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Tiempo muerto

Publicado: 7 marzo 2017 en Verónica Ocvirk
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Son las once de la mañana. Andrea, paciente, llega al Hospital Italiano quince minutos antes de su consulta. Y se sienta a esperar. Ya esperó bastante a que llegara ese día, cerca de tres meses. El tema –dice- es que hay que llamar y llamar para que abran las agendas, porque solo dan turnos para los tres meses siguientes. El desafío es tratar de “entrar” ni bien eso ocurre, ya que los turnos se agotan enseguida y entonces hay que esperar otro mes más, hasta que vuelvan a abrirlos. Y así. Pero ahora ya está, ya consiguió su cita y 90 días después está sentada en la sala de espera. Piensa que es muy interesante el sistema que implementó el Italiano, con televisores donde aparecen el nombre del paciente, el número de consultorio al que debe ir y la hora a la que fue llamado. En la pantalla van quedando los registros, nueve o diez pacientes. Entonces Andrea se la pasa haciendo cálculos: cuál es el consultorio que llama más rápido, cuál no está llamando, cuando tiempo demoran por paciente. Pregunta cuánta gente tiene adelante y se pone a sacar cuentas, además de estar muy atenta a que no la salteen mientras saca raíces ahí en su silla. De pronto se le viene la imagen de las interminables esperas que hace años soportó en esa misma sala cuando sus tres hijas eran chicas. Tratando de entretenerlas para que no se desmadren. Llevándoles la merienda. Y atajando a la bebé, que gateaba y se arrastraba por todos lados. Qué estrés. El hecho de saber que tenía que ir a controlarles la ortodoncia, una cosa de cinco minutos para la que podía llegar a esperar hora y media, le provocaba tremendos nervios. Ahora que está sola se saca un capuchino de la máquina y trata de considerar a ese lapso como un parate. Siempre dentro del marco de lo posible, porque uno vive sin tiempo y corriendo por el laburo; el de ella ahora condensado en los correos y las llamadas perdidas que le caen cuando por fin logra salir, una hora y media más tarde, cuando el reloj marca ya las 13.30.

El relato de Andrea no tiene nada del otro mundo. Quienes son jóvenes y sanos tal vez no lo adviertan. Pero quienes sufren de cualquier afección grande o pequeña (o creen que la sufren, lo cual viene a ser casi lo mismo), o tienen a sus padres grandes, o son ellos mismos padres, seguro saben de lo que estamos hablando: hace décadas que enfermarse en la Argentina implica empezar a vivir una especie de vida aparte y no solamente por el dolor, el ardor, la molestia, la ansiedad, la falta de sueño, los nervios tensos. En ese mar que es la medicina la vida se ve de pronto sumergida en un calendario opresor en el cual hay que esperar para todo. Y así el paciente, con su relato y sus papeles, se convierte en alguien que está solo y espera. Espera en el teléfono para hacerse de un turno;espera semanas –en algunos casos meses- para que esa cita se concrete; espera al médico en la sala de espera (lo que constituiría la espera núcleo, la más básica); espera para tener la orden, para autorizar la orden, para que le vuelvan a redactar la orden; espera para hacerse el estudio y por el resultado del estudio; espera por el reintegro; y por la prótesis; espera por la historia clínica que tiene que adjuntar al expediente para que le cubran la práctica; espera por el informe de la radiografía; o por un medicamento que justo está en falta; espera en el laboratorio y también espera con fe, pero más que nada con incertidumbre, por la fecha de una cirugía.

No se trata solo de una cuestión de pobres; la clase media y los ricos también esperan. Claro que para los primeros es peor, porque los hospitales y centros de salud públicos no suelen dar turnos telefónicos y entonces el pobre tiene que acercarse hasta allí a las cinco de la mañana y hacer cola durante una, dos horas, a la intemperie. Luego,otras más bajo techo para recibir atención, o a veces, apenas, concretar una cita. Pero las clases medias y altas, aun con sus turnos, también se pasan horas y horas en unas salas probablemente más bonitas y cómodas, con láminas de Claude Monet enmarcadas, viejas revistas de chimentos y servicio de sparkling.

¿Por qué esperamos tanto? ¿qué respuestas tienen para dar la comunidad sanitaria y los propios médicos? Existe un término muy argentino para definir las esperas prolongadas: es “amansadora” y guarda también un matiz disciplinador, porque amansar es volver manso a un animal salvaje quitándole su bravura natural. Los significados y los sentimientos que se ponen en juego en el acto de esperar hacen pensar que detrás de una aparente cuestión de horarios asoma a la vez una lección de subordinación, una conexión fina entre espera y reverencia en la cual la propia palabra “paciente” puede resultar reveladora.

Con el brujo no

Son las cinco de la tarde y el médico ya debería estar atendiendo en su consultorio particular. En la minúscula sala de espera casi no quedan asientos disponibles. Unos y otros miran la hora, se miran entre ellos, miran hacia la puerta, alguno que otro resopla fuerte. Y en eso, uno se atreve, se levanta, se acerca a la secretaria y empieza a decirle que cuándo va a venir el médico, que lleva más de una hora ahí, que al fin y al cabo para qué dan turnos. Los demás aprueban en silencio. La secretaria encoge los hombros y explica que al doctor se le presentó una situación impostergable, que de todas formas está llegando. Al rato,efectivamente, llega, y en su paso hacia el consultorio intercambia una mirada con el que había increpado a la secretaria, a quien reconoce de consultas anteriores.

—¿Qué tal? -interpela.
—Muy bien, doctor, faltaba más, gracias por preguntar—dice el paciente.

Cualquier rastro de enojo ha mutado en pleitesía.

El sociólogo Javier Auyero analizó a fondo las filas de espera en diferentes dependencias del Estado, y se refiere a la manipulación del tiempo como una dimensión simbólica donde se produce una negociación de poderes, derechos y vulnerabilidades. “La dominación opera cuando unos se rinden ante el poder de otros y se vive como un tiempo de espera: esperar con ilusión primero y luego con impotencia que otros tomen decisiones para, en efecto, rendirse ante su autoridad”, se lee en su libro Pacientes del Estado.

Paciente es alguien que espera para ser atendido por un profesional de la salud y paciente se le dice, también, a quien tiene paciencia. Pero estas acepcionesno son tan diferentes. La misma persona que resopla en la cola del banco, o que reprende a los gritos a la gente del servicio técnico porque lleva tres cuartos de hora sin internet, se rinde ante el médico.

El Barómetro de la Deuda Social Argentina contabilizó en 2013 la cantidad de personas que dijeron haber esperado más de una hora para recibir atención sanitaria. El promedio del país fue el 45 por ciento, con diferencias entre Gran Buenos Aires (53 por ciento) y Ciudad de Buenos Aires (26 por ciento). Por otro lado, el trabajo Opinión de los usuarios de Salud en la Argentina, en el que Rodrigo Lugones y Federico Tobar presentan los resultados de un conjunto de estudios de opinión pública realizados entre 2011 y 2013, advierte que el 48 por ciento de los consultados esperaron al médico entre media hora y una hora y el 15 por ciento más de una hora. No obstante el estudio señala que los habitantes de este país suelen tener un alto nivel de satisfacción con respecto al sistema de salud en general, a su funcionamiento y a lo que juzga como la figura central del sistema de salud local: el médico argentino. “Mi tesis es que la gente no espera ser atendida en forma rápida”, explica Tobar, para quien la espera larga en los servicios de salud está más que naturalizada: está legitimada. “Es un requisito en la construcción social del paciente. El paciente tiene paciencia, el usuario no. Un usuario puede reclamar y con eso se perdería el contrato básico de nuestro modelo de salud, que es la asimetría de poder entre el médico y el sujeto de cuidados”. El paciente no sabe lo qué le pasa, ni qué le van a hacer, debe entregar su cuerpo y su voluntad a un grupo de profesionales y a una institución. En el momento que recibe atención sanitaria es confrontado con un conjunto de reglas de interacción. Algunas son explícitas (como el consentimiento informado que el individuo firma antes de un procedimiento que involucra cierto riesgo clínico), pero la mayoría de las veces esas reglas son tácitas. “La aceptación de esas reglas convierte al usuario en paciente”, marca el consultor internacional en salud e investigador del CIPPEC.

Para el experto en el ejercicio moderno de la medicina hay un modelo aceptado del médico como una eminencia despiadada y omnisapiente: es el arquetipo del Dr. House. Por eso los hospitales están llenos de médicos a los que les dicen House, porque es lo que todos quieren ser, un profesional reconocido por su amplísimo conocimiento y capacidad para diagnosticar y prescribir, pero que no tiene por qué rebajarse a la calidad de ser humano y dar explicaciones. La prueba más clara de eso –dice- es el sobreturno: “No existe ninguna otra práctica liberal moderna donde exista el sobreturno. Pedile a un abogado, a un contador, que te den unsobreturno. Sin embargo, los médicos no quieren ceder el turno. Eso sería peor a que les digan cómo tratar al paciente, porque el control del turno tiene que ver con el control de la práctica médica”.

En este punto las opiniones tienden a coincidir: los médicos son profesionales con tanta libertad que resultan inmanejables. Y como para contribuir aún más a ese agigantamiento, la sociedad les atribuye un poder similar al que antes se otorgaba a los sacerdotes o chamanes. Un médico puede no ser Maradona, Messi, ni Mick Jagger. Pero el reconocimiento que recibe a nivel micro es impresionante.

Apaguen los relojes

¿Por qué los hospitales públicos no funcionan a la tarde? Según Hugo Spinelli, médico y Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, una buena parte de los profesionales que tienen que cumplir ocho horas diarias llega a las nueve de la mañana y se va a las dos horas. Y el director puede poner turno tarde, pero los médicos no irían: es imposible hacerles cumplir el horario. “Si vos sos dueño de un cine – explica-tenés todo como un relojito y si querés hasta lo podés controlar desde Miami. Pero en un hospital esa idea que tenemos de una pirámide conducida desde arriba no funciona. De acuerdo a Spinelli la práctica médica se mueve por fuera de lo que es el modelo industrial y entonces el poder no está en la cúpula, sino en la base. “El médico es el shamán de la tribu, el que tiene el poder. Entonces, ¿cómo se cambia esa correlación de poder? ¿Empoderando a la gente? Sí, pero solo en parte, porque la gente le teme al brujo de la tribu. Si pensamos el problema con una lógica industrial, fallamos. La propia naturaleza del juego y la autoridad que se les concede a los profesionales de la salud hacen que la pirámide clásica mute”, reflexiona.

El profesor de Economía de Princeton Alan Krueger narraba hace un tiempo en el New York Times que un amigo suyo, tras aguardar al médico más de una hora, se plantó frente al doctor y le presentó una factura por el tiempo que había perdido. Krueger argumentaba que el tiempo invertido en las salas de espera debería ser calculado de acuerdo al costo de oportunidad e imputado luego al gasto total del sistema sanitario.

Lo que a Krueger se le pasó por alto es que la asignación de una duración a las consultas médicas es siempre imperfecta. No es como un turno de peluquería en el cual minutos más, minutos menos, se puede estimar cuánto va a durar.

Es cierto que gran parte de la sociedad funciona sobre la base de una impronta industrial de tiempos, de regularidad y productividad. Pero en medicina el trabajo bien hecho es artesanal. Nunca se sabe cuánto puede durar una consulta, ni si es grave lo que el paciente padece, o si este es introvertido, tartamudo o hipocondríaco. Se trata de un juego abierto, fortuito y atravesado por cuestiones tan pesadas como la vida, la muerte, el dolor, la angustia de la enfermedad. Algo que con el peluquero, evidentemente, no pasa.

Carla sufrió hace un tiempo de síndrome de ojo seco y la pasó bastante mal, no solo por la molestia del caso sino porque dio muchas vueltas por muchos consultorios donde nadie terminaba de saber que le pasaba, y mucho menos cómo podía mejorar. Las esperas se volvieron interminables, y como tenía los ojos adoloridos no leía, no usaba el teléfono; Carla no hacía más que esperar. Además los turnos con los especialistas podían demorar hasta seis meses mientras se sentía tan sola luchando con todo eso que le pasaba, y encima con la burocracia. Hoy está convencida de que uno debe buscar respuestas hasta que encontrar un profesional que además de tener el conocimiento, muestre también la calidez suficiente como para manejar situaciones así. Como ese oftalmólogo que la tranquilizaba y hasta llegó a abrazarla una vez que rompió en llanto.

El producto de la medicina no es tangible: es la palabra, que construye realidades con solo hablar. “El médico dice algo y el paciente se puede reír, angustiarse, saber que le queda una semana de vida o que está sano. ¿Y qué hizo como trabajador? Habló. Por eso también los profesionales de la salud son tan difíciles de manejar y controlar. Es muy fácil mentir. Y entonces hay que dar un acto de fe, incluso entre pares”, advierte Spinelli. Y concluye: “Por supuesto que debemos condenar el abuso que el médico hace de ese tiempo imponderable y de esa enorme libertad. Pero tampoco alcanza con poner un reloj. No se trata de eso”.

La soledad del paciente

Las esperas –decíamos- no son todas equivalentes. Recorrer el Hospital Fernández de Buenos Aires por la mañana permite formarse una idea bastante acabada de cómo es esa espera para quienes no acceden a una obra social o prepaga: gente por todos lados, poco personal a quien preguntarle algo, muletas, sillas de ruedas y cantidad de niños en un lugar triste, gris y no demasiado limpio. Algunos miran las pantallas con TN, muchos bostezan, otros conversan sobre enfermedades, uno va lentamente quedándose dormido. Donde más se advierte el contraste con las clínicas privadas es en las salas de espera de pediatría. Claro que también están abarrotadas de chicos, pero además de climatizadas y limpias las privadas suelen estar pintadas de colores, tienen mesitas y sillas de tamaño infantil y una serie de juegos como para que el tiempo de espera sea un poco más llevadero.

“Las esperas difieren de acuerdo al subsector: prepagas, obras sociales y sector público. Difieren en cantidad de tiempo y calidad. Pero todos esperan, lo que pone de manifiesto lo que llamamos barreras de acceso de tipo administrativo, además de las financieras, geográficas y culturales, lo cual termina produciendo que llegar a una atención oportuna y sin padecimientos, más allá de los propios de cada patología, sea casi un milagro”, dice Gabriela Hamilton, magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social y Profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Según explica, en algún momento los servicios de salud dejaron de pertenecer a los pacientes: “Los trabajadores de la salud nos apropiamos de ellos atendiendo en el horario que nos conviene, así los hospitales están atestados por la mañana y completamente vacíos a la tarde y la noche, cuando solo funcionan las guardias”. Tanto pobres como ricos, cuando son pacientes, se encuentran bastante solos. Unos peregrinando por hospitales y salitas, otros recorriendo sin demasiadas guías a los profesionales que le ofrecen sus enormes cartillas de especialistas.

Algunos países tienden hacia un modelo de cuidados continuos e integrales. Cuando se logra que el cuidado del paciente sea permanente y no episódico, y cuando la responsabilidad por ese cuidado no está fragmentada sino que es integrada, se rompe en parte con esa asimetría de poder, porque la persona tiene entonces un médico de confianza.Un médico que conoce a su paciente es capaz de conversar con él, y es fundamental porque el vínculo producido a partir del diálogo puede reducir estudios, medicamentos, interconsultas con especialistas y por supuesto: también esperas. El profesional podría resolver temas menores por teléfono y no por evadir la consulta, sino todo lo contrario: porque conoce a su paciente, su historia, a su familia, incluso su casa. ¿Qué médico va hoy a la casa de las personas a las que atiende?

Según Tobar, Buenos Aires tiene más médicos, más camas hospitalarias, más resonadores y más tomógrafos que cualquier otra ciudad de todo el continente. Lo que hace falta es compromiso de modificar el modelo de atención, y a partir de ahí modificar el modelo de gestión. Reconoce que para eso a los médicos hay que pagarles de otra forma, asignarles población y combatir el pluriempleo. Un día habitual en la vida de un médico puede llegar a ser un intrincado tetris de atención de consultas externas en el hospital, la guardia, incluso guardias en ambulancias, y los pacientes particulares de aquí y de allá. Eso también provoca que sea usual que lleguen a tarde.

Mientras los minutos pasan entre la ansiedad, la paciencia y esa entrega que es a la vez un poco ingenua y un poco ciega, en esa suerte de rendición provocada por la gran necesidad de algo de alivio, se van tejiendo significados. La espera en los sistemas de salud sigue generando preguntas que convierten a ese tiempo muerto a un tiempo de control social y también de esperanza. En cada clase, y cada edad, la espera parecería ser algo naturalizado, que se da por sentado aunque en ese camino haya miedos, haya angustia y soledad, y una de las tantas falencias del sistema de salu

Tienen 20 años, las sonrisas torcidas y las miradas salvajes. Son doce o quince y te rodean como una jauría de perros flacos, olfateando tu miedo. No llevan polo, sólo shorts y sandalias, tatuajes y cicatrices. Un negrito con pinta de niño remueve una olla de fideos que hierve sobre una cocina a kerosene. Le parte unos huevos encima y echa sal.

