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Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.

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El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el extravagante y radical presidente de Venezuela, se sometió a su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido en un hospital de La Habana bajo una celosa guardia. Sólo familiares y allegados políticos cercanos —y, se presume, los hermanos Castro— tienen permiso para verlo. No ha habido ningún vídeo de él sonriendo desde su cama de hospital ni animando a sus seguidores. Funcionarios del gobierno reconocen que está experimentando “severas dificultades respiratorias”, a pesar de los rumores de que está bajo un coma inducido y conectado a un respirador. La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada llevando una Biblia para Chávez. Y aunque no comentó si lo llegó a ver, tuiteó poco después: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que el presidente se está recuperando, y que incluso firmó un documento- una prueba de vida que se exhibió debidamente a la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonaba como un último adiós.

Es apropiado que Chávez haya escogido Cuba como el mejor lugar para recuperarse, ya que el país ha sido un segundo hogar para él durante mucho tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a dar una charla magistral en la Universidad de La Habana. Chávez, un ex-paracaidista militar, se había convertido en presidente de Venezuela apenas nueve meses antes, pero ya contaba con una audiencia embelesada, incluyendo a Castro, a su hermano menor Raúl y a otros altos cargos del buró político de Cuba. El discurso de Chávez estuvo lleno de expresiones de buena voluntad hacia Cuba y elogió a Castro, a quien llamó “hermano”. Era imposible pasar por alto las implicaciones de su visita. Desde el fin del subsidio soviético, ocho años antes, Cuba luchaba por sostenerse y Venezuela era una nación rica en petróleo. Chávez había viajado con una delegación de la empresa petrolera nacional. El presidente, ya en ese entonces un orador expansivo, habló durante noventa minutos, y Castro sonrió atentamente todo ese tiempo. El hombre que estaba a mi lado susurró que nunca había visto a Fidel mostrar tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el Estadio Nacional de Béisbol de La Habana en ocasión de un partido amistoso entre jugadores veteranos de las dos naciones. El ambiente era festivo. Chávez pichó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una chaqueta de béisbol sobre su uniforme de faena militar, fue el mánager de Cuba y aprovechó para darle a su huésped una lección en tácticas: a medida que el juego avanzaba, Castro infiltró jóvenes impostores al campo de juego, disfrazados con barbas postizas que luego se arrancaron, desencadenando aplausos y risas en la audiencia. Al final del juego Cuba ganaba cinco a cuatro pero, como declaró Chávez, “tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundizó nuestra amistad”.

Antes de que pasara mucho tiempo, Cuba empezó a recibir envíos de petróleo venezolano a menores precios, a cambio de los servicios de docentes, médicos e instructores deportivos cubanos que trabajaron en un enorme programa de alivio de la pobreza lanzado por Chávez. Desde el año 2001, decenas de miles de médicos cubanos han proporcionado tratamiento a los pobres de Venezuela, y personas con enfermedades de la vista han recibido atención médica en Cuba, en el marco de un programa que Chávez llamó, con su típica grandiosidad, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el principio él era un ferviente discípulo de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y su máximo héroe nacional. Poco después de haber asumido el poder, Chávez cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: fue un luchador carismático por la libertad, cuyas sangrientas campañas liberaron a gran parte de América del Sur de la España colonial. Pero, a pesar de ser admirador de la Revolución Americana, Bolívar era mucho más un autócrata que un demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de los tiempos modernos, el actual guardián de la lucha antiimperialista. En 2005, después de un largo período de estudio y reflexión, Chávez anunció que había decidido que el socialismo era la mejor propuesta de progreso para la región. En sólo unos pocos años, con sus miles de millones en petróleo y guiado por Castro, Chávez resucitó el discurso y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Él transformaría Venezuela en lo que llamó, en su discurso en la Universidad de La Habana, “un mar de felicidad y de verdadera justicia social y paz”. Su máximo objetivo fue elevar a los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de esta irregular campaña están a la vista de todos.

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Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI lo hicieron con cuidado: situaron la ciudad en las montañas, en vez de la cercana costa del Caribe, para protegerla de piratas ingleses y de los indios que merodeaban. Actualmente, la costa ubicada a diez millas de distancia de la ciudad es accesible por una carretera escarpada entre las montañas construida por órdenes del fallecido dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante la década de los cincuenta. De cruel carácter y ampliamente odiado en su país, Pérez Jiménez fue derrocado después de sólo seis años como Presidente, pero dejó tras de sí un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, proyectos de vivienda pública, túneles, puentes, parques y carreteras. En las décadas siguientes, mientras las dictaduras molestaban a gran parte de América Latina, Venezuela resultó ser una democracia dinámica y generalmente estable. Siendo una de las naciones petroleras más ricas del mundo, el país tuvo una creciente clase media con un nivel increíblemente alto de vida. También fue un firme aliado de EE.UU.: los Rockefellers tenían campos petroleros en Venezuela, así como grandes ranchos donde sus familiares montaban a caballo con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atrajo a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, quienes ayudaron a darle a Caracas la reputación de ser una de las ciudades más atractivas y modernas de la región. Tenía una espléndida universidad —la Universidad Central de Venezuela—, un museo de arte moderno de primer orden, un elegante Country Club, una serie de buenos hoteles y exquisitas playas. A finales de los años setenta, cuando las mujeres venezolanas se convirtieron en perennes ganadoras del concurso de Miss Universo, la mayoría de los latinoamericanos consideraban al país como un lugar hermoso para gente hermosa. Incluso su criminal más infame, el terrorista marxista Illich Ramírez Sánchez (Carlos El Chacal), fue un todo un dandy, con un gusto por los pañuelos de seda y el whiskey Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido la cúspide del encanto de Caracas, fue inaugurada la primera línea del Metro y el Teresa Carreño, un complejo teatral de clase mundial.

Esa ciudad apenas puede percibirse hoy. Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y agitación social, Caracas se ha deteriorado muchísimo. Tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones de habitantes, se estima que tres mil seiscientas personas fueron asesinadas, cifra que equivale a una muerte cada dos horas. La tasa de homicidios en Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el poder. De hecho, el crimen violento (o la amenaza de que suceda) es probablemente el carácter definitorio de Caracas, tan ineludible como el clima, que generalmente es maravilloso, y el terrible tráfico, con autos atascados durante horas en las calles día tras día. Vendedores deambulan a través del embotellamiento, vendiendo juguetes, insecticidas y DVDs piratas, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares a cambio de monedas. Se observan fachadas enteras cubiertas de graffitis y con basura amontonada en las vías. El río Guaire, su cauce a lo largo de toda la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de personas sin hogar, indigentes —en su mayoría adictos a las drogas— y enfermos mentales. Los barrios más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad con alambre electrificado. En las entradas de las urbanizaciones, guardias armados permanecen en vigilia tras un vidrio oscuro.

Caracas es una ciudad fallida y la Torre de David es quizás el símbolo más importante de ese fracaso. La torre es un zigurat de espejos de vidrio coronado por un gran eje vertical, que se eleva a cuarenta y cinco pisos por encima de la ciudad. La principal característica del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre de dieciocho pisos y un estacionamiento elevado, es su visibilidad desde cualquier punto de Caracas, que sigue siendo mayormente una ciudad de edificios modestos. El vecindario que rodea al edificio es típico: una ladera cuadriculada de casas y comercios de uno o dos pisos que se disipan a pocas cuadras de las faldas del cerro El Ávila, un montaña selvática que forma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La torre ha sido nombrada en honor a David Brillembourg, un banquero que hizo fortuna durante el boom petrolero de Venezuela en los años setenta. En 1990, Brillembourg se lanzó a la construcción de un complejo que esperaba convertirse en la respuesta venezolana a Wall Street. Sin embargo, Brillembourg murió en 1993, mientras el complejo seguía en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria acabó con un tercio de la instituciones financieras del país. La construcción, completada en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue reanudada.

Vista desde la distancia, la Torre no da indicio alguno de sus problemas. De cerca, sin embargo, las irregularidades en su fachada son claramente evidentes. Hay partes donde los paneles de vidrio se han perdido y los agujeros han sido rellenados; en otras partes de la fachada, las antenas parabólicas y satelitales se asoman como hongos. En los costados no hay paneles de vidrio en absoluto. El complejo es un coloso de hormigón sin terminar —en el que habitan personas. Casas de ladrillo mal ensambladas, similares a las que cubren los cerros alrededor de Caracas como costras, han llenado los espacios vacíos dentro de muchos de los pisos. Sólo las plantas superiores están abiertas al cielo, como plataformas de un gran pastel de bodas. El decano de Arquitectura de la Universidad Central, Guillermo Barrios, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su icono, y no tengo duda de que la imagen arquitectónica de este régimen es la Torre de David. Encarna la política urbana de este régimen, que puede definirse por la confiscación y expropiación, por la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como una muestra de la eminencia del país, se ha convertido en el barrio alto del mundo.

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Cuando Chávez asumió el poder en 1999, el centro de la ciudad ya estaba descuidado y en franca decadencia, y la torre había caído bajo custodia del Fondo de Garantías de Depósitos. Cuando el gobierno trató de venderla mediante subasta pública en el 2001 nadie ofertó y el plan que existía para convertirla en la nueva sede de la Alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre del 2007, varios cientos de hombres, mujeres y niños, dirigidos por un grupo de duros y decididos exconvictos, invadieron la torre y acamparon allí. Una mujer que fue parte de la invasión me dijo: “Entramos como si fuera una cueva. Parecíamos cochinos, todos ahí juntos. Abrimos la puerta y desde ese día hemos estado viviendo aquí”. Estaba asustada, pero sentía que no tenía otra opción. “Todos buscaban un techo sobre sus cabezas porque nadie tenía donde vivir. Y era una solución”. Muchos más los siguieron. Los líderes de la invasión comenzaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría personas pobres de las barriadas de Caracas que deseaban cambiar las laderas fangosas por el centro citadino.

Hoy en día, la torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” organizada de edificios desocupados por grupos grandes de ocupantes ilegales. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno se inició en 2003: bloques de apartamentos, torres de oficinas, almacenes, centros comerciales. Cerca de ciento cincuenta edificios en Caracas están ocupados por invasores. La Torre de David alberga un estimado de tres mil personas, llenando la torre más pequeña por completo y la más alta hasta el piso veintiocho. Jóvenes motociclistas operan una línea de “mototaxistas” para los residentes de los pisos más altos, llevándolos desde la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento adjunto, desde donde pueden ascender por unas rudimentarias escaleras de concreto. Para quienes viven por encima del décimo piso, es un largo camino hasta el tope.

En un reciente viaje a Caracas, le pedí a un taxista que me dejara en frente de la Torre de David y me contestó con una mirada de asombro. “No vas a entrar allí, ¿verdad? “, dijo, “¡De ahí sale todo el mal de esta ciudad!”. La Torre se ha ganado el dudoso honor de ser un centro criminal, alimentado por los relatos de la prensa que presenta al lugar como un refugio para delincuentes, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinónimo de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que habitan en medio de la ciudad, controlada por pandilleros armados con el consentimiento tácito del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un excriminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexánder “El Niño” Daza. Un ardiente partidario de Chávez que aceptó reunirse conmigo sólo después de que un intermediario le aseguró que era políticamente aceptable. Cuando llegué a la entrada principal de la Torre había mujeres dentro de una cabina de seguridad que operaban una puerta controlada electrónicamente. Me pidieron una identificación y que firmara un registro, permitiéndome pasar sólo porque era un invitado de Daza. Daza me esperaba en el atrio, un espacio de concreto al aire libre entre los dos edificios principales. Una música ensordecedora salía de un par de altavoces grandes justo en la puerta de entrada a la “iglesia” de Daza, una habitación ubicada en la planta baja donde predica los domingos. Según contaba, se había convertido o “renacido” estando en prisión. De baja estatura, cuerpo fornido y cara de niño, tiene treinta y ocho años pero luce mucho más joven.

Nos sentamos en un muro pequeño para hablar pero, con los altavoces a todo volumen, Daza era prácticamente inaudible. No habló de la Torre, su comunidad ni de su papel como una figura de autoridad. En su lugar, haciendo eco del lenguaje de los funcionarios del gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” siempre buscaban la manera de distorsionar la verdad, hacer daño a “la causa de la gente” y de “dañar a Chávez”. Durante mi experiencia reportando sobre Chávez, he llegado a pasar una buena cantidad de tiempo con él, y cuando le dije esto a Daza me miró con cautelosa impresión. Después de un rato, se relajó considerablemente, señalándome a su esposa, una bonita joven llamada Gina, mientras caminaba junto a nosotros con un niño.

Gran parte de la vida comunitaria de la Torre estaba fuera de nuestra vista, por encima de nosotros, pero algunos de los apartamentos de los niveles más bajo estaban al pie del atrio. Había ropa tendida en balcones por terminar y en algunas antenas. También pueden verse signos de la lealtad política imperante. En las últimas elecciones, Daza hizo todo lo posible para que la Torre de David fuese una base de apoyo para Chávez y colgó una pancarta grande y roja en su honor.

Daza protestó por las historias sobre la Torre que la denunciaban como centro de crimen y a él como un criminal. Él y su gente se hicieron cargo de algo que estaba “muerto” y “le dimos vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Ésta fue una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el Decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no era un bello ejemplo de la autodeterminación de una comunidad sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro, como el tipo de oportunista matón que ha llegado a tipificar la vida urbana en Venezuela, con la apariencia de un pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio, un ejemplo del más salvaje capitalismo”, dijo. “Se arropa en la religiosidad, pero hay un grupo violento detrás de él que le permite llevar a cabo sus acciones”.

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Chávez ganó la reelección en octubre, y en las semanas siguientes la ciudad tenía una atmósfera de incertidumbre. El presidente de cincuenta y ocho años había estado recibiendo tratamiento para el cáncer desde junio ​​del 2011, pero se declaró a sí mismo lo suficientemente sano como para competir para gobernar otros seis años más. Libró una dura campaña en contra de su oponente Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representó la centro derecha y ganó por un respetable margen de once puntos. Sin embargo, desde su discurso de victoria, no había aparecido en público.

En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me dijo: “El Presidente se está recuperando de una agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez viajó a Cuba para un chequeo médico y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos le habían detectado nuevas células cancerígenas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, dijo: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.

Chávez me dijo una vez que Castro le había advertido públicamente que debía mejorar su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. A los ojos de Chávez, esto ponía demasiada importancia en él. Pero en la medida en que su revolución ha avanzado, lo ha hecho arrastrada por su personalidad: el lograba que las cosas pasaran cuando estaba físicamente presente pero, apartando esto, su administración era caótica y desordenada.

