Posts etiquetados ‘Argentina’

La filmación del Gran Premio de Alemania de 1957, la mejor carrera de todos los tiempos según los especialistas, es sobria en imagen, blanco y negro, pura compaginación, nada de efectos especiales, pero escandalosamente ruidosa porque los autos de Fórmula 1, estructuras cilíndricas carentes de cinturón de seguridad, suenan como aviones de la Segunda Guerra en el carreteo previo al despegue. Hacia el podio aceleran los pilotos, vestidos con zapatos y guantes de cuero, pantalón y remera de algodón, antiparras y casco de madera con interior de corcho, inflamables. Entre los veintitrés hay favoritos, como los ingleses Mike Hawthorn y Peter Collins, pero ninguno como el argentino Juan Manuel Fangio, que si gana este domingo 4 de agosto de 1957 en Nürburgring logrará una hazaña única en toda la historia del automovilismo: sumar su quinto título mundial, esta vez con Maserati, después de los de 1951 con Alfa Romeo, 1954 y 1955 con Mercedes-Benz, y 1956 con Lancia Ferrari. Fangio corre a la cabeza con su Maserati, el número uno pintado en blanco sobre el metal —rojo con una pestaña amarilla en la trompa—, cumpliendo cada vuelta de casi veintitrés kilómetros en poco más de nueve minutos, batiendo sus propios récords, haciendo lo que los demás no pueden.

Como un rayo, lo inesperado. Fangio, a quien todos llaman Chueco por sus piernas como paréntesis, levanta el pie del acelerador. Aminora la marcha para entrar en boxes cuando faltan diez vueltas para el final. Los mecánicos tardan cuarenta y cinco segundos en cambiar las ruedas y llenar el tanque, porque queda muy poco combustible debido a la estrategia del piloto: largar con medio tanque, puesto que a menor peso mayor velocidad. Fangio se cambia las antiparras antes de salir de nuevo a la pista y se ubica ahora en el tercer puesto. Delante de él se escapa la Ferrari de Collins y, en punta, la de Hawthorn que, al no haber pasado por boxes, está tan exigida que no rinde como debería. Faltan dos vueltas para el final y la situación no cambia. Ferrari, Ferrari, Maserati. Ferrari, Ferrari, Maserati.

Como un rayo, lo que todos esperan. Fangio pasa a Collins y, segundos después, a Hawthorn, a ambos por el interior de una curva a más de doscientos kilómetros por hora, y encara los últimos metros hacia la gloria durante los cuales piensa que nunca antes manejó así, decidido al riesgo máximo, a la misión suicida, y que nunca más volverá a hacerlo, porque ya tiene cuarenta y seis años, veinte más que varios de sus rivales, y el cuerpo es una obviedad: algo distinto de lo que era.

La acción dura dos segundos o menos y, como la cámara está lejos, se ve muy pequeña. Pasaría inadvertida si no fuera por el arrojo de una mujer de saco gris y gorro blanco que, mientras Fangio entra en boxes, corre con los brazos extendidos hacia el Maserati, todavía en movimiento, y toca al quíntuple campeón antes que nadie, le agarra la cara con ambas manos y lo besa, se besan, como si no hubiera nadie alrededor cuando, en verdad, todos se les van encima.

Los mecánicos llevan en andas a Fangio hasta el podio, donde lo esperan Collins y Hawthorn, quien al año siguiente, el 6 de julio de 1958, se tomará revancha al ganar en Reims el Gran Premio de Francia en el que el argentino se retirará del automovilismo con un cuarto puesto. El récord de cinco campeonatos será superado casi medio siglo más tarde, en 2003, por el alemán Michael Schumacher, quien incluso después de ganar un título más, llegar a los siete y convertirse así en el máximo campeón en la historia de la Fórmula 1, dirá que ni él ni nadie podrá jamás igualar a Fangio.

Los créditos iniciales del documental de 1976 Fangio. Una vita a 300 all’ora (Fangio. Una vida a 300 kilómetros por hora), del director inglés Hugh Hudson, no tienen el espíritu celebratorio de las imágenes del Gran Premio de Alemania de 1957 que se ven durante los primeros minutos, sino uno melancólico, el del otoño del ídolo. La cámara recorre una pared marrón de la que cuelgan decenas de fotos de Fangio —de niño, en muchas de sus doscientas carreras, ovacionado por multitudes, sonriendo con Juan Domingo Peró— y su familia —en especial una de su padre, Loreto, y otra de su madre, Herminia—, mientras suenan unos tristes violines italianos, indicio de que los Fangio, como especificará más tarde el relato en off a cargo del propio protagonista, llegaron a fines del siglo xix desde los Abruzos, región montañosa del centro de Italia que se extiende hasta el Adriático, para dedicarse al trabajo rural en Balcarce, un pueblo serrano de la provincia de Buenos Aires próximo al Atlántico.

En el documental aparecen luego más imágenes registradas por Hudson, ganador del Oscar con Carrozas de fuego, otra épica deportiva. Fangio, en el relato en off, con su acento campechano, dice que le gusta ir una vez al año a ese lugar en el que se lo ve ahora, un autódromo en el que está rodeado por cuatro niños que miran con admiración un viejo auto de carrera, para recordar sus años de juventud. Fangio tiene sesenta años o poco más al momento de filmar esa escena, a comienzos de los setenta. Una gorra de tela le cubre la cabeza calva, con una coronilla rubia oscura cada vez más gris, que a esa edad ya tiene salpicada de manchas marrones, una más grande que las demás debajo de la sien derecha. Son las de siempre la sonrisa ladeada y la mirada de dandy, los ojos verdes como uva blanca.

—Todos estos chiquilines no son ni mis hijos ni mis nietos. Son los pequeños hinchas que aún me quedan.

Fangio niega tener algún vínculo sanguíneo con esos chicos que se ven en pantalla. Y con cualquier otro. Hasta su muerte —el 17 de julio de 1995, a los ochenta y cuatro años— dirá que no se casó ni tuvo hijos por considerar incompatibles la vida de familia y la vida de piloto, tan cercana a la muerte.

Sin embargo, al momento del estreno de Fangio. Una vita a 300 all’ora, los hijos que el protagonista había concebido con distintas mujeres —una de ellas, la de saco gris y gorro blanco de los boxes de Nürburgring—, y a quienes nunca reconoció legalmente, ya eran hombres que, a su vez, tenían hijos.

Fangio y la mujer de saco gris y gorro blanco también aparecen besándose en una foto del Gran Premio de Alemania de 1957 publicada entonces en diarios y revistas de todo el mundo. Desde la izquierda del cuadro, un hombre de traje, gorra y anteojos observa cómo Fangio, con la corona de laureles sobre los hombros y una calvicie avanzada, se inclina para besar a la mujer que no se cae del podio porque la mano izquierda de un hombre que entra desde la parte inferior del cuadro la sostiene por los glúteos. Esa mujer, según los epígrafes, es Andrea Eromia Berruet, más conocida como Beba, la pareja de Fangio desde mediados de la década del treinta, cuando ella, de veintitantos años, estaba separada, pero no divorciada legalmente, de un hombre llamado Luis Alcides Espinosa, y Fangio era un mecánico de la misma edad que, siempre con autos prestados porque no tenía uno propio, iba de un pueblo a otro en busca de carreras en las que aprovechaba para hacerle publicidad al taller del que era propietario junto con otros socios en Balcarce, Fangio, Duffard y Cía.

Por aquellos años, aunque ya mostraba notables aptitudes para el manejo, Fangio sólo acumulaba fracasos. Salió tercero en su debut en las pistas, el 24 de octubre de 1936, en Benito Juárez, con un Ford A ‘29 que era, en realidad, un taxi. Con otro Ford A llegó tarde a su segunda carrera, en diciembre del mismo año, en González Chaves, pero igual se metió en el circuito, falta por la cual fue descalificado por los jueces. En la tercera, en 1937, en Balcarce, tuvo problemas tanto en la largada —arrancó la palanca de cambios del Buick que manejaba y la reemplazó por un destornillador— como en el transcurso de la competencia —que abandonó luego de chocar contra un puente, porque no era fácil conducir por caminos de tierra, la visión disminuida por la polvareda, con un destornillador por palanca de cambios—. Sí pudo terminar con un Ford V8, aunque en el séptimo puesto, su cuarta carrera, en Necochea, el 27 de marzo de 1938, cuando Beba Berruet encaraba los últimos días de un embarazo que concluiría el 6 de abril, en Balcarce, con el nacimiento de un niño al que la pareja llamaría Oscar Alcides, pero que no anotaría con el apellido Fangio ni Berruet, sino con el de Luis Alcides Espinosa.

***

—Me anotaron con el apellido Espinosa porque cuando nací mi mamá todavía no había hecho los papeles de divorcio, y eso que se había separado hacía bastante de Espinosa.

Oscar no ha heredado ningún rasgo físico de su madre, Beba Berruet, quien, según puede verse en fotos de varias carreras, era una mujer de baja estatura, cara redonda, sonrisa amplia, pelo y ojos oscuros, mirada chispeante.

—Cuando yo tenía diez años o menos, mi mamá se fue con mi papá a Europa y me dejó en Balcarce con la familia Espinosa, que es extraordinaria. En ese momento, según lo que se conversó, decidieron eso para no cortarme la escuela primaria, para que la terminara ahí con mis compañeros. Los Espinosa me criaron hasta que me vine a Mar del Plata, a la casa de mi abuela materna, para hacer el colegio secundario. En lo de mi abuela viví hasta que me casé.

A quien Oscar sí se parece, más aún a los setenta y ocho años, es a su padre, Fangio, el perfil romano, los ojos verdes, e incluso las manchas marrones en la cabeza calva que, de tan lustrosa, refleja la luz de la araña que cuelga del techo. El living de este chalet de la periferia de Mar del Plata, ciudad balnearia ubicada a unos setenta kilómetros de Balcarce, tiene una decoración clásica, las sillas tapizadas de pana, platos y fuentes de porcelana con escenas de la campiña en el bahiut, la mesa rectangular laqueada, con detalles de ebanistería, sobre la cual Oscar apoya las manos, también con manchas marrones.

—Mi mamá acompañó a mi viejo durante toda su carrera en Europa. Hasta cocinaba para los corredores en los autódromos. Cuando en 1952 mi viejo chocó en Monza y estuvo internado como cuatro meses en Italia, la que no se movió de al lado de la cama para cuidarlo fue mi vieja. Yo me encontraba con ellos cuando volvían de Europa para pasar las vacaciones de verano o para correr en Buenos Aires. Quizás hubiera sido mejor tenerlos más cerca de chico. No lo voy a negar.

***

Siempre que Fangio y Beba Berruet estaban en la Argentina, Oscar cambiaba la cotidianidad de Mar del Plata, la casa de su abuela materna, el fútbol con amigos y el colegio secundario industrial del cual egresaría como técnico mecánico, por la del hijo de un ídolo deportivo que aparecía en las portadas de revistas como Life y Paris Match, y eso era poco en comparación con los elogios y homenajes que recibía de papas y reyes, de Pío XII y Jorge VI de Inglaterra, de Pablo VI y Rainiero de Mónaco; su fama era tal que sobre él los medios publicaban incluso estudios astrológicos (“Es un hombre llamado a los grandes destinos, según lo anuncian en su vida los dioses astrales —escribió Xul Solar, destacado artista plástico y estudioso de la astrología, en 1950, un año antes de que Fangio ganase su primer título de Fórmula 1—. Por un lado, aparecen los éxitos y la suerte, y por el otro, un descontento hasta consigo mismo, manifestándose a veces solitario con ciertos tintes de frialdad”).

Gran parte de las temporadas de padre, madre e hijo transcurrían en Buenos Aires. El tiempo se repartía entre los compromisos sociales y los paseos por la ciudad, especialmente por la costanera, a lo largo de la cual se encontraban los carritos de venta de carne a la parrilla en los que tanto le gustaba cenar a Fangio, lejos del centro, de los autógrafos y los flashes. Distinta era la rutina cuando estaba próximo el Gran Premio de la Argentina y los días transcurrían en el autódromo. Oscar se divertía lo mismo, o más, porque era fanático de las carreras, y en los boxes, durante los entrenamientos y las clasificaciones, pasaba el rato con el argentino Froilán González y otros pilotos destacados de Fórmula 1, todos amigos de su padre. Oscar los escuchaba conversar sobre los autos y en una ocasión, como nunca antes, sobre el clima. Fue en enero de 1955, durante el verano del año del fuego, como lo llamaron los meteorólogos. Desde hacía semanas la temperatura no bajaba de los cuarenta grados y los organizadores del Gran Premio amagaron con suspenderlo por temor a una insolación masiva. Cuando se decidió seguir adelante, los equipos comenzaron a pensar cómo prevenir los golpes de calor. Se pensó en ropa liviana. Se pensó en paradas técnicas para tomar agua, aunque esos pocos segundos fuera de pista podían costar caros. Se pensó incluso en verduras… en realidad, Fangio pensó en eso pocos días antes de la carrera, una mañana en su departamento porteño, mientras Beba Berruet cocinaba el almuerzo. Como Oscar andaba por ahí sin hacer nada, el padre lo mandó a la verdulería de la esquina a comprar un repollo. Para una ensalada, pensó Oscar, e hizo rápidamente el mandado. Fangio agarró la esfera gomosa y, en lugar de cortarla y condimentarla, despegó algunas hojas, las puso dentro de su casco y se lo calzó. Oscar miraba sin entender hasta que su padre le explicó que las hojas carnosas servirían para aislar el calor. Y así fue como Fangio ganó el Gran Premio de Argentina de 1955, en el que muchos pilotos abandonaron por insolación, y todo por tener un repollo en la cabeza.

Cuando en Buenos Aires no quedaba más por hacer, los tres se iban de vacaciones a Mar del Plata, y Oscar, de a poco, volvía a lo cotidiano. Allí pasaban los días en la playa, Beba charlando al sol con alguna amiga, el padre jugando al fútbol con el hijo y sus amigos. A Fangio le gustaba descansar en ese lugar porque además estaba cerca de Balcarce, cerca de la famiglia.

Los Fangio vivían sobre la calle Trece en una casa que ocupaba un cuarto de manzana y en la que el adjetivo amplio podía aplicarse a cada uno de sus espacios: living, comedor, cuatro habitaciones, parque y huerta al fondo, quincho y, como se decía en Balcarce, la cocina del pueblo, porque todos pasaban a saludar —y a comer un tentempié— por ese lugar en el que cada vez que había una reunión familiar, de las muchas a las que fue Oscar con su padre y su madre, las mujeres pasaban gran parte del día preparando desayunos, almuerzos, meriendas y cenas para veinte o treinta personas, mientras los chicos atendían sus juegos y los hombres los suyos, las cartas, las bochas, siempre con los vasos llenos de vermut o vino.

Una de esas reuniones familiares —en la que no está Oscar— se muestra en la película Fangio. Una vita a 300 all’ora. Ahí están, un mediodía soleado en el parque, Loreto Fangio, un albañil llegado de los Abruzos a los siete años, y Herminia Déramo, una ama de casa argentina hija de inmigrantes de esa misma región, ambos octogenarios, con algunos de sus seis hijos, como Toto —casi nadie lo llamaba Rubén— y Juan Manuel. En esas reuniones, según cuenta Fangio en el relato en off, Herminia desempolvaba viejas fotos y Loreto contaba historias de la miseria en Italia, de sus primeros años en la Argentina y de la bonanza que llegó con su oficio de frentista artístico, del cual estaba orgulloso. Cada vez que pasaba por una de sus obras junto a sus hijos, Loreto la señalaba con la mano, moviendo los dedos como si tocara el relieve de los frisos y los ornatos, y los niños escuchaban “este frente lo hice yo”.

Como lo que Loreto decía era tan cierto como una pared, sus hijos registraban cada historia con el mismo nivel de detalle con el que la repetirían en el futuro. Así lo hizo Fangio en un libro que escribió con el periodista argentino Roberto Carozzo, Fangio. Cuando el hombre es más que el mito: “Y aquélla otra anécdota, de cuando mi padre tenía más o menos quince años. Caminando se iba de la quinta para el lado del cerro, donde se hacían bailes. Él estaba medio entreverado con la hija del que lo organizaba. Y la madre siempre al lado de la puerta, con un silbato y el machete colgando cerca de la salida, por si acaso se armaba. Él fue a sacar a la chica y bailó unas piezas. Pero después vino un cajetilla de la ciudad y la segunda vez ya no quiso salir. Dos veces se lo hizo. A la tercera campaneó si la vieja estaba cerca o lejos de la puerta… La vieja se había corrido un poco. Entonces fue a sacar a bailar a la hija. Con la negativa, le contestó: ‘¡Ajá, estás cansada para bailar conmigo y no para bailar con ese otro!’ Y detrás de la última palabra partió el cachetazo, dio media vuelta y salió quemando por la puerta. La vieja no alcanzó a taparle la salida, así que salió a correrlo, tocando el pito… ¡Qué iba a alcanzarlo!”.

—Mis abuelos toda la vida supieron que yo era su nieto —dice Oscar—. La abuela era más reservada, más cortante. El abuelo, en cambio, era más suelto, más abierto para hablar de cualquier cosa. Ellos y el resto de la familia no tenían buen feeling con mi mamá, porque mi viejo había tenido una novia que era de una familia bien de Balcarce y había dejado todo para irse con mi vieja, que estaba separada de su marido. Igual la atendían bien cuando íbamos porque mi viejo era don Corleone: lo que él decía, se hacía.

No sólo Fangio tenía un carácter fortísimo, según Oscar. También Beba Berruet. Ambos se demostraban afecto con la misma intensidad con que se peleaban y eso erosionó la relación a tal punto que, a comienzos de los sesenta, cuando ya estaban de nuevo en la Argentina, decidieron separarse después de estar juntos casi treinta años. Oscar, que tenía poco más de veinte, continuó viviendo con una tía en la casa de su abuela materna, quien había muerto. No se mudó con su padre ni con su madre. Ya le faltaba poco para hacer el servicio militar y, luego, independizarse.

—A mi vieja le gustaba que se hiciera todo como ella decía. Igual que a mi viejo, que encima no te daba la razón ni aunque la tuvieras. De todas maneras, yo pienso que mi viejo tuvo suerte de tener a mi vieja cuando ganó los campeonatos del mundo, porque ella le cuidaba el entorno para que no se metieran en vicios y cosas raras.

Se abre la puerta que conecta el living con el resto de la casa y aparece Norma, la esposa de Oscar, con café. Norma, negros los zapatos, el pantalón y el pulóver, blanco el pelo, claros los ojos, apoya la bandeja sobre la mesa y, sonriente, le dice a su marido que recuerde que debe llevarla al supermercado antes de que cierre, y para eso no falta mucho porque ya son como las seis de la tarde y encima es invierno y oscurece temprano. Él le responde que sí, que por supuesto, que más tarde la lleva, y Norma, sonriente, se va y cierra tras de sí la puerta.

***

Al terminar el servicio militar, Oscar entró a trabajar en la concesionaria Mercedes-Benz Fangio S.A. que su padre, ya retirado del automovilismo, tenía en Mar del Plata con los mismos socios del taller de Balcarce, que eran distintos de los socios de Buenos Aires, con los que tenía otra concesionaria y otros negocios. Oscar trabajaba como mecánico y cobraba como tal. No tenía beneficio alguno ni en la concesionaria ni en las pistas, porque entonces ya corría en karting.

Al año siguiente de ganar el campeonato marplatense de karting, en 1963, Oscar pasó a correr en Turismo Carretera, la principal categoría del automovilismo argentino, con el nombre Cacho Espinosa, aunque él quería usar su apellido real, Fangio, pero no podía porque eso no era lo que decía su documento. Como Cacho Espinosa corrió hasta 1965, año en que se consagró subcampeón en la clase B de Turismo Carretera.

En 1966, cuando tuvo la oportunidad de competir en Fórmula 3 en Europa, le pidió a su padre que resolviera el aspecto legal del vínculo, porque lo único que había hecho hasta entonces había sido solicitar a mediados de los cincuenta su adopción, trámite que abandonó al poco tiempo sin dar explicaciones; Beba Berruet tampoco se las debe haber pedido, según Oscar. Fangio le respondió a éste que lo único que podía hacer era pedirle a un juez que agregara el apellido en su documento. El coronel que debía firmar el documento por orden del juez —porque entonces, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, ciertos trámites se hacían en los regimientos militares— le dijo a Oscar: “¿Por qué usted tiene dos apellidos paternos?, este documento no es válido, yo no le tendría que firmar nada”, pero igual firmó y el nombre completo pasó a ser Oscar Alcides Espinosa Fangio. Viajó y, como en Europa corría como Cacho Fangio, en una de las carreras de Fórmula 3 se armó gran revuelo porque también competía el hijo del italiano Alberto Ascari, campeón de Fórmula 1 en 1952 y 1953, y los diarios habían anticipado el acontecimiento con títulos como “Se enfrentan los hijos de dos grandes campeones”.

***

—Corrí en Inglaterra, Italia y Mónaco, pero a los pocos meses me volví porque no se daban los resultados y estaba sin plata —dice Oscar—. Mi viejo me fue a ver a algunas carreras, en Europa y en Turismo Carretera. Yo me enteraba después porque me contaban otros. Él nunca me decía nada y yo tampoco le preguntaba. Con mi mamá tampoco hablaba de ninguna de mis cosas. Yo quería hacer mis cosas solo.

Norma abre la puerta del living, se asoma para recordarle que deben ir al supermercado porque ya son las ocho de la noche, y luego la cierra.

—Cuando volví a la Argentina, seguí trabajando durante un tiempo en la concesionaria y corriendo en otras categorías nacionales —sigue Oscar, apurando su taza de café—. En ese momento le pedí a mi viejo solucionar de verdad el problema del apellido, porque lo de sumarme su apellido había sido un parche. Quedamos en que si un día me casaba y tenía hijos, él me iba a reconocer legalmente así sólo me quedaba mi apellido verdadero, Fangio. Con Norma nos casamos en 1967, tuvimos tres hijas y mi viejo nunca quiso arreglar lo del apellido, porque él y su abogado decían que no se podía. Así que tuve que inscribir a mis tres hijas como Espinosa Fangio.

A lo largo de las últimas oraciones, el decir de Oscar se ha fatigado.

—Es el día de hoy que no sé por qué mi viejo nunca hizo las cosas bien conmigo y no me reconoció como debía. Pero eso es personal y hay que separarlo de lo que es mi viejo como ídolo. Él, en lo deportivo, fue excepcional, el mejor. Pero tuvo fallas de este lado —se toca, a la altura del pecho, el pulóver marrón—. Tuvo fallas conmigo, con Rubén y con Juan. Mi viejo no se hizo cargo de nada con nosotros.

Norma aparece de nuevo, esta vez, lista para salir. Se ha puesto una campera negra, y tiene la cartera en una mano y la campera de cuero marrón de su marido en la otra.

—La primera vez que lo vi a Rubén fue en una entrevista que le hacían en la televisión, y él decía que era hijo de Fangio —sigue Oscar—. Yo me quedé duro y le dije a ella —señala a su esposa— “Norma, tengo un hermano”. Si yo soy parecido a mi viejo, Rubén aún más; es el clon de mi viejo, nada más que un poco más alto. Yo siempre quise tener hermanos, y recién a esta edad me aparecen dos hermanos menores.

—Bueno —dice Norma, sonriente—, me lo tengo que llevar porque es mío —y le alcanza la campera a Oscar, que se pone de pie.

Los mismos ojos verdes. La misma sonrisa ladeada. La misma coronilla blanca. Las mismas manchas marrones en las manos y en la cabeza calva, incluso la misma, más grande que las demás, debajo de la sien derecha.

—No saber quién era yo fue una carga grande que tuve durante muchos años y me ha llevado a estar depresivo.

Rubén no sólo se ve como Fangio, también se oye como él, el mismo modo campechano, el mismo timbre —en leve sordina— sobre el fondo de martillos neumáticos que, afuera, rompen las calles del centro porteño. Está en una oficina de paredes blancas con escritorios cubiertos de carpetas y papeles, en el estudio de su abogado.

—Yo nunca estuve metido en juicios ni nada por el estilo, pero todo esto del ADN y el juicio de filiación era algo que tenía que hacer para sentirme mejor. No es fácil llevar un apellido que no es el tuyo. No es fácil no saber quién sos.

Tal como dice Oscar, Rubén es el clon de Fangio a los setenta y cuatro años.

***

Rubén lleva el apellido Vázquez desde su nacimiento en Balcarce, el 25 de junio de 1942, un día después de que Fangio hubiera cumplido treinta y un años. La madre de Rubén, Catalina Basili, estaba casada con Pedro Vázquez, un mecánico ferroviario que trabajaba en el taller de la estación de trenes de Balcarce al cual, después de cada carrera, Fangio llevaba su auto para limpiar el motor con el vapor de alguna locomotora, que era lo único que removía el aceite y el barro del metal hasta dejarlo brillante. Los mecánicos le daban permiso y lo ayudaban gustosos porque el piloto, campeón de Turismo Carretera en 1940 y 1941, era ya el orgullo del pueblo.

Pedro Vázquez tenía cierta confianza con Fangio y en algún momento le preguntó si podía darle trabajo en el taller Fangio, Duffard y Cía. a su hijo mayor, Ricardo. Con doce años, Ricardo entró a trabajar como ayudante. En sus tareas estaba una tarde en la que le pidieron que destapara el radiador de un auto que debía repararse. Él fue, se paró sobre el paragolpes delantero y, con un trapo, agarró la tapa del radiador. Un cuarto de giro alcanzó para que la tapa saliera disparada. Ricardo saltó hacia atrás para esquivarla, pero el chorro le empapó el mameluco. Los mecánicos reaccionaron ante los gritos y le descubrieron el torso para que el agua hirviente no lo siguiera quemando. Fangio lo llevó luego a su casa. Llamó a la puerta y salió Catalina Basili, pelo oscuro, carnes blancas, que tenía poco más de treinta años, aunque se veía mayor con el delantal sobre el vestido por debajo de la rodilla. Tras revisar la quemadura de Ricardo, que no era grave, la mujer agradeció a Fangio, y le ofreció mate y una porción de la torta que había sacado del horno poco antes de su llegada. El encuentro, que duró un par de horas, fue el primero de varios que, a diferencia de aquel, serían secretos; Catalina Basili estaba casada y con dos hijos, y Fangio en pareja con Beba Berruet y con un hijo, Oscar. Buena parte del pueblo sabía y hablaba de la relación, que terminó cuando Catalina Basili quedó embarazada.

Seis meses después del nacimiento de Rubén, Pedro Vázquez y su familia se mudaron a Maipú. Allí se bautizó al bebé el 24 de junio de 1943. La madrina fue una de las hermanas de Catalina Basili y el padrino Fangio, aunque no fue a la ceremonia, quizá porque ese día celebraba su cumpleaños, y mandó a un representante; tampoco fue Pedro Vázquez, quien había dado su apellido a Rubén, porque, según se dijo entonces, en el ferrocarril no le habían dado el día libre. En ese momento se comentó que Fangio había aceptado el compromiso por ser amigo de los Vázquez. En el futuro serían otros los comentarios. Por ejemplo, que Fangio fue obligado por los familiares de Catalina Basili a hacerse cargo, aunque más no fuera, del padrinazgo de su hijo.

En los años siguientes, debido al trabajo de Pedro en el ferrocarril, los Vázquez vivieron en Mar del Plata y otras ciudades antes de radicarse a mediados de los cincuenta en Cañuelas, trescientos cincuenta kilómetros al norte de Balcarce. La familia vivía en un chalet de un barrio obrero de Cañuelas en el que no se hablaba de Fangio, ni como familiar ni como deportista, porque allí tampoco se escuchaban las transmisiones radiales de sus carreras ni se compraban revistas de automovilismo para seguir al detalle su campaña en la Fórmula 1. Rubén sabía quién era su padrino, pero el mutismo que había en torno a él lo volvía más lejano, más inalcanzable de lo que ya era: un hombre que cenaba con la realeza, que asistía a fiestas del jet set europeo. Rubén no tenía posibilidad ni tampoco intenciones de conocerlo porque no le gustaban las carreras, sino el fútbol —siempre fue hincha del River— y los bailes que se hacían en el club Estudiantes, en uno de los cuales conoció a una chica llamada Ercilia con la que se pondría de novio y luego, en 1967, terminaría casándose.

Para sostener a su familia, Rubén mantuvo tres empleos durante casi treinta años. Por la mañana en el ferrocarril —del que se retiró durante la primera mitad de los noventa—, por la tarde en diversos trabajos temporarios —por ejemplo, en una fábrica de casillas rodantes— y los fines de semana como mozo en bares y restaurantes. Ercilia, además de encargarse de los quehaceres domésticos, trabajaba fuera de la casa porque el dinero apenas alcanzaba para alimentar, vestir y hacer estudiar a sus tres hijos. Cuando estos se independizaron, Rubén comenzó a trabajar como recepcionista en un hotel de Cañuelas, cuyo dueño conocía a otro empresario hotelero de Pinamar, ciudad balnearia cercana a Mar del Plata. A fines de 1994, el hotelero de Pinamar le preguntó a su colega de Cañuelas si le permitía contratar a Rubén para que trabajara con él durante el verano de 1995. Todos estuvieron de acuerdo.

Un día, en la recepción del hotel de Pinamar, una mujer se desmayó y Rubén llamó por teléfono a un médico. Cuando la mujer volvió en sí y se relajó la tensión, el médico reparó en Rubén. Lo miró y le dijo:

—Qué parecido a Fangio que es usted.
—Le digo más —intervino el dueño del hotel, que estaba atento a la recuperación de su clienta—: Rubén es de Balcarce y es ahijado de Fangio.
—¡Ah, bueno! —le respondió el médico y luego miró de nuevo a Rubén—. El día que usted se haga un ADN se va a llevar una sorpresa.

En ese momento, Rubén no le dio importancia al comentario. Ya le habían dicho cosas como esa muchas veces. En los días siguientes, sin embargo, el recuerdo recurrente de ese episodio azuzó al pasado. Y el pasado embistió. Rubén se veía deprimido: cuando volvía de sus trabajos, pasaba mucho tiempo en la cama y eran pocas las veces que se sentía con ánimo para reunirse con amigos y familiares, algo que desde siempre había hecho con entusiasmo. Cada vez que Rubén le decía a Ercilia que no sabía por qué ese episodio lo había dejado en un estado de tristeza tan profundo, ella le respondía que debía pedir ayuda a un psicólogo. La situación, con altibajos, se prolongó hasta 2005, cuando el hijo mayor de Rubén le dijo que no podía seguir así, que debía hablar con su madre para sacarse todas las dudas y que debía hacerlo rápido, porque Catalina Basili tenía ya noventa y seis años.

Rubén visitaba a diario a su madre, que vivía sola desde la muerte de Pedro Vázquez, en 1975. En una de esas visitas, se animó a decirle que necesitaba saber quién era su padre porque todos mencionaban su parecido con Fangio. Le contó el episodio del hotel de Pinamar. Catalina Basili le respondió que siempre hubo personas que se parecieron a otras y que eso no significaba nada. Al día siguiente, Rubén insistió y le dijo que ya tenía pensado hacerse un estudio de ADN con su hermano Ricardo para saber si tenían el mismo padre. Entonces, Catalina Basili le contó de aquella tarde en la que Ricardo se había quemado el pecho con un radiador mientras trabajaba en el taller de Fangio.

—Mi mamá era una hija de italianos muy dura. Yo no tengo tantos buenos recuerdos de ella, como sí los tengo de mi padre. Mi viejo era pura bondad, era un tipo extraordinario… no se merecía una situación así.

Rubén llama padre o viejo a Pedro Vázquez. Afuera del estudio jurídico, los martillos neumáticos siguen arando el pavimento.

—Fue bravo hablar con mi mamá de todo esto. También debe haber sido bravo para ella. Ella me contó muchas cosas, por ejemplo, por qué me pusieron Rubén Juan: Rubén por el hermano menor del Chueco y Juan… por razones obvias.

Rubén no llama padre o viejo a Fangio, sino Chueco, Juan o Juan Manuel.

—Yo nunca juzgué a mi madre, pero la relación con ella no siguió igual. De todas maneras, yo la acompañé hasta que murió en 2012, tenía ciento tres años. A mí me quedaron muchas dudas, como si mi padre sabía toda la verdad. Son dudas que siempre voy a tener, aunque algunas las fui aclarando. Me acuerdo que antes de empezar con el juicio de filiación fui a visitar a mis primos, los hijos de la hermana de mi mamá, les conté lo que estaba por hacer y ellos me dijeron “nosotros siempre supimos quién era tu padre, pero mamá nos hizo prometer que nunca dijéramos nada”.

