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En 1990, todas las prensas de vinilos que había en Latinoamérica fueron desmontadas. En Colombia, Discos Fuentes y Codiscos, las más importantes empresas discográficas del país —ambas de Medellín—, dejaron de producir acetatos. Sony, Sellos Vergara, Fondo Musical y Disonex siguieron el mismo camino.

Había llegado el CD.

Se dice que Discos Fuentes, fundada por Antonio Fuentes en 1934, le cedió toda la maquinaria a Discos Victoria, también localizada en Medellín. Sin embargo, 28 prensadoras de color verde, aún con sellos de aquella casa discográfica en el stamper, permanecieron casi una década en el garaje del papá de Henry Cavanzo: el músico de orquesta Germán Carreño, a quien le encargaron la labor de vender todas las maquinas de Discos Fuentes, llamó en 1990 a su buen amigo Henry y le pidió el favor de guardar las prensadoras.

Cuando Carreño apareció, siete años después, le dijo a Henry: “No, hermano, todo eso ahí arrumado. Les debo mucho tiempo de arriendo”. Su intención en ese momento era reinstalar la planta, pero al final se vio obligado a venderla en el Ricaurte por aproximadamente 200 millones de pesos (lo que valen 50 toneladas de hierro, el peso de todo aquel aparataje).

Solo quedaron dos prensadoras: Germán, para saldar la renta atrasada, se las dio a Henry; las mismas dos máquinas que nos muestra en este momento a mí y al fotógrafo que me acompaña.

Estamos haciendo una suerte de tour por la casa de Henry, ubicada en el barrio Santa Isabel. Primero vamos a HC Records, en el segundo piso, que solía ser la habitación de sus papás. Luego pasamos a un cuarto contiguo, en donde queda una sala de ensayos. Su hijo, Henry Andrés, recién acaba de finalizar su práctica de batería. Finalmente, bajamos al primer piso, en donde Henry ha pasado noches enteras los últimos seis años arreglando una de las máquinas con las que Germán Carreño le pagó siete años de arriendo atrasado.

Henry nos enseña paso a paso cómo funciona la prensadora y efectivamente sobre el stamper aún hay un sello de Discos Fuentes. ¿Cómo habrán llegado estas prensadoras hasta aquí? Me parece que ni siquiera Henry conoce toda la verdad. Él, sencillamente, las aceptó y ahora desea protagonizar una historia llamada “Henry y la fábrica de vinilos”.

Casualmente, las prensas que Carreño vendió en el Ricaurte fueron a dar a un taller chileno de carros ubicado justo detrás de la casa de Henry, quien se enteró apenas hace dos años. Pusieron las máquinas a hacer bandas para frenos. Pero los dueños del taller compraron en Ricaurte solo el esqueleto de las prensas. Un día Henry abrió el garaje y uno de los señores que trabaja en el taller vio la máquina y le dijo: “Hermano, eso se parece a unas máquinas que yo tengo allí detrás. ¡Véndamela! Le doy un millón de pesos por cada máquina”. Por la cabeza de Henry pasó algo como: “Ni en sus sueños, mijo”.

Durante 20 años, Henry tuvo miedo de un rumor que le había contado un anciano que trabajaba en Discos Fuentes, para quien las 28 prensas, la consola de masterización, de corte y contorno, y la planta de galvano fueron adquiridas por el narcotraficante Justo Pastor Perafán durante un viaje a Holanda (1990). En esta versión de la historia Germán Carreño también aparece, pero como asesor musical del ex capo colombiano. Supuestamente Perafán compró todo lo que había en la planta holandesa de vinilos: muebles, sillas, parlantes, audífonos… En pocas palabras y, según esta historia, el narco compró a puerta cerrada y se trajo toda la maquinaria en barco. Pero Henry duda de este cuento.

En un principio, Henry pensó usar las prensas como troqueladoras para hacer hebillas de zapatos y cinturones, pero durante una gira con Totó la Momposina (Cavanzo en el bajo), cambió de parecer. Estaba en Francia, en un festival, y tras la presentación fue en busca de un tamal o un pollito asado; él había escuchado que el evento había incluido gastronomía colombiana. Fue en ese momento cuando vio, en uno de los muchos stands que había, acetatos nuevos, cubiertos con celofán. Preguntó cuánto costaban y le respondieron que 30 euros. “¡30 euros!”, gritó él porque le parecieron baratos.

—Mi mentalidad cambió de inmediato —asegura Henry—. Entendí que los discos en vinilo nunca pasaron de moda. Me le entregué a la máquina, hermano. Yo no dormía de la fiebre tan tenaz, de la goma, ¿si me entiende? Me acostaba a las diez de la noche y a las dos de la mañana ya estaba de pie, pensando en la máquina. Empecé a descubrir cada arteria, tendón y hueso de la prensa.

Henry decidió dedicarse únicamente a arreglar una de las dos prensas. Pero se dio cuenta de que la máquina escogida estaba oxidada por dentro. El óxido, prácticamente, se había convertido en hierro. Le dijeron: “Mande a hacer nueva esa vaina”. Él se resistió y durante seis meses regó Coca-Cola —sí, Coca-Cola— sobre la zona corroída, hasta que logró destaparla. Antes había hecho pruebas con ácido muriático, Diablo Rojo, pero lo único que sirvió fue la Coca-Cola. Y uno que se la toma a pecho con tanto gusto.

Las máquinas, una vez estén al cien por ciento, van a poder prensar 4 vinilos por minuto: 2.880 mil discos si se piensa en una producción de doce horas. Henry ya negoció la materia prima, la cual importará desde Ecuador. Pretende producir discos de 180 gramos; de menor calibre, según él, sería una chambonada. Un disco, en un cálculo relámpago de Henry, puede costar al público unos 30 mil pesos. Piense ahora usted: ¿cuánto vale hoy un LP nuevo de su banda favorita?

Este hombre aún no sabe cuál va a ser el primer acetato que va a prensar. Lo que sí tiene claro es que ya hay 80 mil discos por producir. Curiosamente, de Discos Fuentes ya le hicieron un pedido. Henry cuenta que son las bandas jóvenes las que hacen pedidos en grandes cantidades. “El vinilo es algo novedoso para las nuevas generaciones”, explica.

—Mi problema, actualmente, es la falta de recursos para concluir. Tengo encima 11 países para que les produzca. Hace poco me enteré de que se están fabricando, a petición, 10 máquinas como la mía, con nueva tecnología. No le tengo miedo a eso, porque hay una diferencia: yo soy músico, productor, arreglista, instrumentista… Además, la gente del medio me conoce.

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Para comprender todo ese amor —amor verdadero y no moda— por los vinilos, debemos conocer la vida temprana de Henry Cavanzo.

A los ocho años ya era guitarrista concertista y se ganaba algunos pesos tocando en tabernas nocturnas. A los once años estudiaba “cosas científicas”. Era adicto a comprar libros. Alguna vez un pariente lo llevó a conocer La Casa del Ingeniero, en el centro de Bogotá, y desde entonces nadie pudo sacarlo de ahí. Tenía la intención de fabricar un amplificador para su bajo y lo consiguió siguiendo los pasos sugeridos por La mecánica popular, revista mensual que coleccionaba con devoción.

Henry iba al colegio a calentar silla porque no le gustaba. Asegura haber sido muy adelantado entre sus compañeros y constantemente peleaba con los profesores. Estudió en el Instituto Técnico Central hasta tercero de bachillerato y se salió. Claudicó. Sus papás avalaron la decisión.

Aun así, Henry acepta que no todo se puede hacer de manera autodidacta. Cuando tenía 13 empezó a viajar con la orquesta Washington y sus Latinos (colaborando en el bajo). Continuó sus estudios leyendo la Teoría de la música Danhauser. Colaboró, además, en otras orquestas: La Máxima de Mañungo, la de Lucho Bermúdez, Totó la Momposina, la orquesta de los hermanos Rey. En 1973, hizo el contrabajo en una producción del dueto Silva y Villalba.

Henry Cavanzo, que ahora tiene 50 años, sigue siendo un hombre de música: es capaz de interpretar 30 instrumentos diferentes.

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—En Latinoamérica, la gente no quería dejar el vinilo —cuenta Henry—. Era muy costoso comprar un equipo con bandeja de CD.

Una noche, durante un viaje a San Andrés con la orquesta de Lucho Bermúdez, decidió hacer doble turno tocando el piano para la banda con la que se turnaron el escenario. El billete extra que se ganó le sirvió para comprar un equipo con bandeja de CD, que también tenía tornamesa y casetera.

—La parte del CD no duró tres meses. Esa vaina sacó la mano. Servían las caseteras y el tornamesa. Pero como yo tenía buen material en acetato no hubo problema.

Para Henry el sonido del CD no es ni mejor ni peor que el de un LP; es diferente. Pero el ancho de banda que tiene el acetato no lo alcanza el CD. “Por más que el CD suba a 520.000 Hertz y de pronto a 128 o 192 bits, es imposible que el digital alcance el ancho de banda de un acetato… Tal vez en 100 años”.

Henry es partidario de que la tecnología no ha sido del todo beneficiosa. Él mismo se pregunta por qué está volviendo a surgir el vinilo. La primera edición de The Sound of Silence (1964), de Simon&Garfunkel, la cual hace parte de su colección de vinilos, aún sobrevive, mientras que un CD de Oscar de León que compró en los noventa ya ni siquiera existe porque un hongo le corroyó el nitrato.

El año pasado le pidieron que recuperara un archivo en vinilo de 1930. Le entregaron los LP en un talego. Henry empezó a lavar suavemente cada disco con un cepillo de dientes untado con jabón líquido. Luego los brilló con un poco de algodón untado de una mezcla de grafito y una cera especial. Cuando tuvo el primero listo, lo colocó en su tocadiscos de 78 revoluciones (su más preciada adquisición) y empezó a sonar la voz de un locutor italiano (en esa época, los acetatos también eran una suerte de grabadora). Tras 76 años de vida, y unos ligeros retoques, esos discos antiguos que le encargaron recuperar siguen ahí, intactos.

Tras décadas de pasión por la música, de nuevos formatos y adelantos tecnológicos, el deseo de Henry de echar a andar su propia fábrica de vinilos sigue ahí, intacto.

“¡Suban pues que los vamos a violar!”, grita Viviana. Cinco hombres, tres mujeres y una pareja de esposos la siguen. Ellas tienen vestidos de baño. Ellos, una toalla amarrada a la cintura. Dejaron sus cervezas y se salieron del jacuzzi y de los saunas para tomar las escaleras hacia el segundo piso, donde hay un sofá anaranjado largo en forma de cruz. En el primer escalón está Alejandro, que le entrega a cada hombre un condón marca Corona importado de la China. Además de la única pareja de esposos, se forman otras dos. Los tres hombres que se quedaron solos rodean a la mujer que está sola. Ella les unta jabón líquido antibacterial en sus manos antes de dejarlos pasar los dedos y la lengua por entre sus piernas y tetas.

Después de limpiarse, un tipo soltero que asiste por cuarta vez a estas fiestas le toca un pezón a la chica, mientras su vagina recibe caricias de otro hombre. Al tiempo que la tocan, a su lado las otras dos parejas tienen sexo en el sofá. Los tipos, ya sin toalla pero con las chancletas de plástico azul que les dieron a la entrada, están encima, entre las piernas de su respectiva compañía. La pareja de esposos únicamente mira, mientras él la acaricia por encima del bikini.

Un tipo calvo al que la ropa le queda ajustada y la barba empieza a crecerle, es el único de la fiesta que no se ha desnudado. Está sentado en una silla enfrente del sofá. Mira la escena, sonríe, saca su celular, toma un par de fotos, y sigue con la mirada clavada en la orgía que se empieza a formar. Es el productor de este evento, el Emperador de las noches cuckold.

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Dos horas antes de sentarse a observar lo que sucede en la fiesta, Alejandro está encerrado en una cafetería sobre la calle 57, dos cuadras abajo de la Avenida Caracas. Además de la mujer que atiende el local, él es el único que está adentro. La reja está puesta para evitar la entrada de los hinchas de Millonarios que caminan desde El Campín este sábado por la noche.

“Esta es mi oficina improvisada”, dice, riéndose y mirando a la dueña.

A través de la reja, dos hombres con camisetas de fútbol piden una gaseosa y un paquete de papas. “Son puros ñampiros. Si se encuentra uno de Nacional con otro de Millonarios se rompen ellos y rompen todo”, dice Alejandro, mientras se sienta en la última mesa de la tienda y pide un tinto que espera lo ayude a aguantar una noche más como anfitrión de las juergas de los cornudos y los corneadores, que se prolongan hasta las tres de la mañana.

Este empresario de la noche bogotana, de sonrisa amplia y brazos gruesos, se crió rodeado de lujuria.

“Yo soy vago desde pequeñito. Mi papá tenía residencias en Sevilla (Valle del Cauca). Siempre había mucha prostituta y entraba todo el mercado de la infidelidad”.

Hoy su negocio consiste en explotar el fetiche cuckold, o fantasía del cornudo, un juego sexual en el que un corneador tiene sexo con la pareja de otro, que observa y celebra la escena. Durante los últimos cinco de sus 49 años de vida se ha dedicado a organizar estas fiestas sexuales temáticas en sitios que alquila en Chapinero.

“En el mundo cornudo el fetiche del man es ver a la pareja como su muñeca; ella es su parcera, su actriz porno, su amante –explica Alejandro–. El corneador es el que presta el servicio, o sea el amante de la esposa, llamada hotwife. Ella puede tener uno o varios en una noche”.

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La fiesta de esta noche es en Poseidón, un spa gay con zonas húmedas sobre la 57, ubicado entre una tienda de la cadena de precios bajos D1 y una taberna. Hay duchas, turco, jacuzzi y pantallas LCD que muestran escenas de porno heterosexual de culioneros.com, y cuatro cuartos privados, cada uno con la cama a ras de suelo y un rollo de papel higiénico en la cabecera.