Otro, más alto y atlético, que parece el líder, te pregunta la edad y de dónde eres. 22 años. De Magdalena. Explotan en carcajadas. No, acá no hay nadie de Magdalena. Ellos son del barrio de Renovación, en La Victoria. Renovación no queda muy lejos de Magdalena del Mar, pero los chicos malos de Renovación no estudian periodismo, como tú. Muchos ni siquiera terminaron la secundaria, ni la primaria. Ellos pescuezean transeúntes para robarles billeteras, carteras, celulares. O paquetean marihuana y cocaína para venderla en las esquinas. O empuñan pistolas y asaltan grifos, pollerías, tragamonedas, hostales, casas de cambio, cambistas callejeros de dólares. O se hacen pasar por taxistas, se desvían de la ruta, recogen a un par de cómplices en el camino y les exigen a los pasajeros a punta de cuchillo que vacíen sus tarjetas en los cajeros automáticos. La mayoría termina en Lurigancho antes de los 20. Los reciben sus papás y hermanos, sus amigos de toda la vida. Los protegen. Les enseñan cómo hablar, cómo caminar, cómo pelear y no hacerlo: todo lo que deben saber para sobrevivir en ese lugar donde frecuentarán a asaltantes de bancos, secuestradores, narcotraficantes, sicarios, entre quienes establecerán contactos. Si demuestran arrojo, los llamarán para trabajar juntos afuera. Al salir serán graduados. Como en una universidad. Volverán, por supuesto, porque de eso se trata: entrar y salir de prisión desde los 20 años hasta que envejecen o hacen plata o mueren en el intento. Los que se plantan son pocos. Pero todos se conocen: aunque hay broncas y muertos, son como una gran familia.

Tú, en cambio, estás solo. Eres solo.

—¿Por qué estás acá? Tienes cara de sano.

El líder, a quien llaman Richard, te mira con lástima con sus ojos de zorro que ha visto mucha sangre. También mira tus zapatillas Adidas, calculando si son de su talla.

No hay platos. Sirven en tápers de plástico. No hay sillas ni mesa. Toman la sopa parados frente a las dos celdas que ocupan en el primer piso. Dos celdas de dos por dos metros para quince reclusos. Hacinamiento, le dicen los periodistas. Ahí nos acomodamos, primo, te dice Richard. Echas un vistazo. Ropa tirada. Fotos de mujeres desnudas en las paredes. Una bombilla tenue. Dos camarotes de tres catres cada uno, catre sobre catre: sus ocupantes apenas cuentan con espacio para moverse y respirar (el de arriba casi toca el techo con la nariz). Después descubrirás que otros reclusos viven solos, con televisión, equipos de sonido, hornos microondas, frigobar. Pero eso será después. Ahora te tragas esa sopa con sabor a engrudo sintiendo que vas a vomitar.

Es las ocho de la noche en Lima. Es verano. Hace calor.

Miras la fila de celdas a los lados, la fila de celdas en los dos pisos de arriba. Todos están dándole a sus cocinas a kerosene. Richard te informa que las autoridades sólo se ocupan de tu alimentación hasta el almuerzo, a la 1 de la tarde. Después tú ves, primo. Luego te enterarás de que, si dispones de dinero, puedes comer en cualquier restaurante de la prisión. En el pabellón que te han asignado esa mañana los burócratas, el 11, funcionan dos restaurantes aceptables. En el 7 y el 9, donde purgan condena los presos por narcotráfico, nacionales y extranjeros, compiten decenas, muy buenos, que ofrecen platos criollos e internacionales, a la carta.

Pero eso será después.

Ahora has terminado la sopa y Richard te explica que a ti te correspondería irte a tocar los timbales (lavar tápers y cubiertos) porque no has contribuido con nada, pero él invita por ser tu primera noche. El negrito se lleva los utensilios al lavadero. También carga un balde de agua: a esa hora no cae agua. El agua sólo cae de 6 a 7 de la mañana y de 3 a 4 de la tarde. Tendrás que pelearte con tus compañeros para llenar unos bidones si quieres agua para asearte o tomar un café. O pagarle a alguien para que lo haga.

Richard te pregunta dónde vas a dormir. Te dice que si quieres vivir solo puedes comprar tu propia celda, por unos mil soles (trescientos dólares). Con un contrato firmado por ti y el vendedor y garantizado por los delegados del pabellón, quienes son elegidos en comicios con votación secreta por los propios internos, entre los más antiguos y de mayor jerarquía, y reconocidos por policías y funcionarios civiles del INPE (Instituto Nacional Penitenciario).

Pero eso será después.

—Ahora quédate acá.

Lo miras. Miras al resto. Ríen.

—Nadie te va a violar, primo.

Richard parece buen anfitrión.

—Yo no te pido nada. Un plato de sopa no se niega. Pero acá a la gente le gustan los culos nuevecitos. Y tú tienes buen culo. Cuida ese culo.

Con tu llave en el bolsillo

Te quedas solo. Levantas la cabeza con una cara de malo que ni tú te la crees.

Entonces te das cuenta de que nada será como en las películas gringas. No dormirás en una celda personal, en una litera que sube y baja. No habrá wáter ni desagüe: cagarás en silos. No caerá agua de una ducha, ni fría ni caliente: usarás baldes. No vestirás un bonito uniforme naranja con un número en la espalda. No marcharás en fila para recoger tu bandeja para el desayuno, el almuerzo y la comida, a la hora exacta, ni comerás en un comedor blanquísimo, con guardias vigilando que no te pase nada. Las luces no se apagarán. Tu celda no se cerrará con un chasquido electrónico.

Tu celda no se cerrará nunca.

En Lurigancho tú tienes la llave de tu celda y puedes entrar y salir a tu antojo.

Estás preso, pero eres libre.

Eres libre para moverte por las doscientas hectáreas de la prisión. Podrás recorrer restaurantes y gimnasios. Caminar por el jirón de la Unión (réplica del transitado jirón del centro de Lima), donde no existen tiendas ni bazares, pero sí podrás comprar de todo: ropa, televisores, radios, cds, jabones, drogas. Podrás visitar a los transexuales del pabellón 3 si el sexo dos veces por semana con tu novia no te basta. Podrás ganar algunas monedas lavando ropa, acarreando agua, puliendo barrotes ajenos o chupando penes. Eres libre para hacer casi lo que se te dé la gana, hasta las 5 de la tarde, bajo tu cuenta y riesgo. La puerta de ningún pabellón estará cerrada si puedes pagar la entrada. En teoría los policías resguardan las puertas para no permitir que los internos transiten por los pabellones, pero en realidad son ellos quienes cobran entrada. Y así descubrirás que, aunque en teoría son los policías quienes dominan la prisión, en la práctica los internos hacen lo que se les antoja .A las cinco de la tarde, el policía encargado de tu pabellón pasa cuenta para verificar que no le falte ningún reo, cierra el candado y se larga. Adentro no habrá policías ni cámaras. Entonces serás libre para moverte por los tres pisos del pabellón (también el techo, si quieres ver el cielo) y, si los dueños te permiten, para meterte en las setenta y cinco celdas de concreto y fierro y en las innumerables celdas de triplay construidas por los mismos reclusos para combatir el hacinamiento. De nuevo, bajo tu cuenta y riesgo.

No estarás metido en una celda. Eso te dará la libertad suficiente para no volverte loco encerrado solo sin poder dormir. Pero te expondrá a los peligros de caminar tres pisos de corredores con celdas casi a oscuras, entre ladrones y asesinos ebrios y drogados. Esta primera noche, en medio de los gritos y el fuego, preferirías estar encerrado, solo.

No tienes ese lujo. No tienes soledad ni silencio.

Con tu carnet de periodista en el pecho

Años después, regresarás varias veces, con un carnet de periodista colgando del cuello de la camisa limpia y bien planchada, acompañado de un fotógrafo. Y cuando los colegas te pregunten cómo así conoces tan bien todos los huecos de la prisión, no les dirás que tuviste tiempo para recorrer la cárcel entera en los catorce meses que estuviste encerrado. No. Eso no se cuenta. Ya he venido antes, responderás.

Regresarás, pero nunca regresarás.

Tres diferencias básicas. Uno: los internos no se comportan enfrente de los periodistas como entre ellos. Entre ellos se permiten mentarse la madre, drogarse, emborracharse, asaltarse unos a otros, pelearse a cuchillo, matarse a balazos, sacar teléfonos celulares y laptops para comunicarse con el exterior, entre otras libertades que a los reporteros les encantaría ver y escuchar y a los fotógrafos fotografiar. Por eso, la prisión que un periodista visita no es la verdadera, sino una prisión hecha para periodistas por internos, policías y funcionarios. Dos: a los periodistas los escoltan policías, así que nunca corren ningún riesgo real, nunca experimentan el estado de tensión o alerta que domina a los presos incluso cuando duermen. Tres: los periodistas saben que saldrán en unas horas. Y esta quizás sea la diferencia más significativa. Como periodista sabes que regresarás a la redacción con tu fotógrafo, bromearás con tus colegas, más tarde le harás el amor a tu chica y te encerrarás a escribir en la computadora, con un café a la mano, tratando de reproducir la atmósfera lúgubre del lugar con imágenes bien diseñadas, metáforas inteligentes y una pizca de ironía. Pero será en vano. No importa cuánto te hayas esforzado por mirar: no miraste. No importa cuánto te hayas esforzado por escuchar: no escuchaste. No importa con cuántos internos hayas hablado, sin grabadora ni libreta para dejarlos entrar en confianza, comiendo su comida, metiéndote en sus celdas, sentándote en sus camas: no hablaste con ellos, no entraron en confianza, siempre supieron qué decirte y qué no decirte: supieron mentirte.

Encerrado

El penal de Lurigancho fue construido en 1964, en el primer gobierno del presidente Fernando Belaúnde, con una capacidad para 2500 internos distribuidos en 20 pabellones, pero en la actualidad sobreviven unos 10 mil. El hacinamiento es tal que, cuando cae la noche y los policías cierran los pabellones con candados, muchos duermen al aire libre, en los patios, en los canchones donde se quema la basura.

Pero el hacinamiento es sólo uno de sus problemas. Lurigancho tiene por lo menos una docena. Ingreso de armas, drogas y alcohol. Propagación de enfermedades contagiosas como el sida, venéreas y tuberculosis. Insuficiencia de médicos, medicinas y equipos. Bajísimas condiciones de higiene y salubridad. Carencia de agua y desagüe. Pésima alimentación. Ausencia de una adecuada atención psicológica y de verdaderos talleres laborales y educacionales. Corrupción de policías y funcionarios. Sentencias que nunca llegan por falta de abogados de oficio para los más pobres.

En este pabellón que comienzas a caminar, diseñado para 150 presos, conviven casi 400. Unos 300 son menores de 25 años. Los viejos te observan con indiferencia. Los de mediana edad te guiñan el ojo, te miran el culo. Son los de tu edad los que te rodean. —¿Por qué te han metido?

—¿Lanzas? ¿Jalas?
—Habla, mierda.

Un mes atrás estabas sentado en un salón de clases en la universidad. Ahora tus amigos están de vacaciones en alguna playa del sur o del norte, fumándose un troncho, emborrachándose, tirando. Mañana se meterán en el mar con una resaca feliz. Y seguirán con sus vidas. Navidad. Año nuevo. Feliz día, mamá. Feliz cumpleaños. Besos. Abrazos. Mientras tanto, tú estarás acá. Muerto sin haberte muerto. En un ataúd, pero vivo. No más clases. No más amigos. No más novia. No más familia. No más alegría. No más libertad.

—Esto es la prisión, rata.
—Mira bonito nomás, huevón.

Cinco soles

Richard se aleja con su gente. Caminas al baño. El olor a orina y mierda se te mete por las narices hasta el cerebro. Un olor como un sabor. El baño consta de un urinario largo con un hueco en el medio y cinco cuartitos con sus respectivos silos. Cinco silos por piso: quince para 400 personas. Luego descubrirás que, en Lurigancho, muchas peleas a muerte se inician por un lugar para cagar. Tendrás que aprender a cagar en cuclillas, rápido. Luego sabrás que el contenido de esos urinarios y esos silos, y de los urinarios y silos de toda la prisión, desembocan a través de unos ductos hasta los muros posteriores de las celdas. En teoría debería funcionar un sistema de tuberías y desagües, pero acá no existe nada de eso. En Lurigancho te quedas con tu mierda. Respiras tu mierda. Y la mierda de todos. Todos los días.

Pero tranquilo: te acostumbrarás.

Te acostumbrarás a lo que sea.

Ya estarás acostumbrado cuando, después, mucho después, descubras que ahí, en esos ductos, entre la mierda reseca y el vaho de los orines, donde ni periodistas ni policías resistirían sin vomitar por el hedor, los internos esconden armas, licor y drogas cuando las autoridades del INPE o de la Policía ordenan una requisa para demostrar a los periodistas que ejercen control sobre la prisión, después de un motín o una pelea entre bandas con muertos y heridos de bala y cuchillo. Después sabrás que las requisas no existen. Los reportajes de la tele son un montaje con el que contribuyen los reporteros sin darse cuenta. Los policías llegan a un acuerdo con los delegados de los pabellones: cada uno aporta un porcentaje de armas, drogas y licor para que los jefes puedan mostrar a las cámaras; a cambio, les permiten conservar la mayor cantidad.

Pero eso será después.

Orinas. Un chico de tu edad se para a orinar a tu lado con aire de muy macho. Te mira a los ojos, luego te mira el pene y después se mira a sí mismo el pene. Te sacudes y te alejas mientras escuchas su voz.

—Cuando quieras, papi, estás pa´ agarrarte a besos.

En las escaleras, un adolescente de ojos asustados se la chupa a un cuarentón de bigotes. El cuarentón te manda un beso con la mano abierta repleta de paquetitos de crack, como caramelos.

Llegas al segundo piso. Una sala de estar del tamaño de un salón de clases, bancas de fierro, un televisor encendido. Luces apagadas. Una puerta conduce al corredor y a la fila de celdas. El tercer piso es idéntico. Ocupas una banca. El olor de las drogas se mezcla: marihuana, pasta, crack. El ruido de cincuenta personas gritando a la vez.

En la tele pasan una telenovela brasileña: Xica Da Silva. Cada vez que la protagonista, una negra jovencita, sale casi desnuda, la platea suelta gritos, algunos con la mano dentro del pantalón, otros con el pene afuera, masturbándose sin pudor o tal vez por si a alguien se le antoja. Cuando la telenovela termina, un grupo se aleja camino a sus celdas; los demás se acomodan para dormir en el piso, sobre cartones, pegados unos a otros. Los cuerpos se mueven bajo las frazadas. Risas. Mentadas de madre con cariño.

Las primeras luces del amanecer se cuelan por los barrotes del ventanal de fierro.

Tu primera noche está por terminar cuando se acerca un interno de unos 25 años, un metro ochenta, chuzos en la cara, cabeza rapada, aliento a alcohol y polo sin mangas que deja ver hombros y bíceps trabajados. Se sienta junto a ti. Mira a uno y otro lado con los ojos desorbitados por la pasta. Tú también miras a los lados, aunque sabes que nadie te defenderá. Tienes un par de billetes en las medias, pero no le será difícil hallarlos. Te preparas para tu primera pelea.  Sabías que ese momento llegaría.

—¿Te la chupo? -te dice de pronto.

No contestas.

—Cinco soles. Habla.

No contestas. Él sigue buscando fantasmas alrededor.

—Te vaceas en mi boca. Si quieres te fío porque eres nuevo, pero después me pagas.

No contestas.

—Me pagas, ah, conchetumare. Yo chupo pinga rico, pero no entro en huevadas…

Diario de un bordador

Publicado: 9 enero 2017 en Sebastián Hacher
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Octubre de 2016.

A un año de empezar el experimento.

Primero fue el ñandutí de Paraguay, después el kené de la selva peruana. En el medio, antes y después, el bordado. Punto cadena, punto cruz, pespunte y punto atrás. Prisionero, escapulario, festón griego, cordón y cordón partido. Bordo todos los días y cada vez que puedo, tanto que a veces me cuesta salir de casa. Siento que el rincón donde están los hilos me llama. Ahí está el silencio, el meterse adentro de la tela. El centro del bastidor es un agujero negro: te atrae, te abduce, te hace creer que adentro hay un universo nuevo. Y lo mejor es que no te decepciona. Ese universo existe. No se puede describir, pero existe.

Cada día sin bordar es un día perdido. Bordo mientras leo diarios, o chequeo las redes sociales. Bordo mientras espero en el médico, o cuando tengo un rato libre y paso cerca de una plaza en la que me puedo sentar. Bordo en mi jardín, que es enorme y silvestre. Y bordo los viernes en un taller donde todas lo hacen mucho mejor que yo. Queda a 60 kilómetros de mi casa, pero no importa. Necesito compartir con alguien esto que hierve adentro.

