Sobrevivir a un naufragio

Publicado: 22 diciembre 2016 en Xavier Gómez Muñoz
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Fabián Heredero, el náufrago de Santa Elena, vive en la parroquia Chanduy, un poblado a orillas del Pacífico, con apenas 18 mil habitantes repartidos en 14 comunas, una junta parroquial y un par de hoteles que no se llenan ni por el feriado del 9 de Octubre. Si tomas un bus en la entrada del kilómetro 110 de la vía a la Costa, llegarás a este puerto en unos 20 minutos. Te quedas en el parque, bajas una cuadra y un fuerte olor a pescado te dirá que llegaste. A un costado de la playa verás decenas de hombres, con botas de caucho y bermuda, a los que sobrevuelan un número mayor de aves, ansiosas por arrebatar algo de la pesca que sacan a tierra en gavetas. Cerca de la orilla hay cientos de lanchas ancladas. Y en el malecón, varios camiones y camionetas a la espera del producto fresco para distribuirlo en ciudades y mercados.

Sobre el malecón del puerto de Chanduy está también el comedero Los Pinos, del que son dueños los suegros de Fabián. Allí estuvieron el fin de semana anterior al naufragio, él, su esposa Karen Villón, sus hijos Ángel y Ginson y otros familiares. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, la patrona del puerto. Los cerca de 1.200 pescadores de la parroquia, como todos los años, sacaron a pasear a la imagen en una especie de procesión de lanchas pesqueras, a unas cuatro millas náuticas de la playa. Acto seguido empezó la fiesta. Fabián y su familia celebraban, mientras tanto, el cumpleaños de su hijo mayor, Ángel (seis años). Después salieron un rato al malecón. Fabián bailó el merengue Junto a tu corazón con su esposa. Y al día siguiente se tomó unas cervezas con amigos. Regresó a casa antes de las seis de la tarde, porque el lunes le esperaba día de pesca. Y todos quienes pescan en Santa Rosa saben el día en que saldrán, pero no tienen certeza de cuándo vuelven.

110 millas

Con tres mudas de ropa, un impermeable, un par de botas de caucho, bloqueador solar, crema para el cuerpo, jabón, champú, dos perfumes y 30 dólares en la maleta, Fabián salió de su casa la mañana del lunes 20 de julio. Se despidió de su esposa, y le prometió a sus hijos que traería golosinas a su regreso. Como pasa con otros pescadores de la provincia de Santa Elena, Fabián tampoco trabaja en el puerto donde vive. En su caso, por dos razones: en Chanduy se pesca ejemplares pequeños (que representan menos ingresos, también algo de camarón, langostino y langosta) y los días de descanso son pocos. Es por eso que aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 6:30, se trasladó al puerto de Santa Rosa, donde las jornadas pueden durar entre tres y cinco días en altamar —dependiendo de cuánto tarden en llenarse las redes— pero las recompensas son mayores.

Una vez en el puerto, Fabián Heredero (24 años), Alfri Domínguez y José Hernán Arcentales (ninguno llegaba a los 30) hicieron las compras de rigor: 100 dólares en comida, enlatados, bebidas, pilas para el navegador, cartones para dormir en la lancha y siete fundas de carbón para cocinar los alimentos. Zarparon de Santa Rosa a las 9:30 de la mañana, junto a otra embarcación con los hermanos de Fabián, quienes se dedican también a la pesca. El mar picado hizo que tardaran nueve horas en llegar al punto acordado: “110 millas hacia el sur, en aguas peruanas, donde no hay tanta competencia, ni ruido de motores que ahuyente a los peces”. Y de donde se obtiene —al igual que de aguas chilenas, según reconocen varios pescadores del sector— “buena parte de la pesca que se vende en los puertos de Santa Rosa o Anconcito”, aunque las normativas internacionales les prohíban atravesar el espacio marítimo ecuatoriano.

Eran alrededor de las 6:00 de la tarde, cuando desde la embarcación dirigida por Fabián empezaron a calar la red o trasmallo. Después de unas horas revisaron la pesca y durmieron. Antes de que el sol del siguiente día se ponga perpendicular, ya tenían enhieladas y acomodadas lo equivalente a 15 gavetas de bonito y albacora (cada gaveta tiene más o menos 100 libras), lo cual no abastecía la capacidad de carga de la lancha (la llenan con 60 gavetas). Entonces buscaron otro punto cercano y repitieron la jornada. Era el primer viaje de Fabián con José; con Alfri ya había trabajado varias veces. Lo consideraba un amigo, al que desde la popa —donde Fabián regularmente conduce los motores— escuchaba reír y conversar.

Pasadas las 11:00 de la noche, la embarcación con los hermanos de Fabián se comunicó por radio.

—Fabián, ponte pilas que ya estamos haciendo el alce (recogiendo la pesca) para regresar pronto.
—A nosotros nos falta un poco todavía. Pero tranquilo, ya sabes que yo soy duro para manejar —contestó él.
—Pero dale suave, mira que el mar está feo.

Y se despidieron.

La primera lancha se adelantó cuatro millas en su regreso a Santa Rosa. La otra, con Fabián, Alfri y José, tardó un poco más en salir. Cuando inició su trayecto, llevaba las tres cuartas partes de su capacidad de carga. Nadie imaginaba, todavía, lo que el mar deparaba para ellos.

El naufragio

A la altura de la milla 100, cerca de las 5:00 de la madrugada del 22 de julio, una primera ola reventó violentamente contra la nave que Fabián y sus tripulantes trataban de mantener a flote. El agua subió hasta el nivel de la cintura y los motores se apagaron.

—¡Muchachos, alístense! —gritó Fabián, esforzándose por mantener la calma—. ¡Amarren las maletas, pongan los teléfonos en fundas y prendan la bomba de succión (para sacar el agua)!

Pero enseguida, mientras devolvían al mar la pesca, con la esperanza de alivianar peso, los emboscó una segunda ola. Las pomas de gasolina y el trasmallo empezaron a flotar, los motores ya no respondían, las maletas se fueron a quién sabe dónde y, a esas alturas, no había bomba de succión que logre extraer a tiempo toda el agua del bote. Con menos fuerza que las anteriores, pero con la capacidad necesaria para volcar la lancha, cayó la tercera ola. La tripulación se fue al agua. Entre la pesca de dos jornadas completas, pomas de combustible y demás objetos que flotaban en el mar, Fabián logró agarrarse de un trasmallo. Desde ahí oyó las voces de Alfri y José.

—¡Fabián, ya no avanzo! ¡No puedo! —decía uno de ellos.

Pero él no podía verlos, solo escuchaba sus gritos y chapoteos, en medio del sonido del mar agitado y la oscuridad.

—¡Tranquilos! ¡No se cansen! ¡Estoy por acá! ¡En el trasmallo!
—¡Fabián…! ¡No puedo! ¡No puedo!
—¡Naden para acá! ¡Vengan! ¡Estoy por acá!

Alfri y José, sin embargo, encontraron un par de pomas de combustible flotando en el agua. Se aferraron a ellas y vieron a lo lejos luces que parecían de otra embarcación. En su desesperación pensaron que podrían nadar hasta allá y salvarse. Fabián les gritó que no se vayan. Que las luces podrían estar más lejos de lo que parece. Que en la oscuridad las distancias son más engañosas. Que vuelvan. Los oyó chapotear unos cinco minutos, y nunca más supo de ellos.

La lancha, que por cierto se llama La presencia de Jehová está aquí, no llevaba a bordo chalecos salvavidas. Al parecer —supone Fabián— los olvidaron en el puerto mientras la limpiaban. Boyas para emergencias de este tipo “nunca llevan (tampoco), porque hacen mucho bulto y se necesita espacio para la pesca”. Para que resulte rentable trabajar de tres a cinco días en altamar, y repartir la ganancia entre el dueño de la embarcación (a quien corresponde la mitad del dinero obtenido) y los tres tripulantes, que comparten el resto en partes iguales.

Treinta horas, solo y en altamar

Sujeto al trasmallo de la nave, Fabián pudo mantenerse varios minutos a flote. Ya no escuchaba las voces de sus compañeros, ni veía luces próximas. Se arrepintió de no haber ido con ellos, porque creyó que habían llegado a alguna embarcación pesquera y que tardarían demasiado en encontrarlo. Entonces supo que debía regresar a la lancha, aunque esta se encontrara volcada. Trepo por la proa, y alcanzó a colocarse en una posición incómoda: entre sentado y acostado, agarrándose con fuerza de los extremos. Pero el mar tenía otros planes, y lo revolcaba, como muñeco de trapo, en sus aguas. En una de esas embestidas, un golpe en la cabeza lo dejó aturdido, y el dolor en un brazo le hizo recordar el accidente en bicicleta que le fracturó aquella misma extremidad siendo adolescente en Milagro, su ciudad natal.

Con los primeros rayos de sol, decidió que debía quitarse la ropa y secarse. Pero sin un espacio de sombra, empezó a sentir que su piel, bañada en agua salada, se curtía. A eso de las 9:00 de la mañana —calcula basándose en la posición del sol— vio un grupo de tres ballenas jorobadas nadando a unos treinta metros. Y antes del mediodía, observó a lo lejos una aleta que pensó que podría ser de un tiburón.

—Claro que sentí miedo —aunque los pescadores de esta zona están acostumbrados a ver ballenas jorobadas entre junio y octubre de cada año—, pero en el fondo uno sabe que estos animales no se acercan por la gasolina regada en el agua (alrededor de la nave).

La tarde se hizo lenta, pero Fabián se sentía optimista, pues aunque estaba viviendo su primer naufragio, tenía cierta experiencia en mantenerse a la deriva (cuando meses atrás un grupo de piratas le robó los motores de la lancha, dejándolo —a él y su tripulación— a merced del océano). Entre las 4:00 de la tarde, vio un barco mercante que a pesar de sus gritos no supo de su existencia. De ahí solo escuchó viento y el picoteo de las aves que saqueaban la pesca esparcida en el mar. Las esperanzas blandearon con la noche. El frío se hizo intenso. Estaba cansado, con hambre y sediento, entre millones de kilómetros cúbicos de agua salada. Entonces se quedó mirando por largo rato la Luna y quiso dejarse ir con la marea, pero pensó en sus hijos, su esposa, su madre, su abuelo, y empezó a rezar.

A la mañana siguiente, tenía el cuerpo tan entumido por el frío, que apenas lo sentía. Sus manos estaban moradas y arrugadas, como las del cadáver de un anciano. Con el sol calentándole los huesos, ganó algo de ánimo y se zambulló por debajo de la lancha. Así halló, en el compartimento interior de la proa, una funda con arroz y una papa crudos, un rollo de cinta aislante y un cuchillo. Enseguida comió algunos granos. Evacuó en el mar lo poco que le quedaba en las tripas y, de entre la ropa que llevaba, escogió una camiseta negra para hacer una bandera.

A eso de las 10 de la mañana del jueves 23 de julio, una lancha de pescadores distinguió aquel pedazo de tela en medio del mar. La embarcación se acercó velozmente, pero Fabián solo logró verla cuando estaba a poquísimos metros. Le dieron algo de ropa, comida, agua dulce, y lo llevaron de vuelta a Santa Rosa. Por las coordenadas del accidente y el punto donde lo encontraron, calcularon que la marea lo había arrastrado 10 millas con dirección a Galápagos. Fabián Heredero había sido náufrago por cerca de 30 horas.

De regreso a tierra

Es el mediodía de un sábado, y alrededor de las calles arenosas que llevan al puerto de Santa Rosa hay cientos de comerciantes, abastos, bares y un par de burdeles. Junto al desembarcadero, los pescadores descargan la faena: grandes piezas de picudo, bonito, albacora, dorado, pez espada, tiburón, etcétera. Durante los tres meses que han transcurrido desde el naufragio, Fabián ha salido de pesca apenas dos veces. Han sido meses duros —dice— al tiempo que un botero lo lleva hacia una lancha recién llegada. Saluda con sus amigos, quienes están terminando de limpiar la nave. Hacen algunas bromas. El dueño de la lancha se acerca, y reparte el dinero de la pesca vendida. A Fabián —aunque no hizo nada— le regala un pez de alrededor de 30 libras. De regreso a tierra, otro pescador amigo, que no sabe si Fabián viene o va para el mar, le grita:

—¡Fabián!… Y, ¿para dónde?
—110 millas —responde él, y en su sonrisa se alcanza a ver ironía.

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Ocho balas en el cuerpo. Catorce operaciones. Una amputación. Secuestrado y extorsionado. Amenazado de muerte. Treinta años. Así de telegráfico y así de concluyente. En este relato hay una víctima y decenas de verdugos. La víctima se llama Martín Vásquez y sus verdugos son matones a sueldo, secuestradores y bandas rivales. En este relato hay cristales rotos de tanta violencia junta, miedo contenido y escenas reveladoras de una realidad mayor, la colombiana.

Como otras tantas criaturas en su país, Martín ya vino al mundo con etiquetas. La de hijo y nieto de desplazados por el conflicto armado colombiano. Lo parieron un 23 de junio de 1986 en el departamento del Valle del Cauca, más concretamente en la cafetalera ciudad de Sevilla, a caballo entre la cordillera occidental del país y el macizo andino, lo que algunos han dado en llamar “la sucursal del cielo”, pues dicen que por estas tierras se encuentran las mujeres más bellas del planeta, se baila una cuarta parte de la salsa que bulle en el cosmos y se puede convivir con uno de los climas más apacibles del continente.

Su infancia tuvo de todo, como la de cualquier otro niño de su barrio y de su edad. Hasta cumplir los 10 años. A partir de ahí la vida no le dejaría estirar ni uno más de los últimos soles de su inocencia. Lo primero fue aceptar la pérdida de su tío, al que mataron en la ciudad de Palmira, donde Martín pasaba temporadas enteras rodeado de palmerales y caña de azúcar, viendo crecer de cerca la yuca con los frijoles bajo la brisa mansa. “A decir verdad, mi tío siempre estuvo condenado”, aclara este joven que recién ha cumplido 30 años. Cuando no eran unos, eran los otros. O los de más allá. La hacienda de su tío fue base de operaciones de los “tres ejércitos” que todavía hoy siguen desplegando su violencia por hacerse con el control del país caribeño. “Y si los guerrilleros le acusaban de alojar al ejército de la República, éstos hacían lo propio señalándole por haber dado cobijo a los revolucionarios de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. ¿Pero qué podía hacer mi tío más que bajar la cabeza y asentir ante unos y otros?, pregunta Martín con su mirada, ahora sí, encharcada por la emoción, a la vez que retira dos lágrimas de la mesa donde compartimos nuestras consumiciones.

Martín y yo nos hemos citado en un bar tres horas antes de la media noche. Apenas hechas las presentaciones y tomar asiento alejados de unas cuantas voces rotas por el futbol, Martín no ha querido dejar escapar el tiempo y se ha dado toda la prisa del mundo en comenzar con su relato, su verdad, la pesadilla que le ha traído hasta nuestro país.

Si a los diez años lograron arrancarle fantasías propias de la edad, cumplidos los 19 comenzaría su vía crucis. La fecha, un 15 de enero de 2008, a mitad de camino de una de sus rutas laborales. Martín lo tenía casi todo en la vida. Amigos, el calor de su familia, el amor de una novia, unos ingresos semanales… Su labor consistía en cobrar a domicilio préstamos de familias que venían pagando a plazos las compras del establecimiento donde él estaba empleado. “Entregar el recibió a la señora de la casa y cobrar en metálico la cuota mensual. Así de sencilla y así de complicada era mi ocupación”, cuenta Martín 11 años después.

Y hasta ese preciso momento, ni una sola señal. Ningún aviso. Nunca. Jamás. Tampoco era la primera vez que transitaba aquellas callejuelas atravesadas las unas por las otras. “De haberlo intuido habría tomado mis precauciones, pero en mi país vives el miedo de otra manera, te acostumbras pronto a todo lo que le pasa a tus vecinos. Sólo que no piensas que eso te vaya a ocurrir a ti.” subraya este joven con aparente nobleza e ingenuidad.