Chávez consolidó su educación ideológica estando en prisión. Fue encarcelado en 1992, por liderar un fallido Golpe de Estado Militar contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras cumplía su condena, llamó a Jorge Giordani (un profesor marxista de economía y planificación social de la Universidad Central) para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir su movimiento bolivariano en un gobierno”, me dijo Giordani en el 2001, cuando servía como Ministro de Planificación de Chávez. Se echó a reír: “Nunca terminó la tesis. Cada vez que le pregunto por eso, sólo me dice: ‘Eso es lo que estamos haciendo ahora: llevar la teoría a la práctica’”.

Giordani me mostró los planes de uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las favelas y repoblar el campo”, dijo. Por lo que Chávez y él habían mandado al ejército al centro no desarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles” o SARAOs, que a su juicio se convertirían en pequeñas ciudades. Reconoció que era una idea utópica, “pero en la planificación social uno debe moverse entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron engavetados y los barrios crecieron en su lugar. Era típico del gobierno ad hoc de Chávez. Una vez en el set de “Aló Presidente” (su programa de televisión exento de forma), lo vi lanzar un importante programa de expropiaciones de grandes fincas que serían entregadas a los campesinos. Hizo el anuncio con gran cordialidad, a lo cual le siguió un comentario, jugada por jugada, de un partido de voleibol.

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Cuando llegué a Caracas en noviembre tenía casi cuatro años sin volver, y la ciudad se veía más inmunda y desgastada que nunca, aunque se mantenía llena de carteles y pancartas en las que el gobierno se felicitaba a sí mismo por diversos logros. Se mostraba a Chávez en gigantescas vallas abrazando con cariño a ancianas y niños. Por todas partes había carteles sobrantes de la última campaña electoral, en las paredes, en postes de electricidad, puentes y carreteras. Había grafitis políticos de ambos bandos y salpicones de pintura en los lugares donde un partido había tratado de sabotear la propaganda del otro.

La polarización es lo que ha definido la era chavista. Son raras las cuestiones de la vida pública que no sean batalladas y discutidas amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todas las personas que conocí tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me dijo que el edificio está manejado por el “lumpen empoderado” que controlaba la vida de los residentes con el mismo sistema violento que rige la vida dentro de las cárceles venezolanas. Guillermo Barrios respondabiliza de las invasiones al gobierno y a su política negligente sobre la ciudad, incluyendo al propio Chávez. “El lenguaje político que ha justificado las invasiones y el robo absoluto proviene de los discursos de Chávez “, dijo. En el año 2011, Chávez dio un discurso exhortando a los indigentes de Caracas a tomar almacenes abandonados y galpones bajo su poder. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan dónde está. Cada quién que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.

Las ocupaciones ilegales de todo tipo de edificios se habían disparado. Después de que una inundación desastrosa en diciembre del 2010 dejó a cien mil personas más sin hogar —la mayoría desalojados de los barrios pobres ubicados en los cerros— Chávez obligó a hoteles, un club de campo y hasta un centro comercial a alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivieron en parques de la ciudad y en una tienda de campaña levantada frente al Palacio Presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados dentro del palacio. La situación era claramente urgente y Chávez, en típico estilo cuasi militar, declaró una nueva “misión”: la Gran Misión Vivienda Venezuela.

En Caracas, buena parte de la carga de la Gran Misión Vivienda Venezuela recayó en manos de Jorge Rodríguez. Rodríguez fue vicepresidente bajo el mandato de Chávez y es el alcalde del municipio Libertador, el centro de la ciudad, desde el año 2008. Fui a verlo una mañana a su oficina ubicada en un hermoso edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Es un hombre delgado y amistoso con la cabeza rapada, vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: una pulcra guayabera blanca sobre jeans negros y zapatos deportivos. Sobre su oficina se alzaba un enorme óleo de Simón Bolívar y la ventana daba a una preciosa plaza con el nombre de Bolívar, decorada con una gran estatua de El Libertador.

Rodríguez no había absorbido el grado de deterioro de la ciudad hasta que llegó a ser alcalde. “En mi primer día de trabajo, miré por la ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Me dije a mí mismo, ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad?’”. Rodríguez dijo que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.

Rodríguez culpó a los gobernantes anteriores por los problemas de Caracas. Desde que los españoles fundaron la ciudad su crecimiento no ha sido planificado, excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero luego fue derrocado”, según Rodríguez. El alcalde describe el preámbulo a la emergencia actual como un “lento terremoto”. Los pobres habían vivido en barrancos y laderas de las montañas para luego trasladarse a la ciudad por mera necesidad. El adinerado sector privado dejó de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había tornado la situación en una crisis.

Rodríguez dijo que en todo el país la déficit de viviendas era de tres millones, y la meta para el año era de doscientas setenta mil unidades nuevas. Barrios me había dicho que durante la mayor parte del mandato de Chávez el gobierno había construido un promedio de veinticinco mil unidades al año. El gobierno había atendido un porcentaje menor de las necesidades de vivienda que cualquier administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró de que estaba en buen ritmo para alcanzar su meta, diciendo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Admitió que todavía tenían un largo camino por recorrer. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”, dijo, riéndose y señalando sus zapatos deportivos.

Rodríguez señaló a la plaza y me preguntó si notaba alguna diferencia respecto a mi visita anterior. Me di cuenta de que la plaza estaba vacía. No estaba ninguno de los vendedores ambulantes que obstruían el paso peatonal de las calles del centro histórico. “Nos deshicimos de cincuenta y siete mil de ellos”, dijo Rodríguez. Los trasladaron a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro de Caracas. Con el respaldo del Presidente, Rodríguez también decretó que las invasiones a edificios ya no serían toleradas, pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos semanales de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.

Al parecer, el gobierno no aprobó oficialmente ninguna invasión de la Torre de David, pero no ha hecho ningún intento para cerrarla. ¿Hubo un acuerdo tácito en dejar las cosas como estaban? Rodríguez se mostró incómodo y dijo: “La situación de la Torre de David debe corregirse y será tratado por el gobierno a su debido tiempo”.

En los alrededores de la ciudad había indicios de que Chávez había comenzado a enfrentar los problemas relacionados con la insuficiencia de vivienda pública y transporte. Rodríguez me llevó a un sitio en la Avenida Libertador donde varios edificios de apartamentos eran derribados, incluyendo construcciones espontáneas de ladrillo y acero de más de cinco pisos. Junto a éstos, en el borde de la carretera, se demolían barriadas cuyos habitantes eran reubicados. A los lados de varias autopistas se veían torres de alta tensión para un nuevo tren de pasajeros elevado (comprado en China), parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y aliviar la presión sobre su abrumado sistema de Metro. Se ha instalado un costoso teleférico para transportar a pasajeros hasta el tope del cerro que aloja a San Agustín, uno de los barrios marginales más antiguos de la ciudad. Los vagones parten de una reluciente estación y se mueven silenciosamente en el aire, impulsados por enormes poleas austríacas. Todos están pintados del color predilecto de Chávez, el rojo Bolivariano, y en cada uno reza: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista… Debajo, puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado.

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Una mañana, Daza se reunió conmigo en un terreno baldío cubierto de maleza detrás la torre más pequeña. Estaba supervisando un grupo de trabajo de cuatro adolescentes y un hombre mayor que mezclaban cemento en una carretilla y lo untaban sobre una extensión de hormigón, barro, hierba y escombros. Daza lucía jeans, zapatos de gamuza y una camisa de cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque, donde las familias con niños puedan tener un lugar seguro para jugar y organizar piñatas y fiestas de cumpleaños.

Los adolescentes del grupo bromeaban y evitaban trabajar, mientras que Daza gritaba órdenes de vez en cuando, pero en general los observaba con tolerancia. Él me dijo que eran jóvenes en riesgo de caer en la delincuencia, recomendados por sus propios padres. En el trabajo podían ser supervisados​​ y, ganando un salario de aproximadamente cien dólares al mes, podrían colaborar con un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba personalmente, explicó, porque el último encargado resultó ser irresponsable. “Todo lo que hacía era pasear en su moto, armando desorden”, me dijo.

Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró el estacionamiento en planta baja, un espacio enorme y vacío excepto por algunos autobuses dañados y explicó que era una fuente importante de ingresos: el garaje se alquila a los conductores de autobús. Más tarde estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de muchachos descansaban en sucios sofás, Daza planificaba instalar una puerta de seguridad y construir una caseta de vigilancia. A un lado del edificio, cerca de una hilera de frondosos árboles de mango, Daza señaló un espacio no utilizado donde quería construir una guardería para los niños de las madres trabajadoras. Cerca de la puerta principal esperaba abrir una cafetería, “donde pueda venderse comida Bolivariana a precios socialistas”.

A medida que caminábamos Daza me explicaba cómo funciona el edificio. Tenía una manera rítmica y enfática de hablar, como un predicador. “No hay ningún régimen carcelario impuesto aquí”, dijo. “Lo que hay aquí es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie está obligado a colaborar aquí. Aquí nadie es un inquilino: todos son habitantes”. Cada habitante tiene que pagar una cuota mensual de ciento cincuenta bolívares (alrededor de ocho dólares al tipo de cambio del mercado negro) para ayudar a cubrir los gastos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de construcción. A las personas que no pudieron permitirse el lujo de construir sus viviendas se les ofreció ayuda financiera. Todos los residentes están registrados y cada piso tiene su propio delegado encargado de resolver cualquier problema. Si los problemas no podían resolverse en el piso, son llevados a una reunión del consejo de la Torre, que Daza convocaba dos veces por semana. Un problema común, dijo con un poco de amargura, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadir a los inquilinos de arrojar basura en el patio. A los transgresores “se les da una advertencia apelando a sus conciencias”. Hay una junta disciplinaria que tiene la capacidad de expulsar de la construcción a los peores infractores, pero siempre hay quienes se toman libertades.

La versión de Daza del sistema de justicia de la torre contrastaba crudamente con las historias que había escuchado de ejecuciones al estilo carcelario, de personas mutiladas y partes corporales volando desde los pisos superiores. Este era el castigo habitual para ladrones y soplones en las cárceles de Venezuela, y la costumbre se ha colado entre los criminales de los barrios de Caracas. Cuando le pregunté acerca de estas historias, Daza apretó los labios, un gesto común de reproche entre los venezolanos. “Lo que queremos es seguir viviendo aquí “, dijo. “Tenemos una buena vida. No oímos tiroteos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay aquí es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté a Daza cómo se había convertido en el jefe o líder de la Torre frunció nuevamente los labios, y finalmente dijo: “Al principio, todo el mundo quería ser el jefe, pero Dios se deshizo de los que quería deshacerse y dejó a aquellos que él quería que se quedaran”.

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Muchos de los residentes de la Torre han llevado vidas complicadas, afectados por la confluencia en el país de la pobreza y la delincuencia. En un almacén habilitado cerca de la iglesia de Daza vive Gregorio Laya, un compañero de Daza de los tiempos de la prisión. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial del Palacio de Miraflores, pero en los viejos tiempos formaba parte de una banda de roleros o ladrones de relojes caros. Hizo una lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Por lo general, él y sus hombres esperaban fuera del Teatro Teresa Carreño a los asistentes de conciertos. Pero un día decidió robar al dueño de un spa “cerca de aquí, a pocas cuadras de distancia”, señalando más allá de la Torre. Consiguió el reloj pero, al salir, el hombre sacó un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “más remedio” que responder, dijo, y disparó contra el propietario varias veces hasta matarlo. Laya fue herido también y la policía lo acorraló a sólo unas cuadras de distancia. Lo condenaron a once años en prisión.

El apartamento de Laya era de una sola habitación, equipado con elementos esenciales de la vida diaria, similar a un camarote de marinero o una celda de prisión. Había una cama grande y una TV pantalla plana, un armario, una silla y un tendedero en una esquina con ropa. Laya declaró estar contento. Tuvo la suerte de conseguir un trabajo y agradece a Daza por haberle encontrado un lugar en la Torre. Todos los días camina frente al spa en su trayecto al trabajo y piensa en lo diferente que era su vida.

Daza contó su propia historia de redención en términos similares. Un día me mostró su iglesia, un almacén antiguo y grande pintado de verde, con sillas de plástico apiladas y un atril de predicador. Letras recortadas de papel dorado pintaban en la pared las palabras “Casa de Dios” y “Puerta del Cielo”. Daza dispuso de dos sillas y me invitó a sentarme.

Daza me dijo que era oriundo de Catia, uno de los barrios más famosos de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el más joven de varios niños y sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo alejado de los problemas hasta cumplir los ocho años, cuando unos muchachos mayores robaron su bicicleta y le dieron una humillante paliza. Los describió como malandros que aterrorizaban su barrio. “Recuerdo que miraba como perseguían a mis hermanos mayores”, dijo Daza. “Ellos tenían armas y mis hermanos corrían cuando los perseguían y les disparaban”.

“No me importaba si mataban a mis hermanos”, prosiguió. “Me molestaba la forma en que llegaban a casa y se comportaban frente a mi mamá. Ellos la maltrataban, fumaban drogas y hablaban mal delante de ella. Yo les decía que eran unos cobardes, porque lo único que hacían era traer a sus enemigos al barrio para luego huir cuando llegaban”.

Daza formó su propia banda de niños delincuentes. “Nos adueñamos de algunas pistolas y luego, cuando tenía quince años, hicimos nuestro primer trabajo, que fue esperar a que el líder de esos mismos malandros subiera y…” -simulando disparar con su mano- dijo, “acabamos con él”. Después de eso, Daza se convirtió en el jefe de todo el barrio.

Daza ha cumplido dos sentencias en la cárcel, una de cinco años y otra de dos. Durante su segundo encarcelamiento, por un cargo de porte ilegal de armas, un policía que también ejercía de pastor llegó a la cárcel y lo convirtió. Él resurgió “con el Evangelio” y ha tratado de llevar una vida mejor desde entonces.

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Para Daza, como para muchos otros residentes de Caracas, la perspectiva de una vida mejor es tanto material como espiritual. La administración de Chávez ha tenido efectos volubles sobre la economía de la nación. Mientras que su retórica anticapitalista ha inducido a algunas empresas a abandonar el país, otras han aprendido a trabajar con el gobierno y han obtenido muy buenos resultados. Las regulaciones son sorprendentemente abundantes (el mero hecho de pagar la cena en un restaurante requiere mostrar una identificación) pero, de forma perversa, esto ha fomentado el emprendimiento en el mercado negro. Muchos médicos e ingenieros han huido del país, mientras que otros profesionales han prosperado. La única constante es el flujo de dinero petrolero, que brinda una gran riqueza a ciertas personas y es compatible con un creciente sector público. Los venezolanos más pobres están ligeramente mejor en la actualidad. Y, sin embargo, a pesar de que Chávez apela a la solidaridad socialista, su gente ansía seguridad y objetos de la buena vida tanto como una sociedad más equitativa.

