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La mudanza

Publicado: 27 septiembre 2016 en Mónica Baró
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“La independencia de un pueblo consiste en el
respeto que los poderes públicos demuestren
a cada uno de sus hijos”.
José Martí, “Carta a J.A. Lucena”, 1885.

—Me mudaron porque dicen que les hace falta el lugar. Les hace falta el lugar porque van a hacer un trabajo de no sé qué cosa.

Vicente no se conforma. Ni Orestes. Ni Rolando. Agradecen las buenas intenciones de quienes los mudaron a ellos y a otros cientos. Se alegran por los cientos que en pocas horas desarmaron eufóricos sus viviendas, que canjearon montículos de maderas por la llave de un apartamento, o por las llaves de varios apartamentos. Porque era dando y dando: ruinas por llave(s).

La mayoría que eran los cientos no tenía la menor idea de cómo era lo que abría la llave prometida. Hubo quienes ni siquiera visitaron la vivienda a la que iban a mudarse antes de destruir la propia. A veces los custodios que las cuidaban no disponían de llave para mostrar, en caso de que aparecieran candidatos exigiendo ver. No podría decirse que no era parte del trato, pero tampoco que era parte del trato. La inspección previa quedaba en ese limbo de lo que no se prohíbe ni propicia. Muy pocos fueron y echaron su ojeada. A inspeccionar, nadie con quien hablara. La mayoría que eran los cientos tenía el tipo de vivienda que se destruye sin dubitaciones ante la promesa de una llave inaugural, o varias llaves inaugurales. Lo malo conocido era lo suficientemente conocido como para saber que era mejor cualquier bueno por conocer.

Vicente no era de la mayoría que eran los cientos. Ni Orestes. Ni Rolando. Sus casas costaron mucha mandarria destrozarlas. Brigadas musculosas que se beneficiaron directamente o ayudaron al beneficio ajeno. Solo Vicente tuvo fuerza para dar golpes de hierro y ablandar el concreto. Toda una vida de canto y baile trae sus bendiciones. Con 61 cumplidos, su cuerpo todavía puede destrozar la casa construida con casi toda una vida de canto y baile. Orestes y Rolando acumulan más experiencia. La sumatoria de ambos da 172 años. A uno le resta salud la próstata; a otro, la columna. Es decir, el tiempo royendo los huesos. Ninguno de los dos pudo alzar una mandarria y reventar una pared. A la casa de Orestes la sacrificaron albañiles amigos de un hijo suyo mediante una especie de saqueo convenido: no cobraron un quilo pero se quedaron los restos. Ninguno de los tres se acostumbra a mirar el tamaño de su ausencia en el lugar.

Nadie sabe, con seguridad, qué cosa se va hacer con el lugar.

Vicente, Orestes y Rolando son minoría. Pero no los únicos. Hay otro Vicente, otro Orestes, otro Rolando, que se llama Tomás. Hay una Miriam que no se ha mudado porque teme llamarse Tomás. Y hay otros nombres distintos que podrían llamarse Vicente, Orestes o Rolando. También Miriam. Todos, aún, son minoría. Por suerte, residen en un país donde se afirma que las minorías importan.

***

Siete años atrás.

El lugar es La Playita. Reparto San Pedrito. Provincia Santiago de Cuba. La Playita es el seudónimo de un desastre. Puro sarcasmo. Aquí no hay playa ni nada similar. Al lugar lo bautizaron así porque suele inundarse con lluvias intensas. Porque es zona baja y lo atraviesa un río de aguas podridas con reputación de zanjón, pero que es un río y su nombre es Yarayó, aunque desde hace décadas lo traten como cloaca, por las conexiones clandestinas de demasiados hogares al drenaje pluvial.

Este es uno de los primeros paisajes que se le descubre a la ciudad si se entra por tierra: tras pasar la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, descendiendo por la Avenida Juan Gualberto Gómez, justo frente a la terminal de ómnibus, a menos de un kilómetro del Cementerio Santa Ifigenia.

La Playita –circunscripción 37 del Consejo Popular Mariana Grajales, en jerga administrativa– es otro barrio insalubre dentro de ese otro barrio insalubre que es San Pedrito. Su trama es caótica, desfigurada. Un diálogo contradictorio entre necesidad, pobreza y emprendimiento. La gente sabe resolver el diario. Sea por vías lícitas, no tan lícitas pero toleradas, o incuestionablemente ilícitas. El diario. Esa es la máxima que rige todo el diseño. La espontaneidad como respuesta a problemas coyunturales. Crece un hijo, se casa, nace un nieto: un cuarto de tablas al fondo del patio. Y si hay casa de mampostería y placa libre y se resuelve mejor: un cuarto de bloques en los altos.

La población supera la cifra de 1.400. Se acomoda en un aproximado de 500 viviendas. No todas se respaldan con título de propiedad. Algunas tampoco parecen viviendas. Desde inicios de los 60, San Pedrito es zona congelada. Congelar es una metáfora para restringir. Y es muy acertada. Quienes habiten bajo congelación no pueden construir, ni permutar, ni vender, ni etcétera. Su movilidad queda reducida. Esa es una política frecuente para enfrentar barrios insalubres, o ilegales, o ilegales e insalubres. Se espera que así no se expandan. Aunque, en ocasiones, la política no responde solo a un optimismo invertebrado sino, además, a una acción simultánea que fundamenta la congelación. Tal fue el caso, una vez, de San Pedrito.

Desde siempre, San Pedrito ha carecido de sistema de alcantarillado e instalaciones hidráulicas apropiadas. Una red de zanjas se encarga de las operaciones albañales. Hay un recuerdo que conserva una memoria de 81 años, Miriam Vicet, otra Miriam, que habla de inundaciones en 1948. Ya en esa época había casas. Y antes de esa época. Desde principios del siglo XX, San Pedrito existe y con bulla. Montó una conga que le trajo fama, que era competencia dura. Cuando arrancó 1959, ahí no quedaba de qué asombrarse. Se conocía hasta los tuétanos. Incluso lo premiaron por su contribución a la gesta revolucionaria, fundando en casa de Maíta, Guardado No. 60, la primera delegación de barrio de la Federación de Mujeres Cubanas en la provincia, en agosto de 1960. Vilma Espín, presidenta de las federadas, lo visitó tres veces.

En 1963, el trauma Flora aportó al país un mapa siniestro de vulnerabilidades. La zona oriental, por donde el huracán se entretuvo, quedó hecha un harapo. Fue como si algo hubiera agarrado a la isla por la cola y matraqueado con ella hasta descoyuntarla. Fue toneladas de lluvia. Fue inundaciones. Fue 1.126 muertos. Fue 11.103 viviendas desaparecidas y otras 21.486 con daños. San Pedrito, en especial La Playita, se convirtió en la Atlantis del Yarayó. Y el Gobierno fue y vio el horror y decidió mudar.

El destino iba a ser el Microdistrito José Martí. Un asentamiento que se construía con el sistema Gran Panel Soviético (GPS), gracias a una planta de prefabricación donada por los camaradas de la Unión Soviética a la Cuba post-Flora. La decisión parecía más definitiva que una carta astral. A muchas personas las compulsaron a vender sus muebles, porque los apartamentos nuevos venían amueblados y esos armatostes antiguos no les iban a caber. No les iban a hacer falta. Muchas personas vendieron sus muebles. El padre de Cecilia Oriz, de la calle Antúnez, vendió todo y dejó solo las camas donde dormía su familia, porque ya estaba entrevistado, con planilla hecha y numerito en la puerta. Congelaron la zona. Se paralizaron obras de ampliación y reparación. ¿Para qué construir si van a mudar? El asunto parecía bastante serio. Las federadas organizaron trabajos voluntarios y fueron a limpiar y las niñas ayudaron a sacudir. Cecilia fue a sacudir. Las viviendas las iban a entregar listas para vivir. Era solo mudarse. Ni siquiera había que cargar muebles. Pero la ilusión duró poco. Los encargados del otorgamiento ejecutaron un acto de prestidigitación, no se sabe si por iniciativa propia o por órdenes superiores, y empezaron a cubrir las miles de capacidades con gente que aparecía de cualquier parte. A quienes quedaron atrás en la cola, no les explicaron razones.

Al final, lo que cuentan son los hechos. Y el hecho es que los habitantes de San Pedrito no se mudaron a ningún lugar. Aquello no fue más que un reality show. Las viviendas martianas las limpiaron y sacudieron para otros. Las que le tocaron al barrio se podrían contar con una mano. Nadie se olvida de los elegidos que se marcharon, ni de quienes montaron su tinglado en el terruño disponible, ni de quienes agarraron un pedazo para sembrar hortalizas. Ahí se quedaron con su conga, su Yarayó, su delegación primogénita, sus numeritos en las puertas. Muchos, sin muebles. Congelados todos, con el argumento de que todavía los iban a mudar. Hasta que en 2009, más de 40 años después de aquella premonición de mudanza, los astros se alinean de manera insólita.

El Partido Comunista de Cuba (PCC) barajea la política nacional y en la repartición a Santiago le cae un As. El maestro Lázaro Expósito, un cuadro con la rara cualidad de ser más líder que cuadro, es designado primer secretario en la provincia. Le precede la legitimidad que su trabajo le ganó en Granma, donde ocupaba el mismo cargo desde 2001. Lo respetan primero porque sus resultados son visibles y ponderables, segundo porque su militancia no se agota en reuniones, tercero porque la gente siente que no ha dejado de ser parte de la gente. Pero Santiago es, en todos los sentidos, una bola de fuego. Lo que para La Habana es rebeldía, para Santiago es mero desparpajo, un performance. Y a pocas semanas de oficializarse en la ciudad, el As debuta en el juego.

Unas intensas lluvias activan el Consejo de Defensa Provincial. Asume el mando. Se inundan comunidades en distintas regiones de Oriente. Se inunda, por supuesto, San Pedrito. Se hunde, o emerge, La Playita. Para no perder la costumbre, habrá periódicos que priorizarán la historia de la sequía aliviada y los embalses recuperados. Sin embargo, para La Playita, por ejemplo, será la historia de más pérdidas, del petróleo manchándolo todo, de las zanjas vomitando inmundicias, del Yarayó desbordando sus aguas podridas, de las costras de fango, de la piel restregada conluzbrillante (querosene) para quitar el petróleo. En medio de la desgracia, el primer secretario se presenta en San Pedrito. Les ve la cara a sus dolores. Conversa, no discursa. No utiliza la calamidad de tribuna. Y sus palabras se acogen con esperanza.

A partir de este momento, el año de las inundaciones será el año en que entró Expósito a Santiago y el año en que entró Expósito a Santiago será el año de las inundaciones.

En 2010, empezará el proyecto. Se reactivará la mudanza.

***

Vicente se hizo el hombre que quiso ser en La Playita. De niño fue un callejero consagrado, sobresaliente. La calle fue su talento. Pero no lo malgastó. La calle, ese oráculo subestimado, retribuyó la lealtad. Le reveló lo que debía hacer con su vida antes de alcanzar una edad sensata para preguntárselo. Hay muchas materias que la escuela no imparte, muchas respuestas debajo de las piedras. La base de su formación es una música, una cultura, tan esencial como arrabalera: la rumba. “Miraba y me gustaba y me metía y bailaba y así iba aprendiendo cosas”. Y con la rumba, un poco más profundo, lo afrocubano. Y el tambor batá y el cajón y el palo y los caracoles. De ahí resultó Vicente Portuondo, de una simbiosis entre fe y vocación, que agregó al título de callejero los de bailarín, percusionista, profesor.

La casa a la que iba gente buscando sus criterios profesionales, para entonces ya había prosperado de tablas a bloques, se había convertido en la de cuatro hijos y cuatro nietos y se había expandido para acotejar a la familia multiplicada. “Tenía cinco cuartos. Piso de granito. Clósets. Cocina azulejada. Arriba y abajo placa. Patio enlajado”. Era de una enormidad sin pretensiones, humilde como su entorno, pero resistente a lo que la naturaleza deparara. Cuando el demonio de Sandy atacó la provincia en octubre de 2012 y eligió el viento como arma de destrucción masiva, Vicente permaneció impasible bebiendo vino. Estaba seguro de las paredes y el techo que lo guardaban. Tampoco hubo inundaciones como las de 1963, ni como las de 2009. Meses antes, al canal del Yarayó le habían ampliado las medidas y extraído sedimentos malignos. El río no estaba curado, pero al menos había mejorado su digestión de residuos. Por eso a Vicente le costó entender por qué debía demoler una vivienda que con el huracán no había sentido ni cosquillas. “A mí no me sacaron por Sandy. A mí me sacaron porque a ellos les hace falta el lugar para el proyecto”. En el patio, además, procuraba el sustento familiar criando animales: chivos, ovejos, gallinas, gallos, caballos. Mudarse no suponía un simple cambio de casa sino de vida. Si accedió a irse, fue porque no pudo elegir quedarse.

Los dos apartamentos que le otorgaron en el Asentamiento Yarayó II tuvo que lucharlos. Al principio, ellos, los del proyecto, solo querían otorgarle uno de tres cuartos a cambio de sus escombros. Pero no era justo y protestó porque sus escombros serían de cinco cuartos. Había una esposa, un hijo mayor, y una hija con dos hijos y esposo. No se iban a apretujar en tres cuartos. Los del proyecto aceptaron y concedieron el segundo. “Prepárense que en cualquier momento pueden irse”, dice que les dijeron. El cualquier momento sucedió el 29 de octubre de 2015, que lo anunciaron con casi una semana de anticipación para que despejaran el terreno.

—La casa uno es el que tiene que desbaratarla. Y en el caso mío yo empecé cuatro o cinco días antes porque, ya le dije, mi casa era arriba y abajo.
—Y usted, ¿cómo se sintió? –le pregunto.
—Ah, mija, ¿cómo me voy a sentir? Mal. Todavía estoy mal. No me adapto aquí. Estoy adaptado a tener animales para comer. Aquí no puedo tener ninguno. Y me los robaron casi todos el día antes de venir. Me robaron cinco chivas preñadas. Me robaron un caballo. Que el caballo yo vi cuando me lo llevaban y corrí detrás de la gente, pero tuve que dejar que se fuera porque ya yo estaba durmiendo al aire libre y tenía la cama afuera, el frío… Esto a mí me dejó pérdidas por donde quiera.
—¿Y por qué había que demoler?
—Lo que se dice es que ahí va una avenida, que creo que llega hasta la tumba del Comandante. Esos son los comentarios. Que la carretera tiene que pasar por ahí, que van a fabricar, que no sé qué. Yo lo que sé es que había que irse obligado.

A pesar de las inconveniencias, Vicente fue uno de los primeros en ocupar el edificio donde vive. Se lo entregaron totalmente nuevo. Tanto, que no lo terminaron. Entiéndase que Santiago de Cuba es una provincia en fase de recuperación. Las ráfagas de Sandy acribillaron el fondo habitacional. El 51 por ciento de lo que fuera. Afectaron 171.380 viviendas, derrumbaron 15.889 de las 171.380 (“Ciudad que retoña”, Bohemia, No. 6, marzo de 2013). Hay un programa constructivo acelerado que responde a esa contingencia, que apoyan brigadas de otras provincias y hasta Ecuador y Venezuela. Hay un Plan General de Ordenamiento Urbano, aprobado en mayo de 2014, publicado, en síntesis, por el Instituto de Planificación Física, que fija la meta de crear 29.400 en la provincia con plazo hasta 2025. Entiéndase que no se puede perder tiempo en nimiedades como pegar lozas, nivelar pisos, colocar puertas. No importa que la producción de materiales indispensables para las obras no concuerde con lo planificado. De Santiago nunca se espera menos que heroísmo. Los pueblos heroicos no sustentan planes en el análisis de sus posibilidades sino en la fe en su capacidad de esfuerzo y sacrificio. Esfuerzo y sacrificio han permitido recuperar 62 por ciento del fondo habitacional en tres años. Porcentaje que, según el periódico Sierra Maestra, incluye “105.800 soluciones para derrumbes parciales y totales”. De todas esas soluciones, las que registró la Oficina Nacional de Estadísticas como “viviendas terminadas” por el sector estatal civil en su último anuario de la ciudad fueron 2.254, en 2013; 2.685, en 2014. Las de 2012, por curiosidad: 1.417. Y al concluir 2015, el presidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular, Reinaldo García, informó que 2.632. Entiéndase que ninguno de estos números debería aparecer en la historia de Vicente. Aunque lo montaron en el mismo tren de los damnificados, nunca mereció ese boleto. Y de Flora, ya hacía bastante que se había recuperado.

No es que Vicente sea un hombre ingrato. Es un hombre que aceptó una ayuda en contra de su voluntad. En lugar de preguntarse si su inconformidad clasifica como ingratitud, habría que preguntarse si la ayuda clasifica como ayuda. Hay que disculparle que no salte de alegría en un solo pie. A sus 61 años, cuando ya no cuenta con el recurso de los aplausos, ni el socorro de sus animales, debe volver a construir. “A esto hay que hacerle muchas cosas. Te la dan con este piso, pero este piso no sirve, es cemento que le derriten ahí, le pasan la cuchara y lo pulen un poquito. Los cuartos vienen sin marcos, sin puertas, sin clósets. Es una casa para resolver y sacarnos del lugar”.

De tan nueva que la dan, la dan hasta sin acceso al agua. En enero de 2016, cuando ya casi todos los edificios del asentamiento se encuentran pintados y ocupados, es que se rompe para el hueco de la cisterna. “Es desde las cinco de la mañana: pa-prrrr-ta-pa-pa-pa…”. Las ventanas de la sala de Vicente, en planta baja, se abren a una loma de arena. Las paredes exteriores de su vivienda muestran grietas y golpes. En la pintura, arañazos. “Esto es una falta de respeto”. Una vez cada no se sabe cuánto, mandan un camión abastecedor de agua. Dos veces, desde el 29 de octubre. No obstante, ya esas viviendas las avalaron colocándoles habitantes y pasaron a engrosar la fila de terminadas en 2015.

—Hay muchas personas que sí se favorecieron porque nunca fabricaron y vivían sin nada –reconoce Vicente–. Es como se dice: en casa del ciego, el tuerto es rey. Pero ese no fue el caso mío.
—¿Y la zanja a usted no le afectaba?
—Mija, nosotros estábamos adaptados a la zanja. El problema es que esa zanja es un río. Ahí antes la gente se bañaba, pescaba. Y lo hicieron el desagüe de la ciudad. Pero la zanja para mí… Casi yo me sentía mejor que en esto. Nunca me enfermé, nunca padecí de nada, y desde que estoy aquí no se me quita el catarro.

Si Vicente se hubiera llamado Ramona, no hablaría de la mudanza con amargura. Ramona Guevara es de la mayoría que eran los cientos. Desbarató unas horas antes de mudarse, el mismo 21 de noviembre de 2015. “En La Playita vivía muy mal. Casa de tablas, en lo más bajo, como a una cuadra del río”. Le entregaron tres llaves. Una para su hijo, que tenía un cuarto en el patio con su esposa y dos niños. Otra para su exesposo. Otra para ella y su hija. “Aquí me siento muy bien porque nunca imaginé tener esto. Pensé morirme en mi casita vieja sin poder comprar nada, porque todo se perdía en las inundaciones”. Su principal preocupación es un muro que queda a pocos metros de su puerta, donde se sientan hombres a beber y hablar cosas que ella preferiría no escuchar. Por eso piensa ir a ver a Expósito, para que mande a enterrar unas cabillas en el muro y nadie más pueda sentarse. Sin embargo, a Vicente le tocó llamarse Vicente. Su principal preocupación no son las conversaciones despelotadas que el ron estimula.

—Algo que me está golpeando a mí fuerte es esto que voy a decir: la propiedad de mi casa la tengo ahí, más de setenta años, por mi mamá. Ahora me dan dos casas. Yo pienso que yo pague una sola, que yo no tenga que pagar las dos.
—Pero si la suya estaba pagada, ¿por qué tendría que pagar las que le dieron?
—No… pero hay que pagar. Es obligado así. Todo esto yo tengo que pagarlo, me dicen. Entonces voy a ir adonde tenga que ir, porque si pago, pagaré una de las dos. Si a mí me quitaron una casa más grande. ¡Qué pasa compay!

***

El Quilombo es la idea original del asentamiento donde reside Vicente. Lo denominaron Asentamiento Yarayó I, pero nadie se identifica con esa denominación. El Quilombo sugiere más espíritu, más carácter. Algo con mayores posibilidades de despertar sentido de pertenencia. Un intento quizás por reconocerse en lo nuevo. Porque la gente todavía no se apropia del espacio. Como si no pudiera creer la realidad donde pisa. Las viviendas permanecen demasiado desnudas. El cemento es pornográfico. Permanecen, además, amnésicas. No revelan conflictos, pérdidas, romance. Les falta acumular historia, obvio. Pero les falta, sobre todo, la predisposición a la historia. A casi dos años de ser habitados, muchos apartamentos en El Quilombo lucirán como lucen hoy muchos apartamentos en el Abejita Laboriosa a casi dos años de ser habitados. Es la misma ajenidad. Sus habitantes usan las casas como un traje al que no le cortan la etiqueta. En San Pedrito quedan hogares vulnerables que palpitan con más energía.

