Posts etiquetados ‘Burocracia’

A las siete y media de la mañana, ya hay cuarenta personas en la cola, alineadas entre el carro de combate y el patrullero asignado por España para garantizar la seguridad del consulado. De las cuarenta caras de aburrimiento y sueño, tres son negras, dos son orientales, seis son árabes y hay algunas muy rubias, pero con el rubio apagado y descolorido de Europa del Este, ese rubio antiguo y pobre. Las demás son blancas, algunas incluso españolas, o de esas razas indefinidas que salpican Sudamérica como grumos de leche en polvo sobre la superficie del café.

—Hemos debido llegar antes.
—Te has debido levantar antes.

Paula es rubia pero quiere ser negra. Tiene culo de negra. Tiene el pelo rizado de una mulata brasileña, que cuida con productos que no se consiguen en España, productos que le manda su madre y que llevan etiquetas con palabras como Beleza Sensualidade y fotos de morenas regordetas. En España, siempre le preguntan si su pelo es natural. Siempre le preguntan si es italiana. A mí me preguntan si soy argentino. Cuando respondo que soy peruano, me dicen: “¡Pero no pareces!” Creo que lo dicen como un elogio, de buena onda.

A las ocho, se acerca a nosotros el vigilante de la puerta. Lleva anotados nuestros nombres y los verifica con nuestros pasaportes. Nos pide que nos peguemos a la pared. Los fusiles de los militares españoles no nos apuntan. c revisando las identidades de la fila.

—Trajiste la invitación de la universidad. ¿Verdad? — pregunto.

Paula me la muestra. La carta dice que Paula participará en un congreso de escritoras de la Universidad de Nueva York y que yo viajaré con ella. En el segundo párrafo, da el nombre del grupo de trabajo en que estará inscrita Paula.

—“Grupo de trabajo”. Mierda.
—¿Qué pasa?
—Van a pensar que estás yendo a trabajar.
—Es sólo un congreso. Son seis días.
—Ya. Pero éstos son funcionarios…
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—No tienen que pensar. Si dice trabajo, es trabajo.
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—Muéstrala. Yo pondré en mi formulario que voy por turismo.

Lo digo de mal humor. No estoy molesto con ella. Sólo estoy de mal humor.

—¿Por qué te enojas? —pregunta ella.
—No estoy enojado.

Saco el formulario de solicitud y busco el apartado de motivos del viaje, que está justo antes de la serie de preguntas: “¿Ha participado usted en el genocidio nazi?”, “¿Ha sufrido desórdenes mentales o drogadicción?”, “¿Planea entrar en los Estados Unidos para participar en violaciones, atentados terroristas o alguna otra actividad ilegal?”. Escribo tourism.

Delante de nosotros, un grupo de mexicanos engorda. Cuando llegamos eran tres. Ahora son seis y está llegando otro, que se incorpora a la fila con sus amigos.

Son las nueve y media. Hace mucho calor. Les pido que respeten el orden de llegada. Amablemente, me piden disculpas, pero no se mueven. No sea malito, me dicen.

Soy muy malo.

Me acerco al vigilante para que ponga orden. El vigilante está en el interior de la cabina antibalas de la entrada. La tabla en que anota la asistencia está apoyada contra la ventana. Puedo ver el reverso de la tabla. Lleva pegado un cartelito que dice: NO ME CUENTES TU VIDA.

Yo sé que es muy triste.

Todos tenemos historias tristes.

¿Que no ves que no me interesa?

Regreso a mi sitio sin decir nada. Los mexicanos agradecen mi complicidad. Les dedico una sonrisa llena de sudor e hipocresía.

Son las diez y media cuando sale el vigilante y abre la puerta para las siguientes diez personas. A pesar de los mexicanos, el turno nos alcanza. El vigilante me revisa, me palpa y me quita la mochila. Hace lo mismo con Paula. Y entramos en territorio de los Estados Unidos de América.

El territorio americano se compone de: 1) cabina de vigilancia, 2) vigilante de la cabina, 3) alfombra con el águila de los Estados Unidos, 4) puerta blindada, 5) salón de espera (porque aún no termina la espera). Tomamos nuestro sitio en la siguiente cola. Me coloco yo primero. Paula me mira con fastidio. Le pregunto:

—¿Qué pasa?
—Nada.

Nada. Odio cuando las mujeres dicen nada. Te miran como si fueran a degollarte y te dicen nada. Entonces vuelves a preguntarles qué pasa y se enojan porque no lo sabes. O dices bueno y se enojan porque no has vuelto a preguntarles. O no haces nada y se enojan porque no haces nada. Tenemos una amiga andaluza que dice: cuando estés furiosa y tu novio finja no saber por qué, díselo. No está fingiendo. Realmente no se ha enterado de lo que te pasa, porque es un idiota.Todos somos igual de idiotas. No es mi exclusividad.