Y lo ocurrido tuvo la misma violencia que rapidez. Al muchacho lo interceptaron cuatro matones para hacerse con la recaudación que llevaba encima. Cuatro adolescentes acostumbrados a soportar el rigor de la calle y que esta vez habían cambiado los juguetes de toda la vida por armas. A la postre, cuatro aspirantes a sicarios que le acabarían metiendo 7 balas en el cuerpo sin dar cabida a las respuestas. Los cuatro sacaron sus armas y dispararon a quemarropa. A plena luz del día. Los cuatro tomaron el botín y se fueron por donde vinieron. Sin más. “Todo sucedió muy rápido”, recuerda. “Al principio no sentí dolor, sólo dificultades para respirar. Luego ya perdí el sentido por la munición. Y ya”, abrevia Martín.

Horas más tarde, Martín Vásquez se reencontraría con la vida en el Hospital Departamental de Cali. Allí pasó tres meses y allí sufrió 14 intervenciones quirúrgicas. Las primeras para sacar el plomo del cuerpo; las siguientes, para reconstruir órganos vitales que se interpusieron en la trayectoria de la balacera. La última, para amputar su pierna izquierda, por encima de la rodilla, muy cerca de la cadera.

Martín no maquilla sus cicatrices ni las silencia. Tampoco siente vergüenza de exhibir las que no lleva a la vista. Vive con ellas. Las muestra. Hay escenas de guerra por todo el cuerpo. Sólo el abdomen tiene un área de unos 33 centímetros cuadrados plegados y cosidos a mano, su vejiga le condena a encontrar un cuarto de baño cada 25 minutos, y su pierna derecha le exige realizar esfuerzos poco habituales. Lo único que no puede mostrar es la bala que todavía esconde a la altura del bazo. No obstante, la señala.

Seguimos sentados. Conversando. Colocando fechas a los acontecimientos que cambiaron los días de este joven colombiano y su regreso al mundo de los mortales. Pero nada más abandonar su estancia en el Hospital Departamental los miedos y la violencia irían in crescendo. Tan solo las dos horas y media de traslado que mediaron entre el centro médico y su domicilio conciliarían toda su convalecencia.

A la vuelta de la esquina esperaba la realidad colombiana más aciaga. En uno de sus escasos paseos por el barrio, Martín era secuestrado a plena luz del día. Sus captores reclamaban 75 millones de pesos colombianos; el equivalente a unos 32 mil euros que el joven había cobrado cuatro semanas atrás de su seguro de vida y accidentes. Y los consiguieron. Para ello se lo llevaron a un piso franco, le quitaron la venda de sus ojos y le sentaron frente a unos tipos de aspecto duro y cara descubierta. Jóvenes cuyas vidas no iban más allá de una larga lista de compras que incluyera los tenis de marca, la ropa interior de marca, los jeans de marca y una gafas de sol de marca. Todo aquello que la sociedad ofrece a casi todos los colombianos y niega a la mayoría.

Después de recordarle el mundo que acababa de dejar atrás y amenazarle con el tiro de gracia a cada uno de sus familiares allí donde los miércoles de ceniza ponen la santa cruz, Martín fue incapaz de negarse a ninguna de sus exigencias. Sobraron los detalles. Los 8 días de cautiverio se convirtieron en otras tantas visitas a la sucursal número 23 del Banco de Bogotá para ir retirando el dinero. Fraccionado, para no levantar sospechas, en fajos de entre 4 y 8 millones de pesos.

Amenazado en todo momento y sin apenas espacio para dominar sus silencios, su puesta en libertad llegaría un lunes, a última hora de la tarde, nada más descolgarse la luz del día. No hubo ninguna formalidad, más allá de las advertencias propias de quienes necesitan seguir delinquiendo y los 5.000 pesos que le metieron en los bolsillos para el taxi de vuelta a casa; dos euros y medio con los que volver a acariciar la libertad.

Y nunca mejor dicho, sólo acariciarla. Martín tuvo que regresar al hospital Departamental para paliar la falta de medicación que sufrió durante los días de secuestro. Allí se encontraría con los mismos pasillos. La misma luz pobre encargada de borrar lo poco que había que ver. Los únicos cambios, sus nuevos vecinos de habitación y una visita inesperada. Hasta los pies de su cama llegaron dos sicarios para recordarle que pecar de alcahuete se pagaba con la vida. Tirando de arrestos y oficio, allí mismo le metieron una bala en el pie que le quedaba. Y como entraron, se fueron, sin que nada ni nadie alterase sus estados. Ni si quiera el Cristo del Sagrado Corazón que presidía la “sala de torturas”, santo y patrono que comparten la mayoría de las familias del país.

De regreso a una nueva y fugaz convalecencia, Martín seguiría recibiendo amenazas de todas las edades. Incluido anónimos bajo la puerta que le intimidaban con “darle plomo y acostarle” en el panteón familiar. Salir otra vez a la calle se tornó en una nueva pesadilla. Martín llevaba puesto el miedo, como un envoltorio. Le hacía mirar a todas partes. Dudar de todo y de todos. Y cada vez que los agentes policiales se acercaban por su domicilio para recabar información sobre su secuestro, sus captores hacían lo propio elevando el tono de las amenazas.

Rasgar una y otra vez el aire ingrato del barrio le obligaría a mudarse definitivamente. Con la ayuda de unos familiares y los préstamos de la Sra. Milagros, su antigua jefa, la que meses antes había pedido a todas las vírgenes juntas por su vida, Martín pudo poner un pequeño locutorio telefónico en la localidad que le vio dar sus primeros pasos y echar lo primeros dientes de leche.

Pero nadie dijo que se lo iban a poner fácil. Al contrario. Dos bandas rivales de la zona se apresuraron en chantajearlo para que pagase por su “seguridad”. De nuevo las amenazas y los sobresaltos. De nuevo su vida al límite de lo soportable. Y fue ese miedo el que lo deportó de manera imprevista y definitiva. A Martín le encontraron una oportunidad de traerlo para España y se subió a ella. No lo hizo como tantos otros compatriotas suyos que llegaron para ganarse la vida en la construcción o la hostelería. No. Martín lo hizo por temor. Por pánico a un escarmiento mayor. A nuestro país llegó sin maletas. Con lo puesto. Con el jadeo del que tiene que salir corriendo como alma agredida.

Martín Vásquez y yo hacemos un alto en la conversación. Tomamos un respiro. No es fácil inhalar tanta violencia de una sola vez. Y tras la pausa surge la pregunta. La de cuánto odio suele separar a la víctima de sus verdugos. La del rencor de años y sus secuelas. Pero no, el muchacho que ahora exporta todo su júbilo atrasado no rumia venganza. Apenas se advierte la sombra de una rabia contenida de tanta pregunta por responder. “No podría vivir con ese resentimiento todos los días. Eso me haría infeliz”, sentencia este joven capaz de mirar al futuro de tú a tú con la que ha caído.

Martín no señala a nadie. Insinúa que sería incapaz de juzgar a sus verdugos. Es consciente de que el destino pudo haberle puesto al él del otro lado de la línea, lo mismo que a sus esbirros. A ciertas edades el sentimiento de pertenencia a una pandilla provoca reputación y notoriedad. Y ya luego pasar de pandillero a sicario es un santiamén que se produce con demasiada frecuencia en su tierra. “Casi nadie está a salvo”, asegura.

Muchos de esos jóvenes a los que hemos venido desaprobando son muchachos de su misma generación. Hijos de familias rotas a los que ya sólo les queda el consumo como única pertenencia a la sociedad. Todos ansiosos de reconocimiento social. Y para ello no dudan en robar, secuestrar o matar. Lo que les encarguen. Incluso en competir por matar. Si, competir, porque las muertes reclaman más muertes. Y para ello empiezan disfrazando su realidad. Unos fumando cocaína, otros atragantándose del pegamento que se utiliza para soldar las suelas de los zapatos y la mayoría escuchando las letras y la música estridente de sus ídolos. Sólo ver el frío en sus miradas les delata; sus oficios quedan a la intemperie. Y mientras los sociólogos siguen apuntando a la desestructuración de las familias y la falta de oportunidades como el verdadero polvorín en la gestación de estos submundos, los sicarios más jóvenes acuden en procesión a rezarle a la Virgen del Carmen para pedirle coraje en el preciso instante de matar a su siguiente víctima.

Martín conoce bien la problemática de su país y su procedencia. La mayor parte de malandros y sicarios que se han venido cruzando en su camino salieron de unos barrios marginales repletos de desplazados por el conflicto armado y que hoy ya asedian las grandes urbes colombianas. Las partes de atrás de una nación, que diría el poeta. Barriadas enteras donde las casuchas de chapa y cartón se amontonan las unas con las otras, se vive de prestado y es fácil reconocer los orígenes y las muchas condiciones sociales con sólo cruzar las miradas. Allí en las que las palabras se cosen a puñaladas, las drogas se adueñan de casi todo y la violencia llegó para instalarse. Allí donde es casi seguro que Dios y Estado no asomen jamás.

Ya en España, Martín trabajó durante un tiempo en una fábrica de quesos que más tarde la crisis se encargaría de llevar por delante. Luego ha venido ganándose el pan a ratos sin hacerle ascos a oficios humildes, costosos o poco afortunados. Sus servicios han estado allí donde surgían las oportunidades. También se ha ocupado de pinchar discos, repartir publicidad, remachar calzado o reparar equipos informáticos a gente de pocos posibles… Ahora estudia un módulo profesional. Apenas le quedan tres meses para recibir el certificado en Redes, Microinformática y Diseño de Páginas Web; los mismos días que le restan para agotar la prestación por desempleo que recibe de 425 euros y con los que se viene organizando para compartir con dos bocas más, su compañera y el hijo de ésta.

Y como la necesidad primero aprieta y luego ahoga, Martín se viene ahorrando una comida de lunes a viernes en la Cocina Económica de Santander. Hasta allí acude cada día a la hora del almuerzo entre el trajín de su par de muletas y la esperanza de no tener que volver al día siguiente; de encontrar trabajo a dentelladas para ganarse el sustento de todos los días.

Seguimos sentados frente por frente. Conversando. Y Martín se emociona de nuevo. Las lágrimas vuelven a bordear sus ojos. Éstos quedan nuevamente humedecidos entre muecas propias de la edad y un par de gestos humildes. Ahora hablamos de su familia. De lo que han sufrido por él. Hay adoración por cada uno de ellos… Su mirada se inunda nuevamente mientras se atropella con palabras de admiración. Parece sentir y querer decir tanto a la vez que acaba borrando las preguntas con respuestas.

Esta es la primera vez que Martín abre las puertas al pasado, quizá para que la historia no quede en los archivos de la indiferencia y seamos conocedores de un conflicto que cumple ahora 50 años. Del sufrimiento de los 6 millones de personas desplazadas que hay en su patria obligadas a huir de las zonas rurales por la violencia, las amenazas y la confrontación armada. Y curiosamente Martín lo ha ido contando de espaldas a la entrada del establecimiento en el que estamos acomodados. Desde el primer instante. Tres horas de espaldas a una puerta, sí, algo impensable durante los últimos años en su Colombia natal. Si algo le ha dado nuestro país es seguridad. En Santander ha encontrado el sosiego que necesitaba. Aquí ha dejado de ir guardando su dorso a cada momento. Hoy por hoy, Martín es dueño de unas ganas de vivir envidiables. Traslada todo su entusiasmo y contagia una energía sin fronteras. Nadie diría que este joven haya podido cruzarse con tantas toneladas de violencia en su trayectoria vital. “Hasta no hace mucho los días sólo tenían ayer”, certifica este joven de rostro afable y sonrisa pegada al rostro. Ahora casi todos parecen tener mañana y comenzar mucho antes.

Hace rato que las voces y los ánimos en el establecimiento se han ido apagando. Es media noche y apenas quedan tres comensales en la barra del bar pegados a otras tantas copas de vino tinto. Ponemos fin a nuestra conversación y fijamos la fecha de una nueva cita. Ahora sí, nos despedimos. En el momento de estrechar nuestras manos, Martín Vásquez añade una frase muy parroquial: “Mañana será otro día, Javier”. Y se levanta. Con la pierna de siempre, la derecha, la que le queda.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

El Sombra le pone el fusil en la cabeza a un pandillero hincado cerca de las llantas de un pick up 4×4 de la Fuerza Armada y jala el gatillo en ráfaga. El arma tiene bloqueado el paso de munición y solo suenan los chasquidos mientras el soldado la agita dando ligeros golpes en el cráneo de su captura.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac…

—Me dan ganas de volarte la cabeza, hijueputa, me dan ganas, fijate -le dice El Sombra al pandillero mientras le deja ir otra descarga en falso, agitando el fusil.

El Sombra, como llamaremos al personaje principal de esta historia, es un soldado del Comando de Fuerzas Especiales del Ejército, destacado en una unidad que, según él mismo cuenta, es la encargada de salir cuando matan a otro soldado. O a varios. Es el caso de esta noche del miércoles 9 de marzo, cuando un convoy de elementos armados salió espantado desde la escena del crimen donde quedó tirado el soldado del Grupo de Operaciones Especiales, Carlos Enrique Ramos, de 19 años, y su padre, su hermano y un primo, en una finca del municipio de Olocuilta. Los militares van a toda prisa a San Francisco Chinameca, a12 kilómetros aproximadamente, donde dicen haber ubicado a la clica del Barrio 18 que dio la orden de matar a uno de los suyos.

El Comando de Fuerzas Especiales, según nos explicará Sombra más adelante, está compuesto de cuatro unidades: Escuadrones de paracaidismo, el Comando Especial Antiterrorista, el Grupo de Operaciones Especiales y la Escuela de Fuerzas Especiales.

La búsqueda había comenzado a las 6 de la tarde, con un amplio operativo del Ejército y la Policía que peinaba Olocuilta en busca de pandilleros. Otro grupo de soldados se quedó para resguardar la zona del homicidio y esperando a que cayera la noche. Ahí fue donde conocí a El Sombra.

—Hey, tomáme una foto con el fusil así, ¿ve? -le dice el soldado al fotógrafo que me acompaña, mientras posa con su arma apuntando hacia el cielo y la lámpara de su fusil encendida. El fotógrafo le hace un par de cuadros y El Sombra le da su número de teléfono para que se las pase más tarde por Whatsapp.

Cubrir una escena de homicidio se ha convertido en un evento de todos los días para los periodistas judiciales en El Salvador. Pasar varias horas detrás de la cinta amarilla policial, esperando a que salga Medicina Legal con los cuerpos y un policía que diga cómo quedaron las víctimas es el pan diario.

Así estábamos un grupo de periodistas cuando se nos acercaron unos soldados. Uno de ellos me llama a mí y a otros dos colegas a un lugar más apartado y nos enseña una foto de cómo quedaron el soldado Ramos, su padre, su primo y un hermano. Amarrados, bocabajo, en medio de un monte alto.

El soldado nos dice que reconoce el trabajo de la prensa y que sabe que estamos ahí durante horas y horas esperando a que alguien nos dé información. Luego dice que quisiera pasarnos esa fotografía de la escena pero que tiene miedo de que su teléfono esté interferido, por alguna unidad de inteligencia, y sepan que él es una fuga de información.

Ese mismo soldado le hace un gesto a El Sombra, que tiene bien entretenidos a los demás periodistas detrás de la cinta amarilla, y este se acerca. Comienza a contarnos que un equipo ya tiene ubicados y acorralados a los pandilleros que mataron al soldado Ramos y su familia, que están en la finca donde quedó el soldado y su familia, en una quebrada, y que solo están esperando la noche para “darles”, dice, y hace gestos con las manos como quien dispara una ráfaga con el fusil.

—¿Por qué no los capturan? –pregunto, con temor a que me vean como idiota.
—¡Puta! ¿Y para qué vamos a capturar a esas mierdas? Mejor les hacemos el paro y les avanzamos camino. De todos modos, solo la muerte es la que les espera a esos hijosdeputa -contesta El Sombra, mientras sonríe y muestra las coronas metálicas en sus dientes.

Minutos después de esa plática, llegan a la zona dos camiones llenos de soldados y dos pick up artillados. El militar encargado de la tropa es El Charli Mayor. El Sombra y el otro soldado se le cuadran y reciben indicaciones. Ambos se despiden de nosotros y caminan hacia los camiones.

El Sombra, antes de irse al camión, nos deja su número y nos dice que cuando ande en operativos nos va a avisar para que hagamos “un reportaje de calidad” y se despide con una frase: “ahorita a matar vamos”.

La frase nos deja desencajadas las caras y no puedo evitar pedirle que me deje acompañarlos. El Sombra me responde que no, que de eso no podemos hacer noticia porque no les conviene. “De eso no se deja evidencia”, dice y vuelve a mostrar sus dientes metálicos.

