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Varón de 69 años enterrado en la iglesia del convento de San Ildefonso con un sayón franciscano de la Orden Trinitaria, el 23 de abril de 1616. Tabique nasal prominente y corvo, una mano izquierda anquilosada por las heridas de un arcabuz de la batalla de Lepanto, un esternón magullado e invadido por restos de plomo por la misma lesión, una espalda “algo cargada”, mandíbulas con seis dientes o menos.

Empezaron por buscar un cuerpo, uno sólo, en su tumba original. Si las condiciones eran favorables, si los casi 400 años que pasaron no las habían fulminado, podrían dar con esas marcas distintivas de las que hablaban las biografías, las que retrataba la pintura de Juan de Jáuregui, y las que él mismo había descrito en el prólogo de Novelas ejemplares.

De nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Nacido en Alcalá de Henares, afueras de Madrid, en 1547. Funcionario del reino como comisario real de abastos en Sevilla, militar veterano herido de guerra —”manco”—, presidiario breve, cautivo durante un lustro de los piratas berberiscos. Sólo le cantaron dos misas de difunto, lo mínimo, porque murió pobre sin ser un escritor glorificado, siquiera muy conocido, ignorante de que, con la publicación de la segunda parte de El Quijote el mismo año de su muerte, alcanzaría el título póstumo, en un futuro de siglos, de padre de la novela moderna.

Buscaron, pensando al principio que no sería complicado y no tardarían más de diez días en encontrarlo, porque las fuentes históricas decían que allí estaba, un cuerpo entero que se había extraviado en la reparación del templo. Junto a él estarían enterrados ocho o nueve más si acaso, todos en los nichos de la pared norte.

En enero de 2015 comenzaron la excavación de la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, donde los registros decían que se había enterrado a Cervantes en 1616, trasladado desde otra iglesia cercana. Limpiaron la cripta de oscuridad y polvo, de estanterías arrumbadas. Vieron losas removidas en el suelo, hurgaron apenas y asomaron esqueletos, muchos, que luego pasaron de 300: supieron que el trabajo sería largo. Pero a los diez días descubrieron en documentos históricos que el cuerpo que buscaban no estaba completo, sino que sus miembros, disgregados, se había mezclado con los de su esposa y un capellán, y que todos juntos habían sido guardados en una caja que, además, se había movido de sitio. El cuerpo entero en la tumba original ya no sería: la iglesia antigua donde lo habían enterrado originalmente, que quedaba en otra calle, no había sido reformada sino derruida.Y a la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega, donde los restos de Cervantes fueron trasladados y donde los investigadores buscaban, lo que había llegado no era un cajón con los restos individualizados, sino una caja con restos revueltos. En lenguaje funerario: una reducción.

Pasaron los días, las semanas, un mes. No encontraban rastros del cuerpo de Miguel de Cervantes. Palearon, excavaron, analizaron y salieron centenas de restos, sobre todo de bebés con raquitismo. Un cementerio del siglo XVIII y comienzos del XIX en la manzana ubicada entre las calles Lope de Vega y Huertas, en pleno barrio de Las Letras. Nada sabían de él las doce monjas de clausura que hacen su vida orando y cosiendo para obras de caridad en el convento que lo escondía, en este tramo del centro mismo de Madrid, vibrante de bares, librerías de viejo y tiendas de diseño.

Iba a terminar febrero, ya llevaban más de 30 días excavando, cuando encontraron una acumulación de huesos, mordidos por la tierra húmeda, algo que no se parecía a nada de lo que habían visto antes. Porque allí, pegados a los huesos, había residuos de la indumentaria de un capellán: una estola, una manípulo, una casulla del siglo XVII, y una moneda de 16 maravedís del mismo siglo. La lista de esos restos coincidía con la que se reseñaba en los documentos históricos: en esa caja estaban Miguel de Cervantes, su esposa y el capellán, dueño de la indumentaria que encontraron.

Los científicos fueron cautos y dijeron que era “posible” que “fragmentos” de Miguel de Cervantes estuvieran allí. La conclusión de 35 días de excavación fue magra y así quedó impresa en el informe ejecutivo de la investigación que presentaron en una rueda de prensa el 17 de marzo de 2015: “En definitiva, a la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual Iglesia de las Trinitarias se encuentren algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes”.

—Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias —resumió Francisco Etxeberría, en la conferencia de prensa, frente a un auditorio repleto de periodistas de medios españoles y extranjeros, científicos de varias disciplinas que participaron en la investigación y políticos locales, en la sede del Ayuntamiento de Madrid.

Etxeberría —profesor de la Universidad del País Vasco, médico forense y antropólogo de reputación, curtido también en exhumaciones históricas de peso: Víctor Jara, Salvador Allende, Pablo Neruda— dirigió la última fase de lo que se llamó el Proyecto Cervantes, que había comenzado el 24 de enero y que involucró a 30 personas de diversas disciplinas: arqueólogos, antropólogos, forenses, eruditas del textil, expertos en momias, restauradores, técnicos, peritos de georradares, un sacerdote, abogados y un alpinista por si había que bajar muy profundo.

La televisión pública retransmitía en directo. Los reporteros, expectantes después de un mes de silencio por un acuerdo de confidencialidad, demandaron titulares incontestables: ¿es él o no?, ¿se pudo individualizar el cuerpo?, ¿se pudo saber algo más de su biografía, algo sobre las causas de su muerte? Los políticos se llamaron a sí mismos sanchopanzas y a los investigadores, quijotes; hablaron de escuderos e hidalgos, del bien de España. Los promotores de la búsqueda aplaudieron en la primera fila. Pero los científicos dijeron que “no se pudo individualizar el cuerpo de Cervantes por el estado de conservación de los restos”, como zanjó al micrófono Almudena García, madrileña historiadora especializada en arqueología funeraria; “puede que de esas evidencias se obtenga un perfil de ADN que confirmaría la identidad, pero no es seguro que se consiga”, añadió Etxeberría.

Días más tarde ella, Almudena García, lo iba a explicar diáfano y simple, cerveza sin alcohol a sorbos, bocados de aceitunas:

—Hay una premisa que te enseñan el primer día de clases: “Si tienes poco hueso, di poco”. Y como hay poco hueso y en mal estado, no se pudieron precisar edades, más allá de decir que hay mandíbulas de varones adultos con poca dentadura.

Sobre la mesa del bar hay una foto, una de las imágenes que documentaron todo el proceso. Pueden verse un cráneo grande, frontales rotos —añicos—, huesos largos cuarteados del color de la tierra. La caja donde encontraron los restos la rotularon con el código 4.2/32.

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La idea de buscar el cuerpo de Miguel de Cervantes surgió en 2010. No estaba en realidad perdido. Las fuentes históricas decían que sus huesos se habrían extraviado en las reformas de la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, pero el acta de defunción y dos placas, una en la fachada del templo, que firma la Real Academia Española, y que dice: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual se debió principalmente su rescate (…)”, y otra en el altar mayor, sobre el coro enrejado donde rezan las monjas a diario: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega [que fue monja trinitaria]”, no dejaban muchas dudas. Pero no se conocía su ubicación exacta.

En 1809 el rey José Bonaparte lo había mandado a buscar en el convento con dos médicos para que lo trasladaran al panteón de hombres ilustres que iban a construir. No tuvieron éxito. Ese año se había prohibido definitivamente el entierro en las iglesias y ordenado la construcción de cementerios a las afueras de la ciudad. Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, lo buscó también 61 años después, sin resultados.

De todos modos, las placas, la costumbre, la información repetida por guías de turismo y libros de viaje por décadas, hicieron que, durante años, nadie se preocupara mucho y se asumiera que Cervantes estaba allí.

Pero en 2010 Luis Avial, un geofísico que ya había trabajado en la exhumación de fosas de la guerra con la Sociedad de Ciencias Aranzadi que preside Francisco Etxeberría, supo del extravío por un periodista en una charla de café. Avial propuso la búsqueda a Etxeberría y a su equipo. Su versión dice que Etxeberría convocó a un grupo de expertos, entre ellos el historiador genetista Fernando de Prado, descendiente de Cristobal Colón, quien hizo de este proyecto un peregrinaje, su principal cruzada. La versión de Fernando de Prado es que él presentó el proyecto a Avial. Ambos coinciden en que De Prado buscó financiamiento hasta en 50 instituciones públicas que le negaron la ayuda, y coqueteó con una entidad privada estadounidense. Avial habló con el Ayuntamiento de Madrid, que decidió poner el dinero necesario: 110,000 dólares. Entre todos, calcularon que se justificaría la inversión porque el impacto multiplicaría la publicidad gratuita bajo la forma de artículos publicados en la prensa de todo el mundo.

Tras cuatro años de gestación, comenzaron la primera parte de la búsqueda en abril de 2 014, cuando el equipo de Avial entró al templo y la sacristía con el georradar, un aparato que detecta “anomalías magnéticas” que se asocian a enterramientos, y una cámara digital termográfica que identifica cavidades en el suelo o las paredes por las diferencias de temperatura.

Una tradición oral, que había pasado de una madre superiora a otra, decía que Cervantes estaba enterrado en la cripta justo debajo del altar de la Virgen de la Inmaculada, que arriba, en la iglesia, está a la izquierda del crucero, junto a los bancos.

—Eso estaba en el ambiente —dice la madre superiora actual, sor Amada, una voz honda con dejo sureño que sale del claustro hasta la bocina del teléfono.
En abril de 2 014, el georradar detectó cinco sectores principales con enterramientos en el crucero de la iglesia, que apuntaban todos a la cripta, donde al final excavaron. Avial, sin conocer aún la coincidencia con la tradición oral de las monjas, encontró que el que llamó Sector 2, justo bajo la Inmaculada, tenía características especiales; era sospechoso.

La tradición oral y la sospecha tecnológica no acertaron. No fue allí donde encontraron la caja de reducción 4.2/32.

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Los investigadores contaban sobre todo con la bibliografía más conocida, el libro La sepultura de Miguel de Cervantes: memoria escrita por encargo de la Real Academia Española y leída a la misma por su director, el marqués de Molins, escrito por tal marqués (1870) tras buscar sin éxito el cuerpo, y una biografía escrita por Luis Astrana Marín: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época (1948-1958). Fueron insuficientes.

Francisco Marín Perellón, historiador y archivero del Ayuntamiento de Madrid, se sumó al equipo el 3 de febrero de 2015 para ampliar la investigación documental. Revisó en una docena de archivos y encontró en la planimetría general de Madrid y en los papeles constitutivos del convento el dato clave: la iglesia original derruida y la mudanza de los restos, mezclados con otros, fueron llevados a la cripta nueva.

El historiador también descubrió que a todas las personas enterradas en la iglesia de San Ildefonso las habían movido nuevamente a un rincón del claustro en 1630, cuando la marquesa que era patrona del convento ordenó la exhumación de todo el que no fuera su pariente. Durante más de 60 años estuvieron en ese lugar ignorado los restos que ahora coinciden con los de la reducción 4.2/32. Marín Perellón sostiene que no se perdieron porque las monjas trinitarias respetaron la cadena de custodia y los preservaron en el claustro de acuerdo con “el dogma de fe de la resurrección de la carne” de la doctrina cristiana que rige el derecho canónico.

No causa mucho asombro en España que los cuerpos sepultados en las iglesias se pierdan, bien porque según las costumbres funerarias cristianas cuando no se paga por una sepultura perpetua, pasada la década los huesos van desmembrados a las fosas comunes, o bien porque derrumbaron las iglesias o hubo avatares en sus traslados. Así desaparecieron también los restos con otros nombres célebres: Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Diego Velázquez y, durante la Guerra Civil, en otras circunstancias —las de miles—, el de Federico García Lorca, fusilado.

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Mientras abajo, durante los 35 días que duró la búsqueda, los científicos excavaban, afuera, arriba, era el silencio, impuesto por el pacto de confidencialidad que el ayuntamiento de Madrid hizo firmar a los miembros del equipo: no saldría información a menos que fuera la oficial, canalizada por la oficina de prensa. Los fotógrafos, cámaras y reporteros sólo tuvieron acceso al umbral de la cripta el primer día de la excavación, la mañana del sábado 24 de enero, de tres a cinco minutos, de dos en dos. No había mucho que ver todavía: losas en el suelo sin remover, cámaras endoscópicas adivinando el interior de los nichos, algunos huesos sobre los mesones.

Los científicos están acostumbrados a callar mientras trabajan. Para ellos no era complicado cumplir con el acuerdo. Hasta el final no compartieron todos los hallazgos con los otros miembros del equipo: los antropólogos no dijeron todo al geofísico ni a las expertas del museo del traje, por ejemplo, que no supieron, hasta lo último, lo que había determinado el numismático o lo que había encontrado el historiador. Pero buscaban a Miguel de Cervantes: los medios de todo el mundo les respiraban encima. El domingo 25 de enero se filtró un rumor erróneo, que no salió de los investigadores, y que generó este titular: “Hallado el ataúd de Cervantes”. Sucedió que Tito Aguirre, técnico arqueólogo veterano del grupo, se había ingeniado con sus compañeros una plancha metálica fina de dos metros de largo para sacar los ataúdes de los nichos, como panes del horno de un obrador. Contaban con que los féretros saldrían enteros. Abrieron el nicho 1, abajo a la izquierda de la entrada, esquina noroeste, pegado a la tierra. La plancha no llegó al fondo. Halaron pero pesaba; el ataúd tenía tierra, la madera se había hecho trozos, podrida. La tabla se dejó ver y cayó al suelo, con la forma de una pirámide maltrecha: tenía talladas unas chinchetas metálicas roídas por la humedad que, sin embargo, no había desdibujado estas siglas: MC.

“Pues ya hemos terminado”, recuerda Tito Aguirre que pensó al momento. Francisco Etxeberría los llamó a todos: “¿Qué pone aquí?” A primer vistazo, pensaron que la M era de Miguel y la C de Cervantes. Un entusiasmo fugaz bañó la bóveda. Almudena García vio un paisaje de caras asombradas. Rió. Carme Coch, arqueóloga que recién había llegado de Valencia para instalarse en Madrid durante la búsqueda, pensó que, jolín, era el primer día y ya tenía que volver. Berta Martínez, su colega madrileña, se decía escéptica que era demasiado casual, que esa MC podía ser, por ejemplo, de una María del Carmen. Tardaron muy poco en darse cuenta en que el féretro era pequeño, que contenía huesos revueltos de unas diez personas, restos infantiles, adultos apenas, textiles y calzados de varios momentos, escombros. “Dijimos: calma. La gente tiene bastante claro que eso es raro”, recuerda Almudena García. No habría pasado de ser una anécdota a no ser por la filtración, que corrió a la velocidad de los bites de internet, ese alimentador del rumor. Etxeberría y García salieron el lunes por la mañana a una rueda de prensa obligada a las puertas del convento, pidieron calma y prudencia, dijeron que había más enterramientos con ese ataúd. La especie, sin embargo, quedó sembrada durante las siguientes semanas. La comentaban los transeúntes, la repetían en los toures a pie que pasaban frente a la iglesia.

Con ese antecedente, fueron cautos la tercera semana de excavación, cuando apareció un esqueleto con una mano que parecía anquilosada. Lo encontró Carme Coch, que excavaba con Berta Martínez. Reconoció el desgaste de los huesos de un hombre mayor, vio el cordel con unos nudos de lo que pudo haber sido un sayón franciscano atado a la cintura, identificó una anquilosis en una mano: los huesos de la muñeca fusionadas: ¡¿La mano del manco de Lepanto?! Coch se lo dijo a Martínez con disimulo, sin que nadie más escuchara, y le pidió que avisara a Francisco Etxeberría, que estaba en la sacristía, escaleras arriba. Martínez palideció. Subió las escaleras en shock, pensó “lo tenemos”. Carme Coch entró en razón mientras Berta Martínez se alejaba: era la mano derecha, no la izquierda, que es la que señalan las fuentes históricas como la mano atrofiada: ésa en este esqueleto estaba bien. Así lo certificó Etxeberría. Así lo comprobaron todos.

De esto nada se supo afuera durante los días de la excavación. El silencio oficial continuó. Dos puertas, una abierta, la otra cerrada. Turistas que la atravesaban mapa en mano y sólo se encontraban con un vestíbulo oscuro, más puertas cerradas y unos gatos tímidos. Un periodista de televisión haciendo guardia. La portera, temple de fuego, que decía que los periodistas son unos pesados. Un barrendero uniformado que oficiaba de informante secreto de la prensa. Almudena García, a las puertas del bar de enfrente, donde comían a diario ella y todo el equipo, diciendo datos vagos que no comprometían la investigación —hemos abierto la mitad, hemos contado más de cien, hemos parado la revisión en los nichos hasta que vengan las de restauración, hemos encontrado mucho textil, hemos encontrado momias—, mientras se calentaba las manos con el té de manzanilla de la sobremesa.

Ella y su equipo cumplieron con el pacto. Tanto, que hasta días antes de la revelación de los resultados, entre los promotores del Proyecto Cervantes todavía pensaban que sus restos estaban en ese primer nicho con el ataúd de las MC.

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De todas formas, en el fondo no había ningún misterio. Una treintena de científicos excavando para buscar los huesos del escritor fundamental de la lengua española, una línea de investigación que terminaba con una caja de huesos tan deteriorados que no confirmaban ningún rasgo físico identificable del escritor, todo eso en el marco de la gestión de una alcaldesa que ya agotaba su mandato y que parecía querer irse con algo importante —algo tan importante como haber encontrado el cuerpo de Cervantes— para mostrar como logro. Una parte de los expertos del escritor criticaba el proceso, diciendo que era una pérdida de tiempo y recursos; otros decían que por qué no usar ese dinero en ayudar a desahuciados por los bancos o a los dolientes de la Guerra Civil que no han encontrado los cuerpos de sus familiares mal enterrados en las cunetas donde los mataron.

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Para levantar la puerta trampa de la cripta, en el suelo de madera de la sacristía, se necesitan al menos dos personas: es un gigante tan antiguo como el edificio, que terminó de construirse en 1730. Se necesitan también unas llaves grandes de hierro, igual de antiguas, y las escaleras que guarda el portón son asimismo viejas, rayadas por el tiempo, y terminan en un sótano con techo abovedado de ladrillos, cruzado por hileras de luces de neón, un espacio de nueve por seis metros que convirtieron en un laboratorio in situ: no tenían autorización para llevarse del recinto ni un hueso, ni de la arena un grano. Dividieron la cripta en cuadrantes, hicieron un andamio para pasar de un sitio al otro. El espacio de estudio se amplió hasta la sacristía, un cuarto no muy grande de tono también lúgubre, con imágenes de Jesús y de los santos.

