Posts etiquetados ‘Cárceles’

Tienen 20 años, las sonrisas torcidas y las miradas salvajes. Son doce o quince y te rodean como una jauría de perros flacos, olfateando tu miedo. No llevan polo, sólo shorts y sandalias, tatuajes y cicatrices. Un negrito con pinta de niño remueve una olla de fideos que hierve sobre una cocina a kerosene. Le parte unos huevos encima y echa sal.

Otro, más alto y atlético, que parece el líder, te pregunta la edad y de dónde eres. 22 años. De Magdalena. Explotan en carcajadas. No, acá no hay nadie de Magdalena. Ellos son del barrio de Renovación, en La Victoria. Renovación no queda muy lejos de Magdalena del Mar, pero los chicos malos de Renovación no estudian periodismo, como tú. Muchos ni siquiera terminaron la secundaria, ni la primaria. Ellos pescuezean transeúntes para robarles billeteras, carteras, celulares. O paquetean marihuana y cocaína para venderla en las esquinas. O empuñan pistolas y asaltan grifos, pollerías, tragamonedas, hostales, casas de cambio, cambistas callejeros de dólares. O se hacen pasar por taxistas, se desvían de la ruta, recogen a un par de cómplices en el camino y les exigen a los pasajeros a punta de cuchillo que vacíen sus tarjetas en los cajeros automáticos. La mayoría termina en Lurigancho antes de los 20. Los reciben sus papás y hermanos, sus amigos de toda la vida. Los protegen. Les enseñan cómo hablar, cómo caminar, cómo pelear y no hacerlo: todo lo que deben saber para sobrevivir en ese lugar donde frecuentarán a asaltantes de bancos, secuestradores, narcotraficantes, sicarios, entre quienes establecerán contactos. Si demuestran arrojo, los llamarán para trabajar juntos afuera. Al salir serán graduados. Como en una universidad. Volverán, por supuesto, porque de eso se trata: entrar y salir de prisión desde los 20 años hasta que envejecen o hacen plata o mueren en el intento. Los que se plantan son pocos. Pero todos se conocen: aunque hay broncas y muertos, son como una gran familia.

Tú, en cambio, estás solo. Eres solo.

—¿Por qué estás acá? Tienes cara de sano.

El líder, a quien llaman Richard, te mira con lástima con sus ojos de zorro que ha visto mucha sangre. También mira tus zapatillas Adidas, calculando si son de su talla.

No hay platos. Sirven en tápers de plástico. No hay sillas ni mesa. Toman la sopa parados frente a las dos celdas que ocupan en el primer piso. Dos celdas de dos por dos metros para quince reclusos. Hacinamiento, le dicen los periodistas. Ahí nos acomodamos, primo, te dice Richard. Echas un vistazo. Ropa tirada. Fotos de mujeres desnudas en las paredes. Una bombilla tenue. Dos camarotes de tres catres cada uno, catre sobre catre: sus ocupantes apenas cuentan con espacio para moverse y respirar (el de arriba casi toca el techo con la nariz). Después descubrirás que otros reclusos viven solos, con televisión, equipos de sonido, hornos microondas, frigobar. Pero eso será después. Ahora te tragas esa sopa con sabor a engrudo sintiendo que vas a vomitar.

Es las ocho de la noche en Lima. Es verano. Hace calor.

Miras la fila de celdas a los lados, la fila de celdas en los dos pisos de arriba. Todos están dándole a sus cocinas a kerosene. Richard te informa que las autoridades sólo se ocupan de tu alimentación hasta el almuerzo, a la 1 de la tarde. Después tú ves, primo. Luego te enterarás de que, si dispones de dinero, puedes comer en cualquier restaurante de la prisión. En el pabellón que te han asignado esa mañana los burócratas, el 11, funcionan dos restaurantes aceptables. En el 7 y el 9, donde purgan condena los presos por narcotráfico, nacionales y extranjeros, compiten decenas, muy buenos, que ofrecen platos criollos e internacionales, a la carta.

Pero eso será después.

Ahora has terminado la sopa y Richard te explica que a ti te correspondería irte a tocar los timbales (lavar tápers y cubiertos) porque no has contribuido con nada, pero él invita por ser tu primera noche. El negrito se lleva los utensilios al lavadero. También carga un balde de agua: a esa hora no cae agua. El agua sólo cae de 6 a 7 de la mañana y de 3 a 4 de la tarde. Tendrás que pelearte con tus compañeros para llenar unos bidones si quieres agua para asearte o tomar un café. O pagarle a alguien para que lo haga.

Richard te pregunta dónde vas a dormir. Te dice que si quieres vivir solo puedes comprar tu propia celda, por unos mil soles (trescientos dólares). Con un contrato firmado por ti y el vendedor y garantizado por los delegados del pabellón, quienes son elegidos en comicios con votación secreta por los propios internos, entre los más antiguos y de mayor jerarquía, y reconocidos por policías y funcionarios civiles del INPE (Instituto Nacional Penitenciario).

Pero eso será después.

—Ahora quédate acá.

Lo miras. Miras al resto. Ríen.

—Nadie te va a violar, primo.

Richard parece buen anfitrión.

—Yo no te pido nada. Un plato de sopa no se niega. Pero acá a la gente le gustan los culos nuevecitos. Y tú tienes buen culo. Cuida ese culo.

Con tu llave en el bolsillo

Te quedas solo. Levantas la cabeza con una cara de malo que ni tú te la crees.

Entonces te das cuenta de que nada será como en las películas gringas. No dormirás en una celda personal, en una litera que sube y baja. No habrá wáter ni desagüe: cagarás en silos. No caerá agua de una ducha, ni fría ni caliente: usarás baldes. No vestirás un bonito uniforme naranja con un número en la espalda. No marcharás en fila para recoger tu bandeja para el desayuno, el almuerzo y la comida, a la hora exacta, ni comerás en un comedor blanquísimo, con guardias vigilando que no te pase nada. Las luces no se apagarán. Tu celda no se cerrará con un chasquido electrónico.

Tu celda no se cerrará nunca.

En Lurigancho tú tienes la llave de tu celda y puedes entrar y salir a tu antojo.

Estás preso, pero eres libre.

Eres libre para moverte por las doscientas hectáreas de la prisión. Podrás recorrer restaurantes y gimnasios. Caminar por el jirón de la Unión (réplica del transitado jirón del centro de Lima), donde no existen tiendas ni bazares, pero sí podrás comprar de todo: ropa, televisores, radios, cds, jabones, drogas. Podrás visitar a los transexuales del pabellón 3 si el sexo dos veces por semana con tu novia no te basta. Podrás ganar algunas monedas lavando ropa, acarreando agua, puliendo barrotes ajenos o chupando penes. Eres libre para hacer casi lo que se te dé la gana, hasta las 5 de la tarde, bajo tu cuenta y riesgo. La puerta de ningún pabellón estará cerrada si puedes pagar la entrada. En teoría los policías resguardan las puertas para no permitir que los internos transiten por los pabellones, pero en realidad son ellos quienes cobran entrada. Y así descubrirás que, aunque en teoría son los policías quienes dominan la prisión, en la práctica los internos hacen lo que se les antoja .A las cinco de la tarde, el policía encargado de tu pabellón pasa cuenta para verificar que no le falte ningún reo, cierra el candado y se larga. Adentro no habrá policías ni cámaras. Entonces serás libre para moverte por los tres pisos del pabellón (también el techo, si quieres ver el cielo) y, si los dueños te permiten, para meterte en las setenta y cinco celdas de concreto y fierro y en las innumerables celdas de triplay construidas por los mismos reclusos para combatir el hacinamiento. De nuevo, bajo tu cuenta y riesgo.

No estarás metido en una celda. Eso te dará la libertad suficiente para no volverte loco encerrado solo sin poder dormir. Pero te expondrá a los peligros de caminar tres pisos de corredores con celdas casi a oscuras, entre ladrones y asesinos ebrios y drogados. Esta primera noche, en medio de los gritos y el fuego, preferirías estar encerrado, solo.

No tienes ese lujo. No tienes soledad ni silencio.

Con tu carnet de periodista en el pecho

Años después, regresarás varias veces, con un carnet de periodista colgando del cuello de la camisa limpia y bien planchada, acompañado de un fotógrafo. Y cuando los colegas te pregunten cómo así conoces tan bien todos los huecos de la prisión, no les dirás que tuviste tiempo para recorrer la cárcel entera en los catorce meses que estuviste encerrado. No. Eso no se cuenta. Ya he venido antes, responderás.

Regresarás, pero nunca regresarás.

Tres diferencias básicas. Uno: los internos no se comportan enfrente de los periodistas como entre ellos. Entre ellos se permiten mentarse la madre, drogarse, emborracharse, asaltarse unos a otros, pelearse a cuchillo, matarse a balazos, sacar teléfonos celulares y laptops para comunicarse con el exterior, entre otras libertades que a los reporteros les encantaría ver y escuchar y a los fotógrafos fotografiar. Por eso, la prisión que un periodista visita no es la verdadera, sino una prisión hecha para periodistas por internos, policías y funcionarios. Dos: a los periodistas los escoltan policías, así que nunca corren ningún riesgo real, nunca experimentan el estado de tensión o alerta que domina a los presos incluso cuando duermen. Tres: los periodistas saben que saldrán en unas horas. Y esta quizás sea la diferencia más significativa. Como periodista sabes que regresarás a la redacción con tu fotógrafo, bromearás con tus colegas, más tarde le harás el amor a tu chica y te encerrarás a escribir en la computadora, con un café a la mano, tratando de reproducir la atmósfera lúgubre del lugar con imágenes bien diseñadas, metáforas inteligentes y una pizca de ironía. Pero será en vano. No importa cuánto te hayas esforzado por mirar: no miraste. No importa cuánto te hayas esforzado por escuchar: no escuchaste. No importa con cuántos internos hayas hablado, sin grabadora ni libreta para dejarlos entrar en confianza, comiendo su comida, metiéndote en sus celdas, sentándote en sus camas: no hablaste con ellos, no entraron en confianza, siempre supieron qué decirte y qué no decirte: supieron mentirte.

Encerrado

El penal de Lurigancho fue construido en 1964, en el primer gobierno del presidente Fernando Belaúnde, con una capacidad para 2500 internos distribuidos en 20 pabellones, pero en la actualidad sobreviven unos 10 mil. El hacinamiento es tal que, cuando cae la noche y los policías cierran los pabellones con candados, muchos duermen al aire libre, en los patios, en los canchones donde se quema la basura.

Pero el hacinamiento es sólo uno de sus problemas. Lurigancho tiene por lo menos una docena. Ingreso de armas, drogas y alcohol. Propagación de enfermedades contagiosas como el sida, venéreas y tuberculosis. Insuficiencia de médicos, medicinas y equipos. Bajísimas condiciones de higiene y salubridad. Carencia de agua y desagüe. Pésima alimentación. Ausencia de una adecuada atención psicológica y de verdaderos talleres laborales y educacionales. Corrupción de policías y funcionarios. Sentencias que nunca llegan por falta de abogados de oficio para los más pobres.

En este pabellón que comienzas a caminar, diseñado para 150 presos, conviven casi 400. Unos 300 son menores de 25 años. Los viejos te observan con indiferencia. Los de mediana edad te guiñan el ojo, te miran el culo. Son los de tu edad los que te rodean. —¿Por qué te han metido?

—¿Lanzas? ¿Jalas?
—Habla, mierda.

Un mes atrás estabas sentado en un salón de clases en la universidad. Ahora tus amigos están de vacaciones en alguna playa del sur o del norte, fumándose un troncho, emborrachándose, tirando. Mañana se meterán en el mar con una resaca feliz. Y seguirán con sus vidas. Navidad. Año nuevo. Feliz día, mamá. Feliz cumpleaños. Besos. Abrazos. Mientras tanto, tú estarás acá. Muerto sin haberte muerto. En un ataúd, pero vivo. No más clases. No más amigos. No más novia. No más familia. No más alegría. No más libertad.

—Esto es la prisión, rata.
—Mira bonito nomás, huevón.

Cinco soles

Richard se aleja con su gente. Caminas al baño. El olor a orina y mierda se te mete por las narices hasta el cerebro. Un olor como un sabor. El baño consta de un urinario largo con un hueco en el medio y cinco cuartitos con sus respectivos silos. Cinco silos por piso: quince para 400 personas. Luego descubrirás que, en Lurigancho, muchas peleas a muerte se inician por un lugar para cagar. Tendrás que aprender a cagar en cuclillas, rápido. Luego sabrás que el contenido de esos urinarios y esos silos, y de los urinarios y silos de toda la prisión, desembocan a través de unos ductos hasta los muros posteriores de las celdas. En teoría debería funcionar un sistema de tuberías y desagües, pero acá no existe nada de eso. En Lurigancho te quedas con tu mierda. Respiras tu mierda. Y la mierda de todos. Todos los días.

Pero tranquilo: te acostumbrarás.

Te acostumbrarás a lo que sea.

Ya estarás acostumbrado cuando, después, mucho después, descubras que ahí, en esos ductos, entre la mierda reseca y el vaho de los orines, donde ni periodistas ni policías resistirían sin vomitar por el hedor, los internos esconden armas, licor y drogas cuando las autoridades del INPE o de la Policía ordenan una requisa para demostrar a los periodistas que ejercen control sobre la prisión, después de un motín o una pelea entre bandas con muertos y heridos de bala y cuchillo. Después sabrás que las requisas no existen. Los reportajes de la tele son un montaje con el que contribuyen los reporteros sin darse cuenta. Los policías llegan a un acuerdo con los delegados de los pabellones: cada uno aporta un porcentaje de armas, drogas y licor para que los jefes puedan mostrar a las cámaras; a cambio, les permiten conservar la mayor cantidad.

Pero eso será después.

Orinas. Un chico de tu edad se para a orinar a tu lado con aire de muy macho. Te mira a los ojos, luego te mira el pene y después se mira a sí mismo el pene. Te sacudes y te alejas mientras escuchas su voz.

—Cuando quieras, papi, estás pa´ agarrarte a besos.

En las escaleras, un adolescente de ojos asustados se la chupa a un cuarentón de bigotes. El cuarentón te manda un beso con la mano abierta repleta de paquetitos de crack, como caramelos.

Llegas al segundo piso. Una sala de estar del tamaño de un salón de clases, bancas de fierro, un televisor encendido. Luces apagadas. Una puerta conduce al corredor y a la fila de celdas. El tercer piso es idéntico. Ocupas una banca. El olor de las drogas se mezcla: marihuana, pasta, crack. El ruido de cincuenta personas gritando a la vez.

En la tele pasan una telenovela brasileña: Xica Da Silva. Cada vez que la protagonista, una negra jovencita, sale casi desnuda, la platea suelta gritos, algunos con la mano dentro del pantalón, otros con el pene afuera, masturbándose sin pudor o tal vez por si a alguien se le antoja. Cuando la telenovela termina, un grupo se aleja camino a sus celdas; los demás se acomodan para dormir en el piso, sobre cartones, pegados unos a otros. Los cuerpos se mueven bajo las frazadas. Risas. Mentadas de madre con cariño.

Las primeras luces del amanecer se cuelan por los barrotes del ventanal de fierro.

Tu primera noche está por terminar cuando se acerca un interno de unos 25 años, un metro ochenta, chuzos en la cara, cabeza rapada, aliento a alcohol y polo sin mangas que deja ver hombros y bíceps trabajados. Se sienta junto a ti. Mira a uno y otro lado con los ojos desorbitados por la pasta. Tú también miras a los lados, aunque sabes que nadie te defenderá. Tienes un par de billetes en las medias, pero no le será difícil hallarlos. Te preparas para tu primera pelea.  Sabías que ese momento llegaría.

—¿Te la chupo? -te dice de pronto.

No contestas.

—Cinco soles. Habla.

No contestas. Él sigue buscando fantasmas alrededor.

—Te vaceas en mi boca. Si quieres te fío porque eres nuevo, pero después me pagas.

No contestas.

—Me pagas, ah, conchetumare. Yo chupo pinga rico, pero no entro en huevadas…

Bueno, te voy a contar.

Entré al Éxito de Chapinero a quemar tiempo porque tenía una entrevista de trabajo. Me puse a mirar los libros porque siempre me ha gustado mirar los temas, ojear, y si es preciso voy y me tomo un café en el mismo establecimiento. Estaba mirando el Almanaque Mundial de 2015… Perdón, 2014… Estoy confundido. Me llamó la atención que cada día salen más países. También cómo era la antigua Unión Soviética. Cuando de pronto dije: “Hijuemadre, me cogió la tarde”.

Salí del almacén y como a las dos cuadras miré y dije: “Ay, mierda, ¡el libro!”. Involuntariamente me lo había colocado debajo del brazo, como si fuera mío. Dije: “¿Ya a qué me devuelvo? Agg, qué hijuemadre”.

Fui a la entrevista de trabajo, no pasó nada. Me puse a ojear más el libro y después me metí a una vaina de compraventa de libros y revistas, y me lo compraron. Un poquito más de mitad de precio.

Ahí fue donde se me metió en la cabeza: “Bueno, si yo saqué ese libro, entonces puedo sacar más”.

Me volví un pícaro, lo reconozco (risas)… Sebastián, se me va a colgar, quedan treinta segundos…

José Manuel finalmente se despidió al otro lado del teléfono.

Los sesenta y cuatro mil pesos que le consigné para que me llamara desde alguno de los teléfonos de La Modelo, la cárcel a la que lo enviaron en febrero pasado por el hurto reiterativo de libros, solo alcanzaron para trece minutos y medio de entrevista. Según me contó, un “marica” irrumpió en su celda y le robó casi toda la plata.

“Sebastián, me tocó lavar ropa de gente de acá para ganar unos pesos y poder cumplirte”, me dijo.

José Manuel está recluido en el pabellón Nuevo Milenio, en el cual permanecen los presos con sida. Hace dos semanas, en la audiencia de imputación de cargos, me dijo: “Te tengo una primicia. Me dijeron que tengo sida”. Luego agregó: “Soy inocente”.

Para ese momento, la juez que dirige el caso llevaba alrededor de cinco minutos en el estrado, ordenando sus papeles. A las cuatro y quince de la tarde comenzó la sesión.

En una sala de audiencias del octavo piso de un viejo edificio de la calle dieciséis, entre carreras séptima y octava, José Manuel escuchaba atentamente al defensor de oficio que le asignó el Estado, el doctor Marco Tulio Céspedes. La juez, que no superaba los treinta años, les concedió dos minutos para que tomaran una decisión.

—Su señoría, el señor acusado ya tomó una decisión.
—Señor José Manuel Home García, ¿es eso cierto?
—Es cierto, su señoría.
—Señor José Manuel Home García, ¿usted tiene deseos de aceptar los cargos?
—Sí, su señoría.
—Siendo así las cosas, señor fiscal, le concedo el uso de la palabra.

Entonces el fiscal comenzó a leer un documento con las pruebas que inculpaban a José Manuel.

—El día siete de febrero, siendo las seis de la tarde, José Manuel Home García, quien tiene 44 años y nació en Cali, entró al Éxito de la calle 175…

Una vez allí, ese 7 de febrero, José Manuel, consciente de lo que iba a hacer (no como la vez del Almanaque Mundial) tomó cinco libros: La estrategia del ave fénix, Manejo del duelo, Pablo Escobar Mi padre y dos ejemplares de Hablando sola. Luego, como si muy en sus adentros quisiera que lo atraparan, cruzó la puerta principal del almacén y lo único que logró fue que se encendieran las antenas de seguridad, que el guardia le pidiera el recibo de compra y que, al percatarse de que se trataba de un robo, le quitara los libros y llamara a la Policía.

—Su señoría, el dactiloscopista de la Sijin —dijo el fiscal— hizo el cotejo con las huellas dactilares de José Manuel Home, estableciendo su plena identidad. Pongo a su disposición estos documentos.

—Proceda, doctor.

***

A principios de 2014 robé ese almanaque y un par de libros más. Tuve una temporada de quedarme quieto como ocho meses y a finales de año empecé a hacerlo más seguido.

Me he robado por ahí unos treinta libros. No, no… Son muchos más. Por ahí unos noventa.

Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura. Me gustan mucho los de superación personal: ‘Amar o depender’, del doctor Walter Riso, ‘Te amo, pero soy feliz sin ti’, del Papá Jaramillo.

“Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura”
Soy una persona emocionalmente muy débil y esa es una de las razones por las que he llegado a donde he llegado.

También me gusta Isabel Allende. Me leí ‘De amor y de sombras’. Sin embargo, mi libro preferido es ‘La culpa es de la vaca’. Ese del hijo de Pablo Escobar apenas si lo ojeé. No vale la pena.

Después de leerlos los vendía por ahí en Chapinero o en lo zona de la 16, por donde están los juzgados, donde me hicieron la audiencia. Si un libro costaba cuarenta y dos mil pesos, entonces lo vendía a mitad de precio.

Pero, no sé, Sebastián. Siento esto como una indagatoria.

***

La juez revisó los documentos, corroborando cada punto, hasta que finalmente dio su veredicto.

—Se comprueba la materialidad de la conducta y la responsabilidad del procesado, indicando entonces esta funcionaria que la sentencia que emitirá no será otra que una sentencia condenatoria. ¿Señor defensor?
—Su señoría, muy respetuosamente —dijo el abogado Céspedes—. El señor José Manuel Home se vino de Cali hace tres años, es administrador de empresas de la Universidad del Valle, vive en la carrera 13A # 13-61, y pues… Aquí no ha logrado encontrar estabilidad, lo que lo llevó a cometer ese delito para subsistir. Tampoco tiene antecedentes, su señoría. Pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios.

Yo era muy alcohólico —me cuenta— e incluso me tuve que rehabilitar. Los papás de mi segunda esposa la alejaron de mí, y la enviaron a estudiar a Buenos Aires.

Antes de llegar a Bogotá, fui hasta allá para recuperarla (risas). Volví muy desorientado. Traté de erradicar la vida nocturna: el que está untado de aceite, no se puede acercar a las llamas.

