chico, pero hay mucho: el gato -hay una heladera llena de imanes- el gato que mira- muebles llenos de cosas- mira y se duerme- , un juego de mesa que dice “cultura general”- calentito ensimismado- la mesa redonda con un mantel de puntillas, – el gato esta sobre la mesa- tazas antiguas –esta como empollando algo- y platitos.

—Cuando lo matan tenía puesto un rosario que le regaló un amigo de la virgen de San Nicolás. Y las rosas rosa son de la virgen de San Nicolás- dice en voz más alta, sacudiendo un cigarrillo por los aires desde la cocina.

Alicia está hablando del velorio, de las coronas que se desojaron, de que por suerte lo vio todo el mundo.

—Tengo testigos, ¡Hasta periodistas! Víctor Sueiro quiso hacer un testimonial y al final se murió antes…- grita.

Dicen que en una operación importante se cortó la luz y Rodrigo la devolvió. Todos los amigos le piden a Rodrigo cuando pasa algo.

El gato se baja de la mesa, maulla y camina sin hacer nada de ruido hasta el sillón de cuerina marrón que está debajo del ventanal. Ahí se endereza, se sienta, se lame una pata y se vuelve para mirarme de costado.

—Yo creo que las cosas quedan, la energía- dice Alicia mientras sirve el café – Y esto que te cuento pasó estando dentro de lo que dicen los metafísicos, que a los 55 días el alma todavía está, le cuesta mucho entender que se tiene que ir, porque es una confusión que se le produce.

Alicia empezó a meterse en la metafísica antes de la muerte de su hijo. Empezó a leer interesada, empezó a asistir a charlas de la “Luz violeta”, aprendió a hacer Reiki e imposición de manos. Empezó con todo esto dos años antes de que muriera Rodrigo, justo después de que su hijo volvió de Israel.

—El padre quería que se quedara a vivir allá, que haga el ejército. Porque el ejército es muy bien pago. Y a los argentinos los quieren para aviadores. Y yo soy anti guerra, anti belicista.

Rodrigo terminó la secundaria allá, hizo el bachillerato agrario en los Kibutz- una comuna agrícola israelí- y con diecisiete años, en el colegio israelí, le enseñaron a manejar armas; y lo hacía muy bien, hasta le dieron un premio por ser el mejor en tiro al blanco. Le gustaba la idea de hacer el servicio militar, decía que era bien pago, pero para eso debía nacionalizarse.

—Se había salvado del servicio militar por ser número bajo, así que cuando me dijo eso dije “ni loca”. Y después me lo matan acá…

***

En el departamento de Alicia hace mucho frío; cualquiera castañearía los dientes, menos ella. La estufa eléctrica se regula sola, y después de un tiempo determinado se apaga. Por eso se respira hielo. Pero la madre de Rodrigo no lo siente. Prende otro cigarrillo y mastica algo que ella misma hizo: unos cuadraditos rellenos de naranja. Pocas cosas son tan amargas.

Durante la charla con ella, en su casa, nada es fácil pero fluirá, menos el relato de aquella noche, la que fue cruel. En cada línea se abrirá un paréntesis gigante, como si planeara su huida, y en ese paréntesis dará detalles de cosas insignificantes, como la campera que se compró uno de los amigos o que el hijo más chico tenía que ir a un partido al mediodía. Después seguirá contando lo sucedido, solo un poco, pero su inconsciente la traicionará y volverá a detenerse en algo que no es importante. Es muy visible. Es muy notable. Cómo no quiere, no puede, pasar por este punto de la historia: la noche en que su hijo Rodrigo empezó a irse para siempre.

—Lo más terrible fue el teléfono, cuando la policía me llama.

Acá ya empieza a jugar la memoria. Porque a ella no la llamó la policía, primero sonó el teléfono a las cinco de la mañana con la voz de su madre del otro lado gritándole que habían llamado a su casa, que dejaron un teléfono, que se comunique.

Cuando Alicia llama a la comisaría de Carapachay, la atiende un comisario que le dice que su hijo Rodrigo tuvo un accidente. Después de preguntar “¿qué?”, “¿cómo?”, “¿por qué?”, “¿qué es bien lo que pasó?”, el comisario le revela que le pegaron un tiro y desde ese momento las rodillas se le aflojaron, la vista se le nubló y se quedó afónica. No recuperó nunca más el equilibrio, ni la claridad, ni la voz.

Llegó al Hospital de Vicente López, loca. En la guardia se chocó con Juan, el amigo de Rodrigo, le pidió que lo abrace pero ella no abrazó a nadie, porque no entendía nada, porque no tenía ganas. Recuerda también, que la hicieron dar vueltas por todos los pisos del Hospital. Fue para que no se cruzara con el asesino de su hijo mientras la policía lo inspeccionaba para determinar que él no estaba herido, por si se le ocurría decir que alguien lo había querido atacar. Esa noche no lo vio, pero sí se lo cruzaría cuatro meses después.

Ella la criatura más viva.

Ella la madre más madre

Al término de esa noche habría perdido a su hijo.

***

Reiki y Johrei, practica Alicia. Johrei es una forma de imposición de manos y para Alicia, en su relato, es importante hablar de ello. Para Alicia, en su relato, todo es importante: desde la enfermera que la tomó de las manos en el Hospital y le dijo que no se arraigue, su propia expresión en los ojos porque ella siempre es muy expresiva con su rostro como cuando fue al programa de Alfano y sus ojos eran tristes, y “que respeto, cómo nos trataron”. Pero claro, estábamos hablando del Johrei. Vuelve. Vuelve con “la cuestión era que…”. La luz violeta, el creador, la naturaleza, la historia del templo, qué es la luz violeta y después dice “vas a ver como se relaciona esto con lo que te estoy contando”. Y tiene razón, las cosas se tocan, se rozan o simplemente ella encuentra la conexión causal.

