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El Místico sin máscara

Publicado: 19 septiembre 2015 en César L. Balan
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En los vestidores de la Arena México, un joven de 22 años, bajito y estrecho de espaldas, se ponía unas mallas blancas decoradas con un par de hostias doradas. Fray Tormenta, cura-luchador célebre por adoptar huérfanos, se acercó a saludarlo.

—Gracias por venir, padrino —le respondió el joven.

Al abrazarlo, Tormenta sintió el cuerpo magro de su ahijado deportivo: «Pensé: el público va a decir “¡dale de tragar a tu chamaco, mira cómo está de chorrillento!”».

Nervioso, ese 18 de junio de 2004 el muchacho iba de un lado a otro. En el vestidor, además de muchos gladiadores, estaba el poderoso dueño del Consejo Mundial de Lucha Libre, Francisco Alonso Lutteroth. La noche lo ameritaba: Vampiro Canadiense, Tarzan Boy, Negro Casas, Shocker, Pierrot y el Hijo del Perro Aguayo estaban a punto de jugarse la cabellera dentro de una jaula, en el evento El Juicio Final.

«Hoy se marcará el debut de Místico, aventajado alumno de Fray Tormenta», se limitó a informar en interiores el diario Esto, el único que le dedicó dos líneas. A punto de salir a escena, Místico se acomodó brazaletes y antebraceras, amarró sus botas plateadas e hizo algunos estiramientos.

Ameno: Dori me / Interimo adapare dori me / Ameno ameno / latire, Latiremo, Dori me… A las 9 PM, las estrofas en latín del grupo Era irrumpieron en la arena. El presentador Armando Gaytán anunció a los 14 mil asistentes el inicio del cartel.

Bañado por una luz amarilla, Místico bajó con su capa plateada hasta el ring, secundado por Fray Tormenta. Apenas se oyeron unos aplausos. El religioso tomó el micrófono para pedirle al público que tratara a su discípulo igual que a él y lo persignó.

En una esquina, Místico, Felino y Volador Jr. En la otra, Averno, Mephisto y Olímpico. La lucha transcurrió seca, a ras de lona, hasta que el debutante sacó a su rival del cuadrilátero con una tijera voladora y volvió a su esquina. Ahí, sofocado, jalaba de la tela que cubría su rostro: cerrada en boca y nariz, la máscara le dificultaba respirar. Al volver, se impulsó en las cuerdas, dio una vuelta de carro y con la espalda hacia las gradas saltó sobre el tercer cordón. Dio un espectacular giro en el aire y cayó sobre Mephisto fuera del ring. Incrustado bajo la primera fila, los aplausos se descolgaron. Minutos más tarde, al inmovilizar a Olímpico con una llave, daba la victoria a su bando. Felino, levantándolo eufórico de la cintura, llevó a Místico hasta la esquina.

«Muestra patas para gallo», soltó el comentarista de Televisa Miguel Linares. «¡Místico está con las musas. Es el surgimiento de la nueva figura de la lucha profesional!», exclamó su colega Alfonso Morales. De pie en la segunda cuerda, el luchador volteó hacia la multitud extasiada, entre la que estaba “La Güera”, hoy madre de sus dos hijas. Unas semanas después, Místico ya era un fenómeno sólo comparable al del Santo.

Huérfano con papás

Presuroso, el CMLL dejó correr una historia de congoja: de niño, decía la leyenda, agobiado por la pobreza, Místico dejó a su familia en el DF para refugiarse por su propio pie en la casa hogar Cachorros de Fray Tormenta, una AC que el cura fundó en 1970 en Emiliano Zapata, Hidalgo. «Esa historia es una novela bien llevada», asegura el cronista Arturo Rivera.

—No tengo a nadie —le habría dicho el niño al cura el día que tocó a su puerta.

Pero a Fray Tormenta —al que entrevisto en la iglesia de la Santísima Trinidad, en Texcoco— le cuesta recordar a aquel muchacho.

—¿Cuándo llegó Místico a su casa hogar? —pregunto.
—Dios mío, no sé. Hace como diez años o menos, no recuerdo bien.
—¿Cuánto tiempo estuvo con usted?
—Cinco o seis años.

De ser cierto, Místico habría dejado la casa hogar hacia los 20 años. Para entonces, el muchacho —bajo otra identidad— ya era luchador profesional.

—Dicen que nunca estuvo con usted.
—Bueno, eso se comenta. ¿Pero a ellos les consta, o qué, o cómo?
—¿Es cierto que él vivió con usted?
—…
—¿Padre?

La lucha en rosa

«Ustedes viven en Tepito, pero no dejen que Tepito viva en ustedes», era la consigna en la casa de Dr. Karonte, donde el rudo vivía con sus seis hijos, sus dos hijas y su esposa. «Mi papá siempre llegaba con maletas —cuenta Argenis, hermano de Místico y luchador de la empresa rival Triple A—. Veíamos fotos de Dr. Karonte, pero él decía que era nuestro abuelo. Supe que era luchador a los seis años». El matrimonio temía, quizá, que en una de esas ausencias paternas los pequeños fueran arrastrados por la violencia de la calle.

Dr. Karonte admitió que sus hijos entrenaran lucha. Por las mañanas, acudían a la escuela y en la tarde ayudaban en los puestos de ropa de su padre. Al llegar la noche, los hermanos caminaban hasta el Deportivo Morelos, donde su papá daba clases. Uno de esos muchachos, el nacido el 22 de diciembre de 1981, se entrenaba como un obrero: no bromeaba, cumplía sus rutinas y se dirigía poco a los demás. Pronto decidió ser luchador: con 16 años debutó en los combates del Deportivo Kid Azteca. Los vecinos de las calles Tenochtitlan o Peñón aún lo recuerdan. «Casi no hablaba con nadie: se le dificultaban las relaciones personales», cuenta una vecina.

Con dos hermanos creó la tercia integrada por Dr. Karonte I, Dr. Karonte Hijo y él como Dr. Karonte Jr. Lucharon en arenas del norte metropolitano, como la Aragón, sin sembrar emociones duraderas.

Por eso el muchacho cambió de identidad. Se hizo llamar “Astroboy” y a su equipo lo recargó de violeta y rosa, algo raro en la lucha. Quería emular al niño robot de la serie japonesa de los 60, que entonces experimentaba un nuevo aire en la TV mexicana. Aunque protagonizó luchas de domingo en Naucalpan o Neza, no obtuvo títulos, máscaras o cabelleras. Su seriedad, sin embargo, le otorgó el respeto del público y sus primeros rivales acérrimos: Los Rayos Tapatíos.

La aceptación de Astroboy amplió sus fronteras. Viajó a Japón una decena de veces para luchar con una nueva identidad: “Komachi”, de sugerente significado en japonés: “Belleza de la ciudad”. Pero de regreso a México su presencia se diluyó.

Sin miedo al aire

Francisco Alonso Lutteroth, jerarca del CMLL, recomendó al joven que había encarnado a Astroboy con Tony Salazar, maestro de la empresa. El joven de negra melena llegaba a entrenar a la Arena México en su Ford Topaz blanco. Aspiraba a un lugar en la arena Neza o Coacalco. Luego buscaría mejor suerte. «No luchaba tan bien, pero no le tenía miedo al aire —admite Salazar—. Caía de cabeza, se sacaba el aire y llegó a perder el sentido, pero se levantaba y volvía a intentarlo».

La oficina de Programación del CMLL guarda una vitrina con las máscaras originales de Santo y Blue Demon. Bajo esas leyendas, José Feliciano trazaba a fines de 2003 el boceto de una nueva máscara. «Tratábamos de sacar un personaje que diera competencia al entonces ídolo Hijo del Santo y surgió el nombre de “Místico”. Ignorábamos quién lo usaría, pero para registrarlo había que tener una máscara y [Lutteroth] me la encargó».

Ese día, a la mente de Feliciano vino la imagen de una hostia, el pan ázimo símbolo de la carne de Cristo. La dibujó en dorado. Y para reforzar la mirada, desechó el hueco de la boca y la nariz.

El mascarero Ángel Azteca elaboró la primera capucha de Místico, con la hostia y un resplandor. Dos meses colgó en un muro de la oficina en espera de un valiente. Al final, el CMLL llamó a aquel muchacho sagaz para los vuelos. «Lo hacían diferente su plancha con tornillo y el brinco para quedar parado sobre la tercera cuerda —dice Feliciano—. Pero, sobre todo, tenía carisma».

El flamante Místico no mostró alegría. «Lo que quieren es trabajo y se ponen el equipo con tal de trabajar», justifica Feliciano. La máscara era un problema en sí misma: cerrada de boca y nariz, dificultaba jalar aire cuando lo que más se requiere en una lucha es oxígeno. Además, impide escupir.

Arturo Bucio, encargado de uniformar a la estrella, le elabora hoy unas ocho máscaras por semana: cada una demanda 18 piezas para los oídos y 18 para el resplandor, más los ojos y la hostia. Es decir, sobre la lycra nylon hay 38 fragmentos. El costo de un uniforme, con máscara, botas, mallas, capa y accesorios, supera los 400 dólares. La imagen de Místico se completa con lo que podría ser un plagio: adoptó los tradicionales pupilentes del luchador Rey Misterio.

—¿Cuánto debe Místico a su imagen?
—El uniforme es un 50% del éxito —afirma Feliciano.

Pu-to, pu-to

Místico me pidió entrevistarlo en Querétaro, donde actuaría con su pareja Héctor Garza, 12 años mayor que él. Decenas de fans se agolpaban fuera de vestidores pese a la molestia de los guardias. De pronto, un chavo de máscara roja entró como si nada: era Místico, camuflajeado.

Atestada, la Arena Querétaro era un hervidero. Caminando entre las butacas, un joven teñido de rubio vendía boletos para tomarse una foto con Místico o llevarse un autógrafo. «¡Llévatela de recuerdo!», vociferaba. Los precios iban de 120 a 300 pesos.

Las luces se apagaron: la gente gritaba y chiflaba. Místico subió al ring y, cual stripper, se sacó el pantalón. Las mujeres enloquecieron: ¡Mís-ti-co, Mís-ti-co!, soltaban a todo pulmón, mientras los hombres le lanzaban, para mi sorpresa, un: ¡Pu-to, Pu-to!

Místico ganó, pero la gente respondió lo mismo con ovaciones que con abucheos. Unos querían tocarlo, otros le arrojaban limones desde lo alto.

Cincuenta personas apretujadas esperaban la salida del ídolo para tomarse la foto prometida. Mientras un canal de televisión local le hacía grabar una cápsula, Brazo de Platino, su asistente, me advirtió: «Pocas preguntas, ¿eh? Lo están esperando», me dijo, en referencia a la clientela de las fotos.

—¿Cómo vives detrás de la máscara?
—Es muy difícil mi vida: quiero descansar, dormir, ir al gimnasio y comer bien; si no, un día de estos me van a ver tirado.
—¿Qué haces fuera del ring?
—Voy al cine, convivo, veo mis videos, me subo al metro. La vida con una doble personalidad es difícil: me quito la máscara y no soy nadie. La fama es la máscara. Yo, como persona, soy igual que ustedes.
—¿Te afecta no traerla?
—No, descanso de la responsabilidad. La dejo y digo «vaya, por fin».
—Ya tienes el título de parejas… —interrumpe un reportero. Místico lo oye y cambia de registro: vuelve a ser el personaje.
—En la lucha de hoy los “perros” se vieron rabiosos, nos quieren comer a como dé lugar. Pero ya tengo los campeonatos Mundial Medio, Welter, Semicompleto, Intercontinental y Mundial de Parejas.
—¿Qué te falta? —pregunta otro reportero.
—La cabellera del Hijo del Perro.
—Místico, se dice que hay varios Místicos.
—Sí, el que come, el que duerme y el que desayuna —dice con una carcajada que todos celebran—. Es la envidia de la otra empresa [Triple A] porque lleno donde me paro. Pero es difícil que me clonen: soy delgadito, chaparrito. No se vale que el mandamás de la otra empresa les diga a sus luchadores que hablen mal de mí: al final es el mismo negocio.

Brazo de Platino me pide con la mano que corte.

—¿Eres el América de la lucha? —alcanzo a preguntar.
—Exacto: quien no me odia me quiere, pero siempre están aquí.

Le pido un instante para la foto: «Rápido, me van a regañar, me están esperando afuera». En cuanto suena el obturador, sale corriendo. Afuera, la gente aguarda que la estrella cumpla por lo que le pagaron.

Se cree galán

Con su 1. 74 de altura y 70 y pico de kilos, su porte no prometía taquilla. Pero luchando junto al Hijo del Santo recibió un golpe inicial de fama. Otro paso lo dio en su primer lucha de campeonato ante Averno, en 2005.

En la tercera caída saltó, atenazó con las piernas el cuello del rival y dio dos giros aéreos para rendirlo con palanca al brazo: había nacido “la mística”, su emblema. «Había practicado esa llave año y medio», dice su maestro Salazar.

Al acabar la lucha, el público VIP de la primera fila lanzó billetes, una vieja costumbre para corresponder a un gran desempeño. Eran de 200 y 500 pesos, algo excesivo. Místico ya agradecía con un gesto que se ha convertido en su icono: juntar las manos, como si rezara, e inclinar la cabeza.

Para su 73 aniversario, el CMLL organizó un pago por evento para un máscara contra máscara entre Místico y Black Warrior. Ganó con “la mística” y descubrió el rostro de su rival. Los aficionados le dieron una vuelta en hombros por el ring, como ocurría con el Santo. Canales de TV, revistas y diarios que nunca se ocupaban de la lucha lo hicieron porque se trataba de Místico. En meses, aquel chavo de Tepito era un fenómeno que atraía dinero, flashes, mujeres: «La sensación es inigualable —dice la fantástica morena Isela Palacios, edecán que ha salido de la mano del luchador—. Toda la gente le grita. Logra una vibra muy cabrona».

En un mes, Místico ha llegado a luchar 40 veces, por cada una de las cuales los promotores de las arenas pagan cerca de 50 mil pesos. La paradoja es que su éxito en el ring lo ha ido alejando de éste.

Guillermo Gutiérrez, creativo de Sony BMG, disquera de La Quinta Estación, lo apalabró para el video Me muero, del álbum El mundo se equivoca. «Ése fue su detonante mediático —dice Gutiérrez—, pero ya está sobreexpuesto: si no cuida su marketing será un negocio a corto plazo».

Editorial Toukan lanzó el comic Místico, el príncipe de plata y oro. «Queríamos un héroe de Chilangolandia envuelto en aventuras reales», dice Verónica Vázquez, coordinadora editorial.

