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El 2 de febrero de 2008, Juan “Pico” Mónaco estaba en su mejor momento. Catorce en el ranking mundial, venía con un envión imparable. Pero ese partido, la final de dobles del ATP de Viña del Mar, cada vez se ponía más difícil. Jugaba con Máximo González, contra José Acasuso y Sebastián Prieto. Iban perdiendo 6-1, 3-0, cuando fue a buscar una pelota al fondo. Pisó el cajón de unos de los jueces de línea y se esguinzó el tobillo izquierdo. Quedó tirado sobre el polvo de ladrillo. Con la bronca entre los dientes y la conciencia de que su puesto en el ranking caería sin freno.

Se perdió la final en Chile y la primera ronda de la Copa Davisfrente a Gran Bretaña.

Terminó el año en el puesto 46.

Pero pudo reponerse.

***

Mónaco está sentado en una mesa para cuatro en este bar de esquina en Palermo. Lleva una campera de sponsor, roja con tiras blancas, chaleco y pantalón negro. Parece incómodo frente a la mesa, chica, sostenida sobre patas cruzadas, de madera filosa.

Antes de empezar la nota, me dice que su entrenador no me va a aclarar las respuestas que me dio por mail. Que los dos saben que eran un poco generales, no tan específicas, pero que hay cosas que quieren mantener en reserva. No pueden abrir tanto el juego, porque su trabajo depende de eso. “Es parte de la estrategia”, dice y pregunta cómo va a seguir el cuestionario. Y entonces sí, las preguntas y las respuestas.

Cuando Mónaco sale a la cancha está solo. Frente al oponente, red de por medio, es él con su raqueta, las muñequeras, la vincha, la ropa y nadie más. La soledad del tenista promedio. Sin embargo, durante la semana trabaja con un entrenador físico, uno técnico, dos médicos, dos kinesiólogos y un manager. Ningún psicólogo.

Mónaco trata de priorizar lo humano sobre lo deportivo. “No es como en el fútbol que ves al entrenador una vez por día: yo desayuno con mi equipo, almuerzo con ellos, ceno y comparto el hotel”.

A Ignacio Menchón, su coach físico, lo conoce desde chico, fueron al mismo colegio y los padres son amigos. A Gustavo Marcaccio, su coach técnico, desde la adolescencia.

Saber que ellos confían en su laburo, que no están con él por la plata lo deja tranquilo. Saber que si mañana le va mal y alguien les hace una buena oferta no le van a decir: fue un gusto, pero hasta acá llegamos.

—El tenis es un juego psicológico: estar bien afuera de la cancha hace que uno pueda rendir mejor adentro —dice.

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Mónaco es fachero, famoso, tiene plata (según el diario BAE en diez años ganó unos US$ 4,7 millones), no para de entrenar, está todo trabado, y de vez en cuando aparece en la tapa de alguna revista de moda con alguna novia, Luisana Lopilato, Zaira Nara, aunque a él, lo que más le preocupa es el tenis. Lo que lo obsesiona, lo que piensa cada noche antes de dormir, es cómo hacer para mejorar, para precisar detalles en el saque o la volea.

Como si siguiera un dogma, por día, como mínimo, toma cuatro litros de agua, duerme ocho horas, consume cuatro mil calorías. Se levanta a las 8, desayuna cereales, tostadas con queso, café con leche, jugos, fruta y huevos. A las 9.30, al gimnasio. Ciento veinte minutos en los que busca desarrollar potencia en los brazos, estabilidad en la cintura; reacción y velocidad en las piernas.

Almuerza carbohidratos: papa, arroz, pastas. Duerme siesta. Dos horas de tenis, una hora de fisioterapia. Merienda batidos proteicos, algún sándwich de queso, come frutas y frutos secos. Descansa. Cena carne, pescado o pollo que acompaña con carbohidratos. De postre, flan, o dulce, o una fruta. Y a dormir.

Al día siguiente, si no juega, lo mismo.

Es autoexigente dentro y fuera de la cancha. Se obsesiona con las comidas, con el descanso. Tiene 28 años y sabe que, a esta edad, no puede regalar un centímetro. Quiere estar bien físicamente: su táctica de juego depende de eso.

—No soy un jugador supertalentoso. No tengo un juego muy agresivo ni un saque muy potente, tampoco soy especialista en canchas rápidas. Baso mi estrategia en el diálogo. Soy un jugador de ritmo que gana puntos a partir de la tercera o cuarta pelota, que va desgastando todo el tiempo y cuando el otro baja, sigue ahí —dice antes de morder el sándwich de queso.

La perseverancia, el pensamiento único y constante, no es algo de los últimos tiempos. A los 8 ó 9 años, Mónaco se entrenaba todos los días. En Tandil. En invierno, con  cero grados, con las canchas llenas de escarcha.

Después de cumplir 14, se fue siete meses a entrenarse a Miami. Luego, se mudó a Barcelona, donde se formó como tenista profesional. En España vivió cuatro años. Dejó a su familia, sus amigos, pasó las Navidades solo, se perdió la adolescencia, las fiestas de quince de sus compañeras de colegio, todos sus cumpleaños. Dice, fue un sacrificio muy grande. Hubo momentos, a los 15 ó 16 años, cuando empezaba a jugar profesionalmente y perdía casi todos los partidos, en los que dudaba.

—¿Y si me vuelvo? ¿Y si me pongo a estudiar y hago la vida que hacen mis amigos que la pasan infernal? Pero cada vez, me inclinaba por el sacrificio, por seguir y  luchar: ¡Vamos que podemos! ¡Vamos que podemos!

Casi no queda sándwich.

Ya jugó 400 partidos de ATP. Y a veces, después de alguno muy duro, los siente. En la muñeca, el hombro, las caderas, la espalda. Pero hay que seguir. Para mejorar hay que seguir. Y Mónaco sabe que es un jugador que se acelera muy rápido. Si quiere superarse tiene que luchar, sobre todo, contra la ansiedad. Contra eso se entrena.

—Si por ejemplo hay que pegarle con derecha cruzada durante veinticinco minutos. Bueno, hacerlo a conciencia. Sin mirar para otro lado, pensando en la técnica, pensando sólo en corregir —toma un trago de café con leche y sigue, enérgico—. Por ahí te pasan cosas por la cabeza, te distraés: uh, salgo de acá, tengo la nota de hoy a la tarde, las fotos, apenas termino me tengo que bañar. Estoy en la Argentina quiero ir a ver a mis viejos, la cabeza se dispara y es ahí donde decís: enfocate. Dale, volvé. Dale, volvé. Todo el tiempo pensar en ir a por más.

***

¿Qué es ir a por más? ¿Por qué alguien pierde toda su vida tratando de pegarle mejor a una pelota, de correr más rápido, de tirar una bola de metal más lejos?  ¿Por qué una persona que nada sin parar durante ocho horas y media para algunos es un héroe?

¿Qué hay más allá de la plata, de la fama, del reconocimiento?

¿La obsesión del deportista es algo sano? ¿O son enfermos: obsesivos socialmente aceptados?

Cuando uno le pregunta a un deportista de alto rendimiento por qué hace lo que hace, la respuesta suele ser “qué buena pregunta”. Luego, algunos segundos de silencio. Y después sí: “Porque me gusta”. “Porque no podría hacer otra cosa”. “Porque me pone contento”. “Es difícil de explicar, pero cuando hago esto siento que estoy en lo mío”.

¿La repetición como una búsqueda de orden?

¿Mejorar para llegar a qué?

¿Para ganar algo?

¿Para ser mejor?

¿Repetir por repetir?

¿O repetir para no pensar?

***

El 17 de abril de 2012, cuatro años después de aquella lesión, Mónaco había recuperado su mejor puesto en el ranking: de nuevo era el número catorce del mundo. Se sentía en el mejor momento de su carrera. Había hecho semifinales del Masters en Miami, había perdido con el mejor del mundo, Novak Djokovic, por 6-0 y 7-6( 5). Venía embalado. Jugaba contra el holandés Robin Haase, en Montecarlo, la primera ronda del Masters 1000. Iban 5-7, 6-0, 3-1 y Mónaco, vestido de naranja furioso, devolvió la pelota y pisó mal, pisó con la cara externa del pie derecho y oyó el ruido de una soga al romperse, tac, y cayó y desde el piso gritó que no podía creerlo. No quería tocarse. Pensaba que se había roto el talón de Aquiles. Pensaba que, de nuevo, una vez más, cuando estaba subiendo en el ranking, venía esta lesión. Pensaba que iba a perder todo el año y se agarraba la cabeza y gritaba: no puedo creerlo, no.

Después de revisarlo, el médico le dijo que era una torcedura tobillo. Sólo una torcedura de tobillo. Se relajó tanto que quiso seguir. Djokovic sacó. Mónaco no tuvo reacción, le costaba pisar.

—Dos veces estuviste número 14 en el ranking y las dos veces te lesionaste. ¿Cómo interpretás eso?
—Hay dos formas de ver las cosas: deprimirse y decir “qué mala leche tengo” y pensar en la mala suerte y en un montón de cosas. O pensar que las cosas pasan por algo, que hay que seguir adelante. Que si me lesioné hoy, esta noche me voy a mentalizar para que la recuperación sea lo más rápido posible.

Al día siguiente, los médicos le dijeron que con ejercicios y kinesiología, podía volver en seis semanas. Que quizás, con suerte, llegaba a Roland Garros.

Y él que se había matado para estar, de nuevo, top 15, pensó que le había costado tres años volver a su mejor ranking.

Pensó: en cuatro semanas vuelvo.

Y en cuatro semanas, volvió.

En el Masters 1000, en Roma. Con todo. Y aunque no pudo (4-6, 6-2 y 6-3), estuvo a punto de ganarle a Djokovic, al número uno del mundo.

***

El año se le hace largo. Empieza la pretemporada en diciembre y el circuito en enero; recién se relaja a mediados de noviembre.

—No es fácil con tanta exigencia en la cabeza estar motivado todo el tiempo. Uno sufre pequeños altibajos, por eso es bueno tener un grupo humano al lado que te mantenga en órbita: ni tan eufórico cuando te va bien, ni tan abajo cuando te va mal.

A medida que se hacen conocidos, la presión sobre los tenistas aumenta. Al llegar al puesto treinta, el público, los periodistas, ellos mismos, quieren estar en el quince. Y, luego, seguir subiendo. Pero Mónaco se traza objetivos a corto plazo, no tan difíciles de alcanzar, que pueda cumplir de a poco.

—Sé que si me entreno muy duro y tengo esa obsesión por mejorar pequeños detalles, como el saque, la derecha y el revés y gano puntos, el ranking va a venir solo.

A la noche, después de un partido, mira series norteamericanas: Mad men, Lost o Six feet under. En una semana puede ver treinta capítulos. No chatea. Chatear lo desenfoca. Si está en China y habla con amigos o familiares que le cuentan lo que están haciendo, se acuerda, extraña y se va a dormir triste. Por eso, mira series, o alguna película.

Y al acostarse, después de cerrar los ojos, antes de quedarse dormido, trata de visualizar el partido del día siguiente, piensa cómo va a ser, si va a haber algún punto largo, o revisa el entrenamiento.

Su vida, dice, pasa ciento por ciento por el tenis. No puede dejar nada librado al azar.

Su vida, dice, no tiene sorpresas. Se rige por un estricto cronograma: el primero de octubre va a estar en Japón (Rakuten Japan Open), el siete en Shangai (Rolex Masters), el lunes 22 en Valencia (Open 500); la semana siguiente en París (BNP Paribas Masters).

Y durante los partidos tiene costumbres, rituales, que lo ayudan a concentrarse, a no pensar en otra cosa que no sea cómo pegarle a la pelota para que vaya adonde él quiera dirigirla.

Cuando saca, pica la pelota de seis a trece veces. Se enfoca en el número y, en ese momento, no piensa en absolutamente nada más que en la técnica del saque.

Y antes de devolver, mira para abajo dos segundos, y luego sí al oponente.

Cuando toma agua o alguna bebida energizante, siempre: dos tragos. No importa cuánta sed tenga. Dos tragos. Así, va a estar hidratado. No sabe si hacer esto está bien o está mal, pero lo deja tranquilo.

Y tres o cuatro minutos antes de los partidos necesita estar solo. Música y pensamiento. Catupecu Machu: bien arriba, mucha energía; o U2 o, si está triste, una cumbia: Gilda o Los Totora, para seguir el ritmo.

Y siempre, desde aquella vez de la lesión en Chile, un diálogo interno. El rosario en el pecho, el mismo pedido.

