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La mudanza

Publicado: 27 septiembre 2016 en Mónica Baró
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“La independencia de un pueblo consiste en el
respeto que los poderes públicos demuestren
a cada uno de sus hijos”.
José Martí, “Carta a J.A. Lucena”, 1885.

—Me mudaron porque dicen que les hace falta el lugar. Les hace falta el lugar porque van a hacer un trabajo de no sé qué cosa.

Vicente no se conforma. Ni Orestes. Ni Rolando. Agradecen las buenas intenciones de quienes los mudaron a ellos y a otros cientos. Se alegran por los cientos que en pocas horas desarmaron eufóricos sus viviendas, que canjearon montículos de maderas por la llave de un apartamento, o por las llaves de varios apartamentos. Porque era dando y dando: ruinas por llave(s).

La mayoría que eran los cientos no tenía la menor idea de cómo era lo que abría la llave prometida. Hubo quienes ni siquiera visitaron la vivienda a la que iban a mudarse antes de destruir la propia. A veces los custodios que las cuidaban no disponían de llave para mostrar, en caso de que aparecieran candidatos exigiendo ver. No podría decirse que no era parte del trato, pero tampoco que era parte del trato. La inspección previa quedaba en ese limbo de lo que no se prohíbe ni propicia. Muy pocos fueron y echaron su ojeada. A inspeccionar, nadie con quien hablara. La mayoría que eran los cientos tenía el tipo de vivienda que se destruye sin dubitaciones ante la promesa de una llave inaugural, o varias llaves inaugurales. Lo malo conocido era lo suficientemente conocido como para saber que era mejor cualquier bueno por conocer.

Vicente no era de la mayoría que eran los cientos. Ni Orestes. Ni Rolando. Sus casas costaron mucha mandarria destrozarlas. Brigadas musculosas que se beneficiaron directamente o ayudaron al beneficio ajeno. Solo Vicente tuvo fuerza para dar golpes de hierro y ablandar el concreto. Toda una vida de canto y baile trae sus bendiciones. Con 61 cumplidos, su cuerpo todavía puede destrozar la casa construida con casi toda una vida de canto y baile. Orestes y Rolando acumulan más experiencia. La sumatoria de ambos da 172 años. A uno le resta salud la próstata; a otro, la columna. Es decir, el tiempo royendo los huesos. Ninguno de los dos pudo alzar una mandarria y reventar una pared. A la casa de Orestes la sacrificaron albañiles amigos de un hijo suyo mediante una especie de saqueo convenido: no cobraron un quilo pero se quedaron los restos. Ninguno de los tres se acostumbra a mirar el tamaño de su ausencia en el lugar.

Nadie sabe, con seguridad, qué cosa se va hacer con el lugar.

Vicente, Orestes y Rolando son minoría. Pero no los únicos. Hay otro Vicente, otro Orestes, otro Rolando, que se llama Tomás. Hay una Miriam que no se ha mudado porque teme llamarse Tomás. Y hay otros nombres distintos que podrían llamarse Vicente, Orestes o Rolando. También Miriam. Todos, aún, son minoría. Por suerte, residen en un país donde se afirma que las minorías importan.

***

Siete años atrás.

El lugar es La Playita. Reparto San Pedrito. Provincia Santiago de Cuba. La Playita es el seudónimo de un desastre. Puro sarcasmo. Aquí no hay playa ni nada similar. Al lugar lo bautizaron así porque suele inundarse con lluvias intensas. Porque es zona baja y lo atraviesa un río de aguas podridas con reputación de zanjón, pero que es un río y su nombre es Yarayó, aunque desde hace décadas lo traten como cloaca, por las conexiones clandestinas de demasiados hogares al drenaje pluvial.

Este es uno de los primeros paisajes que se le descubre a la ciudad si se entra por tierra: tras pasar la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, descendiendo por la Avenida Juan Gualberto Gómez, justo frente a la terminal de ómnibus, a menos de un kilómetro del Cementerio Santa Ifigenia.

La Playita –circunscripción 37 del Consejo Popular Mariana Grajales, en jerga administrativa– es otro barrio insalubre dentro de ese otro barrio insalubre que es San Pedrito. Su trama es caótica, desfigurada. Un diálogo contradictorio entre necesidad, pobreza y emprendimiento. La gente sabe resolver el diario. Sea por vías lícitas, no tan lícitas pero toleradas, o incuestionablemente ilícitas. El diario. Esa es la máxima que rige todo el diseño. La espontaneidad como respuesta a problemas coyunturales. Crece un hijo, se casa, nace un nieto: un cuarto de tablas al fondo del patio. Y si hay casa de mampostería y placa libre y se resuelve mejor: un cuarto de bloques en los altos.

La población supera la cifra de 1.400. Se acomoda en un aproximado de 500 viviendas. No todas se respaldan con título de propiedad. Algunas tampoco parecen viviendas. Desde inicios de los 60, San Pedrito es zona congelada. Congelar es una metáfora para restringir. Y es muy acertada. Quienes habiten bajo congelación no pueden construir, ni permutar, ni vender, ni etcétera. Su movilidad queda reducida. Esa es una política frecuente para enfrentar barrios insalubres, o ilegales, o ilegales e insalubres. Se espera que así no se expandan. Aunque, en ocasiones, la política no responde solo a un optimismo invertebrado sino, además, a una acción simultánea que fundamenta la congelación. Tal fue el caso, una vez, de San Pedrito.

Desde siempre, San Pedrito ha carecido de sistema de alcantarillado e instalaciones hidráulicas apropiadas. Una red de zanjas se encarga de las operaciones albañales. Hay un recuerdo que conserva una memoria de 81 años, Miriam Vicet, otra Miriam, que habla de inundaciones en 1948. Ya en esa época había casas. Y antes de esa época. Desde principios del siglo XX, San Pedrito existe y con bulla. Montó una conga que le trajo fama, que era competencia dura. Cuando arrancó 1959, ahí no quedaba de qué asombrarse. Se conocía hasta los tuétanos. Incluso lo premiaron por su contribución a la gesta revolucionaria, fundando en casa de Maíta, Guardado No. 60, la primera delegación de barrio de la Federación de Mujeres Cubanas en la provincia, en agosto de 1960. Vilma Espín, presidenta de las federadas, lo visitó tres veces.

En 1963, el trauma Flora aportó al país un mapa siniestro de vulnerabilidades. La zona oriental, por donde el huracán se entretuvo, quedó hecha un harapo. Fue como si algo hubiera agarrado a la isla por la cola y matraqueado con ella hasta descoyuntarla. Fue toneladas de lluvia. Fue inundaciones. Fue 1.126 muertos. Fue 11.103 viviendas desaparecidas y otras 21.486 con daños. San Pedrito, en especial La Playita, se convirtió en la Atlantis del Yarayó. Y el Gobierno fue y vio el horror y decidió mudar.

El destino iba a ser el Microdistrito José Martí. Un asentamiento que se construía con el sistema Gran Panel Soviético (GPS), gracias a una planta de prefabricación donada por los camaradas de la Unión Soviética a la Cuba post-Flora. La decisión parecía más definitiva que una carta astral. A muchas personas las compulsaron a vender sus muebles, porque los apartamentos nuevos venían amueblados y esos armatostes antiguos no les iban a caber. No les iban a hacer falta. Muchas personas vendieron sus muebles. El padre de Cecilia Oriz, de la calle Antúnez, vendió todo y dejó solo las camas donde dormía su familia, porque ya estaba entrevistado, con planilla hecha y numerito en la puerta. Congelaron la zona. Se paralizaron obras de ampliación y reparación. ¿Para qué construir si van a mudar? El asunto parecía bastante serio. Las federadas organizaron trabajos voluntarios y fueron a limpiar y las niñas ayudaron a sacudir. Cecilia fue a sacudir. Las viviendas las iban a entregar listas para vivir. Era solo mudarse. Ni siquiera había que cargar muebles. Pero la ilusión duró poco. Los encargados del otorgamiento ejecutaron un acto de prestidigitación, no se sabe si por iniciativa propia o por órdenes superiores, y empezaron a cubrir las miles de capacidades con gente que aparecía de cualquier parte. A quienes quedaron atrás en la cola, no les explicaron razones.

Al final, lo que cuentan son los hechos. Y el hecho es que los habitantes de San Pedrito no se mudaron a ningún lugar. Aquello no fue más que un reality show. Las viviendas martianas las limpiaron y sacudieron para otros. Las que le tocaron al barrio se podrían contar con una mano. Nadie se olvida de los elegidos que se marcharon, ni de quienes montaron su tinglado en el terruño disponible, ni de quienes agarraron un pedazo para sembrar hortalizas. Ahí se quedaron con su conga, su Yarayó, su delegación primogénita, sus numeritos en las puertas. Muchos, sin muebles. Congelados todos, con el argumento de que todavía los iban a mudar. Hasta que en 2009, más de 40 años después de aquella premonición de mudanza, los astros se alinean de manera insólita.

El Partido Comunista de Cuba (PCC) barajea la política nacional y en la repartición a Santiago le cae un As. El maestro Lázaro Expósito, un cuadro con la rara cualidad de ser más líder que cuadro, es designado primer secretario en la provincia. Le precede la legitimidad que su trabajo le ganó en Granma, donde ocupaba el mismo cargo desde 2001. Lo respetan primero porque sus resultados son visibles y ponderables, segundo porque su militancia no se agota en reuniones, tercero porque la gente siente que no ha dejado de ser parte de la gente. Pero Santiago es, en todos los sentidos, una bola de fuego. Lo que para La Habana es rebeldía, para Santiago es mero desparpajo, un performance. Y a pocas semanas de oficializarse en la ciudad, el As debuta en el juego.

Unas intensas lluvias activan el Consejo de Defensa Provincial. Asume el mando. Se inundan comunidades en distintas regiones de Oriente. Se inunda, por supuesto, San Pedrito. Se hunde, o emerge, La Playita. Para no perder la costumbre, habrá periódicos que priorizarán la historia de la sequía aliviada y los embalses recuperados. Sin embargo, para La Playita, por ejemplo, será la historia de más pérdidas, del petróleo manchándolo todo, de las zanjas vomitando inmundicias, del Yarayó desbordando sus aguas podridas, de las costras de fango, de la piel restregada conluzbrillante (querosene) para quitar el petróleo. En medio de la desgracia, el primer secretario se presenta en San Pedrito. Les ve la cara a sus dolores. Conversa, no discursa. No utiliza la calamidad de tribuna. Y sus palabras se acogen con esperanza.

A partir de este momento, el año de las inundaciones será el año en que entró Expósito a Santiago y el año en que entró Expósito a Santiago será el año de las inundaciones.

En 2010, empezará el proyecto. Se reactivará la mudanza.

***

Vicente se hizo el hombre que quiso ser en La Playita. De niño fue un callejero consagrado, sobresaliente. La calle fue su talento. Pero no lo malgastó. La calle, ese oráculo subestimado, retribuyó la lealtad. Le reveló lo que debía hacer con su vida antes de alcanzar una edad sensata para preguntárselo. Hay muchas materias que la escuela no imparte, muchas respuestas debajo de las piedras. La base de su formación es una música, una cultura, tan esencial como arrabalera: la rumba. “Miraba y me gustaba y me metía y bailaba y así iba aprendiendo cosas”. Y con la rumba, un poco más profundo, lo afrocubano. Y el tambor batá y el cajón y el palo y los caracoles. De ahí resultó Vicente Portuondo, de una simbiosis entre fe y vocación, que agregó al título de callejero los de bailarín, percusionista, profesor.

La casa a la que iba gente buscando sus criterios profesionales, para entonces ya había prosperado de tablas a bloques, se había convertido en la de cuatro hijos y cuatro nietos y se había expandido para acotejar a la familia multiplicada. “Tenía cinco cuartos. Piso de granito. Clósets. Cocina azulejada. Arriba y abajo placa. Patio enlajado”. Era de una enormidad sin pretensiones, humilde como su entorno, pero resistente a lo que la naturaleza deparara. Cuando el demonio de Sandy atacó la provincia en octubre de 2012 y eligió el viento como arma de destrucción masiva, Vicente permaneció impasible bebiendo vino. Estaba seguro de las paredes y el techo que lo guardaban. Tampoco hubo inundaciones como las de 1963, ni como las de 2009. Meses antes, al canal del Yarayó le habían ampliado las medidas y extraído sedimentos malignos. El río no estaba curado, pero al menos había mejorado su digestión de residuos. Por eso a Vicente le costó entender por qué debía demoler una vivienda que con el huracán no había sentido ni cosquillas. “A mí no me sacaron por Sandy. A mí me sacaron porque a ellos les hace falta el lugar para el proyecto”. En el patio, además, procuraba el sustento familiar criando animales: chivos, ovejos, gallinas, gallos, caballos. Mudarse no suponía un simple cambio de casa sino de vida. Si accedió a irse, fue porque no pudo elegir quedarse.

Los dos apartamentos que le otorgaron en el Asentamiento Yarayó II tuvo que lucharlos. Al principio, ellos, los del proyecto, solo querían otorgarle uno de tres cuartos a cambio de sus escombros. Pero no era justo y protestó porque sus escombros serían de cinco cuartos. Había una esposa, un hijo mayor, y una hija con dos hijos y esposo. No se iban a apretujar en tres cuartos. Los del proyecto aceptaron y concedieron el segundo. “Prepárense que en cualquier momento pueden irse”, dice que les dijeron. El cualquier momento sucedió el 29 de octubre de 2015, que lo anunciaron con casi una semana de anticipación para que despejaran el terreno.

—La casa uno es el que tiene que desbaratarla. Y en el caso mío yo empecé cuatro o cinco días antes porque, ya le dije, mi casa era arriba y abajo.
—Y usted, ¿cómo se sintió? –le pregunto.
—Ah, mija, ¿cómo me voy a sentir? Mal. Todavía estoy mal. No me adapto aquí. Estoy adaptado a tener animales para comer. Aquí no puedo tener ninguno. Y me los robaron casi todos el día antes de venir. Me robaron cinco chivas preñadas. Me robaron un caballo. Que el caballo yo vi cuando me lo llevaban y corrí detrás de la gente, pero tuve que dejar que se fuera porque ya yo estaba durmiendo al aire libre y tenía la cama afuera, el frío… Esto a mí me dejó pérdidas por donde quiera.
—¿Y por qué había que demoler?
—Lo que se dice es que ahí va una avenida, que creo que llega hasta la tumba del Comandante. Esos son los comentarios. Que la carretera tiene que pasar por ahí, que van a fabricar, que no sé qué. Yo lo que sé es que había que irse obligado.

A pesar de las inconveniencias, Vicente fue uno de los primeros en ocupar el edificio donde vive. Se lo entregaron totalmente nuevo. Tanto, que no lo terminaron. Entiéndase que Santiago de Cuba es una provincia en fase de recuperación. Las ráfagas de Sandy acribillaron el fondo habitacional. El 51 por ciento de lo que fuera. Afectaron 171.380 viviendas, derrumbaron 15.889 de las 171.380 (“Ciudad que retoña”, Bohemia, No. 6, marzo de 2013). Hay un programa constructivo acelerado que responde a esa contingencia, que apoyan brigadas de otras provincias y hasta Ecuador y Venezuela. Hay un Plan General de Ordenamiento Urbano, aprobado en mayo de 2014, publicado, en síntesis, por el Instituto de Planificación Física, que fija la meta de crear 29.400 en la provincia con plazo hasta 2025. Entiéndase que no se puede perder tiempo en nimiedades como pegar lozas, nivelar pisos, colocar puertas. No importa que la producción de materiales indispensables para las obras no concuerde con lo planificado. De Santiago nunca se espera menos que heroísmo. Los pueblos heroicos no sustentan planes en el análisis de sus posibilidades sino en la fe en su capacidad de esfuerzo y sacrificio. Esfuerzo y sacrificio han permitido recuperar 62 por ciento del fondo habitacional en tres años. Porcentaje que, según el periódico Sierra Maestra, incluye “105.800 soluciones para derrumbes parciales y totales”. De todas esas soluciones, las que registró la Oficina Nacional de Estadísticas como “viviendas terminadas” por el sector estatal civil en su último anuario de la ciudad fueron 2.254, en 2013; 2.685, en 2014. Las de 2012, por curiosidad: 1.417. Y al concluir 2015, el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, Reinaldo García, informó que 2.632. Entiéndase que ninguno de estos números debería aparecer en la historia de Vicente. Aunque lo montaron en el mismo tren de los damnificados, nunca mereció ese boleto. Y de Flora, ya hacía bastante que se había recuperado.