Antes de irse, los soldados se reúnen frente al camión. Algunos se gritan los nombres indicativos y se dan instrucciones. El Charlie Mayor se sube al carro artillado con dos soldados más y salen rumbo al norte; otro grupo se queda en el lugar y dicen que va rumbo al sur.

Arrancamos a toda velocidad detrás del carro en el que se subió El Sombra y El Charlie Mayor. Entre las curvas de la calle los perdemos por algunos momentos, pero al rato los volvemos a alcanzar. Vamos a unos 80 kilómetros por hora.

Luego de unos 30 minutos de perseguirlos, alcanzamos a la unidad en la entrada del casco urbano de San Francisco Chinameca, municipio de La Paz. Ahí se detienen los dos pick up artillados. Frente a nosotros, un soldado maneja una subametralladora empotrada en el carro.

Los carros avanzan despacio y de repente el silencio inunda el lugar. Son cerca de las 8:00 de la noche y parece que estamos solos en un pueblo fantasma.

Un soldado rompe el silencio y da unos gritos de alerta. “¡Aquí, aquí!”, dice. Me bajo del carro y corro detrás de él. Dos soldados más corren hacia un callejón lleno de casas hechas de lámina, madera y carpas plásticas negras. Al rato, los soldados regresan sin novedad. “Se fue el hijueputa”, dice uno.

Avanzamos hasta un llano y de repente veo a El Sombra y a otro soldado que traen a un joven delgado sin camisa. Lo traen con las manos amarradas hacia atrás y amordazado con un trapo. En un movimiento relámpago, uno abre la puerta del pick up artillado y lo tiran a la cabina. Nadie dice ni una palabra.

El Charlie Mayor reúne a su tropa cerca de los carros y les da instrucciones. “Este hijueputa me lo va a dar”, dice, mientras señala hacia el carro donde está el sujeto amordazado. Más tarde, El Charlie Mayor me contará que ese es el plan: sacarle verdad al pandillero que han capturado a como dé lugar, hasta que les diga dónde está El Panza, el palabrero de la clica que, según ellos, mandó a matar al soldado Ramos y su familia.

El final de la calle donde estamos se divide en dos accesos, para la parte baja y alta de la comunidad. Un grupo de soldados avanza hacia la parte baja y me voy tras de ellos. Está oscuro y el último poste con alumbrado eléctrico quedó a unos cien metros. Los últimos rayos de luz alcanzan a iluminar una pared alta de una casa de dos plantas donde hay un enorme placazo con el número “18”.

Los soldados encienden sus linternas y caminan a la ofensiva, apuntando a todos los rincones, dándose indicaciones entre ellos. La calle por la que avanzamos deja de ser pavimento y se deshace en una vereda de peñascos y tierra suelta hasta llegar a una quebrada. Por ahí caminamos cuando un grito nos pone los nervios de punta.

—¡Ahí está, ahí está! –uno de los soldados grita apuntando con su linterna hacia el lado izquierdo de la quebrada donde hay una casa de lámina y bahareque.

Dos soldados más lo acompañan y subimos por un camino empinado hasta llegar a otro terreno llano que hace las veces de patio de la casa. Hay una fogata que, al parecer, alguien quiso apagar, pero que las brasas dejaron en evidencia.

Los soldados gritan y ordenan que abran la puerta. Alguien enciende la luz del patio y de pronto todos nos vemos ahí. Un soldado se da la vuelta y me apunta con el arma. “¡No te movás!”, me dice. Levanto las manos y le digo que tranquilo, que soy el periodista que venía detrás. El soldado se da la vuelta y pega otro grito hacia la casa.

Una señora abre la puerta y sale al encuentro. Dice que aquí no hay nadie, que ella no ha hecho nada y que no sabe por qué los han llegado a molestar. Uno de los soldados le grita a la señora y le advierte que lo mejor es que saque al pandillero que está escondido en su casa o de lo contrario se la van a botar.

Los soldados entran apuntándole a todo lo que se mueve, una joven de unos 19 años se para frente al televisor y se petrifica. Viste una calzoneta y una camisa larga. De pronto se escucha un ruido adentro de un cuarto y los soldados gritan desde la sala “¡si no salís te morís!”

Vencido, un joven de unos 18 años sale con las manos arriba y sin camisa. “Yo no soy nada, yo de ver un terreno que tengo allá abajo vengo, no soy nada, no soy nada”, repite el joven y uno de los soldados lo agarra del pelo y lo encamina a la salida.

El joven, delgado, piel trigueña, pelo corto y parado, que vive en esta zona marginal, cumple los requisitos del estereotipo de pandillero. Los soldados lo hincan entre las piedras de la quebrada frente a su casa y la única mujer soldado del equipo le pega una patada en las piernas.

—Hacete más para arriba pues, rata -le dice para que el joven avance hacia un pequeño muro de cemento.
—Yo no soy nada, déjenme, rezonga el joven.
—¿Ah, no? ¿y por qué te escondías, pues? ¿Que te dan miedo los soldados o qué? -cuestiona la soldado a tiempo que le deja ir otra patada.

Otro soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y dice que ha visto a otro. “¡Allá está, allá está!” Todos corremos quebrada abajo y volvemos a subir por un camino empinado de piedra y tierra. Esta vez nos adentramos entre unos árboles y plásticos negros colgados con lazos. Al fondo, en medio de un barranco, hay otra casa de lámina con un foco encendido.

Los soldados avanzan y se oyen unas patada seguidas del grito de una señora que dice que no le peguen, que él no es nada, que los va a denunciar. Los soldados sacan a un hombre de la casa. Esta vez el detenido es gordo y está tatuado. Le ponen las manos hacia atrás, le entrelazan los dedos y se los ponen a la altura de la cabeza.

Capturados los dos sujetos, los soldados los hacen caminar cuesta arriba hasta llegar donde alcanza la luz del alumbrado público y hacemos una pausa mientras otro grupo avanza por otra calle y hace una búsqueda rápida.

En esas estamos cuando se escuchan unos gritos desgarradores. Es el llanto de una joven que viene subiendo la quebrada acompañada de su madre.

—¡Suéltenlo, suéltenlo! Ustedes no saben ni mierda y aquí vienen a agarrar a la gente como que son perros. ¡Suéltenlo, malditos! -grita entre el llanto desconsolado, la joven de unos 17 años.
—¡Mejor se calla si no quiere que la llevemos a usted también, niña! -le advierte El Charlie Mayor.
—¡Llévenme! ¡llévenme! ¡Métame presa! -les grita la joven y su madre intenta callarla.
—¿Usted cree que no la puedo llevar presa? ¿quiere que la lleve presa? Venga, pues, dice el militar y se le acerca con unas esposas en la mano.
—¡Lléveme!… me cae mal que vienen a tratar pura mierda a la gente ¡abusivos! -le grita la joven.
—¡Y a mí me cae mal que ustedes sean pandilleros! ¡Todos son pandilleros! ¡Todos ustedes colaboran con los pandilleros! -les grita El Charlie Mayor, con tono enfurecido, como si intentara que toda la comunidad lo escuchara.

Un soldado le advierte a su jefe que hay un periodista de televisión que parece estar filmando el momento y lo calma.

—Hey, estas ondas no las vayan a estar grabando, por favor -nos pide El Charlie Mayor.

Subimos hasta donde dejamos los carros y allá está El Sombra con otros dos soldados. Todos con sus fusiles cruzados sobre el pecho. Un soldado hinca al hombre gordo de quien dicen es El Panza y al otro al que identifican como El Caballo. Los dos, según dicen, son pandilleros del Barrio 18, de la clica que supuestamente mandó a matar al soldado de Olocuilta.

Un soldado baja un garrafón de agua del carro y vacía en una botella para repartir mientras descansamos un rato. El Sombra toma un trago de agua y se dirige hacia donde están hincados los dos detenidos, cerca las llantas del pick up 4×4. Entonces comienza a divertirse.

¡Poc! ¡poc!… ¡poc!

Tres patadas en el pecho de El Panza rompen el silencio de la noche en el lugar donde estamos. El Sombra se parte en carcajadas y se pasa al lado donde está El Caballo. Entonces hace como que carga el fusil y se lo pone en la cabeza.

Tac-tac-tac-tac-tac

Enseñando los dientes en tono amenazante, El Sombra refunfuña y le repite que le dan ganas de matarlo.

—Me estresás fíjate, hijuemilputas -le dice y le vuelve a dejar ir otra descarga en falso en la cabeza al detenido.

Otra vez se regresa al lado de El Panza, quien está también sin camisa. En el brazo derecho tiene un tatuaje con el número 18 que El Sombra no le había visto.

—Ahhhh. No me había fijado en eso que tenés ahí, ¡maldito hijueputa! … ¡poc! ¡poc! ¡poc! ¡Mejor te debería volar toda la cabeza!

Otra lluvia de patadas entre el pecho y el brazo le caen a El Panza, quien solo puja y se agacha un poco como queriendo calmar el dolor, pero solo logra recibir más patadas de El Sombra.

Patadas en el pecho, en el hombro, en el brazo, en el estómago. Pujido. Más patadas. Más patadas. Más patadas. Tac-tac-tac-tac. ¡poc! ¡poc! ¡poc! Tac-tac-tac-tac. Patadas. Pujidos. Patadas. “Te vas a morir hijueputa. Te vas a morir”. Risas. Dientes metálicos. Risas. Patadas. Pujidos. Tac-tac-tac-tac. Risas…

—Este cabrón es loco -dice El Charlie Mayor, mientras ve de reojo cómo se divierte de El Sombra.
—¿Cómo te llamás hijueputa? -pregunta El Sombra.
—Santiago Mármol –contesta al que señalan como El Caballo, a tiempo que El Sombra le pega varias palmadas con todas sus fuerzas en la cabeza.
—¿Cuánto tiempo tenés de llevar la palabra aquí? -insiste Sombra.
—Nombre. Yo en la casa estaba -responde el hombre.
—¡Ah! ¿y por qué te corriste? ¿tenías miedo? -le dice El Sombra y le vuelve a pegar más palmadas en la cabeza.

El otro, al que reconocen como El Panza, no logra decir su nombre porque cada vez que va a hablar El Sombra lo calla con una patada.

Para la suerte de El Panza y El Caballo, un grupo de señoras con mantos blancos sobre sus cabezas viene bajando la calle y un soldado advierte a El Sombra para que se calme con su juego.

—Buenas noches, dicen en coro las señoras mientras agachan la mirada y pasan pegadas a la cuneta, evitando ver a los soldados.
—Buenas noches.  -responde El Charlie Mayor. Las horas han pasado rápido y casi es la media noche.
—¡Rápido, señora! ¡Camine, camine, camine, señora! -les grita El Sombra, y las señoras avanzan con la cabeza agachada, como evitando ver lo que hacen con los dos detenidos.

El Sombra camina hacia los periodistas. Viene secándose el sudor. Trae una botella con agua en la mano. Ríe y vuelve a mostrarnos sus dientes metálicos.

—Ajá, muchachos, nos dice.  Esto va comenzando. Ahorita va a empezar lo bueno. Quédense si quieren hacer un buen reportaje.

Entonces parece más relajado. Saca su teléfono celular y comienza a contar de qué se trata todo esto. Cuenta que su unidad especializada es la que sale cuando matan a un soldado, y no la policía, como es en la mayoría de los 481 homicidios cometidos en marzo de este año, o los 5,897 homicidios que hubo el año pasado.

—Los policías ahí nos van a disculpar, pero cuando matan a un soldado los hacemos a un lado -dice El Sombra.

Según este soldado, su misión cada vez que matan a un soldado es recibir la línea que les “tira” inteligencia sobre qué clica fue y en qué lugar pueden comenzar a cazar pandilleros. Capturan a uno – como al que tienen amordazado bocabajo en el pick up – y los hace “cantar por las malas”, dice. ¿Que cómo saben si el capturado es pandillero? “¡Y no bien se les echa de ver, pues! ¿Qué no los ve cómo se visten?”, responde.

Hasta marzo de 2016, el soldado Ramos, al que asesinaron en Olocuilta junto a su familia, había sido el cuarto soldado asesinado por presuntos pandilleros en El Salvador. El año pasado, en 2015, fueron 24 los soldados que cayeron abatidos, una cifra récord en lo que va del siglo.

—La Policía -dice El Sombra- viene a investigar por las buenas. Nosotros, el batallón especial cazapandilleros, venimos a investigar por las malas. Jajajaja.

Cuenta El Sombra que su método no tiene comparación. Que ellos vienen “solo a traer”. Y, muchas veces, “a pegar”.

El soldado saca su teléfono Android y nos enseña algunas fotos de pandilleros muertos, aunque no explica si murieron en un supuestos enfrentamientos o asesinados por pandilleros rivales. En unas salen unos jóvenes con tiros en el pecho, en la cara, en los brazos… “Son ratillas”, dice el soldado y revienta en carcajadas. Luego muestra una donde se ve un hombre con los sesos de fuera.

—Ese era soldado -dice El Sombra en tono serio y cabizbajo, y señala la foto del soldado Gerardo Ortiz Vega, de 39 años, a quien mataron el 19 de febrero de este año en el cantón Panchimalquito, de San Salvador.
—…
—A ese lo agarramos. Agarramos al que pegó. ¿sabe qué le hicimos?
—¿Qué?
—¡Póngamelo ahí, mi Charlie! -le dije-. Póngamelo paradito… ¡chac! (chasquea el fusil que tiene en las manos)… prrrrr… prrrr…. Prrrrr.
—….
—Treinta le dejé ir. Ni se pudo reconocer después -dice El Sombra.

En ese operativo, contrario a lo que cuenta Sombra, no fue reportado ningún tiroteo, ni tampoco pandilleros muertos.

Contando eso estaba cuando un soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y levanta el fusil rápidamente.

—¡Si te movés, te morís! ¡Si te movés, te morís!

Un joven de unos 17 años estaba escondido cerca de un poste del tendido eléctrico, a unos veinte metros de donde estábamos nosotros, desde un punto donde nos podía ver bien.

Dos soldados más se despliegan y le apuntan al joven. Este levanta las manos y se tira al suelo. Un soldado lo va a traer del pelo, le amarran las manos con una cinta y lo suben al pick up. Luego suben a los otros dos detenidos a la cama del mismo pick up en el que va el amordazado.

—Vaya, aquí ya nos vamos -dice El Sombra, y los demás soldados se suben a los pick up para salir de la comunidad.

En la cama del pick up van los tres detenidos esposados y boca abajo. Uno de los soldados que va de pie junto a ellos le suelta una patada a uno. “Vas poniendo las patas en mi mochila, basura”, le dice. Luego, el otro soldado que también va en la cama le pega otra patada al mismo detenido. “Movete de ahí. Te estoy ayudando para que este no te siga dando verga”, le dice.

Los pick ups avanzan y salimos del casco urbano.

A las afueras del municipio, los soldados se detienen y nos dicen que ya no podemos seguirlos. Que van a “otra misión”. Y que los dejemos en paz.

—Ya bastante les dejamos ver -dice El Sombra, y nos muestra por última vez sus dientes metálicos.

La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.

Argelia, 1980. Visita oficial del presidente de Nicaragua, comandante Daniel Ortega. A Ortega lo acompañan funcionarios del Gobierno, asesores presidenciales, periodistas del diario oficialista, Barricada, y un personaje incómodo para el protocolo oficial: una mujer delgada, de cabellera negra ondulada que cae sobre sus hombros, labios finos en una boca ancha, cejas depiladas y ojos con altas pestañas. Camina unos pasos atrás del Comandante, el hombre de verde olivo que dirige la revolución sandinista. Ella, Rosario Murillo, nunca va a su lado. No le habla directamente en público, aunque en la lista figura como su asistente personal. Se somete mansamente a la rigidez del protocolo hasta que llega el momento de acomodar a la comitiva. Los funcionarios argelinos disponen habitaciones, ordenan a los botones que trasladen equipajes. Ella pide que sus maletas vayan a la suite del Comandante. Los funcionarios argelinos se resisten educadamente, intentan explicar a madame que su equipaje no puede estar en esa habitación. Ella insiste. Le espeta a uno de los encargados del protocolo argelino: Je suis la femme du commandant!

