Posts etiquetados ‘Drogas’

Pasta de campeón

Publicado: 20 febrero 2017 en Jhonnatan Torrez Casanoba
Etiquetas:, , ,

Sparring:

Cuatro segundos sin aire. Uno, dos, tres, cuatro… (como si fueran eternos)

1: El golpe preciso en la boca del estómago me quita el aire.
2: Pierdo el equilibrio. Intento respirar, no caer, meter aire. Caigo.
3: Desde el lodo puedo ver a estos hombres de uniforme, sin identificaciones. Uno sigue en la motocicleta negra, destartalada y sin placas; esperando a ver qué hago.
4: El aire vuelve con dolor, quiero hablar para pedir ayuda. Apenas puedo aferrarme a mi mochila e intento alcanzar la grabadora que cayó a menos de un metro del anónimo uniformado. Esto lo enfada más.

—No estarás grabando, ¿no?
—No…
—Bueno, cojudito, mejor que aprendas a no meter tu nariz donde no debes.

Los testigos reclaman por qué me golpearon (benditos sean). El conductor de la motocicleta sentencia:

—Ya sabes, última vez.

Se van.

Segundos después aparece una patrulla. Les cuento que intentaron quitarme la mochila, mis notas, la grabadora y cuando me negué, recibí el golpe. Un policía joven y de trato torpe, me dice:

—Si no hay placa o nombres, no podemos hacer nada. Vamos a estar atentos, pero ¿te das cuenta de que esto es una advertencia?

Una advertencia por meter la nariz donde no debo. Un canal de drenaje donde venden droga. Sí, y qué. Con una mezcla de enojo e impotencia, recuerdo esa tarde en que me metí en este lío. Todo había empezado con un apretón de manos. Así nada importante.

Dos meses antes de ese gancho al estómago, mientras trataba de entender cómo funcionaba esta ciudad que estructurada en anillos, devora a quien no puede seguirle el ritmo, conocí a Miguel. Miguel es un hombre viejo, delgado, que oculta las canas en una gorra desgastada y que tiene la mirada fija sobre mí. Nada extraordinario. Un tipo en la calle.

Alguna vez me contaron que dar la mano al saludar era una forma de demostrar que no tenías un arma y que podías ser confiable. Fue lo único que se me ocurrió cuando lo tuve en frente, extenderle la mano. Él hizo lo mismo.

—Buenas ¿qué hace por mi humilde barrio? -me dice en tono de broma.

Ese día, y así, conocí a Miguel Medina, quien a sus 56 años tenía las arrugas que te dejan la nostalgia, unos pantalones blancos y la autoconfianza de quien ha recibido muchos golpes en la vida.

—Yo fui boxeador, creo que por eso sigo vivo -dice

El boxeador

Miguel nació en Riberalta, es el sexto de siete hermanos. El negocio de la familia eran la castaña y la venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte puede oler la tierra mojada.

Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo. Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde entrenarse. Quería ser boxeador.

—Es que al toro hay que darle con qué torear, pues -dice riendo, aún con los ojos lejos, 35 años atrás.

Era 1980. Por esos años el deporte preferido de la ciudad era el básquetbol. Ser boxeador era algo extraño. Entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora de los tiempos. Sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional, como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB. Y eligió a unos cuantos. Para estar en esa selección había que hacer más que pelear. Había que ganar. Miguel estaba decidido. Entre golpe y golpe atrajo las miradas de los demás boxeadores y así consiguió su apodo.

—Me pusieron ‘Escocés’. No es un gran apodo. Al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se acostumbra.

—¿Y por qué la vergüenza?
—Yo tenía un short rojo con negro, a cuadros. Lo usé en una de mis primeras peleas. Cuando estaba arrinconado contra las cuerdas, recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto. Esperé que lance un golpe largo y levanté la pierna. El short se rompió y quedó como una falda. Y qué te puedo decir. Ese día no llevaba calzones.

Cuando el público comenzó a corear: “Escocés” (bis), el oponente se distrajo. Miguel combinó golpes al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpes se convertirían en su marca personal. El oponente, de quien nadie recuerda el nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo. Hay días en que la suerte se hace querer.

El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla del boxeo, porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título mundial que debía disputar con el francés Gilbert Delé en Francia. Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su inocencia, recuerda el episodio con amargura. Eran los 80 pues, el narcotráfico había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta los más altos niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro “Rey de la Cocaína”, un hombre que no solo financió un golpe de Estado, sino que se convirtió en el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro “Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narco-Estado”, escrito por la esposa de Suárez, Aida Levy. Durante esa década, la coca se había convertido en el 12% del Producto Interno Bruto del país. Para 1983 el tambor de coca (100 libras) costaba 800 dólares. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década, Bolivia producía cerca de 1.200 toneladas de pasta base de cocaína. Esos días el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso, sino que había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los estratos sociales.

En esa época, Miguel consumía cocaína. Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, a ser el que más aguantaba, a ser el campeón. En 1983, tuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores, entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía enfrentarse a Rogelio Jimenez, “La Perla Negra”, un boxeador grande, bailador, con pegada bestial.

—Yo estaba nervioso. El negro era fiero, pero yo no me iba a dejar. Estaba mareado cuando subí al ring, pero una vez lo tuve en frente, fue o él o yo.

Lo que nadie le había dicho a Miguel era que habían programado la pelea para que “La Perla Negra” lo despedace. Era el chanchito del sacrificio. Se acordaron 6 rounds. “La Perla”, un boxeador ya reconocido en esa época, de esos que bailan en el ring, que tienen las manos en baja guardia, que juegan con el oponente y dan ganas de darle un tiro, estaba listo para la que se supone sería una pelea sencilla. “Pacho” recuerda el episodio con emoción y risa:

—Le hizo la vida imposible a “La Perla”. Entró directo a arrollarlo, sin ver, sin pensar. Fue una pelea hermosa. “La Perla” quería jugar con Miguel, pero no tenía tiempo para nada. Cuando se dio cuenta ya estaba arrinconado recibiendo. Tres veces lo tumbó Miguel ¡tres veces! ¡Nadie podía creerlo!

“La Perla” cayó por primera vez. No era un chiste. No estaban para bailar, lo iban a romper. Entonces comenzó a subir las manos, a cubrirse la cara, se olvidó del estilo. Por cada golpe que daba, recibía tres. Miguel no era un hombre fácil de tumbar. Era un toro que arrasaba con todo. “La Perla” recibe un golpe al hígado, cae, los golpes siguen y el público comienza a aullar. Miguel recibe un golpe tras otro, pero para él lo importante es no caer. Lo importante es “fajar” y protegerse. Luego “La Perla” cae por tercera vez. La pelea termina por puntos. Miguel Medina Roca, el beniano que habían llevado para que otro boxeador se luzca, ganaba ahí donde nadie daba un peso por él. Ya entonces hacía lo que le daba la gana. Ganaba. Se sentía campeón.

Miguel fue el sparring de “Pacho”.

—Era bueno, aguantaba, no era fácil de doblar. Cuando atacaba, pegaba fuerte, era “fajador”, entraba y no le importaba nada, ni cuánto recibía; solo le importaba dar, ganar. Miguel peleaba para el público, le gustaba escuchar a la gente gritando.

Un fajador es un boxeador que combate a corta distancia intercambiando golpes hasta que alguien se desmorona. Digamos, Rocky Balboa. Todo lo contrario de un estilista, que prefiere el combate a distancia y el desplazamiento continuo sobre el ring. Como Floyd Mayweather.

—¿Y usted qué tipo de boxeador era? -le pregunto a “Pacho”.
—Con esa pregunta hemos confundido a muchos (ríe). A mí me entrenaron en los tres estilos básicos: fajador de corta distancia, el de media distancia, el contragolpeador y el estilista. En las peleas había aprendido a jugar y cambiar los estilos. Por eso perdí pocos combates, y nunca me noquearon.
—Entonces, ¿cambiar de estilo le ayudaba a confundir a su oponente?
—¡Claro! Como la pelea de Miguel con “La Perla”. Uno era fajador y el otro estilista, y cuando comenzaron a atacarse, Miguel lo sacó de esquema. “La Perla” quería cambiar de estilo, pero no podía y acababa cayendo. Al final, como boxeas es como vas a acabar tu vida.
—…Como boxeas, vas a acabar tu vida…
—Sí, mira, Miguel fajaba, le iba de frente como un toro, no pensaba, ese era su defecto. Todos los fajadores que conozco terminaron mal, dañados, porque son pues toros, ¿y como acaban los toros? Muertos.
—¿El fajador sólo gana en el ring?
—Mira, había boxeadores grandes aquí. Por ejemplo, un argentino que ahora es peluquero en Montero. Él era fajador, un gran boxeador, pero ahora se pierde, no puede mantener una charla porque se va… los golpes le dañaron la cabeza. Otros acabaron muertos o alcohólicos.
—¿Y cómo es cuando dos fajadores se encuentran?
—¡Un espectáculo! Eso le gusta a la gente, que se den, que se partan la cara. Pero no es bueno, uno no debe pelear para el público. En el ring hay reglas y técnica, el público no importa. Pero Miguel peleaba para el público, igual que uno que era cargador en la estación argentina. “Mata toros”, le decíamos y venía a entrenar, un fajador terrible, un día se agarraron con Miguel y paralizaron a todo el coliseo. Se daban como si el cuerpo fuese ajeno. La pelea no iba a terminar nunca. “Mata toros” golpeaba fuerte, imagínese un tipo que se pasa ocho horas al día cargando peso y Miguel… (hace una pausa y los ojos se llenan de nostalgia, traga saliva) y Miguel lo mejor que sabía hacer era atacar y aguantar, aun cuando uno pensaba que se iba a caer, aguantaba.
—El día que conocí a Miguel, lo primero que me contó es que él había sido boxeador, y que quizá por eso seguía vivo...

“Pacho” se percata que llevábamos mucho tiempo hablando de Miguel, del boxeo, de los 80, y que si bien habían pasado 33 años, aún sentía la adrenalina. No podía contar un solo episodio sin hacer la mímica perfecta de los movimientos de boxeador. Toma un sorbo de café y me pregunta:

—¿Y qué es de la vida de Miguel?
—Tiene 56 años, trabaja reciclando aluminio, plástico y vendiendo algunas cosas de segunda mano, vive en un canal de drenaje y es drogadicto.

Hugo “Pacho” Olivares, hoy un hombre de pelo blanco, de esos seres humanos con los que podrías sostener una charla sin mirar el reloj, el hombre que pudo vencer a casi todos sus oponentes por knock-out, se queda en silencio, tratando de digerir el golpe. Me pregunta.

—Pero, ¿está bien?
—Bueno, en la medida de lo que su forma de vida lo permite, se ha ganado el respeto de la gente ahí abajo.
—Es pues un guerrero, no era fácil doblar a Miguel.

Fajar y resistir

Miguel tenía 19 años la primera vez que probó la pasta base.

—Vomité todo, no podía creer que me haya caído tan mal, y probé una segunda y una tercera vez hasta que bueno, me gustó.

—Pero si le cayó mal ¿por qué seguir intentado?
—En esa época, bueno, desde que me acuerdo, las relaciones sociales se hacían bebiendo, y fumar me ayudaba a beber más tiempo, a aguantar más.
—¿Y consume desde los 19 años hasta ahora?
—Sí, al principio solo para beber, luego… bueno me hice vicioso.

Lo que al principio simplemente fue acercarse al vendedor de droga para consumirla, se fue convirtiendo en desaparecer del mundo por tres días, una semana, entrando y saliendo del submundo en el canal de drenaje. Había comenzado a vender todo lo que había heredado: tierras, vacas y el negocio familiar.

Unos primos decidieron ayudarlo enviándolo a vacunar vacas en el municipio beniano de Reyes.

—A la estancia que me mandaron solo se llegaba en avioneta. No había nada alrededor. Yo estaba a cargo de los peones, me mandaron ahí porque pensaban que no podría conseguir la droga. Ja.
—¿Pensaban?
—Sí, es que (suelta una risa de triunfo y casi en secreto) yo aprendí a fabricármela solo.
—Fabricar cocaína ¿en medio de la nada?
—Sí, una vez un vendedor me llevó donde la preparaban, y mientras esperábamos, yo comencé a preguntar cómo se hacía esto y aquello, y bueno luego me di cuenta que tenía todo lo necesario. El ácido de las baterías para los equipos, el querosén de las lámparas, el diésel del generador de electricidad, la coca que nos mandaban para los trabajadores y… la cal.

En la noche, oculto en el monte comenzó a pisar la coca, a mezclarla con los químicos, armó su propio laboratorio.

—La primera vez me salió una cosa horrible, casi me muero al probarla, me quemó todo el pecho.
—Y siguió intentando, como cuando fumó la primera vez… (un fajador)
—¡Claro! El cuerpo pide, y estaba comenzando a desesperarme. A la tercera vez me salió algo más o menos, ya luego fui sabiendo qué había que mejorar, y al final por cada tres libras de coca, sacaba unos 50 gramos de pasta. Me alcanzaba para al menos una semana.
—¿Nunca se dieron cuenta?
—No, uno sabe, aprende cuándo drogarse. Yo fumaba de noche, me iba a andar al monte a caballo, toda la noche, iba a cazar.
—¿Qué cazaba?
—Lo que haya. A veces uno acaba cazando a sus demonios.
—¿Y pudo atrapar alguno?
—A varios (se ríe, pero inmediatamente cambia el semblante) he visto y he vivido muchas cosas. Cosas feas a veces.

Miguel cuenta que a los meses de llegado a la estancia descubrió que estaban robando el ganado. Cuando informó de esto, le pidieron que se hiciera cargo del problema.

—Y me hice “cargo” del ladrón.
—Entonces usted…
—Sí, pero no quiero hablar de eso.
—¿Eso fue lo que hizo que vuelva a Santa Cruz?
—Sí, vine a ocultarme, me fui a La Frontera.

La Frontera era un “barrio” detrás del Parque Industrial de la ciudad. Hace 32 años, los primeros adictos a las drogas formaron su propio barrio un lugar donde podían drogarse hasta morir, construyeron pequeñas casas con maderas y lonas. Ahora no existe, fue loteado. Miguel vivía ahí, reciclando plásticos que vendía en una empresa del Parque Industrial. Tenía una casucha y unas bolsas para recolectar. Miguel ya tenía 40 años. Llevaba 21 consumiendo pasta base y al menos 18 de ellos, de forma diaria. Para cuando nos conocimos tenía 56 años y aunque el deterioro de la edad y la calle habían pasado por su cuerpo, extrañamente no presentaba el daño que los expertos esperarían de un consumidor como él. Ariel Rojas, psiquiatra del Hospital Psiquiátrico Benito Menni, explica que el mecanismo de acción de la droga varía en cada sujeto. Es por eso que el efecto mismo de la pasta base es tan variable como las personas. A algunos los pondrá eufóricos, a otros depresivos, a otro le pegará más fuerte y le producirá síntomas psicóticos. La pasta base de cocaína (conocida también como paco, bicha, bazuco o carro) se produce con los residuos de la cocaína y es procesada con químicos como el diésel, queroseno y ácido sulfúrico. Los efectos secundarios de la droga van desde la destrucción del aparato respiratorio hasta la taquicardia, (los manuales médicos suman alrededor de una treintena de efectos secundarios). Pero el caso de Miguel es tan particular como su historia. Dice que aprendió a regular su consumo, porque sabe que la droga, la pasta base que fuma, hace daño y así, como en su pasado de boxeador, ataca y resiste. No se deja fajar.

—En algún momento ¿quiso salir de aquí?
—Pude. De hecho ahí está una de las historias más increíbles que me pasaron en la vida, pero usted no me va a creer.
—A ver…
—Mi ayudante y yo estábamos recolectando plásticos, y en el basurero de un banco encontramos una bolsa que estaba llena de algo. Más tarde, cuando nadie nos miraba, abrimos el paquete y estaba lleno de plata. Nos fuimos a un alojamiento de esos que hay en el mercado Los Pozos y comenzamos a contar y repartirnos como si estuviéramos jugando cartas.
—¿Cuánto había?
—Cuarenta y cinco mil dólares y quinientos bolivianos. Sí ¿suena increíble no? Nos repartimos una cantidad para mi ayudante, y una parte más grande para mí, porque era el maestro y el que encontró el paquete.
—¿Y qué pasó?
—El muchacho se volvió a La Frontera. Parece que quiso imponérsele con la plata al jefe de ahí y lo mataron. Apareció muerto. Todo normal.
—¿Y usted qué hizo con su parte?
—Me compré una ropa bonita, luego me fui a la ‘La Playa’ (el lugar donde venden autos usados) y me compré una vagoneta, y ¡listo!
—Listo para…
—Para hacer trabajar la plata, ahora sí podía salir de pobre…

Para Miguel, “hacer trabajar la plata” significó ir al Chapare a comprar ladrillos de pasta base para venderla y convertirse en distribuidor. Comenzó a comprar armas para protegerse, joyas. Comerció con ellas, claro, seguía fumando. Según él, tenía el plan perfecto para salir de esa vida, de sentar cabeza. Iba a vender droga.

—¿Y qué pasó con el plan?
—Yo tenía mi mujer, y también mi amante. Con mi amante íbamos a Cochabamba a comprar la droga, y parece que alguien me denunció con mi mujer. Ella fue a la Policía. Me agarraron justo cuando hacía una entrega, me encontraron con siete kilos de cocaína y fui a la cárcel.

La cárcel le tocó a los 50 años. El primer día, él y tres más fueron arrojados al pabellón de máxima seguridad, donde domina un grupo llamado ‘La Pesada’. Le dieron la “bienvenida”. Ésta consistía en una pelea con otro interno más antiguo. Miguel fue el primero en pelear. Su primer oponente fue un brasilero musculoso quien se reía al verlo viejo, flaco y asustado… pero una vez más, como en 1983, ser subestimado se convertiría en su ventaja. Esta vez no había guantes, ni ring, réferi ni reglas.

—Al primero le gané en dos golpes. Se enojaron y me trajeron a otro que tampoco aguantó mucho y me mandaron un tercero. No podían creer que yo aguante. Igual lo tumbé. Yo creía que me iban a matar, así que recibía y repartía golpes como loco. Pero con estilo.

En la cárcel de Palmasola todo aquello de lo que se pueda sacar un rédito, es aprovechado. Miguel se convertiría en una buena fuente de ingresos para los apostadores que le daban algo de dinero por hacerlos ganar. Ahí hacían pelear gente por dinero, como se hace pelear a los gallos.

—Yo no quería pelear, pero comenzaron a amenazarme. Uno de los jefes, “El Gordo Killi”, me dijo que si no peleaba me iban a apalear; además, el primer día que llegué me quitaron todo, mi ropa, mis pertenencias, todo.
—¿Tuvo que seguir peleando?
—Claro, pero les puse una condición: Yo peleaba unas cuantas más, pero que con la plata que gane, quería irme a Régimen Abierto.
—¿Cuántas peleas fueron hasta eso?
—Unas cinco. En la última, la bolsa de la pelea era de tres mil dólares ¿Se imagina? Presos apostando tres mil dólares en una pelea. Me gané unos pesos y pagué mi cuota para que me dejen salir a Régimen Abierto.
—¿A quién le pagó?
—Ni a usted le conviene saber ni a mí decirlo. Pagué y me pasaron a Régimen Abierto, eso es lo que importa.
—¿Cuántos meses estuvo en máxima seguridad?
—Dos meses, a la merced de los de La Pesada.
—¿Y en Régimen Abierto, peleaba?
—No, ahí tuve la suerte de dormir solo dos días en pabellón. Luego me hice amigo de un narco poderoso y me convertí en su seguridad a cambio de dormir en su departamento y comer comida de restaurante. Tenía que cuidarlo, lavar su ropa y mantener limpio el apartamento.
—¿Y cuánto tiempo estuvo preso? Porque si lo agarraron con siete kilos de pasta base usted debería haber recibido mínimo quince años de cárcel.
—Sí, estuve cuatro meses más en Régimen Abierto, seis meses en total en la cárcel. Mi exmujer me hizo un trato: le firmaba un papel en blanco para que se quede con todo lo que yo había acumulado, terrenos, joyas, armas, todo, y ella me daba lo que yo necesite para pagar y salir.
—¿A quién le pagó?
—El abogado, la fiscal y el juez se repartieron doce mil dólares.
—¿Por qué puede decirme a quién le pagó para salir de la cárcel y no a quien le pagó para cambiarse de pabellón?
—No dije nombres, además esos doce mil dólares también borraban el rastro de la causa.

La relación de Miguel con la droga es una constante. Él entiende que salir de la droga es con droga, que transformada en dinero, puede convertirse en una nueva vida. Es el único mundo que conoce.

—Y al salir de la cárcel ¿siguió en el mismo negocio?
—Claro, es a lo que le sé, además salí de la cárcel a la calle, no tenía dónde ir, hacen años que mi familia no sabe nada de mí, este negocio lo conozco, en esto soy…
—¿El campeón?
—Sí, ¡el campeón de la pasta! (risas) ¿Ve? Por eso me decían que yo tenía “Pasta pa´ campeón”.

El Canal

Náuseas.

Las náuseas son el anuncio de la llegada del vómito, una advertencia, quizás uno de los mecanismos de supervivencia más primitivos que conservamos como especie. Nos anuncia el peligro cuando hemos comido algo en mal estado, cuando hay algo podrido, cuando el cuerpo ya no puede resistir el miedo. La náusea es la forma en la que el cuerpo te arrastra lejos de lo que cree te puede hacer daño.

Dicen los expertos, los que aprendieron a domesticar las náuseas, que hay un truco de engañar al cerebro para que se olvide de que viene el vómito. El truco es sonreír. El gesto de la sonrisa puede estimular los pares nerviosos y hacerle creer al cerebro que todo está bien.

La primera vez que bajé al canal de drenaje fue un día infernal de 33 grados centígrados a la sombra, justo un día después de dos días de lluvia. El olor era tan penetrante que se podía sentir en la nuca. La náusea, yo intentando sonreír y esa realidad más fuerte que el hedor.

Santa Cruz de la Sierra tiene 300 kilómetros de canales de drenaje, y pese a que no hay cifras actuales, en 2010 se reportaba que existían 11.200 “hombres topo” (nombre con el que se conoce a quienes viven en los canales). De esa cifra se considera que un 35% son “indigentes esporádicos”, es decir, que cada cierto tiempo regresan con sus familias.

Duberty Soleto, director de la Secretaría de Políticas Públicas del Gobierno Departamental de Santa Cruz, dice que el año 2015 se realizaron 40 operativos de rescate, en los que se retiró a las personas que viven en los canales de drenaje y en las riberas del rio Piraí. Dice que los enviaron a hogares o centros de rehabilitación de administración delegada, (iglesias o a oenegés a los que la Gobernación aporta con dinero), ya que no se cuenta con centros propios.

Javier, un teniente de Policía que pidió llamarse así, cuenta que los operativos más grandes que se realizaron fueron durante la Cumbre G77 +CHINA, y la llegada del Papa Francisco. En ambas ocasiones, el problema no era social, era estético. “Esa gente” daba mal aspecto a la ciudad, entonces la orden era de cargarlos en camiones y dejarlos lo más lejos posible.

—Incluso una vez los fueron a botar en la carretera a Samaipata -dice el policía entre risas.

Intenté hablar sobre el tema con el Municipio, pero ese día el Oficial Mayor de Desarrollo Humano renunciaba, y en la Policía, los altos mandos estaban muy ocupados en la organización de la seguridad durante el Carnaval. Daban ganas de ir a llorarle a Gardel. Pero acá no tenemos eso. Un Gardel.

Las versiones extraoficiales que pude recabar no variaban demasiado de las planteadas por la Gobernación. Hay un juego de poder, y todo apunta a la legislación y a la falta de una política de Estado sobre el tema de los hombres topo.

Y aunque la Policía reporta haber incautado en 2015 casi 12.383 kgs de cocaína, aprehendiendo a 846 personas; el microtráfico sigue cobrando más y más vidas. Microtráfico. Esa es la palabra. En esa red está atrapado Miguel.

Pero, ¿cómo se organizan estos grupos, estos “gremios”? A esta pregunta, tanto los policías como el personero de la Gobernación, me dicen que no pueden responder. Que sí saben que existen sistemas de comunicación para prevenir la llegada de los operativos o la presencia policial, pero que desconocen que haya una organización como tal. Total, son gente sin hogar. Drogadictos. Qué organización van a tener. Olvidan que son humanos. Y los humanos nos organizamos. Siempre.

Para la mayoría de la gente, el vivir en el canal de drenaje solo es una extensión de la adicción, y que este espacio es un escondite para después de robar, o para consumir la droga. Es el Wonder world de los perdidos.

Quise saber cómo vivía Miguel, y él me sirvió de guía en este submundo, este otro mundo.

—¿Quién manda aquí?

—Aquí en el canal hay un jefe que tiene varios apodos: “El Luci” (por Lucifer), “El one”; cuatro subjefes, cada uno tiene mínimo dos personas que hacen de guardaespaldas. También están los campaneros, que son siempre muchachos, chicos que están en la superficie, fuera del canal, atentos, varios repartidos por la extensión del canal, pero al menos cuatro cuidando la rotonda donde vive el jefe.
—¿Él es el que pone orden?
—No, ese es “El Disciplina”, es como un comisario, él se encarga de que las reglas se cumplan y de arreglar los problemas entre la gente.
—¿Cómo que problemas?
—Deudas, robos, cosas así. Si vos me debes plata, en lugar de pelear, vamos donde “El Disciplina” y él dice como solucionamos.

Existen reglas que todos, incluso los visitantes como yo, deben cumplir.

  • No se puede entrar al canal de drenaje en cualquier momento, menos aún si se lo hace desde el punto central, la rotonda, que tiene como adorno una fuente de aguas danzantes, perfecta para distraer. Se debe esperar a que los automóviles estén en movimiento.
  • No se puede robar al menos a 500 metros dentro del radio del canal, y si se lo hace, no se debe escapar al canal.
  • No se le pega a las mujeres (esta regla es la que tiene la máxima pena, quien incurra será golpeado y pasará por “la calle de la amargura”).

En fin, las reglas de convivencia se basan en pagar las deudas, cuidarse entre ellos, y ser invisibles ante la gente. Llamar la atención lo menos posible, porque atención significa policías y policías a veces significa extorsión. La moneda básica es la pasta base, las deudas se pagan en droga, y el estatus se obtiene con dinero para manejar droga. Los cuatro subjefes (tres hombres y una mujer) son distribuidores que “hacen trabajar” la mercadería. Los campaneros y seguridad trabajan por droga. La moneda máxima es una caja de fósforos que contiene aproximadamente 50 gramos. Cada uno de ellos trabaja por la cuarta parte de una caja. Miguel no está en la estructura. Pero es respetado por sus años y sus puños y puede estar cerca de los jefes sin problema.

Los compradores son variados. No solo los que viven en el canal la consumen. Autos de lujo se acercan, dan dinero, van al punto contrario de la rotonda y hacen el intercambio de manos. Albañiles, chicos bien, camioneros, taxistas, chicas bien, hombres de oficina, artistas, malabaristas callejeros. A todos les gusta la miel.

En dos meses de observación, siempre entre las 18:00 y las 19:30, vi intercambiar dinero por droga delante de los ojos de la ciudad.

—¿Y la pasta sólo es de la misma o hay categorías? Digo, porque la que compra el tipo del Munstang negro no debe ser la misma que la que compra “El trauma” (un mecánico que religiosamente va de “shopping” a las 19:15 de todos los días, a comprar su dosis).
—Hay pues. Hay tres tipos de pasta, y los precios varían. Están por ejemplo: “La pela ojos”. La cajita de fósforos de eso cuesta como Bs 300. “La que enamora” cuesta Bs 200 la cajita. Y está “la cafecita”, que es la más barata. Cuesta Bs 100 la cajita.
—¿Por qué esos nombres?
—“La pela ojos”, porque es la más pura, su efecto es poderoso. “La que enamora”, porque es la que se invita, la que sirve de gancho para que vengan. Y “La cafecita”, porque es la más sucia, lo último en el refinado, esa es la que más se vende al raleo, cuesta 10 Bs la dosis, el sobrecingo.

El día 14 que voy a la rotonda, espero en el mismo semáforo de siempre. En cuanto soy detectado por los campaneros, hay una rotación casi sincronizada dejando libres a tres, que vienen directamente hacia mí. Tres flacuchos de cara chupada, con las manos que les cuelgan casi llegando a las rodillas.

—Vamos abajo que el jefe quiere hablar con usted. – Me dice “El eléctrico”, un moreno que tiene los pelos parados de tan sucios.
—¿Y de qué? – Digo tragando tanta saliva que apenas puedo acabar la frase.
—Usted viene mucho, no compra y le parece raro, vamos tranquilo, no va a pasar nada.

En la entrada al túnel desde donde gobierna “Luci”, hay un tipo alto y robusto. Me pide que me saque los zapatos para entrar a un túnel de un metro de altura. Voy agachado hasta que me encuentro a un hombre cuarentón, armado, con el torso desnudo, moreno y con el tono pausado como un profesor de escuela que habla para que cada palabra sea comprendida.

—Dicen que ya lleva días rondando por aquí, y quería saber si podíamos servirle de algo. -Ambos sabíamos que era una falsa cortesía, que la pregunta era clara.
—Escribo un artículo, sobre Miguel, el que era boxeador antes. -Digo masticando cada vocal.
—¡Ah! El viejo Miguel es famoso. ¿Va a salir en la prensa? Si es así, vaya tranquilo nomás, que voy a dar la orden de que ninguno de estos pendejos le toque un pelo. Vaya nomas gordito, eso sí, Miguel le va a decir cuándo puede y cuando no puede venir. Usted sabe, a veces el negocio se pone fuerte.

El “Departamento” de Luci, es claramente más cómodo que el de cualquiera que viva en ese mundo. Incluso tiene divisiones para que duerman los encargados de su seguridad.

El día 16, descalza y drogada, “Genesis”, como pidió que la llame, me ofrece sus servicios, e incluso me detalla un tarifario que va desde sexo oral en la plaza cercana, hasta una noche en el alojamiento “de preferencia del cliente”. Marketing total. Me niego, se enoja, se desespera.

—Ya pues, mira que no hice nada de plata y ya no tengo ni para comer.

No tarda mucho en conseguir un cliente. Un taxista a quien no le importa parar el tráfico para embarcarla. Cerca de una hora después, cuando la trae de vuelta, le pregunto al taxista por qué llevarse a esa chica si no muy lejos hay un conocido prostíbulo en la ciudad.

—Es que estas no son como las putas normales. Esas son escogedoras, que no hagas esto, que no así, que así me duele. A estas le vas subiendo unos pesos y hacen lo que quieras. – Dice orgulloso. Y se va.

Según el doctor Ariel Rojas, el efecto de la pasta base es tan corto (5 minutos en promedio) y el proceso de abstinencia tan largo, que el sujeto intenta acortar los periodos de abstinencia, consumiendo cada vez más y más. Y el efecto es el deterioro no solo físico, sino también social, ya que todo lo que ha construido, hogar, familia, trabajo, ya no tiene más valor, porque el adicto se vuelve muy disciplinado con la substancia. Tan disciplinado que puede dejar de lado incluso el propio cuerpo con tal de cumplirle a quien manda ahora: la droga.

Es mi visita número 17. Se supone que este día no debo venir. Hablo con un vecino, quien con algo de miedo, acepta dejarme subir a la terraza del 5to piso de su casa. Quiero ver lo que pasa. Ahora desde arriba. A las 15:30, una vagoneta Toyota blanca sin placas ni marcas distintivas, aparece cerca de “la puerta trasera del jefe”. Un hombre, con una mochila negra se baja del auto y en cuanto el tráfico se mueve entra al canal. Sale cinco minutos después sin la mochila, pero con un pequeño paquete envuelto en periódico. Espera a la vagoneta y sube, avanzan un poquito. Paran cuenta algo, quizás dinero.

A las 17:30 un auto nuevo, con vidrios obscuros y también sin placas, para en el mismo lugar. Dos hombres con chalecos negros, y corte de pelo militar, bajan del auto. Uno se queda afuera esperando al otro. Tres minutos después sale bromeando con la seguridad del canal, suben al auto y se van.

Días antes Miguel me decía.

—Los días de entrega, primero viene el proveedor y un rato después, vienen los verdes a cobrar sus verdes.

Pura poesía. Todo.

A las 18:00, como todos los días, comienzan a llegar cual hormigas al azúcar los clientes internos y externos. Es casi una danza coordinada entre el tráfico, los campaneros y los compradores. Mientras la luz del sol da paso a las de las luminarias, este baile tiene fin a las 19:30. A esa hora, si usted se detiene en el puente desde donde puede mirar a ambos lados del canal de drenaje, podrá ver chispazos de luz intermitentes, como las luciérnagas en esas carreteras oscuras. Uno a uno, hasta donde la vista llegue, habrá una pipa encendiéndose, alumbrando por un instante tan fugaz como el efecto mismo de esa fumada. Es la horita feliz. También para Miguel.

Ahí, en el canal, cuatro anillos lejos del poder, sazonadas con la droga está mezclada la miseria, la adicción y la enfermedad mental, pero a la mirada de la ciudad no son más que un problema estético a resolver, un dolor de cabeza para los policías.

—Hay mucha gente a la que le conviene que esto siga así. Desde oenegés que reciben fondos, hasta distribuidores de droga. Es un negocio grande, advierte el Dr. Soleto, desde su oficina en la gobernación del departamento.