La juez ignoró al defensor. Estableció la fecha de la siguiente audiencia y luego dio por terminada la diligencia. El abogado y yo bajamos al primer piso del edificio en el mismo ascensor. En este lapso me contó que José Manuel dirigió dos empresas importantes, pero que un negocio fallido lo dejó en bancarrota.

Mientras tanto, dos guardias conducían a José Manuel y a cuatro presos más de La Modelo hacia la carrera séptima, donde los esperaba un bus del INPEC. José Manuel, esposado, miraba de reojo la vitrina de una librería.

***

En la última audiencia, antes de que José Manuel llegara, escuché a la juez y a la delegada del Ministerio Público murmurar entre ellas.

—Muy de malas —dijo la delegada del Ministerio Público—. Pero, ¿por qué hacen esas cosas?
—Es lo que todos se preguntan— le respondió la juez, sarcásticamente.
—Bueno, le robaba a los ricos, ¿no? —comentó la delegada, dirigiéndose al defensor de almacenes Éxito, quien no asistió a la audiencia pasada y se veía sorprendido ante las risas que soltaba la funcionaria mientras decía lo que decía.

“El tipo ahora está mejor —me dijo el abogado Céspedes antes de entrar a la sala—. Lo hubiera visto cuando lo atraparon. Estaba mechudo, sucio”.

Era 10 de junio. José Manuel llevaba cinco meses y 15 días en prisión.

Sebastián, por favor llévame algo de comer —me dijo una semana antes en otra llamada—. Me gané un chuzón por ponerme a defender a un man de acá. Ojalá me den salida ya.

José Manuel por fin llegó a la sala.

—Buenas tardes a todos —dijo agitado. El guardia con el que llegó hizo que subiera los ocho pisos corriendo debido a que iban tarde. Sin embargo, más se demoró su respiración en relajarse y su sudor en secarse, que la juez en dictar el fallo. Omitió por completo el pedido del abogado Céspedes en la última audiencia: “Su señoría, pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios”.

“Esa juez… ¿Para qué le metía la caución?”, me dijo Céspedes antes de tomar el ascensor. El proceso apenas duró diecisiete minutos.

La juez ordenó que José Manuel permaneciera treinta días más en La Modelo, antes de quedar libre y estar expuesto a la tentación de embolsillarse un nuevo libro.

Todo el mundo sabe lo que pasó en la cárcel de El Porvenir y todo el mundo, especialmente Honduras, parece haberlo olvidado: cuando a las 9:10 de la mañana del 5 de abril de 2003, 10 minutos después de que estallara el motín, la Policía y el Ejército entraron a los patios con sus armas largas y sus pistolas, en teoría para poner orden, solo habían muerto cinco personas. Dos horas después, en aquel penal de una veintena de celdas se amontonaban 68 cadáveres.

***

La batalla la iniciaron los pandilleros del Barrio 18. Entre ellos y los Paisas -los presos no pandilleros- había un acuerdo de no agresión que se había respetado durante meses. A pesar de ser los eternos protagonistas de las portadas de diario, a pesar de encarnar todos los males y provocar todos lo miedos, a pesar de su talento para la violencia, la historia indica que en Honduras, cuando se trata de plantar batalla a otros grupos criminales o a las fuerzas de seguridad, los pandilleros llevan las de perder. En esa certeza descansaba la paz de El Porvenir, en la costera ciudad de La Ceiba. Los paisas cuadruplicaban a los pandilleros en número, aun contando a los recién llegados. Y eran paisas los “rondines”, el grupo de presos en los que las autoridades delegaban desde hacía años el orden en los patios, los hombres que a golpe de tolete o de machete imponían ley intramuros.

En plena explosión del plan “Cero Tolerancia” contra las pandillas impulsado por el gobierno del presidente Ricardo Maduro, si en las calles se temía y despreciaba a los pandilleros y la Policía había comenzado a perseguirlos a plomazo limpio con el aplauso de la población, en la cárcel se les vigilaba y trataba como a animales peligrosos. En El Porvenir, las autoridades habían dado a los rondines las llaves de las celdas 2 y 6, ocupadas por el Barrio 18. Los paisas, liderados por su coordinador general, Edgardo Coca, decidían quién entraba y salía, y cuándo. Hacían constantes registros, hasta tres al día. Establecían para los pandilleros castigos colectivos.

Esa paz desigual, sin embargo, comenzó a agrietarse el 7 de marzo, cuando Mario Cerrato, el Boris, aterrizó en El Porvenir con otros 29 dieciocheros. Habían sido trasladados desde la Penitenciaría de Támara, en teoría para evitar roces con otros presos. En teoría para evitar muertes.

Una vez en El Porvenir, el Boris no tardó en comprobar, indignado, que su Barrio bajaba la cabeza ante los abusos de los presos no pandilleros. Casi deinmediato conjuró reglas no escritas en la pandilla y logró desplazar al hasta entonces líder de los dieciocheros en el penal, Edwin Calona, El Danger, en la toma de decisiones. El Boris tenía en mente una guerra. Se sabe que sobornó a un custodio para que le proporcionara un arma y organizó un plan de ataque durante cuatro semanas. El sábado 5 de abril tomó su nueva pistola y se dirigió a la celda en la que estaban reunidos Coca y el resto de líderes de los rondines. Con él iban El Danger y otros ocho pandilleros armados con palos y cuchillos. El primer disparo de El Boris mató a José Alberto Almendárez, el subjefe de rondines. Encaramados a la confusión inicial, los pandilleros lograron abatir a balazos o machetear hasta matarlos a otros cuatro paisas. Buena parte de los rondines huyeron y buscaron refugio en los baños de sus celdas. Otros, los más veteranos, corrieron a buscar sus armas, para responder a El Boris.

Todos los testigos coinciden en que cuando, 10 minutos después del primer disparo, los policías que custodiaban el penal y los soldados de refuerzo entraron en los patios, lo hicieron a cañón suelto y con la intención clara de proteger a los paisas, matando a todo pandillero que encontraban a su paso. De inmediato, rondines, custodios y militares formaron un solo batallón que hizo retroceder a la mayor parte de dieciocheros hacia sus celdas. La carnicería estaba por comenzar.

Un rondín cerró con candado la celda 6, en la que se habían refugiado 25 personas, incluida una mujer y una niña que habían entrado de visita poco antes de la balacera, colocó cartones y colchones sobre la puerta de reja, los roció con combustible y les prendió fuego. Los policías que le vieron hacerlo no movieron un dedo.

A pocos metros, frente a la celda número 2, policías, soldados y rondines descargaron sus armas hacia los pandilleros que se habían refugiado allí, al tiempo que les gritaban que se rindieran. Por un instante cesó el fuego cruzado: los pandilleros se rindieron y lanzaron sus armas hacia el patio, pero los primeros que se atrevieron a salir con las manos en alto fueron acribillados. Uno murió en el acto. Los que quedaron en el suelo, heridos, retorciéndose, fueron rematados a golpes y cuchilladas por los rondines. Aquellos que en un primer momento se quedaron parapetados en la celda sufrirían una muerte más brutal: cuando el humo y las llamas que de la celda 6 ya pasaban a la 2 les forzaron a salir, fueron tumbados boca abajo en el suelo. En esa posición los ejecutaron. Después de lincharlos y acuchillarlos, todos fueron rematados a tiros. Los mismos tiros que más tarde permitirían reconstruir lo sucedido a Arabeska Sánchez.

En cada rincón del penal, respaldados por las armas de la Policía y los militares, los presos paisa completaron la venganza. Policías remataban a los pandilleros heridos, soldados contemplaban en silencio cómo rondines se ensañaban con cadáveres ya desfigurados.

El comandante a cargo del operativo, el subcomisionado Carlos Esteban Henríquez, detuvo la matanza alrededor de las 11, cuando supo que desde la escalera de un camión de bomberos que acababa de llegar a sofocar el incendio un camarógrafo lo grababa todo. Solo entonces ordenó a sus hombres dejar de disparar y trasladar hacia un hospital a los heridos. En su primera declaración a los periodistas, un vocero del Ministerio de Defensa, el subcomisario Leonel Sauceda, dijo que, de los incidentes carcelarios causados por pandilleros en los últimos meses, este había sido “el más grave”.

23 de las 68 víctimas tenían heridas por arma de fuego. 60 de ellas eran pandilleros del Barrio 18. Cinco murieron desangradas. Una recibió 20 machetazos en la cabeza. En la celda número 6 murieron 25 personas asfixiadas o quemadas. El cuerpo de una de ellas quedó calcinado a tal punto que fue imposible identificarla, y ni siquiera se pudo conocer su edad o su sexo. Los cuerpos de los muertos fueron trasladados a San Pedro Sula para que se les realizara la autopsia. Llegaron como podridos a la morgue. No aguantaron las cuatro horas de viaje a bordo de camiones sin refrigeración.

El presidente Ricardo Maduro, su ministro de Seguridad Óscar Álvarez y su viceministro Armando Calidonio, llegaron al penal a las 4 de la tarde, cuando todavía había cadáveres en el suelo. A los minutos, un miembro de la comitiva presidencial ordenó a los bomberos limpiar de inmediato el escenario de la masacre para que los presos sobrevivientes, que también habían sido evacuados tras el alto el fuego, regresaran lo antes posible a sus celdas. No importó —todavía hoy hay quien sugiere que ese era el propósito de la orden— que con el agua se borraran posibles pruebas y se convirtiera en tabula rasa la escena del crimen.

***

La de El Porvenir fue la primera de las tres grandes masacres ocurridas en la última década en cárceles hondureñas. Un año después, en 2004, la quema del sector de la Mara Salvatrucha en el penal de San Pedro Sula causó 107 muertos. En febrero de 2012, como en una escalada macabra, otro incendio consumió casi totalmente la granja penal de Comayagua y murieron 361 hombres y una mujer que había llegado de visita. Medio millar de muertos en tres zarpazos bajo el aplauso de buena parte de la sociedad hondureña, que suele recibir la muerte de presos como una purga sanadora. Pero la huella puntiaguda de estos tres episodios en las gráficas oficiales de muertes violentas en los penales de Honduras no cuenta la verdadera historia. Es en el valle de los muertos casi diarios y en la negativa del Estado a asumir la responsabilidad por ellos donde brutalidad de la política penitenciaria en Honduras se vuelve transparente.

La hemeroteca y el relato de quienes sobreviven intramuros rebalsa de casos extraordinarios: en marzo de 2008 un grupo de expandilleros fue trasladado desde San Pedro Sula hasta Támara tras un motín en el que hubo nueve muertos. Una vez en la Penitenciaría Nacional fueron metidos en plena noche en sectores de paisas, pese a la certeza de que acabarían muertos. Así fue. Al amanecer había 18 pandilleros acuchillados. A mediados de 2009, dos juezas ordenaron medidas cautelares para proteger a un preso por homicidio cuya vida peligraba si era ubicado en el mismo sector en que cumplía pena el hermano de su víctima. Pese a haber recibido y leído las órdenes judiciales que explícitamente pedían que se le asignara al reo otro área del penal, el director del centro lo envió a la muerte. El director está hoy acusado de homicidio. En 2011 otro director penitenciario mantuvo a un preso epiléptico engrilletado de pies y manos en una pequeña celda de castigo en la base de un torreón de vigilancia, y se negó a que el personal de la clínica le diera su medicación. El preso murió y nadie señaló culpables. Son constantes los enfrentamientos entre internos, con armas de fuego. El 29 de marzo de 2012 un grupo de presos de la cárcel de San Pedro Sula derrocó por las armas a su coordinador general y estableció en el penal un nuevo orden. Tras varias horas de tiroteo se contaron 14 cadáveres.

Los informes de diversos organismos internacionales de derechos humanos, como la Comisión Interamericana o Naciones Unidas, han denunciado regularmente desde hace más de una década la crueldad de las condiciones de las cárceles hondureñas y el constante riesgo para la vida de los presos. Sin que haya habido cambios. Solo en los últimos tres años han muerto de forma violenta en cárceles de Honduras más de 450 presos. En promedio, uno cada dos días y medio. Baleados por los guardias, acribillados por disparos de otros reos, perforados por las esquirlas de una granada, estrangulados, acuchillados, ahorcados, apaleados, empalados, decapitados, quemados vivos.

Resulta imposible acceder a registros sistematizados y completos de muertes violentas en las últimas décadas, pero los datos oficiales de mortalidad en cárceles, que convenientemente mezclan los decesos naturales con homicidios y asesinatos, no logran esconder lo evidente: el promedio entre 2003 y 2012 fue de 106 muertes anuales dentro de prisión, la inmensa mayoría de ellas por hechos violentos. Si Honduras es el país más violento del mundo con una tasa de homicidios de 79 por cada 100 mil habitantes en 2013, y tiene una mortalidad total de 4.78 por cada mil habitantes según datos de 2012, sus cárceles son el lugar más peligroso de Honduras con una tasa de mortalidad promedio que supera los 7.8 por cada mil presos en la última década.

Las autoridades hondureñas suelen sugerir que los incendios en cárceles son excepcionales e imprevisibles, que las muertes de presos en plena fuga son inevitables y justas, y que los motines o las venganzas entre internos son aleatorias. Como si las lógicas salvajes de los presos fueran incomprensibles. No es sino una forma de mentira institucional. En las cárceles, las muertes siempre tienen una explicación. Y las masacres de El Porvenir, San Pedro Sula y Comayagua no son sucesos aislados sino cimas, cumbres, de la normalidad asesina del sistema penitenciario de Honduras. Unas veces el Estado mata directamente a través de sus funcionarios de prisiones; otras, facilita que sean otros los verdugos en un sistema de pena de muerte tácita.

***

10 años después, sentada en el bar de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez reflexiona sobre la masacre. Es evidente que le alegra que a alguien le importen aquellos muertos tanto tiempo después y en un país que todavía aplaude sin pudor diversas formas de limpieza social.

Lo que llegó a la mesa de Arabeska Sánchez no parecía una bala. Ese pedazo de metal deforme podía ser cualquier cosa, y aun asumiendo que fuera un proyectil iba a ser imposible rastrear el arma del que salió. Ella, corpulenta, bajita, arrugó la cara, detrás de sus lentes entrecerró aun más sus pequeños ojos e intentó adivinar alguna pista en esa esquirla de plomo, pero terminó por rendirse. Había visto en televisión las escenas de la masacre de la cárcel de El Porvenir y la carcomía el deseo de ayudar a identificar a los perpetradores. Pero de los centenares de balas y casquillos recogidos por el Ministerio Público después de la matanza, su astilla era la más inútil. Incómoda, la devolvió a la bolsa en la que venía etiquetada como indicio y escribió en su dictamen: “El fragmento ha perdido masa y características de clase e individualizantes. No tiene valor analítico.”

Sentada en la parte menos ruidosa de un bar que pretende ser bohemio, en medio de la zona hotelera de Tegucigalpa, Arabeska Sánchez se aferra a un vaso con hielo y seven up mientras rememora su intento de descifrar los secretos de aquel pedacito de plomo. No he conseguido que acepte una cerveza o que me acompañe con un trago de ginebra. Dice que mañana tiene que madrugar.

—Nada de alcohol si hay que trabajar.

Es, y lo demuestra en cada frase y cada gesto, una mujer serena. Dura, agresiva en sus opiniones, pero serena. Supongo que solo anclado en esa serenidad puede uno haber visto desfilar ante sus ojos toda la muerte que cabe en Honduras y continuar creyendo que se puede salvar a este país de sí mismo.

Aquel abril de 2003, como si se apiadara de su frustración, el azar quiso que el peritaje fallido le abriera a Arabeska Sánchez una puerta mayor en la investigación de la masacre. Puesto que era la única miembro del laboratorio que no presentaría prueba balística en el juicio, la fiscal del caso le asignó una nueva tarea: reconstruir con la mayor precisión posible, usando los informes de sus compañeros, la masacre de la granja penal de El Porvenir. Sin pedirlo, se convirtió en una pieza clave para probar cómo el Estado hondureño, en complicidad con una banda de matones, asesinó de manera salvaje en dos horas a seis decenas de seres humanos.

Asegura que, más aun que la masacre en sí, y por despiadado que parezca, fue el largo y tenso juicio posterior el que retrató el nivel de desprecio del gobierno de Honduras por la vida de los prisioneros.

—Si quieres saber cómo es, incluso 10 años después, el sistema penitenciario de Honduras, buscá y revisá el expediente del caso de El Porvenir. Fue la primera vez que se desnudaron todas sus debilidades.

Arabeska no lo dice, o lo dice con otras palabras: la de El Porvenir no es una historia del pasado. El país más violento del mundo mantiene aún hoy, como política no oficial, el exterminio sistemático de sus presos.

***

El juicio por la masacre de El Porvenir inició en marzo de 2008 y fue un pulso del Estado hondureño consigo mismo. Mientras el Ministerio Público pujaba por el esclarecimiento de las 68 muertes, el Ejecutivo ponía todo su empeño en el encubrimiento. Quedó probado que la dirección del Sistema Penitenciario había alterado en su libro de incidencias la hora en que comenzó la masacre. Quedó probado que los informes de novedades de la Policía Preventiva se habían falseado para hacer ver que la voz de alarma se dio tarde y el operativo policial había durado una hora menos de lo que realmente duró. Quedó probado que el jefe policial a cargo del operativo mintió en su informe y escribió que sus agentes habían sido recibidos a balazos por los pandilleros y solo habían disparado en defensa propia. La Secretaría de Seguridad pagó los abogados de los custodios, contrató a peritos en balística e incluso reclutó a investigadores del Ministerio Público para que argumentaran en contra de las pruebas de la acusación.

Con la mirada endurecida detrás de sus inseparables lentes, Arabeska Sánchez explica la sensación de desventaja que tuvo el equipo fiscal durante todo el proceso que duró 159 días, algo más de cinco meses.

—Éramos cuatro personas: dos fiscales, un médico forense y yo, y delante teníamos un buró de 60 defensores, una barbaridad de gente. Sentíamos una presión terrible.
—¿Recibieron alguna amenaza?
—Hubo vehículos sospechosos siguiendo el carro de la Fiscalía que usábamos en La Ceiba, así que pedimos un vehículo de refuerzo que nos acompañara cada vez que nos desplazábamos del hotel a la audiencia. Después de cada sesión teníamos que encerrarnos. Balearon a un muchacho en el parqueo de mi hotel, y también hubo disparos frente al hotel en que se estaba quedando la fiscal.

Las salas de audiencia de los tribunales en La Ceiba eran demasiado pequeñas para un proceso de estas dimensiones, así que el juicio se celebró en la sede local del colegio de abogados. Todos los días se desplegaba un cordón policial que rodeaba el edificio en el que se estaba juzgando, principalmente, a policías por el asesinato de presos. Aunque se esgrimía razones de seguridad, para el equipo fiscal era una forma más de intimidación. Durante las audiencias, los jueces pidieron a los acusadores que no se levantaran al baño en los recesos para no exponerse a recibir ataques. A los pocos días de comenzar el juicio, una amenaza de bomba obligó a desalojar todo el edificio y suspender la audiencia durante horas.

Toda La Ceiba se convirtió para Arabeska Sánchez y su gente en territorio hostil. Mientras los acusados y sus familiares celebraban barbacoas por la noche, los cuatro miembros del equipo fiscal comían aislados en su hotel. No había quien quisiera sentarse con ellos ni se podían dar el lujo de caminar tranquilamente por la ciudad costera.

Las pruebas y testimonios eran, en todo caso, aplastantes. Durante el juicio se mostraron imágenes de televisión en las que se veía a agentes golpear a pandilleros moribundos de la mano de presos rondines. Los informes de balística confirmaron que la mayoría de víctimas habían muerto por disparos de armas asignadas a policías y soldados. También pusieron en evidencia que algunas de las armas homicidas nunca llegaron a ser entregadas a la Fiscalía por parte de la Policía. Simplemente desaparecieron.

21 de los 33 acusados fueron declarados culpables y recibieron condenas que oscilaron entre los 3 y los 1,035 años de cárcel. El comandante de la Policía al frente del operativo, Carlos Esteban Henríquez, fue declarado culpable de omisión en 19 asesinatos y condenado a 17 años de prisión. El director del penal, Danny Alexander Rodríguez Valladares, no fue en cambio ni siquiera imputado porque el día de la masacre, aunque no tenía permiso, no se presentó a trabajar. En el año siguiente a la masacre fue trasladado varias veces y dirigió los penales de Santa Bárbara y Danlí, y en 2012, como si en Honduras la burla fuera una política de Estado, fue enviado de urgencia a sustituir al director del penal de Comayagua, fulminantemente suspendido tras el incendio en que murieron 361 personas.

Desde junio de 2013, Rodríguez Valladares es el director del penal de San Pedro Sula, el segundo más grande del país. Allí, como una década antes en El Porvenir, comparte el poder con un equipo de rondines armados, presos que, bajo el liderazgo de otro preso, imponen disciplina, operan como la verdadera autoridad de la cárcel y deciden sobre la vida y la muerte del resto de internos. Como si no hubiera huella del pasado y la muerte de 68 reos fuera un apunte marginal, anecdótico, en la doctrina del sistema y la carrera de un funcionario.

***

La noche lo calla todo menos al río, cuyo rugido parece advertir que en este suelo, donde hubo una vez risas y bailes con orquesta, nadie debe volver a construir nada. Por décadas la corrupción hizo de La Mora -el pabellón de los presos ricos en la antigua Penitenciaría Central de Honduras- un lugar feliz para quien pudiera pagar. Mientras los presos comunes, encerrados en la parte alta del recinto, malcomían y asistían a la escuela para aprender a leer, en las celdas de La Mora se instalaron mesas de casino y en su patio se celebraban a menudo veladas de boxeo con púgiles invitados.

El huracán Mitch barrió todo eso. El 30 de octubre de 1998 las aguas del río Chiquito, convertidas en el brazo de un gigante desbocado, redujeron La Mora a un predio baldío. Del resto del penal quedaron ruinas de cierta solemnidad, pero de La Mora solo sobrevive un torreón de vigilancia, en extraño equilibrio sobre sus bases mordidas.

