Posts etiquetados ‘Bolivia’

Primero encontraron las piernas.

El último viernes de febrero de 2016, una mañana despejada, Deisy, una de las seguidoras de la Almita Desconocida, dice en el cementerio que primero aparecieron las extremidades inferiores dentro de una bolsa negra y luego el resto del cuerpo “en otra igualita”. El 9 de agosto de 2002, el día que la descubrieron en un bajío lleno de matorrales, en inmediaciones de la terminal de autobuses de Yacuiba —una ciudad calurosa del sur de Bolivia, con unos 90,000 habitantes, que comparte frontera con Argentina—, las calles se llenaron de vecinos asustados. Habían matado a una niña. La habían carneado como si se tratara de una vaca. Y se habían encargado de que la encontraran con facilidad. El crimen tenía la marca del narcotráfico: era un mensaje, una advertencia, una amenaza. La víctima podía haber sido cualquiera: el abogado, el farmacéutico, la oficinista, la vendedora de globos, la salchipapera. Pero fue una niña, y una niña despedazada no se olvida. El abogado, el farmaceútico, la vendedora de globos, la oficinista o la salchipapera se habrían convertido en noticia caduca al día siguiente. Pero fue una niña. Una niña cuya identidad nunca se supo a ciencia cierta y a la que hoy, en Yacuiba, se le rinde culto: el culto a la Almita Desconocida.

“La Almita es milagrosa, mucho, pero a veces te da y a veces te quita”, recitaba un borrachito llamado Jorge unos minutos antes de que Deisy se acomodara en una de las bancas del cementerio. Jorge había salido de un agujero poco profundo. Repitió dos o tres veces su apellido, pero no llegué a entenderlo porque masticaba hoja de coca mientras hablaba, porque apenas movía la mandíbula cada vez que trataba de armar una frase. Llevaba polera de un equipo de futbol, un short con manchas de tierra y unos zapatos que parecían fuera de contexto, que estaban demasiado limpios. Me dijo que trabajaba como sepulturero. Insistió en llevarme ante la tumba de la Almita y, una vez allí, tomó una de las botellitas con alcohol puro que algunos le ofrendan, echó el alcohol en una botella con agua y se perdió en una de las hileras con nichos.

La tumba de la Almita Desconocida es mucho más que una tumba: es un pedazo de cemento con la forma de un ataúd, dentro de un tinglado con el techo cubierto con láminas de calamina. Está pegada a uno de los muros del cementerio Divina Paz de Yacuiba y hasta allí van quienes consideran que la víctima de un asesinato a sangre fría es capaz de atraer la buena suerte y brindar protección a sus familiares.

Tras encender un manojo de velas blancas, prender en su honor tres cigarrillos y fumarse uno de ellos, Deisy dice que preferiría que no mencionarámos su apellido. El anonimato aquí es como un santo y seña. Quizás porque se rumorea que algunos de los devotos más antiguos de la Almita Desconocida son narcotraficantes, sicarios y contrabandistas. Aunque es difícil rastrear su inicio, el rumor pudo haber comenzado cuando una vendedora de refrescos que conversó sobre este tema en 2012 con un reportero argentino del periódico Clarín sostuvo que no es ningún secreto la presencia de esas personas en el cementerio, que vienen para solicitar protección, sobre todo los lunes, cuando el sol se esconde.

Deisy se marcha resguardada por una sombrilla y Jorge vuelve a salir de su hoyo y se acerca haciendo gestos extraños, como si fuera un títere en manos de un inexperto.

—Estoy cavando, pero aún no se quién es el muerto —dice, y muestra unas encías verdiamarillas cuando se ríe—. El muerto no está muerto todavía. El muerto soy yo.

Son las nueve y media de la mañana y frente a la Almita hay ya dos macetas nuevas, ocho cigarrillos soltando humo y cuatro personas que rezan.

La Almita podría haber sido la hija de cualquiera de ellas

***

Enterraron sus restos sin identificarla.

En el hotel París de Yacuiba, sentado a una mesa redonda, tras pedir “café para todos” a uno de los empleados, junto a una radio en la que suele escuchar las últimas noticias, Francisco Reynoso, el dueño del alojamiento, dice que la Almita, “al parecer, era muy jovencita”, que la mataron con saña, que nunca apareció su cabeza.

—Sus restos los metieron en un ataúd y los llevaron desde la morgue hasta el cementerio. Los enterraron sin identificar: sin nombre ni apellidos. Eso nos conmovió a todos. Y comenzó a llegar gente a ponerle velas y flores.

Francisco Reynoso, más conocido como Pancho, tiene 67 años, las cejas pobladas, una prominente calva y voz aguardentosa y grave. Viste una camisa de manga corta con cuadros y los primeros botones abiertos, guarda una llave de hotel en su bolsillo izquierdo y dice que Yacuiba ha cambiado, pero que a pesar de lo que le pasó a la Almita no podría decirse que sea una ciudad violenta, que crímenes no hay demasiados. Según Reynoso, en 1968 Yacuiba tenía 14,000 habitantes y la mayoría subsistía gracias a las labores agrícolas. Por aquel entonces, las calles eran de tierra. Un hombre que manejaba una máquina para hacer hielo proveía de energía eléctrica a algunas viviendas hasta las once de la noche; a partir de esa hora “había que arreglárselas con lámparas a querosén y mecheros”. En 1976 había ya 25,000 habitantes, y empezaron a llegar migrantes de otras ciudades: de Oruro, Santa Cruz, Sucre, La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija.

—El pueblo progresó y el progreso, como ocurre siempre, trajo bienestar y perjuicio —dice el dueño del hotel París.

En 1991 fue el despegue definitivo.

—Entró mucha plata de los argentinos. Se construyeron centros comerciales y se crearon fuentes de trabajo de la mano de las petroleras.

Y en 2002 asesinaron a la Almita Desconocida.

Por aquel entonces, ya se sentían los efectos de la presencia de grupos ligados al narcotráfico: en 2001, hubo un promedio de más de 12 homicidios por cada 100,000 habitantes; el promedio subió a 13.6 en 2004; en 2011, la zozobra se instaló en algunos barrios de la periferia, los intentos de homicidio se multiplicaron y la ciudad apacible que relata Francisco Reynoso parecía no serlo tanto. Y ese mismo año el periódico El Tribuno de Salta, la provincia argentina al otro lado de la frontera, catalogó a Yacuiba como uno de los lugares más peligrosos de Bolivia. A pesar de la mala prensa, cuando se camina por sus avenidas no se siente ninguna sensación de riesgo. Las construcciones son bajas, de una o dos alturas. Sus calles más emblemáticas están protegidas por arcos que regalan un poco de sombra. Y los vecinos todavía se saludan cuando coinciden en la puerta de un banco o en el mercado. El problema, según Reynoso, siempre ha sido la frontera. Los casi 40 kilómetros que hay de frontera alrededor de Yacuiba son una mera formalidad: una línea imaginaria traspasada a diario por los contrabandistas, además de la puerta de entrada de la mayor parte de la cocaína que circula por Argentina.

Aquí, en Yacuiba, hay quienes piensan que entre los narcos locales algunos se encomiendan a la Almita Desconocida antes de transportar un alijo importante. Pero a pesar de su fama, y trece años después del asesinato que la hizo protagonista de una devoción, su historia es aún una gran incógnita.

Algunos dicen que tenía 12 años; otros, que 13, 14, 15 o 16. Se cree que era una “mula”, una “tragona” que había atiborrado su estómago de cápsulas rellenas con cocaína. Algunos sostienen que fue víctima de un ajuste de cuentas, que la cortaron por venganza con una motosierra. Otros, que la interceptaron los sicarios de un grupo rival para hacerse con la droga que llevaba en los intestinos. Y no faltan los que aseguran que su cuerpo fue cercenado por un psicópata transfronterizo.

Hasta el momento, lo único cierto es que la encontraron muy cerca de las vías del ferrocarril y de la terminal de autobuses, dentro de bolsas de nailon, cortada en partes —primero encontraron las partes del tronco hacia abajo y, después, las partes del tronco hacia arriba—. Hasta el momento, lo único cierto y comprobable es que su tumba está repleta de plaquetas de agradecimiento.

***

Almita Desconocida
No sé ni quién fuiste
ni quién eres, ni cómo
te fuiste de este mundo.
Pero gracias de todo corazón
por los deseos concedidos

 ***

La placa tiene una fecha: 17 de enero; una firma compartida: Edu y Panchis; y un año a medio grabar que parece ser 2008. A su lado, hay decenas de inscripciones similares:

“Gracias, Almita Desconocida, por los milagros recibidos y por recibir”, “Gracias por los milagros concedidos y por concebir”, “Acudí a ti en un momento difícil, me recibiste y me ayudaste. Gracias te doy de corazón”. Algunos mensajes parecen cifrados: “Gracias por los favores obtenidos y por otros que vendrán. M + M = Y. Yacuiba, noviembre de 2012”. Algunas plaquetas tienen forma de Biblia y otras están adornadas con vírgenes, rosas o espigas. En mitad de todas hay un reloj de pared que siempre marca la misma hora: las seis y media. También hay un tacho metálico para la basura, varias bancas de piedra y un par de jarras de cerámica que fueron donadas por los Oropeza, una familia de emprendedores que cree que la Almita es responsable de la buena marcha de su restaurante. Cada jarra está repleta de hojas de papel, dobladas: hojas de color blanco, hojas cuadriculadas, hojas con el borde semirraído. Y cada una de las hojas suma un pedido relacionado con la salud, el amor, la venganza, la desesperación o el dinero.

—Aquí vienen hasta colegiales con sus libretas de notas para no repetir curso —dice Juan Casazola, el empleado más antiguo del cementerio, un tipo canoso de 70 años con algo de barba, un lunar en cada moflete y abundante cabello, un hombre con dolencias varias, que sueña con una jubilación que no llega porque alguien se confundió al poner su fecha de nacimiento en el carnet de identidad, que mata el tiempo esperando muertos.

Aquí Casazola hace de todo: vigila, es panteonero, orienta a los vivos y organiza entierros, y de vez en cuando hace memoria para contradecir a los que aseguran que la Almita era un pedazo de carne sin cabeza, un personaje siniestro, como de novela negra.

—Sus restos habían sido mordidos por los perros y ya no había intestinos, eso sí, pero la cabeza estaba, claro que estaba, aunque en mal estado —recuerda Casazola.

Luego me dice que el entierro fue a principios de agosto de 2002 y que tuvo dos actos. Primero, él mismo sepultó el contenido de una de las bolsas: las piernas. Aquel día —según él—, una señora que decía que la Almita era su hija desaparecida se preocupó de los detalles del cortejo fúnebre —sin saber que semanas más tarde su hija aparecería viva—. El periódico El Deber de Santa Cruz de la Sierra dio cuenta además de una escena surrealista, protagonizada por padres cariacontecidos que iban en procesión al cementerio con zapatos en la mano para ver si el tamaño de los pies de la joven asesinada coincidía con el de los pies de sus hijas perdidas. Y media semana después del primer hallazgo apareció la segunda bolsa con la otra mitad del cuerpo. Casazola desenterró el cadáver y se esmeró por armar bien todas las piezas, como si fuera un niño ansioso por resolver correctamente un rompecabezas.

Entre los devotos de la Almita Desconocida hay comerciantes, licenciados, empresarios y desempleados. Algunos de ellos vienen con muletas o en silla de ruedas. Y también hay vagabundos y ladronzuelos. Casazola dice que algunos se roban las placas, los cigarrillos, las botellitas de alcohol y hasta el agua de los floreros. Después, me muestra las cadenas que protegen algunos de los adornos.
Y luego se ofende cuando le recuerdo que algunos le dicen pichicatera (drogadicta).

—Eso es mentira. A ella la mataron de muy mala manera. Pero, por Dios, era una niña. ¿Qué mal podía haber hecho? Que Dios castigue a los que se burlan de ella. Nosotros no sabemos lo que le pasó. No deberíamos ser ni juez ni parte.

***

Yo no puedo negarle a nadie una misa.

A pocas cuadras de la plaza principal, en la parroquia de San Pedro de Yacuiba, en una habitación situada tras un mostrador muy similar a los de las oficinas de correos, el padre Victorio da Silva —50 años, cuerpo macizo como el de un pívot de baloncesto— dice con voz de tenor que él únicamente rechaza misas en honor a la Santa Muerte, que no puede negarle misa a nadie más, ni siquiera a la Almita.

—Aquí casi todos los días viene alguien a hacer anotar misa por ella. Cuando llegué a Yacuiba, pensaba que la gente era muy misericordiosa y quería pedir por todas las almitas que fueron sepultadas sin que nadie las reconociera. Pero luego me contaron la historia del cementerio y me di cuenta de que esas misas por La Desconocida eran para esa jovencita que asesinaron años atrás, para una sola almita. Acá nosotros no tenemos prejuicios. Estamos hablando de una difunta muy querida por muchos. Y mientras no me pidan un altar para ella en la iglesia no me hago problema.

El cura ríe y señala hacia un turril enorme con agua bendita.

—Los que vienen a la parroquia también se llevan mucha agüita de ésta. Acá la fe se mezcla con el paganismo y eso provoca devociones extrañas.

En Bolivia, los altares semiclandestinos están a la orden del día, y las creencias, a menudo, están salpicadas de cierto exotismo. En Vallegrande, las “Viudas del Che” le suelen hablar a la fotografía del revolucionario para que las cuide y las acompañe. En el reducto cocalero donde se hizo fuerte Evo Morales antes de ser presidente, un curandero que leía cartas y vestía de forma impecable cuando estaba vivo ahora es conocido popularmente como San Jailón —término utilizado para definir a un sector adinerado de la población que presume de su condición económica—, y es venerado, sobre todo, por gente con vínculos con el narcotráfico. En el cementerio General de Tarija, los “favores” son concedidos por dos asaltantes que fueron ajusticiados en 1978. Y en una habitación de La Paz forrada con papel de periódico hay más de una docena de calaveritas “milagrosas” que tienen tantos “clientes” como una buena carnicería.

—La mentalidad mágica y supersticiosa es apabullante —dice Da Silva—. Y es casi imposible luchar contra eso.

***

Que levante la mano el que no sea narcotraficante.

En la parroquia San José de Pocitos, situada en una plaza muy cerca de la frontera, otro cura, Anselmo Alfaro —30 años, ojos marrones, facciones andinas—, habla del carácter de uno de los sacerdotes que le precedieron:

—Fue hace tiempo. Cuentan que un día que estaba muy cansado por tantas cosas malas que ocurrían se paró en la prédica y les dijo a los feligreses algunas barbaridades: “A ver, que levante la mano el que no sea narcotraficante. Aquí está oliendo a azufre…”

Anselmo Alfaro dice que no sabe si levantaron la mano muchos. Tampoco sabe con exactitud lo que pasaba antes en barrios como Pocitos. Y reconoce que hace tres años —cuando se instaló en la zona— tenía miedo.

—Por las cosas que había leído. Por lo que había escuchado. Asaltos, narcotráfico, ajustes de cuentas. Pero luego conocí a la gente y vi que no era para tanto. Claro, uno escucha comentarios, sí. Y a veces, por la falta de empleo, algunas personas caen en lo ilícito.

Cuando le pregunto si entre los devotos de la Almita Desconocida hay “narcos” y contrabandistas, duda:

—Por lo que yo sé, los seguidores de la Almita piden por su negocios y por sus familias, por esas cosas. La mayoría acá es gente muy sana. Es lo que podría decirte.

La realidad, en ocasiones, lo contradice: “Mata a su madre con 18 puñaladas” (El Deber, septiembre de 2015), “Asesinan a un joven en pleno día con seis balas” (Correo del Sur, febrero de 2015), “Hija contrata a dos sicarios para matar a su padre” (El País, octubre de 2014), “Planificaron un triple homicidio para quedarse con un cargamento de droga (La Nación, marzo de 2013), “Acribillaron de 18 balazos a un joven” (El Tribuno, enero de 2013), “Prenden fuego a un periodista boliviano” (Diario Correo, octubre de 2012), “Yacuiba, tierra de nadie” (Diario Andaluz, septiembre de 2012), dicen los titulares, todos en relación a esta ciudad que, por periodos, es como un dragón que duerme.

***

El día de su aniversario le llevan mariachis y tortas.

La farmacéutica Ana María Andrade tiene 59 años y no es de Yacuiba, pero ya lleva más de 20 años viviendo en el barrio de Pocitos, donde la conocen como doña Victoria.

—Me dicen Victoria por mi madre. Así se llamaba ella.

Son las doce menos diez de una mañana soleada. Ana María tiene la pinta de una empleada antigua de un ministerio —lentes elegantes, blusa floreada— y lleva varios minutos suspirando y poniendo inyecciones en la trastienda de su farmacia.

—En esta época hay mucho enfermo por culpa de los mosquitos. Pero hoy todos han llorado con los inyectables —se queja.

Ana María habla con una voz quebradiza (como si te contara un secreto) y cree fervientemente en los “poderes” de la Almita. Se escapa a su tumba cada vez que puede y, pese a que está rodeada de medicamentos, suele pedirle por su salud y la de los suyos.

—Si vas con fe, todo te cumple —asegura—. Ella fue una mártir y es muy milagrosa. El 9 de agosto es su aniversario. Ese día su tumba se llena de gente y le llevan trago, tortas grandes y pequeñas y hasta mariachis para dedicarle una serenata.

Según Ana María, en Pocitos hay decenas de seguidores de “la descuartizada”.

Y, también, atracos.

—Yo me suelo recoger temprano, digamos que a las ocho o nueve, porque a partir de la una o dos de la madrugada es mejor no estar en la calle. Hay que cuidarse. Aquí es mejor no ver ni escuchar nada.

Aquí es mejor decir, aunque te pregunten, que no has visto ni escuchado nada.

***

Tenía la pintura de uñas intacta.

El mercado central de Pocitos se instala todos los sábados en una vía ancha que de lunes a viernes amanece repleta de camiones que quieren cruzar a la Argentina y es una sucesión de toldos y plásticos transparentes o verdiazulados; una seguidilla de carteles y precios; un bazar lleno de objetos —frazadas, dvd, poleras, carteras, cafeteras, sandalias, juguetes—; y una sucesión de comercios con rejas metálicas. Al final del mercadillo hay un puente y un río estrecho de aguas marrones; al frente del puente, una aduana y la población argentina más cercana: Salvador Mazza. Donde empiezan los primeros puestos de venta, dentro de una galería comercial, Mery Chavarría, una mujer de mediana edad que vende disfraces, máscaras y objetos de cotillón, dice que, cuando la encontraron, la Almita tenía la pintura de uñas intacta. Que eso significa que no llevaba muchas horas muerta. Por la noche, Franco Centellas, un periodista de 40 años que trabajó durante una temporada como taxista, repite una de las versiones más difundidas de la historia: “La mataron por un asunto de drogas”. Él está convencido de que los que empezaron a rendirle culto eran delincuentes. Y dice que por los caminos que atraviesan la frontera pasa de todo, hasta pasta base. Según Centellas, el último caso sonado fue el de las narcocisternas, involucró a varios vehículos de la empresa boliviana Creta SRL en 2015 y acabó con la detención de José Luis Sejas, su dueño, por tráfico de cocaína.

Cuando trabajaba como taxista, Centellas llevaba a veces a sus clientes hasta el cementerio, hasta la tumba de La Desconocida.

—Uno de ellos era el dueño de un restaurante. Otros no sé a qué se dedicaban.

Por aquel entonces, otra visita asidua de cierto tipo de clientela era a una suerte de brujo que se encargaba de que los gendarmes no detectaran la droga en la frontera.

—Y decían que les funcionaba, oye.

Durante la temporada seca, la cocaína suele pasar a Argentina en avionetas. Y durante la de lluvia, el narco recurre al tráfico hormiga: introduce la droga a través de caminos secundarios que nadie vigila, echando mano de jóvenes que viven en los barrios próximos a la frontera.

***

La mataron por un ajuste de cuentas.