Conozcamos a María Antonia. Un término medio entre la minoría y la mayoría que eran los cientos. Se siente bien, pero está inconforme: desde hace siglos se advierte que somos criaturas complejas y contradictorias. “Porque nos entregaron esto con defectos y no ha venido más nadie”. María Antonia vive y muere poniendo parches en el piso que se rompe. “El problema del agua. Hoy estamos secos. Sí, tenemos cisterna, pero no hay motor”. Y no pueden pasarse el día entero cargando tanquetas. “No digo que estoy mal, porque me siento feliz”. El problema son las situaciones que no han arreglado desde que se mudaron hace dos meses. “No, antes de tumbar nosotros no vinimos a ver”. A ellos les dijeron se mudan y ellos se mudaron. “Porque necesitaban el terreno”. Y todavía queda gente allá abajo que no se ha ido porque no acepta las ofertas que le han hecho. “Esa gente está pidiendo lo que necesita. Porque en la vida real, ellos se van a quedar con el terreno de nosotros y nosotros tenemos que volver a pagar esto”. No es que sea una mujer ingrata. María Antonia Bandera es una mujer que aceptó una ayuda que no fue incondicional. “No, todavía no me han dicho cuánto es. Pero yo sé que tengo que pagar. Y mi casa estaba pagada y era más grande”. No se equivoca. Deberá volver a pagar.

Mariela es otra de esas criaturas complejas y contradictorias. “Sí, yo nací en La Playita y tengo 49 acabados de cumplir. Así que imagínate cuántos ciclones pasé allí”. Los ciclones en La Playita eran lo más malo, lo más malo del mundo. “Bien afectados estuvimos bastante tiempo”. Su familia creció hasta doce y su casa hasta cuatro cuartos. “Aquí nos dieron tres viviendas”. Y a un hermano suyo ya le habían dado una en 2012, antes de Sandy, con piso de losas, baño y cocina de losas, clósets. “A nosotros no. A nosotros nos mataron como a los machos. Esto es una mierda lo que han dado. Y tenemos que pagarla”. Si hubiera sabido esto, ella no hubiera roto su casa. “Pero ya cuando tú rompes tienes que ir para donde te metan”. Se desesperaron. Llevaban dos meses: que se van hoy, que se van mañana, y con todo empaquetado. “Demoler la casa fue lo más grande. Mi hermano desde las cuatro de la mañana trajo una brigada que se favoreció de los materiales. Nos desbarató la casa y se llevó los bloques, unos pisos buenos que mi papá había puesto…”.

El papá de Mariela es Orestes. Orestes Guillart es una miniatura de 89 años con bastón, sombrero y botas de niño, que todavía sonríe cuando le sacan fotos. Mariela lo trata a ratos como un muñeco. Lo manda a callar, le prohíbe esforzarse. Lo quita, lo pone. Siempre, como una reliquia. Es su manera de cuidarlo. Las preguntas para Orestes, ella las responde o completa. Explica que hasta el final su papá no quería romper su casa. “Su casa que él la hizo. No quería, no quería, no quería. Él nunca quiso venir para acá”. Pero los hijos lo convencieron de asumir el sin remedio. “Mi mamá y mi papá eran propietarios, pero si el Estado necesita… El Estado es el que manda”.

—¿Y por qué estaban haciendo la mudanza? –pregunto a Mariela.
—Ay no sé… No sé si es por la cercanía de nosotros del cementerio… Cuando se muera Fidel Castro eso tiene que estar verde desde allá hasta acá. Yo pienso que por eso es que nos mudaron. Eso es lo que comentan las personas.
—Que es para hacer la avenida.
—Para hacer la Avenida Patria.
—Pero nunca se lo dijeron así en ninguna reunión.
—No. Nunca nos dijeron por lo que era. Que se necesita ese pedazo y a todo el mundo hay que mudarlo, pero los motivos, nunca los he sabido.

El hermano de Mariela que trajo la brigada que desbarató la casa que construyó su padre, trabaja como pintor en la Avenida Patria. Eduardo ha hecho mucho por esto. Integró el Contingente Héroes del Moncada, el Contingente Ho Chi Ming. “Yo sí tengo qué contar”. Su ruta como pintor y auxiliar de albañilería es la ruta de las construcciones monumentales en Santiago de Cuba. Entregó el Mausoleo José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia, la Plaza de la Revolución, el Teatro Heredia, la Sala Polivalente. Y ya entregó también la Avenida Patria. Nunca ha hecho ni ha entregado nada él solo, pero siente muy suya cada obra. Eduardo ha sentido mucho por esto. Ahora con la mudanza siente gratitud, y con la Avenida Patria, orgullo. “Gracias a la Revolución, tengo lo que tengo. Jamás en la vida yo iba a pensar tener un apartamento”. Ya hizo su clóset, el de su mamá, porque a él le tocó con sus padres. “Poco a poco. Hay que sacrificarse”.

—Y en la Avenida Patria, ¿hace cuánto que trabaja?
—Desde que empezó la Avenida Patria. Yo empecé en la Plaza de la Revolución.
—¿En qué año?
—En el 2015. Hace un año.
—¿Y qué pinta?
—Las fachadas de lo que es toda la Avenida Patria, desde la Plaza de la Revolución hasta después del cementerio, hasta la barca de oro, que es el tramo siete. El tramo uno es la Plaza de la Revolución.
—¿Y cada qué tiempo pinta?
—Ahora mismo estamos repintando lo que se hizo hace nueve meses, un año. Ya yo empecé de allá para acá.
—Está pintando por segunda vez.
—Por segunda vez.
—Las fachadas.
—Las fachadas. Lo que hicimos, lo estamos haciendo de nuevo. Eso se llama re-pin-tar.
—Y esa avenida ¿para qué la hicieron?
—Esa Avenida Patria tiene mucho sentido. El día de mañana, cuando suceda lo que va a suceder, van a venir cientos de presidentes, porque están interesados en conocer Cuba. Cuando suceda lo que va a suceder. Que Dios me lo libre, porque yo soy fidelista. El día de mañana, cuando él caiga, como cayó Hugo Chávez, un ejemplo, esto va a ser lo más grande. Entonces por eso se empieza la Avenida Patria hasta el Cementerio de Santa Ifigenia. Eso va a ser lo más grande de la vida. Como Lenin en la Unión Soviética.

La casa que construyó Orestes comprando bloque por bloque y con un crédito del banco no era lo más grande de la vida, pero era su casa. Y una parte de su vida lo justamente grande como para no querer derribarla. Orestes era operario de máquinas soviéticas empleadas en la construcción y conocía los métodos y proporciones que garantizan la solidez de una obra. “Manejar el equipo y graduar el agua para poder hacer un concreto con calidad. La fundición para la placa y los pisos. Ese era el trabajo mío”. Hoy mira a quienes construyen asentamientos como El Quilombo y se ríe. “Hacen las cosas como quiera”. Tampoco consigue adaptarse. A él le gusta estar amplio. “Yo tenía lugar para 17 machos. Mis pollos. Gallinas”. Y aquí no los puede tener. “Vamos a ver cuando acaben esto cómo es la cosa, si se puede tener un corral fuera, que tú lleves la comida allí y los atiendas”. Extraña su patio. “Sí, sí, cómo no”. No quería demoler. “No, hija, no. Fíjate que desde que me mudaron, allá no he vuelto más que un día”.

***

—Entonces tenemos que pagar 10.000 pesos, como si esto estuviera enchapado y pintado.
—¿Y usted era propietario?
—Sí. Y nos dijeron que los propietarios íbamos a pagar la mitad del precio. Pero no cumplieron.
—Tienen que pagar los 10.000 pesos.
—Diez mil pesos valoraron así: ¡pum! Y yo digo: “Señor mío, aguanta un momento, yo soy jubilado, ¿de dónde voy a sacar?”. Que si tienes que buscar codeudor… Y nadie me quería servir de codeudor. Ahora, después de varias protestas, arriesgándome a otro infarto e incomodándome por la situación que estoy viviendo, es que me han permitido ajustar 50 pesos de mi propia chequera para el pago de la vivienda.
—¿50 pesos mensuales?
—Sí, por encima de 50. No me especificaron.
—Y su chequera, ¿de cuánto es?
—Es de 200 pesos.
—Y tiene que pagar el refrigerador.
—Ajá. Estoy pagando el frío. Lo que me quedan son 143. Ahora cuando me ajusten la vivienda no sé si que me quedo en 80 o 90.

Fernando Salazar se mudó de La Playita para el Asentamiento conocido como Abejita Laboriosa en marzo de 2014. Vive con su esposa, su hija menor y un nieto que nació aquí. Como es un hombre enfermo, le dieron planta baja. Pero la ubicación en vez de traerle alivio lo que le trajo fue problemas. Cuando llueve, en su casa se cuela una mezcla de agua estancada y orine, más lo que no es orine, si coincide el mal tiempo con un horario pico del proceso digestivo del vecindario.

—Como no han hecho los canales que evacúan el agua pluvial, de allá atrás viene toda esa agua rodando y se hace un embalse detrás de mi edificio. A mí me entra por los tragantes del baño y el patio. Y al señor de al lado le entra más cantidad.
—¿Eso cuando pasó?
—En el último aguacero que cayó fuerte. Y no me entró caca porque fue por la madrugada y en el edificio a esa hora es difícil que una persona vaya a hacer caca. Pero sí entró orine. Aquí esto estaba… ¡Imagínate! Ácido vivo. Cuando me levanté: todo corriendo y con la escoba aproveché y busqué un poco de luz brillante y fui echando… Fue tremendo para sacarlo por la puerta. Tuve que meter mis manos ahí porque yo no dispongo de guantes. No estaba esperando que esta sorpresa me cogiera así a bocajarro.
—Pero cuando se mudó para acá no pasaba eso.
—No hubo aguaceros. Ya fueron dos aguaceros fuertes.
—¿Y pasó en los dos?
—Sí. En el segundo no me dio tiempo porque no tenía bloques, ni cemento, ni arena disponibles. Ahora ya hice un muro por si acaso viene otra lluvia, se quede todo dentro del baño.

La realidad de Fernando obliga a conceptualizar de nuevo lo que es bajo costo, mediante una pregunta que permita valorar más socialmente los beneficios: ¿para quién es bajo el costo?

“Hay que tener cuidado de cómo va a ser el futuro de nuestra patria. ¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? A nadie le gusta que lo engañen”.

***

A Cecilia, la que fue a sacudir con las federadas, le hubiera encantado llamarse Vicente, Orestes o Rolando. Lo que ella no consigue entender es por qué todavía no la han mudado. A ella, a su familia, al resto de sus vecinos. Cecilia no tuvo la dicha de ser de la mayoría que eran los cientos. Su casa no entorpece ningún proyecto de avenida. Es una de las enumeradas de San Pedrito que soltaron pájaro en mano por cien volando. Se inunda en tempestades y no precisamente de aguas pluviales. Sus pisos y paredes son un campo de batalla entre remiendos y musgos. La manosea una zanja poblada de ratas insomnes que socavan los cimientos. Pero, al parecer, no es nada que no se pueda continuar postergando.

En 2012, Sandy ubicó la vivienda de Cecilia en la cifra de las 171.380 desafortunadas. Otra vez, la respuesta fue que esperara. Que esperara por el proyecto San Pedrito. Que no le iban a entregar materiales para que pusiera techo y reparara porque la iban a mudar y sería un despilfarro en medio de tanta necesidad. Que mientras, resolviera con unas lonas de nailon y unos palos rollizos. Que ya la intercalarían entre las personas que fueran mudando. Y Cecilia se animó. Creyó que el estatus de damnificada de Sandy traería el beneficio que anhelaba desde los once años, cuando fue a sacudir aquellos muebles que nunca fueron suyos y por los que perdió los de caoba que acomodaban su casa. Si había que esperar un poco más por la mudanza, esperaría. Sabía bien cómo hacerlo.

Tres años y tres meses después, Cecilia permanece en el mismo lugar, con 58 años y la esperanza quieta en la mirada. Pero Cecilia es cada vez menos Cecilia. En 2013, su hija perdió una barriga de gemelos con siete meses de gestación. “Los médicos dijeron que podía haberla afectado el lugar donde vivíamos, pero no se sabe”. En abril de 2015, enterró a su esposo con los pulmones minados de cáncer. “Pasó dos años y ocho meses con su enfermedad en esta humedad, que fue lo que lo acabó de matar”. Y en septiembre de 2015 nació su nieto, tras librar una batalla con la muerte. Yeny sufrió preeclampsia y hematoma retroplacentario: presión arterial alta y desprendimiento prematuro de la placenta. Sin embargo, las complicaciones no acabaron en el parto. Con cinco meses, Alex ha estado hospitalizado en dos ocasiones. “Cuando cae la tarde, ya el niño se nos pone malo, empieza a tupirse y con falta de aire”.

En la casa, honestamente, cuesta respirar a cualquier hora. La pestilencia ácida de la zanja se siente incluso detrás de la lengua, en la garganta, hasta en los lagrimales. Allí se han acostumbrado al asco. Después de unas horas, cualquier persona que no sea alérgica podría acostumbrarse, sin que un ataque de tos tranque su sistema respiratorio y le obligue a marcharse. Después de unos años, cualquier persona podría volverse alérgica. Pues es un hecho que nadie se transformará en anfibio.

El Doctor Enrique Molina, en su artículo “Contaminantes biológicos del aire interior de la vivienda: factores contribuyentes, afecciones relacionadas y medidas correctivas”, publicado en 2015, en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología, explica que los mohos, desencadenantes comunes de alergias, se reproducen por medio de pequeñas esporas que se transportan continuamente en el aire libre y en interiores, y que cuando se adhieren a superficies húmedas, comienzan a crecer y a alimentarse de esas superficies. Asimismo, entre los síntomas y afecciones asociada a la exposición a tales esporas, identifica “reacciones alérgicas, como irritación de los ojos o la piel, rinitis, tos y estornudos, manifestaciones de asma”. Orientación del Doctor: eliminar la fuente de la humedad.

“Cuando tú ves ese verde que se está dando en una pared, ¿qué te dice eso? Esa es la humedad que tenemos abajo. Donde quiera se da una matica”, dice Cecilia mientras me muestra ese jardín exuberante que es su casa. “Todo esto es hueco. Ya hemos tapado, pero persisten los huecos. Por todos esos entra agua”. Y una vez comprendida la delicadeza de paredes y suelos, me invita a apreciar los techos: prodigios de la ingeniería post-Sandy. Desde 2012, lo que les cubre las cabezas son los mismos troncos y lonas que otorgaron, láminas de cinc recuperadas del desorden que dejó el huracán, unas tablas de madera para ataúdes que les regaló un pariente. “Esto es para guarecerse del sol y el sereno. Pero llueve y se moja todo”. En la casa hay capucha para cada caja que guarda cada cosa. Para completar el cuadro, los troncos han empezado a desmoronarse en un polvo amarillento y las tablas para ataúdes a incrementar la población de insectos. “Sueltan un bichito negro, que es una puntica así, con una guasasita verde, que pica. Al niño me lo están picando”.

Lo mejor de la casa, según Cecilia, es el frente. El frente del pedazo que le corresponde a Aleida, una de sus dos hermanas, que por su ubicación privilegiada en el campo de visión de cuanto transite por la Avenida Patria, clasificó en el plan de reparación por el 500 aniversario de la ciudad. Lo mejoraron con tres ventanas de aluminio, una puerta de aluminio, y esmalte rosa pálido. “Tú ves el frente y qué te vas a imaginar lo que hay aquí adentro. Por eso yo digo que estamos viviendo detrás de la fachada”. Pero lo que más ha perturbado a Cecilia y a sus iguales ha sido la demolición de las viviendas de la acera del frente, del otro lado de la Avenida Patria, o Crombet, como aún se le llama.

—En toda esa avenida desbarataron casas que valían… Aquello partía el alma. ¡Acabaditas de hacer! Y las que no, estaban por terminar. Sin necesidad. Porque esa gente se llenaba cuando ya nosotros estábamos ahogados.
—Y las quitaron.
—Sí, las quitaron para agrandar la avenida. Todo lo desbarataron. Y mira las condiciones en que nosotros vivimos. Van cambiando, van cambiando las formas de hacer las cosas y se van quedando las personas.

***

El proyecto San Pedrito se define como una transformación integral, o también como un programa de reordenamiento urbanístico, donde intervienen instituciones múltiples con el fin de mejorar las condiciones de vida de una población estimada en 16.000.

Madelín Méndez, jefa del Puesto de Dirección del proyecto, expresidenta del Consejo Popular Mariana Grajales, apunta que “había una deuda pendiente con esta comunidad y felizmente la estamos realizando”.

Los primeros en intervenir para saldar la deuda fueron los especialistas de la Dirección Provincial de Planificación Física. En 2010 realizaron un diagnóstico para valorar las vulnerabilidades del territorio, los cacharreados sistemas sanitarios, el fondo habitacional, las vías de circulación. Lo típico en esos estudios. Trazaron planes, objetivos, acciones, distribuyeron informes, y arrancó el trabajo.

Entre 2010 y 2012 la gente empezó a ver y escuchar los cambios. Se instalaron miles de líneas de teléfono y se iluminaron espacios públicos. Se emprendió una labor de saneamiento del río, rehabilitación de redes de drenaje pluvial, creación de alcantarillados. Y, por supuesto, se reactivó la mudanza.

Una noticia publicada en Granma en noviembre de 2011, bajo el título “San Pedrito comienza a cambiar su imagen”, hablaba de las primeras 12 familias mudadas, o reubicadas, y aseguraba que “mediante el esfuerzo concentrado del país” el reparto transformaría la imagen infraestructural de sus 9.845 viviendas clasificadas entre regular y mal estado. Dos datos que no necesariamente han estado relacionados. De acuerdo con Méndez, el reparto contaba con más de 10.715 viviendas cuando el levantamiento, es decir, que si a esa cifra se le restan aquellas 9.845, el resultado importante es que la mayoría se encontraba en mal estado. Para ahorrar molestias: 870 buenas. Sin embargo, el estado constructivo no siempre ha funcionado como indicador determinante en las mudanzas.

El proyecto se organiza en seis zonas. El orden de las zonas indica la prioridad. La zona uno corresponde a La Cañada, hermana menor de La Playita. De ahí eran las 12 familias contentas de las que hablaba Granma. En la cañada habitaban unas 800 personas. Se fueron 500, quizás 600, “el número exacto no lo puedo dar”, para 349 apartamentos. Este último número sí es exacto. Y se quedaron entre 70 y 80 viviendas, “que no afectan al proyecto, que están del otro lado de donde realmente se va a hacer la gran inversión”. Esas las van a rehabilitar. ¿Y no se inundan? “No se inundan”.

La zona dos corresponde a La Playita. De ahí eran Vicente, Orestes, Rolando. De La Playita se fueron más de mil personas para 425 apartamentos. Y se quedaron unas 95 viviendas que no reubicarán: “están en un plan de reposición o rehabilitación, o esperando decisiones finales del Gobierno”. Más otras diez, que sí deben reubicarse, pero sus moradores no han accedido. “Casitos muy puntuales que necesitamos mudar para que los constructores puedan desarrollar lo que quieren en esa área”.

—Y esas diez, ¿por qué no las han mudado?
—Sí, esas están siendo atendidas por las comisiones para mudarlas.
—¿Para qué fecha?
—Estamos esperando la entrega de nuevas viviendas para poder hacer la entrega a cada morador.
—¿A esas personas les darían casas? Porque supe que no querían apartamentos.
—Eso no puedo respondértelo. Eso está en manos de la dirección del Gobierno, que está evaluando la atención que se le va a dar a cada caso.
—Y si esas personas no quisieran mudarse, ¿se podrían quedar ahí?
—No. El proyecto no permite que alguien se quede, porque hay una inversión que se va a hacer en esa área. Debe haber un acuerdo con esa familia para solucionar los problemas del Gobierno y de ese morador.

La zona tres del proyecto, la más extensa, que es por donde marcha ahora la mudanza, abarca desde la Avenida Crombet (o Patria) hasta Los Pinos. Abarca las calles Bacardí, Frías, el triángulo de San Pedrito. Abarca la franja de Cecilia y sus iguales de la zanja. Lamentablemente, antes de Cecilia y sus iguales de la zanja, hubo que reubicar en 2014 a los vecinos del triángulo, a los de las casas acabaditas de terminar. Yarielis Ferrer, jefa de Departamento de Planeamiento Municipal de la Dirección Provincial de Planificación Física, precisa que esas viviendas habían sido rehabilitadas, pero “hubo que reubicarlas por la Avenida Patria, porque por ahí pasaba y se afectaban”. Los dos carriles de Patria costaron 25 viviendas recién rehabilitadas, más las otras que tuvieron que entregar a quienes habitaban en las 25.

