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Pasta de campeón

Publicado: 20 febrero 2017 en Jhonnatan Torrez Casanoba
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Sparring:

Cuatro segundos sin aire. Uno, dos, tres, cuatro… (como si fueran eternos)

1: El golpe preciso en la boca del estómago me quita el aire.
2: Pierdo el equilibrio. Intento respirar, no caer, meter aire. Caigo.
3: Desde el lodo puedo ver a estos hombres de uniforme, sin identificaciones. Uno sigue en la motocicleta negra, destartalada y sin placas; esperando a ver qué hago.
4: El aire vuelve con dolor, quiero hablar para pedir ayuda. Apenas puedo aferrarme a mi mochila e intento alcanzar la grabadora que cayó a menos de un metro del anónimo uniformado. Esto lo enfada más.

—No estarás grabando, ¿no?
—No…
—Bueno, cojudito, mejor que aprendas a no meter tu nariz donde no debes.

Los testigos reclaman por qué me golpearon (benditos sean). El conductor de la motocicleta sentencia:

—Ya sabes, última vez.

Se van.

Segundos después aparece una patrulla. Les cuento que intentaron quitarme la mochila, mis notas, la grabadora y cuando me negué, recibí el golpe. Un policía joven y de trato torpe, me dice:

—Si no hay placa o nombres, no podemos hacer nada. Vamos a estar atentos, pero ¿te das cuenta de que esto es una advertencia?

Una advertencia por meter la nariz donde no debo. Un canal de drenaje donde venden droga. Sí, y qué. Con una mezcla de enojo e impotencia, recuerdo esa tarde en que me metí en este lío. Todo había empezado con un apretón de manos. Así nada importante.

Dos meses antes de ese gancho al estómago, mientras trataba de entender cómo funcionaba esta ciudad que estructurada en anillos, devora a quien no puede seguirle el ritmo, conocí a Miguel. Miguel es un hombre viejo, delgado, que oculta las canas en una gorra desgastada y que tiene la mirada fija sobre mí. Nada extraordinario. Un tipo en la calle.

Alguna vez me contaron que dar la mano al saludar era una forma de demostrar que no tenías un arma y que podías ser confiable. Fue lo único que se me ocurrió cuando lo tuve en frente, extenderle la mano. Él hizo lo mismo.

—Buenas ¿qué hace por mi humilde barrio? -me dice en tono de broma.

Ese día, y así, conocí a Miguel Medina, quien a sus 56 años tenía las arrugas que te dejan la nostalgia, unos pantalones blancos y la autoconfianza de quien ha recibido muchos golpes en la vida.

—Yo fui boxeador, creo que por eso sigo vivo -dice

El boxeador

Miguel nació en Riberalta, es el sexto de siete hermanos. El negocio de la familia eran la castaña y la venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte puede oler la tierra mojada.

Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo. Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde entrenarse. Quería ser boxeador.

—Es que al toro hay que darle con qué torear, pues -dice riendo, aún con los ojos lejos, 35 años atrás.

Era 1980. Por esos años el deporte preferido de la ciudad era el básquetbol. Ser boxeador era algo extraño. Entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora de los tiempos. Sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional, como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB. Y eligió a unos cuantos. Para estar en esa selección había que hacer más que pelear. Había que ganar. Miguel estaba decidido. Entre golpe y golpe atrajo las miradas de los demás boxeadores y así consiguió su apodo.

—Me pusieron ‘Escocés’. No es un gran apodo. Al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se acostumbra.

—¿Y por qué la vergüenza?
—Yo tenía un short rojo con negro, a cuadros. Lo usé en una de mis primeras peleas. Cuando estaba arrinconado contra las cuerdas, recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto. Esperé que lance un golpe largo y levanté la pierna. El short se rompió y quedó como una falda. Y qué te puedo decir. Ese día no llevaba calzones.

Cuando el público comenzó a corear: “Escocés” (bis), el oponente se distrajo. Miguel combinó golpes al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpes se convertirían en su marca personal. El oponente, de quien nadie recuerda el nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo. Hay días en que la suerte se hace querer.

El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla del boxeo, porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título mundial que debía disputar con el francés Gilbert Delé en Francia. Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su inocencia, recuerda el episodio con amargura. Eran los 80 pues, el narcotráfico había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta los más altos niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro “Rey de la Cocaína”, un hombre que no solo financió un golpe de Estado, sino que se convirtió en el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro “Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narco-Estado”, escrito por la esposa de Suárez, Aida Levy. Durante esa década, la coca se había convertido en el 12% del Producto Interno Bruto del país. Para 1983 el tambor de coca (100 libras) costaba 800 dólares. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década, Bolivia producía cerca de 1.200 toneladas de pasta base de cocaína. Esos días el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso, sino que había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los estratos sociales.

En esa época, Miguel consumía cocaína. Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, a ser el que más aguantaba, a ser el campeón. En 1983, tuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores, entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía enfrentarse a Rogelio Jimenez, “La Perla Negra”, un boxeador grande, bailador, con pegada bestial.

—Yo estaba nervioso. El negro era fiero, pero yo no me iba a dejar. Estaba mareado cuando subí al ring, pero una vez lo tuve en frente, fue o él o yo.

Lo que nadie le había dicho a Miguel era que habían programado la pelea para que “La Perla Negra” lo despedace. Era el chanchito del sacrificio. Se acordaron 6 rounds. “La Perla”, un boxeador ya reconocido en esa época, de esos que bailan en el ring, que tienen las manos en baja guardia, que juegan con el oponente y dan ganas de darle un tiro, estaba listo para la que se supone sería una pelea sencilla. “Pacho” recuerda el episodio con emoción y risa:

—Le hizo la vida imposible a “La Perla”. Entró directo a arrollarlo, sin ver, sin pensar. Fue una pelea hermosa. “La Perla” quería jugar con Miguel, pero no tenía tiempo para nada. Cuando se dio cuenta ya estaba arrinconado recibiendo. Tres veces lo tumbó Miguel ¡tres veces! ¡Nadie podía creerlo!

“La Perla” cayó por primera vez. No era un chiste. No estaban para bailar, lo iban a romper. Entonces comenzó a subir las manos, a cubrirse la cara, se olvidó del estilo. Por cada golpe que daba, recibía tres. Miguel no era un hombre fácil de tumbar. Era un toro que arrasaba con todo. “La Perla” recibe un golpe al hígado, cae, los golpes siguen y el público comienza a aullar. Miguel recibe un golpe tras otro, pero para él lo importante es no caer. Lo importante es “fajar” y protegerse. Luego “La Perla” cae por tercera vez. La pelea termina por puntos. Miguel Medina Roca, el beniano que habían llevado para que otro boxeador se luzca, ganaba ahí donde nadie daba un peso por él. Ya entonces hacía lo que le daba la gana. Ganaba. Se sentía campeón.

Miguel fue el sparring de “Pacho”.

—Era bueno, aguantaba, no era fácil de doblar. Cuando atacaba, pegaba fuerte, era “fajador”, entraba y no le importaba nada, ni cuánto recibía; solo le importaba dar, ganar. Miguel peleaba para el público, le gustaba escuchar a la gente gritando.

Un fajador es un boxeador que combate a corta distancia intercambiando golpes hasta que alguien se desmorona. Digamos, Rocky Balboa. Todo lo contrario de un estilista, que prefiere el combate a distancia y el desplazamiento continuo sobre el ring. Como Floyd Mayweather.

—¿Y usted qué tipo de boxeador era? -le pregunto a “Pacho”.
—Con esa pregunta hemos confundido a muchos (ríe). A mí me entrenaron en los tres estilos básicos: fajador de corta distancia, el de media distancia, el contragolpeador y el estilista. En las peleas había aprendido a jugar y cambiar los estilos. Por eso perdí pocos combates, y nunca me noquearon.
—Entonces, ¿cambiar de estilo le ayudaba a confundir a su oponente?
—¡Claro! Como la pelea de Miguel con “La Perla”. Uno era fajador y el otro estilista, y cuando comenzaron a atacarse, Miguel lo sacó de esquema. “La Perla” quería cambiar de estilo, pero no podía y acababa cayendo. Al final, como boxeas es como vas a acabar tu vida.
—…Como boxeas, vas a acabar tu vida…
—Sí, mira, Miguel fajaba, le iba de frente como un toro, no pensaba, ese era su defecto. Todos los fajadores que conozco terminaron mal, dañados, porque son pues toros, ¿y como acaban los toros? Muertos.
—¿El fajador sólo gana en el ring?
—Mira, había boxeadores grandes aquí. Por ejemplo, un argentino que ahora es peluquero en Montero. Él era fajador, un gran boxeador, pero ahora se pierde, no puede mantener una charla porque se va… los golpes le dañaron la cabeza. Otros acabaron muertos o alcohólicos.
—¿Y cómo es cuando dos fajadores se encuentran?
—¡Un espectáculo! Eso le gusta a la gente, que se den, que se partan la cara. Pero no es bueno, uno no debe pelear para el público. En el ring hay reglas y técnica, el público no importa. Pero Miguel peleaba para el público, igual que uno que era cargador en la estación argentina. “Mata toros”, le decíamos y venía a entrenar, un fajador terrible, un día se agarraron con Miguel y paralizaron a todo el coliseo. Se daban como si el cuerpo fuese ajeno. La pelea no iba a terminar nunca. “Mata toros” golpeaba fuerte, imagínese un tipo que se pasa ocho horas al día cargando peso y Miguel… (hace una pausa y los ojos se llenan de nostalgia, traga saliva) y Miguel lo mejor que sabía hacer era atacar y aguantar, aun cuando uno pensaba que se iba a caer, aguantaba.
—El día que conocí a Miguel, lo primero que me contó es que él había sido boxeador, y que quizá por eso seguía vivo...

“Pacho” se percata que llevábamos mucho tiempo hablando de Miguel, del boxeo, de los 80, y que si bien habían pasado 33 años, aún sentía la adrenalina. No podía contar un solo episodio sin hacer la mímica perfecta de los movimientos de boxeador. Toma un sorbo de café y me pregunta:

—¿Y qué es de la vida de Miguel?
—Tiene 56 años, trabaja reciclando aluminio, plástico y vendiendo algunas cosas de segunda mano, vive en un canal de drenaje y es drogadicto.

Hugo “Pacho” Olivares, hoy un hombre de pelo blanco, de esos seres humanos con los que podrías sostener una charla sin mirar el reloj, el hombre que pudo vencer a casi todos sus oponentes por knock-out, se queda en silencio, tratando de digerir el golpe. Me pregunta.

—Pero, ¿está bien?
—Bueno, en la medida de lo que su forma de vida lo permite, se ha ganado el respeto de la gente ahí abajo.
—Es pues un guerrero, no era fácil doblar a Miguel.

Fajar y resistir

Miguel tenía 19 años la primera vez que probó la pasta base.

—Vomité todo, no podía creer que me haya caído tan mal, y probé una segunda y una tercera vez hasta que bueno, me gustó.

—Pero si le cayó mal ¿por qué seguir intentado?
—En esa época, bueno, desde que me acuerdo, las relaciones sociales se hacían bebiendo, y fumar me ayudaba a beber más tiempo, a aguantar más.
—¿Y consume desde los 19 años hasta ahora?
—Sí, al principio solo para beber, luego… bueno me hice vicioso.

Lo que al principio simplemente fue acercarse al vendedor de droga para consumirla, se fue convirtiendo en desaparecer del mundo por tres días, una semana, entrando y saliendo del submundo en el canal de drenaje. Había comenzado a vender todo lo que había heredado: tierras, vacas y el negocio familiar.

Unos primos decidieron ayudarlo enviándolo a vacunar vacas en el municipio beniano de Reyes.

—A la estancia que me mandaron solo se llegaba en avioneta. No había nada alrededor. Yo estaba a cargo de los peones, me mandaron ahí porque pensaban que no podría conseguir la droga. Ja.
—¿Pensaban?
—Sí, es que (suelta una risa de triunfo y casi en secreto) yo aprendí a fabricármela solo.
—Fabricar cocaína ¿en medio de la nada?
—Sí, una vez un vendedor me llevó donde la preparaban, y mientras esperábamos, yo comencé a preguntar cómo se hacía esto y aquello, y bueno luego me di cuenta que tenía todo lo necesario. El ácido de las baterías para los equipos, el querosén de las lámparas, el diésel del generador de electricidad, la coca que nos mandaban para los trabajadores y… la cal.

En la noche, oculto en el monte comenzó a pisar la coca, a mezclarla con los químicos, armó su propio laboratorio.

—La primera vez me salió una cosa horrible, casi me muero al probarla, me quemó todo el pecho.
—Y siguió intentando, como cuando fumó la primera vez… (un fajador)
—¡Claro! El cuerpo pide, y estaba comenzando a desesperarme. A la tercera vez me salió algo más o menos, ya luego fui sabiendo qué había que mejorar, y al final por cada tres libras de coca, sacaba unos 50 gramos de pasta. Me alcanzaba para al menos una semana.
—¿Nunca se dieron cuenta?
—No, uno sabe, aprende cuándo drogarse. Yo fumaba de noche, me iba a andar al monte a caballo, toda la noche, iba a cazar.
—¿Qué cazaba?
—Lo que haya. A veces uno acaba cazando a sus demonios.
—¿Y pudo atrapar alguno?
—A varios (se ríe, pero inmediatamente cambia el semblante) he visto y he vivido muchas cosas. Cosas feas a veces.

Miguel cuenta que a los meses de llegado a la estancia descubrió que estaban robando el ganado. Cuando informó de esto, le pidieron que se hiciera cargo del problema.

—Y me hice “cargo” del ladrón.
—Entonces usted…
—Sí, pero no quiero hablar de eso.
—¿Eso fue lo que hizo que vuelva a Santa Cruz?
—Sí, vine a ocultarme, me fui a La Frontera.

La Frontera era un “barrio” detrás del Parque Industrial de la ciudad. Hace 32 años, los primeros adictos a las drogas formaron su propio barrio un lugar donde podían drogarse hasta morir, construyeron pequeñas casas con maderas y lonas. Ahora no existe, fue loteado. Miguel vivía ahí, reciclando plásticos que vendía en una empresa del Parque Industrial. Tenía una casucha y unas bolsas para recolectar. Miguel ya tenía 40 años. Llevaba 21 consumiendo pasta base y al menos 18 de ellos, de forma diaria. Para cuando nos conocimos tenía 56 años y aunque el deterioro de la edad y la calle habían pasado por su cuerpo, extrañamente no presentaba el daño que los expertos esperarían de un consumidor como él. Ariel Rojas, psiquiatra del Hospital Psiquiátrico Benito Menni, explica que el mecanismo de acción de la droga varía en cada sujeto. Es por eso que el efecto mismo de la pasta base es tan variable como las personas. A algunos los pondrá eufóricos, a otros depresivos, a otro le pegará más fuerte y le producirá síntomas psicóticos. La pasta base de cocaína (conocida también como paco, bicha, bazuco o carro) se produce con los residuos de la cocaína y es procesada con químicos como el diésel, queroseno y ácido sulfúrico. Los efectos secundarios de la droga van desde la destrucción del aparato respiratorio hasta la taquicardia, (los manuales médicos suman alrededor de una treintena de efectos secundarios). Pero el caso de Miguel es tan particular como su historia. Dice que aprendió a regular su consumo, porque sabe que la droga, la pasta base que fuma, hace daño y así, como en su pasado de boxeador, ataca y resiste. No se deja fajar.

—En algún momento ¿quiso salir de aquí?
—Pude. De hecho ahí está una de las historias más increíbles que me pasaron en la vida, pero usted no me va a creer.
—A ver…
—Mi ayudante y yo estábamos recolectando plásticos, y en el basurero de un banco encontramos una bolsa que estaba llena de algo. Más tarde, cuando nadie nos miraba, abrimos el paquete y estaba lleno de plata. Nos fuimos a un alojamiento de esos que hay en el mercado Los Pozos y comenzamos a contar y repartirnos como si estuviéramos jugando cartas.
—¿Cuánto había?
—Cuarenta y cinco mil dólares y quinientos bolivianos. Sí ¿suena increíble no? Nos repartimos una cantidad para mi ayudante, y una parte más grande para mí, porque era el maestro y el que encontró el paquete.
—¿Y qué pasó?
—El muchacho se volvió a La Frontera. Parece que quiso imponérsele con la plata al jefe de ahí y lo mataron. Apareció muerto. Todo normal.
—¿Y usted qué hizo con su parte?
—Me compré una ropa bonita, luego me fui a la ‘La Playa’ (el lugar donde venden autos usados) y me compré una vagoneta, y ¡listo!
—Listo para…
—Para hacer trabajar la plata, ahora sí podía salir de pobre…

Para Miguel, “hacer trabajar la plata” significó ir al Chapare a comprar ladrillos de pasta base para venderla y convertirse en distribuidor. Comenzó a comprar armas para protegerse, joyas. Comerció con ellas, claro, seguía fumando. Según él, tenía el plan perfecto para salir de esa vida, de sentar cabeza. Iba a vender droga.

—¿Y qué pasó con el plan?
—Yo tenía mi mujer, y también mi amante. Con mi amante íbamos a Cochabamba a comprar la droga, y parece que alguien me denunció con mi mujer. Ella fue a la Policía. Me agarraron justo cuando hacía una entrega, me encontraron con siete kilos de cocaína y fui a la cárcel.

La cárcel le tocó a los 50 años. El primer día, él y tres más fueron arrojados al pabellón de máxima seguridad, donde domina un grupo llamado ‘La Pesada’. Le dieron la “bienvenida”. Ésta consistía en una pelea con otro interno más antiguo. Miguel fue el primero en pelear. Su primer oponente fue un brasilero musculoso quien se reía al verlo viejo, flaco y asustado… pero una vez más, como en 1983, ser subestimado se convertiría en su ventaja. Esta vez no había guantes, ni ring, réferi ni reglas.

—Al primero le gané en dos golpes. Se enojaron y me trajeron a otro que tampoco aguantó mucho y me mandaron un tercero. No podían creer que yo aguante. Igual lo tumbé. Yo creía que me iban a matar, así que recibía y repartía golpes como loco. Pero con estilo.

En la cárcel de Palmasola todo aquello de lo que se pueda sacar un rédito, es aprovechado. Miguel se convertiría en una buena fuente de ingresos para los apostadores que le daban algo de dinero por hacerlos ganar. Ahí hacían pelear gente por dinero, como se hace pelear a los gallos.

—Yo no quería pelear, pero comenzaron a amenazarme. Uno de los jefes, “El Gordo Killi”, me dijo que si no peleaba me iban a apalear; además, el primer día que llegué me quitaron todo, mi ropa, mis pertenencias, todo.
—¿Tuvo que seguir peleando?
—Claro, pero les puse una condición: Yo peleaba unas cuantas más, pero que con la plata que gane, quería irme a Régimen Abierto.
—¿Cuántas peleas fueron hasta eso?
—Unas cinco. En la última, la bolsa de la pelea era de tres mil dólares ¿Se imagina? Presos apostando tres mil dólares en una pelea. Me gané unos pesos y pagué mi cuota para que me dejen salir a Régimen Abierto.
—¿A quién le pagó?
—Ni a usted le conviene saber ni a mí decirlo. Pagué y me pasaron a Régimen Abierto, eso es lo que importa.
—¿Cuántos meses estuvo en máxima seguridad?
—Dos meses, a la merced de los de La Pesada.
—¿Y en Régimen Abierto, peleaba?
—No, ahí tuve la suerte de dormir solo dos días en pabellón. Luego me hice amigo de un narco poderoso y me convertí en su seguridad a cambio de dormir en su departamento y comer comida de restaurante. Tenía que cuidarlo, lavar su ropa y mantener limpio el apartamento.
—¿Y cuánto tiempo estuvo preso? Porque si lo agarraron con siete kilos de pasta base usted debería haber recibido mínimo quince años de cárcel.
—Sí, estuve cuatro meses más en Régimen Abierto, seis meses en total en la cárcel. Mi exmujer me hizo un trato: le firmaba un papel en blanco para que se quede con todo lo que yo había acumulado, terrenos, joyas, armas, todo, y ella me daba lo que yo necesite para pagar y salir.
—¿A quién le pagó?
—El abogado, la fiscal y el juez se repartieron doce mil dólares.
—¿Por qué puede decirme a quién le pagó para salir de la cárcel y no a quien le pagó para cambiarse de pabellón?
—No dije nombres, además esos doce mil dólares también borraban el rastro de la causa.

La relación de Miguel con la droga es una constante. Él entiende que salir de la droga es con droga, que transformada en dinero, puede convertirse en una nueva vida. Es el único mundo que conoce.

—Y al salir de la cárcel ¿siguió en el mismo negocio?
—Claro, es a lo que le sé, además salí de la cárcel a la calle, no tenía dónde ir, hacen años que mi familia no sabe nada de mí, este negocio lo conozco, en esto soy…
—¿El campeón?
—Sí, ¡el campeón de la pasta! (risas) ¿Ve? Por eso me decían que yo tenía “Pasta pa´ campeón”.

El Canal

Náuseas.

Las náuseas son el anuncio de la llegada del vómito, una advertencia, quizás uno de los mecanismos de supervivencia más primitivos que conservamos como especie. Nos anuncia el peligro cuando hemos comido algo en mal estado, cuando hay algo podrido, cuando el cuerpo ya no puede resistir el miedo. La náusea es la forma en la que el cuerpo te arrastra lejos de lo que cree te puede hacer daño.

Dicen los expertos, los que aprendieron a domesticar las náuseas, que hay un truco de engañar al cerebro para que se olvide de que viene el vómito. El truco es sonreír. El gesto de la sonrisa puede estimular los pares nerviosos y hacerle creer al cerebro que todo está bien.

La primera vez que bajé al canal de drenaje fue un día infernal de 33 grados centígrados a la sombra, justo un día después de dos días de lluvia. El olor era tan penetrante que se podía sentir en la nuca. La náusea, yo intentando sonreír y esa realidad más fuerte que el hedor.

Santa Cruz de la Sierra tiene 300 kilómetros de canales de drenaje, y pese a que no hay cifras actuales, en 2010 se reportaba que existían 11.200 “hombres topo” (nombre con el que se conoce a quienes viven en los canales). De esa cifra se considera que un 35% son “indigentes esporádicos”, es decir, que cada cierto tiempo regresan con sus familias.

Duberty Soleto, director de la Secretaría de Políticas Públicas del Gobierno Departamental de Santa Cruz, dice que el año 2015 se realizaron 40 operativos de rescate, en los que se retiró a las personas que viven en los canales de drenaje y en las riberas del rio Piraí. Dice que los enviaron a hogares o centros de rehabilitación de administración delegada, (iglesias o a oenegés a los que la Gobernación aporta con dinero), ya que no se cuenta con centros propios.

Javier, un teniente de Policía que pidió llamarse así, cuenta que los operativos más grandes que se realizaron fueron durante la Cumbre G77 +CHINA, y la llegada del Papa Francisco. En ambas ocasiones, el problema no era social, era estético. “Esa gente” daba mal aspecto a la ciudad, entonces la orden era de cargarlos en camiones y dejarlos lo más lejos posible.

—Incluso una vez los fueron a botar en la carretera a Samaipata -dice el policía entre risas.

Intenté hablar sobre el tema con el Municipio, pero ese día el Oficial Mayor de Desarrollo Humano renunciaba, y en la Policía, los altos mandos estaban muy ocupados en la organización de la seguridad durante el Carnaval. Daban ganas de ir a llorarle a Gardel. Pero acá no tenemos eso. Un Gardel.

Las versiones extraoficiales que pude recabar no variaban demasiado de las planteadas por la Gobernación. Hay un juego de poder, y todo apunta a la legislación y a la falta de una política de Estado sobre el tema de los hombres topo.

Y aunque la Policía reporta haber incautado en 2015 casi 12.383 kgs de cocaína, aprehendiendo a 846 personas; el microtráfico sigue cobrando más y más vidas. Microtráfico. Esa es la palabra. En esa red está atrapado Miguel.

Pero, ¿cómo se organizan estos grupos, estos “gremios”? A esta pregunta, tanto los policías como el personero de la Gobernación, me dicen que no pueden responder. Que sí saben que existen sistemas de comunicación para prevenir la llegada de los operativos o la presencia policial, pero que desconocen que haya una organización como tal. Total, son gente sin hogar. Drogadictos. Qué organización van a tener. Olvidan que son humanos. Y los humanos nos organizamos. Siempre.

Para la mayoría de la gente, el vivir en el canal de drenaje solo es una extensión de la adicción, y que este espacio es un escondite para después de robar, o para consumir la droga. Es el Wonder world de los perdidos.

Quise saber cómo vivía Miguel, y él me sirvió de guía en este submundo, este otro mundo.

—¿Quién manda aquí?