Luego de enfrentar en la historieta a seres terribles, como La Mataviejitas, la vorágine creció: Coca-Cola usó su imagen en la Gladiator Energy Drink, Helados Nestlé lanzó la paleta Místico, de naranja por el dorado de la máscara y limón por el plateado. Y aunque dicen en su barrio que es tieso para bailar, en el CD Las favoritas del Místico la disquera Sony compiló sus 17 temas preferidos (Elvis Crespo, Los Flamers, Magneto, Bronco…)

La intriga sobre su identidad crecía. Una noche, en los Bisquets Obregón, el luchador clavó sus ojos en el programa La Oreja: la emisión de Origel pasaba un video donde, sin máscara, Místico hablaba con varios compañeros en el vestidor de la Arena Isabel de Cuernavaca. «Se preocupó. Me dijo: “tengo que hablar con Lutteroth para ver qué pasó”», recuerda el narrador Leonardo Riaño, su acompañante esa noche. El responsable fue Danger, gladiador que de inmediato fue cesado. Hasta hoy, 110,000 personas han visto el video en Youtube.

Su fama era tal que Televisa le dio un papel en la novela Muchachitas como tú. Reducido su trajín deportivo, llegaba a los foros en su Mitsubishi en tenis Nike, con gruesas cadenas de oro con medallas de la Guadalupana y la Santa Muerte. «Debe entender que es luchador», reclama Alfonso Morales. «Se creyó que ya era galán», añade Arturo Rivera.

Místico es un redituable producto para él mismo, pero más para el CMLL, dueño del personaje. Fuentes que pidieron no ser identificadas señalan que la empresa se lleva cerca del 70% de lo obtenido por su imagen, mientras que el deportista el 30% restante.

En un departamento de la Roma, Místico vive con su mujer y sus dos hijas; cada viernes lo acompañan a la Arena México. Fuera del ring, el luchador defiende con celo su apariencia: cuida su corte de pelo, se tiñe de rubio y depila sus cejas. Por las noches, cena en los Bisquets Obregón.

El CMLL asume que es momento de explotar intensivamente al personaje. Al ser parte del equipo de Televisa en los Juegos Olímpicos, fue apartado de la primera gira del CMLL en Europa.

Hoy, el tepiteño padece algo que meses atrás sonaba a desvarío: la gente en las arenas empieza a repudiarlo. Una razón podría ser el hastío ante un personaje que empieza a saturar. Otra, el resentimiento: suele llegar a los eventos con un chofer del CMLL y su cuerpo de seguridad lo protege con fiereza de los fanáticos. Si le piden una foto, debe haber un pago. «El año pasado la gente se le empezó a voltear», dice el cronista Leonardo Riaño. «Necesita alguien que lo guíe», sostiene Leobardo Magadán. «El personaje lo absorbió tanto que ni sus compañeros pueden verlo», expresa Arturo Rivera.

Dios lo bendiga

Fray Tormenta me muestra a sus “cachorros” sobre un ring a espaldas de su iglesia. «Hacen “la mística” mejor que Místico. Cuando me dicen que quieren ser como él les digo que no sirven: o son mejores o nada».

—Dile al Gato que venga —pide Tormenta. De un cuarto sale un chavo con máscara y melena con rayitos. De cerca, noto sus pupilentes blancos.
—Muéstrales “la mística” —propone el cura. El Gato sube al ring, agarra a un gordito, se impulsa y ejecuta la llave. «¿Ves?», me dice orgulloso.

Antes de despedirse, el cura que bendijo a Místico en su debut le reclama incumplir lo que al parecer fue un pacto: «Desde que subió a la Arena México jamás dio un litro de leche a los muchachos de aquí. Sin humildad, ¿cómo va a durarle la fama? Dios lo bendiga».

Cada vez con más frecuencia, a Místico le mientan la madre. Si eso no cambia, se verá obligado a volverse rudo.

Y esa podría ser su sentencia de muerte.

Cuando Alan F entró a la Sala de urgencias había muy poco que hacer por él. Llegó encorvado, con sus 175 centímetros de altura doblados hacia adelante por el dolor, los ojos extraviados y las manos aferradas a su playera de los Pumas, a la altura del abdomen, desde donde corría sangre a borbotones que llegaban hasta su rodilla.

Había logrado lo que parecía más difícil: con el estómago perforado tomó el Pointer negro de su papá, un electricista sesentón con problemas cardiacos, y condujo de madrugada 9.8 kilómetros a toda velocidad desde la colonia Guerrero, en el centro de la ciudad, hasta el Hospital General de Xoco, en el sur, famoso por atender los casos más graves de traumatismos en la capital. Estacionó el auto en una zona para ambulancias, abrió la puerta y, dando tumbos, llegó hasta los brazos de la enfermera Anita C.

«Me… dispa…ra…ron… ayúdeme, por favor», alcanzó a decir Alan, de 22 años. Había dejado en el asiento del coche más de litro y medio de sangre mezclada con tequila y cerveza.

Anita hizo esas preguntas rutinarias que hacen instintivamente las enfermeras: «¿Estás bien? ¿Qué te pasó?». Alan solamente pudo mascullar –mientras estaba acostado en la camilla y recortaban a la mitad su playera favorita con unas tijeras– que había conocido a una chica durante una fiesta. Envalentonado por varios “fondos” de tequila, habló con ella toda la noche, hasta que un ex novio violento se cruzó en el camino.

Ebrios, discutieron hasta que los celos explotaron en la mente de la ex pareja y sacó de la chamarra una pistola. ¡Bang, bang! Ni siquiera apuntó a través de la mirilla; nada más cortó cartucho y disparó contra el abdomen del pretendiente, a quien instantáneamente se le abrieron dos boquetes en el intestino. La fiesta había terminado.

Alan estuvo cinco minutos en el quirófano, hasta que convulsionó a causa de la sangre derramada por esos orificios.

«Decláralo, ya valió madres. Venía muy mal», le pidió el médico a Anita. «Paciente masculino, 22 años, choque hipovolémico, muerto a las 03:21 horas del martes 16 de mayo de 2012».

La enfermera miró hacia las entrañas de Alan y usó sus dedos como pinzas. Sacó el proyectil y lo colocó bajo la luz. Con la experiencia que le da la guardia nocturna en la Sala de urgencias miró el casquillo con ojos de experta en balística. «Otra 9 milímetros… y apenas es el segundo muerto de esta semana».

El protagonismo de la 9mm

«Desde hace unos cinco años, esta pistola salta en más de la mitad de nuestras investigaciones», revela Raúl Peralta, comandante en jefe de la Policía de Investigación de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Este hombre de mirada recia y cuerpo de jugador de futbol americano fue elegido para encabezar esta agrupación de más de 4 mil policías, quienes todos los días conviven con la matachilangos.

Cuando se reporta un asalto con “clave 51” (muerto), es muy probable que encuentren un casquillo suyo; cuando hay que levantar un cuerpo, una bala suya; cuando se halla un encajuelado, una desaparecida, un hombre que retiró miles de pesos del cajero y no llegó a casa, o una balacera, ahí está. Aparece constantemente en los expedientes del Servicio Médico Forense.

«Se ha vuelto común que encontremos la 9 milímetros en las investigaciones. Durante un tiempo, hace muchos años, lo usual eran los revólveres, pero ahora es ésta. No es el término correcto, pero es como si se hubiera puesto de moda», dice Peralta.

¿Cómo se consigue en territorio chilango?

Ir a casa de “El Col” es tan peligroso como toparse con la matachilangos. Hay que llegar al Metro Peñón Viejo y caminar 20 minutos dentro de la zona más olvidada de Iztapalapa. Cada tramo recorrido empeora el paisaje de cascajo, montones de basura, perros callejeros y negocios cerrados a causa de la extorsión de imitadores del crimen organizado; cada paso de un foráneo en las colonias Lomas de Santa Cruz, Ejército de Oriente y Peñón Viejo es celosamente vigilando por un “halcón”, un niño o joven que desde las azoteas de casas de ladrillo gris alerta sobre la llegada de un intruso.

Pero no hay otra forma de llegar a La Joya, mejor conocida como “El Hoyo”, una de las colonias más violentas de la ciudad.

Pocos, muy pocos policías entran a este lugar, por lo que muchas investigaciones de homicidio, secuestro o delincuencia organizada se las traga El Hoyo.

–¿Qué buscas, mi’jo? –pregunta El Col, un joven de unos 20 años apodado así luego de sobrevivir a una batalla campal en su callejón que lo dejó, dicen, como “coladera”.

–Un “fierro”. Necesito una 9 milímetros.

–Ah, chingá, ¿y para qué la necesitas tú?

–Tengo un asunto pendiente.

–Yo te lo resuelvo –presume el traficante de armas y desnuda su hombro derecho para mostrar un tatuaje de la Santa Muerte-. No fallo: o los mato o los dejo locos.

–No, gracias. Es un asunto de honor, tengo que hacerlo yo.

–Ah, pues en ese caso… ¡mamá, tráeme mi bote!- grita sin levantarse de un sillón roto en medio de una sala precaria, que contrasta con sus tenis de más de 6 mil pesos.

Por una habitación de paredes color menta sale la mamá de “El Col” con bote de latón. Es idéntica a su hijo: ambos extremadamente delgados, piel morena, ojos saltones y ojerosos, de estatura promedio y voz pastosa. La diferencia son unos 20 años. El hijo sólo lanza un gruñido, señal de que la casa casa ubicada en el centro del barrio debe quedar sola para que la negociación siga.

–Nomás hago esto porque eres compa de mi compa- dice y mira a mi acompañante, amigo de un primo político suyo. Enseguida, se incorpora y quita la tapa.

Lo que muestra es un arsenal de matachilangos suficientes para que una banda extermine una calle entera. Ocho 9 milímetros, unos 40 cartuchos y un paquete de paños para lentes para borrar las huellas digitales. Y un carrujo de mota. Todo en un bote con el Hombre Araña dibujado a tres tintas.

–El business está así: estos son mis fierros 9. Si te gusta uno, la compras en caliente. Si la quieres modificada, te la cromo, le pongo otro cañón, le mejoro la mira o lo que quieras. Están “limpias” (no registradas) y con el número (de serie) raspado. Si la compras ahorita, te la dejo en 7 (mil) varos, pero si la modifico, pues se puede ir hasta 14 (mil), pero quedan chingonas y la tienes en unos dos días. Te llevas a tu encargo con un tiro – promete.

–¿De dónde son los fierros?

–Esto vale madres.

–Bueno, sólo mejórale la mira, no soy muy bueno con la puntería.

–9 (mil) varos.

–Va.

–Dame un adelanto ahorita.

–No traigo, te dijeron que venía a ver.

–Chale… nomás porque eres compa de mi compa. Bueno, ya las viste, tú dices, pero si le compras a otro cabrón estreno la mira contigo.

–No te preocupes, el trato es contigo “Col”.

–Bueno, entonces sácate a la chingada hasta que traigas dinero. Aquí nada de mirones –dice el sicario, quien inmediatamente cierra el bote y abre la puerta de su casa.

Se despide con un gesto frío. “El Col” está molesto, por lo que no nos acompañará hasta la salida del “Hoyo”. Sólo nos muestra con la mirada el camino para salir de la zona peligrosísima, pasar a la peligrosa y al Metro. Y nos recuerda una regla no escrita del tráfico de armas: tu “dealer” es siempre tu “dealer”. Quebrantar esa regla es motivo de muerte. «Si se paran, me los cargo. Sólo me compran a mi o salen en una caja», advierte.

Llegar hasta andén toma 20 largos minutos. Hay que sortear los ofrecimientos de más armas, marihuana y una moto recién robada, pero no hay paradas ni para atarse las agujetas. Sólo hasta que el boleto entra en el torniquete lanzamos un suspiro de alivio.

De haber llevado el dinero, se habría concretado la compra de una 9 milímetros en menos de 10 minutos. Nadie hubiera impedido que la matachilangos viajara en una mochila por la ciudad. Ni siquiera el policía que, recargado en una máquina detectora de metales a la entrada de la estación, está distraído leyendo la nota roja del día.

Para cruzar el Bravo

Brincar una pistola 9 milímetros de México a Estados Unidos vía terrestre puede ser una misión que conduzca a la cárcel, aunque en sentido inverso es relativamente sencillo: sólo hay que esconderla, como se ocultan unas cervezas debajo del asiento, y mostrar calma al momento de llegar a suelo mexicano.

Los más meticulosos pueden meterla en una maleta en la cajuela o en algún compartimento secreto entre la suspensión y las llantas. Hacer más es una exageración.

«Traficar armas realmente no es muy difícil porque hay muy poca vigilancia del norte al sur. Ni México ni Estados Unidos se han dedicado mucho a investigar el tráfico del norte al sur. Empieza a haber, pero no es muy común», asegura Eric Olson, director adjunto del Instituto México en el Centro Woodrow Wilson.

Para este experto en tráfico de armas, la llegada de armas de fuego a México es una fuga “hormiga” de cifras inexactas, pero con un crecimiento cada vez mayor debido a la demanda del crimen organizado, que necesita más fierros largos y cortos. Y se consiguen básicamente de cuatro formas.

«Hay muchas maneras de traficar un arma. Vamos a decir que una de las principales es que un individuo compra un arma en Estados Unidos. Puede hacerlo de dos formas: primero va a una tienda certificada, con derecho o permiso de vender armas», comenta.

Este primera forma es sencilla, ya que los locales que venden pistolas con licencia de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos (ATF por sus siglas en inglés) establecen pocos requisitos para la adquisición de una. Acaso documentos para comprobar que el cliente no ha ido a prisión por crímenes violentos, tiene antecedentes de violencia doméstica o tiene un problema mental. Y no hay límite de compras de armas.

«(Segunda) si yo no tengo derecho porque soy criminal, soy traficante de drogas conectado con Los Zetas y voy a presentar mis documentos, se van a dar cuenta enseguida y no me van a vender. Entonces lo que hago es voy con alguien, cualquier persona, una joven, la novia de un amigo, un amigo, “oiga, háganme el favor, aquí van 2 mil dólares, vaya usted a comprar esta arma”. Cuando me la entregue yo le pago 200, 300, 400 dólares», cuenta.

Esta forma también es legal, pues el uso de prestanombres para hacerse de un arma no es un delito explícito en las leyes americanas, así que alguien puede buscar más de 20 compradores a su nombre y hacerse de un pequeño arsenal legal para sus clientes mexicanos… sin que conste su nombre antes las autoridades.

«Es menos que venderle un auto al vecino. (Si vendo un auto) el vecino tiene que ir a registrarlo a la autoridad, pero si yo le vendo una 9 milímetros al vecino, no tiene ninguna obligación de ir a registrarse. Hasta ese punto llega. Ni los requisitos de un auto», asegura.

La tercera es el robo a tiendas, almacenes personales, casas de coleccionistas y, en el menor de los casos, hasta la misma policía; la cuarta es el envío del arma desarmada, en partes, y así pasa la frontera sin problemas, incluso declarándola a los agentes aduanales.

Pero quienes no quieren alertar a las autoridades mexicanas, sólo deben tener un arma en sus manos, ponerla en su auto bajo el asiento, amarrarla a la suspensión, ocultarla en una llanta y listo: llegan a las ciudades fronterizas del norte y las entregan a otros traficantes o cárteles de la droga, que se encargarán de hacerlas circular dentro del país. Es fácil y, en gran medida, porque según Olson, hay una ley contra el tráfico ilegal en Estados Unidos, pero no existe alguna ley federal contra el tráfico de armas.