Fue un lunes o un martes, 23 o 24 de febrero, la fecha se les desdibuja en la memoria. Habían trabajado en la cripta el mes entero, jornadas intensivas de diez horas con dos de descanso para comer, humedecidas por el invierno, sin apenas domingos libres. Sólo quedaba la mitad de la gente, el equipo base. El resto había dado por terminado su trabajo. Berta Martínez trabajaba en el tercer nivel de enterramientos, el más profundo, en el último cuadrante de la cripta, en la última esquina, al sureste. Ardía en fiebre, una gripe nutrida por la humedad y el polvo que ya había contagiado a varios de sus compañeros. Carme Coch tenía en mano el boleto del AVE de regreso para ese mismo día. Excavaban con Tito Aguirre cuando encontraron que la tierra se hacía más oscura, como si alguien la hubiera traído de otro lugar. Distinguieron una reducción de huesos, palearon suelo abajo. Lo que encontraron no era como ninguna de las otras cuatro acumulaciones de huesos que habían visto antes.

“Nos pareció que era algo que no podíamos desechar, que teníamos que excavar y ver bien en qué consistía, porque a veces excavas y te cuesta entender lo que excavas, pero esto parecía bastante compatible con lo que estábamos buscando”, recuerda Martínez.

“Aparte de que estaba a la profundidad más baja vimos que había muchos huesos largos, muchos fémures, muchas tibias a un lado, y vimos los cráneos que estaban al otro ladito. Estaba todo junto pero como que separado, ¿no? Vimos restos de cajas de tablones, como si también los hubiesen transportado en una caja o nos daba esa sensación”, narra Carme Coch. Almudena García, que coordinaba al equipo, llamó a Luis Ríos, biólogo especializado en antropología física: “Vente, que hemos encontrado algo que tiene buena pinta”. Llamó de urgencia a Elvira González y Lucinda Llorente, expertas del Museo del Traje de Madrid. En la caja había textiles que debían analizar. Hasta entonces, las vestimentas que habían encontrado eran de dos siglos posteriores a la muerte de Cervantes, y no habían dado aún con el sayón con que lo habían enterrado, una prenda franciscana larga con un cordón ceñido a la cintura, de un tejido basto, de orden mendicante.

Cavaron metro y treinta y cinco, bajaron con las bandejas de laboratorio, sacaron los huesos con cuidado máximo, los pusieron a secar en los mesones por dos días para que perdieran fragilidad. Primero apareció un trozo de tela bordado, que González y Llorente identificaron como lino con hilo de oro. No era el sayón de Cervantes, pero era el traje del capellán que, ya sabían por los documentos, estaba en la caja de reducción.

“Sacamos trocitos y trocitos, intentabas cepillarlo y se te desaparecía, para empezar a recomponer todo, la casulla con el manípulo, la estola. Ya cuando salió el borlón casi llorábamos de alegría”, dice Lucinda Llorente.

“Porque era la confirmación ya definitiva de que estábamos ante lo que estábamos. Estuvimos toda la mañana haciendo un puzzle sobre la mesa, porque aquello de verdad era un batiburrillo de tal naturaleza que había que tratarlo con sumo cuidado”, completa Elvira González.

Fue la única indumentaria que hablaba de la época en la que enterraron al escritor. Después salió la moneda de 16 maravedís que el numismático Alberto Canto García identificó como de 1660 aproximadamente, que en la foto del informe final se ve como un trozo de metal desfigurado, una circunferencia achatada. Terminaron de limpiar los huesos, ya secos, con brochas de maquillaje, cerdas suaves. El trabajo duró cinco días más.

Almudena García hizo otra llamada, a Francisco Etxeberría, para que viajara desde el País Vasco. “Estábamos convencidos, pero llevábamos mes y medio aquí y era necesario que viniera alguien con otros ojos, por si se nos estaba pasando algo por alto”, dice.

Etxeberría hizo muchas preguntas, estableció sus propias comparaciones, determinó que no había discrepancias, que todo eran coincidencias. El traje del capellán, la moneda, la cercanía con el suelo geológico de Madrid, los documentos.

En rigor antropológico los registros dijeron que había en la reducción un mínimo de 15 individuos, cinco niños y diez adultos, por los huesos que más se repetían: cuatro radios derechos y un radio izquierdo, cuatro cráneos masculinos, dos femeninos, de otros cuatro no se sabe el sexo. Y fragmentos con artrosis, cartílagos calcificados, mandíbulas con dientes desgastados o inexistentes que podrían haber sido los de unos hombres de la edad de Cervantes; muñecas y axiales que se perdieron o se desintegraron.

El historiador Marín Perellón terminó de componer la lista definitiva cuatros días antes del anuncio oficial, tras revisar todas las actas de defunción del archivo parroquial. En ella estaban Cervantes, su esposa, su casero, el capellán, varios niños. Eran 17, dos más que la medición antropológica.

“Hubo huesos que no llegaron nunca al laboratorio, pero aún así cabe la posibilidad perfectamente de que se quedaran por el camino. Es una hipótesis completamente plausible, lo que pasa es que no se puede certificar”, dice Carme Coch.

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¿Por qué buscar los restos de Cervantes? ¿Por qué si no estaban perdidos?

Los involucrados en la investigación han dicho que había que localizarlo y honrarlo, que la búsqueda sirvió para potenciar la divulgación de su obra. Escritores cervantinos dijeron que era mejor hacer justicia a sus libros. Francisco Ferrándiz, antropólogo estudioso de la muerte, ajeno a esta excavación, opina que es porque existe ahora una fascinación por los huesos: “Tiene una raíz cristiana que está vinculada al culto a las reliquias, a las exhumaciones de santos; por otro lado, siempre ha habido turismo necrófilo, y llegan nuevas corrientes de derechos humanos que buscan verdad, justicia y reparación, además del prestigio creciente de las ciencias forenses”, por obra de series televisivas como CSI.

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Lo que queda en la cripta es esto: cinco mesones, lupas. Bolsas transparentes —seis— llenas de huesos fragmentados que en una primera mirada parecen hojas recogidas en otoño. Un libro, Human bone manual. En la pared norte, nichos con féretros sin abrir, pero sus epitafios no dejan dudas de que contienen cuerpos de sacerdotes. De frente, un armario para guardar las momias, sus ataúdes y, a la derecha, cajas de reducción en hileras, urnas que parecen macetas alargadas de plástico, con códigos así: Nicho 5, material óseo y arqueológico; sector V, material arqueológico, nicho 14.

Las restos que identificaron con el código 4.2/32, donde posiblemente haya “algunos fragmentos” de Cervantes, cupieron en tres cajas. Pero ya no están aquí: tienen entidad de reliquia. Están a resguardo en la biblioteca sacramental del claustro de las monjas. La esquina donde aparecieron es ahora una oquedad amarillenta con bolsas negras encima.

Ya no hay nada más que los arqueólogos puedan agregar a esta búsqueda.

Pero Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos no han dejado de venir tres veces a la semana a este recinto sepulcral trocado en laboratorio con suelo de arena y barro, blanqueado por la luz artificial, donde ya no hay ruido de taladros y aspiradoras industriales. Aunque han pasado dos meses desde que terminó la excavación, investigan las revelaciones de este yacimiento inédito de niños con raquitismo. Rearman sobre los mesones los esqueletos de vértebras mínimas, clavículas y sacros ínfimos. “Mis niños”, los llama García.

Corre la mañana de un jueves de abril de 2015. No están las dos monjas que los supervisaron durante toda la excavación, sor Edita en sus 30, sor María que le dobla la edad. Son “guardas de hombres”, así se llama su cargo: las encargadas de vigilar y acompañar a los visitantes que hacen obras en el convento.

—Y controlarlos un poquillo, de lejos, pero un poquillo también —dirá la voz antigua de la madre superiora que sale del claustro a por la bocina.

La relación entre el equipo y las monjas se hizo íntima. Con los días, sor Edita se dejó poner una bata blanca sobre el hábito, una mascarilla, cofia y guantes, y ayudó a limpiar los huesos con pinceles. La mayor sólo miraba, excepto esa vez que inspeccionó en dos ataúdes y agarró con sus propias manos desnudas la vestimenta para decir que era de cura.

A la 1:30, al mediodía, Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos habrán acabado la jornada. Sor Edita los esperará arriba en la entrada de la sacristía. Subirán las vetustas escaleras, la monja los recibirá con un manojo de las llaves de hierro antiguas en una mano, agujas de tejer y lana en la otra, hábito blanco, cruz rojiazul en el pecho, túnica negra. Entre dos cerrarán la puerta trampa. Sor Edita dirá, queda, que los extraña y que quiere que vengan todos los días.

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Se llamaba Miguel de Hortigosa el sepulturero. Nada fundamental se conoce sobre su vida, excepto lo que hay que saber: que también era el sacristán de la iglesia del convento de San Ildefonso de Trinitarias Descalzas, calle del Amor de Dios, villa de Madrid; que las monjas le pagaron 13,600 maravedíes, lo mismo que 400 reales, por un trabajo del que consta recibo fechado en 8 de octubre de 1697; y que tal trabajo consistió en trasladar unos cuerpos de esa iglesia a otra, ubicada en la calle que hoy se llama Lope de Vega.

Marín Perellón está convencido de que fue él quien transportó la caja de reducción a la cripta y que éste es el dato que confirma que en la reducción que encontraron es ésa donde estaría Cervantes. “Sin ninguna duda”, sentencia. Es 22 de mayo. Hace apenas unos días que el historiador revisa el archivo conventual. Dio con el diario de cuentas del convento donde está el dato. Abre el pergamino, tapa amarillenta de piel de cordero, libro 37, legajo quinto. Echa mano de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, para leer uno a uno los párrafos de letra farragosa. Hasta éste, el número 18, que así traduce:

Mas se le hazen buenos y reziuen en data quatroçientos reales, que valen treze mil y seisçientos maravedís por los mismos que pagó a don Miguel de Hortigosa de el gasto que tubo de mudar los cuerpos de los difuntos de la yglesia vieja a la nueua de dicho comuento [y] terraplenar la bóbeda, como consta de reciuo dado por el susodicho, su fecha de ocho de octubre de seisçientos y nouenta y siete, que presentó con estas quentas.

Hortigosa, el sepulturero. Pudo haber sido él también —dice Marín Perellón que quizá— la persona a la que contrataron para sacar los restos del claustro de la antigua iglesia y reducirlos en una caja, la que encontraron. Ese año que consta en el recibo, trasladó los huesos ya disgregados al templo nuevo, recién construido, los depositó a un metro treinta y cinco de profundidad en la cripta y terraplenó. En el entierro se le pudo haber caído la moneda de 16 maravedís: no lo descarta Marín Perellón ni lo descartan los arqueólogos.

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El párroco de la iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, saca otro libro con cuidado y lo extiende sobre la mesa: el libro tiene 406 años —cuaderno cuarto de difuntos (1609-1620)—, una cubierta de cuero de cerdo amarillenta y brillante que resiste los siglos. Las hojas no están siquiera ajadas, son gruesas como el cartón. Está en el tercer párrafo el acta de defunción. Ilegible para un cerebro inexperto, pero ya había sido desencriptada en 1749 en el prólogo de las Comedias y entremeses de Cervantes.

Miguel de Çerbantes. El 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Zerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trenitarias. Mandó dos missas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria y el licenciado Francisco Martínez, que viue allí.

Con el tiempo se confirmó que Cervantes murió el 22 y el sepelio fue el 23. No se enterró en la iglesia de San Sebastián, que es lo que correspondía al común de los vecinos de la zona. Vivía con su esposa en la cercana calle de León y su casero era Francisco Martínez, el cura del convento de San Ildefonso. Además, Cervantes se hizo trinitario 20 días antes de su muerte. En 1575 unos corsarios berberiscos lo capturaron junto con su hermano cuando volvía a España desde Nápoles en una galera, después de la guerra, tras haber batallado en Lepanto contra los turcos y recibido tres arcabuzazos. Lo llevaron a Argel. Como era “soldado aventajado” al servicio de la Corona y tenía cartas de recomendación, “El Cojo”, su principal captor, decidió pedir el rescate para sacar provecho. El secuestro agarró a su familia depauperada. Pasaron en cinco años y medio tres intentos de fuga. Los frailes trinitarios mendigaron para juntar los 500 ducados de oro del rescate, lo que lograron en 1580. Como agradecimiento, un sábado santo, Miguel de Cervantes se convirtió a la Orden Trinitaria.

No hay nada en el acta de defunción ni en los documentos hasta ahora descubiertos que hablen de lo que mató a Cervantes. La incógnita de la causa de su muerte es una de las varias sombras de su biografía. En el informe final de la excavación hay un estudio extenso que firma Julio Montes Santiago, de la Universidad de Vigo, basado en un arqueo de los datos biográficos disponibles y en la biblioteca médica del escritor, que se abrevia en posibilidades: diabetes, enfermedades renales, cirrosis, insuficiencia cardiaca y algún tumor.

Los restos de la hermana de Miguel, Andrea Cervantes, están en la iglesia de San Sebastián; también los de otra hermana, Magdalena de Jesús. Los de su hermana Luisa, que fue monja, están en el convento de la Purísima Concepción de Alcalá de Henares. Por la imposibilidad de recuperar los huesos de sus familiares —porque están en osarios y porque no se han encontrado tampoco evidencias de la hija natural de Cervantes—, y por el estado de conservación de los restos de la reducción 4.2/32 se hace muy difícil extraer una muestra de ADN y compararlas genéticamente.

El historiador Francisco Marín Perellón sigue examinando el archivo del convento en busca del testamento perdido de Cervantes. Confía en encontrarlo y en que sus cláusulas revelen, por qué no, alguna enfermedad final, cómo fueron sus últimos meses, cómo quería que se le enterrara, si tenía deudas, si es verdad que tuvo esa hija natural llamada Isabel. Empezó a buscar en mayo. Es mitad de julio y dice que sin novedades, que la pesquisa puede tardar hasta seis meses.

***

Volvieron a enterrar los restos contenidos en las tres urnas fichadas con el número 4.2/32, sin la mirada pública. Las monjas —la priora y las dos guardas— las llevaron desde la biblioteca sacramental, una por cabeza. El vicario las roció con agua bendita, el sacerdote Jorge Teulón, enlace entre las religiosas y los investigadores, ayudó a meterlas en el nicho, debajo de una lápida de piedra caliza que dice “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra. 1547-1616”, con un extracto de su Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado el mismo año de su muerte: “El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto, / llevo la vida sobre el deseo / que tengo de vivir”. Firma la Real Academia de la Lengua Española. Sellaron. Fue el 10 de junio de 2015, a puerta cerrada, en la iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, calle de Lope de Vega.

La ceremonia abierta ocurrió al día siguiente, el pequeñísimo templo repleto de invitados, con música militar en directo de los regimientos Córdoba 10 y Tercio Viejo de Sicilia 67, donde Cervantes sirvió a la Corona como soldado. Era de mañana pero afuera se hizo de noche unas horas: una tormenta de verano tapió el cielo y ahogó las calles con agua y granizo.

Darío Villanueva, director de la Academia, leyó un discurso que habló del “momento feliz, que por fin ha llegado”:

—En que la ciencia física y la forense nos han permitido poner orden en la casa que albergó la ultima morada de nuestro escritor y solventar aquella anomalía, propiciando que el tesoro de sus cenizas haya sido localizado y ahora pueda ser presentado con la misma dignidad y reconocimiento con que otros países cultos honran a los más grandes escritores.

Ana Botella, que iba a dejar de ser alcaldesa de Madrid en dos días más y cerraba su gestión con este acto, leyó otro y dijo que cumplían la voluntad de un hombre “de honra y fe cristiana”:

—Es la hora por fin de decir, don Miguel, misión cumplida (…) Aquí estamos para que España y el mundo vuelvan a honrar los restos mortales de Cervantes como no se había hecho en tres siglos.

Los militares llevaron una corona de flores hacia la tumba, en desfile, erguidos con rectitud geométrica, música marcial; la alcaldesa la dejó a los pies de la hornacina.

Los enterraron en la pared norte del templo junto a la entrada, donde había sitio para otra lápida. No sobre el punto en el que de verdad aparecieron, porque allí hay un coro enrejado donde las monjas rezan a diario. La tradición oral de las prioras falló, pero una placa que estaba en la iglesia hacía casi 200 años lo indicó siempre, con precisión: encontraron la caja de reducción justo debajo, en línea recta, de esa lápida del altar mayor que dice: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega”.

Enterraron esos restos —que puede que sean los de Cervantes, o no, quizás algunos— que, en realidad, no estaban perdidos.

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos, esquiva un escritorio y saluda a Saúl Quijada, un hombre serio, pequeño pero fornido, dueño de una frente amplia y una línea en el bigote perfectamente rasurada, como dibujada con delineador. Un Pedro Infante salvadoreño. Raymundo Sánchez, en cambio, es laaargo, moreno y colmilludo. “Un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas”, dirán de él sus compañeros. Raymundo Sánchez atraviesa el cuarto de los huesos con La Muchacha en brazos. A toda prisa. Al final del cuarto hay una puerta que descubre un patio. Sale. En el patio hay un caldero y debajo una hornilla conectada a un tambo de gas. Raymundo Sánchez crea fuego. Quien lo viera ahí, acurrucado, claudicaría ante un espejismo: un brujo juega con su pócima; llena con agua el caldero y ahoga a La Muchacha, sumergiendo una por una todas sus partes; agrega una pizca de Axión quitagrasa y se dispone a esperar tres horas de cocción. Al cabo de unos minutos el agua ya bulle y hace revolotear los 146 huesos en los que está resumida La Muchacha. El cuerpo humano tiene más huesos que esos 146, pero esa ausencia no inquieta a Raymundo Sánchez. Son suficientes y él los necesita pulcros. “Limpitos, chelitos”, dice. Aprisionada, sometida bajo un trozo ahumado de duralita, La Muchacha ni viva hubiese dado pelea. No tiene cómo: alguien le robó para siempre los brazos.

—Esta es La Muchacha de Ilopango –dice Raymundo Sánchez–. Fue encontrada en un segundo enterramiento. Se presume que su novio la mató y la quiso desaparecer dos veces. Quién sabe dónde quedaron sus bracitos.

