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En el poblado de San Antonio, en la comuna de Tierra Amarilla, en pleno desierto, llueve como nunca. También hay truenos y un viento chillón que no dejan dormir a Mari Marín (34). hasta que un ruido seco la despierta de golpe. Salta fuera de la cama y los pies se le hunden en el barro hasta los tobillos. son las tres de la mañana.

–¡Despiértate, Víctor! ¡Despiértate, que se nos inunda la casa!–, zamarrea a su marido. Agarra en brazos a Francesco, su hijo de 5 meses que dormía en su cama, y camina como puede entre el lodo para despertar a sus otros dos hijos. No hay luz. La puerta de Felipe (18) está trancada por el barro y la de Camila (13) bloqueada por una cómoda. Víctor golpea con fuerza las puertas de sus hijos y les grita desesperado que se despierten. Mari lo ayuda a empujar la puerta de Felipe, que no afloja. “¡Hijo, tienes que salir de ahí ahora!”. El niño reacciona rápido: se da cuenta que está encerrado y que el barro le sube por las piernas. Toma su televisor, rompe la ventana, salta hacia fuera, y entra por la puerta principal a la casa. Mari llora abrazando a su guagua. Junto a Felipe se suben a la mesa del comedor mientras Víctor lucha contra el mueble que lo separa de la pieza de Camila. La niña, inexplicablemente, sigue dormida. Cuando Víctor logra entrar, el barro ya alcanza la altura de la cama de su hija. Se estira y la levanta de un tirón del pelo. Se suben los cinco a la mesa del comedor. El agua sigue subiendo. Se escuchan las casas alrededor derrumbándose. Los vecinos gritan.

–¡Hay que salir de acá ahora!–, dice Víctor. –Si no, la casa se nos va a venir encima.

Pero salir, a esas alturas, significaba dejarse llevar por la corriente de lodo que corre cada vez más fuerte por la calle. Y eso, con una guagua de cinco meses en brazos, es una tarea suicida. “Yo solo pensaba en mi niño, tan chiquito, tan indefenso. Le pedía a mi mamá en el cielo que salvara a mi hijo, que nos salvara a todos”, recuerda Mari, sentada en lo que queda del living de su casa: unas baldosas rosadas sobre un terreno baldío. Ninguna pared. Ninguna estructura.

Lo muebles empiezan a flotar, las sillas se chocan unas con otras. Desde arriba de la mesa, Mari ve la pequeña tina de plástico celeste en la que algunas horas atrás había bañado a Francesco. Olvidó guardarla en el baño y ahora flota en la mitad del living. “Saquémoslo en la bañerita, Víctor”, le dice a su marido. Envuelven a la guagua en un manta y lo amarran a la tina con un chaleco. Entonces deciden abandonar la casa. Los 19 años de esfuerzo, las fotos, las camas nuevas, la pieza recién remodelada de Felipe. Salen a la calle convertida en río y no miran para atrás. Los niños primero. Mari le pasa la tina a su marido con Francesco dentro. Los arrastra la corriente. Apenas mantienen las cabezas fuera. El barro está frío.

“Vamos a morir”, piensa Mari, mientras la arrastra la corriente. “Escuchaba gritos de todo el pueblo, todos pedían auxilio pero nadie podía socorrer a nadie. El barro traía de todo, era espeso, como que te chupaba. Yo gritaba: ‘¡Francesco, Francesco!’, porque mi niño iba más adelante y apenas podía verlo”.

Unos 100 metros más abajo, a la altura de la Escuela de San Antonio, la familia se agarra de un árbol y unos vecinos logran rescatarlos del río. Cual Moisés, Francesco sobrevive salvado en una cesta. Están apenas vestidos, con los pies descalzos y las piernas rasgadas por los escombros. Mari recibe de nuevo en brazos a su hijo menor. Lo abraza. El niño no llora. Solo la mira con los ojos muy abiertos. Está lleno de barro, mojado. Vivo.

Mari Marín y Víctor Mora son una de las 20 familias que conformaban la pequeña localidad de San Antonio. Nacidos y criados ahí, aún les cuesta creer que apenas queden rastros. A 70 kilómetros de Copiapó, esas 3 calles, que existen mayormente para alojar a los trabajadores de empresas vinícolas, estuvieron aisladas por 3 días, 16 de sus familias quedaron damnificadas y 2 personas murieron. Una de ellas fue el sobrino de 4 años de Mari, Máximo Cerezo, el niño que se soltó de los brazos de su padre. Mari, Víctor, Camila, Felipe y Francesco Mora hoy permanecen allegados en el fundo de la Frutícola Atacama, donde trabaja Víctor. “Lo más difícil ha sido darles ánimo a mis hijos luego de perderlo todo. La Camila tiene rabia. Me dice ‘mamá, ¿por qué nos pasó esto si nosotros no nos metimos con nadie?’. Yo le digo que son cosas que pasan que no podemos prevenir algo así”, dice Mari. “Es muy duro tener que empezar de cero pero lo que pasó me ha hecho crear un lazo más fuerte con mis niños. Siento que les salvé la vida y que ahora tenemos que salir todos juntos adelante”.

Un pueblo demoliéndose

A la una de la tarde del 25 de marzo, en el restorán QRZ Búfalo de Chañaral, la imagen es esta: como si se desbordara una represa dentro de una habitación. La puerta del restorán sale disparada, los sacos de arena se rompen, las ventanas estallan. Los muebles se levantan, la mercadería cae de las repisas, las sillas chocan unas con otras. Y ahí está Vilma Alcoba (37), parada con su hijo Mateo, de 20 días, en brazos en medio de esa licuadora. Lo abraza fuerte y cierra los ojos. Reza. Siente el agua fría subiendo rápido por su cuerpo, los palos que trae el lodo chocando con sus piernas. Hay un pueblo demoliéndose a su alrededor y Vilma no escucha nada. A unos pocos metros de ella su jefe lucha por avanzar contra corriente y rescatarla. Le grita que reaccione, que se dé la vuelta y se acerque a él. Le grita que le pase a Mateo. Que lo haga rápido, que él puede ayudarlos. Pero ella está paralizada.

Esa mañana había sido un tanto diferente para el restorán QRZ Búfalo de Chañaral. Su dueño, Darwin Vargas, decidió no abrir ese día luego de que se decretara alerta de evacuación por las lluvias en la zona. En el local –ubicado en la Panamericana Norte, frente a la Petrobras y a solo unos 80 metros del río El Salado– él y sus cuatro empleados tomaron desayuno con calma en el comedor. Como el agua había empezado a entrar ligeramente por las rendijas de las puertas, se dedicaron a sellar las entradas con sacos de arena, a recoger las cosas que estuvieran en el suelo y a subir la mercadería hacia estantes más altos. Todo por precaución. No tenían en mente ningún peligro mayor.

Vilma Alcoba trabajaba en el Búfalo desde hacía seis meses. Había llegado a Chile desde Bolivia en 2013 buscando ganar más dinero para mantener a los cuatro hijos que dejó en Santa Cruz. Luego de unos meses en Iquique trabajando como asesora del hogar, partió a Chañaral con la idea de vivir en un lugar más tranquilo, donde ganara más y pudiera trabajar como cocinera. Eso lo había encontrado en el Búfalo. Le daban trabajo, alojamiento y la recibieron sin problemas esperando a su quinto hijo, Mateo, quien había nacido el 5 de marzo, 20 días antes del aluvión.

Tras el desayuno, Vilma se va a su habitación ubicada arriba del local. Con su hija mayor Briyit –quien había llegado desde Bolivia en octubre de 2014– recogen todo lo que hay en el suelo, por si acaso. Los zapatos, el bolsito de Mateo, una maleta con ropa: todo lo dejan sobre las camas. Vilma pone a Mateo en su coche y vuelve al restorán. Está sola recogiendo las cosas que hay en el piso. Ya el suelo está un poco resbaloso así que sube el coche –con su guagua– a una mesa. Guarda más implementos de cocina. “Hacía mucho viento pero llovía apenas poquito. De repente miré para afuera y vi el auto de mi jefe que se lo llevaba el agua. Fue muy rápido, como si viniera una ola. Entró toda el agua y todo venía revuelto: latas viejas, palos de madera, el agua bien oscura, espesa. Ahí no sabía adónde ir, si escaparme hacia los cuartos, no sabía qué hacer con mi bebé. El coche de mi bebé lo había puesto con freno así que no podía bajarlo de la mesa. No me quedó otra que jalar a Mateo desde su brazo y se me cayó el coche. Intenté correr con él pero no podía moverme, estaba en shock. Don Darwin me dice que él me hablaba, me pedía que reaccionara, pero yo estaba paralizada. Yo creía que ahí me moría con mi bebé”.

Vilma ya casi no toca el piso. No sabe nadar. Se impulsa intentando alcanzar el suelo mientras mantiene a Mateo arriba de sus brazos. Traga agua. Su jefe está unos tres metros atrás, en el umbral entre la cocina y el comedor, pero una máquina de bebidas sobre su pierna derecha impide que avance. Cuando Vilma reacciona y le intenta pasar a Mateo a Darwin, la guagua se le suelta de las manos. Se hunde. Ella lo recoge de inmediato. Lleno de barro, Mateo llega a las manos del hombre. Vilma llora. El agua ya les llega hasta el cuello y a Vilma le cuesta mantenerse a flote. Darwin logra impulsarse con fuerza y sacar la pierna atrapada por la máquina. Entonces deja a la guagua en el entretecho y sube él también. “Me decía: ven, Vilma, tú también tienes que salvarte. Yo no reaccionaba, solo le decía ‘salve a mi hijo, por favor’. Y entonces ahí fue cuando pensé en mis otros hijos. Yo soy papá y mamá para ellos, así que me acerqué no sé cómo, todo era muy pesado para moverse. Trepé por una ventana y una repisa hacia el entretecho y agarré a mi bebé que ya estaba morado; no lloraba, botaba flema pero con barro. Lo abracé, aún respiraba”, recuerda Vilma.

Darwin Vargas se sujeta de unos pilares y, a patadas, rompe el techo. Salen a la superficie de hojalata y se dan cuenta que están en una isla en mitad del infierno. A su alrededor ya no quedaba nada: los locales aledaños habían desaparecido; el río El Salado, desbocado desde Diego de Almagro, había arrasado con toda la costa de Chañaral y traía consigo kilómetros de casas destruidas, maquinaria pesada, camiones, palos. Ya no existía separación entre el mar y el río; todo era agua furiosa, cargada de lo que se le había atravesado en el camino.

El hombre de repente recuerda que sobre los baños tiene una bodega con agua, papel higiénico, toalla nova y bidones de lavaloza. Cuenta las vigas y rompe el techo desde fuera. Ahí se refugian Vilma y Mateo. La guagua está fría, no llora, apenas se mueve. Le sacan la ropa llena de barro, le limpian la carita y lo envuelven en toalla de papel y bolsas plásticas. Vilma se quita el barro de su pecho y amamanta a Mateo en medio del diluvio. En ese techo sobreviven tres horas, de las 3 a las 6 de la tarde. Finalmente, luego de innumerables llamados de Darwin y de un relato en vivo a un canal de televisión, un helicóptero los rescata.

Vilma y Mateo son trasladados directamente al hospital de Chañaral, sin mayores daños. Briyit, la hija de Vilma, también logra salvarse. Hasta la fecha, permanecen en el albergue Federico Varela, con otras cuarenta familias que lo perdieron todo. Chañaral tuvo pérdidas materiales importantes: el río partió el pueblo por la mitad y 70 por ciento del comercio quedó destruido. Sin embargo, Vilma quiere quedarse y planea traer a sus otros tres niños de Bolivia. “Cuando supe que mi bebé y mi hija estaban bien me prometí que no volvería a separarme de ellos. Quiero que ellos no tengan que pasar sacrificio, que tengan un buen futuro. Sé que aquí estaremos mejor aunque tengamos que partir de cero”, dice.

El instinto y el miedo

Yohanela Gatica nació en el asiento trasero de una camioneta Chevrolet Colorado blanca, a las 5:28 am del 26 de marzo, poco después de que Copiapó quedó sumergido bajo el barro. Sin luz, sin anestesia, sin médico a cargo. Su madre, Camila Abarca (20), había huido a la una de la tarde con su hijo Luis Mauricio de 3 años, su pareja y sus padres, al Cerro La Cruz –un pequeño montículo de arena y piedras al lado sur de Paipote– para protegerse del desborde del río Copiapó que los obligó a abandonar su casa. Camila apenas podía caminar: estaba con un embarazo de término.

Ya sobre la cumbre, algunos vecinos se aventuran a bajar de nuevo en búsqueda de carpas. La pareja de Camila está entre ellos. Camila y su hijo se quedan en el cerro, esperando. Mojados, con la ropa embarrada y apenas cubiertos por una tela de plástico, observan cómo Paipote se inunda calle por calle. Cuando cae la noche, Camila y otros once miembros de su familia se refugian en una carpa para seis. Todos están sentados, menos ella, que está recostada sobre las piernas de Luis. “Tenía mucho frío y estaba muy incómoda. Hacia las 9 de la noche me empezó un dolor muy fuerte en las caderas, pero no dije nada. Jamás pensé que iba a tener la guagua esa noche, pensaba que era un dolor más”, recuerda. Pero su familia se da cuenta de que algo anda mal: Camila suda y frunce la cara. Su padre le dice a un vecino que su hija está embarazada, que por favor le preste la camioneta para recostarse. Se acuesta en el asiento delantero.

En el cerro hay un estudiante de Paramédico que se entera de que Camila está con dolores y, por mensaje de texto, le pide a su tía matrona que le dé instrucciones. Lo primero es medir la frecuencia de las contracciones: a las 11 pm Camila las tiene cada 10 minutos. Le dicen que probablemente tendrá la guagua a la mañana siguiente. Pero todo corre más rápido: “Cada vez eran más fuertes. Ya no las aguantaba, no podía moverme hacia ningún lado. El paramédico me dijo que la tendría como a las 4 de la mañana pero yo no quería. Les pedía que, por favor, alguien me viniera a buscar, un helicóptero o algo; no soportaba el dolor”, recuerda.

Deciden pasar a Camila al asiento trasero. Ella grita. Aprieta los respaldos, las puertas. Todo el cerro sabe que hay una mujer en trabajo de parto. El paramédico empieza a buscar implementos para poder recibir a la guagua: agua caliente para limpiar los instrumentos, una bolsa limpia para recibir la placenta, mantas para arropar a la guagua. Existe un riesgo mayor: en el primer parto, a Camila le hicieron una incisión para que Luis naciera. Si se rompe de nuevo, no tienen cómo suturarla. “Yo tenía mucho miedo de que el tajo se me abriera. Además, tenía mucha vergüenza, todo el mundo se puso a mirar fuera de la camioneta. Fue el dolor más insoportable que he sentido. Empujaba y empujaba, pero nada. El paramédico me ayudó rompiendo la bolsa con las manos y ahí empezaron las contracciones al máximo. Todo el mundo alrededor me gritaba: empuja, empuja. Yo hacía mi mayor esfuerzo pero no salía. Hasta que, de repente, nació. Sentí un alivio increíble de verla, que mi niña estaba bien, que no le pasó nada. Me tiré para atrás, la abracé y lloré”, recuerda. Por unos segundos la lluvia y los truenos se camuflaron con aplausos, bocinas, gritos de alegría.