Así que las armas se pasan con menos restricciones que un auto. Principalmente, trafican con armas largas como AR15 o AK47 -o “cuerno de chivo”- y sus variables, pero entre las armas cortas la 9 mm de las que más demanda tiene: se esconde fácilmente y es muy confiable, ya que casi no se encasquilla, lo que representa una ventaja para la rapidez que se requiere para cometer un ilícito.

«Para uso como arma de un delito como asesinar, asaltar, es un arma de mucha demanda por su fácil “ocultamiento” y su confiabilidad», afirma el experto.

De ese modo, la matachilangos nace en Estados Unidos, cruza la frontera a México sin nombre y apellido, baja hasta la ciudad de México y llega a manos de los delincuentes, quienes las usan o revenden. Un negocio redondo que deja en el mundo más de 45 mil millones de dólares al año.

«Trajeron a un herido»

Tres días después de la muerte de Alan, llegó Mario Yáñez a la Sala de Urgencias del Hospital General de Xoco. A diferencia de Alan, él ni siquiera podía hablar, mucho menos llegar caminando, o dando tumbos, al hospital. Lo habían recogido en la banqueta, inconsciente, con un tiro que entró por el hombro y salió por la espalda, aferrado a su cartera que defendió de un par de asaltantes.

Lo encontraron unos vecinos de la colonia Xoco, tendido frente al número 13 del Callejón Xocotitla, a donde presuntamente lo habían llevado para quitarle sus cosas fuera de la vista de una cámara de videovigilancia. Pero el profesionista de 27 años se defendió, arañó, forcejeó y cuando estaba a punto de huir, la matachilangos le tronó la vena subclavia, lo que ocasionó que la yugular quedara sin flujo de sangre.

«Anita, trajeron a un herido», avisó el médico de guardia. La enfermera salió a apresurada para bajarlo del auto de un vecino. Colocó la camilla y recibió en sus brazos a Mario, ya con la corbata floja.

Ni siquiera llegó al quirófano. A la mitad del pasillo, Mario murió. Dejó una niña de dos años y un matrimonio de 24 meses en su casa de la colonia Del Valle.

«Paciente masculino, muerto a las 00:28 horas del viernes 19 de mayo de 2012», murmuró Anita. Luego, carraspeó la garganta y dijo esa otra frase que ya se dice mucho en los hospitales y cuarteles de policía.

«Por una 9 milímetros».

Las cobijas que lo habían abrigado en esos días de fiebre ya lo tenían fastidiado. Al mediodía de aquel soleado 6 de julio de 2000, Francisco Granados estaba agotado de tantas horas de cama. Sus casi 70 años eran una calamidad. Tardó en reparar que alguien tocaba a su puerta, no por un sueño profundo sino porque casi nunca alguien visitaba a este anciano sacristán del pueblo hidalguense de San Juan Tepemasalco. No podían ser buenas noticias.

—“Pancho”, ¡la puerta de la capilla está abierta! Alguien entró —le avisó Carmen, su hermana.

Francisco se vistió y bajó una cuadra para dar aviso a las máximas autoridades de esa población de 250 habitantes: el delegado municipal Crescencio Benítez y el juez Fidel Pérez. Cruzaron el atrio hasta quedar frente a la fachada blanca de la capilla franciscana. Era cierto; el viejo portón de madera estaba entreabierto en uno de los 364 días del año en que debía estar cerrado: salvo por una boda, 15 años o un bautizo, sólo abría los 24 de junio, en la fiesta de San Juan Bautista.

Al entrar vieron que del barandal del coro, en lo alto del templo, colgaba un lazo de más de dos metros. Alguien lo había usado para bajar a la nave principal. En el altar mayor saltaban a la vista dos huecos rectangulares, ocupados hasta hacía unas horas por dos pinturas con la imagen de Juan el Bautista, el venerado santo de largo pelo rizado. Además, faltaba un pequeño Cristo de madera.

Justo antes de salir, los tres pobladores descubrieron un bastidor tirado en el suelo. Alguien le había cortado la pintura que contenía con un objeto filoso. El sacristán lo tomó. Volteó y advirtió que en un muro lateral, a tres metros de altura, había una estaca al descubierto.

De esa pieza metálica siempre había colgado un viejo óleo verdoso. Los ladrones lo bajaron. Luego, por lo visto, con una navaja separaron la tela del bastidor, al que dejaron vacío pese a tener adherido el perímetro del lienzo. En él, Francisco, Crescencio y Fidel vieron, cercenada, la cabeza de Dios Padre. Pero no podían recordar gran cosa sobre esa pintura. Sólo que Adán y Eva aparecían borrosos en un jardín lleno de animales extraños.

En casa del anticuario

El vendedor de arte Rodrigo Rivero Lake nos da la bienvenida a la fotógrafa y a mí en su penthouse de Campos Elíseos, en Polanco.

—¿Un tecito?

Un mayordomo de uniforme trae té verde en tazas de porcelana china. Revolvemos el azúcar con cucharitas de oro. Rivero Lake se pierde unos segundos en el fondo de su departamento. Hay antigüedades en el suelo y en las paredes, sobre las mesas, en cada recámara de este piso donde el anticuario más célebre de México vive con su servidumbre. Hay piezas coloniales, estofados, altares, esculturas de la India. Objetos diminutos, fastuosos. Todo lo imaginable. Oímos un maullido: imagino una gatita de angora blanca. De pronto, vuelve Rivero Lake. Es él quien maúlla. Lleva en la boca un pequeño silbato que simula el sonido de un gato. Nos regala un silbatito a cada uno.

Camisa rosa con sus iniciales, pantalón olivo, saco beige, pañuelo amarillo y zapatos de gamuza. Rivero sabe de colores. Sus ojos son verde-azulados. Es un perfumado galán de 57 años. Eleva el rostro para la foto.

—¡Espera!

Se levanta y trae un cráneo dorado que apoya en su rodilla: “Es mi Laca-laca, se las presento. Es ecuatoriana, sacada de un San Jerónimo”.

Ahora sí, la fotógrafa se prepara a disparar.

Posa, mirando a Polanco desde la altura. Atrás suyo hay un altar indoportugués del siglo XVIII. A su lado, un San Antonio, el santo casamentero. “Hay que pedirle matrimonio, un amor sincero, soy el más guapo de los solteros”, declama Rodrigo, impostando la voz (él no es soltero, sino divorciado). Hace otra pausa, pide alejar un candelabro: “No es original; luego uno se desacredita”.

La fotógrafa se arrodilla para tomar una imagen en contrapicada.

—Usted es fotogénico –le dice ella.
—Totalmente –responde él–. Me usan para espantar niños.

Inicia la entrevista. Rivero Lake habla a un ritmo supersónico, mezclando anécdotas, hechos históricos. Se queja de estar viviendo una persecución.

—A una iglesia de la sierra llega un anticuario y se lleva las columnas, tres cuadros y deja mochada la iglesia. Yo, al contrario: voy y trato de comprarla entera. ¿Para qué? Para preservarla. Luego dicen: Rivero Lake es un saqueador. ¿Por qué? ¿Porque la preservé?
—¿Es difícil saber si sus piezas tienen un origen lícito?
—Es una desgracia: no sabes de dónde vienen. El más sabio cae engañado. He tenido muchos problemas. Compras en una casa o una tienda y la pieza es robada. Si alguien en un pueblo quiere comprar un coche, se roba la pintura de su iglesia.

La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos impone hasta 12 años de cárcel a quien robe o saque del país una pieza del Patrimonio Nacional sin permiso del gobierno. La paradoja es que el INAH carece de una base de datos pública para saber qué obras del Patrimonio han sido robadas de las iglesias.

—La ley hay que cambiarla –añade Rivero–. Si voy a regresar una pieza robada soy copartícipe del robo, cuando me deberían hacer un reconocimiento por entregarla.

Adiós a San Elías

El delegado del pueblo y el cura Francisco López –jefe religioso de la zona– acudieron al MP de Tulancingo a levantar la denuncia. Por ser de orden federal, el caso se turnó a la PGR: el cuadro de “Adán y Eva” y los demás objetos –como las 1250 piezas de arte sacro que el INAH estima robadas– eran parte del Patrimonio Nacional por pertenecer a una iglesia.

El pueblo no fincó esperanzas en que un día aparecieran: por años, su capilla ha sido saqueada hasta quedar en cueros y jamás se resolvió nada. San Juan poseía el cáliz de oro más valioso del sur de Hidalgo. Medio siglo atrás, uno de los curas en turno, antes de despedirse avisó que se lo llevaría para reparar su deteriorada base. Prometió devolverlo mucho más hermoso, para dejarlo como un digno “refugio de la Sangre Preciosísima de Cristo”. Ni él ni el cáliz regresaron.

Y de ahí pa’l real: desaparecieron una custodia de la Eucaristía, las figuras de San Pedro, San Pablo, San Cristóbal y San Miguel, y hasta los instrumentos musicales de la banda local que eran guardados en un hueco del altar.

Un día, San Juan, tan callado en su dolor, halló razones para gritar su coraje. San Elías desapareció. “Como por aquí hay secas, otros pueblos nos pedían llevárselo en procesión –dice Leonor Suárez, pobladora de casi 70 años–. Llovía en cuanto San Elías salía al campo. Íbamos a Acelotla, al Cerro de las Ánimas y ni cómo refugiarse del agua. Al santito le poníamos sombrero para protegerlo. Desde que se lo robaron, ya nunca llovió igual.”

Esta vez, los judiciales acudieron a San Juan para levantar las huellas digitales que los ladrones dejaron en el bastidor de “Adán y Eva”. El lazo en el barandal del coro no les dejó dudas sobre el modus operandi.

Los ladrones utilizaron una barda colindante con la capilla para ascender a la cúpula. Desde ahí, subieron a un hueco del campanario. Ya dentro de la capilla de San Juan Bautista, bajaron al coro por una escalera de caracol. Amarraron al barandal del coro un lazo para bajar hasta la nave del templo. El resto fue simple: las imágenes de San Juan estaban al alcance de la mano, en el retablo mayor. Y descolgar el lienzo de “Adán y Eva” sólo les supuso trepar a un altar lateral. Ya abajo lo cortaron de su bastidor.

Por testimonios de los pobladores, la PGR supo que el día elegido para el robo facilitó las cosas a los ladrones. La noche del 5 de julio todo San Juan se había mudado a Zempoala, un kilómetro al oriente. Ahí, la Virgen del Refugio era festejada con poco recato. Inspirados por el grupo Cherokee, no pocos muchachos se entregaron a la fresca mezcla de música y piel morena. La abarrotada pulquería de Don Palemón se abasteció espléndidamente de tequila y pulque. Y en la plaza: mariachis, coches locos, castillos, pastes. Si cualquier noche en San Juan era apacible, aquel miércoles los ladrones entraron a la capilla de un pueblo inanimado, habitado por enfermos y viejos, como el sacristán.

Pero la PGR no avanzó en nada más. La averiguación del robo en San Juan durmió en sus archivos. Ni qué decir de la indagación sobre el cuadro de “Adán y Eva”. El argumento oficial fue que se desconocían las medidas y el aspecto del cuadro, y que sin fotos u otros elementos era imposible iniciar las pesquisas.

Vecino de Picasso

En el San Diego Museum of Art de Estados Unidos, la joven curadora Claudia Leos recababa información sobre una rara pintura colonial mexicana de 1728 para incluirla en un catálogo. Hacía año y medio que el museo había adquirido el cuadro. Pese a ser anónimo, su notoriedad le mereció ser parte del recinto al que pertenecían Minotauro acariciando a una mujer dormida, de Picasso; Espectro de la tarde, de Dalí, o Manao Tupapau, de Gauguin.

La colorida composición que Claudia estudiaba en junio de 2002 era peculiar. Arriba se sucedían en un huerto siete escenas del Génesis: desde que Jehová formó al hombre soplándole vida por la nariz, hasta que Eva entregó a Adán el fruto prohibido. En primer plano, el Arcangel Miguel los corría del Paraíso a los dos con su espada flamígera. Los seguía una extraña serpiente del pecado original con orejas de perro.

El centro de la pintura era alucinante. La curadora observó que en un lago nadaban colibríes acuáticos, gatos con cola de delfín y peces con cabeza de borrego. A la orilla cabalgaba un unicornio, junto a un león enano y un elefante de un solo ojo. Las escenas, dispuestas en 10 planos diferentes, creaban una suerte de El jardín de las delicias de El Bosco, muy a la mexicana. Ingenuo, creativo y luminoso, el cuadro encadenaba las imágenes de modo didáctico, como si se hubiera usado para evangelizar indígenas.

En su búsqueda de información, llegó a las manos de Claudia un libro de Agustín Chávez sobre arte hidalguense. En la página 324 aparecía una foto del lienzo. Su ficha decía que pertenecía a un lugar llamado San Juan Tepemasalco. Al revisar el historial del cuadro que el vendedor entregó al museo, detectó algo extraño: ese dato había sido omitido.

Días más tarde, la titular del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo (Cecultah), Lourdes Parga, recibió en su oficina de Pachuca una carta del San Diego Museum of Art. La remitía la curadora Claudia Leos: “Busco información sobre una obra (que aparece) en un libro de 1986, La pintura colonial en Hidalgo en tres siglos de pintura colonial mexicana, Adán y Eva arrojados del paraíso, Siglo XVIII, San Juan Tepemasalco. Esta obra ahora está en la colección del Museo de Arte de San Diego”.

Parga le mostró la carta a José Vergara, director de Patrimonio Nacional del Cecultah. Al ver el título del libro, el historiador recordó que en su casa había un ejemplar. “Lo saqué de mi biblioteca, vi la foto del cuadro y me quedé estupefacto: ¿cómo era posible que un cuadro que hace 20 años estaba en una capilla de México ahora estuviera en un museo de Estados Unidos?” Lo siguiente fue revisar el Catálogo del Patrimonio Nacional de Hidalgo, donde Vergara y su equipo hallaron una diapositiva de la obra. Luego acudieron al pueblo para saber qué había ocurrido con la pintura.

Así, en unos días, el Cecultah reunió las pruebas de que el cuadro pertenecía a una iglesia del estado y que, por tanto, era Patrimonio Nacional: venderla era un delito grave.

—Envíen un oficio a la PGR con la copia de la foto del libro y la diapositiva –les pidió Parga–. Y recuérdenles que hace dos años se denunció el robo.

El vendedor: un secreto

En ese oficio, Parga informó a la PGR de Hidalgo que una carta le acababa de revelar el destino de “Adán y Eva”: el museo de San Diego. A su escrito anexó las fotos. Además, entregó un análisis químico de 11 muestras de la capa pictórica que había quedado en el bastidor. De ese modo, el museo podía cotejar dichos resultados con la obra que ellos tenían. Comparando materiales, sabrían si el bastidor y su lienzo eran dos piezas del mismo rompecabezas.

La PGR, por su parte, se acercó al Departamento de Justicia de Estados Unidos e intercambió datos con la Organización Internacional de Policía Criminal (Interpol).