Mira su reloj y se disculpa: son las cuatro de la tarde y debe retirarse. Dentro de dos horas se transmitirá por televisión un partido del River y ese es el tiempo que necesita para viajar de Buenos Aires a Cañuelas, primero en subterráneo hasta la terminal de trenes de Constitución y de ahí a su casa. De camino a la salida, mientras se acomoda la campera de gamuza y la boina negra, se detiene frente a una foto de Perón que hay en una repisa y, sonriendo, le dice “buenas tardes, general”.

***

En una vereda del centro de Mar del Plata, bajo el techo de la entrada de un edificio de líneas funcionales, protegiéndose de la llovizna helada, espera Oscar, zapatos, pantalón, campera y boina en diferentes tonos de marrón. Mira hacia ambas esquinas y saluda con la mano a un hombre canoso, bajo y fornido, que viste casi igual y avanza hacia él cubriéndose con un paraguas blanco y azul que tiene dibujos borrosos de autos de carrera.

—Ahí viene Juan, mi otro hermano —dice Oscar, y lo saluda con un abrazo.

A diferencia de Oscar y Rubén, Juan, de setenta años, no tiene ningún parecido con Fangio. Sus ojos son marrones, tiene la cabellera corta y frondosa ordenada por una raya al costado. Entran en el edificio, suben hasta el estudio del abogado de ambos y se sientan en una pequeña sala de reuniones a través de cuya ventana, desde la que puede verse la plaza del otro lado de la calle, entra una masa de luz grisácea.

—Nosotros nos conocemos hace muchos años —dice Oscar—. Juan andaba siempre con el hermano menor de mi papá, el tío Toto.
—Yo vivía con mi mamá y con mi abuela en Balcarce, todavía vivo ahí, pero iba siempre al taller de Toto porque él armaba autos de carrera —dice Juan—. Y a mí desde chiquito me gustaron los autos, los motores. Hice el secundario en una escuela técnica y después, cuando me recibí de ingeniero agrónomo, hice una maestría en Inglaterra y un doctorado en Estados Unidos sobre maquinaria agrícola.
—En Balcarce era vox populi que él —Oscar señala a Juan— era hijo de Toto, así que en algún momento llegué a pensar que era mi primo. Con los años sumamos conocidos en común, compartimos asados, carreras y nos fuimos haciendo amigos. Nos vemos muy seguido porque vivimos cerca. Con Rubén nos vemos un poco menos porque Cañuelas está más lejos. Hasta ahora una sola vez nos juntamos los tres, un fin de semana en una cabaña en Tandil, que nos queda a todos a mitad de camino. Fue muy emocionante. Conversamos muchísimo, cada uno de su historia.
—Mi historia es muy distinta a la de Oscar, él sí tuvo relación con nuestro padre. Yo nací el 6 de junio de 1945. Como ya estaba separada de Juan Manuel, mi vieja me anotó con su apellido, porque se llama Susana Rodríguez. Ella me contó que Toto, a pedido de Juan, la había ayudado a comprar las cosas que se necesitaban para mi nacimiento.
—¿Y por qué Toto, sabiendo todo esto, nunca me dijo “Oscar, Juan es tu hermano”?
—Creo que no nos dijo nada porque se imaginaba que nosotros sabíamos. Toto siempre me dijo que yo era hijo de Juan Manuel, y así me presentaba ante los demás en cualquier situación.

Tres abogados y una abogada son parte del asunto.

Miguel Pierri, en representación de Rubén. Apenas tomó el caso, en 2005, solicitó la exhumación del cadáver de Fangio, enterrado en el cementerio de Balcarce, del cual debían tomarse las muestras para el análisis comparativo de ADN. “Y así comenzó una batalla de años —dice Pierri—. Primero fue la Fundación Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio la que nos puso todo tipo de obstáculos. Y luego enfrentamos un bloqueo pertinaz de parte de la familia Fangio a través de Ethel, una sobrina que vivió muchos años con él y lo cuidó hasta que murió. Ethel, que ya falleció, nos tomó como enemigos. Después de la lucha procesal, el juez autorizó que se hiciera la exhumación el 7 de agosto de 2015”. Los peritos obtuvieron la muestra del ADN de Fangio y la cotejaron no sólo con la de Rubén, sino con la de Oscar, quien se había sumado al pedido de exhumación. El resultado del análisis de Oscar se hizo público cuatro meses después, en diciembre de 2015, y el de Rubén en febrero de de 2016. Para ambos fue el mismo: hijo de Juan Manuel Fangio con el 99.9% de certeza. (Según el análisis que Juan se hizo luego con Oscar y Rubén, los tres son hermanos por línea paterna con el 97.4% de certeza.) “Lo que uno debería preguntarse después de conocer esos resultados evidentes es por qué la Fundación y la familia Fangio se opusieron tanto a que nosotros siguiéramos adelante con la exhumación. Tanto unos como otros dispusieron de todos los bienes de Juan Manuel, y se hicieron cargo de desarrollos inmobiliarios y del manejo de la marca Fangio”. Con la imagen y el apellido Fangio se venden y han vendido exclusivas líneas de ropa masculina, vinos de exportación, ediciones limitadas de relojes TAG Heuer, un combustible premium de la petrolera argentina YPF llamado Fangio XXI, las trescientas cincuenta Ferraris de colección de la serie The Fangio fabricadas por la firma italiana para celebrar su septuagésimo aniversario, y vehículos Mercedes-Benz, empresa que tiene al quíntuple campeón como uno de los pilares de su imagen corporativa; incluso su fábrica en la ciudad bonaerense de Virrey del Pino se llama Centro Industrial Juan Manuel Fangio. Ese inventario, que ya vale millones, es incompleto, según Pierri, y por eso se está realizando una auditoría que permita determinar con exactitud a cuánto asciende la herencia de Fangio que, tras su muerte, pasó a sus hermanos y sobrinos, ante la inexistencia de hijos reconocidos legalmente. “La fortuna de Fangio podría ascender a los cincuenta millones de dólares o más, porque además de las propiedades y los campos hay negocios en marcha. Sabemos que YPF pagó unos diez millones de dólares que se repartieron entre la Fundación y la familia. Puede ser que haya habido ocultamiento de bienes que, mediante supuestas ventas y subastas, se hayan transferido a supuestos terceros compradores. Hay gente que deberá dar cuenta por sus actos”.

Erika Hooft, en representación de los cuatro sobrinos de Fangio que viven entre Balcarce y Mar del Plata, los mismos que, junto a Ethel, se opusieron a la exhumación porque, según la abogada, temían que las imágenes del cadáver fueran difundidas con morbo en los medios, algo que, finalmente, no ocurrió. “Una cosa es la exhumación y todo lo que tiene que ver con el derecho a la identidad, y otra muy distinta es la cuestión patrimonial —dice Hooft—. Según me han dicho mis clientes, Fangio se gastó todo su dinero en tratamientos médicos, y luego donó lo que le quedaba, autos, trofeos, medallas, al municipio de Balcarce para que se exhibiera en el Museo. El uso de la marca Fangio es administrado, en gran medida, por la Fundación, con la que mis representados tienen buen vínculo, si bien no la integran activamente. De todos modos, entiendo que haya un reclamo por los bienes. Si yo fuese la abogada de los hijos de Fangio, ya estaría trabajando para aclarar la cuestión patrimonial. Cuando hay plata de por medio, uno pelea hasta sacarse los ojos para defender lo que considera propio”.

Oscar Scarcella, en representación de Oscar y Juan. “No sabemos si Fangio fue cediendo todos sus bienes en vida o si los dejó a nombre de distintas sociedades. También hay que tener en cuenta los dividendos que genera la marca Fangio, que la están usufructuando el Museo y los familiares de Juan Manuel. A menos que se demuestre lo contrario, los familiares han actuado legítimamente porque no había otros herederos reconocidos. Pero una cosa es la legitimidad de un derecho y otra cosa es la buena fe con la que puede ejercerse. Y yo creo que los familiares de Fangio no han procedido de buena fe, porque saben de la existencia de Oscar desde siempre, capaz que de Rubén y Juan también, y lo único que han hecho es poner trabas procesales, incluso negando la historia de Oscar, que fue pública”.

Christian Verdier, en representación de sí mismo, en tanto sobrino nieto de Fangio, y fundador y gerente de Los Templarios srl, la sociedad que comercializa la marca Fangio para cualquier tipo de producto, excepto los autos y otros vehículos, área de negocios que le pertenece a Mercedes-Benz Argentina, y los tractores, porque Fangio alguna vez autorizó a un conocido suyo a fabricarlos y venderlos con su nombre, aunque hasta el momento no lo ha hecho . “De Oscar sí sabíamos porque Juan Manuel tuvo una relación de muchos años con Beba, pero de Rubén y Juan nunca escuchamos nada —dice el abogado—. La verdad es que Juan Manuel y sus hermanos salían de joda todo el tiempo cuando eran jóvenes, y tenían mucho éxito con las mujeres. Juan Manuel siempre tuvo su harén”. Lo primero que debe quedar claro respecto del patrimonio de Fangio, según él, es que los ídolos deportivos de los cincuenta no ganaban lo mismo que Messi en la actualidad. “Juan Manuel ganó fortunas, por supuesto, pero durante los últimos años de su vida invirtió todo en la enfermedad renal crónica que lo llevó a la muerte. Con Los Templarios siempre actuamos en conjunto con la gente del Museo. Participamos del proyecto de la nafta Fangio XXI, por ejemplo, pero la que cobraba era la Fundación. Ahora la marca está desactivada… Perdón… En realidad, no está desactivada porque se está construyendo en Balcarce un hotel con el nombre Fangio, también con la Fundación”.

***

El proyecto no consiste solamente en la construcción de un hotel en Balcarce, según anunció públicamente la Fundación Fangio, sino en el desarrollo y gestión por treinta años de una cadena de cuarenta y cuatro hoteles en la Argentina y otros países, el primero de los cuales se está levantando desde 2013 en esa ciudad de casas bajas en cuyo ingreso hay emplazada una escultura de Fangio al volante de La Flecha de Plata, como se conoce el Mercedes-Benz con que ganó dos campeonatos de Fórmula 1, hecha con discos de arado.

A pocas cuadras del hotel en construcción, frente a la plaza principal, se encuentra el Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio, que ocupa el edificio de un cuarto de manzana en el que funcionó a comienzos del siglo XX la municipalidad. Hasta las mañanas de días laborables el lugar es visitado por turistas que lo recorren para fotografiar las medallas, los trofeos y las condecoraciones exhibidas en vitrinas, y la colección de medio centenar de autos, entre originales y réplicas, que está distribuida entre la planta baja y las ocho bandejas a las que se accede mediante una rampa helicoidal. Autos negros, blancos, amarillos, rojos, celestes, verdes, naranjas, de varias formas y marcas, los que Juan Manuel Fangio, el héroe argentino —como se lee en carteles y folletos— usó en su vida diaria y aquellos con los que compitió, también los de carrera que la Fundación recibió como donaciones de parte de Ayrton Senna, Alain Prost y otras figuras del automovilismo mundial.

—Balcarce explotó turísticamente cuando se abrió el Museo, en 1986 —dice Antonio Mandiola, presidente de la Fundación desde 1998, en el bar de la planta baja.

Fuma, aunque en el lugar esté prohibido, y el humo le envuelve la cara, el bigote y el pelo entrecanos.

—El sueño de Fangio era que, para aprovechar el impulso del Museo, el grupo de gente de la Fundación formara una empresa que fuera redituable para sus integrantes y también para la economía del pueblo.

En ese sentido, explica, se desarrolla el proyecto hotelero, que es gestionado por la firma Fangio Épos, de la que son parte la Fundación, una empresa inmobiliaria de Balcarce y otros socios particulares. Fangio Épos administra también una estancia en el circuito de turismo rural, un bar y un restaurante. Con el dinero de esos emprendimientos y el de las entradas se mantiene el Museo, como en otro momento se sustentó con lo que la Fundación cobraba por la nafta Fangio XXI o las ediciones especiales de TAG Heuer que, según Mandiola, fueron idea suya.

—Nosotros no somos titulares de la marca, pero sí tenemos responsabilidad en su cuidado y en su uso. Ahora, con el tema de los hijos que le han aparecido a Juan Manuel, se están diciendo muchas cosas. Ellos y sus abogados han dicho que nosotros pusimos trabas para que se hiciera la exhumación, que nosotros hacemos negocios. Nosotros no tenemos problemas con nadie y evitamos la polémica. De hecho, a Cacho lo conocemos de siempre y ha venido infinidad de veces al Museo. De Rubén nunca jamás habíamos escuchado nada, así que nos tomó por sorpresa cuando lo vimos en los medios. Lo de Juancito también nos sorprendió, pero la diferencia es que a él lo conocemos desde hace años porque es de Balcarce y estaba todo el día con Toto. El comentario que corría acá era que Juancito era hijo de Toto.

Los juicios de filiación, según Mandiola, no afectaron en nada la imagen de Fangio, no modificaron en absoluto lo que él representa en el ideario argentino: “modelo de hombre”, “arquetipo de valores espirituales como fe, tenacidad, valentía, inteligencia, aguante y espíritu de observación”, “alguien que ha visto la vida y sobre todo la muerte demasiado de cerca y demasiadas veces, que ha alcanzado esa ataraxia de los sabios que han meditado sobre la fragilidad del triunfo y sobre la vanidad de las coronas de laurel”, como escribió Ernesto Sábato en un artículo publicado en marzo de 1973, pocos días después de que Fangio hubiera sido declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires junto al Nobel de Química Luis Federico Leloir y Jorge Luis Borges; el texto está reproducido en una pared del Museo próxima al bar.

—Alguna que otra mujer sí me dijo que se le había caído un ídolo —dice Mandiola—. Y recalco que fueron mujeres porque tienen sentimientos distintos respecto de lo que es la paternidad, de lo que son los hijos, y no saben del valor que tiene la trayectoria deportiva de Fangio en todo el mundo. Fangio era un exitoso y tenía todo a favor para poder salir con las mujeres que quisiera.

Se acerca un hombre que se presenta como uno de los siete integrantes de la Fundación y le dice a Mandiola “acá te dejo tus llaves”, mientras apoya sobre la mesa las llaves de un Mercedes.

Juan mira la pantalla, que cambia con cada click del mouse. Andrea, su esposa, menuda, rubia y de ojos celestes, entra en el living, grande, con revestimientos de piedra laja beige y ventanas al parque del fondo. Lo ve encorvado sobre la mesa de la computadora y le pregunta qué busca, antes de perderse en otro cuarto. En voz alta, para que Andrea pueda escucharlo, Juan dice “una foto” y, segundos después, “acá está”.

Delante de una pared de ladrillos a la vista conversan cuatro hombres, a cuyos lados se ven los medios cuerpos de otros dos, mientras al frente de todos ellos, sentados a una mesa sobre la que hay un vaso de agua, una fuente con pan y una servilleta, posan, de izquierda a derecha, Fangio, Toto y Juan, quien, con una sonrisa recta, mira a Toto abrazar por el hombro a Fangio.

—Esta foto se sacó a principios de los noventa en el quincho de la casa de los Fangio —dice Juan—. Debe haber sido una de las últimas veces que Juan Manuel vino a Balcarce. Esta es la única foto que tengo con él… y está Toto en el medio. Yo estuve con Juan Manuel en muchos de los asados que hacía acá, en su casa de Balcarce. Charlamos de un montón de temas, pero nunca salía la cuestión de la paternidad. Sinceramente, nunca tuve dudas sobre mi identidad porque siempre supe quién era mi padre. De chiquito mi madre me dijo que yo era hijo de Fangio. Ella me contó que tenía quince años cuando tuvo una relación corta con él, que en ese entonces tenía treinta y tres. Cuando nací, mi vieja tenía dieciséis recién cumplidos.

Susana Rodríguez, la madre, tiene ahora ochenta y siete años y vive cerca de esta casa. Justo en el momento en que Juan ofrece conocerla, Andrea aparece y le dice que a esta hora, las tres de la tarde, seguro está durmiendo la siesta. Entonces, Juan dice que mejor será en otro momento, no porque a Susana le afecte hablar de Fangio, de hecho tiene un buen recuerdo de él, sino porque es mejor dejarla descansar.

***

Desde el parque donde se encuentra la parrilla, el césped corto, las plantas cuidadas, los frutos maduros del naranjo, llega un aroma apetitoso que se mete dentro de la cocina, un ambiente pequeño en el que Rubén y Ercilia toman mate mientras esperan que, como casi todos los sábados, lleguen familiares para almorzar.

Ercilia luce bastante delgada en su jogging marrón y, aunque tiene un año menos que su marido, setenta y tres, se le ven pocas canas en el pelo —teñido de— castaño. Dice que los únicos lujos de esta casa baja de frente amarillo, cercana a la estación de trenes de Cañuelas, son los servicios de internet y televisión por cable, que las jubilaciones de ambos no alcanzan para mucho, pero que tampoco se lamentan por eso porque siempre se han arreglado con lo justo.

—Cuando nos casamos, yo quería entrar en la fábrica de Mercedes-Benz que está acá cerca, en Virrey del Pino, porque pagaban mucho mejor que en el ferrocarril —dice Rubén—. Entonces fui a ver a Fangio a su concesionaria de Buenos Aires para pedirle una carta de recomendación. Yo pensaba que, como era mi padrino, me iba a ayudar. Me saludó pero no me preguntó nada. Le pidió a un secretario que me escribiera la carta y me fui. Esa fue la única vez que lo vi. Llevé la carta a Mercedes-Benz, contento como perro con dos colas, pero nunca me llamaron.

Fangio, según Rubén, debe haber dado la orden de que no lo contrataran para evitar las sospechas que seguro habrían surgido a raíz del innegable parecido físico entre ambos. Tenía el poder para hacerlo porque era uno de los principales concesionarios del país. De hecho, pocos años después de ese encuentro, en 1974, fue nombrado presidente de Mercedes-Benz Argentina.

—Yo no entraba en la fábrica y veía que todo el tiempo contrataban gente, hasta conocidos míos. Ahí siempre trabajó medio Cañuelas. Algunos de los desaparecidos de la Mercedes-Benz eran de acá. Uno de ellos se llamaba Esteban Reimer y era el marido de una amiga mía de la escuela primaria, María Luján Reimer, Maruca.

Entre 1976 y 1977, los primeros años de la última dictadura argentina, fueron perseguidos por su actividad política y sindical al menos veinte obreros de Mercedes-Benz, quince de los cuales, entre ellos Esteban Reimer, continúan desaparecidos. Según el informe Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad, publicado en 2015 por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos argentino, “existen pruebas e indicios que muestran las distintas formas en que Mercedes-Benz se involucró en los crímenes de lesa humanidad cometidos contra los trabajadores”, por ejemplo, facilitándoles a los perseguidores los legajos de sus empleados. Sin embargo, Fangio, la máxima autoridad de la filial local en aquellos años —y hasta 1987—, murió sin ser investigado por el Poder Judicial.

Fangio nunca hablaba públicamente de ese tema ni de ningún otro vinculado a la política, salvo cuando aclaraba que no era peronista, a pesar de que muchos creyeran que sí lo era porque Perón, en 1949, había otorgado fondos al Automóvil Club Argentino para que comprara dos Ferraris para el equipo de pilotos que participaba de competencias internacionales en representación del país. En verdad, Fangio era conservador y, en nombre de ese partido, fue fiscal y presidente de mesa en varias de las elecciones que el conservadurismo ganó hasta mediados de los cuarenta en todo el país mediante fraude durante la –por tal motivo llamada– Década Infame. Rubén, en cambio, sí es peronista, y es uno de esos peronistas que, además de saludar retratos de Perón, exhiben en alguna parte de su casa una foto de Evita, en este caso en la tapa de un pequeño libro que está junto a la computadora.

–Ese librito se publicó cuando murió Evita —dice Rubén—. Era de mi viejo… Vázquez. Él era tan peronista que hasta le decíamos Pocho, como le decían a Perón.

Golpean la puerta de entrada. Ercilia se levanta para atender y manda a Rubén, pantalón de jogging gris, buzo negro y boina blanca, a controlar el asado, “para qué te pusiste, si no, la ropa de asador”. A Ercilia le toma unos veinte pasos salir de la cocina, atravesar el comedor, el living, y llegar al picaporte. Quienes acaban de llegar son Ricardo Vázquez, hermano de Rubén por línea materna, y su hijo. En el juego de las diferencias sería difícil marcar siete entre Ricardo Vázquez y Rubén porque las que hay entre ellos superan por mucho ese número. Alcanza con saber que Ricardo Vázquez tiene los ojos marrones, la piel mate y, a sus ochenta y siete años, algo de pelo para peinar. Se sienta a la cabecera de la mesa del comedor, con las manos apoyadas en su bastón. Viste un chaleco de tela polar y una remera marrón de mangas cortas que le permiten lucir los tatuajes azulados, ya difusos, que tiene en sus antebrazos y que se hizo cuando visitó varios países como suboficial de la Marina, no muchos años después de que hubiera trabajado como ayudante en el taller Fangio, Duffard y Cía., donde, recuerda, una tarde se quemó el pecho con un radiador.

Golpean la puerta una, dos, tres veces y ya son doce los comensales. Ercilia se apura a tender la mesa porque Rubén ya sacó la carne de la parrilla. Despliega un mantel de tela escocesa verde y blanca, e inmediatamente después de haber visto un agujero en el centro lo retira con movimiento de mago. Regresa de la cocina con otro mantel de la misma tela, lo despliega y pone encima la vajilla, el pan, el vino, las ensaladas. La carne llega con Rubén. Todos mantienen viva una conversación que pasa de la política al fútbol y luego al tema que capta la atención por mayor cantidad de tiempo, la familia.

El mantel es el tablero sobre el cual Rubén, mientras conversa, juega con las migas de pan. Las barre con las yemas de los dedos hasta juntar un pequeño puñado que luego acomoda, alternadamente, en cuadrados blancos y cuadrados verdes. Es un movimiento lento que se vuelve rápido, errático, cuando la charla se concentra en Fangio y Catalina Basili, y todos tienen algo para decir. Ricardo, que siempre sospechó que su hermano era hijo de Fangio. Una de las hijas de Rubén, que su abuela le dijo que había callado por vergüenza y por miedo. Ercilia, que la familia nunca culpó a Catalina Basili por los momentos difíciles que vivió Rubén, pero sí a Fangio.

—Por más mal que haya actuado —interrumpe Rubén—, no se puede hablar mal del Chueco, no se puede destruir a un ídolo. Todos tenemos grandezas y miserias… aunque es fuerte decir miserias. Digamos flaquezas. Todos tenemos grandezas y flaquezas.

Vuelve la mirada hacia las migas y las mueve de un cuadrado verde a otro blanco.

Fue debido a un acontecimiento inesperado que Oscar terminó acompañando a Fangio en su última actuación memorable en el automovilismo, en las 84 Horas de Nürburgring, de 1969.

En esa época, Oscar ya no trabajaba en la concesionaria Fangio S.A. de Mar del Plata; tenía en esa ciudad un taller en el que, cuando no estaba reparando el auto de un cliente, preparaba sus coches de carrera. Mantenía una relación cordial pero distante con su padre, que vivía en Buenos Aires dedicado a los negocios, aunque en el último tiempo estaba también abocado a la dirección deportiva de La Misión Argentina que correría en Nürburgring, el circuito en el que doce años antes había ganado su quinto título. Con él a la cabeza, todo estuvo listo a tiempo. Sin embargo, cuando faltaban pocas semanas para viajar a Alemania, se retiraron del equipo dos de los diez pilotos. Fangio convocó entonces a Oscar para ocupar una de las vacantes.

—Había muchos pilotos a los que podrían haber llamado, pero Froilán, que era un tipazo, hizo que me llamaran a mí —dice Oscar—. Para mí era un compromiso muy grande porque había que ir a hacer buena letra.

Durante el mes previo a la competencia, cuenta entusiasmado, el equipo recorrió a diario el circuito alemán para estudiar las pendientes, los tramos de cornisa, las ciento setenta y dos curvas, siempre bajo las órdenes de Fangio, que compartió con todos el método con el que había ganado allí en 1957: aprender el camino por etapas de dos o tres kilómetros, con árboles, postes, lomadas y alambrados como referencias, para así saber dónde obtener ventajas. En la carrera, de todos modos, se despistaron dos de los tres Renault Torino de La Misión Argentina y el tercero quedó en el puesto número cuatro —en ninguno de los casos mientras Oscar estuvo al volante—, aunque había dado más vueltas que ningún otro coche y, por ende, era el ganador; los jueces le descontaron puntos porque el escape hacía mucho ruido y se pasaba del límite de sonoridad. Fangio protestó, manteniendo siempre los buenos modales.

Más allá del resultado, dice Oscar, integrar La Misión Argentina fue uno de los máximos logros de su carrera como piloto, de la que se retiró a comienzos de los ochenta, tras cerrar su taller, para concentrarse en mantener a su familia, primero con un negocio de ropa y luego, hasta su jubilación, al frente de una agencia de lotería que había heredado su esposa, Norma.

—Corrí unas setenta carreras, pero subí poco al podio. Debo haber ganado unas tres carreras o por ahí. A mí me costó mucho llegar a correr. Yo lo que quería era algún día andar entre los cinco primeros.

Desapareció de la voz de Oscar el entusiasmo con el que suele hablar de su pasado como piloto.

—Cuando vos corrés y sos el hijo de, piensan que sos igual. Pero no se pueden hacer comparaciones. Mi viejo es como un Messi, como un Maradona, uno de esos que nace cada tanto. Yo corría para aprender y todos me buscaban más defectos que al resto porque pensaban que estaba corriendo con el caballo del comisario, que iba a ganar seguro. Por eso yo decía “cuando pueda andar entre los cinco primeros voy a estar contento”. Y cuando llegué a andar entre los cinco primeros, cuando estaba andando más o menos bien, tuve que dejar el automovilismo porque no tenía los medios económicos. Me costó dejar porque era lo que ansiaba.

A Oscar ni se le pasó por la cabeza pedirle ayuda a su padre para seguir corriendo. Eso habría implicado que mantuvieran una conversación, algo que, si bien nunca habían hecho a menudo, no hacían en absoluto desde mediados de los setenta.

***

Enfrentados en la doble página, Fangio a la izquierda y Oscar a la derecha, tienen un parecido evidente, más allá de que, en las fotos, el padre tenga sesenta y largos, y el hijo, casi cuarenta. Sobre la cabeza de Fangio se leen la volanta “Juan Manuel ya no reconoce a Cacho” y el título “¿Qué pasó entre Fangio y su hijo?” de la nota publicada en diciembre de 1977 en la revista argentina La Semana.

Los periodistas han viajado a Mar del Plata para buscar a Oscar. Cuando lo encuentran en la puerta de su chalet y le preguntan “¿Qué pasa con tu padre?”, Oscar responde “con mi padre no pasa nada”. Luego se distiende y explica que insiste en pedirle que resuelva la cuestión del apellido porque no quiere que sus hijas vivan el drama que a él lo ha marcado desde su nacimiento. “Es una cuota de crueldad que quisiera ahorrarles”.

De regreso en Buenos Aires, los periodistas entrevistan a Fangio en una de sus oficinas. Al principio todo es sonrisas con el recuerdo de las victorias del pasado. Pero cuando le preguntan “¿Qué significa Oscar en su vida?”, él se queda en silencio. “Demuda el rostro. Los ojos se le endurecen repentinamente” y responde:

—De eso no quiero hablar.
—¿Por qué?
—Es mi vida privada, y de eso no quiero hablar.
—¿Cacho Fangio es su hijo?
—Le reitero. Perdóneme. Pero ese es un tema privado, y no quiero hablar nada.

A esa altura de la charla, Fangio “no puede controlar su nerviosismo”. Tiene “el rostro transfigurado” y mueve constantemente sus manos, “ágiles y expresivas cuando hablaba de automovilismo”, que ahora, sin embargo, le tiemblan.

—Mi mamá nunca se metió en todo esto del apellido, ni antes ni después de separarse de mi viejo. Ella vivía su vida y yo la mía. Igual me la traje a Mar del Plata cuando ya estaba mayor, y acá murió en 2013.

Oscar tiene las manos cruzadas, los dedos entrelazados, rígidos, sobre la tabla de la mesa.

—Cuando mi hija mayor tenía cuatro o cinco años, eso debe haber sido en 1973, lo fui a ver a mi viejo a su oficina para arreglar de una vez las cosas. Yo le dije “de tu dinero no quiero nada, hacé testamento, regalá todo, hacé lo que quieras, yo lo que quiero es que me arregles la parte moral, la del apellido, que es lo que corresponde”. Y él… me dijo… “para que arreglemos todo y te deje sólo mi apellido vos tenés que hacer mérito”.

Oscar se mira las manos, se las aprieta hasta que los nudillos parecen de nácar cuando dice mérito.

—Le dejé de hablar por muchos años. En 1994 nos cruzamos en un homenaje que nos hizo Presidencia de la Nación por los veinticinco años de las 84 Horas de Nürburgring, pero sólo nos dimos la mano. Recién volvimos a hablar en 1995. Lo fui a ver a su casa de Buenos Aires porque sabía que estaba muy delicado. Le conté que mis hijas estaban en la universidad y él se puso muy contento. Ni hablamos del tema del apellido. Me pidió que fuera a verlo de nuevo y lo vi entusiasmado con eso. Volví pero mi prima Ethel me hizo atender por una mucama que no me dejó entrar y me dijo que mi viejo estaba internado. Y era mentira porque mi viejo estaba ahí, en la cama. No volví a verlo.

Un silencio profundo permite oír con nitidez cómo, del otro lado de la puerta del living, juegan Norma y uno de sus nietos.

Tiempo muerto

Publicado: 7 marzo 2017 en Verónica Ocvirk
Etiquetas:, , ,

Son las once de la mañana. Andrea, paciente, llega al Hospital Italiano quince minutos antes de su consulta. Y se sienta a esperar. Ya esperó bastante a que llegara ese día, cerca de tres meses. El tema –dice- es que hay que llamar y llamar para que abran las agendas, porque solo dan turnos para los tres meses siguientes. El desafío es tratar de “entrar” ni bien eso ocurre, ya que los turnos se agotan enseguida y entonces hay que esperar otro mes más, hasta que vuelvan a abrirlos. Y así. Pero ahora ya está, ya consiguió su cita y 90 días después está sentada en la sala de espera. Piensa que es muy interesante el sistema que implementó el Italiano, con televisores donde aparecen el nombre del paciente, el número de consultorio al que debe ir y la hora a la que fue llamado. En la pantalla van quedando los registros, nueve o diez pacientes. Entonces Andrea se la pasa haciendo cálculos: cuál es el consultorio que llama más rápido, cuál no está llamando, cuando tiempo demoran por paciente. Pregunta cuánta gente tiene adelante y se pone a sacar cuentas, además de estar muy atenta a que no la salteen mientras saca raíces ahí en su silla. De pronto se le viene la imagen de las interminables esperas que hace años soportó en esa misma sala cuando sus tres hijas eran chicas. Tratando de entretenerlas para que no se desmadren. Llevándoles la merienda. Y atajando a la bebé, que gateaba y se arrastraba por todos lados. Qué estrés. El hecho de saber que tenía que ir a controlarles la ortodoncia, una cosa de cinco minutos para la que podía llegar a esperar hora y media, le provocaba tremendos nervios. Ahora que está sola se saca un capuchino de la máquina y trata de considerar a ese lapso como un parate. Siempre dentro del marco de lo posible, porque uno vive sin tiempo y corriendo por el laburo; el de ella ahora condensado en los correos y las llamadas perdidas que le caen cuando por fin logra salir, una hora y media más tarde, cuando el reloj marca ya las 13.30.

El relato de Andrea no tiene nada del otro mundo. Quienes son jóvenes y sanos tal vez no lo adviertan. Pero quienes sufren de cualquier afección grande o pequeña (o creen que la sufren, lo cual viene a ser casi lo mismo), o tienen a sus padres grandes, o son ellos mismos padres, seguro saben de lo que estamos hablando: hace décadas que enfermarse en la Argentina implica empezar a vivir una especie de vida aparte y no solamente por el dolor, el ardor, la molestia, la ansiedad, la falta de sueño, los nervios tensos. En ese mar que es la medicina la vida se ve de pronto sumergida en un calendario opresor en el cual hay que esperar para todo. Y así el paciente, con su relato y sus papeles, se convierte en alguien que está solo y espera. Espera en el teléfono para hacerse de un turno;espera semanas –en algunos casos meses- para que esa cita se concrete; espera al médico en la sala de espera (lo que constituiría la espera núcleo, la más básica); espera para tener la orden, para autorizar la orden, para que le vuelvan a redactar la orden; espera para hacerse el estudio y por el resultado del estudio; espera por el reintegro; y por la prótesis; espera por la historia clínica que tiene que adjuntar al expediente para que le cubran la práctica; espera por el informe de la radiografía; o por un medicamento que justo está en falta; espera en el laboratorio y también espera con fe, pero más que nada con incertidumbre, por la fecha de una cirugía.