—Aquí en el canal hay un jefe que tiene varios apodos: “El Luci” (por Lucifer), “El one”; cuatro subjefes, cada uno tiene mínimo dos personas que hacen de guardaespaldas. También están los campaneros, que son siempre muchachos, chicos que están en la superficie, fuera del canal, atentos, varios repartidos por la extensión del canal, pero al menos cuatro cuidando la rotonda donde vive el jefe.
—¿Él es el que pone orden?
—No, ese es “El Disciplina”, es como un comisario, él se encarga de que las reglas se cumplan y de arreglar los problemas entre la gente.
—¿Cómo que problemas?
—Deudas, robos, cosas así. Si vos me debes plata, en lugar de pelear, vamos donde “El Disciplina” y él dice como solucionamos.

Existen reglas que todos, incluso los visitantes como yo, deben cumplir.

  • No se puede entrar al canal de drenaje en cualquier momento, menos aún si se lo hace desde el punto central, la rotonda, que tiene como adorno una fuente de aguas danzantes, perfecta para distraer. Se debe esperar a que los automóviles estén en movimiento.
  • No se puede robar al menos a 500 metros dentro del radio del canal, y si se lo hace, no se debe escapar al canal.
  • No se le pega a las mujeres (esta regla es la que tiene la máxima pena, quien incurra será golpeado y pasará por “la calle de la amargura”).

En fin, las reglas de convivencia se basan en pagar las deudas, cuidarse entre ellos, y ser invisibles ante la gente. Llamar la atención lo menos posible, porque atención significa policías y policías a veces significa extorsión. La moneda básica es la pasta base, las deudas se pagan en droga, y el estatus se obtiene con dinero para manejar droga. Los cuatro subjefes (tres hombres y una mujer) son distribuidores que “hacen trabajar” la mercadería. Los campaneros y seguridad trabajan por droga. La moneda máxima es una caja de fósforos que contiene aproximadamente 50 gramos. Cada uno de ellos trabaja por la cuarta parte de una caja. Miguel no está en la estructura. Pero es respetado por sus años y sus puños y puede estar cerca de los jefes sin problema.

Los compradores son variados. No solo los que viven en el canal la consumen. Autos de lujo se acercan, dan dinero, van al punto contrario de la rotonda y hacen el intercambio de manos. Albañiles, chicos bien, camioneros, taxistas, chicas bien, hombres de oficina, artistas, malabaristas callejeros. A todos les gusta la miel.

En dos meses de observación, siempre entre las 18:00 y las 19:30, vi intercambiar dinero por droga delante de los ojos de la ciudad.

—¿Y la pasta sólo es de la misma o hay categorías? Digo, porque la que compra el tipo del Munstang negro no debe ser la misma que la que compra “El trauma” (un mecánico que religiosamente va de “shopping” a las 19:15 de todos los días, a comprar su dosis).
—Hay pues. Hay tres tipos de pasta, y los precios varían. Están por ejemplo: “La pela ojos”. La cajita de fósforos de eso cuesta como Bs 300. “La que enamora” cuesta Bs 200 la cajita. Y está “la cafecita”, que es la más barata. Cuesta Bs 100 la cajita.
—¿Por qué esos nombres?
—“La pela ojos”, porque es la más pura, su efecto es poderoso. “La que enamora”, porque es la que se invita, la que sirve de gancho para que vengan. Y “La cafecita”, porque es la más sucia, lo último en el refinado, esa es la que más se vende al raleo, cuesta 10 Bs la dosis, el sobrecingo.

El día 14 que voy a la rotonda, espero en el mismo semáforo de siempre. En cuanto soy detectado por los campaneros, hay una rotación casi sincronizada dejando libres a tres, que vienen directamente hacia mí. Tres flacuchos de cara chupada, con las manos que les cuelgan casi llegando a las rodillas.

—Vamos abajo que el jefe quiere hablar con usted. – Me dice “El eléctrico”, un moreno que tiene los pelos parados de tan sucios.
—¿Y de qué? – Digo tragando tanta saliva que apenas puedo acabar la frase.
—Usted viene mucho, no compra y le parece raro, vamos tranquilo, no va a pasar nada.

En la entrada al túnel desde donde gobierna “Luci”, hay un tipo alto y robusto. Me pide que me saque los zapatos para entrar a un túnel de un metro de altura. Voy agachado hasta que me encuentro a un hombre cuarentón, armado, con el torso desnudo, moreno y con el tono pausado como un profesor de escuela que habla para que cada palabra sea comprendida.

—Dicen que ya lleva días rondando por aquí, y quería saber si podíamos servirle de algo. -Ambos sabíamos que era una falsa cortesía, que la pregunta era clara.
—Escribo un artículo, sobre Miguel, el que era boxeador antes. -Digo masticando cada vocal.
—¡Ah! El viejo Miguel es famoso. ¿Va a salir en la prensa? Si es así, vaya tranquilo nomás, que voy a dar la orden de que ninguno de estos pendejos le toque un pelo. Vaya nomas gordito, eso sí, Miguel le va a decir cuándo puede y cuando no puede venir. Usted sabe, a veces el negocio se pone fuerte.

El “Departamento” de Luci, es claramente más cómodo que el de cualquiera que viva en ese mundo. Incluso tiene divisiones para que duerman los encargados de su seguridad.

El día 16, descalza y drogada, “Genesis”, como pidió que la llame, me ofrece sus servicios, e incluso me detalla un tarifario que va desde sexo oral en la plaza cercana, hasta una noche en el alojamiento “de preferencia del cliente”. Marketing total. Me niego, se enoja, se desespera.

—Ya pues, mira que no hice nada de plata y ya no tengo ni para comer.

No tarda mucho en conseguir un cliente. Un taxista a quien no le importa parar el tráfico para embarcarla. Cerca de una hora después, cuando la trae de vuelta, le pregunto al taxista por qué llevarse a esa chica si no muy lejos hay un conocido prostíbulo en la ciudad.

—Es que estas no son como las putas normales. Esas son escogedoras, que no hagas esto, que no así, que así me duele. A estas le vas subiendo unos pesos y hacen lo que quieras. – Dice orgulloso. Y se va.

Según el doctor Ariel Rojas, el efecto de la pasta base es tan corto (5 minutos en promedio) y el proceso de abstinencia tan largo, que el sujeto intenta acortar los periodos de abstinencia, consumiendo cada vez más y más. Y el efecto es el deterioro no solo físico, sino también social, ya que todo lo que ha construido, hogar, familia, trabajo, ya no tiene más valor, porque el adicto se vuelve muy disciplinado con la substancia. Tan disciplinado que puede dejar de lado incluso el propio cuerpo con tal de cumplirle a quien manda ahora: la droga.

Es mi visita número 17. Se supone que este día no debo venir. Hablo con un vecino, quien con algo de miedo, acepta dejarme subir a la terraza del 5to piso de su casa. Quiero ver lo que pasa. Ahora desde arriba. A las 15:30, una vagoneta Toyota blanca sin placas ni marcas distintivas, aparece cerca de “la puerta trasera del jefe”. Un hombre, con una mochila negra se baja del auto y en cuanto el tráfico se mueve entra al canal. Sale cinco minutos después sin la mochila, pero con un pequeño paquete envuelto en periódico. Espera a la vagoneta y sube, avanzan un poquito. Paran cuenta algo, quizás dinero.

A las 17:30 un auto nuevo, con vidrios obscuros y también sin placas, para en el mismo lugar. Dos hombres con chalecos negros, y corte de pelo militar, bajan del auto. Uno se queda afuera esperando al otro. Tres minutos después sale bromeando con la seguridad del canal, suben al auto y se van.

Días antes Miguel me decía.

—Los días de entrega, primero viene el proveedor y un rato después, vienen los verdes a cobrar sus verdes.

Pura poesía. Todo.

A las 18:00, como todos los días, comienzan a llegar cual hormigas al azúcar los clientes internos y externos. Es casi una danza coordinada entre el tráfico, los campaneros y los compradores. Mientras la luz del sol da paso a las de las luminarias, este baile tiene fin a las 19:30. A esa hora, si usted se detiene en el puente desde donde puede mirar a ambos lados del canal de drenaje, podrá ver chispazos de luz intermitentes, como las luciérnagas en esas carreteras oscuras. Uno a uno, hasta donde la vista llegue, habrá una pipa encendiéndose, alumbrando por un instante tan fugaz como el efecto mismo de esa fumada. Es la horita feliz. También para Miguel.

Ahí, en el canal, cuatro anillos lejos del poder, sazonadas con la droga está mezclada la miseria, la adicción y la enfermedad mental, pero a la mirada de la ciudad no son más que un problema estético a resolver, un dolor de cabeza para los policías.

—Hay mucha gente a la que le conviene que esto siga así. Desde oenegés que reciben fondos, hasta distribuidores de droga. Es un negocio grande, advierte el Dr. Soleto, desde su oficina en la gobernación del departamento.

Son las 19:50 del día en que vería por última vez a Miguel. Me dice que ojalá alguien de su familia lea esto, así sabrán que está vivo, y que va a seguir peleando.

—Fajar y resistir -le digo.
—Aguantar hasta que no se pueda más, hasta que uno quede frío y ojalá lo entierre su familia, y no que un tipo de la morgue lo arroje a uno a la fosa común. Como si fuera un perro.

Nos despedimos y mientras camino pienso en la gente que vi beneficiándose directa o indirectamente de la miseria. El vendedor de drogas; Doña Carmela, que les vende comida que prepara recogiendo las verduras de la basura del mercado y comprando la carne que se está a punto de tirar; el hombre de chaleco negro que cobra dinero; los Albertos, que son quienes compran cosas robadas; los hombres de uniforme que les quitan plata, las tiendas de barrio. Sí, es un negocio muy grande.

Cien metros después de la despedida con Miguel, unos hombres de uniforome, sin identificaciones, en una moto negra y china, sin placas. Frenan de golpe y me preguntan qué hago tanto en la rotonda. Apenas preguntan, uno se baja e intenta quitarme la mochila y vuelve a preguntar:

—¡Qué mierda haces todos los días en la rotonda!
¡Escribo sobre el ex boxeador!

Entonces viene el gancho directo al estómago, la falta del aire, el reclamo de la gente por el abuso, la advertencia. Y pienso en ese momento que Miguel ha aguantado más que esto. Pienso en fajar y en resistir.

Pienso en su pasta de campeón.

El poeta y la boxeadora

Publicado: 17 febrero 2013 en Alejandro Toledo
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Cuenta la boxeadora:

—Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía, por ejemplo: “Deme tantos litros y le dejo este cinturón”. Y así le iban dejando cosas. En uno de esos intercambios se quedó con un tomo en pasta dura roja que contenía poemas, aún lo conservo, y en él venía el poema Los amorosos. Era una antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Tanto me conmovieron esos versos que cuando encontraba el poema en algún libro doblaba la esquina de las hojas. Luego busqué la obra reunida, el Nuevo recuento de poemas (1977), que me gusta muchísimo.

Escucha el poeta y confiesa a su vez:

—Pues más o menos fue cuando te conocí, Laura. Entonces ya te hacían entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el campeonato. Lo recuerdo muy bien.

Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebraron un único encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso (como diría Antonio Machado), la charla ocurre.

***

Recuerda la boxeadora que el jueves 24 de septiembre de 1997 llegó a la sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de muchachos afuera sin esperanzas de poder entrar. Se quedó entonces pegada al cristal, resignada a seguir los versos del autor de Horal, Tarumba y Diario semanario desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:

—Siete personas más.

Y logró pasar.

El poeta también tiene imágenes de esa jornada.

—Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si asistieran a un partido de futbol —recuerda Sabines.

Antes de la lectura, se acercó al poeta el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional y le pidió:

—Don Jaime, por favor, diga usted algunas palabras a los muchachos que están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.

Sabines dijo:

—Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están afuera, a los que no alcanzaron a entrar.

Completa Laura Serrano:

—Sí, dijo que no importaba que no lo vieran, que sólo lo escucharan, pues en realidad no valía la pena verlo —recuerda la boxeadora.
—Y eso tranquilizó a todos.
—Y después pidió usted que prendieran las luces —dice Laura.
—Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas —relata Sabines —. Leía un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo mismo… Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. “Voy a hacer un breve paréntesis”, les dije. “En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que no están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se establezca entre ustedes y yo. Si no les gusta el poema tírenme un tomatazo, pero si les gusta, aplaúdanme”. Se rompió el hielo, pero antes estuve como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente.

***

De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga…

Laura Serrano relata:

—Mi presentación a los medios de comunicación fue cuando iba a pelear contra Christy Martin en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí, prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
—¡Hijo!
—Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi trabajo…
—¿En tu pegue?
—Fíjese que no tengo mucho pegue, tengo más técnica… Y esa niña pega como hombre, durísimo —dice.
—¿Y sí te alcanzó a dar?
—Me conectó un golpe en la mandíbula… —responde.
—Te pescó.
—…que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
—¿Y le ganaste la pelea?
—Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡Cómo la estrella iba a perder con la debutante y, para colmo, mexicana! En los periódicos me presentaban como “La mexicanita”…
—Un racismo cabrón…
—Aun así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso me clasificaron para pelear por un título mundial. No tuve que pelear con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
—Después de eso fuiste por el campeonato, ¿verdad?
—Sí, en 1995, también en Las Vegas —contesta.
—Y allí sí ganaste.
—Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, fuerte y de mucha experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy difícil esa pelea.

***

El poeta entrevista a la peleadora.

—Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo? —pregunta.
—Fíjese que no me gustaba…
—Tú ibas a la escuela primaria…
—Sí.
—Y allí no tenías ni idea de lo que era el boxeo…
—Desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi deseo era ganar. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué tres años. Era muy duro, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces, siempre llegaba cojeando…
—Caídas, golpes, patadas…
—De todo.

Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento de los guantes.

—Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: “Vamos a conocer el gimnasio del estadio Olímpico”. Acepté. Íbamos al gimnasio de pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que está a la izquierda. Me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita, delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí su entrenamiento. Hablé con ella y me explicó por qué le interesaba. “¿Y yo puedo hacerlo?” “Claro, habla con Toño”. “Pero sólo quiero entrenar, nada de peleas”. Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a conocer el boxeo, los nombres de los golpes, cómo pararse, y me gustó.
—Te vas a subir al ring —ordenó un día el entrenador a Laura.
—No, no me subo. Tengo la nariz fracturada —le dijo ella.
—Te vas a subir y no te van a pegar —le indicó otra vez el entrenador.

Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. “Nos protegimos en el primer round. No recuerdo en el segundo qué golpe le di y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada”.

—Laura, aunque sea tira un golpe —gritó el entrenador.

Pensó la boxeadora: “¡Cómo que aunque sea un golpe! ¿Cree que no puedo?”. Tiró el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio fuerte y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.

Laura se dijo: “Esto me gusta”.

El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el poeta.

***

—¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? —pregunta Serrano.
—Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas.
—¿Lo practicó?
—Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de chamaco, y muy bueno, pues vivía yo cerca de un río. Me iban a reprobar en la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí —dice Sabines.
—Tengo una amiga que es admirable como deportista —comenta Laura Serrano—. Ella ha cruzado cinco veces el Canal de la Mancha, y una lo hizo de ida y vuelta.
—¡Híjole!
—Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se llama Nora Toledano.
—Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
—Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara de su parte. Ella también lo ha leído, lo admira.
—Sí, la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro horas… A mí me encantaba la natación. Y crucé no el Canal de la Mancha pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, sin cansancio. Lo que es la vida, ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
—¿Qué boxeadores le gustan, maestro? —pregunta Laura.
—Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid Azteca… Y, claro, oíamos por la radio las peleas de Henry Armstrong, las defensas de Joe Louis… Esto fue cuando yo era chiquito. Siempre me gustó mucho el boxeo… verlo, claro —dice Sabines.
—¿Y le gusta verlo en vivo?
—Sí, de chamaco iba a la arena.

***

Sigue la boxeadora, a la que han llamado La poeta del ring.

—No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que siento… Y le escribí algo, maestro —sorprende la pugilista.

Mientras Laura Serrano descubre sus cuartillas, Jaime Sabines pasea un cigarro de plástico y explica:

—Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé en 1995.
—Yo no aguanto el cigarro —dice Laura Serrano—. Me da náuseas oler el cigarro.
—Y yo no podía vivir sin él. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento. Ahora conservo éste de plástico, por el vicio de la mano.

Y la boxeadora lee:

Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco…

La lectura ocupa ocho, diez minutos. El poeta Sabines toma luego las cuartillas y sigue el texto línea por línea.

—¿Y le gustó? —pregunta, nerviosa la boxeadora.

Jaime Sabines responde con un interrogatorio.

—¿Normalmente cómo escribes? ¿Con asonancias, consonancias y todo eso?
—En realidad no sé.
—Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace; y el oficio, que se aprende. Es como aprender a hacer zapatos.

El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los versos.

—Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A qué poetas has leído?
—A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías Nandino… —dice Laura.
—Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón, Manuel Acuña… ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a estudiar leyes pero… Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir.

Y el resto en la conversación es sólo literatura.

La vejez de Mano de Piedra Durán

Publicado: 25 octubre 2011 en Guido Bilbao
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Las manos de Roberto Durán son, quién iba a decirlo, pequeñas. Tiene dedos gordos y nudillos desparejos, gastados. La línea de la vida es un surco profundo e interminable. Al ver sus manos recuerdo la anécdota que me contó el fotógrafo panameño Francisco Barsallo. Tenía 7 años y su padre lo llevó al aeropuerto a recibir al campeón luego de una conquista histórica, no recordaba cuál. En el camino, el atasco era descomunal. Durán iba riendo arriba de un camión de bomberos, saludando con el cinturón de campeón. El padre de Barsallo lo levantó en brazos y lo alzó alto, tan alto que llegó a ponerse a tiro de Durán, que lo vio y le estrechó la mano. Barsallo dice que un poco se asustó, que quedó petrificado él y petrificado el recuerdo: sintió que Durán tenía la mano más grande del mundo y que “es verdad, es de piedra”.

Quizá por eso, ahora, en la puerta de la casa del campeón, en el centro de la ciudad de Panamá, no le puedo soltar la mano.

—¿Qué pasó, argentino, no serás cuecón (gay)? —pregunta y se ríe a carcajadas.

Le digo que soy periodista y él interrumpe, se pone un poco serio.

—No, hombre, no, ¿pa qué? Ustedes vienen aquí, me preguntan y después hablan mal de uno. Pero pasa, pasa —dice mientras abre el portón.

Es una casa inmensa, de tres pisos. En el patio de entrada hay siete estatuas, estilo romano, de mujeres envueltas en laureles. Hay grietas en las paredes y agujeros donde hubo equipos de aire acondicionado, tapados así nomás, con ladrillos y cemento que se secó goteando. Hay en el garaje un par de BMW de los noventa que nose sabe si funcionan. En su momento de mayor éxito, Durán llegó a tener en esta casa un zoológico privado, hasta un tigre de mascota. Décadas después, en la decadencia, se supo también que la había hipotecado y que el acreedor le pedía a la Justicia que remataran la propiedad, pero no había juez en Panamá que se animara a tomar la decisión. Incluso un grupo de empresarios se ofreció a pagar la deuda, a lo que Durán se negó.

Durante los casi treinta y cinco años que pasó cambiando golpes con los hombres más peligrosos del mundo —119 peleas, 103 victorias, 70 KO– llegó a embolsar más de 25 millones de dólares. De esa fortuna sólo quedan los buenos recuerdos. Hoy el campeón vive de su fama, viajando por el mundo, asistiendo a eventos —desde los Juegos Olímpicos de Pekín hasta las veladas boxísticas de Las Vegas—, participando de cenas que se organizan en todos los rincones del planeta en su honor, donde la gente paga una entrada para verlo. Al final, siempre, Durán se sienta y los fanáticos hacen fila, y uno por uno van pasando para sentir el estremecimiento íntimo de estrecharle la mano. El gobierno panameño le otorgó en 2006 una pensión vitalicia de 300 dólares por mes. Cuando tiene oportunidad, organiza veladas locales de boxeo como promotor en el estadio que lleva su nombre: La Arena Roberto Durán.

—Tú no sabes cómo lo quieren a Roberto allá en tu país… —suspira su esposa, Felicidad, la mujer que lo acompaña desde siempre y con la que tuvo nueve hijos—. Cada vez que vamos por la calle Florida no podemos caminar.

Es peor que en Panamá. Lo paran a cada segundo, le gritan desde los negocios, es impresionante.

La última vez que viajaron a Buenos Aires fue para participar del programa de televisión que conducía su viejo amigo Diego Maradona, La noche del Diez. La amistad se fortaleció durante los años locos de Maradona en el Caribe. En el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá todavía se recuerdan las noches intensas durante los viajes relámpago que Diego hacía desde Cuba para “rumbear con el Cholo”, como le dicen aquí a Durán. Son astillas del mismo palo. Durán nació el 16 de junio de 1951 en un barrio pobre llamado El Chorrillo, a orillas del Canal de Panamá. Lo crió su madre, en la Casa de Piedra, una especie de conventillo. Fue a la escuela poco y nada, trabajó desde pequeño, lustró botas, vendió diarios y aprendió la ley de la calle en una ciudad plagada de soldados americanos, marineros y cabarets. Como el Happy Land, donde por esos días bailaba una chica argentina de nombre María, pero a la que todos llamaban Isabel, y que más tarde conocería a Juan Domingo Perón, un general en el exilio, al que custodiaba el entonces mayor Omar Torrijos. Durán fue do que había en él algo diferente. Peleaba en la calle, con chicos más grandes, y no perdía nunca, hasta noqueaba. Llegó a los gimnasios y lo supieron un diamante en bruto. “Yo sé que tengo un animal dentro de mí, que se despierta y siempre quiere más. A veces empiezan las peleas y parece que no está, pero yo sé que está y entonces quizás en el round 8 o el 10 aparece y se termina todo”, describió Durán sus sensaciones en el ring. Desde que se calzó los guantes comenzó a notar que a su alrededor todo cambiaba. Todo menos él. Con el tiempo y las victorias, Mano de Piedra se transformó en un héroe popular y arrabalero. Luego de cada victoria, no se quedaba en Miami ni en Las Vegas: regresaba a El Chorrillo con los bolsillos llenos de billetes de un dólar para regalar. Pudiendo no volver, Durán siempre volvía. Al calor tumbante del Caribe, a sus amigos, aquí, a su casa, donde parece tan ocupado que jadea mientras va de un lado para el otro, pidiendo paciencia porque tiene que atender asuntos.

De sus duelos memorables, dos fueron el pico de su gloria y su caída: las peleas de 1980 con Ray Sugar Leonard, el 20 de junio —la primera— y el 25 de noviembre —la revancha—, de la que se están por cumplir treinta años. —Voy para allá— dice luego de una llamada y mira como despidiendo al recién llegado.

—Tengo que ir pa´lante, pero estoy dos semanas más en Panamá, así que… cuando quieras. Eso sí, la próxima, che, tráete unas cervecitas —se mata de risa y dice que es bromas y se va mientras Felicidad lo celebra.
—Roberto es así —me despide su esposa.

Mantener una entrevista formal con Durán es una tarea complicada. No porque haya que hablar con mánager o jefes de prensa —Durán no usa—, sino porque pierde los teléfonos, los cambia, los regala. A Durán es difícil encontrarlo aun teniéndolo delante. Te abre la puerta, te invita a pasar, pero no se sienta a conversar.

A una cuadra de su casa hay un Durán en bronce. En la esquina, llegando a Vía Argentina, se levanta una estatua del campeón. Es parecida a la de Rocky en Filadelfia —Durán fue sparring de Balboa en la tercera entrega de la saga—, pero demasiado pequeña para el tamaño de sus hazañas. Porque nadie lo duda: el panameño ha sido el boxeador más grande que dio Latinoamérica. Fue campeón cinco veces en cuatro categorías, se le animó a los mejores de su tiempo en duelos legendarios. Además era simpático y muy guapo. Pero sobre todo fue su estilo de pelea, electrizante y callejero, el que lo volvió un mito.

A pesar de su fama de joven noqueador, tuvo que esperar a los 21 años para tener una oportunidad por el título mundial de los livianos. Fue en junio del 1972, en el Madison Square Garden, contra el irlandés Ken Buchanan. Para esa pelea, Carlos Eleta, apoderado de Durán, decidió contratar a un nuevo entrenador y eligió a Ray Arcel, un viejo lobo del boxeo norteamericano que aceptó entrenar a Durán para esa pelea por una sola razón: la mafia de Estados Unidos lo había crucificado porque se negaba a arreglar los combates. En la aventura lo acompañó Freddy Brown, ex entrenador de Rocky Marciano. La primera vez que viajaron a Panamá bajaron del avión con bidones de agua. Habían escuchado sobre los trabajadores que construyeron el canal a principio de siglo y las enfermedades terribles que se contagiaban. Le temían a la selva.

Contra todos los pronósticos, Durán ganó aquella pelea por KO en el round trece, y comenzó un reinado de ocho años en los que barrió con todo: hizo once defensas consecutivas en la categoría liviano, con diez KO.