La invitación para asistir a la fiesta es un flyer que diseña Alejandro en Paint y le envía a cada uno de los 3.551 contactos repartidos en 16 listas de difusión que tiene en su Whatsapp. Va firmada con el seudónimo de Eliot Gabalo.

“Una noche estaba viendo un programa en NatGeo sobre las fiestas del emperador Heliogábalo y pensé que eso se podía hacer”, comenta a propósito del personaje en el que se inspiró: un joven emperador romano conocido por los banquetes que armaba y por ser una de las primeras personas que los historiadores reseñaron como transexual.

“Crecí y seguí siendo vago: organizaba fiestas de mi bolsillo, nos reuníamos con amigos y hacíamos orgías. Sacábamos suites en el Hotel La Fontana, en la 127, y montábamos fiestas solo por placer”.

Para lograrlo, usaba una extinta sección de clasificados del periódico El Tiempo, ‘Corazones solitarios’, donde publicaba avisos para contactar a personas dispuestas a compartir esta experiencia con él y sus amigos.

“Hace 28 años estoy casado con la misma mujer, pero he tenido siete mozas. Nunca he tenido una enfermedad venérea ni hijos por fuera del matrimonio, como dicen por ahí: he sido jugador pero responsable”, dice antes de contestar el celular y darle a una mujer indicaciones para llegar a la fiesta.

“Cuando estés ahí me pegas el pitazo. Un besito”, se despide y cuelga. Era Natalia, una médica que Alejandro describe como una mujer bajita y chusquita, su pareja desde hace dos años en el mundo cuckold. “Somos una pareja, pero más como de buenos parceros, de socios; no creo que estemos enamorados ni tengamos una relación sentimental, pero es parte del ejercicio”, dice.

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La noche de Alejandro no acaba sino hasta las cuatro de la mañana, que es cuando termina de revisar las cuentas que dejó el evento. Cada sábado sale a las seis de la tarde de su casa y vuelve hasta las cinco de la mañana. La noche se le va preparando todo para las fiestas, que incluyen rumbas personalizadas a petición de sus clientes.

“Hay un man chacho, con un puesto importante en la Procuraduría General, que es muy cornudo. Me dio un millón de pesos para que le celebrara el cumpleaños de su pareja. Quería que le consiguiera tipos jóvenes para que tuvieran sexo con ella; una de las fantasías del man era que hubiera un negro y se lo incluí”.

Pero no todas las noches su tarea es organizar fiestas cuckold en la ciudad. También colabora como conductor radial en Bogotá Nocturna, un canal de YouTube.

“Yo hago dos programas: uno que se llama Atmósfera Erótica, en el que se tratan temas sexuales, y otro que se llama Mi Empresa es Colombia, dedicada a entrevistar empresarios colombianos para dejarles un mensaje positivo a los jóvenes”.

Su cercanía al mundo de los fetiches le ha dado el bagaje para conducir Atmósfera Erótica, y su vena empresarial, que cultiva desde que estudió Ingeniería Química e Industrial en la Universidad Nacional, le permite entenderse con los empresarios que invita a su otro programa.

“Trabajé mucho tiempo con polímeros y tuve una empresa de adhesivos. Me mataba como un hijueputa en eso. Tenía 42 empleados jodiéndome la vida. Hice plata pero también hubo mucho estrés; era despertarme y hacer 20 millones ese día. Cada mes lloraba”, cuenta.

En la industria química, Alejandro tenía que transformar la materia prima en productos para comercializar. Ahora, en su faceta de empresario del sexo tiene que vender y recrear una fantasía, y lograr que se vuelva un círculo vicioso para que sus clientes regresen.

“En la organización de estos eventos el mayor riesgo es que no venga nadie y solo pasó una vez”, dice. Le sucedió por culpa de un socio que tenía antes. “El man sólo quería convocar por redes, hicimos el experimento y llegaron dos personas…”, cuenta Alejandro, que desde esa experiencia ha explotado más el uso de Whatsapp, pero sin descuidar los perfiles que tienen en redes sociales como Twitter.

“Aprendí a manejar redes sociales y posicionamiento SEO. Tengo varias cuentas en Twitter, pero la de presentar es @eliotgabalo –donde tiene más de 12.000 seguidores–”, explica mientras las busca en su celular, en el cual también tiene instaladas aplicaciones para buscar pareja como Tinder o Badoo. “Todos los perfiles los manejo personalmente, desde Hootsuite”.

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Esta noche Alejandro no espera una convocatoria masiva. “Es 13, no cae quincena y no van a venir muchos”, pronostica. Sale de la cafetería y camina dos cuadras hacia la Caracas. Saluda a un amigo –un hombre casado que viene con la moza– y a Natalia, su pareja en este juego sexual, que ya lo estaba esperando a la entrada del sitio. Él le da un pico y ella le entrega una caja con 24 preservativos.

La invitación es clara: Chico solo 60 mil, pareja 50 mil, chico menor de 25 años 50 mil, chica sola gratis…. Hoy apenas llegan a 20 los asistentes, pero hay fiestas a las que han entrado hasta 120 personas.

“Hace 15 días éramos más de 100, fue Sodoma y Gomorra. Había un grupo de 15 tipos con la misma vieja”, cuenta Carlos Eduardo, de 43 años de edad y seis de divorciado.

No hay fila y los pocos que llegan antes de las nueve de la noche, hora en la que abren las puertas y empieza la fiesta, no ocultan su timidez. “¿Es la primera vez que vienes a esto?”, le pregunta una mujer a un tipo que acaba de llegar y que asiente con la cabeza.

Adentro del sitio, cada hombre y pareja pagan su cover. A cambio les dan acceso a un locker, toalla y chancletas, y a todas las zonas húmedas y cuartos privados del lugar. Cuando entran en calor y dejan la vergüenza, unos empiezan a meterse en el jacuzzi, hablar y pedir cerveza. La estatua del dios Poseidón, que le da el nombre al lugar, se pierde entre el humo aromatizado que sale de unos extintores y carteles que invitan a la protección: “Si te gusta mamar, ponte condón”. La música para prender la primera hora es una compilación que ponen en YouTube: Clásicos del merengue 80 y 90.

“La mayoría de las viejas que vienen a esto son gorditas, eso sí, las cosas como son”, dice Carlos Eduardo, antes de pararse de la mesa donde charla y dirigirse al sauna para espiar a la pareja que acaba de entrar. “No están haciendo nada todavía”, notifica y se vuelve a sentar junto a otro participante que no quiere decir su nombre, Viviana –socia de Alejandro, que está separada y hace 15 días no pudo ir a la fiesta por tener la custodia de los hijos–, y una de las slut toys, que tiene las piernas llenas de morados, pues la noche anterior se cayó bailando en un tubo.

“Las slut toys son viejas que estuvieron metidas en la movida swinger y se quedaron enganchadas, pero ya sin pareja. Son parte de la logística y se encargan de prender el ambiente. Aunque reciben un salario, esto lo hacen por gusto. Gratis no hay nada en la vida y su principal función es acostarse con los manes que vienen solos”, explica Alejandro para negar que se trate de prostitución, aunque admite que sus eventos rayan en ello.

“Esto casi cae en prostitución, por eso se hace en zonas de tolerancia que tienen los permisos. Es sexo consensuado, la gente que viene es por ahí de 40 años. Son parejas y solteros que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a reunirse”, dice para defender sus eventos, que ya suman más de 200.

Alejandro se para en la entrada, da la bienvenida a cada invitado y cuida hasta el más mínimo detalle para mantener intacto su título de emperador de la rumba cuckold. Cuando escucha el grito de Viviana, el llamado de guerra para que arranque la acción, empieza a entregar condones.

“Yo soy el más teso en esto. Los otros clubes no le meten creatividad: venden sitio sin pensar en las fantasías de la gente. Yo incentivo el fetiche, lo conozco; he sido cornudo y me gusta. Coger a una vieja y darle clavo entre 10 es una chimba… ¿O usted no lo hizo nunca en el colegio?”, pregunta y enseguida suelta una carcajada.

Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.

Tertulia en la Guajira

Publicado: 22 marzo 2016 en Ernesto McCausland
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La tertulia tiene lugar en El Pájaro, un pueblo fantasmagórico situado sobre ese corredor solitario y ardiente que marca el encuentro del desierto guajiro con el mar Caribe. Entre los entusiastas conversadores —todos empleados de la planta de gas natural— hay un técnico riohachero, un ingeniero bogotano, dos ingenieros samarios, un operario barranquillero, un supervisor santandereano y dos celadores guajiros, ambos puros indígenas wayúu. Todos se han encontrado, y se han vuelto amigos de un momento a otro, por puras circunstancias profesionales. Pero aún con lo oscilantes que son sus temas de conversación, hay uno del cual no se habla: trabajo.

El riohachero, un moreno oscuro de casi dos metros de estatura, permanece de pie. Es el más callado de todos. Aunque no ha intervenido, ha seguido la conversación como un halcón a su presa. Le dicen en són de chanza que se siente para que no crezca más, pero se limita a esbozar en su rostro pétreo una sonrisa. De repente, el barranquillero toma una curva pronunciada en la ruta de la tertulia y pregunta por una famosa guerra de familias guajiras que tuvo lugar hace diez años en un pueblo marimbero de la sierra nevada de Santa Marta. Nadie parece saber nada, hasta que el hombre de dos metros rompe el silencio:

—Esa es una historia larga.

El maestro del suspenso acaba de desplegar el primer gran artificio de su repertorio. Les ha extendido a los presentes su caña de fino juglar. Su cometido se revela obvio para los amigos, pero todos se le abalanzan al anzuelo. «Cuéntala a ver», le dice uno de ellos. El hombre se resiste. Desea que le rueguen. No admite una convocatoria informal, acaso displicente. Requiere la ansiedad desbocada del auditorio y, desde luego, en seguida la recibe: están a punto de arrodillársele.

—Yo estaba ahí —es su introducción. Una apasionante película de la vida real comienza a rodar entonces ante la docena de ojos alucinados.

Un hombre de cuarenta años estaba limpiando su revólver. Un niño de diez se le acercó, apuntándolo con una pistola de juguete y diciéndole que iba a matarlo. Muerto de la risa, el hombre apuntó al niño con el revólver que estaba limpiando. «Primero te mato yo a ti», le dijo también en broma. Entonces el arma se le disparó. El narrador se arroja al suelo rojizo del desierto para presentar su vívida descripción de la caída del niño.

—Le dio en la mitad del corazón —dice desde el suelo.

Hay silencio en el grupo, mientras el riohachero se levanta del suelo con toda su calma guajira y se sacude la arena roja del pantalón.

«Quince años después, el hermano menor del muerto comienza al pregonar por el pueblo que va a vengarse —prosigue el relato— y los hijos del homicida accidental se enteraron». El mago de la historia describe la época. Estaban en plena bonanza de la marihuana. El pueblo era un infierno de camionetas, dólares, balas y mulas que bajaban de la sierra cargadas de Santa Marta Gold, la mejor marihuana del mundo.

Un domingo, el hermano del muerto parqueó su camioneta en la plaza y allí se sentó a beber whisky con su mejor amigo. Las puertas de la camioneta roja estaban abiertas. A través del potente equipo de sonido del vehículo sonaba un vallenato de los ídolos del momento, los hermanos Zuleta. Era «El trovador ambulante» —recuerda el narrador con convincente precisión. Los hijos del homicida, los mismos que habían decidido salirle al encuentro a la venganza, se acercaron entonces por detrás de la camioneta. Primero mataron al amigo. El vengador intentó entonces sacar su escopeta 12 de la parte de abajo del asiento. Demasiado tarde. El narrador se señala la frente y deja los ojos en blanco. No lo ha dicho, pero ha quedado claro: el tiro fue en toda la mitad. La escena, recreada con tanto detalle, con el vallenato y el entorno de pueblo de vaqueros, les produce escalofríos a los amigos, aun en medio de los cuarenta grados de aquel desierto agreste, frente a ese mar rugiente que parece encresparse con el calor de la historia.

El santandereano se ha confundido y le ha perdido el hilo al cuento. «¿En este momento van empatados?», pregunta. Con una calma de carpintero, que exaspera al resto, el narrador le resume la historia desde el principio, y remata diciéndole:

—Van dos a cero, para que entiendas. Se alborotó la sed de sangre, prosigue el narrador. Al asesino lo mandaron a esconderse en un pueblo del Magdalena.
—¿Cómo se llama ese pueblo con nombre de santo que queda a la orilla del río? —les pregunta a los interlocutores. Dos de ellos lanzan nombres de pueblos: «¡Cerro de San Antonio!…¡Santo Tomás!…». El relator niega con la cabeza. «No importa, continúa», le dice el sincelejano. El relator lo mira con una mezcla de rabia y compasión. El mensaje está claro: si no lo ayudan con el nombre del pueblo, jamás sabrán el desenlace. Todos comienzan entonces a disparar ráfagas de nombres de pueblos. Hasta uno sin nombre de santo es mencionado.
—Vea hermanito —le advierte el juglar—. Cuando yo le diga algo es porque así es.

El regaño deja petrificado al que cometió la osadía de dudar. Otro artificio narrativo: el juglar acaba de darle otra vuelta a la tuerca de la credibilidad. Por fin alguien dice el nombre del pueblo y al relator se le iluminan sus ojos de búho salvaje. Todos se ponen contentos. Se avecina el desenlace. Se ha hecho tarde. El mar ruge.