No se trata solo de una cuestión de pobres; la clase media y los ricos también esperan. Claro que para los primeros es peor, porque los hospitales y centros de salud públicos no suelen dar turnos telefónicos y entonces el pobre tiene que acercarse hasta allí a las cinco de la mañana y hacer cola durante una, dos horas, a la intemperie. Luego,otras más bajo techo para recibir atención, o a veces, apenas, concretar una cita. Pero las clases medias y altas, aun con sus turnos, también se pasan horas y horas en unas salas probablemente más bonitas y cómodas, con láminas de Claude Monet enmarcadas, viejas revistas de chimentos y servicio de sparkling.

¿Por qué esperamos tanto? ¿qué respuestas tienen para dar la comunidad sanitaria y los propios médicos? Existe un término muy argentino para definir las esperas prolongadas: es “amansadora” y guarda también un matiz disciplinador, porque amansar es volver manso a un animal salvaje quitándole su bravura natural. Los significados y los sentimientos que se ponen en juego en el acto de esperar hacen pensar que detrás de una aparente cuestión de horarios asoma a la vez una lección de subordinación, una conexión fina entre espera y reverencia en la cual la propia palabra “paciente” puede resultar reveladora.

Con el brujo no

Son las cinco de la tarde y el médico ya debería estar atendiendo en su consultorio particular. En la minúscula sala de espera casi no quedan asientos disponibles. Unos y otros miran la hora, se miran entre ellos, miran hacia la puerta, alguno que otro resopla fuerte. Y en eso, uno se atreve, se levanta, se acerca a la secretaria y empieza a decirle que cuándo va a venir el médico, que lleva más de una hora ahí, que al fin y al cabo para qué dan turnos. Los demás aprueban en silencio. La secretaria encoge los hombros y explica que al doctor se le presentó una situación impostergable, que de todas formas está llegando. Al rato,efectivamente, llega, y en su paso hacia el consultorio intercambia una mirada con el que había increpado a la secretaria, a quien reconoce de consultas anteriores.

—¿Qué tal? -interpela.
—Muy bien, doctor, faltaba más, gracias por preguntar—dice el paciente.

Cualquier rastro de enojo ha mutado en pleitesía.

El sociólogo Javier Auyero analizó a fondo las filas de espera en diferentes dependencias del Estado, y se refiere a la manipulación del tiempo como una dimensión simbólica donde se produce una negociación de poderes, derechos y vulnerabilidades. “La dominación opera cuando unos se rinden ante el poder de otros y se vive como un tiempo de espera: esperar con ilusión primero y luego con impotencia que otros tomen decisiones para, en efecto, rendirse ante su autoridad”, se lee en su libro Pacientes del Estado.

Paciente es alguien que espera para ser atendido por un profesional de la salud y paciente se le dice, también, a quien tiene paciencia. Pero estas acepcionesno son tan diferentes. La misma persona que resopla en la cola del banco, o que reprende a los gritos a la gente del servicio técnico porque lleva tres cuartos de hora sin internet, se rinde ante el médico.

El Barómetro de la Deuda Social Argentina contabilizó en 2013 la cantidad de personas que dijeron haber esperado más de una hora para recibir atención sanitaria. El promedio del país fue el 45 por ciento, con diferencias entre Gran Buenos Aires (53 por ciento) y Ciudad de Buenos Aires (26 por ciento). Por otro lado, el trabajo Opinión de los usuarios de Salud en la Argentina, en el que Rodrigo Lugones y Federico Tobar presentan los resultados de un conjunto de estudios de opinión pública realizados entre 2011 y 2013, advierte que el 48 por ciento de los consultados esperaron al médico entre media hora y una hora y el 15 por ciento más de una hora. No obstante el estudio señala que los habitantes de este país suelen tener un alto nivel de satisfacción con respecto al sistema de salud en general, a su funcionamiento y a lo que juzga como la figura central del sistema de salud local: el médico argentino. “Mi tesis es que la gente no espera ser atendida en forma rápida”, explica Tobar, para quien la espera larga en los servicios de salud está más que naturalizada: está legitimada. “Es un requisito en la construcción social del paciente. El paciente tiene paciencia, el usuario no. Un usuario puede reclamar y con eso se perdería el contrato básico de nuestro modelo de salud, que es la asimetría de poder entre el médico y el sujeto de cuidados”. El paciente no sabe lo qué le pasa, ni qué le van a hacer, debe entregar su cuerpo y su voluntad a un grupo de profesionales y a una institución. En el momento que recibe atención sanitaria es confrontado con un conjunto de reglas de interacción. Algunas son explícitas (como el consentimiento informado que el individuo firma antes de un procedimiento que involucra cierto riesgo clínico), pero la mayoría de las veces esas reglas son tácitas. “La aceptación de esas reglas convierte al usuario en paciente”, marca el consultor internacional en salud e investigador del CIPPEC.

Para el experto en el ejercicio moderno de la medicina hay un modelo aceptado del médico como una eminencia despiadada y omnisapiente: es el arquetipo del Dr. House. Por eso los hospitales están llenos de médicos a los que les dicen House, porque es lo que todos quieren ser, un profesional reconocido por su amplísimo conocimiento y capacidad para diagnosticar y prescribir, pero que no tiene por qué rebajarse a la calidad de ser humano y dar explicaciones. La prueba más clara de eso –dice- es el sobreturno: “No existe ninguna otra práctica liberal moderna donde exista el sobreturno. Pedile a un abogado, a un contador, que te den unsobreturno. Sin embargo, los médicos no quieren ceder el turno. Eso sería peor a que les digan cómo tratar al paciente, porque el control del turno tiene que ver con el control de la práctica médica”.

En este punto las opiniones tienden a coincidir: los médicos son profesionales con tanta libertad que resultan inmanejables. Y como para contribuir aún más a ese agigantamiento, la sociedad les atribuye un poder similar al que antes se otorgaba a los sacerdotes o chamanes. Un médico puede no ser Maradona, Messi, ni Mick Jagger. Pero el reconocimiento que recibe a nivel micro es impresionante.

Apaguen los relojes

¿Por qué los hospitales públicos no funcionan a la tarde? Según Hugo Spinelli, médico y Director del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Nacional de Lanús, una buena parte de los profesionales que tienen que cumplir ocho horas diarias llega a las nueve de la mañana y se va a las dos horas. Y el director puede poner turno tarde, pero los médicos no irían: es imposible hacerles cumplir el horario. “Si vos sos dueño de un cine – explica-tenés todo como un relojito y si querés hasta lo podés controlar desde Miami. Pero en un hospital esa idea que tenemos de una pirámide conducida desde arriba no funciona. De acuerdo a Spinelli la práctica médica se mueve por fuera de lo que es el modelo industrial y entonces el poder no está en la cúpula, sino en la base. “El médico es el shamán de la tribu, el que tiene el poder. Entonces, ¿cómo se cambia esa correlación de poder? ¿Empoderando a la gente? Sí, pero solo en parte, porque la gente le teme al brujo de la tribu. Si pensamos el problema con una lógica industrial, fallamos. La propia naturaleza del juego y la autoridad que se les concede a los profesionales de la salud hacen que la pirámide clásica mute”, reflexiona.

El profesor de Economía de Princeton Alan Krueger narraba hace un tiempo en el New York Times que un amigo suyo, tras aguardar al médico más de una hora, se plantó frente al doctor y le presentó una factura por el tiempo que había perdido. Krueger argumentaba que el tiempo invertido en las salas de espera debería ser calculado de acuerdo al costo de oportunidad e imputado luego al gasto total del sistema sanitario.

Lo que a Krueger se le pasó por alto es que la asignación de una duración a las consultas médicas es siempre imperfecta. No es como un turno de peluquería en el cual minutos más, minutos menos, se puede estimar cuánto va a durar.

Es cierto que gran parte de la sociedad funciona sobre la base de una impronta industrial de tiempos, de regularidad y productividad. Pero en medicina el trabajo bien hecho es artesanal. Nunca se sabe cuánto puede durar una consulta, ni si es grave lo que el paciente padece, o si este es introvertido, tartamudo o hipocondríaco. Se trata de un juego abierto, fortuito y atravesado por cuestiones tan pesadas como la vida, la muerte, el dolor, la angustia de la enfermedad. Algo que con el peluquero, evidentemente, no pasa.

Carla sufrió hace un tiempo de síndrome de ojo seco y la pasó bastante mal, no solo por la molestia del caso sino porque dio muchas vueltas por muchos consultorios donde nadie terminaba de saber que le pasaba, y mucho menos cómo podía mejorar. Las esperas se volvieron interminables, y como tenía los ojos adoloridos no leía, no usaba el teléfono; Carla no hacía más que esperar. Además los turnos con los especialistas podían demorar hasta seis meses mientras se sentía tan sola luchando con todo eso que le pasaba, y encima con la burocracia. Hoy está convencida de que uno debe buscar respuestas hasta que encontrar un profesional que además de tener el conocimiento, muestre también la calidez suficiente como para manejar situaciones así. Como ese oftalmólogo que la tranquilizaba y hasta llegó a abrazarla una vez que rompió en llanto.

El producto de la medicina no es tangible: es la palabra, que construye realidades con solo hablar. “El médico dice algo y el paciente se puede reír, angustiarse, saber que le queda una semana de vida o que está sano. ¿Y qué hizo como trabajador? Habló. Por eso también los profesionales de la salud son tan difíciles de manejar y controlar. Es muy fácil mentir. Y entonces hay que dar un acto de fe, incluso entre pares”, advierte Spinelli. Y concluye: “Por supuesto que debemos condenar el abuso que el médico hace de ese tiempo imponderable y de esa enorme libertad. Pero tampoco alcanza con poner un reloj. No se trata de eso”.

La soledad del paciente

Las esperas –decíamos- no son todas equivalentes. Recorrer el Hospital Fernández de Buenos Aires por la mañana permite formarse una idea bastante acabada de cómo es esa espera para quienes no acceden a una obra social o prepaga: gente por todos lados, poco personal a quien preguntarle algo, muletas, sillas de ruedas y cantidad de niños en un lugar triste, gris y no demasiado limpio. Algunos miran las pantallas con TN, muchos bostezan, otros conversan sobre enfermedades, uno va lentamente quedándose dormido. Donde más se advierte el contraste con las clínicas privadas es en las salas de espera de pediatría. Claro que también están abarrotadas de chicos, pero además de climatizadas y limpias las privadas suelen estar pintadas de colores, tienen mesitas y sillas de tamaño infantil y una serie de juegos como para que el tiempo de espera sea un poco más llevadero.

“Las esperas difieren de acuerdo al subsector: prepagas, obras sociales y sector público. Difieren en cantidad de tiempo y calidad. Pero todos esperan, lo que pone de manifiesto lo que llamamos barreras de acceso de tipo administrativo, además de las financieras, geográficas y culturales, lo cual termina produciendo que llegar a una atención oportuna y sin padecimientos, más allá de los propios de cada patología, sea casi un milagro”, dice Gabriela Hamilton, magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social y Profesora de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Según explica, en algún momento los servicios de salud dejaron de pertenecer a los pacientes: “Los trabajadores de la salud nos apropiamos de ellos atendiendo en el horario que nos conviene, así los hospitales están atestados por la mañana y completamente vacíos a la tarde y la noche, cuando solo funcionan las guardias”. Tanto pobres como ricos, cuando son pacientes, se encuentran bastante solos. Unos peregrinando por hospitales y salitas, otros recorriendo sin demasiadas guías a los profesionales que le ofrecen sus enormes cartillas de especialistas.

Algunos países tienden hacia un modelo de cuidados continuos e integrales. Cuando se logra que el cuidado del paciente sea permanente y no episódico, y cuando la responsabilidad por ese cuidado no está fragmentada sino que es integrada, se rompe en parte con esa asimetría de poder, porque la persona tiene entonces un médico de confianza.Un médico que conoce a su paciente es capaz de conversar con él, y es fundamental porque el vínculo producido a partir del diálogo puede reducir estudios, medicamentos, interconsultas con especialistas y por supuesto: también esperas. El profesional podría resolver temas menores por teléfono y no por evadir la consulta, sino todo lo contrario: porque conoce a su paciente, su historia, a su familia, incluso su casa. ¿Qué médico va hoy a la casa de las personas a las que atiende?

Según Tobar, Buenos Aires tiene más médicos, más camas hospitalarias, más resonadores y más tomógrafos que cualquier otra ciudad de todo el continente. Lo que hace falta es compromiso de modificar el modelo de atención, y a partir de ahí modificar el modelo de gestión. Reconoce que para eso a los médicos hay que pagarles de otra forma, asignarles población y combatir el pluriempleo. Un día habitual en la vida de un médico puede llegar a ser un intrincado tetris de atención de consultas externas en el hospital, la guardia, incluso guardias en ambulancias, y los pacientes particulares de aquí y de allá. Eso también provoca que sea usual que lleguen a tarde.

Mientras los minutos pasan entre la ansiedad, la paciencia y esa entrega que es a la vez un poco ingenua y un poco ciega, en esa suerte de rendición provocada por la gran necesidad de algo de alivio, se van tejiendo significados. La espera en los sistemas de salud sigue generando preguntas que convierten a ese tiempo muerto a un tiempo de control social y también de esperanza. En cada clase, y cada edad, la espera parecería ser algo naturalizado, que se da por sentado aunque en ese camino haya miedos, haya angustia y soledad, y una de las tantas falencias del sistema de salu

Diario de un bordador

Publicado: 9 enero 2017 en Sebastián Hacher
Etiquetas:, , ,

1

Octubre de 2016.

A un año de empezar el experimento.

Primero fue el ñandutí de Paraguay, después el kené de la selva peruana. En el medio, antes y después, el bordado. Punto cadena, punto cruz, pespunte y punto atrás. Prisionero, escapulario, festón griego, cordón y cordón partido. Bordo todos los días y cada vez que puedo, tanto que a veces me cuesta salir de casa. Siento que el rincón donde están los hilos me llama. Ahí está el silencio, el meterse adentro de la tela. El centro del bastidor es un agujero negro: te atrae, te abduce, te hace creer que adentro hay un universo nuevo. Y lo mejor es que no te decepciona. Ese universo existe. No se puede describir, pero existe.

Cada día sin bordar es un día perdido. Bordo mientras leo diarios, o chequeo las redes sociales. Bordo mientras espero en el médico, o cuando tengo un rato libre y paso cerca de una plaza en la que me puedo sentar. Bordo en mi jardín, que es enorme y silvestre. Y bordo los viernes en un taller donde todas lo hacen mucho mejor que yo. Queda a 60 kilómetros de mi casa, pero no importa. Necesito compartir con alguien esto que hierve adentro.

2

A veces también bordo de noche, cuando todo lo demás terminó. Y ahora que empieza el calor lo hago con la ventana abierta. Hoy descubrí que el reflejo del vidrio y el velador de la mesa generan un halo interesante, nuevo. Por primera vez decidí fotografiarme bordando. Medí la luz, calculé el encuadre, pedí ayuda para apretar el obturador. No quiero una selfie, quiero un autoretrato: hay un mundo de diferencia entre las dos cosas.

Enseguida bajo la foto a la computadora. Hay que retocarle los negros, levantar un poco el contraste de algunos elementos de la mesa: adornos, el costurero, un ovillo de hilo, mis manos que sostienen el bastidor. El resto está apenas iluminado. Se ve el rostro, la barba crecida, los pómulos hinchados -recién empiezo la dieta- y la estrella gris de mi remera.

Me gusta esa remera. Es una Converse trucha. El tipo que las hacía fue un visionario: las sacó a la calle antes de que la marca se decidiera a hacer ropa. Era una imitación sin modelo, un fake que no falsificaba nada. La compré en La Salada una noche en la que tuve problemas con unos matones. Estuve tres años investigando la vida en la feria y aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad: alguien había amenazado con matarme. Esa madrugada, no se por qué, compré esa remera. Enseguida se le hizo un agujero y destiñó, pero igual la seguí usando para estar en casa. Hoy me la puse para palear la tierra de la huerta de verano, transplantar tomates y reforzar el gallinero. Ahora la uso para trabajar con hilos.

Me gusta que la remera esté en mi primer retrato como bordador. Le agrega un pedazo de la historia.

Le envío la foto a varios amigos. Pregunto: Vot sí o vot no como foto de perfil.

Una amiga que me bienquiere:

—Demasiado. Linda foto pero te vas al tacho. Nadie va a saber la historia de la remera. No Sebastián, no lo hagas.

Otra:

—Es misteriosa, pero te van a hacer bullyng. Vot No.

Un amigo:

—Publicala y te van a seguir los chongos.

Otro amigo, por chat:

—Es algo que todos sabemos, pero verlo así es muy fuerte. No la publiques.

Quienes se inclinan por el sí, tienen otros argumentos: la foto es todo un manifiesto, casi una imagen de campaña. Hacelo, me dicen. Es un buen aporte a la causa contra el patriarcado.

La conclusión es triste. Nadie ve mi dedicación al bordado como un acto natural. Tengo que recapitular todo lo que hice, empezar con la historia desde cero. Necesito entender en qué me estoy convirtiendo.

3

Marzo de 2016

Mi primer encuentro con el bordado tradicional es pura torpeza: lo que hago sobre la tela son los palotes de un principiante. Intento escribir con punto cadena “una voz en el jardín” -el verso de Diana Bellesi que tantas veces escuché en estos meses- y la letra sale chueca, torcida. Mis manos se acuerdan de la caligrafía que aprendí en el primario, pero no puedo dibujar cursivas fáciles de bordar. Podría ser el que borda los nombres en la bolsita de un niño que va al Jardín, o las sábanas de un enfermo en el hospital. No estoy para más que eso, por ahora.

Hay algo en la delicadeza del bordado -por lo menos esa delicadeza que experimento ahora, al tratar de escribir usando el punto cadena- que me despierta una sensación nueva. Con el ñandutí era distinto: había que tensar, empujar, hacer nudos. Algo de fuerza sutil -fuerza suave, le escuché decir una vez a una amiga- que ahora se me vuelve un lastre.

Visto desde acá, el ñandutí era tensión, nudos, raíz: tierra en todos sus sentidos. El bordado se me hace aire. Quizás sea el cambio de aguja. En el ñandutí empecé con una enorme y luego me mudé a otras más pequeñas pero robustas. Acá trabajo con una aguja número siete, de cabeza dorada, que apenas logro sostener entre los dedos. Trabajo con hilo fino -una hebra de mouliner naranja- y los puntos son pequeños, apretados.

Como soy zurdo y me siento inseguro, uso las dos manos. La izquierda pincha, la derecha recoje. Beneficios de haber sido educado para escribir de costado y adaptarse a un mundo para derechos. La historia de mi vida.

4

El sábado 14 de mayo voy al taller de Guillermina Baiguera. Me la recomendaron varias personas. Guillermina es una de las primeras y más serias maestras de bordado de la nueva generación en Buenos Aires. Borda hace quince años, y muchas de las que dan clases pasaron antes por sus talleres. Tiene una galería que se llama Formosa: un local en Colegiales, en una calle con tilos y cerca de una plaza. La mayoría cree que el nombres es por la provincia o porque alguna vez estuvo en una calle llamada así, pero la verdad es que es un homenaje al origen de la palabra, que significa hermoso, bien formado.

Si en el ñandutí pude dar un paso al frente, aprender dechados, irme con la sensación de haber dominado al hilo sobre el bastidor, acá soy el último de la fila: las posibilidades, la historia y la diversidad de técnicas parecen infinitas. Guillermina escribió un manual con varios puntos. Es un libro cosido a mano, impreso en un papel suave y rústico. “Como experiencia sensible no sé donde puede llevarme el bordado”, escribió en las primeras páginas. Quizás eso tenga algo que ver esa versatilidad del hilo, tan parecida al dibujo.

Mi primera clase es una de introducción al bordado. Todo es tan nuevo para mí que cada vez que hablo siento que rompí algo. Enseguida descubro que esa disonancia es apenas un detalle. La mayoría de las veces trabajamos en silencio, y las cuatro horas del taller se convierten en una especie de tiempo suspendido, que parece no transcurrir.

Todas ellas tienen una historia con el bordado. Las dos mayores aprendieron de chicas, en la escuela. Recuerdan los manuales clásicos y las enseñanzas morales que venían con ellos. La más joven aprendió de su abuela española. El único que no tiene una raíz sólida en todo esto soy yo. Cuento la historia de mi abuela modista, de cómo ella me introdujo en el mundo del trabajo manual con hilos. Pero en el fondo siento que lo mío es otra cosa: apenas soy un periodista intentando una investigación.

Aprendo los puntos básicos: cadena, pespunte, punto atrás. Son un trazo universal, que parece haberse diseminado por el mundo como un virus: mi manta peruana bordada en la selva, el libro de palestina de una de mis compañera de taller, las historias de William Morris que nos cuenta Guillermina. En todas encuentro los mismos puntos diciendo cosas por completo distintas.

Yo estoy en este estadio: la cadena me sale bien. Mi festón griego es un desastre. Mi único avance: dejo de bordar con las dos manos.

Cuando termina la clase, Guillermina me llama.

—Qué bueno tener un alumno hombre -dice.
—¿Vienen pocos?
—Casi ninguno. El bordado tiene una energía muy femenina, íntima. Los pocos hombres que han venido se fueron autoexpulsados.

5

Una directora de cine feminista dice: el bordado antes se usaba para formar señoritas. Era una forma de mantener las hormonas controladas.

No me atrevo a preguntar que opinan sobre eso en el taller.

6

20 de Mayo

Publico mi primer texto sobre bordado. Mi idea es hacer una serie de notas sobre distintas técnicas, y lo que me pasa con ellas. Correrse del pequeño canon que supo construir es una jugada arriesgada para alguien que se pasó los últimos quince años escribiendo sobre violencia y movimientos sociales.

En algún momento, lo sé, voy a recibir un golpe. Y sucede.

Por primera vez en mi vida me hacen bullying. Son comentarios lastimeros, la versión adulta de los codazos que se dan dos pibitos en una fila de escuela cuando ven a uno distinto. Lo hacen por WhatsApp, en un grupo privado del que no formo parte.

Esperaba eso, y no sabía cómo me lo iba a tomar. ¿Me iba a derrumbar frente al gaste? ¿Les recitaría como respuesta mi currículum de nacido y criado en el conurbano? ¿Cagaría a trompadas al que tuviese a mano?

No sucedió nada de eso. Tuve una mezcla de piedad y ganas de entender el fenómeno. Conozco a los personajes: masculinidades con ánimo pero sin fuerza de conquista, reafirmando su identidad chonga al señalar al que suponen enemigo o competidor, tratando de ponerlo en un lugar de supuesta debilidad. Viven de sus inseguridades: reafirman su pertenencia a la tribu señalando al otro. No pueden vencer ni expulsar al que está afuera, pero lo señalan para sentirse adentro de algo.

Un hombre que borda. Uno que se hace el sensible, dicen.

7

Hablo con una editora de las que se dedican a seleccionar y componer libros. Le explico mi proyecto. Pienso entrevistar, investigar y sobre todo experimentar con el bordado y el tejido. No sabría en qué categoría poner un texto así, dice ella. Necesitaría clasificarlo.

Me gusta esa incomodidad: la editora es brillante y puede convivir con eso, abrir un espacio en los pliegues de su lista de géneros para poner ese texto.

El bordado mismo queda en un lugar incómodo, a mitad de camino entre el arte y la artesanía, la experimentación y la tradición. Hay algo desfasado, algo de “la labor”, del oficio que intenta convertirse en otra cosa sin perder la esencia.

Sería mucho más fácil para mí escribir sobre violencia. Elegir una de las tantas historias que tengo en la carpeta de pendientes y seguir haciendo lo que sé que más o menos me sale bien y funciona: meterme hasta el hueso en historias de otros, encontrar el brillo en lo oculto, descubrir la belleza del margen. Pero lo que busco es algo distinto: correrme para hacer algo nuevo, para descubrir desde ahí otras posibilidades. Habitar el borde-borde/bordado: una epifanía etimológica- para no aburrirse. Repetirse es morir.

Dos días después del encuentro con la editora recibo un mail:

Te queremos como autor, pero no nos cierra el libro.

8

22 de junio

Mi plan maestro es bordar los arcanos del Tarot. Y en cada uno de ellos aprender una técnica distinta. Empiezo por el mago de Marsella: me detengo horas en cada detalle. Termino por saber de memoria cada uno de los elementos que componen la carta. La brujería es hacer que lo que esté afuera también está dentro, y viceversa.

Al principio intento hacerlo solo, pero mis técnicas son tan pocas que tengo que pedir ayuda. Deambulo por varios talleres y de todos los que hay en Buenos Aires, elijo volver al de Guillermina. Tiene dos ventajas: es un taller de producción, del que puedo entrar y salir cuando quiero. Y tiene un grupo de asistentes con proyectos sólidos. Denise trabaja desde hace tiempo en un mundo de corales enormes y delicados, tanto que parece eterno. Mirta borda tormentas y paisajes. Carolina a su familia con unos hilos finos y un nivel de detalle que emociona. Laura trabaja en un vestido de guata con frutas de colores.

A veces llego tarde por el tráfico, complicaciones de trabajo o alguna reunión de la que no pude escapar. Y aunque sea tarde, ir es sagrado: cada viernes estoy ahí con mi bolsa de hilos desordenados y con toda la semana a cuestas. A veces creo que no voy a poder, que el mundo exterior va a entrar hasta la mesa misma en la que trabajamos y va a invadirlo todo: la neurosis de la semana reflejada en la última actividad antes de caer rendido. Pero empiezo a bordar y todo pasa. Hay un ritmo nuevo, un compartir despreocupado, cooperativo, que te envuelve de a poco y genera un ambiente donde todo lo de afuera ya no importa.

Son grosas mis compañeras: ganan premios, exponen en el salón de arte textil y en el de bordado, pero tienen tiempo para recomendarme qué colores usar o para elogiar mis intentos que siempre -pero siempre- me parecen chuecos y faltos de gracia.

9

Guillermina me contó un sueño. Le salían tres hilos del pecho. Tiró de ellos para sacarlos. Eran hilos extraños. El último no quería salir: mientras tiraba, sintió que se movía algo dentro suyo. Entonces dejó de tirar.

10

Visito a la artista plástica Mónica Millán en su estudio. Vive en una casa con un jardín enorme: reprodujo allí parte de la selva misionera en la que vivió gran parte de su vida. Pinta y dibuja todos los días. También borda. Son cuadros de varios metros, repletos de selvas interminables. En algunos se cuela el bordado: telas que compra, lo que encuentra en ferias de viejo, en cajones familiares, en el Ejército de Salvación. Al principio parecen retazos sobre sus obras. Después van ganando protagonismo, crecen: cuando esas naturalezas se vuelven más barrocas, los hilos se transforman en lluvias o en lianas. Al final del recorrido, cuando miro sus obras más nuevas, descubro como el bordado termina siendo el soporte de obras que tienden a ser figuras geométricas. Cómo si el paisaje se disolviera a formas primigenias. Percibo una concepción del mundo, un devenir hacia lo abstracto que supongo parte de una especie de lenta revelación.

Le digo la verdad: miro su trabajo y me dan ganas de salir corriendo a bordar, de intentar llegar a ese mismo destino.

—Te dan ganas de bordar —dice ella— porque lo que ves es a una persona que se metió para adentro.

11

“El paisaje nos constituye”, dijo mientras caminamos por el jardín. Pero quizás lo que nos constituya sea el paisaje sonoro. Quizás el paisaje sonoro crea las formas y esas forman nos toman mediante el sonido. Pienso en los cantos de la ayahuasca, las visiones que provocan. Pienso en el ruido de las chicharras en Misiones, en el canto de los pájaros de mi casa. Y hasta en la música horrible que a veces escuchan mis vecinos.

¿Cuál es mi paisaje interno? ¿Tendré algún día las herramientas para sacarlo afuera con el bordado? ¿O me tengo que conformar con la palabra- siempre tan limitada a la hora de expresar algo que no sea un convencionalismo?

Envidio un poco a los que pueden dibujar. Por ahora, bordo formas abstractas: garabatos que se van encastrando unos con otros. Si me preguntan, estoy practicando los puntos. En algún momento emprendo con el hilván: líneas paralelas, hilo fijo, intento de patrón.

En la casa de la artista plástica vi unos pañuelos viejos bordados con un hilo finísimo, formando una cuadrícula con miles de puntadas. Tal vez, sin saberlo, intento hacer algo parecido a menor escala. Hago como los religiosos: imito la vida del santo mientras espero la iluminación.

12

1 de junio

De Paraguay traje hilo -unos veinte rollos grandes- y mucha tela. Sobre todo ao poí, un algodón fuerte, de trama regular y abierta sobre la que intento bordar. Al principio es como alisar la arena: un poco de presión de más, el hilo se estira y el cuadro mínimo por el que entró el hilo se deforma para siempre. Trabajo despacio, casi conteniendo la respiración.

Dice Guillermina:

—Una vez pasó una mujer que hacía meditación budista. Los budistas tienen que bordarse los trajes. Esta mujer pasó porque nos debe haber visto bordar y me dijo que ella tenía que bordarse su propio traje y que en general usaba la puntada del hilván y que estaba muy relacionado a la respiración. Y es verdad. Yo bordo con ese punto una vez que entré en ritmo pasan horas y no sé dónde estuve.

13

Cuando empecé a bordar, mis amigos me decían: vas a terminar como Chiachio y Giannone. No sabía quienes eran, y me daba fiaca averiguarlo: tengo una especie de dislexia con los apellidos. Más cuando son complicados.

Hasta que los encontré. Y me enamoré de su obra. Sus cuadros son enormes, llenos de detalles: junglas tropicales, autoretratos festivos, divertidos, de un kitsch elegante. El de ellos es un bordado hacia afuera, una selva distinta a la de Mónica. El paisaje que los forja a ellos es la combinación perfecta entre la fiesta colorida y el salón de arte.

Les mando un mail: estoy escribiendo sobre bordado, me gustaría charlar con ustedes.

Ser periodista tiene una sola ventaja. Sos jugador amateur de fútbol y lo entrevistás a Messi.

14

2 de junio.

Leo una crítica que habla sobre la obra de Chiacho y Giannone. De la crítica surge una pregunta: ¿Un hombre que borda masculiniza una práctica femenina o se feminiza a sí mismo?

15

Si llegamos temprano al taller, a veces Guillermina está bordando. Lo que hace siempre es sutil y poderoso. Pienso en ella como en una especie de bailarina clásica, de movimientos precisos pero a la vez libres y poéticos. Una vez la vi haciendo una trama pequeña, siguiendo el patrón de la tela donde cada fila de puntos terminaba con un hilo que se extendía mucho más allá de la tela. Otras veces borda para desbordar: hace los puntos y los desarma. Lo que queda en la tela es el vacío, la marca de una hebra que ya no está pero dejó su huella. En algunas obras saca hilos de la urdimbre y los cambia por hilos de coser o de seda. Las telas son siempre de trama regular, por lo general de lino o de seda. Si hace una obra con punto cruz, es tan pequeña y compleja que podría llamarse nanobordado.

Le pregunto cómo hace para que queden tan perfectos:

—Yo veo la tela —dice—. No necesito contar los hilos. Tengo una especie de facilidad para decodificar gráficos, para decodificar telas. No es difícil para mí eso. Veo la trama.
—Vos —le digo— sos la Neo del bordado. La que puede ver la Matrix textil.

No suele contarlo mucho, pero también hace dibujos, trabaja con cerámica o borda sobre objetos extraños, como las ramas de árbol que trae de Villegas, su pueblo natal. Una vez me mostró una serie de dibujos que se llaman Escapularios, como mi punto favorito. Estaban hechos con óleos pastel sobre papel de seda: la textura del dibujo formaba una capa de grasa sobre un papel muy fino, que a veces se rompe y la obliga a volver a empezar.

—El resultado más importante es el proceso —suele decir— porque es donde surgen cosas. Cuando aparece algo no es que “ah, llegué” no, siempre hay algo más por probar.

16

2 de julio

El observador se siente demasiado cerca del observado. Y a veces esa ilusión dura por siempre. Estoy por entrevistar a Chiacho y Giannone. ¿Voy a verlos como bordador o como periodista? ¿Qué busco de mí mismo cuando entrevisto a los genios del bordado? ¿Quiero que me enseñen a bordar por telepatía? ¿Que me ayuden a pensar mi praxis de bordador?

Un amigo dice que un trabajo periodístico tiene que tener un in crescendo: entrevistar los personajes más sencillos y seguir la búsqueda hasta encontrarme con los más capos de todos. ¿Busco nada más que eso?

Descubro que mis preguntas son masculinas: las pienso en términos de comparación, competencia, jerarquías, incluso exposición.