No es que Vicente sea un hombre ingrato. Es un hombre que aceptó una ayuda en contra de su voluntad. En lugar de preguntarse si su inconformidad clasifica como ingratitud, habría que preguntarse si la ayuda clasifica como ayuda. Hay que disculparle que no salte de alegría en un solo pie. A sus 61 años, cuando ya no cuenta con el recurso de los aplausos, ni el socorro de sus animales, debe volver a construir. “A esto hay que hacerle muchas cosas. Te la dan con este piso, pero este piso no sirve, es cemento que le derriten ahí, le pasan la cuchara y lo pulen un poquito. Los cuartos vienen sin marcos, sin puertas, sin clósets. Es una casa para resolver y sacarnos del lugar”.

De tan nueva que la dan, la dan hasta sin acceso al agua. En enero de 2016, cuando ya casi todos los edificios del asentamiento se encuentran pintados y ocupados, es que se rompe para el hueco de la cisterna. “Es desde las cinco de la mañana: pa-prrrr-ta-pa-pa-pa…”. Las ventanas de la sala de Vicente, en planta baja, se abren a una loma de arena. Las paredes exteriores de su vivienda muestran grietas y golpes. En la pintura, arañazos. “Esto es una falta de respeto”. Una vez cada no se sabe cuánto, mandan un camión abastecedor de agua. Dos veces, desde el 29 de octubre. No obstante, ya esas viviendas las avalaron colocándoles habitantes y pasaron a engrosar la fila de terminadas en 2015.

—Hay muchas personas que sí se favorecieron porque nunca fabricaron y vivían sin nada –reconoce Vicente–. Es como se dice: en casa del ciego, el tuerto es rey. Pero ese no fue el caso mío.
—¿Y la zanja a usted no le afectaba?
—Mija, nosotros estábamos adaptados a la zanja. El problema es que esa zanja es un río. Ahí antes la gente se bañaba, pescaba. Y lo hicieron el desagüe de la ciudad. Pero la zanja para mí… Casi yo me sentía mejor que en esto. Nunca me enfermé, nunca padecí de nada, y desde que estoy aquí no se me quita el catarro.

Si Vicente se hubiera llamado Ramona, no hablaría de la mudanza con amargura. Ramona Guevara es de la mayoría que eran los cientos. Desbarató unas horas antes de mudarse, el mismo 21 de noviembre de 2015. “En La Playita vivía muy mal. Casa de tablas, en lo más bajo, como a una cuadra del río”. Le entregaron tres llaves. Una para su hijo, que tenía un cuarto en el patio con su esposa y dos niños. Otra para su exesposo. Otra para ella y su hija. “Aquí me siento muy bien porque nunca imaginé tener esto. Pensé morirme en mi casita vieja sin poder comprar nada, porque todo se perdía en las inundaciones”. Su principal preocupación es un muro que queda a pocos metros de su puerta, donde se sientan hombres a beber y hablar cosas que ella preferiría no escuchar. Por eso piensa ir a ver a Expósito, para que mande a enterrar unas cabillas en el muro y nadie más pueda sentarse. Sin embargo, a Vicente le tocó llamarse Vicente. Su principal preocupación no son las conversaciones despelotadas que el ron estimula.

—Algo que me está golpeando a mí fuerte es esto que voy a decir: la propiedad de mi casa la tengo ahí, más de setenta años, por mi mamá. Ahora me dan dos casas. Yo pienso que yo pague una sola, que yo no tenga que pagar las dos.
—Pero si la suya estaba pagada, ¿por qué tendría que pagar las que le dieron?
—No… pero hay que pagar. Es obligado así. Todo esto yo tengo que pagarlo, me dicen. Entonces voy a ir adonde tenga que ir, porque si pago, pagaré una de las dos. Si a mí me quitaron una casa más grande. ¡Qué pasa compay!

***

El Quilombo es la idea original del asentamiento donde reside Vicente. Lo denominaron Asentamiento Yarayó I, pero nadie se identifica con esa denominación. El Quilombo sugiere más espíritu, más carácter. Algo con mayores posibilidades de despertar sentido de pertenencia. Un intento quizás por reconocerse en lo nuevo. Porque la gente todavía no se apropia del espacio. Como si no pudiera creer la realidad donde pisa. Las viviendas permanecen demasiado desnudas. El cemento es pornográfico. Permanecen, además, amnésicas. No revelan conflictos, pérdidas, romance. Les falta acumular historia, obvio. Pero les falta, sobre todo, la predisposición a la historia. A casi dos años de ser habitados, muchos apartamentos en El Quilombo lucirán como lucen hoy muchos apartamentos en el Abejita Laboriosa a casi dos años de ser habitados. Es la misma ajenidad. Sus habitantes usan las casas como un traje al que no le cortan la etiqueta. En San Pedrito quedan hogares vulnerables que palpitan con más energía.

Conozcamos a María Antonia. Un término medio entre la minoría y la mayoría que eran los cientos. Se siente bien, pero está inconforme: desde hace siglos se advierte que somos criaturas complejas y contradictorias. “Porque nos entregaron esto con defectos y no ha venido más nadie”. María Antonia vive y muere poniendo parches en el piso que se rompe. “El problema del agua. Hoy estamos secos. Sí, tenemos cisterna, pero no hay motor”. Y no pueden pasarse el día entero cargando tanquetas. “No digo que estoy mal, porque me siento feliz”. El problema son las situaciones que no han arreglado desde que se mudaron hace dos meses. “No, antes de tumbar nosotros no vinimos a ver”. A ellos les dijeron se mudan y ellos se mudaron. “Porque necesitaban el terreno”. Y todavía queda gente allá abajo que no se ha ido porque no acepta las ofertas que le han hecho. “Esa gente está pidiendo lo que necesita. Porque en la vida real, ellos se van a quedar con el terreno de nosotros y nosotros tenemos que volver a pagar esto”. No es que sea una mujer ingrata. María Antonia Bandera es una mujer que aceptó una ayuda que no fue incondicional. “No, todavía no me han dicho cuánto es. Pero yo sé que tengo que pagar. Y mi casa estaba pagada y era más grande”. No se equivoca. Deberá volver a pagar.

Mariela es otra de esas criaturas complejas y contradictorias. “Sí, yo nací en La Playita y tengo 49 acabados de cumplir. Así que imagínate cuántos ciclones pasé allí”. Los ciclones en La Playita eran lo más malo, lo más malo del mundo. “Bien afectados estuvimos bastante tiempo”. Su familia creció hasta doce y su casa hasta cuatro cuartos. “Aquí nos dieron tres viviendas”. Y a un hermano suyo ya le habían dado una en 2012, antes de Sandy, con piso de losas, baño y cocina de losas, clósets. “A nosotros no. A nosotros nos mataron como a los machos. Esto es una mierda lo que han dado. Y tenemos que pagarla”. Si hubiera sabido esto, ella no hubiera roto su casa. “Pero ya cuando tú rompes tienes que ir para donde te metan”. Se desesperaron. Llevaban dos meses: que se van hoy, que se van mañana, y con todo empaquetado. “Demoler la casa fue lo más grande. Mi hermano desde las cuatro de la mañana trajo una brigada que se favoreció de los materiales. Nos desbarató la casa y se llevó los bloques, unos pisos buenos que mi papá había puesto…”.

El papá de Mariela es Orestes. Orestes Guillart es una miniatura de 89 años con bastón, sombrero y botas de niño, que todavía sonríe cuando le sacan fotos. Mariela lo trata a ratos como un muñeco. Lo manda a callar, le prohíbe esforzarse. Lo quita, lo pone. Siempre, como una reliquia. Es su manera de cuidarlo. Las preguntas para Orestes, ella las responde o completa. Explica que hasta el final su papá no quería romper su casa. “Su casa que él la hizo. No quería, no quería, no quería. Él nunca quiso venir para acá”. Pero los hijos lo convencieron de asumir el sin remedio. “Mi mamá y mi papá eran propietarios, pero si el Estado necesita… El Estado es el que manda”.

—¿Y por qué estaban haciendo la mudanza? –pregunto a Mariela.
—Ay no sé… No sé si es por la cercanía de nosotros del cementerio… Cuando se muera Fidel Castro eso tiene que estar verde desde allá hasta acá. Yo pienso que por eso es que nos mudaron. Eso es lo que comentan las personas.
—Que es para hacer la avenida.
—Para hacer la Avenida Patria.
—Pero nunca se lo dijeron así en ninguna reunión.
—No. Nunca nos dijeron por lo que era. Que se necesita ese pedazo y a todo el mundo hay que mudarlo, pero los motivos, nunca los he sabido.

El hermano de Mariela que trajo la brigada que desbarató la casa que construyó su padre, trabaja como pintor en la Avenida Patria. Eduardo ha hecho mucho por esto. Integró el Contingente Héroes del Moncada, el Contingente Ho Chi Ming. “Yo sí tengo qué contar”. Su ruta como pintor y auxiliar de albañilería es la ruta de las construcciones monumentales en Santiago de Cuba. Entregó el Mausoleo José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia, la Plaza de la Revolución, el Teatro Heredia, la Sala Polivalente. Y ya entregó también la Avenida Patria. Nunca ha hecho ni ha entregado nada él solo, pero siente muy suya cada obra. Eduardo ha sentido mucho por esto. Ahora con la mudanza siente gratitud, y con la Avenida Patria, orgullo. “Gracias a la Revolución, tengo lo que tengo. Jamás en la vida yo iba a pensar tener un apartamento”. Ya hizo su clóset, el de su mamá, porque a él le tocó con sus padres. “Poco a poco. Hay que sacrificarse”.

—Y en la Avenida Patria, ¿hace cuánto que trabaja?
—Desde que empezó la Avenida Patria. Yo empecé en la Plaza de la Revolución.
—¿En qué año?
—En el 2015. Hace un año.
—¿Y qué pinta?
—Las fachadas de lo que es toda la Avenida Patria, desde la Plaza de la Revolución hasta después del cementerio, hasta la barca de oro, que es el tramo siete. El tramo uno es la Plaza de la Revolución.
—¿Y cada qué tiempo pinta?
—Ahora mismo estamos repintando lo que se hizo hace nueve meses, un año. Ya yo empecé de allá para acá.
—Está pintando por segunda vez.
—Por segunda vez.
—Las fachadas.
—Las fachadas. Lo que hicimos, lo estamos haciendo de nuevo. Eso se llama re-pin-tar.
—Y esa avenida ¿para qué la hicieron?
—Esa Avenida Patria tiene mucho sentido. El día de mañana, cuando suceda lo que va a suceder, van a venir cientos de presidentes, porque están interesados en conocer Cuba. Cuando suceda lo que va a suceder. Que Dios me lo libre, porque yo soy fidelista. El día de mañana, cuando él caiga, como cayó Hugo Chávez, un ejemplo, esto va a ser lo más grande. Entonces por eso se empieza la Avenida Patria hasta el Cementerio de Santa Ifigenia. Eso va a ser lo más grande de la vida. Como Lenin en la Unión Soviética.

La casa que construyó Orestes comprando bloque por bloque y con un crédito del banco no era lo más grande de la vida, pero era su casa. Y una parte de su vida lo justamente grande como para no querer derribarla. Orestes era operario de máquinas soviéticas empleadas en la construcción y conocía los métodos y proporciones que garantizan la solidez de una obra. “Manejar el equipo y graduar el agua para poder hacer un concreto con calidad. La fundición para la placa y los pisos. Ese era el trabajo mío”. Hoy mira a quienes construyen asentamientos como El Quilombo y se ríe. “Hacen las cosas como quiera”. Tampoco consigue adaptarse. A él le gusta estar amplio. “Yo tenía lugar para 17 machos. Mis pollos. Gallinas”. Y aquí no los puede tener. “Vamos a ver cuando acaben esto cómo es la cosa, si se puede tener un corral fuera, que tú lleves la comida allí y los atiendas”. Extraña su patio. “Sí, sí, cómo no”. No quería demoler. “No, hija, no. Fíjate que desde que me mudaron, allá no he vuelto más que un día”.

***

—Entonces tenemos que pagar 10.000 pesos, como si esto estuviera enchapado y pintado.
—¿Y usted era propietario?
—Sí. Y nos dijeron que los propietarios íbamos a pagar la mitad del precio. Pero no cumplieron.
—Tienen que pagar los 10.000 pesos.
—Diez mil pesos valoraron así: ¡pum! Y yo digo: “Señor mío, aguanta un momento, yo soy jubilado, ¿de dónde voy a sacar?”. Que si tienes que buscar codeudor… Y nadie me quería servir de codeudor. Ahora, después de varias protestas, arriesgándome a otro infarto e incomodándome por la situación que estoy viviendo, es que me han permitido ajustar 50 pesos de mi propia chequera para el pago de la vivienda.
—¿50 pesos mensuales?
—Sí, por encima de 50. No me especificaron.
—Y su chequera, ¿de cuánto es?
—Es de 200 pesos.
—Y tiene que pagar el refrigerador.
—Ajá. Estoy pagando el frío. Lo que me quedan son 143. Ahora cuando me ajusten la vivienda no sé si que me quedo en 80 o 90.

Fernando Salazar se mudó de La Playita para el Asentamiento conocido como Abejita Laboriosa en marzo de 2014. Vive con su esposa, su hija menor y un nieto que nació aquí. Como es un hombre enfermo, le dieron planta baja. Pero la ubicación en vez de traerle alivio lo que le trajo fue problemas. Cuando llueve, en su casa se cuela una mezcla de agua estancada y orine, más lo que no es orine, si coincide el mal tiempo con un horario pico del proceso digestivo del vecindario.

—Como no han hecho los canales que evacúan el agua pluvial, de allá atrás viene toda esa agua rodando y se hace un embalse detrás de mi edificio. A mí me entra por los tragantes del baño y el patio. Y al señor de al lado le entra más cantidad.
—¿Eso cuando pasó?
—En el último aguacero que cayó fuerte. Y no me entró caca porque fue por la madrugada y en el edificio a esa hora es difícil que una persona vaya a hacer caca. Pero sí entró orine. Aquí esto estaba… ¡Imagínate! Ácido vivo. Cuando me levanté: todo corriendo y con la escoba aproveché y busqué un poco de luz brillante y fui echando… Fue tremendo para sacarlo por la puerta. Tuve que meter mis manos ahí porque yo no dispongo de guantes. No estaba esperando que esta sorpresa me cogiera así a bocajarro.
—Pero cuando se mudó para acá no pasaba eso.
—No hubo aguaceros. Ya fueron dos aguaceros fuertes.
—¿Y pasó en los dos?
—Sí. En el segundo no me dio tiempo porque no tenía bloques, ni cemento, ni arena disponibles. Ahora ya hice un muro por si acaso viene otra lluvia, se quede todo dentro del baño.

La realidad de Fernando obliga a conceptualizar de nuevo lo que es bajo costo, mediante una pregunta que permita valorar más socialmente los beneficios: ¿para quién es bajo el costo?

“Hay que tener cuidado de cómo va a ser el futuro de nuestra patria. ¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? A nadie le gusta que lo engañen”.

***

A Cecilia, la que fue a sacudir con las federadas, le hubiera encantado llamarse Vicente, Orestes o Rolando. Lo que ella no consigue entender es por qué todavía no la han mudado. A ella, a su familia, al resto de sus vecinos. Cecilia no tuvo la dicha de ser de la mayoría que eran los cientos. Su casa no entorpece ningún proyecto de avenida. Es una de las enumeradas de San Pedrito que soltaron pájaro en mano por cien volando. Se inunda en tempestades y no precisamente de aguas pluviales. Sus pisos y paredes son un campo de batalla entre remiendos y musgos. La manosea una zanja poblada de ratas insomnes que socavan los cimientos. Pero, al parecer, no es nada que no se pueda continuar postergando.

En 2012, Sandy ubicó la vivienda de Cecilia en la cifra de las 171.380 desafortunadas. Otra vez, la respuesta fue que esperara. Que esperara por el proyecto San Pedrito. Que no le iban a entregar materiales para que pusiera techo y reparara porque la iban a mudar y sería un despilfarro en medio de tanta necesidad. Que mientras, resolviera con unas lonas de nailon y unos palos rollizos. Que ya la intercalarían entre las personas que fueran mudando. Y Cecilia se animó. Creyó que el estatus de damnificada de Sandy traería el beneficio que anhelaba desde los once años, cuando fue a sacudir aquellos muebles que nunca fueron suyos y por los que perdió los de caoba que acomodaban su casa. Si había que esperar un poco más por la mudanza, esperaría. Sabía bien cómo hacerlo.

Tres años y tres meses después, Cecilia permanece en el mismo lugar, con 58 años y la esperanza quieta en la mirada. Pero Cecilia es cada vez menos Cecilia. En 2013, su hija perdió una barriga de gemelos con siete meses de gestación. “Los médicos dijeron que podía haberla afectado el lugar donde vivíamos, pero no se sabe”. En abril de 2015, enterró a su esposo con los pulmones minados de cáncer. “Pasó dos años y ocho meses con su enfermedad en esta humedad, que fue lo que lo acabó de matar”. Y en septiembre de 2015 nació su nieto, tras librar una batalla con la muerte. Yeny sufrió preeclampsia y hematoma retroplacentario: presión arterial alta y desprendimiento prematuro de la placenta. Sin embargo, las complicaciones no acabaron en el parto. Con cinco meses, Alex ha estado hospitalizado en dos ocasiones. “Cuando cae la tarde, ya el niño se nos pone malo, empieza a tupirse y con falta de aire”.