***

Cuando el caldero alcanza la ebullición desparrama por sus costados un charco grasiento que chorrea hasta el suelo. Afuera San Salvador es humo, es grito de vendedores alrededor del Centro de Gobierno, es el silencio de un palacio legislativo que al fondo de este complejo parece estar pintado. La Corte Suprema de Justicia está al otro lado de la calle, cuatro pisos arriba en el palacio judicial. Demasiado en el cielo para un país en el que los más desgraciados seguro, seguro, seguro, terminarán bajo la tierra, hasta que alguien los encuentre –si los encuentran– y acaben en la esquina de este patio, cocidos en el caldero que custodia Raymundo Sánchez. El caldero humea y La Muchacha se evapora y se eleva al cielo; las nubes están cargadas; se viene un mes gris y lluvioso. Hay mañanas en las que cuesta más trabajo tenerle fe a la humanidad, sobre todo si amaneces frente a la sopa de una muchacha.

***

Al cuarto de los huesos entra Óscar Armando Quijano, un médico cincuentón dueño de un par de lentes y unas corbatas de colores brillantes. El doctor Quijano es el jefe del Equipo de Antropología Forense (EAF) del Instituto de Medicina Legal de El Salvador. Él no evoca a ningún actor, pero a partir de esta, todas sus entradas a este cuarto harán recordar al Kramer de Seinfeld. Es un hombre-cómico, un chistoso, un jodarria. Cuando entra, un instante es un tornado, el cuarto cobra vida, se alegra, hasta que él invoca seriedad.

—¡¿Cómo estamos, vieja loca!? – le dice al doctor Saúl Quijada. El hombre del bigote fino deja en paz a una calavera, la coloca sobre un estante y choca palmas y puños con su amigo. Se molestan desde hace 15 años. Por llamarse de esa forma –un episodio que tiene a la base una película de Pedro Infante y a una mujer bonita que se les puso enfrente– ambos son conocidos como “Las viejas”.

Ahora, el doctor Quijano se dirige a Raymundo Sánchez, pero en realidad nos está hablando a todos.

—?¡Ajá, Humildad! Este hombre es pura humildad. Y tiene pedigree. ¡¿Verdad, Humildad?!

Raymundo Sánchez se retuerce en su silla. Ríe, todos reímos, hasta que el doctor Quijano deja de retorcerle los pellejos de las costillas.

—?¿Vieron? ¡No chilla!

El doctor Quijano se pone serio y se dirige hacia el patio. Un instante es la calma. Atraviesa la puerta que da al patio. Percibe el vapor, imagina a La Muchacha, la huele. Me levanta las cejas. Me da una palmada en el hombro:

—?Con verduritas, mire… ¡sabroso!

De nuevo, desgraciados todos, reímos.

***

Ahora el cuarto de los huesos huele a huesos recién hervidos. Los salvadoreños dicen que los muertos sueltan un “ijillo”, pero eso es Chanel junto a esta patada que destroza el tabique nasal. Luego baja torbellino por la tráquea, somete los pulmones; estos se defienden, y lo que no es exhalado es porque se escabulló hacia la boca del estómago, donde desbarajusta todo. Pero eso solo ocurre la primera vez que se entra en el cuarto de los huesos, un rectángulo blanquecino gracias a tres brillantes lámparas. Lo menos importante aquí son tres estanterías y un lavamanos. Lo más importante son cuatro mesas sobre las cuales descansan esqueletos. Dos de las mesas son tablones improvisados sobre unas armazones de hierro; las otras dos son tablones sobre unas columnas hechas con cajas de cartón, llenas de huesos; todas desarmables al menor contacto imprudente. Hay cajas apiladas por todos lados, cuatro sillas que no encuentran su lugar en el mundo, instrumentos colgados del techo… En el cuarto de los huesos se camina milimétrico, como los acróbatas en la cuerda floja. Un paso en falso le robaría la paz a los huesos.

El cuarto de los huesos reúne una colección de salvadoreños de la más fina clase de los desaparecidos: de la guerra y de la violencia actual, y de hace un año, de hace dos, tres, 10 o 30… En el cuarto de los huesos están los huesos de un niño que no alcanzó a nacer, de nacidos, de bebés, niños, niñas, jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, ancianas… Hay baleados, mutilados, degollados, ahorcados, decapitados, acuchillados. Hay una chica que quiso fumar su último porro, un chico que tenía zapatos de patines y uno más que murió con los audífonos puestos. Hay tres guerrilleros, una familia masacrada hace 30 años, una pandilla de jóvenes… los médicos también han encontrado la calavera de un perro y la osamenta de una rata. Ahora son sus mascotas. Pero aquí los importantes son los huesos como los de El Pirata y, ahora, los de La Muchacha, aquella que limpiaron en sopa y se evaporó hasta el cielo.

El cuarto de los huesos es tan parecido al país que la ironía se sirve en bandeja: es tan chico como El Salvador que lo esconde; está tan saturado como El Salvador que lo esconde, es tan carente de todo que este cuarto debería llamarse “cuarto de huesos El Salvador” y no “Antropología Forense”. Por sobrepoblación, los huesos se arriman encima de otros huesos, separados todos por cajas de cartón, por viñetas que evidencian su lugar de origen. En el cuarto hay osamentas provenientes de los cuatro puntos cardinales del país. En el cuarto de los huesos, paradojas de la vida, se reencuentran los desaparecidos durante la guerra civil, finalizada hace casi 22 años, y de la violencia sin sentido de la guerra de las pandillas. Aquí se reencuentran, sin treguas, pandilleros de la Salvatrucha con pandilleros del Barrio 18. Y sus víctimas. También hay huesos que hablan de otros huesos: los de los migrantes que retornan calavera. Aquí se condensan tres de las más grandes tragedias del país. Son nuestros huesos de la guerra y de la “paz”. Aquí hay huesos que invocan a sus parientes vivos. Huesos que resurgieron para gritar lo que ocurrió antes y lo que ocurre ahora. Huesos para denunciar la sociedad que fuimos y que somos. Aquí hay alrededor de 13 millares de huesos, correspondientes a 69 seres humanos, pero por este cuarto han desfilado más. Muchísimos más. Y todos, todos, todos, comparten una característica: alguna vez fueron engullidos por la tierra; y tiempo después la tierra los vomitó.

No hace mucho, un antropólogo forense peruano, encargado de la Oficina de Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la ONU, visitó el cuarto de los huesos. Revisó estadísticas, se juntó con policías, forenses y fiscales. Por la cantidad de denuncias de desaparecidos, por la cantidad de casos que se encuentran, vivos o muertos, por la cantidad de casos que quedan sin resolver, José Pablo Baraybar concluyó: “El Salvador es como un cementerio clandestino. Ahí adonde pise está pisando la tumba de algún desaparecido”.

Al cuarto de los huesos llegan policías y fiscales buscando casos; madres, padres, hermanos y hermanas buscando familia. Nadie llega por casualidad ni por invitación. Quien entra a este cuarto es porque busca algo que se la ha perdido. Y quién mejor para ayudarles en su búsqueda, en este océano de huesos, que un barquero de radios y fémures largos llamado Raymundo Sánchez.

***

Ahora Raymundo Sánchez entra al cuarto de los huesos y se desnuda. De verdad tiene piernas y brazos largos. Café oscura la piel. Cuando suda parece atleta. A veces le gusta ir a correr a las gradas del estadio olímpico de la capital, al Mágico González, para liberar el estrés que acumula en el trabajo. Otras veces aparta las tardes para jugar basquetbol en un torneo entre oficinas del órgano judicial. Le gusta más el basquetbol que la carrera, pero intenta practicar ambos deportes para mantenerse en forma. Por su tamaño, indispensable para las canastas, sus amigos en el IML también le llaman “Largo”.

Raymundo Sánchez cuelga su ropa de ciudadano cualquiera detrás de la puerta y se disfraza de auxiliar forense, con un peculiar uniforme que a veces es celeste y a veces es verde, pero que invariablemente tiene bordado por encima de la bolsa, al lado del cuello en V, su nombre: “Sr. Sánchez”. Él no es médico, pero es como si lo fuera. Tiene 18 años como auxiliar forense, y tres como la mano derecha de los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano. Ha cargado tantos muertos Raymundo Sánchez, que a veces bromea con estar maldito. Se lo dijo alguna vez un hermano del culto. “Ustedes, por jugar con los muertos, están malditos”. Raymundo Sánchez lo cuenta y sonríe. Y luego reflexiona en voz alta: “Pero quizá algo tenía de razón. Uno no sabe quiénes fueron en vida todos los que vienen a parar aquí. ¿Imagínese viene alguno embrujado?”. Él, también a veces, es bromista.

Raymundo Sánchez no le tuvo miedo a la muerte cuando, hace ya muchos años, menos largo y más muchacho, corría desde su casa, en el municipio de Ciudad Delgado, hacia las escenas que para esas fechas dejaba la guerra civil salvadoreña: cuerpos baleados, calcinados, aventados en plena calle, ante los ojos de una comunidad que lejos de vivir horrorizada, aceptaba esa normalidad. “Creo que siempre me llamaron la atención los muertos, desde chiquito. Yo era el primero en llegar cuando se sabía de algún baleado en la calle”, dice Raymundo Sánchez, al tiempo que menea remolino un polvo edulcorado en su termo de plástico. Bebe agua roja mientras se deja observar por sus mascotas: una familia de escarabajos clavados con alfileres sobre unos carteles que explican huesos; una mariposa negra alas extendidas que gira 360 grados, ensartada en la segundera de un reloj de pared; la calavera de un perro, completa, blanquísima, como el mármol, con sus colmillos en perfecto estado. No hace mucho la encontraron en una exhumación, a las orillas del lago de Ilopango, muy cerca de donde más tarde sacarían a La Muchacha. Iban por un desaparecido y regresaron con tres más y su nueva mascota. Todavía no la han bautizado.

Raymundo Sánchez quiso estudiar medicina, pero rápido tuvo que abandonar sus estudios cuando a mediados de los noventa se supo padre. Hoy su hija mayor lo admira, y por su padre se le ha metido que quiere ser investigadora de la Policía. Él la está convenciendo para algo que “dé más”. Probablemente ella se decante por una antropología social y después se especialice en antropología forense fuera del país. Su hijo menor también admira a su padre, y todavía se emociona cuando alguna vez, de esas esporádicas, él ha aparecido en alguna imagen de la tele. A las exhumaciones se les persigue como las avispas a la miel. “Pero todavía está muy cipote y creo que no sabe aún lo que quiere. Lo que sí me he dado cuenta que le gusta eso de los sistemas, de las computadoras”, dice Raymundo Sánchez. Por su familia, hace mucho tiempo, Raymundo Sánchez no dudó en abandonar sus estudios de odontología para ir por la plaza que le ofrecían en Medicina Legal: ir por los muertos para ganarse la vida.

18 años después su oficina es el cuarto de los huesos. Aquí trabaja, almuerza, atiende vivos, limpia huesos, cocina huesos, clasifica huesos, apunta datos, enseña huesos, guarda huesos, resguarda huesos. Cuando puede, un lapso después del almuerzo, descansa sus huesos y cierra los ojos, sentado en una silla. El escritorio de Raymundo Sánchez es prolijo, pero a veces las circunstancias lo desordenan. Papeles, requerimientos, memorándums. Al menos aquello que él logra controlar, la esquina del escritorio, siempre está ordenada: dos estanterías para una colección de lápices y lapiceros, en el que sobresale su cepillo dental. Atrás del escritorio de Raymundo Sánchez están los improvisados tablones de estudio, y sobre uno de ellos ahora yace La Muchacha, que se seca después de dos días de hervidas y lavadas. Pasada la etapa de cocción, Raymundo Sánchez, con un bisturí y con otro cepillo dental raspó los huesos para sustraerles hasta la última hilacha de carne. Luego ordenó el esqueleto, atravesando las vértebras con un hierro largo y delgado, para formar la columna vertebral. Las vértebras atravesadas por el hierro evocan a un pincho de carne.

Ahora La Muchacha se seca y un par de moscas le molestan el orificio nasal. Raymundo Sánchez sale en su auxilio, y rocía a La Muchacha con Raid matamoscas y mosquitos. Las moscas huyen despavoridas. La Muchacha queda tranquila.

Suena el teléfono. Raymundo Sánchez contesta. El cuarto se impacienta, como previendo lo que se viene. Cuelga.

—Vienen a preguntar por un desaparecido –dice Raymundo Sánchez, y sale del cuarto y se va a buscar a los visitantes. Se va a advertirles.

Al cabo de unos minutos, dos mujeres entran temerosas por la puerta. Una es bajita, vestido verde humilde, cortado a la cintura por un cincho de tela. Lleva una cartera roída, unas zapatillas bajas y gastadas. Está inquieta, angustiada. No habla. Mira para todas partes. La otra mujer es delgada, un poco más alta, usa gafas. Ella se tapa la nariz con un pañuelo. Desde el pañuelo habla. La primera es la madre y ella es la tía de un joven desaparecido hace un año. Entran al cuarto y le piden al barquero permiso para moverse entre los huesos. Se acercan a La Muchacha, pero esta no les dice nada. Se van a la mesa del centro, y un joven con el cráneo destrozado, macheteado por sus victimarios, tampoco les resuelve la angustia. De lejos observan a El Pirata. Él tiene la quijada fuera de posición, adornada en un costado por una placa de titanio. La muerte se mofa con una burlesca carcajada.

—¿Este no será? –pregunta la Tía, y la madre del joven se acerca a una calavera dispuesta al final de cuarto, cerca de la puerta que da al patio. Casi la besa. La mujer intercambia miradas con dos cuencas vacías y hurga con atención a unas quijadas con muy pocos dientes y muy pocas muelas.

—No, madre. Esa es de una señora encontrada en San Pedro Masahuat –interviene Raymundo Sánchez.

—Yo sé. Mi hijo no tenía los dientes así –habla por primera vez la madre, segura de sus recuerdos.

—¿Usted ya había venido, verdad?

Las mujeres se encogen de hombros y vuelven cabizbajas al escritorio. Raymundo Sánchez les ofrece asiento. Se pone unos lentes que lo avejentan. Él las escucha, y mientras lo hace busca en sus archivos. Encuentra el expediente del hijo desaparecido. Lo lee rápido. Elucubra repreguntas. Los detalles que parecen más insignificantes a veces suelen ser claves. ¿Tenía relleno en alguna muela? ¿Fracturas? ¿Cómo iba vestido la última vez que lo vio? ¿De qué color era el calzoncillo? Cuando Raymundo Sánchez habla con los familiares de las víctimas, es un santo. Su voz se torna dulce, suave, acogedora. Un “yo la entiendo” pronunciado por su boca vale tanto como cualquier abrazo, que aquí no los hay. Ella revive la desaparición, las sospechas contra su vecino, el de la casa a la par de su casa, “uno de esos muchachos”. Un pandillero. Ella llora y Raymundo Sánchez la consuela:

—Tengo fuerza, madrecita, porque esto en este país así es. No le insisto en que les pida ayuda a ellos porque eso también es peligroso.

—¡Si ya lo hice! Y me habían dicho que lo iban a hablar, pero a través de unas de sus mujeres me amenazaron.

—Es que ese es el problema… Pero mire, nosotros no nos vamos a mover de aquí. Y yo nunca olvido un detalle. Si aquí viene, tenga por seguro que le vamos a avisar.

Hora y media después, las mujeres se marchan, esperanzadas en la promesa de Raymundo Sánchez, un corazonsote con dos largos brazos y dos largas patas. Hay mañanas en las que tus problemas no son problemas, sobre todo si conoces a estos familiares errantes.

***

Ahora entra huracán, cargando una corbata roja, el doctor Óscar Armando Quijano.

—?¡Ajá, cipotada! ¿Cómo va la cosa?

El doctor Quijano siempre entra vestido de civil: siempre manga larga, pantalón planchado, zapatos bien lustrados, siempre una corbata de color al cuello. Siempre los lentes, siempre la picardía. Entra a las 11 de la mañana y sale a las 8 de la noche. Por las mañanas da clases en una universidad. Por las tardes, a partir de las 4, se queda solo en el cuarto de los huesos escuchando, a veces, Saturday Nigth Fever, de los Bee Gees.

—?¡Mire cómo alegra el cuarto esta cipota!

El doctor Quijano se acerca a una simpática joven de pelo negro azabache y unos preciosos ojos con ascendencia hindú. La abraza, contentísimo, y le da un beso en la frente. Es como si fuera su hija. La chica le responde contentura y le devuelve el abrazo. Es como si ya conociera las maneras del loquillo doctor Quijano, aunque apenas y puede decir y entender un par de cosas en español. Estos días son los últimos días de Monish, una forense canadiense, recién graduada. Está de pasante con los antropólogos salvadoreños. Es la última de tres pasantes que han vivido entre nuestros huesos. Raymundo Sánchez lo tiene claro. Lo dijo hace cuatro días, voz de mascarilla, mientras le arrancábamos las perlas de La Muchacha a una grasienta y descompuesta melcocha humana:

—Ha de ser bien raro que en Canadá aparezcan tantos cadáveres enterrados como en El Salvador. Aquí lo anormal es lo más normal del mundo, y eso es interesante para ellas.

Raymundo Sánchez, si la rutina no cambia, siempre tendrá material para educar a doctoras jóvenes y ávidas de huesos. En 2012, la Policía Nacional Civil recibió 1,564 denuncias de desaparecidos: 132 fueron confirmadas como homicidios, 820 archivadas porque “aparecieron” las personas; el resto, 612, continúan sin paradero conocido. Con los desaparecidos de 2011 ni la Policía sabe qué ha pasado, pero al menos queda una cifra: hubo 1,267 denuncias. Para julio de 2013, la Policía reportaba un incremento de casos en un 18 %, respecto al mismo período del año anterior. 949 denuncias al finalizar la primera mitad del año. Todo lo anterior solo sirve para explicar dos importancias. La primera es que tarde o temprano van a reaparecer todos esos huesos. En el último año y medio han terminado aquí 120 osamentas, de uno, dos, tres o 30 años de antigüedad. Lo segundo es que si el cuerpo humano tiene 206 huesos, eso significa que detrás de los desaparecidos del último año y medio hay otro cuarto de millón de huesos que se desarman buscándolos. O no. Pero esos son familiares extraños. En el cuarto de los huesos hay una osamenta que ya fue identificada, pero sus parientes tienen miedo de ir a buscarla, porque eso haría sonar las alarmas de la pandilla. Hay otra: la de una chica que no alcanzó a ser mamá. Su familia sabe que la calavera y su cría están aquí, pero mandaron decir a la Policía que ella se buscó este final por andarse involucrando con pandilleros.