Un día, después de una sesión en el templo, pidiendo para que Morales- el asesino de Rodrigo- se presentara a declarar llega a su casa y el abogado defensor de su causa había dejado grabado en el contestador “Lici, mañana tenes que presentarte a las 7.30 de la mañana porque el reo pidió declarar”.

A Alicia Soria, a lo largo de toda la charla, se le cortará la voz en un llanto silencioso dos veces: una cuando cuente este mensaje que le dejó su abogado en el contestador, y la otra cuando cuente que Néstor Kirchner acarició el retrato de su hijo. Pero para la segunda, falta.

Después, Alicia se para y con las sillas del comedor arma la escena de lo que vendrá: la primera vez que vio a Morales, en su declaración, cuatro meses después de la muerte de Rodrigo.

La sentaron detrás de él, a escasos metros. Ella veía su espalda, una espalda encorvada por el peso de la muerte ajena, una nuca que suda, una voz que aún no tenía cara, una cabellera con ganas de ser tironeada. El privilegio de la vista tenía la madre porque le habían prohibido hablar. Alicia se mantuvo con los brazos cruzados, tomando agua, y más agua, para regar la garganta que le quemaba y le daba tos.

Algunas palabras, ciertos movimientos, adquieren una importancia desmesurada.

—Morales me dijo “yo le quiero pedir perdón a la mamá…”- ahí ella se confunde o se olvida y se corrige- a la señora dijo, a la señora.

Cuando relata se acuerda de los diálogos exactos en las situaciones, lo que le dijo al médico, lo que le respondió la enfermera, lo que le contó la vecina, lo que ella le comentó al abogado. Cuando avance la tarde se verá que no recuerda, que a veces inventa para llenar el hueco del recuerdo imperfecto.

Como en este caso, cuando relata el momento justo en que Morales terminó de declarar:

—La abogada de él le dice “ahí la tiene a la mamá, atrás suyo” Morales se da vuelta y me dice “yo le quiero pedir perdón”. Ahí me levanto- hace el gesto y cambia la voz, como imitando ese momento, con la furia contenida en la boca del estómago y sigue- le pongo el retrato de mi hijo, los ojos de mi hijo a la altura de los suyos, y le digo “yo no lo perdono. Si Dios quiere perdonarlo lo perdonará y si mi hijo quiere, acá lo tiene, pídaselo a él”.

Y después de la actuación, la urgencia del baño: Alicia sale corriendo hacia la última puerta del pasillo.

¿Cuántas veces habrá pasado por esta escena? ¿Qué partes quedaron del original?

Ese comedor es: sobre dos pilas de libros, el equipo viejo; sobre el equipo, dos cajas; sobre las cajas, un cucú; sobre el cucú, el juego de mesa. Detrás de todo eso, apoyado en la pared, cinco cuadros que no fueron colgados. Todo está al lado de un mueble con tres estantes que tiene libros, fotos, frascos, mugre, cds.

Pienso en Israel y en la foto que le mando Rodrigo sentado arriba de un tanque. “El vino loco de Israel, con las armas”, había dicho Alicia hacía un rato. También había contado que ni un revolver de juguete tuvo, porque para ella eso no era ni siquiera un juguete, y él le decía “vos no querías comprarme un revolver, todos mis amigos tenían y yo no. Pero eso está acá ma” y se señalaba la cabeza, como que las armas estaban en la mente, igual que la bala que lo mató.

Adolfo Morales tenía 55 años y andaba sin permiso para portar armas, pero las tenía igual. Por eso, el abogado de la familia Soria pidió dieciocho años de encierro: le dieron doce y salió en nueve.

Cuando Alicia vuelva terminando de arreglarse las calzas en el camino, le preguntaré si lo perdonó.

– No. ¿Por qué lo voy a perdonar? ¿Qué le hizo mi hijo para que le hiciera eso? Es un gusano. Es un gusano que mata mariposas- será su respuesta final.

***

A veces las noches son largas. Más que la noche, la espera de que la luz salga, de que amanse la oscuridad. Los silencios, los pasos del viento en las habitaciones dormidas, las sombras, que no son otra cosa que los mismos miedos proyectados en la pared o en las baldosa de cerámica.

A veces las noches son largas. Más que una noche, cinco meses vividos al revés del sol. Porque durante cinco meses, la madre de Rodrigo, simplemente, no pudo dormir y usaba las noches y parte de los días para trabajar en una ley.

En esa mesa grande del comedor, donde ahora hay platitos y tacitas, cosas dulces y amargas y una gran cafetera, Alicia desplegaba papeles y de a poco fue juntando los cinco proyectos que ya había sobre el tema – que eran de distintos bloques políticos, pero no llegaban a un acuerdo- para reglamentar las casillas de seguridad. Los juntó, armó uno solo, lo llevó al Congreso y se aprobó.

Fue varios años después del asesinato, que impulsó la ley provincial N° 12297/98 que regula la seguridad privada bonaerense, y la ordenanza municipal 16.313/00 que regula las casillas en la comuna.

