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Sobrevivir a un naufragio

Publicado: 22 diciembre 2016 en Xavier Gómez Muñoz
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Fabián Heredero, el náufrago de Santa Elena, vive en la parroquia Chanduy, un poblado a orillas del Pacífico, con apenas 18 mil habitantes repartidos en 14 comunas, una junta parroquial y un par de hoteles que no se llenan ni por el feriado del 9 de Octubre. Si tomas un bus en la entrada del kilómetro 110 de la vía a la Costa, llegarás a este puerto en unos 20 minutos. Te quedas en el parque, bajas una cuadra y un fuerte olor a pescado te dirá que llegaste. A un costado de la playa verás decenas de hombres, con botas de caucho y bermuda, a los que sobrevuelan un número mayor de aves, ansiosas por arrebatar algo de la pesca que sacan a tierra en gavetas. Cerca de la orilla hay cientos de lanchas ancladas. Y en el malecón, varios camiones y camionetas a la espera del producto fresco para distribuirlo en ciudades y mercados.

Sobre el malecón del puerto de Chanduy está también el comedero Los Pinos, del que son dueños los suegros de Fabián. Allí estuvieron el fin de semana anterior al naufragio, él, su esposa Karen Villón, sus hijos Ángel y Ginson y otros familiares. Eran las fiestas de la Virgen del Carmen, la patrona del puerto. Los cerca de 1.200 pescadores de la parroquia, como todos los años, sacaron a pasear a la imagen en una especie de procesión de lanchas pesqueras, a unas cuatro millas náuticas de la playa. Acto seguido empezó la fiesta. Fabián y su familia celebraban, mientras tanto, el cumpleaños de su hijo mayor, Ángel (seis años). Después salieron un rato al malecón. Fabián bailó el merengue Junto a tu corazón con su esposa. Y al día siguiente se tomó unas cervezas con amigos. Regresó a casa antes de las seis de la tarde, porque el lunes le esperaba día de pesca. Y todos quienes pescan en Santa Rosa saben el día en que saldrán, pero no tienen certeza de cuándo vuelven.

110 millas

Con tres mudas de ropa, un impermeable, un par de botas de caucho, bloqueador solar, crema para el cuerpo, jabón, champú, dos perfumes y 30 dólares en la maleta, Fabián salió de su casa la mañana del lunes 20 de julio. Se despidió de su esposa, y le prometió a sus hijos que traería golosinas a su regreso. Como pasa con otros pescadores de la provincia de Santa Elena, Fabián tampoco trabaja en el puerto donde vive. En su caso, por dos razones: en Chanduy se pesca ejemplares pequeños (que representan menos ingresos, también algo de camarón, langostino y langosta) y los días de descanso son pocos. Es por eso que aquella mañana, cuando el reloj marcaba las 6:30, se trasladó al puerto de Santa Rosa, donde las jornadas pueden durar entre tres y cinco días en altamar —dependiendo de cuánto tarden en llenarse las redes— pero las recompensas son mayores.

Una vez en el puerto, Fabián Heredero (24 años), Alfri Domínguez y José Hernán Arcentales (ninguno llegaba a los 30) hicieron las compras de rigor: 100 dólares en comida, enlatados, bebidas, pilas para el navegador, cartones para dormir en la lancha y siete fundas de carbón para cocinar los alimentos. Zarparon de Santa Rosa a las 9:30 de la mañana, junto a otra embarcación con los hermanos de Fabián, quienes se dedican también a la pesca. El mar picado hizo que tardaran nueve horas en llegar al punto acordado: “110 millas hacia el sur, en aguas peruanas, donde no hay tanta competencia, ni ruido de motores que ahuyente a los peces”. Y de donde se obtiene —al igual que de aguas chilenas, según reconocen varios pescadores del sector— “buena parte de la pesca que se vende en los puertos de Santa Rosa o Anconcito”, aunque las normativas internacionales les prohíban atravesar el espacio marítimo ecuatoriano.

Eran alrededor de las 6:00 de la tarde, cuando desde la embarcación dirigida por Fabián empezaron a calar la red o trasmallo. Después de unas horas revisaron la pesca y durmieron. Antes de que el sol del siguiente día se ponga perpendicular, ya tenían enhieladas y acomodadas lo equivalente a 15 gavetas de bonito y albacora (cada gaveta tiene más o menos 100 libras), lo cual no abastecía la capacidad de carga de la lancha (la llenan con 60 gavetas). Entonces buscaron otro punto cercano y repitieron la jornada. Era el primer viaje de Fabián con José; con Alfri ya había trabajado varias veces. Lo consideraba un amigo, al que desde la popa —donde Fabián regularmente conduce los motores— escuchaba reír y conversar.

Pasadas las 11:00 de la noche, la embarcación con los hermanos de Fabián se comunicó por radio.

—Fabián, ponte pilas que ya estamos haciendo el alce (recogiendo la pesca) para regresar pronto.
—A nosotros nos falta un poco todavía. Pero tranquilo, ya sabes que yo soy duro para manejar —contestó él.
—Pero dale suave, mira que el mar está feo.

Y se despidieron.

La primera lancha se adelantó cuatro millas en su regreso a Santa Rosa. La otra, con Fabián, Alfri y José, tardó un poco más en salir. Cuando inició su trayecto, llevaba las tres cuartas partes de su capacidad de carga. Nadie imaginaba, todavía, lo que el mar deparaba para ellos.

El naufragio

A la altura de la milla 100, cerca de las 5:00 de la madrugada del 22 de julio, una primera ola reventó violentamente contra la nave que Fabián y sus tripulantes trataban de mantener a flote. El agua subió hasta el nivel de la cintura y los motores se apagaron.

—¡Muchachos, alístense! —gritó Fabián, esforzándose por mantener la calma—. ¡Amarren las maletas, pongan los teléfonos en fundas y prendan la bomba de succión (para sacar el agua)!

