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Cuando el primer y único cosmonauta que tiene el Ecuador, Ronnie Nader, era muy pequeño, a finales de los años sesenta, los niños querían ser astronautas. Él lo supo desde el día que suspendieron su programa de televisión favorito, Luno The White Stallion, en el que un caballo alado cabalgaba por el espacio. “Me sentí vacío —recuerda Nader desde un sillón de su casa, la tarde de 2013 en que me recibe—, sin saber qué hago aquí”. Para él, fue una epifanía: un niño que sentía que no encajaba en el mundo quería irse al espacio. Entonces, apenas comenzada la primaria, dejó de hacer las cosas como las hacen los niños. Se volvió un chico obstinado y muy consciente de sus logros. A los trece años, comenzó a estudiar física nuclear con un libro que le regalaron por su cumpleaños: Fundamentos de Física Atómica, de José Leite Lopes. A los dieciséis ya había ganado dos veces concursos escolares de física a nivel nacional. Después del colegio, empezó a experimentar con rudimentarios sistemas de inteligencia artificial, una simulación por computadora del razonamiento humano. Cuando tenía veinticuatro años, creó la primera red computacional para unir todas las sucursales de uno de los bancos más grandes de Ecuador. Hoy Nader—cuarentón, piel dorada, inteligencia afilada, autoestima inquebrantable— utiliza un reloj que tiene dos alarmas programadas para no olvidarse de comer.

Todo lo que  hace bordea el borroso límite entre el perfeccionismo y la compulsión. Antes de que el gobierno de Ecuador restringiera portar armas, era aficionado al tiro. “Era un excelente tirador”, añade, «algo que me sirvió mucho durante mi entrenamiento de cosmonauta”. En el Centro Yuri Gagarin de Rusia —donde se graduó de cosmonauta—, Nader sorprendió a sus instructores por su resistencia en la prueba de centrífuga, una especie de juego de parque de diversiones en el que un brazo mecánico hace girar el cuerpo con violencia y a toda velocidad simulando el zangoloteo del despegue. De acuerdo con el reporte de un corresponsal ruso de la BBC, los científicos se preguntaban incrédulos “¿De dónde salió este tipo?”. El malayo Faiz Khaleed, uno de sus ex compañeros en el Centro Yuri Gagarin, recuerda la velocidad con que corrían las noticias sobre el ecuatoriano. “Todos sabíamos lo bien que le había ido a Nader”, dice como si volviese a sorprenderse de su colega que resistió ocho gravedades. Una gravedad es la unidad de medida para calcular la violencia con la que la Tierra nos obliga a poner los pies sobre ella. Se representa con una g minúscula. Los airbags de los carros saltan cuando detectan tres g. Los giros más drásticos de las montañas rusas llegan a cuatro g. Los pilotos de combate más experimentados han llegado a soportar hasta nueve g antes de perder la conciencia. El cadete espacial Nader, un civil con corpulencia más propia de un defensa de fútbol americano que de un astronauta, no tenía nada que envidiar a los aspirantes a cosmonautas que habían tenido entrenamiento militar. En otra prueba, Nader se sumergió en una piscina de doce metros de profundidad donde estaban, hundidas como dos galeones interestelares, las réplicas de dos módulos de la Estación Espacial Internacional. Para aprobar, Nader debía instalar una cámara remota en el Zvezda, uno de los módulos rusos de la estación, en menos de noventa minutos. Él lo hizo en cuarenta y uno. En los vídeos que documentaron el ejercicio, se lo ve calmado. Terminarlo en la mitad del tiempo demostraba su dominio del pesado Orlan—M, la escafandra presurizada que los cosmonautas visten para las caminatas espaciales.

El cosmonauta ecuatoriano no luce como los antiguos personajes de nuestra imaginación colectiva, forjados sobre el yunque de los cómics, la televisión y el cine a imagen y semejanza de los primeros voladores espaciales. Los cosmonautas modernos son más multicuturales: también vienen de Sudáfrica, Irán o Eslovaquia. Nader no es carismático y rubio como Yuri Gagarin, el primer ser humano en salir del planeta, cuya sonrisa  según un escritor soviético, “iluminó la oscuridad de la Guerra Fría”. Tampoco tiene el aire de feo encantador de Alan Shepard, el hombre que en el Apolo 14 introdujo a escondidas un palo de golf número seis para hacer dos tiros de golf en la Luna. Ronnie Nader es un hombre moreno, macizo, ancho. A primera vista, daría la impresión de no encajar en el molde del traje espacial, pero cabe bien en su Sokol. Las agencias espaciales rusa y estadounidense no tienen un estándar de peso para sus astronautas, pero sí de visión y estatura: hay que medir como mínimo un metro sesenta y ocho, y como máximo un metro noventa, y soportar la preparación física del entrenamiento para vuelo civil y militar. En la foto oficial que se tomaría después de la graduación, el cosmonauta ecuatoriano sostiene su casco sonriente. Lleva una fina barba de candado y una calvicie casi completa que acentúa la redondez de su rostro. Cuando el primer y único cosmonauta ecuatoriano habla, parece como si dictara un capítulo del libro de Historia que —está seguro— le corresponderá. En las películas espaciales, la indumentaria de los astronautas se queda en los armarios del centro de operaciones. Nader guarda su Sokol en el escaparate de una salita de su casa en las afueras de Guayaquil, donde también exhibe recortes de la prensa local. Tiene uno que grita en letras gigantes “Hazaña”, refiriéndose al día de su graduación; el diploma de la World Record Academy, que al igual que Guinness World Records, certificó que el segundo de los tres hijos de Nader es el ser humano más joven en volar en condiciones parecidas a gravedad cero; y la medalla al mérito que el Congreso del Ecuador, la Asamblea Nacional, le otorgó a la agencia espacial que Nader fundó. El resto de sus distinciones no las cuelga: “Para eso sirven las condecoraciones: para terminar en cajas”, asegura.

Ronnie Nader es un cosmonauta fumador: en su casa de Guayaquil, enciende otro de los siete Marlboro blancos que fumará durante la tarde de 2013 cuando conversamos, y recorre con la mirada su sala entre diplomas y trofeos. Vestido de camiseta y pantalón deportivo negro, el cosmonauta tiene un aire terrenal. Al conversar sobre los sacrificios que ha hecho en su carrera al espacio, oscila entre el orgullo y la modestia. En ese orden. Entre caladas de humo parece a ratos desinteresado por los reconocimientos y a ratos parece elevarse hasta alcanzar el altar de los héroes. Nader, mentón respingado, puños apretados: “Enviar un satélite al espacio —dice— te pone en ese momento en que todo el mundo deja de hacer lo que está haciendo, te mira y aplaude”. Nader, puños apretados, mentón respingado: “No me importa el país —añade—. Para mis hijos soy un héroe, porque me vieron trabajando, haciendo las cosas como varón”. El Sokol es el único trofeo en esa sala que algún día servirá para algo. Ya una vez dejó la casa de Ronnie Nader y aterrizó afuera de la sala de un cine: era la función de estreno de Europa Report, del cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero, un claustrofóbico thriller hollywoodense sobre un viaje a la luna de Júpiter. En aquella ocasión, a la salida de la película, decenas de personas hicieron cola para tomarse una foto con el traje exhibido detrás del vidrio. El primer cosmonauta ecuatoriano espera romperlo pronto, cuando suene la alarma que anuncie la hora de irse al espacio.

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Para ser cosmonauta, Ronnie Nader viajó a Rusia. Un cosmonauta es un viajero espacial entrenado en el Centro Yuri Gagarin en La Ciudad de las Estrellas, una base militar en las afueras de Moscú. Como todo en los países comunistas, durante décadas fue secreta. Como todo en los países comunistas que colapsan, el secreto se convirtió en un negocio lucrativo: una década después de la caída de la Unión Soviética, el multimillonario estadounidense Deniss Tito pagó veinte millones de dólares a Rosaviakosmos, la agencia rusa, por un viaje de ocho días al espacio en 2001. En el centro Yuri Gagarin, el ecuatoriano Nader estudió durante dieciséis meses repartidos en cuatro años hasta alcanzar el título de cosmonauta. Para los rusos, todo egresado de su entrenamiento era un cosmonauta. Para los estadounidenses, sus graduados de la misma carrera eran astronautas. Era una definición geopolítica. Durante la Guerra Fría esa diferencia semántica fue una declaración de principios, una denominación de origen. Revelaba en nombre de cuál de los dos imperios del siglo XX se iba a conquistar el cosmos. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se repartían el planeta, voltearon a mirar a las estrellas. El océano que circunda al mundo no tenía dueño. Desde donde comenzaba el espacio —a cien kilómetros de altura, según la Federación Internacional de Aeronáutica— todo podía ser conquistado. Los viajes espaciales no sólo ampliaron el campo de batalla: su tecnología llevaba las ventajas del avión a un extremo escalofriante y la destrucción ya era posible a control remoto. Los mismos cohetes que llevaban al espacio perros, monos y peregrinos de nombres inolvidables como Yuri, Neil o Buzz servirían para lanzar bombas nucleares.

Hoy viajar fuera del planeta ya no asegura a un país la dominación mundial, pero sigue siendo un acontecimiento excepcional. A más de trescientos veinte kilómetros de altura, cosmonautas y astronautas conviven en paz en la Estación Espacial Internacional. Allí, pocas cosas los diferencian, como el material con que purifican su agua —yodo los gringos, plata los ex soviéticos—, o las copas de vodka y cognac que los rusos sí tienen permiso de tomar. La champaña, sin embargo, está prohibida para todos. Pero se puede ser astronauta sin haber traspasado la atmósfera terrestre. Ronnie Nader no ha llegado a viajar fuera del planeta, pero es un hombre excepcional.

Un siglo atrás, volar debajo de la atmósfera también lo fue. Los primeros aviadores eran elevados a héroes, y sus viajes reseñados como hazañas. Recibían todos los honores de los hombres y todos los suspiros de las mujeres. Sus nombres se inscribían en placas, y sus vidas se resumían en los libros de historia. Décadas más tarde, volar en avión se fue volviendo una rutina mesocrática. Ya casi nadie se baja del avión ante una comitiva que lo recibe con flores y discursos. Nadie escribe triunfante en su perfil de Facebook: “Hoy viajaré por primera vez en avión”. Algún día, lo mismo pasará con los que se van al espacio. Dará lo mismo astro, cosmo o taikonauta —el equivalente chino—. Como explica George Zamka, ex piloto de los transbordadores Discovery y Endeavour de la NASA, se ha empezado a privatizar el monopolio estatal de la galaxia. Con el turismo espacial inaugurado en 1999, no está lejos el día en que la Estación Espacial Internacional sea el nuevo destino del verano patrocinado por Coca-Cola. En 2013, la nave de Virgin Galactics, la galáctica empresa fundada por el multimillonario inglés Richard Branson, despegó del puerto espacial América, en Nuevo México, subió a más de veintiún kilómetros, rompió la barrera del sonido y regresó a la tierra. La empresa de Branson ofrece vuelos espaciales para quien pueda pagarlos —doscientos cincuenta mil dólares por asiento— y ya tiene más de quinientas reservaciones para volar en la SpaceShipTwo. Esa nave se accidentó en un vuelo de prueba en 2014, pero Branson ha dicho que está más resuelto que nunca a que el paseo orbital sea una realidad.

Nader, quien costeó su entrenamiento de cosmonauta en Rusia con sus ahorros de ingeniero de software, no tenía vocación de turista espacial. Le parecía poca cosa: “Yo quería toda una aventura nacional”. No le bastaba con poner su nombre en órbita. Quería viajar en nombre de toda la patria. Convertirse en el hombre que inauguraba la era espacial en un país conocido como el mayor exportador de banano del mundo. Pero las empresas cósmicas nacionalistas son cosa del siglo pasado. Ya nadie lanza cohetes espaciales por orgullo patrio. Hoy, el espacio —como la guerra— es un mercado donde las empresas privadas se asocian con las agencias estatales. En quince o veinte años, los niños no se maravillarán porque la gente pueda acercarse a las estrellas, sino porque hacía unas cuantas décadas era todo un acontecimiento. Para el cosmonauta Ronnie Nader, esta aventura incluiría entrenarse por cuenta propia en Rusia y crear EXA, la Agencia Espacial Civil Ecuatoriana y construir y enviar al espacio dos satélites, Pegaso y su gemelo Krysaor, con la bandera de su país. Al Ecuador la era espacial y su héroe estratosférico le han llegado con cincuenta años de retraso.

En el centro Gagarin de Moscú, Ronnie Nader recibió un uniforme hecho a su medida por los sastres de NPP Zvezda, la compañía que desde la segunda mitad del siglo XX ha fabricado la indumentaria aeroespacial rusa. El traje, llamado Sokol —halcón en ruso—, es blanco y voluminoso y por dentro está hecho de nylon 6, el mismo material con que se fabrican las cerdas de los cepillos de dientes. Un día de junio de 2007, después de casi quinientos días de entrenamiento, Nader rindió allí sus últimas pruebas: había volado en dos aviones supersónicos rusos a una velocidad de casi tres mil kilómetros por hora, y en su último examen tuvo que ponerse encima los diez kilos que pesa el Sokol mientras flotaba en una simulación de gravedad cero. Nader se graduó de cosmonauta en una ceremonia sin aspavientos. No hubo nadie de su familia. Apenas un delegado de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, los funcionarios del Centro Gagarin y tres equipos de periodistas de Ecuador. Un estrechón de manos, una palmada en el hombro y un breve aplauso sellaron una ceremonia austera en la que recibió el diploma y las alas de titanio que lo acreditan cosmonauta. En unos meses que atravesaron años, Ronnie Nader había estudiado mecánica orbital y astronavegación y había sometido su cuerpo a extenuantes rutinas como la simulación de un ambiente a diez mil metros de altura. Un par de días después, el primer cosmonauta del Ecuador regresó a su país en una aerolínea comercial. Bajó del avión y puso los pies sobre la Tierra.

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En 2013, más de medio siglo después de que la Unión Soviética lanzara el Sputnik, el primer satélite artificial de la humanidad, el cosmonauta Ronnie Nader monitorea desde un moderno centro del de Ecuador el lanzamiento de Pegaso en China. Lanzar el primer satélite de un país que tomó prestado su nombre de una línea imaginaria es toda una escena cinematográfica: desde las afueras de Guayaquil, en el ECU911, un centro de inteligencia atiborrado de computadoras, unas trescientas personas están atentas a lo que sucede al otro lado del mundo, en el cosmódromo de Jiuquan, desierto de Gobi, noroeste de China. Pegaso, bautizado así en memoria del caballito alado de la infancia de Nader, parte hacia la órbita del planeta Tierra un segundo después de las once y trece minutos de la noche. El cosmonauta se comunica con sus pares asiáticos. Cuando Pegaso se separa del cohete chino que lo ha llevado fuera del planeta, la operación queda bajo su total mando. Nader anuncia por un altavoz: “Bienvenido, Pegaso, al cielo, bienvenido al espacio, Ecuador”. El centro de control rompe en júbilo. Entre los que aplauden está Rafael Correa, presidente de la República y ex jefe de la tropa Scout 14 de la que Nader fue parte. Ha seguido con atención el lanzamiento, en silencio y con sus ojos verdes clavados en la pantalla. El presidente de Ecuador lleva puesta una de sus camisas de bordados precolombinos dentro de una casaca negra con la insignia del proyecto Pegaso sobre el hombro izquierdo y la inscripción R. Correa sobre el pecho. El gobierno ecuatoriano ha contribuido setecientos mil dólares para los seguros y el lanzamiento de los satélites gemelos construidos por Nader. Esa noche, cuando el primero de ellos, el Pegaso, llega al espacio, el cosmonauta y el presidente se abrazan. Nader dice con voz quebradiza: “Señor Presidente, lo logramos”. Correa le corresponde el abrazo, y el cosmonauta remata para la posteridad: “Somos un país espacial”. Dos ex boyscouts se han reencontrado para cumplir los deseos de su infancia.

