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Los bandos en guerra de Colombia firmaron un acuerdo para dar fin a la más grande guerra civil del hemisferio occidental, la cual se ha prolongado durante más de medio siglo. El saldo oficial de víctimas a la fecha es de 218,000 muertos y 45,000 desparecidos; pero hay cálculos de muchísimos más. Un número incalculable de gente ha sido herida, torturada y encarcelada, y cerca de siete millones han sido desplazados al interior (la cifra más alta alcanzada por un país en el mundo). El pacto se cerró en La Habana, Cuba, tras cuatro años de negociaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla armada conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o las FARC. El 2 de octubre, Colombia llevará a cabo un plebiscito para ratificar el acuerdo. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que no pase. Tal como el mundo ha aprendido en los últimos tiempos, los referendos pueden ser propuestas riesgosas.

Desde el principio de las negociaciones con las FARC, el expresidente Álvaro Uribe ha atacado el esfuerzo pacificador del presidente Santos, su antiguo ministro de Defensa. Últimamente ha intensificado su campaña en contra del plan de paz acordada, alegando que favorece y hasta recompensa a los “terroristas” de la FARC por sus crímenes porque no impone castigos punitivos, sino un plan de justicia transicional en el que los responsables de crímenes de guerra pagarán por sus pecados con labores de rehabilitación; otro punto que enardece a Uribe y sus seguidores es la posibilidad de que exguerrilleros participen en política en el futuro. Para coincidir con el plebiscito convocado por el gobierno (a favor del Sí), Uribe montó una contracampaña (a favor del No), bajo la consigna “la paz sí, pero no así”.

El conflicto en Colombia se remonta a 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un candidato presidencial de tendencia popular que comenzó la guerra civil conocida como La Violencia; los liberales de Gaitán y sus rivales conservadores se vieron envueltos en una viciada sangría que duró una década y dejó más de 300,000 muertos. Mientras tanto, los marxistas conformaban comunidades armadas de autodefensa campesina. A principios de los sesenta, el gobierno, temeroso de la expansión de una insurgencia comunista al estilo cubano, envió a su ejército a atacarlos, dando como resultado la proliferación de guerrillas armadas. Con el paso de los años, algunas guerrillas han renunciado a la lucha en diferentes acuerdos de paz, pero las FARC y el Ejército de Liberación Nacional o eln, de menor presencia, inspirado y respaldado originalmente por Cuba, han permanecido en el campo de batalla, con alrededor de siete mil y dos mil combatientes, respectivamente. (Además, las FARC también han calculado más de diez mil miembros en su milicia.) Éstos se han expandido por todo Colombia, pero principalmente se encuentran en áreas rurales donde sobreviven del cobro de impuestos a comerciantes y a quienes cultivan coca; en los últimos años también se han visto envueltos directamente en el negocio de producción y tráfico de cocaína. Asimismo ambos grupos se han financiado a través del secuestro con recompensa y extorsión; durante años, compañías mineras y petroleras han pagado a las guerrillas para evitar el sabotaje de sus pipas. Las FARC finalmente accedieron a sentarse en la mesa de negociación después de varios golpes a sus principales líderes, el más reciente en 2011, cuando el presidente colombiano Juan Manuel Santos, entonces en su primer periodo, lanzó una operación militar en la que fue asesinado Antonio Cano, jefe máximo de las FARC.

En mis visitas a Colombia y Cuba en años recientes, me he reunido con Santos y miembros de ambos bandos de la negociación. Dado que la guerra civil continuaba su curso —con frecuentes ataques de las guerrillas a las patrullas armadas y ataques aéreos y terrestres a gran escala por parte de las fuerzas armadas colombianas— me impresionó el respeto que las partes se mostraron, y cómo parecían igualmente comprometidos en la causa por la paz.

He estado en muchas conflictos y he pasado mucho tiempo con hombres cuyas vidas se han entregado a la misión de matar a sus enemigos y, de ser necesario, de morir en la hazaña. La guerra tiene su propia lógica, y este síndrome de muerte voluntario es parte de él, y hasta que algo ocurre para desvirtuarlo, la paz ni entra en consideración en las mentes de los combatientes. Lo que pasaba con los colombianos era algo muy distinto y, para mí, refrescantemente nuevo: no importaba si estaba en el Palacio de Nariño o en un restaurante en La Habana, siempre había una sola conversación: seria, profunda, y a veces claustrofóbica —tanto con curtidos guerrilleros como con hombres del mero establecimiento colombiano— y era cómo lograr la paz. Por eso, por su singular intensidad, nunca dudé que lo lograrían.

El pasado septiembre en La Habana, pasé la tarde con el sucesor de Cano, conocido como Timochenko, con su segundo al mando, llamado Pastor Alape, y el vocero de la fuerza insurgente, Iván Márquez (quien firmó el acuerdo final por las FARC), en una cena donde celebraban con cerdo asado en el jardín de uno de sus amigos cubanos. Los guerrilleros se ufanaban de una ceremonia que había tenido lugar el día anterior: en presencia del presidente Raúl Castro, Timochenko y Santos se habían estrechado las manos y jurado firmar un acuerdo de paz en seis meses. El momento relucía con insignias de voluntad de paz: los tres hombres llevaban guayaberas blancas y su reunión inclusive había recibido la bendición pública del papa Francisco mientras terminaba una gira en la isla. (El plan de los seis meses resultó ser demasiado optimista; la fecha acordada del 31 de marzo iba y venía entre negociaciones postergadas por las garantías de seguridad para las guerrillas.)

Durante nuestra cena, Timochenko, un hombre bajo, corpulento y con barba de 57 años, reconoció que el día previo, antes de encontrarse con Santos, sintió algo así como pánico escénico, pero que pasó tan pronto llegó el momento. Mencionó su emoción al ver a Castro por vez primera, y contó cómo el líder cubano lo presionó para que estrechara la mano del presidente colombiano. Para Timochenko y sus amigos que han pasado la mayor parte de las últimas cuatro décadas en la jungla, la paz era un extraordinaria perspectiva a contemplar. Son, de alguna manera, verdaderos Rip van Winkles, que regresarían a ciudades y pueblos donde no habían podido mostrarse abiertamente desde su juventud. Cuando le pregunté a Pastor Alape, larguirucho y con gafas —y, como Timochenko, de 57 años de edad—, qué película pasaban en 1979 cuando se unió a las FARC e iba a la preparatoria, contestó con una sonrisa de oreja a oreja, Fiebre del sábado por la noche.

El verdadero nombre de Timochenko es Rodrigo Londoño Echeverri, y el de Pastor Alape, Félix Antonio Muñoz Lascarro. Márquez, el mayor de ellos, de 61 años, es Luciano Marín Arango. La cabeza de los tres tiene un precio para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, recompensas por información para su captura que oscilan entre dos millones y medio hasta cinco millones de dólares; se les acusa de una variedad de crímenes que van desde del tráfico de cocaína coordinado por las guerrillas hasta las ejecuciones de aquellos campesinos de coca que se atrevían a vender productos a los rivales paramilitares de las FARC.

Los líderes de la guerrilla niegan haber estado directamente involucrados en el negocio de la cocaína, insisten en que los narcotraficantes colombianos son sus peores enemigos y se dicen del lado político correcto. Pero no es tan simple como esto. Como Pastor Alape explicó a mi amigo Patricio Fernández del periódico chileno The Clinic: “En un principio, las FARC tenían una política represiva contra los campesinos que sembraban mariguana o coca. Incluso desarraigaban sus plantíos. Pero esto nos acarreó muchos problemas. Después de una larga evaluación concluimos que no debíamos hacerlo pues provenía de un problema social. Así que en su lugar simplemente les pedíamos que colaboraran con una parte de su producción, una suerte de política de impuestos. Eso fue lo que hicimos. En otras palabras, cualquier capital que circulara en nuestro territorio tenía que pagarnos algo”. A medida que la guerra mengua, es más fácil para las guerrillas reconocer que dichas políticas fueron contraproducentes. El mes pasado, al visitar con otros reporteros un campamento en la jungla al sur de Colombia, un alto jefe de las FARC, Mauricio Jaramillo, aceptó que la política de tributación en las drogas había causado “un enorme daño” a los rebeldes.

Ahora los negociadores de las FARC han firmado un acuerdo en el que reconocen tácitamente su parte en el tráfico de drogas al aceptar cortar todo vínculo en el mismo. En cuanto en qué medida dicho acuerdo puede incidir en el problema de las drogas en Colombia, Santos me comentó en abril que, incluso si las FARC saliera del negocio, no se sentía muy optimista al respecto: “Con frecuencia me considero como alguien en una bicicleta fija”, me dijo. “A pesar de todo lo que hacemos por combatir el narcotráfico, Colombia sigue siendo el primer exportador mundial de cocaína.” Entonces comenzó a decir que la única manera de empezar a solucionar el problema global de la droga era despenalizarla pero, para ello, admitió, falta un largo trecho.

Santos también habló esperanzado del inminente acuerdo para la paz, pero agregó que “también hay quienes han hecho de la lucha contra las FARC una bandera, un estilo de vida, y buscan una nueva dialéctica en la cual sostenerse”. Esto parecía aludir a su predecesor Álvaro Uribe, un derechista cuyo padre murió en un fallido intento de secuestro por las FARC. Uribe ha hecho campaña contra la iniciativa de paz desde sus inicios. Con el eslogan “Paz sí, pero no así”, lanzó una instancia contra el movimiento por la paz, argumentando que el acuerdo ofrecido a las FARC “recompensaría a los terroristas” al permitirles postularse para un puesto público. De hecho, las FARC accedieron a un sistema de “justicia transicional” en el que el énfasis estaría en la confesión pública, la reconciliación y el servicio comunitario, pero aquellos que no confesaran sus actos o fueran culpables de crímenes de guerra serios estarían sujetos a penalización, incluyendo la cárcel. Sólo aquellos guerrilleros que pasen por este proceso podrán postularse para un cargo público.

Incluso si la mayoría de los colombianos vota a favor del acuerdo por la paz de Santos, otros actores violentos pueden continuar operando en las impunes trincheras colombianas. Colombia está en una tentativa de diálogo con el eln y se espera establecer rondas formales en Ecuador, pero las conversaciones iniciales han sido, según se sabe, más tensas que con las FARC. Los líderes del eln parecen más radicales ideológicamente y más recalcitrantes. También existe la sospecha de que pueden estar buscando ocupar el territorio al que las FARC ha renunciado o de donde se ha desplazado, especialmente en áreas donde los grupos han entrado en conflicto por el territorio previamente.

La derecha paramilitar colombiana también sigue siendo sumamente problemática. En principio postulados por acaudalados terratenientes, narcotraficantes y hacendados, con frecuencia bajo la protección secreta del Estado, estas bandas armadas hasta los dientes masacraron a civiles de quienes sospechaban colaborar con la guerrilla en una campaña de terror que se extendió desde los noventa a la primera década del dos mil. Para el 2002, cuando Uribe fue electo presidente, las milicias se habían convertido en poderosas organizaciones criminales, fuertemente involucradas en el negocio de la cocaína tanto como en el de secuestro, extorsión y usurpación de tierras. Uribe ofreció amnistía a los combatientes paramilitares a cambio del desarme, y decenas de miles de ellos aceptaron su oferta. A la mayoría se le permitió regresar a la vida civil sin castigo alguno. Desde entonces, miles han regresado al campo de batalla, donde operan abiertamente como narcoparamilitares y narcotraficantes organizados dentro de las filas militares. (En años recientes, docenas de oficiales y miembros originales del Congreso del partido de Uribe han sido condenados por conspirar con los paramilitares. Uno de los hermanos de Uribe actualmente se encuentra sujeto a juicio acusado de haber constituido su propio escuadrón de la muerte paramilitar.)

En abril, cuando hablé con Santos, se expresó con desprecio del más grande y poderoso de estos grupos, una amalgama de pandillas y paramilitares veteranos que se hace llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia, la cual, me dijo, suma aproximadamente 2,500 hombres armados. Él dice que este grupo intentaba presentarse como fuerza insurgente con la esperanza de ser legitimado con sus propios acuerdos de paz y un eventual amnistía. Santos me comentó que no iba a conceder a los autollamados Gaitanistas la legitimidad que anhelaban; en cambio, planeaba “darles duro, bien duro”.

Mientras tanto, un diplomático, que conoce bien a Colombia y sus actores, compartió conmigo su preocupación sobre el gran número de colombianos que se oponen al acuerdo de paz. “Piensan, como Uribe, que concede demasiado a las FARC. El problema de esta visión es partir de la suposición de que si se cancela el acuerdo de paz, las farc pueden ser eliminadas militarmente, y creo que eso es una pésima lectura de la realidad.”

La gran lección de la historia de Colombia siempre ha sido que se necesita violencia para ganarse un lugar en la mesa. Se requerirá no sólo una paz duradera sino un ejercicio efectivo de la ley para cambiar tal patología en los años venideros.

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Ocho balas en el cuerpo. Catorce operaciones. Una amputación. Secuestrado y extorsionado. Amenazado de muerte. Treinta años. Así de telegráfico y así de concluyente. En este relato hay una víctima y decenas de verdugos. La víctima se llama Martín Vásquez y sus verdugos son matones a sueldo, secuestradores y bandas rivales. En este relato hay cristales rotos de tanta violencia junta, miedo contenido y escenas reveladoras de una realidad mayor, la colombiana.

Como otras tantas criaturas en su país, Martín ya vino al mundo con etiquetas. La de hijo y nieto de desplazados por el conflicto armado colombiano. Lo parieron un 23 de junio de 1986 en el departamento del Valle del Cauca, más concretamente en la cafetalera ciudad de Sevilla, a caballo entre la cordillera occidental del país y el macizo andino, lo que algunos han dado en llamar “la sucursal del cielo”, pues dicen que por estas tierras se encuentran las mujeres más bellas del planeta, se baila una cuarta parte de la salsa que bulle en el cosmos y se puede convivir con uno de los climas más apacibles del continente.

Su infancia tuvo de todo, como la de cualquier otro niño de su barrio y de su edad. Hasta cumplir los 10 años. A partir de ahí la vida no le dejaría estirar ni uno más de los últimos soles de su inocencia. Lo primero fue aceptar la pérdida de su tío, al que mataron en la ciudad de Palmira, donde Martín pasaba temporadas enteras rodeado de palmerales y caña de azúcar, viendo crecer de cerca la yuca con los frijoles bajo la brisa mansa. “A decir verdad, mi tío siempre estuvo condenado”, aclara este joven que recién ha cumplido 30 años. Cuando no eran unos, eran los otros. O los de más allá. La hacienda de su tío fue base de operaciones de los “tres ejércitos” que todavía hoy siguen desplegando su violencia por hacerse con el control del país caribeño. “Y si los guerrilleros le acusaban de alojar al ejército de la República, éstos hacían lo propio señalándole por haber dado cobijo a los revolucionarios de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. ¿Pero qué podía hacer mi tío más que bajar la cabeza y asentir ante unos y otros?, pregunta Martín con su mirada, ahora sí, encharcada por la emoción, a la vez que retira dos lágrimas de la mesa donde compartimos nuestras consumiciones.

Martín y yo nos hemos citado en un bar tres horas antes de la media noche. Apenas hechas las presentaciones y tomar asiento alejados de unas cuantas voces rotas por el futbol, Martín no ha querido dejar escapar el tiempo y se ha dado toda la prisa del mundo en comenzar con su relato, su verdad, la pesadilla que le ha traído hasta nuestro país.

Si a los diez años lograron arrancarle fantasías propias de la edad, cumplidos los 19 comenzaría su vía crucis. La fecha, un 15 de enero de 2008, a mitad de camino de una de sus rutas laborales. Martín lo tenía casi todo en la vida. Amigos, el calor de su familia, el amor de una novia, unos ingresos semanales… Su labor consistía en cobrar a domicilio préstamos de familias que venían pagando a plazos las compras del establecimiento donde él estaba empleado. “Entregar el recibió a la señora de la casa y cobrar en metálico la cuota mensual. Así de sencilla y así de complicada era mi ocupación”, cuenta Martín 11 años después.

Y hasta ese preciso momento, ni una sola señal. Ningún aviso. Nunca. Jamás. Tampoco era la primera vez que transitaba aquellas callejuelas atravesadas las unas por las otras. “De haberlo intuido habría tomado mis precauciones, pero en mi país vives el miedo de otra manera, te acostumbras pronto a todo lo que le pasa a tus vecinos. Sólo que no piensas que eso te vaya a ocurrir a ti.” subraya este joven con aparente nobleza e ingenuidad.

Y lo ocurrido tuvo la misma violencia que rapidez. Al muchacho lo interceptaron cuatro matones para hacerse con la recaudación que llevaba encima. Cuatro adolescentes acostumbrados a soportar el rigor de la calle y que esta vez habían cambiado los juguetes de toda la vida por armas. A la postre, cuatro aspirantes a sicarios que le acabarían metiendo 7 balas en el cuerpo sin dar cabida a las respuestas. Los cuatro sacaron sus armas y dispararon a quemarropa. A plena luz del día. Los cuatro tomaron el botín y se fueron por donde vinieron. Sin más. “Todo sucedió muy rápido”, recuerda. “Al principio no sentí dolor, sólo dificultades para respirar. Luego ya perdí el sentido por la munición. Y ya”, abrevia Martín.

Horas más tarde, Martín Vásquez se reencontraría con la vida en el Hospital Departamental de Cali. Allí pasó tres meses y allí sufrió 14 intervenciones quirúrgicas. Las primeras para sacar el plomo del cuerpo; las siguientes, para reconstruir órganos vitales que se interpusieron en la trayectoria de la balacera. La última, para amputar su pierna izquierda, por encima de la rodilla, muy cerca de la cadera.

Martín no maquilla sus cicatrices ni las silencia. Tampoco siente vergüenza de exhibir las que no lleva a la vista. Vive con ellas. Las muestra. Hay escenas de guerra por todo el cuerpo. Sólo el abdomen tiene un área de unos 33 centímetros cuadrados plegados y cosidos a mano, su vejiga le condena a encontrar un cuarto de baño cada 25 minutos, y su pierna derecha le exige realizar esfuerzos poco habituales. Lo único que no puede mostrar es la bala que todavía esconde a la altura del bazo. No obstante, la señala.

Seguimos sentados. Conversando. Colocando fechas a los acontecimientos que cambiaron los días de este joven colombiano y su regreso al mundo de los mortales. Pero nada más abandonar su estancia en el Hospital Departamental los miedos y la violencia irían in crescendo. Tan solo las dos horas y media de traslado que mediaron entre el centro médico y su domicilio conciliarían toda su convalecencia.

A la vuelta de la esquina esperaba la realidad colombiana más aciaga. En uno de sus escasos paseos por el barrio, Martín era secuestrado a plena luz del día. Sus captores reclamaban 75 millones de pesos colombianos; el equivalente a unos 32 mil euros que el joven había cobrado cuatro semanas atrás de su seguro de vida y accidentes. Y los consiguieron. Para ello se lo llevaron a un piso franco, le quitaron la venda de sus ojos y le sentaron frente a unos tipos de aspecto duro y cara descubierta. Jóvenes cuyas vidas no iban más allá de una larga lista de compras que incluyera los tenis de marca, la ropa interior de marca, los jeans de marca y una gafas de sol de marca. Todo aquello que la sociedad ofrece a casi todos los colombianos y niega a la mayoría.

Después de recordarle el mundo que acababa de dejar atrás y amenazarle con el tiro de gracia a cada uno de sus familiares allí donde los miércoles de ceniza ponen la santa cruz, Martín fue incapaz de negarse a ninguna de sus exigencias. Sobraron los detalles. Los 8 días de cautiverio se convirtieron en otras tantas visitas a la sucursal número 23 del Banco de Bogotá para ir retirando el dinero. Fraccionado, para no levantar sospechas, en fajos de entre 4 y 8 millones de pesos.