Esta escena la recuerda una tarde de finales del pasado enero una de las personas que estuvo en aquella comitiva. Asegura que en los viajes oficiales Rosario Murillo siempre generaba un problema de protocolo, porque ella no viajaba como la esposa de Ortega, como lo sería una primera dama en toda la regla, y además temía del Comandante, un hombre que debía demostrar una postura de duro, un militar a cargo del gobierno y la defensa de un país atacado por Estados Unidos, que viajaba por el mundo para pedir respaldo a la revolución sandinista. Pero la verdad era que Murillo era su mujer, a quien se acercó en Costa Rica a finales de los años setenta, cuando Ortega salió de la cárcel tras siete años de encierro por el régimen somocista, y con quien convivía en una unión libre, sin las ataduras convencionales del matrimonio católico. Ella lo había visitado en la cárcel y se había quedado prendada de aquel hombre marcado por el encierro. Desde que lo vio –cuentan viejas amistades de Murillo–, la mujer decidió que se convertiría en imprescindible para él. Hizo una especie de pacto con él. Pero los años pasaron y Murillo, quien estuvo encarcelada brevemente por su colaboración con los guerrilleros sandinistas que anhelaban derrotar al dictador Somoza, se exilió en Costa Rica. Allá trabajó en un teatro, la Sala Garbo, y vivía con sus hijos y con el que en ese entonces era su compañero sentimental. Había olvidado de momento la lucha sandinista y sus planes eran mudarse a París a estudiar Cine. Pero Ortega llegó a su vida, lo que marcó su futuro y el de un país entero. Se convirtió en la mujer del Comandante.

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Managua. Mediados de febrero de 2016. La tarde se retira poco a poco. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse y la avenida Bolívar, arteria importante de esta capital destruida hace más de cuarenta años por un terremoto –que la convirtió en un laberinto de barriadas, repartos, y baldíos habitados por okupas– se enciende como si fuera una calle de Las Vegas. Inmensas estructuras de metal, con decenas de bujías adheridas, iluminan la calle. Son conocidas como los “Árboles de la Vida”, una arbolada metálica costosa que nace en las costas del lago y llega hasta una gran rotonda donde un gigantesco rostro amarillo del fallecido presidente Hugo Chávez saluda a los capitalinos. La avenida se llena de gente, autos, carretones desvencijados jalados por caballos famélicos. Grandes altares fueron levantados por las instituciones del Estado en honor a la Virgen María y los arreglos de esos altares mezclan devoción católica con las aspiraciones del presidente Ortega de construir un canal interoceánico en Nicaragua, uno que compita con el de Panamá. Pequeñas réplicas del sueño faraónico adornan los altares, bendecidos por las estatuas de la Virgen. Y sobre este paisaje, aparece ella, la mujer del Comandante, en gigantescos rótulos que proclaman una Nicaragua, “bendecida, prosperada y en victorias”.

La Rosario Murillo de ahora no es aquella mujer que tenía que tragarse las rigideces del protocolo oficial allá donde Ortega viajaba. Murillo manda con férreo puño en un Estado donde nada se mueve sin su visto bueno. Ha acumulado un poder casi total y es autoritaria. Es la mujer del Comandante, primera dama, esposa casada por la Iglesia católica, pero también primera ministra de facto del gobierno de Nicaragua. Ortega la ha nombrado canciller en funciones en sus viajes oficiales y sus hijos son asesores presidenciales. La pareja tiene ocho hijos: Carlos Enrique, Daniel Edmundo, Juan Carlos, Camila, Luciana, Maurice, Rafael y Laureano. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrada en enero de 2015 en Costa Rica, Camila y Luciana fueron acreditadas como asesoras presidenciales, Rafael viajó con rango de ministro de Gobierno y Rosario Murillo, como canciller. Laureano es asesor presidencial para inversiones y es el hombre encargado de la relación con el empresario chino Wang Jing, a quien Ortega le entregó la concesión de cien años para la construcción del canal interoceánico en el país. La familia gobierna Nicaragua. Quienes la conocen gustan comparar a Murillo con Elena Ceaușescu, la esposa del líder rumano Nicolae Ceaușescu, con quien compartía el poder y funcionaba, de hecho, como primera ministra de la nación comunista. Elena cultivaba un culto a la personalidad gracias al control de la propaganda y los medios de comunicación del Estado. La familia Ortega controla al menos cuatro canales de televisión en Nicaragua, comprados con fondos de la cooperación petrolera venezolana, que desde 2007 el presidente Ortega administra de forma discrecional y que han sumado alrededor de tres mil 500 millones de dólares. En esos canales de televisión aparece todos los días, tras la comida, la primera dama para dirigirse al país, como lo hizo el 12 de febrero, para invitar a los nicaragüenses –según la transcripción oficial de su discurso– “a celebrar, junt@s, como gran familia nicaragüense, el Día del Cariño, el Día del Amor y la Amistad. Y empezamos a celebrar hoy… ¿Cómo? Uniéndonos tod@s en nuestras comunidades para luchar contra el mosquito, que significa también luchar contra el dengue, el chikungunya y el zika”. En sus alocuciones diarias Murillo lee partes meteorológicas, informes sísmicos y vulcanológicos y da alertas sanitarias, mientras menciona a la Virgen y al santoral. A través de esas presentaciones da órdenes a ministros, regaña a los funcionarios que no cumplen con sus proyecciones o presenta planes de gobierno. El presidente Ortega rara vez aparece en escena. Es Murillo la cara, voz y mando del Ejecutivo.

Juan Carlos Ortega, hijo de Murillo, es el director del Canal 8, comprado en 2009 por un monto superior a los diez millones de dólares con fondos de la cooperación de Venezuela, según investigaciones de la prensa nicaragüense. Maurice y Carlos Enrique, otros hijos de la pareja, controlan directamente el Canal 4 y el Canal 9, también propiedad de la familia. Además, Murillo maneja el Canal 6, la cadena pública del Estado.

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Nicaragua. 1998. El país ha dejado atrás la guerra de los ochenta y por primera vez conoce la democracia. Se ha formado un Estado que cumple con firmeza las órdenes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los acreedores internacionales de la ingente deuda externa. Hay un gran descontento social por la pérdida de las ya de por sí exiguas ayudas sociales que daba el gobierno sandinista, derrotado en 1990 –en unas elecciones supervigiladas– por una mujer, Violeta Chamorro, cuya principal credencial hasta aquel momento era haber sido la esposa de Pedro Joaquín Chamorro, mártir nicaragüense, asesinado por el somocismo en 1978. En el poder está ahora Arnoldo Alemán, sucesor de Chamorro, un personaje volcánico, popular en las zonas rurales, entre el campesinado, campechano y de voz rotunda. Este será un año trágico para Nicaragua, porque en octubre el huracán Mitch golpearía con furia al país y causaría más de tres mil muertos. Pero meses antes, en mayo, ocurrió un hecho que cambió para siempre la política nicaragüense. Un verdadero terremoto político. El 31 de mayo Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, acusó públicamente a su padrastro, el líder de la oposición Daniel Ortega, por violación, por abusar de ella desde que era una niña. “Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso”, se lee en el testimonio escrito por Narváez.

La joven intentaría enjuiciar al Comandante, pero gracias a un pacto político entre Ortega y Alemán (un acuerdo con el que ambos se repartían los poderes en Nicaragua), una jueza sobreseyó el caso, argumentando que los hechos habían prescrito. La verdadera salvación de Ortega, sin embargo, fue su mujer, Rosario Murillo, quien se puso contra su hija y defendió a su compañero públicamente. “Es el momento clave de Rosario Murillo. Descalifica, desmiente y sacrifica a su hija, la declara loca, y así rinde un servicio a Ortega y se hace imprescindible para Daniel”, explica Sofía Montenegro. Una posición similar mantiene Dora María Téllez, mítica comandante de la revolución. “Con la denuncia por violación de Zoilamérica, Rosario interviene respaldando a Ortega, lo que le da un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar. Es una factura carísima para Ortega”, asegura Téllez. Comienza entonces una nueva etapa en la política de Nicaragua. Ortega ya se había hecho con el poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un partido que había entrado en crisis tras la derrota de 1990, con un sector que pedía la democratización de ese órgano político, que se convirtiera en un partido moderno, de una izquierda socialdemócrata, y otro más autoritario, que apelaba a mantener la violencia callejera como forma de presión frente al nuevo régimen. Zoilamérica salió a vivir a una especie de exilio en Costa Rica. Las principales figuras intelectuales del sandinismo dejaron el partido, el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez fundó otro, el Movimiento Renovador Sandinista. Ortega y su círculo más cercano quedaron al frente del FSLN y en la campaña presidencial de 2000, un nuevo Ortega apareció públicamente. Ya no era el “gallo ennavajado”, el comandante fuerte de los ochenta y principios de los noventa, sino un político renovado, vestido de blanco, que hablaba de paz, amor y reconciliación. Murillo se convirtió en su jefa de campaña, y montó un nuevo discurso que mezclaba lo místico, lo revolucionario y lo religioso, con la New Age. En 2005 logra una alianza con el cardenal Miguel Obando y Bravo, férreo oponente de Ortega en los ochenta, pero venido a menos en la iglesia tras su destitución, por parte de un moribundo Juan Pablo II, como jefe de la Arquidiócesis de Managua. El 3 de septiembre de ese año Obando casó por la iglesia a Ortega y Murillo quien, tras décadas de unión libre, pasó a ser oficialmente y bajo bendición católica la mujer del Comandante. Un año después, el Frente Sandinista hizo un guiño a los sectores más conservadores del país al aprobar una reforma al Código Penal en la que se penalizaba el aborto terapéutico, una opción vigente durante más de un siglo en Nicaragua y que se practicaba a aquellas mujeres cuya vida estuviera en riesgo por el embarazo. Esa decisión hizo que Ortega y su mujer se convirtieran en centro de críticas del fuerte movimiento feminista de Nicaragua, que los denunció –y denuncia– a nivel internacional. De hecho, Murillo nunca ha simpatizado con ese movimiento y ha perseguido y atacado a las feministas de Nicaragua. En un artículo titulado “La conexión feminista”, escribió: “El feminismo quiso ser una proposición de Justicia. La distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo, es, indiscutiblemente, un acto de traición, alevoso y cruel, de los verdaderos intereses, personales y colectivos de las mujeres, que son sustituidos por mezquinas ambiciones, y perversas intenciones políticas…”.

Karen Kampwirth es profesora de Ciencias Políticas de Knox College, en Estados Unidos. Es estudiosa del movimiento feminista en Nicaragua y ha escrito artículos sobre este. La entrevisté por teléfono a finales de enero, para entender la relación de Murillo con las feministas de Nicaragua. Kampwirth me dijo que la mujer del Comandante “ha sido una mujer con demasiado poder, que nunca ha sentido la desigualdad que sentían las mujeres dentro de la revolución, por lo que es lógico que nunca haya sentido la necesidad del feminismo”. El feminismo, dice Kampwirth, “es el enemigo de Daniel Ortega y Rosario Murillo por miles de razones: por lo que sintieron como una falta de lealtad a la revolución al pedir las mujeres autonomía, por el caso de Zoilamérica Narváez y porque, junto a los medios de comunicación, han denunciado varios problemas políticos con respecto a la democracia”. “El movimiento feminista –agregó– es beligerante, autónomo, y es lógico que Ortega y Murillo le tengan miedo”. La alianza con la Iglesia católica, para esta catedrática, fue una estrategia política que, de paso, ayudó a atacar al feminismo. “No era cuestión de buscar el apoyo de la Iglesia, sino garantizar el fin de los problemas que les causaba la iglesia. En 2006 el FSLN no ganó más votos por esta estrategia de alianza, sino que no perdió votos”, dijo Kampwirth.

En las credenciales de Rosario Murillo nunca ha estado la religiosidad. Rosario Murillo nació en Managua el 22 de junio de 1951. Es hija de Zoilamérica Zambrana Sandino, sobrinanieta de Augusto Sandino –el héroe nacional de Nicaragua–, y Teódulo Murillo, un hombre conservador originario de Chontales, zona ganadera del centro del país. Tuvo tres hermanas. Cuando era adolescente Murillo fue enviada por sus padres –acomodados productores de algodón– a estudiar a Suiza. Quienes la conocen dicen que eran estudios básicos de etiqueta, de modales burgueses, para preparar a las jovencitas para el matrimonio.

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Durante el terremoto de 1972 que destruyó la capital, Murillo perdió a un hijo. Hay varias versiones de este episodio: una de ellas cuenta que la joven se encontraba de fiesta en aquel fatídico diciembre –como buena parte de la ciudad– y había dejado solo al pequeño en la casa, al cuidado de una nana. Cuando el terremoto arrasó Managua, el pequeño quedó atrapado en los escombros de la que era la casa de Murillo. Aquel episodio la traumó, por lo que tuvo que ser tratada sicológicamente. Violeta Barrios recuerda en su autobiografía aquel episodio. A inicios de los años setenta Murillo formó parte de un movimiento artístico conocido como Grupo Gradas, un conjunto de artistas que recitaban poemas en las escalinatas de iglesias, universidades y edificios públicos. “Era gente con pasiones claramente antisomocistas y algunos simpatizaban con el FSLN”, dice Dora María Téllez. Tras el triunfo de la revolución, Murillo se convirtió en directora de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, una poderosa organización que aglutinaba a poetas, pintores, escritores y actores del país. De aquella época, recuerda la escritora Gioconda Belli: “La elegimos directora de la asociación y por su vinculación al poder logró un terreno para instalar la organización. Montó una estructura y tenía medios a su disposición para deslumbrar a los artistas, pero con los que se dio de cabeza fue con los escritores. La mayoría éramos cuadros del Frente Sandinista y cuestionábamos muchas de las cosas que hacía. Entonces comenzó a aislar a los escritores, porque es una persona que no tolera la crítica. Sí, tiene una gran capacidad de trabajo, pero es vertical”. La cultura era el ámbito de Murillo, que no tenía nada que ver con la política. Incapaz de someter a los escritores, comenzó una campaña contra Ernesto Cardenal, entonces ministro de Cultura, hasta socavar su autoridad y quitar funciones al ministerio. “Hicimos una protesta que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, recuerda Belli. Para Murillo el agravio de los escritores fue imperdonable. Ella se ve a sí misma como una poeta (ha publicado una decena de títulos, entre los que se encuentran Gualtayán, Sube a nacer conmigo, Amar es combatir, En las espléndidas ciudades, Las esperanzas misteriosas, algunos de ellos disponibles en Amazon), pero su trabajo literario nunca fue reconocido en un país que ha dado a la literatura latinoamericana varios nombres de peso, desde Rubén Darío, pasando por Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal o la propia Belli. Desde el regreso de Ortega al poder en 2007, Murillo desencadenó una persecución contra Cardenal, a quien la justicia nicaragüense congeló sus cuentas bancarias. El poeta, nonagenario, ha denunciado los desmanes y arbitrariedades de la pareja allá donde viaja.

La Loma de Tiscapa, en el centro de Managua, es el verdadero símbolo del poder en este país. En esa loma tenía el primer Somoza su casa y desde ahí gobernaba con mano dura. Era ahí donde el régimen tenía las celdas de tortura y también fue la sede de pactos y amarres políticos que durante décadas comprometieron el futuro de Nicaragua. Cerca de ahí, también, los marines estadounidenses vigilaban lo que durante años fue un protectorado más de Washington. Tras el triunfo de la revolución y más tarde bajo el gobierno de Violeta Chamorro, la loma se convirtió en un monumento histórico. Las celdas de tortura fueron selladas a cal y canto, pero todavía hay rastros de la vieja mansión de Somoza, hay un tanque oxidado que Mussolini regaló al dictador tropical y piezas que recuerdan a la dictadura. Fue erigida allí una enorme silueta de Sandino, que vigila desde la loma a la ciudad. Pero desde diciembre de 2013 un nuevo símbolo se ha impuesto en la loma. Rosario Murillo, la mujer del Comandante, ha mandado instalar sus árboles amarillos de metal, las aparatosas estructuras que según investigaciones de los medios independientes de Nicaragua cuestan 20 mil dólares cada una. Murillo instaló uno de esos árboles, gigantesco, a la par de la figura de Sandino, como una muestra indiscutible del nuevo poder que se alza en el país. “Los ‘Árboles de la Vida’ son un símbolo talismán. Rosario Murillo tiene un miedo del tamaño de su poder, y quiere conjurar la posible pérdida de ese poder con un talismán. Son un emblema de protección para conjurar los males que pueden acechar al poder. Por eso llena la ciudad con esos árboles, rodea la Loma de Tiscapa con los árboles, porque esa loma ha sido siempre el símbolo de poder en Nicaragua. Para mí es algo patológico, es una enfermedad. La podríamos llamar ‘el síndrome de los Árboles de la Vida’”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Téllez. A finales de 2015, a la par de la proliferación de esas estructuras, los nicaragüenses veían la instalación de rótulos en los que Murillo aparece sola, o en posición destacada junto a su marido. En julio del año pasado, la mujer del Comandante empapeló la ciudad con volantes con su rostro y ordenó instalar una gigantesca foto suya en Masaya, ciudad localizada a 30 kilómetros de Managua, donde se celebraría un acto oficial por el aniversario de la revolución sandinista. Estas acciones, para analistas consultados en Managua, son una muestra de las aspiraciones de Murillo, infatigable súper ministra del Gobierno. La mujer del Comandante, dicen, quiere ser presidenta. “Rosario tiene cualidades positivas: es muy trabajadora. Pero también es una obsesiva-compulsiva, cuando se le mete algo en la cabeza tiene las facilidades, el poder y la motivación necesarias para cumplirlas. Pero ella vive en el mundo que ella cree y no en la realidad. Es mesiánica y absolutista, no tiene un grano democrático en su pensamiento político”, dice la escritora Gioconda Belli. “Ella es más inteligente que Ortega. Ella debería ser la candidata presidencial”, asegura, entre risas, la poeta Belli.