Rafael Correa y Ronnie Nader pertenecían a dos categorías definidas de niños: los que quieren ser presidentes y los que quieren ir al espacio. Pertenecen, además, a la excepcional categoría de niños que cuando crecen lo logran. A ambos, la Universidad Católica de Guayaquil, donde estudiaron —economía, el Presidente, ingeniería en sistemas, el cosmonauta— los nombró parte de los cincuenta mejores alumnos de su historia. Pero el cosmonauta y el Presidente no se parecen: Correa exuda carisma, es guapo y tiene el aplomo seductor de quienes han crecido en la adversidad. Nader, por el contrario, es de complexión tosca, tiene facciones duras y una voz que, aunque no es grave, transmite una vocación inquebrantable y una disciplina marcial. Cuenta el cosmonauta que, aunque sus padres se divorciaron cuando él era muy niño, su madre logró que jamás le faltase nada. Ronnie Nader es un tanto huraño: unos de sus ex vecinos recuerda un día que paseaba con su hija de cuatro años por la casa de Nader, que entonces tenía una especie de caballo enano, la niña gritó: “¡Qué lindo el poni!”. Con un gesto tajante, Ronnie Nader le aclaró que eso no era un poni. Correa, cuyo carisma lo ha llevado al cargo más alto al que puede aspirar un político, la habría trepado al caballo para hacerse una fotografía con ella. Correa es uno de los cincuenta y tantos hombres que han llegado a la presidencia de Ecuador desde su independencia. Nader es el único hombre en este país capaz de llegar a las estrellas desde que volar hasta ellas es posible.

El primer cosmonauta de Ecuador no suele ir a fiestas ni salir de casa. Lo suyo es estar metido en un laboratorio en Guayaquil de ubicación reservada o planeando la próxima ocasión en que llevará el traje espacial. No es hincha de ningún equipo de fútbol y no entiende la cobertura desmedida que se da a los partidos de la selección nacional. “Nadie es menos pobre cuando gana la selección —se queja—. De hecho, somos más pobres”. El presidente de Ecuador, en cambio, es seguidor del Club Sport Emelec, ve la mayoría de sus juegos y celebró el último campeonato de su equipo. Rafael Correa también cree que es hora de que el país dé un salto a la adultez. Un salto que le permita al Ecuador dejar de comprarle electricidad a Colombia y empezar a vendérsela al norte del Perú, que modernice hospitales y construya escuelas donde antes no había, perforar la selva para sacarle todo el petróleo posible y volar los cerros para tener las minas a cielo abierto más grandes del continente.

Hasta tres semanas antes del lanzamiento de Pegaso, el presidente de Ecuador no sabía nada del proyecto. El satélite, un cubo de diez por diez centímetros, tiene el tamaño de una cajita de joyas. Lleva una cámara de alta definición para grabar y transmitir lo que capta fuera de la Tierra. Como todo ecuatoriano emigrado, el satélite es como un patriota sentimental: cada tanto toca el himno nacional. Ha sido lanzado en medio de la parafernalia de un país enamorado del simbolismo: lanzar un satélite diminuto desde China y celebrarlo como si se tratara de la primera misión tripulada a Ganímedes no es raro en un país que en los años setenta, durante la dictadura militar de Guillermo Rodríguez Lara, rindió honores militares y paseado sobre un tanque de guerra al primer barril de petróleo que Ecuador exportaría. Ahora la música de la televisión pública termina de redondear el ambiente heroico del lanzamiento del Pegaso: tiene un remoto parecido a Así habló Zaratustra de Richard Strauss, la banda sonora de 2001 Odisea Espacial de Kubrick. Sirve de fondo para el relato en off de la presentadora de televisión, quien informa que Ecuador ha hecho lo que antes nadie en Sudamérica había intentado. Pegaso no era el primer satélite de la región dando vueltas por la galaxia: los hay argentinos, brasileños, venezolanos, pero sí  es el único de su clase que no había salido de una sala de proyectos de una agencia de gobierno.

En el centro de control de Guayaquil, Nader y Correa posan para la foto detrás de una bandera nacional que el cosmonauta acaba de sacar de su cazadora. La presentadora de televisión lee el teleprompter con una voz modulada para que sus palabras retumben como retumban los dichos históricos: “Ahora Ecuador mira desde el espacio”. Nader improvisa un discurso de agradecimiento. Dice que sin el gobierno de Correa el lanzamiento de Pegaso no hubiera sido posible. Aprovecha para contarle al presidente que en el disco duro del satélite va una representación de la insignia de su grupo scout. La tropa 14 se fue al espacio. El cosmonauta agradece a su madre frente a las cámaras. El presidente del Ecuador lo interrumpe y bromea: “Señora, ¿se acuerda cuando lo botaba de los Scouts?”. El cosmonauta suelta una carcajada, y le da al presidente una palmada en la espalda. Le recuerda las travesuras del pasado señalando con el índice, como puntero errático, la sala de control: “¿Por ésta no me vas a botar, no?”.

Después de graduarse de cosmonauta, Nader decidió ser un ingeniero aeroespacial autodidacta. Los ingenieros aeroespaciales construyen las naves que se van al espacio y se quedan en tierra firme. Cuando las naves llevan astronautas, la misión de los ingenieros aeroespaciales es salvarlos de vagar para siempre en la Vía Láctea, como le sucede por al personaje de George Clooney en la película Gravity. Son el cable que los sujeta a Tierra. Tal vez si un astronauta comete un error este acabe siendo parte de las anécdotas: lo alertaría una computadora y se resolvería. Pero el error de un ingeniero aeroespacial terminará en tragedia. “Ser astronauta no es nada comparado con ser ingeniero aeroespacial”, explica Nader desde un sillón de su casa. “Nadie anda pidiéndole autógrafos a los ingenieros que hacen esas naves donde nosotros volamos como monos entrenados”. Nader asegura que fabricar los satélites fue más difícil que aprender a volar en el espacio.

Era más que temerario fabricar un cubo capaz de orbitar el planeta en un país donde apenas se había diseñado y producido un automóvil —el Andino, un modelo setentero del que se bromeaba: “el carro divino que te deja a medio camino”—. Según Nader, tuvieron que importar el titanio, diseñar las estructuras y los escudos, construir las baterías. Cuando los ingenieros encargados de la electrónica fallaron, el cosmonauta los despidió. “Con Ronnie Nader hay que estar siempre a la altura”, dice Jaime Jaramillo, el aliado estratégico con el que la Agencia Espacial Ecuatoriana construyó los escudos protectores del satélite. Suelta una ligera risa cuando explica que Nader es temperamental y obstinado, aunque Jaramillo prefiere rotularlo como un hombre de misión: “Y las misiones”, continúa Jaramillo, “están para cumplirse”. Sin ingenieros electrónicos, el ingeniero en sistemas convertido en ingeniero aeroespacial asumió también el diseño de la electrónica de los satélites. Otra vez, el comandante fue autodidacta. Empezó por las tarjetas de circuitos, esas placas verdes llenas de líneas y puntos que uno encuentra si desarma un disco duro cualquiera. Nader empezó con las tarjetas lisas, las peló a mano, soldó con cuidado sobre ellas cada línea y cada punto. Artesano futurista, Nader trabajó durante casi dos años para poder decir que hasta el último tornillo se hizo en Ecuador. “Hacer dos satélites nos convirtió en excelentes ingenieros”, dice Nader antes de hacer una pausa dramática, necesaria para que las palabras caigan por su propio peso, haladas por las fuerzas gravitacionales de la Historia: “Hacerlos gratis nos convirtió en héroes. En patriotas”, concluye. Pegaso y Krysaor son los primeros nanosatélites en transmitir imágenes que se pueden ver en vivo en el portal de internet EarthCam. Algún día quedarán entre los veintitantos mil fragmentos de basura sideral, como los escombros de un naufragio, con una inscripción: Made in Ecuador.

Nader es un creyente de que Ecuador cambió para siempre desde que lanzó el satélite Pegaso. Dice que los cambios más grandes ocurren cuando nadie se da cuenta. Equipara el lanzamiento de Pegaso con el del Sputnik. Esa noche, me explica desde su sillón en Guayaquil, la Unión Soviética dejó de ser un país rural e industrial para convertirse en una potencia mundial. Lo hizo gracias al genio de Sergei Korolev, el padre del vuelo espacial e ingeniero de Yuri Gagarin. El símil que Nader propone es más que evidente. Él está seguro de que será el hombre que va a sacar al Ecuador de la mediocridad agrícola y acelerar su incipiente industrialización. Él es el hombre que ha señalado el camino hacia el futuro. A Ronnie Nader lo secunda un grupo de voluntarios que confía en él sin reservas. El cosmonauta les ha prometido la posteridad: “No les ofrecí un sueldo sino la oportunidad de poner sus nombres en la Historia”. No lo duda.

El lanzamiento del Sputnik fue una victoria moral soviética en plena Guerra Fría. Aquella esfera metálica del doble del tamaño de una pelota de basketball hizo que los americanos se estremecieran de pavor con la idea de que un artefacto comunista les pasaba sobre las cabezas. El cosmonauta ecuatoriano cree que le ha legado una ganancia inmaterial a Ecuador. Su autobiografía personal parece encarnar el mismo mantra de autoayuda que su país gritaba en los estadios, cuando la selección nacional de fútbol clasificó por primera vez a un Mundial de Fútbol: ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede ¡Sí-se-puede!

Nader cuenta que tres días después de graduarse en Moscú la agencia espacial rusa, Rosaviakosmos, le ofreció trabajo y que esa noche no pudo dormir. Se trataba de eso o de montar la empresa demencial de una agencia espacial propia. Sin más dinero que el suyo.  Una odisea espacial privada. El cosmonauta malayo Faiz Khaleed, compañero de Nader en la Ciudad de las Estrellas,  recuerda que el ecuatoriano  estaba convencido de que su futuro estaba en el Ecuador. La mayoría de los cosmonautas latinoamericanos trabajan en el extranjero.  La NASA ha lanzado a once hispanos al espacio, de los cuales tres —el costarricense Franklin Chang, el peruano Carlos Noriega y el argentino Frank Caldeiro— nacieron fuera de Estados Unidos, pero volaron como ciudadanos norteamericanos. Sólo se les atribuye latinos por su ascendencia. A George Zamka lo llaman “el astronauta colombiano” porque su mamá es de Medellín, igual que a Cristina Aguilera la llaman “la cantante ecuatoriana” porque el padre que la abandonó es de Guayaquil. El malayo Khaleed y Nader se habían hecho amigos y compartían el tiempo libre que el entrenamiento les permitía. Cada vez que conversaban, según Khaleed, Nader insistía en su programa de Ecuador al Espacio: “Me regaló una camiseta con el logo del proyecto”, dice por Skype desde Kuala Lumpur.

El cosmonauta Ronnie Nader presentó solo el programa Ecuador al Espacio en el salón del Hilton Colón de Guayaquil. Era agosto de 2007 y acababa de regresar de Rusia con su diploma espacial. Habló de vuelos de microgravedad, satélites, puerto espacial y una misión tripulada a la Luna. Tenía enfrente a medio millar de curiosos invitados —entre periodistas, diplomáticos rusos, oficiales del ejército, amigos y espectadores accidentales— que lo escuchaban en escéptico silencio. Nader recuerda una atmósfera de incredulidad y condescendencia en el salón del hotel. Gran parte de lo que declaró les sonaba a disparate. No es común que los países metidos en el saco eufemístico de las vías de desarrollo tengan una industria aeroespacial. Faiz Khaleed cuenta que él y Sheik Muszaphar Shukor—el otro cosmonauta malayo— pudieron entrenarse gracias a que el gobierno de Malasia compró unos aviones rusos. Una especie de combo aeroespacial: por la compra de unos Sukhoi, le entrenamos dos astronautas. Un programa aeroespacial suena a capricho político o excentricidad científica en un país como Ecuador que sigue entre los diez más pobres de América Latina, según un informe de 2013 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU.  La ambición de explorar el espacio ha traído soluciones inadvertidas al planeta Tierra: hoy los bomberos y los pilotos de carreras están más seguros porque visten las fibras inventadas para los trajes con los que los cosmonautas pasean por el espacio. Un reloj cuya carátula no se raya es un pedacito de la ventana de una nave espacial. Las primeras gafas con protección ultravioleta fueron los visores de  un casco de astronauta. El GPS, que nos guía como lazarillo robótico por carreteras nunca antes recorridas, es otro invento de la ciencia espacial. Cada salida al cosmos nos devuelve un mundo tecnológico un poco mejor. Pero invertir más de setecientos mil dólares, públicos y privados, en lanzar dos satélites al espacio no admite un diagnóstico alegre de locura en un país donde casi la mitad de los ecuatorianos viven en el subempleo (según cifras de 2014), la maternidad adolescente es una de las más altas del continente y donde no se detiene la depredación ambiental en nombre del progreso.

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En la mitología griega, Pegaso es el primer caballo que estuvo entre los dioses. En la mitología ecuatoriana, Pegaso es la primera nave espacial nacional en enfrentarse a una de las cinco deidades que reinan en el espacio: los desechos espaciales, la radiación, el plasma, el ambiente neutral y el vacío. Se llaman dioses porque, cuando se lanzó el primer Sputnik, mientras esperaban que el satélite completara la órbita y diera señales de estar funcionando, Sergei Korolev le preguntó a uno de los operarios del centro de vuelos si creía en Dios. El operario, como era de esperarse, le contestó que no. “Entonces”, le pidió el padre del vuelo espacial, “encomendémonos a los dioses del espacio”. Desde ese día, a todos los cosmonautas que están por abandonar el planeta en una nave, los ingenieros rusos les imponen las manos y recitan una invocación a los cinco dioses. El quinto dios de los cosmonautas rusos —los desechos espaciales— averió para siempre a Pegaso. Después de un mes en órbita y siete días de enviar sus primeras imágenes, el satélite dejó de transmitir: Pegaso se estrelló con basura espacial rusa y empezó a girar sin control. Fue una colisión lateral. Un regalo caído del cielo para los opositores políticos de Correa, que ridiculizaron la obra de Nader. Una gran oportunidad de atacar a su amigo, el presidente.

La mañana siguiente al lanzamiento del satélite, el rapero guayaquileño Au-D presentó Todos somos astronautas, una canción de dos minutos dedicada a Pegaso. “Volando hacia arriba, surcando el espacio,/ jugando entre estrellas, montado en un Pegaso”. Nader asegura que  la canción puso a llorar a gente del centro de control a las afueras de Guayaquil. En el siglo XIX, el alemán Alexander von Humboldt había perfilado a los ecuatorianos: “Son seres extraños y únicos. Duermen tranquilos en medio de humeantes volcanes, viven pobres con riquezas inimaginables a su alrededor y se alegran con música triste”. Apenas le faltó mencionar la vocación hiperbólica sobre los triunfos y las derrotas. Los enemigos de Nader, que son los mismos del gobierno de Correa, dijeron que había comprado las partes del satélite en China, que no era cosmonauta y que EXA funcionaba en el patio de su casa. Martín Pallares, un periodista opositor, lo acusó de montar un espectáculo para servir a oscuros fines de la Secretaría Nacional de Comunicación de Ecuador. En El Fraude de Pegaso y su gran éxito mediático, Pallares decía que con ocho mil dólares se podía comprar un satélite por internet, y que Pegaso había costado casi cien veces más. El texto, más opositor que preciso, levantó una polémica. Carlos Andrade, un científico ecuatoriano con estudios en robótica y aeroespacio que trabajó con nanosatélites en el MIT, precisa: los satélites que se compran por internet son para una órbita de trescientos diez kilómetros, y que Pegaso estuvo a más de seiscientos kilómetros de altura. Según el científico, Pegaso tardará más o menos diez años en caer, mientras que los satélites que se compran con un clic no duran más de dos meses en operación. Pegaso tampoco le había costado más de setecientos mil dólares al gobierno: el proyecto entero, –incluidos los seguros contra daños y pérdidas, las pruebas y validaciones aeroespaciales de los dos satélites–, se financió con ese dinero y otros miles de dólares provenientes de los fondos de Nader y del auspicio de Sunny, una empresa que fabrica jugos. Adolfo Chaves, un ingeniero aeroespacial costarricense que participó en la construcción de un satélite holandés, coincide en que no se puede fabricar satélites como los de Nader con unos miles de dólares “Lo que han hecho —explica el ingeniero aeroespacial— es regalar un trabajo que en Europa costaría entre un millón, y un millón y medio de dólares”.  Pegaso tiene unas alas desplegables y unos micromúsculos inteligentes, algo que no se encuentra googleando como había sugerido el periodista en su crítica. “A ese patán ni lo conocía”, dice Nader desde el sillón de su casa a las afueras de Guayaquil. El cosmonauta se enfureció. Los detractores del gobierno habían metido en el mismo saco el proyecto de los satélites y el odio a Rafael Correa.