El doctor Quijano sale del cuarto de los huesos. Su oficina es un cuadrado cerrado y aislado que comparte con su amigo Saúl Quijada. El escritorio del doctor Quijano es un remolino donde aparecen y desaparecen informes, papeles, dictámenes. Alguien le regaló una caja de cartulina, en la que hay dibujado un sombrero negro con cinta blanca, que dice: “Dr. Quijano”. Alguien más le regaló un esqueleto de juguete, pequeño, de hule flexible, que él mantiene sentado. En una de las gavetas de su escritorio guarda uno de sus más preciados tesoros: un hierro conectado a un cable de corriente que le sirve para calentarse el agua del café. En un tapexco colgado de la pared guarda su sombrero de soldado, con el cual se disfraza para ir a hacer las exhumaciones. De soldado, sin embargo, Óscar Armando Quijano no tiene nada.

En su juventud, Quijano vivió alguno de los momento más álgidos de la represión militar en su alma máter, la facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador. No habrá sido fácil, para muchos jóvenes como él, resistirse a los pasionismos de la guerra, sobre todo cuando a su lado caían muertos compañeros o se les perdía el rastro a otros desaparecidos. En un viaje hacia una exhumación, en el municipio de Mejicanos, pasamos frente al portón de la Universidad por el que muchas veces entró.

—¡Ja! ¡Hubiera visto, papá! Una vez salimos por ahí como que éramos garrobos, arrastrándonos con la panza, porque caían los morteros y tronaban los cuetes.

“Pero gracias a Dios pude graduarme”, dice el doctor Quijano, y una plaza de médico forense, a finales de los ochentas, los hizo recular hasta Ciudad Barrios, en el oriente del país. Allá, sin profesores, aprendió a la brava a hacerse médico forense.

—?¡En aquellos tiempos no se sabía ni miércoles, cipote! Uno se estrenaba en el día a día. Aprendimos a hacer autopsias a la brava, con las costaladas de guerrinches y soldados que llegaban a la morgue.

En 1993 había tres razones que lo persuadían para regresarse a la capital. Una plaza en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, una nueva plaza en la oficina de Medicina Legal en Santa Tecla y el nacimiento de su primer hijo. Ganó el cupo para la primera, pero decidió quedarse con los muertos, entre otras cosas por el sueldo, pero principalmente porque esa oficina le quedaba cerca de la casa. “Criar un cipote no es chiche, no crea, y ya mi mujer me había advertido que me quería tener cortito”, bromea el doctor Quijano.

Allá por 1995 conoció al odontólogo forense Saúl Quijada. Jugando basquetbol a las salidas del trabajo se hicieron buenos amigos. Sin embargo, no sería sino hasta 11 años más tarde cuando los dos terminarían trabajando juntos.

En el taburete que hay sobre el escritorio del doctor Quijano él siempre cuelga dos carteles hechos a mano: “Ando en una exhumación”, dice uno; “estoy en el laboratorio”, dice el otro. El primer lugar se refiere a cualquier punto en El Salvador; el segundo, al cuarto de los huesos.

***

Ahora Óscar Armando Quijano regresa transformado en el doctor Quijano y se pone a repasar el inventario del día. Camisa de doctor, cuello en V, color celeste. “Este ya estuvo, ahora me toca con este”, y señala a El Pirata, la calavera que parece que se tira carcajadas. “Venga a ver, cipote. A este ya lo tenían bien avanzado”. A El Pirata alguna vez le dispararon en la cara, en el brazo, en una pierna, en la otra, en las costillas. “Premortem. Todos estos pijazos fueron premortem. Por eso le digo que ya lo tenían bien avanzado”, dice el doctor Quijano.

El doctor Saúl Quijada deja de armar el rompecabezas de otra calavera y secunda a su amigo: “Este hoyo que le ve en la tapa del cráneo no es el balazo, sino una trepanación que seguro le hicieron para aliviar una inflamación en el cerebro, a consecuencia del disparo en la cara”.

Pasa el tiempo, y entre las palabras técnicas de los doctores y las bromas del doctor Quijano sobresale un hueso. Es el hueso más hermoso de todos, aunque la naturaleza le dio un lugar poco agraciado.

—¡No, no es el chunchucuyo! El chunchucuyo es esta parte, mire –dice el doctor Quijano, y toca la punta del hueso sacro, una oda a la ingeniería natural, una máscara con ocho orificios ordenados en cuatro pares. Por los orificios, en vida, nadan los nervios. Es un coral de arrecife escondido bajo aguas turbulentas. O quizá la naturaleza es sabia: esconde y cuida lo más hermoso en el lugar menos pensado. Un golpe salvaje a ese hueso es la muerte en silla de ruedas.

—¡Un golpe ahí ni Supermán, papito! –dice el doctor Quijano.

La clase de huesos se interrumpe cuando entra de súbito el fiscal Ramiro Quinteros para pedirles ayuda a ellos, los que saben de huesos, de posibles causas de muerte, de lo último que le pasó en vida a los dueños de esos esqueletos. Él, moreno, barba oscura y desordenada, pelo corto, como el de Trucutú, tiene un caso entre manos y necesita la ayuda del jefe de la Unidad de Antropología.

—Ajá, papá, ¿qué necesita? Hable claro o calle para siempre –le dice Quijano.

El fiscal coloca sobre la mesa unos papeles y enseña las fotografías de unas radiografías. Quijano toma las fotos e intenta verlas en un lector colgado en la pared, pero el lector no se enciende. Raymundo Sánchez llega en su auxilio, y después de golpear con sus dedos las tres lamparitas que hay en el interior del aparato, crea luz.

—La patóloga dijo que la posible causa de la muerte era un proyectil de arma de fuego, pero mi testigo criteriado me dice que le dieron así: con una piocha –dice el fiscal.

—¡Ajá! Pero en estas carambadas se aprecia muy poco, macizo, ¿qué quiere que yo haga? –pregunta Quijano.

—Que me dé un peritaje nuevo –pide el fiscal.

El doctor Quijano se quita los lentes. Observa al fiscal, toma las radiografías, las golpea.

—Vea, papá: ¡No joda! Así no se hacen las cosas. Yo para hacerle un peritaje necesito trabajar con los huesos.

Cuando el doctor Quijano dice “los huesos” se frota las falanges de la mano izquierda.

—¿No me puede hacer el favor? ¡Hágame el cachete! –ruega el fiscal, y le guiña el ojo.

—¡No, macizo! Y me va a disculpar: ¡pero las cosas no son así! ¿Se imagina en el huevo que me meto si yo hago algo así? ¡No´omb´e! ¡Óigame: necesito los huesos! ¡Yo con estas fotos no hago nada! ¡Sería un irresponsable! ¿Adónde están esos huesos? Tráigamelos y luego hablamos.

El fiscal duda, se ríe nervioso.

—¡Híjole! Ahí sí me va a esperar –dice el fiscal– porque ahorita no tengo ni idea de en cuál cementerio lo enterró la familia. Pero vea, si lo encontramos, ¿nos la llevamos a ella para ir a sacarlo? –dice el fiscal, y le levanta las cejas a Monish, la pasante canadiense. Ella, aunque no hable español, pareciera que intuye lo que está pasando y se da la vuelta hacia los huesos que tiene a la espalda. Es como si se quejara con La Muchacha.

El doctor Quijano se le acerca al fiscal y le pone los papeles en el pecho.

—¡No sea bayunco, macizada! Tráigame esos huesos y yo le doy un dictamen.

El fiscal se retira, y el doctor Quijano se desquita con Raymundo Sánchez.

—?¡¿Va’ cre’r lo que quería este?! ¡¿Va’ cre’r, Humildad?!

—?¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ya deje, homb’e!

***

Ahora los 206 huesos del doctor Saúl Quijada salen del cuarto y migran hacia la salida. San Salvador está a punto de conmemorar sus fiestas patronales, y el dueño de esos huesos que se mueven con lentitud, con pasitos cortos, se queja. Frunce el ceño, tuerce el labio superior y con él mueve un bigote fino.

—Este es uno de los problemas que tenemos como país –dice el doctor Saúl Quijada–. Esta mentalidad de pueblo que no se nos quita. ¿¡Cómo se les ocurre permitir que a la par del Centro de Gobierno se instale una feria!? ¡Dígame en qué otro país ocurre eso!

En los arriates y en las aceras, a un lado del complejo judicial, del palacio de justicia, decenas de vendedores ya comienzan a armar sus puestos de feria. Dentro de poco aquí olerá a papitas fritas, churros españoles y enredo de yuca; pero ahora todo es muy pronto. Unos trabajadores han colocado el esqueleto de una Chicago sobre la calle. Cruzamos. Saúl Quijada deja de quejarse. Siguen los pasitos cortos, probablemente porque tiene dañadas ambas rodillas, o probablemente solo sea su manera de andar.

Llegamos a otra oficina gubernamental. Es pequeña, más pequeña que el cuarto de los huesos. “Banco de ADN de Migrantes. Procuraduría de Derechos Humanos”. Saludamos. Una chica cuenta unas calcomanías adornadas con códigos de barras. Es un rollo bastante grueso. En una silla una anciana está llorando que su hijo se fue hacia Estados Unidos y a la fecha no ha vuelto a saber de él. Saúl Quijada entra en otro cuarto y se despide. No saldrá sino hasta dentro de tres horas, después de haber entrevistado a tres familias, unas 15 personas, que han perdido a sus parientes en la frontera norte de Estados Unidos. Les ha preguntado por pequeños detalles, esos que pueden hacer alguna diferencia. El Banco de ADN de Migrantes, en dos años, de entre 500 muestras de familiares de desaparecidos, ha logrado ubicar 28 osamentas. En el último año, en una morgue de Arizona, Estados Unidos, se han congelado 800 osamentas de migrantes centroamericanos que aparecieron muertos en el desierto.

Los doctores Saúl Quijada y Óscar Armando Quijano son testigos de las tres principales desgracias de El Salvador: la violencia de la guerra; que impulsó la marcha de decenas de miles de migrantes; que a su vez derivó en el retorno de los pandilleros como los conocemos hoy; que ahora son una gran razón para huir de nuevo. Es la mariposa de Raymundo Sánchez repitiéndose en un círculo vicioso. Y lo triste es que no todos los que huyen regresan con remesas y encomiendas. Y esa es otra millonada de huesos vivos que no tiene ni idea de por dónde comenzar a buscar a aquellos que se perdieron en el camino hacia Estados Unidos.

***

Ahora Saúl Quijada está de regreso en el cuarto de los huesos, obsesionado con otra calavera. Le da vueltas, la ausculta, le cuenta los dientes, los examina, parece que le habla, pero a él no le gusta ocupar esa figura. Audífonos en los oídos, tararea I was made for loving you, de Kiss.

—¿Cómo estuvo ayer?

—Es cansado. La carga emocional que transmiten los familiares de los desaparecidos es algo fuerte. Si uno no descarga, puede pasarla mal.

Saúl Quijada se descarga haciendo pesas. Intenta hacerlo tres veces a la semana. Por eso el pecho es erguido, los músculos anchos, la pinta de un Pedro Infante. También se distrae en su consultorio dental, al salir del trabajo. Alguna vez, a una pregunta boba (“¿con cuál paciente se siente más cómodo?”), Saúl Quijada contestó: “Con el de aquí. ¡Los vivos mucho se quejan, ja,ja, ja!” Él, a pesar de todo, también puede hacer bromas.

Los fines de semana intenta distraerse atendiendo un negocio familiar: un vivero-café en las afueras de la capital. Ideal para los románticos: un sitio despejado y fresco, apacible, con vista al volcán de San Salvador. Le gusta preparar cafés, pero le gusta más pasar tiempo con su hijo, de nueve años. Una vez, en una actividad del colegio, cuando el niño estaba más pequeño, la maestra habló a Saúl Quijada un tanto extrañada. Los niños habían descrito a sus padres como médicos, ingenieros, abogados, y ella no entendía por qué Saulito insistía en que su papá se dedicaba a cavar hoyos.

—Ja, ja, ja. Cuando le expliqué mi trabajo la maestra dejó de hacerme preguntas.

Saúl Quijada regresa a su rompecabezas.

—¿Qué le dice?

—No, nosotros no hablamos con los huesos, pero eso no significa que ellos no dejen de explicarnos muchas cosas.

—¿Hombre o mujer?

—Mujer. Con los cráneos es más fácil definir el sexo. También con las pelvis. Las pelvis de las mujeres están diseñadas para expandirse, para dar la vida.

—¿Y los cráneos?

—Ellos nos dicen que las mujeres están anatómicamente más adaptadas para la comunicación. El paladar, vea, es más angosto y más profundo, como una caja de resonancia. Tendrá que ver con la evolución: ¿qué hacía el hombre? Se iba de caza, en silencio. ¿Y la mujer? Hacía comunidad, educaba a los hijos, y para todo eso necesitaba comunicar.

Repasamos la idea con el cráneo de El Pirata. “El hombre tiene el macetero más fuerte, más protuberante. Vea las cuencas de los ojos. Más profundas, como binoculares. Con el perdón de las feministas, pero la evolución como que fue machista y fue diseñando a los hombres como cazadores”. Ahora nos pasamos a La Muchacha. “Vea las cuencas del cráneo. Es más rasgada, para que el lóbulo del ojo pueda tener una visión lateral o, como decimos, para ver mejor por el rabillo del ojo. ¿Y usted se preguntará por qué? ¿Ha visto cómo se defienden los pequeños camaleones, girando el ojo 360 grados? A pues, la evolución diseñó a las mujeres a la defensiva, como a las presas”. La Muchacha tiene un golpe en la base del cráneo, que en vida fue la nuca. ¿Habrá visto cuando la atacó su victimario? ¿Habrá gritado un último auxilio?

***

Ahora Raymundo Sánchez y el doctor Saúl Quijada se preparan para una restitución. Se va El Pirata, y La Muchacha se ha acercado lo suficiente para despedirse. Se va la carcajada burlesca de El Pirata. Se van los huesos de un cazador por fin cazado del Barrio 18. A uno que ya lo tenían avanzado, uno que al fin se dejó morir. Le encontraron golpes en las cervicales, a la altura del cuello.

La primera vez que su hermana lo vio en el cuarto, lo reconoció de inmediato. Lo delataron las placas de titanio en la quijada y en el radio izquierdo. Ahora ha venido por él. La acompaña su marido, un simpático hombre bajito, de bigote largo y gorra. Un hombre de habla campechana.

—¡Sí, hombre! ¡Este es mi compadre! ¿Cómo no lo voy a reconocer? Sí, aquí están las señas: ¡ve! Yo no le creía a ella…

El Pirata, entonces, cobra vida en su cuñado.

—Este hombre caminaba así, mire: con la mano izquierda, esa que tiene la placa de metal, así, enjutada, y renco, como subibaja.

El Pirata era un pirata cojo.

—Imagínese cómo terminó mi compadre… Y estaba bicho, 32 años. Imagínese todo lo que le hicieron hasta que lograron matarlo. Yo solo me preguntó cuánto no habrá hecho con otros él.

***

Una semana después de la despedida de El Pirata ha llegado la hora para despedirse de La Muchacha. Los antropólogos forenses han concluido que la vapulearon, le destrozaron algunas costillas, con golpes secos, contusos; le dieron en la quijada, pero probablemente el golpe en la nuca, con un “objeto cortopunzante y cortoconduntente”, fue el que acabó con ella. En castellano eso significa que alguien le introdujo en la nuca, con soberana saña, con precisa violencia, la punta de algo.

—Así ajusticiaban en la guerra… ¿No sabía? –dice el doctor Quijano, y con el cuerpo hace las veces de un verdugo que se para detrás de su víctima que, acurrucada, solo espera que se termine todo con un golpe certero en la nuca.

—¡Zas! –dice el doctor Quijano, al tiempo que hunde una vara imaginaria–. Eso ha de ser terrible.

—Muchos se preguntan por qué hay tanta violencia hoy, y nadie se ha puesto a pensar que solo estamos reproduciendo todo lo que vivimos en el pasado –interrumpe el doctor Quijada, reflexivo. El doctor Quijada es un hombre reflexivo.

Pareciera que fue ayer cuando La Muchacha se evaporó en el caldero, y ahora está seca y tatuada. En todo este proceso, Raymundo Sánchez ha sido un fiel y celoso cuidandero. Nunca ha perdido ningún hueso, pero por precaución a todos les pone un código con plumón negro. “Si algún huesito se cae, ese código nos dice a qué caso pertenece”, dice. Así, todita tatuada, La Muchacha está lista para partir. Ahora Raymundo Sánchez recoge uno por uno todos sus huesos y los introduce en una caja. En unas bolsas embala los vestigios de la que fue su última ropa. Un saco de yute y un lazo que lo cerraba, un pantalón, un cincho, un hilo y un sostén. Dos medias. Dos botas carcomidas. Raymundo Sánchez ahora sale del cuarto con La Muchacha en brazos.

—Para esto es importante este trabajo –dice, convencido, mientras camina–. Si me pregunta a mí, este trabajo sirve más para que las familias encuentren a los suyos que para que los fiscales capturen a los pandilleros. Si allá afuera nos vamos a seguir matando, y cada vez en eso están evolucionando más. ¿Que no ve que ahora están desenterrándolos y los dejan aventados en las calles? ¿Para qué hacen eso? Para que no los vinculen, porque saben que los están delatando.

En el parqueo de la morgue hay un viejecillo que espera a La Muchacha. Pellejos tostados de color café es su padre. Él no quiere ver a su hija así, ningún padre quiere ver a su hija así, pero Raymundo Sánchez se acerca para animarlo.

—Venga, padrecito, le aseguro que esto le va a hacer bien.

El viejecillo trastabilla, pero se deja llevar por la mano de Raymundo Sánchez.

El doctor Quijada y el doctor Quijano le presentan al padre los huesos de su muchacha. Hace unos segundos la han sacado de la caja y la han recostado en un ataúd.

El viejecillo tiembla, y cuando ya no se resiste, estalla.

—Yo vine solo para que nadie viera esto… ¡Viera cuánto nos han ofendido! ¡Cuando nos preguntaban si la habían mutilado, para nosotros era una vergüenza! Pero así como la han puesto se ve completita, gracias a Dios…

Todos callamos. Un instante es una eternidad. El doctor Quijada se lanza confortador. Le toma el hombro al viejecillo, se lo acaricia, le habla al oído.

—Usted ya no haga reparos en esas cosas y sepa que aquí está su hija. Pídale a la gente de la funeraria que selle la caja, para que la gente no haga más comentarios en la vela.

El viejecillo le aprieta el brazo izquierdo al doctor Quijada. Llora todo lo que puede. Por más que se repita, no es lugar común: ningún padre debería ver morir a sus hijos; ningún padre debería enterrarlos así.

—Ahora, usted esté tranquilo, sereno, y transmítale esto a su familia: ahora van a descansar porque saben que ya la encontraron; y ella va a poder descansar en paz, porque ya regresó con ustedes.