2

A veces también bordo de noche, cuando todo lo demás terminó. Y ahora que empieza el calor lo hago con la ventana abierta. Hoy descubrí que el reflejo del vidrio y el velador de la mesa generan un halo interesante, nuevo. Por primera vez decidí fotografiarme bordando. Medí la luz, calculé el encuadre, pedí ayuda para apretar el obturador. No quiero una selfie, quiero un autoretrato: hay un mundo de diferencia entre las dos cosas.

Enseguida bajo la foto a la computadora. Hay que retocarle los negros, levantar un poco el contraste de algunos elementos de la mesa: adornos, el costurero, un ovillo de hilo, mis manos que sostienen el bastidor. El resto está apenas iluminado. Se ve el rostro, la barba crecida, los pómulos hinchados -recién empiezo la dieta- y la estrella gris de mi remera.

Me gusta esa remera. Es una Converse trucha. El tipo que las hacía fue un visionario: las sacó a la calle antes de que la marca se decidiera a hacer ropa. Era una imitación sin modelo, un fake que no falsificaba nada. La compré en La Salada una noche en la que tuve problemas con unos matones. Estuve tres años investigando la vida en la feria y aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad: alguien había amenazado con matarme. Esa madrugada, no se por qué, compré esa remera. Enseguida se le hizo un agujero y destiñó, pero igual la seguí usando para estar en casa. Hoy me la puse para palear la tierra de la huerta de verano, transplantar tomates y reforzar el gallinero. Ahora la uso para trabajar con hilos.

Me gusta que la remera esté en mi primer retrato como bordador. Le agrega un pedazo de la historia.

Le envío la foto a varios amigos. Pregunto: Vot sí o vot no como foto de perfil.

Una amiga que me bienquiere:

—Demasiado. Linda foto pero te vas al tacho. Nadie va a saber la historia de la remera. No Sebastián, no lo hagas.

Otra:

—Es misteriosa, pero te van a hacer bullyng. Vot No.

Un amigo:

—Publicala y te van a seguir los chongos.

Otro amigo, por chat:

—Es algo que todos sabemos, pero verlo así es muy fuerte. No la publiques.

Quienes se inclinan por el sí, tienen otros argumentos: la foto es todo un manifiesto, casi una imagen de campaña. Hacelo, me dicen. Es un buen aporte a la causa contra el patriarcado.

La conclusión es triste. Nadie ve mi dedicación al bordado como un acto natural. Tengo que recapitular todo lo que hice, empezar con la historia desde cero. Necesito entender en qué me estoy convirtiendo.

3

Marzo de 2016

Mi primer encuentro con el bordado tradicional es pura torpeza: lo que hago sobre la tela son los palotes de un principiante. Intento escribir con punto cadena “una voz en el jardín” -el verso de Diana Bellesi que tantas veces escuché en estos meses- y la letra sale chueca, torcida. Mis manos se acuerdan de la caligrafía que aprendí en el primario, pero no puedo dibujar cursivas fáciles de bordar. Podría ser el que borda los nombres en la bolsita de un niño que va al Jardín, o las sábanas de un enfermo en el hospital. No estoy para más que eso, por ahora.

Hay algo en la delicadeza del bordado -por lo menos esa delicadeza que experimento ahora, al tratar de escribir usando el punto cadena- que me despierta una sensación nueva. Con el ñandutí era distinto: había que tensar, empujar, hacer nudos. Algo de fuerza sutil -fuerza suave, le escuché decir una vez a una amiga- que ahora se me vuelve un lastre.

Visto desde acá, el ñandutí era tensión, nudos, raíz: tierra en todos sus sentidos. El bordado se me hace aire. Quizás sea el cambio de aguja. En el ñandutí empecé con una enorme y luego me mudé a otras más pequeñas pero robustas. Acá trabajo con una aguja número siete, de cabeza dorada, que apenas logro sostener entre los dedos. Trabajo con hilo fino -una hebra de mouliner naranja- y los puntos son pequeños, apretados.

Como soy zurdo y me siento inseguro, uso las dos manos. La izquierda pincha, la derecha recoje. Beneficios de haber sido educado para escribir de costado y adaptarse a un mundo para derechos. La historia de mi vida.

4

El sábado 14 de mayo voy al taller de Guillermina Baiguera. Me la recomendaron varias personas. Guillermina es una de las primeras y más serias maestras de bordado de la nueva generación en Buenos Aires. Borda hace quince años, y muchas de las que dan clases pasaron antes por sus talleres. Tiene una galería que se llama Formosa: un local en Colegiales, en una calle con tilos y cerca de una plaza. La mayoría cree que el nombres es por la provincia o porque alguna vez estuvo en una calle llamada así, pero la verdad es que es un homenaje al origen de la palabra, que significa hermoso, bien formado.

Si en el ñandutí pude dar un paso al frente, aprender dechados, irme con la sensación de haber dominado al hilo sobre el bastidor, acá soy el último de la fila: las posibilidades, la historia y la diversidad de técnicas parecen infinitas. Guillermina escribió un manual con varios puntos. Es un libro cosido a mano, impreso en un papel suave y rústico. “Como experiencia sensible no sé donde puede llevarme el bordado”, escribió en las primeras páginas. Quizás eso tenga algo que ver esa versatilidad del hilo, tan parecida al dibujo.

Mi primera clase es una de introducción al bordado. Todo es tan nuevo para mí que cada vez que hablo siento que rompí algo. Enseguida descubro que esa disonancia es apenas un detalle. La mayoría de las veces trabajamos en silencio, y las cuatro horas del taller se convierten en una especie de tiempo suspendido, que parece no transcurrir.

Todas ellas tienen una historia con el bordado. Las dos mayores aprendieron de chicas, en la escuela. Recuerdan los manuales clásicos y las enseñanzas morales que venían con ellos. La más joven aprendió de su abuela española. El único que no tiene una raíz sólida en todo esto soy yo. Cuento la historia de mi abuela modista, de cómo ella me introdujo en el mundo del trabajo manual con hilos. Pero en el fondo siento que lo mío es otra cosa: apenas soy un periodista intentando una investigación.

Aprendo los puntos básicos: cadena, pespunte, punto atrás. Son un trazo universal, que parece haberse diseminado por el mundo como un virus: mi manta peruana bordada en la selva, el libro de palestina de una de mis compañera de taller, las historias de William Morris que nos cuenta Guillermina. En todas encuentro los mismos puntos diciendo cosas por completo distintas.

Yo estoy en este estadio: la cadena me sale bien. Mi festón griego es un desastre. Mi único avance: dejo de bordar con las dos manos.

Cuando termina la clase, Guillermina me llama.

—Qué bueno tener un alumno hombre -dice.
—¿Vienen pocos?
—Casi ninguno. El bordado tiene una energía muy femenina, íntima. Los pocos hombres que han venido se fueron autoexpulsados.

5

Una directora de cine feminista dice: el bordado antes se usaba para formar señoritas. Era una forma de mantener las hormonas controladas.

No me atrevo a preguntar que opinan sobre eso en el taller.

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20 de Mayo

Publico mi primer texto sobre bordado. Mi idea es hacer una serie de notas sobre distintas técnicas, y lo que me pasa con ellas. Correrse del pequeño canon que supo construir es una jugada arriesgada para alguien que se pasó los últimos quince años escribiendo sobre violencia y movimientos sociales.

En algún momento, lo sé, voy a recibir un golpe. Y sucede.

Por primera vez en mi vida me hacen bullying. Son comentarios lastimeros, la versión adulta de los codazos que se dan dos pibitos en una fila de escuela cuando ven a uno distinto. Lo hacen por WhatsApp, en un grupo privado del que no formo parte.

Esperaba eso, y no sabía cómo me lo iba a tomar. ¿Me iba a derrumbar frente al gaste? ¿Les recitaría como respuesta mi currículum de nacido y criado en el conurbano? ¿Cagaría a trompadas al que tuviese a mano?

No sucedió nada de eso. Tuve una mezcla de piedad y ganas de entender el fenómeno. Conozco a los personajes: masculinidades con ánimo pero sin fuerza de conquista, reafirmando su identidad chonga al señalar al que suponen enemigo o competidor, tratando de ponerlo en un lugar de supuesta debilidad. Viven de sus inseguridades: reafirman su pertenencia a la tribu señalando al otro. No pueden vencer ni expulsar al que está afuera, pero lo señalan para sentirse adentro de algo.

Un hombre que borda. Uno que se hace el sensible, dicen.

7

Hablo con una editora de las que se dedican a seleccionar y componer libros. Le explico mi proyecto. Pienso entrevistar, investigar y sobre todo experimentar con el bordado y el tejido. No sabría en qué categoría poner un texto así, dice ella. Necesitaría clasificarlo.

Me gusta esa incomodidad: la editora es brillante y puede convivir con eso, abrir un espacio en los pliegues de su lista de géneros para poner ese texto.

El bordado mismo queda en un lugar incómodo, a mitad de camino entre el arte y la artesanía, la experimentación y la tradición. Hay algo desfasado, algo de “la labor”, del oficio que intenta convertirse en otra cosa sin perder la esencia.

Sería mucho más fácil para mí escribir sobre violencia. Elegir una de las tantas historias que tengo en la carpeta de pendientes y seguir haciendo lo que sé que más o menos me sale bien y funciona: meterme hasta el hueso en historias de otros, encontrar el brillo en lo oculto, descubrir la belleza del margen. Pero lo que busco es algo distinto: correrme para hacer algo nuevo, para descubrir desde ahí otras posibilidades. Habitar el borde-borde/bordado: una epifanía etimológica- para no aburrirse. Repetirse es morir.

Dos días después del encuentro con la editora recibo un mail:

Te queremos como autor, pero no nos cierra el libro.

8

22 de junio

Mi plan maestro es bordar los arcanos del Tarot. Y en cada uno de ellos aprender una técnica distinta. Empiezo por el mago de Marsella: me detengo horas en cada detalle. Termino por saber de memoria cada uno de los elementos que componen la carta. La brujería es hacer que lo que esté afuera también está dentro, y viceversa.

Al principio intento hacerlo solo, pero mis técnicas son tan pocas que tengo que pedir ayuda. Deambulo por varios talleres y de todos los que hay en Buenos Aires, elijo volver al de Guillermina. Tiene dos ventajas: es un taller de producción, del que puedo entrar y salir cuando quiero. Y tiene un grupo de asistentes con proyectos sólidos. Denise trabaja desde hace tiempo en un mundo de corales enormes y delicados, tanto que parece eterno. Mirta borda tormentas y paisajes. Carolina a su familia con unos hilos finos y un nivel de detalle que emociona. Laura trabaja en un vestido de guata con frutas de colores.

A veces llego tarde por el tráfico, complicaciones de trabajo o alguna reunión de la que no pude escapar. Y aunque sea tarde, ir es sagrado: cada viernes estoy ahí con mi bolsa de hilos desordenados y con toda la semana a cuestas. A veces creo que no voy a poder, que el mundo exterior va a entrar hasta la mesa misma en la que trabajamos y va a invadirlo todo: la neurosis de la semana reflejada en la última actividad antes de caer rendido. Pero empiezo a bordar y todo pasa. Hay un ritmo nuevo, un compartir despreocupado, cooperativo, que te envuelve de a poco y genera un ambiente donde todo lo de afuera ya no importa.

Son grosas mis compañeras: ganan premios, exponen en el salón de arte textil y en el de bordado, pero tienen tiempo para recomendarme qué colores usar o para elogiar mis intentos que siempre -pero siempre- me parecen chuecos y faltos de gracia.

9

Guillermina me contó un sueño. Le salían tres hilos del pecho. Tiró de ellos para sacarlos. Eran hilos extraños. El último no quería salir: mientras tiraba, sintió que se movía algo dentro suyo. Entonces dejó de tirar.

10

Visito a la artista plástica Mónica Millán en su estudio. Vive en una casa con un jardín enorme: reprodujo allí parte de la selva misionera en la que vivió gran parte de su vida. Pinta y dibuja todos los días. También borda. Son cuadros de varios metros, repletos de selvas interminables. En algunos se cuela el bordado: telas que compra, lo que encuentra en ferias de viejo, en cajones familiares, en el Ejército de Salvación. Al principio parecen retazos sobre sus obras. Después van ganando protagonismo, crecen: cuando esas naturalezas se vuelven más barrocas, los hilos se transforman en lluvias o en lianas. Al final del recorrido, cuando miro sus obras más nuevas, descubro como el bordado termina siendo el soporte de obras que tienden a ser figuras geométricas. Cómo si el paisaje se disolviera a formas primigenias. Percibo una concepción del mundo, un devenir hacia lo abstracto que supongo parte de una especie de lenta revelación.

Le digo la verdad: miro su trabajo y me dan ganas de salir corriendo a bordar, de intentar llegar a ese mismo destino.

—Te dan ganas de bordar —dice ella— porque lo que ves es a una persona que se metió para adentro.

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“El paisaje nos constituye”, dijo mientras caminamos por el jardín. Pero quizás lo que nos constituya sea el paisaje sonoro. Quizás el paisaje sonoro crea las formas y esas forman nos toman mediante el sonido. Pienso en los cantos de la ayahuasca, las visiones que provocan. Pienso en el ruido de las chicharras en Misiones, en el canto de los pájaros de mi casa. Y hasta en la música horrible que a veces escuchan mis vecinos.

¿Cuál es mi paisaje interno? ¿Tendré algún día las herramientas para sacarlo afuera con el bordado? ¿O me tengo que conformar con la palabra- siempre tan limitada a la hora de expresar algo que no sea un convencionalismo?

Envidio un poco a los que pueden dibujar. Por ahora, bordo formas abstractas: garabatos que se van encastrando unos con otros. Si me preguntan, estoy practicando los puntos. En algún momento emprendo con el hilván: líneas paralelas, hilo fijo, intento de patrón.

En la casa de la artista plástica vi unos pañuelos viejos bordados con un hilo finísimo, formando una cuadrícula con miles de puntadas. Tal vez, sin saberlo, intento hacer algo parecido a menor escala. Hago como los religiosos: imito la vida del santo mientras espero la iluminación.

12

1 de junio

De Paraguay traje hilo -unos veinte rollos grandes- y mucha tela. Sobre todo ao poí, un algodón fuerte, de trama regular y abierta sobre la que intento bordar. Al principio es como alisar la arena: un poco de presión de más, el hilo se estira y el cuadro mínimo por el que entró el hilo se deforma para siempre. Trabajo despacio, casi conteniendo la respiración.

Dice Guillermina:

—Una vez pasó una mujer que hacía meditación budista. Los budistas tienen que bordarse los trajes. Esta mujer pasó porque nos debe haber visto bordar y me dijo que ella tenía que bordarse su propio traje y que en general usaba la puntada del hilván y que estaba muy relacionado a la respiración. Y es verdad. Yo bordo con ese punto una vez que entré en ritmo pasan horas y no sé dónde estuve.

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Cuando empecé a bordar, mis amigos me decían: vas a terminar como Chiachio y Giannone. No sabía quienes eran, y me daba fiaca averiguarlo: tengo una especie de dislexia con los apellidos. Más cuando son complicados.

Hasta que los encontré. Y me enamoré de su obra. Sus cuadros son enormes, llenos de detalles: junglas tropicales, autoretratos festivos, divertidos, de un kitsch elegante. El de ellos es un bordado hacia afuera, una selva distinta a la de Mónica. El paisaje que los forja a ellos es la combinación perfecta entre la fiesta colorida y el salón de arte.

Les mando un mail: estoy escribiendo sobre bordado, me gustaría charlar con ustedes.

Ser periodista tiene una sola ventaja. Sos jugador amateur de fútbol y lo entrevistás a Messi.

14

2 de junio.

Leo una crítica que habla sobre la obra de Chiacho y Giannone. De la crítica surge una pregunta: ¿Un hombre que borda masculiniza una práctica femenina o se feminiza a sí mismo?

15

Si llegamos temprano al taller, a veces Guillermina está bordando. Lo que hace siempre es sutil y poderoso. Pienso en ella como en una especie de bailarina clásica, de movimientos precisos pero a la vez libres y poéticos. Una vez la vi haciendo una trama pequeña, siguiendo el patrón de la tela donde cada fila de puntos terminaba con un hilo que se extendía mucho más allá de la tela. Otras veces borda para desbordar: hace los puntos y los desarma. Lo que queda en la tela es el vacío, la marca de una hebra que ya no está pero dejó su huella. En algunas obras saca hilos de la urdimbre y los cambia por hilos de coser o de seda. Las telas son siempre de trama regular, por lo general de lino o de seda. Si hace una obra con punto cruz, es tan pequeña y compleja que podría llamarse nanobordado.

Le pregunto cómo hace para que queden tan perfectos:

—Yo veo la tela —dice—. No necesito contar los hilos. Tengo una especie de facilidad para decodificar gráficos, para decodificar telas. No es difícil para mí eso. Veo la trama.
—Vos —le digo— sos la Neo del bordado. La que puede ver la Matrix textil.

No suele contarlo mucho, pero también hace dibujos, trabaja con cerámica o borda sobre objetos extraños, como las ramas de árbol que trae de Villegas, su pueblo natal. Una vez me mostró una serie de dibujos que se llaman Escapularios, como mi punto favorito. Estaban hechos con óleos pastel sobre papel de seda: la textura del dibujo formaba una capa de grasa sobre un papel muy fino, que a veces se rompe y la obliga a volver a empezar.