Amenazado en todo momento y sin apenas espacio para dominar sus silencios, su puesta en libertad llegaría un lunes, a última hora de la tarde, nada más descolgarse la luz del día. No hubo ninguna formalidad, más allá de las advertencias propias de quienes necesitan seguir delinquiendo y los 5.000 pesos que le metieron en los bolsillos para el taxi de vuelta a casa; dos euros y medio con los que volver a acariciar la libertad.

Y nunca mejor dicho, sólo acariciarla. Martín tuvo que regresar al hospital Departamental para paliar la falta de medicación que sufrió durante los días de secuestro. Allí se encontraría con los mismos pasillos. La misma luz pobre encargada de borrar lo poco que había que ver. Los únicos cambios, sus nuevos vecinos de habitación y una visita inesperada. Hasta los pies de su cama llegaron dos sicarios para recordarle que pecar de alcahuete se pagaba con la vida. Tirando de arrestos y oficio, allí mismo le metieron una bala en el pie que le quedaba. Y como entraron, se fueron, sin que nada ni nadie alterase sus estados. Ni si quiera el Cristo del Sagrado Corazón que presidía la “sala de torturas”, santo y patrono que comparten la mayoría de las familias del país.

De regreso a una nueva y fugaz convalecencia, Martín seguiría recibiendo amenazas de todas las edades. Incluido anónimos bajo la puerta que le intimidaban con “darle plomo y acostarle” en el panteón familiar. Salir otra vez a la calle se tornó en una nueva pesadilla. Martín llevaba puesto el miedo, como un envoltorio. Le hacía mirar a todas partes. Dudar de todo y de todos. Y cada vez que los agentes policiales se acercaban por su domicilio para recabar información sobre su secuestro, sus captores hacían lo propio elevando el tono de las amenazas.

Rasgar una y otra vez el aire ingrato del barrio le obligaría a mudarse definitivamente. Con la ayuda de unos familiares y los préstamos de la Sra. Milagros, su antigua jefa, la que meses antes había pedido a todas las vírgenes juntas por su vida, Martín pudo poner un pequeño locutorio telefónico en la localidad que le vio dar sus primeros pasos y echar lo primeros dientes de leche.

Pero nadie dijo que se lo iban a poner fácil. Al contrario. Dos bandas rivales de la zona se apresuraron en chantajearlo para que pagase por su “seguridad”. De nuevo las amenazas y los sobresaltos. De nuevo su vida al límite de lo soportable. Y fue ese miedo el que lo deportó de manera imprevista y definitiva. A Martín le encontraron una oportunidad de traerlo para España y se subió a ella. No lo hizo como tantos otros compatriotas suyos que llegaron para ganarse la vida en la construcción o la hostelería. No. Martín lo hizo por temor. Por pánico a un escarmiento mayor. A nuestro país llegó sin maletas. Con lo puesto. Con el jadeo del que tiene que salir corriendo como alma agredida.

Martín Vásquez y yo hacemos un alto en la conversación. Tomamos un respiro. No es fácil inhalar tanta violencia de una sola vez. Y tras la pausa surge la pregunta. La de cuánto odio suele separar a la víctima de sus verdugos. La del rencor de años y sus secuelas. Pero no, el muchacho que ahora exporta todo su júbilo atrasado no rumia venganza. Apenas se advierte la sombra de una rabia contenida de tanta pregunta por responder. “No podría vivir con ese resentimiento todos los días. Eso me haría infeliz”, sentencia este joven capaz de mirar al futuro de tú a tú con la que ha caído.

Martín no señala a nadie. Insinúa que sería incapaz de juzgar a sus verdugos. Es consciente de que el destino pudo haberle puesto al él del otro lado de la línea, lo mismo que a sus esbirros. A ciertas edades el sentimiento de pertenencia a una pandilla provoca reputación y notoriedad. Y ya luego pasar de pandillero a sicario es un santiamén que se produce con demasiada frecuencia en su tierra. “Casi nadie está a salvo”, asegura.

Muchos de esos jóvenes a los que hemos venido desaprobando son muchachos de su misma generación. Hijos de familias rotas a los que ya sólo les queda el consumo como única pertenencia a la sociedad. Todos ansiosos de reconocimiento social. Y para ello no dudan en robar, secuestrar o matar. Lo que les encarguen. Incluso en competir por matar. Si, competir, porque las muertes reclaman más muertes. Y para ello empiezan disfrazando su realidad. Unos fumando cocaína, otros atragantándose del pegamento que se utiliza para soldar las suelas de los zapatos y la mayoría escuchando las letras y la música estridente de sus ídolos. Sólo ver el frío en sus miradas les delata; sus oficios quedan a la intemperie. Y mientras los sociólogos siguen apuntando a la desestructuración de las familias y la falta de oportunidades como el verdadero polvorín en la gestación de estos submundos, los sicarios más jóvenes acuden en procesión a rezarle a la Virgen del Carmen para pedirle coraje en el preciso instante de matar a su siguiente víctima.

Martín conoce bien la problemática de su país y su procedencia. La mayor parte de malandros y sicarios que se han venido cruzando en su camino salieron de unos barrios marginales repletos de desplazados por el conflicto armado y que hoy ya asedian las grandes urbes colombianas. Las partes de atrás de una nación, que diría el poeta. Barriadas enteras donde las casuchas de chapa y cartón se amontonan las unas con las otras, se vive de prestado y es fácil reconocer los orígenes y las muchas condiciones sociales con sólo cruzar las miradas. Allí en las que las palabras se cosen a puñaladas, las drogas se adueñan de casi todo y la violencia llegó para instalarse. Allí donde es casi seguro que Dios y Estado no asomen jamás.

Ya en España, Martín trabajó durante un tiempo en una fábrica de quesos que más tarde la crisis se encargaría de llevar por delante. Luego ha venido ganándose el pan a ratos sin hacerle ascos a oficios humildes, costosos o poco afortunados. Sus servicios han estado allí donde surgían las oportunidades. También se ha ocupado de pinchar discos, repartir publicidad, remachar calzado o reparar equipos informáticos a gente de pocos posibles… Ahora estudia un módulo profesional. Apenas le quedan tres meses para recibir el certificado en Redes, Microinformática y Diseño de Páginas Web; los mismos días que le restan para agotar la prestación por desempleo que recibe de 425 euros y con los que se viene organizando para compartir con dos bocas más, su compañera y el hijo de ésta.

Y como la necesidad primero aprieta y luego ahoga, Martín se viene ahorrando una comida de lunes a viernes en la Cocina Económica de Santander. Hasta allí acude cada día a la hora del almuerzo entre el trajín de su par de muletas y la esperanza de no tener que volver al día siguiente; de encontrar trabajo a dentelladas para ganarse el sustento de todos los días.

Seguimos sentados frente por frente. Conversando. Y Martín se emociona de nuevo. Las lágrimas vuelven a bordear sus ojos. Éstos quedan nuevamente humedecidos entre muecas propias de la edad y un par de gestos humildes. Ahora hablamos de su familia. De lo que han sufrido por él. Hay adoración por cada uno de ellos… Su mirada se inunda nuevamente mientras se atropella con palabras de admiración. Parece sentir y querer decir tanto a la vez que acaba borrando las preguntas con respuestas.

Esta es la primera vez que Martín abre las puertas al pasado, quizá para que la historia no quede en los archivos de la indiferencia y seamos conocedores de un conflicto que cumple ahora 50 años. Del sufrimiento de los 6 millones de personas desplazadas que hay en su patria obligadas a huir de las zonas rurales por la violencia, las amenazas y la confrontación armada. Y curiosamente Martín lo ha ido contando de espaldas a la entrada del establecimiento en el que estamos acomodados. Desde el primer instante. Tres horas de espaldas a una puerta, sí, algo impensable durante los últimos años en su Colombia natal. Si algo le ha dado nuestro país es seguridad. En Santander ha encontrado el sosiego que necesitaba. Aquí ha dejado de ir guardando su dorso a cada momento. Hoy por hoy, Martín es dueño de unas ganas de vivir envidiables. Traslada todo su entusiasmo y contagia una energía sin fronteras. Nadie diría que este joven haya podido cruzarse con tantas toneladas de violencia en su trayectoria vital. “Hasta no hace mucho los días sólo tenían ayer”, certifica este joven de rostro afable y sonrisa pegada al rostro. Ahora casi todos parecen tener mañana y comenzar mucho antes.

Hace rato que las voces y los ánimos en el establecimiento se han ido apagando. Es media noche y apenas quedan tres comensales en la barra del bar pegados a otras tantas copas de vino tinto. Ponemos fin a nuestra conversación y fijamos la fecha de una nueva cita. Ahora sí, nos despedimos. En el momento de estrechar nuestras manos, Martín Vásquez añade una frase muy parroquial: “Mañana será otro día, Javier”. Y se levanta. Con la pierna de siempre, la derecha, la que le queda.

El hijo que nunca llegó

Todos los días, sin falta, Teresita Higuita Zuleta esperaba que Gonzalo, su hijo, regresara a casa. Con su infinito amor de madre, cada noche le servía en la mesa una porción de comida. El manjar no era más que una plato de fríjoles con arepa, pero Teresita sabía que era lo que más disfrutaba Gonzalo cuando se sentaba en el comedor. De vez en cuando degollaba una vieja gallina de campo y le guardaba la mejor parte: un trozo de pechuga o un jugoso pernil, con la esperanza de que su vástago se sintiera feliz a su regreso.

Una noche cualquiera, entre sueños y al borde de la alucinación, Teresita vio que Gonzalo entró por el corredor de la casa, descargó un morral que llevaba sobre sus hombros, lanzó un suspiro y se tiró al piso, abierto de brazos, a descansar. “Ella dijo que lo había visto con la espalda pelada de cargar un morral muy pesado”, recuerda Sandra Callejas Higuita, su hija, quien luego describirá que su madre, alegre al sentir su presencia, al instante dijo exaltada: ¡Llegó mi hijo, llegó mi Gonzalo, llegó! Con la dicha por el anhelado reencuentro, Teresita se levantó rápidamente de la cama a darle la bienvenida y a servirle el plato de siempre. Pero pronto se dio cuenta que solo había sido un sueño.

Gonzalo llevaba desaparecido cinco años y no había ni asomo de su paradero. Los meses pasaban y la incertidumbre por saber algo de su suerte era mayor. Pero el día de su regreso jamás llegó. A Gonzalo, quien tenía 18 años y era el menor de la familia, lo mataron en 2003 los paramilitares, los mismos que meses después arribaron hasta la casa de Teresita y sin asomo de remordimiento, le confesaron:

–Él fue asesinado pero nosotros hicimos un hueco y lo enterramos. Al menos esté tranquila, que los gallinazos no se lo comieron.

Sandra Callejas Higuita, una mujer jovial y de mirada reflexiva, trae a su memoria esta historia mientras permanece sentada en un improvisado escritorio de la casa que ahora funciona como sede de la Asociación de Víctimas de Ituango, en el norte de Antioquia, un municipio que ha padecido, como tantos otros en Colombia, los estragos de la guerra. Como casi todos los habitantes de este pueblo, escondido entre las montañas que bordean el Parque Nacional Nudo de Paramillo, Sandra ha vivido en carne propia los embates de un conflicto armado que ha dejado cientos de muertos y desaparecidos, pero también decenas de viudas, huérfanos y lisiados.

Mientras su pequeño hijo Mateo Torres, de ocho años de edad, revolotea por los alrededores de la casa, Sandra cuenta que la desaparición de su hermano fue el final de varios hechos trágicos que le sucedieron a su familia. A los Callejas Higuita la guerra les quitó a cuatro de sus hijos: Marleny Callejas Higuita, de 35 años, y Ángel de Dios Callejas Higuita, de 30, fueron desaparecidos por la guerrilla; y Milagros Callejas Higuita, de 24 años, y Gonzalo Callejas Higuita, de 18, murieron en manos de los paramilitares. La familia solo pudo darle cristiana sepultura a Marleny, pero Sandra presume que así como Gonzalo, los demás también fueron asesinados.

Desde ese momento Teresita, su madre, entró en depresión y con el tiempo su salud fue desmejorando.

–A ella eso la destrozó física y mentalmente, y ligerito cayó en una depresión y en las enfermedades –dice Sandra.

Esperando a Gonzalo y aferrada al dolor por la pérdida de sus otros tres hijos, Teresita, quien para entonces cumplía 56 años, falleció el primero de marzo de 2009.

***

Es una mañana de miércoles de finales de junio en Ituango. El calor y una leve humedad se combinan con el aire de tranquilidad que se respira en el parque principal. Un grupo de abuelos, de aspecto campesino, conversa con parsimonia a un lado del busto de Jesús María Valle, el inmolado defensor de derechos humanos que levantó la voz ante las autoridades para que no siguieran asesinando a la gente de su pueblo. Un niño monta en bicicleta por una empinada calle; un par de señoras organizan sus kioscos de comida rápida y un cotero arruma bultos de mercancía al interior de una tienda de abarrotes. En una esquina contigua a la calle atrincherada por el ejército, permanece parqueado un bus escalera al que los campesinos llenan de bultos de cemento, papas y arrobas de panela. En otros tiempos, murmura la gente, hubiese sido imposible, siquiera, sacar una cámara fotográfica e intentar hacer una imagen sin que algún soldado te advirtiera que por seguridad no estaba permitido tomar fotografías.

Antes de que la guerrilla decretara el cese unilateral de hostilidades –en julio de 2015–, Ituango era un territorio en conflicto y donde, en cualquier momento, podrías terminar en medio de una balacera. Durante varios años paramilitares y guerrilleros se disputaron el poder de esta zona del norte de Antioquia, dejando a su paso cientos de muertos y desaparecidos, familias desintegradas y miles de desplazados.

Sandra Callejas Higuita, quien ejerce como presidenta de la Asociación de Víctimas, cuenta que en Ituango hay, por lo menos, unas 17 mil víctimas del conflicto armado. Casi el 95 por ciento están registradas como desplazadas. Recuerda que las balas con las que se ha condenado injustamente al pueblo, han llegado de todos los frentes: de la guerrilla, de los paramilitares, del ejército. “Aquí no podemos sacar en limpio a ninguno”, asegura. En Ituango no existe una cifra oficial de personas asesinadas, tampoco de desaparecidos y mucho menos del número de mujeres abusadas sexualmente por miembros de uno u otro bando. De conocerse quizás sería más evidente la magnitud de la guerra. Pero es claro que en este pueblo de 2.347 kilómetros cuadrados y 21.757 habitantes, cada poblador lleva a cuestas una historia de algún familiar asesinado o desaparecido.

Por fortuna, hoy sus habitantes viven días de paz. Una semana atrás, el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc EP– habían firmado en La Habana el acuerdo de cese bilateral de hostilidades y la gente en Ituango se sentía esperanzada. Incluso, la noche posterior a la firma  –el jueves 23 de junio– sus habitantes entraron en júbilo cuando se enteraron que los soldados estaban retirando las trincheras que durante casi dos décadas se habían mezclado con el paisaje urbano. La imagen que registró el momento fue compartida miles de veces en las redes sociales, como un gesto de paz en una de las regiones más marcadas por el conflicto armado. Pero rápido la gente pasó de la celebración a la indignación, al percatarse de que los militares las habían instalado de nuevo. “Yo sentí vergüenza al saber que ellos ilusionaron a las personas con que las iban a quitar y al otro día las pusieron”, se lamenta el niño Mateo Torres Callejas, quien habla con tanta naturalidad sobre la paz y la guerra como cualquier infante que organiza los juguetes de una piñata. “Si seguimos haciendo la guerra se va a afectar a muchas personas. Eso a mí no me gusta, a mi me gusta es cantar”, dice.

Lo cierto es que la gente en esta localidad respira un nuevo aire desde que los guerrilleros decidieron silenciar sus fusiles. Desde entonces sus pobladores se han vuelto a tomar las calles, han vuelto a disfrutar de la noche y a recorrer los rincones del pueblo, como lo hacen hoy, sin temor a quedar atrapados entre el fuego. “Estamos viviendo un receso y estamos tranquilos”, expresa el defensor de derechos humanos Román Álvarez Sucerquia.

En primera página

Hasta mediados de los años 90, Ituango era un pueblo desconocido para la mayoría de colombianos. Escondido entre el quebrado relieve de la cordillera occidental y atravesado por el caudaloso río Cauca, este municipio antioqueño, ubicado a 190 kilómetros de Medellín, se mantuvo en el anonimato a pesar de ser el centro de operaciones de varios los frentes de las Farc, entre ellos el 18 y 36, quienes, según cuentan sus pobladores, fueron copando su territorio desde inicios de los años 80. Durante años la guerrilla controló a sus anchas cada metro cuadrado de este territorio, pero a mediados de 1996 las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá (Accu), al mando de los hermanos Carlos y Vicente Castaño, llegaron al casco urbano con la intención de arrebatarles terreno.

Así, el 11 de junio de ese año los paramilitares dieron el primer golpe asesinando a cuatro pobladores en la cabecera urbana. Luego se dirigieron hasta el corregimiento de La Granja donde, tras tomar el control de la zona y ordenarle a sus pobladores cerrar las tiendas, torturaron y ejecutaron a cinco campesinos, a quienes señalaron de ser auxiliadores de la guerrilla. El plan de los hermanos Castaño era apropiarse, a sangre y fuego, de esa región estratégica entre los departamentos de Antioquia y Córdoba para el paso de armas entre el norte y el centro del país, así como para el cultivo y procesamiento de drogas en una zona donde la presencia estatal históricamente ha sido invisible.

–Hace parte de nuestra estrategia: o la guerrilla sale de sus santuarios o vamos a entrar (…) Si el ejército no es capaz de entrar y acabar con esas repúblicas independientes, yo sí, y se los voy a demostrar– aseveró Carlos, el menor de los Castaño.

Esas primeras incursiones eran apenas una advertencia de lo que ocurriría entre el 22 y el 27 de octubre de 1997 en un desconocido y alejado corregimiento llamado El Aro.

Durante esos días un comando paramilitar conocido en la región como los “mochacabezas”, realizó un recorrido macabro que empezó en el corregimiento de Puerto Valdivia, a orillas de la vía que comunica a Medellín con la Costa Caribe. Antes de llegar a El Aro, el grupo conformado por unos 200 hombres recorrió las veredas Puquí, Remolino, Puerto Escondido y Organí, donde asesinó a ocho campesinos. Algunos de ellos fueron torturados antes de recibir un tiro de gracia, otros fueron baleados y sus cuerpos abandonados a un lado del camino. Cuando pusieron los pies en El Aro, los paramilitares ordenaron a sus habitantes salir de sus casas y dirigirse hasta la plaza, y allí, entre gritos e insultos, continuaron el sanguinario ritual. El primero en morir fue el tendero del pueblo, Marco Aurelio Areiza, de 64 años. Los testigos dicen que después de amarrarlo a un palo los paramilitares le arrancaron los ojos, el corazón y los testículos. “¡Guerrilleros malparidos, se van a morir todos!”, gritaron los bárbaros y siguieron con la cacería. Aturdidos, los pobladores vieron como mataban a sus vecinos y violaban a varias de sus mujeres. Antes de marcharse, ordenaron a los sobrevivientes que se largaran del caserío y procedieron a prenderle fuego a las viviendas. Quemaron 42 de las 60 casas del poblado, asesinaron a 17 campesinos y obligaron a algunos de los sobrevivientes a arrear, hasta varias fincas del Bajo Cauca, más de mil reses que robaron en el camino. El plan paramilitar para sacar de su madriguera a la guerrilla ya empezaba a ponerse en marcha.

