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Distrito Feral

Publicado: 21 julio 2016 en Andrés Cota Hiriart
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No es precisamente que los encuentros zoológicos inesperados obstaculicen una cotidianidad del todo plácida, a fin de cuentas, si por algo se destaca la vida capitalina es por su inagotable salvajismo: tráfico demente, enfermedades gastrointestinales, contaminación ingrata, terremotos, asaltos, secuestros y corrupción en todas su modalidades. Sin embargo, nada como una alimaña veloz, que se escabulle furtivamente debajo de la cama, para ponerle un poco de sabor a la machaca. Quizá no debería sorprendernos que una variedad considerable de criaturas inquietantes acechen entre el asfalto, después de todo, y aunque a primera vista no resulte evidente, vivimos en una de las urbes más biodiversas del planeta.

Por supuesto que ganas no han faltado para aniquilar el entorno biológico que nos rodea. En aras del progreso social talamos montes, entubamos ríos, desecamos lagos y poco a poco recubrimos centímetro tras centímetro de cemento. Pero la madre naturaleza es persistente. Y pese a la devastación ecológica implícita en figurar, de acuerdo con el International Business Times, dentro del ranking de las cinco ciudades más grandes y pobladas del mundo (con 22 millones de habitantes y contando), en los escasos remanentes rurales de la megalópolis azteca, aún es posible encontrar animales silvestres. Son los últimos sobrevivientes de las taxonomías nativas que precedieron al asentamiento humano y algunos forasteros exóticos que han hallado su hogar en la caótica selva de concreto.

Para empezar es necesario saber dónde estamos. No en términos socioeconómicos, sino biológicos. La enorme mancha metropolitana del DF y su zona conurbada se extiende dentro de la cuenca del Anáhuac: un gran valle de altura, en otros tiempos decorado por cuatro lagos extensos, que queda delimitado por escarpadas cordilleras volcánicas. Nos encontramos en el corazón del eje neovolcánico transversal: a un lado se levanta la Sierra Nevada, donde descansan el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl; al otro, la Sierra Ajusco-Chichinauhtzin. En los extremos opuestos, y ya casi devoradas en su totalidad por la proyección urbana, están la serranía de Santa Catarina y la de Guadalupe, con la Basílica a sus pies. Esto le confiere al área un gradiente altitudinal marcado, que va desde los 2,200 metros sobre el nivel del mar en Xochimilco, hasta cerca de los cuatro mil en las faldas de los volcanes. Y en biología, diferencias de altura significan diversidad de biomas. Lo que implica un amplio abanico de nichos ecológicos que explotar.

Igualmente importante es el hecho de que el Valle de México se localiza sobre una frontera biogeográfica. Un territorio en el que convergen dos ecozonas distintas: el neoártico y el neotrópico, cada una constituida por un tipo de biota particular. Dicho de manera sencilla: “La ciudad de la esperanza” se erige sobre una región de transición en la que podemos encontrar representantes característicos de ambas latitudes.

La primera fiera citadina con la que entré en contacto directo fue una enrome araña peluda. Se trataba de un ejemplar de proporciones generosas, pelaje gris espeso y semblante intimidante. En ese entonces yo tendría unos doce años de edad. El pequeño monstruo aterciopelado se anunció, sin mayor advertencia mediante, sobre las rocas que circundaban la casa de mis abuelos. Nos enteramos de su aparición gracias a los gritos de los vecinos: mis papás, ambos científicos, eran requeridos para solucionar la situación. Para mi fortuna, su intervención devino en que yo fuera otorgado con la grata posibilidad de conservar a la hipnotizante criatura dentro de una cubeta por unos días. Aquel encuentro marcó mi vida.

Luego aprendí que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial en diversidad de tarántulas, con aproximadamente 66 especies; todas ellas completamente inofensivas para el humano. En la capital es común encontrar ejemplares del género Aphonopelma en lugares como el Pedregal y Tlalpan, al sur, y del género Brachypelma, al oriente de la ciudad.

Nunca supe exactamente a qué especie pertenecía aquel ser de ocho patas que catalizó mi interés por el reino animal. El mundo era muy distinto, la información no se encontraba tan al alcance de la mano. Si el encuentro hubiera sucedido hoy en día, en cambio, habría bastado mandar una fotografía del espécimen en cuestión a los aracnólogos de la Unidad de Manejo Ambiental Tarántulas de México, que ofrecen, a través de su portal de internet, el servicio gratuito de identificación de organismos encontrados alrededor de todo el país.

De las tarántulas no hay nada que temer, como tampoco, por lo general, de los alacranes negros que abundan en numerosas delegaciones de la ciudad.

Pero en el DF existen dos temibles bestias invertebradas que sí representan un peligro latente.

Si son fanáticos de la lucha libre seguramente recordará a Emilio Charles Jr., mejor conocido como El Rey del Biutiful. Un gladiador rudo, rudo, rudo que brilló sobre el cuadrilátero con su melena decolorada. Pero es probable que no estén al tanto de por qué se esfumó de las carteleras. Y es que su destreza en el combate no probó suficiente para confrontar al silencioso enemigo de ocho patas: la terrible araña violinista. Fue una pelea ardua que comenzó con una picadura, al parecer inocua, una tarde del 2010. Horas después comenzaron los síntomas: una llaga rosada apareció sobre la piel, una extraña úlcera cutánea que comenzó a supurar y crecer. Conforme la herida se extendía incrementaban los males: fiebre, fatiga y náuseas, hasta que el luchador terminó en terapia intensiva. Dos años más tarde, la leyenda del ring falleció por fallas renales. Tenía apenas 56 años de edad.

Las arañas del género Loxosceles, llamadas comúnmente violinistas, reclusas o del rincón, poseen un veneno necrótico poderoso que inflama y gangrena el tejido ocasionando una llaga muy difícil de curar. Aproximadamente en el veinte por ciento de los casos, el envenenamiento se vuelve también sistémico, referido como loxoscelismo visceral, y el riesgo de muerte se torna inminente. Lo que complica el asunto es que la picadura no suele ser dolorosa, por lo que muchas veces pasa inadvertida hasta que comienzan a presentarse los síntomas.

La mala noticia es que son arañas domésticas. Suelen habitar en bodegas y áreas oscuras de la casa. No obstante, no son agresivas, los ataques generalmente suceden por accidente. Existen reportes que confirman su presencia en Indios Verdes, al norte de la capital, y en la colonia Santa Úrsula, en el extremo opuesto. Por lo que se podría suponer que en el resto de la ciudad no se han encontrado porque no se les ha buscado debidamente.

La buena noticia es que recientemente un grupo de investigación dirigido por el doctor Alejandro Alagón, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, desarrolló un suero para su tratamiento. El antídoto de cuarta generación fue creado a partir de toxinas clonadas de veneno, lo cual implica que no fue necesario estar ordeñando a miles arañas para obtener la sustancia. Los laboratorios Bioclon ya cuentan con este fármaco inyectable a la venta bajo el nombre de Reclusmyn.

El único otro arácnido defeño cuya picadura resulta en verdad peligrosa es la famosa viuda negra o araña capulina, Latrodectus mactans. De cuerpo lustroso y redondo, con patas casi metálicas y el característico reloj de arena rojo brillante sobre su vientre, posee un veneno neurotóxico que ataca el sistema nervioso y puede llegar a causar la muerte de niños y ancianos. Son frecuentes al sur de la ciudad.

De igual manera que en el caso de la araña violinista, los laboratorios Biclon son los responsables de comercializar el antídoto para picaduras de viuda negra: Aracmyn Plus, el cual también es cortesía del doctor Alagón y su grupo de investigación.

El hecho de que la mayoría de arácnidos capitalinos no sean peligrosos no significa que no puedan llegar a incomodar. En su estudio “Diversidad de arañas asociadas a viviendas en la Ciudad de México”, el investigador del Instituto de Biología de la UNAM, César Gabriel Durán-Barrón, concluyó que en cada casa de la capital mexicana habitan en promedio cinco especies distintas conviviendo con los inquilinos humanos. De las más de mil arañas recolectadas durante esta investigación, la que se encontró con mayor frecuencia fue la patona, Physocyclus globosus, seguida por la falsa viuda negra, Steatoda grossa.

Muchos años después del encuentro con mi primera fiera urbana, tuve un tropiezo que casi termina en tragedia con un tipo distinto de zoología urbana. Cursaba el cuarto semestre de la carrera de Biología y visitábamos el Ajusco, un volcán al sur de la ciudad, para hacer un inventario de los reptiles y anfibios presentes. No habíamos subido mucho todavía, cuando una compañera dio con una víbora de cascabel. La serpiente se hallaba enroscada debajo de un seto de pasto, era pequeña, color café claro con patrones intrincados en rojo vino y mirada amenazante.

Me propuse voluntariamente para atraparla. La academia requería que fuera pesada y medida. No resultó demasiado difícil, el día aún no calentaba y el animal de sangre fría se mostraba con pocas ganas de pelear. Sujeté a la criatura por la cabeza mientras tomábamos los datos correspondientes. Después había que meterla dentro de un saco de lona para pesarla. El problema era que sólo contábamos con sacos pequeños, lo que significaba que había que realizar una maniobra complicada. Había que meter la mano que sujetaba la cabeza del espécimen dentro del saco y después cambiar el agarre por la mano que se encontraba afuera. El nivel de dificultad aumentaba porque la transacción sucedía a ciegas. Nerviosamente comencé la operación y en el momento justo del intercambio de manos sentí un pinchazo en el pulgar. Apreté la mandíbula y terminé la tarea con taquicardia y angustia. Al cerrar el saco la sangre que emanaba de mi dedo se hizo evidente. La maestra palideció. Pero la suerte quiso que ese no fuera mí día. No sentía dolor alguno, por lo que, pasados unos minutos, concluimos que la perforación había sucedido con uno de los dientes inferiores y no con los colmillos que inyectan el veneno.

De acuerdo con Eduardo Cid, veterinario encargado del vivario de la Fes Iztacala, en el DF pueden ser encontradas seis especies distintas de víboras de cascabel. Los bosques de las zonas elevadas, como el Ajusco, son los dominios de la cascabel pigmea, Crotalus ravus, y de la de montaña, Crotalus triseriatus. Mientras que las zonas bajas, como Xochimilco, son el terreno de la cascabel de pantano, Crotalus polystictus, cuyo bello patrón moteado también le ha ganado el mote de cascabel jaguar. Otras especies reportadas son la cascabel de Querétaro, Crotalus aquilus, y la gravemente amenazada cascabel de bandas cruzadas, Crotalus transversus. Pero posiblemente la más destacada sea la que aparece en la bandera nacional: la cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Víboras imponentes con escamas triangulares delineadas que alcanzan el metro veinte de longitud y que pueden ser vistas en el pedregal de Ciudad Universitaria.

Todas las mencionadas poseen fosetas termosensibles y colmillos retráctiles que inyectan veneno hemolítico (que literalmente licúa el tejido de sus víctimas) a la manera de una aguja hipodérmica. Esta poderosa toxina es capaz de finiquitar a un adulto promedio en un lapso de cinco horas si no se administra antídoto. Sin embargo, los accidentes mortales en la capital son escasos. Es difícil saber cuántos decesos por mordeduras se dan exactamente; la Secretaría de Salud no lleva un récord del todo confiable, pero es probable que la media no rebase un par de defunciones por año.

Además de las cascabeles, en la Tenochtitlán contemporánea abundan un gran número de serpientes inofensivas, que van desde las Thamnophis, clásicas culebras de agua que se venden en los acuarios, hasta las de hocico moteado del género Salvadora. Quizás la más famosa sea el cincuate o alicante, Pituophis deppei, una culebra color amarillo mango con patrones negros y rojos que puede llegar a medir más de dos metros de largo y a la cual se le atribuye erróneamente que roba la leche de las mujeres en etapa de lactancia. El mito dice que los cincuates se aproximan sigilosamente por las noches, desplazan a la cría sin que mamá se dé cuenta y succionan la teta obteniendo el elíxir nutritivo mientras que entretienen al bebé para que no llore, ofreciéndole su cola como chupón.

Tristemente ésta no es la única creencia popular que resulta desfavorable para los organismos de sangre fría chilangos. A muchas especies se les achacan males potenciales. A los ajolotes, por ejemplo, se les culpa de embarazar a las mujeres cuando se bañan en el lago. Y algunas lagartijas, como Barisia imbricata, son falsamente acusadas de picar con la cola. Esto, en combinación con el activo mercado de mascotas exóticas, ha ocasionado que los números de algunas especies se reduzcan de manera vertiginosa. En prácticamente todos los tianguis de la ciudad es posible encontrar puestos dedicados a la venta informal de animales. Con nombres llamativos como dragón enano vietnamita, tortuga payaso o falso camaleón, se ofrecen reptiles locales colectados de manera ilegal. La explotación ha sido de tal escala que los lagartos cornudos, del genero Phrynosoma, se consideran gravemente amenazados, de acuerdo con datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).

El problema con los anfibios y reptiles es que no son tan fáciles de mantener en cautiverio como a un hámster. Tienen necesidades específicas de temperatura y humedad, y dietas complicadas de satisfacer adecuadamente. Esto ocasiona que la mayoría de individuos adquiridos de manera irresponsable muera por negligencia o sean abandonados en herpetarios y clínicas veterinarias por compradores arrepentidos. El vivario de la Fez Iztacal, por ejemplo, alberga a cientos de organismos procedentes de tales casos. Especímenes que, por múltiples razones, nunca podrán ser devueltos a la naturaleza y cuya existencia estará condenada al confinamiento por el resto de sus días.

Mi mamá cuenta que cuando era chica abundaban las ranas en el jardín. En los charcos que se formaban durante la temporada de lluvias era posible ver miles de diminutos renacuajos. Y no es que mi mamá creciera en el campo, ni que nos estemos refiriendo a principios de siglo. La casa estaba en una avenida y corrían los años 70s.

Durante el tiempo que ha pasado desde esa escena hasta el día de hoy, se ha manifestado un cambio drástico. Ha sido una debacle imperceptible para el grueso de la población, pero no por ello menos atroz: el apocalipsis anfibio.

La fragmentación del hábitat y la extrema contaminación de los cuerpos acuíferos han diezmado las poblaciones de ranas y salamandras al punto de prácticamente erradicarlas por completo. Algunas, como la rana de Tláloc, Lithobates tlaloci, ya han desaparecido del medio natural; otras, se encuentran en crítico peligro de extinción. Tal es el caso de dos especies endémicas del Valle de México: la rana fisgona de labios blancos, Eleutherodactylus grandis, que sólo puede ser encontrada en el Pedregal de San Ángel y el axolotl, Ambystoma mexicanum, considerado por muchos como el anfibio más sobresaliente del mundo.

El semblante del ajolote es difícil de olvidar. Su aspecto remite a un ser arcaico, propio de un mundo perdido o de una película de ciencia ficción. Es un organismo casi milagroso, dueño de los secretos de la eterna juventud, gracias a su carácter neotérico y poseedor de una capacidad regenerativa remarcable. Al verlo flotando en el agua se tiene la sensación de que la evolución con él se portó un poco más imaginativa que con el resto de seres vivos, moldeando a través de los años a un ente casi surrealista. Por eso es que alarma tanto saber que los últimos representantes de este emblemático anfibio mexicano hoy batallan por sobrevivir en los canales de Xochimilco.

La primera vez que escuché que en el aeropuerto de la Ciudad de México se utilizaban halcones entrenados para limpiar el espacio aéreo de otras aves que podrían presentar una amenaza para las aeronaves, pensé que me estaban choreando. Un amigo me lo dijo así: “¿Sabes de qué magnitud sería el impacto generado por la colisión de un avión, que se desplaza a 700 kilómetros por hora, contra una parvada de palomas que vuelan en dirección contraria? Los pinches pájaros serían como granadas. Por eso es que los asustan empleando aves de presa”. Resultó que era cierto, tanto en la capital como en varios otros aeropuertos del país la estrategia es puesta en práctica cotidianamente.

El amigo que me contó esto se llama Jerónimo Berruecos, un biólogo experto en biogeografía y posiblemente una de las personas que más sabe sobre la biota de la capital. Era él y nadie más a quien tenía que recurrir para preguntarle sobre las especies que componen el emblema nacional: la poderosa ave que devora a una serpiente posada sobre un nopal, leyenda clásica de la fundación de Tenochtitlán y por consiguiente del DF.

El consenso generalizado, avalado por la Secretaría de Gobernación en el segundo capítulo de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional, es que las especies que integran el lábaro patrio son un águila dorada, Aquila chrysaetos, y una serpiente cascabel de cola negra, Crotalus molossus. Con respecto a la serpiente no parece existir mayor debate, sin embrago, desde los años 70s, algunos ornitólogos destacados, como Rafael Martín del Campo, han cuestionado la identificación del ave o, al menos, lo han hecho con respecto a aquélla que pudo haberse presentado frente a los migrantes provenientes de Aztlán.