El cosmonauta terminó atrapado en una telaraña política de la que se esforzaba por salir a patadas que lo enredaban aún más. Nader, el hombre reservado que en su entrenamiento calificó entre los cuarenta mejores de los más de cuatrocientos graduados del Centro Gagarin, no resistió el ring verborreico de la política ecuatoriana. Los opositores del gobierno vieron en él un aliado de Correa, y en política, como en toda guerra, los amigos de los enemigos también deben ser destruidos. “Politizaron un hecho histórico. Científico”, critica Nader desde su sillón. No entendió la virulencia en su contra, le frustraba la ingratitud hacia él, que había hecho del Ecuador uno de los treinta y tantos países del mundo que tienen un satélite orbitando alrededor de la Tierra. El cosmonauta, tan inexperto en política como creyente en el valor de su obra, buscó defenderse en sus propios términos. Utilizó la cuenta de Twitter que había abierto para comunicar los avances de Pegaso y defenderse a trompadas virtuales de sus detractores. Lanzó mensajes beligerantes. “Si me dices cuál centavo de los setecientos mil es tuyo, te lo devuelvo, ¿ok?” desafió a uno de sus críticos. Escribió que no discutía con periodistas, solo con ingenieros. Diseñó un algoritmo para rastrear y desenmascarar a los usuarios de Twitter que lo insultaban. “Oiga don @Ronnie_Nader el sábado tengo una fiesta de disfraces, ¿me presta el suyo? Por el satélite no se preocupe, llevo un cubo Maggi”, decía uno. “Agarren al perico que se le está comiendo el cerebro a Nader”, decía otro. Le dio un ultimátum a un universitario y pasante del Observatorio Astronómico de Quito para que se disculpara por declarar a CNN que Pegaso no transmitía en tiempo real. Nader mostró los registros de un sistema de seguimiento satelital que desmentían al muchacho que, asustado y en evidencia en su error, terminó por disculparse. El cosmonauta llamó a sus detractores ignorantes, tontos, arrogantes, viles, canallas. Esa actitud vehemente hizo que tambaleara el pedestal que con tanto esmero se había fabricado para sí mismo: “Si ser el héroe nacional significa que no pueda bajar a poner en su sitio al malcriado que miente en mi cara, entonces no merezco ese puesto”. Nader dice no tener oídos ni tiempo para críticas “Yo estoy metido en mis cosas, enfocado en mi programa espacial, en mis ideales, mis sueños y mis problemas”  En realidad, parece no estar dispuesto a tolerarlas: “No hay tal cosa como crítica constructiva. Lo que veo es, nada más, envidia y celo”. Dice que las tomará cuando vengan de alguien que haya construido dos satélites, aprobado el entrenamiento de astronauta y vivido una emergencia en órbita. Ronnie Nader es un vehemente al que le cuesta reconocer sus errores. Él prefiere llamarlos experiencia.

La grandielocuente convicción de Nader de que su trabajo es un gran salto para su país no significa que su trabajo sea un fraude. Pegaso dejó de transmitir su señal después de tropezarse con la basura espacial rusa. Las catástrofes acosan todas las misiones estelares, y sus eventuales fracasos son sólo una oportunidad de persistir. La hazaña de Yuri Gagarin estuvo a punto de terminar en catástrofe cuando un cable no se separó por completo de la nave principal y la cápsula en que viajaba el primer viajero espacial de la historia se convirtió en un yo-yo interestelar. El cable que se desintegró en la atmósfera le salvó la vida a Gagarin, quien recuperó la conciencia un antes de aterrizar cerca del pueblo de Smelovka. Richard Nixon había preparado un discurso anunciando que Neil Armostrong y Buzz Aldrin no regresarían de la primera misión lunar: “Saben que no hay ninguna esperanza para su recuperación, pero también saben que hay esperanza para la humanidad en su sacrificio”. Por un error en su diseño, el primer satélite chileno FASat–Alfa no se separó del satélite ucraniano al que estaba incorporado y jamás funcionó. La Mars Climate Orbiter, una sonda de la NASA que debía aterrizar en Marte, se destruyó cuando intentaba penetrar la atmósfera marciana porque los ingenieros creían que los datos que enviaba la nave venían codificados en el sistema inglés de medidas en lugar del sistema métrico decimal. En diciembre de 2013, Brasil y China lanzaron un satélite que nunca llegó a entrar en órbita por un desperfecto del cohete. El error es la madre de los avances científicos. El error es la madre del progreso. El error de Nader fue tomarse demasiado en serio lo que se decía en el ciberespacio, especialmente en Twitter. Para los partidarios del gobierno, el lanzamiento de Pegaso fue el inicio de la conquista espacial. Para sus adversarios, una charada propagandística. El país de la mitad del mundo convive dividido.

La familia del cosmonauta le ha hecho jurar que no habrá un tercer satélite. Les dolió tanta virulencia pública contra él. El programa espacial de Ecuador y su creador sucumbieron al efecto Rafael Correa: todo lo que el presidente toca se convierte en discusión a gritos. También de puños. Cuando un político ganaba la Presidencia de la República de Ecuador, tenía una tarea principal: evitar que lo derroquen. Lo que le quedaba de tiempo, lo utilizaba para gobernar. Entre 1996 y 2006, hubo siete presidentes, un triunvirato y una efímera presidenta que duró dos días en el cargo. Insólito ex jefe de boy scouts, el presidente Correa se ha estabilizado en el poder y gobierna con mano dura a tiempo completo. Desde que está allí, un millón de ecuatorianos ya no son pobres. Restringió la libertad de prensa, y expulsó del país a la embajadora de Estados Unidos y a los funcionarios del Banco Mundial y el FMI, pero hoy es el presidente latinoamericano más popular entre sus ciudadanos. Ha anunciado que en los próximos dieciséis años se invertirán más de veinte mil millones de dólares para construir Yachai, una ciudad experimental en el centro de Ecuador habitada por científicos e intelectuales, desde donde planean crear tecnología propia y exportarla. Un experimento social que coincide con las ambiciones del cosmonauta ex boy scout: construir un puerto espacial para aprovechar el magnetismo del centro de la Tierra.

En 2007, Nader demandó por sesenta millones de dólares a una compañía de atún. En un comercial de televisión, un hombre a quien presentaban como Edwin Aldrin Zambrano, el primer astronauta ecuatoriano, llevaba en su vuelo espacial con la nave Si-se-puede 1 una lata con encebollado de atún. Por entonces, Nader aún no se había graduado de cosmonauta, pero creía que ese anuncio comercial usurpaba su imagen: “El primer astronauta ecuatoriano tiene un nombre”, me advirtió Nader desde un sillón de su casa en las afueras de Guayaquil. En 2010, tres años después de haberla enjuiciado, desistió de su demanda cuando la atunera aceptó pagarle una fracción de lo que pedía. Para la empresa de atunes se trataba de una cuestión práctica: o seguía pagando a su abogado para que la defendiera o le pagaba al cosmonauta. Para el cosmonauta, era saldar una ofensa contra el hombre que llevaría a Ecuador al espacio. Ronnie Nader está convencido de que es el pionero sideral de la patria, el que la sacará de dos siglos de adolescencia agrícola y la guiará a la adultez espacial: “Así como hay cosas que un niño debe hacer para convertirse en hombre —insiste—, hay cosas que un país debe hacer para convertirse en nación”. Saltar de Banana Republic a Space Nation. El cosmonauta Ronnie Nader es una hormona del crecimiento nacional. Ese comercial de atún no era la imagen que él quería de sí mismo. La posteridad que Nader había elegido no era la falsa y ridícula imagen de una publicidad de pescado enlatado. Era ser el pionero de la historia cósmica del Ecuador.

Llegará el día en que ya nadie recuerde al falso astronauta que abría una lata de encebollado en el espacio. El entrenamiento solitario de Nader en Rusia, la agencia espacial que fundó y la ingrata ingeniería de sus dos satélites han opacado ese ingenio atunero mercantil que años atrás desató su ira. En la vida real, Edwin Aldrin Zambrano, esa caricatura ficticia y publicitaria del cosmonauta Nader, era un taxista guayaquileño que comía encebollado, una sopa popular de atún, yuca y cebolla.  Un hombre rechoncho, sonriente y deslenguado que no se parecía al cosmonauta. Hoy Ronnie Nader, a quien la compañía de atún tuvo que indemnizar por haber explotado su imagen para vender sus enlatados, proyecta puertos espaciales y alunizajes que posicionen a Ecuador en el mapa sideral. En enero de 2014, Krysaor, su segundo satélite, empezó a enviar sus primeras señales desde la frontera con el espacio exterior. Según él, dos compañías, una belga y una suiza, se han interesado en la construcción de su puerto espacial ideado. Ronnie Nader seguirá esperando con paciencia el día que pueda por fin vestir su traje espacial fuera de la Tierra. Las peleas del impetuoso cosmonauta en el ciberespacio harán que su recuerdo no sea tan heroico. Después de todo, hasta el sol, dijo José Martí, tiene manchas.

Sobrevivir a un naufragio

Publicado: 22 diciembre 2016 en Xavier Gómez Muñoz
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Fabián Heredero, el náufrago de Santa Elena, vive en la parroquia Chanduy, un poblado a orillas del Pacífico, con apenas 18 mil habitantes repartidos en 14 comunas, una junta parroquial y un par de hoteles que no se llenan ni por el feriado del 9 de Octubre. Si tomas un bus en la entrada del kilómetro 110 de la vía a la Costa, llegarás a este puerto en unos 20 minutos. Te quedas en el parque, bajas una cuadra y un fuerte olor a pescado te dirá que llegaste. A un costado de la playa verás decenas de hombres, con botas de caucho y bermuda, a los que sobrevuelan un número mayor de aves, ansiosas por arrebatar algo de la pesca que sacan a tierra en gavetas. Cerca de la orilla hay cientos de lanchas ancladas. Y en el malecón, varios camiones y camionetas a la espera del producto fresco para distribuirlo en ciudades y mercados.

Sobre el malecón del puerto de Chanduy está también el comedero Los Pinos, del que son dueños los suegros de Fabián. Allí estuvieron el fin de semana anterior al naufragio, él, su esposa Karen Villón, sus hijos Ángel y Ginson y otros familiares. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, la patrona del puerto. Los cerca de 1.200 pescadores de la parroquia, como todos los años, sacaron a pasear a la imagen en una especie de procesión de lanchas pesqueras, a unas cuatro millas náuticas de la playa. Acto seguido empezó la fiesta. Fabián y su familia celebraban, mientras tanto, el cumpleaños de su hijo mayor, Ángel (seis años). Después salieron un rato al malecón. Fabián bailó el merengue Junto a tu corazón con su esposa. Y al día siguiente se tomó unas cervezas con amigos. Regresó a casa antes de las seis de la tarde, porque el lunes le esperaba día de pesca. Y todos quienes pescan en Santa Rosa saben el día en que saldrán, pero no tienen certeza de cuándo vuelven.

110 millas

Con tres mudas de ropa, un impermeable, un par de botas de caucho, bloqueador solar, crema para el cuerpo, jabón, champú, dos perfumes y 30 dólares en la maleta, Fabián salió de su casa la mañana del lunes 20 de julio. Se despidió de su esposa, y le prometió a sus hijos que traería golosinas a su regreso. Como pasa con otros pescadores de la provincia de Santa Elena, Fabián tampoco trabaja en el puerto donde vive. En su caso, por dos razones: en Chanduy se pesca ejemplares pequeños (que representan menos ingresos, también algo de camarón, langostino y langosta) y los días de descanso son pocos. Es por eso que aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 6:30, se trasladó al puerto de Santa Rosa, donde las jornadas pueden durar entre tres y cinco días en altamar —dependiendo de cuánto tarden en llenarse las redes— pero las recompensas son mayores.

Una vez en el puerto, Fabián Heredero (24 años), Alfri Domínguez y José Hernán Arcentales (ninguno llegaba a los 30) hicieron las compras de rigor: 100 dólares en comida, enlatados, bebidas, pilas para el navegador, cartones para dormir en la lancha y siete fundas de carbón para cocinar los alimentos. Zarparon de Santa Rosa a las 9:30 de la mañana, junto a otra embarcación con los hermanos de Fabián, quienes se dedican también a la pesca. El mar picado hizo que tardaran nueve horas en llegar al punto acordado: “110 millas hacia el sur, en aguas peruanas, donde no hay tanta competencia, ni ruido de motores que ahuyente a los peces”. Y de donde se obtiene —al igual que de aguas chilenas, según reconocen varios pescadores del sector— “buena parte de la pesca que se vende en los puertos de Santa Rosa o Anconcito”, aunque las normativas internacionales les prohíban atravesar el espacio marítimo ecuatoriano.

Eran alrededor de las 6:00 de la tarde, cuando desde la embarcación dirigida por Fabián empezaron a calar la red o trasmallo. Después de unas horas revisaron la pesca y durmieron. Antes de que el sol del siguiente día se ponga perpendicular, ya tenían enhieladas y acomodadas lo equivalente a 15 gavetas de bonito y albacora (cada gaveta tiene más o menos 100 libras), lo cual no abastecía la capacidad de carga de la lancha (la llenan con 60 gavetas). Entonces buscaron otro punto cercano y repitieron la jornada. Era el primer viaje de Fabián con José; con Alfri ya había trabajado varias veces. Lo consideraba un amigo, al que desde la popa —donde Fabián regularmente conduce los motores— escuchaba reír y conversar.

Pasadas las 11:00 de la noche, la embarcación con los hermanos de Fabián se comunicó por radio.

—Fabián, ponte pilas que ya estamos haciendo el alce (recogiendo la pesca) para regresar pronto.
—A nosotros nos falta un poco todavía. Pero tranquilo, ya sabes que yo soy duro para manejar —contestó él.
—Pero dale suave, mira que el mar está feo.

Y se despidieron.

La primera lancha se adelantó cuatro millas en su regreso a Santa Rosa. La otra, con Fabián, Alfri y José, tardó un poco más en salir. Cuando inició su trayecto, llevaba las tres cuartas partes de su capacidad de carga. Nadie imaginaba, todavía, lo que el mar deparaba para ellos.

El naufragio

A la altura de la milla 100, cerca de las 5:00 de la madrugada del 22 de julio, una primera ola reventó violentamente contra la nave que Fabián y sus tripulantes trataban de mantener a flote. El agua subió hasta el nivel de la cintura y los motores se apagaron.

—¡Muchachos, alístense! —gritó Fabián, esforzándose por mantener la calma—. ¡Amarren las maletas, pongan los teléfonos en fundas y prendan la bomba de succión (para sacar el agua)!

Pero enseguida, mientras devolvían al mar la pesca, con la esperanza de alivianar peso, los emboscó una segunda ola. Las pomas de gasolina y el trasmallo empezaron a flotar, los motores ya no respondían, las maletas se fueron a quién sabe dónde y, a esas alturas, no había bomba de succión que logre extraer a tiempo toda el agua del bote. Con menos fuerza que las anteriores, pero con la capacidad necesaria para volcar la lancha, cayó la tercera ola. La tripulación se fue al agua. Entre la pesca de dos jornadas completas, pomas de combustible y demás objetos que flotaban en el mar, Fabián logró agarrarse de un trasmallo. Desde ahí oyó las voces de Alfri y José.

—¡Fabián, ya no avanzo! ¡No puedo! —decía uno de ellos.

Pero él no podía verlos, solo escuchaba sus gritos y chapoteos, en medio del sonido del mar agitado y la oscuridad.