En la casa, honestamente, cuesta respirar a cualquier hora. La pestilencia ácida de la zanja se siente incluso detrás de la lengua, en la garganta, hasta en los lagrimales. Allí se han acostumbrado al asco. Después de unas horas, cualquier persona que no sea alérgica podría acostumbrarse, sin que un ataque de tos tranque su sistema respiratorio y le obligue a marcharse. Después de unos años, cualquier persona podría volverse alérgica. Pues es un hecho que nadie se transformará en anfibio.

El Doctor Enrique Molina, en su artículo “Contaminantes biológicos del aire interior de la vivienda: factores contribuyentes, afecciones relacionadas y medidas correctivas”, publicado en 2015, en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, explica que los mohos, desencadenantes comunes de alergias, se reproducen por medio de pequeñas esporas que se transportan continuamente en el aire libre y en interiores, y que cuando se adhieren a superficies húmedas, comienzan a crecer y a alimentarse de esas superficies. Asimismo, entre los síntomas y afecciones asociada a la exposición a tales esporas, identifica “reacciones alérgicas, como irritación de los ojos o la piel, rinitis, tos y estornudos, manifestaciones de asma”. Orientación del Doctor: eliminar la fuente de la humedad.

“Cuando tú ves ese verde que se está dando en una pared, ¿qué te dice eso? Esa es la humedad que tenemos abajo. Donde quiera se da una matica”, dice Cecilia mientras me muestra ese jardín exuberante que es su casa. “Todo esto es hueco. Ya hemos tapado, pero persisten los huecos. Por todos esos entra agua”. Y una vez comprendida la delicadeza de paredes y suelos, me invita a apreciar los techos: prodigios de la ingeniería post-Sandy. Desde 2012, lo que les cubre las cabezas son los mismos troncos y lonas que otorgaron, láminas de cinc recuperadas del desorden que dejó el huracán, unas tablas de madera para ataúdes que les regaló un pariente. “Esto es para guarecerse del sol y el sereno. Pero llueve y se moja todo”. En la casa hay capucha para cada caja que guarda cada cosa. Para completar el cuadro, los troncos han empezado a desmoronarse en un polvo amarillento y las tablas para ataúdes a incrementar la población de insectos. “Sueltan un bichito negro, que es una puntica así, con una guasasita verde, que pica. Al niño me lo están picando”.

Lo mejor de la casa, según Cecilia, es el frente. El frente del pedazo que le corresponde a Aleida, una de sus dos hermanas, que por su ubicación privilegiada en el campo de visión de cuanto transite por la Avenida Patria, clasificó en el plan de reparación por el 500 aniversario de la ciudad. Lo mejoraron con tres ventanas de aluminio, una puerta de aluminio, y esmalte rosa pálido. “Tú ves el frente y qué te vas a imaginar lo que hay aquí adentro. Por eso yo digo que estamos viviendo detrás de la fachada”. Pero lo que más ha perturbado a Cecilia y a sus iguales ha sido la demolición de las viviendas de la acera del frente, del otro lado de la Avenida Patria, o Crombet, como aún se le llama.

—En toda esa avenida desbarataron casas que valían… Aquello partía el alma. ¡Acabaditas de hacer! Y las que no, estaban por terminar. Sin necesidad. Porque esa gente se llenaba cuando ya nosotros estábamos ahogados.
—Y las quitaron.
—Sí, las quitaron para agrandar la avenida. Todo lo desbarataron. Y mira las condiciones en que nosotros vivimos. Van cambiando, van cambiando las formas de hacer las cosas y se van quedando las personas.

***

El proyecto San Pedrito se define como una transformación integral, o también como un programa de reordenamiento urbanístico, donde intervienen instituciones múltiples con el fin de mejorar las condiciones de vida de una población estimada en 16.000.

Madelín Méndez, jefa del Puesto de Dirección del proyecto, expresidenta del Consejo Popular Mariana Grajales, apunta que “había una deuda pendiente con esta comunidad y felizmente la estamos realizando”.

Los primeros en intervenir para saldar la deuda fueron los especialistas de la Dirección Provincial de Planificación Física. En 2010 realizaron un diagnóstico para valorar las vulnerabilidades del territorio, los cacharreados sistemas sanitarios, el fondo habitacional, las vías de circulación. Lo típico en esos estudios. Trazaron planes, objetivos, acciones, distribuyeron informes, y arrancó el trabajo.

Entre 2010 y 2012 la gente empezó a ver y escuchar los cambios. Se instalaron miles de líneas de teléfono y se iluminaron espacios públicos. Se emprendió una labor de saneamiento del río, rehabilitación de redes de drenaje pluvial, creación de alcantarillados. Y, por supuesto, se reactivó la mudanza.

Una noticia publicada en Granma en noviembre de 2011, bajo el título “San Pedrito comienza a cambiar su imagen”, hablaba de las primeras 12 familias mudadas, o reubicadas, y aseguraba que “mediante el esfuerzo concentrado del país” el reparto transformaría la imagen infraestructural de sus 9.845 viviendas clasificadas entre regular y mal estado. Dos datos que no necesariamente han estado relacionados. De acuerdo con Méndez, el reparto contaba con más de 10.715 viviendas cuando el levantamiento, es decir, que si a esa cifra se le restan aquellas 9.845, el resultado importante es que la mayoría se encontraba en mal estado. Para ahorrar molestias: 870 buenas. Sin embargo, el estado constructivo no siempre ha funcionado como indicador determinante en las mudanzas.

El proyecto se organiza en seis zonas. El orden de las zonas indica la prioridad. La zona uno corresponde a La Cañada, hermana menor de La Playita. De ahí eran las 12 familias contentas de las que hablaba Granma. En la cañada habitaban unas 800 personas. Se fueron 500, quizás 600, “el número exacto no lo puedo dar”, para 349 apartamentos. Este último número sí es exacto. Y se quedaron entre 70 y 80 viviendas, “que no afectan al proyecto, que están del otro lado de donde realmente se va a hacer la gran inversión”. Esas las van a rehabilitar. ¿Y no se inundan? “No se inundan”.

La zona dos corresponde a La Playita. De ahí eran Vicente, Orestes, Rolando. De La Playita se fueron más de mil personas para 425 apartamentos. Y se quedaron unas 95 viviendas que no reubicarán: “están en un plan de reposición o rehabilitación, o esperando decisiones finales del Gobierno”. Más otras diez, que sí deben reubicarse, pero sus moradores no han accedido. “Casitos muy puntuales que necesitamos mudar para que los constructores puedan desarrollar lo que quieren en esa área”.

—Y esas diez, ¿por qué no las han mudado?
—Sí, esas están siendo atendidas por las comisiones para mudarlas.
—¿Para qué fecha?
—Estamos esperando la entrega de nuevas viviendas para poder hacer la entrega a cada morador.
—¿A esas personas les darían casas? Porque supe que no querían apartamentos.
—Eso no puedo respondértelo. Eso está en manos de la dirección del Gobierno, que está evaluando la atención que se le va a dar a cada caso.
—Y si esas personas no quisieran mudarse, ¿se podrían quedar ahí?
—No. El proyecto no permite que alguien se quede, porque hay una inversión que se va a hacer en esa área. Debe haber un acuerdo con esa familia para solucionar los problemas del Gobierno y de ese morador.

La zona tres del proyecto, la más extensa, que es por donde marcha ahora la mudanza, abarca desde la Avenida Crombet (o Patria) hasta Los Pinos. Abarca las calles Bacardí, Frías, el triángulo de San Pedrito. Abarca la franja de Cecilia y sus iguales de la zanja. Lamentablemente, antes de Cecilia y sus iguales de la zanja, hubo que reubicar en 2014 a los vecinos del triángulo, a los de las casas acabaditas de terminar. Yarielis Ferrer, jefa de Departamento de Planeamiento Municipal de la Dirección Provincial de Planificación Física, precisa que esas viviendas habían sido rehabilitadas, pero “hubo que reubicarlas por la Avenida Patria, porque por ahí pasaba y se afectaban”. Los dos carriles de Patria costaron 25 viviendas recién rehabilitadas, más las otras que tuvieron que entregar a quienes habitaban en las 25.

Las zonas cuatro, cinco y seis aguardan su turno. Corresponden a sitios disímiles del barrio. Menos urgentes. Aunque igual Sandy alteró un poco el orden y obligó a anticipar beneficios por “situaciones emergentes”.

En total, en San Pedrito se deben reubicar y reponer 1.917 viviendas hasta 2017. Esa es la meta del proyecto. Según Ferrer, 1.527 se reubicarán y 390 se repondrán (se van a demoler y construir en el mismo emplazamiento). De las que se están reubicando, 1.400 fueron catalogadas en mal estado. El resto, entre bueno y regular. Y en La Playita, Méndez dice que de las 408 reubicadas: 146 malas, 169 regulares y 93 buenas.

No son muchas. Si se piensa en la cifra de malas, las viviendas buenas que desbarataron no son muchas. Sin embargo, si se piensa en las personas damnificadas por Sandy que todavía aguardan por un techo seguro, las viviendas buenas que se desbarataron no son ni muchas ni pocas: son un absurdo.

***

—Mi yo dice que es aquí –afirma Miriam, otra más que sacudió muebles junto a las federadas–. Cuento con 62 años y quiero seguir dando frutos. Yo soy activa. Voy para aquí, voy para allá. Y quiero estar en mi lugar, donde me siento cómoda para desplazarme.

El lugar de Miriam, aún, es La Playita. La Playita es una sombra mutilada de lo que fue. El terreno: desolación y ruinas. Casas a medio tumbar, cascarones rotos. Golpes de mandarria como premoniciones. La vida silvestre apoderándose del abandono. Y el río, un coágulo verdinegro de fecales, donde la luna inescrupulosa se refleja. El Yarayó continúa siendo esa gran comunión intestinal de la ciudad. Su olor es tenaz. Al rato, se tolera. La nariz deja de resistirse y siente que así es el aire original. Sin embargo, para Miriam todo eso es una realidad desenfocada. Para Miriam Zamora, cronista popular de San Pedrito, integrante del proyecto De la Ciudad, las Calles y sus Nombres, lo central es su barrio. De eso es de lo que puede contar y para ella poder contar lo es todo.

Miriam Zamora puede contar los orígenes de los nombres de cada calle. El fusilamiento de los 53 expedicionarios del vapor Virginius y de Perucho Figueredo. El puente que mandó a erigir don Emilio Bacardí y su apoyo a la causa independentista. La ruta del Yarayó que seguían los pescadores hasta la bahía. Los nombres de los muertos que la tiranía batistiana dejó en la Avenida Crombet. El paso de Flora y las pérdidas y la recuperación. Los mandatos de todos los secretarios del Partido en la provincia.

Que no son más que un montón de historias. Cosas que no se pueden tocar. Porque estrictamente el pasado no existe. Pero no solo con bloques se construye un país. Por eso le preguntaba a Miriam, una y otra vez: ¿Por qué usted no quiere mudarse? Y una y otra vez ella me contaba las mil y una historias. Se erguía, adornaba la voz, como si hubiera un auditorio en su sala y no fuera tarde en la noche. “Y es verdad que patria es humanidad”, dice citando a Martí, “porque si tú no amas a tu patria, no tienes el sentido de pertenencia que imbrica el lugar donde naciste, no te quieres a ti misma, no te conoces ni tienes un objetivo para luchar en la vida”. Y otra vez don Emilio Bacardí, los muertos en Crombet, el fusilamiento de Figueredo. Y otra vez la pregunta torpe: ¿Por qué no se quiere ir? Hasta que entiende que no la entiendo, desviste la voz, se quita la sonrisa desatornillada de la cara y contesta: “No. No es que no quiera irme. Yo no me resisto al desarrollo. Si aquí se va a hacer algo que afecta mi vivienda, yo puedo cruzar para otras que se hagan cerca. Porque donde conozco la historia es aquí. Lo demás sería tirarle piedra al morro”. Y tampoco le gustan las edificaciones nuevas.

—Son muy estrechas. Mira el espacio que yo tengo. Yo trabajo costura, vivo de eso y lo pongo al servicio de lo que haya que hacer. Nunca he afectado a mi Revolución pidiéndole ayuda económica. Con mis manos es que sobrevivo. Yo hago cosas que sean de fácil adquisición, modelos que puedan agradar a la gente.
—Porque usted hace ropa. No remienda.
—No, no remiendo. Yo hago ropa. Los remiendos no me gustan. Porque digo que eso es atraso. Yo transformo. Un pitusa que se rompió, trato de que te quede no como un pitusa emparchado sino como un modelo. Y todas las telas que tú estás mirando ahí son del campo socialista.
—¿Del campo socialista?
—Sí. De cuando la Unión Soviética ayudaba a Cuba.
—¿Conserva telas de esa época?
—Sí. Tengo un cuarto con sacos de retazos múltiples, porque no boto nada.
—¿Pero eran de ropas suyas?
—No… son telas nuevas, recorterías, porque yo hacía canastillas, trajes de novia… Antes las telas eran liberadas y las compraba en la tienda. Mira: este tejido es uno de los mejores del campo socialista. Y mira: esto es campo socialista, combinado con una modificación actual que hice, porque se están usando estos contrastes…
—¿Y cuánto cobra por los modelos?
—Bueno, como está la vida. Yo adecuo que lo que haga me alcance para una botella de aceite, una libra de carne. Todo yo lo suplo con la costura.

Aunque no quiere resistirse al desarrollo, a Miriam le cuesta entender por qué debe demoler. “Esto me ha costado dinero, porque tú sabes que hacer una casa de placa no es fácil. Y que tenga que trasladarme hacia otro lugar, con diferentes condiciones… Esto no es bajo costo”. Miriam construyó para que durara. Trabajó en construcción industrial y se instruyó en los métodos para evitar hundimientos en terrenos húmedos. “Hice los dados que eran de mi tamaño, subí 1.25 y fundí en seco. La cimentación con grado de oscilación en balsa, como se suele decir, pero en balsa de los arquitrabes. Amarré, hice una balsa y no me hundo porque todo el peso lo reciben el arquitrabe, la balsa y los dados”. La casa es su patrimonio familiar. La comparten hijos, nietos, un hermano. Tiene dos niveles y soportaría un tercero: “Porque la esperanza del pobre es el techo”.

Quienes quedan en La Playita guardan más o menos la misma esperanza. Amado, Ana Rafaela, Leonardo, Ricardo, Josefa, Zurelis, Magdalena, Enélides… Unos exigen casas para poder dividir o fabricar en la placa cuando crezca la familia. Otros, que les otorguen algo equivalente a lo que perderían. Otros, más apartamentos para solucionar sus problemas de hacinamiento. Todos son propietarios.

Amado Palacios, mecánico industrial, miembro de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, inventor de un sistema para proteger motores eléctricos que ha sido implementado en varias empresas, desde sus casi dos metros de estatura, argumenta: “Yo me he sacrificado para atender a mi familia. Toda mi vida he luchado para esto. ¿Por qué razón debo irme ahora para un apartamento chiquitico? Mire el tamaño que yo tengo. ¡Que no entro! Mire los pies largos que tengo… Y mis hijos son iguales”. Su vivienda es impecablemente nueva. Piso de granito, baño y cocina enchapados, dos cuartos. Sencilla, pero amplia y fuerte. “Si la cosa es para mejorar la vida de las personas, ¿por qué tengo que sacrificarme? ¿No es para mejorar? Denme algo que mejore lo mío. Porque yo no puedo echar para atrás. Yo quiero irme, porque estoy a favor del desarrollo. Yo soy revolucionario y todo el mundo aquí es revolucionario, pero no puedo empeorar mi vida”.

—Se nos ha dicho hasta de expropiación –acota Miriam, que acompaña.
—¡Hasta esas cosas nos han dicho! –agrega Disnaidis Lovaina, esposa de Amado–. ¿Cómo van a decirnos ese tipo de cosas? No nos pueden decir eso.

De hecho, sí pueden. El artículo 25 de la Constitución de la República de Cuba autoriza la expropiación de bienes “por razones de utilidad pública o interés social y con la debida indemnización”. Y tampoco es algo atípico en el mundo.

—¿Y qué explicaciones les han dado para la mudanza?
—Ellos dicen que hay que irse porque esto se va a seguir inundando –responde Disnaidis.
—Es un proyecto de mejorar la comunidad –precisa Amado.
—Aunque a lo mejor no es tanto así –continúa Disnaidis, suspicaz–. A lo mejor el mejoramiento está en cambiar toda esta zona, como está cerca del cementerio… Y esto realmente afea. Dicen que es para evitar las inundaciones, pero aquí nadie es bobo. Hicieron una avenida muy linda y es lógico que quieran hacer otra reestructuración.