El viejecillo se recompone. Inhala. Suspira. Inhala… Luego aprieta todas las manos que se le cruzan y da las gracias. “¡Gracias, doctores!”. Antes de partir, desgraciados, preguntamos el nombre de su hija. Él responde orgulloso. La Muchacha se llamaba Fidelina. Tenía 33 años.

***

Ahora el cuarto de los huesos está sumido en un profundo silencio. La ausencia de La Muchacha ha trastocado todo. Raymundo Sánchez, cabizbajo, prepara remolino su refresco edulcorante. El doctor Quijano da vueltas por el cuarto, mudo, buscando respuestas en los huesos de las nuevas osamentas que hay que examinar. Al no encontrar consuelo huye de ahí. “Va pues, nos vemos”, murmura. “Nos vemos, doc”, alcanza a decirle Raymundo Sánchez. Saúl Quijada está derretido en una de las sillas y ni le responde. Tiene la mirada perdida. 3 p.m. Lo anuncia la mariposa que gira 360 grados. Hay tardes en las que la vida sabe a pura mierda, aunque esa tarde unos desgraciados hayan hecho un poco de bien.

***

Todos estos huesos todavía tienen mucho que contar. Las fiestas patronales de San Salvador ya finalizaron, y la pestilencia que dejó la diversión de la ciudad ya se ha ido con el viento; los charcos de aceite, orines y heces han desaparecido, y el doctor Saúl Quijada se ha quitado esa roncha de la cabeza. Desde la restitución de Fidelina, al cuarto de los huesos han llegado cinco osamentas que aparecieron botadas en cinco puntos de la ciudad, otros cinco parientes han venido buscando huesos, pero los suyos todavía no están aquí; y Raymundo Sánchez y los doctores han hecho dos exhumaciones más. En una de esas, Raymundo Sánchez, el hombre que no le teme a la muerte, entró en feroz batalla con una tumba, ubicada en el centro del cementerio de San Juan Opico, un pueblo alejado media hora de la capital. Íbamos a descabezar a un muerto, a traer la calavera de aquel caso que un fiscal quería que le resolvieran estudiando solo unas fotografías. Fue aquella una batalla épica, de cinco largas horas entre la ubicación de la tumba, la excavación y la resucitación de esos huesos. Y aunque Raymundo Sánchez diga lo contrario, la muerte esa vez parece haberle vencido. Era aquel el cadáver más putrefacto que hayan olido un grupo de cavadores, dos policías, un fiscal y un periodista. Golpeaba como las olas golpean los despeñaderos: unas veces calmas; otras, demasiado fieras. El único que se mantenía estoico, sin mascarillas, supervisando la obra, era el doctor Saúl Quijada. Eso se explica gracias a su esposa, quien ha descubierto que su marido ha perdido la sensibilidad en el olfato. El cadáver estaba envuelto en cinco bolsas plásticas, un año de enterrado, embadurnado de cal. “Un macerado”, dirá Raymundo Sánchez. Era un joven de 13 años que murió a manos de la Mara Salvatrucha. Sabía de un asesinato, creyeron que era un soplón y le mataron. Disfrazado como cazafantasmas, Raymundo Sánchez se aventó al nicho y batalló con la osamenta, que no quería soltar el cráneo. Un millar de moscas le hicieron trampa. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos, siete minutos y Raymundo Sánchez apenas pudo sostenerse de la mano de William Villanueva, un auxiliar forense que se desvive por conseguir una plaza con el equipo de antropólogos. Villanueva, un gordito serio, también tiene dos décadas jalando muertos, y en los últimos meses ha comprobado que reaparecer a los desaparecidos es un trabajo que quizá valga más la pena. Sale de sus turnos nocturnos y en lugar de irse a su casa, con sus hijos, ocupa sus días libres para ayudarle a Raymundo y a los doctores, como esa tarde, en la que sacó a un pálido de una tumba, porque la muerte lo había dejado K.O. Lo tufeó a Raymundo Sánchez. Le costó reincorporarse antes de llegar a 10, para reanudar la batalla, porque al final decidieron que tenían que traerse todo el esqueleto.

—¡Fue la cal! ¡Fue la cal! –dijo media hora más tarde, todavía desencajado, defendiéndose de las preguntas.

De regreso en el cuarto de los huesos, el doctor Óscar Quijano, experto en reconocer detalles, no dudó un instante cuando resumió todo lo que había pasado.

—¡O sea que ese hijuelule estaba sabroso!

***

Ahora partimos junto a Raymundo Sánchez y Saúl Quijada en un viaje en el tiempo. Todo gracias a una casualidad. Ayer una tormenta desnudó la vulnerabilidad del cuarto: cuando llueve recio, el agua se cuela por el techo, y cerca de la puerta que da al patio cae catarata. La inundación mojó las bases de las cajas que hacen de soporte a las mesas de trabajo. Y los ambientes húmedos arruinan los huesos. Seis de las cajas dañadas contienen las osamentas de 17 personas masacradas por el Ejército salvadoreño en El Mozote, hace más de 30 años. Y es ahí donde radica la casualidad.

Resulta que este cuarto de los huesos que conoció La Muchacha no es el primero ni el original. Antes hubo uno que retuvo más de 400 osamentas, la mitad de ellas eran de niños. Y aunque ese ya desapareció para siempre, sobrevive el segundo cuarto de los huesos, que está escondido en el sótano de otro palacio de justicia, ubicado en la ciudad de Santa Tecla, a escasos minutos de la capital. La cuna del EAF. Los huesos que hay ahora en el nuevo laboratorio de antropología forense son contemporáneos a los que hace más de dos décadas se estudiaron en el primer cuarto de los huesos de El Salvador. Y ese primer cuarto, aunque ya no tiene huesos, aún conserva su nombre bautismal.

Llegamos al parqueo del Centro Judicial de Santa Tecla. Raymundo Sánchez y Saúl Quijada desaparecen instantes después de bajarse del carro. Se han perdido, emocionados al reencontrarse con sus viejos amigos. En estos sótanos, oficinas hechizas en el centro de un parqueo, nació hace casi 15 años la unidad de antropología.

—¿Dónde está El Mozote? –preguntamos a un motorista del centro judicial.

—¿El Mozote? Es el cuarto de la esquina. Vaya a ver. Solo toque la puerta.

Entre 1992 y 1993, un grupo de antropólogos argentinos vino a El Salvador para intentar comprobar que una terrible masacre había ocurrido en las montañas del norte de Morazán, al oriente de El Salvador, como denunciaban los familiares de los sobrevivientes, respaldados por Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador. En enero de 1982, una mujer, llamada Rufina Amaya, denunció al mundo que le habían matado a su esposo y a la mayoría de sus hijos unos soldados salvadoreños. Y no solo a ellos, sino a un millar de campesinos en el caserío El Mozote y en otros ocho poblados más. Cuando la denuncia fue publicada en el New York Times y el Washington Post, el Gobierno de El Salvador negó esa masacre, y luego también la negó Estados Unidos, país que había adiestrado a los autores materiales de la misma: al teniente coronel Domingo Monterrosa y los soldados del Batallón de Reacción Inmediata Atlacatl.

Durante toda esa década, el Estado siguió ocultando todo, pero gracias a la presión internacional que levantó la noticia de la apertura del caso, en un juzgado del oriente del país, el órgano de justicia autorizó que se practicaran exhumaciones en El Mozote. Y como no había en esa época antropólogos forenses en El Salvador, se contactó al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que en la década de los ochenta había cobrado fama luego de descubrir algunos de los cementerios clandestinos de la dictadura argentina.

En El Mozote todavía hay gente que recuerda con mucho cariño aquellas exhumaciones. Juan Bautista Márquez es uno de ellos. Él es un anciano ya de pellejo pegado a los huesos que sobrevivió a esa masacre, huyendo de un caserío para refugiarse en otro; huyendo a un tercero, hasta que la masacre terminó –después de siete días– y pudo huir sin tantas prisas hacia los campamentos de refugiados en el vecino Honduras.

—Recuerdo a una de las doctoras que se quebró cuando encontró, en uno de los entierros, el juguetito de un niño cerca de los huesitos de su dueño. Creo que era un caballito de madera. Eso fue duro –dice Juan Bautista Márquez.

En una de las jornadas de excavación, muchos otros recuerdan cómo el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mauricio Gutiérrez Castro, ordenó la suspensión de las exhumaciones porque ya era demasiado tarde, porque no podían seguir toda la vida, porque los sobrevivientes siempre apuntaban a nuevas fosas, en donde aseguraban había muchos más huesos.

Desde las montañas del oriente del país, camionadas de huesos viajaron alrededor de cuatro horas hacia Santa Tecla, hacia un cuarto hechizo en un sótano, a “el nuevo Mozote”, y ahí fueron estudiados por los antropólogos argentinos, en mesas improvisadas en los pasillos que dan al parqueo.

El Mozote es un cuarto oscuro, cuadrado y amplio, y ahora está atiborrado de contenedores fríos. La mayoría ya no sirven, y en su defecto hay un par de refrigeradoras más nuevas. Al final del cuarto hay un pasillo, y al final del pasillo una bodega. Ahí se guardaban las osamentas hasta que fueron estudiadas y más tarde restituidas a sus familiares. En una de las paredes hay un mapa antiquísimo de El Salvador, pero la custodia de El Mozote cree que no data de la época de las osamentas.

El Mozote ahora es el laboratorio de ADN para la región central del país. Sara de Lazo es quien recibe, todos los días, las muestras de sangre de los muertos por accidente, de los que se suicidan y de los asesinados. Pequeña, frágil, solitaria, ella vino aquí cuando a El Mozote ya solo le quedaba el nombre, pero dice conocer muy bien la historia. Le preguntamos qué sabe, y ella habla de todo: de los ancianos, de las ancianas, de las mujeres violadas, de los jóvenes masacrados, de los niños… Se detiene cuando en la cabeza se le cruzan las imágenes de los niños. Los labios comienzan a temblarle; ella pasa sola en ese cuarto, los ojos se le vuelven lágrimas; ella pasa sola en ese cuarto, y nosotros solo sabemos lo que pasó antes, y eso está bien, pero ignoramos lo que pasa ahora. Ella, que apenas y se entera de las historias en el nuevo El Mozote, que a su oídos solo llegan fragmentos de relatos detrás de unas muestras de sangre, que ella después convierte en unos códigos numerales, fríos, sin historia… Hasta ella se quiebra.

—Es importante conocer el pasado, para saber de dónde venimos. Y me alegra que estén conscientes de eso… Ustedes me hablan de El Mozote, quieren que les que diga qué sé de los niños de El Mozote, y lo que sé es lo que he leído, así que mejor le voy a contar de los niños de ahora: ¿Saben cuántos niños y niñas vienen aquí violados, estrangulados, desenterrados, asesinados por aquellos en quienes confiaban? ¿¡Saben cuántos son!? ¿¡Tienen una idea de cuántos son al año!? A veces uno quisiera tener tiempo para sacar esas estadísticas, para hacer una investigación que explique qué nos pasa, pero no se puede. No se puede…

***

Ahora Raymundo Sánchez se divierte en un cuarto contiguo a El Mozote. Está carcajada amplia, degustando un segundo desayuno que le convidó uno de sus amigos reencontrados. “¡Ya voy! ¡Ya voy!”.

El doctor Saúl Quijada también sale al paso. Hace un resumen del nacimiento del EAF salvadoreño: tras las exhumaciones en El Mozote, una recomendación de los argentinos quedó bailando en la mente del desaparecido Juan Matheu Llort, quien por años fuera el director de Medicina Legal de El Salvador. Así que se crearon plazas y se capacitó a los postulantes para que se convirtieran en antropólogos fuera del país, porque en El Salvador a la fecha no hay ninguna carrera de antropología forense. Uno de esos iniciados fue Saúl Quijada. Estudió en Monterrey, México, y en El Salvador se juntó con el doctor Pablo Mena, hasta 2006 jefe del EAF. A finales de los noventa a las oficinas del IML llegaban oenegés que pedían ayuda para desenterrar víctimas de la guerra, amén de que las familias querían reencontrarse con los huesos de sus familiares asesinados. Y entonces Pablo Mena, Saúl Quijada y un tercer doctor más salían mosqueteros en su auxilio.

En el año 2000, a solicitud de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el órgano judicial aprobó una segunda exhumación en El Mozote y los caseríos aledaños, en el oriente del país. Y hasta allá fueron enviados Saúl Quijada y Pablo Mena, para encontrarse por primera vez con el equipo argentino. Con el tiempo se hicieron amigos, y con el tiempo Saúl Quijada fue adoptado por los argentinos. En 2005 incluso se lo llevaron hasta Argentina, para entrenarse junto a ellos.

—Recuerdo que al principio desconfiaban, sospecho que por las experiencias de inicios de los noventa, cuando les interrumpieron el trabajo.

—¿Cómo ganó su confianza?

—Fue fortuito. Ellos nos vieron trabajar, y ocurrió que se interesaron en mi experiencia en odontología forense. Yo tenía la suerte de haberme capacitado en México, y entonces creo que el quiebre fue eso.

Conocer de calaveras, mandíbulas y dientes muertos.

—Una vez, mientras analizaba un cráneo, una de las líderes del equipo, Patricia Bernardi, me observó. Se acercó, me hizo preguntas y me escuchó con atención. Fue como una prueba de fuego, digamos. Cuando terminamos, ella me ofreció un trato: vos nos enseñas de dientes y nosotros te enseñamos de esqueletos, ja, ja, ja.

Un año después de que Saúl Quijada viajara hacia Argentina, el equipo original de antropólogos salvadoreños se deshizo. Pablo Mena se salió de Medicina Legal y recaló como director de un hospital nacional. Otro médico que estaba junto a ellos se cambió a patología, y fue entonces cuando el IML decidió que una de las viejas dirigiera al equipo de antropólogos. La vieja original lo recuerda como un chiste:

—¿Va’ creer? A mí me zamparon en este huevo, y me tuve que venir a trabajar con esta otra vieja. Yo allá estaba bien con mis muertitos, ja, ja, ja –dice el doctor Óscar Quijano.

—¿Se arrepiente?

—¡Para nada, papá!

Desde entonces las viejas son un debate constante: se pican para ver quién termina primero sus peritajes, para ver quién definió mejor la edad aproximada o quién tiene más razón en una probable causa de muerte.

***

En el camino al segundo cuarto de los huesos, el que todavía sobrevive, Raymundo Sánchez y el doctor Quijada nos señalan un pilar del centro judicial. Hay un vehículo funerario parqueado frente al pilar, porque el pilar está a la vista de todo mundo. Está ahumado también el pilar, manchado por una gruesa capa de hollín. Antes de que Raymundo Sánchez creara fuego con un tambo de gas, fósforos y una hornilla, lo hacía a la base de este pilar como lo hicieron alguna vez los cavernícolas. El presupuesto del Órgano Judicial, que durante años se jactó –y se jacta impune– de gastar millares de dólares en ordenanzas de lujo y secretarias con sueldos de diputadas, no tuvo, hasta 2012, una partida para comprarle a este equipo un tambo de gas. Hasta hace un año, las sopas humanas se cocinaban a fuego lento de leña.

***

Ahora estamos en el segundo cuarto de los huesos. Es irrespirable. Ha pasado tanto tiempo cerrado, desde que trasladaron al EAF hacia San Salvador, que la humedad, el encierro y los huesos delatan los hongos que se están apoderando de todo: de las cajas, de los huesos, de esas historias. En el segundo cuarto de los huesos hay, con redundancia necesaria, demasiados huesos. Más de 300 cajas rellenas con huesos, más de 100 bolsas de cartón rellenas con huesos. Desde 1997 hasta mediados de 2012. Llegan hasta el techo las cajas, y en un estante sobresalen una veintena de cráneos. Aquí hasta el doctor Quijada usa mascarilla porque el tufo a moho y hongo de hueso es tan fuerte, y tan peligroso, que también su nariz lo reciente. Si los familiares de todos estos huesos dieran con este cuarto se volverían locos tratando de adivinar cuáles son los suyos.

—Ray, ¿te acordás cuál era la caja del niño? –le pregunta voz de mascarilla el doctor Quijada a Raymundo Sánchez.

En una caja que fue creada para resguardar papel bond están los restos de El Marcianito. Es pequeñito El Marcianito, y Saúl Quijada tuvo que pegarle los huesos del cráneo porque la naturaleza todavía no los había soldado. Está completo El Niño, con todos sus huesitos en versión miniatura. Este niño no fue abortado, este niño no fue aventado a un basurero, este niño apareció cuando alguien abrió una zanja. El Salvador es un cementerio, dijo alguien ya. El niño estaba envuelto en una camisa de niño: azul con verde, marca Bebe Crece.

—Si se dan cuenta, este niño tenía su camisita; y eso explica que alguien lo cuidó. Ahora la gran pregunta es: ¿lo desapareció la mamá o la mamá también desapareció con él, y aún no la hemos encontrado?

—¿Qué edad tenía?

—Este es el desaparecido más pequeño del país.

Tenía entre cinco y ocho meses de nacido.

Antes de salir del segundo cuarto de los huesos, Raymundo Sánchez encuentra una nueva mascota. Alguna vez hurgó por ahí, hasta que quedó hecha huesos. Es la diminuta osamenta de una pequeña rata. Es el animal más raro de la tierra la rata, porque salvo la calavera pegada a la columna, el resto –pura columna, costillas y cola, pero sin patas– es una sola línea larga como el ciempiés.

***

En el viejo cuarto de los huesos ya no hay huesos de El Mozote, pero en el nuevo cuarto de los huesos hay seis cajas que cuentan esa terrible historia. No hace mucho, tres antropólogas canadienses catalogaron a los nuevos huesos de El Mozote. Esos huesos reaparecieron en 2010, un juzgado los requirió un año más tarde, y hasta dos años después vinieron a parar hasta aquí. Muchos de esos huesos guardan la terrible y triste historia de Orlando Márquez, un hombre robusto que cuando joven huyó de la guerra y de El Mozote, porque no quería convertirse en guerrillero y tampoco en militar. Orlando Márquez huyó de Morazán justo un año antes de la masacre, y la última vez que vio con vida a su padre con él le mandó saludos a su madre, a su nana y a sus dos pequeños hermanas. La menor era una bebé que se cargaba en brazos.