Los vengadores, —«los que van perdiendo dos a cero, para que entiendan»— localizaron el pueblo y llegaron armados con varios agentes del F-2. Uno de ellos —hermano menor de las dos víctimas— dijo que quería ejecutar la venganza con sus propias manos. Por tanto entró solo al pueblo. Minutos más tarde lo sacaron masacrado. Tres a cero. El bogotano ha entrado en una especie de trance alucinatorio y le suplica al narrador que no demore más el cuento. Los wayúus se ríen. El suspenso ha enloquecido al bogotano, que empieza a sudar a chorros. Pero el narrador le propina un tatequieto. «Hasta aquí llegó la cosa» anuncia. No hubo venganza. La familia que iba ganando tres a cero accedió a pagar los tres muertos.

—Treinta millones —dice el juglar, haciendo flotar tres dedos en el aire—. Yo estuve en la entrega.

El auditorio espontáneo lo contempla con admiración. Ha convertido la historia cualquiera en una apasionante película de la vida real, recreada en medio de aquel ámbito misterioso donde El Pájaro le entrega al mar las ruinas de su antiguo esplendor, cuando cargaban marihuana y encendían cigarrillos con billetes de cien dólares. Lo observan con sus tres dedos en el aire, enmudecidos, a merced de la hipnosis de la historia, sometidos al sortilegio de ese hombre que maneja con maestría los hilos secretos del relato. Al fondo, ya el sol guajiro ha emprendido su descenso, mientras el mar va enfureciéndose para darle la bienvenida a la noche.

—Es hora de comer —dice el supervisor.

Las balas no se escucharon, se confundieron con el estrépito del helicóptero que se hizo visible tras un cerro. De repente, los campesinos comenzaron a esconderse entre matorrales. A 15 metros, en medio de la confusión, Euclides Castillo vio cómo un balazo le astilló una de las piernas a su primo. Sintió miedo, impotencia. ¿Vendrían a matarlos? ¿La policía antinarcóticos los confundía con guerrilleros? Había que admitirlo: sembraban matas de coca en casi dos hectáreas cuyos dueños habían abandonado para buscar suerte al casco urbano de Tierralta. Entonces escuchó otro grito desesperado detrás suyo: “Nos están matando”. Y más allá, vio cómo un grupo de militares comenzaba a cercarlos.

Los uniformados, al notar que unos campesinos comenzaron a salir con las manos en alto y otros auxiliaban a los heridos, bajaron sus fusiles. El pánico de los labriegos se convirtió en rabia, en reclamos. Cuatro de los suyos estaban heridos en piernas y brazos: no eran guerrilleros, sino padres de familia que intentaban sobrevivir sin más chance que ganar unos pesos de la ilegalidad; la policía lo sabía muy bien. Los uniformados, por su parte, aseguraron que no habían disparado. Hubo gritos, insultos. Lo cierto es que desde hacía una semana atrás los cultivadores de esta zona se oponían a que la policía erradicara de forma manual la coca, como lo había estado ejecutando en las partes accesibles del Nudo de Paramillo, evadiendo minas y tropas subversivas. Este hecho ocurrió el pasado 9 de agosto.

—Lo que más nos molesta es que casi siempre se equivocan al fumigar cultivos con aspersión. A mi me han dañado cinco cultivos de maíz –afirma Euclides.

Finalmente, los cuatro heridos fueron trasladados a hospitales de Tierralta y la capital Montería, desde la vereda Mata de Guineo del corregimiento de Crucito, en el mismo helicóptero que generó el pánico. Días después, el comandante de la Policía en Córdoba, coronel Carlos Vargas Rodríguez, manifestó que de ser cierto los disparos desde la aeronave, las balas que habrían herido a los hombres fueran punto 50, tan grandes como para destrozar un brazo. La policía barajó la posibilidad de que guerrilleros que vigilaban a los campesinos, al advertir la fuerza pública, dispararon para generar caos y confusión y así poder escapar.

Lo cierto, afirma Euclides, es que esta escena se ha repetido por años en cada uno de los 19 corregimientos de Tierralta. Según líderes de desplazados de la zona, por ejemplo, al menos el 80% de los campesinos de Crucito subsiste de los cultivos ilícitos. Afirman que no hay más alternativa, desde que el embalse de la hidroeléctrica Urrá inundó 8 mil hectáreas a finales de los años 90, quedaron incomunicados, atrapados: el agua se tragó la carretera que en 45 minutos los unía a Tierralta, donde comercializaban sus siembras de maíz, plátano, yuca, ñame y verduras. Ahora deben tomar un bus, una lancha y finalmente otro bus para llegar al municipio; ahora están a dos horas de camino.

Crucito, que hasta principios de los años 90 fuera un poblado próspero y envidiado, poco a poco se queda solo. Está en las estribaciones del Nudo de Paramillo, una cadena montañosa conformada por tres serranías que une al sur de Córdoba con el noroccidente de Antioquia, y cuyo dominio en gran parte lo ejerce el Bloque Iván Ríos de las Farc y las bandas criminales (bacrim): los que compran la coca.

Para los ilegales lo importante es que el Nudo de Paramillo se convirtió en una de las despensas de cultivos ilícitos más grande del país. La ventaja para ellos es que estas serranías, desde los años 90, son también un corredor estratégico para que hoy las Farc y las bacrim lleven la droga procesada hasta los puertos del Urabá antioqueño, por las ardientes tierras del Bajo Cauca. Su destino: centro América y Estados Unidos, afirman fuentes militares.

La travesía de la coca

Dos semanas antes del enfrentamiento entre campesinos y erradicadores, Euclides, padre de siete hijos, se levantó a las 4:00 de la madrugada y ensillo su burro Pepe. Trabajaría en algo que le daba miedo: recoger hojas de coca en lo profundo del Nudo para luego venderlas a la vera de un camino. Su mujer le empacó comida y le echó la bendición. A Euclides siempre lo atacaba un mal presagio cuando se aventuraba, a pesar de que había realizado casi 40 viajes en los últimos 4 años. Tenía dos cerdos, una vaca, 17 gallinas, dos burros y una pequeña huerta: insuficiente para sostener una familia tan numerosa. Él vivía en la vereda Colón Alto, en una parcela de hectárea y media, a un par kilómetros de donde, dos semanas después, miraría caer a su primo de un balazo. En los últimos 20 años se han llevado a cabo en Crucito más de 10 masacres.

Una de las más cruentas fue en 1999, cuando seis campesinos fueron asesinados en diferentes veredas de Crucito por parte de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comandadas en esa región por Salvatore Mancuso, hoy purgando condena en Estados Unidos. Eran acusados de colaborar con las Farc, en una época en que las AUC buscaban ganarle terreno a la guerrilla en el Nudo, sin mucho éxito. Euclides tenía 15 años cuando ocurrió. Fue la primera vez que vio un muerto con disparos en la cabeza. “Desde entonces siento el corazón más duro”, confiesa.

Para recoger la coca, Euclides tuvo tres horas de camino bajo un calor y una humedad que le empapó pronto el cuerpo de sudor. Primero remontó leves cordilleras y luego se internó por una selva espesa, ruidosa de insectos y de aves por donde el sol entraban rebotando entre los ramajes. Saludó a un par de indígenas Emberá Katío que cazaban. Recuerda, también, que sintió miedo de que algún escuadrón del ejército, o guerrilleros o miembros de bacrim, lo confundiera con un enemigo y lo mataran. Había un enemigo más, las minas antipersonas sembradas por el Frente 58 de las Farc. Según cifras oficiales, entre el 2000 y el 2013, 498 personas fueron víctimas de ellas en el Nudo, es decir, como si por cada año 38 personas pisaran una.

—El Nudo es de todos y de nadie-, dice Euclides con la mirada grave.

Era un riesgo al que no logró acostumbrarse. Así que comenzó a cantar vallenatos de Diomedes Díaz, no tan alto, pero si lo suficiente para ser escuchado. La idea: dar a entender que él no representaba ningún peligro. Luego salió a un claro y comenzó a ver, allí y allá, arbustos de coca que crecían espontáneamente, en apariencia abandonados pero que tienen como fin que los campesinos tomen la coca y no tengan otra opción que canjearla con la guerrilla: es una estrategia que la subversión fraguó, ante la presencia esporádica del Ejército y el desconcierto entre bandas al margen de la ley.

Antes de que el Ejército conformara en el 2008 la Fuerza de Tarea Conjunta para recuperar el Nudo y comenzar con las erradicaciones, aún se podían hallar extensos cultivos de coca allí; cuatro, cinco, seis hectáreas sembradas una al lado de la otra, custodiadas por minas y guerrilleros, y al cuidado de campesinos. A finales de los noventa había coca al pie del embalse y alrededor del casco urbano de Crucito. Hoy hay más, pero diseminada en pequeñas siembras a todo lo ancho y largo del Nudo de Paramillo, incluso dentro de resguardos indígenas, víctimas también de esta guerra. En términos generales, según datos del Sistema Integrado de Cultivos Ilícitos (Simci) entre 2001 y 2012 los cultivos de coca en el Nudo de Paramillo aumentaron en 295% al pasar de 805 hectáreas en el primer año a 3182 hectáreas en el último.

Los campesinos, que comenzaron a notar la coca desde mediados de los años 90, no tuvieron más alternativa que sembrar, al verse cercados por el agua de Urrá, embalse alimentado por el descomunal ríos Sinú, que a su vez nace gracias al río Esmeralda y al río Verde, que surgen en las entrañas del Paramillo. Era raspar coca o vivir en la indigencia.

—Comencé a raspar coca y a echarla en un costal –continúa Euclides con su relato-. Lo cierto es que uno ve maticas a media hora de camino en el mismo Crucito, pero es solo hasta dos horas más andando que uno puede raspar con tranquilidad.

En aquella ocasión, en hora y media, alcanzó a recoger cuatro arrobas de hoja de coca. Después caminó media hora más por el filo de una ladera. Dejó beber a su burro el agua de un arroyo, y luego salió hasta el camino de piedras y polvo anegado que corre hasta la vereda Santa Isabel del Manso, cuya población vive intimidada. Allí, en enero de 2013, ocurrió una supuesta masacre de seis personas por parte de, según información militar, Los Urabeños (grupo que las autoridades pasarían a llamar ‘Clan Úsuga’). Días después, miembros militares afirmaron que no hubo masacre, en contra de lo que dijeron habitantes del Manso.

Cierta la matanza o no, en aquella ocasión, el presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) del Manso, Clímaco Pitalúa, fue sacado a la fuerza de su casa ante las súplicas de sus vecinos, llevado hasta el monte, golpeado en la espalda. Le fracturaron uno de sus brazos con el fin de que suministrara información sobre unos hombres. Así lo relató cuando llegó moribundo al casco urbano de Tierralta. Logró, en medio de la selva, escaparse de sus captores; escuchó disparos. Siguió para él una travesía entre la vorágine del Nudo. Tres días después, en Tierralta, Clímaco se enteró que con él llegaron al tiempo 14 familias desplazadas del Manso. Ellas confirmaron que desde hacía una semana hombres armados intimidaban a la población tras un año de tensa paz.

El Paramillo sin dueño

Euclides, a la vera del camino accidentado, esperó, sin ver a nadie, una hora. “Me están vigilando”, pensó. Luego dos hombres jóvenes en una moto se detuvieron frente a él. No se cruzaron palabras. Recibieron el costal y le dieron a Euclides cinco billetes de 20 mil pesos. Atardecía cuando regresó a casa. Sus hijos jugaban en el patio.

—Aquí casi todos salimos a recoger coca de forma individual –afirma Euclides-. Y los que no, la siembra en grupos en las colinas más apartadas, y hasta levantan laboratorios con químicos suministrados por personas.

Con la plata que recibió Euclides pudo comprar, en parte, lo que no produce la tierra: panela, aceite, café, pan, azúcar, sal, jabón, crema dental, ropa, sábanas, cuadernos para sus hijos, tela, velas, fósforos, alambre, tejas de zinc, herramientas, clavos… Ahorró también para cuando alguien de su familia necesite ir de urgencias a Tierralta, ya que a Crucito llega solo un médico los martes. En este poblado, como en todos los incomunicados por el embalse, nadie compra cultivos. Lo que sí ocurre son trueques, en el casco de Crucito, que no tiene más de 80 casas, dos iglesias cristianas y una católica, cinco tiendas, dos restaurantes, una droguería, un bus, una cancha de microfútbol, y una escuela que solo da hasta octavo grado y que le brinda estudio a 150 niños, afirma Over Tesillo Castro, presidente de su JAC.

—Nosotros no le importamos ni al alcalde ni al gobernador –comenta Tesillo-. Con decirles que Crucito no tiene electricidad, y eso que estamos al pie de una de las hidroeléctricas más grandes del país. Hay una planta de energía a gasolina, que trabaja por ratos.

Tierra fértil y gente pobre

Rosa Epifanía, mujer de 54 años y viuda desde hace 18, es bien conocida en Crucito porque ha servido de partera y porque sabe de medicina natural. Ella afirma que ningún cultivo en esta parte de Tierralta es rentable porque el solo transporte del producto hasta Tierralta representa un gasto enorme. Afirma que si, por ejemplo, un campesino logra acumular una tonelada de maíz en cinco meses, esta se la comprarán en 250 mil pesos, y parte del dinero se quedará en el transporte: hay que tomar un bus, luego un bote hasta Puerto Frasquillo, un caserío militarizado, y luego otro bus hasta el mercado: dos horas de camino. Luego tomar el mismo transporte de regreso antes de las 3:30 de la tarde, cuando sale la última lancha hacia Crucito. La medida la tomó Ejército, que decomisa a los campesinos y a los Emberá Katío, en el puerto, cualquier tipo de insumo para cultivos. En transporte, si el labriego lleva consigo un bulto de maíz, le genera en promedio un gasto de 42 mil pesos.