El principal problema mencionado tiene que ver con la distribución natural y los hábitos del ave en cuestión. Las águilas doradas son típicas del hemisferio norte, particularmente de los ecosistemas de alta montaña; se han registrado pocos avistamientos de la especie más al sur que Sonora y,aún cuando sería teóricamente plausible que algún ejemplar despistado haya llegado a aparecerse por el barrio mexica, lo más factible es que no hubiera descendido hasta los islotes del valle y mucho menos detener su vuelo sobre una cactácea. El segundo problema es la relación de tamaño: “O se trataba de una águila bebé o de una serpiente gigante”, dice Jerónimo. Las águilas doradas son animales corpulentos, su envergadura rebasa con facilidad los dos metros de largo con las alas extendidas. Por lo que, si tomamos en cuenta que las cascabeles de cola negra rara vez sobrepasan el metro veinte de longitud, se hace evidente que existe un conflicto de escala.

¿Y entonces qué es? Martín del Campo piensa que podría tratarse de un quebrantahuesos mexicano, Caracara cheriway; un ave de presa de tamaño mediano que antiguamente predominaba en la cuenca del Anáhuac. Jerónimo, por su parte, opina que la identidad del plumífero patriótico responde más probablemente a la de un gavilán. Considera que podría ser o bien una aguililla de cola roja, Buteo jamaicensis, o una aguililla de Harris, Parabuteo unicinctus, ambas especies también referidas comúnmente como halcones y de presencia habitual en el Valle de México.

Es posible avistar representantes de estos dos tipos de rapaces en varias delegaciones de la ciudad, como en Coyoacán, Iztapalapa y Tlalpan.

En total están reportadas aproximadamente 350 especies de aves en el DF, de las cuales alrededor de cuarenta por ciento son migratorias y el resto, residentes. Colibríes, garzas, zanates y carpinteros. Pero posiblemente el más especial sea el gorrión serrano, Xenospiza baileyi, ya que es endémico de la capital y que actualmente sólo habita en algunos pastizales de Milpa Alta, al sureste de la ciudad.

Probablemente los animales más afectados por el trepidante desarrollo urbano, además de los anfibios, sean los mamíferos de mayor tamaño. En el sentido de que requieren de territorios extensos de vegetación para poder sobrevivir. Son ya más bien escasos los registros de gato montés, venado y coyote en las zonas adyacentes al DF, y prácticamente nulos los de puma, oso negro y lobo que hasta los años 50s aún era posible encontrar merodeando por las distintas serranías.

El cacomixtle, Bassariscus astutus, un curioso animal nocturno que parece una mezcla entre mapache y gato con larga cola anillada, figura entre nuestros animales más connotados. Aunque antes era usual verlos en toda la ciudad, ahora básicamente sólo habitan en el Bosque de Chapultepec, la reserva de la UNAM y áreas periféricas como el Desierto de los Leones. Tampoco es tan común encontrar al resto de mamíferos medianos oriundos al Valle de México: armadillos, mapaches, tejones, zorrillos, comadrejas y tlacuaches (también conocidos como zarigüeyas, únicos marsupiales presentes en el nuevo mundo).

Quizá las musarañas no sean muy conocidas. Sus hábitos fosoriales y carácter esquivo las mantienen lejos de la luz pública. Pero es relevante mencionarlas pues son los mamíferos carnívoros más pequeños que existen. También habría que enlistar al teporingo o zacatuche, Romerolagus diazi, un pequeño conejo de orejas chiquitas endémico del área de los volcanes.

Los murciélagos están representados en la capital, de acuerdo con Laura Navarro Noriega —coordinadora del área de educación y comunicación ambiental del Programa para la Conservación de Murciélagos en México— por dieciséis especies. Algunos utilizan los túneles del drenaje profundo y el metro como guarida; otros pasan el día escondidos en cuevas y árboles o en edificios y estructuras de anuncios espectaculares. Muchos de ellos prestan servicios ambientales importantes para la ciudad: los que se alimentan néctar, por ejemplo, polinizan a las plantas. Y los insectívoros limpian las calles de bichos. Podrá sonar como algo poco remarcable, pero hay que tomar en cuenta que un murciélago hambriento puede devorar hasta tres mil insectos por noche.

Por último queda nombrar a un animal tan abundante en la megalópolis que sus números superan con creces a los de la población humana. Jorge Francisco Monroy, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, estima que por cada ciudadano capitalino existen aproximadamente diez ratas. Lo que implica que compartimos la ciudad con más de 200 millones de roedores. Alejandro Velasco Said, médico veterinario del Centro Antirrábico del DF, afirma que esta situación es como estar sentados sobre una bomba de tiempo. Y que lo peor es que no estamos haciendo nada concreto para desactivarla. Una posible solución, al menos desde mi punto de vista, sería dejar de matar a las serpientes para que ellas se ocupen del resto.

No podríamos cerrar este breve catálogo de bestias urbanas sin mencionar qué hacer en caso de un encuentro afortunado o desafortunado, según sea el caso, con fauna silvestre en la Ciudad de México.

La Brigada de Vigilancia Animal es el órgano correspondiente de la policía encargado de brindar auxilio en tales instancias. Aunque generalmente lidian con denuncias de tráfico, maltrato o gatos que se trepan a los árboles y ya no saben cómo bajarse, el personal también está capacitado para manejar fieras salvajes. Aproximadamente veinte por ciento de las llamadas que atienden anualmente tienen que ver con los organismos mencionados en este artículo.

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Cuando Piji y yo paseamos por las calles de Maine nos sorprenden diversas versiones de la misma pregunta: «Perdona, ¿es eso un perro?». La raza más popular de esta región ubicada en la esquina noreste de Estados Unidos, donde vivimos desde mediados de 2014, es el labrador, un tipo de perro peludo que disfruta con felicidad los climas extremos: hermosos veranos donde todo es verde y crueles inviernos donde todo se cubre de nieve. Piji es un Perro Peruano sin Pelo. El nombre de su raza es una descripción cruda de su naturaleza exterior. Quienes se atreven a tocarlo sostienen que su piel tiene la textura de los elefantes. Y es caliente. Muy caliente. Pero este rasgo que compensa su falta de pelaje no es suficiente en los duros inviernos del norte. Cuando Maine se cubre de nieve, las patas de Piji se congelan, las orejas se le caen a pedacitos y el sólo ejercicio de mear se vuelve una aventura para la cual es imprescindible vestirlo con gorro, botas y chaqueta. Su naturaleza tropical lo vuelve un ser frágil y raro a la vista. Vestido, algunos lo encuentran similar a E.T. Desnudo, los niños creen que es el duende de Harry Potter. Un amigo leñador lo llama El Chupacabras.

Durante sus primeras semanas en los Estados Unidos, Piji no fue un perro que asombraba sólo por carecer de pelo. Le habían salido granos en el lomo, estaba flaco y se le notaban las costillas. Parecía refugiado de un pasado de hambre y violencia. Los lugareños, acostumbrados a los labradores gordos y peludos, se detenían a observarlo como a una rareza rescatada de un circo. ¿De dónde venía? ¿Qué le había pasado? ¿De verdad era un perro? Piji callaba manteniendo la intriga.

La burocracia peruana no es amable con quienes andamos en dos patas. Es peor cuando tienes cuatro. A fines de junio de 2014, Piji y yo, muchachos solteros, nos preparábamos para viajar a la tierra de Pluto y Rin Tin Tin. Llamé a la aerolínea para confirmar que no hubiera problemas. Un empleado me dio la mala noticia con amabilidad. Debido al calor del verano norteamericano, la empresa no permitía que las mascotas viajaran en vuelos regulares. Los animales corrían peligro de sofocarse.

El tipo me sugirió consultar compañías de carga. Quizá alguna nave tuviera cámaras temperadas para trasladar a Piji a salvo del calor. Marqué con miedo el teléfono de una agencia de aduanas. Piji dormía enrollado en su cojín azul ajeno a su destino.

Un funcionario optimista respondió el teléfono. Su agencia era experta en trasladar animales, me dijo. Él mismo había gestionado el viaje de una perrita de competencia la semana anterior.

—¿De qué raza es su perro?
—Sin pelo.
—Uy, no –dijo después de un breve silencio–. Eso es más jodido.

Las leyes del Perú protegen a los perros sin pelo, Patrimonio nacional, como si se tratara de huacos vivientes. Un indicador de dudosa seguridad en un país donde gran parte de los huacos están abandonados o en manos de traficantes. Muchos perros sin pelo vagan sueltos en las playas del norte. Y al mismo tiempo, criadores particulares aprovechan el prestigio reciente de la raza y cultivan camadas que venden a miles de dólares. El nombre del documento que debía conseguir confundía. «Constancia de Exportación de Ejemplares de Raza Perro Sin Pelo del Perú». Exportar, dice el diccionario, consiste en vender algo en otro país. Piji y yo sólo queríamos viajar. No quería deshacerme de mi mejor amigo.

***

Poco después de que Barack Obama y su familia se mudaron a la Casa Blanca, la Asociación del Perro Peruano sin Pelo les ofreció un ejemplar como mascota. El cachorro se llamaba Machu Picchu y –según decían– era el perro ideal para las hijas del presidente de Estados Unidos. Su falta de pelo evita las alergias y las pulgas, son fáciles de asear, y no huelen a perro. Si la Casa Blanca lo aceptaba, el ofrecimiento incluía un manual de cuidados para Machu Picchu. Los migrantes humanos no llevamos manual de instrucciones, pero los países nos reciben con uno. Hace unas semanas mi suegro me obsequió la Constitución Política de Estados Unidos. Jim suele ser muy generoso, pero aquel regalo no era una muestra de cariño.

—Todas las mañanas voy a tomarte un examen –dijo entregándome el librito de tapas guindas y letras doradas–. Si no te sabes de memoria las normas, voy a llamar a LePage.

Paul LePage es el gobernador de Maine, el típico republicano que no quiere a los migrantes. ¿Mi suegro iba a llamarlo para denunciarme? No. Se trataba de una de sus clásicas bromas. Su hija mayor y yo nos casamos tres meses después de que Piji y yo llegáramos. Ahora vivimos muy cerca, en un bosque de abedules esbeltos y pinos de cuentos de hadas. El noventa por ciento del territorio de Maine está cubierto de vegetación, un escenario que no puede ser más diferente a Lima, esa ciudad emergente y desértica de diez millones de personas, donde yo solía vivir y trabajar como periodista. Pero el amor no estaba allí. Entonces migré. Esa es la historia que cuento cuando, advertido de mi exotismo, algún mainer me pregunta por qué estoy aquí y no allá. Mi migración no ha sido solo geográfica. Ser periodista freelance, sea en Maine o en Latinoamérica, no me daba dinero suficiente para vivir ni me hacía candidato a un préstamo hipotecario. Ser pinche de cocina sí.

Piji vive ajeno a estos dilemas. Él no tiene que contarle a nadie quién es, qué es, de dónde viene o por qué está aquí y no allá. (Los perros no tienen que explicarse a sí mismos). Por el contrario, su rareza invita a la fabulación. Mi suegro cree que Piji es un rey inca reencarnado. Lo llama Señor Piji, lo trata con reverencia y, cuando nadie lo observa, le da de comer trozos de carne de su propia boca. Mi suegra cree que un ser muy antiguo y sabio está atrapado en el cuerpo de este perro. Mi esposa afirma que Piji es un perro mimado, holgazán, vanidoso, que se cree persona. En el clímax de su confusión, dice A., Piji piensa que está casado conmigo. Es más, para Piji la mascota sería ella. Piji es una mezcla de cosas para mí: tiene algo de hermano, de amigo, de hijo y también de mí mismo. Se nota cuando conversamos. Le he «creado» una voz y una personalidad.

—Marco, ¿comer mosquitos es bueno?
—…
—Marco, comer mosquitos es bueno. Pruébalo.
—Qué asco, Piji.

Este Piji, el que habla, es un Piji que soy yo mismo. Un yo que juega con el misterio de su compañía. ¿Qué hay en su cabeza? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Qué ve?

—Piji, estoy triste –le dije una mañana–. Anoche me fue mal en el trabajo.
—Marco, no estés triste. ¿Qué es estar triste? ¿Estar triste es bueno?
—…
—Marco, estar triste no es bueno. Vamos a jugar. Vamos a correr. El día está lindo.

Abrí la puerta de casa y, como siempre, lo seguí.

***

Piji y yo caminábamos en el bosque cuando un hombre armado con una escopeta vino a nuestro encuentro. Tenía una barba plomiza, cabello corto y quizá unos cuarenta años.

—Hola –gritó a la distancia–. Los estaba buscando.

No parecía un guardabosques. Vestía unos jeans gastados y una sudadera blanca. El arma se balanceaba a su paso como una advertencia. ¿Por qué alguien a quien no habíamos visto jamás nos andaba buscando? No había más gente en las cercanías. ¿Se trataba de un loco? ¿El típico serial killer americano? ¿Acaso Piji y yo íbamos a terminar cortados en pedacitos?

Piji suele ladrarles a los desconocidos, pero esta vez se mantuvo callado y quieto a mi lado, afectado por algo parecido a la sospecha. Seguíamos un pequeño sendero bajo la vegetación, que desemboca en el Cathance, un río navegable de aguas tranquilas. Aquél era mi día de descanso. Todo lo que quería era estar a solas con mi amigo.

El hombre siguió andando hasta que –según pude leer en sus ojos– decidió ser prudente y se detuvo a unos diez metros. Miraba a Piji con una mezcla de asco, miedo y curiosidad. Los tres formábamos un triángulo de western. Yo le temía al tipo y a su escopeta. El tipo le temía a Piji. Piji le temía al mundo.

—Sólo quería decirles que voy a hacer unas rondas de tiro al blanco –gritó el hombre–. No se vayan a asustar.

Luego señaló un tablero oculto entre los arbustos.

—Gracias por avisarnos –grité a mi turno y apunté a Piji–. Quizá el que se va a asustar más es él.

No sé si el hombre entendió esto como una amenaza. Se marchó con prisa.

***

El día en que iba a embarcar a Piji rumbo a Estados Unidos yo estaba tan nervioso debido a los trámites, que me ocurrió el típico gag de las comedias. Estacioné el carro frente a un lugar con nombre de parque de diversiones, Lima Cargo City, un complejo de oficinas y hangares que despachan productos a todo el mundo. Verifiqué que traía los documentos que había recabado durante un mes y bajé al encuentro del agente de aduanas encargado del traslado. Se llamaba Lucho y me esperaba en la puerta.

—¿Dónde está el perro? –me preguntó señalando mi carro vacío.

La salida del avión estaba programada para las ocho de la noche. ¿Por qué tenía que traerlo conmigo si acababa de amanecer? Pensé que sólo iba a firmar documentos y pagar el flete. Lucho me miró con cara de nopuedocreerlo.

—Estos son aviones de carga –explicó rascándose la cabeza–. Si no traes al perro en una hora, no vamos a encontrar sitio.

Esa mañana había dejado la cama deseando que el último día de Piji en el Perú fuera un buen recuerdo. Ahora estaba a punto de graduarme como idiota.

Los próximos minutos ocurrieron en cámara rápida. Maldije el tráfico de Lima, adelanté autobuses asesinos, esquivé peatones suicidas, llegué vivo a casa. Desperté a Piji y le obligué a tomar agua con tranquilizante. Preparé una lonchera para perro. Lavé la jaula de viajes que mis dos gatos habían colonizado con todos sus pelos y olores. Verifiqué una vez más los documentos y salimos. No hubo tiempo para que él se despidiera de la familia. Ni para que recorriera una vez más los parques donde había olfateado doncellas. Ni para que le dijera adiós a las playas de arena donde había desenterrado innumerables huesos de pollo, sutil indicador de las preferencias gastronómicas e higiénicas del peruano de dos patas.

No sé a cuántas oficinas y ventanillas fuimos esa mañana ni cuantas colas hice, pero recuerdo bien la narrativa del trámite. Yo, Marco Avilés, ciudadano peruano, con DNI tal y domiciliado en mi linda casita, propietario del perro peruano sin pelo que respondía al nombre de Píjiri (murciélago en machiguenga, un idioma de la selva del Perú) y que estaba valuado en cien dólares americanos, exportaba esta mercadería por vía aérea a Estados Unidos, siendo la adquiriente, ergo la nueva propietaria del can, mi señorita novia A., oriunda del gran país del norte. En otras palabras, debido a la ensalada de trámites en que se había convertido mi vida reciente, ese día dejé de ser el dueño legal de mi perro. Los trámites locales habían convertido a un perro peruano sin pelo en uno estadounidense.