Entre los cimientos de ese torreón, a oscuras, Dionisio Sánchez ordena sin prisa sus montículos de cartón, sus redes llenas de latas y sus amasijos de quincalla. El aire en Tegucigalpa está limpio, como entre lluvias. Dionisio es pequeño y tiene una sonrisa burlona. Al hablar despereza dos ojos sorprendidos, como si conversar fuera para él una excentricidad o un placer olvidado y redescubierto.

Se asentó bajo este techo prestado en el año 99, pocos meses después del paso del huracán y vive de vender basura y cargar bultos en el mercado mayorista. Nunca ha pisado una cárcel, pero sabe perfectamente qué sucedió acá el día que desapareció La Mora:

—Cuentan que se iban y los mataban. Los presos se iban y los mataban.

Aquel jueves, con Tegucigalpa entera en estado de alarma, con el río a punto de desbordarse, entre los presos de la Penitenciaría Central corrió el rumor de que nadie iba a llegar a evacuarlos. En mitad de la emergencia, mientras temblaban los muros que trataban de sostener el río y se filtraba el agua, decenas de reclusos de La Mora treparon uno tras otro por las paredes pensando que era su oportunidad de escapar o de salvar la vida. Los guardias dispararon a matar. Alrededor de 30 presos fueron arrastrados por el río heridos o ya muertos. Sus cuerpos nunca aparecieron.

Años después, en una nota que pretendía resultar entrañable, el diario El Heraldo escribió que en las ruinas de la vieja cárcel de Tegucigalpa hay fantasmas de guardias y de presos muertos. Como si la leyenda negra de un país que mata a sus presos fuera un juego de miedos infantiles. Como si los asesinatos en una cárcel hondureña fueran cosa del pasado o de otros mundos.

Esta noche, en mitad del antiguo patio de La Mora, a pocos metros de su torreón, Dionisio Sánchez parece uno de esos fantasmas. Sabe que desde este torreón mataron a gente porque se lo contó un amigo que cumplía sentencia en aquellos días en La Mora y vio con sus propios ojos morir y hundirse en los remolinos de agua a compañeros de encierro. Una rata del tamaño de un gato atraviesa el predio en dirección a Dionisio y se cuela entre sus cartones.

***

El Doctor de la cárcel de Támara fue un fantasma en la vieja Penitenciaría Central en los años 90 y la condena de ver pasar cadáveres de presos le ha acompañado hasta hoy. “Aquí la primera causa de muerte es la herida por arma de fuego”, dice, y mantiene una postura fría, los brazos sobre el escritorio, la espalda recta, el gesto ausente, como si hubiera repetido esta frase mil veces y no sirviera para nada.

La Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto, conocida popularmente como Támara, estuvo una vez llamada a ser la primera piedra de un nuevo sistema penitenciario en Honduras. Cuando Mitch derribó los muros de la antigua Penitenciaría Central, en Támara se estaba terminando de construir una cárcel modelo para 1,800 personas, diseñada para facilitar la clasificación de internos por perfil criminológico y tipo de delito, a la medida de un futuro sistema progresivo de reinserción. Apenas albergaba entonces a 300 presos y debía irse llenando paulatinamente, bajo nuevos criterios de administración.

También eso se llevó el huracán. Los presos de la Central fueron finalmente evacuados de urgencia la tarde del 30 de octubre e instalados temporalmente en los bajos de las gradas del Estadio Nacional, a 200 metros de distancia cruzando el río, pero a salvo de las aguas y al cabo de unas semanas se les trasladó a todos, a los 3,500 que se amontonaban en la Central, a la nueva penitenciaría, donde quedaron de nuevo amontonados. No hubo, claro, más criterio que la prisa a la hora de asignarles celda. Ni perfil, ni distinción entre condenados y pendientes de condena, ni clasificación por grado de peligrosidad. Aún hoy los sectores del penal de Támara se llaman Procesados 1 y 2, y Sentenciados 1 y 2. Una falsedad.

En los desagües del Estadio Nacional aparecieron a los pocos días restos humanos. Los presos de la Central habían hecho sangrientos ajustes de cuentas mientras estuvieron en ese albergue temporal y llevaban consigo hasta el nuevo penal la tradición carcelaria de muerte y corrupción de las décadas anteriores.

El Doctor vivió aquel tránsito de la Central a Támara y ha estado en esta cárcel los últimos 15 años. Él ronda los 60. Su pelo peinado hacia atrás, su afeitado riguroso de médico viejo, y su camisa impecable debajo de la bata blanca contrastan con la clínica en ruinas en la que trabaja, sin equipo de rayos x, sin apenas camas, entre telarañas y pasillos a los que les faltan las ventanas. Como el resto de médicos y enfermeros de Támara, trae cada día de casa sus bisturíes, sus tijeras, su estetoscopio, sus guantes.

El penal es una ciudad pobre, sobrepoblada por 4,000 personas a las que las autoridades alimentan con una dieta única de frijoles y arroz tres veces al día. Además, el agua de Támara, los días que no falta el suministro, no es potable. El Doctor dice que la tratan para eliminar algunos gérmenes, pero que de ninguna manera es potable. Aun así, se bebe. Hacinados, malnutridos, maltratados, enfermos, en los meses de verano tres cuartas partes de los presos tienen sarna.

—Hubo un tiempo en que sí, como a finales de los 80, por el sida, pero desde hace unos 15 o 20 años ya no son las enfermedades las que matan a la gente aquí en las cárceles —aclara el Doctor—. Primero crecieron las muertes por arma blanca, y ahora ya no, ahora son por arma de fuego.

En Támara, la cárcel más grande del país y la más cercana a la capital, conseguir un revólver .38 cuesta alrededor de 25 mil Lempiras, 1,300 dólares, y que las autoridades dejen pasar una pistola 9 mm. cuesta 45 mil, unos 2,300 dólares. Un AK47 o una granada tienen precios lógicamente mayores, pero igual se pagan. Los agentes policiales que custodian la cárcel se dejan sobornar tanto por paisas como por pandilleros y los surten de armas para que se maten entre ellos, como auténticos vendedores de muerte. En un círculo vicioso que se ha perfeccionado con el paso del tiempo, las mafias de los internos alimentan la corrupción y la corrupción a su vez fortalece a las mafias de los internos.

—Mire, en las cárceles hay un poder fáctico que está por encima del director —dice el Doctor—. Los llaman “los Toros”. Son los reos poderosos, los que en cada penal manejan el narcotráfico, los negocios ilícitos, el crimen…

El Doctor no ha necesitado hacer preguntas incómodas ni meterse en los asuntos de otros para averiguar lo que sabe. Por su clínica pasan las consecuencias de todos los problemas de la cárcel. Hace algunos años comenzaron a aparecerle heridos con unos extraños cortes circulares en el cuero cabelludo, un mosaico de incisiones regulares y profundas. Le llevó un tiempo deducir de dónde venían. Los coordinadores de los sectores usan un tablero lleno de corcholatas, chapas de botella, clavadas boca arriba, y colocan al reo con la cabeza sobre las chapas, con los pies levantados y apoyados en la pared, sin manos, para que todo el peso del cuerpo descanse sobre la cabeza y los filos dentados de las corcholatas atraviesen lenta pero profundamente la piel.

Es solo una de las muchas formas en las que Támara se autogobierna de muros para adentro con la absoluta complicidad de las autoridades. Al igual que sucedía con los rondines de El Porvenir, y como sucede en casi todos los penales de Honduras, en Támara los internos que regentan los patios disciplinan al resto con torturas sistemáticas. En cada sector tienen celdas reservadas expresamente para el castigo y la tortura. A esas salas las llaman CORE, como el CORE VII, la posta Metropolitana n°1 de la Policía Nacional en Tegucigalpa, en la que tradicionalmente se ha dicho que las autoridades torturan a su vez a sus detenidos.

15 años después del huracán, la que pretendía ser una cárcel ejemplar está carcomida por la corrupción y la desidia institucional. Las autoridades tratan a los presos como animales y les permiten gobernar su propia jungla. El resultado es un poder, el de los internos, que nadie logra ni -tal vez- quiere domar. Las autoridades se limitan a fingir que al menos pueden evitar que ese poder salga de su jaula. Por eso, cuando no se trata de un escape planeado y pagado a las redes de corrupción del penal, que inician en los coordinadores de cada sector y terminan en las oficinas administrativas del penal, los custodios disparan a quienes tratan de fugarse.

***

El 19 de mayo de 2009, Alexander Noé Moncada Zúñiga, un joven de 29 años condenado por allanamiento de morada trató de fugarse de la prisión Marco Aurelio Soto de Honduras, conocida por todos como Támara. Llevaba menos de un mes de reclusión, pero estaba nervioso como un adicto separado de sus dosis. La cárcel, al principio, puede ser un picor insoportable. A las 11 de la mañana de un martes de mayo, ese preso delgado y con bigote se lanzó, vestido con ropa deportiva, sobre el primer muro de los dos que forman el perímetro de seguridad del penal. Los vigilantes le descubrieron en la llamada “zona muerta” entre las dos paredes y le hicieron disparos de aviso. Él dudó unos instantes, midió sus remotas posibilidades de éxito y decidió que lo más seguro era volver a saltar de regreso a su sector. Pese a ver que el preso regresaba al recinto, un custodio le disparó por la espalda y le hirió en el glúteo.

El disparo no lo mató. El escapista frustrado recibió atención primaria y llegó incluso a hablar con los periodistas a su llegada al hospital Escuela de Tegucigalpa, un par de horas después del suceso. Explicó que quiso fugarse por la ansiedad de que su familia no lo llegara a visitar. Sonrió a las cámaras. Antes de que anocheciera estaba muerto. Desangrado, según la versión oficial. Un año después, el custodio fue condenado a 15 años de cárcel.

Es el único caso de este tipo por el que el Ministerio Público de Honduras ha conseguido jamás una condena. A los internos les da miedo denunciar o testificar porque al regresar al penal temen que los custodios, o los coordinadores de sectores, coludidos con las autoridades corruptas, los vayan a asesinar.

***

El Fiscal batalla con cientos de casos como el de Moncada: torturas, abusos, violaciones a los derechos humanos en las cárceles. Como El Doctor, cuenta sus anécdotas desde la protección que da el anonimato, porque ha recibido amenazas directas de muerte y porque en Honduras los asesinatos de fiscales y defensores de Derechos Humanos en los últimos tres años han hecho del miedo un rasgo de sentido común. Los canallas no quieren que cambie el sistema, y El Fiscal sabe que los canallas, especialmente los que trabajan en despachos oficiales, le conocen y le odian. Por eso aprendió a disparar y anda siempre armado.

—Es típico, ocurre a veces que un interno logra pasar la zona muerta y lo persiguen 10 o 15 policías, y cuando lo tienen casi sometido, y así es más fácil, le disparan en la espalda y muere. O lo capturan, lo ingresan al penal y muere.
—¿Se abren expedientes internos o investigaciones por esos casos?
—Al Ejecutivo no le interesa. Nunca hay sanción para el custodio que dispara. Nunca hay una investigación interna cuando muere un preso. Si la Policía se da cuenta, no investiga. Solo se abre un caso cuando el Ministerio Público toma su propia iniciativa o por denuncia de una oenegé.

Cuenta El Fiscal que una vez llegó a Támara para investigar un caso de abuso de autoridad y se le arremolinó alrededor un grupo de presos ansioso de que viera algo. “Ya le van a conseguir los lisiados”, le dijeron. Al poco vio acercarse a una docena de personas cojeando, malcaminando, apoyada en muletas. Una procesión de tullidos y gente rota. Se trataba de presos que habían intentado fugarse y recibido castigo de los guardias por ello. Muchos tenían brazos rígidos y doblados por fracturas que nunca les fueron enyesadas, o pies ladeados.

—Me han hablado de disparos en los pies, como castigo ejemplar -le pregunto.
—Varios me dijeron: “Mire, yo me escapé, pero cuando ya me tenían detenido me dispararon en la pierna, ‘para que no lo volvás a hacer’, me dijeron, y pummm”. En Támara hay muchos casos. Podés hacer un libro con ellos. Y no es lo peor que ha pasado y sigue pasando.

El 27 de marzo de 2014, a las 2 de la tarde, tres internos trataron de fugarse del penal de Támara después de, aparentemente, sobornar al soldado que ocupaba una torreta de vigilancia. Cuando otros centinelas se dieron cuenta de lo que sucedía, les persiguieron y, tras hacer disparos de aviso, terminaron por apuntar al cuerpo. Uno de los presos, Erik David Sevilla Salgado, recibió un tiro en una pierna. Aunque fue trasladado al hospital en Tegucigalpa, murió desangrado. Otro preso herido que, como Moncada en 2009, murió desangrado.

24 horas después, las autoridades de Támara no habían hecho llegar a las oficinas centrales del Sistema Penitenciario, que están a menos de un kilómetro de distancia del penal, ningún informe escrito sobre el suceso. El Fiscal sabe que, cuando algo así sucede, no va a encontrar ayuda policial para dar con un culpable.

—Ya te digo que estos asuntos no le interesan a nadie.

***

El preso más conocido -y probablemente uno de los más aplaudidos- de Honduras se llama Moncho Cálix. En los periódicos le han dado el apodo de “El exterminador de mareros” por la larga lista de ataques que, ya estando en la cárcel, ha perpetrado -con cuchillo, con pistola, con granada- contra presos pandilleros.

El 24 de julio de 2012 volvió a hacer gala de su sobrenombre. Ese martes, en el módulo de máxima seguridad de Támara, una cárcel aparte construida a un centenar de metros de la Penitenciaría Nacional, Moncho Cálix sacó un revólver .38 por la ventana de su celda y comenzó a disparar contra los pandilleros del Barrio 18 que en ese momento estaban en el patio. Hirió a tres. A uno de ellos, al que Cálix disparó primero, su verdadero objetivo, le acertó en la cabeza. Era Norlin Ardón Varela, “Lucifer”, uno de los principales líderes de la 18 en Honduras.

Ninguno de los pandilleros murió pero en Támara se dice que las secuelas de Lucifer son graves y le han dejado a merced de cualquier enemigo. Ya no puede valerse y menos defenderse solo. Por eso no regresó a Máxima Seguridad sino al módulo El Escorpión, donde está con sus homiesy el Barrio 18 puede atenderle y protegerle.

Es obvio que fue un custodio, un policía, quien proporcionó a Cálix el revólver. Al día siguiente del ataque se habló en los periódicos de la corrupción del sistema penitenciario y de revisar los videos para ver quién entregó el arma. El Ministerio Público anunció la apertura de una investigación. Pero casi dos años después no ha habido ningún detenido ni tiene sentido pensar, a estas alturas, que algún día lo habrá.

Cuando le pregunto a La Sombra por Moncho Cálix su respuesta es el inicio de una cita enciclopédica: “Moncho Cálix Urtecho… es familiar de los Urtecho, que han sido asesores de seguridad pública…”

De la Sombra diremos solo que, por su trabajo atraviesa a su antojo los muros y conoce desde hace años todos los rincones de las cárceles hondureñas. Conoce a los custodios, conoce coordinadores de cada módulo, conoce a los pobres diablos que sufren sus castigos y sabe tanto de las corruptelas administrativas como de los grandes negocios entre la dirección de cada penal y sus presos. Sabe, siempre, qué dicen los patios sobre cada muerte y sobre cada fuga.

Me recibe en su casa, una vivienda sobria en una colonia obrera del extrarradio de Tegucigalpa. Viendo las limitaciones del lugar, uno dría que La Sombra, pese a moverse entre la corrupción del sistema penitenciario de Honduras, tiene las manos limpias.

—Mucha gente me ha hablado de Cálix -le digo-. Le llaman el asesino de mareros.
—Es de Olancho, pero residía en la Mosquitia. Es un exmiembro de las Fuerzas Armadas con mucha experiencia militar que está ahí dentro por un tema de drogas. Heroína. Cayó con su esposa pero él se hizo responsable y cargó con todo. Y ya una vez en prisión se convirtió en sicario.
—¡¿Se convirtió en sicario ya estando dentro?!
—Pues sí. Él no tenía antecedentes violentos, pero al principio le hicieron atribuirse muertos que no eran suyos, y después ya él puso sus muertos. Es el principal enemigo de la 18. Lleva ya… mínimo… 40 o 50 cadáveres dentro de la prisión, pero en tu artículo ponele que son 20 o 30, para que no digan que ando exagerando.

La Sombra habla de los crímenes de Cálix con cierta naturalidad cínica, como lo haría un enterrador, pero poda los números que no puede probar para que nadie le tome por un charlatán. En Honduras la gangrena maloliente de la corrupción carcelaria es tan voraz y ramificada que hay que desbrozarla para que resulte verosímil. ¿Quién demonios va a creer que entre los muros de una cárcel se forjó un asesino en serie de esas dimensiones sin que las autoridades actuaran, sin que el periodismo lo advirtiera y la sociedad se indignara, sin que el esperpento fuera ya una novela o una película?

Yo mismo desconfiaría de La Sombra, de sus números, si no fuera porque el nombre de Moncho Cálix se ha repetido en cada conversación que he tenido las últimas dos semanas acerca de las muertes de presos en Honduras. Cálix es el sicario-símbolo de los penales de Honduras. Entró a la cárcel en 2001 con una condena a 19 años y, a base de cometer asesinatos a plena luz del día en diferentes penales y confesar muchos de ellos, ha sumado condenas hasta tener ahora 340 años de cárcel por cumplir.

Hace unos días, una defensora de Derechos Humanos que sigue su caso, que le teme, que nombra a Cálix en susurros, temiendo que él pueda oírle aunque con certeza sabe que estamos a muchos kilómetros de distancia, me confesó que las sentencias contra Cálix se quedan cortas y ella le atribuye más de 100 asesinatos.

—Analizando sus expedientes le conté 104 muertes en penales, la mayoría por ahorcamiento y casi todos pandilleros, eso entre 2003 y 2006 -me dijo en su pequeño despacho-. Después le perdí la cuenta, dejé de seguir sus casos, hasta que 2012 quiso matar a ese otro… Al pandillero que quedó fregado. Y ahí me vino todo otra vez a la cabeza.

Le pregunto a La Sombra quién ordena todas esas muertes y de repente transita del cinismo y la indignación. Parece que no termina de decidir si le importa, y cuánto, lo que pasa dentro de los muros. O cuánto está dispuesto a permitir que le importe.

—Lo que ocurre es que los organismos de Derechos Humanos no tienen valor, se acomodan, todos… porque ellos tienen que sobrevivir también.
—¿Quiere usted decir que denuncian solo parte de lo que saben?
—Sí, y no son preventivos, no ponen el dedo donde es, no denuncian a quienes controlan los sectores o las cárceles. Solo se dedican a pedir indemnizaciones.
—Pero ese dinero es para las víctimas.
—¿Y es que con una paga se solucionan las muertes? Mire, al final de todo el problema, la pelea, no es la muerte del recluso… sino lo que reclaman los vivos. Eso es lo que he aprendido.

Que los internos controlen de forma absoluta la vida de los sectores no solo implica que establezcan sus propios y brutales sistemas de disciplina. Significa que en complicidad con las autoridades del centro administran todo lo que hay y sucede en la cárcel como un bien privado. Puesto que la opinión de los coordinadores influye en el diagnóstico de peligrosidad del preso, cobran 300 mil lempiras, más de 15,000 dólares, por no enviar a máxima seguridad a un interno que no se pliegue a su jerarquía, o 150 mil por dejarlo en el sector de Diagnóstico, reservado a los recién llegados y en teoría más seguro. Y una vez allí cada cama, cada espacio para dormir, tiene un precio. Se pagan 6,000 lempiras (300 dólares), por el derecho a dormir en el suelo de un pasillo.

Y las vidas, privatizadas, también tienen un precio.

—En 2013 hubo dos muertes de 2 millones de lempiras cada una, pagadas por narcotraficantes y ejecutadas con autorización del director del centro: la de Tatum, un narco de la Mosquitia, y la de “El Chino”, que era de los Cachiros.

David Dalbet Golcher Tatum tenía 55 años y lo mataron el 19 de julio, en un tiroteo en el sector Diagnóstico de Támara, durante la jornada de visitas. Estaba condenado a 20 años de cárcel por narcotráfico y lavado de dinero. Había llegado trasladado desde otro penal por haber recibido amenazas de muerte. “El Chino”, Wilmer Javier Herrera Sierra, fue ejecutado un mes antes, el sábado 15 de junio en la carretera de entrada a Tegucigalpa, junto a otros tres presos y la esposa de uno de ellos. Los tres tenían permiso de semilibertad y pasaban en casa los fines de semana. Dos vehículos en los que iban cuatro hombres encapuchados interceptaron el pick up en el que viajaban y los ametrallaron. Los tiradores se ensañaron especialmente con el rostro y la cabeza de Herrera. En el lugar quedaron más de 100 casquillos de bala. Oficialmente fueron dos muertes más, de entre las muchas que quedan sin explicación ni culpables en Honduras. La Sombra dice que cada una costó unos 100 mil dólares.

Hacemos una pausa. El hijo de La Sombra se acerca a la mesa y le dice que va a salir, que tomará su coche.

—Vaya, pero ya sabés: bajá el vidrio.

La Sombra ve mi rostro de extrañeza. Esta noche hace frío en Tegucigalpa y el vehículo tiene los vidrios tintados. El sentido común dice que sería más seguro llevar la ventana cerrada. Pero en Honduras conviven varias lógicas:

—No quiero que lo confundan conmigo y le hagan algo.

La Sombra teme porque conoce.

—Usted ya ha escrito sobre Chepe en San Pedro Sula, pero hablemos de Támara: Miguel Flores fue el primer coordinador general de la Penitenciaría Nacional después del traslado desde la PC en 1998. Cuando lo liberaron hace cinco años asumió Jacobo Ramírez, que estaba en Procesados 2. Quedó libre en 2013 y desde hace un año el coordinador es Cosme Flores, que está en Sentenciados 2. Y así seguirá la cadena. Ahorita el coordinador de Procesados 2 es el hermano de Jacobo Ramírez, y ya se dice que es el posible sucesor como coordinador general cuando Cosme Flores se vaya.