— Terminar sano. No me importa el resultado, jugar bien o jugar mal no me importa, pero quiero terminar sano, es lo único que pido: terminar sano el partido.
—En tu equipo no hay psicólogos, ¿no?
—No. Somos muchos y no me parece bueno meter más gente. Tengo un entrenador, un preparador físico y un equipo médico, amigos, que son los mejores psicólogos que pueden existir. Si tengo alguna inquietud, prefiero hablarla con ellos. Hay muchísima confianza y me van a decir la verdad de lo que está pasando. Si me ven bien o me ven mal.

Hoy, una vez más, Mónaco está catorce del mundo. Viene embalado. Y aunque sabe que los Juegos Olímpicos son en Wimbledon y que en césped no ha tenido muy buenos resultados, está tranquilo. No podría calcular porcentualmente sus posibilidades de ganar una medalla. Eso depende de muchos factores, dice. Puede jugar el mejor partido de su vida y perder en primera ronda o jugar más o menos y ganar. Sabe que si hace las cosas bien, los resultados llegan.

No por nada hoy está donde está. Número catorce del mundo.

A París fue 27 veces. No conoce el Louvre, no conoce Notre Dame, no dio una vuelta en barco por el Sena. Subió una sola vez a la Torre Eiffel. Suele enfocarse en los partidos, en descansar, bajar la adrenalina en el hotel, no tiene tiempo para paseos.

La mesa, las patas cruzadas de madera.

— Si alguien me pregunta si conocí París. No, la verdad es que no lo conozco. ¿Roland Garrós? Sí, de punta a punta. ¿Los aeropuertos? Todos. La concha de tu madre, que…

Pone cara de dolor, se agarra la rodilla.

—Ay, boludo, me hice mierda… Me corté… Me pegué con la punta.

Agarra una servilleta, y se agacha, se acaricia la pierna. Deja la servilleta en la mesa. En el papel blanco, la mancha de sangre.

—Dale, no pasa nada. ¿Qué te estaba diciendo?

En la foto se ve el cielo nepalés veteado por nubes difusas, el desnivel de la montaña, la nieve, lo áspero de las rocas: la inmensidad del Himalaya. Se ve, en primer plano, de espaldas, a un hombre, con una enorme mochila gris, una campera roja y botas con crampones, que mira hacia un punto no tan lejano en dirección a la cima. Y más allá, donde termina la nieve y aparecen las rocas, se ve también un bulto amarillo.

En la foto no se ve que ese bulto amarillo es un alpinista que hace dieciséis horas espera que alguien lo ayude. Estática, la imagen no muestra que el hombre de espaldas, que hace un día subió al Everest, que hace menos de tres horas salvó de la muerte a una pareja, va a rescatar, también, al alpinista de campera amarilla. No se ve, tampoco, lo que vendrá después: las denuncias por abandono de persona, el sentimiento de culpa de quienes no pudieron ayudar, las peleas, las notas a los argentinos heroicos, el debate por el uso de oxígeno, de corticoides, las amputaciones, la discusión sobre si esto sigue siendo un deporte o si todo se transformó ya en un negocio inmenso.

Y sin embargo, esta foto, que no podrá ser publicada por un acuerdo entre rescatado y rescatistas, dice mucho más de lo que muestra. Dice que hay cosas que se cuentan y otras que quedan allá arriba, enterradas en la montaña.

El domingo 22 de mayo, alrededor de las dos y media de la mañana, camino a la cima del monte Lhotse, en Nepal, el andaluz Manuel “Lolo” González se dio cuenta de que no tenía su piqueta. Volvió a la carpa a buscarla. Cuando retomó el sendero sintió de golpe unas irrefrenables ganas de ir al baño. La falta de inodoro a ocho mil metros de altura y el traje preparado para soportar vientos de cien kilómetros por hora hicieron que la cotidiana acción demorara más de lo previsto. Sus compañeros de cordada siguieron subiendo. Él llegó a la cumbre a las tres y media de la tarde.

Lolo se acuerda de que en la cima de la montaña se sacó una foto con el iraní Mahdi Amidi. Se acuerda de que el hombre le dijo que prefería esperar a una pareja de españoles que habían quedado retrasados; que empezó a bajar tranquilo, disfrutando del paisaje. Se acuerda de que a las siete de la tarde armó el teléfono satelital, llamó al campamento base, pidió que le llevaran agua caliente. Después, no se acuerda de más nada. En realidad, se acuerda de los sueños que, cree, hicieron que se moviera, que caminara en medio de la noche helada. De esas cuatro alucinaciones por las que hoy está vivo.

Una. Sobre la ladera de la montaña hay casas incrustadas en la nieve. Desde las puertas se asoman nepaleses que le hablan, le dicen que siga, le indican el camino.

Dos. Tres guardaparques vienen a pedirle ayuda. Dicen que se les rompió el auto. Lolo hace un llamado por teléfono y, al rato, llegan tres hombres que arreglan el problema: le ofrecen alcanzarlo a algún lugar. Él responde “no”: prefiere quedarse por ahí.

Tres. Un sherpa le pregunta por un nuevo hotel que han abierto en la zona. Caminan juntos, suben por la pendiente hasta llegar a una moderna construcción. Más tarde, otro sherpa. También busca el hotel. Él lo acompaña. Luego, una mujer. Lolo va con ella pero protesta, se pregunta qué pasa que todo el mundo viene a preguntarle, hoy, dónde diablos queda ese lugar.

Cuatro. Camina en la nieve, un rato largo, hasta llegar al campo base. Sin embargo, ahí, no hay nada. Piensa: han quitado las tiendas, han sacado todo. Está amaneciendo y él está cansado. Piensa: me voy a tumbar un poquito, con buena luz, seguro, encuentro el campamento. Se acuesta a dormir. Allí, en un rato, lo encontrarán los argentinos: Damián Benegas y Matías “Matoco” Erroz.

Pero no todavía, porque a Damián le faltan seis horas para llegar a esa altura: ahora está en su campamento, junto con su compañero Matoco, descansando luego de hacer cumbre en el Everest. El objetivo siguiente es subir al Lhotse (8.516 metros) y al Nuptse (7.861 metros), hacer las tres cumbres sucesivas y lograr, así, un récord; pero entra una llamada de radio: es su hermano mellizo, Willie, desde el campo base, que le dice que hay un problema.

— Sé que una persona no llegó al campo cuatro: está perdida. Del resto de la expedición, cinco o seis españoles, no se sabe nada.

Y como si algo se le hubiera encendido dentro, Damián se pregunta qué hacer. Trata de averiguar dónde pudo perderse el hombre. Si salió a tal hora, si llegó a la cumbre, si la última comunicación satelital la tuvo… y después no se sabe más nada: debería estar acá.

Cuando todo haya pasado, varios de los alpinistas que estuvieron esa noche en la montaña saldrán a defenderse de las críticas por haber abandonado a un compañero, por haber dejado morir a una persona. Aclararán que ellos no fueron juntos. Dirán que eran escaladores independientes, que no estaban todos en el mismo grupo. El español Lolo, que será rescatado por los argentinos, comparte carpa con Juanjo Garra y con Juanito Oiarzabal. Garra, en declaraciones a una revista española confesará haberse sentido mal por la situación. “Me duele no haber tenido la fuerza y el coraje para ir por él. Desde el campo base nos dijeron que bajásemos, pero ésa no es excusa”. Oiarzabal, en cambio, dirá: “Yo iba solo, compartiendo el permiso de la expedición con algunos alpinistas que conocía. Pero nuestra responsabilidad colectiva se acababa en el campo base. A partir de allí comenzaba la responsabilidad personal”.

Aún falta para eso. Damián y su compañero Matoco recién salen a buscar al hombre que está perdido. Sin embargo, cuando ven a lo lejos una mancha amarilla, escuchan más cerca los gritos de ayuda: el resto de la expedición. Primero, lo urgente. Luego, deciden, irán por el cadáver. Dentro de una carpa encuentran a dos españoles: la burgalesa Isabel García y el vizcaíno Roberto Rodrigo: él, muy mal. Ciego, ¿con edema cerebral?, y con los dedos negros. El frío es como el fuego: avanza sobre la piel y quema, deja ampollas de primero, segundo, tercer grado. Si el frío llega al hueso, no queda opción, habrá que amputar.

Aunque ahora eso no se piensa, porque lo que hace Damián es sacarse la máscara de oxígeno, para dárselas. Ellos, no entienden demasiado, le preguntan quién es. Les explica: les va a pasar la máscara, vino a rescatarlos. Y ellos, entonces, dicen que no. Y Damián: “¡Estoy acá arriesgando mi vida por ustedes! ¡Ya se murió otra persona en esta montaña, no quiero que se muera nadie más!”. Pero los españoles insisten. La verdad, oxígeno ellos prefieren no tomar.

En 1978, después de que el italiano Reinhold Messner demostrara que el cuerpo humano soporta un ascenso al Everest sin ayuda, empezó la polémica. Y a pesar de que el oxígeno está clínicamente exigido para quienes suben a más de 7.000 metros; de que la Agencia Mundial Antidopaje no lo considera doping; de que éste no es un deporte reglado (no hay puntos, controles ni clasificación), en algunos lugares como el País Vasco, donde empresas y gobiernos financian a sus deportistas, el hecho de ponerse la mascarilla unos segundos puede significar la pérdida del patrocinio. Que aunque uno haya llegado a lo más alto de la montaña, otros escaladores digan que no, que esa cumbre no cuenta. La polémica existe. Y los que se oponen a esta rigidez se preguntan por qué entonces la dexametasona, un fuerte corticoide, que los españoles usan cuando sienten que no dan más, que están entrando en edema cerebral, no es doping. Y dicen también que quienes hablan de la pureza de la escalada dependen de expediciones comerciales que usan oxígeno: que suben primero y ponen cuerdas fijas que ellos, después, van a usar en silencio.

Hoy, sentado en la oficina de un negocio de ropa de un shopping de Buenos Aires, un mes después del rescate, el mate en la mano, Damián Benegas dice que en ese momento, en esa carpa, no era él. Era un ser desensibilizado tratando de salvar a otra persona. Era una máquina de reaccionar. “A veces pienso: pobre flaco el español. Pero yo tenía enfrente dos personas que no querían ser ayudadas”.

Además de deshidratación, la falta de oxígeno puede provocar cambios en los parámetros sanguíneos, daños en los pulmones, el nervio óptico, el cerebro. Puede hacer que el corazón de una persona, de un segundo a otro, deje de latir.

Escribe en su blog el español Roberto Rodrigo la crónica del rescate; él ciego, los dedos congelados: “Son argentinos. Llegan a la tienda y nos dicen que vienen a rescatarnos. A mí me colocan directamente una bombona de oxígeno (mira por dónde, yo que siempre he estado en contra de llevar oxígeno, incluso de emergencia… pero en las circunstancias en las que estoy creo que me puede ayudar a salir de aquí) y me vendan los ojos totalmente. A Isa también le quieren poner el oxígeno pero ella no quiere ya que dice que no lo necesita, se encuentra bien. Prefiere que me lo pongan a mí. La verdad es que ella estaba cansada después de tantas horas bajando, pero la conozco y sé que podía salir de allí sin él; de hecho así lo hace. Un argentino se enfada y arremete contra ella diciendo bastantes burradas (los nervios son traidores y malos consejeros, así que no le doy más importancia)”.

Un sherpa sube y ayuda a Roberto Rodrigo, ciego, con congelamientos en manos y pies a bajar hasta el campo dos, donde lo vendría a buscar un helicóptero. Isabel García baja con el iraní Mahdi Amidi.

A través de la radio Willie, que está junto con otras personas en el campamento base coordinando el rescate, le dice a Damián: “Bueno, ahora, antes de ir a buscar el cuerpo, descansá, comé algo”. Y Damián, que ahora ceba un mate caliente, dice que a su hermano le presta atención hasta un momento. “Estoy a ocho mil metros. Dejame hacer las cosas tranquilo”.

Veinte grados bajo cero de temperatura, vientos de cuarenta kilómetros por hora, Damián, campera de duvet, máscara de oxígeno, movimientos lentos como los de un astronauta, vuelve a ver a unas diez cuadras hacia arriba, lo que supone es un cuerpo muerto. La foto que no será publicada.

Cuando en la montaña un alpinista encuentra un cadáver, se acerca y lo ata a una piedra, para que el viento no lo vuele, la nieve no lo tape, para que no se convierta en un desaparecido más. “No hay nada peor para una familia que no saber qué pasó. Desconocer dónde está el cuerpo es no tener un final. Entonces uno suele ir, poner un clavo en la roca, y sacar una foto”, dice Damián.