Pero enseguida, mientras devolvían al mar la pesca, con la esperanza de alivianar peso, los emboscó una segunda ola. Las pomas de gasolina y el trasmallo empezaron a flotar, los motores ya no respondían, las maletas se fueron a quién sabe dónde y, a esas alturas, no había bomba de succión que logre extraer a tiempo toda el agua del bote. Con menos fuerza que las anteriores, pero con la capacidad necesaria para volcar la lancha, cayó la tercera ola. La tripulación se fue al agua. Entre la pesca de dos jornadas completas, pomas de combustible y demás objetos que flotaban en el mar, Fabián logró agarrarse de un trasmallo. Desde ahí oyó las voces de Alfri y José.

—¡Fabián, ya no avanzo! ¡No puedo! —decía uno de ellos.

Pero él no podía verlos, solo escuchaba sus gritos y chapoteos, en medio del sonido del mar agitado y la oscuridad.

—¡Tranquilos! ¡No se cansen! ¡Estoy por acá! ¡En el trasmallo!
—¡Fabián…! ¡No puedo! ¡No puedo!
—¡Naden para acá! ¡Vengan! ¡Estoy por acá!

Alfri y José, sin embargo, encontraron un par de pomas de combustible flotando en el agua. Se aferraron a ellas y vieron a lo lejos luces que parecían de otra embarcación. En su desesperación pensaron que podrían nadar hasta allá y salvarse. Fabián les gritó que no se vayan. Que las luces podrían estar más lejos de lo que parece. Que en la oscuridad las distancias son más engañosas. Que vuelvan. Los oyó chapotear unos cinco minutos, y nunca más supo de ellos.

La lancha, que por cierto se llama La presencia de Jehová está aquí, no llevaba a bordo chalecos salvavidas. Al parecer —supone Fabián— los olvidaron en el puerto mientras la limpiaban. Boyas para emergencias de este tipo “nunca llevan (tampoco), porque hacen mucho bulto y se necesita espacio para la pesca”. Para que resulte rentable trabajar de tres a cinco días en altamar, y repartir la ganancia entre el dueño de la embarcación (a quien corresponde la mitad del dinero obtenido) y los tres tripulantes, que comparten el resto en partes iguales.

Treinta horas, solo y en altamar

Sujeto al trasmallo de la nave, Fabián pudo mantenerse varios minutos a flote. Ya no escuchaba las voces de sus compañeros, ni veía luces próximas. Se arrepintió de no haber ido con ellos, porque creyó que habían llegado a alguna embarcación pesquera y que tardarían demasiado en encontrarlo. Entonces supo que debía regresar a la lancha, aunque esta se encontrara volcada. Trepo por la proa, y alcanzó a colocarse en una posición incómoda: entre sentado y acostado, agarrándose con fuerza de los extremos. Pero el mar tenía otros planes, y lo revolcaba, como muñeco de trapo, en sus aguas. En una de esas embestidas, un golpe en la cabeza lo dejó aturdido, y el dolor en un brazo le hizo recordar el accidente en bicicleta que le fracturó aquella misma extremidad siendo adolescente en Milagro, su ciudad natal.

Con los primeros rayos de sol, decidió que debía quitarse la ropa y secarse. Pero sin un espacio de sombra, empezó a sentir que su piel, bañada en agua salada, se curtía. A eso de las 9:00 de la mañana —calcula basándose en la posición del sol— vio un grupo de tres ballenas jorobadas nadando a unos treinta metros. Y antes del mediodía, observó a lo lejos una aleta que pensó que podría ser de un tiburón.

—Claro que sentí miedo —aunque los pescadores de esta zona están acostumbrados a ver ballenas jorobadas entre junio y octubre de cada año—, pero en el fondo uno sabe que estos animales no se acercan por la gasolina regada en el agua (alrededor de la nave).

La tarde se hizo lenta, pero Fabián se sentía optimista, pues aunque estaba viviendo su primer naufragio, tenía cierta experiencia en mantenerse a la deriva (cuando meses atrás un grupo de piratas le robó los motores de la lancha, dejándolo —a él y su tripulación— a merced del océano). Entre las 4:00 de la tarde, vio un barco mercante que a pesar de sus gritos no supo de su existencia. De ahí solo escuchó viento y el picoteo de las aves que saqueaban la pesca esparcida en el mar. Las esperanzas blandearon con la noche. El frío se hizo intenso. Estaba cansado, con hambre y sediento, entre millones de kilómetros cúbicos de agua salada. Entonces se quedó mirando por largo rato la Luna y quiso dejarse ir con la marea, pero pensó en sus hijos, su esposa, su madre, su abuelo, y empezó a rezar.

A la mañana siguiente, tenía el cuerpo tan entumido por el frío, que apenas lo sentía. Sus manos estaban moradas y arrugadas, como las del cadáver de un anciano. Con el sol calentándole los huesos, ganó algo de ánimo y se zambulló por debajo de la lancha. Así halló, en el compartimento interior de la proa, una funda con arroz y una papa crudos, un rollo de cinta aislante y un cuchillo. Enseguida comió algunos granos. Evacuó en el mar lo poco que le quedaba en las tripas y, de entre la ropa que llevaba, escogió una camiseta negra para hacer una bandera.

A eso de las 10 de la mañana del jueves 23 de julio, una lancha de pescadores distinguió aquel pedazo de tela en medio del mar. La embarcación se acercó velozmente, pero Fabián solo logró verla cuando estaba a poquísimos metros. Le dieron algo de ropa, comida, agua dulce, y lo llevaron de vuelta a Santa Rosa. Por las coordenadas del accidente y el punto donde lo encontraron, calcularon que la marea lo había arrastrado 10 millas con dirección a Galápagos. Fabián Heredero había sido náufrago por cerca de 30 horas.

