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En el poblado de San Antonio, en la comuna de Tierra Amarilla, en pleno desierto, llueve como nunca. También hay truenos y un viento chillón que no dejan dormir a Mari Marín (34). hasta que un ruido seco la despierta de golpe. Salta fuera de la cama y los pies se le hunden en el barro hasta los tobillos. son las tres de la mañana.

–¡Despiértate, Víctor! ¡Despiértate, que se nos inunda la casa!–, zamarrea a su marido. Agarra en brazos a Francesco, su hijo de 5 meses que dormía en su cama, y camina como puede entre el lodo para despertar a sus otros dos hijos. No hay luz. La puerta de Felipe (18) está trancada por el barro y la de Camila (13) bloqueada por una cómoda. Víctor golpea con fuerza las puertas de sus hijos y les grita desesperado que se despierten. Mari lo ayuda a empujar la puerta de Felipe, que no afloja. “¡Hijo, tienes que salir de ahí ahora!”. El niño reacciona rápido: se da cuenta que está encerrado y que el barro le sube por las piernas. Toma su televisor, rompe la ventana, salta hacia fuera, y entra por la puerta principal a la casa. Mari llora abrazando a su guagua. Junto a Felipe se suben a la mesa del comedor mientras Víctor lucha contra el mueble que lo separa de la pieza de Camila. La niña, inexplicablemente, sigue dormida. Cuando Víctor logra entrar, el barro ya alcanza la altura de la cama de su hija. Se estira y la levanta de un tirón del pelo. Se suben los cinco a la mesa del comedor. El agua sigue subiendo. Se escuchan las casas alrededor derrumbándose. Los vecinos gritan.

–¡Hay que salir de acá ahora!–, dice Víctor. –Si no, la casa se nos va a venir encima.

Pero salir, a esas alturas, significaba dejarse llevar por la corriente de lodo que corre cada vez más fuerte por la calle. Y eso, con una guagua de cinco meses en brazos, es una tarea suicida. “Yo solo pensaba en mi niño, tan chiquito, tan indefenso. Le pedía a mi mamá en el cielo que salvara a mi hijo, que nos salvara a todos”, recuerda Mari, sentada en lo que queda del living de su casa: unas baldosas rosadas sobre un terreno baldío. Ninguna pared. Ninguna estructura.

Lo muebles empiezan a flotar, las sillas se chocan unas con otras. Desde arriba de la mesa, Mari ve la pequeña tina de plástico celeste en la que algunas horas atrás había bañado a Francesco. Olvidó guardarla en el baño y ahora flota en la mitad del living. “Saquémoslo en la bañerita, Víctor”, le dice a su marido. Envuelven a la guagua en un manta y lo amarran a la tina con un chaleco. Entonces deciden abandonar la casa. Los 19 años de esfuerzo, las fotos, las camas nuevas, la pieza recién remodelada de Felipe. Salen a la calle convertida en río y no miran para atrás. Los niños primero. Mari le pasa la tina a su marido con Francesco dentro. Los arrastra la corriente. Apenas mantienen las cabezas fuera. El barro está frío.

“Vamos a morir”, piensa Mari, mientras la arrastra la corriente. “Escuchaba gritos de todo el pueblo, todos pedían auxilio pero nadie podía socorrer a nadie. El barro traía de todo, era espeso, como que te chupaba. Yo gritaba: ‘¡Francesco, Francesco!’, porque mi niño iba más adelante y apenas podía verlo”.

Unos 100 metros más abajo, a la altura de la Escuela de San Antonio, la familia se agarra de un árbol y unos vecinos logran rescatarlos del río. Cual Moisés, Francesco sobrevive salvado en una cesta. Están apenas vestidos, con los pies descalzos y las piernas rasgadas por los escombros. Mari recibe de nuevo en brazos a su hijo menor. Lo abraza. El niño no llora. Solo la mira con los ojos muy abiertos. Está lleno de barro, mojado. Vivo.

Mari Marín y Víctor Mora son una de las 20 familias que conformaban la pequeña localidad de San Antonio. Nacidos y criados ahí, aún les cuesta creer que apenas queden rastros. A 70 kilómetros de Copiapó, esas 3 calles, que existen mayormente para alojar a los trabajadores de empresas vinícolas, estuvieron aisladas por 3 días, 16 de sus familias quedaron damnificadas y 2 personas murieron. Una de ellas fue el sobrino de 4 años de Mari, Máximo Cerezo, el niño que se soltó de los brazos de su padre. Mari, Víctor, Camila, Felipe y Francesco Mora hoy permanecen allegados en el fundo de la Frutícola Atacama, donde trabaja Víctor. “Lo más difícil ha sido darles ánimo a mis hijos luego de perderlo todo. La Camila tiene rabia. Me dice ‘mamá, ¿por qué nos pasó esto si nosotros no nos metimos con nadie?’. Yo le digo que son cosas que pasan que no podemos prevenir algo así”, dice Mari. “Es muy duro tener que empezar de cero pero lo que pasó me ha hecho crear un lazo más fuerte con mis niños. Siento que les salvé la vida y que ahora tenemos que salir todos juntos adelante”.

Un pueblo demoliéndose

A la una de la tarde del 25 de marzo, en el restorán QRZ Búfalo de Chañaral, la imagen es esta: como si se desbordara una represa dentro de una habitación. La puerta del restorán sale disparada, los sacos de arena se rompen, las ventanas estallan. Los muebles se levantan, la mercadería cae de las repisas, las sillas chocan unas con otras. Y ahí está Vilma Alcoba (37), parada con su hijo Mateo, de 20 días, en brazos en medio de esa licuadora. Lo abraza fuerte y cierra los ojos. Reza. Siente el agua fría subiendo rápido por su cuerpo, los palos que trae el lodo chocando con sus piernas. Hay un pueblo demoliéndose a su alrededor y Vilma no escucha nada. A unos pocos metros de ella su jefe lucha por avanzar contra corriente y rescatarla. Le grita que reaccione, que se dé la vuelta y se acerque a él. Le grita que le pase a Mateo. Que lo haga rápido, que él puede ayudarlos. Pero ella está paralizada.

Esa mañana había sido un tanto diferente para el restorán QRZ Búfalo de Chañaral. Su dueño, Darwin Vargas, decidió no abrir ese día luego de que se decretara alerta de evacuación por las lluvias en la zona. En el local –ubicado en la Panamericana Norte, frente a la Petrobras y a solo unos 80 metros del río El Salado– él y sus cuatro empleados tomaron desayuno con calma en el comedor. Como el agua había empezado a entrar ligeramente por las rendijas de las puertas, se dedicaron a sellar las entradas con sacos de arena, a recoger las cosas que estuvieran en el suelo y a subir la mercadería hacia estantes más altos. Todo por precaución. No tenían en mente ningún peligro mayor.

Vilma Alcoba trabajaba en el Búfalo desde hacía seis meses. Había llegado a Chile desde Bolivia en 2013 buscando ganar más dinero para mantener a los cuatro hijos que dejó en Santa Cruz. Luego de unos meses en Iquique trabajando como asesora del hogar, partió a Chañaral con la idea de vivir en un lugar más tranquilo, donde ganara más y pudiera trabajar como cocinera. Eso lo había encontrado en el Búfalo. Le daban trabajo, alojamiento y la recibieron sin problemas esperando a su quinto hijo, Mateo, quien había nacido el 5 de marzo, 20 días antes del aluvión.

Tras el desayuno, Vilma se va a su habitación ubicada arriba del local. Con su hija mayor Briyit –quien había llegado desde Bolivia en octubre de 2014– recogen todo lo que hay en el suelo, por si acaso. Los zapatos, el bolsito de Mateo, una maleta con ropa: todo lo dejan sobre las camas. Vilma pone a Mateo en su coche y vuelve al restorán. Está sola recogiendo las cosas que hay en el piso. Ya el suelo está un poco resbaloso así que sube el coche –con su guagua– a una mesa. Guarda más implementos de cocina. “Hacía mucho viento pero llovía apenas poquito. De repente miré para afuera y vi el auto de mi jefe que se lo llevaba el agua. Fue muy rápido, como si viniera una ola. Entró toda el agua y todo venía revuelto: latas viejas, palos de madera, el agua bien oscura, espesa. Ahí no sabía adónde ir, si escaparme hacia los cuartos, no sabía qué hacer con mi bebé. El coche de mi bebé lo había puesto con freno así que no podía bajarlo de la mesa. No me quedó otra que jalar a Mateo desde su brazo y se me cayó el coche. Intenté correr con él pero no podía moverme, estaba en shock. Don Darwin me dice que él me hablaba, me pedía que reaccionara, pero yo estaba paralizada. Yo creía que ahí me moría con mi bebé”.

Vilma ya casi no toca el piso. No sabe nadar. Se impulsa intentando alcanzar el suelo mientras mantiene a Mateo arriba de sus brazos. Traga agua. Su jefe está unos tres metros atrás, en el umbral entre la cocina y el comedor, pero una máquina de bebidas sobre su pierna derecha impide que avance. Cuando Vilma reacciona y le intenta pasar a Mateo a Darwin, la guagua se le suelta de las manos. Se hunde. Ella lo recoge de inmediato. Lleno de barro, Mateo llega a las manos del hombre. Vilma llora. El agua ya les llega hasta el cuello y a Vilma le cuesta mantenerse a flote. Darwin logra impulsarse con fuerza y sacar la pierna atrapada por la máquina. Entonces deja a la guagua en el entretecho y sube él también. “Me decía: ven, Vilma, tú también tienes que salvarte. Yo no reaccionaba, solo le decía ‘salve a mi hijo, por favor’. Y entonces ahí fue cuando pensé en mis otros hijos. Yo soy papá y mamá para ellos, así que me acerqué no sé cómo, todo era muy pesado para moverse. Trepé por una ventana y una repisa hacia el entretecho y agarré a mi bebé que ya estaba morado; no lloraba, botaba flema pero con barro. Lo abracé, aún respiraba”, recuerda Vilma.

Darwin Vargas se sujeta de unos pilares y, a patadas, rompe el techo. Salen a la superficie de hojalata y se dan cuenta que están en una isla en mitad del infierno. A su alrededor ya no quedaba nada: los locales aledaños habían desaparecido; el río El Salado, desbocado desde Diego de Almagro, había arrasado con toda la costa de Chañaral y traía consigo kilómetros de casas destruidas, maquinaria pesada, camiones, palos. Ya no existía separación entre el mar y el río; todo era agua furiosa, cargada de lo que se le había atravesado en el camino.

El hombre de repente recuerda que sobre los baños tiene una bodega con agua, papel higiénico, toalla nova y bidones de lavaloza. Cuenta las vigas y rompe el techo desde fuera. Ahí se refugian Vilma y Mateo. La guagua está fría, no llora, apenas se mueve. Le sacan la ropa llena de barro, le limpian la carita y lo envuelven en toalla de papel y bolsas plásticas. Vilma se quita el barro de su pecho y amamanta a Mateo en medio del diluvio. En ese techo sobreviven tres horas, de las 3 a las 6 de la tarde. Finalmente, luego de innumerables llamados de Darwin y de un relato en vivo a un canal de televisión, un helicóptero los rescata.

Vilma y Mateo son trasladados directamente al hospital de Chañaral, sin mayores daños. Briyit, la hija de Vilma, también logra salvarse. Hasta la fecha, permanecen en el albergue Federico Varela, con otras cuarenta familias que lo perdieron todo. Chañaral tuvo pérdidas materiales importantes: el río partió el pueblo por la mitad y 70 por ciento del comercio quedó destruido. Sin embargo, Vilma quiere quedarse y planea traer a sus otros tres niños de Bolivia. “Cuando supe que mi bebé y mi hija estaban bien me prometí que no volvería a separarme de ellos. Quiero que ellos no tengan que pasar sacrificio, que tengan un buen futuro. Sé que aquí estaremos mejor aunque tengamos que partir de cero”, dice.

El instinto y el miedo

Yohanela Gatica nació en el asiento trasero de una camioneta Chevrolet Colorado blanca, a las 5:28 am del 26 de marzo, poco después de que Copiapó quedó sumergido bajo el barro. Sin luz, sin anestesia, sin médico a cargo. Su madre, Camila Abarca (20), había huido a la una de la tarde con su hijo Luis Mauricio de 3 años, su pareja y sus padres, al Cerro La Cruz –un pequeño montículo de arena y piedras al lado sur de Paipote– para protegerse del desborde del río Copiapó que los obligó a abandonar su casa. Camila apenas podía caminar: estaba con un embarazo de término.

Ya sobre la cumbre, algunos vecinos se aventuran a bajar de nuevo en búsqueda de carpas. La pareja de Camila está entre ellos. Camila y su hijo se quedan en el cerro, esperando. Mojados, con la ropa embarrada y apenas cubiertos por una tela de plástico, observan cómo Paipote se inunda calle por calle. Cuando cae la noche, Camila y otros once miembros de su familia se refugian en una carpa para seis. Todos están sentados, menos ella, que está recostada sobre las piernas de Luis. “Tenía mucho frío y estaba muy incómoda. Hacia las 9 de la noche me empezó un dolor muy fuerte en las caderas, pero no dije nada. Jamás pensé que iba a tener la guagua esa noche, pensaba que era un dolor más”, recuerda. Pero su familia se da cuenta de que algo anda mal: Camila suda y frunce la cara. Su padre le dice a un vecino que su hija está embarazada, que por favor le preste la camioneta para recostarse. Se acuesta en el asiento delantero.

En el cerro hay un estudiante de Paramédico que se entera de que Camila está con dolores y, por mensaje de texto, le pide a su tía matrona que le dé instrucciones. Lo primero es medir la frecuencia de las contracciones: a las 11 pm Camila las tiene cada 10 minutos. Le dicen que probablemente tendrá la guagua a la mañana siguiente. Pero todo corre más rápido: “Cada vez eran más fuertes. Ya no las aguantaba, no podía moverme hacia ningún lado. El paramédico me dijo que la tendría como a las 4 de la mañana pero yo no quería. Les pedía que, por favor, alguien me viniera a buscar, un helicóptero o algo; no soportaba el dolor”, recuerda.

Deciden pasar a Camila al asiento trasero. Ella grita. Aprieta los respaldos, las puertas. Todo el cerro sabe que hay una mujer en trabajo de parto. El paramédico empieza a buscar implementos para poder recibir a la guagua: agua caliente para limpiar los instrumentos, una bolsa limpia para recibir la placenta, mantas para arropar a la guagua. Existe un riesgo mayor: en el primer parto, a Camila le hicieron una incisión para que Luis naciera. Si se rompe de nuevo, no tienen cómo suturarla. “Yo tenía mucho miedo de que el tajo se me abriera. Además, tenía mucha vergüenza, todo el mundo se puso a mirar fuera de la camioneta. Fue el dolor más insoportable que he sentido. Empujaba y empujaba, pero nada. El paramédico me ayudó rompiendo la bolsa con las manos y ahí empezaron las contracciones al máximo. Todo el mundo alrededor me gritaba: empuja, empuja. Yo hacía mi mayor esfuerzo pero no salía. Hasta que, de repente, nació. Sentí un alivio increíble de verla, que mi niña estaba bien, que no le pasó nada. Me tiré para atrás, la abracé y lloré”, recuerda. Por unos segundos la lluvia y los truenos se camuflaron con aplausos, bocinas, gritos de alegría.

Recién a las 12 de la mañana siguiente un helicóptero pasa a buscar a Yohanela y a Camila. El sobrevuelo es desolador: la cancha de fútbol desaparecida, los autos destrozados, las casas sumergidas, el parque de juegos sin juegos. “A la mañana siguiente todo había desaparecido. Tenía mucha pena por toda la gente que había perdido todo y a la vez mucha alegría por mi hija”, dice Camila. En el hospital le confirman que su guagua y ella están en perfectas condiciones.