Las zonas cuatro, cinco y seis aguardan su turno. Corresponden a sitios disímiles del barrio. Menos urgentes. Aunque igual Sandy alteró un poco el orden y obligó a anticipar beneficios por “situaciones emergentes”.

En total, en San Pedrito se deben reubicar y reponer 1.917 viviendas hasta 2017. Esa es la meta del proyecto. Según Ferrer, 1.527 se reubicarán y 390 se repondrán (se van a demoler y construir en el mismo emplazamiento). De las que se están reubicando, 1.400 fueron catalogadas en mal estado. El resto, entre bueno y regular. Y en La Playita, Méndez dice que de las 408 reubicadas: 146 malas, 169 regulares y 93 buenas.

No son muchas. Si se piensa en la cifra de malas, las viviendas buenas que desbarataron no son muchas. Sin embargo, si se piensa en las personas damnificadas por Sandy que todavía aguardan por un techo seguro, las viviendas buenas que se desbarataron no son ni muchas ni pocas: son un absurdo.

***

—Mi yo dice que es aquí –afirma Miriam, otra más que sacudió muebles junto a las federadas–. Cuento con 62 años y quiero seguir dando frutos. Yo soy activa. Voy para aquí, voy para allá. Y quiero estar en mi lugar, donde me siento cómoda para desplazarme.

El lugar de Miriam, aún, es La Playita. La Playita es una sombra mutilada de lo que fue. El terreno: desolación y ruinas. Casas a medio tumbar, cascarones rotos. Golpes de mandarria como premoniciones. La vida silvestre apoderándose del abandono. Y el río, un coágulo verdinegro de fecales, donde la luna inescrupulosa se refleja. El Yarayó continúa siendo esa gran comunión intestinal de la ciudad. Su olor es tenaz. Al rato, se tolera. La nariz deja de resistirse y siente que así es el aire original. Sin embargo, para Miriam todo eso es una realidad desenfocada. Para Miriam Zamora, cronista popular de San Pedrito, integrante del proyecto De la Ciudad, las Calles y sus Nombres, lo central es su barrio. De eso es de lo que puede contar y para ella poder contar lo es todo.

Miriam Zamora puede contar los orígenes de los nombres de cada calle. El fusilamiento de los 53 expedicionarios del vapor Virginius y de Perucho Figueredo. El puente que mandó a erigir don Emilio Bacardí y su apoyo a la causa independentista. La ruta del Yarayó que seguían los pescadores hasta la bahía. Los nombres de los muertos que la tiranía batistiana dejó en la Avenida Crombet. El paso de Flora y las pérdidas y la recuperación. Los mandatos de todos los secretarios del Partido en la provincia.

Que no son más que un montón de historias. Cosas que no se pueden tocar. Porque estrictamente el pasado no existe. Pero no solo con bloques se construye un país. Por eso le preguntaba a Miriam, una y otra vez: ¿Por qué usted no quiere mudarse? Y una y otra vez ella me contaba las mil y una historias. Se erguía, adornaba la voz, como si hubiera un auditorio en su sala y no fuera tarde en la noche. “Y es verdad que patria es humanidad”, dice citando a Martí, “porque si tú no amas a tu patria, no tienes el sentido de pertenencia que imbrica el lugar donde naciste, no te quieres a ti misma, no te conoces ni tienes un objetivo para luchar en la vida”. Y otra vez don Emilio Bacardí, los muertos en Crombet, el fusilamiento de Figueredo. Y otra vez la pregunta torpe: ¿Por qué no se quiere ir? Hasta que entiende que no la entiendo, desviste la voz, se quita la sonrisa desatornillada de la cara y contesta: “No. No es que no quiera irme. Yo no me resisto al desarrollo. Si aquí se va a hacer algo que afecta mi vivienda, yo puedo cruzar para otras que se hagan cerca. Porque donde conozco la historia es aquí. Lo demás sería tirarle piedra al morro”. Y tampoco le gustan las edificaciones nuevas.

—Son muy estrechas. Mira el espacio que yo tengo. Yo trabajo costura, vivo de eso y lo pongo al servicio de lo que haya que hacer. Nunca he afectado a mi Revolución pidiéndole ayuda económica. Con mis manos es que sobrevivo. Yo hago cosas que sean de fácil adquisición, modelos que puedan agradar a la gente.
—Porque usted hace ropa. No remienda.
—No, no remiendo. Yo hago ropa. Los remiendos no me gustan. Porque digo que eso es atraso. Yo transformo. Un pitusa que se rompió, trato de que te quede no como un pitusa emparchado sino como un modelo. Y todas las telas que tú estás mirando ahí son del campo socialista.
—¿Del campo socialista?
—Sí. De cuando la Unión Soviética ayudaba a Cuba.
—¿Conserva telas de esa época?
—Sí. Tengo un cuarto con sacos de retazos múltiples, porque no boto nada.
—¿Pero eran de ropas suyas?
—No… son telas nuevas, recorterías, porque yo hacía canastillas, trajes de novia… Antes las telas eran liberadas y las compraba en la tienda. Mira: este tejido es uno de los mejores del campo socialista. Y mira: esto es campo socialista, combinado con una modificación actual que hice, porque se están usando estos contrastes…
—¿Y cuánto cobra por los modelos?
—Bueno, como está la vida. Yo adecuo que lo que haga me alcance para una botella de aceite, una libra de carne. Todo yo lo suplo con la costura.

Aunque no quiere resistirse al desarrollo, a Miriam le cuesta entender por qué debe demoler. “Esto me ha costado dinero, porque tú sabes que hacer una casa de placa no es fácil. Y que tenga que trasladarme hacia otro lugar, con diferentes condiciones… Esto no es bajo costo”. Miriam construyó para que durara. Trabajó en construcción industrial y se instruyó en los métodos para evitar hundimientos en terrenos húmedos. “Hice los dados que eran de mi tamaño, subí 1.25 y fundí en seco. La cimentación con grado de oscilación en balsa, como se suele decir, pero en balsa de los arquitrabes. Amarré, hice una balsa y no me hundo porque todo el peso lo reciben el arquitrabe, la balsa y los dados”. La casa es su patrimonio familiar. La comparten hijos, nietos, un hermano. Tiene dos niveles y soportaría un tercero: “Porque la esperanza del pobre es el techo”.

Quienes quedan en La Playita guardan más o menos la misma esperanza. Amado, Ana Rafaela, Leonardo, Ricardo, Josefa, Zurelis, Magdalena, Enélides… Unos exigen casas para poder dividir o fabricar en la placa cuando crezca la familia. Otros, que les otorguen algo equivalente a lo que perderían. Otros, más apartamentos para solucionar sus problemas de hacinamiento. Todos son propietarios.

Amado Palacios, mecánico industrial, miembro de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores, inventor de un sistema para proteger motores eléctricos que ha sido implementado en varias empresas, desde sus casi dos metros de estatura, argumenta: “Yo me he sacrificado para atender a mi familia. Toda mi vida he luchado para esto. ¿Por qué razón debo irme ahora para un apartamento chiquitico? Mire el tamaño que yo tengo. ¡Que no entro! Mire los pies largos que tengo… Y mis hijos son iguales”. Su vivienda es impecablemente nueva. Piso de granito, baño y cocina enchapados, dos cuartos. Sencilla, pero amplia y fuerte. “Si la cosa es para mejorar la vida de las personas, ¿por qué tengo que sacrificarme? ¿No es para mejorar? Denme algo que mejore lo mío. Porque yo no puedo echar para atrás. Yo quiero irme, porque estoy a favor del desarrollo. Yo soy revolucionario y todo el mundo aquí es revolucionario, pero no puedo empeorar mi vida”.

—Se nos ha dicho hasta de expropiación –acota Miriam, que acompaña.
—¡Hasta esas cosas nos han dicho! –agrega Disnaidis Lovaina, esposa de Amado–. ¿Cómo van a decirnos ese tipo de cosas? No nos pueden decir eso.

De hecho, sí pueden. El artículo 25 de la Constitución de la República de Cuba autoriza la expropiación de bienes “por razones de utilidad pública o interés social y con la debida indemnización”. Y tampoco es algo atípico en el mundo.

—¿Y qué explicaciones les han dado para la mudanza?
—Ellos dicen que hay que irse porque esto se va a seguir inundando –responde Disnaidis.
—Es un proyecto de mejorar la comunidad –precisa Amado.
—Aunque a lo mejor no es tanto así –continúa Disnaidis, suspicaz–. A lo mejor el mejoramiento está en cambiar toda esta zona, como está cerca del cementerio… Y esto realmente afea. Dicen que es para evitar las inundaciones, pero aquí nadie es bobo. Hicieron una avenida muy linda y es lógico que quieran hacer otra reestructuración.

De repente, Miriam comienza a cantar: “Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando toda Venecia me hablaba de amor…”. Y seguido exclama: ¡Esta es nuestra pequeña Venecia! Esto era un canal. Yarayó lindo. Agua azulita. La gente tenía botecitos y se echaban a la mar a pescar almejas y…

Los argumentos que los otros venecianos exponen son bastante similares.

Ana Rafaela Arada: “Nos querían dar una sola vivienda y como nosotros tenemos condiciones, no accedimos. Porque nos decían que no teníamos cantidad de personas, y sí, no tenemos cantidad de personas, pero sí condiciones para que cuando mis tres hijos crezcan puedan dividir y tener lo suyo”.

Ricardo Ribeaux: “Yo les dije a los compañeros del Gobierno que si mi vivienda molestaba para el proyecto, yo no iba a frenar el desarrollo de la ciudad. Dije que estaba en disposición de irme, pero que no aceptaba apartamento. Quedé en que me hicieran una vivienda con las características de la mía. No estoy pidiendo nada más que lo mismo que tengo”.

Leonardo Sánchez: “Esto es hereditario. Es mío por derecho. Y como dice la Constitución, uno tiene sus deberes y derechos. Yo no me opongo, pero sí exijo mis derechos”.

A Miriam también le inquieta la cuestión del pago. “Es de por vida dice la gente. Nunca llegas a ser dueño de tu vivienda. Porque si me muero, el que venga sigue pagando. Y los salarios son bajos. Muy bajos. Entonces no entiendo. No entiendo”. Pero incluso sin entender, está dispuesta a derrumbar su patrimonio familiar, marcharse a otra vivienda e incrementar la deuda que ya tiene con el banco por su refrigerador. Lo único a lo que no está dispuesta Miriam Zamora es a abandonar San Pedrito. De ninguna manera quiere llamarse Tomás.

Tomás era de la mayoría que eran los cientos. Pero Tomás no era una casa precaria. Tomás era sus trece matas de aguacate y sus doce matas de mangos. Era sus tamarindos, ciruelas, plátanos, guayabas, naranjas, lechugas. Tomás no habla de la mandarria que destrozó su casa. Habla de sus matas cortadas, de sus cultivos arrasados, de tanto esmero vuelto nada. En un cuarto piso, entre cuatro paredes, con sus ataques de asma, no sabe ser feliz. Le faltan sus raíces. Y Miriam se lo nota en la cara cuando lo visita y se asusta. Así como Tomás se hace en la siembra, ella se hace en la historia.

“Y eso es lo que sucede. Como yo conozco la riqueza que tiene San Pedrito, me gustaría morirme en mi tierra, donde yo puedo hablar con claridad de qué pasó aquí, qué pasó allá. Me ennnnnnncanta… Y que sí, que se mejore la vida, pero con igualdad”.

***

No existe confirmación oficial de que la Avenida Patria fuera concebida para acoger la procesión que acompañaría el féretro del Comandante Fidel Castro hasta la necrópolis Santa Ifigenia. No existe confirmación oficial de que lo enterrarán en Santa Ifigenia. Su destino final no es de dominio público. Lo que se ha publicado al respecto no son más que especulaciones, rumores, hipótesis. Nada que se respalde en evidencias sólidas o fuentes autorizadas para responder esa incógnita.

La cobertura de medios de prensa estatales –como Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate o SierraMaestra– sobre la Avenida Patria sostiene que su construcción es parte del programa por el 500 aniversario de la ciudad y se limita a ofrecer los datos elementales acerca de la obra. Que alcanza 2.7 kilómetros de longitud. Que es una ampliación de las Avenidas Juan Gualberto Gómez y Flor Crombet ya existentes y no un vial rigurosamente nuevo. Que se rehabilitaron las viviendas ubicadas en el trayecto. Que se colocaron señalizaciones, luminarias, un separador entre los dos carriles. Que comienza en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo y culmina en Santa Ifigenia.

En “Avenida Santiago”, una noticia publicada por Juventud Rebelde en junio de 2015, se cita al arquitecto Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad, explicando que “tiene el sentido de una avenida para la Patria; de ahí todo lo que se está haciendo para darle la sobriedad, la elegancia y monumentalidad que debe tener una vía histórica como esta”. Fuera de esto, no se ha explicado mucho más.

Yarielis Ferrer también confirma que es “en saludo al 500 aniversario”, y que es una inversión aparte del proyecto San Pedrito. “Que muchas viviendas de San Pedrito se beneficiaron con eso, es verdad, pero fue un proyecto aparte”.

—¿Y en qué consistió ese proyecto?
—Esa fue una propuesta del General de Ejército Raúl Castro. Una propuesta de hacer una avenida que uniera la Plaza de la Revolución con el Cementerio Santa Ifigenia.
—¿Cuándo se hizo la propuesta?
—En 2014. Y en 2014 a finales se empezó a construir.
—Y en el territorio de La Playita, ¿qué se piensa hacer?
—Como eso es zona inundable, nosotros propusimos que en la parte cercana al canal se hicieran áreas deportivas, parques, pero nosotros proponemos, no decidimos.

Lo único que se puede afirmar, sin margen de error, es que Fidel morirá algún día. Es un ser vivo y todos los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen –o no– y mueren. Es tan mortal como el más anónimo de los mortales. Más allá de ese dato básico que aporta la biología, nada más se puede afirmar. Lo otro, queda a la imaginación.

***

“Ven, ven a ver a mi papá…”, me dice Mileysi en medio de su relato envolvente sobre mudarse a Los Pinos y me hala por el brazo hasta el hombre que es su padrastro, pues como la genética no siempre hace familia, Mileysi dice que es su papá.

El Asentamiento Los Pinos es el alter ego de El Quilombo. Calle central de casi un kilómetro de largo, pendiente de asfalto, que asimilaría tres automóviles sin peligro. Edificios monocordes de cuatro y cinco niveles. Unos frente a otros: concreto versus metal. Y más de lo mismo: tanques botándose, paredes veteadas, caños tupidos, pisos con estrías, desniveles, cero losas. Incluso un chorro provocando arcoíris en la calle. Que si no fuera por la sequía que enfrenta la provincia, podría haber resultado hasta simpático.

“Yo le estoy diciendo a ella que la casa de nosotros tenía de todo”. El padre, sentado en una butaca roja, absorto frente al televisor, asiente. “Mira este piso. Mira aquello. Todo rústico. Desastre vivo”. Transmiten una de esas series norteamericanas donde hay persecuciones, patadas, música tensa, bonitas en pantalones ajustados. “Sí, Yarayó cuando se llenaba, pero nosotros vivíamos bien”. Leer los subtítulos a la distancia de la butaca demanda un esfuerzo de examen oftalmológico. “Ahora aquí estamos mejor en un aspecto, pero veo que es lo mismo. ¿Tú sabes por qué?”. El padre voltea la cabeza un instante y luego se recoge como caracol en el centro de su cuerpo. “Porque tienes que empezar a pagar una casa. Y mi papá echó la vejez allá abajo construyendo con sus propios esfuerzos. Ahora él no tiene condiciones para hacer nada. No tiene ni chequera”. La butaca roja es una maceta. El hombre, un árbol que se marchita

—Entonces, ¿cuándo fue que empezó a construir? –le pregunto.
—Hace rato de eso –responde sin quitar los ojos de la pantalla.
—¿Y qué fue lo que hizo? ¿Qué construyó?
—Hice la casa.
—Hizo una vivienda de tres cuartos, con su cocina, baños, sala y comedor –aclara Mileysi–. La hizo él criando puercos.

Y de pronto, alguna palabra que lo saca de su recogimiento.

—Yo no me siento satisfecho con que me hayan desbaratado lo mío para meterme aquí, mija. Desde que me mudé estoy triste, porque yo estaba cómodo allá, criaba mis animales… Y ya no hay fuerza para echar piso, ni poner cocina. Ya no hay fuerza.
—¿Y cómo se sintió cuando tuvo que demoler?
—Todavía no me he repuesto. Desde que nos mudamos hace un mes yo no he salido. Estoy sentado viendo el televisor y pensando en la vida. Que ya uno está en un lugar tranquilo, llevando su vida, para que vengan: quítate tú, para ponerme yo.
—¿No podía decir que se quería quedar?
—No, nadie dijo nada. Querían ese terreno porque por ahí pasan carreteras, pasa esto, el cementerio… Una pila de barbaridades que hablaron.
—¿Quiénes?
—Todos los que mandan, mi vida. “Y si no quieres irte de aquí te vamos a citar para el tribunal”.
—¿Le dijeron eso?
—No a mí solo. ¿Pero qué vamos a hacer? Tribunal, ¿para qué? Si de todas formas, el que tiene el poder o el mando es el Estado. Dice que hay que irse, hay que irse.
—¿Y cómo es su nombre? Todavía no sé su nombre.
—¿Mi nombre verdadero? Rolando.
—Rolando qué.
—Maceo Santaclara.
—¿Maceo?
—Maceo. Familia del Maceo del machete. Mariana Grajales es mi bisabuela.
—¿En serio?
—Palabra. Yo no voy a mentirle. Mi papá era sobrino del general Antonio y yo soy sobrino del general Antonio en segundo lugar.
—¿Cómo se llamaba su abuelo?
—Tomás. Mi bisabuela le decía a ese sobre todo: empínate. –De acuerdo con un relato de José Martí, Mariana le dijo eso a otro hijo, pero no cuesta creer que también se lo dijo a Tomás.
—¿Y qué más le contaron?
—La historia que yo sé es esa nada más… Y así mija… ¡Qué cará! Ya está de más que uno haga comentarios, porque todos esos comentarios son cuentos. Si fueras a resolver algo… Pero no se resuelve nada.
—Por lo menos la gente se entera.
—Eso sí. Que se enteren: yo no quería mudarme de mi casa. Porque tú no sabes, mija, tú no sabes el sacrificio y la lucha que nosotros pasamos para construir. Para que entonces usted venga a última hora a decir que hay que irse. Vamos a mudar no: vamos a demoler. Es muy distinto que mudar. Vamos a demoler porque esto hace falta para embellecer el país, que esto está muy atrasado, que qué se yo qué…

Rolando Maceo vuelve a ser el hombre en la butaca roja. La butaca roja, una maceta.

“La cuestión es que ya estamos aquí. Y aquí, hasta esperar la muerte, o lo que sea. Nadie sabe. El mundo da mucha vuelta y yo he visto muchas cosas”.

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Reynaldo Villafranca –Coqui– debió morir hace diez años, en el paseo principal de Los Palacios, cuando un machorro acomplejado le cosió a puñaladas el estómago. Minutos antes, en el cabaret del pueblo, Coqui le había gastado al homicida una broma de pájara juguetona –quizás un leve flirteo o un piropo algo subido de tono–, nada con demasiada maldad.

–Mi hijo siempre fue así –dice Justa Antigua, y revolea las manos en el aire, y las afloja–. Un jodedor.

Permaneció semanas en terapia intensiva, técnicamente muerto.

–Le pusieron tripas plásticas y lo salvaron –dice Alicia Cordero, encorvada y menuda–. Pero después nos empezó a preocupar, porque Coqui tenía que tirarse un pedo, y no se tiraba ninguno. Y todos queríamos que se acabara de tirar un pedo para ver si la operación funcionaba. Hasta que por fin se tiró uno. Hicimos fiesta.

La cuenta es mezquina, pero si hubiese fallecido aquella vez, y no ahora, en enero de 2015, la muerte hubiera tenido sus ventajas. Lo habrían enterrado en el cementerio municipal, a unas pocas cuadras de su casa, rodeado de muchos otros muertos conocidos, no de esos muertos extraños que hoy lo acompañan, y que lo deben volver todo aún más inhóspito para Villafranca.

Aunque hubiese tenido también –la muerte por puñaladas– sus puntos flacos. No habría sido noticia internacional, ni siquiera habría pasado de ser lo que son las muertes en los pueblos chicos: algo de morbo inicial –en su caso, un poco más, dado que se trataría de un asesinato–, algo de bulliciosa nostalgia, y después mucho tedio, hasta que otro muerto viniera a sustituirlo.

Estamos a 28 de enero. Villafranca, en resumen, falleció hace diez días, después de un paludismo con complicación cerebral. Tenía cuarenta y tres años recién cumplidos. Era enfermero, y uno de los 165 miembros de la Brigada Médica “Henry Reeve” que desde inicios de octubre de 2014 el gobierno cubano enviara a Sierra Leona para combatir el Ébola. Es el segundo colaborador que muere, y el primero de los profesionales de la salud.