Son las 19:50 del día en que vería por última vez a Miguel. Me dice que ojalá alguien de su familia lea esto, así sabrán que está vivo, y que va a seguir peleando.

—Fajar y resistir -le digo.
—Aguantar hasta que no se pueda más, hasta que uno quede frío y ojalá lo entierre su familia, y no que un tipo de la morgue lo arroje a uno a la fosa común. Como si fuera un perro.

Nos despedimos y mientras camino pienso en la gente que vi beneficiándose directa o indirectamente de la miseria. El vendedor de drogas; Doña Carmela, que les vende comida que prepara recogiendo las verduras de la basura del mercado y comprando la carne que se está a punto de tirar; el hombre de chaleco negro que cobra dinero; los Albertos, que son quienes compran cosas robadas; los hombres de uniforme que les quitan plata, las tiendas de barrio. Sí, es un negocio muy grande.

Cien metros después de la despedida con Miguel, unos hombres de uniforome, sin identificaciones, en una moto negra y china, sin placas. Frenan de golpe y me preguntan qué hago tanto en la rotonda. Apenas preguntan, uno se baja e intenta quitarme la mochila y vuelve a preguntar:

—¡Qué mierda haces todos los días en la rotonda!
¡Escribo sobre el ex boxeador!

Entonces viene el gancho directo al estómago, la falta del aire, el reclamo de la gente por el abuso, la advertencia. Y pienso en ese momento que Miguel ha aguantado más que esto. Pienso en fajar y en resistir.

Pienso en su pasta de campeón.

Anuncios

Marco Bradaschia bajó del taxi agitado. El frío mantenía la calle vacía esa madrugada de julio. Pagó y antes de golpear la puerta miró a los costados para asegurarse de que no lo siguieran. Estaba histérico. Eran las tres de la mañana del 23 de julio de 2011.

Dentro de la casa, Bárbara se sobresaltó al escuchar que tocaban. Cuando estuvo segura de que era él, lo dejó pasar. Vivían separados, pero nunca habían dejado de quererse y pensaban volver a juntarse. Al verlo tan nervioso sólo se le ocurrió abrazarlo. Él apenas si tenía fuerzas para alzar los brazos, temblaba.

—Julio, mi hermano, se echó un mocazo.

Dijo Marco, mientras se sentaba agarrándose la cabeza y tomaba aire antes de volver a hablar:

—Le batió la cana al Choncho Rodríguez.

Bárbara conocía la historia del enfrentamiento entre los Bradaschia y los Rodríguez, pero no entendía bien ese nuevo capítulo. Le pidió que se explicase. Él tenía los ojos húmedos de bronca y de miedo.

—Como a la una fueron a casa dos policías y arreglaron con el Julio, estaban de civil. Les dio seiscientos pesos para que lo ajusten y le roben la merca y plata al Choncho. Después se fue al baile y me quedé solo.

—¿Tu hermano arregló con la cana? ¿Lo denunció al Choncho Rodríguez?
—¡No! Qué lo va a denunciar. Lo batió. Lo entregó mal. Les dio plata para que vinieran a hacer un allanamiento trucho. Después se fue al Sargento (Cabral) al baile de la Mona.

Marco explicó la traición. La disputa por la esquina donde Julio César Bradaschia y Héctor Ramón Rodríguez vendían droga estaba llegando a su punto más alto. Intuía con razón que alguien iba a salir herido.

El Mariano

Para llegar a barrio Mariano Fragueiro hay que tomar el bulevar Los Andes y seguir rumbo al norte (a la par de las vías). A ambos lados se pueden ver barrios que parecen asentamientos y asentamientos que parecen barrios.

Los Paraísos, Sargento Cabral y El Naylon son los más fáciles de diferenciar hasta que el bulevar se divide en dos calles. Después lo conveniente es seguir por la calle Mackay Gordon, que continúa paralela a la vía y pasa junto a barrio Hipólito Yrigoyen, Villa La Lonja, Villa 4 de Agosto y el Marqués Anexo.

La historia que terminó con la muerte de Marco Bradaschia hace pocos meses tiene su origen en la disputa por el control de una esquina.

Una esquina de Mariano Fragueiro donde integrantes de dos familias se disputaban el control de la venta de cocaína. Una esquina donde ocurrió un crimen y donde hoy todo parece estar muerto. La esquina de Mackay Gordon y Juan de Escolar.

Menudeo

En el barrio todos sabían que la cancha de bochas era un quiosco. La Policía también.

Bastaba ir un rato a la zona para entender todo. Se juntaban allí y parecía que tomaban algo charlando sentados en el banquito de cemento hasta que llegaba un comprador. Entonces, vendían. La mercancía no estaba en los bolsillos de los chicos, se guardaba en una vieja casilla de bloques ubicada a pocos metros del banco, en el mismo predio, detrás de una puerta de madera color azul.

Si alguien en auto, moto o caminando se detenía solo hacía falta que hiciera el pedido. Entonces uno de los chicos buscaba la cocaína y se la entregaba. Otro ‒nunca el mismo‒ se encargaba de juntar la plata y entregársela a quien manejaba el negocio.

Las bochas no existían desde hacía mucho tiempo, ni siquiera como señuelo. Lo único que giraba allí eran los gramos de polvo envueltos en papel glasé.

Como el jefe del emprendimiento vivía a unos treinta metros del predio (sobre la calle Juan de Escolar, en medianera con la casa de la esquina que pertenecía a la familia Bradaschia) podía darse el lujo de coordinar los trabajos desde el living de su casa. Cerca de los cincuenta años y con varias causas en su espalda, ese era un lujo merecido.

Llamarlos narcos sería una locura, eran vendedores, transas, narcomenudistas. Últimos eslabones de una cadena. Partes fundamentales para el funcionamiento del negocio, pero alejados de las superestructuras del narcotráfico.

El regreso

En enero pasado Julio César Bradaschia, de 26 años, regresó al barrio. No volvía de viaje, retornaba de la cárcel tras cumplir parte de una condena por robo calificado. Lo primero que encontró al llegar fue la vieja canchita de bochas frente a su ventana y desde allí se convirtió en testigo privilegiado del próspero negocio de Héctor Ramón “el Choncho” Rodríguez.

El quiosco ‒la cancha de bochas‒ estaba justo frente a su casa, que se ubica exactamente en la esquina que forman las calles Mackay Gordon (a la altura del 4750) y Juan de Escolar (al 900).

La llegada de Julio produjo varios cambios. El primero fue que Bárbara, la mujer de Marco, que había vivido siete años en ese lugar, decidió irse y llevarse sus dos hijos. No tenía ningún interés en vivir en la misma casa con el ex preso y menos en meterse en los problemas que se veían venir. El segundo, que Julio César decidió disputar la esquina que era de Rodríguez.

Prontuarios

Cuando atiende el jefe se muestra dispuesto. Tiene orden de aportar información. Sin embargo, lo que parece sencillo puede resultar imposible. Conseguir los antecedentes de una persona no es simplemente escribir su nombre en una computadora, implica también saber cómo lo escribieron otros policías. El oficial aprieta las teclas: “B-r-a-d-a-s-c-h-i-a” y “Enter”. La computadora parece pensar unos minutos y anuncia: sin resultados.

El oficial levanta las cejas y hace una mueca con la boca.

—¿Ese es el nombre? ¿Seguro? No aparece, eh.

Dice pero sabe que hay que seguir probando. El nombre más fácil puede extraviarse en ese laberinto que es la ortografía de los policías. Por ejemplo, Sajen, el apellido del famoso violador serial, estaba escrito en ese sistema con “zeta” en lugar de “ese” y con “ge” o “ye” en lugar de “jota”. Los que lo registraron también variaron en la letra con la que terminaba el apellido. Algunos usaban correctamente la “ene”, pero otros ponían “eme” o recurrían a dos de esas letras juntas. Las combinaciones eran infinitas.

—Fijate de nuevo. Probá sin la “a” del final. Poné Bradaschi.
—A ver… Mmmm, no che, nada.
—¿Y con la “ese” o la “ce” solas?
—A ver…, no. Tampoco.
—¿No lo habrán escrito con “ve” corta, no?
—¡Nooo! No pueden ser tan brutos. Será posible que siempre haya que perder una hora porque estos animales no saben escribir.

Dice el jefe y se enoja más aún cuando Bradaschia aparece escrito así: Vradaschia.

El padre de los Bradaschia se llamaba Pablo Carlos y nació el 7 de mayo de 1953, pero murió a los 42 años el 23 de febrero de 1996. Su final se produjo cuando con otros tres hombres intentaron asaltar un obrador donde se construía el CPC de avenida Colón. El golpe fue frustrado por dos policías que fallecieron, pero también murieron Bradaschia y dos de sus cómplices.

Los hijos varones de ese hombre figuran en la lista con antecedentes por robos calificados y también en causas vinculadas a la ley de drogas.

Algo similar ocurre con los Rodríguez, que en realidad tienen edades más cercanas a la del padre de los Bradaschia que a las de los hijos. Igual sus nombres se repiten en casos de robos calificados, drogas, asaltos, etcétera.

En ninguno de los prontuarios figuran como amigos de policías. Eso no se registra. Los Bradaschia eran investigados por la División Drogas Peligrosas, pero no los Rodríguez.

Tucumanos

Desde hace tiempo en la zona se habla mucho de dos fantasmas, aunque algunos afirman que en lugar de dos, son cuatro. Se trata de Los Tucumanos. Son personas sin nombre que manejan parte de las tensiones en la zona que va desde Villa El Naylon a Juan B. Justo, incluido Mariano Fragueiro.

Los Tucumanos no solo serían distribuidores de cocaína ‒además de cocinarla‒, sino que también acostumbran a repartir armas a cualquiera que se las pide. Se dice que el revolver calibre 32 que tenía Marco Bradaschia cuando fue a visitar a Bárbara se lo habían dado ellos y que también fueron ellos los que le ofrecieron a Julio Bradaschia el soporte (y la droga) necesarios para enfrentarse a Rodríguez y disputarle la esquina.

Los Tucumanos son también los que dicen tener vínculos con policías de la comisaría cuarta y de la séptima de cuyas patrullas podrían haber salido los efectivos que esa noche fueron a allanar (en realidad a robar) a la casa de los Rodríguez después de recibir seiscientos pesos de Julio Bradaschia.

Curiosamente cuando se le pregunta a los policías de Córdoba por Los Tucumanos, resulta que nadie escuchó hablar de ellos. Resulta extraño entonces que en el barrio se los acuse de tantas cosas. Resulta extraño que una de las dos postas policiales instaladas en la zona conocida como El Pueblito esté justo al frente de donde se dice que viven los fantasmas. Tan extraño como el hecho de que todo el barrio haya visto que la madrugada del 23 de julio hubo un allanamiento en la casa de los Rodríguez y no exista ningún papel en ningún lugar donde ese operativo haya quedado registrado.

Desenlace

Después de que Marco le contó cómo estaban las cosas, Bárbara lo invitó a quedarse a dormir. Le dijo que si tenía miedo no tenía que regresar. Él aceptó y se tiró en la cama pero después de treinta minutos se levantó:

—Me voy, gorda, porque me van a robar todo.

Le dijo a Bárbara.

La comunicación entre la pareja se restableció a las siete de la mañana. Él mandó un mensaje de texto: “Gorda, venite para acá, necesito que estés conmigo. Necesito compañía”, le escribió. Eso despertó la ira de su mujer que respondió: “Qué querés, que me maten a mí. Dejame de molestar que estoy durmiendo”.

A las catorce Marco la llamó por teléfono y le contó cómo estaban las cosas: “Estuve hablando con el Choncho y la Trevi (la mujer de Julio Rodríguez), tratando de parar la bronca, pero está todo para la mierda. Empezaron a venir los hermanos de los Rodríguez y eso pasa cuando va a haber quilombo. Me voy a ir de acá, gorda. Me voy a alquilar una pensión. Te corto porque están peleando el Choncho y el Julio”.

Fue lo último que Bárbara le escuchó decir.

Esa pelea fue una lluvia de amenazas entre Julio Bradaschia y Héctor Rodríguez.

Los tiros

Cerca de las dieciséis de ese 23 de julio, Julio Bradaschia (quien no había parado de beber después de regresar del baile), su hermana Alma Carolina, Marco y una amiga de la familia, Soledad Silvina Sánchez, estaban en la casa de la esquina frente a la cancha de bochas cuando vieron entrar a los Rodríguez armados. Héctor, Raúl y Nancy.

—¿A ver qué tan pícaro sos?

Le dijo Héctor Rodríguez a Julio Bradaschia mientras le pegaba unas patadas. Cuando Julio quiso oponerse, los dos varones Rodríguez sacaron armas calibre 22 y le apuntaron. Entonces se escuchó clara la voz de Nancy Rodríguez:

—¡Tirale, tirale! ¡Matalo, Matalo!

Fue cuando Marco Bradaschia reaccionó en busca de ese destino que tan aterrado lo tenía. Sacó su revólver calibre 32 y funcionó como un llamador para que otras armas se apuntaran hacia él. Como pudo se tiró detrás de una mesa, pero dos balas lo hirieron. Otro proyectil fue a dar a la pierna de Julio, su hermano.

Fuga y captura

Bárbara y sus dos hijos no llegaron a ver vivo a Marco, que murió en el Hospital de Urgencias. Tenía veinticinco años.

Tras el incidente, el fiscal libró órdenes de arresto contra los tres hermanos Rodríguez, pero cuando fueron a buscarlos estos habían desaparecido. Dos de ellos (Raúl, a quien le dicen Fachi, y Nancy) lograron ser detenidos en Colonia Tirolesa tiempo después.

El fiscal Marcelo Hidalgo reconstruyó la disputa y los imputó como coautores de homicidio agravado. Héctor Rodríguez esta prófugo.

Hoy

Tiene unos cincuenta y cinco años y está sentado en la mesa del living de su casa, sobre la calle Avellaneda al 4500, a cuarenta metros de la casa de Los Rodríguez y cincuenta de la cancha de bochas. Soporta el calor de la siesta en cuero y con la puerta abierta. Sale a la vereda y atiende con gesto amable hasta que escucha la pregunta.

—Estamos haciendo un trabajo sobre el caso del chico Marco Bradaschia, que mataron acá, en la esquina.
—¡No! Pero yo no estaba ese día ‒reacciona, echándose para atrás y mintiendo‒. No vivía acá.
—En una de esas se acordaba, porque fue en julio.
—Sí, sí, pero yo recién llegaba al barrio. Justo ese sábado no estaba.

Unas casas más allá, una mujer que barre la vereda escucha la pregunta y se mete adentro con evidente miedo. Da el portazo con la puerta de chapa y, antes de cerrar el postigo color amarillo, moviendo la cabeza a ambos lados, dice:

—No. No estaba ese día.

Lo mismo repite el hombre de la casa de al lado. Justo ese día no estaba en el barrio porque había ido a “dar una vuelta”. Otro hombre, que tiene una remera verde y está sentado en una moto, es el más claro:

—Sabés qué, ese día en el barrio no estábamos ninguno. Nadie vio nada —dice, y se va en la moto, mirando hacia los costados.

La casa de los Bradaschia está cerrada. La de los Rodríguez también. Nadie vive en ninguna de las dos. La cancha de bochas parece un cementerio.

Guerra invisible en la frontera

Publicado: 25 septiembre 2013 en Lucas Jiménez
Etiquetas:, , ,

—Cómo lo dejaron, mi mayor —balbuceó el guardia Silva, cuando sus colegas destaparon el cadáver—, venir desde Lima a morir tan joven.

El cuerpo acribillado del oficial llevaba dos días cubierto con un plástico amarillo. Tenía puesto un poncho verde y botas de jebe. Al derrumbarse sobre el barro en un costado del camino que baja de Jiclas, había quedado boca arriba, con los brazos abiertos y la cabeza hacia el monte. No miraba en ninguna dirección, o al menos no era posible saber hacia dónde miraba. La hinchazón del rostro le cerró los ojos y a Silva se le ocurrió que ese cuerpo deformado pegoteado con sangre reseca, en nada se parecía al de su nuevo jefe, tan caballero ese mayor limeño y decente y sonriente en esas tardes nubladas en que subía a jugar tenis de mesa en el segundo piso de la Jefatura Provincial GRP de Ayabaca. A tres metros del cuerpo del mayor Benites, bajando hacia la quebrada Tuelcas, había caído el cabo Dávila. Ambos tenían perforaciones de bala en el pecho.

Ahora que recuerda esa tarde lluviosa de 1983, a Silva aún le parece ver a los campesinos de Jiclas alentados por su teniente gobernador, empinándose las galoneras de aguardiente, mientras llevaban en hombros los cadáveres bañados en timolina a falta de formol. 24 años después de ayudar a levantar y trasladar hinchados a los mártires por el resbaloso camino enfangado hacia Ayabaca, Silva confiesa que aumentó el temor a ir a la frontera. Él mismo evitó que lo manden a resguardar hitos. Justo ahora resguarda una entidad financiera en una calle céntrica de Piura. “A quién no le iba a dar miedo exponerse a que lo maten”, dice tocándose el chaleco antibalas. Y alguien que, por trabajar cerca de la central de radio, recibió reportes de tantos asaltos, balaceras y muertes de policías en las rutas de la droga en los años 70 y 80, sí que sabe de qué habla. Esa guerra nunca se detuvo en la frontera y en 25 años ha cobrado más bajas en el bando policial que en el lado de la droga.

De 1979 al 2004 el narcotráfico eliminó en Ayabaca a once policías, pero el país no se enteró porque ocurrieron en diferentes fechas. El Estado no se conmovió tanto como en el año 1993 cuando Sendero Luminoso eliminó a 17 policías en un solo atentado en Huarmaca. ¿Quién tiene el control en la frontera? Se preguntaron los piuranos en el 2004 cuando agentes antidrogas de la Divandro sufrieron el secuestro de uno de sus efectivos, Carlos Peralta Monteza, y tuvieron que canjearlo por un detenido con 200 kilos de droga, al ser atacados por 500 vándalos que incendiaron un carro policial, en La Tina (Suyo). El mismo mes vándalos que protegen a narcos y contrabandistas mantuvieron varias horas secuestrado a un agente de Adunas ecuatoriano. Lo canjearon en Macará por una carga de petróleo incautado. “Ayabaca prácticamente es una zona donde el narcotráfico hace lo que quiere. El Estado tiene una escasísima y debilísima presencia”, me había dicho Fernando Rospigliosi, ex ministro del Interior de Alejandro Toledo. Y lo dijo una mañana de setiembre en que llegó a El Tiempo a informarse sobre la banda que baleó a dos policías el 5 de abril de 2007 en la zona de Rayo El Molino, en plena intervención de un laboratorio de cocaína.

En el 2007 el Perú vio por TV sollozos de ojos irritados, lágrimas y muerte producto de una escalada violenta que mató policías en Ocobamba, Huancavelica, Lima y Ayacucho incluso hasta horas antes de la Nochebuena. El país no se enteró de que esa guerra ya había empezado en Ayabaca a fines de los ’70. Y que el enemigo fortalecido por un estado casi ausente —al que algunas veces le ha robado pistolas y armas de guerra de sus puestos de vigilancia fronteriza (PVF)—, parece estar mejor armado. Quizá por eso, unas veinte toneladas de droga pasan cada año por esta cadena de cerros gélidos, según estima el fiscal provincial Manuel Sosaya.

Esta historia es sobre esa guerra silenciosa. Invisible para el Estado pero que podría ser más peligrosa que en las cuencas cocaleras peruanas, justamente porque avanza sin llamar la atención, gota a gota, fuera de las portadas y ediciones estelares de la TV. Ignorada por los propios encargados de la interdicción detrás de los últimos caminos y cerros del norte del Perú.

—Aquí tenemos el problema de drogas, pero no en la magnitud con que se da en las zonas de cultivo. Aquí es más trasteo o traslado, la producción y la violencia se dan en el otro lado (Valles de los ríos Apurímac y Ene y en la cuenca del Huallaga) —me dijo hace unos días el general Luis Henríquez Palacios, máximo jefe policial en Piura. Fue al final de la graduación de la promoción 2007 de la Escuela de Suboficiales PNP de La Unión, al preguntarle cómo evitar más muertes de policías en manos del narcotráfico en Ayabaca.

—Efectivamente, Juan Benites Luna murió (en Ayabaca) y un complejo policial lleva su nombre en Piura, pero el narcotráfico acá no se da con la violencia que se da en las zonas cocaleras —volvió a “tranquilizarme” el general, momentos después de pedirle a 115 nuevos policías que imiten las virtudes de un efectivo asesinado a tiros por dos asaltantes en Piura.

Jefe, cuídese

No hablaba mucho, pero aún conservaba el entusiasmo triunfalista propio de sus cuatro años de cadete en la escuela de oficiales GRP. El mayor tal vez había salido sin haberse puesto el poncho. “Aypate”, el mulo que lo llevaba cuesta arriba por la montaña de Chacas, no corría pero tampoco era lerdo. Los pocos guardias republicanos que lo habían visto partir “muy respetuoso”, “muy gentil”, muy Juan Edmundo Benites Luna, acompañado de un cabo chiclayano, recuerdan haberlo notado optimista. Lucía casi contento, cuando salió de la Jefatura del Subsector Fronteras Ayabaca, en la esquina de la Plaza de Armas. Y tenía motivos de sobra para estar malhumorado. En pleno fenómeno de El Niño del 1983 que a un oficial peruano lo cambien para trabajar en Piura declarada en emergencia, devastada, aislada por las lluvias, ya era bastante cruel. A él lo habían enviado muchos cerros más arriba, 234 kilómetros al noroeste de Piura, a un moridero triste andino llamado Ayabaca, a donde en esos meses no llegaban carreteras, ni teléfono, ni sal. Desde su llegada a inicios de abril, no había podido llamar a Miriam. En dos meses y 17 días de estadía, la única forma de decirle estoy bien, a dos mil 709 metros de altura, era por telegrama. Era el primer año que la señora Santolaya de Benites y su hijo Juan Carlos, iban a pasar separados de él, el día de su cumpleaños. Faltaba más de un mes para el 23 de junio, él quiso prepararse con tiempo para evitarles esa tristeza. Quería ir a Lima y cumplir la edad de Cristo en casa. Se lo dijo a algunos guardias de confianza. Que pensaba visitar la frontera, elaborar un informe, presentarlo como muestra de buen desempeño ante el coronel Serna en Sullana, para merecer unos días de permiso, para estar con la familia. Les caería de “sorpresa”. La idea tal vez lo animaba esa mañana del 17 de mayo, cuando subía por el cerro Chacas, acompañado del cabo Dávila.

Riesgo

Para entonces, siete policías habían muerto en los últimos cuatro años alcanzados por disparos de traficantes de PBC. Pero ningún guardia había convencido al mayor Benites de que ir a la frontera acompañado de un cabo en lugar de una patrulla, era más que riesgoso. Era casi un suicidio porque Dávila, su acompañante que montaba el mulo “El Ayavaquino”, desconocía qué ruta era la más segura. En 1983 el tráfico ya era intenso. Los crímenes de la droga ya habían convertido en zonas rojas varios caminos y poblados ayabaquinos, como Jiclas. Cada vez más armas protegían las cargas de pasta base. En setiembre del 82 desaparecieron dos fusiles en el PVF El Remolino. En Perú, desde el 80 la producción de coca empezaba a tornarse incontrolable para el gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Con nuevos centros de producción en el Alto Huallaga y el Monzón, la superficie sembrada había superado las 35 000 hectáreas, según el informe Coca y cocaína de Antonio Brack Egg. Durante el desastre pluvial del 83, la presencia represora del Estado y su lucha antidrogas basada en un decreto ley 22095 del año 78, era aun más débil en esta zona de frontera. Puestos de vigilancia como el de Algarrobal, hacia donde el mayor Benites se dirigía esa mañana, contaban con muy pocos efectivos asignados y algunos empezaban a ser objeto de robos de las armas del Estado. La delincuencia ya no se contentaba con revólveres. En marzo del 82, dos delincuentes habían violentado el PV de Algarrobal de adobe y teja. Hirieron al guardia Edwin Garay Portilla y robaron un fusil automático y dos ametralladoras, según consta en el informe elaborado por el jefe del PV del año 82.

—En ese tiempo si ibas a la frontera sin conocer, cualquier narco podía dispararte sólo porque ibas uniformado —recuerda Antonio, otro ex republicano que trabajó con Benites.

“Los policías sabemos de los riesgos que corremos. Nadie quiere ir a la frontera. Pero el deber nos llama. No es fácil estar un mes sin ver a la familia, llevar alimentos, cocinarse uno mismo, o comer lo que haya en la zona”, me dijo el general Remigio Hernani Meloni, ex jefe de la I Dirtepol Piura, una mañana de abril del 2004, al comentar sobre la muerte del policía chiclayano Segundo Humberto Mantilla Bautista, asesinado ese mes en La Cuya, Aragoto.

Veintiún años antes, esa mañana del 83 mientras subía a la cima del Chacas, el mayor Juan Benites no llevaba en la alforja arroz, menestra, fideos y conservas para un mes, como los subalternos. En los puestos visitados, Algarrobal, Sausal, Playón, Remolinos y Quebrada Los Mangos, iban a invitarle comida, por eso sólo compró atunes y galletas para cuatro días. No esperaba demorarse más en la supervisión, porque iba a recorre sólo cuatro locales policiales. Por orden suya y en simultáneo los otros cuatro puestos serían supervisados por el capitán Félix Díaz Minaya, acompañado del cabo Idelso Fernández. Cumplida la misión, ambos equipos iban a encontrase en Los Mangos. A no ser que haya sorpresas. Como arriesgarse a pasar por Jiclas.

Si vas para Aragoto…

¿Alguno de los campesinos con los que me cruzo en la carretera que va de Ayabaca a la frontera, sabrá cómo mataron al mayor Benites? Me lo pregunto una tarde de octubre después de pasar frente al Chacas. Siempre hay niebla en la punta de este cerro de 3 mil 7 metros de altura. El inicio del camino de herradura que trepa por la montaña, el mismo que siguió el oficial limeño hacia su muerte, se ve oscuro como túnel… ignorado por la carretera que pasa mirando esos caminos, laderas, faldas, cerros donde termina el Perú. Ayabaca limita al este con el país de los pasillos. Algunos de esos últimos retazos azules de patria que parecen flotar en humo blanco deben ser Chocán, Cachaco Bajo o Llicsa, algunos de los numerosos cerros productores de amapola y marihuana. Por esa franja de frontera apenas visible a lo lejos, aumentó la producción de bellotas, hojas alucinógenas y el paso de mochileros o arrieros con PBC y cocaína del Vrae o del Huallaga. “El número de incautaciones entre el 2000 y el 2005 ha sido diez veces más que toda la década anterior. Definitivamente el narcotráfico aumentó”, va a decirme el fiscal de Ayabaca, Manuel Sosaya. Pero los decomisos bajaron. Ni un solo atestado por tráfico de PBC o cocaína formuló en el 2007 la comisaría ayabaquina, al menos de enero a octubre (aunque sí veinte por cultivo de marihuana).

El Perú produce más de 240 toneladas anuales de cocaína, según cifras oficiales, de las cuales —estima Sosaya— veinte saldrían por Ayabaca, una ruta fácil para cruzar la frontera. Los pasajeros que hoy llegamos de Piura en un ómnibus de la empresa Poderoso Cautivo, pudimos haber traído droga en la mochila, sin problemas, porque el carro no fue revisado en ningún control policial a lo largo de los 234 kilómetros de viaje.

No hay ningún puesto fijo para revisión de viajeros en las carreteras de Ayabaca hacia el Ecuador. Menos en Aragoto, considerado por Sosaya como “sitio de comercio, planificación de los delitos, donde llega gente que supuestamente viene a comprar” (droga), y donde el año pasado no se hizo ninguna operación de patrullaje. Llegas una mañana cualquiera a su única calle y todos te miran con desconfianza. Nadie es amable con los extraños. Lo comprobó hace pocos días el sociólogo Jaime Antezana, uno de los más connotados analistas del narcotráfico peruano, al llegar de incógnito. “Las tierras son eriazas, no se ve producción agrícola, pero casi todas las casas son de ladrillo”, con techo de concreto armado. Antezana se hizo pasar como empleado de una empresa de servicio técnico, para poder llegar. Lo que más recuerda es el momento en que entró a comprar gaseosa en una tienda. Y se encontró con que la bodega no sólo estaba igual de abastecida como la de una ciudad, sino que incluso cambiaban dólares. “Ingresó un joven campesino que venía del caserío Gigante, donde se supone sólo hay campo, miseria y agricultura rudimentaria, sin embargo llegó a cambiar un billete de cincuenta dólares. También vi gente no mayor de 35 años que se pasa el día jugando cartas o en un billar… es evidente que son “traqueteros” y que este pueblo es el eje en que se mueve el narcotráfico, creo que aquí se inician los caminos de herradura para llevar al Ecuador la droga que llega de diversas ciudades del país”. Me dijo ese sociólogo, contento de no haberse arriesgado a ingresar a Llanos, el otro lado de Aragoto donde los ayabaquinos dicen puedes cruzarte con ecuatorianos y colombianos armados a cualquier hora del día.

Suspenso

Desde Socchabamba, junto a la flecha que señala el desvío hacia Aragoto, de este mítico refugio de la mafia sólo alcanzo a ver una loma gris, donde resaltan casitas de techos pálidos. Por allí hay más movimiento de burrieres en octubre debido a la fiesta del Señor Cautivo, en la que también aumentan los asaltos por la droga. Lo dicen los archivos policiales. Justo en estas fechas, en el 2005, en La Cunya de Aragoto apareció muerto en un camino el presunto traficante Arnulfo Culquicóndor Yanayaco. Un año antes en el mismo sector el suboficial PNP Segundo Mantilla Bautista cayó abatido con el pulmón roto por un disparo en el pecho. Dicen que un ex recluso lo vio pasar y al reconocerlo como el policía chiclayano por el que había sido investigado pocos años antes por drogas, le disparó para vengarse.

Sólo dos horas pudo permanecer Antezana en la única calle de Aragoto, donde hay seis teléfonos comunitarios y hasta promocionan televisión por cable. Ahora recuerda que cuando uno pasa por ese pueblo dolarizado y sigue hasta Calvas, encuentra que “toda la ruta es tierra de nadie, es de dominio del narcotráfico. No hay narcoterrorismo como en el Vrae, pero sí bandas del crimen organizado que se enfrentan a la policía”. Y por eso esta tarde me niego a seguir la flecha que ordena desviarse hacia la izquierda. Cuatro forasteros lo hicieron el 21 de setiembre del 2002 y nunca volvieron. Esa noche Miguel Vílchez Rycra, su hermano Ricardo y los primos Levis Bacilio Muñoz y Joel Vega Muñoz, procedentes de Ucayali, Junín y Lima, fueron torturados y acribillados posiblemente de rodillas. Sus cadáveres amanecieron tendidos en una pampa del caserío Charán, a pocos minutos de Aragoto. En las investigaciones los campesinos se silenciaron. Ni siquiera aceptaron haber oído disparos.

—Los cuatro habían sido ejecutados de manera brutal. Les habían dado el clásico balazo en la nuca. Parece que primero los inmovilizaron para después victimarlos. Desde entonces han ocurrido varios crímenes de esta naturaleza que más responden a la tipología del crimen por encargo: alguien manda a matar a alguien por una situación oscura —me dirá el fiscal Sosaya, cinco años después de levantar los cadáveres. Seguir la flecha hacia la derecha debe ser más seguro, pienso en Socchabamba, pero kilómetros más adelante otra vez me acobardo de ingresar por el cruce a El Rayo del Molino. Allí, a un costado de la trocha en un paraje distante a seis horas de camino, fueron emboscados 17 policías y el fiscal Sosaya, el 5 de agosto de 2007. La patrulla escapó con vida de las granadas de guerra que hizo estallar el enemigo y el grupo uniformado tuvo que huir sin munición y con dos policías heridos. Al día siguiente, cuando los bandoleros huyeron llevándose todo el clorhidrato de cocaína que protegían, llegaron refuerzos policiales, logrando la “destrucción” de un laboratorio de procesamiento que funcionaba en una casucha de adobes.

—Los que nos disparaban eran ocho pero tenían lanzagranadas y cada una hace por 30. Esta gente puede ser de las Farc, bandas ecuatorianas o sicarios de las zonas cocaleras de la selva peruana, menos campesinos de la zona. Usaban fusiles (israelíes modelo Galil) con doble cacerina pegada con cinta adhesiva. Se les acababa, cambiaban otra doble y seguían disparando en ráfaga… munición inagotable. Los policías sólo tenían una cacerina de fusil AKM —va a decirme cuando regrese después de este recorrido, el fiscal y sobreviviente del tiroteo.

Por ahora, la carretera se acabó en Carrizal. He pasado por Zacalla y Simbaca, donde nadie recuerda historias de policías muertos por traficantes como el de un mayor asesinado en Jiclas. El nombre del héroe antidrogas, Juan Benites Luna, se lee en la entrada a tres complejos policiales en las ciudades de Lima, Piura y Sullana, y en una villa policial de Ayabaca, pero aquí en Ambulco, donde acabo de llegar cabalgando un mulo, nadie lo conoce.

Ambulco: todos se van

—Aquí ya no queda gente… apenas once familias.