Una noche, Daza insistió en llevarme de regreso a mi hotel. Él, Gina y yo esperamos fuera de la torre cuando una reluciente Ford Explorer verde se detuvo frente a nosotros y un conductor se bajó y le entregó las llaves a Daza. Entré al asiento trasero y nos pusimos en marcha. Mientras conducía, Daza me dijo: “Dios me bendijo con el carro el diciembre pasado”. Aparentemente un hombre le debía dinero y, cuando éste fue incapaz de devolvérselo, le dio el auto a cambio. Era un modelo del 2005, según Daza, lo cual estaba bien. Pero ahora quería el del 2008 (idealmente de color blanco). Por casualidad pasamos al lado de una Explorer blanca 2005 en la vía. Daza murmuró su apreciación del vehículo, admirando el cromo brillante en la rejilla del espejo retrovisor. Más tarde pasamos frente a un concesionario Ford, donde una Explorer 2012 descansaba en una sala de exposición iluminada. “Quién sabe lo que costará ésa, ¡tal vez medio millón de bolívares!”, exclamó.

En la autopista, Daza me preguntó dónde quedaba el hotel y parecía inseguro cuando le dije que era en el sector de Los Palos Grandes. ¿Había estado allí? “Sí, por supuesto”, me dijo, aunque tuve que señalarle la salida y dirigirlo a partir de allí. A medida que nos acercábamos al hotel, pasando edificios de apartamentos enrejados y exclusivos restaurantes, él y Gina miraban asombrados por la ventana. “La gente aquí es muy rica, ¿verdad?”, dijo Daza. Detuvo el coche en medio de la calle frente al hotel y lo observó paralizado, mientras que el resto de los autos tocaban la corneta y nos adelantaban.

Pero en muchas partes de la ciudad no son los ricos, sino los malandros, quienes están en ascenso. Caracas es uno de los lugares del mundo dónde es más fácil ser secuestrado. Miles de secuestros se producen cada año. En noviembre del 2011 fue secuestrado el cónsul chileno por hombres armados, que lo golpearon y le dispararon antes de liberarlo. Ese mismo mes, el cátcher venezolano de los Nacionales de Washington, Wilson Ramos, fue secuestrado en la puerta de la casa de sus padres y estuvo capturado por dos días antes de ser rescatado. En abril, un diplomático costarricense fue secuestrado. Al día siguiente la policía hizo una redada en la Torre de David en su búsqueda, pero sólo encontraron algunas armas.

En una cena, en Caracas, escuché a dos parejas intercambiar historias sobre unas llamadas que recibieron de criminales que aseguraban haber secuestrado a sus hijos. En ambos casos salían del teléfono voces infantiles muy similares a las de los suyos, llorando y pidiendo ayuda. Las llamadas eran falsas y fueron realizadas por secuestradores fraudulentos, pero el episodio, junto a las noticias cada vez más sangrientas en la prensa, los dejó preocupados por el futuro. Uno de los crímenes más comentados mientras estuve en Caracas involucró el asesinato de un taxista, que fue golpeado, cortado en la cara y le dispararon varias veces. Sus asesinos le pasaron por encima con su propio carro, sólo por diversión, antes de escapar.

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Daza aparentemente nunca salía de la planta baja de la Torre y tampoco parecía querer que yo pasara de allí. Cada vez que le propuse subir, tomaba una actitud evasiva y respondía con excusas cuando le preguntaba si podía asistir a una sesión de sus reuniones con los delegados. Si en verdad exigía una cuota de inscripción a cada nuevo residente, como me habían informado, es algo que no quiso admitir. Pero parecía probable que se ganase la vida del edificio, posiblemente de los ingresos del garaje de autobuses. En cierta forma, es capaz de permitirse algunos lujos: aunque vive encima de su iglesia, mantiene un apartamento en otra zona de la ciudad y sus hijos de relaciones anteriores pueden visitarlo allí con seguridad.

En un par de ocasiones me las arreglé para subir a la Torre y dar un vistazo. En el décimo piso, los miembros del equipo de seguridad del edificio siempre exigían que me identificase y les dijese a donde iba. Cuando mencioné a Daza me dejaron ir, pero reaparecían cada cierto tiempo, manteniendo un ojo vigilante sobre mí. Los residentes de la Torre eran cuidadosos y hablaban muy poco al pasar. En las escaleras, muchos tenían cargas propias que llevar, y se movían como montañistas, con las expresiones faciales propias de un grupo que está participando en una prueba de resistencia.

Los pasillos estaban en un ángulo que les permitía recibir luz de las ventanas ubicadas en las paredes de cada extremo de la construcción, pero aún así la iluminación era tenue. En los pisos que no estaban terminados se habían construido pequeñas casas de bloques pintados y de yeso. Muchos mantienen sus puertas abiertas para dejar entrar la brisa y para socializar y pude verlos ocupados con sus tareas cotidianas: cocinar, limpiar, llevar cubos de agua, bañarse. Se escuchaba música aquí y allá. Daza montó una bomba de agua que funcionaba por un generador y cada piso tenía su tanque, aunque el suministro de agua corría a través de tuberías impredecibles y mangueras de caucho.

La Torre cuenta con varias bodegas, una peluquería y un par de guarderías. Visité una pequeña bodega en el noveno piso donde Zaida Gómez, una mujer peliblanca y locuaz de unos sesenta años, vivía con su madre de noventa y cuatro años. Ella me mostró el cubículo al lado de la tienda donde había instalado a su madre, una pequeña mujer que me parecía un pájaro dormido, justo en una cama al lado de uno de los ventanales. Gómez mantiene un ventilador prendido a toda hora, ya que el calor que emana la ventana volvía la habitación en un horno.

Gómez es una pionera en la Torre y me dijo que al principio las cosas eran terribles allí. La Torre estaba gobernada por malandros —dijo sacudiendo la cabeza— y se habían producido palizas, tiroteos y asesinatos. Pero ahora podía dejar la puerta de su tienda abierta, algo que nunca fue capaz de hacer en Petare, el barrio donde vivía antes. Su tienda vendía de todo, desde jabón hasta refrescos y verduras. Y para reabastecerse de suministros tenía que subir y bajar las nueve plantas de la Torre varias veces al día. Era agotador, pero dijo que no podía darse el lujo de pagar un mototaxi que cobraba quince bolívares (alrededor de ochenta centavos de dólar) por cada viaje. Tiene una hija que la asiste y un nieto.

Gómez tenía miedo de verse obligada a mudarse de la Torre. “Este edificio es demasiado caro para que gente como nosotros esté aquí “, dijo. Vendrá el día en que las autoridades lo quieran de vuelta. Esperaba que el gobierno, que estaba construyendo viviendas para los pobres en la adyacente Avenida Libertador, se acercase a la Torre también y los reubicase a todos. “Todo lo que quiero es mi casa propia y un pequeño pedazo de tierra para cultivar. Algo que pueda llamar mío”.

Albinson Linares, un periodista venezolano que ha escrito sobre la Torre, me describió a sus residentes como “refugiados de un estado subdesarrollado que viven en una estructura del Primer Mundo”. Contiene una muestra de trabajadores caraqueños: enfermeras, guardias de seguridad, conductores de autobuses, comerciantes y estudiantes. Hay personas desempleadas también y el círculo de exconvinctos evangélicos de Daza. Cada piso tenía su propia sociología. Los pisos más bajos son reservados en gran parte para las personas mayores, quienes no pueden subir hasta los niveles más altos. Algunos pisos están dominados por familias y otros están ocupados principalmente por hombres jóvenes de peligroso aspecto. Un día, un fotógrafo con quien viajaba fue jalado hacia un apartamento por un par de hombres que lo interrogaron con suspicacia. Cuando mencionó el nombre de Daza lo dejaron ir, pero a regañadientes. En la escalera vimos un grafiti que decía “El Niño Sapo”. Parecía que Daza tenía enemigos dentro de la Torre.

Que hubiese conflicto parecía inevitable. Entre los derechos de admisión, los cargos de mantenimiento y el alquiler del garaje, hay una buena cantidad de dinero disponible para los invasores. Una tarde Daza me llevó a un restaurante en la calle de la Torre, un lugar pequeño y caluroso con una cocina abierta. Poco después de sentarnos, tres hombres entraron a rondar amenazadoramente por nuestra mesa, parados justo detrás de nuestras sillas. Daza arqueó las cejas y dejó de hablar, hasta que después de un par de largos y tensos minutos los hombres salieron y se sentaron en la acera. Más tarde, Daza me dijo que aquellos hombres se ganaban la vida organizando invasiones. “Son profesionales”, dijo. “Es lo que hacen”. Le pregunté si eran enemigos. Me dijo que no exactamente y luego murmuró que había muy poca gente en la vida en quienes se pueda confiar.

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A media hora en carro desde la Torre de David está otra invasión: El Milagro. Fue fundada unos años antes por José Argenis, otro ex convicto convertido en pastor que se unió a ex reclusos y sus familias para invadir una parcela de terreno al lado del río en las afueras de Caracas. Era una zona cubierta de matorrales y desperdicios, pero cuenta con una excelente ubicación: justo al lado de la carretera principal, al lado de una estación de autobuses y cerca de un puente angosto que le permite a los residentes cruzar el río a pie o en moto. El Milagro es ahora una comunidad de casi diez mil personas y sigue creciendo.

Argenis, un hombre negro con carisma y una atronadora voz, dirige un centro de rehabilitación en El Milagro para ex prisioneros que van a pedirle ayuda para hacer una mejor transición al mundo exterior. Las cárceles de Venezuela tal vez sean las peores de América Latina: las treinta instalaciones del país fueron diseñadas para mantener unos quince mil internos, pero realmente alojan tres veces esa cantidad. Se compran y venden narcóticos abiertamente, y los reclusos tienen acceso a armas automáticas y granadas. En muchas prisiones los guardias han cedido el control a las bandas armadas dirigidas por jefes delincuentes llamados “pranes”, llamados así por el sonido que hace un machete al golpear concreto. Los pranes lideran la creciente comunidad criminal que se extiende dentro y fuera de las prisiones. Frente a una deplorable fuerza policial y judicial, caracterizadas por la ineficiencia y la corrupción, los pranes brindan una estructura donde no existe ninguna.

Los pranes se han vuelto suficientemente poderosos como para tratar directamente con el gobierno. Argenis trabajó como asesor de Iris Varela, la recién nombrada por Chávez Ministra de Servicios Penitenciarios, a quien ayudaba a negociar con los pranes. Explicó que era un trabajo no remunerado “hasta el momento”, pero que le interesaba trabajar con ella. Argenis espera que su modelo de rehabilitación obtenga financiamiento gubernamental, y que pueda construir otras instalaciones a lo largo del país.

Argenis cumplió una condena de nueve años por homicidio, en los que conoció a Daza. Después de salir de prisión se mantuvieron en contacto. “Cuando invadieron la Torre, El Niño todavía estaba involucrado en ese mundo, el de los bajos fondos”, dijo. “Y había quienes querían desorden, pero él impuso orden… a la antigua”. Me regaló una mirada resabiada. Hubo un momento en el que Daza acudió a él en busca de ayuda. “Estuvo aquí por seis meses. Permanecía como el líder oficial de la Torre, pero se quedó aquí”. Según Argenis, Daza había “salido de la cárcel con problemas. Había gente que quería matarlo y lo protegimos”. Dejó abierta la posibilidad de que Daza volviera a la vida criminal. “Creo que ya colgó los guantes”, dice Argenis, sonriendo irónicamente. “Pero siempre puede volver a caer en tentación, porque tenemos que cuidar de nosotros mismos, ¿sabes?”

Argenis mantenía enemigos también. “He matado a hombres. He dejado a otros en silla de ruedas. Dejé a algunos estériles. Sólo imagínalo: me van a odiar por el resto de sus vidas”. Cuando le pregunté cómo la cultura del malandro había cobrado tanta fuerza, me respondió que se debía a las cárceles. Me explicó que los hombres internados ni siquiera trataban de escapar, porque “tienen todo lo que necesitan allí y viven tan bien o mejor que en las calles”. La economía penitenciaria estaba en auge, con miles de millones de bolívares generados a través del control del tráfico de drogas. “Las cárceles son muy fuertes, y han llegado a ser mucho más fuertes en los últimos siete u ocho años”.

Argenis cumplió su condena en una prisión llamada Yare, situada en medio de colinas a una hora del sur de Caracas. Yo visité la cárcel en el 2001 y un funcionario de la prisión me condujo por un camino de tierra alrededor del perímetro de la verja que cercaba el edificio. Nos detuvimos y vi dos bloques de celdas con decenas de agujeros de bala en sus fachadas. Había agujeros donde debían estar las ventanas y un grupo grande de hombres rudos sin camisa bajaba la mirada hacia nosotros. Una línea gruesa y negra de excremento humano recorría la pared exterior y el patio de abajo era un mar de lodo y basura de varios pies de profundidad. “No podemos quedarnos por aquí”, me dijo el funcionario. “Si nos quedamos demasiado tiempo, puede que nos disparen”. A medida que nos alejábamos, me explicó que sólo había seis guardias a la vez dentro de la prisión. Los internos permitían a un guardia elegido por ellos para acercarse hasta una puerta determinada y recuperar los cadáveres dejados allí.

Chávez estuvo preso en Yare durante dos años después de su intento de golpe de Estado. A pesar de que se mantuvo en un área segura para presos políticos, supuestamente escuchó con impotencia cómo un grupo violaba a otro recluso, le cortaban la garganta y luego era apuñalado hasta morir. Chávez fue perdonado en 1994 y al comienzo de su presidencia se comprometió a contribuir con la reforma del sistema carcelario. Pero, mientras nuevas causas y crisis emergían, las prisiones fueron olvidadas: de las veinticuatro prisiones que prometió construir, sólo se construyeron cuatro. El año pasado hubo más de quinientas muertes violentas en el sistema. En agosto, dos pandillas de Yare se involucraron en un tiroteo de cuatro horas en el que murieron veinticinco reclusos y un visitante. Se publicaron fotografías de Geomar y El Trompiz, los jefes pandilleros responsables de la masacre, posando desafiantes con sus armas. El Trompiz fue asesinado el pasado enero, al parecer por sus propios hombres.

Después de que Chávez fue reelecto, declaró un estado de emergencia en el sistema penitenciario del país, y prometió una completa transformación. Sin embargo, Argenis sugiere que el daño ya estaba hecho. “Este gobierno ha sido más permisivo: los gobiernos anteriores eran más represivos”, dijo. “Y así, la cultura malandra ha crecido y ha migrado de las cárceles hacia las escuelas, las universidades y las calles. Se ha convertido en una cultura nacional”.

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Lo primero que un visitante ve al llegar desde el Aeropuerto Internacional a Caracas es un barrio, quizás el más famoso de la ciudad: el 23 de Enero. “El 23″, como se le conoce, fue construido en los años cincuenta como un proyecto de vivienda pública diseñado por uno de los más grandes arquitectos del país: Carlos Raúl Villanueva. Es un complejo de ochenta edificios que ocupa verticalmente un enorme pedazo de tierra en la entrada norte de la ciudad. Fue concebido como un enorme suburbio, dividido entre edificios de cuatro plantas y torres de quince pisos, entrelazados por jardines y caminerías.