Piji tenía las orejas caídas y la expresión de sácamedeacá. Montacargas y hombrecitos con cascos y botas recorrían pasillos con anaqueles gigantescos, cámaras de rayos X y fajas transportadoras. El hangar parecía un escenario de Terminator V. Lucho se perdió en los papeleos. Yo saqué a Piji de su jaula y lo acompañé a un rinconcito para que pudiera orinar. Dejó un chorro copioso cerca de un cargamento de quinua orgánica con destino a Canadá. Un pastor alemán en tránsito a Colombia nos miraba deprimido desde su jaula.

Me despedí de Piji con un beso de buena suerte. Su avión haría escala en New Jersey. Un empleado de la aerolínea lo sacaría a orinar y le daría de comer. Luego seguiría rumbo a Boston, donde A. lo estaría esperando. El viaje de mi perro sería más eficiente y rápido que el mío. Al día siguiente, yo dormitaba en la sala de espera del aeropuerto de Dallas, en el lejano Oeste, frente a un caballero que daba cuenta de una pizza de ocho tajadas, cuando A. me llamó. Acababa de recoger a nuestro perro. Estaba bien, aunque había ocurrido un pequeño accidente. Su jaula se había hecho pedazos en algún punto del camino. Piji había completado el viaje dentro de un contenedor del tamaño de un automóvil. El empleado que lo custodiaba dijo que era el perro más lindo que había visto jamás.

***

Una madrugada, a la salida del restaurante donde trabajo, en Maine, me detuve en una gasolinera para calmar mi hambre. Cogí un sándwich de pollo y medio litro de gaseosa con tal desesperación que el encargado del local me preguntó si acaso acababa de huir de la cárcel.

Todos los encierros se parecen. Pasarte doce horas picando verduras entre cuatro paredes, como es mi caso, no es tan diferente de la penitencia diaria del reo, salvo que yo puedo marcharme a dormir con mi esposa y aquél no. El encargado de la tienda tenía los cachetes inflados y cubiertos por una barba rojiza, como un Papá Noel joven. En Maine, donde se celebra el Festival Anual de Pelo Facial, tener barba es común entre los hombres de clase trabajadora. Ser lampiño, como yo, es un rasgo de exotismo.

—Un restaurante, ¿eh? –sonrió con malicia el encargado cuando le expliqué de dónde venía–. ¿Qué tal si la próxima vez me traes un poco de comida?

Muchos creen que los cocineros viven moviendo la mandíbula. Pero el mundo de la alimentación está hecho de paradojas escondidas. ¿Por qué alguien que trabaja en un restaurante se muere de hambre todas las noches? La gasolinera no era el mejor lugar para explicar este misterio y menos ante aquel empleado confianzudo.

Desperté a la mañana siguiente dispuesto a averiguar los efectos de mi desorden alimenticio. Fui a casa de mis suegros y trepé en la balanza que guardan bajo un escritorio. Piji me miraba desconcertado. Nuestra vida en común se había deshecho el día en que cambié la plácida vida de periodista por el lento purgatorio de una cocina profesional. Ahora trabajo desde el mediodía hasta la medianoche, un horario que me impide hacerme cargo de cualquier otro ser vivo. Por este motivo, y con el dolor de nuestras almas, cada inicio de semana mi esposa y yo dejamos a Piji en casa de mis suegros. Ellos lo alimentan, lo miman y lo dejan salir para que pueda orinar y cagar a sus horas. Al principio, él se paraba frente a la puerta y lloraba. Luego se acostumbró.

Esa mañana, la balanza informó que yo había perdido nueve kilos en el último mes. No haberlo notado era parte de un conjunto de olvidos generados por mi nueva rutina de trabajo: no me cortaba el pelo, no me afeitaba la pelusa de la cara, ni siquiera me podaba los pelos de la nariz. Mis días se repetían uno tras otro con el mismo argumento: levantarme, bañarme, tomar café, ir al restaurante, trabajar, parar en la gasolinera, dormir, levantarme, bañarme, ir al restaurante, parar en la gasolinera y así.

Las doce horas que paso en la cocina giran en torno a dos leyes fundamentales: 1) allí nadie se sienta jamás y 2) tener las manos desocupadas es un crimen. Por entonces, yo trataba de sobrevivir a las horas de servicio con la nerviosa voluntad del novato. Para ganar más tiempo a la hora de preparar mi arsenal de verduras picadas, adopté la mala costumbre de no almorzar. El hambre se iba durante las horas de servicio pero volvía como una maldición en cuanto salía del restaurante.

Guardé la balanza y me apuré en salir al trabajo. Piji me siguió hasta la puerta tocando mis manos con su hocico para llamar mi atención. Quería salir a correr, como solíamos hacer en otra vida. Ahora era imposible. Me agaché para abrazarlo, besé su cabeza negra y pelada y me despedí de él sin saber cuándo volveríamos a vernos. No intentó seguirme. Se sentó sobre sus patas traseras y me clavó sus ojos de perro enamorado.

***

Unas semanas más tarde mis hermanas llegaron de vacaciones trayendo consigo una despensa de chifles piuranos, maíces para tostar, cacao, panetones, quesos de Abancay, piscos acholados, inca kolas, ajíes amarillos, pancas, rocotos, entre otros manjares pe-ruanos. Parecían evangelizadores culinarios en pos de tierras paganas. Pronto entendieron que Estados Unidos es mucho más que el país de las hamburguesas, y que la mala fama de su cocina es un cliché revanchista inventado por sus detractores. Cuando menos lo esperaban, ellas disfrutaban sin culpas las papas, las langostas y los maravillosos frejoles de Maine.

Piji casi sufrió un infarto de felicidad al ver a la familia reunida y saltó durante horas alrededor. Según mi suegro, le alegraba oír nuestras conversaciones en español después de haber resistido casi un año escuchando el idioma de Rin Tin Tin. Mis hermanas lo abrazaron por turnos. A la primera oportunidad comentaron que estaba gordo. No dijeron robusto, ni macetón, ni siquiera agarradito. Exclamaron gordo, a secas.

Todo hombre ve a su perro con ojos de padre. Por eso le cuesta advertir sus defectos. Pero lo cierto es que el cambio de país nos afecta a ambos de maneras similares. Mi flacura y su gordura son una señal de lo mucho que nos cuesta encarar nuestra nueva vida de migrantes. A veces, cuando miro a Piji mirarme, le digo que el sacrificio será breve. Pronto estaremos juntos de nuevo y nos divertiremos como siempre. Pero en verdad no tengo ninguna certeza.

Cuando José Gutiérrez de la Concha, capitán general de la Cuba colonial de mediados del siglo XIX, dijo que “con una lidia de gallos, una gruesa de barajas y doce manolas con sus guitarras son llevados los cubanos a donde quieran”, estaba resumiendo de manera concentrada un espíritu que sigue enraizado en la sociedad cubana. Jamás existió en el país un asunto tan aparentemente trivial que ocupara una posición de semejante envergadura durante el último siglo.

Las peleas de gallos son una pieza inevitable en la configuración de esta isla como nación, de su identidad y de la construcción de un modo de vida cercano a ciertos valores. Tampoco faltan motivos para ello: hay quien dice que la guerra de independencia comenzó en 1895 con el grito de un criollo en una valla de gallos, el ring circular donde se enfrentan los animales: “¡Basta de que peleen los gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos todos a respaldar el grito de independencia!”.

Más de un siglo después, a las afueras de La Habana, el público se encarama en los maderos de la valla de gallos mientras el cielo se derrumba y los relámpagos zigzaguean sobre sus cabezas. Pero ni los estruendos que hacen temblar las patas de los gallos que pululan por el recinto, ni las cicatrices de este cielo de comienzos de verano, alteran el curso de la pelea. Es un recinto clandestino, escondido entre la espesura de los árboles.

“¡20 a 14! ¡20 a 14!”, vocifera un hombre mientras se descuelga de la grada improvisada. No obtiene repuesta, así que aumenta el énfasis y la apuesta: “¡20 16!”, repite una docena de veces atropelladamente. Pero nadie cierra el trato con él. Se guarda el manojo de billetes y las maneras bruscas y se concentra en los gallos que luchan en el ruedo, que acaba con una de las aves muerta.

—Uno menos.
—Uno más –responde entre dientes el veterinario con el taco de ceniza del tabaco asomando en los morros.

Si René se define como veterinario no es únicamente por echar a un montoncito detrás de su mesa de trabajo el tercer gallo muerto de la tarde. También cura a los malheridos. “Razafín para la infección, yodo para las heridas y huevo con naranja para que se recupere”, explica este hombre de 53 años que lleva aplicando sus fórmulas médicas a los gallos desde los 15. Una pluma le sirve para desatascar el gaznate de los animales cuando está bloqueada por coágulos de sangre y una gruesa aguja con hilo para cerrar los tajos que los pollos se producen con las afiladas espuelas de carey que sus dueños les colocan. Pero en lo que va de tarde solo ha utilizado el yodo.

—¿Y esos? –le pregunto irónicamente señalando a los que yacen sin vida.
—Ah, no. A esos les tocó perder.

***

Fueron los españoles quienes trajeron los gallos a América y comenzaron a pelearlos como un divertimento. Pero ese espectáculo que comenzó con dos animales enzarzándose trascendió su carácter deportivo para convertirse en un asunto de Estado, a merced de sucesivas prohibiciones, promesas y debates morales. De ahí pasó a ser un elemento de identidad de la sociedad cubana. Pocas cosas han cambiado desde que hace más de 270 años un decreto real solicitase al gobernador de la isla un informe sobre si las peleas podrían tener “inconvenientes con la gente del mar y la tierra”.

En 1835 se dictó una norma que prohibía la construcción de vallas en zonas rurales. Más tarde también se prohibió la simultaneidad de peleas en lugares diferentes. Pero las riñas se siguieron desarrollando, cada vez en lugares más apartados donde la red del control colonial no llegaba. Fue en este tiempo cuando el gobernador de Nejucal envió una carta al capitán general de la isla quejándose de que los trabajadores abandonaban el trabajo y el culto divino ¡para acudir a peleas de gallos!

Y todo eso, junto a la isla de deseo que suponen estos recintos, no se podía permitir en una tierra colonial que en la segunda mitad del siglo XIX sufriría profundas convulsiones y se libraría definitivamente del poder colonial: pero entonces ya era demasiado tarde para arrancar de la realidad una actividad que se había convertido en una tradición esencialmente local.

No fue hasta finales de siglo cuando más intensamente se vivió la cuestión de las peleas de gallos, que pasó a convertirse en la munición de las varias facciones tras la independencia de la isla. De 1898 y hasta 1902, con la aprobación de la Enmienda Platt, Estados Unidos ocupó esta tierra con un gobierno mixto que velaba por los principios que la emergente potencia enarbolada, entre ellos la modernidad.

Y las peleas de gallos eran consideradas una barbarie.

Una ley del 24 de julio de 1899 modificó el Código Penal sobre juegos de azar. Dos meses después se fulminaron las corridas de toros, las cuales nunca más resurgieron. En abril de 1900 se prohibieron las lidias de gallos y un mes después se otorgaron poderes a la sociedad protectora de animales para castigar a los infractores. Pero nada detuvo el curso de la tradición a pesar de las afiladas luchas entre los defensores de la modernidad a la sombra del país ocupante.

Las corridas de toros eran la fiesta española; el béisbol, la americana. Y los gallos habían penetrado de tal forma en las costumbres de la sociedad que seguía siendo imposible extirpar de las aficiones del pueblo. Las leyes disparaban contra el atraso de un pueblo considerado salvaje y hambriento por modernizar, especialmente desde sus élites. Ejemplo de ello fue la satisfacción del alcalde de Placetas cuando, en enero de 1901, envió una carta al secretario de Estado y Gobernación, Diego Tamayo, calificando las peleas de gallos de “espectáculo inmoral y sangriento, que tan pobre concepto hace formar de la cultura de un pueblo”. El cambio, impulsado por los poderes sociales y militares, proponía un giro en la difusión de unos valores que no acabaron de cuajar en su plenitud… cuando en 1902 llegó la República de Cuba –por primera vez independiente– con las peleas prohibidas por ley.

***

“Tiene cada pueblo sus costumbres tradicionales con las cuales está encariñado y que le dan carácter perfectamente típico y hasta nacional. Los juegos y entretenimientos forman parte muy principal de esos hábitos arraigados, que van de modo lento y gradual modificando las condiciones del tiempo y lugar”. Así comenzaba el proyecto de Ley sobre Lidias de Gallos elaborado en los primeros balbuceos del nuevo país independiente y que fue presentado por varios representantes del parlamento. Y continuaba: “Querer que desaparezcan violentamente, es algo así como aspirar a torcer el natural proceso de la evolución social y ocasionar, como con toda violencia, un malestar sensible y nada conveniente a la marcha armónica y ordenada de todo progreso verdadero”.

La expresión de la época “moral pública” no hizo sino alimentar el debate, que los periódicos amplificaron según sus propios intereses. El paradigma de la modernidad, abrazado por los intelectuales, no contemplaba chirriantes actividades propias de países atrasados, rurales y, en definitiva, salvajes. Una lucha entre el pasado frente al futuro que se libraba con amplios ecos y participación.

El Fígaro, uno de los periódicos que circulaban a principios del nuevo siglo, publicó en noviembre de 1902 una encuesta que había realizado a 64 figuras destacadas de la vida cultural habanera sobre el asunto, con resultados dispares. Desde las respuestas tibias: “Toleremos las vallas de gallos, a cambio de que los hijos de los guajiros vayan a las escuelas públicas, y éstas, no lo dude usted, matarán a aquellas”, a las abstenciones en verso: “Yo no contesto: me callo/ Y muy bien hago en callar, pues quien debe contestar/ a la pregunta es el gallo”, pasando por algún irónico que acababa con estos versos: “¡Cuantos menos gallos haya…/ Tocarán a más gallinas!”.

Pero no fue hasta 1909 cuando se volvieron a autorizar las peleas de gallos. Después entraron los años y el desenfreno de la década de los cincuenta, cuando el juego superó cualquier delirio y nada hacía sospechar que las ruletas de los casinos se detendrían por muchos giros políticos que se pudieran efectuar; nada que el dinero no pudiera solucionar. El gánster Frank Ragano le contó a Santo Trafficante –que controlaba los negocios de la mafia en la isla junto a Lansky, Batisti y Barletta– su preocupación por los movimientos de unos jóvenes idealistas en los confines orientales del país, pero éste le respondió con desdén: “Estoy seguro de que Fidel nunca llegará a nada. Pero aunque no sea así, nunca cerrará los casinos. Aquí hay mucho dinero para todo el mundo”.

El paso del tiempo no ha cambiado demasiado los esquemas en el interior de las vallas y su significado social. Las regulaciones de la amplia etapa colonial pretendían controlar unos lugares donde la sociabilidad se desplegaba sin límites entre las diferentes procedencias sociales, un potencial nido de conspiración contra el poder que la metrópolis no podía permitir.

A diferencia de las plazas de toros, los cafés o la ópera, las peleas de gallos poseían un elemento capaz de eliminar las desigualdades sociales: el azar; componente que se une a la apuestas para borrar las jerarquías que sí se reproducen en otros lugares. Como escribió el autor de un diccionario de frases cubanas, “el caballero apuesta con el mugriento; el condecorado acepta la proposición del guajiro; el negro manotea al noble”. El resultado de la pelea hablará por sí mismo.

Aunque la revolución atenuó las diferencias de clase, hoy las mezclas constituyen la norma. Jóvenes buscavidas, jubilados, profesionales reconocidos, dirigentes políticos y hombres cargados de collares y dientes de oro comparten el mismo espacio intercambiando risas y dinero. Muy pocas mujeres. Si durante el siglo XIX eran las burguesas quienes no se asomaban a estos recintos, tampoco ahora acuden mujeres a estos espectáculos que simbolizan, en cada gesto, la hombría.

Numerosos estudios sobre estas actividades relacionan muchos atributos machistas con las peleas de gallos; estudios respaldados por la realidad que sigue palpitando en la actualidad. Desde la identificación del pollo ganador con valores de superioridad, pasando por la escasa presencia femenina en los recintos y siempre supeditada a la voluntad del hombre hasta la superación de lo masculino sobre lo femenino, encajan en una descripción de una sociedad que aún trata de sacudirse los valores negativos de la tradición. Por no mencionar los focos de prostitución que suponen. Tampoco contribuyen a salir de esas descripciones algunos de los gritos despectivos a los animales más débiles (“¡gallina! ¡gallina!”) en plena batalla por el triunfo.

***

En Cuba, como en Macondo, no están permitidas las peleas de gallos. La primera medida que se tomó en el país, en 1739, trató de controlar los espectáculos para recaudar parte de los beneficios que se generaban en estos espacios donde el juego y la fiesta ofrecían un lugar en el que escabullirse de la rutina. Pero dicha restricción solo impulsó la desviación de las juergas a recintos clandestinos. Hoy sucede lo mismo: únicamente en las vallas oficiales se permite las peleas. Y son mucho más aburridas.