Recién a las 12 de la mañana siguiente un helicóptero pasa a buscar a Yohanela y a Camila. El sobrevuelo es desolador: la cancha de fútbol desaparecida, los autos destrozados, las casas sumergidas, el parque de juegos sin juegos. “A la mañana siguiente todo había desaparecido. Tenía mucha pena por toda la gente que había perdido todo y a la vez mucha alegría por mi hija”, dice Camila. En el hospital le confirman que su guagua y ella están en perfectas condiciones.

Junto a otras 20 familias, Camila, Yohanela, Luis y Luis jr. siguen durmiendo en una carpa sobre el Cerro La Cruz, a la espera de poder reconstruir su casa. “Luego de eso mucha gente me decía que mi guagua fue como un milagro en mitad de la tragedia. Me decían que le pusiera Esperanza, Paz, pero nos quisimos quedar con Yohanela. Ella es lo más lindo que me ha pasado, con mi hijo Luis. Es como un impulso para todos de que hay que salir de esta”, dice Camila.

Encerrados en un container

Nancy Rojas (51), su marido, sus tres hijos y sus suegros fueron rescatados de un container a 3 kilómetros de su casa en Paipote, en Copiapó. Se habían auto-encerrado ahí para protegerse del alud que dejó su casa enterrada bajo el barro.

“¡Se reventó la defensa! ¡Salgan ahora! ¡Salgan ahora que viene el agua!”, escucha Nancy a un vecino gritar desde la calle.  Así se despierta la familia Rojas, a las 4:30 a.m. el jueves 26 de marzo. Todo ocurre en un lapso de 5 minutos: la defensa del río se rompe, el agua se rebalsa, se expande rápido por las casas que bordean el cauce, avanza violenta, rompiendo postes, puertas, arrastrando autos. Llega a la casa de los Rojas y un ruido
metálico se escucha: la corriente de lodo vuela el portón delantero. El barro levanta la puerta de la casa, se inunda el living, las piezas, los muebles flotan. Todo está negro, los vidrios se rompen.

Nancy está paralizada. Su marido Miguel Abarcia pide auxilio por radio. Sus hijos alcanzan a guardar sus notebooks e Igsa, la única mujer, recoge al perro Toy de la familia, lo mete en una bolsa plástica y se lo cuelga a su madre al cuello. “Esto se lo va a llevar el agua. Hay que salir ya”, dice Miguel. Nancy llora. Ve toda su casa derrumbándose y mira a su marido buscando instrucciones. “Ahí él me dijo con mucha pena que teníamos que dejarlo todo. Yo no reaccionaba. Quería correr, encerrarme en el baño y que todo pasara rápido”, recuerda Nancy.

Salen por la puerta trasera. El patio está convertido en una piscina de barro. Miguel toma una escalera metálica y les dice que la única manera de salir es trepar el muro hacia la calle de atrás. El lodo ya les cubre las piernas. Es difícil moverse. Especialmente para los abuelos de 78 y 79 años. Rodrigo, el hijo mayor, carga en la espalda a su abuela. Se afirman de los tendederos pero no son suficientemente firmes. Las murallas laterales de adobe se empiezan a derrumbar. No alcanzan a subir por la escalera porque el lodo, con su propia fuerza, los alza y quedan casi sentados arriba del muro. Nancy agarra las manos de sus hijos. “Del otro lado nos dimos cuenta de que la situación era igual: casas derrumbadas, postes caídos, autos dados vuelta, la gente llorando, pidiendo auxilio porque se estaban ahogando. Además, apenas veíamos porque la luz estaba cortada. No sabíamos qué hacer”, recuerda Nancy.

Entonces ve el container en la calle y se lo señala a su marido. “Derrumbémoslo nomás, echémoslo abajo”, dice él. Con un palo que flotaba, Miguel rompe el sello del candado y en fila india se sostienen entre todos para llegar hasta ahí. Se meten todos adentro. El lodo entra mientras tienen la puerta abierta así que se encierran. Se sostiene de unas literas que hay al interior. “El container empezó a moverse por todos lados, nos pusimos a rezar. Ya yo había perdido todas las esperanzas. Pensaba simplemente que eso se iba a caer por un barranco, que se iba a ladear, que nos íbamos a morir adentro. El container se movía y se movía”, recuerda Nancy.

Entonces para. Luego de avanzar por la calle Caupolicán, empujado por el río de lodo, el container se detiene en un banco de barro. Miguel había informado por radio de la situación y ubicación y a los pocos minutos una camioneta 4×4 llegó al rescate de los siete.

La familia Rojas perdió todo: la casa, los dos vehículos con los que el padre y el hijo mayor trabajaban en transporte, las dos máquinas de coser con las que Nancy hacía arreglos. Ahora viven de allegados en la casa del pololo de Igsa. “La casa que perdimos era de mis suegros. Yo no le deseo esto a nadie. Estoy esperando que se abra el área de salud mental del hospital para buscar cómo superar el trauma porque ha sido muy fuerte. Pero cuando pienso en la gente que murió y en cómo nosotros nos salvamos, pienso que todo es por algo, que tenemos que tener fuerza y volver a pararnos”, dice Nancy. ·

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La cruz de un hijitus

Publicado: 9 septiembre 2016 en Rodrigo Fluxá
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Episodio uno

Estaba en la fila de la caja del Líder de La Dehesa cuando me doy cuenta de que me faltaba un tarro de atún. Me meto por un pasillo y escucho los gritos de una mujer: eso, escóndete degenerado. Andaba solo, sin mi familia. Ella me seguía hablando, la otra gente se empezaba a dar cuenta. Me fui para adentro, no supe qué hacer.

***

Si le preguntan a Juan Manuel Romeo el momento cuando comenzaron los problemas en su vida, él, un viernes a las diez y media de la noche, vestido con jeans y un chaleco viejo, con las manos sucias, con las uñas negras, no menciona ni a los niños, ni a los apoderados, ni al jardín, ni a la Cárcel de Alta Seguridad. Con los ojos abiertos, pestañeando irregularmente, sin seguir ningún patrón, habla de una antigua pista de bicicross en Vitacura.

—Tenía 8 años. Mi hermano estaba dando vueltas en su bicicleta. Yo tenía la mía, pero lo hinché tanto para que me prestara la de él, que me la pasó. Me subí con chalas, como las de Condorito, y al rato una se me enredó en el pedal. Astutamente, bajé la mano para desenredarla y choqué con un montículo. Desperté tres horas después en la Clínica Las Condes, con un golpe en la cabeza.

Su hermano mayor, Pablo Romeo, mueve la cabeza de un lado a otro: “Es un falso recuerdo. No tenía rastro del golpe. Hemos llegado a la conclusión de que debe haber sido su primera crisis”.

Juan Manuel Romeo, según recuerda su mamá, empezó a fallar en los dictados en el Colegio André sin causa aparente. En quinto básico ya tenía problemas de sociabilidad: mostraba dificultades de coordinación, se quedaba pegado, con los ojos abiertos, en medio de conversaciones y no entendía los chistes. Fue diagnosticado con una epilepsia refractaria, dentro del 10 por ciento de pacientes con esa enfermedad que, pese a los medicamentos, no pueden controlar las convulsiones.

—Un profesor hizo un consejo de curso para echarme -dice-, porque me encontraban raro, que era muy poco para ese colegio. Mi mamá tuvo que llevar a un neurólogo para que explicara lo que tenía, que era normal.

La adolescencia de Romeo también fue a medias. Por su enfermedad debía dormir sagradamente ocho horas y no podía tomar alcohol. Estaba para los mandados en sus grupos de amigos. Su familia recuerda una broma que le hacían: al llegar a los semáforos solía esperar a que el resto cruzara, para cruzar él la calle. Sus amigos, cuando se dieron cuenta, daban un primer paso en falso con luz roja y luego se detenían. Juan Manuel Romeo seguía de largo y quedaba entre bocinazos en medio de los autos.

Tomás Lailacar ha sido su mejor amigo desde tercero medio. Casi veinte años después le tocó declarar en el juicio que definía la vida de su ex compañero. Antes de que diera su testimonio, Juan Manuel Romeo, a través de su defensora Carolina Alliende, pidió permiso al tribunal para esperar en una sala contigua. Se lo concedieron. Quedarse, escuchar lo que se iba a decir, hubiese sido parte de una pesadilla social recurrente: saber lo que dicen de uno a sus espaldas.

El testimonio fue brutal.

“Lo encontrábamos raro en general, pero uno se va acostumbrando. Era más torpe de lo normal, más tedioso, repetitivo, latero. Cosas propias de él que a mí ya no me llaman la atención, pero a la gente nueva sí, les incomoda, lo encuentran nerd en extremo. Tienden a rechazarlo. En las reuniones, Juan Manuel se quedaba muy pegado en la gente. Había que salir arrancando, inventar idas al baño, para que no estuviera toda la noche con uno. Cuando hacía juntas en mi casa, algunos me pedían que no lo invitara y a veces les hacía caso (…) En el colegio lo molestaban mucho. Para el cumpleaños de Juan Manuel en cuarto medio fue mucha gente, casi todos porque había contado que tenía una polola y nadie le creía. Él estaba feliz, le tapó la boca a todos. Uno le llevó de regalo un Sahne-Nuss envuelto en papel confort, como talla, y fue de los pocos que llevaron obsequios (…) Él estaba bastante contento con la polola, le contaba a todo el mundo. Terminó abrupto, porque uno de los amigos del grupo se metió con ella. Ese mismo amigo se lo hizo después con otra niña. Más grande tuvo su relación más larga, con una estudiante de párvulos. Fue parecido a lo anterior, otro amigo también se metió con esta niña”.

Juan Manuel Romeo terminó la enseñanza media casi con 20 años. Quería estudiar veterinaria. Dio la Prueba de Aptitud, pero no entró.

—No me dio, nomás.
—¿No pudiste prepararte por la enfermedad?
—Me preparé mucho, con cronómetro, facsímiles. No me dio, nomás.Se matriculó en el Inacap de Tabancura.

Contaba los pasos de su casa al Instituto: 328. Si tenía ganas de ir al baño, los caminaba de vuelta. Fue una forma de darle independencia, pero controlada. Su mamá, Ana María Gómez, había elegido criarlo sin diferencia con respecto a sus hermanos, pese a sus limitaciones. Sacó, por ejemplo, carné de manejar y condujo por cuatro años, ente los 22 y los 26, cuando, tras una serie de incidentes, incluido un trompo en plena avenida Kennedy, un neurólogo se lo prohibió. Su enfermedad no era un tema que trataran abiertamente en su casa. Él mismo no relacionaba sus fracasos a la epilepsia y a las continuas mezclas de remedios que tomaba para intentar controlarla. Muchos confundían eso casi con altanería.

Sebastián Benavides fue compañero suyo de colegio. Declaró tiempo después en la fiscalía oriente: “Juan Manuel era bastante apático, incluso con sus familiares. En vez de conllevar su enfermedad y asumir que tenía problemas de aprendizaje y movilidad, siempre se creyó el hoyo del queque. En realidad, le hubiera ido mucho mejor en su vida si hubiese aceptado su enfermedad y ser más humilde en la vida”.

Juan Manuel Romeo duró un semestre en su primera carrera, ingeniería agrícola. Se cambió a administración agropecuaria, de tres años, que terminó en cinco, con siete ramos rojos. Tras eso, hizo la práctica en una chanchería. Trabajó un año ayudando a su papá a administrar un casino, hasta que perdieron la concesión. Volvió a estudiar, ahora técnico vitivinícola, dos años más. Nunca pudo conseguir un trabajo en esos rubros.

Su hermano lo mira, mientras él habla y lo interrumpe:

—Uno puede estar hablando un rato con él y no notar el problema. Pero a la hora uno va notando cosas.

Juan Manuel Romeo baja la cabeza.

Su hermano ejemplifica. “Uno le dice: ya, anda a comprarme seis cervezas Escudo. Él va y al rato vuelve sin nada. Te dice: no habían Escudo. Y uno le dice: ¿y no trajiste otras? Y él no, porque no es lo que me pediste. Es muy literal y concreto. Una vez fuimos a hacer rafting y se cayó al agua. El guía le lanzó una cuerda especial y le gritó: agárrala y tírala, tratando de decir que la jalara. Juan Manuel entendió tírala, y la tiró lejos. Hubo que montar un tremendo operativo para sacarlo”.

En 2007 su madre, preocupada porque él tenía casi 30 años, le comenzó a dar labores en el jardín infantil de la que era dueña hace tres décadas en Vitacura, el Hijitus de la Aurora, propiedad contigua a su propia casa. Lo llevó a dos neurólogos, que aprobaron la medida. “Igual, si lo veía raro en la mañana, si no podía ponerse los pantalones o se ponía y sacaba los calcetines más de una vez, le decía que mejor no fuera. Tampoco era gracia que los niños vieran a un profesor convulsionando”, dice Ana María Gómez. Al principio cambiaba enchufes, ayudaba a ecualizar los actos, reponía el papel confort. Después se hizo cargo de la puerta; recibía a los niños, la mayoría de familias del sector, en las mañanas. Finalmente se hizo cargo de un taller de computación, pequeños bloques de 15 minutos, donde les mostraba programas de aprendizajes en grupos de tres: el Conejo Lector, Dinosaurios, Mi Mundo y Yo. Nunca se sintió parte del resto de las parvularias. Se compró un delantal blanco, para mimetizarse, pero no lo incluían en ninguna actividad fuera del jardín. Tal como declararon una decena de parvularias en fiscalía, les causaba gracia algunas cosas de él, como su pésima ortografía, que chocara con las paredes, que con más de 30 años viviera con sus papás y lo literal que era con las órdenes: como estaba de moda la teleserie El laberinto de Alicia, la historia de un pedófilo, su mamá, para evitar malentendidos, prohibió a los tres profesores hombres que tuvieran cualquier contacto con los niños que pudiera ser malinterpretado. Cuando un niño se caía, según declararon las educadoras, Juan Manuel levantaba las manos y no lo recogía.