—¿Estás molesta porque me he puesto delante de ti?
—No es eso. No es de ahora. Estoy molesta porque nunca piensas en mí.

En la sala de espera hay dos grupos. Los norteamericanos esperan sentados. Son unos doce y los atienden en cinco ventanillas. Los extranjeros tenemos asientos también, pero no cabemos todos. Somos más de ciento cincuenta y nos atienden en tres ventanillas. No hay ventanas. Sólo tres cristales empotrados en el muro. Detrás de los cristales hay una bandera de estrellas y franjas y tres funcionarios que rotan. No podemos tocarlos. Hay un muro antibalas entre nosotros y ellos. Abro el libro que he traído.

—¿Vas a leer? —pregunta Paula.
—No.

Cierro el libro. Es un libro de Roth sobre un hombre al que le han extirpado la próstata que habla sobre otro hombre que toma Viagra para acostarse con una mujer treinta años menor que se ha divorciado de un veterano de guerra que ha asesinado a sus hijos. Estoy en América. Y no quiero pelear con Paula.

Hemos peleado cada día de las tres semanas que tarda la cita para pedir la visa. La última vez fue hace dos días. Vine al consulado a preguntar si no importa que mi permiso de residencia español esté en renovación. El trámite dura ocho meses, y cuando te la conceden, ya tienes que renovarlo de nuevo.

Pero tengo un papel que certifica que estoy en trámite. Siempre estoy en trámite. Quería saber si podía pedir la visa con ese certificado.

En el consulado me dijeron que para cualquier pregunta tenía que llamar por teléfono a una línea de cobro revertido. Que no podía dirigirme a ningún ser humano para pedirle información. Me dieron un papel con las instrucciones, un papel que yo ya tenía. Volví a casa y llamé al número del papel. Una grabación me repitió durante seis minutos pagados por mí todas las cosas que decía el papel. Cuando al fin hablé con una persona, me dijo que ella sólo podía fijar una cita. Toda la información necesaria está en el papel o en la grabación, dijo.

Después fui a pagar la tasa para pedir la visa. Cien dólares o euros por persona, según qué moneda esté más cara. Así me explicaron en el banco. Tenía que darles los números de nuestros pasaportes. Sólo después de pagar los cien dólares, me di cuenta de que Paula me había dado un pasaporte vencido.

De vuelta en casa, arrojé su pasaporte en una mesa.

—¡Acabamos de tirar a la basura cien euros porque guardas un pasaporte vencido!
—Tengo que guardarlo porque ahí está mi visa anterior. Hemos tirado los euros a la basura porque tú no te enteras.
—¡Yo no me tengo que enterar de TUS putos papeles!
—Llevaremos los dos pasaportes. Podemos explicarlo.
—Ojalá me lo puedas explicar a mí cuando no lleguemos a fin de mes. Porque en esta casa, con cien dólares se come dos semanas.

Luego me encerré de un portazo en mi estudio. Casi no hemos hablado en dos días. Por las noches, escribo hasta tarde para llegar a la cama cuando ella esté durmiendo.

Pero hoy ya no quiero pelear más. Tomo conciencia de que son las once y aún no he desayunado. Me suena el estómago. Abrazo a Paula: Necesitamos unas vacaciones. Diez días en Nueva York. Con alojamiento gratis en Manhattan.

La beso. Ella se resiste, pero cede cuando le recuerdo nuestro apartamento en Manhattan. Nos lo va a prestar Carlo. Carlo se fue a Los Ángeles tres años antes de venirme yo a España, con un contrato de trabajo para enseñar español en una universidad mientras hacía una maestría. Ahí se empezó a convertir en un genio de la burocracia académica. Consiguió una beca, y luego un traslado de beca a la Universidad de Nueva York, y luego la dirección de un programa de estudios de español para los estudiantes que le valió un viaje a Madrid con todo pagado y sin nada que hacer. Aquí nos reencontramos y nos pusimos al día en materia de cervezas.

Carlo decía que sangraría a los contribuyentes americanos mientras tuviese alma en el cuerpo y que para sacarlo de Nueva York tendrían que usar un revólver. Su único día de trabajo en dos meses en Madrid fue cuando los estudiantes se asustaron por unas manifestaciones contra la guerra. Los estudiantes creían que los españoles los odiaban. Carlo trató de explicarles que no era contra ellos sino contra el presidente. Pero ellos no entendían la diferencia. El presidente es América. América somos nosotros.

América son ellos. Carlo estaría de viaje en Perú durante nuestra estancia en Nueva York y nos dejaría las llaves de su apartamento en Manhattan.

—Necesitamos relajarnos, ¿no? —dice Paula.
—La incertidumbre nos pone de mal humor. Al regreso buscaremos trabajos más estables. Pero hasta entonces, la pasaremos bien.