Por eso yo estoy ahora en la sala de la casa de Alicia Cordero –NO.19ª, calle 28–, donde tantas veces Villafranca ensayó frente al televisor doblajes de canciones en inglés –Cindy Lauper, Whitney Houston–, para luego travestirse y participar de las actividades nocturnas que las autoridades municipales organizaban en el Ranchón de Los Palacios.

–Todo muy legal –advierte Nereida Hernández, Jefa de Circunscripción.

Y por eso estoy cruzando la calle, entrando a un solar, tocando a la puerta NO.16ª, pidiendo permiso para pasar, siguiendo de largo por la sala –muñecas rotas, altar de santería en las esquinas–, los cuartos –hediondos, oscuros–, la cocina –brochazos apurados de un azul turbio–, saliendo al patio –manguera derramando agua, ropa tendida, tanque herrumbroso– y llegando finalmente a la covacha donde dormía Villafranca, separado del resto de su familia; una muy miserienta casucha de madera.

–Te lo dije, esto es un quimbo– susurra Nereida.

Por primera vez, Justa rompe a llorar sin consuelo. Pide que le devuelvan a su hijo. Es lo lógico, pero me asombra. Justa se ha pasado la tarde diciendo que hay que conformarse con lo que Dios determina. Y que si Coqui salió de muertes mucho peores, y vino a morirse ahora, de repente, era porque así estaba escrito. A mí me pareció que una ecuación tan despejada ––muerte imprevista de un hijo-decisión suprema del Todopoderoso-resignación de los mortales– escondía una poderosa dosis de crueldad, y bastante poco amor. Pero ahora la veo llorar con ese llanto cataléptico tan propio de las madres, y pienso que lo que ha pasado, y pasa a diario esta señora, bien justifica que mantenga una actitud impasible o simplemente reposada ante la muerte, al menos en apariencia.

Intento consolarla y, a un tiempo, mirar alrededor, captar el estado de cosas. Hay una mesa de hierro con un mantel de flores, una hornilla eléctrica encendida, otra hornilla oxidada e inservible, una olla embarrada de frijoles, un trapo grasiento, una cafetera sin tapa, varios pomos de distintos tamaños, una botella de cerveza vacía, hollejos de naranja, y grumos de arroz sobre el mantel. Hay, sobre otra mesa más pequeña, un televisor ruso, al parecer roto.

–Piense que su hijo fue un símbolo para muchos –digo, y me cojo asco. Pero cualquier cosa por aliviarla.

–Eso mismo te he explicado yo –dice Nereida.

La trascendencia de la muerte –que es siempre una grosería si se compara con la muerte misma–, parece calmarla un poco.

Paso al cuarto. Dos ventiladores rotos y ropas viejas: una gorra de visera doblada, un pantalón remangado. En el closet, un bulto de prendas entremezcladas, como si el closet fuera la guarida de algún perro. Hay cajas de madera, jabas, mallas, un lavamanos que no se instaló, una cama empolvada, una cortina ajada con sellos de equipos de MLB. Y en el baño, una taza rota.

Ahora, a todo lo anterior, que, si bien regado, no parece tan alarmante, pongámosle una y hasta dos capas de churre, pongámosle costra, parches de tierra, manchas de grasa. A las ropas, a los ventiladores, a las cortinas, a los manteles. Mucha dejadez, mucha grisura, mucha inopia.

Por más que el aspecto de su casucha se haya deteriorado en estos diez días de luto, no debe lucir muy diferente a la casucha de Villafranca en vida. Creyendo quizás que combatir el Ébola no es, de por sí, lo suficientemente humanitario, la información oficial omite datos sobre la remuneración a la Brigada, y habla únicamente de altruismo, solidaridad, desinterés, grandeza de espíritu. Nos ha quedado claro. Hay muchas formas de obtener dinero sin tener que exponerse al Ébola. Pero si te pagan por exponerte, sería completamente legítimo.

Entonces Justa Antigua comenta algo que nadie se había atrevido a decir, y que resulta elemental:

–Él fue a África para comprarse una casita y salir de aquí. Quería que nos fuéramos juntos. Él quería eso. Pero no viró, y ya le faltaba poco.

No. No le faltaba poco. Le faltaba la mitad de la misión.

***

Las puñaladas del paseo no son la primera tragedia en la vida de Villafranca. Su madre, además de santera, y de invocar peregrinamente a Dios, siempre ha peinado y planchado pelos. Con cinco años, Villafranca ingiere un líquido para desrriz, que su madre ha dejado en el suelo, y se quema la garganta. Hay que ponerle entonces un esófago de plástico.

Villafranca tiene cinco hermanos. Todos, menos él, del mismo padre. Todos, menos él, consumados delincuentes y convictos. No es de extrañar entonces que desde bien pequeño cruce la calle y se refugie en casa de Alicia Cordero. Allí seguirá yendo durante más de treinta años –hasta que parta para Sierra Leona– a confesarse y a comerse lo que Alicia tenga en los calderos o en el refrigerador: un pollo, croquetas, un batido, un jugo de frutas. Y será él –no otro– el masajista de Alicia, su enfermero particular: quien le toma la presión arterial y quien le da fricciones en la espalda.

–El verdadero luto por su muerte fue aquí –dice Nereida, en el patio de la 19ª.
–Lo único que no hacía en mi casa era dormir– agrega Alicia.

Cuando termina la secundaria, Villafranca decide no estudiar más. Su madre se lo permite.

–Siempre fue muy independiente –dice Justa–, y yo lo dejé, porque él sabía lo que hacía.

Al parecer, sí sabía. Ingresa a la Facultad, para sacar título de bachiller, y la termina. Después trabaja como obrero agrícola en la algodonera de Los Palacios. Después pasa a estibador, en una empresa de agricultura. Y hacia 1997, gracias a unos cursos que ofrece el Estado, comienza a estudiar enfermería, que es lo que en realidad ama. Se gradúa, y luego se especializa en cuidados intensivos: curar úlceras de pie diabético, etc. Trabaja durante un año en la sala de terapia del hospital provincial “Abel Santamaría”, de Pinar del Río. Luego lo trasladan al policlínico de San Diego –a unos veinte kilómetros de Los Palacios–, y allí se queda.

Sigue pasando cursos de la salud y cursos de inglés. Superándose, como dicen. Atiende también a los vecinos de la cuadra (una práctica común entre los médicos y enfermeros cubanos, trabajar incluso fuera de horario). Siente predilección por los pacientes de la tercera edad. Colostomías, cánceres. Y siempre, según todos los que lo recuerdan, muy jaranero, muy divertido, repleto de facundia. No esconde su homosexualidad. Se mete con los vecinos y bromea. Es libre, quizás hasta demasiado libre para un pueblo tan pequeño. Parece bastante probable que haya sido, Villafranca, una pájara cumbanchera, primorosa. Tiene un amigo de juergas: Hanói, enfermo de VIH.

–Pero Coqui siempre estaba buscando preservativos– aclara Alicia. Y Nereida asiente.

A veces, sin embargo, Villafranca llora. Si intentamos un breve perfil sicológico, podemos conjeturar que se ríe a carcajadas para olvidar la violencia doméstica, que se vuelca a la calle para borrar los fantasmas que lo acosan en su círculo íntimo.

–No hace mucho –dice Alicia– llegó aquí con un piquetazo tremendo en la cabeza, botando sangre como un animal. Tuvieron que darle cuatro puntos.

El piquetazo no es otra cosa que el colofón de una disputa con uno de sus hermanos.

Alicia comienza ahora un conteo de todos los atracos a los que Villafranca fue sometido por sus familiares. La lavadora y el juego de baño que le robaron, las ropas, los perfumes y las zapatillas que le quitaron, el guanajo al que solo le dejaron las plumas, el lechoncito que tenía antes de irse para África, y que se lo vendieron en cuanto trepó al avión.

Pero no hace falta que Alicia se esmere. Basta con pasar examen, hoy mismo, a la situación de algunos de los hermanos de Villafranca.

Tomás Zayas fue deportado de Estados Unidos por delitos legales. A Manteca, el mayor de todos, hace poco le trocaron la cárcel por reclusión domiciliaria, dado que padece un cáncer terminal, y estas son las horas en que Manteca robó a otros dos hermanos suyos y desapareció, nadie sabe dónde está. Mayeya, otra hermana, cayó presa porque en las visitas a su hijo le pasaba tabletas de parkisonil camufladas dentro de la comida. El hijo, a su vez, cumple condena por haber matado a dos personas en el reparto de Los Palacios.

Por supuesto: ninguno respeta a Justa Antigua. Justa Antigua no respeta a ninguno. Lo único que le quedaba a Villafranca era su madre. Y para quien único importaba Justa, a sus setenta y nueve años, era para Villafranca. Su hijo menor significaba la última posibilidad real que le quedaba a esta mujer para salir del antro donde vive.

Pero esa posibilidad se fue. El paludismo se la robó.

***

En la foto –posiblemente de pasaporte– que les toman a los colaboradores antes de volar a Sierra Leona, Villafranca muestra una seriedad impostada. Calvo, rostro ovalado, ojos nobles, piel negra y abrillantada, labios gruesos, boca apretada. Todo como congestionado y a punto de estallar. Como si Villafranca tuviera ganas de decirle al fotógrafo: “Ay, chico, anda. Termina ya, por tu vida”.

Algunos en el pueblo rumoran que, previo a la salida, Villafranca siente un poco de miedo. Sin embargo, ni Nereida, ni Justa, ni Alicia lo confirman. Ninguna, también es cierto, es de fiar en ese sentido. Quizás crean que el miedo, si existió, podría restarle méritos. Están acostumbradas a escuchar que todos los que mueren en una misión de la Patria han muerto sin temor alguno, sin titubear, más convencidos e invictos que una roca. No están dispuestas, pues, a que el Coqui pase a los anales como el único cobarde.

Por otra parte, en uno de los reportajes de la televisión nacional, que filman antes de que los colaboradores partan de misión, Villafranca aparece, y ahí muestra su jovialidad habitual.

–¿Tú has escuchado la bulla cuando el equipo de Pinar del Río da un jonrón? Bueno, esa fue la bulla de todo el pueblo cuando apareció en el noticiero: ¡Mira al Coqui! ¡Mira al Coqui! –dice Nereida, agitada, enjugándose las lágrimas.

Por su facilidad para comunicar, su dominio del inglés e incluso algo del portugués, Villafranca ya pasa los últimos días, en el Centro de Tratamiento al Ébola de Kerry Town, alejado de los pacientes, más centrado en cuestiones protocolares y de otra índole. Lo que, evidentemente, no lo exime de riesgos.

En la mañana del 17 de enero, presenta los primeros síntomas diarreicos, y en la tarde lo asalta una fiebre de 380 C. Le hacen la prueba de Malaria. La prueba da positivo. Le inician tratamiento antipalúdico por vía oral. La fiebre sube. Pierde el sentido del tiempo y el espacio. Lo trasladan al hospital de la Armada Británica. Allí lo ingresan. La prueba de Malaria vuelve a dar positivo, y la prueba de Ébola, negativo. Le aplican la última generación del tratamiento antipalúdico por vía endovenosa.

Durante la noche y la madrugada, el cuadro clínico se agrava. Presenta dificultades respiratorias, toma neurológica. Lo acoplan a un equipo de ventilación pulmonar. Pero no responde al tratamiento, y horas después fallece.

–Yo estaba haciendo un desrriz –dice Justa–, y veo que empieza a entrar gente con batas, y gente y gente, y me da un brinco el corazón.

Son las autoridades municipales y provinciales de Salud Pública. Pero Justa no puede dejar el desrriz a la mitad, porque se quema el pelo y se deshace el moño. Aún así, la plancha se le cae de las manos. Justa desfallece. Nunca nadie de Salud Pública ha venido a su casa. Este es el tipo de noticias que no es necesario comunicar. La sola presencia del emisario lo expresa todo. Cuando Justa termina de planchar el pelo, alguien le dice lo que ya ella sabe.

Un día después, en la Galería de Arte de Los Palacios, tiene lugar el homenaje póstumo a Villafranca. Velan una foto suya, la foto del pasaporte. Asisten Viceministros de Salud Pública, las autoridades políticas del municipio y la provincia, compañeros de trabajo, personal de salud, gente que lo conoce, y gente que no lo conoce pero que se solidariza.

Justa, convencida por Nereida, asiste a última hora. Quien sí no asiste es Hanói, su compinche de correrías. Cuando toco a su puerta, Hanói me dice:

–Perdona, pero yo no estoy en condiciones de hablar. No tengo nada que decir. Lo llevo adentro –se pone la mano en el pecho–. Él siempre estará conmigo. Eso.

***

El cuerpo, o casi seguramente las cenizas, no regresan hasta pasado mínimo tres años. El dinero de la misión se pagará, lo que no se sabe todavía a quién: ¿qué nombre testamentó Villafranca? Nadie se atreve tampoco a comentarlo explícitamente. Alicia se hace eco de los chismes que la señalan a ella como beneficiaria. Pero lo sugiere como si fuera un problema.

–Eso sería una mierda de su parte. Yo no quiero ni pensar en eso. Si mira lo que ha pasado con el teléfono.

Una sobrina de Villafranca anda exigiendo el teléfono asignado a su tío por colaborador. Pero Villafranca ordenó que pusieran el teléfono en casa de Alicia.

–Un teléfono cuesta más de quinientos dólares –dice Nereida–. Si lo llevan para la casa de la familia, lo venden.

La mezcla de muerte y cuestiones materiales es siempre una bomba de tiempo. A Alicia le preocupa el tema, pero no quiere que su preocupación indique falta de amor. Bien mirado, después de asumir a Villafranca por décadas, Alicia tiene derecho a preocuparse o a prestarle atención a lo que quiera: incluso a las cuestiones más prácticas, incluso a un teléfono.

La última vez que habla con su muchacho, lo hace desde la sala de su casa. Es 30 de diciembre. Villafranca la llama y le desea feliz año. Dice Alicia que estaba contento, porque habían salvado tres niños. Y que era pura carcajada, con ese amaneramiento suyo tan peculiar.

Cuando José Gutiérrez de la Concha, capitán general de la Cuba colonial de mediados del siglo XIX, dijo que “con una lidia de gallos, una gruesa de barajas y doce manolas con sus guitarras son llevados los cubanos a donde quieran”, estaba resumiendo de manera concentrada un espíritu que sigue enraizado en la sociedad cubana. Jamás existió en el país un asunto tan aparentemente trivial que ocupara una posición de semejante envergadura durante el último siglo.

Las peleas de gallos son una pieza inevitable en la configuración de esta isla como nación, de su identidad y de la construcción de un modo de vida cercano a ciertos valores. Tampoco faltan motivos para ello: hay quien dice que la guerra de independencia comenzó en 1895 con el grito de un criollo en una valla de gallos, el ring circular donde se enfrentan los animales: “¡Basta de que peleen los gallos, carajo, es hora de que peleen los hombres, vamos todos a respaldar el grito de independencia!”.

Más de un siglo después, a las afueras de La Habana, el público se encarama en los maderos de la valla de gallos mientras el cielo se derrumba y los relámpagos zigzaguean sobre sus cabezas. Pero ni los estruendos que hacen temblar las patas de los gallos que pululan por el recinto, ni las cicatrices de este cielo de comienzos de verano, alteran el curso de la pelea. Es un recinto clandestino, escondido entre la espesura de los árboles.

“¡20 a 14! ¡20 a 14!”, vocifera un hombre mientras se descuelga de la grada improvisada. No obtiene repuesta, así que aumenta el énfasis y la apuesta: “¡20 16!”, repite una docena de veces atropelladamente. Pero nadie cierra el trato con él. Se guarda el manojo de billetes y las maneras bruscas y se concentra en los gallos que luchan en el ruedo, que acaba con una de las aves muerta.

—Uno menos.
—Uno más –responde entre dientes el veterinario con el taco de ceniza del tabaco asomando en los morros.

Si René se define como veterinario no es únicamente por echar a un montoncito detrás de su mesa de trabajo el tercer gallo muerto de la tarde. También cura a los malheridos. “Razafín para la infección, yodo para las heridas y huevo con naranja para que se recupere”, explica este hombre de 53 años que lleva aplicando sus fórmulas médicas a los gallos desde los 15. Una pluma le sirve para desatascar el gaznate de los animales cuando está bloqueada por coágulos de sangre y una gruesa aguja con hilo para cerrar los tajos que los pollos se producen con las afiladas espuelas de carey que sus dueños les colocan. Pero en lo que va de tarde solo ha utilizado el yodo.

—¿Y esos? –le pregunto irónicamente señalando a los que yacen sin vida.
—Ah, no. A esos les tocó perder.

***

Fueron los españoles quienes trajeron los gallos a América y comenzaron a pelearlos como un divertimento. Pero ese espectáculo que comenzó con dos animales enzarzándose trascendió su carácter deportivo para convertirse en un asunto de Estado, a merced de sucesivas prohibiciones, promesas y debates morales. De ahí pasó a ser un elemento de identidad de la sociedad cubana. Pocas cosas han cambiado desde que hace más de 270 años un decreto real solicitase al gobernador de la isla un informe sobre si las peleas podrían tener “inconvenientes con la gente del mar y la tierra”.

En 1835 se dictó una norma que prohibía la construcción de vallas en zonas rurales. Más tarde también se prohibió la simultaneidad de peleas en lugares diferentes. Pero las riñas se siguieron desarrollando, cada vez en lugares más apartados donde la red del control colonial no llegaba. Fue en este tiempo cuando el gobernador de Nejucal envió una carta al capitán general de la isla quejándose de que los trabajadores abandonaban el trabajo y el culto divino ¡para acudir a peleas de gallos!

Y todo eso, junto a la isla de deseo que suponen estos recintos, no se podía permitir en una tierra colonial que en la segunda mitad del siglo XIX sufriría profundas convulsiones y se libraría definitivamente del poder colonial: pero entonces ya era demasiado tarde para arrancar de la realidad una actividad que se había convertido en una tradición esencialmente local.

No fue hasta finales de siglo cuando más intensamente se vivió la cuestión de las peleas de gallos, que pasó a convertirse en la munición de las varias facciones tras la independencia de la isla. De 1898 y hasta 1902, con la aprobación de la Enmienda Platt, Estados Unidos ocupó esta tierra con un gobierno mixto que velaba por los principios que la emergente potencia enarbolada, entre ellos la modernidad.

Y las peleas de gallos eran consideradas una barbarie.

Una ley del 24 de julio de 1899 modificó el Código Penal sobre juegos de azar. Dos meses después se fulminaron las corridas de toros, las cuales nunca más resurgieron. En abril de 1900 se prohibieron las lidias de gallos y un mes después se otorgaron poderes a la sociedad protectora de animales para castigar a los infractores. Pero nada detuvo el curso de la tradición a pesar de las afiladas luchas entre los defensores de la modernidad a la sombra del país ocupante.

Las corridas de toros eran la fiesta española; el béisbol, la americana. Y los gallos habían penetrado de tal forma en las costumbres de la sociedad que seguía siendo imposible extirpar de las aficiones del pueblo. Las leyes disparaban contra el atraso de un pueblo considerado salvaje y hambriento por modernizar, especialmente desde sus élites. Ejemplo de ello fue la satisfacción del alcalde de Placetas cuando, en enero de 1901, envió una carta al secretario de Estado y Gobernación, Diego Tamayo, calificando las peleas de gallos de “espectáculo inmoral y sangriento, que tan pobre concepto hace formar de la cultura de un pueblo”. El cambio, impulsado por los poderes sociales y militares, proponía un giro en la difusión de unos valores que no acabaron de cuajar en su plenitud… cuando en 1902 llegó la República de Cuba –por primera vez independiente– con las peleas prohibidas por ley.

***

“Tiene cada pueblo sus costumbres tradicionales con las cuales está encariñado y que le dan carácter perfectamente típico y hasta nacional. Los juegos y entretenimientos forman parte muy principal de esos hábitos arraigados, que van de modo lento y gradual modificando las condiciones del tiempo y lugar”. Así comenzaba el proyecto de Ley sobre Lidias de Gallos elaborado en los primeros balbuceos del nuevo país independiente y que fue presentado por varios representantes del parlamento. Y continuaba: “Querer que desaparezcan violentamente, es algo así como aspirar a torcer el natural proceso de la evolución social y ocasionar, como con toda violencia, un malestar sensible y nada conveniente a la marcha armónica y ordenada de todo progreso verdadero”.

La expresión de la época “moral pública” no hizo sino alimentar el debate, que los periódicos amplificaron según sus propios intereses. El paradigma de la modernidad, abrazado por los intelectuales, no contemplaba chirriantes actividades propias de países atrasados, rurales y, en definitiva, salvajes. Una lucha entre el pasado frente al futuro que se libraba con amplios ecos y participación.