—Tenía la orden de no tocar y no tocaba. No les sacaba el chaleco, no los llevaba al baño. Muchas veces querían ir al baño y la educadora estaba ocupada. Y si se orinaba, se orinaba. No tocar a un niño, era no tocar. No tal vez tocar, ni tocar en caso de… -dice Romeo.
—¿Te gustaba ese trabajo?
—Me gustaba que fuese siempre igual, que yo no tuviera que tomar decisiones, que fuese una rutina. Yo llegaba, prendía mi computador, iba a buscar a los niños a la sala, ponía los programas y el programa tomaba todas las decisiones.Estar a cargo de computación fue para él un paso importante: pese a que su mamá era la empleadora, tenía contrato, ganaba casi quinientos mil pesos mensuales. “Él sentía que había subido de nivel”, declaró su amigo Tomás Lailacar en el juicio, con Juan Manuel en la sala del lado. “Tenía más interacción con el resto del personal, era importante para él, porque le gustaba una de las niñas que trabajaba, que no lo tomaba en cuenta. Además, se podía pagar sus cosas, sus coca-colas, sus cigarros”.

Su salud seguía muy inestable. Su historial de la Clínica Alemana, solo contando el 2011, da una idea:

4 de febrero. Control. No logra cepillarse los dientes, o vestirse. Ido. Dificultad de caminar. Había llegado de vacaciones.

7 febrero. Golpe con barra del baño. Contusión.

30 de abril. Ojos fijos, desorientado, confuso, actividades no atingentes. Hubo error en baja de dosis.

17 de mayo. Movimiento involuntario del brazo derecho. Despierta adolorido, como golpeado, por convulsiones nocturnas.

22 de junio de 2011. Episodios confusionales: pone un huevo en la sal en lugar de sal al huevo. Cambios de fármacos. Madre nota cambios significativos en relaciones interpersonales.

13 de julio. Lo pica un insecto.

10 de agosto. Lengua traposa, se la muerde constantemente. Buen ánimo.

11 de agosto. Se tropieza, se golpea en la frente, pierde una pieza dentaria.

12 de octubre. Movimientos involuntarios y bruscos repetidos en la mañana. Episodios de desorientación.

12 de diciembre. Sufre caída desde la escalera mientras limpiaba el techo. Dolor en muñeca izquierda.

19 de diciembre. Irritable, más carga laboral. Falta de fuerzas, no logra pararse. Llama a madre. Niega ideas fijas o repetitivas, grave trastorno del sueño.

La vida social de Juan Manuel Romeo perdió aún más intensidad. Buena parte de su grupo de amigos se casó, inició su vida adulta. El 9 de junio de 2012, salió a caminar solo en la noche. Al volver a su casa vio que el pasaje estaba repleto de autos. Pensó que había una fiesta

Episodio dos

—Estaba saliendo desde el patio de comidas del Alto Las Condes hacia la terraza, cuando escuché que alguien me grita. No entendí bien lo que dijeron, pero me di vuelta. Estaba lleno de gente. Era un apoderado del jardín. Ahí me dice: “Pedófilo cu…, tú tenís que estar encerrado, no acá”. Yo justo andaba con el fallo en la mano impreso, porque una semana antes había salido y se lo empecé a mostrar, a decirle que se informara. Me dijo: “Yo tengo dos hijos y tú estás dando vueltas”. Me acerqué e hice lo que hago ahora: tomé el teléfono para sacarle fotos, grabarlo, tener respaldo. Ahí él se dio vuelta y se fue.

***

Declaración de Alejandra Novoa, esposa de José Miguel Izquierdo -cientista político, asesor del Presidente Sebastián Piñera-, madre de la denuncia inicial del caso:

“El viernes 8 de junio, le pregunté a mi hija por el tío Manuel: “¿Te gusta? No, no me gusta. ¿Son aburridas sus clases? Sí, son aburridas. ¿Y cuando no quieres hacer un trabajo te sube en brazos? No. ¿Te hace cariño?”. Se puso muy nerviosa. Se reía, estaba complicada, a punto de las lágrimas. “¿Donde te hace cariño?”. Dijo: “En el potito”. “¿Cuántas veces?”. Con la mano hizo tres y cuatro dedos. “¿Te dolió mucho? Sí. ¿Por qué no contaste? Él dijo que te iba a hacer algo malo”.

Al día siguiente hubo un cumpleaños de otro niño del jardín. Alejandra Novoa le comentó la situación a otros apoderados. Se coordinaron con el abogado y también ex apoderado Mario Schilling, ex vocero de la fiscalía oriente. Esa noche ella declaró en fiscalía. Su hija fue llevada al Servicio Médico legal, donde no encontraron ningún rastro físico de abuso. El abogado se juntó con un grupo grande de padres; recomendó hablar con sus hijos, revisar si habían tenido algún cambio conductual el último tiempo y apoyar con una querella.

No era una fiesta. Los autos que vio Juan Manuel Romeo en el pasaje de su casa eran de policías y apoderados. Entró a su casa.

—Al rato, casi a las cuatro de la mañana, suena el timbre. Dijeron que era la PDI, yo creía que me estaban palanqueando. Después me dijeron que venían por la declaración de una niña que decía que yo la manoseaba en clases, con mi mamá estando al lado. Yo no entendí bien de qué hablaban. Incautaron cosas y al final el fiscal me acorraló contra el refrigerador y una muralla, me mostró un papel y me dijo: “Firma acá y la sacái barata”. Mi papá me sacó justo cuando iba a firmar. Mi mamá preguntó que cuándo me iban a traer de vuelta. El PDI dijo que podía ser mañana o en meses más. Ahí mi mamá sacó 14 frascos con remedios. Yo pensé: “Pucha, la vieja exagerada, si voy a volver mañana”.
—¿Tu sabías de qué niña se trataba?
—Muy poco, solo porque era compañera de mi sobrina. Llevaba apenas tres meses en el jardín. Nunca tuve mayor contacto con ella. Hoy, con tiempo, ya enterado, me llama la atención lo irregular del caso. Me llevaron sin una investigación previa, sin haber delito infraganti. En Alemania, por ejemplo, separan al profesor, investigan meses, antes de cualquier cosa. Y todo sin publicidad.

A la salida estaban los canales de televisión, que grabaron cómo lo subían a un furgón. Minutos después cómo Izquierdo, encapuchado, pateaba la reja de la casa de los Romeo para tratar de abrirla. En el acto, el papá de Juan Manuel recibió un golpe y terminó con el coxis fracturado. Izquierdo fue formalizado 17 meses después.

A la mañana siguiente estaban los matinales en el lugar. Difundían videos de Juan Manuel paseando en el jardín, con el delantal blanco. Alejandra Novoa dio varias entrevistas. Dijo que empezó a sospechar porque cuando veía al profesor de computación, le daba algo en la “guata”, que tenía antecedentes de que él y el profesor de música se tocaban frente a los alumnos y que su hija tenía indicios de desgarros vaginales, pese a que el Servicio Médico Legal los había descartado dos días antes. Schilling fue el vocero de la acción judicial: dijo que se trataba de unos de los mayores pederastas de la historia del país, que existía una red de pedofilia al amparo de su madre, que ella estaba en Argentina para poner otro jardín, que dieran cualquier pista sobre su paradero, que había un pasadizo entre el jardín y la casa, que Juan Manuel se hacía el tonto y que habían muchos casos más. Meses después, interrogado por escrito, dijo que realmente se refería a un caso más: había escuchado de oídas que Juan Manuel había violado a su sobrina.

En pocas semanas, 93 apoderados se querellaron, la gran mayoría sin tener relato de abusos de sus hijos, pero siguiendo cambios conductuales advertidos por Schilling. Muchos solo querían asegurarse de que nada les hubiera pasado a sus hijos. La mayoría basaba sus sospechas en que Juan Manuel Romeo no miraba a los adultos a los ojos, ni los saludaba.

Del expediente:

Caterín Gibson: “El profesor de computación parece una persona extraña, no responde los saludos. A mi hija tampoco”.

Carolina Ortiz: “Un tipo muy poco empático, una persona de mala presencia, algún grado de problemas de desarrollo, no era agradable de presencia”.

María Beckdorf: “Manuel me resultaba extraño, por su mirada, cuestión que también le pasaba a mi hija de 13 años. Cuando mi hijo entraba y lo saludaba, Manuel bajaba la cabeza, cosa que es muy rara en él. Mi temor es que estuvo todos estos años, e ignoro las brutalidades que pudo haber hecho”.

Mario Jaramillo: “Lo vimos con una cámara filmando los actos del colegio”.

Cristián Santibáñez: “Nos llamaba la atención su nivel mental, nos parecía retrasado a mi señora y a mí. Como todos los papás, tenemos la certeza de que estuvieron expuestos a material pornográfico, eso lo mínimo, de ahí para arriba”.

Pedro García-Huidobro: “Para tranquilizar a mi hijo llevamos un mono que representaba a Juan Manuel y lo tiramos desde un puente del río Mapocho y vimos cómo el río se lo llevaba”.

Por la fiscalía oriente desfilaron decenas de niños, casi colapsando el sistema de toma de declaraciones. La mayoría no tenía nada que contar. Otros relataban historias que fueron descartadas por la propia fiscalía. Tal como consta en la carpeta, una niña, por ejemplo, contó que Juan Manuel la llevó a su pieza, se envolvió en una sábana, la pintó, se casaron y bailaron un vals. Otro niño decía que en plena sala de computación, los amarraba, los golpeaba, les cortaba el pelo y se ponía a bailar desnudo. Otra de las denuncias era de 2006, año en que ni siquiera trabajaba en el jardín. La mayoría de los niños ya sabía que estaba preso y que el jardín estaba cerrado, con garabatos escritos en las paredes.

Juan Manuel Romeo se enteró de todo eso mucho más tarde.

—Me llevaron de mi casa a un cuartel de la PDI. Después me metieron en un bus, rumbo a la formalización. Cuando llegué, un gendarme leyó mis papeles y en frente de los otros detenidos gritó: “Cabros, este viene con pichu.. de hueso”, que es como le dicen a la gente que está detenida por esas cosas. Me mandó al fondo de la pieza y me hizo volver y pasar entre los otros 50 detenidos, que te pegan patadas y manotazos, con manos esposadas. Lo indigno que se siente uno cuando te escupen en la cara así.

Al día siguiente lo trasladaron a Santiago Uno, donde un imputado por homicidio frustrado lo recibió.

—A la mañana siguiente este gallo pesca su teléfono y se pone a llamar gente. Me dice, te van a celebrar el mejor cumpleaños en el patio. Yo, ignorante, empecé a calcular y no me daban las fechas. Bajé y vi que se movía gente. Le dije al gendarme que iba conmigo que me iban a sacar la cresta, pero él apuró el paso y entre seis personas con palos me dejaron tirado en el suelo. Después subieron de vuelta y me repasaron. El gendarme me retó por ensuciarle el piso con sangre.

Tras el incidente, a Romeo lo llevaron a la enfermería, donde le pusieron nueve puntos, según consta en un documento de Gendarmería. La familia aún cree que fue una paliza por encargo. A los dos días fue trasladado a la cárcel de máxima seguridad.

—Ahí también era lo peor de lo peor. Había asaltantes de bancos, asesinos de policías, no podía ni moverme, ni hablar con nadie. Me gritaban: “Romeo, ¿cómo te la pudiste con 90 niños?”. Tiempo después llegó gente que la acusaban de lo mismo que a mí. Como Zakarach, a quien repudiaba de antes. Conversamos harto. Él me creía.
—¿Qué te decía?
—Que sí a él lo dejasen libre, caería de nuevo, porque era algo que lo sobrepasaba, que no podía controlar. Estaba también Jorge Tocornal, el ejecutivo condenado por abusar de sus hijos.
—¿Qué postura tenías con la pedofilia?
—Si me hablas de pedofilia, de cualquier otro abuso, personalmente, lo repudio. Antes de que pasara todo esto te hubiese dicho que a alguien así hay que freírlo en aceite. Pero hacer una investigación seria antes.
—¿Te costó darte cuenta de la dimensión del problema que enfrentabas?
—Sí, no me enteré hasta varias semanas. Después me dio una gran impotencia, sentía que no podía defenderme. A mí me pisotearon, me maltrataron, me basurearon. Me hice famoso en Chile por algo horrible y que era falso. A mi familia le pegaron, a mi mamá la lincharon, también la metieron presa, tuvieron que aceptar insultos, ver cómo la empresa que nos mantenía a la familia quebraba en una sola noche.
—¿Nunca pensaste en aceptar alguna culpa para poder terminar antes?
—La fiscalía le ofreció juicio abreviado a mi abogada. De los 65 años que pedían inicialmente para mí, me ofrecieron, si me echaba la culpa, salir con libertad vigilada al día siguiente, solo firmando. Mi familia tuvo discusiones de si tomarlo o no, pero yo siempre me negué. Prefería estar 65 años preso, que admitir que había hechos cosas así. Les dije: o salgo con la frente en alto o me sacan en un cajón.

Juan Manuel Romeo estuvo un año y medio en prisión preventiva. En todo el proceso, juicio incluido, habló una sola vez, el 6 de enero de 2014, durante una de las jornadas de la audiencia de preparación de juicio oral. Esa vez, después de haber escuchado el detalle de las acusaciones en su contra, cuando la magistrada le preguntó si tenía algo que agregar, desoyendo a su defensa, habló:

“Primero que nada, llevo 18 meses diciendo mi nombre, recitando mi RUT, escuchando una cantidad de mentiras que me han levantado. Esto al margen de que cuando llegué a Santiago Uno me recibieron con tres palos en la cabeza…”.

Este viernes en la noche Juan Manuel Romeo, con los jeans, el chaleco y las uñas sucias, se escucha a sí mismo sollozar en la grabación que sale de los parlantes de un computador. La voz, su voz, se escucha temblorosa, a punto de quebrarse.

“…no puedo ni salir al patio, viviendo en tres metros cuadrados, mientras cien personas me recomiendan la mejor forma de ahorcarme. ¿Qué me queda?… Encerrar…”.

No pudo terminar la intervención. Se puso a llorar.

Su defensa costó más de 300 millones de pesos. Incluyó exámenes bastante vejatorios. Le hicieron uno proctológico para corroborar que no era homosexual, como acusaban algunos de los querellantes. El doctor Luis Ravanal le inyectó un medicamento para poder medir las dimensiones de su erección, descubriendo una de las pocas cosas que se había guardado para sí: que era impotente. En el juicio posterior, el mismo especialista sostuvo que Romeo, por los medicamentos que tomaba, no tenía impulso sexual. Abogados estuvieron discutiendo casi una hora sobre su psiquis sexual, con él ahí. A los peritos del Servicio Médico Legal les dijo que había tenido su primera experiencia sexual el 2006, con la pareja que duró casi un año y que no había vuelto a tener relaciones desde entonces. Los apoderados lo sumaron a la lista de rarezas sospechosas.