La ley dice: que no podrán desempeñarse en el ámbito de la seguridad privada las personas que hayan sido excluidos de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales, del servicio penitenciario u organismos de inteligencia por delitos y quienes posean antecedentes. Además dice que los prestadores deberán portar una credencial habilitante cuando estuviese autorizado a portar armas, que deberán contar con la capacitación necesaria, y que el usuario debe exigir al prestador que acredite encontrarse habilitado por la autoridad de aplicación.

Pero antes de todo esto, el presidente de la nación quiso verla. Cuando lo cuenta, Alicia por segunda y última vez en la tarde solloza.

—Néstor Kirchner quiso reunirse conmigo y con otros padres de casos que habían quedado impunes. El día de la reunión nos avisaron que no dejaban entrar a nadie con carteles ni pancartas. Yo dije: “yo voy a ir con el cartel de mi hijo, le guste o no le guste”.

El cartel tenía de un lado la foto de Rodrigo y del otro, un pedido de justicia. Cuando la Alicia entra al despacho mira a Kirchner directamente a los ojos y le dice señalando las letras “yo vine por esto”. Él vuelve a girar el cartel, acaricia la imagen del rostro de Rodrigo y dice “qué lindo pibe”.

De aquel encuentro con Néstor Kirchner nació el Programa Nacional de Lucha Contra la Impunidad (PRONALCI). Aquí miles de familias denuncian y reclaman justicia. Son casos que tienen sus orígenes en la violencia institucional, en el incumplimiento del proceso legal, en los papeles que se pierden y extravían, en los juzgados vacíos o con mucha gente, en los pasillos sórdidos e interminables.

Doce padres formaron la comisión directiva y Alicia fue uno de ellos. Un tiempo después sería parte, también, de la Secretaría Nacional de Derechos Humanos, donde desempeñaba algunas tareas como viajar por las diferentes provincias del país para ayudar a armar comisiones de padres, pidiendo justicia.

La tarde está cayendo rápidamente y cada vez se siente más el frio. El gato molesta para entrar y ella le abre mientras cuenta que todos los 5 de mayo llama al trabajo de Morales, pide hablar con él y le dice a quién sostenga el tubo: “Habla Alicia Soria, la mamá del chico que asesinó Morales”. Es que los 5 de mayo es su cumpleaños y por eso también le regala escraches: un año hizo fotocopias y las repartió por todo el barrio donde él vive. Los papeles decían: “Morales, asesino, no te queremos de vecino”, y su dirección.

Para el próximo cumpleaños tiene pensado poner una pantalla pasando fotos y videos, en la esquina de su casa, y hacer que todos los colectiveros de la línea 184 que pasan por la puerta toquen bocina.

—Mirá que es exclusivo esto. No lo avises porque se va a ir.

Pero más allá de todo esto que ella hace con esmero, Morales vuelve a conseguir trabajo de garitero. Cuando le preguntan por sus antecedentes contesta “lo que pasa que una vez maté a un chorrito que era hijo de una concejal”.

A Rodrigo lo mataron en 1997, y en esa época ella ni pensaba que iba a tener una función política.

***

Cuando arranca el mes de junio, para Alicia, arranca el mes de Rodrigo: organiza marchas, sube videos a youtube y la llaman de algún canal de televisión para hacer alguna que otra entrevista. Sus tres hijos siempre estuvieron cerca, ahora ya hacen sus vidas, tiene sus hijos, y sus propios cumpleaños.

Alicia se ha levantado muchas veces a calentar el café que termina siempre por enfriarse en las tazas, porque la charla no lo deja ser absorbido. De todas formas ella arremete con entusiasmo de buena anfitriona y me ofrece calentarlo una vez más. Pero le digo que no, que esta charla está llegando a su fin. La estufa se ha vuelto a apagar, y ahí, no se puede más de frio.

—No hay duelo con la muerte de un hijo- reconoce en palabras y sigue- El duelo se produce cuando uno queda en paz.

Y la madre de Rodrigo no la tiene, ni la busca ni la encuentra. No hay justicia que valga. Porque todo el tiempo hay una pregunta que no ha sido contestada: “¿por qué?”. Es un final abierto, una llaga, son dos palabras golpeando contra la pared, produciendo ese eco que se hace cuando nadie responde.

En la mitad del juicio por el asesinato de su hijo le escribió una carta a Morales. La carta dice: “Nunca hubiera imaginado que un día le escribiría al asesino de mi hijo”. Luego, hace visible ese lazo que indefectiblemente los une: “siga caminando sobre este débil hilo que se tiende entre quien tuvo la dicha de parir a Rodrigo Sebastián y quien cumplió con el triste destino de segar su vida. Ya ve… somos dos puntas opuestas”.

Y casi llegando al final, a modo de despedida, se lee como en un susurro donde falta el aire: “A mí me hizo las primeras preguntas de su curiosidad infantil; a usted la final: ¿por qué?”.

La balanza de la justicia, para Alicia, nunca estará balanceada. No hay nada que compense. El hueco queda abierto, el mismo que hace una bala en una cabeza.

Dice que Rodrigo era alto y todavía lo siente, lo siente por detrás en un abrazo; lo ve.

—¿Dónde creés que está ahora?
Yo creo que está donde quiere estar. Él siempre me decía “yo si pudiera ser mosquito y estar en todos lados”.