Entonces sube y lo ve tirado, en posición fetal, y piensa en una película de terror. Por radio, se comunica con Willie, le pregunta cómo se llama esta persona. Y Willie, desde el campamento base, dice: Lolo. Y Damián piensa: voy a gritar y si no se mueve, al menos, los malos espíritus van a alejarse. Y Grita: ¡Lolo! Y el cuerpo, la mancha amarilla, a unos cien metros de él, se estremece y entonces él dice: “¡Shit!”. Porque ahora es cuando realmente las cosas se complican. A más de ocho mil metros de altura, una cuadra son diez cuadras, un paso son diez pasos y si uno se saca la mascarilla de oxígeno y no se mueve lento, como si estuviera actuando, es probable que nada salga bien.

— Willie, ¿Y ahora qué hacemos?

Y Willie, a dos meses de aquel día, sentado en una oficina de un canal de televisión, dice que el escenario es como el que se le plantea a un bombero frente a un incendio. Está apagando las llamas en el primer piso y le avisan que en el cuarto hay una vieja, sola, con su gato: nadie quiere meterse dentro de ese fuego. Cualquiera tiene un miedo atroz. El cansancio de haber hecho cumbre en el Everest el día anterior, el estrés, la poca comida (barras energizantes, mucho mate), las veinte horas que faltaban hasta llegar abajo con una persona viva, sin máscaras de oxígeno, sin una camilla. “Si el rescate no se puede hacer, no se hace. La persona quedará ahí arriba”, dice Willie aunque también dice que si uno toma la decisión de meterse en el fuego, después, es casi imposible volver atrás.

Su hermano Damián, que subió la escalera con las llamas bajo los pies, cree que no existe un código de montaña. Dice que el respeto hacia la vida es uno, que se cumple ahí, en una ruta o en el medio de un valle. “Hubo personas que me dijeron: qué bajón que al final no pudiste terminar la expedición, llegar a la cima de esas tres montañas. Y mi respuesta fue que salvamos tres vidas. Y que las tres cumbres van a seguir ahí, pienso que pueden esperarme”.

—Esperá un poco. No te acerques. Pensá bien lo que vas a hacer —dice Willie, desde lejos, ahora preocupado.

Damián, desoyendo a su hermano, se acerca a Lolo. Le habla, le pregunta cómo está. El español, todavía confundido, pide dexametasona.

— No te pongas abajo, ni al lado. Trabajá desde arriba. No te ates a él, que si se cae te lleva. ¿Ok? Anclenlo a una roca. Tenés hasta las cuatro de la tarde, Damián. Estén donde estén, el rescate termina a las cuatro y ustedes vuelven. No largués el oxígeno. No me importa: no largues el oxígeno.

Lolo abre los ojos y durante unos segundos no entiende dónde está. No siente las piernas, piensa que se cayó, que las tiene quebradas. Matoco consigue atarlo a una roca. Ahora, tienen que trasladarlo 150 metros hacia la izquierda. ¿Cómo? Como sea.

Damián, el mate en la mano, recuerda que de a ratos miraba atrás, se fijaba si su rescatado seguía vivo. “Che, Lolo, ¿estás bien? Y si no me decía nada: ya está, buenísimo, lo dejamos acá, mañana lo buscarán. Pero siempre estaba ahí; atento. Incluso preguntándonos cómo estábamos nosotros”.

Y hoy, el sobreviviente dice que si alguien que no practica este deporte, que no conoce de qué va la historia, ve cómo se arrastra a un rescatado en el medio de la montaña, puede pensar cualquier cosa. “Puede parecer que es violencia injustificada. Pero si para que reaccione hay que darle dos tortazos, habrá que dárselos”.

Pasó. En febrero de 2009, el canal 7 de Mendoza emitió una filmación del rescate fallido del guía Federico Campagnini en el Aconcagua. Los diarios hablaron de crueldad, el Gobierno provincial echó al jefe de la patrulla, el padre del guía dijo que a su hijo lo dejaron morir. “El video fue una edición de cinco minutos de un proceso que duró dieciséis horas”, dice Willie Benegas, que estuvo en el rescate. Y dice que los contextos son distintos, que no se puede analizar una situación con los parámetros de otra. Que no todo es tan simple. Que el rescatista tiene que ser directo, frío, mantener alta la adrenalina, estar en actitud de enojado. Que si se sacara un guante para limpiarle la nieve de la cabeza al rescatado y el guante se volara, habría que amputar, como mínimo, uno o dos dedos.

“Hasta que llegamos a la cuerda fija, Damián me daba unos empellones, unos empujones para arriba que eran increíbles —dice por teléfono Manuel Lolo González—. Pero no estuvo mal. Sin esos gritos, dándome besos, yo no iba a reaccionar”.

Antes de tomar el mate, Damián dice que Lolo quería vivir. Que parecía un borracho caminando en una calle desierta: se paraba y de nuevo al piso, pero que puso todo. Lo que tenía y más.

“Yo estaba seguro que si no llegaba hasta el último aliento, me quedaba ahí —dice Lolo—. En un rescate no podés poner en peligro la vida de los rescatadores por salvar a una persona que, en cierta medida, ya está muerta”. Esa persona, moribunda, era él. Y por su actitud, por la ayuda de Damián, de Matoco, de Willie, por varias cosas más, pudo sobrevivir y hoy está, según dice, eternamente agradecido. Sin embargo, no cree que Damián y Willie sean héroes. “Son buena gente. En la montaña no hay héroes. Hay personas que se juegan la vida por ayudar a alguien con un problema. Si uno los compara con gente de ciudad, son héroes. Pero nuestra escala de valores es distinta”.

Dicen varios que Lolo tuvo mucha suerte. Que se salvó porque el accidente lo tuvo en una montaña llena de expediciones comerciales como el Everest-Lhotse (comparten campo base), donde había gente como Damián y Willie Benegas, que acompañaban a unos clientes. Dicen otros que la situación ya es insostenible. Y que todo se convirtió en un gran negocio. Pese a los costos, durante algunos meses en el campamento base coinciden más de 500 alpinistas.

Para subir al Everest hay que pagar un permiso al gobierno de Nepal de 10 mil dólares, hay que pagar el oxígeno (la botella de cuatro litros comprimidos, que dura de tres a seis horas, cuesta 1200 dólares), hay que pagarles a los sherpas. Si uno sube solo, el presupuesto oscila entre 30 mil y 40 mil dólares. Si uno contrata a una expedición, entre 40 mil y 50 mil. “La montaña ha perdido su esencia. Lo peor es que la masificación y el ritmo impuesto por los intereses de las expediciones que llevan clientes hace imposible poder practicar otra clase de alpinismo”, comentó Juanito Oiarzabal a la revista española Desnivel.

Y sin embargo, más allá de la rentabilidad, del buen negocio, detrás de todos esos números, hay otra cosa que impulsa a estos hombres: algo que Manuel Lolo González llama “un veneno”; algo que llevó a que los dos mellizos criados como pescadores marisqueros en la Península Valdés leyeran y leyeran libros de alpinismo y escalasen la chimenea de su casa, y viajaran hasta llegar a la cumbre de la montaña más alta del mundo para pensar, luego, a cuál subirían después. Eso que permitiría entender la respuesta de Isabel García, luego de que Juanjo Garra y su grupo le dijeran que, a esa hora, seguir subiendo era arriesgado: llegaremos a toda costa. Eso que explicaría que después de estar 43 días en cama un hombre como el vizcaíno Roberto Rodrigo escriba en su blog: “Mi intervención se aceleró debido a una infección y después de amputarme todos los dedos de los pies, no puedo sino pensar que soy muy afortunado: los médicos consiguieron salvarme los apoyos de los diez metatarsianos”. Que otro hombre como Lolo, mientras es arrastrado en medio de la nieve, sienta envidia de quien lo arrastra, por pensar que está haciendo un admirable trabajo de rescate. Que este mismo hombre, después de haber pasado dieciséis horas delirando a más de ocho mil metros de altura, de haber perdido el dedo gordo del pie izquierdo, una falange y media del segundo, otra falange del tercero, tenga dudas sobre cómo va a reaccionar cuando vuelva a pararse frente a una montaña de más de ocho mil metros. Porque, dice, sin ninguna duda, va a volver a pararse frente a una de esas montañas.

Detrás de los números, el negocio, la solidaridad y la culpa, los golpes y los gritos, el oxígeno y las amputaciones, hay otra cosa.

Detrás, está eso que no todos llaman pasión.

La muerte se esconde ahí nomás. En un lugar oscuro, difuso, pero cercano: vaya uno a saber dónde. El 13 de septiembre de 2010, estuve a un tris de irme. Siempre estamos a un tris de irnos. Hay que conocer la diferencia y aprovecharla.

Cuanto más jóvenes somos, más inmortales nos creemos. Con el paso de los años, con la muerte de familiares y de amigos, uno se va dando cuenta de que esto, la vida, es así mientras dura.

Pero todo estaba oscuro, no había Luna ni ganas de teorizar. Estaba yo, trabado contra un arbusto, mientras pensaba: quedate quieto, esto es peligroso. Esperá que amanezca, que se vea el camino. No te muevas. Dejá que la noche pase, dejá que la evapore el sol.

Con mucho cuidado saqué la mochila, la puse a un costado y busqué la manta de papel aluminio. Me tapé y cerré los ojos. Hacía frío. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la madrugada. Sólo oía el ruido del viento, de una pequeña caída de agua, de mis dientes chocando entre sí. Tomé varios sorbos de la cantimplora y traté de dormir. Al rato, volví a mirar el reloj. Habían pasado dos minutos.

***

Después de correr once horas de una carrera de ochenta kilómetros en el cerro cordobés El Champaquí, el gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario, Cristian Gorbea, se dio cuenta de que había perdido el camino. Siguió trotando. Empezó a bajar, pastizales, pendiente, pero su objetivo era hacer una buena carrera. Estar en el percentil diez. De trescientos, entre los treinta primeros. Venía treinta y dos. Un carrerón. No quería perder posiciones.

La linterna que llevaba sobre la cabeza alumbraba lo suficiente como para saber que por ahí no podría retomar el sendero. Pero vio, delante de él, más abajo, las luces de otros corredores y pensó en agarrar un atajo. Entró en un bosque de tabaquillos. Mientras tomaba agua de un arroyo, se dio cuenta de que se había perdido. El tiempo corría. Los competidores que iban detrás de él, también. No iba a estar entre los treinta primeros. Siguió bajando, trotaba despacio. No veía nada. Pensó: Dios, cambio el podio por salir vivo de este lugar. Y el piso, bajo sus pies, pareció desaparecer.

***

Cuando amaneció, descubrí dónde había caído: una cornisa de roca, entre matorrales, de medio metro de ancho por dos de largo. Tuve dos sentimientos contradictorios. Me asomé al vacío. Ciento cincuenta metros de precipicio. Pánico. Si me caía centímetros a la derecha, milímetros a la izquierda, ahora, estaría muerto. Alegría eufórica. Por haberme enganchado en este tabaquillo. Por estar vivo.

Me duró un rato. ¿Cuánto? En una cornisa, en el medio de las sierras, con los pájaros como única compañía, el tiempo tiene otra intensidad. Se hace profundo. Fue un rato largo aunque, quizás, hayan sido pocos minutos.

De a poco recobré la lucidez y empecé a luchar contra mí mismo. Repetía: no tendría que haber caído acá. Debería haber doblado a la derecha, ido más despacio, esperar. Estaría duchándome en el hotel.

Pensé: el presente es inevitable, aceptalo. Traté de reconciliarme con el lugar. Trabajé a favor de la situación, no en contra, generando calor, no perdiéndolo en agredirme.

Dos mil trescientos metros de altura, quince grados de temperatura, apoyado en la roca, sentado en un hueco perfecto, hecho como para que yo pusiera la cola. Frente a un tabaquillo que detuvo la caída. Hacía arriba: una pared de unos tres metros, prácticamente lisa. Traté de trepar; demasiado empinada. Había musgo, algunos pliegues de cinco o diez centímetros. Imposible subir por ahí.

Volví a intentarlo.

Pensé: me equivoqué una vez y estoy vivo. No puedo empeorar una situación que ya es mala. No voy a tener otra oportunidad. Tengo que tranquilizarme y esperar. Son las seis de la mañana. A las doce termina la carrera. Hasta esa hora soy un corredor más; no el imbécil de la cornisa. A las cuatro van a dar los premios. A las cinco van a saber que no estoy, van a decidir ir a buscarme, va a ser tarde, va a haber anochecido. Van a venir, con suerte, mañana a la mañana. La noche de hoy, de nuevo, voy a estar solo. Esto es un juego de paciencia, un juego mental con un único participante.

Soy yo.

Y no quiero jugar.

***

Muchas veces, Cristian Gorbea sobrestima su capacidad deportiva. Piensa que termina una carrera en diez horas y tarda dieciséis. Su esposa Claudia Rama lo sabía.