Paula mete su lengua en mi boca. La beso con los ojos abiertos. Sobre los asientos para extranjeros, hay un televisor mudo que pasa todo el tiempo imágenes de CNN. Aparece Bush en Senegal, ante la puerta por la que salían los esclavos africanos hacia las colonias. Recuerdo cuando yo trabajaba en el Ministerio del Interior en Perú. Una vez nos visitó el zar antidrogas de Estados Unidos, Barry McCaffrey. Desde el día anterior, los agentes de su guardia personal revisaron cada rincón del Ministerio sin decir una palabra en español, ni siquiera “hola”.

Al Charapa Huertas lo levantaron con todo y silla para verificar que no hubiese explosivos bajo su escritorio. La mañana de la visita, se apostaron en todas las salidas y cerca de todos los lugares por los que iba a pasar McCaffrey. Uno de ellos, con un micrófono, daba indicaciones desde mi oficina, que no me pidió permiso para usar. Con el plano del edificio en la memoria, ordenaba desplazamientos, reubicaba guardaespaldas y pedía informes de situación. McCaffrey apareció a las doce de la mañana con un séquito de cincuenta y dos funcionarios. Él y su gente no entraban todos juntos en la oficina del ministro. Se quedó diez minutos, manifestó su preocupación por el narcotráfico, le dio la mano al ministro frente a las cámaras de TV y se fue. Ahora me imagino a Bush frente a la puerta de los esclavos y a doscientos guardaespaldas machacando a los funcionarios del museo de la puerta para que él pueda dar su discurso sobre la libertad.

—¿Por qué me besas con los ojos abiertos?
—¿Qué?
—¿Por qué me besas con los ojos abiertos? Odio eso.
—Paula, basta…
—Si fuera Claudia me besarías con los ojos cerrados, ¿no?
—¿Vamos a volver a hablar de eso?
—No trates de hacerme sentir loca. Hasta Andrés y Verónica lo han notado. Se te está tirando encima y a ti te encanta.

Claudia es una chilena que se fue a estudiar a Italia. Después, como no consiguió trabajo ahí, se instaló en España. Pero odia España. Sólo le gusta Italia. Todo el tiempo habla de Roma. Quiere casarse. Con quien sea. Paula piensa que me coquetea. Por lo visto, todo el mundo piensa que Claudia me coquetea. Quizá yo también le coqueteo.

—No me voy a poner a discutir esto acá, Paula. Llevemos la fiesta en paz, por favor…

En ese momento, llega nuestro turno en la ventanilla. Tras el cristal nos atiende una española. Detrás de ella puedo ver algunas computadoras y un par de oficinas embanderadas. La española ni siquiera nos mira a la cara. Recibe nuestros papeles, verifica que hayamos pagado, nos manda esperar de nuevo y se los lleva a algún lugar en el fondo.

Seguimos esperando y Paula no habla. Le toco la pierna pero retira mi mano. Me retiro yo también. Abro mi libro. Leo un par de páginas hasta que la escucho:

—Ni siquiera vas a tratar de resolverlo, ¿verdad?
—¿Resolver qué?
—Te da igual lo que yo piense. Siempre te da igual.
—Eso no es verdad. Sólo que no quiero discutir acá.
—Ni acá ni en ninguna parte.
—¿Es por Claudia? ¿Esto es por Claudia, entonces?
—Estás dispuesto a ser amable con cualquier persona en el mundo menos conmigo. ¿Por qué?
—Necesitamos airearnos un poco, Paula, conseguir trabajos fuera de casa, no vernos tanto… Creo que no nos soportamos por eso.
—¿No me soportas?
—¿Tienes que tomártelo todo tan trágicam…
—¿No me soportas?
—Paula, no me hagas perder la paciencia…
—No sé si quiero hacer este viaje contigo. Quizá sea mejor que vaya sola.

Trato de calmarme para no explotar. Estoy cansado. Una rubia que parece rusa abandona la ventanilla con su pasaporte en la mano. Dos venezolanos sonrientes y evidentemente adinerados se despiden en inglés de un funcionario. En la ventanilla 2, una mujer jura que le van a aumentar el sueldo. Luego se retira llorando. Una chica que parece su hija la abraza. En la televisión hay un reportaje mudo sobre la caída de la bolsa. Quiero irme.

Una voz pronuncia mi nombre con acento yanqui. Está en la ventanilla 3. Es un negro. No. Un afroamericano. Le pido que me deje comparecer con mi novia, digo que vamos a viajar juntos. Accede con un gesto de la cabeza. También tiene los papeles de ella. Empieza a revisarlos frente a nosotros. Dice:

—Viajáis por razones distintas.
—Yo la acompaño por turismo, pero ella va a un congreso d…

El funcionario dice algo en inglés. Dudo en qué idioma es la entrevista.

—¿Perdone?
—Usted es traductor.