—¡Tranquilos! ¡No se cansen! ¡Estoy por acá! ¡En el trasmallo!
—¡Fabián…! ¡No puedo! ¡No puedo!
—¡Naden para acá! ¡Vengan! ¡Estoy por acá!

Alfri y José, sin embargo, encontraron un par de pomas de combustible flotando en el agua. Se aferraron a ellas y vieron a lo lejos luces que parecían de otra embarcación. En su desesperación pensaron que podrían nadar hasta allá y salvarse. Fabián les gritó que no se vayan. Que las luces podrían estar más lejos de lo que parece. Que en la oscuridad las distancias son más engañosas. Que vuelvan. Los oyó chapotear unos cinco minutos, y nunca más supo de ellos.

La lancha, que por cierto se llama La presencia de Jehová está aquí, no llevaba a bordo chalecos salvavidas. Al parecer —supone Fabián— los olvidaron en el puerto mientras la limpiaban. Boyas para emergencias de este tipo “nunca llevan (tampoco), porque hacen mucho bulto y se necesita espacio para la pesca”. Para que resulte rentable trabajar de tres a cinco días en altamar, y repartir la ganancia entre el dueño de la embarcación (a quien corresponde la mitad del dinero obtenido) y los tres tripulantes, que comparten el resto en partes iguales.

Treinta horas, solo y en altamar

Sujeto al trasmallo de la nave, Fabián pudo mantenerse varios minutos a flote. Ya no escuchaba las voces de sus compañeros, ni veía luces próximas. Se arrepintió de no haber ido con ellos, porque creyó que habían llegado a alguna embarcación pesquera y que tardarían demasiado en encontrarlo. Entonces supo que debía regresar a la lancha, aunque esta se encontrara volcada. Trepo por la proa, y alcanzó a colocarse en una posición incómoda: entre sentado y acostado, agarrándose con fuerza de los extremos. Pero el mar tenía otros planes, y lo revolcaba, como muñeco de trapo, en sus aguas. En una de esas embestidas, un golpe en la cabeza lo dejó aturdido, y el dolor en un brazo le hizo recordar el accidente en bicicleta que le fracturó aquella misma extremidad siendo adolescente en Milagro, su ciudad natal.

Con los primeros rayos de sol, decidió que debía quitarse la ropa y secarse. Pero sin un espacio de sombra, empezó a sentir que su piel, bañada en agua salada, se curtía. A eso de las 9:00 de la mañana —calcula basándose en la posición del sol— vio un grupo de tres ballenas jorobadas nadando a unos treinta metros. Y antes del mediodía, observó a lo lejos una aleta que pensó que podría ser de un tiburón.

—Claro que sentí miedo —aunque los pescadores de esta zona están acostumbrados a ver ballenas jorobadas entre junio y octubre de cada año—, pero en el fondo uno sabe que estos animales no se acercan por la gasolina regada en el agua (alrededor de la nave).

La tarde se hizo lenta, pero Fabián se sentía optimista, pues aunque estaba viviendo su primer naufragio, tenía cierta experiencia en mantenerse a la deriva (cuando meses atrás un grupo de piratas le robó los motores de la lancha, dejándolo —a él y su tripulación— a merced del océano). Entre las 4:00 de la tarde, vio un barco mercante que a pesar de sus gritos no supo de su existencia. De ahí solo escuchó viento y el picoteo de las aves que saqueaban la pesca esparcida en el mar. Las esperanzas blandearon con la noche. El frío se hizo intenso. Estaba cansado, con hambre y sediento, entre millones de kilómetros cúbicos de agua salada. Entonces se quedó mirando por largo rato la Luna y quiso dejarse ir con la marea, pero pensó en sus hijos, su esposa, su madre, su abuelo, y empezó a rezar.

A la mañana siguiente, tenía el cuerpo tan entumido por el frío, que apenas lo sentía. Sus manos estaban moradas y arrugadas, como las del cadáver de un anciano. Con el sol calentándole los huesos, ganó algo de ánimo y se zambulló por debajo de la lancha. Así halló, en el compartimento interior de la proa, una funda con arroz y una papa crudos, un rollo de cinta aislante y un cuchillo. Enseguida comió algunos granos. Evacuó en el mar lo poco que le quedaba en las tripas y, de entre la ropa que llevaba, escogió una camiseta negra para hacer una bandera.

A eso de las 10 de la mañana del jueves 23 de julio, una lancha de pescadores distinguió aquel pedazo de tela en medio del mar. La embarcación se acercó velozmente, pero Fabián solo logró verla cuando estaba a poquísimos metros. Le dieron algo de ropa, comida, agua dulce, y lo llevaron de vuelta a Santa Rosa. Por las coordenadas del accidente y el punto donde lo encontraron, calcularon que la marea lo había arrastrado 10 millas con dirección a Galápagos. Fabián Heredero había sido náufrago por cerca de 30 horas.

De regreso a tierra

Es el mediodía de un sábado, y alrededor de las calles arenosas que llevan al puerto de Santa Rosa hay cientos de comerciantes, abastos, bares y un par de burdeles. Junto al desembarcadero, los pescadores descargan la faena: grandes piezas de picudo, bonito, albacora, dorado, pez espada, tiburón, etcétera. Durante los tres meses que han transcurrido desde el naufragio, Fabián ha salido de pesca apenas dos veces. Han sido meses duros —dice— al tiempo que un botero lo lleva hacia una lancha recién llegada. Saluda con sus amigos, quienes están terminando de limpiar la nave. Hacen algunas bromas. El dueño de la lancha se acerca, y reparte el dinero de la pesca vendida. A Fabián —aunque no hizo nada— le regala un pez de alrededor de 30 libras. De regreso a tierra, otro pescador amigo, que no sabe si Fabián viene o va para el mar, le grita:

—¡Fabián!… Y, ¿para dónde?
—110 millas —responde él, y en su sonrisa se alcanza a ver ironía.

La primera vez que vi actuar a Shirley Stonyrock fue en la boda de una amiga de mi esposa. Shirley Stonyrock es drag queen…

Era una fiesta de lujo. Quito: Hall del Museo del Agua. Trajes y vestidos de primera, elegantes manteles, una mesa repleta de bocaditos de sal, una mesa repleta de bocaditos de dulce, licores, una banda tocando toda la noche y esa vista iluminada de las iglesias del centro a través del enorme ventanal.

Shirley y dos colegas suyas irrumpieron casi a la medianoche en el escenario; con sus coloridos atuendos, con sus pelucas y maquillajes. Bailaron, gritaron, simularon que cantaban, no paraban de moverse. Hicieron su show por más de 20 minutos y vi todo tipo de reacciones. Los novios, encantados; muchos invitados se volcaron sobre el escenario para verlos como a estrellas de rock; otros, con recelo, comenzaron a alejarse; algunos no supieron ni cómo reaccionar.

Emilia y su esposo Marcelo quisieron sorprender a todos. No les dijeron ni a sus padres que esa noche, en lugar de la típica ‘hora loca’, habría un show drag. Él vivió en Barcelona y llegó fascinado por cómo allá era tan común ver drags; ella creció en Australia y este tema siempre la apasionó. “Queríamos darles un regalo, algo que nos representara –confiesa Emilia-. La mayoría de mis amigos dijeron que les encantó. Pero mi abuela materna me contó que muchos señores se quedaron pasmados y que algunos amigos de mi papá pusieron mala cara”…

Desde hace un par de años, unos 10 drag queens en el país han decidido abrir su horizonte y no solo hacer shows en discotecas o teatros, sino llevarlos también a fiestas privadas, desde cumpleaños hasta aniversarios. Shirley es una de ellas y cree que es un “acto de valentía”. Claro, una cosa es actuar en un sitio fijo, donde todo el mundo sabe a lo que va, y otra es enfrentarse a un público desconocido, que no los esperaba, y tener “la incertidumbre, el miedo de no saber cómo van a reaccionar”.

Ese matrimonio terminó con Shirley interpretando a Amy Winehouse y Emilia cantando junto a ella en medio de la algarabía del público. Shirley recuerda que le dedicó parte de su baile a un tipo de unos 30 años y que él se sintió incómodo, hasta el punto de echarse para atrás y lanzarle una mirada inquisidora. Pero que un hombre “bien puesto y elegante”, de unos 50 años, le coqueteó y le hizo “ojitos” en pleno show. Todo puede pasar.

El camerino

Mauricio Erazo es el hombre tras Shirley Stonyrock. “Es increíble cómo un solo rasgo puede cambiar tanto el rostro de una persona”…

…Habla Mauricio luego de delinear sobre su ojo derecho la perfecta ceja de Shirley. “Mira la diferencia”, me dice y se pone frente a mí para que compare ese ojo con el izquierdo, que aún no está maquillado.

Esa noche hará su show en una fiesta de cumpleaños. Han pasado siete meses desde la boda de Emilia. Es una casa de tres pisos; el último, donde normalmente funciona un taller de modas, ha sido convertido en discoteca.

Mauricio tiene 33 años, es pequeño, delgado, moreno; el pelo negro y lacio. Lleva Converse negros, jean desteñido, camiseta a rayas pegada al cuerpo y una bincha que forma una pequeña cola en su cabeza.

“El drag es la más completa rama del teatro –sonríe-. Hay actuación, fonomímica y danza”. Para él, esto no es un pasatiempo ni un trabajo, es su forma de vida. Está dedicado a eso todo el día, cada día. Cuando no está actuando, mira videos, crea coreografías, diseña vestuarios, aprende sobre maquillaje…

Por eso no ha parado de promocionarse en redes sociales, atender a cuanto medio de comunicación lo ha buscado. Y por eso ha decidido aceptar contratos para fiestas privadas. No le interesa esconderse, quiere que su arte sea visto por tanta gente como sea posible.

Cuando era niño siempre solía jugar a ser artista. Él y sus primos armaban escenarios imaginarios y cantaban, bailaban, actuaban como en las películas. El 29 de agosto del 2008, Mauricio se vistió por primera vez de Shirley Stonyrock. Era la semifinal del concurso ‘Queen of queens’ (Reina de reinas), al que se presentaban drags principiantes con el afán de demostrar que tenían ‘madera’. Ganó y ese fue el día en que su sueño comenzó a cristalizarse.

El improvisado camerino que le han dado esa noche es un diminuto cuarto, lleno de máquinas de coser, en el que han dejado una silla y una mesita sobre la que él tiene 11 brochas de diferentes tamaños y un sinfín de implementos de maquillaje: esponjas, bases, labiales, delineadores…

La transformación de Mauricio en Shirley tomará esa noche más de tres horas. Normalmente se demora dos, pero todo depende de la complejidad. Aquella vez en Halloween, cuando Shirley interpretó a ‘La payasa maldita’, tardó cinco horas en estar listo.

Siempre lleva un espejo de mano, pero también necesita uno grande, de pared. Lo primero es afeitarse. Luego se pone goma en barra sobre sus cejas y se echa polvo blanco. Parece que se las hubiese depilado por completo. “Las cejas son el marco del rostro, por eso son lo primero en desaparecer de la cara de Mauricio”.

Desaparecer… ¡Es literal! A medida que Shirley va asomando, Mauricio queda relegado hasta el punto en que se va. No es solo maquillaje. Cuando Mauricio creó el personaje, quiso que fuera todo lo opuesto a él. Él es introvertido, tranquilo, tímido, “un tipo común”. Ella es una rompecorazones: extrovertida, sociable, sensual, “una diva completa”.

Mientras se maquilla, Shirley comienza a expulsar a Mauricio de su cuerpo. Bebe una cerveza. Por su rostro han pasado cinco capas de base, una dosis de escarcha, sombras, rímel, rubor. La puerta del ‘camerino’ permanece cerrada. Afuera, los bits del reguetón suenan cada vez más fuertes, ahora ya no se escuchan las conversaciones de los invitados. Shirley comienza a moverse al ritmo de la música, con gestos fuertes, bate la cabeza de un lado a otro…

En una maleta negra, junto al vestido que usará esa noche, están las esponjas que Mauricio siempre lleva para vestir a Shirley. “Como te habrás dado cuenta, no tengo ni culo, ni tetas, ni caderas, así que me ayudo de las esponjas. Tengo que usar cuatro o cinco pares de medias nylon para ir armando todo”.

La relación de ambos es algo complicada. A veces Shirley aparece en escena como Shirley, pero otras veces interpreta a Amy Winehouse, a Selena, a Madona, a Tina Turner… Así ha recorrido muchas ciudades en Ecuador y en su rol como Lady Gaga fue a Colombia y a Argentina.

—Entonces, llega un momento en que tú vives tres personajes a la vez: Mauricio, Shirley y, digamos, Madona.
—Exactamente.
—Pero quien interpreta a Madona es Shirley, no Mauricio.
—Así es. Mauricio se queda en el camerino, él no sale a escena. Cuando salgo, cuando cruzo la puerta, soy Shirley, Mauricio se queda aquí.
—Es algo raro, porque a la final Mauricio termina siendo solamente el maquillista de Shirley.
—Yo prefiero verlo como un mánager. No solo hago el maquillaje, también diseño, creo la coreografía… Pero es verdad, Mauricio le tiene un poco de envidia a Shirley.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque quien sale al escenario es ella. Mauricio también actúa en otros teatros, canta; pero la fama, el reconocimiento, los tiene Shirley. Es como si el sueño de él lo estuviera viviendo realmente ella. Muy poquita gente me dice Mauricio. Voy a una discoteca: Shirley por aquí, Shirley por acá. Alguien llegó a decirme: ‘¿Por qué no vienes siempre como Shirley? Ella cae mejor que tú’. ¡¡¡Imagínate!!! Esa perra quiere quitarme hasta a mis amigos.

(Da los últimos toques al maquillaje de ella y, cuando dice esta frase, se ríe estrepitosamente y se lleva una mano a la boca).

A pesar de todo, Mauricio quiere profundamente a Shirley. Cada 28 de agosto le celebra su cumpleaños; hay fiesta, pastel y baile. Este año cumplirá ocho. Mauricio es Cáncer, Shirley es Leo.

Pasadas las once de la noche, él ha desaparecido. Ella se mira al espejo. Se admira. Antes de salir al escenario, pide un vodka tonic y una maciza mancha de labial queda impregnada en el vaso.

El otro show

Shirley Stonyrock está parada de espaldas al público. La mano izquierda en la cintura y la derecha estirada señalando al techo. Un reflector ilumina su silueta y proyecta la sombra en la pared. Su vestido es largo, amarillo y lleno de caritas de Bob Esponja. Usa tacones dorados de 12 centímetros de alto, collar, pulseras y una peluca afro exageradamente grande.

La gente la mira expectante… El Dj entiende su señal y comienza a sonar ‘I’m so excited’, de los Pointers. Ella suelta un grito y comienza a bailar. La escena parece incluso la de un show de Broadway.

Hay varias formas de hacer drag: ‘queen’, cuando un hombre interpreta a una mujer; ‘king’, cuando una mujer actúa de hombre; ‘glam’, cuando un drag queen personifica a una diva; ‘animal’, cuando se caracteriza a un animal; ‘monster’, cuando se interpreta a un ente, una creación de terror; ‘fishy queen’, cuando un hombre se vuelve una mujer con actitud cómica; ‘faux’, cuando una mujer hace de drag queen…

Shirley es completamente ‘glam’. Domina los altísimos tacones como muchas mujeres no logran hacerlo, sus movimientos son delicados, estilizados. Mauricio tiene frenillo y durante mucho tiempo por eso le hicieron bullying, pero ella ha sabido sacar partido de esa dificultad para pronunciar la letra ‘r’ y muchos han llegado a decirle que es una diva parisina llegada a Ecuador…

… A los ocho años, el padre de Mauricio salió de la cárcel y le confesó que no era su padre. Y ese día le cambió la vida. “Hay una historia que me han contado los que yo pensaba que eran mi familia. Pero realmente no sé qué de todo eso es cierto”.

De lo que le han dicho, su madre era una joven colombiana que llegó al país luego de ser violada por un primo. Comenzó a trabajar como empleada, no quería tener al bebé y se enamoró del hijo de sus jefes. Tuvo al bebé y se regresó a Colombia, dejándolo como regalo a sus patrones, que terminaron criando a Mauricio como sus abuelos. Al poco tiempo (no quiere contar por qué), el joven de esa casa, o sea, quien decía que era su padre, fue a parar a prisión.