Hoy en día, los espacios verdes están sobrecargados de invasores. El 23 es una favela donde viven unas cien mil personas, apretadas entre los bloques de apartamentos de Villanueva. La zona es un volátil mosaico de colectivos independientes que abarcan desde aquellos con pretensiones izquierdistas hasta criminales puros y duros. Muchos están armados.

Uno de las figuras emblemáticas del 23 fue Lina Ron, una activista militante de pelo rubio teñido y carácter grandilocuente. Antes de morir el año pasado de un infarto, Ron organizó ruidosas protestas antiimperialistas que con frecuencia se tornaban violentas. Chávez toleraba a Ron y sus agresivos seguidores porque era una apasionada defensora de sus políticas y solía aparecer a su lado en marchas y eventos. En 2001, Chávez me insinuó que había aceptado a la extrema izquierda como una forma de impedir un golpe de Estado como el que lo puso en el cargo. “La verdad es que necesitamos una revolución aquí y si no lo logramos ahora vendrá después, con otra cara”, dijo. “Tal vez de la misma manera que comenzó, una medianoche con pistolas”.

Probablemente no haya hoy en día otro chavista más abiertamente radical que Juan Barreto. Profesor de cincuenta años de la Universidad Central, Barreto es un marxista rotundo, brillante y locuaz. Fue Alcalde Mayor de Caracas, supervisando todos los distritos de la ciudad desde el 2004 hasta 2008, cuando ocurrieron muchas de las invasiones, incluyendo la ocupación de la Torre de David. Pasé algún tiempo con él a inicios del 2008 y me quedó claro que era visto como un protector por algunos ocupantes ilegales del centro de la ciudad. Barreto siempre ha dicho que no apoya las invasiones, pero consiente las expropiaciones de propiedades abandonadas en la ciudad para aliviar la crisis habitacional. En una acción típica de su mandato, Barreto enfureció a la fracción adinerada de la ciudad al amenazar con la confiscación del Country Club de Caracas, rodeado de suntuosas villas y jardines que circundan un campo de golf de dieciocho hoyos, para darle el espacio al pueblo. Al final, el plan fue abandonado, al parecer, por órdenes de Chávez.

La franqueza de Barreto le ha ganado numerosos enemigos e incluso muchos jefes chavistas lo ven como un fanático desbocado, con una tendencia de hablar públicamente acerca de “armar al pueblo” para defender la revolución. Siendo alcalde, claramente le encantaba ser el enfant terrible de la revolución de Chávez. Organizó una tripulación de motorizados guardaespaldas que viajaban con él. Entre sus allegados estaba un ex sicario adolescente llamado Cristian, que estaba siendo rehabilitado por Barreto. Al presentármelo le preguntó: “Cristian, ¿a cuántas personas has matado?” El chico murmuró “Unas sesenta, creo…” y Barreto se rió con deleite.

Cuando Barreto dejó el cargo, entró en un limbo político que terminó el año pasado durante la campaña de reelección de Chávez, en la que volvió al entorno presidencial. Fue el líder de un grupo informal de colectivos radicales de barrios con los que formó una nueva organización, REDES, que se unió a la campaña del presidente. Caracas fue abarrotada de pósters de REDES que muestran a un Chávez hinchado, debido a tratamientos con esteroides, unido por un abrazo varonil con el aún más corpulento Barreto.

Me encontré con Barreto en su casa situada en el sector de El Cementerio, llamado así por el gran cementerio que alberga y en el que malandros celebran rituales en honor a sus camaradas caídos. Las colinas cercanas están cubiertas por ranchos. El frente de la casa de Barreto es una enorme puerta doble de hierro, resguardada por un par de vigilantes armados con pastores alemanes cerca. Después de haberme identificado me condujeron a través del garaje, donde había dos camionetas blindadas estacionadas. Dentro había un claustro repleto de arte moderno y esculturas, además de un gran acuario. Barreto estaba en la parte de arriba, en una cocina de último modelo preparando tamales. A un lado de la cocina estaba la sala de estar, donde un grupo de hombres jóvenes, miembros de su séquito, estaban sentados en una mesa con laptops. La habitación estaba decorada con una pintura erótica hecha por Barreto —una mujer sin camisa, con la mano de un hombre dejando caer una fresa en su boca— junto a una botella de Johnnie Walker Platinum (“regalo de un amigo”) y una figura de Marlon Brando como Don Corleone.

Barreto explicó que él y sus compañeros estaban trabajando para convertir a REDES en un partido político. Chávez había mostrado un reciente plan para el “socialismo del siglo veintiuno”, en el cual la sociedad venezolana sería reestructurada en comunas. Nadie entendía exactamente lo que el término significaba o cómo se aplicaría, excepto tal vez el propio Chávez, y había un acalorado debate al respecto. Barreto dijo que él y sus seguidores estaban preocupados pues, sin la presión de grupos como REDES, el plan se utilizaría para “meter en una camisa de fuerza” a las verdaderas fuerzas revolucionarias.

Para ayudar a crear una comuna auténtica, Barreto trabaja estrechamente con Alexis Vive, uno de los colectivos armados mejor organizados del 23. Barreto sugirió subir a verlos. A medida que entramos en una de sus camionetas —que, según él, Chávez le había prestado—, un guardaespaldas sacó una ametralladora, una P90 belga. “Hermosa, ¿verdad?”, dijo Barreto, sonriendo. “Dispara cincuenta y siete balas”. Explicó que armas como estas son necesarias para defenderse. “No es que estemos en contra del gobierno. Es que no encuentro la manera de apoyarlo totalmente”. Se echó a reír. “Es como cuando tienes una mujer hermosa, pero te has desenamorado de ella. Es difícil. La quieres un momento y al siguiente no, ¿me entiendes?”

En la sede del colectivo Alexis Vive hay murales de Marx, Mao, Castro y el Che Guevara pero, aparte de algunos hombres armados merodeando al borde de unos edificios cercanos, los soldados se mantenían discretamente fuera de la vista. Uno de los líderes del grupo, un joven estudiante de Sociología llamado Salvador, me explicó que el colectivo controlaba unas cincuenta acres que alojaban cerca de diez mil habitantes, con quienes trataban de formar en un colectivo marxista autosustentable. El grupo estaba armado sólo para defenderse, dijo. Policías corruptos y miembros de la Guardia Nacional venezolana estaban trabajando con grupos de malandros del 23, a veces en zonas que bordeaban su propio territorio. Barreto sostuvo que el contingente armado estaba protegiendo a su pueblo de oficiales delincuentes. “No han sido capaces de llegar aquí desde 2008″, dijo entre risas. “Hemos estado en tiroteos con ellos”.

La corrupción en las fuerzas de seguridad es un problema profundamente arraigado —y según Barreto—es la verdadera fuente de la cultura criminal del país. Dijo haber luchado contra el problema durante su período como Alcalde, sustituyendo gran parte de la fuerza policial con miembros de los Tupamaros, un grupo armado del 23 de Enero. Salvador dice que la situación surge de la incapacidad de Chávez para enfrentarse a los verdaderos criminales: “Chávez no ha perseguido a los malandros porque cree que pueden volverse en su contra”.

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Un domingo, cincuenta sillas de plástico fueron alineadas para la misa dominical en la iglesia de Daza, pero sólo una docena de personas se presentaron, casi todas mujeres y niños. Daza no se veía molesto. Llevaba una corbata, pantalones y zapatos negros. Probó el micrófono cantando “Gloria” y “Aleluya”, mientras que un par de hombres acomodaban el equipo musical: una batería, un órgano eléctrico y enormes altavoces. Llegaron un par de mujeres más y se arrodillaron a orar antes de unirse a la congregación. Apareció Gina, la compañera de Daza, con sus hijos, y sacó una Biblia forrada en una cubierta de rosado chillón.

Mientras los músicos tocaban, Daza cantaba desde un lado de la tarima (cantaba mal pero sin complejos) y tocaba unos bongos. Finalmente tomó el micrófono y comenzó a gritar, en un rítmico gruñido ronco, sobre el bien y el mal. Dijo: “Hay guerras en el mundo, en las que a la gente no les importa si los niños mueren, si las mujeres mueren, si los viejos mueren: lo único que les importa son las riquezas. Pero la Biblia dice que sólo hay una vida y es ésta. El Señor conoce la vida eterna, pero sólo él la conoce y entonces debemos vivir ésta. Tenemos que vivir esta vida y ser buenos con Dios”.

El servicio duró tres horas. Las mujeres se balanceaban y movían sus pies con los ojos cerrados. La voz de Daza se volvió un fascinante muro sonoro. Hubo un momento en el que se levantó a testificar un joven predicador invitado llamado Juan Miguel. Dijo ser de un barrio pobre y que su padre estaba loco. Había estado en la cárcel, y su casa había sido arrasada por las inundaciones de 2010. Vivía con miles de otros damnificados en el interior de un centro comercial expropiado por Chávez. “Hemos tenido vidas difíciles, vidas duras, pero Dios nos ha llamado a predicar su palabra”. Sus ojos brillaban cuando le dijo a Daza: “Dios nos ha escogido. Dios ha escogido a Venezuela para llevar el Evangelio al Mundo”.

Un día Daza me llevó a Miranda, un estado vecino, a ver el barrio donde vivió con su ex esposa y donde ésta aún vivía. A lo largo del camino habló, como siempre, de cómo Dios lo había salvado. Dejó la escuela cuando tenía trece años y a los catorce ya estaba en la vida pandillera. Aprendió a leer durante su segunda estadía en prisión y la Biblia fue su primer libro. “Yo no tengo preparación universitaria, pero me he educado mucho sobre Dios. Solía ​​hablarle a la gente de manera ofensiva, con groserías. Me salía la inmundicia. Pero leí en alguna parte de la Biblia, no recuerdo dónde, que el lenguaje grosero corrompe las buenas costumbres. Y cuando leí eso me dije: ‘Ay, Dios me está hablando’”.

Llegamos a una pequeña casa de bloques en la loma de un cerro empinado que se alzaba sobre otras colinas boscosas, marcadas por nuevas invasiones. La hija de la ex esposa de Daza estaba allí, una mujer joven y rolliza de unos veinte años. Parecía feliz de ver a Daza. Nos sentamos en una pequeña sala de estar y Daza comenzó a recordar la vida con su ex esposa. Aunque entonces era todavía un criminal, la relación había sido formativa para él. Ella era mayor que él y Daza sintió que ella lo ayudó a moldearlo como hombre. Ella también lo malcriaba, dijo riendo, ya que le cocinaba, limpiaba y hasta le planchaba su ropa.

Daza se veía con otras mujeres. “Yo solía cambiar de novias como tú te cambias de ropa”, me dijo, y dejó a varias embarazadas. Él y su ex esposa peleaban mucho. Se puso de pie y representó una pelea particularmente dramática, en la que Daza inmovilizó a su esposa contra la pared, sacó su pistola, y disparó justo al lado de su cabeza. “Era sólo para asustarla “, dijo sonriendo. Pero ella sostenía un cuchillo y, cuando Daza disparó (“quizás ella pensó que realmente iba a dispararle… o tal vez fue sólo su reacción instintiva”), le había clavado el cuchillo en el pecho. Salió tambaleándose de la casa y se internó en una clínica. Tuvo suerte: el cuchillo falló en darle al corazón o a otros órganos vitales. La joven asintió con la cabeza y se rió al recordar el incidente. “Después volvimos a estar juntos”, dijo Daza.

En el carro, le pregunté a Daza si se arrepentía de algo

—No… —dijo.
—¿Qué hay de los hombres que has matado?
—¿Como quién?
—Como el malandro que mataste cuando tenías quince años.

Daza se quedó callado. Después de un minuto, dijo: “Yo era un ignorante y ahora me he transformado. Me siento como un hombre nuevo, una nueva persona. Ésas son cosas que se viven en la vida y que, bueno, Dios permitió, pero ahora creo que soy diferente”.

Daza volvió a guardar silencio y luego dijo: “En esta vida, cuando te conviertes en un líder, tu vida corre riesgo porque te ganas enemigos. A veces la gente piensa que estás involucrado con mafias y cosas extrañas, gracias a tu pasado. Los enemigos siempre van a tratar de desacreditarte. El Diablo tratará de garantizar que continúes siendo miserable para utilizarte para su beneficio”.

Al final era difícil saber si El Niño Daza era un malandro, un genuino defensor de los pobres o ambas cosas. Lo qué parecía claro es que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez, capaz de obtener ventajas por todos los medios: aprovechando los vacíos dejados por el gobierno, manejando su propia empresa capitalista y negociando con el mundo del hampa cuando era necesario. Al salir de su antiguo barrio, la calle estaba llena por un pequeño mitin político. Henrique Capriles, quien compitió contra Chávez en las elecciones presidenciales, es el gobernador de Miranda y las elecciones gubernamentales se avecinaban en pocas semanas. Voluntarios de la campaña repartían cerveza y carteles desde una camioneta. Daza se encogió de hombros. Esperaba que el candidato de Chávez ganara.

Daza comentó que estaba considerando meterse en la política. Siendo el jefe de la Torre de David, Daza ha logrado conocer a algunas autoridades de Caracas, incluyendo a funcionarios de Chávez, y estos le han pedido que considere la posibilidad de postularse para un puesto de concejal en la ciudad. Con los cambios propuestos por el gobierno y la creación de las comunas, Daza espera que la Torre de David pueda adquirir estatus legal. Ha comenzado a hacer sondeos en el edificio. “La gente me sigue diciendo que debería lanzarme y que tengo una buena oportunidad”, me dijo. “Así que lo estoy pensando”.

***

En el centro de Caracas, a una milla de la Torre de David, un nuevo y espléndido mausoleo está a punto de ser terminado. Chávez ordenó su construcción hace dos años para proporcionar un nuevo lugar de descanso a los huesos de Simón Bolívar. Chávez ya había ordenado anteriormente exhumar y examinar los restos de Bolívar, persiguiendo la hipótesis de que había sido envenenado por sus enemigos, pero la autopsia no llegó a ninguna conclusión. Después ordenó levantar la nueva tumba.

El edificio es una cuña blanca y delgada que se eleva ciento setenta pies como un mástil hacia el cielo. La construcción ha costado ciento cincuenta millones de dólares según reportajes y, como todo lo que ha hecho Chávez, es controversial. La construcción se llevó a cabo con mucha reserva y el mausoleo, que planeaba abrir sus puertas el pasado 17 de diciembre después de múltiples retrasos, aún no se ha inaugurado. En el momento en que se complete se convertirá en la pieza central de un decadente rincón de la ciudad, junto a una vieja fortaleza militar (donde Chávez estuvo brevemente encarcelado después de su intento de golpe) y al Panteón Nacional, una iglesia del siglo XIX donde los restos de Bolívar son vigilados por guardias floridamente uniformados. Hay rumores persistentes de que cuando Chávez muera será enterrado en el mausoleo, al lado de Bolívar.