Lo ha mirado en el apartado Present Occupation (If retired, write “retired”. If student, write “student”.)

—Sí, soy traductor.

Dice algo más en inglés, pero habla tan rápido y está tan detrás de un cristal que no le entiendo.

—¿Perdone?

Vuelve a decirlo en inglés. Vuelvo a no entender. Mira a ambos lados. Les dice algo a sus compañeros mientras presiona las teclas de su computadora. Todos se ríen.

Llego a escuchar:

—I am gonna kill you… —entre risas.

El funcionario se concentra en la computadora. Después de un rato, como si recordase que estamos ahí, pregunta:

—¿Certificados de trabajo?
—Tenemos cartas de nuestros diversos empleadores. Somos independientes. Trabajo para tres editoriales. Traje cartas de las tres…
—¿Tienen contratos?
—No, somos independientes. Pero los trabajos que realizamos están detallados en…

Dice algo en inglés.

—¿Cómo?
—¿Ella tiene contratos?

Ella es Paula. Dice:

—Yo enseño portugués… Traje una carta…
—¿El contrato?
—No es un contrato…

Se vuelve hacia los funcionarios a su lado. Parece que han contado algo muy gracioso. Luego trata de hacer funcionar su computadora. Quizá comparten un chiste informático, porque ahora todos miran a sus pantallas y se ríen. El nuestro repite que va a matar al otro y ahora se ríe a carcajadas. Sin dejar de reírse, nos pregunta algo en inglés:

—¿Disculpe?
—¿Properties? ¿Propiedades?
—Les he traído el saldo de mi cuenta de ahorros…
—¿Propiedades?
—No.

El funcionario sigue buscando algo en su máquina. Se aburre. Saca unos papeles de un cajón. Los firma. Me doy cuenta de que nos está negando la visa. Nos está negando la visa con una sonrisa blanca en su cara negra. Nos arroja los papeles junto a nuestros documentos por debajo de la ventanilla. Se disculpa en inglés —eso sí lo entiendo— y nos anima formalmente a volver a intentarlo. Los papeles dicen que no hemos demostrado “tener vínculos familiares, sociales o económicos suficientemente sólidos en su país de residencia para garantizarnos que su proyectada visita a los Estados Unidos vaya a ser temporal”.

Tengo ganas de decirle “en mi país me estarías lavando el coche, conchatumadre”. Pero ya se ha ido a buscar otros papeles de otras personas.

Salimos de ahí casi a la hora de almorzar. Caminamos hasta la esquina entre los cuerpos de seguridad consulares. Nos suenan las tripas. Entre las perfumerías y boutiques de alta costura que rodean el consulado, no encontramos ningún sitio donde desayunar aparte de un Starbucks Café. Entramos. Trato de encender un cigarrillo pero no me dejan fumar. Pido un vaso de agua, un café y un panecillo de cuatro euros. Paula pide lo mismo. Es caro. Nos sentamos a comer en silencio en dos sillones morados. No dejamos ni las migas. Al terminar el desayuno nos miramos a los ojos.

-¡Roberto Daniel Valencia Caravantes!

-¡Aquí!

Me acerqué al mostrador, sorprendido de que el trámite arrancara tres minutos después de entrar al duicentro. Dados los atolladeros de enero y febrero, esperaba más. Carlos, un joven moreno, delgado, me saludó, me estrechó la mano y dijo que estaba ahí para atenderme, que llenaría por mí la hoja de información para renovar mi dui. Arriba del mostrador colgaba un rótulo en el que se leía “Paso 1”.

Después de revisar mi dui viejo, me preguntó:

-¿Sigue soltero?

-No.

-¿Trae la partida marginada?

Como sí sabía que uno de los requisitos para cambiar el estatus civil era presentar la partida marginada, se la entregué.

-Y voy a cambiar mi profesión, también -le anuncié.

-¿Qué quiere poner?

-Periodista.

-¿Trae el título o la copia del título?

-No sabía que debía traerla.

-¿No lo trae?

-No. ¿Qué puedo hacer?

-Regrese otro día.

Aunque ya temía que hubiera algunos inconvenientes, no esperaba una complicación de este tipo. Había llegado dispuesto a esperar cuanto fuera, pero no a ir un día y tener que volver otro día. Entonces, pensé que podía resolver todo con facilidad.

-¡Híjole! No tengo tiempo. Lo que sí traigo es mi credencial.

-Necesita el título o la copia certificada del título.

-No lo traigo y quiero mi dui nuevo. Si no presento el título, ¿qué me va a quedar en el dui?

-Estudiante.

-¡Pero ya no soy estudiante! Es más, cuando saqué mi dui por primera vez no me pidieron constancia de la universidad para comprobar que era estudiante.

-¿Trae el título?

-¿Con quién puedo hablar para que me explique por qué no puedo ponerme como profesión “periodista”?