El viernes pasado, en el taller nos pusimos a ver un libro. Eran bordados de artistas. Había algo cooperativo en el arte de mirar, de compartir ese momento. Algo íntimo y amistoso. No digo que este mundo no esté contaminado, pero la base es es otra, muy distinta.

No hay un equivalente masculino para la palabra sororidad.

17

Ayer, mientras desgrababa otra nota, al pasar volví a escuchar una frase de la entrevista con Guillermina:

—Cuando paso horas bordando, no se donde estuve.

¿Me podría quedar acá sentado bordando toda la vida, hacerlo en silencio, de forma anónima, dejar de querer conquistar el mundo?

A veces creo que me gustaría.

18

12 de julio

Bordo frente a la computadora, sentado en la mesa de la cocina. Me da el sol y apenas se escuchan algunos sonidos: el ronroneo del autódromo que está a par de kilómetros, el ruido de mi heladera, la perra Maloca que le ladra a algo que no llego a ver y los teros que defienden su nido en medio del jardín. Hago un ermitaño, la carta 9 del Tarot. Solo me interesa la cara, los pliegues de la barba, ese bigote que parece esconder una sonrisa, los ojos, la melena un poco desordenada. Uso un hilo azul oscuro, pero en cada intercambio el grosor. El primero y el segundo lo hago con un hilo de Paraguay, que allá se usa para hacer trajes de novia. El último lo hago con hilo fino que compré en un supermercado de Colonia Urquiza por siete pesos. Bordo varias veces lo mismo: son estudios sobre el ermitaño, me digo.

Bordo un martes a las cinco de la tarde: cada tanto respondo un mail o me preguntan algo de trabajo por chat.

De chico quería ser artesano y escritor. Me mantuve en eso hasta los 17 años. Primero fueron los hilos, luego acompañar a mi amigo Santiago a vender a Parque Lezama las remeras que él pintaba. Me apasionaba la feria: ahí estaba la mitad de lo que yo quería ser.

El otro día me lo encontré en la costa: veintipico años después tiene tres locales, pinta -él solo- diez mil remeras por temporada. Le mostré lo que estaba empezando a bordar. Y eso, me preguntó, ¿cómo lo podés vender? No es algo masivo.

Nunca lo había pensado así. Santiago descubrió mi fantasía oculta. ¿Podré vivir de ser bordador?

Cada tanto -como, cuando dejé la fotografía- me dan ganas de largar todo y empezar de cero. ¿Será tan radical esta vez?

Bordo, y me escapo.

¿O sigo soñando que huyo, y en realidad estoy haciendo siempre lo mismo?

19

Los que dicen que escribir ordena el mundo nunca bordaron. Y los que dicen que los límites del mundo son los límites del lenguaje, tampoco.

20

Chiachio y Giannone responden enseguida. Suelen exponer en Ruth Benzacar, pero ahora eligieron mostrar su obra en una galería que queda por Congreso y proponen que nos encontremos ahí.

—Queremos —dice Chiachio cuando le preguntó por qué eligieron ese lugar— romper el paradigma de lo que esperan que hagamos.

La regla del mercado del arte dice: si uno escala, tiene que seguir escalando: no se retrocede de la galería top a una que está afuera del circuito comercial.

—No nos importa eso —dice Chiachio—. Y además, queríamos hacer algo en el barrio nuestro porque nosotros vivimos acá cerca. A medida que transcurrieron los días descubrimos que había un público que nosotros siempre esperábamos que vieran nuestro trabajo y que no veíamos en otros circuitos. Un público real.

La primera en llegar fue Doña Beba: 80 años, oriunda de Hurlingham, fundadora de la Asociación de Bordadoras Argentinas. Leyó de la muestra en un diario. Llevó de regalo dos latas de puré de tomate, bordadas alrededor como un lapicero, acolchado para pinchar las agujas y con un interior pensado para guardar los restos de hilo. Otra mujer llevó pan casero. Y una tercera, un bizcochuelo.

Si el bordado fue siempre patrimonio de aquellas abuelas y considerado una ‘labor’ para hacer en la casa, el arte le abrió las puertas y se lo apropió: ahora hay marcas de hilo que auspician artistas, pintores que aprenden a bordar, muestras en museos y hasta estrellas del bordado. Al abrir su muestra a pocas cuadras de la estación de Once, Chiachio y Giannone le abren la puerta del mundo del arte a las señoras. O se lo devuelven.

Y cuando llegan, esas señoras se encuentran con algo nuevo: una familia de dos hombres, uno más simpático que el otro, con perros salchicha y gatos como hijos y como musa para cada cuadro. Lo que pintan, y lo que bordan son esa familia gay tan constituida como alegre.

—Lo nuestro —dice Giannone— es una forma de generar visibilidad.

Si otros bordados me invitaban a salir corriendo a bordar, el de ellos me produce una sensación extraña: entre la angustia de ver algo tan grande y ganas de saltar de alegría, de hacer lo que quiero siempre siempre siempre.

21

Entre Doña Beba y el arte contemporáneo está el diseño, lo manual como valor recuperado por el mercado. Hay miles de bordadoras, miles de talleres, miles de fotos subidas a Instagram. El bordado crece como un hongo colorido que invade todo, sobre todo las redes sociales. En Pinterest, una búsqueda con la palabra #embroidery da miles de resultados. Una madre japonesa borda camisas con perros y gatos por encargo. Un diseñador hace motivos pop con estilo de video juegos y punto cruz. Hay activistas feministas, amas de casa, pintoras, fotógrafos, maestras y performers. El bordado conquistó el mundo.

22

Viajo al interior a dar un taller. Me hago amigo de uno de los organizadores. Nos contamos nuestras aventuras y y eso se convierte en una forma de reconocernos enseguida. Él es hijo de laburantes del campo. Anduvo por Buenos Aires, fue jugador de fútbol, un poco barra brava, hizo boxeo y después se volvió a sus pagos. Ahora está por recibirse de sociólogo, y se dedica al trabajo social en su provincia. Es como esos hombres que se tiran de las montañas con aletas en los brazos: no tienen miedo de estrellarse porque no hay mucho para perder.

Trabajamos durante dos días. Los ayudo a editar una investigación larga sobre los asesinatos en su ciudad, una de las más violentas del país. En los ratos libres -a la hora del almuerzo, mientras caminamos hasta el quiosco a comprar la merienda o cuando me lleva en auto hasta el hotel- conversamos. Es un tipo franco, transparente, de buena escucha. Al segundo día siento que se lo puedo contar.

—Lo que me gustaría —digo— es encontrar una mercería y comprar hilo. Yo me dedico a bordar.

Llevamos dos días hablando de muertos, tiroteos, policías corruptos y políticos. No hay sorpresa en su gesto.

—Conozco el lugar —dice.

Nos desviamos del camino. Llegamos a una esquina enorme, una especie de supermercado de chucherías de plástico, bazar y artículos de limpieza.

—Es mi única bala —dice mi amigo nuevo.

Me atiende una señora por una reja. Tarda en creerme que quiero comprar hilo de bordar viejo, pero me abre.

—Allá están todos —dice.

Son cajas enteras de hilos de seda, de todos los colores posibles. Miro un rato, y trato de disimular la emoción.

—Me los llevo todos —digo—. Le puedo dar 300 pesos.

La señora se ríe.

—Estás loco. Valen cinco pesos cara rollo. Casi que los estamos regalando.

Elijo colores, cómo un niño que mete la mano en un bolsa de caramelos sugus para sacar sus favoritos. Voy contando a ojo, por bulto. Paro cuando llego a 80 rollos: 400 pesos. Una ganga. Salgo de la tienda con las endorfinas por el techo. Mi amigo espera en el auto.

—¿Conseguiste? —pregunta.

Agito mi bolsa de cilindros multicolores.

El levanta los puños como si hubiese metido un gol.

—Yo sabía papá, yo sabía —dice.

Y los dos nos reímos de la circunstancia.

22

20 de septiembre

Sucedió una tragedia. Esta mañana desperté sin el ruido de los teros: el jardinero destruyó su nido mientras cortaba el pasto. En mi imaginación, los teros representaban a la naturaleza entera. Eran máquinas drogadas para reproducir la belleza. Amaba cómo cumplían su función. Sin ellos el mundo es un lugar hostil, lleno de energías ciegas que se chocan y amenazan con destruirlo todo. En medio de ese caos, el punto cadena avanza por una línea serena, recta. No necesita más que mis propias manos para avanzar. En el medio le bordé un sol con un punto nuevo, que no conocía. Como hice los rayos sin calcular el centro -con lana dorada, amarilla y una especie de fucsia- cuando el trabajo estuvo avanzado descubrí que el sol en realidad había quedado como una estrella.

Por algo deber ser, pensé, y la dejé así.

Sin saber nada de esto, mi maestro de Tarot dijo:

La estrella es un sol visto de más lejos.

Me gusta esa carta: de rodillas en la tierra, sin más armadura que el propio cuero, dándole al mundo lo que se cocinó en nuestro interior.

Bordo con lana que compré en el puerto de Yarinacocha, a 15 centavos de dólar el ovillo. Me traje unas treinta docenas, todas de distinto color. Lo que me gusta de ella esa esa combinación entre lo suave y lo rústico. Cuando bordo con lana, no siento la necesidad de ser perfecto. Alcanza con dejarse llevar por el punto.

Bordar ordena todo lo que puede ser ordenado en el mundo, que es más bien poco.

23

En la entrevista le pregunté a Leo Chiachio aquello que se preguntaba la crítica: qué pasa cuando un hombre borda. ¿Se masculiniza el bordado o se feminiza el bordador?

—¿A quién le importa? —respondió.

Y nos agarró un ataque de risa.

24

29 de septiembre

Trabajo sobre la tela que pintó Teresa en la comunidad San Francisco, cerca de Pucallca, Perú. Descubro cada una de sus imperfecciones. Avanzo centímetro a centímetro y por momentos me parece un desastre: todo está torcido, nada es simétrico. Necesito alejarme de la tela, verla de lejos, para a volver a descubrir el encanto del diseño Shipibo.

En los bordes estoy haciendo una guarda con escapulario cerrado. Es un punto que cuando toma ritmo parece avanzar solo, como en una especie de danza de pequeños saltos: arriba, atrás, abajo, atrás, adelante y así hasta el infinito.

El escapulario (¿esto ya lo dije?) se borda como un mantra

Además, me gusta el nombre: tiene algo de cristiano, y algo que suena a ocultar.

25

2 de octubre

Bordo con seda y con lana de forma alternativa. Es como correr en una cinta y hacer picados en el barro uno atrás del otro. El cambio de textura y de ritmo me obliga a mantenerme adentro de la tela: como las venezolanas que trabajaban con Madame de Salzmann haciendo tapices para cultivar la atención.

Aprendí que puedo bordar durante una hora sin mirar la pantalla del celular. Con la escritura no pasa lo mismo.

Una amiga que borda y escribe -y que es un poco bruja- opina que es una locura escribir sobre bordado.

—Es una actividad total —me dijo—. No puede ser escrita.

Al principio pienso: me gusta desafiar lo imposible, saberme derrotado de antemano.

Pero cuando vuelvo sobre esas palabras descubro otra cosa. Escribo sobre esto para ponerlo afuera de mí. Escribir es una forma de estar y no estar en las cosas, de vivirlas y tomar distancia.

Un intento, vano quizás, de no ser absorbido por el agujero negro del bordado.

El asesinato de un policía

Publicado: 31 octubre 2016 en Santiago Rey
Etiquetas:, , ,

En octubre de 2015, el oficial ayudante Lucas Muñoz llegó a Bariloche con destino en la comisaría 42, del barrio 2 de Abril, en el Alto empobrecido de la ciudad. Tenía 29 años, estudiaba licenciatura en Seguridad Ciudadana en una universidad pública y hacía adicionales “para comprarse un autito”. Era muy familiero. Le gustaba tomar cerveza con sus amigos, jugar al fútbol, salir. El último verano conoció a su novia Daniela Rodio en el balneario patagónico de Las Grutas. Ella no vivía en Bariloche, pero lo visitaba seguido. Se había transformado en su confidente. A ella le contaba del temor que sentía por lo que veía: drogas y violencia, con la Policía involucrada. Con ella pasó la última noche y con ella estuvo minutos antes de que lo subieran al Corsa gris con el que lo secuestraron. Según declaró Daniela a la justicia, la noche anterior Lucas le pidió llorando que se fuera de Bariloche. Estaba asustado. Después de esa súplica permaneció 27 días desaparecido. El 10 de agosto su cuerpo fue encontrado en un descampado. Tenía un tiro en la nuca y otro en una pantorrila. Estaba con el uniforme puesto, con sus pertenencias, afeitado. Llevaba muerto pocas horas.

1

—Al final se pasó el día amasando.
—Mejor, así me entretengo y no pienso.

A las 5.30 todavía es de noche en Ramos Mexía, pero en la casa de los Muñoz ya están todos levantados. Preparan el viaje de parte de la familia a Viedma para otra marcha en reclamo de justicia. Además, me esperan. A esa hora llega el colectivo que partió desde Bariloche la noche previa.

“Listo, nosotros ya le tenemos lugar aka en nuestra casa nomás, no hay problema. Soy Alicia. Le dejo avisado al chico d la terminal, q lo lleve hasta mi casa”. Por mensajes de texto, quedó todo acordado. Pero no hizo falta que el chico de la terminal me lleve. Apenas bajo del micro dos policías se acercan para preguntarme quién era. Cuando el colectivo entra en Ramos Mexía a esa hora, los policías de turno van hacia la vieja casa que sirve como estación de ómnibus con “venta de pasajes, bar, café y mate”, como dice la vidriera. Controlan quién sube y, sobre todo, quién baja en el pueblo.

—Voy a lo de los Muñoz.
—Lo acompañamos —dicen.

Lucas es el tema excluyente de la charla durante la caminata de cuatro cuadras. “Claro que lo conocía”, “se crió con mi hermano”, “era buen chico”, explican.

En el interior de la casa de los Muñoz no hay nada inesperado. Un par de banderines de River; muchos muñequitos; cartas; fotos y, desde el 10 de agosto, carteles y pancartas con la imagen de Lucas y frases pidiendo justicia. En el resto de las repisas hay centenares de mates.

Alicia prepara dos. Uno para Pocho, el papá de Lucas y el otro para su hija Noelia. Los dos son los que salen para Viedma. Ciro, el perro, reclama caricias. Alicia habla para adentro las últimas palabras de cada frase. Las respira. “Se nos vino todo abajo”, dice, y abajo es abajo y es para adentro. Tres horas habla Alicia. Llora por momentos. La primera vez que lagrimea pido que ponga la pava sólo por distraerla.

—Todo abajo se nos vino —repite.

A lo largo de ese día, Alicia hablará más de cinco horas. Y amasará pan y como nueve pizzas.

—Al final, se pasó el día amasando.
—Mejor.

2

Al poco tiempo del comienzo de la investigación por la búsqueda de Lucas, se abrió un segundo expediente por entorpecimiento de las pesquisas. En él se encuentran involucrados más de una decena de policías. A cuatro los procesaron por desviar pistas, alterar el libro de actas de la Comisaría 42, allanar ilegalmente el hogar de Lucas, por abuso de autoridad y por comprar un celular con el número de Lucas a más de 550 kilómetros de Bariloche.

La investigación posterior demostró que se perdió un tiempo vital cuando Lucas desapareció. Los policías investigados estuvieron al frente de la búsqueda durante los primeros días. Por ese motivo debieron intervenir fuerzas federales. La Gendarmería y la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) quedaron a cargo de las diligencias ordenadas por la Justicia.

La inmovilización en la búsqueda incluyó involuntariamente a la familia de Lucas, a quienes la Policía de Bariloche le ofrecieron abogados. Cuando se dieron cuenta que era una trampa para no avanzar hacia la verdad, nombraron a Alejandro Pschunder y Karina Chueri como sus representantes legales. Con ellos llegó el impulso a la búsqueda y a la investigación.

El caso lo llevan el fiscal Guillermo Lista y el Juez de Instrucción Penal Bernardo Campana. En el expediente hay semiprueba de que el comisario Jorge Elizondo minimizó la desaparición de Lucas, que nunca activó las alertas de búsqueda y que, además, firmó el acta de la Comisaría 42 que mostraba -a pesar de que había sido adulterada, quince hojas fueron arrancadas y otras siete agregadas- que los oficiales Luis Irusta y Maximiliano Morales allanaron ilegalmente la casa de Lucas, revisaron sus papeles y fotografiaron con el celular la pantalla de su computadora. Se probó después que esa imagen fue recibida por el comisario David Paz, a cargo del área de Tránsito de la Policía en Bariloche, quien a su vez la envió al ex Segundo Jefe de la Regional III, comisario Manuel Poblete. Además de la casa de Lucas se habrían llevado anotaciones personales. También está acreditado que el sargento Néstor Meyreles, por orden del oficial Federico Valenzuela -según señaló el primero de ellos- compró un chip de celular con el número de Muñoz en la localidad de Catriel, a unos 560 kilómetros de Bariloche. Para hacer parecer que Lucas se había ido por su cuenta.

Todos los policías fueron desafectados de sus cargos. Una vez que esto sucedió, la Gendarmería y la PSA encabezaron allanamientos en un predio de la Policía Montada de Río Negro y en un complejo de cabañas del barrio Malvinas, sitios señalados por mensajes anónimos como posibles lugares donde Lucas estuvo secuestro. Las pruebas tomadas en ambos lugares están siendo analizados en Buenos Aires, a más de 1.500 kilómetros de distancia. A dos meses de la aparición del cuerpo, los resultados aún no son concluyentes.

“Demasiado tiempo sin saber nada”, dice la familia.

3

El tiempo pasa lento en Ramos Mexía. Después de las primeras tres horas de charla, Alicia muestra que tenía preparada una cama por si decidía pasar la noche allí. En la mesa de luz hay un cuadro con una foto de Lucas y su hermana menor, Rocío, mirando a cámara. Una selfie. A sus pies, la Biblia abierta en el Salmo 91.

— ¿Cree en Dios, Alicia?
—Sí, sí, somos católicos, todos somos católicos.
—¿Son de ir a la Iglesia?
—Yo cuando puedo, siempre que hay misa trato de ir. Mi marido no va, pero es católico. Sí, creemos en Dios. Siempre sabemos ir a Cayetano, todos los años. Ya llevamos 11 años yendo. Y este año…

El Salmo 91 a los pies de la selfie de Lucas y su novia es la oración del creyente que repite su certeza: Dios protege al que confía en él. Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio.

—¿Este año no fueron a San Cayetano?
—No, ya no fuimos. Porque andábamos con las marchas.
—¿Hubieran ido?
—Sí, seguro que sí.

(Salmo 91. Dios protege al que confía en él)

—¿No se quiebra la fe cuando pasa algo así?
—A mí en un momento, sí. Sí. Yo siempre digo, soy católica, creo en Dios, pero pensaba, por qué, por qué me está pasando ésto…
—¿Y encontró respuesta?

Alicia piensa. Piensa y lagrimea. No demora su respuesta. “No. No, hasta ahora no encuentro respuesta…”

(Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio…)

—Nosotros no somos malos, mi hijo no era una persona mala, todo el mundo nos quiere. Y nos tocó ésto y es muy feo…
(Él te librará…)

“Pienso, si siempre estoy pidiendo a Dios que estemos todos bien, yo pido mucho por mis hijos, mis hijos que están afuera”, dice Alicia.

“¿Por qué le pasó ésto? No sé si será el destino, pero de esta manera, así…Yo siempre decía, decía, porque ahora ya no digo, decía que la policía siempre está en peligro, porque con los delincuentes, los chorros… yo siempre le decía al hijo, cuidáte, a la noche, todos esos malandras… pero no, a mi hijo lo mató la Policía, eso es, eso es lo que… ellos mataron a mi hijo, que su misma gente lo mate, no puede ser….No puede ser”, dice.

4

Alicia habla de Lucas en presente, como si estuviera allí. “¡Lucas Muñoz! ¡Presente!”, gritan en la plaza del Centro Cívico de Bariloche, las centenares de personas que marchan para exigir el esclarecimiento de su secuestro y asesinato. Pasaron pocas horas después de la aparición del cuerpo, y, como nunca hasta ahora, la marcha fue multitudinaria. Multitudinaria, embroncada, angustiada y buscando certezas en el señalamiento de los responsables. La propia Policía y el gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, encabezan el listado de los señalados. La Justicia, un paso atrás. “¡Asesinos, asesinos!”, gritan centenares de familiares, amigos de Lucas y vecinos en la puerta de la Regional III de Policía cada vez que se reúnen ahí. La misma Regional III que ardió por la furia ciudadana seis años atrás -el 17 de junio de 2010-, luego de que efectivos de la fuerza mataran a tres jóvenes: Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco.

Sólo el primero de esos asesinatos fue esclarecido por la Justicia. Los otros dos aún son motivo de investigación, y aguardan ser elevados a juicio. El abogado defensor de los policías imputados y procesados por las muertes de Cárdenas y Carrasco, hace pocos meses fue nombrado Jefe de la Policía de Río Negro por el gobernador Weretilneck. Se trata de Mario Altuna, cuya gestión refuerza la idea de autogobierno que la Policía se reserva.

“¿Dónde está el Gobernador?”, gritaban en la Plaza pocas horas después de que fuera encontrado el cuerpo de Lucas. Ese 10 de agosto, a la mañana, Weretilneck inauguró en Bariloche un encuentro nacional de Tesorerías Generales. Hacía 27 días que Lucas había desaparecido. Cuando le soplaron al oído que apareció un cuerpo, un cuerpo uniformado, en un descampado, con un tiro en la nuca, decidió irse.

Antes, por un instante, recibió a los padres de Lucas Muñoz y les dijo: “No puedo hacer nada”, según contaron después. Y se fue. Tampoco estuvo unos días después cuando un cortejo doliente recorrió por la Ruta 23 los 443 kilómetros que separan Bariloche de Ramos Mexía. La lenta caravana paraba en cada pueblo y paraje de la Región Sur, la zona más pobre de Río Negro, para recibir el aliento y condolencias de los vecinos.

“Ni siquiera apareció el día del velorio”, dice Alicia. Ni Weretilneck, ni el Jefe de la Policía, ni el Ministro de Seguridad estuvieron.

En Ramos Mexía, diez casas de un plan provincial esperan ser entregadas. Están listas, pintadas de amarillo, y con los beneficiarios ya designados. Pero el Gobernador prefiere no ir. “Tiene miedo. De qué me pregunto yo. Lo único que haría es ir al acto con una foto de mi hijo y pedir Justicia”, explica Alicia.

 

Recién el 13 de septiembre, Weretilneck recibió a los familiares. Y les pidió perdón por sus ausencias. Una semana después de la aparición del cuerpo, el mandatario desplazó a siete policías -algunos de ellos jefes, responsables de la Unidad Regional y de la Comisaría donde Lucas cumplía funciones-. Además intervino la Regional III, y para atisbar una explicación al secuestro y asesinato habló de “internas policiales”, de “mafias”, de “pactos de silencio”.

El legislador barilochense del opositor Frente para la Victoria (FpV), Alejandro Ramos Mejía, le recordó que “tuvo que ocurrir esto para que se diera cuenta de que parte de la Policía de Bariloche está metida en hechos delictivos; y que las denuncias por vejaciones y malos tratos en las comisarías se acumulan por centenas”.

Más directo, el hermano de Lucas, Javier Muñoz, dijo que “Weretilneck es el Jefe político de la Policía. No se puede hacer el distraído. No puede mirar de afuera”.

Varios de los policías desplazados tienen denuncias, causas, y hasta existen semipruebas judiciales de su participación en anteriores hechos violentos como los asesinatos de junio de 2010, y la desaparición en el Valle Medio del trabajador salteño Daniel Solano.

Pero a pesar de esos antecedentes, seguían en funciones. Un ejemplo es el subcomisario Rodolfo Aballay, ahora apartado de la policía. Fue él quien buscó en la empresa de seguridad privada Prosegur los postigones de plomo utilizados en la represión policial de hace seis años, que terminó con los homicidios de Cárdenas y Carrasco. Ese aporte de balas intentó diluir la responsabilidad policial en el hecho, ya que de esa manera se dificultaba acreditar el uso de las postas de plomo que portaba cada uniformado. La maniobra está acreditada en el expediente judicial. Aballay continuaba activo y vivía, hasta hace pocas semanas, en el complejo de cabañas del barrio Malvinas, donde los perros adiestrados llegaron siguiendo el rastro de Lucas.

5

A Ciro le gusta el auto. Una vez fue hasta El Bolsón. Durante los 600 kilómetros, el perro de raza indefinida, cuzco chiquito y simpático fue sin molestar, mirando por la ventanilla, hasta llegar al camping a la orilla de un río de la Cordillera, donde “no paró de correr”.

Benjamín o Pocho, el papá de Lucas, prepara los últimos detalles del viaje a Viedma. Esta vez, Ciro no irá. De las dos hijas que viven en Ramos Mexía, sólo Noelia con su panza de seis meses a cuestas se embarca ese jueves hacia la capital rionegrina para preparar la marcha en reclamo de Justicia. Además aprovechará el viaje para hacerse una ecografía, porque en Ramos Mexía no hay la aparatología necesaria.

Ya son seis los nietos de Alicia. Tres de Lucas, dos de Paola, uno de Javier. Ninguno vive en Ramos Mexía. Después, desde Viedma, Noelia la llamará para contarle que tendrá otra nieta. Si era varón se iba a llamar Lucas Nicolás.

Alicia tiene una “venta por día” desde hace “como diez años”. Recibe de Viedma, la capital rionegrina, mercadería, electrodomésticos, cosméticos y los vende de casa en casa. Pero desde la desaparición de Lucas no sale. “De a poco iré retomando el trabajo”, promete. Alicia también “costurea para afuera”. Le piden arreglos de ropa, de guardapolvos. “Eso le gusta”, dice.

Además cuida a Valentina, una nena de dos años, hija de una amiga que trabaja. Sentada en los sillones del living, unas semanas atrás, Valentina vio a Alicia en la tele. La vio llorando durante una de las tantas marchas por Lucas. “Alicia llora porque Ciro se portó mal”, dijo la nena.

6

Alicia llora y es abrazable. ¿Toda madre que perdió a su hijo es abrazable?

—¿Y si se comprueba que Lucas andaba en algo raro?

Alicia lo niega: imposible, dice. Sin embargo es una posibilidad, aunque dos meses después de la aparición del cuerpo no hay un dato certero que sostenga esa teoría. A pesar de ello, el gobernador Weretilneck aprovechó cada off the record en Bariloche para insistir ante los periodistas en que Lucas “no era un santo”. Él y su ministro de Seguridad fueron los principales instigadores de la instalación de la hipótesis “Lucas delincuente”, que llegó a la tapa del diario local El Cordillerano y a varias páginas de Clarín.

El diario nacional publicó, en sucesivas notas, la teoría de que la víctima se habría quedado con unos 50 kilos de cocaína durante un operativo. Una semana después, sin que medie ninguna explicación salvo el cambio de información de las “fuentes”, Lucas pasó de narco en potencia a “fumar algún fasito” cada tanto y ser deudor de un dealer de pequeña escala. El mismo medio habló de movimientos extraordinarios en las cuentas bancarias del joven policía. Su hermano lo desmintió con datos certeros.

Las versiones cambiaron, pasaron y dejaron capas geológicas de sospechas. “Weretilneck quiere distraer la atención y su propia responsabilidad: el hecho de que en Bariloche funciona una banda capaz de tener 27 días secuestrado a un policía”, resume Javier.

—¿Y si se comprueba que Lucas…?

La pregunta cuesta, entre mate y pan casero, en Ramos Mexía. “Imposible”, dice Alicia y busca fotos en una caja. “No me dejaron ver el cuerpo. Para cuidarme, no me lo dejaron ver”, explica. “Me dijeron, mejor quedate con la imagen linda que tenés en las fotos”. Y allí busca. Fotos de Lucas con su hermano; con sus tres hermanas; con todos ellos; con ella, una Alicia más piba, ya madre; con Pocho, el padre ahora jubilado que fue 31 años ferroviario, encargado de la cuadrilla que arregla las vías del tren que cruza la estepa rionegrina y une la cordillera con el mar.

Busca fotos mientras la fotografío. Intuitivamente, entiende el juego que jugamos silenciosos. Bautismo; graduación; Lucas con una, dos, tres parejas; los tres hijos; una con Tomás, el amigo que compartía la pensión en Bariloche. “Si lo hubiese visto…sea como sea lo quería ver, ahora me quedé con el recuerdo de estas fotos, pero si lo hubiese visto, yo lo quería ver”. Alicia llora otra vez,  no hay fotos para ese llanto.

7

El 12 de agosto fue el cumpleaños 90 de la abuela paterna de Lucas. El 14 de julio, a las 22 horas, y por Facebook, la familia se enteró de la desaparición del joven de 29 años. Lucas no había llegado a su lugar de trabajo -la Comisaría 42 de Bariloche- a las 14, como estaba previsto. Pero recién ocho horas después, en Ramos Mexía, la familia entendió que algo malo pasaba. “Nadie nos dijo nada, ni sus mismos compañeros”.

Veintisiete días más tarde, a las tres de la tarde en Bariloche, un llamado advirtió a Javier sobre la aparición de un cuerpo. A su lado, Alicia lo miro intentando adivinar la noticia.

—Me di cuenta en seguida que algo pasaba.

Javier intentó disimular y salió hacia el descampado a la vera de la Ruta de Circunvalación, a unos 2 kilómetros del centro de Bariloche, para intentar reconocer el cuerpo. Pero no pudo verlo hasta la mañana siguiente. Fueron unas 16 horas con la certeza de que se trataba de Lucas, con dichos y confirmaciones de policías y abogados, pero sin poder ver el rostro de su hermano.

La zona donde plantaron el cuerpo, fue pisada y modificada primero y perimetrada después. La Policía rionegrina fue apartada del lugar por exigencia de los abogados de la familia. Llegaron los peritos y técnicos de las fuerzas federales. Esa maniobra llevó varias horas. Una fuerte tormenta de viento, lluvia e intenso frío, se desplomó sobre Bariloche. El cuerpo a la intemperie pasó la noche en el descampado a la espera de los peritos.

“Estaba ahí, pobrecito, bajo la lluvia”, se remuerde Alicia. Mientras el cuerpo de Lucas estaba bajo la lluvia a la espera de los peritos, cientos de barilochenses marchaban por las calles, gritaban “asesinos” frente a la Regional III de Policía.

Alicia no durmió esa noche. La lluvia siguió a la mañana siguiente cuando, finalmente, Javier pudo ver el cuerpo.

El cumpleaños 90 de la abuela iba a ser el acontecimiento familiar del año en Ramos Mexía. La fiesta se suspendió, a la abuela todavía no le cuentan porqué.

8

Alicia busca mensajes en el grupo familiar de WhatsApp. “Amo a mis hijos!!!” es el estado de su cuenta, “Un hermano nunca olvida!!!”, el de Javier.

—Cuando jugaba River Lucas se mensajeaba con su papá-, dice Alicia. La comida casera, el otro motivo de los mensajes: “Esos guisos, me decía, esos guisos”, y Alicia le mandaba fotos de sus preparaciones.

A la quinta pava de mate, a media mañana, Alicia enfoca su dolor. “Somos pobres”, dice, y se explica a sí misma que lo que sufrió es consecuencia de esa condición. “No encuentro respuesta, no somos malos. Es muy feo. Es la misma gente, la misma policía, que también es pobre”.

Una de las tres radios que funcionan en Ramos Mexía repite, entre cumbia y cumbia, que al mediodía se pueden comprar las pizzas que preparó Romina, la más chica de los Muñoz. Ese dinero servirá para sostener el reclamo por el esclarecimiento del asesinato. Romina suma otra de sus especialidades para la venta: un lemon pie. Además, organiza rifas. Una canasta completa, el primer premio. Lo dice la radio, entre cumbia y cumbia.

“Siempre hemos salido solos adelante. Nos cuesta estar pidiendo. Nos ofrecen, pero nos da cosa. La gente del pueblo ayuda mucho. Así tendría que ser siempre. Unidos”, se emociona Alicia, y agrega unos troncos a la salamandra.

Más de la mitad de Ramos Mexía, pueblo de la fría estepa patagónica, no tiene gas natural, y “la leña es muy cara. Antes íbamos al campo y la sacábamos, ahora hay que comprarla”, describe Alicia.

El almanaque de una panadería le recuerda dos fechas: el cumpleaños de Lucas, el próximo 25 de enero; y el Día de la Madre. “Esas fechas se ponen bravas”, sufre por anticipado.

—Cuando lo estaban buscando, usted decía: “Yo sé que Lucas está vivo”, y se comprobó que era así, estaba vivo.
—Yo decía, que se pongan una mano en el corazón, porque también deben tener madre, y que lo dejen, y seguro me estaban viendo por la tele esos sinvergüenzas. Yo sentía que mi hijo estaba vivo. Yo estaba firme, firme, yo decía no me tengo que caer porque mi hijito va a aparecer, va a aparecer, pero nunca pensé que aparecería de esta manera. Yo tenía la esperanza de que mi hijo iba a aparecer vivo… estaba vivo cuando yo decía eso, pobrecito.