—Además, ¿Quién trabaja medio año por tan poca plata? Lo mismo pasa con la yuca, el ñame y el plátano, se abarataron demasiado –afirma Rosa.

Y es que, según se cuenta, en el negocio de la coca todos ganaban y ganan. Antes del 2005, año en que comenzaba a terminar la desmovilización de las AUC, una hectárea coca podía, cada dos meses y medio, llegar a dar 300 arrobas de hoja de coca, capacitadas para dar 16 libras de mercancía (unos 8 kilos). Los campesinos recibían por ello, en promedio, 17 millones 600 mil pesos. “Te gastabas tu 4 millones de pesos en el proceso y el resto quedaba para ti”, reveló una fuente desplazada de Crucito desde hace cinco años. Y añade que “a principios del 2000, la coca la venían incluso a recoger en helicóptero. Hoy en día por 16 libras ya no pagan ni la mitad de lo de antes”.

Según Álvaro Álvarez, coordinado de la Mesa de Víctimas de Tierralta, hoy vivir en Crucito es casi imposible: hay tierra fértil pero no hay cómo sacar los productos, así que pocos siembran, y está la subversión que continuamente se enfrenta con el Ejército. Según las cuentas de Álvarez, quien ha sobrevivido a tres atentados, desde el año 2000 se han desplazado más de 510 familias desde Crucito y que no han vuelto a sus parcelas.

Y la situación sigue siendo grave. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), Tierralta tuvo entre el 2012 y el 2013 un total de 2 mil 298 personas desplazadas provenientes de los corregimientos que se encuentran en el Nudo de Paramillo.

El párroco de la iglesia San José de Tierralta, Jorge Miranda Pérez, ha sido desde hace más de cinco años uno de los testigos más próximos de la problemática social que enfrentan las poblaciones aisladas por el dique, “en medio de un conflicto en que ningún enemigo es totalmente reconocible”, afirma. Y añade: “He visto a los campesinos más pobres rodeados de las tierras más fértiles de Colombia”. Cada par de días, Jorge viaja a diferentes veredas dentro del Nudo, escucha a la gente, ofrece misas. Ha enterrado a más de 200 asesinados.

—En esta problemática hay que echarle la culpa a todos por igual: al Gobierno por el abandono de años, a las bacrim, a las Farc y al narcotráfico, por las matanzas y por sembrar el terror en los rostros de la gente –afirma, y añade-: Vea como son las cosas, estamos rodeados de coca y no conozco a nadie adicto a ella en Tierralta.

La población Emberá Katío, conformada hoy por 33 resguardos en todo el Nudo de Paramillo (también llamado Alto Sinú), ha hecho parte también de esta disputa por el poder. Ellos llevan habitando estas tierras hace más de un siglo. Todos se opusieron a la construcción del embalse e incluso, a finales de 1994, llevaron a cabo un acto simbólico extraordinario para despedirse de los 365 kilómetros del río Sinú, de su belleza y riqueza llena de peces: navegaron por seis días en 72 embarcaciones adornadas con flores y vivos follajes. No dejaron de cantar, en un ritual en el que los caciques invocaron los dioses de la fertilidad y la abundancia, y recordaron las historias de sus orígenes.

La travesía comenzó en los nacimientos de los ríos Verde y Esmeralda, en el Alto Sinú (donde el embalse de Urrá años después estancó sus aguas), y finalizó en Boca de Tinajones, donde las espesas aguas de cobre del río Sinú se funden con las azules del mar Caribe, en el municipio de San Bernardo del Viento. Los Emberá Katío sabían que no volverían a navegar por sus aguas pues el dique cortaría el recorrido. El 31 de diciembre de 1994, las autoridades prohibieron la navegación.

Desde entonces los líderes de esta comunidad fueron exterminados paulatinamente. A finales de los 90 las AUC intentaron conquistar el Nudo combatiendo con las Farc. Pedro Domicó Domicó, líder indígena en el Alto Sinú, recuerda esa época cuando él era apenas un muchacho. “Con la llegada de Urrá nos quedamos sin peces, que pescábamos en los diferentes ríos, hoy el embalse se los llevó todos”, afirma, y añade: “Lo peor es que todos nuestros resguardos están rodeados de minas”.

En ocho meses, entre los años 2000 y 2001, fueron asesinados a bala y por las Farc, casi siempre delante de sus familias, los líderes indígenas Lucindo Domicó, Alonso Jarupia, Rafael Domicó, Alejandro Domicó, Santiago Domicó, José Manuel Domicó, Maximiliano Domicó, Jackelino Jarupia Bailarín y Maisito Domicó, entre otros, según registraron los medios.

Las promesas

En una visita del gobernador de Córdoba, Alejandro Lyons Muskus, a Crucito en octubre de 2013, junto con una comitiva humanitaria, afirmó que, en efecto, la empresa Urrá está obligada por ley a construir una nueva carretera para unir a esta población con Tierralta, y así beneficiar a más de 700 familias campesinas que viven en diferentes veredas en el Nudo de Paramillo. En aquella ocasión, Lyons entregó obras en Crucito por 600 millones de pesos, entre ellas mejoras al centro de salud y a la escuela.

En efecto, en agosto de este años, en Instituto Geográfico Agustín Codazzi (Igac), por solicitud de las directivas de la hidroeléctrica Urrá, comenzó a realizar los avalúos de 76 predios con miras a habilitar una vía para Crucito, que comprenden una extensión de 81 hectáreas. Este proceso podría demorar hasta finales de este año.

La realidad de Crucito es la de cientos de poblados del sur de Córdoba y el Bajo Cauca antioqueño. Euclides Castillo, por su parte, se ha trasladado a Montería a hacer otra vida y, en efecto, las dos hectáreas de coca que sembraban aquella tarde del helicóptero, quedaron abandonadas un par de semanas hasta que los campesinos volvieron. Esta guerra parece de nunca acabar.

1.

El cabo Mora aterrizó en Bogotá una mañana fría de septiembre de 2008. Venía de Ocaña, en Norte de Santander, donde la temperatura rondaba los treinta grados. Se ubicó temporalmente en una unidad de aviones plataforma, mientras sus superiores le informaban cuál sería su trabajo y dónde viviría en la capital.

Hasta ese momento, Mora se había desempeñado como agente de inteligencia del Ejército y había logrado infiltrarse en los reductos paramilitares del nororiente colombiano. Sin embargo, sospechaba que de ahí en adelante el Ejército no lo iba a seguir destinando a misiones similares. Los comandantes en Norte de Santander lo habían expulsado prácticamente como a un perro. Tenía 24 años y uno de sus temores más agobiantes era que su carrera militar podía desplomarse: lo iban a retirar o a presionar para que solicitara su retiro. Aunque existía una posibilidad todavía peor: lo iban a matar o le iban a matar a su familia.

Por esos días leyó en la revista Semana un artículo titulado “Versiones encontradas sobre jóvenes desaparecidos en Soacha”. La nota daba a entender que en fosas comunes, en las afueras de Ocaña, habían encontrado los cuerpos de un puñado de jóvenes que residían en aquella población al sur de Bogotá y que habían sido reportados a comienzos de año como desaparecidos. El Ejército los estaba presentando como integrantes de grupos al margen de la ley, pero sus familiares desmentían esa versión diciendo que esos jóvenes no eran criminales de ninguna clase. Al día siguiente, la revista volvió a publicar una nota esta vez con el título “¿Reclutados o asesinados?”, según la cual los exámenes de medicina forense indicaban que los jóvenes habían sido asesinados meses atrás y que los camuflados con que habían sido inhumados no tenían los orificios de balas que sí tenían los cuerpos de cada uno. Fue en ese momento cuando Clara López, entonces secretaria de Gobierno de Bogotá, se arriesgó a lanzar por primera vez la hipótesis de que los jóvenes habían sido secuestrados para matarlos.

Mora se dijo: “Yo sé qué pasó con esos muchachos”. Sin embargo, recordó que en enero de 2008 un sargento del Ejército también había hablado con Semana sobre casos parecidos, luego se le había presentado en su oficina en Bogotá al comandante del Ejército, el general Mario Montoya, y poco después, de manera insólita, el mismo Ejército lo había capturado por cargos de extorsión. “Acá en Bogotá tampoco se lo puedo contar a nadie”, pensó. Dos días más tarde, leyó en Semana: “Ya son 46 los jóvenes desaparecidos que fueron reportados como muertos en combate”. Otros medios también comenzaron a ventilar las historias de las familias de esos muchachos y a mostrar a las mamás en llanto. En ese instante, el cabo Mora cambió de decisión.

–Me sentí culpable –me dice–. Fui a donde un mayor, amigo mío, y le dije que yo podía aclarar lo de Ocaña. El mayor me llevó con el director de inteligencia del Ejército, el general Díaz. Y a él le conté todo. Duramos casi un día hablando y él solo se cogía la cabeza con sorpresa y decía “…cómo así, cómo así…”, y me decía que ellos tenían sospechas pero que faltaba un testimonio como el mío.

Al final de la tarde, el general Díaz se saltó el conducto regular: no le informó al general Mario Montoya, sino que telefoneó al comandante de las Fuerzas Militares, general Freddy Padilla de León, para que supiera y a su vez pusiera al corriente al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.

–Sabían de pronto que mi general Montoya… –Mora se frena. Piensa mejor lo que va a decir–. Mi general Montoya ha dicho que lo que mataron allá fueron delincuentes y que no pasaba nada.

A la mañana siguiente, ya sintiéndose respaldado por el ministro Santos, Mora madrugó a denunciar los hechos en la Fiscalía y en la Procuraduría.

–Me parece –dice, forzando el recuerdo– que fue un procurador el que llamó a estos crímenes “falsos positivos”. Y después se vino la bola mediática e investigativa tan inmensa.

Bola que obligó al general Montoya, un mes más tarde, a destituir a tres coroneles de Norte de Santander: Rubén Darío Castro, Santiago Herrera Fajardo y Gabriel Rincón Amado, dos de los cuales habían hecho sentir como un delincuente al cabo Mora. Y a los cuatro días de estas bajas, el presidente Álvaro Uribe Vélez hizo lo mismo con 27 militares más, entre ellos tres generales.

–Todos estos militares supieron que fui yo el que puso todo al descubierto. Inmediatamente me empezaron a tratar de sapo, de traidor.

El cabo Mora es un tipo alto y grueso, quizá con kilos de sobra. Tiene la piel oscura y los ojos escondidos, pero con pupilas de un blanco intenso. Su nombre es Carlos Eduardo, habla con voz delgada y mantiene ese suave tono de niño bien educado y tímido: “Buenas, don Juan”, “¿le provoca algo de tomar, don Juan?”. Vive con su esposa y su hija, una pequeña que va llenando de grititos y risas la casa. Mora la besa, la abraza, con ella se le enflaquece aún más la voz. Viven al norte de Bogotá, en un conjunto residencial de las Fuerzas Militares. Algunos soldados controlan la entrada, y en el parqueadero hombres en camuflado, con sus pistolas de dotación rebotándoles en la cintura, se bajan de carros con placas civiles sin polarizados ni escoltas. Los niños juegan fútbol en los jardines.

Mora se transporta en un carro blindado y está protegido por dos escoltas. Esas son las medidas cautelares que le otorgó la Fiscalía luego de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos conceptuara en octubre de 2013 que “sus derechos a la vida e integridad” estaban “amenazados y en grave riesgo”.

Estamos sentados en la sala. El apartamento es pequeño y decorado modestamente. Un solo cuadro de colores encendidos cuelga en el comedor. Mora ha contado varias veces su historia como testigo principal de los falsos positivos. La mayoría de ellas en el proceso de investigación y juicio abierto contra los militares implicados. Y es esa historia la que los tiene en la cárcel o a un paso de ella. Pocas veces se la ha contado a la prensa, y esta es prácticamente la primera vez que la narra, dispuesto a que sea publicada in extenso con todos los detalles.

2.

De niño Carlos Eduardo Mora soñaba con ser soldado. Vivía en Ciudad Bolívar con su mamá y su padrastro, y había octubres en que se disfrazaba con camuflado. Al graduarse del colegio, se reencontró con su papá, quien para ese momento ya era un sargento mayor retirado del Ejército. Le dijo que él también quería seguir la carrera militar y, aunque al comienzo su papá trató de disuadirlo –“ser militar es muy duro, mijo, mucho más ahora con la seguridad como está” –, terminó ayudándolo a ingresar a la Escuela de Suboficiales en Tolemaida.

A finales de 2004, recién cumplidos los 21 años, obtuvo el grado de tecnólogo en ciencias militares y entre mil aspirantes fue incluido en un grupo de cincuenta que se especializó en nueva inteligencia militar. Palabras más, palabras menos: pasar desapercibido en una comunidad y ser capaz de infiltrarse en un grupo al margen de la ley con el propósito de reunir información para operaciones de choque, asaltos y capturas.

Casi enseguida fue asignado a la recién creada Brigada Móvil XV que operaría en Norte de Santander, desde la región del Catatumbo y la frontera con Venezuela hasta Ocaña y los límites con el Cesar. Pero como nunca antes había padecido el estrépito de la guerra, sus superiores le encargaron una escuadra de cinco hombres y lo enviaron a la zona rural del municipio de Tibú, donde las Farc y el ELN daban bala todos los días. Era marzo de 2006. Fue allí cuando el cabo Mora vio morir a varios de sus hombres, de las maneras más dramáticas: tras un ataque con bombas, uno de ellos perdió la mitad de la cabeza, al otro le volaron el rostro y uno más se desangró por completo después de que un mortero la arrancara una pierna.

–¿Yo qué les decía a los que habían quedado vivos? Para eso no me había preparado la escuela. Lo único que se me vino a la cabeza fue: “Jóvenes, nosotros sabíamos a qué veníamos, ahora vamos a vengarnos”. Me di vuelta, me hice a un lado del grupo y me puse a llorar. Había compartido mucho con esos muchachos, meses sin ver una cara distinta a la de ellos, y de un momento a otro verlos muertos fue muy duro. Ahí me dije: “Esto no es lo mío”.