-Vaya a…

***

El salón principal del duicentro de San Salvador es un rectángulo de unos 15 metros de largo por siete de ancho. En el extremo izquierdo había unas 35 personas antes que yo, esperando hacer su trámite. Unas estaban sentadas en sillas plásticas; otras, paradas. Esa tarde, en el centro del salón había un mostrador con nueve delegados ordenando expedientes. Al extremo derecho había una oficina sin rótulo. Cuando a Carlos le pregunté con quién podía hablar para que me explicara por qué no podían ponerme como profesión “periodista”, otra empleada de Docusal, de las que recogen información, gritó el nombre de alguien y “¡Paso 1, que le vaya bien!”, por lo que no pude escuchar el nombre de la oficina a la que me envió, pero supe llegar a ella. En la oficina había cuatro delegados más: un gordito bajito con camisa manga larga y chaleco color celeste, que contestaba el teléfono; una mujer de unos 40 años, morena, con el pelo dibujando una campana sobre su cabeza; un joven, blanco, delgado; y un señor de bigote, también bajito. Todos estaban sentados. Me di cuenta de que a lo mejor solucionaban casos como el mío, porque acababan de despachar a una viejita con delantal que tenía un problema con su trámite.

-¿Qué quiere? – me dijo el bajito y bigotudo.

-Quiero sacar mi dui, pero no entiendo por qué no puedo poner mi profesión.

-¿A qué se dedica usted?

-Soy periodista.

Pronunciar mi profesión provocó que el gordito bajito del teléfono dejara de prestar atención al teléfono y que la señora pelo campana me viera de pies a cabeza. Segundos después, el gordito bajito dejó el teléfono e intervino.

-Tiene que traer el título.

-Ya me dijeron, pero no entiendo por qué.

-Lo dice el reglamento.

-¿Cuál reglamento?

-El del RNPN.

-¿Podría mostrármelo?

La morenita peinado de campana dejó de revisar expedientes y también intervino:

-El reglamento lo dice:¡Necesita traer el título porque el reglamento así lo ordena!

-¿Podrían mostrarme ese reglamento y el artículo específico, para conocerlo?

El gordito bajito del teléfono se levantó de su asiento, tomó un papel dispuesto en una cajita llena de papeles, y me reprendió:

-Llame a este número. Si quiere una entrevista, ellos se la darán. Aquí no se aceptan preguntas ni entrevistas.

-Yo solo quiero saber por qué no puedo ponerme “periodista” en mi dui.

El señor de bigote intervino nuevamente.

-Sálgase -me pidió.

-Traigo mi carné -le dije, ingenuamente, pensando que había llegado suficientemente aperado para defender mi caso. Lo saqué de mi morral, y extendí mi brazo para que todos lo vieran. El gordito del teléfono, sin observarlo, dejó claro que me estaban echando, y yo todavía no lo había entendido bien.

-¡Necesita el título! ¡Ya acabamos aquí! ¡Retírese por favor!

Y luego la señora pelo campana exigió lo mismo.

-¡Sálgase, por favor!

-Está bien. ¿Me podría dar su nombre?

-No se lo voy a dar -me dijo, se levantó y salió de la oficina.

Luego, el gordito bajito del teléfono, que se había sentado de nuevo, se volvió a parar.

-¡Retírese por favor!

-¿Me podría dar su nombre?

Yo había encontrado las palabras en clave que hacían que, en lugar de salirme yo de la oficina, se salieran ellos. Cuando le pregunté al bajito del teléfono si me podía decir su nombre, de inmediato se salió y siguió a su compañera. La fórmula fue tan poderosa que ya no necesité pedir lo mismo a los demás. Detrás del gordito del teléfono salió el delegado flaco, y detrás de ellos tres, el gordito de bigote.

Sin embargo, no se engañen: no me hacía gracia tener tal poder. A juzgar por el ceño fruncido que llevaban los cuatro empleados, puedo decir que estaban enojados. A juzgar por la electricidad que corrió por mi espina dorsal, puedo decir que yo también. Sentí calor, dolor de cabeza, cosquillas en los puños. Tenía ese enojo que produce la imagen mental de un gran robot burócrata y oxidado, que dice “no” cuando debería estar para un “sí”. Un robot que no escucha razones, que pisotea al ciudadano porque sabe que, al final de cuentas, tiene el poder en sus manos. Y pensaba en que ese robot es concesionario del Estado y, por lo tanto, posiblemente protegido del Estado.

Cuando los empleados salieron, tenía dos ocupaciones: era un estudiante –según el dui- y un periodista, según mi credencial de El Faro. Los delegados, enojados, se metieron al segundo salón del duicentro, en el que están las computadoras, las cámaras, las máquinas que imprimen el dui. Un minuto después regresó el gordito bajito del teléfono, y con voz niñona, le gritó al vigilante:

-¡Seguridad, sáqueme a este señor ya! -dijo. Y mientras daba esa orden, me señalaba con el pulgar izquierdo.