De repente, Miriam comienza a cantar: “Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. Y seguido exclama: ¡Esta es nuestra pequeña Venecia! Esto era un canal. Yarayó lindo. Agua azulita. La gente tenía botecitos y se echaban a la mar a pescar almejas y…

Los argumentos que los otros venecianos exponen son bastante similares.

Ana Rafaela Arada: “Nos querían dar una sola vivienda y como nosotros tenemos condiciones, no accedimos. Porque nos decían que no teníamos cantidad de personas, y sí, no tenemos cantidad de personas, pero sí condiciones para que cuando mis tres hijos crezcan puedan dividir y tener lo suyo”.

Ricardo Ribeaux: “Yo les dije a los compañeros del Gobierno que si mi vivienda molestaba para el proyecto, yo no iba a frenar el desarrollo de la ciudad. Dije que estaba en disposición de irme, pero que no aceptaba apartamento. Quedé en que me hicieran una vivienda con las características de la mía. No estoy pidiendo nada más que lo mismo que tengo”.

Leonardo Sánchez: “Esto es hereditario. Es mío por derecho. Y como dice la Constitución, uno tiene sus deberes y derechos. Yo no me opongo, pero sí exijo mis derechos”.

A Miriam también le inquieta la cuestión del pago. “Es de por vida dice la gente. Nunca llegas a ser dueño de tu vivienda. Porque si me muero, el que venga sigue pagando. Y los salarios son bajos. Muy bajos. Entonces no entiendo. No entiendo”. Pero incluso sin entender, está dispuesta a derrumbar su patrimonio familiar, marcharse a otra vivienda e incrementar la deuda que ya tiene con el banco por su refrigerador. Lo único a lo que no está dispuesta Miriam Zamora es a abandonar San Pedrito. De ninguna manera quiere llamarse Tomás.

Tomás era de la mayoría que eran los cientos. Pero Tomás no era una casa precaria. Tomás era sus trece matas de aguacate y sus doce matas de mangos. Era sus tamarindos, ciruelas, plátanos, guayabas, naranjas, lechugas. Tomás no habla de la mandarria que destrozó su casa. Habla de sus matas cortadas, de sus cultivos arrasados, de tanto esmero vuelto nada. En un cuarto piso, entre cuatro paredes, con sus ataques de asma, no sabe ser feliz. Le faltan sus raíces. Y Miriam se lo nota en la cara cuando lo visita y se asusta. Así como Tomás se hace en la siembra, ella se hace en la historia.

“Y eso es lo que sucede. Como yo conozco la riqueza que tiene San Pedrito, me gustaría morirme en mi tierra, donde yo puedo hablar con claridad de qué pasó aquí, qué pasó allá. Me ennnnnnncanta… Y que sí, que se mejore la vida, pero con igualdad”.

***

No existe confirmación oficial de que la Avenida Patria fuera concebida para acoger la procesión que acompañaría el féretro del Comandante Fidel Castro hasta la necrópolis Santa Ifigenia. No existe confirmación oficial de que lo enterrarán en Santa Ifigenia. Su destino final no es de dominio público. Lo que se ha publicado al respecto no son más que especulaciones, rumores, hipótesis. Nada que se respalde en evidencias sólidas o fuentes autorizadas para responder esa incógnita.

La cobertura de medios de prensa estatales –como Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o SierraMaestra– sobre la Avenida Patria sostiene que su construcción es parte del programa por el 500 aniversario de la ciudad y se limita a ofrecer los datos elementales acerca de la obra. Que alcanza 2.7 kilómetros de longitud. Que es una ampliación de las Avenidas Juan Gualberto Gómez y Flor Crombet ya existentes y no un vial rigurosamente nuevo. Que se rehabilitaron las viviendas ubicadas en el trayecto. Que se colocaron señalizaciones, luminarias, un separador entre los dos carriles. Que comienza en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo y culmina en Santa Ifigenia.

En “Avenida Santiago”, una noticia publicada por Juventud Rebelde en junio de 2015, se cita al arquitecto Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad, explicando que “tiene el sentido de una avenida para la Patria; de ahí todo lo que se está haciendo para darle la sobriedad, la elegancia y monumentalidad que debe tener una vía histórica como esta”. Fuera de esto, no se ha explicado mucho más.

Yarielis Ferrer también confirma que es “en saludo al 500 aniversario”, y que es una inversión aparte del proyecto San Pedrito. “Que muchas viviendas de San Pedrito se beneficiaron con eso, es verdad, pero fue un proyecto aparte”.

—¿Y en qué consistió ese proyecto?
—Esa fue una propuesta del General de Ejército Raúl Castro. Una propuesta de hacer una avenida que uniera la Plaza de la Revolución con el Cementerio Santa Ifigenia.
—¿Cuándo se hizo la propuesta?
—En 2014. Y en 2014 a finales se empezó a construir.
—Y en el territorio de La Playita, ¿qué se piensa hacer?
—Como eso es zona inundable, nosotros propusimos que en la parte cercana al canal se hicieran áreas deportivas, parques, pero nosotros proponemos, no decidimos.

Lo único que se puede afirmar, sin margen de error, es que Fidel morirá algún día. Es un ser vivo y todos los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen –o no– y mueren. Es tan mortal como el más anónimo de los mortales. Más allá de ese dato básico que aporta la biología, nada más se puede afirmar. Lo otro, queda a la imaginación.

***

“Ven, ven a ver a mi papá…”, me dice Mileysi en medio de su relato envolvente sobre mudarse a Los Pinos y me hala por el brazo hasta el hombre que es su padrastro, pues como la genética no siempre hace familia, Mileysi dice que es su papá.

El Asentamiento Los Pinos es el alter ego de El Quilombo. Calle central de casi un kilómetro de largo, pendiente de asfalto, que asimilaría tres automóviles sin peligro. Edificios monocordes de cuatro y cinco niveles. Unos frente a otros: concreto versus metal. Y más de lo mismo: tanques botándose, paredes veteadas, caños tupidos, pisos con estrías, desniveles, cero losas. Incluso un chorro provocando arcoíris en la calle. Que si no fuera por la sequía que enfrenta la provincia, podría haber resultado hasta simpático.

“Yo le estoy diciendo a ella que la casa de nosotros tenía de todo”. El padre, sentado en una butaca roja, absorto frente al televisor, asiente. “Mira este piso. Mira aquello. Todo rústico. Desastre vivo”. Transmiten una de esas series norteamericanas donde hay persecuciones, patadas, música tensa, bonitas en pantalones ajustados. “Sí, Yarayó cuando se llenaba, pero nosotros vivíamos bien”. Leer los subtítulos a la distancia de la butaca demanda un esfuerzo de examen oftalmológico. “Ahora aquí estamos mejor en un aspecto, pero veo que es lo mismo. ¿Tú sabes por qué?”. El padre voltea la cabeza un instante y luego se recoge como caracol en el centro de su cuerpo. “Porque tienes que empezar a pagar una casa. Y mi papá echó la vejez allá abajo construyendo con sus propios esfuerzos. Ahora él no tiene condiciones para hacer nada. No tiene ni chequera”. La butaca roja es una maceta. El hombre, un árbol que se marchita

—Entonces, ¿cuándo fue que empezó a construir? –le pregunto.
—Hace rato de eso –responde sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué fue lo que hizo? ¿Qué construyó?
—Hice la casa.
—Hizo una vivienda de tres cuartos, con su cocina, baños, sala y comedor –aclara Mileysi–. La hizo él criando puercos.

Y de pronto, alguna palabra que lo saca de su recogimiento.

—Yo no me siento satisfecho con que me hayan desbaratado lo mío para meterme aquí, mija. Desde que me mudé estoy triste, porque yo estaba cómodo allá, criaba mis animales… Y ya no hay fuerza para echar piso, ni poner cocina. Ya no hay fuerza.
—¿Y cómo se sintió cuando tuvo que demoler?
—Todavía no me he repuesto. Desde que nos mudamos hace un mes yo no he salido. Estoy sentado viendo el televisor y pensando en la vida. Que ya uno está en un lugar tranquilo, llevando su vida, para que vengan: quítate tú, para ponerme yo.
—¿No podía decir que se quería quedar?
—No, nadie dijo nada. Querían ese terreno porque por ahí pasan carreteras, pasa esto, el cementerio… Una pila de barbaridades que hablaron.
—¿Quiénes?
—Todos los que mandan, mi vida. “Y si no quieres irte de aquí te vamos a citar para el tribunal”.
—¿Le dijeron eso?
—No a mí solo. ¿Pero qué vamos a hacer? Tribunal, ¿para qué? Si de todas formas, el que tiene el poder o el mando es el Estado. Dice que hay que irse, hay que irse.
—¿Y cómo es su nombre? Todavía no sé su nombre.
—¿Mi nombre verdadero? Rolando.
—Rolando qué.
—Maceo Santaclara.
—¿Maceo?
—Maceo. Familia del Maceo del machete. Mariana Grajales es mi bisabuela.
—¿En serio?
—Palabra. Yo no voy a mentirle. Mi papá era sobrino del general Antonio y yo soy sobrino del general Antonio en segundo lugar.
—¿Cómo se llamaba su abuelo?
—Tomás. Mi bisabuela le decía a ese sobre todo: empínate. –De acuerdo con un relato de José Martí, Mariana le dijo eso a otro hijo, pero no cuesta creer que también se lo dijo a Tomás.
—¿Y qué más le contaron?
—La historia que yo sé es esa nada más… Y así mija… ¡Qué cará! Ya está de más que uno haga comentarios, porque todos esos comentarios son cuentos. Si fueras a resolver algo… Pero no se resuelve nada.
—Por lo menos la gente se entera.
—Eso sí. Que se enteren: yo no quería mudarme de mi casa. Porque tú no sabes, mija, tú no sabes el sacrificio y la lucha que nosotros pasamos para construir. Para que entonces usted venga a última hora a decir que hay que irse. Vamos a mudar no: vamos a demoler. Es muy distinto que mudar. Vamos a demoler porque esto hace falta para embellecer el país, que esto está muy atrasado, que qué se yo qué…

Rolando Maceo vuelve a ser el hombre en la butaca roja. La butaca roja, una maceta.

“La cuestión es que ya estamos aquí. Y aquí, hasta esperar la muerte, o lo que sea. Nadie sabe. El mundo da mucha vuelta y yo he visto muchas cosas”.

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La gran mudanza

Publicado: 2 noviembre 2013 en Martina Bastos
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Una cosa rara. A las doce del día del último día, Ada Ramírez sintió una cosa rara: un escalofrío, un tirón de pecho, un dolor seco. Se quedó muda y escuchó crujir el piso de madera: pensó que aquello era un velorio. Al mediodía del 1 de septiembre de 2007 ocurrió un hecho insólito: un pueblo dejaba oficialmente de existir. Los diarios titularon: Parte la leyenda. El cierre simbólico dará paso a la clausura definitiva. La leyenda, lo que se cerró, lo que se clausuró, se llamaba Chuquicamata.

Todos le llaman Chuqui. De apellido, la muletilla constante: la-mina-a-cielo-abierto-más-grande- del-mundo. En pleno desierto de Atacama, a 1.600 kilómetros de Santiago y tres horas de la frontera boliviana, se obtiene cobre del mayor agujero creado por el hombre. Al costado, surgió un campamento que llegó a albergar 25,000 personas.

Un campamento es por definición efímero, algo que se instala hoy para levantar mañana, pasado, cualquier día. Chuquicamata era un campamento minero. Para sus habitantes, era sencillamente su hogar.

Breve historia de una quimera

En un principio no había nada. Puro peladero. Un sol alto y cerros derramados por la tierra ancha, cerros desnudos como hechos solamente de barro y viento, un viento atroz. La aridez, la perspectiva sin límites y la impresión de que el desierto fuera a rajarse de estirarse un poco más. Para el poeta Andrés Sabella: La tierra donde la piedra habla a las piedras, donde un coro de piedras va de sí hasta lo infinito. Eso era todo.

En 1912, los norteamericanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y rocas a 2,870 msnm. El viento más veloz intenso constante, la radiación más extrema, la tierra más seca; sin agua, sin caminos, sin piedad. Lejos de todo, carente de todo. La nada. Y el cobre.

Lo que vino después, más que una utopía, era entonces un disparate.

El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971. Desde entonces, la Corporación Nacional del Cobre (Codelco) es la mayor empresa estatal de la historia de Chile. Y Chuquicamata su niña bonita: un cráter de 5 kilómetros de largo, 3 de ancho y 1.25 de profundidad esculpido con la finura de un gran anfiteatro. Podríamos introducir el Central Park de Nueva York y plantarle tres veces el Empire State Building uno sobre otro: todavía sobraría espacio. Allí se trabaja 365 días al año, 24 horas non stop. Parar es caro: un minuto perdido cuesta 8,000 dólares. El minuto.

Nociones de otro mundo

Usted va a tener una casa. Y no va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar ningún combustible. Todo se lo damos: atención médica, educación a sus hijos, todos los servicios. Usted vendrá a trabajar y cobrará su plata, pero además vivirá gratis.

Cuando Chuquicamata se llenó de hombres y de máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuarenta casas miserables empotradas en el vacío como lugar de paso: imposible cubrir las necesidades que la mina requería. La compañía debía proveerse su propia logística, y levantó un campamento que terminó convertido en un cuento de hadas. Ofrecía vivienda en comodato a cada trabajador y su familia, y reproducía a pequeña escala un mundo real donde no faltaba nada. Avenidas amplias e impecables, seguridad y una comunidad unida por un vínculo común: buen trabajo y una vida social de la que todos participaban.

Muchos ignoraban que afuera existiera otro mundo.

La ruta 24 es la cicatriz de 15 kilómetros que une Chuquicamata a Calama. Los calameños son pocos. Codelco tercerizó procesos y transformó Calama –crecida hasta los 140,000 habitantes– en un macrodormitorio de población flotante.

Calama está llena de hombres solos, solos de mujer. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita del país y también el más alto coste de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Para los chuquicamatinos era Calama calamidad, un lugar sin mayor desarrollo que encarnaba todo lo negativo ajeno a ellos: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden.

Pero Chuquicamata evolucionó y aparecieron normas medioambientales que no existían en un comienzo. Aparecieron instalaciones como la fundición, proceso que emite anhídrido sulfuroso y arsénico: incompatible con un campamento donde viva gente.

La mina, además, comenzó a necesitar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar 1 kilogramo de cobre hay que sacar 100 de roca; lo que sobra, hay que ponerlo en algún lugar. Y cerca: un camión de extracción consume en un día el mismo petróleo que un auto común en dos años. El sobrante estéril se amontonaba en la periferia de Chuquicamata amenazando las viviendas.

La compañía tomó una decisión drástica: el traslado completo de la población a Calama. En la práctica, significaba enterrar una ciudad y construir otra. Pero las ciudades no son piezas de ajedrez. ¿Cómo se planifica y ejecuta un proyecto así? En algún momento, en algún lugar, alguien tuvo que decirlo:

—Señores, hay que desplazar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?

Instrucciones para mover una ciudad

Le tocó a él.

La voz es amplia y serena y llena la sala con la misma amplitud y serenidad que debió tener entonces:

—Fueron 5,000 familias.

Sergio Jarpa es ingeniero de minas y en aquel tiempo Vicepresidente de Codelco Norte. Era el hombre.

—Fue un cordón umbilical muy difícil de cortar. Esa gente ha convivido durante años. No solo trabajaban juntos: vivían juntos, se divertían juntos, se casaron entre ellos. Allí crecieron sus hijos. Los lazos eran fortísimos; costó mucho sacarlos.

Había, también, una dependencia importante de la empresa.

—Es fácil malacostumbrarse –continúa–. Y no es fácil mover 20,000 personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile.

Los mineros serían ahora dueños de sus propias casas. Codelco se encargó de construir 5,000 viviendas –una para cada familia– y asumió el 50% del coste en concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura con su iglesia.

Y a todos había que recogerles la basura.

Calama no estaba preparada para ello: el presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Luis Alfaro, director de obras municipales, hace memoria de aquellos días:

—Solo en alumbrado fueron más de 6,000 puntos de luz. Unos 10,000 nuevos vehículos impactaron al tráfico. Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso.

La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial o mantener los espacios públicos.

—Y toda esa operación –resume Jarpa– costó 500 millones de dólares.

El costo emocional, sin embargo, fue invaluable.

Anatomía de un traslado

Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández –68 años, 50 en Chuqui– estaba desayunando.

—Y ahí se acabó el desayuno.

Era el punto final al largo harakiri de meter la vida en cajas de cartón: el último día. ¿Qué vuela entonces en la cabeza? ¿Uno recuerda dejar desocupado el refrigerador, guardar las plantas, despedirse del vecino, del jardín, sacar fotografías?