Luego de ocho años llegó, le contó esta historia y lo obligó a vivir con él. “Me vio desde el principio más como un empleado que como un hijo. Me sacó de la escuela. Me golpeaba. ¿Ves esta cicatriz? (me enseña la cabeza). Fue por un palazo que me dio solo porque me olvidé de sacar los papeles higiénicos del baño. Nunca hubo abuso sexual. Todo eso fue un shock y marcó definitivamente lo que es mi vida, para bien o para mal. ¡Para bien, creo yo!”…

Cundo habla sobre esta parte de su historia, es el único momento en que se le borra la sonrisa. Habla despacio, bajito. A ratos hasta parece que se le quiebra la voz.

A los 12 años se escapó de la casa de su padre: “Es la mejor decisión que he tomado en la vida. Yo no practico ninguna religión, pero ahí es cuando digo que Dios existe. Me encontré con gente muy buena, alguien que me dio posada, alguien que me dio mi primer trabajo como lavaplatos, gente que me cuidó. Volví a la escuela, me gradué; fui al colegio, me gradué”.

Desde pequeño, Mauricio se sentía “diferente”, pero recién a los 20 años reconoció abiertamente que es homosexual. Antes había tenido unas cuatro novias y pasó, “como todos”, por una etapa de negación en la que no quiso admitir que le gustaban los hombres. Repite varias veces, como tratando de que no queden dudas, que ser drag no tiene nada que ver con el género, que cualquier heterosexual puede practicar este arte. Pero también reconoce que en Ecuador la mayoría de drag queens son homosexuales. “Si conozco dos o tres heterosexuales, sería bastante”.

—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que todavía no se masifica esto de llevar los shows a las fiestas privadas, porque aún están presentes los estereotipos. Hay gente que cree incluso que todos nosotros somos transexuales, que nuestro sueño es convertirnos en mujeres, pero no necesariamente es así. Algunos han usado este arte como trampolín para eso, pero la gran mayoría somos gays. Yo soy un hombre al que le gustan los hombres y moriré siendo un hombre al que le gustan los hombres.
—De lo que conoces, ¿cómo es en otros países?
—Hay muchos países en donde la mayoría de los drag queens son heterosexuales.

Eso de que un hombre le coquetee no es tan raro. Pero tampoco lo es que alguien se le quede viendo mal. Pero eso le anima. “El drag es para trasgredir, para romper estereotipos. Es para incomodar. Si veo que alguien se incomoda con mi show, me da más ganas de seguirle, de dedicarle mi baile”.

Hay muchas anécdotas. Hace poco llamaron a Mauricio de parte de un alto funcionario de un ministerio pidiéndole un ‘servicio’ y confundiendo a Shirley con una prostituta transgénero. Él les dijo que se informaran bien, les explicó lo que hacía y colgó.

Su presentación termina con la canción ‘Reach out’, de Gloria Gaynor. Abraza al cumpleañero y se pone a bailar junto a los invitados. No acostumbra a quitarse su vestuario enseguida. “¿Te imaginas maquillarse durante tres horas para que solo te dure 20 minutos? ¡No! Yo siempre me quedó un rato con el traje para disfrutar de la fiesta”.

Su casa

En la pared del fondo están pegadas las fotografías de las actrices Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Greta Garbo y un disco de vinilo. Junto a ellas está ‘Rupaul’, el drag queen más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Un tipo tan bien maquillado que realmente parece mujer y se ha convertido en el referente de Shirley Stonyrock.

La casa que, literalmente, comparten Shirley y Mauricio, es un lugar pequeñito pero acogedor. Lo escribo en ese orden: ‘Shirley y Mauricio’, porque en verdad la casa le pertenece mucho más a ella que a él. Tras la puerta, lo primero es una cocina de dos metros cuadrados con un diminuto mesón y el lavaplatos que en la mañana de ese martes luce atiborrado de trastes sucios.

Luego viene el dormitorio-sala-comedor. La cama y su espaldar lleno de pilas de videos y películas musicales, la mayoría con temática drag. Frente a la cama un televisor y algunos libros tirados. El escritorio, con una computadora personal y una pequeña mesita que funge de comedor. Las paredes llenas de cuadros de Shirley, imágenes que han hecho varios fotógrafos famosos. No hay ni una sola foto de Mauricio.

La diferencia más grande se ve en los vestidores. La ropa de Mauricio está en un clóset de menos de un metro, oscuro y escondido junto a la puerta del baño. La de Shirley ocupa tres de las cuatro paredes de un espacio más grande que todo el resto de la casa. Es su camerino. Un espejo enorme, una peinadora, piso de baldosa y sus 200 trajes, sus 30 pelucas y sus 24 pares de zapatos.

Cada vez que Mauricio habla sobre su trabajo, su rostro se enciende. Es como el rostro de un niño presumiendo su juguete nuevo en Navidad. En su escritorio guarda una carpeta bastante gorda con todos los recortes de periódicos y revistas en los que se ha publicado sobre Shirley. “Si me ofrecieran otro trabajo diciéndome que me van a pagar más, pero haciendo otra cosa, no lo aceptaría”. En promedio, logra reunir un salario básico al mes; a veces más, a veces menos. Y recuerda su sueño de niño: ser artista, bailar, actuar. “Estoy cumpliendo mi sueño, estoy haciendo lo que quería. Soy completamente feliz”.

Hay que comprender eso para saber por qué estos hombres decidieron llevar su arte un paso más allá. Daniel Moreno interpreta a la mítica Sarahí Basso y es uno de los maestros de Mauricio. Ambos ven este oficio igual, a tiempo completo. “El trabajo escénico del drag es un espectáculo cabaret, es como una revista musical para entretener al público, pero no solo a uno en específico, nosotros nos hacemos al público. Yo he tenido que ir a desfiles de modas, despedidas de solteros, matrimonios. Una vez tuvimos que interpretar un bolero que era el preferido de dos viejitos que celebraban su aniversario y pidieron un show nuestro como regalo”.

—¿Te puedo citar?
—Claro, no hay problema.
—¿Cómo te cito?
—Daniel Moreno, quien interpreta a Sarahí Basso. Es que estamos empeñados en que se reconozca nuestro nombre, porque a veces identifican solo al personaje.

(Esta lucha interna entre el personaje y el intérprete es común entre quienes han desarrollado este arte a ese nivel)

Ahora Mauricio está estudiando técnica vocal. Él canta, pero quiere que un día Shirley también lo haga en un show en lugar de recurrir a la fonomímica. Añora que todo el mundo lo conozca, presentarse en otros países, tener un programa de televisión, hacer un calendario tipo ‘la chica Pilsener’.

No tiene novio, pero quiere formar un hogar. Le gustaría adoptar. Le recuerdo que no podría hacerlo en este país. “Bueno, lo que tenga que ser, que sea, he decidido no forzar las cosas”.

La franja traslúcida que hay en el techo del camerino de su casa le da al sitio una iluminación muy cálida. “Fue hecha especialmente para mí”, me dice, mientras recoge una de sus pelucas del piso.

(…) “Y a todas estas, ¿qué tengo que hacer para ser portada de SoHo? De tanto que hemos hablado, ya me veo yo en esa portada”. Suelta la más grande carcajada. Así es Shirley Stonyrock.

Cuando Daniela Moreno y su hermana Andrea se enteraron de que la casa de sus abuelos sería demolida y sus árboles derribados, decidieron salvar el toronjal de seis metros que estaba en la puerta de entrada. Moverlo, permitiría poner en cuestión la forma en que está creciendo Quito, donde se talan árboles todos los días y se elevan edificios que individualizan la multitud urbana. A la vez, trasplantar el árbol que durante cincuenta años dio la bienvenida a la familia, significaría mirar un pasado que se diluía con la destrucción de la casa. Era abril de 2014, la iniciativa adquirió un sentido íntimo y colectivo del que surgió la acción poética y eco-política El Árbol en Movimiento.

***

La empresa era atrevida. Trasplantar un árbol adulto es comparable a una operación de corazón abierto, se requiere el vigor para elevar toneladas (el toronjal pesaba seis), pero también precisión para no maltratar las raíces que lo alimentan. Faltaban noventa días antes de que elevaran el edificio y Daniela, que no tenía dinero en ese momento, tenía que encontrar los medios para mover al toronjal.

Tras las primeras gestiones el toronjal encontró casa, el Jardín Botánico de Quito accedió a recibirlo. Daniela –entusiasmada- pidió ayuda al Municipio de la ciudad para que con su maquinaria trasladen al árbol. El 22 de mayo la invitaron a un recorrido por los árboles emblemáticos de la ciudad junto al alcalde Mauricio Rodas. Al llegar, Daniela se enteró de que el evento era por el Día del Árbol.   Visitaron una araucaria, una magnolia y un higo que se conservan en el Centro Histórico. No se sabe si los árboles reconocieron el honor de la visita. En medio del acto solemne, Daniela explicó en segundos la propuesta de El Árbol en Movimientohaciendo énfasis en la necesidad de que el crecimiento de Quito sea distinto: en convivencia con los árboles y no a pesar de ellos. El alcalde la felicitó.  Al terminar el recorrido, Daniela espetó: “¡¿Entonces, Mauricio vas a ayudarnos?!”. Él respondió: “Claro que sí, me gusta tu estilo”.

Pero todavía era necesario reunir dinero para comprar una máquina sofisticada que limpiaba la tierra de las raíces del árbol arrojando aíre a fortísima presión, pero sin lastimarlas. Para recaudar el dinero, el 30 de mayo, se realizó la primera minga bailable de El Árbol en Movimiento y varios artistas participaron gratis. Hubo música en vivo y proyecciones visuales, otros amigos repartieron los tragos en la barra, la madre de Daniela vendió choclos asados, cuatrocientas personas bailaban y alguien calmaba a su padre, diciéndole que no se iba a caer la casa.

Se hizo una segunda minga bailable y en total se recaudaron mil quinientos dólares para comprar la máquina que limpiaba las raíces (Airspade 2000) . Entonces inició la intervención de los arbolistas, los especialistas que dirigirían el minucioso procedimiento de trasplante, quienes podaron el árbol para aligerar su peso. Descartaron toronjas y ramas muertas. Destruyeron el concreto que rodeaba al árbol y quitaron la tierra que tenían las raíces con la máquina adquirida. Las raíces desnudas -que juntas alcanzaban hasta dos metros de diámetro- quedaron como único sostén del árbol. A inicios de agosto, el toronjal estaba listo para ser trasplantado.

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Como el árbol más grande de su casa, los Moreno Wray también debían mudarse. Andrea dice que durante la mudanza iban apareciendo los rastros de los más antiguos habitantes de la casa. Al vaciarse el baño apareció el papel tapiz de antaño. Encontraron una hoja escrita por la tía Inés que detallaba cuántas prendas de vestir, de qué material y de qué color habían en el clóset. En una de las últimas noches que la familia durmió ahí, se escucharon ruidos, como si alguien bajara maletas por las gradas y los pasillos. Pensaban que a lo mejor serían las tías Inés, Judith, Manana, o los abuelos que también estaban empacando. Gente que aunque había muerto, nunca dejó de habitar la casa. Daniela se preguntaba a dónde irán sus fantasmas. El toronjal era el único que tendría una nueva estancia.

Daniela, que es documentalista, filmó cada momento para perpetuar la memoria de la casa. Registró la mudanza y la casa vacía.  A ratos dejaba la cámara e iba a cualquier cuarto ya desocupado, para llorar a solas. Grabó después la destrucción de los árboles en el jardín y la demolición de la casa. La retroexcavadora redujo todo -el cerramiento, los cuartos, la sala, la cocina- a un montón de escombros color ladrillo.  Las varillas retorcidas salían de las pocas paredes que se mantenían en pie. En medio de la destrucción, el toronjal permanecía erguido, esperando  entrar en movimiento.

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El 19 de julio de 2014, decenas de personas merodeaban la casa del toronjal. Espiaban por la puerta del garaje, como quien busca al recién nacido. Encontraban al árbol rodeado de periodistas, camarógrafos y fotógrafos pendientes de su destino. Un hombre rociaba fertilizantes a las raíces desnudas. Fortalecer las raíces más pequeñas era necesario para que, en el nuevo sitio, el árbol se pudiera alimentar.  Los arbolistas sujetaban las ramas más fuertes del toronjal con cadenas, que a su vez estaban sujetas a una grúa. La Empresa Eléctrica retiró los cables de los postes que podían estorbar la ruta hacia el Jardín Botánico. Llegaron tres bufones, un grupo con tambores y la gente comenzó a disfrutar.

La mayoría eran individuos, colectivos e instituciones públicas y privadas que querían salvar el árbol y no cobraron por su ayuda. Daniela dice que en comparación con el apoyo de la gente, lo que menos se usó fue dinero. El árbol le enseñó a no angustiarse, sin dinero pero en minga los propósitos se pueden alcanzar.

Antes de que el árbol se marchara, Andrea, Daniela y su mamá Natalia se acercaron al toronjal. Descendieron al hueco donde estaban las raíces descubiertas. Con ánimo ritual, fumaron hojas de tabaco para comunicarse con él: agradecerle por el tiempo que estuvo ahí, por las jugosas toronjas que regaló a la familia esos cincuenta años, y despedirse. Se retiraron y los arbolistas siguieron con su trabajo.

El árbol parecía volar mientras la grúa lo trasladaba por el aire. Las personas seguían con suspenso el lento desplazamiento. Las raíces, que eran tan fuertes en tierra, parecían nervios expuestos que irritaban al árbol con el viento. Podíamos sentir al toronjal.

Los arbolistas daban instrucciones a cada movimiento de los maquinistas para no dañar al follaje, ramas y raíces. Suave, suave, decían. En la calle una larga plataforma retrocedía para poder recibir al árbol. Uno de los bufones, con gestos enérgicos, golpeaba la plataforma con un mazo y gritaba con voz aguda: “¡Despacio, despacio, hijo de Satanás!”. Todos reían, excepto el conductor. El árbol descansó acostado en la plataforma.

El camino al Jardín Botánico fue breve. Bajaron al árbol en el espacio que se había reservado para él, se prendió tabaco para recibirlo y se cubrieron sus raíces.

***

Andrea y Daniela son tías de Luana, que nació hace pocos meses. En unos años, su sobrina podrá visitar el toronjal que, de algún modo, sigue siendo una entrada a donde sus antepasados están.

En la estantería metálica hay un cuadro de Jesucristo, otro de la Virgen y varias figuritas de santos católicos. Junto a todos ellos, en la pared, un póster del Che Guevara: fondo rojo, silueta en negro, una estrella en la boina.

Édison Cosíos siempre fue un joven revolucionario. O así lo recuerda Vilma Pineda, su mamá… El 15 de septiembre del 2011, a las cinco y cuarto de la tarde, ella recibió la noticia más dura de su vida: su hijo tenía 17 años de edad y un policía le disparó una bomba lacrimógena directamente a la cabeza, mientras el muchacho participaba en una manifestación en contra del Gobierno de Rafael Correa.

Durante los siguientes seis meses, ella literalmente vivió en dos hospitales, el uno público y el otro privado. El diagnóstico final de los médicos fue devastador: ‘Estado vegetativo permanente’. Cuando ella decidió llevarse a su hijo, unos doctores le dijeron que no llegaría vivo ni a su casa. Otros, que viviría a lo mucho unos cuantos días más.

Han pasado tres años y medio y no solo que no ha muerto sino que Édison Cosíos ya ni siquiera pasa todo el tiempo acostado en su cama. Cuando entro en su habitación, pintada de un intenso azul pastel, él está en una silla especial, sentado junto a la ventana, recibiendo directamente el sol profundo del mediodía. Una especie de gorra de baño blanca cubre su cráneo, pero no logra disimular la hendidura provocada por el impacto de la bomba. Parece dormido.