–Yo he defendido que lo que ocurrió en El Aro no fue una masacre, eso fue un genocidio– reflexiona uno de los líderes del pueblo. Luego, afirmará que todo lo peor que le puede pasar a un pueblo le ha ocurrido a El Aro, olvidado históricamente por el Estado y ultrajado por los paramilitares.

De nada sirvieron las denuncias que el abogado Jesús María Valle –oriundo del corregimiento La Granja y destacado defensor de derechos humanos–, había hecho a las autoridades regionales sobre el asesinato de campesinos en Ituango y la estrecha relación que sostenían los paramilitares con miembros del ejército y la policía que operaban en el pueblo. En declaraciones dadas a la Fiscalía Regional de Medellín el 6 de febrero de 1998, Valle Jaramillo dijo: “El grupo paramilitar sembró terror en Ituango. En un solo día había hasta cuatro asesinatos en la plaza en presencia de todos, de todas las autoridades, del Ejército y la Policía, y no había ni respuesta del gobernador de Antioquia, ni del secretario de Gobierno, ni del comando de la Policía, ni del comando del Ejército”. Y enfatizó: “De 1996 a 1997 (diciembre 31) fueron asesinados más de ciento cincuenta (150) ciudadanos de la región, entre ellos dirigentes de la acción comunal, campesinos humildes, dueños de tiendas comunitarias, profesores y transportadores”.

El 27 de febrero de 1998, veintiún días después de haber juramentado en la sede regional de la Fiscalía, Jesús María Valle fue acribillado por dos hombres y una mujer en su oficina, ubicada en el cuarto piso del Edificio Colón, en pleno centro de Medellín. Con el tiempo se sabría que los autores del homicidio pertenecían a la banda La Terraza, la cual ofrecía sus servicios a Carlos Castaño.

Por las masacres de El Aro y La Granja, en julio de 2006 la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Estado colombiano por omisión y acción directa de los miembros de la fuerza pública, y lo obligó a reparar integralmente a las víctimas. Los campesinos de la zona han denunciado insistentemente que esas reparaciones nunca llegaron y que aún hoy, 19 años después de la masacre, continúan echados a su suerte en ese paraje olvidado, al que solo es posible llegar en mula después de recorrer siete u ocho horas de camino.

–Allá no ha habido ningún plan de retorno, las 31 familias que regresaron lo hicieron por su propia voluntad– comenta una exfuncionaria de la Administración Municipal.

La bomba de “La Peatonal”

Esta mañana de miércoles las personas caminan, tranquilas, por la calle que todos conocen como “La Peatonal”, donde a cualquier hora del día bares y negocios se disputan, con música a alto volumen, a aquellos potenciales clientes que buscan un lugar cómodo para tomarse una cerveza. Como a la mitad del pasaje se encuentra instalada una placa que recuerda la memoria de las personas que murieron en ese sitio la noche del jueves 14 de agosto de 2008, cuando un explosivo dejado por un hombre minutos atrás al interior de una caneca, destruyó el ánimo colectivo que había en vísperas de las fiestas de la Itangüinidad. Según datos de la Personería de Ituango, esa noche murieron Camilo Pineda Galeano, José Alejandro Arias Valencia, Cristián Estiven Cossio Barrera, Dairo Pineda Galeano, y los menores de edad Juan Camilo Osorio Uribe e Iván Darío Henao George. También falleció Alberto de Jesús Calle Gallo, quien ocupó el cargo de secretario de Gobierno de Ituango en los tiempos en que ocurrió la masacre de El Aro. Calle Gallo había sido la persona que se encargó de alertar y pedir ayuda al gobierno departamental y al Ejército para contrarrestar aquel ataque paramilitar de 1997.

Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos, fue uno de los 52 heridos que dejó la explosión. Mientras camina por el lugar, afirma que la imagen de sus paisanos tirados en el piso, el caos, los escombros y la destrucción de aquel espacio que minutos antes rebosaba de vida, será difícil de olvidar. “El olor característico de la sangre, la tierra y la pólvora, se demoran para borrársele a uno del olfato, del pensamiento. Es demasiado difícil, es un momento muy doloroso”, reflexiona. Román sufrió una leve herida en uno de sus pies y un bar de su propiedad, que estaba ubicado a unos 20 pasos del sitio de la explosión, quedó completamente destruido.

“Como hijos de esta tierra amada, encendemos una luz para no olvidar el dolor y continuar siendo un pueblo de paz, solidario y digno”, se lee en la placa insertada a un lado de la calle que divide en dos “La Peatonal”. Ese hecho trágico permanece en la lista de recuerdos dolorosos que los ituanguinos llevan consigo y que intentan matizar con los vientos de paz que vive el país.

Para menguar los impactos emocionales que han dejado hechos como este, en 2012 Sandra Callejas Higuita decidió crear la Asociación de Víctimas de Ituango con la idea de acompañar a quienes han perdido algún familiar en el conflicto armado. “Aquí nos agrupamos como una familia y sacamos fuerza para llegarle al otro, para ayudarle, para compartir el dolor, para acompañarnos; si vamos a llorar, este es el lugar para hacerlo”, asevera. Son más de 200 familias las que componen la organización, el equivalente a unas 800 personas. De ellas, el 90% son mujeres. Allí encuentran orientación sobre cómo reclamar sus derechos y el camino que deben seguir en ese enmarañado mundo burocrático para que el Estado las reconozca como víctimas y les brinde la indemnización a la que, por su condición, tienen derecho. Aunque en esos asuntos Sandra es escéptica, pues cree que es difícil que el Gobierno pueda reparar integralmente a las miles de familias que han debido lidiar con la guerra en Ituango.

–Eso es como soñar que el gallo pone– sentencia.

La masacre desconocida

Humberto de Jesús Zapata es un campesino trabajador, de mirada recia, manos callosas y lúcido hablar. Mientras sorbe un trago de café en un negocio contiguo al parque principal, cuenta la historia de una masacre poco conocida que ocurrió a finales del año 2000 en la vereda El Cedral, donde viven él y su familia. El Cedral es un caserío ubicado a unas tres horas y media del casco urbano de Ituango. Hasta allí se llega luego de un recorrido de dos horas y media, en bus escalera, por una carretera destapada y en regular estado, y después de montarse durante más de una hora sobre el lomo de una mula.

Sus pobladores –más de 600– no sabían nada del conflicto armado que ya se asentaba en el municipio, aunque desde los años 90 habían visto cruzar por sus caminos a hombres armados que, por temor, a nadie le interesaba identificar. Las familias vivían del cultivo de café, fríjol, maíz yuca y del cuidado de algunas cabezas de ganado. La vida parecía transcurrir en tranquilidad, hasta el 30 de octubre del 2000, cuando un grupo de paramilitares apareció en una finca cercana al poblado dispuesto a dejar su marca de terror en aquel poblado.

Humberto se encontraba ese día recogiendo café en una finca cercana al caserío. Recuerda que los hombres llegaron hasta el centro poblado, reunieron a un lado del centro de salud a una decena de pobladores que a esa hora trabajaban en una obra de alcantarillado, y a quienes caminaban desapercibidos por la calle: jóvenes, niños y ancianos, y les anunciaron que habían subido hasta allí con el objetivo de quemar el pueblo. Por la primera persona que preguntaron fue por Leonel Piedrahíta, el presidente de la Junta de Acción Comunal.

–¿Usted sabe de la guerrilla? – le inquirieron.
–Yo no sé nada– respondió el líder campesino– Yo soy un tipo trabajador, qué voy a saber de grupos armados.
–Tiene dos minutos para que salve su vida– contestó uno de los hombres y preguntó de nuevo:
–¿Sabe usted de la guerrilla?
–No sé nada. Qué me voy a poner a inventar lo que no sé…

A Leonel lo fusilaron ante la mirada atónita de su vecinos. A continuación, siguieron con otros tres campesinos que tenían en lista: Antonio Zamarra, Rubén Piedrahíta y Elías Mesa. A otro de los labriegos le pegaron un tiro que le atravesó el pecho y al instante lo lanzó al piso. Todos creyeron que estaba muerto y por eso no lo remataron. “Eran gente camelladora, labradora de la tierra, igual que uno”, se lamenta Humberto mientras sorbe otro trago de café, amargo como la historia que cuenta. Los paramilitares procedieron a quemar las viviendas mientras los sobrevivientes, impresionados, miraban arder lo poco que guardaban en su interior. Desde la finca donde recogía café, Humberto alcanzó a ver el humo que se esparcía por todo el cañón, pero supuso que alguien estaría quemando algunas matas de yaraguá (rastrojo). Al poco tiempo se enteró de la incursión paramilitar porque un vecino suyo, acelerado, llegó hasta el cafetal y le advirtió: “Oiga hombre, si usted es resistente, quédese, y si es miedoso ábrase porque los paramilitares están quemando El Cedral”. Desesperado, agarró el camino y como pudo llegó hasta su vivienda, donde estaban su esposa y sus dos hijos. Ya reunidos, alcanzaron a recoger algunos harapos y buscaron refugio.

Al percatarse que los paramilitares se habían ido, los pobladores recogieron a sus muertos y al otro día se desplazaron hacia el casco urbano. Humberto y cinco familias más decidieron quedarse en la vereda pese al miedo que les produjo la muerte de sus vecinos. “¿Para qué me voy a ir para Ituango?, ¿para apilarnos todos allá?, ¿nos vamos a ir para el casco urbano donde están los paramilitares? Nada debemos, nada tememos. Nos quedamos aquí”, sentenció. Luego dirá que ese año toda la cosecha de café se perdió porque no había mano de obra con la cual trabajar.

Tres meses después de la masacre, empezaron a retornar a El Cedral las primeras familias. Humberto asegura que poco a poco la tranquilidad fue regresando al pueblo y que con el tiempo el Gobierno reconstruyó las viviendas. Ahora, dice, llevan una vida tranquila y aran la tierra con sosiego y sin mayores preocupaciones. Humberto se toma el último trago de su café y le da gracias a Dios porque ni a su familia ni a él les pasó nada.

– Ojalá no vuelva a ocurrir en la vida una cosa de esas– finaliza.

Ituango era el infierno

La vida apacible de Ituango, cuando los campesinos cultivaban la tierra y los padres veían correr a sus hijos por las empinadas calles del pueblo, quedó solo como un recuerdo cuando guerrilleros y paramilitares empezaron a darse bala y a medir sus fuerzas de combate en las tupidas selvas del Nudo de Paramillo. Mientras los hombres de Castaño y Mancuso realizaban recorridos de terror por los campos, asesinando pobladores, violando mujeres y quemando caseríos, la guerrilla se tomaba el pueblo con el objetivo de debilitar a militares y policías y destruir la infraestructura local. Sus habitantes tienen memoria de, por lo menos, cinco tomas guerrilleras al Comando de Policía y al parque principal. En las paredes de los pasillos de la Alcaldía Municipal permanecen enmarcados algunos retratos de la toma de 1987, donde se aprecian los muros del antiguo palacio municipal baleados y una edificación contigua derruida.

Pero quizás la toma más violenta ocurrió la noche del lunes 5 de marzo de 1995, cuando un ejército con por lo menos 500 guerrilleros de los frentes 5, 18, 34, 36, 57 y 58 de las Farc, se metió al casco urbano decidido a destruir el pueblo y a matar a la veintena de policías que lo cuidaban. El enfrentamiento, que se prolongó hasta las once de la mañana del día siguiente, fue tan intenso que destruyó la antigua casona donde funcionaba la Alcaldía y el Comando de Policía, dejó en ruinas la Caja Agraria, el Banco Cafetero, la cárcel y hasta un consultorio médico aledaño. La toma dejó siete muertos, entre ellos un policía, tres reclusos, dos meseros de un bar y un transeúnte. Antes de marcharse, los guerrilleros secuestraron al alcalde José Milagros López y al personero Jairo Correa Montoya. Cuando los llamaron les dijeron que solo querían dejarle un mensaje al Gobierno con ellos, pero se los llevaron monte adentro y solo vinieron a liberarlos  20 días después en un paraje cercano a Dabeiba, en el occidente antioqueño. “Los muchachos estuvieron aquí el tiempo que quisieron, se metieron donde les dio la gana, hasta en la iglesia, dispararon, tiraron bombas, nos obligaron a escucharlos en el parque y se fueron cuando les pareció”, le dijo una mujer a un reportero de El Tiempo dos días después de la toma.

“Nosotros vivíamos en hostigamientos frecuentes”, cuenta Elizabeth Álvarez –29 años, abogada–, quien ahora se desempeña como secretaria de Gobierno de Ituango. “Eran tan comunes –continúa– que uno se acostumbraba a ellos sin alterarse tanto. Cuando empezaba la balacera ya ni nos asustábamos”. Sin embargo, la zozobra era permanente entre sus pobladores y pocos se atrevían a salir de sus casas después de las siete de la noche. Los rumores de que en cualquier momento la guerrilla se tomaría de nuevo el pueblo eran pan de cada día.

Pero si en el pueblo la guerrilla quería arrasar con la infraestructura y todo lo que proviniera del tímido gobierno, en la zona rural los enfrentamientos con los paramilitares no cesaban. Uno de ellos ocurrió el 20 de julio del año 2000 en el corregimiento de Santa Rita, un antiguo bastión guerrillero que meses atrás había sido tomado por un centenar de hombres del Bloque Mineros de las Autodefensas. Mientras los paramilitares diluían el tiempo bebiendo cerveza en las tiendas, caminando por sus calles y piropeando a las jovencitas, fueron emboscados por cerca de mil hombres de la guerrilla. Los paramilitares no tuvieron tiempo de reaccionar ante el ruido de las balas y las granadas. En el enfrentamiento murieron 35 paramilitares y dos civiles. “Los que pudieron se volaron, los que no, quedaron ahí”, recuerda una de las antiguas habitantes de ese poblado, quien después de la masacre salió desplazada con su esposo y sus hijos.

La mujer cuenta que el sacerdote del pueblo y los campesinos debieron recoger los cuerpos que quedaron esparcidos en las mangas, “porque allá no había ni ley, ni nada. La ley de allá eran ellos”.

En febrero de 2001 ocurrió un hecho similar en el mismo corregimiento. Un día, durante la madrugada, unos 800 hombres de la guerrilla atacaron con granadas y morteros el campamento paramilitar que se asentaba cerca el caserío y mataron a 30 paramilitares. Los que quedaron en pie debieron salir corriendo selva adentro pero, debido a las heridas, varios de ellos murieron en el camino. “Las comunidades de esta zona cuentan que era exagerada la cantidad de gallinazos que, durante meses, se mantuvieron en ese monte, porque al parecer muchos corrieron heridos y no alcanzaron a salir a ningún lado”, afirma Román Álvarez Sucerquia, defensor de derechos humanos de Ituango.

María Eugenia Durango Vera, una jovencita que acababa de cumplir 20 años y quien en ese tiempo trabajaba como asistente en la oficina de la Registraduría, recuerda que un sábado en la mañana llegaron al pueblo, destilando sangre, dos volquetas repletas con los cuerpos descompuestos de los paramilitares muertos en los enfrentamientos. Como en una escena de terror que describe como “surreal”, Eugenia tomó registro de cabezas cercenadas, cuerpos torturados y quemados y miembros amputados. “A esos muertos nos les cabía ni un machete, ni una bala más, no les cabía ningún otro dolor”, asegura. Luego, para enfatizar y dar a entender la magnitud de la violencia que se vivía en esa época en Ituango, dirá:

–En el año 2000 esto era un IN-FI-ER-NO. Si en algún lugar podía estar el infierno, era aquí.

Incertidumbres ante la paz

Por estos días de finales de junio hay expectativa en Ituango por lo que pueda pasar luego de la firma del acuerdo final entre el Gobierno y las Farc. Sus habitantes celebran que ya no hay retenes guerrilleros y al pueblo se puede llegar con facilidad en menos de cinco horas por una vía pavimenta y en buenas condiciones. Los paramilitares abandonaron el municipio poco después de arrancar las negociones con el Gobierno en Santa Fe de Ralito, en julio de 2003, y la economía parece dinamizarse con la construcción de HidroItuango, un ambicioso proyecto de ingeniería que promete generar el 17 por ciento de la energía de Colombia a partir del 2018.

La secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez, cuenta con satisfacción que en el primer semestre de 2016 se registraron en Ituango apenas tres homicidios, los cuales fueron producto de riñas callejeras y no por grupos armados ilegales. “Son muertes que generalmente se producen cuando la gente consume mucho licor”, explica la funcionaria. Luego, añadirá que años atrás la cifra podría llegar a 80 homicidios, pero desde el cese unilateral se ha visto un cambio en el área urbana y rural.

Por eso muchos de sus pobladores miran con esperanza el futuro cercano. Otros, en cambio, aguardan con cautela por lo que pueda ocurrir cuando la guerrilla entregue las armas definitivamente y los desmovilizados empiecen a convivir con la población civil. Uno de sus temores es saber qué ocurrirá en aquellos lugares donde la guerrilla ha ejercido durante lustros la autoridad de forma casi absoluta –como reconocen las autoridades locales–, donde ha impuesto las normas, donde ha decidido hasta qué horas las personas deben permanecer en las calles y hasta cuáles son los linderos entre una y otra finca. “Mal o bien, la guerrilla se ganó la legitimidad de algunas comunidades y hoy por hoy debemos ganar esos espacios que van a dejar”, expone el alcalde Hernán Darío Álvarez, quien sabe que de ahora en adelante uno de los grandes desafíos será tener una mayor presencia en aquellos territorios tradicionalmente olvidados.

Santa Lucía, una vereda que limita con el Parque Nacional Nudo de Paramillo y con el cañón del río San Jorge, en el sur de Córdoba, y donde confluyen distintos corredores del narcotráfico –según denunció en 2014 la Corporación Ideas para la Paz–, es una de las 20 zonas de concentración acordadas entre el Gobierno y las Farc para alistar a los miembros de esa guerrilla antes de su desmovilización. Allí se concentrarán unos 400 guerrilleros del Frente 18 de las Farc, quienes se ceñirán a los protocolos de desarme acordados en La Habana. Los habitantes de esta vereda confían en que, al ser protagonistas de un hecho histórico para el país, el Gobierno por fin se acuerde de ellos y les ayude a mejorar sus condiciones de vida con la construcción de un centro de salud, una escuela en mejor estado y la adecuación de la carretera. Aunque también hay personas temerosas –advierte la secretaria de Gobierno, Elizabeth Álvarez– que creen que estas zonas servirán para cometer delitos y por temor tal vez quieran desplazarse al casco urbano. “Eso sí –enfatiza el alcalde–, hemos dejado claro que no queremos que nos vayan a dejar problemas, pues somos un municipio con muy pocos recursos”.

Lo cierto es que Ituango, un pueblo históricamente azotado por guerrilleros y paramilitares, es ahora el epicentro de un momento crucial para el futuro del país con la firma del proceso de paz; y en gran medida el éxito de este acuerdo dependerá de lo que suceda en pueblos como este, donde el Estado deberá demostrar su capacidad para ejercer soberanía y llegar a todos sus ciudadanos.

Pero más allá de las zonas de concentración, hay otros asuntos que mantienen intranquila a la población. Una de las mayores preocupaciones de Lina Zuleta, líder del municipio e integrante de la Asociación de Mujeres, es que con la desmovilización de las Farc saldrán a relucir problemas como la violencia sexual y el abuso de niños, que antes permanecían ocultos por temor a los grupos armados. “Ahora se nos abre el panorama porque todos esos temas se van a poder denunciar y habrá que tener una institucionalidad fortalecida que pueda darles respuesta”, explica. Meses atrás, un campesino de Santa Lucía había hecho una advertencia similar con estas palabras:

–No crean que la firma del acuerdo de paz nos va a traer rosas, lo que nos va a traer es la posibilidad de quitarnos un manto que tenemos encima de nosotros; eso nos va a permitir ver lo que realmente somos y lo que realmente somos no es tan bueno.