—Esos son los verdaderos dueños de la cárcel.
—Y está Wilmer Escoto, el coordinador de Casa Blanca (el módulo Sentenciados 1, aislado del resto), que es un histórico, muy sanguinario. No se equivoque, todos son más sanguinarios que Moncho Cálix. Él es solo un comodín, un sicario al que mantienen con comida y dinero desde los módulos. Pero en Honduras, en prisión, va a encontrar a más de 10 Monchos Cálix.
—¡Pero si él ha matado a decenas!
—Él es mediático, pero otros son los verdaderos sicarios en la prisión.

Pese a las denuncias generalizadas, en la última década no se ha desarticulado o juzgado una sola red de sicariato operada desde prisión. El sistema penitenciario de Honduras no se interpone en el camino de nadie que arroje presos muertos por el desagüe. Aplica un despiadado “dejar hacer y dejar pasar” que sujeta a los presos a los designios de una mano criminal invisible. Y a veces tiene la fortuna de que, gracias a que el Estado mantiene la infraestructura de los penales en permanente riesgo de colapso, el asesino a sueldo se llame fuego.

***

La celda número 19 del penal de San Pedro Sula era un cajón rectangular de concreto de 200 metros cuadrados en el que vivían 183 miembros de la Mara Salvatrucha. Un ataúd gigantesco sin ventanas ni ventilación, sin agua corriente, sin duchas ni lavabos y con una única puerta enrejada de salida, de alrededor de metro y medio de ancho.

A la 1:30 de la madrugada del lunes 17 de mayo de 2004, justo encima de esa puerta se produjo un cortocircuito y comenzó un incendio. Durante una hora los presos de la 19 clamaron por auxilio, pidieron extintores, agua, algo. Desde hacía una semana el agua de los retretes, la única que llegaba al lugar, estaba cortada. Pidieron que les abrieran la puerta, que los dejaran escapar de las llamas y el humo. Los custodios que les escucharon hicieron disparos al suelo para advertirles que no se acercaran a la reja. Algunos les insultaban. “Déjenlos, déjenlos”, se decían entre ellos. “Déjenlos morir quemados”. Las autoridades del penal tardaron 25 minutos en avisar a los bomberos. A las 2:30 los mismos presos, los que quedaban vivos, lograron forzar el portón y volver a respirar. Dentro quedaron 107 cadáveres. Unos pocos abrasados por las llamas, más de un centenar muertos por asfixia.

El gobierno de Ricardo Maduro, con la memoria de la masacre en El Porvenir todavía fresca, reaccionó rápido y dispuso una partida especial para indemnizar a las víctimas. Al siguiente día aún quedaban cuerpos por identificar y entregar, pero a las familias ya se les estaban dando 10,000 lempiras (525 dólares de ahora), como ayuda para los gastos del sepelio. El presidente, que estaba de viaje oficial en Europa, suspendió su asistencia a la boda del príncipe de España y regresó a Honduras. Dijo estar consternado. El sentido común hace suponer que debía estar, también, avergonzado: tras la masacre de El Porvenir Maduro ordenó la inmediata creación de una comisión para la reforma carcelaria y un mes después, el 13 de mayo de 2003, tenía en su mesa un informe de más de 100 páginas reconociendo errores, denunciando ilegalidades y corrupción en el sistema penitenciario, proponiendo reformas. Había pasado un año de aquello y 107 cadáveres desmaquillaban su voluntad política.

Lorena tomó los 10,000 lempiras por la muerte de Wilfredo, su esposo, un pandillero de 24 años que iba a salir libre la semana del incendio, y con ellos le compró un ataúd y una lápida. El mismo día que esperaba recibirlo en casa, lo enterró. Seis días llevaba preso y quizá nunca tuvo que haber caído por segunda vez, pero la suerte a veces te condena, de manera justa o injusta.

A Wilfredo, esa segunda vez, le tocó llegar a la cárcel de manera injusta. Por confiado, por creer que a Honduras le importan sus reos y la rehabilitación. Un año antes había pagado unos meses en la cárcel por vender cocaína en una esquina, y una vez dentro había aceptado en secreto entrar a un plan de rehabilitación que incluía borrarse los tatuajes. De regreso en las calles llevaba una carta de la pastoral penitenciaria que decía que estaba en el buen camino y que se iba a rehabilitar. Por eso no corrió como sus amigos cuando llegó la policía a su colonia, la Rivera Hernández, una de las más violentas de San Pedro Sula. Confió su suerte a la carta que llevaba en el bolsillo y no corrió. Los policías le rompieron la hoja de papel frente a la cara. Y se lo llevaron, por asociación ilícita.

Lorena es una mujer pequeña y redonda que parece sonreír hasta cuando llora. Siempre ha comido de vender. Elotes, yucas… Cuando niña, habitaba en La Satélite, otra de las colonias sampedranas famosas por la presencia de pandillas y por su rutina de homicidios. Su familia salió de allí porque el huracán Mitch, que como toda tragedia natural persiguió a los más pobres para ensañarse con ellos allí donde estuvieran, les arrebató la casa.

Tiene cierta coquetería de vendedora ambulante y descaro al hablar. Le caen tres rizos sobre la frente y cierra los ojos cuando asiente o emite una sentencia, como los niños aplicados de la clase.

—Mire, creen que con 10,000 lempiras le callan la boca a uno. Lo dieron rápido, como para que uno se callara y ya no hablara, pero con eso no pagan todos los años que hemos sufrido. ¡Las muertes tienen que servir para mejorar! -dice, y levanta los hombros en un salto, para convencerme de que lo que dice es obvio.
—¿A qué se refiere?
—A que el problema ahora es para los hijos, que quedan con aquel dolor, culpando a la sociedad, culpando a todo mundo. Mi hija tenía 6 años cuando lo del incendio y culpa a la Policía y culpa al gobierno.
—¿Porque no abrieron la puerta para que se salvara su papá?
—Claro.

Al lado de la tumba de Wilfredo, en el cementerio Los Laureles de la colonia Rivera Hernández, hay colocadas en línea otras siete lápidas de pandilleros muertos en el incendio del penal de San Pedro Sula. En Honduras hay colonias enteras en los que la cárcel es como una calle más del vecindario, por la que a veces se pasa por destino o por mala suerte, por culpa de otros o por los pies de uno mismo. La Rivera Hernández es una de ellas. Por eso, el día que se quemó una celda en el penal de San Pedro, en la Rivera Hernández lloraron ocho familias y ahora hay en la colonia una niña, Kailin, que ya tiene 16 años y odia a los policías porque dejaron morir a su padre.

***

Kaylin se volcó a llorar frente a la pantalla del televisor. Ningún canal de televisión hubiera mostrado en primer plano el cadáver sangrante de un viceministro, de una abogada, de un policía asesinado, pero los cuerpos semicalcinados de los presos no pasaron por los filtros éticos que las sociedades suelen aplicar a los muertos propios. Kaylin vio en la pantalla los humeantes pedazos de seres humanos y se echó a llorar aunque no conocía a ninguna de las víctimas.

—¡Mami, viera qué montón de muertos hay en Comayagua! —le dijo a Lorena por teléfono, entre sollozos—. ¡Otra vez! ¡Otra vez!

***

El esposo y el suegro de la mujer que tengo sentada delante rogaron por años que los trasladaran de la cárcel de San Pedro Sula porque tenían miedo a que volviera a incendiarse o estallara el enésimo motín. El padre había sobrevivido a la tragedia de 2004 y sentía que quedarse él y su hijo allí era tentar a la maldita suerte. Se alegraron en 2009 cuando supieron que los movían a la de Comayagua, una pequeña cárcel de pueblo, plácida, una granja penitenciaria de espacios abiertos en la que los presos paseaban sus sombreros por los patios.

Allí murieron tres años después. El 17 de febrero de 2012. En plena noche, un incendio se extendió a velocidad vertiginosa por 5 celdas y calcinó el cuerpo de los presos encerrados en ellas. Como en San Pedro antes, ningún custodio abrió las puertas y no había extintores ni mangueras para matar el fuego. Como en San Pedro, a las autoridades no creyeron necesario llamar a los bomberos. Como en San Pedro, la guardia disparó para evitar fugas porque los presos pueden morir pero no escaparse. Se quemaron vivos o asfixiaron 362 de los 852 internos que había en el penal. Más de la mitad no tenían condena. Eran, legalmente, inocentes.

La mujer que tengo delante viste toda de negro. Habló por teléfono con su esposo el día del incendio y escuchó de fondo, por el auricular, los gritos de los que se quemaban. Él había escapado de las llamas por los baños de su celda. Estaba agitado, pero a salvo. La amaba y le iba a llamar al día siguiente, le dijo. Después de colgar descubrió que su padre había quedado dentro y entró de nuevo a esa cueva de humo. Ninguno de los dos salió ya nunca.

La mujer tiene miedo a dar su nombre y a que se conozca el de sus muertos. Ha dejado de estudiar abogacía porque sola, viuda, no hay quien le ayude a mantener a dos hijas de tres y nueve años. Antes vivía del negocio de comidas que él tenía en el penal. La cárcel en Honduras es una ciudad más, un exilio forzoso desde el que se envían remesas. Ella está convencida de que lo de Comayagua no fue fruto del azar y como la mayoría de familiares de víctimas del incendio piensa que fue un ataque más de esa mano negra empeñada en limpiar de presos Honduras, exterminarlos.

—Imagínese. Sobrevivir a la quema de San Pedro Sula para ir a morir de la misma forma en Comayagua. Es como que los eligieran. ¡Este año vamos a quemar este!

La mujer de negro dice que a ella y al resto de viudas de Comayagua no les va a pasar como a las de San pedro Sula, que tuvieron que esperar diez años para que les hicieran caso. Dice que ya están listas para poner, ellas también, una demanda internacional.

***

“El Estado, con lo de Comayagua, lo que hizo fue ponerse una pistola en la cabeza”. Sentado en una cafetería de San Pedro Sula, Joaquín Mejía se sonríe como un jugador de ajedrez que ve que su oponente acaba de dejar desamparada la reina. Justo como debió sonreírse él mismo una mañana de febrero de 2012, al revisar su correo electrónico y encontrar uno de la asistente de la Procuradora de la República, Ethel Deras.

Joaquín Mejía lleva botas, unos jeans azules, camiseta ajustada, un pequeño collar de cuentas y pulseras de cuero y tela. Viste más como un cantante de rock o un estudiante universitario poco aficionado a las clases que como uno de los abogados más influentes de Honduras. Pero con su barba perfectamente recortada y su verbo descarado, en los últimos cinco años ha impulsado y ganado desde el ERIC, una oficina jurídica fundada por los Jesuitas, varios casos por atentados contra ambientalistas o contra activistas de los derechos campesinos, entre otros. Tiene 39 años y ya hay quien lo promueve como posible Procurador de los Derechos Humanos en el futuro.

Cuando ardió el penal de Comayagua, este enfant terriblede la lucha por los derechos humanos en Honduras formaba parte de un equipo creado por Cáritas y Pastoral Penitenciaria, que llevaba ocho años presionando sin suerte al Gobierno para que diera una señal de arrepentimiento por la quema del penal de San Pedro Sula en 2004 y asumiera su responsabilidad por lo sucedido. Puesto que en la justicia hondureña se había absuelto al director del penal sin investigar otros posibles culpables, ese equipo había llevado el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y después a la Corte Interamericana. Las únicas respuestas del Estado habían sido la negación unas veces y el silencio administrativo otras.

Pero a los pocos días del nuevo incendio a Joaquín Mejía le llegó un correo electrónico. La Procuradora de la República, dependiente del despacho del Presidente de la República, quería reunirse con ellos. A esa maniobra desesperada, evidentemente causada por las muertes en Comayagua, llama él “ponerse una pistola en la cabeza”.

—¿En qué sentido? —le pregunto.
—El Estado iba a sentarse a negociar un caso previo pero con una tragedia reciente encima de la mesa, totalmente deslegitimado, abierto a aceptar cualquier cosa. De ahí en adelante nosotros nos aprovechamos… así, literalmente, nos aprovechamos, de la inexperiencia de la gente del Estado en litigios en el sistema interamericano.

El gobierno estaba repentinamente desesperado por lograr un acuerdo porque para el 28 de febrero estaba programada una audiencia de la Corte Interamericana en su sede en San José, Costa Rica, para resolver el caso de San Pedro Sula. Urgida por borrar en días la imagen de indolencia ante la muerte de presos que el gobierno se había forjado por años, Ethel Deras se trasladó a San Pedro Sula para tener reuniones con los abogados de las víctimas. Los encuentros, celebrados en la sede del obispado, no bastaron para cerrar un acuerdo pese a la inédita flexibilidad de los negociadores del gobierno, abogados privados contratados para la ocasión. El día 27, el diálogo se trasladó a Costa Rica.

La noche antes de la audiencia se celebró una reunión definitiva en un hotel de San José. Las discusiones fueron muy tensas: Joaquín Mejía cuenta que los abogados de Cáritas y él se habían repartido los papeles de poli bueno y poli malo. Cada vez que había un desencuentro, él se levantaba de la mesa y amenazaba con irse y arrastrar al resto de la delegación. Normalmente, los abogados del Estado terminaban cediendo. Consciente de su superioridad moral en este caso y técnica en litigios internacionales, Joaquín Mejía admite que llegó, incluso, a engañar a sus interlocutores citando sentencias inexistentes de la Corte para sustentar sus puntos, ante la torpeza de las personas en las que el Estado había enviado a negociar, evidentemente legas en materia de legislación internacional en Derechos Humanos. El acuerdo que se terminó firmando cinco minutos antes de que iniciara la audiencia y en presencia de los magistrados de la Corte, era casi una rendición.

—Por lo que cuenta son ustedes unos cabrones.
—¡El estado es más cabrón! ¿Sabés por qué los engañé? Porque la procuradora, sabiendo eso de contratar gente privada para algo así es algo, pucha, terrible, se atrevió a decirme a mí, ella, en San José, que estos tres abogados privados, venían pagándose sus gastos y lo hacían por amor al país. ¡Piensa que uno es pendejo! Después me di cuenta de que al menos uno de ellos ganó por aquello medio millón de lempiras.

El 28 de febrero de 2012 el Estado hondureño aceptó formalmente su responsabilidad por los 107 muertos en 2004 en la cárcel de San Pedro Sula y se comprometió a indemnizar a los familiares de las víctimas. También se comprometió a emprender una profunda reforma del sistema penitenciario, y por ello en junio de 2013 comenzó a funcionar una comisión de transición llamada a sanear las cárceles del país. Sus primeros pasos han sido tímidos. El Ejecutivo le ha dado autoridad pero no presupuesto para nuevas cárceles, ni para formar a nuevos custodios, ni para investigar casos, ni para reforzar la seguridad…

Con la memoria puesta en la inutilidad de las promesas de reforma que Ricardo Maduro hizo tras la masacre de El Porvenir, Joaquín Mejía es pesimista respecto al proceso de reforma actual. Pero se consuela pensando que la sentencia de la Corte ayuda a hacer pública una verdad dolorosa:

—El Porvenir fue la confirmación de que la política de mano dura, de limpieza y exterminio social en las calles, se estaba trasladando a los centros penales —dice—. Y luego ves lo de San Pedro Sula y lo de Comayagua… No queda otra explicación lógica: hay una política de Estado, porque una política no sólo es hacer algo; la política de Estado puede ser no hacer nada.

La serenidad de Arabeska Sánchez contrasta con el ímpetu de Joaquín Mejía pero a ambos los une una tenaz filosofía de maratonista en su batalla contra esa política de Estado. Mientras termina su seven up, Arabeska Sánchez cuenta que su último trabajo para el Ministerio Público fue sistematizar en una base de datos toda la información forense de las víctimas del incendio de Comayagua. Cadáveres y más cadáveres. Después de eso renunció. Ahora trabaja en el Observatorio de violencia de la Universidad Autónoma de Honduras, la UNAH. Dice que aunque los testimonios hablan de custodios disparando a los presos para que no intentaran fugarse, ella no encontró en ningún informe de autopsia rastros de bala.

—Mi conclusión es que en Comayagua, a diferencia de lo que pasó en El Porvenir, aprendieron a matar sin dejar pistas.

***

En domingo de visita y con el día soleado, hasta un lugar tan sórdido como la cárcel de Támara ofrece una estampa de parque familiar. Parejas abrazadas, niños que corren por las canchas deportivas, bolsas de comida que van y vienen. Solo la mirada inquisitiva de los custodios, los límites que imponen a quien quiera moverse por el recinto, recuerdan que no todo lo controlan todavía los presos. Me impiden llegar hasta la celda de aislamiento en la que está Moncho Cálix; va a ser imposible entrar a los edificios de Sentenciados 1 y 2 en busca de los CORE, o llegar hasta El Escorpión, el sector que ocupan los presos del Barrio 18, para recoger su versión sobre la matanza más reciente.

El 3 de agosto de 2013, a las 7 de la mañana, pandilleros de la Mara Salvatrucha abrieron un boquete en uno de los muros que separa el sector el Barrio 18 del resto del penal y atacaron a sus enemigos con fusiles AK-47 y hasta once granadas. Murieron tres dieciocheros. La nueva comisión de transición para la reforma del sistema penitenciario llevaba apenas dos meses en sus cargos. Toda una bienvenida.

Desde que supe del ataque, dos detalles me llamaron especialmente la atención: por un lado, para llegar desde sus celdas hasta las de sus enemigos, los miembros de la MS-13 tuvieron que atravesar todo el penal, tres sectores, controlados totalmente por paisas. Es obvio que hubo una alianza entre pandilleros y no pandilleros para atacar al Barrio 18. Por otro, la reacción de las autoridades fue esencialmente aumentar la seguridad perimetral de la cárcel, pero no hubo grandes novedades o acciones hacia el interior. De hecho, en los registros de celdas que se hicieron a los pocos días, la Policía y el Ejército no fueron capaces de encontrar ni un solo arma larga de las utilizadas en el atentado.

Pero estando aquí, en Támara, paseando por sus patios y hablando con algunos internos, aparece una nueva sorpresa: justo sobre el lugar en el que la Mara perforó el muro tras al menos una hora de martillar, hay una torreta de vigilancia ocupada las 24 horas del día por un centinela. Las autoridades del penal, me resulta evidente, toleraron de alguna forma el ataque.

Sentado en una banqueta de madera dentro de una de las pequeñas tienditas ilegales que hay por todo el penal, comento con El Guitarrista mis conclusiones. Se limita a sonreír.

El Guitarrista es un hombre joven, que no tiene mucho más de 30 años pero lleva más de una década en cárcel por homicidio y sabe que de muros para adentro es mejor no cruzar acusaciones con otros presos. Por eso calla y solo sonríe. Estaba en El Porvenir el día de la masacre, hace once años. Era uno de los rondines bajo las órdenes de Coca. Asegura que él no participó en la muerte de ningún pandillero.

—A mí, cuando el forense pidió ayuda, me tocó embolsar los cuerpos de la mujer y la niña que estaban visitando a los pandilleros…. Mire, yo no justifico lo que allí ocurrió, pero sí le digo que la intención de esos mareros era matarnos a todos los que estábamos allí. De haberles dejado nos mataban a todos.

No le creo una palabra. No me lo imagino de brazos cruzados o debajo de su cama durante aquella guerra de las dos horas. Parece un hombre tranquilo pero en la cárcel la mayoría de los que destriparían al vecino con la pata de una silla si se sintieran en peligro son, en el día a día, hombres tranquilos.

Mientras juguetea con unos acordes al azar, el Guitarrista asegura que lo de El Porvenir fue solo un caso más. Que en realidad cada preso muerto es un éxito en los planes de las autoridades.

—Se hacen la vista gorda porque piensan que si en una cárcel hay un motín no es pérdida, sino ganancia. Es una depuración, y cada preso que muere es un ahorro de gasto para el gobierno. Aunque sean inocentes.
—Es una idea cruel aunque sean culpables.
—Pues sí, pero así reducen. Se lavan las manos. ¡Un delincuente menos! Se supone que así reducen el índice de criminalidad, pero los criminales son ellos.

A su lado, El Ronco asiente. Tiene bigote y cuerpo de boxeador. Uno diría que el torso se le ha comido el cuello y que todavía, aunque tiene más de 50 años, entrena todos los días. Me cuenta que se crió en Estados Unidos y fue a la universidad allí. No me dice dónde. Si yo me pregunto qué le haría cometer el error de regresar a Honduras, seguro que él se lo pregunta también. Habla de la cárcel con la concisión del viejo que lo ha visto todo y recibe mis preguntas y mis dudas con un dejo de desánimo: le fastidia mi ignorancia.

—Detrás de muchas de las masacres está el gobierno, él es —dice con su voz grave.
—Esa es una acusación grave. ¿Tiene pruebas?
—¿Cómo va a ser de otra forma? El gobierno es aquí un simple mediador entre grupos. Nos echa leña, nos da las armas para que nos matemos, y si él es la Policía, al que tiene más dinero a ese apoya. Inclina la balanza para un lado o para el otro cada vez.

Támara debió ser una cárcel modelo y es actualmente un enjambre de negocios ilegales, odio y armas deseando purgar esos odios. Sentado en el corazón de este penal resulta difícil creer en soluciones. Cuando le pregunto a El Ronco si es posible que todo esto ocurra sin conocimiento del director del penal y también de sus superiores, él ríe.

—Como en cualquier empresa, nada pasa sin que el jefe reciba su parte del dinero. Créame. Yo he hecho negocios con ellos, con la administración del penal. Negocios ilícitos, pues.
—¿Así de simple?
—Así. Pero el gobierno es ciego y tonto, porque si esto sigue igual, si todo sigue podrido y sigue la matazón, ¿qué va a pasar con los hijos de ellos? ¿No los van a matar como a los hijos de usted o como a los míos?