Justo cuando el gobierno estadounidense comenzaba a investigar, el director del museo de San Diego, Don Bacigalupi, primer responsable en comprar el lienzo,fue transferido al The Toledo Museum of Art, de Ohio, en la otra punta del país. Escapaba así de una posible tormenta.

El caso se mantuvo en sigilo hasta el 25 de noviembre de 2004. Ese día, la reportera Anna Cearley, del The San Diego Union-Tribune, reveló que el museo poseía una pieza que, al parecer, había sido robada en un pueblo mexicano. Once días más tarde, el Consejo de Administración del museo votó devolver la obra y exigir la restitución de lo pagado al vendedor, quien accedió a entregar la suma.

El nuevo director del museo, Derick Cartwright, había logrado mantener en secreto el nombre del vendedor del lienzo. En varias ocasiones, el museo se limitó a informar que era “un vendedor de la Ciudad de México”.

El silencio se rompió en una entrevista de la reportera Cearley a un curador del museo, Marion Oettinger: el vendedor del óleo robado, declaró, era Rodrigo Rivero Lake, el gran anticuario mexicano, surtidor de empresarios y políticos. “Salí a ver qué había disponible en subastas y galerías –declaró Oettinger–. Hice tres sugerencias y una de ellas era ésta (Adán y Eva arrojados del paraíso), que pertenecía a Rivero Lake.”

Según Oettinger, el anticuario le envió fotos que probaban la “calidad” de la obra: “Le pregunté (a Rivero) si la pintura tenía papeles y procedencia adecuada, y me dijo que sí”, dijo al The San Diego Union-Tribune.

El Inah avala la venta

La obra, en efecto, tiene papeles. Rivero solicitó al INAH un documento sobre la pintura. Esa institución, a través de la subdirectora de Inventarios del Patrimonio Cultural, Rosana Calderón Martín del Campo, no tuvo inconveniente en entregarle un oficio firmado que indica: “Coleccionista Rodrigo Rivero Lake, por medio del presente oficio le informo que las pinturas San Sebastián Aparicio, Adán y Eva y Custodia no pertenecen al acervo cultural del INAH, por lo que no hay ningún inconveniente en que pueda comerciar con ellas. Sin otro particular y en esperando (sic) que esta información le sea de gran utilidad, me despido con un cordial saludo”. Pero un dato no checa. La venta ocurrió a finales del 2000. El documento del INAH está fechado el 18 de julio de 2002. Fuentes que no quisieron ser identificadas aseguran que –con objeto de dar legitimidad a la venta– el anticuario habría pedido ese documento al percibir que se cernía sobre él la amenaza de las justicias mexicana y estadounidense.

De este modo, el INAH se unió al probable delito de venta de una obra artística robada y perteneciente al Patrimonio Nacional.

La funcionaria Calderón dio su versión hace cerca de dos meses.

—¿Por qué emitió ese documento?
—Es algo muy delicado. No puedo hablar porque la investigación está en proceso. Ya declaré.
—¿Rivero Lake le pidió a usted elaborar el documento?
—Se lo pidió a otra persona que no puedo decir.
—¿Rivero Lake es su amigo?
—Todo lo contrario. Con este señor tengo muchísimos problemas de llamadas, de amenazas de todo lo que se le ocurra.
—¿Porqué salió ese lienzo de México?
—El documento sólo informa que la pieza no está a resguardo directo del INAH. Yo he sido un estorbo para que (Rivero) continúe cometiendo ilícitos. Antes le detuve cosas ilícitas y está muy enojado conmigo. Usó dolosamente el documento porque no es una autorización de compra-venta ni de salida del país.

Sin embargo, como se indica párrafos arriba, el documento firmado por la también restauradora sí avala la comercialización.

Si puedes brincarla, mejor

Entrevisto a Rivero frente a una mesa de pietra dura florentina del siglo XIX, con marquetería de lapislázuli y fósiles. Junto a mi grabadora hay una caja poblana de 1730 con esgrafiado de hueso, carey y clavos de plata.

—¿En el caso de “Adán y Eva” fue víctima de un vendedor de arte robado, a quien usted le compró la obra?
—Yo no la vendí, apenas estuvo metidita mi mano. Es una cosa delicada. Si puedes brincarla, mejor.
—Gente del museo de San Diego dice que fue usted.
—Dicen que fui uno de los agentes.
—¿Le fue complicado venderla al museo?
—No.
—¿No?
—No, si tienes la pieza y el museo el interés: en todos los museos hay agujeros que cubrir para seguir el guión museográfico.
—¿No se imaginó que era robada?
—¿Cómo imaginarme, cómo saberlo?
—¿Cual fue su papel en la venta de “Adán y Eva”?
—Se recuperó la pieza, qué bueno que está en su lugar original.

En un fax enviado semanas después de la entrevista, Rivero indicó: “El año pasado un juez de distrito resolvió que no existen elementos de prueba que acrediten mi probable responsabilidad en el robo de la pieza Adán y Eva, criterio que fue corroborado por un tribunal unitario de circuito (…) Puedo afirmar categóricamente que no he robado esta pieza.” Sus abogados secundaron el dicho del coleccionista y mostraron extractos de la resolución perteneciente a la causa penal 1962006 del juez primero de distrito.

Sin embargo, el 30 de mayo la PGR proporcionóel oficio DGPDSC/UEAI/2347/2007, en el que aclara que la averiguación previa aún está “en trámite”.

Inspiración divina

Antes de viajar a Estados Unidos, Adán y Eva arrojados del paraíso era una desgracia. En 272 años nadie le restauró un milímetro. Un tamiz café-verdoso imposibilitaba identificar más de dos o tres de los casi 100 animales (aves, mamíferos y reptiles) que rodeaban al primer hombre y la primera mujer. La espinilla de Eva tenía una rotura. La cabeza de la serpiente, una fractura triangular. Y el tiempo dejó en la miseria al caballo principal: corroído el lienzo, en lugar de su cabeza y patas se veía la base almagre sobre la cual el pintor creó la escena.

Para colmo, la brutal incisión con la que el ladrón cortó la pintura dejó en el bastidor la mitad del rostro de Dios, parte del manto de San Miguel, un pie de Adán y los cuerpos de tres pollos que miraban atentos a los dos primeros seres humanos de la Tierra.

En tales condiciones, ningún museo hubiera comprado la obra. No obstante, enviarlo a un restaurador profesional implicaba un severo gasto y una laboriosa indagación histórica. La solución era cederla a un buen pintor.

La primera acción del artista –cuya identidad es un misterio–, fue limpiar el barniz original. Pero el solvente usado fue tan poderoso que eliminó la pátina que da a la obra su espíritu antiguo. En lo cromático su labor fue notable: logró sutilezas en los ocres del cielo, en los verdes de los árboles y los cafés de las montañas. Sin embargo, usó pintura acrílica, cuando el original se elaboró con óleos.

Y siguieron los pecados: para dar simetría al cuadro agregó figuras que el original no presentaba. Para ello, añadió una banda de algodón donde pintó lo que Dios le dio a entender. Al Huerto del Edén le inventó dos querubines. A la derecha ideó montañas, flores, frutales y un conejito. Y tapó parte de la leyenda de la obra, “Aquí es el destierro”, pues al quedar nueve letras en el bastidor original, el pintor no tenía idea qué decía esa frase inconclusa.

Como el lino original era más grueso, igualó con resistol el grosor de la banda de algodón. Al cristalizar, ese pegamento fracturaría la obra pues la tela no responde de forma natural a los cambios climáticos.

Aunque la suma de imprudencias fue pasmosa, al concluir el pintor entregó a su cliente un cuadro exuberante, pleno de acción y símbolos. Una ridícula colección de fallas dio a luz una pintura muy atractiva.

El lienzo fue expuesto en el museo con un pomposo marco tallado de 2.15 por 1.55 metros, réplica de estilo colonial, de casi 40 kilos.

El tallador consentido de la Residencia Oficial de Los Pinos, Jaime Hernández, me recibió una mañana en su taller de San Andrés Tetepilco, al oriente del DF, donde ha creado marcos para obras de Francisco Toledo, Diego Rivera, Vicente Rojo o Luis Nishizawa. Le mostré la foto del marco de “Adán y Eva”.

—Este marco es mío, yo se lo hice (a Rivero Lake).
—¿Cómo lo realizó?
—En mes y medio de trabajo, es un marco trabajosito. Usé cedro rojo que compré en Iztapalapa. Lo preparo así: coloco la plantilla y arriba calo la madera con una gubia. Pongo blanco de España, pulo y le doy bol rojo de Bélgica. Le aplico oro de hoja de Inglaterra. Lo barnizo y patino para que se vea antiguo. Y le incrusté unos pequeños espejos.
—¿Rivero le trajo la pintura para que usted viera las dimensiones?
—No, él me da las medidas… son obras delicadas.
—¿Y cuánto costó?
—Unos tres mil dólares.

Así, a menos de 180 días del robo, la pintura estaba lista para ser vendida. A fines de 2000, el museo de San Diego pagó 45,000 dólares por ella. “Debió llegar con todo y marco a Estados Unidos, embalada en una caja de madera de alta resistencia. Seguramente viajó en el área de carga de un avión”, dice Lucía de la Parra, restauradora del INAH.

2,300 horas de trabajo

La pintura fue exhibida en San Diego varios meses. Cuando Cartwright, director del museo, fue notificado de la investigación judicial, retiró la pintura y acudió al Consulado de México en San Diego para pedirle al cónsul Luis Cabrera que de inmediato le aceptara la obra: no quería prolongar el desprestigio. Pero el Consulado le pidió respetar el proceso judicial estadounidense.

El 23 de agosto del año pasado, el museo recibió la orden de sacar la pintura de su bodega. Ese día acudió al Consulado una multitud de medios, entre ellos The San Diego Union-Tribune, Associated Press, NBC, Fox News y ABC. Por fin, el gobierno de Estados Unidos entregaría Adán y Eva arrojados del paraíso al gobierno de México. En la ceremonia sólo se mostró una reproducción fotográfica de la pintura, pues para ese momento volaba como “valija diplomática” en un avión de DHL.

La Secretaría de Relaciones Exteriores entregó la obra al INAH en una ceremonia a la que fueron invitados 13 pobladores de San Juan. El 28 de noviembre pasado, en su traslado de Tlatelolco a el Ex Convento de Churubusco, la pieza viajó en una caja de seguridad en un camión escoltado por la Policía. Una vez restaurado ahí, se cederá al gobierno de Hidalgo.

La restauradora Lucía de la Parra se ha hecho cargo de los trabajos sobre el cuadro, que ya casi concluyen. En siete meses, ha laborado con su ayudante ocho horas diarias para eliminar el bello y atroz repintado que la obra sufrió antes de viajar a San Diego. En septiembre, al concluir la reparación, habrá sumado con su ayudante 2,300 horas de trabajo. Lo último será unir la tela con su “eslabón perdido”: el bastidor dejado por los ladrones en la iglesia hace siete años. Dios Padre volverá a tener los dos fragmentos de su cabeza.

Mejor hablemos de La Monalisa

La habitación de Rivero es delicadísima, alfombrada. La cabecera turquesa de su cama es peruana, decorada con un hombre que dispara a un ave. El anticuario toma un libro, El Paraíso de los Pájaros Parlantes y lo abre para mostrarle una imagen a la fotógrafa: es el cuadro La Muerte, de 1739, con un demonio transportando una copa. Rivero cuenta algunas proezas: ha hecho de todo, hasta disfrazarse de cura, para poder trasladar sus antigüedades.

Frente a la cama hay un cuadro del flamenco Martin de Vos, del siglo XVI, y otro de un ángel arcabucero, típico del Cusco, el departamento peruano donde Rivero fue acusado hace tres años de robar el mural Coro Celestial, para lo cual debió desmontar la pared de una capilla, como él mismo reconoce en la entrevista.

Al posar, Rivero canta: “Para ti soy libro abierto / escribe en mí, te necesito”. Es un romántico puro, ortodoxo. Hay muchos CD’s asiáticos desperdigados: Ustad Zia Fariduddin, Nusrat Fateh Ali Khan…

Hablamos nuevamente. Según fuentes con acceso a la averiguación previa, Rivero declaró a la PGR que adquirió Adán y Eva arrojados del paraíso a unas ancianas de provincia que decían que el óleo pertenecía a su familia. A mí me indica otra cosa.

—¿Quién le vendió a usted la pintura de San Juan Tepemasalco?
—Se compra por patronatos. No me gusta hablar de eso. Hablemos mejor de La Monalisa. Un día entró un señor con una bici vestido de empleado del Louvre por la puerta principal del museo. La descolgó y se la llevó en bici. Luego…
—¿Qué patronatos?
—Estoy en muchos patronatos.
—¿No le convendría abrir la información?
—No oculto. Son delicadezas jurídicas. Todo lo que se ha tenido que pagar se ha hecho. La pieza está de regreso sin ningún problema.
—¿Ya devolvió el dinero al museo?
—No ha habido problema. Ha sido algo muy alivianado.
—¿Cómo viajó la obra a San Diego?
—Si ese es el tema de conversación, créeme que no sé. No es un tema interesante, ni agradable. Mejor termino de contarte lo de La Monalisa.

Nueva tentación

Conocí hace poco San Juan Tepemasalco. Al sacristán “Pancho” me lo topé mientras descansaba sobre unas piedras en lo que llegaba el camión del gas. Cuando al ex delegado Crescencio le pregunté qué había pasado de interesante en el pueblo, que no fuera lo del cuadro, me dijo: una vez “alguien” mató el animal de un vecino; una gallina, si mal no recuerda.

Ya en la capilla, vi la pared vacía donde estaba la pintura y agarré la soga amarilla por donde bajaron los ladrones. Subí a la cúpula y observé desde arriba al pueblo. San Juan son cinco manzanas polvorientas donde la gente cría puercos, gallinas y guajolotes. Comen sus cultivos: maíz, frijoles y haba. Aunque algunos dicen que son 250 habitantes, otros lanzan cifras temerarias: son 300. El problema es que el censo los incluye en Zempoala, la localidad aledaña, con la que hay una rivalidad futbolera: el River de San Juan Tepemasalco contra los Cariocas de Zempoala. Ahí sí se arma.

Una tarde platiqué con Guadalupe Pérez, hasta hace poco delegada del pueblo. Ella suele reunir a la gente para actualizar las noticias sobre “Adán y Eva”, que regresará en septiembre; antes, quizá, que la PGR dicte sentencia. Para evitar otra desgracia, a la capilla le instalarán un sistema de alarmas. “Esto del cuadro nos dio realce. Ya todo el país sabe de San Juan Tepemasalco”, dice Lupita, entusiasmada. Recibirán la pintura con una gran verbena.

—¿En San Juan hay algo de lo que se enorgullezcan?
—Pues de la iglesia, hay tres tienditas… Ah, de nuestro órgano. Es del siglo XVI y está ahí, en el coro, con su fuelle. Mire, véalo desde aquí. Es chiquito y cada flauta tiene una pintura.
—¿Y funciona?
—No. Pero ya vino alguien que decía que era el cura de la Catedral de México. Pidió llevárselo para arreglarlo. “Lo arreglamos con nuestro presupuesto y luego se lo traemos”, nos ofreció ese señor.