—Yo ya estaba sometido, entregado. Si me pedían que me bajara los pantalones en el estrado, me los bajaba. Yo sé que no soy homosexual, que no me han violado. Si no tengo relaciones hace siete años, es cosa mía, es personal, no es un delito. Todos se convencieron siempre de lo peor; no se molestaron en preguntar sobre los efectos de los remedios que tomo. O encontraban “sospechoso” que no mirara a los adultos en la entrada del jardín; me habían encomendado que nunca se arrancara un niño y por eso estaba siempre pendiente de eso. Y no los saludaba, porque no me sabía los nombres de la mayoría. No porque fuera raro.

El golpe más duro en la preparación para el juicio para Romeo fue constatar, científicamente, lo que su familia le había preferido no mencionar: que efectivamente tenía cierto daño cerebral por los años de convulsiones y remedios para evitarlas y que el daño iba en aumento. En un punto les dijo a sus abogados: “Toda esta defensa se basa en que soy tonto”. El perito le hizo un test que incluía sumas y restas, recitar sucesiones al revés y al derecho y explicar el sentido de algunos refranes. Romeo respondió:

A quien madruga…: se refiere a una persona que trabaja más, Dios la ayuda.

Cuando el río suena…: cuando algo suena es porque viene arrastrando algo, algo que pasa por encima de las piedras.

En casa de herrero…: la persona que se dedica a una determinada actividad, autos por ejemplo, no tiene tiempo para él mismo.

Ese examen concluyó que tiene “un típico daño cerebral adquirido”. El psiquiatra Otto Dorr, en otro, coincidió: “Deterioro orgánico secundario a la epilepsia y en alguna medida debido a la medicación”.

Durante el juicio su abogada le dio labores mínimas, como ordenar papeles, para mantenerlo ocupado. En una de las jornadas, el 20 de mayo, como destacan los jueces en el mismo fallo, “se detectó en el acusado un constante parpadeo repentino, además de trastorno en su mirada y a los pocos momentos cayó desplomado al piso reflejando una rigidez en sus extremidades inferiores”, lo que según los jueces, le permitió “corroborar lo informado por la mayoría de los profesionales que declararon en consecuencia”.

Fue un punto crucial. El otro fueron los testimonios: de los 90 casos iniciales, la fiscalía consideró cuatro como creíbles. La defensa se centró en desacreditarlos: trajeron a un experto alemán, Burkhard Schade, quien cuestionó el método en que los peritos chilenos condujeron las entrevistas. Por ejemplo, uno de los menores había declarado en dos ocasiones que nadie le había hecho nada, hasta que, después de meses de terapia reparatoria para un daño aún no explicitado, develó que Juan Manuel le habría mostrado el pene.

Alejandra Novoa, la primera denunciante, debió pedir disculpas por haber dicho que el profesor de música se tocaba con Juan Manuel. También reconoció que su hija jamás presentó daños físicos. La familia Romeo encontró otro dato: ella, en 2009, ya había presentado una denuncia a una parvularia en un colegio de San Antonio, donde trabajaba. A los meses hubo que reintegrar a la trabajadora.

Su esposo, Izquierdo, tuvo que pagar siete millones y medio y publicó disculpas en un anuncio en un diario por la agresión contra el padre de Juan Manuel Romeo.

Tres de los cuatro niños declararon, desde una sala especial, con un perro y una magistrada presente. Solo uno repitió, con contradicciones, el relato de los abusos. Juan Manuel vio todo en un televisor desde la sala principal.

—Me daban mucha lástima. ¿Cómo les robaron la inocencia a todos esos niños de manera tan terrible? -dice.

Juan Manuel Romeo fue absuelto en fallo dividido. Los jueces argumentaron falta de contundencia de los relatos e imposibilidad práctica: estuvo siempre bajo supervisión de otras personas. El texto ratifica, además, como principal víctimas a los menores, por un sistema que no supo resguardar sus derechos.

—¿Nunca te dieron rabia los niños?
—No, ninguna, todo lo contrario. Los respeto mucho. ¿Qué van a pensar cuando sean adolescentes? En esa edad los compañeros son muy crueles. ¿Qué les van a decir a esa niña? “Tu mamá dijo que te desgarraron la vagina en la tele y después tuvo que pedir perdón porque eso nunca había ocurrido”. ¿Qué le va a decir esa mamá, entonces, a su hija? Es terrible lo que les pasó también.

El fallo, además, adhirió a una psicosis colectiva de parte de los apoderados, a las falencias de los peritos chilenos en la toma de testimonio de los menores, la impericia y sugestión de los padres y a una actitud “antiética” del abogado Schilling que influyó generando pánico en el resto de los apoderados. Los querellantes y el Ministerio Público fueron condenados a pagar las costas. Los padres que llegaron a juicio señalaron que le seguían creyendo a sus hijos y que estaban orgullosos de haberlos defendido.

—Personas locas siempre van a existir, personas desbordadas siempre van a existir,  personas con poder político, siempre van a existir, abogados en busca de plata y fama, también.  Como me hicieron exámenes psiquiátricos a mí, habría que hacerlos siempre a los denunciantes antes.

El fallo fue ratificado en todas las instancias. Romeo los imprimió. En junio de 2014 partió al Alto Las Condes con ellos bajo el brazo.

Episodio tres

—Iba a la casa de mi hermana. Estaba yendo a tomar la micro en Cantagallo, cuando de repente se para un auto en la mitad de la calle, dejando un tremendo taco para atrás. Empiezan a sonar las bocinas cuando veo que era la Alejandra Novoa que me empieza a gritar: “Que estái haciendo acá, degenerado”. Lo que más me impresionó es que estaba la hija, en el asiento de atrás mirando todo. Me quedé para adentro, no contesté nada. Esperé que el auto avanzara, nomás.
—¿Qué pensaste?
—Que esa gente se va a morir convencida de que yo soy culpable, no les importa lo que digan las pruebas o la justicia. Y por ese convencimiento, yo y mi familia fuimos sometidos a, como definió la Corte Suprema, un juicio paralelo. No van a cambiar. Cuando dieron el fallo, dije, listo, soy inocente, puedo salir tranquilo. Mi familia me ayudó a aterrizar mejor, que no era tan a la ligera. Al principio me preocupó mi integridad física: salía con un perro de 65 kilos para sentirme seguro. Ahora me preocupa mi integridad psíquica. Elegí que hay barrios a los que no voy, como a Vitacura.

Entre las 90 familias que inicialmente tomaron parte de la querella, los Romeo Gómez dicen que varios se han contactado con ellos para pedir disculpas. Algunos mandaron cartas. A Juan Manuel, personalmente, nadie.

—Tampoco se las recibiría, porque ninguno va a entender jamás lo que pasé yo. Y ellos armaron eso, fueron manipulados por un abogado, pero fueron parte de eso. Que ni se molesten, ellos en su casita y yo en la mía.

Al dejar la cárcel, Juan Manuel Romeo volvió a vivir con su hermana, que ya había recibido a sus papás, quienes habían tenido que vender la casa y el jardín para costear el juicio. Dos tics evidentes le quedaron del tiempo preso: duerme siempre hacia la izquierda, vigilando la puerta imaginaria de su celda y, en la noche se despierta sobresaltado, anticipándose a allanamientos de gendarmes. Otras huellas se demoraron en aparecer. Su hermana mayor tiene una hija que nació cuando su tío estaba encerrado. Cuando ella le dijo que la tomara, él respondió: “Yo, niños, no mudo”. Se demoró en atreverse a tomarlo en brazos.

—En la calle, si veo que hay niños o una plaza, prefiero cambiarme de vereda, caminar cien metros de más. Algo me quedó ahí.
—¿No has pensado en tener hijos algún día?
—No, no voy a tener. Ya no confío. Y si la mamá es una loca… Ni siquiera he pensado en retomar ese aspecto de mi vida. ¿Qué persona va a querer? Cualquier persona que conozca, el tema estará entremedio, puede pasar un día entero en internet leyendo las cosas que supuestamente hice. No planeo nada, mi vida la estoy reconstruyendo día a día, no sé lo que va a pasar mañana, ni lo que voy a hacer. Lo único que sé es que voy a llegar a bajar el switch de la luz en mi trabajo.

Viernes 12 de junio. Mediodía. Un subterráneo de un edificio en Santiago Centro. Juan Manuel se saca una polera gastada. Es un hombre muy delgado. A sus 37 años, tiene bastantes canas. Se pone una camisa limpia para tomarse fotos para este artículo. Ninguna de frente, dice, no por vergüenza, si no por algo práctico: no quiere crearle problemas a su hermana en el condominio donde vive, que algún vecino lo reconozca y empiecen de nuevo las miradas, las sospechas. Siente que ya les ha dado suficientes problemas. Apenas le levantaron la prisión preventiva y pudo hablar largo con su mamá, le dijo: esta fue la última de tu hijo cacho.

—Siempre me he sentido así, gastando una millonada en doctores, 300 mil pesos solo en remedios. Ahora, sin querer, los dejé sin nada. Sigo viviendo con ellos. ¿Quién nos mantiene? Mi hermana. No lo provoqué, no es algo racional, pero es lo que siento.

Juan Manuel Romeo no ha retomado su vida social. En todo el proceso, perdió dos amigos de los cinco que tenía: ellos le dijeron que no apoyarían hasta que supieran la sentencia.

—Como si bastara un tercero para decirles que no soy pedófilo, me conocían de toda la vida. Bueno, así no son los amigos. Tampoco salgo a casas de nadie, ni a lugares públicos con los tres amigos que me quedan. Tienen miedo de ser vistos conmigo. Los entiendo.

Juan Manuel Romeo ahora raspa con los dedos la ventanilla de una puerta.

—Llevo dos semanas tratando de limpiarla, no sale.

En las letras negras dice: mayordomo, administración. A eso se dedica ahora, es conserje. Gana el sueldo mínimo. Barre y lava vidrios. Por eso las manos sucias. Aunque quisiera otro empleo, no podría conseguirlo: no pasaría un proceso de selección. Dice que no le preocupa. Ha pensado ser ascensorista. Subir y bajar.

Se vuelve a poner la ropa de trabajo. Le gustaría usar el delantal, el blanco, el del jardín, pero teme, un poco paranoico, que lo relacionen con las imágenes de televisión donde lo nombraron.

—Siempre asumí que mi epilepsia iba a ser la cruz que iba a cargar toda mi vida. Ahora pasó todo esto y doy gracias, me sacaron esa cruz de encima.

Juan Manuel llega a la puerta del edificio. Le quedan 10 minutos libres para almorzar.

—Pero me pusieron otra mucho más pesada. ¿Quién me va a sacar este cartel de encima? ¿Quién? Me voy a morir así.

El papá de Daniela fue a darle un beso de buenas noches y descubrió que a su hija le faltaba un mechón de pelo. Hace unos meses, la niña tenía la cabeza completamente sana. Usaba el pelo largo, liso, recogido con cintillos de colores que combinaban con su ropa. Le pedía a su papá que le colgara varios espejos en el baño para peinarse y usaba uno hasta en la ducha, para enjuagarse bien todo el champú. Daniela soñaba con tomarse ese cabello largo y frondoso en una cola de caballo. Pero su mamá nunca la dejó. Decía que ese moño, atado con colets, le iba a dañar el pelo. Ahora, más de veinte años después, Daniela tiene 34 años y cuando intenta comprender por qué empezó a arrancarse el pelo, a veces piensa que fue una forma de rebelarse contra su mamá.

Estaba frente a uno de los espejos que su papá le colgaba en el baño y en la partidura descubrió que le crecían unos hilitos irregulares, que arruinaban su peinado perfecto. Se los arrancó. “Desde ese día, nunca más lo pude controlar”. Se sentaba a hacer las tareas y en vez de tomar el lápiz, se llevaba las manos a la cabeza. Se sacaba pelos durante horas, como en trance. Cuando al fin paraba, el piso amarillo se había oscurecido de pelos.

Mantuvo este ritual durante meses, hasta la noche en que su papá la descubrió. Sus padres, sin saber qué hacer, la llevaron al dermatólogo, luego un psicólogo y más tarde un psiquiatra. Ninguno supo explicar qué le pasaba a Daniela.

***

Hace 25 años, cuando Daniela aún no empezaba a sacarse el pelo y vivía con sus papás en Puente Alto, la psicóloga María Inés Pesqueira atendía al otro lado de Santiago, en Vitacura, y recibió en su consulta un caso que nunca había visto: una mujer que no podía dejar de sacarse el pelo.

Era una veinteañera que había desfilado por un sinfín de consultas y que había gastado la poca plata que tenía buscando soluciones. Lloraba desesperada. María Inés se declaró incompetente, pero la historia de la joven la conmovió y se propuso investigar para ayudarla.

***

Daniela pensaba que no existía una palabra para el impulso de sacarse el pelo y que era la única en el mundo que lo hacía. Se cortaba el pelo ella misma porque le daba vergüenza ir a la peluquería. Se tapaba los pelones con otros mechones más largos. Odiaba los actos del colegio en los que había que peinarse un tomate o una trenza. Temblaba cuando le preguntaban ¿qué te pasó en la cabeza? Mentía. Jamás le decía a nadie su secreto.

La primera vez que lo contó, fue a su pololo de la adolescencia, cuya respuesta la hizo sentir como niñita chica: si la descubría sacándose el pelo, él le pegaba en las manos. También la manipulaba. Cada vez que ella intentó terminar la relación, él le decía que nadie la iba a querer con el pelo así.

Cuando Daniela se fue a vivir con Sebastián –su actual pareja– lo difícil de compartir una casa no fue acostumbrarse a las mañas domésticas del otro. Lo angustiante fue el pelo. “En la noche esperaba que él se durmiera o me escondía en el baño para, por favor, poder sacarme”.

Daniela se sentía ahogada, reprimida. Necesitaba contarle a Sebastián. Y cuando lo hizo, se relajó. “Empecé a sacarme millones de pelos y él empezó a encontrarlos”. Aparecían en distintos lugares de la casa. Él le decía “¡Dani, mira cómo estás!”. Peleaban. Ella le prometía que iba a cambiar, pero los pelos seguían apareciendo.

Lo demás en su relación iba bien. Daniela estaba terminando de estudiar ingeniería y los fines de semana iban a la casa de sus papás con las hijas de Sebastián, todo en familia. Incluso hablaban de tener un hijo juntos.

–Pero le decía al Seba, yo no quiero ser mamá mientras esté así. Quiero que mi hijo se sienta orgulloso de mí.

Daniela tenía 32 años y un largo historial de tratamientos médicos. Había estado en terapia de grupo con adolescentes que se hacían cortes en la piel. Había guardado los pelos que se sacaba en un sobre. Había tomado Ravotril y Sertralina. Había sido hipnotizada. Había respondido interrogatorios eternos en los que le preguntaban una y otra vez por algún hito doloroso de su infancia. Nada funcionó. Daniela necesitaba recuperar el pelo que tenía a los doce años y ninguna conversación bajo secreto profesional le daba lo que ella quería.