Nicaragua organizará elecciones presidenciales en noviembre y desde ya los rumores políticos en Managua hablan de presiones a lo interno del partido para que Ortega nombre a Murillo como candidata a vicepresidenta, que le dé su bendición. El presidente ya había reformado en 2011 la Constitución para perpetuarse en el poder. (La Constitución del país prohibía la reelección continua y cuando un nicaragüense ya hubiera ocupado el cargo en dos ocasiones, que es el caso de Ortega). La opción de que Rosario sustituya a Daniel Ortega (de cuya supuestamente precaria salud no se habla oficialmente en Managua por tratarse de un secreto de Estado), también es barajada. Jueces de la Corte Suprema, controlada por Ortega, han dicho que ella no tendría impedimento legal para correr.

Sin embargo, según Dora María Téllez, es difícil que esto ocurra. “Ortega solamente muerto va a salir de la jefatura del Frente Sandinista”, asegura Téllez. “A Murillo le han dado todo el poder, pero la sucesión es una llave que todavía tiene Ortega”. Pero si la opción es institucionalizar la sucesión familiar, Murillo, la mujer del Comandante, está en la línea de sucesión directa como heredera.

El hijo que nunca llegó

Todos los días, sin falta, Teresita Higuita Zuleta esperaba que Gonzalo, su hijo, regresara a casa. Con su infinito amor de madre, cada noche le servía en la mesa una porción de comida. El manjar no era más que una plato de fríjoles con arepa, pero Teresita sabía que era lo que más disfrutaba Gonzalo cuando se sentaba en el comedor. De vez en cuando degollaba una vieja gallina de campo y le guardaba la mejor parte: un trozo de pechuga o un jugoso pernil, con la esperanza de que su vástago se sintiera feliz a su regreso.

Una noche cualquiera, entre sueños y al borde de la alucinación, Teresita vio que Gonzalo entró por el corredor de la casa, descargó un morral que llevaba sobre sus hombros, lanzó un suspiro y se tiró al piso, abierto de brazos, a descansar. “Ella dijo que lo había visto con la espalda pelada de cargar un morral muy pesado”, recuerda Sandra Callejas Higuita, su hija, quien luego describirá que su madre, alegre al sentir su presencia, al instante dijo exaltada: ¡Llegó mi hijo, llegó mi Gonzalo, llegó! Con la dicha por el anhelado reencuentro, Teresita se levantó rápidamente de la cama a darle la bienvenida y a servirle el plato de siempre. Pero pronto se dio cuenta que solo había sido un sueño.

Gonzalo llevaba desaparecido cinco años y no había ni asomo de su paradero. Los meses pasaban y la incertidumbre por saber algo de su suerte era mayor. Pero el día de su regreso jamás llegó. A Gonzalo, quien tenía 18 años y era el menor de la familia, lo mataron en 2003 los paramilitares, los mismos que meses después arribaron hasta la casa de Teresita y sin asomo de remordimiento, le confesaron:

–Él fue asesinado pero nosotros hicimos un hueco y lo enterramos. Al menos esté tranquila, que los gallinazos no se lo comieron.

Sandra Callejas Higuita, una mujer jovial y de mirada reflexiva, trae a su memoria esta historia mientras permanece sentada en un improvisado escritorio de la casa que ahora funciona como sede de la Asociación de Víctimas de Ituango, en el norte de Antioquia, un municipio que ha padecido, como tantos otros en Colombia, los estragos de la guerra. Como casi todos los habitantes de este pueblo, escondido entre las montañas que bordean el Parque Nacional Nudo de Paramillo, Sandra ha vivido en carne propia los embates de un conflicto armado que ha dejado cientos de muertos y desaparecidos, pero también decenas de viudas, huérfanos y lisiados.

Mientras su pequeño hijo Mateo Torres, de ocho años de edad, revolotea por los alrededores de la casa, Sandra cuenta que la desaparición de su hermano fue el final de varios hechos trágicos que le sucedieron a su familia. A los Callejas Higuita la guerra les quitó a cuatro de sus hijos: Marleny Callejas Higuita, de 35 años, y Ángel de Dios Callejas Higuita, de 30, fueron desaparecidos por la guerrilla; y Milagros Callejas Higuita, de 24 años, y Gonzalo Callejas Higuita, de 18, murieron en manos de los paramilitares. La familia solo pudo darle cristiana sepultura a Marleny, pero Sandra presume que así como Gonzalo, los demás también fueron asesinados.

Desde ese momento Teresita, su madre, entró en depresión y con el tiempo su salud fue desmejorando.

–A ella eso la destrozó física y mentalmente, y ligerito cayó en una depresión y en las enfermedades –dice Sandra.

Esperando a Gonzalo y aferrada al dolor por la pérdida de sus otros tres hijos, Teresita, quien para entonces cumplía 56 años, falleció el primero de marzo de 2009.

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Es una mañana de miércoles de finales de junio en Ituango. El calor y una leve humedad se combinan con el aire de tranquilidad que se respira en el parque principal. Un grupo de abuelos, de aspecto campesino, conversa con parsimonia a un lado del busto de Jesús María Valle, el inmolado defensor de derechos humanos que levantó la voz ante las autoridades para que no siguieran asesinando a la gente de su pueblo. Un niño monta en bicicleta por una empinada calle; un par de señoras organizan sus kioscos de comida rápida y un cotero arruma bultos de mercancía al interior de una tienda de abarrotes. En una esquina contigua a la calle atrincherada por el ejército, permanece parqueado un bus escalera al que los campesinos llenan de bultos de cemento, papas y arrobas de panela. En otros tiempos, murmura la gente, hubiese sido imposible, siquiera, sacar una cámara fotográfica e intentar hacer una imagen sin que algún soldado te advirtiera que por seguridad no estaba permitido tomar fotografías.

Antes de que la guerrilla decretara el cese unilateral de hostilidades –en julio de 2015–, Ituango era un territorio en conflicto y donde, en cualquier momento, podrías terminar en medio de una balacera. Durante varios años paramilitares y guerrilleros se disputaron el poder de esta zona del norte de Antioquia, dejando a su paso cientos de muertos y desaparecidos, familias desintegradas y miles de desplazados.

Sandra Callejas Higuita, quien ejerce como presidenta de la Asociación de Víctimas, cuenta que en Ituango hay, por lo menos, unas 17 mil víctimas del conflicto armado. Casi el 95 por ciento están registradas como desplazadas. Recuerda que las balas con las que se ha condenado injustamente al pueblo, han llegado de todos los frentes: de la guerrilla, de los paramilitares, del ejército. “Aquí no podemos sacar en limpio a ninguno”, asegura. En Ituango no existe una cifra oficial de personas asesinadas, tampoco de desaparecidos y mucho menos del número de mujeres abusadas sexualmente por miembros de uno u otro bando. De conocerse quizás sería más evidente la magnitud de la guerra. Pero es claro que en este pueblo de 2.347 kilómetros cuadrados y 21.757 habitantes, cada poblador lleva a cuestas una historia de algún familiar asesinado o desaparecido.

Por fortuna, hoy sus habitantes viven días de paz. Una semana atrás, el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc EP– habían firmado en La Habana el acuerdo de cese bilateral de hostilidades y la gente en Ituango se sentía esperanzada. Incluso, la noche posterior a la firma  –el jueves 23 de junio– sus habitantes entraron en júbilo cuando se enteraron que los soldados estaban retirando las trincheras que durante casi dos décadas se habían mezclado con el paisaje urbano. La imagen que registró el momento fue compartida miles de veces en las redes sociales, como un gesto de paz en una de las regiones más marcadas por el conflicto armado. Pero rápido la gente pasó de la celebración a la indignación, al percatarse de que los militares las habían instalado de nuevo. “Yo sentí vergüenza al saber que ellos ilusionaron a las personas con que las iban a quitar y al otro día las pusieron”, se lamenta el niño Mateo Torres Callejas, quien habla con tanta naturalidad sobre la paz y la guerra como cualquier infante que organiza los juguetes de una piñata. “Si seguimos haciendo la guerra se va a afectar a muchas personas. Eso a mí no me gusta, a mi me gusta es cantar”, dice.

Lo cierto es que la gente en esta localidad respira un nuevo aire desde que los guerrilleros decidieron silenciar sus fusiles. Desde entonces sus pobladores se han vuelto a tomar las calles, han vuelto a disfrutar de la noche y a recorrer los rincones del pueblo, como lo hacen hoy, sin temor a quedar atrapados entre el fuego. “Estamos viviendo un receso y estamos tranquilos”, expresa el defensor de derechos humanos Román Álvarez Sucerquia.

En primera página

Hasta mediados de los años 90, Ituango era un pueblo desconocido para la mayoría de colombianos. Escondido entre el quebrado relieve de la cordillera occidental y atravesado por el caudaloso río Cauca, este municipio antioqueño, ubicado a 190 kilómetros de Medellín, se mantuvo en el anonimato a pesar de ser el centro de operaciones de varios los frentes de las Farc, entre ellos el 18 y 36, quienes, según cuentan sus pobladores, fueron copando su territorio desde inicios de los años 80. Durante años la guerrilla controló a sus anchas cada metro cuadrado de este territorio, pero a mediados de 1996 las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (Accu), al mando de los hermanos Carlos y Vicente Castaño, llegaron al casco urbano con la intención de arrebatarles terreno.

Así, el 11 de junio de ese año los paramilitares dieron el primer golpe asesinando a cuatro pobladores en la cabecera urbana. Luego se dirigieron hasta el corregimiento de La Granja donde, tras tomar el control de la zona y ordenarle a sus pobladores cerrar las tiendas, torturaron y ejecutaron a cinco campesinos, a quienes señalaron de ser auxiliadores de la guerrilla. El plan de los hermanos Castaño era apropiarse, a sangre y fuego, de esa región estratégica entre los departamentos de Antioquia y Córdoba para el paso de armas entre el norte y el centro del país, así como para el cultivo y procesamiento de drogas en una zona donde la presencia estatal históricamente ha sido invisible.

–Hace parte de nuestra estrategia: o la guerrilla sale de sus santuarios o vamos a entrar (…) Si el ejército no es capaz de entrar y acabar con esas repúblicas independientes, yo sí, y se los voy a demostrar– aseveró Carlos, el menor de los Castaño.

Esas primeras incursiones eran apenas una advertencia de lo que ocurriría entre el 22 y el 27 de octubre de 1997 en un desconocido y alejado corregimiento llamado El Aro.

Durante esos días un comando paramilitar conocido en la región como los “mochacabezas”, realizó un recorrido macabro que empezó en el corregimiento de Puerto Valdivia, a orillas de la vía que comunica a Medellín con la Costa Caribe. Antes de llegar a El Aro, el grupo conformado por unos 200 hombres recorrió las veredas Puquí, Remolino, Puerto Escondido y Organí, donde asesinó a ocho campesinos. Algunos de ellos fueron torturados antes de recibir un tiro de gracia, otros fueron baleados y sus cuerpos abandonados a un lado del camino. Cuando pusieron los pies en El Aro, los paramilitares ordenaron a sus habitantes salir de sus casas y dirigirse hasta la plaza, y allí, entre gritos e insultos, continuaron el sanguinario ritual. El primero en morir fue el tendero del pueblo, Marco Aurelio Areiza, de 64 años. Los testigos dicen que después de amarrarlo a un palo los paramilitares le arrancaron los ojos, el corazón y los testículos. “¡Guerrilleros malparidos, se van a morir todos!”, gritaron los bárbaros y siguieron con la cacería. Aturdidos, los pobladores vieron como mataban a sus vecinos y violaban a varias de sus mujeres. Antes de marcharse, ordenaron a los sobrevivientes que se largaran del caserío y procedieron a prenderle fuego a las viviendas. Quemaron 42 de las 60 casas del poblado, asesinaron a 17 campesinos y obligaron a algunos de los sobrevivientes a arrear, hasta varias fincas del Bajo Cauca, más de mil reses que robaron en el camino. El plan paramilitar para sacar de su madriguera a la guerrilla ya empezaba a ponerse en marcha.

–Yo he defendido que lo que ocurrió en El Aro no fue una masacre, eso fue un genocidio– reflexiona uno de los líderes del pueblo. Luego, afirmará que todo lo peor que le puede pasar a un pueblo le ha ocurrido a El Aro, olvidado históricamente por el Estado y ultrajado por los paramilitares.

De nada sirvieron las denuncias que el abogado Jesús María Valle –oriundo del corregimiento La Granja y destacado defensor de derechos humanos–, había hecho a las autoridades regionales sobre el asesinato de campesinos en Ituango y la estrecha relación que sostenían los paramilitares con miembros del ejército y la policía que operaban en el pueblo. En declaraciones dadas a la Fiscalía Regional de Medellín el 6 de febrero de 1998, Valle Jaramillo dijo: “El grupo paramilitar sembró terror en Ituango. En un solo día había hasta cuatro asesinatos en la plaza en presencia de todos, de todas las autoridades, del Ejército y la Policía, y no había ni respuesta del gobernador de Antioquia, ni del secretario de Gobierno, ni del comando de la Policía, ni del comando del Ejército”. Y enfatizó: “De 1996 a 1997 (diciembre 31) fueron asesinados más de ciento cincuenta (150) ciudadanos de la región, entre ellos dirigentes de la acción comunal, campesinos humildes, dueños de tiendas comunitarias, profesores y transportadores”.

El 27 de febrero de 1998, veintiún días después de haber juramentado en la sede regional de la Fiscalía, Jesús María Valle fue acribillado por dos hombres y una mujer en su oficina, ubicada en el cuarto piso del Edificio Colón, en pleno centro de Medellín. Con el tiempo se sabría que los autores del homicidio pertenecían a la banda La Terraza, la cual ofrecía sus servicios a Carlos Castaño.

Por las masacres de El Aro y La Granja, en julio de 2006 la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Estado colombiano por omisión y acción directa de los miembros de la fuerza pública, y lo obligó a reparar integralmente a las víctimas. Los campesinos de la zona han denunciado insistentemente que esas reparaciones nunca llegaron y que aún hoy, 19 años después de la masacre, continúan echados a su suerte en ese paraje olvidado, al que solo es posible llegar en mula después de recorrer siete u ocho horas de camino.

–Allá no ha habido ningún plan de retorno, las 31 familias que regresaron lo hicieron por su propia voluntad– comenta una exfuncionaria de la Administración Municipal.