También sabía que ahí, en el medio de la sierras, no había señal de celular. Así que cuando el domingo al mediodía su papá, Francisco, la llamó preocupado ella lo tranquilizó. Seguro no había pasado nada.

Tres horas después, Francisco repitió el llamado. Esta vez, Claudia decidió comunicarse con la hostería donde se había alojado Cristian. Un hombre que había corrido la carrera le dijo que, en ese cerro, demorarse era algo común. Ella le creyó. Su hija, no.

Desde el primer momento, Belén (18) pensó que su papá, Cristian Gorbea, estaba muerto. Santiago (14), el más chico de la familia, le pidió a su hermana que no se preocupara. Le dijo que debía estar bien. Ellos siempre miraban documentales de rescate y su papá tenía la cabeza fría, sabría qué hacer. Después de decir eso, se encerró en su cuarto a chatear con sus amigos. No salió hasta la noche.

Alrededor de las 17, la policía de San Javier los llamó por primera vez. Le pidieron a Claudia que denunciara que Cristian estaba perdido. Sin ese trámite, no podían empezar a buscarlo.

La segunda llamada distó de la primera en una hora. Y hubo más. En todas, después de atender y escuchar una voz con tonada cordobesa, que no era la de su marido, Claudia pensó que iban a anunciarle el título de una tragedia. Pero no. Nadie sabía nada.

Alberto Beúnza, amigo de Cristian, le propuso que viajaran a Córdoba, en auto, esa misma noche. Ella dijo: Mejor en avión, mañana, a primera hora.

A la una y media de la mañana, consiguió hablar con una persona de San Javier que alquilaba un avión privado. Le pidió que fuera a buscar a su esposo en ese momento. -Está oscuro, señora —le dijo el hombre—. Encontrarlo así va a ser imposible.

Esa noche, imaginando lo que iba a pasar el día siguiente, Claudia no pudo dormir. Con los ojos cerrados, rezó durante horas. Pensó en Ricardo Gorbea, el padre de Cristian, fallecido cinco años atrás. Le pidió que lo cuidara. Se tranquilizó al oír la voz de su suegro repitiendo, como en un susurro: está bien, Cristian está bien.

Los ojos cerrados, ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando se acordó del triatlón de 2004. Detenido al costado de la ruta, Cristian fue atropellado por otro ciclista. Tres costillas rotas y una fractura en la pierna.

Desde ese momento, días antes de las carreras, Claudia le cosía en una de las mangas una medallita de San Benito, para que lo cuidara.

Los ojos cerrados cuando se acordó de que vaya uno a saber por qué, justo esta vez, se había olvidado de coserle la medallita.

***

Decidí armar una rutina para no volverme loco. Revisé la comida: cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores. Bien racionada, podía durarme cinco días. Encontré un pequeño hilo de agua. Sed no iba a tener. Busqué las pilas de repuesto para la linterna. Las que llevaba se habían perdido en la caída.

Cada diez minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Cada quince, me incorporaba y con la espalda apoyada en la roca, caminaba lento hacia el hilo de agua. Gota tras gota, la cantimplora tardaba veinte minutos en llenarse.

En situaciones como ésta, el estómago se cierra, el hambre desaparece.

A lo lejos, veía un pastizal. Con el viento, los pastos se movían. Vi cuatro caballos. Vi un rancho con una ventana enorme. Vi a un Cristo en la cruz. Vi a cinco personas que parecían buscarme. Y vi, después, cómo el pasto se movía de un lado al otro y todas estas alucinaciones desaparecían de golpe. No me asusté. Me había pasado en otras carreras: el cansancio, la falta de comida y de sueño hacen que uno se imagine cosas.

Un pájaro se posó en un árbol cerca. Me miraba. Sentí su compañía. Traté de establecer un vínculo con él. Quise hablarle pero se fue antes de que pudiera decirle algo.

El tiempo no pasaba. Rezos de pedido de rescate, rezos de tranquilidad para mi familia. Pedí a Dios, a mis padres, que ya no están, a mis ángeles.

A quien sea que pueda ayudarme, le pido que lo haga.

Me angustiaba saber que mi familia me debía creer muerto. ¿Qué estarían haciendo Claudia, Belén, Santiago? ¿Qué podía hacer yo, ahora, más que pensar en positivo? Cuando nos encontráramos se darían cuenta de que sólo había sido un mal momento.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Me senté. El sol empezó a bajar. También la temperatura. A las ocho ya estaba oscuro. Prendí la linterna. Tal vez, alguien pudiera verme. Me tapé con la manta de papel de aluminio, me acosté en posición fetal. Cerré los ojos. De a ratos, los abría para ver si veía una luz en la quebrada. Pensé que, como la noche anterior, no iba a poder dormir. No sé si fue por el cansancio o la tensión, pero pude. De a ratos, pero pude.

Sueño con gente que me busca. Que se mueve en la montaña. Oigo, claro, dos personas hablando. Un hombre y una mujer. No entiendo lo que dicen. Están arriba de mi cornisa. Trato de escuchar, hago un esfuerzo y cuando me concentro oigo que las palabras se deshacen, se transforman en el sonido del viento que pasa entre los árboles.

A la madrugada me despertaron los truenos. Hacia el oeste, para el lado de San Luis, veía los relámpagos y las nubes de una tormenta eléctrica. No tenía más que una manta. Hacía frío. Si llovía, la iba a pasar mal en serio.

Sin reconocer que lo único que podía tranquilizarme era un juego mental, me acordé que en la inscripción un corredor de 68 años me había dicho que este cerro tiene un raro mineral que genera un microclima en la zona.

No va a llover. Mineral milagroso. No va a llover.

***

Desde el patio de su casa, a unos4 kilómetrosde San Javier, el bombero José Luis Altamirano, exhausto después de haber corrido la carrera en quince horas, vio allá lejos, en el medio de la cuesta, la luz de una linterna. Eran las cuatro de la mañana del lunes. Llamó a la organización. Alguien se había perdido.

Unas horas después, él y otros cinco bomberos, dos policías y gente de la organización fueron a la zona. Sabían cuál era el paraje, pero no el lugar dónde estaba el hombre. Hay quebradas, bosques, muchos árboles. Para peor, debido al frío de la noche del sábado, en la mitad de la carrera, uno de los puestos de control había cambiado de ubicación. No estaba claro el lugar donde podría estar Gorbea.

Altamirano presentía que el perdido vivía. Por más que gritara no lo iban a oír: el arroyo estaba crecido. Narcisista, el ruido del fluir del agua absorbe otros sonidos.

Altamirano quería encontrarlo. Era su primera competencia. Su tierra y el hombre perdido, su compañero de carrera. Algunos de los que buscaban no tenían radio. Era escuchar un grito y preguntar: ¿Fuiste vos el que gritó? ¿Fuiste vos el del silbido? A esto se le sumaba el ruido de los dos helicópteros y del avión que daban vuelta por la zona. Estaban en una de las cuestas cuando apareció la neblina. Con la lluvia, el frío se hizo más intenso. Decidieron suspender la búsqueda un rato y bajar a la base del cerro.

***

El lunes amaneció nublado. Cielo gris, ánimo azabache. Saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado. Lo partí en dos, me metí una parte en la boca y lo saboreé sin pensar, jugando con la lengua.

Desde arriba no podrían verme. Quizás escucharan mis gritos o el silbato, pero sólo me podía encontrar alguien que viniera desde abajo, desde el valle.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Estiré las piernas. Salté, con miedo, en el lugar.

De a ratos, las nubes bajaban, se acercaban a la montaña. No iban a encontrarme hoy. Tranquilo.

Mis ruegos a Dios, que eran internos, se fueron transformando en gritos desesperados.

¡Sacame!

¡Sacame por favor!

¡Hacé algo!

¡Sacame!

¡Ya aprendí lo que tenía que aprender!

Si hubiera sabido que nadie iba a escucharme, igual habría gritado.

***

La última vez que Lisandro Tagle vio a su amigo Cristian Gorbea fue durante la primera hora de la carrera. Corrieron juntos hasta que en una subida Cristian se alejó. Ahora, esperando en el aeropuerto de Córdoba el avión que traía a Claudia Rama y Alberto Beúnza de Buenos Aires, Lisandro pensaba qué habría pasado si hubiesen estado juntos más tiempo.

Salvo por la llamada del periodista Víctor Hugo Morales que la distrajo un poco con sus preguntas, en las tres horas que duró el viaje en auto hasta San Javier, Claudia sintió que estaba masticando un chicle de angustia.

-¿Hacía frío? -preguntaba ella.

-No -respondía Lisandro y pensaba: “Un frío helado que no te permitía dejar de tiritar”. Se imaginaba a Cristian con la cadera quebrada, en el fondo de un lecho. Muerto, después de un ataque cardíaco. Veinticuatro horas era demasiado tiempo como para que estuviese perdido.

Lisandro y Alberto hablaban y hablaban. Los llamados de la gobernación, de la policía, al celular de Claudia relajaban, un poco, el clima denso en una ruta sinuosa, elevada junto al precipicio, que parecía no terminar nunca.

Cuando llegaron a la posada donde se había hospedado Cristian, Claudia vio en el estacionamiento el Volskwagen Gol verde, cuatro puertas, alquilado por su marido. En ese momento, empezó a sentirse protagonista de una tragedia.

Podría haberse quedado llorando. Nadie la habría culpado. Pero, en cambio, fue a la estación de policía a declarar, coordinó la búsqueda del helicóptero y el avión privado, pensó en la posibilidad de que lo encontraran herido y llamó a la obra social para que le consiguiesen un médico. Así, pudo sentirse útil, ocupada en algo.

Mientras, atendía las llamadas de amigos y familiares. Algunos la reconfortaban. Otros le decían que su marido estaba loco. Una de sus amigas arriesgó: “Seguro está muerto”.

Lisandro y Alberto recorrían el pueblo de San Javier buscando baqueanos. Encontraron tres. Les dieron cien pesos a cada uno, les pidieron que encontraran a su amigo. Después, fueron a la estanciaLa Constancia, al pie del Champaquí. Quizás, ahí, alguien supiera algo.

Desde Córdoba, estaba llegando un camión con cuatro perros Golden retriever olfateadotes. La policía le dijo a Claudia que había que ir a buscar ropa de Cristian para que los animales pudieran reconocer su olor.

Los mensajes de texto de su hijo: ¿Apareció? Las remeras, prolijas, una arriba de la otra. El cepillo de dientes. Llenar la valija vacía. Levantarle el cuarto a un muerto. Pagarle a la mujer de la posada la noche que su marido, ¿muerto?, había pasado en una cornisa. Descubrir que ese pensamiento, ya aparece, para adentro, ya aparece, repetido, ya aparece, silencioso, ya aparece, no era más que un deseo fútil.

***

Me entreno desde hace veinte años. Corro carreras de aventuras. Hice trekkings que duraron una noche entera. Vi, junto a mi hijo Santiago, decenas de documentales de rescatismo. Eso me ayudó.

Estaba en un lugar que podía aguantar mi peso. Tenía comida y agua. Perderse formaba parte de las reglas del juego. Y para jugar, uno empieza por aceptarlas. Conozco montones de historias de gente que se equivocó de camino, que se rompió una pierna, que no pudo llegar. Tranquilo.

Me acomodé contra las rocas y pensé en mi familia. En el día en que me casé, los nacimientos de mis hijos, los trabajos que tuve, la escalada al Aconcagua, las carreras de expedición. Pensé en la charla en la que Fernando Parrado contaba su supervivencia en Los Andes. Él pudo sobrevivir en condiciones mucho peores. Pensé en mi mamá, en mi papá, ya fallecidos, en los buenos momentos que pasamos juntos. Pensé que había tenido una vida plena. Pensé que si alguien me decía que éste era el final, mi respuesta hubiera sido que no me arrepentía de nada.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio.

Creí oír un ruido. Temí otra alucinación, pero un helicóptero, negro, pasó real sobre mi cabeza.

Más gritos: desesperados.

Por favor.

Que alguien.

Quién sea.

Me escuche.

***

Al ver la cara de preocupación de los dos hombres, Luis Dorado, dueño de las1.200 hectáreasde la estanciaLa Constancia, recordó, en un destello de intuición, los cóndores que esa mañana había visto revolotear sobre la cuesta de las cabras. Pensó: el hombre ya es carroña. Y mandó a dos baqueanos. A ver si encontraban algo.

Gabriel Ledesma subió con su compañero Darío “Peco” Díaz y Felipe, un perro cruza de ovejero. Conocía la zona, pero no mucho. El precipicio lo impresionó. Ciento ochenta metros de caída. Una sensación extraña, un vacío en el estómago. Le pidió a Peco, si no le sacaba una foto con el celular.

