Posts etiquetados ‘Colombia’

1

La mañana del 4 de mayo de 2001 un hombrecito moreno y despeinado se sacaba sus gafas de cristal ancho, como jarrones, antes de echarle sorbos al café insípido y desabrido mientras ojeaba los escaparates céntricos de Dublín. Inexplicablemente sonrió. Qué curioso, le regocijaba esa ciudad húmeda, parroquial, pero de un extraño sentido contemporáneo. Esos pubs en los que cualquier borracho contaba leyendas de mil años atrás como si hubiesen sucedido apenas la última semana, ancianos de ochenta reunidos con adolescentes a bogar barriles de cerveza agria, repertorios de calles adoquinadas guardando muros de ladrillo en los que orinó borracho Samuel Beckett, pórticos y ventanales de los tiempos de Stephen Dedalus y Leopold Bloom (también borrachos), tan helada aunque alegre, tan marginal aunque europea. Tan rebelde.

Es Dublín.

Ese hombrecito no sabía qué le seducía; si el whisky, la cerveza negra, las irlandesas rubias o el desquiciado júbilo de este pueblo de eternos bárbaros civilizados. “Los irlandeses están locos”, pensó, “todos rematadamente locos”.

Tragando el reposado del café evocó cumbres mojadas de neblina, árboles frutales y pájaros barranqueros. Descuidado, alisó sobre su rodilla el traje formal prestado para el caso, que encajó vaya a ver cómo entre hombros, ingresando al lujoso salón. Enfundaba una carpeta gorda de documentos y cifras, de fotografías y prensa recortada, manifiestos, pliegos desordenados. El sabor de la última sonrisa todavía envolvía el del café cuando, flaco, despeinado, morenito, plantaba cara tronando duro en la mitad de la asamblea anual de accionistas del conglomerado papelero más grande del mundo: el Jefferson Smurfit Group.

—Las acciones de esta compañía que ustedes poseen deberían arder en sus manos y pesar en sus conciencias —palpitaba convencido— porque esas ganancias se obtienen en contra del futuro de la humanidad…

Multitud de ojos con asombro se desplazaron del que tenía que ser el foco normal de la reunión sentado enfrente, Michael Smurfit (presidente de la compañía, hijo del fundador y accionista mayoritario), para fijarse en aquel colombiano raro que con su exquisito inglés denunciaba la quema de bosques tropicales vírgenes arrasados por retroexcavadoras y winches, pintaba montañas yermas donde los campesinos quedaron incomunicados entre latifundios forestales inabarcables, explicaba los impactos terribles de la acidificación de los suelos, de aquellos ríos ahogados por coníferas, de los eucaliptos que desplazaron a los animales de monte.

—¿Acaso…? —su mirada desafiaba el auditorio entero—. ¿Acaso la dignidad humana y la naturaleza valen menos en Colombia que en Irlanda?

A continuación seguiría un bullicio mediático que acaparó esa semana la televisión irlandesa y saturó periódicos como el Irish Independent, The Sunday Times, el Examiner y el Sunday Tribune. Quiero imaginar el despelote. Quiero inspeccionar aquel recinto lleno que exige explicaciones parloteando al tiempo. Quiero palpar las venas brotadas en el cuello de los ejecutivos adelante. The Irish Times tituló que Smurfit reñía con una “asamblea anual hostil”. Los socios criticaron duramente los salarios tan elevados de los directivos, la mayoría miembros de la familia fundadora. A causa de una legislación reciente se había revelado que Michael Smurfit acababa de devengar 6,5 millones de euros de sueldo el año anterior. Una señora accionista, de buena voluntad, ofreció disculpas y algunas libras de compensación al colombiano despeinado que seguía levantando la mano y mencionando selvas tropicales milenarias arrasadas, ríos secos, obreros explotados al otro lado del océano. La señora insistía en que recibiera sus compensaciones. “Con esto”, piensa que pensó entonces, “no pago ni el café desabrido de esta mañana”. Michael Smurfit, atacado en su guarida, salió de casillas desencajado:

—Somos una compañía muy respetable. De hecho, recientemente he recibido una carta del presidente de Colombia felicitándonos.

Un día después, el 5 de mayo, nada menos que el New York Times reseñaba parodiando ese alboroto: “lejos quedaron aquellos días cuando las asambleas anuales de las compañías irlandesas eran plácidos coloquios a los que asistían jubilados más interesados en los sánduches gratis que en las cuentas financieras de la empresa”.

Pero ya entonces el hombrecito flaco, acompañado por la eurodiputada Patricia McKenna, abandonaba Dublín tras una carrera de película de espionaje.

—Puede que fuera paranoia —confiesa—, pero yo sentía que me perseguían, hermano.

Tomó buses aleatorios. Dobló esquinas, callejones, muros donde antes orinaron borrachos Beckett y Bloom y Dedalus y Joyce juntos. Subió a un taxi siguiendo rutas absurdas. Lo soltó. Subió a otro. Traspasó el mar en ferry, pisó costa inglesa, trepó al primer avión que pudo y, ya volando, sonrió. Pensaba que esa gente tenía de sobra como mover hilos muy delicados para ensuciarlo, qué sabe uno, por ejemplo enviando una patrulla de policías a empacarle en la mochila un kilo de cualquier sustancia blanca prohibida, como puesta en escena para fingir una detención. Los titulares del Irish Times, sin duda, habrían sido diferentes.

¿Quién era el despeinado de gafas que le robó el show al amo del mayor emporio multinacional irlandés? Pues ese morenito nacido y criado en el municipio cafetero de Calarcá, caminante irredimible de charla frondosa, era otro de los propietarios de la multinacional papelera más grande del mundo, aunque no tanto como Mr. Smurfit, ni como la señora de las disculpas.

Era Néstor Jaime Ocampo, poseedor de una única acción del Jefferson Smurfit Group, puesta a su nombre por un colectivo de solidaridad con Latinoamérica en Irlanda. Una acción que aún conserva, adquirida solamente con el propósito de colarse a esa asamblea dañando los agasajos al emperador del cartón, aquel 4 de mayo, cuando la boca le sabía a café, a sonrisas.

2

En 1986 el Jefferson Smurfit Group se hizo al control mayoritario de Cartón de Colombia, una gran empresa en negocios de pulpa de papel y plantaciones forestales fundada en 1944 por inversionistas antioqueños en alianza con capital norteamericano. Cartón de Colombia comenzó fabricando cajas corrugadas, plegados y diversos empaques de fibra larga para abastecer una reciente demanda industrial en el país; vendía sus productos a confeccionistas, cementeras, fábricas de comestibles, harineras, exportadores de banano. Poco a poco la élite empresarial comprendía las ventajas de reemplazar pesados y costosos cajones de madera por cartón que cumplía además funciones de publicidad, pues llevaba impreso el logotipo de marcas y mercancías.

En los primeros años de operación Cartón de Colombia trabajó con pulpa importada de potencias madereras como Finlandia. Construyeron su planta principal junto al río Cauca en Puerto Isaacs (Yumbo). Pronto ciertas condiciones abrieron la posibilidad de encajar una economía de escala, asegurando un prominente futuro a la actividad forestal en el país: la empresa podría abastecerse de madera local gracias a las extensas selvas baldías del litoral pacífico, relativamente cercanas de la planta procesadora.

Los negros del litoral vieron una pequeña avioneta cortando nubes “desde Cabo Corrientes hasta el río Mira”, según anota Hernán Cortés Botero, veterano vicepresidente de la empresa. Eran expertos que hacían reconocimiento de las selvas y su geografía, “lo cual condujo a escoger la zona del Bajo Calima por su ubicación estratégica en relación con el sitio de la fábrica, procedimiento complementado con la intensa investigación de las especies arbóreas existentes”, concluye Cortés en un libro conmemorativo.

Gobiernos de turno otorgaron a la empresa concesiones sobre bosques vírgenes en aquella vasta región al norte del puerto de Buenaventura. La compañía recibió a través de su filial Pulpapel 15.000 hectáreas en 1957; 25.000 en 1962; 11.710 en 1970; y, finalmente, 60.000 más en 1974. Una superficie tan grande que supera casi dos veces el territorio de Holanda. No era baldía como se afirmaba, pues lleva siglos ocupada por comunidades afrodescendientes e indígenas que terminaron aserrando a destajo para la multinacional. Hasta 1993, cuando abandonó la concesión, la empresa arrasó todo lo que pudo cortando troncos tan compactos como los del manglar, que no son útiles elaborando papel. Hoy se jactan de haber sido la primera papelera del mundo que consiguió producir pulpa a partir de maderas duras tropicales.

Fue en 1969 cuando la Reforestadora del Cauca, filial de Cartón, emprendió siembras de pinos en la finca Chullipauta, entre Popayán y el municipio de Cajibío. Este modelo se extendió rápidamente por el suroccidente del país a través de contratistas, arriendos de fincas o compra directa de las tierras. La compañía aprobó en 1974 su plan forestal para adquirir 30.000 hectáreas en un lapso de 15 años. Eric Leupin, quien era cónsul holandés en Cali, fue de los primeros subcontratistas asociados. A enero de 1975, así marchaba su negocio sobre 1.600 hectáreas de cañadas vírgenes, arriba de la Cordillera Central, cerca al pueblo indígena de Inzá (Cauca):

“Habían [sic] dos factores que me llevaban a creer que la compañía tenía un buen futuro: las ventas de madera estaban aseguradas y los permisos para explotar los bosques ya habían sido aprobados por el gobierno. Las ventas estaban respaldadas por un contrato firmado entre la productora de pulpa (…) que estipulaba la compra de 100.000 toneladas de madera a un precio previamente negociado (…) El volumen total de madera para entrega podría ser ampliado para cubrir toda la madera disponible en la propiedad de la empresa que se estimaba en 230.000 toneladas aproximadamente”.

La tala de la selva andina anticipó la siembra de plántulas de pino, aportadas directamente por Cartón de Colombia. En la mayoría de casos, la propia multinacional adquiría terrenos boscosos o haciendas ganaderas poco productivas en tierra fría, por precios muy bajos. Luego las pineras invadían todo. Hacia 1989 la compañía no sólo había dejado ya de importar pulpa sino que además podía prescindir de la madera proveniente de la concesión selvática: alcanzaba a autoabastecerse por completo con sus cultivos de coníferas. Por entonces comenzaron a experimentar con los primeros brotes de eucalipto clonado.

De las 104.000 hectáreas de plantaciones y bosques nativos que la multinacional asegura poseer en el mundo (en países como Venezuela, Colombia, Francia, España), 68.534 hectáreas oficialmente se encuentran entre las cordilleras Central y Occidental de los Andes colombianos. El “principal activo forestal de esta empresa”, en palabras de sus directivos.

3

Néstor no era dueño de todo eso. No todavía.

Antes fue muchas cosas. Educado por franciscanos, fue el pequeñín campesino admirador del Santo de Asís, que cuidaba la incipiente reserva del alto Navarco con su abuelo, primer guardabosque del Quindío y quizá del antiguo departamento de Caldas. Después fue el mochilero peludo que viajaba deautostop por las carreteras de los años 60. Fue alumno en la Facultad de Ingenierías, cauchera en el bolsillo y piedra en mano, un agitado 1971 cuando la Universidad Nacional de Bogotá quería ser epicentro de todas las revoluciones de la historia. Jamás se titularía como ingeniero mecánico, prefirió irse a asesorar la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, compartiendo sudor y fatigas con sus paisanos jornaleros que paralizaron la producción cafetera. Luego fue un entusiasta participante del movimiento ecológico nacional que floreció cuando en el pequeño caserío de La Suiza, cerca a Pereira, acontecía el congreso de Ecogente en 1983.

—Arrancamos con el cuento de la ecología en los ochenta. No teníamos claro cómo era eso, pensábamos que cuidar la naturaleza era recoger las basuras, sembrar arbolitos, algo más de buenas intenciones, pues no había una comprensión profunda de los problemas ambientales.

Fue hijo, hermano, amante. Fue compañero. Una vez se sorprendió a sí mismo vendiendo morrales y tiendas de campaña para sobrevivir, porque fue padre. Néstor Ocampo fue, sobre todo, lo que sigue siendo: un caminante.

Vaya tiempo de correr el país alborotando avisperos con otros dos pioneros en la materia: Néstor Velásquez y Luis Alberto Ossa. Apenas se tomaba conciencia de la inexorable crisis ambiental en que andaba metido el planeta; mientras la izquierda sufría su peor debacle, la ecología surgía como disciplina poderosa, renovadora, a la orden de las circunstancias más urgentes. Esta semana, en Antioquia removían la opinión pública denunciando la desaparición de las selvas de Caucasia por la presión ganadera; la siguiente mostraban la contaminación que las trucheras causan al torrente del río Quindío; luego viajaban a Calima-Darién, en el Valle del Cauca, para conocer los impactos negativos de las primeras plantaciones de pino.

—Y creamos la Fundación Ecológica Cosmos en Calarcá. Es coincidencia, el mismo año que llegó la Reforestadora Andina.