La bomba de “La Peatonal”

Esta mañana de miércoles las personas caminan, tranquilas, por la calle que todos conocen como “La Peatonal”, donde a cualquier hora del día bares y negocios se disputan, con música a alto volumen, a aquellos potenciales clientes que buscan un lugar cómodo para tomarse una cerveza. Como a la mitad del pasaje se encuentra instalada una placa que recuerda la memoria de las personas que murieron en ese sitio la noche del jueves 14 de agosto de 2008, cuando un explosivo dejado por un hombre minutos atrás al interior de una caneca, destruyó el ánimo colectivo que había en vísperas de las fiestas de la Itangüinidad. Según datos de la Personería de Ituango, esa noche murieron Camilo Pineda Galeano, José Alejandro Arias Valencia, Cristián Estiven Cossio Barrera, Dairo Pineda Galeano, y los menores de edad Juan Camilo Osorio Uribe e Iván Darío Henao George. También falleció Alberto de Jesús Calle Gallo, quien ocupó el cargo de secretario de Gobierno de Ituango en los tiempos en que ocurrió la masacre de El Aro. Calle Gallo había sido la persona que se encargó de alertar y pedir ayuda al gobierno departamental y al Ejército para contrarrestar aquel ataque paramilitar de 1997.

Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos, fue uno de los 52 heridos que dejó la explosión. Mientras camina por el lugar, afirma que la imagen de sus paisanos tirados en el piso, el caos, los escombros y la destrucción de aquel espacio que minutos antes rebosaba de vida, será difícil de olvidar. “El olor característico de la sangre, la tierra y la pólvora, se demoran para borrársele a uno del olfato, del pensamiento. Es demasiado difícil, es un momento muy doloroso”, reflexiona. Román sufrió una leve herida en uno de sus pies y un bar de su propiedad, que estaba ubicado a unos 20 pasos del sitio de la explosión, quedó completamente destruido.

“Como hijos de esta tierra amada, encendemos una luz para no olvidar el dolor y continuar siendo un pueblo de paz, solidario y digno”, se lee en la placa insertada a un lado de la calle que divide en dos “La Peatonal”. Ese hecho trágico permanece en la lista de recuerdos dolorosos que los ituanguinos llevan consigo y que intentan matizar con los vientos de paz que vive el país.

Para menguar los impactos emocionales que han dejado hechos como este, en 2012 Sandra Callejas Higuita decidió crear la Asociación de Víctimas de Ituango con la idea de acompañar a quienes han perdido algún familiar en el conflicto armado. “Aquí nos agrupamos como una familia y sacamos fuerza para llegarle al otro, para ayudarle, para compartir el dolor, para acompañarnos; si vamos a llorar, este es el lugar para hacerlo”, asevera. Son más de 200 familias las que componen la organización, el equivalente a unas 800 personas. De ellas, el 90% son mujeres. Allí encuentran orientación sobre cómo reclamar sus derechos y el camino que deben seguir en ese enmarañado mundo burocrático para que el Estado las reconozca como víctimas y les brinde la indemnización a la que, por su condición, tienen derecho. Aunque en esos asuntos Sandra es escéptica, pues cree que es difícil que el Gobierno pueda reparar integralmente a las miles de familias que han debido lidiar con la guerra en Ituango.

–Eso es como soñar que el gallo pone– sentencia.

La masacre desconocida

Humberto de Jesús Zapata es un campesino trabajador, de mirada recia, manos callosas y lúcido hablar. Mientras sorbe un trago de café en un negocio contiguo al parque principal, cuenta la historia de una masacre poco conocida que ocurrió a finales del año 2000 en la vereda El Cedral, donde viven él y su familia. El Cedral es un caserío ubicado a unas tres horas y media del casco urbano de Ituango. Hasta allí se llega luego de un recorrido de dos horas y media, en bus escalera, por una carretera destapada y en regular estado, y después de montarse durante más de una hora sobre el lomo de una mula.

Sus pobladores –más de 600– no sabían nada del conflicto armado que ya se asentaba en el municipio, aunque desde los años 90 habían visto cruzar por sus caminos a hombres armados que, por temor, a nadie le interesaba identificar. Las familias vivían del cultivo de café, fríjol, maíz yuca y del cuidado de algunas cabezas de ganado. La vida parecía transcurrir en tranquilidad, hasta el 30 de octubre del 2000, cuando un grupo de paramilitares apareció en una finca cercana al poblado dispuesto a dejar su marca de terror en aquel poblado.

Humberto se encontraba ese día recogiendo café en una finca cercana al caserío. Recuerda que los hombres llegaron hasta el centro poblado, reunieron a un lado del centro de salud a una decena de pobladores que a esa hora trabajaban en una obra de alcantarillado, y a quienes caminaban desapercibidos por la calle: jóvenes, niños y ancianos, y les anunciaron que habían subido hasta allí con el objetivo de quemar el pueblo. Por la primera persona que preguntaron fue por Leonel Piedrahíta, el presidente de la Junta de Acción Comunal.

–¿Usted sabe de la guerrilla? – le inquirieron.
–Yo no sé nada– respondió el líder campesino– Yo soy un tipo trabajador, qué voy a saber de grupos armados.
–Tiene dos minutos para que salve su vida– contestó uno de los hombres y preguntó de nuevo:
–¿Sabe usted de la guerrilla?
–No sé nada. Qué me voy a poner a inventar lo que no sé…

A Leonel lo fusilaron ante la mirada atónita de su vecinos. A continuación, siguieron con otros tres campesinos que tenían en lista: Antonio Zamarra, Rubén Piedrahíta y Elías Mesa. A otro de los labriegos le pegaron un tiro que le atravesó el pecho y al instante lo lanzó al piso. Todos creyeron que estaba muerto y por eso no lo remataron. “Eran gente camelladora, labradora de la tierra, igual que uno”, se lamenta Humberto mientras sorbe otro trago de café, amargo como la historia que cuenta. Los paramilitares procedieron a quemar las viviendas mientras los sobrevivientes, impresionados, miraban arder lo poco que guardaban en su interior. Desde la finca donde recogía café, Humberto alcanzó a ver el humo que se esparcía por todo el cañón, pero supuso que alguien estaría quemando algunas matas de yaraguá (rastrojo). Al poco tiempo se enteró de la incursión paramilitar porque un vecino suyo, acelerado, llegó hasta el cafetal y le advirtió: “Oiga hombre, si usted es resistente, quédese, y si es miedoso ábrase porque los paramilitares están quemando El Cedral”. Desesperado, agarró el camino y como pudo llegó hasta su vivienda, donde estaban su esposa y sus dos hijos. Ya reunidos, alcanzaron a recoger algunos harapos y buscaron refugio.

Al percatarse que los paramilitares se habían ido, los pobladores recogieron a sus muertos y al otro día se desplazaron hacia el casco urbano. Humberto y cinco familias más decidieron quedarse en la vereda pese al miedo que les produjo la muerte de sus vecinos. “¿Para qué me voy a ir para Ituango?, ¿para apilarnos todos allá?, ¿nos vamos a ir para el casco urbano donde están los paramilitares? Nada debemos, nada tememos. Nos quedamos aquí”, sentenció. Luego dirá que ese año toda la cosecha de café se perdió porque no había mano de obra con la cual trabajar.

Tres meses después de la masacre, empezaron a retornar a El Cedral las primeras familias. Humberto asegura que poco a poco la tranquilidad fue regresando al pueblo y que con el tiempo el Gobierno reconstruyó las viviendas. Ahora, dice, llevan una vida tranquila y aran la tierra con sosiego y sin mayores preocupaciones. Humberto se toma el último trago de su café y le da gracias a Dios porque ni a su familia ni a él les pasó nada.

– Ojalá no vuelva a ocurrir en la vida una cosa de esas– finaliza.

Ituango era el infierno

La vida apacible de Ituango, cuando los campesinos cultivaban la tierra y los padres veían correr a sus hijos por las empinadas calles del pueblo, quedó solo como un recuerdo cuando guerrilleros y paramilitares empezaron a darse bala y a medir sus fuerzas de combate en las tupidas selvas del Nudo de Paramillo. Mientras los hombres de Castaño y Mancuso realizaban recorridos de terror por los campos, asesinando pobladores, violando mujeres y quemando caseríos, la guerrilla se tomaba el pueblo con el objetivo de debilitar a militares y policías y destruir la infraestructura local. Sus habitantes tienen memoria de, por lo menos, cinco tomas guerrilleras al Comando de Policía y al parque principal. En las paredes de los pasillos de la Alcaldía Municipal permanecen enmarcados algunos retratos de la toma de 1987, donde se aprecian los muros del antiguo palacio municipal baleados y una edificación contigua derruida.

Pero quizás la toma más violenta ocurrió la noche del lunes 5 de marzo de 1995, cuando un ejército con por lo menos 500 guerrilleros de los frentes 5, 18, 34, 36, 57 y 58 de las Farc, se metió al casco urbano decidido a destruir el pueblo y a matar a la veintena de policías que lo cuidaban. El enfrentamiento, que se prolongó hasta las once de la mañana del día siguiente, fue tan intenso que destruyó la antigua casona donde funcionaba la Alcaldía y el Comando de Policía, dejó en ruinas la Caja Agraria, el Banco Cafetero, la cárcel y hasta un consultorio médico aledaño. La toma dejó siete muertos, entre ellos un policía, tres reclusos, dos meseros de un bar y un transeúnte. Antes de marcharse, los guerrilleros secuestraron al alcalde José Milagros López y al personero Jairo Correa Montoya. Cuando los llamaron les dijeron que solo querían dejarle un mensaje al Gobierno con ellos, pero se los llevaron monte adentro y solo vinieron a liberarlos  20 días después en un paraje cercano a Dabeiba, en el occidente antioqueño. “Los muchachos estuvieron aquí el tiempo que quisieron, se metieron donde les dio la gana, hasta en la iglesia, dispararon, tiraron bombas, nos obligaron a escucharlos en el parque y se fueron cuando les pareció”, le dijo una mujer a un reportero de El Tiempo dos días después de la toma.

“Nosotros vivíamos en hostigamientos frecuentes”, cuenta Elizabeth Álvarez –29 años, abogada–, quien ahora se desempeña como secretaria de Gobierno de Ituango. “Eran tan comunes –continúa– que uno se acostumbraba a ellos sin alterarse tanto. Cuando empezaba la balacera ya ni nos asustábamos”. Sin embargo, la zozobra era permanente entre sus pobladores y pocos se atrevían a salir de sus casas después de las siete de la noche. Los rumores de que en cualquier momento la guerrilla se tomaría de nuevo el pueblo eran pan de cada día.

Pero si en el pueblo la guerrilla quería arrasar con la infraestructura y todo lo que proviniera del tímido gobierno, en la zona rural los enfrentamientos con los paramilitares no cesaban. Uno de ellos ocurrió el 20 de julio del año 2000 en el corregimiento de Santa Rita, un antiguo bastión guerrillero que meses atrás había sido tomado por un centenar de hombres del Bloque Mineros de las Autodefensas. Mientras los paramilitares diluían el tiempo bebiendo cerveza en las tiendas, caminando por sus calles y piropeando a las jovencitas, fueron emboscados por cerca de mil hombres de la guerrilla. Los paramilitares no tuvieron tiempo de reaccionar ante el ruido de las balas y las granadas. En el enfrentamiento murieron 35 paramilitares y dos civiles. “Los que pudieron se volaron, los que no, quedaron ahí”, recuerda una de las antiguas habitantes de ese poblado, quien después de la masacre salió desplazada con su esposo y sus hijos.

La mujer cuenta que el sacerdote del pueblo y los campesinos debieron recoger los cuerpos que quedaron esparcidos en las mangas, “porque allá no había ni ley, ni nada. La ley de allá eran ellos”.

En febrero de 2001 ocurrió un hecho similar en el mismo corregimiento. Un día, durante la madrugada, unos 800 hombres de la guerrilla atacaron con granadas y morteros el campamento paramilitar que se asentaba cerca el caserío y mataron a 30 paramilitares. Los que quedaron en pie debieron salir corriendo selva adentro pero, debido a las heridas, varios de ellos murieron en el camino. “Las comunidades de esta zona cuentan que era exagerada la cantidad de gallinazos que, durante meses, se mantuvieron en ese monte, porque al parecer muchos corrieron heridos y no alcanzaron a salir a ningún lado”, afirma Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos de Ituango.

María Eugenia Durango Vera, una jovencita que acababa de cumplir 20 años y quien en ese tiempo trabajaba como asistente en la oficina de la Registraduría, recuerda que un sábado en la mañana llegaron al pueblo, destilando sangre, dos volquetas repletas con los cuerpos descompuestos de los paramilitares muertos en los enfrentamientos. Como en una escena de terror que describe como “surreal”, Eugenia tomó registro de cabezas cercenadas, cuerpos torturados y quemados y miembros amputados. “A esos muertos nos les cabía ni un machete, ni una bala más, no les cabía ningún otro dolor”, asegura. Luego, para enfatizar y dar a entender la magnitud de la violencia que se vivía en esa época en Ituango, dirá:

–En el año 2000 esto era un IN-FI-ER-NO. Si en algún lugar podía estar el infierno, era aquí.

Incertidumbres ante la paz

Por estos días de finales de junio hay expectativa en Ituango por lo que pueda pasar luego de la firma del acuerdo final entre el Gobierno y las Farc. Sus habitantes celebran que ya no hay retenes guerrilleros y al pueblo se puede llegar con facilidad en menos de cinco horas por una vía pavimenta y en buenas condiciones. Los paramilitares abandonaron el municipio poco después de arrancar las negociones con el Gobierno en Santa Fe de Ralito, en julio de 2003, y la economía parece dinamizarse con la construcción de HidroItuango, un ambicioso proyecto de ingeniería que promete generar el 17 por ciento de la energía de Colombia a partir del 2018.

La secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez, cuenta con satisfacción que en el primer semestre de 2016 se registraron en Ituango apenas tres homicidios, los cuales fueron producto de riñas callejeras y no por grupos armados ilegales. “Son muertes que generalmente se producen cuando la gente consume mucho licor”, explica la funcionaria. Luego, añadirá que años atrás la cifra podría llegar a 80 homicidios, pero desde el cese unilateral se ha visto un cambio en el área urbana y rural.

Por eso muchos de sus pobladores miran con esperanza el futuro cercano. Otros, en cambio, aguardan con cautela por lo que pueda ocurrir cuando la guerrilla entregue las armas definitivamente y los desmovilizados empiecen a convivir con la población civil. Uno de sus temores es saber qué ocurrirá en aquellos lugares donde la guerrilla ha ejercido durante lustros la autoridad de forma casi absoluta –como reconocen las autoridades locales–, donde ha impuesto las normas, donde ha decidido hasta qué horas las personas deben permanecer en las calles y hasta cuáles son los linderos entre una y otra finca. “Mal o bien, la guerrilla se ganó la legitimidad de algunas comunidades y hoy por hoy debemos ganar esos espacios que van a dejar”, expone el alcalde Hernán Darío Álvarez, quien sabe que de ahora en adelante uno de los grandes desafíos será tener una mayor presencia en aquellos territorios tradicionalmente olvidados.

Santa Lucía, una vereda que limita con el Parque Nacional Nudo de Paramillo y con el cañón del río San Jorge, en el sur de Córdoba, y donde confluyen distintos corredores del narcotráfico –según denunció en 2014 la Corporación Ideas para la Paz–, es una de las 20 zonas de concentración acordadas entre el Gobierno y las Farc para alistar a los miembros de esa guerrilla antes de su desmovilización. Allí se concentrarán unos 400 guerrilleros del Frente 18 de las Farc, quienes se ceñirán a los protocolos de desarme acordados en La Habana. Los habitantes de esta vereda confían en que, al ser protagonistas de un hecho histórico para el país, el Gobierno por fin se acuerde de ellos y les ayude a mejorar sus condiciones de vida con la construcción de un centro de salud, una escuela en mejor estado y la adecuación de la carretera. Aunque también hay personas temerosas –advierte la secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez– que creen que estas zonas servirán para cometer delitos y por temor tal vez quieran desplazarse al casco urbano. “Eso sí –enfatiza el alcalde–, hemos dejado claro que no queremos que nos vayan a dejar problemas, pues somos un municipio con muy pocos recursos”.

Lo cierto es que Ituango, un pueblo históricamente azotado por guerrilleros y paramilitares, es ahora el epicentro de un momento crucial para el futuro del país con la firma del proceso de paz; y en gran medida el éxito de este acuerdo dependerá de lo que suceda en pueblos como este, donde el Estado deberá demostrar su capacidad para ejercer soberanía y llegar a todos sus ciudadanos.