Junto a otras 20 familias, Camila, Yohanela, Luis y Luis jr. siguen durmiendo en una carpa sobre el Cerro La Cruz, a la espera de poder reconstruir su casa. “Luego de eso mucha gente me decía que mi guagua fue como un milagro en mitad de la tragedia. Me decían que le pusiera Esperanza, Paz, pero nos quisimos quedar con Yohanela. Ella es lo más lindo que me ha pasado, con mi hijo Luis. Es como un impulso para todos de que hay que salir de esta”, dice Camila.

Encerrados en un container

Nancy Rojas (51), su marido, sus tres hijos y sus suegros fueron rescatados de un container a 3 kilómetros de su casa en Paipote, en Copiapó. Se habían auto-encerrado ahí para protegerse del alud que dejó su casa enterrada bajo el barro.

“¡Se reventó la defensa! ¡Salgan ahora! ¡Salgan ahora que viene el agua!”, escucha Nancy a un vecino gritar desde la calle.  Así se despierta la familia Rojas, a las 4:30 a.m. el jueves 26 de marzo. Todo ocurre en un lapso de 5 minutos: la defensa del río se rompe, el agua se rebalsa, se expande rápido por las casas que bordean el cauce, avanza violenta, rompiendo postes, puertas, arrastrando autos. Llega a la casa de los Rojas y un ruido
metálico se escucha: la corriente de lodo vuela el portón delantero. El barro levanta la puerta de la casa, se inunda el living, las piezas, los muebles flotan. Todo está negro, los vidrios se rompen.

Nancy está paralizada. Su marido Miguel Abarcia pide auxilio por radio. Sus hijos alcanzan a guardar sus notebooks e Igsa, la única mujer, recoge al perro Toy de la familia, lo mete en una bolsa plástica y se lo cuelga a su madre al cuello. “Esto se lo va a llevar el agua. Hay que salir ya”, dice Miguel. Nancy llora. Ve toda su casa derrumbándose y mira a su marido buscando instrucciones. “Ahí él me dijo con mucha pena que teníamos que dejarlo todo. Yo no reaccionaba. Quería correr, encerrarme en el baño y que todo pasara rápido”, recuerda Nancy.

Salen por la puerta trasera. El patio está convertido en una piscina de barro. Miguel toma una escalera metálica y les dice que la única manera de salir es trepar el muro hacia la calle de atrás. El lodo ya les cubre las piernas. Es difícil moverse. Especialmente para los abuelos de 78 y 79 años. Rodrigo, el hijo mayor, carga en la espalda a su abuela. Se afirman de los tendederos pero no son suficientemente firmes. Las murallas laterales de adobe se empiezan a derrumbar. No alcanzan a subir por la escalera porque el lodo, con su propia fuerza, los alza y quedan casi sentados arriba del muro. Nancy agarra las manos de sus hijos. “Del otro lado nos dimos cuenta de que la situación era igual: casas derrumbadas, postes caídos, autos dados vuelta, la gente llorando, pidiendo auxilio porque se estaban ahogando. Además, apenas veíamos porque la luz estaba cortada. No sabíamos qué hacer”, recuerda Nancy.

Entonces ve el container en la calle y se lo señala a su marido. “Derrumbémoslo nomás, echémoslo abajo”, dice él. Con un palo que flotaba, Miguel rompe el sello del candado y en fila india se sostienen entre todos para llegar hasta ahí. Se meten todos adentro. El lodo entra mientras tienen la puerta abierta así que se encierran. Se sostiene de unas literas que hay al interior. “El container empezó a moverse por todos lados, nos pusimos a rezar. Ya yo había perdido todas las esperanzas. Pensaba simplemente que eso se iba a caer por un barranco, que se iba a ladear, que nos íbamos a morir adentro. El container se movía y se movía”, recuerda Nancy.

Entonces para. Luego de avanzar por la calle Caupolicán, empujado por el río de lodo, el container se detiene en un banco de barro. Miguel había informado por radio de la situación y ubicación y a los pocos minutos una camioneta 4×4 llegó al rescate de los siete.

La familia Rojas perdió todo: la casa, los dos vehículos con los que el padre y el hijo mayor trabajaban en transporte, las dos máquinas de coser con las que Nancy hacía arreglos. Ahora viven de allegados en la casa del pololo de Igsa. “La casa que perdimos era de mis suegros. Yo no le deseo esto a nadie. Estoy esperando que se abra el área de salud mental del hospital para buscar cómo superar el trauma porque ha sido muy fuerte. Pero cuando pienso en la gente que murió y en cómo nosotros nos salvamos, pienso que todo es por algo, que tenemos que tener fuerza y volver a pararnos”, dice Nancy. ·

Haití revisitado

Publicado: 27 enero 2013 en Maye Primera
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Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo. El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas.

***

Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, los tonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

***

Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

***

Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

“Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

***

Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

***

El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin, para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor, historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés) decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice, suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011.

***

Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile.

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

***

Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

El sabor de la muerte

Publicado: 23 febrero 2012 en Juan Villoro
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El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.

La ola maldita

Publicado: 15 octubre 2011 en Juan Andrés Guzmán
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El bote pesquero Pinita estaba a 5 millas al oeste de Constitución cuando comenzó el terremoto. Su capitán José Ibarra y sus seis tripulantes habían pasado la noche preparando todo para la pesca del bacalao al día siguiente. Se acostaron tarde y se durmieron rápido, mecidos por un mar tranquilo e iluminados por la luna llena.

Entonces, el Pinita, de 50 toneladas, empezó a brincar como si fuera un bote a remos, o mejor, como si una ballena se estuviera rascando el espinazo con la quilla, según describió otro capitán que también pasó el terremoto en el mar. Los tripulantes del Pinita saltaron de sus camarotes y se asomaron por la borda.

El agua borbotaba y hacía crujir el barco. Todos estuvieron de acuerdo en que eso tenía que ser un terremoto. El capitán Ibarra llamó a su mujer por celular. Vivían en el cerro O’Higgins de Constitución y ella estaba sola y lloraba. En el barrio un edificio de tres pisos había colapsado matando a una pareja y a su guagua. Más tarde se sabría que las 16 manzanas del casco histórico de Constitución, construido enteramente de adobe, se había transformado en una trampa mortal para decenas de personas.

Mientras hablaba con su mujer, Ibarra recibió un llamado por radio de la Capitanía de Puerto de Constitución. Los marinos querían saber si veía olas yendo hacia la costa.

—Negativo— respondió.

Tras hacerlo brincar, el mar había vuelto a tener la quietud de un estanque. Y eso fue lo que informó. Los tripulantes del Pinita se quedaron especulando sobre cómo estaría su ciudad. Pero entonces, a 10 minutos del terremoto, ocurrió algo que nunca habían visto. El mar empezó a succionarlos, a llevarlos aguas adentro con tal fuerza que cortó de un tirón la soga de 10 centímetros de diámetro que los ataba al ancla.

Lo que los absorbía era una ola de 15 metros de alto que cerraba el horizonte. Estaba a 200 metros y se acercaba a toda velocidad por el costado de la nave. —¡Tsunami, tsunami! ¡Apróate!, ¡apróate!— le gritaron los tripulantes al capitán. Ibarra intentó ir hacia la ola de frente, remontarla con la proa hacia adelante, pero ella los chupó velozmente y no pudo maniobrar. La ola tapó la luna y la nave comenzó a escalar de lado esa pared oscura que rugía como si estuviera a punto de desmoronarse sobre ellos.

—Era terrorífica, negra. Era fea la hueá de ola, fea— recuerda el capitán. Ibarra tiene 30 años navegando en todo Chile y ésa es la peor ola que ha visto. En el Golfo de Penas le ha tocado cabalgar sobre masas de agua de más de 20 metros. Pero ésas son lentas y gordas e incluso con el mar embravecido los barcos las remontan con calma. Esta ola era distinta.

–Venía arqueada y chispeando. Todo el tiempo parecía que nos iba a reventar encima. El Pinita la escaló a una velocidad vertiginosa mientras su capitán la miraba por el ventanuco de la cabina y rezaba un Ave María agarrado al timón. Los marinos gritaban. El agua empezó a caer sobre la embarcación. Todos estaban seguros de que se volcarían.

Tras una eternidad el Pinita llegó a la cima y pasó al otro lado, bajando a gran velocidad.

Allá adelante una nueva montaña de agua se les acercaba.

–¡Viene otra!– gritaron todos.

Esta vez Ibarra alcanzó a “aproar” la nave y la pasaron con menos terror. Esta segunda ola tenía cerca de 8 metros de altura. Luego, el mar volvió a quedarse tan inmóvil como antes.

En esa quietud fantasmagórica, reponiéndose del susto de sus vidas, tomaron conciencia de que ahora esas montañas iban hacia su ciudad.

Durante los siguientes minutos, sólo se oyeron los gritos del capitán que trataba de comunicarse con los marinos de Constitución. Nadie le contestó.

El capitán siguió intentándolo hasta que todos entendieron que las olas ya habían llegado a la ciudad. Que ya no había nada que hacer.

Fabián León, Gabriel Jaque y Jonathan Romero, sobrevivientesde la Isla Orrego.

Sin permiso

Al igual que miles de chilenos, apenas se detuvo el terremoto Nora Jara llamó a su hijo Jonathan Romero para saber cómo estaba. El joven de 18 años le contestó que no se preocupara, que él y sus tres amigos –René Godoy, Fabián León y Gabriel Jaque– estaban bien. No le dijo que estaban en una isla, Orrego, en la desembocadura del río Maule.

Tampoco le dijo que en ese momento el agua empezaba a subir, que la gente a su alrededor pedía ayuda y que nadie venía a rescatarlos. Le ocultó todo eso para no preocuparla y porque sus amigos no habían dicho a sus padres que irían a la playa.

Oficialmente estaban acampando cerca de casa, en San Javier, a casi 90 kilómetros, y aún tenían la esperanza de que nadie supiera la verdad. Después de la llamada, el agua siguió subiendo con velocidad, aunque sin demasiada fuerza. Las familias con niños se aferraban

lo mejor que podían a los eucaliptos para evitar que la corriente los llevara. La crecida les llegó arriba de la cintura y luego empezó a bajar. Jonathan recuerda que un hombre gritaba que se le había soltado su hija de dos años.

–Decía que la niña lo mordió porque el agua estaba helada y ahí se le cayó– relata el joven. Los cuatro amigos estaban en la isla Orrego por pura mala suerte. Ellos querían pasar ese último fin de semana de verano en Iloca, la playa que estaba de moda. Pero llegaron tarde a Constitución y no alcanzaron a tomar el bus. Buscando dónde dormir, terminaron en la ribera del río Maule y vieron esa isla boscosa, de 600 metros de largo y 200 de ancho, salpicada de carpas y fogatas. Parecía el lugar ideal. Cruzaron en el bote de Emilio Gutiérrez, a quienes todos en la zona conocen como el Gringo. El hombre iba con su nieto de 4 años, Emilito, que entregaba los salvavidas a los pasajeros para la breve travesía de 150 metros.

Eran las 21:30 hrs de la noche del viernes. Los cuatro amigos fueron los últimos en llegar a la isla. Seis horas después el botero y su nieto habían muerto. Al cierre de esta edición sólo el cuerpo del abuelo había sido encontrado varios kilómetros por el río hacia la cordillera.

El canto de los niños

Nadie sabe aún cuánta gente había esa noche en la isla Orrego. Los sobrevivientes hablan de entre 50 y 100 personas, de las cuales al menos doce eran niños. Jonathan y sus amigos, por ejemplo, repararon en ocho chicos que jugaban en la playa cuando ellos llegaron. Y durante esa noche terrible vieron a otros cuatro más. De ellos no se sabe nada, salvo de uno: Timmy, de 4 años. Él y su madre, Mariela Rojas, fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros río arriba. Mariela no sabe cómo lograron salvarse. Timmy estaba desmayado de frío cuando salieron del agua y no reaccionó durante un buen rato. “En nuestro grupo éramos nueve. Quedamos tres vivos y hay dos cuerpos que no encontramos”, resume la mujer.

Mariela Rojas y su hijo Timmy fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros más arriba

Tras el terremoto y antes que el mar empezara a subir, los atrapados en la isla Orrego se juntaron en torno a un kiosco que tenía generador eléctrico. –Para que sus hijos no se asustaran una madre los hizo cantar “Está linda la mar, muy linda”–, recuerda Hugo Barrera, un sobreviviente.

Los adultos empezaron a pedir ayuda a gritos. Constitución estaba a oscuras y ellos, en medio del río, eran el único punto de luz. Era imposible que nadie los viera. ¿Por qué nadie los socorría? Lo cierto es que sí los veían y sus llamados se sentían hasta en los cerros, donde se había refugiado casi toda la ciudad. Miles de personas observaron desde allí la isla iluminada, luego la llegada de las olas y, finalmente, no oyeron nada. La agonía y muerte en medio del río es un recuerdo que comparten hoy los habitantes de Constitución. Difícilmente lograrán borrarlo.

Hasta donde se sabe, sólo el pescador Mario Quiroz Leal se lanzó al río desde la isla Orrego. Estaba de vacaciones con su pareja Mariela –embarazada de 4 meses– y sus dos hijos de 4 y 9 años. Quiroz sabía que tenían que escapar.

–Le dije a mi mujer: “Agarra a los cabros chicos, no los soltís, yo voy a buscar un bote y vuelvo”– recuerda.

Apenas llegó a la orilla corrió a la Capitanía de Puerto a pedir ayuda. Dice que los marinos no le hicieron caso, que le dijeron que no había posibilidad de un tsunami. Quiroz los mandó a la cresta y volvió a la costa a buscar botes. Entonces empezó a subir el agua y él retrocedió por la calles esperando que la marea descendiera. Cuando lo hizo y pudo volver a la ribera, ya no habían embarcaciones.

El agua volvió a subir. Esta vez la corriente fue más fuerte y Quiroz corrió a los cerros para evitar ser arrastrado.

–Todavía me acuerdo de cómo la gente gritaba en la isla. Ahí estaba mi familia. Todos murieron– dice–. Nadie nos avisó, nadie nos ayudó.

Testigos afirman que los marinos evacuaron la Capitanía durante esa segunda subida. Cuentan que iban en su camioneta, con el agua llegándoles hasta la ventanilla y que la misma corriente los empujaba por la ciudad.

En la isla las familias flotaban con sus hijos y se aferraban a lo que fuera. Algunos se habían encaramado en los árboles, pero a los que tenían niños les fue imposible hacer eso.

El río siguió llevándose gente. A un hombre la corriente lo arrastró hasta otra isla, llamada Cancún, donde una veintena de personas también trataba de sobrevivir. Cristofer Espinoza, estudiante de periodismo, estaba en esa isla y dijo que el hombre gritaba sin control. La gente empezó a asustarse con él.

-Le tuve que pegar para que se calmara- relata el joven.

El agua duró unos minutos arriba y bajó por segunda vez. En Orrego todos estaban mojados y entumidos.

Jonathan y dos amigos treparon a los árboles. Abajo quedó Gabriel Jaque, que no logró subir. Jonathan decidió que tenía que avisarle a su madre y decirle la verdad. Nora no lo podía creer. Su hijo, que minutos antes estaba sano y salvo, ahora figuraba atrapado en una isla inundada.

Ella estaba en San Javier. Ni siquiera se atrevió a retarlo. Muerta de miedo se contactó con los padres de los otros jóvenes y también llamó a un familiar en Constitución para lograr que Carabineros fuera a la isla.