Alicia se recuerda alegre. “Charlaba con uno y otro. El cambio es tremendo, nos dio vuelta todo. Uno es grande y piensa que se va antes”, y se piensa para adelante, “ahora hay que tratar de volver a hacer lo mismo de antes, pero cuesta mucho. Yo vivía con la radio, música, pero ya no quiero. No tengo ganas de nada”.

Le amputaron la familia, en la Policía ya no cree, y de Dios duda.

—A lo mejor el tiempo…

9

Hace 54 años, Alicia nació en Pilcaniyeu, un pueblo a 50 kilómetros de Bariloche. Conoció Bariloche muchos años después, durante una visita con 23 familiares y amigos. Fueron desde Ramos Mexía en el mismo tren en el que trabajaba Pocho. Para la ocasión, preparó milanesas de guanaco, “una carne muy sana”. Milanesas para 23, que fueron comiendo a lo largo de los 443 kilómetros de vías por la estepa hasta llegar a la precordillera. 
A Bariloche, que detrás de la postal, oculta a más del 30 por ciento de su población bajo la línea de pobreza; un 12 por ciento en la indigencia; un 35 por ciento de sus habitantes sin gas natural; y un 10 por ciento que vive en “ranchos” o “casillas”, según el último censo de 2010.
 La postal es grande como sus maravillosos paisajes, y tapa, también, los tres femicidios cometidos durante 2016; el inicio, en esta ciudad, de los saqueos de diciembre de 2012; y que quiere cubrir, además, el secuestro y asesinato de un policía. El de Lucas.

Alicia volvió a Bariloche unos días después del 14 de julio de este año, día de la desaparición de su hijo. Inició el camino de regreso a Ramos Mexía con él “en un cajón”. Esta vez a bordo de uno de los tantos vehículos que participaron de la caravana que acompañó el cuerpo del policía. Pilcaniyeu, Comallo, Clemente Onelli, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Aguada de Guerra, Los Menucos, Sierra Colorada, y finalmente Ramos Mexía. En cada uno de los pueblos, vecinos, policías de bajo rango, algún intendente, ningún funcionario provincial, salieron a despedir al oficial al que no conocían y a acompañar a la familia. “Teníamos que parar en todos los pueblitos, fue un acompañamiento impresionante”, cuenta Alicia.

Esos pueblitos, más los que le siguen hacia el este, conforman la Región Sur, o Línea Sur, el área que corre paralela al límite con la provincia de Chubut, y que conforma el sector más postergado económica y socialmente de Río Negro. Ramos Mexía es uno de los ejemplos.

El pueblo tiene un día, a principio de mes, que es el más agitado. Sucede cuando viene el Correo a pagar las jubilaciones y las asignaciones por hijo. Endomingados paisanos; municipio lleno; colas de treinta o cuarenta personas; una feria itinerante que se instala en la plaza principal, frente a la comuna, y vende ropa, dvds, zapatillas; almacenes que hacen su más importante recaudación vendiendo pan casero, fiambre y Manaos para atenuar la espera.

Las entre 1.500 y 2.000 personas que viven en Ramos se enorgullecen del “bajo”, un pequeño valle que, al otro lado de la Ruta 23, da algo de verde y una pequeña vertiente. Lo demás, es un polvo fino, una tierra entre gris rojiza que todo lo tapa.

—¿Fuiste al bajo?, ¿lo viste?, hay un mirador ahí —repiten todos ante el forastero.

Ramos Mexía tiene un importante porcentaje de calles asfaltadas en relación a su tamaño. Gran parte de las siete por cinco manzanas que conforman la ciudad están cercadas con pavimento aunque muchas sin cordón cuneta. Es un pueblo que vive de los puestos del Estado, del tren, de la economía informal, y de las chivas y ovejas que se crían en la zona rural.

Pocos árboles, casi ninguno, salvo en las dos plazas del pueblo. El resto, tierra y casas bajas, de ladrillo gris a la vista. Todos los almacenes, kioscos, Registro Civil, panaderías, tienen en sus vidrieras un cartel con la foto de Lucas. “Tu pueblo pide Justicia”, dicen algunos, “No olvidamos”, otros.

A la noche, Ramos Mexía es olor a humo de las cocinas y salamandras, y el ruido del loraje insistente.

“¿Viste el bajo?”. Cada uno de los vecinos del pueblo que se anima a la charla, termina la conversación recomendando “ver el bajo”.

Al bajo, finalmente, llego en auto, conducido por Romina, la menor de los Muñoz, y con Alicia como acompañante. Ahí, en el bajo, está también el cementerio. El lugar quedó chico. Una estructura con doce nichos fue construida fuera del perímetro original para poder alojar a los muertos del pueblo. “Se empezaron a morir uno por mes”, es la explicación.

La tumba de Lucas es de otro color. De un marrón claro que se diferencia del gris cemento del resto. Una cruz blanca en la base, y una casillita aún sin revocar que albergará fotos, flores y velas, completan la estructura. Lo demás, lo lógico de un cementerio de pueblo chico, desbordado. Tumbas en medio de los senderos, cruces de madera, flores marchitas, flores de plástico resistentes, un panteón modesto para alguna de las familias sobresalientes, una reja sin candado en la puerta principal y una reja abierta sobre un lateral.

Alicia pone sus manos sobre la cubierta marrón de la tumba de Lucas. Dice algo para adentro. Esta vez se persigna, pero no llora.

10

El tío de Lucas se llama Ceferino. Como Namuncurá, el beato al que la familia Muñoz venera, y por el cual peregrina hasta la localidad de Chimpay, todos los fines de agosto.

Ceferino, Muñoz, es ferroviario. Está reunido junto a otros trabajadores al costado de unos vagones abandonados, en las vías cercanas a la estación. Es la cuadrilla que tiene a su cargo el arreglo y mantenimiento de los rieles y durmientes del Tren Patagónico. Una zorra vieja, de unos 100 años, un sólo pistón, y sin techo, los lleva cada vez que salen a las vías. Este jueves no salieron porque el viento de frente no les permite avanzar. El único pistón no puede con él.

Trabajar en la cuadrilla significa apenas llegar a los ocho mil pesos por mes de sueldo. “Son bajísimos”, dice uno de ellos que lleva puesto un mameluco naranja. “Acá sos ferroviario o policía, no hay otra”, dice otro con un mameluco parecido.

Esos trabajadores, junto a Ceferino Muñoz, participaron del corte de la Ruta 23 con el que el pueblo de Ramos Mexía exigió la aparición de Lucas. Primos, hermanos, tíos, padres o hijos de los mismos manifestantes, con uniforme policial, intentaron disuadirlos. “Es un delito federal, vamos”, los invitaron a retirarse. “Ustedes son lo que deberían moverse para que aparezca”, les respondió un ferroviario de mameluco naranja. Y se quedaron todas las horas previstas de la protesta.

“Conocemos a los Muñoz. Acá todos nos conocemos, son buena gente, toda una vida de trabajo, de familia, para que les hagan ésto”, dice otro de mameluco naranja al pie del vagón.

Ferroviario o policía. El tren pasa dos veces por semana por Ramos Mexía, uno hacia el oeste con Bariloche como destino final, y el otro hacia el mar, Viedma, la capital, como última estación. Tanto los sueldos ferroviarios como los de los policías son igualmente de bajos.

Después de nueve meses de instrucción, un policía está listo para salir a trabajar, le dan un arma y está en la calle, se escucha argumentar como ventaja. Parte de la familia Muñoz es ferroviaria; otra, policía.

En la casa amplia de los Muñoz, construida de a poco, llegó a vivir desde hace una semana un sobrino de Alicia y Pocho. También es policía. Desayuna a las siete y media y sale hacia la comisaría de Ramos Mexía. Viene de Bariloche, de donde se fue por miedo, luego de lo que le sucedió a su primo Lucas. Quería la baja, pero le consiguieron el traslado. Alicia lo mira salir: “Ojalá ninguno más de mi familia se meta a policía”, suplica.

11

El viento que levanta nubes de tierra despeina a Ciro y nos obliga a agachar la cabeza en el breve trayecto que caminamos juntos de vuelta del cementerio. Alicia entrecierra los ojos. Parece enfrentarse a una nube de imágenes, en las que se mezclan la cara de Lucas, vivo y alegre y también muerto, bajo la lluvia, toda una noche. La imagen del rostro de Pocho, que no llora, sentado a su lado mientras ella espera en vano el mensaje que le pida una foto del guiso. Alicia que costurea, vende por día, cuida a una nena de dos años, amasa. Amasa en Ramos Mexía para no pensar.

“Concentrate, Lorena”, se dice a sí misma. “Concentración”, repite una y otra vez. Pero es difícil. Es difícil, incluso, mantener la cordura. Tiene un bolígrafo en la mano y treinta preguntas de un multiple choice de Matemática y Física sobre el banco. Son las ocho y media de la mañana y está rindiendo el examen de ingreso a la carrera de Medicina, en la Universidad de La Plata, bien conocido y temido por su exigencia: mil trescientos alumnos se anotan cada año, pero no llega a aprobar ni siquiera la mitad.

Lorena tiene 19 años y ya a los 15 sabía que quería ser médica, cuando, fascinada, se quedaba hasta tarde viendo documentales con ambulancias en Discovery Channel. Lorena es de Río Colorado −una pequeña ciudad perdida en la provincia de Río Negro, donde nace la Patagonia− y prefirió estudiar en La Plata, aunque estaba más cerca de Bahía Blanca, que también tiene una universidad reconocida. Parecía una ironía, pero era más fácil entrar a Medicina en La Plata que en Bahía Blanca, donde primero había que aprobar un año de otra carrera afín, como Farmacia o Bioquímica. La primera decisión de Lorena había sido anotarse en Farmacia, en Bahía Blanca, porque su padre no podía mantenerla en la capital de la provincia. Pero al día siguiente de la inscripción, cuando el viejo se dio cuenta de que ella no estaba del todo conforme, las cosas cambiaron: “Mañana nos vamos para La Plata”, le dijo él. “Pero papá, me acabo de anotar en Farmacia”, le respondió ella. El padre insistió, y ella no pudo ocultar su alegría: marcharon a La Plata, alquilaron el primer departamento que vieron (en la calle 10, no muy lejos del centro) y Lorena se puso a estudiar.

Ahora, con las treinta preguntas de Matemática y Física delante de ella, se pregunta si todo esto tiene sentido. Lorena ya rindió este examen hace un año y falló. La nueva chance no está siendo más fácil. Pero aún tiene esperanzas de romper el maleficio: ha estudiado, ha repetido de memoria las fórmulas, ha empapelado su casa con cartulinas llenas de ecuaciones. Necesita cuarenta respuestas correctas para aprobar, de las sesenta que son en total: quince de Matemática y quince de Física un día, quince de Biología y quince de Química al día siguiente. Ella prefiere las de Matemática, donde nunca se equivoca. En Química sabe que si no calcula con precisión puede llegar a un resultado errado. En Biología suele tropezar ante el sentido ambivalente de las preguntas y las nomenclaturas similares de los aminoácidos y las proteínas. Y en Física siempre es difícil plantear bien el problema.

Pero todo es más difícil para Lorena si antes de entrar a rendir el examen cree que sus compañeros la están observando, y los ojos de ellos se sienten, invariables, en su nuca. Todo es más difícil, una vez más, si el día anterior al examen, el lunes, Lorena presencia el amanecer desde las ventanas de una fiscalía, declarando. Todo es más difícil, por último, si dos noches atrás, el domingo, Lorena se va a dormir pensando en las ecuaciones y se despierta a mitad de la noche, sobresaltada, descubriendo que alguien entró a la casa para violarla.

“Lorena, concentrate”, se repite, entonces.

Entre las ecuaciones de Matemática aparecen las imágenes de aquella noche, demasiado vívidas como para ser archivadas por ahora en la categoría de recuerdos: su madre gritando (“¡Lorena, Lorena!”), forcejeando con un pibe, los dos agarrados de los brazos como si bailaran un vals horrible en la puerta del balcón, hasta que él pierde el equilibrio y se va para afuera, pasándose del otro lado de la baranda, y perdiéndose en la noche, como un batman endemoniado. Lorena lo ve todo a cierta distancia, demasiado borroso desde su miopía. Está paralizada por el pánico, sentada en la cama, sin poder moverse: para comprender, necesita sus lentes de contacto y no los tiene puestos. Al principio cree que todo es parte del sueño en el que estaba, pero ante la crudeza de los gritos de su madre se da cuenta de que está despierta, viviendo una pesadilla demasiado real. Y es entonces cuando escucha los disparos. Son tres explosiones que parecen detonar adentro de su cabeza, o muy cerca, como los truenos de una tormenta a su alrededor. Se suceden una detrás de la otra: ¡bang! ¡bang! ¡bang! Un pensamiento feo cruza la mente de Lorena, tan feo que trae un dolor punzante: alguien acaba de matar a su mamá. Entonces sí: se para y prende la luz. Su mamá aparece con el resplandor blanco y la abraza. Está viva. Y la abraza, muy fuerte.

Juntas salen al balcón, por donde se fue el que recién estaba adentro. “¿Estás bien?”, le pregunta alguien más a Lorena. Es la voz de un hombre: “¿Estás bien?”, repite. Es su vecino, un muchacho que está en el balcón de al lado, separado por una mampara de vidrio opaco, y le habla sin verla. Lorena adivina un arma en su mano. “Sí”, le responde ella. No puede decir más. El vecino desaparece. “¡Lo mató, lo mató!”, grita su madre. “¿Pero a quién mató?”, pregunta Lorena, que no entiende qué está sucediendo. Su madre tiene una sola respuesta: la abraza de nuevo, con los ojos llorosos y la respiración agitada.

Pocas horas más tarde, una chica no mucho más grande que ella le ofrece un té con bastante azúcar. “Estás pálida”, le dice. “En unos minutitos vas a hablar con el fiscal en su despacho.” Lorena no puede dejar de pensar en el examen que tiene que rendir al día siguiente, mientras toma el té. Su madre está declarando. Lorena escucha de lejos el interrogatorio: el fiscal le pregunta una y otra vez si el que entró a su casa tenía un arma. “Era el violador”, le asegura a Lorena la chica que le alcanzó el té. El violador: ella sabe que se refiere al terror anónimo que azotó a la ciudad de La Plata durante los últimos días, alguien que esperaba la noche para trepar a los balcones y entrar a los departamentos donde dormían chicas solas. Las tomaba por sorpresa y les hacía pasar la peor experiencia imaginable: las violaba y les robaba. “Era un pibito, nomás, quién lo iba a decir…”, escucha Lorena, pero siente que está en otro lugar, muy lejos de ahí. Tal vez, en un lugar llamado realidad. Porque todavía no cree que esto que está viviendo sea real. Cuando Lorena quiere saber más sobre el violador, ya es demasiado tarde: el relato ha concluido. “No te va a hacer bien hablar de esto”, le dice la chica, y cambia de tema.

Al día siguiente, lunes 24 de marzo de 2008, la noticia es tapa: “Mataron a tiros al supuesto ‘hombre araña’”, titula el diario El Día, de La Plata. Una foto del edificio donde vive Lorena ilustra el artículo. Otros medios también la difunden. Y el martes, un día después, Lorena se evade de las ecuaciones de Matemática en el aula de la facultad de Medicina pensando que muchos de los que la rodean, futuros médicos algunos, futuros bochados otros, vieron su historia en los medios y saben que ella es la última chica a la que quiso someter el temido hombre araña violador. Una vez más: “Concentrate, Lorena”.

***

Tenía en vilo a toda la ciudad. Con 48 horas de diferencia había violado a una chica e intentado abusar de otra, que eligió saltar al vacío desde su balcón, en un segundo piso, para evitar el ataque sexual aun a costas de enfrentar la muerte. Pero tuvo suerte: quedó enganchada en los barandales y amortiguó su caída, salvando la vida. Aún así, fue internada en un hospital, para luego regresar a su pueblo natal en estado de shock. El violador las había sorprendido en sus departamentos, a solas, a las cinco de la madrugada. Cuando ellas se despertaron, él ya estaba adentro. Algún tiempo atrás había cometido otros ataques sexuales y algunos robos: entraba sin hacer ruido y atrapaba a sus víctimas cuando ya no podían defenderse. Las violaba con un cuchillo en la mano, haciéndoles sentir su olor penetrante, mezcla de sudor, mugre y poxiran. Las amenazaba con una mentira: les decía que afuera tenía un cómplice y que iba a ser peor si se resistían. Y después se iba, descolgándose por la misma ventana por la que había entrado, llevándose cámaras de fotos, celulares y billeteras, y hundiendo a las chicas en el fango de un drama largo y horrible. El hombre araña solía elegir estudiantes, pero uno de sus ataques, quizás el más espeluznante, había quebrado el patrón: se había animado a someter a una anciana de 78 años con una maldad sin límites.

El diario Hoy le había dedicado la tapa del suplemento Trama Urbana, que publicaba ocho páginas de noticias policiales y judiciales. “Un peligro”, era el título, y la ilustración mostraba a un hombre trepando una pared. Al lado, la portada se completaba con otros dos títulos llamativos: “Crimen de la cajera: ‘Era un pibe callado, no parecía chorro’” y “La familia ladrona dio otro golpe”. Se ve que no eran días de calma en la ciudad. Si acaso él vio la tapa que le dedicaban los muchachos de Trama Urbana, se habrá sentido orgulloso: quizá, tanto como un rockero que alcanza la primera plana de Rolling Stone o como un futbolista que aparece en la de Olé.

La policía no sabía demasiado sobre él. Ni siquiera conocía el número exacto de ataques que había cometido. Podían ser cuatro, pero en el peor de los casos se remontaban a ocho. Y eso sin contar los que podrían no haber sido denunciados. En el Gabinete de Delitos contra la Integridad Sexual de la Dirección Departamental de Investigaciones de La Plata, la teniente primero Laura Paiva estaba desesperada por darle algún sentido a la información que le llegaba con cada nueva denuncia. Estaba acostumbrada a investigar violaciones y abusos horribles, pero la histeria colectiva que se vivía en la ciudad le metía presión, y el área de acción del joven violador, en un radio de unas veinte cuadras en la zona céntrica de la ciudad, parecía una provocación. Con la ayuda de la comisaría del barrio, había montado una estrategia de carnadas para atraer al violador: las agentes se sacaban por un rato el uniforme y hacían el papel de mujeres solas que se dejaban ver por la calle y dormían con la ventana abierta. Para completar la escena se instalaron autos con cámaras que registraban todo lo que pasaba en los callejones oscuros. Pero nada daba resultado.

Los ataques del hombre araña violador habían comenzado el 2 de febrero de 2008. El 7 hubo otro. Y el 13, uno más. En marzo recibieron denuncias dos veces más: el 17 y el 18, cuando la chica se tiró del balcón. Había tres ataques más, que podrían no corresponder al mismo sospechoso, pero tampoco eran tan diferentes como para dejarlos aparte. En el Gabinete, la teniente Paiva trabajó con otras agentes durante febrero y marzo relacionando los hechos, las características físicas y las zonas de las denuncias. “Todas las víctimas mencionaban a un chico jovencito”, me dice ahora. La teniente Paiva no parece una teniente de la Policía Bonaerense: ha pasado los treinta años, pero no hace tanto; viste de civil, informal, y lleva aros artesanales. “Eso de que fuera un chico nos sorprendía: ¡que un pibito adolescente anduviera por la calle abusando de la gente! ¿Abuso sexual, tan chiquito? No lo podíamos creer.”

El modus operandi del hombre araña desconcertaba a los investigadores: alcanzaba a subir al primer piso y al segundo; y de alguna manera, había marcado su record trepando al tercero. Al principio, la teniente Paiva no entendía cómo hacía para atacar a las chicas en sus departamentos. “Con la sucesión de ataques empezamos a observar que siempre había algún escalón o alero para subir”, dice. “Y él, con esa edad y una contextura física más bien menuda, era una gacela.” Lo que nunca sabrá es si el hombre araña elegía primero a sus víctimas o al escenario de los hechos: para ella, no ha quedado claro cuál de las dos variables tenía prioridad.

A medida que se sumaban los ataques, las víctimas ayudaron a confeccionar algunos identikits del violador. Eran retratos que mostraban a un pibe de facciones mestizas, con la nariz achatada, los labios gruesos, las orejas grandes y la tez mate. Los retratos tienen una frialdad y una quietud que difícilmente me permitan imaginar el terror que causaba ese rostro. Algunos testigos lo habían descripto con un flequillo cruzado; otros, que lo conocieron más tarde, dijeron que llevaba el pelo corto debajo de una gorra. Pero fue un remisero de 20 años, que trabajaba en el sur de La Plata, el que le permitió a la teniente Paiva identificar al pequeño violador: el remisero le entregó un nombre para esos dictados de rostro.

“En todos los hechos, el violador se robaba objetos chiquitos, fáciles de descartar, de vender y de llevar: celulares, cámaras o dinero”, cuenta la teniente Paiva. La investigación comenzó a partir de esos elementos, siguiendo el rastro de las llamadas que se hacían de los celulares robados. Una llamada fue hecha pocos minutos después de un abuso. La línea de destino pertenecía al remisero. La teniente lo citó a declarar, aunque dudaba de él: sospechaba que podía ser un cómplice, o incluso el mismo atacante. Cuando vio que el muchacho se mostraba sincero, le explicó a quién estaba buscando. El chico colaboró. Y contó que el que lo había llamado era un pibe que viajaba con él de vez en cuando, y que le decía que estaba yendo al Parque de la Costa. La teniente Paiva se sorprendió: parecía que el violador había elegido pasar un día en un parque de diversiones para celebrar el éxito de sus ataques. El hombre araña le dijo al remisero que se había subido a otro remís, y que el chofer estaba perdido. Le pedía que le indicara, por teléfono, cómo llegar al Parque. “Es una cosa de chicos eso de robar un celular y usarlo para llamar a un conocido: no hay ninguna autopreservación”, considera la teniente, satisfecha frente a la clave que le permitió desenredar el ovillo.

El remisero le dijo que el chico se llamaba Brian y tenía 16 años, y que vivía en un barrio periférico del sur de la ciudad de La Plata. La teniente Paiva comprobó que los archivos policiales lo tenían fichado: unos días atrás, el miércoles 12 de marzo, había sido detenido mientras trepaba un edificio. Por orden de un juzgado de menores, el domingo siguiente había sido alojado en una Casa de Abrigo, un centro de minoridad de régimen abierto en el que convivían chicos con causas penales y asistenciales. Algunos de los viejos y tremebundos institutos de menores estaban siendo reemplazados en la provincia de Buenos Aires por centros como este, donde los chicos debían ser estimulados a reintegrarse a su hogar en un plazo máximo de un mes. La Casa de Abrigo tenía una canchita de fútbol y una escuela. Pero para Brian estar ahí era una pérdida de tiempo: a las pocas horas se fugó.

El remisero declaró que su cliente era un pibe solitario: no tenía novia, nunca viajaba acompañado, y solía parar en cíbers o en las plazas del centro de la ciudad. Como hacía viajes largos, el remisero le había dejado su número particular para ganarse su confianza, y Brian lo llamaba desde cabinas públicas o celulares cambiantes. Lo citaba en una esquina suburbana y le decía que manejara hasta el centro de la ciudad. Nunca era el mismo origen; nunca, el mismo destino. Brian era un chico de la calle, pero no un mendigo, observó el remisero. Decía que trabajaba de albañil, pero nunca estaba sucio. Y siempre tenía a mano los veinte pesos que costaba el viaje. Parecía que andaba en algo raro. Pero al remisero no le interesaba averiguar en qué. Y cuando la unidad de Paiva había conseguido agrupar todas las causas bajo un mismo patrón e identificar a Brian, él decidió subir al departamento de Lorena.

***

El clima, el tráfico, el barrio: esas charlas son siempre aburridas. Los vecinos se preguntan cosas sin importancia, más por compromiso que por interés. Lorena y su vecina del 1º C apenas se saludaban. La vecina se llamaba Natalia y había llegado a estudiar Comunicación Social a La Plata desde la ciudad costera de General Lavalle. Tenía 26 años y hacía dos que convivía con su novio. Ninguna de ellas sabía cómo se llamaba la otra, pero Lorena fue la primera que se animó a tocar el timbre para pedir uno de esos típicos favores de vecinos. Era viernes, y durante todo el día había diluviado. La lluvia traía granizo, y había caído con tanta fuerza que las piedras habían roto uno de los ventanales del departamento de Lorena −el que daba al patio interno del edificio−. Lorena entró a su casa y descubrió los CDs en el suelo y los apuntes desparramados, en un alboroto inusual, tanto como para pensar que alguien había entrado a robar, pero el agua en el piso era una señal clara de que todo se debía a la furia de la tormenta.

El ventanal estaba roto y Lorena se asustó: ella también había escuchado sobre el misterioso hombre araña. El último ataque, en el que la chica se había arrojado desde el balcón, fue en la calle 13, esquina 57; y Lorena, que vivía en el número 1571 de la calle 10, entre 64 y 65, sintió que estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para tratar de arreglar cuanto antes ese vidrio roto.

Lo primero que hizo fue llamar a su mamá: ella iba a ir a La Plata el lunes para estar cerca de su hija el día del examen; pero como la voz de Lorena sonaba algo angustiada, le dijo que adelantaría el viaje y llegaría al día siguiente, el sábado. Después, sí, Lorena le tocó el timbre a Natalia, su vecina del 1ºC. Ella estaba en La Plata de casualidad: con su novio tenían planes de visitar a su familia en la costa, pero se amargaron cuando descubrieron que el auto no arrancaba. Lorena le contó a Natalia que tenía un vidrio roto y le pidió cinta adhesiva para taparlo con unos cartones. Mientras lo reparaban tuvieron una charla breve, la primera después de meses de hola y chau.

—¿Por qué no te vas a dormir a la casa de alguna amiga? Por ahí estás más tranquila −le sugirió Natalia.
—No, todo bien, yo me quedo acá −Lorena quería aparentar que se sentía segura en su departamento.
—Bueno, cualquier cosa yo me quedo acá al lado.

Antes de irse, Natalia se refirió al hombre araña: sus ataques eran tan comentados en las esquinas de la ciudad que ya era como hablar del clima, la típica conversación pasatista de los vecinos aburridos:

—Encima, está este loco que anda violando a las chicas acá cerca… −le dijo Natalia −. Yo también estoy un poco nerviosa, porque mi ventanal del balcón no traba y siempre estoy sola porque mi novio trabaja con horarios raros −se detuvo y luego, con la convicción de haber ideado algo importante, le propuso−: Si llegás a escuchar algo, gritá; y si yo escucho algo, grito. Y cualquiera de las dos sale a ver qué pasa.

Natalia se fue de la casa de su vecina preguntándose si ella sabría el motivo de los horarios raros de su novio. Lorena no se lo había preguntado. Quizá no le pareció importante. O tal vez ya sabía que él era policía. Nicolás, el novio de Natalia, también tenía 26 años. Todavía tenía cara de pibe, pero llevaba el pelo corto −como todos los oficiales− y eso le daba un aire serio. Era de San Clemente, una localidad cercana a General Lavalle, el pueblo en el que se había criado Natalia. Pero fue en un boliche de Santa Teresita, a mitad de camino, donde se habían conocido seis años antes. Él era un cadete de la escuela de Policía Ramón Falcón que en esos días llevaba con orgullo su primer uniforme, y parecía un chico sereno y maduro, diferente de los novios con los que ella había estado perdiendo el tiempo.

Natalia cursaba el tercer año de Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata. Los dos tenían 21 años. Nicolás era lo que Natalia llamaba “un policía de alma”: desde chico supo que quería llevar la placa de la Policía Federal, como su abuelo. Y a diferencia de los jóvenes de General Lavalle que se metían en la fuerza porque no encontraban trabajo −y que a Natalia le daban un poco de vergüenza ajena−, y en un país donde “policía” es mala palabra para muchos pibes, Nicolás tenía una vocación marcada y no medía riesgos. Ella contaba sus anécdotas con orgullo, como esa vez que, paseando por el Obelisco, un tipo le arrebató la cámara a dos turistas yanquis y Nicolás, en su día libre, lo corrió unas cuadras hasta agarrarlo, reducirlo y entregárselo a un vigilante. El novio había hecho una carrera ejemplar, y ostentaba el rango de oficial subinspector, ejerciendo el puesto de Jefe de Guardia en una comisaría del barrio porteño de Palermo. Entraba a trabajar a las seis de la mañana y dormía en horarios extraños, pero todavía el sistema policial, esa compleja maquinaria de voluntades y hábitos que rige a la institución, no lo había contaminado. “Mi novio es un buen policía”, decía Natalia a quien quisiera escucharla en la universidad, pero sabía que en la facultad de Comunicación, la misma en la que había estudiado Miguel Bru −una de las víctimas más emblemáticas de la violencia policial, asesinado y desaparecido a los 23 años por policías de la Comisaría 9ª de La Plata−, “bueno” y “policía” sonaba a contradicción.

Nicolás también había escuchado sobre el hombre araña, pero no estaba tan preocupado como su novia y su vecina. Por eso se quedó dormido a las once de la noche, como siempre, pensando en despertarse a la tres de la mañana para tomar el micro y llegar a Buenos Aires a las seis. Y ni siquiera se despertó cuando su novia, sin poder contener sus nervios ante unos ruidos en el balcón, le susurró “Nico, hay ruidos, escuchá, escuchá”.

***

La primera ventana del 1571 de la calle 10, la de la planta baja, tenía barrotes horizontales. Eran siete, cilíndricos, tan relucientes que daba lástima poner un pie sobre ellos y ensuciarlos. Pero Brian los trepó sin perder el tiempo: eran una escalera perfecta. Era la una y media de la noche del lunes 24 de marzo de 2008. Su última semana había sido vertiginosa y atroz: el domingo 16 se había fugado de la Casa de Abrigo donde lo habían internado unos días atrás; el lunes 17 había entrado en el departamento de una estudiante de Ciencias Económicas de 25 años, la había sometido y se había marchado robándole cien pesos y un celular (desde el que había hecho la llamada a su remisero de confianza para que le diga como llegar al Parque de la Costa); y el martes 18 había atacado a una chica de 19 años que cursaba la carrera de Odontología, pero no la había podido violar: ella fue la que se tiró por el balcón. La sucesión de los hechos alarmaba a la gente, y este último caso le dio a Brian fama a nivel nacional. Sus días abominables no habían terminado: mientras trepaba por los barrotes, quién sabe, tal vez saboreara de antemano un nuevo ataque y se viera en las portadas de los diarios del día siguiente.

Adentro del departamento del 1º D, Lorena dormía un sueño químico: para descansar mejor y aplacar los nervios del examen tomaba una pastilla de Clonazepam por día, repartida en un cuarto a la mañana, otro al mediodía y la mitad a la noche. Su madre, Norma, había llegado el sábado, adelantando su viaje por el granizo. Si no hubiera sido por la lluvia, Norma no habría cambiado su pasaje original, y mientras Brian trepara los peldaños ella estaría en la ruta, viajando desde Río Colorado. Pero ahí estaba, dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Hasta hacía un rato, había estado leyendo Inés del alma mía, la novela de Isabel Allende, acostada en la cucheta de su otro hijo, que vivía con Lorena y que esa noche estaba visitando a su novia en Bahía Blanca.

Norma, la madre de Lorena, tenía insomnio: su mente se perdía en cavilaciones que iban de aquí para allá, como las hojas de los árboles que se entreveían a través de la cortina, movidas por la brisa. La imagen hubiera sido una linda postal para quedarse dormida muy despacio. Pero algo quebró la calma de la noche. Primero, una sombra fugaz. Norma se sobresaltó y dio un brinco que la dejó sentada en la cama. Ella también había leído las noticias sobre el hombre araña. Pero no podía ser él, pensó. Volvía a acostarse cuando la sombra se acercó lentamente a la puerta ventana del balcón. Era una figura pequeña e indudablemente humana. Pronto fue tan nítida como real el miedo de Norma. Sintió que estaba viviendo todas las películas de terror juntas, y de nuevo, algo la impulsó: se paró y se lanzó hacia la ventana, al encuentro de la sombra. Corrió la cortina y descubrió que la ventana ya estaba abierta; y que Brian estaba ahí, frente a ella, mirándola fijo con sus ojos inyectados en sangre y una media sonrisa encajada en sus facciones lampiñas de muchachito.