Por supuesto, Chávez y sus seguidores tienen la esperanza de que su lucha no sea sepultada con él. En 2001, Chávez me dijo que era su más ferviente deseo llevar a cabo una “verdadera revolución” en Venezuela. Sin embargo, unos años más tarde su viejo maestro Jorge Giordani parecía preocupado de que su protegido no estuviera construyendo una revolución permanente. “Yo también soy un Quijote”, dijo. “Pero hay que tener los pies firmemente plantados en la tierra. Si todavía tenemos petróleo, vamos a tener un país de verdad en unos veinte años, pero tenemos mucho que hacer entre hoy y ese entonces”, dijo Giordani. Y recitó un proverbio venezolano: “Muerto el perro, se acabó la rabia…”

Ahora, mientras Chávez yace gravemente enfermo, los hombres que se denominan chavistas transmiten sus supuestos deseos a los ciudadanos. Durante los pasados meses, los venezolanos han tenido muy poca información confiable acerca de sus intenciones o del verdadero estado de su salud y, por lo tanto, tienen poco que decir acerca de su propio futuro. Para ellos, la muerte de Chávez representa el final de una larga y fascinante actuación. Le dieron el poder elección tras elección: son víctimas de su afecto por un hombre carismático al que le permitieron convertirse en el personaje central del escenario venezolano, a expensas de todo lo demás. Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin respuestas y sólo una certeza: la revolución que trató de llevar a cabo nunca sucedió. Comenzó con Chávez, y lo más probable, es que con él termine.

Esta historia es, en realidad, dos historias.

Una involucra a un ingeniero siciliano que pasó, a finales de la década del los treinta, por la provincia de Buenos Aires, Argentina, y dejó un tendal de construcciones gigantescas en un entorno de pueblos ínfimos. El listado incluye edificios municipales, plazas, portales de cementerios, delegaciones, corralones, mataderos, luminarias, sillas, bancos, Cristos, cruces. Once municipalidades, 16 delegaciones, 11 plazas y parques, 17 mataderos, siete portales de cementerios, cinco crucifijos, dos remodelaciones y ampliaciones, una escuela, dos mercados y un corralón. Setenta obras en menos de cuatro años, entre 1936 y 1940, en más de 30 localidades y a un promedio de una cada 15 días, todas proyectadas, diseñadas y dirigidas por el mismo constructor en sitios con nombres como Balcarce, Rauch, Laprida, Coronel Pringles, Guaminí, Alberti, Tonrquist, Alem, Adolfo Alsina, Pellegrini, Azul, Gonzales Chaves, Chascomús, Salliqueló.

La otra historia comienza en 1991, a bordo de un pequeño avión que vuela bajo, sin plan, con un hombre que intenta avistar una referencia allá abajo, en la tierra. El arquitecto Alberto Bellucci sabe que el objeto que busca tiene que verse desde lo alto, desde lejos. Y lo ve.

El extraño pórtico de cementerio en las afueras del pueblo de Saldungaray, que hizo que una historia no pudiera existir sin la otra, destapó un cofre olvidado que la arquitectura, el cine y la fotografía descubrieron con extrañeza, con cierto placer, casi con fetichismo, a partir de los años noventa. Claro que, tras esas construcciones, apareció un hombre que, a 50 años de su muerte, sigue siendo un misterio: el constructor de todas esas cosas, el siciliano Francisco Salamone.

Cualquier afirmación sobre él y sobre el porqué de su obra se tambalea en la cornisa de las hipótesis. Solamente quedan, inmóviles, magnéticas, sus más de 70 construcciones financiadas por la política de obras públicas del Estado en pueblos de la pampa argentina. Palacios municipales, portales imponentes y ángeles de la muerte, hoy admirados hasta la exacerbación, y sobre los que pesa, también, la acusación de fascismo.

***

Francisco Salamone nació en Catania, Sicilia, en 1897. Sus padres pusieron proa a la Buenos Aires de las oportunidades en 1903. Se sabe que el viejo Salvatore Salamone se trasladó con su oficio de constructor a cuestas, y a los golpes logró sostener a su familia deslomándose entre cal y cemento. Tenía cuatro hijos varones y una niña. Josefa, Ángel, José, Carlos y Francisco. Los varones siguieron los pasos de don Salvatore.

Después de graduarse en el colegio industrial Otto Krause, partió en 1917 rumbo a Córdoba, en el centro del territorio argentino, sede de una prestigiosa universidad. Ahí, dicen los papeles oficiales, en diciembre de 1920 recibió el diploma de ingeniero arquitecto, y en agosto de 1922 juró como ingeniero civil. Al cumplir 25 años, tenía ya dos títulos. El 605 fue su número en el Centro Argentino de Ingenieros. Lo aceptaron en la Sociedad Central de Arquitectos el 24 de noviembre de 1924, bajo la carpeta 957. En esa última entidad tuvo una serie de choques, proyectos ignorados, desaires, hasta que fue dado de baja por falta de pago en 1933. Nunca le preocupó demasiado. Sólo borró toda relación en sus tarjetas personales.

Se sabe, se lee, que se enamoró de las ideas de la Unión Cívica Radical, aunque no prosperó la posibilidad de una candidatura a senador provincial. Pero, estuvo cerca. Y con ese intento se fue toda perseverancia tras los cargos públicos. Se sabe que, contra los rechazos iniciales de la familia de la novia, se casó en 1928 con Adolfina Croft, Finita, hija del cónsul inglés en la ciudad de Bahía Blanca, activo puerto al sur de Buenos Aires. Se instalaron en territorio cordobés, y Salamone hizo sus primeras armas en la proyección y construcción, donde el trazado de una plaza en el pueblo de Villa María queda como único antecedente claro. Eran los años treinta, los primeros de una crisis global que ya sacudía a todo el planeta. Fue en 1935 cuando Francisco y Finita regresaron a Buenos Aires. Y es en realidad allí donde comienza la historia, su historia.

Salamone fue un tipo muy creativo, inteligente, con una capacidad de trabajo enorme, que estuvo en el lugar indicado en el mejor momento”, resume el arquitecto René Longoni. También uno de los principales responsables del redescubrimiento de estas obras después de décadas. Desde mediados de los noventa, coordina el área de investigación de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad de La Plata. Informado, documentado y con un trabajo de campo en el que habrá gastado más de un par de zapatos, Longoni se enfoca en la idea de un arquitecto prolífico que vio su oportunidad y lima cualquier posible mitología hasta dejar al constructor con su tablero de dibujo a un costado de la cama, disponible para plasmar destellos de lucidez mientras dormía sólo tres horas por noche. Apoyándose en la falta de pruebas, aleja a Salamone de relaciones políticas directas, de compromiso fascista, de ideas simbólicas.

“Si querés escribir un artículo interesante no vengas a hablar conmigo —dice—. Hemos dedicado años a darle la dimensión humana al pequeño diablo…”.

En 1936, con elecciones que quedaron en la historia como olímpicamente fraudulentas, en la provincia de Buenos Aires se proclamó gobernador a Manuel Fresco, un personaje de tinte fascistoide y admirador de Mussolini. “No dejamos hacer, ni dejamos pasar: intervenimos”, repetía Fresco. Enmarcada en un país que encaraba su propio New Deal, con la idea de la obra pública y el Estado como motores de la vida del argentino, esa intervención se tradujo en el llamado Plan de Obras Públicas Municipales. Y se recostó en tres leyes de 1937, que permitían programar obras entre 1937 y 1940, y también en una ley de 1929.

Traspasando los márgenes de la Capital Federal, la provincia tiene un primer cordón conocido como Gran Buenos Aires, fabril, populoso y denso. Pero más allá, hacia la pampa húmeda, una red de rutas se entrecruzan y unen 134 municipios (por aquellos años, unos 110) donde el paisaje rural es el denominador común. Un territorio de más de 300 mil kilómetros cuadrados, con unos 15 millones de habitantes. Un pequeño país dentro de otro. Es ese el terreno de Salamone.

“La relación entre Fresco y Salamone no puede ser pasada por alto de ninguna manera. Salamone era un personaje seguramente derechista, casi fascista, con un carácter duro, firme, decidido a construir el Estado provincial”, dice Alberto Bellucci, aquel personaje que sobrevolaba la pampa en avión a comienzos de los años noventa. En aquel momento, por encargo de The Journal of Decorative and Propaganda Arts de Miami, salió a rastrear algún costado desconocido de la arquitectura argentina. Recordó comentarios de colegas y pequeñas tesinas inéditas sobre edificios raros. Con poco tiempo y muchos kilómetros por recorrer, partió hacia Saldungaray, el punto más lejano del que tenía referencias de obras de ese arquitecto que era, todavía, un completo desconocido: Salamone. Bellucci adhiere hoy con todas sus fuerzas a una evidente relación ideológico-arquitectónica. “El gobernador Fresco tuvo en Salamone algo como lo que Hitler tuvo en [Albert] Speer”.

Para Bellucci, Fresco y el constructor caminaron una misma senda de pensamiento, fascista, monumental, propagandístico. Y se apoya para sostener esta idea en las características de la obra, la coincidencia temporal y su desaparición pública posterior.

Siguiendo esa línea, la tríada central del trabajo salamónico fue municipios-cementerios-mataderos. O, lo que sería lo mismo, la llegada de un Estado gigante, autoritario y poderoso al llano inabarcable. Una faraónica materialización de un nuevo orden social. Un reguero de edi-ficios-símbolo marcaban el aterrizaje del verdadero poder. Un gigantismo excesivo en sitios minúsculos, marcaban la poderosa presencia del Estado. Así, basándose en el estilo art déco, brotaron altas torres espigadas, más altas que las de las iglesias, que elevaban relojes hacia el cielo en edificios municipales que se erigían como máquinas de trámites en pueblos diminutos y olvidados.

Los mataderos eran el vértice funcional de la tríada: superando la faena a cielo abierto, muy sucia y despareja, se creó un nuevo sistema de ventilación y tratamiento de la carne, más rápido y funcional. El caso de la ciudad de Pringles quizá sea el más completo con una idea estilística que une municipalidad, plaza central —con sus fuentes mitad Metrópolis, mitad Disneylandia— y un matadero con una torre terminada en delgadas láminas, como cuchillas que presagian su función. Símbolos y más símbolos.

Los portales de cementerios son la columna vertebral de la obra de Salamone. Un monumentalismo plantado en el llano, cuya mayor función era el impacto. El gobernador Fresco inició un proceso de expansión del poder público sobre el campo con “Dios, Patria, Hogar” como lema a seguir. En ese contexto, lo descomunal de estas obras parece encajar al milímetro. Pero, la falta de documentos hace agua en el caso puntual de Salamone. Todos sus trabajos públicos fueron encargados directamente por cada municipio, sin pasar ni depender de organismos provinciales. A través de aquella ley de 1929, cada uno podía endeudarse para levantar obras de interés local. Si hubo directivas, fueron orales. Al mismo tiempo deambulaban por la provincia constructores de todo tipo que hicieron lo suyo, de forma menos dramática —grandes arquitectos como Alejandro Bustillo, Francisco Marseillán, Esteban Pérez, González Fernández—, contratados por otras tantas comunas. Salamone no fue el único, pero fue diferente.

Algunos hablan de una gran amistad entre Salamone y Fresco, y de un encargo personal de grandilocuencia. Otros —como Longoni— sólo mencionan oportunismo, coincidencias, ojo de águila para los negocios. Pero de nada hay pruebas: sólo la interpretación de sus obras. Él nunca dijo nada. Después de ese periodo febril, no hizo casi nada más. No tuvo amigos arquitectos. No hay papeles. Dibujaba, fumaba, iba y venía en vuelos contratados con la empresa aérea Panagra. Construía.

A Salamone, el hombre, “le pedías la luna, y la tenías”. El rostro se le llena de sonrisa a Ana María Salamone Croft, frente a su taza de café negro en un bar porteño. Annie es la tercera hija de Francisco. Eran Ricardo, Roberto, Ana María y Stella Maris; los varones ya no están. Se emociona cuando le menciono esta reconsideración de la obra de su padre, aunque repite una y otra vez que no pudo compartir muchos momentos con él. Se emociona, pero no recuerda. Cuenta que todos los documentos de su padre se perdieron, poco después de su muerte, en 1959, cuando los archivaron en un depósito de la familia en los límites de la ciudad. Con ellos se esfumaron lámparas y mesas de lujo. “No sé, en ese momento yo estaba como en otro mundo, esperando un bebé”, dice.

Sonríe, pero sólo tiene la imagen del viejo Francisco en la planta baja de la calle Uruguay donde la familia vivió los días más felices, él fumando sus cigarrillos Commander uno tras otro hasta conseguir una salud deteriorada, y disfrutando de comidas suculentas. Recuerda vagamente la llegada de los amigos todas las tardes para las partidas de póquer y el vermouth conversado, en los años cincuenta. Ante muchas preguntas menciona a Roberto, su hermano mayor, fallecido el año pasado, el más compañero de Francisco. Le pregunto si conoce las obras que su padre hizo siete décadas atrás. Si las ha recorrido, si se ha parado frente a ellas. Si ha estado en Azul, en Laprida, en Saldungaray, en Pringles. Piensa, calla unos instantes.

Y responde que no.

Los nombres de las ciudades de Azul y Laprida se repiten una y otra vez en textos, charlas, entrevistas y todo cuanto roce al ingeniero. Azul está casi en el corazón de la provincia. Es una ciudad antigua, que hoy tiene poco más de 60 mil habitantes, y allí se levanta la que es hoy considerada su obra cumbre: el portal del cementerio, construido en 1937.

Una masa de hormigón de 21 metros de alto por 43 de frente que abraza toda una esquina. La sigla rip (requiescat in pace) en gigantescas letras de granito negro, y dos esculturas que parecen pequeñas llamaradas enmarcan a una figura inexplicable. Las voces populares se han encargado de llamarlo El Ángel Exterminador o Ángel de la Muerte, parado en el centro de la escena, con sus alas desplegadas y las manos cruzadas sobre la empuñadura de una espada. El rostro tiene el ceño fruncido y, según el sol va bajando, las líneas cubistas, facetadas, parecen moverse. Una vez inaugurado el pórtico, muchos azuleños eligieron enterrar a sus familiares en pueblos cercanos, sólo para no tener que cruzarse con el ángel y dejar a sus seres queridos allí.

Algunas horas de ruta más adelante, la entrada a Laprida conjuga todo lo típico de los pueblos de la provincia. Kilómetros y kilómetros de asfalto, llanura y vacas que terminan en una bienvenida austera, sencilla. Pero en el fondo, controlando el horizonte, hay una torre de líneas rectas y un reloj, que marcan la vida lapridense. Siete décadas después de su construcción, esa torre municipal sigue altiva, mirando con el pecho inflado y desde arriba a la cúpula de la iglesia cercana.