Otro asunto que preocupa es el cambio social y económico que ha traído al pueblo el proyecto Hidroituango. Por ejemplo, los campesinos que antes cultivaban yuca, plátano, fríjol o café, ahora trabajan como obreros en la central y reciben un pago quincenal que, en muchos casos, terminan gastando en licor en alguna cantina del pueblo. “Con el proyecto se nos llevaron toda la fuerza de trabajo del campo. Por ejemplo, toda la cosecha de café del año pasado se perdió porque no había trabajadores y menos con qué pagarles lo que se ganan en Hidroituango”, asevera otra de las líderes de Ituango. Los salarios pagados por la empresa también produjeron el aumento casi instantáneo de los arriendos y de la canasta familiar.

El boom económico hizo, además, que aumentara la prostitución en la zona urbana, por lo que para muchos ya no es extraño ver a los jóvenes visitar estos sitios regularmente y escuchar a los proxenetas anunciar: “Bueno, alístense que para el otro fin de semana viene ganado nuevo”. Otro de los problemas que comienza a aflorar es el aumento de las plazas de vicio y el consumo de drogas entre los jóvenes. “Aquí vos encontrás lo que quieras”, cuenta una vecina del parque, y agrega: “Yo no había visto tanta droga en Ituango como en este momento”. A su preocupación se suma el aumento de casinos y negocios tragamonedas que pululan por las calles aledañas al parque principal. El dinero parece moverse a borbotones gracias al proyecto energético, que le ha dado empleo a cientos de personas de la zona, pero nadie sabe qué pasará cuando entre en funcionamiento en 2018 y los puestos ocupados por los obreros dejen de existir.

Sin embargo, una de las mayores amenazas es la inminente explotación minera que llegará al pueblo luego de finalizado el proceso de paz con las Farc. Una de las líderes entrevistadas asegura que hay treinta solicitudes de concesiones mineras y tres concesiones otorgadas a empresas multinacionales que estarían en proceso para explotar varios yacimientos de oro que hay en el pueblo, varios de ellos ubicados en zonas de reserva natural. Una de las concesiones se encuentra en el corregimiento de Santa Rita, la segunda en un sector que comprende las veredas La Hundida, Los Naranjos y Buena vista –donde nace el agua que consumen los habitantes de la zona urbana–, y la tercera en el casco urbano de El Aro. Varios pobladores de este corregimiento han alertado sobre la presencia de ingenieros extranjeros que han venido tomando muestras de suelo en los últimos meses.

La líder teme que con de la firma del proceso de paz, la destrucción de buena parte de los cultivos de coca, y los futuros proyectos de desminado en todo el territorio –cifras oficiales señalan que casi el 70 por ciento del territorio está minado–, se acabe el pretexto del conflicto armado y se dé vía libre a la explotación minera lo que, según ella, pondrá en riesgo la subsistencia del pueblo.

–Paradójicamente las minas antipersona  –explica–, uno de los males que más nos ha hecho sufrir en Ituango, hasta ahora nos ha protegido de la minería. Eso es lo más triste.

Ante todos estos retos, ¿cuál es el futuro que le espera a este municipio, aporreado como tantos en Colombia con esta guerra que se ha mantenido viva durante casi 52 años? La pregunta salta después de oír los testimonios de quienes han perdido a varios de sus seres queridos en el conflicto armado. Las respuestas no son fáciles, pues también es cierto que el dolor y el resentimiento siguen presentes en muchas de las víctimas, y que la mayoría no ha recibido apoyo psicológico para superar la pérdida de sus seres queridos. Están los que guardan la esperanza por el anhelo de ver un pueblo en paz, donde los niños crezcan tranquilos mientras su padres cultivan el campo y no visitando su tumba en el cementerio, y los que sienten temor por lo que pueda ocurrir en los campos y veredas que quedarán a la intemperie cuando los guerrilleros se integren a la vida civil.

Ante esas inquietudes, quedan en el aire, como una respuesta incierta, las palabras dichas por Sandra Callejas Higuita antes de terminar la conversación:

-Yo creo en el proceso, pero no en la paz. Yo le digo a la gente, hay un proceso ¿pero la paz?, esa es mía, es lo que yo haga, lo que construyo cada día con el otro. Pero si usted no tiene con qué comer, con qué pagar el arriendo no está en paz… Hay una violencia aparte, las Farc y el Gobierno están en su problema, pero aquí hay problemas que quizás son mucho más peligrosos que las mismas Farc.

Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me cayó como una patada en el estómago. Él estaba en su escritorio del periódico El Universal, en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.

A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan estridente. Un redactor se levantaba de vez en cuando de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria. Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de Belleza. Al fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de las viejas máquinas Remington.

Álvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero no dijo ni mu. Álvaro le informó que me había llevado hasta donde él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el nuevo redactor, “un muchacho barranquillero”. Entonces, por fin, el hombre habló.

Erda, loco -dijo, remedando burlonamente el acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo menos de los que usan medias!

Aún recuerdo que me quedé paralizado por el asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera desafiante.

¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o barranquillosos?

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Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me llamaron la atención en aquel primer encuentro: por ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a los gritos si Venancio se escribe con “c” o con “s”, ni gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a leguas que el oficio era para él un asunto muy serio. Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso.

Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva, su manera de enconcharse para que no lo alcanzara cualquier persona sino solamente aquellas que a él le interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad. Como no estaba en el plan de hacerse el simpático con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que el intruso, después de todo, no representaba ningún peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos. Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad. A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse leído todos los libros de este mundo que valían la pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba expresando en voz alta algunas reflexiones formidables sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un deber. Y que el buen periodismo puede ser también una fuente de belleza estética.

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La obra periodística de Jorge García Usta tiene, a mi modo de ver, tres vertientes principales, 1) El periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia en Cartagena.

García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía una gran formación teórica porque conocía a fondo el trabajo de los principales cultores del género en el mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. “Si ves que te sale muy fácil – sentenciaba – abre el ojo, porque algo debe estar fallando”. De modo que se autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato, un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no solo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Siempre me impresionó su destreza en el difícil oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la frase sentenciosa, inolvidable. Solo los maestros como él son capaces de encontrar el nervio principal de la historia en una simple escena. En sus manos este recurso no era un mero ornamento, sino una manera eficaz de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una vez por todas.

Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:

—Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.

 Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:

Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se ha vuelto hombre.

Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como “Pie Pelúo” y “La vaca vieja”, era un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente, miraba los peladeros del desolado patio de su casa en el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. Al fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por el cuchillo de un desocupado. “Es el tiempo”, explicó, misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra pelos de yegua.

Entonces -siempre mirándolo todo- se situó delante de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la respiración típica del asmático en receso.

En ese instante hizo rodar la mano derecha por la barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de río y halló en el camino dos ojales sin botones.

El encanto se deshizo.

—Aguante! -gritó. Aguante! gritó otra vez. – Jefe, tengo la barriga asomada.
—Pero eso no importa, maestro -sonó la voz del periodista. Parecía divertido.

Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.

—No, nada de eso. Después dicen que Clímaco Sarmiento no tiene botones.

Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un poco de desacostumbrada solemnidad, y después se oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.

—Vamos pa’ dentro – dijo, y el periodista lo siguió, viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones de montar caballo o desgracia.
Maestro, y usted por qué se puso delante del plátano?

Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, sonriendo.

—Ahí dio usted donde era – dijo porque el plátano es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No cree usted?

Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en varias de las revistas consagradas a defender el periodismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran más bien escasos, especialmente en la Cartagena de nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predominaba era el estilo ortodoxo, el del “dijo”, “señaló”, “anotó” y “puntualizó”. Por eso, sin duda, su aporte en este sentido es más meritorio.

A menudo, García Usta empleaba las escenas en un contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reconocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar las motivaciones más profundas de sus protagonistas y para contextualizar los ambientes que hacían posibles sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del perfil Landeros, el rey de la cumbia.

En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón, y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas y billares, pero Landeros sabía que era una fama apresurada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que no tardarían en probarlo – como era costumbre en la tradición musical del pueblo – y temía una decepción prematura.

La primera oportunidad para examinar, en público, su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un comerciante del mercado público, alegrón y echado para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y lo convidó al mercado.

—Los matarifes te esperan – le dijo, aparentemente sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa invitación encubría un desafío.

Fernández agregó:

—Sabemos que eres un diablo con ese aparato.

Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó no advertir la incomodidad de su alma.

—¿Qué es la vaina? Sabes o no sabes?
No es para tanto, Vicentino – respondió Landeros. Yo medio sé.
¿Qué tanto sabes?

Landeros creyó encontrar una salida fácil.

—Bueno, así como para alegrar borrachos.

El rostro de Fernández se iluminó.

—Ay, mi madre, Andresito, si eso es lo que necesitamos.

Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñudos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros, dijo: “ándala, si el muchacho es hasta serio”).

Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Landeros se abrió paso para posesionarse del espacio donde tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía, variando el orden de repetición. Una hora después, los matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.

En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le preguntó qué le pasaba. “Me voy pa’ la música, mamá”, dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano: “ahí te dejo las maticas de tabaco”.

Él nos enseñó que recrear una escena no es perder el tiempo sino ganarlo. Que la escena añade belleza pero también credibilidad, porque convierte al periodismo en una representación de la vida. Aquí ya no se trata solamente de dar la información básica, sino también los elementos esenciales del entorno. Eso, finalmente, es contar la realidad más allá de las cifras. Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente en el libro Diez juglares en su patio, son memorables. Y muy útiles, porque nos permiten ver a los personajes en su verdadera dimensión humana, medir su dolor y su gracia. Cuando Toño Fernández les echa maíz a las gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando Clímaco Sarmiento, solo y resentido, mira con recelo a los chicos que juegan fútbol frente a su casa, uno entiende por fin lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que “en los detalles está la verdad”.

El tramo final del reportaje Toño Fernández, un hombre que era más que todo el mundo, aparte de ser uno de los mejores momentos del periodismo narrativo colombiano, contiene una carga emotiva que sobrecoge al lector. Uno se enfrenta a ese pasaje con una mezcla de júbilo – por la belleza del texto – y tristeza por la inmensa soledad de las criaturas que intervienen en la acción -. Durante muchos años, nuestro medio cultural magnificó la gira de Los Gaiteros de San Jacinto por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura con el recurso simple pero efectivo de hurgar en las penurias domésticas de uno de sus protagonistas. Y cómo lo hace? Con una escena inolvidable:

En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y obstinado, indaga por la comida con varios ruidos estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar, Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces, de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.

Solo una vez lo hizo.

Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.

—Pruchi, je, hay para todos – les dijo.

Luego mencionó algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación, dijo de repente:

—Todo el mundo habla de Europa, de los que se fueron a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.

Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa, en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas; recordó que algunos amigos iban a darles noticias de ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudidos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que un hombre triunfante le pareció un machetero más que volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un bullanguero pero peligroso disparate.

Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra imposición del destino y su amor siguió igual, abastecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.

Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie y fue hacia él.

—Ya, mijo, ya eso pasó, ya – dijo ella, mientras le sobaba la cabeza.

García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera global. La soledad tremenda de Toño Fernández es la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes. Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía- necesaria para dignificar el periodismo – va más allá del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple, lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba – recuerdo – de una “poesía situacional”, que es aquella que subyace en las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar:

Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una parranda, hace una especie de juramento y evocación de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere, de todos esos hombres con los que ha compartido una alegría, una tristeza, un destino.

 Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso, después de cada nombre:

 —Por Luis Enrique dice, y deja caer un chorrito.
Por Alejo dice, y deja caer otro.
Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo Morales…

Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impacientes que lo miran también a él, esperando la orden de partida.

—Ya podemos empezar dice Abel Antonio -. Ahora sí estamos todos reunidos.

Gracias a su pericia en la concatenación de las escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco frecuentes.

Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un “periódico de ayer” para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado, testimonio de la época que le tocó en suerte.

Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo, la de un agricultor cordobés que la de una matrona sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que coincidieron con él en la época de El Universal como Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre otros – aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de valorar nuestro patrimonio cultural.

***

El llamado periodismo investigativo y de denuncia fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir más allá de lo evidente. Como además era desconfiado por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna tachuela peligrosa.

Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que defendía a un periodista olvidado como Clemente Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso, se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una muestra de la andanada que soltó contra Escalona:

Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces famoso novelista García Márquez cuando éste era pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces, erosionada en ciertos ambientes de compositores y en sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona compositor y del Escalona hombre, eran percibidas como dos caras de una misma moneda: la del poder social y la egolatría desenfrenada, que producidos por los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan a la utilización de la música.

En el código costeño de la amistad, un hombre que es capaz de recordarle en público o en privado a otro hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de comida, produce la peor impresión y recibe los peores calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir cosas así “se necesita tener el alma contrahecha”.

Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el otro, señalar lo turbio. No solo cuando opinaba sino también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser aguafiestas que lo habitaba.

A mí, francamente, se me antojaban excesivas algunas de sus polémicas, como esa que planteó para documentar la tesis de que García Márquez aprendió a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo que García Márquez aprendió a escribir en ambos lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad, agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios, tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó demasiado con este asunto y que magnificó la influencia de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin embargo, es evidente que investigó de manera seria, y es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo van a crecer aún más.

Esa tendencia a la polémica está presente en la obra periodística de Jorge, no solo en las columnas de opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena con el título de La raya en el agua, sino también en sus reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona – en aquel entonces directivo de Sayco – por haberle incumplido a Sarmiento la promesa de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio Porto Ariza:

A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas por negros y después se asustó con la crónica deportiva hecha por los mestizos.

Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás se conformaba con la voz única del personaje principal, jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas, oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo es aquel que se construye con base en muchas miradas diversas, con base en una exploración plural. Los archivos históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones. Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en que García Márquez – pobre e indocumentado – escribía discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando “sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el ímpetu de su escote” y la sometieron a un acoso que “le produjo varios morados en las piernas”.

Volviendo al punto de partida, el del periodismo investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge García Usta con su madre, Nevija Usta, persona clave en su formación y en su obra ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su casa de la calle Don Sancho se convertía en una Torre de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos, un economista como Alberto Abello o un decimero de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la ciudad se deterioró en el momento en que los españoles se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir construyendo murallas de piedra y castillos coloniales. Un día despertaron del sueño y descubrieron que lo que ellos llamaban coloquialmente “Corralito de piedra” se les había convertido en un caos de mototaxis, contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era absolutamente excluyente e intolerante con la crítica. Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces las calles de Manga amanecían alfombradas de peces muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero minimizado en las páginas interiores, como tratando de que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de semejante mentalidad castradora una vez que publiqué una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que por equivocación le transfundieron sangre contaminada de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. Un “notable” de la ciudad pidió mi cabeza. Y el político Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial del periódico un comentario en el cual se mostraba extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la lotería de Bolívar.

Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de información, como las revistas Aguaita yNoventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con conciencia política y social, fundó medios alternativos, levantó la voz sin miedo.

Yo, que siempre he sido más apático en estos temas, a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja, que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final, para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo. El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida, la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la misma sevicia que empleó el día que nos conocimos. Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.

—Aja, maestro -exclamó, mirándome con malicia -: a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita, pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo es esa vaina?

Después me dio una palmada conmiserativa en el hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que ellos tienen. “Ese es el verdadero reto del periodismo”, remató, esta vez con el rostro grave.

También en el periodismo de denuncia Jorge nos dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando investigaba una situación turbia. Buscaba muchas voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los personajes cuestionados – así fueran los bribones más repugnantes – la oportunidad de defenderse.

Cualquiera que busque sus investigaciones sobre la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con la cual contrastaba sus fuentes.

García Usta siempre ejerció el periodismo con dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse, mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos justifican untarse las manos con la podredumbre de un soborno. Como era furiosamente independiente, prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar mucho para ganarse el pan de manera decente, como le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba de ese don, que a mí me parece aleccionador.

Pese a ser sicorígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por

nada del mundo permitía que los demás se rieran de él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar mi breve aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre. Por los días en que salió al mercado la primera edición de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción. Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había publicado varios libros, me miraba con sorna, como siempre, y callaba. Un domingo, recuerdo, un diario de publicación nacional publicó una foto enorme de la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba el agua al coco. Ese día, viendo mi enojo, Jorge no se quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó un gracejo sublime:

—Carajo, blanco – me dijo -: usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, y usted quiere que además se lea el libro!

1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.

1

La mañana del 4 de mayo de 2001 un hombrecito moreno y despeinado se sacaba sus gafas de cristal ancho, como jarrones, antes de echarle sorbos al café insípido y desabrido mientras ojeaba los escaparates céntricos de Dublín. Inexplicablemente sonrió. Qué curioso, le regocijaba esa ciudad húmeda, parroquial, pero de un extraño sentido contemporáneo. Esos pubs en los que cualquier borracho contaba leyendas de mil años atrás como si hubiesen sucedido apenas la última semana, ancianos de ochenta reunidos con adolescentes a bogar barriles de cerveza agria, repertorios de calles adoquinadas guardando muros de ladrillo en los que orinó borracho Samuel Beckett, pórticos y ventanales de los tiempos de Stephen Dedalus y Leopold Bloom (también borrachos), tan helada aunque alegre, tan marginal aunque europea. Tan rebelde.

Es Dublín.

Ese hombrecito no sabía qué le seducía; si el whisky, la cerveza negra, las irlandesas rubias o el desquiciado júbilo de este pueblo de eternos bárbaros civilizados. “Los irlandeses están locos”, pensó, “todos rematadamente locos”.

Tragando el reposado del café evocó cumbres mojadas de neblina, árboles frutales y pájaros barranqueros. Descuidado, alisó sobre su rodilla el traje formal prestado para el caso, que encajó vaya a ver cómo entre hombros, ingresando al lujoso salón. Enfundaba una carpeta gorda de documentos y cifras, de fotografías y prensa recortada, manifiestos, pliegos desordenados. El sabor de la última sonrisa todavía envolvía el del café cuando, flaco, despeinado, morenito, plantaba cara tronando duro en la mitad de la asamblea anual de accionistas del conglomerado papelero más grande del mundo: el Jefferson Smurfit Group.

—Las acciones de esta compañía que ustedes poseen deberían arder en sus manos y pesar en sus conciencias —palpitaba convencido— porque esas ganancias se obtienen en contra del futuro de la humanidad…

Multitud de ojos con asombro se desplazaron del que tenía que ser el foco normal de la reunión sentado enfrente, Michael Smurfit (presidente de la compañía, hijo del fundador y accionista mayoritario), para fijarse en aquel colombiano raro que con su exquisito inglés denunciaba la quema de bosques tropicales vírgenes arrasados por retroexcavadoras y winches, pintaba montañas yermas donde los campesinos quedaron incomunicados entre latifundios forestales inabarcables, explicaba los impactos terribles de la acidificación de los suelos, de aquellos ríos ahogados por coníferas, de los eucaliptos que desplazaron a los animales de monte.

—¿Acaso…? —su mirada desafiaba el auditorio entero—. ¿Acaso la dignidad humana y la naturaleza valen menos en Colombia que en Irlanda?