Sus peleas paralizaban Panamá y cada victoria alimentaba el orgullo nacional, que en aquellos días no podía estar más fuerte. El ya general Omar Torrijos estaba surfeando la cresta de su ola luego de firmar en 1977 los tratados que le devolvían al país la soberanía sobre el canal en el año 2000. El boxeo era una cuestión de Estado. Existía un cargo público, el Alto Comisionado de Boxeo —ocupado por un militar— que se encargaba de promover la disciplina. Los deportistas, antes de las peleas, se entrenaban en los cuarteles. Desde la llegada de Torrijos al poder, en 1968, los panameños habían tenido doce campeones mundiales, cuando apenas había dos asociaciones. De todos ellos, Durán era el más popular.

Hacia 1980, sin rivales de cartel a la vista, Durán y su gente decidieron subir de categoría. Fue entonces cuando se encontraron ante la pelea más importante de sus vidas. Enfrentarían por el título Welter del Consejo a Sugar Ray Leonard, el Golden Boy, la superestrella norteamericana que había barrido a rusos y cubanos en los Juegos Olímpicos del ´76 para convertirse en héroe nacional y, más tarde, en campeón. Cuando Torrijos escuchó los rumores sobre la pelea se puso en contacto con el presidente del Consejo Mundial de Boxeo para pedirle jueces de países neutrales y que el combate no se realizara en los Estados Unidos. Para Torrijos, una victoria de Durán era también un logro político.

“Torrijos supo ver como nadie la conmoción que provocaba Durán en la gente. Y le pareció un buen vehículo para revalorizar la identidad nacional”, analiza Pituka Heilbron, una cineasta que estudió la relación simbiótica que existe entre Durán y su país, y dirigió el documental Los puños de una nación. Estamos sentados en el lobby de un hotel donde pasan y pasan turistas maduritos con camisas hawaianas que piden Cuba Libre y Margarita. Forman parte del boom del turismo residencial, señores de clase media de países ricos que bajan al tercer mundo para vivir de primera. Es uno de los tantos booms que azotan al país: El de la construcción, el de la ampliación del canal, el de las hidroeléctricas, la minería, el de los casinos, los cabarets, el del lavado de dinero.

“Durán nos mostró a los panameños que se podía, que los estadounidenses no eran superiores —dice Pituka—. Por eso creo que cautiva tanto verlo dentro del ring, porque peleaba con el corazón, como si intuyera la trascendencia de su lucha.” Pasan unos días y vuelvo a la casa de Durán. “No está”, dice uno de sus hijos, el Chavo, que también realizó algunas peleas como profesional y vivió en Rosario. “Pero la semana que viene mi papá va a cantar salsa con mi tío en un bar aquí a la vuelta. Ahí lo podrás encontrar”.

Pocas veces el deporte se convertiría en una representación tan clara de la guerra como la noche del 20 de junio de 1980, cuando el estadio Olímpico de Montreal le ofreció al mundo Durán-Leonard. Centroamérica era un volcán en erupción y la Guerra Fría dibujaba una geografía sangrienta. La revolución nicaragüense acababa de tomar el poder y los Estados Unidos observaban con preocupación las turbulencias sociales en su patio trasero financiando dictaduras y paramilitares para detener la marea roja. Pero había un hombre, con la mano de piedra, que podía lograr que su gente olvidara lo que pasaba en esos días y en esas tierras porque sería él quien se subiría al ring y pelearía por ellos. El panameño marchó a entrenarse a Coiba, una isla solitaria en el Pacífico, con arena blanca y una selva plagada de monos y tucanes. No había allí más que un cuartel militar y una prisión. Sólo se podía entrenar. Leonard, mientras tanto, interrumpía su preparación para cumplir compromisos publicitarios. El periodista Ralph Gordon, de la revista Ring, fue a visitarlo a una filmación de Seven Up. Dice que se sorprendió cuando encontró a Leonard preocupado que le preguntaba: “¿Crees que puedo ganarle a Durán?, ¿soy más rápido que él?, ¿enserio pega tan duro como dicen?”.Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a poner en práctica la táctica de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no. Decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. No fue una buena idea. En el segundo round, Durán conectó un derechazo al rostro del campeón, que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. “De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round”, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: “Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes es un ladrillazo”. La pelea fue inolvidable. Quince rounds en los que Durán buscó el triunfo con temeridad revolucionaria. Los jueces se lo dieron por unanimidad.

El panameño había conquistado el mundo. El general Torrijos envío su avión a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe. El recibimiento en el aeropuerto fue masivo, para muchos, la mayor concentración popular en la historia del istmo. En medio de los festejos, Durán fue invitado a viajar a Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por una vez, al subir al avión, Durán tuvo miedo. “No me gustaba volar con Torrijos porque ¿y si los gringos le tiraban un bombazo?”, recuerda hoy Durán, que narra la anécdota en el documental de Pituka. La historia le terminaría dando la razón, Torrijos murió en un accidente aéreo meses después. En aquel viaje, para tranquilizarse comenzó a tomar whisky. Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra era un héroe latinoamericano. Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando. Dos meses después, también. Estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Para esos días Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para volver a los entrenamientos. No pocos pedían a gritos una revancha.

Para hablar sobre lo que pasó después es necesaria la voz de Carlos Eleta, mánager de Durán, que envía su camioneta a buscarme. Al rato llega un hombre grandote. “Seguro que un ex boxeador —me digo—, alguien queempezó, pero no llegó”.

—Así que eres un che boludo— saluda.

Subimos a la 4×4, charlamos y confirma: “Yo también fui boxeador”. Acelera y pregunta, como al pasar.

—¿Tú conoces a Locche?
—¿Cómo no? —contesto—. Los más viejos en la Argentina dicen que fue el mejor de todos, mejor que Monzón. Lo que pasa es que fue campeón ya muy grande y al final… —y no termino la frase porque me sorprende un recuerdo borroso… creo que Locche perdió su título aquí en Panamá. Y entonces el chofer dice, como quien culmina con éxito una emboscada:

—Yo le gané.
—No me diga que usted es…
—Alfonso Frazer —contesta con una sonrisa que no le entra en el rostro.

—¡¡¡Peppermint!!!— grito. El universo Durán da para cualquier sorpresa. Pregunto qué pasó después.
—Kid Pambelé— suspira sin tanta alegría.

El colombiano le quitó el título por KO y en la revancha, lo mismo. Frazer vuelve a Locche

—A Nicolino le gané, pero nunca dejé de admirarlo— confiesa mientras maniobra la 4×4 dentro de un garaje inmenso.

La casa de Carlos Eleta parece detenida en el tiempo. Con galerías repleta de plantas y sillones de hierro pintados de blanco. Con la piscina iluminada en el parque y más allá, el mar. Un típico caserón del Caribe. Eleta es un hombre con muchas facetas. Jugador de tenis, empresario hípico, televisivo, también es el autor de “Historia de una amor”, uno de los boleros más grabados de la historia.

Conoció a Durán cuando el futuro boxeador tenía 10 años. Lo descubrió bajando cocos de una de las palmeras de su casa. Cuando, con 18 años ,Mano de Piedra empezaba a dar sus primeros golpes en el profesionalismo, Eleta se hizo cargo de su carrera. Conseguir la representación de la joven promesa le costó 300 dólares. Dice que después de la pelea con Leonard ya no hubo forma de contener a Durán.

Había dejado de ser un joven obediente y ya era un hombre de casi 30 años en la cima del mundo. “Se nos fue de las manos. Se rodeó de gente que lo celebraba, que le decía a todo que sí. Y él se dejó llevar. Antes tenía caprichos, no sé, viajar con una bruja para que le recomendara que rincón del cuadrilátero elegir. Pero esto era distinto”, cuenta ahora el mánager. Ante el repentino cambio de hábitos que se produjo en Durán, se justifica Eleta, decidió pactar la revancha de inmediato: “Para que Roberto no perdiera la forma. Además, era la pelea que el mundo esperaba”. Son muchos los que acusan al empresario de haber traicionado a Durán en su momento más vulnerable. Hasta Leonard reconoció, con el tiempo, que sabía del sobrepeso del panameño y que había llegado a una conclusión: para recuperar el título, había que subir a Durán al ring cuanto antes. Le ofrecieron a Eleta una bolsa de 8 millones de dólares, de las más abultadas ofrecidas hasta ese momento a cualquier boxeador. En la primera pelea, Durán había cobrado 1,6 millones. Sólo había una condición, la pelea tenía que realizarse lo más pronto posible, decían, para que no decayera el interés del público. Se pactó para el 25 de noviembre en New Orleans, cinco meses después del primer encuentro.

Cuando Durán empezó a entrenarse, en los primeros días de octubre, tenía 14 kilos de sobrepeso. Freddy Brown, contó semanas antes de la pelea que Durán se entrenaba pero no adelgazaba porque los amigos le daban comida a escondidas. Eleta quiso retrasar la pelea, pero Don King le dijo que era imposible. Pensó en decir que había una lesión, pero no lo hizo. Aceptó seguir adelante sólo si le depositaban la bolsa de la pelea en un banco panameño varios días antes del pesaje. Setenta y dos horas antes de la pelea, Durán estaba cinco kilos arriba. Para cumplir con la balanza se vio obligado a pasar dos días sin probar bocado ni agua, hasta tomó diuréticos. Dio el peso con lo justo. Sus amigos —Durán llevó treinta personas con gastos pagos al combate— lo celebraron como un triunfo.

El día de la contienda se comió tres bifes con papas fritas y jugo de frutas. Aunque era el campeón, las apuestas lo volvían a dar perdedor. La pelea fue un fiasco. Leonard corría para todos lados. Durán estaba demasiado lento, jadeaba en la persecusión y fallaba con torpeza los golpes. Las fuerzas del panameño se vinieron a pique. Leonard le decía cosas, lo provocaba, le tocaba la cara y después lo eludía con facilidad. Durán sabía que no podía hacer nada para cambiar el rumbo de la noche. Su animal interior lo había abandonado. Hasta que en el noveno asalto sucedió lo impensado. El macho latino, el pegador de la mano de piedra se dio vuelta y le dio la espalda al combate.

—Nunca -dijo- “no más, no más”, como publicaron los diarios gringos. Roberto se dio vuelta y gritó “con este payaso no peleo más”.

Se le cruzaron los cables, fue una bravuconada— desmiente el mito Eleta, que estaba en su rincón—. Yo le gritaba que no podía hacer eso, si quería podíamos parar la pelea en el rincón, aducir una lesión, lo que fuera. Pero no así. Cuando Durán notó que el juez detenía la pelea y Leonard comenzaba a celebrar, se puso en guardia y quiso volver al ataque. Pero ya era tarde. Minutos después, el vestuario panameño era un calvario.

El periodista Gordon Brown, que había logrado entrar, escribió que Durán llegó, fue corriendo al baño y dejó caer la carga. Dice que gritó de alivio. Eleta se llevó a Durán hacia un hospital, buscando algún tipo de coartada. Mano de Piedra no lograba explicar lo que había echo. Lloraba, estaba aturdido, como ausente, no comprendía la gravedad de su decisión.

Freddy Brown, al día siguiente, parecía destrozado “No puede ser que Durán se haya rendido”, le confesó a un periodista. “En boxeo lo he visto todo. Yo entrené y conocí a los mejores y Durán es de los grandes. Este chico me rompió el corazón. El boxeo se terminó para mí”. Jamás volvió a los gimnasios.

Luego de la derrota, Torrijos habló con Durán una sola vez y, con parqueza, le aconsejó el retiro. Para el pueblo panameño la caída fue difícil de asimilar. “Una jornada de luto. Pero no por la derrota, sino por la forma en la que Durán se entregó. Era una afrenta a la dignidad panameña. La gente lo tomó así, y con tristeza, le dio la espalda a su ídolo”, dice hoy Daniel Alonso, coconductor de Lo mejor del boxeo, un programa de tevé que lleva 35 años en el aire siempre liderando los ratings. “Durán es único hasta en su forma de perder —acota el argentino Osvaldo Príncipi—. El ‘no más’ contra Leonard es uno de los cinco mayores misterios de la historia del boxeo: ¿por qué uno de los fajadores más valientes eligió perder así? Es algo increíble”.

Luego de aquella derrota, Durán se separó de Eleta y comenzó a trabajar con el argentino Luis Spada. Le costó, pero poco a poco volvió a los primeros planos. Ganó tres títulos más hasta su retiro, pasados los 50 años. Leonard sólo le daría la revancha diez años después de aquellaspeleas, cuando ya los dos eran demasiado viejos. Fue una noche sin demasiado brillo, en la que el norteamericano ganó por puntos no sin llevarse en el último asalto un derechazo que le abrió un surco en el ojo. Tuvieron que darle doce puntos.

Es martes, casi medianoche y el bar está repleto. Durán acaba de entrar y la gente le toma fotos, se pone contenta con solo verlo, recuperan en la risa un tipo de inocencia perdida. Le hablo de Leonard, de los treinta años, del cielo y el infierno en cinco meses. Se ríe, me palmea el hombro:

—¿Sabes qué? No más, no más…

Durán sube a escena. Hace una seña a la barra y le traen un Rioja. Se sirve una copa, toma un buen trago y sacude la cabeza. Prueba el micrófono y habla.

—Me pegó, el vino este, me pegó, eh —dice y se limpia la boca. Le agradece al dueño del bar, un español.
—Una vez casi nos vamos a las manos… se salvó el español. Ahora somos buenos amigos y oléeeee —grita levantando la copa.
—Pero cuidado con el olé. En mi barrio, en El Chorrillo, no se puede decir olé porque si no te sacan una bolsita blanca y te dicen “Olé…”—y termina el chiste y se ríe y el micrófono amplifica su risa que lo absorbe todo.
—Pido perdón porque no me aprendí los arreglos de las canciones, así que vamos con el pregón, a improvisar.

Y entonces suenan los tambores y la gente baila y Durán que se larga sin retorno. “Aquí vinimos a pregonar, porque en la vida hay que cantar, aquí vinimos aquí vivimos, porque en la vida hay que gozar, la vida hay que gozarla y vivirla”, repite como un mantra y una chica se sube al escenario y baila con él, le besa las manos y vuelve a su mesa. En el medio de la canción Durán se va y camina por el bar, brindando con cualquiera. Saluda a la izquierda, le palmean la espalda a la derecha, dos chicas lo detienen y le piden por favor que se saque una foto con ellas. Después quedan dando saltitos, mirando la imagen en el celular. En el centro, entre las dos chicas, Roberto Durán parece un hombre feliz

1.

Golpear a Benny Briscoe era como golpear un buque acorazado, Rocky. Por mucho que le pegaras él ni siquiera se inmutaba. Iba siempre hacia adelante soltando una trompada detrás de la otra, y aunque atacaba con la guardia baja y tú le conectabas unos mazazos terribles en el rostro, el tipo no retrocedía ni un milímetro. Al contrario, seguía arrinconándote con sus puños incesantes. En el sexto round estabas metido en un tremendo problema: tenías el ojo izquierdo hinchado y la ceja derecha rota. El médico de la velada ya había proferido el ultimátum: si la herida continuaba creciendo sería inevitable parar la pelea. De ese modo perderías por nocaut técnico.

Ahora, treinta y cuatro años después, miro este pasaje sin la tensión con que lo miré en mi infancia, seguramente porque conozco el desenlace. Sé que no te moriste, Rocky, sé que estoy observando el combate de tu consagración. Mientras transcurre el minuto de descanso posterior al sexto asalto, exploro a los dos boxeadores en sus esquinas. El Briscoe que tengo al frente es idéntico al de mis recuerdos: rapado, fibroso. Sin embargo, hoy no me parece dominante como Hércules sino condenado como Sísifo: por mucho que se esfuerce, su misión de llevar la pesada piedra hasta la cima de la montaña está predestinada al fracaso. Cada vez que yo repita el video él rodará cuesta abajo justo cuando se encuentre a punto de alcanzar la cúspide.

A ti también te veo tal y como quedaste fijado en mi memoria: pómulos angulosos, labios gruesos. Me asombra, en todo caso, tu contextura física tan inferior a la de los boxeadores de peso mediano: caja torácica plana, brazos cortos. En el recorte de prensa amarillento que guardo en el maletín está subrayado el dato de tu estatura: 1,77. Me pregunto, Rocky, cómo pudiste ser campeón mundial de la categoría con tus medidas precarias. En esa división casi siempre reinaron atletas musculosos de más de 1,80.

Qué angustia, Rocky, qué angustia. En el séptimo round tu derrota por nocaut técnico parecía inminente. El tipo te pescó, de entrada, con un zurdazo enorme que te arrancó la pomada coagulante de la ceja. Y como si fuera poco sobrevivió después a tu mejor golpe, un recto de derecha que le explotó de lleno en esa parte del rostro que los entrenadores denominan “el botón de la luz”: la barbilla. Todos los boxeadores que reciben un sopapo allí se pierden en las tinieblas, excepto ese calvo infeliz. Acaso su resistencia, admirada en el mundo del boxeo, estaba potenciada por la convicción de que ya tú eras pan comido. Azuzado por el ultimátum que te dio el médico, Briscoe se abalanzó sobre ti con determinación. Su blanco preferido era la cortadura de tu arco superciliar.

—¡Mira al hijueputa tirando a la ceja! —exclama ahora tu compadre Bonifacio Ávila, más conocido por los cartageneros con el sobrenombre de ‘el Bony’.

‘El Bony’ fue un púgil mediocre pero supo estirar las exiguas ganancias que obtuvo en los cuadriláteros. Cuando colgó los guantes colonizó indebidamente el separador de una avenida en el exclusivo sector de Bocagrande, y allí montó un quiosco de comida marina que muy pronto se volvió popular en Cartagena.

Estoy precisamente en la casa del ‘Bony’, contigua al Mercado de Bazurto. Es martes 12 de agosto de 2008. Nos acompaña el periodista David Lara Ramos.

—¡Edda, compa —grita el anfitrión—, ese calvo era qué culo e’ culebra!

En una esquina de la pantalla aparecen escritos el lugar y la fecha de la pelea: Montecarlo, 25 de mayo de 1974. A todos nos emociona volver a ver este clásico del boxeo después de tanto tiempo, menos a ti, Rocky, qué ironía. Cuando ‘el Bony’ te anunció nuestros planes hiciste un gesto de disgusto y te marchaste de la sala.

—Yo no sé qué gracia le ven ustedes a esa vaina tan vieja —refunfuñaste—. Eso ya pasó.

Ahora te encuentras sentado afuera en una mecedora. Silencioso, pensativo. Los peatones te saludan de manera entusiasta.

—¡Qué elegancia, padrino! —grita una mujer jovial.

—Mucho gusto, champion —exclama un hombre de voz bronca.

Tú correspondes a las reverencias con un escueto “adiós” y un movimiento suave de la mano derecha, la misma que en este momento, allá en el ring de Mónaco, estrellas violentamente contra la quijada de Briscoe.

Lo dicho, Rocky: la mandíbula de ese tipo era de piedra caliza. También es justo abonarle la valentía. Qué temple, coño, qué carácter. La frase más apropiada para definir a Benny Briscoe era la que usaban los carniceros del Mercado de Bazurto cuando veían a los boxeadores fajadores como él: ese man tiene más huevos que un camión lleno de sementales, mi vale. Aun así ni él ni nadie podían venir a darte lecciones de coraje, Rocky. Si algo poseías de sobra era eso, precisamente. No en vano el locutor Napoleón Perea te apodaba ‘la Fiera’. Es que además eras un grandísimo cascarrabias en el ring. Te pegaban, así fuera de refilón, y ahí mismo perdías los estribos. Sobre todo si sentías sangre en el rostro. Entonces te transformabas en una bestia enfurecida que lanzaba sus zarpazos en ráfagas, uno a las costillas, dos a la cabeza, otro al abdomen. ¡Mamaaaaa míaaaaa! ‘El Chino’ Govín, tu apoderado, decía que el boxeador que te partía la cara a ti se ganaba un boleto para pasar el weekend dentro de la jaula del tigre.

El Rocky que me muestra el televisor y el Rocky que veo en persona aquí en la casa del ‘Bony’ se complementan como la tapa y la caja. El primero es un boxeador de veintiocho años que tiene hambre, el segundo es un abuelo de sesenta y dos que ya está satisfecho. El tigre del weekend en la jaula y el cachorro más manso, la herida y la cicatriz, la hazaña y el testimonio. El joven se juega el pellejo en la cacería, el viejo posa radiante al lado de los trofeos. El del ring era un negro tosco, sin plasticidad; el de esta tarde se mueve con el garbo de un bailarín de calipso. Al primero solo te lo imaginas repartiendo porrazos; el segundo podría pertenecer a la danza de Josephine Baker.

En este momento, el Rocky de carne y hueso saluda a un nuevo transeúnte; el del video arremete contra Briscoe.

Después de haberte pasado la vida defendiéndote de las adversidades como gato bocarriba, ¿quién se atrevería a enseñarte lo que significa resistir? ¿Acaso Briscoe, el calvo granítico que ni siquiera se inmutaba con tus golpes? A él y a todos los que quisieran oírte podrías narrarles mil historias de dolores y sacrificios. Decirles, por ejemplo, que desde los dos años eres huérfano de padre, pues tu viejo, un borracho perdido, se cayó de la lancha que capitaneaba y se ahogó. Hablarles de los tiempos en que dormías apilado con tus cuatro hermanos mayores en un par de camastros. Describirles la quemazón que sentías cuando caminabas descalzo por el pavimento caliente de Cartagena. Hacerles saber que a los siete años madrugabas diariamente a tajar pescados en el antiguo mercado del Arsenal. Contarles cómo a los diez años eras el único niño de un grupo de pescadores temerarios que buceaban en el mar con un taco de dinamita en las manos, para sacar los peces hasta la superficie a punta de fogonazos. Seguro al escucharte se quedarían pasmados. Y entenderían el trasfondo de la respuesta que le diste al periodista Melanio Porto Ariza cuando te preguntó si alguna vez habías sentido miedo mientras boxeabas.

—Uffffff, Mela, las muendas más fuertes me las dio la vida afuera del ring.

Hace poco, Rocky, se me dio por armar la lista de los boxeadores cartageneros que poblaron mi infancia. Anoté a Bernardo Caraballo, a Kid Pambelé, a Eliodoro Pitalúa, a Arturo Osorio, al ‘Baba’ Jiménez. Cuando iba por ‘la Cobra’ Valdez me detuve en una coincidencia a la que nunca antes le había prestado atención: todos ellos fueron lustrabotas en la infancia y en la adolescencia. El hecho de no encontrar tu nombre en ese grupo me pareció un hallazgo importante. Tú hubieras podido ser uno de ellos, pero preferiste el mar de la dinamita y los tiburones, el mercado de los machetes y la sanguaza, escenarios que se ajustaban más a tu naturaleza indómita. No te imagino acurrucado en el piso con la cerviz hundida en los zapatos de un Fulano. Ni por el putas, Rocky.

Tampoco ibas a doblegarte ante Briscoe, y menos después de haber pasado tanto tiempo esperando que el Consejo Mundial de Boxeo te diera la oportunidad de disputar el título de los medianos. Ni por el putas, Rocky. Así que en vista de que el muy cabrón aguantaba todos los rectos que le tirabas al rostro, empezaste a castigarlo en el cuerpo con puros golpes curvos: gancho a las costillas, uppercut al pecho, gancho al hígado, uppercut al bajo vientre. Lo que ocurrió en ese momento se podría describir con la frase que utilizaban tus compañeros pescadores cuando resolvían un problema difícil: “¡Al fin parió Pabla, carajo!”. Briscoe dobló una rodilla, prueba de que estaba sentido. Entonces le enchufaste aquel derechazo mortífero en la quijada.

Ahora, al verte brincar en el video con los brazos en alto mientras Briscoe camina tambaleando hacia su esquina, ‘el Bony’ te lanza una broma estupenda.

—Edda, compa, ¡usted sí es desagradecido! Con lo difícil que fue esa pelea y usted no dio las gracias ahí mismo. ¡Yo a ese hijueputa calvo lo hubiera abrazado con cariño!

2.

Nueva York era una metrópoli problemática para un muchacho provinciano como tú, Rocky. Apenas te instalaste allí, en 1969, supiste que tendrías problemas. Las luces de neón te ofuscaban, las avenidas tan anchas te aburrían, la nomenclatura te desconcertaba. Imagínate tú: un tipo que escasamente sabía deletrear el español se veía forzado de pronto a buscar una dirección como esta: “330 west 95th Street”. Esa vaina vuelve loco a cualquiera, mi vale. ¡Tan elementales que eran las calles de Cartagena con sus nombres castizos! A uno le decían “Calle Tripita y Media”, y ya sabía que tenía que irse para el barrio Getsemaní. Si era la “Calle de los Siete Infantes” había que buscarla en San Diego. Eche, fácil, sin números, sin enredos. Cuando uno no le atinaba al sitio siempre había un man en el poste de la esquina dispuesto a ayudar: “No joda, mi hermano, esa está de papaya: mira, tú te metes por el Callejón de los Estribos, frente a la casa de la señora Margoth, y donde veas a una gorda de pelo teñido vendiendo cigarrillos menudeados, ¡ahí es, ahí es!”.