Las palabras, como salidas de la nada, vuelan impulsadas por el viento desde una esquina de la capilla vacía. La voz es de un campesino alto, erguido, de ojos claros, camiseta moderna y machete colgando. Es domingo y no se ve gente en Ambulco. Detrás de los últimos cerros de Ayabaca, a dos horas de la frontera con Ecuador, el sol empieza a dormirse más temprano que en la costa. El aire vespertino crispa los árboles, muerde los huesos, desequilibra el vuelo de los mosquitos. Juega con las flores del arco amarrado a la puerta para dar la bienvenida al sacerdote que acaba de llegar desde Ayabaca.

—La capilla es grande y nosotros (la población) muy poquitos. Insiste en sonreír el hombre del machete. Pero es una risita cautelosa, casi triste. Perros ladran detrás de los árboles. El cielo enrojece. Horas cabalgando, el cansancio, y las rarezas paisajísticas de Ambulco suman desconfianza en el viajero que no ve una sola casa. El pueblo es una pampa. Una alfombra natural empinada con un solo tejado en el centro, el de la capilla sin torre, sin campana, sin gente. ¿A dónde se fueron las casas (las once casas)? Las casas están escondidas a varios minutos, a muchas cuestas, bajadas o laderas de aquí. Si uno recorre los hogares encontrará muy pocos viejos. De entre los ambulquinos que vendrán a escuchar la misa de este año, la única anciana será Nicomedes Amaningo: “Aquí siempre hemos sido poquitos”, me dirá a sus 85 años, resistiéndose a aceptar que su pueblo va camino a desaparecer. Sin prestar atención a Nancy Gonza, su nieta rubia de seis años que la sigue a todas partes. La nenita va a contarme que se quedó sin padre. Y al preguntarle si se murió, dirá que no, que se fue a Miraflores (en la región San Martín). Y que no sabe si algún día volverá.

La página web de la Municipalidad de Ayabaca dice que Ambulco tiene 22 familias, los documentos de la capilla consignan trece —hasta el 2006—, pero ahora sólo son once, asegura Alberto García, el hombre del machete y el más alto del pueblo.

—¿A dónde se están yendo sus vecinos? —le pregunto, antes de que eche a correr detrás de su caballo negro.
—A la selva, po… Yo estuve allá.

Con sonrisita de curiosidad, y una soga entre los dedos, el hombre cuenta que el sueño de muchos es vender la tierra en Ambulco y comprar en la selva. El problema, cada vez es más difícil hallar hectáreas cerca de la carretera. Pucallpa, Loreto, Yurimaguas, Tingo María, son los destinos preferidos, dice.

—¿Y en qué trabajan allá?
—Si no llevas plata, trabajas de peón. Si compras o arriendas una tierra, puedes sembrar arroz o maíz, igual que acá.
—¿O sembrar coca?
—No. Eso no.
—¿No es peligrosa la selva?
—Los charapas son gente bacán (amable). Eso sí, no les gusta gente de malas costumbres… chismosa, ladrona. Si es así, la denuncian ante los cumpas (terroristas). A la primera y a la segunda les perdonan… a la tercera los desaparecen (los matan y los tiran al agua).
—¿Cuánto cuesta una hectárea de tierra?
—Estará a mil soles po…
—¿Y usted por qué volvió?
—Yo sólo fui de paseo.

***

Comparada con las casuchas de palos de los pueblos que llevo recorriendo en busca de huellas de esa guerra invisible que está matando policías y civiles, la capilla de Ambulco es una modernidad. Tiene poyos y mesas de barro recién construidos, puertas y ventanas de fierro, vidrios tipo catedral, y hasta feligreses con casaca jean, gorro a la moda y zapatillas de marca. El lunes parece domingo. Hubo canciones acompañadas por la guitarra del señor cura, bendición de agua no potable y de semillas, oración por los difuntos, por los cinco ambulquinos que a fines de los ochentas murieron por el cólera. Pero más piden por la salud y bienes de los que se fueron y no hay cuándo vuelvan.

Como JG que “no sabemos si estará vivo o muerto”, desde que se fue a Costa Rica (en la región San Martín), según me dijo ayer su madre que lleva casi dos años esperando que llame. Y al preguntarle por qué se van o se están yendo muchos aquí, su respuesta fue de esas que te dejan pensando: “Por eso de la droga… les gusta sembrarla, aunque dicen que ahora ya no los dejan porque la queman”. Ella misma y su marido se fueron hace años, no a sembrar coca sino alimentos. Estuvieron en Miraflores, otra zona de San Martín. Allá tenían un familiar, llevaron a los niños. Pero volvieron a las pocas semanas. Les fue mal. Ahora que su hijo de 22 años se ha ido solo y no llama, ella aprovecha la única misa del año para rezar por él. Porque esté vivo. O porque no la olvide. Al final de los rezos habrá bautizos y ahora mismo hay “actuación artística”.

—Público presente, voy a decirles unos bonitos acertijos: ¿qué le dijo el café al azúcar? —pregunta Gianmarco, alumno de la escuela primaria, alargando las vocales.

Al momento de presentarlo, al final de la misa del lunes, su profesor ha pedido disculpas por no haber preparado más números artísticos. “Es que tenemos muy pocos alumnos”, ha justificado ante la contada feligresía. En el pueblo todos tienen un amigo o familiar que se ha ido o piensa irse. ¿Y no querrán que Ambulco desaparezca? Ha preguntado el clérigo a sus fieles, y —como muchos dicen que se van porque sus campos ya no producen como antes— su consejo ha sido variar cultivos, sembrar zanahorias, lechugas, beterraga y no sólo maíz y trigo… “tienen una tierra muy generosa (productiva)”.

—El café le dijo: sin ti mi vida es amarga.

¿Todos son “platudos” por la droga en la frontera?: falso

La garúa no ha dejado de caer, desde Huamba hasta Lagunas de Canly. El camino se ha hecho “resbalo”, dice don Santiago, el guía. Resbalo significa intransitable, que en cualquier momento el mulo puede resbalar y estrellarte contra las piedras. O lanzarte a una quebrada, sin opción a pedir ayuda porque el celular perdió señal hace cuatro días.

A simple vista no hay muchos hogares en Lagunas. Están dispersos. En la subida hacia el arqueológico cerro Aypate hay una casita que fue puesto de vigilancia policial fronterizo. Por fin un vestigio de la guerra invisible. De este local, ahora sin efectivos, partió en 1983 el capitán GRP Díaz Minaya con el cabo Fernández para inspeccionar hitos. Nunca se encontraron en Los Mangos, como acordaron con el mayor Benites y el cabo Díaz, porque fueron asesinados, cuando bajaban de Jiclas a Algarrobal. ¿Cómo y por qué los mataron? Lo sabré al final de esta historia. Por ahora acabo de llegar sin sufrir caídas, por el mismo camino que siguió en agosto de 1981 el policía Walter Guerrero Alameda cuando también partió de este PV de Lagunas de regreso a Ayabaca, y fue asaltado en la zona de Tacalpo. “Inofensivos campesinos” lo despojaron de una pistola Browning con cinco balas. El arma, como las de largo alcance robadas entre fines de los ‘70 y los ’90 a diversos puestos o en asaltos a efectivos policiales, ahora son usadas para proteger cargas de droga, me había dicho en Piura el técnico Antonio.

Lagunas tiene agricultura no tecnificada que produce yuca, trigo, maíz y frutales que alimentan a 62 familias. En la posta médica, que atiende a cinco comunidades, la técnica de enfermería me suelta una cifra que estremece: ochenta de los cien niños que atiende tienen desnutrición crónica (de efectos irreversibles), el 60% de la población de Huamba, Ambulco, Simbaca, Talal y Laguas, toma agua de acequia sin hervir y aumentan los niños con parasitosis. La tierra produce de todo pero los niños son mal alimentados porque sólo se siembra maíz, trigo y menestras.

Al día siguiente en Talal me cuentan que de 74 familias, casi 35 no tienen tierra. La mayoría de propietarios no siembra más que hierba para el ganado o alquilan su fundo. Hay quienes viven en Ayabaca o Piura y sólo llegan a ver sus vacas. Muchos agricultores, como Jorge Merino Hacha, cansados de pagar con tres días de trabajo el derecho de alquilar una hectárea para sembrar maíz, decidieron marcharse a la selva. Este año ya son seis los que se fueron a Tarapoto y Bagua. Nadie sabe con precisión en qué trabajan.

—Estoy vendiendo tamales, empanadas, hago mis ahorritos, pero no sé si reúna para el pasaje. De todas maneras este año yo me voy a verlos. Mi esposo se fue llevándose a mi hijo, el mayorcito de 6 años. Ojalá estén bien, no duermo pensado en mi cholito —me dice Rebeca Huamán Neira, la esposa de Jorge Merino, cuando por fin deja de llorar. Aunque de ellos sólo sepa que el 9 de octubre treparon en un camión y se fueron “a un sitio” llamado Agua Blanca que queda en la selva, está segura de que va a encontrarlos.

Pero más triste que el llanto de Rebeca, bajita y lacia, es hablarle a Jesús sin encontrar respuesta. Sentado en el poyo de la capilla, Jesús de ocho años sonríe cada vez que le pregunto en qué grado está.

—¿No vas al colegio? Insisto por sexta vez, porque lleva demasiado tiempo sin palabras, y en vez de abrir los labios resecos por el viento, ojea las praderas y caminos resbalosos. Justo cuando voy a volver a preguntarle, un chaposo de su misma edad me detiene en seco.
—Nunca habla —sentencia—, es mudito. Y no sólo él —según me dice Miguel Merino, padre de Jesús; Víctor, su otro hijo, lleva siete años sin haber dicho una palabra, y no menos grave es el caso de Nela Rosario, tercera de la familia, que en cinco años sólo aprendió a decir “agua”. Sus padres no saben qué es un centro especial para sordomudos, así que ni siquiera saben el origen de tanta mudez.
—Ellos nunca han hablao… pero mi Cristhian Henry habló al año y medio —se apresura en aclararme Dilcia, la madre de los niños, emocionada de que alguien le pregunte de sus hijos sin burlarse. Casi sonríe hablando del único hijo que sí le ha dicho “mamá”. La señora Dilcia, con su blusa de domingo, infla el pecho, acelera sus palabras como quien quiere gritarle a esta campiña desoladoramente silenciosa que no todo está perdido. Que podrán ser una más de las familias sin tierra, pero pelearán contra el abandono, sembrando dos hectáreas de maíz en el terreno del vecino Hortensio Herrera. Y que esta vez será diferente, que el bebé de tres meses, su último hijo al que ahora tiene en brazos, sí va a hablar. Y mejor me despido sin animarme a preguntarles qué harían si algún día alguien llega a ofrecerles mil 500 soles o dólares por llevar una carga de cocaína al Ecuador. “Hay que evitar el abandono del Estado, su ausencia es muy fuerte en estas zonas de frontera”, diría Jaime Antezana si viera a la familia Merino. Y que en Talal y en todas las mil 550 hectáreas del distrito ayabaquino y también a lo largo de 31 puestos de vigilancia fronteriza desde Espíndola hasta Alamor, se requiere una estrategia antidrogas que además de combatir a las firmas, incluya un programa de desarrollo para los más pobres. Como Dilcia que —antes de treparme al mulo de regreso hacia Ayabaca—, me regala una franca mirada de desinterés cuando le hablo de un lejano centro especial para sordomudos en Piura.
—Oiga: ¿cobran en ese lugar..? ¿Cómo me dijo que se llamaba?

34 años recordando un crimen

—Mi cholito entró y se desmayó. Cayó “muerto” (inconsciente) mi hijito. Lo desperté y empezó a llorar diciendo… los mataron a los guardias, los mataron a los señores. Después se echó en su cama. Pensé que se iba a morir. Le di agua de asares, una pastilla coramina y tantos remedios caseros. Poco a poco fue volviendo.

Tres horas antes de oír el llanto de Abel* hablando de disparos y muertos, su madre, la esposa del teniente gobernador, lo había llevado a recoger alberjas para la merienda. Acababan de llegar de la “arada” (chacra), cuando a su casa de Jiclas, la única de paredes blancas, llegó Benites y Dávila preguntando cómo llegar a Algarrobal. Se cubrían de la lluvia con ponchos de jebe pero era posible saber que eran policías porque llevaban gorros verdes con las iniciales doradas de la Guardia Republicana del Perú (GRP) y el cabo un fusil MGP. De la cima del Chacas habían bajado al caserío Joras. En Aúl, el camino se parte en dos y su error —según me dirá “Silva”—, fue no desviarse hacia el camino más corto y seguro que pasa por México, Checo y Tunal.

Ellos habían seguido la ruta más larga, Minas, Jiclas, Sausal y Guiriquingue, frecuentada por la mafia. Una emboscada con un policía muerto no le daba buena reputación a esta ruta. Había ocurrido en julio del 1981 en la quebrada Tuelcas de Jiclas: el suboficial Alfredo Sesarego Flores fue acribillado. Sobrevivió su compañero de ruta, el subteniente Willer León Castañeda. Pero les robaron dos fusiles, números 262 y 264, más cuatro cacerinas con 80 proyectiles. Un año y diez meses después, cerca de las 6 de la tarde del 17 de mayo de 1983, Benites y Dávila estaban a punto de pasar por la misma quebrada.

—Se estaban yendo al puesto policial de Algarrobal —recuerda la señora Aurolinda bajo un gracioso sombrerito de lana marrón—, pero no conocían el camino. Como mi cholito estaba ahí mirando a los señores, me pidieron se los preste para que los guíe hasta el puesto. Y así fue. Lo mandé que vaya a ver a un compañerito, Arbilio (otro niño de su edad). Y se fueron acompañándolos. Estaba dándole el agua (llovía despacio), ya era tarde, les dije que mejor se queden. Pero el mayor dijo que se iban porque tenían urgencia. Ni bien salieron se largó el “porrazo de agua” (lluvia torrencial).

Casi tres horas después, Abel a sus once años regresó sabiendo más de miedo a la muerte que de galones y grados:

—Los mataron a los mayores.

***

Veinticuatro años después de esa tarde del 17 de mayo de 1983 en que un traficante de drogas ecuatoriano acribilló con disparos de fusil al mayor Benites y al cabo Dávila, cerca de Jiclas, Abel, uno de los dos niños que vieron el crimen, tiene 38 años, esposa y un hijo de unos once años. El escolar de cabello recién recortado me mira iracundo sin entender por qué insisto en entrevistar a su padre, molesto porque no me voy, aunque ya me han dicho que él no está. La casa de adobes y balcón de fierro, donde el testigo vive con su esposa e hijo, es de su padre Tarquino Yanayaco Julca. Don “Tarqui” era teniente gobernador de Jiclas en 1983. Entonces tenía 52 años. Ahora tiene 76 y sólo me deja pasar a su casa cuando le hablo de dos policías que conoció en esos años.

Acabo de llegar de Piura sólo para entrevistar a Abel. En las calles ayabaquinas ya no se escucha música del Cholo Berrocal, ni huainos de Los Herrantes y los camiones Dodge 300, patrimonio imprescindible de los narcos de los años 80, han sido reemplazados por camionetas station wagon, 4 x 4 y potentes motocicletas Honda. “Hay seis o siete familias de la zona y algunos de fuera, que —además de las que ya habían— en los últimos cinco años vienen mostrando claros signos de riqueza y nunca han sido objeto de una investigación financiera”, me dijo Jaime Antezana, ese prestigioso analista antidrogas.

Ni bien he bajado del ómnibus, una lluvia tan persistente como la que ese día lavó la sangre de los acribillados, me ha obligado a correr en busca de un mototaxi hacia el final de una larga y empinada calle de puertas cerradas, donde el testigo clave se ha comprado un solar. Por una rendija del mototaxi, en una esquina de la Plaza de Armas, he visto pasar fugaz la antigua casa de dos pisos que en mayo del ‘83 era la Jefatura del Subsector Fronteras GRP Ayabaca. Allí en el segundo piso, donde ahora funciona un hotel, fue la oficina donde Benites recordaba a Miriam, mirando su fotografía en el cuadro de su escritorio. “Era blanquita, muy guapa. Él casi no hablaba de ella, era muy reservado”, me dijo Silva.

Ahora en la salita de su casa de adobes sin pintar, atestada de herramientas agrícolas, un ropero viejo y bolsas de cemento, don Tarqui no ha querido sentarse, mientras recuerda que la noche del 17 de mayo llegó de su chacra como a las siete. Le alegró saber que Abel se fue guiando a los guardias, pero una hora después, al escucharlo sollozar contando la desgracia, fue todo un ejemplo de autoridad, salió corriendo en busca de plásticos y ponchos y movilizó gente, para proteger los cadáveres de la lluvia. Hay quienes se amanecieron cuidando los muertos.

Abel, después de recibir la noche saltando cercos, piedras y hoyadas, no salía muy bien de su confusión, pero en las investigaciones iba a contar que corrió por su vida. Después de matar a los guardias, el hombre de la ametralladora brincaba como fiera rabiosa, quería matar también a los niños, no dejar testigos. Carhuallocllo, el peruano acompañante del asesino, lo detuvo. Abel y Arbilio, los niños guías, tuvieron que regresarse por otra ruta y por eso llegaron a Jiclas como a las 8 pm. En esta parte del relato, el ex teniente gobernador y su esposa se miran y ya no quieren contar más. Su nieto, el hijo de Abel, el escolar que me mira con furia, entra a decirles que su madre los llama. La señora Aurolinda desaparece por la puerta de la cocina. Don Tarqui le ha dicho “ya no digas nada más”, y también me abandona de pie entre sus cuatro paredes bañadas de luz tenue. En seguida entra el escolar que sólo responde con monosílabos al preguntarle cómo es ahora el pueblo de Jiclas de 30 familias, distante a seis horas de aquí. “Allá los ronderos matan a los chismosos”, dice casi desafiante. Afuera oscurece aun más y empieza a llover más fuerte, como cuando Abel vio al mayor y al cabo encontrarse en Jiclas cara a cara con su asesino.

Disparos en la niebla

—A mí me habían comisionado quince días antes para ir con el mayor… Yo iba a ser el muerto, eso pareciera pero es todo lo contrario. Al jefe no le pasaba nada si se iba conmigo, porque yo conocía la ruta. Pero a última hora ordenaron que se iba con él, el cabo Dávila. Yo jamás lo habría llevado a la boca del lobo —me dijo un policía que prefiere no revelar su nombre.

No sólo la ruta de Jiclas era de temer en 1983. Cuatro años antes (en marzo del 79) narcotraficantes habían asaltado y dado muerte al guardia republicano Occas Chilón en la zona de Lucarqui y en setiembre del mismo año, cuando se iba al PV Vado Grande, el GRP Dávila Fernández apodado La Bomba fue abatido cerca del puesto policial de Remolino. Cerca de la quebrada Tuelcas, a Benites —qué ironía—, se le ocurrió advertirle a su asesino sobre el riesgo de caminar por la frontera:

—La policía está para cuidarlos, pero ustedes no deben caminar muy tarde por aquí. Puede ser peligroso —le dijo el mayor al ecuatoriano y al joven peruano de 28 años, Teodoro Carhuallocllo Morocho, con los que acababa de cruzarse esa tarde de mayo en una curva del camino donde ahora se lee: “Recuerdo de Juan Benites Luna 17-5-83”.

Tras su intento de ser amable con los viajeros que esa tarde lluviosa caminaban con destino a Jiclas, Benites se llevó la mano al áfrica (gorro policial). Sólo fue para acomodárselo, pero el ecuatoriano lo interpretó como una señal de ataque y disparó contra ambos policías, tal vez creyendo que iban a despojarlo del dinero con el que —se supo después— llegaba a comprar unos 50 kilos de droga. Por entonces —y pese a la solvencia moral de Benites— muchos narcos de la zona temían ser asaltados por algunos policías. Además, tres años antes había cundido la novedad de que una patrulla GRP se había dormido esperando el paso de una carga ilegal, en un camino de Anchalay.

Despertaron cuando les disparaba otra patrulla policial. Cuatro republicanos, el subteniente Gustavo Córdova Rodríguez, el cabo Domingo Mellado Cáceres y los guardias Walter Nole Rodríguez y Loayza Urquizo, murieron esa madrugada de junio de 1980, acribillados por disparos de fusil. Pertenecían a los PV Algarrobal y Sausal. Julián Limache Puca, un quinto integrante de la patrulla, se salvó huyendo al Ecuador por el río Calvas. Dos fusiles fueron impactados por los disparos y tuvieron que ser reparados en Lima, según el informe Nº 11 firmado por el armero Francisco Benavides Egoavil.

Tal vez esa tarde del 17 de mayo el ecuatoriano Bolívar Pinzón creyó que iba a ser asaltado por Benites y Dávila. Quizá por eso se levantó el poncho disparando en ráfaga. Segundos después, el mismo día en que El Tiempo publicó que otros guardias republicanos dieron muerte a 25 senderistas cuando iban a volar un puente en Ayacucho, el gorro verde con cuatro galones dorados del desplomado oficial Benites y ex alumno del colegio limeño Ricardo Bentín, se manchaba de lodo en el camino de Jiclas hacia Algarrobal. Agua de lluvia empezó a lavarle las heridas en el pecho de quien ahora —si esa tarde no se llevaba la mano al áfrica—, muy probablemente sería general de policía de 56 años. El mejor subteniente de la promoción 71 “Teniente Coronel Enrique Herbozo”, en doce años había realizado, entre otros, cursos básicos para tenientes, el avanzado para capitanes, el Curso Internacional sobre Narcotráfico auspiciado por United States Department of Justice, Washington, EEUU, había ingresado a la Universidad Mayor de San Marcos y fue docente de Economía en el Centro Superior de Estudios GRP. Por eso una mañana del 83, en el despacho del jefe de la Primera Región de la Guardia Republicana en Piura, el coronel jefe se sorprendió con la respuesta de Benites, cuando le ofreció un favor: “¡Cómo, teniendo una carrera tan brillante te vas a ir a una zona tan alejada!, te ofrezco un puesto acá hijo, quédate”.

—Mi general, si el comando de Lima me manda, no puedo desobedecer.

Y fue. Y, pese a los muertos y robos de armas policiales en la frontera, se propuso imponer el orden, hacer del “honor, lealtad y disciplina”, algo más que un lema para el kepí de la GRP. Y sus orejas grandes se adaptaron a los 13 grados de frío y su apetito limeño al queso serrano y hasta le gustó el cebiche de carne de vaca que un día le sirvieron en el restaurante Miki. Silva, que lo acompañaba esa mañana, iba a invitarle al jefe —“cualquier otro oficial me habría dejado hacerlo”—, pero el mayor Benites le pagó la cuenta al subalterno. “Una vez me contó que en el dormitorio de la Escuela de Oficiales en Lima soñaba que se caía de la cama”, recuerda ese policía. Y que el cadete Benites volvió a levantarse al final de la pesadilla. Pero ya no pudo ponerse en pie en el camino que baja de Jiclas, porque en ese oscuro atardecer del 17 de mayo tenía el pecho perforado.

—Los fallecidos son el mayor y el cabo —se escuchó al día siguiente al mediodía en la central de radio del subsector Fronteras Ayabaca. Una patrulla del PV Algarrobal por fin acababa de ubicar a los inspectores de puestos policiales a quienes esperaban el miércoles 17.

El enemigo se fortalece, la policía no

Su mano dibuja un laboratorio de cocaína imaginario, borronea un cerro —de El Rayo del Molino—, ahora hace bolitas diciendo que algunas son narcotraficantes, otras policías y otras granadas. El fiscal —“cuando empiezan los disparos y luego las granadas, obviamente la policía me puso a buen recaudo detrás del cerro”— se ubica detrás de una montaña pésimamente mal dibujada.

La mano robusta repinta a ese fiscal detrás del cerro que el 5 de agosto de 2007 sí fue de verdad y no dibujado. Ahora responda, señor fiscal: ¿se corrieron o no? Diga si no le dio miedo. Los grandes ojos de don Manuel Sosaya —se calla para pensar—, dejan de mirarme a la cara. No ha querido ser fotografiado con su barba de varios días que hace juego con su chompa gris, se ve muy alto cuando se levanta a buscar un documento, me habla de su fortaleza física, de sus innumerables operaciones de alto riesgo (“Uuuu… como para escribir un libro”) y ahora deja escapar una risita: “Bueno, si a ponerse a buen recaudo puede llamársele correr… bueno, sí, pues nos corrimos. Estábamos en riesgo, ya no había munición. Teníamos miedo y seguramente eso debió ayudarnos a salir de allí”, admite el magistrado, acomodándose en su escritorio de la oscura oficina de la Fiscalía Provincial de Ayabaca.

Del 2004 al 2007 la cifra de cocaína producida anualmente en el Perú aumentó de 120 a 190 toneladas anuales, según el periodista Pablo O’Brien en el número 165 de la revista Quehacer. Las veinte toneladas que salen al extranjero por la provincia del Señor Cautivo, serán superadas ampliamente en el 2008 —estima Sosaya—, porque los cultivos aumentaron en las zonas cocaleras. Le creo. Debido al Plan Colombia, desde 1998 el crimen organizado “viene promoviendo el incremento de áreas de cultivo de coca en el Perú”, he leído en la página 19 de la Estrategia Nacional de Lucha contra las Drogas 2002-2007. El magistrado es optimista y dice que pese al intenso tráfico en su jurisdicción, la mayor cantidad de cocaína sale por mar. Jaime Antenzana cree lo contrario: que aprovechando la ausencia casi total del Estado en la frontera, las firmas movilizan por allí, en mulas y motos, más droga que por el litoral de Paita y Sechura.

Los delitos y faltas en general han seguido aumentando en las regiones de Piura y Tumbes de 10 mil 366 en el 2004 a 15 mil 152 en el 2006, según estadísticas de la I Dirtepol. No todo se debe al narcotráfico, pero éste “es muy poderoso, mueve muchísima plata y es muy violento”, me dijo Rospigliosi. Por Piura sale el 25 o 30% de toda la droga peruana, dice el fiscal especializado antidrogas Juan Mendoza Abarca. La comisaría de Ayabaca tiene siete efectivos para combatir a las grandes organizaciones criminales. Pero se necesita una base antidrogas con un mínimo de 150 hombres expertos en operaciones de alto riesgo. La I Dirección Territorial PNP que abarca Piura y Tumbes, debería contar con 6 mil efectivos y sólo tiene 2 mil 500, reveló el general Luis Henríquez. Si el Estado sigue ausente, la violencia podría llegar a ser incontrolable como ocurrió en algunos países de Centroamérica o en el Vrae, dijo el ex ministro Rospigliosi, la mañana en que hablamos en El Tiempo.

En Ayabaca la situación es excepcional. Los PV siguen con muy pocos efectivos asignados a quienes se les da sólo 6 soles diarios para comida. La comisaría ayabaquina funciona en una vivienda alquilada y carece de vehículos para labores de interdicción. Del 2006 al 2007, del penal de Ayabaca, con paredes de cuatro metros de altura, se fugaron ocho presos por narcotráfico. La desconfianza en los carceleros, algunos denunciados por las fugas dolosas, ha sido tal, que todos los narcos reclusos han tenido que ser trasladados a Piura, dice Sosaya.

—No sé si será la solución, pero sería una cosa muy positiva —insiste Sosaya, volviendo a recuperar la velocidad de sus respuestas, al referirse a la creación de una base antidrogas para combatir a las firmas que operan en la Sierra de Piura. El proyecto diseñado el 2004 por la I Dirtepol tiene la aprobación del Gobierno Regional, del Ministerio del Interior, incluso del Congreso de la República, menos de Economía y Finanzas.
—Yo no soy Papá Noel —bromeó el embajador de Estados Unidos, James Curtis Struble, una tarde piurana, semanas antes de ser cambiado a otra sede diplomática, cuando le pregunté si su país estará interesado en ayudar a combatir la droga en esta parte del Perú, financiando una base policial con helicópteros y comandos especiales, como lo hacen en las zonas cocaleras. Dijo que eso era una decisión política ajena a sus funciones. Es fácil deducir que nuestro aliado en el TLC no dará un dólar para parar la violencia de la droga en el Norte, menos en Ayabaca, porque somos un problema menor para ellos. El país de Bush se ocupa de combatir la droga principalmente en Colombia porque de allí sale el 85% de la cocaína que les llega y del Perú sólo reciben el 14%, según Jaime Antezana. Europa y Asia, a donde va la mayoría de la droga inca, no invierten en labores antidrogas en América Latina. “El Estado peruano tiene que poner la suya”, dijo Rospigliosi en una entrevista de Mariela Balbi publicada el pasado 9 de abril en El Comercio. Pese a las promesas del presidente regional César Trelles, de ayudar a hacer realidad una unidad élite antidrogas en la región Piura, la plata nunca llega. Y el terreno donado por la Municipalidad de Castilla para la Base Antidrogas ahora exhibe un edificio para vivienda.

Pinzón fuga en su último baño de sol

¿Cómo evitar que la violencia desatada por el narcotráfico en la sierra de Piura se torne inmanejable para el Estado? En busca de una respuesta llego una mañana al local recién estrenado del PPC, en la calle Cuzco de Piura. La ex candidata presidencial Lordes Flores, que ha estado sonriente durante una conferencia sobre su nueva dirigencia partidaria, se pone seria y su típico movimiento de manos se vuelve lento cuando me responde. “Ahora los ojos se han vuelto al Vrae donde está el problema mayor, pero ya sabemos que en el norte, en la frontera peruano ecuatoriana, concretamente en la sierra piurana, el problema está desde hace mucho tiempo”. Ayabaca ni siquiera figura entre los objetivos de la Estrategia Nacional Antidrogas 2002 2007, admite.

—Efectivamente, solemos poner los ojos tarde, donde el problema es mayor, sin recordar que hay antecedentes de otras regiones que se abandonan y que finalmente terminan siendo copadas por el narcotráfico que inmediatamente trae violencia.
—¿Cuál debería haber sido la estrategia antidrogas del gobierno en la sierra de Piura?
—Primero se necesita inteligencia para tener información clara. Y si se constata, como creo que es público que viene ocurriendo, lo que sigue es un fortalecimiento de las fuerzas del orden para, debidamente pertrechadas, acabar con estos focos. Aplicar la ley a fondo para evitar que esta gente perturbe la paz y el desarrollo regional.
—¿O sea en Ayabaca no está fortalecida la policía?
—Ciertamente no (al igual que en muchos otros focos críticos donde opera el narcotráfico). Y el gobierno se da cuenta harto tarde y ahora reacciona pidiendo más recursos, cuando el presupuesto presentado por el Ejecutivo ha debido incluir estos temas.

***

En el lado de la ley las cosas no parecen haber cambiado mucho en la frontera, pese a la inmolación del mayor Benites y a la muerte de otros diez policías. El narcotráfico en cambio es más fuerte. El 6 de septiembre de 2001 eliminó al subalterno Segundo Ramírez Navarrete por atreverse a incautar 29 kilos de droga en el sector Las Juntas, en Pacaipampa. El 5 de agosto de 2007, en el Rayo del Molino, los guerreros de la mafia demostraron estar preparados para enfrentar a cualquiera patrulla policial que se les cruce en el camino. ¿A quiénes habrá corrompido o corromperá el negocio blanco si las cosas no cambian? Pregunta sin respuesta oficial. Una de las tantas, como las de los numerosos crímenes sin resolver, que van quedando ocultos bajo el oscuro y lluvioso cielo ayabaquino que esta tarde sigue lavando la basura dejada por comerciantes y peregrinos del Señor Cautivo, en las calles aledañas a la Fiscalía. “Sería aventurado dar una respuesta”, dice Sosaya, negándose a decirme cuántos civiles y policías han muerto por la droga durante sus siete años de fiscal en Ayabaca. Más difícil aun es saber a cuántos profesionales o autoridades de saco o uniforme captó la mafia en todos estos años. En la región donde se halló droga dentro de las instalaciones de la Base Naval de Paita, donde se investigó posibles nexos de militares con la mafia del capo mexicano Lugo Romero, en el país donde “los políticos no hacen nada contra el narcotráfico porque están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones” —según el ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, Horacio Potestá—, mirar atrás siempre da pistas.

“En blanco sobre negro, creo que los políticos no hacen nada contra el narcotráfico, porque simplemente están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones generales, locales o municipales. (Por ejemplo), el FIM en la década del 90 incluyó a Humberto Chávez Peñaherrera alias Calavera, hermano de Vaticano, en el puesto número 10. Igual con otros partidos. Acá hay un problema de moral. Hasta hace seis años Caretas insistía en que Alejandro Toledo, mandatario del segundo país productor de hoja de coca, había consumido drogas y mostró un informe de la clínica San Pablo, indicando que se halló en la sangre del presidente rastros de droga”, me dijo Horazio Potestá, ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, quien denunció periodísticamente, basado en fotografías e indagaciones, posibles vínculos entre militares de la Primera Zona Militar del Norte con el cártel del mexicano Lugo Romero.

***

Lo último que se supo del ecuatoriano Bolívar Pinzón que mató al mayor Benites y al cabo Dávila en Jiclas, es que cayó en una operación policial como indocumentado. Desde su escondite, probablemente en la zona de Matamoros, había cruzado la frontera hacia el Perú una mañana de 1985, cuando efectivos del PV Sausal lo intervinieron a las 6:00 am. Sólo cuando lo condujeron al local policial, al cotejar su cédula de identidad con la lista de buscados por la justicia, sus captores se enteraron de que acababan de arrestar al ecuatoriano más buscado desde el 83 y cuya información figuraba en todos los PV como el autor del asesinato del mayor Benites y del cabo Dávila.

—Te jOdiste, tú eres el que mató al mayor —le dijeron sus captores, recuerda “Pesquisa 1”, otro de los policías cuya identidad no debo revelar.