Para entonces ya había pasado media hora del sismo. En todo Chile los servicios de emergencia intentaban restablecer las comunicaciones. El fantasma del maremoto rondaba la mente de muchos chilenos. A las 4:07 hrs, el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) trajo calma. Por fax informaron que, aunque el terremoto podía producir un tsunami, éste no había ocurrido aún. Ellos avisarían oportunamente si esto pasaba.

Minutos más tarde, a las 4:20 hrs, el contralmirante Roberto Macchiavello aseguró al intendente de Concepción, Jaime Tohá, que el tsunami estaba descartado. Tohá repitió ese anuncio por la radio Biobío, la única emisora que tenía señal en la zona. El intendente de la región más afectada por el maremoto dijo que las personas podían volver a sus hogares. Es probable que 20 minutos antes de esa declaración la gran ola haya entrado en Constitución.

La ola

Hugo Barrera la vio venir, encaramado en un eucalipto a unos siete metros de altura. Dice que era una masa café, furiosa, veloz, que arrastraba todo a su paso. Una masa que se extendía por todo el horizonte, que avanzaba en silencio y que cuando tocó la isla empezó a hacer un ruido ensordecedor, un “pac, pac, pac” siniestro e imparable que era provocado por cientos de árboles partidos como fósforos o arrancados de raíz.

La ola azotó el árbol en el que Hugo estaba, lo zarandeó un rato, como si el destino aún no decidiera qué hacer con él y finalmente lo lanzó al agua. Hugo cayó a ese furioso torrente sabiendo que moriría.

Él estaba en Orrego por trabajo. Era el encargado de instalar y operar los fuegos artificiales con los que la municipalidad de Constitución planeaba cerrar el verano 2010. En la tarde, mientras montaba el equipo, vio a muchos niños que correteaban por la isla y se bañaban en el Maule. Quedó tan impresionado por la belleza del lugar que hizo varias fotos.

Hoy, esas imágenes, captadas pocas horas antes de la destrucción, producen escalofríos. Se ven los cerros que encajonan el Maule cubiertos de pinos; cientos de pelícanos y aves descansan junto a la isla; el río y el mar se funden con tanta calma que sólo evocan sentimientos de armonía. ¿Cómo es posible que toda esa belleza guardara algo tan feroz,

tan demencial? Esa noche Hugo la pasó con una familia de Talca. Ellos eran una docena de personas y ocupaban 5 carpas. Veraneaban y trabajaban. En la mañana los hombres salían a estacionar autos a Constitución y las mujeres vendían dulces. El grupo andaba con cuatro niños. “Una chica de unos 12 años, crespa; una guagua y dos niños de unos 5 y 7 años”, recuerda Hugo. Cree que todos murieron. “Esperaron la ola abrazados a los árboles y vi que la ola se los llevó”, dice.

La ola no pudo con los árboles donde estaban Jonathan y sus dos amigos. Pero a Gabriel Jaque, que esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”. Y luego el rugido de la montaña de agua que arrastraba casas enteras, árboles y cuerpos. Ellos gritaban “Gabrieeeeel”, y siguieron gritando y sollozando mientras el agua destruía la ciudad. Pero debajo de ellos ya no se oyó otro ruido humano fuera de sus lamentos y los de otras cuatro personas también aferradas a las copas de los árboles. Después de esa ola, en la isla no se escucharon más cantos de niños ni gritos de padres. Hasta el amanecer, cuando los siete sobrevivientes se animaron a bajar, en esa isla no se oyó nada.

Un bote y un botero

En el Maule hay un segundo islote que los habitantes de la zona conocen como Cancún. Está a dos kilómetros de Orrego, río arriba. Allí veranea una familia numerosa en la que predominan los apellidos Gómez, González y Calderón. La madrugada del sábado había 60 personas ahí. Para salvarse el destino les dio sólo un bote: El “Abuelita Humilde”, bautizado así en honor a una de las fundadoras de tan extenso y unido clan. También les dio un botero, el pescador Osvaldo Gonzales, (46) a quien muchos de ellos hoy deben la vida.

Apenas paró el terremoto, Osvaldo empezó a llevara a sus familiares y amigos a tierra firme. En cada ida y venida demoraba 10 minutos. Él surcaba el río con la angustia del que sabe que viene algo peor. Pero en la isla estaba su gente, no podía dejarlos. Alcanzó a hacer tres viajes llevando en cada uno a una docena de personas. Producto de la crecida, el bote se golpeó con rocas y árboles. El último cruce lo hizo con la quilla rota.

Cristofer Espinoza, el estudiante de periodismo, cuenta que él determinó quién se iría en ese viaje, que sin duda era él último. Echó arriba a su polola, a sus tíos y a cuatro sobrinos y empujó el bote hacia el río.

-No cabía nadie más. En la isla nos quedamos 20 personas- dice.

Mirza es de los que se quedó abajo, junto a su marido y sus dos hijas: Daniela y Carla. La primera estaba embarazada y la subieron a un eucaliptus. Como Mirza no pudo encaramarse, su marido y su hija Carla se quedaron con ella abajo. Mirza dice que nadie peleó por subir al bote, que aunque pensaban que había que salir pronto, todos estaban en calma.

En la orilla Osvaldo intentó iniciar el cuarto viaje. Pero entonces el Maule retrocedió como si un gigante lo hubiera absorbido. El bote quedó atrapado en el barro y las piedras. Segundos después el río regresó convertido en una ola de 10 metros. Osvaldo corrió, cerro arriba, desesperado.

De las 20 personas que estaban atrapadas sólo ocho resistieron arriba de los árboles hasta que una brigada de la forestal Mininco los rescató descolgando cuerdas dese el puente que pasa sobre la isla. Las otras doce fueron arrastradas por el río.

Cristofer fue uno de ellos. Recuerda que la ola lo llevó bajo el agua por lo menos tres o cuatro minutos en los cuales el hizo intentos infructuosos por salir. Dice que para entonces ya se había entregado, que sin desesperarse asumió que se moriría. Pero entonces, un árbol que se enganchó con el fondo se levanto del agua, lo tomó del brazo y lo sacó a la superficie. El joven vomitó barro y aferrado a ese madero se dejó llevar por la corriente. Estuvo dos horas en el agua y durante ese el largo trayecto habló gritos con su tía Mirzay la animó.

Mirza, en tanto, relata una experiencia aún más terrorífica. Ella tiene 51 años y recuerda que con su marido Ignacio Calderón y su hija Carla estaban abrazados cuando la primera ola los sacó volando. Mientras flotaba aferrada a lo que fuera, pensaba que no podía ni desesperarse ni rendirse. Dice que flotaba en medio de los palos, las casas, los arboles y que una de sus preocupaciones era que esos escombros no la aplastaran. En algún momento sintió las voces de su hija Carla y de Cristofer. El joven le decía que se dejara llevar, que no se resistiera. La ola perdió fuerza y empezó la resaca. Llegaron cerca de Cancún y entonces vino una segunda ola. Por un milagro logró juntarse con su hija Carla y permanecieron flotando agarradas al mismo tronco. Vino una nueva resaca y el rió las acercó a un lanchón varado. Se aferraron a una cuerda y Carla subió.

-Mi cuerpo estaba helado y no me respondía. No pude subir. Entonces vino otra ola gigante y me sacó volando.

Mientras era arrastrada pensaba en su hija y se decía que ella fuerte y tenía que haber sobrevivido. El rio finalmente se cansó de jugar con Mirza y la dejó en la orilla después de 4 horas. A duras penas logró ponerse de pie. El agua empezaba a crecer de nuevo y con lo que le quedaba de fuerza atinó a ir cerro arriba.

No tenía idea de donde había llegado. Todo lo que veía estaba destruido, todo era un basural y filas de árboles rotos. Entonces vio la isla Cancún, lo que quedaba de ella. Le dio un escalofrío y se dio cuenta de que estaba frente a Constitución, que ese montón de escombros que veía al otro lado del río era su ciudad.

A sus espalda a su hija le grito: “mamita, te salvaste, te salvaste”. Más tarde se encontraron con su esposo y la hija que había resistido en el árbol y se abrazaron y dieron gracias a Dios.

La gran familia que veraneaba en Cancún corrió el riesgo de ser diezmada. Al final de la jornada, de los 60 había en la isla, sólo dos personas murieron: Juan Francisco Villalobos y su esposa Fanny. Ella no pudo subir a un árbol y su esposo se quedó junto a ella abajo. Lograron sí subir a su nieto, Tomás, de 8 años. A él la ola lo arrastró y quien sabe cómo logró sobrevivir. El cuerpo de Fanny aún no ha sido encontrado.

A esas víctimas hay que agregar tres hombres que fallecieron tratando de rescatar a los atrapados en Cancún. El primero fue Pedro Muñoz que llegó con su ahijado a la isla, pero la corriente y los hizo volcar. El segundo fue Osvaldo Gómez de 37 años. Su madre, alcanzó a hablar por última vez con él.

-Me preguntó ‘mamá, ¿queda gente allá?’ Yo le dije que sí y arranqué para el cerro; y no volví a ver a mi Osvaldo”, se lamenta Olga González de 65 años.

Todos presumen que murió intentando cruzar en su bote.

No hay lugar para los débiles

Cerca de las 5:30 hrs la Presidenta Bachelet dijo a los medios que no había habido ni habría un tsunami en nuestras costas. Se basó en la información entregada por la Armada, institución que aún a esa hora continuaba afirmando que en el litoral chileno sólo se registraban aumentos de caudal de 10 ó 20 centímetros. A partir de esas declaraciones, que se repitieron hasta bien entrada la mañana, el 18 de marzo pasado se presentó una querella por la muerte de dos hermanas en la playa de Dichato, al norte de Concepción. Ambas huyeron a los cerros tras el terremoto y bajaron cuando las autoridades insistieron a través de la radio en que no había peligro. Las mujeres volvieron a Dichato justo cuando entraba la ola.

Hugo Barrera salió del río más o menos cuando la Presidenta negaba el maremoto. Notó desesperado que la resaca lo llevaba hacia el mar y nadó con toda sus fuerzas para no terminar en el océano. Alcanzó la orilla con su último aliento y temblando de frío y de miedo, caminó por lo que quedaba de la costanera de Constitución buscando una edificación alta, pues estaba convencido de que la tragedia no había terminado. Descubrió una casa de dos pisos donde protegerse. Se metió en ella gritando “¡Aló!” y subió al segundo piso. Encontró ahí a una señora que con toda calma esperaba lo que el destino le ofreciera. Se llamaba Blanca. Tenía unos 70 años y necesitaba muletas para moverse. No intentó huir. Estoicamente resistió el sismo y luego sintió el mar entrando en su casa y escarbando en el piso de abajo.

Blanca vivía sola y había aceptado morir sola. Otros ancianos, en cambio, vieron cómo sus familias escapaban y los dejaban botados. El sargento de la Armada, Cristián Valladares, se encontró con uno de ellos cuando intentaba llegar a la Capitanía de Puerto para ayudar. Eran las seis de la mañana, ya estaba clareando. Mientras se acercaba a la costa oyó los gritos de la isla Orrego y se preguntó si habría un bote con qué ir a buscar a la gente. Entonces vio cómo el río se recogía y se formaba otra ola gigantesca. Mientras huía vio que esa ola tapaba los árboles, por lo que calcula que tendría unos 10 metros. Debe haber sido la tercera o cuarta gran ola que azotó Constitución.

En su retirada, el sargento Valladares vio que una mujer pedía ayuda. Al entrar en la casa medio derrumbada, encontró a un anciano en silla de ruedas que los miraba con angustia. Sus familiares estaban en los cerros. La señora que pedía auxilio era la mujer que lo cuidaba. Ella vivía en otro lugar y corrió a ver al anciano y lo encontró solo. Estaba mojado y gemía de miedo. El sargento lo sacó de ahí y lo llevó a la casa de la mujer.

El saqueo

No es difícil imaginar la angustia de ese anciano abandonado. Tampoco es incomprensible el miedo que deben haber sentido sus parientes. El terremoto y el tsunami sometieron a los chilenos a pruebas difíciles y radicales: rescatar a otros o salvarse; acompañar o huir; resistir la marejada o rendirse. Pero esas disyuntivas no acabaron cuando se detuvieron las olas. Cuando la naturaleza nos dejó en paz, las ciudades devastadas y abandonadas ofrecieron otra bifurcación: ayudar o robar. Y, mientras los sobrevivientes de la isla Orrego aún pedían auxilio y los arrastrados por el río emergían como espectros, desnudos y golpeados, y cruzaban la ciudad sin entender qué les había ocurrido, personas que no habían sufrido daño se transformaban en una nueva ola, en un terremoto humano, como lo llamó el alcalde de Lota, dedicado a robar y destruir lo que quedaba en pie.

El dueño de un supermercado que prefiere mantenerse anónimo cuenta que a él lo saquearon personas con dinero que venían en grandes camionetas. “Les pagaban a los pelusas para que les cargaran el vehículo. Para abrirse paso, aceleraban y se iban gritando

‘¡Tsunami!, ¡tsunami!’, y tocando la bocina. Así se llevaron todo”.

Es probable que ése sea el motivo por el cual mucha gente en Constitución recuerde que hubo decenas de olas ese día. Nora llegó a Constitución a las diez de la mañana, cuando los saqueos estaban en su apogeo. Venía acompañada de la madre de Gabriel. Durante la noche Jonathan, llorando, le había dicho que a Gabriel se lo había llevado la ola y Nora se lo transmitió a la madre. Pero ella no perdía la esperanza.

Fueron a la comisaría en busca de ayuda. Carabineros estaban superados. Les dijeron que no podían hacer nada. Y les insistían que en la isla Orrego no había quedado nadie, que se fueran para el cerro porque podía venir otra ola. Nora lloraba y rogaba. Tenían que sacar a su hijo de ahí, sobre todo si es que creían que venía otro tsunami.

Ricardo Fuentes oyó los ruegos de Nora y se ofreció a ayudarla. En realidad era el único que podía hacerlo. Ricardo es radioaficionado local. Durante la madrugada, con sus equipos, captó el mensaje desesperado que el capitán Ibarra enviaba a la Capitanía.

Según Fuentes, los marinos se quedaron sin comunicación y evacuaron hacia los cerros. Por ello le tocó a él dar aviso a los bomberos de que dos olas gigantes se acercaban a la costa. Según afirma gente de la zona, con esta advertencia se salvaron decenas de personas que viven en la zona costera de la ciudad.

Con sus equipos, Fuentes contactó a Celulosa Arauco y avisó de posibles sobrevivientes en la isla. A los pocos minutos se escuchó el helicóptero de la empresa volar rumbo a la isla. Las madres llegaron a la orilla del Maule justo para ver cómo el helicóptero se llevaba los siete sobrevivientes. Eran las 11 de la mañana del 27 de febrero y el piloto Víctor González los transportó al único lugar donde se podía aterrizar: el estadio de Constitución. Al lado, en el gimnasio, se había montado la morgue.

En ese lugar la madre de Gabriel asumió que estaba desaparecido. –Ése fue el momento más terrible– sintetiza Jonathan.

Los jóvenes decidieron ver si, por alguna casualidad, su amigo había llegado al hospital. La mujer, derrumbada, los esperó en la morgue, donde a mediodía se habían juntado unos 60 cuerpos.

Los jóvenes entraron al hospital sin esperanza. Era un caos de heridos y muertos. No creían que nadie pudiera sobrevivir a la ola que habían visto, pero en la lista de ingresados, el nombre de Gabriel les saltó en la cara.

Jonathan entró a la carrera a la zona de los pacientes y recorrió las camillas hasta que lo encontró. Le pegó tres garabatos y lo abrazó. Gabriel sólo tenía heridas en los pies. Tuvo la fortuna de que la ola lo llevara directo a la orilla.