En aquella Nueva York tan grande, donde los transeúntes ni siquiera se miraban aunque se tropezaran de frente, era imposible orientarse con tus señales criollas. Allá no existía el guía espontáneo de la esquina, y el sitio que buscabas no era contiguo, definitivamente, al quiosco de las Mendoza. Después estaba el otro problema: te habías quedado, de repente, sin idioma. En el gimnasio apenas podías conversar con ‘el Chino’ Govín, que era cubano. Al entrenador Gil Clancy y al sparring Emily Griffith les hablabas solo a través de mímicas. Por cierto, Griffith, un veteranazo que ya había sido campeón mundial, tuvo la cortesía de aprenderse una palabra en castellano para saludarte en tu lengua todas las mañanas: “Primo”. Los periódicos de la época registraron con abundantes notas de color el curioso suceso.

—¡Primo!—exclamaba Griffith cuando te veía llegar.

—¡Primo!—le respondías tú con tu ancha sonrisa y los brazos abiertos de par en par.

Lo que venía a continuación era un coloquio tan intrincado como el de Chita con Tarzán. Griffith te decía “primo” y te lanzaba un gancho a las costillas; tú le contestabas “primo” y le tirabas un golpe idéntico al que él te había trazado.

—Primo —le digo yo ahora al taxista que me recoge en el centro de Cartagena—. Lléveme a la casa del Rocky.

—¿La casa de Rocky Valdez? —es lo único que me pregunta.

Cuando le respondo afirmativamente el hombre me conduce a un caserón en el barrio Crespo. Tu mujer, Anita Tijerino, nos informa a través de la ventana que saliste desde por la mañana. El taxista me cuenta entonces que conoce tus paraderos. En caso de que me urja hablar contigo él podría ayudarme a encontrarte. Quizá estés jugando dominó con los comerciantes del pasaje 13 en el Mercado de Bazurto. O parloteando con los jubilados del Parque del Centenario. O visitando a los vendedores de lotería de la Calle del Cabo.

En esta nueva visita a Cartagena —octubre de 2009— confirmo que para los taxistas eres un referente urbano. Como la Torre del Reloj o como la Plaza de Bolívar. Uno te nombra como “Rocky”, a secas, sin el apellido, sin la dirección, y ellos entienden que se trata de ti. No podría tratarse ni de un edil de la Zona Suroriental, ni de un vendedor de cocadas en el Portal de los Dulces, ni de un empresario turístico de Bocagrande, así todos esos tipos tengan el mismo apodo tuyo. El único Rocky que cuenta en esta ciudad de un millón doscientos mil habitantes eres tú: Rodrigo Valdez Hernández, el hijo de Reynaldo y Perfecta, nacido el viernes 22 de diciembre de 1946 en el arrabal de Getsemaní.

¿Sabes, Rocky? La villa pequeña en la que tú creciste, la “del ahumado candil y las pajuelas” —según el poeta Luis Carlos López—, ya solo existe en la memoria de los viejos. La ciudad que exploro en este momento a través de la ventanilla del taxi es un monstruo urbano plagado de cinturones de miseria. Esto no será tan descomunal como la Nueva York que te abrumaba en tu época de boxeador, pero ha crecido, Rocky, ha crecido. Aquí ya no es tan fácil dar con el quiosco de las Mendoza o con la casa de la señora Margoth.

En los 110 kilómetros cuadrados de esta Cartagena actual hay espacio de sobra para pasar inadvertido. Lo que sucede es que tú no podrías porque tú eres el Rocky. Adonde vayas la gente te seguirá con la mirada. Adonde vayas tropezarás con algún lugareño que levantará ante ti el dedo pulgar en señal de reverencia.

—¡Buena, champion!

—¿Qué se dice, Fiera, cómo anda esa salud?—¡Entonces qué, viejo Rocky!

Adonde vayas tropezarás con paisanos enterados de tu trayectoria. Los mayores, porque te conocieron cuando eras noticia; los menores, porque te han visto convertido ya en leyenda. Unos y otros saben que fuiste campeón mundial de los pesos medianos y que te paseaste por los mejores escenarios boxísticos del planeta, desde el Madison Square Garden hasta el Luna Park. Había que ver lo valiente que era el champion, dirán mientras te señalan con el dedo índice. Ahora es un abuelo apacible, puras sonrisas desde cuando se levanta hasta cuando se acuesta, pero cuando el negro peleaba era la encarnación del coraje. A ese hombre en el ring le roncaban los cojones, mi vale. Su único pecado fue haber coincidido en el peso y en el tiempo con Carlos Monzón, quizá el mejor mediano de la historia. Pero quienes vimos tus dos peleas con él damos fe de lo equilibradas que fueron. En ambas se cumplió aquello que pregonaba el mánager George Gainford en los años cuarenta del siglo pasado: “Cuando dos boxeadores son tan jodidamente buenos que uno no sabe cuál es el mejor, la diferencia la hace la estatura”. Monzón te llevaba nueve centímetros, champion, ¡nueve! Y los hacía valer: se recostaba contra las cuerdas, ponía los brazos largos por delante, echaba la cara hacia atrás, y así no le pegaba nadie. Ni el putas, Rocky. Claro que tú sí le pegaste: le rompiste la nariz, le hinchaste un ojo y lo mandaste a la lona.

Y ni hablar —insistirán los peatones cuando se topen contigo— del rebullicio que causabas en Europa entre los actores más renombrados de la época. Jean-Paul Belmondo te recogía en el aeropuerto de París, Omar Shariff te visitaba en el hotel de San Remo, Alain Delon iba de compras contigo en Montecarlo.

De modo que por donde te muevas aquí en Cartagena, Rocky, irás dejando la estela de tu leyenda, esa que el taxista y yo vamos persiguiendo esta tarde de octubre de 2009.

Desde cuando llegaste a Nueva York, a los veintitrés años, Gil Clancy predijo que te convertirías en una leyenda. Pero ¿cómo le entendías, coño, si él lo pregonaba en inglés y tú en ese idioma apenas distinguías el “good morning” y el “one-two-three”? Se suponía que Estados Unidos te convendría porque allá te foguearías con rivales de calidad. En Colombia, tú y yo lo sabemos, nunca han abundado los buenos boxeadores en la división de las 160 libras. Por ese lado sí fue verdad que te beneficiaste, aunque el precio que pagaste fue altísimo. El día que faltaba ‘el Chino’ Govín el mundo se te trastornaba: te servían pancake cuando en realidad querías huevo frito, lanzabas el puño izquierdo cuando te pedían tirar el derecho. Claro que, al fin y al cabo, a ti te daba la misma mierda “right” que “left” porque con cualquiera de las dos podías quebrarle la mandíbula al que se te enfrentara.

Esa íntima convicción derivaba en franca apatía por la lengua ajena: aunque no lo dijeras en voz alta, considerabas innecesario aprender inglés. Te parecía una misión imposible, además. Estimabas más útil invertir el tiempo en el gimnasio, pulir el recto de derecha. Para salvarte en el ring te bastaba con meter un buen uppercut en la punta de la barbilla. Nunca se ha visto, mi vale, que cambiar “luna” por “moon” sirva para noquear a nadie. Tu única arma para ganar el sustento eran los puños. Porque te digo algo, viejo Rocky, tú no tendrás ni la menor idea de quién coño fue Descartes, pero sabes, como él, que donde más cerca se encuentra una mano dispuesta a ayudarlo a uno es en el extremo del propio brazo de uno.

A menudo, después de ganarle a algún rival importante, pedías permiso para venir a Colombia, y cuando llegabas acá ya no querías retornar a Estados Unidos. Tus manejadores debían esforzarse muchísimo para convencerte. En el fondo, lo que más te afligía de aquella vida que considerabas prestada no eran las dificultades con el idioma, sino lo lejos que te quedaba Cartagena. Pero ¿sabes, Rocky, tu actitud indicaba a las claras que nunca habías salido de tu ciudad. Y justamente por eso te sentías perdido en Nueva York.

Te encuentro en el Pasaje 13 del Mercado de Bazurto. Entonces, durante esta tarde y las dos que siguen me contarás muchas de las historias que componen este relato. Allí estás con tus amigos de toda la vida: Arturo González, quien tajaba pescados contigo en el antiguo mercado del Arsenal, y Omar de la Hoz, uno de los compadres que te recib ieron en el aeropuerto cuando volviste con la corona de campeón mundial.

—Lo mejor de mi compadre es que nunca olvida a su gente —exclama González mientras te da una palmada recia sobre el hombro.

La frase de González ha hecho carrera en Cartagena. Circula en el correo del viento a través de plazoletas y zaguanes. La repiten como un Credo el vago del parque y el periodista deportivo. Quienes te conocen saben que, por mucho que te alejes, tarde o temprano retornas a los mismos lugares de siempre. Citan, a manera de ejemplo, la siguiente historia: Aída Iriarte fue tu primera esposa cuando tú apenas tenías dieciocho años. Ella te dio a tu primer hijo, ella estuvo contigo en la época de las penurias. ¿Qué pasó cuando se separaron? Aída se consiguió un nuevo marido, hombre buenísimo, caramba. Y tú te conseguiste cinco esposas más en los años posteriores. Eso sí: vivieras con Juana o vivieras con María, siempre almorzabas en la casa de Aída.

—Mija —gritaba el marido de Aída cuando te veía llegar—, ¡corre, que llegó el Rocky!

Aída partía como un rayo hacia la cocina para prepararte tu posta de sierra con yuca. El marido, entre tanto, te preguntaba si querías guarapo, champion, o si preferías limonada.

De no ser porque murió en 2006 todavía almorzarías donde ella, champion.

En este eterno retorno a las raíces encuentro mucho más que la expresión de sencillez y gratitud que todos te alaban, Rocky. Me parece que allí hay, además, una búsqueda tribal de protección. Cuando regresas al mercado de tus tiempos duros no solo eres el hombre generoso que socorre a un vendedor ambulante caído en desgracia, sino también el animal que se reintegra a su manada para sentirse seguro. La rutina invariable te permite crear una ciudad a la medida de tu carácter desconfiado. Se alarga el sur, se alarga el norte, se alarga el este y se alarga el oeste, pero la Cartagena por donde tú transitas a diario sigue siendo una villa reducida que se ajusta a tu naturaleza aldeana.

—Edda, compa, eso sí es verdad que aquí entre nosotros el Rocky se siente seguro —dice Omar de la Hoz.

—¿Tú crees que a este mercado puede entrar cualquiera con ese montón de prendas de oro? —pregunta Arturo González.

Tú sonríes. Yo aprovecho el giro que ha tomado la conversación para averiguar por qué cargas tantas joyas. Noto que, incluso, tienes un reloj sin talco, recuerdo de tu tarde de compras en Montecarlo con Alain Delon. ¿Por qué lo usas todavía, si ya se dañó?—Edda, mi hermano, donde me lleguen a ver sin ese reloj empiezan a decir que me quedé en la ruina. Parece que no conocieras a los cartageneros.

—¿Y el boxeo te dio para comprar algo más que prendas?—Bueno, tengo mis casas y mis buses. Yo no me metí a loco porque a mí me tocó sacrificarme mucho en el boxeo.

—¿Por qué te pusiste esas iniciales de oro en los dientes?—Eche, porque gané para ponérmelas. Yo en esa época era campeón.

Ahora, mientras caminas conmigo a través de un angosto corredor bordeado de vendedores ambulantes, destilas un aire de complacencia. Se nota a leguas que te gusta ser quien eres. Se nota a leguas que, aunque insistas en que el pasado “es una vaina vieja”, te encanta evocarlo. No en vano conservas todas esas prendas que prolongan el tiempo ya remoto del esplendor. Al lucirlas, vuelves a noquear a Briscoe, vuelves a ser el que siempre has sido: el amo y señor del coraje. El champion, mi vale. El campeón.

El oro y la oscuridad

Publicado: 10 enero 2010 en Alberto Salcedo Ramos
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I. Grande como los dinosaurios

Pambelé volvió a bramar frente a las cámaras y descargó un nuevo puñetazo contra la pared. Tenía la bata típica de los enfermos de hospital, pero a través de los barrotes de la ventana parecía un condenado a muerte que reclamaba compasión.

La escena resumía de manera dramática lo que había sido su vida: el llanto y los golpes, el trastorno y el encierro, la fama y la oscuridad.

—¡Ayúdenme! —exclamó, con su vozarrón despedazado.

En ese momento, los reporteros se metieron a la fuerza en la habitación. El hombre dejó de aporrear las paredes y la emprendió a bofetadas contra su propio rostro. Los camarógrafos ajustaron sus planos para registrar la nueva reacción. Relampaguearon los flashes, se desbordaron los murmullos. Y Pambelé lució más desvalido entre aquella horda de perdición.

—¡Ay, mi madre —fue todo lo que alcanzó a decir, antes de sentarse en el borde de la cama y ponerse a llorar con el rostro hundido entre las manos.

El siquiatra Christian Ayola, que manejaba el caso de Pambelé en el Hospital San Pablo, de Cartagena, se disponía a almorzar en su casa aquel mediodía de enero de 1994. Estaba pasmado ante las imágenes del noticiero, que le resultaban crueles y de pésimo gusto. Su mayor preocupación no era, sin embargo, darles una cátedra de derechos humanos a los periodistas sino averiguar por qué su paciente entró en crisis. Supuso que tal vez no había tomado las medicinas.

“Él tenía que estar a punta de eurolépticos para el estado sicótico y estabilizadores para el humor”, recuerda Ayola.

A esa inquietud se sumaba otra: Andrés Pastrana, aspirante conservador a la Presidencia de la República, lo había llamado por la mañana para decirle que quería ver a Pambelé. Ayola le respondió que no se oponía, siempre y cuando la visita fuera secreta y no un acto público con intenciones políticas. El candidato presidencial volvió a la carga, con el argumento de que a los amigos no se les esconde.

Esa relación se había forjado 22 años atrás, cuando Misael Pastrana Borrero era el presidente de Colombia y Antonio Cervantes, más conocido como Kid Pambelé, era el campeón mundial del peso walter junior. La empatía entre los dos fue inmediata. El presidente lo recibía en el Palacio de San Carlos, lo ponía de ejemplo en sus discursos y se hacía fotografiar frente al televisor cuando Pambelé peleaba. Como si fuera poco, iba a Palenque, el pueblo pobre donde nació el campeón, a inaugurar los servicios de energía eléctrica y acueducto. Pambelé, por su parte, le dedicaba cada triunfo. Viajaba desde donde estuviera para acompañar a Andrés, el hijo del presidente —entonces un muchacho de 18 años— en las caminatas que organizaba por las calles de Bogotá.

Desde el 28 de octubre de 1972, cuando Pambelé ganó el título, el país permanecía en trance de adoración. Los periódicos no le perdían ni pie ni pisada. El Heraldo lo mostraba en el aeropuerto de Barranquilla, besando a una rubia de camisita breve abierta en el pecho. El Universal lo retrataba en una notaría de Cartagena, mientras firmaba las escrituras de tres apartamentos que había comprado de un solo tirón. El Espectador nos informaba por quién iba a votar en las próximas elecciones. El Siglo mandaba reporteros a las casas del ex presidente Carlos Lleras Restrepo y del poeta León de Greiff, para preguntarles sus impresiones sobre el ídolo. Cromos enviaba a su mejor cronista, Juan Gossaín, a los países donde Cervantes defendía el título. Fernán Martínez Mahecha revelaba que El Tiempo tenía cuatro carpetas de material de archivo sobre Pambelé y solo una sobre Gabriel García Márquez. Y El Espacio, claro, lo sacaba en primera página apretando por la cintura a una azafata, bajo la palabra “¡Pillado!” escrita en grandes letras rojas.

Pambelé, además, salía con la cantante de moda en Colombia, recibía homenajes de alcaldes y concejales, cultivaba amistad con famosos como José Luis Rodríguez (El Puma) y Óscar de León; regalaba toros en cuanta corrida podía, coronaba reinas en ferias populares, les tenía sendas mansiones a sus dos mujeres oficiales, pontificaba sobre la temperatura ideal del vino de Oporto, se hacía brillar las uñas en salones de belleza, coleccionaba autos lujosos en cada una de sus viviendas y liquidaba sin misericordia a todos los boxeadores que enfrentaba.

El culto a su figura se debía, explica Juan Gossaín, a que Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. “Antes de él”, añade, “éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar. Vivíamos todavía celebrando el empate con la Unión Soviética en el mundial de fútbol del 62. Pambelé nos convenció de que sí se podía y nos enseñó para siempre lo que es pasar de las victorias morales a las victorias reales”.

A mediados de los años 70, Gossaín fue testigo, en Cartagena, de un hecho que le hizo entender la idolatría que desataba el boxeador. El periodista pasaba por una calle del centro, en medio de la modorra de la dos de la tarde, cuando de pronto se asomó una prostituta envuelta en una toalla. La mujer se dirigió a gritos a los vendedores de lotería de la otra acera.

—Oigan, ¿a qué hora es la pelea de Pambelé?

En aquellos años de esplendor, el campeón era un tema obligado en la entrada o en el postre. Cuenta el ex presidente Belisario Betancur que en cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido, en una reunión de colombianos en Madrid, con la siguiente exclamación:

—¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!

Entonces García Márquez, moviendo la cabeza en forma teatral, como buscando a alguien en el recinto, respondió:

—¿Dónde está Pambelé?

Y Pambelé estaba sentado en el borde de su cama en el Hospital San Pablo. Lloraba sin lágrimas, con un resuello profundo. A los 49 años había perdido la estampa magnífica del pasado. De la musculatura que en su época de boxeador causaba admiración en las ruedas de prensa no quedaba ni la sombra. Apenas los huesos continuaban allí: largos, nudosos, escasamente forrados por el pellejo. Nada de uñas pulidas, nada de bigote recortado en forma milimétrica. Se veía desgreñado, sucio. La bata ancha aumentaba su aire de huérfano. En sus brazos tan flacos sobresalían las venas, gordas y tensas. La piel negra ya no refulgía sino que se asemejaba al hierro oxidado. Donde antes brillaba un diente recubierto de oro con sus iniciales engastadas, había ahora un portillo oscuro que inspiraba pesar. Sus ojos no parecían hinchados por el llanto sino por una paliza.

Viéndolo así, el médico Christian Ayola no fue capaz de probar bocado. Le parecía el colmo que se expusiera el dolor de un ser humano a semejante contemplación tan morbosa. En ese momento hubiera hecho cualquier cosa con tal de impedir que un sitio sagrado como un hospital fuera convertido en circo bárbaro. Llamó por teléfono a la enfermera jefe y le dio las instrucciones del caso. Cuando colgó se puso a pensar que en Cartagena todo conspiraba contra el propósito de curar a Pambelé. Había demasiados fisgones que convertían su salud en un asunto de dominio público, demasiadas lenguas diligentes que podían dañarlo más con sus comentarios y demasiados compinches esperando a que terminara el tratamiento para festejarlo en grande con una nueva orgía de bazuco. Ayola recordó que el Hospital Siquiátrico de La Habana tenía renombre por su manera de tratar la adicción a las drogas y consideró que sería una buena opción para Pambelé, no solo por la calidad de sus médicos sino también porque allá estaría aislado de los peligros que afrontaba en nuestro país. En Cuba, por ejemplo, sería un ciudadano más, un hombre anónimo entreverado en una legión de enfermos iguales a él. Compartiría un pequeño cubículo con tres pacientes, lo cual podría servirle para que dejara de creerse el cuento de que era un ser único, el eterno campeón mundial, el negro más grande, el patrono del nocaut, la jáquima de los boxeadores, el que pega como con un martillo, el que enseñó a ganar a los colombianos, el de siempre, no hay con quién, el que a la hora de rematar no parece usar dos puños sino las aspas de un ventilador asesino, el único otra vez, el invencibleeeeeee Kid Pambeléeeeeeeeeeee.

Ayola suponía que la egolatría de Cervantes empezaría a resquebrajarse cuando se sintiera desconocido en Cuba. Allá, además, no pensaría en fugarse del hospital, porque no tendría adónde ir. Esto último era especialmente importante si se tenía en cuenta que en 1987 se había escapado de Hogares Crea, la finca de rehabilitación adonde lo internaron gracias a una campaña del periodista Fabio Poveda Márquez.

Frente al aspecto cadavérico que ofrecía Pambelé en su catre del Hospital San Pablo, resultaba inevitable preguntarse cómo se produjo su caída desde la cúspide hasta el fondo del barranco. Nacido y criado en el naufragio, no supo qué hacer en tierra firme, cuando los vientos empezaron a ser favorables. Se enloqueció con el oro, se intoxicó con el vino. Tocado de pronto por la varita de los dioses, olvidó que estaba marcado a hierro vivo por la desgracia. Siguió lanzando golpes a diestra y siniestra, sin darse cuenta de que no ganaba en el ring para salvarse sino para tallar su propia derrota.

Las drogas y el licor le arrebataron la fuerza, la disciplina y la corona de campeón. Lo llevaron a humillar y a destrozar a su familia. Después le aniquilaron la vergüenza. Lo sometieron al escarnio público como sinónimo del bruto que destruye con la cabeza el imperio que edificó con los puños. Los colombianos, que antes lo veneraban, lo volvieron blanco de burlas. “¿En qué se parecen Pambelé y los dinosaurios?”, preguntaban. “En que fueron grandes en el pasado, pero hoy no existen”. Convertido ya en hazmerreír, pusieron en boca suya la frase “es mejor ser rico que pobre”, incluida con frecuencia en las antologías nacionales de la estupidez. Como si esa declaración tan sensata, en medio de tantas tonterías que se repiten con énfasis en este país, no fuera casi una sentencia filosófica.

El promotor boxístico Nelson Aquiles Arrieta, quien descubrió a Pambelé cuando era un vendedor de cigarrillos de contrabando en Cartagena, asegura haberlo visto en su esquina, durante una de sus últimas peleas, haciendo trampa para reanimarse y poder aguantar el siguiente round. “Sergio Álvarez lo había golpeado muy duro y Pambelé estaba atravesando un sofoco. Entonces aplicó la jugadita de un cantante vallenato que no te voy a nombrar: sacó un pañuelito con coca y se pegó un pase delante de todo el mundo. Eso se vio hasta en la Patagonia. Cuando sonó la campana salió hecho una fiera y le dio un concierto de boxeo a Álvarez”.

Al final del combate, según Arrieta, Pambelé le reclamó al empresario el botín convenido: una camioneta y un kilo de cocaína. Poco tiempo después, cuando se apartó del boxeo, su situación empeoró. Las cuentas bancarias se fueron consumiendo en una vorágine de candela y desenfreno. Lo que se le iba por el bolsillo izquierdo no regresaba jamás por el derecho. Muy pronto quedó arruinado. Pasó de brindar whisky Sello Negro a mendigar sobras de cerveza en bares de mala muerte, del avión al bus cebollero, de los zapatos Corona a las chancletas de plástico, de los manteles presidenciales a los andenes, de la cocaína al bazuco, de las cantantes de moda a las puticas de cuchitril, de las primeras planas a las páginas judiciales. El capital que derrochó, según cálculos del periodista Eugenio Baena, fue superior al millón y medio de dólares.

Los amigos del éxito —comparables con esos insectos que se emborrachan dando vueltas alrededor de las lámparas— partieron cuando sintieron la oscuridad del fracaso. Necesitaban un nuevo campeón para la foto. Llegaron entonces los perdedores, envueltos en una humareda terrible. Libre de los compromisos del gimnasio, de la dictadura de la dieta, Pambelé se tiró al desastre. De repente, parecía haber adquirido el don de la ubicuidad. Un día lo expulsaban de un bar de Manizales por bailar desnudo sobre la barra y, cuando todavía no nos habíamos repuesto de la sorpresa, aparecía en Pasto con el rostro ensangrentado por negarse a pagarle a un taxista.

En un restaurante de Cartagena le vaciaron una olla de sopa hirviente en el pecho y en el aeropuerto de Bogotá le rompieron la frente con una tranca. En Barranquilla le pegaron con un tacón puntilla por limpiarse las manos en el vestido de un maniquí. En Cali un ganadero le ofreció un mazo de billetes con tal de que se fuera rápido de la plaza de toros. Se volvió inquilino asiduo de calabozos y hospitales. Lo vieron sin dientes en Armenia y sin zapatos en Tunja. Lo vieron y lo vieron y lo vieron y lo vieron. Estaba en todas partes pero no estaba en ninguna. En Colombia todo el mundo, grande o chico, gordo o flaco, alguna vez se había tropezado a Pambelé armando escándalos. Llegó un momento, incluso, en que lo veían aunque no lo vieran. Fantasma de sí mismo, un día fue dado por muerto en Radio Sucesos RCN. Cuando reapareció indignado por la noticia, hubo gente que no le creyó que, en efecto, seguía vivo.