Por encima de sus cabezas, pasó el helicóptero. El grito. El eco del grito. Gabriel no supo si era Cristian o un lugareño que buscaba al corredor. Otro grito.

Era Gorbea. No había duda. Pero dónde estaba. El gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario prendió su linterna. Detrás de un árbol, Gabriel vio la figura. Lo había encontrado.

Subió por la cuesta hasta llegar al lugar donde el piso había parecido desaparecer. Trató de ver a Gorbea. No pudo.

—No te veo.
—Estoy acá.
—Quedate ahí. Tranquilo. Ya avisé por handy a los bomberos. Yo me quedo con vos. No me voy hasta que te rescaten. Si me tengo que quedar toda la noche, me quedo toda la noche.

Cuatro metros más abajo, de pie en la cornisa angosta en la que había pasado las últimas cuarenta y dos horas, sin un rasguño, emocionado, Cristian Gorbea lloraba.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, el bombero José Luis Altamirano agarraba el brazo del hombre atado con un arnés de soga naranja. Ahora, lloraban todos.

—Yo entiendo mi llanto, pero no el de ustedes. No me conocen —dijo Gorbea.
—No te imaginás lo que sentimos al encontrarte vivo —respondió alguien.

Cuando Claudia Rama llegó a la estancia La constancia encontró a su marido, la ropa sucia, tomando un plato de sopa. Gorbea no entendía qué hacía su esposa, sus amigos, la gente del banco en ese lugar. Parecía metido en una película. No hablaba de la cornisa, de las cuarenta y dos horas, de las alucinaciones, los ruegos, la tormenta eléctrica. Relataba la caída. Decía: “Iba treinta y dos en la general”. Como si eso fuera lo importante.

***

Estoy viviendo tiempo gratis. Fue un milagro. Lo cuento y no lo entiendo.

Pero todos sabemos que vamos a morir y lo negamos, cada día, al levantarnos de la cama.

Aunque cambié: soy más solidario. Trato de ayudar a otros en lo que puedo.

Antes, los bomberos me parecían unos tipos que trabajaban en un cuartel apagando incendios; ahora, son héroes.

Intento pasar más tiempo con mi familia.

Intento disfrutar los momentos. Pero, ¿no tratamos todos de disfrutar los momentos?

Las rabietas, por problemas de trabajo no desaparecieron. Sin embargo, cuando me broto, vuelvo a la cornisa. Trato de pensarme allá. Con mi barras de cereal, el frío. Sin saber cuándo iban a venir a rescatarme. Comparo situaciones. Y el enojo, de a poco, se apacigua.

Aprendí la lección. Pero competir es mi vida.

Mi trabajo incluye presión. Correr me relaja, me carga de energía. En los últimos veinte años me entrené, en promedio, cuatro veces por semana. Con picos de nueve entrenamientos y con días que no pude, por razones laborales.

Voy a tomar más recaudos. Pero no voy a dejar de competir. No puedo.

En septiembre voy a volver a Champaquí. Voy a volver a correr los ochenta kilómetros. Esta vez, con José Luis Altamirano. Yendo al lado de un bombero, no voy a  perderme.

Pensé mucho sobre lo que me pasó en el cerro. Esto es como una pizza grande: podés comerla, pero te lleva tiempo digerirla. ¿La conclusión? Me pido a mi mismo, le pido a Dios, no olvidarme de lo que pasó. Sin embargo, tenemos la inercia de vivir negando la muerte.

Nuestra cabeza funciona así: yo sigo siendo inmortal.

No somos inmunes a la muerte de otro. No importa si no lo conociste. Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer. El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros. Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte. Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona. Dentro de nosotros, también.

El escalador italiano Reinhold Messner decía que las grandes montañas no son justas o injustas, simplemente son peligrosas. Los escaladores sabemos que, cuando salís a la montaña, la muerte es una posibilidad. Creo que aunque sea inconscientemente todos lo saben. Ahí está el desafío. Si no hay riesgo, el desafío no existe.

Los padres de algunos chicos no entienden la pasión de sus hijos por la montaña. En esos casos, es más difícil aceptar la muerte. Aunque no sé si existe un caso en el que sea fácil aceptarla.

Cuando atendés el teléfono y alguien te avisa de una avalancha, no hay espacio para miedos, nervios ni reflexiones. Una descarga de adrenalina te cae sobre los hombros. Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuerpo, se escapa para adelante. ¿Cuánta gente tenemos? ¿A qué distancia estamos?  ¿Hay camionetas? Los sentimientos se borran o, mejor dicho, se adormecen por unos días; se ocultan detrás de la euforia de la concentración metódica. El cirujano opera en el quirófano. El rescatista, donde sea, organiza el rescate. Hay poco tiempo. O, lo que no es lo mismo pero se le parece, hay personas que ahora están vivas. Que lo sigan estando depende de que nos apuremos.

***

El primero de septiembre de 2002, en la planta baja de la casa, el teléfono sonaba desesperado. En el primer piso, el médico e instructor de ski Ramón Chiocconi, que había vuelto temprano del cerro Catedral, donde trabaja como responsable médico de las pistas, pensó en no atender. Algo lo hizo cambiar de idea. Bajó la escalera y levantó el tubo.

—Avalancha en el Ventana —escuchó—. Hay entre diez y doce desaparecidos.

Y la cabeza, como si no estuviera unida al cuello, se le escapó para adelante. Con lo que le quedaba del cuerpo, pasó a buscar a un amigo.

Desde hace veinte años, Chiocconi es uno de los cien voluntarios que integran la comisión de auxilio del Club Andino de Bariloche. Ninguno cobra: todos ponen su equipo, su tiempo, su experiencia. A veces, reciben donaciones que usan para comprar cuerdas, cascos o camillas. En la Comisión no hay jerarquías ni reglamentos. Los voluntarios tienen otros trabajos. La decisión de acudir a un llamado es una cuestión de compromiso interno. Pero, frente a un problema, siempre hay de diez a treinta personas listas, preparadas para ayudar.

Mientras iban en el auto, pensaban qué había pasado en avalanchas anteriores. Siempre, o la mayoría de las veces, las víctimas estaban en el depósito final: la nieve se acumula a los pies de la ladera y allí, sepultados, quedan los escaladores.

En la sede del Club Andino se encontraron con otros voluntarios. Fueron hasta el cerro, donde se cruzaron con bomberos que iban en cuatriciclos. Así, pudieron subir, más rápido, por el bosque.

Al llegar al cauce, el lugar de la avalancha, encontraron una especie de río, de un kilómetro, con depósitos a diferentes alturas. Había sol, estaba despejado y no hacía demasiado frío. Un depósito final, enorme, y otros intermedios, más chicos. Imposible saber dónde buscar.

***

Después de una avalancha, cuando la nieve frena, más del 90% de las personas sepultadas están vivas. Sabemos por estudios que a la media hora, debido a la asfixia, ese porcentaje cae al 40%. A veces, la hipotermia protege. Si el cuerpo se enfría muy rápido, la necesidad de oxígeno de las células es menor y la persona puede sobrevivir por más tiempo.

Las estadísticas marcan que a las dos horas de producida la avalancha, sólo el 8% de los sepultados está vivo. Pero, ¿quién nos asegura que en el próximo rescate no entren todos dentro de ese pequeño grupo? No podés anticiparte. Hay que ir al lugar y buscar. Una vez que sabés dónde está el cuerpo, ubicar la cabeza y liberar la vía aérea. Es importante que en el grupo haya un médico o un guía experimentado que evalúe si delante de la cara, bajo la nieve, hay una cámara de aire: un pequeño espacio que le permita al sepultado respirar. El pronóstico cambia radicalmente.

Cuando las personas sepultadas son varias, hay que actuar rápido. Demora significa muerte. Si pasaron noventa minutos y encuentro a alguien sin pulso: o se murió por asfixia o está bajo hipotermia. En ese momento, hay que tomar una decisión. Se intenta salvar a esta persona o se sigue para encontrar a otros. Si no tiene cámara de aire, mejor buscar a los demás: tienen más chances de estar vivos.

***

¿En cuál de todos los depósitos buscar? No había tiempo para reflexiones. A un costado del bosque, Chiocconi fue a atender a tres heridos. Uno de ellos estaba bien. El segundo, Nicolás Lemos, tenía traumatismo de cráneo. Martín, su hermano mellizo,  fractura de pelvis. Era el más grave. Chiocconi habló con él durante unos 45 minutos. Le puso oxígeno y suero. Lo mejor hubiera sido trasladarlo. Pero no había forma. De a poco, el cuadro se fue agravando hasta que el chico murió. Seguramente, por una hemorragia interna.

Llegaron más voluntarios, y Chiocconi pasó a estar encargado de la evaluación de los heridos. Tres veces tuvo que certificar la muerte. Mario Sebastián Tapia, Paolo Jesús Machello, Oscar Fabricio Vaccari. Eran adolescentes de 18 y 19 años. Y había que seguir buscando.

Para poder cubrir la zona de una manera más o menos lógica, los voluntarios se dividieron en grupos. De cinco, ocho, diez personas. Una al lado de la otra, como en una barrera de fútbol. Con una sonda de caño, pinchaban la nieve.

Trabajo lento.

Un paso. Clavar la sonda, sacarla. Otro paso. Clavar la sonda, sacarla. Cuando uno toca una piedra, se siente rugoso y duro. Si es una rama, se siente distinto. Si hay enterrada una persona, la sensación, para alguien con experiencia, es inconfundible.

Sin embargo, esa tarde, hubo muchas alarmas falsas.

***

En el momento lo tomás con relativa naturalidad. Estás ahí, en ese lugar. Hacés lo que hay que hacer. En realidad, las limitaciones son gigantes: hacés lo que podés. Lo más terrible es decirle a la familia de alguien perdido en la montaña que la búsqueda se va a detener. Pero, a veces, el riesgo de avalancha continúa. Y nuevos muertos por buscar casi cadáveres no tienen sentido.

Dos o tres días después de un rescate en el que murió gente, la anestesia que dormía los sentimientos empieza a desaparecer. Surge el cansancio. Un cansancio brutal. Mental y físico. Es difícil de explicar la frustración por no poder devolverle a la familia una persona viva, mezclada con la tristeza por la muerte. Te pesa hasta la piel.

Uno maneja la angustia como puede. Tenés que contarlo, hablar, sacarlo afuera. Porque es acumulativo. Es como si te fueras cargando muertos arriba de la espalda. Y, aunque se diga lo contrario, con el tiempo no te hacés más resistente. Te volvés más trágico. Ahora, por ejemplo, que estoy acá sentado acordándome de esto, lo siento: sin que yo haga nada para que pase, cambia mi tono de voz.

Siempre digo que no tiene sentido aparentar dureza, simular que a uno estas cosas no lo afectan. Todos sufrimos igual. Lo importante es que el dolor, esa mezcla ácida que se extiende por las venas, no nos quede dentro del cuerpo.

***

Sin embargo, esa tarde, no todas las alarmas fueron falsas.

En la nieve se había formado un cañadón. Los rescatistas bajaron. Al rato, uno de ellos quiso subir por una pared de hielo. Para hacerlo más fácil, pensó en tallar escalones. Picó y encontró una mancha marrón. Siguió picando. Era el pelo de Adrián Mercado (18), que ya había muerto. Mientras lo sacaban, alguien creyó escuchar un grito.

—¡Silencio! — pidieron.

Iban cinco horas de búsqueda. Las chances de haber oído lo que parecía un pedido de auxilio eran inverosímiles. Los ruidos de treinta personas que no querían hacer ruidos. El sonido del viento. Y de nuevo, el grito.

Liliana Alonso, novia de Mercado, sobrevivió después de estar enterrada durante más de cinco horas. Había quedado en una posición en la que un brazo le cubría la cara. Así, pudo respirar. Estaba bien abrigada. La primera imagen que vio al salir de la nieve fue la de su novio congelado.

A las tres de la mañana, después de diez horas, los organizadores suspendieron la búsqueda. Podía haber más avalanchas y las posibilidades de encontrar a alguien vivo eran prácticamente nulas. De cualquier modo, un grupo, con bolsas de dormir, se quedó a hacer una guardia. Chiocconi bajó al pueblo. Fue al hospital a ver a los heridos. Unas horas más tarde, ya en su casa, intentó dormir. Se quedó acostado hasta aceptar que no iba a poder hacerlo.