De regreso a tierra

Es el mediodía de un sábado, y alrededor de las calles arenosas que llevan al puerto de Santa Rosa hay cientos de comerciantes, abastos, bares y un par de burdeles. Junto al desembarcadero, los pescadores descargan la faena: grandes piezas de picudo, bonito, albacora, dorado, pez espada, tiburón, etcétera. Durante los tres meses que han transcurrido desde el naufragio, Fabián ha salido de pesca apenas dos veces. Han sido meses duros —dice— al tiempo que un botero lo lleva hacia una lancha recién llegada. Saluda con sus amigos, quienes están terminando de limpiar la nave. Hacen algunas bromas. El dueño de la lancha se acerca, y reparte el dinero de la pesca vendida. A Fabián —aunque no hizo nada— le regala un pez de alrededor de 30 libras. De regreso a tierra, otro pescador amigo, que no sabe si Fabián viene o va para el mar, le grita:

—¡Fabián!… Y, ¿para dónde?
—110 millas —responde él, y en su sonrisa se alcanza a ver ironía.

La primera vez que vi actuar a Shirley Stonyrock fue en la boda de una amiga de mi esposa. Shirley Stonyrock es drag queen…

Era una fiesta de lujo. Quito: Hall del Museo del Agua. Trajes y vestidos de primera, elegantes manteles, una mesa repleta de bocaditos de sal, una mesa repleta de bocaditos de dulce, licores, una banda tocando toda la noche y esa vista iluminada de las iglesias del centro a través del enorme ventanal.

Shirley y dos colegas suyas irrumpieron casi a la medianoche en el escenario; con sus coloridos atuendos, con sus pelucas y maquillajes. Bailaron, gritaron, simularon que cantaban, no paraban de moverse. Hicieron su show por más de 20 minutos y vi todo tipo de reacciones. Los novios, encantados; muchos invitados se volcaron sobre el escenario para verlos como a estrellas de rock; otros, con recelo, comenzaron a alejarse; algunos no supieron ni cómo reaccionar.

Emilia y su esposo Marcelo quisieron sorprender a todos. No les dijeron ni a sus padres que esa noche, en lugar de la típica ‘hora loca’, habría un show drag. Él vivió en Barcelona y llegó fascinado por cómo allá era tan común ver drags; ella creció en Australia y este tema siempre la apasionó. “Queríamos darles un regalo, algo que nos representara –confiesa Emilia-. La mayoría de mis amigos dijeron que les encantó. Pero mi abuela materna me contó que muchos señores se quedaron pasmados y que algunos amigos de mi papá pusieron mala cara”…

Desde hace un par de años, unos 10 drag queens en el país han decidido abrir su horizonte y no solo hacer shows en discotecas o teatros, sino llevarlos también a fiestas privadas, desde cumpleaños hasta aniversarios. Shirley es una de ellas y cree que es un “acto de valentía”. Claro, una cosa es actuar en un sitio fijo, donde todo el mundo sabe a lo que va, y otra es enfrentarse a un público desconocido, que no los esperaba, y tener “la incertidumbre, el miedo de no saber cómo van a reaccionar”.

Ese matrimonio terminó con Shirley interpretando a Amy Winehouse y Emilia cantando junto a ella en medio de la algarabía del público. Shirley recuerda que le dedicó parte de su baile a un tipo de unos 30 años y que él se sintió incómodo, hasta el punto de echarse para atrás y lanzarle una mirada inquisidora. Pero que un hombre “bien puesto y elegante”, de unos 50 años, le coqueteó y le hizo “ojitos” en pleno show. Todo puede pasar.

El camerino

Mauricio Erazo es el hombre tras Shirley Stonyrock. “Es increíble cómo un solo rasgo puede cambiar tanto el rostro de una persona”…

…Habla Mauricio luego de delinear sobre su ojo derecho la perfecta ceja de Shirley. “Mira la diferencia”, me dice y se pone frente a mí para que compare ese ojo con el izquierdo, que aún no está maquillado.

Esa noche hará su show en una fiesta de cumpleaños. Han pasado siete meses desde la boda de Emilia. Es una casa de tres pisos; el último, donde normalmente funciona un taller de modas, ha sido convertido en discoteca.

Mauricio tiene 33 años, es pequeño, delgado, moreno; el pelo negro y lacio. Lleva Converse negros, jean desteñido, camiseta a rayas pegada al cuerpo y una bincha que forma una pequeña cola en su cabeza.

“El drag es la más completa rama del teatro –sonríe-. Hay actuación, fonomímica y danza”. Para él, esto no es un pasatiempo ni un trabajo, es su forma de vida. Está dedicado a eso todo el día, cada día. Cuando no está actuando, mira videos, crea coreografías, diseña vestuarios, aprende sobre maquillaje…

Por eso no ha parado de promocionarse en redes sociales, atender a cuanto medio de comunicación lo ha buscado. Y por eso ha decidido aceptar contratos para fiestas privadas. No le interesa esconderse, quiere que su arte sea visto por tanta gente como sea posible.

Cuando era niño siempre solía jugar a ser artista. Él y sus primos armaban escenarios imaginarios y cantaban, bailaban, actuaban como en las películas. El 29 de agosto del 2008, Mauricio se vistió por primera vez de Shirley Stonyrock. Era la semifinal del concurso ‘Queen of queens’ (Reina de reinas), al que se presentaban drags principiantes con el afán de demostrar que tenían ‘madera’. Ganó y ese fue el día en que su sueño comenzó a cristalizarse.

El improvisado camerino que le han dado esa noche es un diminuto cuarto, lleno de máquinas de coser, en el que han dejado una silla y una mesita sobre la que él tiene 11 brochas de diferentes tamaños y un sinfín de implementos de maquillaje: esponjas, bases, labiales, delineadores…

La transformación de Mauricio en Shirley tomará esa noche más de tres horas. Normalmente se demora dos, pero todo depende de la complejidad. Aquella vez en Halloween, cuando Shirley interpretó a ‘La payasa maldita’, tardó cinco horas en estar listo.