Hasta ahora, el órgano sigue en el pueblo.

Detrás del asesino de Balderas

Publicado: 11 octubre 2011 en Marco Payán
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En su rondín por la colonia Doctores, el comandante Juan Manuel Velázquez recibe un 26, la clave radial que significa “rapidez”, y que esta vez le exige acudir al interior de Metro Balderas. A las 5:16 pm llega con su patrulla blanca a la estación. En la entrada ve a gente corriendo, escucha gritos, observa caras de pavor. «Va en serio», le dice a su compañero Salvador Espinoza antes de abandonar el vehículo.

Juan Manuel, agente de la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJ), cuela entre la multitud su cuerpo bajito y abultado en dirección contraria a la gente que huye. Desciende y escucha disparos, sin identificar su origen. Toma su radio para obtener datos de algún colega que le aclare a dónde moverse, pero no hay forma de hacer contacto: en el subsuelo la señal se esfuma. Nota sobre las escalinatas gotas de sangre. Ahí, en el andén, ve a un hombre robusto de pelo negro, armado y en cuclillas: Luis Felipe Hernández, de 38 años, que lo mira con rabia.

En ese punto del subsuelo, Juan Manuel descubre que un joven agente de la Policía Bancaria e Industrial (PBI), Víctor Miranda, yace en un charco de sangre con un tiro en la espalda. A unos cinco metros hay otro hombre con un tiro en la frente: Esteban Cervantes, de 58 años.

Luis Felipe apunta al judicial que se protege tras un muro y le dispara. No da en el blanco. El comandante observa que Luis Felipe abastece su revólver. «Policía Judicial, suelta tu arma», le grita. No hay respuesta. Entonces Velázquez camina con la Pietro Beretta .9 mm dirigida a la cabeza de Luis Felipe. El judicial ve cómo detrás del agresor se abre una imagen que lo frena: decenas de pasajeros agachados que abarrotan el vagón y que involuntariamente sirven al criminal como escudo. Luis Felipe levanta la pistola y jala el gatillo tres veces. En la centésima de segundo que podría una vida tornarse muerte, todo se reduce a tres clics, inútiles, que devuelven a Juan Manuel el alma.

El judicial se lanza sobre el hombre que lo supera por 20 cm y 30 kilos, le arrebata la pistola y lo embiste para hacerlo caer. En segundos, unos 15 policías surgen de pasillos y convoyes para terminar la tarea de inmovilizar a Luis Felipe.

Los rasgos biográficos del asesino no parecen dibujar a un criminal: era un campesino de Jalisco que debió emigrar a Estados Unidos para ser albañil.

Ni me agacho ni me retiro

«Ahorita quiero que entrevistes a mi esposa», me dice Juan Manuel. El comandante señala sonriente a su maquillada secretaria, que me aclara, con una risita apenada: «no le creas, está jugando contigo.»

Cordial, me hace pasar a su oficina. Su espacio de trabajo es tan pequeño que apenas entran tres sillas y su escritorio, base de un complejo entramado de aparatos: hay un celular, un Nextel, dos radios, un dispositivo de banda ancha, un walkie talkie y un móvil Android.

Antes de iniciar, coloca su placa, la 4487, sobre la mesa.

—¿Por qué, si estaba cargada, del arma del agresor no salió ninguna de las balas que iban dirigidas a usted?
—El señor no conoce de armas: la abasteció en el sentido de las manecillas. Puso tres tiros y dejó tres espacios libres. Accionó tres veces donde no había balas y por eso estoy aquí platicando contigo.
—¿Tuvo miedo? —pregunto.
—No. Yo tenía la adrenalina arriba y tengo que estar en mis cinco sentidos. Cualquier error me cuesta la vida. Mi objetivo era: «No importa si me lesionas, voy sobre de ti.» Si me dispara y muero, mis compañeros de atrás lo sometían. Es poner en riesgo una vida para salvar no sé cuántas más. Cuando me realiza los tres disparos, ni me agacho ni me retiro.

Ambre

Luis Felipe llegó a la Central Camionera del Norte entre el 14 y el 17 de septiembre. Pudo tomar el Metro, que lo dejó cerca de la estación Doctores. Caminó tres cuadras hasta Dr. Valenzuela y pidió un cuarto en el austero Hotel San Juan. Al día siguiente salió con una camisa guinda, mochila cruzada en el pecho, cinturón de cuero tejido y chamarra. Su puño apretaba un marcador indeleble. Sobre una valla publicitaria del paradero de Eje Central y Dr. Durán escribió: «ESTE GOBIERNO CRIMINAL DE FELIPE CALDERON NOS CONLLEVA A MORIR DE HAMBRE Y SED POR EL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.» Adelante, en la valla de Dr. Liceaga, arremetió: «ESTE GOBIERNO DE DELINCUENTES Y CRIMINALES CON COLMILLAJE Y ENGAÑOS NOS CONLLEVAN A MORIR DE HAMBRE Y SED POR LOS EFECTOS DEL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.»

Ingresó al Metro Hidalgo a las 4:42 pm y caminó por un pasillo. Ya era registrado por una cámara ubicada sobre un puesto de libros. Viajó dos estaciones hasta Balderas, donde hizo otra pinta: «VAMOS MÉXICO CON ENGAÑOS Y PERJUICIOS LLEVAN A LA NACIÓN AL AMBRE (sic)». Por tercera vez en el día escribía con su plumón la palabra “hambre”. La media hora siguiente escribió en los andenes de Hidalgo, Cuauhtémoc y Balderas. Y desde aquí realizó una raro trayecto: viajó a Observatorio, bajó en Cuauhtémoc sólo para cambiar de andén y luego volver a Balderas.

Víctor Miranda, agente de la PBI, llegó a las 5 pm para iniciar el turno. Su función: vigilar que a los tres primeros vagones sólo entraran mujeres y niños. A las 5:14 notó que un hombre rayaba una pared.

—No haga eso —le dijo el oficial.
—Ya valió madre —le contestó Luis Felipe, según peritajes de la PGJ.

El hombre abrió un pañuelo blanco, sacó un revólver .38 Especial y pese a que se trabó pudo disparar un par de veces. Herido, el policía huyó corriendo, pero Luis Felipe giró y le disparó por la espalda.

En un andén repleto y aterrorizado, Luis Felipe envolvió otra vez su arma. Esteban Cervantes, herrero avecindado en Chalco, salió del vagón con los brazos extendidos hacia las manos que sostenían la pistola. En una penosa lucha de su cuerpo contra un arma, pudo forcejear 18 segundos hasta que Luis Felipe lo tuvo de rodillas y le soltó un tiro en la cabeza. El cuerpo cayó muerto sobre la loza. Con los dos cadáveres tendidos, el andén se vació.

En el juzgado 56 del Reclusorio Oriente, Luis Felipe declaró sin culpa: «Los maté porque querían reprimir mi mensaje». Su mensaje: advertir «los engaños de la administración del señor Felipe Calderón para conllevar al país México a morirse hambre por el fenómeno del calentamiento global.» La PGJ señaló que Luis está en pleno uso de sus facultades mentales, por lo que será enjuiciado.

El martes 22 de septiembre, cuatro días después del tiroteo, Milenio Diario publicó en su primera plana: «El asesino del Metro provoca suicidio e infarto de dos parientes.» La nota informaba que la secuela de muerte se había producido en La Tapona, un rancho de Jalisco.

Estamos en shock

En la estación Loma Alta, Jalisco, el tren de las 3 am trituró sobre las vías a Ambelio Reyes, de 42 años, primo y amigo de Luis Felipe.

Paulo, padre de Ambelio, reconoció el amasijo de carne que apareció en la contraportada de El Circo, diario policial de la región. Una pierna había sido mutilada por la espinilla y un brazo estaba desprendido. En el durmiente donde se hallaron los restos ha sido fijado un crucifijo con cemento.

Pudo ser un suicidio, pero también una casualidad fatal: quizá Ambelio, un alcohólico, se durmiera de borracho en las vías. El tren siguió de largo porque hace años no para ahí.

El único letrero de bienvenida es una cartulina naranja en la que apenas se lee: «XV años Rancho La Tapona». Sobre la autopista Aguascalientes-León hay una reja oxidada y medio caída, desde donde inicia un camino de terracería con zanjas que ha creado la lluvia que apenas acaba de caer después de tres meses de atraso.

Hace sólo dos semanas Luis Felipe estaba aquí, en este pueblo, rogando que la lluvia cayera para cosechar la tierra que había sembrado. Pero llegó el 13 de septiembre y el agua no cayó. Entonces avisó a su familia: «Me voy a Ciudad Juárez a conseguir la visa para cruzar a Estados Unidos.» Mintió. Su destino era el DF.

En mi camino a La Tapona, un par de campesinas altas y güeras, con dos niños de ojos azules, bajan a esperar que se enfríe el radiador de su vieja pick-up. Con la cabeza metida en el motor una de ellas me da informes:

—Buscas a “El Cuatro”. ¿Por lo de su hermano? A ver si te da la entrevista. Hace poco estuvo en un pleito en una cantina donde creo picó a alguien.

Estoy en los Altos de Jalisco, vasto y árido territorio de El llano en llamas. Los años han traído desazón. Con la autopista creada en 1986 La Tapona quedó partida: la carretera de cuota atraviesa el rancho.

En el camino a La Tapona, entre huizaches, nopales, cactus, pitahayos y mezquites, sólo cabe un auto. El domicilio que busco lo marca una camionetita Toyota de los años 80, cubierta de polvo y óxido. Con una llanta ponchada, el lugar de un vidrio lo cubre una tela de costal. José Manuel Hernández “El Cuatro”, de 34 años, vive en una casa de concreto sin pintar, de una sola planta, en medio del polvo. Algunas ventanas han sido sustituidas por cartones. Por puerta hay una cortina.

Al verme, “El Cuatro” grita a sus niños: «A la casa con su madre.» Veo que su playera es la misma que percudida y con hoyos salió en una entrevista que concedió a TV Azteca. El menor de los 13 hermanos Hernández Castillo habla agotado: «Luis ofendió a la sociedad. Nos duele y respeto a las familias dolidas. ¿Qué más decir? Apenas nos estamos haciendo a la idea.»

A los tres minutos se detiene abrupta una pick-up de modelo reciente. Baja un señor alto, de jeans, con una gorra de los Yankees.

—¿Quién eres? ¿A qué vienes?

Erasmo, de 38 años, es otro de los hermanos de Luis. Ha venido de California, donde radica, para apoyar al papá de la familia, Alfonso, y a sus hermanos “El Cuatro”, María de Jesús “Chuyita”, Miguel Ángel y dos más que viven en Jalisco.

«Estamos en shock —dice Erasmo más tranquilo—. Nunca esperamos que hiciera algo así. No sé si ustedes pudieran entrevistarlo en el reclusorio para que diga sus motivos que él sólo sabe. Nadie le ha dado la oportunidad.»

—¿Cómo está tu hermano? —le pregunto.
—Aún no le sacan las heridas de bala: una en el bíceps derecho y otra en la espalda. Es una venganza por matar a un policía.
—En el video nunca se ve que Luis reciba dos tiros —refuto.
—Para mí que los videos no muestran todo —dice Erasmo.

Ni gas quiero usar

Sembraban maíz, frijol y sorgo, y cuidaban sus animales: dos caballos y dos vacas lecheras que mugen en nuestro recorrido por el campo. «Luis Felipe era muy cariñoso con sus animales, los quería mucho», me dice “El Cuatro”.

En las tierras hoy sólo hay maleza. El 2009 fue desastroso: contrario a lo que ocurre cada año, de junio a septiembre no llovió. Recuerdo en ese instante los dos temas recurrentes de las pintas de Luis Felipe en el DF: el hambre y el calentamiento global. «Hemos crecido en la pobreza —dice “El Cuatro”—. A fines de los 80 estudió en el Conalep de Lagos de Moreno y luego hizo un año de Veterinaria en la Universidad de Guadalajara.

En la casa, donde aún vive su padre (quien se negó a hablar), hay un refrigerador con la puerta abierta. Advierto que no contiene ningún alimento. Arriba del aparato hay una imagen de San José y otra de la Virgen María. En el suelo de cemento tapizado de tierra hay una veladora con la imagen de la Guadalupana y del Papa Juan Pablo II. El que era su cuarto tiene una tela blanca como puerta. Adentro está el petate donde dormía, cera derramada, un par de zapatos viejos.

Rosario Cruz, una amiga desde la infancia, me dice que Luis Felipe le compartía sus inquietudes políticas.

—¿Qué era lo que te decía?
—“No prendas tanto la luz, ¿no te fijas que te llega mucho de cobro?”. “Ni laves en lavadora porque jala mucha luz.” “La televisión tampoco veas porque te roba la mentalidad. Yo no veo televisión y en mi casa uso velas. Todo está subiendo.” “El gobierno tiene la culpa, porque ellos son los corruptos”. “Ya ni gas quiero usar, o sea, sólo lo necesario”. “Regala tu televisión”.

La ventana de la casa de Luis está tapiada con una madera de triplay. Ya no están sus libros, ni su máquina de escribir, ni los casquillos de calibre .38 y panfletos contra el gobierno que se llevó la PGJ.

Según el diario Noticias De La Provincia, de Lagos de Moreno, sus escritos decían: «El gobierno está formado por delincuentes y criminales que engañan al mundo a través de medios de comunicación.»

Ahí les va una tortilla

Luis Felipe Hernández Castillo nació en marzo de 1971. Erasmo recuerda lo más agradable de su niñez con su hermano, mientras se escucha lejana la música de banda de los XV años. «Nos sentábamos a la mesa a comer y nos peleábamos por la tortilla en el comal grande de mi mamá.» Ahora sí, “El Cuatro” se entusiasma: «Mi jefa en el fogón. “Ahí les va una tortilla”, decía mi mamá.»

Lázaro Cárdenas del Río era la única escuela en La Tapona. Sólo primaria. Ni kínder, ni secundaria. Al regresar de las clases, Luis Felipe y sus hermanos anhelaban que los visitara su hermana mayor, Adela, que vivía en León: «A ver si mi hermana nos trae un panecito o una naranja», decían.

Para que los Santos Reyes les trajeran juguetes, a falta de zapatos ponían sus huaraches. A la mañana siguiente encontraban carros artesanales hechos con los troncos de órganos, los cactus de la zona. «El que fregaba (al que le iba bien) le dejaban una pelotita en los huaraches», al fin sonríe “El Cuatro”, y recuerda cuando dormían cuatro o cinco en una sola cama, aguantando los movimientos de Erasmo y Miguel Ángel, que siempre despertaban en otro lugar.

A Luis Felipe le gustaba nadar en el estanque, un beneficio extra que traían las lluvias. Jugaban a quién aguantaba más debajo del agua y a los clavados. Los árboles también eran sus juegos mecánicos: se subía a una rama e imaginaba que era un tractor o una camioneta como las que traían sus primos o quienes venían de Estados Unidos. «Nuestros dulces —dice José Manuel— eran taquitos de azúcar.»