“Allí hay reglas”, explica Enrique, un ex combatiente de la guerra de Angola que esta temporada ha perdido 80.000 pesos (3.000 dólares) en apuestas y contempla una de estas peleas en la valla clandestina de las afueras de La Habana. En ella, como en todas las extraoficiales, se permite el esparcimiento sin las rígidas restricciones de los recintos estatales, unos lugares cuya apertura fue la salida al crecimiento de la hipocresía: se trataba de un deporte penalizado hasta los años ochenta, pero que gustaba demasiado a todo el mundo.

Hoy, un sábado de finales de octubre, hay feria en Finca Alcona, las instalaciones del Estado, aunque todavía no ha empezado la temporada. Mientras tanto los galleros y los dueños de las cientos de vallas de todo el país acuden a las carpinterías a buscar sacos de virutas de madera para empezar a entrenar y pelear a los gallos.

“¡Managua, Managua, Managua! ¡Con dos marcho!”, repite el conductor del Chevrolet del 53 mientras golpea el capó de su viejo e imponente trasto. Durante quince minutos insiste intermitentemente, hasta que decenas de personas se bajan de un autobús y consigue, por fin, los tres ansiados pasajeros para partir.

Finca Alcona, a las afueras de Managua, es una construcción sólida, de madera y hormigón, permanente, de dos alturas; poco tiene que ver con las improvisados edificios sembrados por toda la isla, sorprendentemente resistentes pero construidos de tablas de madera y techos de plástico. Está al lado de un restaurante y del criador estatal de gallos que vende y exporta a otros países. No se puede fumar, ni beber. Tampoco hay música, ni el desenfreno de las vallas clandestinas. Un funcionario controla todo desde la planta de arriba. Entre pelea y pelea no hay mujeres dando vueltas a la circunferencia de combate vendiendo cacahuetes, perritos calientes o helados, ni chicas que al extranjero –si es que hay, que es casi nunca– le piden una cerveza. Tampoco está permitido apostar, aunque al acabar la función la valla se vacía con demasiada rapidez como para asegurar que es la diversión lo único que se despliega en ese lugar.

Justo en ese momento, tres hombres charlan en la puerta, a espaldas de todo, cuando se acerca otro tipo al que le dan 1.500 pesos (60 dólares), en seis billetes de diez pesos convertibles: han apostado por el gallo de Alexis, que ha perdido frente a uno mexicano.

—Pero entonces, tú tienes dinero –le sugiero al chico que ha perdido 60 dólares tras desembolsar una cantidad inusual en la cartera de un cubano medio.
—Bueno… –sonríe antes de mostrar su carné oficial de criador de gallos–. Tengo unos 50 pollos listos para pelear, que utilizo, porque yo no vendo.

El funcionario de la valla, que ha cerrado las puertas de la instalación donde los pollos han peleado, se va a casa a caballo. Los otros tres chicos se ofrecen a llevarme a La Habana en su coche… pagando 20 fulas, algo más de 15 veces de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

***

Alfredo Cruz comprende mejor que nadie los entresijos de ese universo. Este criador de gallos de San Cristóbal, una tranquila población 60 kilómetros al oeste de la capital, pasea por su jardín con el sol tostándole el cuerpo mientras muestra las decenas de animales que cría, las claves de su alimentación y las fases de entrenamiento. “Cuando están rojos como tomates voy y los peleo. El tiempo te va diciendo: se le recogen las carnes y se posa sobre las puntas de los dedos. Cuando un atleta empieza a entrenar, corre sobre los talones; luego corre con las puntas: ahí está el gallo”, explica este sesentón que cree que “los gallos son igual que la raza humana: si no hay raza no hay buen gallo”.

Nada hace sospechar de la pasión de Alfredo por la actividad: “Lo tengo como deporte. No solo crío pollos, sino también cochinos. Lo que me gusta es la cría. Dinero no se gana…, así que criamos puercos. Esa es la vía por la que podemos subsistir un poquito”.

Sin embargo, no todo el mundo comparte esta opinión, pues ven en el espectáculo un festival absurdo de sangre y enfrentamiento entre dos animales en el mismo espacio que se da rienda suelta a las apuestas, el juego y demás escapatorias que chocan con los principios que abandera la Revolución: moralidad. De hecho, el juego y el “enriquecimiento ilícito” representaban la dictadura de Batista, a la que Fidel Castro derribó. Por esta razón las apuestas y el dinero que se mueve en torno a las apuestas gozan de tan baja reputación. Y es que recuerda a los tiempos a los que la Revolución venció y relevó.

La Nochevieja de 1958 los casinos –en manos del capital norteamericano que controlaba el esqueleto del país a través de una red de sobornos y comisiones– fueron atacados furiosamente cuando llegó la noticia de que la Revolución había triunfado. La ira se concentró en los casinos de los hoteles porque simbolizaban el odio a un régimen cruel en un país con altos índices de analfabetismo y pobreza y que beneficiaba a una minoría. La Habana era la perla del Caribe, donde miles de turistas anuales, principalmente norteamericanos, disfrutaban del ambiente propicio para la diversión… hasta que vino el comandante. Y mandó parar. El proyecto de quince inmensos hoteles-casinos en El Malecón se quedó en el aire.

Se nacionalizaron las empresas norteamericanas y con ellos los casinos. Se fulminó el juego. Así lo expresaba Fidel Castro durante una concentración de obreros gastronómicos en junio de 1960, quienes se quejaron porque al cerrar los casinos se hizo tambalear la facturación de los hoteles y, por lo tanto, sus empleos: “… incluso, cuando mediante una ley revolucionaria se puso fin a todo tipo de juego en el país, hubo una excepción con los casinos. Nosotros habríamos deseado que no quedara ningún tipo de juego legalizado […] el juego era manejado por gánsteres, las mafias de gánsteres manejaban el juego. Pero, además, se nutrían esos casinos de los funcionarios ladrones”.

Y las peleas de gallos caían del lado del juego, del enriquecimiento ilícito, de los ecos de un tiempo que había que olvidar y no encajaba con la nueva época que se asentaba en la justicia social y las promesas. Así, en 1968 se trataron de eliminar las peleas en todo el país con el objetivo de acabar con las apuestas. A mediados de los años 80, se rebajó la categoría de la gravedad al transgredir la norma y pelear al margen de las vallas estatales. Se pasó de penas de cárcel a simples multas.

Pero los cubanos siempre han esquivado la legalidad en este ámbito. “Para mí los gallos son un deporte, pero el cubano es muy jugador”, opina Alfredo mientras señala uno de los gallos en su casa. “Toda Cuba juega a los gallos. Cuba son gallos y pelota [béisbol]”. “¡Y mujeres!”, intermedia un chico que trabaja en la finca.

***

—¿Usted es extranjero? –me pregunta un hombre que, junto a su esposa, esperan a la sombra de un árbol en la autopista central–. Sabes que las peleas son ilegales. Si se tira la policía te llevan a inmigración. Ten cuidado –advierte.

Desde la carretera apenas se escucha la música que ensordece en el complejo donde las mesas de juego y la barra de bar acompañan a la valla de gallos. Todo lo prohibido se entremezcla aquí: peleas, apuestas, juego, dinero.

Un empleado de barriga prominente desea que la temporada se extienda, a pesar de que sea el mes de julio y ya hace un mes que habitualmente se suelen acabar las peleas. “Hace falta dinero”, admite. Trabaja en cinco vallas diferentes, ocho dólares en cada una. 180 al mes. “Pero eso no es nada”, opina. “Aquí en Cuba hay mucha necesidad. Demasiada necesidad”, expresa. Para redondear el sueldo, este hombre que niega identificarse (“aquí me conocen y ya está, yo no doy mi nombre a nadie”) suele apostar en las peleas para ganar algo más. Y de vez en cuando suma 60 dólares a su saldo.

En Cuba no es fácil ganar dinero. Por eso, uno de los pocos modos que tiene una persona para juntar más que los exiguos sueldos del Estado es el juego, el que el artículo 219 del Código Penal castiga con multas y hasta con tres años de cárcel. “Para el Estado este juego es ilícito. ¡Todo es ilícito!”, se queja este hombre del gremio que ni siquiera se identifica con un apodo, como es habitual en esta actividad al margen –y en contra– de las regulaciones. Y es que pocos son capaces de estirar la confianza hasta revelar su verdadera identidad.

Enrique, el excombatiente sesentón que dice tener diez oficios y haber perdido esta temporada más de 80.000 pesos, lo que ganaría en un trabajo estatal en doce años (sí, doce años) lo ejemplifica. “Pero no lo pongas en internet, que me llevan preso. Hay extranjeros que tergiversan las cosas…”, desliza tras ser retratado antes de abandonar con paso ligero la valla.

En el mismo recinto y a media tarde, Ayova ha ganado 3.200 pesos (130 dólares). Los 100 pesos para entrar al recinto le han rendido bastante a este cuarentón, que dice ganar entre diez y veinte mil pesos al mes con las apuestas. Hoy no ha peleado con ningún gallo propio, pues no los tiene preparados. “Va por temporadas”, resume. Tampoco Antonio, 76 años, pelo blanco y bigote dorado, ha jugado con un gallo propio. A su pensión trata de añadirle lo ganado con los gallos, que multiplica por cuatro, cinco y seis los 300 pesos mensuales de su retiro.

Y es que no resulta sencillo arrancarle palabras a alguien que va a pelear. Al componente de azar de las peleas se añaden las estrategias, los disimulos y los trucos. Nadie quiere desvelar el estado de su arma de combate. Llegan a la valla, pesan e inscriben a su gallo en una pizarra. Si encuentran un contrincante del mismo peso, se desarrolla la pelea. Todas las artimañas valen para juntar algo de dinero. Desde los que apuestan sin tener ni un peso a los que, peleando su propio gallo, apuestan por el contrario porque saben que perderá.

“¿Contra quién lucha?”, le pregunto a un tipo que rompe con la estética que domina el ambiente –pantalones cortos, ropa impecable, estilo deportivo–. Señala con el dedo a otro gallo de plumaje blanco. Bromea, sonríe y hasta vacila mientras le ayudan a colocarle las espuelas a su gallo, ignorando que su cara, minutos después y con su ave muerta, poco tendrá que ver con su aspecto jovial de antes. Otro joven que está a punto de echar a su gallo solo ha apostado 1.500 pesos. “El contrincante no quería más”, se excusa después de lamentarse por la escasa cantidad.

Ya sobre el recinto de viruta los dos galleros elevan a su animal mientras lo agitan en el aire. Lo agarran del cuello y lo mueven bruscamente hacia adelante para llenarlos de furia y hacerlos pelear. El árbitro da vuelta al reloj de arena y se sueltan los animales. A partir de ahí los picotazos y las sacudidas con las espuelas anclados a las patas se suceden mientras la grada circular grita, se enfurece y gesticula. El estanquero, quien se encarga de cuidar del recinto, tiene que apartar a quienes la pasión les lleva a acercarse demasiado a los animales en combate.

Salta alguna mota de sangre mientras el ambiente se enciende, los galleros gritan a sus animales y éstos revolotean impulsados por la energía del recinto. Tiempo después, uno de los dos muere o pierde tras no levantarse tras unos segundos. Entonces, unos ganan las apuestas, otros las pierden y todos disfrutan. La tradición de las peleas se ha mezclado con la del juego en un instante que alude a los siglos de tradición. Nada nuevo.

“Tú sabes cómo es el cubano. En las fiestas de campesinos, por ejemplo, se pelean gallos, porque esto es historia. Vinieron a Cuba como medio de entretenimiento para los mambises. A mí me gustan las dos cosas, la apuesta y la pelea”, explica Alfredo, el criador de gallos.

Nada hace pensar que se vaya a alterar el devenir de unas prácticas adheridas a la médula de la identidad cubana y que han sobrevivido durante cuatro siglos a un gobierno español, once meses a una ocupación inglesa, tres años a otra norteamericana, medio siglo a una independencia con injerencias frecuentes, y otros sesenta años de una revolución que ama la riña de gallos y detesta las apuestas. “Pero no todo el mundo tiene posibilidades para apostar, así que lo tienen como medio de diversión”, matiza el criador de gallos.

Disfrutan demasiado, multiplican vertiginosamente sus salarios, dan rienda suelta a varias pasiones y siglos de historia les amparan. Y así, definitivamente, así es imposible acabar con nada.

Morir como perros

Publicado: 15 diciembre 2013 en Juan D’Alessandro
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La madrugada del domingo 28 de abril, Evelina Zambrano, voluntaria en un refugio canino, envolvió el cadáver de su perra Lola en una bolsa de nailon y lo guardó en el freezer.

Después salió a la calle y encontró todos esos perros muertos.

—Fue tan espantoso –dice, sentada en el jardín de su casa–. En mi vida me voy a olvidar del sufrimiento que vi esa noche.

Recorrió el pueblo junto a las voluntarias del refugio y de la protectora. Asistieron a los perros que agonizaban: les dieron agua, los acariciaron. Los guantes de látex fueron poniéndose amarillos. Algunos animales se salvaron, la mayoría no.

—Esa madrugada empezaron a caer los pájaros –recuerda Gabriela Luna, directora del hogar de niños Estrella de Belén y voluntaria de la protectora de animales–. Yo iba caminando cuando una cosa me cayó en el hombro. Era un gorrión.Y en la plaza vi un montón de tordos en el suelo. Caían: parecía una película de Hitchcock.

El sereno de la plaza pasó toda la noche embolsando animales muertos. Algunos vecinos, como Emanuel Arrieta, encontraron el cadáver de su mascota en el patio.

Nadie recuerda si esa noche los perros aullaron.

La mañana siguiente, muchos dejaron salir a sus animales. No sabían de los cebos que esperaban en los jardines, entre las hojas secas, bajo los autos estacionados. El ex director del hospital de Deán Funes Javier Ocanto vio volver a su pastor alemán torcido, inestable. Tenía los ojos muy abiertos, la lengua afuera. Una sustancia blanca le empapaba el hocico y los pelos largos del cuello. De repente, el animal abrió las patas y, como si estuviera junto a un árbol, expulsó un chorro de diarrea incontenible y ya no pudo mantenerse en pie, se dejó caer en el garaje. El perro estaba muerto.

—Supe que era un veneno absolutamente tóxico porque las moscas que se apoyaban en el cuerpo del perro morían en el acto –dice Ocanto, y se pregunta qué hubiera pasado si su hijo de ocho años tocaba al perro.

En la comisaría le dijeron que antes que él veinticinco personas habían denunciado lo mismo. Apenas eran las nueve de la mañana.

Ese domingo, solo abrió una de las dos veterinarias. Cada quince minutos entraba alguien con un perro en brazos. El tratamiento consistía en ponerles suero e inyectarles atropina –un anestésico relajante, como el Valium– para aplicarles después protectores hepáticos.

Diecinueve perros llegaron al local, uno murió pese a la atropina y lo mismo le pasó a un gato. Los que sobrevivieron –dicen las veterinarias Mara Díaz y Gabriela Lijtenstent– habían conseguido vomitar el veneno.

Budy, el labrador, no pudo hacerlo.

—Se llamaba Budy, le decíamos “El piola” –Mariana Castro, dueña de un salón de fiestas infantiles, muestra una foto arrugada en la que hay un labrador dorado y una nena que ríe–Está arrugada porque mi hija la agarra, la aprieta.

Su hija, Ana Paz, tiene cuatro años y no puede caminar porque una parálisis cerebral espástica le acalambró las piernas. Los médicos dijeron que la zooterapia podía ayudarla, y así llegó Budy a la casa. La beba y el cachorro crecieron juntos; Budy dormía con ella, a los pies de la cama, y le alcanzaba los juguetes que se le caían al suelo.

Aquel domingo, temprano, Mariana Castro dejó salir al labrador.

El perro volvió temblando.

—Mi marido le metió los dedos en la boca, pero no vomitó. Lo enterramos en el campo esa misma mañana.

La cifra oficial, que ronda los doscientos perros muertos, se compone por los 120 que levantaron los bomberos de las calles y el puñado de decenas que levantaron los empleados municipales. Pero no se sabe cuántos, como Budy, fueron enterrados por sus dueños, ni cuántos callejeros se escondieron en baldíos y descampados para morir. Las proteccionistas dicen que fueron cientos.

El labrador Budy estaba siendo entrenado para asistir a Ana Paz, para servirle de apoyo.

—No solo han matado al perro de mi hija, le han matado la posibilidad de caminar –dice Mariana Castro. Y explica que no pueden reemplazar a Budy por otro labrador entrenado, que no funciona así. El perro debe criarse junto al paciente para generar confianza y un lazo emocional. Ana Paz no puede esperar otros cinco años para aprender a caminar.