Y un mosquito pasa frente a nuestras narices. Ella no se da cuenta. Y el gato – que estuvo toda la tarde inquieto- comienza a maullar, parecido a un bebé llorón, que pide por su madre. Después se sienta mirando a un punto fijo en la pared. La madre de Rodrigo se para y le pregunta qué quiere, “¿salir?”; “¿querés comer?” y le da un tarrito con leche.

Vasco Pimentel, el oidor

Publicado: 29 septiembre 2015 en Sabrina Duque
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Desde que viven juntos, Vasco Pimentel le ha pedido a su mujer que no le hable cuando se acaba de despertar. Cada mañana, este director de sonido que inspiró Lisbon Story, una película del cineasta Wim Wenders, necesita una hora y media sin oír nada. Cuando su mujer lo olvida y empieza a hablarle, él levanta la mano como un policía que detiene el tránsito y hace una señal de alto. Stop. Silencio. Es pronto para escuchar. La esposa del sonidista, una arquitecta que dejó su vida en Perú para irse a vivir con él a Lisboa, se ha acostumbrado a verlo levantarse, preparar su desayuno y leer su correo sin decir una palabra. Pimentel ha dejado de frecuentar amigos porque hablaban casi a gritos. Ha dejado de ir a cafés porque lo aturde el bullicio. Ha puesto el sonido a más de cien películas, pero no asiste a festivales de cine: «En las alfombras rojas —dice— hay demasiado ruido». Tampoco tolera el murmullo de un televisor encendido en su idioma: «Es una inflación de palabras de valor semántico nulo y entonación histérica y mentirosa». Pero le gusta cómo suenan los programas de televisión en China o en la India: al no hablar esos idiomas, las palabras le llegan sólo como sonidos, sin que entienda su significado. Vasco Pimentel detesta el sonido de automóviles ruidosos en marcha, pero, a diferencia de la mayoría, arruga su cara de tal modo que parece sufrir de la peor jaqueca cuando los escucha: «No sé qué hacer en mi cabeza con el ruido de un carro», dice. Sin embargo, le gustan las notas musicales «largas, infinitas, lacerantes» que produce una corriente de vehículos al atravesar el puente metálico de Lisboa, la ciudad donde nació. Cada vez que entra a un lugar y el ruido del ambiente es muy alto, Pimentel levanta las manos, se tapa los oídos con las palmas abiertas y aprieta sus mandíbulas como un niño aturdido por los gritos de sus padres. A veces, cuando sube a un auto ajeno y la radio se pone en marcha, se desespera y empieza a darle manotazos a los botones del estéreo hasta que consigue apagarlo.

—El mundo está mal mezclado —dice.

Vasco Pimentel tiene cincuenta y seis años, una mata de cabello plateado, oscuras cejas gruesas y una gaveta repleta de cajas de tapones alemanes Ohropax —paz para los oídos— en su casa. Es la misma marca de tapones que usaba Franz Kafka para soportar los ruidos durante la Primera Guerra Mundial. Los Ohropax fueron inventados por un farmacéutico alemán a principios del siglo XX como respuesta al problema del ruido cada vez más agobiante de la era industrial. Cuando el sonidista abre su cajón y descubre que sólo quedan una caja o dos, sale a recorrer farmacias: si encuentra una que vende esta marca, se lleva todos los que tienen. Hace algunos años, Vasco Pimentel llegó a la conclusión de que el caos de autos, ruidos y gritos que le esperaban afuera de su casa iban a dañarle la audición. Desde entonces, el sonidista lisboeta que ha vivido prestando sus oídos a cineastas como Wim Wenders, Vincent Gallo y Manoel de Oliveira —el director más viejo del mundo— no puede salir a la calle sin ponerse tapones en los oídos.

Nuestro cerebro tiene la habilidad evolutiva para suprimir los ruidos de fondo que no nos interesan. En una fiesta llena de gente, por ejemplo, no solemos escuchar nada en forma precisa hasta que alguien pronuncia nuestro nombre. En un aeropuerto atestado tendemos a escuchar los anuncios de embarque sólo cuando se acerca la hora de nuestro vuelo. Esa capacidad del cerebro para concentrar la audición en una persona o en ciertos sonidos e ignorar los que no nos interesan se conoce como ‘efecto cocktail party’. Cuando el bullicio nos molesta, podemos ‘bajarle el volumen’ al concentrarnos, por ejemplo, en espiar la charla de dos extraños. Si nos interesa una conversación en una fiesta, los ruidos de fondo dejarán de incomodarnos después de unos minutos. «Todos tenemos una especie de filtro —dice Rui Poças, frecuente compañero de filmaciones de Pimentel—. Pero Vasco se queda irritado porque acaba por captar cosas que no quería». Rui Poças, uno de los mejores directores de fotografía del mundo según el Hollywood Reporter, cuenta que Pimentel suele detener su trabajo en un set de filmación para pedirle a alguien que deje de hacer un ruido que ni siquiera sabía que estaba haciendo: un taconeo nervioso, raspar la pared con sus uñas, o, incluso, mascar chicle.