A continuación seguiría un bullicio mediático que acaparó esa semana la televisión irlandesa y saturó periódicos como el Irish Independent, The Sunday Times, el Examiner y el Sunday Tribune. Quiero imaginar el despelote. Quiero inspeccionar aquel recinto lleno que exige explicaciones parloteando al tiempo. Quiero palpar las venas brotadas en el cuello de los ejecutivos adelante. The Irish Times tituló que Smurfit reñía con una “asamblea anual hostil”. Los socios criticaron duramente los salarios tan elevados de los directivos, la mayoría miembros de la familia fundadora. A causa de una legislación reciente se había revelado que Michael Smurfit acababa de devengar 6,5 millones de euros de sueldo el año anterior. Una señora accionista, de buena voluntad, ofreció disculpas y algunas libras de compensación al colombiano despeinado que seguía levantando la mano y mencionando selvas tropicales milenarias arrasadas, ríos secos, obreros explotados al otro lado del océano. La señora insistía en que recibiera sus compensaciones. “Con esto”, piensa que pensó entonces, “no pago ni el café desabrido de esta mañana”. Michael Smurfit, atacado en su guarida, salió de casillas desencajado:

—Somos una compañía muy respetable. De hecho, recientemente he recibido una carta del presidente de Colombia felicitándonos.

Un día después, el 5 de mayo, nada menos que el New York Times reseñaba parodiando ese alboroto: “lejos quedaron aquellos días cuando las asambleas anuales de las compañías irlandesas eran plácidos coloquios a los que asistían jubilados más interesados en los sánduches gratis que en las cuentas financieras de la empresa”.

Pero ya entonces el hombrecito flaco, acompañado por la eurodiputada Patricia McKenna, abandonaba Dublín tras una carrera de película de espionaje.

—Puede que fuera paranoia —confiesa—, pero yo sentía que me perseguían, hermano.

Tomó buses aleatorios. Dobló esquinas, callejones, muros donde antes orinaron borrachos Beckett y Bloom y Dedalus y Joyce juntos. Subió a un taxi siguiendo rutas absurdas. Lo soltó. Subió a otro. Traspasó el mar en ferry, pisó costa inglesa, trepó al primer avión que pudo y, ya volando, sonrió. Pensaba que esa gente tenía de sobra como mover hilos muy delicados para ensuciarlo, qué sabe uno, por ejemplo enviando una patrulla de policías a empacarle en la mochila un kilo de cualquier sustancia blanca prohibida, como puesta en escena para fingir una detención. Los titulares del Irish Times, sin duda, habrían sido diferentes.

¿Quién era el despeinado de gafas que le robó el show al amo del mayor emporio multinacional irlandés? Pues ese morenito nacido y criado en el municipio cafetero de Calarcá, caminante irredimible de charla frondosa, era otro de los propietarios de la multinacional papelera más grande del mundo, aunque no tanto como Mr. Smurfit, ni como la señora de las disculpas.

Era Néstor Jaime Ocampo, poseedor de una única acción del Jefferson Smurfit Group, puesta a su nombre por un colectivo de solidaridad con Latinoamérica en Irlanda. Una acción que aún conserva, adquirida solamente con el propósito de colarse a esa asamblea dañando los agasajos al emperador del cartón, aquel 4 de mayo, cuando la boca le sabía a café, a sonrisas.

2

En 1986 el Jefferson Smurfit Group se hizo al control mayoritario de Cartón de Colombia, una gran empresa en negocios de pulpa de papel y plantaciones forestales fundada en 1944 por inversionistas antioqueños en alianza con capital norteamericano. Cartón de Colombia comenzó fabricando cajas corrugadas, plegados y diversos empaques de fibra larga para abastecer una reciente demanda industrial en el país; vendía sus productos a confeccionistas, cementeras, fábricas de comestibles, harineras, exportadores de banano. Poco a poco la élite empresarial comprendía las ventajas de reemplazar pesados y costosos cajones de madera por cartón que cumplía además funciones de publicidad, pues llevaba impreso el logotipo de marcas y mercancías.

En los primeros años de operación Cartón de Colombia trabajó con pulpa importada de potencias madereras como Finlandia. Construyeron su planta principal junto al río Cauca en Puerto Isaacs (Yumbo). Pronto ciertas condiciones abrieron la posibilidad de encajar una economía de escala, asegurando un prominente futuro a la actividad forestal en el país: la empresa podría abastecerse de madera local gracias a las extensas selvas baldías del litoral pacífico, relativamente cercanas de la planta procesadora.

Los negros del litoral vieron una pequeña avioneta cortando nubes “desde Cabo Corrientes hasta el río Mira”, según anota Hernán Cortés Botero, veterano vicepresidente de la empresa. Eran expertos que hacían reconocimiento de las selvas y su geografía, “lo cual condujo a escoger la zona del Bajo Calima por su ubicación estratégica en relación con el sitio de la fábrica, procedimiento complementado con la intensa investigación de las especies arbóreas existentes”, concluye Cortés en un libro conmemorativo.

Gobiernos de turno otorgaron a la empresa concesiones sobre bosques vírgenes en aquella vasta región al norte del puerto de Buenaventura. La compañía recibió a través de su filial Pulpapel 15.000 hectáreas en 1957; 25.000 en 1962; 11.710 en 1970; y, finalmente, 60.000 más en 1974. Una superficie tan grande que supera casi dos veces el territorio de Holanda. No era baldía como se afirmaba, pues lleva siglos ocupada por comunidades afrodescendientes e indígenas que terminaron aserrando a destajo para la multinacional. Hasta 1993, cuando abandonó la concesión, la empresa arrasó todo lo que pudo cortando troncos tan compactos como los del manglar, que no son útiles elaborando papel. Hoy se jactan de haber sido la primera papelera del mundo que consiguió producir pulpa a partir de maderas duras tropicales.

Fue en 1969 cuando la Reforestadora del Cauca, filial de Cartón, emprendió siembras de pinos en la finca Chullipauta, entre Popayán y el municipio de Cajibío. Este modelo se extendió rápidamente por el suroccidente del país a través de contratistas, arriendos de fincas o compra directa de las tierras. La compañía aprobó en 1974 su plan forestal para adquirir 30.000 hectáreas en un lapso de 15 años. Eric Leupin, quien era cónsul holandés en Cali, fue de los primeros subcontratistas asociados. A enero de 1975, así marchaba su negocio sobre 1.600 hectáreas de cañadas vírgenes, arriba de la Cordillera Central, cerca al pueblo indígena de Inzá (Cauca):

“Habían [sic] dos factores que me llevaban a creer que la compañía tenía un buen futuro: las ventas de madera estaban aseguradas y los permisos para explotar los bosques ya habían sido aprobados por el gobierno. Las ventas estaban respaldadas por un contrato firmado entre la productora de pulpa (…) que estipulaba la compra de 100.000 toneladas de madera a un precio previamente negociado (…) El volumen total de madera para entrega podría ser ampliado para cubrir toda la madera disponible en la propiedad de la empresa que se estimaba en 230.000 toneladas aproximadamente”.

La tala de la selva andina anticipó la siembra de plántulas de pino, aportadas directamente por Cartón de Colombia. En la mayoría de casos, la propia multinacional adquiría terrenos boscosos o haciendas ganaderas poco productivas en tierra fría, por precios muy bajos. Luego las pineras invadían todo. Hacia 1989 la compañía no sólo había dejado ya de importar pulpa sino que además podía prescindir de la madera proveniente de la concesión selvática: alcanzaba a autoabastecerse por completo con sus cultivos de coníferas. Por entonces comenzaron a experimentar con los primeros brotes de eucalipto clonado.

De las 104.000 hectáreas de plantaciones y bosques nativos que la multinacional asegura poseer en el mundo (en países como Venezuela, Colombia, Francia, España), 68.534 hectáreas oficialmente se encuentran entre las cordilleras Central y Occidental de los Andes colombianos. El “principal activo forestal de esta empresa”, en palabras de sus directivos.

3

Néstor no era dueño de todo eso. No todavía.

Antes fue muchas cosas. Educado por franciscanos, fue el pequeñín campesino admirador del Santo de Asís, que cuidaba la incipiente reserva del alto Navarco con su abuelo, primer guardabosque del Quindío y quizá del antiguo departamento de Caldas. Después fue el mochilero peludo que viajaba deautostop por las carreteras de los años 60. Fue alumno en la Facultad de Ingenierías, cauchera en el bolsillo y piedra en mano, un agitado 1971 cuando la Universidad Nacional de Bogotá quería ser epicentro de todas las revoluciones de la historia. Jamás se titularía como ingeniero mecánico, prefirió irse a asesorar la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, compartiendo sudor y fatigas con sus paisanos jornaleros que paralizaron la producción cafetera. Luego fue un entusiasta participante del movimiento ecológico nacional que floreció cuando en el pequeño caserío de La Suiza, cerca a Pereira, acontecía el congreso de Ecogente en 1983.

—Arrancamos con el cuento de la ecología en los ochenta. No teníamos claro cómo era eso, pensábamos que cuidar la naturaleza era recoger las basuras, sembrar arbolitos, algo más de buenas intenciones, pues no había una comprensión profunda de los problemas ambientales.

Fue hijo, hermano, amante. Fue compañero. Una vez se sorprendió a sí mismo vendiendo morrales y tiendas de campaña para sobrevivir, porque fue padre. Néstor Ocampo fue, sobre todo, lo que sigue siendo: un caminante.

Vaya tiempo de correr el país alborotando avisperos con otros dos pioneros en la materia: Néstor Velásquez y Luis Alberto Ossa. Apenas se tomaba conciencia de la inexorable crisis ambiental en que andaba metido el planeta; mientras la izquierda sufría su peor debacle, la ecología surgía como disciplina poderosa, renovadora, a la orden de las circunstancias más urgentes. Esta semana, en Antioquia removían la opinión pública denunciando la desaparición de las selvas de Caucasia por la presión ganadera; la siguiente mostraban la contaminación que las trucheras causan al torrente del río Quindío; luego viajaban a Calima-Darién, en el Valle del Cauca, para conocer los impactos negativos de las primeras plantaciones de pino.

—Y creamos la Fundación Ecológica Cosmos en Calarcá. Es coincidencia, el mismo año que llegó la Reforestadora Andina.

El 1 de noviembre de 1987 Néstor Ocampo se sentaba solo en una casa alquilada, vacía, frente a un escritorio desierto, a dedicarse por completo sin saber muy bien a qué; limpiar el río los fines de semana, adelantar jornadas de reciclaje, reforestar los arroyuelos, programar caminatas educativas. Jamás visitó de nuevo su taller de morrales e implementos de camping.

—Hasta que una vez, caminando por la trocha que va de Calarcá a Salento, arriba de la montaña nos encontramos esa gente haciendo daños.

Desde la década del ochenta los tempranos ecologistas habían sido testigos de la invasión de las coníferas y los eucaliptos en Quindío y Risaralda. Primero con la Compañía Nacional de Reforestación, y más adelante cuando la Reforestadora Andina (empresa subsidiaria de Cartón de Colombia en el eje cafetero), ocupó enormes terrenos que habían sido bosques nativos o zonas de producción agrícola en la cordillera. Con frecuencia pillaban los operarios tumbando el monte y realizando quemas prohibidas para ahorrar trabajo al despejar lotes de siembra y cosecha. Cada año la Fundación Ecológica Cosmos interpuso demandas formales contra la Reforestadora ante la autoridad ambiental del departamento, la Corporación Autónoma Regional del Quindío. Esas demandas nunca prosperaron.

El 5 de agosto de 1993 irrumpieron en la Fundación varios campesinos calzando botas pantaneras, bastante agitados. Habían descolgado la montaña desde la vereda Chagualá.

—Hermano, viera lo que está pasando arriba —le advirtieron—, hay un incendio el verraco allá donde estaban esas pineras.

En el primer Jeep que consiguió con un compañero fotógrafo de la Fundación, Ocampo se le tiró a la montaña. Encontraron 25 hectáreas a pleno fuego encima de una plantación de pinos recién cosechada. “Yo no podía creer esa vaina”, recuerda que bajó furioso y chamuscado, directo donde el responsable de la Corporación Autónoma, para sentenciarlo:

—Este año no vamos a denunciar a la multinacional. Los vamos a denunciar a ustedes. ¿A nombre de quién mando la carta? ¿A nombre suyo?

4

Más fácil si miramos fotos antiguas.

Inconfundible la sonrisa estridente de César Gaviria Trujillo cuando era jovencísimo presidente de la República; se frunce entregándole la Cruz de Boyacá a Michael Smurfit durante una ceremonia en Cali, carcajea pasando un cóctel con los socios de la multinacional. Es 1994. Por ahí anda también el barón conservador del Valle, Carlos Holguín Sardi.

Época distinta. A blanco y negro se aprecia cómo Adolfo Carvajal soba la mano de Alan Smurfit, hermano de Michael. El Grupo Carvajal, entramado empresarial del Valle del Cauca ligado a negocios editoriales, es accionista minoritario pero importante desde que don Manuel Carvajal participara en la fundación de Cartón de Colombia en 1944.

Instantáneas de los sesenta. Figuran sentados miembros de las familias fundadoras, Carvajal, Uribe y Gómez —accionistas nacionales—, con el ministro de hacienda de ese tiempo, Luis Fernando Echavarría, junto a ejecutivos norteamericanos. Otra imagen muestra en primera fila al comandante militar de la tercera brigada de entonces, general Bernardo Lema, caminando con el gobernador del Valle, Raúl Orejuela. Con ellos va Gustavo Gómez Franco, el hombre fuerte de la compañía en Colombia, que en una foto diferente le regala un libro a la hija del rey de España, doña Cristina de Borbón y Grecia. Veremos al señor Gómez Franco con el primer ministro de Irlanda, Albert Reynolds, o inaugurando una escuelita (logo de Smurfit pintado en la pared). Lo veremos plantando arbolitos, participando en coloquios internacionales, probando whisky junto a Nicanor Restrepo, el capitán del Grupo Económico Antioqueño. Lo veremos al lado del director del Instituto Nacional de Recursos Naturales, también acompañando al Ministro de Desarrollo. Con las autoridades civiles, con las autoridades militares, con los curas, los científicos, los pintores, las señoras, los bebés, los ciclistas, con un equipo de futbol, con políticos que eligen su color o su partido según cada cuatro años.

Estampa memorable. 1953, el presidente de la República Roberto Urdaneta —sombrero y corbatín— inaugura con técnicos extranjeros uno de los molinos procesadores de pulpa en la fábrica de Yumbo, diseñada nada menos que por el célebre arquitecto Walter Gropius.

Otra, 1974, el presidente de la República Misael Pastrana sirve de testigo para unas escrituras públicas conformando una entidad mixta de investigaciones forestales.

Otra más, julio de 2002, 30 compañías multinacionales, incluida Cartón de Colombia, organizan una reunión de respaldo al candidato recién electo, Álvaro Uribe Vélez, a quien donaron dinero para sus dos campañas presidenciales.

Así queda más fácil resumir setenta años. Cambian caras. La multinacional permanece.

5

—Qué hubo, malparido hijueputa. ¿Vas a seguir jodiendo? Te vamos a chuzar, cuídate, malparido, que te vamos a chuzar.

Néstor Ocampo jura que nunca ha tenido roces personales con nadie. Pero casualmente, cuando empezó a pelear contra las plantaciones forestales, sonaban a diario voces anónimas al teléfono prometiendo puñaladas.

—Mis hijos son ciudadanos canadienses —explica—, se fueron como refugiados. Yo preferí quedarme.

Debido a sus denuncias públicas la multinacional lo demandó por injuria y calumnia. 1994 fue de polémica con primeras planas informando citaciones, apelaciones, fallos en segunda instancia y finalmente un artículo en El Tiempo de Gustavo Gómez Franco, el gerente de Smurfit, respondiendo a las columnas del reconocido fotógrafo Andrés Hurtado —también en El Tiempo— que criticaban fuertemente la empresa.

Al final Néstor Ocampo ganó el pleito jurídico, pero el contexto nacional era espinoso. La guerrilla de las Farc intentó capitalizar el rechazo que sentían las comunidades campesinas del eje cafetero hacia el negocio forestal; en las lomas altas de Salento incendiaron maquinarias de la Reforestadora; sobre los grandes cultivos que abarcan las montañas de Guática y Riosucio los guerrilleros quemaban volquetas de contratistas, prohibían el ingreso a las plantaciones y amenazaban operarios. Un boletín del frente 50 que operaba entre el Quindío y el Tolima anunció que no permitirían “ni un metro más cultivado de pino”.

Más contradictorio resultó que en el sur del país varias comunidades siempre acusaron a la guerrilla de buscar alianzas con la compañía, concretamente, asesinando líderes indígenas del Cauca que se opusieron a los pinos, o cobrando extorsiones a los cultivos en sus zonas de influencia. El caso más evidente en la región del Alto Naya lo documentó Walter Joe Broderick en su libro El imperio de cartón.

Cuando la Fundación Cosmos convocó a proteger las palmas de Cera, derribadas cada semana santa para elaborar los famosos ramos, de los altares llovieron acusaciones tachándolos de comunistas ateos enemigos de la iglesia. Ahora que denunciaban a Smurfit algunos círculos insinuaron que andaban trabajándole a la guerrilla.

—Mi estrategia ha sido dar la cara haciéndome muy visible. No tengo nada que esconder. Eso sí, a mí no me van a encontrar dando papaya borracho en la calle a medianoche.

Es verdad que su figura es bastante conocida, aunque no libre de controversia. En Calarcá, desde los vigilantes del banco y los desocupados de la plaza, hasta los notables del pueblo o las vendedoras de arepas, cualquiera reconoce a Ocampo. Nada raro que lo detengan a media calle a pedirle favores o solución para esos problemas de aldea que nadie resuelve, por ejemplo, quién se va a ocupar de los desperdicios arrumados en tal esquina, quién puede adoptar un cachorro de gatito abandonado en tal lugar, y así. Hay quienes opinan que jugó un oportunismo dudoso vinculándose a la alcaldía de John Bairo Cohecha, una administración que terminó demasiado cuestionada. Algunos van más allá sentenciando que lo de Cohecha fue “el peor desbarajuste” en la historia del municipio y a Ocampo lo acusan de no ponerse al margen de esos malos manejos. “Nunca se ha sabido cómo se mantiene”, me contó un joven periodista, “yo no digo que robara, pero estuvo ahí”.

El 25 de enero de 1999 a Néstor le caerían encima dos años fulminantes. Acababa de posesionarse en la alcaldía y terminó gestionando el desastre humanitario que dejó desmoronado el terremoto del eje cafetero en Calarcá y Armenia. Montó una emisora comunitaria desde el campanario de la catedral, organizó un periódico y un centro logístico en el cuartel de bomberos, pero primero convirtió su bicicleta en oficina rodante: pedaleaba por los escombros atendiendo damnificados, canalizando víveres, llevando agua, censando víctimas.

—Fueron probablemente los años más intensos de mi vida, dormía encima del escritorio y trabajaba 16 horas diarias toda la semana. Pero los agradezco, hermano, los agradezco. Hoy siento que en esos años me gané el derecho a vivir en el nuevo milenio.

Lo dice con aire de convencimiento, quizá haya cierta presunción, quizá ansias de protagonismo. Nadie sostendría que no lo tuvo; sin embargo, sus críticos sitúan ese protagonismo junto al descalabro de la administración municipal desastrosa, endilgándole responsabilidades. Néstor es el típico líder que gravita en torno a una personalidad fuerte y absorbente, deseosa de figurar en todas las coyunturas.

Después volvió a lo de siempre: redactó memoriales, preparó ponencias, estudió la composición de los suelos, las amenazas a la fauna en peligro. A medianoche escalaba rutas del Valle del Cocora para sabotear una carretera que la Federación de Cafeteros quería echar hasta el mismísimo páramo de los nevados: de madrugaba arrancaba los postes topográficos que marcaron el trazado arrojándolos al abismo. El último, el que marca 19 kilómetros 400 metros, lo guarda como un trofeo. Buscando apoyo internacional para tantos propósitos contactó alguna vez con el BUND, la asociación ecologista más numerosa de Alemania. Con ellos viajaría a Berlín y a Heidelberg, donde estuvo tres meses impartiendo conferencias y sosteniendo reuniones. De ahí saltó a Irlanda en mayo de 2001.