Orlando Márquez se enteró de la masacre en la víspera de la navidad de 1981, y cuando se sintió solo en el mundo decidió que nunca más regresaría a su tierra. Sin embargo, una vez terminada la guerra, y sobre todo a finales de la década de los noventas, muchos comenzaron a repoblar El Mozote, y hasta los oídos de Orlando Márquez llegaron las noticias que decían que se estaban adueñando de la tierra de su padre. Fue así que decidió ver qué pasaba, con la angustia de reencontrarse con un pasado doloroso. Desde el año 2000, Orlando Márquez hizo visitas esporádicas a El Mozote, pero en su cabeza ya había borrado la idea de buscar a los suyos. Viajaba para poner cercos que alguien más luego le robaba; y así, hasta que un día se cansó y decidió regresarse a vivir por largas temporadas en El Mozote.

Pero Orlando Márquez tenía familia, y su familia lo extrañaba. Lo extrañaban aún más, sobre todo cuando en 2005, la colonia donde vivían, ya no aguantaba con los gritos que provocaban unos pandilleros. Su esposa, Miriam, alcanza a recordar que a pocas casas de su casa alguien pegaba alaridos, perseguidos por un horrendo silencio. “Un día supimos que habían decapitado a alguien”, recuerda Miriam. Tenía la mala suerte la nueva familia Márquez de haber crecido en Lourdes, Colón, una de los municipios que con el transcurrir del tiempo se convertiría en uno de los más violentos del país. Un territorio en el que la guerra entre las pandillas se volvió –y sigue siendo– peculiarmente violenta y sádica, con cuerpos descuartizados en las calles de las colonias, cabezas jóvenes decapitadas y desfaceladas, máscaras hechas con piel de cara sobre el pavimento, cementerios clandestinos por todas partes: en los maizales, cafetales, cañales, en los patios de las casas. Un territorio en el que una calavera que se llamaría El Pirata sobrevivió muchas muertes antes de caer aniquilada. Huyendo de esa violencia, la esposa y los hijos de Orlando Márquez lo persiguieron hacia El Mozote, el lugar al que hace 30 años había jurado que nunca regresaría. Fue entonces cuando Orlando decidió que la nueva familia Márquez repoblaría también El Mozote, el lugar del que había huido por culpa de una guerra, el lugar al que regresaría para refugiarse de otra.

La familia creció, y para 2010 ya no cabían en un solo cuarto, así que decidieron hacer una nueva edificación. Temía Orlando Márquez encontrarse con su pasado, así que cambió los planos: ya no debajo de un amate porque al escarbar la tierra podían encontrarse con sus padres y hermanas. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que allá donde por fin decidió abrir una zanja brotarían todos sus huesos.

Un año más tarde, Orlando Márquez no sabía qué hacer con todos esos huesos, así que los guardaba en la sala de su antigua casa, en la que toda la familia se sentaba alrededor de un televisor. Toda su familia, incluyendo a sus padres Santos y Agustina; y sus hermanas Edith y Yesenia, todos muertos. Retazos de ropa le decían a Orlando Márquez que aquella era su familia. Unas sandalias que él había mandado para su hermana menor, le decía que los huesos que acompañaban a esas sandalias eran los de su hermana menor. Reconoció a su madre en una dentadura postiza, medio chamuscada. Detalles importantes. En diciembre de 2011, el juzgado de San Francisco Gotera le quitó a su familia, y durante un año volvieron a desaparecer. La antigua familia Márquez no fue enviada al cuarto de los huesos, en calidad de depósito, sino hasta enero de 2013.

***

Ahora nadie está estudiando los huesos de la familia Márquez porque no hay fiscales interesados en su causa. Pero alguien hurga entre los huesos de la vieja familia Márquez y cree reconocer a Agustina y a Santos. Allá en donde aparece una clavícula o un fémur pequeño sospecha que son las niñas Edith y Yesenia. Pero es que son demasiados estos huesos, demasiados, y solo estas seis cajas son suficientes para callarle la boca a todos aquellos que insisten en que en El Mozote no ocurrió lo que ocurrió. En seis cajas hay tres cráneos reventados, pares incompletos de fémures, tibias y peronés; decenas de costillas, una colección de marfil de dientes, pesados como canicas; cientos y cientos de fragmentos de huesos que ya sueltan polvo de hueso, porque el tiempo está acabando con ellos. Es curioso el polvo de hueso: al aspirarlo por accidente evoca al aserrín, y raspa las paredes nasales como una lija. Causa alergia. Es como si tuviera algo que decir. En los huesos de El Mozote hay 1,659 fragmentos de huesos, más 1,221 gramos de hueso fino, a punto de polvo. Llenarían esos gramos tres latones de leche.. No hace mucho, tres pasantes canadienses concluyeron que en estas cajas están los restos no solo de la familia Márquez, sino de otras 12 personas más. Así de grande sigue siendo esa masacre, más de 30 años después.

***

Ahora Raymundo Sánchez brinca de la alegría porque ha descubierto un tesoro. Lo mandaron desde Chalatenango, en la zona norte del país. Debajo de una pila de huesos viejos, huesos de la guerra, hay un uniforme verde militar. Botas, pantalón y camisa. No es el primer uniforme de guerrillero que aquí se encuentra. También está Julio Américo, pantalón negro y camisa verde, todavía restos de plomo en la camisa. También está uno sin nombre, aparecido cerca del lago de Coatepeque, al occidente del país. A este lo ajusticiaron: adentro del cráneo todavía se observan los “improntes de bala”. Son unas manchas verdes, metal oxidado. Pero este nuevo guerrillero es más atractivo, porque en la manga izquierda del uniforme tiene bordada una estampa de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Está perfecto el uniforme, y cuando Óscar Quijano entra al cuarto, se planea una rifa.

—¡Esto es pura historia, Humildad! ¡Ya la hicimos! –grita Quijano, al tiempo que extiende la camisa.

—Esto bien podría ir a parar a un museo, es historia nacional – secunda Quijada, reflexivo.

—Yo he oído que hay gente que paga buen billete por hallazgos así –remata Raymundo Sánchez, frotándose las manos.

—¡Ya estuvo! –sentencia Quijano–. ¡Este bolado lo vamos a rifar! ¿Se apunta cipotón?

Desgraciados todos, nos matamos de la risa.

***

Hace muy poco, mientras este equipo andaba desenterrando huesos, un equipo de arqueólogos encontró cuatro jaguares hechos de barro en las ruinas de Cihuatán, ubicadas en las afueras de la ciudad, en el caluroso municipio de Aguilares. Antes que ellos, otros arqueólogos han encontrado por todo el país otros cientos de piezas arqueológicas a lo largo del último siglo. En 2006, el Centro Nacional de Registros llegó a decir que en todo el país, allá adonde se abra una zanja aparecerán restos arqueológicos. Al paso que vamos, alguien tendrá que advertir a los cazadores de tesoros que hurguen con mascarillas y guantes de látex porque si la tierra ya no aguanta con la época precolombina ni con la época de la guerra, mucho menos lo hará con esta nueva época de huesos frescos.

***

Ahora las lluvias han mermado, y una corriente cálida cuece a San Salvador. En estos últimos días todo ha estado más calmado, y el equipo intenta acelerar los casos que no urgen, para tenerlos archivados, para estar listos por si alguien llega a pedir esos huesos. Son tiempos de laboratorio, y en esos tiempos cada quien anda en lo suyo. Quijada con sus cráneos, Quijano con sus esqueletos, Raymundo Sánchez y William Villanueva coleccionando muelas para que el laboratorio saque muestras de ADN, archivando reportes, ordenando osamentas. En uno de los descansos, entre cuentos de la guerra y bromas, Villanueva y el doctor Quijada bautizaron a una de las mascotas. El cráneo blanco hueso de un perro colmilludo se transformó en un monstruo de color negro, con crestas de color rojo, ojos de víbora y dientes sangrientos. El doctor Quijada revela el nombre que le pusieron a su creación.

—Este equipo es tan bueno que hasta presumimos haber encontrado la calavera del Chupacabras, ja, ja, ja.

Una llamada interrumpe la rutina. Quijada consulta a la mariposa.

—Siempre que llaman al mediodía es porque la Fiscalía quiere una exhumación.

***

A la orilla de una línea férrea creció, infinita, una comunidad marginal, y al inicio de la comunidad, dos familias abandonaron el lugar, y ahí en donde estuvieron sus pequeñas casas ahora es una cancha de futbolito macho, con dos pequeñas porterías de hierro en sus costados. No es larga ni ancha la cancha, a la orilla de la línea del tren.

Raymundo Sánchez descuelga todos sus utensilios en una esquina de la cancha, y saca un GPS para marcar el punto exacto de la excavación. Cuando sale al campo, Raymundo Sánchez nunca se despega unos lentes misión imposible.

La fiscal del caso es una mujer que se ve cansada, hastiada. Para protegerse del sol ha llevado una sombrilla. Suda. Suda mucho. Le cuenta a un policía que ella tiene una hermana gemela, y que alguna vez decidieron estudiar medicina.

—Pero yo al final ya no quise para no estar viendo muertos, y mire en las que ando…

Un hombre en una motocicleta atraviesa sospechoso sobre la línea férrea. Unos policías hacen como que lo detienen y él les muestra sus papeles. Lleva lentes grandes, oscuros, y coloca el casco a un costado de la cancha, cerca de la línea del tren. Los policías le dicen que ya puede irse, él se pone el casco y desanda su camino. A la vuelta de la esquina hay otros policías esperándolo, para retenerlo. Él es el testigo criteriado.

Durante una hora, un hombre cavará un profundo hoyo, con la complicación que provoca dejar intacta una tubería que se le atravesó a medio camino. Y en ese no encontrará nada.

Los investigadores, dos policías jóvenes, le dicen a la fiscal que les dé tiempo para ir de nuevo por el testigo, para sacar esos cuerpos de ahí. La fiscal se impacienta, les da tiempo, pero les instruye que no se tarden más de lo debido.

Media hora más tarde regresan los dos investigadores, seguidos de un tercer policía, todos encapuchados. El tercer policía es bastante delgado, como el hombre de la moto. Se mete en la cancha de fútbol y con la punta del zapato restriega la arena allá donde cree recordar que enterraron a las víctimas. Dos cuerpos, dos jóvenes. Luego se dirige hacia una de las metas, y en la esquina de la cancha restriega de nuevo la planta del zapato. “Ahí hay otro cuerpo”, murmura. Ese es de otro caso.

Ya es mediodía, el sol arde, los detectives se impacientan, todos queremos terminar rápido esto. Los niños de la comunidad han salido de la escuela, observan curiosos la escena; les están jodiendo su canchita; jóvenes se atraviesan en bicicletas, una mujer en faldas observa todo con detalle. “Esa es la mujer de uno de los palabreros”, le susurra el testigo a un investigador, y entonces deciden sacarlo de ahí.

Dos horas más tarde, casi dos metros más hondo, y la tierra no escupe nada. Los investigadores blasfeman, se quejan, dicen que ¡no puede ser!, si ellos saben que ese es un cementerio clandestino, ubicado a las narices de los vecinos que entran a esa comunidad infinita, ubicado bajo la canchita en la que juegan todos los niños. Los investigadores piden auxilio a los forenses, y el doctor Quijada le ofrece una salida a la fiscal:

—Paremos aquí –le dice– Y vengamos mañana con más apoyo de la alcaldía para seguir cavando, podemos hacer una zanja en…

La fiscal lo interrumpe, ni lo deja terminar.

—No. Yo creo que ya no. Si ya dos veces el testigo se equivocó, la información no es tan fiable que digamos.

Los investigadores le ruegan. Ella hace que llama a su jefe.

—¡No! Se acabó. ¡Nos vamos! Van a disculpar por la molestia –le dice al doctor Quijada.

La comitiva se sale de la comunidad, y los investigadores vienen maldiciendo desde detrás de los pasamontañas. “¡Como no es ella la que se arriesga!”, dicen. “Cómo que no supiera que el año pasado solo de ahí sacamos tres cuerpos”, dicen. “No sé cuál es la urgencia, si a su oficina a aplastarse va nomás”, dicen. “Ya mañana esos cuerpos ya no van a estar ahí”, lamentan. La comitiva se detiene en la salida de la comunidad, los investigadores corren al otro lado de la calle. Ahí hay una sorpresa. A menos de 15 metros de la canchita está la subdelegación policial de Ciudad Delgado, un edificio de dos plantas incapaz de hacer algo contra el cementerio clandestino que tiene frente a sus narices.

***

Ahora escuchamos la última llamada en el cuarto de los huesos. El doctor Saúl Quijada se le adelanta a Raymundo Sánchez.

—¿Qué caso me dice?

—…

—Permítame… ¡Ray! ¿Sabes si había un caso de restitución para hoy? ¿Cuál es?

Raymundo Sánchez busca en los archivos, encuentra por el que preguntan, ubica la caja, está al fondo del rimero de cajas que hay en una esquina. Amenazan avalancha los huesos. “Es el 48”. Son pocos huesos en la caja: un fémur, un par de vértebras, unas pocas costillas. El doctor Quijada le habla al teléfono.

—Mire, me va a disculpar con lo que le voy a decir, pero nosotros siempre procuramos decirle a los familiares que cuando hay pocos restos piensen ahorrarse el dinero de un ataúd grande…

—…

—Sí, son poquitos huesos. Con que consiga un ataúd pequeño, de esos para niños…

—…

—Está bien. No hay ningún problema. Es su decisión y nosotros la respetamos. Espero que no haya tomado a mal la sugerencia.

***

Llueve el cielo como si quisiera dejar caer toda su furia en una sola vomitada. El Muchacho entra a la morgue, donde lo esperan los doctores Quijano, Quijada, y los auxiliares Raymundo Sánchez y William Villanueva. Llega empapado.

Inicia el acto de restitución, y El Muchacho es como si estuviera ausente, como que no entendiera nada de lo que está ocurriendo ahí. Los doctores le explican que esos huesos son los de su pariente, que ve uno de los huesos cortados, porque de ahí se sacó el ADN que hizo match…

—¿A usted le tomaron la muestra? –pregunta el doctor Quijada.

—Sí, yo di mi sangre –dice El Muchacho, que sigue serio, desinteresado. Es como si entre esos huesos y él no existiera nada. Ni un vínculo. Nada. ¡Nada!

Y entonces Raymundo Sánchez comienza a sacar los huesos, uno por uno, y los coloca en un ataúd para adultos, pero al muchacho ese gran vacío sigue sin decirle nada. Un fémur, una vértebra, una costilla… En el ataúd hay un rompecabezas al que le falta un 90 % de sus partes. Raymundo Sánchez saca otro hueso, largo, blanco, y es hasta entonces cuando El Muchacho deja de estar muerto, reacciona, menea las piernas, que están paradas, desesperadas.

—¡Momento! –dice El Muchacho–. Déjeme ver eso…

A ese último hueso se le ha enrollado una pulserita, sencilla, de hilos entrelazados, con líneas azules, celestes y moradas.

—¿Puedo quedarme con esto? –pregunta El Muchacho, pero en realidad la pregunta es un ruego, que antes de pronunciarlo ya le ha partido la voz.

Agarra la pulsera, la observa en la palma de su mano, y es entonces cuando sus huesos le llaman, para despedirse, para decirle que ahora ya pueden descansar en paz. Ambos. El Muchacho aprieta la pulsera, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas, hasta que desde el corazón le sale un grito seco, uno que le cauteriza el alma, y eso le duele, y sin embargo, por curioso que parezca, ese instante es mil recuerdos, la mariposa de Raymundo Sánchez girando en dirección contraria a millón por segundo, el ardor en el pecho es un reencuentro que después de cauterizar, reconforta. Reconforta. Reconforta…

—¡¡¡Mi hermano!!! –grita El Muchacho, y ahora aprieta la pulsera contra su pecho. Por fin su hermano de toda la vida ha reaparecido, su hermano mayor, su único hermano en este mundo desgraciado.

Park City, Estados Unidos. Enero de 2011

Empezaré por el final. A la puerta de una casa de madera en la noche del Deer Valley, en el estado norteamericano de Utah, hay dos tipos fumando unos Marlboro. La llanura a sus pies está cubierta por un manto de nieve y las estrellas y la luna proyectan su luz helada sobre el sitio de montañas altísimas. El flaco y bajo que hace preguntas y ofrece sus cigarrillos comprados en el dutyfree del aeropuerto de Barcelona soy yo. El otro, más corpulento, más silencioso y con el pelo rapado, se llama Fredy Peccerelli y su trabajo es desenterrar esqueletos. Huesos de muertos torturados, asesinados y desaparecidos.

Fredy es el jefe de los antropólogos forenses de Guatemala y uno de los protagonistas de Granito, un documental sobre el genocidio maya que se ha estrenado por la mañana en el festival de cine de Sundance y en el que he trabajado como asistente de montaje durante nueves meses. En el Temple Theatre, el público se ha puesto en pie para aplaudir a Pamela Yates, Peter Kinoy y Paco de Onís, el triunvirato creador, y el resto del equipo en las butacas ha sucumbido a una sobredosis de adrenalina. Ahora toca celebrarlo, pero antes le confieso a Fredy, en este momento de intimidad, ese síndrome tan extraño que se da en la sala de montaje: el de sentirse un espía que conoce al detalle a los protagonistas sin que éstos lo sepan, que convive con su voz y sus gestos, con sus vidas desplegadas en una pista de vídeo y dos de audio en un cuarto oscuro de Nueva York. Fredy asiente y sonríe y le da otra calada al cigarrillo.

Le pregunto por Clyde Snow, el antropólogo forense norteamericano, el gran pionero que ayudó a formar los equipos nacionales de Argentina y Guatemala. “Clyde es una persona fascinante. Se podría hacer una película sobre él, no un documental, sino una película, una trilogía como la de Bourne”. Fredy me cuenta que ha estado una docena de veces con Clyde Snow y que cada una es como un regalo. “Recuerdo una noche en Antigua con él y el escritor Michael Ondaatje viendo los Oscar en un bar cuando El paciente inglés –la película inspirada en la novela de Ondaatje- se llevó casi todos los premios. Clyde nos había reunido porque Ondaatje se había refugiado en Antigua para escribir un libro sobre antropólogos forenses [El fantasma de Anil]. De hecho, creo que uno de los personajes está inspirado en mí”.

Fredy me deja solo afuera en el frío, pensando, tocando las fascinantes estalactitas de hielo que cuelgan del porche, mientras los habitantes de Casa Granito se preparan para darle un repaso a la noche de Main Street, la calle principal de Park City, un pueblito lleno de esquiadores donde a Robert Redford se le ocurrió inaugurar el festival de Sundance en 1984. ¿Y qué es lo que pienso afuera? Le doy vueltas a cómo he llegado yo aquí.