—El resultado más importante es el proceso —suele decir— porque es donde surgen cosas. Cuando aparece algo no es que “ah, llegué” no, siempre hay algo más por probar.

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2 de julio

El observador se siente demasiado cerca del observado. Y a veces esa ilusión dura por siempre. Estoy por entrevistar a Chiacho y Giannone. ¿Voy a verlos como bordador o como periodista? ¿Qué busco de mí mismo cuando entrevisto a los genios del bordado? ¿Quiero que me enseñen a bordar por telepatía? ¿Que me ayuden a pensar mi praxis de bordador?

Un amigo dice que un trabajo periodístico tiene que tener un in crescendo: entrevistar los personajes más sencillos y seguir la búsqueda hasta encontrarme con los más capos de todos. ¿Busco nada más que eso?

Descubro que mis preguntas son masculinas: las pienso en términos de comparación, competencia, jerarquías, incluso exposición.

El viernes pasado, en el taller nos pusimos a ver un libro. Eran bordados de artistas. Había algo cooperativo en el arte de mirar, de compartir ese momento. Algo íntimo y amistoso. No digo que este mundo no esté contaminado, pero la base es es otra, muy distinta.

No hay un equivalente masculino para la palabra sororidad.

17

Ayer, mientras desgrababa otra nota, al pasar volví a escuchar una frase de la entrevista con Guillermina:

—Cuando paso horas bordando, no se donde estuve.

¿Me podría quedar acá sentado bordando toda la vida, hacerlo en silencio, de forma anónima, dejar de querer conquistar el mundo?

A veces creo que me gustaría.

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12 de julio

Bordo frente a la computadora, sentado en la mesa de la cocina. Me da el sol y apenas se escuchan algunos sonidos: el ronroneo del autódromo que está a par de kilómetros, el ruido de mi heladera, la perra Maloca que le ladra a algo que no llego a ver y los teros que defienden su nido en medio del jardín. Hago un ermitaño, la carta 9 del Tarot. Solo me interesa la cara, los pliegues de la barba, ese bigote que parece esconder una sonrisa, los ojos, la melena un poco desordenada. Uso un hilo azul oscuro, pero en cada intercambio el grosor. El primero y el segundo lo hago con un hilo de Paraguay, que allá se usa para hacer trajes de novia. El último lo hago con hilo fino que compré en un supermercado de Colonia Urquiza por siete pesos. Bordo varias veces lo mismo: son estudios sobre el ermitaño, me digo.

Bordo un martes a las cinco de la tarde: cada tanto respondo un mail o me preguntan algo de trabajo por chat.

De chico quería ser artesano y escritor. Me mantuve en eso hasta los 17 años. Primero fueron los hilos, luego acompañar a mi amigo Santiago a vender a Parque Lezama las remeras que él pintaba. Me apasionaba la feria: ahí estaba la mitad de lo que yo quería ser.

El otro día me lo encontré en la costa: veintipico años después tiene tres locales, pinta -él solo- diez mil remeras por temporada. Le mostré lo que estaba empezando a bordar. Y eso, me preguntó, ¿cómo lo podés vender? No es algo masivo.

Nunca lo había pensado así. Santiago descubrió mi fantasía oculta. ¿Podré vivir de ser bordador?

Cada tanto -como, cuando dejé la fotografía- me dan ganas de largar todo y empezar de cero. ¿Será tan radical esta vez?

Bordo, y me escapo.

¿O sigo soñando que huyo, y en realidad estoy haciendo siempre lo mismo?

19

Los que dicen que escribir ordena el mundo nunca bordaron. Y los que dicen que los límites del mundo son los límites del lenguaje, tampoco.

20

Chiachio y Giannone responden enseguida. Suelen exponer en Ruth Benzacar, pero ahora eligieron mostrar su obra en una galería que queda por Congreso y proponen que nos encontremos ahí.

—Queremos —dice Chiachio cuando le preguntó por qué eligieron ese lugar— romper el paradigma de lo que esperan que hagamos.

La regla del mercado del arte dice: si uno escala, tiene que seguir escalando: no se retrocede de la galería top a una que está afuera del circuito comercial.

—No nos importa eso —dice Chiachio—. Y además, queríamos hacer algo en el barrio nuestro porque nosotros vivimos acá cerca. A medida que transcurrieron los días descubrimos que había un público que nosotros siempre esperábamos que vieran nuestro trabajo y que no veíamos en otros circuitos. Un público real.

La primera en llegar fue Doña Beba: 80 años, oriunda de Hurlingham, fundadora de la Asociación de Bordadoras Argentinas. Leyó de la muestra en un diario. Llevó de regalo dos latas de puré de tomate, bordadas alrededor como un lapicero, acolchado para pinchar las agujas y con un interior pensado para guardar los restos de hilo. Otra mujer llevó pan casero. Y una tercera, un bizcochuelo.

Si el bordado fue siempre patrimonio de aquellas abuelas y considerado una ‘labor’ para hacer en la casa, el arte le abrió las puertas y se lo apropió: ahora hay marcas de hilo que auspician artistas, pintores que aprenden a bordar, muestras en museos y hasta estrellas del bordado. Al abrir su muestra a pocas cuadras de la estación de Once, Chiachio y Giannone le abren la puerta del mundo del arte a las señoras. O se lo devuelven.

Y cuando llegan, esas señoras se encuentran con algo nuevo: una familia de dos hombres, uno más simpático que el otro, con perros salchicha y gatos como hijos y como musa para cada cuadro. Lo que pintan, y lo que bordan son esa familia gay tan constituida como alegre.

—Lo nuestro —dice Giannone— es una forma de generar visibilidad.

Si otros bordados me invitaban a salir corriendo a bordar, el de ellos me produce una sensación extraña: entre la angustia de ver algo tan grande y ganas de saltar de alegría, de hacer lo que quiero siempre siempre siempre.

21

Entre Doña Beba y el arte contemporáneo está el diseño, lo manual como valor recuperado por el mercado. Hay miles de bordadoras, miles de talleres, miles de fotos subidas a Instagram. El bordado crece como un hongo colorido que invade todo, sobre todo las redes sociales. En Pinterest, una búsqueda con la palabra #embroidery da miles de resultados. Una madre japonesa borda camisas con perros y gatos por encargo. Un diseñador hace motivos pop con estilo de video juegos y punto cruz. Hay activistas feministas, amas de casa, pintoras, fotógrafos, maestras y performers. El bordado conquistó el mundo.

22

Viajo al interior a dar un taller. Me hago amigo de uno de los organizadores. Nos contamos nuestras aventuras y y eso se convierte en una forma de reconocernos enseguida. Él es hijo de laburantes del campo. Anduvo por Buenos Aires, fue jugador de fútbol, un poco barra brava, hizo boxeo y después se volvió a sus pagos. Ahora está por recibirse de sociólogo, y se dedica al trabajo social en su provincia. Es como esos hombres que se tiran de las montañas con aletas en los brazos: no tienen miedo de estrellarse porque no hay mucho para perder.

Trabajamos durante dos días. Los ayudo a editar una investigación larga sobre los asesinatos en su ciudad, una de las más violentas del país. En los ratos libres -a la hora del almuerzo, mientras caminamos hasta el quiosco a comprar la merienda o cuando me lleva en auto hasta el hotel- conversamos. Es un tipo franco, transparente, de buena escucha. Al segundo día siento que se lo puedo contar.

—Lo que me gustaría —digo— es encontrar una mercería y comprar hilo. Yo me dedico a bordar.

Llevamos dos días hablando de muertos, tiroteos, policías corruptos y políticos. No hay sorpresa en su gesto.

—Conozco el lugar —dice.

Nos desviamos del camino. Llegamos a una esquina enorme, una especie de supermercado de chucherías de plástico, bazar y artículos de limpieza.

—Es mi única bala —dice mi amigo nuevo.

Me atiende una señora por una reja. Tarda en creerme que quiero comprar hilo de bordar viejo, pero me abre.

—Allá están todos —dice.

Son cajas enteras de hilos de seda, de todos los colores posibles. Miro un rato, y trato de disimular la emoción.

—Me los llevo todos —digo—. Le puedo dar 300 pesos.

La señora se ríe.

—Estás loco. Valen cinco pesos cara rollo. Casi que los estamos regalando.

Elijo colores, cómo un niño que mete la mano en un bolsa de caramelos sugus para sacar sus favoritos. Voy contando a ojo, por bulto. Paro cuando llego a 80 rollos: 400 pesos. Una ganga. Salgo de la tienda con las endorfinas por el techo. Mi amigo espera en el auto.

—¿Conseguiste? —pregunta.

Agito mi bolsa de cilindros multicolores.

El levanta los puños como si hubiese metido un gol.

—Yo sabía papá, yo sabía —dice.

Y los dos nos reímos de la circunstancia.

22

20 de septiembre

Sucedió una tragedia. Esta mañana desperté sin el ruido de los teros: el jardinero destruyó su nido mientras cortaba el pasto. En mi imaginación, los teros representaban a la naturaleza entera. Eran máquinas drogadas para reproducir la belleza. Amaba cómo cumplían su función. Sin ellos el mundo es un lugar hostil, lleno de energías ciegas que se chocan y amenazan con destruirlo todo. En medio de ese caos, el punto cadena avanza por una línea serena, recta. No necesita más que mis propias manos para avanzar. En el medio le bordé un sol con un punto nuevo, que no conocía. Como hice los rayos sin calcular el centro -con lana dorada, amarilla y una especie de fucsia- cuando el trabajo estuvo avanzado descubrí que el sol en realidad había quedado como una estrella.

Por algo deber ser, pensé, y la dejé así.

Sin saber nada de esto, mi maestro de Tarot dijo:

La estrella es un sol visto de más lejos.

Me gusta esa carta: de rodillas en la tierra, sin más armadura que el propio cuero, dándole al mundo lo que se cocinó en nuestro interior.

Bordo con lana que compré en el puerto de Yarinacocha, a 15 centavos de dólar el ovillo. Me traje unas treinta docenas, todas de distinto color. Lo que me gusta de ella esa esa combinación entre lo suave y lo rústico. Cuando bordo con lana, no siento la necesidad de ser perfecto. Alcanza con dejarse llevar por el punto.

Bordar ordena todo lo que puede ser ordenado en el mundo, que es más bien poco.

23

En la entrevista le pregunté a Leo Chiachio aquello que se preguntaba la crítica: qué pasa cuando un hombre borda. ¿Se masculiniza el bordado o se feminiza el bordador?

—¿A quién le importa? —respondió.

Y nos agarró un ataque de risa.

24

29 de septiembre

Trabajo sobre la tela que pintó Teresa en la comunidad San Francisco, cerca de Pucallca, Perú. Descubro cada una de sus imperfecciones. Avanzo centímetro a centímetro y por momentos me parece un desastre: todo está torcido, nada es simétrico. Necesito alejarme de la tela, verla de lejos, para a volver a descubrir el encanto del diseño Shipibo.

En los bordes estoy haciendo una guarda con escapulario cerrado. Es un punto que cuando toma ritmo parece avanzar solo, como en una especie de danza de pequeños saltos: arriba, atrás, abajo, atrás, adelante y así hasta el infinito.

El escapulario (¿esto ya lo dije?) se borda como un mantra

Además, me gusta el nombre: tiene algo de cristiano, y algo que suena a ocultar.

25

2 de octubre

Bordo con seda y con lana de forma alternativa. Es como correr en una cinta y hacer picados en el barro uno atrás del otro. El cambio de textura y de ritmo me obliga a mantenerme adentro de la tela: como las venezolanas que trabajaban con Madame de Salzmann haciendo tapices para cultivar la atención.

Aprendí que puedo bordar durante una hora sin mirar la pantalla del celular. Con la escritura no pasa lo mismo.

Una amiga que borda y escribe -y que es un poco bruja- opina que es una locura escribir sobre bordado.

—Es una actividad total —me dijo—. No puede ser escrita.

Al principio pienso: me gusta desafiar lo imposible, saberme derrotado de antemano.

Pero cuando vuelvo sobre esas palabras descubro otra cosa. Escribo sobre esto para ponerlo afuera de mí. Escribir es una forma de estar y no estar en las cosas, de vivirlas y tomar distancia.

Un intento, vano quizás, de no ser absorbido por el agujero negro del bordado.

La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.

El asesinato de un policía

Publicado: 31 octubre 2016 en Santiago Rey
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En octubre de 2015, el oficial ayudante Lucas Muñoz llegó a Bariloche con destino en la comisaría 42, del barrio 2 de Abril, en el Alto empobrecido de la ciudad. Tenía 29 años, estudiaba licenciatura en Seguridad Ciudadana en una universidad pública y hacía adicionales “para comprarse un autito”. Era muy familiero. Le gustaba tomar cerveza con sus amigos, jugar al fútbol, salir. El último verano conoció a su novia Daniela Rodio en el balneario patagónico de Las Grutas. Ella no vivía en Bariloche, pero lo visitaba seguido. Se había transformado en su confidente. A ella le contaba del temor que sentía por lo que veía: drogas y violencia, con la Policía involucrada. Con ella pasó la última noche y con ella estuvo minutos antes de que lo subieran al Corsa gris con el que lo secuestraron. Según declaró Daniela a la justicia, la noche anterior Lucas le pidió llorando que se fuera de Bariloche. Estaba asustado. Después de esa súplica permaneció 27 días desaparecido. El 10 de agosto su cuerpo fue encontrado en un descampado. Tenía un tiro en la nuca y otro en una pantorrila. Estaba con el uniforme puesto, con sus pertenencias, afeitado. Llevaba muerto pocas horas.

1

—Al final se pasó el día amasando.
—Mejor, así me entretengo y no pienso.

A las 5.30 todavía es de noche en Ramos Mexía, pero en la casa de los Muñoz ya están todos levantados. Preparan el viaje de parte de la familia a Viedma para otra marcha en reclamo de justicia. Además, me esperan. A esa hora llega el colectivo que partió desde Bariloche la noche previa.

“Listo, nosotros ya le tenemos lugar aka en nuestra casa nomás, no hay problema. Soy Alicia. Le dejo avisado al chico d la terminal, q lo lleve hasta mi casa”. Por mensajes de texto, quedó todo acordado. Pero no hizo falta que el chico de la terminal me lleve. Apenas bajo del micro dos policías se acercan para preguntarme quién era. Cuando el colectivo entra en Ramos Mexía a esa hora, los policías de turno van hacia la vieja casa que sirve como estación de ómnibus con “venta de pasajes, bar, café y mate”, como dice la vidriera. Controlan quién sube y, sobre todo, quién baja en el pueblo.

—Voy a lo de los Muñoz.
—Lo acompañamos —dicen.

Lucas es el tema excluyente de la charla durante la caminata de cuatro cuadras. “Claro que lo conocía”, “se crió con mi hermano”, “era buen chico”, explican.

En el interior de la casa de los Muñoz no hay nada inesperado. Un par de banderines de River; muchos muñequitos; cartas; fotos y, desde el 10 de agosto, carteles y pancartas con la imagen de Lucas y frases pidiendo justicia. En el resto de las repisas hay centenares de mates.

Alicia prepara dos. Uno para Pocho, el papá de Lucas y el otro para su hija Noelia. Los dos son los que salen para Viedma. Ciro, el perro, reclama caricias. Alicia habla para adentro las últimas palabras de cada frase. Las respira. “Se nos vino todo abajo”, dice, y abajo es abajo y es para adentro. Tres horas habla Alicia. Llora por momentos. La primera vez que lagrimea pido que ponga la pava sólo por distraerla.

—Todo abajo se nos vino —repite.

A lo largo de ese día, Alicia hablará más de cinco horas. Y amasará pan y como nueve pizzas.

—Al final, se pasó el día amasando.
—Mejor.

2

Al poco tiempo del comienzo de la investigación por la búsqueda de Lucas, se abrió un segundo expediente por entorpecimiento de las pesquisas. En él se encuentran involucrados más de una decena de policías. A cuatro los procesaron por desviar pistas, alterar el libro de actas de la Comisaría 42, allanar ilegalmente el hogar de Lucas, por abuso de autoridad y por comprar un celular con el número de Lucas a más de 550 kilómetros de Bariloche.

La investigación posterior demostró que se perdió un tiempo vital cuando Lucas desapareció. Los policías investigados estuvieron al frente de la búsqueda durante los primeros días. Por ese motivo debieron intervenir fuerzas federales. La Gendarmería y la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) quedaron a cargo de las diligencias ordenadas por la Justicia.

La inmovilización en la búsqueda incluyó involuntariamente a la familia de Lucas, a quienes la Policía de Bariloche le ofrecieron abogados. Cuando se dieron cuenta que era una trampa para no avanzar hacia la verdad, nombraron a Alejandro Pschunder y Karina Chueri como sus representantes legales. Con ellos llegó el impulso a la búsqueda y a la investigación.