—Nunca me voy a olvidar de ese perro –dice Mariana Castro en la puerta de su casa, con los ojos húmedos. Cuenta que, por la enfermedad, su nena tiene problemas para socializar con otros chicos. Que no le resulta fácil. Y que el año pasado eso cambió, por un momento:

—Era el Día del Animal. Ana Paz llevó al Budy a la guardería y fue un revuelo: todos los compañeritos se acercaron a tocarlo. Si la hubieras visto a ella con su perro ahí, jugando con todos –dice, como puede, antes del llanto–. Estaba tan contenta ese día, mi nena. Tan feliz.

Al mediodía la municipalidad decretó la emergencia sanitaria y ambiental, las clases fueron suspendidas por una semana. La matanza ya era una noticia nacional: hasta la placa roja de Crónica reiteraba, con letras blancas y mayúsculas, “Basta de matar perros en Deán Funes Córdoba”. Sin embargo, el intendente Alejandro Teijeiro no aparecía por ningún lado. Horas antes había viajado a Israel y no regresaría sino quince días más tarde porque, según sus colaboradores, “era muy costoso cambiar los vuelos”.

Durante la tarde los bomberos voluntarios rastrillaron las calles y encontraron albóndigas en cada cuadra, sobre todo en el centro y hacia el norte, en los barrios más humildes como Las Flores, Algarrobo y La Feria, donde más perros suele haber. Cebos de carne molida con pequeños fragmentos blancos en su interior. Los bomberos alzaban a las víctimas y tapaban con cal viva las manchas de sangre, vómito y excrementos, mientras la pala mecánica de la municipalidad recorría Deán Funes con su garra cargada de perros muertos y con movimientos bruscos, trabados, los dejaba caer rodando sobre una montaña de cadáveres. En cuestión de horas un contenedor para escombros estuvo repleto de animales malolientes. Susana Pozzoli, la encargada del departamento de control alimentario de la comuna, se asomó por casualidad al contenedor y vio que uno de los perros amontonados se movía. Pudo rescatarlo. Los demás, bien muertos, comenzaron a hincharse y a emanar un olor ácido, intenso, que de a poco fue mezclándose con la podredumbre. Faltaban algunas horas para el lunes 29 de abril. En Argentina, el Día del Animal.

2

Deán Funes es un pueblo rodeado de campos para ganado, ubicado en el norte de la provincia de Córdoba y a unos ochocientos kilómetros al noroeste de Buenos Aires. Aunque técnicamente sea una ciudad, sus veintidós mil habitantes conservan la costumbre de dejar las puertas siempre abiertas y conocen el nombre de cada persona y de cada perro. Porque en Deán Funes los perros callejeros tienen nombre, historia, territorio. Por eso la gente se entristeció tanto con la muerte del Verde, el perro de la plaza que acompañaba al canillita a repartir los diarios y asistía a misa, religiosamente, todos los domingos. Y muchos se alegraron porque Fantasma, “el perro que aparece y desaparece”, tuvo el buen criterio de esfumarse aquella noche fúnebre del veintisiete de abril de 2013.

A mediados de semana ya eran dos los contenedores llenos de animales muertos. Quedaron en la calle, al lado del hospital, frente al corralón donde la municipalidad guarda las máquinas. La gente se asomaba para buscar a su mascota desaparecida. Pero de a poco los cadáveres empezaron a reventarse, a sangrar. Tuvieron que tapar los contenedores con un nailon negro y recién una semana después enterraron a los perros en un basural.

—Cavamos una fosa, un pozo de dos metros de profundidad. Pusimos una membrana plástica de PVC para que los fluidos de la descomposición no contaminen las napas –dice Daniel López, jefe del cuerpo de bomberos voluntarios, en una oficina del cuartel general–. Llenamos el fondo con perros y tiramos cal viva encima. Después va otra hilada de perros y más cal: es como si estuvieras haciendo una torta

3

Con las albóndigas los perros tragaron metomil, un insecticida de uso agrícola para el control de un amplio espectro de plagas. Es un polvo conformado por pequeños cristales blancos que debe ser diluido en agua para su aplicación en los campos. No lo diluyeron, lo usaron en estado sólido mezclado con carne molida y grasa.

Pertenece al grupo químico de los carbamatos, que originariamente fueron creados como gases neurotóxicos para la guerra. La Organización Mundial de la Salud los clasifica como sustancias de banda roja: muy peligrosos para la vida humana. Una ley local prohíbe su uso a menos de quinientos metros de los centros urbanos, si se aplica con pulverizadores terrestres; y a menos de 1.500 metros si se aplica de forma aérea.

Para matar a un perro de diez kilos hace falta apenas un gramo de metomil.

El producto se comercializa en envases de 100 y 250 gramos.

Cotiza en dólares, como todos los agroquímicos, pero es accesible: el envase más chico puede conseguirse por once dólares en un comercio de agroquímicos de Córdoba. Aunque para comprarlo hace falta tener Cuit de productor agropecuario.

El metomil se introduce en el cuerpo por ingestión, por contacto y por inhalación, pero no hubo personas afectadas, más allá de algunos casos leves como mareos, náuseas o irritaciones. Quien armó los cebos sabía la dosis exacta que debía tener cada albóndiga para matar, a lo sumo, a un perro de treinta kilos. No más.

4

A tres meses de la matanza no hay definiciones y la gente se impacienta. Los vecinos responsabilizan al fiscal Eduardo Gómez por haber “congelado la investigación”. Él argumenta que nadie colabora, ni los testigos ni los imputados. La matanza de cientos de perros puede que permanezca para siempre entre los casos inconclusos.

Seis personas están imputadas por daño y violación a la Ley de Protección Animal. Son delitos con penas bajas, excarcelables. Cinco son inspectores municipales y el sexto dejó de serlo hace algunos años, cuando existía la antigua perrera.

Nadie los vio manipulando las albóndigas.

—Las imputaciones se sustentan en indicios de presencia durante esa noche: tres inspectores estaban de turno, dando vueltas por el pueblo en una Trafic blanca, y los otros tres parece que tenían problemas con los perros. Nuestra principal hipótesis es que ellos se excedieron –dice Gómez, lento y sosegado en el modo de hablar.

Estuvieron de turno Roque Enrique Quinteros, Juan Santos Marques y Diego Oscar Allende. Si es verdad que ellos transportaron las albóndigas envenenadas en la Trafic –como sospechan los vecinos–, se expusieron a inhalar el veneno.

—Parece que esa noche la Trafic estuvo en el Hospital Romagosa porque Allende estaba descompuesto –dice el fiscal–. Pero justo llegó un patrullero y los inspectores se fueron antes de que los médicos pudieran revisarlo.

Si ellos hicieron el trabajo, la municipalidad tiene que haber dado la orden.

—¿Están investigando a algún funcionario?

—Primero vamos a tratar de confirmar las imputaciones que tenemos. Pero si se confirma esta hipótesis, sí, alguien tiene que haber dado la orden. Y no cualquiera sabe manipular este producto, hay que estar muy preparado.

—La gente dice que algunos inspectores tienen fama de maltratar a los perros.

—Los otros tres imputados son los hermanos Palomeque. Allanamos su casa y secuestramos una sustancia venenosa que no sabemos todavía si es metomil. Parece que estos hermanos se dedicaban a matar perros en la vieja perrera.

***

—Son mentiras –dice Darío Palomeque, un hombre de 31 años, alto, robusto y moreno como sus hermanos mayores, Francisco y Daniel. Está sentado en una oficina de la división de inspectores, donde se desempeña como mano derecha del director de Seguridad Ciudadana, Atanasio Solís, un ex gendarme que obliga a sus subordinados a vestir uniformes azules, gorra al tono y botas negras. De lejos, los inspectores de Deán Funes son idénticos a los policías.
—¿Recibieron la orden de envenenar a los perros de la calle?
—No. Nosotros no tenemos nada que ver. Yo creo que vino alguien de afuera; los policías dicen que no vieron nada, pero para mí dejaron el campo abierto para que alguien actúe.
—Los vecinos piensan que tus compañeros tiraron el veneno desde la Trafic.—No tiene sentido. El veneno ese es muy tóxico: no podés llevarlo en un habitáculo cerrado, inhalándolo.
—Me gustaría hablar con tus compañeros.
—Los muchachos no quieren hablar.
—¿Qué hacen tus hermanos?
—Uno de ellos trabaja acá, en la parte de maestranza; cuando había que levantar a un perro iba él. Mi otro hermano no es inspector, cobra una pensión. Él la ligó de arriba porque los tres vivimos en la misma casa, la que allanaron.
—¿Qué se llevaron en el allanamiento?
—Un frasco de K-Othrina que uso para las garrapatas de mis perros, un Raid hogar y plantas y la costeleta que me iba a comer ese día. Tuve que almorzar puré solo.

5

Ante la ausencia de una versión oficial surgieron dos hipótesis acerca de quién mató a los perros y por qué. En el pueblo casi todos piensan que el municipio ordenó a los inspectores controlar a la población canina, “como hicieron siempre”, con la diferencia de que esta vez –sospechan– se les fue la mano con el veneno y no supieron cómo ocultar el desastre. Otros dicen que quisieron prevenir la fiebre negra.

En Deán Funes hay una sobrepoblación de perros callejeros. Según dijo a los medios el subsecretario de Salud y Medio Ambiente del municipio, Carlos Gómez Calvillo, antes de la matanza había unos cuatro mil. Tres meses más tarde, en las calles la presencia sigue siendo notable: dos, tres, cuatro por cuadra.

La teoría se apuntala con la versión de que los Palomeque solían matar perros. Uno de los tres hermanos, Francisco, supo trabajar en la antigua perrera y de él se cuentan historias temibles, aunque nadie puede asegurar su veracidad. Francisco Palomeque estuvo internado en el neuropsiquiátrico de Santa María de Punilla en tres ocasiones, en 2003, 2004 y 2010. Su historia clínica indica que tuvo “trastornos con el consumo de alcohol”. En el imaginario su perfil encaja perfectamente: podría ser el “loco que mata perros”.

De todos modos, la mayoría de los vecinos piden que la Justicia investigue a los que dieron la orden.

—Los imputados no sacaron plata de sus bolsillos para comprar carne molida y un agroquímico. Los autores ideológicos son otros –dice el médico Javier Ocanto.

—Los inspectores son gente humilde: no van a elegir envenenar a un perro antes que darle de comer a sus hijos. Cae de maduro que, si fueron ellos, solo cumplieron órdenes –dice el cura Sergio Romero.

Cuando ocurrió la matanza el intendente de Deán Funes, Alejandro Teijeiro, estaba llegando a Israel. Había partido diez horas antes de que apareciera muerto el primer perro. Regresó quince días más tarde y a la semana dejó su cargo para convertirse en funcionario provincial. Lo reemplazó en la intendencia el secretario de gobierno, Germán Fachín.

—¿Ustedes encargaron a los inspectores ejecutar la matanza de perros?
—Eso es una locura, no existió orden de ese tipo. Es insólito –la voz de Germán Fachín suena cansada en el teléfono–. Si a mí también se me murió un gato.
—¿En qué quedó la investigación interna que iban a realizar?
—En nada de nada. Negativo. No hay nada raro con los inspectores.
—¿Quién mató a los perros?
—Nosotros no. Pensá que para la gestión municipal esto es una mancha. Estoy seguro de que es una cuestión política, nos han querido perjudicar.

Aunque algunos especulan con una inusual vendetta política por los abruptos cambios de partido de Teijeiro –radical, kirchnerista, delasotista–, la mayoría piensa que se trató de una orden que fue cumplida con una eficacia delirante. Pero si el objetivo era disminuir el número de perros en las calles, ¿por qué simplemente no los castraron? ¿Y por qué no discriminaron entre callejeros y domésticos?

Un día después de la matanza, el médico, docente y exsubsecretario de Salud de Córdoba, Medardo Ávila Vázquez, dijo:

—Para exterminar a los perros, el gobierno provincial contrata a empresas especialistas en desinfecciones que saben cómo manipular el veneno. El objetivo es prevenir la leishmaniasis, una enfermedad mortal que los perros transmiten a los humanos. No van a reconocerlo, porque la enfermedad apareció por culpa de los mismos gobiernos que permitieron el desmonte.

Varios medios de comunicación las reprodujeron. El gobierno de Córdoba lo desmintió y el tema pasó al olvido.

Ávila Vázquez es coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y en 2009 trabajó en una campaña de fumigación contra el mosquito del dengue. El gobierno provincial había contratado a la Cámara de Control de Plagas (Coninplag), una decena de empresas pequeñas encargadas de realizar las fumigaciones. Cuando la tarea terminó, Ávila Vázquez le preguntó a un operario qué iban a hacer las empresas a partir de ese momento.

—Tenemos trabajo de sobra, ahora empezamos con los perros –le contestó.

En 2010 otro operario lo fue a ver al hospital en el que trabaja y le contó que ya habían empezado:

—Me dijo que tenían un contrato en Santiago del Estero para matar a cincuenta mil perros en un lapso de un año. Yo le pregunté cómo hacían y me explicó todo.

Le dijo que preparaban los cebos con dimetoato, un insecticida muy potente, pero que también podía ser metomil (tenía que ser un veneno que los matara rápido para que no pudieran irse a morir a otro lado). Comenzaban el trabajo a las diez de la noche y regresaban a las pocas horas para retirar los cadáveres y los cebos que habían quedado. Juntaban a los perros en un baldío y los enterraban.

—Me contó que suelen quedar algunos perros que no llegan a ver y que la gente los encuentra al otro día. Nunca son muchos, seis o siete. En esos casos la gente siempre piensa que hay un loco que los envenena.

Ávila Vázquez no hizo una denuncia formal ante la Justicia.

—No tengo pruebas concretas, solo esta información. Los operarios no van a hablar, quieren seguir teniendo estos contratos. De todos modos, el fiscal nunca me llamó a declarar.

Sobre este punto, la secretaria de Prevención y Promoción de la Salud Mónica Ingelmo dijo que no existe un plan para eliminar animales o controlar enfermedades.

—Se pueden utilizar fumigaciones, que no son nocivas ni para animales ni para plantas – dijo, en declaraciones a los medios locales.

Sin embargo, expertos de la Red de Investigación de la Leishmaniasis en Argentina dicen que “la lucha contra los vectores con insecticidas da resultados en el corto plazo, pero a la larga es de poca efectividad”.

El vector es un mosquito flebótomo, muy pequeño, peludo, jorobado, que se llama lutzomyia. Es de clima tropical y está bajando desde el norte a medida que el desmonte calienta las tierras del sur. En el norte de Córdoba ya está el flebótomo, los perros y las personas. Falta el parásito: la leishmania. Los expertos dicen que es cuestión de tiempo para que aparezca la enfermedad. Es el momento apropiado, entonces, para realizar acciones de prevención.

No es descabellado pensar el sacrificio masivo de perros como una medida para prevenir la leishmaniasis, solo hay que rastrear cuales son las acciones epidemiológicas recomendadas. Desde el ministerio de Salud de la Nación reiteran que lo mejor es controlar a la población canina mediante la castración, sin embargo, en la página web del mismo ministerio, cualquiera puede descargar un PDF titulado “Leishmaniasis visceral, guía para el equipo de salud”, en la que se indica que “al no existir instrumentos para evitar que los perros infectados transmitan la enfermedad al hombre y a otros perros, la conducta indicada es el sacrificio humanitario de perros infectados”.

¿Y cómo se puede saber si un perro está infectado? Porque no siempre presentan síntomas. Hay que realizarle pruebas serológicas o un examen parasitológico, es decir: estudios de laboratorio. Y es complicado realizar análisis clínicos a cada perro que deambula por la zona de riesgo, porque la zona de riesgo abarca a las provincias de Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Tucumán, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, por nombrar a aquellas provincias en las que hubo casos recientes de leishmaniasis, según el último Boletín Integrado de Vigilancia del ministerio de Salud de la Nación, que da cuenta, en total, de 164 casos confirmados en Argentina entre 2012 y lo que va de 2013.

La leishmaniasis es una enfermedad antigua. Su tipo más peligroso, la visceral, también es conocida como Kala Azar o fiebre negra. Hay quienes aseguran que en el antiguo testamento aparece como la sexta plaga de Egipto: “Y vendrá a ser polvo sobre la tierra de Egipto y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias”. Hoy se la considera una enfermedad reemergente.

Los especialistas dicen que es lo que se viene a nivel epidemiológico. Que en cinco años va a ser muy común. Que hay que aceptar que de la mano del calentamiento global la enfermedad avanza, lenta pero inexorable.

Existen tres tipos de leishmaniasis: cutánea, mucosa y visceral. Las dos primeras provocan ulceras, mutilaciones y discapacidad. La última es la forma más grave: afecta órganos internos y sin el tratamiento adecuado es letal en el noventa por ciento de los casos.

¿Tiene sentido que los gobiernos ordenen matar a los perros para frenar su avance?