Agotada y frustrada, decidió superarlo sola. Lo intentó durante años, pero siempre recaía. Entonces asumió la realidad: una vez más, necesitaba ayuda profesional.

***

María Inés Pesqueira recuerda: “Me puse a estudiar, porque dije, ¡qué es esto de sacarse el pelo! No tenía idea ni de cómo se llamaba. De hecho, la paciente lo sabía y yo no”. Leyendo, descubrió que la tricotilomanía es un trastorno de control de los impulsos, con rasgos de trastorno de ansiedad y obsesivo compulsivo. Un hábito incontrolable que lleva a las personas a arrancarse vellos de distintas partes del cuerpo, “porque es muy rico”.

Hoy, María Inés dirige y enseña en el Centro MIP, donde se especializan psicólogos. En una de sus clases, explica los orígenes de esta dolencia: puede ser genético, biológico o ambiental.

–O una mezcla de los tres. Las personas aprenden a relajarse sacándose el pelo. Así, una predisposición genética o biológica es reforzada por el ambiente.

Según un estudio español de 1987, hay 8 millones de afectados en el mundo –principalmente mujeres– quienes se jalan el pelo de la cabeza, las pestañas, las cejas o el pubis. No existen estadísticas más recientes, mucho menos locales. Además, pocas personas confiesan su enfermedad. Es difícil saber cuánta gente en Chile vive con tricotilomanía.

***

A inicios de 2013, Daniela llegó a la consulta de Pedro Retamal, psiquiatra y académico de la Universidad de Chile. Desesperanzada y llena de vergüenza, contó una vez más la historia de su enfermedad sin nombre. Luego de escucharla, Retamal le preguntó lo que ningún médico antes: ¿te puedo mirar la cabeza? Daniela autorizó al doctor, y el veredicto la dejó perpleja.

–No te preocupes, resolver esto es muy sencillo.

***

Estaba en la oficina y se le ocurrió googlear. Escribió: sacarse el pelo. En los resultados, Daniela leyó por primera vez la palabra tricotilomanía. También encontró grupos donde gente de distintos países hablaba de su experiencia. Quiso conocer a chilenos como ella y creó el grupo de Facebook “Tengo Trico Chile”. Ahí leyó a una mujer de Arica que no podía salir a la calle sin usar un pañuelo en la cabeza, a un papá preocupado por su hijo que estaba quedando calvo a los seis años, a una pareja de Puerto Montt que se conoció en el grupo y que ahora, juntos, intentan superar la tricotilomanía.

En paralelo, el doctor Retamal le había dictado tres mandamientos: tomarás fármacos, harás ejercicio y averiguarás de casos similares en tu familia. “No sé si tú te has dado cuenta, pero yo tengo un problema –decía Daniela a sus parientes– ¿tú haces algo raro también?”. Encontró a un primo que se arrancaba la barba y una prima que perdía el pelo por alopecia difusa. También recordó que durante su infancia había visto a su abuela sacándose costras y rompiéndose la cara. Eso, ahora ella lo sabe, se llama dermatilomanía, el hábito incontrolable de arrancarse la piel. “Es muy probable que en tu familia haya algo genético”, le explicó el psiquiatra.

Hablarlo la envalentonó. Pensaba, “¿por qué tiene que darme vergüenza estar enferma?”. Varias veces las hijas de Sebastián –su pareja– le habían preguntado qué le pasaba en el pelo. Un domingo, en el almuerzo, se arrojó. Repasaron la historia. Vieron en el tablet las fotos de Daniela a los doce años, cuando usaba cintillos de colores sobre su pelo largo y frondoso. También las fotos de su adultez, cuando usaba cintillos para disimular la pérdida de su pelo corto y débil.

Las niñas le preguntaron si podían tocar cómo era su pelo ahora. Daniela sintió los dedos pequeños y livianos curioseando sobre ella. Lloró. Tenía 33 años y por primera vez permitía que alguien le tocara la cabeza.

***

–Qué ganas de que la gente que sufre tricotilomanía sepa que no tiene por qué avergonzarse –dice María Inés Pesqueira y luego explica el método que desarrolló para tratar esta enfermedad. Primero, dejar de esconderse. “Hablarlo y abrirse con sus más cercanos ayuda mucho”. Segundo, complementar una terapia psicológica con farmacoterapia recetada por un psiquiatra. “Deben medicarse, si no, es pura pérdida de tiempo”. Tercero, asumir que es imposible evitar la tentación de arrancarse vellos. “No centrarse en por qué comenzó a sacarse el pelo, sino poner lupa en cómo detenerse”. Es decir, cambiar de paradigma: comprender que la tricotilomanía –al igual que muchas otras enfermedades psicológicas– no se mejora, solamente se maneja.

***

Daniela llevaba casi un año de tratamiento con el doctor Retamal. Sentía menos ansiedad y se arrancaba menos pelo. “Pero me crecía muy débil”. Entonces, fue a “Pelucas Avatte”, buscando alguna extensión que, de momento, le disimulara los pelones.

–¡Ay! Aquí han venido muchas niñas así, yo no sé por qué hacen esa tontera de sacarse el pelo– dijo la vendedora y le explicó que no existía lo que ella buscaba. Le sugirió que se rapara y se comprara una peluca. Daniela nunca lo había pensado, pero aceptó. Allí mismo, le afeitaron la cabeza. Pagó $400 mil por la peluca, se la puso y se fue a su casa, aguantando el llanto desde Providencia hasta Puente Alto.

Para asegurarse de recuperar las zonas donde sólo había piel, se rapó otras tres veces. El cabello le crecía más rápido y más fuerte. Tras cuatro meses de esconder su cabeza rala y de arrancarle varios pelos a la peluca, el picor y la transpiración se hicieron insoportables. Se quitó la peluca y terminó con su exilio autoimpuesto. “Me quiero hacer un corte”, dijo. Y, después de veinte años, regresó a la peluquería. Su pelo medía 1,5 centímetros.

***

Concentrada en su nuevo tratamiento, Daniela se olvidó de los estudios, pero el Duoc se los recordó. Recibió una carta de aviso: había caducado el plazo para rendir su examen de título. Si quería retomar, debía pagar. Fue al instituto con un certificado médico y contó su historia. El jefe de carrera y el rector no sabían qué era la tricotilomanía. Después de googlearlo, le dijeron “te vamos a dar una nueva oportunidad”.

Sentía miedo del examen, de sentarse frente a los cuadernos y llevarse las manos a la cabeza. Desde el día en que se rapó en Avatte, no se quitaba ningún pelo. Comparaba su rehabilitación con la de los drogadictos. Pensaba, si me arranco un solo pelo, no voy a parar más. Entonces buscó ayuda. Si estaba sola en su casa, invitaba a su hermano o se iba a la de su mejor amiga. Para evitar arrancarse pelos en la noche, le pidió encarecidamente a Sebastián que se durmiera después de ella. Estudiaba sentada en el patio y no encerrada en la pieza; los obreros que trabajaban ampliando la casa de al lado la hacían sentir acompañada.

Se preparó durante semanas. Reprobó. “Yo estaba feliz. Había logrado estudiar y no sacarme un pelo. Para mí, ésa era la verdadera graduación”.

***

La segunda vez que Daniela rindió el examen de título, aprobó. “Quedé como Julito Martínez estudiando ingeniería, pero ahora tengo más pelo que el Seba”. Por fin puede conversar con calma sobre “la trico”. Se está preparando para ser mamá y no puede creer lo que ve cada mañana al mirarse al espejo: una mujer sonriente con el pelo sano.

Sólo le falta una cosa para completar su felicidad: “Una cola de caballo. Peinarme la cola de caballo que he querido siempre”.

Escuela en llamas

Publicado: 24 septiembre 2015 en Juan Luis Salinas
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Las llamas aún no se extinguían cuando la profesora Sandra Valenzuela supo del incendio. Era el 19 de junio de 2012. Faltaba poco para las siete de la mañana.

Sandra Valenzuela estaba en Santiago, a más de 600 kilómetros al norte del lugar donde ya todo era escombro y cenizas. Se preparaba para llevar a un grupo de alumnos de la escuela rural de Chequenco a conocer el Congreso en Valparaíso. Recién comenzaba el cuarto día de la gira de vacaciones invernales que dieciocho escolares -de quinto y octavo básico provenientes de distintas comunidades mapuches de Ercilla- estaban realizando por Santiago y la zona central. Antes de que los niños se levantaran, Óscar Eschmann, el otro profesor que la acompañaba en la gira, le contó a Sandra lo que había ocurrido en la madrugada: la escuela, el lugar donde trabajaban, donde estudiaban los niños, había sufrido un ataque incendiario por un grupo de encapuchados y se había quemado por completo.

Los dos profesores se quedaron en silencio. No se sorprendieron. Ya estaban preparados para enfrentar una noticia de este tipo. Conversaron y no quisieron arruinarles el viaje a los niños, decidieron esperar hasta la noche para darles la noticia. Camino a Valparaíso ocurrió lo inevitable. En la ruta empezaron a sonar los teléfonos celulares de los niños. Eran sus padres quienes los llamaban para contarles lo que había pasado. Fue en ese momento cuando los profesores les hablaron. Les dijeron que la escuela seguían siendo ellos, el resto de sus compañeros y profesores, los apoderados. Que lo material ya se recuperaría. Que volverían a levantarse como ya lo habían hecho con los dos incendios anteriores.

—Los niños bajaron la mirada con tristeza y resignación -recuerda Sandra Valenzuela.
—En algunos había una expresión extraña. Como si sintieran que podían culparlos de lo ocurrido -dice Óscar Eschmann.

Un silencio espeso y cortante se instaló en el bus. Los niños no se atrevieron a preguntar si la próxima semana, cuando terminaran las vacaciones de invierno, volverían a clases. Si lo hubieran hecho, los profesores no habrían sabido qué responder. Dos días después, cuando el grupo volvió a Chequenco, ya nadie hablaba del asunto.

La incertidumbre y el temor habían tiznado sus pensamientos.

En la escuela sólo quedaban los restos de la quemazón.

Los vestigios de que esta vez el conflicto mapuche los había abrasado por completo.

***

Distintas gamas de verde atraviesan las parcelas, los bosques y los montes que circundan la comunidad de Chequenco, sin embargo este sector es considerado zona roja. Uno de los lugares más conflictivos y golpeados por el conflicto mapuche. Este territorio -una franja con agrestes y serpenteantes caminos de tierra y a la sombra del cerro Chiguaigue- en los últimos años es un polvorín que, de tanto en tanto, estalla. Aquí han ocurrido fuertes enfrentamientos entre fuerzas policiales y algunos grupos de comuneros mapuches, quienes reclaman la soberanía sobre los territorios que, aseguran, les fueron arrebatados históricamente.

La comunidad de Chequenco, ubicada a unos 15 kilómetros al norponiente de Ercilla, está conformada aproximadamente por ochenta familias en su mayoría dedicadas a la agricultura o a las labores forestales. La rodean otros sectores y comunidades como Los Tolocos, Folil Mapu, Nupangue, Agua Buena, Lonco Mahuida o Requén Pillán. Todos lugares apartados y de difícil acceso, tanto por la situación de conflicto en que están insertos como por la escasez de transporte. Por sus caminos sólo pasa un microbús que sale lunes, miércoles y viernes desde Ercilla. El resto del tiempo sólo queda la bicicleta, las carretas tiradas por caballos, la amabilidad cada vez más temerosa de los conductores de los vehículos de las empresas forestales o largas caminatas hacia Pidima, la localidad más cercana, que está a siete kilómetros de Ercilla, cerca de la carretera 5 Sur.

Lo complejo, lo repetido por la prensa, es que aquí, en estas tierras, se suceden fuertes postales de lucha, ocupaciones ilegales de fundos o de terrenos de empresas forestales. Sólo este año se contabilizan más de una decena de atentados incendiarios contra camiones, vehículos, casas o establecimientos públicos. También hay detenciones de líderes de sus organizaciones y allanamientos a las comunidades mapuches supuestamente más conflictivas de las 42 que existen en Ercilla.

Estos grupos, aseguran en la Municipalidad de Ercilla, corresponderían a tres de las comunidades que desistieron sentarse en la mesa de diálogo que el Gobierno inició en junio de 2012 para crear un Área de Desarrollo Indígena (ADI) en la comuna y generar un diálogo social, territorial y político con el pueblo mapuche. Estas tres comunidades serían: Cacique José Quiñón del sector de San Ramón, la comunidad de Rankilko y la Wente Wingkul Mapu, que está inserta en Chequenco, que se inició hace unos años como una alternativa a la comunidad tradicional y hace una semana recibió a los integrantes de la Confech que se reunieron en sus terrenos.

Actualmente en las cercanías de Chequenco hay seis predios con protección policial, y continuamente transitan patrullas policiales. El temor, en ambos bandos, es constante. Es lógico. En los alrededores de Chequenco han ocurrido algunos de los enfrentamientos más cruentos. En junio pasado el sargento de las fuerzas especiales de carabineros Hugo Albornoz murió por un balazo en el cuello, durante una emboscada a la salida de la comunidad Wente Wingkul Mapu. En 2002 el weichafe (guerrero) Álex Lemún cayó muerto durante la ocupación del Fundo Santa Alicia. Y seis años después, el 12 de agosto de 2009, el comunero Jaime Mendoza Collío fue muerto por el cabo de Carabineros Patricio Jara Muñoz.

Un año después de la muerte de Mendoza Collío ocurrió el primero de los tres atentados incendiarios que terminaron por consumir la escuela rural de Chequenco. Jaime Mendoza Collío, al igual que Álex Lemún, habían sido alumnos de esta escuela, que se fundó en 1962 y que también es conocida como “Millaleiva”, una denominación formada por la unión de los nombres de legendarios caciques de esta comunidad mapuche.

El primer incendio sólo consumió la parte antigua de la escuela que siguió funcionando.

El segundo atentado, que ocurrió el 11 de septiembre de 2011, arrasó con el 50 por ciento de la construcción que había sido remodelada hace poco, pero sólo obligó a que sus alumnos se reacomodaran en las salas que se salvaron de las llamas.

Pero el tercero, que fue igual de clandestino, actuó con más ferocidad. Ese incendio se llevó lo que quedaba.

***

Es el primer martes de agosto de 2012. En Pidima pasan las diez de la mañana. El cielo está limpio. Por su única calle de tierra no se ve gente. Corre un viento helado. Frente a una antigua y derruida casona hay un bus estacionado que en su costado tiene escrito: transporte escolar Escuela G-129. El patio que antecede la construcción luce despojado: una cancha deportiva con el pavimento raspado, un par de oxidadas estructuras sostienen unos aros de básquetbol, dos arcos de fútbol, manchones de maleza alrededor, pozas de barro y altos cúmulos de arenilla.