El Fígaro, uno de los periódicos que circulaban a principios del nuevo siglo, publicó en noviembre de 1902 una encuesta que había realizado a 64 figuras destacadas de la vida cultural habanera sobre el asunto, con resultados dispares. Desde las respuestas tibias: “Toleremos las vallas de gallos, a cambio de que los hijos de los guajiros vayan a las escuelas públicas, y éstas, no lo dude usted, matarán a aquellas”, a las abstenciones en verso: “Yo no contesto: me callo/ Y muy bien hago en callar, pues quien debe contestar/ a la pregunta es el gallo”, pasando por algún irónico que acababa con estos versos: “¡Cuantos menos gallos haya…/ Tocarán a más gallinas!”.

Pero no fue hasta 1909 cuando se volvieron a autorizar las peleas de gallos. Después entraron los años y el desenfreno de la década de los cincuenta, cuando el juego superó cualquier delirio y nada hacía sospechar que las ruletas de los casinos se detendrían por muchos giros políticos que se pudieran efectuar; nada que el dinero no pudiera solucionar. El gánster Frank Ragano le contó a Santo Trafficante –que controlaba los negocios de la mafia en la isla junto a Lansky, Batisti y Barletta– su preocupación por los movimientos de unos jóvenes idealistas en los confines orientales del país, pero éste le respondió con desdén: “Estoy seguro de que Fidel nunca llegará a nada. Pero aunque no sea así, nunca cerrará los casinos. Aquí hay mucho dinero para todo el mundo”.

El paso del tiempo no ha cambiado demasiado los esquemas en el interior de las vallas y su significado social. Las regulaciones de la amplia etapa colonial pretendían controlar unos lugares donde la sociabilidad se desplegaba sin límites entre las diferentes procedencias sociales, un potencial nido de conspiración contra el poder que la metrópolis no podía permitir.

A diferencia de las plazas de toros, los cafés o la ópera, las peleas de gallos poseían un elemento capaz de eliminar las desigualdades sociales: el azar; componente que se une a la apuestas para borrar las jerarquías que sí se reproducen en otros lugares. Como escribió el autor de un diccionario de frases cubanas, “el caballero apuesta con el mugriento; el condecorado acepta la proposición del guajiro; el negro manotea al noble”. El resultado de la pelea hablará por sí mismo.

Aunque la revolución atenuó las diferencias de clase, hoy las mezclas constituyen la norma. Jóvenes buscavidas, jubilados, profesionales reconocidos, dirigentes políticos y hombres cargados de collares y dientes de oro comparten el mismo espacio intercambiando risas y dinero. Muy pocas mujeres. Si durante el siglo XIX eran las burguesas quienes no se asomaban a estos recintos, tampoco ahora acuden mujeres a estos espectáculos que simbolizan, en cada gesto, la hombría.

Numerosos estudios sobre estas actividades relacionan muchos atributos machistas con las peleas de gallos; estudios respaldados por la realidad que sigue palpitando en la actualidad. Desde la identificación del pollo ganador con valores de superioridad, pasando por la escasa presencia femenina en los recintos y siempre supeditada a la voluntad del hombre hasta la superación de lo masculino sobre lo femenino, encajan en una descripción de una sociedad que aún trata de sacudirse los valores negativos de la tradición. Por no mencionar los focos de prostitución que suponen. Tampoco contribuyen a salir de esas descripciones algunos de los gritos despectivos a los animales más débiles (“¡gallina! ¡gallina!”) en plena batalla por el triunfo.

***

En Cuba, como en Macondo, no están permitidas las peleas de gallos. La primera medida que se tomó en el país, en 1739, trató de controlar los espectáculos para recaudar parte de los beneficios que se generaban en estos espacios donde el juego y la fiesta ofrecían un lugar en el que escabullirse de la rutina. Pero dicha restricción solo impulsó la desviación de las juergas a recintos clandestinos. Hoy sucede lo mismo: únicamente en las vallas oficiales se permite las peleas. Y son mucho más aburridas.

“Allí hay reglas”, explica Enrique, un ex combatiente de la guerra de Angola que esta temporada ha perdido 80.000 pesos (3.000 dólares) en apuestas y contempla una de estas peleas en la valla clandestina de las afueras de La Habana. En ella, como en todas las extraoficiales, se permite el esparcimiento sin las rígidas restricciones de los recintos estatales, unos lugares cuya apertura fue la salida al crecimiento de la hipocresía: se trataba de un deporte penalizado hasta los años ochenta, pero que gustaba demasiado a todo el mundo.

Hoy, un sábado de finales de octubre, hay feria en Finca Alcona, las instalaciones del Estado, aunque todavía no ha empezado la temporada. Mientras tanto los galleros y los dueños de las cientos de vallas de todo el país acuden a las carpinterías a buscar sacos de virutas de madera para empezar a entrenar y pelear a los gallos.

“¡Managua, Managua, Managua! ¡Con dos marcho!”, repite el conductor del Chevrolet del 53 mientras golpea el capó de su viejo e imponente trasto. Durante quince minutos insiste intermitentemente, hasta que decenas de personas se bajan de un autobús y consigue, por fin, los tres ansiados pasajeros para partir.

Finca Alcona, a las afueras de Managua, es una construcción sólida, de madera y hormigón, permanente, de dos alturas; poco tiene que ver con las improvisados edificios sembrados por toda la isla, sorprendentemente resistentes pero construidos de tablas de madera y techos de plástico. Está al lado de un restaurante y del criador estatal de gallos que vende y exporta a otros países. No se puede fumar, ni beber. Tampoco hay música, ni el desenfreno de las vallas clandestinas. Un funcionario controla todo desde la planta de arriba. Entre pelea y pelea no hay mujeres dando vueltas a la circunferencia de combate vendiendo cacahuetes, perritos calientes o helados, ni chicas que al extranjero –si es que hay, que es casi nunca– le piden una cerveza. Tampoco está permitido apostar, aunque al acabar la función la valla se vacía con demasiada rapidez como para asegurar que es la diversión lo único que se despliega en ese lugar.

Justo en ese momento, tres hombres charlan en la puerta, a espaldas de todo, cuando se acerca otro tipo al que le dan 1.500 pesos (60 dólares), en seis billetes de diez pesos convertibles: han apostado por el gallo de Alexis, que ha perdido frente a uno mexicano.

—Pero entonces, tú tienes dinero –le sugiero al chico que ha perdido 60 dólares tras desembolsar una cantidad inusual en la cartera de un cubano medio.
—Bueno… –sonríe antes de mostrar su carné oficial de criador de gallos–. Tengo unos 50 pollos listos para pelear, que utilizo, porque yo no vendo.

El funcionario de la valla, que ha cerrado las puertas de la instalación donde los pollos han peleado, se va a casa a caballo. Los otros tres chicos se ofrecen a llevarme a La Habana en su coche… pagando 20 fulas, algo más de 15 veces de lo que me ha costado llegar hasta aquí.

***

Alfredo Cruz comprende mejor que nadie los entresijos de ese universo. Este criador de gallos de San Cristóbal, una tranquila población 60 kilómetros al oeste de la capital, pasea por su jardín con el sol tostándole el cuerpo mientras muestra las decenas de animales que cría, las claves de su alimentación y las fases de entrenamiento. “Cuando están rojos como tomates voy y los peleo. El tiempo te va diciendo: se le recogen las carnes y se posa sobre las puntas de los dedos. Cuando un atleta empieza a entrenar, corre sobre los talones; luego corre con las puntas: ahí está el gallo”, explica este sesentón que cree que “los gallos son igual que la raza humana: si no hay raza no hay buen gallo”.

Nada hace sospechar de la pasión de Alfredo por la actividad: “Lo tengo como deporte. No solo crío pollos, sino también cochinos. Lo que me gusta es la cría. Dinero no se gana…, así que criamos puercos. Esa es la vía por la que podemos subsistir un poquito”.

Sin embargo, no todo el mundo comparte esta opinión, pues ven en el espectáculo un festival absurdo de sangre y enfrentamiento entre dos animales en el mismo espacio que se da rienda suelta a las apuestas, el juego y demás escapatorias que chocan con los principios que abandera la Revolución: moralidad. De hecho, el juego y el “enriquecimiento ilícito” representaban la dictadura de Batista, a la que Fidel Castro derribó. Por esta razón las apuestas y el dinero que se mueve en torno a las apuestas gozan de tan baja reputación. Y es que recuerda a los tiempos a los que la Revolución venció y relevó.

La Nochevieja de 1958 los casinos –en manos del capital norteamericano que controlaba el esqueleto del país a través de una red de sobornos y comisiones– fueron atacados furiosamente cuando llegó la noticia de que la Revolución había triunfado. La ira se concentró en los casinos de los hoteles porque simbolizaban el odio a un régimen cruel en un país con altos índices de analfabetismo y pobreza y que beneficiaba a una minoría. La Habana era la perla del Caribe, donde miles de turistas anuales, principalmente norteamericanos, disfrutaban del ambiente propicio para la diversión… hasta que vino el comandante. Y mandó parar. El proyecto de quince inmensos hoteles-casinos en El Malecón se quedó en el aire.

Se nacionalizaron las empresas norteamericanas y con ellos los casinos. Se fulminó el juego. Así lo expresaba Fidel Castro durante una concentración de obreros gastronómicos en junio de 1960, quienes se quejaron porque al cerrar los casinos se hizo tambalear la facturación de los hoteles y, por lo tanto, sus empleos: “… incluso, cuando mediante una ley revolucionaria se puso fin a todo tipo de juego en el país, hubo una excepción con los casinos. Nosotros habríamos deseado que no quedara ningún tipo de juego legalizado […] el juego era manejado por gánsteres, las mafias de gánsteres manejaban el juego. Pero, además, se nutrían esos casinos de los funcionarios ladrones”.

Y las peleas de gallos caían del lado del juego, del enriquecimiento ilícito, de los ecos de un tiempo que había que olvidar y no encajaba con la nueva época que se asentaba en la justicia social y las promesas. Así, en 1968 se trataron de eliminar las peleas en todo el país con el objetivo de acabar con las apuestas. A mediados de los años 80, se rebajó la categoría de la gravedad al transgredir la norma y pelear al margen de las vallas estatales. Se pasó de penas de cárcel a simples multas.

Pero los cubanos siempre han esquivado la legalidad en este ámbito. “Para mí los gallos son un deporte, pero el cubano es muy jugador”, opina Alfredo mientras señala uno de los gallos en su casa. “Toda Cuba juega a los gallos. Cuba son gallos y pelota [béisbol]”. “¡Y mujeres!”, intermedia un chico que trabaja en la finca.

***

—¿Usted es extranjero? –me pregunta un hombre que, junto a su esposa, esperan a la sombra de un árbol en la autopista central–. Sabes que las peleas son ilegales. Si se tira la policía te llevan a inmigración. Ten cuidado –advierte.

Desde la carretera apenas se escucha la música que ensordece en el complejo donde las mesas de juego y la barra de bar acompañan a la valla de gallos. Todo lo prohibido se entremezcla aquí: peleas, apuestas, juego, dinero.

Un empleado de barriga prominente desea que la temporada se extienda, a pesar de que sea el mes de julio y ya hace un mes que habitualmente se suelen acabar las peleas. “Hace falta dinero”, admite. Trabaja en cinco vallas diferentes, ocho dólares en cada una. 180 al mes. “Pero eso no es nada”, opina. “Aquí en Cuba hay mucha necesidad. Demasiada necesidad”, expresa. Para redondear el sueldo, este hombre que niega identificarse (“aquí me conocen y ya está, yo no doy mi nombre a nadie”) suele apostar en las peleas para ganar algo más. Y de vez en cuando suma 60 dólares a su saldo.

En Cuba no es fácil ganar dinero. Por eso, uno de los pocos modos que tiene una persona para juntar más que los exiguos sueldos del Estado es el juego, el que el artículo 219 del Código Penal castiga con multas y hasta con tres años de cárcel. “Para el Estado este juego es ilícito. ¡Todo es ilícito!”, se queja este hombre del gremio que ni siquiera se identifica con un apodo, como es habitual en esta actividad al margen –y en contra– de las regulaciones. Y es que pocos son capaces de estirar la confianza hasta revelar su verdadera identidad.

Enrique, el excombatiente sesentón que dice tener diez oficios y haber perdido esta temporada más de 80.000 pesos, lo que ganaría en un trabajo estatal en doce años (sí, doce años) lo ejemplifica. “Pero no lo pongas en internet, que me llevan preso. Hay extranjeros que tergiversan las cosas…”, desliza tras ser retratado antes de abandonar con paso ligero la valla.

En el mismo recinto y a media tarde, Ayova ha ganado 3.200 pesos (130 dólares). Los 100 pesos para entrar al recinto le han rendido bastante a este cuarentón, que dice ganar entre diez y veinte mil pesos al mes con las apuestas. Hoy no ha peleado con ningún gallo propio, pues no los tiene preparados. “Va por temporadas”, resume. Tampoco Antonio, 76 años, pelo blanco y bigote dorado, ha jugado con un gallo propio. A su pensión trata de añadirle lo ganado con los gallos, que multiplica por cuatro, cinco y seis los 300 pesos mensuales de su retiro.

Y es que no resulta sencillo arrancarle palabras a alguien que va a pelear. Al componente de azar de las peleas se añaden las estrategias, los disimulos y los trucos. Nadie quiere desvelar el estado de su arma de combate. Llegan a la valla, pesan e inscriben a su gallo en una pizarra. Si encuentran un contrincante del mismo peso, se desarrolla la pelea. Todas las artimañas valen para juntar algo de dinero. Desde los que apuestan sin tener ni un peso a los que, peleando su propio gallo, apuestan por el contrario porque saben que perderá.

“¿Contra quién lucha?”, le pregunto a un tipo que rompe con la estética que domina el ambiente –pantalones cortos, ropa impecable, estilo deportivo–. Señala con el dedo a otro gallo de plumaje blanco. Bromea, sonríe y hasta vacila mientras le ayudan a colocarle las espuelas a su gallo, ignorando que su cara, minutos después y con su ave muerta, poco tendrá que ver con su aspecto jovial de antes. Otro joven que está a punto de echar a su gallo solo ha apostado 1.500 pesos. “El contrincante no quería más”, se excusa después de lamentarse por la escasa cantidad.

Ya sobre el recinto de viruta los dos galleros elevan a su animal mientras lo agitan en el aire. Lo agarran del cuello y lo mueven bruscamente hacia adelante para llenarlos de furia y hacerlos pelear. El árbitro da vuelta al reloj de arena y se sueltan los animales. A partir de ahí los picotazos y las sacudidas con las espuelas anclados a las patas se suceden mientras la grada circular grita, se enfurece y gesticula. El estanquero, quien se encarga de cuidar del recinto, tiene que apartar a quienes la pasión les lleva a acercarse demasiado a los animales en combate.

Salta alguna mota de sangre mientras el ambiente se enciende, los galleros gritan a sus animales y éstos revolotean impulsados por la energía del recinto. Tiempo después, uno de los dos muere o pierde tras no levantarse tras unos segundos. Entonces, unos ganan las apuestas, otros las pierden y todos disfrutan. La tradición de las peleas se ha mezclado con la del juego en un instante que alude a los siglos de tradición. Nada nuevo.

“Tú sabes cómo es el cubano. En las fiestas de campesinos, por ejemplo, se pelean gallos, porque esto es historia. Vinieron a Cuba como medio de entretenimiento para los mambises. A mí me gustan las dos cosas, la apuesta y la pelea”, explica Alfredo, el criador de gallos.

Nada hace pensar que se vaya a alterar el devenir de unas prácticas adheridas a la médula de la identidad cubana y que han sobrevivido durante cuatro siglos a un gobierno español, once meses a una ocupación inglesa, tres años a otra norteamericana, medio siglo a una independencia con injerencias frecuentes, y otros sesenta años de una revolución que ama la riña de gallos y detesta las apuestas. “Pero no todo el mundo tiene posibilidades para apostar, así que lo tienen como medio de diversión”, matiza el criador de gallos.

Disfrutan demasiado, multiplican vertiginosamente sus salarios, dan rienda suelta a varias pasiones y siglos de historia les amparan. Y así, definitivamente, así es imposible acabar con nada.

En la cocina de una casa en Batey Cruz, a 50 y tantos kilómetros al sur de La Habana, un matrimonio cubano sostuvo un diálogo que difícilmente podrían olvidar.

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo? –preguntó ella.
—No, no creo que comamos esos vegetales. Hoy mismo me tomarán preso –contestó él, José Ubaldo Izquierdo.

Eran las 11 de la mañana del miércoles 19 de marzo de 2003.

***

El aeropuerto de Pudahuel estaba particularmente frío la madrugada del 4 de agosto de 2010, cuando ocho cubanos atravesaron Policía Internacional hasta la comitiva de Cancillería y el senador DC Patricio Walker. Eran seis adultos, dos niños. Entre los primeros estaba José Ubaldo Izquierdo –hoy de 48 años–, uno de los 75 disidentes cubanos que en 2003 fueron tomados presos y sentenciados a 16 años de prisión por discrepar ideológicamente con el gobierno castrista.

Lo acompañaban su mujer Yamilka Morejón y sus tres hijos, Jennifer, Mari Karla y Alejandro. También sus suegros y un sobrino. El primer estrechón de manos fue entre José y el senador Walker, el anfitrión de aquel encuentro.

Luego, esa mañana, vino una conferencia de prensa. Mucho se sabía sobre el también cubano disidente Orlando Zapata y la huelga de hambre de 86 días que acabó con su vida el 23 de febrero de 2010. Muy poco, en cambio, sobre los presos que lo vieron consumirse. José fue uno de ellos.

***

Durante 18 años, José trabajó como almacenero, hasta que en 2002 fue despedido por razones políticas. Se sabía de su militancia en el Partido Liberal, contrario al oficialismo cubano. Pero ese mismo año, gracias a un programa de becas mediado por la Embajada de Suiza en La Habana, tomó un curso de Periodismo por internet en la Universidad Internacional de Florida. Así llegó a ser reportero en el Grupo de Trabajo Decoro, que alimenta al sitio de noticias Cubanet.org, administrado por detractores al gobierno y que viven en EE.UU.

Se dedicó a cubrir noticias en la ciudad de Güines, donde creció e hizo su vida con Yamilka, su segunda esposa y miembro de las Damas de Blanco, la agrupación femenina que lucha contra el encarcelamiento y la persecución política en la isla. Trabajando en la calle, José sólo reafirmó sus ideas y su descontento con la realidad cubana.

Pronto, su nombre ingresó a la lista de los rastreados por militares. José fue detenido cuatro veces en un año. Y luego, para la celebración del día de la Virgen de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, en Güines fue embestido por la espalda por un automóvil de Seguridad Nacional mientras volvía a su casa. Más tarde, durante la noche, una lluvia de piedras cayó sobre su casa.

***

El 18 de marzo de 2003 corrió la noticia de que Fidel Castro había ordenado detener a varios disidentes. José sabía que lo buscarían.

Al día siguiente, su hermano Alejandro lo despertó. Por los alrededores se habían instalado motos de Seguridad Nacional montadas por militares. “Creo que te están vigilando”, le dijo. José lo ignoró. Se levantó y fue a la cocina. Fue entonces cuando su mujer le preguntó:

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo?

José visitaría a un amigo agricultor esa mañana. Allí conseguía más alimentos, pues la cartilla de racionamiento mensual no le alcanzaba para alimentar las ocho bocas que comían en su mesa. Pero antes quiso llamar a La Habana para saber qué pasaba.

Cuando llegó al teléfono público del almacén, y antes de poder marcar, tres militares se le pusieron en frente. Fue esposado y detenido.

Desde marzo de 2003 hasta el día de su liberación, el 23 de julio de 2010, estuvo en varios calabozos e internado cinco meses en el Hospital Militar en La Habana por las úlceras y la gastritis crónica que lo afectan desde los 11 años.

En medio de los dolores de ese tiempo, si hay algo que José recuerda hoy con emoción, sentado en la terraza del supermercado en Las Condes donde trabaja como guardia y reponedor durante seis veces a la semana, es que durante su presidio se convirtió en padre por tercera vez. En una de las visitas conyugales a la cárcel, su mujer quedó embarazada de Mari Karla, hoy de siete años.

***

Su esposa es, según José, “la heroína de las mil batallas”. De no ser por ella, quizás la posibilidad de llegar a Chile ni siquiera hubiera existido. Su mujer, quien actualmente trabaja como vendedora en una zapatería en un mall en La Florida, pertenece a las Damas de Blanco y mientras José estuvo preso se contactó con varias embajadas tanteando opciones, hasta dar con la chilena.

A mediados de 2010, y cuando ya se rumoreaba que José sería liberado en La Habana y expulsado a España –tras varias interpelaciones de la Iglesia católica, lideradas por el Papa Benedicto XVI–, el senador Patricio Walker tomó contacto con la agrupación de mujeres cubanas. Habló con Yamilka, después con el canciller Alfredo Moreno, y luego, éste último con el presidente Sebastián Piñera. José se convertiría en el primer cubano refugiado político en Chile.