Siempre lleva un espejo de mano, pero también necesita uno grande, de pared. Lo primero es afeitarse. Luego se pone goma en barra sobre sus cejas y se echa polvo blanco. Parece que se las hubiese depilado por completo. “Las cejas son el marco del rostro, por eso son lo primero en desaparecer de la cara de Mauricio”.

Desaparecer… ¡Es literal! A medida que Shirley va asomando, Mauricio queda relegado hasta el punto en que se va. No es solo maquillaje. Cuando Mauricio creó el personaje, quiso que fuera todo lo opuesto a él. Él es introvertido, tranquilo, tímido, “un tipo común”. Ella es una rompecorazones: extrovertida, sociable, sensual, “una diva completa”.

Mientras se maquilla, Shirley comienza a expulsar a Mauricio de su cuerpo. Bebe una cerveza. Por su rostro han pasado cinco capas de base, una dosis de escarcha, sombras, rímel, rubor. La puerta del ‘camerino’ permanece cerrada. Afuera, los bits del reguetón suenan cada vez más fuertes, ahora ya no se escuchan las conversaciones de los invitados. Shirley comienza a moverse al ritmo de la música, con gestos fuertes, bate la cabeza de un lado a otro…

En una maleta negra, junto al vestido que usará esa noche, están las esponjas que Mauricio siempre lleva para vestir a Shirley. “Como te habrás dado cuenta, no tengo ni culo, ni tetas, ni caderas, así que me ayudo de las esponjas. Tengo que usar cuatro o cinco pares de medias nylon para ir armando todo”.

La relación de ambos es algo complicada. A veces Shirley aparece en escena como Shirley, pero otras veces interpreta a Amy Winehouse, a Selena, a Madona, a Tina Turner… Así ha recorrido muchas ciudades en Ecuador y en su rol como Lady Gaga fue a Colombia y a Argentina.

—Entonces, llega un momento en que tú vives tres personajes a la vez: Mauricio, Shirley y, digamos, Madona.
—Exactamente.
—Pero quien interpreta a Madona es Shirley, no Mauricio.
—Así es. Mauricio se queda en el camerino, él no sale a escena. Cuando salgo, cuando cruzo la puerta, soy Shirley, Mauricio se queda aquí.
—Es algo raro, porque a la final Mauricio termina siendo solamente el maquillista de Shirley.
—Yo prefiero verlo como un mánager. No solo hago el maquillaje, también diseño, creo la coreografía… Pero es verdad, Mauricio le tiene un poco de envidia a Shirley.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque quien sale al escenario es ella. Mauricio también actúa en otros teatros, canta; pero la fama, el reconocimiento, los tiene Shirley. Es como si el sueño de él lo estuviera viviendo realmente ella. Muy poquita gente me dice Mauricio. Voy a una discoteca: Shirley por aquí, Shirley por acá. Alguien llegó a decirme: ‘¿Por qué no vienes siempre como Shirley? Ella cae mejor que tú’. ¡¡¡Imagínate!!! Esa perra quiere quitarme hasta a mis amigos.

(Da los últimos toques al maquillaje de ella y, cuando dice esta frase, se ríe estrepitosamente y se lleva una mano a la boca).

A pesar de todo, Mauricio quiere profundamente a Shirley. Cada 28 de agosto le celebra su cumpleaños; hay fiesta, pastel y baile. Este año cumplirá ocho. Mauricio es Cáncer, Shirley es Leo.

Pasadas las once de la noche, él ha desaparecido. Ella se mira al espejo. Se admira. Antes de salir al escenario, pide un vodka tonic y una maciza mancha de labial queda impregnada en el vaso.

El otro show

Shirley Stonyrock está parada de espaldas al público. La mano izquierda en la cintura y la derecha estirada señalando al techo. Un reflector ilumina su silueta y proyecta la sombra en la pared. Su vestido es largo, amarillo y lleno de caritas de Bob Esponja. Usa tacones dorados de 12 centímetros de alto, collar, pulseras y una peluca afro exageradamente grande.

La gente la mira expectante… El Dj entiende su señal y comienza a sonar ‘I’m so excited’, de los Pointers. Ella suelta un grito y comienza a bailar. La escena parece incluso la de un show de Broadway.

Hay varias formas de hacer drag: ‘queen’, cuando un hombre interpreta a una mujer; ‘king’, cuando una mujer actúa de hombre; ‘glam’, cuando un drag queen personifica a una diva; ‘animal’, cuando se caracteriza a un animal; ‘monster’, cuando se interpreta a un ente, una creación de terror; ‘fishy queen’, cuando un hombre se vuelve una mujer con actitud cómica; ‘faux’, cuando una mujer hace de drag queen…

Shirley es completamente ‘glam’. Domina los altísimos tacones como muchas mujeres no logran hacerlo, sus movimientos son delicados, estilizados. Mauricio tiene frenillo y durante mucho tiempo por eso le hicieron bullying, pero ella ha sabido sacar partido de esa dificultad para pronunciar la letra ‘r’ y muchos han llegado a decirle que es una diva parisina llegada a Ecuador…

… A los ocho años, el padre de Mauricio salió de la cárcel y le confesó que no era su padre. Y ese día le cambió la vida. “Hay una historia que me han contado los que yo pensaba que eran mi familia. Pero realmente no sé qué de todo eso es cierto”.

De lo que le han dicho, su madre era una joven colombiana que llegó al país luego de ser violada por un primo. Comenzó a trabajar como empleada, no quería tener al bebé y se enamoró del hijo de sus jefes. Tuvo al bebé y se regresó a Colombia, dejándolo como regalo a sus patrones, que terminaron criando a Mauricio como sus abuelos. Al poco tiempo (no quiere contar por qué), el joven de esa casa, o sea, quien decía que era su padre, fue a parar a prisión.