Que siguiera vivo, después de todo, era un milagro. Eso pensaba el siquiatra Christian Ayola mientras buscaba en su agenda el número telefónico de Hernando Múnera Cavadía, el director de Coldeportes en Bolívar, para plantearle la idea de trasladar a Pambelé a Cuba. En este país violento —cavilaba— habían matado a mucha gente por desmanes menos graves que los suyos. Los ofendidos lo perdonaban quizá por su pasado glorioso. O porque entendían que era una pobre criatura aplastada por una enfermedad superior a sus fuerzas. O porque sabían que cuando estaba sobrio era un caballero intachable. A Ayola le gustaba la forma en que Juan Gossaín definía a Pambelé: “El coloso que decidió ponerle dinamita a su propia estatua”.

En esas andaba cuando lo llamaron por teléfono para contarle que Andrés Pastrana se encontraba en el Hospital San Pablo tomándose fotos con Pambelé y conversando con él en medio de la turba de reporteros. Suspiró con resignación y se reafirmó en su idea de que a Pambelé había que sacarlo de Colombia.

Al día siguiente, cuando abrió el periódico, lo primero que vio fue la enorme foto de la visita, bajo el título “Pambelé adhiere a Pastrana”.

II. El ruido y la furia

La casa-finca de la familia Cervantes Orozco, único vestigio que queda de la fortuna de Pambelé, está ubicada en el pueblo de Turbaco, a una hora de Cartagena. El patio mide dos hectáreas y tiene mangos, guanábanos, nísperos, limones, papayos, plátanos y tamarindos. Hay una gallina aburridora que le sabotea la siesta a un perro perezoso, una bicicleta recostada contra un árbol y una pelota de fútbol. El piso de tierra es pulcro: ningún guijarro suelto, ninguna lata vacía, ningún zapato viejo retostado por el sol. Las hojas secas no andan volando por ahí sino que están escrupulosamente recogidas en un montoncito apartado contra la cerca. El sol reverbera en el tejado, hierve en el aire. Son las tres de la tarde del seis de enero de 2004.

En la terraza de grandes baldosas rojas, sentados en mecedoras de mimbre, se encuentran Carlina Orozco, esposa de Pambelé, y sus hijos José Luis y Rubén. También están las mujeres y los hijos de ellos dos, junto con algunos vecinos que han venido de visita. Solo falta Lucy, que vive aparte con su marido y sus cuatro niños. Los chicos corretean por todos lados, arman un barullo tremendo. A ratos, los adultos les piden dejar la gritería.

Hoy, al igual que hace dos días, cuando vine a esta casa por primera vez, Carlina se niega a abrir la boca. Cuando le pregunto algo, se pone el dedo índice de la mano derecha sobre los labios y mira hacia un lado. Supongo que con su gesto histriónico pretende advertirme que no está dispuesta a pronunciar ni media palabra sobre su marido. O quizá me pide que me calle. José Luis, en cambio, se desborda. Admite que a ratos se desespera tanto que piensa en la posibilidad de amarrar a su padre y meterlo en un hueco subterráneo durante cinco años, a ver si de pronto se corrige. Después afirma que la pensión mensual que el gobierno le da a Pambelé por haber sido un símbolo del deporte —un millón y medio de pesos— sólo ha servido para patrocinar sus desórdenes.

—A mi mamá no le da ni cinco centavos —protesta— y tampoco quiere aceptar que ella sea la que cobre y administre la pensión. Él es un hombre enfermo que se enloquece más cuando ve plata. Mire, se desaparece varios días, nadie sabe por dónde anda, es la locura total. Nosotros volvemos a verlo es cuando se queda sin nada y en malas condiciones.

En este momento, a propósito, lleva varios días perdido. Algunos dicen que está en Barranquilla, donde una amante llamada Cecilia. Otros juran que amaneció descalzo en el mercado de Galapa, Atlántico, jugando dominó. Los de más allá aseguran que como en Cartagena hay temporada taurina, es imposible que haya salido de la ciudad. ¿No era, acaso, el que andaba ayer por el Parque Bolívar, con una camiseta enrollada en la cabeza, convidando a pelear a un lustrabotas? ¿No era el que devoraba una posta de sábalo frito en una cabaña de La Boquilla? Si te pones a buscarlo, te pierdes tú también. Te confundes, sientes dolor en los talones. No entiendes por qué si Pambelé es omnipresente como el sol, tú no lo encuentras. Si quieres tropezarte con él —te previene el vendedor callejero de mariscos— debes ir a las 11 en punto de la mañana a los quioscos de La Matuna. Un jubilado de los que tertulian en los alrededores de la Gobernación cree que Pambelé pasó hace media hora por el malecón de Bocagrande. Un taxista del aeropuerto jura que lo saludó en las playas de Crespo. Las prostitutas de la Calle de la Media Luna suponen que está almorzando con los boxeadores del Pie del Cerro y los boxeadores, a su vez, se lo imaginan encerrado con las prostitutas. Las versiones se multiplican según el número de personas a las cuales les preguntas.

—La semana pasada estaba en el barrio Chiquinquirá con un vaso de tinto en la mano.

—Hace cuatro días tenía una gorra de los Yankees y estaba conversando con su compadre Bernardo Caraballo.

—Si hubieras llegado diez minutos antes, lo habrías encontrado en esa cafetería tomando jugo.

—Ahora mismito se fue de aquí, mi hermano. ¡Corre, para que te lo pilles en la otra esquina!

Y cada vez te lo van arrimando más en el espacio y en el tiempo, hasta que empiezas a creer que ya lo encontraste, y resulta que es una sombra engañosa, se alarga y se encoge en el piso, mas no se deja tocar. Todo lo que hagas por retenerlo será inútil, pues cuando Pambelé está de farra es como un nubarrón, viejo, anda lento pero llega lejos, lo ves cerca pero no lo alcanzas. Además, no hay manera de controlarlo. Cuando pasa frente a ti, cargado, turbio, lo intuyes amenazante y, sin embargo, te descuidas, porque ya lo consideras parte del paisaje. Entonces, cuando te acostumbras tanto que terminas por olvidarlo, el nubarrón descarga su cólera contra lo primero que se le atraviese. Bum, bum, bum. Oyes el estruendo, pasan los policías, se forman los corrillos, se desatan los rumores y al otro día, claro, lo tienes por fin frente a ti: está retratado en El Universal mientras es conducido a la cárcel de San Diego, por haber agredido a Jolinis Pérez Ortega, una joven que se negó a bailar con él.

Esta vez, sin embargo, su familia no lo ha visto ni siquiera en el periódico. Cuando pregunto que si por casualidad saben dónde se encuentra, Carlina vuelve a sellarse la boca con el dedo índice. José Luis responde que con seguridad su padre anda de parranda. Añade que donde quiera que esté, quizá tenga miedo de regresar a la casa, porque hace unos días, cuando se presentó borracho y empezó a reventar platos contra las paredes, él y su hermano Rubén lo aquietaron a la brava. Y no sólo eso: le aclararon que como volviera a irrespetarlos de esa manera, se verían obligados a encadenarlo en un árbol. Después llamarían a los periodistas para que lo vieran maniatado, a fin de que él sintiera en carne propia la humillación que ellos habían soportado toda la vida. Tan viejo, carajo, y no coge juicio. O se calma o lo calmamos. Por último, lo aguijonearon en su punto débil: si seguía causando problemas, le advirtieron, tendrían que internarlo de nuevo en un hospital siquiátrico.

José Luis confiesa que muchas veces él y su hermano han empleado la rudeza para contener a Pambelé. Es horrible, me explica, llegar a ese extremo. Horrible pero inevitable. Durante muchos años ellos han vivido emboscados en un callejón sin salida, sometidos a un dilema malvado: resignarse a que el padre los destroce o dominarlo con sus propios métodos brutales. Cuando Pambelé llega borracho o drogado, escupe insultos, reparte porrazos, lanza ollas y calderos, patea neveras. Ataca como fiera y devasta como terremoto.

—Yo recuerdo que mi papá rompía un televisor todos los meses, cuando le entraban sus loqueras —dice Rubén—.Y como en ese tiempo todavía tenía plata, se iba al día siguiente para cualquier almacén y compraba un televisor nuevo.

Cuando Pambelé se retiró del boxeo, en 1983, José Luis tenía 12 años; Rubén, 11 y Lucy, 8. A partir de ese momento, como ya no necesitaba cuidarse para la próxima pelea, abandonó los pocos escrúpulos que le quedaban. Ahí fue cuando la vida de todos se volvió un infierno. Los niños miraban impasibles cómo su padre llegaba de repente, a cualquier hora de la noche o de la madrugada, convertido en un ciclón que desbarajustaba la casa. La escena era traumática: había puñetazos, estropicio de muebles, desvelo. En medio del caos, mamá Carlina pasaba de los gritos de espanto al llanto de desconsuelo. Entonces, los chicos también lloraban. El depredador tomaba un segundo aire, rugía, se encaminaba hacia la cocina. Luego pateaba al perro, rasgaba el mantel, botaba los peroles. Cada agresión era más feroz que la anterior. Daba la impresión de que sólo se detendría cuando hubiera machacado el último florero. Lo peor, sin embargo, no era su sed de aniquilación sino su cara de lunático. ¿En qué momento, por Dios, el padre amoroso que esta mañana, antes de salir, les preparó el desayuno, los peinó y les dio un beso, se transformó en este monstruo desbocado? Ahora, el exterminador se quitaba la camisa. Parecía dispuesto a embestir con más determinación para consumar su faena demoledora. Pero cuando todos esperaban el envión final, el golpe de gracia que acabaría para siempre con este mundo cruel, el hombre se frenaba en seco, adoptaba la guardia clásica de un boxeador, tiraba una seguidilla de ganchos y rectos en el aire, y exclamaba con toda su alma:

—¡Y en esta esquinaaaaa, el campeón mundiaaaalllll Kid Pambeléeeee!

Al rato se quedaba en silencio. Se sentaba en alguna mecedora que hubiera sobrevivido al cataclismo y permanecía allí, inmutable, durante varios minutos. Chasqueaba los dedos, bajaba la cabeza. Era la calma después de la tempestad, el cielo apacible después de las centellas. Pero entonces, de manera inesperada, soltaba un pujo largo y rompía a llorar como un niño lastimado.

En este punto de la conversación, Carlina Orozco se lanza por fin al agua: agita el dedo índice, a la altura de su propio rostro, y dice que sólo los que actúen de buena fe lograrán enderezar lo que está torcido.

—La palabra de Dios nunca regresa vacía —añade—. Nosotros no queremos que el mal ejemplo de Antonio caiga en saco roto. ¡Apréndanse esa lección y úsenla para vencer al Demonio!

En seguida, mira hacia un lado y vuelve a su silencio. Como sabe que la observo, demora más de lo acostumbrado con el rostro escondido. Aprieta los puños sobre las rodillas, mece el tronco hacia atrás y hacia delante. Se ve demacrada, oprimida por el fracaso.

José Luis insiste en que su padre los ha sometido a una pesadilla demasiado larga. Para la mayoría de la gente en la calle, Pambelé es, a pesar de todo, un espectro inofensivo. Lo ves en la televisión, lo ves en el periódico, lo ves en tu barrio, lo ves en la sopa, pero al fin y al cabo, verlo no te mata. Él allá y tú acá. Él, envuelto en llamas y tú, fresco. Él, en el fondo del pantano y tú, a salvo en la tierra firme. Es cierto que si va tomado o drogado y tú te le acercas, el problema es inminente. Mantén una prudente distancia y conjurarás cualquier peligro. De todos modos, hay que admitirlo, puede ocurrir que te lo tropieces de frente en un espacio reducido y él te conecte con un mortífero uppercut de izquierda en la punta de la barbilla. Pero en ese caso, viejo, te tocará reconocer que la culpa no es de Pambelé, carajo, sino de tu mala suerte. La posibilidad de que se encuentre contigo, precisamente contigo, y te atice un soplamocos con la poderosa zurda, sigue siendo más remota de lo que muchos suponen. Así que volvemos a lo mismo: tú, sentado bajo la sombra del almendro y Pambelé, calcinándose en la mitad del sol. Tú, engordando en tu vida sedentaria y Pambelé, enflaqueciéndose en su andadura febril. No temas, que él se va alejando, se va alejando, se va alejando y se va alejando, hasta convertirse en una rastra de humo en la memoria.

A su esposa y a sus hijos, en cambio, les sucede lo contrario: pase lo que pase, Pambelé siempre se acerca. Hoy o dentro de seis meses, pero se acerca. Cuando vuelve es un lío; cuando se va, también. Están atados a su destino. Les toca cargar con él y con su fantasma, que para ellos pesa el doble. Encorva la espalda y duele muy hondo. Todo lo que Pambelé haga frente a ellos o a leguas de distancia puede afectarlos irremediablemente. Cuando él se pierde del mapa, ellos no tienen tregua, porque, de todos modos, él sigue repercutiendo en sus vidas de manera contundente. Es cierto que cuando él se encuentra lejos, la atmósfera es tranquila y los platos están a salvo. Pero en ese caso, las preocupaciones no desaparecen sino que cambian de foco. ¿Habrá armado un nuevo escándalo? ¡Claro, a la fija atacó a alguien y lo metieron preso! Luego se preguntan si está vivo. Se ponen tensos, se alteran con el mínimo ruido de la calle, llaman por teléfono, averiguan si lo han visto. De pronto, en medio del sobresalto, se miran las caras y comprenden que no están buscándolo por deber sino porque lo extrañan. Pobrecito, tal vez no ha comido. Quién sabe dónde le tocará dormir esta noche. Empiezan a pensar que es una criatura enferma, una víctima, un tipo que no tiene la culpa de haber venido al mundo con un corazón bueno y una cabeza mala. Porque, eso sí, ¿quién va a negar que cuando el hombre está en sus cabales es la decencia en persona? Y de la generosidad, ni hablemos. Acuérdense de la cantidad de gente a la cual ayudó sin estar obligado a eso. Primos, concuñados, compadres de ocasión.

Recuerden que él desde chiquito tuvo que hacer las veces de papá de sus cinco hermanos menores, porque el padre de verdad, el viejo Manuel, estaba perdido en Venezuela y hacía años que de él no había razón ni larga ni corta. Y cuando fue campeón mundial hizo que le pusieran la luz y el agua a Palenque, un adelanto para el pueblo, sí señor, con presidente y todo, que eso es algo que los viejos todavía comentan. ¡Ese era el tipo correcto en la vida! Ahí donde lo ven tan loco estaba pendiente de su gente. Cuando se ganó la corona y cobró los cinco mil dólares de la bolsa, pagó la nevera de la mamá —que se la iban a embargar— y compró por fin su primera cama doble, ya que hasta ese momento dormía con mamá Carlina en un estrecho catre de resortes. Juicioso, compa, juicioso. Y honrado. Usted podía mandar un saco de monedas de oro con él y no se extraviaba ni una sola. No le debía un centavo a nadie. Al contrario: se quitaba la ropa para regalarla. Sudaba para conseguir lo que necesitaba. En vísperas de un combate, no tomaba gaseosa, le hacía mala cara a la grasa, se apartaba si veía un sancocho, mejor dicho, mírame y no me toques. Se cuidaba más que un obispo, mi hermano. Cero trasnocho, mucho trote. Hasta pasaba la noche en un cuarto independiente, estudiando los videos del boxeador al que iba a enfrentar, analizando por dónde era que le iba a meter uno de los puños esos que, según el periodista Melanio Porto Ariza, tenían cloroformo. Cuando ya ganaba su pelea, otra vez dormía con mamá Carlina. Y ella amanecía con una sonrisa de oreja a oreja. Él cocinaba y nos llevaba el desayuno a la cama. Después tocaba las palmas, como si nos estuviera aplaudiendo, pero en realidad lo que nos quería decir con ese gesto era que nos bañáramos rápido para salir a pasear. Escríbalo como suena: éramos felices en esta casa. Bueno, quiero decir, antes de que él probara el veneno ese que lo malogró.

Una vez más, Carlina Orozco se anima a meter su cuchara en la conversación.

—Antonio es de mala cabeza pero él no se desgració solo. ¡Bastante que lo aprovecharon cuando estaba arriba! ¿Usted cree que nosotros no sabemos quiénes fueron? Nosotros sabemos todo, lo que le robaron, las porquerías que le dieron, todo. Sabemos dónde lo metían para dañarlo. Lo que pasa es que no vamos a mover ni un solo dedo para castigar a nadie, porque en la Biblia está escrito que el que a hierro mata, a hierro muere, y Dios ya le tiene su paga guardada a cada quien.

Fiel a su costumbre, Carlina vuelve a callar. Mira hacia un lado. Se mece. José Luis me reta ahora a comprobar que de los once hijos que tuvo su padre con cuatro mujeres, ninguno siguió su mal ejemplo. Al contrario, explica, todos exageran los buenos modales, sin duda para notificarle a su interlocutor, desde el comienzo, que están hechos de otro material. Pero —añade a continuación— con su padre esa cortesía no siempre funciona. Y además, la paciencia se agota. Cuando eran niños se resignaban al pánico en forma pasiva. Soportaban el maltrato a su madre, el escarnio público. No tenían manera de impedir que el huracán destruyera su morada. Estaban montados contra su voluntad en un carrusel de atrocidades que pulverizaba los nervios y nunca terminaba de girar. Además de padecer barbaridades, oían comentarios sobre las penurias económicas que se avecinaban: Pambelé remató los ocho apartamentos de Bocagrande y los cinco del Edificio Comodoro. Pambelé llegó al banco en bermuda, camisilla y chancletas, y retiró 10 mil dólares por ventanilla. Pambelé vació las tres cuentas corrientes y las dos de ahorros. Pambelé ferió los últimos 50 mil dólares que le quedaban de sus propiedades en Venezuela.

Pambelé vendió su colección de vehículos de lujo y quién sabe en qué se gastó la plata. Pambelé cambió una finca de 300 hectáreas por una noche de farra. Pambelé —y esto ya es el colmo— dejó perder hasta la casa que le había regalado a su mamá, a la pobre vieja Ceferina. Todas estas mortificaciones, afirma José Luis, se acumularon en forma dañina. Un día, cuando él y su hermano Rubén sintieron que habían crecido lo suficiente como para levantar el pecho, se sublevaron. En ese momento descubrieron que de todos modos no tenían alternativas: desterrar a su padre los pone a salvo de sus impertinencias, pero también les genera zozobra. Amarrarlo es librarse de sus golpes, pero condenarse a ver una escena pavorosa que duele hasta las lágrimas.

¿Para qué les ha servido, entonces, haberse rebelado? Por lo menos —responde Rubén— para conservar esta casa—finca, que fue lo único que le quedó a su madre. La lucha ha sido brava, añade. Varias veces han tenido que perseguir con machete a desconocidos que aparecen de repente pidiéndoles desalojar el predio, dizque porque ya Pambelé les firmó la promesa de compraventa.

III. Pambelé, el memorioso

El sol es ahora menos inclemente. Sopla la brisa, ladra el perro dormilón, se espanta la gallina latosa. El ruido es ensordecedor. Desquicia. Los niños se desordenan cada vez más. Corren, gritan, sacan la lengua. Parecen tener la energía suficiente para saltar durante tres días seguidos. De pronto, uno de ellos se desprende del grupo y se viene para donde yo estoy. Tiene la cara amoratada por el trajín, chorrea sudor. Me cuenta, con la voz entrecortada por la agitación, que se llama Bryan, que tiene ocho años y es hijo de José Luis.

—Oiga, señor, ¿esa grabadora graba lo que uno dice?

—Sí, claro.

—Yo quiero grabar algo sobre mi abuelo.

El chico se frena, mira a su padre y a su abuela. Se nota que busca aprobación. Como no ve la señal por ninguna parte, se mordisquea el dedo índice, agacha la cabeza, sonríe apenado.

—¿Qué quieres decir? —insisto.

Pero el muchachito no se pasa de la raya ni un milímetro. Duda otra vez. Sonríe. En ese momento su padre le arroja el salvavidas.

—¡Ajá, di lo que quieres decir!

Entonces, como impulsado por un resorte, Bryan acerca el rostro a la grabadora, se pone las manos alrededor de la boca en forma de bocina y habla con un tono fuerte.

—¡Mi abuelo a veces se porta bien y a veces se porta mal!

Cuando termina de hablar permanece acurrucado con la vista fija en la grabadora.

—¿Qué hace cuando se porta bien?

De nuevo, arma una bocina con las manos y levanta el tono para responder.

—Cuando se porta bien compra Bom Bom Bun y me da a mí y le da a Brenda.

—¿Y cuando se porta mal?

—Le pega una lluvia de puños a la ropa que está ahí colgada y dice: “¡No jodaaa, yo soy el campeón mundial Kid Pambeléeeee!”.

En esta última frase se esforzó por remedar el vozarrón de su abuelo. Además, trató de copiar sus ademanes. Por eso, respondió lanzando puñetazos en el aire, como si él también les estuviera pegando a las camisas tendidas en la cuerda del patio. Después hundió el rostro en el vientre de mamá Carlina y se quedó quieto.

—El problema de mi papá es ese —dice ahora Rubén—. Él no quiere aceptar que ya no es campeón mundial. A nosotros nos han dicho los médicos y varios conocidos de él, que eso es lo que le hace más daño.

Son muchas las personas que, en efecto, dan fe de ese delirio. Como Orlando García, el gran lanzador del béisbol colombiano. En 1987, los dos ex deportistas coincidieron en la sucursal de Hogares Crea en Barranquilla, con el propósito de curarse de la adicción a las drogas. Desde el principio —cuenta García— el líder del grupo les dejó en claro que allí no serían tratados como celebridades sino como seres enfermos. Por eso les pidió borrar el pasado y empezar de cero.

“Usted, por ejemplo”, añadió, “aquí no se llama Pambelé sino Antonio. ¡Pambelé fue el boxeador y lo dejamos allá afuera, porque aquí adentro nos importa una mierda! ¡Aquí no queremos nombres sino hombres!”.

Al principio, Pambelé se pasaba la norma por la faja. Era displicente si le llamaban Antonio, recitaba cada rato, en voz alta, los pormenores de su gloria; actuaba como lo que siempre ha creído ser: el campeón. Un día los compañeros lo sentaron en el banquillo de los acusados y lo acribillaron en una terapia de confrontación de quince minutos.

—¡Qué vas a ser tú campeón mundial ni qué nada!

—¡Olvídate del tango, que ya Gardel murió!

—¡No creas que eres mejor que nosotros! ¡Recuerda que estás aquí por soplador!

—¡Hablando basura y permitiste que tu vieja quedara otra vez en la calle!

—¡Tú no eres más que un pobre negro hijueputa, cabezón y maluco!

El periodista Eugenio Baena cuenta que ha sido testigo, por lo menos dos veces, de cómo Pambelé, en momentos de desvarío, confunde el pasado con el presente. “Yo estuve con él en el Madison Square Garden, cuando peleó contra Miguel Montilla. Eso fue en 1979. Hace como dos años me lo encontré en la Plaza de los Coches y me preguntó que cuándo había regresado de Nueva York”.

Baena recuerda que en ese momento, como vio que se acercaba un grupo de turistas extranjeros, Pambelé tiró varias combinaciones de golpes en el aire, acentuadas por su respiración. Movió la cintura, echó la cabeza hacia atrás, como esquivando un leñazo, y al final sacó un violento uppercut de izquierda que con seguridad le quebró la quijada a su rival imaginario.

Los turistas, que se habían detenido para ver la inesperada exhibición, aplaudieron. Los comerciantes del Portal de los Dulces rieron a carcajadas. Lo rodearon. Alguien gritó: “¡Buena esa, campeón!”. Otro dijo: “¡Mataste a ese pobre man!”. Pambelé levantó el puño derecho hacia el cielo. Lo agitó en el aire, como si estuviera agradeciendo con un pañuelo los cumplidos del público. Luego se dirigió otra vez al periodista.

—Doctor Baena: dígale a esta gente cómo dejó la nieve esa de Nueva York. Yo me vine primero que usted porque el frío me acobarda. Además, voy a vender el Mercedes Benz deportivo.

Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, comprobaré cuán atinadas son todas estas voces que, en el camino, me lo van retratando como un rehén de su pasado. Oyéndolo hablar durante horas en diferentes cafeterías del centro de Bogotá, concluiré que es un hombre encandilado por su propia gloria. El fogonazo de sus recuerdos es tan vasto que no le permite ver lo que ocurre más allá. Es un resplandor que lo persigue de manera obsesiva, recurrente, en la vigilia y en el sueño. Pambelé es incapaz de precisarte, por ejemplo, qué camisa se puso hace dos días o cuál era el apellido de Rosita, su primera novia. Si le preguntas cuántos nietos tiene, tartamudea. Si le pides que te diga quién es su sobrino mayor, bosteza. No sabe dónde botó el papelito en el que, hace 10 minutos, le anotaste tu número telefónico. Pero en cambio evoca con pelos y señales los detalles de sus 21 peleas por el título mundial: el día y la hora, los hoteles en los cuales se alojó, lo que se comió y lo que se bebió, los titulares de los periódicos, los colores de cada pantaloneta suya y de los rivales, el olor de los camerinos. Tú le mencionas un nombre —Nicolino Locche, pongamos por caso— y en seguida te recita la película completa: Gimnasio Maracay, diez mil espectadores, sábado 17 de marzo de 1973, nueve de la noche. Locche con la ceja rota en el segundo round. Locche con una hemorragia brutal en el quinto. Locche llorando porque en el noveno su esquina tiró la toalla, en señal de rendición. ¡Nocaut técnico, señores! ¡No hay quien pueda con Pambelé! ¡Tenemos campeón para rato!