Cuando los jóvenes y sus madres abandonaron Constitución, la ciudad estaba siendo saqueada sin piedad. Hoy, varias semanas después de la tragedia, los cuatro jóvenes pueden reírse de la aventura secreta que terminó con rescate en helicóptero. Dicen que sus padres todavía los están retando.

El capitán regresa

Recién el domingo a mediodía el capitán Ibarra pudo traer al Pinita de regreso a Constitución. Mientras navegaba por el Maule no podía creer lo que veía. La destrucción era tan completa y enloquecida que los únicos referentes para describirla eran de películas

de guerra. Había dejado una ciudad alegre, que disfrutaba los últimos momentos del verano. Ahora volvía a un lugar donde la muerte se había revolcado. –Me va a creer que yo me vine a Constitución el año 85, porque el terremoto de ese año nos pilló en San Antonio y mi familia quedó espantada… –cuenta Ibarra–. Bueno, así es Chile.

La ola no pudo con los árboles de la isla Orrego donde estaban subidos Jonathan y sus dos amigos. Pero al cuarto amigo, Gabriel Jaque, quien esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”.

A medida que avanzaban por la costa, se le caían las lágrimas mirando la ciudad. Un tripulante gritó que había un cuerpo en el río. Era una mujer.

Todos entendieron que el río estaba sembrado de muertos. Ah, Dios mío. Los hombres del Pinita subieron a la mujer y descubrieron que estaba embarazada. Era la pareja de Mario Quiroz, el pescador que cruzó a nado el Maule intentando conseguir un bote para rescatar a su familia. Quiroz e Ibarra son vecinos y amigos, pero no se habían visto desde antes de la tragedia. Quiroz lo abrazó y le agradeció haber encontrado a su mujer.

–¿Ah, era tu mujer?– le preguntó. Al capitán ya nada lo sorprendía. Hasta el cierre de esta edición los dos hijos de Mario Quiroz seguían sin ser encontrados.

La mañana del lunes 18 de enero conduje junto con Frantz Ewald, pintor nacido en Haití, desde lo alto de la colina que ocupa el suburbio de Pétionville, donde me alojaba, hacia Puerto Príncipe. Habían pasado seis días desde el terremoto y la ciudad aún estaba sumida en el caos. Mientras los rescatistas escarbaban entre los escombros en busca de sobrevivientes, los habitantes caminaban por las calles buscando agua, comida y combustible. En Pétionville una gasolinera comenzó a funcionar y esa misma mañana se formó una larga fila de automóviles; entre los autos había hombres y mujeres a pie, cargados con bidones y esperando ansiosamente que llegara su turno frente a la bomba. Una mujer mayor se acercó a la gente de la fila y solicitó ayuda con cortesía. El cuerpo carbonizado de un hombre –un ladrón, supuestamente– yacía en la acera del otro lado de la calle, frente a un banco. Su cabeza estaba aplastada y sus piernas se doblaban extrañamente por detrás. Al pasar por ahí la gente se cubría la nariz y la boca con las manos. A unos cuantos metros, unos jóvenes mercachifles ofrecían a los conductores que pasaban tarjetas de prepago de una empresa de telefonía celular.

Frantz y yo íbamos en su camioneta Toyota, y no habíamos llegado muy lejos cuando frenamos para dejar que un grupo de adolescentes cruzara la calle frente a nosotros. Los guiaba una mujer alta, vestida con una túnica blanca y una falda negra, larga. Los chicos la seguían como si fuese una suerte de flautista de Hamelin. Al pasar por enfrente, la mujer nos miró de soslayo e hizo un gesto de educada consideración; nosotros proseguimos nuestro camino.

Cuatro o cinco horas más tarde, en la planicie a orillas del aeropuerto de Puerto Príncipe, vimos de nuevo a esa mujer y a sus jóvenes seguidores. Estaba de pie en medio de una multitud de curiosos, frente a las rejas del aeropuerto donde aviones de la onu y de Estados Unidos aterrizaban en la pista más allá del pequeño edificio de la terminal. Nos detuvimos, saludamos con un gesto, y ella nos habló –sorprendentemente– en inglés, con un acento sureño. Nos dijo que su nombre era Nadia François y que vivía en Delmas 75, un barrio que quedaba a cinco millas, en las colinas. Nos dijo que había bajado en representación de unas trescientas personas que estaban allá y que necesitaban ayuda. Nos mostró un papel con un mensaje escrito a mano, sellado y firmado por un pastor protestante, que daba fe de su misión. Nadia había guiado a su grupo hasta el aeropuerto tras enterarse de que el ejército estadounidense estaba repartiendo comida.

Le dijimos a Nadia y a sus acompañantes –nueve en total– que subieran a la parte trasera de la camioneta y nos dirigimos en busca de alimentos. Pese a los rumores que habían atraído a cientos de haitianos a la carretera del aeropuerto, sólo para congregarse y mirar con ilusión, ahí no se estaba entregando comida. Seguimos hasta topar con un terreno cercano donde algunas casas de campaña y algunas provisiones estaban demarcadas por una decena o más de banderas nacionales, pero se trataba de un campamento, no de un punto de distribución de comida. Preguntamos a un guardia de la onu dónde podíamos encontrar ayuda; nos contestó que no lo sabía. Alguien nos dijo que en una fábrica cercana, donde los dominicanos habían emplazado una base, se estaban entregando alimentos, así que condujimos hacia allá.

La primera ayuda, la más visible, había llegado a Haití desde la vecina República Dominicana. Cuando entré por vez primera al país, en el amanecer del 15 de enero, crucé la frontera junto con una larga fila de vehículos que transportaban suministros. También había un convoy de soldados que conducían camiones en los que se leían mensajes anunciando que la ayuda era un gesto personal del presidente dominicano, Leonel Fernández.

Ahora se estaba consolidando un amplio esfuerzo de asistencia internacional. Ayuda humanitaria y equipos de rescate llegaban a diario de todas partes del mundo –España, Francia, Rusia, Israel, Venezuela, Cuba, y también Estados Unidos. Un equipo de cienciólogos con camisetas amarillas hizo su aparición, lo mismo que un grupo de Caballeros de Malta. Incontables toneladas de víveres se habían enviado en avión o estaban en camino. Pero la distribución de la comida era desordenada, y cada punto de reparto acababa inundado por masas desesperadas. En toda la ciudad carteles y pancartas pintados sobre telas reclamaban ayuda. Y sólo aquellos dotados de paciencia y ánimo parecían obtenerla.

Nadia nos contó que había crecido en Miami con su familia. Tenía 36 años, “casi 37”, y había regresado a Haití hacía apenas dos. Le pregunté por qué había regresado. Me sonrió compungida y dijo que se había “portado mal” y que tenía “problemas de migración”. La semana anterior Nadia se había convertido en un medio primordial de ayuda para su comunidad. Cada día acudía al centro de la ciudad e intentaba regresar con comida y algunos enseres básicos.

En el depósito de alimentos dominicano un destacamento de cascos azules peruanos se aferraba nerviosamente a unos escudos de acrílico y unos rifles de asalto, tratando de contener a una gran multitud de haitianos que se habían congregado a ambos lados de la reja de entrada. Los soldados estaban acorralados, sus caras rojas, y cuando nos estacionamos para hablar con ellos, nos contestaron a gritos, como si el ruido de la multitud los hubiera dejado sordos. Los convencimos de dejarnos pasar y, una vez adentro, nos encontramos con una escena tumultuosa: los camiones iban y venían, y los civiles que se habían saltado el cordón de seguridad se mezclaban con la policía haitiana, con los soldados dominicanos y con decenas de voluntarios de camiseta amarilla, que estaban ahí con el Ministerio de Haití para la Condición Femenina –un legado de la presidencia populista de Jean-Bertrand Aristide. Una funcionaria del Ministerio estaba de pie junto a la bahía de carga del almacén, donde se iban formando pilas desordenadas de suministros en los camiones.

La ayuda consistía en bolsas de plástico con productos para mantener a una sola familia durante un día: arroz, harina de maíz, frijoles, sardinas y salchichas. La funcionaria llevaba un vestido estampado, con una mascada a juego y unos grandes lentes oscuros, y hablaba atenta y continuamente por su celular. A su alrededor las disputas estallaban conforme personas sin autorización intentaban colarse hasta la última barrera, queriendo llegar a la comida en la bahía de carga. Una mujer de apariencia brava, con un pañuelo en la cabeza, entró y pidió comida a voces. Un soldado la empujó. Ella le gritó. Él la empujó de nuevo. El soldado aseguraba que la mujer había estado ahí el día anterior y que se estaba haciendo de suministros para después venderlos.

Un coronel dominicano de triste apariencia intentaba supervisar las maniobras. Fue él quien autorizó a Nadia y su grupo llevarse un poco de comida, y después añadió, en tono de disculpa, que tenía órdenes de distribuir la comida a través del gobierno haitiano y que, por ende, no podía entregársela directamente a la gente de la ciudad. El coronel nos llevó con la funcionaria del Ministerio, quien retiró el celular de su oído y escuchó mientras exponíamos el caso. La funcionaria miró gravemente a Nadia, movió la cabeza asintiendo, y luego regresó a su teléfono.

Cargamos la camioneta con setenta u ochenta bolsas, las aseguramos con una red de carga de plástico amarillo, y fuimos hacia las rejas. Cuando salimos, el gentío era aún mayor y los soldados estaban alterados. Nos gritaron que condujéramos más rápido y que no nos detuviéramos por nada, ya que la gente podría abalanzarse sobre nuestro vehículo para tomar la comida. Atravesamos la multitud pisando el acelerador; camino de las colinas, circulamos precavidamente por vías secundarias. Después de unos cuantos kilómetros, paramos en una calle de clase media flanqueada por árboles, y ahí, en una curva, había un hueco entre las casas. Un toldo de retacería, hecho de sábanas y lonas, se extendía sobre aquel hueco, y debajo del toldo había una gran cantidad de mujeres y niños viviendo sobre tapetes dispuestos en el pavimento.

Al fondo del toldo terminaba la calle y la tierra se cortaba abruptamente. Debajo, en un barranco de unos diez metros de profundidad y unos treinta metros de anchura, estaba la comunidad de Nadia: Fidel –llamada así por Fidel Castro, según me dijo–, donde ella y otras trescientas personas solían vivir. (Me di cuenta de que “Delmas 75” correspondía a la calle que pasaba frente al barranco y que aparecía en los mapas de la ciudad; Fidel quedaba fuera del mapa.) Se trataba del lecho seco, pedregoso, de un río, colmado por una geometría de viviendas hechas con bloques de cemento y pedazos de lámina, una de las cuales era la casa de Nadia, una estructura de concreto, de unos cuatro metros cuadrados, que rentaba por el equivalente a unos trescientos dólares al año.

La mayor parte de los residentes de Fidel se había mudado a la calle para dormir bajo el toldo. Estaban asustados por las réplicas continuas y no querían que otro temblor los sorprendiera en el barranco. Nadia apuntó hacia un cúmulo de piedra y concreto derribados en la orilla de la cañada; yo podía adivinar la silueta de un desarrollo inmobiliario inacabado. Nadia me contó que los residentes de Fidel le habían pedido a la constructora no llevar la pared tan cerca de la orilla del barranco, pero que los habían ignorado. Durante el temblor, una sección de la pared se derrumbó sobre la vecina de Nadia, la golpeó en la cabeza y la mató.

A un lado de la camioneta, Nadia alzó la voz para pedir ayuda, y en unos cuantos momentos un grupo de jóvenes y niños comenzó a cargar las bolsas de comida al interior de una pequeña y rudimentaria iglesia protestante, la Église Pancotista Sous Delovy. La iglesia, construida a un lado del barranco, estaba hecha de hojas de lámina corrugada, pintada de azul y rosa. Al altar y las bancas se llegaba bajando una escalera de concreto hacia el fondo de lo que parecía casi un pozo. Nadia dio órdenes a los jóvenes, y el pastor, Jean Vieux Villers, prometió que se haría cargo de la justa distribución de la comida; todo el mundo parecía contento con este arreglo.

***

Según Verner Lionel –vecino de Nadia–, Fidel se fundó hace 32 años, cuando se construyó la zona por encima de los barrancos. A Lionel se le considera líder en Fidel, ya que, a sus 52 años, es el hombre más viejo del lugar. Como muchos otros hombres de Fidel, Lionel es un trabajador itinerante de la construcción y un mil usos. Llegó ahí en los años setenta como trabajador de una proyectista, una mujer a la que llama Prosper, que le permitió construir una casucha para sí mismo en el barranco. “La mía fue la primera casa”, me dijo. Desde el campo llegaron los amigos y parientes de Lionel, siguiéndolo a los barrancos, y luego vinieron más. Hoy viven ahí unas 860 personas, según los cálculos de Nadia. Los haitianos tienen familias grandes; las organizaciones humanitarias internacionales suelen calcular entre seis y siete personas por familia, y en algunas ocasiones son muchos más. Casi la mitad de los nueve millones de habitantes del país tiene menos de dieciocho años.

Nadia señaló a las numerosas madres, bebés y niños bajo el toldo y afirmó que algo debía hacerse por ellos. “La cosa es”, dijo con un tono de tierno menosprecio, “que estos haitianos no saben qué hacer”. El problema inmediato era que el camión cisterna del que la gente de Fidel solía comprar agua no había aparecido desde antes del terremoto del 12 de enero, así que el acceso al agua no era fácil. (Un problema generalizado: incluso antes del terremoto la mitad de la población de Haití no tenía una fuente de agua segura.) En Fidel tampoco había comida ni medicinas, ya que no había trabajo y nadie tenía dinero ahorrado. Esta gente es pobre y, como muchos de sus compatriotas, Nadia incluida, están viviendo por debajo de la línea de la pobreza y habían vivido así desde mucho antes del terremoto.

Haití ha permanecido en estado de lucha desde que se independizó de Francia, en 1804. Es el país más pobre del hemisferio occidental; un 78 por ciento de su población vive con menos de dos dólares al día, y 54 por ciento con la mitad de eso. Sus exportaciones tradicionales –café y azúcar– han caído, y el sector de manufacturas ha ido en declive durante décadas. El país ha padecido disturbios, una violencia espantosa y levantamientos políticos trágicamente regulares, encabezados por una sucesión de déspotas y estafadores: Papa Doc, Baby Doc, el Padre Aristide.

Y encima de todo, Haití parece casi singularmente martirizado por la naturaleza. De junio a octubre se registran graves tormentas y huracanes. En el verano de 2008, en el lapso de tan sólo dos meses, la tormenta tropical Fay, el huracán Gustav, la tormenta tropical Hanna y el huracán Ike le dieron una paliza, y juntos dejaron a ochocientos mil personas sin casa y la infraestructura del país severamente dañada.

Haití depende en gran medida de la ayuda extranjera, pero sólo un poco de ese dinero contribuye a un desarrollo sostenido, y a menudo le ha sido retirado por razones políticas. La mayor parte de los trabajos están en el sector agrícola; puesto que la exportación ha ido en picada, cerca de cien mil haitianos al año emprenden el viaje desde el campo hacia Puerto Príncipe. Ahí trabajan sobre todo en el sector “informal”: botones, jornaleros, boleros y marchantes. Hoy incluso esos trabajos han desaparecido.

***

Un día, saliendo de la pequeña oficina de concreto de la policía, cercana al aeropuerto y convertida en sede provisional del gobierno de Haití, Frantz y yo pasamos por el cementerio de Puerto Príncipe. Había cadáveres por toda la ciudad –yacían en las esquinas de las calles, a veces a mitad de las avenidas– y, en la oficina, el gobernador de Puerto Príncipe y el director del Ministerio de Salud me habían informado que estaban haciendo lo que podían para recogerlos. Al fin y al cabo todo lo que podía hacer el gobierno de Haití por ahora era lidiar con los cadáveres. El primer ministro Jean-Max Bellerive me dijo que se habían recogido setecientos mil cuerpos con buldózers y camiones de volteo, cuerpos que habían sido enterrados en cuatro fosas comunes, dentro y fuera de la ciudad. Una de esas fosas estaba en el cementerio principal.