No tuvo tiempo.

—Fue todo tan rápido –dice– camión, carga, entrega de llaves, arranque y de tripas corazón.

Después, como a un Cristo en procesión, su auto siguió al camión en un silencioso vía crucis a Calama.

—Todavía no la puedo querer. No consigo querer a Calama. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Para extrañarla un poco menos.

Le brota esa forma de mirar –remota–, cierta aspereza en la voz y un tintineo de plata en sus pulseras cuando agita el brazo para decir:

—¿Usted sabe que yo todavía sueño que vivo allá?

Desde el 2004, el ritual se repitió a diario durante tres años. Una por una, las familias recibieron turno para desalojar sus casas. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y las poblaciones desocupadas comenzaron a desaparecer bajo escombros.

El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo.

Hubo un momento penúltimo en el que solo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Era lo único que quedaba. Después, se perdería el rastro. Aquel día, quince autobuses con trabajadores salían de su turno. Renéjar era uno de ellos:

—Pararon todos los autobuses, la última camionada lo enterraba. Pararon todos y los camiones llegaban y llegaban. Todos lo vimos sin decir palabra. Muchos lloraron, habían nacido allí.

Epitafio para una casa

Veroska sabía lo que haría.

Compró pintura negra y brocha gorda y sobre el muro de la casa en que vivió sus 25 años, escribió: Gracias por todo Chuqui de mi vida. Estarás en nosotros para siempre.

Fue el derecho a la última palabra, un desahogo.

—Chuqui era todo –dice–. Cuando terminó, fue como si sepultaran mi infancia, mis recuerdos, mi vida entera. Es que era mi vida –y repite– mi-vi-da.

No fue la única. Los que se iban dejaban su firma en las fachadas. Era su manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

Aquí fuimos niños.
Gracias Chuquito por los años felices.
Adiós Chuquicamata, te dirán que te quisimos.
Mis mascotas descansan para siempre en tu jardín.
Los mejores años se quedan aquí.
Chuqui vive.

Mientras Ada Ramírez sentía una cosa rara, 30,000 chuquicamatinos sentían algo parecido: que estaban velando a un muerto. Aquel mediodía fue la hora fijada, el instante pactado del adiós. Habían llegado desde todo Chile y el extranjero para el evento final.

Las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Hablaron los que estaban lejos y no podían despedirse: Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Dónde vuelvo? Sus comentarios eran elegías breves: Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento, Qué feliz fui en esa mina maravillosa, Te extraño Chuquito y un escueto: Duele.

Lucho Zavala colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su casa de Calama. Le pidió el favor a un guarda:

—Le dije: Oye chatito, ¿sabes qué? El único favor que quiero pedirte es si me puedes traer la dirección de la casa donde yo vivía. Es la A-1049, está en una esquina. Ya, yo te la traigo. Y me la trajo. Y la puse ahí. Y yo entro y es como si entrase en mi casa de Chuqui.

El 1 enero de 2008 se produjo el cierre definitivo. Chuquicamata se declara zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido.

Las raíces al aire

No vuela un pájaro.

El centro histórico del campamento fue nombrado área patrimonial, y es –junto a sus barrios aledaños– lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Me acompaña Diego, coordinador de visitas.

En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, donde Diego estudió, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste, por qué? Diego escribe la suya en la intimidad de un rincón. En un aula destripada –tan solo una silla coja– el frío y correcto funcionario vuelve de pronto a lo que fue: un ser humano.

Caminamos entre árboles secos y viviendas selladas. Están ahí como cadáveres tibios. La calle fantasma es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez: las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: Aquí fue nuestro primer beso.

De tanto en tanto, Diego emite un susurro leve que erosiona el silencio mineral:

—Acá hay algo abierto.

El interior es un espacio interrumpido, atravesado por la urgencia de la partida. Quedan cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan papeles varios: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Esas cosas.

Huele rancio.

Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido –raíces muertas sobre una mesa podrida– de un bonsái arrancado de raíz.

Juntos pero no revueltos

Fue salir de la burbuja a la intemperie.

A las afueras de Calama están las villas construidas por Codelco, islas de casas color pastel con rejas altas y alarma. Allí, los chuquicamatinos se sintieron extranjeros. Los calameños, se sintieron invadidos. Más que de integración, el sentimiento fue de intrusión. Ambos eran mutuos extraños forzados a convivir.

Óscar y Blanca –chófer de extracción y su esposa– asoman apenas tras el enrejado:

—En las villas vivimos así, asustados. Cada uno en su metro cuadrado, de puertas para adentro. ¿Que yo comparta un almuerzo con mi vecino? Para nada. Eso ocurría en Chuqui. Allá todos nos conocíamos.

Venían de un lugar donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos aparcados con las llaves puestas.

La familia de Norma Salman fue una de las últimas en mudarse:

—El primer día me robaron. Y nunca en mi vida me habían robado. Dejamos las bicicletas en la terraza y forzaron el portal. En Chuqui jamás hubiera pasado.

El gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. En Chuqui todo era perfecto, no eran conscientes de que en las calles puede haber basura, perros vagos o maleantes. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Debieron aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público.

—A todo el mundo le cortaban el agua y la luz –sigue Norma–. Nos costó recordar que había que pagarlo todos los meses. Si el calefón no funcionaba, llamábamos a Codelco y venían a repararlo, se rompía un vidrio y venían a reponerlo. Una vecina fue a la municipalidad para que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso era asunto suyo.

Arriba quemando el sol

Antes, no hay nadie, la ciudad es una idea, un borrador, una intención: cualquier cosa que esté por venir. Cuando el sol calienta, Calama arranca, se llena de lagartos.

Calama tiene un microcentro y el Paseo Ramírez es el centro del centro. Allí hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar.

En la esquina él.

—Lechuga. Échate crema lechuga. Yo la uso siempre.

En Calama el frío corta los labios, amorata la piel, acuchilla el cráneo, el sol abrasa los tuétanos y los viejos saben de cosméticos. No es coquetería, es adaptación. Ya lo dijo Darwin.

Pedro Galleguillos –84 años, flaco piel y hueso, ojos tan azules: un galán– llegó a Chuqui veinteañero y pobre. Tiene tres casas y un cutis fabuloso.

La primera vez que pisó Chuqui fue a una casa. Allí vio a una niña que apenas le llegaba al pecho: peinaba a unos críos chicos. Después se fue a la Pampa, trabajó el salitre, conoció mujeres –“tan bonitas, que uno se enamoraba de ellas”–. A los siete años, volvió. Volvió a aquella casa, encontró a una señora, preguntó:

—Oiga, la última vez que yo estuve acá, había una niña. ¿Dónde está?

No recuerda dónde estaba, pero estaba.

—Esa es mi señora. Esa niña es hoy mi señora. Y esa casa está hoy bajo tierra.

Los que llegaron: venidos y quedados

En el verano de 1988, como todos los veranos, Gonzalo Cerdá llegaba a Punta Arenas –extremo austral del país– después de conducir durante cuatro días desde La Serena –en la zona central–. Viajaba con su esposa en un auto minúsculo, sin aire acondicionado, un auto que con los vientos patagónicos no superaba los 60 kilómetros por hora. Volvían de vacaciones. Cuando abrió la puerta de su casa –un apartamento que daba al Estrecho de Magallanes– vio encima de la mesa una carta de Codelco.

—La abro. Lo primero que veo es una cifra que decía sueldo base. Y esa cifra era cinco veces más de lo que yo ganaba en la Universidad.

Gonzalo era un joven ingeniero que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas. Unos meses antes, sin demasiadas expectativas, había enviado su currículum a la estatal.

—Cuando tú ves eso, te cambia el horizonte. Es decir, existe un lugar en Chile que te da la posibilidad de crecer, un futuro tranquilo, te lo da todo.

Al llegar a Chuquicamata, aquello les pareció la cresta del mundo.

—Era como estar desterrado. Así nos sentíamos nosotros.

Sin embargo –como el resto– Gonzalo generó en Chuqui una unión férrea. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él, la clave está en el aislamiento. En ese retiro geográfico solo se tenían los unos a los otros. Entre todos crearon el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo.

—Era un refugio. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de compartir, de comprobar –después de un par de tragos tal vez– ¿estás viviendo lo mismo que yo?, ¿estás echando de menos lo mismo que yo?

Los que estaban: nacidos y criados

Le dieron un ultimátum.

En la fotografía un hombre de 80 años, abatido, el rostro roto por algo que no es la edad, algo de más lejos, de más adentro. Lo supe después: era el rostro de la derrota. Es 24 de diciembre de 2007, Nochebuena, la noche última. Alcides Lira a la entrada de su negocio, La Verbena –emblema de Chuqui durante 55 años– iluminada como cada Navidad. Abrazado a su mujer, ambos miran lo que queda: poca cosa. Las luces solo para ellos. Y sus cuatro hijos. Desde la nueva casa en Calama, recuerdan en voz alta:

—Yo traje hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo, allí aprendí a patear una pelota.
—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95. Soy de algo que no existe.
—Yo trabajaba en Comunicación, me reunía con la gerencia y tenía claro lo que iba a pasar. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: Papá, el traslado va. Él dijo: No, Chuqui no se va a acabar nunca. Mi papá no creía, no creyó nunca.

Fue el último en salir. Por las mañanas armaba cajas para irse y por las tardes las desarmaba para quedarse. Cerraron Chuqui y él siguió yendo seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, y él usó baldes y velas. Los carabineros lo convencieron: No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Ande y váyase ya. Allá está su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuqui.

Chuqui-que-mata

En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 Don Alcides sufrió un infarto cerebral.

—Mi papá murió de pena.

Mario es el hijo mayor:

—Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo, mirando, le fallaba la parte emocional. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado.

La uruguaya Esther Gilio escribió: El exilio no es solo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado.

¿Se puede ser exiliado a solo 15 kilómetros del territorio natal? ¿Cuál es la distancia exacta, precisa, a partir de la cual uno queda fuera de lo suyo?

No hay lugar al que volver.

¿Cómo se transita el duelo por la parte de historia perdida, por la memoria hecha añicos, por la certeza del no retorno?

De ciertas Cosas, poco se sabe.

Que fueron.

Que no son más.

Que duelen.

Sobre la Pista de La Resistencia, uno de los ejes viales más transitados de la capital nicaragüense, se alza imponente una estatua de seis metros de altura que se trae un aire al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Ubicada en medio de una gran rotonda, levanta  sus brazos como si se dispusiera a abrazar a alguien, pero un chascarrillo regado por Managua dice que no, que los tiene levantados porque lo están atracando. Ni Cristo se libra de los asaltos en las inmediaciones de esa rotonda, la rotonda de Santo Domingo, donde empieza y termina el barrio Jorge Dimitrov.

Cuando a un nicaragüense se le pregunta por las colonias más conflictivas de su capital, por esas que nunca visitaría de buena gana, se suceden nombres como Villa Reconciliación, el Georgino Andrade, Las Torres o el reparto Schick, pero es el barrio con nombre de vodka barato, el Dimitrov, el que siempre aparece en todas las respuestas. ¿Un estigma generalizado entre quienes nunca han puesto un pie aquí? Seguramente también haya algo de eso, pero los mismos vecinos se saben residentes de un lugar especial, pecaminoso, casi maldito, el barrio nicaragüense violento por antonomasia.

Quizá en verdad lo sea.

***

Las instrucciones que ayer me dio por teléfono José Daniel Hernández sonaron tan sencillas como un mensaje cuneiforme sumerio: de la rotonda Santo Domingo una cuadra al lago, de ahí otras dos cuadras abajo y 75 varas al lago, y pregunte por la casa comunal. Vaya en un taxi de su confianza, apostilló. Pero los taxistas rehúyen el Dimitrov. Dicen que mucho asaltan, que no merece la pena arriesgarse por los 30 o 40 pesos (menos de dos dólares) de una carrera… Muchos prefieren perder al cliente. Tres he parado esta mañana antes de que uno haya aceptado a regañadientes llevarme, y la plática durante el trayecto ha sido sobre la leyenda negra que el barrio aún tiene entre el gremio. Algo parecido sucederá el resto de días.

Es julio y es martes, pasan las 2 de la tarde. Nubes grises cubren Managua pero esperarán a que anochezca.

José Daniel tiene 57 años, seis hijos y la piel tostada como un hombre de campo, aunque vive en el Dimitrov desde que se fundó. Combatió por la Revolución –estuvo en el Frente Sur a las órdenes de Edén Pastora, el Comandante Cero en la toma del Palacio Nacional–, pero ni la militancia guerrillera ni su lealtad al Frente Sandinista y a Daniel Ortega le han permitido prosperar lo suficiente como para irse del barrio. Yo aquí soy el responsable de infraestructura de la comunidad, me dice al nomás conocernos. Tener un rol en la comunidad, por pequeño que sea, parece ser motivo de orgullo en Nicaragua.

—Tengo que visitar a una señora a la que un árbol le cayó en la casa –me dice–, ¿me acompaña?

El Dimitrov es un barrio ofensivamente pobre, de esos en los que hay familias que ni pueden pagar la caja cuando alguien fallece. En casos así la comunidad provee. Dice José Daniel que con los años se ha perdido mucha de la genuina solidaridad entre vecinos, pero algo queda, y sin pretenderlo ahora se dispone a interpretarlo.

—¿Ve? –dice José Daniel al llegar a la casa de Angélica, en la que vive con su esposo y tres hijos pequeños–. El ventarral de ayer botó el palo de mamón sobre la casita y la desbarató –y en efecto, una casucha desbaratada–. Es una familia humilde, pero ya hemos pedido el material para hacer la casa a la señora.
—¿Y quién da esa ayuda?
—La alcaldía ha regalado las láminas. Llamamos al distrito, vinieron ayer mismo y nos dijeron: mañana traemos el material. Y ¡bang! Aquí está. Y ahora le ayudaremos a colocarlas. A mí me toca andar en estas vainas.

El improvisado paseo prosigue.

El Dimitrov es descomunal: 21 mil almas, según el letrero de la municipalidad ubicado en una de las entradas. Bajo una maraña de cables se amontonan las casas, una tras otra, sin que haya dos iguales. Las hay de dos plantas, bien repelladas, algunas hasta con su pedacito de acera. Las hay también  que son un montón de láminas ensambladas de mala manera, o hechas con desechos. Pero todas –todas: las plantosas, las dignas, las míseras, las infrahumanas– tienen en común que cuentan con algún mecanismo de defensa: vidrios rotos que coronan muros, rejas con soldaduras toscas en puertas y ventanas, el recurrente alambre de púas retorcido y oxidado… Las calles anchas son las únicas que conocen el pavimento, pero apenas pasan carros y se echa en falta lo demás: buses, paradas, semáforos, bancas, aceras… Las calles más estrechas de este laberinto, la mayoría, son de tierra, lo que intensifica la sensación de abandono.

—De tres meses para acá está más calmado, casi ni se escuchan balazos. Siempre hay muchachos que siguen robando porque es el billete más fácil… Si viene usted solo por aquí, lo agarran, le ponen la pistola y le quitan las cuestiones. Pero hace un año era peor, ahora se ha calmado…
—¿Y a qué lo atribuye usted? –pregunto.
—Pues a que los pandilleros más dañinos están presos, se les han recuperado todas las armas, y bueno, porque la comunidad ya no aguantaba y comenzó a bombiar. Así se le dice aquí a señalar: fulano en tal parte esconde tal cosa, fulano en tal parte esto otro, fulano esto, fulano lo otro…

La comunidad ya no aguantaba, dice. La comunidad.

***

Hay quien no concibe un relato periodístico sin un buen vómito de números.

El resumen numérico del Dimitrov diría algo así: 54% evangélicos, 39% católicos. Diría también que en el 61% de las casas conviven seis o más personas, que en el 70% de los hogares los ingresos mensuales son inferiores a 316 dólares y en el 19% no alcanzan siquiera los 106 dólares. Diría que el techo del 99% de las casas es de zinc, con paredes de concreto (67%) o de madera (14%), diría que el 84% posee las escrituras, que el 24% cocina con leña, que apenas el 18% tiene chorro de agua dentro de la casa,  que el 98% de las casas están conectadas a la red eléctrica, sí, pero el 20% son conexiones fraudulentas. Diría también que el 60% de los residentes no ha cumplido los 30 años, y que el 36% –uno de cada tres– son menores de edad. Sobre la violencia, el resumen diría que el 92% de los vecinos creen que el Dimitrov es violento o muy violento, y que cuando se les piden ejemplos de violencia, citan los asaltos, luego las peleas entre pandillas, luego las balaceras; diría también que el 24% opina que la violencia más común es la intrafamiliar, que el 64% pide más y mejor presencia de la Policía Nacional, y que el 52% cree que hay un problema real de venta de drogas, marihuana y crack sobre todo. Tan solo el 0.9% de las casas tienen acceso a internet, diría también. Y todas estas cifras son nomás una fracción de las incluidas en el “Diagnóstico socioeconómico en el barrio Jorge Dimitrov”, realizado por una ONG llamada Cantera, tras visitar y hacer encuestas en 214 viviendas entre el 9 y el 14 de febrero de 2011.