“El (Patricio Walker) conversó directamente con Berta Soler, líder de las Damas de Blanco. El sabía de mi caso y que yo era inocente. Le planteó la idea de refugiarme en Chile al presidente Piñera a través de la Cancillería. El accedió de inmediato, y todo el asunto se dio en solo unos días”.

***

Para cuando José y su familia arribaron a Chile desde España –adonde viajaron junto a otros 20 disidentes liberados el 23 de julio de 2010–, Soledad Alvear, Gutenberg Martínez, Patricio Walker, Ximena Rincón y la asistente social de la Fundación de Ayuda Social de Iglesias Cristianas (Fasic), Elizabeth San Martín, tenían todo listo para ellos. El mismo 4 de agosto, los cubanos fueron trasladados a la que sería su casa durante un año, subsidiada por el Estado, en Maipú.

Pero durante la primera semana en su nuevo hogar, José sintió un golpe en la puerta de entrada. Cuando la abrió, encontró un paquete de cera envuelto en llamas. Tras su denuncia, un vehículo de la PDI rondó la casa durante días.

“También ocurrió en otra ocasión: para la visita de Raúl Castro en enero del año pasado, varios compatriotas fuimos a expresarnos a Plaza Italia. Solo recibimos improperios. Lo mismo pasó cuando asistimos a un homenaje en memoria de Orlando Zapata. Sabemos que fueron militantes del Partido Comunista”, comenta.

A pesar de esos episodios, la nueva vida iba bien. Desde su llegada y por un año, recibió $800 mensuales para gastos, además de asistencia médica gratuita en el Hospital San Alberto Hurtado, matrículas para sus dos hijas en el colegio Hermanas de la Providencia de Maipú y asesoría para obtener la visa permanente de residencia definitiva en el país, la que obtuvo un par de meses después. Todo corría por cuenta de Cancillería y Fasic.

Con el tiempo, y tras encontrar su primer trabajo como reportero en una radio en Isla de Maipo, José y su familia comenzaron a disfrutar de la nueva vida: internet, tv cable, el metro, restaurantes buffet, el supermercado.

Algún día, dice José, le gustaría militar en la DC, pues mantiene estrechas relaciones con Patricio Walker y Soledad Alvear. Con ellos se reúne a veces a tomar un café, a conversar, a discutir política. Cuenta que les ha dicho que no le parece la alianza con el Partido Comunista en el pacto Nueva Mayoría. Y que tampoco le gusta Michelle Bachelet.

—¿Cómo te defines políticamente?
—Soy anticomunista y anticastrista. Y una cosa tiene que ver con la otra, irremediablemente. Fidel Castro traicionó al pueblo cubano, porque cuando triunfa
la Revolución y se logra sacar una dictadura del poder, él instaura otra.
—¿Volverías a Cuba?
—Una de las cosas que más extraño de Cuba es a mi madre. Ella no quiso venir, tiene 86 años, está muy anciana. Quiere morir allá. De todos modos, pude tenerla conmigo para el Día de la Madre este año. Juntamos unos pesos con mi mujer y la trajimos.

Esa tarde celebraron a la chilena. Asado, ensaladas, incluso vino. Los vecinos de su nueva casa, en la avenida Pajaritos, dicen que José se ha convertido en un pequeño oasis cubano de rumba y danzón entre tanto reggaetón y bachatas del barrio. Por las ventanas se oye la música, y desde la cocina se cuela el aroma de la comida de la isla. Quien pasa y se acerca, puede notar también esa especie de santería presente en el lugar, donde permanece la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la misma a la que le rezaba durante los ocho años más difíciles de su vida. De una de las paredes del living, como es tradición, cuelga una bandera cubana. Esta vez junto a una chilena, bajo la foto presidencial.

I

La casa donde Guillermo Fariñas hace la huelga de hambre número 22 de su vida huele a estofado de cerdo que prepara su madre. El día que me encontré con él, a su decisión de no probar alimentos había sumado la privación de líquidos para hacer su protesta aún más desafiante. Luego de la vuelta al mundo que dio la noticia de la muerte de Orlando Zapata Tamayo —un preso político, negro, pobre y desconocido— tras 86 días de ayuno, Fariñas había decidido seguir su ejemplo con la exigencia de que 26 opositores del gobierno de Cuba fueran puestos en libertad.

Sentado en uno de dos sofás viejos que se amontonan delante de un televisor ruidoso, Fariñas descubre su camisa celeste para mostrarme cicatrices que le dejaron las huelgas anteriores y una bala recibida en la columna vertebral durante los días en que fue enviado por Fidel Castro a Angola, al lado de miles de soldados cubanos que participaron en la guerra de independencia del país africano colonizado por Portugal. Marcas ya cerradas y ennegrecidas aparecen a lo largo del pecho huesudo y la espalda morena, como vestigios de combate.

El anterior ayuno de protesta de Fariñas comenzó el 31 de enero de 2006, después de que agentes de seguridad cubana le bloquearan el acceso al cibercafé de Santa Clara, la apacible villa donde vive, a 250 kilómetros del rumor de las olas y el olor a salitre de La Habana. En esa ocasión, Fariñas anunció que dejaría de comer hasta que el gobierno garantizara internet para él y para todo el pueblo de Cuba. Al poco tiempo de iniciada su protesta, su estado de salud colapsó y fue llevado a la sala de terapia intensiva de un hospital cercano, donde dice que cada vez que recuperaba el conocimiento se arrancaba los sueros y los aparatos que le conectaban de forma intravenosa para que siguiera con vida pese que no probaba alimentos. La batalla por el derecho a internet en el único país comunista de América duró siete meses. El 31 de agosto de ese mismo año, Fariñas volvió a su casa con 15 kilos menos, problemas renales y alteraciones esporádicas del corazón. No consiguió internet para todos pero recibió dos premios, uno del gobierno de la ciudad alemana de Weimar, y otro de la organización Reporteros sin Fronteras, ambos por su lucha para lograr el libre acceso a la red en la isla.

A sus 47 años de edad, Fariñas ha logrado adaptarse a la nueva generación de jóvenes opositores que han hecho de internet una de sus principales armas de combate. Oswaldo Payá, quien durante los noventa y principios de esta década fue el disidente cubano más conocido a nivel mundial, se ha visto rebasado debido a su falta de pericia para navegar por la red. Payá tiene una página web bastante insípida que alimenta con información que envía a colaboradores en Miami a través de cartas escritas de puño y letra, que deja en las embajadas en Cuba de algunos países como Polonia o Suiza, o bien mediante dictados telefónicos, lo que le resta agilidad a su activismo. Por eso es que cada vez son menos las noticias que tiene el mundo sobre este disidente.

Fariñas, en cambio, se comunica vía electrónica. Cuando nos vimos, aunque en Cuba muy pocos estaban enterados de su protesta, medios de comunicación alrededor del mundo daban seguimiento a su estado de salud con entrevistas vía telefónica o por medio de blogs y cuentas de redes sociales como Twitter y Facebook. En algún momento de nuestro encuentro de casi tres horas, Fariñas se levantó de su asiento y se dirigió con paso lento de la sala de su casa hacia un pequeño cuarto donde cohabitaban una computadora y un lavadero de ropa. Con el rostro serio me dijo: “No vamos a dejar que el fuego que encendió Zapata Tamayo se extinga, porque si dejamos que este fuego se extinga, vamos a ser aniquilados como oposición pacífica. Éste es el momento de ahora o nunca”.

Coco, como le dicen sus amigos, se sentó frente a su máquina y empezó a enseñarme diversos escritos y fotografías de su vida, en especial las de su época como miembro de uno de los tres comandos de demolición, penetración y sabotaje del Ejército cubano en Angola, así como las de su paso posterior por la academia militar de Tambov, Rusia, donde padeció un ataque epiléptico a causa de un gas neuroparalizante que, erróneamente, le dio otro soldado. Fariñas volvió a Cuba, estudió Psicología y se desencantó del gobierno. Años después optó por dedicarse al periodismo.

Su gran contacto con internet aconteció en 2003, cuando se incorporó a la agencia Cubanacán Press, a la cual nutría de crónicas sobre la vida en Santa Clara. Cubanacán Press, que fue creada por disidentes, pretendía usar la entonces novedosa plataforma cibernética para dotar de información periodística rigurosa al mundo, pero acabó cerrando cinco años después, justo cuando iniciaba en Cuba una oleada de blogs que relataban con desenfado la cotidiana realidad de una generación de jóvenes aparentemente enclaustrada. Uno de éstos era el de Yoani Sánchez Cordero, amiga de Fariñas, cuyas opiniones divulgadas por la red hoy son seguidas por centenares de medios de comunicación de todo el mundo y traducidas a 12 idiomas, incluido el persa.

Durante el viaje a Cuba, que hice con la finalidad de entrevistar a Fariñas, internet se convirtió en el tema recurrente. Mientras que en México y otros países latinoamericanos los medios sociales son para algunos especialistas tan sólo una moda, el mundo opositor cubano está convencido de que celulares, Twitter, Facebook, conexiones inalámbricas y memorias portátiles son un cambio radical en la forma de comunicación, el cual detonará la transformación social y política de esta isla gobernada desde hace 51 años por Fidel y Raúl Castro.

La nueva revolución cubana, creen, pasará por internet.

II

El primer viaje que hice en mi vida al extranjero fue a Cuba, en 1998, para presentar un fanzine que hacíamos en la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde estudié. Uno de los jóvenes escritores cubanos que conocí aquella vez, fiel seguidor de Fidel, me lo volví a topar 12 años después, luego de visitar a Fariñas. Para mi sorpresa, J.L., como me pidió que lo identificara, estaba ahora alborotado con el ventarrón de novedad que significaba la escritura de blogs. A pesar de que el Instituto Cubano del Libro ya ha publicado un par de cosas suyas, J.L. consideraba que el futuro de Cuba era ser una potencia mundial de blogueros. J.L. imaginaba su porvenir escribiendo un blog para The New York Times y dando clases en países del mundo “con gobiernos tiránicos y enemigos de internet como Irán o Venezuela”, según me compartió. “Ser una especie de Che Guevara, pero punto com”, añadió con sonrisa provocadora.

En realidad, el entusiasmo de J.L. por el mundo del blog es algo atípico en Cuba. El gobierno ha explicado ante la ONU, en voz del canciller Bruno Rodríguez, que el bloqueo económico de Estados Unidos no permite a Cuba usar los cables submarinos de fibra óptica que cruzan cerca de la costa, por lo cual el acceso masivo a internet se vuelve imposible y se ha optado por el uso colectivo de estos recursos, por medio de centros comunitarios, instituciones, salas de navegación, escuelas, universidades y una especie de cibercafés públicos llamados “joven clubs” de computación, en los cuales existe una vigilancia de la seguridad del Estado que impide navegar a mar abierto por la red.

Fuera de este entorno, la población cuenta con un acceso muy limitado. Empleados de hoteles de La Habana, donde se da el servicio en forma privada, me aseguraron que los usuarios cubanos enfocaban sus caros minutos de uso en escribir, a leer cartas o chatear con sus familiares en el extranjero. “Dudo que haya un solo cubano que venga y se ponga a revisar blogs”, me dijo un empleado del Hotel Meliá Cohiba, donde una hora de internet cuesta alrededor de 12 dólares.

Los blogs cubanos que se han hecho famosos en los últimos años están dirigidos principalmente a las gradas internacionales, no al ciudadano de a pie en la isla.

III

Yoani Sánchez, la bloguera más famosa de habla hispana, tiene una voz dulce pero resuelta. Parece gitana: orgullosa y predestinada. Amarra y desamarra con una resistente liga su largo pelo negro mientras cuenta su historia en el rincón de su departamento, donde vive con su pareja, el escritor Reinaldo Escobar, quien alguna vez trabajó en Juventud Rebelde, uno de los dos principales periódicos oficiales. El departamento de ambos está en el piso 14 de un edificio de la zona Nuevo Vedado. Tiene un par de habitaciones, una cocina y una amplia estancia que además incluye un lindo balcón para mirar los atardeceres de la ciudad. Su vivienda en este edificio llamado Modelo Revolución Socialista, cuenta la misma Yoani, no tiene nada que ver con el “solar” del barrio de Cayo Hueso, donde nació hace 34 años. Las mansiones en las que vivían los ricos cubanos antes de la revolución de 1959 fueron ocupadas por familias pobres, quienes se acomodaron como pudieron en ellas y formaron vecindades en las cuales normalmente hay baños y cocinas compartidos por todos. Por aquellos años, William Sánchez, el padre de Yoani, trabajaba a pico y pala en la ampliación de las líneas de ferrocarriles. Tiempo después acabaría conduciendo una locomotora. María Eumelia Cordero, la mamá de Yoani, desde que nació su hija y hasta la fecha trabaja organizando la papelería de una base de taxis. Ambos eran unos bebés cuando Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, el 1 de enero de 1959 llegaron a La Habana a tomar el poder. Hasta la crisis de los noventa, cuando se desplomó la Unión Soviética y a su vez el importante apoyo económico a Cuba, vivieron satisfechos con el comunismo. Desde entonces tienen una postura crítica, que sin embargo y, a diferencia de su hija, no va más allá de las salas de sus casas.

En los setenta, cuando Yoani nació, estaban de moda los nombres que comenzaban con la letra “i griega”. La hermana mayor de Yoani se llama Yunia y algunos de sus amigos de la infancia eran Yordani, Yovani y Yuneiqui. Suele decirse que el desvarío de esta generación cubana por la penúltima letra del alfabeto se debe a la influencia rusa. Sin embargo, hay quienes piensan que el origen de la tendencia tiene que ver más con un pequeño acto de rebeldía y confusión lingüística. Para los hablantes hispanos, la letra jota inglesa suena como la i griega, entonces, cuando en Cuba se oía hablar de John Lennon, de Jacqueline Kennedy, o de otros nombres de la escena del espectáculo o la política internacional, a los oídos caribeños esto sonaba a una i griega, por lo cual, lo que había era un deseo de imitar la pronunciación anglosajona y no la rusa.

“La época de las Y era un momento de mucho control social en todos los sentidos. Los cubanos nos vestíamos solamente con ropa del racionamiento, comíamos lo que venía por el mercado subvencionado, había mucho control en nuestras vidas y había sólo una porción de nuestras vidas que no estaba controlada: nombrar los hijos”, interpreta Yoani. De esos años, la bloguera afirma que tiene muy presente —pese a que sólo tenía cinco años— la estampida de personas que asaltó la Embajada de Perú buscando abandonar la isla. Entre los desesperados, había algunos vecinos del solar de Cayo Hueso.

A los tres años de edad, Yoani entró a la escuela República Popular de China, donde una maestra llamada Melva, que vive aún, aderezaba la formación de los pequeños lanzándoles una rata disecada para espantarlos cuando no ponían atención. Las primeras oraciones que escribió Yoani fueron: “La revolución es buena” y “Nuestro querido comandante, jefe invencible”, asegura. Después estudió la secundaria en el Instituto Protesta de Baraguá, llamado así en honor de una manifestación que hizo en el siglo XIX el héroe nacional Antonio Maceo, a quien Yoani prefiere decirle lugarteniente cuando se refiere a él. La mayoría de los alumnos eran afrocubanos y los blancos como Yoani vivían acosados, según cuenta. Yoani no era una estudiante destacada pero empezó a interesarse por la lectura, a pesar de que sus orígenes familiares incluían abuelos analfabetas y unos padres que tenían una biblioteca con apenas cinco libros. A los 13 años, Yoani ya se había leído toda la obra de Víctor Hugo, la de Dostoyevski y la de Tolstoi, una proeza que parece inverosímil.

—¿Esta avidez por la lectura era fomentada por la educación revolucionaria? —pregunté.

—No. En realidad era una rareza.

Según Yoani, su gusto por la lectura era motivo de escarnio entre la mayoría de sus compañeros e incluso su madre interrumpía en ocasiones su lectura para advertirle: “¡Ya! Te vas a quedar ciega, ¿por qué lees tanto?” o “Vamos a comer, te vas a morir de flaca, ¿por qué lees?”.

Por esos años de la adolescencia de Yoani, aun mucho más que ahora, Fidel Castro era una presencia omnisciente. Estaba en la televisión, en los libros, en la radio y en la prensa. Era una presencia imposible de evitar.

—¿Recuerdas qué pensabas de él?

—Todo lo que yo pensaba hasta los 14 años de Fidel Castro no tiene ya ningún valor, porque sencillamente yo era una niña que no podía discernir ideológica ni políticamente nada.

Cuando Yoani cumplió 14 años, en Cuba la crisis llamada “periodo especial” estaba en su cresta más alta. Tanto William como María Eumelia vieron cómo se arruinaban sus empleos en el sector del transporte, el primero en ser afectado drámaticamente por la escasez de combustible. Yoani dice que vivió una pauperización moral y física. A diferencia de otras familias que tenían ahorros, parientes en el extranjero o familiares en el gobierno que aminoraron las penurias, la de Yoani conoció el vacío.

IV

Pese a que el dictador Nicolás Ceaucescu ya había sido derrocado y no faltaba mucho para que fuera fusilado por el delito de genocidio, la escuela donde Yoani Sánchez estudió la preparatoria se llamaba República Popular de Rumanía. La institución era un albergue en las afueras de La Habana, donde los alumnos estudiaban y vivían. Yoani lo recuerda como una cárcel donde se imponía la ley del más fuerte, y en la cual le tocó presenciar violaciones, suicidios, robos y “mucha degradación moral”. Durante ese tiempo en el internado, Yoani enfermó del hígado y de queratitis, una enfermedad en la córnea que obliga a quien la padece a cerrar el ojo repentinamente. Debido a este padecimiento, Yoani fue trasladada a un internado de La Habana, donde quedaron atrás las noches vergonzosas.

Yoani quiso estudiar periodismo en la universidad pero reprobó el examen de ingreso y fue enviada al Instituto Pedagógico de La Habana, en el que, tras sacar buenas calificaciones, consiguió luego el traslado de especialidad a la Facultad de Filología. Durante esos días de ajetreo, entre escuela y escuela, nació su hijo Teo, quien hoy tiene 14 años. “Se ha dicho mucho que en Cuba todo mundo tiene oportunidad para estudiar la universidad, pero yo no creo que sea cierto. Estudian en la universidad aquellas personas que tienen una familia que los puede mantener durante cinco años de improductividad. Según el historial de pobreza de mi familia, a mí no me tocaba estudiar en la universidad. O sea, yo nunca hubiera podido estudiar en la universidad porque ¿quién iba a pagar para que Yoani Sánchez estuviera cinco años metida en los libros sin producir? Afortunadamente en ese tiempo, a los 17 años, conozco a mi actual esposo y los dos teníamos muchas inquietudes y mucha miseria acumulada, entonces decidimos encontrar una fórmula para ganarnos la vida y comenzamos a enseñarle la ciudad y nuestro país a turistas que encontrábamos en la calle. Es una profesión ilegal, underground, no permitida, pero nos dio cierta autonomía económica. Con esa autonomía económica yo podía, bueno, financiarme estar en la universidad, comprar los libros, comprar la ropa”, relata.

Mientras Yoani trabajaba como guía de turistas, sobre todo de suizos y alemanes, aumentaba su conciencia crítica sobre la realidad del país. “Me iba abriendo los ojos a mi propia realidad, porque tener que explicar la realidad propia a extranjeros es la mejor manera de conocerla”. De cosas tan visibles para un viajero recién llegado, como el deterioro físico de la ciudad, se dio cuenta gracias a las preguntas de los turistas, quienes a su vez le sembraron “el bichito del deseo de libertad” con otros cuestionamientos como: ¿Tienes acceso a la prensa extranjera?, ¿lees?, ¿cómo funciona el internet y la telefonía móvil?

V

El primer contacto que tuvo Yoani con la computación fue en 1993, cuando estudiaba la universidad y empezó a hacer un periódico literario llamado Letra a letra, un boletín de corte literario. Yoani lo hacía en una computadora que ella misma se había construido con piezas del mercado negro, intercambiadas con amigos. Era un armatoste al que la bloguera cuenta que le puso el nombre de “Frankenstein”. La máquina tenía instalado el MS-DOS y el Word Perfect 5.1, con el cual se diseñaba el periódico. Al paso de los meses, Letra a letra fue prohibido, ya que se vendía en 20 centavos, lo cual dio pie a que Yoani fuera acusada de enriquecimiento ilícito.

—¿Por qué querías hacer una computadora?

—Yo siempre he sido muy tecnológica. Le digo a todo mundo que fui la segunda hija hembra de un hombre que siempre quiso tener hijo varón y como ya sabía que no iba a poder, entonces me enseñó a mí todos los rudimentos de la electrónica. Desde chiquita reparo lavadoras, refrigeradores, televisores, planchas…

Yoani acabó la universidad en el año 2000 con la tesis Palabras bajo presión. La literatura de la dictadura en Latinoamérica. Aunque mencionaba poco del caso cubano, fue reprendida por sus maestros. Su trabajo incluye revisiones de La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa, de una novela llamada La dama de cristal, ganadora del premio Casa de Américas y cuya trama gira alrededor de una mujer dictadora; también incluía un libro cubano llamado El caballero ilustrado. El proceso de trabajo de esta tesis fue clave para convencerse de que su futuro era la informática. “El mundo académico y literario me parece que es un mundo con muchos dobleces, muchas falsedades, con mucha simulación, mucho oportunismo, y que yo sencillamente conocí con aquella tesis. Con todos esos incidentes me había dado cuenta de que con la informática me sentía más cómoda, más en mi salsa. Era una profesión más clara, menos cínica”.