Esa felicidad precaria terminaría con la llegada de las máquinas y los hombres que construyeron la nueva autopista. Alfonso Hernández y María de los Dolores Castillo se separaron a mediados de los 80, cuando su hijo Luis Felipe era un adolescente. En esa época, ella trabajaba para ICA dando de comer a los trabajadores. Según Antonio Sotelo hijo, amigo de la familia, Don Alfonso acusó a su esposa de adulterio. «A Luis —me dice— le afectó mucho la separación de sus padres.»

Sotelo habla afligido aún por la muerte de su papá, Antonio Sotelo padre, tan sólo ocho días antes de esta charla. El periódico regional XPreso, Milenio Diario y El Universal consideraron tanto ese deceso como el de Ambelio en las vías del tren como efecto de la conmoción causada por los actos de Luis Felipe. Sin embargo, don Antonio murió el lunes 21 tras una larga enfermedad, sin saber siquiera quién era el asesino del Metro Balderas. Tampoco era su familiar. Y las razones de la muerte de Ambelio aquel mismo día nunca se sabrán.

Alguien en la vida

«Alto, fuerte y estudioso —así lo recuerda Rosario, su amiga desde la niñez—. Tenía porte como para hablar. Era buen estudiante, porque casi no se la pasaba en el rancho.» Martha Cruz, hermana de Rosario, coincide: «Tendía a ser alguien en la vida: un ingeniero, un abogado. Se expresaba muy bien.»

Con las mujeres era muy selectivo. «En los bailes no bailaba con cualquier muchacha —dice Rosario—. Era muy especial. Me dijo hace poco: “Yo no me quiero casar porque las mujeres son muy exigentes. Ya no hay mujeres desinteresadas”.» Erasmo lo confirma: «Quería alguien más centrada —dice e imita a su hermano—: “Esa niña no sentaría cabeza para llevármela al rancho”.»

Hace más de una década se casó con una mujer de quien la familia no quiso divulgar el nombre. Meses más tarde Luis se fue al Norte, sin ella. Ilegal en California, trabajó ahí casi seis años. Luis mandó el divorcio mientras estaba allá. «Después, parece que no tenía otra novia. Yo no le conocí otra», dice Erasmo.

La navidad de 2006, Luis Felipe decidió volver a México. «De regreso de Estados Unidos lo noté mal —dice Juan Pablo Sotelo—. Estaba descontrolado, nervioso. Inclusive la mirada…» Y Antonio agrega: «Un día, a la hora de tratarlo, vi que no era el mismo. Como si no me conociera, ¡si éramos amigazos!».

En cuanto volvió de Estados Unidos entró a su casa, su padre, Alfonso, le dio un avisó: «Tuve que vender tus vacas, Luis, no había dinero», le dijo. Furioso reclamó a su padre, con quien desde entonces mantiene una relación áspera.

Antes de que me vaya de La Tapona, Antonio recupera un episodio ocurrido en el rancho: Luis Felipe «se robó» a una mujer, muy guapa, con quien vivió en una cuartito de su propiedad. La mantuvo encerrada. «Ella le decía que tenía hambre y le decía: “tienes que comer la Luz Divina”. Estuvo como ocho días con él y se le peló porque se estaba muriendo de hambre.» Antonio se niega a dar más detalles sobre lo ocurrido en esa relación. Erasmo y María de Jesús niegan ese pasaje.

Edinger Ave

Luis Felipe caminó por el desierto de Sonora hasta California con un bote de agua y una pequeña mochila a fines del año 2000. En Costa Mesa, población a 45 minutos de Los Ángeles, lo esperaba Erasmo, su hermano. Vivió seis años en la ciudad vecina de Santa Ana con su hermana Adela a unos pasos de la gasolinería Mobil de Edinger Avenue y Main Street. Ocupó una típica casa suburbana estadounidense: blanca, techo de dos aguas, cerca de madera y jardín. Su barrio, aunque netamente latino, está en Orange, uno de los condados con más plusvalía de ese país.

Aquí la vida de los inmigrantes es de jornadas a destajo. «Tengo que regresar para ponerme a trabajar y pagar los “biles”», me había dicho Erasmo en La Tapona al referirse a las cuentas por pagar (en inglés, bills) de su casa en la ciudad de Costa Mesa. Lo que en La Tapona es carencia, en Santa Ana es deuda.

Los medios mexicanos refirieron a Luis como un fanático religioso. Busco datos en varios templos de Santa Ana, como la St. Joseph Church, Light of the World Church e Iglesia Pentecostal Unida Nuevo Amanecer. En ningún caso, pese a que muestro fotografías, sus líderes y empleados nunca lo conocieron.

Sin nivel ni cordón

Esa noche, al llegar a mi motel, el deshabitado Vagabond Inn, veo la silueta de dos personas altas y corpulentas en mi puerta. Son Erasmo y un acompañante.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Erasmo.
—¿Vamos a cenar? —reviro para calmarlo.

Me subo al asiento de copiloto de su auto, un Honda vino de medio uso.

—Te noto muy nervioso. No tengas miedo, no te vamos a hacer nada —me dice Erasmo al volante.

Nos dirigimos a un Rubio’s, cadena de comida mexicana a tres kilómetros de la costa. Allí, Erasmo se abre, pese a que hace unos días había sellado el acuerdo con sus hermanos de guardar silencio ante la prensa, para «dejar que sea lo que Dios quiera con Luis Felipe». Sus hermanos Eloy, Hugo, Adela, además de su madre, rehúsan hablar conmigo.

«No dejo de darle vueltas a lo que pasó —dice Erasmo con los ojos llorosos—. Algún día iré al DF a saber qué pasó.»

Del 2000 a la Navidad de 2006, Luis Felipe trabajó en la ciudad de Laguna Beach y el resto del condado de Orange, donde los ilegales ofrecen sus servicios sin riesgo de ser deportados. Ahí, varios paisanos trazan algunas pinceladas de él: fue plomero, albañil, mudancero, jardinero e hizo remodelaciones.

Aunque se respira aire de mar, por Laguna Canyon Road, a mano derecha, veo el letrero: «Day Laborer. Hiring Area.» Cuando no tenía trabajo fijo, Luis Felipe venía a esta apacible plaza entre maples, palmeras y un joshua-tree a convivir con otros desempleados y buscar opciones laborales. Irma Ronses, recepcionista del Laguna Day Workers Center, sabe quién era: «Era muy tranquilo, nunca tuve quejas de él.» Esta mañana de inicios de octubre han llegado muchas personas a pedir trabajo. Voy obteniendo retazos difusos de Luis, pero todos en el mismo tenor: era un buen tipo, trabajador y muy reservado. «No era mariguano, agarraba trabajo por su cuenta y se llevaba más gente (a trabajar) —dice Inocente, un anciano guerrerense que lo conoció—. Se portó muy bien con nosotros.»

—¿Qué más se acuerda de él?
—Me invitaba a sembrar sorgo y maíz con él a Jalisco. Me decía: «Eres un hombre de mucha experiencia.»
—¿Y cómo era como trabajador?
—Una vez se echó una planta de concreto sin usar nivel ni cordón. Así nomás. Muy inteligente. Todavía pienso que no pudo ser él (quien mató a dos personas), porque en su rancho tenía unas vacas, dos o tres tractores para trabajar.

Dominic, estadounidense blanco de más de dos metros que contrató a Luis Felipe y Erasmo, me da rasgos generales de los Hernández Castillo: «Tienen algo especial, tienen integridad y se preocupan mucho por la calidad. En este oficio hay muchas personas que dicen una cosa, pero hacen otra. Ellos trabajan muy bien. Hay quienes no respetan la propiedad ajena, pero ellos estaban interesados en los clientes.»

Una Navidad, más en broma que en serio, Dominic los invitó a una sesión de manicure y pedicure. Algunos salieron corriendo, pero Luis Felipe se sometió gustoso al regalo. «Fueron buenos momentos», añade.

—¿Hoy le darías trabajo? —pregunto a Dominic.
—Tengo que saber qué pasó con él en México.

Celda 3-3

Voy al Reclusorio Oriente, en Iztapalapa, para intentar comprender de su voz las razones para matar a dos semejantes en Balderas. En el trayecto recuerdo que Erasmo me dijo: «No sé si todo México (DF) es así, pero qué feo es Iztapalapa.»

Paso una aduana. Como visto de negro, un guardia me pone una casaca guinda para distinguirme de los custodios. Separados por barrotes, en los locutorios los abogados platican con sus clientes presos. Me acerco a un acusado de secuestro que espera una apelación: «Aquí dentro todo es posible, pero ese tipo que estás buscando es imposible de contactar.»

Luis Felipe Hernández Castillo está aislado de los dormitorios comunes, bajo estricta vigilancia, en la celda 3-3. En una lista a la que tengo acceso leo los nombres de las únicas cuatro personas con su mismo nivel de reclusión: totalmente solos y con estricta vigilancia las 24 horas del día, el trato especial para personas en riesgo de ser asesinadas o suicidarse.

«No, amigo, no se va a poder», me dice terminante un guardia cuando le digo que quiero darle un recado a Luis Felipe de parte de su familia.

Al entregar mi gafete a la salida de la cárcel, pienso si acaso hallé las semillas de la locura en un hombre como millones en México: ahogado por la miseria, el hambre, la sequía, el cambio climático, el desempleo.

La razón exacta de la tragedia en Metro Balderas tal vez ni siquiera las tenga el campesino que espera una sentencia, de 20 a 50 años, en la celda 3-3.

Muerte súbita

Publicado: 2 octubre 2009 en Diego Enrique Osorno
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El diario La Mañana Neuquén estaba desparramado en una mesa de ping-pong, con la sección “Policiales” abierta. Oscar Ottón, entrenador de la selección argentina de tenis de mesa, clavó la mirada en el titular: «Asesinan a neuquino en asalto, en México.» Incrédulo, leyó el sumario de la nota: «Ocurrió el viernes pasado, sus restos llegaron a Neuquén y hoy recibirán sepultura. Conmoción local.»

El argentino muerto al que refería la noticia ese 28 de noviembre de 2003 era Mario Palacios Montarcé, profesor de tenis de mesa que hacía 10 años había enseñado a Ottón sus primeros golpes en una bodega petrolera adaptada como club de pingponistas. «Dos meses antes de morir vino a Neuquén para un torneo. Lo sentí contento de vivir en Toluca», me dice Ottón, moreno y de bigote delineado, en un oscuro rincón del Club Pacífico de Neuquen —ciudad de La Patagonia, en Argentina—, con el telón de fondo del castañear de las pelotas blancas que conectan sus pupilos.

Poco después de leer la noticia, Ottón recibió una llamada de Doelia Montarcé, madre de su antiguo maestro: Mario —le confirmó la mujer— había sido víctima “circunstancial” de un asalto a una panadería.

Durante dos años, Ottón creyó esa historia.

—A Mario lo mataron porque se involucró con la mujer de alguien muy poderoso en México—, le dijo un entrenador de la selección mexicana de tenis de mesa, que en 2005 visitaba Buenos Aires por un torneo latinoamericano. Sorprendido, Ottón buscó en ese mismo evento a Fernando Serrano Almudí, papá de un niño del mismo nombre (“Fernandito”), un muy destacado alumno mexicano de Mario que también competía ahí: «Su padre me corroboró —asegura Ottón— que en Toluca se decía que lo habían mandado matar por una revancha.»

Hasta entonces, Ottón jamás había escuchado la versión de que Mario había sido ejecutado.

Un escalofrío lo recorrió.

Por amor

—¿Sabes algo de un profesor de tenis argentino que murió hace unos años? —pregunté a mediados de 2008 a un socio del Club Toluca.

—Sí, cómo no. Pero no era tenista, era tenista de mesa, de ping-pong. Daba clases en el club y se metió con quien no debía meterse.

—¿Con quién?

—¿Con quién más…?

—No sé.

—Mejor no te metas en eso.

—¿Por qué mataron al tenista? —insistí al socio del Club Toluca.

—Por amor— me respondió y colgó.

Esa fue mi primer llamada para conocer qué había sucedido con un deportista asesinado en el sexenio de Arturo Montiel. En voz baja, se hablaba de ese hombre en la socialité del Estado de México y algunos pasillos de la política nacional.

Como River Plate

Para viajar a México, Mario compró un boleto en la aerolínea más barata: Lloyd Aéreo Boliviano. La compañía prometía una sola escala en Santa Cruz de la Sierra. Pero la travesía incluyó tediosos aterrizajes en Uruguay, Bolivia y Panamá. Exhausto, el profesor de 32 años arribó a México. «Se retrasó un día el avión, que es como el bus de Neuquén porque para en todos los lugares —escribió en una carta a su familia—. Para colmo, Toluca queda a 60 kilómetros de DF. Los directores del Club Toluca me llevaron a las instalaciones, que son como River Plate, tiene: 14 canchas de tenis, 2 piletas cubiertas olímpicas, 4 restaurantes, 3 plallas (sic) de estacionamiento, 5 salones de reuniones y de Congresos, capilla, servicio médico, canchas de fútbol y muchas cosas más.» En realidad, las canchas de tenis eran 11, había una sola alberca —no olímpica—, dos estacionamientos, un restaurante y una sala de eventos. Magnífico contador de historias, Mario no sólo dio de un plumazo más grandeza a ese centro. El hombre que por una mejor vida había cambiado de hemisferio concluyó la carta con otro hecho imaginario: «Después hicieron una conferencia de prensa. Había 8 periodistas de radio, televisión y diarios e hicieron mi presentación oficial. Tengo una oficina y una secretaria, Pilar.»

—¿Que más les contaba de México?—, pregunto a Graciela, hermana de Mario.

—Nos decía: «Acá hay gente muy pobre, pero también gente con helicópteros en sus casas.»

Roberto Benigni

Calvo prematuro, Mario había dejado crecer el cabello de los lados, que parecía cepillado con furia. Con ese look entró al Club Toluca. A Víctor Cienfuegos Arochi, el gerente, le preocupó que en su institución —epicentro del empresariado y la clase política local—, aquel muchacho de 1.64 metros proyectara una imagen que, con un poco de imaginación, tenía algo del payaso Krusty.

—Córtate el cabello—, le ordenó.

Mario hizo caso. Con la cabeza a rape, en el gimnasio del Club Toluca comenzó a dar de cuatro a siete horas diarias por 6 mil 400 pesos al mes. Por sus clases divertidas se hizo popular y fue abriéndose terreno como profesor por su disciplina e inteligencia. Pero, sobre todo, destacó en el deporte estatal al formar a un estupendo jugador de tenis de mesa, el niño Fernando Serrano, cuádruple campeón en Olimpiadas Nacionales y medallista continental.

Mario dio clases en la UAEM, el Tec Toluca, la Unidad Deportiva Filiberto Navas, el Club Deportivo Britania y el Club de Golf San Carlos Metepec.