Por entre el paisaje transitan más de cincuenta niños de pelo oscuro y zapatillas manchadas con barro. Algunos corren tras una pelota. Otros se agrupan frente a un taca-taca que se remece con cada jugada. Unas niñas pequeñas hacen rondas. Los más adolescentes buscan el sol pegados a las panderetas de una muralla que apenas se sostiene.

Esta casona hace poco era utilizada como sede comunitaria y antes fue escuela de Pidima (que se trasladó a una construcción más moderna). Desde hace dos semanas alberga provisoriamente a la Escuela rural de Chequenco. Fue la solución para que sus 130 alumnos no perdieran el año. La Municipalidad de Ercilla la remodeló contra el tiempo para adecuarla a las necesidades de estos escolares que cursan desde el jardín infantil hasta octavo básico.

En la escuela de Chequenco trabajan diez profesores, incluidos el director y la educadora de párvulos a cargo del jardín infantil. También está el chofer del microbús que lleva y trae a los niños de sus casas, varios auxiliares, dos operadoras de alimentos y una asistente por cada curso. El 98 por ciento de sus estudiantes pertenece a la etnia mapuche y, en muchos casos, tienen que hacer trayectos de hasta 30 kilómetros en el bus y otros tantos a pie para llegar a la nueva escuela.

—Si antes estaban alejados de Chequenco, ahora la distancia es doble -dice el profesor Óscar Eschmann, jefe de la Unidad Técnico Pedagógica, mientras intenta hacer funcionar un computador que se salvó de la quemazón. Su oficina ahora está en la tarima que la sede social ocupaba como escenario. Ahí también están apiladas algunas cajas con libros donados por otras escuelas. Hay de todo, pero no mucho sirve para el programa de una escuela básica rural: clásicos de literatura española, libros escolares de hace una década y hasta textos de inglés para educación media. Nada de diccionarios, nada de las materias que necesitan profundizar.

El profesor los mira.

—Teníamos una biblioteca con más de mil quinientos títulos, enciclopedias, diccionarios, pero ahora todo sirve. Hay que ser agradecidos.

La adaptación es una consigna general. Ahora los estudiantes tienen que agruparse en nueve salas de clases que fueron creadas a partir de salones divididos hasta en tres espacios. Se acomodan en muebles prestados por otras escuelas de la comuna. Almuerzan en sus salas de clases. Tampoco hay pizarras y faltan sillas. Al interior de las salas hace frío. Las estufas de leña de la antigua escuela resistieron las llamas, pero a la mayoría les faltan los tubos que actúan como chimeneas.

***

Carlos Ponce es el director de la escuela desde 2001. Llegó como profesor a Chequenco en 1985, cuando la escuela sólo tenía dos pabellones. Dice que fue testigo de su crecimiento.

—Nuestra escuela era el centro de educación básica rural más importante y mejor implementado de las localidades interiores de Ercilla. Teníamos de todo: laboratorios de computación, televisores, fotocopiadoras, impresoras… Ahora con suerte los niños tienen una pelota.

Carlos Ponce vive en Victoria, desde donde viaja todos los días. Su mujer es mapuche de segunda generación y sus hijos se reconocen de la etnia. Hace unos años el director, al igual que el jefe de la unidad técnica pedagógica y el chofer del microbús, fueron amenazados por los grupos violentistas. Ninguno de los tres quiso llevar el asunto a mayores ni pedir protección policial. Prefirieron seguir con su vida normal.

—Hubiera sido contraproducente con nuestros alumnos. Era demostrar miedo y desconfianza hacia la comunidad de donde provienen. Creo en sus demandas, pero no entiendo por qué esta lucha tiene que afectar a instituciones que ayudan a la comunidad, a los niños, a los hijos de los mismos comuneros.

Pasa el mediodía y el director está sentado en su nueva oficina: una sala en la que apenas cabe una mesa, una silla y un estante con cajas con libros que acaban de llegar. En el umbral de la puerta hay una pila de sillas algo desarticuladas que le hicieron llegar desde un colegio en Ercilla.

—Lo único que espero es que esto no afecte los progresos que habíamos logrado. En la última prueba Simce habíamos subido 60 puntos en lenguaje. Seguimos teniendo un puntaje bajo, pero este avance fue un gran logro para una escuela ubicada en una de las comunas con los peores puntajes Simce a nivel nacional.

Desde la ventana de su oficina, el director mira al patio donde los niños juegan a la pelota. El implemento deportivo es una miseria: está deforme, cubierto de una capa negra, deshilachado.

—Parece que esa pelota alguien la rescató de los escombros -dice.

Afuera la pelota nunca rebota. Sólo se arrastra por el cemento, pero a los niños parece no importarle.

***

La primera señal de que las cosas estaban cambiando, de que la inseguridad empezaba a ensombrecer la escuela, fue un repentino y violento apedreamiento. Un ataque que nadie supo explicarse. El conflicto mapuche ya se había iniciado.

La profesora Marta Ester Fierro lo recuerda. Ocurrió una mañana a comienzos del invierno de 2009. Unos meses antes del primer incendio.

—Fue muy temprano, los niños se estaban preparando para entrar a clases y había un grupo folclórico que tenía que viajar a Ercilla a un acto. Entonces sin previo aviso, de entre los árboles, apareció un grupo de encapuchados y comenzaron a arrojar piedras. Fue terrible. Tuvimos que encerrarnos dentro de la escuela.

Desde entonces la historia del colegio dejó de ser la misma. La agitación se inflamó. Entre los incendios se produjeron varios apedreamientos que obligaron a que la escuela funcionara con tablones para cubrir los ventanales rotos, ocurrieron intromisiones de grupos que roban alimentos o estropeaban los libros con huevos o les arrancaban las hojas.

—Mentiría si no reconociera que la duda y el miedo se instaló en nuestras cabezas y en algún momento pensamos en dejar todo, pero la gran mayoría de los profesores estamos comprometidos con estos niños, con estas comunidades. Sabemos que tenemos que apechugar, que es nuestra tarea.

Marta Ester Fierro Huaiquiche tiene 48 años, es de origen mapuche. Su madre murió cuando tenía dos años y creció en un hogar de menores de Ercilla. Después de estudiar educación general básica llegó a trabajar a esta escuela, donde lleva un poco más de 20 años. Durante sus primeros años, cuando la locomoción escaseaba aún más, vivió con sus hijas Waglen, Rayén y Millaray en un sector de la escuela destinado a los profesores.

—Entonces esto era la tranquilidad. No entiendo en qué momento nos convertimos en la escuela más golpeada por el conflicto mapuche.

Marta, quien fue profesora de Jaime Mendoza Collío y de Álex Lemún, dice que entiende las demandas mapuches, que ha sido un pueblo discriminado por mucho tiempo, pero no cree en la violencia.

—La forma en que están ocurriendo las cosas no es la correcta. Hay gente inocente en las comunidades que está sufriendo las consecuencias. Lo que ha sucedido en este colegio, por ejemplo, me cuesta entenderlo -dice mientras los alumnos de segundo básico en la sala vecina repiten palabras en mapudungún que les enseña Rubén Segundo Levipán, un dirigente de la comunidad Bollin Mapu, que ahora trabaja como profesor intercultural.

Marta Ester Fierro escucha las voces de los niños y comenta:

—La gente podría pensar que los estudiantes aquí viven atemorizados, pero son niños normales. Es cierto que hubo un momento en que los más chicos reproducían en juegos los combates entre carabineros y comuneros, pero fue sólo una etapa. A medida que la situación se ha ido agravando, ellos han dejado de hablar. Y cuando alguno hace un comentario es mejor no escuchar ni repetir lo que dicen.

Una opinión parecida, también tiene otra profesora que prefiere mantener en reserva su identidad. Dice que hay cosas que es mejor no cuestionarse.

—Muchos piensan que son los familiares de los mismos alumnos o, peor aún, algunos muchachos que estudiaron acá y que ahora pertenecen a grupos revolucionarios o se convirtieron en weichafes (guerreros), los que han atacado al colegio. Eso es triste. Nos hace cuestionarnos, pensar si hicimos algo mal.

La profesora agrega:

—Creo que los grupos violentos han tenido influencias de personas que no pertenecen a las comunidades y les han hecho cambiar su mentalidad. Ése es nuestro consuelo.

***

En la sala hay una treintena de apoderados que miran con una mezcla de escepticismo y conformidad. Frente a ellos está el alcalde de Ercilla, José Vilugrón Martínez, acompañado del jefe del departamento de educación del municipio y del director de la Escuela rural de Chequenco.

El alcalde parte su presentación diciendo que “la educación es la prioridad” y luego repite que “no hay que hablar del conflicto sino de solucionar la situación de la escuela”. Más tarde, comenta que en su infancia él estudió en la escuela de Chequenco y que varios de los apoderados que están en la reunión fueron sus compañeros. También dice que “en Santiago creen que el pueblo mapuche es peligroso”, pero él sabe que es “bueno. Todo este conflicto es provocado por infiltrados en las comunidades”. Después anuncia que ya se iniciaron las gestiones para contar con la escuela modular que se montó en Dichato tras el terremoto de 27 febrero. Que todo sería gestionado en un mes y que costaría 60 millones de pesos.

Los apoderados asienten, pero el escepticismo en su mirada se mantiene. Algunos opinan que ojalá se cumplan los plazos. Pero, la gran preocupación, la pregunta que más repiten, es qué medidas se tomarán para que la escuela no vuelva a ser quemada. Piden protección policial. El alcalde dice que la idea es contratar un nochero para que la vigile.

Todos comentan la idea entre murmullos. Y, de repente, se alza la voz de Juan Ñecul, el secretario del centro de padres de la escuela.

—¿Quién va a querer ir a trabajar ahí? ¿Quién va querer exponerse al peligro?

Nadie responde.

***

Jaison Neculpán Ponce tiene 7 años. Está en segundo básico. Vive con su madre, su abuela y su hermana de tres años en una casa de dos habitaciones, que está ubicada en una loma en el sector de Agua Buena. Su padre trabaja en una empresa forestal y lo ve poco. Todos los días camina cuatro kilómetros para llegar al costado del camino donde toma el bus y viaja durante casi cuarenta minutos hasta la escuela. En esa ruta Jaison pasa frente a los restos del furgón escolar que fue quemado hace algunos meses cuando transportaba a unos escolares al Internado Liceo Agrícola Manzanares de Renaico; también cerca del cementerio donde está enterrado Jaime Mendoza Collío y de los vehículos policiales que vigilan el sector.

A Jaison el paisaje no le sorprende.

—No miro por la ventana. Prefiero descansar de lo que caminé para llegar al colegio o de vuelta a mi casa. Era mejor antes cuando no habían quemado la escuela.

La profesora Elena Figueroa, quien trabaja desde 1984 en la escuela, dice que los niños parecen lamentar la falta de espacio que tienen en Pidima.

—Ahora están hacinados en un pedazo de patio donde apenas pueden correr. Antes estaban en un lugar más amplio, rodeados de verde, con los cerros cerca. Pero se han adaptado. Algunos me han dicho que están tristes, pero siguen viniendo a la escuela. Es lo importante. En un momento pensamos que esto asustaría a las familias -dice la profesora.

Óscar Eschmann, jefe de la unidad técnica pedagógica, lo ratifica. Comenta que el ausentismo fue fuerte el primer día. Entonces sólo vinieron 60 niños, pero ahora el 90 por ciento está en clases. Explica que el porcentaje de inasistencia es normal. Especialmente en estas fechas, porque muchos se enferman y porque es natural que en las comunidades algunas veces los niños dejen de venir unos días para ayudar a las familias en las labores del campo.

—Aquí los niños tienen una fuerza única. Yo he visto como después de allanamientos a sus comunidades, como ocurrió hace dos meses por la muerte del carabinero, los niños llegaron al colegio como si nada hubiera pasado. Es obvio que sufren con todo lo que ocurre a su alrededor, pero quieren salir adelante. Y si nosotros nos vamos, los abandonamos.

La cazadora de Facebook

Publicado: 30 enero 2015 en Arelis Uribe
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Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager.

El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio.

Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

***

Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón.

El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche. Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara.

Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel.

Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

– Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

***

“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

– Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

– Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora.
Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie. Los community managers comentan:

Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM’S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

***

Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna.

Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

***

Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí.

La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo. Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos.

Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

– Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

– Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

– Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

– Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

– Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

***

Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

– Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos.

La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

– Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

– La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

– Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

– ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

***

Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija.

Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

***

Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos.

“Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta.

Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.

El álbum, escondido como un tesoro en su casa, conserva varias fotografías familiares en blanco y negro. Amanda, la única hija de Víctor Jara, decide compartir una sola: en la imagen aparece ella de niña y cargada de bolsos, y más atrás, el avión en el que acababa de aterrizar en Madrid. Del día en que fue tomada, en octubre de 1973, dice recordar poco. Casi nada.

Amanda Jara tiene 48 años, y al cumplir los 9, cuando cursaba cuarto básico en el liceo Manuel de Salas de Ñuñoa, su madre, la bailarina inglesa Joan Turner, les dijo a ella y a su media hermana Manuela –de 53 años, hija del coreógrafo Patricio Bunster– que harían un largo viaje. Un mes antes, el golpe de Estado había sacudido al país, y a los pocos días, su padre, el actor, director de teatro y cantautor Víctor Jara, había aparecido muerto con 44 balazos en el cuerpo.

La mañana del 18 de septiembre, Amanda quedó en casa a cargo de Mónica, la nana que la había criado, mientras Joan iba a reconocer el cuerpo de su esposo a la morgue del Servicio Médico Legal. Los días siguientes, Amanda los recuerda oscuros. Varias veces, su madre salió de la casa vestida con la mejor de sus pintas hacia la Embajada Británica en busca de ayuda.

Tras varios intentos, le ofrecieron salir del país, volver a Londres. Joan aceptó.

La noche del 15 de octubre de 1973, las tres cruzaron el pasillo del Aeropuerto de Santiago, acompañadas por un equipo de la televisión sueca y dos funcionarios de la Embajada Británica. Además de la ropa que llevaban puesta, cargaban tres maletas repletas de fotografías, grabaciones y discos. Años después, se convertirían en el legado póstumo de Víctor Jara, y darían la vuelta al mundo antes de conocerse en Chile.

Amanda recuerda que caminó y caminó, que tomaron un avión y que a las horas aterrizaron en Madrid. Al pisar tierra, un hombre se le acercó y le tomó una fotografía. Mientras esperaban el segundo avión que las llevaría a Londres, el mismo hombre volvió para venderles la imagen. Joan la compró y guardó. Hoy, 40 años después de aquel día, Amanda aún la observa.

—Tenía la vista perdida, muerta, sin sentir nada. Era como un zombie, y los zombies no sienten el dolor ni la pena. En ese minuto, lo último que se podía sentir era pena. Había que sobrevivir.