El especialista en enfermedades tropicales Hugo Pizzi dice que en general se mata a los perros, que son un eslabón importante de la cadena epidemiológica. Que antes las perreras lo hacían sin problemas, pero que ahora se hace de manera más velada porque es muy criticable.

En 2008, cuando se conocieron los primeros casos de leishmaniasis visceral en Misiones, la municipalidad de Posadas ordenó el sacrificio de 1.500 perros. Organizaciones proteccionistas se manifestaron y, según denuncias, las matanzas continuaron de manera solapada. Después, en 2010, quinientos perros fueron sacrificados por la municipalidad de Santo Tomé, Corrientes; y en 2012 doscientos perros callejeros aparecieron envenenados con agroquímicos en Paysandú, Uruguay. Y este año hubo, además, asesinatos no tan masivos: treinta perros en Tanti, doce perros en Bell Ville, ocho en Jesús María; veinte en Rosario; diez en Luján. Y la lista sigue.

—Cuando nos enteramos de la matanza de Deán Funes inmediatamente lo relacionamos con la leishmaniasis, porque desde 2010 sabemos que la lutzomyia está en el norte de Córdoba, justamente, en la zona de Deán Funes –dice, por teléfono, el jefe del servicio dermatológico del Hospital Pediátrico de Córdoba, David Dib.

6

La de abril no fue la primera matanza de perros en Deán Funes.

Tres meses atrás había ocurrido lo mismo, pero con una diferencia: esa vez, casi doscientos desaparecieron de las calles. Solo que antes pudieron ser fotografiados, uno a uno, por Gabriela Luna, de la protectora de animales.

—Fue el 9 de febrero, también un sábado a la noche. Veíamos a un perro muerto, volvíamos unos minutos después y ya no estaba. Alguien los iba levantando, pero no sabíamos quién. Por eso comenzamos a sacarles fotos.

Luna contó 189 cadáveres. Al día siguiente, los inspectores municipales dijeron que solo habían encontrado a diez. Luna y Zambrano salieron entonces a buscar los cuerpos desaparecidos y los encontraron, chamuscados y a medio quemar, en un terreno cercano al predio donde la municipalidad entierra la basura.

—Eran los que yo tenía en las fotos –Gabriela Luna va mostrando en su celular decenas y decenas de animales ennegrecidos por el fuego. Algunos estaban envueltos en las bolsas celestes de la municipalidad.

—Esa es la prueba –dice Gabriela Luna. Los policías del pueblo aceptaron las fotos, pero cuando fueron al descampado, un día más tarde, los perros ya no estaban. El fiscal admitió que no hubo investigación y prometió agregar este hecho a la causa.

—Nadie nos creía. Después vino la matanza de abril. Hablaron de doscientos animales muertos, pero fueron muchísimos más: setecientos por lo menos.

—En el pueblo dicen que nosotras somos “señoras bien” que nos pasamos el día entero leyendo revistas y, como no tenemos nada que hacer, ayudamos a los perros –dice Zambrano, sentada en el jardín de su casa, en el que hay césped bien cuidado, una palmera, un bebedero para pájaros y una enorme bolsa con veintidós kilos de alimento balanceado. Los ladridos resuenan dentro de la casa, perros de todos los tamaños saltan y se asoman por las ventanas.

En febrero murieron tres –Lili, La Pipa y Fido– después de comer cebos envenenados. Zambrano ofreció una recompensa de cinco mil pesos a cambio de que alguien le dijera quién había matado a los animales, pero no consiguió nada.

Hasta la municipalidad negó que estuviera pasando algo raro.

—Nos tomaban como loquitas, no nos creían.

Por eso en abril, cuando volvió a ocurrir, Zambrano envolvió el cadáver de Lola en una bolsa y lo guardó en el freezer para esperar la autopsia. Para que nadie pudiera decir, esta vez, que a los perros no los habían matado.

Una sirvienta supersticiosa

Maria Assunta no recordaba con exactitud el día, pero sí que fue un atardecer a finales de noviembre de 2007 y que las calles de Roma estaban cubiertas de nieve. Ella había salido a dar un paseo acompañada de Matilde Rodríguez, su sirvienta ecuatoriana. El pálido sol de invierno resplandecía contra el blanco paisaje. Dos meses antes había cumplido 89 años, era una mujer alta, delgada y en perfecto estado de salud, y de esto, su salud de hierro, siempre se había ufanado. Al llegar a una de las esquinas de Torre Largo Argentino, sintieron la brusca frenada de un auto y un segundo después una mancha oscura pasó frente a ellas y se perdió del otro lado de la calle.

—¡Era un gato negro, señora! —exclamó la sirvienta persignándose varias veces.

Ella sonrió comprensiva y la instó a reanudar la marcha. Cruzaron la calle y se dirigieron a un quiosco de periódicos y revistas donde la sirvienta solía comprar billetes de lotería instantánea. Y fue en ese momento, mientras la sirvienta raspaba el cartón con la uñas en busca del milagroso número, que aquel niño se acercó con un gato en brazos.

—Está vivo, señora —dijo el niño dirigiéndose a ella—. No puede caminar, pero está vivo.
—¡Es el mismo que nos pasó enfrente! —exclamó la sirvienta horrorizada.

Según Giacinto Canzona, abogado por entonces de Maria Assunta, fue así como ella conoció al gato. Era un cachorro negro de tres meses, tenía los ojos amarillos y una pata rota. Ella lo llevó a su veterinario y luego, una vez curado, a su apartamento. Lo llamó Tommaso en honor a un pariente suyo que había sido héroe de guerra. A los pocos meses de adoptar el gato, María Assunta enfermó y le diagnosticaron cáncer de pulmón. La sirvienta culpó al gato de traer la mala suerte e intentó convencerla de que se deshiciera de él. Ante la negativa de la anciana, decidió abandonarla (llevándose una buena cantidad de joyas y otros objetos de valor). Canzona afirma que esto fue un duro golpe para Maria Assunta, pues durante diez años Matilde Rodríguez había sido su única compañía y la consideraba como un hija. “Ni siquiera quiso denunciarla”, afirma el abogado.

El abogado del gato

Giacinto Canzona es más joven y amable que su voz; había conversado con él varias veces por teléfono antes de llegar a su estudio en el barrio Africano de Roma (llamado así por Mussolini cuando soñaba con hacer de África parte de su sueño imperial). También el estudio es diferente de como lo imaginaba: tres modestas oficinas, un baño y una minúscula sala de espera. En la oficina de Canzona hay un sofá que me parece haber visto en la zona de promociones de Ikea y un viejo escritorio que dice haber heredado, como la profesión, de su padre; sobre la pared, burdas copias de paisajes medievales y los consabidos diplomas que pretenden dar seguridad al cliente. Entre las cosas que leí en la prensa hablaban de sus ambiciones políticas y lo acusaban de haber utilizado el caso del gato para ganar espacio en los medios, incluso ponían en duda la existencia de Tommaso. Me cuenta que conoció a Maria Assunta en 2009 a través de una amiga de su madre.

—Había dejado de pagar una serie de impuestos a causa de la enfermedad y me pidieron que la asesorara. Fui a verla a su apartamento en el centro de Roma (cerca de la Fontana de Trevi) y allí conocí a Stefania Cecconi, una enfermera que la cuidaba ocasionalmente —mientras habla, Canzona hace un gesto a su colega Anna Orecchioni, que está recostada en la puerta, para que se siente en el flamante sofá anaranjado—. Del aseo del apartamento se encargaba una chica rumana que se iba al atardecer. Después de lo sucedido con Matilde Rodríguez, la señora Maria Assunta no quiso volver a tener compañía permanente, salvo, por supuesto, la de Tommaso.

En el tórrido verano de 2011, la salud de Maria Assunta empeoró y fue recluida en el famoso hospital romano Sant’Andrea; había hecho testamento y nombrado ejecutores de este a Giacinto Canzona y sus colegas Anna Orecchioni y Marco Angelozzi. Hasta su muerte y la posterior lectura del testamento ni siquiera ellos sabían con certeza a cuánto ascendía la fortuna de Maria Assunta. Lo que sí tenían claro era que además del vetusto apartamento donde había vivido los últimos años era propietaria de una mansión en Olgiata, un exclusivo complejo residencial en las afueras de Roma (a 20 kilómetros del centro), conocido como la Beverly Hills romana por ser el hogar de personajes ricos y famosos. Pero más que a sus habitantes, Olgiata debe su celebridad mundial al llamado Delitto dell’Olgiata, el brutal asesinato de que fue víctima el 10 de julio de 1991 la condesa Alberica Filo della Torre y que durante 20 años fue un enigma para los investigadores hasta que el mayordomo filipino de la condesa confesó su culpabilidad (al parecer, los investigadores nunca leyeron a Agatha Christie). Maria Assunta murió el 14 de diciembre de 2011 y dejó todos sus bienes, calculados en diez millones de euros, a Tommaso. Así un gato de raza ordinaria de 7 años (otras versiones aseguran que tiene al menos el doble de esa edad y algunas noticias aparecidas recientemente en periódicos de Roma lo dan por muerto) es el propietario de una mansión de dos millones y medio de euros en Olgiata, dos apartamentos en Roma, otro en Milano, propiedades en Calabria, autos de lujo, entre los cuales figura un Lamborghini Diablo del 99 (el marido de Stefania tiene orden de llevarlo a dar un paseo de vez en cuando) y varias cuentas corrientes en bancos italianos, sin pasar por alto que es socio de varios clubes de tenis y golf.

La enfermera y el filipino

Stefania Cecconi conoció a Maria Assunta a mediados de 2008 en el hospital Sant’Andrea y descubrieron que tenían en común la pasión por los animales, sobre todo los gatos. La enfermera era además una activista que había participado en diversos congresos sobre los derechos de los animales y, aunque vivía con su marido y tres hijos en una pequeña casa de un barrio de inmigrantes e italianos pobres en la periferia romana, tenía cuatro gatos. Cuando Maria Assunta fue dada de alta y regresó a su apartamento, ella empezó a visitarla con regularidad. Stefania nunca supo que la anciana tuviera más bienes que aquel apartamento y la pensión de la que aseguraba vivir. Sus conversaciones siempre giraron en torno a los animales y la sorprendió no solo que su amiga fuera millonaria, sino que la hubiera elegido para vivir con Tommaso y administrar su fortuna (obviamente bajo la supervisión de los abogados). De la noche a la mañana, Stefania Cecconi, su marido (un carpintero desempleado) y sus tres hijos adolescentes dejaron su humilde casa y se mudaron a la lujosa mansión de 1500 metros cuadrados de Tommaso en Olgiata. Sin embargo, no eran propietarios ni podían disponer del dinero del gato, solo vivir con él y darle todo el afecto posible. Stefania siguió yendo cada día a trabajar al hospital y sus hijos al colegio público de siempre mientras su marido hacía labores de mantenimiento en la mansión y ayudaba al mayordomo filipino, que los abogados habían contratado, a cuidar de Tommaso.

Las muertes del gato

Entre los artículos que leí en la prensa italiana cuando estaba preparando mi entrevista con el abogado del gato había un par que lo daban por muerto, así que mi primera pregunta fue sobre las circunstancias de su muerte. El abogado me miró sorprendido y dijo que era otra de tantas patrañas.

—Tommaso está vivo y goza de buena salud, es un gato todavía joven. Anna y yo nos turnamos para verlo cada 15 días y también estamos en contacto regular con su veterinario.
—El titular del Corriere era “La misteriosa muerte de Tommaso” y entre líneas insinuaba que su “viuda”, la enfermera, había enterrado sus cenizas en el jardín…

Giacinto Canzona y Anna Orecchioni se miran con suspicacia y sonríen. Anna me explica que la última en querer la muerte del gato sería Stefania, porque el testamento estipulaba que al morir Tommaso toda su fortuna pasaría a manos de distintas asociaciones animalistas en Italia, la enfermera no recibiría ni un céntimo y tendría que abandonar la mansión tres días después de la muerte del gato.

—Ellos pueden vivir en la mansión sin pagar ningún tipo de servicio, pero todos sus otros gastos, lo que no se relacionan con la mansión o el gato, van por su cuenta. Por ejemplo, la comida. Ellos no pueden comer y decir que compraron esos alimentos para el gato, a menos que se dedicaran a comer alimento para gatos. Stefania simplemente es un puente entre la fortuna de Maria Assunta y Tommaso, ya que la ley italiana no permite que un animal herede directamente.

Me quedé en silencio mientras los abogados posaban para la fotógrafa que me había acompañado y recordé que otro de los artículos que había leído afirmaba que Tommaso era ya un gato adulto cuando lo había encontrado la anciana. ¿Y si de verdad Tommaso había muerto? Encontrar un gato negro común de ojos amarillos en una ciudad donde según la estadísticas había más de 180.000 gatos callejeros no era nada difícil.

—¿Es posible ver el gato?

Mi pregunta no le sorprende. Nos pide esperar unos minutos y va a la oficina de enfrente. Cuando regresa su expresión es menos amigable. Nos invita a seguirlo y bajamos por el ascensor hasta el parqueadero.

—No pueden hacer fotos, sé que necesitan algunas y las haremos nosotros. Ya he tenido problemas con la Junta de Propietarios por culpa de la prensa. Y otra cosa: ella no puede entrar (se refiere a la fotógrafa).

Un pariente lejano

Por orden del veterinario, Tommaso solo puede comer una vez al mes algo distinto a su alimento concentrado y normalmente es salmón ahumado o filete de codorniz. El alimento es de la mejor marca, pero aún así no cuesta más de diez euros por kilo. Tanto el salmón como el filete lo prepara un chef de la más absoluta confianza de los abogados, y Stefania, su familia y el mayordomo filipino tienen orden de no dejar jamás el gato solo. Desde que se mudó a la mansión, Tommaso no ha ido más allá del jardín y nunca, que se sepa, ha tenido la oportunidad de tener amigos gatos o conocer una gata, salvo las que aparecen en los programas de televisión sobre animales que los hijos de Stefania ven en su compañía. La habitación de Tommaso tiene 70 metros cuadrados, varios armarios y dos camas, la más grande de casi 3 metros cuadrados, pero él prefiere dormir acurrucado en un cojín bajo una mesita de noche.

A pesar de aquel crimen, Olgiata es un lugar seguro, vigilado día y noche por un ejército privado y protegido por altos muros con una sola entrada. Los mayordomos filipinos abundan; los prefieren porque tienen fama de ser discretos y honestos (el hecho de que uno de ellos haya estrangulado a su patrona no ha destruido esta imagen, quizá porque la condesa no era muy popular entre sus vecinos y muchos no consideraron del todo injusta su muerte. Ella había despedido al mayordomo por haber salido a ver un pariente enfermo sin su permiso, fue por esa razón que la asesinó). En realidad es de un italiano y no de un filipino de quien debe cuidarse Tommaso, se trata de un pariente de quinto grado de Maria Assunta que en un principio intentó revertir el testamento y luego, cuando la ley dejó sus demandas sin efecto, amenazó con matar al gato porque “si no puedo heredar yo menos un mugroso gato”.

—Hace algunos años, un perro heredó en Bolonia dos millones de euros y pocos días después fue envenenado, en esa ocasión también el dinero pasó a entidades benéficas —explica Canzona—. La voluntad de Maria Assunta es que Tomasso viva lo mejor posible. Ya una vez fue atacado por otros gatos, quizá por envidia…

El arte de ser gato callejero

Los gatos siempre han sido un símbolo de Roma, pero con la crisis la tolerancia de los habitantes hacia ellos, sobre todo los dueños de negocio en las zonas más turísticas, ha ido disminuyendo. Los que durante siglos tuvieron su hogar en el Coliseo fueron desplazados, también en el Foro Imperial se ven cada vez menos gatos y solo Largo de Torre Argentina sigue siendo su lugar sagrado. Entre las ruinas del Imperio romano que rigen esa plaza hay cada noche cientos de gatos, y en los sótanos funciona el hogar de gatos privado más grande y organizado del centro de Roma, que acoge aproximadamente 1200 gatos y cuenta con un pabellón especial de gatos minusválidos donde, si es necesario, los dotan de prótesis y los mantienen a salvo de las peligrosas calles atestadas de autos, motos, bicicletas y alimentos tóxicos que los turistas esparcen sin criterio. Durante el verano, que es la época en que más animales domésticos son abandonados por los italianos, vienen dejados a su suerte solo en Roma más de 5000 nuevos gatos, mientras la tasa anual de adopciones de gatos no pasa de 700 felinos, sin contar que muchos de los adoptados son devueltos a los hogares de gatos por mal comportamiento. Al parecer, Tommaso había salido de Largo Torre Argentina a buscar comida en algún tinaco el día que fue atropellado y luego recogido por Maria Assunta, técnicamente pasó, invirtiendo el dicho italiano dalle stalle alle stelle (del establo a las estrellas). El abogado del gato se detuvo frente al Coliseo donde le había pedido dejarnos.