El caso lo llevan el fiscal Guillermo Lista y el Juez de Instrucción Penal Bernardo Campana. En el expediente hay semiprueba de que el comisario Jorge Elizondo minimizó la desaparición de Lucas, que nunca activó las alertas de búsqueda y que, además, firmó el acta de la Comisaría 42 que mostraba -a pesar de que había sido adulterada, quince hojas fueron arrancadas y otras siete agregadas- que los oficiales Luis Irusta y Maximiliano Morales allanaron ilegalmente la casa de Lucas, revisaron sus papeles y fotografiaron con el celular la pantalla de su computadora. Se probó después que esa imagen fue recibida por el comisario David Paz, a cargo del área de Tránsito de la Policía en Bariloche, quien a su vez la envió al ex Segundo Jefe de la Regional III, comisario Manuel Poblete. Además de la casa de Lucas se habrían llevado anotaciones personales. También está acreditado que el sargento Néstor Meyreles, por orden del oficial Federico Valenzuela -según señaló el primero de ellos- compró un chip de celular con el número de Muñoz en la localidad de Catriel, a unos 560 kilómetros de Bariloche. Para hacer parecer que Lucas se había ido por su cuenta.

Todos los policías fueron desafectados de sus cargos. Una vez que esto sucedió, la Gendarmería y la PSA encabezaron allanamientos en un predio de la Policía Montada de Río Negro y en un complejo de cabañas del barrio Malvinas, sitios señalados por mensajes anónimos como posibles lugares donde Lucas estuvo secuestro. Las pruebas tomadas en ambos lugares están siendo analizados en Buenos Aires, a más de 1.500 kilómetros de distancia. A dos meses de la aparición del cuerpo, los resultados aún no son concluyentes.

“Demasiado tiempo sin saber nada”, dice la familia.

3

El tiempo pasa lento en Ramos Mexía. Después de las primeras tres horas de charla, Alicia muestra que tenía preparada una cama por si decidía pasar la noche allí. En la mesa de luz hay un cuadro con una foto de Lucas y su hermana menor, Rocío, mirando a cámara. Una selfie. A sus pies, la Biblia abierta en el Salmo 91.

— ¿Cree en Dios, Alicia?
—Sí, sí, somos católicos, todos somos católicos.
—¿Son de ir a la Iglesia?
—Yo cuando puedo, siempre que hay misa trato de ir. Mi marido no va, pero es católico. Sí, creemos en Dios. Siempre sabemos ir a Cayetano, todos los años. Ya llevamos 11 años yendo. Y este año…

El Salmo 91 a los pies de la selfie de Lucas y su novia es la oración del creyente que repite su certeza: Dios protege al que confía en él. Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio.

—¿Este año no fueron a San Cayetano?
—No, ya no fuimos. Porque andábamos con las marchas.
—¿Hubieran ido?
—Sí, seguro que sí.

(Salmo 91. Dios protege al que confía en él)

—¿No se quiebra la fe cuando pasa algo así?
—A mí en un momento, sí. Sí. Yo siempre digo, soy católica, creo en Dios, pero pensaba, por qué, por qué me está pasando ésto…
—¿Y encontró respuesta?

Alicia piensa. Piensa y lagrimea. No demora su respuesta. “No. No, hasta ahora no encuentro respuesta…”

(Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio…)

—Nosotros no somos malos, mi hijo no era una persona mala, todo el mundo nos quiere. Y nos tocó ésto y es muy feo…
(Él te librará…)

“Pienso, si siempre estoy pidiendo a Dios que estemos todos bien, yo pido mucho por mis hijos, mis hijos que están afuera”, dice Alicia.

“¿Por qué le pasó ésto? No sé si será el destino, pero de esta manera, así…Yo siempre decía, decía, porque ahora ya no digo, decía que la policía siempre está en peligro, porque con los delincuentes, los chorros… yo siempre le decía al hijo, cuidáte, a la noche, todos esos malandras… pero no, a mi hijo lo mató la Policía, eso es, eso es lo que… ellos mataron a mi hijo, que su misma gente lo mate, no puede ser….No puede ser”, dice.

4

Alicia habla de Lucas en presente, como si estuviera allí. “¡Lucas Muñoz! ¡Presente!”, gritan en la plaza del Centro Cívico de Bariloche, las centenares de personas que marchan para exigir el esclarecimiento de su secuestro y asesinato. Pasaron pocas horas después de la aparición del cuerpo, y, como nunca hasta ahora, la marcha fue multitudinaria. Multitudinaria, embroncada, angustiada y buscando certezas en el señalamiento de los responsables. La propia Policía y el gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, encabezan el listado de los señalados. La Justicia, un paso atrás. “¡Asesinos, asesinos!”, gritan centenares de familiares, amigos de Lucas y vecinos en la puerta de la Regional III de Policía cada vez que se reúnen ahí. La misma Regional III que ardió por la furia ciudadana seis años atrás -el 17 de junio de 2010-, luego de que efectivos de la fuerza mataran a tres jóvenes: Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco.

Sólo el primero de esos asesinatos fue esclarecido por la Justicia. Los otros dos aún son motivo de investigación, y aguardan ser elevados a juicio. El abogado defensor de los policías imputados y procesados por las muertes de Cárdenas y Carrasco, hace pocos meses fue nombrado Jefe de la Policía de Río Negro por el gobernador Weretilneck. Se trata de Mario Altuna, cuya gestión refuerza la idea de autogobierno que la Policía se reserva.

“¿Dónde está el Gobernador?”, gritaban en la Plaza pocas horas después de que fuera encontrado el cuerpo de Lucas. Ese 10 de agosto, a la mañana, Weretilneck inauguró en Bariloche un encuentro nacional de Tesorerías Generales. Hacía 27 días que Lucas había desaparecido. Cuando le soplaron al oído que apareció un cuerpo, un cuerpo uniformado, en un descampado, con un tiro en la nuca, decidió irse.

Antes, por un instante, recibió a los padres de Lucas Muñoz y les dijo: “No puedo hacer nada”, según contaron después. Y se fue. Tampoco estuvo unos días después cuando un cortejo doliente recorrió por la Ruta 23 los 443 kilómetros que separan Bariloche de Ramos Mexía. La lenta caravana paraba en cada pueblo y paraje de la Región Sur, la zona más pobre de Río Negro, para recibir el aliento y condolencias de los vecinos.

“Ni siquiera apareció el día del velorio”, dice Alicia. Ni Weretilneck, ni el Jefe de la Policía, ni el Ministro de Seguridad estuvieron.

En Ramos Mexía, diez casas de un plan provincial esperan ser entregadas. Están listas, pintadas de amarillo, y con los beneficiarios ya designados. Pero el Gobernador prefiere no ir. “Tiene miedo. De qué me pregunto yo. Lo único que haría es ir al acto con una foto de mi hijo y pedir Justicia”, explica Alicia.

 

Recién el 13 de septiembre, Weretilneck recibió a los familiares. Y les pidió perdón por sus ausencias. Una semana después de la aparición del cuerpo, el mandatario desplazó a siete policías -algunos de ellos jefes, responsables de la Unidad Regional y de la Comisaría donde Lucas cumplía funciones-. Además intervino la Regional III, y para atisbar una explicación al secuestro y asesinato habló de “internas policiales”, de “mafias”, de “pactos de silencio”.

El legislador barilochense del opositor Frente para la Victoria (FpV), Alejandro Ramos Mejía, le recordó que “tuvo que ocurrir esto para que se diera cuenta de que parte de la Policía de Bariloche está metida en hechos delictivos; y que las denuncias por vejaciones y malos tratos en las comisarías se acumulan por centenas”.

Más directo, el hermano de Lucas, Javier Muñoz, dijo que “Weretilneck es el Jefe político de la Policía. No se puede hacer el distraído. No puede mirar de afuera”.

Varios de los policías desplazados tienen denuncias, causas, y hasta existen semipruebas judiciales de su participación en anteriores hechos violentos como los asesinatos de junio de 2010, y la desaparición en el Valle Medio del trabajador salteño Daniel Solano.

Pero a pesar de esos antecedentes, seguían en funciones. Un ejemplo es el subcomisario Rodolfo Aballay, ahora apartado de la policía. Fue él quien buscó en la empresa de seguridad privada Prosegur los postigones de plomo utilizados en la represión policial de hace seis años, que terminó con los homicidios de Cárdenas y Carrasco. Ese aporte de balas intentó diluir la responsabilidad policial en el hecho, ya que de esa manera se dificultaba acreditar el uso de las postas de plomo que portaba cada uniformado. La maniobra está acreditada en el expediente judicial. Aballay continuaba activo y vivía, hasta hace pocas semanas, en el complejo de cabañas del barrio Malvinas, donde los perros adiestrados llegaron siguiendo el rastro de Lucas.

5

A Ciro le gusta el auto. Una vez fue hasta El Bolsón. Durante los 600 kilómetros, el perro de raza indefinida, cuzco chiquito y simpático fue sin molestar, mirando por la ventanilla, hasta llegar al camping a la orilla de un río de la Cordillera, donde “no paró de correr”.

Benjamín o Pocho, el papá de Lucas, prepara los últimos detalles del viaje a Viedma. Esta vez, Ciro no irá. De las dos hijas que viven en Ramos Mexía, sólo Noelia con su panza de seis meses a cuestas se embarca ese jueves hacia la capital rionegrina para preparar la marcha en reclamo de Justicia. Además aprovechará el viaje para hacerse una ecografía, porque en Ramos Mexía no hay la aparatología necesaria.

Ya son seis los nietos de Alicia. Tres de Lucas, dos de Paola, uno de Javier. Ninguno vive en Ramos Mexía. Después, desde Viedma, Noelia la llamará para contarle que tendrá otra nieta. Si era varón se iba a llamar Lucas Nicolás.

Alicia tiene una “venta por día” desde hace “como diez años”. Recibe de Viedma, la capital rionegrina, mercadería, electrodomésticos, cosméticos y los vende de casa en casa. Pero desde la desaparición de Lucas no sale. “De a poco iré retomando el trabajo”, promete. Alicia también “costurea para afuera”. Le piden arreglos de ropa, de guardapolvos. “Eso le gusta”, dice.

Además cuida a Valentina, una nena de dos años, hija de una amiga que trabaja. Sentada en los sillones del living, unas semanas atrás, Valentina vio a Alicia en la tele. La vio llorando durante una de las tantas marchas por Lucas. “Alicia llora porque Ciro se portó mal”, dijo la nena.

6

Alicia llora y es abrazable. ¿Toda madre que perdió a su hijo es abrazable?

—¿Y si se comprueba que Lucas andaba en algo raro?

Alicia lo niega: imposible, dice. Sin embargo es una posibilidad, aunque dos meses después de la aparición del cuerpo no hay un dato certero que sostenga esa teoría. A pesar de ello, el gobernador Weretilneck aprovechó cada off the record en Bariloche para insistir ante los periodistas en que Lucas “no era un santo”. Él y su ministro de Seguridad fueron los principales instigadores de la instalación de la hipótesis “Lucas delincuente”, que llegó a la tapa del diario local El Cordillerano y a varias páginas de Clarín.

El diario nacional publicó, en sucesivas notas, la teoría de que la víctima se habría quedado con unos 50 kilos de cocaína durante un operativo. Una semana después, sin que medie ninguna explicación salvo el cambio de información de las “fuentes”, Lucas pasó de narco en potencia a “fumar algún fasito” cada tanto y ser deudor de un dealer de pequeña escala. El mismo medio habló de movimientos extraordinarios en las cuentas bancarias del joven policía. Su hermano lo desmintió con datos certeros.

Las versiones cambiaron, pasaron y dejaron capas geológicas de sospechas. “Weretilneck quiere distraer la atención y su propia responsabilidad: el hecho de que en Bariloche funciona una banda capaz de tener 27 días secuestrado a un policía”, resume Javier.

—¿Y si se comprueba que Lucas…?

La pregunta cuesta, entre mate y pan casero, en Ramos Mexía. “Imposible”, dice Alicia y busca fotos en una caja. “No me dejaron ver el cuerpo. Para cuidarme, no me lo dejaron ver”, explica. “Me dijeron, mejor quedate con la imagen linda que tenés en las fotos”. Y allí busca. Fotos de Lucas con su hermano; con sus tres hermanas; con todos ellos; con ella, una Alicia más piba, ya madre; con Pocho, el padre ahora jubilado que fue 31 años ferroviario, encargado de la cuadrilla que arregla las vías del tren que cruza la estepa rionegrina y une la cordillera con el mar.

Busca fotos mientras la fotografío. Intuitivamente, entiende el juego que jugamos silenciosos. Bautismo; graduación; Lucas con una, dos, tres parejas; los tres hijos; una con Tomás, el amigo que compartía la pensión en Bariloche. “Si lo hubiese visto…sea como sea lo quería ver, ahora me quedé con el recuerdo de estas fotos, pero si lo hubiese visto, yo lo quería ver”. Alicia llora otra vez,  no hay fotos para ese llanto.

7

El 12 de agosto fue el cumpleaños 90 de la abuela paterna de Lucas. El 14 de julio, a las 22 horas, y por Facebook, la familia se enteró de la desaparición del joven de 29 años. Lucas no había llegado a su lugar de trabajo -la Comisaría 42 de Bariloche- a las 14, como estaba previsto. Pero recién ocho horas después, en Ramos Mexía, la familia entendió que algo malo pasaba. “Nadie nos dijo nada, ni sus mismos compañeros”.

Veintisiete días más tarde, a las tres de la tarde en Bariloche, un llamado advirtió a Javier sobre la aparición de un cuerpo. A su lado, Alicia lo miro intentando adivinar la noticia.

—Me di cuenta en seguida que algo pasaba.

Javier intentó disimular y salió hacia el descampado a la vera de la Ruta de Circunvalación, a unos 2 kilómetros del centro de Bariloche, para intentar reconocer el cuerpo. Pero no pudo verlo hasta la mañana siguiente. Fueron unas 16 horas con la certeza de que se trataba de Lucas, con dichos y confirmaciones de policías y abogados, pero sin poder ver el rostro de su hermano.

La zona donde plantaron el cuerpo, fue pisada y modificada primero y perimetrada después. La Policía rionegrina fue apartada del lugar por exigencia de los abogados de la familia. Llegaron los peritos y técnicos de las fuerzas federales. Esa maniobra llevó varias horas. Una fuerte tormenta de viento, lluvia e intenso frío, se desplomó sobre Bariloche. El cuerpo a la intemperie pasó la noche en el descampado a la espera de los peritos.

“Estaba ahí, pobrecito, bajo la lluvia”, se remuerde Alicia. Mientras el cuerpo de Lucas estaba bajo la lluvia a la espera de los peritos, cientos de barilochenses marchaban por las calles, gritaban “asesinos” frente a la Regional III de Policía.

Alicia no durmió esa noche. La lluvia siguió a la mañana siguiente cuando, finalmente, Javier pudo ver el cuerpo.

El cumpleaños 90 de la abuela iba a ser el acontecimiento familiar del año en Ramos Mexía. La fiesta se suspendió, a la abuela todavía no le cuentan porqué.

8

Alicia busca mensajes en el grupo familiar de WhatsApp. “Amo a mis hijos!!!” es el estado de su cuenta, “Un hermano nunca olvida!!!”, el de Javier.

—Cuando jugaba River Lucas se mensajeaba con su papá-, dice Alicia. La comida casera, el otro motivo de los mensajes: “Esos guisos, me decía, esos guisos”, y Alicia le mandaba fotos de sus preparaciones.

A la quinta pava de mate, a media mañana, Alicia enfoca su dolor. “Somos pobres”, dice, y se explica a sí misma que lo que sufrió es consecuencia de esa condición. “No encuentro respuesta, no somos malos. Es muy feo. Es la misma gente, la misma policía, que también es pobre”.

Una de las tres radios que funcionan en Ramos Mexía repite, entre cumbia y cumbia, que al mediodía se pueden comprar las pizzas que preparó Romina, la más chica de los Muñoz. Ese dinero servirá para sostener el reclamo por el esclarecimiento del asesinato. Romina suma otra de sus especialidades para la venta: un lemon pie. Además, organiza rifas. Una canasta completa, el primer premio. Lo dice la radio, entre cumbia y cumbia.

“Siempre hemos salido solos adelante. Nos cuesta estar pidiendo. Nos ofrecen, pero nos da cosa. La gente del pueblo ayuda mucho. Así tendría que ser siempre. Unidos”, se emociona Alicia, y agrega unos troncos a la salamandra.

Más de la mitad de Ramos Mexía, pueblo de la fría estepa patagónica, no tiene gas natural, y “la leña es muy cara. Antes íbamos al campo y la sacábamos, ahora hay que comprarla”, describe Alicia.

El almanaque de una panadería le recuerda dos fechas: el cumpleaños de Lucas, el próximo 25 de enero; y el Día de la Madre. “Esas fechas se ponen bravas”, sufre por anticipado.

—Cuando lo estaban buscando, usted decía: “Yo sé que Lucas está vivo”, y se comprobó que era así, estaba vivo.
—Yo decía, que se pongan una mano en el corazón, porque también deben tener madre, y que lo dejen, y seguro me estaban viendo por la tele esos sinvergüenzas. Yo sentía que mi hijo estaba vivo. Yo estaba firme, firme, yo decía no me tengo que caer porque mi hijito va a aparecer, va a aparecer, pero nunca pensé que aparecería de esta manera. Yo tenía la esperanza de que mi hijo iba a aparecer vivo… estaba vivo cuando yo decía eso, pobrecito.