Conforme nos acercamos vi tres cuerpos boca abajo sobre la tierra, en un agujero en la valla. Dos de ellos parecían ser mujeres, una muy joven. Los demás cadáveres que había visto en Puerto Príncipe estaban hinchados y abrasados por el calor. Estos cuerpos estaban frescos y no tenían heridas visibles. Me recordaron a las fotografías que había visto de las víctimas de los escuadrones de la muerte en El Salvador. Una peste abrumadora flotaba en el aire, incluso dentro de la camioneta.

Junto a la valla del cementerio yacía un hombre joven, empapado en sangre de pies a cabeza; había aún más sangre encharcada alrededor de él, sobre la acera. El hombre estaba de lado, con un codo apoyado en la tierra, para poder colocar la cabeza en su mano. Justo encima de él, en la valla, había un anuncio de celulares Nino, color rojo brillante, y, al lado, un crucifijo tallado dentro de un círculo. Frantz me dijo: “Creo que todavía está vivo.” Varias personas se juntaron en el camellón para mirarlo. Una de ellas afirmó: “Es un ladrón. La policía lo ejecutó y lo vino a tirar aquí. Y aquellos también”, e indicó los cuerpos frescos. “Son ladrones.”

Durante el terremoto cientos de prisioneros escaparon de la cárcel nacional, a unas cuadras del Palacio Presidencial y el cementerio. Entre los fugitivos se hallaban criminales peligrosos y algunos de los líderes más violentos de las pandillas de Puerto Príncipe. Muchos saqueadores –miles de ellos, según algunas informaciones– invadieron la Grand Rue, la zona comercial más importante, y otras zonas de la ciudad. La policía se vio en apuros para responder, pues había perdido a la mitad de sus fuerzas en el área de Puerto Príncipe. Yo había escuchado reportes sobre disparos de la policía contra los ladrones y asesinatos de saqueadores a manos de patrullas ciudadanas. En el barrio donde pernoctaba se oían balazos por la noche y, en cierto momento, corrieron rumores sobre maleantes que robaban bebés para venderlos para adopción, secuestrándolos supuestamente por la noche, mientras la gente dormía afuera, en las calles. Un día vi a un hombre amarrado a un poste, destazado con machetes y asesinado a pedradas.

El hombre de la acera se estremeció; su pecho se alzó y cayó lentamente un par de veces. Un buldózer amarillo subió por la calle y un hombre de aspecto rudo, caminando frente a él, lo guió hasta los tres cuerpos en el agujero de la valla. Entre mucho ruido y mucho humo, el buldózer los levantó con su pala de acero y, después, con varios movimientos bruscos, los dejó caer sobre un montículo de tierra amarillenta que se alzaba unos cinco metros dentro de la valla. En cosa de un minuto los cuerpos habían desaparecido. El buldózer avanzó junto a la acera y bajó su pala. Pero, antes de que levantara al hombre herido, el trabajador que dirigía las maniobras caminó hacia él. Al ver que estaba vivo todavía, hizo señas para que el buldózer se alejara. Mientras la máquina rugía y se apartaba, le preguntamos al trabajador qué pensaba hacer respecto del herido. Nos dijo: “Yo sólo me hago cargo de los muertos”, y se fue.

***

Cuando ocurrió el terremoto, Nadia trató de correr fuera de la cañada. Estaba a la mitad de los burdos escalones de concreto que llevan a la calle cuando escuchó gritos cerca de su casa. Corrió de vuelta y vio a su vecina muerta bajo una pila de bloques de concreto. La vecina tenía un niño de siete meses. “Dije: ‘¿Dónde está el bebé, dónde está el bebé?’ y lo vimos ahí, tirado en la tierra.” La mujer había logrado arrojar al bebé y ponerlo a salvo justo al quedar sepultada bajo los bloques. “Una mujer lo recogió y me lo entregó”, nos contó Nadia. “Estaba cubierto en sangre, también tenía sangre en las calcetas. Uno de sus brazos parecía dislocado, y también una de sus piernas, y su cabeza estaba hinchada. Yo tenía miedo de que se muriera en mis brazos. Él trataba de dormirse y yo trataba de mantenerlo despierto.” Nadia fue en busca de los parientes del niño y encontró a su tía, que vivía en Ravine 75, a unas cuantas cuadras de Fidel. “Después salí y me senté; estaba llorando porque no sabía qué le había pasado a mi novio.” Su novio, un joven de nombre Kesnel Jean, había salido más temprano en un autobús hacia Jacmel, un pueblo de la costa sur de Haití. No se sabía nada de él.

Esa noche, “cuando todo paró”, según dijo Nadia, caminó a Delmas 36, a unas 35 cuadras, para ver si su primo y su familia habían sobrevivido. Y así fue, sólo que lo que vio en la ciudad –“muchas casas caídas”, y gente muerta y herida por doquier– la entristeció. Nadia recordaba un rumor que había comenzado a circular después del desastre. “Los haitianos empezaron a decir que la causa de esto era un experimento realizado por Estados Unidos, que quería apoderarse de Haití. Pero yo sé que es obra de Dios, porque si Estados Unidos lo hizo, entonces, ¿también provocó el terremoto de California hace unos años? Yo les traté de explicar que no tenía sentido.”

En los días siguientes Nadia siguió vagando fuera de Fidel. “El miércoles caminé hasta el centro y de regreso, buscando a mi novio. Vi gente muerta por todas partes”, dijo. “Vi a un niño que había tratado de correr fuera de un edificio, y el edificio se le vino encima, y todo lo que podías ver era su cara y uno de sus brazos. Vi saqueadores llevándose cosas o lanzándolas desde lo alto de un edificio destruido, y escapé corriendo, porque no quería que la policía me llevara.”

Fue en esas primeras salidas, en busca de Kesnel y de sus parientes, que Nadia comenzó a buscar comida. Me dijo, con cierto orgullo feroz: “Nunca sufrí en Estados Unidos por cosas como agua y comida, así que no veo por qué habría de hacerlo en Haití.” La comida que encontró se la llevó al pastor Villers para almacenarla en la pequeña iglesia hasta que pudiera repartirse.

No fue sino dos días después de desaparecer que Kesnel regresó a Fidel, lastimado de una pierna, pero bien por lo demás. Cuando vino el terremoto, su autobús chocó; cerca de ahí, un vehículo de la onu también se accidentó. Murieron muchos pasajeros, según le contó a Nadia, pero a él lo puso a salvo la gente de la onu. Luego pudo contratar una motocicleta para hacer parte del camino de regreso a Puerto Príncipe, y el resto del trayecto pidió a los automovilistas que lo llevaran.

***

En la carretera de la costa que lleva hacia Léogâne, al oeste de Puerto Príncipe –una vieja plantación que quedó prácticamente destruida en el terremoto–, me detuve un día en la casa de Max Beauvoir, el houngan o sacerdote vudú más importante de Haití. La casa laberíntica de Beauvoir se encuentra en un claro, a la sombra de árboles tropicales –un paisaje inusual en esta zona del país que, como gran parte de Haití, ha sido prácticamente deforestada. Parte del muro de coral del frente se había derrumbado en el terremoto. Una sección de su templo y una cocina al aire libre también habían resultado dañados, pero su casa estaba intacta. Desde los parapetos de las construcciones varias estatuas de dioses vudú dominaban el jardín.

Beauvoir, sentado frente a una mesa redonda bajo los árboles de atrás de su casa, me saludó cortésmente. Es un hombre alto y bien parecido, con ojos profundos e intensos; tenía un par de rottweilers enormes a sus pies y, sobre la mesa, un paquete de Marlboro Lights que iba vaciando al tiempo que hablábamos. Me dijo que estaba alterado por los comentarios del predicador evangélico estadounidense Pat Robertson, quien había achacado la tragedia de Haití a un pacto con el Diablo. “Siento que Pat Robertson perdió una gran oportunidad para cerrar la boca”, dijo Beauvoir. “Lo que más se necesita en Haití en este momento es compasión. Una tragedia como esta no es culpa de nadie, y buscar culpas es ridículo, y no muy inteligente a mi parecer. Habría sido más inteligente de su parte callarse la boca, sencillamente.” Beauvoir también estaba molesto por los entierros masivos de las víctimas del terremoto. Cada día decenas de miles de cuerpos humanos sin identificar estaban siendo enterrados con buldózers sin ceremonia alguna, y él deseaba que hubiera una manera de brindar mayor dignidad al proceso. “Todos tenemos una parte de Dios en nosotros, y nuestros cuerpos deben ser descartados en forma decente. La manera en que lo están haciendo, recogiéndolos y echándolos en agujeros, es indigna.”

Le conté a Beauvoir sobre los cuerpos tirados en el cementerio, y asintió. El 16 de enero, aseguró, el presidente de Haití, René Préval, lo había mandado llamar a una junta de emergencia del gabinete, junto con el primer ministro, el jefe de policía y las autoridades supervivientes de las iglesias católica y protestante. En la junta los líderes habían discutido cómo zanjar la situación de la seguridad en Puerto Príncipe. “Decidimos que debíamos lidiar con ellos de emergencia”, dijo. “Desde el día 17 y durante las siguientes dos semanas”, los criminales debían ser tratados “como se hace en una emergencia”. Le pregunté si esto significaba aplicar la pena capital, y me contestó que sí: “Pena capital automática para los bandidos.” Algunos de los saqueadores robaban aquello que necesitaban desesperadamente, de lugares donde ya a nadie le importaría. Algunos estarían abasteciendo a quienes estaban demasiado enfermos o demasiado lastimados como para valerse por sí mismos; Nadia no podía ser la única que se ocupaba de una comunidad. Sin duda, otros robaban por codicia y oportunismo. Pero esta parecía ser una distinción imposible de realizar, especialmente para una fuerza policiaca disminuida.

Le pregunté a Beauvoir si tal licencia podría extenderse incluso a una jovencita, y mencioné a la muchacha cuyo cuerpo estaba entre aquellos tirados en el cementerio. Beauvoir asintió. “Podría incluir a cualquiera.” Parecía concebir esta medida rigurosa como una necesidad deplorable. “Personalmente lo lamento”, dijo. “Lamento todas las muertes. Lamento las numerosas llamadas que he recibido solicitando ayuda. Lamento que todavía haya gente atrapada en sus casas. Lamento el terremoto que tuvimos esta mañana.” (Ese mismo día, más temprano, una réplica de 6.1 en la escala de Richter había sacudido Puerto Príncipe.) Le comenté sobre el joven que habíamos encontrado, herido de bala y abandonado a morir, y sobre cómo, al final, habían sido los soldados estadounidenses los que se lo habían llevado para proporcionarle tratamiento médico. Le dije a Beauvoir que había intentado seguir el caso, pero me fue imposible hallar al muchacho. Esto también era lamentable, según dijo. “Pero si quiere buscarlo, le digo, vaya y busque en las tumbas.”

El gobierno haitiano niega haber ordenado a la policía usar medios extrajudiciales para lidiar con los saqueos. Pero cuando le conté a Nadia lo que Beauvoir había dicho, no le sorprendió. Unos cuantos días antes un policía que vive en Fidel le había dicho a ella y a otros vecinos: “Si descubren a un ladrón, mátenlo.”

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Nadia habla inglés, español y criollo, y, según me dijo, se siente más estadounidense que haitiana. Cuando le pregunté cuáles son sus programas de televisión favoritos, se rió y me dijo: “¡Los duques de Hazzard y Punky Brewster!” Su madre la llevó a Estados Unidos, junto con sus hermanos, cuando ella tenía seis años; se fueron en un barco con otros inmigrantes ilegales haitianos, primero a Cuba y luego a Florida. Su padre estuvo en prisión en Estados Unidos y se reunió con ellos más tarde, cuando Nadia tenía catorce años. Poco después lo encontró aspirando cocaína en su casa, y él la trató de golpear. Su madre lo corrió. Cuando Nadia aún cursaba el bachillerato, su padre disparó contra una persona y luego huyó a Puerto Príncipe. No pasó mucho tiempo antes de que se enterara de que lo habían matado tras un negocio de drogas en Delmas 33, a unas treinta cuadras de donde vive ahora.

De niña, en Miami, había querido ser marine o modelo. “Mi madre me prometía llevarme a Barbizon, pero eran mentiras: nunca lo hizo.” Nadia sonrió. Su vida había sido difícil. Su hermano mayor, me explicó, había caído enfermo, víctima de una maldición vudú. Su madre había vuelto a Puerto Príncipe para cuidarlo, pero él había muerto. La madre de Nadia trajo la enfermedad de vuelta con ella, y murió poco después. Esto ocurrió en su último año de bachillerato. Nadia se graduó, pero tras la muerte de su madre ella y su hermana tuvieron que dejar la casa que rentaban.

Durante algún tiempo, me dijo, estudió “srh” en el Tallahassee Community College. Cuando le pregunté qué quería decir eso, me contestó: “Servicios de Recursos Humanos”, dudando, como si no pudiera recordar del todo lo que significaban esas siglas. También estudió cosmetología y obtuvo un certificado para trabajar en un call center. Tenía tres niños, dos de un hombre y uno de otro.

En 1992 fue arrestada y pasó cinco años y medio en prisión. Primero me dijo que la habían arrestado en un auto que no le pertenecía y en el que había una pistola. Luego me miró y agregó: “Caí con la gente equivocada.” Después de estar en la cárcel fue deportada. En 1999 regresó a Estados Unidos con

la esperanza de ver a su hija, a la que maltrataban en su casa de acogida, según me aseguró. La policía la detuvo por entrar al país ilegalmente y pasó siete años y un mes en una correccional federal de Tallahassee. En junio de 2007 fue enviada, junto con otras detenidas, en un vuelo especial a Puerto Príncipe. Ahí las recibieron policías haitianos y quedaron en custodia. “Tenía miedo, porque no sabía qué esperar”, me dijo, con un escalofrío. “No sabía por qué tenían que llevar máscaras.” Tras un par de semanas, su primo fue por ella. Poco después rentó la pequeña casa en Fidel y desde entonces vivía allí, obteniendo un pequeño ingreso por cortarles el cabello a las mujeres.

Nadia no había visto a ninguno de sus hijos desde su último arresto. El más pequeño era un bebé cuando ella ingresó a prisión. Los tres habían acabado en casas de acogida. El deseo más grande de Nadia es regresar a Estados Unidos con su sobrino (hijo del hermano que murió en Haití) para reunirse con sus hijos y tener un trabajo. “Puedo trabajar en lo que sea, no me importa qué”, me dijo. “Dicen que si pagas tus deudas debes tener una segunda oportunidad, ¿no es cierto?”

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Una mañana, cuando llegué a verla, Nadia estaba en la calle discutiendo acaloradamente con la mujer que vendía agua, caña de azúcar y refrescos en una tiendecita al final de la calle, donde se congregaban todos los habitantes del barranco. Nadia la estaba reprendiendo a gritos en criollo. Aquello duró un buen rato. El día anterior, según me explicó Nadia, la mujer había recibido algunas cajas de arroz chino que le estaban destinadas. El donante era un hombre canadiense que se había detenido ahí mientras conducía; Nadia lo había convencido de llevar comida para ella y sus vecinos, pero al parecer había regresado mientras ella estaba fuera. La mujer de la tienda le dijo que ya había repartido el arroz. “Eso dice”, murmuró Nadia, enfadada.