Después de lamentar los estragos de un vendaval que hizo caer más de 200 árboles hace algunos días, un taxista con polera azul sin mangas, los brazos gordos y mirada esquiva, dice mientras conduce hacia el centro de Yacuiba que es cierto que a la Almita la mataron por un ajuste de cuentas, que él andaba entonces metido en cosas de ésas y que conoce. Después me pregunta a qué me dedico. Cuando le digo que soy periodista, me mira desconfiado, y no vuelve a mencionar nada acerca de la Almita en todo el trayecto.

***

Antes de descuartizarla, la torturaron.

En un condominio de Yacuiba situado en una calle donde antes había una morgue, en un despacho prolijo, el columnista Esteban Farfán, un polémico personaje de nariz ancha y 40 años que no se calla nada, dice que a la Almita, antes de descuartizarla, la torturaron, que lo suyo fue seguramente por algún pleito entre bandas.

—Así eran los crímenes aquí hasta hace algún tiempo, como en México.

Según Farfán, la violencia se nota más en determinados círculos, en las zonas rojas, en lugares como Pocitos, África o Barrio Nuevo en Yacuiba, o el Sector 5 en Salvador Mazza, en la Argentina. Y casi siempre tiene que ver con el narcotráfico.

—A un muchacho de unos 27 o 28 años que comenzó vendiendo sándwiches en una esquina, que se hizo millonario enseguida, que tenía una cancha de futbol muy linda y muy bien iluminada, lo asesinaron muy cerca de la plaza principal de la ciudad con un arma automática. Y pasó algo parecido con una señora que también apostó por la plata fácil. A ella la balearon mientras lavaba su camioneta —cuenta con el tono sosegado de un profesor, como si estuviera habituado a reconstruir escenas como éstas en su cabeza.

Él se apellidaba Soliz. Ella se llamaba Felicidad.

—Pero hace mucho que no sabemos de ajustes de cuentas —añade.

En otra época, Yacuiba vivía en permanente duelo. A finales de agosto de 2010, el periodista César Esteves le dijo al diario Los Tiempos de Cochabamba que los muertos por ajustes de cuentas a menudo permanecían en el anonimato, e insinuó que a los medios sólo se filtraban los casos sonados. Por aquel entonces, Esteves, que se hacía cargo del área de seguridad del periódico local El Chaqueño, también recordaba que, en ocasiones, las fotografías de los baleados eran tan crudas que prefería no publicarlas.

***

Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…

Junto a la tumba de la Almita Desconocida, sobre una gran urna de cristal cerrada, hay un afiche con los datos de una joven desaparecida: “Dayanna Algarañaz Hurtado. Desaparecida desde el sábado 20/06/2015. Piel canela. Edad: 20 años. Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…” El anuncio viene acompañado de dos fotografías de medio cuerpo, a color, y de un par de números de celular de miembros de su familia.

Por teléfono su padre dice que desapareció en la ciudad de Santa Cruz. Que aún no tienen pistas sobre su paradero. Que imprimeron 20,000 volantes para intensificar la búsqueda. Que un amigo les aconsejó colocar uno acá para que la Almita les colabore.

***

A mí me concede todo lo que le pido.

El cementerio Divina Paz de Yacuiba es más conocido como San Gerónimo por los vecinos. Tiene un muro alto para evitar los robos nocturnos, un vigilante con sueldo de la Alcaldía y un horario estricto de atención al público: de ocho a doce en la mañana y de tres a siete por la tarde. Pero no siempre fue un fortín apacible rodeado de árboles. Cuando lo fundaron su perímetro era resguardado únicamente por alambre que no resguardaba nada. En cuanto la Almita ganó adeptos, la peregrinación de borrachos se hizo constante, y muchos de ellos se quedaban junto a su tumba hasta la madrugada. Poco a poco, los nichos le fueron ganando terreno a los espacios vacíos. Se construyó el muro y, así, el cementerio se volvió más seguro. La tumba de La Desconocida empezó a recibir gente todos los días y algunos devotos se organizaron para rendirle tributo los lunes: día de las ánimas según el cristianismo.

Son las tres y diez de la tarde del primer lunes de marzo y un hombre con un ramo de flores en cada mano se inquieta y comienza a lanzar exabruptos sin destinatario fijo:

—Viene uno a las tres y esto aún está cerrado. ¡Váyanse a la mierda! —grita.

Veinte minutos después, la tumba de la Almita Desconocida está sitiada por sus seguidores. Una mujer echa un chorrito de alcohol puro donde la enterraron y luego se frota los brazos con el alcohol. Otra espolvorea el cemento con hoja de coca. Tres transportistas que beben vino en vasos de plástico recuerdan a un cuarto que hizo fortuna tras armar un altar en su casa con una fotografía de este rincón del cementerio. Dos mujeres con delantal se plantan frente a algunas de las plaquetas de agradecimiento y rezan, y luego una de ellas dice que la Almita castiga a los que dejan de visitarla. Una señora me explica el significado de las velas de colores: “Las rojas son para no enfermarse y las azules, para los estudios”. Un hombre mayor con un tatuaje que dice “Lalo” recuerda la historia de un tipo que sobrevivió a un accidente gracias a La Desconocida.

Erlinda Flores es enfermera, y comparte una cerveza con una amiga frente a un repositorio de velas. Lleva una blusa púrpura, zapatos morados y aretes a juego. Tiene 30 años y dice que todo el fenómeno en torno a la Almita empe-zó después de que a la señora que organi-
zó su entierro, “una vendedora de chanchos del mercado campesino que tenía muchos hijos, escalonados, como zampoñitas”, le cambiara la vida.

—Unos meses después del entierro, la señora dejó de vender en el mercado y parece que reunió un buen capital. Porque luego mandó a una hija a España. A otros, la Almita les hace ver cosas en sueños. Y yo le hablo.

Erlinda le ha contado a la Almita toda su vida: cómo fracasó con sus primeras parejas, cómo sufrió cuando quedó embarazada en la adolescencia, lo sola que se sentía cada vez que sus planes no funcionaban. Le ha pedido castigo para los hombres que la abandonaron y protección para sus cuatro hijos.
Y trata de venir cada lunes para que no se enfade.

—A mí me concede todo lo que le pido —dice—. Cuando vivía de alquiler sufría porque los caseros llamaban la atención a mis niños y ahora ya tenemos un espacio propio y no tengo que aguantar a nadie. Mi nueva pareja es un amor de gente. Y a mi hija, cuando tenía ocho años la Almita le salvó la vida, un día que se metió una gasa por la nariz mientras estaba jugando. Tenían que operarle de emergencia muy lejos de aquí, en la ciudad de Santa Cruz, un otorrino, y de repente apareció un amigo con su auto, de la nada, y me la llevó hasta el hospital a cambio de la gasolina. Luego, yo perdí mi trabajo y la Almita me consiguió otrito. Siempre ha sido buena conmigo.

En 2008, en Salvador Mazza —la ciudad argentina al otro lado de la frontera— apareció un cadáver con una historia muy similar al de La Desconocida. La muerta tenía 16 años y también la abandonaron cerca de un vía férrea. La habían violado, torturado, le habían extraído las vísceras, la habían cortado en pedazos y habían arrojado sus despojos a un pozo ciego. Gracias a la ropa —una pollera de jean azul y una musculosa clara— y a una cicatriz que su madre reconoció en la pierna izquierda, se supo que la víctima se llamaba Fernanda Ruiz, y aunque el crimen se consideró el más cruel de la historia de la provincia, la víctima no generó devociones en el cementerio local. Quizás porque es más fácil compartir las aflicciones con un cuerpo sin nombre y sin apellidos.

En el cementerio de Yacuiba, la gente le habla a la Almita en voz muy baja, entre susurros. Los arreglos florales que le dejan cuestan menos de un dólar. La última novedad son unas estampitas en blanco y negro, con una breve oración, que diseña un devoto y que le permiten ganar un poco de plata extra en sus ratos libres.

Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

***

Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

***

La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

***

En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

Roberto fue probablemente el hombre más infeliz del mundo durante 17 horas continuas, entre la mañana del 1 y la madrugada del 2 de junio de 2013. En ese tiempo, una multitud endemoniada lo acusó de liderar el robo de un camión Nissan Cóndor, lo amarró de pies y manos, lo golpeó con mangos de picotas en la cabeza, en las costillas y en el culo, y cuando el sol ardía bajo el dominio de las tres de la tarde, su cuerpo recibió chorros de gasolina y una mano de hombre sin pena prendió el cerillo y lo transformó en una antorcha medieval y él iba de tumbo en tumbo, revolcándose como una culebra en la plaza del pueblo, rogando a ciegas a sus verdugos que le libraran de ese calor enorme que le comía como una piraña hambrienta cada pedazo de piel.

—Quiero agua, dirá varias veces después en el hospital y lo dirá a las dos de la madrugada por última vez, antes de que su cuerpo ya no robusto, con el 90% carbonizado, achicado por las llamas, emita su último suspiro.

A las seis de la tarde de ese 1 de junio, la multitud de Ivirgarzama regresó a paso lento a sus labores cotidianas, con el alma desahogada como quien sale apaciguado de la misa dominical, con la certeza de haber sancionado a mano propia y dura a un delincuente y aportado con un granito de arena en la lucha contra el crimen. A la misma hora, Roberto Ángel Antezana, de 27 años de edad, moreno, padre de un niño de siete años y cortador de árboles madereros de oficio, fue socorrido por su papá Melquiades y su mamá Isabel, que bajo los efectos de una soledad evidente y de una tristeza eterna, solo atinaron a echarle tierra a su hijo para que las últimas bocas de fuego se extingan. Después espiaron a los costados y cuando vieron que ya no había más peligro, lo cargaron al hospital en una camilla improvisada que hicieron con dos bolsas de tela que compraron en el mercado que está a media cuadra de la plaza, porque el chofer de la ambulancia municipal se negaba a socorrerlo por temor a despertar de nuevo a los llamados amos de los linchamientos.

Ivirgarzama es un pueblo que con sus cerca de 10.000 habitantes en su núcleo urbano, está anclada en la provincia Carrasco y forma parte del famoso trópico de Cochabamba, cuya imagen más visible es Chapare, la cuna política del presidente Evo Morales y el territorio fértil del circuito de la hoja de coca, esa planta milenaria que va a los cachetes de los consumidores tradicionales o siguen camino a las fosas de maceración donde se cocina la cocaína made in Bolivia.

El trópico de Cochabamba es también la tierra brava donde desde el 2005 hasta septiembre de 2013, grupos eufóricos de varios pueblos llevaron por a la hoguera a 13 hombres de entre 18 y 45 años de edad, acusados de haber robado vehículos usados o motocicletas que no cuestan más de 300 dólares. En ese polvorín, Ivirgarzama fue el epicentro donde por lo menos 20 personas más, según reportes policiales, soportaron golpes de manada o fueron asfixiados con alambres de púas como medida de presión para que canten sus pecados.

Pero estadísticas anteriores que maneja el estudio de la misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala y que no están registradas en los libros del Ministerio Público ni de la Policía nacional, elevan – o descienden – a Bolivia al pedestal número dos del ranking de ajusticiamientos por manos de civiles. Ese informe le da al país el título de subcampeón de linchamientos al haberse registrado entre 1996 y 2002, un total de 480 incidentes de ese tipo, de los que 133 terminaron en muerte en diferentes ciudades y zonas rurales de la nación.

Para el ministerio público y la Policía, para los habitantes más antiguos y para los recién llegados de Ivirgarzama, para los comerciantes de vehículos indocumentados y vendedores de chucherías, esta zona del país que se encuentra en el corazón del territorio nacional, a 350 km de Santa Cruz de la Sierra y a 800 de La Paz, es por momentos una especie de lejano oeste, un Estado dentro de un Estado, donde la justicia y la seguridad ciudadana se asumen por cuenta propia.

—Siempre fue así, dice José Luis Hervas, que llegó de Cochabamba en 1985, con sus 29 años de edad y su flamante título de médico general debajo del brazo.

Ese mismo año, ante la ausencia estatal, junto al párroco, a la directora de la escuela y al corregidor, el médico ayudó a formar un tribunal de sentencia para frenar a los ladrones de gallinas que en aquel tiempo malhumoraban a los habitantes.

La primera sentencia que dieron fue cuando un vecino denunció a otro que le había robado tres pollos. La decisión unánime del comité fue obligar al ladrón a que devuelva los animales, vivos o muertos, y someterlo a 20 chicotazos a espalda pelada, amarrado a un poste en el centro de la plaza, para que pase vergüenza, para que se sepa que en Ivirgarzama habita gente de ley.

—Supuestamente hacíamos justicia.

Eso cree ahora el médico que recuerda que la justicia ordinaria y oficial dio señales de vida allá por 1990, cuando desde La Paz llegó el primer policía no itinerante al pueblo, y siete años después, el 2002, bajó de un bus el primer fiscal permanente, más que para combatir los delitos de bagatela, para estar alerta ante los brotes de violencia anunciados por la Federación de Cocaleros, que había amenazado con bloquear la carretera asfaltada que va de Santa cruz a Cochabamba, como represalia al gobierno de Jorge Quiroga, cuyos parlamentarios aprobaron en enero la expulsión definitiva del diputado Evo Morales del congreso, bajo acusación de ser el autor intelectual de la muerte de un subteniente y de un policía en la localidad de Sacaba, a manos de campesinos.

Las cifras no han mejorado mucho. Ivirgarzama estrenó hace dos años un edificio de tres plantas donde funciona el Comando de la Policía, que está casi deshabitado porque para la población solo están destinados tres efectivos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), que se visten de civil cuando ocurren los linchamientos. Los dos fiscales que ahora existen, trabajan en una casita sin baño, sin conexión telefónica ni internet y donde está guardada una camioneta color roja del año 2000 que el Ministerio Público envió desde Cochabamba, pero que no funciona porque no tienen presupuesto para reparar el problema de motor ni para comprar gasolina.

Marcos Vidal tiene su carta de renuncia en la punta de la lengua, al cargo de fiscal, porque está cansado de destinar el 60% de sus 800 dólares de sueldo para gastos operativos de su oficina, y de cargar a nombre de la justicia boliviana el peso de impedir las matanzas y de investigar a los autores que están amparados en un código del silencio que la gente ha instaurado para protegerse de las investigaciones del Ministerio Público.

La tarde en que quemaron vivo a Roberto Ángel Antezana, el fiscal buscó ocultar su investidura con una polera negra entre las aproximadamente mil personas que enarbolaban la muerte en la plaza. Pero alguien reconoció su cuerpo de niño grande, su cabello ondulado y su voz de papagayo y de una botella de plástico le disparó combustible.

—Sentí el frío de la gasolina en mi espalda y escuché una voz que me dijo: ¡Apartate fiscal de mierda!

Dio un paso hacia atrás y ahora cree que esa reacción lo libró de la muerte. Pero aquel pasaje no es el peor tormento que habita en los recuerdos de este fiscal cruceño que, por problemas con una autoridad superior, llegó a Ivirgarzama como castigo en enero del 2013, supuestamente solo por dos meses. Marcos Vidal, a sus 47 años de vida, ya no duerme como un bebé. Sus sueños son un nido de culebras porque no puede olvidar la cara perdida de un hombre con cuerpo de pajarito que a las tres de la tarde de ese 1 de junio, encendió un fósforo y lo lanzó a otro hombre que desde las nueve de la mañana empezó a ser castigado en las entrañas de una especie de inquisición del siglo XXI.

***

Roberto no fue el único al que esa tarde quemaron vivo. Pero fue el primero. Casi inmediatamente después, sus hermanos Álvaro, Nelson y Melquiades, su sobrino Gunnar Antezana Ángel y su yerno Rubén Aguilar Cuéllar, maniatados y con la cabeza metida en bolsas de nailon, también pasaron por el patíbulo autoritario de la turba, alimentada por moto taxistas y choferes del transporte interprovincial, por campesinos y por curiosos que a voz en cuello decían que estaban en contra de los criminales que no dejan dormir en las noches calientes y húmedas del trópico de Cochabamba.

Álvaro pasó por 20 cirugías y le amputaron dos dedos de la mano derecha y la mano izquierda está convertida en un puñete que no puede soltar. El fuego le deformó la piel de sus brazos y el diagnóstico médico dice que sufrió quemaduras de primer, segundo y de tercer grado. Por eso estuvo cinco meses en cama y los representantes del Ministerio Público acudían a una clínica de Cochabamba no para investigar sobre lo que le hicieron, sino para tomarle declaraciones dentro del proceso por el supuesto robo del camión Nissan Cóndor instaurado a los linchados.

La cara redonda y plana de Álvaro delata a un hombre que aparenta más de los 32 años que tiene, porque a partir de aquella tragedia – él mismo lo dice – los años se le vaciaron encima de la noche a la mañana. Desde su casa paterna de Bulo Bulo, donde está ahora, a orillas del río Ichilo y a 50 kilómetros del lugar aquel que bautizó como la cuna de sus peores dramas, este sobreviviente deshilvana su reciente pasado:

Todos los que fuimos linchados aquel día, menos Roberto, salimos de aquí a las 5:00 a sacar simbao – peces que sirven de carnada para pescar – de los atajados de Puerto Gretter. Fuimos en la camioneta de mi papá, en la Hilux plateada que compró en 11.000 dólares.A las 6:00 ya estábamos de retorno, chupando mandarinas y planificando la jornada de pesca. Viajábamos despacio y relajados, pero dos hombres vestidos de uniforme policial se bajaron de una vagoneta y nos hicieron parar.

No nos asustamos porque sabemos que ésta es una zona roja donde opera el narcotráfico y se esconden los ladrones de vehículos, y que de vez en cuando llegan desde Santa Cruz policías para realizar operativos. Como no teníamos nada que temer, les hicimos caso. Pero sentí una mala espina, llamé a mi casa y no me acuerdo quién contestó. Solo dije que nos habían detenido unos uniformados. Cuando los cinco ya estábamos fuera de nuestro vehículo, salieron del monte por lo menos 20 personas con palos y piedras y los supuestos policías desaparecieron o quizá se cambiaron de ropa. Eso fue a 20 km de Bulo Bulo. Nos acusaron de haber robado un camión y después hicieron lo que quisieron, nos colocaron bolsas en la cabeza, nos inmovilizaron con nudos ciegos en las manos y en los pies y nos tiraron como a chancho a la carrocería de nuestro propio vehículo. Uno de ellos le quitó la llave a mi hermano Melquiades y nos llevaron hasta un cruce de camino que está a 5 km de aquí. Ahí fue que escuché la voz de mi papá.

Don Melquiades Ángel Roca es de estatura pequeña, tiene bigotes despoblados y una cara que confirma que la desgracia tocó la puerta de su vida a los 60 años de edad, cuando pensaba que la tranquilidad le vendría como un regalo que siempre mereció, después de criar a sus 12 hijos con el esfuerzo de hombre de campo, cultivando esas 40 hectáreas que compró en las mejores épocas de su existencia.

Nació en Todos Santos, un rancherío metido en alguna esquina de Villa Tunari, dentro de la provincia Chapare. Ahora está sentado junto a su hijo Álvaro y a su esposa Isabel, amparados por una cabaña que es la antesala de su dormitorio y donde hasta el 30 de junio del 2013, un día antes de los sucesos, junto a su mujer dirigía un restaurante de comida típica. La rocola, ese gramófono que funciona con monedas expulsando canciones a la carta, era la alegría de los clientes a la hora del almuerzo.

Recibí una llamada de Álvaro, me dijo que estaban en problemas, que los habían detenido. Fui con mi esposa y con mi hijo Roberto a buscarlos y los encontramos tirados en la carrocería, como si fueran animalitos. Dos hombres dispararon al aire con sus escopetas y lo rodearon a Roberto, lo ataron y lo alzaron donde estaban los cinco. Lo acusaron de ser el hombre orquesta de una banda que se dedica a robar vehículos. Les insistí en que si eso era verdad por qué no acuden a la Policía. Me contestaron que no creen en la justicia. Me desesperé y les dije que si eran machitos que se agarren a puño uno a uno conmigo. Para ese momento, que era cerca de las 9:00, ellos ya pasaban de 80 porque había llegado en un bus más gente alterada. Mi mujer se desplomó de dolor y tuvo que volver a la casa para reponerse. Luego se los llevaron a Ivirgarzama y yo los seguí de lejitos, en un auto que en Bulo Bulo había contratado por horas.