Pero el Dimitrov es mucho más que un buen vómito de números, la coraza que demasiadas veces impide escuchar los latidos de un lugar.

***

El escritor Sergio Ramírez, uno de los referentes de la literatura nicaragüense, describe periódicamente Managua, y lo hace sobre un mismo texto base escrito hace una década titulado “Managua, Nicaragua is a beautiful town”, al que le suma o le resta metáforas y datos. Lo que no ha cambiado es el tono de desdicha que da a la ciudad; tampoco el referente que usa para ilustrar las barriadas pobres y peligrosas. Managua es, dice Ramírez en la versión de junio de 2010, “un campamento de un millón y medio de habitantes, un cuarto de la población total del país. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la Revolución”.

De los que viven en lugares como el Dimitrov, dice Ramírez, hay que defenderse.

***

Roger Espinales es uno de los agentes de la Policía Nacional destacados en el Dimitrov. Es sicólogo. Entre sus funciones está reunirse a diario con los principales actores de la comunidad, también con pandilleros y sus familias. El barrio tiene fuerte presencia de pandillas, si bien esta palabra en Nicaragua tiene muy poco que ver con el fenómeno de las maras. Muy poco que ver.

En esta parte de Centroamérica la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 suenan tan exóticas como la Camorra napolitana o la Mafia rusa. Los nombres de las pandillas presentes en el barrio parecen la lista de equipos de una liga amateur de fútbol: Los Galanes, Los Parqueños, Los Pegajosos, Los Gárgolas, Los Puenteros, Los del Andén 14, Los Diablitos… El agente Espinales también cree que el Dimitrov es un lugar complicado, pero está optimista por lo que encontró a su llegada. La comunidad, dice, aún se ve relativamente bien organizada, y las pandillas tienen muy poco que ver con los monstruos que operan en los países ubicados al norte de la frontera norte.

—Lo que me sorprende de El Salvador o de Honduras –se sincerará el agente Espinales al final de una de las pláticas– es que una comunidad entera se deje dominar por 30 o 40 pendejitos de una pandilla; se llame como se llame. Es algo insólito.

En su boca, la palabra comunidad suena distinto. Suena a comunicación, a comunión, a comuna… Suena a comunidad.

***

Aletta fue el nombre con el que se bautizó en 1982 la primera tormenta tropical en el ccéano Pacífico. Entre el 22 y el 24 de mayo descargó un mar sobre Nicaragua: los muertos se contaron por docenas, los evacuados por miles, y las pérdidas por millones, en un país que apenas comenzaba a empaparse de su nuevo rol en el tablero político internacional. En Managua, una de las zonas más afectadas fueron los asentamientos de la orilla del lago Xolotlán. El agua se tomó barrios como La Tejera, Las Torres o La Quintanilla, y, tras la orden de evacuación gubernamental, cientos de familias salieron en camiones de la Fuerza Armada rumbo a un predio vasto e inhóspito, pero bien ubicado, no muy lejos de la Universidad Centroamericana (UCA).

—Aquí donde estamos ahora –dice José Daniel, el líder comunal– era una arbolizada grande. Había vacas, como que antes era hacienda o algo así, dicen que propiedad de la familia Somoza. Nosotros vinimos y comenzamos a destroncar, cada uno su parte pues, ¿me entiende?

Se repartieron terrenos de 10 por 20 metros, alineados todos, y cada quien levantó lo que pudo con lo que tenía a mano. Como comunidad en ciernes, las prioridades fueron el agua y la luz. Para el agua, adquirieron entre todos materiales, cavaron zanjas y pronto abrieron chorros colectivos. Para la energía, la embajada de la República Popular de Bulgaria, país con el que se habían abierto relaciones diplomáticas tras el triunfo de la revolución, donó la electrificación.

Sin Aletta y sin revolución no existiría el Dimitrov, al menos no con ese nombre.

—Todavía no nos llamábamos de ninguna manera, y nosotros, agradecidos con el embajador, le dijimos que eligiera el nombre de algún líder de Bulgaria. Jorge Dimitrov, dijo, y Jorge Dimitrov le pusimos, sin saber ni quién era. Ya luego nos trajeron libros y comenzamos a ver la historia de él…

Georgi Dimitrov Mijáilov (1882-1949) destacó desde joven como dirigente sindical y, tras una vida sazonada de juicios, conspiraciones, clandestinidades y exilios, el máximo líder de la URSS, Iósif Stalin, lo recompensó con el cargo de secretario general de la Internacional Comunista. Tras la II Guerra Mundial, Bulgaria quedó al otro lado del telón de acero, abandonó la monarquía, y Dimitrov se convirtió en 1946 en su primer primer ministro. Falleció tres años después, por lo que hubo tiempo para la exaltación de su figura al más puro estilo soviético. Pero en 1990 el socialismo colapsó en Bulgaria, el héroe pasó a ser un proscrito, su cuerpo –embalsamado por cuatro décadas en una urna de cristal– terminó en el cementerio general, y el regio mausoleo que lo albergaba fue demolido.

En la actualidad, fuera de Europa sobrevive una avenida Dimitrov en la capital de Camboya, otra en la ciudad cubana de Holguín, una modesta plaza en México DF, una estatua en una ciudad africana llamada Cotonou, y poco más; el barrio de Managua, claro. Por esos pliegues irónicos que a veces depara la historia, Dimitrov, el apellido del otrora influyente líder comunista, amigo y estrecho colaborador del genocida Stalin, en Nicaragua es hoy sinónimo de violencia e inseguridad.

—¿La gente sabe quién fue Dimitrov? –pregunto a José Daniel.
—No, poca gente lo sabe. De los jóvenes, nadie o casi nadie, pero creo que la mayoría de los que nos vinimos adultos se acordará.

“Mi profesor de sexto grado nos enseñó que era un guerrillero ruso que estuvo apoyando al Frente Sandinista”, me respondió un joven universitario del barrio, uno de los pocos que se atrevió a contestar.

El pasar de los años hizo más que diluir el porqué del nombre. También trajo mejoras –centros educativos, clínica, alumbrado, una rudimentaria cancha de béisbol…–, aunque a un ritmo insuficiente comparado con el bum urbanístico en los alrededores. Cuando uno mira hoy un plano de Managua, el Dimitrov está casi en el medio, un área muy codiciada. Ni siquiera este bolsón de pobreza evitó que en pocas cuadras a la redonda se construyeran el centro comercial Metrocentro, la nueva catedral, el Consejo Supremo Electoral, el hotel Real Intercontinental y hasta las oficinas centrales de la Policía Nacional. Aminta Granera, la primer comisionada, la mujer paradigma del buen hacer en materia de seguridad, tiene su despacho a unos pasos del barrio bravo de la ciudad.

***

Lo dice Naciones Unidas: Centroamérica es la región más violenta del mundo. Con esta tarjeta de presentación, cualquier iniciativa tendente a rebajar esos indicadores se antoja como un buen anzuelo para pescar en el río revuelto de la cooperación internacional. Donde hay violencia no tardan en aparecer programas que se ofrecen como preventivos –algunos incluso lo son–, para aflojar las chequeras de los financiadores europeos y norteamericanos. En este sentido, en el Dimitrov no faltan las oenegés y seguirán llegando.

El Centro de Comunicación y Educación Popular Cantera es una ONG nicaragüense que trabaja en el barrio desde hace nueve años. En un ambiente oenegero centroamericano en el que en materia preventiva prima lo efectista, de dudosa eficacia y de corta duración –semanas, meses lo más–, el solo hecho de haber permanecido casi una década en un mismo lugar pone a Cantera en un plano diferente. Su base es una especie de centro comunal llamado Olla de la Soya, ubicado en el mismísimo corazón del barrio. La coordinadora del Programa de Juventud de Cantera es una socióloga llamada Linda Núñez. Se ve más joven, pero tiene 40 años, y con el Dimitrov mantiene un vínculo emotivo desde sus años como estudiante de la UCA, cuando participó aquí en campañas de alfabetización.

—¿Sientes el barrio ahora más sano? –pregunto.
—Si lo comparo con hace 15 años, yo sí tengo un mal sabor con este barrio… Cuando llegaba como voluntaria, salíamos caminando a las 8 de la noche y nunca pasaba nada; ahorita no me atrevería. Sí, lo encuentro más violento.

El grueso de los voluntarios y del personal de Cantera es del barrio, la política de puertas abiertas en la Olla de la Soya redunda en un constante ir y venir de niños y jóvenes, avivado por el amplio abanico de opciones que se ofrece: danza, clases de inglés, fútbol, béisbol, teatro, taekwondo, fotografía… Todo gratis. El buque insignia es un programa que permite a una treintena de jóvenes aprender un oficio –gratis también–, formación que se complementa con una capacitación en valores, bautizada con el sugerente nombre de Habilidades para la vida.

Pero Linda, franca, admite que incluso en Nicaragua –que se va a los penales con Costa Rica por el título de país centroamericano más civilizado– el problema de violencia sobrepasa los intentos por contrarrestarla. Confiesa además una preocupante falta de coordinación entre las distintas oenegés e instituciones que compiten por los euros. Y por muy efectivo que sea un esfuerzo en concreto, la matemática es como un huacal de agua helada: a los programas de Cantera asisten unos 90 jóvenes, cuando se estima en 4 mil las personas entre los 15 y los 25 años de edad que hay en el Dimitrov.

—Linda, ¿se puede ser optimista con estos números?
—La realidad invita a las dos cosas: a la depresión y al optimismo. Es cierto que a veces sentís que no estás cambiando nada, porque atendés a 10 entre mil, y te preguntás: ¿hasta dónde? Pero luego comenzás a ver la multiplicación de estos jóvenes y te decís: sí, algo se puede hacer. Nunca vas a llegar a los mil, pero atender a 20 o 30 ya es algo. El problema es cuántos años llevamos de deterioro y cuánto estamos invirtiendo en programas de prevención.

***

“Para que se den cuenta, el Dimitrov está apestado de drogadictos, delincuentes de todo calibre que viven ahí, pero que operan alrededor del sector, en lugares específicos como las paradas de buses de la rotonda de Santo Domingo, detrás de la catedral de Managua y en el lugar conocido como el puente de Lata, situado unas cincuenta varas arriba de la entrada principal de Plaza del Sol”.

(Extracto del reportaje “Ruta de escape y refugio de la delincuencia”, publicado en El Nuevo Diario el 16 de mayo de 2002)

***

—… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven.

Cerca de la rodilla, cubierta por una cicatriz poco estridente, tiene una protuberancia: una bala calibre .22 que le acertaron el año pasado, que lo mantuvo dos semanas en el Hospital Lenin Fonseca, pero que decidieron no extraérsela. El joven se llama Miguel Ángel Orozco Padilla, nació en el Dimitrov, vive con su madre, su hermana y su sobrino en una modesta casa del andén 14, y cumple 17 años en marzo de 2012. Delgado, mirada viva, nariz ancha, rostro maltratado por el acné… Es un adolescente y se expresa como tal, pero para la Policía Nacional es un “joven en alto riesgo social”.

Cuando mañana comente su caso con el agente Espinales, me convencerá de que se puede al dedillo su historia y lo ubicará en la órbita de Los Galanes. El joven Orozco Padilla niega ser pandillero, dice que el balazo fue un error, que no iba para él, que hasta disculpas le pidieron los que dispararon, pero aun así ya está quemado, dice, y no puede acercarse al sector de Los Gárgolas.

—Fue por un primo mío… Vos sabés… Él sí es pandillero, y de espaldas somos igualitos… Por eso me pegaron el cuetazo… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven–. Yo venía de espaldas y escuché: allávaChus, allávaChus… Chus es mi primo el pandillero, y me gritaron: Padilla, detenete, porque así lo llaman a él, y yo me vuelvo y disparan. Y oigo: pero si no es Chus… Pero ya habían tirado.
—¿Y conocés a los que dispararon?
—Sí. Uno ya murió. El Yogi. Lo apuñalaron este año.

Hay disputas, disparos, machetazos, fallecidos incluso, pero en Nicaragua las pandillas tienen muy poco que ver con las maras, afortunadamente. La Policía Nacional las tiene bien cuadriculadas: son muy locales y raro es que superen el centenar de miembros, sin violentos rituales de iniciación, casi todos viven con sus familias, los grafitos y tatuajes de pertenencia son limitados, la actividad criminal es reducida, el uso de armas de fuego es eventual, los encarcelados no tiran línea a los que están en la libre, y –quizá la diferencia más importante– la pandilla se puede dejar cuando se quiere, sin represalias.

Seleccionado por la comunidad y becado por una oenegé, el joven Orozco Padilla estudia enderezado y pintura en el Instituto Nacional Tecnológico. Quizá algún día le arregle su auto.

***

Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya. Es un lugar espacioso en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos, su traductor y Martha Núñez, la coordinadora de Cantera en la Olla de la Soya. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el mismísimo corazón del Dimitrov.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el barrio bravo de Managua.

***

Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.

—¡A su madre, a su propia madre! –grita ella, desdentada y en pie, el pelo alborotado y canoso, gruesa como tambo de gas.

Habla de una noticia que días atrás ocupó algunos segundos en los noticiarios: un hombre de 31 años detenido por secuestrar y violar en repetidas ocasiones a su madre. Pero antes la señora ha voceado un sinfín de formas de incesto presentes en la sociedad nicaragüense: padres con hijas, tíos con sobrinas, abuelos con nietas…

El viaje se hará más pesado, más crudo, como su retrato de Nicaragua.

—… ahora cualquiera te engaña. Si vas al mercado y compras 25 libras de fruta, el del puesto por lo menos te robará 2 o 3. ¿Y los abogados? Si vas donde el abogado pa´ que te saque un reo, te saca hasta lo que no tenés de dinero, vendés tu casa y todo, pero el reo no te lo sacó… –grita la señora, grita pero no pide ni pedirá monedas–. Y así sucesivamente, queridos hermanos. Yo les sigo sacando pañales al sol… ¿Adónde queda ya que no se encuentre un ladrón? La gente dice: esos ministros son ladrones, esos gobernantes… ¡Pero ladrones somos todos, hermanos! ¡Lance la piedra el que se sienta libre de culpa! Lo dijo Cristo, no yo. Miren lo varones, los papás. Reciben un sueldo, y cuando lo reciben se van adonde las mujeres…

La voz de la conciencia en Nicaragua viaja en los autobuses públicos.

***

 Al fondo de la Olla de la Soya hay unos rudimentarios servicios sanitarios. Sobre la pared externa, como si fueran las tablas de Moisés, están pintados blanco sobre azul los nombres del primer grupo de 24 jóvenes graduados en el proyecto Jóvenes Constructores. Casi al final de la primera columna, entre Marianela y Meylin, se lee Nilson Dávila L.

Es miércoles, 4 de la tarde.

Nilson no esconde su satisfacción por ver su nombre escrito. Es el menor de nueve hermanos y tiene 22 años vividos todos y cada uno en el Dimitrov. Habita en el sector de Los Gárgolas, pero ha sabido mantenerse al margen. Nada de bróderes pero tampoco discriminación, dice. Nilson aún duerme en la casa en la que se crio –de la escuela Primero de Junio tres cuadras al lago–; la comparte con su mamá y dos hermanos, incluida Kenia Dávila L., otros de los nombres sobre la pared.

Además del aprendizaje de un oficio y de la capacitación en valores, Jóvenes Constructores incluía un componente adicional de entrega de un capital semilla para poner en marcha una microempresa.

—Nuestra idea pionera era una tortillería exprés –dice Nilson–, pero se fue modificando. El maíz subió de precio, y a mi hermana se le ocurrió lo de la pulpería. No se pudo la tortillería por los altos costos de producción, y ahora nos quedamos trabajando con frijoles y leña… Vendemos frijoles cocidos en diferentes porciones.
—Los venden preparados…
—Sí, pero sin nada del otro mundo: solo sal y ajo.

Nilson se presenta como un microempresario. Pero la venta de frijoles y leña apenas está arrancando, y para poder cubrir los gastos familiares vende enciclopedias Océano en Granada, adonde viaja un par de veces por semana. También estudia en el turno nocturno primer año de ingeniería electrónica en la Universidad de Nicaragua. Y también es voluntario de Cantera porque quiere que los niños crezcan con un mayor apego por el ambiente. Me gusta contribuir, dice.

Las historias que permiten reconciliarse siquiera momentáneamente con el género humano germinan en lugares como el Dimitrov.