En el restaurante La Esquina Gaucha, al que acudía con frecuencia, Mario se hizo de amigos argentinos, muchos ligados al fútbol. Entre ellos estaba el portero del Toluca, Hernán Cristante, quien aceptó una curiosa idea de Mario para promoverse como instructor: instalar una mesa en Galerías Metepec y batirse juntos en duelos de ping-pong. En los descansos de los partidos que el arquero siempre perdía, Cristante daba autógrafos y se sacaba fotos con fans. Mario aprovechaba el enjambre para repartirles folletos de sus clases particulares.

«Era un chico estupendo que todos apreciábamos. Decíamos que era como Roberto Benigni en La vida es bella», dice Cristante.

Mediante el propio arquero y amigos como el empresario Luis Gasca,

el pingponista se coló a la alta sociedad mexiquense, de la que era parte la clase política estatal. «Su único pecado eran las mujeres. Anduvo con mujeres casadas», dice Edgar Madrigal, uno de sus mejores alumnos.

Academia Paraíso

En los últimos 30 años, Neuquén se ha convertido en la ciudad más importante de La Patagonia. Gente de otras provincias ha llegado atraída por la bonanza bajo su llanura rojiza, rica en petróleo. A esa búsqueda quedó ceñido el destino de Mario Palacios y su familia, originarios de Darwin, pueblo de mil habitantes en la vecina provincia de Río Negro,

donde el chico vivió hasta los 11 años.

Mario fue el único varón y el más pequeño de los hijos que tuvieron el maquinista de trenes Julio Palacios y su esposa Doelia. Las otras hijas del matrimonio fueron Mónica, Patricia y Graciela. A causa del desarrollo ferroviario de la época, la familia abandonó Darwin para trasladarse a un barrio popular de Neuquén, a un costado de la estación de trenes

En la dictadura militar argentina, que dejó 30 mil desaparecidos políticos de 76 a 83, la economía de los Palacios sufría. La madre de Mario, una obrera, al cumplir su turno llevaba a los empleados a sus casas para ganar algo más. Como sus hermanas, Mario no terminó el Bachillerato. Fue ayudante de soldador, mecánico, electricista. Hasta que una tarde conoció su destino: el ping-pong.

Mario solía relatar que un día, jugando ping-pong con “Perengue” —su tío Carlos— se le acercó Wu-Hong, hombre de rasgos orientales.

—¿Vas conmigo a Concepción, Chile? Ahí hay una escuela de talentos dirigida por instructores chinos —le dijo.

A su regreso de Chile, una empresa petrolera le rentó a bajo costo un depósito inutilizado que limpió para convertirlo en un club de esa disciplina —con restaurant y ocho mesas de juego construidas por él mismo— al que llamó “Academia Paraíso de Tenis de Mesa”. «El mejor club en la historia de Neuquén», me dice Ottón, uno de los cerca de 20 alumnos que ahí entrenaban. Sin embargo, la afición por el fútbol no dejaba margen para crecer profesionalmente en el ping-pong. Con los ingresos Mario sólo cubría la renta. Academia Paraíso duró lo que un lirio.

Agobiado por el desempleo, se encerró en un taller del garaje de su casa. Juntó piezas de metal, eléctricas y madera para construir su propio Robo-Pong, un androide lanzapelotas como los que había conocido en Pekín, a donde viajó en 98. El robot, decía, «me va a sacar de pobre».

Pero el aparato no terminó de funcionar. Sin alternativas, Mario la hizo de electricista, soldador y albañil.

Depietri: el contacto

Matilde Montarcé, tía de Mario, vivía con su familia a 400 kms de Neuquén, en Bahía Blanca. Poseía cierta fortuna a la que contribuyó su hijo, Roberto Depietri —primo de Mario—, jugador profesional de Toluca y Pumas de México.

De veleidosa vida laboral, a fines de los 90 Mario había sido contratado como staff del Dúo Pimpinela, que justo daría un recital en Bahía Blanca. Doelia, su madre, avisó telefónicamente a su hermana Matilde que Mario iría a esa ciudad y que deseaba ver a su primo.

Con un abrazo, Mario y Roberto —apodado “Ringo”— se encontraron en la Estación de Ómnibus de Bahía Blanca, junto al helado mar del Atlántico.

En un bar, evocaron entre risas viejos recuerdos, como los días en que juntos pescaban en los canales de Darwin.

Depietri, entonces promotor de futbolistas argentinos en México, notó los serios problemas económicos de Mario.

—Dame tu currículum y lo presento en el Club Toluca para ver si pueden darte trabajo—, le ofreció “Ringo”.

Depietri entregó a su amigo Eduardo Gómez de Orozco, fundador del club, un fabuloso CV que incluía cursos en Asia, meca del ping-pong.

Al cabo de unas semanas, Matilde llamó a su hermana Doelia para decirle que Mario fue aceptado. Eufórica, la familia Palacios sacó un viejo globo terráqueo para ubicar a Toluca. Aunque no la hallaron, festejaron con un asado.

La mañana del 22 de enero de 1999, el pingponista llegó al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Bastó que se subiera al avión para cambiar de clase social.

Ahí sí no te metas.

—¿Y qué tal la gobernadora? —preguntó Mario tras ganar el set mañanero que jugaba con Luis Gasca en el Club Toluca.

—¿Qué con ella? —le respondió sorprendido del otro lado de la mesa el empresario.

—Está relinda —insistió el argentino.

—Sí, sí. Pero no, no… Aguas, güey. Ahí si no te metas. Esos sí son de balas —contestó Gasca. El partido prosiguió.

Mario había coincidido con Maude Versini —a quien le llevaba cinco años—, el 20 de noviembre de 2002, cuando su alumno más destacado, “Fernandito”, recibió de manos de ella y del Gobernador Arturo Montiel el Premio Estatal del Deporte.

«Era un día muy importante para Mario, porque al reconocer a ‘Fernandito’ lo estaban reconociendo a él como entrenador —dice Gasca—. Ese día, Mario se fue de repente de la reunión, sin avisar ni nada.»

—¿Mario se veía con Versini?—, pregunto a Gasca en el Hotel Holliday Inn Toluca.

—Nunca me dijo nada más. Mario era extraño, enigmático. Aunque lo quería mucho y era un gran amigo, parecía con doble personalidad.

—¿Por qué lo mataron?

—No sé. Se ha dicho mucho que porque anduvo con la esposa del anterior gobernador. No me consta nada de eso, pero fue lo que más se escuchó. Como nadie investigó ni nada, no se supo bien qué pasó.

Tunas jugosas

Maude llegó a México en el 2000 para el proyecto “México, el país de los mil rostros”. Se decía “periodista”, pero en realidad era una administradora de empresas que vendía publicidad para la empresa española NOA Comunicación. Durante un año, la joven de 26 años viajó por el país para sostener entrevistas con gobernadores, a los cuales les ofrecía publicar, a cambio de hasta 100 mil dólares, reportajes sobre ellos y sus estados en el semanario francés Paris Match.

En sus periplos, solicitó una audiencia con Montiel. El gobernador aceptó: les daría media hora el domingo 24 de septiembre del 2000.

Cuando los visitantes entraron a su despacho, Montiel debió sorprenderse ante la belleza de la esculpida trigueña. El protocolo se vino abajo: la charla se extendió 60 minutos. Montiel debió cortarla para ir a una cena con el gobernador de Illinois, George H. Ryan, quien llevaba un rato esperándolo. «No se vayan, no hemos terminado la entrevista, falta mucho por decirles», pidió Montiel. En la espera, de cuatro horas, el gobernador les envió bandejas de quesos y jamones delicatessen y, a Maude, dos recaditos de su puño y letra. Al regresar, la plática se extendió una hora más. Entre otras cosas, el gobernador le habló entusiasta de la tuna, típica fruta mexiquense que Versini desconocía: «es tan importante para los mexicanos —le dijo Montiel—, que forma parte del escudo nacional.»

El político, casado en ese momento con Paula Yañez, se despidió finalmente de la francesa, una mujer con la edad de sus dos hijos.

Esa misma noche, la joven recibió sorpresivamente un dulce y jugoso regalo del gobernador: una caja llena de tunas.

Al iniciar 2001, según su amiga Guadalupe Loaeza, Maude convivió tres meses en Venezuela con Hugo Chávez, a quien le hizo un publirreportaje para The New York Times. Montiel mantuvo contacto telefónico hasta que para verla organizó una gira por Caracas. Ahí, la joven le dijo que se iría a vivir a Líbano. El gobernador, dolido, le pidió volver a México: dejaría a su esposa y le facilitaría un proyecto con la revista Hola.

Una noche parisina de fines de 2001, frente al Arco del Triunfo, Montiel le pidió matrimonio. Para que los recién divorciados como él pudieran casarse de modo inmediato, hizo que en 2002 el Congreso reformara el Código Civil estatal. La boda entre la joven y el político que alguna vez dijo «los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas», se realizó el 22 de julio ante unos 100 invitados.

Por su esposa, “la gobernadora”, sentía devoción. La pasión de Maude era el esquí. Montiel quiso aprender, pero fue imposible. Capitalizó su nulidad con otra prueba de amor: en 2002 anunció la creación del Centro Internacional de Esquí Nevado de Toluca.

El mandatario le ofrendaba serenatas de mariachi y le mandaba 200 rosas blancas cada 22 de mes, día de su aniversario.

La adoración caló en la política pública. Maude apareció en espectaculares y fotos que se regalaban en actos políticos, y con su nombre fue bautizado un hospital de Atacomulco —municipio natal de Montiel que da título a su grupo político— con todo y su título profesional: “Lic. Maude Versini de Montiel”. A dos años de la derrota del PRI en las elecciones del 2000, Montiel, el político con mayor presupuesto del país, era tan poderoso que ya sonaba como candidato a la presidencia.

Besos suaves

¿Es posible un Don Juan chaparro, calvo y sin dinero? «No era un galán pero era muy coqueto y caía bien a las mujeres», explica su amigo Aldo Dapozzo, entrenador de futbol. «Tenía mucha labia», justifica su alumno Edgar Madrigal. «Era muy juguetón a la hora de enseñar», explica el empresario Luis Gasca. La psicóloga Jazmín López, joven de pelo largo y ojos grandes que me recibe en la clínica de Santa Cruz Atzcapotzaltongo, abre sus secretos: «Los besos de Mario eran muy suaves, acompañados con un abrazo fuerte y tierno.»

Jazmín fue su pareja meses antes que Mario muriera. «Salí con Mario porque era muy humano y muy gracioso», me dice esta chica, con la que el argentino iba al Café Cool y al restaurante La Fortaleza.

—¿Qué piensas sobre su muerte? —pregunto.

—No sé. Mario me platicó que antes era mujeriego. Se comentó que había sido un crimen pasional. Nunca supe qué pensar, aún no lo sé.

Bolsa de cartón

En el viaje DF-Buenos Aires-Neuquén recorro unos 9 mil kms. Me encuentro con Doelia, madre de Mario, una tarde de octubre, comienzo de la primavera. Al entrar a Gregorio Álvarez, como se llama su barrio, transito entre nubes de polvo y me cruzo con algunos perros flacos. «A dos calles de aquí no entra la policía», me dice Doelia, señalando una zona con casas de hormigón. La familia Palacios Montarcé vive en un Fonavi, unidad popular construida por Felipe Sapag, una suerte de cacique —hoy de 91 años— que gobernó Neuquén 20 años.

«Hasta que murió Mario empezaron a darle bolilla (tomar en cuenta) en Neuquén al tenis de mesa», dice esta mujer cuando entramos al cuarto de su hijo. No ha modificado nada: un altero de brillantes trofeos ocupa una cómoda. Junto a un camastro hay un retrato barnizado de Mario jugando ping-pong en el Club Toluca. En el colchón, sobre una sábana amarillenta, descansa una maleta negra. Además, una simple bolsa de cartón. Doelia me pide que la abra: sentado en su camastro veo anuncios de cursos de ping-pong, copias de emails personales dirigidos a mario_palacios_Montarcé @hotmail.com, tarjetas de presentación con su celular (044722-1183228), una nota del Reforma con su foto, folletos de su Atos, copias de su CV, notas del Sol de Toluca donde Montiel y Versini entregan el premio a su alumno “Fernandino”, fotos con amigos, papeles del Instituto Nacional de Migración y una vieja cartera.

Al cuarto lo sume el silencio. De pronto, Doelia, de brillantes ojos rodeados de arrugas, se suelta a llorar.

Azucenas

Mario murió en la clínica 22 del IMSS media hora después de ser atacado el viernes 21 de noviembre de 2003. Los testigos de su último aliento en el cuarto del nosocomio fueron el médico José Bernal Ocampo, y el gerente del Club Toluca, Víctor Cienfuegos.

En cuestión de horas, el directivo preparó el velorio y una misa en la Iglesia de Dolores a la que acudiría Fabián Estay, jugador de Santos Laguna y amigo de Mario, quien dejó la concentración de su equipo en Torreón para viajar a esa ciudad.

A las 6 pm, Cienfuegos llamó a Argentina.

—Mario tuvo un accidente… está muerto —le dijo a Mónica. Desconsolada, la hermana se hundió en llanto y soltó la bocina. La comunicación se cortó.

Media hora más tarde, Cienfuegos llamó de nuevo.

—Mario murió en un accidente –reiteró el gerente, y ahora añadió: —le dieron un tiro—

«Me pareció raro que dijera que fue un accidente y que (al mismo tiempo) fue un tiro —recuerda Mónica. Luego me dijo que fuera a México y le contesté que no tenía dinero. Me dijo que si no iba lo declararían NN —no identificado—, pero nos habló Depietri y dijo que se encargaría de todo.»

Mónica avisó lo sucedido a las otras hermanas. Ninguna sabía cómo darle la noticia a sus padres. Esa noche, se limitaron a decirles que Mario había tenido un accidente en Toluca y que esperaban más noticias. Acto seguido, Doelia fue al cuarto de su hijo a encender una vela. Se apagó al instante. Pensó que era el aire y la encendió otra vez. Cuando la llama volvió a extinguirse, supo que su hijo había muerto.

En los días en que el cuerpo de Mario volaba hacia Neuquén, Doelia se levantó cada madrugada a regar unas azucenas de su patio, las favoritas de Mario. «Pese al agua, la luz y viento, no dejaban de marchitarse», dice Doelia. El 27 de noviembre de 2003, luego de un viaje Toluca-DF-Santiago de Chile-Neuquén, la familia recibió el cadáver en el Aeropuerto Internacional Presidente Perón. «Ese día era el cumpleaños de mi papá, que estaba enfermo del corazón —cuenta Mónica—. Fue muy duro.»

El cuerpo permaneció 24 horas en una funeraria. Al día siguiente, el 28 de noviembre a las 10 am, lo enterraron en el Cementerio Central de Neuquén. Ya en casa, Doelia fue a su patio y cortó las azucenas, que estaban marchitadas por completo.

Traten de no meterse

Graciela, hermana menor y consentida de Mario, dice que ante la muerte no podían hacer mucho: no tenían dinero, México estaba lejos y sólo conocían a Depietri: «Y en Toluca, aunque hay leyes, no había ley.»

—¿Qué les decía Depietri? —pregunto a Mónica.