Admito que en ese momento me faltó lucidez para pedirle al vigilante que me dijera su nombre y así lograr que se alejara. En cambio, dispuesto a la defensa de mi integridad, solo se me ocurrió colgarme al cuello mi credencial. Quiérase o no, hay algún tipo de comprobación empírica en el gremio respecto al hecho de que a esa credencial la gente le guarda algún respeto. Así que, antes de que alguna mano vigilante jaloneara mi brazo, me puse la credencial.

-Acompáñeme, señor -me pidió el vigilante.

-No puedo -le respondí, dispuesto a intentar hacer valer mi derecho a obtener mi dui, a que no me hicieran perder tiempo y a que mi documento de identidad reflejara mi ocupación. Al guardia no le gustó mi resistencia pacífica.

-¡¿Qué es lo que no entiende?! -me preguntó.

-¿Qué quiere que entienda? -le pregunté yo, aparentando tranquilidad.

-¡Que lo tengo que sacar!

-Usted no puede sacarme porque pagué por un servicio -que no me lo han dado-, ¡y solo estoy pidiendo explicaciones del por qué no me lo pueden brindar!

-¡Sálgase!

-¡No me salgo!

En ese momento apareció un quinto empleado de Docusal… supongo que era empleado de Docusal, porque aunque no tenía el uniforme de los empleados, sí portaba una credencial de la empresa concesionaria.

-¿Qué necesita? -me preguntó, y en ese momento pensé que, por fin, encontraría a alguien que supiera oír y, sobre todo, resolver.

-Sacar mi dui y poner en él que mi profesión es ser “periodista” -le dije, a punto de convencerme de que ahora sí iba a tener respuesta a mi necesidad. Pero pronto el hombre me devolvió al punto de partida.

-¿Trae el título o la copia del título?

-No. Traigo mi credencial. Ya me explicaron que solo con el título y quiero saber la argumentación de ese requerimiento. ¿Está en un reglamento? ¿Cuál? ¿¡Por qué!?

-Son las reglas.

-¿Qué opción me queda? -indagué, con la esperanza de que este señor no me diría lo mismo que los anteriores.

-Irse y regresar con el título.

-Pero no tengo tiempo y necesito mi dui.

-Entonces puede poner algún oficio que no requiera presentación de título.

-¿Cómo cuál?

-Aquí manejamos una lista de oficios: empleado, estudiante, mecánico, albañil, carpintero, alfarero, escultor, comerciante…

-Pero no soy ninguno de esos. ¿”Periodista” no es un oficio?

-No creo… bueno, no sé si periodista está en la lista… creo que no, por eso le pedimos el título o la copia.

-¿Qué puedo hacer?

-Inicie el procedimiento y póngase un oficio.

***

Regresé al paso 1. Carlos ya no estaba, así que coloqué mis papeles en la pila del mostrador. Me tocó esperar, con los puños cerrados y el corazón golpeando a mil por hora, con la sangre caliente y el cerebro en modo cavernícola. Entonces Carlos regresó. Mencionó un nombre y el aludido no contestó. Pasó al siguiente expediente.

-¡Roberto Daniel Valencia Caravantes!

-Aquí estoy, de nuevo.

-¿Qué le dijeron?

-Que no puedo ponerme “periodista” sin el título… a menos que usted me ayude.

-No puedo.

-¿En serio?

-En serio.

-¿Usted se sabe qué oficios puedo escoger?

-Mmm… estudiante, empleado, mecánico, albañil, comerciante… Mucha gente se pone comerciante. Para esa no se necesita comprobación.

Le pedí tiempo a Carlos para pensar qué me convenía más. Regresar otro día no era una opción: es 25 de marzo, hay un retraso de más de 300 mil duis de enero y febrero -más los de marzo- en plena renovación masiva del documento, largas filas, poco tiempo… Pensé en la primera opción. ¿Estudiante? Descartada. Ya no lo soy. ¿Empleado? Al final sí, pero no es algo que me enorgullezca tanto como para decir que de profesión soy empleado o que mi oficio es ser empleado. Mecánico y albañil ni siquiera pasaron por mi cabeza.

-Mire, ¿y escritor puedo ponerme?

-Esa sí.

Volví a pensar unos segundos. “Sería como mentirme a mí mismo”, pensé. Necesitaba un oficio de aproximación, algo que no fuera lo que soy pero que lo pareciera. “¡Algo con lo que pueda sacar mi dui!” Algo de qué reírme al salir de esas cuatro paredes. Algo que me haga recordar que por eso hago lo que hago: para denunciar a robots burócratas que hacen cosas que afectan a la gente. Entonces, recordé la sugerencia de Carlos: “Mucha gente se pone comerciante…”. Divagué un poco y concluí que, al final de cuentas, me pagan por buscar información, confirmarla y transformarla en un producto periodístico. Es como una transacción comercial. Reporteo, confirmo y escribo. Entrego mis productos y recibo una paga por ello. Okay

-Comerciante.