Lo malo, dice, es que en lugar de llevarlo de inmediato a Ayabaca, lo tuvieron todo el día. Y un campesino de Sausal “fue, arregló” y le facilitó la fuga. El mismo día de la captura, a las 6:00 pm, el alférez jefe del PV ordenó:

—Sáquenlo para que tome sus últimos baños de sol, porque mañana temprano se va a Ayabaca.

Algunos vecinos oyeron disparos y a los guardias gritando que Pinzón escapó. El subteniente GRP y sus tres subalternos nunca informaron a su comando sobre la captura y “fuga”, pero dos semanas después una vecina, Dorila Llapapasca, los delató y todos fueron dados de baja. Desde su “último baño de sol”, no se ha vuelto a saber de Pinzón. Un extraño aura parece protegerlo y también a su cómplice Teodoro Carguallocllo que el pasado 21 de junio de 2007, mientras dormía, fue apresado con una cacerina MGP robada el día del doble crimen, según dijo la I Dirtepol. El joven de 28 años que desapareció con Pinzón tras el crimen de Jiclas, esta vez tenía 52 años, 90 plantas de marihuana sembradas en su chacra y el cargo de presidente de rondas campesinas del poblado de Mostazas. 150 campesinos con escopetas y cuchillos bloquearon la carretera y retuvieron a los cinco policías y al fiscal adjunto Marcelo Yauli López, cuando se lo llevaban preso. La comitiva hizo disparos, pero tuvo que irse sin el reo. Otra vez el enemigo impuso su voluntad.

***

Para afrontar al narcotráfico, en reunión de Estado Mayor, se ha acordado crear tres bases antidrogas, incluida la de Piura, dijo el general Luis Henríquez en octubre de 2007. Claro que los recursos aún no han llegado.

—Deseo exhortarlos a que imiten al policía cuyo nombre desde ahora los va a cohesionar aun más: el suboficial de primera PNP fallecido Emmanuel Gerald Medina Oblitas.

Vuelvo a escucharlo, meses después en el patio de la I Dirtepol, que lleva el nombre de un policía muerto en la guerra con Ecuador de 1941, Alipio Ponce Vásquez. El jefe policial dirige su discurso a los nuevos policías graduados de la Escuela Técnica PNP de La Unión. En estos días de críticas a la actual política antidrogas tras la muerte de efectivos en las zonas rojas de la droga, y luego de escuchar a los flamantes suboficiales cantando emocionados que “siempre habrá un policía… presto a morir por el Perú”, le pregunto a Flor Saavedra, una cajamarquina “chaposa” y feliz mientras se hace tomar fotografías con el hijo recién graduado, de uniforme impecable y risita nerviosa:

—¿No le da miedo que maten a su hijo? —le pregunto y se queda muda unos segundos. Quisiera decirle que vengo de recorrer muchas rutas de la droga, donde han muerto once policías, y que tal vez a su muchacho correctamente vestido lo manden a cuidar la frontera, donde podría ser alcanzado por ráfagas o granadas de alguna firma o cártel; que vengo de recorrer campiñas y precipicios donde ni siquiera se colocan flores, ni cruces allí donde muchos uniformados cayeron abatidos por las balas de la mafia, como para que sean olvidados y para que esta guerra sea realmente invisible. Pero no quiero interrumpirle su momento feliz.

—Da temor, oiga, pero yo siempre lo encomiendo a San Juancito. Él me lo va a cuidar —dice doña Flor y vuelve a posar para otra foto.

———

* La verdadera identidad de los testigos del doble crimen y de sus familiares se guardan en reserva por obvias razones de seguridad.

No conocía el olor del cannabis silvestre hasta que una ráfaga de viento atrajo un aroma dulzón mezclado con selva húmeda. La mata de marihuana, tan oculta en las ciudades y tan perseguida por la policía, en esta parte del país es más alta que los palos de café y su fragancia es más intensa que la de cualquier otra planta.

La brisa aromática por momentos impregna el ambiente delatando cada cultivo que rodea el camino. Vamos en tres motos, adelante marcha el guía, un hombre blanco de 25 años, atrás el fotógrafo y en la cola voy yo siguiéndolos a escasos metros. Avanzamos por una trocha fangosa y serpenteante que se extiende desde El Palo, corregimiento de Caloto en el norte del Cauca, hasta Tacueyó.

Después de media hora de recorrido abandonamos los vehículos en el alero de la única casa que se encuentra en esa parte del camino y nos internamos a pie por un lodazal sembrado de platanales, maíz, café y coca. Los tres caminamos en silencio mientras escuchamos el sonido cada vez más cercano de una quebrada.

—Oigan, muchachos –dice el guía–, alístense que los voy a secuestrar –y luego suelta una carcajada burlona. Cuando deja de reírse dice que aquí no entra cualquiera. A pesar de ser tierra indígena y campesina, los guerrilleros vigilan todo y no les gustan los extraños.
—La gente tiene que obedecer. Ellos son los que representan la ley en las montañas –añade el guía.

***

El día anterior, cuando aún conservábamos el frío bogotano y mientras nos tomábamos un tinto sentados en una acera de El Palo, un joven como todos los de esa región: morenito, bajito y con unos bigoticos menudos, nos dijo que arriba nos estaban esperando. La orden era perentoria. “Arriba” es el monte; “arriba” significa guerrilla. Como los guerrilleros son la ley en las montañas y toca obedecer, como dijo nuestro guía, abandonamos el tinto y nos subimos en dos motos AKT 125 que nos llevaron, al fotógrafo y a mí, cuesta “arriba”.

El paisaje de la cordillera Central era un aliciente para la incertidumbre. Sus ondulaciones estaban bañadas con la última luz del atardecer, esa luz que se extiende como un manto dorado sobre la geografía. El trayecto duró poco, unos 20 minutos. Las motos se estacionaron en una casa que parecía haber sido desocupada especialmente para la reunión porque no tenía ningún signo de abandono. El joven que nos alertó en El Palo se dirigió hacia la parte trasera de la casa y volvió a aparecer un instante después dándonos la señal de que siguiéramos.

Bajo una enramada estaba un hombre grueso, vestido con una camiseta blanca y un bluyín. Sus ojos azules tenían esa mirada de quién había perdido con las armas el sentido de la lástima y la compasión. No se presentó. No venía para ser entrevistado sino para interrogar. Después nos enteramos que trabaja como jefe de milicia, un rango superior al de guerrillero raso. Nos preguntó quiénes éramos, por qué veníamos, le dijimos que éramos periodistas y queríamos ir a los cultivos de marihuana y conocer los cultivadores. Con cada una de nuestras respuestas nos miraba a los ojos para confirmar si estábamos diciendo la verdad.

Después de varias preguntas por fin bajó la guardia. El interrogatorio se tornó en conversación.

—Pobres campesinos –dijo– ellos hacen lo que pueden. Nosotros no nos metemos con ellos ni ellos con nosotros.

Luego de una pausa continuó:

—A veces mediamos en la disputas, pero eso es porque el Estado dejó abandonada está región por mucho tiempo y nos tocó asumir la autoridad.

El interrogatorio fue corto, quizá un cuarto de hora. El hombre se quedó en la silla esperando el momento de nuestra partida para desaparecer en las montañas.

***

La mañana siguiente, después de la broma del guía acerca del secuestro y de recordar las palabras del guerrillero, continuamos nuestra marcha por el lodazal, cruzamos la quebrada que oímos desde el inicio del camino y descubrimos, en medio de ese follaje espeso, dos mil plantas de marihuana tipo “corinto” o “corintiana” que alcanzaban los tres metros de altura.

En Colombia crecen diversos tipos de cannabis, los más conocidos son: Santa Marta Golden, que crece en los departamentos Magdalena y Cesar desde la bonanza marimbera de los años setenta; y “corinto” que se produce en el Cauca. Se diferencian por el contenido de tetrahidrocannabinol –THC-, el compuesto psicoactivo que genera en los consumidores una sensación de placidez. Según Martín Sepúlveda, ingeniero químico de la Universidad Nacional, la marihuana que crece en el norte del país tiene un porcentaje de 1,0 a 1,5 de THC. La que se produce en el Cauca tiene 2,0 por ciento.

En la jerarquía marihuanera, la “Santa Marta Golden y la “corinto” ocupan el último eslabón por debajo de 80 variedades más existentes en el mundo y que son conocidas como “cripi”. Estas variedades surgen de alteraciones en las semillas y solo crecen en invernaderos. Tienen mayor cantidad de THC, hasta un 18 por ciento,

Bajo los inmensos matorrales de hierba “corintiana” aparece la figura de Carmen, la dueña de la quebrada, de los platanales y, por supuesto, de la marihuana. Ella saluda con ese respeto propio de los indígenas, sin tutear, bajando los ojos ante una mirada desconocida y con una sonrisa tímida. Carmen tiene cuarenta y un años, es morena, bajita, de cabello negro y ojos oscuros e ingenuos que contrastan con sus manos gruesas y envejecidas.

Hace tres años llegó un holandés a este mismo lugar. Al ver semejantes plantas se cogió la cabeza y ahí se le acabó la cordura. Se botó encima de las plantas, corrió en medio de ellas y se restregaba hojas en los brazos, en el rostro, en las piernas. Carmen se ríe al recordar a ese hombre que parecía haber encontrado El Edén en su propia finca.

—Por poco y se embute las matas- Recuerda.

Tratando de hacer algo similar al holandés, pero en una escala bastante inferior, arranco una hoja verde y lanceolada que me restriego en la mano para conservar el perfume. Esa hoja prohibida pero tan conocida como los avisos de Coca-cola y con millones de adeptos en todo el mundo. Solo en Estados Unidos se calcula que hay 28.5 millones de personas que consumen o que han consumido. La cifra global alcanza los 200 millones sin contar los que prefieren fumar callados.

—¿Usted ha fumado marihuana? –le pregunto.

La campesina suelta una risa inocente como la que suelta un niño al hablarle de cosas de adultos. En medio de esa risita contesta que “no”, un “no” prolongado. Los indígenas y campesinos saben cómo se siembran las semillas, saben cómo se seca, prensa y vende, pero no saben cómo se arma un “bareto”, y mucho menos conocen la sensación de una “traba”. Los que fuman son los colonos.

Carmen viste una falda blanca sin adornos y una camisa rosada sin estampados. No tiene aretes ni cadenas, el pelo lo tiene recogido con la licra de una media velada. Dice que no tiene carro ni moto, que lo único lujoso es su televisor que ni siquiera es pantalla plana y un marido que la trata bien. Carmen se vuelve a reír.

Los maridos de esa parte del Cauca son fieles porque les toca. Así como la guerrilla soluciona problemas de plata entre los cultivadores y los “traquetos”, también se involucra en líos de faldas, no porque sean conservadores, sino para evitar espectáculos de arañazos y jalones de pelo entre las mujeres engañadas, o riñas a machete entre los hombres.

Luego de hablar de las bondades conyugales en esa zona, dice que si no fuera por la marihuana ya se habría ido con una pancarta de desplazada a Cali, y de paso correría el riesgo de perder a su marido.

—Si voy a vender mi plátano me toca pagar un transporte que me vale 20.000 pesos hasta Santander de Quilichao (a dos horas de distancia), si logro vender cinco palos de plátano me dan 7.000 pesos, si no logro venderlos me toca botarlos. Con la marihuana vienen los compradores, pagan chan con chan (de contado) y se van sin preguntar nada.

De cada planta se obtienen 350 gramos aproximadamente. Sumando las 2.000 plantas da un total de 700.000 gramos, que en libras significan 1.400, y en arrobas 56. En la región el precio actual por arroba es de 170.000 pesos. En un mes, cuando Carmen coseche, seque, desmoñe y venda, va a cobrar 9.520.000 pesos que son repartidos en parte iguales entre ella y su socio, otro campesino.

El tiempo que demora la hierba narcótica en germinar, crecer y enmoñar o florecer es de seis meses. Los 4.760.000 pesos que le corresponden de la mitad de la venta, es todo el dinero que tiene mientras sale otra cosecha. Para iniciar un nuevo cultivo tiene que devastar toda la tierra, comprar una libra de semilla que cuesta 10.000 pesos, e invertir un millón de pesos en insumos y en el sueldo de tres trabajadores que le ayudan a desprender los moños después de que las hojas ya están secas. Cada uno cobra 20.000 pesos por jornada de 12 horas y trabajan durante una semana.

***

Después de abandonar la plantación de Carmen, reiniciamos la marcha para ir a Tacueyó, municipio ubicado a una hora en moto desde El Palo. Tacueyó es un pueblo indígena, resguardo de la comunidad Nasa. Al llegar, lo primero que se ve es una iglesia evangélica y un hombre vestido de paño repartiendo volantes con frases que pretenden reclutar feligreses hablando de los pecados del alma y los sufrimientos del infierno.

A cinco kilómetros del pueblo indígena, escondido entre las montañas como todo lo ilegal en el país, se encuentra uno de los más de cien invernaderos que hay en la región. Está construido con una lona verde y plástico transparente en la parte superior. El dueño del cultivo, un hombre blanco con acento paisa, aprovecha el encierro y prende un bareto o cigarro de marihuana. En las ciudades de Colombia, un bareto de cripi puede costar 10.000 pesos, en Estados Unidos hasta 60 dólares.

Mientras aspira bocanadas y bocanadas, muestra con orgullo sus 200 plantas que ya alcanzan el metro de altura y que están bajo unos bombillos encendidos de 15 vatios.

—Las de esta mitad son “white widow”, las otras son “skunk #11” –lo dice como si toda la humanidad supiera de lo qué está hablando, como si fuera un conocimiento básico y general.

La “white widow” y “skunk #11” son dos de las 30 variedades de “cripi” que crecen en el país; otras son “super star”, “fulanita”, “wi-wi”, “american golden”, “purple #1” y “blueberry”. El precio por un sobre de cinco semillas varía entre 50.000 y 250.000 pesos, un precio muy superior a una libra de “corintiana” que, con más de cien simientes, cuesta 10.000 pesos. La ventaja del cripi está en que se cosecha en menor tiempo, cuatro meses, y la arroba se vende a 6.250.000 pesos a los comerciantes, casi cuarenta veces más que el cannabis común.

Las semillas de “cripi” surgen de manipulaciones genéticas en laboratorios europeos, especialmente de Holanda y España, y llegan al país empacadas en ollas, juguetes, televisores y en cualquier objeto donde se puedan esconder. En la web hay más de un centenar de sitios dedicados al comercio de la hierba como lahuertadejuanvaldes.com, semillasdemarihuana.es, growshop.es, cannabislandia.com y seedsamerica.com.

“El cultivo de semillas importadas es costumbre de blancos”, dice Don Gustavo, un agricultor dueño de 5.000 plantas de marihuana “corinto”. Don Gustavo vive en un villorrio de 26 casas, oculto entre un laberinto de caminos. Tiene tres hijos y una nieta de cuatro años que cuenta los números del uno al cinco en inglés y que aún no sabe qué es la marihuana y para qué sirve.

Eduardo, el hijo mayor del agricultor quiere estudiar ingeniería civil, pero mientras consigue la plata para estudiar en Cali se encarga del negocio familiar. El hijo recuerda que hace un año, le encargaron llevar veinte arrobas de hierba al municipio de Corinto, ubicado a una hora en carro, para venderlas a un cliente que venía de Medellín. Con Luz Ángela, su madre, empacaron la mercancía en la parte trasera del vehículo y en la silla delantera haciendo esfuerzos para que no se quedara nada por fuera. Ante el exceso de arrobas, el muchacho, que en ese entonces tenía 17 años, tuvo que irse colgado de la ventana del puesto del copiloto.

—Nos fuimos con el celular prendido y cada cinco minutos llamábamos a conocidos que vivían en la vía para avisarnos si había soldados. Cuando faltaba poco para llegar, se perdió la señal y solo quedaba encomendarnos a la Virgen. Mi mamá, como cosa rara, manejaba callada como si presintiera algo. En una curva vimos una brigada de infantería que estaba descargando maletas al lado de la vía, “¡jueputa!” dijo ella, “jueputa” pensé yo, nos cogieron los chulos.

Mientras Eduardo relata la historia, Luz Ángela se persigna dándole gracias a Dios por estar vivos. “Mi mamá siguió manejando sin cambiar la velocidad. Uno de los soldados extendió el brazo y estiró la mano indicándonos que paráramos. Cuando ya estábamos al lado del “chulo”, mi mamá aceleró. Empezamos a escuchar plomo, no solo de atrás, sino de las montañas, de todos lados, yo me metí como pude y cerré los ojos”.

—¿Y no han venido soldados?
—Claro, pero se les pasa la liga (dinero) o se les da una libra de marihuana seca, pero ese día no podíamos sobornarlos porque eran muchos y cuando están en patota no se puede hacer nada.

***

En la mitad de un campo de fútbol, un par de hombres extienden en el pasto una lona donde ponen a secar varios ramilletes de hierba seca. Al interior de una casa, una mujer con siete meses de embarazo corta con tijeras centenares de moños secos que se esparcen en el suelo sepultando sus pies. Lleva seis horas cortando y le duele la columna por el peso de la barriga. Sus dedos están cubiertos de una resina negra y pegajosa, esa resina es el hachís, y se vende a 400 pesos el gramo.

Una niña de doce años despliega su falda de uniforme bajo los pies de la embarazada y con sus dedos limpios escarba las ramas para sacar semillas.

—¿Y tú sabes para qué se usa la marihuana? –pregunto  mirando a la niña.
—Para la gripa, y las pepas son para dárselas a las gallinas.

La Organización Mundial de la Salud –OMS– desde 1948 considera el cannabis como una droga perjudicial para el ser humano. En 1997, un artículo publicado en la revista especializada New England Journal of Medicine expuso una serie de virtudes medicinales que desmienten la teoría de la OMS. Según la publicación, la planta de cannabis Sativa alivia las náuseas, vómitos y pérdida de apetito en los enfermos de cáncer, también previene ataques de epilepsia, calma dolores articulares, neuronales y musculares y destapa las vías respiratorias. La compañía inglesa GW Pharmaceuticals, con un producto en el mercado llamado Sativex, corrobora las conclusiones de la revista con pruebas realizadas en los últimos años en América Latina y Europa.

En las montañas los habitantes conocen las virtudes curativas de la marihuana por experiencia propia. Un grupo de seis indígenas, liderado por químicos de la Universidad del Valle, en Cali, procesan la planta y hacen pomadas especiales para aliviar la tos, reumatismos, neuralgias y dolores musculares. Aparte de la pomada para uso terapéutico, también se están elaborando productos cosméticos como esencias, perfumes y jabones. Debido a la ilegalidad de la marihuana, los artículos son comercializados dentro de la misma zona.

—Si hay gente que inhala gasolina y bóxer por qué no los prohíben. El alcohol y el cigarrillo son más dañinos, pero todo eso mueve mucha plata –dice Don Gustavo en un tono alterado. Cuando logra calmarse, ve a un personaje blanco, afeitado y con sombrero de gamuza que lo espera en la entrada de la casa. Don Gustavo se encamina a la puerta y luego desaparece con el recién llegado. Al volver dice que tiene un encargo para prensar y empacar 25 arrobas para el día siguiente.

La prensadora es un gato hidráulico sobre una caja de hierro. La marihuana se pone dentro de la caja con una tabla encima, y se prensa con el gato. Preparar cada arroba toma diez minutos. La hierba sale compacta, totalmente cuadrada, y lista para ser empacada en una bolsa negra, que se cubre con cinta por todos lados para no soltar ese aroma dulzón que huelen los perros de los policías en los retenes. Al dueño de la prensadora le pagan 5.000 por arroba, a la semana alcanza a empacar hasta 70.

Los traficantes que llegan a la región, pagan un impuesto a la guerrilla de 18.000 pesos por arroba. El grupo armado no les cobra ninguna comisión a los campesinos por los cultivos. Semanalmente salen del norte del Cauca hasta 30 toneladas para ser distribuidas por todo el país. Una libra de cripi, que en la región cuesta 250.000 pesos, se vende en Bogotá a 700.000 pesos y en España a 3.000 dólares. El precio se encarece por la cantidad de dinero que se da en sobornos a los policías que custodian las carreteras y a funcionarios de la Aduana en Buenaventura. Del puerto en el sur del país se lleva la droga en contenedores por vía marítima hasta Panamá, y de ahí a Europa.

Antes del medio día las arrobas están empacadas, selladas y organizadas en un rincón del patio. Don Gustavo tiene el brazo adolorido y se sienta sobre una de las arrobas. Frente a él hay tres gallinas picoteando el suelo en busca de semillas. Después de horas enteras de estar picoteando y llenándose con semillas no tienen los ojillos rojos, no intentan volar, no cacarean, y tampoco se estrellan contra el piso o las paredes. El THC se activa con el calor y por esa razón las gallinas no están “trabadas” “turras” o “groggys”.

Después de diez días de estar en El Edén de los marihuaneros, volvemos a Bogotá. Tenemos la ropa impregnada con ese olor dulzón de la hierba narcótica y en la maleta guardo una pomada de marihuana para aliviar la tos de mi hija. En el avión pienso que detrás de un porro hay una señora con siete meses de embarazo que le duele la columna, una indígena que no conoce la malicia, un joven que se salvó de las balas de los soldados y una niña que cree que la marihuana solo sirve para la gripa y alimentar gallinas. De esas vidas está hecho el humo del cannabis que se extiende en las ciudades y que se fuma en todos los idiomas.

Parte I: Los informes y los informantes

El viejo motor del pick up parece quejarse de la carga de más de una docena de costales blancos apiñados en la estrecha cama del vehículo. Harina Maseca, dice la viñeta de cada saco. Es el primero de dos vehículos que cruzan por un angosto puente de cemento, a través de la línea divisoria entre Honduras y El Salvador, en una frontera donde no hay retenes ni preguntas.

—¿Y no van a revisar? ¡Revisen! —reclama a dos soldados un visitante en esa zona, un policía vestido de civil que sorprende a los únicos vigías del tránsito en ese punto.

Los soldados defienden su indiferencia:

—Son muchos carros y gentes. No podemos revisar uno por uno —dice uno de los militares, en voz baja, como aceptando el regaño.

Ese punto se llama San Fernando, un municipio mínimo y pobre de Chalatenango que por núcleo urbano tiene un puñado de casas, una iglesia, un comedor, una escuelita y ningún puesto policial. El papel de policías y agentes aduaneros lo hacen dos hombres bajitos vestidos de verde olivo y cachucha. Cada uno carga un fusil M-16 y una sonrisa con la que reciben a los visitantes. Saludan el paso de cada carro a la entrada del pueblo. Sin preguntas ni trámites.

—No hay ni un policía, y de noche es más fácil transitar —dice el agente policial que sorprendió a los militares del Comando Sumpul, fuerza del ejército que tiene la misión de cuidar los puntos ciegos en las froteras salvadoreñas.

Los soldados regañados están acostumbrados a ver pasar libremente camiones, pick ups y todo tipo de vehículos.

Este es el punto ciego de San Fernando, Chalatenango, donde comienza la ruta de la cocaína conocida como El Caminito.

San Fernando es una puerta abierta de par en par, por donde igual que sale libremente gente y mercadería hacia Honduras, entra libremente gente y mercadería desde Honduras. En la frontera de San Fernando rara vez revisan si productos como los sacos de Maseca contienen en realidad lo que su etiqueta anuncia. Ahí circulan camiones cargados con mercadería, niños hondureños que llegan a San Fernando a estudiar, armas de fuego, sacos con harina y otros sacos que también contienen un polvo blanco, aunque se trata de una sustancia muy distinta: cocaína. San Fernando es el inicio de la ruta salvadoreña por la que transita parte de la cocaína proveniente de Suramérica en camino hacia Estados Unidos.

Es ahí donde, según tres distintos informes de inteligencia que sirvieron de base a esta investigación, empiezan los territorios de “Chepe Diablo”, el señor de la droga de occidente, jefe de uno de los cárteles más grandes del país y uno de los más acaudalados de los narcos en el norte del departamento de Santa Ana. “Chepe Diablo”, según la Inteligencia Policial y varios funcionarios del gabinete de seguridad, es uno de los tres fundadores del Cártel de Texis y se llama José Adán Salazar Umaña.

Salazar Umaña es un campechano salvadoreño de 62 años conocido en cuatro mundillos sociales: los empresarios del sector turismo lo conocen como hotelero; las personas del sector futbolístico lo conocen como el mecenas del equipo de fútbol de primera división Metapán y como presidente de la primera división del fútbol salvadoreño; en el sector ganadero se le conoce como un prominente ganadero, y en el sector de seguridad pública e informes secretos del Estado se le describe como “empresario, ganadero y narcotraficante”.

La Policía, el ejército y la Fiscalía saben de Chepe Diablo. Los informes de inteligencia obtenidos en esta investigación dicen con claridad que es uno de los jefes del cártel que controla esa ruta que inicia en San Fernando. El camino corre hacia el sur hasta Dulce Nombre de María, donde vira hacia el occidente, pasa por Nueva Concepción y llega al municipio de Metapán, en la esquina superior izquierda del mapa salvadoreño, y que es fronterizo con Guatemala. Este recorrido que hace la droga es un camino que en estos días está cerca de lograr un ascenso con la apertura de una autopista, la carretera Longitudinal del Norte. Los policías que investigan a Salazar y a su grupo llaman a la zona de operación del cártel La Ruta Norteña de la Cocaína o El Caminito.

El informe con el que inició la investigación tiene fecha del 22 de marzo de 2000, y El Faro lo obtuvo en diciembre del año pasado. Contiene datos obtenidos por investigadores policiales y está titulado “Caso Metapán”, número 003/00. En el transcurso del reporteo se sumaron otros documentos realizados entre 2008 y el presente año. Las pesquisas abarcan ya tres períodos presidenciales: las de Francisco Flores y Antonio Saca, de Arena, y la de Mauricio Funes, del FMLN. Las investigaciones policiales han sido realizadas bajo la dirección de cinco directores de la PNC: Mauricio Sandoval, Ricardo Menesses, Rodrigo Ávila, Francisco Rovira, José Luis Tobar Prieto y Carlos Ascencio.

La droga que pasa por San Fernando proviene en su mayoría de las costas del Atlántico hondureño y llega a Honduras por dos lugares principales. Por mar, las lanchas rápidas provenientes de Colombia atraviesan el abandonado Caribe nicaragüense haciendo breves escalas hasta trepar hacia el departamento hondureño y fronterizo de Gracias a Dios. Por aire, las avionetas descienden en el selvático departamento hondureño de Olancho o en la frontera entre ambos países marcada por el río Coco. La droga se abre rutas cortando la zona central hondureña hasta llegar al departamento de Ocotepeque, frontera con El Salvador, frontera con Chalatenango, frontera con San Fernando.

San Fernando es el punto de relevo donde los hondureños entregan la estafeta a los salvadoreños, en una carrera que dirigen los colombianos y mexicanos. Una autopista que mueve millones de dólares en ganancias para sus controladores disfrazados de empresarios, ganaderos, alcaldes, policías, pandilleros, coyotes y diputados. Cada uno juega un papel: los policías comprados por el narco custodian y transportan la droga, quitan retenes, avisan de operativos; los alcaldes dan permisos de construcción, formalizan los negocios, son informantes privilegiados y, en un caso, hasta líder del grupo; los pandilleros matan y trafican en mercados locales; los diputados dan acceso a las altas esferas del poder; y algunos jueces y fiscales se encargan de que cualquier intento de judicialización quede bloqueado por el peso de la burocracia más detallista.

¿Y cuánto dinero maneja Chepe Diablo? En los últimos cinco años ha declarado ingresos que suman más de 30 millones de dólares. Solo en el año insigne de la crisis financiera internacional, el 2008, José Adán Salazar Umaña reportó al fisco más de 9 millones de dólares en ingresos por actividades comerciales.

La Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito calcula que por Centroamérica cruzan anualmente entre 500 y 600 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos, al menos desde 2006. La administración antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) y la Policía Nacional Civil han asegurado en medios internacionales y directamente a este periódico que por El Caminito circula un gran porcentaje de la cocaína que pasa por El Salvador, que es la ruta de moda, la principal vía de abastecimiento para los cárteles de Guatemala.

Los narcos del Cártel de Texis trabajan como agentes libres en el mercado internacional de la cocaína: surten al Cártel del Golfo como pueden surtir al Cártel de Sinaloa o como pueden servir a Los Zetas… Quien paga obtiene sus servicios y tiene vía libre por El Caminito, que termina en la frontera salvadoreña de Santa Ana con el departamento guatemalteco de Jutiapa, conocido bastión de narcotraficantes de ese país.

Durante cuatro meses de investigación, El Faro recorrió El Caminito y habló con policías, militares, alcaldes, ministros, comisionados policiales, fuentes de inteligencia e investigadores que han trabajado para la DEA. Estos son los resultados y las pruebas. Estas son las voces que muchas veces pidieron anonimato y todas conocen del Cártel de Texis y saben de Chepe Diablo y sus socios.

—El camino que empezamos reparte dinero. ¿Vieron a esos dos soldados? —nos pregunta El Detective, una de las fuentes claves que nos guiaron.

El Detective es un investigador policial que ha participado en operativos antidrogas en colaboración con agencias como la DEA, de la que es uno de sus principales proveedores de información. Le respondemos que sí vimos a esos dos soldados.

—Ellos se conforman con nada: un plato de comida, 10 dólares…
—Estamos sorprendidos, por aquí podría pasar lo que sea y a cualquier hora.
—Es un chorro abierto. ¿Vio esos costales de harina? Cocaína pudo ser y nadie preguntó nada.

La primera pista del Cártel de Texis nos llegó en diciembre de 2010. Un hombre de confianza del ex presidente Antonio Saca se nos acercó para darnos información de lo que llamó “un caso grueso” que nunca ha sido resuelto por las autoridades.

—Esto no es nuevo, es un archivo que tienen la DEA, la PNC, la misma Fiscalía. Pregunten por su cuenta y van a ver que no estoy mintiendo –dijo.
—¿Y Saca supo de esto? —preguntamos.
—Ja, ja, ja, todo el mundo sabe de esto, son la competencia de Los Perrones.

Los Perrones son esa banda a la que la Policía comenzó a investigar en 2003 y que terminó desbaratando en 2008. Cuando las autoridades empezaron a seguirle la pista a los narcos del oriente del país, ya tenían al menos dos años de estar siguiendo la pista del Cártel de Texis.

La teoría que este contacto nos expuso aquel 15 de diciembre en una cafetería era que el crecimiento del Cártel de Texis y su profesionalización durante los últimos 10 años era tal que judicializarlo es un reto casi imposible para esta Policía, que no encuentra en la Fiscalía un aliado firme.

—Hasta que afecte muchos intereses de los gringos, hasta entonces va a haber movimientos –predijo.

Ese Primer Informe tenía 60 páginas con mapas de pistas de aterrizaje clandestinas, las fichas con datos generales de los principales miembros del cártel y los croquis con la ubicación de los negocios de las personas investigadas.

Ese Primer Informe incluía la mención de los principales socios de Chepe Diablo: Juan Umaña Samayoa, alcalde del municipio de Metapán, político prominente del derechista Partido de Conciliación Nacional (PCN); y Roberto Antonio Herrera, alias El Burro, ex presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana, a quien el FBI y la DEA tienen en la mira desde hace al menos cinco años.

A principios de febrero de 2011, cuando la desconfianza en un informe que ni siquiera mostraba autoría alguna empezó a transformarse en certezas y pistas concretas, un prominente funcionario de la Policía nos confirmó que José Adán Salazar Umaña, Roberto Antonio Herrera y el alcalde de Metapán dirigen actividades delictivas. Dijo que según la Policía ese informe era cierto, y que hasta se quedaba corto en cuanto a la amplitud de la red. Lo dijo un comisionado policial a quien llamaremos así, El Comisionado.

Pasaron las semanas y un día El Comisionado se presentó con un folio bajo el brazo. Nos entregó el Segundo Informe, uno elaborado por la inteligencia policial, uno con autoría que confirmaba lo escrito en el Primer Informe y entraba en mayores detalles sobre los miembros de la red y las maneras de operar.

Pasaron los días y siguieron las conversaciones hasta un día cuando El Comisionado llegó acompañado de un hombre vestido de particular. Ese día, El Comisionado nos presentó a El Detective.

—Él sabe del tema que ustedes quieren investigar, es confiable y anda en el terreno —nos dijo, para presentarnos.

El Detective, desde esa primera reunión, empezó a comentar con detalle la función de cada miembro de este cártel oculto, nos dimensionó su tamaño y le puso una voz a los informes.

—Miren, todos estos narcos tienen un administrador general, hay más gente arriba. En occidente están estos. Ahora, cada uno tiene una red de personas. Detrás de cada cabeza hay una red de familiares, gente de confianza. Solo Chepe Diablo tiene más de 50 personas, y cada persona tiene a otras personas, él ya no se mancha las manos.

Aunque la Policía, como institución, se rehusaba a colaborar con nuestra investigación, nuestros informantes decidieron dar luz verde a abrirse ante nuestras preguntas y solicitudes de información, pero pronto se hizo necesario encontrar otras fuentes. No podíamos correr el riesgo de que el Primer Informe fuera también policial y tuviéramos un caso basado solo en información de una fuente. Sin embargo, hablar era muy difícil para los funcionarios a los que nos dirigimos. El de José Adán Salazar Umaña es un nombre del que oíamos hablar a todas las fuentes, pero que sigue libre a pesar de años de investigación. Es un narco muy bien protegido, decían. ¿Qué gano yo con hablar?, parecían preguntarse, porque la actitud de muchos que callaron era la de alguien que tiene aquello en la punta de la lengua, pero cierra la boca y se guarda el verbo.