Alicia se recuerda alegre. “Charlaba con uno y otro. El cambio es tremendo, nos dio vuelta todo. Uno es grande y piensa que se va antes”, y se piensa para adelante, “ahora hay que tratar de volver a hacer lo mismo de antes, pero cuesta mucho. Yo vivía con la radio, música, pero ya no quiero. No tengo ganas de nada”.

Le amputaron la familia, en la Policía ya no cree, y de Dios duda.

—A lo mejor el tiempo…

9

Hace 54 años, Alicia nació en Pilcaniyeu, un pueblo a 50 kilómetros de Bariloche. Conoció Bariloche muchos años después, durante una visita con 23 familiares y amigos. Fueron desde Ramos Mexía en el mismo tren en el que trabajaba Pocho. Para la ocasión, preparó milanesas de guanaco, “una carne muy sana”. Milanesas para 23, que fueron comiendo a lo largo de los 443 kilómetros de vías por la estepa hasta llegar a la precordillera. 
A Bariloche, que detrás de la postal, oculta a más del 30 por ciento de su población bajo la línea de pobreza; un 12 por ciento en la indigencia; un 35 por ciento de sus habitantes sin gas natural; y un 10 por ciento que vive en “ranchos” o “casillas”, según el último censo de 2010.
 La postal es grande como sus maravillosos paisajes, y tapa, también, los tres femicidios cometidos durante 2016; el inicio, en esta ciudad, de los saqueos de diciembre de 2012; y que quiere cubrir, además, el secuestro y asesinato de un policía. El de Lucas.

Alicia volvió a Bariloche unos días después del 14 de julio de este año, día de la desaparición de su hijo. Inició el camino de regreso a Ramos Mexía con él “en un cajón”. Esta vez a bordo de uno de los tantos vehículos que participaron de la caravana que acompañó el cuerpo del policía. Pilcaniyeu, Comallo, Clemente Onelli, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Aguada de Guerra, Los Menucos, Sierra Colorada, y finalmente Ramos Mexía. En cada uno de los pueblos, vecinos, policías de bajo rango, algún intendente, ningún funcionario provincial, salieron a despedir al oficial al que no conocían y a acompañar a la familia. “Teníamos que parar en todos los pueblitos, fue un acompañamiento impresionante”, cuenta Alicia.

Esos pueblitos, más los que le siguen hacia el este, conforman la Región Sur, o Línea Sur, el área que corre paralela al límite con la provincia de Chubut, y que conforma el sector más postergado económica y socialmente de Río Negro. Ramos Mexía es uno de los ejemplos.

El pueblo tiene un día, a principio de mes, que es el más agitado. Sucede cuando viene el Correo a pagar las jubilaciones y las asignaciones por hijo. Endomingados paisanos; municipio lleno; colas de treinta o cuarenta personas; una feria itinerante que se instala en la plaza principal, frente a la comuna, y vende ropa, dvds, zapatillas; almacenes que hacen su más importante recaudación vendiendo pan casero, fiambre y Manaos para atenuar la espera.

Las entre 1.500 y 2.000 personas que viven en Ramos se enorgullecen del “bajo”, un pequeño valle que, al otro lado de la Ruta 23, da algo de verde y una pequeña vertiente. Lo demás, es un polvo fino, una tierra entre gris rojiza que todo lo tapa.

—¿Fuiste al bajo?, ¿lo viste?, hay un mirador ahí —repiten todos ante el forastero.

Ramos Mexía tiene un importante porcentaje de calles asfaltadas en relación a su tamaño. Gran parte de las siete por cinco manzanas que conforman la ciudad están cercadas con pavimento aunque muchas sin cordón cuneta. Es un pueblo que vive de los puestos del Estado, del tren, de la economía informal, y de las chivas y ovejas que se crían en la zona rural.

Pocos árboles, casi ninguno, salvo en las dos plazas del pueblo. El resto, tierra y casas bajas, de ladrillo gris a la vista. Todos los almacenes, kioscos, Registro Civil, panaderías, tienen en sus vidrieras un cartel con la foto de Lucas. “Tu pueblo pide Justicia”, dicen algunos, “No olvidamos”, otros.

A la noche, Ramos Mexía es olor a humo de las cocinas y salamandras, y el ruido del loraje insistente.

“¿Viste el bajo?”. Cada uno de los vecinos del pueblo que se anima a la charla, termina la conversación recomendando “ver el bajo”.

Al bajo, finalmente, llego en auto, conducido por Romina, la menor de los Muñoz, y con Alicia como acompañante. Ahí, en el bajo, está también el cementerio. El lugar quedó chico. Una estructura con doce nichos fue construida fuera del perímetro original para poder alojar a los muertos del pueblo. “Se empezaron a morir uno por mes”, es la explicación.

La tumba de Lucas es de otro color. De un marrón claro que se diferencia del gris cemento del resto. Una cruz blanca en la base, y una casillita aún sin revocar que albergará fotos, flores y velas, completan la estructura. Lo demás, lo lógico de un cementerio de pueblo chico, desbordado. Tumbas en medio de los senderos, cruces de madera, flores marchitas, flores de plástico resistentes, un panteón modesto para alguna de las familias sobresalientes, una reja sin candado en la puerta principal y una reja abierta sobre un lateral.

Alicia pone sus manos sobre la cubierta marrón de la tumba de Lucas. Dice algo para adentro. Esta vez se persigna, pero no llora.

10

El tío de Lucas se llama Ceferino. Como Namuncurá, el beato al que la familia Muñoz venera, y por el cual peregrina hasta la localidad de Chimpay, todos los fines de agosto.

Ceferino, Muñoz, es ferroviario. Está reunido junto a otros trabajadores al costado de unos vagones abandonados, en las vías cercanas a la estación. Es la cuadrilla que tiene a su cargo el arreglo y mantenimiento de los rieles y durmientes del Tren Patagónico. Una zorra vieja, de unos 100 años, un sólo pistón, y sin techo, los lleva cada vez que salen a las vías. Este jueves no salieron porque el viento de frente no les permite avanzar. El único pistón no puede con él.

Trabajar en la cuadrilla significa apenas llegar a los ocho mil pesos por mes de sueldo. “Son bajísimos”, dice uno de ellos que lleva puesto un mameluco naranja. “Acá sos ferroviario o policía, no hay otra”, dice otro con un mameluco parecido.

Esos trabajadores, junto a Ceferino Muñoz, participaron del corte de la Ruta 23 con el que el pueblo de Ramos Mexía exigió la aparición de Lucas. Primos, hermanos, tíos, padres o hijos de los mismos manifestantes, con uniforme policial, intentaron disuadirlos. “Es un delito federal, vamos”, los invitaron a retirarse. “Ustedes son lo que deberían moverse para que aparezca”, les respondió un ferroviario de mameluco naranja. Y se quedaron todas las horas previstas de la protesta.

“Conocemos a los Muñoz. Acá todos nos conocemos, son buena gente, toda una vida de trabajo, de familia, para que les hagan ésto”, dice otro de mameluco naranja al pie del vagón.

Ferroviario o policía. El tren pasa dos veces por semana por Ramos Mexía, uno hacia el oeste con Bariloche como destino final, y el otro hacia el mar, Viedma, la capital, como última estación. Tanto los sueldos ferroviarios como los de los policías son igualmente de bajos.

Después de nueve meses de instrucción, un policía está listo para salir a trabajar, le dan un arma y está en la calle, se escucha argumentar como ventaja. Parte de la familia Muñoz es ferroviaria; otra, policía.

En la casa amplia de los Muñoz, construida de a poco, llegó a vivir desde hace una semana un sobrino de Alicia y Pocho. También es policía. Desayuna a las siete y media y sale hacia la comisaría de Ramos Mexía. Viene de Bariloche, de donde se fue por miedo, luego de lo que le sucedió a su primo Lucas. Quería la baja, pero le consiguieron el traslado. Alicia lo mira salir: “Ojalá ninguno más de mi familia se meta a policía”, suplica.

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El viento que levanta nubes de tierra despeina a Ciro y nos obliga a agachar la cabeza en el breve trayecto que caminamos juntos de vuelta del cementerio. Alicia entrecierra los ojos. Parece enfrentarse a una nube de imágenes, en las que se mezclan la cara de Lucas, vivo y alegre y también muerto, bajo la lluvia, toda una noche. La imagen del rostro de Pocho, que no llora, sentado a su lado mientras ella espera en vano el mensaje que le pida una foto del guiso. Alicia que costurea, vende por día, cuida a una nena de dos años, amasa. Amasa en Ramos Mexía para no pensar.

Son como nosotros

Publicado: 13 septiembre 2016 en Daniel Wizenberg
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Cuando ISIS decapitó a cinco hombres por comer durante el ayuno del Ramadán, María se estaba haciendo las manos. Cuando Rusia atacó a los terroristas con buques, estaba estudiando en la biblioteca. Cuando Francia bombardeó el norte del país, estaba viendo una ópera. Para María, que vive en Siria, la guerra civil, la guerra contra el terrorismo, la guerra de los terroristas, es eso que sucede mientras hace otros planes.

Es un viernes cualquiera de otoño y anochece en el barrio católico Bab-al Salam, uno de los más poblados por no musulmanes de Damasco. María busca unos jeans gastados, una remera turquesa ajustada y unos zapatos de taco alto. Se cambia y aprovecha el clima cálido para ir caminando diez calles, sola, hasta la casa de Haya. Va a juntarse con cuatro amigas, que también tienen 21 años, para salir.

Se conocieron en la Universidad de Damasco, donde estudian odontología, cuando la guerra ya había empezado. Se ven tres mañanas por semana y todas las noches se juntan en la casa de alguna o en bar. Todos los viernes van al night club “Back door” que para las 12 se llena. Hacen fila para entrar, pasan sus carteras por el detector de metales, las palpa un policía varón. A María la espera Alzohuir. La ley matrimonial siria prohíbe casarse con alguien de otro culto y si se comprueba que tuvieron relaciones sexuales antes del matrimonio, el hombre debe pagar una dote. La relación con Alzohuir está permitida: él también es católico. Si bien no son novios oficialmente, cuando un hombre se acerca a su chica él se interpone haciendo ademanes de guardaespalda. Hace pocas semanas, en el mismo boliche, el papá de María apareció por sorpresa y le pidió que tenga cuidado con su hija. Cuando llegó estaban juntos pero no se besaban; nadie se besa en los night clubs de Damasco.

Sólo se baila; hombres con hombres, mujeres con mujeres y, a veces, mujeres con hombres.

También se toma. La mayoría bebe “Arak”, un anís de 49º de grados de graduación. Quienes se animan son católicos, o islámicos que no respetan aquello que el Corán pone en palabras de Mahoma: “si una gran cantidad de cualquier cosa causara embriaguez, entonces una pequeña cantidad de ello estará prohibida” para no despertar la ira de Alá. María sirve dos dedos de Arak en un vaso de trago largo y echa agua hasta la mitad, la bebida transparente adquiere un tono blanco, con esas medidas dos vasos son suficientes para marearse. Se toma cuatro y danza sola al ritmo de “Bailando” de Enrique Iglesias. “Con-tigo-vi-vir-con-tigo-bai-lar-con-tigo-unanoche-loca-completamente-lo-ca”.

Busca a Alzohuir y juntos se acercan hacia sus amigas y otros compañeros de la universidad, arman una ronda y fuman entre todos el tabaco sabor manzana de una narguile grande. El sábado se descansa pero el domingo es día hábil.

El viernes anterior, por primera vez en mucho tiempo, casi nadie salió. Tres morteros cayeron en el barrio BabAlSalam donde vive María. Los morteros son cohetes de fabricación casera que se lanzan hacia arriba e impactan donde sea. Sobre la capital siria llueven todos los días; desde cualquier punto de la ciudad se escucha un sonido parecido al de los fuegos artificiales pero más seco. De noche, cuando el ruido del tránsito de desvanece, se percibe con mayor claridad.

Desde hace cinco años caen bombas todos los días. Para María esa ya no es una razón suficiente para no salir. En 2012, después de un año entero yéndose a dormir escuchando misiles adoptó ese criterio. Utiliza un termómetro para medir cuán complicada está la cosa allá afuera: la cara de su mamá. Las variables son los niveles de congoja y preocupación, si los nota elevados llama a sus amigas para avisar que se baja.

***

La mañana siguiente a la fatídica noche del 13 de noviembre en la que siete atentados terroristas mataron a más de cien personas, e hirieron gravemente a más de 300 en la capital francesa, Bashar Al-Assad, el presidente de Siria, se reunió con un grupo de diputados franceses en su despacho. De impecable traje oscuro, con el bigote que usa desde hace años, expresó sus condolencias. Luego dijo:

—Lo que les pasó en París es lo que vivimos aquí en Siria desde hace cinco años.

El diputado “por los franceses en el exterior” Thierry Mariani, encabezó la delegación. Una periodista de la cadena de noticias francesa RTL le preguntó:

—¿Qué piensa de lo que dijo Assad?
—Que efectivamente la diferencia entre los sirios y los franceses es que los primeros están acostumbrados al terror— respondió el galo, perteneciente a una facción del partido opositor RPR, autodenominada como “derecha popular”, tan apartada del partido gobernante (el Partido Socialista de Francois Hollande) como de la dirección de su propio partido (a cargo de Nicolas Sarkozy).

Los sirios conocen bien el poder destructivo de ISIS: más del 40% de su territorio está bajo su control. Más allá de las comparaciones, siempre complejas, a veces injustas, ¿cómo se soporta en

Siria la violencia de ISIS, del propio gobierno y de los rebeldes? ¿Cómo afecta a las personas que pretenden continuar con sus trabajos, con su familia, con sus amigos, la intervención internacional? ¿Cómo viven la guerra brutal y declarada los ciudadanos que deciden permanecer en su país, o que no encuentran el modo de escapar? ¿Porqué muchos de ellos, hoy, usan la bandera de Francia y Siria como perfil de Facebook?

Después de los atentados en París, muchos sirios se sumaron a la propuesta de Facebook de poner sobre la foto de perfil la bandera francesa. Como muchos otros, María y el resto de sus amigas siguieron la movida pero con una aplicación alternativa, y pusieron la bandera de Siria.

María no milita en política. Evita la primera persona para hablar de la guerra en público. En su muro de Facebook comparte contenidos relacionados con el conflicto, pero no cualquiera. La de ella es una política del afecto: replica lo posteado Alzohuir. El domingo 15 de noviembre publicó: “Francia es el país europeo que más ha exportado jihadistas a Siria. Y eso fue bajo el gobierno de Sarkozy y de Hollande. Ahora los terroristas están regresando de nuevo a Francia asediados por la fuerza aérea rusa.” Bajo la frase, una caricatura en la que se observa a Hollande vertiendo gasolina sobre una Siria en llamas de la que se desprende un humo negro, el humo se convierte en ISIS cuando llega a Francia.

Dos días después del atentado, el domingo 15 de noviembre, Francia -de manera autónoma y sin articular con USA, el resto de la OTAN o Rusia- bombardeó Raqqa, “el corazón de Estado Islámico”, a tan solo 367 kilómetros de Damasco.

Si se le pide una opinión en privado María responde que sabe diferenciar entre políticos y civiles. Se siente muy dolida por las víctimas de París: “Son como nosotros”.

***

El conflicto sirio comenzó en marzo de 2011 cuando en plena crisis de la economía una serie de protestas masivas en varios puntos del país contra Bashar Al-Assad intentaban continuar con la “Primavera árabe”. A la fuerte represión de las fuerzas de seguridad se sumó la deserción de cientos de soldados del Ejército con el objetivo de conformar una armada rebelde, insurgente. Esos rebeldes fundaron el Ejército Libre de Siria (ELS). Querían derrocar a Assad. Fueron financiados por Estados Unidos y la OTAN, que ya invirtieron en el ELS más de 500 millones de dólares.

Pero no se trataba de una típica guerra civil entre un gobierno autoritario y opositores con financiamiento externo. Hubo más actores involucrados, como al-Nusra (los representantes de la misma organización a la que pertenecía Osama Bin Laden, Al Qaeda) y “La Brigada del Islam”, una organización cuya búsqueda más que territorial es religiosa, apoyada, sobre todo, por el gobierno saudí. El reino de Arabia Saudita es un emirato que pertenece a la rama del islam (mayoritaria) sunita.

Enfrentada desde hace cientos de años a los chiitas, la otra rama importante. Los fanáticos sunitas (tanto Al Qaeda, como BI y Arabia Saudita) niegan que los chiitas sean verdaderos musulmanes. A la condición “laica” del Estado Sirio, que siempre molestó a los sunies, se suman argumentos político-económicos: Arabia Saudita y el gobierno de Assad hace tiempo que no tienen relaciones diplomáticas, lo que incide negativamente en el peso de los sirios para influir en el precio del barril de petróleo. A pesar del apoyo saudí a Al Qaeda y BI, Estados Unidos y la OTAN mantienen con el emirato una histórica alianza geopolítica.