“‘Edy, aquí está Alexis, él es periodista y quiere escribir sobre ti. Salúdale”. Sin la ayuda de nadie, el muchacho levanta la mano derecha y la extiende. Estiro la mía y él la aprieta con fuerza. “Hola, Édison. ¿Cómo estás?”, pregunto. Él hace puño la misma mano y levanta el dedo pulgar… Alcanzo a ver un escudo de la Liga de Quito. “¿Eres liguista? Yo soy barcelonista”. Habla su mamá: “Édison, ¿qué les haces a los barcelonistas?”. Y él levanta el dedo medio para hacerme la ‘mala seña’… Sonríe.

Sobre su cama está un letrero con su nombre en letras doradas y mayúsculas: ÉDISON COSÍOS. Abajo, un enorme cartelón lleno de fotos: con su familia, con sus amigos, con alguna novia… Ahí se ve a un joven blanco, delgado, sonreído, que dista mucho del hombre casi inmóvil y callado que está en la habitación. Junto al cartelón, muchos globos que han ido dejando las personas que lo visitan. El más grande tiene forma de corazón y la leyenda: “Quiero que mi cariño te acompañe por siempre”.

***

Al joven Cosíos la política le interesó desde pequeño pero nunca fue afín a ningún partido. En el Colegio Mejía formó el Movimiento Combatiente Alfarista y la primera vez que se postuló a la Presidencia del Consejo Estudiantil obtuvo muy pocos votos. Eso lo sabe bien Carlos Collaguazo, quien su compañero y lo define como su líder. “En el Colegio debíamos tener plata para hacer campaña, o vincularnos con algún partido. Y nosotros ni teníamos plata ni queríamos unirnos a nadie”.

Collaguazo estudia ahora Ciencias Políticas en la Universidad Central. Reconoce que Cosíos tenía “el don de la palabra”. “Podía convencernos de hacer algo solo con hablar. Hacía amigos con mucha facilidad, siempre estaba alegre. A veces, cuando alguien tenía que irse temprano, él le convencía para que se quedara en las discusiones de política o preparando las campañas”.

Por esos días, el Gobierno promulgaba el Bachillerato Unificado, que eliminaba las especializaciones en los colegios y definía que todos los estudiantes recibirían el mismo título. Con eso Cosíos nunca estuvo de acuerdo.

Los alumnos del Mejía habían decidido salir a protestar, pero el Movimiento Combatiente Alfarista, al que identificaban como MCA, decidió que no iría porque justo en ese momento estaban buscando apoyo para la segunda campaña de Cosíos rumbo al Consejo Estudiantil.

Las manifestaciones fueron fuertes el martes 13 y el miércoles 14 de septiembre y todo hacía pensar que la cosa empeoraría el fatídico jueves 15.

El Colegio Mejía es una construcción antigua, gigante y de paredes blancas. Eran casi las cinco de la tarde y Édison Cosíos les dijo a sus compañeros que debía ir a encontrarse con su novia. Se despidió y se fue sin haber participado de las protestas. Pero justo cuando estaba por salir del colegio, alcanzó a ver cómo los policías comenzaron a meterse por la puerta principal para reprimir a los estudiantes. En ese momento, tomó la decisión más cara de su vida: regresó, cogió un escudo con las siglas MCA y dio la orden: “Vamos a defender a nuestro Colegio”. “Édison le tenía una especie de ‘pica’ al Gobierno”, confiesa Collaguazo.

Las normas de seguridad pública mandan que los policías deben disparar las bombas lacrimógenas hacia arriba en un ángulo de 45 grados para que si llegasen a caer sobre alguien, a lo mucho le rompan la cabeza. Pero Collaguazo asegura que esa tarde los policías irrumpieron disparando directamente a los cuerpos de los estudiantes. “Hubo muchos compañeros que se salvaron de milagro. Édison incluso tenía el escudo y se quiso proteger pero creo que la bomba llegó tan rápido que no le dio tiempo a nada, le pegó duro en la cabeza”.

Doña Vilma Pineda nunca olvidará el momento en que sonó el teléfono. Su esposo estaba del otro lado y le dijo: “Tienes que salirte de donde estés porque al Édison le han disparado”.

***

La casa de la familia Cosíos Pineda queda en el barrio La Argelia, en el sur de Quito. Un lugar enquistado en las montañas, lleno de calles empinadas, muchas de tierra, otras empedradas, pocas adoquinadas y una pavimentada. La de ellos es adoquinada. Por esos lares no se respira esmog.

Cuando decidieron que el joven regresaría al hogar, el Gobierno hizo algunas modificaciones en la vivienda. Para entrar, hay que cruzar una larga rampa de cemento. La puerta de calle es de metal azul. Esa, la puerta de ingreso a la sala y la del cuarto de Édison tienen más de dos metros de ancho. Las hicieron así para que las camillas y la propia cama del joven pudieran entrar y salir cada vez que fuera necesario. Lo primero que se ve es la sala, enseguida la habitación de Édison, luego el comedor, la cocina y el resto de cuartos asoman tras un largo corredor. El piso es de cerámica blanca.

La sala es un lugar pequeño pero acogedor. Dos sillones y una mesa de madera en la que están fotos de toda la familia. El ventanal muestra en el fondo a un pequeñito Panecillo.

Antes del accidente, Vilma Pineda era operaria en una fábrica de ropa. Pero desde ese momento, su vida y su único trabajo es cuidar a su hijo. Al día siguiente del bombazo, los doctores le dijeron que tenía muerte cerebral. Y, aunque enseguida cambiaron su diagnóstico a un coma profundo, ella tuvo que estar “pegada” a su hijo todo el tiempo.

Las primeras semanas estuvo en el hospital Eugenio Espejo. Luego fue trasladado al De los Valles, que es privado, pero la cuenta fue asumida por el Estado. “Llegó un momento en el Eugenio Espejo, en que los médicos ya me querían mandar a la casa. Parece que no querían que mi hijo muriera ahí. Nuestro caso se hizo público y toda la gente estaba pendiente. Creo que ellos preferían que se supiera que murió en la casa y no ahí”.

Durante los meses de hospital, Vilma Pineda tuvo que resignarse a leer de todo en redes sociales. Sus otros dos hijos le mostraban que muchas personas le decían que debía ‘desconectar’ a su hijo. Y ella cree que eso era una muestra de ignorancia porque su hijo nunca estuvo conectado a nada.

También tuvo que escuchar a una doctora cuando le dijo: “Déjelo ir”. Y ella hasta ahora no comprende por qué se lo dijo. “Había mucha gente hablando y opinando sobre nuestro caso. Cuando yo estaba en los hospitales, llegaron varias personas a decirme: ‘A mí me pasó lo mismo’, ‘mi hijo está igual’… A expresarme su solidaridad. Personas que yo no conocía y cuyas historias ha permanecido en secreto. Yo estoy segura de que si mi caso no se hubiera contando, no hubiera recibido nada de ayuda, ni del Gobierno ni de nadie. Por eso yo soy muy agradecida del periodismo. Creo que los medios de comunicación han sido mis aliados en esta dura lucha”.

La última vez que Vilma Pineda vio a su hijo consciente fue en la mañana de aquel 15 de septiembre que jamás olvidará. Su esposo, ella y Édison se sentaron a desayunar temprano. El joven no les habló de los preparativos para su campaña, ni de las protestas de sus compañeros, ni de su cita con su novia por la tarde. Hablaron “de temas normales, de cualquier cosa”.

Luego, ella y su hijo se fueron juntos en el bus que pasa por La Argelia y se despidieron en la avenida Napo. Allí ella se bajó, le dio, como todos los días, su bendición, le dejó un beso y le pidió que se cuidara y que volviera temprano a la casa.

***

Todo cambió hace casi un par de años. La habitación de Édison tiene unos doce metros cuadrados. Hay una televisión, un escritorio con varios frascos de cremas y medicamentos, un archivero, un sillón donde pasan las noches las enfermeras y un ‘sofá cama’ donde Vilma Pineda y su esposo duermen cada noche desde que regresaron a casa.

Aquella mañana, la enfermera de turno y Vilma arreglaban la habitación, ponían crema en la espalda del joven y bromeaban. No recuerda sobre qué, pero recuerda que bromeaban. Y, de repente, con uno de sus chistes, Édison sonrió.

Yo no lo podía creer. Grité, salté, pedí que le tomaran una foto, pero no alcanzamos. Nunca había hecho ningún movimiento. Me emocioné mucho, grité como loca”, recuerda la madre.

Esa noche, cuando sus otros hijos, ambos mayores que Édison, llegaron a la casa, ella le contó todo a su familia. Su hijo se acercó a Édison, le tomó la mano y le dijo: “Si me escuchas, guambra, me vas a hacer lo que siempre me hacías cuando jugábamos”. Y fue la primera vez que Édison levantó su dedo medio para hacer la ‘mala seña’.

Luego de eso vinieron muchas sonrisas más. Muchos gestos. Hubo más apretones de mano. Cada vez ellos le hablaban más. La madre les contaba esto a todos los médicos que mandaba el Ministerio de Salud. Ellos se limitaban a leer la historia clínica, anotaban algo, o parecía que anotaban algo, pero nunca dijeron nada.

Una vez un doctor “jovencito” llegó a la casa y, cuando Vilma Pineda salió de la habitación, aprovechó para preguntarle a la enfermera qué tan cierto era lo que decía. “Luego, la enfermera me lo contó. Como ellas han sido testigos de todo lo que ha pasado, cuando el médico le preguntó, ella contesto: ‘¿O sea que no nos cree?’. Luego le pidió a Édison que saludara al doctor. Y él lo saludó. Le pidió que le apretara la mano y el se la apretó… Ahí en el baño el doctor se daba contra la pared diciendo: ‘no es posible, no es posible’”.

Este joven doctor pidió ese día la visita de un neurólogo, un especialista que pudiera hacer una mejor valoración. Esa fue la mejor noticia que Vilma Pineda recibió en mucho tiempo. Se hizo ilusiones pero no pudo evitar también ponerse triste, porque comprendió que hasta ese momento nadie le había creído ni le habían tomado en serio. “Debían haber estado pensando que yo estaba loca, que veía lo que quería ver”.

Llegó entonces un médico de más experiencia, y más años, enviado desde el Estado. Pero cuando llegó, leyó la historia clínica y terminó con la ilusión en menos de un minuto y de la manera más brusca. “¿Para qué me manda a llamar, señora? –dijo-. Usted sabe que su hijo no se va a recuperar. Lo que está haciendo son cosas normales dentro de su condición”. Y eso fue todo.

Esa noche la madre de Édison sufrió. Se sintió devastada. Pero al siguiente día decidió que no se iba a dejar vencer. A él le encantaba la música de un grupo de cumbia que se llama La Vagancia. A través de una sicóloga, consiguió su contacto y logró que fueran a la casa, con todos sus instrumentos, y le dedicaran un concierto privado. “Ese día mi hijo se rió más que nunca. Fue increíble, parecía que quiso levantar los brazos para aplaudirlos”.

Daniel Hinojosa tiene 28 años y es vocalista de La Vagancia desde su inicio, hace ocho. Describe cómo Édison movía sus manos, sus brazos, gesticulaba, reía… “Fue uno de los momentos más emotivos y gratificantes que hemos tenido. Ese día teníamos un compromiso y llegamos tarde porque nos quedamos siquiera unas dos horas en la casa de Édison, con su familia, sus amigos”.

Desde esa tarde vinieron muchas mejoras. Cada vez más respuestas, más sonrisas, comenzó a abrir el ojo derecho hasta la mitad …

Un día, el presidente, Rafael Correa, hizo una visita sorpresa. Llegó con varios ministros. “La primera vez que el Presidente vio a mi hijo, vio prácticamente un esqueleto. –Explica Vilma- Lo primero que le sorprendió fue que encontró a un chico bien ‘papeado’, con un buen semblante. Pero se sorprendió todavía más cuando le dije a mi hijo. ‘Édison, aquí está el Presidente, salúdale’”.

El muchacho le saludó, se rió, y le respondió un par de preguntas con su mano. Correa le recriminó a su Ministra de Salud por qué no le había informado acerca de estos progresos. Ella le respondió que tampoco nadie le había dicho nada. El Presidente pidió que desde ese momento un “buen” especialista de un hospital privado lo atendiera.

Este nuevo médico sí se tomó el tiempo para verificar los progresos del joven y le dijo a la familia algo que volvería a cambiarles la vida: “Édison ya no está en estado vegetativo, ahora tiene un nivel de conciencia mínimo. Yo no les puedo garantizar que alguna vez se levante, pero evidentemente está mejorando”.

***

Édison Cosíos mide un metro ochenta de estatura y su peso de toda la vida bordeaba los 60 kilos. Pero cuando salió del Hospital de los Valles pesaba 25. En su celular, Vilma Pineda guarda fotos de ese momento. Imágenes en las que, en efecto, más parece que se ve un cadáver. La piel tan pegada al esqueleto que es como si no hubiera nada más en medio.

Ahora, ha vuelto a sus 60 kilos, tiene de nuevo su color de piel y si no fuera por la hendidura en el cráneo y un orificio en el cuello por el que logra respirar, podría parecer que solo está dormido.

En el último año han pasado muchas cosas. El nuevo médico comenzó a darle una medicación que estimula la actividad cerebral. El celular de Vilma Pineda es como una especie de testigo. Ahí hay fotos en las que Édison está comiendo un chupete o bebiendo una cerveza con su propia mano y sin la ayuda de nadie. Hay fotos de las celebraciones de sus dos últimos cumpleaños, la casa llena de amigos, de tíos, de primos. Y hay fotos de la primera salida que hizo la familia, como familia, en mucho tiempo. Tomaron a Édison, dejaron en la casa la silla especial de posturas, lo sentaron en el asiento trasero de su auto con el cinturón de seguridad y se fueron al Quinche.

Vilma Pineda sabe que esta ha sido la batalla más dura de su vida. Y ha decidido librarla en estas cuatro paredes. Ella es pequeña, delgada y de pelo corto. Habla pausado y tiene voz dulce. Ahora ya casi no llora. Cree que es verdad aquello de que las lágrimas se acaban. Que casi casi ha llorado todo lo que podía llorar.

Ya casi nunca sale de su casa, por no decir nunca sale de su casa. Su día empieza a las seis de la mañana. Entonces tiene que levantarse y, con la ayuda de la enfermera, hacerle a Édison los primeros ejercicios de rehabilitación física. Él come a través de una manguera, una especie de sonda que le llega directamente al estómago. Y debe hacerlo cada tres horas. Ella le prepara de todo, desde huevos para desayunar, hasta un corte de la mejor carne para almorzar, con frutas, legumbres. De todo, pero todo licuado. Cada comida es todo un proceso porque hay que dársela con el ritmo adecuado para que no le vaya a hacer vomitar.

Todos los días, Édison recibe de su madre un baño de esponja. Durante el día, siempre, vienen al menos cuatro personas a hacerle terapias físicas y sicológicas. En la mañana, él permanece en su silla, cerca de las ventanas, o recorriendo la casa, o tomando el sol. Al mediodía, su madre le pone noticieros en la televisión. Es un espacio de relajación. Por la tarde, vuelve a la cama y entonces su mamá tiene que estarle cambiando constantemente de posiciones y poniéndole crema en el cuerpo para que no se le vaya a lastimar.

El día termina a las diez de la noche, cuando Édison recibe la última comida y todos se van a dormir. Así es la vida.

El neurólogo Braulio Martínez revela que el estado actual del joven se llama: ‘nivel cognitivo mínimo’. Dice que lo que está haciendo la familia es lo correcto, tratando de llevar la vida lo más ‘normal’ que permita la situación. Pero también es tajante al decir que es muy complicado hacer un pronóstico. “Nosotros nos basamos en probabilidades. La mayoría de probabilidades son que no se recupere. Pero el cuerpo humano no es matemático, tampoco es imposible”…

***

El policía que disparó la bomba fue sentenciado primero a ocho años de prisión, pero luego la Corte Nacional de Justicia le bajó a cinco años la condena, que aún sigue cumpliendo. Vilma Pineda casi no quiere hablar de él. Se confiesa creyente pero el dolor lo siente cada día de su vida y no se considera capaz de perdonar.

Muchas veces se ha preguntado si los días de su hijo pueden llamarse realmente vida. De hecho, si a ella le pasara lo mismo, no quisiera vivir así. Pero esta es una guerra que quiere librar.