Luego de ocho años llegó, le contó esta historia y lo obligó a vivir con él. “Me vio desde el principio más como un empleado que como un hijo. Me sacó de la escuela. Me golpeaba. ¿Ves esta cicatriz? (me enseña la cabeza). Fue por un palazo que me dio solo porque me olvidé de sacar los papeles higiénicos del baño. Nunca hubo abuso sexual. Todo eso fue un shock y marcó definitivamente lo que es mi vida, para bien o para mal. ¡Para bien, creo yo!”…

Cundo habla sobre esta parte de su historia, es el único momento en que se le borra la sonrisa. Habla despacio, bajito. A ratos hasta parece que se le quiebra la voz.

A los 12 años se escapó de la casa de su padre: “Es la mejor decisión que he tomado en la vida. Yo no practico ninguna religión, pero ahí es cuando digo que Dios existe. Me encontré con gente muy buena, alguien que me dio posada, alguien que me dio mi primer trabajo como lavaplatos, gente que me cuidó. Volví a la escuela, me gradué; fui al colegio, me gradué”.

Desde pequeño, Mauricio se sentía “diferente”, pero recién a los 20 años reconoció abiertamente que es homosexual. Antes había tenido unas cuatro novias y pasó, “como todos”, por una etapa de negación en la que no quiso admitir que le gustaban los hombres. Repite varias veces, como tratando de que no queden dudas, que ser drag no tiene nada que ver con el género, que cualquier heterosexual puede practicar este arte. Pero también reconoce que en Ecuador la mayoría de drag queens son homosexuales. “Si conozco dos o tres heterosexuales, sería bastante”.

—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que todavía no se masifica esto de llevar los shows a las fiestas privadas, porque aún están presentes los estereotipos. Hay gente que cree incluso que todos nosotros somos transexuales, que nuestro sueño es convertirnos en mujeres, pero no necesariamente es así. Algunos han usado este arte como trampolín para eso, pero la gran mayoría somos gays. Yo soy un hombre al que le gustan los hombres y moriré siendo un hombre al que le gustan los hombres.
—De lo que conoces, ¿cómo es en otros países?
—Hay muchos países en donde la mayoría de los drag queens son heterosexuales.

Eso de que un hombre le coquetee no es tan raro. Pero tampoco lo es que alguien se le quede viendo mal. Pero eso le anima. “El drag es para trasgredir, para romper estereotipos. Es para incomodar. Si veo que alguien se incomoda con mi show, me da más ganas de seguirle, de dedicarle mi baile”.

Hay muchas anécdotas. Hace poco llamaron a Mauricio de parte de un alto funcionario de un ministerio pidiéndole un ‘servicio’ y confundiendo a Shirley con una prostituta transgénero. Él les dijo que se informaran bien, les explicó lo que hacía y colgó.

Su presentación termina con la canción ‘Reach out’, de Gloria Gaynor. Abraza al cumpleañero y se pone a bailar junto a los invitados. No acostumbra a quitarse su vestuario enseguida. “¿Te imaginas maquillarse durante tres horas para que solo te dure 20 minutos? ¡No! Yo siempre me quedó un rato con el traje para disfrutar de la fiesta”.

Su casa

En la pared del fondo están pegadas las fotografías de las actrices Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Greta Garbo y un disco de vinilo. Junto a ellas está ‘Rupaul’, el drag queen más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Un tipo tan bien maquillado que realmente parece mujer y se ha convertido en el referente de Shirley Stonyrock.

La casa que, literalmente, comparten Shirley y Mauricio, es un lugar pequeñito pero acogedor. Lo escribo en ese orden: ‘Shirley y Mauricio’, porque en verdad la casa le pertenece mucho más a ella que a él. Tras la puerta, lo primero es una cocina de dos metros cuadrados con un diminuto mesón y el lavaplatos que en la mañana de ese martes luce atiborrado de trastes sucios.

Luego viene el dormitorio-sala-comedor. La cama y su espaldar lleno de pilas de videos y películas musicales, la mayoría con temática drag. Frente a la cama un televisor y algunos libros tirados. El escritorio, con una computadora personal y una pequeña mesita que funge de comedor. Las paredes llenas de cuadros de Shirley, imágenes que han hecho varios fotógrafos famosos. No hay ni una sola foto de Mauricio.

La diferencia más grande se ve en los vestidores. La ropa de Mauricio está en un clóset de menos de un metro, oscuro y escondido junto a la puerta del baño. La de Shirley ocupa tres de las cuatro paredes de un espacio más grande que todo el resto de la casa. Es su camerino. Un espejo enorme, una peinadora, piso de baldosa y sus 200 trajes, sus 30 pelucas y sus 24 pares de zapatos.

Cada vez que Mauricio habla sobre su trabajo, su rostro se enciende. Es como el rostro de un niño presumiendo su juguete nuevo en Navidad. En su escritorio guarda una carpeta bastante gorda con todos los recortes de periódicos y revistas en los que se ha publicado sobre Shirley. “Si me ofrecieran otro trabajo diciéndome que me van a pagar más, pero haciendo otra cosa, no lo aceptaría”. En promedio, logra reunir un salario básico al mes; a veces más, a veces menos. Y recuerda su sueño de niño: ser artista, bailar, actuar. “Estoy cumpliendo mi sueño, estoy haciendo lo que quería. Soy completamente feliz”.

Hay que comprender eso para saber por qué estos hombres decidieron llevar su arte un paso más allá. Daniel Moreno interpreta a la mítica Sarahí Basso y es uno de los maestros de Mauricio. Ambos ven este oficio igual, a tiempo completo. “El trabajo escénico del drag es un espectáculo cabaret, es como una revista musical para entretener al público, pero no solo a uno en específico, nosotros nos hacemos al público. Yo he tenido que ir a desfiles de modas, despedidas de solteros, matrimonios. Una vez tuvimos que interpretar un bolero que era el preferido de dos viejitos que celebraban su aniversario y pidieron un show nuestro como regalo”.