Un buen día, otra de nuestras fuentes claves, a quien llamaremos El Funcionario, decidió escucharnos y colaboró a lo largo de toda la investigación. Es uno de los altos mandos en cuestiones de seguridad en este gobierno, un hombre de confianza del presidente Mauricio Funes.

La primera reunión funcionó como se había pactado: solo nosotros y él, nada de grabadoras. Mencionamos a José Adán Salazar Umaña, conocido como Chepe Diablo, y El Funcionario asentía; mencionamos a Juan Samayoa, alcalde de Metapán, y a Roberto “El Burro” Herrera, como principales socios, y volvía a asentir; el Cártel de Texis, el Cártel de Chepe Diablo, el Cártel de El Caminito, la Ruta Norteña, y El Funcionario asentía. Asentía, asentía, asentía…

—Me suena —dijo, finalmente, con naturalidad, sin exaltaciones—, todo esto me suena. Déjenme averiguar un poco más. Veámonos la otra semana.

Durante esa semana hicimos un intento con un jefe policial que, tras escuchar nuestra exposición, decidió guardarse el verbo. La semana pasó y llegamos ante El Funcionario, quien tenía en sus manos unas hojas de papel engrapadas.

—Entonces, ¿obtuvo algo de información?
—Sí, está aquí —contestó, dando un golpecito con el dedo índice al legajo, y luego volvió a callar.
—¿Y qué dice ahí?

Continuó en silencio unos segundos más. Puso los folios sobre la mesa, colocó su celular sobre las páginas y nos miró.

—¿Ustedes saben en lo que se están metiendo? —preguntó, con gesto serio—. Aquí tengo una información, pero quiero saber si saben en lo que se están metiendo, porque esta gente manda matar… así funcionan. Si te metés con ellos, ellos se meten contigo. No es ninguna broma.

Le contestamos que sí. Le contamos que esa frase, con otras palabras, la veníamos escuchando desde hacía semanas. Levantó el celular, abrió las páginas y nos leyó generalidades.

—Operan en la conocida como la Ruta Norteña… tienen conexiones internacionales con Guatemala, Honduras y México… la Policía de Metapán los protege… su forma de protección también es a través del sicariato…

Aclaró que no podía entregarnos el documento. Insistimos tanto que al final logramos un pacto. El Funcionario prepararía un informe basado en las preguntas que le hiciéramos llegar.

—Máximo nueve preguntas —nos advirtió. Nosotros le hicimos llegar 13, esperanzados en que se animara a responderlas todas.

Semanas después, El Funcionario nos entregó sus respuestas. Fue la primera vez que hablamos del Informe Secreto, que es como membretó el documento.

Durante aquellos días empezamos a ver más a El Detective. Logramos al menos cinco reuniones con él. El Detective no ve hechos aislados, sino tramas complejas que normalmente terminan con el nombre y apellido de un político o empresario del país.

—Haciéndola de abogados del diablo, ¿de dónde sacan este tipo de información? —le preguntamos durante una de nuestras últimas reuniones.
—Les cuento algo: hasta el año pasado teníamos a un informante que le conducía el carro a uno de los más importantes delincuentes de este país, uno de los cerebros de lavado de dinero… no les puedo decir más.

La Policía tiene detectives que poco pasan encerrados en oficinas. Es una red de más de 400 informantes repartidos en todo el país que mira, oye y sigue a personas fichadas por la PNC o por la DEA, pues a menudo ambas instituciones trabajan de la mano.

Así nacen los informes que llegaron a nuestras manos. El Primero y el Segundo Informe coincidieron en una cosa: en quiénes son los principales y más activos miembros del Cártel de Texis. Chepe Diablo, el Alcalde de Metapán y El Burro se repiten. Los informes tienen fotos de ellos juntos, en fiestas, en jaripeos… También revelan que mantienen una relación cercana, que se comunican y coordinan operaciones.

¿Qué tipo de operaciones coordinan los líderes del cártel? Los informes ejemplifican con hechos. La noche del sábado 8 de mayo de 2010, por ejemplo, José Adán Salazar Umaña mantuvo una reunión en uno de sus seis hoteles. La cita fue en el hotel Tolteka, ubicado en la entrada al departamento de Santa Ana. Llegó en un carro todoterreno. En la cita estuvieron Roberto Herrera, El Burro; un abogado al que la Policía y el cártel conocen como El Sapo, y otro miembro del cártel al que apodan El Men, quien había llegado en representación de un especialista en lavado de dinero y a quien vigilan y persiguen la Policía y la DEA.

El Detective comentó que en la reunión, Chepe Diablo recomendó a los principales miembros de la organización evitar la portación de armas de fuego. Argumentó que no era conveniente, que lo mejor era comprar protección de la PNC y del ejército. Para hacer efectiva la recomendación propuso con urgencia la creación de un fondo especial para el pago de sobornos a jefes policiales y oficiales militares.

Los espías habían realizado bien su trabajo. El Burro, por ejemplo, es un hombre al que la Policía le tiene un récord de siete antecedentes penales en El Salvador, entre lesiones menos graves, estafa y portación, tenencia y conducción de armas de guerra. Este salvadoreño también tiene nacionalidad estadounidense. En ese país, en California y Texas, fue detenido siete veces por portación de armas, intento de robo, posesión de vehículo robado, asalto agravado con arma, por lo que fue condenado a cinco años de libertad condicional y pago de una multa de 500 dólares.

El martes 18 de enero de este año a las 6:42 de la tarde, un fax etiquetado como “URGENTE” llegó a las oficinas de Interpol en San Salvador. El mensaje explicaba que dos agencias federales de los Estados Unidos buscaban a El Burro. Una de ellas, decía el texto, no pediría la extradición y la otra aún no confirmaba si lo haría. Por eso, la Interpol con sede en Washington solicitaba: “Favor de avisarnos si su país tiene la ubicación sobre el precitado con fines de detenerlo si la respuesta de la segunda agencia es afirmativa”.

Un mes después, agentes policiales salvadoreños lo persiguieron y lo retuvieron. Al día siguiente, La Prensa Gráfica reportó el hecho en su portada: “Capturan a presunto narco de occidente”. Sin embargo, la captura fue más una retención de horas. Hubo una confusión entre los agentes salvadoreños y la Interpol de Washington. Finalmente, ninguna de las dos agencias federales de Estados Unidos solicitó la extradición, por lo que no hubo argumentos para mantener detenido a El Burro.

Sus seguidores policiales en El Salvador concluyeron en 2010 un informe exclusivo sobre El Burro, que asegura que en El Salvador tiene contactos al más alto nivel. Para muestra, anécdotas: entre enero y febrero de 2010, los investigadores reportaron haberlo visto en una reunión en su hacienda El Rosario, de Santa Ana. Lo acompañaba el comisionado policial Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos del país. Ahí se reunieron con personas de Guatemala y México. A tres de estas personas, luego se les comprobó su pertenencia al cártel mexicano de Los Zetas. Un informe anexo que fue realizado para la administración actual del Ministerio de Seguridad y Justicia consigna con más contundencia cómo participa este alto funcionario.

“Está involucrado con la estructura de narcotraficantes que opera en occidente… Es señalado por varios testigos de recibir grandes sumas de dinero en efectivo y vehículos. También le proporciona información y despeja rutas de tráfico del occidente salvadoreño a la estructura. Ha participado en varias reuniones con El Burro y otros narcos del occidente en la Hacienda El Rosario, ubicada en la calle de Texis a Metapán”, dice el documento.

De todos los policías vinculados por los documentos al Cártel de Texis, este fue el único que puso a dudar a dos altos jefes policiales consultados. A pesar de que dijeron no tener conocimiento de sus reuniones en El Rosario, ambos justificaron a Martínez, asegurando que es uno de los hombres clave en la lucha contra el narcotráfico en el occidente del país.

El Primer Informe explica que El Burro y sus aliados operan redes numerosas. Por ejemplo, menciona que José Adán Salazar Umaña tiene al menos 41 personas y 19 vehículos en su red de distribución de cocaína tanto a nivel nacional como internacional. También explica que esa red opera en cinco zonas del país: Metapán, Ciudad Merliot, Centro Penal de Apanteos, Centro Penal La Esperanza (Mariona) y Apopa. Dicho informe tiene el número de placas de cada vehículo, el número de identificación tributaria (NIT) y el nombre de cada una de las personas de la red. A nivel internacional, los dos informes coinciden, al igual que El Detective y El Comisionado, en que el Cártel de Texis encaja como organización libre en el tráfico latinoamericano de cocaína. No son lugartenientes de los poderosos mexicanos ni de los colombianos que resurgen luego de sus años de crisis. Son empleados de quien pague. Pasan la mercancía de quien tenga el dinero.

La ruta que inicia en San Fernando es el eslabón más importante que El Salvador aporta a todo el tránsito latinoamericano de la cocaína que viaja hacia Estados Unidos.

Los informes van desde lo grueso hasta lo particular. Por ejemplo, un anexo del Segundo Informe incluye el tipo de funciones que realiza El Burro dentro de la organización. Dice el anexo: “El 12 de junio de 2009, El Burro coordinó el envío de 40 miembros de la pandilla MS a recibir adiestramiento de tipo militar de parte del “Grupo Los Z” en la zona conocida como La Laguna del Tigre, jurisdicción del departamento del Petén, Guatemala; de estos 40 pandilleros, 12 eran de nacionalidad salvadoreña; el resto, hondureños y guatemaltecos”.

La información sobre la supuesta relación de pandilleros y Zetas en aquella laguna guatemalteca apareció publicada en medios nacionales, e incluso en algunos extranjeros como la BBC.

El 14 de julio de 2010, espías policiales siguieron a El Burro hasta el restaurante Lover’s Steak House, de Santa Ana, y lo que ahí escucharon lo escribieron en el informe de 45 páginas que está dedicado a este personaje y sus conexiones. Ahí se reunió con tres comensales: el comisionado policial Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana; la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora departamental Patricia Costa de Rodríguez. Ella fue diputada suplente por el partido de derechas Arena pero terminó el período 2006-2009 en el de izquierdas FMLN. En marzo de este año abandonó el cargo de gobernadora para ser candidata a alcaldesa de Santa Ana por Arena. En la reunión, El Burro habló de los problemas que el comisionado Mauricio Arriaza Chicas, jefe regional de occidente, estaba poniendo al no querer colaborar con la estructura de tráfico de cocaína y ganado. Dos altos mandos policiales que no participaron en la elaboración de este documento aseguraron que conocen de la colaboración de la ex gobernadora con la estructura. El documento cita que la ex funcionaria se ofreció para negociar el traslado de Arriaza Chicas.

—Se está poniendo pendejo, hay que buscar la forma de apartarlo –sentenció El Burro.

También menciona el documento que en otra reunión fechada el 25 de julio de 2010, pocos días después de la anterior, esta vez en el restaurante El Ganadero, en la Feria Ganadera de Santa Ana, El Burro entregó al comisionado Peraza y a la subinspectora Pérez Rodríguez “un rollo de billetes”.

Los informes, confirmados por las voces policiales que nos guiaron, ubican a El Burro como un hombre de contactos al más alto nivel dentro de la Policía. Y no solo se refieren a contactos recientes, como el Comisionado antes mencionado, que había sido nombrado en el cargo apenas cinco meses antes de que, como se consigna, El Burro le entregara el rollo de billetes.

“Cuando José Luis Tobar Prieto fue director de la Policía, El Burro lo utilizaba como enlace de algunas actividades”, dice el informe anexo que detalla las conexiones del Burro. Tobar Prieto fue director de la PNC hasta mediados de 2009.

En el otro informe policial anexo, el que fue realizado para las jefaturas del Ministerio de Seguridad y Justicia, Tobar Prieto vuelve a aparecer como alguien que se vinculó con estructuras del narcotráfico y en actividades de lavado de dinero mientras fue director de la institución.

El Primero y el Segundo Informe crecieron cuando nuestras fuentes agregaron más comunicaciones oficiales de la Policía a esos archivos. Ambos son ricos en especificaciones, pero dejaban ciertos vacíos que solo las respuestas a las 13 preguntas que hicimos a El Funcionario podían respondernos en aquel momento.

Desde la última cita con El Funcionario habían pasado dos semanas. Él había prometido pensar, decidir si contestaría a nuestras preguntas, y fuimos a escuchar su decisión. Esperamos media hora hasta que alguien nos avisó que El Funcionario estaba ocupado en una reunión, pero que quería decirnos algo, que entráramos a su despacho. No nos dejó pronunciar ni una palabra. Estaba realmente apurado.

—Miren, yo ya les advertí, ustedes sabrán en qué se meten. No les puedo dar el documento, pero tienen media hora para sacar de él toda la información que puedan –dijo, y acto seguido lanzó sobre una mesa el documento membretado en cada una de sus páginas con la inscripción “Secreto”. Por primera vez tuvimos para nosotros un informe no policial, el Informe Secreto, proveniente de una de las instituciones del gabinete de Seguridad, que contestaba con datos de inteligencia a 13 preguntas que realizamos, y que van desde quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo hasta qué funcionarios lo respaldan y cuál es su sistema de almacenaje y transporte de la cocaína.

Al salir del despacho de El Funcionario tuvimos, por primera vez, los tres informes que son la base de esta investigación. Los analizamos, los comparamos y obtuvimos rutas respaldadas por mapas, coincidencia de nombres de policías, diputados y alcaldes, vínculos con asesinatos y pandilleros. Luego corroboramos toda la información al recorrer dos veces El Caminito y otras zonas del país, lo que nos permitió conversar con militares de terreno, ex policías frustrados por las dinámicas fronterizas de la corporación e inspectores de Hacienda. Asimismo, estudiamos registros mercantiles, declaraciones de renta incluidas en los informes y órdenes de captura internacionales.

Los señalados como cabecillas del cártel son empresarios metidos en el mercado de los granos, en la ganadería, dirigentes del fútbol, dueños de hoteles… Este último negocio, el de los hoteles, hizo brillar a Chepe Diablo. Fue por ese lado que un fiscal empezó a notar su bonanza financiera y a sospechar. Este ex fiscal de la Unidad de Delitos Financieros supo de José Adán Salazar desde 2003.

—Es un señor que parece un contador, su oficina estaba en el sótano del hotel Capital, en San Salvador. Sus hoteles nunca han estado llenos, y esa es una forma muy conocida de lavar dinero, dedicarse a servicios que nadie puede comprobar —nos dijo el ex fiscal.
—¿Pero formalmente no estaba siendo investigado? –indagamos.
—Les explico: siempre ha sido sospechoso de lavar dinero, pero les mentiría si les digo que alguien trabajó como se debe este caso, pues para eso hay que tener luz verde. Procesarlo es otra cosa.

Parte II: Las cuentas sospechosas

La historia empresarial de José Adán Salazar Umaña comenzó en 1990. Según el Registro de Comercio, ese año Inversiones Salazar debutó en “la compra de cartera e inversión financiera”. Era una empresa familiar: los otros dos accionistas eran su esposa, Sara Paz Martínez Bojórquez, y su hermano Marcos Francisco Salazar Umaña, que ahora es diputado suplente del partido Arena por el departamento de Santa Ana.

La empresa dejó de reportar operaciones al Centro Nacional de Registros (CNR), en 1995, el mismo año que tuvo problemas para cobrar unos cheques sin provisión de fondos. Inversiones Salazar tenía activos por 49 mil dólares y alguien le había pagado deudas por 33 mil 535 dólares que en el balance general de la compañía fueron clasificados como “estimación para cuentas por cobrar de dudosa recuperación”. Desde entonces, ya no reportó actividades al CNR.

Un año después, en 1996, Salazar Umaña regresó al CNR a fundar otra empresa: Hoteles San José. En septiembre de 2004, se le unió una segunda empresa, llamada Servicios Turísticos.

En el Registro de Comercio, en las dos compañías aparece como socio de Salazar Umaña su hijo, José Adán Salazar Martínez. Mencionar a esas dos empresas es hablar de seis hoteles. Hotel Capital, en San Salvador; Hotel Pacific Sunrise, en el Puerto de La Libertad; Hotel Tolteka, en Santa Ana; Hotel San José, en Metapán; Hotel Bahía Dorada, en La Paz, y Hotel Sevilla, en Usulután.

Salazar Umaña dice que el éxito de sus negocios ha sido producto de la buena fortuna. “El hotel San José, en Metapán, fue un éxito financiero, gracias a un golpe de suerte ya que en pocos años había recobrado la inversión y todavía me quedó un poquito de ganancia, entonces me gustó y comencé a buscar créditos para un segundo proyecto: el Hotel Capital”, declaró al periódico santaneco El País, en julio de 2009.

Para llegar a ese éxito, Hotesa tuvo que endeudarse. El balance general de 1996 consigna que la empresa le debía a su mismo dueño, José Adán Salazar Umaña, 285 mil 700 dólares (2.5 millones de colones) por el terreno y el edificio del hotel metapaneco. Dos años después, la deuda ya no era con Chepe Diablo. Según el balance general de 1998, Hotesa adquirió un préstamo con la banca por 514 mil 67 dólares que le concedió el Banco Desarrollo.

Esas no son las únicas empresas de Salazar Umaña. Él también tiene participación en otras tres sociedades: Salazar Espinoza, S.A de C.V., Agroindustrias Gumarsal y Servicios Logísticos, según un informe de inteligencia policial titulado “situación fiscal” que coincide con los datos del Centro Nacional de Registro. Según la escritura de constitución, Servicios Logísticos se formó para dedicarse a “actividades relacionadas al transporte”. Uno de los fundadores es el diputado suplente Marcos Francisco Salazar Umaña, pero esa sociedad nunca reportó actividades empresariales al Registro de Comercio.

Pero no fueron ni sus seis empresas ni sus 14 propiedades inmuebles ni sus 35 vehículos -26 de ellos ya traspasados- los que despertaron las sospechas de la DEA. En una carpeta de investigación esa agencia estadounidense envió a la Fiscalía en 2001, se mencionaba a Salazar como sospechoso de lavado de dinero y narcotráfico, una acusación que salpicaba a una empresa constructora de su primo, Salazar Romero, S.A. de C.V., en la cual Chepe Diablo aparentemente no mete mano.

Otro ex fiscal, que trabajaba en el área antinarcóticos, conoció esas investigaciones.

—La DEA hizo su propia investigación. El problema era que algunas diligencias las revelaban a la Fiscalía y otras no. Recuerdo que en este caso ellos tenían una buena fuente de información, un informante, y en realidad no sé por qué nunca reventaron el caso.

El documento que el ex fiscal citó incluía las sospechas de la DEA sobre la constructora, que pertenece a familiares cercanos de Chepe Diablo. La compañía fue creada el 22 de abril de 1994 por José Raúl Salazar Landaverde. Su socio y representante legal de la empresa es su hermano Carmen Salazar, ex alcalde de Metapán por el partido Arena desde 1988 hasta 1994. Ambos son primos de Chepe Diablo.

Cuando la DEA incluyó esta empresa en la carpeta de investigación que remitió a la Fiscalía, sospechaba que podía haber lavado de dinero.

Otro que tiene sus propias empresas y que en el Primer Informe aparece como socio de Chepe Diablo es Juan Umaña Samayoa, alcalde pecenista de Metapán. Este ha invertido en granos. El 23 de mayo de 1997 fundó Agroindustrias Gumarsal, empresa dedicada al procesamiento de arroz y comercialización de productos de la canasta básica. A esta empresa se suman Gradeca, S.A. de C.V. y Agroarroz, S.A. de C.V.

Aparte de las empresas, el alcalde ha adquirido 34 vehículos que ha ido traspasando principalmente a sus empresas y familiares. Cinco camiones, cuatro tractores, dos furgones, dos rastras, un cabezal y el resto de vehículos livianos.

El alcalde Juan Umaña reportó al fisco que entre 2006 y 2009 percibió ingresos por 141,572 dólares. Esto es, unos 35 mil dólares al año entre 2006 y 2009.

El tercer personaje señalado por los informes como líder de la estructura, Roberto “El Burro” Herrera, reporta ingresos similares a los del alcalde. En cuatro años, de 2006 a 2009, percibió 139,849 dólares, según los datos que presentó a Hacienda. Sus ingresos provienen de dos actividades: comerciales y agropecuarias.

En cuanto a sus declaraciones de renta, en 2005, El Burro hizo una declaración que reportaba un salario mensual de 565 dólares e ingresos totales por 6,790 dólares. Para 2007, los 6,790 dólares ascendieron a 31,517 dólares. Un año después llegó a los 40,000 y en 2009 casi llegó a los 50,000.

En cuanto a vehículos, Chepe Diablo no se queda atrás del alcalde. A su nombre hay nueve vehículos, entre ellos una camioneta Porsche Cayenne y otros 26 que ha vendido o traspasado, por ejemplo, a la Alcaldía de Juan Umaña Samayoa.

Los amigos del camino

El Caminito que recorremos continúa entre calles, callejuelas y anécdotas de El Detective, que ora cuenta de una mansión en un pueblito, ora de un restaurante donde se reúnen a planificar. Pero, sobre todo, la conversación que brota con los kilómetros contiene nombres de personas, cargos y nombres de partidos políticos.

El camino de polvo que empieza en San Fernando lleva montaña abajo. En casi una hora estamos en Dulce Nombre de María, que tiene agua potable, luz, teléfono, correos, un puesto de Policía, un juzgado de paz, internet…

—Aquí estaba un jefe de la policía que se hizo rico. Tiene grandes terrenos, caballos, muy amigo del ex director Menesses –suelta de repente El Detective, que nos conduce en este viaje.

Esa versión la corroboraríamos después, cuando escucharíamos hablar del subinspector José Alfonso Mata Portillo.

Hace 21 meses, el 12 de agosto de 2009, a 25 kilómetros de Dulce Nombre de María, cerca de la presa del Cerrón Grande, fueron detenidos José Gerardo Ventura y Juan José López López. Los detuvieron en dos vehículos, cuando realizaban una negociación. En el pick up de López López fueron encontrados 88 kilogramos de cocaína, y el 10 de febrero de 2011 fue condenado por el Juzgado de Sentencia de Sensuntepeque a purgar 10 años de prisión. La droga fue valorada por la Fiscalía en 2 millones 216,650 dólares. El Informe Secreto asegura que esa red, la del Cártel de Texis, era la propietaria de esos 88 kilogramos de droga.

A solo 15 minutos de distancia de Dulce Nombre de María llegamos a una súper carretera, la gran obra casi terminada del proyecto Fomilenio: la Carretera Longitudinal del Norte. Esta conectará la frontera entre La Unión y Honduras con la frontera entre Santa Ana y Guatemala. Una línea casi recta de pavimento y cuatro carriles que cruza de punta a punta el norte de El Salvador.

—Bonita les están dejando la autopista —ironiza El Detective—. Como dicen los gringos y los hermanos lejanos: es un freeway, ja, ja, ja. La verdad, es un conducto abierto para el paso de coca, ganado y armas.
—¿Pero hay retenes? –preguntamos.
—Ja, ja, ja –vuelve a reír El Detective—. Mire, ahí hay un retén. ¡Es casi anunciado! Hay horarios, y los narcos los tienen. Los jueves y los viernes hay fiesta, son los días de retén. El viernes que más dinero ganan los policías que cuidan.
—Ajá, explíquenos eso.
—Usted viene en un camión cargado con cocaína o ganado de contrabando, ese que viene de Honduras. En el retén, el jefe de delegación que los puso ya sabe a qué policías mandó, los policías ya saben cómo operar. A lo mucho son dos.
—No terminamos de entender.
—¡Les dan 10 dólares, 100 dólares, y pasan! Con esta calle llegan más rápido.

El tramo de la carretera de Fomilenio, como ya ha sido bautizada por los habitantes de la zona, está también en el ojo del Cártel de Texis. No sólo sirve cómo vía rápida para acortar El Caminito, sino que también buscan utilizarla como una excusa para lavar dinero, según documentos oficiales de la Policía.

Fomilenio es un proyecto de desarrollo para la zona norte del país financiado con donativos de los contribuyentes estadounidenses. En septiembre del año pasado, una oficina de la Policía escribió un memorando confidencial en el que alertaba a las autoridades del gobierno salvadoreño sobre un grupo de narcos que estaban metiendo papeles para lavar dinero a través de la Cuenta del Milenio, que es el fondo con que se financia la carretera Fomilenio.

El memorando explica que una familia de narcos logró obtener un préstamo de 600,000 dólares a través de un proyecto de Fomilenio para el desarrollo agropecuario en la región. También dice que Reynaldo Cardoza, actual diputado del PCN, vinculado con la estructura criminal estaba buscando un préstamo de 800,000 dólares.

La familia de narcos a la que se refiere el memorando incluye a uno de los prófugos más buscados por la Policía. Se trata de un narcotraficante vinculado a una estructura de pandilleros de la Mara Salvatrucha. Es conocido como Medio Millón.

“Se ha logrado individualizar que Marcos Cisneros Mata (padre fallecido), José Misael Cisneros Rodríguez (a) Medio Millón, Manuel de Jesús Cisneros Rodríguez (a ) Millón, Douglas Alfredo Cisneros Rodríguez (a) Melón, José Moisés Cisneros Rodríguez y David Elías Cisneros Rodríguez son miembros activos de una estructura de narcotraficantes que manejan y controlan la mayoría de zonas y rutas de la zona norte de Chalatenango”, dice un documento que se escribió como anexo al Segundo Informe.

El Banco Multisectorial de Inversiones autorizó el desembolso el 28 de agosto de 2009 y, como prueba, la PNC envió el número de acta del comité de inversiones a los altos cargos del gabinete de Seguridad de El Salvador.

Medio Millón es, según la Policía y la Fiscalía, un narcotraficante de la zona occidental, señalado como socio de la Fulton Locos Salvatrucha, y uno de los más buscados por la PNC. De este personaje sabríamos mucho más cuando nos encontramos, más adelante, en su lugar de operaciones.

Una vez en la carretera asfaltada, El Detective vuelve a referirse a los narcos.

—¿Sabe quién más opera en esta zona? —pregunta, a sabiendas de que no sabemos, y entonces él mismo responde casi de inmediato—. El Rey, el diputado del PCN.

El Detective nos acaba de dar otro sobresalto.

—¿Reynaldo Cardoza?
—Ajá, él es otro de los malos. Tiene una pistola de oro, se la logramos decomisar, pero se la devolvió el juez –explica El Detective, que asegura que conoce a los colegas que realizaron el operativo donde le decomisaron el arma.

Vamos en un carro cuatro por cuatro y anotamos más peticiones de documentos para El Funcionario, El Comisionado y el resto de fuentes que conocen del Cártel de Texis.

El Rey, ese diputado del PCN, también aparece en la lista de personas que la PNC ha clasificado como narcotraficantes y que quieren usar Fomilenio para lavar dinero. A Cardoza lo ubican en las cercanías del Cártel de Texis, no como parte de la red, sino como aliado. El documento dice que el diputado del PCN es uno de los principales miembros de la estructura de narcotraficantes de la zona norte de Chalatenango. Dice también que se ha presentado ante las oficinas centrales del Banco Mutisectorial de Inversiones para solicitar un crédito de 800,000 dólares.

El 13 de septiembre de 2005, Reynaldo Cardoza fue capturado por la Policía acusado de pertenecer a una red de traficantes de personas y de la violación de dos menores de edad. Fue capturado junto a Juan Ovidio Cerón Moreno, un ex policía que fue arrestado y expulsado de la corporación por su vinculación con la banda de robafurgones de Margarita Parada Grimaldi. Al ahora diputado le decomisaron una pistola Jericho con una placa dorada con su nombre grabado. Según la Policía, esa placa es de oro. Además, le decomisaron una licencia de conducir mexicana, en la que la foto del diputado aparecía con un nombre diferente: Reinaldo Guerra Flores.

Cardoza quedó en libertad bajo fianza de 2,000 dólares en noviembre de 2005. Un año después, en noviembre de 2006, el caso se cerró definitivamente, ya que la Fiscalía no presentó la solicitud para reanudarlo. Dos años y dos meses después, en enero de 2009, fue elegido diputado del PCN.

De la autopista a los caminos de tierra

San Sebastián Salitrillo es la estampa de un pueblito. Así, con lo que conlleva el diminutivo. Cinco viejitos se sientan en las escaleras del parque a tomar el fresco bajo un árbol y a saludar a quien pase. Se sientan ahí porque queda justo frente a la cuadra más emocionante del lugar, la acera de la Alcaldía, donde unas 10 personas esperan en la puerta la llegada del alcalde como quien espera en la puerta de casa a un familiar. Las calles son de adoquín, las casas de teja, y el pueblo, todo él, una cicatriz de cemento delgada y recta en medio del monte. Es un conglomerado de cuatro cantones y 21 caseríos.

Llegamos hasta ahí a finales de marzo, cuando todavía no habíamos comprendido a la perfección la ruta precisa de El Caminito. Sin embargo, conocíamos ya sus principales puntos, sus dos brazos. Salitrillo, como lo conocen sus habitantes, seguía siendo una incógnita. ¿Por qué El Funcionario y El Detective nos mencionaron este lugar como clave? ¿Qué papel juega este pueblito en la ruta si no está justo en ella, si no es frontera con Guatemala, si no tiene más que calles de tierra? De hecho, Salitrillo queda del otro lado, en sentido opuesto. En lugar de estar entre las ciudades de Santa Ana y Metapán, está al suroeste de Santa Ana, en dirección opuesta a Metapán. Estábamos perdidos, pues, pero gracias a eso, comprendimos cómo las rutas marcadas se desvían lo necesario para alternar entre pueblitos y autopista.

Como esas 10 personas, entramos a la Alcaldía cuando entró Francisco Castaneda, el alcalde del FMLN, un hombre muy respetado en su comunidad. A él nunca le mencionamos nuestro verdadero interés. Para poder conversar sobre estas rutas, nos presentamos como unos reporteros cándidos que pretendían enterarse de cómo es que un lugar como este era eslabón de las rutas del contrabando, de la bagatela, de ganado y mercadería sin permiso y, de rebote, droga. Así en seco, sin nombres ni organizaciones.

Fuimos al grano, le preguntamos por qué su municipio sonaba tanto en esto del contrabando.

—Es que estamos en la red de caminos rurales. Esa mercadería no se tira por carretera directamente, se mete en estos pueblitos, utiliza los caminos de terracería y vuelve a salir a la autopista.
—¿Pero hablamos de personas caminando con cosas o de…?
—Nooo, aquí pasan furgones por estos caminitos, que se pierden allá atrás del pueblo. Pasa gente vinculada al narco y eso se vincula con el problema de las pandillas, de redes asentadas aquí para esa actividad, y eso es lo que perjudica al municipio, no el paso en sí, sino las necesidades que el paso genera.

Salitrillo cuenta con 50 policías que se turnan y que tienen tan solo dos patrullas que cubren no solo el casco urbano, sino las urbanizaciones como Ciudad Real, que están sobre la carretera y que, según datos de la Alcaldía, han llevado a duplicar el número de habitantes del municipio hasta dejarlo en 30,000.

Ciudad Real es un proyecto de aquella empresa constructora –Salazar Romero- valorada en más de 70 millones de dólares que despertó las sospechas de la DEA.

—En esas zonas residenciales que han proliferado se hace evidente que el contrabando nos ha alcanzado. En esas zonas nuevas no tenemos claro quiénes son sus habitantes –continuó Castaneda.

El alcalde fue amable, pero lo que nos dijo no nos bastó. Aunque salimos de su despacho convencidos de que lo que se transporta por esa zona no se trata de pequeñeces sino de rutas alternas, puntos de quiebre del Cártel de Texis para abandonar y reincorporarse adelante en El Caminito, necesitábamos más detalles. Gracias a un diputado santaneco logramos acceder a otra fuente que tiene bien estudiado el fenómeno de cambio que ha tenido el lugar.

Visitamos al informante y, de nuevo, los pactos del temor volvieron, y el anonimato con ellos.

La conversación fue breve y, en resumen, lo que nos contó es una historia que bien podría aplicarse a los narcos de El Salvador. Contrabandistas que cuando descubrieron algo mejor que contrabandear dejaron los quesos y se dedicaron a la cocaína.

—Aquí en este pueblito que antes era bien tranquilo se ha venido gente rara en sus grandes carros. Vienen a intentar comprar a los policías, a ofrecerles dinero así, como cheradas, como en buena onda. Necesitan asentarse en la zona. El tráfico de ganado y de vehículos pick up que se internan en los caminos comunales así sin más, y que seguro transportan droga, a veces se da a la luz del día, y llegan días en que cada cinco minutos pasan. Así, sin control –nos explicó el informante de Salitrillo.

La cuna del Cártel

Texistepeque es el lugar de nacimiento de la mayoría de los mencionados como los narcos que controlan El Caminito. Un municipio de poco más de 20 mil habitantes ubicado entre Santa Ana y Metapán, donde el Ministerio de Gobernación tiene identificadas como propiedades del narco algunas construcciones impresionantes, según cita en su página web.

En ese terreno es donde vive y coordina sus operaciones uno de los principales miembros del cártel: El Burro. Así lo señala un informe policial anexo que habla solo de este personaje, y que nos fue entregado por El Detective. Este personaje, según el documento, tiene una de las propiedades más sobresalientes del paisaje, una gran casa de incontables habitaciones, que a pocos metros tiene una especie de palenque donde ha sido visto el alcalde municipal, Armando Portillo Portillo, otro importante personaje de la estructura señalado en los informes.