No puedo negar que tengo la ilusión de que un día mi hijo se levante y vuelva a ser el de siempre. No importa cuánto tiempo pase. Pero también es cierto que todos los días convivo con el miedo de que se muera. Cuando yo me lo traje a la casa, le dije a Dios: ‘En tus manos pongo a tu hijo, que un día me prestaste’. Los doctores me dijeron que no viviría más allá de unos días y aquí sigue y está mejorando. Creo que es por algo, creo que mi hijo tiene un propósito aquí. Y mientras él siga luchando, yo seguiré luchando también…”

El Justiciero

Publicado: 11 febrero 2013 en Jeovanny Benavides
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“Poetic justice”. El inglés Thomas Rymer acuñó esta expresión en 1678 para referirse a la posibilidad de hacer justicia sólo en el mundo de la ficción. Más de tres siglos después, Mauricio Montesdeoca Martinetti empieza a construir su historia a raíz de esta premisa y convierte la fantasía en realidad, alimentado por la venganza, dejando un legado de cientos de asesinatos regado en una fría e inolvidable ola de sangre, rencor y pánico en los cabecillas de las bandas del crimen organizado situadas en el corazón del mundo: el Ecuador.

Antes de que su cuerpo fuera abatido por 13 balas y muriera el 16 de julio del 2009, ya era conocido como El Justiciero, el criminal disfrazado de agente del grupo de operaciones especiales de la Policía más temido del país.

La leyenda comienza a consolidarse cuando apareció en la lista de los ecuatorianos fallecidos en los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, el origen de su historia (la pública) se cuajó años antes. Para ser exactos el 28 de diciembre de 1997. La brumosa noche trágica de aquel día, Mauricio se encontraba fumando con sus dos hermanos mayores: José Rey y Nicola. Los acompañaban José Aveiga y Joseph Zúñiga, dos amigos de la familia. Quienes los conocían solían referirse a ellos como “los niños ricos” de la ciudad. La familia Montesdeoca siempre tuvo una buena condición económica en Portoviejo, su padre, Reinaldo, fue dueño del cine Roma y representante en Manabí de los productos La Universal.

Pese a la ostentación de lujos y riqueza, José Rey y Nicola odiaban que los trataran como idiotas a la hora de hacer las cuentas. En esto Mauricio siempre quedaba al margen, pues prefería dedicarse a sus dos grandes pasiones: el rock y el deporte. En los negocios de su familia: ropa, alcohol y autos a sus dos hermanos siempre les gustaba sacar ventaja con el dinero. Aunque nunca traficaron drogas, sí las consumían. Su distribuidor era un hombre al que ni la madre lo conocía por su nombre (Daniel Bravo Pisco), sino por “Chani”. Aquella tarde de diciembre de hace quince años, fue él quien decidió hacerles una visita en una camioneta blanca, junto a tres encapuchados. Saltaron las verjas sin problemas y los encañonaron casi sin que se den cuenta. Justo antes de que ellos

llegaran, Mauricio tuvo ganas de orinar y fue a una habitación contigua. Desde ahí escuchó cómo empezaron a discutir. La razón: Las últimas cuentas por la venta de tres kilos de marihuana no cuadraron. Mauricio, de 27 años, tuvo ganas de salir, pero no lo hizo. Todo ocurría en el hall de la casa, mientras conversaban y escuchaban música de un convertible Ford Mustaine, color negro. Eran las 23h30. Un año antes Nicola había sido detenido por estafa al cambiar billetes falsos de cien dólares a unos comerciantes de camarón y, luego de haber estado preso un tiempo, lo dejaron en libertad condicional. Al parecer, en el último intercambio drogas-dinero los hermanos Montesdeoca deslizaron billetes adulterados. Aquello no le hizo gracia a Chani, quien fuera de sí gritó que a él “nadie le veía la cara de pendejo”. Insultos y reclamos; antes de que se hiciera medianoche todo era un caos. Según relatará Mauricio años más tarde, José Rey les dejó claro que no les iban a pagar y que los dejaran en paz de una buena vez. Fue ahí, en ese fugitivo instante, cuando el mundo se detuvo para quien la posteridad conocería como “El Justiciero”. Los encapuchados sacaron una cartuchera calibre 12, un revólver calibre 38 y otra arma calibre 22 y vaciaron en reiteradas ocasiones sus cartuchos sobre los cuerpos de los cuatro “niños ricos”.

José Aveiga y Joseph Zúñiga murieron de contado, mientras que José Rey y Nicola fueron trasladados al hospital dónde sólo se comprobó su deceso. Con los cadáveres de sus hermanos en las manos, Mauricio prometió vengarse. Jura que ni esa noche ni nunca derramó una sola lágrima. En cada uno de los cuerpos la Policía encontró más de cincuenta impactos de bala. Por ello, en un informe definirán el sangriento hecho como “una auténtica masacre” y confirmarán, tras las investigaciones, que el múltiple asesinato se debió a una deuda por drogas.

Aquel momento se le quedó alojado nítido en la memoria a Mauricio, porque no sólo eran sus hermanos, sino sus amigos y una gran parte de su vida la que murió la medianoche de aquel 28 de diciembre de 1997. Desde entonces nunca fue el mismo. Su mirada se volvió distante, profunda y evasiva. Quiso morir, pero el odio fue más fuerte. Lo único que lo mantuvo vivo en los posteriores años de intensa soledad en Estados Unidos (adonde fue primero) e Israel (donde se especializó después en el manejo de armas) fue el rencor y el irrefrenable deseo de venganza.

Se trasladó a Estados Unidos junto a su madre, Peggy Martinetti, y su hermana Karla. Alrededor de seis meses más tarde, retornó a Portoviejo (a 350 Kilómetros al norte de Quito, capital del país) para, supuestamente, ayudar a la Policía en la identificación y captura de los responsables de la muerte de sus hermanos. Antes del retorno hizo una

escala en Israel para aprender técnicas especializadas de combate, uso de repetidoras y armamento sofisticado.

Coincidencialmente, por la misma época, empezaron a aparecer muertos varios de los antisociales más peligrosos del Ecuador. A algunos de ellos, además, se los relacionaba con los homicidios sucedidos en la residencia de los Montesdeoca.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo consiguió aliarse al grupo de élite policial, específicamente con el Grupo de Intervención y Rescate (GIR), pero fue en noviembre de 1998 en que empieza hacerse sentir su furia contra los delincuentes. A manera de “El Cobrador” en el cuento de Rubem Fonseca en el que el protagonista siente que la humanidad le debe algo, Mauricio siente en cambio que son los criminales quienes le deben aquella felicidad no vivida y cortada de raíz a fines de 1997.

Si bien decenas de cadáveres de criminales habían despertado la curiosidad en todo el país, el origen de la leyenda se forja cuando por fin, y tras una búsqueda incesante de cuatro años, encuentra a Chani en un sitio inhóspito de la provincia de Bolívar, en Ecuador. Uno de los acompañantes de Mauricio dirá que antes de dispararle por sesenta ocasiones, le extirpó los genitales y le obligó a comérselos en un baño indiscriminado de sangre que en lo posterior aumentó el apetito desmedido de matar criminales los sábados en la noche sólo por no perder la puntería. La tarde del 3 de noviembre del 2002 que terminó con la muerte del principal culpable de la muerte de sus hermanos, Mauricio llevó un cartel hecho de espuma flex y encima adhirió una hoja bond en la que se dio modos para escribir estas palabras: “Ha llegado el tsunami para los delincuentes: El Justiciero”.

La Fiscalía concluyó en un informe que todos los delincuentes implicados en la matanza de su familia fueron asesinados. En todos encontraron los cadáveres con la misma leyenda. Su modus operandi era calcado en casi todos los casos: se ponía el uniforme de la Policía y una capucha, subía a sus víctimas, amenazándoles a punta de pistola, en una camioneta doble cabina. Después, esas personas aparecían abandonadas en terrenos baldíos con un número similar de tiros con los que mataron a sus hermanos. Además de Chani se le atribuyeron los crímenes de “El Chico del Millón”, fallecido el 6 de noviembre de 1998, “Chico Nike”, Kléver Auncacela y el “Loco Joffre” acribillados el 20 de diciembre del 2005, 9 de abril del 2008 y 1 de agosto del mismo año, éste último antes de ser asesinado se enfrentó a balas con El Justiciero, dejándolo herido.

Hacia el 2008 un avezado reportero le preguntó: ¿Eres El Justiciero?, ¿has asesinado a más de 100 personas? “El Justiciero somos todos. Todos y cada uno de los ecuatorianos

que reclaman justicia. El Justiciero está en el corazón de todos. Unos desconcertantes ojos verdes con lentillas rojas incendian de intriga los silencios”.

Entonces usaba ropa policial, un chaleco con la palabra SWAT, botas negras, guantes, pantalones militares. Del cuello le colgaba un collar con una cabeza pequeña de Eloy Alfaro, un revolucionario político ecuatoriano.

A inicios del 2004 la Policía menciona que operaba con su respaldo, aunque lo reconocía con el enigmático apelativo de “un informante clave”. Diputados de ese entonces como el socialcristiano Simón Bustamante e incluso el presidente del Congreso Jorge Cevallos, solicitaron formalmente a grupos policiales de élite que incorporen a sus filas a Mauricio “por ser experto en seguridad”.

Él tenía uniforme y armamento oficial. Y hasta dormía en los cuarteles de los grupos de Intervención y Rescate (GIR) y de Apoyo Operacional(GAO) en Manta. Y entonces, cuando la prensa hizo la denuncia, la Comandancia General de la Policía anunció una investigación. Pero, en la práctica, lo que sucedió fue que arrinconaron a El Justiciero y la policía después de tanta presión pública decidió quitarle el apoyo.

Fue a fines del 2006 que Mauricio supo que había que cambiar de estrategia o, de lo contrario, sería hombre muerto. Paradójicamente lo que hizo dejó perplejos incluso a sus más íntimos amigos.

Nadie sabe qué le dio por convertirse en un hombre público o en qué momento le picó el bicho de la política. Lo cierto es que un buen día de marzo del 2006 empezó a hacerse visible ante el miedo, la veneración y el desconcierto de todo un pueblo. Primero en centros comerciales, luego en sitios concurridos y avenidas… su paso no dejaba indiferente a nadie. Incluso había quienes lo trataban como un estrella de cine y le pedían autógrafos que él daba con la paciencia y el afecto de un anciano recluido en un asilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si acallara las voces de un pasado que no hacía otra cosa más que gritarle las múltiples muertes de decenas de pedófilos, criminales y traficantes internacionales de drogas. Sin embargo, el tiempo dirá después que aquella fue la peor decisión de su vida.

Formó el Movimiento Justicia Libertaria Alfarista, por el cual encabezó la lista como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente en el 2007. Quería ser asambleísta, porque creía que si el Ecuador iba a cambiar necesitaba hacerlo por medio de una nueva Constitución que se iba a redactar en Montecristi un año después. Él quería estar ahí ¿Por qué? “Deseo combatir la impunidad y la corrupción. Mi propuesta de seguridad integral está basada en tres ejes: seguridad jurídica, económica y ciudadana. Quiero

incluir estos puntos en la nueva Constitución. Estoy a favor de la pena de muerte para asesinos y políticos corruptos, siempre que se despoliticen las Cortes”.

Los otros candidatos le temían. Y contrario a lo que sucede en cada lid electoral ecuatoriana (y en cualquier parte del mundo, en realidad) en que unos descalifican a los otros y el pasado vergonzoso de un político es sacado a la esfera pública sólo para restarle votos, todos (sin excepción) respetaron a Mauricio. Consultaban sus recorridos para no tener la desafortunada coincidencia de cruzarse con él en los mítines.

“Más seguridad, menos delincuentes, seremos un látigo contra las injusticias y barreremos las ciudades de toda la escoria que tanto daño ha hecho al país y la humanidad”. Sus palabras seducían, conmovieron a miles. Pese a la fuerza y originalidad de sus ideas, no logró su objetivo. Perdió. El cómputo oficial arrojó 13.763 votos a su favor. Su slogan “Protegido por el Justiciero” acaparó la atención. Mauricio salía vestido de negro, armado con pistolas automáticas, sub-ametralladoras y hasta con granadas. También usaba guantes, gafas y un pañolón para cubrir su rostro. Su figura era un imán para miles de personas que se aglomeraban en los mítines y que veían extasiados cómo su ídolo, el que había barrido con más de la mitad de los delincuentes más temidos del país, estaba ahí, junto a ellos. Apretó miles de manos, recorrió con su equipo las calles del cantón, buscando un voto y ofreciendo seguridad, sobre todo. Caía el mito y se levantaba la leyenda. Disfrazado, Montesdeoca recorría Manabí para pedir votos. Saludaba a la gente desde el balde de la camioneta, aunque siempre con un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos verdes. Más de 100 escoltas lo acompañaban. Eran sus guardaespaldas, algunas de los cuales estaban mejor armados que él.

En plena campaña, el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) detuvo a Mauricio con varias armas de fuego y municiones: una pistola 9 milímetros con dos alimentadoras.

Luego del incidente su discurso pretendía conquistar a los jóvenes, hizo popular la canción Somos de calle del reggaetonero Daddy Yankee, la que fue adaptada con su nombre y sus propuestas. Los sábados colocaba parlantes en las avenidas más populares para que la gente baile. Sus marchas denominadas Por la justicia fueron multitudinarias; incluso cuando terminó el conteo y vio que no ganó, organizó otra, con igual cantidad de asistentes.

Dos años más tarde, alcanzó la tercera posición cuando se postuló a alcalde de Portoviejo. Esta vez el cómputo oficial arrojó un total de 21.459 votos a su favor. Por entonces, cientos de stickers con ojos dibujados, con la consigna “Yo estoy con el justiciero” o sencillamente “Mauricio alcalde” se encontraban en todo lugar. Su campaña

fue muy llamativa, los colores rojo, blanco y azul invadieron la capital provincial. Pero esta última campaña fue distinta: ya mostraba su rostro. Lo tuvo que hacer obligado. Meses antes, en una comparecencia judicial, un fiscal le exigió que se quitara el pañuelo de la cara. Empezaba a diluirse el mito. Todos los diarios y noticieros lo mostraban: el atlético hombre de 1,90 era como el resto de gente.

Aún en campaña seguía practicando el volley, su deporte favorito, en canchas públicas. Rara vez perdía y, cuando se subía a su camioneta, instalaba a todo volumen los altoparlantes con la música que siempre le gustó: el heavy metal.

Aunque andaba resguardado con gente de su confianza, todos sabían que en algún momento lo iban a matar. Y aunque él fuera también consciente de que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, acallaba las voces de su interior exhibiéndose aún más en entrevistas y encuentros con jóvenes y líderes barriales. Unas semanas antes de morir hasta se había despojado del chaleco marrón que lo había acompañado durante el tiempo que la gente lo conocía con la leyenda forjada de “El Justiciero”.

¿Quiénes? ¿De dónde provino la venganza? Familiares de los antisociales acribillados lo acusaron ante la Fiscalía de ser un asesino, demandas que no progresaron y terminaron en el archivo del olvido.

El mismo Mauricio recibió varias amenazas de muerte que provenían no solo de familiares de delincuentes asesinados. En octubre del 2008 acusó a la Policía de persecución y de querer atentar contra su vida. Denunció que varios integrantes de la institución eran cómplices de bandas delincuenciales. Acusó a uniformados como Luis Martínez, oficial del GOE, de estar involucrados con la banda “Los Choneros”, la organización criminal más temida del Ecuador, y hasta los responsabilizó de su posible muerte. Y en el medio, el Presidente de la República, Rafael Correa Delgado, cuestionado por la opinión pública, ordenó el 22 de noviembre del 2008 quitarle los permisos para portar armas. Un año antes, el 7 de julio del 2008 el fiscal Agustín Zamora anunciaba que Mauricio afrontaba por primera vez una investigación por asesinato.