Ante la sola mención de Salamone, el secretario de Gobierno de la ciudad, Pablo José Torres, sale al encuentro gentil, interesado. El “redescubrimiento” de la obra del ingeniero los tomó por sorpresa, y como en todas las ciudades y pueblos que tienen obras del siciliano están sacudiéndose de la siesta para ver qué hacer con edificios y construcciones que de tan evidentes el tiempo volvió invisibles. De tanto en tanto llegan turistas europeos a verlos, y ellos les improvisan un tour.

“Hay una historia que no sé si será verdad… —dice—. Cuentan que el Cristo del cementerio iba en un tren hacia el sur. Dicen que a Bahía Blanca. Y que el caudillo de entonces hizo parar el tren y a punta de pistola dijo: ‘El cementerio se queda acá’ ”.

Ese portal del cementerio de Laprida es, junto con el de Azul y el minúsculo pueblo de Saldungaray, una de las obras más expresivas y extrañas. Al final de un largo camino flanqueado por árboles, la cruz de más de 30 metros de altura, una estructura hueca de hormigón que soporta una figura de 11 metros, domina todo el paisaje. Transformando el típico portal neutro —que aún sobrevive incluso en los cementerios más importantes de la capital argentina— Salamone dibujó un Jesucristo cubista, facetado, como todo lo que salía de sus manos y de su cabeza en esos días, y le llevó las ideas al escultor Santiago Chiérico. En su taller del barrio porteño de Liniers, Chiérico moldeó figuras, hizo pruebas, arregló, multiplicó modelos en escala y terminó, lista para ensamblar, una figura pensada para colocar en una cruz que lo dobla en dimensiones, en un sitio recóndito, de poca importancia comercial y un número de habitantes que no desvelaría a nadie. “Era un gran transgresor. Un impugnador de tradiciones. Lo raro es que muy pocas veces le dijeron ‘no señor, esto no’. Hizo cuanta locura se le ocurrió”, reflexiona Longoni.

La locura de Saldungaray completa sus tres portales de cementerios más monumentales, y lo hace en el mismo sentido que en Laprida. Aquí no hay una figura inefable como en Azul, aquí hay un Cristo. O por lo menos, su cabeza inerte. Y la rodea un disco clavado en la tierra, como si hubiese caído del cielo, de 18 metros de diámetro. Detrás de la cabeza pendiente y su cruz, cristales azulados acompañan una serie de rayos.

Como si las lecturas sobre la significación simbólica e ideológica de las obras no despertaran suficiente imaginación, algunos pueblos esgrimen pruebas y hasta ven milagros en las figuras religiosas creadas por Salamone. En Tornquist, bien al sur de la provincia, descansan municipio y plaza con su firma. De la inauguración del palacio hay sólo un registro fílmico, realizado por un vecino, que aún es conservado en un museo. Desfile, palacio reluciente y desproporcionado, banderas, gente. Las banderas que flamean son lisas y en el centro tienen la cruz svástica. La zona de Tornquist es conocida por ser uno de los cobijos de colonias alemanas, inmigrantes que encontraron allí su hogar. Y lo cierto es que, hacia 1938, la bandera oficial alemana era la del Tercer Reich con su svástica en el centro.

En Carhué, otro de los pueblos con la marca Salamone, el mito ha crecido de boca en boca con los años. Allí, el ingeniero fue contratado para levantar el palacio municipal, el matadero y algunas delegaciones, obras que se inauguraron el 3 de diciembre de 1938. Y ahí también levantó uno de los Cristos-modelo de Chiérico, diseñados por Salamone, que, cuentan, el ingeniero regalaba a modo de ofrenda a las primeras damas de cada poblado en que terminaba su labor. El sitio elegido para el emplazamiento de éste fue la bifurcación de dos caminos, uno que llevaba al cementerio y otro que enfilaba hacia la Villa Lago Epecuén, la pujante zona balnearia de los alrededores. Allí se instalaron el Cristo y su cruz una tarde calurosa de fines de 1938. Pero esa misma noche una fuerte tormenta hizo ceder el cemento apenas fraguado y el Cristo terminó en el suelo, con un brazo roto. Por orden del intendente Marcalain, lo cargaron en un carro y emprendieron el camino hasta un depósito municipal para dejarlo ahí hasta poder repararlo. Cuando llegaron, los empleados caminaron hacia la parte trasera a bajar la sufrida figura de hormigón. Y la encontraron, cuentan, recostada exactamente al revés: donde posaron su cabeza, ahora estaban los pies. Desde ese momento el fenómeno corrió como pólvora en el pequeño pueblo, y su recuerdo aún divide las aguas.

El segundo hecho mítico de Salamone en Carhué también tiene que ver con aguas. El Cristo caído en desgracia quedó en el depositó, y Salamone hizo enviar otro igual para colocarlo en el lugar que había sido elegido. Ese Cristo suplente señaló la división de los dos caminos, al final de una senda de eucaliptos, durante décadas. Pero en 1985 una inundación se llevó a toda la Villa Lago Epecuén: un sistema de terraplenes cedió a la presión del agua y cubrió casas, hoteles, el matadero. Algunos años después de la entrada del agua el nivel era de unos seis metros, y alcanzó su máximo en 1992, cuando llegó a los 10. Pero, y aquí el mito, el agua subió hasta llegar al Cristo del camino. Mojó sus pies, cubrió su cintura, y a la altura del pecho, se detuvo. Y permaneció ahí por años: de la gran masa líquida asomaba un rostro doliente y marcaba el milagro de haber detenido el avance del agua, que nunca llegó hasta Carhué, la ciudad cercana.

Las devociones no se hicieron esperar, y la gente se las ingenió para acercase en botes, dejar ofrendas, y en la mayoría de los casos, llevárselas. Después de mucho el municipio construyó una explanada de madera, para que la gente pudiera acercarse caminando. Hoy el agua volvió a bajar y la figura está de nuevo al descubierto, con sus manos arrancadas y el cuerpo carcomido por la enorme salinidad del lago.

Su ignorado Cristo antecesor, luego del temeroso encierro en un galpón, fue instalado a unos 70 kilómetros de allí, en un campo, solitario. Ese Cristo del Médano, con su origen tan accidentado como misterioso, recibe, hoy, fieles y devotos.

Claro que Francisco Salamone nunca llegó a saberlo.

Las décadas del cuarenta y del cincuenta fueron las del eclipse. Desde 1938, mediante una alianza radical-conservadora, Roberto Ortiz había reemplazado a Agustín P. Justo en la presidencia, en un giro político que cambió el escenario: con la idea de sanear la política, en marzo de 1940 el gobernador Fresco fue corrido de su cargo. El plan de obras ya venía con el freno apretado desde mediados de 1938 por falta de materiales y problemas económicos por el inicio de la guerra en Europa, lo que comprime aún más el promedio de tiempo en que Salamone levantó sus construcciones. Cuando intentaba dar las últimas puntadas a su mapa de obras, los proyectos de ciudades como Tres Arroyos o Lobería se descartaron de plano. Sólo quedó, perdido en el final e inaugurado ya en 1940, el palacio municipal de Chascomús, un diseño atípico en él, de rasgos neocoloniales que lo hacen irreconocible.

El final abrupto del gobierno de Fresco lo arrastró. Del pensamiento de Salamone no hay rastros, pero su enorme producción en el marco del gobierno de un hombre de saludo con brazo en alto y retratos de Hitler y Mussolini vistiendo su despacho, que era mimado por los medios partidarios de Il Duce, seguidor de las políticas italianas de la época (como un código de trabajo inspirado en la Carta del lavoro de Mussolini), de la propaganda masiva, e integrante de organizaciones de derecha, lo condenó.

Recluido en su casa, tres años después un juicio puso a Salamone entre la espada y la pared. En realidad se trataba de una acusación casi ingenua, mientras se producía un nuevo golpe de Estado: problemas en una pavimentación en Tucumán, provincia del norte, en la que había firmado como director técnico. Lo mejor era el exilio, le dijo su abogado Antonio Tróccoli. Y así, las calles de Montevideo lo vieron llegar para evitar la prisión preventiva, hasta que se limpiase su buen nombre y honor. Los días montevideanos se repartieron entre la angustia de sentir la cabeza en la picota del régimen caído, y momentos de hiperactividad dibujando planos utópicos, pensando en pasar más tiempo con Finita y los chicos, con los amigos, volver a sus “arquicaricaturas”, unos retratos facetados con los que solía divertirse.

Salamone pisó Buenos Aires en 1945, y ese año Finita le dio su cuarta y última hija, Stella Maris, que nació el 16 de septiembre. Se instalaron en la casa que el siciliano amó hasta su muerte, en la calle Uruguay 1231. Cuatro pisos con una habitación para que Finita se dedicara a la escultura, y hasta un gallinero en la parte trasera. Ahí montó la oficina de Safrra (ya no se presentaría como Francisco Salamone Ingeniero Arquitecto), una sigla que unía algunas iniciales familiares, y se autofinanció para poder levantar algunos pocos edificios en la capital, completamente alejados de su estilo de años atrás. Siguió haciendo algunos trabajos de pavimentación, y poco más. Pero su ostracismo arquitectónico fue acompañado por una sociabilidad enorme: trasnochaba, cuidaba cada vez menos su salud. Ya había sufrido dos infartos, a los 30 y a los 40 años, y sólo había aceptado desprenderse de sus Commander.

La planta baja de la casa era el lugar de reunión de todas las noches. Los amigos, el póquer y las copas aparecían religiosamente cada tarde. Desde el segundo piso, donde estaban los dormitorios, la pequeña Stella Maris espiaba, asomada a un círculo enorme que le permitía ver el living en pleno. Durante esos días el único proyecto grandilocuente eran unos bocetos para una utópica Torre de las Provincias, de 64 pisos, con un faro en lo alto, y ubicada en pleno centro de Buenos Aires.

Finita era todo lo contrario a Francisco. Solitaria, casi fóbica. Como tenían una situación económica sumamente tranquila, veraneaban siempre en la costa, a veces cerca del balneario de Miramar. Y un día, Finita se quiso quedar. La familia se mudó a un edificio en Mar del Plata, mientras Salamone seguía instalado en sus oficinas de Buenos Aires, trasnochando y sin cuidarse. Eso fue hacia 1951, o 1952.

Stella Maris, ahora con 64 años, se emociona en su casa de Mar del Plata. Decidió quedarse para siempre en esa ciudad. La única excepción fue en su adolescencia, cuando se instaló por un tiempo en la capital con su papá. Y entonces fue cuando él murió en sus brazos.

“Tengo un reloj que no lo prendo nunca. Porque tiene el mismo movimiento, el mismo sonido que sus pisadas cuando se acercaba al corralito en el que yo estaba de niña. Cuando lo oía, me volvía loca. Estoy enamorada de mi papá”, dice y remarca el tiempo presente de su estoy.

A sus 14 años, dejó la casa materna en Mar del Plata. Ya Salamone había tenido que vender la casona de Buenos Aires y con ella, cuentan, se había marchado parte de su alma. Los motivos eran económicos, aunque nunca llegaron a ser apremios graves: compró un dúplex y Stella se instaló en el piso superior, feliz con su jaula para animales que él le mandó construir.

Mientras, el art déco quedaba definitivamente fuera de los cánones de belleza de la academia y empujaba aún más a Salamone al fondo del interminable cono de sombra. Annie tiene grabadas las visitas diarias del enfermero, cada inyección para la diabetes, a lo largo de 1959. En el atardecer del 7 de agosto de ese año, Finita estaba en Buenos Aires y tomaba algo con su marido. Hablaban, todo parecía estar bien. Stella se recuerda junto a ellos, moviéndose de un lado a otro. Horas después, en plena madrugada, despertaba sobresaltada por los gritos de su mamá. Aquella noche corrió a la habitación de sus padres, donde Francisco respiraba con un esfuerzo fatal. Lo abrazó, lo apoyó en su falda, y en pocos minutos, lo vio morir. “Ahí se me cayó el cielo”, recuerda. El tenía 62 años, ella 14.

Stella Maris habla de su padre con amor. Tiene, dice, más recuerdos con él que con Finita. Su madre se desligaba de los quehaceres domésticos, y de ellos. La niñera alemana ordenaba los días de Stella, y sus hermanos mayores Ricardo y Roberto se mantenían a raya por la figura paterna.

Le pregunto si recorrió las obras que le dieron fama a su padre. Otro silencio. “Alguna —responde—. Estuve en el pueblo de Rauch, donde hizo la municipalidad”.

—¿No conoce ninguno de los portales de cementerios que hizo su padre?

—No.

***

La historia que comenzó a escribir el arquitecto Bellucci en aquel avión tuvo capítulos de todo tipo en los últimos años. El texto que publicó en aquella revista estadounidense disparó la atención del crítico y coleccionista de arte Edward Shaw y de su hijo Tom, que salieron, cámara en mano, a captar imágenes de las construcciones. Eso terminó en las exposiciones fotográficas “Salamone, la consagración”, de 1997 y 2007, ambas en el Centro Cultural Borges de Buenos Aires. La primera muestra, a su vez, despertó el interés de Esteban Pastorino Díaz, fotógrafo argentino que atravesó rutas entre 1998 y 2001, y capturó los monumentos siempre de noche, con una técnica que acentuaba la llanura tétrica del entorno, en contraste con la majestuosidad de lo construido. Las expuso en 2002 en Buenos Aires, y se convirtió en un verdadero imán, disparando una nueva oleada de admiradores del ingeniero.

René Longoni y su colega Juan Carlos Molteni publicaron el libro técnico Francisco Salamone, sus obras municipales y la identidad bonaerense, en 2004. Algo similar ocurrió en la Universidad de Mar del Plata, con un trabajo de dos volúmenes. En estos días, el arquitecto Pablo Gerson ultima detalles de un documental audiovisual, atraído por las descripciones que el mismo Bellucci le hizo hace algunos años, durante las clases en la facultad.

Uno de los últimos mojones del “rescate” data de 2008, cuando el director argentino Mariano Llinás —director, también, de la prestigiosísima cinta Balnearios— incluyó en su película Historias extraordinarias un pequeño documental acerca de Salamone. Una biografía oscura, inflamada, que lo presenta como “El hijo del diablo”, y da un último baño de misterio a las gigantescas construcciones pampeanas.