Cuando le pregunté cómo fue que la gente de Fidel la empezó a ver como líder, me contestó que se debía a que hablaba inglés. Luego, secamente, agregó: “Y porque soy la que busca ayuda mientras ellos se sientan en sus miserables traseros.”

Fidel no resultó particularmente afectado por el terremoto; a excepción de la vecina de Nadia y de un par de mujeres de la zona más profunda del barranco, cuyas casas se derrumbaron y que resultaron heridas de las piernas, Fidel no pasó por los estragos que acabaron con casi toda la ciudad. Sin embargo, en ausencia de una economía viable y de una infraestructura nacional, Fidel es, pese a todo, un lugar sin esperanza, un símbolo de los problemas profundos y persistentes de Haití. Muchos de los hombres del barrio parecen sentarse por ahí la mayor parte del día. Algunos juegan dominó para pasar el rato. No hay trabajo para ellos, y no lo habrá hasta que el dinero para la reconstrucción genere empleos. Verner Lionel no ha tenido trabajo en la construcción por mucho tiempo, según me contó; para vivir, vende tarjetas de prepago para teléfonos celulares. Tiene ocho hijos y no tiene esposa. Gana entre veinte y treinta gourdes –poco menos de un dólar– cada día. Nadia me explicó que antes del terremoto una pequeña bolsa de frijoles, suficiente para una comida familiar, costaba veintisiete gourdes; una bolsa de arroz, cincuenta. Ahora los precios han subido sustancialmente. Lionel me dijo que él y sus hijos suelen comer una comida al día: espagueti o arroz, y a veces harina de maíz con frijoles. Desde el terremoto Nadia y un grupo numeroso de habitantes de Fidel –los que duermen bajo el toldo– han comenzado a cocinar una merienda colectiva en una olla grande colocada sobre unos carbones, en plena calle. No desperdician nada. Algunos de los bloques de concreto que cayeron sobre la vecina de Nadia han sido reutilizados como base para una bañera. Nadia tiene guardada la cuna desbaratada del bebé.

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El 25 de enero, trece días después del terremoto, Nadia me pidió acompañarla al Pétionville Country Club, un campo de golf de nueve hoyos adornado con exuberantes naranjos. Ahora había ahí un campo de desplazados, me dijo, y el ejército estadounidense estaba dando comida. Nadia afirmaba haber encontrado el campo después de notar los helicópteros del ejército estadounidense y seguirlos “para ver adónde iban”.

En el campo de golf caminamos hasta un terreno de pasto inverosímilmente podado en el segundo tee. Delante de nosotros, extendidas sobre las cuestas de la colina, había miles de carpas hechas de todos los materiales concebibles: sábanas, costales, plástico y, en cierto caso, un plástico verdoso en el que se leían las palabras “Peligro: contiene desechos biológicos infecciosos”. Habían brotado también pequeñas tiendas de campaña, incluida una que vendía pelucas y extensiones, y otra en la que un joven recargaba teléfonos celulares con un pequeño generador.

El Servicio de Socorro Católico (crs) estaba administrando los víveres, y Nadia detuvo a uno de los trabajadores cuando este trotaba entre la muchedumbre, un irlandés llamado Donal. Aunque se veía atareado y exhausto, escuchó pacientemente mientras Nadia formulaba su petición. Donal explicó que él no podía hacer nada hasta que ella acudiera a su oficina, en Delmas. Entonces se enviaría a un equipo para inspeccionar el barranco y, si su petición era aceptada, se les entregaría comida. El campo ya albergaba al menos a unas veinticinco mil personas, dijo Donal, y el número crecía día con día. Dado que no había letrinas, todo el mundo estaba defecando al aire libre: un grave riesgo para la salud. Se habían registrado violaciones, y a él le preocupaban los incendios. El crs estaba tratando de aguantar, pero estaba al borde de la zozobra.

Nadia asintió comprensivamente, pero se mostró implacable. “¿Entonces qué debo hacer?”, preguntó. Antes de que lo dejara ir, Donal ya le había dicho dónde obtener ayuda y le había dado su propio número de celular.

En la oficina del crs, Nadia encontró a Lane Hartill, un oriundo de Oregon, alto, amable, de 35 años, que le consiguió una silla y una botella de agua y la escuchó atentamente mientras ella describía la situación de Fidel. El crs quería ayudar al mayor número de personas posible, le dijo Hartill a Nadia; la organización ya había traído dieciséis toneladas de comida y planeaba devolverle su trabajo a la gente contratándolos para remover escombros.

Hartill ofreció acudir con Nadia a inspeccionar Fidel por sí mismo. Cuando llegamos, se mostró sorprendido de que hubiera gente viviendo en el barranco. “¿Qué hacen en la época de lluvias?”, preguntó. “Se mojan”, dijo Nadia.

De vuelta en la oficina, se redactó una autorización para que Nadia fuera al complejo del crs al otro lado de la ciudad y recogiera 150 cubetas de comida y 150 paquetes de higiene (cubetas con toallas, jabón, toallas sanitarias y detergente), así como cincuenta cajas de agua potable. Nadia partió en la motocicleta de un joven que vivía cerca, y regresó poco después con cuatro camionetas pequeñas.

En el complejo del crs, mientras se subía la carga a las camionetas, Nadia bromeaba y coqueteaba con un contingente de soldados nepaleses de la onu que hacían guardia en el lugar. Estaba exultante con las provisiones. Cuando regresó a Fidel, el pastor Villers abrió las puertas de su iglesia y rápidamente hubo un arrollo de niños, y niñas, y hombres yendo y viniendo de las camionetas, acarreando las cubetas del crs, y el agua, y apilándolo todo sobre el piso de la iglesia.

Nadia iba y venía dando órdenes. Le dijo a la gente que hiciera una fila y, utilizando una lista de nombres que había recopilado con su letra de niña, comenzó a llamarlos uno a uno.

El pasaje uno de la calle Juan Soler es un lugar solitario. Esta calle -ubicada en el sector sur de Chaitén y cerca del río- sólo es tierra húmeda y pozas de aguas grisáceas que las últimas lluvias han dejado como recuerdo. No hay veredas, tampoco árboles. Por los alambres de los postes -unos palos algo ladeados, pero firmes- no circula electricidad y sus focos no se encienden desde hace meses. En las casas no hay señales de vida: están desiertas. Sus puertas y ventanas están tapiadas con maderas, plásticos oscuros o latones. Casi todas tienen banderas chilenas que flamean a ratos: algunas desteñidas y apagadas; otras, nuevas y vivas.

En el centro del pasaje, frente a la poza de agua más grande, está la casa de Mireya Velásquez -viuda, tres hijas, de contextura maciza y mirada caída-. Es la única que no tiene bandera. Esta pequeña construcción de madera, techo de dos aguas, ventanas sin cortinas y un patio lleno de cordeles con ropa tendida al sol, al igual que Mireya, sobrevive humilde y silenciosa.

-Aquí todos se fueron, dejaron todo botado. Sólo volvieron para sacar algunas de sus cosas y en los feriados para ver cómo estaba todo. Ahí pusieron las banderas, para hacer patria -dice Mireya mientras mira el fuego de su cocina sobre la que hierven dos ollas tan brillantes como la madera de su piso.

Son más de las cuatro de la tarde. Hay sol, pero hace frío. El clima está raro, caprichoso. Hace unos minutos granizó, pero el cielo sólo se encapotó por unos minutos.

Desde la ventana -que en su borde tiene figuritas de loza y monitos de plástico – se ve la fumarola, ahora blanca como nube, del volcán Chaitén. Con desgano, comenta que nunca lo mira, que no le tiene miedo y, mascullando, insiste con lo de la bandera.

-Una bandera no sirve para hacer patria. Eso se hace quedándose acá y hay que ser valiente -refunfuña.

Mireya tiene razón: esta tierra no es lugar para débiles.

***

Naturaleza extrema. El letrero que está en la entrada de la ciudad ya lo anunciaba. Entre las dos tablas que dicen “Bienvenidos a Chaitén”, con letra más pequeña está escrito: “Naturaleza extrema”. Una frase turística que presagió el futuro de este pueblo de postal. Una advertencia de lo que sucedió el 2 de mayo de 2008, cuando el más dormido – y más ignorado- de los tres volcanes que lo rodean -Michimahuida, Corcovado y Chaitén- oscureció su destino.

El volcán -que antes llamaban inocentemente cerro Chaitén- remeció la tierra por días, levantó una nube tóxica que podía verse a miles de kilómetros, cubrió de cenizas y provocó el mayor desplazamiento de personas que se ha realizado en Chile en más de un siglo. Y días después -cuando ya no había habitantes- un aluvión de barro bajó por el río y sepultó una ciudad que se dibujada como un paraíso a la entrada de la Patagonia chilena: bosques profundos, un borde costero limpio y un pueblo que se jactaba, según cifras gubernamentales, de ser una de las comunas con mayor índice de desarrollo humano de la Décima Región.

En ese Chaitén, que todos recuerdan, vivían más de cuatro mil habitantes, había más de mil 200 viviendas y estaba conformado por una población joven: el 35,7 por ciento no superaba los veinte años, mientras el 10 por ciento había cumplido más de 60.

Entonces había futuro. Hoy Chaitén (que en mapudungún significa “colar en chaivas”, una especie de canasto) es un pueblo fantasma por el que todavía transitan y viven más de un centenar de personas que le dan respiro. Muchos de ellos son carabineros y militares que están ahí por razones estratégicas; otros son profesionales que trabajan en las obras de reconstrucción del nuevo Chaitén (que estará en Santa Bárbara, 12 kilómetros al norte) y, la gran mayoría, son antiguos habitantes que volvieron y se niegan a la idea de verlo morir.

Los llaman los rebeldes, los porfiados, los ilusos.

Ellos insisten: están haciendo patria. Aunque nadie maneja cifras exactas, los porfiados son más de un centenar. Casi la mitad son mujeres. La gran mayoría sobre 40 años y acompañadas de sus maridos. Ellas volvieron desilusionadas de los lugares donde las reubicaron (Puerto Montt, Ancud, Castro).

No quieren vivir en otro lugar que no sea éste.

Su tierra.

***

Trabajo de mujeres. Dos jotes vuelan por el cielo de la tarde. Con sus alas abiertas planean suavemente sobre la avenida Ignacio Carrera Pinto, la principal de Chaitén. La tenebrosidad de sus sombras contrasta con la limpieza que tiene la misma calle que en los peores días de la erupción inspiraba lástima y temor. Ahora en su asfalto no hay rastro de cenizas, tampoco queda barro en sus bermas, en el bandejón central crece algo de pasto y por las veredas se puede caminar.

-Todo lo limpiaron mujeres. El trabajo lo inició Fidelina Paiyacar y luego se le unió Mireya Velásquez. Lo hicieron con palas, carretillas y baldes, y ahora parece que fuera obra de máquinas -dice Bernardo Riquelme, concejal y conocido como el locutor de radio que hasta el último momento transmitió desde Chaitén.

-La Fidelina vive lejos del pueblo, con sus hermanas, cerca del embarcadero- el locutor apunta al norte, hacia unos cerros verdes, y se ofrece de guía para una caminata de media hora.

Fidelina Paiyacar juega con Chocolate -un perro de tres patas al que trata como hijo- en el huerto de su casa. Tiene 56 años. Su cara parece esculpida por el viento del sur: redonda, rasgos marcados, cejas tupidas, mejillas sonrosadas y mirada mustia. Vive en una casa de tejuela plomiza. Está emplazada en una loma que enfrenta el mar; rodeada de árboles y vegetación. A su lado están las casas de sus hermanas Olga y Ana -de 69 y 71 años- quienes hablan rápido y se ríen a destiempo. Las tres ni siquiera se preocupan del volcán.

-A ése ni lo miramos. No le tenemos miedo- dice Fidelina con la boca engurruñada. Sus hermanas asienten. Las tres visten faldas estampadas, camisas de colores fuertes cerradas hasta el último botón y gruesas calcetas de lana.

A las hermanas Paiyacar les gusta decir que se criaron entre el monte y el mar.

Su papá era pescador. Ellas, al igual que sus otros seis hermanos -unos muertos, otros desperdigados por el sur- nacieron en una cabaña abajo en la caleta. Ahí crecieron y vivieron por más de cinco décadas, hasta que hace siete años el municipio las trasladó a esta colina para que estuvieran más seguras. La idea al principio no les gustó, pero se movieron obedientes. Armaron sus nuevos hogares, plantaron árboles, hicieron un invernadero donde cultivaban verduras que vendían en el pueblo y criaron a sus perros.

Pero rugió el volcán.

-Mis dos hermanas se fueron en la barcaza, pero yo me quedé acá hasta que me obligaron a salir. Me fui con una hija a Villa Santa Lucía, que está al interior -cuenta Fidelina quien a los dos meses comenzó a acercarse disimuladamente a Chaitén. Primero se vino a la zona de La Gruta -al noroeste de la ciudad- y en septiembre bajó a su casa para empezar a limpiar las calles, contratada por el municipio.

Luego se vinieron sus hermanas, con quienes en febrero participó en una protesta contra el gobierno y su delegada presidencial para la Provincia de Palena, Paula Narváez, quien insistía en desalojar el sector por la posibilidad de una nueva explosión. Una advertencia que se materializó la tarde del 24 de ese mes cuando el volcán hizo una segunda explosión.

-Esa tampoco nos dio susto, nosotras vivíamos a la orilla de la playa para el terremoto del ’60 y tampoco tuvimos miedo-dice Fidelina, quien no se movió y al día siguiente sólo barrió el polvillo del suelo donde ahora planea plantar grosellas.

Luz y sombra: Las autoridades dicen que Chaitén es un lugar inhabitable. Una frase que siguen repitiendo para convencer de su error a quienes volvieron o están volviendo a la ciudad.

Pero a los rebeldes, la advertencia les da lo mismo. No les importa que no haya agua potable, ni alumbrado público. Que sólo existan un par de negocios donde conseguir mercadería. Que el combustible sea clandestino y tengan que comprarlo en poblados cercanos o incluso en Argentina. Desde ahí traen tambores que luego venden en bidones de 10 litros a ocho mil pesos. Con ese combustible hacen andar los generadores con los que, por unas horas, cuando oscurece, alumbran sus casas.

-Es más caro que la electricidad. Pero esto no es extraño. Crecí sin luz y con agua que teníamos que ir a buscar a vertientes, ahora incluso es cómodo porque la reparte un camión municipal todas las semanas -dice Ruth Paranchiguay, quien antes del la erupción del Chaitén trabajaba en el asilo de ancianos de la ciudad y vivía en una casa que fue arrastrada por la corriente de barro en que se transformó el río.

-Cuando me di cuenta de que sólo había un peladero lloré cuatro horas. Ni fotos rescatamos cuando pudimos volver a buscar nuestras cosas -se lamenta. Mira a su marido, Hernán Guanchalaquén, un pescador que perdió su bote con la marejada de barro. Ahora la ayuda a vender el pan que ella amasa.

Ruth y Hernán parecen hermanos. Caminan con el mismo paso de resignación. Ella tiene 53 y él 57, pero lucen mayores.

Llegaron en septiembre desde Castro donde habían sido reubicados. Primero al poblado de Amarillo y en diciembre se instalaron en la casa de una de sus tres hijas, quien prefirió quedarse en Puerto Montt. Es una construcción modesta, con paredes de madera prensada sin pintar. En su living no hay demasiado: un sofá, una mesa, un refrigerador que nunca hacen funcionar; un estante de madera vacío y un cuadro sobre el que han puesto -como improvisado collage- fotos de recuerdos nuevos: una de sus nietas jugando y celebraciones recientes que no parecen muy alegres.

-Hace rato que no somos felices, pero acá en Chaitén estamos tranquilos -habla Ruth y abraza a su marido, quien lleva un raído polerón azul con una frase en inglés. Dice: “This old house” (esta casa vieja). Una ironía.