***

Los sonidistas suelen ser detallistas, obsesivos y anónimos. Aunque las caras visibles del cine son los actores y directores, un tipo a quien nadie reconocería en la calle puede ser responsable de la mitad de una película: ninguno de nosotros sería capaz de emocionarse, de exhalar una interjección de euforia o de alivio, de soltar un llanto súbito o un estremecimiento frente a una pantalla si no fuera por un efecto sonoro elegido con precisión para provocarlos. Las películas de terror serían inofensivas sin un director de sonido: el suspenso es el chillido histérico de un violín mientras una mujer se ducha (Psicosis), dos notas repetidas —mi y fa— que suenan cada vez más fuertes a medida que la cámara se acerca a un bañista (Tiburón), un canto infantil distorsionado que se oye cuando un personaje se va quedando dormido (Pesadilla en Elm Street). Los dramas y las comedias románticas no nos harían llorar o ilusionarnos sin el poder de sugestión de la música: Rocky Balboa corriendo por las calles de Filadelfia no nos convencería tanto de su espíritu de superación sin las trompetas de Gonna fly now marcando sus pasos. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet serían dos turistas algo suicidas en la proa del Titanic si no fuera por la melodía de fondo de My heart will go on. Patrick Swayze se vería ridículo con esos rayos de luz en la cabeza mientras se despide de Demi Moore, si al final de Ghost, la sombra del amor, no estaría sonando Unchained melody.

Emocionarse con una película se debe en gran parte al trabajo silencioso de un sonidista, pero el sistema hollywoodense tiene su propio ‘efecto cocktail party’: como si fueran el ruido de fondo en una fiesta atestada de celebridades, nadie voltea al oír el nombre de un director de sonido. Gary Summers, uno de los sonidistas más exitosos de Hollywood, ha sido nominado nueve veces al Óscar y ha ganado cuatro, tantos como Spielberg, sólo que a él no le toman tantas fotos ni le preguntamos tanto cómo logró el sonido de miles de espadas chocando en El señor de los anillos, la embestida violenta del agua en Titanic, o los pasos de los soldados en El imperio contraataca. Mark Berger puede sonarnos a algún futbolista inglés, pero es el nombre de uno de los sonidistas de Apocalypse Now, alguien que ha ganado el Óscar las cuatro veces que estuvo nominado. El trabajo de sonido en Apocalypse Now volvió memorables algunas de sus escenas, como la que da inicio a la película: mientras un soldado observa girar un ventilador de pared desde su cama, escuchamos el ruido de las hélices de un helicóptero, y así el juego del sonido y las imágenes logra contagiar la alucinación de un personaje. También marcó un hito en la historia del cine. El director Francis Ford Coppola entendió que el trabajo de sonido había aportado tanto al clima y a la historia del film que los responsables no podían ser considerados sólo «sonidistas». Desde entonces, a finales de los setenta, se los llama directores de sonido.

En la isla de silencio que es su casa en Lisboa, donde se mantiene a salvo del ruido de los coches, Vasco Pimentel recuerda otra escena de Apocalypse Now: el cocinero baja del barco y se mete en la selva a buscar algo para hacer su comida. Primero se oye el zumbido de los insectos y el canto de los pájaros. Pero de súbito todo el ruido desaparece. El cocinero entra en alerta. Escuchamos que algo avanza sobre la hierba. La tensión aumenta cada segundo. Entonces de la selva surge un tigre como un rayo, y uno queda al borde del infarto. «Hubiese sido un error poner el rugido de un tigre antes de que aparezca —dice Pimentel—. Lo que quieres es que no se entienda que es un tigre». El cineasta Robert Bresson creía que el ojo es superficial, y que el oído es profundo: «El silbido de una locomotora —dijo— imprime en nosotros la visión de toda una estación». Para Bresson, un sonido no debe acudir en auxilio de una imagen. Para Pimentel, es estúpido un montaje de sonido donde todo lo que se ve suena tal como se ve en el mismo momento en que se ve.

La cultura urbana occidental privilegia la vista sobre el resto de los sentidos, pero considera la extrema sensibilidad al sonido como un superpoder. El oído nos permite percibir aquello que no está frente a nosotros. Superman oye el grito de socorro de un niño a cientos de kilómetros. En el Hombre Biónico, la exitosa serie de televisión de los setenta, Steve Austin no sólo es capaz de levantar camiones y de ver detalles a kilómetros de distancia: también es capaz de escuchar los planes de los malvados que están muy lejos de él. Hay comerciales de televisión que ofrecen audífonos para oír mejor con la promesa de que podremos escuchar conversaciones ajenas en la habitación de al lado. Sin embargo, algunos que empiezan a usar estos audífonos los abandonan porque de súbito escuchar demasiado los aturde.

Vasco Pimentel, que posee un extraordinario don para oír, vive a veces su poder como una maldición. No sólo le disgusta el ruido de los automóviles: también los gritos de meseros y el murmullo de las conversaciones en los restaurantes; el balbuceo simultáneo de las discusiones futbolísticas en la radio, y las canciones de moda —en especial, las de Rihanna—. No sufre de hiperacusia, el síndrome que vuelve a los que lo padecen intolerantes a sonidos como el timbre del teléfono o el golpeteo de los cubiertos contra los platos. Tampoco sufre de misofonía, un odio al ruido, que es lo que experimentan aquellos que por ejemplo se crispan con la fricción de un bolígrafo sobre una hoja de papel. El problema para Pimentel es el ruido que nos envuelve como una burbuja: aquello que oímos en todas partes, y no percibimos por insensibilidad o indiferencia.

—Las personas escuchan cosas abominables —dice.