Ya el teléfono había parado de sonar, por supuesto.

6

Salento es el pueblo escaparate de la parafernalia cafetera. Recibe el año completo miles de turistas propios y extranjeros, atraídos por la arquitectura típica de la colonización antioqueña, por sus vistas altivas de la cordillera y los restaurantes que sirven trucha. El visitante se devuelve con la imagen pasajera de una villa como era cien años atrás, de balcones coloridos, de aleros, portones y barandales tallados en madera de cedro, geranios y novios reventando cada ventana. Hay una encantadora panorámica del Valle del Cocora, paisaje agraciado que concluye en filas de palmas de cera acariciando la neblina. Una belleza de exportación. Una vitrina.

El drama de este pueblito es que apenas si le quedan campesinos, y no solamente por lo perturbadora que fue la explosión turística inflando los precios de todo. Se acabaron las parrandas montañeras. No hay cafetales. Se acabó la variedad de papa salentuna, antes apreciada desde Manizales hasta Sevilla. Se acabaron las lecherías y los quesitos paramunos. Quedan arrieros, claro, para subir excursionistas japoneses o italianos por el Cocora al nevado del Tolima. Los visitantes no perciben que más del 10% del territorio de Salento es propiedad de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia.

—Nunca se ha podido saber con precisión —Ocampo está ofreciendo una charla sobre terreno a un grupo de universitarios—, pero nosotros estimamos que entre el 4 y 5 por ciento de las tierras del departamento del Quindío están en manos de esa multinacional.

Los cultivos de pino hacen que algunas zonas parezcan localidades de los Alpes y no el trillado corazón de la cultura cafetera. Un viejo chiste de los ecologistas dice que la Reforestadora Andina ni es Andina ni es Reforestadora porque sus verdaderos dueños son multimillonarios irlandeses y la empresa no siembra un árbol que no vaya a talar luego.

—Observen el territorio —insiste Néstor—. ¿Qué ven? Es mucho más que un lugar. Es un paisaje, pero también una historia y una cultura. Esas lomas de cumbre plana tienen pasado: se llaman “terracetas”, fueron asentamientos de indígenas que aplanaban para cultivar y construir sus viviendas. Ese valle en forma de U tiene otra historia: fue formado probablemente por un glacial que se descongeló hace millones de años y rompió la montaña. Los potreros nos dejan ver una vocación agrícola de la zona. ¿Entienden? El concepto de territorio implica que la gente se reconoce y se siente parte de él, hay una relación humana con la tierra, porque ahí está nuestra historia, nuestras formas de vida, el sustento, las tradiciones. Nosotros somos el territorio. Nada de eso le interesa a una multinacional que viene a apropiarse de los suelos y del agua para conseguir mayores ganancias.

Superando Alto de Cruces, en la autopista entre Pereira y Armenia, los alrededores repiten el verde monótono que identifica los cultivos forestales. Los pocos pobladores aseguran que están secando la estrella hídrica del Morro Azul, donde nacen las corrientes del Consota, Cestillal, Barbas, Bolillos, Bremen, Roble, Espejo y Boquía. Las fuentes de agua para medio Quindío.

Ocampo repite los tópicos frecuentes de los ecologistas cuando lanzan diatribas a los monocultivos. Que agotan los manantiales, que destierran las comunidades campesinas, deterioran los suelos, alteran el equilibrio de la biodiversidad. Que enriquecen a corporaciones foráneas. Los mismos argumentos de los mapuches de Chile o algún manifiesto brasilero por la defensa de los bosques tropicales. Pero hay algo inédito cuando Néstor sostiene que el verdadero problema no está en la naturaleza, ni siquiera en las relaciones sociales de dominación, sino en el terreno de las ideas. Los chicos en la escuela, cuando tienen que dibujar un árbol, pintan un pino. Por eso, dice, la batalla es contra el consentimiento, contra la aceptación a priori de que sembrar esos árboles es algo bueno, necesario y hasta encomiable, sin analizar el contexto.

Las empresas publicitan su negocio arguyendo que las coníferas y eucaliptos son saludables para el planeta. Defienden que siempre será mejor una plantación que un área dedicada a la ganadería o cultivos de mayor impacto. Multinacionales como Smurfit argumentan que sus plantaciones son sumideros de carbono que ayudan a disminuir los impactos del calentamiento global. Las Corporaciones Autónomas, autoridades que se presumen independientes, escudan el negocio forestal como un ejemplo que combina productividad con protección de la naturaleza.

—Hermano, la culpa lógicamente no es de esos pobres eucaliptos —remata Néstor—. Ese árbol hace lo único que puede, que es crecer. Y con las condiciones del trópico ese crecimiento es muy acelerado, necesita más agua y nutrientes de lo normal. Pero quienes promueven eso, a sabiendas del daño que provocan, sí son responsables.

Lo cierto es que numerosa literatura científica señala algo que la sabiduría popular advirtió antes: los monocultivos forestales exóticos disminuyen el caudal de los ríos. Las causas alternan entre una gran demanda de agua del árbol en crecimiento, mayores pérdidas por evaporación y poca retención de la lluvia debido a una ausencia de capas inferiores de vegetación nativa.

Durante alguna de sus visitas a Colombia, Michael Smurfit no andaba con tonterías si declaró abiertamente que “en una industria como la nuestra, los grandes activos naturales, bosques y agua, han sido considerados como los elementos claves del éxito”. En 2005 el Jefferson Smurfit Group se fusionó con Kappa Packaging; amplió así sus operaciones prácticamente a toda Europa y dominó el mercado en Argentina, Chile y Uruguay. Las acciones de la compañía, que la última década habían fluctuado alrededor de los 8 euros, a mediados de octubre del 2014 pegaron un alza portentosa y todo 2015 se cotizaron entre 24, 26 y 29 euros. Evidentemente el negocio repunta, pues la multinacional planea una ambiciosa expansión a Perú y Ecuador cuya base obvia de operaciones será Cartón de Colombia.

Más o menos eso posee Néstor Ocampo: ni siquiera 30 euros de la mayor papelera del mundo. La que en palabras de Mr. Smurfit supo apoderarse de aquellos “elementos claves del éxito”.

7

—Te cuento, Camilo, la cultura forestal en Colombia ha sido más del tumbar que del sembrar. Este país y toda su zona andina se hizo tumbando, tanto, que el símbolo de una ciudad como Armenia es un tronco con un hacha.

Ahora le toca el turno a Ricardo Gómez Londoño, también nacido y criado en Calarcá, también amable conversador, imparable en la charla y además ciclista aficionado. Pero Ricardo será opuesto a Néstor hasta la médula: es el ingeniero responsable del núcleo de explotación forestal de Smurfit-Kappa para el eje cafetero y, por tanto, un defensor convencido de las plantaciones comerciales de árboles. En su discreta oficina, Ricardo, quien domina los datos técnicos con precisión apabullante, como un malabarista que juega tirando un arsenal de cuchillos al aire sin cortarse, me va a hipnotizar explicando que la multinacional es la propietaria privada con mayores áreas de bosque natural en el país, que sus lotes son globos de terreno siempre superiores a 70 hectáreas para lograr un rendimiento eficaz, que tienen 454 propiedades repartidas en seis departamentos, que emplean sobre terreno a 2.500 operarios entre jornaleros, aserradores, fumigadores y demás, que para alimentar los molinos de la fábrica en Yumbo se necesitan 830.000 toneladas de madera al año, es decir, cada día entre 300 y 350 tractomulas cargadas de troncos provenientes de las montañas del centro y suroccidente colombiano, y que toman en cuenta la vocación del suelo para no desarrollar actividades en zonas donde, según él, podrían alterar otras dinámicas productivas (no me lo creo) o, en todo caso, donde el precio de los terrenos no ofrecería la rentabilidad esperada (eso me parece más convincente). Por eso prefieren fincas entre los 1.600 y 2.400 metros de altitud, donde la tierra suele ser quebrada, sí, pero barata y lluviosa.

—¿Qué es lo que nos interesa? —continua Ricardo—. El agua. Smurfit-Kappa Cartón de Colombia lo tiene totalmente claro, nuestros bosques naturales protegen las fuentes hídricas de las comunidades que están más abajo de las plantaciones, porque competimos con la ganadería extensiva, ayudamos a recuperar terrenos que habían sido deforestados. Mucha gente no nos perdona que aprovecháramos bosques naturales durante muchísimos años en el Bajo Calima, pero es que no era ilegal, y no es hoy en día ilegal; empresas como Maderas Pizano lo siguen haciendo en el Chocó.

Aunque hace décadas que lograron producir papel a partir de maderas tropicales, resulta más provechoso plantar pinos y eucaliptos, pues los tiempos de cosecha son muy cortos y la calidad es superior. Sin embargo, Ricardo Gómez asegura que la multinacional ha experimentado con árboles nativos como el chaquiro (Retrophyllum rospigliosii), que se podría cultivar si sus variedades mejoradas consiguieran cosecharse a los 22 o 24 años. También admite que si se trata de conservar el medio ambiente, no hay comparación posible entre un bosque nativo y una plantación forestal, porque el primero “está totalmente regulado, el ciclo hidrológico allí es perfecto”, mientras que la plantación causa un impacto negativo cuando se tala, dejando el suelo descubierto.

—Ahí no hay discusión —reconoce—, es algo de razón natural.
—¿Y cómo ha sido la relación con Néstor Ocampo?
—Nula. Él no entiende la actividad forestal y nunca la va a entender. Hace caminatas cada mes y toma fotos, las pone en Facebook diciendo que nosotros talamos, que tumbamos, que quemamos. Smurfit tiene una excelente relación con Orquídea, la Organización Quindiana de Ambientalistas, con ellos tenemos proyectos conjuntos. Con Néstor nunca se ha podido. Yo diría que nos evade. Cuando estamos en alguna reunión no habla una palabra, porque sabe que Cartón tiene personas preparadas capaces de dar el debate. Es paisano mío, lo respeto y es un trabajador incansable, nunca ha sido agresivo, ni grosero, pero le falta profundidad. De Néstor se hablan muchas cosas, tiene partes oscuras de su vida que nadie las sabe, entonces la gente puede especular muchísimo, como que se fue del pueblo cinco o seis años y no se conoce lo que hizo en ese tiempo…

Luego nos pasamos a los ejemplares de pinos vietnamitas y centroamericanos, a las precipitaciones en la vertiente del Dagua y La Cumbre, a los inversionistas chilenos y brasileros que están sembrando miles de hectáreas de los llanos orientales con acacias, y a la posibilidad fallida de elaborar papel con fibras de guadua.

—Yo te agradezco, Camilo, que hayas venido. ¿Querés otro tinto?

8

—Cuando volví de Irlanda me encontré en Armenia a León de los Ríos, que era gerente de la Reforestadora Andina —Néstor recalca que su disputa es de ideas, pero las personas se respetan—. Es un tipo muy inteligente, muy formado. Hasta amigos nos hicimos de tanto pelear.

En un coloquio institucional sobre medio ambiente, León ingresó tarde al auditorio y apenas quedaba un puesto libre al lado de Ocampo. Cuando vaciló intentando retroceder, aquél lo encaró:

—Dejáte de pendejadas y sentáte acá, León, que yo no tengo nada contra vos, mi problema es con esa verraca multinacional.

Cierta vez León de los Ríos buscó a Néstor para decirle que Víctor Giraldo, otro de los hombres fuertes de Smurfit en el país, deseaba conocerlo:

—El doctor Giraldo lo anda buscando, quiere hablar con usted. Lo invita a Cali, a Yumbo, todos los días que quiera, en las condiciones que quiera…
—Hombre, León, decíle que yo estoy muy ocupado, no tengo tiempo de ir por allá. Si quiere hablar conmigo que venga a Calarcá.

Y vino. Cartón de Colombia ordenó alquilar uno de los salones grandes del Hotel Armenia Estelar, el mejor del momento, nada más que para sostener un almuerzo entre dos tipos. Néstor corrió temprano al lugar donde, como de costumbre, tenía conocidos.

—Muchachos —les dijo—, ¿ustedes me garantizan que no vayan a montar una hijueputa cámara escondida en ese salón?

Así, sobre seguro, luego de traspasar a bordo de su bicicleta esa ciudad ruinosa devastada por un terremoto y antes por la caída de los precios del café, el hombrecito moreno y despeinado detrás de sus lentes gruesos como jarrones vio llegar al vicepresidente colombiano de Smurfit. Víctor Giraldo era, en términos estrictamente legales, un empleado más de la multinacional que hoy factura 8.200 millones de euros al año, esa compañía con la que Néstor se ha pasado media vida peleando y de la que terminó siendo accionista sin querer. Bajo una aparente normalidad muy cordial, los convidados probaron las primeras cucharadas. Entonces Giraldo intentó con evasivas:

—Néstor, yo creo que nosotros, a pesar de algunas diferencias, estamos del mismo lado del río.

Tres frases más adelante, el otro pegó el hachazo:

—Mirá, hombre, parála ahí un momentico. Nosotros no estamos de la misma orilla de nada: estamos en las orillas opuestas de un río muy, pero muy ancho. Tan ancho, que casi ni lo alcanzo a ver a usted.

A partir de ahí ambos discutieron sin rodeos. Con una franqueza inesperada Giraldo se calentó. Que eso era oponerse al progreso, cosas de izquierda y de guerrilleros, podrían trabajar juntos en planes por el medio ambiente, una causa común, un interés superior, podrían colaborarse, ayudarse de alguna manera. No debía olvidarlo: él, por poco que fuera, también era dueño y accionista de la compañía…

Maquinaba su discurso, pero el morenito despeinado ya no iba a entender razones. Se devolvía al mismo niño que agotó sus tardes viendo trabajar las hormigas dentro de la hierba, intrigado por descifrar cómo algo tan pequeño podía moverse, sorprendido con la manera como crecen las plantas y engordan las nubes. Un niño que brincaba imitando los venados del Alto Navarco, donde aprendió con su abuelo a cuidar el monte y a buscar los huevos de las gallinas entre los matorrales.

Liquidaron el almuerzo y se despidieron. Nunca se volvieron a ver.

En la plaza principal de Ramiriquí, Boyacá, se levanta una estatua de Juan Mauricio Soler. Es una estructura construida con piezas de chatarra forjada, en la cual sobre un plano inclinado se sostiene la representación de Soler parado sobre los pedales de una bicicleta. De cuando en cuando viajeros que cruzan por este pueblo se detienen en el parque a tomarle una foto. Juan Mauricio es -a sus 31 años- la vieja gloria más joven del ciclismo colombiano y el ramiriquense más destacado desde el expresidente José Ignacio de Márquez.

A una cuadra de la estatua, en una casa de tres niveles, vive Soler. En la primera planta de la construcción de ladrillo el suegro de Mauricio administra un taller de motos en cuyo aviso se ve la figura del exciclista. Todos los días, a eso de las ocho de mañana, Mauricio sale de su casa en compañía de Aquiles, un labrador negro, y camina hasta la finca que tiene a un kilómetro del pueblo por la vía a Miraflores. Allí tiene dispuesto un pequeño gimnasio. Sus días siguen siendo, después del accidente, días de recuperación.

***

Un inventario incompleto de las caídas de Juan Mauricio Soler:

Aquel absurdo accidente en los primeros diez metros, sin haber superado aún las vallas de salida de la primera etapa de la Vuelta Nacional del Futuro del 99. Quedaría segundo en la clasificación general, detrás de un corredor al cual le había sacado dieciséis minutos en las pruebas clasificatorias del departamento.

La vez que preparándose para la Vuelta al Porvenir de 2001, bajando el Alto de Canutos en la vía Duitama-Soatá, se le cayó la rueda delantera al saltar un policía acostado. Se destrozó la cara, duró tres días inconsciente en el hospital. La cicatriz que se extiende unos dos centímetros desde la comisura izquierda de sus labios hacia arriba es la marca imborrable de aquel golpe. “Eso fue terrible”, recuerda Manuel Soler, su padre: “no se reconocía quién era”. “Este man se va a retirar”, pensó Serafín Bernal, su entrenador. Al cabo de unas semanas se reintegró a los entrenamientos y fue campeón de la Vuelta que preparaba.

La caída en la última etapa de la Vuelta a la Juventud de 2003 con llegada en Yopal. Según su hermano Omar todo indica que un grupo de corredores de Antioquia, históricos rivales del ciclismo boyacense en las competencias nacionales, lo cerraron faltando medio circuito para la meta.

En la tercera etapa de la Vuelta a Colombia del 2005 coronó de primero el alto de La Línea, pero en el descenso tuvo tres caídas; una de esas en el sector conocido como Lanzaperros donde los fuertes vientos le hicieron perder el control de su bicicleta. Fue el día en que murió en transmisión el narrador de ciclismo Alberto Martínez Práder, cuyas últimas palabras, antes del accidente del transmóvil —desde el que narraba la carrera—, fueron “Soler, Soler…”. Quedó sexto en la clasificación general, rey de los novatos y ganador de la última etapa.

En la fracción del Clásico RCN del mismo año disputada entre Ibagué y Armenia un aficionado en Cajamarca se le atravesó al lote e hizo que cayera al asfalto. El plato de la bicicleta se le enterró en una pierna. Logró terminar la etapa pero al siguiente día no pudo ser parte de la largada.

El accidente en Bolivia en el 2005 en el cual se le atravesó un perro. Según Pablo Arbeláez, redactor de ciclismo de El Colombiano, “la cara le quedó como un mapa”.

La caída en la Coppa Agostoni en 2007 lo llevó al quirófano para que le fuera realizada una reconstrucción de cartílago en la muñeca derecha.

La lesión de una de sus rodillas, que alteró su calendario ciclístico, por una caída en el Giro della Provinca di Reggio Calbabria en febrero de 2008.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia del mismo año que le ocasionó una fractura en la muñeca izquierda. Ese día llegó pedaleando hasta la línea de meta, lo cual, según su compañero de equipo Enrico Gasparotto, había sido una muestra de verdadero coraje. Logró continuar en la ruta del dolor de aquel Giro por nueve etapas más, hasta el kilómetro 96 de la etapa 11. Abandonó cuando ya casi no podía sostener el manubrio de su bicicleta ni apretar las barras de frenos.

El Tour de Francia de 2008 que se desvanecía en el asfalto. La caída en los kilómetros finales de la primera etapa le produjo una fractura de muñeca derecha y un hematoma en la cadera izquierda. “No puedo casi frenar ni ponerme de pie –dijo a los medios-. Pero los de mi pueblo somos echaos pa´lante”. Vendado y maltrecho, logró echar para adelante por 423 kilómetros más en ese Tour hasta que el dolor le ganó el pulso y finalmente se bajó de la bicicleta sin terminar la quinta etapa de la carrera. El periodista J.G. Peña del diario ABC de Madrid escribió: “El ‘mal de manos’ es una enfermedad de deportes duros: la pelota, el boxeo. Y de Mauricio Soler. Caiga como caiga, el ciclista colombiano para el golpe con la mano”.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia de 2009 que lo llevó a abandonar por causa de una tendinitis en su rodilla derecha.

Durante un entrenamiento en enero de 2010 un carro lo atropelló a una cuadra de su casa. “Voy a parar por un par de días”, declaró a los medios.

El golpe en la rótula de la rodilla izquierda que sufrió en una caída en la primera etapa del Criteérium du Dauphiné de 2010.

La caída al realizar el descenso del Collado Bermejo, en los últimos cinco kilómetros de la segunda etapa de la Vuelta a Murcia de 2011. Tuvo que ser evacuado en ambulancia con varios cortes en su pierna izquierda.

Y aún faltaba el peor golpe.