Lo sentía así desde aquel martes 11 de septiembre. Esa mañana, ella y Manuela habían llegado hasta el liceo, en plena calle Irarrázaval. Las clases nisiquiera habían comenzado cuando su padre llegó a buscarlas. Se veía nervioso. Los tres partieron de vuelta a casa, en la calle Colón, en Las Condes, donde hoy vive Joan, a sus 84 años.

El resto lo revela ella misma: “Me acuerdo de nosotras tres escondidas debajo de la mesa. Los Hawker Hunter pasaban muy bajo, imagino que rumbo a la casa de Allende, en Tomás Moro. En las calles se escuchaban los bombardeos y los gritos de quienes estaban siendo allanados. La población Colón Oriente, muy cerca de allí, fue desmantelada por completo”, recuerda.

Y agrega: “Antes de salir de la casa, rumbo a la UTE, mi papá tomó su guitarra y se despidió de cada una. Se subió a la Renoleta y partió”. Fue la última vez que ellas lo vieron con vida. A la mañana siguiente, las fuerzas militares desalojaron el lugar, y varios detenidos fueron llevados al Estadio Chile. Entre ellos iba aquel cantautor ligado a la Unidad Popular y recientemente nombrado Embajador Cultural. Víctor Jara, su padre.

Fantasmas en Londres

Amanda heredó el nombre de su abuela paterna, una cantora popular de apellido Martínez. A los 2 años de edad, le diagnosticaron diabetes, y desde aquel día siguió una estricta dieta, debía orinar en una bacinica para controlar el azúcar y, cuando era necesario, Joan hervía una jeringa de vidrio y una aguja en una olla. Después, la pinchaba.

“He tenido diabetes toda la vida y no es nada terrible, sobre todo ahora que las jeringas se venden como lápices, que la insulina es mejor y que puedo andar con el kit siempre. Cuando estoy agitada me veo el azúcar y me aseguro. Nunca corro el riesgo”, comenta. Controlarse implica pinchar la yema de uno de sus dedos y colocar la muestra de sangre en el glucómetro, que a los segundos arroja los niveles de glucosa en su sangre. Lo hace un par de veces al día.

A los 9 años, cuando llegó a Londres, Amanda ya sabía pincharse sola. Ese día fueron recibidas en el aeropuerto por un grupo de ingleses que conocía la situación en Chile y que estaba dispuesto a dar asilo a los exiliados que llegaban hasta allí. Fue un poeta inglés, su esposa actriz y sus dos hijas, quienes se ofrecieron a acogerlas en su casa, en un barrio al norte de Londres.

Acostumbrarse no fue fácil. Amanda no hablaba inglés, y pronto tuvo que retomar los estudios. Fue inscrita en el Gospel Oak, un colegio laico al que asistían las dos hijas del hombre que las había recibido. Allí, Amanda tuvo una profesora que hablaba español y que la apoyó en todo. La incorporó a un curso con alumnos de su misma edad y en clases para niños con problemas de lenguaje, para reforzar el inglés.

Tras un año en Londres, Joan comenzó a recibir invitaciones de varios países que querían oír su testimonio y saber de Víctor Jara. Pasó por Alemania, Italia, Dinamarca, Francia y Grecia, entre otros. Aún siendo niña, Amanda la acompañaba en sus viajes, y se topaba con el rostro de su padre en banderas y gigantografías. “Había una gran solidaridad en el mundo con Chile, y los chilenos que estaban acá no creían o no querían creer lo que pasaba. Era muy confuso. Durante los viajes de mi mamá nos dimos cuenta de que son muchas las personas que tienen una experiencia similar a la nuestra. Es lamentable, pero es así”.

En su casa en Londres no se oían los discos de su padre. Era un pacto silencioso entre las tres. Hacerlo era recordar, y los recuerdos eran como un fantasma que asustaba a todos. Los días se los pasaban estudiando, escuchando la radio Moscú para saber lo que ocurría en Chile y aprendiendo cosas nuevas. La primera fue cocinar, pues ninguna sabía hacerlo. Quien cocinaba en Colón era su padre. Su especialidad eran las sopas.

—¿Qué te quedó de él?
—Su imaginario, el ser meticuloso, el gusto por la cocina. Yo no lo conocí mucho, pero recuerdo las pascuas y navidades cuando se disfrazaba, y los ensayos en mi casa con harta celebración. También de las vacaciones al sur. Llegábamos hasta donde diera la Citrola, después la Renoleta. Dos veranos fuimos al lago Lanalhue, a Nahuelbuta, a Contulmo. Mi papá partía a investigar a caballo. Él trabajaba mucho.

Los domingos eran sagrados para los Jara. Si no había tertulia en casa, salían de paseo por la Quinta Normal. Jamás faltaba la guitarra o la música. Si en casa se oían las piezas de Vivaldi y Bach durante los ensayos de Joan, en los paseos y viajes eran las canciones de Atahualpa y Violeta Parra, los favoritos de Víctor. Amanda, sin embargo, nunca aprendió a tocar guitarra, tampoco a cantar.

Volver

A los 16 años, comenzó a militar las Juventudes Comunistas en Londres. Se reunía con otros chilenos exiliados y participaba en manifestaciones callejeras contra Margaret Thatcher, las guerras antinucleares y de las Islas Malvinas. Entonces lucía como una hippie, usaba el pelo largo y ropa ancha. Sin embargo, se rodeaba de punks, oía bandas como The Clash, Sex Pistols y The Stranglers, y le gustaba ir a tocatas, aunque pudiera recibir algunas patadas.

A esas alturas dominaba el inglés, sabía conducir y se sentía tan inserta en la cultura pop londinense como para sufrir, como todos los ingleses, la muerte de John Lennon en 1980. Además, estaba por terminar la secundaria en el Camden School for Girls, donde había elegido especializarse en Historia, Español y Arte.

Con 18 años se anotó para estudiar Sociología y Comunicación Audiovisual en el Goldsmiths College London. A los días, las dudas la invadieron. “Me imaginé entre jamaiquinos, iraníes e irlandeses, y pensé que me iba a perder. ¿Dónde iba a quedar mi verdadera identidad en una sala multicultural? No quería terminar siendo una inglesa inmigrante más, y pensé venir a Chile por un año. Se lo comenté a mi mamá y le pareció bien. Me vine en 1983”.

A mediados de ese año, Amanda aterrizó en Santiago, en un país que desconocía y la asustaba. La vieja casa de Colón estaba arrendada por una amiga de la familia que no dudó en recibirla, y ya instalada, se puso a merodear por las calles, a reconocerlo todo.

Su idea de permanecer un año en Chile la descartó cuando supo que su madre pensaba regresar y al conseguir que la aceptaran como oyente en la Universidad Arcis, en 1984. Entró becada por la misma institución a la carrera de Comunicaciones Visuales por un año, y luego por otros cuatro a la de Bellas Artes, donde se acercó por primera vez a la pintura. Allí todos sabían que era la hija de Víctor Jara, y Amanda se sintió protegida. En un mundo aparte.

Un día se rapó al cero y dejó solo unas cuantas mechas al viento. Así asistió a su primera marcha en Santiago, una de las primeras en cuestionar públicamente la legitimidad del régimen. Esa mañana caminó sola varias cuadras por avenida Matta entre la multitud. De pronto, un coro de manifestantes gritó: “Compañero Víctor Jara, presente”. Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Respiró hondo, contuvo las lágrimas que hoy se le arrancan de rabia, y contestó: “Presente”, como si se tratara de un muerto ajeno, y a la vez el suyo y el de todos los que la rodeaban.

Allí nadie sabía quién era ella, ni por qué sus lágrimas caían al apretar el puño y los dientes. Desde entonces, Amanda lo prefirió así, y se volvió una sombra entre la multitud, en el eco justiciero de varias otras voces. En una más.

Nueva vida en Quintay

La actual casa de Amanda es una fortaleza impenetrable. Cuesta llegar, esquivar el ladrido de los seis perros callejeros que adoptó y sobre todo, lograr que ella invite a pasar. El terreno, de mil metros cuadrados, está frente a la Playa Grande de Quintay y el cerro Curauma, en la Quinta Región. En el lugar hay tres casas de madera rodeadas de flores. La primera la ocupan ella y Nego, su pareja, la segunda se convirtió con los años en su taller de pintura, y la tercera es para las visitas.

Allí levantó su mundo aparte desde 1991, cuando eligió partir y esquivar Santiago y los tumultos. Hasta entonces había trabajado algunos años en publicidad, produciendo comerciales para televisión. Al tiempo se aburrió. Tampoco terminó la carrera de Bellas Artes, pues creía que para aprender a pintar no necesitaba la universidad, sino el espacio y la tranquilidad. Alejada de la ciudad, en medio de la creación de la Fundación Víctor Jara, liderada por su madre, y los procesos judiciales por su muerte, Amanda se escabulló.

Durante años se negó a dar entrevistas, a aparecer en actos públicos y a convertirse en el rostro de la causa de su padre. Tampoco quiso militar en un partido político. “Yo siempre he sido la de atrasito. Mi mamá y mi hermana son las que han dado la gran batalla. Para el funeral de mi papá, en 1998, yo empujé el cajón desde atrás, como escondida. Nunca quise estar arriba, quería estar donde estuviera la gente, donde ocurrían las cosas. Mi labor es apoyar a mi madre. Además, creo que por ser la hija de Víctor hubiera sido utilizada, y yo no quería ser el banderín de nadie”, comenta.

Un día de 1989, sin planes en mente, salvo pintar, tomó el auto y junto a su madre comenzaron un viaje sin destino. Siguieron el camino más verde y que topara con el mar, guiadas por un folleto turístico. A una hora de Santiago, y después de sortear un camino de tierra y los cerros, Amanda dio con aquella caleta de pescadores, sin pensar que allí comenzaría su nueva vida. Durante un año, arrendaron una pequeña casa con Joan, y al año siguiente compró el terreno en el que vive hoy.

Quintay es de esos lugares donde la gente se saluda de nombre y apellido, donde no hay más ruido que el los pocos niños que juegan en la plaza. Amanda lo prefiere así, sin tanta gente alrededor, medio silencioso. Al principio, nadie la reconocía, hasta que un par de periodistas llegaron a entrevistarla con cámara en mano mientras estaba en el pueblo. Por eso, hay dos cosas que odia hacer: ir al supermercado y echarle bencina al auto.

Sus días los pasa en casa, los dedica a cultivar la tierra. El terreno tiene un inmenso jardín de toda clase de flores, un huerto y un invernadero donde crecen acelgas, apios, tomates, y lechugas. Y a veces, cuando lo siente, se encierra en su taller a pintar. El lugar está lleno de óleos, pinceles y lienzos de todos los tamaños. Al fondo hay varias obras, algunas sin terminar. La mayoría retrata imágenes costumbristas, paisajes verdes y otros con mar. Sin embargo, su miedo al rechazo le impide mostrar sus cuadros públicamente.

Algunos los vende a amigos y conocidos dentro de Quintay, y el resto termina colgado en las paredes de una de las tres casas, o amontonados en su taller. Solo Nego conoce todo su trabajo.

A Abed-nego Sepúlveda –pescador y buceador– el nombre real su pareja, lo conoció al poco tiempo de haber llegado a Quintay. Se enamoraron y ella se lo llevó a vivir a su casa. Llevan más de 18 años juntos. No tienen hijos. Durante las tardes, en el living de su casa, ambos cumplen con deberes irrenunciables en su rutina, cuando se puede: ver la teleserie brasilera a la hora de almuerzo, dos o tres capítulos de la serie Breaking Bad, y el noticiero de las 9.

—¿Cómo has visto la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado y la reconciliación que varios impulsan?
—Este año ha sido particularmente ruidoso. Para los 30 no me llamaron tanto como ahora. De todos modos, me da gusto que esto se converse y discuta, es bien sano. Aún me asombra que estemos dando esta vuelta. Pasa por no mirar al pasado. Sobre la reconciliación, eso es algo individual. No se puede imponer. Esperar reconciliarse sin saber la verdad es imposible, creo yo, y 40 años es poco tiempo para sanar algo tan presente. A mí, personalmente, no me interesa que pidan perdón.

A 40 años de la muerte de Víctor Jara, el caso ha mostrado avances en la querella que comenzó en 1978. Dos oficiales en retiro del Ejército, Hugo Sánchez y Jorge Smith, fueron procesados en calidad de autores y otros seis como cómplices. Aún siguen en proceso. Durante la semana pasada, y a través los abogado Chadbourne & Parke, representantes de la familia en Estados Unidos, se presentó una demanda contra el ex oficial del Ejército y residente en Estados Unidos Pedro Pablo Barrientos ante el tribunal del Estado de Florida.

Hasta hace algunos años, mientras la fundación Víctor Jara funcionaba activamente –hoy está con luz amarilla por la clausura del galpón de la Plaza Brasil, desde junio pasado–, Amanda viajaba constantemente a Santiago. Con los años lo hizo cada vez menos. A veces se programa y visita a su madre y a sus cuatro sobrinos, los hijos de Manuela. Pero cuando no hay razón, cierra las puertas de su casa y se mantiene allí, rodeada de la manada de perros que vigila sus pasos.

Y a veces, cuando sale al pueblo a comprar, se encuentra con jóvenes mochileros que deambulan en busca de un camping. Más de alguno, dice, lleva el rostro de su padre en un esténcil pegado a la polera. Entonces se emociona, y una mezcla de rabia, pena y alegría le revuelve el estómago. “Qué bueno que el Víctor haya logrado traspasar su época. Siempre supimos que sería así. No se puede matar a un cantor. No es tan fácil matar a alguien que hizo algo en su vida. Hay quienes perdieron a un padre, una madre, hijo o hija hace 40 años, y no tienen fotografías ni grabaciones ni nada. En ese sentido, fuimos un poco más afortunadas”.

—Fue culpa del cigarro. Bueno, del cigarro y los excesos.

Pedro Lemebel lo reconoce como lo que es: una profunda herida a la altura de la garganta, que él cuenta a punta de sarcasmos. Su entrecortada voz, que a ratos es un áspero susurro, es el más fiel registro de esta zancadilla en su vida. Es finales de 2011, en una sala repleta de sus fanáticos en la Estación Mapocho. Él les anuncia que padece cáncer de laringe. Y luego agrega:

—Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer.

Quienes lo conocen no se espantan. Si hay algo que Lemebel nunca perderá es su sentido del humor.

Mediodía, mayo 2013. Pedro Lemebel cruza la reja del edificio en el que pasa sus días solo, frente al Parque Forestal. Se le reconoce a lo lejos, aunque está bastante más delgado. Lleva un chaleco gris, un pañuelo estampado al cuello y un pantalón plateado que brilla al sol.