-C-o-m-e-r-c-i-a-n-t-e escribió Carlos en la hoja de información, tanto en la casilla “ocupación”, como en la casilla “profesión”.

Minutos después, otra delegada gritó mi nombre, seguido de un “¡Paso 1, que le vaya bien!”

***

De camino al paso 2 “Digitalización de la información”, pasé frente a la oficina del gordito bajito y de la señora pelo campana. Crucé miradas con el gordito bajito y me coloqué en la fila del paso 2. Minutos después, mientras apuntaba en mi libreta algunos detalles del episodio anterior, sentí que alguien me estaba viendo. Levanté la mirada, recorrí el salón de derecha a izquierda y justo en el centro me topé con un gordito bajito que apuntaba su celular contra mí. El aparato escupió un flashazo que me pareció ofensivo. “Cobarde”, pensé. Supongo que el gordito bajito guardó la imagen que supongo me tomó y sonrió mientras lo hacía.

“Con que esas tenemos” -pensé después-, mientras esas cosquillas malignas corrían de nuevo por mi columna. Saqué mi celular e inspeccioné el recinto. Al final del recorrido, quedaría frente a frente con el gordito bajito porque su oficina, separada por un cristal, está contigua al mostrador en donde entregan, al final de todo, el plastiquito que contiene mis generales (que para ese momento ya eran las de un “comerciante” con credencial de periodista). Quedaríamos frente a frente. Pero entonces, el gordito se acercó a hacerle otra consulta al delegado que intervino para que no me sacaran y aproveché para grabarlo, con su chalequito celeste. Ni se dio cuenta. ¡Touché!

A las 3:46 de la tarde, 16 minutos después de haber iniciado mi trámite, Emerson me preguntó si la profesión que aparecía en el papel que rellenó Carlos estaba bien. Le contesté que no, le conté lo que había pasado y le rogué que me pusiera “periodista”.

-De veras que yo con mucho gusto se lo pongo. Pero en el cuarto paso lo mandarán de regreso, porque aquí ya le pusieron “comerciante”.

-Écheme la mano.

-En serio, no puedo.

-¿Y si hubiera traído mi título, me hubieran puesto “periodista” o “licenciado en comunicación social”?

-¿Cómo dice su título?

-Licenciado en comunicación social.

-A pues, eso le hubiera puesto.

-¿Y entonces? ¿No puedo ser “periodista” según ustedes?

-No sé qué decirle. Lo siento.

***

El viernes 26, como buen “comerciante” con vocación de periodista, llamé al Registro Nacional de las Personas Naturales para pedir una cita con el director. Yo había llegado al duicentro con el doble propósito de renovar mi dui y de reportear cómo es sacar el dui. En enero y febrero muchos duicentros se volvieron lugares de tortura para la gente que tuvo que hacer colas de hasta 12 horas intentando obtener el documento. Aunque Docusal argumentaba que la culpa era de la gente, que dejaba todo a última hora, lo cierto es que desde el principio -el 4 de enero- de la renovación comenzaron a dar nuevas citas para los usuarios, quienes tenían que volver a veces hasta tres veces. El proceso se volvió un círculo vicioso para Docusal, el RNPN y los ciudadanos.

Después de lo que me había ocurrido el día anterior, sin embargo, la nota ya no era la historia de la tardanza. Yo quería explicaciones sobre algo que –contrario a lo que me aseguraron el día anterior- no está en el reglamento. Esa restricción tampoco estaba indicada en rótulo alguno en el duicentro ni tampoco aparecía en el spot del RNPN que invita a los salvadoreños a renovar el dui. Sí descubrí que en el caso de “profesiones”, en la web de la institución, hay un requerimiento que dice que se debe llevar el título o “autorización que acredite el ejercicio de la profesión”.

Esa autorización, me dijeron, puede ser la credencial. No me lo dijo el director del RNPN, porque no pudo atenderme. Me lo dijo el director de Identificación Ciudadana, Álvaro Valladares. Él me explicó que si no llevaba el título que acreditaba mi profesión, podía llevar una copia certificada de mi carné de periodista. Valladares ya estaba sobreaviso.

-Pero me dijeron del duicentro que usted no presentó el carné -añadió.

Aquella corriente arañando mi espalda reapareció. Le expuse a Valladares mi versión de la historia pero creo que no me creyó. Como tampoco, supongo, me creyó Silvia de Rivas, la representante de la prensa institucional del RNPN.

-¡Por eso le pidieron que saliera! Porque tomó fotos adentro del duicentro -me recriminó.