El 1 de noviembre de 1987 Néstor Ocampo se sentaba solo en una casa alquilada, vacía, frente a un escritorio desierto, a dedicarse por completo sin saber muy bien a qué; limpiar el río los fines de semana, adelantar jornadas de reciclaje, reforestar los arroyuelos, programar caminatas educativas. Jamás visitó de nuevo su taller de morrales e implementos de camping.

—Hasta que una vez, caminando por la trocha que va de Calarcá a Salento, arriba de la montaña nos encontramos esa gente haciendo daños.

Desde la década del ochenta los tempranos ecologistas habían sido testigos de la invasión de las coníferas y los eucaliptos en Quindío y Risaralda. Primero con la Compañía Nacional de Reforestación, y más adelante cuando la Reforestadora Andina (empresa subsidiaria de Cartón de Colombia en el eje cafetero), ocupó enormes terrenos que habían sido bosques nativos o zonas de producción agrícola en la cordillera. Con frecuencia pillaban los operarios tumbando el monte y realizando quemas prohibidas para ahorrar trabajo al despejar lotes de siembra y cosecha. Cada año la Fundación Ecológica Cosmos interpuso demandas formales contra la Reforestadora ante la autoridad ambiental del departamento, la Corporación Autónoma Regional del Quindío. Esas demandas nunca prosperaron.

El 5 de agosto de 1993 irrumpieron en la Fundación varios campesinos calzando botas pantaneras, bastante agitados. Habían descolgado la montaña desde la vereda Chagualá.

—Hermano, viera lo que está pasando arriba —le advirtieron—, hay un incendio el verraco allá donde estaban esas pineras.

En el primer Jeep que consiguió con un compañero fotógrafo de la Fundación, Ocampo se le tiró a la montaña. Encontraron 25 hectáreas a pleno fuego encima de una plantación de pinos recién cosechada. “Yo no podía creer esa vaina”, recuerda que bajó furioso y chamuscado, directo donde el responsable de la Corporación Autónoma, para sentenciarlo:

—Este año no vamos a denunciar a la multinacional. Los vamos a denunciar a ustedes. ¿A nombre de quién mando la carta? ¿A nombre suyo?

4

Más fácil si miramos fotos antiguas.

Inconfundible la sonrisa estridente de César Gaviria Trujillo cuando era jovencísimo presidente de la República; se frunce entregándole la Cruz de Boyacá a Michael Smurfit durante una ceremonia en Cali, carcajea pasando un cóctel con los socios de la multinacional. Es 1994. Por ahí anda también el barón conservador del Valle, Carlos Holguín Sardi.

Época distinta. A blanco y negro se aprecia cómo Adolfo Carvajal soba la mano de Alan Smurfit, hermano de Michael. El Grupo Carvajal, entramado empresarial del Valle del Cauca ligado a negocios editoriales, es accionista minoritario pero importante desde que don Manuel Carvajal participara en la fundación de Cartón de Colombia en 1944.

Instantáneas de los sesenta. Figuran sentados miembros de las familias fundadoras, Carvajal, Uribe y Gómez —accionistas nacionales—, con el ministro de hacienda de ese tiempo, Luis Fernando Echavarría, junto a ejecutivos norteamericanos. Otra imagen muestra en primera fila al comandante militar de la tercera brigada de entonces, general Bernardo Lema, caminando con el gobernador del Valle, Raúl Orejuela. Con ellos va Gustavo Gómez Franco, el hombre fuerte de la compañía en Colombia, que en una foto diferente le regala un libro a la hija del rey de España, doña Cristina de Borbón y Grecia. Veremos al señor Gómez Franco con el primer ministro de Irlanda, Albert Reynolds, o inaugurando una escuelita (logo de Smurfit pintado en la pared). Lo veremos plantando arbolitos, participando en coloquios internacionales, probando whisky junto a Nicanor Restrepo, el capitán del Grupo Económico Antioqueño. Lo veremos al lado del director del Instituto Nacional de Recursos Naturales, también acompañando al Ministro de Desarrollo. Con las autoridades civiles, con las autoridades militares, con los curas, los científicos, los pintores, las señoras, los bebés, los ciclistas, con un equipo de futbol, con políticos que eligen su color o su partido según cada cuatro años.

Estampa memorable. 1953, el presidente de la República Roberto Urdaneta —sombrero y corbatín— inaugura con técnicos extranjeros uno de los molinos procesadores de pulpa en la fábrica de Yumbo, diseñada nada menos que por el célebre arquitecto Walter Gropius.

Otra, 1974, el presidente de la República Misael Pastrana sirve de testigo para unas escrituras públicas conformando una entidad mixta de investigaciones forestales.

Otra más, julio de 2002, 30 compañías multinacionales, incluida Cartón de Colombia, organizan una reunión de respaldo al candidato recién electo, Álvaro Uribe Vélez, a quien donaron dinero para sus dos campañas presidenciales.

Así queda más fácil resumir setenta años. Cambian caras. La multinacional permanece.

5

—Qué hubo, malparido hijueputa. ¿Vas a seguir jodiendo? Te vamos a chuzar, cuídate, malparido, que te vamos a chuzar.

Néstor Ocampo jura que nunca ha tenido roces personales con nadie. Pero casualmente, cuando empezó a pelear contra las plantaciones forestales, sonaban a diario voces anónimas al teléfono prometiendo puñaladas.

—Mis hijos son ciudadanos canadienses —explica—, se fueron como refugiados. Yo preferí quedarme.

Debido a sus denuncias públicas la multinacional lo demandó por injuria y calumnia. 1994 fue de polémica con primeras planas informando citaciones, apelaciones, fallos en segunda instancia y finalmente un artículo en El Tiempo de Gustavo Gómez Franco, el gerente de Smurfit, respondiendo a las columnas del reconocido fotógrafo Andrés Hurtado —también en El Tiempo— que criticaban fuertemente la empresa.

Al final Néstor Ocampo ganó el pleito jurídico, pero el contexto nacional era espinoso. La guerrilla de las Farc intentó capitalizar el rechazo que sentían las comunidades campesinas del eje cafetero hacia el negocio forestal; en las lomas altas de Salento incendiaron maquinarias de la Reforestadora; sobre los grandes cultivos que abarcan las montañas de Guática y Riosucio los guerrilleros quemaban volquetas de contratistas, prohibían el ingreso a las plantaciones y amenazaban operarios. Un boletín del frente 50 que operaba entre el Quindío y el Tolima anunció que no permitirían “ni un metro más cultivado de pino”.

Más contradictorio resultó que en el sur del país varias comunidades siempre acusaron a la guerrilla de buscar alianzas con la compañía, concretamente, asesinando líderes indígenas del Cauca que se opusieron a los pinos, o cobrando extorsiones a los cultivos en sus zonas de influencia. El caso más evidente en la región del Alto Naya lo documentó Walter Joe Broderick en su libro El imperio de cartón.

Cuando la Fundación Cosmos convocó a proteger las palmas de Cera, derribadas cada semana santa para elaborar los famosos ramos, de los altares llovieron acusaciones tachándolos de comunistas ateos enemigos de la iglesia. Ahora que denunciaban a Smurfit algunos círculos insinuaron que andaban trabajándole a la guerrilla.

—Mi estrategia ha sido dar la cara haciéndome muy visible. No tengo nada que esconder. Eso sí, a mí no me van a encontrar dando papaya borracho en la calle a medianoche.

Es verdad que su figura es bastante conocida, aunque no libre de controversia. En Calarcá, desde los vigilantes del banco y los desocupados de la plaza, hasta los notables del pueblo o las vendedoras de arepas, cualquiera reconoce a Ocampo. Nada raro que lo detengan a media calle a pedirle favores o solución para esos problemas de aldea que nadie resuelve, por ejemplo, quién se va a ocupar de los desperdicios arrumados en tal esquina, quién puede adoptar un cachorro de gatito abandonado en tal lugar, y así. Hay quienes opinan que jugó un oportunismo dudoso vinculándose a la alcaldía de John Bairo Cohecha, una administración que terminó demasiado cuestionada. Algunos van más allá sentenciando que lo de Cohecha fue “el peor desbarajuste” en la historia del municipio y a Ocampo lo acusan de no ponerse al margen de esos malos manejos. “Nunca se ha sabido cómo se mantiene”, me contó un joven periodista, “yo no digo que robara, pero estuvo ahí”.

El 25 de enero de 1999 a Néstor le caerían encima dos años fulminantes. Acababa de posesionarse en la alcaldía y terminó gestionando el desastre humanitario que dejó desmoronado el terremoto del eje cafetero en Calarcá y Armenia. Montó una emisora comunitaria desde el campanario de la catedral, organizó un periódico y un centro logístico en el cuartel de bomberos, pero primero convirtió su bicicleta en oficina rodante: pedaleaba por los escombros atendiendo damnificados, canalizando víveres, llevando agua, censando víctimas.

—Fueron probablemente los años más intensos de mi vida, dormía encima del escritorio y trabajaba 16 horas diarias toda la semana. Pero los agradezco, hermano, los agradezco. Hoy siento que en esos años me gané el derecho a vivir en el nuevo milenio.

Lo dice con aire de convencimiento, quizá haya cierta presunción, quizá ansias de protagonismo. Nadie sostendría que no lo tuvo; sin embargo, sus críticos sitúan ese protagonismo junto al descalabro de la administración municipal desastrosa, endilgándole responsabilidades. Néstor es el típico líder que gravita en torno a una personalidad fuerte y absorbente, deseosa de figurar en todas las coyunturas.

Después volvió a lo de siempre: redactó memoriales, preparó ponencias, estudió la composición de los suelos, las amenazas a la fauna en peligro. A medianoche escalaba rutas del Valle del Cocora para sabotear una carretera que la Federación de Cafeteros quería echar hasta el mismísimo páramo de los nevados: de madrugaba arrancaba los postes topográficos que marcaron el trazado arrojándolos al abismo. El último, el que marca 19 kilómetros 400 metros, lo guarda como un trofeo. Buscando apoyo internacional para tantos propósitos contactó alguna vez con el BUND, la asociación ecologista más numerosa de Alemania. Con ellos viajaría a Berlín y a Heidelberg, donde estuvo tres meses impartiendo conferencias y sosteniendo reuniones. De ahí saltó a Irlanda en mayo de 2001.

Ya el teléfono había parado de sonar, por supuesto.

6

Salento es el pueblo escaparate de la parafernalia cafetera. Recibe el año completo miles de turistas propios y extranjeros, atraídos por la arquitectura típica de la colonización antioqueña, por sus vistas altivas de la cordillera y los restaurantes que sirven trucha. El visitante se devuelve con la imagen pasajera de una villa como era cien años atrás, de balcones coloridos, de aleros, portones y barandales tallados en madera de cedro, geranios y novios reventando cada ventana. Hay una encantadora panorámica del Valle del Cocora, paisaje agraciado que concluye en filas de palmas de cera acariciando la neblina. Una belleza de exportación. Una vitrina.

El drama de este pueblito es que apenas si le quedan campesinos, y no solamente por lo perturbadora que fue la explosión turística inflando los precios de todo. Se acabaron las parrandas montañeras. No hay cafetales. Se acabó la variedad de papa salentuna, antes apreciada desde Manizales hasta Sevilla. Se acabaron las lecherías y los quesitos paramunos. Quedan arrieros, claro, para subir excursionistas japoneses o italianos por el Cocora al nevado del Tolima. Los visitantes no perciben que más del 10% del territorio de Salento es propiedad de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia.

—Nunca se ha podido saber con precisión —Ocampo está ofreciendo una charla sobre terreno a un grupo de universitarios—, pero nosotros estimamos que entre el 4 y 5 por ciento de las tierras del departamento del Quindío están en manos de esa multinacional.

Los cultivos de pino hacen que algunas zonas parezcan localidades de los Alpes y no el trillado corazón de la cultura cafetera. Un viejo chiste de los ecologistas dice que la Reforestadora Andina ni es Andina ni es Reforestadora porque sus verdaderos dueños son multimillonarios irlandeses y la empresa no siembra un árbol que no vaya a talar luego.

—Observen el territorio —insiste Néstor—. ¿Qué ven? Es mucho más que un lugar. Es un paisaje, pero también una historia y una cultura. Esas lomas de cumbre plana tienen pasado: se llaman “terracetas”, fueron asentamientos de indígenas que aplanaban para cultivar y construir sus viviendas. Ese valle en forma de U tiene otra historia: fue formado probablemente por un glacial que se descongeló hace millones de años y rompió la montaña. Los potreros nos dejan ver una vocación agrícola de la zona. ¿Entienden? El concepto de territorio implica que la gente se reconoce y se siente parte de él, hay una relación humana con la tierra, porque ahí está nuestra historia, nuestras formas de vida, el sustento, las tradiciones. Nosotros somos el territorio. Nada de eso le interesa a una multinacional que viene a apropiarse de los suelos y del agua para conseguir mayores ganancias.

Superando Alto de Cruces, en la autopista entre Pereira y Armenia, los alrededores repiten el verde monótono que identifica los cultivos forestales. Los pocos pobladores aseguran que están secando la estrella hídrica del Morro Azul, donde nacen las corrientes del Consota, Cestillal, Barbas, Bolillos, Bremen, Roble, Espejo y Boquía. Las fuentes de agua para medio Quindío.