Se sabe cada pelea de memoria. Te puede decir en qué punto exacto del ring derribó al oponente, con qué clase de golpe lo fulminó, quiénes llegaron a su esquina para felicitarlo, en qué restaurante fue la cena de celebración, con qué tipo de vino fue el brindis. Tú sólo tienes que darle un nombre, y listo. Él cuenta entonces que a Chang Kil Lee lo tumbó con la derecha y a Víctor Millón Ortiz, con la zurda. Que a Héctor Thompson lo noqueó con un directo a la mandíbula y a Norman Sekgapane, con un gancho al hígado. Cuando le toca hablar de Esteban de Jesús, suspira profundo y dice: “Pobrecito, después murió de sida”. Si le mencionas a Pepermint Frazer, su respuesta es más larga, pues a ese rival le arrebató el título, el 28 de octubre de 1972, en el Gimnasio Nuevo Panamá. En la revancha —agrega a continuación— lo noqueó más rápido. Él todavía conserva, sí señor, la foto que sacó El Tiempo en primera página, al día siguiente de ese combate: aparece Peppermint gateando, los ojos vidriosos, el protector bucal tirado en el piso, bajo el siguiente epígrafe: “¡Porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme!”.

De su vida como campeón, a Pambelé no se le escapa nada, ni lo grande ni lo pequeño, ni lo sufrido ni lo bailado. Él recuerda, por ejemplo, en qué aerolínea viajó a Panamá cuando iba a pelear contra Lion Furuyama; a qué hora aterrizó en Seúl cuando iba a defender el título ante Kwang Min Kim y quiénes eran sus acompañantes en cada uno de esos vuelos. Luego te informa que el día que se enfrentó a Wilfredo Benítez, en San Juan de Puerto Rico, comió pescado en un restaurante español. Que la tarde que le ganó a Benny Huertas, en Cali, comió churrasco en un asadero argentino. Y todo eso te lo cuenta sin titubeos. En uno que otro caso, incluso, te da el color y la moda de la camisa que tenía puesta durante la cena.

¿Anécdotas? ¡Ufff, un montón! En Tokio terminó con las manos hinchadas de tanto pegarle a Yasuaki Kadota. En todos los rounds lo tiraba a la lona una o dos veces. Cada caída era más aparatosa que la anterior. Kadota no parecía al borde del nocaut sino de la muerte. Sin embargo, siempre que lo derribaban se levantaba del suelo con un entusiasmo irritante, digno de mejor causa. Otra vez le atizaban un porrazo que lo acostaba con las piernas para arriba, y de nuevo se reincorporaba, se sacudía las nalgas y se aprestaba a reanudar la contienda. Lo suyo ya no era coraje sino capricho. O, como dice Pambelé, “puras ganas de joder”.

En el minuto de descanso anterior al sexto round, el campeón lucía desesperado por el dolor en las manos. Entonces fue cuando le disparó a su entrenador una de las ocurrencias más sublimes de la historia del boxeo.

—Oye, Tabaquito, yo creo que estos japoneses me están cambiando al tipo. Fíjate a ver si es el mismo.

Contagiado por la carcajada que genera su historia, Pambelé sonríe. En seguida dice que en Palenque también le sucedió algo gracioso. Fue el día de la inauguración del servicio de energía. Los paisanos que habían concurrido a la plaza principal no parecían tan interesados en la ceremonia oficial como en desfilar delante de la imagen de San Basilio, el patrono del pueblo. La gente llegaba donde el santo, le decía unas palabras y se iba. Muertos de curiosidad, el presidente Misael Pastrana y el alcalde de Cartagena, Juancho Arango, decidieron acercarse para ver qué estaba pasando. Entonces oyeron la insólita plegaria.

—San Basilio bendito, San Basilio bendito, como Pambelé pierda el título, ¡te jodes con nosotros!

Cuando le pregunto de dónde sacó ese chiste, responde que “esas son vainas del doctor Fidel Mendoza Carrasquilla”.

Más adelante, cuando por fin encuentre a Pambelé, compararé su memoria con una videocinta que solo contiene imágenes de su pasado como campeón. Descubriré que a veces, cuando habla, no parece estar recordando sino encendiendo la casetera. Play, y empieza el combate. Forward, y la acción se adelanta hasta el siguiente nocaut. Review, y proyecta la caída del rival desde otro ángulo. Pause, y congela el cuadro para ufanarse de la precisión del jab. Repetir las escenas es repetirse a sí mismo en la gracia, volver a tener en los músculos la consistencia del acero. Es recuperar los laureles estropeados por la calamidad, sentarse de nuevo en el trono de la Diosa Fortuna. Es verse inundado de luz por los siglos de los siglos, indestructible y hermoso, besado por las azafatas en los aeropuertos, venerado por presidentes y ministros.

Todo eso, claro, lo pensaré cuando esté por fin frente a Pambelé. Por lo pronto, como todavía no lo he encontrado, sigo armando un bosquejo previo con las voces que voy oyendo en el camino. Ahora, el turno es para Billy Chams, el empresario boxístico barranquillero. Alguna vez que Pambelé trató de rehabilitarse, Billy le brindó la oportunidad de trabajar en su cuerda como entrenador. Quienes lo veían en aquella época —verbigracia, el periodista José Marenco— se asombraban con su progreso: estaba juicioso, totalmente entregado a sus deberes. La sobriedad se le acabó la noche en que peleó Miguel Happy Lora contra Lucio Metralleta López. Antes del combate, los organizadores de la velada les rindieron honores a los campeones mundiales de boxeo —retirados o activos— que había producido Colombia. Uno a uno, los homenajeados fueron subiendo al ring para recibir el respaldo del público. Cuando le tocó el turno a Pambelé, tambalearon las graderías. La gente, tal vez conmovida por la recuperación de su ídolo, se puso de pie y le tributó el más grande aplauso que se haya oído jamás en la Plaza de Toros de Cartagena. Esa noche, Pambelé se perdió, en sentido metafórico y en sentido literal. Pero antes de evaporarse en las tinieblas lo vieron tirar puños en el aire, destapar una botella de ron y gritar que él es el único, el campeóoooon mundialllllllllll. Nunca más volvió a asomar sus narices por la oficina de Billy Chams.

El médico Christian Ayola declara que las drogas y el alcohol no ocasionaron el problema de Pambelé, como todo el mundo cree, sino que lo agravaron. Ayola descarta, además, posibles secuelas del boxeo, ya que Pambelé no fue un hombre golpeado. “Yo estudié su cerebro y no tiene ni una sola lesión neurológica”, agrega. “Mi diagnóstico es el siguiente: trastorno bipolar afectivo, lo que anteriormente se conocía como enfermedad maniaco—depresiva”. Según Ayola, se trata de un mal genético que Pambelé heredó de su madre, doña Ceferina Reyes. “Obviamente, en el caso de él, la crisis se recrudece por el uso de sustancias alucinógenas y por su sentido totalmente errado del éxito y del fracaso”.

Humberto Martínez, quien estuvo a cargo de Pambelé en el Hospital Siquiátrico de La Habana, explica que justamente ese mal manejo del éxito y del fracaso es lo que genera su conducta agresiva. “Él fue un ganador nato y quiere aferrarse a eso hasta que se muera. Sin darse cuenta, plantea su vida en el pasado y trata de resolverlo todo con los golpes, porque necesita sentir que todavía puede ganar”.

Tal vez fue por eso que hace dos años el periodista Raúl Porto Cabrales lo vio peleando a puñetazo limpio, en pleno centro de Cartagena, contra el también ex boxeador Milton Méndez. Ambos estaban descamisados bajo la canícula atroz de la una de la tarde, en medio de un círculo de bárbaros que los azuzaban a gritos. Los dos lucían rotos, hinchados y el público les reclamaba más sangre. De pronto, en forma inesperada, dejaron de pegarse y se dieron un abrazo inmenso. Intercambiaron elogios. Los espectadores no entendían nada. Y quedaron más confundidos aún cuando Pambelé sacó del bolsillo del pantalón un billete de 20 mil pesos y se lo entregó a Milton Méndez. Alguien preguntó qué carajos era lo que pasaba. La respuesta fue de Milton Méndez.

—Hombe, mi hermano, lo que pasa es que Pambelé llegó buscando problema. Ustedes saben cómo es él. Yo le dije: mierda, Pambe, yo peleo contigo ¡pero si me das 20 mil barras!

El cronista Jaime de la Hoz Simanca considera que Pambelé comete sus famosos atropellos de manera inconsciente. Lo que él busca, en su delirio, no es abusar de las demás personas sino ratificarse como el campeón. No es que él quiera robarle al taxista el dinero del servicio, ni pasarse de listo con la señora que le vendió el almuerzo. Al negarse a pagar, cree simplemente que está ejerciendo un derecho. ¿Acaso olvidas que él es Pambelé? ¡Pero cómo así, mi brother! ¿Estás loco? ¡Tuviste a Pambelé en tu restaurante, brother, en tu restaurante! ¿Y pretendes cobrarle? ¡No, brother, déjate de venir a inventar películas de terror! ¿Tú piensas que Pambelé es uno de los clientes pringacaras esos que comen en tu negocio todos los días? ¡Qué falta de respeto es esa, brother!

Cuando Pambelé está en crisis no distingue el pasado del presente. Recuerda el nocaut antiguo, lanza de nuevo el uppercut. Y va por ahí disparando puñetazos alucinados que también a él le duelen. Pega y vuelve a pegar pero recibe muchos golpes, a menudo más brutales que los suyos. Vive convencido de que las calles son un ring del que puede salir airoso sólo con la potencia de sus nudillos. Pero allí la violencia es a otro precio, viejo Pambe. Allí no te muelen la osamenta con una trompada sino con un garrote, ni te parten la ceja con un jab sino con un pico de botella.

Y ese peligro es el que a Rubén Cervantes, su hijo, le inspira más temor. Mientras entramos en la sala, me comenta que su padre festeja cada 28 de octubre —día en que ganó el título mundial— con una borrachera tremenda. Desde temprano empieza a llamar por teléfono a sus amigos, para que lo feliciten. “¿Tú sabes qué día es hoy?”, les pregunta. Cuando ellos reafirman la fecha, entonces Pambelé les contesta. “Bueno, saca la cuenta. ¿Cuánto hace que soy campeón?”.

Noto que la pared principal de la sala está llena de fotografías del Pambelé victorioso: con el brazo derecho en alto, con presidentes y cantantes, levantado en hombros, asediado por los micrófonos, inmenso como una catedral sobre un rival que agoniza en la lona. Rubén me informa que el propio Pambelé fue quien armó esta galería y que se sabe de memoria la posición de cada retrato. Si alguien le cambia el orden a una foto, él lo descubre en la primera ojeada. Y agarra una rabieta monumental.

Carlina Orozco, que se ha venido detrás de nosotros y está parada al frente de la galería, se persigna. Sólo dice dos palabras, antes de esconder la mirada y taparse la boca otra vez con el dedo índice.

—Pobre Antonio.

IV. Perder es cuestión de método

El empresario cartagenero Nelson Aquiles Arrieta recuerda con nitidez la imagen del muchacho. Llegó una mañana de 1963 a su oficina, con una bolsa de cigarrillos de contrabando debajo de la axila derecha y un cajón de lustrar zapatos en la mano izquierda. Fiel a su costumbre, Arrieta lo examinó de pies a cabeza en el primer vistazo. Lo midió al ojo, le calculó el peso. Su olfato de tiburón se excitó en el acto, reconoció en aquel intruso de extremidades largas y aceradas, al campeón soñado. Era magro como una anguila pero sólido como una roca. Daba la impresión de que, en la misma noche, podía bailar una tanda de mapalé y pelear contra cinco tipos. Sin preámbulos, —y todavía de pies— el visitante fue al grano: dijo que se llamaba Antonio Cervantes Reyes, que había nacido en Palenque de San Basilio el 23 de diciembre de 1945 y que quería una oportunidad como boxeador.

Esa misma tarde comenzó a entrenar en el gimnasio. Arrieta demoró varios minutos para creer lo que estaba viendo: Cervantes soltaba las manos con la rapidez de un relámpago y la fuerza de un mortero. Cada vez que le asestaba un golpe al saco de arena de 120 kilos, lo desplazaba 90 centímetros. Ninguno de los otros boxeadores de la cuerda había logrado una hazaña similar. Arrieta sintió que se había ganado el premio gordo de la lotería sin necesidad de comprar el boleto.

—Lo único que no me gusta —le dijo al muchacho cuando terminó la práctica— es tu nombre. ¡De ahora en adelante te llamarás La Amenaza Negra!

El optimismo de Arrieta, sin embargo, se desvaneció apenas su pupilo debutó en el ring. ¡Cuánta torpeza, por Dios! Usaba la guardia tan abierta que recibía todos los golpes que le lanzaban. Era muy frío. Podía permanecer un round completo sin soltar las manos, como si la lluvia de golpes que le estaba cayendo en el rostro no fuera un problema suyo. Cuando por casualidad tiraba un puño, fallaba de la manera más ridícula.

En aquella época, el público deliraba con la técnica refinada de Bernardo Caraballo y con el coraje suicida de Mario Rossito. Cervantes, tosco y apático, era la antítesis de los dos ídolos. Para sobrevivir en el mercado boxístico de aquella Cartagena racista y de ínfulas virreinales, era necesario polarizar a la gente: encarnar, por ejemplo, la rabia de los oprimidos. O ser el negro pedante al que todos los blancos quisieran ver con las costillas rotas. Cervantes no representaba ni lo uno ni lo otro. Nadie se herniaba haciendo fuerza para que ganara, nadie apostaba un ojo por su derrota. Los que lo veían pelear, se aburrían. Pero al día siguiente ya todo el mundo lo había olvidado.

Arrieta se avergonzó de haber visto a Cervantes como el campeón mundial de sus sueños. Sin embargo, cuando dejó de confiar en él no lo marginó, sino que empezó a utilizarlo como relleno en sus carteleras. ¿Que no vino el boxeador panameño que iba a pelear contra Barbulito Zuluaga? Ahí está Cervantes, vayan a buscarlo. ¿Que se necesita un oponente de última hora para medirse contra Félix Salgado? Traigan a Cervantes. Un día el empresario notó que los cartageneros no querían verlo ni siquiera como bulto de ocasión. Entonces decidió que era hora de probar nuevas alternativas. Supuso que en los pueblos, como había una menor oferta de entretenimiento, su pupilo sería recibido sin prevenciones y sin exigencias. De modo que un sábado lo programaba en Cereté y a los 15 días en María La Baja. En un lugar era presentado como La Pantera Asesina y en el otro, como La Araña Negra. Después de probar varios apodos impuestos por el mánager, el propio Cervantes solicitó que lo llamaran Kid Pambelé, el mote que, allá en Palenque, le había acuñado su tío Pablo Salgado, en homenaje a un boxeador nicaragüense. A esas alturas, por andar peleando de carpa en carpa, tenía el aire bonachón de los leones de circo. No inspiraba respeto.

Los compañeros de Kid Pambelé en sus correrías rurales eran los otros boxeadores de la cuerda de Nelson Aquiles Arrieta, casi todos pegadores del montón. Se la pasaban peleando entre sí mismos, en un círculo repetitivo. El adversario más recurrente de Cervantes en aquella etapa era José Godoy, un mecánico empírico al que usaban como escalera de los muchachos que venían surgiendo. Todo el que lo enfrentaba, avanzaba un peldaño en el escalafón. Su asombrosa cadena de derrotas inspiró un chiste: se decía que una fábrica de jabones pretendía contratarlo como objeto publicitario, y que para tal fin pondría el anuncio en la suela de sus botines, ya que de esa forma el público apreciaría mejor la marca del producto, en el momento en que Godoy cayera a la lona con los pies para arriba. A Godoy, sin embargo, no había derrota que lo desmoralizara. Siempre estaba disponible para el próximo combate. A cualquier hora del día o de la noche que llegaran a buscarlo, abandonaba el taller y se iba. Ni siquiera preguntaba para dónde lo llevaban ni a quién tendría que enfrentarse.

—Antonio y yo peleamos cuatro veces —me dice José Godoy—. Él me ganó siempre.

Nos encontramos en el Gimnasio del Pie del Cerro, donde Godoy se desempeña como celador. Sin esperar mi nueva pregunta, me informa que precisamente por haber peleado tanto contra Pambelé fue que llegó a quererlo como lo quiere. Viajaban juntos en los buses, compartían las habitaciones de paso, almorzaban en las mismas fondas de carretera. Gastaban como amigos el poco dinero que habían ganado golpeándose como enemigos. Era muy raro, a propósito, que dos púgiles se odiaran. A veces alimentaban en público la idea de una inquina feroz, para que los aficionados se tragaran el anzuelo y acudieran en masa a ver el espectáculo. Pero tenían un profundo sentido de la solidaridad social.

—Se ve muy maluco que un pobre escupa a otro pobre, le dijo una vez el boxeador Enrique Higgins al periodista José Ignacio Betancur. Y ese principio, en aquella época, era sagrado. Cuando Bernardo Caraballo noqueó a Antonio Mochila Herrera, se puso contento porque al fin había reunido el dinero suficiente para ampliar su casa. Al día siguiente fue a buscar al único albañil que, según él, merecía ganarse los honorarios de la obra: nada menos que el mismísimo Mochila Herrera, quien todavía tenía los párpados inflamados por la muenda.

Cuando le pregunto a Godoy su concepto sobre Pambelé, se explaya en elogios: el más grande, el de la pegada más poderosa, el que puso en alto el nombre de Colombia, el que hizo que el país se fijara en el boxeo, el mejor campeón mundial de su peso en toda la historia. Como persona —añade después de una pausa— también es lo máximo, siempre y cuando se encuentre sobrio. A veces, cuando le pagan la pensión, viene al gimnasio por el mediodía y manda a comprar almuerzos para los boxeadores que permanezcan entrenando.

—Pobre Antonio —suspira—. ¡Venir a tropezarse con esa mala enfermedad! Él cuando se encuentra conmigo, me abraza. La última vez que vino por aquí me dijo: fíjate, cabezón, lo que es la vida. Tú perdías con todo el mundo y estás mejor que yo.

—Y usted, ¿qué le contestó?

—Yo le dije: marica, tú te volviste bueno fue después, porque cuando andábamos peleando por los pueblos esos, pasabas las de San Quintín. ¡Casi ni a mí me podías ganar!

—Así es —confirma ahora Nelson Aquiles Arrieta—. ¡Casi ni a Godoy le podía ganar!

Después cuenta que tampoco en los pueblos había público para las presentaciones de Pambelé. En Calamar, por ejemplo, la taquilla fue tan pobre que sólo alcanzó para pagarle el almuerzo. Le pregunto a Arrieta por qué Cervantes, a pesar de tantos descalabros, insistía en pelear. “Porque cualquier cosa que le diera el boxeo era mejor que lo que tenía antes”, responde sin vacilar.

¿Y qué era lo que tenía antes? En principio, allá en su natal Palenque, era un niño doblegado por la aspereza de su rutina diaria: tenía que madrugar a buscar el agua, arrear las hojas de bijao para envolver los pasteles que hacía su madre, cortar una carga de leña, vender pescado de casa en casa —a pleno sol y con los pies descalzos— y por la tarde llevarle a su abuela, en Cartagena, un bulto de plátano verde para que ella lo revendiera en el Mercado del Arsenal. Era el mayor de los seis hermanos. Esa circunstancia, sumada a que el otro varón de la familia era todavía un bebé y a la ausencia prolongada de su padre, le impuso desde muy temprano obligaciones de adulto.

Antonio no había cumplido los 10 años cuando los Cervantes Reyes se mudaron para Cartagena. En su pueblo —uno de los primeros enclaves de negros cimarrones que hubo en América— escaseaba el dinero, pero sobraban los alimentos. La yuca crecía silvestre, el ñame se extendía como la plaga y los peces se multiplicaban en cualquier época del año. Nunca faltaba un sancocho de hueso humeante en el fogón del patio. Tampoco, un allegado que cocinara cerdo y te regalara, por lo menos, la asadura. Había comida suficiente para que te hartaras y te olvidaras de que eras pobre. Pero ahora, en Cartagena, Antonio debía acostarse algunas noches con el estómago vacío.

Su familia se estableció en Chambacú, un tugurio ubicado en las afueras del sector colonial. Aquello era entonces un fangal de olvido disputado por los zancudos y los vándalos. Una tarde, un hombre atracaba a otro con una hachuela de carnicero. Al día siguiente, dos mujeres peleaban a arañazos y mordiscos por el amor de un negro que tenía tres dientes forrados en oro. En el barrio siempre estaba sucediendo algo espantoso que parecía definitivo. El apremio de cada hora impedía ver más allá del momento. Nadie se preocupaba por el mañana, pues lo verdaderamente urgente era terminar con vida la noche actual.

Antonio se preguntaba si sobreviviría a la hostilidad de las calles y a la miseria de su casa. Le mortificaba que los haraganes de esquina se mofaran de su acento palenquero. Sufría viendo las angustias de su madre. Un día entendió que nadie lo respetaría en aquel universo de infamia, si no era capaz de castigar a todo el que le faltara con una buena trompada en el caracol de la oreja. ¡Santo remedio! Para combatir al otro enemigo —el hambre— se consiguió un cajón de lustrabotas y un cartón de cigarrillos de contrabando. Y se fue a probar suerte en el Camellón de los Mártires.

No tardaría en descubrir que en aquella época la única opción digna que la ciudad les ofrecía a los muchachos negros y pobres como él era el boxeo. De modo que cuando por fin se calzó los guantes no fue para empezar la pelea sino para seguirla, porque, como advertía el periodista Melanio Porto Ariza, “el primer ring es la vida misma, que manda unos porrazos fuertes de hambre y dolor”.

—A mí me impresionaba mucho —dice Nelson Aquiles Arrieta— que él no expresaba desilusión por su falta de carisma para atraer al público. Era un conformista de tiempo completo.

Tan resignado estaba Pambelé a su papel de perdedor, que cuando volvieron a programarlo en Cartagena le apostó a su propia derrota. Dos días antes de la pelea fue contactado por unos desconocidos, que le prometieron dinero si se arrojaba a la lona en el cuarto asalto. Y claro: aceptó en menos de lo que canta un gallo. Lo que no imaginaba era que su adversario, Chico González, le arruinaría el plan. En el segundo round, sin que Pambelé le rozara un pelo, el tipo se tiró al piso. Torció los ojos, estiró una pierna. El árbitro empezó entonces el conteo fatídico.

—Uno, dos.

El público vio claramente que, antes de los diez segundos de rigor, a González no lo levantarían del suelo ni con una grúa.

—Seis, siete.

—¡Párate, hijueputa, que no te he pegado!, gritó Pambelé.

—Nueve, diez. ¡Nocaut fulminante!

Todo el mundo en Cartagena se enteró de que González parrandeó esa noche, hasta el amanecer, con los carniceros del mercado, quienes habían urdido la patraña. Pocos días después, la Federación Colombiana de Boxeo determinó suspender por un año a los dos protagonistas del insólito tongo doble, único caso de su género en los anales de este deporte.

Maniatado por la sanción y abochornado por los comentarios de la gente, a Pambelé no le quedó más opción que irse del país. Su nuevo destino: Caracas, la capital de Venezuela.

V. Paseando en el carro de bomberos

Quienes lo conocieron en Cartagena como un simple relleno de carteleras quedaron desconcertados la noche del 28 de octubre de 1972, cuando la radio empezó a difundir la noticia de que se había convertido en el primer campeón mundial de Colombia.

Algunas personas, convencidas de que su victoria por nocaut sobre Alfonso Peppermint Frazer había sido producto de un golpe de suerte, vaticinaron que sería un monarca efímero, dueño de un trono de papel que volaría en pedazos con la brisa más leve. Sin embargo, Pambelé ganó su primera defensa del título y después la segunda. Luego siguió aniquilando retadores, hasta imponer la más férrea dictadura que se recuerde en la categoría de las 140 libras. El torpe se había transformado en un verdugo implacable, en una máquina de demolición que no tenía fisuras por ninguna parte.

En el ring lucía más bien sereno, nada de despilfarrar los golpes como si fueran baratijas. Erguido, los pies separados en un compás perfecto, lanzaba los puños solamente cuando tenía la certeza de que iban a dar en el blanco. La mano izquierda adelantada mantenía a raya al contrincante, con una arrogancia nunca antes vista. No era el típico jab que apenas sirve para demarcar el territorio e impedir que el otro se acerque, sino un martillo persistente que aturdía y perforaba. Pum, en la boca. Pum, en la boca adolorida. Pum, en la boca rota. Pum, en la boca que chorreaba sangre. El martillo pegaba y pegaba, obsesivamente, donde más te dolía, y sólo te dejaba en paz al final de su tarea asesina. Pum, pum, pum. Cuando lograbas superar el cerco de esa mano izquierda de pesadilla, entonces te esperaba, inexorable como un trancazo, la derecha.