En la camioneta, para ponerlo a la par con los otros, a Roberto lo agarraron a patadas con modales de barbarie. Eso cuenta Álvaro, que tiene recuerdos intermitentes:

En el vehículo perdía y recordaba el conocimiento. Lo volví a recuperar cuando me estaban azotando y después me enteré que todo había ocurrido en la plaza, al frente de la Alcaldía y a un costado de la iglesia. La gasolina que me echaban encima me sacaba y me devolvía a la vida. Porque cuando me perdía su olor fuerte me despertaba pero después me mareaba y me volvía a dormir. Intuí que me prendieron fuego, me revolqué en el piso para intentar apagarme. No sentía dolor, estaba adormecido de tanto palo. Nunca pude ver el fuego pero sabía que me estaba quemando. No me acuerdo si grité.

Gritó como bala un cordero que va camino al matadero.

Eso lo asegura su papá, que estaba prisionero en la carrocería de un camión estacionado a metros de los condenados. Ahí lo subieron por la fuerza. Desde ese lugar estiraba el cuello para ver el circo romano instalado en el centro del pueblo, donde el público febril esa tarde acosaba a seis gladiadores atormentados.

Desde esa carrocería de camión, vi a un hombre que estaba con la cara reventada. Le pregunté a Jeison, mi hijo de 17 años que me acompañaba, quién era ese pobre tipo. El muchacho no me respondió, solo se puso a llorar y yo entendí que se trataba de Roberto. Tan mal estaba el pobre que no lo reconocí.

Desde ahí vio gritar a Roberto y a Álvaro, a Nelson y Melquiades, a Gunnar y a Rubén. Todos jóvenes de entre 18 y 32 años de edad.

Escuché decir a la gente que Álvaro ya estaba muerto y le cortaron las pitas de las manos y de los pies porque el fuego no las había quemado. Pero de pronto despertó y se arrastró a una banqueta de la plaza. Pidió una frazada no sé si porque le hacía frío o porque estaba casi desnudo, pero una vendedora de refresco le alcanzó un vaso y mi pobre hijo se acostó como una guagua. Cuando ya estaban todos tirados y sin fuerza, con el cuerpo negro y destrozado, los que me tenían prisionero me preguntaron si quería bajarme de la carrocería. Les respondí que depende de ustedes. Y una voz hipócrita me dijo que si yo no hice nada por qué estaba ahí. Entonces brinqué, corrí a socorrer a las víctimas y en ese trajín encontré a mi mujer que gritaba como loca.

A Roberto, a Álvaro, a Nelson y a Gunnar los llevaron de a uno al hospital, cargados en la misma camilla improvisada. Pero Rubén y Melquiades, que presentaban evidencias de no estar al borde de la muerte, fueron trasladados a las celdas por dos policías que solo llegaron al escenario para eso.

Álvaro despertó en el hospital.

Ahí me di cuenta que Roberto estaba todavía vivo. Una enfermera gritó: ¡Doctor, doctor, un paciente está mal, agonizando! Antes yo lo había visto en estado consciente y vendado todo, menos su cara. Pedía agua y no le daban. Yo quería llorar y no podía. Supuse que era de madrugada. Cuando amaneció llamaron a mi mamá para decirle que uno de los gordos había muerto. Los policías me contaron después que por el fallecimiento de mi hermano se preocuparon del resto de los linchados y nos llevaron a un hospital de Cochabamba.

A la muerte de Roberto, se sumó la de Gunnar, que se fue de este mundo en enero pasado, a los 26 años de edad, a causa de un cáncer que le diagnosticaron en ese pie derecho que la tarde de furia la multitud anónima le había destrozado a patadas.

Álvaro recibió de la justicia ordinaria el beneficio de detención domiciliaria y por eso ahora está aquí con sus padres, masticando el drama de los hechos. Pero Melquiades, Nelson y Rubén continúan detenidos en la cárcel de El Abra de Cochabamba. Sus familiares vendieron dos terrenos para pagar a un abogado y Melquiades papá no ha recuperado su camioneta Hilux.

—Es como si la tierra se la hubiera tragado.

Pero la pérdida de las cosas materiales no es lo que acongoja a don Melquiades. Lo que lo llena de espanto es que incluso en pleno velorio de Roberto le llegaron amenazas de que iban a sacar el cuerpo del difunto después de que lo entierren.

Si fuera cobarde me hubiera ido de aquí, no lo hago porque estoy con Dios y porque mis hijos no son ladrones. A esa gente le hice saber que aquí estamos y que si quieren vengan a matarnos. Total, con todo lo que pasó ya estamos medio muertos.

Para defenderse, los Ángel Antezana tenían dos armas que consideraban eficientes: machetes y once perros.

Estos últimos, dice doña Isabel, morena, de 51 años, de una boca que vive con la sonrisa extraviada y de ojos enormes y nublados, los perros se portaron como verdaderos guardianes, porque a falta de policías, los animales se desgañitaban ladrando cuando sentían ruidos de hombres extraños en los alrededores de la casa.

Varias veces intentaron hacernos algo. Nos llama la atención que de los once solo queden siete. Se fueron muriendo, tal vez ellos los mataron.

***

Y ellos son todos y son nadie. La justicia ordinaria no mostró mano dura contra los autores de los linchamientos producidos en el trópico y, por el contrario, cuando la Policía detuvo a algún sospechoso, los pobladores, campesinos y colonos reaccionaron como un solo hombre, se quejaron y amenazaron al Gobierno nacional. El 3 de febrero de 2010, el magno congreso ordinario de la Federación Sindical de Comunidades Carrasco Tropical, emitió un pronunciamiento y envió una carta con el rótulo de urgente al entonces ministro de Gobierno Sacha Llorenti.

Parte de la carta dice: “No logramos entender cómo la justicia está a favor del delincuente. Ante la constante aparición de robo de motos y a domicilios, la gente se siente desprotegida, y al respecto no se hace ninguna investigación. Pero cuando aparece muerto un ladrón, rápidamente actúa la Policía. Un compañero nuestro fue detenido acusado de instigar un linchamiento y enviado a la cárcel de Sacaba de Cochabamba. Rogamos a su autoridad que se lo libere y que se deje sin efecto las investigaciones en su contra. Por otro lado, le pedimos que pueda gestionar la reestructuración de la Policía y de los administradores de justicia, con los que no nos sentimos protegidos”.

El 2 de marzo de 2010, la Federación Sindical de Mujeres Carrasco Tropical, le envió otra carta a la ministra de Justicia, Celima Torrico, en la que se le pide que libere a un afiliado que detuvieron y al que se lo involucra en el ajusticiamiento del 14 de diciembre de 2009 por parte de una multitud a los ladrones de motocicletas, y que, en caso de no ser escuchadas, amenazaron con movilizaciones, pero le aclararon que no quisieran llegar a esa extrema medida.

Los dirigentes de las instituciones que forman parte de la federación Carrasco Tropical guardan un silencio de cementerio para referirse personalmente sobre los linchamientos y desde la vereda del anonimato coinciden con el discurso del ciudadano común: “Le hemos perdido la fe a la Policía, a los jueces, a los fiscales y por eso nos vemos obligados a sancionar a los delincuentes, porque cuando los policías los mete a la cárcel, a los pocos días los liberan en nuestras narices”.

El moto taxi es el principal servicio de transporte público en Ivirgarzama y sus conductores se ganaron el apodo de ‘verdugos’, porque como tienen la facilidad de movilizarse cuando han descubierto a un supuesto ladrón, alborotan a la población y preparar la hoguera para ejecutarlo.

Si uno les pregunta, ¿qué hacen ustedes cuando descubren a un ratero de motos? Lo quemamos, contestan, siempre que la pregunta no la haga un periodista identificado. Y se justifican argumentando que lo único que hace el pueblo es aplicar la justicia comunitaria que está amparada por la nueva Constitución Política del Estado y por la Ley de Deslinde Jurisdiccional que se aprobó el año 2010.

—Pero no existe ningún artículo que mande que se aplique la pena de muerte. Los castigos de la justicia comunitaria y ancestral apuntan solo a tareas físicas, asegura el fiscal Vidal.

El jurista habla con conocimiento de causa porque a él, una vez, lo sentenciaron y castigaron los aimaras del lago Titicaca. Fue el 2005 cuando acudió a la comunidad indígena Chua, para detener, junto a un policía, a un profesor de escuela sobre el que pesaba la acusación seria de haber violado a varias estudiantes de 15 años.

—Pero usted cometió un error, le dijo el Mallku, el líder político de la comunidad que de poncho rojo, con su bastón de mando en una mano y un chicote en la otra, lo invitó a que explique por qué ha detenido al profesor sin su permiso, causando un perjuicio para los estudiantes, porque es sabido que – le enfatizó – cuesta que el Estado les envíe a un nuevo maestro a ese rincón de la patria que si se viaja en un vehículo se llega en solo tres horas de La Paz.

Lo pusieron al medio de un círculo formado por otros dirigentes. Desde las 16:00 hasta las 18:00 lo llevaron a un juicio bajo las normas de la justicia comunitaria. Lo sentenciaron a que haga 200 adobes en lo que quedaba del día. Como ya era tarde y hacía frío, le dieron una especie de indulto: que compre 10 cajas de gaseosa popular a cambio de bajar a la mitad la pena.

—Por suerte tenía dinero y había una venta en la esquina de una cuadra, cuenta ahora el fiscal con buen humor, sentado en un restaurante del centro de Ivirgarzama.

Mira de a rato su teléfono celular de 20 dólares y dice: Ya son siete las llamadas que me hicieron de un número privado desde que estoy hablando contigo. Y de eso hace cuatro horas.

Deduce que en el pueblo ya se enteraron que el fiscal está hablando con un periodista y que los telefonazos podrían ser una advertencia para que no estire la lengua, para que no hable de los misteriosos linchamientos. Pero él ha decidido no contestar las llamadas que le hagan desde un número privado, porque ya está cansado de las amenazas. Por eso, prefiere recordar cómo terminó su historia de reo a orillas del Titicaca.

Aquella tarde-noche se sacó los zapatos y se arremangó el pantalón. Le dieron baldes para que saque agua del lago, le entregaron un montículo de paja, otro de tierra y empezó a ‘trabajar’.

Cuando iba por los 20 adobes tembló de frío y los efectos de los 3.800 metros de altura sobre los que se asienta el Titicaca, era un taladro pesado que le perforaba la cabeza.

—Pero igual seguí. Se había armado una muralla de gente a mi alrededor y en coro contaban cuando iba por el adobe 98, por el 99, por el 100.

Eran las 10 de la noche cuando el Mallku lo despidió con un abrazo de amigo y le dio un mensaje que Marcos Vidal nunca olvidará: Ya sabe fiscal, siempre hay que pedir permiso a la comunidad y si el maestro es culpable de lo que se le acusa, estamos de acuerdo que pague en la cárcel. El profesor ahora tiene 36 años de edad y cumple una condena de 20 años de prisión en la cárcel de San Pedro de La Paz.

Un año antes, Marcos Vidal se estrenó en su lucha contra los linchamientos como suele ocurrirles a quienes están notoriamente marcados por el sello de la muerte. En El Alto de La Paz, esa ciudad montada sobre 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, descubrió que la muerte purga los pecados de una de las urbes más alta del mundo. El 2004 él se inició como fiscal de homicidios y su primera misión fue rescatar con vida a un paisano que había sido sorprendido robando una garrafa en un barrio de la zona de Río Seco. Cuando llegó al lugar de los hechos, a eso de las 18:30, vio que en una cancha de fulbito estaba un hombre ensangrentado y con el cuerpo mojado con gasolina, listo para que lo conviertan en un mechero humano.

Se abrió paso sin identificarse. Cuando estuvo frente al amarrado, se presentó como el doctor Vidal, representante del Ministerio Público de Bolivia, señores. Solicitó que le den permiso para trasladar al acusado a una oficina judicial para someterlo a una audiencia de medidas cautelares.

Amenazaron con sacarlo a patadas.

Los policías que lo acompañaban no se asomaron al escenario. Se quedaron a unas cuadras de la cancha, con el motor del vehículo encendido, listo para escapar por si la gente agarre su bronca contra los agentes de la ley.

—¿Quién garantiza que a este ladrón no lo soltarán después que nosotros se lo entreguemos?, recuerda el doctor Vidal que alguien de entre la masa le grito de frente.
—Yo garantizo, cuenta que respondió con aplomo.

Le tomaron la palabra, soltaron al supuesto hombre de mal hacer y agarraron al fiscal, lo ataron al arco de fulbito y le aclararon que si el juez libera al detenido, será a él a quien torturen.

Un juez de El Alto, enterado sobre la vida dura por la que atravesaba Marcos Vidal, terminó la audiencia en 30 minutos y ordenó que al ladrón de garrafas se lo traslade a San Pedro, a esa cárcel que luce sus muros de adobes centenarios a pocas cuadras del centro de la sede de Gobierno.

El fiscal no sabía que a partir de esa noche iba a evidenciar la ejecución de por lo menos 20 linchamientos, que salvará a algunos y que no podrá hacer nada por otros, que su ritmo de trabajo alocado y franciscano sería la causa para que fracase su matrimonio con la mujer con la que procreó dos hijos y que un 1 de julio de 2013, en plena plaza de Ivirgarzama, alguien de la manada de ejecutores le rociará con gasolina en la espalda y le dirá: Apartate de ahí fiscal de mierda.

***

Los acusados de ser ladrones en Ivirgarzama son odiados a muerte cuando están vivos, pero dos de ellos, cuando cruzaron el umbral del más allá, pasaron de chicos malos a ‘santos’ y ahora les ponen velas y les rezan para pedirles milagros los lunes y los viernes, cuando la creencia popular asegura que las almas vuelven de visita a la tierra para ayudar o hacer la vida imposible a los mortales.

Pero la gente les claman por una ayuda no en el templo del pueblo, sino, y aunque cueste creerlo, en la mismísima Policía. Los devotos no son solo los hombres o mujeres de civil, los uniformados también les piden que interpongan sus oficios para un montón de peticiones.

En un lugar privilegiado del Comando de la Policía de Ivirgarzama, encima de una mesita de tocador, duerme una urna de madera donde están guardados los restos óseos de dos hombres sin nombre que hace más de cinco años fueron quemados vivos y acusados de un robo que no figura en los expedientes policiales.

El suboficial Pedro Núñez Pacheco, director de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), se ríe con vergüenza evidente cuando admite que las ‘calaveritas’ están ahí, acompañando a los pocos policías que trabajan en Ivirgarzama y a las que elevan plegarias cuando se avecina un linchamiento, para que desinflen el ventarrón de la furia de la gente, para que no permitan que otros caigan en desgracia.

Son los patrones de la guarda de los sentenciados a muerte, sentencia el suboficial Núñez, el policía que llegó al trópico de Cochabamba el 2010, cuando los cráneos y otras partes del cuerpo de esos seres anónimos ya estaban en la casa policial. Como no existe nada escrito, se remite a testimonios de sus camaradas antiguos que ya no están, los que le contaron que fue a orillas del río Ichilo donde se encontraron dos cuerpos carbonizados, que luego fueron llevados al Comando para que las almas de los fallecidos hagan el milagro que la Policía pocas veces puede evitar: impedir que la gente mate a otra gente aplicando técnicas brutales conocidas como linchamientos.

Tanta fe les tienen los policías a esos restos, que fueron ellos los que pusieron cuota para comprar la urna. Cuando la noticia llegó a las casas de los vecinos, éstos se sumaron a la romería y ahora tienen la costumbre de acudir a la Policía para rezar por el alma de los esqueletos y para pedirles milagros: Una ayuda por favor para que prospere el negocio, para alejar a los rateros de la casa y para que los seres queridos siempre regresen sanos a casa.

Los que acuden en las noches no solo prenden velas, se quedan en silencio durante horas para pijchear (masticar hojas de coca) y así entablar una comunicación espiritual con esos hombres de los que no se sabe quiénes fueron, de dónde son, ni qué hacían en el trópico antes de que se les corte el hilo de la vida.

El suboficial Núñez incluso cree que algunos de los fieles podrían ser quienes participaron del linchamiento. Suele ver a algunos que se sientan a llorar como un bebé, que levantan las manos y hablan despacio, como si se estuvieran quejando de algo, como si un pecado mayor les sofocara en el pecho.

La mayoría de los linchados queda como NN porque ningún familiar o amigo llega para reclamar el cuerpo y por eso no se consigue identificarlos. El médico forense Pedro Cejas Suárez, 58 años de edad y con voz de sacerdote en estado de gracia, cree que los parientes de los difuntos no aparecen por miedo a que el pueblo los apunte o porque quizá son de otros rincones del país y desconocen en qué terminó su ser querido.

—Después de 48 horas son sepultados en fosas comunes. No hace falta cavar un pozo hondo porque el fuego achica los cuerpos. A veces nos hemos encontrado con amputaciones térmicas, donde solo quedan parte de la columna y de la cabeza.

Pedro Cejas trabaja en un consultorio que está en la segunda planta de las instalaciones de la Policía, y desde ahí ve pasar la vida y las muertes que ocurren en Ivirgarzama, el pueblo con casas de dos o de tres pisos sin revocar, con techos de calamina y con terrazas donde las mujeres tienden las ropas lavadas, con calles de tierra y con perros que saben hacerles zigzag a las motos, a las miles de motos sin placas que conforman el parque automotor.

No hay estadísticas serias que sirvan para hacer comparaciones. Ni la Policía ni el Ministerio Público manejan datos de ajusticiamientos que nunca se saben, que quedan ocultos entre los barbechos de la jungla tropical. Pero lo que se puede percibir a través de las pocas denuncias sobre el índice de delitos, entre cinco o 10 cada mes –con el robo de motos en la cima del ranking – el médico forense cree que los ajusticiamientos asustan a los delincuentes y por eso desaparecen un tiempo, hasta que se les pasa el miedo.

La última muerte a mano de vecinos fue el 7 de noviembre del año pasado. El informe forense dice que Gerardo Mérida García, de 25 años, fue encontrado colgado de un árbol de palo santo, con signos de violencia y hematomas en toda su humanidad y que la causa de su muerte fue probablemente por asfixia mecánica por estrangulamiento con soga delgada.

Desde aquel día no se presentaron denuncias oficiales de robo de motocicletas, revela el director de la Felcc, sin ningún tono de orgullo, porque sabe – lo afirma – que la lucha contra el delito se apoya más en la política del terror que en los esfuerzos de sus pocos hombres.

Los policías se sienten con las manos atadas y creen que sus vidas, si se hicieran los machitos, penderían de un hilo. El 2009, el Comando fue reducido a mero observador de una matanza. La Unidad Móvil de Patrullaje Rural (Umopar) detuvo a cuatro personas que corrían por la carretera en un vehículo tipo taxi. En el interior del motorizado encontraron armas y los metieron a la celda policial. Solo bastó una hora para que miembros de un sindicato de transportistas lleguen hasta ahí para hacer saber que esos cuatro ‘tipos’ habían intentado robar 45.000 dólares del interior de la casa de uno de sus afiliados.

La gente se alborotó y a los detenidos se los quitaron a la Policía de las manos.

La masa de hombres se entró por la parte trasera del edificio y mientras cortaban el candado de la prisión con una cierra, los presos Bladimir Herrera Tintaya (32), Edgar Alba Caero (21), Eldy Eliot Villalba Chávez (28), desesperados como cebras atacados por felinos, rompieron la ventana de la cárcel y cayeron de las brasas al sartén, directo a los brazos de sus enemigos que primero les dieron con palos y luego los colocaron encima de una llanta de camión donde estuvieron ardiendo horas hasta convertirse casi en cenizas.

El cuarto supuesto delincuente, Eufracio Carlos Alba, de 29 años, no escapó por la ventana rota y se quedó en una esquina de la celda temblando como un gatito.