Ocampo repite los tópicos frecuentes de los ecologistas cuando lanzan diatribas a los monocultivos. Que agotan los manantiales, que destierran las comunidades campesinas, deterioran los suelos, alteran el equilibrio de la biodiversidad. Que enriquecen a corporaciones foráneas. Los mismos argumentos de los mapuches de Chile o algún manifiesto brasilero por la defensa de los bosques tropicales. Pero hay algo inédito cuando Néstor sostiene que el verdadero problema no está en la naturaleza, ni siquiera en las relaciones sociales de dominación, sino en el terreno de las ideas. Los chicos en la escuela, cuando tienen que dibujar un árbol, pintan un pino. Por eso, dice, la batalla es contra el consentimiento, contra la aceptación a priori de que sembrar esos árboles es algo bueno, necesario y hasta encomiable, sin analizar el contexto.

Las empresas publicitan su negocio arguyendo que las coníferas y eucaliptos son saludables para el planeta. Defienden que siempre será mejor una plantación que un área dedicada a la ganadería o cultivos de mayor impacto. Multinacionales como Smurfit argumentan que sus plantaciones son sumideros de carbono que ayudan a disminuir los impactos del calentamiento global. Las Corporaciones Autónomas, autoridades que se presumen independientes, escudan el negocio forestal como un ejemplo que combina productividad con protección de la naturaleza.

—Hermano, la culpa lógicamente no es de esos pobres eucaliptos —remata Néstor—. Ese árbol hace lo único que puede, que es crecer. Y con las condiciones del trópico ese crecimiento es muy acelerado, necesita más agua y nutrientes de lo normal. Pero quienes promueven eso, a sabiendas del daño que provocan, sí son responsables.

Lo cierto es que numerosa literatura científica señala algo que la sabiduría popular advirtió antes: los monocultivos forestales exóticos disminuyen el caudal de los ríos. Las causas alternan entre una gran demanda de agua del árbol en crecimiento, mayores pérdidas por evaporación y poca retención de la lluvia debido a una ausencia de capas inferiores de vegetación nativa.

Durante alguna de sus visitas a Colombia, Michael Smurfit no andaba con tonterías si declaró abiertamente que “en una industria como la nuestra, los grandes activos naturales, bosques y agua, han sido considerados como los elementos claves del éxito”. En 2005 el Jefferson Smurfit Group se fusionó con Kappa Packaging; amplió así sus operaciones prácticamente a toda Europa y dominó el mercado en Argentina, Chile y Uruguay. Las acciones de la compañía, que la última década habían fluctuado alrededor de los 8 euros, a mediados de octubre del 2014 pegaron un alza portentosa y todo 2015 se cotizaron entre 24, 26 y 29 euros. Evidentemente el negocio repunta, pues la multinacional planea una ambiciosa expansión a Perú y Ecuador cuya base obvia de operaciones será Cartón de Colombia.

Más o menos eso posee Néstor Ocampo: ni siquiera 30 euros de la mayor papelera del mundo. La que en palabras de Mr. Smurfit supo apoderarse de aquellos “elementos claves del éxito”.

7

—Te cuento, Camilo, la cultura forestal en Colombia ha sido más del tumbar que del sembrar. Este país y toda su zona andina se hizo tumbando, tanto, que el símbolo de una ciudad como Armenia es un tronco con un hacha.

Ahora le toca el turno a Ricardo Gómez Londoño, también nacido y criado en Calarcá, también amable conversador, imparable en la charla y además ciclista aficionado. Pero Ricardo será opuesto a Néstor hasta la médula: es el ingeniero responsable del núcleo de explotación forestal de Smurfit-Kappa para el eje cafetero y, por tanto, un defensor convencido de las plantaciones comerciales de árboles. En su discreta oficina, Ricardo, quien domina los datos técnicos con precisión apabullante, como un malabarista que juega tirando un arsenal de cuchillos al aire sin cortarse, me va a hipnotizar explicando que la multinacional es la propietaria privada con mayores áreas de bosque natural en el país, que sus lotes son globos de terreno siempre superiores a 70 hectáreas para lograr un rendimiento eficaz, que tienen 454 propiedades repartidas en seis departamentos, que emplean sobre terreno a 2.500 operarios entre jornaleros, aserradores, fumigadores y demás, que para alimentar los molinos de la fábrica en Yumbo se necesitan 830.000 toneladas de madera al año, es decir, cada día entre 300 y 350 tractomulas cargadas de troncos provenientes de las montañas del centro y suroccidente colombiano, y que toman en cuenta la vocación del suelo para no desarrollar actividades en zonas donde, según él, podrían alterar otras dinámicas productivas (no me lo creo) o, en todo caso, donde el precio de los terrenos no ofrecería la rentabilidad esperada (eso me parece más convincente). Por eso prefieren fincas entre los 1.600 y 2.400 metros de altitud, donde la tierra suele ser quebrada, sí, pero barata y lluviosa.

—¿Qué es lo que nos interesa? —continua Ricardo—. El agua. Smurfit-Kappa Cartón de Colombia lo tiene totalmente claro, nuestros bosques naturales protegen las fuentes hídricas de las comunidades que están más abajo de las plantaciones, porque competimos con la ganadería extensiva, ayudamos a recuperar terrenos que habían sido deforestados. Mucha gente no nos perdona que aprovecháramos bosques naturales durante muchísimos años en el Bajo Calima, pero es que no era ilegal, y no es hoy en día ilegal; empresas como Maderas Pizano lo siguen haciendo en el Chocó.

Aunque hace décadas que lograron producir papel a partir de maderas tropicales, resulta más provechoso plantar pinos y eucaliptos, pues los tiempos de cosecha son muy cortos y la calidad es superior. Sin embargo, Ricardo Gómez asegura que la multinacional ha experimentado con árboles nativos como el chaquiro (Retrophyllum rospigliosii), que se podría cultivar si sus variedades mejoradas consiguieran cosecharse a los 22 o 24 años. También admite que si se trata de conservar el medio ambiente, no hay comparación posible entre un bosque nativo y una plantación forestal, porque el primero “está totalmente regulado, el ciclo hidrológico allí es perfecto”, mientras que la plantación causa un impacto negativo cuando se tala, dejando el suelo descubierto.

—Ahí no hay discusión —reconoce—, es algo de razón natural.
—¿Y cómo ha sido la relación con Néstor Ocampo?
—Nula. Él no entiende la actividad forestal y nunca la va a entender. Hace caminatas cada mes y toma fotos, las pone en Facebook diciendo que nosotros talamos, que tumbamos, que quemamos. Smurfit tiene una excelente relación con Orquídea, la Organización Quindiana de Ambientalistas, con ellos tenemos proyectos conjuntos. Con Néstor nunca se ha podido. Yo diría que nos evade. Cuando estamos en alguna reunión no habla una palabra, porque sabe que Cartón tiene personas preparadas capaces de dar el debate. Es paisano mío, lo respeto y es un trabajador incansable, nunca ha sido agresivo, ni grosero, pero le falta profundidad. De Néstor se hablan muchas cosas, tiene partes oscuras de su vida que nadie las sabe, entonces la gente puede especular muchísimo, como que se fue del pueblo cinco o seis años y no se conoce lo que hizo en ese tiempo…

Luego nos pasamos a los ejemplares de pinos vietnamitas y centroamericanos, a las precipitaciones en la vertiente del Dagua y La Cumbre, a los inversionistas chilenos y brasileros que están sembrando miles de hectáreas de los llanos orientales con acacias, y a la posibilidad fallida de elaborar papel con fibras de guadua.

—Yo te agradezco, Camilo, que hayas venido. ¿Querés otro tinto?

8

—Cuando volví de Irlanda me encontré en Armenia a León de los Ríos, que era gerente de la Reforestadora Andina —Néstor recalca que su disputa es de ideas, pero las personas se respetan—. Es un tipo muy inteligente, muy formado. Hasta amigos nos hicimos de tanto pelear.

En un coloquio institucional sobre medio ambiente, León ingresó tarde al auditorio y apenas quedaba un puesto libre al lado de Ocampo. Cuando vaciló intentando retroceder, aquél lo encaró:

—Dejáte de pendejadas y sentáte acá, León, que yo no tengo nada contra vos, mi problema es con esa verraca multinacional.

Cierta vez León de los Ríos buscó a Néstor para decirle que Víctor Giraldo, otro de los hombres fuertes de Smurfit en el país, deseaba conocerlo:

—El doctor Giraldo lo anda buscando, quiere hablar con usted. Lo invita a Cali, a Yumbo, todos los días que quiera, en las condiciones que quiera…
—Hombre, León, decíle que yo estoy muy ocupado, no tengo tiempo de ir por allá. Si quiere hablar conmigo que venga a Calarcá.

Y vino. Cartón de Colombia ordenó alquilar uno de los salones grandes del Hotel Armenia Estelar, el mejor del momento, nada más que para sostener un almuerzo entre dos tipos. Néstor corrió temprano al lugar donde, como de costumbre, tenía conocidos.

—Muchachos —les dijo—, ¿ustedes me garantizan que no vayan a montar una hijueputa cámara escondida en ese salón?

Así, sobre seguro, luego de traspasar a bordo de su bicicleta esa ciudad ruinosa devastada por un terremoto y antes por la caída de los precios del café, el hombrecito moreno y despeinado detrás de sus lentes gruesos como jarrones vio llegar al vicepresidente colombiano de Smurfit. Víctor Giraldo era, en términos estrictamente legales, un empleado más de la multinacional que hoy factura 8.200 millones de euros al año, esa compañía con la que Néstor se ha pasado media vida peleando y de la que terminó siendo accionista sin querer. Bajo una aparente normalidad muy cordial, los convidados probaron las primeras cucharadas. Entonces Giraldo intentó con evasivas:

—Néstor, yo creo que nosotros, a pesar de algunas diferencias, estamos del mismo lado del río.

Tres frases más adelante, el otro pegó el hachazo:

—Mirá, hombre, parála ahí un momentico. Nosotros no estamos de la misma orilla de nada: estamos en las orillas opuestas de un río muy, pero muy ancho. Tan ancho, que casi ni lo alcanzo a ver a usted.

A partir de ahí ambos discutieron sin rodeos. Con una franqueza inesperada Giraldo se calentó. Que eso era oponerse al progreso, cosas de izquierda y de guerrilleros, podrían trabajar juntos en planes por el medio ambiente, una causa común, un interés superior, podrían colaborarse, ayudarse de alguna manera. No debía olvidarlo: él, por poco que fuera, también era dueño y accionista de la compañía…

Maquinaba su discurso, pero el morenito despeinado ya no iba a entender razones. Se devolvía al mismo niño que agotó sus tardes viendo trabajar las hormigas dentro de la hierba, intrigado por descifrar cómo algo tan pequeño podía moverse, sorprendido con la manera como crecen las plantas y engordan las nubes. Un niño que brincaba imitando los venados del Alto Navarco, donde aprendió con su abuelo a cuidar el monte y a buscar los huevos de las gallinas entre los matorrales.

Liquidaron el almuerzo y se despidieron. Nunca se volvieron a ver.

En la plaza principal de Ramiriquí, Boyacá, se levanta una estatua de Juan Mauricio Soler. Es una estructura construida con piezas de chatarra forjada, en la cual sobre un plano inclinado se sostiene la representación de Soler parado sobre los pedales de una bicicleta. De cuando en cuando viajeros que cruzan por este pueblo se detienen en el parque a tomarle una foto. Juan Mauricio es -a sus 31 años- la vieja gloria más joven del ciclismo colombiano y el ramiriquense más destacado desde el expresidente José Ignacio de Márquez.

A una cuadra de la estatua, en una casa de tres niveles, vive Soler. En la primera planta de la construcción de ladrillo el suegro de Mauricio administra un taller de motos en cuyo aviso se ve la figura del exciclista. Todos los días, a eso de las ocho de mañana, Mauricio sale de su casa en compañía de Aquiles, un labrador negro, y camina hasta la finca que tiene a un kilómetro del pueblo por la vía a Miraflores. Allí tiene dispuesto un pequeño gimnasio. Sus días siguen siendo, después del accidente, días de recuperación.

***

Un inventario incompleto de las caídas de Juan Mauricio Soler:

Aquel absurdo accidente en los primeros diez metros, sin haber superado aún las vallas de salida de la primera etapa de la Vuelta Nacional del Futuro del 99. Quedaría segundo en la clasificación general, detrás de un corredor al cual le había sacado dieciséis minutos en las pruebas clasificatorias del departamento.

La vez que preparándose para la Vuelta al Porvenir de 2001, bajando el Alto de Canutos en la vía Duitama-Soatá, se le cayó la rueda delantera al saltar un policía acostado. Se destrozó la cara, duró tres días inconsciente en el hospital. La cicatriz que se extiende unos dos centímetros desde la comisura izquierda de sus labios hacia arriba es la marca imborrable de aquel golpe. “Eso fue terrible”, recuerda Manuel Soler, su padre: “no se reconocía quién era”. “Este man se va a retirar”, pensó Serafín Bernal, su entrenador. Al cabo de unas semanas se reintegró a los entrenamientos y fue campeón de la Vuelta que preparaba.