—¿Te puedo citar?
—Claro, no hay problema.
—¿Cómo te cito?
—Daniel Moreno, quien interpreta a Sarahí Basso. Es que estamos empeñados en que se reconozca nuestro nombre, porque a veces identifican solo al personaje.

(Esta lucha interna entre el personaje y el intérprete es común entre quienes han desarrollado este arte a ese nivel)

Ahora Mauricio está estudiando técnica vocal. Él canta, pero quiere que un día Shirley también lo haga en un show en lugar de recurrir a la fonomímica. Añora que todo el mundo lo conozca, presentarse en otros países, tener un programa de televisión, hacer un calendario tipo ‘la chica Pilsener’.

No tiene novio, pero quiere formar un hogar. Le gustaría adoptar. Le recuerdo que no podría hacerlo en este país. “Bueno, lo que tenga que ser, que sea, he decidido no forzar las cosas”.

La franja traslúcida que hay en el techo del camerino de su casa le da al sitio una iluminación muy cálida. “Fue hecha especialmente para mí”, me dice, mientras recoge una de sus pelucas del piso.

(…) “Y a todas estas, ¿qué tengo que hacer para ser portada de SoHo? De tanto que hemos hablado, ya me veo yo en esa portada”. Suelta la más grande carcajada. Así es Shirley Stonyrock.

Cuando Daniela Moreno y su hermana Andrea se enteraron de que la casa de sus abuelos sería demolida y sus árboles derribados, decidieron salvar el toronjal de seis metros que estaba en la puerta de entrada. Moverlo, permitiría poner en cuestión la forma en que está creciendo Quito, donde se talan árboles todos los días y se elevan edificios que individualizan la multitud urbana. A la vez, trasplantar el árbol que durante cincuenta años dio la bienvenida a la familia, significaría mirar un pasado que se diluía con la destrucción de la casa. Era abril de 2014, la iniciativa adquirió un sentido íntimo y colectivo del que surgió la acción poética y eco-política El Árbol en Movimiento.

***

La empresa era atrevida. Trasplantar un árbol adulto es comparable a una operación de corazón abierto, se requiere el vigor para elevar toneladas (el toronjal pesaba seis), pero también precisión para no maltratar las raíces que lo alimentan. Faltaban noventa días antes de que elevaran el edificio y Daniela, que no tenía dinero en ese momento, tenía que encontrar los medios para mover al toronjal.

Tras las primeras gestiones el toronjal encontró casa, el Jardín Botánico de Quito accedió a recibirlo. Daniela –entusiasmada- pidió ayuda al Municipio de la ciudad para que con su maquinaria trasladen al árbol. El 22 de mayo la invitaron a un recorrido por los árboles emblemáticos de la ciudad junto al alcalde Mauricio Rodas. Al llegar, Daniela se enteró de que el evento era por el Día del Árbol.   Visitaron una araucaria, una magnolia y un higo que se conservan en el Centro Histórico. No se sabe si los árboles reconocieron el honor de la visita. En medio del acto solemne, Daniela explicó en segundos la propuesta de El Árbol en Movimientohaciendo énfasis en la necesidad de que el crecimiento de Quito sea distinto: en convivencia con los árboles y no a pesar de ellos. El alcalde la felicitó.  Al terminar el recorrido, Daniela espetó: “¡¿Entonces, Mauricio vas a ayudarnos?!”. Él respondió: “Claro que sí, me gusta tu estilo”.

Pero todavía era necesario reunir dinero para comprar una máquina sofisticada que limpiaba la tierra de las raíces del árbol arrojando aíre a fortísima presión, pero sin lastimarlas. Para recaudar el dinero, el 30 de mayo, se realizó la primera minga bailable de El Árbol en Movimiento y varios artistas participaron gratis. Hubo música en vivo y proyecciones visuales, otros amigos repartieron los tragos en la barra, la madre de Daniela vendió choclos asados, cuatrocientas personas bailaban y alguien calmaba a su padre, diciéndole que no se iba a caer la casa.

Se hizo una segunda minga bailable y en total se recaudaron mil quinientos dólares para comprar la máquina que limpiaba las raíces (Airspade 2000) . Entonces inició la intervención de los arbolistas, los especialistas que dirigirían el minucioso procedimiento de trasplante, quienes podaron el árbol para aligerar su peso. Descartaron toronjas y ramas muertas. Destruyeron el concreto que rodeaba al árbol y quitaron la tierra que tenían las raíces con la máquina adquirida. Las raíces desnudas -que juntas alcanzaban hasta dos metros de diámetro- quedaron como único sostén del árbol. A inicios de agosto, el toronjal estaba listo para ser trasplantado.

***

Como el árbol más grande de su casa, los Moreno Wray también debían mudarse. Andrea dice que durante la mudanza iban apareciendo los rastros de los más antiguos habitantes de la casa. Al vaciarse el baño apareció el papel tapiz de antaño. Encontraron una hoja escrita por la tía Inés que detallaba cuántas prendas de vestir, de qué material y de qué color habían en el clóset. En una de las últimas noches que la familia durmió ahí, se escucharon ruidos, como si alguien bajara maletas por las gradas y los pasillos. Pensaban que a lo mejor serían las tías Inés, Judith, Manana, o los abuelos que también estaban empacando. Gente que aunque había muerto, nunca dejó de habitar la casa. Daniela se preguntaba a dónde irán sus fantasmas. El toronjal era el único que tendría una nueva estancia.