—Estoy aquí como prueba de mi inocencia, cuenta el suboficial Núñez que Eufracio les dijo a sus atacantes, que después de varios azotes le perdonaron la vida.

***

Los dos primeros palazos parten el alma y los que vienen después son una anestesia para el cuerpo, un preparativo para que el zarpazo de la muerte no vuelva loco al hombre en llamas.

Álvaro Ángel Antezana no es consciente de si gritó o no cuando lo estaban quemando y entre los intervalos de ese infierno recuerda cosas que le ayudaron a seguir con vida, como el vaso de refresco que una mano de mujer le alcanzó cuando él estaba tirado en el banco de la plaza adonde llegó a rastras cuando dejaron de atacarlo.

—Esa persona se jugó la vida entre medio de tantos bárbaros.

Eso cree Álvaro y admite que le hubiera gustado que aquel ángel solidario haya ido horas después al hospital, para que cuando su hermano Roberto pida agua, lo socorra y le apague el fuego que se le quedó encendido en la garganta.

El club de la pelea

Publicado: 16 septiembre 2013 en Alex Ayala Ugarte
Etiquetas:, , ,

“Estás muerto, gringo. Van a terminar contigo a puñetazos”, me dice un niño de pocos palmos, con los ojos como virutas encendidas, un rato después de mi llegada a Macha, un pequeño pueblo ubicado en el norte de Potosí, uno de esos sitios que se mimetizan con el paisaje y pasan fácilmente desapercibidos, que ni siquiera son un punto claro en los mapas. Metros más allá, desde una empalizada, llueven un par de piedras chiquitas. Es otro aviso. Aquí ningún extraño es bienvenido, al menos para el ritual del tinku, que reúne todos los años a dos mil campesinos de las comunidades de la región en la misma fecha que otra festividad católica que rinde homenaje a la cruz de Cristo: el 4 de mayo.

Dentro de unos días, para dar inicio a los festejos, los comunarios de la zona, tras una dura peregrinación de horas en algunos casos y de casi una semana en otros, entrarán danzando al pueblo con grandes cruces sobre sus hombros, con cruces vestidas como si fueran soldados. Jesús, representado en ellas por un trozo de yeso con facciones humanas, se transformará entonces, simbólicamente, en un guerrero más, en otro campesino dispuesto a dar batalla. Con las primeras luces del alba comenzarán los combates cuerpo a cuerpo y correrá la sangre. Quizás alguien perderá una pierna, un dedo, un ojo o a un ser querido. Pero no en vano: la sangre de los púgiles se ofrendará después a la Madre Tierra para que las cosechas de los meses siguientes sean generosas.

Macha, sin embargo, todavía está vacío. La batalla será el viernes y la gente no comenzará a llegar hasta la noche antes. Hoy es martes y los silencios del pueblo, de menos de mil habitantes, son incómodos, como si se tratara de uno de esos pozos sin fondo en el que nunca alcanzas a escuchar el chapoteo de una moneda al caer al agua. “Los machechos son jodidos. Se sacan la tela peleando”, me había alertado en la población minera de Llallagua horas atrás el dueño del “Rincón del Tinku”, un local que despacha cerveza barata cuya entrada, una especie de túnel, es húmeda y estrecha. Pero en Macha aún no ha pasado nada. Y no parece que se vaya a producir la hecatombe que me habían anunciado. Los muros gruesos de adobe y las fachadas de ventanas diminutas hacen de las casas, que no suelen ser de más de dos alturas, un lugar difícil, lúgubre y estanco. El polvo se enrosca formando remolinos imposibles que se pierden después en la línea del horizonte, en pleno valle, entre tonos verdes, metálicos y grises. Las puertas permanecen cerradas: algunas con un candado y otras apenas con una cuerda. No se ve a casi nadie por la calle y el único ruido fuerte es el del viento, pero da la sensación de que decenas de ojos me estuvieran vigilando. Si los muros hablaran, creo que repetirían una y otra vez las palabras que escuché hace unos instantes: “Ya estás muerto, gringo”.

En el hotel Villalba, donde me alojo, un reloj de pared siempre da la una, como si en el pueblo el tiempo se hubiera paralizado. Si no fuera por las amenazas, una constante desde que bajé de un minibús cargado con diecinueve personas y el chofer a pesar de tener capacidad únicamente para doce o trece, pensaría que Macha podría ser perfectamente Comala y yo Pedro Páramo, ese difuso personaje de Juan Rulfo que no sabía muy bien si se hallaba en el mundo de los muertos o en el mundo de los vivos. Me invaden las dudas, pero frente al único teléfono público del pueblo, embutido en un par de botas de goma, con los ojos difuminados por la sombra de un sombrero de ala ancha y vestido de negro, un comunario cortante como una arista enseguida me recuerda donde estoy parado: “¿Sabes pelear? Si no, mejor te vas por donde has venido”, me dice.

***

Miércoles, 2 de mayo. Los campesinos esperan aún en sus aldeas. Es el momento de la primera cha’lla[1], de regar la tierra con bebidas espirituosas. Los futuros combatientes se pintan las caras y las palmas de las manos con la sangre de una llama sacrificada. Parecen una tribu de reductores de cabezas a la espera de su trofeo. Toman alcohol potable de noventa grados como si fuera agua para entrar en trance y bailan como una manada de lobos en celo. Es la hora de los preparativos: cualquiera podría morir en unos días y no pasaría absolutamente nada. Sería más bien una buena noticia para ellos.

Las comunidades que se enfrentarán el día 4 se dividen en dos bandos, según su ubicación geográfica. Por un lado están los de arriba (alaxsaya); por el otro, los de abajo (maxasaya). “Según nuestra cultura, todo es par. Nada existe en nuestro mundo sin la participación de dos elementos. No hay vida sin el macho y sin la hembra. No llueve sin una nube fría y otra caliente. Hasta nuestra sangre transporta glóbulos rojos y glóbulos blancos que se complementan. Y con el tinku ocurre prácticamente lo mismo. Tinku en castellano quiere decir ‘encuentro’, que dos parcialidades se juntan porque se necesitan para conformar un todo. Y la pelea es sólo una parte del ritual”, explica Tito Burgoa, un hombre de mediana edad y voz grave que preside una fundación que busca revitalizar la tradición y que el tinku sea declarado algún día Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Burgoa ha improvisado una conferencia de prensa en una mesa larga de madera del precario comedor del hotel donde me alojo, el único a varios kilómetros a la redonda. Y habla como un gurú emocionado: “La UNESCO dice: donde hay sangre, no hay cultura. Nosotros respondemos: donde hay sangre, hay vida. En esencia, el tinku no pretende ser una exaltación de la violencia, como dicen algunos, sino una ceremonia para acabar con las tensiones acumuladas y fortalecer la identidad de nuestro pueblo”.

Macha ha sido siempre cuna de luchadores. En el siglo XVIII, los pobladores de este territorio inhóspito encabezaron una de las más feroces insurrecciones contra los españoles después de que el caudillo indígena Tomás Katari, ejecutado en 1781, se rebelara en contra de las duras imposiciones que estableció el virrey Toledo en 1571, como el cobro continuo de impuestos, el reclutamiento de trabajadores para las minas y la evangelización, pues se construyeron iglesias sobre las wacas[2]. Y desde entonces no han dejado de reivindicar sus derechos. Para Tito Burgoa, en contra de algunas teorías poco consistentes que aseguran que el tinku fue incitado por los soldados españoles como divertimento, a modo de circo romano, el ritual es anterior a la Colonia. Según sus estudios, que están basados en cronistas como Bertonio (1612), en la toponimia del lugar y en los Archivos de Indias, hay que remontarse a la época de los señoríos preincaicos Charcas y Kara Kara para hallar su origen. “La comunión de ayllus[3], que es la parte esencial de nuestro tinku, ya se producía antaño en estas mismas fechas, cuando los brazos de la constelación conocida como la Cruz del Sur cambiaban de posición —señala—. Lo del combate vino luego. Con las conquistas del Inca, los charcas y los kara karas pasaron a formar parte de la columna vertebral de su poderoso ejército. Y de su entrenamiento, a puños y pedradas, nació la parte correspondiente a la pelea de la fiesta”. Después, según Burgoa, el tinku se extendió a la par que los dominios incas, por Perú, por el sur de Colombia y por Argentina, donde existe otro pueblo llamado Macha.

***

Cuando Tito acaba su exposición, el pueblo luce casi en penumbras y tiene la apariencia de un cementerio. Es como si se tratara de un escenario de película, de un espacio que pareciera estar habitado únicamente por sombras y fantasmas. El color marrón intenso de las construcciones intensifica su apariencia de desierto. Acá todo se ve igual, como un gigantesco tablero de ajedrez sin movimiento, sin piezas. Y el único elemento que rompe con la monotonía es la torre de la iglesia, que se halla en una esquina de la plaza.

A su vera se erige la parroquia, un ambiente mal iluminado en el que el cura, Denilson Cabezas, de treinta años, arropado por una chompa de lana y un chaleco, alista todo lo necesario para la celebración de pasado mañana. A Denilson no le gustan los sacrificios, no le gusta el tinku. “Jesús ya ofreció su cuerpo y su alma por todos nosotros. ¿Tiene algún sentido ahora esta pelea? Lo único que consigue es que salgan a flote los malos sentimientos, como el rencor y la venganza. Y el Señor no quiere eso. Yo no estoy en contra de la celebración, pero quisiera que se haga más énfasis en otras cosas: en los instrumentos, por ejemplo, en la vestimenta originaria, en las danzas”.

Para Denilson, la única forma para acabar con esta costumbre bárbara —así la llama— sería alejar de aquí a los combatientes, una tarea complicada. Porque lo que ha puesto al pueblo en el radar mundial ha sido siempre la épica de sus batallas; porque no hay guerrero que se precie de serlo que no haya puesto su pie alguna vez en Macha.

Máximo Urquieta, también treinteañero y ávido concejal de la cercana localidad minera de Llallagua, dice que ya ha peleado varias veces y que no le tiene ningún miedo a la contienda. Es petiso pero fuerte, de voz potente. Sus pómulos son marcados y su pelo, desordenado, parece un casco. Lleva puesto un chaleco verde y rojo con motivos andinos. Y muestra con orgullo una gran cicatriz en mitad de su pierna izquierda, una especie de boquete con la forma tosca de una piedra. “Esto es casi como un deporte —indica—, como el fútbol (risas). Sólo que aquí no se trata de meter gol, sino de hacer sufrir a los contrincantes. Mi padre, Feliciano Urquieta, falleció hace tiempo porque se hizo pegar duro y luego no podía parar de escupir sangre. Aquí no hay ganadores ni perdedores y, si te llega una pedrada, te llegó. Si alguien muere, se le entierra nomás. Para nosotros es algo normal. Los niños empiezan a pelear a los doce años y siguen haciéndolo hasta los cuarenta y cinco. Y a los ancianos se les respeta: ni se les toca”.

En la comisaría, dos policías vestidos con un descuidado uniforme verde olivo parecen no enterarse mucho del cuento. “Si hubiera muertos, lo investigaríamos”, dice uno de ellos. El muchacho evita dar su nombre y no quiere ser fotografiado. Lleva apenas unos meses en Macha y nadie le ha dicho aún que el 4 de mayo, durante unas horas, la legislación vigente no servirá de nada. Ese día, los muertos serán legales: matar a alguien a puñetazo limpio no será sinónimo de homicidio. Cuarenta efectivos más apoyarán el viernes a estos dos centinelas taciturnos con sus porras y sus gases lacrimógenos, pero únicamente para que nadie se ensañe en las peleas y para que no se usen implementos prohibidos, para que el juego sea limpio en definitiva. Antes, cuentan los vecinos, por los refuerzos de cuero de vaca que los campesinos se hacían colocar en las muñecas, volaban sin cesar orejas y narices. Ahora, esos “adornos” no se permiten.

***

Jueves, 3 de mayo. “Habrá difuntos”, vaticina Serapio Burgoa, hermano de Tito y uno de los espectadores habituales de la contienda. Serapio luce un bigote escaso, oculta sus ojos vidriosos bajo unas gafas enormes de aviador y explica en unos pocos guiños la esencia de la pelea. “Debe ser de igual a igual —dice—. Cada púgil busca a un rival de la misma estatura, mismo porte físico y parecido peso”. Los más rudos son capaces de despachar en un solo día a cuatro o cinco adversarios sin sudar mucho. Y la lucha, que dura apenas unos minutos, acaba cuando uno de los púgiles cae al suelo, sin vida o con todos los huesos en su sitio. Luego, los fallecidos no entran a formar parte ni siquiera de una mísera estadística. Los comunarios se los llevan sin previo aviso a sus aldeas y los festejan. “La muerte es la segunda parte de la fiesta —aclara Serapio—. Pero nosotros, los de Macha, ya no tenemos nada que ver con todo eso. Y tampoco con los entierros”.

No directamente, al menos. Porque el hecho de que haya dos funerarias en un pueblo tan minúsculo da a entender que los caídos son un buen negocio para los dueños.

“Lo que a mí me da muchísima pena —sigue Serapio con su discurso— es que los jóvenes estén olvidándose de sus orígenes, es que se esté perdiendo el verdadero significado de la pelea. Ellos ya no combaten como manda la tradición, balanceando ligeramente el cuerpo con cierto ritmo y manteniendo los dos brazos estirados. Emplean técnicas de boxeo y artes marciales. Repiten los golpes que suelen ver en las películas”.

El problema, según Serapio, tiene su origen en la migración. Una gran parte de los campesinos, a temprana edad y por la falta sistemática de recursos, toma la decisión de marcharse a trabajar fuera, a Argentina sobre todo, donde la vida es a veces para ellos como una telenovela. Y cuando retornan se muestran casi siempre desconcertados.

A pocos metros de la casa de Serapio, sobre una pared llena de rústicos anuncios publicitarios de bebidas refrescantes, apoya su espalda kilométrica Gregorio Mamani, de cuarenta y cinco años. Está rodeado por una corte de aduladores que busca algún gesto suyo de bendición antes de la gran batalla. Viste prendas oscuras, como las de un sepulturero. Y el sol se clava en él como la hoja de una navaja, alargando su silueta sobre el suelo, haciéndolo parecer un gigante de dos metros. Mamani es de Tomaycuri, una comunidad próxima, y una persona muy querida y respetada en Macha por haber conseguido publicitar el tinku gracias a sus canciones folclóricas y a unos cuantos videoclips mal grabados en los que exhibe constantenemte sus dientes teñidos de sangre. Mamani trata a todos con indiferencia, como si fuera un pop star, y tiene el gesto seguro de los toreros. Habla bastante mal el castellano, casi sin emplear artículos, abusando de los infinitivos y gerundios. Pero con una sola frase que repite a unos y otros hasta el aburrimieno deja claro que estamos en vísperas de una guerra. “Mañana no tendré amigos”, anuncia, casi declama. Mañana cantarán los puños. Mañana veremos cómo sus dientes ensangretados no son sólo un fuego de artificio para alcanzar la fama.

Un rato más tarde, un intenso olor a pasto lo invade todo y unos nubarrones gris plomizo cubren la mayor parte el pueblo: se avecina una gran tormenta. Me asusta lo que pueda ocurrir en cuanto llegue la gente. “El pasado Carnaval, se liaron a puñetes dos comunidades y hubo una víctima mortal —dice Serapio—. Hay sed de venganza”.

Al filo de la media noche, arriban a Macha los primeros grupos de combatientes. Van acompañados de pequeños conjuntos musicales que le ponen banda sonora al espectáculo, que tratan de envolverlo todo con sus ritmos entusiastas y machacones. Las mujeres anuncian su entrada entonando estrofas con unas voces sumamente agudas, capaces de hacer vibrar los cristales de las ventanas. Y los hombres hacen flotar primero sus cuerpos como si se tratara de ballet para acabar después sus movimientos con un golpe seco de sus pies contra la tierra. El sonido que produce este último impulso es similar al de los cascos de caballos de carreras, al de los tambores de guerra. Y se repite una y otra vez en cada esquina de la plaza. Porque los bailarines no la abandonan hasta completar varias vueltas en torno a ella, hasta intimidar a otros rivales que los observan.

Las horas pasan poco a poco y el pueblo, iluminado por una titilante luna llena, se ve rodeado antes de la amanecida por los miembros de más de sesenta comunidades potosinas: por decenas de campesinos llenos de coraje, gordos y flacos, altos y bajos, musculosos y esmirriados. Los vecinos acogen a todos los que pueden para que hagan vigilia dentro de sus hogares, donde no les falta ni comida ni chicha[4] en abundancia. Las paredes de adobe de las casas y sus patios se convierten durante toda la madrugada en su particular trinchera. Y aunque lo intentan, se les hace imposible conciliar el sueño.

***

Viernes, 4 de mayo. Son las ocho de la mañana y las miradas en Macha son frías y desagradables, como las de un asesino en serie. Aquí no valen ya las medias tintas: o peleas o te marchas. Ésa es la consigna. La plaza parece la explanada de un concierto al aire libre minutos antes de una gran tocada: se ha convertido en un desfile interminable de rostros secos, de rostros duros, curtidos por el clima difícil del Altiplano; y está a punto de alcanzar su punto de ebullición, de explosionar sin remedio. Los turistas, unos pocos valientes de ojos claros y vestimentas estrafalarias, pugnan por un rincón seguro para olisquear la sangre: a eso han venido. Y los periodistas, con sus libretas y cámaras en mano, provocan incomodidad en los comunarios, que se tapan para que no les hagan fotos. Tras el lente, todo se ve como si se tratara de una película de acción hollywoodiense.

Escena uno: el primer en ser vapuleado es un señor de mediana edad que acaba de derrumbarse sin gracia, como un fardo, porque alzó sus puños sin demasiado ímpetu y se llevó enseguida un contundente derechazo en la mollera. Diagnóstico: cabeza abierta como un melón. Bota sangre color membrillo como si se tratara un volcán en erupción, pero respira. Lo sacan entre dos, agarrándole descuidadamente de los sobacos.

“Siguiente, siguiente”, gritan a continuación un par de muchachos de menos de diez años haciendo retumbar mis tímpanos. No hay tiempo para distraerse mucho. Los combates se suceden vertiginosamente. A su alrededor, se forman círculos de jóvenes enardecidos. Los policías controlan a los guerreros más borrachos a latigazos. Sí, sí, a latigazos; y por momentos da la sensación de que serán rebasados en cualquier rato.

Los púgiles, a izquierda y derecha, adelante y atrás —porque las peleas ya se han vuelto simultáneas—, no tienen más ojos que para el “enemigo”. Es como si los demás fuéramos translúdicos. Sus brazos cortan el aire como mantequilla. Sus nudillos perforan lo que encuentran por delante como aguijonazos. Las hebras de sangre salpican pómulos, labios y pestañas de unos y otros. Y los que no pelean danzan como poseídos.

Escena dos: un turista italiano es “secuestrado”. Se lo llevan a una casa cercana a tomar alcohol mezclado con un mejunje extraño con sabor a jugo. “¡Baile, carajo!”, le dicen. A mi vera, dos comunarios beben chicha de una lata de atún que está oxidada. A mí también me zarandean, pero escapo. Un rato después, una cámara de televisión enfoca a uno de los campesinos heridos para una entrevista. Pero el vaivén de preguntas y respuestas se interrumpe cuando le alcanza un puñetazo al camarógrafo y se balancea. “Ahora mujeres”, balbucea a pocos metros un verde olivo. Ellas no se quedan atrás: se jalan las trenzas con contudencia mientras sus polleras se mecen rítmicas. Se insultan. Se clavan las uñas. Lanzan patadas. Abren y cierran las piernas como atletas.

Escena tres: tregua, colores. Varios combatientes caminan con sus cruces hacia la iglesia, a paso lento, para recibir la bendición del Padre. Hay misa de once y, además, una joven pareja está a punto de casarse. El novio y la novia visten de negro y blanco, siguiendo los patrones habituales. El resto, como manda la tradición, debería cubrirse con los trajes tradicionales: ellos, con montera, faja y poncho; ellas, con un vestido de bayeta y bordados de flores. Pero pocos lo hacen. La ropa, sobre todo la de ellos, ya se ha occidentalizado por completo: camisas, botas, jeans, gafas para el sol, hasta viseras.