***

Muchas veces volví a pensar en aquella tarde. Muchas otras, lo hablé con amigos. Qué habría pasado si hubiéramos buscado más en este lugar, si nos hubiésemos quedado otros quince minutos en aquel. Pero sería como hablar de la carrera después de que el último cruzó la meta. No había un equipo armado esperando que esto sucediera. El grupo se organizó la tarde en que sonó la alarma. Se hizo lo que se pudo y de la mejor manera. Y se hizo muchísimo.

Un operativo de siete días en el que participaron 742 personas. Una presión mediática inmensa: fue tapa de todos los diarios del país, había cámaras de cada uno de los canales de televisión de Buenos Aires.

Con pequeños cortes, lo que pasó esa tarde me quedó grabado, casi como si hubiera sido una película.

***

En la peor tragedia del andinismo argentino murieron Mario Tapia, Paolo Machello, Adrián Mercado, Martín Lemos, María Gimena López, Fabricio Vaccari, Antonio Díaz, Roberto Monteros y Gimena Padín cuyo cuerpo fue encontrado dos meses después de la avalancha, una vez que se derritió la nieve. Siete personas sobrevivieron a la avalancha. Además de la Comisión de Auxilio del Club Andino, en el rescate participaron Gendarmería, Parques Nacionales, Defensa Civil y dos cuarteles de bomberos voluntarios.

En mayo de 2005, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de General Roca condenó al guía y profesor que conducía el grupo, Andrés Lamuniere, a tres años de prisión de cumplimiento efectivo e inhabilitación por diez años para ejercer como docente o guía de montaña. El cargo: homicidio culposo agravado por el número de víctimas fatales y lesiones culposas.

***

Los voluntarios sabemos que no quedamos en deuda con nosotros ni con los demás pero, de cualquier modo, la situación es triste.

Poco tiempo después de la avalancha, empecé a dar clases en la universidad y tuve como alumnos a algunos de los chicos sobrevivientes.

Nunca dudé de si seguir trabajando en esto. Aunque reflexioné mucho sobre esa, noche sobre lo importante de transmitir lo que fui sintiendo. A los chicos que recién empiezan, suelo decirles que lo fundamental es aprender a sacarse el sufrimiento de encima; para que, con a las palabras, de la boca también salga esa sensación horrible que los psicólogos llaman angustia.

7 horas 40 minutos

Publicado: 26 noviembre 2010 en Federico Bianchini
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La carrera ya empezó y yo todavía no me puse los pantalones cortos, ni la pechera reglamentaria. No, no estoy soñando. Tengo los ojos abiertos y ni siquiera siento que deba apurarme. En realidad, falta más de un mes para la largada pero acabo de recibir un mail donde me confirman la inscripción en la ultramaratón de 80 kilómetros de San Martín de los Andes, la primera de este tipo en la Argentina. Algunos piensan que las carreras empiezan uno o dos días antes de la largada, yo creo que al menos mentalmente arrancan cuando te anotás.

Se vienen días complicados. Días en los que me concentro y no quiero ver a nadie. No quiero que me pregunten cuánto voy a tardar, por dónde es la carrera, cómo estoy. Solo. Quiero estar solo. Enfocarme en cómo voy a reaccionar en cada momento, en la manera de regular los tiempos y las distancias. Nunca corrí 80 kilómetros sin parar. Gané carreras combinadas, como el tetratlón de Chapelco, pero no es lo mismo.

Va a ser una experiencia linda. El camino lo conozco. Nací acá, en San Martín de los Andes, hace 32 años. Estoy acostumbrado a andar en la montaña, a los distintos tipos de suelo, las diferentes clases de piedra. Muchas veces, cuando uno camina por los cerros, no les presta atención a estos detalles, pero en la carrera son importantes para anticipar lo que va a venir.

No me voy a encontrar con nada raro. Eso ya lo sé. Lo raro va a ser estar rodeado de tanta gente. Suelo ir solo, o con 10 ó 20 corredores. Esta vez vamos a ser 121 en los 80 kilómetros y dicen que en total, sumando a los de las otras categorías, hay casi mil inscriptos. Me entusiasma: la gente te alienta, te da ánimo si te ve caído. Hay mucha caballerosidad deportiva. También, por qué no decirlo, hay mucha locura. Sana locura. La carrera más larga en las olimpíadas tiene 42.500 metros y nosotros vamos a correr 80.000.

Aunque pocos lo admitan, este tipo de distancia es cosa de locos. Pero dicen que los locos saben disfrutar y ver de otra forma. Y también, aunque en voz bastante baja, dicen que, por miedo, los cuerdos se pierden demasiadas cosas.

Largada

Son las seis de la mañana. No nieva como habían pronosticado, pero garúa y hacen cuatro grados bajo cero de sensación térmica. De cualquier manera, el clima no cambia las cosas. Estoy preparado. No voy a rendir menos por esto. Sólo espero que no se largue una tormenta. Somos muchos. La música de los parlantes, el locutor. Las ganas de arrancar. La energía se siente en el aire.

Gritos. La cuenta inicial, cuatro, música a todo lo que da, tres, me persigno, dos, a dejar todo, uno. Salimos. Adelante, una moto nos marca el camino.

Cuatrocientos metros tranquilos y, luego, después del polígono de tiro, la primera subida. Voy trotando. Muchos me pasan. Corren como si volaran. Como si no supieran que la carrera es de 80 kilómetros. Si largás muy rápido, en algún momento la vas a pagar. Depende de tu entrenamiento, claro. Pero, por lo general, eso es lo que pasa.

Llevo musculosa, remera de manga larga, una mochilita y la pechera reglamentaria. En las piernas, medias de compresión para que la sangre circule y no se me hinchen los pies. Y en el gemelo derecho, dos parches antinflamatorios. El médico fue claro. El músculo no da más. Puede desgarrarse a los 200 metros, a los mil, o soportar toda la carrera. En la semana fui a hacerme masajes y no dolió. Lo siento tenso. Un parche a lo largo y otro a lo ancho. Voy tranquilo. Sólo pienso en el gemelo derecho. Lo pruebo despacio. En las pendientes muy empinadas trato de caminar. Subo, no molesta. Bajo sin sentir nada especial. Estoy esperando el tirón, un pinchazo profundo. Pero no aparece y, de a poco, voy tomando confianza.

Aún no amaneció, pero todos llevamos una lámpara frontal en la cabeza, como los mineros. Se ve bastante y como somos un grupo de diez corredores podemos ir anticipando lo que viene por cómo se mueve el de adelante.

Pasamos cerca de la laguna Rosales y entramos en una senda empinada. El viento viene de frente, corta la velocidad, tira para atrás. Acabamos de arrancar, estoy entero. Pero el desgaste mental es importante: ¿Qué va a pasar, después, si este viento sigue en la Pampa de Trompul, donde no hay un solo árbol?

Llego al filo con un grupo de diez corredores. Trato de no hablar mucho, pero ellos saben que soy de acá y preguntan. Y si uno pregunta, otro responde. Quieren saber si la planicie que viene es realmente plana y yo digo que sí. Ahora hay que ver qué consideran ellos plano. Para el que vive en Buenos Aires, plana es la ruta. Acá el plano tiene sus desniveles y no es lo mismo el plano en tierra, que en pasto, que en asfalto.

Puesto Colorado I (kilómetro 26)

Puesto de hidratación. Hay comida caliente, pero no. Sólo tomo un poco de agua. Desayuné fuerte: yogurt, banana, mate cocido y dos latas de un suplemento alimenticio: cada una reemplaza una comida. Durante la carrera voy a gastar entre diez mil y doce mil calorías. Sin embargo, estoy acostumbrado a ir con el tanque al límite y decidí seguir una estrategia a base de geles energéticos. Uno cada hora. Son dulces y de distintos gustos: vainilla, menta, chocolate.

En este puesto, algunos corredores tienen una bolsa con ropa extra que entregaron a la organización antes de la largada. Se cambian las zapatillas, las medias, la remera, llenas de transpiración y de lluvia. Yo sigo. Estoy acostumbrado a ir así. Soy medio arrabal, voy con lo que tengo y me aguanto.

Deja de llover. Un conocido me dice que estoy a un cuarto de hora del puntero, pero que a cinco minutos tengo a cuatro corredores. Trato de no hacerme la cabeza. Todavía quedan más de cincuenta kilómetros. Sigo tranquilo, con el mismo ritmo, mantengo la intensidad.

Atravieso varios mallines con bastante agua. El mallín es engañoso, zona de pantanos, si no conocés y pisás mal te hundís hasta la rodilla. Voy saltando, los paso sin problemas aunque veo a un par de corredores a los que se les complica. El objetivo es llegar a Quilanlahue.

Estoy entrenado para tramos largos. Es una fija: a partir de las dos horas me empiezo a sentir un poco mejor.

En 1996 y 1997 gané el tetratlón de Chapelco. El año siguiente fui a correrlo sabiendo que si lo ganaba tres veces seguidas me daban una copa. Salí segundo porque estuve todo el tiempo pensando en esa copa: no en mí, no en la carrera. Podría haber quedado último o primero, pero disfrutando la experiencia. No la disfruté. Me dolió mucho haber modificado mi forma de pensar por un trofeo. Y me prometí no volver a hacerlo. No lo hice y tampoco lo voy a hacer hoy. La respiración se agita, pero el cuerpo aguanta. ¡Vamos! ¡Vamos que vas bien! ¡Disfrutala que podés! ¡Vamoooos!

Puesto de Quilanlahue I (Kilómetro 34)

Puedo parecer medio loco, pero durante la carrera hablo solo. No soy el único. Hay que alentarse en los momentos buenos. Y un reto, en los malos, no viene mal. Hay que escucharse y escuchar al cuerpo. Algunos dicen que si no corren con música, la respiración los cansa. Puede ser. Cada uno tiene su técnica. Yo prefiero oír el bosque, el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia.

Entro en el puesto de Quilanlahue, un enorme galpón de gendarmería y veo a uno de los chicos de la organización que abrigado ceba mate. Me imagino lo cómodo que debe estar, calentito, mirando a los que pasan y tengo ganas de quedarme acá, pedirle si no me hace un lugar, me ceba uno. Pero ya va a haber tiempo. Ahora, hay que seguir.

Trabajo con el reloj. En el entrenamiento, desde acá hasta Quechuquina tardo una hora y diez. Voy a tratar de hacerlo en una hora y media. Chequeo cómo voy. Si estoy bien, acelero. El reloj sólo sirve para compararme con el entrenamiento. Si lo uso con otro sentido, si me fijo qué hora es, cuánto falta, empiezo a quemarme: a pensar que el tiempo es como un líquido, que se acaba de a poco; y me desespero.

Puesto de Quechuquina (Kilómetro 46)

Hace tres años perdí a papá. Rodolfo Martín Muñoz. Él también competía; aunque arriba de una bicicleta. En esa época yo era muy chico: no llegué a verlo. Pero los que lo conocieron, dicen que era pura garra. Que no paraba, le metía y le metía, hasta el final.

Cuando empecé a correr, a los 16 años, iba conmigo a todas partes. Era llegar a los últimos doscientos metros y mirar, detrás de las vallas, para buscarlo entre la gente. Estaba ahí. Lloviera, hiciese dos grados o cuarenta, él estaba ahí. Esperándome. Y si me lo cruzaba, en el medio de una carrera, me decía como un reto cariñoso: dale, no jodás, vamos que acá tenés que dejar todo.

Y ahora, que me acerco a un lugar adonde él no va a estar, lo extraño. Falta una imagen, hay un espacio vacío. Pero te pido una ayuda, pá. Y sé que vos me la mandás. Te pienso y me siento bien, me siento acompañado.

Quechuquina. Fotógrafos y el pibe de la revista que me sigue desde hace varios días. En el puesto me dicen que no pare, que siga, que acá cerca tengo a tres corredores. Tranquilos, todavía falta bastante. Agarro un manojo de pasas de uvas, una banana y caramelos de miel. Me preguntan si quiero llevarme agua. No la necesito. A unos kilómetros hay un arroyo, donde puedo tomar. Corro un rato pero, después, camino mientras como la banana. Viene una subida de 25 minutos y tengo que cargar energías.  Troto. Los músculos vienen al límite, el gemelo derecho duele desde hace un rato. Los pinchazos se van esparciendo por toda la pierna como si quisieran desconcertarme. Duele todo. Estoy cansado, ya van más de cinco horas de carrera. El endurecimiento de los gemelos se empieza a extender hacia arriba y se transforma en un pequeño calambre que no me deja seguir. Freno. Elongo un poco, tomo agua, como unas pasas de uva y vuelvo a caminar. Trato de no ir rápido, pero adelante lo veo a Facundo Romero y, casi sin pensarlo, estoy corriendo otra vez. Lo paso, le saco diez metros y el cuerpo me vuelve a avisar. Tan rápido, no. Pero no le aflojo, sigo. A lo indio.