Afuera oscurece. Hernán dice que es tiempo de encender el motor.

Durante dos horas la luz artificial combatirá la sombra de la noche.

***

La vida afuera. Roselia Nahuelcar escucha una radio de Chiloé que toca música romántica mientras atiende su negocio: un comedor donde vende colaciones a los trabajadores de las distintas obras de la zona, a la gente que va en tránsito a otras comunas y a los escasos turistas que aún visitan el pueblo. Ya pasó el mediodía. Hoy tuvo un cliente especial: el senador Carlos Kuschel, quien está recorriendo el sector para apoyar a los chaiteninos: él no habla de rebeldes.

Su comedor-restaurante se llama “La Roca”, por la pescadería que antes tenía en la avenida Corcovado, la costanera del pueblo. Su nuevo local dista del lujo: un living implementado con tres mesas vestidas con manteles de color y alcuzas. Atrás hay un sofá arrinconado, un refrigerador y varios jarrones con flores de plástico. En una de las paredes cuelga un calendario de cartón con un fotomontaje de unas casas y el volcán tirando su kilométrica nube tóxica. “Porque vivimos abrazados a las inclemencias, porque conocemos el lenguaje de la naturaleza… Feliz 2009”, es un extracto de la larga leyenda que lo acompaña.

Después de vivir en Puerto Montt -en una casa que la sofocaba y a la que nunca le tuvo cariño- Roselia volvió a fines del año pasado con su marido, una hija y dos nietos: una niña que se llama Sofía que se arrastra en un andador entre las mesas y Marcelo, un niño de 12 años que dejó su octavo básico porque no aguantó el colegio de la ciudad.

-Si la alcadesa de Viña del Mar no terminó la básica, yo podría ser el próximo alcalde de Chaitén -murmura el niño. Sabe que lo escuchan.

-Pero alcalde de este Chaitén, no de esa fantasía que quieren construir -replica Roselia y celebra su ocurrencia con una risotada.

Roselia vive en una casa arrendada que está al otro lado del río, a orillas del camino a Futaleufú y tiene un cerco de pinos. La casa anterior está al lado de la playa y de su antiguo local, pero no está en buenas condiciones y no le sirve para su negocio.

-Estoy decidida a quedarme en Chaitén. Incluso ya limpié el espacio que tengo en el cementerio al lado de mi padre para que me entierren acá. Cuando estaba viviendo lejos, todo era un caldo de cabeza. Me sentía inútil. Aquí soy feliz y siento que estoy aportando algo para hacer que esto renazca -explica Roselia y se queda pensativa. –

Aquí no tenemos servicios de luz y agua y somos muy pocos, pero me da rabia que afuera piensen que esto no tiene vuelta. Los que dicen eso son los verdaderos porfiados -dice y recoge de un mantel unas migas de pan.

Algo parecido dirá más tarde, al atardecer, Hortensia Muñoz, la esposa de El Turco, uno de los pescadores más conocidos del sector. Uno de los rebeldes más icónicos.

Volvieron a Chaitén el 25 de enero. Como perdieron todo -casa, camioneta, barco y redes- se quedaron en la casa que les prestó una amiga para que la cuidaran y encendieran la estufa para secar la humedad. Hortensia, quien era ayudante de pastelería en el Café Nelly´s, se puso a hacer pan. Los días buenos puede ganar hasta 8 mil pesos. Fue el negocio que se le ocurrió hacer en el que llaman “pueblo cero”: cero agua, cero luz, cero futuro.

-Vivir afuera no es lo mismo. Extrañaba mi pueblo, mis costumbres. Aquí la vida es más fácil y nunca falta nada: hay leña, mariscos, pescados. Aquí estamos los chaiteninos de corazón, los valientes, los que queremos a nuestro pueblo en las buenas y en las malas -dice Hortensia. Su marido la interrumpe, y mientras toma un té, comenta que pese a lo que anuncien, Chaitén sobrevivirá.

-Los que están afuera volverán cuando se les acabe la fantasía del bono, la plata que les da el gobierno, cuando tengan que vivir en la realidad y la ciudad les coma su dinero.

Ruth tiembla con el frío de la tarde y asiente, desganada, con la cabeza. En silencio le echa más leña al fuego.

***

Dos muertes. La Hostal Pudú está en la avenida Corcovado y frente al edificio donde estaban la cocinería artesanal, uno de los lugares más visitados por los turistas en los tiempos buenos. El hospedaje está conformado por cinco cabañas, un pequeño departamento interior y la casa de su dueño, Juan Santana -un antiguo carabinero que llegó hace veinte años para quedarse en Chaitén-. La encargada de atender a los pasajeros es su esposa Ana María Risco, una mujer menuda, de melena y anteojos que se afirman en su pequeña nariz.

El matrimonio volvió en agosto del año pasado y en el verano su hospedaje apenas dio abasto para los chaiteninos que regresaron a visitar su pueblo y los turistas que querían ver el volcán.

-Esto va a ser un boom este verano. Incluso ahora creemos que los chaiteninos empezarán a volver de a poco. Si ya somos casi un centenar, a fines de septiembre habrá más de doscientos -dice Ana María y revisa uno de los rosales -sólo ramas, sin flores- en un antejardín que parece una pista de patinaje opaca.

Son las ocho de la mañana. Ana María entra al comedor del hostal y enciende una radio. La sintoniza en un noticiario regional.

-Cuando hablan de Chaitén, las noticias nunca son buenas. La culpa es de las autoridades -comenta y pone su mano bajo el mentón.

-A Chaitén lo han asesinado dos veces.

La primera fue días antes de la pasada Navidad cuando el ministro Pérez Yoma dijo que Chaitén estaba muerto. Estaba con mis dos hijas armando el arbolito cuando lo escuchamos. Me puse a llorar, pero apareció mi marido y me dijo que lo decían porque no veían cómo realmente estaban las cosas.

La segunda acta de defunción de Chaitén fue en febrero, luego de la protesta. Entonces Ana María no lloró, tenía mucho trabajo atendiendo sus cabañas.

***

Una barbaridad. En Chaitén se comentan muchas cosas. Anuncios, promesas y muchos cuentos. Dicen que sigue temblando por las mañanas y por las noches; que la nieve que se ve cerca de la cima del volcán es señal de que se está enfriando; que uno de estos días, sin aviso, uno de sus domos se desprenderá y sepultará la ciudad en menos de 20 minutos. Ahora todos comentan el más ocurrente: en la fumarola que sale del cráter se dibuja un ángel.

-Ojalá que no sea el del juicio final -dice María José Peña mientras conduce su auto camino a Santa Bárbara, donde se está construyendo el nuevo Chaitén.

-Ese es un cuento más increible que el ángel de humo -habla subiendo la voz. Maneja con música fuerte. Ahora suena un reggaetón.

María José -visos rubios, anteojos, parka blanca cerrada y apretada- se devolvió a Chaitén para cuidar las cabañas del complejo turístico Brisas del Mar que manejaba su familia. Sus padres y su hermano de 12 años se quedaron en Esquel, una ciudad del noroeste de la provincia del Chubut, en Argentina, que se encuentra cerca de Futaleufú. A ella no le gustó esa ciudad. Tampoco se acostumbró a Puerto Montt, donde intentó rearmar el negocio de artesanía que tenía en Chaitén.

En el viaje la acompañan Rita Gutiérrez y Ana Gallegos, las rebeldes más polémicas y sus grandes amigas.

Todas pasan la noche en la residencial de Rita -rubia, separada y madre de dos hijos que deja en Puerto Montt-, quien con sus hermanas Noemí y Marieta encabezan las protestas. Ahora ellas salieron de Chaitén para hacerse “unos chequeos de salud”, se excusa.

El auto avanza. El espejo retrovisor se satura de verde. Se llena de vegetación.

-Queremos nuestra tierra y nuestras raíces, pero tenemos que estar sanas para luchar-, la apoya Ana Gallegos, quien volvió a la ciudad hace nueves meses para desenterrar Mega (su pub-discoteca), su almacén y un bus turístico de las cenizas. Dice que perdió casi todo y se le sumaron diez años a los 45 que confiesa. Pero no se rinde. Ahora reabrirá su negocio en una casa que arrendó cerca de la plaza.

Ana está en Chaitén con su marido. Sus dos hijos -un adolescente y un universitario- viven con una de sus hermanas en Puerto Montt.

-Sacrificios que hay que hacer -dice y se queda con la mirada fija en el camino

Diez minutos más tarde el auto se estaciona frente al portón de entrada a Santa Bárbara. Está cerrado y ellas exigen que les abran porque son chaiteninas y quieren ver donde estará su nuevo pueblo. Lo consiguen y lo que encuentran las desiluciona: dos grandes casas de latón en las que estarán la municipalidad y los carabineros. A un costado, unos trabajadores aplanan el terreno de una futura pista de aterrizaje.

-Dicen que será una ciudad autosustentable y ecológica -comentan con gestos de incredulidad. No lo dicen, no necesitan hacerlo: desprecian este proyecto.

-Se ahorrarían más plata si limpiaran nuestro Chaitén en vez de seguir con el cuento de “Santa Barbaridad” que está igual de cerca del volcán -dice Rita Gutiérrez ya de vuelta.

Atardece. Corre viento. La fumarola del volcán apenas se mueve. Las banderas flamean iluminadas por un sol naranja. Un velo ocre cae sobre las calles vacías de un Chaitén que se niega a morir.

El sonido de la lluvia, amortiguado por el techo de paja, que cae sobre el pequeño rancho sostenido por cuatro troncos y sin paredes, trae recuerdos horribles a Ana Ampié. Ella es sobreviviente del derrumbe del volcán Casita, que el 30 de octubre de 1998 borró para siempre 10 comunidades cercanas a Posoltega, en Chinandega. La lluvia revive la desesperación de esos días. El recuerdo de las dos hijas desaparecidas y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. La impotencia. El dolor. El miedo. La pérdida de lo poco que tenía. Y la sensación de un día haber sido la gran noticia del país para luego ser olvidados por completo.

Ya van semanas que llueve sin parar en Chinandega. Las autoridades hablan de más de 13 mil afectados, decretan alertas, y las fotos de inundaciones ilustran las portadas de los diarios. Para Ampié es tiempo de recordar y de estar atentos. A nueve años de la catástrofe que marcó su vida para siempre, esta mujer de 36 años dice que es lo único que le queda: estar alerta. Ella y su familia no tienen nada. Lo perdieron todo en el deslave, aunque ésta es sólo una expresión, porque el derrumbe del Casita sólo empeoró la pobreza en la que vivían sus vecinos. Tienen nueve años de comenzar de cero.

Ampié, su esposo y sus dos hijos, están entre los pocos que se aventuraron a regresar a la zona del deslave. El rancho que montaron es apenas cuatro troncos sosteniendo el techo de paja, un cuarto separado por láminas oxidadas que sirve como dormitorio, piso de tierra, cocina con leña -donde esta mañana Ana Ampié prepara el arroz para el almuerzo- y se localiza en una pequeña colina a unos metros del camino de tierra, cerca de donde estuvo su antigua casa antes que el barro del Casita la destrozara. Dice que regresaron porque no tenían de otra. Porque no recibieron ayuda. Porque tenían que volver a cultivar estas tierras fértiles pero traicioneras. Porque tenían que sobrevivir.

Ana Ampié perdió a dos hijas, que en aquel entonces tenían 11 y 10 años. Su esposo, Pablo Gutiérrez, de 39 años, perdió además de las hijas a 69 familiares, incluyendo padres y hermanos. Ambos decidieron regresar a este lugar, que nueve años después se muestra sereno, verde, lleno de vegetación, fresco; donde la naturaleza ha borrado, como un asesino después de un crimen, las huellas de aquella masacre.

“No sentimos miedo. Las lluvias han estado fuertes. Cuando viene la lluvia pedimos que Dios nos guarde. Aquí han decretado zona de peligro. Si Dios permite que haya otro deslave, pues que sea su voluntad. Pero aquí tenemos tierras para cultivar”, afirma Ana.

 

Un caserío desolado

Los que no se arriesgan a volver al Casita viven en Santa María, caserío surcado por calles de tierra que en este invierno se convierten en las esquinas en charcos de agua sucia y barro. Está ubicado a unos dos kilómetros de la carretera que va hacia Chinandega. Pero las casitas del barrio, símbolo de la esperanza después del deslave del volcán Casita el 30 de octubre de 1998, se están quedando sin inquilinos. Muchos de los vecinos han emigrado a Costa Rica. Otros se han ido buscando mejores horizontes en la capital o Chinandega. Y los más se han refugiado con familiares en otras regiones del país.

En Santa María no hay oportunidades, dicen sus vecinos. Sus lodosas calles contrastan con la riqueza verde que simbolizan los cañaverales que rodean al caserío. Los jóvenes que no han emigrado se entregan al alcohol y en los patios de las casas, bajos los árboles, se ve a hombres y mujeres desocupados, ahogando las horas más calientes de la tarde, mientras los niños, muchos con el vientre hinchado, corretean o juegan al béisbol con pelotas hechas de calcetines viejos.

Las 350 casitas de ladrillo, con ventanas y techos de madera y zinc, con sus porches que dan a las calles lodosas, bien pueden causar la envidia de los habitantes de los asentamientos más pobres de Managua. Pero en Santa María parecen no importar mucho. Sus inquilinos se fueron, al parecer, sin ánimos de volver. Total, nueve años después de aquella tragedia que conmocionó a todo el país, ni los títulos de propiedad de los terrenos les fueron entregados.

“Aquí va a ver usted todas estas casas solas porque no hay trabajo. Toda la gente se va para Costa Rica”, afirma María Narváez (55 años, alta, morena, con la piel de la cara seca y con profundas arrugas que la hacen ver como una anciana), quien lo perdió todo en el derrumbe del Casita. Sus padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos y un hijo quedaron enterrados para siempre en las faldas del volcán. En total fueron 50 familiares. Ella, su esposo y seis hijos quedaron con vida.

“Aquí nos prometieron que nos iban a dar trabajo, que nos iban a ayudar. Buscamos trabajo pero nunca encontramos. Cuando llegamos aquí ya no nos dieron más ayuda. Ni la escritura nos han dado. Nos piden reales para pagar y nada. Dicen que les ha costado porque son 350 casas y que en diciembre nos dan las escrituras pero así nos dicen todos los años”, se queja la mujer.

“Allá vivíamos tranquilos. Criábamos animales, sembrábamos lo que queríamos. Aquí no. Vivimos en este pedacito y nos desconsuela no tener nada”, dice por su parte Isidora del Carmen Acosta, una mujer de 58 años, morena, regordeta, quien habita junto a su esposo en una de las casas ubicadas en las calles más adentradas del caserío.

“Viera usted las promesas que nos hicieron. Traían el listón para saber qué necesitábamos y salían a pedir y los mandamás se lo agarraban todo”, agrega la mujer, quien dice que la promesa de entrega de escrituras hasta ahora no se ha cumplido. “Nos estuvieron quitando 200 pesos cuatro veces para las escrituras, y todavía nada. Mire cómo están las calles, tenían que estar adoquinadas”, dice la mujer señalando los charcos frente al porche de su casa.

Las casas de Santa María fueron construidas como una segunda oportunidad para 350 familias sobrevivientes del deslave del Casita, que el 30 de octubre de 1998 sepultó para siempre 10 comunidades ubicadas en sus faldas y mató a 2,800 personas. Muchas de las 120 ONG que llegaron a auxiliar a los damnificados centraron sus esfuerzos en garantizarles un hogar mejor que aquellos ranchos de paja y tablas en los que la mayoría vivía antes de la tragedia.