—¿Saben qué es lo más curioso? —nos pregunta cuando estamos bajando del auto. Niego con la cabeza—. La señora Maria Assunta ya había hecho testamento antes de encontrar a Tommaso… ¿Y adivinen quién aparecía en ese testamento como heredera universal
—Matilde Rodríguez —digo, y él suelta una carcajada.
—Sí —dice y sus ojos se llenan de lágrimas de tanto reír—. La señora solo cambió el testamento cuando ella la abandonó. ¿No es gracioso? Creer en la mala suerte le trajo muy mala suerte a esa mujer.

1.

Después –meses después–, Hugo Sosa pensaría en los olores: esa bruma húmeda, invisible, que a veces sube desde el río, tal vez atraía a los animales. Pero esa tarde de navidad, hace 20 años, no tuvo tiempo de pensar en nada. El viernes 25 de diciembre de 1992, Hugo Sosa y su mujer llevaron a pasear a su perro al Parque de España de Rosario, inaugurado hacía apenas un mes. Preto era un pastor belga de un año y medio; su dueño, un abogado rosarino de 48. Ese viernes, mientras atardecía, Sosa hizo saltar al perro en la parte baja del parque, cerca del río, para tratar de cansarlo. Cuando subieron a la parte alta del complejo, el perro salió corriendo y se perdió de vista. Apenas lo llamaron volvió a aparecer: venía a toda velocidad en dirección contraria. Sosa estiró el brazo para frenarlo, pero fue inútil. El perro siguió de largo, saltó las barandas y se tiró. El ruido que hizo al caer fue “tremendo”, recordaría el abogado. Preto murió en el acto. Al principio, su dueño creyó que se trataba de un accidente aislado, pero no lo era: un año y medio después, el caso sería citado por el diario Clarín como el primero de una supuesta “ola de suicidios animales en este lugar”. La noticia fue publicada por el diario porteño en junio de 1994: “Extraño caso”, decía el título, “perros que se ‘suicidan’ en una plaza de Rosario”.

El Parque de España, antes que una plaza, era una obra inmensa, recién estrenada, que iba a cambiar para siempre la fisonomía de Rosario: un paseo público con un complejo cultural construido sobre las barrancas de la ciudad, en la costa del río Paraná, inaugurado en noviembre de 1992. Al mes de su apertura, en un rincón del complejo que parece una terraza gigante, los perros empezaron a tirarse. Salían corriendo, saltaban las barandas y se tiraban. Terminaban unos 20 metros abajo, en el patio del centro cultural Parque de España o en sus alrededores, muertos o malheridos. El director de la obra y proyectista ejecutivo del complejo, Horacio Quiroga, contaba entonces que él mismo había sido testigo de los saltos de tres perros que cayeron en el patio del centro cultural cuando estaban trabajando. La seguridad en el paseo estaba bien contemplada: se habían puesto barandas de un metro diez y rejas horizontales guardavidas, explicó Quiroga, pero a nadie se le ocurrió pensar en la posibilidad de los saltos caninos kamikazes. “Debe ser una rara fascinación, no sé, de pronto enloquecerán”, dijo. Un año y medio después de la inauguración, Clarín publicaba que unos 50 perros ya se habían tirado desde ese lugar, todos de la misma manera.

En los medios nacionales, esa “rara fascinación” fue amplificándose hasta alcanzar dimensiones de leyenda urbana para los rosarinos. Los que trabajaban en el centro cultural Parque de España no podían asegurar que el número de casos fuera preciso, tal vez los medios exageraban, pero eso no atenuaba el espanto que les producía, algunas mañanas, la bienvenida de un animal agonizante. Nora Belinsky, una de las empleadas más antiguas del lugar —una mujer elegante, con el pelo muy oscuro—, se acostumbró a mirar con cautela cuando llegaba al trabajo: si distinguía a lo lejos un bulto, intentaba desviar la mirada. No siempre era posible. Algunas veces, los perros que se habían tirado la noche anterior quedaban estallados en medio del patio, y no había forma de evitarlos: para entrar al centro cultural había que atravesar el patio. Una de esas mañanas, al llegar al trabajo, sus compañeros encontraron en el patio a una perra callejera pequeña, blanca y negra, que parecía muerta.

—Pero la perra vivía —dice.

Belinsky llamó a su veterinario para que la atendiera, se encariñó con ella, y la terminó adoptando. Le puso de nombre Milagros, aunque más que una suerte excepcional, lo que la había salvado era su tamaño. La mayoría de los perros grandes que se tiraban —ovejeros, siberianos, rottweilers—, moría por el impacto.

—No te digo que caían así como mosquitos: cada tanto caía un perro, a veces allí, otras veces acá —dice, señalando hacia arriba. —Y si era un perro grande, con un peso grande, muy rara vez se salvaba.

Es un miércoles, antes de mediodía, y el patio del centro cultural está desierto. El Patio de los Cipreses –como se lo conoce–, es un espacio rectangular; un pasillo ancho, profundo, amurallado por dos paredones altos de ladrillos vistos. Desde arriba, donde terminan los paredones, uno puede asomarse a las barandas y mirar hacia el patio como si fuera un foso, una larga abertura en el suelo. El Centro Cultural está metido dentro de la barranca; sus espacios de exhibición funcionan en antiguos túneles ferroviarios del siglo XIX, y todos convergen en el patio. Ahí abajo, ahora, Belinsky señala hacia adelante, donde funciona la galería de arte: una vez, cuenta, un perro se estrelló en el patio cuando la chica de la galería estaba atendiendo, y su dueño bajó llorando a buscarlo; “un desastre”. La imagen de un rottweiler saltando las barandas y cayendo como una bomba en la puerta de la galería, en medio del patio, una mañana silenciosa, le restituye algo de contundencia a la historia, que parece volverse más opaca con la cercanía y con el paso del tiempo. Los animales que hacen cosas inusuales como matarse o caer del cielo –una vaca que cae de un avión o una lluvia de ranas, por citar dos ejemplo conocidos– siempre se convierten en noticia; pero si el fenómeno se repite con cierta regularidad, por más que no exista una explicación definitiva, termina sometido a las mismas reglas que se aplican a las tragedias y a los accidentes de tránsito: tiene que superar en cantidad de víctimas o en calidad de espectáculo a los sucesos previos para conmover a alguien.

—Durante mi gestión pasaba, pasaba y pasaba, y yo estaba atormentada porque no conseguíamos que nadie reaccionara—, dice Susana Dezorzi, ex directora del Centro Cultural Parque España, cargo que ocupó desde mediados de 1997 hasta finales de 2006.

Dezorzi –pelirroja, ojos claros– ahora es directora general de Entidades y Organismos de la Secretaría de Cultura de Rosario. No quiere recordar el episodio de los perros, dice, abriendo mucho los ojos: ella también tiene animales, y le ha tocado presenciar el dolor de las personas que “salieron a pasear con su animal un día hermoso, y volvieron con su animal muerto”.

—Por un lado, era desgarrador ver que se mataban los perros, y luego estaba también el peligro de que le cayera uno encima a una persona que estuviera en el patio, que era un espacio que se usaba. O sea, era una situación horrible.

En enero de 2005, después de reiterados pedidos de la institución, la Municipalidad de Rosario envió un equipo de planeamiento a revisar el sector para dotar de mayor seguridad al complejo: decidieron añadir una reja de contención para impedir que los perros siguieran cayendo al patio del centro cultural. Pero los saltos caninos continuaron, a menor escala, del lado del río y en lugares cercanos.

2.

Desde la inauguración del parque en 1992, se elaboraron distintas teorías sobre los motivos que empujaban a los perros a saltar al vacío. Al principio, el médico veterinario Carlos Cossia recibió varios siberianos para atender, y creyó que se trataba de un problema de visión de esa raza. Después descubrió que era una coincidencia: lo que ocurría es que los siberianos estaban de moda, y había muchos. Ahora ya casi no se ven siberianos por las calles, pero en los tempranos 90, cuando la posesión de mascotas de raza recién comenzaba a popularizarse como símbolo de status social, los perros siberianos –posiblemente por sus ojos claros– fueron los preferidos por cierta burguesía en ascenso en la Argentina menemista. El Parque de España, desde su apertura, fue un lugar elegido por los ciudadanos para la exhibición (de sus perros de raza, de su ropa deportiva, de sus parejas).

—Hubo años álgidos, en los que se despertó esa curiosidad por saber qué pasaba. Porque un caso podía ser. Dos, bueno. Pero ya cuando fueron diez, se convirtió en un fenómeno inexplicable. Y todavía sigue habiendo casos —dice Cossia, en una oficina del “Hospital animal Dr. Cossia”, mientras exhibe una sonrisa muy ancha, muy blanca.

Las teorías no cambiaron mucho desde los “años álgidos”: los saltos caninos se atribuyeron a una combinación de falta de experiencia de los animales con algún efecto visual o auditivo que se podía producir en la zona. La visión de los perros, desarrollada para la caza, tiene una finísima percepción de los movimientos, y un campo visual que puede superar los 240 grados (el humano es de 180). Su capacidad auditiva, también, es ampliamente más sensible que la humana. Los perros que se tiraban desde el Parque de España, decían los especialistas, tal vez se veían atraídos por los movimientos de los pájaros o de embarcaciones en el río, y saltaban siguiendo un instinto, porque no podían ver lo que había del otro lado de las barandas. O la circulación del viento alrededor del Patio de los Cipreses podía provocar un silbido irresistible para los perros, y entonces se tiraban obedeciendo a una llamada incomprensible para las personas. O alguna otra cosa, totalmente desconocida. Nadie pudo nunca decirlo con seguridad.

—Para mí el tema es el sonido —dice el médico veterinario Raúl Nini, un viernes a mediodía, después de salir de su consultorio. Nini se despide de una pareja con una perra labradora, extiende su mano, y se sienta enfrente, en una silla de la sala de espera. Le quedan pocos minutos para conversar: tiene una cirugía programada, y el rostro cansado. Dos décadas atrás, él fue uno de los primeros veterinarios rosarinos en atender a perros que habían saltado desde el parque. En 1994, cuando la noticia trascendió a nivel nacional, Nini fue invitado a hablar en el programa que conducía Mauro Viale en la mañana de ATC. Al salir del estudio, la producción le avisó que tenía un llamado de un televidente. “Yo soy marino mercante”, le dijo el hombre del teléfono, “y cuando estábamos en el muelle, veíamos un fenómeno parecido. Teníamos un perro que siempre estaba tranquilo en cubierta. Pero en ciertos momentos se alteraba con el radar. Después descubrimos que eso no sucedía en todos lados”. Los marinos asociaban el cambio de conducta con el ultrasonido o con las radios a transistores, recuerda Nini: “Y en esta zona pasan barcos, hay radares, radios. Para mí es algo auditivo”, dice. Con el tiempo, Raúl Nini dejó de atender urgencias, y no volvió a saber de los perros kamikazes del Parque de España. En total atendió a “ocho o diez casos”, y cada tanto escuchaba sobre otros casos a través de sus colegas.

—Las condiciones no creo que se hayan corregido. Si hay menos casos es por la información que tiene la gente —dice.

Esa misma tarde, en la zona sur de Rosario, Irene Maselli asegura que ella no sabía: que después le contó la madre. Pero cuando su perro Coda se tiró desde el Parque de España en 2012, ella no sabía nada de esta historia. Irene Maselli es una adolescente delgada, de pelo corto, que mira al grabador con gesto divertido y cree que en la zona del Patio de los Cipreses hay una energía densa, “muy rara”. Lo de ella fue distinto, explica: ocurrió más atrás, y fue un error de comprensión animal.

—Lo que pasa con este perro es que él me obedece por señas.

Hace algunos meses, Irene y dos amigas caminaron hasta el Parque de España, subieron por las escaleras, y se quedaron hablando al lado de una baranda de ladrillos, sobre un antiguo túnel ferroviario que ahora se usa para el tránsito de vehículos. Coda estaba con ellas. En medio de la conversación, relata Irene, ella hizo un gesto –levanta su brazo y traza medio círculo en el aire– y Coda saltó, se subió a la baranda de ladrillos, y se tiró hacia el otro lado.

—Se tiró instintivamente, porque yo le hice la seña.

Del otro lado había una caída menos pronunciada que la del Patio de los Cipreses. Coda se estrelló contra el piso, se levantó rengueando, empezó a correr y desapareció. Eso sucedió alrededor de las 18.30. A eso de las 21, cuando Irene regresó a su casa después de buscar al perro todo ese tiempo, Coda ya estaba ahí, tirado debajo de un banco. Más adelante se enteró que el parque tenía una larga historia de saltos caninos inexplicables. Irene asegura que su caso fue distinto, que el perro se tiró porque comprendió mal una seña. No le parecía raro que el animal pudiera saltar sobre la baranda y arrojarse del otro lado impulsado por un gesto.

—Lo único raro fue que se amortiguó la caída —dice.

Desde que comenzaron los saltos caninos en el Parque de España, al médico veterinario Carlos Cossia le tocó atender “no menos de 20 casos”. Cossia es un personaje carismático, con alto perfil público en Rosario: conduce un programa de televisión sobre mascotas, tiene su propia marca de alimento balanceado, y cada año organiza jornadas solidarias de castración de animales. En el sitio web de su hospital se lo puede ver junto a un elefante al que hubo que sacarle un tumor, un cachorro de tigre con gastroenteritis, un chimpancé que necesitaba radiografías.

—Si uno analiza en profundidad, todo es justificable, todo. Pero que los casos suceden, suceden, y en el 80 por ciento han sido mortales —dice.

En el pecho lleva una cadena con dos medallas: la de atrás es la virgen María; la de adelante, dorada, es la virgen de Itatí, ícono religioso de la provincia de Corrientes, su tierra natal. Le pregunto si él cree que los perros pueden llegar a ser conscientes de la muerte.

—Mirá, yo me voy a ir de este mundo con más de 300.000 casos vistos. Y me voy a ir sin haberme podido meter en la cabeza de los perros, de los animales.

Después cuenta una historia que volverá a repetirse más de una vez, con distintas variables, durante las entrevistas. Hace años, relata Cossia, él atendía la perra de dos ancianos, un matrimonio mayor que amaba a su mascota. Cuando la señora murió, su marido duró poco: se deprimió y falleció enseguida. La perra, que tenía 12 años y una expectativa de vida de unos tres más, dejó de comer. “Un sobrino me la trajo, le hicimos estudios, y no tenía nada”. La perra no quería salir de debajo de la cama. Intentaron llevarla a otra casa. Empeoró. La llevaron otra vez a la casa de sus dueños, y la perra se mantuvo debajo de la cama, sin comer, hasta que murió.

—Si eso no es morirse de tristeza, yo te digo: “Perfecto, que otro me explique entonces qué es”. Hay cosas que yo no las entiendo, pero si no las entiendo, no por eso las voy a negar.

3.

En 1870, durante una tormenta invernal, más de 10.000 búfalos se tiraron por un acantilado de los Estados Unidos. En 2005, en Turquía, 400 ovejas murieron después de saltar de un peñasco. En 2009, durante la noche, 200 ballenas piloto encallaron en una isla entre Australia y Nueva Zelanda. Todos los años, en Jatinga (India), cientos de pájaros descienden y se estrellan contra el pueblo. En 2009, en Suiza, 28 vacas se tiraron por un acantilado. La lista de fenómenos registrados es larga. Entre los casos más extraños de muertes masivas de animales, existe un único antecedente similar al de los perros del Parque de España de Rosario: el del Overtoun Bridge, un puente victoriano en un pueblo escocés llamado Milton, donde decenas de perros –se calcula entre 80 y 100– se han tirado desde la década del 60. Al llegar a la mitad del puente, los perros tomaban carrera y saltaban el muro, de un metro de altura, obedeciendo a un impulso irrefrenable. Durante años circularon teorías insólitas para alimentar la leyenda del suicidio –extraños campos magnéticos que emanaban de las piedras, por ejemplo–, hasta que la sociedad escocesa para la prevención de la crueldad animal decidió enviar a científicos a investigar el caso. La conclusión que sacaron los especialistas era que el aislamiento visual que producían los muros ponía en alerta los otros sentidos más desarrollados del perro: el olfato y el oído. El encargado de la investigación determinó que no todos las razas sucumbían a la “llamada del suicidio”, sino que eran los cazadores de hocico grande (labradores, collies, goldens) los que, al llegar a la mitad del puente, enloquecían por el olor de la orina de los visones que habitaban en la zona del puente y se terminaban tirando, ciegos a la caída del otro lado del muro.

Detrás de los casos más conocidos de muertes masivas de animales suele haber, además de teorías sobrenaturales o paranoicas, un periodista que rotula el fenómeno como suicidio animal, para cumplir simultáneamente con una demanda de espectáculo y otra de sentido.