Albarracín, España. Octubre de 2005

Creo que todo empezó en Albarracín, en el seminario de fotoperiodismo organizado por el fotógrafo Gervasio Sánchez. Hice el viaje solo desde Barcelona con la furgoneta Volkswagen de mis padres y de camino paré en Belchite. Guillermo del Toro estaba filmando El laberinto del fauno y el lugar tenía un aspecto más irreal -con los camiones y los figurantes marchando por entre las ruinas- de lo que ya de por sí es un pueblo arrasado por las bombas hace setenta años.

En Albarracín, planté mi casa con ruedas en el camping y me fui a dormir con Homenaje a Cataluña de George Orwell y los mapas de la Batalla del Ebro, donde mi abuelo me dijo una vez que luchó, aunque a mí nunca me cuadraran las fechas. Durante aquellos días descubrí a la generación impresionante de jóvenes fotógrafos que se venía encima -todavía hoy clandestina, como es ley en España- y conocí a Luis de Vega, por entonces corresponsal del ABC en Marruecos, y a Miquel Dewever-Plana, un fotógrafo franco-español que había pasado mucho tiempo en Guatemala y que tiene un libro maravilloso y terrible llamado La verdad bajo tierra.

No podía saberlo, pero Miquel y Luis iban a ser muy importantes para mí. Una tarde de primavera del año siguiente, Luis de Vega nos abrió de par en par las puertas de su casa en Rabat a Ángela y a mí y nos ayudó a encontrar a familiares de islamistas encarcelados en Marruecos para un reportaje que queríamos hacer. En enero de 2007, Miquel respondió a un e-mail que le envié desde San José de Costa Rica, donde yo estaba haciendo unas prácticas en el diario La Nación, y nos dio los contactos necesarios para irnos a Guatemala a hacer otro trabajo sobre el genocidio contra la población maya. Aunque ya había hecho algunos reportajes antes, tengo la sensación de que ellos me dieron la alternativa.

Panajachel, Guatemala. Febrero de 2007

La siguiente escena sucede en Panajachel, a orillas del lago Atitlán, Guatemala. Ángela y yo estamos en un locutorio, repartiéndonos las llamadas a los contactos que Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), la organización de desaparecidos más importante de Guatemala, nos había dado de algunos supervivientes en el triángulo Ixil. En el área montañosa delimitada por los municipios de San Juan Cotzal, Chajul y Nebaj, el ejército guatemalteco practicó con más saña su política de tierra arrasada. Por la noche, Ángela regateó durante una media hora el alquiler de una furgoneta y un conductor que supiera llegar hasta allí. Lo único que recuerdo del precio es que pagamos más dinero del que teníamos.

De madrugada, bordeando el Atitlán en una Nissan Vanette conducida por nuestro avaricioso guía, pusimos rumbo hacia las montañas del Quiché. Este es el párrafo de contexto sobre el conflicto que escribí en el reportaje publicado el 1 de abril de 2007 en el dominical Proa del diario costarricense La Nación:

“Tras casi dos décadas de guerra civil entre el Estado guatemalteco y las guerrillas, agrupadas en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), llegó lo peor. Con la intención de eliminar el apoyo popular que los insurgentes recibían en las zonas más pobres del país, los sucesivos dictadores Kjell Laugerud (1974-1978), Romeo Lucas García (1978- 1982), fallecido el año pasado en Venezuela; Efraín Ríos Montt (1982-1983) y Humberto Mejía Víctores (1983-1986) decidieron “barrer el mapa” desde la capital hasta la frontera norte con México. Solo en los dos años de poder de Ríos Montt, el más esmerado en esta política de “tierras arrasadas”, el resultado fue brutal: 448 aldeas fueron borradas de la faz de la tierra dejando decenas de miles de asesinados y desaparecidos, según un informe de Naciones Unidas.

Las casas, los animales de granja y los cultivos fueron destruidos, los sobrevivientes huyeron a zonas selváticas y muchos murieron en el éxodo interno. Las víctimas fueron, principalmente, los indígenas mayas, más del 40% del total de guatemaltecos en la actualidad.

La política del ejército era clara: había que “matar a los indios”, como dijo en su día un portavoz de Ríos Montt. Los intereses terratenientes en las áreas donde vivían también estuvieron detrás del genocidio, para el que el ejército se sirvió de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), grupos paramilitares formados por ciudadanos corrientes”.

Pasado Huehuetenango -recuerdo un bonito arco de piedra cerca del mercado- y después de un buen rato entre la niebla, llegamos al pueblo de Chupol. Allí entrevistamos a Diego Ventura, un hombre de unos 45 años, con una gorra del Chelsea, que fue torturado durante quince días por negarse a matar a nadie en sus rondas obligadas con las PAC. En Uspantán, la región que vio nacer a la Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, conocimos a Dionisio Camajá, uno de los primeros en sacudir el tema de las matanzas y la impunidad, permanente amenazado de muerte y en guardia.

Estábamos acercándonos al triángulo Ixil y los testimonios y hasta el paisaje mismo parecían crecer y envolvernos hasta reclamar toda nuestra atención y energía. Llegamos a Nebaj para pasar la noche, con su preciosa iglesia encalada y una tranquilidad maldita que sólo se encuentra en los lugares donde han pasado cosas innombrables. Bebimos cerveza en un hostal para mochileros con anuncios de excursiones a caballo y descensos en kayak por el río. A la mañana siguiente teníamos una entrevista con un grupo de supervivientes en Cotzal.

Así es como arranqué el reportaje de Proa:

“En algún punto, dentro de la niebla que se va tragando la sierra de los Cuchumatanes, en el departamento guatemalteco del Quiché, tres mujeres y un hombre esperan para contar su historia una vez más.

Sin su memoria, la de los que se quedaron acá, del lado de los vivos, sería imposible saber qué les sucedió a sus vecinos, amigos y familiares: los muertos del genocidio más grande que haya visto el continente americano en su historia reciente.

Tras un tímido intercambio de saludos, una pequeña sala al lado de la carretera, con apenas una mesa y cinco sillas sobre el piso de concreto, sirve de escenario para invocar el abismo que guardan en su recuerdo.

‘Tenía 11 años cuando se murió mi papá. Decían que era guerrillero, lo agarraron, le regaron encima un galón de gasolina y le metieron fuego. ¡Cómo brincaba del puro dolor!’, cuenta Antonieta López, de 27 años.

‘Es dura la vida de ser víctima. Siete años estuvimos en la montaña, sin ropa, sin nada. Igual que un animalito escondido, así estábamos nosotros’, añade esta joven que es la tesorera de la asociación de mujeres en el barrio Los Ángeles, del municipio de San Juan Cotzal”.

Ahora, pasados cuatro años, sé que todo lo que escribí es cierto, pero que la verdad, de alguna forma, se quedó allí. Habría que apropiarse de la luz de la sala, del polvo en el suelo, de los silencios y las miradas y hasta de las montañas por donde un día se escaparon del ejército para acariciar la verdad de su historia. En aquel cuarto también estaban Feliciana de la Cruz, Juana Sánchez y Tomás Tomacruz, sentados en sillas de plástico, también con sus miradas y sus silencios y todo lo demás que es imposible expresar aunque escriba “tortura” o “tiro en la cabeza”.

En Ciudad de Guatemala visitamos a Mario Polanco, director del Grupo de Apoyo Mutuo y casado con la congresista y fundadora del grupo Nineth Montenegro. Al primer marido de Nineth, Fernando García, lo detuvo la policía guatemalteca el 18 de febrero de 1984. Luego lo desapareció (como a otras 45.000 personas) y aunque hay documentos sobre su caso en el Archivo General de la Policía Nacional –encontrado por casualidad en 2005 en un almacén abandonado de la capital-, nada se sabe todavía de su paradero. El día del estreno de Granito, Alejandra García, la única hija de Nineth y Fernando y también protagonista del documental, estaba en la cocina de nuestra casa en Park City. Había llegado la noche anterior desde Guatemala y era la primera vez que la veía en persona. Me ahorré la explicación del síndrome del montador. Pensé en lo que Mario Polanco me dijo aquel día de 2007: “Es como una encuesta. Te sientan en una camilla y el torturador es el encuestador y te pregunta. Solo que el encuestado nunca jamás regresa”.

En otra de las entrevistas en Ciudad de Guatemala conocimos a Feliciana Macario, de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua). No creo en las casualidades, pero en la mesa de montaje de Skylight Pictures en Nueva York me reencontré con ella. Feliciana fue una de las testigos de la querella por genocidio que Rigoberta Menchú presentó en 1999 en la Audiencia Nacional española y aparece en el documental en la parte en la que se cuenta ese proceso.

La visita más impresionante fue a la sede de la Fundación de Antropólogos Forenses de Guatemala (FAFG), un chalé en la zona 3 de la capital. No conocimos a Fredy (¿quién me iba a decir que lo concería algún día?) y la entrevista fue con José Suasnavar, subdirector de la organización. En la pantalla de Nueva York vería muchas veces los laboratorios, la máquina de ADN, los esqueletos tendidos y ensamblados como piezas de un puzzle, pero en aquella mañana en Ciudad de Guatemala lo que se me quedó grabado fueron las cajas de cartón en los pasillos, los osarios en el jardín listos para guardar los huesos de alguien que, por fin, abandonaría el limbo de los desaparecidos.

Nueva York, Estados Unidos. Abril, 2010

Llovía. En el cruce de la calle 42 con la Novena Avenida, lo único que queda del Hell’s Kitchen de las películas es la suciedad, los borrachos a las puertas de la estación de autobuses y el desamparo. Fumé un cigarrillo para hacer tiempo, resguardado bajo el toldo de un pizzería de porciones a un dólar y luego subí al piso 24 del rascacielos. Peter Kinoy, el montador de Granito, me estaba esperando en la oficina de Skylight Pictures. Un profesor de la universidad me había puesto en contacto con él y Peter, con un gesto que sería familiar muy pronto, me recibió con la cabeza ladeada y una sonrisa de sabio. Me senté en un sofá detrás de su mesa de montaje y durante unos minutos hablamos sobre mi vida en Nueva York, los estudios, mis conocimientos de montaje. Le hablé de mis días en Guatemala, de las entrevistas con los supervivientes y la visita a los antropólogos forenses. Peter respondía con más sonrisas o con un “muy bien” o un “excelente”. Me explicó el proyecto, el momento de la producción en el que estaban y lo que quedaba por delante. Le dije que me encantaría trabajar con él y se quedó pensando un segundo. “¿Puedes estar aquí mañana a las 10?”.

Al día siguiente conocí a Pamela Yates, la directora de Granito. Pamela había estado en Guatemala en 1982, siendo apenas una veinteañera, para filmar Cuando las montañas tiemblan, un documental sobre la guerra entre ejército y guerrillas y el genocidio encubierto contra la población maya. En el 2005, la abogada española Almudena Bernabéu, representante de las víctimas en el caso por genocidio en la Audiencia Nacional, contactó con Pamela después de ver Cuando las montañas tiemblan para saber si en el material descartado en el montaje de hacía más de veinte años pudiera haber pruebas útiles para el caso. Las había, entre ellas, Ríos Montt reconociendo en una entrevista su control absoluto sobre el ejército. En ese momento nació Granito, un viaje al pasado del primer documental, de su importancia en el presente y de los valientes, cada uno aportando su granito de arena, que siguen luchando por acabar con la impunidad en Guatemala. Pamela fue llamada a declarar como testigo por el juez Santiago Pedraz, pero esa historia está mejor explicada en Granito.

En mis primeros días de trabajo con Peter me tocó transcribir entrevistas. A veces pasaba cuatro horas seguidas tecleando lo que oía en la pantalla, como hipnotizado. Él lo necesitaba para hacer una primera edición del material y para mí era la mejor manera de conocer todo lo que habían filmado en Guatemala y Madrid en los tres años anteriores. De vez en cuando paraba y me quedaba embobado con la vista desde la ventana de nuestro piso 24. A la izquierda el Empire State y el edificio del New York Times, a la derecha el Hudson con Nueva Jersey al fondo, en medio, la muralla de rascacielos del Midtown y, sólo intuida, la lengua de asfalto y cristal y más edificios del Lower Manhattan donde una vez estuvieron las Gemelas.

A las seis de la tarde, cuando me metía en el metro para volver a casa, todas las palabras viajaban conmigo. Las declaraciones de los testigos en Madrid, los detalles de las matanzas, los gestos. No fue fácil, pero acabé acostumbrándome. Un difuso sentido de la responsabilidad me hacía encarar el trabajo de notario del horror con ánimo.

cabo de un tiempo conocí a Paco de Onís, el tercer pilar de la productora, más encargado de la parte de financiación, excelente cocinero y siempre simpático con su español influido por mil lugares. Una mañana en la que acompañé a Pamela a hacer unos recados, me contó que el abuelo de Paco, Federico de Onís, fue el fundador del departamento de español de la universidad de Columbia y la persona que invitó a Federico García Lorca a venir Nueva York. El tatarabuelo, por su parte, había firmado en 1819 el acuerdo de venta de La Florida a Estados Unidos, conocido como Tratado Adams-Onís.

Peter se convirtió en todo un maestro y un amigo (me llevó de vacaciones en verano con su familia) y yo me gané cierta fama a la hora de sincronizar el sonido y la imagen de los descartes de Cuando las montañas tiemblan. La oficina estaba inundada de cajas y cajas de cintas de audio y sobre mi mesa un reproductor Nagra de cuatro kilos de peso, toda una reliquia que me sirvió para encontrar verdaderas joyas que se colaron en el montaje final de Granito.

En noviembre, cuando sólo faltaba un mes para acabar el documental, Peter me llamó para decirme que lo habían seleccionado en Sundance. Le dije que no faltaría por nada del mundo.

Park City, Estados Unidos. Enero, 2011

Son las 11 de la mañana y estoy en un cine a oscuras en Park City. El logotipo de Skylight Pictures ilumina la pantalla y una banda sonora de piano se avanza a las primeras imágenes de Granito.

Pamela acciona un viejo proyector de cine y su voz dice “A veces, una historia contada hace mucho tiempo, vuelve de nuevo al presente”. En la fila de delante están sentados Fredy y Alejandra, a mi lado Peter y su mujer Mary. No puedo evitar la tentación de espiar las reacciones de Fredy y Alejandra durante la película. Para los que sabemos quienes son, su presencia carga la sala de una energía extraña.

Se acaba el documental, la pantalla se funde a negro y el público se pone de pie para aplaudir. Algunos se secan las lágrimas. Alejandra y Fredy acompañan a Peter, Pamela y Paco en la sesión de preguntas. Yo salgo afuera a vender copias de Cuando las montañas tiemblan, “la precuela de Granito”, como se anuncia en la tapa. Por la noche, antes de irnos a celebrarlo por Main Street, antes de que le cuente a Alejandra que conocí a Mario Polanco en Guatemala, le preguntaré a Fredy si quiere un cigarrillo y saldremos a fumar al porche y entonces le diré que, antes de conocerle, ya le conocía.

Los afganos aman las flores, a pesar de que no tienen agua para regarlas. Si un muyahidín -uno de esos guerreros musulmanes que pelearon contra los soviéticos y los talibán- va a una casa de fotografía para retratarse, tiende a posar con un buqué de flores de plástico, y tras él suele haber un telón de fondo pintado con campos de flores. Cuando en 2001 volví a Afganistán y vi al mulá Naquib, un sacerdote musulmán, recuerdo sobre todo un jardín de flores en medio de un terral dentro de su casa. Su guardaespaldas, un hombre rudo, vestido de negro y tostado por el sol, me llamaba para que las admirara y esperaba mi grata reacción ante cada una. Me llevaba de flor en flor, entre rosales, narcisos y dalias. Después entré en la casa a conversar con el mulá Naquib, y al rato uno de sus secuaces apareció con un cofre de plata atado con una cinta, como esos lazos con que las niñas se sujetan el cabello. En su interior había unos narcisos, esas flores blancas y delicadas que tienen el corazón amarillo. Naquib las recogió con una cara de felicidad, las olió y me las pasó como su invitado de honor. También las olí y de inmediato nos pusimos a conversar sobre las flores.

No tenía una explicación sobre esta afición masculina por las flores en una sociedad tan ruda como la afgana. Hay en este país un romanticismo que no es nada conocido en Occidente, que atraviesa toda su cultura y trasciende las barreras de los sexos, nuestro entendimiento de qué es lo que le debe gustar a un hombre y qué le debería gustar a una mujer. Hay una especie de ambisexualidad en la cultura afgana: bastante de su música y de su poesía se trata de aclamar la belleza de la naturaleza, de montañas y ríos, de evocar el esplendor de tiempos pasados. Existe además un gran ritual en los saludos cotidianos: el huésped se pasa minutos devolviendo saludos de bienvenida en los que se pregunta sobre la familia, el viaje, la salud, y uno siempre dice bien, bien, bien. Se acostumbra a llegar lentamente a lo que es el tema del encuentro. Antes deben llegar el té con un platito de nueces o caramelos o pasas traídos del mercado o del huerto del anfitrión. Esa es la hospitalidad afgana de rigor. Las flores sólo aparecen cuando están de temporada, y en estas ceremonias de visitas son tratadas como la llegada a una fiesta de cumpleaños de una orquesta sorpresa.

Los afganos son muy sexys

Hay un chiste perverso en Afganistán: dicen que cuando los cuervos sobrevuelan Kandahar se cubren el trasero con un ala, por si acaso. Los afganos de otras regiones bromean de este modo sobre el alto índice de pederastia que existe entre los hombres pastún -la tribu mayoritaria de Afganistán, sobre todo del este y el sur del país, de donde provenían la mayoría de los talibán. Aunque sea mal vista, la pederastia sucede con frecuencia. Una de las primeras maniobras populistas de los talibán fue castigar a los comandantes muyahidines acusados de violación o de pederastia. A los homosexuales los mataban del modo más cruel: les mandaban tanques o aplanadoras que los enterraban bajo paredes de barro. La pederastia fue una preocupación del mulá Omar, el jefe de los talibán, quien decretó que sus comandantes no podían tener jóvenes lampiños en sus huestes.