La Policía mantiene una permanente vigilancia sobre esta propiedad de uno de los miembros del Cártel.

Portillo Portillo es un señor gordo en el que sobresale un delgado y peinado bigote. En una foto del Informe Secreto aparece sentado en su oficina y en un informe policial aparece junto a Chepe Diablo y El Burro. Es su primer período como alcalde y ganó las elecciones pasadas arropado bajo las banderas de una coalición entre PDC y FMLN.

Al pie de la foto, el Informe Secreto presenta a este jefe municipal como uno de los salvadoreños vinculado al Cártel de Sinaloa, de México. Aparece en la misma línea de mando que Chepe Diablo, El Burro y el alcalde de Metapán, en la mesa principal de los comensales que se alimentan de la ruta de El Caminito.

Los miembros del Cártel de Texis se reúnen y se ponen de acuerdo, pero no es una estructura vertical. El Burro tiene una cadena de gente que lo sigue, Chepe Diablo tiene otra cadena, el alcalde de Metapán y el de Texistepeque también, como el diputado del PCN y su primo, ex diputado del PDC. Esas estructuras, se lee en los informes, son locales y se enlazan para operar. Los capos del Cártel de Texis se ponen de acuerdo, coordinan.

Vamos en un carro cuatro por cuatro de la Policía que no ostenta ningún distintivo. Ya pasamos por San Fernando, Dulce Nombre de María y estamos en medio de la llamada calle Fomilenio. Vamos rumbo al tramo final, al lugar donde domina con más descaro el Cártel de Texis. Mientras avanzamos, conversamos con El Detective sobre la capacidad que han tenido estos narcotraficantes para operar impunemente. El Detective se queja, como hace desde que lo conocimos, porque desde su óptica no logra entender cómo es que teniendo tanta información de los servicios de inteligencia esta gente continúa por las calles.

Parte III: El manto protector del Cártel de Texis

Hace apenas dos semanas tuvimos la ocasión de sentarnos a charlar detenidamente con el subdirector de investigaciones de la PNC, el comisionado Howard Cotto. Llegamos a él con la duda que carcome a El Detective. Aunque ya teníamos una noción de cómo es que el Cártel de Texis logra seguir operando luego de más de 10 años de pistas que entran y salen de todos los despachos de los altos funcionarios vinculados al tema de seguridad. Necesitábamos escuchar qué respondía la institución encargada de combatir el crimen junto a la Fiscalía.

—Mire, lo que de verdad no entendemos es por qué no los procesan judicialmente —le comentamos.
—Vaya, le voy a contar una experiencia, tal vez así entienden. Hace un tiempo realizamos un operativo para secuestrar archivos documentales de uno de los miembros de esta estructura… Esto no es caricatura, la Policía tiene bien claro que obtener una orden de cateo en todo occidente es casi imposible. ¡Si supiera la amistad con ellos que tiene el juez más importante de ahí! El caso es que logramos obtener una orden de allanamiento a través de otro juez. Entramos a muchas propiedades y encontramos armas de guerra que no podía justificar. Hoy anda prófugo. Les cuento esto porque también encontramos otra sorpresa: este señor tenía en su casa una gorra que, por el identificativo, solo podía haber pertenecido a un director de la Policía.

El dueño de la casa donde la Policía encontró 13 armas, entre ellas dos de uso privativo de la Fuerza Armada y granadas, en abril de 2010, se llama Leonel Sandoval Villeda, y está prófugo y con orden de captura internacional girada por la Interpol. Sandoval Villeda se fugó luego de que el juez tercero de instrucción de Santa Ana le otorgara libertad bajo fianza de 100 mil dólares. Sandoval Villeda pagó la fianza, pero nunca volvió a presentarse.

Aunque lograron obtener orden de allanamiento con otro juez, la treta al final no pudo impedir la huida de Sandoval Villeda. Y el “importante juez” al que se refirió el jefe policial se llama Tomás López Salinas, un funcionario que ya es investigado por la Corte Suprema de Justicia por dejar en libertad a una banda de traficantes de personas. El Departamento de Investigación Judicial de la Corte Suprema de Justicia tiene el expediente del juez Salinas en la lista de los cinco casos más graves por resolver.

A finales de 2010, Salinas, juez especializado de instrucción de Santa Ana, dejó libres a nueve personas acusadas de integrar una red de tratantes, dos de ellas acusadas además de violar a una niña. En síntesis, el razonamiento del juez fue que los acusados fueron víctimas de engaño por una menor de edad que deseaba prostituirse.

El Detective, El Comisionado y Cotto coinciden en algo: en que los narcos de occidente han estado actuando con total libertad en gran parte porque los esfuerzos investigativos incluso a nivel judicial se metieron en oriente, en el caso de Los Perrones.

Intentamos conocer sobre las diligencias que ha realizado la Fiscalía General de la República en occidente. El 1 de febrero pasado pedimos una entrevista con fiscales de la División Élite contra el Crimen Organizado y la Unidad Antinarcotráfico. Además, pedimos entrevistas con los fiscales que, en la etapa de vigilancia penitenciaria, han dado seguimiento a la condena que se le impuso al concejal de Metapán Amadeo Figueroa Morales. Al cierre de esta nota, esa institución no ha resuelto sobre las tres peticiones de información.

Los personajes vinculados al Cártel de Texis se ven constantemente involucrados en hechos que siguen llamando la atención de la Policía, pero esto no parece traducirse en investigaciones desde la Fiscalía. Ejemplos llamativos sobran: el 16 de noviembre de 2010, José Salvador Cardoza, ex diputado del PDC por Chalatenango y mencionado por nuestros tres principales informantes como cómplice del Cártel de Texis, sufrió un secuestro e intento de asesinato. José Salvador Cardoza es primo de El Rey, Reynaldo Cardoza, el diputado por el PCN.

—¿Los señores Cardoza operan juntos? –preguntamos al jefe policial.
—Cada uno anda en lo suyo, pero los dos son gruesos. Les decía, a Salvador lo secuestraron, le quemaron el carro, no lo mataron porque no quisieron. Le dispararon un balazo en cada pierna, por las nalgas. ¿A quién le pasa eso?

Este atentado ocurrió en un municipio perdido de La Unión, Nueva Esparta. El ex diputado del PDC andaba esa vez con Alfredo Portillo Portillo, hermano del alcalde de Texistepeque. Este hecho, que durante uno de nuestros encuentros El Detective nos relató, aparece consignado en el Informe Secreto. El informe agrega que Cardoza sufrió el atentado cuando supuestamente supervisaba los trabajos de una empresa constructora de su propiedad.

Los hechos hablan de las dificultades para judicializar a los narcos de El Caminito. Sin embargo, fue un documento que recibimos casi al final, un último informe macro que describe los puntos de encuentro del Cártel de Texis con otras estructuras similares, el que nos dejó claro cuán difícil es para la Policía hacer de este conocimiento prueba judicial.

En la parte de recomendaciones para operar contra esa red de cárteles salvadoreños, los policías de inteligencia se dirigen a sus jefes en una especie de lista de deseos que devela lo que de momento no tienen.

Ahí se pide un equipo especializado en homicidios, tráfico de personas, lavado de dinero y activos y contrabando de mercadería. Se pide que ese equipo esté fuera de cualquier puesto policial y que se entienda solo con el Subdirector de Investigaciones, a fin de evitar la filtración de información. Se pide un grupo selecto de fiscales y el involucramiento del ministro de Justicia y Seguridad, el director de la PNC y el mismo presidente de la República.

La realidad dista mucho de la situación requerida. La Unidad de Investigación Financiera de la Fiscalía, por ejemplo, cuenta con solo dos fiscales en todo el país.

Ahí donde se suma la pandilla

El camino que inició en el pueblito fronterizo de San Fernando, que bajó hasta Dulce Nombre de María, que a 15 minutos de carro se convirtió en la flamante autopista de Fomilenio, llega a su punto de quiebre en otro municipio de suelo de adoquines y techos de teja: Nueva Concepción.

Este municipio que también tiene acceso por la nueva carretera de Fomilenio tiene casi 30,000 habitantes, y es la puerta de salida que el Cártel de Texis utiliza para dejar Chalatenango y entrar al departamento de Santa Ana.

Nueva Concepción es el lugar donde el paradigma de operación de los cárteles centroamericanos se rompe. En Guatemala y Honduras, las familias de narcotraficantes han optado por deshacerse de los pandilleros de las dos grandes organizaciones, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18. En departamentos neurálgicos del narco de Guatemala, como Alta Verapaz o San Marcos, los pandilleros han sido expulsados por las familias dominantes, bajo amenazas de muerte. En Nueva Concepción, bajo este modelo horizontal de los cárteles salvadoreños, el que tiene control de una zona, tiene carta para participar del negocio, sea pandillero, empresario o policía. En Nueva Concepción, el control del crimen lo tiene la Mara Salvatrucha, y más concretamente uno de sus más poderosos “programas” nacionales que tiene vínculos hasta Estados Unidos: se trata de los Fulton Locos Salvatrucha, y todos señalan como uno de sus cabecillas a un prófugo llamado José Misael Cisneros Recinos, el conocido como Medio Millón.

Todos los informes coinciden en este nombre, a quien mencionan como representante de su pandilla en la organización dedicada al traslado de la cocaína

“Es importante mencionar que, en la relación Chalatenango-Santa Ana, esta estructura se vincula con el narcotraficante Misael Cisneros, quien el 15 de septiembre de 2010 escapó de un cerco policial que pretendía capturarlo en Nueva Concepción. Se considera que además de traficar cocaína, también abastece de armas a pandillas de la zona y posee acercamientos con mandos locales de la PNC”, dice el Informe Secreto.

A diferencia de los otros documentos, que lo ubican como miembro activo de la MS, este último lo deja en el grado de socio.

Respecto a cómo es que Medio Millón logró burlar un operativo policial que se venía planificando desde hacía meses, todas las fuentes con las que hablamos señalan como culpable a un subinspector activo: José Alfonso Mata Portillo, quien hasta febrero de 2010 fue jefe de la subdelegación de Dulce Nombre de María. De él dicen que fue quien, gracias a la relación que cultivaron cuando operaban en municipios vecinos avisó a Medio Millón de los detalles de la investigación en su contra. Mata Portillo es ahora jefe de la subdelegación de Ciudad Delgado, en el Área Metropolitana de San Salvador.

El Detective nos anexó un documento sobre el perfil de este subinspector. En 2010 su reporte de ingresos fue de 118,879 dólares. El mismo documento policial contiene las placas de los 28 vehículos que supuestamente están a nombre de Mata Portillo, entre ellos varios furgones y tractores. Este anexo cierra con una conclusión:

“Presenta irregularidades en sus declaraciones tributarias. Sus costos y gastos declarados son desproporcionales a sus ingresos”. Desde la jefatura policial no nos dieron un monto exacto, pero nos aseguraron que, en el caso de que reciba bonificaciones extras, no podría sobrepasar los 1,200 dólares mensuales libres de impuestos y descuentos.

Nueva Concepción es de esos lugares que aparentan sosiego y esconden secretos que son susurrados por todos, pero que al ojo inexperto son imperceptibles.

Hacemos una pausa en el recorrido por El Caminito, nos detenemos un momento para conversar con el jefe policial del municipio. El subinspector Quijano Aguilar tiene menos de un año como jefe de este complejo municipio perdido entre llanos secos, una autopista de lujo y cerros de vegetación tostada. Su respuesta era la obvia, que sabe poco, que aún se está enterando, que cree que Medio Millón sigue por la zona -pues sigue dando órdenes a los pandilleros-. Eso sí, cuando le preguntamos cuántos pandilleros podía haber en este pequeño lugar, su respuesta nos dejó muy claro por qué el Cártel de Texis tuvo que asociarse con la Mara Salvatrucha.

—Calculamos que la clica (Fulton Locos Salvatrucha) es de unos 200 muchachos con armas aquí en Nueva Concepción, casi todos ellos ubicados por nosotros.

No se refería al “programa”, sino solo a la clica, al grupo local de este municipio. Una clica grande, importante, suele tener a unos 50 miembros, aún cuando operen en zonas claves de la capital. En este rural punto de quiebre de El Caminito, la pandilla ha decidido cuadruplicarse.

Una potencia que no solo se demuestra en número de miembros, sino en capacidad armada. A las 5 de la mañana del pasado 3 de mayo, un operativo de la 4a. Brigada de Infantería y Descatamento Militar Número Uno, en conjunto con policías, detuvo a 12 presuntos pandilleros en Nueva Concepción. Entre el armamento decomisado en una vivienda del cantón Los Romeros había cuatro fusiles AK-47, un fusil G-3, una subametralladora Uzi y un lanzagranadas M-79.

Nueva Concepción no solo es clave porque agrega pandilleros a la lista que, a este punto, ya contiene a policías, alcaldes, jueces, empresarios y diputados. Nueva Concepción es el recodo, el punto donde El Caminito se divide en dos brazos que salen de Chalatenango para adentrarse en el departamento de Santa Ana. Ambos brazos terminan en la frontera con el departamento guatemalteco de Jutiapa, donde según las autoridades de ese país opera la familia Lorenzana, la más antigua de las familias chapinas del narco, de la que hay registros desde los años setenta.

Según lo recogido de los informantes, de los tres informes y sus anexos, uno de los brazos es más importante que el otro por flujo de cocaína, algo que infieren del control operativo que el Cártel de Texis muestra en cada lugar: más discreto en un ramal y mucho más descarado y monopólico en el otro.

El ramal menor continúa desde Nueva Concepción casi en línea recta. Antes de llegar a la frontera, atraviesa el cantón de Peñamalapa, luego el río Lempa hasta llegar al cantón Guarnecia, luego al caserío El Aguacate, hasta la ciudad de Texistepeque, desde donde parten para la ciudad de Santa Ana. Una vez ahí, se conducen hasta los puntos finales de cruce, los puntos ciegos que rodean los pueblos de Santiago de la Frontera y San Antonio Pajonal.

El otro ramal, el más importante, parte de Nueva Concepción hacia el oculto pueblito de Santa Rosa Guachipilín, que ahora tiene acceso de pavimento gracias a las obras secundarias generadas por la autopista de Fomilenio.

En el primer recorrido hicimos una parada en el camino. Visitamos al grupo de 14 militares que custodian los puntos ciegos alrededor de Santa Rosa Guachipilín, a medio camino entre Nueva Concepción y Metapán. Un lugar desde donde los cargamentos pueden desviarse por caminos rurales hasta buscar puntos ciegos de la frontera. Ahí nos recibió el jefe del grupo, a quien identificaremos como El Sargento.

No se esmeró en vendernos imponentes operativos ni complicados decomisos. Más bien, se mostró resignado ante la inmensidad de la zona y la normalización del paso de mercaderías ilícitas. Nos contó que el soborno está a la orden del día, que por 20 o 30 dólares, algunos militares o policías permiten pasar un camión.

Nos aseguró que el Cártel de Texis tiene un nombre para lo que en México llaman halcones y en Guatemala, banderas. Aquí llaman postas a esos niños, niñas, mujeres y ancianos que no se dedican sino a vigilar qué hacen El Sargento y los suyos, hacia dónde se mueven. Nos dijo que en lo que llegan a un punto ciego como Ostúa, El Valle de Los Quijada, El Despoblado, cerros perdidos en la frontera a más de media hora de lento avanzar en un vehículo con doble tracción, todos los de ese lugar saben que llegará un extraño. Lo dijo de una forma más gráfica.

—Desde que llegás, todos te ven como si fueras un extraterrestre.

Desde el polvoso Santa Rosa Guachipilín, la carretera permite acceder hasta Masahuat, igual de rural, pero más grande. Desde Masahuat, alguna droga se pasa por los cerros de alrededor, nombrados por sus pobladores por particularidades que solo ellos saben discernir. El grueso de los cargamentos continúa su viaje. Intercepta la carretera que conecta Santa Ana y la ciudad fronteriza de Metapán. La droga se incorpora alrededor del kilómetro 99 de esa carretera, y llega a su base final, el centro de operaciones de Chepe Diablo, la última escala antes de internarse en los puntos ciegos que besan Guatemala. La ciudad donde el Cártel de Texis muestra su poderío, su capacidad de sobornar y de matar.

Parte IV: Los policías que llevan coca

Metapán resplandece. Pareciera que el sol está más cerca del pavimento que en otras ciudades. Ciega. Metapán parece de día un gran mercado, al menos su centro, que no es sino unas callejuelas empinadas que desembocan en la carretera que lleva de Santa Ana hacia la frontera de Anguiatú, al norte del lago de Güija. En todas ellas, el comercio bulle, se toma las aceras. Hay ventas por todas partes. Comida, ropa, granos, artículos agropecuarios. Metapán se viste de ciudad fronteriza de Centroamérica.

Al llegar al hotel San José, contiguo a la carretera hacia Guatemala, nos atiende una amable recepcionista, que se despereza cuando suena la puerta que se abre.

—¿Tiene habitaciones?
—Sí.
—¿Dobles?
—Sí.
—¿No suele estar ocupado este hotel?
—Casi no, ahorita solo dos habitaciones tengo ocupadas.

El hotel, uno de los seis de Chepe Diablo, tiene cinco plantas, y cerca de 40 habitaciones. Es normal su desocupación. El costo de la habitación doble roza los 50 dólares en una ciudad acostumbrada a dar alojamiento a camioneros que no viajan con grandes fondos.

Si bien el Cártel de Texis no se descubre como uno de los más violentos de Centroamérica, esta es su ciudad de control por excelencia, su base de operaciones, y también la que ha sido testigo de que este tipo de negocios inevitablemente siembran corrupción y violencia a su paso. Eso consignan los tres informes.

Todos los informes y todos los informantes hicieron énfasis una y otra vez en que la subdelegación policial de esta ciudad pertenece a Chepe Diablo.

En una ocasión, mientras tomábamos un café, le pedimos a El Comisionado que nos contactara con algún agente de su confianza dentro de esta subdelegación. Cuando nos volvimos a reunir, luego de la semana que nos pidió para buscar un perfil como el que le pedimos, su respuesta fue contundente.

—No puedo recomendarles a ninguno.

La violencia, por otra parte, demuestra que el trabajo de funcionario municipal puede ser muy riesgoso en este municipio.

El 1 de diciembre de 2007, Bertín Valle Marín, síndico de la Alcaldía de Metapán, murió de un disparo en la cabeza. La información publicada en los periódicos, basada en lo que dijeron los policías del lugar, resume su asesinato así: dos hombres borrachos se agarraron a tiros en medio de un jaripeo de un cantón sin nombre de Metapán, y Bertín recibió una bala que no iba para él. Pero el Informe Secreto agrega algo que no apareció publicado en las noticias de esos días: dice que durante la investigación del asesinato, el actual alcalde, Juan Umaña, se empeñó en desvirtuar la hipótesis de que se trataba de rencillas entre narcotraficantes.

Ocho meses después, el 4 de agosto de 2008, el síndico que ocupó el puesto dejado por Bertín, fue secuestrado a plena luz del día y en su propio carro, luego fue llevado a un predio de un caserío de Metapán, donde le dispararon 13 veces. Israel Peraza Díaz también era pecenista.

Dos muertos a plomo en menos de un año. Dos síndicos. Y en realidad no eran las únicas víctimas de violencia vinculables a la estructura de Chepe Diablo o a las de sus socios. Tres semanas antes del secuestro y asesinato del síndico, el amigo de Chepe Diablo y alcalde de Metapán, Juan Umaña Samayoa, fue atacado a balazos en una zona muy peligrosa de su municipio. Eran las 8 de la noche cuando iba con tres de sus guardaespaldas en una calle oscura del cantón San Jerónimo. El tiroteo fue de tres contra dos. De tres guardaespaldas que se enfrentaron a dos atacantes resultó muerto uno de los hombres del alcalde. Este transitaba en un camino conocido como “punto ciego”, en San Jerónimo, uno de los lugares clave para la ruta controlada por este cártel.

Y eso no era todo. Dos años antes, el antecesor del alcalde Juan Umaña no había logrado sobrevivir a un atentado. El 4 de julio de 2006, Gumercindo Landaverde, amigo de Chepe Diablo y vinculado en los informes al Cártel de Texis, fue atacado por dos mujeres y un hombre que actuaron como sicarios. Esto ocurrió en la ciudad de Santa Ana y según los tres informes y El Detective, las dos mujeres eran pandilleras que pertenecían a una red de sicariato.

Cuando en una conversación preguntamos a El Detective por este asesinato, no dudó en responder que creía que había sido el mismo Chepe Diablo quien había ordenado su muerte debido a rencillas sobre la manera de manejar los traslados de cocaína. Días después, nos entregó otro anexo de Inteligencia Policial, donde se apuntaba el caso.

En el anexo, un informante declaró que el ex alcalde de Metapán, Gumercindo Landaverde, fue asesinado tres días después de terminar su periodo por órdenes de la estructura de Chepe Diablo y El Burro. El informante dijo que el alcalde habría proporcionado información de transacciones de drogas a un oficial de la Policía, que la estructura se dio cuenta y decidió ejecutarlo.

—El señor Gumercindo tenía conocimiento de planificaciones de la estructura, de embarques de drogas en la zona de Metapán, las cuales provenían de Guatemala -agrega el texto oficial.

El Primero y el Segundo Informe ya ubicaban al fallecido como uno de los miembros de la estructura. Gumercindo Landaverde fue alcalde por Arena durante dos períodos consecutivos, y ya era investigado por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito en 2005. La Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia detectó que en un año este alcalde incrementó en 500,000 dólares su patrimonio, y esto fue punta de lanza para que la Fiscalía abriera un expediente.

El Burro está siendo investigado por el homicidio de Abel Padilla. Uno de los anexos del Segundo Informe dice que el 14 de agosto de 2008, El Burro “ordeno el asesinato del señor, Abel Padilla”. Los investigadores explican en el documento que Abel Padilla perdió dos kilos de cocaína y que nunca canceló al Burro el dinero que valía esa cantidad de droga.

Unos baleados, otros secuestrados y asesinados, y otro de ellos preso. El récord de los funcionarios de Metapán augura trágicos destinos para sus cargos más altos.

El 25 de marzo de 2009, la División Antinarcóticos de la PNC arrestó a Amadeo Figueroa Morales, quien había sido elegido el 18 de enero de 2009 para integrar el concejo municipal de Metapán, representando al PCN y acompañando al alcalde Juan Umaña. El operativo de captura fue realizado en la colonia Jardines de Metapán. Junto al concejal también fue arrestada su esposa, Sonia Haydeé Mira de Figueroa. Ella es parte del núcleo cercano del alcalde de Metapán. Su hermana está casada con el hijo del alcalde, Wilfredo Guerra. En la casa de Amadeo y Sonia les decomisaron 2.42 kilogramos de cocaína, valorados por la Policía en 71,000 dólares. A Figueroa lo acusaron de tener tres años de dedicarse al comercio de drogas, y fue condenado a 12 años de prisión el 28 de octubre de 2009.

Jueces regionales, concejales, alcaldes y pandilleros, todos forman parte de esta red compleja según los informes y los informantes consultados. Y, como eslabón último de la cadena, las hormigas necesarias para hacer de este paso de la cocaína por El Caminito una ruta efectiva: algunos policías de la subdelegación de Metapán.

La corrupción, como bien lo saben los altos cargos policiales con los que hablamos, es una regla asumida entre los agentes de esta zona. Se refieren a esa corrupción baja, normalizada, la misma que tiene un policía que acepta mordida para dejar ir a un infractor de tránsito.

—A la mayoría, los contrabandistas que llevan ganado o mercancía sin declarar les dan 10 o 20 dólares porque los dejen pasar o no los revisen, eso así funciona –nos dijo en una de las conversaciones El Comisionado.

Esos son la mayoría, la base con la que opera la minoría, los que sí trabajan orgánicamente con el Cártel de Texis. Estos otros policías de la ciudad, identificados con nombre y apellido por los tres informes y los tres informantes, son señalados como encargados de librar de retenes el paso de los grandes cargamentos, e incluso de transportar ellos mismos la cocaína hacia los puntos de intercambio con los guatemaltecos.

Es de noche en Metapán, y salimos de un bar cuando pasa frente a nosotros, con lentitud, un pick up Nissan Frontier negro. Los hombres que van dentro nos observan con detenimiento y luego aceleran la marcha. Todo parecería normal si los hombres en ese carro sin identificación no fueran policías. Todo parecería normal si antes no hubiéramos conversado con nuestro informante que salió de la subdelegación.

Gracias a una serie de coincidencias, un policía radicado por ahora en otra zona del país, que prestó servicio recientemente en Metapán, comentó ante un reportero de este medio algo relativo a Chepe Diablo. Nadie había preguntado nada al policía sobre el tema. El colega, conocedor de nuestra investigación, se acercó a él, hablaron largamente, y él aceptó recibirnos con la condición de que no reveláramos su nombre ni su ubicación.

Una tarde calurosa, hace unos días, nos sentamos con el policía que, ante nuestra sorpresa, nos recitó los nombres de sus compañeros que aparecen mencionados en los informes que este agente nunca leyó. El policía se explayó en detalles.

—Mire, esto está bien organizado en Metapán, que es de lo que le puedo hablar, pero también uno de policía se entera de dónde viene esto. Desde arriba. Venía desde los comisionados de la zona, que generaban el encubrimiento del tráfico de armas, droga y ganado. Ahí estaba la comisionada Corina Palma, que permitía todo esto.

Empezó fuerte. Según este agente, todos los policías que han trabajado en Occidente saben cómo se mueven los hilos de la zona. En febrero del año pasado hubo muchos movimientos dentro de las jefaturas de occidente, uno de esos fue el de la comisionada Zoila Corina Palma, de 54 años, que ahora desempeña un cargo administrativo, cerca de papeles y lejos del terreno. Desde el 17 de febrero de 2010 es jefa de la Secretaría General de la PNC. Antes fungió como jefa regional de occidente. A ella no solo la menciona el policía que trabajó bajo sus órdenes, sino también un anexo a los informes policiales que asegura que despejaba rutas, recibía “grandes sumas de dinero” y proporciona información a la estructura de El Burro.

Muchas voces dentro de la institución aseguran que este es el mecanismo con el que la PNC se defiende de sus altos cargos sospechosos de corrupción. A falta de una Inspectoría fuerte y vinculante, por falta de voluntades políticas, optan por remover a las manzanas podridas de donde más daño causan. Esa, según nos informaron altos cargos policiales, fue la estrategia que utilizaron con la comisionada Palma y el subinspector José Alfonso Mata Portillo, el que es acusado por sus compañeros de haber ayudado a Medio Millón a escapar del cerco policial que le tendieron en Nueva Concepción. En la jefatura policial parece haber una filosofía clara: si no puedes deshacerte de los que sospechas, mantenlos cerca, para saber qué hacen.

—¿Quién es el encargado de la logística del traslado de la cocaína en la subdelegación de Metapán? —preguntamos a nuestro informante.

Sin dudar, mencionó un nombre que aparece en el Informe Secreto.

—El cabo Cástulo Enrique Morán Jiménez. Ese tipo se ha quedado encargado de estar apoyando la red en Texistepeque, Metapán, San Antonio Masahuat y Santa Rosa Guachipilín.

Agregó a la lista de nombres el de la alcaldesa de San Antonio Pajonal, Silvia Echeverría, en calidad de “aliada”.

—La red así opera, hay gente grande arriba que no más sepan de esta publicación nada les cuesta dar una orden.

Cada conversación con un informante agrega nombres a la lista. La red es grande, compleja, enraizada en el occidente del país. En este texto solo se han mencionado los nombres de quienes al menos dos fuentes de información que no pudieron haberse coordinado mencionaron. En el caso de la alcaldesa del partido Arena en el fronterizo San Antonio Pajonal, El Detective había mencionado su nombre antes de que conversáramos con el policía. Una alcaldesa de un pueblito fronterizo no transporta cocaína, necesariamente. Su función, nos dijo el policía, se reduce a saber y dejar hacer, a extender permisos de entrada y salida de mercancías al país, a facilitar bodegas y dar información. Otros, como el cabo Cástulo, son señalados en el Informe Secreto como operadores directos en el traslado de la droga.

A la pregunta de quiénes son los hombres de confianza de Chepe Diablo y dónde operan, el Informe Secreto respondió. “Se tiene conocimiento de algunos colaboradores, como Bernardo Antonio Cruz Baños y Cástulo Enrique Morán Jiménez, de la subdelegación de Metapán, colaboradores del alcalde”.

Ninguno de los jefes policiales con los que conversamos negó que estos agentes participaran en la red. Por el contrario, uno de ellos validó la información.

—Ahí operan los narcotraficantes en la zona del Valle de Los Quijada, San Jerónimo… Y no crean que la pasan los señores traficantes en sus vehículos de último modelo. ¡La pasa la Policía! Si hubiera una investigación sabrían que los alcaldes le han conseguido vehículos sin logo de la Policía a las diferentes subdelegaciones. La de Metapán y el puesto de San Jerónimo tienen vehículos sin logo, son pick ups Frontier negros y polarizados. Cambian droga por ganado, traen ganado de Guatemala a veces y van a entregar la droga en esos carros.

Según este policía, los pick ups regalados por la municipalidad, como el que vimos pasar frente a nosotros, sin logo alguno, son perfectos para operar. Sirven para no ser tan identificables como miembros de la institución. Continuó explicando que algunos policías, coordinados por Baños y Morán, ubican retenes vehiculares en las vías que vienen de puntos ciegos de la frontera con Guatemala, como El Valle de los Quijada o San Jerónimo. Lo hacen cuando sus compañeros van a entregar la droga del Cártel de Texis a los guatemaltecos, que muchas veces les pagan con “dos o tres camionadas de ganado”. Los retenes son ubicados para garantizar que nadie se interponga en el camino de la droga que va y el pago en reses que vuelve. Y, claro, como dijo nuestro informante, para “hacer la paja de que vigilan”. Todos los señalados como líderes del Cártel de Texis son asiduos a jaripeos y ranchos ganaderos. Roberto “El Burro” Herrera incluso fue presidente de la Feria Ganadera de Santa Ana.

—Si un agente llega a decomisar una camionada de esos animales, inmediatamente le buscan la baja, el traslado o le buscan otro problema para que no vuelva a intervenir –explicó el policía.
—¿Y cómo reclutan a la gente?—No es que anden ofreciendo trabajo, sino que es una estrategia política, si quien supervisa te lleva a eso, a que recibas mejor unos 10 o 20 dólares por cada camión que dejes pasar sin las cartas de venta o la guía, porque él sí recibe un buen dinero por mantener así la dinámica. Imagínese que el cabo Cástulo es el supervisor de retenes. Él mismo va a hacer entregas a los puntos ciegos, a entregarla a los chapines.
—¿Y quién les entrega la droga a los policías de Metapán?
—La vienen a dejar en vehículos chatarreros, de los que llevan chatarra, pick ups o camioncitos, y ahí la meten en los Frontier, que son todoterreno, y que sí se pueden meter en los puntos ciegos. Ahí pasan granos, droga, armas y ganado, y lo digo porque yo lo he visto, porque yo he estado ahí.
—¿Y cómo le pagan a estos policías como el cabo Cástulo Morán?
—Les compran casas en otro lugar. Por ejemplo a este cabo Cástulo le han comprado una casa en Chalchuapa, ubicada al norte de la pirámide El Tazumal, y una finquita en la zona de La Magdalena, rumbo a El Coco, así es como esta gente le paga a los que andan de lleno. A los que no saben, les basta con los 10, 15 dólares que les dan los de los camiones.

El sistema de pago a los funcionarios que se prestan como piezas del engranaje del Cártel de Texis es algo que nos confirmaron El Detective y El Comisionado. Esta manera de retribuir a los amigos es también una de las más difíciles de comprobar, ya que rara vez las propiedades se inscriben a nombre del propio cómplice. Se suele utilizar algún pariente.

Fin del viaje

Venimos del núcleo urbano de Metapán. Estamos en otra calle de polvo parecida a la de San Fernando, pero en terreno llano, sin montañas. Nos adentramos en los puntos ciegos que rodean la ciudad. El investigador de la División Especializada de Crimen Organizado que regañó al soldado de San Fernando ve para todos lados. El Detective saca su pistola. Por cada cambio de velocidad, la cacha de su arma recibe una caricia de la palanca. Saben que hay ojos que vigilan estas terracerías, y están nerviosos.

—Aquí agáchense, estamos en terreno peligroso —bromea el investigador, para distender el ambiente.
—Cerca de aquí fue que le dispararon al alcalde de Metapán —agrega, esta vez serio, El Detective.

Estamos pasando por Ostúa, un diminuto caserío que recibe a sus visitantes con una pared que sirve de letrero para quien quiere marcar dominio de la zona. “MS13”, dice la mancha que firma El Demonio. Cada letra es del tamaño de una persona. La pared pertenece a lo que parece la tienda más grande del caserío.

El Sargento con el que hablamos en Santa Rosa Guachipilín nos había hablado de que aquí vive Óscar, El Coyote, uno de los miembros de la red que opera en territorio de Chepe Diablo. Nos mencionó ese nombre para explicarnos cómo la gente que anda en esto gana buen dinero.

—Vean la casa que tiene –nos dijo-, tiene piscina y un bar solo para él.

Es la única referencia que tenemos de este caserío repartido a la orilla de un polvoriento camino por el que transitamos sin meternos en los callejones de tierra a buscar la mansión de Óscar, El Coyote. En el mapa de la droga, Ostúa aparece como uno de esos puntitos por los que hay que pasar antes de llegar a Guatemala sin necesidad de toparse con Migración y Aduanas. En un mapa oficial de El Salvador no aparece como paso fronterizo.