Se sube al auto que nos llevará a Valparaíso, tal como él pidió. En el asiento trasero deja a su lado una enorme mochila, que llama botiquín, y antes de partir advierte que no puede hablar mucho, que hay que aprender a leer sus labios.

Todo había empezado mucho antes, a principios de 2011, cuando sintió molestias para tragar y hablar. Como el problema no se solucionaba, hacia mediados de año fue hasta el Hospital Fundación Arturo López Pérez a pedir hora y a hacerse exámenes. Estaba seguro de que tenía algo, aunque no sabía qué. A las pocas semanas, le dijeron que había un nódulo complicado en su garganta.

El médico Marcelo Faraggi, quien se hizo cargo de su caso, decidió intervenirlo. En mayo de 2012, Pedro Lemebel se sometió a una laringectomía parcial.

—Me dejaron una cuerda y la mitad de la laringe. Tenía voz de ultratumba. Me sacaron también la manzana de Adán, el sueño de toda travesti –cuenta, siempre con humor.

Aún hospitalizado, publicó en su cuenta de Facebook: “Amigos, recién hoy entro a face. Acá en el hospital pasó lo terrible, fue una operación heavy. Perdí la voz, me sacaron casi todo… Laringectomía parcial, casi total, y con ese casi tengo que aprender a respirar, a hablar, a tragar, a aceptarme degollado de oreja a oreja”.

Estuvo internado 20 días luego de la cirugía. Solo unos pocos amigos podían verlo. “En el hospital había una lista de personas que podían pasar a verlo, por una cosa de dignidad también”, señala Sergio Parra, dueño de la librería Metales Pesados y uno de sus amigos más cercanos. “Al principio él escribía en una pizarra para comunicarse con nosotros, y lo siguió haciendo después en su casa. Nos preguntaba en qué estábamos, cómo iba todo. Nunca dejó de reírse”.

A los pocos días de regresar a su casa, Lemebel empezó a tratar, con esfuerzo, de sacar la voz. Mientras, su garganta era sometida a sesiones de radioterapia.

—A ese tiempo yo le llamo “mi verano en Chernobyl” –dice Lemebel.

En diciembre pasado, a siete meses de su primera operación, Lemebel le insistió a su oncólogo en que las molestias habían vuelto y ahora más fuertes. El doctor Faraggi le dio una orden para una resonancia magnética. Lemebel se la hizo antes de irse de vacaciones a Isla Negra, en febrero de este año. A los pocos días, mientras paseaba por la playa, recibió un llamado de su médico. Le pidió que se devolviera urgente a Santiago, y ese mismo día fue internado otra vez en el mismo hospital en Providencia.

Lemebel recuerda claro esta recaída: “En casi todos los casos, cuando hacen laringectomía parcial, el cáncer vuelve a aparecer, y en este segundo examen encontraron en mi garganta un tumor maligno de tres centímetros que había crecido en dos meses. Me volvieron a operar a principios de marzo, así bien flash. Me hicieron una laringectomía total, una cesárea de laringe como le digo, y luego una traqueostomía. Yo sabía que tenía algo. Conozco mi cuerpo como nadie”.

Alguna vez se lo preguntaron. ¿Cuál es el sentido que más le dolería perder? Pensó en la vista, el oído, jamás en su voz. Lo dice lento y con una mano pegada al pecho, debajo del pañuelo que lleva amarrado al cuello. Debe presionar esa zona, sobre el orificio de la traqueostomía, para poder impulsar su voz hacia afuera.

A ratos le cuesta hablar y una tos seca interrumpe su conversación. Después de la primera operación pasó dos meses sin hablar, y hace seis, cuando se le ofreció esta entrevista por primera vez, aún no podía pronunciar ni una palabra.

“Me hizo bien estar mudo, a todo el mundo le haría bien un poco de silencio para pensarse. Los chilenos hablan tanto y agudo y gritado. El neoliberalismo farandulón los puso así, muy engreídos”, dice.

El 29 de abril fue intervenido para recuperar su voz definitivamente. Se le puso una válvula de fonación, un dispositivo que se coloca en la tráquea y que con ayuda de rehabilitación le permitirá pronto volver a hablar sin problemas.

Comenzó entonces sus sesiones con una fonoaudióloga, en el mismo hospital. Al principio iba dos veces por semana. Durante el par de horas que duraba cada encuentro, la mujer le enseñó a ocupar la válvula: a poner su mano sobre el pecho, cubrir el agujero que le dejó la traqueostomía en medio del cuello, y finalmente alzar la voz, como un rugido. Junto con eso, su doctor le dio un régimen alimenticio blando y le recomendó hacer actividad física. Ha perdido 10 kilos.

“Pensé que me iba a costar dejar el cigarro, pero el copete fue aún más difícil. Me gustaba la embriaguez. Hoy ando sano, y rara vez me tomo una copa de vino. Era tiempo de dejar los excesos. Me enfrenté a un cambio de vida radical, sobre todo en la alimentación. Estoy absolutamente desintoxicado, y en muy poco tiempo recuperé el habla y el ánimo. Lo que más duele de esto es la voz, cuesta adaptarse a una ajena. Tienes que domarla, hacerla tuya. Y en eso estoy”.

El auto entra en Valparaíso. La primera parada es en calle Pudeto, en el cuarto piso de un edificio antiguo. Allí está la consulta del naturópata que Lemebel visita una vez por semana. Se lo presentó su sonidista Constanza Farías, una de sus amigas más cercanas.

Ella ha sido clave en este tiempo. Constanza no solo lo apoya en su trabajo, sino que se reúne con él tardes enteras para que pueda ir afirmando el tono de su voz aún cambiante. Para eso, Lemebel graba lecturas –muchas veces lee sus propias crónicas– y ensaya las presentaciones que habían estado suspendidas hasta ahora que, más recuperado, siente que es tiempo de volver a hacerlas. Con la seguridad que le da poder leer de nuevo un texto de corrido y en voz alta.

“En algún momento él pensó que no podría llegar con la voz al tono o la intención que quería, y entonces me dijo que iba a chantar la máquina –cuenta Sergio Parra–. Esto fue después de la primera operación. Pero después esta idea se le ha ido borrando de la cabeza y se dedicó a trabajar, a grabar, a ejercitar la voz en su departamento”.

Su última aparición pública fue en noviembre de 2012 en la Feria del Libro de Guadalajara, México. Salió como una pantera, vestido entero de negro, tapado hasta la cabeza y con un fino hilo de voz, amplificado por un micrófono a lo Peter Gabriel. Presentó Háblame de amores, su última recopilación de crónicas que ya va en su cuarta edición. Pese a que casi era inaudible, aprovechó también la ocasión para dispararles a todos los que quiso. Después de eso, se hizo humo.

“Para ser escuchado y entendido, necesito de la sofisticación técnica, y por eso trabajo con mi sonidista, quien me acompaña en todos los viajes. Ya tenemos algunas invitaciones agendadas. Primero en Buenos Aires, luego en noviembre en Brasil, y también voy de jurado a un festival de cine gay en Montevideo”, comenta.

En paralelo, prepara una antología de sus crónicas junto al crítico español Ignacio Echevarría, que se lanzará en octubre. También trabaja otros dos libros. El primero, aún sin terminar, es la novela El éxtasis de delinquir. El segundo, más encaminado, relanzará sus primeros cuentos, publicados en trípticos con el título Incontables durante los 80, cuando un profesor de Artes Plásticas llamado Pedro Mardones daba sus primeros pasos literarios sobre un par de tacos altos.

Recientemente, estuvo también nominado a un Altazor en la categoría a Mejor ensayo y escrituras de la memoria por Háblame de amores. El premio lo ganó el historiador José Bengoa.

“Si no ganó Tengo miedo torero en 2001, no espero nada del Altazor. Lo encuentro banal y muy ordinario. Además, los escritorcillos machones chilenos me tienen bronca, me descalifican. Yo creo que Bolaño me hizo un gran mal al alabarme, me gané muchos odios”, dice.

De nuevo en el auto, tras su visita al naturópata, se decide a mostrar qué hay en su improvisado botiquín. Saca un recipiente de plástico con sándwiches de pan integral con verduras y aceite de oliva. También frutas, ropa para abrigarse, un celular de esos antiguos con pantalla verde y una bolsa café que envuelve trozos de queque hecho con marihuana.

“Siempre fui marihuanera, desde los 14 creo. Ahora me ha hecho muy bien para dormir y para levantar el ánimo, solo que no puedo fumar y la consumo en queque, en pesto y en ensaladas. Quizás debería ser legal, aunque en todo lo que se legaliza pierde el misterio, y yo amo el abismo de lo ilegal”, comenta.

Antes de ir a almorzar, pide caminar cerro abajo. El día está como le gustan: soleados y sin una pizca de frío. Se le acercan dos colegialas que lo reconocen. Le piden una foto con él. Pedro posa sin chistar, se despide y continúa caminando. A ratos parece ido, en otro lugar. Sus estados anímicos son vertiginosos. Ya lo había dicho su amigo Sergio Parra: “Es otro Lemebel el de ahora, uno que sigue teniendo humor, pero que también se volvió un poco como la Cordillera de los Andes: un día está arriba y el otro, abajo; nunca sabes cómo va a despertar”.

Hoy, con 60 años encima y lejos de los excesos y las andanzas callejeras de antes, Lemebel se sienta en el mismo restaurante donde alguna vez compartió con su madre y con amigas como Gladys Marín. Se llama El Membrillo. Aquí se la pasaban sentados toda la tarde, mientras duraran las cervezas y los cigarros. Ahora pide una cerveza sin alcohol para acompañar su pescado frito con ensaladas. A su lado, el inmenso mar y unas cuantas palomas que picotean restos de comida.

“Almuerzo todos los días en mi casa, porque cocino mis propias comidas naturópatas. A veces hago excepciones y voy a los bomberos de José Miguel de la Barra. Tienen muchas ensaladas. Aún me dan ganas de comer panitas de pollo con puré, pero sé que no puedo. Yo soy naturópata por salud, no por filosofía, y le debo mi estado físico a eso”, explica.

Nunca fue bueno para la cocina, pero con la enfermedad tuvo que aprender. Su nuevo régimen alimenticio le prohíbe, entre otras cosas, la carne –que ya había dejado antes– y la leche. En lugar de eso, debe comer un kilo de fruta diario y muchas verduras. Por eso, casi todos los días, de mañana o tarde, va a La Vega en busca de esos productos y cocina sopas de verdura y charquicán.

“Hoy veo a Pedro con la calma natural de quien ha pasado por una enfermedad que requiere cuidarse. Me sorprende su optimismo, las ganas de dar la pelea. A ratos, sin embargo, se ha sentido muy solo, a ratos decaía”, dice Jovana Skarmeta, su asistente hasta 2006 y hoy una de sus mejores amigas.

En su período de recuperación, Lemebel también retomó el yoga, que practicaba hace años y que alguna vez dejó de lado. Tres veces a la semana hace kundalini, mientras en su casa –un departamento grande que tiene un balcón que mira al sur– ya no suenan Juan Gabriel ni Joan Manuel Serrat. Hoy disfruta la música de meditación.

Pedro Lemebel reconoce que a veces echa de menos gritar. O ser el tipo itinerante que encontraba sus relatos en las calles. En el mismo puerto de Valparaíso, donde se perdió y enamoró tantas veces, donde la cocaína lo atrapó y sacudió, donde fumaba hasta 10 cigarros diarios, bebía cerveza hasta embriagarse y luego vagaba por la ciudad para terminar echado por ahí, ojalá contemplando el mar.

Eran otros tiempos, dice, menos peligrosos. Cuando aún vivía en el Zanjón de la Aguada, protegía a sus vecinos delincuentes, que también eran sus amigos. La vida de Lemebel está llena de anécdotas del lumpen santiaguino. La última ocurrió hace unas semanas, cuando intentaron asaltarlo en la esquina de su casa. Iba con un amigo y los asaltantes eran tres. Sin poder gritar, atinó a saltar y huir del lugar.

“Hoy está todo distinto, esos barrios están peligrosos y casi todo es permitido. Ya no existe ese romanticismo de la delincuencia, la imagen del antiguo Robin Hood ha muerto. La delincuencia de hoy es otra, muy cruel, y todos quieren golpear a otros. Por ejemplo, ¿por qué a Daniel Zamudio lo sometieron a esa clase de torturas? Si bastaba con una puñalada y chao. Hay una brutalidad fascista de otra época. El chico salió de paseo, y se encontró con la Naranja Mecánica versión neoliberal. Y yo, ahora de vieja, también me la he topado”.

El reloj casi marca las seis de la tarde. Pedro Lemebel, que apenas tocó su plato durante el almuerzo, entra a una fuente de soda y pide un sándwich de jamón queso y otra cerveza sin alcohol, solo para el sabor. Sentado frente al muelle de la Plaza Sotomayor, pide también un último deseo antes de volver a Santiago, mientras el sol comienza a fundirse en el mar. “Demos un paseo en bote”.

La primera vez que vio el mar fue en Cartagena, cuando aún era un niño, durante los años 60. Iba pegado a Violeta, su madre, quien falleció en 2001, tres días después del lanzamiento de Tengo miedo torero, y dejó a su hijo sumergido en un duelo que no supera hasta hoy. Esa misma noche, cuando Violeta se fue, Lemebel pidió a su amiga Gladys Marín que lo rapara al cero en el baño de su departamento. Con el tiempo, su antiguo cabello oscuro creció tan cano como el de un anciano y decidió cubrirlo por siempre con un gorro. Nunca más se le vio en público con la cabeza descubierta.

A mitad del paseo, la lancha se detiene frente a los lobos marinos que están sobre las rocas. Pedro los observa desde su asiento en la orilla de la embarcación. Permanece mudo. Por momentos cierra los ojos. Con el mar cerca, Lemebel se sumerge en sus propios recuerdos. Todos lo trasladan a momentos de
su infancia, junto a su madre, cuando los paseos en bote eran sólo entre él y ella.

Para la portada de su último libro decidió no maquillarse ni vestirse de mujer, como solía hacerlo, y prefirió hurgar entre sus recuerdos. En la imagen aparece Pedro Mardones a los 13 años, de pelo largo y sin posar. Estaba en Viña del Mar, junto a su familia. Ese mismo día, su mamá le regaló su primera cámara fotográfica. Era Navidad.

Cuando el bote se detiene frente al muelle, Pedro pide volver a Santiago. Está cansado, dice, mientras sube al auto y saca de su botiquín una manzana que comienza a pelar con un cuchillo. “Ahora hasta me acuesto temprano. Esto me sirvió para cuidarme, estar más sano. Siempre fue una enfermedad más, y de la que conocía algunos antecedentes. No era para morirse tampoco, y no lo asumo como un estigma macabro. Quizás llegue a escribir sobre esto, algún día”.