Les expliqué que no tomé fotos, que le tomé un videoclip al delegado gordito y bajito vestido con un chaleco celeste que me quería sacar a gritos. Y que solo tomé el vídeo después de que él apuntara su teléfono hacia mí y luego de que el aparato tiró un flashazo como cuando alguien toma una foto desde su celular.

Según Valladares, yo tuve la culpa por no haberme retirado y por no haber buscado auxilio en el RNPN. Las cosquillas en la espalda comenzaron a bajar, pero le repliqué.

-¡Pero si no me dejaron opción, y yo necesito ese documento! Además, ellos me dieron a escoger cosas que no soy, porque no quisieron poner lo que soy.

-Pero usted firmó, aceptando eso.

Regresaron las cosquillas en la espalda.

***

Más tarde, en la entrevista, le pregunté a Valladares por el argumento legal del RNPN para exigir pruebas que comprueben la profesión de los salvadoreños. Él me explicó que hay un documento que se llama Instructivo del Sistema del Registro del Documento de Identidad, elaborado por el RNPN en 2002, en donde dice que es requisito, para comprobar profesiones, presentar título universitario que las acredite. Ese instructivo, aseguró, es cumplido a cabalidad por la empresa Docusal y por los delegados del RNPN. Ese instructivo no aparece en la página web del RNPN.

-¿Por qué al RNPN le interesa tener certeza de lo que los salvadoreños dicen ser en su vida laboral?

-Para tener certeza jurídica de que los datos presentados por los ciudadanos son reales y están corroborados a través de un documento. Imagínese que venga una persona que venga y diga: mire, soy ingeniero o abogado… y empezamos a poner a todo el que le gusta… yo soy esto, soy lo otro… sería como un relajo. No todo mundo tiene una profesión. No todo mundo se pasó cinco años estudiando. Y la gente que quiera poner una profesión tiene que demostrarlo.

-Al menos, reconozca que hay una incongruencia en esa regla. No es aplicable a todos los salvadoreños. Porque a los albañiles, mecánicos, empleados, estudiantes y comerciantes no se les puede exigir, según ustedes, que comprueben su oficio. Entonces, ahí no hay certeza de nada, pero aún así ustedes lo avalan.

-Correcto. Es como las amas de casa. ¿Cómo lo compruebo? Pero para la profesión sí hay que solicitar un documento. Para los oficios, ahí sí hay un vacío.

-¿Oficio puede ser cualquier cosa, incluido periodista?

-Sí. Pero entonces tenían que haberle pedido o tenía que haber presentado la copia certificada de su carné de periodista.

-¿Cuál es la diferencia entre el mecánico oficio, el albañil oficio, el periodista oficio?

-Es que mire: lo hacemos con la intención de protegerlo a usted. De que usted es periodista no obstante haya estudiado comunicaciones o periodismo. Algunos no lo han hecho. Usted sí lo hizo, gracias a Dios.

-Vaya. Hay oficios de oficios.

-Hay oficios especiales: en electricidad, el periodista… No todos pueden ser periodistas. ¿O sí? Pero usted, el día de mañana, presenta su carné y su copia certificada. No lo mire de forma negativa, como que le negaron…

Salí de la entrevista, de nuevo, con esa cosquillita maligna recorriéndome la espalda, y pensando que se equivocó Gabriel García Márquez. Este no es el oficio más lindo del mundo. En El Salvador, según el RNPN y Docusal, lo que yo hago es comerciar. O albañilear. O carpinterear. O lo que sea. Y no es que menosprecie esos oficios honrosos y que requieren mucha habilidad. Es solo que yo no soy sino un periodista.

Este año, cerca de 4 millones de salvadoreños deben renovar su dui, pagando para ello un poco más de 10 dólares. Nota para los colegas: si en su dui viejo ya tienen la profesión u oficio, pueden correr con la suerte de que se las dejen tal cual. A menos que tengan mala suerte y algún delegado de Docusal les pida pruebas.

Si son graduados de alguna universidad, pueden llevar su copia del título (autenticada) o el título original. Eso sí, tendrán que discutir con los delegados para conseguir que aparezca la palabra “periodista” en lugar de “licenciado en…”

Si no son periodistas graduados de alguna universidad o no quieren llevar el título, basta con que presenten el carné que los acredita, más una copia autenticada del mismo. Si aún así se los niegan, pidan hablar con el delegado del RNPN en el duicentro. Y si aún así no les hacen caso, acudan al RNPN y busquen al director Valladares. Y si los quieren echar por necios, intenten la fórmula mágica: “¿Me puede decir su nombre?”

En la redacción de El Faro, todos se han burlado, pero también se han asustado ante la posibilidad de que les transformen en astronautas o chamanes o domadores de caballos. Un colega me dijo: “¡Mejor te hubieras puesto desempleado ja, ja, ja!”