La caída en la última etapa de la Vuelta a la Juventud de 2003 con llegada en Yopal. Según su hermano Omar todo indica que un grupo de corredores de Antioquia, históricos rivales del ciclismo boyacense en las competencias nacionales, lo cerraron faltando medio circuito para la meta.

En la tercera etapa de la Vuelta a Colombia del 2005 coronó de primero el alto de La Línea, pero en el descenso tuvo tres caídas; una de esas en el sector conocido como Lanzaperros donde los fuertes vientos le hicieron perder el control de su bicicleta. Fue el día en que murió en transmisión el narrador de ciclismo Alberto Martínez Práder, cuyas últimas palabras, antes del accidente del transmóvil —desde el que narraba la carrera—, fueron “Soler, Soler…”. Quedó sexto en la clasificación general, rey de los novatos y ganador de la última etapa.

En la fracción del Clásico RCN del mismo año disputada entre Ibagué y Armenia un aficionado en Cajamarca se le atravesó al lote e hizo que cayera al asfalto. El plato de la bicicleta se le enterró en una pierna. Logró terminar la etapa pero al siguiente día no pudo ser parte de la largada.

El accidente en Bolivia en el 2005 en el cual se le atravesó un perro. Según Pablo Arbeláez, redactor de ciclismo de El Colombiano, “la cara le quedó como un mapa”.

La caída en la Coppa Agostoni en 2007 lo llevó al quirófano para que le fuera realizada una reconstrucción de cartílago en la muñeca derecha.

La lesión de una de sus rodillas, que alteró su calendario ciclístico, por una caída en el Giro della Provinca di Reggio Calbabria en febrero de 2008.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia del mismo año que le ocasionó una fractura en la muñeca izquierda. Ese día llegó pedaleando hasta la línea de meta, lo cual, según su compañero de equipo Enrico Gasparotto, había sido una muestra de verdadero coraje. Logró continuar en la ruta del dolor de aquel Giro por nueve etapas más, hasta el kilómetro 96 de la etapa 11. Abandonó cuando ya casi no podía sostener el manubrio de su bicicleta ni apretar las barras de frenos.

El Tour de Francia de 2008 que se desvanecía en el asfalto. La caída en los kilómetros finales de la primera etapa le produjo una fractura de muñeca derecha y un hematoma en la cadera izquierda. “No puedo casi frenar ni ponerme de pie –dijo a los medios-. Pero los de mi pueblo somos echaos pa´lante”. Vendado y maltrecho, logró echar para adelante por 423 kilómetros más en ese Tour hasta que el dolor le ganó el pulso y finalmente se bajó de la bicicleta sin terminar la quinta etapa de la carrera. El periodista J.G. Peña del diario ABC de Madrid escribió: “El ‘mal de manos’ es una enfermedad de deportes duros: la pelota, el boxeo. Y de Mauricio Soler. Caiga como caiga, el ciclista colombiano para el golpe con la mano”.

La caída en la segunda etapa del Giro de Italia de 2009 que lo llevó a abandonar por causa de una tendinitis en su rodilla derecha.

Durante un entrenamiento en enero de 2010 un carro lo atropelló a una cuadra de su casa. “Voy a parar por un par de días”, declaró a los medios.

El golpe en la rótula de la rodilla izquierda que sufrió en una caída en la primera etapa del Criteérium du Dauphiné de 2010.

La caída al realizar el descenso del Collado Bermejo, en los últimos cinco kilómetros de la segunda etapa de la Vuelta a Murcia de 2011. Tuvo que ser evacuado en ambulancia con varios cortes en su pierna izquierda.

Y aún faltaba el peor golpe.

***

Un oyente de La W acaba de llamar a la línea abierta. Le reclama al periodista Julio Sánchez y a su equipo periodístico por no estar registrando la noticia de un ciclista colombiano, boyacense, de nombre Juan Mauricio Soler, quien a esta hora lidera en solitario el ascenso del Col del Galibier, el punto más alto del Tour de Francia. Es julio 17 de 2007. Soler es casi un desconocido dentro del pelotón ciclístico internacional. Su equipo, el Barloworld, es una escuadra chica que ha llegado a la ronda francesa gracias a una invitación.

Soler no conoce el recorrido. Sin embargo, ha decidido atacar en las primeras rampas del ascenso más largo del día, a falta de 47 kilómetros para llegar a la meta en Briançon. Viniendo de atrás, el ciclista nacido en Ramiriquí sobrepasa al grupo de cinco que hasta ese momento lidera la etapa y sigue de largo. Dos corredores, Popovych y Astarloza, intentan por unos metros seguirle el paso, pero la aceleración con la que sube el colombiano finalmente los descuelga.

Mauricio sigue subiendo –inquebrantable– y corona la cima del Galibier. Comienza el descenso. En 37 kilómetros está la línea final. Yaroslav Popovych y Alberto Contador, compañeros en el equipo Discovery, han cruzado el puerto de montaña a dos minutos cinco segundos del líder. La ruta se inclina hacia abajo para ellos y salen en busca de Mauricio.

Los habitantes de Ramiriquí se agolpan a esta hora en las tiendas y cafeterías alrededor del parque principal para ver por televisión al coterráneo. Manuel Soler, papá de Juan Mauricio, escucha la etapa por radio desde su casa. Omar Soler hace lo mismo desde una bodega de Arturo Calle en Bogotá. Él es ciclista aficionado y entiende que no será fácil para su hermano conseguir la victoria: la dupla persecutora viene muy fuerte. La producción de televisión concentra la imagen en estos últimos, como asumiendo que la neutralización de la fuga es inminente en el descenso.

Diez kilómetros para Briançon. La W, gracias al regaño del oyente, se ha enlazado con el relato de Rubén Darío Arcila en Colmundo. Andina Estéreo, 95.1 F.M en Ramiriquí, ha hecho lo propio. “Lo que hace el ciclismo nacional”, anota ‘Rubencho’ Arcila en su voz grave y colorida: “es solamente ver a un pedalista colombiano en punta y se estremece nuevamente el país”. La diferencia se acorta: 58 segundos. A Contador y Popovych los han alcanzado seis corredores, incluido Rasmussen, el líder del Tour. Hacen los relevos, “la escalera como aves migratorias”.

“Ahí lo tenemos en la pancarta de los cinco kilómetros finales, con el muñón de los Alpes al frente, Briançon lo espera”. Ya son catorce los ciclistas que se ciernen sobre Mauricio Soler. “Creo que estamos en las goteras de una etapa memorable, para recordar, para guardar en la página de oro del ciclismo”. El último kilómetro y medio es en ascenso y, contrario a toda lógica, como cuando Lucho Herrera dijo que ojalá el Alpe De Huez tuviera 25 kilómetros más, Soler —después de 158 kilómetros de recorrido— agradece ese repecho final.

«Todo un país con los pedalazos de este colombiano. Y es que la gente entiende de ciclismo: mira la lámina, la estampa del hombre y dice: “¡Este es un campeón!”, “¡Este sí tiene portento!”, “¡A este hombre le luce la máquina!”». Último kilómetro, 50 segundos la diferencia. “Parece el conteo regresivo para el lanzamiento de una cápsula espacial”, dice ‘Rubencho’. Los sucesos deportivos en su narración se hacen pasar por verdaderas gestas épicas, como asuntos de la Historia seguidos minuto a minuto: “Soler no descansa, no mira hacia atrás, el pedaleo sigue taladrando cada metro del pavimento, la recta al frente, son los últimos metros, es la etapa reina de los Alpes, otra miradita, hay que cuidar la alforja mi querido amigo, que desde atrás cualquiera puede arrebatar la gloria, la victoria, entrando poco a poco en el umbral de la gloria el pedalista colombiano, el balanceo final, el manubrio bien sostenido por la parte alta, vuelve a abrirse, la bailarina, el dancé, y aquí viene Mauricio a repetir la hazaña”. Doscientos metros. Toma la última curva. Soler asoma la sonrisa. El dolor físico se funde con la gloria. El presidente Nicolas Sarkozy lo mira desde la escotilla del carro del director de carrera alzar los brazos hacia el cielo. “Se sube la cremallera, se sube el corazón, se sube Colombia, se trepa sobre la victoria. Soler es el ganador”.

***

Mauricio Soler había ganado la etapa del mítico Galibier y a su llegada a Paris se coronó Rey de la Montaña del Tour de Francia de 2007. Serafín Bernal no se sorprendió. Él había sido su entrenador en el Club Deportivo Boyacá cuando Soler era apenas un corredor juvenil. Por sus manos han pasado en esa categoría, además de Juan Mauricio, los campeones de la Vuelta a Colombia Álvaro Sierra y Miguel Sanabria, y nuevas promesas como Robinson Chalapud y Darwin Atapuma. Serafín se jacta de su buen ojo ciclístico. Su astucia, que según él le viene directamente de la malicia indígena, lo lleva a saber desde muy temprano qué corredor colombiano brillará en Europa. Esta mañana soleada en el centro de Tunja me habla con insistencia de un joven llamado Rodrigo Contreras. “Acuérdese de ese nombre”, dice.

Serafín va a los pueblos de Boyacá en busca de nuevos talentos. Según él, la disciplina de la vida en el campo contribuye a forjar el carácter de un ciclista: “En la ciudad la vida es fácil y el ciclismo es de sacrificio”, dice. “Los que sirven para este deporte son los campesinos porque ellos están acostumbrados a aguantar hambre, sol, agua. Cuando tienen una oportunidad en el ciclismo se enfocan en eso para salir adelante”.

En festivales de escuela de los pueblos, en las clásicas municipales en Boyacá, Serafín ponía su mirada en Soler. “Era un corredor excepcional –recuerda–. Yo veía la facilidad con la que andaba este muchacho, pero que no tenía cómo salir adelante”. Bernal habló con él y lo vinculó a la escuela con el patrocinio de Chocolate Sol. Soler tenía 17 años. Bajo la dirección de Bernal, fue Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Venezuela (2001), Campeón de la Vuelta del Porvenir (2001), Campeón Sub-23 de la Vuelta a Boyacá (2002), Subcampeón de la Vuelta de la Juventud de Colombia en 2002, Tercero en el 2003, y campeón de la misma en el año 2004. Esta última es considerada la competencia más importante de Colombia en la categoría Sub-23.

Mauricio Soler era un muchacho introvertido cuya faceta más intrépida la exhibía montado sobre una bicicleta. “Era muy combativo —recuerda Bernal—. No le comía a nadie. Que es fulano de tal, a él no le importaba. Y para arriba no le ganaban. Me acuerdo que en una Vuelta del Porvenir subiendo a Manizales se voló del grupo puntero un compañero de equipo de Soler. Él duró en fuga tantos kilómetros que le dije a Soler que no lo fuera a alcanzar, y tocó bravearlo para que lo dejara ganar, porque sino Soler iba, lo cogía y pasaba de largo. En el fondo Soler debió quedar rabón”.

Según Bernal, la ambición de Soler para llegar a ser buen corredor era tan grande que cuando el entrenamiento empezaba —a las ocho de la mañana en las gélidas calles de Tunja— él ya le llevaba a sus compañeros 25 kilómetros de ventaja. Había venido en bicicleta desde Ramiriquí, a donde regresaba por la tarde.

“Yo soy muy exigente en esto”, dice el entrenador. “Yo tengo que ver que de verdad están chorreando sangre porque hay unos corredores muy cobardes y esos no sirven. En cambio esos muchachos del campo desde las cuatro de la mañana están trabajando, llueve o truene, sacando las reses, sacando papa, maíz, y el desayuno es cualquier cosa, y trabajan hasta por la noche, entonces esa gente está acostumbrada al rigor de la vida”.

***

La casa de Manuel Soler y María del Carmen Hernández está ubicada en la vereda El Común, a cinco kilómetros del casco urbano de Ramiriquí. Para llegar desde el pueblo hay que tomar la carretera hacia Miraflores. Los pobladores suelen llamarla genéricamente “la pavimentada”. Es un recorrido escarpado flanqueado a lado y lado por una inagotable sucesión de tonos verdes reverberados por el sol. Después de pasar una Virgen de carretera se debe avanzar unos 500 metros a la derecha por un camino destapado. Es una casa campesina de color salmón y una sola planta. Un muro de metro y medio de altura construido con bloques de ladrillo, interrumpido por una puerta enrejada negra, divide un antejardín de cemento con el exterior. Las colinas verdes que cercan el lugar están atravesadas por pinos, ocales, acacias y urapanes, y alrededor las vacas y las gallinas y las cocheras de marranos. La quietud de la tarde sólo la suspende el ladrar de los perros y los ruidos caseros.