Voy dejando atrás a Romero. Cuando agarre el plano, el dolor se va a ir, pienso. Pero el plano llega y la molestia sigue estando. Siguen, chiquitos, los calambres en el gemelo y se me escapa alguna lágrima. Hasta que llego a la naciente del río Quilanlahue, quince metros de ancho, treinta centímetros de profundidad, y meto los pies y me siento como esos beisbolistas que después de haber jugado entran en enormes piletas con hielo. En 15 segundos, el tiempo que tardo en cruzarlo, las piernas se enfrían, los músculos se relajan, el dolor de las rodillas, los tobillos, las plantas de los pies se va yendo. ¡Dale, que podés! ¡Dale que podés!

Pampa Trompul (kilómetro 66)

Al principio corrés contra 120 corredores. Después, los otros desaparecen y te enfrentás contra vos mismo. Hay que aguantar. Si vas adelante, el esfuerzo es doble. Hace un rato, en Colorado, me dijeron que estoy séptimo. Arranqué demasiado tranquilo. Me va a sobrar resto. Debería haber empezado un poco más fuerte pero el posible desgarro me frenó. Tarde. Ya no puedo hacer mucho. Miro para atrás, no veo a nadie pero sé que están ahí. Y sé, también, que si me canso, freno o me tuerzo un tobillo, me van a pasar como a un poste. Me cruzo con corredores de la categoría de 50 kilómetros que me gritan: Vamos, loco, vamos. Voy a dejar lo último que queda.

Tengo hambre. Saco un gel de la mochila pero apenas lo veo me dan ganas de vomitar. Los dos primeros son ricos. El tercero aburre y el séptimo es una pasta inmunda. Igual, trato de abrirlo, algo tengo que comer, pero me asqueo y lo guardo. El cuerpo viene vacío. Por eso los calambres. Es el riesgo de hacer una estrategia de geles. Llovía, había viento, tampoco podía parar a comer y enfriarme. Queda menos. La rama que antes no sentía, ahora la siento. La piedrita que se me metió en la zapatilla, parece un adoquín. Me molestan cosas a las que antes no les daba bolilla. Pero queda menos para la llegada. Para encontrarme con mi vieja, mi hermana, mi sobrino. Los muslos pesan. Ya no salto los troncos como un ciervo, parezco una señorita: primero una pierna, después la otra.

Puesto Bayos (74 kilómetros)

Me preguntan cómo estoy. Entero, cansado, roto, pero con buen ánimo. Queda menos. Desde acá, es todo bajada. No voy a poder pasar a nadie. Ya está. Ahora, tengo que cuidarme. Bajás rápido, el cansancio, las molestias, pisás una piedra, te duele todo, te torcés el tobillo y la carrera termina ahí. Y después, la lesión.

Si alguna vez me dijeran que no puedo correr más, me pasaría como a los árboles: empezaría a morir por dentro. Me volvería loco. Tres días sin entrenar y ya estoy nervioso. Pero atento, me fijo dónde pongo los pies; sé que puedo hacerlo.

El tiempo y la distancia los sacás de la cabeza. No existen. Son pocos kilómetros pero si los pienso, no los hago. Pensé en la copa y salí segundo. Ahora, sólo trato de disfrutar. Si gano, mejor. Pero el disfrute, después, dura cuatro o cinco minutos y en cuarenta días, nadie se acuerda quién gano la carrera. Estoy entrenado para la multidisciplina: kayak, ski, mountain bike y hoy compito contra atletas que sólo corren. Lo lindo es llegar.

San Martín de los Andes (79,5 kilómetros)

Se está terminando. Estoy terminando los 80 kilómetros en algo más de siete horas y media. Es tremendo. Por suerte se me dio todo. Dolor hay, pero no se siente.

Dejo atrás la tierra. Entro a las calles pavimentadas del pueblo y me cruzo a mucha gente conocida. Largué un poco lento, pero no importa. Cumplí el objetivo que era llegar. Quedé séptimo. El médico fue claro. Por suerte, el gemelo resistió. Escucho los anuncios del locutor, en la costa del lago, y veo las carpas en la llegada; sólo faltan dos cuadras. La gente grita: ¡vamos! ¡Vamos que no falta nada! ¡vamos! Ya está. Pienso que puedo, y acelero hacia la meta.

Cuatro horas después de terminar la carrera

Cruzás la línea de llegada y el dolor te cae encima de golpe. Pero no hay que quedarse quieto porque por dentro el cuerpo sigue corriendo. Caminé las cinco cuadras que separan el lago de mi casa. Llegué acá, y comí enseguida. Lo ideal hubiese sido fideos o ravioles, para recargar energía. Pero tenía hambre y no iba a esperar que el agua hirviese. Comí lo que encontré en la heladera: pollo, ensalada rusa y papas fritas.

Me bañé y fui a hacerme unos masajes en las piernas. Ayudan, pero si camino diez metros, duele todo. A cuatro horas de haber terminado la carrera, no puedo ni elongar. Me agacho y siento como si los músculos fueran elásticos viejos a punto de rasgarse. Si estoy quieto, siento puntadas. Si me enderezo es peor. Y mañana, la incomodidad pura.

Los médicos dicen que en este tipo de competencias la última fibra se recupera un mes después de que dejaste de correr. Lo ideal sería reposar treinta días, pero quién puede. Ni los profesionales lo hacen. El cuerpo está cansado, sin embargo la cabeza necesita seguir entrenando. Además, el lunes tengo alumnos a la mañana. En verano y otoño, entreno gente. En invierno, trabajo en las pendientes como sillero o auxiliar de pista: siete u ocho horas arriba del cerro, y después bajo y salgo a correr.

Mañana, voy a andar un rato en bicicleta para hacer circular la sangre mala y sacar el torrente de ácido láctico que se generó por tanto desgaste.

Hasta hoy, el cuerpo estaba tranquilo. De golpe, se movió todo y luego otra vez la quietud. Un temblor, como los que hubo acá en San Martín de los Andes hace pocas semanas, sólo que interno pero con las mismas consecuencias.

Temblor de músculos y de venas, que cuando llega la calma terminan de desmoronarse.

8 horas 17 minutos

Publicado: 9 julio 2010 en Federico Bianchini
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Me llamo Damián Blaum. Tengo 28 años, y descalzo mido un metro setenta y seis, desnudo peso setenta kilos, y por así decirlo ahora estoy desnudo, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las cinco menos cuarto de la madrugada, sólo dormí dos horas, y a las siete menos diez tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.

Muchas veces sueño con que llego primero a la meta. Otras tantas, con que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora trato de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.

Ayer llovió. Hoy, el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una carrera de 88 kilómetros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tranquilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizás llueva. Hace unas horas, en la charla técnica el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hace. Espero que no se suspenda. Es dura, pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.

Largada

Domingo. Nueve cincuenta y cinco. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro grados. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.

Estamos todos, los 21 nadadores, en una misma línea. La veo a Esther, mi novia, que también compite. Le sonrió. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.

El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el ritmo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude, desaparecen. El río está rápido en serio. Va a ser una carrera corta.

Las primeras cinco horas hay que pasarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepciones, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.

Una hora veinticuatro minutos

No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Langone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el alemán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizás alguien sin experiencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostumbrado.

Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato nacional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora. Sigo primero.

Freno a tomar agua.

–¿Voy por acá? –grito y señalo hacia adelante.

Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.

Confiá en vos.

Y confiá en mí

Estás entrenado para nadar fuerte.

No para hacerle la carrera a los otros.

Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.

Dos horas treinta y seis minutos

Van dos horas treinta y seis minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbohidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas doce minutos, cuatro horas doce minutos, seis horas doce minutos como, además, un pedazo de banana. Comer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas treinta y seis, cuatro horas treinta y seis y seis horas treinta y seis, tomo un ibuprofeno. Por reglamento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.

Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen ellos agarran una corriente y aparecen cien metros delante de mí. Mierda. Tengo que desgastarme para ir a alcanzarlos. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.

Cuatro horas doce minutos

Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minutos fuertes, les sacó quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les sacó diez metros, relajo. Si les jugás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.

Cartel: creo que el cambio les está rompiendo las bolas.

No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, sólo somos cuatro. Rok, el esloveno, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.

Siete horas

Pasamos Villa Urquiza. Voy segundo. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo grita. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen todos. Los que usé, mucho. En los otros tengo una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumecimiento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.

El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustiado y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!

El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay viento y muchas olas. Atrás tengo a los italianos, Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La semana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.

Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momento más importante, empieza a haber olas. Quién mierda me mandó a hacer esto.

Cartel: No te entregués, los tanos siguen luchando.

Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levante, que me saque de este pozo en el medio del río: Carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe estar doliéndoles el doble, o el triple, o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.

Los hombros. Siento que estoy nadando dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el dolor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansancio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.

De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.

Ocho horas doce minutos

El sol me da de frente. Sólo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cerca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.

En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en la Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera sólo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.

A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: Apretá los dientes y buscá.

Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa continua y lastima.

Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarrador, ¡Vaaaaaaamos Damiaaaaaán!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso hacia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arranco. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Lo veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Seguimos juntos hasta el andarivel. Sólo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.

Estoy sentado en un banco de la carpa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizás, se me ocurre, para que entendieran habría servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuando lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostuvieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.

Una noche más

Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicionado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abiertos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconocimiento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te golpeás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormirme. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las piernas, el cuello, los brazos. Duelen.

La magia sucede acá, en treinta metros cuadrados, un pequeño jardín ubicado detrás del estadio Arthur Ashe, al lado de un hall amplio que conduce a los vestuarios. Aquí es donde pasa la historia y se detiene: llega Illie Nastase –su pelo crepuscular, la misma histriónica cara de siempre, tipo Gerard Depardieu- y se sirve un trago; Martina Navratilova y Guillermo Vilas, siempre de negro y con boina, conversan, lo mismo que John McEnroe y Jim Courrier. Acá es adonde esperan los familiares más cercanos y en donde los entrenadores responden mensajes desde sus Iphones. Es el lugar en donde la NBC hace sus entrevistas o los japoneses filman parte de un documental sobre el circuito. Es también, claro, donde aparecen los jugadores, como Rafael Nadal, que viene hacia aquí en este instante. Lo hace con la misma vehemencia con la que juega: con zancadas y el ceño fruncido, transportando su 1,86 como si fuera una pantera. El español produce electricidad por donde pasa. Llega y sigue, a toda prisa, saludando en un tono intermedio entre la cortesía y el desdén. Cuando lo ve venir, Jimmy Connors se para de un salto empuñando su cámara de fotos, ingresa al hall que conduce a los vestuarios y se queda parado a tres metros de la puerta, un lugar que surcará Rafa en segundos. Yo acompaño la escena y me quedo a poca distancia: quiero ver qué sucede, no lo tengo claro. Nadal atraviesa la puerta, pero pasa por delante de Connors -pasa por delante de la historia-, y ni siquiera lo mira; lo deja atrás. “Rafa, hola, disculpá, ¿te puedo tomar una foto?”, lo interrumpe Connors, cinco veces campeón aquí, el tipo con más títulos ganados (107) de la historia del tenis, alguien que generó que miles de millones de personas en todo el mundo se interesaran por este deporte. El instante es delicioso. Tiene algo de incomodidad, de imprecisa tensión. Sabemos que Nadal desafía la historia ¿será capaz también de desairarla? ¿Hasta dónde llega su ambición? ¿O será que solo está preparado para la batalla y que, fuera de la cancha, no distingue entre las personas y los mitos? Por suerte para Connors, pero no para el comienzo de esta nota – que hubiera sido más asombrosa-, Nadal sale de su burbuja, lo mira a Connors y, un segundo más tarde, transforma su rostro en una sonrisa, se vuelve persona. “Por supuesto Jimmy”. “Es con mi hijo, gracias”, agrega el legendario Jimbo. Nadal abraza al hijo de Connors –de la edad de Nadal, pero más alto y más ancho- y Connors aprieta el gatillo. Una más de las tantas instantáneas del US Open 2009.