Cuando parecía reproducirse lo sucedido con Saddam en Iraq, Kadaffi en Libia o Mubarak en Egipto y los principales medios de Occidente debatían si Assad se exiliaría o sería asesinado, él encontró aliados que salieron a defenderlo: Rusia (con un Vladimir Putin decidido a revivir la Guerra Fría), China, Irán y la organización libanesa Hezbollah (estos dos últimos chiitas y con una fuerte posición anti-occidente).

El escenario original de una compleja guerra civil se transformó en una intrincada guerra de dimensión global que se profundizó en el verano de 2014: desde Iraq ingresó el Estado Islámico de Iraq y el Levante (ISIS). El ISIS es un desprendimiento fundamentalista de la organización Al Qaeda dispuesto a fundar un califato, un Estado Islámico (EI) como el que proponía Mahoma unos cuantos siglos atrás. Ya controla un territorio más grande que el de Reino Unido. EI hace regir la sharía, la ley del islam, en cada porción de tierra que toma. Está compuesto por sunitas pero también ha incorporado militantes europeos comprometidos con el rechazo a Occidente, a los chiitas, a los católicos y a los judíos, como algunos de los detenidos por los atentados en París.

***

Para viajar a Siria es necesario sacar una visa. Una vez otorgada se imprime a todo color en el pasaporte y fija una semana como límite máximo de permanencia. Como a sus aeropuertos llegan escasos vuelos de línea lo más recomendable es hacerlo vía Beirut, la capital del Líbano conocida como “la París de Medio Oriente”. El jueves 13, un día antes de los ataques en la París de Occidente, la de Medio Oriente sufrió el primer gran atentado en 25 años, también en manos de ISIS. Murieron alrededor de 40 personas. Días atrás, habían derribado un avión de pasajeros rusos. Es decir: realizaron tres ataques en distintas partes del mundo en una semana.

Apenas se cruza la frontera, hasta llegar a Damasco hay que detenerse en cada uno de los diez “check-points”, bajarse del auto o el ómnibus y dejar a los soldados revisarlo todo.

Del lado libanés la ruta está plagada de avisos publicitarios de telefonía móvil, gaseosas y cigarrillos en francés y en árabe. Del lado sirio, todos muestran la cara de Bashar al-Assad. Al entrar a la capital la imagen del presidente se reproduce un promedio de seis veces cada cien metros. Bashar con un niño, Bashar de traje, Bashar vestido de militar. Nunca aparece vestido de médico: Bashar es oftalmólogo y ejercía la profesión cuando vivía en Londres. Era la envidia de sus compañeros porque había logrado conquistar a Asma, la joven sunita calificada como la “Lady Di de Medio Oriente”. En 1994, su hermano mayor Bassel murió al chocar su Mercedes Benz. Su padre, Hafez, presidente hacía casi treinta años y enfermo de leucemia, llamó a Bashar para comunicarle que su vida tranquila y lejana había terminado.

Bashar volvió. Fue coronel, después general y finalmente en el 2000, con 34 años, se convirtió en presidente. Sería el primer presidente alauita (una rama de los chiitas) en la historia de los 57 países árabes del mundo, sólo posible en una República constitucionalmente árabe pero laica. Su pequeña comunidad convivió muchísimos años, con relativa tranquilidad, junto a las otras ramas del islam, los sunitas y chiitas, pero también con los kurdos y los católicos.

***

Maloula es un pueblo milenario de montaña a 60 km al oeste de Damasco, al que el sol baña todo el año y donde todavía muchos hablan arameo. Para Amin, Aylan, el pequeño sirio fotografiado muerto en una playa de Turquía, es un mártir. Eso le dijo a su mamá cuando le mostró la foto, antes de llevarlo a la escuela. Tiene diez años y cursa quinto grado. Todos los días recibe entrenamiento militar en el colegio.

Hace dos años en Maloula vivían cerca de 2000 personas, Amin y sus cuatro amigos tenían puesta la camiseta del Barcelona mientras pateaban una pelota gastada en el patio de la casa de su abuela. Fue ella quien pegó el grito de alerta apenas escuchó la primera explosión. Todos se escondieron en sus casas, salvo Amin, que corrió a las montañas. Maloula tiene una sola ruta de acceso y el estallido vino de ahí. Un “mártir” jordano jihadista se inmoló mientras conducía un camión cisterna cargado de gasolina cerca de un puesto de control del Ejército. Se desarmó la defensa de la ciudad y los terroristas de ISIS tomaron el control en pocas horas.

Ese 4 de septiembre de 2013 Amín vio de frente a los encapuchados entrar al pueblo, cargados de fusiles. Amín corrió hasta un sector donde las montañas chocan pero dejan una grieta, un pasillo suficientemente amplio, de no más de dos metros de ancho y nueve de altura que termina del otro lado de la ruta, en la que se alza una iglesia ortodoxa griega del año 1000 DC y algunas casas. El padre de la iglesia griega encontró horas después al pequeño acurrucado en un rincón del corredor montañoso. Se quitó su sotana religiosa y, vestido de civil, lo llevó a su casa. Para ese momento los terroristas ya estaban en la calle principal invitando a los habitantes a decir la shadada: la declaración de fé en un único Dios, Alá.

Dos jóvenes se negaron y fueron decapitados, delante de todos. Amín y toda su familia también observaban la escena. Debieron dejar a Cristo de lado, y jurar por Alá para sobrevivir. Durante esos días Amín se aferró a su madre y no salió de su casa en las 150 horas que duraron los combates. Pasaba el tiempo dibujando y durmiendo.

La ocupación fue reprimida en cinco días por el Gobierno. El paso de los jihadistas aún se nota en las iglesias milenarias incendiadas, las ventanas sin vidrio, las cortinas de los locales perforadas por las balas y la escasez de población. Amín y su familia decidieron quedarse, al igual que las monjas ortodoxas griegas vestidas con burka (una prenda que cubre el cuerpo y la cara por completo) del monasterio de Santa Tecla. Sus vidas corrían grave peligro si la ocupación se extendía algunas horas más. El mito que da origen a la patrona de la ciudad es asombrosamente similar al relato de Amín. Santa Tecla de Iconio es considerada la primera mártir de la historia, discípula de San Pablo cuando él predicaba en Damasco. Fue condenada a muerte en diversas ocasiones, y se salvó. El más célebre de sus escapes es toda una leyenda: Tecla estaba acorralada en las montañas de Maalula, escapando de soldados que tenían orden de ejecutarla. Luego de rezar fervorosamente, un rayo cayó sobre la roca, formándose una profunda fisura, por la que pudo escapar. Después volvió a Maalula, convirtiendo a muchos de sus habitantes al cristianismo. Pasó sus días en una cueva, donde ahora está el monasterio.

El gobierno otorgó subsidios para la reconstrucción de la ciudad, reabrió oficinas del Estado, una escuela y unos cientos de locales regresaron. En el colegio, después de aquella experiencia, en ese pueblo todos los alumnos reciben un entrenamiento militar en el que aprenden técnicas básicas de combate, como disparar un arma.

Amin ya no juega al fútbol con los pocos amigos que permanecen en la ciudad. Tampoco usa más la camiseta del Barcelona. Anda todo el día con su uniforme militar.

***

A pesar de ser todos “rebeldes” sunitas y wahabistas (fundamentalistas) y de estar enfrentados a Assad, EI, alNusra y la Brigada del Islam no siempre trabajan de manera articulada. En la mayoría de los distritos, mantienen fuertes luchas territoriales entre sí, a las que se suma ELS. Como es un grupo secular fue calificado como un movimiento de “rebeldes moderados”.

Una parte importante de las armas y la logística (cientas de camionetas Toyota por ejemplo) entregadas por Estados Unidos y la OTAN al ELS fueron capturadas por Estado Islámico que, apostados sobre todo en el norte del país, recibieron desde Octubre algunos embates y bombardeos, principalmente de parte de Francia y Rusia. La intervención bélica externa directa fue inconstante, la primera intervención terrestre fue la rusa, hasta ese momento Estado Islámico sólo fue atacado, por parte de gobiernos extranjeros, por vía aérea. En un principio, cuando EI nació, la estrategia por parte de Estados Unidos y OTAN fue dejarlos hacer: eran un frente más para debilitar a Assad.

Hoy la capital del país es controlada por el Estado central pero los suburbios de Damasco están repartidos entre los diferentes grupos rebeldes.

La información que circula es muy imprecisa. Resulta difícil confirmar quién lanza cada ataque. Los medios oficiales –es decir, todos los locales- lanzan hipótesis diferentes todos los días y los pocos corresponsales extranjeros hacen foco en las batallas del norte del país. Ya no le prestan atención a los bombardeos sobre la capital. Algo que sucede todos los días durante cinco años, deja de ser noticia.

***

Para tapar el ruido de las bombas y de los enfrentamientos entre las fuerzas oficiales, alNusra y el ELS en las afueras de Kafranbel, una pequeña ciudad siria cercana a la frontera con Turquía, Hadi, un profesor de literatura de 27 años, se encerraba en su cuarto y subía el volumen de los parlantes de su computadora al máximo.

El día en que ISIS intentó entrar a la ciudad cruzando fuego con las otras 3 fuerzas que habitualmente combaten en la zona, su padre no tuvo tiempo de encontrar un lugar seguro. Quedó en el medio del tiroteo. Cuando comenzaron los disparos Hadi estaba en su casa. Gritó a su mamá y a su hermana que se encerraran en el placard. Se pusieron un casco de bicicleta cada una y permanecieron agachadas cubriéndose la cabeza durante 2 horas. Hadi apoyó el sillón contra la ventana principal para intentar amortiguar las balas, cerró la persiana y se acostó en el piso con las manos en la nuca. Cuando el repiqueteo terminó fue a abrazar a las mujeres de su familia y lloraron juntos unos minutos, quietos.

Un día antes de cumplir 26 años Hadi se sumó a los 5 millones de desplazados sirios en el exterior, marchó a Estambul. Su pueblo ya estaba controlado por los “rebeldes moderados”, el grupo del cual él forma parte, con una militancia virtual. Un día después de enterrar a su padre, sintió que la alternativa, al quedarse, era agarrar un rifle para combatir al Ejército oficial. Pasar de la guerra simbólica, al ataque real. No quería eso.

Ahora, bajo el sol radiante de la capital de Turquía, Hadi camina por la plaza Taksim buscando un Starbucks. Acaba de obtener la visa para viajar a Estados Unidos pero aún no le comunicó sus planes a la familia que quedó en Siria. Paga en la caja el pedido y espera el vaso alto con su nombre. Llama por Skype a su madre. La señal del otro lado es muy débil y la comunicación fracasa. Intenta por teléfono, hablan dos minutos. Hadi lagrimea. Lanza un “Ajak-bakí” (“te amo” en arabe) y corta.

Contribuyó con el ELS, intentando derrocar al oficialismo desde lo audiovisual y las redes sociales. Creó, entre otras plataformas, la fan page Kafranbel Syrian Revolution (https://www.facebook.com/kafrev). Desde ahí publica videos y memes. Para producirlos reunió un equipo de militantes, encargados de hacer pancartas escritas en inglés y cartulinas con caricaturas. Fotos de un grupo de personas en Minesotta con carteles que dicen “Russia Hand Off Syria!”, selfies de soldados del ELS con explosiones de fondo, pancartas denunciando que Assad usa bombas químicas y videos en los que se observan niños afectados por la guerra, algunos de ellos, muertos. Las últimas publicaciones expresan solidaridad con París. En otras, fotos de gente con carteles en inglés, dicen: “Matar civiles en París es terrorismo. ¿Pero qué pasa con matar civiles en Siria por parte de Rusia y Assad?”

Hadi está convencido de que el ELS es el más débil de todos y siente que Estados Unidos los fue dejando solos. A fines de 2014, Hillary Clinton, ex Secretaria de Estado y candidata a presidenta del partido demócrata, de Obama, anunció que iban a dejar de apoyar a los rebeldes “porque habían resultado funcionales a Estado Islámico”. Pero tanto su país, como la OTAN, no cambiaron su estrategia.

Termina el frapuccino y va a trabajar. Enseña Historia en una escuela específica para niños sirios desplazados, parte de los más de cien mil nuevos alumnos de primaria y secundaria que se sumaron desde Siria al sistema educativo turco pero de forma diferenciada, en los últimos dos años. Algunos vivían con sus familias en las estaciones de metro de Estambul hasta que el gobierno lo prohibió. Cada vez que la policía turca encuentra algún refugiado en esa situación el gobierno lo reubica en alguna de las carpas que la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) montó en las afueras de la ciudad.

***

“Para irse como se van, mejor quedarse” suele decirles Rawad a sus alumnos de español en la Escuela Secundaria nº 2 de Damasco, en el barrio islámico de Bab-Tuma, cuando surge la discusión sobre los refugiados. Rawad también quiere vivir en otro país pero no de cualquier forma.

Lamenta no saber cocinar. La electricidad viene a las 9 y se corta a las 12; vuelve a las 4 y se termina a las 7. Son sólo 6 horas por día. No puede refrigerar alimentos y no saber prepararlos lo obliga a gastar la mayor parte de su sueldo en comida hecha.

El Código Sirio de Estatuto personal dice que “no está permitido al hombre casarse con una quinta esposa, mientras que no repudie a una de sus cuatro esposas y ésta finalice su `idda”, el período de espera similar al duelo. Rawad sólo tenía una y lo acaba de dejar.

En un país con un 55% de desocupación él conserva su trabajo pero con el correr de los años su salario le quedó corto para mantener a su mujer. No sólo perdió poder de compra por el 257% de inflación anual que sufre la economía; hace dos meses le comunicaron que su salario iba a volver a bajar.

Cuando abre su Facebook, Rawad imagina que vive en España. Busca en el chat a algunos de sus amigos españoles esperando novedades, prometieron enviarle un contrato de trabajo que aún no llega. El idioma español no sólo le da de comer sino que es una puerta de salida del país que aún no se termina de abrir. Hace veinte años, cuando terminó el profesorado, pasó un tiempo en Madrid y ahora sueña con trasladarse a esa ciudad en la que fue feliz por unos meses. Rawad repite que quiere mudarse pero no ser un refugiado. Entre los pocos contenidos locales de su time-line hay una típica foto de desplazados sirios en una balsa en el Mediterráneo con una leyenda en español que reza “el que se va sin que lo echen…”.

Cuando vio la foto de Aylan, en el muro de sus contactos comentó: “No es culpa de Siria, sino de los padres.”

Luego de los atentados en París, algunos medios levantaron la sospecha, no confirmada: uno de los detenidos sería un sirio que habría ingresado a través de Grecia, y llegó a Francia como refugiado. Rawad publicó en su facebook: “Yo también creo que hay terroristas entre los refugiados. La guerra va de Arabia Saudita a Yemen, de Iraq al Libano y de Siria a Alemania”. Así se suma un complejo eslabón más al ya complicado tema político y humanitario de los exiliados, que afecta tanto a Siria como a la Unión Europea. Y también, al resto del mundo.

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Ibrahim, a sus 9 años, no guarda tantos recuerdos como Amín. Cuando despertó de la operación los médicos le preguntaron qué pasó y él respondió: “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Una asistente social del gobierno se acercó para intentar obtener más información e Ibrahím le dijo todo lo que sabe: “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Cuando fue visitado por periodistas extranjeros repitió “Volvía de la escuela cuando cayó una bomba desde el cielo”. Pero agregó un pedido: “hagan algo”.

Pudieron haber sido las fuerzas de Assad pero en esa batalla el gobierno controlaba la ciudad, en posición defensiva y disparando hacia fuera de la zona urbana. La responsabilidad por la bomba que impactó sobre Ibrahim quizás radique en alguna de las otras fuerzas. Pudo haber provenido de un avión caza francés. O ser un misil de los “rebeldes moderado”s de ELS. O un mortero wahabista del ISIS.

Ibrahim nació y vivía en Homs, a 170 km de Damasco; supo ser la tercera ciudad más importante de Siria. Quien encontró a Ibrahim lo llevó a un puesto sanitario del gobierno. No se permite el ingreso de Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras y no se han brindado argumentos oficiales sobre tal decisión. Desde las organizaciones comentan que es por temor a una hipotética injerencia en el flujo de la información de la que Assad tiene el monopolio en los territorios que controla, el 60% del país, según la mayoría de las fuentes.

Por la complejidad del cuadro, Ibrahim fue derivado urgente a Damasco. Le amputaron su pierna derecha. La asistente social no tiene información sobre sus padres: cuando le den de alta irá al orfanato “Dar Al-Aman”. Significa “Casa de la seguridad” aunque en 2013 un cohete cayó sobre el edificio y murieron dos niños.

El gobierno acusa: aquel cohete lo tiraron los rebeldes. Los rebeldes de ELS dicen que fue el gobierno. U otro grupo de rebeldes como al Nusra. O alguno de los 13 países que intervienen en el conflicto. Con cada disparo se vuelve a dar la misma discusión. Con las armas químicas, también.