Sin embargo, mientras en la web crecen grupos de fanáticos que quedan atrapados por esta monumentalidad extraña (la mayoría jóvenes que se reúnen para recorrer las obras y compartir material) en muchos municipios no logran despertarse del todo al legado del Loco de las Torres, como lo llamó un periódico de la época. Incluso hay quienes aún hoy no ven con buenos ojos las construcciones, y no son pocos. El caso extremo ocurrió en el pueblo de Balcarce, donde una confitería circular ocupó el corazón de la plaza del pueblo, terminada por Salamone en 1937. El diseño que permitía el paso en vehículo por dentro del trazado nunca fue del gusto de los lugareños. Apenas unos años después de inaugurada, los propios vecinos tiraron abajo lo que habían llamado “la torta de bodas”. Casualmente, ese mismo mote tiene todavía la tardía municipalidad de Chascomús, la última del siciliano, que detrás de la fachada neocolonial ve asomar un gran cilindro. La aceptan. Pero no mucho.

En 2002, la sanción de una ley provincial declaró Patrimonio Cultural toda obra de Salamone, para evitar más modificaciones edilicias. En abril de este año, los municipios de Tornquist, Guaminí, Coronel Pringles y Laprida elevaron al gobierno sus informes para volver a cero la estructura de las obras de cada distrito. En todos ellos, durante todos estos años se movieron luminarias, se agregaron elementos, se modificaron trazados.

En estos momentos, por el aniversario de su muerte, en ciudades como Azul y Pringles se hacen, como nunca en décadas, jornadas de conmemoración.

Finita no llegó a ver nada de todo eso: ni reconocimiento, ni admiración, ni muestras, ni nada. Murió a mediados de los años setenta. Su hijo Ricardo falleció hace unos 20, y en 2008 murió Roberto. Sus hijas Annie y Stella recuerdan la normalidad de una familia pudiente, una madre sumisa y un padre carismático y bondadoso que nada parecía tener de extraño. Y, aunque le profesan admiración, nunca, jamás, se acercaron a ver su obra.

Usa el verbo en presente, en un depósito alto y gris, que alimentó durante un año y medio, el tiempo que tardó en llenarlo poco a poco. Es feliz, aunque esté en este habitáculo más largo que ancho, estrechado con estanterías metálicas sofocadas de piso a pared. Ajena al aire caliente y seco en el que se elevan, de a millones, partículas de polvo.

—Los muchachos de bomba me prestaron un carrito que yo llamo “la Ferrari” para subir los casi cien mil documentos, entre papeles, fotos y discos. Y los tres mil libros. El mío ha sido un trabajo de amor. Sólo con amor se pueden enfrentar tantos avatares.

Diana Fassoli es pequeña, delgada y a veces erguida. Tiene unos ojos oscuros, casi siempre nublados tras unas gafas de aumento, y una fuerza temible, aguerrida, cuando habla de las cosas que quiere cambiar, las que no le gustan. Ella es la bibliotecaria histórica y los “muchachos de bomba” son los técnicos que trabajan donde está la bomba de agua que alimenta al gigante, el Teatro Colón de Buenos Aires, a 200 metros de uno de los iconos más reconocibles de esta metrópolis, el Obelisco porteño.

El edificio que se ve desde la superficie, majestuoso, de enormidades explícitas, es sólo la cabeza del monstruo enterrado. Los subsuelos se hunden y expanden más de dos veces su tamaño, dibujando laberintos y cavernas donde se disponen la escuela de arte y los talleres en los que se realizan las producciones para cada temporada. Cincuenta y ocho mil metros cuadrados ocupa toda su superficie. Ya casi no quedan teatros líricos en el mundo con estas características.

Es, literalmente, una fábrica de cultura. Un engranaje que se autoabastece. Una imagomundi. Cien años han pasado desde que el Colón abriera sus puertas por primera vez. Tuvo su aniversario el 25 de mayo. Un cumpleaños sin festejo que encontró al edificio en obra, aunque desfinanciado, y transitando su peor momento histórico. Durante 2007 estuvo cerrado y así estará por lo menos hasta 2010, que es la nueva fecha en la que el Jefe de Gobierno de la ciudad prometió reabrir la Sala Principal. Jamás había pasado una temporada totalmente cerrado. Ni por el dedo de ningún dictador, ni durante la guerra de Malvinas, ni por ninguna crisis económica. Ni siquiera durante la última gran hecatombe por la que pasó Argentina a fines de 2001, cuando la historia del país era una tragedia operística y por las veredas del teatro marchaban los argentinos haciendo sonar cacerolas para derrocar un gobierno. Sin embargo, para entonces, ya habían empezado las obras de restauración.

Cuando en el año 2000 se decidió emprender la restauración y actualización tecnológica del Teatro Colón, el trabajo se dividió en cuarenta obras bajo un nombre paraguas: “Master Plan”, un plan de trabajo que encastra unas obras con otras estableciendo prioridades de intervención para poder trabajar a teatro abierto. La primera acción empezó en 2001. Y prometieron que este 25 de mayo estaría listo para ese cumpleaños especial: el Centenario.

—El día del Centenario tendrían que sonar acordes del Réquiem de Mozart y deberíamos hacer un minuto de silencio. El Colón que era, ha muerto —decía Diana Fassoli semanas antes del aniversario.

Su dolor chorrea como savia del árbol de su estirpe. Su madre, una bailarina de ballet, y su padre, un pianista, se conocieron y enamoraron entre sus paredes. Así vio la luz del día y se crió corriendo entre castillos y naves de utilería, paseándose entre máscaras, pelucas y esculturas; divas de la lírica y divos del ballet; trajes bordados y zapatos de época. Aquí también, cuando casi era una niña, se enamoró de un director de orquesta y tuvieron dos hijas. Hace 34 años vive en cada rincón, entre sus libros, entre bambalinas. Hoy tiene 56. Dice que el suyo ha sido un trabajo de puro amor por el Teatro. Desde que iniciaron las obras sobrevuela la amenaza del traslado de la biblioteca, “su” biblioteca, fuera del edificio. Pero ella reafirma —mientras saca un sable que tiene atesorado de alguna ópera y comienza a revolearlo por los aires— que está dispuesta a dar pelea.

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La entrada al Teatro por la calle Cerrito abre paso a un salón contiguo a la recepción. Un cementerio improvisado de ataúdes verticales. Cajas negras con herrajes plateados que contienen adentro los cuerpos obesos de los contrabajos. Muertos de madera amaestrada, curva, lustrosa, están allí solitarios, indolentes, a la espera de un traslado. Tienen en sus lomos etiquetas blancas con letras de molde que les marcan un destino. Es que las orquestas de aquí —Estable y Filarmónica— están dando conciertos allá. Auditorio tal, jueves 10. Teatro aquel, sábado 19.

Un timbal arrincona su redondez en un ángulo. Junta tierra, ocioso, pegado al muro casi gris del que cuelga un afiche con el primerísimo primer plano de un rostro femenino. Es una foto en blanco y negro que ya tiene sus años. Esa cara cuadrada, pálida, enmarcada por un cabello oscurísimo, cuando se tomó esta foto no era conocida. Hoy es una de las mejores pianistas contemporáneas, la argentina Martha Argerich, una artista entre tantas que trascendieron los límites del Teatro.

Al dejar atrás el cementerio se entra al subibaja de escaleras. Para el foráneo resulta muy difícil mantener la orientación cuando se empieza a recorrer el edificio. Los habitantes de este mundo incorporan con el tiempo la brújula que los deja fluir sin perderse por oficinas, pasillos, salas, catacumbas. De repente se está “debajo de la calle Tucumán”, en los subsuelos donde está el depósito de sastrería, o “del lado de la calle Viamonte”, en el primer piso, frente a este portón gris. Aquí se suele abrir paso al mundo paralelo. El del espectáculo. El de la ficción. Son las puertas que comunican los pasillos con la parte trasera del escenario. Una de las hojas está abierta y se ve a ocho técnicos que remueven los tablones de la plataforma. La pelan, gajo a gajo. Están cambiando las tablas, testigos torturados por célebres pisadas desde hace cien años. En un rincón hay una pila de tablones nuevos que —prometen— durarán otros cien.

Uno de los serenos que trabaja aquí los fines de semana dice que, en el aburrimiento de una de estas tardes de domingo sin función, al hacer su recorrida encontró un amontonamiento de tablas de escenario convertido en basura. Rescató una de su destino fatal. Y se la llevó. Subió con ese peso al tren, camino a casa. Al llegar, su mujer lo reprobó con la mirada, pero él dijo que sobre esas tablas habían pisado los grandes. Pavarotti caracterizando a Otello, Plácido Domingo, el maestro Daniel Barenboim. La tabla estaba allí, entonces, en el living de su casa. Sucia, ridícula. Entre los dos la limpiaron, la barnizaron y la dignificaron, colgándola de una de las paredes del living convertido de repente en museo improvisado, clandestino.

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Es noviembre de 2007. Como una escultura abstracta empotrada adentro de un monumento centenario, el andamiaje se expande y se levanta en el vientre de la sala. De lado a lado, de piso a techo. En el suelo hay un vacío de butacas. Sobre él se apoyan sesenta toneladas de hierros que tejen la telaraña de metal. Entre la trama se ve el circo de palcos con sus estucos y molduras. Desde arriba caen cataratas de nylon transparente que todo lo cubren. En un rincón de las alturas que lindan con el cielo de la cúpula se lee en letras doradas un nombre de mujer. Aida, la princesa esclava que se enamora del militar que usurpa su reino. En 1908, con esa historia de cruento amor que narra la ópera de Giuseppe Verdi, fue inaugurado el Teatro.

Si la cultura argentina tuviera una Sala Principal, sería ésta. La del teatro factoría más grande del país que supo ser el más importante de América Latina y que fue elegido como el mejor del mundo por su acústica para obras líricas. La encuesta de la que surge el dato es del año 2000. Fue realizada entre los mejores directores de óperas y cantantes por el quizá más destacado investigador de acústica arquitectónica, Leo Beranek. Fue publicada en el Journal of the Acoustical Society of America. Pero eso no es todo. En un artículo de la revista Acta Acústica de 2003 —en el que se analiza a los mejores auditorios para música sinfónica del mundo— el Colón no sólo ocupa el primer lugar como teatro para ópera sino que, además, como auditorio para música sinfónica sólo es superado por dos salas construidas específicamente para este fin: la del Grosser Musikvereinssaal de Viena y el Symphony Hall de Boston.

Ahora, una conversación se escucha claramente en la entrada, pero en la sala no se ve nadie. Arriba, suspendido en un andamio, hay un hombrecito de traje oscuro y casco blanco que habla con una mujer de acento italiano. Es Eduardo Scagliotti, el arquitecto responsable de la restauración. Por el laberinto de andamios circula gente. Electricistas, arquitectos, obreros y artesanos. Unos suben, otros bajan, otros se quedan. La garganta que conforma la boca escénica y la sala les amplifica los pasos y ese eco asordinado tiñe al lugar con tintes de templo. Scagliotti grita —aunque no hace falta— “¡suba!”. Y subo. Un zigzag ascendente de 30 metros hasta la cúpula.

—Primero hubo que nivelar el piso, ponerlo derecho para montar esta estructura de andamios. Porque el piso del Teatro fue pensado para usarse derecho —se subía por medio de un sistema mecánico— cuando había bailes de carnaval, a principios del siglo pasado. Bueno, una vez que llegamos hicimos un registro de las patologías. Esto es, como si fuéramos médicos, hicimos un prediagnóstico. Después de las pruebas de laboratorio actuamos.

Si algo impresiona cuando se ingresa a la sala es mirar hacia arriba. Una agresiva araña de bronce bruñido, de siete metros de diámetro y 700 lámparas, se agazapa en la cúpula. Esta joya fue construida en Francia a fines del siglo XIX y es una imponente obra de cincelado.

—Fuimos haciendo las estratigráficas (pruebas de color) y descubrimos los tonos originales, ahora se los voy a mostrar. Hemos ido recuperando todo. Hay seis palcos que hemos pelado a bisturí. Le llevó seis semanas a un artesano descubrir el material con el que estaban recubiertos estos palcos. Que no era pintura. Y mire, vea, esto es un marouflage que descubrimos. Precioso, valiosísimo.

El restaurador sigue su soliloquio con la entonación de un docente. Marouflage es una técnica francesa para realizar murales. Se pintan los fondos y se hace el dibujo en unas telas que luego son aplicadas encima. Así trabajó Raúl Soldi la cúpula, cuando fue invitado a redecorarla en 1966. Este artista, uno de los grandes de América Latina, había nacido en Buenos Aires en 1905, cuatro años antes de la inauguración del Colón. Ver su pintura a la altura de la araña del teatro es una experiencia extraña. Los personajes se ven alargados, fuera de proporción.

—Soldi era un genio de la pintura. Cuando dibujó estas escenas las hizo levemente alargadas porque calculaba el efecto óptico que se produciría al verlas curvadas y desde abajo. Lo hizo con ojo griego.

La sensación de estar en las alturas de la cúpula es narcotizante. No es el vértigo de encontrarse a 30 metros de altura. Son todos estos celestes, rosas, estos oros y ocres. Esos seres angelados que insinúan tener algo que ver con la música. El cielo de Soldi.

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Cuarto piso. El sonido que se aplasta al fondo de este pasillo apagado y circular tiene un tempo allegro. Detrás de la puerta de madera no se puede ver nada. Sólo resta oír ese piano que marcha rapidito e imaginar una lección de ballet. O recrear la que fuera una de las funciones memorables del Teatro, en 1977.

Silencio en la sala. El nudo de la historia de Giselle se va a desatar. El esperado pas dedeux, el punto de máximo lucimiento entre los primeros bailarines. Aparecen ellos. Él, Vladimir Vasiliev. Ella, una bailarina de 24 años del cuerpo del Colón. Silvia Bazilis, en el papel de Giselle. El público los ovaciona.

—La primera vez que llegué al Colón tenía ocho años. Antes no sabía ni que existía. Yo estudiaba danza en una escuela de mi barrio, Villa Urquiza. Me enteré por mi maestra que en el centro había un teatro grande. Fue ella quien averiguó y animó a mis padres para que me llevaran a rendir el examen para entrar. Me impactó la sala de ensayo, la que se conoce como “La Rotonda” porque es toda circular y llena de espejos. Yo a pesar de ser una nena, me di cuenta de que ahí iba para algo serio. Ya no se trataba de ir a jugar.

Silvia Bazilis recuerda. Sigue siendo delgada y mínima, tan bailarina. A su rostro pálido lo acarician unos cabellos rubios, de ceniza. Con su belleza de sílfide, etérea, es una de las más grandes y queridas bailarinas argentinas. Se prepara para dar una clase y trae a su memoria sus días en el teatro. Desde que llegó, a los ocho años, no se fue más. Para entrar dio un examen que duró tres días. De los 500 postulantes —500 niños— entraron 25. Y al cabo de diez años sólo terminaron dos. Allí se enamoró de un bailarín y se casó. Se retiró a los 41 como primera bailarina. Y ahora es maestra de danza. Los viejos ascensoristas del Teatro la siguen llamando “Silvita”. En aquella sala llamada La Rotonda hoy sueña su sueño de restauración del telón principal del escenario, un cortinado como de realeza, que pesa 1 500 kilos.