En momentos así, la gente se transforma y se desconoce. Norma era una mujer de casi cuarenta años, y su trabajo en la cocina y en el lavadero del hospital de Río Colorado le había dejado una tendinitis en las manos, que se le dormían o se le hinchaban cada vez más seguido. La mujer medía unos centímetros más que Brian, que era petiso, pero más fuerte que ella. Y sin embargo fue Norma la que, incluso dolida por la tendinitis, le saltó encima y lo agarró de los hombros y del cuello de la campera de jean. Quedó cara a cara con él, tan cerca como para descubrir su acné de adolescente y desafiar esa mirada extraviada, por momentos furiosa, a la que se habían reducido sus ojos rojos.

Norma se dio cuenta, en el contraataque, que Brian no estaba ahí por ella, sino por Lorena, y decidió luchar hasta el final para defender a su hija: se inclinó sobre Brian y lo empujó para atrás. Fue en ese momento cuando vio que él se reía. Su media sonrisa ahora era completa y burlona, y desnudaba sus dientes grandes y cuadrados, sin borrarse ni siquiera ante las peores embestidas de Norma, que comenzó a gritar por su hija (“¡Lorena, Lorena!”) y a insultarlo hasta hacerle perder el equilibrio. Brian logró escapar, descolgándose del balcón con agilidad por los mismos barrotes por los que había subido, y todavía se reía: le resultaba ciertamente divertido ver a una señora tan alterada.

Los gritos de Norma habían despertado a su hija y a sus vecinos. Nicolás había salido al balcón, frenético, con el arma en la mano y una orden en la boca: “¡Alto, policía! ¡Alto!”. Adentro, Lorena acababa de despertarse del sueño pesado del Clonazepam y lloraba asustada, desde la cama. Su madre corrió para abrazarla y todavía no había llegado hasta ella cuando los tres disparos cortaron la brisa de la noche.

***

Nicolás mató a Brian. Fue con un tiro certero en la cabeza. Y fue casi de casualidad: Brian ya había descendido los siete metros que separaban el balcón de la calle cuando desenfundó un revólver Iver Johnson. Era un .38 corto niquelado, y era tan viejo y tan plateado que parecía uno de los que usaban los cowboys. Nicolás también había salido al balcón con un arma, la pistola Bersa Thunder 9 milímetros reglamentaria, y gatilló al ver el resplandor del revólver con el que Brian le apuntaba mientras huía, sin detenerse ante la voz de alto. Tiró sin ver, al tiempo que se escondía detrás de la baranda del balcón, convencido de que Brian iba a hacer fuego antes. La oscuridad de la calle no le permitía advertir dónde estaba el violador: Nicolás hizo tres disparos frenéticos e intuitivos. Dos balas se perdieron en la noche. Y la tercera entró por la nuca de Brian. Como si no pudiera escapar a su destino de morir esa madrugada de lunes.

Lorena y su mamá aparecieron en su balcón, y se encontraron con una certeza escalofriante en boca de Nicolás: “Creo que lo maté”, repetía. Abajo había quedado Brian, desparramado en el pavimento. “¡Es el pibe, es el pibe que anda violando a las chicas!”, gritaba Norma. Nicolás entró a su habitación. Hasta hacía un minuto, estaba durmiendo con Natalia al lado. Pero ahora estaba en problemas. Y ella lo miraba desde la cama, con sus enormes ojos negros desorbitados. “Llamá al 911”, le dijo él. “No, no, mejor dame a mí, que llamo yo”. Natalia marcó y le pasó el celular. Él habló sin demasiado detalle: “Pueden venir, por favor, que acá hay una persona herida”. Después se vistió y bajó a la calle. Natalia, en cambio, fue a ver a Lorena, que todavía lloraba. Y unos minutos después bajó con ella.

Los policías llegaron en tres patrulleros y cercaron la zona donde estaba el cuerpo. Brian los esperaba, muerto, boca arriba, con un orificio de salida de bala en la frente y algo de sangre alrededor de su cuerpo. Unos metros más allá estaba el revólver. Lo revisaron: estaba descargado. Nicolás contó lo que había pasado y quedó detenido. Encontraron su Bersa Thunder 9 milímetros sobre la cama, donde él la había dejado, con trece balas en el cargador y una en la recámara.

***

Un periodista de Canal 9 informaba desde la vereda de la calle 10, donde había ocurrido todo: “Se trataría de un chico de 16 años…”. En otro canal, el cronista de policiales Mauro Szeta también daba la noticia, con su acostumbrado tono sombrío: “Un joven oficial de la Policía Federal escuchó los gritos de sus vecinas y salió al balcón a ver qué pasaba”. Zapping: los vecinos aparecían en cámara y opinaban, pidiendo mano dura y muerte a los violadores.

Algún tiempo después, comencé mi propia investigación. Hablé con policías, abogados y periodistas. Y me di cuenta de que iba a ser difícil rastrear los pasos de Brian: era un chico que no había tenido domicilio fijo y que no había ido a la escuela. Sus pasos no habían dejado huellas. Pero yo quería encontrar una respuesta a la pregunta que quedaba detrás de la ola de ataques: ¿quién era este pibe al que toda la ciudad despreciaba, celebrando su muerte?

En los últimos años Brian se había transformado en una sombra, abandonando su casa, un hogar muy pobre, y perdiéndose entre las siluetas anónimas de la calle. Siendo todavía un bebé, había migrado desde el norte del país con su familia, que consiguió un terreno para levantar su casa al sur de La Plata. El barrio era una zona de chacras y casonas en el siglo XIX, pero cuando la familia de Brian llegó las cosas habían cambiado: el tono general era de decadencia, óxido y soledad.

El padre de Brian era operario de una fábrica y murió antes de que su hijo aprendiera a decir “papá”. La madre, Abigail, tuvo que salir a trabajar en los invernáculos de la zona cosechando tomates. Era una mujer excedida por los cinco hijos que había tenido con un par de hombres y por su pobreza. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a formar pareja, y su familia encontrara algún tipo de orden. Entretanto, Brian tuvo una infancia más o menos contenida, pero nunca serena. Era el menor de los hermanos, y era tan esquivo que ni siquiera jugaba a la pelota con sus amigos. Pero era travieso. Y abandonó la escuela pronto, lejos de la mirada de su madre, que trabajaba todo el día. Brian había aprendido a leer, pero casi no sabía escribir. Cuando se enteró, Abigail lo volvió a anotar, pero esta vez en la escuela complementaria de una iglesia evangelista que congregaba a los vecinos más humildes del barrio. Un año más tarde, su hijo volvió a abandonar, y ni la copa de leche ni la ropa que le conseguían pudieron retenerlo.

Para ese entonces ya era un nene de carácter fuerte, embravecido, que reaccionaba mal, especialmente ante los gritos de Abigail. Ella difícilmente podía criar cinco hijos: volvía a su casa muy cansada después de varias horas de juntar tomates para ganar algo dinero y darles de comer. Caminaba las largas hileras sembradas del invernáculo, de ida y vuelta, juntando los frutos con un canasto en la mano. Cada canasto se descargaba para llenar una jaula, que, completa, se valuaba en tres pesos. Si el día era provechoso, Abigail podía llenar cuarenta jaulas de tomates. Pero no podía estar en su casa y enseñarles buenos modales a sus hijos: ella había elegido, al menos, que tuvieran la panza llena.

Una tarde, en un inusual día de recreo, Abigail retó a Brian y le tiró de la oreja, harta de que se cruzara por delante del televisor. Él salió de la casa llorando. Tenía bronca. Odiaba a su madre, al televisor y al mundo. Entonces recogió algunas piedras embarradas y comenzó a arrojarlas a las ventanas, sin puntería. Adentro, mientras las hermanitas de Brian la miraban asustadas, Abigail seguía viendo televisión: su cabeza estallaba, su estómago hacía ruido, y las piedras repiqueteaban contra las paredes de madera. Abigail pretendió ignorarlas. Pretendió sentirse un poco más tranquila. Pretendió estar frente a un problema menor. Cuando se le acabaron las piedras y las lágrimas, Brian se fue caminando hacia cualquier lado, alejándose de la casa. Sabía que iba a terminar errando como un sonámbulo por la ciudad, y que a la noche alguien le iba a indicar cómo volver, pero no le daba miedo perderse. No era la primera vez que lo iba a hacer. A los 9 años, la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a marchitarse.

***

¿Existía la chance de que Brian no fuera un monstruo? En la ciudad de La Plata su nombre estaba condenado a ser sinónimo de horror, pero había una sola manera de responder a ese interrogante, y era entrar a su morada. Yo sabía que era una tarea compleja y que podía encontrarme con gente molesta, capaz de echarme con insultos y amenazas. Pero había que probar: mi investigación se construía en base a intentos.

Tenía un solo dato, que había podido rescatar luego de una charla con un policía que tuvo la gentileza de revisar su archivo. Me había pasado un cruce de calles. “Una casa amarilla”, me había dicho. En realidad, el color amarillo se correspondía con la madera roída y la pintura desgastada por el sol y la humedad. Un toldo hacía las veces de puerta y un perro flaco y costilludo daba la bienvenida. Brian había pasado su infancia en esta casa, pero ya no estaba aquí. “En La Plata solamente se quedó Blanca, su hermana”, me dicen desde la puerta. Blanca no está muy lejos: se mudó a lo de su suegra, a un par de cuadras. Vive en una calle de tierra, frente a un baldío surcado por unas vías abandonadas. La casa tiene una galería de plantas y enredaderas que conduce hasta la puerta, y una ventana que hace de kiosco.

Clap-clap: golpe de palmas. Sale un hombre de pocas palabras y le explico por qué estoy ahí. “Voy a llamar a Blanca”, dice y desaparece. Pasan unos segundos. El tipo vuelve con un vaso de gaseosa: “Ya viene”. La bebida tiene color naranja y sabor indefinido. Pero en pocos lugares me han recibido con esta hospitalidad, con algo para tomar, sin suspicacias.

Blanca, la hermana de Brian, llega desde el fondo de la casa. Tiene 21 años y antes de que se presente ya se la adivina tímida. Sus ojos brillan con una luz particular: hay simpleza, candidez y algo de ingenuidad en esa mirada. Brian había mostrado furia y extravío en su última noche, algo muy diferente de lo que proponía ahora su hermana. Blanca trae en brazos a su bebé de dos meses. Desde adentro de la casa la observan sus otros hijos, de dos y tres años: los sobrinos de Brian.

Ningún periodista vino a tocar la puerta luego de la muerte de Brian: nadie quiso sacarle la careta al hombre araña. Acaso a la opinión pública le alcanzaba con el tiro en la nuca y el fin de los ataques. Blanca acepta charlar conmigo como si me hubiera estado esperando desde aquel fatídico 24 de marzo en que su hermano fue muerto. Es curioso: yo estaba listo para enfrentarme a una situación tensa, e incluso había anotado una lista de buenos argumentos para insistir y ganar unos minutos de charla, pero no fue necesario nada de eso. Blanca, en cambio, me invita a tomar asiento en unos troncos desparramados a la sombra.

“Brian me contaba a mí sus cosas”, arranca, con un vaso de esa gaseosa indefinida en su mano, y su bebé en el pecho. Los recuerdos pasan con palabras escuetas y anécdotas breves. Dice que fue a los once años cuando Brian comenzó a meterse en problemas, cada vez más alejado de su hogar. “Le gustaba callejear”, cuenta. Su hermano salía a la mañana y volvía después de la medianoche, solo o acompañado por la policía. A veces pasaba la noche fuera de casa. Su madre lo retaba, le preguntaba por dónde andaba, le pedía que no se perdiera más. Pero a Brian no le importaba el castigo: a la mañana siguiente volvía a salir.

Pronto cayó preso por primera vez. Otra de sus hermanas, Belén ­−un año menor que Blanca−, se acostumbraría a ir a buscarlo a la comisaría. Brian ya había aprendido a arrebatar billeteras, carteras y celulares como si fueran golosinas: se lo habían enseñado sus amigos de la calle, pibes tan desamparados como él, o aún más, que dormían en las plazas del centro de La Plata y vivían en un mundo violento y sin adultos. A veces, cuando pasaba la noche fuera de casa, Brian se sumaba a las ranchadas y dormía con ellos, que se abrigaban con cartones y compartían los botines y las limosnas. Para Abigail, enterarse de eso fue suficiente: ella misma decidió internar a su hijo en un hogar asistencial de menores.

Todavía hoy, Blanca no entiende por qué Brian se rebelaba y elegía esa vida. Ella vive con la familia del padre de sus hijos, que trabaja en los invernáculos, como muchos de sus vecinos. Blanca y su pareja se conocieron en la iglesia evangelista −la misma a la que fue su hermano− y no han perdido su fe. Ella terminó la escuela primaria, pero nunca inició la secundaria porque tuvo que meterse a trabajar juntando tomates con su madre. El trabajo en el invernáculo era duro y Blanca, que ahora se dedica a criar a sus tres hijos, aún lo recuerda con desagrado. Pero sabe que, por algún motivo, su suerte fue mejor que la de Brian.

***

El Che Guevara custodiaba el futuro de los niños. Lo hacía desde un mural colorido, en el patio del hogar asistencial en el que Brian pasaría algún tiempo. Había llegado hasta ahí derivado por una causa asistencial: llevaba un año en la calle pidiendo monedas para comer e ir a jugar a los videojuegos y hacía tiempo que no pisaba la escuela. Abigail no podía dejar su rutina sacrificada en el invernáculo y sólo los hermanos mayores cuidaban de Brian. Algún tiempo atrás, un juzgado de menores había tomado parte en el asunto. La madre, como derrotada, había planteado la posibilidad de la internación de sus hijos más pequeños.

“Brian era uno más, no tenía ninguna particularidad”, me cuenta Susana, la directora del hogar, que trata de recordar algún signo que pudiera haberle llamado la atención, pero no lo consigue. Me sorprendo y quiero recomendarle alguna pastilla para la memoria. Pero más tarde descubriré que la directora no es la única persona que habla de un Brian opaco. Como él, muchos de los chicos que buscan refugio en el hogar sufren la ausencia del padre. “La madre hace todo lo posible por ocupar un rol que no puede ejercer”, considera Susana. “Pero lo que necesita el pibe es el límite del padre. Y como no encuentra a nadie que tenga el derecho a ponérselo, hace lo que quiere. Muchos de los fracasos que tenemos tienen que ver con eso: es difícil rescatar a los pibes criados por mamás solas a las que no les dan bolilla.”

Brian tuvo dos etapas en este hogar, que trabaja con objetivos a largo plazo, a diferencia de la Casa de Abrigo adonde estuvo unos días antes de su muerte. La primera fue cuando el juzgado lo derivó al hogar convivencial; y más adelante llegó la segunda, algunos meses antes del desenlace, cuando fue enviado al centro de día. En el primer período, Brian convivió con otros niños, al sumarse a una unidad familiar de ocho, encabezada por una madre sustituta −que tampoco recuerda especialmente al pequeño hombre araña−. La rutina en ese hogar convivencial era de escuela y granja. Pero Brian estaba cerca de su casa, y dos meses después decidió irse. Más adelante, el centro de día le ofreció por un tiempo más tareas escolares complementarias, con talleres de música, teatro, artesanías y oficios. Desde el mural, el Che Guevara no sólo amparaba el porvenir de los niños, sino también los sueños de los fundadores del hogar: en la década del 1970, a los 17 años −casi la misma edad que tenía Brian cuando murió−, Susana había comenzado a restarle tiempo a sus estudios de Derecho para hacer trabajo social y apoyo escolar en los barrios pobres; y en los años ochenta inició el hogar junto a otros militantes.

“Cuando nos enteramos de lo que pasó con Brian, nos extrañó”, sigue ahora la directora. “Todo el tiempo trabajamos con chicos amenazados por el camino de los robos o la droga, pero no por el de las violaciones, eso jamás lo hubiéramos imaginado.” Susana sabe que, a veces, la exclusión gana la pulseada y no hay fuerza suficiente para oponerse: algunos de los chicos que pasaron por el hogar terminaron rindiéndose ante la adversidad a la que parecían estar condenados. “Cuando pasa algo así nos desanimamos bastante. Pero muchas veces que un pibe termine bien o mal tiene que ver con su propia decisión.” Susana se amarga: “Brian pasó por acá dos veces. Lo importante era estar el tiempo suficiente, pero lamentablemente no se quedó”.

***

Cuando Abigail, harta de la vida en La Plata, decidió abandonar la ciudad y volver al norte del país, Brian, que tenía 15 años, comenzó a vivir su propia crónica de niño solo. “Lo que pasa es que, viste cómo es el destino: cada cual tiene el suyo. Yo pienso que él terminó de esa manera por el abandono. Una mamá no puede irse así”, considera Regina, la suegra de Blanca. Ella conoció a Brian siendo un niño, y asegura que el exilio de Abigail empeoró las cosas y disgregó el hogar: los hermanos mayores, que vivían en La Plata, comenzaron a pasar más tiempo con sus parejas y Brian se quedó solo.

La calle parecía ser su única alternativa. Y los arrebatos, su modo de vida. A veces volvía a la casa de madera roída, donde lo esperaban Blanca y sus sobrinos. Brian les compraba galletitas y se quedaba mirando televisión y charlando. Le gustaban los dibujitos: hacía zapping entre Dragon Ball Z, Pokemon y Los Simpson. Le decía a Blanca que le preocupaba cómo estaban, pero al rato se iba, y no importaba si ella quería retenerlo. En una de esas visitas, Brian vio por televisión un comercial del Parque de la Costa y le preguntó a su hermana si quería acompañarlo, pero ella le dijo que no. Algún tiempo después se daría el gusto, yendo luego de uno de sus últimos abusos, y una llamada por celular a su remisero para pedirle las coordenadas del Parque sería la pista que la teniente Paiva tomaría para desenredar el ovillo e identificarlo. Y aunque faltaba mucho para que eso ocurriera, Blanca no necesitaba preguntarle nada para darse cuenta de que su vida estaba descontrolada: “Cuidate, no hagas desastres”, le decía ante su aspecto maltrecho. Brian le juraba que le iba a hacer caso, pero andaba más en Plaza Moreno y en el cíber que en su casa.

A los 15 años, su independencia era total. Brian vivía su día a día sin saber a dónde iba a terminar cuando cayera el sol. Su hermana cuenta del día en que él se subió al tren y se fue a Mar del Plata. Era verano y quería conocer la playa. Blanca, que había ido de excursión con el colegio, le había contado lo lindas que eran la arena y las olas. Brian lo comprobó en su propia piel: pisó los caracoles, se entremezcló con la multitud de la playa Bristol y se dejó llevar por el mar. Y desde ahí llamó a su hermana para contárselo. “Viajaba mucho”, dice ella. “A veces se iba para Buenos Aires, en tren hasta Constitución, porque le gustaba, decía que era re lindo y que había muchas cosas para ver.” Mientras lo cuenta, Blanca lo imagina, encantada: ella, que sólo vive a sesenta kilómetros de la capital del país, no la conoce.

Pero su tono cambia cuando confiesa que la vida de Brian se oscureció con drogas, armas, dinero sucio y peleas: poco a poco, descubrió que su hermano ya no era el mismo que antes. Sus travesuras habían desembocado en algo serio y él, que no se daba cuenta de los riesgos, se enorgullecía. “Mirá lo que tengo acá”, le dijo una vez, levantándose la remera y mostrándole un revólver en la cintura. Blanca se alarmó, pero él le dijo que no pasaba nada, que el revólver estaba descargado. “Tené cuidado con eso”, le pidió ella. Y es difícil dejar de pensar que Brian encontró su final con un revólver descargado en las manos, acaso el mismo.

Blanca ocupaba un lugar que la superaba: tenía que mantener a raya a su hermano, pero el tiempo que lo veía era tan breve que apenas podía decirle que se cuidara y abrazarlo. Brian sabía que ella nunca había abandonado la fe: era una creyente persistente y convencida. Y, como no admitía el robo, él nunca le mostró sus botines. Como sea, quería ayudarla. Y la única manera que tenía era compartiendo algo de su dinero sucio. En una de esas visitas a la casa, sacó de sus dos bolsillos unos cuantos billetes doblados. Más de mil pesos. Blanca nunca había visto tanta plata junta. Se miraron en silencio. Blanca estaba incómoda: “No quiero nada de eso”, le dijo, contundente. Al lado estaba Belén, la hermana menor de Blanca, la misma que solía ir a buscar a Brian a las comisarías. “¿Vos querés plata? Yo te presto”, la tentó Brian. Ella sí aceptó, pero él se la entregó a solas, en un rincón. No se animaba a hacerlo delante de Blanca.

Sin embargo, no todo era dinero fácil e independencia en la vida de Brian. Más de una vez apareció golpeado, lleno de moretones. “Él no sabía pegar ni defenderse. Buscaba roña pero después no se la aguantaba”, cuenta Blanca. Ella le preguntaba qué le había pasado, quiénes le habían dado la paliza. Pero él negaba todo y decía que se había caído. “Ojo con lo que hacés”, le recriminaba ella de nuevo. “Siempre te estoy diciendo que te portes bien y no hagas cosas de las que después te tengas que arrepentir.”

Brian dejó de escucharla el día que apareció con la nariz quemada, negra, de tanto aspirar pegamento. No podía ocultar que andaba “de bolsita”: sus compañeros de la ranchada lo habían iniciado hacía un tiempo y él ya no podía dejar el poxiran. Cuando quería mostrarse un poco más “careta” se ponía una curita en la nariz para tapar la zona morada. Hasta que Blanca descubrió que tenía una de esas bolsitas apestosas en el bolsillo y ató cabos: “¿Qué andarás haciendo vos?”, lo reprendió por vez número mil. Él hizo silencio. Se lo notaba angustiado. La visitó dos veces más, y luego pasó un tiempo sin aparecer. No tuvieron despedida: Blanca se enteró de su muerte con la noticia del último y fatal ataque del hombre araña, descubriendo recién entonces que se trataba de su hermano.

La historia de la familia era ya demasiado dura. Pero le esperaba algo peor: quince días antes de que Brian trepara al departamento de Lorena y encontrara su final, falleció la mayor de los cinco hermanos. Estaba embarazada una vez más y ya no podía alimentar tantas bocas. Había tenido su primera hija a los 15 años y sentía que no iba a poder luchar para seguir criando hijos. Decidió hacerse un aborto ella misma, pero la herida se le infectó, y poco tiempo después la llevó a la muerte. Tenía 30 años. El padre de sus hijos había fallecido algún tiempo atrás, cuando un colectivo lo arrolló. Más que nunca, Blanca tuvo que tomar las riendas de la familia. Por eso creyó que rescatar a Brian era un compromiso personal y familiar. Pero pronto se dio cuenta de que no iba a poder vencer la voluntad de su hermano, que le decía, con aire fanfarrón, “Yo hago lo que quiero y me llevan preso, pero me sueltan. Así que lo voy a volver a hacer”. Una sola vez Brian se quedó sin respuesta y bajó la mirada: fue cuando Blanca le preguntó si había pensado que le podía pasar algo grave.

***

Un cartel sobre el monitor de la computadora advierte: “AVISO SOBRE JUEGOS CON CARACTER VIOLENTO. La utilizacion del presente, por sus contenidos violentos, puede alterar la formacion y educacion del usuario (Ley 12.855, Art. 2)”. Al leerlo me asombro y me pregunto si Brian lo habrá visto alguna vez. Estoy sentado en la máquina número 15 del cíber al que iba Brian. Desde aquí, sólo hay que caminar tres cuadras para llegar a la casa de Lorena, escenario de su último ataque. Es posible que Brian haya estado frente a la máquina número 15 antes de trepar por esos barrotes. El cíber está en una casona reciclada, con la pintura de un dragón en la fachada. ¿Brian se habrá sentado alguna vez en esta misma computadora? ¿Habrá leído el aviso? ¿Le habrá dado risa? Al lado mío se mezclan pibes cantina y nenes del barrio. Ya es hora de reemplazar la máquina número 15: el teclado tiene cuatro quemaduras de cigarrillo y las teclas tipean con un clac-clac desvencijado. Con interés tanteo la carpeta de juegos: está repleta y no falta el Counter Strike, el popular juego en red en el que hay que matar o morir con un rifle en las manos, en primera persona.

El encargado del local es un muchacho con la cara llena de granos, y dice que no conoció a Brian. Explica que en marzo el empleado a cargo era un chico paraguayo, pero que se volvió a su país. Y agrega que las cosas cambiaron en este cíber: “El dueño es un chino que se hartó de un grupo de pibes medio vagabundos que se quedaban a dormir acá, y los echó a todos”. Pienso: seguro que Brian estaba entre ellos.

En la plaza Moreno, en el centro de la ciudad, charlo con un grupo de chicos que limpian los parabrisas de los autos que frenan con el semáforo rojo. Ellos conocen a Brian, y mencionan sus fechorías con cierto cholulismo: él es el único que ganó cierta fama, aunque para alcanzarla haya tenido que entregar su vida y arruinar la de los demás. Pero ninguno de estos chicos habló en persona con él ni sabe dónde están sus compañeros de ranchada. Dicen que, después de la muerte de Brian, aquellos se diseminaron por el conurbano bonaerense, para cambiar de aire y exorcizar la mala suerte de su colega.

***

Para el fiscal Marcelo Romero, la del 24 de marzo fue una semana complicada. A pesar de ser el titular de la Fiscalía Número 6, se encontraba en la Número 7, apoyando al fiscal titular, que era joven y nuevo en la tarea. En esos días agitados, un dirigente sindical llevó a su tropa a ocupar una destilería y, ante la detención que se le iba a imponer, redobló la apuesta con la amenaza de volarla. Por si fuera poco, en esos días la Fiscalía Número 7 recibió las denuncias de los tres últimos ataques del hombre araña, incluido el de su hora final, que llegaba con carátula de homicidio.

Los dos fiscales se dirigieron al lugar del hecho y encontraron el cerco policial alrededor del cuerpo de Brian, a quien, en la morgue, tres de sus víctimas identificarían como el hombre araña. “Al autor del disparo se lo aprehendió preventivamente y se le imputó el delito de homicidio, que es lo que corresponde en estos casos”, explica ahora Romero. Es un fiscal formal y preciso, que habla por delante de una bandera de la provincia de Buenos Aires que engalana su despacho. “Nunca habíamos sufrido tantos ataques por Internet.

Los lectores opinaban de a miles y siempre en contra”, dice Romero. La reacción popular que se veía en los medios con la detención del joven policía lo había tomado por sorpresa.
“El disparo mortal ingresó por la nuca, mientras la persona aparentemente escapaba”, continúa Romero. Y agrega: “Los peritos consideraron que era posible, pero para la fiscalía no estaba tan claro, porque podía tratarse de un exceso en la legítima defensa. Es decir, no fue que dos fiscales se ensañaron con un policía, sino que de verdad teníamos dudas”. Pero la gente que opinaba en los sitios web los diarios no se manejaba con la misma frialdad que la Justicia: “En algunos comentarios incluso pedían la pena de muerte para nosotros”, se sorprende aún el fiscal.

El lunes 24 de marzo −el mismo día en que ocurrió el último ataque− los investigadores decidieron hacer la reconstrucción del hecho. Fue poco antes de la medianoche: peritos, policías y fiscales invadieron el edificio de la puerta 1571 y sacaron sus propias conclusiones, trabajando hasta la madrugada. Con esos informes, la Fiscalía Número 7 solicitó la elevación a juicio para Nicolás, pero el juez de garantías −que es quien pone límites a las acusaciones de los fiscales mientras dura una investigación− entendió que Nicolás no había cometido un exceso en la legítima defensa. Es decir, que no había sido un caso de gatillo fácil. Que a los 26 años, él había logrado esquivar la mala fama de la Fuerza: no era un maldito policía.

La fiscalía no apeló la medida y archivó el expediente, y Nicolás fue sobreseído.

***

Lorena falló en el examen. Obtuvo 35 puntos sobre 60, pero necesitaba 40 para aprobar. Las últimas horas habían tenido de todo, menos la paz que necesita un estudiante para llegar a un examen. Sin embargo, no quería dejar escapar su ilusión tan fácil, y una semana más tarde probó suerte en el recuperatorio. Esos siete días también fueron difíciles: su madre no quería que Lorena estuviera en el departamento de la calle 10 y se la pasaban yendo y viniendo a la casa de una tía en Avellaneda. Su padre y sus hermanos también aparecieron en La Plata, para ayudar con la mudanza, que la familia había decidido como una tarea inmediata. Lorena estaba cansada y apenas podía estudiar en los ratos libres. En el recuperatorio arañó el ingreso: obtuvo 37 puntos. Y luego de dos años de esperanza, entendió que no iba a estudiar Medicina. Eligió entonces anotarse en la carrera de Técnico en Cardiología: ahora aprende todo sobre holters, electrocardiogramas y ergometrías.

Además del aplazo en los exámenes, el ataque le dejó otras consecuencias: “Estar sola a la noche es lo peor que me puede pasar”, confiesa. Aunque sigue viviendo con su hermano, Lorena dice que cualquier ruido la pone nerviosa y que la oscuridad le molesta. Pero asegura que nunca se le pasó por la cabeza dejar la ciudad: “Un loco no va a arruinar mi vida”. Durante un tiempo, volvió a vivir en su mente el trauma de aquella noche. Soñaba seguido con Brian, incluso cuando se acostaba media hora a dormir la siesta. En esos sueños, Lorena miraba desde arriba todo lo que pasaba, viéndose a sí misma en la cama y a Brian en el balcón. A veces la historia cambiaba, y le tocaba ir a reconocerlo a la morgue. Pero ella, que nunca vio su rostro, tampoco lo descubría en el sueño. “Ahora ya volvió todo a la normalidad”, dice, serena. “Pero me fijo si me siguen o no, tal vez un poco perseguida, porque pienso que él podía llegar a saber que había una chica sola ahí arriba o a lo mejor me había seguido para ver a dónde vivía.”

Mientras Lorena rendía su primer examen, Nicolás pasaba el peor momento de su vida, preso en la delegación de la Policía Federal en La Plata. La culpa por haberle quitado la vida a Brian y el miedo a pagar con una larga condena eran insoportables. El lunes a la madrugada, luego del ataque y del llamado al 911, los policías se lo habían llevado detenido. Natalia, su novia, declaró hasta las siete y media de la mañana. Él lo haría al mediodía, primero ante los inspectores y después ante los fiscales, frente a quienes no podría contener el llanto. A las once de la noche comenzaría la reconstrucción del hecho, en los balcones de Lorena y de Natalia, para determinar si Nicolás contaba la verdad o si había disparado cuando Brian estaba de espaldas, ya escapando. Algunos vecinos comenzaron a organizar una marcha de protesta por la detención de Nicolás, pero él fue liberado antes de que pudieran concretarla. Se reencontró con su novia a las seis de la tarde del día martes.

“Nadie está preparado para pasar por algo así”, dice Natalia, y acepta que se indignó más de la cuenta con el fiscal. “Yo sé que son los pasos preestablecidos de la Justicia, pero estaba en duda el accionar de Nicolás sin importar que Brian hubiera ido a violar a una chica.” Hasta que el juez de garantías dictó el sobreseimiento, Nicolás creía que iba a ir a juicio y temía pasar una temporada a la sombra. “Yo no buscaba matarlo”, le decía a su novia, como queriendo alejar al fantasma de Brian. “Nico estaba acobardado, porque él hizo lo que tenía que hacer. ¿Y si no hubiera hecho nada?”, se pregunta Natalia. “Eso hubiera sido peor: que violaran a otra chica y en el departamento de al lado hubiera un policía que no hacía nada.”

Un mes más tarde, Natalia y Nicolás también abandonaron su departamento de la calle 10. Nunca charlaron demasiado sobre el tema. Él prefiere evitarlo. Cuando logré contactarlo, el joven policía me dijo que tal vez su novia aceptara contarme algo. Ella, para terminar la historia y el café que comparte conmigo, se encoje de hombros: “Nico ni siquiera fue a un psicólogo a hablar de esto, pero creo que le haría bien porque todavía es un chico”.

***

Y Blanca.

Ella fue la que tuvo que darle la noticia de la muerte de Brian a su madre, Abigail. Fue en una charla por teléfono. Abigail volvió a quebrarse, y lloró como había hecho quince días antes por su otra hija. En ese momento, Abigail había vuelto a La Plata para velarla. Cuando se enteró de la muerte de Brian le prometió a Blanca que iba a volver, pero ya no lo hizo.

Blanca suspira: “A Brian se le podría haber ido toda esa maldad yendo a la iglesia y rezando. Yo oraba por él y todavía hoy oro por su alma”. La hermana cree que Brian no quiso evitar su destino. El pastor de la iglesia le dio muchas oportunidades, le habló, lo quiso cambiar más de una vez. Pero a él no le interesaba. Cuando le daban consejos, él se reía con la misma risa que tanto aterraría a Norma, la mamá de Lorena, luchando cuerpo a cuerpo en el balcón, en una noche fatídica de otoño.