—Que le habían pegado un tiro y que no sabía nada, que había sido un accidente. Y me dijo: «Traten de no meterse en nada, no hagan llamadas ni envíen mensajes. Hay mucha mafia en México». Evadía hablarnos de qué pasó (pero) estoy agradecida porque sin él no hubiéramos traído a Mario. Esa fue la única vez (cuando el cuerpo llegó) que vimos a Depietri.

—¿Ustedes nunca dudaron de la versión?

—Después empezamos a atar cabos porque “Ringo” (Depietri) ya no contestaba cuando le llamábamos para peguntar por lo de Mario.

Caso archivado

En el Club Toluca busqué a Víctor Cienfuegos, gerente que contrató a Mario. Lo esperé una hora y aceptó platicar conmigo mientras se dirigía por su auto. Los primeros dos minutos no paró de caminar y alabar a Mario. Luego me dio la dirección exacta del sitio donde había muerto. «¿Falleció por un asalto?», le pregunté. Detuvo su paso, me miró a los ojos y dijo: «Murió de muerte natural» y siguió caminando hacia su coche.

Cerca del centro de Toluca, en Lerdo de Tejada y Josefa Ortiz de Domínguez, estuvo la panadería La Bondi, negocio de la familia Reyes que fue cerrado poco después del deceso. Hoy es una tienda de Telcel atendida por una chica que me dice no tener idea de qué sucedió ahí.

Toluca es quizá la ciudad con más diarios del país: 15. Pero únicamente El Sol de Toluca y Cambio publicaron en interiores notas como susurros sobre el suceso del 21 de noviembre de 2003. El primero omitió el nombre de la víctima y su puesto en el Club Toluca.

Arturo Callejas, entonces reportero policial de Cambio, revela que resultó extraño el modo como ese diario supo lo sucedido: no fue por el ritual aviso del jefe de prensa de la policía, sino porque el dueño de un negocio vecino a la panadería se lo contó a un editor.

Mario Alberto Carrasco, director de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México y en aquél entonces Subdirector Jurídico Consultivo de la Secretaría de Gobierno del Edomex, me confirmó escueto: «la muerte de esta persona fue por un disparo en la sien y los asesinos no han sido detenidos.»

Días después, un funcionario de la procuraduría que contacté extraoficialmente accedió el expediente TOL/HLN/I/2747/2003, abierto a causa del homicidio. «Es uno de los expedientes con menos hojas que he visto en mi vida», me dijo, y añadió que incluía tres declaraciones ministeriales de personas relacionadas con lo sucedido. «El caso fue archivado —me dijo el funcionario—. No hubo investigación.»

Busqué al ex secretario particular de Montiel, ahora alto funcionario del gobierno de Enrique Peña Nieto: «Ese caso no se resolvió y nunca se resolverá —me aclaró—. Es un tema bastante delicado. Averigua también cómo fue qué se lo llevaron hasta Argentina. Y el no murió en un asalto. Checa eso. Es todo lo que te puedo decir.»

No existen registros

En la Oficialía número 3, libro 6 constancia 01018, de Toluca, se encuentra el acta de defunción de Mario Palacios Montarcé, soltero nacido en Neuquén, muerto a causa de «herida penetrante por proyectil de arma de fuego en cráneo» y «sin hijos».

Según un sello del acta de defunción, el 25 de noviembre de 2003 el cuerpo de Mario fue revisado por el área de Sanidad Internacional del Aeropuerto de la Ciudad de México, antes de partir a Neuquén. La Embalsamadora Kong, de Toluca, preparó el cuerpo para el viaje. «Se recibe cuerpo procedente de Semefo Toluca (…) procediendo a reabrir cavidad toracoabdominal para aseo viseral, extracción de gas, líquido y materia fecal introduciendo sustancias conservadoras y en duro, posteriormente se realiza la misma maniobra con cavidad cranearia», detalla el certificado de Santiago Kong, quien rechazó una entrevista.

Pese a que la empresa Intercontinental cargo, con sede en el DF, hizo los trámites aduanales para la salida del cadáver que voló por Aerolíneas Argentinas, en la Embajada de Argentina en México no existe registro del deceso de Mario Palacios Montarcé. «Oficialmente puedo decirte que de 2003 a la fecha no existe registro de la muerte de un argentino con ese nombre», declaró Facundo Macedo, agregado de prensa de esa representación. Sin embargo, Chilango posee copia de la constancia registro 0325141 del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina, en la que el entonces cónsul argentino en México, Carlos Aparicio, autorizó el 25 de noviembre de 2003 que el cuerpo de Palacios saliera del país. Aparicio, funcionario de Relaciones Institucionales de ese ministerio, se negó a una entrevista.

Después de semanas de tentativas, me encontré con Depietri, el familiar que llevó a Mario a México y, según la familia del occiso, quien les pidió no indagar nada sobre la causa del deceso. Para ser redonda, a la noche de Buenos Aires sólo le falta el triunfo que no tuvo la selección de Argentina en su partido contra Chile. Aunque vive del fútbol, Depietri no vive para el fútbol. Cuando entra al Museo del Jamón, en la céntrica avenida 9 de julio, al promotor de Rodrigo Palacio, estrella de Boca Juniors y la Selección, se lo ve tranquilo.

—A Mario fueron a matarlo, eso lo sé. No se lo dije a su familia porque no tenía caso hacer esto más doloroso. Iban por él, eso lo tengo muy claro. Nunca se supo por qué lo mataron. Era muy bueno, su gran motivación era juntar dinero y regalos para su familia.

—¿Existió una investigación?

—No hubo nada acerca de los que mataron a Mario. Fui dos veces a ver cómo iba la investigación, pero nadie me quería informar. Sólo supe que la chava que estaba en la panadería durante la muerte de Mario había dicho primero que podía reconocer a los asesinos y luego a los días siguientes la hicieron que fuera a cambiar su declaración y dijo que no los podía reconocer.

—¿Cuál puede ser la causa del ataque?

—Hubo muchos rumores e hipótesis. La principal: un marido despechado. Algunos me dijeron que Mario estaba nervioso esos días.

Un año después del asesinato de Mario, el empresario Luis Gasca le dijo a Depietri que en el Club Toluca se decía que la muerte de Mario se debía a que había sido amante de Maude Versini. Según Gasca, Depietri le contestó: «Si fue por eso, por lo menos Mario se fue contento al cielo».

—¿Mario tuvo una relación con Versini?

—Mario nunca me dijo nada. No sé que pensar. Pese a todo, creo que Mario fue feliz en México. Vivió cosas que nunca hubiera vivido en Neuquén.

—¿Tramitaste el permiso ante la Embajada Argentina en México?

—Supongo, pero no me acuerdo. De muchos trámites se ocupó (el gerente) Cienfuegos en el Club Toluca.

—En la Embajada dicen que no hay registro del traslado de Mario, ni de su muerte.

—No recuerdo qué pasó. Tal vez (Cienfuegos) Arochi lo recuerde.

Ni lo acepto, ni lo descarto

Busqué otra vez a Cienfuegos, el gerente del Club Toluca que contrató a Palacios. Sólo aceptó tomarme la llamada.

—Dos escenarios me circundan a Mario –me dijo—: uno, que era un gran amigo; el otro, que tuvo una muerte muy trágica —comenzó el directivo.

—Quisiera hablar en persona, acabo de regresar de Argentina.

—Tengo 63 años, me afecta hablar del tema. Debí identificar el cadáver cuatro veces… su fisonomía… fueron balazos que no lo desfiguraron.

—Quisiera hacerle preguntas sobre su muerte.

—Sé el momento político de mi estado, el que viene. Yo sé mi cuento y créame, es todo lo que le puedo comentar.

—¿Tiene que ver la política?, ¿hay políticos involucrados en su muerte?

—Créame que lo que sé, ya lo dije. Hablaría las veces que quiera con usted pero no sobre Mario. Usted en su medio y yo en el mío, somos gente que sabemos. Soy un viejo de 63 años y tengo algo de experiencia en la política.

—¿Hay políticos involucrados en la muerte de Mario?

—No puedo ni debo hablar. Uno sabe hasta dónde hablar sobre una persona.

—¿Descarta que Mario conociera a la señora Maude Versini?

—Ni lo acepto, ni lo descarto, ni nada. No voy a hablar más de esto.

Dos días después

El 23 de noviembre de 2003, apenas dos días después del asesinato de Palacios, a la Embajada de Francia en México entró una mujer de lentes oscuros y gesto descompuesto. Era Maude Versini, con cinco meses de embarazo. Declaró a las autoridades diplomáticas haber sufrido golpes por órdenes de su esposo.

Al abordar el fracaso de las reformas al IVA en alimentos y medicinas, Jorge Castañeda —secretario de Relaciones Exteriores cuando Montiel era gobernador— y Rubén Aguilar, vocero del presidente Vicente Fox, revelaron lo siguiente en el libro “La Diferencia”: «La tercera respuesta a la pregunta sobre las causas de la derrota (en el Congreso) es la más “técnica”, si se quiere. Descansa en la abdicación, traición o debilidad de Arturo Montiel, cuyos 21 diputados del Estado de México faltaron y fallaron en el último momento, haciendo en teoría la diferencia de los 18 votos que nunca llegaron. (…) según esta versión, debido a sus líos matrimoniales, patrimoniales y anímicos, se fue a refugiar a San Diego para reconquistar a su esposa francesa. Ella, de acuerdo con fuentes de inteligencia y diplomáticas, había sido objeto de una golpiza mayúscula por parte de presuntos guardaespaldas de Montiel, como se denunció ante el Ministerio Público en Toluca, pero sobre todo, ante el Consulado de Francia en México. (…) Montiel estaba en eso, y se desentendió de lo otro, que al final importaba menos que el amor.»

Según el texto, para compensar la golpiza Montiel compró con un maletín de efectivo una «fastuosa casa de playa en la isla francesa de Saint-Barthélemy, pagada con maletín de efectivo.» En marzo de 2004, nacieron los gemelos Sofía y Adrián Montiel Versini, con los que la pareja posó sonriente para las cámaras de la revista Quien.

Mientras tanto, en Toluca, Fernando, de 11 años, devastado por quedar huérfano de su “padre deportivo” evaluaba dejar el deporte. «Lo quise mucho», es lo único que acepta decirme.

Sepulcros

Con Graciela y Patricia —hermanas del pingponista— entramos al Cementerio Central de Neuquén. En el nicho de Mario, el 6195, hay un collar y un mate de su club adorado, Boca Juniors. Además, dos láminas; una con la leyenda «Mario Palacios Montarcé: Serás un ejemplo de vida que nos guiará por siempre. Tus padres, hermanos políticos y sobrinos», y otra con la frase: «Una persona buena que supo dejar una profunda huella en el espíritu de quienes lo amamos. Tus tíos y primos.»

En la urna con sus cenizas hay una carta que le escribió su sobrino Rodrigo, un corazón con claveles rojos y unas raquetas de ping-pong que desde Toluca le envío su discípulo mexicano más querido, el pequeño Fernando. Patricia, costurera en un hospital de la zona, limpia el cristal del nicho: «A veces —me confiesa con una sonrisita— aparecen besos pintados con labial que tengo que quitar.»

Los restos de Mario están en un lugar pleno de sol, rodeados por sepulcros de niños. De tan coloridos, los crisantemos y gladiolas ofrendados al tenista parecen artificiales. «Mi papá venía mucho a charlar con Mario. Al poco tiempo aquí se quedó», dice Graciela señalando el nicho 3290, el de su papá, Bernardo Palacios, que murió tres meses después de recibir el cadáver de su hijo. «Creo que por la tristeza”, expresa Mónica.

Lamento lo que pasó

—¿Qué opina de la muerte de Mario Palacios Montarcé?

En París, del otro lado de su celular, Maude Versini guardó silencio un par de segundos y contestó:

—No conozco a ese señor…lamento lo que le pasó.

—Era un instructor de tenis de mesa que fue asesinado…

—Como le dije —me interrumpe—, lamento lo que le pasó a ese señor. Ahora me disculpo porque tengo que hacer algunas cosas.

La ex esposa del gobernador colgó. Al día siguiente, recibió en su email un cuestionario en el que le pregunté sobre Mario y los señalamientos del libro “La Diferencia”.

Hasta el cierre de la edición no respondió.

Te vamos a matar

Uno de los alumnos de Mario me confía algo que su maestro le contó un día de noviembre de 2003: varios hombres a bordo de un Galaxy blanco pasaron a su lado y le dijeron: «Te vamos a matar.»

Mario previó que algo iba a pasar; no sabía cuándo. La gente que lo vio esos días lo notaba nervioso.

En su departamento de Santiago Miltepec, una colonia austera bajo unos cerros, se dedicó a ver caricaturas. Avelino Gutiérrez, amigo argentino que vivió con Mario en sus últimos días, lo recuerda triste, inquieto.

«Marito era un muchacho muy alegre, pero se volvió otro días antes que lo mataran», me cuenta en un café de Avenida Olazcoaga, en Neuquén, a donde volvió lleno de miedo cinco días después del deceso. Al ver que la rutina de su amigo se reducía a ir de la casa al club y viceversa, Avelino lo encaró. Mario adujo que el radiólogo Fernando Serrano Almudí, papá de su alumno, le había detectado una «arteria tapada de la cabeza». «Cuando Mario murió se lo pregunté (a Serrano) y me dijo que no le había hecho ningún estudio», dice Avelino.

Tengo hijos

El 21 de noviembre, Mario llegó al gimnasio del club a las 6 am. Como aún no había llegado ningún alumno, hizo estiramientos. Al rato, acudieron unos 20 socios a los que puso a practicar sobre las mesas, sin prestarles mucha atención.

Una de sus alumnas, Alicia Bennet, lo llamó para se quedara un rato más a practicar con ella: «Tengo cosas que hacer», respondió en seco el instructor. Aunque la sesión colectiva a veces terminaba hasta las 10 am, Mario suspendió todo hacia las 8. Apresurado, salió del gimnasio.

En su Atos rojo, tomó la avenida Lerdo de Tejada y, antes de llegar al cruce con Josefa Ortiz de Domínguez —donde viraba en su habitual itinerario—, frenó el auto de golpe y entró a la Panadería La Bondi.

Según la declaración ministerial de la empleada —hecha frente a Avelino Gutiérrez—, Mario entró de prisa, agitado. Segundos más tarde, hicieron lo mismo dos hombres corpulentos de traje y corbata.

«Tírate al suelo y cállate», le dijeron a ella al tiempo que se abalanzaban sobre Mario, con quien forcejearon. El argentino lastimó su mano al detener un cuchillo que lo amenazaba, pero un momento después quedó inmóvil: uno de ellos le clavó un cuchillo en el cuello, y otro le asestó con un tubo un golpe en la cabeza.

Con Mario derribado y sangrante, los asesinos lo arrastraron hasta el baño de la panadería. Todo acabó con un balazo en la sien.

Salieron de la panadería sin robar nada.

Las últimas palabras de Mario —según la declaración ministerial de la empleada de panadería—, fueron: «¡No me maten, tengo hijos!»