A principios de 2002 fue asignada por el gobierno a una editorial para niños y jóvenes, llamada Gente Nueva. Ahí lo mismo reparaba una computadora que cargaba con una bicicleta llena de libros para llevarlos a una presentación, o bien editaba en ocasiones uno que otro texto infantil. Ese mismo año se abrieron los primeros cibercafés en La Habana. El más conocido era el del Capitolio, donde costaba cinco convertibles (euros) el uso de internet durante una hora. Páginas como Cubaencuentro, bloqueada luego, o la del periódico El País, de España, se convirtieron en sus preferidas. El 26 de agosto de ese mismo año, por la tarde, Yoani estaba subiéndose a un avión con rumbo a Zurich, Suiza, donde tenía la intención de quedarse y no regresar nunca más a Cuba. La ciudad la deslumbró de inmediato y al día siguiente de haber llegado empezó a trabajar en una librería especializada en literatura latinoamericana, la cual era propiedad de una mujer nacida en Perú. Meses después, su hijo Teo la alcanzó. Todo parecía indicar que Yoani y Teo harían su vida en el país europeo, pero abruptamente —“todo en mi vida está lleno de arranques”, explica Yoani— la bloguera decidió regresarse a Cuba y visitar a su padre, quien había enfermado. Una vez aliviado su padre, se sentía como un pez fuera del agua. Animal informático, Yoani había conocido en Suiza la banda ancha, inexistente en Cuba.

“Yo creo poder vivir sin los frijoles negros y todo eso, pero la falta de información me asfixió”.

VI

En abril de 2007, nació Generación Y, el blog de Yoani. El primer post que subió se titulaba: “Carteles sí, pero sólo sobre pelota”, y decía: “Por estos días el país vive una fiebre beisbolera a partir de los últimos partidos correspondientes al play off de la serie nacional. Los industrialistas visten de azul, mientras que el rojo es el color de quienes le van a Santiago de Cuba. En numerosos balcones, puertas y muros se leen carteles como ‘Industriales Campeón’ o ‘Santiago es mucho Santiago’. A los militantes del Partido les han orientado que durante los juegos en el gran estadio latinoamericano deben evitar que se grite despectivamente la palabra ‘palestinos’ para referirse a los jugadores del equipo oriental. Mientras que el despliegue policial dentro y alrededor del propio estadio sólo es comparable con el ocurrido durante la Cumbre de Países No Alineados en septiembre último”.

”Hasta yo, que no comparto la pasión beisbolera, veo los partidos transmitidos en la TV y salto cuando anotan los leones industriales. Sin embargo, no dejo de notar que durante estos días la pelota nos sumerge en un sopor irreal y que hasta la aparición de los tolerados carteles es un paréntesis, un permiso temporal, del que no podremos hacer uso para otros temas. Me puedo imaginar qué pasará si una vez concluida la final cuelgo en mi balcón un mínimo papel que diga: ‘Sí al etanol’ o ‘Internet para todos’”.

Su escrito recibió tan sólo 21 comentarios de lectores, a diferencia de hoy en que a veces pasan del millar. Buena parte de las opiniones eran de simpatizantes extranjeros del gobierno cubano, quienes la acusaban de “desagradecida con la Revolución”. Unas semanas antes de iniciar su blog, Yoani se había motivado leyendo Penúltimos Días, el blog de Ernesto Hernández Busto, un cubano que vive en Barcelona; también el de Alejandro Armengol, periodista del Nuevo Herald, quien hace Cuaderno de Cuba; así como una columna de sátira sobre la cultura cubana llamado La Lengua Suelta.

—Los detractores de los blogs dicen que éstos son muy banales e imprecisos en sus informaciones —solté.

—A la blogósfera alternativa cubana, no nos están leyendo por la inmediatez, la cual no podemos dar por el tema de la conexión internet, no nos están leyendo porque estemos acreditados a un evento donde solamente están los periodistas confiables y los corresponsales extranjeros. Nos están leyendo para saber qué pensamos sobre determinado asunto. En un país donde durante tantos años se ha utilizado más bien un periodismo de reporte, un periodismo editorialista, un periodismo que transmite la voz del Estado, y no se ha potenciado la voz y la opinión del ciudadano, hacen mucha falta a veces estos dislates de los bloggers, este atreverse a decir, aunque no estés muy seguro de lo que estás diciendo: La voz del yo por encima de la voz del nosotros.

VII

El portal de internet más importante del gobierno cubano se llama Cubadebate. Contra el Terrorismo Mediático y es dirigido por Randy Alonso Falcón, periodista estrella del oficialismo y conductor de Mesa Redonda, el programa estelar de la barra televisiva nacional. Tras dejarle la presidencia a su hermano Raúl, no fue en el papel periódico de Granma ni en el de Juventud rebelde, sino en las páginas digitales de este portal, donde Fidel Castro decidió comenzar a publicar una columna llamada “Las reflexiones del compañero Fidel”. El 4 de junio de 2008, apareció en el sitio web un prólogo que éste preparó para un libro sobre Bolivia y Cuba. En dicho texto se refirió por primera vez, sin llamarla por su nombre, a Yoani Sánchez, quien por esos días acababa de recibir el premio Ortega y Gasset, así como distintos reconocimientos internacionales por su blog Generación Y. Fidel asegura en el texto que tras leer las declaraciones que hizo “una joven cubana” a un enviado especial de Notimex, había recordado “al mártir de Dos Ríos, nuestro Héroe Nacional José Martí”, así como al “Che Guevara”. Luego, una serie de frases dichas por Yoani Sánchez son seleccionadas por el propio Fidel y presentadas en su prólogo, entre ellas éstas:

“… Si la idea de las autoridades cubanas de haberme negado el permiso para viajar a recibir el galardón fue una especie de castigo, no ha sido nada dramático”.

“Compro una tarjeta de internet, que oscila entre cinco y siete dólares, para enviar mis textos…”

“No soy opositora, no tengo un programa político, ni siquiera tengo un color político y ésa es una característica de mi generación y del mundo actual: ya la gente no se define ni de izquierdas ni de derechas, son conceptos cada vez más obsoletos”.

“Mi blog tiene un récord de comentarios espeluznantes que a mí me asustan…”

El viejo comandante revolucionario se sorprendió de encontrar en estas opiniones de Yoani “la generalización como consigna” y el que “haya jóvenes cubanos que piensen así”, y también que exista “prensa neocolonial de la antigua metrópoli española que los premie”.

Enrique Ubieta, escribió la otra referencia notable que existe en la prensa oficial sobre la bloguera catalogada por la revista Time como una de las 100 personalidades más influyentes del mundo. Ubieta publicó en Granma un texto titulado: “Yoani Sánchez: La hija de PRISA”, en el cual critica los intereses del poderoso grupo mediático accionista de El País de España y del Nuevo Herald de Miami. Dice Ubieta: “El caso Yoani —o si se prefiere, la operación Yoani— seguramente se estudiará en el futuro como ejemplo de manipulación mediática y de injerencia en los asuntos internos de una nación soberana, a pesar del poco éxito que ha tenido su traje de cordero, en un mundo acostumbrado a distinguir a cada lobezno disfrazado por sus peludas orejas”.

VIII

Platiqué sin grabadoras sobre la represión a internet en Cuba con un funcionario del gobierno cubano. Cuando le comenté por teléfono cuál era el tema del que quería conversar, me dijo que me estaba fijando en cosas baladíes. “En Cuba hay problemas más importantes y urgentes como la economía o las cuestiones energéticas. A los cubanos no les importa internet, nadie sabe quién es Yoani Sánchez”, me advirtió. Ya en persona, delante de un café me dijo que si había acceso o no a internet para la mayoría de los cubanos, era un debate superficial, ya que provenía desde una serie de países que ni hundiendo en la miseria a la isla, han logrado conquistarla. “¿En Oaxaca o en Chiapas todo mundo tiene acceso a internet? Internet es un lujo al alcance de sociedades opulentas y ricas. En Cuba la gente no quiere internet, quiere chancho [cerdo]”. Además, me refirió el caso de un grupo de manifestantes estadounidenses detenidos en Pittsburgh en septiembre de 2009 por usar Twitter para organizar una serie de protestas contra la reunión del G-20 que ahí se iba a celebrar. “Yoani Sánchez no es importante para el presente de Cuba ni para el futuro. Los mosquitos mueren entre aplausos”, remató.

IX

El reclamo estudiantil más airado y famoso que ha habido hasta el momento en contra del gobierno cubano no sucedió en la escuela de Ciencias Políticas o en la de Filosofía, sino en la de Ciencias Informáticas de la Universidad de La Habana. En febrero de 2008, hasta las manos del corresponsal de la BBC en La Habana, Fernando Ravsberg, llegó la videograbación de una reunión entre Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, con jóvenes representantes de la Facultad de Informática. Uno de los estudiantes cuestionaba, a nombre de sus 10 mil compañeros de aulas, la prohibición que existe para que los cubanos viajen libremente al extranjero. “¿Y si yo quiero viajar al lugar donde cayó el Che en Bolivia? No puedo”, dijo Eliécer Ávila, quien junto con otros universitarios se quejó ante el poderoso miembro del buró político del Partido Comunista Cubano del acceso limitado a internet. “Nos quitaron Gmail y Yahoo, dos de los servicios más usados en el mundo, porque están fuera del control de la seguridad del Estado. ¿Por qué?”.

Pensar estratégicamente implica imaginarse en los zapatos del enemigo. Días después de los reclamos a Alarcón, con la aparición de un blog a nombre de Yohandry, inició la que para algunos es la guerra cibernética que se vive hoy en día en Cuba. El autor de este blog no revela su identidad real, pero sus textos están enfocados en responder directamente a los comentarios que hace Yoani Sánchez en el suyo y a presumir los logros del gobierno. Para no pocos conocedores del cibermundo cubano, Yohandry es un invento de la industria de las conciencias, el espejo oficial de Yoani. De acuerdo con esta creencia, el gobierno cubano formó un grupo de apoyo en internet para tratar de lavar su imagen en los foros de comentarios de los principales medios de comunicación del mundo. El blog de Yohandry es parte clave de ello, según la creencia. En China, el gobierno contrata a miles de “usuarios” que se dedican a inundar de comentarios positivos del gobierno en portales tanto del país como occidentales.

Por medio de la periodista Laura Alvarado, el misterioso “Yohandry”, explicó que no revelaría su identidad, ya que “poner un rostro sería demeritar el de los otros que también soy… Soy también la voz de lo institucional, pero en la misma medida en que puedo serlo del trovador, del reguetonero o del ex recluso”. De acuerdo con datos que ha dado Yohandry para explicar su aparición en la blogósfera, más de 80% de los blogs aparecidos en internet sobre el tema Cuba, miran únicamente las espinas. “Toda sociedad es criticable, la mía también. De alguna forma reflejo esa realidad. Pero si sólo viera las manchas, me (nos) estaría (mos) perdiendo la mitad del paisaje”, asegura.

X

La mayoría de los opositores que quisieron acudir a los funerales de Orlando Zapata Tamayo fueron retenidos por agentes de Seguridad del Estado hasta que estos acabaron, me dijo la madre del difunto, Reyna María Tamayo. Rolando Rodríguez Lobaina, uno de los pocos que sí estuvo ahí, describió que el día del entierro de Zapata Tamayo, cerca de 80 agentes de la seguridad del Estado agredieron a la treintena de personas que se dirigía a la ceremonia fúnebre. De acuerdo con el testimonio de Rodríguez Lobaina, los policías cubanos golpearon y tiraron al piso a los asistentes. A uno de ellos, quien acompañaba Rodríguez Lobaina cuando nos vimos, un agente lo agarró del cuello fuertemente, con la intención de darle una paliza. “Yo rápidamente agaché la cabeza porque le vi la intención. Si no me hubiese roto la frente, y si me rompe la frente hubiese estado preso, pero como no me golpeó estoy libre”, contó el joven.

—¿No entiendo? —interrumpí.

—Fíjate cuántas cosas. Si no se les va la mano dándote golpes, vas para la calle, pero si se les va la mano en una golpiza, vas preso porque no se van a dar el lujo de que tú salgas a la calle y te tires fotos que luego vas a subir a internet.

Dentro del arsenal de la subversión cubana que se apoya en la computación, la tarjeta de memoria portátil —conocida como USB y nombrada en Cuba como “memoria flash”— ocupa un lugar preponderante. Una mañana tuve una cita en La Habana afuera del Cine Yara con Rodríguez Lobaina y otros tres jóvenes recién llegados del oriente de la isla. Los chicos, al igual que Rodríguez Lobaina, habían estado presentes en el velorio de Zapata Tamayo en Banes, el apartado pueblo de la provincia de Holguín donde nació y fue despedido. Cuando nos vimos, no se habían conocido imágenes del funeral ni del entierro del huelguista muerto. A pesar de eso, los cuatro jóvenes traían en sus USB una serie de fotografías y videograbaciones de ambos eventos. Nos fuimos a una cafetería del Hotel Habana Libre y en una mesa del rincón, cada uno de los cuatro transfirió el contenido de sus memorias a mi computadora. Había 24 fotos del funeral, siete videos y 18 artículos firmados por la Alianza Democrática Oriental, el grupo coordinado por Rodríguez Robaina.

“Te damos este material para una gran exclusiva, porque queremos que se conozca lo que pasó en Banes; pero nos gustaría que si puedes, nos ayudaras a imprimir algunos artículos que tenemos en las tarjetas (USB), para poder leerlos y estudiarlos. No te lo estamos pidiendo a cambio. Fuimos a una embajada amiga, pero la impresora estaba fallando”, me comentó uno de los chicos.

Revisé los documentos que venían en la memoria portátil. Eran cinco: dos notas simples de El País, otra de un periódico colombiano y un par de comentarios editoriales de un sitio web de Miami.

XI

El repertorio de tuits que hace Yoani va desde la denuncia como: “Algunos tratando de acallar a los bloggers y nosotros reproduciéndonos como el virus de la gripe en primavera. Vivan los estornudos!”, las confesiones: “El blog me ha traído insomnio y paz, la perenne zozobra de sentirme vigilada y la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar”, el desafío: “La palabra blogger es contestataria. A pesar de los esfuerzos del gobierno de crear su propia blogósfera, la rebelde sigue ganando espacios”, los asuntos personales: “Estuve con una gripe muy fuerte, pero ya regreso al twitterespacio” y las proclamas: “Antes de irme a dormir voy a lanzar mi grito de ciberbatalla: internet o ‘muerte’. ¡Twittearemos!”.

Para acceder a su cuenta de Twitter, Yoani utiliza un mecanismo algo rudimentario en otros países. Como el acceso a internet es caro y complicado, envía desde su celular un mensaje de texto a un número de servicio de la empresa Twitter, la cual automáticamente lo publica en la página donde Yoani tiene su cuenta. Uno de los dos inconvenientes de esta modalidad es que la bloguera no puede interactuar al momento con quienes responden a lo que ha tuiteado, y el otro es lo caro del servicio. “A veces, cuando uno tiene algo en demasía no le da el verdadero valor, lo tiene ahí, es normal, es una costumbre, entonces lo subutiliza. Y a veces, por ejemplo, yo veo a los tuits que la gente envía en Twitter, con fatuidades y banalidades, digo: ‘Si yo pudiera al menos, pero no, yo tengo que concentrar la información, mi tweet no me puedo permitir un tweet frívolo porque es costoso, el tiempo es oro en internet para nosotros en Cuba’”.

Otra de las formas en las que Yoani accede a Twitter es acumulando tuits atemporales: reflexiones a largo plazo que lanza de un tirón cuando está conectada a una computadora, o bien, en el último de los casos, dictando vía telefónica sus mensajes, a amigos en el extranjero que la llaman.

“Sí, me gustaría hacer un llamado a la conciencia de la gente y decir: ‘Tienes esa herramienta maravillosa, no la dilapides en fatuidades. Hay mucho que decir, hay mucho que denunciar, hay mucho que comentar, hay mucho que mejorar, entonces úsala para eso’. El tweet que a mí me encantaría poner pronto es ‘Ya en Cuba se puede opinar libremente. El criterio libre no está penalizado’”.

”Pero, van a tener que esperar un poco esos 140 caracteres”.

XII

—¿Qué crees que vendrá para la primavera de 2010? —pregunto a Yoani.

—Lo que puede seguir es tremebundo o fantástico, es la gloria o el castigo…

Por estos días, además de la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, las calles de La Habana han visto insólitas marchas diarias de las esposas de los 75 opositores presos en 2003, durante una gran redada oficial que en el ambiente disidente se conoce como La Primavera Negra. Estas manifestaciones de “Las damas de blanco” han estado acompañadas del aumento de blogueros cubanos que, como Yoani Sánchez, escriben crónicas en internet sobre los malestares cotidianos del país.

—¿Vendrá otra “primavera negra”?

—Eso o la represión a la blogósfera, lo cual es muy difícil porque ¿cómo tú vas a callar a una persona que se expresa en un mundo virtual? Eso es un poco difícil, pero lo pueden intentar. Yo le digo a la gente al respecto: bueno, en marzo de 2008 censuraron el acceso a mi blog pero dos semanas después yo ya había encontrado el camino para saltarme ese bloqueo informático. Dicto los textos a los amigos por teléfono, los mando por correo electrónico, y mis amigos fuera de Cuba los ponen, el blog sigue vivo.

Un año y medio después estaba descubriendo el poder de Twitter y estaba conectando mi móvil cubano a través del SMS a la tuitósfera internacional. Mañana mismo me quitan mi móvil, me lo confiscan y puedo pedirle a amigos que por favor transcriban lo que les dicto por teléfono. Entonces ¿cómo se silencia a un blogger? Es un poco difícil. Mira, incluso, hay un blog que se hace desde las prisiones de Cuba, donde seis presos de conciencia de la “primavera negra” de 2003 dictan, vía telefónica, desde sus respectivas prisiones. Se llama Voces tras las rejas.

Estamos en un punto de inflexión, o viene la gran ola represiva o viene sencillamente el reconocimiento por parte del Estado, de que no pueden parar. Viene el reconocimiento público, que ellos digan: “Está bien, la discrepancia está despenalizada”. Pero el problema es que ellos no pueden confesar eso ni decirlo, porque el día que lo digan, la propia discrepancia los va a devorar…

—¿Cómo te imaginas ese día?

—Ellos tienen el control sobre el país, porque no permiten a otros hablar ni pronunciarse. El día que lo permitan tienen sus días y sus horas contadísimas. Mientras tanto, somos nosotros los que estamos al borde del castigo.

XIII

El sol no calienta todavía en La Habana. En la sala del departamento de Yoani se celebra una de las sesiones finales de la Academia Blogger, a la cual se inscribieron 27 alumnos, de los cuales hoy vinieron sólo una decena. Un hombre moreno, flaco y con despeinados cabellos, Reinaldo Escobar, esposo de la bloguera, se encarga de dar la clase de Redacción y Estilo. Mientras habla de sintaxis, suelta uno que otro chiste. “Yo digo que la de Cuba no es una dictadura sanguinaria, sino una dictadura sanguínea”. El alumnado, en su mayoría jóvenes, sonríen y un camarógrafo alemán graba sus rostros con una cámara de cine.

Entre los asistentes a la clase circula la edición del Granma donde se habla de la condena de la Unión Europea por la violación de derechos humanos en Cuba. Alrededor de la estancia están enmarcados y colgados, recortes de notas periodísticas sobre Yoani. Un par de libreros y un garrafón de vidrio que adentro tiene corchos de botellas de vino también forman parte de la decoración.

Entre la decena de alumnos presentes hoy, hay un jovencito flaco, de ojos claros y con el cabello medio largo peinado hacia un lado. Este chico tipo emo trajo un texto a revisar. Es la crónica sobre el veto oficial que hubo para que un grupo de jóvenes no entrara a ver una muestra de cine documental que recién hubo en La Habana, y en la cual se prohibió la entrada de ciertos jóvenes críticos al gobierno.

Mientras la clase transcurre, Yoani va y viene de un lado a otro vestida con una falda larga de color morado y una camiseta blanca de algodón. Por la ventana abierta del balcón entran los vientos de la Pascua y un pequeño perro llamado Chispita ronda silenciosamente.