Cuando la invitación a esta boda llegue a tus manos, pensarás que el lugar es una broma de mal gusto. Dirás que no es posible que alguien quiera prometer amor eterno en un espacio así o que se trata de un error de imprenta, pero cuando confirmes el lugar sentirás como si te engraparan el estómago. El sentimiento se repetirá durante los días siguientes cada vez que escojas la ropa que usarás y evites el negro, azul, café o blanco, los zapatos de tacón, hebillas grandes, sombreros o cualquier cosa que, en un descuido, pueda ser convertido en un arma.

Apuntarás en el calendario la fecha 19 de julio de 2013 y te prepararás mentalmente, durante semanas, para ir a este lugar. Cuando los días pasen, y la cita sea inevitable, usarás el Metro para llegar al oriente de la Ciudad de México, a la delegación Iztapalapa, la que concentra el mayor número de homicidios. Seguirás hasta la estación Santa Martha Acatitla y bajarás con la gente que va a la unidad habitacional conocida como El Hoyo, la zona roja más violenta de la capital. Al salir, recorrerás a pie la carretera México-Puebla —donde 17 días después encontrarán los brazos de una mujer desmembrada— y llegarás hasta la calle Morelos, en la colonia Paraje de Zacatepec, donde los vecinos aún hablan de esa muchacha de 25 años que quemó vivo a su hijo de 14 meses para vengarse de los golpes de su pareja.

Entonces harás fila para entrar a ese edificio de puertas grandes, como fauces que devoran a la gente. Un guardia retendrá tus identificaciones mientras otro revisa cada pliegue de tu ropa en busca de algo prohibido, algo tan pequeño como un alfiler. Para algunos invitados la fiesta se terminará aquí por no seguir el código de vestimenta, pero si logras superar la cadena, atravesarás custodiado uno, dos, tres, cuatro accesos controlados por rejas, guardias y cámaras de vigilancia. Sin que te quiten los ojos de encima avanzarás por un pasillo que te deja ver, a la distancia, algunos rosales y bugambilias a través de un enrejado coronado por alambre de púas, mientras cada movimiento tuyo en ese camino gris es supervisado desde una torre. Pasarás otros accesos protegidos y luego un segundo pasillo —con muros de concreto de siete metros de alto— que te hará maldecir la hora en que la vida te puso aquí.

Y justo cuando percibas un ligero olor a humedad y te des cuenta que has empezado a sudar la ropa por tanto caminar, justo cuando pienses que esto es una broma de mal gusto, llegarás al último acceso, donde la revisión vuelve a ser tan rigurosa como la primera. Entonces, si todo sale bien, se abrirán unas pesadas rejas blancas y lo que tendrás enfrente será el escenario de la ceremonia: un patio al aire libre con piso y muros de cemento, celdas sin color, torres vigilantes y un aire frío que entume los huesos.

Un custodio te pedirá que pongas un pie adentro del único módulo de alta seguridad que existe en el Distrito Federal, donde se concentran los reos más peligrosos de todo el sistema carcelario capitalino.

Aquí, entre los convictos más peligrosos de la capital, aquellos encarcelados por homicidio, secuestro, extorsión y violación, se celebrará la boda para la cual te preparaste.

Bienvenido a El Diamante.

***

Antes de que empiece la boda, alguien te contará que El Diamante es el equivalente en la Ciudad de México a la prisión federal de máxima seguridad Altiplano, conocida antes como Almoloya: los más peligrosos vienen aquí, a vivir entre los crueles.

El DF tiene cerca de 41 mil 100 internos en sus diez cárceles y sólo 403 tienen los méritos para vivir en este módulo dentro del Centro Varonil de Reinserción Social Santa Martha: reos cuya violencia pone en riesgo la vida de otros delincuentes, con sentencias tan largas como cadenas perpetuas o aquellos cuyos secretos sobre el mundo criminal los hacen vulnerables a un ataque.

Aquí podrás encontrar al líder de la Iglesia de la Santa Muerte, David Romo Guillén, con una sentencia de 66 años por secuestro y extorsión; o al dueño del bar Heaven, Mario Alberto Rodríguez Ledezma, quien es señalado como participante en el secuestro y desaparición de 12 jóvenes del barrio de Tepito.

Sus cinco mil 733 metros cuadrados guardan celosamente la pulpa del crimen desde hace tres años. Por eso, verás que hasta la banda musical tiene notas de fechoría: el guitarrista es un secuestrador llamado Toño, quien toca al compás del homicida y saxofonista Héctor, quien está al pendiente del canto del plagiario y vocalista Alejandro.

La banda se ubicará a un costado del registro civil hecho con tres mesas sin adornos, justo en el centro de El Diamante. Ahí se sentarán El casamentero de la cárcel —el juez del Registro Civil 40, Juan Salazar Acosta—, quien suele unir en matrimonio a parejas dentro de prisión, y a su lado el director del penal, Rafael Oñate, quien inaugurará la boda colectiva para 25 parejas.

Y cuando te sientes y preguntes por qué este lugar tiene un nombre tan elegante, te dirán que por dos cosas. La primera, por tradición: las instalaciones carcelarias del Distrito Federal son nombradas con distintivos que aluden a metales preciosos como turquesa, plata u oro; al módulo de alta seguridad le tocó el diamante. La otra, porque su forma en panóptico asemeja, vista desde lo alto, a esa joya.

Entonces volverás a pensar que se trata de una broma de mal gusto el que esta mañana vayas a conocer tres parejas que, en el módulo de alta seguridad El Diamante, se entregarán anillos de compromiso… con diamantes.

***

Hugo y Tere son los primeros. Ambos tienen 29 años. Él está en prisión por robar con violencia autos de lujo, ella trabajó en la Presidencia de la República en los tiempos en que Felipe Calderón declaró la guerra al narco.

Te contarán que su historia de amor comenzó hace una década, cuando ambos tenían 19 años y Hugo le pidió a una amiga que le presentara una muchacha. La elegida fue Tere, quien estudiaba Administración de Empresas en la religiosa Universidad La Salle. Hubo chispazos desde la primera cita, tanto que en la segunda se aventuró a preguntarle: “¿Quieres ser mi noviecita?”. Ella aceptó el 15 de marzo de 2003.

Eran felices hasta que en la noche del 23 de marzo de 2004 sus planes cambiaron. Hugo fue detenido en la colonia Del Valle, donde los policías judiciales que montaron un operativo para detenerlo aseguraron que pertenecía a una banda de alta peligrosidad que robaba autos último modelo a mujeres y adultos mayores, a quienes amagaba con armas de fuego. Junto con él cayeron dos cómplices, incluido un granadero de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. El juez le impuso una sentencia de 21 años y 10 meses.

“Cuando él estaba encerrado en el Ministerio Público me decía que ya no fuera, que esa no era vida para mí, pero yo no lo quise dejar porque sentí que no era lo correcto. Le dije que no lo iba a abandonar”, te contará ella, enfundada en un sencillo vestido blanco.

Escucharás cómo Tere hace un recuento de sus últimos 10 años: se gradúo, se hizo socia de una empresa de seguridad privada, trabajó en la residencia oficial de Los Pinos y ahora labora en una empresa de relaciones públicas. Mientras tanto, él duerme, come y vive en una celda de concreto todos los días.

“Siempre he guardado la ilusión de que salga. No tiene una sentencia larga… bueno, más o menos. Con el paso de los años hemos conservado la ilusión de que salga y, como toda novia, tengo el sueño de casarme en la calle, que esté toda mi familia, que mi vestido no tenga que venir con ciertas características porque si no, no pasa”.

Verás que son opuestos como negro y blanco: él rollizo, ella delgada; él tosco con las palabras, ella fluida; a él le esperan 10 años más en la cárcel, ella cuenta con un futuro brillante; él prisionero, ella libre. A la vista, sólo tienen en común sus manos entrelazadas y que comparten su amor con una niña de ocho años, producto de un embarazado planeado dentro de la cárcel.

“No me importa nada, sólo la amo y vamos a ser felices hasta que la muerte nos separe”, dice Hugo, vestido de hombros a pies con ropa azul, como lo mandan las reglas de El Diamante.

Entonces notarás que hay una tercera cosa en común en Hugo y Tere: a ambos les tiemblan las manos cuando ven el anillo de compromiso. Y vuelven a temblar al besarse y decir “te amo”.

***

Cuando conozcas a José e Itzel, el cálculo te parecerá desesperanzador: la vida matrimonial que ella espera a partir de esta mañana la podrá disfrutar en libertad hasta que cumpla 90 años, porque a su prometido aún le faltan seis décadas en prisión.

Sin dejar de mirarse embelesados, te contarán que si están juntos es gracias a que José fue detenido el 7 de junio de 2010 por robar a una mujer en un taxi y secuestrarla por horas para vaciarle las tarjetas bancarias. Y que cuando llegó al Ministerio Público aparecieron cinco víctimas más que lo identificaron, lo que resultó en seis casos por privación ilegal de la libertad y robo calificado.

Lo llevaron al Juzgado 57 con sede en el Reclusorio Oriente y, mientras esperaba su sentencia en los oscuros túneles que llevan hasta la prisión, el universo lo colocó en el mismo lugar, fecha y hora que ella, sus ojos y sus labios. Ella también esperaba sentencia, pero por robo calificado. Se vieron. Sonrieron. José caminó hacia Iztel y ella le permitió acercarse. “Hola, ¿por qué tan solita?”, dijo él e inició el romance que, en minutos, los llevó a intercambiar nombres y teléfonos de abogados antes de separarse.

“Ese mismo día que la conocí, la besé porque dije ‘no la voy a volver a ver’. La vida en la cárcel es muy diferente y es difícil encontrarse con alguien, pero siempre estuvimos en contacto, cartas y teléfono, y me salió bien, ¿no?”, platicará José con una amplia sonrisa.

Ella quedó en libertad siete meses después y cumplió la promesa de buscarlo. Desde entonces, son novios inseparables: a ella no le importó el tipo de delito y estuvo ahí cuando la sentencia de José alcanzó 109 años. También fue testigo de cómo, amparo tras amparo, los abogados de su novio redujeron la pena hasta los 60 que tiene ahora.

Se unió a él con tesón y lo visitó durante un año y medio en el Reclusorio Oriente, hasta que hace 24 meses el sistema penitenciario decidió que, por su peligrosidad, José correspondía a El Diamante. Ni con el cambio, Iztel lo abandonó.

“Empezó a verme, a estar aquí conmigo. Te das cuenta de que alguien quiere estar contigo”, te contará José y hará un ademán con los ojos para que te fijes en el anillo de compromiso. “Es ella, siempre ha sido ella”.

José te dirá que no importa que él tenga 25 años y salga hasta los 85; Iztel argumentará que no es relevante que tenga 30 y su matrimonio pueda comenzar normalmente cuando cumpla 90.

Lo único que les importa hoy es jurarse amor eterno e imaginar que, un día, se hará realidad su mayor anhelo: Iztel recostada sobre José viendo películas románticas. En su casa. Sin barrotes.

***

Aunque ahora luce más delgado en comparación con la foto que le tomaron el día que lo ficharon, reconocerás a Eddy como ese secuestrador a quien los medios señalaron el 5 de noviembre de 2011 como el líder de una banda de plagiarios conocidos como Los Tortas.

Lo verás caminar por el patio con aire de novio nervioso, agitado, jugando con el anillo de compromiso que tiene en la bolsa y pensarás que ese hombre de 28 años luce tan distinto a esa persona que la Secretaría de Seguridad Pública acusó de especializarse en secuestar niñas y niños cerca de sus escuelas en el DF y el Estado de México. Te costará pensar que es el mismo que enviaba a los familiares videos de cómo golpeaba a sus víctimas para presionar la entrega del rescate.

Eddy te dirá que cuando fue detenido llevaba cinco años y medio de novio con Marcela, a quien conoció cuando ella cursaba el tercer año en la secundaria pública 86 de la Ciudad de México, donde él era administrativo. Aunque ella era menor de edad y él tenía 20 años, iniciaron una relación el 11 de mayo de 2006.

A los 17 años Marcela tuvo su primer hijo, que selló la unión entre ambos. Ni siquiera pensaron en separarse cuando Eddy fue trasladado al Centro Federal de Readaptación Social 4, en Tepic, Nayarit, y durante cuatro meses sólo pudieron enviarse una carta y hablar dos veces por teléfono. Tampoco cuando, hace meses, lo cambiaron al único módulo de alta seguridad de la capital.

Te contarán que han aguantado hasta ahora porque sienten que son el uno para el otro y porque hay esperanza de que él salga: Eddy no está sentenciado, espera que un juez valore las pruebas que aportó su abogado y lo declare inocente del delito de secuestro. Del otro lado de la moneda está que el mismo juez lo declare culpable, tome en cuenta los nueve casos de secuestros relacionados con Los Tortas y dicte una sentencia de hasta 540 años en prisión.

Si eso pasa, enterrarán la fantasía de que el primer día en libertad vuelvan a casa en Metro, paren por unos tacos de carnitas y un tepache frío y él entone, en la calle, la canción que compuso para conquistarla:

No hay otros besos que no sean tuyos/
No hay un secreto que no sea nuestro/
Tu alma y tu cuerpo/

Juntos siempre

“Pero la esperanza me llena de fortaleza”, te dirá Eddy antes de abrir la caja del anillo, olvidarse de ti y perderse en el dedo anular de Marcela.

***

Por un segundo, El Diamante quedará en silencio. Es el mutismo que antecede a los aplausos que desencadena un colectivo “sí, acepto” interrumpido por 25 besos en la boca de los nuevos esposos y esposas.

“Ésta es la prueba de que sí hay cosas malas en la cárcel, pero no todo es esto. Aquí también hay amor”, dirá el director Oñate cuando el juez termine la ceremonia y veas a las parejas abrazarse y correr con sus familias a presumir los anillos. Algunas novias llorarán, otros novios se esforzarán para no sollozar de alegría frente a sus compañeros.

La boda terminará sin damas de honor, arreglos florales, pista de baile ni limusina que lleve a las parejas a continuar la fiesta. En lugar de comer en una elegante mesa te sentarás en una mesilla de concreto para esperar tres “empanadas caneras” —la “cana” es, en el lenguaje presidiario, sinónimo de cárcel— hechas de queso y jamón con las manos de los reos.

A falta de champaña, te darán refresco y una rebanada de ese pastel comunitario que dice “Felicidades”. Y en lugar de juegos pirotécnicos verás, bajo el cielo despejado de esta mañana, un custodio vestido de negro que desde una torre de seguridad no deja de mirarte con ojos amenazantes.

Alguien te dirá que la luna de miel quedará en pausa por años, tal vez por décadas o que nunca sucederá para estos nuevos matrimonios; ninguna novia arrojará un ramo a sus amigas y a ningún novio le lloverá arroz crudo. En sustitución, los internos que son demasiado peligrosos para asistir a la boda gritarán, desde sus celdas de castigo en lo alto de una torre, una sonora porra que arrancará los aplausos de familiares, esposas y esposos.

Verás los rostros de los recién casados, sus sonrisas, sus vestidos, sus uniformes prisioneros, sus historias; tratarás de ver en sus ojos las pesadillas de sus víctimas y también sus propios sueños. Entonces darás la vuelta, rebasarás los accesos y saldrás de El Diamante para volver a la calle en libertad.

Y pensarás que mientras unos ven el matrimonio como una cadena perpetua, otros lo ven como la única oportunidad de sentirse libres.

Hasta que la muerte o El Diamante los separe.

Los colombianos tienen la llave de su celda y cuando alguien, toc, toc, golpea la gruesa puerta metálica, escrutan por una mirilla antes de dejarlo entrar a su refugio de paredes blancas, cocina propia, dos habitaciones y cuarto de baño privado con suelo y paredes de azulejos celestes. Hace solo un año, estos 25 metros cuadrados eran un comedor abandonado y abierto a una de las calles principales del penal de San Pedro Sula, Honduras. Ahora, una familia con negocios en Medellín lo ha convertido en su búnker de lujo en el núcleo mismo de esta cárcel mísera. Y no lo hubieran podido hacer sin el permiso de Chepe, el preso que reina en esta penitenciaría y que lleva 40 minutos sentado frente a mi en una silla de plástico, presumiendo de su cárcel.

Chepe habla con soltura y cecea como un amigo entrañable. Trata de convencerme de que al resto de presos él les pide, como un buen pastor, que se aparten “de esas vainas”, de la delincuencia.

—Porque la delincuencia a mí solo me dejó cárcel, heridas, enemigos.
—Hablame de tus heridas —le he dicho.

Porque José Cardozo, Chepe, es joven y se podría decir que guapo, pero tiene la cara cortada por un costurón que le baja de la oreja derecha hasta la comisura del labio y le dibuja una descomunal media sonrisa. Y también tiene la mano derecha salpicada de cicatrices con forma de estrella. Y le falta entero el dedo medio de la mano izquierda.

Chepe se levanta la camiseta y descubre una enorme cicatriz vertical en su vientre, debajo del ombligo.

—Afuera, cuando anduve en cosas ilícitas, en una balacera con la Policía tuvimos un inconveniente.

El inconveniente fue liarse a tiros con un vehículo policial y sus ocupantes, pensando que eran miembros de una banda enemiga. “Remitimos contra ellos, y ellos también contra nosotros”, dice. Le tuvieron que operar la vejiga. A sus 27 años, Chepe es un catálogo de cirugías.

—Pero esta del cachete fue un accidente en motocicleta. Y estas de la mano. Y este dedo fue con una sierra trompo para madera, de pequeño.

Y cuenta la historia de un niño pobre que por años labró la tierra con su padre. Maíz, frijoles, tomate, zanahoria, rábano, coco, de todo. Al terminar, se recuesta hacia atrás en la silla como la gente que no teme ni oculta nada. Todos los presos de San Pedro Sula dicen de él que es un rey bueno, generoso, justo, que tras imponerse por la fuerza trajo la paz. Que desde que llegó él, no ha habido asesinatos en este penal que antes era una mesa de carnicero.

***

En las cárceles de Honduras es fácil perder la noción de lo normal. Hace un par de años vi cómo dos pandilleros del Barrio 18 entraban en su sector de la penitenciaría de Támara, cerca de Tegucigalpa, con un enorme cerdo vivo sujeto con una cuerda. Cuando pregunté por el animal, un custodio me explicó que los pandilleros tenían permiso para terminar de criarlo y después convertirlo en filetes y embutido. “¿Con qué cuchillo?”, le pregunté con sorna, sabedor de que todos dentro de ese sector escondían, como mínimo, un machete, cuando no un arma de fuego. Con una seriedad casi convincente, el custodio me explicó que los familiares solían traerles animales vivos y, para sacrificarlos, los presos pedían prestado a la dirección un cuchillo, que después devolvían.

Fiel a esa pantomima representada por internos y autoridades penitenciarias, la cárcel de San Pedro Sula es, vista desde fuera, un sucio muro de hormigón que finge albergar una cárcel. Pero dentro, sobre lo que edificó el Estado, los internos han levantado un pequeño pueblo con su propia ley de mercado, sus historias secretas, sus gentes trabajadoras, sus tradiciones y sus caciques que desbordan lo gubernamental.

No es una metáfora. A lo largo de los años, con madera o cemento, y con la tolerancia o rendición de las autoridades, los presos han construido nuevas celdas, ventanas, escaleras, segundos pisos y nuevos muros que acabaron con cualquier atisbo de estructura regular. Resulta difícil distinguir la edificación original de sus añadidos. La cárcel es hoy una espiral de callejuelas en las que en cada rincón golpetean talleres de hamacas o zapatos, mesas de apuestas, cafetines, carnicerías, fruterías, barberías, una joyería —en la que un preso funde plata, diseña joyas y compravende oro—, o una iglesia de techos altos y amplitud extraordinaria para este lugar abigarrado, en el que deberían habitar 800 presos y se soportan todos los días cerca de 2,500.

A simple vista, en las partes más concurridas del penal, parece que ni siquiera queda espacio para las celdas, que se esconden tras puertas cerradas o entre los toldos de colores de los puestos de venta.

El cuerpo central de la cárcel lo ocupan los paisas o no pandilleros, aunque hay tres sectores segregados y mucho más pequeños para presos de la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y para pandilleros retirados. El sector principal incluye además un módulo de mujeres, que durante el día comparten patios y actividades con los hombres, y recibe durante el día a decenas de madres, esposas e hijas de internos que tienen permiso para trabajar en los negocios que los presos han montado intramuros.

El reguetón y las rancheras de diferentes comedores se funden en los pasillos con las alabanzas del templo evangélico, y la algarabía de hombres y mujeres yendo y viniendo, serrando, pintando, comiendo, maquilla en cierto grado el abandono de las instalaciones. A pesar del suelo encharcado por las aguas sucias que escapan de los infinitos lavaderos y cocinas repartidos por el penal, la humedad tiene cierto olor jabonoso a novedad y limpieza.

El lugar es el símbolo perfecto de la falta de institucionalidad del sistema penitenciario de Honduras, abandonado presupuestariamente a su suerte y encomendado las últimas décadas a una Policía Nacional corrupta, acostumbrada a compensar con violencia arbitraria su falta de autoridad, porque no gobierna, en realidad, ni las calles ni esta cárcel.

***

La comisionada de Derechos Humanos que me ha facilitado el acceso al penal recorre el recinto anotando testimonios de abusos, olvidos administrativos y supuestas injusticias en un intento frágil por contagiar de orden y justicia esta cárcel. Es una abogada de más de 50 años, delgada y de voz maternal, que cree en su trabajo y lo ejecuta como quien achica agua a cubetazos de un bote agujereado: sin detenerse a medir sus posibilidades de éxito.

En el dormitorio de mujeres registra el caso de una mujer de 61 años que acaba de reingresar a la cárcel después de varios meses recibiendo el beneficio de casa por cárcel. Es diabética, y un pie ulcerado le impidió cumplir con la rutina semanal de firmar en el juzgado. Cuando por fin pudo acudir, la esperaban con una orden de captura. Ahora ocupa una de las camas bajas en este galerón para 70 reclusas.

—Como no aplicamos lo que dijo Couture sino lo que dijo Justiniano… —reflexiona en voz alta la abogada, en un ejercicio que no encaja con el lugar ni la escena—. Couture decía que cuando entra en conflicto la justicia con el derecho debes luchar por la justicia. ¡Eso decía Eduardo J. Couture! Pero Justiniano decía “Dura Lex Sed Lex” —y señala, sonriendo, a la pared del barracón, en la que hay pintado un enorme escudo del sistema penitenciario, que incluye esa leyenda. Y traduce— Dura es la ley pero es la ley.