Daniela, que es documentalista, filmó cada momento para perpetuar la memoria de la casa. Registró la mudanza y la casa vacía.  A ratos dejaba la cámara e iba a cualquier cuarto ya desocupado, para llorar a solas. Grabó después la destrucción de los árboles en el jardín y la demolición de la casa. La retroexcavadora redujo todo -el cerramiento, los cuartos, la sala, la cocina- a un montón de escombros color ladrillo.  Las varillas retorcidas salían de las pocas paredes que se mantenían en pie. En medio de la destrucción, el toronjal permanecía erguido, esperando  entrar en movimiento.

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El 19 de julio de 2014, decenas de personas merodeaban la casa del toronjal. Espiaban por la puerta del garaje, como quien busca al recién nacido. Encontraban al árbol rodeado de periodistas, camarógrafos y fotógrafos pendientes de su destino. Un hombre rociaba fertilizantes a las raíces desnudas. Fortalecer las raíces más pequeñas era necesario para que, en el nuevo sitio, el árbol se pudiera alimentar.  Los arbolistas sujetaban las ramas más fuertes del toronjal con cadenas, que a su vez estaban sujetas a una grúa. La Empresa Eléctrica retiró los cables de los postes que podían estorbar la ruta hacia el Jardín Botánico. Llegaron tres bufones, un grupo con tambores y la gente comenzó a disfrutar.

La mayoría eran individuos, colectivos e instituciones públicas y privadas que querían salvar el árbol y no cobraron por su ayuda. Daniela dice que en comparación con el apoyo de la gente, lo que menos se usó fue dinero. El árbol le enseñó a no angustiarse, sin dinero pero en minga los propósitos se pueden alcanzar.

Antes de que el árbol se marchara, Andrea, Daniela y su mamá Natalia se acercaron al toronjal. Descendieron al hueco donde estaban las raíces descubiertas. Con ánimo ritual, fumaron hojas de tabaco para comunicarse con él: agradecerle por el tiempo que estuvo ahí, por las jugosas toronjas que regaló a la familia esos cincuenta años, y despedirse. Se retiraron y los arbolistas siguieron con su trabajo.

El árbol parecía volar mientras la grúa lo trasladaba por el aire. Las personas seguían con suspenso el lento desplazamiento. Las raíces, que eran tan fuertes en tierra, parecían nervios expuestos que irritaban al árbol con el viento. Podíamos sentir al toronjal.

Los arbolistas daban instrucciones a cada movimiento de los maquinistas para no dañar al follaje, ramas y raíces. Suave, suave, decían. En la calle una larga plataforma retrocedía para poder recibir al árbol. Uno de los bufones, con gestos enérgicos, golpeaba la plataforma con un mazo y gritaba con voz aguda: “¡Despacio, despacio, hijo de Satanás!”. Todos reían, excepto el conductor. El árbol descansó acostado en la plataforma.

El camino al Jardín Botánico fue breve. Bajaron al árbol en el espacio que se había reservado para él, se prendió tabaco para recibirlo y se cubrieron sus raíces.

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Andrea y Daniela son tías de Luana, que nació hace pocos meses. En unos años, su sobrina podrá visitar el toronjal que, de algún modo, sigue siendo una entrada a donde sus antepasados están.

En la estantería metálica hay un cuadro de Jesucristo, otro de la Virgen y varias figuritas de santos católicos. Junto a todos ellos, en la pared, un póster del Che Guevara: fondo rojo, silueta en negro, una estrella en la boina.

Édison Cosíos siempre fue un joven revolucionario. O así lo recuerda Vilma Pineda, su mamá… El 15 de septiembre del 2011, a las cinco y cuarto de la tarde, ella recibió la noticia más dura de su vida: su hijo tenía 17 años de edad y un policía le disparó una bomba lacrimógena directamente a la cabeza, mientras el muchacho participaba en una manifestación en contra del Gobierno de Rafael Correa.

Durante los siguientes seis meses, ella literalmente vivió en dos hospitales, el uno público y el otro privado. El diagnóstico final de los médicos fue devastador: ‘Estado vegetativo permanente’. Cuando ella decidió llevarse a su hijo, unos doctores le dijeron que no llegaría vivo ni a su casa. Otros, que viviría a lo mucho unos cuantos días más.

Han pasado tres años y medio y no solo que no ha muerto sino que Édison Cosíos ya ni siquiera pasa todo el tiempo acostado en su cama. Cuando entro en su habitación, pintada de un intenso azul pastel, él está en una silla especial, sentado junto a la ventana, recibiendo directamente el sol profundo del mediodía. Una especie de gorra de baño blanca cubre su cráneo, pero no logra disimular la hendidura provocada por el impacto de la bomba. Parece dormido.

“‘Edy, aquí está Alexis, él es periodista y quiere escribir sobre ti. Salúdale”. Sin la ayuda de nadie, el muchacho levanta la mano derecha y la extiende. Estiro la mía y él la aprieta con fuerza. “Hola, Édison. ¿Cómo estás?”, pregunto. Él hace puño la misma mano y levanta el dedo pulgar… Alcanzo a ver un escudo de la Liga de Quito. “¿Eres liguista? Yo soy barcelonista”. Habla su mamá: “Édison, ¿qué les haces a los barcelonistas?”. Y él levanta el dedo medio para hacerme la ‘mala seña’… Sonríe.

Sobre su cama está un letrero con su nombre en letras doradas y mayúsculas: ÉDISON COSÍOS. Abajo, un enorme cartelón lleno de fotos: con su familia, con sus amigos, con alguna novia… Ahí se ve a un joven blanco, delgado, sonreído, que dista mucho del hombre casi inmóvil y callado que está en la habitación. Junto al cartelón, muchos globos que han ido dejando las personas que lo visitan. El más grande tiene forma de corazón y la leyenda: “Quiero que mi cariño te acompañe por siempre”.

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Al joven Cosíos la política le interesó desde pequeño pero nunca fue afín a ningún partido. En el Colegio Mejía formó el Movimiento Combatiente Alfarista y la primera vez que se postuló a la Presidencia del Consejo Estudiantil obtuvo muy pocos votos. Eso lo sabe bien Carlos Collaguazo, quien su compañero y lo define como su líder. “En el Colegio debíamos tener plata para hacer campaña, o vincularnos con algún partido. Y nosotros ni teníamos plata ni queríamos unirnos a nadie”.