A Brian nadie lo pudo encaminar. Ni su madre, ni el hogar asistencial, ni la iglesia. Y Blanca cree que su alma no descansa en paz: “Por las cosas que hizo acá en la Tierra, los pastores ya me dijeron que debe estar en el Infierno”, se estremece. Regina, su suegra, agrega que cuando la gente hablaba del famoso hombre araña en la iglesia evangelista, en aquellos días de fines de marzo en que fue muerto, ella no se podía contener y se sinceraba: “Oren por mi nuera, porque él era su hermano, que Dios le dé fuerza para seguir su camino”, proponía.

El cuerpo de Brian tampoco encontró un reposo en paz. Cuando murió, Blanca estaba en el tramo final del embarazo del bebé de dos meses que ahora amamanta. Y ya venía de pasar el luto por su hermana. Estaba demasiado cansada para hacerse cargo sola. En la morgue tardaron unos días en entregarle el cadáver, y en el cementerio le pedían una serie de papeles difíciles de conseguir. Blanca y su suegro, el marido de Regina, juntaron algunos documentos y los llevaron, creyendo que el día del entierro había llegado. Iba a ser una sepultura íntima: ellos dos frente al ataúd de Brian, una flor, un cura y unos tipos que lo hundieran en el pozo. Pero en la administración les dijeron que todavía faltaban papeles. Blanca se dio por vencida: ya no podía seguir adelante. Ahora se amarga: “No sé qué fue de él, si está enterrado o no, o dónde está”.

Y en esa casa de suburbio, donde la fe en Dios es lo único que permite continuar a pesar de todas las tragedias y sacrificios que aparecen como si la vida fuera una carrera de obstáculos, Blanca elige recordar a un Brian alegre, distinto del monstruo de los ataques repugnantes que le arruinó la vida de aquellas chicas, y que generó una ola de miedo en la ciudad. Lo de recordar a un Brian alegre no es un lugar común. Es que lo único que le queda a Blanca de su hermano −lo único: el único objeto− es una foto vieja y doblada, en la que él se está riendo en un cumpleaños con algunos niños. Brian está vestido de fiesta, con una camisa, y muestra una sonrisa enorme de dientes de leche. Es la misma mueca risueña que lo acompañará para siempre, aun en su última hora. Blanca prefiere quedarse con la certeza de que Brian alguna vez fue un niño alegre. Un niño que reía.

La mañana fresca y soleada de fines de marzo de 1997, Alberto Salguero Vaca Narvaja, 30 años, sobrino de Fernando, líder montonero, conduce por la avenida Octavio Pintos de la capital de Córdoba, hasta la calle Democracia. Un Renault 9 gris pasa a gran velocidad. Apenas baja la ventanilla lo primero que ve es el pelo blanco. Descubre que el viejo que se cree dueño de la calle es Luciano Benjamín Menéndez. A Salguero Vaca Narvaja no le importa llegar tarde a su trabajo de biólogo.

—¡Asesino! ¡Asesino, hijo de mil puta! —le grita, impulsivamente.

Menéndez, 70 años, pulóver gris, pantalón de vestir, baja con el rostro desencajado. En el auto lo acompaña una mujer.

—¿Qué me dijiste? —pregunta el ex militar.
—Asesino. Asesino hijo de puta —repite Salguero, desde su asiento.

Apenas escucha el insulto Menéndez, un metro setenta y cinco, se le arroja encima. Salguero Vaca Narvaja, cuarenta años menos, fornido, los brazos largos, abre la puerta y le pega una trompada. Luego, otra. Y cuando el hombre intenta agarrarle el cuello lo noquea con un golpe en el mentón. El septuagenario trastabilla y dos trabajadores de una verdulería cercana lo ayudan a subir a su auto. Menéndez huye pasando semáforos en rojo. Vaca Narvaja lo persigue unas cuadras.

Después llama a su padre. Repasaron las veces que su familia lloró la desaparición del abuelo Miguel Hugo, el fusilamiento de su padrino Huguito (el padre del actual juez federal de Córdoba) y el exilio en México. Luego va hasta una comisaría. En los ´90, Menéndez seguía siendo un hombre poderoso. Los H.I.J.O.S pintaban “acá vive un genocida” en las paredes, pero los vecinos las tapaban. En su casa del barrio Bajo Palermo había una garita con tres custodios. La policía no lo dejaba solo. Parecía intocable.

Y sin embargo nunca, nadie, le había dado semejante paliza. Ni en la época de “la lucha contra la subversión”, en los ´70, cuando se jactaba de los “objetivos de guerra” eliminados, escritos en rojo en su lista personal como los Vaca Narvaja, Mario Santucho y René Salamanca. Entre 1975 y 1979, cuando era jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Menéndez nunca disparó un tiro. En 1984 fue acusado por tres mil casos de torturas, secuestros y privaciones ilegítimas de la libertad así como de la existencia de los campos clandestinos de detención de La Perla y la Ribera en Córdoba, dos de los más activos en todo el país.

Veinte años después la justicia argentina sumó infinidad de pruebas y lo condenó diez veces a cadena perpetua por genocidio. Pero Menéndez está en otra cosa.

“Parece que siguiera con las botas puestas”, dice Facundo Trotta, fiscal del megajuicio por lesa humanidad “La Perla”, en Córdoba. A veces, Menéndez se levanta y deambula por la sala. Y vuelve a su asiento. Los jueces lo miran de soslayo sabiendo que, de un momento a otro, cerrará los ojos.

Sentado en el banquillo, aislado del resto, el general se prepara: bosteza y entrelaza las manos sobre las rodillas.

***

1 de octubre de 2015. 15.30.

—Hola
—Sí, qué tal… ¿hablo con Luciano Benjamin?
—Sí, ¿quién habla?
—Mucho gusto. Soy periodista de Buenos Aires y quisiera saber si….
—Le agradezco el llamado. Pero desde que estoy preso no hablo con la prensa.
—Está bien, comprendo. Quería saber cómo estaba de salud. Sé que tuvo bronquitis la semana pasada y no pudo ir al juicio.
—Ah, sí. Mejor. Me reincorporé a mis actividades normalmente.
—¿Lo está cuidando su hijo Juan Martín?
—Mire, no se moleste, pero no le voy a decir nada. Perdón.

La voz flemática de Luciano Benjamín Menéndez, desde la calle Ilolay del barrio Bajo Palermo donde cumple prisión domiciliaria desde hace tres años, se fue apagando lentamente. Hace tres años, también, murió su esposa, Edith Angélica Abarca: 38 años de casados y siete hijos. Ese día no fue al entierro: prefirió llorar a solas en su chalet.

Nacido el 19 de junio de 1927, tres años antes del primer golpe militar argentino, creció en la certeza que el Ejército tenía un destino manifiesto: ser el guardián de la nación. “Necesitamos una guerra por generación”, dijo, cuando le dieron el grado de general a los 45 años. Se lo acusa de ser el “autor de escritorio” de secuestros, asesinatos, torturas y desapariciones: uno de los jefes de la dictadura militar que premeditó y planificó un “aparato organizado de poder”. Menéndez sabe que no podrá salir más en libertad: las condenas por lesa humanidad son imprescriptibles e inamnistiables.

“Cachorro” – así le pusieron sus superiores cuando entró al Ejército por ser hijo de un militar- sólo tiene permitido ir a los tribunales y a los consultorios médicos. En la semana, está ocupado con una agenda completa: martes, miércoles y jueves se sienta como acusado en la “La Perla” -el centro clandestino más grande del interior, por el que pasaron cerca de tres mil detenidos-; jueves a la mañana, por teleconferencia en San Luis; y jueves a la tarde y viernes, por la misma vía, en La Rioja.

De los 622 ex militares de la última dictadura condenados por delitos de lesa humanidad, Menéndez es récord. Desde que la Corte declaró la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final en 2005 y hasta la fecha -según datos de la Procuraduría contra Crímenes de Lesa Humanidad- fue imputado en 73 causas y acumula 12 condenas.

Las sentencias lo sitúan como principal responsable del “plan sistemático de exterminio que se impuso entre 1976 y 1983”. Siete de las condenas son de reclusión perpetua, tres de prisión perpetua, y las dos restantes de 20 y 12 años. Y cuatro de las perpetuas están firmes por resolución de la Corte Suprema.

“Él sigue justificando en los juicios que el Ejército salvó al país de una agresión interna financiada por el exterior. No existen dudas que muchas de las víctimas optaron por la lucha armada. Sin embargo, el Estado militar procedió al margen de la ley. Ante la sospecha de un delito, debieron hacer lo mismo que hoy estamos haciendo con ellos”, dice el fiscal Trotta.

Calmo y entusiasta, el ex jefe militar sigue repitiendo que Argentina “vivió la Tercer Guerra Mundial entre Occidente y el marxismo”. Como si los días de los 382 años de prisión no le afectaran.

***

El poder que manejó como Comandante en Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército –el segundo más grande del país-, con sede en Córdoba, fue absoluto. La Junta Militar –compuesta por el Ejército, la Armada y la Fuerza Área- dividió el territorio en cuatro zonas. “Cachorro” lideró la Zona III con 15 mil efectivos, tres brigadas, 24 áreas y veinte regimientos a su cargo en diez provincias: Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Era la mitad del país.

“En el Tercer Cuerpo él había creado todo el sistema de represión, secuestro y tortura”, resume la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº1 de Córdoba que lo condenó a perpetua por primera vez en 2008 por los secuestros, torturas y asesinatos de cuatro militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Para María Teresa Sánchez, abogada de Abuelas de Plaza de Mayo, Menéndez creó un “grupo interrogador de detenidos” antes del golpe de marzo del ´76 y lideró acciones paramilitares.

“A las desaparecidas Menéndez las hacía rotar de norte a sur para que nunca las pudiéramos encontrar”, dice Sonia Torres, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba, sobre quien fue responsable de 238 centros clandestinos en el total de las diez provincias–Tucumán con 78 y Córdoba con 59 fueron las principales- . Sólo en Córdoba, hay entre 500 y 700 víctimas por el terrorismo de Estado. Menéndez siempre lo negará: “Los desaparecidos desaparecieron y nadie sabe dónde están, lo mejor será entonces olvidar” -Revista Gente, 25 de febrero de 1982-. Sonia aún busca al hijo de Silvina Parodi, su hija secuestrada en 1976. Es el primer caso por sustracción de menores que se juzga en su provincia.

—Me gustaría saber qué hace en su tiempo libre, si lo van a visitar amigos…
—Si salgo en libertad, le doy una entrevista. Hasta luego, que le vaya bien.

***

A los 20 años, en el Colegio Militar, Luciano Benjamín Menéndez sentía que el mundo estaba a sus pies. Había entrado cinco años antes y ya le habían dado el cargo de teniente, con cadetes a cargo. “Se empeña por sobresalir. Es un oficial muy eficaz en el escuadrón”, dijo Alberto Juan Iribarne, su jefe de regimiento. “Enseña con el ejemplo y tiene mucho ascendiente sobre sus subordinados, posee una conciencia del deber para el grado inmediato superior”, escribió el teniente coronel Manuel Mateos, en su legajo militar.

Los Menéndez dejaron España para radicarse en el Río de la Plata a mediados del siglo XIX. Su abuelo fue teniente coronel de las Guardias Nacionales, una fuerza que precedió a Gendarmería y actuó en la “Conquista del Desierto”. José María, su padre, teniente y participó de la represión contra anarquistas y comunistas. “El interés soviético viene de 1919 con el levantamiento de obreros. Fue la primera amenaza”, reconocería Luciano Benjamín décadas después, hablando de la tarea “ejemplar” de su linaje.

No hubo un Menéndez que no pisara fuerte en el Ejército. Su tío, el general Benjamín, intentó un golpe militar en 1951 contra Juan Domingo Perón. Y uno de sus primos, Mario Benjamín, fue gobernador militar de las Islas Malvinas en guerra de 1982- al que le cortó el diálogo por considerarlo un “flojo” en el mando-.

Alumno de la escuela contrarrevolucionaria francesa, Luciano Benjamín aplicó la doctrina: el enemigo interno ya no vestía uniforme, se infiltraba en cualquier rincón de la sociedad y todo ciudadano podía ser sospechoso.

“No se matan seres humanos sino anti patriotas, enemigos de la civilización occidental. Como Adolf Eichmann, Menéndez era un hombre profundamente ideológico, un nacionalista católico con tintes liberales que odiaba a los comunistas, a los peronistas y a toda minoría racial”, dice Daniel Mazzei, historiador experto en el Ejército argentino.

Criado en la localidad de San Martín, el niño Luciano Benjamín se la pasaba montando a caballo junto a su único hermano José María. Décadas después, como Comandante en Jefe, paseaba con su yegua por los parques del Ejército mientras su séquito torturaba en los centros clandestinos.

En el Colegio Militar, además de “Cachorro”, le decían “Chupete” por su cara aniñada. Cuando subió a recibir el diploma de teniente, se encontró con viejos compañeros de grado: Jorge Rafael Videla, Albano Harguindeguy, Ramón Genaro Díaz Bessone, Santiago Omar Riveros y Leopoldo Galtieri. Los últimos tres serían sus compañeros en el “ala dura” del Ejército, a los que intentó liderar sin éxito.

En los ´70, para conocer la Doctrina de Seguridad Nacional, viajó hacia el campamento de Fort Lee, en Estados Unidos. Y a su regreso aterrizó en Tucumán como uno de los comandantes de la V Brigada, la segunda más importante del Tercer Cuerpo. Dirigió tropas en los meses previos del “Operativo Independencia”. Fue el preludio del golpe militar: el despliegue descomunal de militares en febrero del ´75 para combatir a la Compañía Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Con 45 años, fanático de Julio Argentino Roca, San Martin y un workaholic entregado a la misión militar, en 1972 cumpliría un viejo sueño de abuelo y padre: ser uno de los generales del Ejército más jóvenes de la historia.

***

10 de diciembre de 2015. 14.30.

El coronel retirado Mariano Menéndez, 64 años, hijo de Luciano Benjamín, está eufórico. Mauricio Macri acaba de jurar como presidente de Argentina.

—Papá es el más feliz —dice el hijo de “Cachorro” al otro lado del teléfono, desde alguna calle de Buenos Aires.

Es el segundo de sus hijos vivos. Eran siete y quedaron cinco. Fue militar como el primogénito ya fallecido Luciano Benjamín. Luego siguen Martín Horacio, ingeniero químico; Marita, que está casada con un coronel retirado –y tienen ocho hijos-; María Victoria, casada con un comodoro de la Fuerza Área –nueve hijos-; el menor, Juan Martín del Milagro. “Y José”, remarca. El primer hijo muerto.

El 14 de julio de 1976, el nene, de nueve años, se intoxicó con monóxido de carbono por la pérdida de un calefón. Su padre, sospechando un homicidio, se negó a la autopsia y siguió como si nada hubiera pasado. Cinco días después un soldado de su Ejército dio un golpe maestro al asesinar a Mario “Roby” Santucho, fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y líder del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

“Los marxistas no conciben la armonía sino el conflicto permanente”, dijo implacable, en una conferencia de prensa.

—Para mi papá seguimos siendo siete. Nunca pudo superar la muerte de José, era el preferido. Lo sigue llorando.

Mariano se muestra en Facebook con banderas argentinas, con postales de mesas largas con amigos y parientes. Es un acérrimo defensor de la última dictadura – sus seis hijos y sus sobrinos repiten la fórmula: fotos y comentarios de la unión familiar, la defensa de la patria y el rechazo visceral a la década kirchnerista-. En uno de sus últimos posteos, convoca a firmar en apoyo a la editorial del Diario La Nación “No más venganza” (23 de noviembre de 2015).

En la entrevista telefónica dice que el triunfo de Mauricio Macri fue histórico “porque es la primera vez que no se necesitó recurrir a las Fuerzas Armadas (FFAA) para derrocar una tiranía”.

—¿Una tiranía?
—Sí, eran delincuentes. Ahora tenemos recambio presidencial porque los militares derrotaron a la subversión.
—¿Cómo es eso?
—El mayor peligro era el comunismo. Hay que recuperar la Argentina grande que fuimos.
—¿Y cuál es?
—La de principios del siglo XX, potencia del mundo.

Mariano Menéndez es el espejo de su padre: misma cadencia lenta de voz, mismas cejas, misma mirada gélida.

—¿Qué piensa de los juicios contra él?
—Son inconstitucionales, con testigos comprados y sentencias escritas desde Buenos Aires.
—¿Todas las pruebas son truchas?
—No se respetan los principios jurídicos, mi padre combatió una guerra. A mí me gustaría que se anularan. A mi viejo le allanaron la casa y no encontraron nada.

Luego dice que “papá” les enseñó a galopar “mirando firmes al horizonte y siendo cariñosos con el caballo” y que nunca los castigó –“se tentaba cuando veía a mamá enojada por nuestras travesuras”- . Y recuerda cuando fue agredido por “una turba de locos”. Fue el 21 de agosto de 1984, a la salida del programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona en Canal 13. Su padre sacó un cuchillo de paracaidistas cuando militantes de la Juventud Comunista le gritaron “asesino” y “cobarde”. La foto recorrió el mundo.

—¿Alguna vez te encontraste con un hijo de desaparecidos?
—Nunca se dio la ocasión. Pero no tendría problema.
—Y si eso pasa, ¿qué dirías?
—Si saben que sus padres agredieron el país con las ideas comunistas. Y con la violencia más despiadada.

Luego, el coronel retirado se despide amablemente. Como su padre.

***

En 1977 Luciano Benjamín Menéndez ordenó un pacto de sangre. A los oficiales y suboficiales los hizo partícipes de torturas y asesinatos. Luego creó un ritual. Era una ceremonia de fusilamientos selectivos que consistía en sacar de a tres a los presos y llevarlos “de paseo”, como ocurrió con el dirigente gremial del Sindicato de Luz y Fuerza Tomás Di Toffino y otros en los carnavales del ´77. En la prensa se decía que los “subversivos” habían sido aniquilados por enfrentamientos fraguados o intentos de fuga.

“Todos están salpicados por sangre”, les decía a sus hombres de confianza en “La Comunidad Informativa”, en donde confluían autoridades de inteligencia, especialmente del Destacamento de Inteligencia 141 del Ejército, SIDE, Gendarmería, Policía federal y las policías provinciales. Apenas asumió como jefe del Tercer Cuerpo -entre agosto y septiembre de 1975- felicitó al Comando Libertadores de América, un comando paramilitar que, al estilo de la Triple “A”, asesinó a Marcos Osatinsky, creador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y masacró a la familia Pujadas, en un golpe especial contra la organización Montoneros.

Menéndez felicitó a la inteligencia policial pero concentró el poder en sus manos. Creía que los militares eran los especialistas en luchar contra los “subversivos que nos quieren cambiar el estilo de vida y la visión cristiana del hombre”.

***

Ernesto “Nabo” Barreiro era uno de los líderes –con Jorge Exequiel Acosta y Héctor “Capitán Vargas” Vergés- de “La patota” de La Perla, tropa de elite del Grupo de Operaciones Especiales (OP3) y una de las preferidas de “Cachorro”. Barreiro es el que confesó, varias veces, que profesores universitarios y empresarios participaron del armado de las listas negras. El que ahora, con su jefe débil de salud, lidera a sus compañeros en los juicios.

“La patota” era experta en secuestros e interrogatorios bajo torturas pero también en maniobras de distracción como los “lancheos” -salidas de civil en dos o tres autos con prisioneros-, como los que hicieron al Festival de Cosquín y al Chateau Carreras, sede cordobesa del Mundial de Fútbol de 1978. A veces hacían chocolateadas por aniversarios patrióticos y los sacaban a ver desfiles militares.

Cuando en 1979 llegó al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) –en Córdoba visitó Campo de la Ribera y La Perla-, Menéndez ordenó pintar las paredes, perfumar los pisos y llevar muebles y camas. “La patota” encabezó la misión. A pocos detenidos les permitieron ir a sus casas por unos días.

Menéndez estaba furioso: creía que abrir las puertas del país era una “concesión inadmisible”. Pero era tarde: su idea de “blanquear” la represión clandestina con juicios militares y públicos nunca había sido apoyada.

“Al que llegue a actuar mal, le corto los huevos”, dijo en La Comunidad Informativa.

Nunca pasó: el pacto de sangre fue un éxito.

***

La cárcel de máxima seguridad de Bouwer está a 17 kilómetros de la ciudad de Córdoba. En 2010, Jorge Rafael Videla y Menéndez compartieron el pabellón de lesa humanidad por el asesinato de 31 presos políticos –uno de ellos era “Huguito” Vaca Narvaja -. Videla permanecía aislado y colaboraba con las tareas domésticas. Menéndez agarraba el control remoto para mirar partidos de polo y ordenaba papeles en una suerte de oficina. Vestía sobretodo negro. Leía los diarios y a Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi y Roberto Potash.

No era la primera vez que “Cachorro” caía preso. A fines de septiembre de 1979 se había rebelado por 36 horas contra el entonces titular del Ejército y poco después presidente de facto Roberto Viola. Pero sólo lo acompañaron 800 de sus 15 mil hombres. Pasó detenido noventa días en un cuartel de Curuzú Cuatiá, en Corrientes. Creía que el Proceso de Reorganización Nacional se había “ablandando” por la liberación del periodista Jacobo Timmerman. Sin embargo, había otro telón de fondo: aspiraba a ser el reemplazante de Videla como jefe de Ejército. Pero el elegido fue Viola.

Treinta años después y a pocos centímetros de distancia, en la cárcel, Menéndez no le reprochó ninguna decisión: le volvió a hacer la venia.

Mario Baldo, 45años, es piloto de avión y estuvo detenido en Bouwer entre 2007 y 2012. Conoció a Menéndez en los recreos y conversaban de aviones. El general era distante y reservado. “Subteniente, acompáñeme a la sala de enfermería”, le dijo una mañana, como si fuera uno de sus hombres. Cuando atravesaron un pasillo oscuro por los pabellones comunes, algo los frenó. “Usted es un asesino, un cobarde hijo de puta”, se escuchó que le gritaron desde una celda. Menéndez no reaccionó: sólo miró hacia el suelo. Después fijamente a Baldo.

—He matado mucha gente, pero tendría que haber matado mucho más –le dijo, casi en secreto. Luego: “Es el único país que encarcela a sus héroes”. Y silencio.

Hubo un día que Bouwer se convirtió en una fiesta. En el pabellón de lesa, había gritos y aplausos como si se festejara la final de un mundial de fútbol. Menéndez levantó los brazos al cielo.

En la pantalla, Crónica TV reflejaba una placa roja con letras blancas gigantes: “Murió Néstor Kirchner”.

***

—¡Es mentira, es mentira!

El grito sacudió los Tribunales Federales de Córdoba. A comienzos de septiembre de 2015, el abogado querellante Juan Carlos Vega hablaba sobre apropiación de las empresas del grupo Mackentor, especialista en la construcción vial e hidráulica. Los militares acusaron al grupo de financiar la guerrilla armada –sin acreditar ninguna prueba- y detuvieron a un grupo de directivos, a los que secuestraron y torturaron el 25 de abril de 1977. Menéndez supervisó la cadena de mandos. En cuestión de días, el juez Adolfo Zamboni Ledesma – su mano derecha judicial – firmó la ocupación militar de las empresas.

—¡Eran guerrilleros! —volvió a aullar Menéndez.

El presidente del Tribunal, Javier Díaz Gavier, conocía esos ataques de ira.

—Usted sabe que no puede interrumpir. ¿Quiere que lo retire de la sala? –le advirtió.

El ex militar se calmó. Sus defensores oficiales lo miraban desconcertados. Estiró los músculos y se fue a una sala con el maletín marrón debajo del brazo.

La apropiación de “Mackentor” no había sido casual. El grupo era una amenaza para el establishment económico porque le sacaba mercado a las corporaciones. “Cachorro” nunca disimuló la simpatía con los ideólogos del modelo neoliberal, como la Fundación Mediterránea – creada en 1977 y dirigida por el ex ministro de Economía Domingo Cavallo-, y con familias tradicionales y millonarias como los Minetti, los Roggio, los Urquía y los Tagle. Los que ganaron por su modelo de obra pública, capital concentrado y cero conflicto sindical.

Pero esos amigos lo abandonaron.

La fotógrafa Irma Montiel, de la agencia Télam, nunca lo había visto como en los últimos meses: “La actitud débil en los hombros lo perfila como si estuviera entregado”.

“Se pone loco cuando lo tratan de ladrón, cuando lo incriminan y cuando declara un Vaca Narvaja”, dice la periodista Marta Platía. El arriero Julián Solanille juró haberlo visto dando la orden en un fusilamiento masivo en La Perla. Ese día de audiencia Menéndez levantó la mano para hablar –no lo dejaron- y masculló insultos.

La ex detenida Teresa Celia Meschiatti dijo que después del operativo militar de 1977 en “El Castillo” –una casona que fue destruida con bazucas- escuchó decir al ex agente civil de inteligencia, Ricardo “Fogo” Lardone, que su jefe se había quedado con “valijas llenas de dólares” de los siete montoneros asesinados. El hecho nunca se esclareció.

Es la tarde de un jueves de noviembre de 2015 y desde el chalet del barrio Bajo Palermo Juan Martín del Milagro Menéndez, 41 años, habla después que su padre, Luciano Benjamín, le acerca el teléfono inalámbrico a su pieza. Es ingeniero civil, suele levantarse después del mediodía y es el único de los hermanos que no tuvo hijos.

—Mi viejo no es un corrupto. Eso son los políticos.

La voz suena simpática y reposada. Pero el padre le habla por lo bajo, como dictándole órdenes, y se pone nervioso. Levanta el tono.

—¿Vos sabés quién fue el comandante Mario Santucho? Leí sobre los ´70 ¡Y ahora lo llaman un joven idealista! — Juan Martín parece ser, en cuestión de minutos, otra persona.
—¿Y qué lees?
—Los guerrilleros fueron los primeros en hablar de una guerra, no los militares.
—¿Y qué más te interesa?
—Que la sociedad apoyó a los militares. ¿O la Plaza de Mayo no estaba llena cuando habló Galtieri? Perdón, no quiero hablar más. Ustedes tergiversan todo.
—¿Ustedes?
—Sí, los periodistas. Disculpame, tengo que salir. Hasta luego.

***

En los medios y en las redes sociales, una escasa minoría aún lo apoya. En los comentarios de la nota “Menéndez: me persiguen hace 30 años y sólo declararé ante juez militar” –Diario Uno, 17/08/15-, aparecen opiniones desde Facebook. Entre los 12 comentarios, el ciudadano Facundo Gianoni dice “Grande Cachorro, vos sos de los responsables que un sucio trapo rojo no flamee hoy en lugar de nuestra querida celeste y blanca”; otro usuario, Carlos Alberto Busnelli, opina que es “un MILITAR CON HONOR Y muchos de sus camaradas deberían seguir su ejemplo”. Y para el usuario Hio Shiva, “lo que dice el general es correcto, eran terroristas, algunos quedaron vivos y están ahora en el poder”.

La realidad era otra hacía veinte años. En el retorno a la democracia Menéndez fue protegido por la burocracia sindical, el poder eclesiástico liderado por el cardenal Raúl Primatesta y un amplio espectro político cordobés, tanto del peronismo como del radicalismo. El ex gobernador Eduardo Angeloz lo invitó varias veces a subir al palco, donde compartió asiento con Oscar Aguad, actual ministro de Comunicaciones.

A los juicios solían acompañarlo los militantes de Famus (Familiares de Muertos por la Subversión). Ellos festejaron cuando en 1990 recibió el indulto del ex presidente Carlos Menem a pesar de que nunca había sido condenado. Por ese entonces fundó el partido de ultraderecha “Nuevo Orden Republicano”, que propuso el retorno de las FFAA en la calle. Pero nadie lo siguió.

“Todo nuestro espectro político está a la izquierda, deslumbrado por el éxito de la demagogia y el populismo de Perón”, había dicho en un acto, reconociendo el fracaso como líder político.

***

Se jactó de aniquilar la “subversión” antes que cualquier jefe militar. Y quiso dar el salto: pasar del enemigo interno a una guerra convencional.

En 1978 se preparó para una batalla con Chile por el canal de Beagle. “El brindis de fin de año lo hacemos en el Palacio de La Moneda y después iremos a mear el champagne en el Pacífico”, le dijo a su tropa, que preparó durante cuatro meses en la frontera.

Cuando se enteró que el Papa Juan Pablo II había intervenido para frenar el conflicto, en las vísperas de Nochebuena, perdió los estribos. “Videla es un cagón”, rumió ante sus hombres de confianza.

La ilusión de invadir Chile se hacía añicos.

***

Es una tarde del verano de 2015 y Paola Salamanca, maestra de escuela, 45 años, piensa dormir una siesta. Es hija de René Salamanca, ex secretario general del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), cuadro cordobés del Partido Comunista Revolucionario, y el primer detenido-desaparecido después del golpe militar. “Nosotros quedamos destruidos en la pobreza”, dice, con un tono acongojado.

Según el Nunca Más, Menéndez fue a ver a Salamanca a “La Perla”. Luego de un interrogatorio, el jefe militar ordenó “trasladarlo” en un camión, que los prisioneros conocían como “Menéndez Benz”. “En el juicio Menéndez nos clavó esos ojos malignos de asesino”, dijo José María, otro hijo de René. “Las fábricas no me dieron trabajo por llevar un apellido de “subversivo”, comentó luego. El caso Salamanca demuestra una máxima del Tercer Cuerpo: “barrer a los líderes para exterminar la base”.

Entre 1976 y 1979, Menéndez pisó los centros clandestinos -fusta en mano- cuando caía un “pez gordo”. La Perla –y 580 testimonios lo comprueban- era el epicentro del exterminio: por la jerarquía de detenidos políticos, la llamaban “La Universidad” –a La Ribera, por contraposición, le decían “La Escuelita”-. Los periodistas Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo, autores del libro “La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración”, dijeron que el vínculo de Menéndez con el centro clandestino fue tan estrecho que lo asociaron al sobrenombre de su mujer, Edith Abarca, a la que llamaba cariñosamente como “La Perla”.

Tanto como en la ESMA había un circuito profesional de la tortura compuesto por “el ablande” – los interrogatorios-, “la sala de terapia intensiva o la margarita”- se picaneaba en una cama de hierro- y “la cuadra” –donde los cautivos permanecían acostados, atados y vendados-. En “La Perla” hubo doce casos de muertes por tortura, como el de Herminia Falik de Vergara, que murió agonizando en los brazos de una compañera. Esa noche Barreiro y “La patota” salieron apurados para cenar con sus familias en la Nochebuena del `76.

“Cachorro” pensaba que la muerte por tortura era un error táctico. Pero no se enojó ni les hizo sumarios.

***

—Fue el mejor comandante de cuerpo, el de más confianza. Un león listo para la pelea —dijo Videla en la biografía “Cachorro. Vida y muertes de Luciano Benjamín Menéndez”, escrita por Camilo Ratti.

“Cachorro” se movía como pez en el agua: en el lugar justo, en el momento indicado. Desde los ´60, con la fusión del movimiento obrero, estudiantil y sindical, Córdoba y Tucumán se convirtieron en focos guerrilleros. En 1969 ocurrió el “Cordobazo” y operaban los líderes de Montoneros y ERP pero también de otras organizaciones políticas del peronismo de base o de la izquierda revolucionaria. El golpe policial cordobés del ´74 conocido como “El Navarrazo” había encendido la reacción. Pero los militares consiguieron una legitimidad impensada: la presidencia de Isabel de Perón, y luego la de Ítalo Luder, dictaron decretos que dieron vía libre a las FFAA para “aniquilar a la subversión”.

—Un gobierno democrático nos pidió combatir la agresión comunista. Es un país insólito. Se juzga a soldados patriotas que dieron la vida. Fuimos los ganadores –dijo en agosto de 2015, en el juicio de La Rioja—. Allí dijo que jamás persiguió a nadie por sus “ideas políticas nacionales” y que la agresión marxista empezó con el campamento de los Uturuncos en 1959 como “reflejo de la Revolución Cubana”. Y agregó: “Ni Francia con Indochina, ni Estados Unidos por Hiroshima repudiaron lo que hizo su Ejército”.

Como ningún otro jefe antes de la dictadura, Menéndez se anticipó en estilo, forma y contenido: visitas periódicas a las tropas, creación de los primeros centros clandestinos –La escuelita de Famaillá, en Tucumán, y Campo de la Ribera, en Córdoba-, una mesa de inteligencia con todas las fuerzas, y redacción de documentos fundacionales del golpe militar. Eufórico y con mano de acero, “Cachorro” olía a sangre.

—A los subversivos los liquidamos con la mente fría y el corazón ardiente. El ejército argentino nunca perdió una guerra. ¡Subordinación y valor! –envalentonó a su tropa cuando asumió como Comandante en Jefe.

A los que no lo saludaban, les daba 60 días de arresto.