De la noche a la mañana empezó a estar expuesto, era consciente de que se había exhibido más de lo necesario y, por ello, empezaba a ser más precavido de lo usual. Y sin embargo, pese a todo, la madrugada del 16 de julio del 2009 estaba sin la custodia con la que siempre vivía. Tomaba precauciones como ir a su casa por un camino diferente, pero esa noche se le durmió el diablo. Mauricio regresaba de una reunión social en el hotel Ejecutivo. Trataba de conformar un plan con el que se buscaba repeler la inseguridad en el Ecuador. En esa reunión y ante dirigentes sindicales expresó: “Por mi experiencia

estoy convencido de que esta criminalidad es cambiante, sanguinaria y sin límites, y para combatirla se necesita mano dura, sin contemplaciones, eliminando sus bases”

Iba a bordo de su automóvil Pathfinder Nissan, sin placas, cuando a cien metros de su casa, fue interceptado por dos camionetas Chevrolet D’max de color blanco y gris. 15 hombres armados y con el rostro cubierto con pasamontañas bajaron de los vehículos y lo emboscaron cuando iba a ingresar a su vivienda, localizada en la urbanización Ceibos del Norte. Los encapuchados rodearon el automóvil y comenzaron a disparar en cuestión de segundos. Fue un baño de sangre y una lucha desigual, porque mientras Mauricio se defendió con una pistola 9 milímetros, los agresores, en cambio, portaban fusiles 5.50, subametralladoras y pistolas.

Pedro Vera, guardia de seguridad, al escuchar los estruendos se lanzó al piso. Y desde ahí, temblándole todo el cuerpo, lo vio todo claro: un Mauricio jadeante y con el cuerpo cosido a balazos que, aún así, se logró poner de pie y empezó a disparar; sin embargo, un proyectil le perforó la pierna derecha. Con ello perdió estabilidad y cayó para no volver a levantarse nunca más. “Allí fue que lo remataron sus asesinos”, relató un testigo. Un amigo de la familia indica que llegó con vida hasta el hospital de Solca e incluso expresó que le dolía la pierna.

Ante la balacera, Luis Alfonso Espinoza, de 22 años, chofer y único acompañante de Montesdeoca no atinó a reaccionar. “El guardia se demoró en abrir la puerta. Entonces el jefe se bajó a repartir bala y fue allí que lo mataron. No pude hacer nada”, relató días más tarde.

Lo llevaron hasta el hospital de Solca, a pocas cuadras de la masacre, pero todo fue en vano.

Respecto a si llegó o no con vida al hospital hay otra versión: médicos del área de emergencia manifestaron que Mauricio Montesdeoca llegó sin signos vitales. Su corazón dejó de latir a las 00h30.

La noticia técnica de los peritos policiales fue contundente. Las balas fueron dirigidas al hombro derecho, muslo derecho, muslo izquierdo, intercostal derecho, brazo derecho, 2 en el abdomen, 2 en la región dorsal y 4 en la pierna derecha. Una lesión en la vena aorta fue la causa de su muerte tras recibir trece disparos, que en su mayoría presentaron orificios de entrada y salida.

Luis Espinoza resultó con heridas en el antebrazo izquierdo y codo derecho; mientras que el vehículo recibió 44 disparos en los parabrisas delantero y posterior, es decir del lado en que se movilizaba Mauricio. Había cumplido los 38 años.

El funeral fue fastuoso. Lo enterraron como un líder. El sacerdote Edmundo Viteri presidió la plegaria. Unas tres mil personas se aglomeraron en la Catedral para escuchar una corta liturgia. Terminada la misa, la caja de dos metros de longitud, donde guardaron el cadáver de Mauricio, fue retirada de la Iglesia y subida a la plataforma con destino al cementerio. Ahí, su esposa, María Fernanda Solórzano, lloró desconsoladamente. Frente al edificio de La Fiscalía el alboroto de quienes acompañaban el cortejo fúnebre se detuvo. ¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Queremos Justicia! Sin embargo, en estos tres años de su muerte el crimen sigue impune. Aquella tarde lúgubre del 17 de julio de 2009, perdido de todo, en un fragmento de realidad diferente, tres amigos de Mauricio se apartaron precipitadamente del ataúd: arrojaron al aire dos palomas blancas que no quisieron volar.

Se trata de una masa gelatinosa, salada, anaranjada, rellena de cuero y patas de chancho y con forma de lavacara. Angelita Pazuña, una mujer de un metro 60 centímetros, morena y de pelo lacio, corta con un inmenso cuchillo algunos pedazos de esta masa y los coloca en una funda plástica transparente que cabe en una de sus manos… Pero la mujer indígena que recibe el producto no entrega a cambio dinero. De su chal azul marino, deja caer, sobre un tarro blanco, un poco más de una libra de cebada en grano. El trueque está hecho.

El togro, como se conoce a esta masa gelatinosa, es la ‘estrella’ de la feria que cada miércoles se hace en Cusubamba, una parroquia de 9.000 habitantes, enraizada en las montañas de Cotopaxi, a la que se llega tras una hora de recorrido en carro desde Salcedo. Un poblado al final de un camino empedrado y lleno de agujeros, rodeado de pencas, cipreses y unos árboles alargados y curvilíneos que ni se inmutan con el frío, el viento y la neblina matinal, que cubre todo el verde y casi no deja ver.

En el centro, a dos cuadras de la feria de los miércoles, hay una de esas torres de fierros rojos y blancos y una luz roja titilante en la punta, que sirven para mostrarles a los pilotos de aviones dónde están los sitios más altos de la Tierra para que no vayan a estrellarse. Es un lugar tan alejado del mundo ‘normal’, que parece que sería más fácil medir su altura en ‘metros bajo el nivel del cielo’ que en ‘metros sobre el nivel del mar’.

En la feria, cada semana se oferta de todo: coloridos sombreros, ponchos y sandalias, panes que aún guardan el sabor a horno de leña, espumillas blancas y rosadas, pescado frito, panelas inmensas y pesadas, gaseosas y jugos artificiales, manteca de res… Pero los habitantes de Cusubamba esperan con ansias el togro. Muchos lo comen solo, otros con una funda de mote y mapahuira.

Los secretos

 Dos mujeres llevan el togro hasta las alturas. Además de Angelita Pazuña, de 45 años, está su tía, María Guanoluisa, de 76. Ellas trabajan en puestos separados y las conocen como ‘las togreras’. Guanoluisa lleva más 50 años subiendo a Cusubamba y Pazuña 25.

Ninguna tiene más de dos minutos seguidos para conversar. La feria está dividida en dos partes: Un galpón de unos 150 metros cuadrados, de paredes blancas y concho de vino, con mesas de baldosa blanca y piso de cemento. Y un espacio exterior de unos 700 metros cuadrados, en el que la hierba compite con el cemento.

Afuera, unos puestos están cubiertos por grandes plásticos de colores colocados sobre estructuras de madera, a manera de carpas; otros, en cambio, prefieren sentarse en el suelo para vender. Adentro, las vendedoras simplemente ponen sus productos sobre las mesas de baldosa.

‘Las togreras’ están adentro. A su alrededor, hay un incesante desfile. Cada vez que ven que alguien se acerca, ellas se apresuran a cortar un pedazo y extienden su mano: “vendrá, caserita, ¿qué va a llevar?”, “pruebe, ¿cuánto le doy?”… Y la rutina casi siempre es la misma: el cliente toma el pedazo, lo prueba. Luego saca la cebada, la coloca en tarros o en costales y recibe el togro. Aquí cabe a la perfección aquello de ‘vender al ojo’, porque cada ‘togrera’ sabe exactamente cuánta cebada vale 25 centavos, o 50, o 75…

El togro es el resultado de cocinar por todo un día las patas y el cuero del chancho es unas ollas muy grandes. Cuando el agua, las patas y el cuero comienzan a compactarse de tanto hervir, la preparación habrá llegado a lo que ‘las togreras’ conocen como ‘el punto’. Entonces, será el momento de colocar la mezcla en las lavacaras plásticas que le dan su forma final. Llegará el achiote en grano, que le da su color anaranjado. Y le seguirán los aliños y toques finales: cebolla, ajo, sal, orégano, leche y algunos otros detalles que estas mujeres se guardan. Luego, esperan hasta que termine de cuajar y está listo para la venta.

Como la preparación tarda más de un día, las ‘togreras’ empiezan a hervir todo desde la tarde del lunes, para alcanzar a estar en la feria a eso de las ocho y media de la mañana del miércoles. “Antes se demoraba más, porque teníamos que cocinar en leña, ahora, con las cocinas a gas ahorramos por lo menos unas ocho horas”, explica Angelita Pazuña.

La mayor de las ‘togreras’, María Guanoluisa, es pequeña, ancha y usa un delantal y un sobrero de tela sobre su lacia cabellera cana. Habla fuerte, mira siempre a los ojos y no puede contener su sonrisa cada vez que habla del togro. Nadie sabe con exactitud desde hace cuánto tiempo se vende este producto o quién lo inventó, pero ella tiene 76 años y asegura que sus abuelos ya lo preparaban y vendían.

Ella comenzó a venderlo desde que tenía 20 años. “Antes, teníamos que subir en burros o caballos. Desde hace poco nomás hay buses y camionetas”. Cada miércoles, suben desde una parroquia rural de Latacunga llamada San Felipe, en donde hacen la preparación. Desde que llegan, comienzan a cortar el togro para venderlo y no dejan de hacerlo hasta que se van, a eso de las 14:00, casi siempre sin sobrantes.

El trueque

‘Cusumbamba’ significa en kichwa ‘Tierra de gusanos’. Precisamente porque eso es lo que abundaba en este lugar en sus inicios: gusanos, según lo explica el Presidente de la Junta Parroquial.

Es un pueblo cuyo centro se limita a unas cuatro cuadras. Un parque lleno de plantas y flores, con un árbol gigante en una de las equinas. Una iglesia con la fachada de adobe, que guarda su forma original. Una pequeña escuela. Un vacío dispensario médico. Una unidad de Policía. La Junta Parroquial. Y un local de Internet, recientemente inaugurado por el Estado.

La mayoría de los habitantes son indígenas. Hay muy pocos jóvenes en las calles. En un miércoles de feria, la imagen es repetitiva: decenas de personas bajando con sus chales o costales llenos de cebada bajando a hacer compras y decenas de personas, ya sin cebada, pero con fundas o costales llenos.

El empedrado camino que llega hacia él está plagado de cerradas curvas, en medio de la vegetación. En las mañanas, la niebla es tan espesa que cuando cobija a los árboles parece el escenario perfecto para una película de terror. Es un sitio tan lejano que en el trayecto uno puede ver ovejas del porte de caballos, perros regordetes que vistos desde atrás parecen cerdos e incluso un perro plomo del porte de un pequinés, pero con una frondosa melena como de león.

El pueblo cumplió recién 149 años de vida. Pero para llegar o salir, la gente aún usa mayoritariamente unas camionetas organizadas como transporte público, que generalmente pasan repletas, como líneas populares en una gran ciudad. Al amanecer, los niños, con uniformes y mochilas son los principales usuarios. Muy pocos usan los buses pequeños y destartalados que llegaron recién hace seis años al lugar.

Esta historia se da en pleno siglo XXI y en un país dolarizado, pero en la feria de los miércoles casi nadie conoce el dólar. Sólo contadas personas. La mayoría aún vive con del ‘trueque’. Aquí el dólar se llama cebada y los centavos son otros granos, como el trigo y el maíz que no son tan cotizados. Cusubamba es un pueblo inminentemente agrícola. Y son precisamente los granos su principal producción. La cuestión es que muy pocas personas tienen tanto dinero en efectivo como pensar en ir de compras un miércoles de mañana. Y, pues, los vendedores, que vienen de comunidades y cantones aledaños, Salcedo, Latacunga, Llacturco, Rumiquiche, Atocha, Aguamansa, Pujilí, San José, Las 4 Estaciones y Mulalillo, han tenido que acoplarse a recibir en pago el único fruto del trabajo de los habitantes de Cusumbamba: la cebada.

Con algo más de tres libras de cebada, Moaña Guano, por ejemplo, lleva par su casa, cuatro panes, un jugo artificial, dos fundas grandes de mote y, por supuesto, el infaltable togro. “A mi marido le encanta el togro, a mí no tanto. Pero él come todos los miércoles. Todas las semanas, se levanta temprano y emocionado porque ya llevo su buen desayuno”.

Con la cebada la gente compra literalmente todo: pan, mote, pescado, jugos, gaseosas, togro, panela, manteca de res, sombreros, bufandas… Y la imagen es siempre la misma: la compradora escoge su producto, saca de su chal una porción del codiciado grano, la deposita en unos tarros blancos o costales, que todas las compradoras tienen, y reciben lo que pidieron.

El negocio

 En Cusubamba, todos son pequeños. Ninguno debe superar el metro y 60 centímetros. La mayoría son ancianos de sombrero, ponchos y pantalones o faldas de tela. A eso de las 10 de la mañana, la feria de los miércoles está repleta. Las ‘togreras’ para ese entonces ya tienen lleno medio quintal de cebada cada una. Si logran llenar, regresarán satisfechas a sus casas. Otros productos más populares, como el mote, ya han logrado llenar dos y hasta tres costales.

Las ‘togreras’ venden la cebada al regresar a Latacunga. Y la mayoría de los comerciantes hace lo mismo. Pero no todos. La señora que llega desde Pujilí con su pan recién horneado, por ejemplo, la utiliza ella directamente para alimentar a sus gallinas y para su propio uso en su casa.

Tampoco hay un precio fijo para cada quintal de cebada. María Guanoluisa dice que es una gran alegría cuando puede vender uno a 20 dólares. Pero Angelita Pazuña jura que puede conseguir un precio de hasta 25 dólares. Además, Pazuña vende, además del togro, las patas del chancho por separado, y para esa venta si exige dinero en efectivo. Cada pata cuesta entre 2 dólares y 3 dólares y medio.

Y eso afecta también en sus ganancias. Mientras Guanoluisa sale a pérdida todos los meses, Pazuña gana hasta 150 dólares.

Incertidumbre y modernidad

Cuando el reloj se aproxima a las 11, las tres cuartas partes de los costales de las ‘togreras’ están llenas. Cada vez hay menos gente desfilando por los puestos de la feria de los miércoles y algunos vendedores ya han comenzado la retirada. Ya en este punto, las vendedoras comienzan a recordar aquellos tiempos en que la feria era mucho más concurrida y el negocio era mucho mejor. La feria siempre ha sido los miércoles. Pero las ‘togreras’ añoran esos miércoles, antes de los buses, cuando regresaban a caballo o en camionetas pero con tres o cuatro costales repletos de cebada.

“Después llegó la modernidad. Los caminos empedrados. Las camionetas. Los buses. Los jóvenes comenzaron a emigrar a Quito, a Ambato, a Latacunga, a Guayaquil, a Cuenca, a España, a Italia… y mandaban dinero a sus familiares que se quedaron aquí. Y entonces ellos ya no necesitaban a esperar a la feria de los miércoles, bajaban hasta Salcedo y ahí en las tiendas compraban cualquier cosa cualquier día. Ahí ya la feria comenzó a decaer. Pero luego, cuando la gente comenzó a cobrar el bono solidario, muchos ya tenían dinero en sus bolsillos más seguido, llegaron los buses y ahora ya es más fácil que todos bajen a comprar en los pueblos más grandes”. Así define ese salto temporal María Guanoluisa, la mayor de las ‘togreras’.

A las 11 y media, la feria está casi vacía y los quintales de las ‘togreras’ casi llenos. A pesar de la baja en el negocio, las dos ‘togreras’ prometen que seguirán preparando este singular alimento hasta que sus fuerzas les acompañen. Angelita Pazuña, ya comenzando a limpiar sus lavacaras vacías, dice que está acostumbrada a ganar ese dinero y colaborar en su casa y que no piensa dejar de hacerlo. María Guanoluisa, también en labores de limpieza, confiesa que sus hijos ya no quieren que siga trabajando. “Me dicen que ya estoy vieja, que ya no venga, que me puede pasar algo, pero, auque pierda dinero, pero para mí quedarme encerrada ahí en la casa. Toda la vida he trabajado, ya no me acostumbro a estar sentada”. Y ahí estarán las ‘togreras’, mientras la feria de los miércoles que mantiene vivo el trueque se siga resistiendo a la modernidad y los habitantes de Cusubamba sigan buscando su añorado togro.