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El día después de que su mujer y su hijo murieran casi sin darse cuenta, inhalando gas sarín, Alí rezó al amanecer, al mediodía, a la tarde, al ocaso y a la noche. Desayunó, almorzó, merendó y cenó. Hizo todo lo que hace un día normal. No lloró.

El 21 de agosto de 2013, mil cuatrocientas personas en los suburbios de Alepo murieron de la misma manera, respirando compuestos de laboratorio. El gobierno de Assad se desprendió de sus armas químicas según una supervisión enviada por la ONU. Pero igual fue acusado por los rebeldes y la OTAN de haber sido el responsable de esparcir las pequeñas bombas que llenaron Alepo de gases tóxicos. No es el único lugar donde se usaron armas de ese tipo. En Gouhtha en 2013 y en Damasco en abril de 2015 se comprobó la utilización del mismo gas aunque no encontraron responsables. El gobierno de Estados Unidos afirma tener pruebas de que Estado Islámico ataca con gas mostaza, pero no lo denunciaron ante ningún organismo internacional.

El barrio de Alí hoy es una serie de casas con puertas rotas, forzadas en busca de sobrevivientes y Alepo se transformó en poco tiempo en la ruina de la ciudad económicamente más importante de Siria.

Si en alguna conversación alguien habla de la guerra Alí sólo repite que su mujer y su hijo son mártires, no víctimas. Aunque es palestino, los piensa como una ofrenda a la patria. Los refugiados palestinos gozan en Siria de plena ciudadanía.

Su familia es parte de los 250 mil muertos desde que comenzó la guerra. Él es uno de los 6 millones de desplazados internos. Tiene 72 años y no tuvo otra opción que mudarse a la capital. El gobierno le dio una habitación, una pensión mínima, una colchoneta y algunas sábanas.

Todos los días asiste a la “Fundación nuestros mártires” en la que encuentra otros familiares de caídos, recibe apoyo moral y resuelve alguna de las comidas del día.

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La palabra que más sale de la boca de Alí es “Inshallah”, antes y después de que se enterara de los atentados en Francia. La frase significa “lo que Dios quiera”. Es muy común en todo Medio Oriente: se usa como respuesta a todo. Ante situaciones críticas. Y en la vida cotidiana. Que a veces son lo mismo.

—Entonces, ¿nos vemos a las 9?
—¡Inshallah!
— Me siento mal, no puedo más.
—Mañana, Inshallah, estará mejor.

“Inshallah” es, también, el título de la novela de Oriana Fallaci, la periodista italiana que vio cómo dos camiones, conducidos por suicidas, llenos de explosivos, mataron más de 300 soldados franceses mientras dormían. Sucedió en Beirut. En el año 1983. En su texto, Fallaci intenta correr el eje de la cuestión religiosa. “El tema que hay que abordar no versa sobre la guerra, versa sobre los hombres que deciden sobre la guerra”. En el medio de esos hombres que deciden la guerra existen otros hombres y mujeres. Víctimas en Occidente y en Oriente. Huérfanos, madres y padres que perdieron a sus hijos. La familia de Alí y de Ibrahim. El papá de Hadi y, entre otros centenares, ciento veintinueve ciudadanos franceses.

Es la primera entrega del día y Santos acelera el paso sobre el puente peatonal que atraviesa una de las avenidas más congestionadas de la ciudad. Pero a esta hora de la mañana –las 11, más o menos– las vías están más bien despejadas. Un grupo de estudiantes se agolpa para entrar en la Universidad de Lima. Santos trae consigo una mochila repleta de discos que pesa como un difunto. Un profesor, viejo cliente suyo, le ha pedido una decena de películas para un taller de la Facultad de Comunicaciones. Es mayo de 2014 y, bajo la resolana que le brilla en la pelada, el pirata favorito de los cinéfilos peruanos cumple con hacer una de sus últimas entregas.

—¿Tú eres Santos? –le pregunta de pronto un chico de camisa a cuadros.

Santos advierte de que se trata de un enviado del profesor. Asiente y saca las películas envueltas en una bolsa negra. El joven, que frente a él parece un enano de circo, le recibe el encargo, le da un billete y se despide. Santos ojea dentro de la mochila: quedan sólo dos entregas más.

—Estoy jodido –se lamenta.

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Santos Herrera, quien hasta hace poco más de un año era uno de los piratas más solicitados de Lima, tiene 45 años, los párpados pesados y los ojos mínimos. Una antigua clienta suya lo describe como «un cuchi-cuchi, pero grande». En el habla más doméstica del cariño, cuchi-cuchi se usa para referirse a alguien que desborda ternura. Pero este retrato es una segunda impresión, porque a primera vista, su talla, su barba cenicienta y su contextura intimidan. Con el tiempo, sin embargo, Santos va tomando para uno la forma de un gigante bueno que, por lo general, habla pausado hasta que la pasión le atropella. A menudo da la impresión de que su memoria va por mucho kilometraje adelante de su voz. Cuando menciona el título de una película se ahoga diciendo dos o tres más casi sin proponérselo.

—Mi mente siempre vuela a mil. Siempre vuela a mil –dice Santos camino a una entrega en Miraflores, el distrito más turístico de Lima.

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En los años ochenta, Santos vivió su adolescencia en El Porvenir, en La Victoria, una zona popular pegadita al centro de la ciudad. En ese entonces al cine se iba con mucha regularidad y el barrio de Santos rebosaba de salas de proyección. En la segunda mitad de la década, cuando el terrorismo se trasladó de la sierra a la capital y Perú cayó en la peor crisis social y económica de su historia, los limeños se encerraron en sus casas y el negocio de los cines entró en una penuria que duró más de 10 años. De los casi 120 cines que habían en Lima, para 1991 quedaban 100 y en 1994, sólo 60. El resto de las salas del mundo también padecía la crisis por la aparición de nuevas tecnologías como el VHS, el primer gran soporte de la piratería.

En ese entorno, Santos empezó su educación cinematográfica. El cuenta que desde entonces procura ver entre una y dos cintas diarias. No vale la pena hacer el intento de calcular cuántas películas ha visto en su vida, porque una cifra inverosímil no aporta nada. Basta con decir que ha visto muchas, muchas películas. Pero lo que más sorprendía a sus clientes era la capacidad de recordarlas como si se le proyectaran al interior de la frente.

Y este último rasgo es precisamente el que lo define. La referencia mínima que puedas tener sobre una película le basta para encontrarla. Con tener un recuerdo nítido de la escena de una cinta puede alcanzar, así no pronuncies bien el nombre del director, o no recuerdes si la película es belga o francesa, o si es de los noventas u ochentas. «Yo con solo leer el título sé si anda por la Red o si está en Polvos», cuenta Santos.

Lo que él llama su “disque éxito” se debe también a las selecciones especializadas que realizó; recopilaciones de películas sobre arte, arquitectura, danza, fotografía.

Hasta mayo de 2014, entregando cintas de contrabando a domicilio, Santos ganaba al mes alrededor de 2.500 soles (poco menos de 800 dólares). Por su catálogo y su capacidad para recomendar, entre sus clientes resaltaban varios rostros conocidos de la escena cultural de Lima. Era el repartidor más solicitado por cineastas, críticos, artistas, escritores y periodistas. “Ahora no llego ni a los 300 soles mensuales. Y eso es jodido”, cuenta.

Pese a que la discreción parezca una regla natural en el oficio de la piratería, Santos dentro de todo siempre fue muy notorio. En “La República”, uno de los periódicos más importantes del país, el periodista Renato Cisneros se refiere a él en una columna: “Es la persona que me suministra películas que, ni por casualidad, aterrizarán en las marquesinas locales […]. En su trabajo hay informalidad, sí, pero su espíritu benefactor lo resarce”. Como este, otros tantos testimonios de clientes de Santos se han colado en la prensa escrita, radial y televisiva. Incluso, en una micro-comedia web bastante popular en el Perú, llamada “Los Cinéfilos”, Santos tiene una escena en la que se interpreta a sí mismo. Al final del capítulo, uno de los protagonistas se gira hacia a él y le dice: “Nunca te mueras, huevón”.

Santos era, en realidad, ya tan público que nadie pudo prever que, en marzo de 2014, un cortometraje de “MotherBoard”, la vertical tecnológica de la revista “Vice”, tuviera el efecto que tuvo en Lima. Sobre todo porque iba dirigido a un público norteamericano. Los noticieros locales, que reeditaron a su gusto fragmentos del documental, lo convirtieron en denuncia: “Un medio estadounidense desvela la piratería en el Perú”. El enfoque parecía una broma, porque la piratería cinematográfica corre desnuda desde siempre por todas las calles del país: más del 95% del cine que ven los peruanos en DVD procede del mercado ilegal. “Hay policías que van a comprar en uniforme. ¿Desde cuándo es novedad la piratería?”, reclama Santos.

El documental de “Vice”, titulado Peru’s DVD pirates have exquisite taste (Los piratas peruanos de DVD’s tiene un gusto exquisito), se centró en Santos y en los vendedores de un lugar mítico de la piratería cinéfila: el Pasaje 18, un corredor dentro Polvos Azules, la galería comercial más popular de Lima, en donde existe un oasis de cine clásico e independiente desde hace más de 11 años.

Santos, por su papel protagónico, fue quien pagó por los platos rotos. En Polvos Azules le mostraron los dientes y una advertencia clara le llegó a través de un amigo: “Gordo, no te aparezcas en buen tiempo por acá. Te lo aconsejo por tu salud”.

Una semana después, en el Pasaje 18 se respiraba tensión. Un par de estudiantes, con una cámara de video, intentaban hacer un reportaje para una asignación universitaria. Los dueños de las tiendas –por lo general amables y voluntariosos– se negaban por todos los medios a responderle a los muchachos. A un lado, dos comerciantes conversaban sobre Santos: “A él lo jodió su vanidad. Quién le manda a aparecer en un documental.”

Mariano Carranza, el responsable del corto-documental, quien tiene en “Vice” un cargo híbrido entre productor y director, es un peruano que antes de residir en Nueva York fue por mucho tiempo cliente de Santos. Tras el impacto inesperado del cortometraje, Santos no le quiso volver a hablar. “Creo que se desahogó conmigo porque yo era el realizador del documental”, dice Mariano. “Los medios en Perú son una porquería. Yo creo que se entendió lo que quise contar. Si los canales de TV en su afán de buscar noticia lo tergiversan, ya escapa de mis manos. Es más, en algunos rebotes pixelaban el logo de ‘MotherBoard’. Eso ya sobrepasa cualquier límite, no sólo legal y ético, sino de mínima cortesía.”

Aunque poco después del escándalo sus compañeros del Pasaje 18 le incentivaban a volver, Santos temía por las represalias de los mayoristas de Polvos Azules, quienes aseguraban que los había expuesto al peligro de una intervención policial. Como pronto le fue imposible seguir trabajando sin acceder a los catálogos de la galería, su negocio cayó en picada. Además, un amigo de Santos que trabaja en la Fiscalía le advirtió que la policía podría irrumpir en su casa. “No sé cuándo, pero estoy seguro de que te van a intervenir”, le dijo. Una vez avisado, Santos se deshizo de casi toda su colección personal. Una madrugada tomó los más de 4.000 DVD’s que tenía y los repartió entre tres de sus mejores clientes. “Los tombos piensan: ‘A este cojudo lo tenemos que intervenir’. Pero se van a llevar un gran sorpresa porque yo ya no tengo nada”, explica él.

Es muy sabido que en Lima las intervenciones a los locales piratas se hacen entre agosto y diciembre. Tras un largo rumor de que se avecinaba una, la policía arremetió el 13 de septiembre de 2014 contra más de cien tiendas de DVD’s en Polvos Azules. No parecía haber relación con el documental porque al Pasaje 18 ni lo miraron. Sin embargo, todos los contrabandistas coinciden en que “Vice” cometió un error. En el sótano de Polvos –justo el lugar de la intervención –, donde se trabaja la piratería a gran escala, los mayoristas graban DVD’s de a decenas en las llamadas torres de copia, unas máquinas hasta la altura de las rodillas muy parecidas a un CPU. “Vice” las mostró y no debió, piensan ellos.

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Para un país con una de las conexiones a Internet más lentas del mundo y casi huérfano de filmotecas, lo que trae consigo la piratería no se condena, se elogia. Un gran número de directores peruanos van por sí mismos a entregar su película a los piratas, porque la mayoría de ellos le adeudan al Pasaje 18 su educación audiovisual. El documentalista Javier Corcuera lo explica mejor que nadie en la dedicatoria de su cinta La espalda del mundo. Esta dice: “A Polvos Azules, por democratizar la cultura”.

Corcuera es uno de los cineastas que entregan sus películas directamente a los piratas del Pasaje 18, pero con la condición de que no se altere el producto y que las copias sean de buena calidad. Además, propone que se obligue a pagar un canon a quienes él llama los verdaderos piratas, aquellos que otorgan el soporte para la piratería: las grandes importadoras de discos en blanco y la Telefónica, por ejemplo, que gana millones en el Perú por dar un servicio de Internet que es usado para descargar películas ilegalmente. El camino para que los artistas vivan de sus obras, piensa él, no es criminalizar a los pequeños comerciantes ni a los compradores de contrabando sino hacer responsables a los que realmente lucran con ese negocio.

Andrés Wood, el director chileno de Machuca, cuando estuvo en el Perú en 2009 por el Festival de Cine, se refirió en privado a Polvos Azules como la “mayor filmoteca de América Latina”. Él, como tantos otros directores extranjeros que llegan a Lima, acude al Pasaje 18 para conseguir todo el cine que probablemente no encuentre en ninguna otra parte, y paga por película algo parecido a lo que cuesta un litro de Coca Cola. Si uno revisa los catálogos cinematográficos del Pasaje, se encontrará con varios autógrafos de cineastas. Florencio, uno de los primeros comerciantes de cine independiente en este lugar, presume a menudo de la firma del director tailandés Apichatpong Weerasethakul.

Santos es uno de los hijos más célebres del Pasaje 18. Hace 10 años, luego de trabajar en el MHOL (una asociación civil peruana que vela por los derechos de los homosexuales), se inició como vendedor de piratería en un stand de Polvos Azules llamado Mondo Trasho. Este local fue una de los primeros en tener un cartel y Santos propuso llamar la atención con un eslogan que se convertiría en una muletilla constante entre los vendedores del Pasaje: “sólo-para-conocedores”.

Si uno va de sur a norte por el Paseo de la República, una de las vías más importantes de la ciudad, justo antes de experimentar la sensación de estar en el centro de Lima, a su mano derecha se encuentra con Polvos Azules. Hay muchos rumores sobre esta galería, pero una única verdad: en Polvos Azules se encuentra todo: ropa y calzado, videojuegos, relojes, celulares, discografía musical, computadoras, juguetes, muebles y un largo etcétera. Sin embargo, es particularmente conocido en los últimos años por el comercio de DVD’s. El periodista Jaime Bedoya escribe lo siguiente: “He comprado productos piratas en Nueva York, Madrid, París, Seúl, Buenos Aires y Río. Doy fe en que ninguno de esos lugares he encontrado el standard de calidad ilegal del DVD pirata peruano”. Bedoya hace también una salvedad: “La piratería seguramente es mala, pero el desempleo debe ser peor”.

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Desde que Santos perdió su trabajo ha vuelto a ir a Polvos Azules solo tres veces en casi un año y medio. “Pero como un rayo”, dice él. “Una visita de médico”.

Santos menea la cabeza de lado a lado buscando un tenedor. Es la hora de almuerzo y está frente a un plato de arroz chaufa, en un restaurante a unas cuadras de su casa. En este tiempo ha trabajado de todo: de encuestador, mensajero, de operador logístico en una constructora… “Te contaré que hasta he dado masajes”, confiesa. Ha participado también de series web, videoclips, en una telenovela y de extra en una película. “Si tienes buena vista, me ves”, dice.

Ahora mismo, Santos evalúa si postular a algún trabajo como vigilante, aunque antes estuvo cerca de ser un superhéroe. Sus clientes le pedían imposibles: “Habían personas que me pedían películas que se estaban proyectando en el Festival de Cannes. ¿Cómo vas a tener una película que no se ha estrenado en ninguna parte del mundo? La gente te pide cada cosa…”, y sonríe antes de llevarse el tenedor a la boca.

Cruzando la avenida Los Quechuas, en una callecita de Salamanca, una zona de clase media al este de Lima, Santos vive con sus hermanos. “Juntos, pero no revueltos”, aclara. En el cuarto piso de un edificio color melón, Santos tiene una habitación de madera que construyó hace unos años. Sus hermanos, sus parejas e hijos viven repartidos en el resto de departamentos.

En este último año, Santos ha sido varias personas en una: para la justicia, un pirata; para la sociedad, un desempleado; para sí mismo y sus feligreses, un difusor cultural. La mesera le ha retirado el plato, y él ha cruzado los brazos sobre la mesa.

—Pero yo quiero decir algo… –se pone serio–. Si tú tienes una película propia, y eres un completo desconocido, y tu película la piratean en Polvos, siéntete halagado. ¿Me entiendes?