Un afiche enmarcado de Juan Mauricio Soler cuelga de la parte exterior de una de las paredes de los cuartos. Aparece él montado sobre una bicicleta, y metido en el famoso maillot de pepas del Tour de Francia que identifica al campeón de los premios de montaña. La foto tiene un título en letras rojas, un juego de palabras: “Cirque du Soler”. Debajo del título hay una nota escrita a mano:

“Papá y Mamá Gracias por
habermen dado unas piernas
tan fuertes. Y doy gracias a Dios
por tener unos padres como
ustedes. Los AMO.
Su hijo Mauricio Soler H”

La tarde es de domingo. Omar Soler visita a sus padres. Mauricio podría aparecer por acá en cualquier momento. “Hace días que no sube”, dice María del Carmen, en un tono de voz que no aspira a ser reclamo sino apenas declaración del hecho simple.

En la parte exterior del lugar, Omar hace un recuento del palmarés de su hermano. Manuel, a pocos metros, enfundado en una ruana, mira el campo en silencio. El padre de Mauricio ha tenido que guardar reposo desde hace un año cuando sufrió un accidente sacando un marrano de la cochera.

–De niños ustedes trabajaron el campo. – le digo a Omar.
–Claro–, dice. Mauricio hasta los quince años 100% en el campo.
–¿Qué hacían?
–De todo. Ver las vacas, hierbar papa, maíz. Todas las labores. Hacer de comer a los obreros. Mauricio inclusive era el compañero de mi papá del campo.

Manuel Soler tenía unos cultivos a 4 kilómetros de la casa, cerca al páramo, y pasaba mucho tiempo allí. Una bicicleta cross era el medio de transporte de Mauricio entre la casa y los cultivos de su padre.

Si toda vida tiene un hecho fundacional que determina la vocación, el de Mauricio Soler transcurrió un día del año 98 en el que ganó una carrera de campesinos en Ramiriquí. Sería Omar quien iría a participar en la competencia, pero Mauricio, al ver que éste había salido para Bogotá a hacer unas vueltas, tomó la bicicleta de su hermano, bajó hasta el pueblo y compitió. Le sacó casi dos vueltas al segundo en el circuito tradicional de Ramiriquí. Hasta entonces Mauricio no tenía ninguna relación con el ciclismo más allá de lo que las labores del campo demandaban. Ese día pensó que podría dedicarse a la bicicleta.

Al poco tiempo Mauricio y Omar fueron a Tunja y hablaron con Lino Casas, quien en ese entonces dirigía la Escuela Santiago de Tunja, y se vincularon a ésta. “Yo les decía que no hicieran eso porque lo uno no tenía con qué ayudarles”, dice Manuel Soler. Su voz campesina es un murmullo quedo. “Y lo otro no me gustaba porque era tal vez muy riesgoso”.

–Pero después cuando Mauricio comienza a ganar…
–Pues cuando ellos ya se definieron a eso pues ellos verán, ya dejarlos. Dios los ayude a lo que ellos quieran hacer porque qué más. No se podía hacer más.
–Supongo que se alegraba…
–Pues claro… si uno les oye unas tristezas porque eso no más se volvía mierda por allá en los porrazos.

Hay una breve risa triste, de resignación.

***

Lindon Borda es padrino de matrimonio de Mauricio Soler. La conversación tiene lugar en la sala de la casa de una de sus hermanas, contiguo al hotel de su familia en Ramiriquí. Soler ha accedido a entrevistarse conmigo en este lugar y debe llegar dentro de un rato.

–Perdón un momentico que tengo que llamar a ese man que se le vence la declaración de renta – dice.
–¿A Mauricio?
–Sí.

Le pregunto cómo nace la relación entre él y Soler.

Me explica primero que él ha sido un aficionado al ciclismo desde joven: “desde los tiempos de Patrocinio Jiménez, otro paisano”. Completados sus estudios en Sogamoso, Lindon volvió a Ramiriquí. Para entonces Soler había quedado segundo en la Vuelta Nacional del Futuro (en 1999) y ya se perfilaba en el pueblo como una promesa del ciclismo. Borda junto con un grupo de amigos comenzaron a apoyarlo. Entre todos reunían para la gasolina y alguno prestaba el carro para llevar a Mauricio a las competencias de los pueblos.

Cuando Soler se alistaba para correr la Vuelta al Porvenir del 2001 en el pueblo le organizaron un bazar para recoger dinero y comprarle una bicicleta Trek. “La que en su momento utilizó Lance Armstrong”, dice Borda. Fue un fin de semana en el que en el parque principal de Ramiriquí hubo carne, chicha, rifas, sopa de cuchuco de trigo con espinazo, música y cerveza. La bicicleta valía unos diez millones de pesos. “El último día –recuerda Lindon- se hizo una campaña para que dieran dinero en efectivo, y mucha gente daba 20 mil, 50 mil”. Zoilo Pulido, por ejemplo, dueño de un almacén de víveres situado en la calle peatonal de Ramiriquí, regaló dos millones trescientos mil pesos. Reunieron unos ocho en total, lo cual sumado a unos ahorros que Soler tenía de las competencias que ganaba en los pueblos, alcanzó para pagarla.

Le duró muy poco. Fue hasta Tunja, regresó, volvió a subir y de vuelta en el Alto de Soracá un carro lo atropelló y acabó con la bicicleta. Mauricio por suerte no sufrió mayor daño. “Me acuerdo ese día”, dice Omar Soler. “Llegó acá desmotivado. Que él no montaba más, que dejaba esa mierda. Yo le dije: ‘No huevón, si usted nació pa’ algo, si tiene un futuro en la vida es eso, ser ciclista, es lo que le rinde, qué más se pone a hacer’. Me bajé de mi bicicleta y le dije: ‘Vaya a que le monten otro repuesto y va con esta a la Vuelta al Porvenir’”.

Con la bicicleta de su hermano, Mauricio quedó campeón de la competencia.

***

Dice el periodista Matt Rendell en el libro Reyes de las Montañas que los ciclistas colombianos han hecho del subdesarrollo una virtud. No hace tanto ninguna de las carreteras que conectan a Ramiriquí estaban pavimentadas. Para coronar el Alto de Soracá rumbo a Tunja o el Alto de Bijagual en la vía a Miraflores, había que abrirse paso por caminos destapados. El asfalto era algodón. “Mauricio me decía eso”, recuerda Lindon Borda: “que la ventaja que él tenía era que en el destapado se esforzaba bastante por subir y cuando estaba sobre pavimentada se sentía sobradísimo”. Algo similar opina su hermano Omar: “haber aprendido a montar en destapado es otra fortaleza de los ciclistas de la región. Le toca a uno mínimo en el día hacer 20 o 30 kilómetros destapados, y eso le va ayudando para fortalecer músculos”. Cuando Juan Mauricio Soler se alistaba para correr el Tour de Francia de 2008 le dijo al periodista Lisandro Rengifo que una de las ventajas que él tenía frente a sus rivales del pelotón internacional era ser boyacense.

***

Mauricio irrumpe en la sala y la entrevista con Lindon se detiene. “Hola padrino”, le dice. Su paso es lento y precavido. Trae puesta una gorra, sudadera Adidas gris con rojo y tenis negros de la misma marca. Camina hacia mí y entregándome su mano grande dice: “Ahora sí lo saludo bien”. Hacía unas dos horas, Martha, la administradora del hotel, nos había presentado escuetamente cuando él de regreso de su finca se había detenido aquí para recoger sin éxito su declaración de renta. Sin cruzar el umbral de la edificación acordamos la hora y el lugar para la entrevista. A los pocos segundos lo vi tomar su bicicleta y descender con cautela, parado sobre los pedales, una calle sin pavimento camino hacia su casa. Era la hora de almuerzo. “No sabía que Mauricio ya estaba montando bicicleta”, me dijo Martha un tanto sorprendida. Sin embargo, no era un hecho nuevo. La revista Mundo Ciclístico lo había registrado hace unos meses bajo el título “Exclusivo: ¡¡Mauricio Soler vuelve a la bicicleta!! Grandes progresos en su proceso de recuperación”. Una foto mostraba a Soler rodando sobre una bicicleta tipo cross por el camino que conecta su casa de campo y escoltado por Aquiles. La nota recogía la siguiente declaración de Mauricio: “Al tomar la bicicleta nuevamente me he sentido tan feliz como el día en que tomé el avión en España para regresar a Colombia. Volver a montarme en una de mis bicicletas era algo tan deseado como ver a mi hijo de nuevo después del accidente. No sé si esto me sirva como rehabilitación pero lo único que sí sé es que ahora me siento anímicamente mejor que nunca”.

Lindon pregunta por su estado de salud. “Con constancia he ido mejorando poco a poco”, responde Soler, y agrega que diariamente debe por lo menos caminar: “tengo que mover la sangre”. Por suerte es algo que le gusta, pero confiesa que hay días en que debe “sacar ganas de donde no las hay” para recorrer el camino hasta su finca y hacer las rutinas de ejercicios.

Según dice, los 18 meses en los que había algún progreso en su recuperación ya han pasado. Y aunque las secuelas persisten, su evolución ha sido notable. Cuando Patricia, su esposa, le preguntó a los médicos si Soler volvería alguna vez a caminar, le contestaron que eso sólo lo sabía Dios, y que si lo hacía, sería después del noveno mes. “Al cuarto mes –recuerda- ya estaba dando mis primeros pasos en la piscina”.

***

El Tour de Francia de 2007 no había llegado a París cuando Antoine Vayer, ex director deportivo del equipo Festina, en un artículo publicado en el diario ‘Libération’ y en entrevista concedida a la emisora La W planteó sus dudas sobre el desempeño del ciclista colombiano. “Soler hace parte de un grupo de corredores que hacen cosas que en mi opinión son imposibles de lograr sin la ayuda del dopaje”, le dijo a la cadena radial. “Hoy en día en un premio de montaña Soler le sacaría a Lucho Herrera o a Parra cinco minutos (…) Tendría que ser extraterrestre para hacer lo que está haciendo (…) Quisiera conocerlo y que me explicara cómo entrena para poder subir como sube porque de mi experiencia como entrenador creo que es físicamente imposible, no es de humanos subir de esa forma”.

***

Mauricio Soler tomó la bicicleta esta mañana para llegar hasta su finca. No por virtud sino porque el dolor en unos de sus tobillos hizo imposible que lo hiciera a pie. “En la bici me cuesta muchísimo”, reconoce. Sube despacio, pero el pulso se dispara mientras pedalea por las lomas que rodean su finca. Después de cierta velocidad, superado el umbral de zona aeróbica, la presión intracraneal de Mauricio se altera y le produce fuertes dolores de cabeza. Con 31 años de edad volver al ciclismo de competencia está completamente descartado para él después de su accidente en Suiza: demasiado esfuerzo en la bicicleta lo llevarían a una presión mortal en su cráneo.

–Voy a intentar hacer lo máximo de mis posibilidades. Es que no tengo ni cabeza para nada. Intentaré hacerlo… responder las preguntas.

La voz de Soler es frágil y delicada, como gobernada por gráciles cuerdas a punto de resquebrajarse. Su agrietado rostro sufre una parálisis en el lado izquierdo debido a la lesión del nervio facial en el accidente en Suiza. Su fama de taciturno se afianza en esos intervalos que suceden cada tanto en los que en silencio su mirada gacha, enlutada, se queda suspendida en algún rincón de la sala. Pareciera ausentarse un breve instante de la realidad, para luego volver quién sabe de dónde.

Le digo a Mauricio que quiero hablar sobre su vida en general.

–Sí señor. Pues lo poco que me acuerdo porque hay muchas cosas que se me han olvidado.

El encuentro tiene lugar en época de la Vuelta a España 2013, en el marco de una temporada excepcional para el ciclismo colombiano en Europa: Rigoberto Urán y Nairo Quintana habían logrado el subcampeonato del Giro de Italia y el Tour de Francia respectivamente. Por estos días, Soler sigue las etapas por televisión de la ronda ibérica. “Me hubiese gustado correr una Vuelta a España y poderla disputar. No tuve ese privilegio”.

—¿Le da nostalgia ver ciclismo?
—No, nostalgia no -dice, marcando con su voz algo parecido a un énfasis-. Afortunadamente mientras pude lo practiqué y lo hice de la mejor forma. Lo que pienso que me costaría sería ir a un Tour, a una carrera personalmente, verles allí y no estar corriendo. No quiero vivir esa experiencia.

A continuación Soler hace un recuento de su historial deportivo: su andar por categorías juveniles en Colombia, la llegada a Europa, y especialmente aquel año 2007 que representó el pico más alto en su carrera. “Lo más grande que hice como deportista fue en ese año”, dice. “Ganador de la etapa reina del Tour de Francia, la montaña del Tour, y campeón de la Vuelta a Burgos”. A raíz de esos triunfos fue escogido como Deportista del Año por el diario El Espectador.

Cuando Juan Mauricio desembarcó en Europa, su principal anhelo era correr un Tour de Francia. “Es con lo que los ciclistas jóvenes sueñan”, dice. Un buen inicio de temporada de su equipo en el 2007 les mereció una wild card para ser de la partida en la competencia ciclística por etapas más importante del mundo. “Inicialmente yo iba a aprender porque el de la responsabilidad era Félix Cárdenas. Lógico que uno tiene muchas aspiraciones pero sabía que iba a tener que trabajar. Intentaría hacer algo si me daban la oportunidad”.