Escena cuatro: avisos. En la torre: “prohibido el ingreso de animales, multa 100 bolivianos; a su lado: “prohibido orinar, 20 bolivianos”; en la plaza: “lávate las manos antes de comer y después de ir al baño”; en las vías aledañas: “bicicletería”, “ducha”, “cerveza”. Los mayura (autoridades) y las imilla wawas (mujeres solteras) controlan a sus comunidades. Les hacen bailar, les guían, evitan roces con los pueblos “enemigos”. Hay que cuidarse. En el hospital, un punto de sutura son tres bolivianos -—algo menos de medio dólar—. Para familias tan humildes, siete u ocho representan casi una fortuna.

Escena cinco: dentro del hotel Villalba, sus dos únicas empleadas siguen una telenovela de amores contrariados. Afuera, se están matando: suenan con fuerza los julajulas[5] y no cesan ni las peleas ni los politraumatismos. La chicha humea en grandes marmitas y algunos se abrazan tras el desfile de puñetes en ese ring improvisado que es la plaza. Hace calor, mucho, y las muchachas más jóvenes lanzan sus ojos con picardía tras algunos muchachos. Según el antropólogo Carlos Ostermann, antes, en el tinku peruano, en el que los combates son con honda y a caballo, los ganadores se llevaban a las mujeres de los perdedores y después las embarazaban. Acá, no se pasa del coqueteo.

Escena seis: caos. Es ya media tarde y, en minutos, la violencia se apodera de Macha. Para equilibrar la brutal contienda, las comunidades más débiles, las que se han visto desbordadas, comienzan a lanzar pedruscos a sus oponentes. Cada año, la mayor parte de los muertos se produce por las piedras, que llueven de uno y otro lado como si tratara de un bombardeo. Algunos, desfigurados ya por la embriaguez, arrancan los adoquines del piso para usarlos como arma arrojadiza. Y son varias las mujeres que corren con sus hijos en la espalda, envueltos en aguayos con los tonos de un arcoiris apagado.

Se rumora que en el tinku de finales del siglo XIX, a los hombres heridos se los cargaban como prisioneros a las aldeas y se los castraba; y a las hembras les arrancaban los senos. ¿Será esto cierto? Hoy los rituales no van más allá del entierro de los caídos.

Media hora después de que comenzara la batalla campal, el todos contra todos, la policía actúa: gas lacrimógeno. Y se instala de repente una cierta calma. De regreso al hotel un revés inesperado impacta en mi cuello. El escozor es ligero, marca de la casa.

***

Sábado, 5 de mayo. Parten los primeros autobuses con turistas y guerreros. Ya no hay peleas, pero algunos grupos siguen zapateando la tierra como si se les fuera el alma en ello. Unas jovencitas entonan algunos wayños: “Acaso toritos llevan corazones. Acaso toritos roban corazones. Toritos se llaman los engañadores”; “acá viene una mula, no tiene montura, pobre jovencito, no tiene fortuna”, recitan. De lejos, Macha, con sus colores ocres, parece la costra de una herida. El autobús que me ha tocado, una vieja carcacha que se bambolea a un lado y a otro como un barco en una botella, avanza lento en su camino por el valle. Los rostros de mis compañeros lucen apagados.

Algunos brazos, doloridos pero enteros. Nadie se queja. ¿Golpes? Más golpes da la vida.

Anoche Lucía Armijo reventó dinamita. Pasada la medianoche despertó con el sonido de los silbatos: la señal que sus vecinas hacen sonar para alertarse del peligro. En la penumbra escuchó los ladridos destemplados de los diez perros que vigilaban la minúscula construcción de adobe en la que vive. Medio minuto después sintió pasos arrastrados, carreras nerviosas y voces roncas de desconocidos alrededor de la casa. “Afuera hay rateros”, murmuró a sus hijos en la oscuridad y salió de su cama. Se abrigó apenas, encendió una lámpara de carburo, tomó un palo de madera y salió a mirar lo que sucedía. Tenía que vigilar que no robaran las bodegas de herramientas y maquinarías que tiene a su cuidado. Es su trabajo.

—Los vi en la negrura. Querían abrir la puerta de una de las casetas que están cerca de la bocamina. Eran cuatro.

Tenían cubierta la cara con unos pañuelos. Me vieron con la lámpara y me amenazaron. Me dijeron, “te vamos a pegar chola de mierda, ándate a dormir, no cuides tanto cosas que no son tuyas”.

Eso le dio rabia. Corrió a su casa a buscar unos cartuchos de dinamita, encendió uno y se lo arrojó.

—Explotó casi en sus piernas cuando arrancaban cerro abajo.

Para asegurarse de que no volvieran, Lucía tiró otro cartucho de dinamita.

Lucía Armijo trabaja de guardabocamina en “Monja uno”, una de las 600 faenas que socavan la falda del Cerro Rico en Potosí: la montaña que tiene la reserva de plata y estaño más grande de Bolivia. La que asombró a los conquistadores. La que nutrió a España y Europa con multimillonarias oleadas de plata y la que, ahora, desde los túneles que barrenan su interior, todavía fluye lo poco que queda de su hemorragia de riqueza.

Lucía es una de las 200 guardabocaminas que existen en Cerro Rico. Tiene 40 años, una sonrisa con tapaduras metálicas, las mejillas resecas por el sol y la piel cobriza. Vive con sus seis hijos y una nieta recién nacida en una caseta de seis por tres metros: un cuartucho con poca ventilación, techo de zinc oxidado, piso de tierra y una puerta con rendijas tapadas con cartones.

—No es mucho, pero tengo una llave de agua potable cerca y electricidad. Hay otras partes del cerro donde las mujeres deben caminar a una cisterna para tener agua –dice mientas masca unas hojas de coca. Está sentada en su caseta. Sus escasas pertenencias la rodean abarrotadas y mustias: dos camarotes que se reparten entre toda la familia, cajas con ropa, una mesa con las patas chuecas, una cocina y un televisor que ahora está encendido en un canal de dibujos animados para entretener a Juan Eduardo, el menor de sus hijos.

La caseta –que está decorada con guirnaldas y globos de colores por las fiestas de carnaval que acaban de terminar– es parte de su pago por vigilar la mina y cuidar las bodegas de esta empresa en la que trabajan 60 mineros.

Lucía es guardabocaminas desde hace 14 años. Llegó aquí desde Comunidad de Jesús –un sector poblacional de Potosí–, la primera vez que la abandonó su marido.

—Me dejó sin nada. Entonces me vine para acá, al Cerro Rico, porque podía trabajar en la mina sin dejar a mis hijos botados. Después volvió, pero no funcionó y nos separamos otra vez. Trabaja de chofer en la ciudad, pero no me importa. Acá tengo casa, un sueldo y la posibilidad de pichar los minerales sobrantes. Con eso me doy vueltas.

Podría ser peor.

Pichar consiste en barrer las rocas que se caen de las volquetas que sacan los mineros de la mina. Las guardabocaminas las juntan cerca de su cabina y luego las venden a pequeñas empresas compradoras de minerales que pagan lo recolectado en efectivo. De la concentración de metal con valor comercial que contenga su cargamento dependerán sus ganancias. Lucía vende lo que picha cada dos meses. Si tiene suerte puede ganar 1.500 bolivianos (213 dólares estadounidenses). Eso aumenta el sueldo de 700 bolivianos que gana mensualmente (alrededor de 100 dólares) por su trabajo de guardabocamina y el otro tanto que consigue lavando ropa de algunos mineros.

Algunas veces también “carretea”: arrastra los vagones con mineral desde el interior del socavón cuando hace falta fuerza de trabajo. La ayudan sus dos hijas mayores de 16 y 18 años.

—Cuando hay buen mineral, podemos sacar hasta 30 carros y ganar 100 bolivianos más.

Pero la principal responsabilidad de Lucía es vigilar las casetas de las herramientas y las maquinarias. Si llegaran a robarles, tendría que pagar todo de su bolsillo. Y como Lucía, al igual que las otras guardas, no tiene ahorros, le descontarían su sueldo. Se quedaría con nada.

—Conozco a muchas guardas que trabajan gratis, como si fueran esclavas. Hace unos días robaron más arriba y los dueños de la mina echaron a la guarda de su caseta, la despidieron y no tiene dónde dormir con hijos –dice y se persigna para conjurar esa posibilidad.

A Lucía han intentado robarle cuatro veces.

Por eso todas las noches duerme a medias.

Por eso guarda dinamita detrás de su puerta, al lado de los juguetes de su hijo.

Por eso anoche lanzó dos cartuchos en la oscuridad.

***

Potosí fue mucho, pero ahora es poco. La ciudad –ubicada a más de cuatro mil metros de altura al sur de La Paz– languidece en sus recuerdos. Su casco histórico de calles estrechas, monumentos imponentes como La Casa de la Moneda –la segunda construida por los españoles en el Nuevo Mundo– y caserones con escudos de nobles españoles ya desaparecidos son historia. El presente, en cambio, es duro. Según el Instituto Nacional de Estadísticas de Bolivia, ocho de cada diez habitantes del Departamento de Potosí viven en la extrema pobreza.

Ya no queda nada de la portentosa riqueza que relató el cronista Nicolás de Martínez Arzanz y Vela en el Siglo XVIII en su libro “Historia de la Villa Imperial de Potosí”. Ahí describe una ciudad “donde la plata abundaba como la arena a orillas del mar y su resplandor opacaba al de la luna llena”.

Ahora, Cerro Rico –un triángulo casi perfecto hecho una montaña de tonos rosados que marca el paisaje de la ciudad– es un montañón menoscabado. Una pirámide carcomida en su interior por 619 bocaminas y, al menos, 150 kilómetros lineales entre cuevas, galerías y pasadizos, según datos de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). El cerro también se está hundiendo. Si en 1545, cuando se inició la explotación de su riqueza, tenía una altura de 5.183 metros, hoy los estudios geológicos comprueban que ésta se redujo en 787 metros por los trabajos mineros y la erosión.

En su época dorada, durante la Colonia, Cerro Rico nutrió con embarques de riqueza a Europa. Los historiadores más discretos hablan de 15 mil toneladas de plata pura enviadas a ultramar; los más sensacionalistas, de treinta mil.

El cronista León Pinelo sostenía en 1629 que la producción del cerro era tanta que “bastaría para un puente o camino desde Potosí a Madrid de 2.071 leguas de largo, cuatro dedos de espesor y 14 varas de ancho”.

En los registros históricos dicen que en 1630 Potosí llegó a tener 160 mil habitantes, un poco más que la población que por entonces tenían París y Londres. Mientras Potosí resplandecía con la riqueza -en sus calles se vendían perlas de Ceylán, tenía treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, 14 escuelas de baile y en la Casa de

Moneda se acuñaron monedas para las Filipinas-, en el cerro se escribía el capítulo oscuro de su historia: miles de indios fueron esclavizados y otros tantos africanos fueron traídos por los españoles para cumplir con la ambición.

El esplendor de Potosí no duró demasiado. Su altura, las bajas temperaturas y las constantes epidemias hicieron que los españoles emplazaran una nueva ciudad: Sucre, un lugar más cómodo, menos cruento. “La nueva población, ubicada a 150 kilómetros, fue otro parásito de la riqueza del Cerro Rico. En 1650 sus vetas escasearon y la ciudad imperial comenzó a hundirse en el olvido, pero ha sobrevivido gracias al estaño y otros metales menores como el zinc y el bórax”, asegura Olivier Barras, investigador social suizo-francés radicado en Potosí y que investiga la minería boliviana.

Pero el verdadero caos llegó en 1985 cuando la Comibol –que explotaba el 75 por ciento del Cerro Rico– se desmembró por las deudas, la ineficacia y la corrupción. Se vinieron los despidos masivos: sólo mantuvieron su puesto dos mil trabajadores de los 13 mil que conformaban su plantilla. Muchos emigraron en busca de otras oportunidades, otros saquearon las instalaciones y unos cuantos esperaron una solución gubernamental. La respuesta fue que formaran sus propias cooperativas. El Estado aportaría las herramientas y la asistencia técnica y los mineros su trabajo. En el Cerro Rico todo fue alegría. Era el comienzo de una nueva era, nueva época que nunca llegó.

En menos de un mes se conformaron 50 nuevas cooperativas privadas con unos pocos socios que arrendaron un yacimiento y comenzaron a explotarlo sin medidas de seguridad, con jornadas extenuantes, fuera de los derechos laborales y con un rendimiento deprimente.

Ese es el sistema que se mantiene hasta hoy.

***

Es hora de almuerzo en Pailaviri –la principal mina de Cerro Rico y la única que pertenece al Estado boliviano– y Paulina López –66 años, viuda y de modales bruscos– está vestida con su mejor traje de chola: faldón abultado, falso de enaguas, chal tejido, medias de seda y bombín negro en la cabeza.

Unos turistas europeos, que se preparan a entrar al museo mineralógico que existe en el lugar, se quedan mirando a Paulina. A la distancia disparan sus cámaras. Ella masculla unas palabras en quechua, se cubre la cara con el manto y apura el tranco.

—Estos gringos, piensan que somos parte del museo.

Paulina está del mal humor. Hace poco llegó de Potosí. Bajó a la ciudad para visitar a su hijo menor, pero no lo encontró. Su nuera le dijo que había entrado a trabajar en una mina en el sector de Robertito, en la parte trasera del Cerro Rico, la más aislada, la más pobre.

—Me venció. Yo no quería que ninguno de mis hijos trabajara en el cerro. Quería que tuvieran una mejor vida, que no siguieran mis pasos ni los de mi esposo. Él murió por el mal de la mina, de los pulmones. Yo empecé a recolectar mineral del suelo cuando tenía 14 años, al igual que mi madre y mi abuela –dice Paulina y frunce el ceño mientras se encamina a un costado de la mina a buscar a sus compañeras palliris, que están pallando los minerales que recolectaron de las sobras de la mina.

Las palliris conforman uno de los grupos más tradicionales y enraizados entre las mujeres de la cultura minera del alto andino. Su nombre proviene de la palabra quechua Pallay que significa “escoger”. Su oficio consiste en recolectar el material que sobra de los relaves o los residuos que se concentran fuera de las bocaminas y cuentan con autorización de los dueños de las cooperativas. El proceso es simple, pero agotador: recogen las piedras de entre los restos en un delantal, las acumulan en una bolsa plástica y luego lo trasladan a un corral cuadrado de murallas de piedra. Ahí lo parten con un martillo o con las manos para extraer el material minero que queda y luego venderlo. Mensualmente ganan un promedio de 1.200 bolivianos (170 dólares).

—Ahora ganamos poco, no trabajamos tanto. Las palliris somos mujeres viejas, ya no llegamos al alba como antes. Nos duelen los huesos, nos cansamos rápido y tampoco tenemos que mantener a nuestros hijos –dice

Adelaida Jancko, una mujer de 74 años que está pallando sentada en el suelo de su corral. En sus manos callosas y con dedos como garfios sostiene un martillo con el que golpea una piedra. La examina y sólo guarda un pequeño trozo en un saco que está extendido a su lado.

Adelaida habla la mayor parte del tiempo en quechua. Lo prefiere al español, el que pronuncia con tono duro, sin ritmo. Empezó como palliri hace 35 años. Antes era dueña de casa, pero después que su marido murió en un accidente dentro de un socavón, salió a trabajar al cerro para mantener a sus nueve hijos. Conocía el oficio. Lo había visto cuando acompañaba a su madre que era “muira”: entregaba la comida y el agua que llevaba sobre una mula a las distintas bocaminas del cerro.

—Yo, en cambio, nunca quise traer a mis hijos para acá. Siempre los dejé en casa en Potosí para que estudiaran.

Me hicieron caso: cuatro son profesores y otro es pastor en una iglesia. Ellos no quieren que suba, pero en mi casa me aburro. Me acostumbré a trabajar mucho, me molesta estar en la casa sentada.

Adelaida masca coca y la escupe disimuladamente. A su lado María Vargas, una palliri un poco más joven y callada golpea una roca. La mira y la arroja para un lado.

María tiene 54 años y quedó viuda en 1999. Mientras la silicosis consumía a su marido y vio que no tenían comida en casa, se vino a pallar al cerro. Después de su muerte siguió escarbando entre los escombros, buscando entre el residuo de los metales algo que rescatar. Es la tradición de la mina. El destino que por centurias ha marcado a las viudas de Cerro Rico.

—Las cosas ya no son como antes. Quedamos pocas palliris, ahora hay más guardabocaminas. Ellas tienen más trabajo y sufren más –dice María sin dejar de golpear la roca.

—Ahora nada tiene la pureza de antes –refunfuña y martillea con fuerza una piedra hasta hacerla polvo.

***

Palliris y guardabocaminas forman parte de un perverso sistema que tiene su postal más cruel en “la montaña devora hombres”, como llaman los mineros al Cerro Rico, y que se replica en otros centros mineros de Bolivia.

Según Comibol, en todo el país alrededor de cinco mil mineros trabajan para la empresa estatal. Nueve mil lo hacen para compañías privadas. Pero existe una cifra fantasma, un número que nadie maneja, de los trabajadores de los pequeños minerales: en bocaminas sostenidas por maderos viejos, con túneles enclenques, pozos de “copajira” (agua tóxica) y gases contaminantes que los mineros combaten cubriéndose sólo con pañuelos.

Las mujeres también forman parte de esta cifra fantasma. Aunque desde 1985, cuando se reestructuró el sistema minero boliviano, las palliris fueron reconocidas como socias por las cooperativas mineras y se integraron a las asociaciones gremiales. En estas organizaciones en teoría también se deberían integrar a las guardabocaminas, pero siempre han existido diferencias entre ellas. “Las palliris sienten que tienen otro estatus en el sistema cooperativo: ellas son socias, mientras que las guardas son asalariadas, con contratos de palabras y sin protecciones legales.

Pero también existe la diferencia generacional: las guardas son más numerosas y jóvenes, mientas que las palliris son ancianas y están desapareciendo lentamente”, explica la investigadora boliviana Ingrid Tapia, autora del libro

“La herencia de la mina”.

Según Eblyn Cavero, asistente social y encargada en Potosí del programa de mujeres mineras del Centro de Promoción Minera de Bolivia, las guardabocaminas son las que están expuestas a las peores condiciones laborales.

“Además de no tener beneficios sociales y estar a merced de la voluntad de sus empleadores a la hora de negociar sus sueldos, deben vivir en condiciones deplorables, muchas veces sin agua y expuestas a la contaminación de los residuos tóxicos que salen de las minas. Y bueno, estar expuesta a la violencia de los asaltantes de los yacimientos a los que se enfrentan con piedras, palos o dinamita. Porque los dueños prefieren contratarlas a ellas antes que a un sereno a quien deben pagarle un sueldo legal”.

Eblyn Cavero, quien lleva cerca de cinco años recorriendo Cerro Rico de punta a falda, dice que “es imposible magnificar la realidad de las mujeres mineras. Es muy diversa, pero no es nada agradable”.

Aún así se puede bosquejar su perfil con la información que maneja Comibol: tienen sobre 40 años, en su mayoría fueron abandonadas por sus esposos o quedaron viudas. Se estima que cada trabajadora tiene al menos tres hijos.

La mayoría trabaja fuera de la mina, pero otra vez aparece la cifra no oficial que asegura que por lo menos dos mil mujeres realizan faenas al interior de los piques.

“Eso sucede especialmente con chicas jóvenes, muchas menores de edad, que trabajan fuera de la ley y con salarios de miseria en minerales más alejados de Cerro Rico y en pueblos rurales de la Provincia de Oruro, la otra gran zona minera de Bolivia”, explica el investigador Olivier Barras.

***

Anoche a Ema Mendoza –26 años, estatura baja, piel oscura, cara redondeada– le envenenaron uno de los siete perros que la ayudan a vigilar el socavón San Miguel, el mineral donde trabaja como guardabocamina desde hace tres años. Lo encontró esta mañana tirado tras la cabina en la que vive con sus dos hijas, Nayeli (10) y Carolina (5). Al animal, que no tenía nombre, lo enterraron los mineros bajo una pila de piedras.