Pero más allá de las zonas de concentración, hay otros asuntos que mantienen intranquila a la población. Una de las mayores preocupaciones de Lina Zuleta, líder del municipio e integrante de la Asociación de Mujeres, es que con la desmovilización de las Farc saldrán a relucir problemas como la violencia sexual y el abuso de niños, que antes permanecían ocultos por temor a los grupos armados. “Ahora se nos abre el panorama porque todos esos temas se van a poder denunciar y habrá que tener una institucionalidad fortalecida que pueda darles respuesta”, explica. Meses atrás, un campesino de Santa Lucía había hecho una advertencia similar con estas palabras:

–No crean que la firma del acuerdo de paz nos va a traer rosas, lo que nos va a traer es la posibilidad de quitarnos un manto que tenemos encima de nosotros; eso nos va a permitir ver lo que realmente somos y lo que realmente somos no es tan bueno.

Otro asunto que preocupa es el cambio social y económico que ha traído al pueblo el proyecto Hidroituango. Por ejemplo, los campesinos que antes cultivaban yuca, plátano, fríjol o café, ahora trabajan como obreros en la central y reciben un pago quincenal que, en muchos casos, terminan gastando en licor en alguna cantina del pueblo. “Con el proyecto se nos llevaron toda la fuerza de trabajo del campo. Por ejemplo, toda la cosecha de café del año pasado se perdió porque no había trabajadores y menos con qué pagarles lo que se ganan en Hidroituango”, asevera otra de las líderes de Ituango. Los salarios pagados por la empresa también produjeron el aumento casi instantáneo de los arriendos y de la canasta familiar.

El boom económico hizo, además, que aumentara la prostitución en la zona urbana, por lo que para muchos ya no es extraño ver a los jóvenes visitar estos sitios regularmente y escuchar a los proxenetas anunciar: “Bueno, alístense que para el otro fin de semana viene ganado nuevo”. Otro de los problemas que comienza a aflorar es el aumento de las plazas de vicio y el consumo de drogas entre los jóvenes. “Aquí vos encontrás lo que quieras”, cuenta una vecina del parque, y agrega: “Yo no había visto tanta droga en Ituango como en este momento”. A su preocupación se suma el aumento de casinos y negocios tragamonedas que pululan por las calles aledañas al parque principal. El dinero parece moverse a borbotones gracias al proyecto energético, que le ha dado empleo a cientos de personas de la zona, pero nadie sabe qué pasará cuando entre en funcionamiento en 2018 y los puestos ocupados por los obreros dejen de existir.

Sin embargo, una de las mayores amenazas es la inminente explotación minera que llegará al pueblo luego de finalizado el proceso de paz con las Farc. Una de las líderes entrevistadas asegura que hay treinta solicitudes de concesiones mineras y tres concesiones otorgadas a empresas multinacionales que estarían en proceso para explotar varios yacimientos de oro que hay en el pueblo, varios de ellos ubicados en zonas de reserva natural. Una de las concesiones se encuentra en el corregimiento de Santa Rita, la segunda en un sector que comprende las veredas La Hundida, Los Naranjos y Buena vista –donde nace el agua que consumen los habitantes de la zona urbana–, y la tercera en el casco urbano de El Aro. Varios pobladores de este corregimiento han alertado sobre la presencia de ingenieros extranjeros que han venido tomando muestras de suelo en los últimos meses.

La líder teme que con de la firma del proceso de paz, la destrucción de buena parte de los cultivos de coca, y los futuros proyectos de desminado en todo el territorio –cifras oficiales señalan que casi el 70 por ciento del territorio está minado–, se acabe el pretexto del conflicto armado y se dé vía libre a la explotación minera lo que, según ella, pondrá en riesgo la subsistencia del pueblo.

–Paradójicamente las minas antipersona  –explica–, uno de los males que más nos ha hecho sufrir en Ituango, hasta ahora nos ha protegido de la minería. Eso es lo más triste.

Ante todos estos retos, ¿cuál es el futuro que le espera a este municipio, aporreado como tantos en Colombia con esta guerra que se ha mantenido viva durante casi 52 años? La pregunta salta después de oír los testimonios de quienes han perdido a varios de sus seres queridos en el conflicto armado. Las respuestas no son fáciles, pues también es cierto que el dolor y el resentimiento siguen presentes en muchas de las víctimas, y que la mayoría no ha recibido apoyo psicológico para superar la pérdida de sus seres queridos. Están los que guardan la esperanza por el anhelo de ver un pueblo en paz, donde los niños crezcan tranquilos mientras su padres cultivan el campo y no visitando su tumba en el cementerio, y los que sienten temor por lo que pueda ocurrir en los campos y veredas que quedarán a la intemperie cuando los guerrilleros se integren a la vida civil.

Ante esas inquietudes, quedan en el aire, como una respuesta incierta, las palabras dichas por Sandra Callejas Higuita antes de terminar la conversación:

-Yo creo en el proceso, pero no en la paz. Yo le digo a la gente, hay un proceso ¿pero la paz?, esa es mía, es lo que yo haga, lo que construyo cada día con el otro. Pero si usted no tiene con qué comer, con qué pagar el arriendo no está en paz… Hay una violencia aparte, las Farc y el Gobierno están en su problema, pero aquí hay problemas que quizás son mucho más peligrosos que las mismas Farc.

Primero encontraron las piernas.

El último viernes de febrero de 2016, una mañana despejada, Deisy, una de las seguidoras de la Almita Desconocida, dice en el cementerio que primero aparecieron las extremidades inferiores dentro de una bolsa negra y luego el resto del cuerpo “en otra igualita”. El 9 de agosto de 2002, el día que la descubrieron en un bajío lleno de matorrales, en inmediaciones de la terminal de autobuses de Yacuiba —una ciudad calurosa del sur de Bolivia, con unos 90,000 habitantes, que comparte frontera con Argentina—, las calles se llenaron de vecinos asustados. Habían matado a una niña. La habían carneado como si se tratara de una vaca. Y se habían encargado de que la encontraran con facilidad. El crimen tenía la marca del narcotráfico: era un mensaje, una advertencia, una amenaza. La víctima podía haber sido cualquiera: el abogado, el farmacéutico, la oficinista, la vendedora de globos, la salchipapera. Pero fue una niña, y una niña despedazada no se olvida. El abogado, el farmaceútico, la vendedora de globos, la oficinista o la salchipapera se habrían convertido en noticia caduca al día siguiente. Pero fue una niña. Una niña cuya identidad nunca se supo a ciencia cierta y a la que hoy, en Yacuiba, se le rinde culto: el culto a la Almita Desconocida.

“La Almita es milagrosa, mucho, pero a veces te da y a veces te quita”, recitaba un borrachito llamado Jorge unos minutos antes de que Deisy se acomodara en una de las bancas del cementerio. Jorge había salido de un agujero poco profundo. Repitió dos o tres veces su apellido, pero no llegué a entenderlo porque masticaba hoja de coca mientras hablaba, porque apenas movía la mandíbula cada vez que trataba de armar una frase. Llevaba polera de un equipo de futbol, un short con manchas de tierra y unos zapatos que parecían fuera de contexto, que estaban demasiado limpios. Me dijo que trabajaba como sepulturero. Insistió en llevarme ante la tumba de la Almita y, una vez allí, tomó una de las botellitas con alcohol puro que algunos le ofrendan, echó el alcohol en una botella con agua y se perdió en una de las hileras con nichos.

La tumba de la Almita Desconocida es mucho más que una tumba: es un pedazo de cemento con la forma de un ataúd, dentro de un tinglado con el techo cubierto con láminas de calamina. Está pegada a uno de los muros del cementerio Divina Paz de Yacuiba y hasta allí van quienes consideran que la víctima de un asesinato a sangre fría es capaz de atraer la buena suerte y brindar protección a sus familiares.

Tras encender un manojo de velas blancas, prender en su honor tres cigarrillos y fumarse uno de ellos, Deisy dice que preferiría que no mencionarámos su apellido. El anonimato aquí es como un santo y seña. Quizás porque se rumorea que algunos de los devotos más antiguos de la Almita Desconocida son narcotraficantes, sicarios y contrabandistas. Aunque es difícil rastrear su inicio, el rumor pudo haber comenzado cuando una vendedora de refrescos que conversó sobre este tema en 2012 con un reportero argentino del periódico Clarín sostuvo que no es ningún secreto la presencia de esas personas en el cementerio, que vienen para solicitar protección, sobre todo los lunes, cuando el sol se esconde.

Deisy se marcha resguardada por una sombrilla y Jorge vuelve a salir de su hoyo y se acerca haciendo gestos extraños, como si fuera un títere en manos de un inexperto.

—Estoy cavando, pero aún no se quién es el muerto —dice, y muestra unas encías verdiamarillas cuando se ríe—. El muerto no está muerto todavía. El muerto soy yo.

Son las nueve y media de la mañana y frente a la Almita hay ya dos macetas nuevas, ocho cigarrillos soltando humo y cuatro personas que rezan.

La Almita podría haber sido la hija de cualquiera de ellas

***

Enterraron sus restos sin identificarla.

En el hotel París de Yacuiba, sentado a una mesa redonda, tras pedir “café para todos” a uno de los empleados, junto a una radio en la que suele escuchar las últimas noticias, Francisco Reynoso, el dueño del alojamiento, dice que la Almita, “al parecer, era muy jovencita”, que la mataron con saña, que nunca apareció su cabeza.

—Sus restos los metieron en un ataúd y los llevaron desde la morgue hasta el cementerio. Los enterraron sin identificar: sin nombre ni apellidos. Eso nos conmovió a todos. Y comenzó a llegar gente a ponerle velas y flores.

Francisco Reynoso, más conocido como Pancho, tiene 67 años, las cejas pobladas, una prominente calva y voz aguardentosa y grave. Viste una camisa de manga corta con cuadros y los primeros botones abiertos, guarda una llave de hotel en su bolsillo izquierdo y dice que Yacuiba ha cambiado, pero que a pesar de lo que le pasó a la Almita no podría decirse que sea una ciudad violenta, que crímenes no hay demasiados. Según Reynoso, en 1968 Yacuiba tenía 14,000 habitantes y la mayoría subsistía gracias a las labores agrícolas. Por aquel entonces, las calles eran de tierra. Un hombre que manejaba una máquina para hacer hielo proveía de energía eléctrica a algunas viviendas hasta las once de la noche; a partir de esa hora “había que arreglárselas con lámparas a querosén y mecheros”. En 1976 había ya 25,000 habitantes, y empezaron a llegar migrantes de otras ciudades: de Oruro, Santa Cruz, Sucre, La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija.

—El pueblo progresó y el progreso, como ocurre siempre, trajo bienestar y perjuicio —dice el dueño del hotel París.

En 1991 fue el despegue definitivo.

—Entró mucha plata de los argentinos. Se construyeron centros comerciales y se crearon fuentes de trabajo de la mano de las petroleras.

Y en 2002 asesinaron a la Almita Desconocida.

Por aquel entonces, ya se sentían los efectos de la presencia de grupos ligados al narcotráfico: en 2001, hubo un promedio de más de 12 homicidios por cada 100,000 habitantes; el promedio subió a 13.6 en 2004; en 2011, la zozobra se instaló en algunos barrios de la periferia, los intentos de homicidio se multiplicaron y la ciudad apacible que relata Francisco Reynoso parecía no serlo tanto. Y ese mismo año el periódico El Tribuno de Salta, la provincia argentina al otro lado de la frontera, catalogó a Yacuiba como uno de los lugares más peligrosos de Bolivia. A pesar de la mala prensa, cuando se camina por sus avenidas no se siente ninguna sensación de riesgo. Las construcciones son bajas, de una o dos alturas. Sus calles más emblemáticas están protegidas por arcos que regalan un poco de sombra. Y los vecinos todavía se saludan cuando coinciden en la puerta de un banco o en el mercado. El problema, según Reynoso, siempre ha sido la frontera. Los casi 40 kilómetros que hay de frontera alrededor de Yacuiba son una mera formalidad: una línea imaginaria traspasada a diario por los contrabandistas, además de la puerta de entrada de la mayor parte de la cocaína que circula por Argentina.

Aquí, en Yacuiba, hay quienes piensan que entre los narcos locales algunos se encomiendan a la Almita Desconocida antes de transportar un alijo importante. Pero a pesar de su fama, y trece años después del asesinato que la hizo protagonista de una devoción, su historia es aún una gran incógnita.

Algunos dicen que tenía 12 años; otros, que 13, 14, 15 o 16. Se cree que era una “mula”, una “tragona” que había atiborrado su estómago de cápsulas rellenas con cocaína. Algunos sostienen que fue víctima de un ajuste de cuentas, que la cortaron por venganza con una motosierra. Otros, que la interceptaron los sicarios de un grupo rival para hacerse con la droga que llevaba en los intestinos. Y no faltan los que aseguran que su cuerpo fue cercenado por un psicópata transfronterizo.

Hasta el momento, lo único cierto es que la encontraron muy cerca de las vías del ferrocarril y de la terminal de autobuses, dentro de bolsas de nailon, cortada en partes —primero encontraron las partes del tronco hacia abajo y, después, las partes del tronco hacia arriba—. Hasta el momento, lo único cierto y comprobable es que su tumba está repleta de plaquetas de agradecimiento.

***

Almita Desconocida
No sé ni quién fuiste
ni quién eres, ni cómo
te fuiste de este mundo.
Pero gracias de todo corazón
por los deseos concedidos

 ***

La placa tiene una fecha: 17 de enero; una firma compartida: Edu y Panchis; y un año a medio grabar que parece ser 2008. A su lado, hay decenas de inscripciones similares:

“Gracias, Almita Desconocida, por los milagros recibidos y por recibir”, “Gracias por los milagros concedidos y por concebir”, “Acudí a ti en un momento difícil, me recibiste y me ayudaste. Gracias te doy de corazón”. Algunos mensajes parecen cifrados: “Gracias por los favores obtenidos y por otros que vendrán. M + M = Y. Yacuiba, noviembre de 2012”. Algunas plaquetas tienen forma de Biblia y otras están adornadas con vírgenes, rosas o espigas. En mitad de todas hay un reloj de pared que siempre marca la misma hora: las seis y media. También hay un tacho metálico para la basura, varias bancas de piedra y un par de jarras de cerámica que fueron donadas por los Oropeza, una familia de emprendedores que cree que la Almita es responsable de la buena marcha de su restaurante. Cada jarra está repleta de hojas de papel, dobladas: hojas de color blanco, hojas cuadriculadas, hojas con el borde semirraído. Y cada una de las hojas suma un pedido relacionado con la salud, el amor, la venganza, la desesperación o el dinero.

—Aquí vienen hasta colegiales con sus libretas de notas para no repetir curso —dice Juan Casazola, el empleado más antiguo del cementerio, un tipo canoso de 70 años con algo de barba, un lunar en cada moflete y abundante cabello, un hombre con dolencias varias, que sueña con una jubilación que no llega porque alguien se confundió al poner su fecha de nacimiento en el carnet de identidad, que mata el tiempo esperando muertos.

Aquí Casazola hace de todo: vigila, es panteonero, orienta a los vivos y organiza entierros, y de vez en cuando hace memoria para contradecir a los que aseguran que la Almita era un pedazo de carne sin cabeza, un personaje siniestro, como de novela negra.

—Sus restos habían sido mordidos por los perros y ya no había intestinos, eso sí, pero la cabeza estaba, claro que estaba, aunque en mal estado —recuerda Casazola.

Luego me dice que el entierro fue a principios de agosto de 2002 y que tuvo dos actos. Primero, él mismo sepultó el contenido de una de las bolsas: las piernas. Aquel día —según él—, una señora que decía que la Almita era su hija desaparecida se preocupó de los detalles del cortejo fúnebre —sin saber que semanas más tarde su hija aparecería viva—. El periódico El Deber de Santa Cruz de la Sierra dio cuenta además de una escena surrealista, protagonizada por padres cariacontecidos que iban en procesión al cementerio con zapatos en la mano para ver si el tamaño de los pies de la joven asesinada coincidía con el de los pies de sus hijas perdidas. Y media semana después del primer hallazgo apareció la segunda bolsa con la otra mitad del cuerpo. Casazola desenterró el cadáver y se esmeró por armar bien todas las piezas, como si fuera un niño ansioso por resolver correctamente un rompecabezas.

Entre los devotos de la Almita Desconocida hay comerciantes, licenciados, empresarios y desempleados. Algunos de ellos vienen con muletas o en silla de ruedas. Y también hay vagabundos y ladronzuelos. Casazola dice que algunos se roban las placas, los cigarrillos, las botellitas de alcohol y hasta el agua de los floreros. Después, me muestra las cadenas que protegen algunos de los adornos.
Y luego se ofende cuando le recuerdo que algunos le dicen pichicatera (drogadicta).