***

Un oyente de La W acaba de llamar a la línea abierta. Le reclama al periodista Julio Sánchez y a su equipo periodístico por no estar registrando la noticia de un ciclista colombiano, boyacense, de nombre Juan Mauricio Soler, quien a esta hora lidera en solitario el ascenso del Col del Galibier, el punto más alto del Tour de Francia. Es julio 17 de 2007. Soler es casi un desconocido dentro del pelotón ciclístico internacional. Su equipo, el Barloworld, es una escuadra chica que ha llegado a la ronda francesa gracias a una invitación.

Soler no conoce el recorrido. Sin embargo, ha decidido atacar en las primeras rampas del ascenso más largo del día, a falta de 47 kilómetros para llegar a la meta en Briançon. Viniendo de atrás, el ciclista nacido en Ramiriquí sobrepasa al grupo de cinco que hasta ese momento lidera la etapa y sigue de largo. Dos corredores, Popovych y Astarloza, intentan por unos metros seguirle el paso, pero la aceleración con la que sube el colombiano finalmente los descuelga.

Mauricio sigue subiendo –inquebrantable– y corona la cima del Galibier. Comienza el descenso. En 37 kilómetros está la línea final. Yaroslav Popovych y Alberto Contador, compañeros en el equipo Discovery, han cruzado el puerto de montaña a dos minutos cinco segundos del líder. La ruta se inclina hacia abajo para ellos y salen en busca de Mauricio.

Los habitantes de Ramiriquí se agolpan a esta hora en las tiendas y cafeterías alrededor del parque principal para ver por televisión al coterráneo. Manuel Soler, papá de Juan Mauricio, escucha la etapa por radio desde su casa. Omar Soler hace lo mismo desde una bodega de Arturo Calle en Bogotá. Él es ciclista aficionado y entiende que no será fácil para su hermano conseguir la victoria: la dupla persecutora viene muy fuerte. La producción de televisión concentra la imagen en estos últimos, como asumiendo que la neutralización de la fuga es inminente en el descenso.

Diez kilómetros para Briançon. La W, gracias al regaño del oyente, se ha enlazado con el relato de Rubén Darío Arcila en Colmundo. Andina Estéreo, 95.1 F.M en Ramiriquí, ha hecho lo propio. “Lo que hace el ciclismo nacional”, anota ‘Rubencho’ Arcila en su voz grave y colorida: “es solamente ver a un pedalista colombiano en punta y se estremece nuevamente el país”. La diferencia se acorta: 58 segundos. A Contador y Popovych los han alcanzado seis corredores, incluido Rasmussen, el líder del Tour. Hacen los relevos, “la escalera como aves migratorias”.

“Ahí lo tenemos en la pancarta de los cinco kilómetros finales, con el muñón de los Alpes al frente, Briançon lo espera”. Ya son catorce los ciclistas que se ciernen sobre Mauricio Soler. “Creo que estamos en las goteras de una etapa memorable, para recordar, para guardar en la página de oro del ciclismo”. El último kilómetro y medio es en ascenso y, contrario a toda lógica, como cuando Lucho Herrera dijo que ojalá el Alpe De Huez tuviera 25 kilómetros más, Soler —después de 158 kilómetros de recorrido— agradece ese repecho final.

«Todo un país con los pedalazos de este colombiano. Y es que la gente entiende de ciclismo: mira la lámina, la estampa del hombre y dice: “¡Este es un campeón!”, “¡Este sí tiene portento!”, “¡A este hombre le luce la máquina!”». Último kilómetro, 50 segundos la diferencia. “Parece el conteo regresivo para el lanzamiento de una cápsula espacial”, dice ‘Rubencho’. Los sucesos deportivos en su narración se hacen pasar por verdaderas gestas épicas, como asuntos de la Historia seguidos minuto a minuto: “Soler no descansa, no mira hacia atrás, el pedaleo sigue taladrando cada metro del pavimento, la recta al frente, son los últimos metros, es la etapa reina de los Alpes, otra miradita, hay que cuidar la alforja mi querido amigo, que desde atrás cualquiera puede arrebatar la gloria, la victoria, entrando poco a poco en el umbral de la gloria el pedalista colombiano, el balanceo final, el manubrio bien sostenido por la parte alta, vuelve a abrirse, la bailarina, el dancé, y aquí viene Mauricio a repetir la hazaña”. Doscientos metros. Toma la última curva. Soler asoma la sonrisa. El dolor físico se funde con la gloria. El presidente Nicolas Sarkozy lo mira desde la escotilla del carro del director de carrera alzar los brazos hacia el cielo. “Se sube la cremallera, se sube el corazón, se sube Colombia, se trepa sobre la victoria. Soler es el ganador”.

***

Mauricio Soler había ganado la etapa del mítico Galibier y a su llegada a Paris se coronó Rey de la Montaña del Tour de Francia de 2007. Serafín Bernal no se sorprendió. Él había sido su entrenador en el Club Deportivo Boyacá cuando Soler era apenas un corredor juvenil. Por sus manos han pasado en esa categoría, además de Juan Mauricio, los campeones de la Vuelta a Colombia Álvaro Sierra y Miguel Sanabria, y nuevas promesas como Robinson Chalapud y Darwin Atapuma. Serafín se jacta de su buen ojo ciclístico. Su astucia, que según él le viene directamente de la malicia indígena, lo lleva a saber desde muy temprano qué corredor colombiano brillará en Europa. Esta mañana soleada en el centro de Tunja me habla con insistencia de un joven llamado Rodrigo Contreras. “Acuérdese de ese nombre”, dice.

Serafín va a los pueblos de Boyacá en busca de nuevos talentos. Según él, la disciplina de la vida en el campo contribuye a forjar el carácter de un ciclista: “En la ciudad la vida es fácil y el ciclismo es de sacrificio”, dice. “Los que sirven para este deporte son los campesinos porque ellos están acostumbrados a aguantar hambre, sol, agua. Cuando tienen una oportunidad en el ciclismo se enfocan en eso para salir adelante”.

En festivales de escuela de los pueblos, en las clásicas municipales en Boyacá, Serafín ponía su mirada en Soler. “Era un corredor excepcional –recuerda–. Yo veía la facilidad con la que andaba este muchacho, pero que no tenía cómo salir adelante”. Bernal habló con él y lo vinculó a la escuela con el patrocinio de Chocolate Sol. Soler tenía 17 años. Bajo la dirección de Bernal, fue Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Venezuela (2001), Campeón de la Vuelta del Porvenir (2001), Campeón Sub-23 de la Vuelta a Boyacá (2002), Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Colombia en 2002, Tercero en el 2003, y campeón de la misma en el año 2004. Esta última es considerada la competencia más importante de Colombia en la categoría Sub-23.

Mauricio Soler era un muchacho introvertido cuya faceta más intrépida la exhibía montado sobre una bicicleta. “Era muy combativo —recuerda Bernal—. No le comía a nadie. Que es fulano de tal, a él no le importaba. Y para arriba no le ganaban. Me acuerdo que en una Vuelta del Porvenir subiendo a Manizales se voló del grupo puntero un compañero de equipo de Soler. Él duró en fuga tantos kilómetros que le dije a Soler que no lo fuera a alcanzar, y tocó bravearlo para que lo dejara ganar, porque sino Soler iba, lo cogía y pasaba de largo. En el fondo Soler debió quedar rabón”.

Según Bernal, la ambición de Soler para llegar a ser buen corredor era tan grande que cuando el entrenamiento empezaba —a las ocho de la mañana en las gélidas calles de Tunja— él ya le llevaba a sus compañeros 25 kilómetros de ventaja. Había venido en bicicleta desde Ramiriquí, a donde regresaba por la tarde.

“Yo soy muy exigente en esto”, dice el entrenador. “Yo tengo que ver que de verdad están chorreando sangre porque hay unos corredores muy cobardes y esos no sirven. En cambio esos muchachos del campo desde las cuatro de la mañana están trabajando, llueve o truene, sacando las reses, sacando papa, maíz, y el desayuno es cualquier cosa, y trabajan hasta por la noche, entonces esa gente está acostumbrada al rigor de la vida”.

***

La casa de Manuel Soler y María del Carmen Hernández está ubicada en la vereda El Común, a cinco kilómetros del casco urbano de Ramiriquí. Para llegar desde el pueblo hay que tomar la carretera hacia Miraflores. Los pobladores suelen llamarla genéricamente “la pavimentada”. Es un recorrido escarpado flanqueado a lado y lado por una inagotable sucesión de tonos verdes reverberados por el sol. Después de pasar una Virgen de carretera se debe avanzar unos 500 metros a la derecha por un camino destapado. Es una casa campesina de color salmón y una sola planta. Un muro de metro y medio de altura construido con bloques de ladrillo, interrumpido por una puerta enrejada negra, divide un antejardín de cemento con el exterior. Las colinas verdes que cercan el lugar están atravesadas por pinos, ocales, acacias y urapanes, y alrededor las vacas y las gallinas y las cocheras de marranos. La quietud de la tarde sólo la suspende el ladrar de los perros y los ruidos caseros.

Un afiche enmarcado de Juan Mauricio Soler cuelga de la parte exterior de una de las paredes de los cuartos. Aparece él montado sobre una bicicleta, y metido en el famoso maillot de pepas del Tour de Francia que identifica al campeón de los premios de montaña. La foto tiene un título en letras rojas, un juego de palabras: “Cirque du Soler”. Debajo del título hay una nota escrita a mano:

“Papá y Mamá Gracias por
habermen dado unas piernas
tan fuertes. Y doy gracias a Dios
por tener unos padres como
ustedes. Los AMO.
Su hijo Mauricio Soler H”

La tarde es de domingo. Omar Soler visita a sus padres. Mauricio podría aparecer por acá en cualquier momento. “Hace días que no sube”, dice María del Carmen, en un tono de voz que no aspira a ser reclamo sino apenas declaración del hecho simple.

En la parte exterior del lugar, Omar hace un recuento del palmarés de su hermano. Manuel, a pocos metros, enfundado en una ruana, mira el campo en silencio. El padre de Mauricio ha tenido que guardar reposo desde hace un año cuando sufrió un accidente sacando un marrano de la cochera.

–De niños ustedes trabajaron el campo. – le digo a Omar.
–Claro–, dice. Mauricio hasta los quince años 100% en el campo.
–¿Qué hacían?
–De todo. Ver las vacas, hierbar papa, maíz. Todas las labores. Hacer de comer a los obreros. Mauricio inclusive era el compañero de mi papá del campo.

Manuel Soler tenía unos cultivos a 4 kilómetros de la casa, cerca al páramo, y pasaba mucho tiempo allí. Una bicicleta cross era el medio de transporte de Mauricio entre la casa y los cultivos de su padre.

Si toda vida tiene un hecho fundacional que determina la vocación, el de Mauricio Soler transcurrió un día del año 98 en el que ganó una carrera de campesinos en Ramiriquí. Sería Omar quien iría a participar en la competencia, pero Mauricio, al ver que éste había salido para Bogotá a hacer unas vueltas, tomó la bicicleta de su hermano, bajó hasta el pueblo y compitió. Le sacó casi dos vueltas al segundo en el circuito tradicional de Ramiriquí. Hasta entonces Mauricio no tenía ninguna relación con el ciclismo más allá de lo que las labores del campo demandaban. Ese día pensó que podría dedicarse a la bicicleta.

Al poco tiempo Mauricio y Omar fueron a Tunja y hablaron con Lino Casas, quien en ese entonces dirigía la Escuela Santiago de Tunja, y se vincularon a ésta. “Yo les decía que no hicieran eso porque lo uno no tenía con qué ayudarles”, dice Manuel Soler. Su voz campesina es un murmullo quedo. “Y lo otro no me gustaba porque era tal vez muy riesgoso”.

–Pero después cuando Mauricio comienza a ganar…
–Pues cuando ellos ya se definieron a eso pues ellos verán, ya dejarlos. Dios los ayude a lo que ellos quieran hacer porque qué más. No se podía hacer más.
–Supongo que se alegraba…
–Pues claro… si uno les oye unas tristezas porque eso no más se volvía mierda por allá en los porrazos.

Hay una breve risa triste, de resignación.

***

Lindon Borda es padrino de matrimonio de Mauricio Soler. La conversación tiene lugar en la sala de la casa de una de sus hermanas, contiguo al hotel de su familia en Ramiriquí. Soler ha accedido a entrevistarse conmigo en este lugar y debe llegar dentro de un rato.

–Perdón un momentico que tengo que llamar a ese man que se le vence la declaración de renta – dice.
–¿A Mauricio?
–Sí.

Le pregunto cómo nace la relación entre él y Soler.

Me explica primero que él ha sido un aficionado al ciclismo desde joven: “desde los tiempos de Patrocinio Jiménez, otro paisano”. Completados sus estudios en Sogamoso, Lindon volvió a Ramiriquí. Para entonces Soler había quedado segundo en la Vuelta Nacional del Futuro (en 1999) y ya se perfilaba en el pueblo como una promesa del ciclismo. Borda junto con un grupo de amigos comenzaron a apoyarlo. Entre todos reunían para la gasolina y alguno prestaba el carro para llevar a Mauricio a las competencias de los pueblos.

Cuando Soler se alistaba para correr la Vuelta al Porvenir del 2001 en el pueblo le organizaron un bazar para recoger dinero y comprarle una bicicleta Trek. “La que en su momento utilizó Lance Armstrong”, dice Borda. Fue un fin de semana en el que en el parque principal de Ramiriquí hubo carne, chicha, rifas, sopa de cuchuco de trigo con espinazo, música y cerveza. La bicicleta valía unos diez millones de pesos. “El último día –recuerda Lindon- se hizo una campaña para que dieran dinero en efectivo, y mucha gente daba 20 mil, 50 mil”. Zoilo Pulido, por ejemplo, dueño de un almacén de víveres situado en la calle peatonal de Ramiriquí, regaló dos millones trescientos mil pesos. Reunieron unos ocho en total, lo cual sumado a unos ahorros que Soler tenía de las competencias que ganaba en los pueblos, alcanzó para pagarla.

Le duró muy poco. Fue hasta Tunja, regresó, volvió a subir y de vuelta en el Alto de Soracá un carro lo atropelló y acabó con la bicicleta. Mauricio por suerte no sufrió mayor daño. “Me acuerdo ese día”, dice Omar Soler. “Llegó acá desmotivado. Que él no montaba más, que dejaba esa mierda. Yo le dije: ‘No huevón, si usted nació pa’ algo, si tiene un futuro en la vida es eso, ser ciclista, es lo que le rinde, qué más se pone a hacer’. Me bajé de mi bicicleta y le dije: ‘Vaya a que le monten otro repuesto y va con esta a la Vuelta al Porvenir’”.

Con la bicicleta de su hermano, Mauricio quedó campeón de la competencia.

***

Dice el periodista Matt Rendell en el libro Reyes de las Montañas que los ciclistas colombianos han hecho del subdesarrollo una virtud. No hace tanto ninguna de las carreteras que conectan a Ramiriquí estaban pavimentadas. Para coronar el Alto de Soracá rumbo a Tunja o el Alto de Bijagual en la vía a Miraflores, había que abrirse paso por caminos destapados. El asfalto era algodón. “Mauricio me decía eso”, recuerda Lindon Borda: “que la ventaja que él tenía era que en el destapado se esforzaba bastante por subir y cuando estaba sobre pavimentada se sentía sobradísimo”. Algo similar opina su hermano Omar: “haber aprendido a montar en destapado es otra fortaleza de los ciclistas de la región. Le toca a uno mínimo en el día hacer 20 o 30 kilómetros destapados, y eso le va ayudando para fortalecer músculos”. Cuando Juan Mauricio Soler se alistaba para correr el Tour de Francia de 2008 le dijo al periodista Lisandro Rengifo que una de las ventajas que él tenía frente a sus rivales del pelotón internacional era ser boyacense.

***

Mauricio irrumpe en la sala y la entrevista con Lindon se detiene. “Hola padrino”, le dice. Su paso es lento y precavido. Trae puesta una gorra, sudadera Adidas gris con rojo y tenis negros de la misma marca. Camina hacia mí y entregándome su mano grande dice: “Ahora sí lo saludo bien”. Hacía unas dos horas, Martha, la administradora del hotel, nos había presentado escuetamente cuando él de regreso de su finca se había detenido aquí para recoger sin éxito su declaración de renta. Sin cruzar el umbral de la edificación acordamos la hora y el lugar para la entrevista. A los pocos segundos lo vi tomar su bicicleta y descender con cautela, parado sobre los pedales, una calle sin pavimento camino hacia su casa. Era la hora de almuerzo. “No sabía que Mauricio ya estaba montando bicicleta”, me dijo Martha un tanto sorprendida. Sin embargo, no era un hecho nuevo. La revista Mundo Ciclístico lo había registrado hace unos meses bajo el título “Exclusivo: ¡¡Mauricio Soler vuelve a la bicicleta!! Grandes progresos en su proceso de recuperación”. Una foto mostraba a Soler rodando sobre una bicicleta tipo cross por el camino que conecta su casa de campo y escoltado por Aquiles. La nota recogía la siguiente declaración de Mauricio: “Al tomar la bicicleta nuevamente me he sentido tan feliz como el día en que tomé el avión en España para regresar a Colombia. Volver a montarme en una de mis bicicletas era algo tan deseado como ver a mi hijo de nuevo después del accidente. No sé si esto me sirva como rehabilitación pero lo único que sí sé es que ahora me siento anímicamente mejor que nunca”.

Lindon pregunta por su estado de salud. “Con constancia he ido mejorando poco a poco”, responde Soler, y agrega que diariamente debe por lo menos caminar: “tengo que mover la sangre”. Por suerte es algo que le gusta, pero confiesa que hay días en que debe “sacar ganas de donde no las hay” para recorrer el camino hasta su finca y hacer las rutinas de ejercicios.

Según dice, los 18 meses en los que había algún progreso en su recuperación ya han pasado. Y aunque las secuelas persisten, su evolución ha sido notable. Cuando Patricia, su esposa, le preguntó a los médicos si Soler volvería alguna vez a caminar, le contestaron que eso sólo lo sabía Dios, y que si lo hacía, sería después del noveno mes. “Al cuarto mes –recuerda- ya estaba dando mis primeros pasos en la piscina”.

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El Tour de Francia de 2007 no había llegado a París cuando Antoine Vayer, ex director deportivo del equipo Festina, en un artículo publicado en el diario ‘Libération’ y en entrevista concedida a la emisora La W planteó sus dudas sobre el desempeño del ciclista colombiano. “Soler hace parte de un grupo de corredores que hacen cosas que en mi opinión son imposibles de lograr sin la ayuda del dopaje”, le dijo a la cadena radial. “Hoy en día en un premio de montaña Soler le sacaría a Lucho Herrera o a Parra cinco minutos (…) Tendría que ser extraterrestre para hacer lo que está haciendo (…) Quisiera conocerlo y que me explicara cómo entrena para poder subir como sube porque de mi experiencia como entrenador creo que es físicamente imposible, no es de humanos subir de esa forma”.

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Mauricio Soler tomó la bicicleta esta mañana para llegar hasta su finca. No por virtud sino porque el dolor en unos de sus tobillos hizo imposible que lo hiciera a pie. “En la bici me cuesta muchísimo”, reconoce. Sube despacio, pero el pulso se dispara mientras pedalea por las lomas que rodean su finca. Después de cierta velocidad, superado el umbral de zona aeróbica, la presión intracraneal de Mauricio se altera y le produce fuertes dolores de cabeza. Con 31 años de edad volver al ciclismo de competencia está completamente descartado para él después de su accidente en Suiza: demasiado esfuerzo en la bicicleta lo llevarían a una presión mortal en su cráneo.

–Voy a intentar hacer lo máximo de mis posibilidades. Es que no tengo ni cabeza para nada. Intentaré hacerlo… responder las preguntas.