Un mes después, le llegó la notificación de que había sido designado para crear un grupo especial llamado Central de Inteligencia Técnica de Ocaña (CIOCA), junto con otro cabo que estaría bajo su mando. En adelante, el cabo Mora no volvería a usar el uniforme militar y tampoco podría residir en los batallones. Debía convertirse en un civil más. Su misión sería recabar información desde el interior de las bandas criminales y unas cuantas células aún activas de la desmovilizada guerrilla del EPL, para que la tropa pudiera neutralizarlas.

–Al poco tiempo comenzamos a dar resultados –dice–, más que todo contra bandas criminales. Con nuestra información se decomisó armamento, se capturaron 18 integrantes de los reductos paramilitares, entre ellos un cabecilla. Y luego de estos golpes, los paramilitares se dieron cuenta de que éramos mi compañero y yo, y nos declararon objetivo militar.

Por esos días, noviembre de 2006, el Frente 33 de las Farc se tomó el Alto del Pozo, una ruralía de Ocaña, y mató a 17 soldados. El mando militar reaccionó relevando a los comandantes del Batallón Santander y de la Brigada Móvil XV y nombrando en su lugar al coronel Santiago Herrera Fajardo y su cúpula. Aunque Herrera Fajardo tenía tres medallas por valor en combate y era uno de los mimados del general Montoya, también era muy resistido a causa de sus métodos. Entre militares le decían “Fortín”, por su solidez tropera.

El primer movimiento de Herrera Fajardo fue incrustar su gente en las distintas áreas de trabajo. A la CIOCA metió un cabo de apellido Urbano, trasladando al cabo que estaba bajo el mando de Mora.

–A Urbano le decían “Hitler”. Imagínese lo malo que era. Y claro –me explica Mora–, apenas llegó dio un resultado. Comencé a dudar porque yo llevaba meses trabajando para crear líneas de acción y este cabo llegó y en un día ya lo había logrado. Es más: casi enseguida dio información para lograr una supuesta baja del enemigo. Pero como yo hablaba con la gente del pueblo, supe que el muchacho al que habían matado no era ni un paramilitar ni un guerrillero, era un loquito de la calle. Y en la morgue confirmé que ese muchacho había pasado por tratamiento psiquiátrico en la clínica de Ocaña.

A continuación, un mayor también de la cuerda de Herrera Fajardo le pidió a Mora el nombre de sus informantes. El cabo se rehusó. Esa petición, más lo que venía haciendo Urbano, le parecieron indicios de que los métodos de este grupo de militares no eran ortodoxos. Para protegerse y preservar la vida de sus contactos, Mora le informó de sus sospechas a un sargento con autoridad sobre la contrainteligencia de la Brigada Móvil XV. Este sargento, en respuesta, le ordenó a Mora pegársele al cabo Urbano y averiguar más detalles.

–Una noche, uno de los coroneles nuevos, Gabriel Rincón Amado, me llamó sorpresivamente al celular. Me dijo: “El cabo Urbano tiene una información y como usted ya lleva un buen rato acá necesito que la verifique con él y con los informantes suyos”. Yo ya tenía mucha idea de que Urbano trabajaba en llave con los paramilitares y, si yo cumplía las órdenes del coronel Rincón, temía que mataran a mis informantes. Igual era orden de un superior, me tocaba cumplirla. Pero antes de salir le dije al cabo con el que yo compartía apartamento que, si yo no volvía, por favor informara que me había ido a encontrar con Urbano por orden de Rincón.

Mora se encontró con Urbano en el barrio Santa Clara, a las afueras de Ocaña. Se saludaron y se montaron a un taxi. Mora quedó en la mitad del puesto de atrás. Hubo un silencio como si en segundos fuera a pasar algo. Urbano le preguntó: “¿Usted conoce a Leo?”. Era el cabecilla del reducto paramilitar en esa región. “No lo conozco. Sé quién es –respondió Mora–. Estoy trabajando para ver si lo podemos coger”. “Se lo presento”, le dijo Urbano. Leo estaba a su lado. Y lo primero que se le pasó por la cabeza fue: “Aquí ya me mataron”. “¡Cabo hijueputa!”, le gritó Leo. “Usted nos tiene jodidos. Para mí es fácil mandarlo a picar y hasta podría pagarle a unos muchachos para que lo metan a la cárcel”. Mora, callado, se daba por muerto. No tenía escape. No podía correr. No andaba armado. Y el taxi se desplazaba por un paraje oscuro y solitario.

Llegaron a un descampado del aeropuerto. Urbano le pidió a Mora que llamara a sus informantes y los hiciera venir. Mora se negó. Leo, el paramilitar, se le acercó.

–Sacó un papel y me dijo: “Usted se llama así, su mamá es tal, su papá es tal, el cabo que se la pasa con usted es tal, los papás de él viven en Ibagué. Se los matamos a todos si no llama a los informantes”. Entonces cogí el teléfono y marqué.

Apenas Mora colgó, Urbano telefoneó al coronel Rincón para decirle que los “paquetes” ya venían en camino. Pasaron quince minutos y antes de que llegaran apareció un camión con el Grupo Especial de la Brigada Móvil XV. Mora se extrañó, pero quedó atónito del todo cuando del camión descendió el comandante de ese grupo y se saludó con Leo como si fueran amigos de siempre –se estrecharon la mano con una sonrisa cómplice y se dieron palmadas en los hombros–. Minutos después llegaron sus informantes en una moto. A uno lo subieron al camión y se lo llevaron. El otro se quedó mirando sin saber qué estaba pasando. Urbano le dio una pistola a Mora y le dijo: “Vaya mátelo o nosotros lo matamos a usted”. Mora cargó la pistola y se dirigió hasta donde estaba su informante. Le dijo: “Viejo, arranque o le disparo”.

–Cuando él arrancó –recuerda Mora– empezaron a encenderlo a plomo pero gracias a Dios no le dieron. Urbano me quitó la pistola y me la puso en la cara. “Si me matan saben que estoy con usted por orden del coronel”, alcancé a decir. Ahí lo pensó y sin dejar de encañonarme llamó al coronel Rincón a decirle que yo había dejado volar al informante y le preguntó qué hacían ahora. Rincón les ordenó que encontraran al informante, pero no lo lograron. Y a Urbano se le veía en la cara las ganas de dispararme en la cabeza. El coronel Rincón pidió que me presentara ante él y que ya no mataran al informante que tenían en su poder y que querían presentar como muerto en combate.

El cabo Mora regresó a su apartamento y se soltó a llorar. Le contó todo a su novia y al cabo que vivía con él. Se le cruzó la idea de escapar, pero el Ejército lo hubiera acusado de desertor. No sabía qué hacer. No tenía nadie a quién contarle. Acudir a la policía, menos, porque él sabía que en esa región la mayoría de los agentes estaban comprados por paramilitares. No vio otra que presentarse en el despacho de Rincón al otro día a primera hora de la mañana. El coronel lo esculcó y le quito el celular. “Es que los de inteligencia son muy sapos”, le dijo con resentimiento. Y luego, engreído, lo amenazó: “Usted ya sabe quién soy, usted ya sabe qué hago. No lo voy a matar, pero le mato a toda su familia si llega a decir algo. De ahora en adelante va a andar para todo lado con Urbano para que no vaya a decirle nada a nadie”. Ese mismo día, Urbano le ordenó a Mora que le informara cada vez que saliera de su casa y que a ciertos sitios debían ir juntos. Mora aceptó: en el fondo estaba convencido de que algo tenía que hacer contra ellos, que no se podía quedar callado.

–Llamé al mayor Velandia, jefe mío ahí en la Central de Inteligencia. Me cité con él en la Iglesia Mayor de Ocaña, en la Plaza 29 de Mayo. Le conté y le pedí que me aconsejara. Me dijo que él ya tenía las mismas sospechas. Entonces, que hiciéramos un trabajo de contrainteligencia: que yo anduviera con Urbano y le informara todo y que él trasladaba esa información a Bogotá. Yo asumí eso como una orden de un superior mío y salí un poquito más calmado. Ya en la calle me dije: “Vamos a hacer un buen trabajo, no importa que el investigado sea un coronel”. En ese momento no sabía que ese mayor también le era leal a Herrera.

Durante varias semanas el cabo Mora informó al mayor Velandia sobre el tráfico de armas que Urbano sostenía con paramilitares, las cuotas de dinero que circulaban a cambio y los muertos civiles que estaban legalizando como bajas del enemigo en combate. Y logró ganarse la confianza del enlace entre las dos partes: un paramilitar llamado John Pabón, quien le anticipaba a Mora los encuentros con Urbano. Pero al ver que del alto mando no llegaba una orden o que la Policía Militar no detenía a Urbano, empezó a sospechar que Velandia se guardaba la información. De ser así, en cualquier momento lo iban a matar porque, desde el incidente con sus informantes, el círculo de poder que manejaba Herrera se estaba estrechando en torno a él.

Velandia fue trasladado y reemplazado por un mayor procedente de Bucaramanga. El cabo Mora debía encontrarse con este mayor para ponerlo en contacto con una mujer, novia de un cabecilla de las Farc, que le suministraba información. “¿Aparte de esto usted tiene algo que contarme?”, le preguntó el mayor. Mora optó por revelarle la historia. Creyó que como procedía de otra zona, el militar no hacía parte de la misma confabulación. “Sí, mi mayor. Sin nombres, pero aquí hay oficiales de alto rango que están trabajando con los paramilitares y haciendo cosas graves”. “Deme bien su nombre –le dijo el mayor– y yo lo saco de acá antes de que lo maten”.

Al día siguiente muy temprano el coronel Herrera, comandante de la Brigada Móvil XV, telefoneó al cabo Mora.

–Lo primero que me dijo fue: “¡Cabo hijueputa, se va a morir por desleal, por sapo! Véngase ya para el batallón y se me presenta”. Apenas llegué me siguió diciendo que yo era un sapo, y le dije: “No, mi coronel. Yo tengo información de dónde están los paramilitares”. Y no me contestó nada. Cortó la conversación y se fue. A los diez minutos volvió y me dijo: “A usted lo van a matar por sapo. Se me sube ya a ese helicóptero”. Y yo respondí: “Mi coronel, pero es que yo no tengo ni uniforme, no puedo patrullar”. Me había accidentado en esos días. Nada de eso sirvió, me subió a un helicóptero que iba para San Calixto a llevar comida…

Mora se detiene. Cavila y deja escapar una risa nerviosa.

–¿Usted conoce San Calixto? –me pregunta.

–No.

–Es un municipio pequeñito, un caserío. En esos días era un territorio del EPL. Todos los habitantes son monos y ojiclaros. Y yo, bien negrito, iba a llegar allá en un helicóptero del Ejército. “Me van a meter una matada ni la más tremenda”, pensé.

Por fortuna para Mora, allá se encontró al mayor Velandia, quien le dio tres soldados para que lo escoltaran desde el punto de aterrizaje del helicóptero hasta la estación de policía. El intendente a cargo lo recibió, lo uniformó y lo tranquilizó: “Va a ser un policía más. Se quedará con nosotros”.

–Y estando ahí –continúa Mora, elevando la voz–, el coronel Herrera me llamó para ordenarme que regresara a Ocaña, pero por tierra. No iba a enviar un helicóptero por mí. Me negué. La carretera entre San Calixto y Ocaña estaba llena de guerrilla, ponían bombas, montaban retenes. Si yo cumplía esa orden, terminaba muerto.

Mora hace una pausa. Niega con la cabeza.

–Esa es una de las cosas que Herrera ha dicho en la Fiscalía: que yo no le hacía caso. ¿Pero cómo iba a hacer caso a esas órdenes incoherentes?

John Pabón, el enlace de los paramilitares con Urbano, también llamaba a Mora. Le decía que la situación estaba muy grave, que ya no soportaba más, que se quería desmovilizar. Mora le informó sobre la situación de Pabón a un capitán recién trasladado de Bogotá a Norte de Santander. Le pidió que lo recibiera por fuera del batallón, que era su informante y se quería entregar, pero que nadie se enterara. Pabón se entregó junto con uno de los escoltas de los narcotraficantes Mejía Múnera. Y ese capitán los dejó dentro del batallón y les hicieron un atentado del que salieron vivos. Días después, John Pabón terminó preso en la cárcel de Ocaña pero no como desmovilizado sino como capturado.

Mora ya le había contado los hechos a dos mayores, a un sargento y a un capitán. Y todo seguía igual. Para irse de San Calixto, se subió al helicóptero a la brava. Era septiembre de 2008. Aterrizó en Ocaña y enseguida lo mandaron para Bogotá. Pero antes de despacharlo en el avión, los dos coroneles, Herrera y Rincón, y el cabo Urbano, cada uno en momentos distintos, lo volvieron a amenazar: si contaba algo, le mataban a la familia.

3.

En la primera semana de noviembre de 2008, al mes de la purga de los treinta militares, el general Mario Montoya pasó su carta de renuncia. Y aunque para ese momento cargaba con varios señalamientos por violaciones de derechos humanos y de colusión con paramilitares –muchos de ellos por boca de comandantes desmovilizados de las AUC–, fue nombrado por el presidente Uribe como embajador en República Dominicana.