El 13 de julio de 2007, con el Tour ya en ruta, apareció publicada en El Tiempo una nota escrita por Mauricio Soler: “Este es mi primer Tour de Francia; ahora sí que lo creo. Y es que poco a poco voy comprobando todas esas cosas maravillosas de las que muchos amigos y compañeros ciclistas me hablaban de esta carrera”. Eran los ojos vírgenes del campesino boyacense deslumbrado al ver todo el despliegue mediático que suscitaba el Tour y de cómo la organización de carrera cuidaba hasta el más mínimo detalle. “La verdad es que nunca, ni siquiera pagando, había sido sometido a unos chequeos tan completos como los que me hicieron la semana pasada”. Soler anunciaba que estaba en buenas condiciones. “Vamos a ver qué pasa en los próximos días”.

A los dos días el mismo diario publicó una nueva nota escrita por Soler. Arrancaba con la siguiente frase: “Espero que por un momento ustedes, compatriotas aficionados al ciclismo, hayan podido disfrutar de mi actuación de ayer en el Tour de Francia”. Soler había llegado cuarto el día anterior en la séptima etapa del Tour y la primera de alta montaña. Estaba maltrecho: “Me había salido una llaga horrible porque las zapatillas eran nuevas y no habían cogido la horma del pie”. Sin embargo, pese a las molestias, Soler se sobrepuso al dolor y atacó en los kilómetros finales del día. Y lo hizo, cuenta, debido a un error de comunicación: “Iniciando el último puerto me dice el director: ‘Mauricio, un sprint’. Yo pensé que había que atacar, hacer un sprint, pero resulta que los geles que llevábamos para la alimentación se llamaban sprint. Entonces lo que me indicaba era que me bebiera un gel para tener energía para el final de la etapa.”.

La jornada de descanso, un día antes de la etapa del Col del Galibier, Soler casi no podía caminar. El dolor producido por las ampollas en su pie derecho lo mantuvieron postrado en el hotel todo el día. El director del Barloworld mandó a traer desde Italia las viejas zapatillas de Mauricio para que corriera con ellas al día siguiente.

“Desafortunadamente de recuerdos tengo muy pocos”, asegura, “pero sí me acuerdo de algo… allí yo he atacado en el penúltimo puerto, no estoy seguro si era el Telegraphe. Delante de mí iba una fuga, de cuatro o cinco corredores, no me acuerdo exactamente. He coronado el Telegraphe, he descendido hasta el pueblo, después que he pasado por el pueblo recuerdo que… o no recuerdo, lo he visto en algún lado que los he alcanzado allí y he intentado irme solo. He pasado por un lado y me han cogido la rueda uno o dos corredores. Al final, un poco más adelante, se han quedado porque el paso era bueno, el ascenso era rápido. Recuerdo que tenía muchísima visibilidad porque veía, no sé, cinco kilómetros por donde iba a hacer la carrera. Veía a la gente que estaba al lado y lado de la carretera. Entonces tuve fuerzas para pasar primero el Galibier, luego hacer el descenso y me ha alcanzado la fuerza para ganar la etapa… Me acuerdo que entrando a la ciudad después del descenso había muchas rotondas como es típico en Francia y prácticamente yo las saltaba intentando recortar un poco de distancia. El final era un kilómetro y algo más en ascenso, y subiendo me defendía más o menos. No recuerdo lo que pensaba pero sabía que estaba por ganar la etapa de un Tour de Francia y que debía darlo todo, que debía morir sobre la bici”.

Darlo todo.

Morir sobre la bici.

***

En el verano de 2011 Juan Mauricio Soler buscaba ganar una etapa después de cuatro años. Una afición que aún no olvida las hazañas de los escarabajos colombianos en Europa celebró el ímpetu con el que Soler domó la cuesta arriba. Después de la sobresaliente temporada del 2007, su registro ciclístico posterior se pareció mucho a una promesa incumplida. Una larga espiral de caídas lo obligaron a abandonar o impidieron que fuera de la largada en todas las grandes rondas de su calendario.

Aquel junio de 2011 Soler estaba ilusionado. Encararía los nueve días de la Vuelta a Suiza para llegar con kilómetros en sus piernas al Tour de Francia. Las empinadas faldas de los Alpes se ajustaban a sus capacidades. El 12 de junio de 2011 Soler se reencontró con la victoria. Lo hizo en la segunda etapa de la Vuelta a Suiza, en el alto de Crans-Montana. Con el grupo partido después de 148 kilómetros de recorrido, Soler pegó dos zarpazos a falta de mil metros y los ciclistas Damiano Cunego y Frank Schleck, no lograron seguirle la rueda. Soler alzó los brazos hacia el cielo por un breve instante y le dedicó la victoria a Xavier Tondo, su amigo y compañero del equipo Movistar quien en mayo pasado había perdido la vida en un absurdo accidente con la puerta del garaje de su casa. Eusebio Unzué, su director de equipo, declaró: “Por fin ha atacado con cabeza, calculando, sin ansiedad”. Por su parte, el cronista de ciclismo Carlos Arribas, tituló su artículo en El País ‘Soler recupera la autoestima en Suiza’, y dijo: “ha recuperado la sonrisa. También la autoestima, desaparecida estos cuatro años en que su elevada figura triste, solitaria, silenciosa, no era sino el síntoma de la escasa consideración social que despertaba en el pelotón”.

–¿Qué significó para usted esa victoria en Crans Montana?
–Era demostrarme a mí mismo que todo el trabajo que había hecho durante el tiempo de estar corriendo en Europa estaba dando frutos. Tenía pensado que con el estado de forma que tenía y como me sentía, posiblemente estaría disputando el Tour de Francia. No se pudo, pero bueno, lo más importante es que sigo aquí.

***

–¿La reconoce? – le pregunta el neurólogo Manuel Murié Fernández.
–Sí, es Patricia, mi esposa –dice.

Mauricio Soler acaba de abrir los ojos después de 24 días de coma inducido. Está esquelético y entubado en una cama de la Clínica Universidad de Navarra. El ciclista del equipo Movistar no tiene idea dónde está ni la gravedad de lo que le ha ocurrido: piensa que lo que ve puede ser una clínica en Bogotá y que en cuestión de semanas será posible estar de vuelta sobre los pedales.

El 16 de junio de 2011 Mauricio Soler corría la sexta etapa del Tour de Suiza. En la jornada anterior había perdido la camiseta del líder con el ciclista italiano Damiano Cunego. Pero esa tarde, en la escalada final de Triesenberg/Malbun, Soler esperaba recuperarla. Ese era el objetivo del día. Acababa de salir de una rotonda, rodando a unos 72 kilómetros por hora cuando su tubular delantero chocó contra un bache en el asfalto. Soler perdió el control, salió por encima de su bicicleta y, como en una estampida seca, se detuvo finalmente al estrellar su cabeza contra el poste de una cerca de un jardín infantil. El corredor Baden Cooke quien venía detrás de Soler describió el accidente en su cuenta de Twitter como “realmente repugnante”. “No tuvo ni tiempo de frenar”, agregó. Soler fue llevado en helicóptero hasta el Hospital Sant Gallen. El médico del equipo Movistar, Alfredo Zuñiga, se comunicó con Patricia en Colombia y le dijo: “Lo siento mucho, señora, pero Mauricio está muy mal, prácticamente muerto. Sólo un milagro lo puede salvar”.

Soler había sufrido un trauma craneoencefálico severo, laceración del riñón izquierdo y una docena de fracturas: en la base izquierda del cráneo, de ocho costillas, de clavícula y escápula, del cuello del pie izquierdo y del malar y temporal del pómulo izquierdo. En la escala de Glasgow –que mide el nivel de conciencia de víctimas de traumatismos cranoencefálicos– Soler estuvo en el más bajo de todos: grado tres. Las primeras 72 horas eran cruciales, y el riesgo de muerte cerebral era latente. Patricia voló desde Colombia con dos mudas de ropa y bajo la idea triste de repatriar el cadáver de su esposo.

Pero la evolución de Soler fue favorable. A las tres semanas los médicos suizos autorizaron su traslado en helicóptero a la Clínica Universidad de Navarra con la cual el equipo Movistar tenía un convenio. Allí se despertó.

Luego vendrían meses largos de terapia y recuperación en Pamplona, y posteriormente en Bogotá, con Patricia siempre a su lado, día y noche. Las metas de Soler con el accidente habían cambiado. Ahora eran más simples, más mundanas, más sensoriales e infantiles: lograr sentarse por sí mismo, mejorar el equilibrio, intentar dar sus primeros pasos.

***

“Yo no conozco un corredor que se hubiera caído tanto como ese”, dice Serafín Bernal, donde ese quiere decir Soler. “Cada cinco competencias se pegaba un porrazo el hijuemadre. Como técnico uno ya estaba listo para ver a qué horas se iba al suelo. La piel que tiene no fue con la que nació: está raspado por todo lado”. Si la caída no era grave, una fractura por ejemplo, Soler seguía en la ruta “así le escurriera la sangre”. Bernal le lavaba la herida con jabón Rey y agua y de vuelta a los pedales, a recortar diferencia. “Era muy berraco el chino. La gran mayoría empiezan a desmayarse, que los suban al carro, que yo no monto más, que me duele todo. Este no”. Con otro corredor con un prontuario de caídas similar, tal vez Bernal habría desistido. Pero Serafín, el cazatalentos, el mecenas, no dudaba de la capacidad natural de Soler para el ciclismo. Y por eso luchaba.

Mauricio Ardila es ciclista profesional. Fue compañero de piso de Soler en Pamplona (España). “Caídas teníamos todos –dice-. Tuvo la mala suerte de tener esa última que le costó su carrera en el mejor momento. Él tuvo épocas de muchas caídas. No podría explicarlo”.

Bernal tampoco tenía una explicación. Había golpes sin sentido. Alguna vez llegó a pensar que detrás de todos esos tropiezos y accidentes había un maleficio. Amigos y allegados lo convencieron de que Soler era víctima de un embrujo. Juan Mauricio debía tener 19 ó 20 años cuando Serafín lo llevó hasta el municipio de Motavita, en donde prestaba en ese entonces sus oficios parroquiales el padre Álvaro de Jesús Puerta quien era y sigue siendo conocido en Boyacá como un sacerdote capaz de hacer milagros. El padre habló con Juan Mauricio y ofreció una misa de sanación en su nombre. Serafín y Soler regresaron a los entrenamientos y las competencias. Pero nada cambió. “No era eso”, dice Bernal.

Luis Fernando Saldarriaga es director del equipo 4-72 y uno de los técnicos de ciclismo más respetados en Colombia. “Hablar de estos temas me parece fastidioso –comenta-. Ya sabemos lo que le pasó y perdimos un gran ciclista para Colombia”. Forzado a lanzar alguna hipótesis dirá que a Mauricio Soler le pudo haber faltado fundamentación técnica. “La agilidad mental para sortear obstáculos se adquiere en las escuelas de ciclismo –explica-. Las diferentes técnicas del viraje, el uso de los frenos, las velocidades en las cuales un corredor puede frenar y no frenar, las diferencias entre frenado largo y corto, la posición sobre la bicicleta, la parada de pedales”.

Lisandro Rengifo, periodista de ciclismo de El Tiempo, sostiene sin titubeos que a Soler le faltó escuela ciclística: “Yo no creo en la mala suerte. Yo creo en la buena preparación y en la mala preparación. Mauricio Soler no hizo pista, simplemente se dedicó a la ruta”. Según explica, mediante las rutinas en velódromo el ciclista adquiere cierta destreza para manejar los descensos, la habilidad de esquivar momentos delicados, meterse en un embalaje y aprender a manejar la tensión que se vive dentro de un lote de corredores. Opinión similar tiene el periodista antioqueño Pablo Arbeláez, quien conoce a Soler desde su andar por las competencias juveniles del país: “Mauricio era un corredor silvestre, de un sentido muy natural, salido de la tierra, fuerte, de muy buen paso, que al fin y al cabo venía de una escuela que no tenía mucha fundamentación”.

“Yo lo llevé al velódromo y nunca le gustó”, dice Bernal en su defensa cuando, intentando buscar responsables del infortunio, los reproches se han dirigido hacia él. “Después que Soler salió del Club Deportivo Boyacá tuvo técnicos muy buenos. Si hubiera sido mala formación, allá se hubiera recuperado”. Pero Juan Mauricio siguió con su rutina de caídas aquí y allá, razón por la cual Serafín no carga culpas al respecto. “Yo pienso que es algo físico de él –concluye-. Había unos médicos que decían que Soler tenía los reflejos atrasados, que cuando iba a maniobrar estaba ya en el piso”.

En el 2011, en su equipo Movistar pensaron que esa podía ser la explicación a tantos porrazos. Según cuenta el periodista Carlos Arribas de El País de España, los médicos del equipo le practicaron a Soler exámenes de reflejos, reacción muscular y visión periférica. No era eso.

Una vez le preguntaron a Soler en una entrevista que por qué se caía tanto. “En realidad no han sido muchas –replicó-. Lo que sucede es que siempre me he golpeado muy fuerte y eso hace que las caídas trasciendan”. Hoy tiene una explicación más decantada. “Hizo falta un poco más de escuela –reconoce-. Como era medio bueno se han dedicado a que tenía que ganar carreras y he dejado de aprender cosas”.