—Nilson, si pudieras, ¿te irías del barrio?
—Sí, yo creo que sí me iría… Cada uno de nosotros busca mejorar en la vida, y salir es una mejoría. El ser humano es producto de su entorno. Está, además, el estigma que supone vivir aquí. Mis amigos de la universidad no se atreven a venir.

Casi todos responden lo mismo. Escapar algún día es algo interiorizado incluso entre los más comprometidos de la comunidad.

***

Reunida el 21 de agosto de 2003 en la isla de Roatán, Honduras, la Comisión de Jefes y Jefas de Policía de Centroamérica y el Caribe acordó que era urgente un plan regional contra la violencia juvenil en general, y las maras en particular. Hubo unanimidad a la hora de identificar la enfermedad, pero no el remedio. Unas semanas después de aquella cita, el gobierno de El Salvador presentó su Plan Mano Dura; Nicaragua optó por crear dentro de la Policía Nacional una Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) con un enfoque eminentemente preventivo.

El agente Espinales cumplía una década de uniformado cuando en 2005 se integró en la Dajuv. Desde entonces ha sido asignado a distintos barrios de Managua, siempre entre pandillas y pandilleros. Al Dimitrov llegó hace tres meses, pero verlo cruzar el barrio de acá para allá sobre su ruidosa motocicleta es ya estampa habitual.

—Como ya te dije, soy sicólogo. A los jóvenes de pandillas nos toca darles terapias, individuales y grupales, y también nos acercamos a las familias, conversamos, entramos en los hogares para ganarnos la confianza…

Incluidos los viáticos, el agente Espinales gana 7,000 córdobas al mes, unos 315 dólares. Yo lo miro bien, dice.

Este jueves lo he citado para hablar con más tranquilidad sobre las pandillas del Dimitrov…

—Acá –dice–, lo que nos preocupa es el semillero, ¿ya? Si en la familia hay un patrón de violencia, los niños lo heredan… Ahí tenemos que estar trabajando siempre.

La plática saltará pronto, por interés del agente Espinales, al terreno de las maras. Él ha asistido a encuentros regionales entre policías de Honduras, Guatemala o El Salvador, pero el fenómeno le interesa sobremanera, quizá porque le suena tan pero tan lejano…

—Y aquí, en el Dimitrov, ¿los pandilleros no cobran renta a los negocios, o a los taxistas? –pregunto.

El agente Espinales sonríe de tal manera que me hace sentir como si hubiera preguntado una estupidez.

—No, acá no tenemos de eso. No se dejaría la comunidad. También porque nosotros inyectamos en nuestra juventud que esa cultura no es la nuestra, que es algo extranjero.

En El Salvador, el país que le apostó a la Mano Dura, los homicidios por cada 100 mil habitantes subieron de 36 a 65 entre los años 2003 y 2010. En Nicaragua, con la mitad de policías y con una inversión pública en seguridad que en 2010 fue cuatro veces inferior, la tasa en el mismo período apenas pasó de 11 a 13.

***

Viernes, 9:30 de una mañana gris tropical.

Alrededor de una botella de vidrio de Coca-Cola –destapada, vacía– hay 14 personas en pie, un círculo deforme. Todos tienen las manos en la espalda. Una persona está uniformada y armada: el subinspector Pedro Díaz, la máxima autoridad policial en el Dimitrov. El resto son un joven ex pandillero llamado Fidencio, representantes de oenegés como el Ceprev, la Fundecom y la propia Cantera, está José Daniel, está una guapa vocal de las Juventudes Sandinistas, alguna psicóloga, dosquetres vecinos y vecinas, un periodista metido… hasta 14. Todos tienen una pita de lana amarrada a la cintura, y los otros 14 extremos convergen en un lapicero Bic suspendido en el aire sobre la botella, pura tembladera. Desde lo alto se ve como un gigantesco e irregular asterisco.

El reto es meter el Bic dentro de la botella sin usar las manos siquiera para halar las pitas.

Pegate un poquito. Halala, halala. Acercate, vos. Ganas de meterlo con la mano dan. Acercate. Ahora vos, ahora vos… El lapicero entra al fin, y se generaliza la satisfacción. La facilitadora pide luego evaluar la experiencia. La importancia de trabajar en equipo, dice una. Es bueno que haya un líder pero siempre necesitará apoyo, dice otro. Unidos podemos salir adelante, abona alguien.

—Si no trabajamos en equipo, no lograremos nada –concluye el subinspector Díaz, uno de los más entusiastas para mover el lapicero a golpe de cintura.

Han sido varios los encuentros de este tipo y alguno falta todavía. El de hoy terminará en comilona de baho, un plato típico de Nicaragua. La idea es crear una comisión intersectorial –intersectorial– de desarrollo y progreso del barrio Jorge Dimitrov, así la bautizarían, pero se quiere que arranque con bases sólidas, que el grupo inicial –jóvenes, Policía, oenegés, vecinos…– se conozca y se respete. A largo plazo, la idea es bastante más compleja que introducir un Bic entre 14 en una botella vacía de Coca-Cola. Se busca que esto sea el germen para reducir la violencia en el Dimitrov, una idea suena demasiado ambiciosa, ingenua, utópica.

Quizá en verdad lo sea.

El Pasaje Tres de la Sierra Alta es un callejón sin salida. De día sesenta metros de pendiente malempedrada se desbarrancan en una vista imponente del valle con el cerro de Guazapa al fondo: una vista privilegiada que miente como suelen mentir las apariencias. Aquí arriba no hay horizontes. Aquí arriba lo único que se impone es un silencio profundo, enquistado, oculto como los miedos viejos bajo los ruidos y voces cotidianas.

El Pasaje Tres son veinte casas con puertas metálicas siempre entreabiertas y tejados irregulares. Una antigua sede de Alcohólicos Anónimos bebe del sonido de los televisores ajenos, los pasos despistados de dos niños que buscan juego en la calle y el aburrimiento de un perro. Después, como cada tarde, Niña Elena freirá yuca o papas en la calle. Abierto al cielo, con luz de día, la primera vez que estuve en el Pasaje Tres me pareció un lugar familiar, lleno de oxígeno, habitable.

Ahora sé en qué casa vive un joven de 27 años mutilado a machetazos, y dónde vivía el taxista al que asesinaron el pasado julio. Y sé que al fondo, a la derecha, está la pequeña casa de dos cuartos en la que vivía José Noé Sánchez Ramírez con sus padres, su hermana, su abuela, su esposa, su hijo. Y un poco más acá, veo la de Michael Douglas Ávalos, el niño al que no le gustaba hacer mandados. Y aquí al inicio, la agujereada fachada amarilla contra la que los mataron a ambos.

Y unos pasos más allá, al otro lado del camino principal, me siento amenazado por las dos pequeñas mesas redondas de piedra donde se apostaron a vigilar el 3 de octubre de 2008 tres de sus asesinos, mientras los otros dos los acribillaban. Se dice que eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS o MS-13).

***

Noé creía que le habían perdonado la vida, pero no era así. En realidad nunca tuvo la certeza de estar condenado. Pero por años supo que tenía razones de peso para temer y se cuidaba con la serenidad de los que no se esconden porque se creen imbatibles y caminan por los días como si para los guapos y descarados todo dependiera de un golpe de buena suerte; con la prudencia de los que conocen las reglas del juego y saben que un as del mejor tahúr puede perder la partida frente a una bala.

—Mire, papá, uno no es que busque la muerte, uno ya tiene el día y la hora –dijo una vez.

Pero se negaba a ir al terreno que la familia tiene al final de la calle Progreso porque decía que había tenido problemas con los chicos de allá y, como el resto de jóvenes del barrio, nunca jugaba a fútbol en la cercana cancha de la colonia Buenos Aires, porque no era suya, era de otros.

Aquel viernes de 2008 Noé llegó a eso de las cinco y media de la tarde a casa. Yenson Amílcar, su hijo, cumplía cinco años pero no había habido piñata. Noé venía de una entrevista de trabajo en la fábrica Muebles Capri y le latía en el pecho una sensación de futuro. A sus 21, después de años de ocupaciones temporales, de estudiar electricidad, de aprender costura con el tesón de los que no se rinden o de acompañar a su padre a vender queso y juegos de sábanas puerta por puerta, iba a tener un sueldo fijo, seguro social, plan de pensiones. En una colonia llena de jóvenes desempleados, esa fábrica era una llave a una nueva vida que empezaba el lunes.

—Voy a ganar bien, ya no voy a andar de arriba para abajo –dijo a su padre, Don Rigoberto, que regresaba de un mal día de negocio–. ¿No trae un dólar que me dé?

Y con ese dólar se fue a jugar naipes a la calle. El cielo estaba cubierto de nubes.

—No salgás –le dijo Lissette, su esposa, mientras contestaba al teléfono–. Andás siempre afuera jugando. Dios no quiere eso.

—Ojalá que Dios no me haga entender por las malas, porque eso no lo quiero –respondió con una sonrisa cómplice–. Me voy para afuera.

—Te apurás.

—Sí, solo voy a jugar un rato.

Pasó llamando a Michael, el hijo de Doña Gladis, de 15 años. Ambos se sentaron en unos pequeños escalones a la entrada del pasaje y abrieron la partida de póquer con apuestas de unos pocos centavos de dólar.

La descarga de disparos sonó en todas las casas de todos lo que juran no haber visto nada. Lissette pensó que era el ruido de algún cohete. El resto de vecinos supo que habían matado a alguien. Eran poco más de las seis.

***

—Hoy han matado a uno de los que se dio gusto con mi hijo –me dijo Don Rigo la tarde en la que nos conocimos, en su casa, una tarde a finales de julio.

Ese miércoles, la clínica parroquial había permanecido cerrada desde la mañana y la ruta 2 de buses había trasladado unas cuadras el fin de su trayecto, para evitar problemas. Era el velorio de un pandillero de la MS, Noel, al que alguien de su misma mara había asesinado unas horas antes. Tenía 17 años y él también era un asesino.

—Era el hijo de Érika y tiene una hermana de 14 que acaba de quedar embarazada.

Me cuenta Toño, el padre Toño, como lo llaman señorialmente los parroquianos.

—Era uno de los que mataron a Noé y Michael –tanteo.

—Sí, eso dicen.

Pregunto a Toño el apellido de Noel, y mientras rebusca en su memoria tantea la mesa en busca de su teléfono celular, marca un número de su agenda y espera.

—Hola, ¿Érika? ¿Con quién hablo? ¿No está Érika? Soy el padre Toño. No, no le diga nada, ya la llamaré yo después.

Toño es un cura joven, de esos incómodos para la jerarquía eclesial porque llaman por su nombre de pila a pandilleros y ladronas y porque marcan al teléfono de la madre de un joven asesino muerto.

Es español aunque a veces disimula las zetas al hablar, y conoce las muertes de los jóvenes de la zona oriental de Mejicanos, pero también conoce sus vidas. A Noel lo conoció cuando tenía 7 años, porque los asesinos también tuvieron 7 años y en este caso un abuelo bromista. Y conoce a Érika, como la conocen todos en la zona. Porque en cada colonia todo el mundo conoce al que dispara y a su víctima, y la madre de la víctima a menudo conoce a la madre, padre y hermanos del que dispara o acuchilla.

En la Sierra Alta todos conocen a Zenaida, sobrina de Don Rigo, que se metió en el Barrio 18 con 14 años y a los 16 tuvo que embarazarse porque se lo exigió su clica al completo; y huyó, y abortó ese niño que no sabía seguro de quién era.

Saben que los hijos de la niña Felícita, Tomás y Alejandro, se hicieron de la MS y ahora están muertos; y que la hermana que queda a veces acompaña a Felícita a repartir sopa en el céntrico parque Libertad a los mendigos, pagada por un empresario de San Salvador.

—A Noel lo mató otro pandillero, Jovel. Pero él antes, en noviembre del año pasado, había matado a Josué, “Pintín”, que tenía 14 años.

Un redoble de asesinados entre miembros de la misma clica. La MS de la Buenos Aires se autoextermina con la misma soltura con que marca los tiempos en la vida de los barrios y colonias que la rodean.

Hubo un tiempo en el que enormes grafittis de letras góticas señalaban los límites del territorio controlado por cada pandilla. Hoy los miembros de la Salvatrucha y de la 18, las dos pandillas rivales que dominan la violencia juvenil en El Salvador, toda Centroamérica y parte de México, no se tatúan para no ser reconocidos con tanta facilidad por la Policía. Barrios enteros o pequeños municipios se sienten marcados sin necesidad de que sus paredes estén manchadas. Basta el asedio de enterarte cada mañana en primera persona, en la panadería, de lo que el resto del país solo sabe por los noticieros.

Toño recibe a menudo en su oficina recados anónimos, mensajes en el celular, pedazos de papel o algún croquis que le indican dónde hay otro cadáver.

—Cuando encuentras un muerto, va a haber otro. El fin de semana pasada hubo cuatro, y la semana que viene va a haber cinco.

Porque cada crimen es el comienzo de una venganza. Toño sabe –toda la comunidad sabe– que en un año han muerto cuatro de los cinco pandilleros que supuestamente estuvieron allí. Don Rigo y los jóvenes de la Sierra Alta dicen no tener nada que ver, pero cuando lo oyes por primera vez cuesta no sospechar que alguien esté saldando cuentas. El tiempo te hace cambiar de opinión. Una vez respiras la cadencia con que camina la muerte en este territorio empiezas a aceptar que la velocidad de caída de los cuerpos puede deberse a una simple razón física, porque el mundo de las maras tiene su propia ley de la gravedad.

***

Vestidos de negro, los dos pandilleros dieron el tiro de gracia a Michael primero y a Noé después. Uno de ellos llevaba la cabeza descubierta; el otro, tapada con una capucha. No tenían más de 15 años. Apuntaron con sus pistolas ya sin balas a las ventanas y puertas que vieron abiertas, y el silencio fue el sí que esperaban. Nadie reconocería nunca haberles visto. Salieron corriendo hacia la senda que lleva a la Buenos Aires. Hay quien dice que se metieron en una vigilia. Hay quien insiste en que cuando la Policía llegó y lo supo no quiso ir a buscarlos.

Michael, que había recibido los disparos por la espalda, trató de llegar a su casa. Apenas dio un par de pasos y cayó, con los naipes al alcance de la mano. A Noé lo recogieron aún con vida en el lugar en el que estaba sentado. Don Rigo pidió con desesperación un carro pero solo encontró un muro de miradas. A pocos metros había un taxi pero el dueño parecía haberse esfumado. El resto de quienes en la colonia tenían vehículo se encerraron. En el otro pasaje, Carlos, “el Garra”, ya emprendía marcha cuando llegaron a pedirle el auto. Hizo bajarse a su familia, cargó lo que quedaba de Noé y voló hacia el Hospital Zacamil. En el carro iba también Zulma, una prima de Noé.

Arriba, en la comunidad, se había desatado una lluvia tenaz y Doña Gladis, la madre de Michael, colocó una sombrilla negra sobre el cuerpo de su hijo, para que no se mojara. La Policía había acordonado la zona pero Medicina Legal tardó cerca de tres horas en aparecerse. Para cuando lo hicieron, ya casi todos los vecinos estaban en sus casas.

Cuando Noé llegó al hospital, los enfermeros no quisieron bajarlo del vehículo porque pensaban que ya estaba muerto, pero Zulma le habló entre lágrimas:

—No nos dejés.

Noé alcanzó a mover un brazo. Murió a los pocos minutos, en una camilla.

***

Doña Gladis es una mujer pequeña y vivaracha que esconde su energía detrás de un puesto del mercado de Mejicanos y su dolor tras dos ojos achinados que se ríen todo el tiempo. Diluye la ausencia de Michael en sus dos perros, en días llenos de prisa y preocupaciones rutinarias que ya lo eran hace un año, pero que ahora se levantan como un parapeto para que el día a día le permita no pensar en el día a día. Falta más de un mes y medio para que se cumpla un año exacto del asesinato pero me pregunta si el padre Toño ha dicho algo sobre los recuerdos, unas estampas de cartón impreso que Don Rigo y ella quieren entregar a quienes asistan a la misa de aniversario.

Está impaciente porque me marche, pero me muestra un recorte de periódico de dos días después del crimen. En él se dice que los dos jóvenes eran ex pandilleros en rehabilitación.

—No es cierto –dice.

No es cierto que fueran ex pandilleros en rehabilitación, pero sí lo es que Noé estuvo a punto de brincarse cuando estaba en noveno grado. El año anterior lo habían expulsado de la escuela República de Francia. Allí había conocido a Alexander, el “Araña”, un líder local de la MS, que le agarró cariño pese a que tenían un par de años de diferencia de edad.

Noé era vivo, descarado, inconforme, y buscaba opciones. Compartió horas muertas, tabaco y marihuana con el “Araña” y otros pandilleros. Vaciló con la MS, como tantos otros hacen atraídos por la violencia, que por momentos parece un rasgo de determinación ante una vida, la verdadera culpable de las desgracias. El “Araña” le dijo que no se metiera, que era un camino difícil, y él le hizo caso. Al “Araña” lo mataron a finales de 2007.