***

Apenas asumió como jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, convocó a los periodistas para la quema pública de libros y a la sociedad les exigió un sacrificio: “Las muertes de la guerra son para alcanzar una democracia, porque el argentino no puede vivir en otro sistema que el democrático”. Cuando iba a rezar ponía flores en las iglesias. En una de ellas, una vez se encontró con el obispo de La Rioja Enrique Angelelli y le dijo “usted se tiene que cuidar mucho”. Meses después lo mandó a matar.

Nadie dudaba que Menéndez tuviera un compromiso personal con la represión. Solía ir a en la estancia La Ochoa, conocida como “Casa de Piedra” y a poca distancia de La Perla. Allí, mientras descansaba, dejó que torturaran detenidos, como a Salomón Gerchunoff, dirigente del Partido Comunista.

Pero el preferido de Videla en el campo de batalla –“No puedo hacer nada, está en territorio de Menéndez”, respondía ante un pedido de intervención- no lo fue en el campo de la política. “Cachorro” creó la “Organización Nacionalista” o “Partido Militar”, que acusaba al jefe de la Junta por “blando”. Como Emilio Massera, aspiraba a ser la cabeza de la dictadura y se creía el paladín de los duros pero nadie lo siguió. “Es un bruto, le falta cintura para negociar”, había dicho su enemigo Roberto Viola.

La conspiración política le costaría el destierro. Cuatro años antes del fin del Proceso, por sublevarse contra Videla, le sacaron el traje de general.

***

Siete meses después de la guerra de Malvinas la periodista Cristina Wargon lo entrevistó para el diario Tiempo de Córdoba. Fue la única que se atrevió a enfrentarlo. “Me impresionaron sus ojos: como los de un yacaré. Eran claros, y con esa membrana que parece una persiana que se cierra”, dice. Por teléfono, el general le pidió que le mande un formulario por correo y Wargon respondió:

—General, no me diga que le tiene miedo a una mujer.

Diez minutos después le abrió la puerta de su casa. Le pareció un departamento aséptico. En esa histórica entrevista, a solas, dijo cosas como “yo estaba en los cuarteles, no sabía del modelo económico”, “a las Madres de Plaza de Mayo las respeto pero hasta en el uso del pañuelo copiaban a los rusos” y respondió que los desaparecidos “estaban en el exterior pagados por organismos internacionales”. A Wargon le temblaba el grabador en la mano. “No te alcanza con ser rubia y de ojos claros para hacer esas preguntas comunistas”, la increpó.

Cuando se publicó la entrevista, en enero de 1983, Menéndez no la volvió a llamar. “Puse todo lo que me dijo y mi marido me decía que si me mataban al menos los estudiantes de periodismo iban a tener un póster en sus piezas”, ríe, ahora, más de treinta años después desde su departamento de Buenos Aires.

En aquel momento, sin embargo, salía a la calle mirando hacia los costados.

***

Una tarde cualquiera, a fines de octubre, Juan Martín Menéndez está contento. Talleres de Córdoba, del que también es hincha su padre, ascendió a la segunda división del fútbol argentino.

—Me gustaría salir a festejar con él, pero no lo dejan. Lo siguen tratando como a un criminal —dice, por teléfono. Los hijos nunca quisieron dar entrevistas personales.

Se ríe nervioso. Los amigos lo cargaban por el apellido. Pero cierta vez su padre los invitó, no paró de hacer bromas y lo vieron como alguien “normal y divertido”.

La peor bronca, dice, la sintió con los cuatro escraches de H.I.J.O.S. “No quiero que vuelvan a aparecer”, dice, desde el encierro de su pieza, donde pasa la mayor parte del día. Pero Juan Martín se tranquiliza y vuelve a hablar de Talleres –“volvimos a ser grandes”-. Después, que su papá es sencillo: un hombre “de bien”. Ve más noticieros que películas y en las comidas le da igual si el menú es arroz con queso o salmón rosado.

—No es muy gourmet, es bastante espartano.
—¿Espartano?
—Sí (ríe).
—¿Cómo se reparten los gastos de la casa?
—A papá lo borraron (N de R: En 2001, el Ministerio de Defensa le dio de baja como “general retirado” junto a Antonio Bussi) pero él sigue cobrando la jubilación.
—¿Ustedes sufrieron por ser los hijos de Menéndez?
—Mi viejo sufrió tres infartos. ¿No te parece mucho?

En 2006, Juan Martín fue detenido por la policía en la madrugada de un domingo. “Soy el hijo de Menéndez”, fue lo primero que dijo cuando le pidieron el documento. Olía a alcohol: horas antes había frenado en la puerta de una casa. Allí vio a un nene de ocho años. Salió del auto, se bajó los pantalones y le exhibió los genitales. Juan pagó fianza y recuperó la libertad.

Emilio Salguero, referente de H.I.J.O.S. filial Córdoba, dice que no tiene nada en contra de los hijos de Menéndez, pero piensa que “el dictador” debería estar en una cárcel común. “Los organismos de derechos humanos construimos una condena social. Por algo le dicen el Chacal o la Hiena. ¿Quién puede defender ahora al represor más condenado de la Argentina?”.

Desde que está con prisión domiciliaria, Menéndez apareció caminando por las calles y yendo a turnos médicos sin que los ciudadanos se sorprendieran. El 9 de diciembre de 2015 circuló por Facebook una foto en la sala de espera del Instituto de Cardiología de Córdoba. Estaba solo, de traje y corbata, y sin custodia policial. Nadie reparó en su rostro cadavérico salvo Paola Gramaglia, que acompañó a su padre –militante en los ´70- a un chequeo médico. “No pude hacer más que sacar una foto, y hasta con miedo, pero no podía dejar que esto pase sin más “, escribió en su Facebook.

“Queremos una Navidad en paz”, desea Juan Martín Menéndez desde el otro lado del teléfono. Insiste que ama a sus hermanos, con los que se escribe por grupo de WhatsApp todos los días. En el chalet de Bajo Palermo piensan en hacer asado para las fiestas de fin de año. La familia imagina al abuelo Luciano Benjamín en uno de los sillones de cuero del living, levantando una copa con sus 30 nietos. Allí, en el calor del hogar, es el único lugar donde lo ven sonreír.

Con su máxima suprema: Dios, Patria y Familia.

A la hora del almuerzo, Gustavo Santaolalla apaga los equipos de música. El productor de rock y pop latino más influyente del mundo no puede sentarse a comer si están tocando una canción. Hay quienes no consiguen escribir, ni estudiar, ni conversar, ni tener sexo si no están en silencio: la música les impide concentrarse en lo que hacen. A Gustavo Santaolalla, la comida lo distrae de la música. Cuando era adolescente y escuchaba The Beatles, Santaolalla trataba de oír el trabajo de George Martin, el productor que sumó arreglos sinfónicos en sus canciones y convirtió el talento rustic de cuatro muchachos en un sonido que conquistaría el mundo. Cada vez que oía The Who, Santaolalla buscaba la mano de Kit Lambert, el manager que convenció al grupo de fusionar el rock y la ópera para lograr una complejidad sonora que los haría pasar a la historia. Cuando ponía The Kinks, Santaolalla reconocía la influencia del productor Shel Talmy, quien los llevó por primera vez a un estudio y grabó con ellos el hit que los hizo famosos —You really got me—, tal vez el más emblemático del pop británico de todos los tiempos. Gustavo Santaolalla, el nombre que aparece cada vez que uno teclea «gurú del rock latino» en Google, creció escuchando a los hombres que convirtieron a unos grupos de muchachos en las mejores bandas de la historia. Hoy, cada vez que prestamos atención a algunos de los temas más conocidos de Café Tacuba, Juanes, Bersuit Vergarabat, Molotov, Los Prisioneros, Jorge Drexler, Divididos, Julieta Venegas, La Vela Puerca, Caifanes o Bajofondo, estamos escuchando a Gustavo Santaolalla.

—La atención también es un don —dice—. Por eso no puedo comer y escuchar música. Si estás atento ves cosas que otra gente no puede ver.

Santaolalla lleva un esmoquin negro que resalta sus ojos celestes. Acaba de salir de la habitación del hotel donde se hospeda en Buenos Aires y, antes de empezar la sesión de fotos, se mira al espejo y descubre una arruga diminuta que arruina la caída de la tela debajo de una manga. Una productora corre hacia él con un alfiler para alisarla. Santaolalla vuelve a mirarse al espejo, entiende que todo está en orden, y la sesión puede comenzar.

El músico y productor que ha ganado dos Óscar, un Globo de Oro, dos Grammy, dos BAFTA y catorce Grammy Latinos por su trabajo, es capaz de percibir lo que otros no ven. Veinticinco años antes de nuestro encuentro en Buenos Aires, una tarde calurosa a finales de los ochenta, Gustavo Santaolalla había caminado entre los puestos de vinilos de la feria cultural El Chopo, en México D.F., para ir a escuchar a una banda de muchachos que, además de escasa experiencia, tenían sólo tres instrumentos y no sonaban demasiado bien. Después de oírlos en el escenario decidió gastarse hasta el último centavo de su presupuesto para que pudieran grabar su primer disco. Esos músicos jóvenes que antes de conocer a Santaolalla ni siquiera se habían planteado entrar en un estudio, y que al comienzo fueron rechazados por disqueras como EMI y BMG —hoy Sony Music— se convirtieron en Café Tacuba. En 2009 la banda recibió de las manos de Morrisey el premio Leyenda MTV. Su disco Re fue elegido en 2013 como el mejor álbum latino de toda la historia por la revista Rolling Stone. «Tiene la capacidad de ver las cosas cuando flotan en el aire», dijo Quique Rangel, el bajista del grupo mexicano. «Sabe sacar lo mejor de cada uno», me contó Meme, el tecladista de Café Tacuba. «Es algo así como nuestro gurú», dijo Rubén Albarrán, el cantante de la banda. «Gustavo Santaolalla apareció y se me empezaron a abrir las puertas», declaró el músico colombiano Juanes. «Ve mucho más allá que un mero músico», dijo la cantante brasileña Marisa Monte. No sólo los medios le dicen ‘gurú’ a Santaolalla: los artistas con los que ha trabajado hablan de él como si fuera, más que un productor, un guía espiritual con una percepción superior.

Solemos confundir a los productores musicales con managers o intermediarios. Los críticos del éxito mainstream suelen acusarlos de titiriteros: señores que eligen a un grupo de músicos, los reúnen en un estudio, les hacen interpretar canciones como fórmulas, les consiguen contratos y les aconsejan como peinarse. «Es una forma de hacerlo —dice Santaolalla con cierto desdén—. Yo no puedo». Casi nadie fuera de la industria sabe lo que hace un productor musical. En realidad, su trabajo se compara con el de un director de cine: el productor es quien imagina el disco en su cabeza cuando aún no existe, acompaña a los músicos en sus ensayos, busca lo mejor de sus temas, les pide más canciones, escribe arreglos, incorpora instrumentos, decide tecnologías de grabación, elige el equipo técnico de trabajo, administra tiempos, establece criterios de edición y mezcla, selecciona las tomas en el estudio, les dice «otra vez, otra vez, otra vez». El sonido y la estética artística de una banda en un disco, explica Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, son el sello de un productor. Santaolalla repite que sólo graba discos con músicos que tengan una voz propia, una visión artística definida. Su negocio es el de un jardinero atento: encuentra en los artistas un germen que otros no ven, y trabaja obsesivamente con ellos para que eso crezca, tome forma y se convierta en una identidad. Después de pasar por sus manos, ese germen casi siempre toma forma de disco de platino. A finales de los noventa, Santaolalla recibió el demo de un músico colombiano que había sido rechazado por sellos que buscaban estilos más comerciales. Santaolalla lo escuchó y meses más tarde viajaba a Medellín para producir el primer disco de estudio de aquel muchacho que fusionaba ritmos folclóricos con rock. Hoy Juanes lleva vendidos más de quince millones de discos y ha ganado veinte Grammy Latinos. El músico y productor Brian Eno —David Bowie, U2, Coldplay— dice que elige a los artistas por su sentido del humor. El productor Rick Rubin —Black Sabbath, Kanye West, Eminem— elige a los artistas cuando siente que le gusta pasar el tiempo con ellos. Gustavo Santaolalla dice que los elige con «la panza». Es lógico que no pueda comer mientras presta atención a la música.

—Algo me vibra y siento que me atrae.

En la habitación de su hotel en Buenos Aires, sobre la mesa del living, hay un libro de Krishnamurti: El conocimiento de uno mismo. Santaolalla levanta el libro y me lo muestra. Krishnamurti es uno de sus autores de cabecera. Para comprender cualquier cosa, explica el filósofo indio —una pareja, un cuadro, un paisaje, los árboles— hace falta verdadera atención. Escuchar exige hacer a un lado las distracciones, y eso supone olvidarse también de las opiniones y creencias propias. Para Krishmanurti, la atención verdadera es un modo de estar alerta que surge sólo cuando no estamos obsesionados en nosotros mismos. Santaolalla aprendió a prestar atención desde niño, pero tardó unos treinta años en dejar de estar obsesionado con su propio plan de ser un músico exitoso.

***

Santaolalla ganó dos premios Óscar por componer las bandas sonoras de Secreto en la montaña y de Babel tocando instrumentos de cuerda que nadie le enseñó a tocar: el ronroco (un charango andino) y el úd (el laúd árabe). Santaolalla montó una bodega en Argentina y produjo tres vinos que ganaron medallas de oro en las Sélections Mondiales des Vins de Canadá sin tener ninguna experiencia como bodeguero. Santaolalla compuso la banda de sonido para el videojuego The last of us, elegido juego del año en los Games Developers Choice Awards 2013, sin haber trabajado nunca para un videojuego. Santaolalla abrió una editorial para publicar libros de arte y fotografía sin haber sido nunca editor, estrenó un musical en Toronto sin haber hecho nunca un musical, y trabaja para montar un show de ballet sin haber hecho nunca un espectáculo de danza. Santaolalla tiene sesenta y tres años, es uno de los productores musicales más influyentes del mundo, pero no sabe leer música.

Un día, cuando tenía diez años, su profesora de guitarra en Ciudad Jardín —un barrio de calles arboladas y familias de clase media en la provincia de Buenos Aires— le pidió que tocara una pieza. El niño Santaolalla, que estudiaba música desde los cinco años, la interpretó a la perfección, pero su profesora no lo felicitó. En cambio le tapó los ojos, eligió un lugar diferente en la partitura, y le pidió que empezara desde allí. Él se quedó en silencio. Se había aprendido el tema de oído, pero no podía leer el pentagrama. La profesora confirmó sus sospechas y llamó a su madre: «No puedo seguir enseñándole —le dijo—. Su oído puede más que mi teoría». Santaolalla cursaba quinto grado en un colegio inglés, era monaguillo en la Iglesia, y su forma de escuchar y aprender comenzaba a alejarlo de ciertas enseñanzas. Una tarde le pidió una cita al cura de su parroquia porque estaba obsesionado con una idea: si Dios era bueno y todopoderoso como le habían enseñado, ¿por qué no hacía desaparecer al diablo? Si Dios permitía que el diablo siguiera existiendo —le dijo al cura—, era lógico pensar que trabajaba para él. Al igual que su profesora de música, el párroco lo escuchó y llamó a sus padres, pero en este caso para decirles que tal vez debían exorcizar a su hijo. Gustavo Santaolalla tenía once años, y atravesaba su primera crisis espiritual.

—Me imaginaba el paycheck que Dios le pasaba al diablo todos los meses para hacer el trabajo sucio— dice, y se ríe con la mitad de su rostro.

Cuando está afinando un instrumento, preparándose para tocar o examinando la ropa para una sesión de fotos, Santaolalla lleva un gesto grave, expectante —el ceño fruncido, la boca ligeramente entreabierta—, de profunda concentración. Un gesto adusto que podría ser confundido con hosquedad si no fuese porque a cada momento lo desarma como una máscara de goma para lanzar poderosas carcajadas. Es la misma cara de concentración que puede verse en una foto que le tomaron a los cinco años, en una fiesta del jardín de infantes. La imagen cuelga en el living de la casa donde creció, en Ciudad Jardín, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires: allí se lo ve a Santaolalla con un delantal blanco y un moño a lunares, llevando una batuta en la mano, mientras dirige una orquesta formada por sus compañeritos. Orfelia Abatte, la mamá del músico, todavía recuerda que aquel día en el jardín Pinocho una mujer se acercó y le dijo: «Cultívelo. Lleva la música adentro». No hacía falta que se lo dijeran.

—No sabés cómo le daba la entrada a los triángulos. Tenía una habilidad…— dice Abatte con un orgullo que no le cabe en el cuerpo.

La madre del músico argentino es una mujer menuda, bajita, coqueta, que siempre quiso estudiar guitarra pero nunca pudo. Orfelia Abatte tiene noventa y tres, viaja a Los Ángeles cada año a visitar a su único hijo, y todavía conserva en una caja fuerte la canción que él le compuso hace cuarenta años, cuando murió su marido. Gustavo —“Gusi”, dice ella— es muy parecido a su padre, Alfredo Santaolalla, un ejecutivo que conoció cuando era secretaria en la compañía de publicidad Walter Thompson. Orfelia y Alfredo eran una pareja de melómanos. Santaolalla recuerda que sus padres compraban discos a montones en una época en que conseguir variedad exigía esfuerzo y dedicación. En su casa se oía tango, folclore, jazz, música popular europea, rock, música clásica, brasileña. Su padre cantaba tangos mientras se afeitaba, y el futuro creador de Bajofondo —ese grupo que ha seducido a oyentes del mundo fusionando tango y otros ritmos rioplantenses con música electrónica— se paraba en la puerta del baño a escucharlo. A los cinco años, cuando entró a la escuela primaria, Santaolalla recibió de las manos de su abuela su primera guitarra y empezó a estudiar música con una profesora. Su primera composición fue una chacarera dedicada al cura de su escuela, y sus primeras actuaciones las hizo tocando en la parroquia. Santaolalla quería hacer música y quería ser cura, pero antes de llegar a la adolescencia su precocidad lo alejó de la iglesia y de los pentagramas. Entonces convirtió la música en una religión autodidacta. A los once años armó su primer grupo folclórico. A los doce tuvo su primera guitarra eléctrica. A los trece escuchó por primera vez a los Beatles y ese sonido —dice— le cambió la vida. Eso era lo que quería hacer. Santaolalla ensayaba tanto que el cielo raso del living de su casa se derrumbó dos veces por las vibraciones de los amplificadores. Leía con fascinación la parte de atrás de los discos que compraban sus padres: allí aparecía el nombre de los productores que lo habían hecho posible. El arte de hacer discos —dice— siempre le interesó tanto como hacer música. A los dieciséis firmó su primer contrato para grabar con Arcoiris, el grupo que formó con tres amigos de la iglesia, y a los dieciocho produjo el primer disco de León Gieco, un cantautor que se convertiría en un referente de la música latinoamericana. Arcoiris fue uno los grupos fundacionales del rock argentino, y contenía ya los elementos que se convertirían en el sello de Santaolalla: la búsqueda de una identidad que aporte al rock sonidos de una cultura propia, y la búsqueda de una conexión emotiva o espiritual. Los Arcoiris fusionaron ritmos folclóricos con el rock, y sumaron instrumentos como el bombo, el charango y la flauta, cosas que ningún grupo argentino había hecho. Fue una aventura musical y mística: cuando terminó la secundaria, Santaolalla se fue de su casa y formó con los integrantes del grupo una comunidad liderada por Dana Winnycka, una modelo ucraniana trece años mayor que hacía de guía espiritual, de la cual se enamoró. Dana había viajado por el Tibet y la India, y estableció para todos una disciplina rígida inspirada en algunas filosofías orientales: tenían prohibido el sexo, el alcohol y las drogas.

—Con Arcoiris éramos más una comunidad religiosa que hippie— dice Santaolalla.

En un mundo donde coexistían las ideas del Che Guevara y la psicodelia, mientras los Beatles viajaban a la India y la mayoría de los rockeros abrazaba la trilogía sexo-droga-rock and roll, los Arcoiris se volvieron una vanguardia involuntaria: practicaban la trilogía yoga-naturismo-meditación. Las búsquedas espirituales —religiosas o paganas— son casi un lugar común de la historia del rock: George Harrison se aferró al hinduísmo, Bob Dylan se convirtió al cristianismo, Leonard Cohen lleva décadas dedicado al budismo, Cat Stevens se hizo musulmán devoto y cambió su nombre, Jim Morrison se fascinó con el chamanismo. Los salseros Richie Ray y Bobby Cruz dejaron la música durante veinte años para fundar iglesias. Ricky Martín —que también fue monaguillo— se hizo seguidor del budismo. Juanes mismo tuvo su conversión religiosa y dijo que seguía a Jesús a su manera. Las historias sobre el fervor espiritual de los músicos suelen ir acompañadas de relatos que van de los excesos a la salvación. Santaolalla, fiel a su precocidad, fue de la religión a los excesos. Hasta mediados de los setenta vivió como un monje disciplinado en la comunidad Arcoiris, y llegó a sacar cinco discos con ellos hasta que se escapó, formó otra banda —Soluna— y a empezó experimentar todo aquello que se había reprimido. Pero la mística de trabajo y algunos principios de las filosofías orientales ya estaban en su vida.

A finales de los setenta, cansado de pasar días enteros en las comisarías por llevar el pelo largo, Santaolalla emigró a Los Ángeles para huir del clima de miedo e intolerancia que la dictadura militar había sembrado en Argentina.El mismo año que llegó a Estados Unidos los Sex Pistols se separaban y The Ramones ascendía en los rankings musicales. Santaolalla se cortó el pelo, armó una banda new wave con su socio argentino Aníbal Kerpel y se subió a la nueva ola post punk. El grupo Wet Pinic —así lo llamaron— tuvo su minuto de gloria cuando la revista Rolling Stone eligió el videoclip de su tema “Cóctel” como uno de los mejores del año. Pero el éxito fue fugaz. Las cosas no salieron como él hubiera querido, y sobrevivió componiendo jingles y soundtracks publicitarios. Una noche, mientras se congelaba en un hotel barato de Nueva York y cenaba pan con queso, sin un centavo en los bolsillos, Santaolalla entró en crisis y entendió que debía replantearse su vida.Tenía que cambiar su manera de hacer las cosas.

—Me tengo que correr del foco, pensé. Voy a salirme de la obsesión por hacer mi proyecto propio. Voy a ayudar a otra gente.

En ese momento, dice, decidió poner su energía y su talento al servicio de otros. Cualquier biógrafo responsable sospecharía de una decisión tan espontánea y consciente, pero eso fue lo que hizo los veite años siguientes: se dedicó casi por completo a trabajar en proyectos de otros artistas. Los ayudó a definir una identidad y a pulir su voz, a ser reconocidos, a vender miles y millones de discos y a ganar premios. Uno de los libros que inspiraron a Santaolalla en su aproximación a las culturas orientales fue Mente zen, mente de principiante, del japonés Shunryu Suzuki, introductor del budismo zen en América. El libro explica que una de las bases de esta doctrina es actuar con la inocencia del que recién se inicia. Un alumno le pregunta a Suzuki cuánto ego necesitaba un hombre. El maestro le responde:

—Lo suficiente como para no tener ganas de tirarse frente a un autobús.

Cuando se renuncia a pensar «debo hacer algo especial», dice Suzuki, entonces se hace algo: a la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la mente del experto, pocas. Después de esa crisis personal, Santaolalla renunció a ser el protagonista, y construyó su carrera detrás de escena, poniendo su talento al servicio de otros artistas. En los últimos veinte años, su nombre pasó a figurar en letras pequeñas en la parte de atrás de algunos de los discos más vendidos en Sudamérica. Santaolalla hizo a un lado su ego para hacer crecer el nombre de otros, y terminó en la portada de la revista Time. En 2005 fue nombrado por esa revista como uno de los veinticinco latinos más influyentes en los Estados Unidos. El ranking que publicaron ubicaba a Santaolalla por encima de Jennifer López y de Salma Hayek, la actriz que al año siguiente le entregaría su primer Óscar. Cuando subió al escenario a recibirlo, con la sobriedad de un monje, dedicó su premio a todos los latinos.

***

Desde hace algunos años Santaolalla es convocado para dar charlas motivacionales ante empresarios interesados en conocer la fórmula de su éxito. El trabajo de un productor musical suele ser invisible para la mayoría de los oyentes, y su éxito nos genera una curiosidad más propia de un mago que de un obrero perfeccionista. Ante su auditorio, como cuando le piden consejos para los artistas jóvenes en alguna entrevista, Santaolalla aconseja tener disciplina, encontrar una identidad propia y mantenerse fiel a una visión. Los que esperan de él una receta mágica se decepcionan. Al hablar de su trabajo cita a Picasso («Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando»). Y no se cansa de repetir identidad, identidad, identidad. Cathleen Murphy, vicepresidenta de Sony Global, dijo que Santaolalla cambió las reglas de la industria: «Fue el creador de la música latina alternativa que ahora suena en todas las radios del mundo». Hay quienes lo acusan de ser parte de una maquinaria que fabrica productos en serie.

—Claro que soy parte de la industria. Pero no me considero un estereotipo de quienes hacen productos a medida del mercado.

Santaolalla se define primero como músico, y todos los artistas que produce tienen algo en común: la búsqueda de un sonido que identifique a la región. Durante las últimas dos décadas, él y su socio Aníbal Kerpel han producido músicos muy distintos entre sí, pero todos comparten cierto trabajo con ritmos locales: Juanes con vallenatos, la Bersuit con murgas y candombes, Café Tacuba con rancheras y boleros, Divididos con música de Atahualpa Yupanqui, Bajofondo con tango y ritmos rioplatenses, el dúo Orozco-Barrientos —unos músicos argentinos de provincia— con tonadas mendocinas. Y los fusionan con géneros como el rock, el pop, o la electrónica. El director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, Daniel Albano, cuenta que en el documental Everything is a Remix se describe al proceso creativo como el ejercicio de copiar, transformar y combinar. «Santaolalla logra en los artistas que produce un balance tan exquisito de estos tres factores —explica— que termina formándoles una identidad casi definitiva». El productor Brian Eno dice que en la música ya no existen grandes invenciones formales: se trata de experimentar con lo creado en los últimos sesenta años. El productor Rick Rubin dice que él crea música como un perfumista crearía una esencia: poco a poco y con algo de instinto. Daniel Albano cree que Santaolalla reúne las mejores condiciones para ser un productor forjador de estilo: su oído musical y estético, su capacidad de rodearse con grandes músicos e ingenieros de sonido, su experiencia como arreglador, su conocimiento de la música latina, sus viajes por las tres Américas en busca de música y tecnología, su habilidad para liderar y su disciplina. Quienes han trabajado con Santaolalla hablan de dos cualidades más: su obsesión por los detalles, y su insistencia en producir más y más para quedarse sólo con lo mejor.

A mediados de los ochenta Santaolalla regresó a la Argentina para producir una gira demencial junto a León Gieco, su primer ‘descubrimiento’ como productor. Durante casi dos años recorrieron el país desde la ciudad más austral —Ushuaia— hasta el extremo norte —La Quiaca—, grabando y filmando con músicos folclóricos nativos. Viajaron más de cien mil kilómetros, grabaron más de cincuenta horas de video y tomaron más de dos mil fotografías para producir De Ushuaia a La Quiaca, una gira que se convirtió en cuatro discos —uno de ellos listado entre los mejores cien discos del rock argentino por Rolling Stone—, un libro y un documental. Santaolalla ha dicho que ese viaje lo transformó. Allí conoció a cientos de artistas a los que no les interesaba grabar discos ni salir en televisión: hacían música porque para ellos era una necesidad vital. Y también conoció a su actual mujer, Alejandra Palacios, madre de sus hijos menores, Luna y Don Juan Nahuel. Santaolalla necesitaba un fotógrafo para la gira y ella se presentó a la entrevista de trabajo. Otros fotógrafos ya habían rechazado el proyecto.

—Me dijo que tenía que sacar cinco rollos por día, y que se sabía cuándo empezaba el viaje pero no cuándo terminaba. Era un delirio, pero vi en él a un productor increíble— me dice Alejandra Palacios.

Durante el viaje, Palacios y Santaolalla no se enamoraron enseguida: estaban concentrados en el trabajo. Él era muy caballero, cuenta su mujer, «un hombre a la antigua» que le abría la puerta de los autos y estaba atento a los detalles. Años después de aquella gira en la que se conocieron, cuando ella estaba por dar a luz a Luna, su primera hija con Santaolalla, en la sala de parto había otra mujer sosteniendo su mano, haciéndola respirar. Mónica Campins, la ex mujer de Santaolalla y madre de su hija mayor Ana, estaba allí para ayudarla a parir. Eso que la mayoría de los hombres creería imposible —ver a su mujer y a su ex unidas en un momento tan animal como trascendente— era consecuencia del efecto que Santaolalla produce en aquellos con los que se involucra. Hoy Mónica Campins es parte de la gran familia del productor argentino y vive muy cerca de la casa de Alejandra Palacios y Santaolalla. Para él, ese tipo de logros también tienen que ver con su trabajo.

—No hablo de ir todos los días a la oficina, sino de trabajar las relaciones con la familia, con los amigos. Soy consciente que hago cosas que impactan a la gente, y siempre trato de que sea algo positivo.

Todos los proyectos en los que se involucra, dice Santaolalla, ayudan de alguna manera al descubrimiento de las personas. «Una de sus grandes cualidades es manejar muy bien la energía y las relaciones humanas. Es algo tan fuerte en él que inevitablemente terminó dedicándose a esto», me dijo el tecladista de Café Tacuba, Emmanuel del Real Díaz. «Es un movilizador. Pone a andar cosas. Y esas cosas terminan funcionando», dijo su amiga Marisa Monte, música y productora brasileña. «El trabajo de Santaolalla suele mostrarse con la presencia de lo étnico. Pero por sobre todo creo que valora el instinto, lo emotivo, la calidez. No importa qué forma tenga lo que produce, creo que él respeta y promueve lo emocional», dice Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical. Las películas con las que Santaolalla ganó premios también hablan de búsquedas, individuales o colectivas: Diarios de motocicleta, Secreto en la montaña, Babel. A los guiones con los que trabaja, dice, él los elige como a los artistas: con la piel y el estómago. Durante la última entrega de los premios Goya en España, Relatos salvajes ganó como mejor película iberoamericana pero Santaolalla —que compuso su banda sonora— no fue premiado por la música del filme. Sus nuevos fans adolescentes hicieron oír sus reclamos por Twitter. «Tendría que haber ganado el tío que hizo la música de The last of us», repetían. Santaolalla no se llevó ese premio, pero recibió una prueba de fidelidad de un público inesperado. Hacer cosas nuevas ha mantenido vivo su don para conmover a las personas: le permite prestar atención con el entusiasmo de un eterno principiante, y la pericia técnica de un escultor experimentado. Una vez le preguntaron al productor Rick Rubin si su creatividad había cambiado con el tiempo. «Al inicio yo era un completo novato —dijo Rubin—, ahora soy un completo novato con treinta años de experiencia».

Santaolalla volvió a sacar un disco solista en 2014, luego de varios años de trabajar únicamente en proyectos colectivos o de otros artistas. Desde hacía dieciséis años, cuando editó Ronroco —el disco que le abrió las puertas al mundo del cine— que no hacía un trabajo en solitario. Le puso de nombre Camino. En 2014 Santaolalla llegó también a la Argentina para filmar una serie documental sobre el Camino del Inca o Qhapaq Ñan, como se conoce en quechua al gigantesco sistema vial que integró el imperio incaico a través de seis países andinos, desde Chile hasta Colombia. El proyecto abarcaba siete provincias argentinas y arrancaba por Mendoza, donde Santaolalla tiene su bodega Cielo y Tierra. Para empezar eligieron una comunidad indígena Huarpe, en una zona cordillerana, cerca de la frontera con Chile. Santaolalla habló durante horas con la líder de la comunidad, Claudia Herrera, sobre la senda andina como un lugar sagrado para distintos pueblos, sobre sus antepasados, sobre la necesidad de buscar en los orígenes para mirar el presente. Santaolalla tenía la cabeza rapada, lo que en sus propias palabras le daba un aspecto entre astronauta, monje y enfermo mental. «Cortarse el cabello es el símbolo de retomar un camino, dar una vuelta al círculo, volver a caminar los mismos caminos quizás pero con más sabiduría y fuerza», dice Herrera. Después que se apagaron las cámaras, los huarpes hicieron una ceremonia para que los buenos espíritus acompañaran a Santaolalla. En la montaña, delante del fuego, le entregaron una pluma de cóndor para que llevara un mensaje a través de los distintos pueblos que iba a visitar, como hacía antiguamente el chasqui. Más que el portador de un simple mensaje, explica la líder de la comunidad, «el chasqui es un corredor espiritual». Santaolalla llevaba consigo su ronroco. Después de recibir la pluma tocó un tema para ellos, les regaló su instrumento, y volvió a retomar su camino.