—En principio, no es posible hablar del suicidio de animales, porque tendrían que tener el concepto de muerte, y toda la teoría dice que no tienen —señala el médico veterinario Claudio Gerzovich, uno de los fundadores de la Asociación Latinoamericana de Zoopsiquiatría, y ex jefe del Servicio de Comportamiento Felino y Canino de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.

Los significados que atribuimos a los actos de los animales, explica Gerzovich, dicen más de nosotros, de nuestros deseos y necesidades, que de la naturaleza de sus actos.

—Los humanos extrapolamos nuestras emociones y sensaciones a los animales. O sea, yo necesito cariño y digo: “Mi perro necesita que lo acaricien”. Nosotros confundimos un perro tranquilo con un perro triste, y un perro nervioso con uno contento. Creemos que entendemos el animal, pero de ahí a que lo entendamos hay un trecho. Muchos de los problemas de comportamiento por los que a mí me llaman, tienen un hilo común: sea el problema que sea, en la mayoría de los casos hay un fuerte trastorno de ansiedad por el sistema donde viven, que es el sistema humano.

En su libro Nuestro perro: uno más en la familia, Gerzovich cita una encuesta realizada en Capital Federal y en el Gran Buenos Aires: el 94% de los propietarios de perros consultados consideraba a sus animales como un miembro de la familia; el 95% reconoció que solía hablar con su perro en varios momentos del día; el 47% compartía la comida con su animal; el 39% permitía que su perro durmiese junto a él en la cama, y el 29% admitió que celebraba el cumpleaños de su perro.

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, existe un perro por cada cinco habitantes en los países desarrollados, y dos perros cada cinco personas en los países en vías de desarrollo. Los proteccionistas simplifican el cálculo: uno cada cuatro personas. En Rosario, que tiene alrededor de un millón de habitantes, existen más de 250.000 perros. No es inusual que los perros se tiren de los balcones, me asegura Adriana Pacheco, una proteccionista que vivió muchos años en la ciudad, aunque no suela ser noticia. Casi todos esos casos se relacionan con el celo, explica: los animales huelen a una perra en celo y se impulsan enloquecidos, ciegos a cualquier otra cosa que no sea su instinto, a pesar de todo irreductible a la humanización.

4.

Sinopsis: “Ariel (42), periodista y escritor de escasa monta, descubre en Internet una información que llama poderosamente su atención. En Rosario, su ciudad, perros de distintas clases y/o razas se suicidan arrojándose al vacío en las cercanías del Parque de España…”. Así comienza la síntesis de “Perros del viento”, un proyecto de largometraje que el productor audiovisual Hugo Grosso planea rodar hace años en su ciudad natal. La película, explica la sección Work in progress, nace de un mito urbano que “se mantiene vigente en el testimonio de quienes de alguna manera u otra, han vivido la experiencia”. Los relatos son el punto de partida del guión ficcional: Ariel vuelve a Rosario –de donde huyó para evadirse de un amor prohibido–, con el propósito de investigar el misterio de los perros suicidas, se pone a comparar “la fidelidad humana con la fidelidad canina y cae en el facilismo de los que piensan: ‘Cuánto más conozco a la gente, más quiero a mi perro’”. Eso sucede antes del desenlace. La sinopsis completa se puede leer en internet, y todo parece indicar que será una historia de amor irracional, pero este cronista no puede más que compadecer a Ariel por la tarea que le toca.

Durante años, los buenos anfitriones rosarinos han narrado la historia de los perros suicidas a los visitantes que llevaban a conocer por primera vez el Parque de España, y fueron sembrando un asombro que, alguna vez, ellos mismos conocieron a través de las noticia o de los rumores. Allí, en la parte alta del complejo cultural, mientras los turistas ocasionales sucumben frente a la visión del río Paraná que corre debajo, inmenso, a través de la llanura –“un viejo rayo caído sobre la tierra en un horizonte verde”, escribió el poeta Juan L. Ortiz–, los locales han repetido la historia usando el mismo tono que se usa para las leyendas, y la misma información que circula al respecto hace dos décadas. Busquen y encontrarán, con ligeras variaciones, una tautología abrumadora en la web: la misma cantidad de casos estimados por Clarín para el primer año, las mismas hipótesis, las mismas sospechas sobre el carácter mítico de la historia, el mismo estupor. Y poco más: un poema dedicado a los perros, un mensaje de un pastor portorriqueño, la sinopsis de una película, las advertencias de un grupo proteccionista. Busquen y encontrarán, entre otras miles, una cita de Franz Kafka: “Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro”.

Y nada más.

El hipopótamo es solo un fantasma que sentimos pero no vemos. Estamos cansados de andar decenas de kilómetros desde la madrugada hasta el crepúsculo sin hallar rastro del animal. Parecemos buscando una aguja en un pajar. Una aguja de dos toneladas en un pajar que es una inmensidad de fango y selva. Me siento en el umbral de la carpa para quitarme las botas de caucho. Es nuestra cuarta noche de campamento en el caño San Juan. Tengo los pies hinchados y los dedos parecen pegados unos a otros sin poder moverse. Necesito tomar agua y el fotógrafo, mi compañero de adversidades, me alcanza una olla con agua y mosquitos ahogados.

―No hay más -me dice con cara de lástima y enciende un tabaco para espantar a los bichos.

Las luciérnagas brillan como escarcha esparcida en el suelo y en el cielo las nubes amenazan con descargar una tormenta. Nos sentimos impotentes. Hemos recorrido prácticamente todo el Magdalena Medio y no tenemos más tiempo ni más energía. El pescado frito que teníamos reservado para la comida está lleno de hormigas.

―¿Qué pasa? -grito.

Las vacas del potrero empiezan a correr y sus mugidos parecen gritos de espanto.

―¡El hipopótamo debe estar detrás de las vacas! -dice Andrés, uno de los dos pescadores que vinieron con nosotros.

Corro con las vacas y salgo de la carpa para buscar refugio en el árbol más próximo. La lluvia se mezcla con el barro de la ropa y los pies se me llenan de fango y hormigas. A unos metros del campamento escuchamos unos ronquidos más graves que los gruñidos de un cerdo. Apagamos la linterna para no atraer a la bestia y me acurruco debajo del árbol como una niña pequeña. Quiero que se acabe la noche. No quiero -después de más de cien horas de búsqueda- que aparezca una mole de dos toneladas y nos triture con esos colmillos de cincuenta centímetros que ocasionan más muertes en África que los leones, las hienas o los cocodrilos.

En la tarde del día anterior, tras caminar cinco kilómetros siguiendo el cauce del caño San Juan hasta su desembocadura en el río Bartolo, nos sentamos a mirar las aguas en espera del hipopótamo. Vimos garzas y guacamayas en la copa de los árboles y en el caño pudimos apreciar varias babillas que surcaban lentamente sus aguas con la cola de un lado a otro. El silencio fue interrumpido por los cascos de un caballo.

―¡Hipopótamo! -nos gritó el jinete, un campesino joven y con sombrero.

La bestia está atrás, nos dijo, a unos trescientos metros. Intentamos correr pero las botas se nos quedaron clavadas en el piso y nuestra marcha fue tan lenta como la de unos alpinistas en el Everest, solo que con un calor y una humedad tan densa que podía haber renacuajos en el aire. El caño San Juan queda entre los municipios Puerto Berrío y Yondó en el occidente antioqueño. Para llegar hay que transportarse en un jeep desde Puerto Berrío, en dirección norte, hasta la vereda Bodegas. El camino está sin pavimentar y el trayecto es de hora y media. En Bodegas se alquila una lancha que baje por el río Bartolo hasta el punto donde se encuentra con el Magdalena en una travesía de dos horas. Allí se abren varios caños, entre ellos el caño San Juan, con su superficie verde: el escondite perfecto para un hipopótamo.

―Por aquí debería estar -dijo el campesino.

El animal se fugó hace dos años de la hacienda Nápoles por los mismos parajes que un día su dueño, el narcotraficante Pablo Escobar, transitó en los años ochenta huyendo de la DEA, la policía colombiana y sus enemigos del cartel de Cali. Pablo Escobar era catalogado según la revista Forbes como uno de los diez hombres más ricos del planeta, con un capital de cuatro mil millones de dólares.

En 1981, el narcotraficante, que en ese entonces tenía treinta y dos años, ordenó traer en aviones rusos Antonov mil novecientas especies exóticas: elefantes de la India, búfalos de Estados Unidos, canguros de Australia, flamencos, antílopes, venados, rinocerontes, una jirafa y nueve hipopótamos africanos. En diciembre de 1993 Escobar murió abaleado en Medellín y dejó huérfanos a los animales. El presupuesto anual del Ministerio del Medio Ambiente no era suficiente para mantenerlos por un mes. Rinocerontes, cebras, elefantes y un trío de hipopótamos fueron enviados a los zoológicos Matecaña de Pereira y Santa Fe en Medellín. Los demás animales se quedaron en Nápoles y los seis hipopótamos restantes se convirtieron en prácticamente los amos y señores de las 3.000 hectáreas de la hacienda localizada en Puerto Triunfo, a 217 kilómetros de Medellín. Allí se se aparearon, se multiplicaron y se triplicaron. En casi treinta años la población ascendió a veintidós ejemplares.

En noviembre de 2006, dos de los hipopótamos, después de copular en su charca, abandonaron la manada y se internaron en el río Cocorná que desemboca en el Magdalena. Salieron solos, tumbando cercas y devorando las plantas que encontraban a su paso. Avanzaron hacia Puerto Boyacá, Puerto Nare, Puerto Serviez, Zambito y Puerto Berrío, con lo que sumaron más de ciento cincuenta kilómetros de recorrido. Ocho meses después de la fuga la hembra parió dentro del agua una cría de cincuenta kilos. Y luego tuvieron que huir otra vez; en esta ocasión no del calor de la manada, sino de las balas y de los anzuelos que se engarzaban en su piel, abandonaron Puerto Berrío hace cuatro meses en busca de una zona alejada de los hombres, sus más grandes enemigos. Siguieron la corriente del Magdalena rumbo a Barrancabermeja, pero el río era tan ancho y tan profundo que los mamíferos se desviaron por el río Bartolo.

Cada tanto los pescadores se encontraban con tres pares de ojillos negros y sus hocicos colosales. Después solo veían un par de ojillos porque los otros desviaron la ruta, tal vez llevados por la corriente. La hembra y su cría dejaron al macho y se internaron en el caño San Juan metiéndose en el pantano que queda al frente del lugar donde hicimos el campamento. El macho abandonado siguió solo hasta llegar a la vereda Bodegas esperando encontrar a su compañera.

Bodegas es un conjunto de setenta casas de madera rodeadas de selva y río. La temperatura supera los 30 grados centígrados. Los niños corren descalzos sobre las filosas piedras detrás de un balón de fútbol desinflado. Sus cuerpos son flacos con la piel pegada a los huesos. Las mujeres se sientan en mecedoras frente a las puertas de las casas esperando que caiga la noche y los hombres se internan en busca de oro en las minas localizadas a menos de un kilómetro del caserío. Los soldados se sientan en canastas de gaseosa esperando la llegada de cualquier vehículo para pedir documentos de identidad.

Una semana antes de ver a las vacas corriendo como locas y de ocultarme bajo un árbol, llegamos en un jeep desde Puerto Berrío hasta Bodegas. Los soldados nos pidieron cédulas y nos dijeron que habláramos con un pescador llamado Carlos Méndez si queríamos información acerca del macho. El pescador estaba debajo de un puente en una casa construida con madera.

―¿Qué hay del hipopótamo? -le pregunté después de saludarlo.
―¿De Pepe?
―¿Pepe? ¿Quién es Pepe?
―Así bautizamos al hipopótamo macho, pero eso es historia. Ya le debieron haber pegado una tiroteada.
―¿Lo mataron?
―Eso dicen, porque Pepe aparecía todos los días a las seis de la tarde. Sacaba la cabeza, lanzaba agua, se escondía por un minuto y aparecía un kilómetro adelante. Era como ver a un marrano gigante.

El puente se llenaba de curiosos que venían de los municipios cercanos. La gente parecía histérica riendo o gritando cada vez que el animal hacia algún movimiento. Sólo faltó taquilla para que esta vereda pareciera un zoológico. William Ramírez, otro pescador de Bodegas, nos contó que también venían hombres de Medellín para ofrecer a los habitantes tres millones por la cabeza del hipopótamo para colgarla como trofeo de caza o para venderla a traficantes por veinte millones o más. Hasta los soldados, según nos dijeron otros habitantes, jugaban tiro al blanco con el animal que, al escuchar los disparos, se sumergía en el agua.

Después del narcotráfico, las armas y la explotación sexual, el comercio de especies en vías de extinción es el más rentable. En la República Democrática del Congo la especie ha disminuido en 95% en los últimos diez años por culpa de la cacería indiscriminada. En África los nativos y cazadores matan a los hipopótamos para vender los colmillos a traficantes ilegales. Apenas quedan 160.000 hipopótamos. En Colombia tenemos veintidós. La región del Magdalena Medio se asemeja al centro del continente africano por la temperatura, la humedad y las ciénagas.

Wilson Moreno, de la Fundación Vida Silvestre Neotropical, afirma que los hipopótamos en estado de libertad pueden ocasionar un desequilibrio en el ecosistema erosionando los suelos por el peso de sus pisadas o por la cantidad de comida que consumen -cincuenta kilos diarios-. También se corre el riesgo de que, a través de su materia fecal, transmitan enfermedades desconocidas a las especies endémicas del país. No son carnívoros. En el día se alimentan de plantas que encuentran en los ríos y al finalizar la tarde, con la penumbra, salen del agua para pastar. En la madrugada regresan al agua sacando la cabeza cada cuatro minutos para respirar.

Debajo de mi árbol protector, viendo cómo se aclaran los colores del cielo y titiritando de frío, saco del bolsillo un cigarrillo que fumo para apaciguar el hambre. El fotógrafo sale de la carpa con los ojos hundidos en los párpados y con la misma ropa embarrada del día anterior. Es la última oportunidad que tenemos. Al medio día debemos regresar a Bodegas en donde nos espera el dueño de la lancha. Son las cinco y media de la mañana y vamos con el cuerpo cansado y entumecido por el frío.

A medio kilómetro de la carpa vemos una mancha alargada de estiércol fresco revuelta con pasto. Una cagada más líquida que la de las vacas y de tonalidad verdosa. Más adelante vemos huellas de dos palmos que terminan en tres orificios, seguidas de unas huellas más tenues y más pequeñas. No hay duda. La hembra y su cría tuvieron que rondar estos parajes en la madrugada en busca de alimento. Con el corazón palpitante y la respiración entrecortada, recuerdo el pánico que sentí en la noche. Seguimos caminando moviendo la cabeza de lado a lado en busca de algún movimiento. Más adelante las huellas se pierden en los charcos que se han formado por la lluvia. Tenemos que esforzarnos más para continuar con la marcha. A cien metros veo una roca con tonalidades rosadas. Me detengo.

―¿Se te enterraron las botas? -me pregunta el fotógrafo.
―No -le susurro tomándolo del brazo y alargando una mano para señalar la roca.

De la roca aparece una cabeza de ojillos pequeños del tamaño de sus fosas nasales. Por un momento pensé que la obsesión por ver al hipopótamo, o el hambre, me estaba haciendo alucinar. “Esa es la hembra”, pensé. Me quedé petrificada. El fotógrafo, cuando pudo salir de la estupefacción, instaló el trípode y empezó a disparar. Yo quería correr. El hipopótamo puede desplazarse a cuarenta kilómetros por hora, los suficientes para alcanzarme en tres segundos y masticarme como una goma. La hembra, de movimientos lerdos nos mira con sus ojillos vidriosos.

Al igual que nosotros, no ha dormido en toda la noche buscando plantas para comer. De repente, apura las zancadas y se viene hacia nosotros. Sigo petrificada y el fotógrafo mantiene la sangre fría con el ojo puesto en el lente de la cámara. Los músculos maxilares son tan grandes como pelotas de baloncesto y la grieta de su hocico nace debajo de los ojos extendiéndose hacia todo lo ancho y lo largo de la gran carota.

El hipopótamo se desplaza arrastrando el vientre por debajo de unas patas chaparritas y gordas. Pero no es un cerdo gigante, los últimos estudios realizados por la profesora Jessica Theodor, del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Calgary, demuestran que el hipopótamo es el animal más cercano a la ballena y a los delfines en la cadena evolutiva. Tal vez sea igual de inteligente.

Sin dejar de observarnos desvía su camino y luego nos da la espalda marchando pesadamente hasta el caño para ocultarse en sus aguas. Es una extraña hembra en una tierra extraña. Una gigante asustada que tal vez soñó con volver a África pero que le tocó conformarse con vivir en un país al otro lado del mundo, manteniendo a su cría alejada de los hombres, viviendo como ermitaños. Es una desplazada en un país de desplazados. Es otra víctima de Pablo Escobar.