—Querían dejarlo ahí tirado, pero como por acá no pasan recogiendo basura, les pedí que lo enterraran. A cambio tuve que lavarles la ropa –dice Ema. Son las tres de la tarde, el sol cae recto sobre Cerro Rico, pero corre un viento helado. Dentro de la casucha hace frío y suena una radio con música romántica. En una cocinilla hierve una tetera.

—Yo creo que lo mataron los mismos que trataron de robar allá abajo, en donde tiraron dinamita anoche.

Ema habla bajo, con los ojos entrecerrados y con los brazos cruzados sobre el pecho. Se vino desde Bentasus, un pequeño pueblo agrícola que está a una hora de Potosí, cuando tenía 20 años. Siguió a una amiga de infancia que trabajaba en el cerro. Su primer trabajo fue seleccionar piedras que se caían de los camiones. Ganaba 25 bolivianos al día (menos de 4 dólares). Después aceptó cuidar la mina “La Amorosa”, que está en la parte media del cerro.

—Ahí la pasé mal. No tenía agua y no me pagaban las pichas que hacía. Los mineros eran atrevidos, no podía estar tranquila. Así que me fui a otra mina, en la que trabajaba con mi mamá que también dejó el pueblo cuando enviudó, y después conseguí trabajo acá que es mejor porque tengo agua y luz.

Su madre, Victoria, se quedó en la otra mina. La mujer tiene 63 años, está enferma de la espalda y ahora está en cama inmóvil. Pero no quiere dejar el trabajo. Es su único ingreso. Ema ahora tiene que subir a cuidarla y mirar esa mina todos los días. Va tres veces: por la mañana, después del mediodía y cuando comienza a oscurecer.

Anoche, cuando sintió los silbatos de las otras guardabocaminas, pensó en subir, pero cuando escuchó la primera explosión de dinamita desistió de hacerlo.

—Mis hijas se asustaron y no quise dejarlas solas. Acá puede pasar cualquier cosa. En el cerro estamos desamparadas.

Víctor Hugo Viscarra no murió en su ley, como quería: “solo y como un perro, pero libre, tomando el último trago”. No pudo decirle nada al alcohol –que tanto le dio y tanto le quitó– en sus últimos suspiros. No pudo brindar ni tan siquiera con una gota de licor adulterado. Porque dijo adiós desde una cama de hospital, no en una cantina. Porque su estómago maltrecho sólo admitía las cucharaditas de sopa que la escritora Vicky Ayllón le daba en la boca con la paciencia de un editor de textos.

Viscarra solía decir a sus amigos más cercanos que no pasaría de los 50. Que si lo hacía, “nacionalizaría un revólver para pegarse un tiro”. Pero no hizo falta. El cuadro clínico que lo llevó a la tumba resultó más contundente que un disparo: reumatismo, neumonía crónica, alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Se fue un miércoles, a las 10 de la mañana del 24 de mayo de 2006, a los 49 años.

Antes, intuyendo probablemente la fatalidad, bautizó el último libro que publicó en vida con un título premonitorio: Avisos necrológicos. Y poco después el suyo apareció en las páginas de los periódicos más importantes del país a modo de noticia.

“El Bukowski boliviano” o “Viskarrowski”, le llamaban algunos periodistas. “El narrador de los márgenes”, decían otros. Pero él se definía simplemente como un pobre diablo que esperaba ir al infierno. Porque allí, bromeaba, “por lo menos hay calefacción”.

***

Mi primer encuentro con Víctor Hugo fue sin trago de por medio, en enero de 2004, a las siete y media de la noche en la Casa de la Cultura de La Paz. Yo no lo conocía. No había visto antes ninguna fotografía suya. Y las interrogantes eran muchas. ¿Serán sus lentes gruesos? ¿Será dueño de una barba mal cortada o de un bigote bien cuidado? ¿Llevará una botella estrangulada en alguna de sus manos? ¿Fumará negro?, me preguntaba. Hasta que el portero de la Casa de la Cultura me devolvió a la realidad con un anuncio escueto. “Ahí está”, dijo, estirando luego el dedo índice como un pirata, hacia lo lejos.

Más que una persona, medio encorvado, parecía una sombra. Caminaba lento, a pasos cortos, mezclado entre la gente sin que nadie reparara en su presencia. Se cubría con una chamarra café, una camisa medio blanca, medio sucia, un suéter viejo y un pantalón negro. Tenía la pinta lúgubre de un enterrador antes de meter pala a una tumba.

Cuando le hice una señal se acercó enseguida y alargó la mano para darme un apretón tibio. Después soltó uno de los chistes que usaba a veces para romper el hielo.

–Hola, soy Víctor Hugo Viscarra, el antropólogo –me dijo.
–¿El antropólogo? –contesté con un ademán de sorpresa, medio confundido.
–Sí, sí, el especialista en antros –dijo él con cara de no haber roto nunca un plato. Y luego me mostró una sonrisa de niño malo a la que le faltaban varios dientes.

Días atrás, Viscarra había llamado a la redacción del diario en el que yo trabajaba porque lo había mencionado en un reportaje sobre el binomio escritura-alcohol y quería conocerme. Hablamos un ratito por teléfono y acordamos una cita. Pero con él los compromisos tenían menos valor que un cheque sin fondos. Y corría el riesgo de que no se presentara. Un año antes, una periodista del diario chileno La Nación pasó las de Caín para ubicarlo. Pablo Gozalves, su editor en aquel tiempo, lo había dejado esperando en la capilla del Sagrado Corazón, pero escapó para continuar con su farra interminable y demoraron casi una semana en rescatarlo de las calles para que atendiera la entrevista.

Por eso, el hecho de tenerlo frente a mí era un alivio. Y en un par de minutos comprendí el por qué de su puntualidad y su buen aspecto, cuando me confesó que llevaba casi 11 meses sin beber para cumplir con un tratamiento contra la tuberculosis que le había impuesto el médico. Porque, aunque borracho de corazón, lo hizo con la misma determinación con la que un predicador alza la Biblia para pregonar el fin del mundo. En los momentos de mayor flaqueza, Viscarra solía lanzar una amenaza contra sí mismo como quien recita una poesía: “El trago o yo”, decía. Esta vez fue él y su salud se lo agradeció.

De mutuo acuerdo decidimos ir a una cafetería cercana en los bajos del hotel Gloria, al abrigo de una ciudad gris, con olor a orín en las aceras, paredes mal pintadas y subidas y bajadas en cada esquina. El escritor pidió un mate y un sándwich de jamón con queso. Y a continuación depositó en la mesa un amasijo de recortes y varios de sus libros con un gesto de cierta pesadez, como si también dejara ahí encima sus más de 30 años vividos en la calle, la apariencia de alguien de 60 y su tos de perro apaleado.

“Nací viejo”, escribió Viscarra en Borracho estaba, pero me acuerdo, quizás su obra más autobiográfica. “Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mí debe de ser muy triste”, añadía unos renglones más abajo. Su madre, según él mismo contaba, rompió varias escobas contra su espalda. Su padre, “aunque un buen hombre”, tras una paliza de su madrastra, cuando Viscarra le dio a escoger entre él o ella, la prefirió a ella; y a los 12 años comenzó el vía crucis del autor en la indigencia.

Desde entonces, no dejó de sentir frío. “Es artero, sale como de un gigantesco refrigerador y lo envuelve a uno por completo”, describía. Por eso andaba siempre encogido. Por eso observaba a todos de abajo arriba y no de arriba abajo. Y desde esa posición me vigilaba mientras esperaba su tentempié con una ansiedad no disimulada.

–Esto es un robo a mano armada –me dijo apenas tuvo la oportunidad, tras echar una mirada a la carta de los precios. Acostumbrado a pagar sólo unos pesos por los “soldaditos” –pequeños envases de plástico con alcohol casi puro dentro–, el café con leche de dos dólares que yo acababa de pedirme le parecía quizás un caro capricho.

De cerca, los rasgos de Víctor Hugo se intensificaban. Su nariz, fruto de las caídas y los golpes recibidos, parecía un gancho retorcido de derecha a izquierda. La línea de sus cejas subrayaba unos ojos achinados y meditabundos. Y disimulaba la lámina de grasa que le invadía el pelo con un peinado clásico con la raya a un lado.

Conversamos, sobre todo, de la calle. Su máxima era ésta: “Allí, con mis delincuentes, mis putas, mis mendigos y mis ladrones, me siento en casa”. Me comentaba que los ambientes en los que se movía eran los tugurios que pueblan diferentes rincones de la ciudad:

La Garita de Lima, Tembladerani, Achachicala, Gran Poder, Alto Tejar y Chijini, entre otros. Que los protagonistas de sus escritos subsistían en los callejones de algunos de estos lúgubres enclaves. Y aseguraba que el mayor halago que recordaba se lo debe a una mujer en estado de embriaguez. “Escritor, he leído tu libro. No mentiste”, le dijo.

Memorioso, Víctor Hugo enlazaba una anécdota detrás de otra, recordando con detalle cada fecha, cada espacio, cada nuevo remiendo en la ropa de sus cuates, cada cicatriz que conformaba el mapa de sus rostros. Era capaz de recitar párrafos enteros de sus libros. Es más, lo hacía a menudo porque recordar se convirtió en su estrategia de supervivencia. Como escribía en servilletas y pedacitos de papel que solía perder por el camino, aprendió a reconstruir los textos en tan sólo unos minutos. Y manifestaba tanto arte a la hora de reescribirse que cualquiera diría que vivía en un monólogo constante.

Al hablar, sus mañas se hacían más visibles. Sus manos se movían rápidas de un lado para otro, como las de un mago veterano. Silabeaba. Se secaba los labios una y otra vez relamiéndolos con la lengua sin sutileza. Marcaba las eses y las pes para dar mayor énfasis a las palabras. Y un leve tartamudeo, imperceptible casi, acompañaba su discurso.

También se mostraba deslenguado:

–Aunque digan que no tengo estilo literario, a mí me encanta escribir de esta manera. Es mi forma de hacer las cosas, y al que no le guste que se meta su dedo y su desagrado en el orificio de su disgusto –me dijo mientras hincaba el diente al emparedado.

Y cuando la charla no dio más de sí, se retiró con lentitud a tomar un minibús con dirección a la parroquia del Rosario, de su amigo Humberto, cura en el barrio de Villa Dolores, de la ciudad de El Alto.

Allí Viscarra dormía a veces porque el sacerdote le prestaba una computadora en la que escupía sus historias tremebundas; y porque luego le guardaba los archivos, ya que él no sabía manejar bien aquella máquina.

***

Tras la muerte de Viscarra, visité en Villa Copacabana a uno de los hombres que mejor lo conocía: Manuel Vargas, su último editor.

Villa Copacabana es un barrio en el que rige el caos de las laderas, sin un orden lógico de números en el marco de las puertas, con algunas edificaciones de ladrillo descubierto y otras salpicadas de cal blanca. Un lugar en el que los perros –esos perros que fueron durante décadas los compañeros más fieles de Víctor Hugo– suelen buscar algún resto de comida entre las bolsas de basura. Y Manuel es un hombre espigado que rodea de silencios prolongados todo lo que hace, que oculta su rostro alargado bajo unos lentes de alambre y que luce siempre una perilla bien dibujada que otorga un aire de mayor calidez a la expresión de su cara. El día que me recibió usaba una gorra de chulapo madrileño para recoger su media melena. Y no tardó en confirmarme una realidad que a menudo había sospechado: tras mi primer encuentro con él, Víctor Hugo volvió enseguida al trago. “Estuvo sin chupar 11 meses y tres días –me dijo Manuel–. Y estoy seguro de que eso fue para él una auténtica condena”.

Cuando Manuel me hizo pasar a su escritorio había allí decenas de libros: muchos, bien ordenados en los estantes; otros, formando montañitas que crecían desde el suelo. Hallé de todo: literatura inglesa, francesa y latinoamericana. Y también estaban a la vista las obras de Viscarra: Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks: crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba, pero me acuerdo (2002) y Avisos necrológicos (2005).

Coba es una experiencia creativa que refleja la jerarquización de clases y la división de la sociedad a través del lenguaje. Viscarra publicó la primera edición con la ayuda desinteresada del escritor tradicionalista Antonio Paredes Candia, ya fallecido. Y solía compartir una anécdota muy jugosa sobre la publicación con sus colegas. “Me entregaron el primer ejemplar en la plaza Alonso de Mendoza, una tarde nublada. Me fui a festejar y se lo regalé a la mesera que me atendía sin saber si ella sabía leer”.

Con Relatos, Alcoholatum, Borracho estaba y Avisos necrológicos, el escritor se adentró en un universo de supervivencia que, en palabras del crítico Germán Aráuz, “bebió a cada momento en carne propia”. Y en las páginas de Alcoholatum dejó además plasmado su único testamento conocido, un testamento literario que muestra a un Víctor Hugo con todos sus aderezos: irónico, sarcástico y tremendamente ácido.

El “documento”, en algunas de sus partes, dice así: “Mis libros los dono a la Biblioteca de Alejandría. Puesto que los he perdido irremediablemente, presumo que a ese lugar han ido a parar. Los textos que me fueron robados quedan en calidad de perdidos. Ya que no pude hacer nada para retenerlos, menos puedo hacer para recuperarlos. Mis pensamientos se los cedo a la humanidad entera, no para que los aproveche, sino para que aprenda cómo en el más completo estado de abandono uno puede cultivarse y educarse sin pasar por institutos, universidades, simposios, congresos, diplomados, maestrías y demás tucuymas. Todas mis deudas se las dejo generosamente dora mis acreedores, porque, sabiendo que yo vine al mundo sin traer nada, ¿cómo voy a tener algo para pagar deudas a otarios y prestamistas? Lo que sé es que cada obrero es digno de su salario. Por lo tanto, lo único que hice fue cobrarme las lecciones que les di, desasnándolos. Los culturicé un poco. Las pocas ropas que poseo son sólo para mí. A los que se jactaban y se jactan todavía de ser mis enemigos les dejó mi perdón.

“Y mi pobre corazón, hecho pomada desde los tiempos en que era ingenuo y cándido y con el que recorrí los caminos de la frustración y el desengaño, se lo dejo a aquellas personitas que se divirtieron hasta el cansancio con sus juegos sentimentales; a esas personitas que supieron poner en práctica sus ardides y sus mañas femeninas, lastimando a su gusto mis pálidos estertores personales para dejarme llorando mi desconsuelo en cantinas y chicherías donde estúpidamente moría ahogado en ingentes cantidades de licor. Sólo a ellas pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón”.

Tras leerme en voz alta algunos fragmentos de ese texto cuando menos curioso, Manuel quiso enseñarme la edición española de Borracho estaba, pero me acuerdo, que llegó a La Paz tan sólo dos días después de la muerte de Viscarra. Un libro de tapa blanca con una botella de cristal, una hoja de libreta y un lapicero ilustrando una portada –según un lector– “ajena al miedo y asco que se esconde entre las páginas”.

–¿Y por qué quisiste publicar a Víctor Hugo en tu editorial (Correveidile)? –pregunté a Manuel aprovechando un minuto en el que no decía nada. Y él simplemente se sentó, sonrió y acomodó su voz grave y pausada a la acústica de papel de su refugio.
–Marcela Gutiérrez, una amiga suya, tenía en sus manos un cuaderno con los escritos de Víctor Hugo. Había buenos textos, pero ella no sabía si él estaba vivo o muerto porque hacía ya mucho que no lo veía. Luego, él me buscó y me dejó una caja mal amarrada llena de recortes. “De ahí escoge tú”, me dijo. Era todo una especie de rompecabezas, con hojas sueltas, relatos incompletos, cuartillas rotas y un sinfín de anotaciones. En ocasiones, escribía un párrafo, lo numeraba y había que buscar en otro de los papeles la numeración siguiente para continuar con la lectura. Al final, logré hacer una selección de lo rescatable y de ahí nació Alcoholatum, la primera obra suya que edité.

Por convenio, Manuel le daba a Viscarra sus derechos de autor en ejemplares. A veces, todos de golpe y a veces unos cuantos, porque, cuando peor estaba, Víctor Hugo todo lo que vendía lo bebía de un trago: cambiaba ejemplares por una botella o los ofrecía sin ton ni son en las cantinas. En una ocasión, en pleno proceso de impresión, llegó a aparecerse completamente borracho en la imprenta para pedir libros. Y a veces él mismo se pirateaba: fotocopiaba sus Relatos de Víctor Hugo para multiplicar la plata.

Según Manuel, cuando Viscarra estaba farreando no se podía contar con él para nada. Sano, sin embargo, era serio y responsable.

–Y durante esos guiños de sobriedad aprovechábamos para trabajar juntos.

Solían juntarse en casa de Manuel, en una sala con suelo de madera y olor a pipa en la que el editor intentaba transmitirle a Víctor Hugo algo del calor que le faltaba.

–Yo le daba ropa y él, cuando conseguía nuevas prendas, regalaba las viejas o las tiraba. Su ropa interior, decía, estaba sucia y destrozada. No lavaba.

Sus enseres eran siempre de usar y tirar. Y como las serpientes cambian de piel, él mudaba de aspecto a cada rato. Para mimetizarse con las calles que tantas veces se convirtieron en su madriguera y lo ocultaban.

Viscarra pudo escapar de ellas, pero no quiso. Por eso, cuando se mencionaba su nombre en algún sitio, la pregunta era casi inevitable: ¿Seguirá vivo?

***

Mi segundo encuentro con Víctor Hugo fue casual, en 2005, otra vez en las puertas de la Casa de la Cultura. A las tres de la tarde de un día de lluvia. Lo vi venir mientras estaba esperando a que escampara, con sus pisadas irregulares pero bien marcadas. Apareció tambaleándose, dando saltitos, como un duende salido de las entrañas de una bestia, como un don Quijote que no se acuerda dónde dejó a su Dulcinea. Su cara me pareció una mueca macabra, muy distinta a la del escritor que un año antes compartió conmigo un café dulce y una charla amena sin vapores etílicos de por medio.

Cuando se acercó hasta donde estaba, masculló primero un par de maldiciones. Después puteó a unos policías. Se quejó además de dos mujeres que yo no conocía. Y luego ahogó sus palabras en un susurro incomprensible. Estaba borracho. Temblaba. Una capa de mugre envolvía su ropa ajada. Su noche había sido demasiado “larga”, me confesó apenas.

Cuando tomaba, Viscarra caminaba a menudo sin rumbo para luchar contra las bajas temperaturas. A veces se animaba a dormitar en alguna gradita. Pero no siempre, porque cuando lo hacía no faltaba el vecino madrugador que lo despertaba temprano con un balde de agua. Cuando su cuerpo estaba helado, se animaba a armar una fogata con los maleantes que suelen rodear algunos basurales, sacrificando los cartones mal cortados que le servían para enrollar su propio cuerpo en los amaneceres congelados.

Antes de irse, Viscarra me pidió sin mucha amabilidad 20 pesitos.

–No tengo más que 10, Víctor Hugo –le dije mientras buscaba en mi cartera.
–Entonces, me das 10 ahora nomás y me debes otros 10 –me dijo. Aquella frase era habitual en él, y la solía conjuntar con la sonrisa más pícara de su repertorio.

Le entregué un billete arrugado y antes de meterlo en su bolsillo jaló la tela para comprobar que no había agujeros por donde pudiera salir la plata. De cerca, pude ver una cara muy hinchada; y me di cuenta también de que fruncía el ceño impulsivamente, como si de un tic se tratara, concentrando un mar de arrugas sobre su nariz desviada.

Se marchó sin despedirse. Para seguir peregrinando en su improvisado papel de recaudador de impuestos. Porque cuando deseaba alcohol, visitaba a los amigos y les reclamaba dinero sin cuidar las formas. Sobrio, sin embargo, el orgullo le podía. Y no se dejaba invitar ni siquiera a un té o un pan con queso. Incluso se permitía el lujo de dar limosna a algún borracho. “Yo sé lo que es necesitar para tomar un trago”, decía.