A comienzos de 2009, una oenegé con sede en Washington, llamada National Security Archive –dedicada a solicitar el levantamiento de la reserva de documentos oficiales relacionados con la seguridad de Estados Unidos–, reveló cables de la Embajada en Colombia en los que desde 1990 se hablaba de asesinatos de civiles cometidos por la tropa pero legalizados como bajas en combate de la guerrilla. Uno de sus investigadores, Michael Evans, explicó que estos crímenes tenían como fin inflar las cifras de bajas del enemigo, porque la revisión de estos datos era la manera en que las Fuerzas Militares cuantificaban el progreso de la lucha contra las guerrillas, cálculo que en el dialecto militar gringo se conoce como “body count”. Y añadió Evans que el general Montoya “durante muchos años había promovido” tal medición.

Mientras estas discusiones ocurrían en la prensa, el cabo Mora sobreaguaba en el día a día. Durante las semanas del escándalo y a principios de 2009, sintió que estaba protegido por la oficialidad del Ejército, que su actitud a la larga había sido respaldada por el alto mando. Pero luego, cuando menguaron el acaloramiento y las acusaciones, se quedó solo y sin ninguna medida de seguridad. Se había ido a vivir a un barrio residencial al sur de Bogotá y a cada citación de la Fiscalía le tocaba llegar en bus de servicio público.

–Comencé a mandar oficios solicitando seguridad –dice–. Pero la Fiscalía me dijo que no podía ayudarme porque yo era militar, que le tocaba al Ejército. Y el Ejército, nada. Se desentendió totalmente.

En palabras de Mora, lo que vivió a partir de entonces fue una persecución: primero, en la cara, otros militares lo calificaban de “traidor” y “guerrillero”. Le preguntaban si hacía parte de la guerra sucia de las Farc contra el Ejército.

–A los cabecillas de la guerrilla los llamamos “blancos de alto valor” –me explica–. Y para humillarme me decían “negro de alto valor”. Si me veían llegando a alguna dependencia, decían: “Sapo, llegó el sapo… cuánto estarán dando por la cabeza de Mora”.

Luego, una noche en que no había nadie en su casa, se metieron y le robaron unos documentos sobre el caso. Nada de lo que no tuviera copia, pero le hicieron ver que lo tenían ubicado y que lo podían vulnerar cuando les viniera en gana. En los días sucesivos se paraban frente a su casa con pistolas en mano. Y dentro del destacamento militar, sin que lo hubieran notificado, le abrieron una investigación por la pérdida de un armamento en la Escuela de Cadetes de Policía.

–Esa investigación tenía fecha del 2005 y apenas este año me enteré de dónde supuestamente se habían llevado el armamento; en esa área nunca estuve yo, nunca pertenecí a ella. Y segundo, la firma con la que reclamaron el armamento no era la mía. La falsificaron. Ahí guardo el acta como un tesoro porque una vez el Ministerio de Defensa dijo que a mí nunca me habían abierto una investigación.

A comienzos de 2010, la Fiscalía lo puso en contacto con las Naciones Unidas. Gracias a ellos se reunió en Bogotá con el ministro de Defensa, que ya era Gabriel Silva Luján. Mora le contó toda la historia y también le habló del maltrato psicológico. “Si está mal lo que yo hice, entonces no sé en qué ejército fue en el que me metí –le dijo al ministro–. Silva Luján le dijo que el Estado lo tenía que proteger porque había sido él quien había actuado de manera correcta, que enteraría al presidente.

–Y al otro día me llamaron. Que Uribe quería hablar conmigo. Esa sí fue una reunión tensa al principio porque el presidente tenía la bandera de los militares. Pero luego de que le conté los hechos de Ocaña, le pedí que como nuestro comandante directo me diera la baja de la institución, que para mí el maltrato ya era inaguantable. Me dijo: “No, cabo, cómo se le ocurre. Más bien, para evitar todo eso, hoy mismo en la tarde voy a dar una rueda de prensa diciendo que a los militares como usted, que son buenos, se les tiene que rodear. Y deme dos semanas para sacarlo del país con su familia para que trabaje como agregado, como secretario de agregado. Y si necesita venir a declarar, el gobierno está dispuesto a ayudarlo, pero antes hay que proteger la integridad de su familia, antes de que les pase algo”. Y vea –concluye Mora, riéndose tímidamente–, este es el momento en que no he salido de acá. Es más, ni seguridad ni Fiscalía ni nada. Y continuaron las amenazas de muerte, llamadas en las que me decían que era un sapo, que me iban a matar. Fue tanta la presión que a mi esposa le tocó irse con mi hija.

–Después de esa reunión, ¿Uribe Vélez nunca volvió a decirle nada?

–No. Nada. Por el contrario, antes de que él entregara su mandato yo le envié una carta para recodarle lo que me había dicho. Y lo que hicieron fue remitirla a la Oficina de Derechos Humanos del Ejército, donde tampoco dijeron nada. Lo que sí sé es que él me menciona en el libro que escribió y cita la reunión que tuvo conmigo, pero se olvida de lo que me prometió y no me cumplió.

4.

Nada cambió en 2011 ni en 2012. Más amenazas, más actos de tortura psicológica. Mora cumplía su horario de trabajo en el batallón, salía de su casa y regresaba en la noche sin protección. Hubiera sido muy fácil matarlo en esos lapsos y haberle montado la escena de un atraco. Quizá para él lo más conveniente hubiera sido retractarse, evadirse de la situación. Pero no. No aceptaba la impunidad para los culpables de los falsos positivos y se convenció de que tenía que seguir acudiendo a las citaciones de la Fiscalía. Su familia lo vio tan determinado y a la vez tan vulnerable que su esposa, resignada, lo sentó una noche y le dijo: “Bueno, si te matan, estamos seguros de que tú estás haciendo lo correcto”.

Una tarde de junio de 2013, cuando ya varios militares habían sido condenados por estos hechos –la primera sentencia fue en junio de 2011–, el inspector general de las Fuerzas Militares llamó al cabo Mora. Le dijo que había hecho una labor excelente y que querían trasladarlo a la Armada Nacional. A Mora la pareció ideal y empezó hacerse los exámenes. El último era psicológico y arrojó que estaba sufriendo una depresión leve. La psicóloga le dijo que llamara a su esposa y que se fuera con ella para el Hospital Militar. Allá le darían instrucciones.

–Se me hizo raro que me hicieran llamar a mi esposa –recuerda Mora–. Pero bueno, llegamos allá como a las tres de la tarde y una médica me dijo: “La orden que me están dando es internarlo en una clínica psiquiátrica”. “¿Por qué?, ¿qué tengo?”, le pregunté, “¿soy un peligro para la sociedad?, ¿para mi esposa?, ¿para alguien?”. Y me dijo: “No, la orden es esa, pero si quiere vaya y hable con el médico de la Clínica La Inmaculada, allá le explicarán bien y el doctor dirá qué determinación toma”. Entonces me fui en ambulancia para La Inmaculada y esperamos varias horas para que me atendieran. Como a las diez de la noche, sin hacerme ninguna prueba, un doctor me dijo: “Bueno, cabo, la orden del Ejército es que usted se queda internado. Entréguele todo a su esposa. Acá no puede tener celular, no puede tener nada”. “Doctor, pero dígame cuál es la razón. No creo que una depresión leve dé para que me internen”. También le dije que estaba a punto de ir a declarar en la Fiscalía por el caso de los falsos positivos y que no podía dejar sin seguridad a mi familia porque estábamos en riesgo.

El médico sacó a Mora del consultorio y le dijo a la esposa que lo convenciera, que era por el bien de él. Ella contestó: “No, ¿por qué? Él es la persona más calmada del mundo. Y si no ha cometido ninguna locura en estos cinco años en que lo han querido matar tantas veces, no la va a cometer ahoritica. Yo no entiendo por qué lo quieren internar así a la fuerza”.

Transcurrieron unos minutos y adelantándose a cualquier contingencia, Mora le envió un mensaje de texto al agente de las Naciones Unidas que seguía su caso. Le contó lo que le estaba pasando. El agente le respondió que no había razón para que lo recluyeran en un sanatorio. A los pocos minutos, varios soldados llegaron a La Inmaculada y llevaron a Mora de vuelta al Hospital Militar. Era la una de la mañana. Apenas Mora se bajó de la ambulancia vio que había hombres de la Policía Militar junto a otra doctora que lo recibió diciéndole: “La orden es que usted se tiene que quedar internado en la clínica, a las buenas o a las malas”. Al ver a la Policía Militar, supo que lo iban a doblegar por la fuerza. “Listo, intérnenme. Pero déjenme ir a solucionar el problema de seguridad de mi hija y mi esposa. Yo el lunes a primera hora me estoy presentando acá, así yo no vea la razón”. La doctora, exasperada, le replicó: “¡No! Ya. Ya mismo”.

–A las tres de la mañana busqué la forma de que me dejaran solo con mi esposa por unos minutos. Y me escapé asustado como el peor delincuente –me dice, con la voz opacada, encorvado sobre sus piernas–. Lo que me estaban haciendo ya lo habían hecho con un sargento vinculado a los falsos positivos, que se acogió a sentencia anticipada. Cuando comenzó a delatar coroneles, los abogados de esos coroneles lo señalaron de ser un desequilibrado mental.

Al otro día, a las ocho de la mañana, el cabo Mora se presentó ante uno de sus superiores y le dijo que se había escapado. Le contó que las Naciones Unidas estaban enteradas. Que él se iba a someter a un examen ante un médico legista y un psicólogo externo, y si ellos le indicaban que debía internarse él lo haría.

–Ahí murió todo –me dice Mora, abriendo la voz y reclinándose en el espaldar–. Nunca me volvieron a llamar para seguir con lo de la depresión.

5.

Poco después de este episodio y con el apoyo de una oenegé, Mora solicitó medidas cautelares ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Y desde octubre de 2013 pasó a convertirse en el primer militar, en la historia de Colombia, sujeto a protección internacional.

–¿Cómo cree que ha recibido el Ejército el hecho de que usted sea el primer militar con medidas cautelares, para protegerlo precisamente del Ejército?

–A mucha gente le ha parecido bien –conviene Mora–. Como en su momento lo dijo mi general Rey Navas, el Estado estaba demostrando que las medidas cautelares no son solo para activistas y oenegés de izquierda. Y fue como si también se lo hubiera dicho al Ejército. Aunque a la vez hay un sector de ultraderecha que me ha tratado de hampón y de criminal, y ha dicho que yo solo he buscado desprestigiar a los oficiales.

–Cabo, durante esta entrevista usted ha estado dividiendo al Ejército en dos: un sector ajustado a la legalidad y otro que no. Y tengo la impresión de que usted cree por encima de todo en ese sector ajustado a la legalidad.

Mora abre los ojos y después frunce el ceño.

–Pues no sé. En el Ejército la gente es muy buena. Si no, yo no estaría en la institución todavía. El 90% de los 250.000 hombres que hay en el Ejército son muy buenos. Hay un porcentaje pequeño que hace las cosas mal y a veces son los de más alto mando. No sé qué razones habrá para que no se siga hablando de los falsos positivos. Como si dijeran: “Está bien, ya pasó pero no lo discutamos más”. Mire, a comienzos de 2014 tuve una reunión con un general y lo primero que me dijo fue que yo había perdido mi espíritu de militar. “¿Por qué? ¿Por decir la verdad?”. Y me dijo que pensara en las familias de los militares que están en la cárcel por este proceso. Le dije: “Mi general, claro, yo he pensado en ellos, pero en cambio nadie ha pensado en mi familia. Si yo no acudo a un ente internacional nadie del Ejército me hubiera llamado. Es más, usted me llama ahora porque se enteró de las medidas cautelares, pero tampoco sabe lo que pasó”. Y a todo esto lo que me dijo fue que dejara de pedir premios, que yo no los merecía. Le contesté que no estaba pidiendo ningún premio, ni plata. Que lo que he pedido es que, primero, me dejen seguir declarando. Faltan muchos procesos. Y segundo, que me dejen quieto. Yo no estoy pidiendo ninguna medalla.

–¿Usted siente hostilidad entre sus compañeros del Ejército?

–Todo esto le molesta mucho a muchos mandos. Una vez que me hicieron una entrevista en Blu Radio, el general Mantilla me mandó a decir que yo era un sapo. Pero vuelvo a lo mismo: hay muchos militares que están de acuerdo con lo que yo hice. Mucha gente se ha acercado a mí y me ha dicho: “Mora, bien…”. Es más, un mayor se me acercó en la audiencia en que lo sentenciaron. Me asusté, pensé que me iba a echar la madre. Pero no. Se lo estaban llevando esposado y me dio la mano y me dijo: “Lástima que yo no tuve su valentía para haberme negado a hacer lo que me ordenaron, porque estaría con usted de ese lado. Cuídese mucho y que Dios lo bendiga”.

6.

Desde que el cabo Mora hizo la denuncia en la Fiscalía, a finales de 2008, su vida militar se vino al suelo. En esos días era cabo tercero y hoy, gracias al tiempo transcurrido, debería estar a pocos meses de ser ascendido a sargento. Pero como nunca volvió a misiones de inteligencia –su labor ha sido en oficinas y archivos–, no sabe si le permitirán elevar su rango.

–No siento ninguna clase de frustración personal, porque siempre he hecho lo correcto. ¿Frustración militar? Sí, mucha, un temor constante a que me saquen o a que se inventen algo para desprestigiarme o para abrirme investigaciones; cualquier cosa para no dejarme ascender. Además del miedo. Miedo de que le hagan algo a mi hija por hacerme daño a mí, o a mi esposa, a mis papás –le tiembla la voz por primera vez en esta entrevista–. Para mí, en mi casa, trato de que todo sea normal, pero dentro mío lucho por no desbaratarme. Saber que todos los días hay gente allá afuera que está fraguando algo en contra mía o de mi familia… Todos los días. Hasta que en cualquier momento… –mirándome, Mora simula con la mano su degollamiento–. Si atentan contra ministros y grandes dignatarios, ¿por qué no contra un simple cabo?

–¿Le pide algo al Estado, al gobierno nacional?