–¿Le faltó fundamentación para maniobrar situaciones peligrosas y realizar los descensos?
–Creo que en todo. También para saber andar dentro un grupo de hartos corredores. Haberlo hecho más tranquilamente para no descubrirlo ya corriendo.

***

Soler despojado de su bicicleta luce torpe y errante. El ciclismo era para él la vida misma, y entonces, forzado a bajarse de su sillín, a renunciar para siempre al baño de aire en su cara cuando se rueda sobre una bicicleta a unos cincuenta kilómetros por hora, pareciera como si de él quedara tan solo una parte, un porcentaje, encargado de sobrellevar el luto por lo perdido. Soler es hoy lo que queda de un hombre al que le han extirpado su mayor talento y su más sólido anhelo. Un superhéroe que a los 28 años perdió sus poderes.

En la memoria de los ramiriquenses están los días de gloria de aquel muchacho campesino. Muchos recuerdan –por ejemplo- aquella noche en la que Soler, a bordo de un camión de bomberos y en medio de la algarabía de una extendida caravana, realizó el recorrido triunfal desde el caserío de Tierranegra hasta el pueblo.

El brío de sus piernas ya no logra desatar la alegría de la región. Soler no es más aquel corredor capaz de convertir cada puerto de montaña en una apoteosis del dolor. Y ya no siendo aquel, es la persona que esta tarde baja con precaución, cogido del pasamanos, las escaleras de un café ubicado en un segundo piso en el parque principal de Ramiriquí.

“Parezco una niña consentida -le dijo hace unos meses al programa Crónicas RCN-. Debo tener cuidado con todos los movimientos que hago”. Soler frente a la fuerza unánime e irrevocable del nunca más.

Saben los que saben que Soler estaba para algo grande. Que hablar sobre él, de su extraordinaria capacidad para el ciclismo, conduce irremediablemente a lanzar conjeturas sobre lo que pudo haber sido si el infortunio no hubiera embestido con tanta furia esa tarde en Suiza. “Habría podido ganarse el Tour de Francia”, dice Serafín Bernal. “Rey de la montaña de un Tour de Francia, un Giro de Italia o una Vuelta a España muchas veces”, pronosticaba Luis Fernando Saldarriaga. “Es el mejor escalador del mundo, cuando está en buenas condiciones”, dijo en su momento Eusebio Unzue, quien fuera director de equipo de Soler y bajo cuya tutela estuvo también el cinco veces ganador del Tour de Francia, Miguel Indurain.

“Poco lo hablamos –me dijo Omar Soler-, pero le debe dar muy duro saber que en este momento él podría estar haciendo cosas similares o mejores que Nairo. Por mi paisano, que es una persona también del campo, humilde, que se merece todo, una alegría inmensa. Pero a la vez, internamente, un dolor fuerte de pensar que con la edad de Mauricio, con las condiciones que tenía, debería estar en su mejor momento, y no poderlo ver allá, y verlo donde está, le duele a uno mucho en el alma”.

“Pero esas ya son cosas del destino”, interrumpió en ese instante su padre con ese susurro campesino que es su voz. “No era pa’ más. Hasta ahí era. Darle gracias a Dios que nos lo dejó otros días. Era hasta ahí”.

Cae la tarde en Ramiriquí. Soler se despide y lo veo entrar a su casa, dispuesto a volcarse sobre los placeres familiares: sus suegros, su perro, su hijo, su esposa. “Esa mujer vale más que mil Toures de Francia”, dice Pablo Arbeláez cuando le pregunto sobre la importancia de Patricia Flórez en la vida de Mauricio. Mañana Soler se despertará temprano, levantará a su hijo, emprenderá el camino hasta su finca, hará los ejercicios de rehabilitación, regará su jardín, echará un vistazo a sus dos terneros, volverá a casa, dedicará su tarde al rol de esposo y padre. Continuará recogiendo los jirones de su efímera gloria.

Ya nada queda del sueño de ganar una gran vuelta. Hoy lo que más añora es poder ver crecer a su hijo. “La vida me ha cambiado y uno tiene es que mirar hacia adelante”, dice. Aunque ese hombre no haya sido siempre ese hombre, Soler no se doblega. El ciclismo le inoculó un carácter.

En 1990, todas las prensas de vinilos que había en Latinoamérica fueron desmontadas. En Colombia, Discos Fuentes y Codiscos, las más importantes empresas discográficas del país —ambas de Medellín—, dejaron de producir acetatos. Sony, Sellos Vergara, Fondo Musical y Disonex siguieron el mismo camino.

Había llegado el CD.

Se dice que Discos Fuentes, fundada por Antonio Fuentes en 1934, le cedió toda la maquinaria a Discos Victoria, también localizada en Medellín. Sin embargo, 28 prensadoras de color verde, aún con sellos de aquella casa discográfica en el stamper, permanecieron casi una década en el garaje del papá de Henry Cavanzo: el músico de orquesta Germán Carreño, a quien le encargaron la labor de vender todas las maquinas de Discos Fuentes, llamó en 1990 a su buen amigo Henry y le pidió el favor de guardar las prensadoras.

Cuando Carreño apareció, siete años después, le dijo a Henry: “No, hermano, todo eso ahí arrumado. Les debo mucho tiempo de arriendo”. Su intención en ese momento era reinstalar la planta, pero al final se vio obligado a venderla en el Ricaurte por aproximadamente 200 millones de pesos (lo que valen 50 toneladas de hierro, el peso de todo aquel aparataje).

Solo quedaron dos prensadoras: Germán, para saldar la renta atrasada, se las dio a Henry; las mismas dos máquinas que nos muestra en este momento a mí y al fotógrafo que me acompaña.

Estamos haciendo una suerte de tour por la casa de Henry, ubicada en el barrio Santa Isabel. Primero vamos a HC Records, en el segundo piso, que solía ser la habitación de sus papás. Luego pasamos a un cuarto contiguo, en donde queda una sala de ensayos. Su hijo, Henry Andrés, recién acaba de finalizar su práctica de batería. Finalmente, bajamos al primer piso, en donde Henry ha pasado noches enteras los últimos seis años arreglando una de las máquinas con las que Germán Carreño le pagó siete años de arriendo atrasado.

Henry nos enseña paso a paso cómo funciona la prensadora y efectivamente sobre el stamper aún hay un sello de Discos Fuentes. ¿Cómo habrán llegado estas prensadoras hasta aquí? Me parece que ni siquiera Henry conoce toda la verdad. Él, sencillamente, las aceptó y ahora desea protagonizar una historia llamada “Henry y la fábrica de vinilos”.

Casualmente, las prensas que Carreño vendió en el Ricaurte fueron a dar a un taller chileno de carros ubicado justo detrás de la casa de Henry, quien se enteró apenas hace dos años. Pusieron las máquinas a hacer bandas para frenos. Pero los dueños del taller compraron en Ricaurte solo el esqueleto de las prensas. Un día Henry abrió el garaje y uno de los señores que trabaja en el taller vio la máquina y le dijo: “Hermano, eso se parece a unas máquinas que yo tengo allí detrás. ¡Véndamela! Le doy un millón de pesos por cada máquina”. Por la cabeza de Henry pasó algo como: “Ni en sus sueños, mijo”.

Durante 20 años, Henry tuvo miedo de un rumor que le había contado un anciano que trabajaba en Discos Fuentes, para quien las 28 prensas, la consola de masterización, de corte y contorno, y la planta de galvano fueron adquiridas por el narcotraficante Justo Pastor Perafán durante un viaje a Holanda (1990). En esta versión de la historia Germán Carreño también aparece, pero como asesor musical del ex capo colombiano. Supuestamente Perafán compró todo lo que había en la planta holandesa de vinilos: muebles, sillas, parlantes, audífonos… En pocas palabras y, según esta historia, el narco compró a puerta cerrada y se trajo toda la maquinaria en barco. Pero Henry duda de este cuento.

En un principio, Henry pensó usar las prensas como troqueladoras para hacer hebillas de zapatos y cinturones, pero durante una gira con Totó la Momposina (Cavanzo en el bajo), cambió de parecer. Estaba en Francia, en un festival, y tras la presentación fue en busca de un tamal o un pollito asado; él había escuchado que el evento había incluido gastronomía colombiana. Fue en ese momento cuando vio, en uno de los muchos stands que había, acetatos nuevos, cubiertos con celofán. Preguntó cuánto costaban y le respondieron que 30 euros. “¡30 euros!”, gritó él porque le parecieron baratos.

—Mi mentalidad cambió de inmediato —asegura Henry—. Entendí que los discos en vinilo nunca pasaron de moda. Me le entregué a la máquina, hermano. Yo no dormía de la fiebre tan tenaz, de la goma, ¿si me entiende? Me acostaba a las diez de la noche y a las dos de la mañana ya estaba de pie, pensando en la máquina. Empecé a descubrir cada arteria, tendón y hueso de la prensa.

Henry decidió dedicarse únicamente a arreglar una de las dos prensas. Pero se dio cuenta de que la máquina escogida estaba oxidada por dentro. El óxido, prácticamente, se había convertido en hierro. Le dijeron: “Mande a hacer nueva esa vaina”. Él se resistió y durante seis meses regó Coca-Cola —sí, Coca-Cola— sobre la zona corroída, hasta que logró destaparla. Antes había hecho pruebas con ácido muriático, Diablo Rojo, pero lo único que sirvió fue la Coca-Cola. Y uno que se la toma a pecho con tanto gusto.

Las máquinas, una vez estén al cien por ciento, van a poder prensar 4 vinilos por minuto: 2.880 mil discos si se piensa en una producción de doce horas. Henry ya negoció la materia prima, la cual importará desde Ecuador. Pretende producir discos de 180 gramos; de menor calibre, según él, sería una chambonada. Un disco, en un cálculo relámpago de Henry, puede costar al público unos 30 mil pesos. Piense ahora usted: ¿cuánto vale hoy un LP nuevo de su banda favorita?

Este hombre aún no sabe cuál va a ser el primer acetato que va a prensar. Lo que sí tiene claro es que ya hay 80 mil discos por producir. Curiosamente, de Discos Fuentes ya le hicieron un pedido. Henry cuenta que son las bandas jóvenes las que hacen pedidos en grandes cantidades. “El vinilo es algo novedoso para las nuevas generaciones”, explica.

—Mi problema, actualmente, es la falta de recursos para concluir. Tengo encima 11 países para que les produzca. Hace poco me enteré de que se están fabricando, a petición, 10 máquinas como la mía, con nueva tecnología. No le tengo miedo a eso, porque hay una diferencia: yo soy músico, productor, arreglista, instrumentista… Además, la gente del medio me conoce.

***

Para comprender todo ese amor —amor verdadero y no moda— por los vinilos, debemos conocer la vida temprana de Henry Cavanzo.

A los ocho años ya era guitarrista concertista y se ganaba algunos pesos tocando en tabernas nocturnas. A los once años estudiaba “cosas científicas”. Era adicto a comprar libros. Alguna vez un pariente lo llevó a conocer La Casa del Ingeniero, en el centro de Bogotá, y desde entonces nadie pudo sacarlo de ahí. Tenía la intención de fabricar un amplificador para su bajo y lo consiguió siguiendo los pasos sugeridos por La mecánica popular, revista mensual que coleccionaba con devoción.

Henry iba al colegio a calentar silla porque no le gustaba. Asegura haber sido muy adelantado entre sus compañeros y constantemente peleaba con los profesores. Estudió en el Instituto Técnico Central hasta tercero de bachillerato y se salió. Claudicó. Sus papás avalaron la decisión.

Aun así, Henry acepta que no todo se puede hacer de manera autodidacta. Cuando tenía 13 empezó a viajar con la orquesta Washington y sus Latinos (colaborando en el bajo). Continuó sus estudios leyendo la Teoría de la música Danhauser. Colaboró, además, en otras orquestas: La Máxima de Mañungo, la de Lucho Bermúdez, Totó la Momposina, la orquesta de los hermanos Rey. En 1973, hizo el contrabajo en una producción del dueto Silva y Villalba.

Henry Cavanzo, que ahora tiene 50 años, sigue siendo un hombre de música: es capaz de interpretar 30 instrumentos diferentes.

***

—En Latinoamérica, la gente no quería dejar el vinilo —cuenta Henry—. Era muy costoso comprar un equipo con bandeja de CD.

Una noche, durante un viaje a San Andrés con la orquesta de Lucho Bermúdez, decidió hacer doble turno tocando el piano para la banda con la que se turnaron el escenario. El billete extra que se ganó le sirvió para comprar un equipo con bandeja de CD, que también tenía tornamesa y casetera.

—La parte del CD no duró tres meses. Esa vaina sacó la mano. Servían las caseteras y el tornamesa. Pero como yo tenía buen material en acetato no hubo problema.

Para Henry el sonido del CD no es ni mejor ni peor que el de un LP; es diferente. Pero el ancho de banda que tiene el acetato no lo alcanza el CD. “Por más que el CD suba a 520.000 Hertz y de pronto a 128 o 192 bits, es imposible que el digital alcance el ancho de banda de un acetato… Tal vez en 100 años”.