Cuando las casas fueron entregadas en septiembre de 1999 como homenaje a los desaparecidos a un año del deslave del volcán, las ONG encargadas de su distribución pusieron entre las condiciones que las escrituras de las viviendas serían entregadas 10 años después a sus inquilinos, como una forma para garantizar que las casas no serían vendidas.

Pero a pesar que las casas fueron construidas en una de las zonas más productivas de occidente, sus inquilinos pronto se dieron cuenta que los cultivos de caña de azúcar, de maní y la procesadora de maíz cercana al caserío, no eran suficientes para emplear a una población acostumbrada a la agricultura. Y el éxodo comenzó.

Carlos Alonso Tercero Huete (53 años, alto, recio, moreno, de marcados rasgos indígenas) es el alcalde sandinista de Posoltega y tiene una visión bastante negativa del futuro del municipio que administra: la emigración está destruyendo las familias, ya de por sí rotas por la desgracia del Casita, existen altos niveles de pobreza y la falta de empleos no brinda oportunidades a los jóvenes. El alcalde dice que Posoltega es un municipio olvidado por todos. De los más de 120 ONG que llegaron a ayudar a la zona en los días del deslave, el alcalde dice que ahora quedan unas seis.

“Mirá, quiero ser honesto: las alternativas son de supervivencia. Aquí se perdieron tres mil víctimas, hubo una desarticulación total. Muchos salieron del país. Unos se fueron a El Salvador, Honduras, Costa Rica, España y Estados Unidos”, dice el alcalde.

Tercero Huete afirma que su alcaldía cuenta con un presupuesto de cinco millones de córdobas que es lo que entrega el Ministerio de Hacienda, y un millón más en ingresos por recaudaciones. Es decir, unos 321 mil dólares anuales para solventar las necesidades de 17 mil 500 habitantes.

Para el funcionario, la entrega de escrituras es una de las partes más complicadas de la administración. La mayoría de los habitantes de la zona cuenta con escrituras comunales de reforma agraria y, según los cálculos del edil, serían necesarios 800 mil córdobas para iniciar el proceso de registro y partición de los terrenos. Afirma, sin embargo, que trabajan en la construcción de 600 viviendas nuevas que serán entregadas entre 2008 y 2009; y preparan la entrega de al menos 1,500 escrituras.

Garantizar fuentes de trabajo, sin embargo, es más complicado. La única esperanza de los pobladores de Posoltega es el plan de desarrollo impulsado por la Alcaldía desde 2006 y que se extenderá hasta 2016 con una inversión de 240 millones de córdobas aportados por organizaciones, donantes y gobierno central. Hasta ahora se han ejecutado 90 millones de córdobas, pero el alcalde afirma que para que Posoltega “despegue” se necesita una inversión de 500 millones en viviendas, caminos, reforestación y apoyo a las actividades agropecuarias.

“Posoltega se está quedando aislado, no hay inversión y sobrevive con el aporte de los pocos productores de la zona. La gente aquí no viene por gusto, vienen a buscar alternativas de vida. No está establecida una política que permita apoyar a la población”, afirma el edil, quien también perdió a 60 familiares el día del alud, entre hermanos, sobrinos, tíos y abuelos.

 

Preámbulo del apocalipsis

Aquel primero de noviembre de 1998 los diarios nacionales recogían en sus páginas historias escalofriantes. Los nicaragüenses se desayunaban con titulares fuertes, que trataban de recoger la magnitud de la tragedia sufrida a causa del huracán Mitch, que ese año azotó sin consideraciones al país, dejando más de 700 mil damnificados. El 30 de octubre, el derrumbe del Casita fue la parte más trágica de esa pesadilla nunca antes sufrida en Nicaragua, en la que se convirtió el paso del Mitch.

“¡Apocalíptico!”, titulaba El Nuevo Diario a seis columnas. “¡Espeluznante!”, era el título de La Prensa del 2 de noviembre. Los días siguientes el tono no bajó: “¡Cuadros dantescos!”, “Dramáticos lamentos en lodos y árboles”, “Agonizan atrapados”, “Vecinos escuchan lamentos subterráneos”, “¡Hedor, chamusca, horror!”, “Posoltega, un enorme cementerio al aire libre”, “1,500 enterrados vivos”, y un titular hasta se aventuraba a preguntar: “¿Por qué, Dios mío?”

El viernes 30 de octubre hacía varias semanas que no paraba de llover. Parecía el cumplimiento de aquel diluvio del “Génesis”, que más tarde se convertiría en una escena apocalíptica. Un grupo de hombres de la comarca Rolando Rodríguez, en las faldas del volcán Casita, decidió salir a las 10:30 de la mañana hacia Posoltega para comprar alimentos, porque los cultivos se habían perdido por la lluvia e inundaciones y no había más comida.

A los 15 minutos de haber salido los hombres, los habitantes de la comarca escucharon un estruendo que venía de la cima del volcán, era como el ruido de varios helicópteros, por lo que pensaron que era la ayuda esperada por días. Así es que todos los vecinos salieron al camino, inundado por la lluvia, gritando “¡Vienen los helicópteros! ¡Vienen los helicópteros!” A los minutos, el cielo se oscureció por completo, y una enorme nube negra se abalanzaba sobre ellos. Asustado, Pablo Gutiérrez corrió hasta su rancho, a unos metros del camino, y le gritó a su esposa: “¡Corrámonos, que es el cerro que viene!” Ana Ampié trataba de hacer quehaceres en su casa, anegada por el agua de tantos días, cuando vio el semblante de su marido. Corrió hasta sus cuatro hijos y toda la familia salió de la casa.

“Mis chavalas no podían caminar de los nervios, las empujé y las agarré de la mano y salimos. Los otros pequeños iban detrás de nosotros. Mi esposo agarró al menor varón y yo a la niña menor”, recuerda Ana. “Llegamos al camino. Las otras dos mayores iban adelante, agarradas de la mano. Al llegar al frente de una casa ellas me gritaban “¡Mamita, nos morimos!”. Yo les grité: “¡Córranse donde su mita!”, pensando que ellas iban alcanzar a llegar donde su abuela. Fue imposible que pudieran llegar”, agrega Ana, con lágrimas en los ojos.

El alud botó a Ana. Sintió un fuerte golpe por la espalda y una corriente que la arrastraba y la apretaba. No podía ver nada. Era un remolino que la sacudía, la golpeaba; sentía los troncos, las piedras, trataba de sujetarse pero la fuerza que la llevaba era mucho mayor. Ana perdió la conciencia.

“Quedé en una balsera. Sólo sacaba la cabeza. El resto del cuerpo lo tenía aterrado en el lodo. Sentía que me estaban oprimiendo. Me decía “ahora quedé sola”, porque no miraba ni a mi marido ni a mis hijos, no miraba a nadie. Comencé a gritar. Miraba a los lados y era como si estuviera en el mar, se miraba como una playa. Después de mucho gritar sentí que me hablaron, decían: “Calmate, ya voy”. Miré un bulto que se acercaba, salía y se hundía, hasta que llegó. Era mi marido. Cuando se me acerca se puso a llorar y dijo: “Qué barbaridad, cómo quedaste”. Lo primero que hice fue preguntarle por mis hijos y me dijo que no sabía nada de ellos. De ninguno de los cuatro. Me dijo que no sabía ni de su papá ni de su mamá y luego dijo: “Calmate, que te voy a sacar”. Y yo le dije: “Para qué quiero vida sin mis hijos”. Pero él luchó y me sacó de donde estaba. Al salir me desmayé. Me acostó en unas tablas, cerca de donde oímos llorar a una chavala. Era nuestra hija pequeña. Estaba encajada en unas ramas de mango. Mi marido fue por ella. Cuando regresó con la niña, ella decía que yo no era su mama, al ver cómo había quedado.”

Ana Ampié quedó hecha un bulto de carne y huesos rotos. Las orejas estaban casi desprendidas de su cabeza, tenía la nariz rota y graves heridas en piernas y brazos. Tenía la piel en carne viva y el calor y la humedad del barro donde estaba atrapada se la cocían. A su alrededor todo era destrucción: la enorme lengua de barro que había arrasado con todo, cadáveres, lamentos de niños, miembros desprendidos, animales muertos, enormes piedras, árboles arrancados de raíz.

La mujer le pidió a su esposo que buscara a sus hijos. El niño menor, Marlon, fue encontrado por un vecino a unos metros de donde estaba ella. Tenía quebrada la pierna derecha y la cabeza fracturada. Las mayores nunca fueron halladas.

Ana Ampié permaneció en ese lugar con su familia hasta el domingo, cuando llegaron los socorristas en helicópteros. Al ver el estado en que había quedado la mujer, dijeron que no podían trasladarla, porque no iba a aguantar el viaje.

“Yo sentía que me moría. No sentía nada de ánimos. Al ver sólo dos hijos me ponía a pensar en la fatiga que acababa de pasar y pensaba que eso mismo estaban pasando mis hijas, que me estarían clamando y me preguntaba dónde estarán. Mi esposo me decía: “Hacé el esfuerzo, mirá que tenés a tus dos pequeños”, recuerda. “Se oían gritos. Un hombre gritaba: “¡Norma, vení sacame que estoy con mi niño tierno, vení sacame!”. El grito era profundo, el hombre no se veía. El hombre se cansó de gritar. Nadie pudo ayudarlo. Después ya no se oyó. Cuando lo pudieron sacar ya estaba muerto, con la criatura en sus brazos.”

El equipo de socorro pudo sacar a la familia, que fue traslada al hospital de Chinandega. Debido al agua caliente, la piel de Ana estaba morada y cocida y las enfermeras le dijeron que la iba a botar. “Para mí fue terrible, sobre todo cuando comenzaron a curarme las heridas. Yo sentía que me estaban despedazando. Las enfermeras decían “aguante, aguante, porque esto es bueno para usted, si ese lodo se queda, se le va a pudrir la piel”. Pasé días terribles. Fui la última en salir del hospital. Pasé dos meses ahí. Me sanaban de una cosa y tenía problemas de otra”, dice Ampié.

Su cuerpo tiene las cicatrices de la tragedia. Cicatrices en el rostro, la nariz un poco torcida en el tabique, marcas en sus brazos y piernas. Debido a las lesiones en la nariz, Ana tiene problemas para respirar, por lo que los médicos le dijeron que necesitaba una operación. Ella se opone por dos razones: miedo a regresar a un hospital y falta de dinero.

Sus hijos crecen saludables, pero tampoco olvidan la tragedia. Marlon, que ahora estudia el quinto grado, padece de nervios y se altera con facilidad. Sufre pesadillas constantemente, por lo que tuvo que ser tratado por una sicóloga en Chinandega. Pero eso terminó cuando decidieron regresar al lugar donde vivían.

 

Zona de fantasmas y tierras secas

La mañana es fresca. Ha llovido durante la noche y la carretera que une Chinandega con León está aún húmeda. A los lados sobresalen los cultivos de maní, el oro café de estas zonas. Un camino de tierra, a la derecha de la carretera, en las cercanías de Posoltega, comunica con las zonas afectadas por el derrumbe del Casita. Adentrarse en el camino es como llegar a un cementerio: cruces por todos lados, unas pequeñas, otras más grandes; unas de colores, otras sin pintar. Estas con flores; aquellas ahogadas por el crecimiento caprichoso de las hierbas. Árboles de eucalipto, sembrados como parte de un proyecto de reforestación, dan un olor dulzón al aire, mezclado con el rocío de los arbustos y el lodo del camino.

En la comunidad de Versalles, también afectada por el alud del Casita, los habitantes perdieron parte de sus cultivos de frijoles y maíz por las lluvias que han golpeado el occidente del país en las últimas semanas. Versalles está a un par de kilómetros de la comarca Rolando Rodríguez. Para llegar hasta ahí es necesario cruzar el mar de piedras y barro dejado por el derrumbe del volcán. Es como un desierto. Este es el corazón de la desgracia y a donde la vegetación aún no esconde las cicatrices de aquel 30 de octubre.

“Toda esta zona estaba bien poblada”, dice Carlos Alonso Tercero, concejal sandinista de la Alcaldía de Posoltega, quien esta mañana se dirige a una reunión en Versalles para los arreglos del noveno aniversario del desastre. “Era una zona productiva. Después del Mitch esto quedó horrible. El alud se llevó el cuadro de béisbol, el centro de salud y varias comunidades”, explica el funcionario.

En la zona desierta aparecen de vez en cuando figuras fantasmales. Gente delgada como fideos que parecen más bien espectros de aquellos que alguna vez cultivaron estas tierras. Su aparición entre tramos del camino inquieta al chofer, que cree ver en ellos verdaderos fantasmas. Han regresado porque no tienen a donde ir. Han regresado para retar al Casita. Han regresado para arrancarle vida a estas tierras secas.

Juan Gómez Soriano es un anciano de 73 años, piel seca y huesos largos. Se dedica a cultivar maíz y frijoles y se lamenta de que le haya ido tan mal en la cosecha de primera, porque de esos cultivos depende la subsistencia de su familia. En su memoria está aquel “pum, pum, pum” de hace nueve años que destruyó su casa y del cual aún no ha logrado reponerse.

“Yo perdí cerdos y gallinas. Mi casita se está cayendo y no tengo para arreglarla. Nos sentimos olvidados. Después del gran fracaso que tuvimos no nos han ni volteado a ver. Esas son las cosas por las que uno se reciente”, afirma el anciano, quien perdió cinco sobrinos en el alud. “No tenemos donde ubicarnos, si tuviéramos adonde ir ya no estaríamos aquí. Vivimos nerviosos, esos cerros de un momento a otro pueden hacer otro desastre”, agrega.

Igual de nervioso se siente José Armando Chavarría Arauz, de 54 años y quien perdió 47 familiares en el deslave. Dice que tiene recelo de quedarse a vivir en Versalles, porque ha sido declarada zona de alto riesgo. “Pero, ideay, uno está acostumbrado al campo y no tenemos un salario fijo, ¿para dónde vamos a agarrar?”, dice, encogiéndose de hombros.

Chavarría, quien vive con dos de sus hijos (otros dos han emigrado a Costa Rica) y su esposa, también ha perdido parte de sus cultivos pero dice que “aquí la estamos aguantando, aunque sea con este puño de frijoles jodidos”.

La mayoría de los habitantes de estas comunidades se lamenta porque, al igual que los vecinos de Santa María, no tienen escrituras de la tierra que cultivan o el terreno donde han montado sus ranchos. Todos, sin embargo, dicen estar mejor en estas tierras donde al menos pueden dedicarse a la agricultura y afirman que no se irán de aquí. Todas las tardes, después de la faena en los huertos, las familias se reúnen en los ranchos, invocando a la naturaleza para que no los vuelva a castigar con su furia.

 

La esperanza de Santa María

La esperanza en el caserío Santa María tiene nombre. Pedro Pablo Chávez es un niño de 9 años que corretea sonriente por las callejuelas del caserío. En su rostro, cerca del ojo derecho, tiene una cicatriz que es la marca de la desgracia que vivió cuando era apenas un recién nacido: el día del alud, Pedro Pablo tenía 15 días. Su padre corrió con el bebé para poder salvarlo, pero la ola de lodo se lo arrebató y el niño quedó enterrado por varios días en el fango. Lo encontraron al siguiente viernes del desastre, aún con vida.

“Él está vivo por la gracia de Dios”, dice su abuela Isidora del Carmen Acosta, de 58 años. El niño, junto con el grupo de amigos que recorren descalzos el caserío, representa la esperanza para una gente que quiere dejar atrás los recuerdos de la desgracia. Representa las esperanzas de Ana Ampié, Juan Gómez Soriano, José Armando Chavarría, María Narváez e Isidoro Acosta. Los sobrevivientes olvidados del Casita.