El subdirector del penal, el oficial Escalón, un policía fibroso de unos 45 años, con maneras militares, acompaña testimonialmente nuestro recorrido simulando protegernos. Ha escuchado el comentario y pregunta desconcertado por el autor de esa frase extraña que él mismo tiene bordada en el hombro del uniforme:

—¿Quién decía eso?
—Justiniano.
—Justiniano… ¿y de qué nacionalidad era?
—Italiano. Bueno, romano. ¡Eran duros, los romanos!

También los hondureños deben creerse duros, pienso, por haber sido implacables con una anciana enferma que no fue a firmar su expediente una semana. En noviembre pasado Honduras eligió como presidente de la República a Juan Orlando Hernández, que ha prometido reforzar la presencia del ejército en las calles para combatir el crimen y que tiene como uno de sus hombres de confianza a Óscar Álvarez, el ministro de Seguridad que impulsó la Mano Dura el el país a inicios de los 2000 y bajo cuyo mandato murieron casi 200 presos quemados en esta misma cárcel y en la de El Porvenir, en La Ceiba. “Haremos lo que tengamos que hacer para combatir la delincuencia”, ha dicho el nuevo presidente, inflexible en apariencia, rígido como los lomos de una vieja enciclopedia con tapas nuevas.

A unos 20 metros del módulo de mujeres, ajenas a la amenaza de una nueva era de Mano Dura, Pirigüey y Bonita, las dos cabras de uno de los dueños de un taller de hamacas, se pasean entre seis mesas de billar en las que presos sin camisa apuestan el tiempo y unos pocos lempiras bajo el humo de cigarros y rodeados de mirones. Cerca de las mesas de billar, los estantes de una enorme pulpería ofrecen desde azúcar o chocolate hasta una infinidad de latas de maíz, chícharos u hongos en conserva. En este penal hay quien tiene dinero y no se conforma con la dieta de subsistencia que ofrece el Estado, a base de arroz, frijoles y espagueti. Para ellos hay en este pequeño supermercado incluso boquitas importadas, un dólar más caros que las nacionales.

—Se supone que la cárcel es represión, porque tú has cometido un delito, pero aquí hay mucha flexibilidad —dice El Italiano, un interno que frecuenta la pulpería—. Y al haber tanta flexibilidad la gente está más tranquila. Por ejemplo, el hecho de que los internos tengamos acceso a esto —y muestra un smartphone—, da a todo el penal una tranquilidad enorme.

—Tú tienes internet en ese teléfono.
—Claro. Pero hay también quien no puede pagar comodidades, quien no tiene nada y se lanza al vicio para mitigar el hambre, la soledad…

El Italiano lleva tres años encarcelado y conoce con detalle el negocio de la compraventa de favores en este lugar. Dice que llegó a San Pedro Sula hace cinco años cansado de la falta de oportunidades en Europa y que trataba de exportar palmeras decorativas cuando “los españoles” -así los llama- le ofrecieron llevar un dinero a Colombia. Los periódicos del día de su detención le muestran con bigote y dicen que entre él y sus tres cómplices llevaban adheridos al cuerpo más de un millón y medio de dólares.

El Italiano está condenado a 11 años de prisión y es de los que se pueden permitir privilegios. El mayor de ellos es ocupar una pequeña celda semiprivada con paredes de madera que solo comparte con otro preso y por la que pagó 2 mil dólares al llegar a la cárcel. Aquel pago, hecho a las autoridades oficiales del penal, pero que requirió el visto bueno previo del líder de los internos, le da también derecho a tener, hasta el día en que cumpla su pena, un cuarto de baño completamente equipado que solo comparte con otras tres personas, y un pequeño pasillo de dos metros en el que colocó una cinta andadora para hacer ejercicio. El Italiano habla a diario por skype con su familia y responde su correo electrónico desde una laptop colocada a la vista sobre un pequeño escritorio en su celda. Son los lujos, dice, de lo que él llama “la clase media de la cárcel”. Los verdaderos privilegiados llegan a pagar entre 5 mil y 7 mil dólares por vivir en minisuites completamente privadas, más amplias, mucho mejor acondicionadas.

Ese dinero, junto al impuesto ilegal que las autoridades del centro cobran a quienes desean tener un negocio en el interior, sirve en teoría para complementar el presupuesto general del penal, siempre corto para pagar los salarios administrativos y dar alimentación a los presos. Ese dinero, que no está sometido a ningún control oficial, señala también el cauce por el que se pueden comprar otros favores. Si tienes los contactos indicados, en la cárcel de San Pedro Sula puedes hacer incluso que tu familia, si ha viajado desde lejos para visitarte, se quede unos días o varias semanas contigo en el penal, en una especie de extrañas vacaciones.

—Tener a las mujeres, a los niños… eso da tranquilidad —confirma El Italiano—. Esto es un pueblo pequeño en el que los internos saben que no pueden salir, pero tienen acceso a todo.
—¿A todo?
—A todo, todo, todo, todo.

En la pulpería, del estante de la derecha cuelgan perfectamente alineadas media docena de brocas para taladro eléctrico, todavía en sus envoltorios, y algunos martillos. Un poco más arriba, un serrucho para metal sin estrenar se vende a quien lo quiera por 130 lempiras, poco más de 6 dólares. Como explica El Italiano, las autoridades de la cárcel de San Pedro Sula tienen un concepto muy flexible de la seguridad en el penal:

—Está la Policía, están los directores de los centros penales, pero aquí dentro existe lo que ellos llaman “la autoridad civil”, que son los coordinadores generales. Y todo es como con Dostoievski: Crimen y Castigo. Los internos saben cómo controlar a los propios internos.
—A golpes.
—A palos, sí, y a patadas también. Tú robas y te ponen en el piso, te agarran a patadas y te meten en una celda aparte. Y eso es ahora, con Chepe, porque antes si robabas mucho y se cansaban de ti aparecías ahorcado. Y si te ponías muy bravo… —El Italiano se pasa la mano por el cuello como si fuera un cuchillo—. En tres años he visto más de 40 muertos, y ni una sola investigación. Aquí te matan, te desaparecen, y lo único que dicen las autoridades es “hubo un motín entre internos”. Y le dan tu cuerpo a tu familia en una bolsita amarilla.

San Pedro Sula es la ciudad con más alta tasa de homicidios del mundo. Un enclave industrial y comercial que presume de ser capital económica de Honduras y al mismo tiempo es el centro neuronal del narcotráfico en el noroeste de un país casi en desgobierno. Mientras los políticos se acusan unos a otros de ser narcos, los jefes nacionales de Policía, que no escapan al torrente de acusaciones y sospechas, se suceden como las estaciones en un relevo inútil.

En ese contexto, las cárceles han encontrado su propia forma de gobernarse y sería absurdo pretender que lo hicieran en un idioma diferente al que el país en su totalidad habla extramuros. Las cárceles hondureñas, como lo hacen las calles, se autorregulan con violencia. Son las armas las que otorgan un poder efectivo y medieval. Y desde marzo de 2012, en San Pedro Sula, ese poder lo tiene Chepe. Lo obtuvo tras decapitar al anterior coordinador general de la cárcel.

***

Mientras esperamos en la celda-apartamento de los colombianos, Ángela, la madre de la familia, una mujer voluptuosa hasta el exceso por obra y gracia de un cirujano plástico, nos sirve café y cuenta por pedazos su captura, la arbitrariedad de la Policía, la injusticia que, asegura, se está cometiendo con ella, su esposo, su hija Tati y con el esposo de su hija. Viajaban de la paradisiaca isla de Roatán a La Ceiba, ciudad cabecera del caribe hondureño, y les detuvieron y llevaron a juicio por llevar un total de 23 mil dólares en efectivo entre seis personas. Ninguno superaba la cota de 10 mil que se obliga a declarar en los aeropuertos, y además estaban en un vuelo interno varios días después de haber entrado al país, pero de nada les sirvió protestar con acento colombiano. “¡¿Usted sabe cuánto cuesta una semana de buceo en Roatán?!”, le dijo Tati al policía que le preguntó por qué viajaba con tanto dinero.

Tal vez aquel policía y el resto de los asignados al caso nunca habían buceado entre los corales de Roatán, o quizá percibieron en el relato de los colombianos los mismos silencios extraños que yo encuentro cuando le pregunto a la chica el nombre completo de su padre o el del pueblo en la región de Antioquia, Colombia, en el que la familia dice tener negocios de ganadería. El caso es que creyeron que mentían. Dejaron ir a la abuela y al hermano pequeño de la familia, y acusaron a los otros cuatro de lavado de divisas.

La puerta se abre sin aviso previo y antes de que aparezca Chepe lo hacen un niño de apenas dos años y una niña de cinco. Son sus hijos. Viven fuera de Honduras —“por seguridad”, dirá más tarde su padre, “tengo demasiados enemigos”— y están pasando unos días de visita en el penal. Se lanzan a jugar en el suelo mientras Chepe saluda como un candidato sin prisa. Se sienta en una silla de plástico con la espalda contra la pared, acepta el café que amablemente le ofrecen las colombianas, y se lanza al grano. Sin sonreír:

—Bueno, ustedes dirán por dónde empezamos.

Los líderes carcelarios suelen ser hombres-sombra que no quieren ser vistos y ante visitas incómodas o intrascendentes se parapetan detrás de un hombre-fachada. Me habían advertido: “Te presentarán a Noé como representante de los presos, pero el que manda es Chepe”. Fueron la casualidad y las colombianas los que acabaron por ponerme enfrente al hombre al que buscaba. A pesar de que cumple prisión por robo agravado, y no por delitos ligados al narcotráfico, Chepe, que se lleva bien con todos y dice tratar a todos por igual, tiene una llamativa cercanía con los internos acusados o condenados por lavado de dinero.

Nació un 17 de diciembre en una pequeña aldea a dos o tres kilómetros de San Pedro y estudió hasta segundo de secundaria. Tenía 18 años cuando entró por primera vez a este penal en 2005 y desde entonces apenas ha vivido fuera de él. En 2009 volvió a saborear las calles, pero no llegó a completar dos años en libertad. El 16 de abril de 2011 regresó y lleva casi tres años a la espera de juicio, viviendo, dice, de la carpintería. No le creo en eso, pero sí es irónico pensar que, técnicamente, el rey armado que gobierna el penal de la ciudad más peligrosa del mundo sea todavía, y hasta que un juez diga lo contrario, un inocente, aunque puede que sea solo una cuestión de estadística: el 49.5 % de los presos de Honduras aún no han sido condenados.

—Empieza por contarnos cómo lograste calmar este penal. San Pedro Sula tiene una trayectoria de violencia enorme —le digo.
—Bien exagerada. Pero este es un cambio que se vino dando por necesidad.

No lo cuenta solo Chepe. Lo dice todo al que le preguntes: Mario Henríquez, el anterior coordinador general de la cárcel de San Pedro Sula, era un maldito entre malditos, que extorsionaba a los internos que tienen negocios y que retenía parte de la manteca y el arroz que entrega el Estado para los presos y la vendía por su cuenta a los comedores privados aunque eso significara recortar la ración de comida a los internos más pobres. Suyos y de los suyos eran la mayoría de negocios ilegales del penal, y trataba de ir haciéndose, poco a poco, por la fuerza, con los legales. La brutalidad de sus castigos roza la leyenda. Colgaba de las manos a los condenados por su justicia arbitraria, y les levantaba la piel a latigazos mientras su perro les mordía los pies. El penal entero rezaba por la venida de un salvador.

—Se degeneró eso, se desató una ola de violencia porque la gente ya no acataba órdenes de nadie. Desde ahí fue que nosotros tomamos la decisión de poner un orden específico, ¿verdad? —se aplaude Chepe—. Una norma bien establecida, de que no hay necesidad de llegar a un acto de violencia, ni pequeña ni grande.
—¿Quiénes son “nosotros”?
—Nos referimos a un pequeño grupo de gente que, unos 15 o 20, nos pusimos a pensar coherentemente que era necesario poner orden, control. Y entonces hicimos lo que tuvimos que hacer, tomamos las medidas que teníamos que tomar.
—¿Recuerdas el día en que las cosas cambiaron?
—Mire, específicamente no podría decirle “este fue el día que cambiaron las cosas”, porque hubo diferentes problemas… Hablando en el diálogo que hablamos nosotros aquí: hubo diferentes revueltas. Y hubo bajas, pérdidas humanas invaluables. Mire, es una historia muy larga…

***

Las historias carcelarias son siempre largas e intrincadas. Se tejen día a día, mirada a mirada, con malos comentarios, peleas postergadas y muchas horas de conversaciones susurrantes en las celdas. Luego, pum, un estallido, un machetazo, zas, o una cadencia de disparos que casi nunca se comprenden desde el otro lado de los portones, del lado de las autoridades, y que en los periódicos son parte de una masacre inexplicable. Para el mundo exterior, las muertes en una cárcel son como un rayo que corta un árbol, impredecibles y sin sentido.

La masacre que coronó a Chepe, sin embargo, comenzó a gestarse el día en que un líder brutal llamado Lázaro Francisco Brevé quedó libre y un hombre más brutal aun, Mario Henríquez, le sucedió al frente del penal. Hubo avisos, muertes previas, fumarolas por las que el penal liberó presión pero que auguraban más muertes. Una de esas fumarolas se levantó una tarde de febrero de 2012. Mario y su gente violaron a la visita de un preso de la celda 12 y durante toda esa noche la cárcel fue un campo de batalla. Fue la primera vez que Chepe intentó hacerse con el penal. Desde el exterior se escuchaban, cada pocos minutos, disparos, y en los callejones del sector paisa se desató una cacería esquina a esquina. Cuando amaneció y las autoridades lograron calmar los ánimos encontraron muerto a Luisito, el coordinador de la 12. Mario siguió en su puesto.

Un mes después, el 29 de marzo, sobrevino la erupción. Ese día hubo 14 muertos, asesinados a bala o a machete. A Mario, en venganza por sus propias formas, Chepe y los suyos le colgaron, le sacaron el corazón y se lo dieron a comer a su perro. Después mataron al perro. La cabeza del antiguo coordinador terminó sobre un tejado y el cuerpo de sus acólitos calcinados bajo una montaña de colchones en el patio del penal. La Policía, consciente de que asistía a una guerra por un territorio que no es suyo, solo se atrevió a entrar al recinto cuando los nuevos líderes paisas autorizaron la retirada de los cadáveres. Así se construyó la paz en el penal de San Pedro Sula.

Menos de dos años después de ajusticiar salvajemente al antiguo coordinador, Chepe se ha ganado el aplauso del resto de internos y de las autoridades porque ha puesto en marcha planes médicos y porque obliga a otros presos a ir a la escuela. Cada preso aporta dos lempiras semanales para sufragar las medicinas de los más pobres del penal o de sus familiares en el exterior. Desafiando lo absurdo, en un país en el que pocos tienen seguridad social, ir a la cárcel en San Pedro Sula te garantiza seguro médico. Además, cada preso paga los domingos una cuota, el “rolo”, para la limpieza de su celda y de las áreas comunes. En las celdas normales esa cuota es de cinco lempiras, pero los que tienen privilegios y celdas privadas pagan 10 o hasta 50 lempiras semanales. Con ese dinero, los presos que limpian los cuartos y letrinas reciben un pequeño salario.

Chepe presume de sus políticas sociales. Cuando a mediados de 2013 la gente de la Pastoral Penitenciaria le dijo que iba a cerrar su programa educativo en la cárcel porque solo tenían 36 alumnos y necesitaban un mínimo de 70, él reunió a toda la población y les amenazó con no firmarles cartas de buena conducta si no le mostraban antes un certificado de estudios.

—El que no tenía escuela, que mostrara un certificado de escuela; el que había cursado escuela, un certificado de colegio; el que tenía colegio, de computación o inglés…
—¿Pero qué es eso de la carta de buena conducta?
—Ah, le explico. Se le firma al interno cuando se va, siendo uno testigo de que el interno ha trabajado y se ha rehabilitado. Para que le sirva para la salida. Si no, le cuesta salir…
—Espera. Aclárame eso: ¿los certificados de buena conducta los haces tú?
—Actas de conducta. Es un papeleo que pide el juez para ver si cada uno se ha rehabilitado, si ha hecho algo que por lo menos beneficie salir afuera.

Los certificados de estudio los da la Pastoral Penitenciaria en nombre de una escuela de extramuros, la Leonel Zepeda, y no dicen que el estudiante ha estado en el penal. A los que se matriculan, Chepe les exime de pagar el rolo, para motivarlos, y cada vez que se gradúan les da un kit de aseo. En la cárcel de San Pedro Sula hay una política de incentivos para el estudio y la libertad se busca con un certificado de buena conducta firmado por un hombre que descabezó a otro preso. En el programa educativo ahora hay 140 matriculados.

El Flaco es un paria, un drogadicto marginado en la escala social interna de la cárcel. Hace maltallados barcos de madera que mete en botellas vacías, adornos feos que no imagino quién puede querer comprar, pero que él trata de vender por cien lempiras cada uno. El negocio no le va bien. Aun así, tiene los ojos encendidos por la última dosis de lo que sea que se mete en el cuerpo. Es salvadoreño, y al verme en un pasillo del penal me ametralla con palabras:

—¿Usted es de El Salvador? Necesito ayuda, acá a los salvadoreños quieren matarnos, quemarnos vivos, no hay derechos humanos acá, me estoy quedando loco, necesito salir, se ven cosas que no deben de verse y todo el mundo se queda callado, los policías se prestan para hacer cosas, tengo dos costillas quebradas y 18 puntadas en una nalga, de una paliza que me dieron y vomitaba sangre…
—A ver, tranquilo. ¿Por qué fue la paliza?
—Me acusaron de andar robando acá adentro, y era otra persona, no fui yo, pero cuando investigaron el asunto ya me habían golpeado.
—¿Lo ordenó Chepe?
—No, Chepito no, un señor que estaba antes, Brevé se llamaba. Es que aquí han pasado muchas etapas… Y el que vino después, Mario, no nos daba de comer. La comida él prefería dársela a los cerdos.
—¿Es cierto que colgaba a gente y castigaba con latigazos?
—Colgaba a gente hasta de los testículos. Yo pasé una etapa que me torturaron, me ataban y me subían los brazos así, por atrás. Por eso tengo rotas dos costillas.

El Flaco quiere dinero. “Sé muchas cosas de lo que pasa aquí”, me dice. “Pero necesito unos pesitos”. Lleva nueve años aquí. Una vida entera. Nueve vidas de gato. Decenas de motines, miles de días en los que tuvo suerte. Dice que espera volver a las calles en marzo.

—¿Y eso ya no pasa, lo de los golpes?
—Ya no, ahora hay amor y paz, Chepito se ha portado lo máximo, buena onda, me operaron del apéndice y él me ayudó bastante… Pero no me puedo confiar, así comienza todo siempre, porque cuando todo está calmado la Policía se confía y todos los coordinadores vuelven a lo mismo.

***

Los hijos de Chepe le interrumpen con sus juegos y él, sin levantarse, entreabre la puerta y llama a uno de sus guardaespaldas. Desde el exterior llega el sonido de una sierra eléctrica. El taller de carpintería de Chepe está justo enfrente de la celda-apartamento de los colombianos y cada vez que se abre y cierra la puerta, un chirrido agudo invade esta casa burbuja.

—Quédese pendiente de los niños usted. Lléveles por ahí —le dice a un hombre alto, vestido como un cantante de reguetón y que cumple el tópico del guarura que lleva gafas de sol.

Las anfitrionas, madre e hija, orgullosas de que esta entrevista sea prueba irrefutable de su alta posición en el sistema de castas carcelario, nos ofrecen más café y regresan a una posición de guardianas-sirvientas, de pie apenas a metro y medio de nosotros, atentas a la conversación. Sus maridos regresaron hace unos minutos de jugar al fútbol, sudados, jadeantes, y nos saludaron con desinterés, como si la presencia de Chepe fuera habitual, y se encerraron en uno de los cuartos a ver más fútbol por televisión.

—Si yo vengo y solo porque soy más malo o más grande que usted le pego un puñetazo en la cara… Al jodido que haga eso lo llevan castigado y lo golpean a él. Es una regla de antigüedad que no ha cambiado. Si alguien golpea, lo golpean.

Le he preguntado a Chepe por su ley, por las normas de disciplina con que mantiene el penal en orden, así que cuando dice “lo golpean” quiere decir “mi gente lo golpea”. El subdirector Escalón admite que son los líderes de los presos, la “autoridad civil”, los que determinan a qué hora se levanta y acuesta cada interno, sus horarios de ducha y comida, las cantidades del rancho, quién tiene derecho o no a participar en actividades formativas o talleres profesionales, quién es confinado en una celda de aislamiento y por cuánto tiempo, qué castigo se impone para cada falta. El director del penal, los hombres uniformados que representan esa ficción llamada Constitución, solo intervienen cuando no hay más remedio, cuando los disturbios se prolongan el tiempo suficiente como para que lleguen las cámaras de televisión. No hay cómo evitar una muerte aislada. Probablemente no interesa evitarla.

—Si uno mata a alguien aquí, ya como están establecidas hoy las cosas, si uno mata a otra persona, la misma población lo mata a él. Sin necesidad de que yo diga que sí o que no —explica Chepe, reconvertido de golpe en Pilatos.
—Ojo por ojo.
—Es una regla que se estableció entre toda la población. Si alguien rompe la paz que hay y jode a alguien, mata a alguien, ahí mismo se lo acaban a él también. Como les digo, yo siempre veo que la gente, a veces, en algunas cosas, toma sus decisiones, porque ellos también son la población y ellos también tienen mando.

La suerte de un ladrón, la vida de un homicida común, descansan en la voluntad popular porque no desafían a una autoridad que tiene por natural matar. O la de un pandillero, porque la ley de Chepe llega hasta donde termina el sector de los paisas y no responde de los muertos tatuados. Y su justicia tampoco persigue la venta de droga o el sicariato en la medida en que no desafíen a quien reina. En eso, el régimen de Chepe y el de la Policía hondureña se parecen demasiado.