Henry es partidario de que la tecnología no ha sido del todo beneficiosa. Él mismo se pregunta por qué está volviendo a surgir el vinilo. La primera edición de The Sound of Silence (1964), de Simon&Garfunkel, la cual hace parte de su colección de vinilos, aún sobrevive, mientras que un CD de Oscar de León que compró en los noventa ya ni siquiera existe porque un hongo le corroyó el nitrato.

El año pasado le pidieron que recuperara un archivo en vinilo de 1930. Le entregaron los LP en un talego. Henry empezó a lavar suavemente cada disco con un cepillo de dientes untado con jabón líquido. Luego los brilló con un poco de algodón untado de una mezcla de grafito y una cera especial. Cuando tuvo el primero listo, lo colocó en su tocadiscos de 78 revoluciones (su más preciada adquisición) y empezó a sonar la voz de un locutor italiano (en esa época, los acetatos también eran una suerte de grabadora). Tras 76 años de vida, y unos ligeros retoques, esos discos antiguos que le encargaron recuperar siguen ahí, intactos.

Tras décadas de pasión por la música, de nuevos formatos y adelantos tecnológicos, el deseo de Henry de echar a andar su propia fábrica de vinilos sigue ahí, intacto.

“¡Suban pues que los vamos a violar!”, grita Viviana. Cinco hombres, tres mujeres y una pareja de esposos la siguen. Ellas tienen vestidos de baño. Ellos, una toalla amarrada a la cintura. Dejaron sus cervezas y se salieron del jacuzzi y de los saunas para tomar las escaleras hacia el segundo piso, donde hay un sofá anaranjado largo en forma de cruz. En el primer escalón está Alejandro, que le entrega a cada hombre un condón marca Corona importado de la China. Además de la única pareja de esposos, se forman otras dos. Los tres hombres que se quedaron solos rodean a la mujer que está sola. Ella les unta jabón líquido antibacterial en sus manos antes de dejarlos pasar los dedos y la lengua por entre sus piernas y tetas.

Después de limpiarse, un tipo soltero que asiste por cuarta vez a estas fiestas le toca un pezón a la chica, mientras su vagina recibe caricias de otro hombre. Al tiempo que la tocan, a su lado las otras dos parejas tienen sexo en el sofá. Los tipos, ya sin toalla pero con las chancletas de plástico azul que les dieron a la entrada, están encima, entre las piernas de su respectiva compañía. La pareja de esposos únicamente mira, mientras él la acaricia por encima del bikini.

Un tipo calvo al que la ropa le queda ajustada y la barba empieza a crecerle, es el único de la fiesta que no se ha desnudado. Está sentado en una silla enfrente del sofá. Mira la escena, sonríe, saca su celular, toma un par de fotos, y sigue con la mirada clavada en la orgía que se empieza a formar. Es el productor de este evento, el Emperador de las noches cuckold.

***

Dos horas antes de sentarse a observar lo que sucede en la fiesta, Alejandro está encerrado en una cafetería sobre la calle 57, dos cuadras abajo de la Avenida Caracas. Además de la mujer que atiende el local, él es el único que está adentro. La reja está puesta para evitar la entrada de los hinchas de Millonarios que caminan desde El Campín este sábado por la noche.

“Esta es mi oficina improvisada”, dice, riéndose y mirando a la dueña.

A través de la reja, dos hombres con camisetas de fútbol piden una gaseosa y un paquete de papas. “Son puros ñampiros. Si se encuentra uno de Nacional con otro de Millonarios se rompen ellos y rompen todo”, dice Alejandro, mientras se sienta en la última mesa de la tienda y pide un tinto que espera lo ayude a aguantar una noche más como anfitrión de las juergas de los cornudos y los corneadores, que se prolongan hasta las tres de la mañana.

Este empresario de la noche bogotana, de sonrisa amplia y brazos gruesos, se crió rodeado de lujuria.

“Yo soy vago desde pequeñito. Mi papá tenía residencias en Sevilla (Valle del Cauca). Siempre había mucha prostituta y entraba todo el mercado de la infidelidad”.

Hoy su negocio consiste en explotar el fetiche cuckold, o fantasía del cornudo, un juego sexual en el que un corneador tiene sexo con la pareja de otro, que observa y celebra la escena. Durante los últimos cinco de sus 49 años de vida se ha dedicado a organizar estas fiestas sexuales temáticas en sitios que alquila en Chapinero.

“En el mundo cornudo el fetiche del man es ver a la pareja como su muñeca; ella es su parcera, su actriz porno, su amante –explica Alejandro–. El corneador es el que presta el servicio, o sea el amante de la esposa, llamada hotwife. Ella puede tener uno o varios en una noche”.

***

La fiesta de esta noche es en Poseidón, un spa gay con zonas húmedas sobre la 57, ubicado entre una tienda de la cadena de precios bajos D1 y una taberna. Hay duchas, turco, jacuzzi y pantallas LCD que muestran escenas de porno heterosexual de culioneros.com, y cuatro cuartos privados, cada uno con la cama a ras de suelo y un rollo de papel higiénico en la cabecera.

La invitación para asistir a la fiesta es un flyer que diseña Alejandro en Paint y le envía a cada uno de los 3.551 contactos repartidos en 16 listas de difusión que tiene en su Whatsapp. Va firmada con el seudónimo de Eliot Gabalo.

“Una noche estaba viendo un programa en NatGeo sobre las fiestas del emperador Heliogábalo y pensé que eso se podía hacer”, comenta a propósito del personaje en el que se inspiró: un joven emperador romano conocido por los banquetes que armaba y por ser una de las primeras personas que los historiadores reseñaron como transexual.

“Crecí y seguí siendo vago: organizaba fiestas de mi bolsillo, nos reuníamos con amigos y hacíamos orgías. Sacábamos suites en el Hotel La Fontana, en la 127, y montábamos fiestas solo por placer”.

Para lograrlo, usaba una extinta sección de clasificados del periódico El Tiempo, ‘Corazones solitarios’, donde publicaba avisos para contactar a personas dispuestas a compartir esta experiencia con él y sus amigos.

“Hace 28 años estoy casado con la misma mujer, pero he tenido siete mozas. Nunca he tenido una enfermedad venérea ni hijos por fuera del matrimonio, como dicen por ahí: he sido jugador pero responsable”, dice antes de contestar el celular y darle a una mujer indicaciones para llegar a la fiesta.

“Cuando estés ahí me pegas el pitazo. Un besito”, se despide y cuelga. Era Natalia, una médica que Alejandro describe como una mujer bajita y chusquita, su pareja desde hace dos años en el mundo cuckold. “Somos una pareja, pero más como de buenos parceros, de socios; no creo que estemos enamorados ni tengamos una relación sentimental, pero es parte del ejercicio”, dice.

***

La noche de Alejandro no acaba sino hasta las cuatro de la mañana, que es cuando termina de revisar las cuentas que dejó el evento. Cada sábado sale a las seis de la tarde de su casa y vuelve hasta las cinco de la mañana. La noche se le va preparando todo para las fiestas, que incluyen rumbas personalizadas a petición de sus clientes.

“Hay un man chacho, con un puesto importante en la Procuraduría General, que es muy cornudo. Me dio un millón de pesos para que le celebrara el cumpleaños de su pareja. Quería que le consiguiera tipos jóvenes para que tuvieran sexo con ella; una de las fantasías del man era que hubiera un negro y se lo incluí”.

Pero no todas las noches su tarea es organizar fiestas cuckold en la ciudad. También colabora como conductor radial en Bogotá Nocturna, un canal de YouTube.

“Yo hago dos programas: uno que se llama Atmósfera Erótica, en el que se tratan temas sexuales, y otro que se llama Mi Empresa es Colombia, dedicada a entrevistar empresarios colombianos para dejarles un mensaje positivo a los jóvenes”.

Su cercanía al mundo de los fetiches le ha dado el bagaje para conducir Atmósfera Erótica, y su vena empresarial, que cultiva desde que estudió Ingeniería Química e Industrial en la Universidad Nacional, le permite entenderse con los empresarios que invita a su otro programa.

“Trabajé mucho tiempo con polímeros y tuve una empresa de adhesivos. Me mataba como un hijueputa en eso. Tenía 42 empleados jodiéndome la vida. Hice plata pero también hubo mucho estrés; era despertarme y hacer 20 millones ese día. Cada mes lloraba”, cuenta.

En la industria química, Alejandro tenía que transformar la materia prima en productos para comercializar. Ahora, en su faceta de empresario del sexo tiene que vender y recrear una fantasía, y lograr que se vuelva un círculo vicioso para que sus clientes regresen.

“En la organización de estos eventos el mayor riesgo es que no venga nadie y solo pasó una vez”, dice. Le sucedió por culpa de un socio que tenía antes. “El man sólo quería convocar por redes, hicimos el experimento y llegaron dos personas…”, cuenta Alejandro, que desde esa experiencia ha explotado más el uso de Whatsapp, pero sin descuidar los perfiles que tienen en redes sociales como Twitter.

“Aprendí a manejar redes sociales y posicionamiento SEO. Tengo varias cuentas en Twitter, pero la de presentar es @eliotgabalo –donde tiene más de 12.000 seguidores–”, explica mientras las busca en su celular, en el cual también tiene instaladas aplicaciones para buscar pareja como Tinder o Badoo. “Todos los perfiles los manejo personalmente, desde Hootsuite”.

***

Esta noche Alejandro no espera una convocatoria masiva. “Es 13, no cae quincena y no van a venir muchos”, pronostica. Sale de la cafetería y camina dos cuadras hacia la Caracas. Saluda a un amigo –un hombre casado que viene con la moza– y a Natalia, su pareja en este juego sexual, que ya lo estaba esperando a la entrada del sitio. Él le da un pico y ella le entrega una caja con 24 preservativos.

La invitación es clara: Chico solo 60 mil, pareja 50 mil, chico menor de 25 años 50 mil, chica sola gratis…. Hoy apenas llegan a 20 los asistentes, pero hay fiestas a las que han entrado hasta 120 personas.

“Hace 15 días éramos más de 100, fue Sodoma y Gomorra. Había un grupo de 15 tipos con la misma vieja”, cuenta Carlos Eduardo, de 43 años de edad y seis de divorciado.

No hay fila y los pocos que llegan antes de las nueve de la noche, hora en la que abren las puertas y empieza la fiesta, no ocultan su timidez. “¿Es la primera vez que vienes a esto?”, le pregunta una mujer a un tipo que acaba de llegar y que asiente con la cabeza.

Adentro del sitio, cada hombre y pareja pagan su cover. A cambio les dan acceso a un locker, toalla y chancletas, y a todas las zonas húmedas y cuartos privados del lugar. Cuando entran en calor y dejan la vergüenza, unos empiezan a meterse en el jacuzzi, hablar y pedir cerveza. La estatua del dios Poseidón, que le da el nombre al lugar, se pierde entre el humo aromatizado que sale de unos extintores y carteles que invitan a la protección: “Si te gusta mamar, ponte condón”. La música para prender la primera hora es una compilación que ponen en YouTube: Clásicos del merengue 80 y 90.

“La mayoría de las viejas que vienen a esto son gorditas, eso sí, las cosas como son”, dice Carlos Eduardo, antes de pararse de la mesa donde charla y dirigirse al sauna para espiar a la pareja que acaba de entrar. “No están haciendo nada todavía”, notifica y se vuelve a sentar junto a otro participante que no quiere decir su nombre, Viviana –socia de Alejandro, que está separada y hace 15 días no pudo ir a la fiesta por tener la custodia de los hijos–, y una de las slut toys, que tiene las piernas llenas de morados, pues la noche anterior se cayó bailando en un tubo.

“Las slut toys son viejas que estuvieron metidas en la movida swinger y se quedaron enganchadas, pero ya sin pareja. Son parte de la logística y se encargan de prender el ambiente. Aunque reciben un salario, esto lo hacen por gusto. Gratis no hay nada en la vida y su principal función es acostarse con los manes que vienen solos”, explica Alejandro para negar que se trate de prostitución, aunque admite que sus eventos rayan en ello.

“Esto casi cae en prostitución, por eso se hace en zonas de tolerancia que tienen los permisos. Es sexo consensuado, la gente que viene es por ahí de 40 años. Son parejas y solteros que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a reunirse”, dice para defender sus eventos, que ya suman más de 200.

Alejandro se para en la entrada, da la bienvenida a cada invitado y cuida hasta el más mínimo detalle para mantener intacto su título de emperador de la rumba cuckold. Cuando escucha el grito de Viviana, el llamado de guerra para que arranque la acción, empieza a entregar condones.

“Yo soy el más teso en esto. Los otros clubes no le meten creatividad: venden sitio sin pensar en las fantasías de la gente. Yo incentivo el fetiche, lo conozco; he sido cornudo y me gusta. Coger a una vieja y darle clavo entre 10 es una chimba… ¿O usted no lo hizo nunca en el colegio?”, pregunta y enseguida suelta una carcajada.

Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.