***

Una tarde, mientras filmaba con el director Wim Wenders, Vasco Pimentel se quitó sus audífonos y caminó resuelto hacia unos niños que jugaban ruidosamente y estaban arruinando una escena. Eran los años noventa, y estaban en una terraza de Alfama, uno de los barrios más antiguos de la capital portuguesa, intentando filmar una escena de Lisbon Story, la película de Wenders que más reflexiona sobre la imagen y el sonido en el cine. De pronto, Pimentel colocó sus audífonos en las orejas de uno de los niños y movió el micrófono para capturar los sonidos que llegaban hasta aquella terraza con vista al río Tajo: el canto de un pájaro, las campanas de la iglesia, el viento entre los árboles, la sirena de un barco llegando al puerto. Uno a uno, los niños escucharon y fueron callando como hipnotizados: se habían vuelto cómplices de un señor que les había hecho oír un mundo que estaba allí, pero que ellos no percibían. Vasco Pimentel había prestado sus oídos a esos niños.

A Wim Wenders le gustó tanto la escena que decidió incluirla en Lisbon Story, un film que trata sobre un director que se propone hacer una película solo con su cámara, sin nadie más, como si fuera la primera en la historia del cine. El personaje que hace de cineasta filma horas y horas en Lisboa, sin sonido, hasta que se da cuenta que su proyecto está fracasando. Entonces le pide auxilio a un amigo sonidista —el protagonista de la película—, quien viaja a la capital portuguesa con su maleta y micrófono para salvar el film. Cuando el actor que hacía de sonidista en Lisbon Story viajó a la capital portuguesa, Wim Wenders le pidió que se inspirase siguiendo durante días a Pimentel por las calles de la ciudad. El sonidista portugués, que ya había trabajado con Wenders en El estado de las cosas, era en realidad el personaje maniático y apasionado que el director alemán quería retratar en su película.

Cuando habla, Vasco Pimentel es tan expresivo como un mimo acelerado y, mientras gesticula, de sus labios brotan onomatopeyas. Las palabras salen de su boca a un millón por hora, pero no le alcanzan para decir todo lo que quiere decir. Vasco Pimentel parece un niño que aún no ha aprendido a hablar e intenta contar una historia con todo su cuerpo y todos los ruidos. Si tuviéramos un control remoto para silenciar el sonido del ambiente y lo dirigiéramos a Vasco Pimentel, entenderíamos qué nos está explicando aún sin escucharlo. En el imperio portugués existía la figura del oidor, un enviado del rey que escuchaba las quejas de los súbditos lejos de la metrópoli, y elegía contar lo que el rey debía saber. Pimentel es un oidor del cine, un sonidista que trabaja intentando hacernos escuchar aquello que hemos dejado de oír.

No sólo Win Wenders ha sido seducido por el carácter obsesivo, hiperbólico y apasionado del sonidista. En el mundo del cine portugués, Pimentel también es conocido por su vínculo visceral y exhaustivo con lo que oye. María de Medeiros, la actriz que lo considera «un poeta del sonido» antes que «un técnico con obsesión por la técnica», recuerda que Pimentel cautivaba a su equipo durante horas hablando de un sonido. Pimentel nunca deja de trabajar: cuando la filmación de una escena acaba, agarra su micrófono y camina hasta la parada de bus para registrar el sonido que hace al frenar, lo lleva hasta el semáforo de la esquina para grabar el clic del cambio de luces, camina dos cuadras para registrar el ruido de las monedas que caen sobre el mostrador en una tienda o la charla de un vendedor con su cliente. Quién sabe si terminará incluyendo o no alguno de estos detalles en el fondo de la película que está filmando. En el cine, casi nadie percibirá los diálogos de una tienda a dos cuadras de donde ocurre la acción, pero los sonidos estarán allí ayudando a construir un sentido de realidad, un sentido que no siempre es evidente. Es el trabajo de un sonidista. El sonido de los sables láser de Viaje a las estrellas fue conseguido con el ruido de un televisor y el zumbido de un motor. El famoso grito de Tarzán se logró mezclando la voz del actor, unos ladridos de perro, el aullido de una hiena y el do de un soprano. Para hacer El Exorcista, el director reforzó los efectos emotivos de la película incluyendo en la banda de sonido enjambres de abejas, ruidos de cerdos que estaban siendo degollados, maullidos de gatos y rugidos de león. En el libro Resonancia Siniestra, el músico David Toop habla de los sonidos abstractos que Stanley Kubrick utilizó en El Resplandor: el crujir de la nieve, el rebotar de la pelota, el sonido del triciclo de un niño mientras corre por los pisos del hotel, los ecos distantes de una vieja canción. Todo eso, según Toop, provoca un efecto emocional acumulativo tan abrumador que preguntarse si son música real, ruido, sonido ambiental, buena o mala música ya no tiene sentido. Vasco Pimentel fabrica un ambiente sonoro, y juega con el poder del sonido para evocar lo que no podemos ver.

En la última primavera, Pimentel andaba inquieto ante una pregunta: ¿cómo sonaría el consultorio de un psicoanalista instalado en la barriga de una ballena? Para su nueva película, el cineasta Miguel Gomes le había encargado diseñar, entre otras escenas, el sonido de una oficina en la barriga de un animal. Pimentel pensaba en la reverberación de las voces de los consultorios. Durante el invierno, para la misma película, se había pasado grabando el canto de pájaros enjaulados y pensando en cómo darle sonido a esa reinterpretación del mito de Jonás. «Vasco es un músico en la forma en la que mira al mundo —explica su compañero Rui Poças—. En cierto sentido, es un músico en el sitio equivocado. Pero si fuera músico, sería un cineasta en el lugar equivocado». Pimentel siente cada sonido por su música o su signifcado.