Si el porrazo explotaba en la punta de tu barbilla, te garantizo que caías al piso como un tronco cercenado por un hacha. Es posible que en esos diez segundos de penumbra soñaras, como Sonny Liston, con una manada de cocodrilos interpretando un concierto de violines. Pero al despertar no encontrabas música sino un mapa borroso que te confundía.

El repertorio ofensivo de Pambelé era completo. Podía noquearte con un solo golpe o con la combinación de varios, en el estómago y en el tabique nasal, por arriba y por abajo. Incluso se permitía pegar mientras retrocedía, una virtud que sólo han poseído unos pocos elegidos en la historia del boxeo. Sereno, la izquierda por delante, la derecha al acecho, esperaba su oportunidad. Entre tanto, miraba sin parpadear, con la concentración de un felino que prepara su zarpazo. Pum, el jab en el ojo. Pum, el jab en la ceja. Cuando su olfato de bestia detectaba el desfallecimiento del rival, lo remataba sin contemplación, con una eficacia deslumbrante.

En total realizó 21 combates de título mundial, un récord para la división walter junior. En 1980, cuando perdió la corona, los colombianos entendieron que esa era la consecuencia lógica de su desorden. Además, ya contaba 35 años —que en el boxeo equivalen a la ancianidad— mientras que su rival, Aaron Pryor, era diez años menor. Y tenía hambre.

En octubre de 1998, Pambelé fue incluido por expertos internacionales en el Salón de la Fama, un museo consagrado a honrar la memoria de los mejores de todos los tiempos. A la emotiva ceremonia, llevada a cabo en Bangkok, Tailandia, tuvo que viajar el periodista Estewil Quezada, porque Pambelé llevaba varios días perdido y nadie sabía dónde se encontraba. Cuando apareció, recibió el premio: un anillo de oro que tenía escrito su nombre en alto relieve.

Le pido a Pambelé por enésima vez que me informe dónde está el anillo de oro que le dieron en el Salón de la Fama. Se hace el loco, sorbe el pitillo de su gaseosa. Nos encontramos sentados en el segundo piso de una solitaria cafetería del centro de Bogotá. Llevo cinco días entrevistándome con él y no le he oído ni una sola respuesta concreta sobre los temas espinosos de su vida.

Siempre contesta que quiere mucho a los colombianos, que él es un hombre del pueblo y que gracias a Dios todavía hay salud. No pronuncia ni media palabra sobre la posibilidad de comenzar otro tratamiento en Cuba, ni aclara para dónde se va cada tarde, cuando terminamos la sesión de diálogo y él se mete por el callejón del frente. Uno le pregunta que si ha llamado a Carlina y él responde que casi todos los días habla por teléfono con José Luis. No dice, en cambio, cuándo regresará a Turbaco para ver a sus hijos, ni cuándo fue la última vez que compartió la pensión con su mujer. No hay por dónde agarrarlo. Agita la botella de gaseosa, sorbe el pitillo y evade los ojos de su interlocutor. Cae en un silencio incómodo, tamborilea en la mesa con los dedos de la mano derecha, consulta el reloj. Me gustaría que precisara —le digo a quemarropa— en qué momento se volvió adicto y qué tipo de drogas ha consumido. El hombre me observa con fastidio. Luego declara, con el más serio de sus rostros, que ya no se acuerda de esa parte de su vida “porque fue hace mucho tiempo”.

—¿Usted todavía se cree campeón mundial?

—No.

Y no agrega ni un suspiro. Pambelé te oye con sumo cuidado, te calibra aunque parezca que no te presta atención. Calcula la respuesta. Luego dispara un monosílabo tajante, como un jab con el cual pretende mantenerte a distancia. Jamás deja escapar una palabra que lo comprometa. No dice, por ejemplo, quiénes fueron esos cartageneros de clase alta que, en las fiestas de Bocagrande, le enseñaron a esnifar cocaína. “Toda esa gente ya se ha ido muriendo”, es lo máximo que suelta, cuando ya te tiene algo de confianza. Si lo interrogas sobre los perjuicios que le ha ocasionado a su familia, pone cara de confusión, como si le estuvieras hablando en chino. Si lo cuestionas sobre sus arranques de ira, también se muestra desconcertado. Debe ser un error, te aclara, porque él nunca ha llegado a su casa rompiendo objetos ni lanzando porrazos contra todo lo que se mueva. Tampoco admite que arma líos en la calle. “Lo que pasa —explica— es que yo tengo una voz muy fuerte y cuando hablo muchas personas piensan que estoy peleando”. De los hospitales —agrega ahora, mientras revuelve el pitillo dentro de la botella— recuerda muy poco. Al final, como si descargara el recto de derecha largamente preparado, se viene con una de esas frases felices que pronuncia cuando quiere cerrar un tema embarazoso. “Menos mal que ya salí de los problemas y ahora soy un hombre nuevo. Gracias, Colombia, te lo dice Pambelé”.

—¿Ahora sí me va a decir dónde quedó el anillo de oro?

—Hay unas personas de Cartagena que lo tienen guardado porque van a montar un museo sobre la vida mía.

—¿Quiénes son esas personas?

—Vamos a dejar las cosas de ese tamaño. Tú sabes, ese es un anillo de oro fino y no es bueno que la gente sepa dónde está.

—Él nunca va a decir dónde vendió el anillo ese —me advierte Miguel Gómez—. Es la persona más mentirosa y manipuladora que yo he conocido en mi vida.

Gómez es el propietario de Bogotana de Ediciones, una empresa distribuidora de libros donde Pambelé actúa como “relacionista público”. Los dos piden citas en diferentes empresas de la capital, para ofrecer enciclopedias didácticas. Ante los obreros reunidos en pleno, el ex boxeador pronuncia unas palabras sobre su caída en el vicio. Hace dos días, por cierto, los acompañé a visitar un cultivo de flores de la sabana de Bogotá. Pambelé comenzó su intervención recordándoles a los presentes que él había sido el primer campeón mundial de boxeo nacido en Colombia. Lo tuvo todo a sus pies —prosiguió— pero cayó en la mala situación “por culpa del licor, las drogas y las mujeres malas”. Luego, sin dar mayores explicaciones, soltó una conclusión feliz.

—He encontrado la luz al final del túnel.

Me pareció que seguía al pie de la letra un libreto gastado en la memoria, deteriorado por el uso. No era el testimonio vibrante de alguien que se ha sumergido hasta el fondo en el horror, sino un parlamento epidérmico, recitado a la carrera como parte de una estrategia comercial. El hombre no abría su corazón: trabajaba.

Sin embargo, el auditorio lo escuchaba con la boca abierta. Cuando Pambelé terminó la presentación, Gómez sacó la caja de la mercancía y la puso sobre la mesa. En cuestión de minutos, se vendieron las enciclopedias. Cada empleado se arrimaba después a Pambelé, para que le autografiara su ejemplar. Cualquiera que hubiera visto la escena sin conocer al personaje, habría podido confundirlo con una celebridad literaria de El Congo. Ese mismo día, por la noche, se fue para Barranquilla sin avisarle a nadie. Entonces, convertido de nuevo en su propio fantasma, emprendió el camino inverso de su discurso, hasta encontrar otra vez el túnel al final de la luz.

—Es manipulador —repite ahora Miguel Gómez.

Estamos sentados en el altillo de su casa, en el norte de Bogotá. En Turbaco, los hijos de Pambelé me habían comentado que tienen una deuda de gratitud con Gómez, no sólo por el sueldo que le paga a su padre, sino también por la protección que le ha brindado a toda la familia durante casi 15 años.

Hoy, sin embargo, Gómez se declara aburrido por la conducta de Pambelé. Le ha aguantado muchas fallas, me dice. Una vez, en Manizales, tuvo que ir en persona a sacarlo de una bodega, donde estaba revuelto con seres cadavéricos que llevaban varios años consumiendo bazuco sin ver la luz del sol. Después, en Bogotá, debió hospitalizarlo de emergencia, porque la mesera de un restaurante del barrio Santa Fe le había partido el pómulo con una botella. También le ha tocado rescatarlo en Cali y en Armenia. Lo peor —añade— no son sus desmanes públicos sino sus mentiras. Para justificar su apreciación, cuenta la historia de la madrugada en que lo llamaron a su casa, para avisarle que Pambelé estaba retenido. Cuando Gómez llegó a la estación de policía, encontró a los agentes de turno asustados por la posibilidad de que Pambelé resultara matándose delante de ellos, ya que tenía las manos sangrantes de tanto estrellarlas contra las paredes. Además, lloraba como un niño y le pegaba cabezazos desesperados al borde de una banca.

Ya liberado, cuando Miguel Gómez le preguntó por qué lo habían retenido en la estación, Pambelé le dio una respuesta que lo dejó perplejo.

—¿Y a ti quién te dijo que yo estaba preso? Lo que pasa es que esos policías son amigos míos y me invitaron a tomar tinto.

Gómez —como muchas de las personas con las que me entrevisté— considera que a Pambelé le hizo daño el no haber conservado su arraigo social cuando fue campeón. Marcado por su infancia tan pobre, sentía quizá que debía mejorar el estrato económico para que su éxito fuera completo. Por eso se mudó para el exclusivo sector de Bocagrande, donde nunca antes habían aceptado a un negro, y cambió a sus amigos de siempre por gente famosa o adinerada como él. Ensoberbecido en las alturas, olvidó quién era y de dónde venía. No entraba en el Mercado de Bazurto porque le parecía hediondo ni visitaba a sus antiguos compadres porque vivían muy lejos. Caminaba sin mirar para los lados. Y ya no quería comerse el pescado con la mano sino con cubiertos de plata. Extraviado en un círculo social al que no pertenecía, sus relaciones dependían más del dinero que del afecto. Algunos de los vecinos que le abrían calle de honor cuando lo veían a bordo de su Mercedes Benz deportivo tal vez habían pasado frente a él, sin saludarlo, cuando era un muchacho pobre que andaba en chancletas vendiendo Marlboro de contrabando por el Camellón de los Mártires. ¿Quién, en ese universo ancho y ajeno, tendría interés en protegerlo?

En cambio Rodrigo Valdez —me decían las fuentes— preservó el sentido del arraigo cuando fue campeón mundial del peso mediano. Siguió viviendo en Olaya Herrera, con el argumento de que el pobre es pobre aunque tenga plata. Compraba buses para darles trabajo a sus compadres, abría las puertas de su casa, se comía el pescado con las manos. Como era tan tímido, sólo se sentía cómodo entre su gente. Huía de los extraños —aun de los más distinguidos— como si fueran el mismísimo demonio. Una noche le dejó la cena servida nada menos que al Príncipe de Mónaco, con la excusa monda y lironda de que tenía mucho sueño. Al día siguiente, mientras desayunaba, alguien le dijo que había actuado mal. “Verdad que sí —admitió— qué pena con ese pobre príncipe”.

—Gracias a algunos de sus nuevos amigos ricos —dice Gómez—, Pambelé probó la cocaína. Claro que lo peor de él es eso de creer que es campeón mundial.

—Es su obsesión.

—Yo no sé si tú recuerdas que antes, cuando los boxeadores regresaban a Colombia después de ganar el título, los subían en un camión del Cuerpo de Bomberos y los paseaban por las calles para que la gente los viera. Él sigue creyendo que es 28 de octubre de 1972 y que ya vienen a buscarlo para darle su paseo.

—¿Usted no cree que ponerlo a firmar libros es seguirle dando tratamiento de campeón?

—Si a eso vamos, ¿dónde quedan los periodistas que le hacen reportajes?

De las palabras de Miguel Gómez me acordé la última tarde que me vi con Pambelé. Fue en la carrera 7a. con calle 17, igual que las veces anteriores. Lo encontré parado en la esquina, con un vaso de tinto en la mano derecha. Cuando empezamos a caminar rumbo a la cafetería, un pordiosero que estaba acurrucado en el piso lo saludó levantando el pulgar derecho. Luego un agente de la Policía, guiñando un ojo, dijo que así como se veía hoy era como todos los colombianos querían verlo. Lo saludaron el vendedor de libros piratas y la empleada de la tienda de discos. En la cuadra siguiente nos tropezamos con un hombre que, al reconocerlo, le tiró un gancho suave en el estómago. De pronto, los pasajeros de un bus estacionado en el frente, empezaron a llamarlo a gritos:

—¡Adiós, campeón!

—¡Campeónnn!

Pambelé hizo la “V” de la victoria con la mano izquierda, aparentemente despreocupado por establecer de dónde venían los gritos. Sonrió, tocó la cabeza de un niño que venía en un coche. Entonces tuve la impresión de que ya no avanzaba a pie sino encaramado en lo más alto del camión de los bomberos, donde jamás de los jamases volvería a alcanzarlo la derrota. Lo vi desamparado en su quimera, pero dispuesto a defender hasta el final el único trono que le queda.

Boxeador por un día

Publicado: 11 abril 2009 en Efraim Medina
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Alcancé a ver la mancha oscura y antes de que pasara una milésima de segundo sentí el impacto contra mi frente y luego la mancha oscura empezó a crecer hasta borrarlo todo. Fue como estar en la Torre Norte, justo en el piso 94, ese maldito amanecer del 11 de septiembre. Solo que ellos, a diferencia mía, no habían elegido estar en la trayectoria de ese Boeing. La voz del me trajo de vuelta y lentamente volvieron las formas y los colores. El avión que me había impactado era un Everlast rojo de 284 gramos y 10 onzas, piloteado por un tal Orlando Torres de casi dos metros y más de 180 libras de puro músculo que permanecía expectante en una esquina neutral. El árbitro volvió a preguntarme si quería seguir y, a pesar de que la vocecilla interna de mi sensatez estaba ronca de tanto decirme que dijera NO, dije SÍ. El árbitro, que me había abrazado luego de ese terrible golpe para evitar que cayera y que aún me sostenía, dijo “box” y mi rival empezó a hacer fintas para evitar mis desesperados golpes. Me di cuenta de que nada cansa más a un púgil que los golpes perdidos en el vacío. Son esos los que convierten tus brazos en dos inofensivos colgandejos repletos de plomo, los que te arrugan el alma y te hacen pensar que eres un pedazo de mierda incapaz de conectar un golpe al infeliz que te está destrozando. La campana puso fin al segundo asalto.

La pregunta obligada es: ¿cuándo putas acaba esta pesadilla? Supongo que miles de boxeadores se habrán hecho esa pregunta, miles de sujetos al borde del K.O. que solo desean ser tragados por la oscuridad y despertar en una confortable cama, al lado de una esposa suave y comprensiva. Pero es más fácil encontrar, en el vasto y huraño mundo, una esposa suave y comprensiva que salir de un ring, muchos ni siquiera lo han logrado. La segunda pregunta obligada es: ¿por qué entre más escupo el jodido balde, más se tiñe de sangre? No, la segunda jodida pregunta es: ¿qué demonios hago aquí?… Todo empezó cuando alguien me dijo que SoHo buscaba un perfecto idiota capaz de hacer cinco asaltos con un boxeador profesional y luego escribir la crónica de esa experiencia. Claro que la regla No. 1 a la hora de relatar experiencias es sobrevivir a ellas y eso no está garantizado dentro de un ring1. La campana pone fin al minuto de ¿descanso? Con la cara embadurnada de grasa y cremas que intentan taponar mis heridas, voy al centro del ring. No se preocupen, no quiero vencer al hermano mayor de Tyson, sólo pido aguantar hasta el quinto asalto, se lo juré a mi chica y si no cumpliera mis juramentos no sería un perfecto idiota.

El instante del golpe es abstracto2, es como si le pegaran a otra persona. El sonido llega de lejos y luego viene la sensación de dolor que es borrada de inmediato por otro golpe y así hasta que te acostumbras y ya no sientes sino la sensación de sentir. Estás allí frente a una máquina de lanzar y esquivar golpes y se supone que tú eres una. Glup… Cada quien quiere conectar su mejor golpe pero pronto te das cuenta de que este mejor golpe no suele ser el más fuerte sino el más oportuno. Dentro de tu cabeza hay un reloj que marca tu desgaste y el de tu rival y la clave está en sacar ese golpe perfecto en el momento justo que su desgaste esté ligeramente por debajo de tu fuerza. En el ring todo sucede aprisa y se debe estar atento a los detalles, eso que es invisible desde afuera. Pero un buen boxeador, luego de dos asaltos, conoce a su rival tanto como conoce a la mujer con la que ha pasado media vida y si no logra hacerlo, en ambos casos, sufrirá las consecuencias. Si te confías, el rival pude engañarte con la misma facilidad que tu mujer. Lo peor es cuando conectas tu golpe favorito y no haces mella en tu enemigo, cuando sabes que aguanta y pega más que tú. Pero ese es apenas el comienzo de la historia porque superar al más fuerte es la razón por la que existe el boxeo. Sin esa razón Alí jamás hubiera vencido a la máquina más perfecta que se haya visto en un ring, a George Foreman. Ningún boxeador en todo el universo habría podido vencer a Foreman aquella vez en Zaire, pero para entonces Alí ya no era un boxeador, era un artista. El improvisado árbitro es el entrenador Manuel Pérez Tafur. Su misión es conservarme vivo para que pueda escribir la crónica de SoHo. Se supone que a mi rival, que es el campeón nacional de peso crucero (y eso parece, un oscuro e imperturbable transatlántico), se le había advertido que sería una exhibición, algo para que yo tomara apuntes pero el ring tiene su ley y la ferocidad fluye. Cada vez que su guante roza mis heridas siento escalofríos y ganas de matarlo y entonces golpeo tan fuerte como puedo y él grita “más fuerte” y lo golpeo hasta que logro cazarlo donde le duele y le grito “¿a qué te supo eso, eh?” y entonces me conecta un par de rectos y mi rabia aumenta y le grito “más fuerte, ¿acaso no puedes pegar más fuerte?” y Manuel interviene para recordar que la pelea no va en serio. Uno puede ser noqueado o acostumbrarse a los golpes y sólo deambular al borde del K.O. Algunos boxeadores incluso han ganado peleas estando noqueados3. “Campana, campana”, grita Manuel. Fin del tercero. Manuel me pide que tome un descanso de cinco minutos antes del cuarto asalto, voy a negarme pero mi rival en persona viene y me dice que haga caso. Me quedo sentado en mi banco mientras Manuel trabaja en mi cara para reparar los daños. Una de las costillas también me duele y quizá esté rota pero, como mi meta es aguantar los cinco asaltos, me guardo el secreto. Sé que Alí ganó una pelea con la mandíbula rota y Pambelé noqueó a más de uno con la derecha fracturada.

El oscuro callejón del K.O.

La tercera pregunta obligada es: ¿por qué rayos pienso que puedo aguantar cinco asaltos? No había pensado en eso, sólo discutí con mi chica. Ella no quería que intercambiara golpes con nadie y menos con un boxeador de verdad. Trató de asustarme diciendo que me iban a matar en dos asaltos y yo le dije que podría aguantar cinco. Punto. Reflexión obligada: siempre que una mujer trata de salvarte, te hunde. No es su culpa, ella no diseñó la naturaleza humana. Como no podía dar marcha atrás (yo tampoco diseñé la naturaleza humana) me dirigí al gimnasio y le pedí a Manuel que me entrenara y me consiguiera un rival. El se rió pero le dije que era en serio. Me dijo que si me subía a un ring me matarían en dos asaltos (él tampoco diseñó la naturaleza humana). Le dije que en la adolescencia había hecho algunos combates como boxeador amateur en Cartagena y estaba seguro de resistir cinco asaltos con un boxeador poco experimentado. Me dijo que un boxeador poco experimentado me mataría, que era mejor uno veterano porque sabría pegarme sin dañarme del todo. Acepté y enseguida empecé mi entrenamiento.

Un gimnasio de boxeo, por pobre que sea, es un sitio soberbio. Los chicos entrenan con absoluta concentración y la exigencia física es casi intolerable. Los entrenadores no pierden de vista a sus pupilos y cada orden va seguida de terribles insultos pero ninguno de los chicos se atreve a rechistar, entienden que esos insultos son parte esencial de la rutina y les prepara el pellejo mientras llega el veneno de las graderías sedientas de sangre. Trato de seguir los movimientos pero 40 abdominales por minuto rebasan mi resistencia, los demás siguen hasta completar ocho mil y luego hay que saltar la cuerda, afinar la técnica frente al espejo, golpear la peraloca y el sandbag… El ritmo es frenético y yo, a duras penas, soporto los embates de mi propia sombra. Lanzar golpes es algo que cualquiera puede hacer, lo mismo tratar de evitarlos: el boxeo nació con el hombre, con el instinto básico de joder y no dejar que te jodan. Se sabe que, como casi todas las cosas, fue inventado por los griegos. Homero lo menciona en la Ilíada y otro griego, un historiador, creo, le atribuye a Teseo la patente4. No se trata solo del sórdido combate con el Minotauro sino de otro montón de hazañas logradas a nudillo limpio. Virgilio, a su vez, relata que se combatía con manos y muñecas vendadas con piel de buey cruda, en cueros y con el cuerpo untado de aceite. Luego los romanos, cuya sutileza es por todos conocida, reforzaron las vendas con metal para darle más emoción al asunto5. Lanzar golpes y tratar de evitarlos es solo el principio pero si en verdad quieres sobrevivir, aunque sea unos pocos asaltos, debes tener la agilidad de un mono, la velocidad y reflejos de un guepardo, la resistencia y tenacidad de un rinoceronte y la potencia, puntería y capacidad destructiva de un misil con cerebro electrónico. Para llegar a la cúspide se necesita, aparte de todo lo anterior, ferocidad, nervios de acero y una total ausencia de compasión. No olvides que enfrente tienes a alguien que quiere hacerte escupir sangre. Puede que antes de entrar a un ring tengas en mente cosas como el honor, la patria, el dinero, la fama o simplemente demostrarle a tu chica lo duro que eres. Una vez estés dentro sabrás que lo único que importa es salir con vida. Eso es lo que está en juego y por eso ningún deporte puede competir en emoción y riesgo con el boxeo, el boxeo no es un deporte, es la vida misma en su forma más elemental y altanera: la vida sin encajes, sin perfume ni avisos multicolores.

Recuerdo que en 1983, luego de la muerte de Kiko Bejines (causada por los golpes de Alberto Dávila) hubo la consabida polémica mundial y algunas asociaciones médicas y ligas de la moral y hasta los defensores de los pollos congelados pidieron la prohibición de este deporte. Del otro lado estaban quienes defendían el boxeo y, entre una variedad de sesudos argumentos, esgrimían las frías e incontrovertibles estadísticas para demostrar que en cuanto a muertes otros deportes lo superaban. A mí los hipócritas que pedían prohibir el boxeo me tenían sin cuidado, sabía que las prohibiciones, aunque aumentan los costos, atizan la pasión, mejoran la calidad y multiplican el número de seguidores de lo que prohíben. Los defensores quizá resultaban más patéticos: nunca he creído que el boxeo necesita defenderse como tampoco los delfines rosados aunque hay mucha gente que vive de fundar ligas y recibe mucho dinero de gobiernos corruptos por cuidar el trasero de los delfines rosados o la monogamia de los cuervos. Insisto, y esto va para detractores y defensores, en que la belleza del boxeo reside en que retrata como ningún otro deporte la condición humana. Es el único deporte donde golpear, herir o asesinar es razón y forma. El árbitro sólo interviene para evitar que los rivales dejen de pegarse. En la mayoría de deportes lastimar o morir está prohibido. Si rompes un hueso en una cancha de fútbol o vas a 326 km/h en un monoplaza de Fórmula Uno y te revientas contra un muro se habla de falta o accidente (en el primer caso se sanciona, en el segundo se investiga para encontrar responsables). El boxeo es soberbio, no admite esa clase de digresiones. El público no exige anotaciones o velocidad sino sangre (el reglamento antes que límite es una coartada). En el ring la rabia y el orgullo imponen su ley. El entrenador tiene una clara filosofía, dice a su pupilo: “¡Mata a ese perro!”

La cuarta pregunta obligada es: ¿estoy obligado a hacer esto? Manuel pide que lo piense, que por amistosa que sea la pelea hay riesgos y que si me descuido pueden matarme en dos asaltos. Le digo que aguantaré cinco. Punto. ¿Quién carajo diseñó la naturaleza humana?

Es mejor ser rico que pobre

Me muevo frente a mi rival con la cabeza gacha, cada vez que trata de acercarse saco mi jab y él responde con ganchos, uno de esos ganchos me caza en la barbilla y levanta mi cara, enseguida trata de rematarme con un recto que apenas logro pasar. Su cara queda enfrente de la mía por un instante y sus ojos, pequeños y fríos como cabezas de alfileres, me detallan. No hay en ellos la mínima cordialidad.