—Unos primos me lo han dicho. Incluso dicen que sí se había brincado –confirma Zulma, que vive en la casa contigua a la de Don Rigo.

Brincarse es cruzar la frontera difusa entre el dentro y el fuera de la pandilla. Y a la pandilla no le gustan las fronteras ni los que las frecuentan ni quienes tratan de regresar atrás después de haberlas cruzado. Noé creyó por un tiempo que la MS le había perdonado la vida porque se había calmado y tenía un hijo, pero en los últimos meses comentó a un par de amigos y conocidos su miedo a la ira de la MS. Es difícil, aun así, estar seguro de por qué murieron Noé y Michael.

—Fue la 18.

Moisés es, de los muchos primos de Noé, el que más tiempo pasaba con él, y cuando dice que lo mató la 18 lo hace con la seguridad de los jóvenes que creen haber vivido más que sus mayores. Quince días después del asesinato, se encontró con Walter, “el Pelón”, el líder de la MS que sucedió al “Araña”:

—¿Es verdad que mataron a “la Perra”? –preguntó usando el apodo que muchos amigos daban a Noé.

—Sí. Y todos dicen que fueron ustedes.

—En ningún momento. Yo no di orden ni autorización para que subieran a fregar aquí.

Y Moisés le cree, porque dice que Walter es “el que lleva la palabra, quien decide quién vive y quién muere”. Y porque otros vecinos le han dicho que la noche del 3 de octubre estaba entre los verdugos de negro un 18 al que todos conocen. Moisés cree que iban por otros.

—Fue como dejar un mensaje: no los encontramos, pero matamos a estos y volveremos. Y no ha quedado ahí… Por eso los mismos mareros siguen subiendo.

Siempre suben a la Sierra Alta. Pero nunca se quedan, porque aquí los jóvenes presumen de no estar en maras, pero también de ser valientes y de haberse enfrentado con ellas a pedradas y cuchilladas hace años, cuando las maras aún no eran una rueda dentada de matar. Los que hace diez años eran jóvenes en la comunidad, Carlos “el Garra”, “Calín” y algún otro que roza la treintena, tenían tres “chacas” –escopetas hechizas– y baldes con piedras escondidos por si los pandilleros se acercaban. Carlos, que llevó en su carro a Noé al hospital, tiene dos cicatrices de cuchillo y causó otras tantas. Eran tiempos de cierto tú a tú. Mandaba el cuerpo a cuerpo.

De aquella época vienen extraños respetos que hacen que los de la Sierra Alta no puedan bajar a la colonia Montreal o la Buenos Aires, pero los de allá o los de la Mónico tampoco puedan pasear por los pasajes de la Sierra Alta si no están dispuestos a recibir o dar palos o tiros. En los jóvenes de la Sierra Alta hay una fuerza desafiante que no se apaga con muertos.

—Es mejor que no sepas. Mejor no preguntes.

Le dijeron a Elizabeth, que vive en el Pasaje Dos, una vez que preguntó a sus amigos por qué la rivalidad entre los jóvenes de la Sierra Alta y los pandilleros de la Buenos Aires. Le contaron que el problema es que la MS quiere, siempre ha querido, que los chicos de la Sierra Alta se hagan pandilleros. Le dijeron que amenazan con matar a quien no se les une. Pero no es del todo cierto.

—La mara no recluta –dice Toño.

—La mara no presiona. Meterse es voluntario –dice Moisés.

Lo que le ocultan a Elizabeth es que muchos jóvenes de la Sierra Alta fueron años atrás de la Mara Gallo, una de esa pequeñas pandillas como la Mao Mao, como la Mara Chancleta, que nacieron a principios de los 90 para pelear por el control de unas pocas cuadras y acabaron sucumbiendo o siendo absorbidas unos años después por la violencia casi industrial de la MS y del Barrio 18. Ahora los mapas de municipios como Mejicanos se dividen entre zonas controladas por una u otra, y zonas en disputa. No hay más. Como mediante un GPS artesanal, el espacio se define respecto a la mara más cercana.

***

Después de la muerte de Noé y Michael hubo como seis meses de toque de queda sin que nadie lo decretara. Ningún niño o joven salía a la calle después de las cinco. Muchos se fueron a pasar una temporada a casa de algún familiar, lejos. Niña Elena no vendía comida por las tardes. Dejó de haber partidas nocturnas de cartas. Un año después, a un mes justo del aniversario, el temor ha cedido pero la Sierra Alta solo despierta a ratos.

—Esto está peor. Están subiendo más a menudo; casi todos los días. Es insoportable.

Al otro lado del teléfono, Elizabeth es más serena que sus palabras.

Días después, en su casa, me cuenta que el viernes 14 robaron el celular a Edgardo, “el Flaco”, que vive en el Pasaje Cuatro, y le amenazaron con matarlo si volvían a verlo. Esa misma noche subió sus cosas al baúl del carro de su hermano y se fue.

El día antes, el jueves 13, la madre de Elizabeth dormía en una hamaca en el patio de su casa y escuchó a eso de las diez de la noche un tropel y voces juveniles.

—Aquí pasan, aquí se reúnen esos hijos de la gran puta, aquí suelen estar como a estas horas.

Eran los de la MS de la colonia Montreal, pero esa noche no había nadie. Los jueves, de vez en cuando, un grupo de jóvenes de barrio se reúne en la calle con un monitor de la parroquia, para hablar. Durante el último año han cambiado su rutina y no tienen ni día ni lugar fijo para esas reuniones. Por seguridad. Saben que para la mara cualquier concentración de jóvenes, cualquier grupo organizado, es un adversario. Ni siquiera dejan que los vecinos de la comunidad sepan con antelación dónde y cuándo será la próxima cita. No se fían.

Porque hay una vecina que todos dicen que llama por teléfono a los mareros para avisar si los jóvenes están reunidos o dónde están los chicos jugando cartas. Y hay un joven del Pasaje Tres del que se cree que anda de novio con una pandillera de la 18. Y hay otros que se juntan con los de la MS y viven en el Pasaje Ocho. En la colonia ya nadie sabe bien en quién confiar. Cada vecino está solo, y ninguno cree en la Policía.

—Cuando te llamen, espera a la balacera y solo llegas a reconocer a las víctimas. Así no te arriesgas. Si no, no vas a durar mucho en este trabajo.

Dice una vecina que instruyeron a un primo suyo, cuando ingresó en la Policía Nacional Civil.

Los vecinos también tienen sus propias instrucciones, impuestas por la mara: “Ver, oír y callar, o vos seguís”. Y para cumplir es mejor ni siquiera mirar cuando alguna tarde pasan jóvenes con una pistola en la mano, y es conveniente que nadie sospeche que hablas de lo que no debes.

Por eso Doña Gladis, la madre de Michael, apenas me habla y teme que los vecinos sepan que soy periodista.

***

Desde el Hospital Zacamil, Carlos regresó al pasaje pero de inmediato se fue adonde un amigo a lavar el carro.

—Le tuvimos que meter el taladro al suelo del lado del copiloto para vaciar la sangre que se había encharcado, porque no había de otra manera. Hicimos cuatro agujeros con un taladro y dejamos que se vaciara. Todavía están ahí los agujeros, debajo de la alfombrilla de mi carro.

La noche en que Carlos “el Garra” me cuenta esto a pocos metros de la esquina del crimen, Don Rigo, a mi lado, de pie en la calle, llora en silencio y mira hacia otro lado. Noé llegó al hospital casi sin sangre en las venas, con la mandíbula y parte de la cara destrozada. Y su padre lo escucha, como si mi necesidad de averiguarlo le obligara a revivirlo.

La vela de Noé y Michael fue multitudinaria. Por la Funeraria López desfiló toda la comunidad, entre el dolor y la ira. A los jóvenes de la Sierra Alta les prohibieron acudir en grupo y lo hicieron en relevos, acompañados de sus familias. Les dijeron que era más seguro. Aun así, fue una noche de miedos. Corría el rumor de que iban buscando a otro más de los muchachos para matarlo.

—Decían que allí mismo andaban los que dispararon a Noé.

Cuenta Lissette con un susurro casi mecánico que parece frío, o tal vez habituado a arrastrar a velocidad constante el peso incómodo de las palabras. Me ha recibido con frialdad. No está de acuerdo con que se remueva lo sucedido. A su lado, Yenson juega en el suelo y al cabo de un rato se hace el muerto. Me pregunto si todos, de niños, jugamos a morirnos. Supongo que sí, pero nunca me pareció tan turbador.

Lissette y el niño, aterrados, se fueron de la Sierra Alta al día siguiente del funeral. Ahora están con la madre de ella cerca de la frontera con Honduras en el departamento de  Morazán o en el La Unión, no sé bien, porque temo que ella me miente cuando me dice dónde está viviendo.

La madre de Noé, Nora, tardó unos meses más en abandonar a su esposo. Lo hizo poco a poco, pasando cada vez más tiempo fuera al principio, llegando tarde por las noches después, hasta que un día ambos se encontraron en la calle y ella aprovechó para decirle que no la esperara despierto, que no iba a regresar. No soportó la soledad de no tener a Noé, el único que la defendía en las disputas familiares. Dejó a Don Rigo engrillado a una casa sin heredero, en la que hace un año vivían siete personas y ahora son solo tres, y de la que Guadalupe, su hija, se irá también en cuanto pueda.

Como pretende hacer Zulma.

—Lo que quiero es trabajar y marcharme de este sitio. No por mí, sino porque mis hijos acaban siendo un factor de riesgo –dice.

Tiene dos: uno de diez y otro de doce. Los sacó de la escuela Francia, en la que estudió ella, en la que estudiaron Noé y Michael, y “el Garra” y “Calín” y Noel y “Pintín”. Y la mayoría de los que han estado a uno de los dos lados de un cañón de pistola los últimos años en esta zona. Dice que allí las pandillas están ya hasta en las aulas de cuarto grado.

—Yo si hubiera tenido la conciencia social que tengo ahora no tendría hijos; me hubiera esterilizado. Y los amo, pero este país no es apto para tener hijos.

***

Hugo Ramírez tiene nuevo despacho. Hubo cambio de mandos en la Policía hace unas semanas y el subcomisionado Ramírez ha ascendido a subdirector nacional de Seguridad Pública. Dicen de él que es uno de los que mejor conoce a las pandillas en El Salvador, desde sus años de trabajo de campo en Mejicanos.

Me recibe cordial y comenta el último parte policial que ha llegado a su mesa: pandilleros de la MS en un vehículo le arrebataron de los brazos a su hijo a una pandillera de la 18 que esperaba turno en una unidad de salud del barrio Concepción, en el centro de San Salvador. El bebé de 13 meses apareció al día siguiente en un predio baldío de Quezaltepeque, a 20 kilómetros de la capital. Lo habían degollado con una hoja de afeitar. Se hace un silencio y me ofrece café. Dice que un amigo le ha traído un café colombiano que es delicioso.

—Hemos previsto recuperar el sistema de patrullajes porque se puede decir que hemos perdido control el territorio.

Admite cuando le pregunto por la situación actual del combate a las pandillas en el país. Asegura que las políticas de los anteriores gobiernos hicieron menos eficiente a la Policía, pero dice que eso va a cambiar. Cree que la Policía ha estado separada de la comunidad, que hay una crisis de confianza y, cuando le pregunto por la muerte de Noé y Michael, busca en sus tablas y no encuentra nada. Ni siquiera los dos cadáveres. Se quita las gafas.

—Que raro… uno en 2003, otro en 2005, en 2006 me aparecen dos… un total de cuatro, pero después no me aparecen más homicidios en esa zona. Habría que revisar.

El subcomisionado se compromete a investigar y lo hace. Un par de semanas después me llamará para confirmarme que la única pesquisa que se hizo sobre el doble asesinato en la Sierra Alta fue una inspección ocular la lluviosa noche del 3 de octubre. Desde entonces, nada. Es uno de los miles de casos que nunca se resolverán en un país que en 2009 promedia 13 homicidios diarios.

—¿Qué papel tienen los vecinos en la lucha contra las pandillas?

Ramírez, con el pelo corto plagado de canas y bigote, casado y sin anillo, levanta la cabeza y mira al techo, no se bien si esperando que en su cerebro se decante la mejor respuesta o improvisando una para una pregunta que nunca se ha hecho. Un ayudante suyo, Wilfredo Preza sale al paso.

—Es que… ¿habrá que llamarlo lucha?

Le veo intenciones de lanzarse a una reflexión sobre la prevención y el abordaje de la violencia desde las teorías del desarrollo humano sostenible. No le da tiempo.

—En la práctica es una guerra, una guerra social, no política –arranca por fin Ramírez, como callando al pupilo–. La Policía nunca ha sido un objetivo para ellos en términos e beligerancia…

—¿Y qué ha sido la gente común?

— Mientras no haya más organización de las comunidades, fuerte estructuración, presión social, ellos van a tener un papel intrascendente, de espectadores… de víctimas.

***

Los compañeros de equipo de Noé y Michael no han venido a la misa del aniversario de su muerte. Dicen que tenían partido, que no podían faltar. Supongo que alguno de ellos se habrá dicho a sí mismo qué es lo que Noé y Michael hubieran querido. No han visto derrumbarse en la última fila de bancos de la Iglesia a Doña Gladis, deshecha en llanto, casi cargada sobre los hombros de su madre y de Elizabeth, ni la han visto reinventarse en risas en cuanto terminó la ceremonia, hablando de su perrita que va a dar a luz, echándome en cara con gestos de madre que hace días que no voy a visitarla.

Don Rigo ha llegado del cementerio bien peinado, con una impecable camisa amarilla, y se ha sentado en un banco de adelante él solo, con la sonrisa de un día de fiesta, nervioso, después de haber llorado lo necesario de rato en rato durante todo el día y anfitrión ahora de la conmemoración del vacío alrededor del que gira su vida.

La iglesia está casi vacía. La madre de Noé no ha llegado, ni ha llamado en todo el día, ni existe ya en esa familia. El pequeño Yenson se ha dormido en brazos de Lissette, sentada en una de las últimas filas. Han hecho un viaje de seis horas para estar aquí pero mañana se van de nuevo.

—No podemos seguir callados ante estos niveles de impunidad; no podemos mantener la cabeza agachada.

Predica el padre Toño, sin tono de arenga. El único que asiente con evidente convicción es un seminarista aplicado que escucha a pocos metros delante de mí. Tras el “pueden ir en paz”, Don Rigo se acerca hasta donde está Doña Gladis y saluda con simpatía y sin ceremonia, como se saluda a quien se ve todos los días. Ambos comparten la risa ligera, cordial, de quienes acumulan dolor pero no se conceden el lujo de la tristeza.

Un rato después, ya en casa, un Don Rigo más sombrío ve un mal partido de fútbol en la televisión mientras Lissette y Guadalupe callan como única compañía. El niño duerme, su bisabuela también. Pasaje arriba, me despido de Zulma mientras cierra el portón de su casa. Unos días antes me había dicho, con la solvencia de la víctima.

—Cuando llegue a tocar al rico, entonces sí se va a sentir que hay delincuencia en el país. Mientras los pobres se estén matando entre sí no importa: nos van a seguir viendo como nos ven ustedes los periodistas, como un laboratorio. Pero un día sus hijos van a vivir la realidad, como la viven los míos.

También me dijo que estuvo tentada de agarrar un arma para vengar a Noé, pero no lo hizo por falta de valor y de recursos. No la detiene ningún principio moral sino la cobardía de los buenos. Supongo que por eso hay tantos jóvenes asesinos en El Salvador: porque sobran desesperados y valientes.

Son más de las siete y media. Ha llamado a los niños para adentro y va a hacer las últimas compras a la tienda de Niña Elena. Allí, siete chicos juegan a las cartas. Una pareja de adolescentes sube la pendiente agarrada de la mano. La puerta de Doña Gladis está cerrada, muda.

En la esquina siguen los ocho agujeros de bala que desde hace un año dan testimonio de la muerte de Noé y Michael. Busco en ellos con el dedo algún contacto mágico con el plomo del proyectil, con quien lo disparó, con sus razones. Y recuerdo lo que dijo otro día Elizabeth.

—No sé por qué no los han tapado. Yo ya lo hubiera hecho.

Tal vez siguen ahí porque nadie se atreve a deshacer lo que hizo la mara, esa deidad de antiguo testamento que se teme y está de alguna manera dentro de todos los de la comunidad. Miro de lejos hacia las mesas de la esquina, que reinan vacías en la Sierra Alta. Todavía se sientan allí algunos días los herederos de los verdugos de Noé y Michael. Ahí fuman como sombras, haciendo girar sus pistolas y chasqueándolas, para que los vecinos de las casas cercanas oigan ruido de metal y, aunque no los vean, sepan que están ahí.