Para el común de los hombres y mujeres, el ruido más insoportable no es el más alto: es el llanto de un bebé. Según un estudio publicado en el Journal of social, Evolutionary, and cultural psychology, es el ruido más perturbador porque nos resulta casi imposible ser indiferentes a él: cuando suena esa alarma, estamos dotados de un ‘resorte psicológico’ para dejar lo que estamos haciendo. Años atrás otro estudio de una universidad británica pidió a través de una web votar por una lista de más de treinta sonidos, calificándolos en seis niveles, desde ‘no tan malo’ a ‘insoportable’. El ruido de un bebé llorando quedó en tercer lugar, después del sonido de alguien vomitando y el agudo de un micrófono que acopla. Según los científicos, si el llanto de un bebé nos desespera tanto es por una reacción biológica para la conservación de la especie. Según Vasco Pimentel, la inquietud que nos provoca el llanto de un bebé tiene relación con el poder evocador del sonido y con su carácter impredecible: «Es por el potentísimo poder que tiene el oído —y ningún sentido más— de suscitar la fantasía, los temores, los recuerdos. El llanto de un bebito inmediatamente te pone a pensar: ‘Es un ser indefenso, está sufriendo, no posee el lenguaje para poder comunicarse, y necesita algo que yo no entiendo porque su lenguaje es puro grito’». Pimentel, que trabaja manipulando el poder emocional de los sonidos, puede escuchar el llanto de un bebé y entender lo que produce en las personas: eso hace que no le moleste tanto. Si cualquiera de nosotros oye un bebé llorar, lo que empieza a angustiarnos es su duración incesante y no saber de qué se trata. El ruido de un niño que grita y que llora no tiene un patrón idéntico, ni de frecuencia, ni de ritmo, ni de desarrollo, ni de nada, explica Pimentel: «No sabes que va a pasar, y eso irrita a la gente». En cambio para él, que entiende los sonidos por su música además de su significado, el más insoportable de todos es el sonido de un carro parado con el motor en marcha, porque le parece estúpido y absurdamente repetitivo. «Todos los sonidos son cíclicos. Pero el ciclo de un carro parado que hace trrrrrrrrrrrrrrrr es particularmente estúpido: es tan cortito que unas cuatro veces por segundo repite el mismo ciclo: taca-ta-ta ta-taca-ta-ta-ta-taca ta ta ta”. Nunca sucede algo nuevo, no hay expectativas, no hay variaciones, no hay sorpresa. Si a la mayoría nos crispa el llanto de un bebé y el motor de un carro no nos molesta, dice el sonidista, es porque estamos habituados a la repetición, porque eso es lo que el mundo impone. La música que oímos en un bar, en un café, en un taxi, en una publicidad de youtube, recuerda él, se corresponde con el ruido que hace un carro parado con el motor en marcha. Hemos sido formateados para sentirnos cómodos con lo repetitivo. Lo impredecible nos irrita o nos inquieta. Nos hace sentir inseguros.

***

A la mayoría de nosotros, los aromas pueden transportarnos al pasado: el hijo de un fumador regresa a su infancia cuando aspira el humo de una marca de cigarrillos que fumaba su padre y el perfume de una desconocida en un ascensor nos dibuja a una mujer que habíamos olvidado. A Vasco Pimentel los recuerdos le entran por el oído, el primer sentido que usa un recién nacido. Desde los cuatro meses y medio empezamos a escuchar los sonidos del mundo exterior en la barriga de nuestras madres. Hace unos años un estudio de la Universidad de Harvard aseguraba que escuchar música barroca estimulaba más conexiones neuronales en los niños. Entonces se puso de moda lo que se llamó ‘efecto Baby Mozart’: algunas embarazadas corrieron a poner audífonos en sus barrigas con la ilusión de tener bebés más inteligentes por hacerles oír La flauta mágica desde el útero.

Medio siglo antes que existiera esa tendencia, Vasco Pimentel y sus cinco hermanos se criaron escuchando composiciones de los siglos XIV, XV y XVI. La música del medioevo y del renacimiento devuelve a Pimentel a su cama de niño, donde desde el piso inferior de una casona moderna, en un barrio alejado del centro de la ciudad, escuchaba los ensayos de música barroca de sus padres. Duarte Pimentel y Tita Lamas eran una pareja de músicos que se dedicó por décadas a la arqueología musical: rescataron las partituras del barroco portugués, encargaron la reconstrucción de instrumentos desaparecidos por siglos y se reunieron con otros músicos para rescatar sonidos y melodías que ya no existían. Mientras sus compañeros de escuela escuchaban los Beatles, los chicos Pimentel oían música compuesta antes del nacimiento de Bach.