—Un, dos, tres… demi-plié. Y un, dos, tres, ¡attitude!

Silvia Bazilis deja sus recuerdos y marca las consignas a los bailarines, con el encriptado lenguaje de la danza clásica.

—Yo sufro lo que le está pasando al Teatro. Lo sufro porque lo amo y siempre fue mi casa. Pero pienso que los que realmente están sufriendo ahora son los chicos, los bailarines, que ni siquiera tienen perspectivas de volver el año que viene. El año pasado hicimos la temporada fuera del Teatro, supuestamente este año se entraba de nuevo, pero las perspectivas se estiraron hasta 2010. Pienso que deben tener miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que no se vuelva a abrir.

Además de Vasiliev bailaron en el Colón Vaslav Nijinsky, Rudolf Nureyev y Mijail Baryshnikov. En 1985 el argentino Julio Bocca marcó un hito en la historia de la danza. Fue el primer bailarín no ruso en ganar el premio máximo del inalcanzable Concurso de Ballet de Moscú. Él también se crió en el Teatro. Desde los ocho años iba a clases por la mañana en el Instituto Superior de Arte, ensayaba durante toda la tarde y, en muchas oportunidades, sumaba clases y funciones por la noche. Hay quienes cuentan que al final del día los exhaustos alumnos se tiraban, agotados de ensayar, sobre los mullidos palcos de terciopelo carmín de la sala del Teatro. Cuentan, también, que allí se enredaban, de cuando en cuando, amorosamente. Bocca dijo que en esos rincones, para él cotidianos, lo hizo por primera vez, a los trece años. Bajo la araña.

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“No hay una sola noche que no sueñe con el Colón”.

Desde que asumió la responsabilidad de coordinar los proyectos de las obras, el arquitecto Andrés Schulman duerme menos. Su tarea ha sido ensamblar los proyectos del Master Plan con la precisión de un director de orquesta. Es el hijo de un arquitecto y una escenógrafa. Es escultor aficionado. Sus padres lo llevaban al teatro desde muy chico, sobre todo los domingos, cuando había conciertos para niños. Tiene 40 años y, dice, todas las noches se despierta pensando cómo dar solución a algún problema.

—Es un desafío gigantesco, único. Se trata de conservar el carácter y la estructura de un edificio de cien años, al que hay que incorporarle la tecnología del siglo XXI, sin alterarlo.

El noventa por ciento de los teatros líricos del mundo se perdieron por incendios. Nosotros, entre otras cosas, tenemos que renovar todas las telas, cambiar todas las cañerías y las instalaciones eléctricas. Renovar camarines, acondicionar talleres. Sin alterar el monumento. Sobre todo no tocar nada que altere la acústica. Nuestro asesor de sonido dice que si el Colón fuera un violín Stradivarius sería el mejor de ellos.

Cuando el ejército de técnicos del Master Plan se instaló en el edificio, muchos de los 1 500 empleados del Teatro lo vivieron como una invasión. La planta está compuesta por los artistas de sus dos orquestas, del coro, del ballet y de los servicios auxiliares, incluida la mayordomía, y los maestros del Instituto Superior de Arte, donde se forman cantantes, bailarines, músicos.

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En febrero de 2008 el recién asumido Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, acompañado por el recién asumido Director del Teatro Colón, anunció que las obras de mantenimiento y puesta en valor estaban desfinanciadas. Que ya se habían gastado unos 47 millones de dólares (150 millones de pesos argentinos) y que no estaba ni 30 por ciento terminado. Anunció también que los plazos de apertura de la sala se estirarán hasta 2010. Que no habría festejo del Centenario con el Teatro abierto.

Parece una historia circular, un eterno retorno. Cuentan las crónicas que el proyecto para construir el segundo Teatro Colón (el primero funcionaba en otro edificio porteño hasta 1888) iba a ser inaugurado antes del 12 de octubre de 1892, aniversario de la llegada del marino a América. Pero dificultades presupuestarias, políticas, burocráticas y otras igualmente penosas prolongaron los plazos. La obra dio comienzo con el proyecto del arquitecto Francisco Tamburini. Pero este murió tempranamente y su compañero Víctor Meano se hizo cargo e introdujo los primeros cambios importantes al proyecto original. “Este género que no llamamos estilo por demasiado manierado, quisiera tener los caracteres del Renacimiento italiano, alternados con la distribución y solidez de detalle de la arquitectura alemana y la gracia, variedad y bizarría propias de la arquitectura francesa”, describió Meano a principios del siglo pasado.

En 1904, como un sino fatal sobre la obra, él también murió. Fue el arquitecto belga Jules Dormal quien asumió la responsabilidad de llevarla a término e introducir modificaciones, dejando impreso su sello en el estilo francés de la decoración. Una síntesis de eclecticismo que incluyó detalles neogriegos en la fachada. El nuevo Colón fue inaugurado 20 años después de la fecha prevista.

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El pasillo que une la parte antigua del Teatro con la nueva, donde están los talleres de esta fábrica, tiene forma de túnel y está decorado con fotos. Un flash para Turandot, un congelado de Carmen. Un chorro de luz solar bendice estos subsuelos. Sobre un rincón, una enorme caja roja de herrajes reforzados tiene destino trasandino. La Bohème se va a Chile. A juzgar por el tamaño de este arcón, hay varias decenas de trajes dentro. La jefa de sastrería corre de aquí para allá. Las máquinas de coser doblegan telas, amaestran accesorios, domestican plumas, siembran lentejuelas.

Sobre una mesa de trabajo el cuadro del horror: cabezas calvas mutiladas. Parecen todavía calientes y temblorosas, como recién sacadas del canasto bajo la guillotina. En un costado un torso. Si alguien cayera de pronto aquí sin saber dónde está, probablemente también temblaría. Es el corazón del engranaje en el que se fabrica la simulación. Las cabezas, carne de papel maché, descansan en paz por el abandono de alguien que las dejó tiradas sobre este tablón.

El “magazine”, así llaman al depósito contiguo al taller de sastrería, es una hipérbole de clóset. Es el lugar en el que se guardan todos los vestuarios —de todas las producciones que se han hecho hasta ahora— en armarios de metal. A lo lejos, una auténtica armadura romana. De cerca, la mentira se materializa en cuero pintado en plata y apliques de lamé.

Cada uno de los armarios tiene trajes de una ópera distinta. En uno hay sólo tules blancos, flores bordadas, vestidos espumosos, colores pastel. Son los trajes de Romeo y Julieta, la ópera de Charles Gounod basada en el clásico más clásico de Shakespeare. En la puerta de al lado, descansan los vestidos de una de las siete “Aidas” de Roberto Oswald, quizás el régisseur más representativo del Teatro y cuya vida profesional es emblema del crecimiento que una persona puede alcanzar dentro de esta escuela. Comenzó como escenógrafo, fue iluminador y llegó a di-rector técnico. Pero se destacó mundialmente como régisseur, profesión hermana de la de director de cine, que radica en edificar visual, teatral y musicalmente sobre el escenario lo que el compositor y el libretista de la ópera plasmaron en partituras. En lenguaje futbolístico, el director técnico.

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Tercer acto de Aida: la princesa etíope está hablando con su padre, el Rey, a orillas del Nilo, quien la convence de traicionar a su amado para salvar a su pueblo. Aida lanza un rugido doloroso y canta: “Patria mía cuánto me cuestas”. Ése es el cuadro preferido de Oswald. Tiene 75 años y 45 de ellos dentro del Colón. Durante 30 ha sido régisseur. Y sigue trabajando tan duro como cuando empezó: 18 horas diarias. Aida es una ópera temida por su monumentalidad escénica. Oswald la montó siete veces con sus propias escenografías, una de ellas famosa por instalar en el escenario una esfinge de 12 metros de altura.

—¡Si viene por el Teatro Colón, desde ya, le digo que de ese tema no hablo!

Así responde parco, tajante, con una temible voz de barítono. Teme que lo increpe en busca de detalles acerca de las rencillas políticas y económicas que han llevado al gigante a estar postrado. No tiene ganas de hablar de esa parte que lo avergüenza del lugar en el que ha vivido casi su vida entera. Se niega rotundo y gruñón, en el hotel en el que está viviendo desde hace semanas en la ciudad de La Plata, a una hora de Buenos Aires. Cabellos canos y bigote al tono, muestra su genio de maestro con mal genio. Pero luego habla.

—Para mí el Colón significa mucho. Es el lugar donde yo me he formado, donde yo gasté todos estos años de mi vida, muchas horas… Mientras estaba al frente de la dirección además supervisaba todos los trabajos de iluminación. En mis primeros ocho años hice ese trabajo sin cobrar un peso. Lo hacía por el Teatro. Y aprendí mucho, gané en experiencia. Amaba ese lugar y lo que hacía.

Oswald continúa con un largo monólogo magistral. Una clase gratis de historia de la ópera. Que el de Aida es un Verdi normal, mediano, no es todavía el último Verdi, el deOtello. Que la escena de Aida con su padre en el Nilo ya anticipa al enorme genio de la última etapa. Y que la ópera ha sido la predecesora del cine: de primera forma musical, pasar a una forma descriptiva, de ahí a las pinceladas psicológicas. Que eso lo vemos en Bellini y en Donizetti.

—El Teatro Colón podría ser como una metáfora de la Argentina, aunque no estoy seguro, porque hace mucho tiempo que está en vaivenes. Cada uno de los que subió a director técnico tuvo buenas intenciones, lo que pasa es que para algunos por ambición la meta se hizo turbia. Al menos se traiciona cuatro veces por día a alguien allí adentro. Sumadas las intrigas políticas es, sí, como una tragedia operística. De todos modos Shakespeare dijo que no hay mentira que pueda durar cien años enterrada. Y yo creo que tampoco los verdaderos valores quedan ocultos. El Colón va a resurgir en sus verdades, a pesar de los errores que se han cometido.

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Ascensor, cuarto piso. La puerta del depósito improvisado por Diana Fassoli, se abre justo adonde termina una escalera de mármol blanco, ancha, en espiral, perseguida por un herraje repujado, negro, barroco y barandas de madera lustrosa. Comenzamos a descender por esta serpiente que ha perdido parcialmente la piel y muestra sus muros descascarados. Pedazos de revoque cuelgan en algunos rincones y ya hay esbozos de agujeros en otros. Un foco manchado pende de un cable. Un hilo de luz amarillento, inestable, cae sobre un afiche de Le nozze di Figaro. Personaje de la ópera de Mozart que luego mutó en El barbero de Sevilla. Más allá otro afiche. También viejo y polvoriento: El lago de los cisnes.

—Ésta es mi mamá.

Diana apura su dedo índice sobre una de las cuatro bailarinas que un fotógrafo tomó desde las alturas. Las cuatro tienen idénticos tocados. Cuerpos casi iguales. Todo blanco, todo cisne. Y esas luces cálidas que todo lo amalgaman y dan un aire de ensoñación. Su mamá es la noreste. Cuadrante arriba, a la derecha. Diana mira con media sonrisa y detiene por un momento su paso de guía por este teatro silencioso, semivacío, semiluminado.

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Otro pasillo circular comunica con distintas oficinas. Todas cerradas. Taller de pintura, coordinación de actores, coordinación de figurantes. Puerta abierta. Un hombre y una mujer están sentados en una mínima habitación forrada de afiches de ópera y de ballet, objetos, pañoletas, máscaras, muñecos. Un teléfono, un calendario. Dos sillas.

—Todavía no hemos recibido ninguna notificación ni nada. Pero nos han dicho de palabra que nos tenemos que ir.

—¿Adónde?

—No sabemos querida, nos tienen que notificar. Pero ya nos dijeron que embalemos todo.

—Todo.

La mujer es Alicia Fuentes. Trabaja en esta oficina desde 1978. El hombre, Luis Tocallini, entró un año antes. Son quienes reciben a los postulantes que quieren figurar en las óperas. Actores, bailarines, cantantes que están empezando y quieren hacer carrera. Hasta ellos llegan también padres con sus hijos, soñándoles futuros de protagónicos. Hasta aquí llegó una nena de cinco años a figurar en un ballet y con los años se convirtió en Paloma Herrera, bailarina que se formó aquí y luego se fue. Y hoy es estrella del American Ballet Theatre.

—Por ejemplo, para Aida, ¿cuántos se necesitan?

—Un Aida tiene 200 figurantes, sí querida, tranquilamente… hay una marcha que pasa, de mucha gente.

—Mucha.

Siguen, puerta abierta, sentados en sus puestos de trabajo, sin trabajo. Rumiando recuerdos, esperando nuevos tiempos de bonanza.

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Diana está en su dependencia del cuarto piso. Paredes altas y lúgubres, sin ventilación. Amontonamiento de libros, discos, polvo, papeles, trajes. Un salón más largo que ancho forrado de estantes de piso a pared y una góndola en el medio que todo lo divide por dos. Entre el caos hay recortes periodísticos desde 1928 hasta 2002. Encuadernados suman varios metros de lomos azules. También hay contratos de artistas. Está el de Maria Callas, de 1949.

—Uno puede criticar el modelo de teatro que nació para una elite. Pero, si pensamos, no era de los elitistas que hacían Puccini. El teatro estaba haciendo obras de contemporáneos. Acá vino a dirigir Ottorino Respighi sus obras, como también Igor Stravinsky. El problema hoy es que no sabemos qué modelo de teatro queremos. Sólo “hay que modernizar”.

A pesar de que pasaron algunos meses desde la última vez que hablamos, ella sigue pensando en voz alta. Dos asistentes la ayudan a inventariar.

—Me duele mucho el momento por el que está pasando el Teatro. Creo que el que era murió. Yo quería hacer una biblioteca multimedia, con un plasma donde hubiera un espacio de visualización, conferencias. Me voy a jubilar siendo una transportadora de colecciones a mano.

—¿Cuál fue su día más feliz aquí?

—Yo no soy de admirar mucho a nadie. No soy fan de nadie. Será que me crié acá adentro conviviendo con superartistas a los que les conocí su parte humana. Su parte de gente común con hijos, con problemas, como los de cualquiera. Nureyev, por ejemplo. Impuso la admiración por el bailarín hombre. ¡Tenía un magnetismo! Uno de los días más lindos fue cuando lo vi ahí entre bambalinas gritando en ruso. EseCascanueces salió perfecto. Tenía 14 años, estaba sentada en la escalera, mirándolo. Yo creo que he sido… soy feliz acá. Yo realmente soy feliz acá. El Teatro Colón me dio una visión del mundo, porque es un mundo en sí mismo. Con todas sus miserias, con el divo que se la cree, con el mayordomo que apaga la luz cuando todos se fueron. Pero lo que siempre me pareció mágico es que, justamente, toda esa gente que tenía una vida común se abría el telón y hacía magia. Había una historia, otra vida, eran otros por un rato. Por eso me duele tanto.