–Atención. Le pido atención. En esta situación me he dado cuenta de que uno vale más por su condición económica que por su condición personal. Y eso que tengo medidas cautelares –se ríe–. Atención no solo para mí y para mi familia, también para todas las personas que quieren saber o que quieren decir la verdad y no pueden porque se dan cuenta de cómo tratan a quienes lo hacen. Si yo tuviera dinero –añade– o si yo… y esto me va a traer muchos problemas el día que sea publicado este artículo… si yo fuera un oficial del Ejército, un capitán, un mayor, un coronel, y hubiera denunciado a suboficiales y soldados, estoy ciento por ciento seguro de que ya habría salido del país junto a mi familia, ¡ciento por ciento seguro! Mire –me prepara, anudando las manos–: algunos han dicho que yo tengo un superesquema de seguridad por declarar en contra de oficiales del Ejército. ¿Un superesquema? Yo con eso me imagino seguridad permanente, dos camionetas, cuatro escoltas, seguridad permanente en el colegio de mi hija, en el trabajo de mi esposa. Pero no. Nada de eso. Tengo un carro blindado al que no le cierra la ventana ni le sirven los frenos. ¿Que qué le pido al Estado? Lo mínimo: cámbienme los frenos, por favor.

–Luego de todo este tiempo, ¿sigue pensando en que le den la baja del Ejército?

–No, ya no pido la baja del Ejército –Mora se calla unos segundos–. Ya no puedo irme porque, por el hecho de seguir siendo militar, tengo cierta protección. Entonces no. Mucha gente me ha dicho que si pido la baja me matan al otro día. Y puede ser verdad, porque acá al que no les sirve lo callan.

Barbie, ¿por qué trabajas como modelo de webcam?
Amor, primero, porque en Colombia es muy difícil que le den trabajo a una chica transexual. O eres peluquera, puta o webcam. Obviamente yo prefiero ser una webcam –responde Barbie con voz afeminada.

A los 9 años, Barbie no se llamaba Barbie, su nombre era Marcos. Vivía en Estados Unidos y cuando vio por primera vez una Barbie en la televisión se enamoró de ella.

Siempre me llamó mucho la atención la figura de una muñeca femenina y bonita. Le quise hacer honor a eso, y cuando inicié mi proceso de transformación me puse Barbie. Después empecé a tomar hormonas y mi cuerpo empezó a cambiar –confiesa.

Con más de cinco años trabajando como modelo en chats web sexuales, Barbie, de 25 años, ya es toda una experta en el oficio. No solo se desenvuelve con soltura frente a las webcams, sino que ya se sabe de memoria todos los trucos que hay que emplear para atraer a sus clientes. La mayoría de ellos norteamericanos, alemanes y canadienses con nicks tan grandilocuentes como: amolapija, zorrovergon, dickman y sexboom.

¿Cómo describirías a tus clientes?

Yo los describiría como pequeños ratoncitos curiosos que en su tiempo libre quieren una buena masturbada. Y cuando digo una buena masturbada no me refiero a jalársela mientras ven porno y se vienen. ¡No!, lo que ellos quieren es tener el control y mandarnos a hacer cosas.

Lo que quieren los usuarios de estos chats sexuales en línea como Livejasmin, ImLive, Streamate, Cam4 y MyFreeCams –por mencionar algunos de los más conocidos–, es interactuar con otras personas. Hablar y que una modelo les responda de manera cariñosa. Tener la ilusión de que mientras ellos se masturban una mujer se retuerce de placer imaginando que el vibrador que se introduce en el culo, es la verga que ellos agitan en su mano. Porque para los usuarios no hay nada más excitante que imaginar que una desconocida goza igual que ellos frotándose sus genitales en un coito a distancia. No importa si al final muchos terminan eyaculando sobre el teclado de sus computadores y no sobre las suaves carnes de un cuerpo que jadea de placer.

—¿Alguna vez te has excitado con algún cliente? –le pregunto.
Obvio amor, claro que me ha pasado. Pero la idea no es venirse porque si me vengo antes de tiempo el man se da cuenta y se va. Pero sí me ha pasado que a veces una se sobre emociona, se viene y pierde.

Hoy Barbie me ha invitado a verla trabajar. El estudio –como se le conoce a este tipo de negocios dedicados al sexo virtual– queda en el centro de Medellín en un edificio de fachada descolorida del barrio Maracaibo. De pronto, Barbie aparece por la puerta y me dice “hola” agitando la mano alegremente. Lleva una minifalda, tacones altos que estilizan aún más su ya figura delgada, unos lentes de contacto de color rojo y la piel, sorprendentemente pálida, llena de tatuajes. De todas sus marcas hay una que me llama la atención. Es la palabra bitch –”perra” en español– que tiene tatuada en su pierna izquierda.

Mi estilo es muy suicide girl. Una nena muy tatuada y femenina –dice Barbie con acento paisa.

Cruzamos la puerta del edificio. Subimos hasta el quinto piso por un ascensor viejo y destartalado. Hay estudios inmaculados que parecen santuarios dedicados al sexo. Con olor a lavanda y aire acondicionado. Habitaciones personalizadas para cada modelo. Aseadoras que cada tanto pasan el trapero por un piso reluciente. Pero este no es el caso. Este estudio parece, más bien, el apartamento de un grupo de estudiantes dementes que han dejado que el mugre se acumule y el olor a rancio se apodere del ambiente. La sala es amplia, sucia y con pocos muebles. Al fondo hay un balcón que da a la calle donde dos jóvenes en bóxer cuelgan su ropa recién lavada en un improvisado cordel. Sigo a Barbie por un corredor con varias puertas a ambos lados. Una de ellas está entreabierta. Me acerco y veo a una tranie –así es como ellas se refieren a sí mismas– en tanga y ligueros sentada en un sofá fucsia coreando una canción de reguetón mientras sostiene un dildo en la mano. En otra habitación veo a través de una ranura a una transexual embistiendo a otra usando un arnés con una verga de plástico. La que está en cuatro tiene las manos cubiertas con unos guantes de lavar platos. A medida que me adentro en el estudio tengo la sensación de haber comprado un boleto de entrada al set de una película porno, y tener el privilegio de ser un espectador de lujo.

Aprovecho y le pregunto a Barbie cuántas modelos trabajan en este estudio. Barbie me dice que en total son 9 entre internas y externas.

Internas está la Natalia, la Valeria, la Melody, la Dayana, la Lola y yo mi amor. Y externas hay un chico que trabaja en pareja con otra tranie, y son súper arrechos. Y por la noche llega una pareja de lesbianas. Ah y también hay una niña, una mujer normal.

Algunas de las internas son transexuales que han huido de sus casas y han venido a parar a este lugar. En el que deben trabajar al menos cinco horas al día para ganarse un techo, algo de dinero y comida. El pago de Barbie y de todas las modelos se da en función de las horas emitidas y de los internautas que logren atrapar.

El apartamento es grande. Tan grande que un desconocido podría perderse con facilidad en este laberinto de habitaciones. En total son ocho cuartos. Tres funcionan como viviendas y las otras cinco habitaciones están divididas en pequeños cubículos en donde solo hay espacio para un sofá y una mesa en la que apoyan el computador. Estos espacios están separados entre sí por una cortina que, por lo general, es de color rojo o fucsia.

¿Cuáles son las reglas en el estudio?, le pregunto.
Las reglas son básicamente cuidar los equipos. Si se te daña un equipo, paila, te multan. Si haces algo malo en la página también te multan.
¿Qué cosas no puedes hacer en una página?
Las páginas te regañan por ciertas cosas. Si una llega ebria, si hace show. Con show me refiero a hacer escándalo ebria o bajo los efectos de alguna droga. Si le das tus datos personales a los clientes. Los de LiveJasmin –que es una suerte de vitrina virtual donde puedes encontrar gordas de 140 kilos, jovencitas de carnes firmes, mujeres de curvas perfectas y tetas siliconadas, gays, lesbianas, parejas homosexuales, parejas heterosexuales y, por supuesto, transexuales–vigilan todo pero Edwin, el dueño del estudio, no le pone mucho cuidado a eso. Él nos pide que no hagamos escándalo y no lleguemos borrachas porque por eso sí nos regañan.

Edwin es un aspirante a actor de unos 35 años que encontró mejor suerte en el negocio de las webcams que presentándose a pruebas de casting. Varias modelos se refieren a él como: “Otra chica más de la casa”.

De pronto, Barbie se detiene frente a una puerta. Adentro hay tres camarotes alineados y seis colchones. Sentada, en uno de los camarotes, una tranie con una toalla en la cabeza se maquilla sosteniendo un espejo en la mano. Aquí –me cuenta Barbie –duerme ella y otras cuatros modelos.

¿Qué tal es la convivencia?
La verdad de todos los estudios en los que he estado acá el ambiente me parece muy bueno.
¿En cuántos estudios has trabajado?
Como en cuatro estudios. Cuando llegué de Estados Unidos trabajé en un estudio en Cali. Luego me fuí a Medellín y aquí he trabajado en unos tres, contando donde estoy ahora.
¿Has tenido algún problema en algunos de esos otros estudios?
Amor, en este gremio hay mucha envidia. A mí me ha pasado que otras travestis se me meten al chat con un nick falso para hacerme sentir mal y amenazarme y escribirme groserías. Más que todo eso.

Barbie se sienta sobre un catre con las piernas abiertas. Saca una maleta de debajo de la cama y me pide que la acompañe a su lugar de trabajo. Camino tras ella hasta la sala. Allí abre una puerta y me presenta su cubículo. Es una habitación pequeña en la que solo hay lugar para un computador y un catre con un colchón sin sábanas. Barbie saca de su maleta un tendido de Las Chicas Superpoderosas y tiende el colchón. Luego coloca un bolso y varias muñecas alrededor de la cama. A sus pies pone una crema lubricante, un dildo y un tarro de poper. Solo faltan los afiches de “Maroon 5” en las paredes para que aquella improvisada habitación parezca el cuarto de una adolescente promedio.

Le pregunto por el poper.

Amor, ese tarrito ya no tiene poper de verdad, lo tengo porque los clientes lo piden. También tengo coquitas para orinar. A mí no me molesta hacerlo. Además yo soy muy aseada. Siempre cuando termino, lavo la coca. Y solo me meto los dedos o el dildo.
¿Te has drogado durante las transmisiones?

Durante la transmisiones no, pero sí me trabo antes.

A continuación, Barbie me pide que la espere unos minutos mientras va al baño. Quince minutos después regresa vestida tan solo con una tanga y un sostén de color rosa. En este negocio para provocar erecciones hay que llevar lo mínimo posible de ropa. Mientras ella termina de peinarse, aprovecho para lanzarle otra pregunta:

—¿Qué debe tener una tranie para que le vaya bien en este negocio?
Amor, lo que más importa es la actitud. Es lo que más vale. Conozco tranies que no tienen tetas y no son bonitas pero ganan muchas más plata que otras que son lindas y están bien entetadas. Y todo por la actitud que le meten.

Son las dos de la tarde de un día de semana. Barbie, sentada en un borde de la cama enciende el computador. Conecta su cámara y se registra en Livejasmin y IamLive. Dos de los miles de chats eróticos que se usan en este negocio, y unos de los que mayor flujo de visitantes atrae.

Según Alexa, una página web que provee información acerca de la cantidad de visitas que recibe un sitio web y los clasifica en un ranking, Livejasmin es la página de videochats eróticos que mayor flujo de visitantes tiene de todo el mercado. El segundo puesto se lo lleva Flirt4free, y por último, el podio lo completa, Cam4.

A mí me va muy bien en ImLive. La Livejasmin se ha vuelto muy jarta con tantas reglas. Por ejemplo, ellos piden que las fotos que subas a tu perfil tienen que ser tomadas por un fotógrafo profesional. Es decir, no puedes subir cualquier foto. También te obligan a que tu room esté decorado de cierta manera y sino les gusta como lo tienes decorado, te perjudican poniendo un aviso de que “tu video y audio es de mala calidad”. Ellos quieren que todas las modelos sean iguales. También te prohíben que te salgas del área de la cámara mientras estás en línea. Ósea, si una está trasmitiendo tiene que estar ahí todo el tiempo. No puedes ni ir al baño. Y si ven que una persona que no está registrada en la cuenta desde la que uno está trasmitiendo aparece frente a la cámara, te suspenden la cuenta. Te quitan el privilegio de conectarte durante 24 horas, entonces a una le toca pedirles disculpas en soporte en línea. Son muy estrictos. Ellos joden por todo y además allí casi no me llega gente. Solo me llega un maridito. Una le dice maridito a un cliente que es leal y vuelve a visitarlo a uno.

Visto desde afuera el trabajo de Barbie parece un trabajo como cualquier otro. Tiene un jefe, un horario y una oficina. Solo que a diferencia de una oficinista corriente, a Barbie le pagan por cumplir las fantasías sexuales que le pidan los clientes que se conectan a internet.

Barbie, ¿alguna vez te has enamorado de algún maridito?
No, enamorado, no. Pero si ha habido mariditos que se meten a cada ratico y los tengo en el Facebook y nos hablamos por ahí.

Un cliente se convierte en “maridito” cuando se reporta a diario. Muchos de estos hombres ven como su vida se cae a pedazos cuando las modelos se van de vacaciones y dejan de conectarse por un tiempo. Han generado tal dependencia a verlas a diario que la ausencia de su modelo es como la abstinencia de un adicto. Con el tiempo muchos de estos “mariditos” se convierten en auténticos dispensadores de dinero. Mecenas virtuales que son capaces de viajar largas distancias para conocer en persona a sus amantes cibernéticos.