Está oscureciendo, y el camino por el que vamos recibe a otro carro. Va despacio, a la velocidad de una patrulla policial que hace una ronda de vigilancia.

El investigador anota el número de placas del único carro que apareció en el camino que conecta Ostúa con San Jerónimo, otro punto ciego utilizado por el Cártel de Texis. El investigador está atareado pidiendo a la central policial las referencias de la matrícula. Es la primera vez que ocupa su radio en el recorrido que ha durado ocho horas. Dice que los tres hombres que van en ese viejo automóvil son sospechosos.

—Creo que son pandilleros —nos dice, mientras alista una subametralladora que apareció en sus manos instantáneamente.

Estamos a media hora de llegar al punto ciego de San Jerónimo, el último de los puntos clave de El Caminito, donde el Cártel de Texis pasa la estafeta a los narcos de Guatemala, a los del departamento de Jutiapa. El carro con los tres hombres acelera repentinamente, nos deja atrás y sigue con rumbo a San Jerónimo. El Detective no quiere seguirlos, olfatea peligro.

—Vámonos, aquí no es bueno andar de noche —ordena.

Parte V: Epílogo

Domingo 15 de mayo de 2011. A las 7:40 de la noche realizamos la primera llamada. Marcamos el número celular de José Adán Salazar. Envía directamente al buzón de voz, pero no permite dejar mensajes. Marcamos al Hotel Capital, donde tiene su oficina, pero nos contestan que llegará hasta este lunes por la mañana. Desde entonces, marcamos a todos los teléfonos que obtuvimos de los principales mencionados en los informes. Fue imposible comunicarse con el alcalde de Metapán y con otros de los señalados en los documentos y por las otras fuentes. Dos comisionados, un ex director de la Policía y un diputado atendieron sus teléfonos. Todos aseguraron no saber nada de lo que les mencionamos. Dijeron no temerle a una investigación sobre su participación como colaboradores del Cártel de Texis. Estas fueron parte de sus respuestas.

Comisionado Víctor Manuel Rodríguez Peraza, jefe de la Delegación de Santa Ana: “De verdad desconozco de qué me está hablando, porque nunca he conversado con el señor Herrera. Es más, ni siquiera lo conozco. Lo ubico porque sé que estuvo de presidente de la Feria Ganadera, pero en ningún momento he entablado con él una relación de amistad. Jamás he conversado con él en ninguna reunión”, respondió, cuando se le relató el contenido de la investigación. Cuando se le mencionó que eran varios los informes que lo ubicaban como alguien que coopera con El Burro, volvió a negar, y agregó estar dispuesto a ser investigado: “Le repito, no tengo ninguna relación con el señor Herrera, me someto a cualquier tipo de investigación que en cualquier momento quisiera nuestra titular de la Policía ejercer (en clara referencia a Zaira Navas, la inspectora general de la PNC). Nunca he conversado con él. En caso saliera esa información me someto a cualquier tipo de investigación”.

Se le especificó que un informe de inteligencia policial lo ubicaba en un restaurante reunido con El Burro, en referencia a la información de que el 14 de julio de 2010 fue visto en el Lover’s Steak House de Santa Ana junto a la subinspectora Nataly Pérez Rodríguez y la ex gobernadora de Santa Ana, Patricia Costa de Rodríguez, conversando con El Burro sobre la necesidad de sacar de la zona al jefe regional de occidente, el comisionado Mauricio Antonio Arriaza Chicas. Rodríguez Peraza contestó: “Jamás he estado en un restaurante con el señor Herrera que usted menciona”.

Reynaldo Cardoza, diputado del Partido de Conciliación Nacional (PCN) por Chalatenango: su primera reacción al mencionarle que aparecía en los informes y en las declaraciones de los informantes como aliado del Cártel de Texis fue de sorpresa: “¡Qué raro ese volado! Al alcalde de Metapán claro que lo conozco, pero nomás porque es alcalde del partido, pero que yo sepa que anda relacionado en alguna cosa de esas, ni idea. Déjeme decirle que las investigaciones que las hagan, que las hagan correctamente, porque es bien feo que lo estén involucrando en estas cosas, no sé si será tema político y están siguiendo la corriente de lo que está pasando actualmente en el partido, o qué será el interés de sacar esta publicación. ¿Y lleva nombres y apellidos y todo?”, preguntó.

Luego se le mencionó que según la lógica de la información, un diputado como él era importante para el cártel por el nivel de información e influencias que maneja. Volvió a negar: “Por eso, pero donde usted me está diciendo acceso a los altos círculos de información, eso me implica de que como si yo estuviera dando información a estas redes… No entiendo cuál es el involucramiento, tienen que tener alguna evidencia clara para que a mí me estén… y me involucren y me saquen en una publicación de este tipo. De lo contrario, de lo contrario… Si a mí me investigaron por tráfico ilegal de personas, me detuvieron, y el tema se llevó en tribunales, de otra cosa ni sé, ni estoy involucrado dando información a ninguna persona, mucho menos en vínculo con tráfico de drogas y de ganado, me parece sorprendente”.

Aseguró tener algún conocimiento de José Adán Salazar. “¿Es el dueño del FAS?”, preguntó. José Adán Salazar fue propietario del Metapán, equipo de la primera división del fútbol salvadoreño.

Acerca de Roberto “El Burro” Herrera, dijo no conocerlo de nada, y justificó: “Yo, antes de la política, tuve un caballo de escuela, un caballito humilde, yo visité la feria (ganadera) de Santa Ana, yo era amigo de Horacio Ríos (ex diputado del desaparecido Partido de Acción Nacional), de muchos amigos que han andado en eventos de estos de jaripeo, pero que esté en alguna reunión privada con alguna gente de esas es totalmente imposible. Que haya llegado y le haya dado la mano a alguien eso es común de un político”.

Finalmente, hizo un llamado y volvió a negar enfáticamente su vinculación con actividades delictivas: “Para eso están los entes de investigación, que las hagan (las investigaciones), que no me quieran vincular por casos políticos, porque no sé… No se acepta, o que se quiera que por la imagen y el trabajo que he hecho en el departamento quieran comenzar a vincularme con otra cosa, pueda ser diferente. De lo contrario, estoy totalmente dispuesto a que hagan las investigaciones y las sigan haciendo… uno cuando no anda metido en ni mierda nada tiene que temer”.

Comisionado Fritz Gerard Dennery Martínez, jefe de la División Antinarcóticos de la Policía: Los informes de inteligencia policial dicen que el actual jefe de la División Antinarcóticos de la Policía se reunió con Roberto “El Burro” Herrera y otras personas en la Hacienda El Rosario, ubicada sobre la calle que de Metapán conduce hacia Texistepeque. “No me he reunido con ellos”, fue su primera respuesta. Y luego cuestionó: “Si es información de inteligencia, sus fuentes deben ser responsables ante esa información, que saquen pruebas si es que las tienen y que dejen de estar queriendo dañar imágenes de personas que somos trabajadoras. No me causa ninguna importancia esa información”.

A la pregunta de si conoce o guarda amistad con Roberto Herrera respondió: “Yo no soy de Texistepeque, soy de Santa Ana y a quien conozco de vista porque es de Santa Ana es al señor Herrera, verdad, ya de ahí que digan sus fuentes, que saquen la información, algo que a mí no me quita el sueño porque no he tenido ningún tipo de reunión. Lo conozco (a Herrera Hernández) como de seguro lo conoce mucha gente en el departamento de Santa Ana”.

Al jefe de la DAN se le intentó preguntar cuál ha sido el seguimiento o las diligencias de investigación que se han realizado contra José Adán Salazar Umaña, señalado por la inteligencia policial desde el año 2000. “Debería ser en persona su entrevista, ¿cómo sé que es de El Faro la persona que habla? No le voy a seguir contestando porque no sé si es usted o no es. Pida una entrevista y con gusto se la conceda en mi oficina”.

José Luis Tobar Prieto, director de la PNC de septiembre de 2008 a junio de 2009: La Policía lo señala en dos de sus informes como alguien que coordinó operaciones con “El Burro” Herrera, pero el ex director asegura que no conoce ni por el nombre ni por el apodo a la persona que le mencionamos. La conversación fue corta:

“Informes policiales lo vinculan a usted particularmente a Roberto Hernández, alias el Burro, un señor investigado como parte de estructura criminal que opera en el occidente del país”, le dijimos. “Primero que nada”, respondió”, “no conozco a ese señor que está mencionando. Segundo, que tienen que ser muy cuidadosos en el sentido de vincular a una persona, particularmente a mí, con una persona que no conozco”.

“¿No le suena nada el nombre de Roberto Antonio Hernández, El Burro, o José Adán Salazar?”, insistimos. “Por eso les digo”, siguió, “ustedes tienen que ser cuidadosos. Primero, no conozco a la persona, ni por el nombre ni por el apodo que me está dando; y, segundo, porque puedo tomar mis acciones legales”, contestó.

“Podía haberle ocurrido a Juan Pérez, a Luis González o a Claudio Rodríguez. A cualquiera, menos a mí. ¿Por qué, Dios todopoderoso, por qué? Si yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá. No es porque don Justo Pastor Cruz Coronado se haya puesto de acuerdo con doña Gregoria García Ortega para engendrarme y regalarme el bonito Víctor Manuel al que tanto me acostumbré. ‘Víctor Manuel’, me llamaban y yo respondía: ‘¿cómo está usted paisano?’, ‘¿cómo le va señora?’, ‘¿qué me dice el patojito?’, ‘¿qué tal la cosa compadre?’. Oír mi nombre ha sido cosa tan común en mi vida como respirar. Y eso que he logrado identificar muchas cosas cuando me dicen mi nombre. Mi mujer me dice ‘Víc–tor Manuel’, casi deletreado, y yo sé que está enojada aunque no le vea la cara. Me recuerda cuando en la escuela la profesora decía mi nombre completo, al revés, para darme la regañada: ‘Cruz García Víctor Manuel’, y ya sabía yo que la tarea no había sido correcta. Mis hijos me dicen ‘papá Víctor, papá Víctor’, y entonces sé que tienen problemas, porque no es el mismo ‘papi Víctor’ mimoso y cantadito que oigo cuando quieren más de la mesada semanal. Mis amigos me dicen ‘Víctor, vamos por una cerveza’, y sé que no ocurre nada, pero ya cuando me dicen ‘Víctor Manuel’, a secas, sé que hay problemas. He logrado comprender muchas cosas de la vida por medio de mi nombre, de la forma en que me lo dicen y cuándo me lo dicen, pero en aquellos días oía mi nombre y apenas lo reconocía, sólo veía los rostros secos y las bocas que lo mencionaban mal y yo trataba de descifrar en esas caras adustas si el Víctor Manuel que citaban eran un Víctor Manuel condenado a prisión o un Víctor Manuel regresado a la libertad”.

Estados Unidos ha sido su principal proveedor y Centroamérica su mercado. Allá hay abundancia de repuestos, no piden muchos papeles y, por supuesto, los carros usados son más baratos que en El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Así que decidió ir allá a traer las piezas y los carros viejos, armarlos en Guatemala y darles venta en toda la región.

Aunque parezca irónico, le empezó a ir mal en la vida cuando le comenzó a ir bien en el negocio. Primero, sus pocos amigos mecánicos que al inicio casi le ayudaban de gratis, empezaron a cobrarle más cuando vieron que el negocio ya daba sus frutos. Luego, cuando el taller creció, llegaron los del ayuntamiento a exigirle tributo, y después empezaron a llegarle rateros, pedigüeños y demás lacras que le hicieron la vida de cuadritos con aquello de que “si le traigo un carro robado, cuánto me da” o “si usted quiere que yo le brinde protección tiene que pagar un impuestito” o el clásico “oiga, amigo, ¿tiene un trabajo para mí?”. Y, con el trabajo, crecían también las necesidades de ordenarlo, porque había que llevar los libros de contabilidad y demás papeles al día.

Por ahí apareció la mala suerte cuando un mal día de 1999 contrató a un Judas llamado Carlos Aguilar Álvarez, Carlitos, quien años más tarde habría de venderlo con todo y documentos de identidad.

***

La desgracia de Víctor Manuel Cruz García inició en julio de 2004, cuando se enteró de que su ex trabajador había llegado a la alcaldía La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, para indagar en el Registro Civil de las Personas. Quería los datos personales del que fuera su patrón. “Oiga, compadre, hace pocos días vino Carlitos a ver sus datos en los libros”, le comentó con alarma William Vega, el secretario de los libros. Víctor Manuel iba ocasionalmente a las oficinas municipales a pedir oficios legales para la venta y compra de los vehículos usados.

“No le creo, ¿por qué querría Carlitos mis datos si hace ya rato que no trabaja conmigo?”, replicó asombrado Víctor Manuel, quien dos años atrás lo había despedido porque le causó desconfianza, ya que de pronto empezó a rodearse de amigos extraños que tenían mucho dinero y los rumores del pueblo decían que andaba en cosas gruesas. “Vaya usted a saber, don Víctor, usted está al tanto de que los libros son públicos”, le respondió Vega.

El asunto pronto pasó al olvido, hasta que en abril de 2006, unos días antes de que Víctor Manuel saliera de viaje a Costa Rica a ver una Ford Ranger que le llamaba la atención, se le apareció el mismísimo Carlitos. Ya para entonces era otra persona: se ufanaba de mucha plata, gastaba a manos llenas en bares caros y se rodeaba de putas jóvenes de la Zona Rosa. A veces se perdía por semanas, meses, y luego regresaba cada vez más rico y sospechoso. Cambiaba de autos modernos con frecuencia y sus celulares de última tecnología nunca dejaban de repicar, aun en horas inverosímiles, como las seis de la mañana de un domingo cualquiera, como aquel primer domingo de abril cuando se presentó en el taller de su otrora patrón para preguntarle muy cordial, muy amigo, si seguía metido en el negocio de la compra y venta de autos de segunda. “Claro, de eso vivo”, le respondió Víctor Manuel, y Carlitos, siempre sonriendo, le ofreció otro trabajo: “Quiero que vaya a Panamá a traer una camionada de cosas para Guatemala, y aquí le pagamos mucho pisto. Yo le doy el boleto de ida y allá lo veo”.

A Víctor Manuel no le gustó la oferta y además no confiaba en un tipo al que había despedido porque le extraviaba las facturas, le perdía los documentos de pago y hurgaba entre sus papeles personales. Por eso, en aquel momento, pensó rápido: “¿Qué haría yo con un boleto sólo de ida a Panamá? ¿Y si estando allá no llega este carajo? ¿Qué camionada de cosas será?”. Sin dudarlo dijo que no, pero cometió el peor error de su vida: a modo de excusa, le contó sus verdaderos planes.

Víctor Manuel le confesó a Carlitos que ya tenía prevista una visita a Costa Rica el 8 de abril, que llegaría a Nicaragua el 7 y que no podía ir a Panamá porque el 10 debía estar de regreso en Guatemala para vender una Nissan Frontier. Carlos se le quedó viendo y le preguntó si le hacía un favor: “¿Podrías llevar a Nicaragua a un hermano mío? Él va a traer el camión de Panamá, ya que tú no puedes. Cuando estés en Managua yo te llamo”. Para salir de él, le dijo que no había problema, que con gusto le haría ese favor.

A los pocos días se le apareció un muchacho diciendo que ya estaba listo para viajar a Nicaragua. Al comerciante le dio mala espina viajar solo con un enviado de su sospechoso ex trabajador. Pensaba: “¿Por qué no le dio el boleto a Panamá a su hermano? ¿Y este hermano de Carlos de dónde salió si yo conozco a su familia en La Gomera y a este patojo nunca lo había visto?”. En medio de las dudas y antes de salir de la frontera guatemalteca, Víctor Manuel llamó a José Chavarría Mijangos y a Carlos Ponciano, unos amigos guatemaltecos que trabajaban en El Salvador, para pedirles que lo acompañaran a Costa Rica a traer el vehículo. No le dijo nada a su silencioso acólito y, tras confirmar la compañía de sus cuates salvadoreños, partió hacia Nicaragua el 7 de abril de 2006 a las cuatro de la mañana.

Durante el viaje, Víctor Manuel logró sacarle algunas cosas a su acompañante: decía llamarse Julio, aseguraba ser guatemalteco pero hablaba con un tono distinto al de sus compatriotas chapines y se veía muy nervioso en los retenes migratorios. Antes de llegar a San Salvador, Julio le preguntó a Víctor Manuel si iba armado. Víctor le dijo que no, y luego el hombre le pidió que lo dejara en un lugar de la carretera conocido como Lourdes, entrada a Acajutla. Dizque iba a visitar a unos amigos y que después llegaría por su propia cuenta a Managua.

Antes de bajar, se le quedó viendo a Víctor con condescendencia y le dijo serenamente: “Usted que es negociante debería caminar armado. La plata en la bolsa del hombre es el peor enemigo que existe, don Víctor Manuel”. Al guatemalteco le dio escalofrío aquel consejo y, en cuanto dejó al enviado de Carlitos, llamó a sus amigos para verlos en San Salvador. Así se hizo acompañar de Carlos Ponciano y José Chavarría, con quienes se fue al día siguiente a Managua, en la camioneta Nissan Frontier que ya había ofrecido en venta en Guatemala.

La tarde del viernes 7 de abril, mientras los tres guatemaltecos cenaban en un restaurante a orillas de la carretera a Estelí, un departamento al norte de Nicaragua y cercano al puesto fronterizo con Honduras, el celular de Víctor Manuel sonó y en su pantalla apareció un código de llamada restringida. Vaya sorpresa: era nada más y nada menos que Carlitos, diciéndole que necesitaba hablar urgentemente con él, esa misma noche, que si se podían ver en el mall de Metrocentro, en Managua.

“Claro que sí, pero decime qué pasa, vos”, lo interrogó Víctor, a lo que Carlitos le respondió relajado: “Víctor Manuel, nada pasa compadre, le tengo un negocio bonito en Managua que le va a interesar”.

Otra vez el escalofrío: sus amigos lo llamaban “Víctor” cuando la cosa era asunto de cuates, pero ya cuando decían “Víctor Manuel” era porque algo no andaba bien. Se armó de valor para enfrentar lo malo que podría haber tras aquel “Víctor Manuel”, y quedó de verse con Carlitos a las nueve de la noche en el sitio acordado.

Tomó un taxi y llegó puntual a la cita. No quiso manejar porque venía agotado de conducir toda la madrugada, así que dejó la Nissan estacionada en el patio del hotel de paso Ahualcas, sobre la Carretera Norte de Managua. Buscó a Carlos y no lo encontró, así que se entretuvo viendo los vehículos nuevos que se exhibían en una sala de la planta baja del centro comercial, que a esa hora ya estaba casi vacío. Mientras veía al interior de una pick up, sintió que alguien le ponía un cañón en las costillas: “Si te movés, te mato, Víctor Manuel”, le dijo una voz desconocida, y cuando el guatemalteco quiso ver el rostro del bromista, porque pensó que era una jugarreta, recibió un golpe en el estómago que lo tiró al piso. De nuevo el escalofrío recorrió su espina dorsal al identificar que el “Víctor Manuel” con que lo habían amenazado no lo había escuchado en toda su vida, ni en sus peores problemas. Tirado en el suelo, vio que cinco hombres vestidos de uniforme policial oscuro, armados y con pasamontañas lo estaban rodeando y poniéndole las esposas, mientras le decían que no hablara, que agachara la cabeza. Luego sólo sintió que lo empujaban contra el piso de un vehículo que arrancó raudo hacia la peor pesadilla de su vida.

***

Cuando se vio vestido de overol naranja, entrando atado de manos y pies a aquella celda pequeña y silenciosa, empujado por guardias que hablaban en inglés, Víctor Manuel se sintió derrotado como nunca antes en sus 46 años de existencia. En menos de 72 horas su vida era otra. Un torbellino de voces, caras y eventos sin sentido lo habían metido en una vorágine de locura, y apenas en ese momento, ya sentado sin cadenas ni esposas en la cama de la celda 30, podía discernir que su vida se le había escapado de las manos. Había caído en poder de la gente extraña que lo detuvo, lo golpeó, lo acusó, lo montó en un avión, lo llevó a Estados Unidos y lo metió en una cárcel. Todo por llamarse Víctor Manuel Cruz García.

A las pocas horas de estar ahí, ya extrañamente lleno de sosiego, repasó los turbulentos episodios de su recién pasado viaje, tratando de explicarse en qué había fallado. El 7 de abril le había dado un aventón al amigo de Carlitos, Julio, luego recogió a sus amigos Carlos Ponciano y José Chavarría, llegó a Nicaragua y recibió la llamada en Estelí, se fue a ver a Carlitos al Metrocentro. Ahí lo capturaron los oficiales antinarcóticos de Nicaragua para llevarlo a la Dirección de Auxilio Judicial, donde le quitaron la ropa y le pusieron un traje azul. Luego lo metieron en una celda y le dijeron que lo habían detenido por tráfico de drogas y que la justicia internacional lo buscaba.

Recuerda que al amanecer del sábado 8 de abril fue montado en un vehículo particular de vidrios oscuros y llevado a una oficina en un hangar del Aeropuerto Internacional de Managua, donde oficiales antinarcóticos con pasamontañas lo enfrentaron a unos hombres con apariencia de gringos, de gafas y trajes oscuros, que hablaban spanglish. Los tipos únicamente se identificaron como agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA). Los vio firmar unos papeles y luego un oficial de la Policía lo entregó a los cheles, quienes le ataron pies y manos con cadenas. Se vio subir las escalinatas de un avión que estaba con los motores encendidos en la pista del aeropuerto y lo único que exclamó, antes de ver la ciudad desaparecer velozmente bajo sus pies, fue: “Dios mío, voy a Guantánamo”.

Más tarde se vio bajando del avión y subiéndose a una patrulla policial que lo llevó esposado a una enorme prisión donde dos guardias lo esperaban en una oficina. Le dieron una ropa color naranja talla extragrande, le dijeron cosas en inglés, le hicieron firmar unos papeles que él no pudo rubricar porque estaba aterrado y luego se vio caminando por unos pasillos bien limpios con celdas a cada lado, arriba y abajo, voces en inglés y guardias que lo llevaban jalado de las cadenas que no le quitaron hasta que entraron en una celda fría, al final de un largo pasillo metálico, separado del edificio principal por una enorme puerta de acero con acceso de llaves electrónicas.

***

Su captura no fue un asunto de mucha claridad legal. A Víctor Manuel lo atraparon y entregaron a la DEA en un procedimiento lleno de irregularidades y violaciones a sus derechos, según denunció en su momento el periódico El Nuevo Diario de Nicaragua. El rotativo investigó que la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), agencia legal de la Policía Nacional de Nicaragua, capturó el 7 de abril a los guatemaltecos Víctor Cruz García, José Chavarría Mijangos y Carlos Ponciano. A estos dos los puso en libertad al día siguiente, pero Cruz García no fue remitido a los tribunales, como manda la ley, sino que desapareció junto con su Nissan Frontier. La esposa del guatemalteco, Zoila Batres Valenzuela, llegó a Managua a investigar la suerte de su esposo y supo, por medio de los dos amigos, que Víctor Manuel había sido detenido por la Policía. La versión policial fue lacónica: nunca había sido capturado nadie con ese nombre, nunca lo habían visto.

La insistencia de los periodistas y la presión judicial llevaron a la policía a reconocer que había sido trasladado a Estados Unidos en un avión de la DEA, por estar vinculado al crimen organizado y a una red de narcotraficantes a la que supuestamente pertenecía el colombiano Luis Ángel González Largo. Este último había sido capturado cuando transportaba escondido en su camioneta un botín de más de un millón de dólares (que en el conteo oficial quedó reducido a 609 mil dólares), bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia. González Largo estuvo varios meses detenido en Managua y fue entregado a la DEA en abril de 2006, en medio de un escándalo de corrupción, cuando se descubrió que la plata custodiada había desaparecido de las cuentas del Tribunal Judicial sin que a la fecha se sepa dónde fue a parar.

Posterior a la entrega del colombiano, los comisionados mayores de la policía, Clarence Silva, entonces jefe Antidrogas, y Alonso Sevilla, vocero de la institución, dijeron que habían deportado a Cruz García por estar ilegal en Nicaragua; que la DEA lo había arrestado en la zona internacional del Aeropuerto de Managua por estar vinculado a un cartel colombiano; que usaba identidad guatemalteca falsa pero en realidad era colombiano y estaba ligado al tráfico de armas, drogas e indocumentados.

Según el reporte de Inteligencia, su alias era El Flaco, de 46 años de edad, complexión delgada, pelo lacio negro, ojillos negros y tez morena, de andar pausado y modales tímidos. Que tenía su sede de operaciones en La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, y que se identificaba con cédula falsa A–120997.

“¿Cuál caso criminal? ¿Qué asunto de drogas? ¿Cuál colombiano? Yo soy Víctor Manuel Cruz González, de oficio comerciante y originario de La Gomera, Escuintla, hijo de Justo Pastor Cruz Coronado y Gregoria García Ortega y padre de tres hijos…”. Y justo en este punto se echó a llorar como lloran los que han guardado durante muchos días las penas de duelos y martirios: agarrándose la cabeza entre las manos, posando las manos abiertas sobre los ojos para después desplomarse hacia delante entre golpes de convulsión en el pecho. No pudo seguir hablando y lo único que hizo el abogado de oficio, David W. Bos, fue darle una palmadita en el hombro y decirle por medio de un traductor: “Tranquilo hombre, la cárcel no lo matará”.

Víctor Manuel se le quedó viendo incrédulo y del llanto triste pasó al grito de rabia: “¿Cómo que esté tranquilo? Estoy aquí metido en una hija de puta celda de alta seguridad, rodeado de condenados a cadena perpetua, señalado de ser un narcotraficante colombiano de mierda y enfrentando un juicio por jodidas drogas que nunca he visto ¿y aún así quiere que esté tranquilo? ¡Cualquiera me puede matar! ¿Entiende eso?”. Su defensor se le quedó viendo compasivo, se despidió y le prometió regresar a la mañana siguiente. Él se quedó solo, frente al cubículo donde había hablado con su abogado, y fue regresado por los custodios a su celda, donde se quedaría pensando sobre su vida.

Apenas se acostumbraba a su nueva situación de reo, pero al menos ya tenía cuatro personas con quienes hablar español: el traductor de su abogado de oficio, la religiosa española que hacía oficios de asistencia humanitaria en la penitenciaría, un guardia boliviano y un ilustrado reo colombiano que hablaba con fruición de Simón Bolivar.

Con el que menos gozaba hablar era con su traductor, de quien ni siquiera quiso aprenderse el nombre. Daniel Quispe, el guardia de origen boliviano, lo entretenía con sus revelaciones: “¿Ves aquel negro que viene allá?, anda feliz porque hoy el juez le rebajó una cadena perpetua, ya sólo le quedan dos”. La madre María, una monja de la Orden de las Carmelitas, era quien le daba fortaleza por medio de la palabra de Dios y se encargaba de buscarle contacto con su familia en Guatemala.

Pero su sustento ideológico fue su amigo colombiano, quien le abrió el camino a un mundo que el vendecarros de Guatemala no conocía: la literatura. Le dio a leer biografías de Simón Bolívar, Alejandro Magno, Nelson Mandela, novelas como Guerra y paz, Crimen y castigo, obras de García Márquez y otras cosas que la memoria de Víctor Manuel no retuvo en aquellos días de barrotes.

Y si la vida en la celda 30 del primer nivel había sido muy aburrida, el cambio a la celda 6 del segundo nivel le sentó bien. Se hizo amigo del vecino de la celda 2, el colombiano ilustrado que, mientras pasaban las horas libres en la cancha de básquetbol, le preguntaba si había oído hablar de la guerra de Colombia. Pero Víctor Manuel no sabía que su nuevo amigo era todo un personaje. Un día, mientras conversaba con el guardia boliviano, se enteró de que quien le metía la idea de reclamar por sus derechos era el famoso cerebro financiero de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ricardo Juvenal Ovidio Palmera, mejor conocido por el seudónimo de Simón Trinidad. Del recuerdo de aquella inesperada amistad, el guatemalteco guarda una carta manuscrita donde Trinidad le expresa sus mejores deseos: “Te has sabido comportar con dignidad, fortaleza y valor. Para expresarlo con tus palabras: Dios te ha puesto a prueba y con creces has superado todos los obstáculos, has ganado más en tu fe y eres mejor cristiano. Ya te faltan menos días, tómalo con calma y acepta la realidad de la lenta burocracia gringa que así como fue ágil para cometer contigo una inmensa injusticia, es lenta para resarcir su gravísimo y grande error”.

Cuando Víctor le exigió a su despreocupado abogado que le explicara qué pasaba con su caso, la verdad se le estrelló en la cara con tanta fuerza que cree que en su vida no ha sentido calor más grande de rabia en el rostro como el de esa bofetada de confesión.

David W. Bos le dijo que estaba recluido en el Departamento Correccional del Distrito de Columbia, Washington, bajo acusación de conspiración, transformación y distribución de más de cinco kilogramos de cocaína en Estados Unidos. Le dijo sin prisa y con tranquilidad que su caso estaba archivado en el expediente criminal número 05–451, que su acusador era el Estado mismo, Estados Unidos, y que había sido detenido por una orden federal de arresto dictada por el magistrado judicial John M. Facciola, de la Corte del Distrito de Columbia. Mascando goma, Bos le dijo, además, que su caso estaba ligado a la captura de Luis Ángel González Largo y de René Oswald Cobart, ambos presos también en Estados Unidos por narcotráfico.

Víctor Manuel no podía creer que lo vincularan a Cobart, un conocido millonario en Guatemala del que se hacían oscuros comentarios sobre el origen de su fortuna y al que se le achacaban propiedades y riquezas que él, simple vendedor de carros, nunca había imaginado.

Sin dejar de mascar goma, Bos le explicó que la conspiración contra él, Víctor Manuel, había comenzado en 2004, cuando un agente encubierto de la DEA había participado en Las Vegas, Nevada, en una reunión con Cobart y un presunto narco colombiano conocido como El Flaco, residente en Guatemala y con documentos que lo identificaban como Víctor Manuel Cruz García, de oficio comerciante y originario de Escuintla. Allí pactaron la compra de 400 kilos de coca que serían entregados en Panamá para ser llevados a Estados Unidos. Desde esa fecha se abrió el caso en Estados Unidos y Cobart fue detenido en suelo estadounidense por la DEA.

A El Flaco, el otro Víctor Manuel, lo empezaron a buscar en Centroamérica y a González Largo le siguieron la pista porque supuestamente sería el encargado de pagar la droga. Víctor enfrentaba ahora una acusación que de ser comprobada lo mandaría entre 30 y 50 años a prisión.

Víctor Manuel se presentó a audiencia inicial en la Corte el Distrito el 10 de abril, el 14 del mismo mes, el 5 de junio y el 19 de julio, cuando por fin pudo conocer a González Largo y Cobart. Ambos, en un momento en que los dejaron solos durante un receso, le preguntaron si él era en realidad El Flaco. Víctor les dijo que no. Luego le comentaron que atestiguarían con la verdad y no lo implicarían en lo que no estaba metido.

Pese a que en las audiencias y en las conversaciones con los abogados siempre tuvo un intérprete a su lado, Víctor Manuel asegura que no recuerda los argumentos legales que se usaron a su favor para librarlo de las acusaciones, pero sí la infinidad de chequeos médicos e inspecciones que le realizaron en el rostro, en busca de cicatrices y huellas de cirugías faciales. “Me revisaron hasta la lengua y el pelo”, cuenta el guatemalteco.

Un día su abogado de oficio le explicó que alguien que había conocido a El Flaco en Nevada, aseguró ante los investigadores que Víctor Manuel no era el narco que había visto en Las Vegas. El 19 de julio su abogado lo visitó en la cárcel y le dijo: “Tú no eres”. Y él, hastiado de decir que era Víctor Manuel, pero no el que se había hecho pasar por él para meter drogas a Estados Unidos, le respondió con dureza: “Yo sé que no soy ése”. Su abogado le explicó: “El tipo que andan buscando es más bajo que tú, tiene cicatrices aquí, es más blanco y yo estoy seguro que tú no eres, así que podrás salir de aquí el 8 de septiembre”.

Sin embargo, el 18 de septiembre nuevamente llegó Bos mascando goma para plantearle una propuesta: “Si te declaras culpable, el fiscal asegura que sólo te clavan un par de meses aquí y luego te marchas, pero si no, podrías quedarte toda la vida”. La propuesta lo desmoralizó y sólo tuvo aliento para una respuesta: “No me importa, si Dios me quiere tener aquí toda la vida, toda la vida voy a estar, pero no aceptaré algo que no hice”. El otro levantó los hombros y, sin dejar de mascar, se fue. Regresó al día siguiente para decirle que la Fiscalía retiraría los cargos. “Nunca había visto un caso como el suyo, vaya que tiene mucha suerte”, le dijo sonriendo antes de despedirse del preso 309982 de la Correccional del Distrito de Columbia.

Oficialmente, a Víctor Manuel le notificaron que estaba fuera del juicio el 26 de septiembre, pero la carta firmada por el secretario de la Corte, Royce C. Lambert, le llegó a su celda el 24 de octubre y salió de ahí hasta el 6 de noviembre, aunque fue entregado a Migración y retenido en prisión un mes más en Hampton Roads Regional Jail, Virginia y Lousiana.