Ahora el que viene es el gran Roger. El aire majestuoso con el que juega es el mismo que tiene aquí: un bailarín que apenas pisa el suelo, que no produce ruido al caminar. Yo pienso en los héroes de cuando éramos chicos, cuando nuestros padres nos llevaban a ver a La Momia al Luna Park y queríamos tocarlos para ver si eran reales. Estoy tentado en repetir el gesto con Roger, parado a un metro: quiero ver si es de carne y hueso. En la cancha no transpira, no se excede y cuando juega lo hace como si conociera el futuro. En rigor, decir que juega es vulgarizar su arte, reducirlo. El antepenúltimo punto que consiguió en su duelo ante Djokovic en la semifinal aquí –un passing shot luego de una gran willie- no pertenece al universo del deporte sino que está ligado al mundo de la magia o, como La Momia, al de la fantasía. El también lo entendió así, porque lo festejó como si fuera un gol en el minuto 90. Pero sí, Roger es real: ahora, acá, a escasos metros, camina con los pantalones de tela arremangados, dejando al descubierto unas pantorrillas que desentonan con la finura de su cuerpo. Claramente es la parte de su físico que el tenis más desarrolló: son los brazos de Popeye, pero abajo. Federer se para a hablar con alguien a quien, por lo que se aprecia, hace mucho que no ve, y yo aprovecho para interceptar al padre, un calco de su hijo, arrugado y petacón.

– Robert –el padre de Roger se llama Robert- ¿puedo hacerle una pregunta?

– Solo una.

– Ok, ¿Cuándo se dio cuenta de que su hijo era especial?

El tipo me mira y no dice nada. Es un segundo tan incómodo como el que antecedió a la respuesta de Nadal a Connors: cualquier cosa puede pasar. Es el riego de hacer preguntas –encima solo una- sobre gente extraordinaria: no sale preguntar cosas sencillas. Robert me observa. Tiene una mirada melancólica que, junto a los bigotes, le dan a su semblante un candor provincial. Estoy a punto de repetir la pregunta, o atemperarla, bajarle, tal vez, su magnitud y preguntarle cuándo se dio cuenta de que su hijo era bueno o muy bueno. Pero Robert contesta:

– A los 17 años, cuando ganó el Orange Bowl. Su entrenador me lo venía diciendo desde hacía un tiempo, pero creo que ahí nos dimos cuenta de que era muy bueno.

Roger termina de hablar con ese amigo y yo lo encaro: le doy una Brando en la que salió en la tapa y le comento un par de cosas. Roger hojea la revista y agradece el ejemplar con cortesía, pero se rehúsa a charlar. Le queda poco tiempo: mañana es la gran final, en la que es amplio favorito. Ya ganó cinco veces aquí y espera hacerlo de nuevo. Enfrente tendrá a un chico que nació en una ciudad (Tandil) apenas más grande que la suya (Basilea), y con solo 80 mil habitantes menos (180 mil tiene la ciudad suiza). Juan Martín del Potro jugará su primera final grande. Las apuestas están 7 a 1 favor del suizo. Lo saludo a Roger y pienso, mientras me retiro del club, en cómo Dios juega a los dados con el universo, en cómo de dos ciudades pequeñas pueden salir dos personas que mantienen en vilo a todo un planeta.

Así ocurre: a las cuatro de la tarde del día siguiente Federer y Del Potro ingresan al estadio y Nueva York los aclama como si fueran dioses. El centro del mundo, la fascinante ciudad que nunca duerme, grita de excitación por estos gladiadores que llegaron desde lugares remotos. Dos tipos que difícilmente hubieran salido de sus países –o de sus ciudades- de no ser por el tenis, y que hoy son capaces de reunir en un mismo lugar a Jack Nickolson, Zinedine Zidane, Charlize Theron, Paul Simon, Neil Diamond, Ralph Lauren, Donald Trump y Gwen Stefani, entre otros.

¿Qué es lo que tiene de atractivo este deporte que logra seducir a las compañías del más alto nivel y a las figuras del espectáculo y del establishment? El tenis atraviesa una época de oro, comparable con la del boxeo en los 70 o la del básquet en los tiempos de Jordan. Dos tenistas ejemplares y exuberantes (Nadal y Federer) se sacan chispas todos los meses. Es un duelo perfecto: el yin contra el yan, la sutileza contra la fuerza. Un duelo que atraviesa el tenis y lo acerca al cine o a la literatura. Pocos espectáculos en el mundo entero pueden generar tanto dramatismo como el que ambos protagonizaron en Londres en julio del 2008. Wimbledon fue testigo de una batalla mitológica. Su importancia fue tal que solo de esa final se escribió un libro: Strokes of Genius: Federer, Nadal, and the Greatest Match Ever Played, del Paul Wertheim, periodista de Sport Illustrated. Pero el negocio no sólo se alimenta con el duelo entre ellos –y la intervención de otro puñado de enormes jugadores como Murray y Djokovic-, sino de la potente imagen que ambos irradian. Que los dos, por caso, utilicen vincha, tiene más que ver con la construcción de un relato épico -a través del fetichismo bélico- que con una decisión puramente estética. Dos tipos de la misma altura, uno de sangre caliente y otro de sangre gélida, uno del Mediterráneo y otro de los Alpes, correctos, pintones y jóvenes, se baten a duelo para ocupar la cima del mundo. ¿Qué otro espacio de la vida real ofrece un guión tan excelso? Es lógico entonces que las marcas caigan rendidas a sus pies. O que músicos, actores, hombres de negocios y futbolistas presencian sus partidos y se maravillen con sus talentos.

Es por eso que sabemos que ninguno, o casi ninguno, de los que sonríe en los palcos vino a la final por Juan Martín. Vinieron por Roger o, en todo caso, porque es la gran final del US Open, un espacio social que es parte indisoluble de la cultura neoyorkina, como el Central Park o Woody Allen. En el box de Roger se destaca la presencia de Anne Wintour, editora de Vogue y máxima autoridad en el mundo de la moda. Que esté Wintour no hace más que subrayar la connotación que alcanza la marca Federer para la alta gama occidental. El suizo tiene ingresos por 30 millones de dólares al año solo en publicidad. Ya es el tenista que más dinero ganó en la historia: 50 millones acumulados en premios oficiales. Tiene 28 años y lleva obtenidos 15 Grand Slam. Juega por dinero, seguro, pero mucho más para que lo consideremos un genio sin tiempo, como Alí o Picasso.

Federer, además, es un caballero, un tipo atildado que bien podría pasar por concertista o diplomático, por dar dos ejemplos. Es admirada su locuacidad (habla inglés, francés y alemán perfectos) y su elegancia. Lo quieren todos. Solo en el séquito de Nadal se animan a criticarlo. Es cierto que Federer y el español mantienen una buena amistad y una rivalidad, ya legendaria, sin ningún tipo de aversión -son el paroxismo del Fair Play-, pero al parecer, puertas adentro, la cosa no es tan así. Al menos entre los equipos de trabajo. “¿Así que le diste la revista? –me inquiere un integrante de su círculo de mayor confianza-, vas a ver que la agarra y la tira. Solo le interesa Vanity Fair, y toda esa perorata de la moda. El resto no le importa nada”. Parece que la competencia no es tan pura.

Del otro lado de la red hay un chico de 20 años que hasta hace solo 14 meses no había ganado ningún título y había juntado apenas 500 mil dólares en el banco. Del Potro nació después de México ’86: es parte de la generación que adora a Diego sin haberlo visto. Hoy ya tiene casi 6 millones de ganancias oficiales. El partido empieza y la historia se resquebraja: en cuatro horas el reinado neoyorkino de Roger Federer queda pulverizado. Es como si cayera Cartago.

“Vamos carajo, vamos carajo”. Franco Davin llora y su cuerpo parece disolverse, como si fuera de arena. Su pupilo acaba de ganar el US Open y él es el primer coach argentino en llevar a dos tenistas diferentes a ganar un Grand Slam. Había obtenido Roland Garros en 2004 con Gastón Gaudio. Ahora tomó a Del Potro y lo convirtió en un campeón. Hizo que mejorara su drive –lo pega más adelante-, su saque –mucho más contundente y regular – y su movilidad, mérito compartido con su preparador físico. La evolución de Del Potro, sostiene Davín en la puerta del vestuario, se explica en la enorme capacidad del tandilense en absorber lo que se le pide. Es una esponja, alguien a quien el universo dotó de capacidades asombrosas: si no, sería imposible haber ganado de la forma que lo hizo, neutralizando a la leyenda que se agitaba desde enfrente.

Son las últimas postales del US Open. Pero en el vestuario todavía hay gente. Un sector destila una alegría conmovedora. Otro está en silencio. Es lo que sucede en este deporte: los tenistas se visten juntos y salen a la cancha juntos. Se matan a palazos en el court y después vuelvan a compartir el camarín, con el bolso lleno de alegrías o cargado de frustraciones. Roger se va, después de una sesión de masajes. Delpo continúa la ronda de entrevistas. Esa es otra particularidad del tenis: el jugador se somete a los designios de la organización, que pauta los reportajes y que decide a quién atender y a quién no. No hay manera de oponerse: el circuito te da todo (camionetas con chofer que los trasladan a hoteles cinco estrellas, premios exuberantes, atención personalizada), pero también te pide todo. Delpo se levantó a las 6 de la mañana del martes posterior a la final para fatigar los canales de la televisión norteamericana. La TV, lo sabemos todos, es uno de los grandes auspiciantes del deporte profesional, responsable de convertirlo en parte del show business.

Los negocios, justamente, se potenciarán para Juan Martín. Con el triunfo, su vida no cambiará para siempre, aunque sí se acelerará un poco. Pegó un salto hacia otra escala, un lugar en el que los cheques no tendrán los ceros de antes. “Es claro que el valor de Juan Martín ha subido mucho gracias a su triunfo”, cavila, satisfecho, acaso saboreando lo que viene, Ugo Colombini, el empresario italiano que maneja las finanzas del tandilense. Colombini no se sorprende. Desde hacía mucho tiempo que estaba convencido de que Juan Martín estaba bien amueblado, que estaba hecho con la madera de los campeones. Gracias a Wilson, Nike (que lo contrató a los 15 años), Pepsi, Sony Ericsson, Lay’s y Gatorade, Del Potro percibe, por el momento, unos 3 millones de ingresos publicitarios anuales. Ahora esa cifra se duplicará, como mínimo. Con 20 años y una imagen que cautiva a las multinacionales, la marca Del Potro está llena de futuro. El US Open le generó más de un millón y medio de dólares de ganancias (descontando impuestos). Los organizadores le depositaron esa cifra en su cuenta bancaria. Así es como operan siempre. Pero ya antes del torneo la imagen de Juan Martín había comenzado a cautivar. En el enorme local que Wilson montó en el predio de Flushing Meadows, una foto suya decoraba una buena parte del panel que ocupaba el frente, apenas un poco más chica que una de Federer, icono de la marca.

¿En dónde radica el atractivo de las marcas por el tandilense? “Lleva una vida privada cauta y de bajo perfil, similar a la de Roger Federer”, compara Gerardo Molina, especialista en marketing deportivo. “Tiene un perfil de joven exitoso pero muy humilde alguien que no hace alarde de sus logros”, agrega.

Delpo dijo que su vida seguirá igual, pese a que ahora su foto también aparecerá en los pasillos alfombrados de este club: colgará de las paredes internas del estadio Arthur Ashe, junto a las imágenes de todos los campeones, verdaderos héroes de este deporte como Pete Sampras, Andre Agassi y Guillermo Vilas.

Vilas, precisamente, estuvo una hora en el vestuario después de terminada la final. La había visto en el mismo lugar en el que vio casi todos los partidos, en el palco presidencial, junto a su mujer tailandesa y parte del jet set neoyorkino. Es curioso lo del ilustre tenista marplatense: es uno de los pocos ex jugadores con presencia perfecta en Roland Garros y el US Open. El otro ex campeón que ve casi todos los partidos y que merodea el club es John McEnroe, claro que Big Mac tiene una razón de peso: es comentarista de ESPN junto a su hermano. Del resto de los grandes solo queda el poster, o alguna visita esporádica, como la de Jimmy Connors, que concurrió un par de veces. Ni siquiera Pete Sampras, leyenda viviente de los 90, aparece por aquí. Es que el circuito es fascinante, pero también demoledor. La vida de gitano vip está muy bien por un tiempo, pero después un gran número de tenistas comienza a fatigarse del peregrinaje. Y cuando se retiran, directamente le toman fobia. Se establecen. Cambian de vida. Vilas no. Vilas sigue viviendo como si todavía jugara.

Quizás -pienso, mientras abandono el club por última vez- no es sencillo olvidar una vida tan apasionante, plagada de aventuras y satisfacciones. Las mejores ciudades, la idolatría de miles de fans, la hospitalidad de un staff de empleados que está en todos los detalles y mucho, mucho dinero en juego. Todo eso, sin embargo, es insignificante en comparación con la carga emocional que provoca desafiar a la especie y alcanzar la cima del mundo. Solo uno lo consigue. Ganar aquí tiene una carga simbólica que trasciende el dinero o las comodidades, e incluso los tiempos. Implica integrar el patriciado del tenis, convertirse en socio de un selecto club que reparte pocas solicitudes. Para ser aceptado, Del Potro debió acabar con un reinado legendario.