La voz de Soler es frágil y delicada, como gobernada por gráciles cuerdas a punto de resquebrajarse. Su agrietado rostro sufre una parálisis en el lado izquierdo debido a la lesión del nervio facial en el accidente en Suiza. Su fama de taciturno se afianza en esos intervalos que suceden cada tanto en los que en silencio su mirada gacha, enlutada, se queda suspendida en algún rincón de la sala. Pareciera ausentarse un breve instante de la realidad, para luego volver quién sabe de dónde.

Le digo a Mauricio que quiero hablar sobre su vida en general.

–Sí señor. Pues lo poco que me acuerdo porque hay muchas cosas que se me han olvidado.

El encuentro tiene lugar en época de la Vuelta a España 2013, en el marco de una temporada excepcional para el ciclismo colombiano en Europa: Rigoberto Urán y Nairo Quintana habían logrado el subcampeonato del Giro de Italia y el Tour de Francia respectivamente. Por estos días, Soler sigue las etapas por televisión de la ronda ibérica. “Me hubiese gustado correr una Vuelta a España y poderla disputar. No tuve ese privilegio”.

—¿Le da nostalgia ver ciclismo?
—No, nostalgia no -dice, marcando con su voz algo parecido a un énfasis-. Afortunadamente mientras pude lo practiqué y lo hice de la mejor forma. Lo que pienso que me costaría sería ir a un Tour, a una carrera personalmente, verles allí y no estar corriendo. No quiero vivir esa experiencia.

A continuación Soler hace un recuento de su historial deportivo: su andar por categorías juveniles en Colombia, la llegada a Europa, y especialmente aquel año 2007 que representó el pico más alto en su carrera. “Lo más grande que hice como deportista fue en ese año”, dice. “Ganador de la etapa reina del Tour de Francia, la montaña del Tour, y campeón de la Vuelta a Burgos”. A raíz de esos triunfos fue escogido como Deportista del Año por el diario El Espectador.

Cuando Juan Mauricio desembarcó en Europa, su principal anhelo era correr un Tour de Francia. “Es con lo que los ciclistas jóvenes sueñan”, dice. Un buen inicio de temporada de su equipo en el 2007 les mereció una wild card para ser de la partida en la competencia ciclística por etapas más importante del mundo. “Inicialmente yo iba a aprender porque el de la responsabilidad era Félix Cárdenas. Lógico que uno tiene muchas aspiraciones pero sabía que iba a tener que trabajar. Intentaría hacer algo si me daban la oportunidad”.

El 13 de julio de 2007, con el Tour ya en ruta, apareció publicada en El Tiempo una nota escrita por Mauricio Soler: “Este es mi primer Tour de Francia; ahora sí que lo creo. Y es que poco a poco voy comprobando todas esas cosas maravillosas de las que muchos amigos y compañeros ciclistas me hablaban de esta carrera”. Eran los ojos vírgenes del campesino boyacense deslumbrado al ver todo el despliegue mediático que suscitaba el Tour y de cómo la organización de carrera cuidaba hasta el más mínimo detalle. “La verdad es que nunca, ni siquiera pagando, había sido sometido a unos chequeos tan completos como los que me hicieron la semana pasada”. Soler anunciaba que estaba en buenas condiciones. “Vamos a ver qué pasa en los próximos días”.

A los dos días el mismo diario publicó una nueva nota escrita por Soler. Arrancaba con la siguiente frase: “Espero que por un momento ustedes, compatriotas aficionados al ciclismo, hayan podido disfrutar de mi actuación de ayer en el Tour de Francia”. Soler había llegado cuarto el día anterior en la séptima etapa del Tour y la primera de alta montaña. Estaba maltrecho: “Me había salido una llaga horrible porque las zapatillas eran nuevas y no habían cogido la horma del pie”. Sin embargo, pese a las molestias, Soler se sobrepuso al dolor y atacó en los kilómetros finales del día. Y lo hizo, cuenta, debido a un error de comunicación: “Iniciando el último puerto me dice el director: ‘Mauricio, un sprint’. Yo pensé que había que atacar, hacer un sprint, pero resulta que los geles que llevábamos para la alimentación se llamaban sprint. Entonces lo que me indicaba era que me bebiera un gel para tener energía para el final de la etapa.”.

La jornada de descanso, un día antes de la etapa del Col del Galibier, Soler casi no podía caminar. El dolor producido por las ampollas en su pie derecho lo mantuvieron postrado en el hotel todo el día. El director del Barloworld mandó a traer desde Italia las viejas zapatillas de Mauricio para que corriera con ellas al día siguiente.

“Desafortunadamente de recuerdos tengo muy pocos”, asegura, “pero sí me acuerdo de algo… allí yo he atacado en el penúltimo puerto, no estoy seguro si era el Telegraphe. Delante de mí iba una fuga, de cuatro o cinco corredores, no me acuerdo exactamente. He coronado el Telegraphe, he descendido hasta el pueblo, después que he pasado por el pueblo recuerdo que… o no recuerdo, lo he visto en algún lado que los he alcanzado allí y he intentado irme solo. He pasado por un lado y me han cogido la rueda uno o dos corredores. Al final, un poco más adelante, se han quedado porque el paso era bueno, el ascenso era rápido. Recuerdo que tenía muchísima visibilidad porque veía, no sé, cinco kilómetros por donde iba a hacer la carrera. Veía a la gente que estaba al lado y lado de la carretera. Entonces tuve fuerzas para pasar primero el Galibier, luego hacer el descenso y me ha alcanzado la fuerza para ganar la etapa… Me acuerdo que entrando a la ciudad después del descenso había muchas rotondas como es típico en Francia y prácticamente yo las saltaba intentando recortar un poco de distancia. El final era un kilómetro y algo más en ascenso, y subiendo me defendía más o menos. No recuerdo lo que pensaba pero sabía que estaba por ganar la etapa de un Tour de Francia y que debía darlo todo, que debía morir sobre la bici”.

Darlo todo.

Morir sobre la bici.

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En el verano de 2011 Juan Mauricio Soler buscaba ganar una etapa después de cuatro años. Una afición que aún no olvida las hazañas de los escarabajos colombianos en Europa celebró el ímpetu con el que Soler domó la cuesta arriba. Después de la sobresaliente temporada del 2007, su registro ciclístico posterior se pareció mucho a una promesa incumplida. Una larga espiral de caídas lo obligaron a abandonar o impidieron que fuera de la largada en todas las grandes rondas de su calendario.

Aquel junio de 2011 Soler estaba ilusionado. Encararía los nueve días de la Vuelta a Suiza para llegar con kilómetros en sus piernas al Tour de Francia. Las empinadas faldas de los Alpes se ajustaban a sus capacidades. El 12 de junio de 2011 Soler se reencontró con la victoria. Lo hizo en la segunda etapa de la Vuelta a Suiza, en el alto de Crans-Montana. Con el grupo partido después de 148 kilómetros de recorrido, Soler pegó dos zarpazos a falta de mil metros y los ciclistas Damiano Cunego y Frank Schleck, no lograron seguirle la rueda. Soler alzó los brazos hacia el cielo por un breve instante y le dedicó la victoria a Xavier Tondo, su amigo y compañero del equipo Movistar quien en mayo pasado había perdido la vida en un absurdo accidente con la puerta del garaje de su casa. Eusebio Unzué, su director de equipo, declaró: “Por fin ha atacado con cabeza, calculando, sin ansiedad”. Por su parte, el cronista de ciclismo Carlos Arribas, tituló su artículo en El País ‘Soler recupera la autoestima en Suiza’, y dijo: “ha recuperado la sonrisa. También la autoestima, desaparecida estos cuatro años en que su elevada figura triste, solitaria, silenciosa, no era sino el síntoma de la escasa consideración social que despertaba en el pelotón”.

–¿Qué significó para usted esa victoria en Crans Montana?
–Era demostrarme a mí mismo que todo el trabajo que había hecho durante el tiempo de estar corriendo en Europa estaba dando frutos. Tenía pensado que con el estado de forma que tenía y como me sentía, posiblemente estaría disputando el Tour de Francia. No se pudo, pero bueno, lo más importante es que sigo aquí.

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–¿La reconoce? – le pregunta el neurólogo Manuel Murié Fernández.
–Sí, es Patricia, mi esposa –dice.

Mauricio Soler acaba de abrir los ojos después de 24 días de coma inducido. Está esquelético y entubado en una cama de la Clínica Universidad de Navarra. El ciclista del equipo Movistar no tiene idea dónde está ni la gravedad de lo que le ha ocurrido: piensa que lo que ve puede ser una clínica en Bogotá y que en cuestión de semanas será posible estar de vuelta sobre los pedales.

El 16 de junio de 2011 Mauricio Soler corría la sexta etapa del Tour de Suiza. En la jornada anterior había perdido la camiseta del líder con el ciclista italiano Damiano Cunego. Pero esa tarde, en la escalada final de Triesenberg/Malbun, Soler esperaba recuperarla. Ese era el objetivo del día. Acababa de salir de una rotonda, rodando a unos 72 kilómetros por hora cuando su tubular delantero chocó contra un bache en el asfalto. Soler perdió el control, salió por encima de su bicicleta y, como en una estampida seca, se detuvo finalmente al estrellar su cabeza contra el poste de una cerca de un jardín infantil. El corredor Baden Cooke quien venía detrás de Soler describió el accidente en su cuenta de Twitter como “realmente repugnante”. “No tuvo ni tiempo de frenar”, agregó. Soler fue llevado en helicóptero hasta el Hospital Sant Gallen. El médico del equipo Movistar, Alfredo Zuñiga, se comunicó con Patricia en Colombia y le dijo: “Lo siento mucho, señora, pero Mauricio está muy mal, prácticamente muerto. Sólo un milagro lo puede salvar”.

Soler había sufrido un trauma craneoencefálico severo, laceración del riñón izquierdo y una docena de fracturas: en la base izquierda del cráneo, de ocho costillas, de clavícula y escápula, del cuello del pie izquierdo y del malar y temporal del pómulo izquierdo. En la escala de Glasgow –que mide el nivel de conciencia de víctimas de traumatismos cranoencefálicos– Soler estuvo en el más bajo de todos: grado tres. Las primeras 72 horas eran cruciales, y el riesgo de muerte cerebral era latente. Patricia voló desde Colombia con dos mudas de ropa y bajo la idea triste de repatriar el cadáver de su esposo.

Pero la evolución de Soler fue favorable. A las tres semanas los médicos suizos autorizaron su traslado en helicóptero a la Clínica Universidad de Navarra con la cual el equipo Movistar tenía un convenio. Allí se despertó.

Luego vendrían meses largos de terapia y recuperación en Pamplona, y posteriormente en Bogotá, con Patricia siempre a su lado, día y noche. Las metas de Soler con el accidente habían cambiado. Ahora eran más simples, más mundanas, más sensoriales e infantiles: lograr sentarse por sí mismo, mejorar el equilibrio, intentar dar sus primeros pasos.

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“Yo no conozco un corredor que se hubiera caído tanto como ese”, dice Serafín Bernal, donde ese quiere decir Soler. “Cada cinco competencias se pegaba un porrazo el hijuemadre. Como técnico uno ya estaba listo para ver a qué horas se iba al suelo. La piel que tiene no fue con la que nació: está raspado por todo lado”. Si la caída no era grave, una fractura por ejemplo, Soler seguía en la ruta “así le escurriera la sangre”. Bernal le lavaba la herida con jabón Rey y agua y de vuelta a los pedales, a recortar diferencia. “Era muy berraco el chino. La gran mayoría empiezan a desmayarse, que los suban al carro, que yo no monto más, que me duele todo. Este no”. Con otro corredor con un prontuario de caídas similar, tal vez Bernal habría desistido. Pero Serafín, el cazatalentos, el mecenas, no dudaba de la capacidad natural de Soler para el ciclismo. Y por eso luchaba.

Mauricio Ardila es ciclista profesional. Fue compañero de piso de Soler en Pamplona (España). “Caídas teníamos todos –dice-. Tuvo la mala suerte de tener esa última que le costó su carrera en el mejor momento. Él tuvo épocas de muchas caídas. No podría explicarlo”.

Bernal tampoco tenía una explicación. Había golpes sin sentido. Alguna vez llegó a pensar que detrás de todos esos tropiezos y accidentes había un maleficio. Amigos y allegados lo convencieron de que Soler era víctima de un embrujo. Juan Mauricio debía tener 19 ó 20 años cuando Serafín lo llevó hasta el municipio de Motavita, en donde prestaba en ese entonces sus oficios parroquiales el padre Álvaro de Jesús Puerta quien era y sigue siendo conocido en Boyacá como un sacerdote capaz de hacer milagros. El padre habló con Juan Mauricio y ofreció una misa de sanación en su nombre. Serafín y Soler regresaron a los entrenamientos y las competencias. Pero nada cambió. “No era eso”, dice Bernal.

Luis Fernando Saldarriaga es director del equipo 4-72 y uno de los técnicos de ciclismo más respetados en Colombia. “Hablar de estos temas me parece fastidioso –comenta-. Ya sabemos lo que le pasó y perdimos un gran ciclista para Colombia”. Forzado a lanzar alguna hipótesis dirá que a Mauricio Soler le pudo haber faltado fundamentación técnica. “La agilidad mental para sortear obstáculos se adquiere en las escuelas de ciclismo –explica-. Las diferentes técnicas del viraje, el uso de los frenos, las velocidades en las cuales un corredor puede frenar y no frenar, las diferencias entre frenado largo y corto, la posición sobre la bicicleta, la parada de pedales”.

Lisandro Rengifo, periodista de ciclismo de El Tiempo, sostiene sin titubeos que a Soler le faltó escuela ciclística: “Yo no creo en la mala suerte. Yo creo en la buena preparación y en la mala preparación. Mauricio Soler no hizo pista, simplemente se dedicó a la ruta”. Según explica, mediante las rutinas en velódromo el ciclista adquiere cierta destreza para manejar los descensos, la habilidad de esquivar momentos delicados, meterse en un embalaje y aprender a manejar la tensión que se vive dentro de un lote de corredores. Opinión similar tiene el periodista antioqueño Pablo Arbeláez, quien conoce a Soler desde su andar por las competencias juveniles del país: “Mauricio era un corredor silvestre, de un sentido muy natural, salido de la tierra, fuerte, de muy buen paso, que al fin y al cabo venía de una escuela que no tenía mucha fundamentación”.

“Yo lo llevé al velódromo y nunca le gustó”, dice Bernal en su defensa cuando, intentando buscar responsables del infortunio, los reproches se han dirigido hacia él. “Después que Soler salió del Club Deportivo Boyacá tuvo técnicos muy buenos. Si hubiera sido mala formación, allá se hubiera recuperado”. Pero Juan Mauricio siguió con su rutina de caídas aquí y allá, razón por la cual Serafín no carga culpas al respecto. “Yo pienso que es algo físico de él –concluye-. Había unos médicos que decían que Soler tenía los reflejos atrasados, que cuando iba a maniobrar estaba ya en el piso”.

En el 2011, en su equipo Movistar pensaron que esa podía ser la explicación a tantos porrazos. Según cuenta el periodista Carlos Arribas de El País de España, los médicos del equipo le practicaron a Soler exámenes de reflejos, reacción muscular y visión periférica. No era eso.

Una vez le preguntaron a Soler en una entrevista que por qué se caía tanto. “En realidad no han sido muchas –replicó-. Lo que sucede es que siempre me he golpeado muy fuerte y eso hace que las caídas trasciendan”. Hoy tiene una explicación más decantada. “Hizo falta un poco más de escuela –reconoce-. Como era medio bueno se han dedicado a que tenía que ganar carreras y he dejado de aprender cosas”.

–¿Le faltó fundamentación para maniobrar situaciones peligrosas y realizar los descensos?
–Creo que en todo. También para saber andar dentro un grupo de hartos corredores. Haberlo hecho más tranquilamente para no descubrirlo ya corriendo.

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Soler despojado de su bicicleta luce torpe y errante. El ciclismo era para él la vida misma, y entonces, forzado a bajarse de su sillín, a renunciar para siempre al baño de aire en su cara cuando se rueda sobre una bicicleta a unos cincuenta kilómetros por hora, pareciera como si de él quedara tan solo una parte, un porcentaje, encargado de sobrellevar el luto por lo perdido. Soler es hoy lo que queda de un hombre al que le han extirpado su mayor talento y su más sólido anhelo. Un superhéroe que a los 28 años perdió sus poderes.

En la memoria de los ramiriquenses están los días de gloria de aquel muchacho campesino. Muchos recuerdan –por ejemplo- aquella noche en la que Soler, a bordo de un camión de bomberos y en medio de la algarabía de una extendida caravana, realizó el recorrido triunfal desde el caserío de Tierranegra hasta el pueblo.

El brío de sus piernas ya no logra desatar la alegría de la región. Soler no es más aquel corredor capaz de convertir cada puerto de montaña en una apoteosis del dolor. Y ya no siendo aquel, es la persona que esta tarde baja con precaución, cogido del pasamanos, las escaleras de un café ubicado en un segundo piso en el parque principal de Ramiriquí.

“Parezco una niña consentida -le dijo hace unos meses al programa Crónicas RCN-. Debo tener cuidado con todos los movimientos que hago”. Soler frente a la fuerza unánime e irrevocable del nunca más.

Saben los que saben que Soler estaba para algo grande. Que hablar sobre él, de su extraordinaria capacidad para el ciclismo, conduce irremediablemente a lanzar conjeturas sobre lo que pudo haber sido si el infortunio no hubiera embestido con tanta furia esa tarde en Suiza. “Habría podido ganarse el Tour de Francia”, dice Serafín Bernal. “Rey de la montaña de un Tour de Francia, un Giro de Italia o una Vuelta a España muchas veces”, pronosticaba Luis Fernando Saldarriaga. “Es el mejor escalador del mundo, cuando está en buenas condiciones”, dijo en su momento Eusebio Unzue, quien fuera director de equipo de Soler y bajo cuya tutela estuvo también el cinco veces ganador del Tour de Francia, Miguel Indurain.

“Poco lo hablamos –me dijo Omar Soler-, pero le debe dar muy duro saber que en este momento él podría estar haciendo cosas similares o mejores que Nairo. Por mi paisano, que es una persona también del campo, humilde, que se merece todo, una alegría inmensa. Pero a la vez, internamente, un dolor fuerte de pensar que con la edad de Mauricio, con las condiciones que tenía, debería estar en su mejor momento, y no poderlo ver allá, y verlo donde está, le duele a uno mucho en el alma”.

“Pero esas ya son cosas del destino”, interrumpió en ese instante su padre con ese susurro campesino que es su voz. “No era pa’ más. Hasta ahí era. Darle gracias a Dios que nos lo dejó otros días. Era hasta ahí”.

Cae la tarde en Ramiriquí. Soler se despide y lo veo entrar a su casa, dispuesto a volcarse sobre los placeres familiares: sus suegros, su perro, su hijo, su esposa. “Esa mujer vale más que mil Toures de Francia”, dice Pablo Arbeláez cuando le pregunto sobre la importancia de Patricia Flórez en la vida de Mauricio. Mañana Soler se despertará temprano, levantará a su hijo, emprenderá el camino hasta su finca, hará los ejercicios de rehabilitación, regará su jardín, echará un vistazo a sus dos terneros, volverá a casa, dedicará su tarde al rol de esposo y padre. Continuará recogiendo los jirones de su efímera gloria.

Ya nada queda del sueño de ganar una gran vuelta. Hoy lo que más añora es poder ver crecer a su hijo. “La vida me ha cambiado y uno tiene es que mirar hacia adelante”, dice. Aunque ese hombre no haya sido siempre ese hombre, Soler no se doblega. El ciclismo le inoculó un carácter.