Doy unos pasos laterales y luego retrocedo hasta encontrar las cuerdas, ese es el límite insalvable. El se me viene encima, trato de golpearlo pero no lo encuentro: sí, está allí, moviéndose enfrente, a unos treinta centímetros de mis puños que se pierden una y otra vez en el vacío creado por aquel holograma. Digamos que está hecho de aire cuando trato de conectarlo pero cuando me golpea se convierte en piedra. El tipo golpea una y otra vez sobre mis pómulos y cejas, la inflamación me quita visibilidad lateral, solo puedo verlo cuando está de frente y él lo sabe y por eso gira a la izquierda y golpea, gira a la izquierda y golpea. Cada golpe cierra más y más mi ángulo de visión hasta que no puedo verlo y sólo divago por el ring esperando el golpe letal. Imagino el aspecto que tendrá mi cara y lo que dirá el celador de mi edificio y lo que se emputará mi chica. Eso jode mucho a los boxeadores. No es fácil llegar a casa y abrazar a tu mujer o a tus hijos con la cara destrozada. Lo más jodido del dolor, lo que más duele, es que joda a los que te aman. El golpe letal no llega y en una de mis ciegas embestidas logro conectarlo pleno en la cara y enseguida se me viene encima y yo me abrazo con fuerza a él, que se sacude furioso, y le grito una vez más “¿a qué te supo eso?” Manuel interviene para separarnos pero me aferro con fuerza hasta que suena la campana. Manuel me ayuda a llegar a la esquina y me aconseja que deje las cosas así. “Falta uno”, digo.

Mientras espero el asalto final (Manuel ha ordenado ocho minutos de descanso) pienso en Benítez, en el caguetas de Benítez recostado en una cama sopesando las posibilidades, las cifras y el miedo atroz a meterse otra vez en un ring con aquel demonio llamado Pambelé. Sí, los titulares decían que había ganado, que era el nuevo campeón mundial Welter Junior, que había controlado a la leyenda de Palenque a través de quince arduos asaltos. Cerca de sus pies una chica rubia duerme con los labios entreabiertos y bajo sus dorados rizos sobresale el borde más rubio aún del cinturón. Aquel cinturón era suyo y la chica y los dólares. Era el rey del mundo y todo habría ido de maravilla si Ramiro Machado, el viejo zorro que manejaba a Pambelé, no hubiera puesto entre las condiciones del contrato la revancha inmediata. Y ahora, en vez de celebrar con todo Puerto Rico, temblaba en la cama de aquella lujosa suite como una hoja en la tempestad. Benítez nunca aceptó dar la revancha. Prefirió las burlas, ser tildado de cobarde y despojado del título antes que enfrentarse por segunda vez a Pambelé. Manuel sigue aplicándome grasa sobre las heridas, cada vez que le pregunto si ya pasaron los ocho minutos me dice que faltan cinco. Seguro a Nicolino Loche le habría gustado tener todo ese tiempo entre asalto y asalto de su segunda pelea con Pambelé. La primera había sido un 11 de diciembre de 1971. Entonces Pambelé era todavía un chico pobre, no había cruzado la línea y a pesar de estar en plenitud de condiciones se dejó apabullar por la fama, el lujo y toda esa atmósfera sofisticada que rodeaba a “El Intocable”.

Después de todo Nicolino no era solo un boxeador, era el orgullo de un país que sabe agrandar a sus héroes y hacerlos sentir semidioses y que, a diferencia del nuestro, jamás los abandona. El segundo combate fue distinto, Pambelé era el flamante campeón mundial Welter Junior, le había enseñado a un país quejumbroso que se podía ganar y el país lo adoraba. Atrás quedaban escritores, políticos y algunas mediocres glorias deportivas. Pambelé había ido más allá. Sí, desde Palenque, Chambacú y finalmente Venezuela, habían lanzado un brillante cohete negro hacia las estrellas y Nicolino tuvo la desgracia de atravesarse en su camino. Pambelé lo destrozó, hizo que llamarlo “El Intocable” resultara un chiste. Nicolino necesitó ocho cirugías para que su familia pudiera reconocerlo y Argentina supo, mucho antes del 5 a 0, que existía un país llamado Colombia y había que tener cuidado. Pambelé había cruzado la línea y pudo sintetizar su experiencia en una frase que retumba en la memoria colectiva con mayor fuerza que cualquier literatura: Es mejor ser rico que pobre. Él lo supo y lo sabe ahora que recorre las calles de Cartagena como un zombie, ahora que es usado, e incluso se le paga a veces por ello, apenas como símbolo o referencia en películas, videos y canciones. “Tiempo”, dice Manuel. Ocho minutos no duran para siempre.

Volar como mariposa y picar como abeja

El ring parece encogerse cuando aquella mole empieza a girar en torno mío mientras amaga una y otra vez con su derecha y me conecta la izquierda en gancho en el hígado. Su cabeza rapada lanza destellos y trato de conectarlo allí pero me evade con un quiebre de cuello. Mi visión ha mejorado un poco y mantengo la guardia alta para cuidar mis cejas. Una andanada de golpes me lleva a una esquina neutral y allí me enconcho y apenas puedo me abrazo a su cuerpo para evitar nuevos golpes pero, abrazado y todo, me castiga el costado con su derecha y el dolor de costilla se hace insoportable. Manuel grita “break” y nos separa. Doy un paso lateral y enseguida regreso a mi posición y quedo cara a cara con mi rival, veo en primer plano las enormes aletas de su nariz que se tragan el oxígeno que a mí me falta. Él lanza un directo que logro pasar y enseguida lo combino con un cruzado de izquierda a la cara seguido de un recto de derecha; él retrocede un poco y trato de conectarlo con un directo que se pierde en el vacío; él aprovecha y saco un gancho de izquierda que me impacta a la altura del ombligo y me corta el aire. Manuel se mete entre los dos para evitar que me remate. Mi rival espera en una esquina neutral, Manuel dice que ya es suficiente y le digo que voy a terminar el round. Me pide saltar un poco y lo intento, trato de saltar en la punta de mis pies pero parecen pegados a la lona y entonces pienso en Alí, en cómo podía con su peso volar como mariposa. Manuel grita “box” y la mole se me viene encima. Aún logro resistir un par de golpes y justo antes de que se apaguen las luces escucho a Manuel decir “te lo dije”.

Las imágenes de un teatro sin techo donde mi madre me llevaba junto a mis hermanos a ver los dobles sensacionales cada tarde de sábado pasaron por mi mente mientras flotaba en aquella centelleante burbuja roja. La mayoría de veces daban una de vaqueros seguida por una de Kung-Fu. También traían películas de risa donde Cantiflas y Capulina eran los mejores y una que otra de Alí (que entonces todavía se llamaba Cassius Marcellus Clay). Él era el ídolo del barrio, nos gustaba verlo gritar y burlarse de sus rivales. ¿Qué sentirían ellos? Seguro su actitud debió provocar muchos odios pero no creo que eso lo preocupara, al menos no parecía preocupado por lo que el mundo pensara de él… La burbuja se rompe y la cara sonriente de Manuel me da la bienvenida a la realidad, un hilillo de sangre escapa de mi boca. Mi rival me ofrece disculpas y me ayuda a llegar a los baños del gimnasio.

No todo aquel que se sube a un ring lo hace por gusto o por llevarle la contraria a su chica, la mayoría está allí para huir de cosas peores como son la miseria y el atroz anonimato que ésta arrastra consigo. Alí usó el boxeo, como casi todos los que lo practican en serio, para ser alguien. La mayoría de boxeadores se conforma con algo de dinero y un trozo del fugaz pastel de la fama, pero Alí era más que un boxeador, era un genio y él lo sabía. No quería pedazos, quería todo el pastel. Ser el más grande de todos los tiempos era apenas un peldaño en su ambición por llegar como hombre y mito más arriba que nadie. Y así lo hizo: rebasó la miseria y atacó los crueles límites del racismo a punta de orgullo y talento. Se enfrentó a poderosos enemigos dentro y fuera del ring, cambió su nombre y religión, se negó a defender los intereses de Estados Unidos en una guerra y prefirió ir a la cárcel antes que perder su libertad y con ellos inspiró a otros que empezaron a seguirlo y a seguirse a sí mismos. Subió cada peldaño hasta tocar el cielo con las manos y su orgullo cada vez más inflado complació a unos y lastimó a otros. Todos saben lo que pasó después, el enorme precio de su altanería y lo que debe sufrir sabiendo que quienes lo amaron como a un dios e incluso quienes lo odiaron, hoy lo compadecen. Estando todavía en el cielo recuerdo que concedió una entrevista a Playboy y ante una pregunta sobre lo que significaba para él ser, en ese momento, el hombre más famoso del planeta respondió con una frase que se me antoja la más sencilla, lúcida y soberbia que haya escuchado jamás: “Tuve el mundo en mis manos y no era nada”.

Mientras hago buches de agua salada para detener la sangre trato de pensar en lo que siento pero no siento mucho. Aparte del dolor físico todo está vacío, las ganas de matar a mi rival se han ido y aunque no es mi personaje favorito me resulta familiar verlo hacer sombra en un rincón del gimnasio y seguro podría invitarlo a una cerveza y hablar de eso que hablan los hombres y que los une o los distancia. Me acerco hasta él y le hago un montón de preguntas que responde sin dejar de golpear a un enemigo invisible. Cuando le pregunto a qué sabe el boxeo se ríe, hace una finta y me pide que le responda algo.

–Lo que quieras–, digo.

–¿Qué sabor tienes ahora en la boca?– Me paso la lengua por el borde de los dientes y siento el sabor de mi propia sangre. Él agrega antes de que tenga tiempo de responder: –A eso sabe la vida de un boxeador.

Retrato de un perdedor

Publicado: 27 marzo 2009 en Alberto Salcedo Ramos
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A Víctor Regino no le preocupa que esta noche, cuando regrese al ring después de un retiro de trece años, el público le grite anciano o el rival le desencaje la mandíbula: a él sólo le interesan los cien mil pesos de la paga, con los cuales podrá restablecer mañana su pequeño taller de traperos.

Son las cinco de la tarde y nos encontramos en un restaurante del centro de Montería. Regino cena temprano porque quiere evitar sentirse aletargado durante la pelea, que comenzará dentro de tres horas. Por cierto, hoy le ha tocado adelantar el horario de todas sus comidas: desayunó a las cinco de la madrugada y almorzó a las once de la mañana. Mientras retira la remolacha del plato con un gesto de repulsión, advierte que no le gustaría que su hija Yoeris, de quince años, asistiera esta noche al coliseo. Luego sorbe su jugo de toronja, mira de soslayo hacia el televisor. Regino agarra el cuchillo con la mano izquierda y el tenedor, con la derecha. Corta la carne en rodajas toscas, que engulle despacio.

De pronto, saca del bolsillo de su camisa un trozo de papel en el que tiene anotados los elementos que comprará con el dinero del combate: treinta libras de pabilo de algodón, quince yardas de lycra y veinte palos de cedro macho. Su idea es reanudar la producción mañana mismo, antes del mediodía. El resultado de la contienda le tiene sin cuidado, porque él ya decidió que, al final de esta misma noche, volverá a colgar los guantes. A los treinta y siete años —admite, con un gesto de resignación—, sería absurdo que le apostara su futuro al boxeo.

Hace días se tropezó en la ribera del río Sinú con el empresario Hernán Gómez, quien le anunció que montaría una cartelera boxística en homenaje al ex campeón mundial Miguel Happy Lora. A Regino se le abrieron las agallas en seguida. Sabía que si participaba en la velada podría reabrir el negocio que clausuró a mediados de 2006, por falta de capital para costear la materia prima. El problema era su prolongado destierro de los cuadriláteros: ningún promotor se animaría a programarlo en esas condiciones, a menos que necesitara un relleno de emergencia. Así que se le anticipó al escollo con una mentira: dijo que llevaba ocho meses entrenando diariamente en el gimnasio. A continuación, cuando Gómez le preguntó la edad, Regino redondeó su artimaña quitándose seis años de un solo envión.

—Ya casi voy a cumplir treinta y uno, docto.

Mientras lo veo masticar su bistec con parsimonia, supongo que hay que ser despistado de remate para tragarse tamaño embuchado. Porque lo cierto es que Regino aparenta más de cuarenta años. Su piel cobriza, normalmente templada como un tambor, acusa los trastornos causados por la dieta estricta del último mes: se ve marchita, vaciada. Tiene una catadura de huérfano que quizá se debe a sus ojeras profundas. Uno pensaría que consiguió su ropa entre los restos de un naufragio: la camisa demasiado ancha, los zapatos con las puntas dobladas hacia arriba. Hasta su bigote largo y desgreñado, que contrasta con sus mejillas escurridas, parece heredado de un difunto mucho más grande que él.

En aquel encuentro casual, Gómez le propuso a Regino sustituir a un púgil que se le había escabullido dos horas antes, cuando se enteró de que su rival sería el invicto Miche Arango, un muchacho de veinticuatro años que, según los locutores deportivos de la ciudad, tiene morfina en los puños. Regino aceptó sin vacilar, porque sabía que no le quedaba otra alternativa. Desde entonces empezó a escuchar los pronósticos más sombríos. Un reconocido profeta local opinó que esta sería la clásica pelea desigual de tigre con burro amarrado. Otro invocó la viejísima analogía entre el ring y el patíbulo. Y el de más allá dejó en claro que no arriesgaría un céntimo por él.

Regino sorbe su jugo de toronja, ensarta un aro de cebolla con el tenedor, encoge los hombros. A él no lo desvelan esos malos augurios, dice. Aunque sabe que la derrota es posible, se niega tajantemente a regalar su cabeza. Piensa que si sobrevive a los cuatro primeros asaltos, podría ganar, pues su adversario seguramente estará cansado a esas alturas. En todo caso —repite, después de limpiarse la boca con la servilleta— lo verdaderamente importante no es el resultado de la contienda sino el hecho de que mañana amanecerá con dinero para reactivar su microempresa de traperos.

***

Visto por la espalda desde su esquina, mientras recibe las instrucciones del árbitro en el centro del ring, Víctor Regino parece medir menos de los ciento sesenta centímetros que le atribuye su cédula de ciudadanía, tal vez porque tiene el lomo encorvado. Para pelear en el peso gallo —ciento dieciocho libras— debió perder ocho kilos en los últimos treinta días. Pese a su aspecto magro, conserva un par de rollitos de grasa a ambos lados de la cintura. Sus piernas pasarían inadvertidas de no ser por los músculos gemelos tan tensos y abultados. Regino brinca en la punta de los pies, lanza una combinación de golpes en el aire. Ahora, por fin, está de frente. Noto que ha adquirido el típico pecho de gorila viejo de los boxeadores cuarentones: lampiño, esponjoso.

Miguel Arango, el contrincante, tampoco es el prototipo del atleta musculoso. Pero es joven, aventaja a Regino en doce centímetros de estatura y jamás ha estado inactivo. Su piel lechosa lo delata a leguas como un hombre procedente del interior del país, de esos a los que por acá, en el Caribe, se les llama “cachacos”. En los coliseos de la región impera la otra cara del racismo: el público, conformado en su gran mayoría por negros y mulatos excluidos, manifiesta sin ningún pudor el deseo de ver al boxeador blanco tendido en la lona con la boca llena de espuma. Tal actitud refleja, acaso, la ambición de cobrarle una amarga revancha a la historia. Los espectadores de hoy son especialmente hostiles contra Arango, a quien no le perdonan que haya reventado a cuanto monteriano le han puesto en frente.

La última vez que Regino se calzó los guantes fue el quince de marzo de 1993. En ese momento registraba diez derrotas y apenas tres triunfos. El récord de Miche Arango, en cambio, no podría ser más imponente: ha ganado en fila india los diecisiete combates que ha disputado hasta ahora, todos antes del tercer round. El sentido común indica que hoy se apuntará el nocaut número dieciocho sin necesidad de despeinarse. Al final de la jornada cobrará un botín de 900 mil pesos, es decir, nueve veces la cantidad que recibirá Regino. Las diferencias entre los dos, a propósito, son abismales. Arango llegó al coliseo escoltado por una comitiva ruidosa: ayudantes, primos, fanáticos, la fauna característica de los vencedores. A Regino, quien se vino de pie en un destartalado autobús hediondo a vegetales rancios, no lo acompañaba nadie: ningún vecino del barrio, ningún pariente en primero o en cuarto grado, ningún compadre. Ni siquiera sabía quién lo iba a dirigir en su esquina, pues a los púgiles del montón, como él, se les consigue a última hora cualquier instructor desocupado que esté dispuesto a sudar la gota gorda por veinte mil pesos. Estos entrenadores provisionales, a semejanza de los abogados de oficio, no están allí para salvar el alma de sus clientes desahuciados, sino para legitimar la función. Para transmitir una idea de justicia que deje a todo el mundo con la conciencia tranquila. Porque lo cierto es que un boxeador sin asistente desluciría el espectáculo, lo haría ver como un linchamiento vulgar.

Hace pocos minutos, mientras Hernán Gómez y uno de sus colaboradores discutían sobre quién podría ser el entrenador de Víctor Regino, escuché el gracejo más cruel que se haya pronunciado jamás en un coliseo. Su autor fue Tutico Zabala, el importante empresario boxístico puertorriqueño, invitado especial a la velada. De pronto, mirando su reloj con ansiedad, Gómez soltó la pregunta clave.

—Y entonces, ¿quién subirá a Regino en el ring?

Tutico sonrió con malicia, antes de meter la cuchara con su chispa demoledora.

—A mí no me preocupa quién va a subirlo, sino quién va a bajarlo.

El entrenador elegido, finalmente, fue José Manuel Álvarez, quien ahora vigila a su pupilo desde la esquina. Mientras el anunciador oficial lee por altavoz la ficha técnica del combate, Regino comienza a calentar los músculos. Una finta lateral hacia la izquierda, otra hacia la derecha. Un golpe largo y otro corto, uno abajo y otro arriba, one, two, one, two, one, two, como enseñan los manuales. Nada de gracia, pienso. Hilando demasiado fino, uno supondría que sus movimientos burdos se deben en parte a los sobresaltos que ha padecido. Cuando lo urgente es tapar las goteras del techo, la danza se vuelve pecata minuta, oficio insignificante. Por eso los boxeadores menesterosos, los que en su vida diaria reciben tantos porrazos como si estuvieran en el ring, son casi siempre muy bruscos. Saben cómo evadir un cuchillo, pero se sienten extraviados cuando suena la mazurca.

Y bien: ahí tenemos a Regino, en el centro del cuadrilátero, debajo de una lámpara que lo ilumina a chorros como para dejarlo en evidencia. Está allí para recordarnos que, a pesar de nuestras ropas, seguimos desnudos. Somos a menudo muy pretenciosos en nuestro confort, pero deberíamos ir coligiendo que si nos niegan el perfume, como a Regino, lo que nos queda es el sudor. El hombre se llena la boca hablando de la Civilización y piensa que sus antepasados primitivos, aquellos que debían luchar cuerpo a cuerpo contra las demás especies de la Creación, son criaturas anacrónicas. Y, sin embargo, todavía a estas alturas le toca arriesgar el pellejo por un trozo de pan. O por unos traperos.

***

A las nueve de la mañana el calor en Montería es insoportable. Radio Panzenú acaba de reportar una temperatura de treinta y cuatro grados centígrados a la sombra. Dentro de once horas, exactamente, Víctor Regino subirá al ring para enfrentarse a Miche Arango. Cualquiera en su situación estaría en este momento pegándole al saco de arena o haciendo ejercicios abdominales. Él madrugó a tajar pescados en una fonda del Mercadito del Sur, para granjearse el desayuno. Después fue al barrio El Recreo a podar un jardín. Y ahora se encuentra aquí, en el Colegio Buenavista, reclamando las calificaciones de su hija Yoeris.

Regino luce pensativo con el boletín de notas en la mano. Triste, quizá. Dice entonces que lamenta no haber estudiado y confiesa que, en sus tiempos de boxeador activo, jamás revisó un contrato delante de los empresarios, porque le daba vergüenza revelar su analfabetismo. Siempre pedía que le dejaran llevar el documento para su casa, con el pretexto de que debía analizarlo con mucho cuidado. Después, por supuesto, acudía a alguien que supiera leer.

Mientras emprendemos el camino de vuelta hacia su casa, Regino dice que su hija Yoeris ya está lo suficientemente advertida acerca de los problemas que genera la falta de educación.

—Yo le digo que no se quede bruta como yo, porque los brutos se mueren muy rápido.

En principio, la sentencia de Regino se me antoja exagerada. Cuando se lo manifiesto se encoge de hombros, calla, y sigue avanzando con su tranco corto a través de la trocha llena de guijarros. De repente se detiene en seco. En 1982 —dice, cabizbajo— su padre era mayordomo de una finca en Antioquia. En cierta ocasión, desesperado por una tos persistente que no lo dejaba dormir, se bebió a pico de botella medio frasco de pesticida, porque lo confundió con el expectorante de su patrón. Antes del amanecer, murió. Si su padre hubiera sabido leer —agrega Regino con la voz quebrada— a lo mejor estaría vivo todavía.

—¿No le digo que los brutos se mueren rápido? —me pregunta con una expresión que parece a medio camino entre el sarcasmo y el abatimiento.

Luego agacha el rostro. Noto que el pecho se le sacude de manera entrecortada. Llora sin darme la cara, acelera el paso. Recorremos cerca de cien metros en absoluto silencio. Al rato empezamos a ver las primeras chozas de Brisas del Sinú, el arrabal donde vive. En la vía principal, por donde vamos avanzando, corretean montones de niños en cueros, muchos de los cuales exhiben ya los cañones iniciales de su vello púbico. Una mujer rolliza le grita a su vecina, a través de la cerca, que le regale una pastilla de Buscapina para aliviar su cólico menstrual. Levanto los ojos y lo que veo no es el cielo sino una enmarañada red de cuerdas que salen de todas las casuchas y se entrecruzan en el aire: son los cables eléctricos que la gente utiliza para encadenarse al servicio de energía sin pagar un solo centavo. Tales cables funcionan, también, como tendederos de ropa. En uno de ellos hay un calcetín de bebé que flamea a merced del viento. Lo que más me asombra es descubrir en cada calle fogones improvisados sobre el suelo desnudo, en los cuales se cocina desde un pastel envuelto en hojas de bijao hasta un sancocho de huesos. Deduzco entonces que estoy frente a un contrasentido: en un sitio donde la gente carece de dinero para comer, abunda la comida, y además la venden los mismos que tienen hambre. Poco después me informan que aquí, con tres mil pesos, almuerzan dos personas. Quizá no consuman el manjar más exquisito, me advierten, pero quedan con las panzas repletas. O sea que nadie pasa hambre, como yo había creído. En todo caso sigo pensando que estas fondas lánguidas son tan solo una forma de consuelo. Su razón de ser, más que el lucro, es el instinto de supervivencia. Al repartir la miseria, la conjuran. Así se permiten convertir la escasez en motivo de sorna. Esa capacidad de burla se evidencia, por ejemplo, en los nombres que les ponen a algunos de sus platos más pobres: a la montaña de arroz atravesada en la cima por un banano triste se le llama “arroz al puente”. También existe el “arroz al nevado”, que es un cerro igual al anterior pero está coronado por un huevo frito similar al cráter de un volcán.

Como si leyera mi pensamiento, Regino aclara que su problema no es la falta de comida sino el temor de que Yoeris “se quede bruta” o “coja marido antes de tiempo”. Su reto —reitera, mirando otra vez el boletín de calificaciones— es educarla para que se defienda de tales peligros. Y por eso volverá al ring esta noche. Él calcula que necesitará dos semanas de producción en el taller de traperos, para pagar los tres meses de pensión que debe en el colegio de su hija.

Ahora, mientras lo veo doblar por la esquina, tengo la impresión de que no salta para evadir el charco que está frente a su casa, sino para subir al cuadrilátero a comenzar su pelea. O, más bien, a continuarla.

***

Regino ganó los dos primeros rounds. Al plantear el combate en corto maniató los brazos largos de su rival y logró conectar varios golpes que hicieron poner de pie al público. Parecía que ganaría por nocaut, especialmente cuando metió ese gancho de izquierda en el estómago de Miche Arango. Un espectador lo celebró a grito herido:

—Dale duro, carajo, que es cachaco y no es familia mía.

Regino no pudo rematar la faena porque sonó la campana. En el tercero, alocado por el respaldo de la gente, arremetió contra Arango de manera insensata, ya que lo hizo con la guardia muy abajo. Entonces se encontró de frente con un mortero que le explotó en la barbilla. Cuando cayó a la lona con las piernas tiesas, la mirada extraviada y el protector bucal bailoteando entre los labios, todo el mundo comprendió que estaba liquidado.

Ahora, mientras se baja del ring sin ayuda de nadie, noto que Regino no tiene el semblante postrado de los perdedores. Es más, luce radiante a pesar de la sangre que se le asoma por las fosas nasales. Sonríe, saluda a un aficionado. Y además le sobran agallas para levantar la mano derecha con la “V” de la victoria. El público, seguramente, ignora cuál es el motivo secreto que lo lleva a comportarse como si hubiera ganado. Pero le prodiga un aplauso monumental que retumba en todo el coliseo y parece estremecer el resto de la Tierra.