—Eso es mentira. A ella la mataron de muy mala manera. Pero, por Dios, era una niña. ¿Qué mal podía haber hecho? Que Dios castigue a los que se burlan de ella. Nosotros no sabemos lo que le pasó. No deberíamos ser ni juez ni parte.

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Yo no puedo negarle a nadie una misa.

A pocas cuadras de la plaza principal, en la parroquia de San Pedro de Yacuiba, en una habitación situada tras un mostrador muy similar a los de las oficinas de correos, el padre Victorio da Silva —50 años, cuerpo macizo como el de un pívot de baloncesto— dice con voz de tenor que él únicamente rechaza misas en honor a la Santa Muerte, que no puede negarle misa a nadie más, ni siquiera a la Almita.

—Aquí casi todos los días viene alguien a hacer anotar misa por ella. Cuando llegué a Yacuiba, pensaba que la gente era muy misericordiosa y quería pedir por todas las almitas que fueron sepultadas sin que nadie las reconociera. Pero luego me contaron la historia del cementerio y me di cuenta de que esas misas por La Desconocida eran para esa jovencita que asesinaron años atrás, para una sola almita. Acá nosotros no tenemos prejuicios. Estamos hablando de una difunta muy querida por muchos. Y mientras no me pidan un altar para ella en la iglesia no me hago problema.

El cura ríe y señala hacia un turril enorme con agua bendita.

—Los que vienen a la parroquia también se llevan mucha agüita de ésta. Acá la fe se mezcla con el paganismo y eso provoca devociones extrañas.

En Bolivia, los altares semiclandestinos están a la orden del día, y las creencias, a menudo, están salpicadas de cierto exotismo. En Vallegrande, las “Viudas del Che” le suelen hablar a la fotografía del revolucionario para que las cuide y las acompañe. En el reducto cocalero donde se hizo fuerte Evo Morales antes de ser presidente, un curandero que leía cartas y vestía de forma impecable cuando estaba vivo ahora es conocido popularmente como San Jailón —término utilizado para definir a un sector adinerado de la población que presume de su condición económica—, y es venerado, sobre todo, por gente con vínculos con el narcotráfico. En el cementerio General de Tarija, los “favores” son concedidos por dos asaltantes que fueron ajusticiados en 1978. Y en una habitación de La Paz forrada con papel de periódico hay más de una docena de calaveritas “milagrosas” que tienen tantos “clientes” como una buena carnicería.

—La mentalidad mágica y supersticiosa es apabullante —dice Da Silva—. Y es casi imposible luchar contra eso.

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Que levante la mano el que no sea narcotraficante.

En la parroquia San José de Pocitos, situada en una plaza muy cerca de la frontera, otro cura, Anselmo Alfaro —30 años, ojos marrones, facciones andinas—, habla del carácter de uno de los sacerdotes que le precedieron:

—Fue hace tiempo. Cuentan que un día que estaba muy cansado por tantas cosas malas que ocurrían se paró en la prédica y les dijo a los feligreses algunas barbaridades: “A ver, que levante la mano el que no sea narcotraficante. Aquí está oliendo a azufre…”

Anselmo Alfaro dice que no sabe si levantaron la mano muchos. Tampoco sabe con exactitud lo que pasaba antes en barrios como Pocitos. Y reconoce que hace tres años —cuando se instaló en la zona— tenía miedo.

—Por las cosas que había leído. Por lo que había escuchado. Asaltos, narcotráfico, ajustes de cuentas. Pero luego conocí a la gente y vi que no era para tanto. Claro, uno escucha comentarios, sí. Y a veces, por la falta de empleo, algunas personas caen en lo ilícito.

Cuando le pregunto si entre los devotos de la Almita Desconocida hay “narcos” y contrabandistas, duda:

—Por lo que yo sé, los seguidores de la Almita piden por su negocios y por sus familias, por esas cosas. La mayoría acá es gente muy sana. Es lo que podría decirte.

La realidad, en ocasiones, lo contradice: “Mata a su madre con 18 puñaladas” (El Deber, septiembre de 2015), “Asesinan a un joven en pleno día con seis balas” (Correo del Sur, febrero de 2015), “Hija contrata a dos sicarios para matar a su padre” (El País, octubre de 2014), “Planificaron un triple homicidio para quedarse con un cargamento de droga (La Nación, marzo de 2013), “Acribillaron de 18 balazos a un joven” (El Tribuno, enero de 2013), “Prenden fuego a un periodista boliviano” (Diario Correo, octubre de 2012), “Yacuiba, tierra de nadie” (Diario Andaluz, septiembre de 2012), dicen los titulares, todos en relación a esta ciudad que, por periodos, es como un dragón que duerme.

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El día de su aniversario le llevan mariachis y tortas.

La farmacéutica Ana María Andrade tiene 59 años y no es de Yacuiba, pero ya lleva más de 20 años viviendo en el barrio de Pocitos, donde la conocen como doña Victoria.

—Me dicen Victoria por mi madre. Así se llamaba ella.

Son las doce menos diez de una mañana soleada. Ana María tiene la pinta de una empleada antigua de un ministerio —lentes elegantes, blusa floreada— y lleva varios minutos suspirando y poniendo inyecciones en la trastienda de su farmacia.

—En esta época hay mucho enfermo por culpa de los mosquitos. Pero hoy todos han llorado con los inyectables —se queja.

Ana María habla con una voz quebradiza (como si te contara un secreto) y cree fervientemente en los “poderes” de la Almita. Se escapa a su tumba cada vez que puede y, pese a que está rodeada de medicamentos, suele pedirle por su salud y la de los suyos.

—Si vas con fe, todo te cumple —asegura—. Ella fue una mártir y es muy milagrosa. El 9 de agosto es su aniversario. Ese día su tumba se llena de gente y le llevan trago, tortas grandes y pequeñas y hasta mariachis para dedicarle una serenata.

Según Ana María, en Pocitos hay decenas de seguidores de “la descuartizada”.

Y, también, atracos.

—Yo me suelo recoger temprano, digamos que a las ocho o nueve, porque a partir de la una o dos de la madrugada es mejor no estar en la calle. Hay que cuidarse. Aquí es mejor no ver ni escuchar nada.

Aquí es mejor decir, aunque te pregunten, que no has visto ni escuchado nada.

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Tenía la pintura de uñas intacta.

El mercado central de Pocitos se instala todos los sábados en una vía ancha que de lunes a viernes amanece repleta de camiones que quieren cruzar a la Argentina y es una sucesión de toldos y plásticos transparentes o verdiazulados; una seguidilla de carteles y precios; un bazar lleno de objetos —frazadas, dvd, poleras, carteras, cafeteras, sandalias, juguetes—; y una sucesión de comercios con rejas metálicas. Al final del mercadillo hay un puente y un río estrecho de aguas marrones; al frente del puente, una aduana y la población argentina más cercana: Salvador Mazza. Donde empiezan los primeros puestos de venta, dentro de una galería comercial, Mery Chavarría, una mujer de mediana edad que vende disfraces, máscaras y objetos de cotillón, dice que, cuando la encontraron, la Almita tenía la pintura de uñas intacta. Que eso significa que no llevaba muchas horas muerta. Por la noche, Franco Centellas, un periodista de 40 años que trabajó durante una temporada como taxista, repite una de las versiones más difundidas de la historia: “La mataron por un asunto de drogas”. Él está convencido de que los que empezaron a rendirle culto eran delincuentes. Y dice que por los caminos que atraviesan la frontera pasa de todo, hasta pasta base. Según Centellas, el último caso sonado fue el de las narcocisternas, involucró a varios vehículos de la empresa boliviana Creta SRL en 2015 y acabó con la detención de José Luis Sejas, su dueño, por tráfico de cocaína.

Cuando trabajaba como taxista, Centellas llevaba a veces a sus clientes hasta el cementerio, hasta la tumba de La Desconocida.

—Uno de ellos era el dueño de un restaurante. Otros no sé a qué se dedicaban.

Por aquel entonces, otra visita asidua de cierto tipo de clientela era a una suerte de brujo que se encargaba de que los gendarmes no detectaran la droga en la frontera.

—Y decían que les funcionaba, oye.

Durante la temporada seca, la cocaína suele pasar a Argentina en avionetas. Y durante la de lluvia, el narco recurre al tráfico hormiga: introduce la droga a través de caminos secundarios que nadie vigila, echando mano de jóvenes que viven en los barrios próximos a la frontera.

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La mataron por un ajuste de cuentas.

Después de lamentar los estragos de un vendaval que hizo caer más de 200 árboles hace algunos días, un taxista con polera azul sin mangas, los brazos gordos y mirada esquiva, dice mientras conduce hacia el centro de Yacuiba que es cierto que a la Almita la mataron por un ajuste de cuentas, que él andaba entonces metido en cosas de ésas y que conoce. Después me pregunta a qué me dedico. Cuando le digo que soy periodista, me mira desconfiado, y no vuelve a mencionar nada acerca de la Almita en todo el trayecto.

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Antes de descuartizarla, la torturaron.

En un condominio de Yacuiba situado en una calle donde antes había una morgue, en un despacho prolijo, el columnista Esteban Farfán, un polémico personaje de nariz ancha y 40 años que no se calla nada, dice que a la Almita, antes de descuartizarla, la torturaron, que lo suyo fue seguramente por algún pleito entre bandas.

—Así eran los crímenes aquí hasta hace algún tiempo, como en México.

Según Farfán, la violencia se nota más en determinados círculos, en las zonas rojas, en lugares como Pocitos, África o Barrio Nuevo en Yacuiba, o el Sector 5 en Salvador Mazza, en la Argentina. Y casi siempre tiene que ver con el narcotráfico.

—A un muchacho de unos 27 o 28 años que comenzó vendiendo sándwiches en una esquina, que se hizo millonario enseguida, que tenía una cancha de futbol muy linda y muy bien iluminada, lo asesinaron muy cerca de la plaza principal de la ciudad con un arma automática. Y pasó algo parecido con una señora que también apostó por la plata fácil. A ella la balearon mientras lavaba su camioneta —cuenta con el tono sosegado de un profesor, como si estuviera habituado a reconstruir escenas como éstas en su cabeza.

Él se apellidaba Soliz. Ella se llamaba Felicidad.

—Pero hace mucho que no sabemos de ajustes de cuentas —añade.

En otra época, Yacuiba vivía en permanente duelo. A finales de agosto de 2010, el periodista César Esteves le dijo al diario Los Tiempos de Cochabamba que los muertos por ajustes de cuentas a menudo permanecían en el anonimato, e insinuó que a los medios sólo se filtraban los casos sonados. Por aquel entonces, Esteves, que se hacía cargo del área de seguridad del periódico local El Chaqueño, también recordaba que, en ocasiones, las fotografías de los baleados eran tan crudas que prefería no publicarlas.

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Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…

Junto a la tumba de la Almita Desconocida, sobre una gran urna de cristal cerrada, hay un afiche con los datos de una joven desaparecida: “Dayanna Algarañaz Hurtado. Desaparecida desde el sábado 20/06/2015. Piel canela. Edad: 20 años. Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…” El anuncio viene acompañado de dos fotografías de medio cuerpo, a color, y de un par de números de celular de miembros de su familia.

Por teléfono su padre dice que desapareció en la ciudad de Santa Cruz. Que aún no tienen pistas sobre su paradero. Que imprimeron 20,000 volantes para intensificar la búsqueda. Que un amigo les aconsejó colocar uno acá para que la Almita les colabore.

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A mí me concede todo lo que le pido.

El cementerio Divina Paz de Yacuiba es más conocido como San Gerónimo por los vecinos. Tiene un muro alto para evitar los robos nocturnos, un vigilante con sueldo de la Alcaldía y un horario estricto de atención al público: de ocho a doce en la mañana y de tres a siete por la tarde. Pero no siempre fue un fortín apacible rodeado de árboles. Cuando lo fundaron su perímetro era resguardado únicamente por alambre que no resguardaba nada. En cuanto la Almita ganó adeptos, la peregrinación de borrachos se hizo constante, y muchos de ellos se quedaban junto a su tumba hasta la madrugada. Poco a poco, los nichos le fueron ganando terreno a los espacios vacíos. Se construyó el muro y, así, el cementerio se volvió más seguro. La tumba de La Desconocida empezó a recibir gente todos los días y algunos devotos se organizaron para rendirle tributo los lunes: día de las ánimas según el cristianismo.

Son las tres y diez de la tarde del primer lunes de marzo y un hombre con un ramo de flores en cada mano se inquieta y comienza a lanzar exabruptos sin destinatario fijo:

—Viene uno a las tres y esto aún está cerrado. ¡Váyanse a la mierda! —grita.

Veinte minutos después, la tumba de la Almita Desconocida está sitiada por sus seguidores. Una mujer echa un chorrito de alcohol puro donde la enterraron y luego se frota los brazos con el alcohol. Otra espolvorea el cemento con hoja de coca. Tres transportistas que beben vino en vasos de plástico recuerdan a un cuarto que hizo fortuna tras armar un altar en su casa con una fotografía de este rincón del cementerio. Dos mujeres con delantal se plantan frente a algunas de las plaquetas de agradecimiento y rezan, y luego una de ellas dice que la Almita castiga a los que dejan de visitarla. Una señora me explica el significado de las velas de colores: “Las rojas son para no enfermarse y las azules, para los estudios”. Un hombre mayor con un tatuaje que dice “Lalo” recuerda la historia de un tipo que sobrevivió a un accidente gracias a La Desconocida.

Erlinda Flores es enfermera, y comparte una cerveza con una amiga frente a un repositorio de velas. Lleva una blusa púrpura, zapatos morados y aretes a juego. Tiene 30 años y dice que todo el fenómeno en torno a la Almita empe-zó después de que a la señora que organi-
zó su entierro, “una vendedora de chanchos del mercado campesino que tenía muchos hijos, escalonados, como zampoñitas”, le cambiara la vida.

—Unos meses después del entierro, la señora dejó de vender en el mercado y parece que reunió un buen capital. Porque luego mandó a una hija a España. A otros, la Almita les hace ver cosas en sueños. Y yo le hablo.

Erlinda le ha contado a la Almita toda su vida: cómo fracasó con sus primeras parejas, cómo sufrió cuando quedó embarazada en la adolescencia, lo sola que se sentía cada vez que sus planes no funcionaban. Le ha pedido castigo para los hombres que la abandonaron y protección para sus cuatro hijos.
Y trata de venir cada lunes para que no se enfade.

—A mí me concede todo lo que le pido —dice—. Cuando vivía de alquiler sufría porque los caseros llamaban la atención a mis niños y ahora ya tenemos un espacio propio y no tengo que aguantar a nadie. Mi nueva pareja es un amor de gente. Y a mi hija, cuando tenía ocho años la Almita le salvó la vida, un día que se metió una gasa por la nariz mientras estaba jugando. Tenían que operarle de emergencia muy lejos de aquí, en la ciudad de Santa Cruz, un otorrino, y de repente apareció un amigo con su auto, de la nada, y me la llevó hasta el hospital a cambio de la gasolina. Luego, yo perdí mi trabajo y la Almita me consiguió otrito. Siempre ha sido buena conmigo.

En 2008, en Salvador Mazza —la ciudad argentina al otro lado de la frontera— apareció un cadáver con una historia muy similar al de La Desconocida. La muerta tenía 16 años y también la abandonaron cerca de un vía férrea. La habían violado, torturado, le habían extraído las vísceras, la habían cortado en pedazos y habían arrojado sus despojos a un pozo ciego. Gracias a la ropa —una pollera de jean azul y una musculosa clara— y a una cicatriz que su madre reconoció en la pierna izquierda, se supo que la víctima se llamaba Fernanda Ruiz, y aunque el crimen se consideró el más cruel de la historia de la provincia, la víctima no generó devociones en el cementerio local. Quizás porque es más fácil compartir las aflicciones con un cuerpo sin nombre y sin apellidos.

En el cementerio de Yacuiba, la gente le habla a la Almita en voz muy baja, entre susurros. Los arreglos florales que le dejan cuestan menos de un dólar. La última novedad son unas estampitas en blanco y negro, con una breve oración, que diseña un devoto y que le permiten ganar un poco de plata extra en sus ratos libres.