Se alejó atravesando puestos llenos de enchufes, dulces, peluches, devedés y libros pirata. Esquivando a charlatanes que ofrecían lociones contra la calvicie, antenas de televisión y manuales para todo y para nada. Parando después frente a una nutrida marcha de protesta. Y no tardó en ser absorbido por el magma de una ciudad que al mismo tiempo era su trinchera, rumbo a las cantinas hasta quién sabe qué día del almanaque.

Él resumía esta experiencia itinerante mejor que nadie. “Pierdo la noción del tiempo y algunas noches, víctima de los insomnios prolongados, me hace fechorías mi cerebro. Se acelera, se me escapa todo lo negativo y me asusto. A veces lloro, pero como estoy sin compañía nadie se entera. La hora avanza y espero la amanecida para huir del antro en el que me encuentre en ese momento. Entonces me pongo más tranquilo. Cuando me siento ya muy mal, tengo mi propio tratamiento: primer día, puro líquido, agua, mates o refrescos; después, cosas suaves, como sopa; y luego me meto lo que venga: pollo, res o lo que sea. Soy como un perro, sin ayuda me curo, yo solito”.

***

Uno de los “infiernos” favoritos de Viscarra era el Bocaisapo, una taberna impregnada por un profundo olor a viejo, iluminada por la luz delgada de un puñado de velas, con mesas robustas y embovedada rústicamente con ladrillos rojizos que parecen recién horneados. Un punto de reunión casi obligado para jóvenes universitarios, alcohólicos con cierto pedigrí y poetas trasnochados. Y el lugar en el que semanas después de la muerte de Víctor Hugo me cité con Erick Ortega, periodista y buen amigo del escritor.

El viernes en el que nos encontramos el ritmo del folclor boliviano armaba la banda sonora del local: morenadas, cuecas, sayas, diabladas y demás familia. Los vasos chocaban con energía y se repartían sin cesar cuencos con hoja de coca desde una pequeña barra adornada con una campana que quisiera pensar que estaba allí para dar el toque de queda a los últimos borrachos. Un vaho de humo de cigarro lo inundaba todo, conformando un sinfín de formas caprichosas que se confundían sutilmente con la decoración. Un mural con personajes de la bohemia de La Paz ocupaba una de las paredes. Y, como no podía ser de otra manera, en él también estaba inmortalizado Víctor Hugo.

Erick pidió un yungueñito –aguardiente con naranja– para recordar los buenos tiempos. Tenía ojeras profundas, pero ya no por las noches en vela a lomos de una copa “sino por mi beba, que no perdona”, me dijo. Luego me contó que siempre traía aquí a sus chicas para que las conociera Víctor Hugo. Que a una le recitó algunos versos en quechua y quedó enamoradísima. “Pero lo que jamás olvidaré –me confesó Erick– es cuando le presenté a la madre de mi hija. ‘Por fin te has jodido la vida’, se reía a carcajadas. Así era él, conciso y directo en sus apreciaciones, y lleno de anécdotas. Una vez me habló de un morguero que tenía relaciones con una cholita muerta. Y cuando se deprimía lloraba, lloraba muchísimo, con un llanto bien indígena, sin soltar lágrimas”.

Erick fue un privilegiado. Sin ser alcohólico, pudo acompañar a Viscarra en algunas de sus muchas escaramuzas para calentar el alma, un alma que el escritor sentía siempre fría. Y en cada salida con él se sorprendía. “Un par de veces quiso llevarme al Averno, un local de mala reputación, pero ya no existía, y en una ocasión terminamos en un bar en el que sólo había baldes para tomar. ‘Si entras aquí, no vas a querer salir’, me dijo”.

En Borracho estaba, pero me acuerdo Víctor Hugo dibuja con sus afiladas descripciones escondrijos similares. Uno de ellos es el famoso Cementerio de los Elefantes. Y lo describe así: “Para los que quieren suicidarse bebiendo sin parar está el traguerío de doña Hortensia, conocido entre los ‘artistas’ –los borrachos– como el Cementerio de los Elefantes, un lugar en el que el ‘artista’ que decide suicidarse es conducido a un cuarto para que pueda terminar con su existencia. Como los bebedores tienen el pulso de pajero, doña Hortensia les vende el trago en un balde de plástico en el que caben dos litros de líquido. Para beber, a falta de un vaso de cristal, les da un vasito vacío de yogurt. Y para que el tipo no se eche atrás, cierra la puerta con un candado, cuya llave guarda luego en uno de los bolsillos de su pollera [falda]. Cuando hay necesidad de botarlo a la calle –porque está tieso–, no faltan nunca voluntarios para llevarlo al callejón, donde lo recoge luego la furgoneta de homicidios”.

Según Erick, la mayoría de los sitios que Viscarra visitaba eran sórdidos, sucios, desaconsejables para los estómagos sensibles, pero excelentes para que Víctor Hugo alimentara sus relatos. El escritor aseguraba que en La Casa Blanca, donde atendían de domingo a domingo, tomó una vez 19 días y 19 noches consecutivos y que no recordaba haber comido nada en aquella aventura. En el Callejón Tapia, ubicado en un rincón con el mismo nombre, tuvo su bautizo de fuego: allí, a los 16 años, comenzó a probar sus primeros tragos fuertes; y allí comprendió que con alcohol en el cuerpo las bajas temperaturas son más llevaderas. Del Averno destacaba las peleas, tan violentas que “a nadie le extrañaba ver el empedrado manchado de sangre cuando amanecía”. Y contaba que, cuando tenía plata, trataba de no abandonar estos tugurios hasta las primeras luces, cuando el sol entraba en el cuerpo de uno como si fuera agua bendita.

–Cuando tomaba, él era consciente de que moriría joven –me dijo Erick antes de que abandonáramos juntos el Bocaisapo.

Después subimos las graditas que conectan con la calle Jaén, una vía estrecha y adoquinada, llena de balcones señoriales, donde los vecinos aseguran haber escuchado cascos de caballo, lamentos de condenado y los pasos de una viuda negra.

***

Mi último encuentro con Víctor Hugo fue en abril de 2006, en el café Alexander de Sopocachi, un barrio de La Paz con casas de pocas alturas y grandes edificios donde en los últimos años se ha instalado una buena parte de la bohemia de la ciudad, pero una bohemia bastante ligada a una clase media que desagradaba especialmente al escritor.

Quizá por eso no tardó mucho en llegar el primer reproche de la tarde:

–¡Esta mate no tiene nada de sabor, parece agua, carajo! –protestó.

Aquel día estaba a mi lado Mabel Franco, también amiga de Viscarra y periodista del diario La Razón. Aunque él quería irse, insistimos en quedarnos para que llenara el buche con algo consistente. Y al final pidió a regañadientes una ensalada muy frugal: sin champiñones, ni pepino, ni tomate, ni pan, ni aliño. Lechuga y punto.

–El estómago no me acepta casi nada –justificó al notarnos a Mabel y a mí un poco inquietos. Su cara estaba inflada, parecía una caricatura. Sus palabras, a ratos, sonaban como un aullido apagado. Pero no había perdido su buen humor: su humor negro.
–Si pudiera, me compraría un cuerpo a medio uso en el Barrio Chino –nos dijo, divertido, acto seguido.

El Barrio Chino es un pequeño territorio de La Paz, entre las calles Sagárnaga e Isaac Tamayo, donde transan los volteadores, descuidistas, rateros y raterillos. Y donde se dan cita habitualmente los “vizcachas” (vendedores de objetos robados), quienes, según Viscarra, están sindicalizados y afiliados a la Central Obrera Boliviana.

Mientras Víctor Hugo hablaba, algunas miradas furtivas se concentraban a nuestro alrededor. Un par de encorbatados de las mesas contiguas parecían incómodos con nuestra presencia. Examinaban disimuladamente al escritor, pero con asco. Hasta que Víctor Hugo volteó los ojos y, sin pronunciar palabra, los tuteó con apenas un golpe de vista. Fue como si dijera: más asco les tengo yo y no pasa nada.

–No soy como ellos. No me gusta el deporte. No me gusta la política. Y no me gustan los intelectuales. Pero bueno, aunque otros ganan el quivo (la plata), yo me he llevado la fama. Hay que tener agallas para desenvolverse en este mundo y no en el cuento de hadas donde habita la mayor parte de esta gente –resumió Viscarra de un tirón (porque Mabel y yo reaccionamos como si no entendiéramos bien lo que pasaba).

Era un Viscarra envuelto en una bufanda roja desgastada y en un suéter gris con agujeros que se veía igual de mal que el escritor, igual de maltratado. Lucía como un viejo achacoso. Su tos se había vuelto crónica. Un temblor repetitivo en una mano dificultaba sus movimientos. Y su listado de dolencias se había multiplicado. Por eso el reencuentro duró menos de lo habitual, de lo esperado. Y con la ensalada todavía a medio terminar nos retiramos del café despacio, a su paso.

Cuando salimos, Viscarra se agarró al brazo de Mabel como si fuera una botella. Andamos unos pocos metros, hicimos parar un taxi y él se despidió con una sola frase:

–Ya estoy demasiado mayor para amargarme –nos dijo.

Ya nunca más volvería a escuchar su voz. Dos semanas más tarde, ingresó al hospital Arco Iris. Otras dos después murió.

***

Vicky Ayllón estuvo a su lado en esos momentos tan difíciles. Aquellos días muchos de los que conocían a Víctor Hugo desaparecieron. Ella no: el escritor le había rescatado en una de las dictaduras más sangrientas de Bolivia, la de García Meza, en los ochenta, que persiguió y castigó con saña a muchos de los miembros del Partido Comunista.

Cuando me entrevisté con Vicky en un despacho de la editorial Plural, poco después del fallecimiento de Viscarra, ella combatía el frío con cafés y cigarrillos. Y recordaba con los párpados completamente cerrados cómo el escritor le guió por una parte de la ciudad que desconocía para protegerla de los torturadores que por aquel entonces la acechaban. Concentrada, sin abrirlos ni siquiera un segundo mientras hablaba.

–El día que Víctor Hugo me ayudó a escapar de los que me buscaban nos vimos en el mercado Uruguay. ¿Estás dispuesta a ir donde sea?, me dijo. Le contesté que sí. Estaba anocheciendo y me llevó primero por un sinfín de recovecos. Yo era una intrusa, pero sabía que él dominaba bien el barrio y eso me daba confianza. Seguimos por más callejones hasta llegar a una puerta de latón. Y luego comenzamos a bajar hasta un lugar con una tela blanca. Detrás había un hueco. Era un cuarto de tierra con las paredes blanqueadas con cal, un colchón de paja y una manta. Había que usar velas para ver bien. Y me dejó allí sola. Dos horas más tarde volvió con una hamburguesa y varias revistas: Vanidades y Cosmopolitan. Me salvó la vida. Y yo le quedé eternamente agradecida.

La complicidad creció y Vicky se convirtió después en una incondicional de Víctor Hugo. Por eso no me extrañó ver encima de su mesa un par de libros de Viscarra. Mientras hablábamos los manoseaba. Pero sin detenerse a mirar ninguna de las páginas.

–Su estrategia, sin duda, se basaba en la supervivencia –siguió contando Ayllón mientras sorbía su café de a poco, como si eso le tranquilizara–. Y consiguió algo muy difícil de lograr cuando la calle es casi el único mundo en el que uno se desenvuelve: ser respetado. En una ocasión me invitó a La Guerra, un local de los bajos fondos de La Paz, y la experiencia fue hermosa. “Puedes poner tu cartera y el celular sobre la mesa. Han destinado a un tipo para cuidarnos”, me dijo. Luego, la señora que nos atendía lo felicitó sincera. “Podías habernos delatado y no lo has hecho. Eso significa que eres un buen escritor”, le dijo. Para mí no hay crítica literaria más profunda que esa.

En casa de Vicky, Víctor Hugo, que no tenía un peso casi nunca, y menos para comprarse libros, leía a los clásicos y a los no tan clásicos con la voracidad de un lector al que le quema el papel entre las manos.

–Cuando lo hacía, se encogía. Mostraba toda su joroba y volcaba su cuerpo sobre el libro. Era muy inquieto. Reía, puteaba, exclamaba. No era educado. Ejercía su derecho activo sobre la lectura: hacía escuchar las reacciones que le provocaba el texto.

Gracias a estos encuentros, Vicky pudo saber algo más de su pasado, aunque tampoco mucho. Supo que Viscarra estuvo en un albergue para menores. Que luego entró al seminario como novicio. Que allí no duró mucho. Que perteneció a las juventudes comunistas. Que trabajó para el Servicio de Aduanas en la localidad fronteriza de Charaña, conocida por su dureza, por ser un punto perdido en mitad del Altiplano. Que le dieron un puesto en la Casa de Cultura de Cochabamba. Que no aguantaba eso de estar en medio de oficinas. Que su psiquiatra le recomendó escribir todo lo que sentía. Y que así lo hizo, pero llevando la experiencia con el alcohol hasta las últimas consecuencias.

La conversación se interrumpió cuando Vicky recibió una llamada telefónica de sus amigos, que le estaban convocando a tomar unos “traguines” más tarde en el Bocaisapo. Unos de esos que a Viscarra tanto le gustaban. Porque le distraían. Porque le relajaban. Porque supuraban las heridas.

***

En diciembre de 2006, casi siete meses después de su muerte, fui al Cementerio General para volver a ver a Víctor Hugo. Tardé un poco en dar con su tumba. Las únicas referencias para localizarla me las había proporcionado Manuel Vargas, su editor, tomando como único punto de partida la capilla donde se realizan los responsos a los difuntos antes de los entierros.

Desde ahí desfilé frente a una hilera interminable de tumbas, todas parecidas, con flores de plástico y pequeñas fotos de los fallecidos insertadas en portarretratos minimalistas. Mientras caminaba, pensaba que en lugares como éste también hay clases: granito, mármol y mausoleos para la gente con plata y cemento, mucho cemento, para el resto. Seguí andando y me topé con dos o tres tumbas sin lápida, con una inscripción mal hecha cuando el cemento estaba todavía fresco. Y tardé un rato en hallar la de Viscarra, aún más sencilla. Su familia –al parecer– no quiso gastar ni un solo peso para adecentar su sepultura.

Como hicieron otros antes, le llevé una botella de aguardiente. Para que matara las penas. O las quemara. Porque su madre, a la que tanto odiaba, ni siquiera muerto lo dejó descansar tranquilo. “Sinvergüenza, lo que me has hecho sufrir, te has dejado vencer porque eres un débil”, cuenta el cineasta Armando Urioste que exclamó ella en pleno entierro.

Ese día, Ayllón brindó a su salud con los alcohólicos que seguían la comitiva fúnebre.

–¡Viva La Guerra! –gritó alzando un botellín de cerveza en honor al antro donde una vez se emborracharon juntos.
–¡Ya, mierda, así como pateaste la vida patea ahora la muerte! –dijo después. Y la tierra se tragó a Viscarra con la misma velocidad con la que él vaciaba los vasos una y otra vez cuando estaban llenos.

Víctor Hugo sostenía que los marginados –como él– conforman un gremio en extinción permanente. “Pero, por suerte, siguen llegando nuevos adscritos”, añadía.

Hacen falta. Porque a veces los que parecen no tener ninguna dignidad cargan con toda la dignidad del hombre, como lo hacía Viscarra, que continúa todavía vivo como personaje literario, en sus libros.

Salí del cementerio y atrás quedaron las “aves funerarias”, adolescentes que conocen las historias de cada una de las fosas del camposanto; los rezadores profesionales, que reparten ave marías y padres nuestros con la misma seriedad con la que los panaderos hornean el pan cada mañana; las lloronas, que lloran como lo hacía Víctor Hugo, sin verter lágrimas; los limpiadores de tumbas, que escalera en mano, por unos pocos pesos, se encargan de que los sepulcros se mantengan blancos; los niños sin techo, que esnifan pegamento en los nichos vacíos; y Viscarra.

A falta de fogatas, esperaba que el escritor se mantuviera caliente con la botella de alcohol que unos minutos antes dejé a su lado. Aquel día hacía frío, mucho frío.

1. (el gol)

Cuando el pasado 23 de enero Yuri Villarroel marcó un gol histórico para La Paz Fútbol Club no pensó que semanas más tarde sería secuestrado. El suyo fue un tanto extraño: le pegó ligeramente con el muslo. Fue su primera diana como profesional. Y fue la primera vez que un jugador de la liga boliviana hacía gol en un partido oficial en El Alto, en el estadio Los Andes, uno de los más elevados del planeta, a 4.080 metros sobre el nivel del mar. A esa altitud en otros lugares no hay ciudades sino montañas. A esa altitud en países como Suiza construyen pistas de esquí. Yuri, sin embargo, hizo aquel mágico gol como si nada, con la calma de un notario que estampa su firma en un contrato.

Fue en el minuto veintiséis del segundo tiempo, saliendo del banquillo; después de una falta en el lateral izquierdo; tras un centro del argentino Alejandro Molina que parecía que nunca tocaría el suelo; tras ese centro envenenado que efectivamente nunca pisó suelo; que terminó en la pierna de Yuri, quien de volea lo introdujo en la red, tras el portero. En un parpadeo: visto, no visto. Luego: silencio, el estallido de la grada, Yuri corriendo con el grito en la boca hacia la banda, sin polera. Allí. Tan arriba. Mirando a toda la fanaticada. Con un cuerpo en ebullición ajeno a los diez grados de temperatura.

2. (el camarín)

Un mes después, en el mismo lugar, en el mismo escenario, Yuri siente el frío que no le incomodó aquel día. Son las ocho de la noche y dentro, en los camerinos, no es suficiente el café hirviendo para calentarse. Dentro, paredes blancas, desangeladas. Dentro las sillas de plástico que usan los jugadores para cambiarse están más juntas que de costumbre. Dentro se consultan los relojes a cada rato. Dentro algunos hablan por teléfono; otros dormitan. Dentro, los secuestrados, los integrantes de La Paz Fútbol Club: los futbolistas, el entrenador, el médico, el masajista, el chofer del bus que les ha traído. Dentro se está mejor que fuera. Fuera parece el fin del mundo.

Afuera, arena y viento: los vientos del norte que se apoderan de las calles como si fueran su desagüe. Afuera, las casas que se repiten: todas iguales, todas de adobe, ladrillo descubierto y calamina. Afuera, Cosmos 79: el barrio interminable, extenso como una estepa, rojizo, duro, inexpresivo. Afuera, los vecinos. Los vecinos que oyeron por la radio a la mañana que vetarían su estadio por inseguro, los vecinos que luego se movilizaron, los vecinos que cerraron el recinto con candados, los vecinos que dijeron: “nadie entra, nadie sale”. Afuera, el horizonte, la lejanía, el olvido. A más de 4.000 metros: el olvido. Afuera, los hinchas: los hinchas que secuestraron a su propio equipo.

3. (cartografías)

Sólo un hincha desesperado sería capaz de secuestrar a su propio equipo. En Cosmos 79 los desesperados fueron más de cien vecinos. Lo suyo fue un secuestro silencioso, amable incluso. Sin armas. Sin aderezos. Un jaque mate magistral en una sola jugada: sellaron las puertas una a una y esperaron nada más a que La Paz F.C. acabara el entrenamiento.

Fue un catenaccio1 en toda regla. Genial. Improvisado. La única manera posible de que un lugar que no aparece ni en las guías de viaje ni en las cartografías de turista dejara de ser invisible durante un rato.

—En realidad no se trataba de un secuestro. Fue pura estrategia. ¿De qué otra forma podíamos presionar para que no clausuraran nuestro campo? —pregunta ahora Roberto Condori Chura, vicepresidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

Dice Roberto que, después de una inspección y varias remodelaciones, el estadio Los Andes fue habilitado a principios de año por la Liga para acoger partidos oficiales. Que fueron los mismos vecinos los que llenos de ilusión arreglaron las duchas, taparon los agujeros y cercaron con mallas de seguridad las instalaciones.