No sólo sucede con los pastún: en general los afganos están más cercanos a la ambisexualidad que los occidentales. Tienen afición por los niños púberes, una tradición que recibe el nombre de ashna. Algunos de ellos son los verdaderos objetos de deseo por parte de hombres maduros. Uno de mis intérpretes en el norte de Afganistán me explicó cómo funcionaba. Parte de esta tradición viene de la separación de los sexos: los hombres no se pueden relacionar fácilmente con las mujeres (se supone que las esposas no deben ser vistas), y, además, el que se considera heterosexual sólo puede casarse si paga una dote obligatoria, una que impide que un hombre joven pueda casarse, sobre todo en tiempos de guerra, porque no se puede trabajar y ahorrar dinero. Así la separación de los sexos dura más tiempo, y las amistades entre los hombres se vuelven muy cercanas. Hay una especie de homoerotismo en la sociedad, y estas conductas pueden ser muy confusas para un occidental. Los hombres se bañan juntos en los baños públicos de vapor, y tienen ciertos modales que los occidentales veríamos como afeminados: se besan entre amigos al encontrarse, se dan unos abrazos de cuerpo entero, y no es nada raro ver a hombres afganos caminando por la calle de la mano.

Los jóvenes suelen enamorarse del chico más bello del barrio, por lo general un menor, y es una tradición tratar de seducirlo. Uno de mis intérpretes había aprendido inglés sólo para impresionar a un chico que había llegado a la ciudad, y ambos terminaron juntos. Era su ashna. El que era mi intérprete, el seductor, no se consideraba homosexual. Lo contaba con toda naturalidad y hasta con cierta ensoñación, y hablaba tanto de la belleza del hombre como de la mujer. Un día, cuando estábamos ya en Kabul, llegó un fotógrafo de Francia a cubrir la guerra. Era muy atractivo, y los hombres afganos que lo veían se morían por él. Es más, mi intérprete bromeaba que estaba enamorado de él. Pero había algo de verdad en su declaración: se lo quedaba mirando, jugaba con su cabello, y todas las conversaciones giraban en torno a que lo seguiría hasta el fin del mundo. El francés sólo intentaba ser tolerante.

Si un extranjero llegaba a un campamento muyahidín, tenían la costumbre de agarrarle los testículos. Me sucedió una sola vez, en un campo de batalla al norte de Afganistán, en las afueras de Kunduz. Un muyahidín vino a saludarme, me pidió un cigarro, y detrás de él vino un hombre, un típico guerrero, y me agarró los testículos. El resto de los muyahidines se reían. Lo perseguí y lo pateé dos veces, pero él sacó su ametralladora para amenazarme. Hubo unos segundos de tensión, en que yo le increpé y de pronto se fue. Los muyahidines testigos excusaron su comportamiento diciendo que él había crecido en la guerra, que nada podían hacer. Me quedé muy furioso y lo quise denunciar con su comandante, pero él no estaba en el campamento. Sin embargo, para los afganos hay una diferencia entre estas costumbres, y lo que es un hombre homosexual de toda la vida.

Vi muy pocos rostros de mujeres durante los meses que estuve en Afganistán. Ellas usan burkas, esas rigurosas envolturas de pies a cabeza que fueron obligatorias para el Talibán. Nunca ves mujeres cuando entras en esas casas-fortalezas de un hombre afgano. Se sabe casi nada de su vida sexual matrimonial, pero los hombres hablan de sexo todo el tiempo y tienen una gran curiosidad de cómo se hace en Occidente. Una noche en un hotel de Kandahar -sin energía eléctrica, pero con generadores y televisión satelital- todos los hombres se quedaron la noche entera viendo por la TV porno duro alemán. Hay que imaginar entonces las nociones que tienen de nuestra sexualidad y de la mujer occidental. No sabían nada sobre las caricias ni las zonas erógenas, y al sexo oral lo ven como una conducta rarísima, primitiva y sucia. La idea general del sexo, según la entendí, es que la mujer con la que se casan es sólo para procrear. Hay una parte de la sociedad afgana, sobre todo en Kabul, con algunas costumbres occidentales, y que sí entiende lo de dar placer a la mujer, incluso lo de ver el cuerpo desnudo de la mujer. Pero da la impresión que, al menos para la gente rural, no existe el placer sexual en la vida matrimonial. Parece estar reservado para los ashnas.

Una vez vi un ashna en Kandahar: era un niño de unos doce o trece años, quien parecía una niña lindísima. Era muy provocadora y sexualizada. Tenía la delicadeza de uno de esos chicos que se eligen para cantar en los coros, y estaba sentado como una niña, sobre las piernas dobladas. No era ni lo uno ni lo otro, sino un ser sexual, y estaba allí para ser admirado. Era tan extraño y paradójico, como un buqué de flores muy sensual. Y estaba con el mulá Naquib. Nunca pregunté a nadie si era su amante, su ashna. El niño no tenía ningún rol aparente, salvo el de estar a su lado. Era casi como una Barbie, pestañeaba coquetamente y hablaba en falsete. El mulá Naquib era un padre de familia con hijos de todas las edades a su alrededor. No lo haría, creo, frente a sus hijos, pero quién sabe. Nunca se lo pregunté.

Los afganos son fotogénicos

Llegué a Kandahar en 2001, cuando los talibán habían huido de ella. El fotógrafo Thomas Dworzak y yo nos alojamos en el único hotel que existía en esa ciudad polvorienta y semidestruida: el Noor Jehan. La apariencia del hotel no tenía nada que ver con su nombre. Era el nombre de la famosa princesa que inspiró a un emperador a construir el Taj Mahal de la India. El Noor Jehan era ahora un hotelucho de mala muerte: detrás de él había un basural. Adelante, una hilera de panaderías. Y en la acera de enfrente, todas las casas de fotografía de Kandahar. Era curioso: sus vitrinas exponían los retratos de sus clientes, y fotografías de celebridades como Bruce Lee, Leonardo Di Caprio y Arnold Schwarzenegger, junto al héroe y mártir de los muyahidines Ahmed Shah Massoud, el depuesto rey afgano Zahir Shah y algunas estrellas del cine indio. Lo curioso es que la dictadura de los talibán había abolido la fotografía, y que en estas casas de foto había sobre todo retratos de guerreros talibán.

Los talibán posaban delante de cortinas con fondos de campos de flores. Eran barbudos, llevaban el turbante negro, buqués de flores de plástico y armas de verdad. Ahora, en las vitrinas, lucían retocados en unos marcos de aluminio y de color chillón. Algunos talibán estaban solos y otros con un amigo. Algunos rígidos y otros dándose afectuosos apretones de mano. Los afganos se aglomeraban en las vitrinas frente al Noor Jehan para ver estas fotos. Era extraño que hubiese retratos de los talibán porque su líder, el mulá Omar, había impuesto la prohibición coránica de representar la imagen humana. No entendí nada hasta que Said Kamal, el dueño de la tienda Photo Shah Zada y especialista en retratos retocados, me explicó que, después de que los talibán ordenaran el cierre de las casas de fotografía, se dieron cuenta de que necesitaban fotos para sus pasaportes si querían viajar.

Hubo entonces una excepción al edicto del mulá Omar. Said Kamal debía tomar sólo fotos para pasaportes y no exhibir ningún retrato de ser humano en su vitrina, pero nunca llegó a obedecer por completo las reglas: Said Kamal seguía retratando en su estudio a los guerreros talibán. Solían llegar a su estudio con los ojos intensamente delineados con kohl negro, que los hacía parecer a estrellas del cine mudo. Pero Kamal también hacía fotografías clandestinas de matrimonios de ciudadanos comunes. Ahora que los talibán habían huido de Kandahar, Said Kamal se atrevía a exhibir las fotos en su vitrina. Esas fotos se habían quedado sin recoger, y estaban allí sólo para atraer a la clientela. Decidimos entonces vestirnos con los atuendos afganos y que nos tomaran una foto. A Said Kamal le pareció genial. Thomas Dworzak lucía tan parecido a un afgano que, al día siguiente, los fotógrafos sacaron su retrato a la vitrina.

Los afganos aman la música

Hubo una época en que Afganistán era el único lugar del mundo donde había guerrilleros peleando contra un invasor extranjero. Mi primer viaje hasta allí fue en la Navidad de 1988. Entonces llegué al valle de Argandhab, a unos kilómetros al norte de Kandahar, cuando la Unión Soviética retiraba sus tropas después de diez años de invasión. Me quedé en el campamento muyahidín del mulá Naquibullah, más conocido como Naquib. Kandahar era como un basural de guerra, con estruendos de bombardeos todos los días. En medio de esta bulla en el campamento, un día recibimos la noticia de que se había abolido la música. Dos maulavis, esos eruditos islámicos escogidos por comandantes muyahidines para presidir la ley religiosa, la Sharia, habían dictaminado el edicto. No me daba cuenta de cuánto valía la música para los afganos hasta que el mulá Naquib me envió con uno de sus hombres a conocer el juzgado al aire libre de los maulavi.

Viajé hasta allí en una camioneta conducida por un hombre joven que escuchaba, a todo volumen, unas cintas de lastimeras canciones de amor. Uno de los jueces maulavis extrajo un trozo de papel y verificó la noticia: había un nuevo edicto para todos los comandantes muyahidines de la región. Los jueces alegaban que el auge del delito era porque se escuchaba música grabada. Había que apagar la música para controlar a la población. Pero esa prohibición era demasiado. Igual que el resto de afganos, los kandaharis son muy musicales. Bailan, tocan instrumentos populares, cantan. De vuelta al campamento, el conductor puso intencionalmente la cinta en la casetera a un volumen aún mayor que antes. Sabía que Naquib era un mulá más o menos tolerante. No le iba a hacer gran caso al edicto maulavi y les iba a permitir a sus muyahidines tocar su música con la condición de que sólo fuera en el campamento y a un volumen moderado. Mientras, el mulá Naquib comunicó a los jueces que acataría la orden. Años más tarde los talibán tomaron el poder de Afganistán, y decretaron la abolición de la música en todo el país.

Esa no iba a ser mi última melodía en Afganistán. Cuando volví a Kandahar a fines de 2001, visité de nuevo a Naquib, quien me invitó al Valle de Argandhab donde lo había conocido trece años antes. Naquib era ahora un personaje controversial: decían que estaba involucrado en la huida de los talibán de Kandahar, pero lo culpaban más de la extraña fuga del mulá Omar, el jefe de los talibán. Al día siguiente, Naquib me guio hasta el garaje de su residencia, donde tenía dos camionetas 4×4 último modelo. Subimos a una Toyota Land Cruiser perlada, VX edición limitada, rumbo a Argandhab. La camioneta tenía todos los lujos, entre ellos un equipo de CD con display digital.

Su verdadero dueño había sido el fugado mulá Omar, de quien Naquib poseía ahora diez de sus automóviles sin poder explicar por qué. En la ruta, Naquib encendió la música. Le pregunté si el equipo de CD era suyo o si había venido con la camioneta. Naquib me confirmó que él lo había encontrado en el auto del mulá Omar. «¿Me está diciendo que todo esto perteneció al hombre que encarceló gente por escuchar música?», le dije. Naquib se encogió de hombros. Me dijo que parecía que sí. La canción que escuchábamos, dijo, era una popular melodía afgana que insultaba al general Rashid Dostum, el jefe militar uzbeco de Mazar-i-Sharif. El estribillo decía: «Oh, asesino de afganos».

-¿Qué sería de la vida sin música? -me dijo Naquib mirando por la ventana.

Los afganos son coquetos

Los hombres de la etnia pastún son muy celosos de su apariencia personal. Muchos de ellos delinean sus ojos con kohl negro y se pintan con henna las uñas de sus pies, y, a veces, las de sus manos. Otros se tiñen el cabello, y es normal ver ancianos de apariencia sobria con largas barbas teñidas de un anaranjado tan chillón que asemeja al cabello teñido de los punks de Londres. Hasta los más corpulentos, barbudos y armados usan chaplís, que son unas coloridas sandalias de tacones altos. Me di cuenta de que para ser realmente chic en Kandahar uno debe ponerse chaplís de una talla más pequeña, lo que supone dar pasos más cortos y caminar casi tambaleándose. Los muyahidines parecen los bobos perfectos para un carnaval: cuando no están en la guerra, están maquillándose. O haciéndose cosquillas. Y toda esta cosmetología sucede en un lugar que es menos un país que un campo de guerra.

Cuando les preguntas en qué año están, los afganos te dicen que en 1381. Es el calendario musulmán. Ir a Afganistán es como volver siglos atrás y como si la guerra fuera un estado natural. En los mercados, venden chatarra de morteros y hasta pedazos de misiles Cruise de Estados Unidos. Las tiendas son fabricadas con cajas de municiones o de fusiles. En Jalalabad, un niño vendía fusibles de bombas de racimo para usarlas como luces de bengala. Hay minas por todas partes, y no hay nada más preciado que las armas. El opio es el principal cultivo de Afganistán, y bastantes jefes muyahidines son traficantes de heroína. En Kandahar, los vendedores ofrecían las Super Osama Bin Laden Kulfa Balls, unos caramelos de coco empaquetados en cajitas color rosa y púrpura cubiertas con imágenes de un Bin Laden salomónico, rodeado de fuego, tanques, misiles de crucero y aviones de guerra. Buena parte del país no tiene electricidad ni agua corriente ni redes telefónicas. Ni árboles ni agua. El polvo obstruye las gargantas, cubre el cabello y la piel, y la gente que protege sus rostros con pañuelos o turbantes ha aprendido a convivir con él. Sólo hay pozos artesanales, y, a lo mejor, un río.

Había sequía durante siete años. En algunos lugares de Afganistán, ves niños que van por la calle cargando unos veinte litros de agua que deben durarles durante tres días y medio. El mulá Omar, uno de los hombres más ricos de Kandahar, nunca había salido de su pueblo y tenía una vaca de mascota. Casi nadie ha leído un libro en toda su vida, y muchos ni se acuerdan de qué edad tienen. No hay juguetes. No recuerdo haber visto mujeres en un par de meses. No tienen mascotas. Los animales son bestias de carga o sólo sirven para comer. No hay nada blando o suave en Afganistán. No sabes entonces qué decir cuando te tropiezas con unos guerreros en chaplís, pasándose una flor y comentando su aroma en medio de este paisaje lunar que es un campo de batalla.

Los afganos son muy risueños

En 1989, en Jalalabad, estuve con muyahidines en una fortaleza en el preciso instante en que la bombardearon los soviéticos. Las bombas aterrizaron muy cerca y caímos al suelo. Luego de los estallidos, hubo un silencio ensordecedor. Minutos después, sólo se oía el llanto de un hombre. Afuera había unos muyahidines rodeando a un hombre lloroso que había sido herido por una esquirla, y se mataban de risa porque le había caído en el pene. Lo evacuamos en una camioneta en medio de gritos de dolor. Todos habían tenido ese impulso de reírse de lo que le sucedió, como si hubiera sido mera cosa de hombres. Les parecía tan cómico. Aquella vez en que un muyahidín me agarró los testículos, todos se reían sin importarles que fuese un acto de violencia. Ese suele ser el nivel de humor en Afganistán.

La guerra ha llevado a una especie de brutalización de su sociedad. Afganistán es un ejemplo cumbre de cómo una civilización puede ascender y caer: hace unas décadas era un lugar alabado por su armonioso cruce de culturas, tolerancia y convivencia. El país milenario donde Alejandro El Grande construyó Ay Khanoum, una de las ciudades más imponentes de su época, es ahora un campo de batalla: una tierra poblada de búnkeres y trincheras para tanques y ametralladoras antiaéreas. Los tesoros de Afganistán han sido saqueados o destruidos. Y es muy cierto que las civilizaciones pueden evaporarse y sucumbir como la arena movediza.

Los afganos son hospitalarios

Ser un extranjero en Afganistán es como estar en el zoológico y ser el animal. Te conviertes en una curiosidad. Hay una especie de histeria colectiva, y son como turbas que te siguen. En la calle te gritan al unísono la única frase que conocen en inglés: How are you? How are you? Algunos vienen a brincar frente a ti, o a pellizcarte o a tirarte una piedrita. Parecen no ser más que actos molestos e inofensivos, pero pueden a veces ser el inicio de una agresión. Una vez, en Faizabad, estaba hablando con un librero en un bazar y de pronto me pegó una piedra en la cara. Era del hijo del librero, un quinceañero que estaba detrás, y que trataba de esconderse. Le reclamé al papá, y éste reaccionó como diciendo que no me preocupara, que le iba a jalar las orejas. Recuerdo que me enfurecí, que agarré una piedra (o no recuerdo si eran unos libros), y se la lancé al chico, y le pedí a su padre que lo amonestara: se había quedado quieto durante esta escena, pero me dijo que entendía mi ira, y que estaba en mi derecho de castigar a su hijo. Pero tampoco hizo nada. Era muy extraño.

Había veces en que tenías que comportarte como ellos. Sólo así te ganabas el respeto, con poder y prepotencia. Cuando salíamos a pasear en Faizabad, los de la Alianza del Norte mandaban a un policía para espantar a los curiosos con un cable o un garrote, y, de paso, para vigilar a la prensa extranjera. Te conviertes en una curiosidad, y de la nada los afganos pueden empezar a tirarte granizo, y piedras. En el trasfondo de su cultura es así como matan a los adúlteros. Esta agresión proviene, creo, del hecho de que los afganos han sido adoctrinados para ver al que viene de afuera, al no-musulmán, como un kafir -es decir, un infiel-. Para un devoto del Corán, no hay nada peor que ello. El que no tiene fe ni dios es un ser desalmado, y, por ende, merece morir.

Un periodista británico casi muere así entrando en Kandahar. Estuvo a punto de ser masacrado por una turba y fue igual: conversaba amistosamente con unos refugiados afganos, y unos chiquillos le empezaron a tirar piedras. Al final una turba lo tuvo en el suelo tratando de aplastar su cráneo con ladrillos. Había unas cincuenta personas a su alrededor, hasta que él, desangrándose y casi desmayado, pudo tomar una piedra y lanzarla contra uno. Sólo cuando reaccionó en su defensa con esta agresión, ellos detuvieron la lluvia de piedras. Si no reaccionas, nadie los detiene. Si te vistes como ellos -cosa que hice por un tiempo-, sólo consigues que te miren menos. Pero sigues siendo un extranjero.

Afganistán ha sido el único lugar en el mundo donde he tenido que contratar hombres para proteger mi vida. Y contraté a tantos hombres que podría haber armado mi propia milicia. Entre la xenofobia, el bandolerismo y la brutalización de esta sociedad, los extranjeros deben viajar acompañados de hombres armados. Sólo por curiosidad, comencé a indagar qué haría falta para convertirme en un warlord , en un señor de la guerra. Diez mil dólares. Nada más. Bastaba para comprar un par de camionetas high lux, fusiles Kalashnikov rusos, y cien hombres armados para un mes. Para no gastar más después, nos convertiríamos en una mafia: iríamos donde los mercaderes y dueños de empresas para pedirles dinero. Luego te tropezabas con otro señor de la guerra, y le ganabas la batalla. No era difícil armar un ejército privado en Afganistán. Así se sobrevivía.