¿Algún cliente te ha prometido algo?
Uy, sí, siempre. Ellos te dicen: “Voy a estar en Colombia la semana que viene”. Y averiguan la ciudad dónde uno está, y el hotel más famosito como para impresionarla a una. Son muy payasos. Pero no todos son así. Yo tengo un amigo, la Brillo, que se consiguió un marido de verdad. Lo conoció por una página. La Brillo se arriesgó a darle sus datos personales y el maridito empezó a mandarle plata por Western Union. Ahí una sabe que el man es prometedor. Entonces una lo sigue probando y si el man sigue mandando plata, ya se convierte en maridito. El maridito de mi amigo efectivamente vino a Medellín y le trajo su iPhone a la Brillo y todo. Se lo quiere llevar. Yo le dije que le haga, ¿qué se va a quedar acá?

El día de hoy mi trabajo de reportería se reduce a observar a Barbie en acción. Su primer cliente entra a las 2:05 p.m. y lo primero que hace Barbie es pedirle que vayan al privado.

Jillakilladi5009: hi bb.
Jillakilladi5009: you look like a pornstar.
Feminine420: hi.
Feminine420: love you smile.
Djsbaa1223: como tienes ese pipi amor?

Esta sala es gratuita, cualquiera con solo registrar sus datos puede entrar y hablar con una modelo. Sin embargo, aquí el tiempo es limitado. En esta fase de no pago Barbie emplea todos sus encantos para convencer a sus clientes de que ingresen a una sala privada. Una vez allí el cliente tiene no solo toda la atención de la modelo sino el derecho de pedir lo que sea. Es una suerte de paraíso virtual donde todas las fantasías sexuales son posibles. No hay restricciones, bueno quizá el único limite es el cupo de tu tarjeta de crédito.

¿Cómo atraes a tus clientes?
Amor, muy sencillo. Poniendo las canciones que más me gustan y bailándolas resexy. Cada modelo tiene su estilo de música. Por ejemplo a Valeria, la que se hace detrás mío, le gusta mucho “Plan B” y reguetón. Con eso ella atrae a sus clientes. Yo me pongo a escuchar mi música en inglés y a cantar. Así los pesco.

Paréntesis. Valeria es la tranie que más dinero gana en el estudio. Su éxito se debe en gran medida al tamaño de su pene. Según Barbie la verga de Valeria es tan larga que ella misma puede hacerse un oral sin esfuerzo. Basta con que se siente en una silla y se agache un poco hacia adelante, curvando su espalda, y ya puede tocar la punta con la lengua. En el mundo de las webcams una tranie superdotada es como un delantero con una zurda prodigiosa: tiene el éxito asegurado.

Ahora Barbie baila con sensualidad mientras canturrea un estribillo empalagoso. Es “habits” de la cantante suecaTove Lo.

Duro1223: haces shows sucios?
Polaco: mostre o seu pau.
Duro1223: orinas y cagas?
Polaco: coloque sua boquinha bem pertinho vou beijar.

Barbie me dice que se puede ganar un millón doscientos mensuales trabajando medio día. Aprovecho y le pregunto que cuánto dinero se puede hacer en un buen día de trabajo. Ella me cuenta que si tiene suerte y le cae uno de esos privados largos se puede hacer 90 dólares en un par de horas.

¿Y en un mal día de trabajo?
En un mal día de trabajo uno se hace más o menos 10 dólares.
¿Alguna vez te ha sucedido que no te cae ni un solo cliente?
Ay, no. Yo gracias a Dios nunca he sufrido eso. No te miento que en un mal día me hago aunque sea 10 dólares. Pero hay gente que sí. Hay gente con actitud negativa y trasmite eso y nadie les quiere caer. Gracias a Dios ese no es mi caso.

El sistema de pago es muy sencillo: los clientes compran a través de la página en Internet los minutos que quieran con su tarjeta de crédito. Una vez han realizado este paso ellos deciden con qué modelo desean gastarse sus minutos. Cada minuto que pasen con la modelo les costará 1.99 dólares (cerca a $5.000 pesos). La página se queda con el 65% de ese dinero, el 35% restante va para la chica. Sin embargo, a esta cifra hay que restarle otro porcentaje, que es el que cobra el dueño del estudio por la vivienda y el mantenimiento de equipos.

Yo me hago unos 600 mil pesos quincenales, pero a eso hay que descontarle 75 mil por la vivienda.

Por eso, el tiempo que dure un cliente en un privado es preciado. Barbie lo sabe y se las ingenia para retener los clientes. Entre más minutos el cliente pase con ella, más dinero recibirá cada quincena.

Otherside11: hello
Joao171078: hi bb
Joao171078: 😉
Joao171078: kisses
Forever2win1st: you like small dick?
Joao171078: u have a sexy body bb
Joao171078: love u
Iwantyousexy: i want it
Barbiequeensxx: il give u info in pvt

Son las 2:40 p.m. y Barbie empieza a desesperarse. Su playlist da paso a “Genesis” de Grimes. De pronto se pone de pie y empieza a bailar con sensualidad. De un jalón se quita el brasier. Se aprieta los pechos y saca la lengua como si fuera a morderlos. Luego se sienta en un borde de la cama, abre las piernas, se baja la tanga y muestra su verga un instante, lo suficiente como para complacer el morbo cibernético de los internautas y lanzar el anzuelo. Su show ha surtido efecto, porque de inmediato incrementa el número de usuarios en su chat. Y con ellos las propuestas de todo tipo.

Rajesh777id: open ass please.
Rajesh777id: what is your size?
Bigboy123246: im so hard.

El catálogo de perversiones de sus clientes es tan amplio y variado que haría sonrojar hasta aquellos con la mente más enferma. Entre las peticiones más frecuentes de los internautas está la de defecar en vivo. Hay quienes le preguntan si le gusta tener sexo con niños. Y en una ocasión un cliente le pidió que se hiciera cosquillas en los pies y se riera mientras él se masturbaba.

Lo que más me piden mis clientes es que yo sea la dominatriz y ellos mis esclavos. Yo en mi vida real soy una niña pasiva, pero en las páginas los manes me buscan para que sea todo lo contrario. Entonces me toca actuar y decirles que me encanta comérmeles el culo y todo. Cosa que no me gusta, pero obvio yo lo hago por la plata. También les gusta mucho los juegos de inodoro. Quieren ver defecar. Son enfermos por eso. Son súper sucios.

Pero de todas estas peticiones hay una que, en su categoría de “Shemale”, compone la fantasía más apetecida por sus clientes. Esta fantasía no es otra que la de ver una mujer con pene. A diario Barbie le muestra su herramienta miembro a cientos de internautas que con la mano metida dentro del pantalón se masturban como adolescentes desesperados viéndola en la pantallas de sus computadores.

Es por esta razón que las frases que más veces lee al día Barbie en su chat son:

“How many inches?”

Y la segunda:

“Fuck my ass!”

Si creías que las transexuales que trabajan en el mundo del entretenimiento se ganan la vida siendo embestidas por vigorosos sementales, te equivocas. La mayoría de hombres que pagan por los servicios sexuales de una transexual lo que desean no es penetrar, sino ser penetrados. Su fantasía no es otra que ponerse de espaldas en el asiento trasero de un carro parqueado en un callejón oscuro para que una tranie los sodomice.

Manofstrength67: I miss her cock.
Manofstrength67: cock beautiful.
Dickboy666: u have heels u can wear.
Dickboy666: Top or bottom beautiful.

¿Tus clientes son en su mayoría gays u hombres heterosexuales?
La verdad todos son muy fingidos. Hay muchos que dicen: “Soy hétero y nunca he hecho esto antes pero me llama la atención. Pero soy curioso. Pero quiero probar. Mi esposa se acaba de ir. Mi novia está durmiendo”.

Tanteo el terreno y me aventuro a lanzar una pregunta inevitable.

¿Te consideras una prepago?

Barbie voltea la cabeza y mira hacia otro lado. Por primera vez en esta entrevista se toma su tiempo antes de responder.

No.
¿Tu familia sabes que trabajas como modelo de webcam?
Sí.
¿Y que opinan ellos de tu trabajo?
Mi mamá y en general toda mi familia son muy frescos con el tema– dice mientras posa frente a su webcam como una modelo de Vogue. Es como una diva del futuro abandonada en una polvorienta vereda del pasado.
¿Crees que muchas transexuales que trabajan como modelos de webcams lo hacen por gusto o por necesidad?
Muchas lo hacen por necesidad y porque este es un trabajo que ofrece algo cibernético y nada físico. Entonces las que no quieren prostituirse lo ven como una buena opción. Pero hay otras a las que les encanta. Les fascina dar lora y estar allí conectadas. Así y todo yo digo que la mayoría lo hace es por pura necesidad.

Conclusión: la mayoría de tranies que se dedican al sexo virtual lo hacen no porque les guste, sino porque es lo único que hay para ellas. Es eso o pararse en una esquina a vender su cuerpo a borrachos con el hambre atrasada de hembra.

¿Y tú lo haces por gusto o necesidad?
Yo lo hago por necesidad. Obviamente si yo no estuviera necesitada de plata no estaría aquí perdiendo mi tiempo.

Y tiempo es precisamente lo que muchas tienen que esperar antes de que un cliente se decida a ingresar a un privado. En el caso de Barbie le ha tomado unos 40 minutos hasta que por fin cae su primer cliente.

¿Tú puedes ver a tus clientes?
A los pocos que ponen cámara. Hay muchos que se meten sin foto, sin nada.

En este punto Barbie cierra la puerta, haciéndome un guiño que indica que debo esperarla afuera.

Me siento en un sofá a esperar y me encuentro con Valeria.

Hola, amor.

Valeria es la modelo superdotada de la que me había hablado Barbie. Tiene la piel morena y un culo enorme que parece fuera a reventar las costuras de su diminuta minifalda, que a propósito con cada paso que da se sube por encima de sus piernas, dejando al descubierto una buena parte de sus nalgas.

¿Tienes porro?
No.

Ante mi negativa Valeria me lanza una mirada de reproche, se da la vuelta y se pierde por un pasillo.

Al cabo de media hora, Barbie abre la puerta. Entro y veo que ha vuelto a pescar en ese mar revuelto que es el chat. Le pregunto qué tal estuvo y me dice que bien. Al parecer durante el tiempo que estuve esperándola afuera, le cayeron varios clientes, uno tras otro. Hay que tener dotes histriónicos para simular tantos orgasmos a la vez.

Jimdiamond1991: Can I see your ass?
Snowbound37: hello baby

En promedio, ¿cuánto puede llegar a durar un privado?
Un privado puede durar una hora, dos horas o lo mínimo, un segundo. Hay muchos que se meten al privado a ver qué es lo que está pasando y si no les gusta, se salen.
¿Puedes tener varios privados a la vez?
Sí, aunque es difícil. Por ejemplo, a veces sucede que un cliente quiere culo y el otro pide verga. Entonces ahí a una le toca hacer magia. Pero siempre hay una regla, el primer cliente es con el que una se queda. Al que más atención le das. Y cuando se va el primero, una se queda con el segundo.
¿Cuántos ha sido el máximo de privados que has atendido a la vez?
Por ahí unos cuatro. Yo entro en un trance y pienso que estoy haciendo un performance y doy todo de mí. Los que quieran quedarse que se queden. Porque tantos clientes a la vez no puedo, no soy un pulpo.
¿Qué es lo que más te gusta de ser modelo webcam?
Amor, me gusta que es un trabajo donde puedo ganar dinero sin tener que acostarme con nadie y que una puede ser una misma. O sea, te están pagando por tu personalidad y tu estilo. Y por cómo te presentas y cómo tú entretienes a tus clientes, todo eso.
¿Y lo que menos te gusta?
Tener que esperar por horas hasta que te entren clientes. Y que a veces ellos no duran y se van y te hacen quitar la ropa para nada.
¿Crees que este trabajo pueda llegar a afectar tu vida sexual?
Sí, mira que de tanto vivir eso todos los días, cuando una va a tener relaciones con alguien de verdad como que se le quita un poco la magia.

Son las seis de la tarde. Barbie apaga el computador y se desconecta. En unos minutos otra modelo se sentará en aquel cubículo. Pondrá otra música y otros objetos que harán pensar a los internautas que ese cubículo diminuto es su habitación.

¿Te gustaría retirarte pronto?
Sí, la verdad que sí.
¿A qué te gustaría dedicarte?
Al arte, yo soy muy creativa. Me gusta mucho coser y diseñar ropa. Tú me entiendes.

Le digo que le veo futuro en el mundo de la moda y ella sonríe y me responde: “gracias amor”. La misma frase que musita cada vez que alguien le dice, a modo de piropo, que su voz suena auténticamente femenina.

Barbie, ¿qué planes tienes para el futuro?
Amor, quiero salir adelante con mi carrera de diseño, operarme las tetas y ya salirme de esto.

Me despido. Barbie me da un beso en la mejilla y de paso aprovecha para lanzarme el golpe.

Amor, tu me puedes prestar dos mil pesos para comprarme un porrito.

Al día siguiente me conecto. Entro a ImLiife. Barbie está en línea. Algunas modelos miran su webcam con los ojos muertos, como peces encerrados dentro de una pecera. Por un momento me quedo observando todas esas ventanas con personas que simulan masturbarse en sus habitaciones. Con tan solo dar un clic puedes acceder a su intimidad y ordenarles lo que se te ocurra. Basta con ingresar los números de tu tarjeta de crédito e imaginar, por unos minutos, que esa persona que ves en la pantalla de tu computador está realmente excitada contigo, y que la mano que te masturba no es la tuya sino la de esa desconocida que finge tener un orgasmo justo en el momento en que eyaculas. Dejo a un lado mis pensamientos. Entro a Facebook para enviarle un inbox a Barbie y me encuentro con que acaba de actualizar su estado:

“Jajajajaja, los niños que me hacían bullying en el colegio, ahora tienen fantasías sexuales conmigo”.