—Todo lo que nos pidieron lo acondicionamos. Hasta mujeres había trabajando picota en mano. Por eso nadie entiende que nos quieran vetar el estadio. Dicen que no ofrecemos garantías. Que no entra gente en nuestras graderías. Pero aquí no ha muerto nadie. Aquí pueden venir moros y cristianos.

4. (villas y favelas)

Roberto agarra con la mano izquierda una agenda de cuero marrón donde anota lo que ocurre en el barrio: los reclamos, las denuncias, los problemas, los incidentes. Absolutamente todo. Viste una gabardina negra, zapatos bien lustrados, camisa blanca y lentes oscuros para el sol. Aunque no lo sea, tiene el rostro duro de los funcionarios. Y una idea clara: nadie tiene derecho a dejar sin fútbol de primera a la ciudad de El Alto.

—Sin Liga, sin partidos —silabea. Y señala hacia unos jovencitos que disputan en estos momentos un campeonato intercolegial en el estadio, que se mueven aún con cierta torpeza, que corren detrás de la pelota como si ésta fuera una liebre inalcanzable.

—¡No lo permitiremos! —exclama acto seguido—. Nos están discriminando: estos niños deberían poder ver aquí (donde han nacido) a los jugadores que admiran tanto.

En Cosmos 79, como en las favelas de Río o en las villas de Buenos Aires, el fútbol se ha convertido en una válvula de escape. Los niños quieren ser aquí como Cristiano Ronaldo o Leo Messi, los nuevos rock stars de la enciclopedia balompédica. Y el hecho de que una estrella como Messi firmara su primer contrato en una servilleta les da esperanza: su historia es la de un muchacho humilde capaz de conquistar el mundo bailando en los terrenos de juego. Les hace ver que pueden superarse: Messi, que mide 1.69, anota a veces goles por encima de gigantes de dos metros.

Quizá por eso el escritor y periodista mexicano Juan Villoro dice que “no hay defensas ni cerraduras que puedan detenerlo”.

El día del secuestro, sin embargo, en el estadio Los Andes bastaron un puñado de candados para detener a un equipo completo. Sólo un par de juveniles escaparon. “Saltaron el muro de tres metros”, me diría semanas después Carlos Eulate, uno de los custodios del campo. El resto pensó que se trataba de una broma cuando alguien apareció por el camerino para decir que estaban encerrados. Muchos no se lo tomaron en serio hasta que el médico del plantel, Cristian Guevara, repartió vitaminas A y C para que no se resfriaran.

5. (número 504)

Dice el periodista Ricardo Bajo que La Paz F.C. es “un equipo atípico y casi único en el mundo”. Con escasa hinchada, con apenas divisiones inferiores y que entrena en canchas alquiladas. Dice que “es el plantel de una sola persona”: Mauricio González, que ha transferido jugadores en otras épocas a destinos tan exóticos como Azerbaiyán o China. Dice también que González fue presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia. Que luego quiso tener un club y, como quien va de shopping, “se compró uno”.

Hoy es un jueves de finales de marzo y estoy en frente de una casa que parece ser una oficina, frente a una puerta sin placa, identificada nada más que por el número 504. Entre esa puerta y la casa hay un patio con una palmera, un jardinero y un gimnasio personal un tanto improvisado. Dentro, en la sala en la que me aguarda Mauricio González, apenas hay muebles: sólo algún trofeo, fotos y una mesa de madera donde está él, parapetado en una silla. Sin mirarme, mientras chequea algo en su laptop, dice que puede darme veinte minutos. “Soy un hombre muy ocupado”, anuncia.

Mauricio es un tipo de mediana edad, alto, robusto, que viste bien —de traje, con chaqueta a cuadros y un elegante pañuelo en la solapa—, que como la mayoría de sus amigos empresarios consulta el celular a cada rato.

6. (evasivas)

Con su teléfono celular Mauricio maneja el pequeño mundo que le rodea: da órdenes, negocia fichajes o traspasos, ofrece exclusivas a los periodistas e interpela de vez en cuando al cuerpo técnico, porque es duro admitir que su equipo, el equipo que más alto patea la pelota (a 4.000 metros), sea el que más abajo está en la tabla de clasificaciones.

Pero el día que encerraron a su plantel en el estadio Los Andes el celular no le sirvió de mucho. Aquel día tuvo que ir a negociar personalmente a El Alto.

—¿Para que los vecinos soltaran a los rehenes? —le pregunto.

—No, por Dios, no. No fue un secuestro.

Mauricio González me dice ahora que no, que a su equipo no lo secuestraron.

—Pero no los dejaban salir, los tenían retenidos en el campo —le digo.

—No, no, claro que no, mis jugadores no estaban retenidos —insiste.

Lo piensa un poco, como si dudara. Y luego hace énfasis en el final de la frase:

—No, no estaban retenidos —recalca.

Lo hace, creo, para que me quede claro.

Después Mauricio me reitera que todo fue de mutuo acuerdo, que a los jugadores les llevaron sándwich y pollos a la broaster para matar el hambre. Que los dejaron ir antes de las diez de la noche para que no enfermaran.

—Los dejaron ir —repito.

—Los dejaron ir —repite.

Los dejaron ir después de que se calmaran los ánimos. Los dejaron ir después de que a los vecinos nadie les hiciera caso.

7. (colorados)

La Paz Fútbol Club se llamaba antes Atlético González en honor al padre de Mauricio. Tuvo sus días de gloria: en 2007 ganó la Copa Aerosur y ha llegado a ser subcampeón de Liga. Pero desde hace un par de años se tambalea en las últimas posiciones del torneo.

—Hasta hace poco éramos el tercer equipo de La Paz. Y lo que necesitábamos era hallar un hogar en el que se nos quisiera. Porque la gente de La Paz es muy cariñosa, pero tiene un problema: es hincha de The Strongest o Bolívar —Mauricio sonríe—. Para mí la dupla con los alteños es magnífica: nosotros ganamos afición y ellos pueden tener fútbol en su casa, en su estadio. Por eso solicitamos jugar en la ciudad de El Alto.

Hace algunos años, ante la ausencia de una barra, Mauricio hizo gestiones para que una compañía del regimiento de los Colorados, con sus bombos y bien uniformada, les alentara. Quiso ser un golpe de efecto: los Colorados suelen ser muchachos altos, bien plantados, que llaman la atención porque visten de manera un tanto extravagante, como soldaditos de plomo, que forman parte de la escolta presidencial, es decir, son los que custodian el Palacio de Gobierno. ¿Qué mejor recurso para conquistar las gradas?

Aquella fórmula, sin embargo, se agotó enseguida. Y ahora, de momento, La Paz Fútbol Club es todavía una especie de prótesis para El Alto, una ciudad a la que le faltaba esa extremidad llamada equipo. Porque el idilio seguramente no se completará hasta la siguiente temporada, cuando el plantel azulgrana cambie de nombre y pase a ser oficialmente El Alto Fútbol Club: el club de El Alto.

8. (los latinos)

Es domingo y en Cosmos 79, justo en la puerta del restaurante Los Latinos, hay un futbolín con dos equipos: The Strongest y Bolívar. Los futbolistas de madera —atigrados unos, celestes otros— están ya pálidos de tanto uso. Seguramente, después de haber protagonizado partidillos memorables entre vecinos.

—¿Y cuándo pintará a los jugadores de alguno de los dos equipos de azulgrana? —le pregunto a Olimpia Mamani, la dueña del local, de treinta y cinco años—. Al fin y al cabo, son los colores de La Paz F.C., ¿no ve?, que ahora representa a El Alto.

Olimpia me regala una sonrisa a medias. Luego, se encoge de hombros. No sabe aún cuándo. Todavía hay muchos bolivaristas y estronguistas en el barrio.

Cuando The Strongest subió a jugar a El Alto contra La Paz F.C. el restaurante Los Latinos estaba repleto. Se llenó con comensales el primer piso, el principal, el de las mesas, el de los colores crema, el de los platos típicos, el de la cumbia y la música chicha. Pero también los que están en construcción: el segundo, el tercero y el cuarto.

—Me quedé sin sodas. Sin dulces. Sin cigarros. Sin comida. Sin cervezas. Me vaciaron el almacén entero —enumera Olimpia.

Por unos pocos pesos, el edificio se convirtió en una gradería improvisada, en una especie de tribuna para el pueblo. Allí arriba había gente de pie y otra sentada en sillas plásticas: niños, hombres y mujeres. En medio de la obra bruta, entre ladrillos.

A metros de Los Latinos había también personas subidas sobre camiones, micros y otras movilidades. Muchos con sus bufandas apasteladas, apoyando desde ahí a uno u otro bando, bajo ese sol tan típico del Altiplano: que no calienta pero quema.

9. (tucumanas)

De vez en cuando, Gladys Ticona, cuarenta y ocho años, ofrece tucumanas al lado del mercado de Cosmos 79. Hoy es sábado, hay bastante ajetreo y ella se protege de la claridad con un sombrero. Luce además un uniforme azul cielo que se distingue desde lejos. Y maneja un carrito móvil en el que hay tarritos con salsa de maní y con llajua para que los clientes acompañen sus empanadas.

Gladys dice que en el barrio hay ahora muchas vivanderas (alrededor de ciento ochenta). Que los terrenos han subido de precio desde que construyeron el estadio. Que los días de partido el verdadero negocio aquí no es el de los goles, sino el de la comida.

—Cuando juega La Paz Fútbol Club algunas compañeras venden en un día lo que a veces no despachan en una semana —asegura.

Una ecuación perfecta. Pero por el momento —y tras las nuevas observaciones que le han hecho al campo: escaso aforo, barandas débiles, concentración de materiales áridos, falta de espacios adecuados para la prensa, etcétera— los partidos de primera división han sido un patrimonio escaso.

Por eso la pujanza no llega todavía. Por eso dice Gladys que protestaron.

—No tenemos nada en contra de los jugadores. Ellos son como mis hijos. Pero lo que nos está haciendo la Liga es una injusticia. Y acá ante cosas así reaccionamos.

Gladys evita llamar secuestro a lo ocurrido hace unas semanas. “Incidente —dice—. No hay que exagerar lo que ha pasado. Eso nomás fue: un incidente”.

La palabra exacta para ella es incidente.

—Además —aclara—, antes de las diez dejamos marchar a todos los futbolistas por una de las puertas. Pero a los periodistas no les avisamos para que se quedaran.

10. (fuera de foco)

Un secuestro comparte con la cita a ciegas los desenlaces imprevistos. En 1942, durante la ocupación alemana, los jugadores del Dínamo de Kiev, que se encontraban retenidos, eligieron dar la vida a perder en su propio campo contra una selección de Hitler. “Si nos ganan, les matamos”, les dijeron; y así fue: los torturaron y los fusilaron (algunos lucían aún los dorsales de aquel partido cuando les dispararon). En México, el jugador peruano Reimond Manco, del Atlante, tuvo mejor suerte este año: salió ileso. Porque nunca hubo secuestro: se lo inventó él para no confesar que estaba ebrio. Acá, en Cosmos 79, el objetivo era simplemente ser noticia: aparecer en los medios.

Y esta vez sí: el barrio fue por fin noticia después de mucho tiempo.

Mientras tanto, en los camarines, los jugadores quedaron en un segundo plano, fuera de foco, resignados. Para gente acostumbrada a los flashes, los micrófonos y las atenciones estar casi ocho horas encerrada puede ser algo terriblemente soporífero.

Aquel día, los futbolistas jugaron cartas. Escucharon música en sus teléfonos o en sus iPod. Se hacían bromas unos a otros. Descansaban intranquilos sentados con las piernas estiradas o sobre la camilla de emergencias. Y armaban comitivas de dos o tres personas para acercarse a la puerta principal a enterarse cómo iban las negociaciones. Pero las negociaciones no iban. Mauricio Méndez, el presidente de la Liga, no atendía las llamadas. Como quien apaga la luz apagó su celular y dio carpetazo al caso.

Cuando bajó la temperatura, el lugar se transformó en un pequeño frigorífico en el que cada vez era más complicado calentar las articulaciones. No había frazadas. Y el masajista hizo horas extras de pierna en pierna.

—Pero entendíamos perfectamente a los vecinos —dice Richard Rojas, volante de contención de treinta y seis años—. Son personas de gran corazón y querendonas del fútbol. Protestaron porque nos quieren allí, en El Alto. Probablemente, si no lo hubieran hecho así, nadie les estaría haciendo caso.

11. (el mercader)

Como muchas otras zonas de El Alto, Cosmos 79 era antes una hacienda: Collpani, que comenzó a urbanizarse en 1979 de la mano de Benigno Gómez, a quien algunos apodaban El Mercader de Tierras. Parece ser que Benigno era el apoderado de veinticinco colonos que no sabían leer ni escribir; y que ellos le encargaron la venta de sus terrenos.

Hace veinte años en este lugar no había luz. El agua se conseguía en pozos. Y los pocos privilegiados que tenían un televisor lo hacían funcionar con baterías que hacían cargar en un barrio cercano. En aquella época los partidos de fútbol eran aún un acontecimiento exótico. Se jugaba por una vaca, por un toro. A veces, por una llama.

Hoy, en El Alto, las canchas se improvisan en cualquier esquina los fines de semana. El fútbol es aquí casi una religión que compite únicamente con las iglesias evangélicas y con los más de sesenta campanarios de estilo renacentista que el sacerdote alemán Sebastián Obermaier construyó para que sean lo primero que uno vea del avión cuando aterriza. Por eso no debe extrañar que las dos estructuras que han sacado a Cosmos 79 del ostracismo hayan sido la catedral de Obermaier y el stádium Los Andes.

La catedral está ubicada sobre un antiguo cementerio campesino y, además de ser el principal centro espiritual de este sector, es un punto de encuentro, ya que está al lado del mercado, un tinglado de tablones y nailones azules en el que se comercializan fideos, carnes, frutas y verduras. El estadio, por su parte, es un “elefante blanco”. Según el escritor alteño Marco Alberto Quispe Villca, uno de los incentivos principales para que este área deje de ser patio trasero de la ciudad de El Alto.

Pronto se construirán las curvas y Los Andes podría albergar a cerca de veinte mil espectadores, es decir, a casi la mitad de los habitantes de este barrio que eligió un nombre exquisito. Porque Cosmos fue un célebre equipo de Nueva York que en las décadas de los 70 y 80 reclutó a futbolistas míticos, como Pelé o Franz Beckenbauer. Sin embargo, en estas calles en las que por el día aún pastan desordenadas algunas ovejas son pocos los que conocen este dato histórico.

12. (plus altus)

Plus Altus (más alto) es el lema de La Paz Fútbol Club; y son pocos los campos en el mundo que están más arriba que el estadio Los Andes. Desde su gradería se impone un paisaje único: la Cordillera Real, una cadena montañosa con picos cosidos uno detrás de otro y una altura promedio de seis mil metros. Los aficionados saben cómo convertir cada partido aquí en un bonito espectáculo. Pero los equipos se resisten aún a jugar tan lejos.

A Cosmos 79 se llega tras media hora de viaje, en minibús o micro, desde la Ceja de la ciudad de El Alto. La Ceja es el límite con La Paz. Una frontera. El lugar del que salen todos los caminos (y al que todos los caminos llegan).

Algunos han llamado a El Alto la no-ciudad por su apariencia invisible, porque no tiene rascacielos, ni calles edulcoradas con cientos de letreros luminosos ni otros puntos de referencia tan típicos de cualquier urbe moderna. Porque es gris y polvorienta. Porque está invadida por el comercio informal y por los perros callejeros. Pero es en realidad la ciudad más representativa del país: poblada por gente de todos sus rincones, sobre todo del campo. Y Cosmos 79 es inevitablemente un clon perfecto.

En el trayecto hacia este barrio hay una calle invadida por los vendedores de madera. Hay llanterías. Hay avenidas que parece que no van a terminar nunca. Hay pintadas que avisan lo que pasará si un ladrón se acerca: “Auto sospechoso será quemado”, se lee en algunas de ellas. De lo alto de varias luminarias cuelgan ahorcados muñecos de trapo, sin rostro, que también sirven de advertencia a los rateros. Y un mal giro en esta pampa de asfalto y de ladrillo provoca con facilidad que uno se despiste y ponga dirección hacia otro lado: en su día, por ejemplo, el Real Mamoré, primer plantel profesional que se estrenó en Los Andes como visitante, se perdió por el camino y el partido tuvo que retrasarse varios minutos.

—Pero eso no es excusa para que otros equipos no quieran venir acá —se duele Francisco Quispe, presidente del Consejo Central de Juntas Vecinales de Cosmos 79.

—Si tan buenos dicen que son, ¿de qué tienen miedo?, ¿de la altura?, ¿del césped sintético? Lo que pasa es que son muy malos. Lo que ocurre es que no hemos tenido fútbol de verdad desde el 94.

El francés Albert Camus, que fue arquero y gambeteador antes que ensayista, tuberculoso y novelista, decía: “para mí, patria es la selección nacional de fútbol”. Y en Bolivia aquella patria se quedó anclada en 1994.

La selección del 94, la más aclamada de la historia boliviana, fue la última en clasificarse para un Mundial. Y es tan representativa para el país que algunos de sus futbolistas acaban de pedir una renta vitalicia por los servicios prestados. Como si hubieran arriesgado la vida en alguna famélica trinchera en mitad de una batalla.

13. (último minuto)

—Si quieren guerra, tendrán guerra —me dice otro día desde una banca de madera Roberto Aguilar, dirigente de la Federación de Juntas Vecinales de El Alto (Fejuve).

La sede de la Fejuve es un edificio pálido, de paredes desconchadas, que no deja de engullir y escupir gente. Es un termómetro que mide el estado de ánimo de la sociedad alteña. El cuartel general de una organización que en 2003, tras una masacre militar, hizo huir al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.

A los diecisiete, la edad en la que Messi comenzaba a triunfar en el Barcelona, Roberto Aguilar me cuenta que él ya había renunciado a convertirse en futbolista. En el club español le pagaron a La Pulga un tratamiento hormonal de novecientos dólares mensuales. En casa de Roberto no alcanzaba para botines o una pelota reglamentaria. Y ahora a Roberto le sobran años para jugar —ya ronda los cincuenta—, pero no para disfrutar del fútbol.

—Mis compañeros y yo ya estamos bastante pasaditos, pero en el estadio Los Andes jugarán dentro de poco otros alteños, los que sí tienen futuro —suspira.

Luego, intuyendo que hay encima suyo un par de miradas de curiosos, reclama:

—¡Se juega donde se vive!

Y su voz suena con eco por el pasillo.

El fútbol, pienso entonces, es también una cuestión de democracia.

En 2007, Evo Morales sorprendió al mundo iniciando una cruzada para evitar que el suizo Joseph Blatter, presidente de la FIFA, vetara los estadios situados a más de 2.500 metros. “Quien puede hacer el amor en las alturas también puede jugar fútbol”, dijo Evo; y para demostrar que no pasaba nada, rozando la locura, organizó un partido de futbito en la cumbre del Sajama, el techo del país con más de 6.500 metros.

En Cosmos 79 la locura fue un secuestro express en el último minuto. Un secuestro en defensa propia que los vecinos acababan de inventarse.

14. (la radio)

La última vez que visité el estadio Los Andes, alguien me dijo que, desde que no hay fútbol de Liga allí, todo se ve distinto: un poco raro. “El barrio está más triste”, fueron concretamente sus palabras. Se apagó sin más, así como se desvanece un fósforo decapitado.

La imagen ese día era de postal: las calles casi vacías, remolinos de polvo por donde pasaron las últimas vagonetas, fogonazos de luz en los tejados. En el campo de juego había un campeonato local y escaso público.

Saliendo ya de las graderías me crucé con un tipo de mediana edad y rostro seco, cuarteado. Cubría la cabeza con un chullo de colores neutros. Manejaba una bicicleta vieja de varillas oxidadas mientras una radio colgaba de su manillar y se meneaba como un péndulo. El locutor narraba el partido de La Paz Fútbol Club en otro stádium. O lo que es lo mismo: el señor escuchaba el partido que no le dejaban ver en su propio campo.