Finalmente llegó deportado a Guatemala a las once de la mañana del 8 de diciembre, ocho meses después de haber salido a Nicaragua. Al bajar del avión, le entregaron los documentos que le habían requisado en Managua, incluyendo su pasaporte, con las respectivas visas de México y Estados Unidos, su cédula y algunos dólares que portaba en la cartera. Compró una tarjeta de telefonía y llamó a casa. Antes que le respondieran, pasaron unos segundos que le parecieron siglos y finalmente oyó una voz al otro lado de la línea que preguntaba: “¿Bueno, quién habla?”. Era su esposa y él no sabía qué decir, hasta que por fin dijo algo: “Ya regresé”. Y escuchó cómo del otro lado le decían la palabra que tanto añoró oír en la cárcel: “¡Víctor!”.

***

Víctor Manuel Cruz García regresó a Managua el pasado mayo. Fue con su esposa a varias misiones: a recuperar la Nissan que le retuvieron cuando lo apresaron, a aclarar su situación migratoria con Nicaragua, a pedir ayuda de su embajada para obtener una disculpa oficial de las autoridades policiales de Nicaragua y a denunciar su caso ante el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos. Cuando se marchó, en junio pasado, sólo había logrado dos cosas: recuperar la camioneta que durante su ausencia se le había asignado a un jefe policial y denunciar su caso ante los derechos humanos, donde lloró incansablemente.

“Yo sólo quería una disculpa”, dijo antes de partir a su país y considerar una demanda contra Estados Unidos y Nicaragua. La Policía Nacional nicaragüense, hasta el momento de la partida de Víctor Manuel, no se daba oficialmente por enterada de la solicitud de disculpas y la embajada de Estados Unidos en Managua no respondió a la petición de una explicación sobre el caso del guatemalteco.

A Carlos Aguilar Álvarez nunca más lo volvió a ver. Al regresar a Guatemala tras su detención, fue a visitar a la familia y le dijeron que no sabían nada de él, que posiblemente estaba en Estados Unidos o muerto.

Antes de que regresara a Guatemala le pregunté a Víctor Manuel: “¿No se va cambiar el nombre?”. Muy sereno respondió: “No, mi nombre no me lo cambio, así me pusieron mis papás y así me llaman mis hijos, no me dejaré de llamar como me llamo. ¿Sabe usted algo? Yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá”.

El benjamín

Publicado: 15 septiembre 2010 en Sandra Botero
Etiquetas:, , ,

A mi primo Carlos los juguetes que le regalaban en Navidad no le sobrevivían 24 horas. Su mamá cuenta que desde cuando estaba en su barriga se movía y pateaba con más fuerza que sus tres hermanos mayores, todos de carácter sereno.

Carlos nació en una familia bogotana de clase media el viernes 13 de mayo de 1966. Como el menor de los hijos, el benjamín, pudo haber sido el consentido de sus papás; pero en cambio se convirtió en la oveja negra de la casa: el autor de las más temerarias travesuras de niño y la personificación de la vergüenza familiar de adulto. A diferencia de sus hermanos, un físico, una matemática y una licenciada en idiomas, Carlos no se hizo profesional en nada excepto en el robo: desde la billetera de su papá hasta carros, almacenes y bancos, todo para financiar su enredada vida y el consumo de diversas drogas. Fumadas, inhaladas, tomadas.

–Nunca me inyecté, porque yo sabía que de ese viaje no me salvaba. Por eso y por mi hijo creo que hoy estoy vivo. Desbaratado, pero vivo.

Lo dice mirando su pierna izquierda, sin movimiento desde la cadera hasta los dedos de los pies; el vestigio más notorio de su supervivencia a décadas de drogas y alcohol, a dos puñaladas en el pecho, a un intento de suicidio en el que se arrojó del cuarto piso de un colegio, a huidas en medio de balaceras, a torturas con descargas eléctricas, a una tentativa de ahorcamiento –estas dos mientras estaba en la cárcel– y al golpe final, que le dejó inmóvil la pierna: un tiro que le entró en medio de las cejas y se alojó en su cerebro, disparado por la última de sus víctimas luego de que le rapara el teléfono celular una tarde en la Avenida Caracas con calle 64, en Bogotá.

–Era un señor calvo, panzón. Qué me iba a imaginar yo que andaba armado.

La bala expansiva le dejó incrustadas cuatro esquirlas en el hemisferio derecho. Los médicos del hospital Simón Bolívar, adonde lo llevó una ambulancia que casualmente pasaba por la Caracas, se las extirparon todas menos una que se le enterró profundamente. Se despertó a los cinco días. Después de la esquirlectomía, cubierta por el servicio médico estatal, y de una cirugía reconstructiva que le pagó su hermana la matemática en una clínica privada, tardó seis meses en poderse parar de la silla de ruedas en la que vivió en casa de su última mujer, Lola, a quien conoció en la cárcel un día de visitas. Pero Lola no lo quiso más porque ya no podía hacer mandados, como les llamaba a los atracos.

–Ni le podía responder igual como hombre. Al final ya no me quería ayudar ni siquiera a entrar al baño, y me dejaba quemar –lloriquea Carlos.

Desde entonces hasta hoy, cojea. Usa su pierna izquierda, rígida, apenas para apoyarse, ayudado de su bastón. Poca cosa para alguien que ha recibido un disparo en la cabeza.

***

Pero de lo primero que Carlos necesitó salvarse fue de los castigos de su papá, mi tío Anastasio. O “Anasfacho”, como le dice Carlos. Palizas, encierros y largas sesiones de cuclillas. Una de las reprimendas memorables para mi primo se la dio a los 11 años cuando descubrió que le había asaltado la billetera.

–Mi papá siempre cargaba buena plata; yo le sacaba poquitos y luego fui descarándome, hasta que me pescó.

Esa noche, después de estar amarrado a una viga y de recibir varios golpes de Anasfacho con un serrucho, Carlos tuvo que dormir con Ney, el perro de la casa, en el patio de atrás.

Muchas de las zurras venían tras las acusaciones de nuestra abuela, quien vivió en la casa de mis primos hasta su muerte. Ella crió sola a sus hijos y les dio su apellido. Además de carencias tuvo que aguantar los señalamientos por ser madre soltera, sañudos en la época.

Yo la recuerdo cariñosa, y también lo fue con mis otros primos.

–Pero con Carlos nunca pudo –comenta la mamá, quien supone que a la abuela no le caía en gracia que el niño fuera oscurito y sus hermanos de piel clara–. Todos los días tenía una queja de “ese negro polizón”. Y yo, para que el papá no llegara en la noche a darle, mandaba a Carlos a la calle a jugar en el día; para que así no hubiera quejas.

–Sí, yo le hacía muchas diabluras a mi abuela –dice Carlos–. Le escondía los cigarrillos, las gafas. Ella se quejaba de que no veía, pero si yo estaba en el parque al frente de la casa, ahí sí veía todo lo que hacía y me aventaba. Yo creo que me le parecía a mi papá. Él también fue niño problema, y como mi abuela no tenía marido era una generala. Ella era de las que decía, con su cigarrillo y su acento paisa, que “a los niños hay que consentirlos pero dormidos”.

”A mi papá le tocó otra época, y fue y es aún hoy tomatrago. Tuvo la suerte de tener un buen trabajo y plata. Pero donde hubiera vivido mi vida, estoy seguro de que hubiera sido drogo también.

”Yo soy muy parecido a él. Atravesados. Uno de los primeros recuerdos que tengo de niño es que a veces cuando mi papá llegaba borracho en las noches, no golpeaba a la puerta sino que hacía un par de tiros al aire. Mi mamá se levantaba y corría a abrirle. Se creía cowboy el hombre. A mí la vida me ha calmado. Y a él, el cáncer de próstata que le dio; porque ni los años le bajaban el voltaje”.

Las calles del barrio Mariano Ospina Pérez, de Bogotá, empezaban en los años setenta a convertirse en expendios de marihuana. Justo al frente de la casa del tío Anastasio había un parque que se volvió una olla de venta de drogas. Allí, Carlos a los diez años probó por primera vez la marihuana que le regaló un compañero del colegio: Camilo Cardona, el Caca, que hoy está muerto; al igual que la mayoría de sus amigos de la niñez y adolescencia.

–Yo era chiquito y era curioso y era casposo. Veía que fumaban y me provocaba. Le insistí tanto al Caca, lo jodí tanto, que un día en medio de su traba me la dio a probar.

En la familia siempre estuvo presente el alcohol. Por eso no fue raro que el primer trago de aguardiente de la vida de Carlos se lo diera un pariente beodo, cuando él estaba en segundo año de primaria, durante una típica reunión después de una misa de novenario. Lo insólito fue que al pariente nadie lo reprochó por ello, pero Anasfacho sí castigó a Carlos a la mañana siguiente porque no se despertaba para ir a estudiar, por el guayabo.

–Me levantó a palo y me obligó a irme así.

Carlos pasó por varios colegios antes de terminar el bachillerato.

–Me iba bien académicamente, pero no me volvían a recibir por mal comportamiento. Y en cada parte nueva encontraba siempre compañeros colinos.

Una de esas instituciones fue el Camilo Torres, donde conoció compañeros de diferentes estratos. Y amigas, pues antes sólo había estudiado en colegios masculinos.

–Siempre he sido entrador, hago amigos donde voy. En el Camilo me fue muy bien con las viejas. Antes sólo había tenido experiencia con una prostituta que me pagó mi papá, en Honda, Tolima. Un día me dijo que nos íbamos los dos solos a un paseo. Se me hizo muy raro, y resultó ser para eso. Pero ya luego yo hice mis propias amigas, muchas, y eso que vivía con la cara raspada porque me caía por las trabas; pero aun así tenía éxito. Y en ambientes de trago y drogas, ellas lo daban fácil.

”Me gustaba el rock, Led Zeppelin, Black Sabbath. La gente me recordaba por mi manera de ser y por marihuanero. Aproveché eso para hacer negocio y empecé a vender la yerba. Me iba muy bien”.

Carlos conoció una nueva droga, después de la marihuana: las pepas, que conseguía en el barrio La Perseverancia, cercano al colegio, junto con su amigo Hernando Robayo. Les decían mándrax o rorrer; o jumbos, porque ponían a volar.

–Hernando venía de un hogar disfuncional también. El papá vivía en otra ciudad y la mamá trabajaba todo el día. Todas las mañanas nos trabábamos en su casa mientras hacíamos las tareas. Y por la tarde a veces capábamos clase y nos íbamos a comer rueditas, o sea pastillas, que estallábamos con marihuana. Se sentía muy rico, era una traba muy especial.

”Para poder comprarlas nos volvimos retacadores en la calle. Hernando se metía un Alka-Seltzer en la boca y yo le decía a la gente que era epiléptico y tenía un ataque, y les pedía plata para llevarlo al médico. Todo el mundo nos daba porque éramos unos chinitos de 14 años.

”A Hernando lo atropelló un carro a los 16, un 25 de diciembre que iba trabado a visitar a la novia. Y se murió”.

Mi primo me cuenta sus vivencias como picardías de niño, con una expresión que no refleja ni su edad ni la crudeza de las historias que narra.

***

El timbre de la voz de Carlos es grave. Comenzó a estudiar locución y medios audiovisuales pero sólo hizo dos semestres, porque las horas que dedicaba cada día a conseguir droga, a drogarse y luego a salir de la traba, no le dejaban tiempo para llevar una vida con continuidad en nada. Cada día era distinto y a esa diversidad también se volvió adicto. Así y todo, tuvo una novia muchos años.

–A los 17 me ennovié con mi vecina Callita. Le mostraba una doble cara. Para ella yo era sano y además era su héroe porque un tipo le cogió el rabo un día que iba sola por la calle, y yo paré al hombre. Era un malandro, nadie se metía con él, le tenían miedo. Le decían El Desbaratado, porque en ese entonces ya estaba más maltrecho que yo ahora.

”Le busqué pelea una noche en un sector de tiendas del barrio al que todavía hoy le dicen Tintofrío, que huele a orines a una cuadra de distancia. Yo sentí que me dio un puño en el pecho, cuando de pronto me toqué y estaba sangrando; me había apuñalado”.

Carlos suspende su narración y me mira con ojos alegres:

–¿Sabes que ésa fue una de las pocas veces que sentí a mi papá conmigo, apoyándome? Él llegaba de un paseo con unos amigos en ese momento, y un vecino le contó lo que estaba pasando en Tintofrío.

”Mi papá le dio un cachazo en la cabeza al Desbaratado. Entonces se le soltó un tiró de la pistola, que le rozó la cabeza al tipo; casi lo mata. Le dejó un quemón arriba del tabique.

”Luego me llevó a la clínica San Pedro Claver. El médico le dijo que si la puñalada hubiera sido un centímetro más arriba me hubiera perforado el corazón. Anasfacho se puso a llorar. Y yo también lloraba, pero por él. Yo no puedo odiar a mi papá, así sólo lo viera reírse en Navidad y Año Nuevo, o cuando ganaba Millonarios”.

–¿Cómo le ocultabas a tu novia que consumías droga; los ojos rojos, el olor, el mareo?

–Yo usaba siempre gotas y loción. Además ella era muy inocente. O más bien remilgada. Las visitas que le hacía tenían que ser supervisadas por su abuela. Si un beso duraba más de unos segundos, la señora ladraba.

”Pero yo quería más sensaciones. Entonces empecé a frecuentar prostíbulos y conocí el bazuco, que es lo peor. Es tremendamente adictivo. Mi necesidad de consumir, y de plata para comprar, era cada vez más grande.

”Vendiendo droga conocí a militantes del M-19, de los Comandos Urbanos Especiales, CUES, y empecé a ir a sus reuniones. Me volví su amigo, aunque eran mayores que yo. Ellos estudiaban en la Universidad Nacional. Vivían por temporadas en diferentes casas del sector, en calidad de compartimentados, decían ellos; o sea, que intercambiaban casas.

”Tocábamos guitarra, cantábamos canciones revolucionarias y fumábamos baretos comunales. Empecé a ir a la Nacho y a participar en las manifestaciones y pedreas. Para mí lo máximo era la Universidad Nacional, pero todo era por el vicio. Marihuana y bazuco. Me estaba metiendo en un chicharrón muy delicado y no me daba cuenta”.

Carlos se volvió grafitero. Un día escribió: “Juventud Revolucionaria Nacionalista: un nuevo frente combatiente, con la Coordinadora Nacional Guerrillera” en la pared recién pintada de la iglesia del barrio. Callita, que no fallaba un domingo a misa, creyó reconocer la letra de su novio, de trazos tan particulares; los mismos con los que le escribía tarjetas y esquelas cada mes que cumplían de estar juntos.

–Yo le negaba todo, y le calmaba las dudas con regalos. Muchos regalos.

Pero el bazuco ya estaba dejando huellas en Carlos, en su carácter que se tornaba violento y en su boca que empezaba a perder dientes.

–Como no me daba hambre, me volví un flaco eterno. En la casa también empezaron a darse cuenta, y mi relación con mi papá se puso peor. No nos hablábamos.

Una tarde, luego de salir de una reunión con los del M-19 en el barrio Las Malvinas, fundado en una colina del suroccidente de Bogotá por este grupo guerrillero y donde en varias casas se izaba su bandera, Carlos fue obligado a subir a un Renault 4 blanco. En el camino hacia el sector de Paloquemao, uno de los hombres en el carro le dijo que estaba fichado por guerrillero y por expendedor de droga, y que si no quería irse a la cárcel tendría que “colaborar”.

–Me ofrecieron plata para ser sapo, y así empezó la caída de mi vida.

Llegaron al Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Lo subieron al piso nueve y allí recibió instrucciones. Su trabajo consistía en delatar, y el pago se lo daban al final de cada mes, sin nombre, con un código y firmando con su huella. Era más dinero del que nunca antes le robó a su papá o reunió vendiendo marihuana.

Se volvió aficionado a la ropa de marca y empezó a consumir licor.

–Bebía todos los días con un coronel al que le decíamos Carlos Primero porque todo el tiempo estaba tomando de ese brandy. Al menos dejé el bazuco un tiempo, hice un upgrade.

De la mano del alcohol, vino la cocaína.

–Era muy fácil conseguirla. Yo delataba ollas, íbamos, la incautábamos y nos la metíamos. Igual pasaba con dólares chimbos que quitábamos en imprentas de la ciudad, y luego los cambiábamos a pesos. Y con tarjetas de crédito falsas; se decomisaban y después las usábamos. Al final hacíamos lo que se conocía en el das como control, o sea oficializar la confiscación. Algunas incautaciones se informaban, otras no. Yo iba aprendiendo cómo era la movida.

”Ellos sabían cómo tenernos comiendo de su mano, por nuestra adicción. Me volví de los consentidos del DAS. Me tocó decir en la casa lo que estaba haciendo y por qué tenía plata; si no, hubieran pensado que seguía chalequeando a mi papá. Y no me pusieron problema”.

Pero mientras la situación en su casa se apaciguaba, Carlos hacía cada día más enemigos.

–Andar delatando no era rico. Yo perdí mucho criterio, y lo peor es que me quedé sin amigos. Me calenté con media Bogotá y vivía paranoico todo el tiempo.

Aun así, se sentía poderoso por la protección del DAS, el dinero y la alteración mental con que permanecía. Y andaba armado.

–La gente lo sabía, nadie se metía conmigo. Pero no faltó una noche que me tocó volármele corriendo a un guerrillo que me hizo disparos. Me metí a un solar de una casa y no pude salir hasta el otro día.

En 1992, la dirección del DAS cambió y el trabajo a Carlos se le acabó. Se había acostumbrado a la plata fácil y a los lujos, estaba adicto al alcohol y a más drogas y le ayudaba a pagar la carrera universitaria a su novia, que seguía sin hacer mayores preguntas.

Con el último pago que le dieron en el DAS, compró una moto. Pensó en ser mensajero pero un salario mínimo ya no satisfacía sus gustos y necesidades, y un trabajo con horario no conjugaba con su ritmo de vida. Se le acabó el dinero. En su crisis, aumentó su consumo de drogas y ya no le importó que su novia lo descubriera. Además, ella se enteró de que él visitaba prostíbulos y también lo culpó de haber inducido a su hermano pequeño a fumar marihuana; lo cual, según Carlos, no fue cierto. La relación terminó después de siete años.

–Estaba deprimido, desubicado y muy vicioso. Con la moto terminé dando el siguiente paso en mi camino de bandido, pues empezaron los atracos. Al taller de mecánica donde la llevaba llegaban motos robadas, y me fui relacionando con los atracadores. Empecé robando radios extraíbles de carros.

”Por esos días conocí a la mamá de mi hijo. Yo tenía 27 años y ella 15. Quedó embarazada y yo me puse feliz. Me lo confirmó un día de Navidad. Me fui a vivir con ella a su casa. Pasé de robar radios de carros a robar carros, que guardaba y desguazaba”.

Cristian nació un 16 de agosto, y para Carlos toda la fuerza y emprendimiento por su hijo se traducían en hacer robos cada vez mayores.

Al tiempo, la relación con su mujer se iba deteriorando.

–Ella era una niña de su mamá y la mamá se nos metía en todo. Hasta dormía con ella, y yo solo. Así que me convertí en un proveedor y no más, pero vivía feliz junto a mi niño y quería darle todo lo que los hijos de mis hermanos tenían.

”Unos amigos me invitaron a ser parte de una banda de atracadores de bancos, en la modalidad conocida como flete: una persona adentro miraba y con señas nos mostraba quién salía con fajos gordos de billetes. Yo daba moto, o sea que esperaba afuera, y los sacaba de escena”.

Nadie oponía resistencia y los atracos se hacían sin sangre, hasta que un día la víctima resultó ser un conocido de Carlos.

–No me mate, Carlos. Por favor, Carlos.

–Que no me nombre más, hermano, cállese.

–Apáguelo ya, Charlie, que es él o nosotros –mandó el jefe de la banda–. ¡Apáguelo, ya!

Y lo apagó. Fue con una Smith & Wesson 38, que había conseguido en la zona El Cartucho, de Bogotá, tan fácil como pan en panadería.

–Esa noche me emborraché. No pude dormir por varios días. El hombre era casado, tenía hijos. Pero sabía todo de mí. Con seguridad nos íbamos a la cárcel.

La noticia apareció en el periódico de crónica roja El Espacio.

–Recuerdo que eso para la banda no fue malo, nos sentíamos famosos, ya estábamos cogiendo cartel. Después del primer muerto uno cambia su manera de pensar. Otra vez empecé a fumar bazuco. Me volví un sangre fría.

”Pero no quise seguir dándole gatillo a nadie y me retiré. Entonces conocí a una banda de cuello blanco del Banco Central Hipotecario, que robaba desde adentro, y empecé a trabajar con ellos.

”Mi labor consistía en abrir cuentas de ahorro con cédulas falsas, y ellos me pasaban los picos de plata que la gente deja en las cuentas que no permiten que el saldo quede en ceros. Nadie se daba cuenta. En cada golpe recogíamos unos 30 millones; había que repartirlos con todos los involucrados. Yo era el que menos recibía, el último de la cadena, y me llegaban dos millones. Hasta que el banco se la pescó y se acabó ese negocio.

”Me compré una moto Yamaha, cero kilómetros, pero la perdí en seguida. La alquilaba para tumbes y me la tumbaron, porque yo andaba llevado por el vicio y ni me daba cuenta de nada.

”Mi mujer me dejó por un amigo. Mi familia ya no me recibía en la casa. Mi mamá a veces me daba comida y me lavaba la ropa a escondidas. Me volví un drogo de dormir en las calles. Pero querer ver a mi hijo siempre me sacaba del viaje.”

”Un día mi ex no me dejó entrar a visitarlo. Me puse muy mal. Me subí al cuarto piso de un colegio cerca de la casa de mis papás, al lado del parque, y me tiré. Sólo me partí el brazo y me tumbé más dientes de los que ya se me habían caído. Pero eso los conmovió y me dieron la mano”.

***

En un centro de rehabilitación cristiano, en Viotá, Cundinamarca, adonde sus hermanos lo llevaron y le pagaron un tratamiento de desintoxicación, la voluntad de cambio de Carlos duró poco.

–Aguanté casi un año limpio, pero nunca dejé de anhelar la traba. Fue importante ver que había otro camino, pedirle perdón a Dios, sentir que sí había misericordia para mí. Pero era muy difícil vivir aislado de todo, de mi hijo, de la televisión, del vicio. No nos podíamos ni pajear porque era pecado.

”Finalmente salí, con todo el deseo de rehacer mi hogar, y me encontré con que mi ex ya estaba viviendo con otro man y a Cristian lo criaba mi ex suegra.

”Empecé a manejar un taxi de un conocido de mi familia. La cuota diaria que debía entregarle no me dejaba casi nada para mí, entonces me rebusqué con unos amigos y terminé prestando el carro para hacer un atraco a una discoteca. Y nos boleteamos; cogieron las placas del carro. Decidí desbaratarlo, venderlo por partes y decir que me habían asaltado.

”Obviamente mi familia no me creyó y quedamos otra vez de pelea. De nuevo me fui a la calle, a meter, a putear y a robar. Y en un atraco en el año 2000 a un almacén de cocinas me cogieron, y fui a parar a la Cárcel Modelo”.

***

“En la Modelo empecé a pasar las duras y las maduras en el Patio 4, para delincuencia común. Me eché encima un enamorado, envidioso por un trabajo como ordenanza que le gané. Me dijo “todo bien”, y en la cárcel “todo bien” significa “todo mal”. Me apuñaló y me perforó el pulmón. Me operaron en un hospital del sur. Uno siente en el aire que lo están atendiendo por cumplir. Me dejaron una cremallera inmunda en el pecho. Me dolía respirar, me dolía moverme. Y eso que yo soy aguantador. Me tuvieron que poner morfina.

”Luego me reconocieron unos tipos de una imprenta que yo había echado al agua en mi época de sapo, y esta vez me echaron al agua fue a mí pero de verdad: en un recoveco de un pasillo, donde bajan las cañerías, me metieron desnudo en una caneca con agua hasta la cintura, y con un cable con las dos puntas peladas empezaron a hacerme descargas eléctricas.

”Yo sentía escalofrío, debilidad total, estaba hipotérmico. Ya después de dos días estaba en las últimas, cuando empezó a gritar todo el mundo que a encambucharse porque había una gresca de paramilitares.

”Fue lo peor que me tocó allá, pero por eso me salvé. Fue el 26 de abril del 2000: los paras querían tomarse el Patio 4 para quedarse con sus negocios: el derecho a celda, a seguridad, la droga, las mujeres, la plancha –o sea la cama– de más abajo, pues vienen de a tres, como camarotes de cemento, con espacios de más o menos 90 centímetros de ancho por 70 de alto, y la de abajo es la más valorizada para la visita conyugal. Todo vale plata en la cárcel. Un bombillo. Un jabón. Todo cuesta allá.

”Se armó un Beirut en esa cárcel… hasta granadas hubo. Y muchísimos muertos, nunca he visto tanto muerto junto. Yo estaba en la caneca ahí botado cuando pasaron los paras haciendo la corbata, que es ahorcar con un nylon. Me les desmayé y pen saron que estaba muerto. Ya en la madrugada del otro día me desperté en el carro de la basura, en el pasillo que lleva a la morgue de la cana, desnudo, untado de sangre, en la mitad de una pila de cadáveres.

”Caminé como pude hasta el puesto de sanidad, que quedaba en el pasillo central, y allá me refugié porque los paras seguían matando. Luego supe que entraron la Defensoría del Pueblo y la Cruz Roja a negociar; sólo hasta por la noche se vinieron a calmar las cosas.

”Después de ese incidente pude pasar al corredor del Patio 5, al que le decían La Isla, donde estaba la gente que se declaraba en peligro y que no tenía protección. Sólo pulgas y chinches. El bazuco fue mi salvación en todos esos trances”.

–¿Cómo te ayudaba el bazuco?

–No me ayudaba sino que el día se me iba en consumir, porque el bazuco te genera una adicción compulsiva y sólo quieres meter y meter y no piensas en nada más. Por eso en la cárcel a los ñeritos que ya no tenían ni dios ni ley, los mismos internos les daban de a diez papeletas de bazuco y un hacha, para que desaparecieran a los muertos que salían de los tropeles. Esas imágenes no se me borran de la cabeza. Ni los olores. Especialmente era duro el día lunes, después del domingo de visitas, que llegaba plata, pues era cuando se cobraban las deudas de la semana. Ahora he sabido que eso cambió, que ya no se permite que haya plata en la cárcel. Pero en ese entonces era una matazón cada semana.

–¿Vivías con miedo?

–Pues sí, pero como uno termina viviendo sólo para fumar bazuco, no se piensa en más, no se siente nada más. Hubo un día en que sí sentí miedo –Carlos se ríe–: hicieron una campaña de salud en la cana, y si querías te hacían el examen del sida. Afortunadamente salí negativo –suspira con gesto de alivio y se ríe más.

”Yo empecé a vivir verdaderamente tranquilo en la Modelo después de que no me dejé violar de un cacorro que se supone que era el cuchillero más bravo. Me gané el respeto. Pasé al Patio 1, y allá, un domingo de visitas, conocí a Lola, hermana del Tripas, condenado por homicidio y extorsión. Él era líder y yo me volví su cuñado y su protegido, hasta que salí libre y me fui a vivir con Lola.

”Apenas llegamos de la Modelo a la casa, ella me dio de regalo un revólver, como bienvenida a la libertad. ‘Para que empieces a trabajar, papi’, me dijo”.

***

Cuando fui a visitar a mi primo, luego de no verlo por años, al hospital Simón Bolívar, donde lo estaban atendiendo por el disparo en la cabeza, conocí a Lola. Una mujer de unos 40 años, con buena figura, menos de 1,50 metros de estatura, rubia, blanca, sin maquillaje, con un bluejean de marca ceñido y una chaqueta entallada azul oscura.

La imagen que percibí de ella cambió totalmente en cuanto me espetó tres palabras de saludo:

–¿Cómo le va? –me dijo, con una marcada entonación de bajo fondo bogotano. Sentí miedo.

Vi en Carlos, sedado en la cama, a otra persona diferente de mi primo. Tenía bigote, el pelo rapado y la cara muy huesuda. Lo vigilaba un policía apostado en la puerta.

Le susurré al oído:

–Ya no más, primo. Para ya. Si no te moriste es por algo. Para ya.

Le di un dinero a Lola, le pedí su teléfono y me despedí. Ella me aseguró que la plata sería para sumar al pago de un abogado que libraría de cargos a mi primo. Meses después supe que así fue.

Llamé por teléfono repetidas veces a Carlos y las diferentes personas que me contestaron nunca me lo comunicaron. Jamás volví a oír a Lola. Me desentendí. Quise por fin olvidarme de mi primo el drogo, como el resto de la familia.

***

Seis meses después, Carlos me llamó. Era su misma voz pero hablaba con la cadencia de Lola, tan intimidante para mí. Me avisaba que había estado en silla de ruedas por meses, deprimido, con ganas de matarse, con dolores de cabeza insoportables que sólo le mitigaba la marihuana y que había hecho terapia por su cuenta y ya podía caminar con un bastón, arrastrando su pierna izquierda.

Lola lo había cuidado un mes pero se había aburrido. Además trataba displicentemente a Cristian cuando lo llevaban a visitar a su papá, y eso los hizo romper. Sin mayor aviso un día Lola se fue a Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia para visitar a su hermana, cuya familia era delincuente allí; se dedicaban a robar ropa y accesorios finos en almacenes. De ahí su indumentaria.

En la casa se quedaron la hija adolescente de Lola y su esposo, al cuidado de Carlos; hasta que él se recuperó lo máximo posible y pudo marcharse. El olor de Lola le duró mucho tiempo en la piel, a pesar de tratar de zafárselo en la ducha cada mañana.

Pasó noches en casa de un amigo y de otro, pero todos le proponían delinquir.

–Porque en Colombia hay oportunidades para los guerrilleros que secuestran y los paramilitares que torturan, y se entregan, pero no para los delincuentes que se quieren redimir –comenta Carlos con resentimiento.

Llegó entonces al nuevo apartamento de sus papás, en el norte de Bogotá, y les dijo que él ya había corrido su última carrera, que robar y perderse en el vicio no era más una posibilidad. Anasfacho, en pleno tratamiento de un cáncer de próstata que finalmente fue efectivo, por primera vez en años dijo sí.

Los viejos lo recibieron en su finca de una población de clima cálido, donde Carlos vive hoy y comparte temporadas con ellos en medio de una relación de tolerancia.

–Me aburre que me controlen los horarios como si fuera un adolescente de 42 años, pero qué puedo hacer. A la final agradezco que mi papá me haya recibido. Yo sé que él nunca me quiso hacer mal, a pesar de sus métodos. Uno para un hijo sólo quiere lo mejor.

Carlos pasa hoy sus días confeccionando tirantas de brassieres para la fábrica de una señora amiga de la familia. Con delicadeza, le pone a cada una el herraje y las empaca por pares.

Es amigo de todos en los alrededores de la finca, los vecinos lo saludan con calidez. Allí recibe las visitas de Cristian, que ya es adolescente y quiere ponerse un piercing. Carlos lo abraza, lo besa hasta que el muchacho se fastidia; le repite y le vuelve a repetir que lo ama, y que lo tome como ejemplo de todo lo que no debe hacer en la vida. Le prometió que le dará la plata y lo acompañará a que le hagan el piercing, sólo si mejora sus próximas calificaciones del colegio.

–Me pagan 300 pesos por cada docena de tirantas, me hago 50 mil quincenales. Al menos para el transporte, visitar a mi hijo y comprarme un baretico de vez en cuando.

Tener la pierna izquierda inmóvil no ha impedido que Carlos tenga sueños. Entre otros, quiere conseguir un empleo de conductor.

–¿Y cómo manejarías el pedal de los cambios?

–Empujo la pierna con el cuerpo. Ya lo he hecho varias veces. El riesgo es que se me zafe el pie del pedal, pero podría asegurarlo con un pequeño acople. Quiero trabajar honradamente, poder darle a mi hijo lo que necesita. Yo aguanto lo que sea, tengo el cuero duro.

Lo dice mirando su pierna rígida, en la silla.

–Aguantaste un tiro en la cabeza. ¿Cómo es eso, sentiste dolor?

–No. Sentí un golpe seco en la frente, que me tiró al suelo, y luego como bajar y bajar en una montaña rusa. Empecé a tragar sangre y grumos. La luz del sol se volvió de un color naranja muy fuerte, me encandiló, yo veía negras en contraste las caras de la gente que me miraba ahí tirado. Alguien dijo “este muchacho se está muriendo”. Otro me preguntó mi nombre. Yo, que siempre usaba nombres falsos, como pude lo dije completo; y también el teléfono de mis papás. No quería que me echaran a una fosa común. Después oí una sirena y lo último que recuerdo es que me pusieron electrochoques en la ambulancia. Es verdad eso de que uno ve imágenes de la vida cuando se está muriendo. Yo veía a mi papá cuando me castigaba de niño, y a mi hijo cuando nació.

Carlos se queda callado un rato y sus ojos se encharcan mientras mira al suelo.

–No le pude comprar a Cristian el Play Station que quería para su cumpleaños, que era al día siguiente. Para eso estaba trabajando ese 15 de agosto del 2001, cuando me pegaron el tiro. Eso fue en lo primero que pensé cuando me desperté. Luego sí me di cuenta de que no me había muerto.

”Pero Cristian me ha dicho que el mejor regalo es tenerme a su lado. Y aquí estoy yo, vivo, por él.

Entonces se ríe:

–Es que, prima, le juro que yo me voy a morir de una gripa.