Hace un tiempo, un equipo de científicos de cinco países probó una droga que devolvía al cerebro de los adultos la plasticidad de cuando eran niños. Estaban investigando el oído absoluto —esa capacidad para reconocer de memoria la nota en la que suena cualquier ruido, desde una olla que cae al suelo hasta el choque de dos copas en un brindis—, y querían restituirles el potencial de aprendizaje que tenemos antes de los siete años. Después de dos semanas de ejercicios con la escala musical, los sujetos que habían tomado el fármaco valproate, todos sin conocimientos previos de música, terminaron con un oído afinado. La capacidad para reconocer o cantar cualquier nota musical sin ninguna referencia es más una habilidad lingüística que musical, y está relacionada con la memoria auditiva, con aquello que hemos oído en nuestra infancia, con los estímulos que recibimos desde niños. Hoy los investigadores discuten una versión acústica del dilema del huevo y la gallina: ¿qué fue primero: el lenguaje o la música? Los más polémicos argumentan que el lenguaje hablado no es más que una especie de música, que los bebés escuchan primero los sonidos de la lengua y sólo más tarde reconocen su significado. Lo que llamamos música, dicen, es solo un juego creativo con los sonidos. Pero nadie nos enseña a escuchar como nos enseñan a hablar, leer y escribir.
Hoy dos de los seis hermanos Pimentel se ganan la vida con su oído prodigioso. El menor de ellos es capaz de afinar pianos en minutos gracias a su oído absoluto. Vasco Pimentel puede recordar la nota exacta con la que empieza una ópera que no ha escuchado en treinta años, y crea atmósferas sonoras para películas y piezas de teatro. «Las notas musicales —dice— no son más que una simplificación: doce compartimentos para clasificar y guardar todos los sonidos del mundo». El sonidista atribuye a su oído musical su facilidad para aprender idiomas: Pimentel habla portugués, alemán, francés, inglés, español, italiano, y un poco de checo. Este último, según él, lo aprendió escuchando grabaciones en checo mientras viajaba en el metro de París, durante uno de sus viajes de filmación. Cuando escucha el mundo y cuando trabaja para componer mundos sonoros, Vasco Pimentel organiza los ruidos y los diálogos en forma musical. En la isla de edición, observa el monitor de la computadora como si mirase un paisaje vacío. Él escucha un ruido y busca combinarlo con otro. Se obsesiona en hallar el tono justo como si compusiera una canción.

La memoria acústica de un sonidista no es una melodiosa cajita de música: es una Torre de Babel de recuerdos tan confusos como inauditos. De sus viajes alrededor del mundo, Vasco Pimentel recuerda cuando los musulmanes llamaban a orar en Sarajevo, Bosnia: «Eran cantos melancólicos y vibrantes, en voces de tenor eslavo al borde del falsetto del belcanto italiano: Bellini ruso con letra en arábico». Se acuerda del sonido de las campanas en Varanasi, India: «Eran cientos de campanas sin ritmo regular, todas en tonos diferentes, un solo golpe cada una, dentro de un zumbido constante de miles de campanitas de bicicleta». Pimentel no puede olvidar la música de los celulares en Tessalit, Mali: «Todos se mueven con su teléfono encendido, tocando músicas de guitarras eléctricas con su sonidito de celular. Mientras caminan, las músicas se mezclan, se desmezclan en el espacio y en el tiempo». El sonidista evoca así el silencio en San Petesburgo, Rusia: «Había un gorrión herido, caído en el suelo blanco y helado, gritando solo, echado en la nieve que seguía cayendo». Vasco Pimentel recuerda que allí entendió por primera vez el silencio. «El silencio —dice— es todo lo que sigue sonando alrededor de un gorrión que se muere».

Como todo sonidista, Vasco Pimentel es un creador de sonidos y de silencio. En la obra más famosa del compositor John Cage, llamada 4’33, una orquesta interpreta unas partituras en blanco durante cuatro minutos y medio. El público solo escucha su propio silencio y los sonidos del teatro. Antes de componer la obra, John Cage había visitado en la Universidad de Harvard la cámara anecoica, una sala aislada de cualquier fuente de sonido exterior y diseñada para absorber todas las ondas acústicas. Cage entró en la cámara esperando escuchar el silencio, pero descubrió que allí adentro seguía oyendo dos sonidos, uno alto y uno bajo. El ingeniero de sonido a cargo le explicaría que el sonido alto que escuchaba correspondía a su sistema nervioso, y el sonido bajo a su sangre en circulación. Eso lo llevó a componer 4’33. Según el Libro Guinness de los Récords, una sala similar, la cámara sin eco de los Laboratorios Orfield, en Mineápolis, Estados Unidos, es el lugar más silencioso del mundo. Quienes entran y cierran los ojos en esa cámara sin eco no perciben ningún sonido. Encerrados detrás de tres puertas pesadas, la mayoría de los visitantes sienten angustia y piden salir. El silencio causa placer, pero una prolongada ausencia de sonidos nos abruma más.

El dramaturgo Harold Pinter dijo que el silencio fuerza a la audiencia a contemplar lo que el personaje está pensando. En Tabú, otra película del cineasta Miguel Gomes, hay un bloque completo donde los personajes hablan y susurran y se gritan, pero el público nunca escucha sus voces. Sólo se oye la voz del narrador contando lo que vemos. Lo que sí se escucha es el ladrido de los perros, el arrastre de las sillas, el motor ronco de las motos atravesando las montañas y las canciones rocanroleras que brotan de la radio. Vasco Pimentel borró los diálogos de los personajes y puso el sonido ambiental como telón de fondo para jugar con la idea de que no tenemos certeza de las palabras que escuchamos o dijimos, y que sólo podemos reconstruirlas. «El sonido en una película actúa sobre ti de una forma metafórica, secreta, inconsciente, dolorosa, placentera. Pero son zonas secretas de nuestra psique —dice—. No es la información que ofrece una imagen o un diálogo». Para hacernos conscientes del silencio en una escena, Pimentel utiliza la presencia distante de un sonido cualquiera: un personaje escucha a un perro que ladra a un kilómetro de distancia. En ese mundo, no hay nada más entre el personaje y el perro ladrando a los lejos. El perro está solo. En silencio. Sin nadie. Es el estado platónico de Pimentel sin tapones en los oídos. Como le gusta estar cada día, todas las mañanas, después de despertar.