—Yo lo que le digo a la gente que trabaja ilícitamente en su cuestión, tal vez de drogas, es que no me vayan a generar problemas —dice Chepe—. Pero uno no puede cerrar las puertas a muchas cosas…
—No hay cárcel sin drogas, dicen.
—Mire: una vez, hace ya tiempo, había pleitos a cada rato. Que uno le pegaba un leñazo al otro, que rayones con cuchillo… Y un día ingresó el director del penal, que yo creo que ya lo mataron, un tal García Méndez, y dijo: “¿Bueno, qué es lo que está pasando, que a cada rato hay heridos?” En este tiempo aquí estaban revueltos los paisas con los retirados de la 18 y de la MS-13, y brincó un jodido todo manchado: “Mire, jefe”, le dijo, “el problema es que aquí no tenemos marihuana, y nosotros sin la marihuana no podemos vivir”. “Esa es toda la bravura de la gente”, le dijo, jaja. “¿De verdad ustedes están…?” “Sí, jefe” “Vaya pues, pasen ahí…” Y el director les dejó meter al penal como dos libras. ¡Uy, hombre! ¡Una felicidad todos! ¡Hubo como varios días que no hubo problemas en el penal! Ja ja ja.

***

Chepe es solo un heredero más de la tradición de violencia y corrupción del penal de San Pedro Sula, en el que han muerto calcinados, asfixiados, desangrados, ahorcados o desmembrados más de 200 internos en los últimos 10 años. Es un heredero astuto, dotado por igual para la brutalidad y la sutileza, pero al fin y al cabo un nombre más en la historia. Una vieja serie de artículos de La Prensa, uno de los principales periódicos de la ciudad, recoge el testimonio de antiguos presos de esta cárcel, que aceptaron describir las redes de corrupción, tráfico de drogas y sicariato de las que participaron o que vieron operar durante su encierro. Aunque sus historias datan de 2006, justo el año en en que Francisco Brevé se hizo cargo del penal, el relato es atemporal: sobornos que permitían fugas, pagos desde fuera para asesinar a enemigos dentro de los muros, y constantes luchas entre bandas de paisas por el control del penal y sus mercados de droga.

El de San Pedro Sula siempre fue un penal paisa. El 17 de mayo de 2004, en pleno fervor de la política policial antipandillas del presidente Ricardo Maduro, en plena Mano Dura, un cortocircuito provocó un incendio en el sector de la Mara Salvatrucha y los custodios mantuvieron los candados cerrados hasta que se quemaron vivos o asfixiaron 107 pandilleros. Tampoco llamó nadie a los bomberos, que tardaron hora y media en llegar. Ese día los paisas entendieron que incluso un Estado tan cruel con sus reos como el hondureño odia más a unos presos que a otros. A diferencia de lo sucedido en El Salvador o Guatemala, el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha nunca han logrado que se les asigne penales propios y sus miembros cumplen pena en sectores minoritarios de cárceles controladas por presos comunes.

Eso, sin embargo, no ha evitado que los penales, vencidos por el hacinamiento y la corrupción, acumulen una tasa de homicidios muy superior a la del resto del país. Por eso Chepe es valioso. Porque con sus hombres y las armas de sua hombres logra administrar lo que al Estado le estalla en las manos. En los 21 meses que lleva al frente del penal ha conseguido, incluso, que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha se sometan a su régimen y no crucen las fronteras de sus sectores. El brazo de la justicia de Chepe no llega hasta los módulos de las pandillas y el de los retirados, pero los tres grupos saben que si causan problemas en territorio paisa sufrirán su ira.

A finales de 2012 una parte de los paisas le empezaron a pedir a Chepe sangre de pandillero. En Honduras hace años que buena parte de la población, incluidos la mayoría de funcionarios, considera la ejecución de un pandillero un acto limpio de justicia. Los internos de la cárcel de San Pedro Sula comparten esa idea y querían deshacerse de sus 18, sacarlos del penal vivos o muertos. Chepe no quiso ser líder de esa escabechina y, para buscar una solución que no le costara el respeto de los suyos, pidió ayuda al hombre que lo media todo y lo trata de pacificar todo en San Pedro Sula: el obispo Rómulo Emiliani, un cura panameño de voz ronca que lleva 12 años tratando con pandillas y buceando en las cárceles de Honduras. Emiliani fue testigo del primer encuentro del rey paisa con Flash, Termita y el resto de líderes dieciocheros en el penal de San Pedro.

La reunión fue en el patio de acceso al penal, enfrente mismo del despacho del director. Chepe acudió solo. Los pandilleros en grupo y armados hasta los dientes. En los penales, los dieciocheros hondureños visten como lo hacían en los 70 y 80 los pandilleros de Los Ángeles, y aquel día bajo sus camisas de cuadros, anchas, sueltas fuera del pantalón y abrochadas en el cuello, se entreveían las formas y los cañones de pistolas y de fusiles AK-47. También el líder paisa iba armado, con una pistola y con una granada por si la escena se desesperaba. Y se sentía más fuerte que sus adversarios. “La onda, Flash, es que si quisiéramos perjudicarlos a ustedes toda esta gente paisa se los come. Sólo les digo ʻtírenseles amorʼ, y ustedes van a matar a un montón, no lo niego, pero ellos se los van a comer a todos”, le dijo al que tenía enfrente. Y los dieciocheros se midieron, pensaron, y con Chepe acordaron evitar cualquier provocación, limitarse a su propio sector y gobierno, tratar de pasar inadvertidos, conscientes de que en Honduras el gran crimen organizado vuela más alto que las pandillas, y es paisa.

Emiliani, que antes y después de aquello ha visto cómo administra Chepe su destreza para amenazar, habla bien de él:

―No vamos a discutir si eso está bien o mal, pero ha mantenido la paz y tiene un control muy efectivo ―dice.
―Tienen la autoridad que la supuesta autoridad no tiene.
―Sí, ellos tienen la autoridad que la autoridad ha ido perdiendo. La Policía puede poner orden en el penal, claro, pero eso implicaría entrar con soldados y matar a un montón de gente.

Para que eso no ocurra, Emiliani dice que Chepe y la dirección del penal han llegado a un equilibrio no firmado que evita por partes iguales los motines y la injerencia del Estado en los asuntos de los internos. Un pacto similar al que alcanzó el líder paisa con la 18, o al que ya había forjado con la Mara Salvatrucha unos meses antes.

En septiembre de 2012 cayó preso en San Pedro Sula un empresario de transporte conocido como Cheno: Arsenio Rodríguez García. Chepe dice que nada más entrar a la cárcel Cheno buscó su protección porque temía que la MS-13 le castigara por dejar de pagar el impuesto de guerra ahora que estaba en desgracia, y que él se sintió llamado a ayudarle porque el hombre no tenía nada, ni dinero, ni buses ya, ni casa, porque todo se lo había quitado la Fiscalía. Echar una mano a Cheno era, casi, una obra de caridad. Cuenta Chepe que volaron mensajes de un sector a otro y se concertó una reunión en las oficinas de la guardia, junto al despacho del director del penal. Y cuenta que una vez allí amenazó a Marcos, el representante de la Salvatrucha: “Colabóreme con esto, hermano, porque yo le voy a estipular una cosa bien clara: si a este señor le llega a pasar algo acá adentro, o a la esposa o a los hijos de él afuera, yo los voy a perder a todos ustedes”. Y les hizo ver que no era justo cobrarle a Cheno ahora en las malas cuando él, en las buenas, les había ayudado a ellos pagándoles renta y quién sabe qué más. “Más bien colabórenle con algo, que este hombre está jodido”, dice que les dijo.

Al día siguiente, en una oficina de la guardia, el representante de la Mara Salvatrucha entregó a Chepe una bolsa negra con 100 mil lempiras -unos 5 mil dólares- en efectivo, para Cheno Rodríguez García. Y dice que a él le dio otros 10 mil lempiras, como gesto de buena voluntad. Desde entonces, la MS-13 incluso le ha ayudado a comprar una silla de ruedas para un enfermo paisa y participa de vez en cuando en los fondos comunes para pagar alguna operación o medicina. De eso presume Chepe.

Escuchándole, uno creería que el rey del penal de San Pedro Sula se jugó la vida por un preso anónimo y que la MS-13 se le hizo dócil por arte de magia. Lo que Chepe no dice, entre otras cosas, es que Arsenio Rodríguez era en San Pedro Sula mucho más que un antiguo motorista convertido en empresario de buses. La Fiscalía hondureña lo investigaba desde 2007 por enriquecimiento ilícito, había ordenado su captura en 2010 y le incautó 12 viviendas, tres terrenos, una discoteca, tres buses, siete taxis e igual número de vehículos particulares.

Cuando la Policía se presentó en su casa, Cheno la recibió a disparos. Para la anécdota queda que el personaje por el cual los paisas y la MS-13 pensaron que valía la pena negociar la paz en la cárcel, tenía en su jardín un venado cola blanca.

―¿Quién era Chepe antes de ser coordinador? ―le pregunto a Emiliani.
―No figuraba. Pero ya había estado antes en la cárcel y era un poder detrás del trono, como de segunda categoría. Y sube y se mantiene en el poder con mucha elegancia, digamos, en un contexto difícil. Gracias a él en el penal no hay muertos.
―Siempre tuvo cierto poder entonces.
―No tengo mucho detalle, pero no era un nadie, claro. La gente lo respeta, la gente le tiene confianza y hace muchas cosas positivas. Es un hombre fiable, que hace el bien a su manera.

***

A mediados de octubre, una muchacha llegó al portón principal del penal de San Pedro Sula a preguntar por Chepe. Estaba nerviosa y solo eso decía: quiero ver a Chepe.

En las cárceles hondureñas no hace falta estar inscrito en ninguna lista ni tener un vínculo especial con un interno para entrar de visita. Dar un nombre y un número de celda o módulo bastan para que un policía que no conoce a sus prisioneros, ni sabe quién o qué eres tú, anote tus datos en un gastado libro de registro y, sin levantar la vista del papel, te deje entrar al país de los de adentro. La muchacha ni siquiera necesitó eso. En el penal de San pedro Sula, Chepe no necesita apellido ni tiene celda fija. Estuvo en la 2A, después quiso estar en la 22. Hoy duerme “buscando más tranquilidad y estar un poco más seguro, también para beneficio de todos”, en un cuarto privado que se mandó construir en la zona de visita conyugal. En la puerta de ese cuarto estaba cuando uno de sus coordinadores llegó con la muchacha que le buscaba.

—Mire, Chepito, que viene esta muchacha ahí de la guardia. Lo anda buscando.
—¿Y qué pasó?
—Es que mire —le dijo ella—, a mi mamá nosotros la trajimos desde Tegucigalpa y la tenemos internada en el hospital Mario Catarino, y necesito 900 lempiras para hacerle estos exámenes, porque si no, de puro gusto la fui a traer…
—¿Y a quién viene a visitar usted? ¿Tiene algún pariente usted aquí?
—No, usted, si yo me vine para acá porque me dijeron afuera que fuera al centro penal, que ahí me podían ayudar…

Las historias de quien llega al penal en busca de trabajo, protección o un simple plato de comida gratis, están en cada pasillo de la cárcel de San Pedro Sula. “Aquí afuera la gente es tan pobre que hasta viene a comer a la cárcel”, me dijo una interna. Días después de la entrevista con Chepe, mientras esperaba a alguien junto a los muros del penal, un activista de Derechos Humanos señaló a la densa columna de mujeres que esperaban ser revisadas para entrar a visita y me desafió con una frase que pretendía ser un enigma:

—Un tercio de esas mujeres vienen a visitar a alguien.

Aunque llevábamos parados más de una hora bajo el calor, volví a escrutar con la mirada a aquel grupo heterogéneo. Faldas largas y faldas cortísimas, rostros casi siempre maquillados, enormes bolsas llenas de comida casera, algunas chicas jóvenes vestidas como para ir a una discoteca…

—¿Y el resto?
—Algunas vienen a comprar mercadería de la que fabrican los internos para venderla afuera. Las hay que se prostituyen. Y muchas vienen a probar suerte.
—¿Cómo que a probar suerte?
—Sí, a ver si conocen a alguien y se acompañan.
—Eso no tiene sentido…
—Claro que lo tiene. En las comunidades de las que vienen estas mujeres, tener un novio o un marido que está dentro del penal las coloca en otra posición, no solo económica, sino sobre todo de seguridad.

En el San Pedro Sula que no se esconde bajo el aire acondicionado de los centros comerciales, la cárcel es un corazón poderoso que igual bombea muerte que dinero o protección. En las comunidades más pobres, a las que pertenecían los 107 pandilleros muertos en el incendio de 2004 y en las que crecieron la mayoría de internos de este mísero penal para hondureños sin suerte, la cárcel forma parte de la vida y las rutinas. Y tiene para bien y para mal voz y voto sobre el futuro inmediato de los supuestos hombres y mujeres libres.

Cuando Chepe entró a su cuarto, salió con unos cuantos billetes gastados que sumaban 900 lempiras y se los dio a esa muchacha que casi lloraba. Hizo algo parecido a lo que en la calle se considera justicia. A la leyenda de la cárcel en la que las cosas funcionan y los pobres tienen un rey ladrón con la cara cortada, que es más justo que los políticos y más honesto que la Policía de Honduras, le nació otro capítulo.

***

Ya fuera de la celda de los colombianos, paseo con Chepe hasta topar con un gran cajón de madera en mitad de un callejón. Tiene alrededor de un metro y medio de alto, dos ventanas de cristal y una puertecita con candado. Me sorprende descubrir que esta especie de casita de muñecas gigante tiene aire acondicionado en un lateral, y más aun ver asomarse a las ventanas a dos huskies siberianos.

—Son míos —ataja Chepe cuando le pregunto por los perros, y les abre la puerta para que salgan. Se llaman Gol y Sissi.

Cuando los perros, después de juguetear con las caricias de su amo, se lanzan a correr por el callejón y se pierden por una esquina, tomo conciencia de que el penal entero es la celda, el jardín, la finca de Chepe. Aun así, los tiempos de paz tienen en la cárcel la consistencia de una figura de origami, y por eso pasea por sus dominios rodeado siempre de 10 hombres fornidos, de vestir pulcro y, es un secreto a voces en la cárcel, armados con algo más que cuchillos. Si le pasara algo, probablemente volverían los tiempos de zozobra y de lucha por el poder. O si le trasladaran. O si saliera libre, porque en teoría este año Chepe debería ir por fin a juicio.

—¿Crees que te van a declarar inocente?
—Siendo realistas, tengo todos los problemas encima. Si voy hoy, sería solo a que me sentencien. Pero estoy agarrado del mero todopoderoso y creo que Él me va a sacar libre cuando yo esté preparado.
—¿Cómo?
—Es que mire, yo puedo arreglar ahorita mismo mi situación jurídica y salir libre, ¿me entiende? Porque se puede. Se puede apelar a errores en la captura, o hasta la misma Policía se puede robar las evidencias, y si no le ponen evidencia a uno, ¿cómo le van a comprobar el delito? Pero yo es que antes de salir estoy dejando que Dios me transforme.
—Y si sales, ¿qué va a pasar acá dentro?
—Mucha gente tiene miedo a eso. Hasta el mismo director y el subdirector me dicen que no les gusta que les hable de eso.

Marilyn es libre

Publicado: 20 septiembre 2013 en Facundo Bañez
Etiquetas:, , ,

Allá.

Marcelo Cristian Bernasconi, declarado culpable de matar a su madre y a su hermano, vive allá.

Es un cuartito de dos por tres donde la luz del exterior llega opacada por los vidrios repartidos de un ventanuco. Hay remeras, polleras y medias que cuelgan de un improvisado cordel. Hay un póster de Jesús que decora una pared. También algunos papelitos con corazones pegados sobre la única cama del lugar y un ejército de moscas que zumban y revolotean por todas partes. Hay también un aroma rancio y embotado que parece palpitar desde siempre.

Allá, donde vive Marcelo, es una de las treinta y seis celdas que tiene el pabellón de homosexuales de la Unidad 32 de Florencio Varela.

—Mi lugar en el mundo -cuenta él, sereno y con una sonrisa que apenas se insinúa.

De cerca, esa cara de jovencito desgarbado y mirada saltona que se veía en los diarios muestra ahora la transformación: labios pintados, algo de rímel en las pestañas y un leve tono turquesa que le decora los párpados. El cabello está crecido y su nuevo apodo confirma el cambio:

—Marilyn -susurra-. Acá todos me conocen como Marilyn.

Pasaron casi dos años del día que mató a su familia pero Marcelo, o Marilyn, dice que lo recuerda como si fuera parte de otra vida. Fue, en realidad, la tarde del martes 26 de mayo de 2009. Ese día su madre Alicia Pérez y su hermano Carlos fueron encontrados muertos con disparos de una carabina 22 en la quinta El Rosario de la localidad de Oliden, a unos cuarenta kilómetros de La Plata. Fue una ejecución efectuada a poca distancia. El aviso lo dio quien en principio parecía el único testigo: Marcelo, por entonces de 18 años. El chico dijo que tres hombres entraron a robar a su campo y que él, tras ver cómo mataban a su familia, pudo escapar de milagro. La mentira duró poco. A las horas, a solas con el fiscal, confesó todo y dijo que lo hizo porque ellos nunca habían aceptado que fuera homosexual. También dijo que recordaba la discusión de la noche anterior con su madre y con su hermano pero que, de pronto, se le nublaba la memoria cuando quería pensar en el preciso momento en que hizo los disparos.

—Ahora me acuerdo -cuenta-. No lo pensé ni lo tenía planificado. Fue un impulso. Me acerqué con la carabina y apunté. Estaba con mucha bronca. Una bronca de años…

Quiere decir otra cosa pero se frena. Piensa. Se mira las manos y parece de pronto recordar algo.

***

“Nací el 6 de junio de 1990 en Magdalena. No hay fotos de mis primeros años pero era bien rubio y de tez bien blanca. Jugaba a la casita y mi mamá me compraba ollitas de plástico. Un día me empezó a regalar vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella… Mi hermano me llevaba 9 años de diferencia y casi nunca jugaba conmigo. Teníamos peleas como todos los hermanos, y en una de ellas me dijo que yo era adoptado. Eso me quedó grabado”.

***

Acá.

Nicolás Malpeli, abogado de Marcelo Cristian Bernasconi, dice que acá afuera el caso todavía lo sorprende.

No es el único: la productora Historias Cinematográficas, del director Luis Puenzo, se presentó un año después del doble crimen ante la defensa de Bernasconi con la intención de hacer una película sobre su vida.

—El proyecto está bastante avanzado -cuenta Malpeli-. En estos momentos están terminando de escribir el guión y calculo que en poco tiempo empezarán a filmar. Es una historia de película, sin duda. Marcelo es un pibe bueno y lo que hizo lo hizo porque no daba más. Está claro que su homosexualidad nunca fue aceptada por su madre y eso generó un infierno familiar que Marcelo sufrió desde muy chico.

Lo que dice el abogado se apoya en un informe realizado por Aldo Raúl Becce, un psiquiatra que trabaja como juez de menores en Trieste, Italia, y que desde un primer momento se mostró interesado y sorprendido por el caso. “Según las palabras de Cristian parece faltar una primera imagen que lo representa -dice el especialista-, como si de algún modo no hubiese un texto materno que lo inscribe en el mundo. Lo primero que esa madre quiso de ese hijo, la primera representación del niño, tiene que ver con ella misma: `Un día me empezó a regalar vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella’. Parece entonces que esta madre regala los signos de su ser femenino y son esas las únicas fotos de esta infancia. La madre retrata al hijo como a una mujer pequeña. El hijo, todo hijo, trata de satisfacer el deseo materno para lograr el reconocimiento. Es evidente que lo que quiere su madre (vestirlo de ella misma, vestirlo de mujer) y la evidencia que su hijo es un varón y que no es ella desató un conflicto”.

***

“A los once años me di cuenta de que me gustaban los hombres…No sabía cómo decírselo a mamá, hasta que tomé coraje y una tarde se lo dije. Como era de suponerse, los gritos de ella casi levantan el techo de casa. Yo nunca contestaba. Agachaba la cabeza y me ponía colorado”.

***

Marilyn.

Marcelo Cristian Bernasconi, condenado a perpetua por el Tribunal Oral 4 de la ciudad La Plata, pide que de ahora en más lo llamen Marilyn.

—Yo me siento mujer -dice-. No pienso en operarme porque me da miedo, pero por ahí el día de mañana empiezo a tomar hormonas para que me crezcan los pechos y la cola. Me gusta sentirme así. Acá todos me quieren y hasta estoy de novia. Hace tres días empecé una relación nueva. Antes salí con un pibe durante seis meses. Pero él se fue hace más de dos semanas y una tiene que seguir. Ojo: no vayas a pensar que soy rápida. Pero sí te reconozco que soy bastante enamoradiza…

Su nuevo lugar en el mundo, como lo llama, es una cárcel que se levanta a un costado de la ruta 57 y donde el régimen moderado hace que existan más alambrados que rejas. Cuando llegó, hace un año y con el pelo todavía corto, fue recibido por un grupo de chicas trans con tacos y siliconas que le enseñaron a maquillarse y, entre bromas y música de cumbia, a comprender que la mejor forma de vivir encerrado es no pensar en el pasado.

—A recordar acá le decimos cajetear -cuenta Marilyn, alegre y producida para las fotos-. Las chicas me enseñaron a que no me haga la cajeta. Por eso trato de no pensar en aquella tarde. Sí que me acuerdo de los disparos. Me acuerdo todo. Pero no quiero cajetear.