Otro de los profesores es el abogado Wilfrido Ballín Almeida, quien hoy da una clase sobre leyes cubanas. Al terminar aparece Yoani para dar su clase sobre Twitter. En la mano lleva un libro con la pasta maltrecha y las hojas algo amarrillentas. Se llama El epigrama español y lo trae, dice, para sustentar la profundidad lingüística que puede haber en los 140 caracteres que exige Twitter. Me pongo a ver algunos de los títulos que hay en los libreros de Yoani: La Habana en un espejo, de Alma Guillermoprieto; Los mejores trucos para internet 2010; Los perros ladran, de Truman Capote; Biografía de la Madre Teresa; Ser periodista. Vida y obra de Carlos M. Castaneda; Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinsky. De México me ha dicho que le gusta leer a Octavio Paz y a Elena Poniatowska. También me dice que Letras Libres y Gatopardo —donde ya publicó un reportaje— “le han tocado el corazón”.

A sus alumnos, Yoani les recomienda que para usar Twitter hay que eliminar los adverbios. “No hay que decir: “Corro velozmente”, sino: “Corro”. Les recuerda lo que ha dicho en una clase anterior: “En un blog, lo que se escriba, en lugar de tener que responder las clásicas preguntas del periodismo tradicional: ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo?, a mí me gusta responder el ¿Por qué? Por qué yo creo que ocurrió determinado hecho. Eso hace que la gente se acerque mucho más a uno”. Explica también el poder letal que puede llegar a tener Twitter: “Los bloggers estamos forzando a la propia prensa oficialista, a que respondan temas que ellos hubieran pasado por alto, que hubieran ocultado, que hubieran mantenido en secreto. Durante muchos años en Cuba las únicas noticias que salían o las daba el periódico normal, o las daban los corresponsales extranjeros, que como sabemos tienen un accionar muy limitado, son personas que están rodeadas de mucha observación, también de chantajes materiales y chantajes que parten de la propia estancia de ellos aquí, y que muchas veces no pueden atreverse a reportar determinadas noticias”.

Habla de que ella más que considerarse ideológicamente comunista o capitalista, se ve como una posmoderna que llegó tarde a todo. “Yo en lugar de decir: ‘Otro mundo es posible’, diría: ‘Este mundo es posible’. Luego anuncia que acaba de crear una cuenta de Twitter para Guillermo Fariñas (twitter.com/farinascuba). Días después, ya desde mi departamento en la ciudad de México, entré a internet a mirar lo que había en la cuenta de Twitter de Fariñas creada por Yoania. Leí: “Estable sin orinar consciente”, o “Este esfuerzo lo hago por los periodistas independientes, los opositores, las personas de la sociedad civil y los bloggers”.

Trópico con cáncer

Publicado: 17 abril 2009 en Toño Angulo Daneri
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Cuarentaicuatro años después de haber sido ensamblado en una fábrica de Detroit, un Chevrolet color de carmín de placa particular luce aún el brillo y la altivez de sus años de juventud suficientes para llenar de vergüenza a los modernos Ladas, Hyundais y Nissans con los que comparte sitio en el enorme y sorprendentemente repleto estacionamiento del aeropuerto internacional José Martí. “Yo me voy pa’ La Habana y no vuelvo más”, tarareo con pésima entonación, y me dirijo hacia la reliquia móvil para pedirle a su dueño que me lleve a la ciudad. El único consejo que he decidido seguir al pie de la letra, de los muchos que me dieron antes de tomar el avión a Cuba, es evitar los taxis de empresa para no quedarme misio antes de tiempo. (También seguí otra recomendación: traje condones, porque me advirtieron que aquí abundan los de procedencia china, que son de talla oriental, ustedes sabrán entender. Lástima nomás que no atendí el más sabio e insistente de los consejos: vine con pareja.)

—Disculpe, ¿me puede llevar al centro de La Habana?
—Adonde tú quieras, compañero. Pero vamos a tenel que esperal a que salgan unas vecinas que han venido a despedil al padre suyo que se va pa’ Puelto Rico.

El dueño del Chevrolet escarlata se llama Arsenio, tiene 62 años y un vozarrón de tenor fumador que contrasta con esa manera de hablar tan caribeña y musical de sustituir las eres por las eles. Me presenta a su familia: Merceditas, su esposa, una señorona mulata con caderas de adolescente pero de mirada marchita y la piel erosionada por una secuela de sarpullido, y el inquieto Tony, su hijo, un niño con síndrome de Down concebido en el otoño de la pareja y que recién a los nueve años pudo sostener su cuello por sí mismo. Ahora Tony tiene doce años y muy pocas palabras en su vocabulario: “Quiero cola” y “devuelvan a Elián”, que repite cada cierto rato.

Arsenio pide que lo tutee y luego de enterarse de que soy peruano y no mexicano ni argentino ni colombiano, empieza a contarme su vida que más parece una variante pervertida de la muerte: el hijo enfermo, la esposa enferma, él enfermo, una pensión de jubilado de 14 dólares al mes y un auto antediluviano con el cual se recursea haciendo taxi para extranjeros cuidándose de que la policía no lo descubra porque no tiene licencia para hacerla. La multa por practicar ilegalmente este negocio en Cuba asciende a 75 dólares,

—Dímelo tú, chico: ¿cuál es el país más pobre de América Latina? –me pregunta Arsenio a quemarropa…
—Haití –respondo.
—Pues pa’ hí mismo quiero irme: cualquier cosa es mejor que esto.

Cuando Arsenio va a ver si sus vecinas ya están por salir, Merceditas, que también ha pedido que la tutee, me cuenta la misma historia que su esposo, pero desde el otro extremo de la bahía.
—No le hagas caso al marido mío, muchacho, es un malagradecido con la Revolución. Nosotros, viejos y enfermos como estamos, y con este hijo que nos ha toca’o en suerte, vamos a estar fundidos igual acá que en la Conchinchina. Acá por lo menos un pobre no se muere de hambre, y la salud la tenemos gratis. Él dice: vamos a Haití, a México, a España. ¡Muy fácil se dice, chico! Pero nosotros, para que de una vez te vayas enterando, tenemos una hija de treintaitrés años que se fue pa’ llá pa’ los Estados Unidos, y el mes pasado tuvimos que sacar cien dólares de donde no teníamos para enviarle porque la muchachita no tenía ni para el café. ¿Ya tú me entendiste?

Nada: para ser franco, hasta ahora no entiendo nada. Ejemplo:
—¿Y por qué no le dices lo que tú piensas? –le pregunto a Merceditas que, cuando habla, lo hace con más apasionamiento y muchos más decibeles que Arsenio.

—Ven pa’ cá, chico, que tengo que explicarte algo –responde ella, esta vez en tono de confesión–. Si hay una sola cosa que no ha cambiado en cuarenta años de Revolución, ésta es el machismo de los cubanos. Cuando un hombre habla en público, la mujer, óyeme bien, es mejor que no diga ná’.

El trayecto hacia El Vedado, el hermoso barrio costanero donde me iba a alojar, lo pasé en silencio. Me concentré en oír el suave ronroneo del motor del Chevrolet cuaternario (es absolutamente cierto que los cubanos son los mejores mecánicos del mundo), y en mirar a las vecinas de Arsenio y Merceditas: una chica de ojos almendra en edad de merecer –y merecía– y su joven madre con mucho mayor merecimiento. Para que digo que no, si sí.

El Vedado es uno de los barrios más entrañablemente bellos del centro de La Habana. Antes de la Revolución –que en Cuba viene a ser una demarcación temporal tan importante como el nacimiento de Jesucristo lo es para los cristianos–. El Vedado era, como su nombre lo indica, un territorio “vedado” para los pobres y los negros. La mayoría de las casa son palacetes de estilo neoclásico y altos edificios de departamentos, rodeados de enormes parques y árboles y jardines que hoy los adolescentes aprovechan para iniciarse de madrugada en las tibias humedades del amor. El mar del Caribe, además, es una sombra mágica que lo protege a uno por donde camine. Aquí, en este barrio de ensueño que solamente el mal de Alzheimer podría hacer olvidar, una pareja de jóvenes, él cubano, ella italiana, se apuró a destapar una botella de ron Caribean Club añejo la misma noche que este cronista se convirtió en huésped de su departamento. Uno, ignorante de la sabiduría del trópico, pidió gaseosa para atenuar los rigores del líquido alcohólico. Y ahí mismo recibí mi merecido por semejante, aunque involuntario, desatino.

—¡¿Qué tú dices, chico?! ¿No sabes que ofendes al contenido de esta botella si lo mezclas con otra cosa que no sea hielo?

El aprendizaje continuó durante el resto de la noche, generosamente matizado con sorbos de rubio ron y pitadas de tabaco negro. Enrique, mi anfitrión cubano, es sonidista autodidacta e independiente y programador ídem de sistemas. Claudia, la italiana, es restauradora de arte. Viven juntos desde hace dos años, cuando ella llegó para hacer su tesis sobre la arquitectura de La Habana Vieja y decidió quedarse rendida ante la sensualidad del Caribe. Ambos demostraron saber más del Perú que todas las calabacitas y los calabacitos peruanos asiduo al Hard Rock Café de Larcomar, e inclusive más que los ilusos inscritos al Profiun Sabrun, por ejemplo, que Fujimori, “ese presidente tan gracioso que tú tienes”, interpretó auténtica y abusivamente su propia Constitución para postular a la Presidencia por tercera vez consecutiva. Y sabían también de qué material está hecho el asesor Vladimiro Montesinos, la existencia de las combis asesinas, la proliferación virulenta de los periódicos chicha, y poco les faltó para mencionar a Laura Bozzo y Martha Chávez, con lo cual yo ya hubiese creído que estaba en un bastión de la brujería santera de Cuba. Pero no: ocurre simplemente que el cubano promedio posee una cultura general que ya quisieran tener todos nuestros congresistas juntos. De otro modo no se explica cómo, tres días después, conversando con un obrero de construcción jubilado, tuve que atajar esta pregunta formulada a mansalva:
—¿Es cierto que en el Perú se paga por la electricidad?
—Claro –contesté como quien dice la tierra es redonda.
—¿Pero cómo, muchacho, si ustedes tienen impresionantes caídas de agua de los Andes, y basta con ponerles un generador y ya tienen la hidroeléctrica para darle luz gratuita a todo el mundo? Acá en Cuba es diferente porque somos un país plano: la energía sólo se obtiene con petróleo; petróleo que, además, no tenemos. Pero, ¿en el Perú?

(Perdón: ¿alguien podría responder esta pregunta?)

La cultura del cubano, sumada a su espontánea locuacidad y a su vocación de hierro para discutir a voz en cuello sobre cualquier tema, pone fácilmente en aprietos hasta al más indiferente de los visitantes. Enrique y Claudia, en esa beoda noche inaugural, se encargaron de explicarme más o menos cómo es el sistema de vida en Cuba, que yo me tomé el trabajo de ir confirmando en los diez días restantes (qué se hace: defecto del oficio, aunque se viaje de turista). Un obrero o empleado de rango medio que trabaja exclusivamente para el Estado gana desde ocho hasta un máximo de quince dólares al mes. Un profesional calificado, entre quince y veinte dólares y alguien que tenga el suculento privilegio de trabajar paro una empresa de capital mixto, sobre todo si tiene algo que ver con la omnipresente industria del turismo, puede llegar a ganar más de cien dólares mensuales. ¿Y cómo hacen para vivir con esos sueldos africanos?, es la lógica pregunta que uno –hijo de Occidente y entenado del neoliberalismo al fin y al cabo– se plantea de inmediato. Pero inmediatamente también recibe la respuesta. Nueve de cada diez cubanos tiene casa propia, todos reciben atención médica gratuita, la polio infantil y la malaria prácticamente han desaparecido, el 91 por ciento tiene acceso a agua potable sin pagar un centavo, el gas no cuesta y llega a través de tuberías, todos los niños menores de siete años tienen derecho a un litro de leche diario, eventualmente los ancianos y enfermos reciben papillas concentradas de cereales y leche descremada, el sistema educativo es considerado uno de los más eficientes y democráticos del mundo, el alumno destacado puede recibir una asignación de parte del Estado a partir del cuarto año de estudios superiores. En fin: la esperanza de vida del cubano es de 75 años.

Pero Cuba no es el paraíso, ni mucho menos.

El principal problema de los 11 millones de cubanos es la alimentación. Reciben una libreta de racionamiento que les permite –hasta al más pobre– obtener una dieta balanceada compuesta básicamente de arroz, menestras, tubérculos, verduras, huevos, café, azúcar, sal y un pan diario por persona. De las carnes, las únicas que ven con cierta frecuencia son el cerdo y el pescado en conservas, aparte, claro, de la inefable carne de soya, que, como me dijo una chica estudiante de secundaria, de sabor a carne no tiene ná’.

 

El pollo aparece por las bodegas un par de veces al mes, y un bife de vacuno sólo figura en el menú de los hoteles para turistas. Ocurre, entonces, que la alimentación cotidiana del cubano es monótona hasta la desesperación, a no ser que en casa alguien reciba algo de dólares para poder comprar en los mercados agrarios y en las tiendas recaudadoras de divisas (léase billetes verdes) aquellos productos que, en tanto el país no produce, el Estado no es capaz de proveer. Hay varias maneras de que el cubano tenga dólares. Lo más común es que un familiar en el extranjero envíe un paquetico con la moneda imperialista por correo: se calcula que cada año ingresan a Cuba unos 400 millones de dólares bajo esta modalidad que ayuda a dinamizar el mercado interno. Otras maneras de agenciarse dólares son los múltiples negocios independientes que han crecido vertiginosamente desde que el régimen decidió concentrar sus esfuerzos en el turismo. Eso sí, el Estado siempre es el socio, sea que alguien quiera hacer taxi, montar un pequeño restaurante de máximo seis mesas, o vender café y pizzas en la puerta de su casa.
—El Estado es acá como el padre tuyo –me explica Rodney, un avispado joven buscalavida que ofrece, en tres idiomas, habanos, langostas y jineteras para los turistas que posean por el malecón de La Habana Vieja–. Te da lo indispensable para subsistir, te ayuda según tus condiciones para salir adelante, pero te marca límites y te da una patada en el culo si te pones en su contra.

Entonces me acuerdo de las palabras con las que el obrero jubilado me resumió su particular visión de la situación que se vive en esta isla ubicada a 18 kilómetros de Miami.

—A Cuba hay que entenderla como Latinoamericanos tercermundistas que somos. Si vivieras en Europa, yo no te podría contradecir si tú pensaras que este país es una mierda. Pero tú vives en el Perú, chico, en América Latina. Entonces, ven pa’cá, dime mirándome a los ojos: ¿qué tú crees? ¿Cuba es un país injusto para los cubanos?

La Habana Vieja es una réplica de Barrios Altos, me habían dicho una y otra vez con limeña soberbia algunos amigos al enterarse de que pensaba viajar a Cuba y no solamente a Varadero. Falso, pienso ahora, cuando la tarde languidece y renacen las sombras, mientras me adentro por las calles afiladas de este barrio colonial donde los viejos abandonan sus descalabrados solares para jugar dominó en el umbral de los portales, las mujeres sacan sus sillas y toman por asalto las veredas para fumar tabaco negro sin filtro y conversar a garganta herida, los niños le pegan a unas peloticas de hule con un bate de béisbol, y los jóvenes aprovechan la impunidad de la penumbra para llenar de piropos a las chicas que pasean por ahí demostrando que los ángeles existen y tienen la irrefutable anatomía de una mulata. Falso de toda falsedad, me repito: La Habana vieja nada tiene que ver con Barrios Altos. En La Habana Vieja hay un policía en cada esquina, un extranjero puede transitar seguro de que nada lo va a pasar a su cámara fotográfica electrónica así la saque para retratar a un contrabandista que ofrece bibidís de los Chicago Bulls, y, por encima de todo, en La Vieja Habana se respira una tranquilidad de aire de sosiego, una tranquilidad de altamar que apenas se quiebra con el griterío vocinglero tan esencial a la vida del habitante del trópico. Claro, uno se lleva esta impresión y camina a pie peludo y sin prejuicios, porque si llega en cambio como turista japonés, trepado en un aséptico bus con aire acondicionado, y ve desde la ventana que cinco crolos de un metro noventa están parados en una esquina dándole a una botella de ron a granel con medio cuerpo desnudo, exhibiendo la musculatura que les ha dejado el servicio militar obligatorio y antimperialista, es natural que te pida que lo saquen de ahí inmediatamente.
—¿Qué volá, acere? –me interrumpe, en la calle Osvir, quien luego de explica que su extraño nombre nació de la cópula entre el de su padre, Óscar y el de su madre, Virginia, me inicia en, el aprendizaje de la jerga básica del joven habanero.

¿Qué volá, acere? viene a ser algo así ‘como nuestro ¿qué pasa? o ¿cómo andas? Y acere es sinónimo de amigo, camarada, compañero, o nuestro criollísimo chochera. En lugar de acere puedes decir también consorte o colega –remata mientras me sirve en un vaso un poco de su cerveza. Como buen hijo de esta isla, tiene ganas de conversar.

Esta noche el malecón que circunda La Habana Vieja tiene más luz que de costumbre porque un crucero canadiense ha arribado a la bahía y de sus compuertas deben bajar muchos dólares que los cubanos jacarandosos de pierna suelta sabrán aprovechar. Aquí a las jóvenes que andan a la caza de gringos para el negocio carnal, o simplemente para pasar una noche de rumba en alguna discoteca para turistas, se les llama jineteras o jineteros. Osvir es uno de ellos. Yo, por mi parte, le cuento que en el Cusco, ombligo del mundo y orgullo máximo del Perú, sus colegas peruanos se hacen llamar bricheros, de la palabra inglesa bridge, que significa puente: o sea que de lo que se trata es tender puentes interculturales entre los pueblos. A Osvir le causa gracia mi comentario, y ya en confianza –esto es un decir, porque la desconfianza y el recelo no parecen existir en el vocabulario del cubano– llama a dos de sus amigos de aventuras: Elianne, una adolescente rubicunda de caderas de negra cuyo nombre se pronuncia igual que Elián, el niño náufrago que los Estados Unidos no quieren devolver a Cuba, y Facundo, un tipo más bien mayor, algo barrigón, de unos treintaipico años, y que según, dice, trabaja de día como profesor de inglés en una escuela pública. Queda claro que ambos, Elianne y Facundo, son también jineteros.

—Ven pa’ cá, muchacho –empieza a responder Facundo a mi pregunta de por qué él, siendo profesional, se dedica también al deporte de cazar gringas–. Yo no soy un descontento del sistema, pero te quiero decir que aquí los que más fregados estamos somos los profesionales. El Che hablaba de la recompensa moral que uno recibe cuando trabaja para la Revolución. Pero la recompensa moral no da para comer, ¿ya tú me oíste? Entonces, colega, ¿qué puede sentir uno cuando se ha pasado la vida estudiando para ser alguien mejor, un hombre nuevo, y al final resulta que cualquiera que no ha hecho nada por su vida vive mejor que tú, o, peor: que así te esfuerces por hacer bien tu trabajo, el que está a tu lado y es un haragán recibe todos los meses el mismo sueldo?

–O sea, que se muera Fidel –me atrevo a decir, hincando a ver qué tipo de sangre sale.
–Ah, no, eso sí que no, chico –me interrumpe Osvir, que ha estado escuchando la conversación sin que por un minuto se le perdiera de vista cuanta mujer pasaba por su lado–. Ahí sí que se nos acaba la patria: los que están allá arriba, ¿tú me entiendes?, los renegados de Cuba que viven en Miami, la mafia ésa, están esperando que se muera Fidel para venir a comprarnos la patria completica. Y ahí sí que Cuba deja de ser pa’ nosotros.

–Un amigo me decía hace poco –interviene Facundo– que él estaría feliz si el gobierno le permitiera comprar una casa en Varadero o en la montaña, chiquitica nomás, para poner un hospedaje para turistas. Y yo le dije: óyeme bien, chico, ¿qué? ¿Estás tú loco? El día que el gobierno le ponga precio a las bellezas que tiene este país, ni tú ni yo ni nadie que viva aquí, a no ser que sea músico, va a poder comprar ni un pedacitico del jardín de su casa.

Cuba es un país complejo que uno no acaba de entender. De la isla se regresa con más preguntas que respuestas. Una de ellas, la más insistente de todas, la que no deja de producir un síncope en el miocardio, es qué va a pasar con este país hermoso, de gentes más bellas todavía, cuando al gobernante más antiguo de esta época se le acaben las fuerzas –o se las arrebaten de cuajo– para seguir dándole la batalla a una historia que no por injusta deja de ser la historia de los tiempos modernos. Queda, sin embargo, la esperanza que flota en las tibias aguas de la bahía: si hay algo que los cubanos odian más que a la ex Unión Soviética, que los condenó a treinta años de aislamiento, es a los Estados Unidos de Norteamérica, a los que ven como el verdadero culpable de sus desgracias. El drama del niño Elián González no ha hecho más que alimentar este sentimiento. Entonces, la gran mayoría de los cubanos, para bien suyo, mira más a Europa que a su norte inmediato. Aspiran a un modelo de sociedad que no se parezca al capitalismo de hambruna, ignorancia y discriminación que predomina en el resto de América Latina. En verdad, a los peruanos, con McDonalds y grifos ultramodernos, no nos envidian ni un pelo. Y, de eso sí estoy seguro, tienen razón.