***

“A principios de 2007 mi papá empezó a tratarse con distintos doctores. En mayo ya sufría dolores fuertes y un día que quedamos solos en casa nos pusimos a hablar. Me sinceré y le confesé que era homosexual. Desde ese momento se unió más a mí y cada vez que tenía que ir al doctor me pedía que lo acompañara…Se le hicieron nuevos estudios y salió que tenía un tumor en el colon…El 24 de noviembre falleció… A los cuatro días no aguanté más y le dije a mamá que era gay. Me dijo de todo. Que era una vergüenza y que más me valía que nadie lo supiera… Al día siguiente vinieron visitas a casa y le conté a mi hermano buscando su apoyo, pero fue peor. Me dijo palabras que me dolieron muchísimo: `Cuando eras chico te tendríamos que haber tirado al chiquero de los chanchos. Sos un enfermo’. Sino hubiera habido visitas creo que me hubiera molido los huesos a palos. Desde ese día empezó el infierno. Todos los días me retaban, me insultaban y me miraban de mala manera…”

***

Sin salida.

Aldo Raúl Becce, psicólogo jurídico que analizó el caso y quien junto con otros colegas italianos piensa escribir una novela sobre esta historia, dice que Marcelo se encontró en un callejón sin salida.

—La falta de recursos psíquicos saludables para afrontar esta situación -apunta el profesional- le impidió la elaboración del conflicto. La creciente tensión familiar, el acoso y la negación de su persona lo llevó a un callejón del que no supo salir.

Allá, en su celda de la Unidad 32, a Marilyn se le repiten estas palabras y asiente como si las conociera de memoria.

—El único que me entendía era papá -musita, y de golpe pierde esa sonrisa aniñada y feliz de las primeras horas y adopta un gesto que no encaja en ese rostro de rímel y sombra en los párpados.

***

“Me controlaban la plata que gastaba y hasta la forma de vestir (no podía ser ajustada y no podía usar sandalias)…Un día me llamó un amigo gay que había conocido en un chat y me escucharon. Casi me rompen el celular. Me prohibían juntarme con chicos. Cuando venían amigos a casa mamá se sentaba en el medio y estaba en todas las conversaciones. No me dejaban salir solo y a los bailes tenía que ir con ellos y sentarme siempre al lado de mamá”

***

Sin visitas.

Ese chico que se siente chica y pide que la llamen Marilyn, hace tiempo que no recibe visitas.

—Tengo unos tíos en Bavio -cuenta-, de parte de papá. También unos en La Plata, pero ninguno de ellos viene a verme. Cuando estaba en la comisaría, antes de venir acá, el único que me visitaba era Matías. Mi novio. Pero la última vez que lo vi fue cuando me condenaron a cadena perpetua. Nunca más lo ví. Pienso en él y todavía me pongo mal. Creo que fue el único hombre que amé de verdad.

***

“En febrero, durante los corsos, conocí a Matías. Nos gustamos y decidimos empezar una relación. Mi hermano se enteró que él era gay y con mi mamá me prohibieron que lo viera. No les hice caso y un día invité a Matías a mi casa. Lo miraban mal y se metían en todas las conversaciones. Yo me sentía re incómodo…Antes de todo esto intenté matarme varias veces pero nunca tuve el valor para hacerlo. Una noche, en una discusión fuerte, agarré una cuchilla y me la puse en el cuello. Mi hermano me decía: `Dale, puto, morite’. Pero no me animé”.

***

Elegante y coqueta.

Marilyn, como todos la conocen en el pabellón de homosexuales, dice que ahora es una mujer elegante y coqueta.

—No me gusta andar así nomás -cuenta-. Soy de usar polleras y trato de estar siempre bien maquillada. En el pabellón, claro. Cuando salimos al patio no me dejan usar pollera y ando de pantalones. Los guardias me respetan pero me explicaron que de mujer puedo provocar al resto de los internos. Yo lo entiendo y lo respeto. Acá estudio Derecho y cuando voy a clases me pongo pantalones. Hay que cuidar las formas. Ojalá el día de mañana pueda andar siempre de mujer. Como Florencia de la V. Yo la admiro mucho a ella, pero no me gustaría trabajar en el teatro. ¿Cómo me imagino? De Abogada. Casada, formando una familia y defendiendo a quienes lo necesiten.

***

“El lunes 25 fui a la tarde a la casa de una vecina con mi amiga Marta en su moto. A la vuelta, como llovía, le dije que me dejara en la tranquera así no manejaba en el barro. Cuando llegué a casa ellos me empezaron a gritar y no me creían que había estado con Marta. Traté de explicarles de mil formas que era verdad…Yo me fui a dormir y cuando ellos vinieron al cuarto (dormíamos los tres en el mismo cuarto porque decían que sino yo de noche me escribía con putos) me hice el dormido. Esa noche me desperté como a las 3 y ya no pude dormirme. Sonó el despertador a las 5,45 y yo aún estaba despierto…Me puse la ropa del tambo y salí al campo a buscar las vacas para ordeñar. Las traje al corral y mi hermano siguió gritándome. Cuando terminé de ordeñar, al levantarme y seguir escuchando los gritos de mi hermano, sentí un calor muy fuerte en mi cara. De ese momento recuerdo entre nubes un tiro…Después sentí un aire frío y cuando me di cuenta estaba corriendo en medio del campo con el arma en la mano. La tiré, me descompuse. Estaba agitado y muy confundido… Recuerdo también otro tiro y a un montón de pájaros que salieron volando. Yo estaba ahí, sin entender…Entonces empecé a correr a lo de los vecinos e inventé que nos habían asaltado…”

***

Mucho tiempo después, con la condena ya consumada, el psiquiatra Becce dice en su informe que Bernasconi “sólo pudo escapar de ese encierro asfixiante a través de un pasaje al acto, bajo los efectos de una emoción violenta con pérdida parcial de sus funciones psíquicas. La emoción violenta, estado transitorio alterado de la conciencia, explica la ausencia de memoria del momento homicida”.

Mucho tiempo después, en su celda de Florencio Varela, Marilyn dice que recuerda todo pero que prefiere no cajetear.

—Lo que tenía que decir de mi pasado -razona con tranquilidad- ya lo escribí en un montón de cartas cuando estuve en la comisaría. Ahora trato de pensar en otras cosas. ¿Si los extraño? Sí. Un montón. A los tres extraño un montón. Eran mi familia y siempre van a estar en mi corazón.

Dice esto y se queda callada. Se acomoda el pelo. Parece no decir nada más pero enseguida, con algo de rubor, arquea una ceja y recupera el tono.

—Es contradictorio -asume-: me arrepiento de lo que hice pero, al mismo tiempo, siento que acá puedo ser yo misma. Me liberé. Está claro que tendría que haberme ido de casa. Pero no pude. No supe. Contradictorio, ¿no? Me arrepiento todos los días de haberlos matado, pero acá encerrada es la primera vez que me siento libre.

A.

El cuarto reo que entrevisto me dice que soy una señal del de arriba. Días atrás, asegura, Dios le dijo que una periodista lo iba a visitar. Sin embargo, el único milagro será que cuando terminemos de hablar yo podré salir a la calle. La libertad, desde adentro de la cárcel es como ver a Jesús caminando sobre el agua. La diferencia es que aquí, la gente se ahoga.

Sansebas queda a mil colones en taxi (unos dos dólares americanos)desde el centro de San José, en Costa Rica, aunque a la mayoría de sus inquilinos el viaje les salió gratis, en patrulla sin ‘maría’. Es un centro penal para indiciados, gente sin condena ni sentencia en firme, personas que según defensores de la seguridad ciudadana, es mejor tener presa que afuera. Son el 25% de la población penitenciaria, una cuarta parte de las 12 mil personas que están tras las rejas en Costa Rica.

Indiciados es tan solo una cuestión de nombre, un eufemismo: “prisión preventiva”, pero prisión a fin de cuentas. Los que entran no saben cuándo van a salir, la espera se vuelve un dimequetediré entre el fiscal, el juez, el abogado y la desesperación que carcome a lo interno, que se deja oír de vez en cuando.

Así, los reos pasan meses, o hasta años, con la esperanza de que un día alguien les diga: “queda condenado por equis años” o, que los reciban con un “queda usted libre, no le comprobamos nada, mil disculpas”.

Lo primero, se lo dirán a, por lo menos, la mitad de los indiciados. El resto se conformará con la absolución por duda: los mandan a la casa con la hoja de delincuencia limpia y la boca cerrada. Las autoridades saben borrar la cárcel de los papeles pero no de la memoria.

Ninguno sabe qué es peor.

La ausencia de relojes en Sansebas es un acto de piedad y compasión, es mejor no llevar la cuenta de los minutos que se escurren entre la pintura ajada. Porque una vez adentro la única opción para que el reloj no se detenga en seco es “aprender a canear” (a golpear para defenderse).

Porque definitivamente la cárcel es como una mujer con el útero estirado de tanto parir. Como una madre que, de tantos parir hijos, omite el proceso de crianza: aquí solo sobrevive el hijo más fuerte.

L.

Cristian es grandote, compacto de gimnasio, tiene 34 años y su pelo es corto, parado y filoso.

Cristian quiso ahorcarse al segundo día de estar preso, arrollándose un pantalón al cuello y colgándose de un calabozo con olor a orines. “Porque ese calabozo pa’ de feria, no tenía servicio adentro, a donde uno mismo orinaba ahí tenía que ‘ormir”.

Eso fue hace dos años. El hecho que lo tiene aquí adentro ocurrió hace tres.

Una oscura carretera en Junquillo Arriba de Puriscal fue escenario de un accidente de tránsito, el cual cobró la vida de un joven y tiene a otro al borde de la muerte”, dijo el diario La Extra.

Homicidio culposo”, dijo la Fiscalía.

Es como si usté fuera aquí y fue a ver un lado y se topó con alguien, y sí tuvo culpa porque no estaba centrado en lo qusté iba pero nunca lo hizo con intención, porque yo hasta a un perrito o un gato me he caído en moto por quitármelo.

Entonces enseña una cicatriz que tiene en el codo. Mueve las manos y deja caer el peso sobre el respaldar de la silla de plástico; repetir la misma historia debe pesar a ratos.

Todas las personas presas con las que he conversado tienen la culpa escondida en el fondo del pellejo y la inocencia es lo único que a punta de empujones escupen por la boca.

No los culpo. Si estuviera ahí metida, yo también le diría a la culpa que no chistara, que se escondiera en mi rincón más profundo, que no se atreviera a salir. Una sílaba en falso y el encierro se alarga.

Inocentes en las cárceles de Costa Rica hay, mal condenados hay, causas mal investigadas también”, asegura Hermez González, presidente de la Fundación Derechos Humanos, mientras mastica las palabras bajo su bigote negro, espeso, que amenaza con convertirse en cepillo.

Para Hermez, que encabeza un proyecto para sacar a las personas inocentes de las cárceles, la falta de dinero le pasa la factura a muchos de los privados de la libertad. “La mayoría son personas de escasos recursos económicos y contratar a un abogado cuesta entre 350 mil colones y un millón de colones” (entre 686 y 1.900 dólares).

¿Y entonces?

Renzo, otro preso que está al lado de Cristian, parece tener la respuesta. Sabe cuidar las palabras porque por un testimonio ya lleva nueve meses en Sansebas. Su exmujer dijo que él la había amenazado con un cuchillo y un revólver. Medicatura forense no encontró marcas en el cuerpo de la mujer. La Fiscalía le puso el nombre de “tentativa de femicidio”. Doce años de cárcel. Ahora está a la espera de una apelación.

Una espera que lo ha dejado flaco y débil, con los hombros apuntando al suelo.Parece Eminem con el pelo negro y lacio bajo una gorra azul, a punto de tirar lírica al estilo moderfoker.

Sinceramente ahorita hay muchas personas indiciadas que están por puro color ‒opina.

Cristian explica:

Como fama de malillo, que la ley piensa que usté no ha sido muy correcto en la vida y aunque usté no haiga hecho algo, por pura fama lo agarran.
Yo soy de Pavas ‒continúa Renzo‒ y todos los días Pavas sale en las noticias, es uno de los lugares más conflictivos. Para la fiscalía todos los que son de ahí son culpables. Ellos dicen que es mejor tenerlos encerrados a que cometan una tragedia en la calle, cosa que no es cierta. Estando en la calle siempre trabajé, yo tenía una microbús, hacía colectivos en Pavas, pasaba todo el santo día breteando, nunca tuve problemas con la ley.

¿De qué color será la conciencia?

G.

Ese día llegué sucio, fue una bendición para mí, porque yo llegué cansao y me acosté a las cinco ela tarde, y en eso suena bum-bum-bum, y yo pensé que eran lo vecino moletando.

Nelson. Todo él es como un tractor, bien tuco, áspero como una piedra pómez. Tiene una voz de caverna que suena igual a un motor en primera tratando de subir una cuesta.

Nadie esté jodiendo que vengo bien cansao, porfavor. Ahora salgo a hablar con ustede.
¡Por favor, Nelson Barboza, venimos de parte de la Fuerza Pública del OIJ!
Mae no estén bromeando, (pensando que eran los vecinos, me dice) que vengo bien agitao, (porque a veces la constru es muy pesada).
¡Por favor salga o le botamos la puerta!
Pensé, ¡qué majadería!, pero no abrí la puerta, me asomé por el huequito y en eso veo a lo’ oficiale y digo: ¡Señor en que bronca me metío, que yo sepa no, pero yo no me voa poner agresivo si no he cometido ningún delito. Le abro y se me queda viendo.

Me mira fijo achinando los ojos, recreando el encuentro con la ley.

Ud es…
Sí, sí digo.
Necesito que nos acompañe para ver si aclara un caso, solo va a salir a firmar y aclarar eso y ya viene.
Y ese “viene”… aquí me tienen todavía.

Han pasado seis meses desde de la denuncia que la hija del vecino le interpuso a Nelson, donde afirmaba que le salía chingo en la cuartería. En su defensa Nelson asegura que eso del exhibicionismo, como dice la acusación, es pura mentira, una cosa insólita. La verdad, lo que menos parece es un showman.

¿Cómo les avisan que les van a prorrogar la prisión preventiva?
Al mes de estar aquí me llamaron y la Fiscalía dice: ‘no hemo revisado bien el caso por tanto la jueza le pide otro mes’… Y uhhhhhggggfff, era como un jincón mío (se lleva la mano izquierda al pecho, al corazón, lo exprime con el puño, como si en verdad doliera)… porque yai es la libertá…

La soledad en Sansebas guillotina, exprime el alma como si fuera una fruta jugosa. Si alguno de estos presos fuera poeta, antes de hablarme le robaría las palabras a Jaime Sabines:

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Ú.

El abogado penalista me invita a armar una torre de naipes.

Si usted va por la calle y ve a un policía detener a alguien, ¿qué es lo primero que piensa? ‒pregunta.
¿Qué algo hizo?
¡Exacto! Entonces esa persona que detuvo el policía es presentada ante un fiscal y con base en lo que el policía le dice, dicta una prisión preventiva. El fiscal lo lleva donde un juez, y el juez piensa, si el fiscal la dictó es por algo, ¡hay que concederla! Y luego el tribunal superior ratifica lo actuado porque, si ya actuó la policía, el fiscal y el juez, no queda otra que confirmarlo‒, explica Luis Alonso Salazar, con pelo de perro ovejero.

En la lógica del penalista la sentencia judicial es jugar teléfono chocho. La burocracia de los tribunales es una vieja de patio que apunta con la uña larga, capaz de sacar sangre, que enseña la lengua venenosa y letal.

En la práctica la prisión preventiva es parte del diario vivir de los tribunales y se ve sin mucho reparo, a la ligera. A los jueces les da miedo resolver poniendo gente en libertad. Si lo detuvieron algo hizo…. Todos se van pasando la bola sicológicamente”, agrega.

Según el Código Penal costarricense esta medida es como una carrera en la que no hay vuelta atrás hasta completar la primera fase. “Durante los primeros tres meses, después de que se dicta una prisión preventiva, no se puede apelar, porque el Código no da ese recurso. El Ministerio Público, irresponsablemente, no se presenta a solicitar que cese, aunque la persona ya no ocupe la prisión”, sentencia Salazar.

El castillo de cartas que tengo en frente, se derrumba a punta de susurros.

N.

¡Muchacha, ayúdeme por favor!

Suplica, implora, junta las manos y me mira con ojos de vidrio frágil a punto de hundirse entre el desierto oscuro de su cara. Si el suelo fuera arena movediza, Ezequiel tendría solo la cabeza afuera.

Hacer cuentas es inevitable. Tiene 26 años, lleva dos en la cárcel. Si lo sentencian, pasaría 48 años encerrado. El delito: violación, robo, secuestro y asalto.

Esto es como morir lento.

Cualquiera quisiera ser de acero cuando la bacteria comecarne se insertó bajo la piel.

Mientras reconstruye su historia, cada dos frases repite despiadada injusticia, esto e’ una inmoralidá o yo estoy impaKtao. Cuenta que lo pusieron entre cinco sujetos y un oficial dijo que él era el que más se parecía, que le suplicó a Aryery, la defensora pública, durante un año para que lo llevaran a medicatura forense, que la novia que venía a visitarlo se enojó con él por el teléfono, que está hablando con una ex para que venga a hacerle visita conyugal, pero la agarraron con droga y ahora está en la cárcel de mujeres.

Cada palabra que suelta es un latigazo que lo marca como si fuera una vaca indefensa. Un desahogo medicinal que lo hace ver aún más flaco, encogido como una pasa.

¿Qué es lo que más extraña?

Se endereza en la silla, mira el cielo raso percudido, sonríe. Desempolva el recuerdo del fondo de su memoria.

Ir al río, a la playa. Yo vivía en Tortuguero….Iba a la playa, a qué se yo, a tomarme unos traguillos, ir con los compas al cerro, ¿usté conoce el cerro? Porque en el cerro uno se para en la loma en la pura punta y no se ve’l mar, viera que curioso, a mí me gustaba mucho ir ahí arriba… Cuando llegaban los turistas, les hablaba, sí, sí, yo les preguntaba a veces cómo se llamaban… Viví como seis meses, me vine a trabajar en una finca en Guácimo y me volví a ir… Me gustaba el ambiente ahí, el aire, el mar, respirar aire puro…..
¿Y cómo es el aire aquí?

Mi pregunta lo baja del cerro. Golpe en seco. Vuelve a ser pasa.

Nuuuuuuummmbreees, no muchacha… sabe que yo le doy gracias a Dios que yo estoy en el pabellón de arriba, porque si yo estuviera en el de abajo, uno se asfixia, ahí se muere uno.

¿Cómo se verá el mar desde la cárcel?

D.

Si hay más gente que la que cabe en un cuarto la lógica diría que se respira menos, porque el aire per cápita disponible se reduce. En la jungla carcelaria uno de los depredadores más temidos es el hacinamiento; 46 presos en Sansebas se reparten el oxígeno que hay para 24. No es cuestión de vida o muerte, es aprender a vivir a medias…

Conformarse con migajas: tener sexo autorizado durante cuatro horas una vez por semana y que le pongan el nombre de visita conyugal; obviar el ajuste inflacionario y convencerse que 100 colones es una fortuna dentro de este principado custodiado por candados; que 100 colones no es mala paga por lavar una camisa, por limpiar mierda ajena regada en un baño; que es mejor escupir la gripe a punta de tos que esperar a que el único doctor en la cárcel les de una cita…

¿Y el tiempo, cómo lo cuentan?

Nelson se queda pensando.

Aquí solo pasa el día y la noche.

La matemática carcelaria es un lenguaje con una regla única: aquí lo que no suma, resta.

Í.

De Puriscal a SanSebas hay 18 kilómetros.

Cristian no lleve esos zapatos, ahí mismo se las quitan los maleantes ‒me decía una amiga mía que es policía.

Un cuñado mío me trajo unos zapatos que estaban todos rompidos ahí (me enseña la suela), y me ‘ice ‘esos son apenas’. Y yo dije: ¡uy pa onde voy yo!, yo me vía así com’ un pordiosero. ¡Vieras mae!, (le dice a Renzo) ¿usté no me vio cuando yo entré? ¿No? ¡Oiga! con un pantaloncillo que se me caía y con una camisilla toda hueca y toda fea, vieras que vergüenza cuando llegué, por pasar por todo lao”.

Hace una pausa. Se come las uñas, los dedos jupones lo delatan.

Nunca es igual esto a estar afuera acostumbrado a trabajar y ganarse su platita y tener la doña bien y la chiquita y acostarse y calientico uno y comer comidita de la quiuno le preparan con amor verdad y todas esas carajadas… Y tener metas, en este mes voy a hacer tanto… ya en esta época yo había comprado los regalos de Navidad y estaba uno con la ilusión… muchas ilusiones sí las pierde uno… Yo tenía una vida bonita…”

El presente es un respirador artificial cuando se empieza a ver la vida en pretérito.

A.

Se levantan a las siete. Café. Lavar baños. Salen al patio. Un poquito de sol. Caminan. Conversan. Algo de ejercicio. Llamada telefónica. Almuerzo. Tarde. Noche. 7 a.m.

Voy a ir a tomarme un fresco, voy a comprarme ropita pa verme más bonito, voy onde el peluquero a peluquiarme.
No puede.
¿Por qué?
Porque aquí está en la cárcel.

El monólogo de Ezequiel es un síntoma colectivo.

La mayoría tiene la resignación asfaltada en la mirada, pero Ezequiel me ve diferente. Me ve como si quisiera sacarme la compasión del torrente sanguíneo y aferrarse a ella como se aferra un chiquito a un helado en los desfiles.

Si lo condenan, cuando salga de la cárcel, los jueces que dictaron sentencia van a estar muertos, él va a ser un adulto mayor, el cerro de Tortuguero seguirá ahí quieto.

Hubiera sido mejor que me hubieran pegao un balazo en la jupa, nononono, mejor hubiera sido que me mataran y no me hubieran hecho esto ‒niega con la cabeza, con las manos juntas sobre el regazo.
Ya estoy crucificado presagia.

Cuando Jesús caminaba sobre el agua, Pedro le dijo desde un barco: “Mándame hacia ti andando sobre agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse.

En esta historia todos son Pedro y le gritan a Jesús. Desde el fondo de este mar de cemento que es en Sansebas, si de milagros se trata, el único que necesitan es el de la resurrección.