Collaguazo estudia ahora Ciencias Políticas en la Universidad Central. Reconoce que Cosíos tenía “el don de la palabra”. “Podía convencernos de hacer algo solo con hablar. Hacía amigos con mucha facilidad, siempre estaba alegre. A veces, cuando alguien tenía que irse temprano, él le convencía para que se quedara en las discusiones de política o preparando las campañas”.

Por esos días, el Gobierno promulgaba el Bachillerato Unificado, que eliminaba las especializaciones en los colegios y definía que todos los estudiantes recibirían el mismo título. Con eso Cosíos nunca estuvo de acuerdo.

Los alumnos del Mejía habían decidido salir a protestar, pero el Movimiento Combatiente Alfarista, al que identificaban como MCA, decidió que no iría porque justo en ese momento estaban buscando apoyo para la segunda campaña de Cosíos rumbo al Consejo Estudiantil.

Las manifestaciones fueron fuertes el martes 13 y el miércoles 14 de septiembre y todo hacía pensar que la cosa empeoraría el fatídico jueves 15.

El Colegio Mejía es una construcción antigua, gigante y de paredes blancas. Eran casi las cinco de la tarde y Édison Cosíos les dijo a sus compañeros que debía ir a encontrarse con su novia. Se despidió y se fue sin haber participado de las protestas. Pero justo cuando estaba por salir del colegio, alcanzó a ver cómo los policías comenzaron a meterse por la puerta principal para reprimir a los estudiantes. En ese momento, tomó la decisión más cara de su vida: regresó, cogió un escudo con las siglas MCA y dio la orden: “Vamos a defender a nuestro Colegio”. “Édison le tenía una especie de ‘pica’ al Gobierno”, confiesa Collaguazo.

Las normas de seguridad pública mandan que los policías deben disparar las bombas lacrimógenas hacia arriba en un ángulo de 45 grados para que si llegasen a caer sobre alguien, a lo mucho le rompan la cabeza. Pero Collaguazo asegura que esa tarde los policías irrumpieron disparando directamente a los cuerpos de los estudiantes. “Hubo muchos compañeros que se salvaron de milagro. Édison incluso tenía el escudo y se quiso proteger pero creo que la bomba llegó tan rápido que no le dio tiempo a nada, le pegó duro en la cabeza”.

Doña Vilma Pineda nunca olvidará el momento en que sonó el teléfono. Su esposo estaba del otro lado y le dijo: “Tienes que salirte de donde estés porque al Édison le han disparado”.

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La casa de la familia Cosíos Pineda queda en el barrio La Argelia, en el sur de Quito. Un lugar enquistado en las montañas, lleno de calles empinadas, muchas de tierra, otras empedradas, pocas adoquinadas y una pavimentada. La de ellos es adoquinada. Por esos lares no se respira esmog.

Cuando decidieron que el joven regresaría al hogar, el Gobierno hizo algunas modificaciones en la vivienda. Para entrar, hay que cruzar una larga rampa de cemento. La puerta de calle es de metal azul. Esa, la puerta de ingreso a la sala y la del cuarto de Édison tienen más de dos metros de ancho. Las hicieron así para que las camillas y la propia cama del joven pudieran entrar y salir cada vez que fuera necesario. Lo primero que se ve es la sala, enseguida la habitación de Édison, luego el comedor, la cocina y el resto de cuartos asoman tras un largo corredor. El piso es de cerámica blanca.

La sala es un lugar pequeño pero acogedor. Dos sillones y una mesa de madera en la que están fotos de toda la familia. El ventanal muestra en el fondo a un pequeñito Panecillo.

Antes del accidente, Vilma Pineda era operaria en una fábrica de ropa. Pero desde ese momento, su vida y su único trabajo es cuidar a su hijo. Al día siguiente del bombazo, los doctores le dijeron que tenía muerte cerebral. Y, aunque enseguida cambiaron su diagnóstico a un coma profundo, ella tuvo que estar “pegada” a su hijo todo el tiempo.

Las primeras semanas estuvo en el hospital Eugenio Espejo. Luego fue trasladado al De los Valles, que es privado, pero la cuenta fue asumida por el Estado. “Llegó un momento en el Eugenio Espejo, en que los médicos ya me querían mandar a la casa. Parece que no querían que mi hijo muriera ahí. Nuestro caso se hizo público y toda la gente estaba pendiente. Creo que ellos preferían que se supiera que murió en la casa y no ahí”.

Durante los meses de hospital, Vilma Pineda tuvo que resignarse a leer de todo en redes sociales. Sus otros dos hijos le mostraban que muchas personas le decían que debía ‘desconectar’ a su hijo. Y ella cree que eso era una muestra de ignorancia porque su hijo nunca estuvo conectado a nada.

También tuvo que escuchar a una doctora cuando le dijo: “Déjelo ir”. Y ella hasta ahora no comprende por qué se lo dijo. “Había mucha gente hablando y opinando sobre nuestro caso. Cuando yo estaba en los hospitales, llegaron varias personas a decirme: ‘A mí me pasó lo mismo’, ‘mi hijo está igual’… A expresarme su solidaridad. Personas que yo no conocía y cuyas historias ha permanecido en secreto. Yo estoy segura de que si mi caso no se hubiera contando, no hubiera recibido nada de ayuda, ni del Gobierno ni de nadie. Por eso yo soy muy agradecida del periodismo. Creo que los medios de comunicación han sido mis aliados en esta dura lucha”.

La última vez que Vilma Pineda vio a su hijo consciente fue en la mañana de aquel 15 de septiembre que jamás olvidará. Su esposo, ella y Édison se sentaron a desayunar temprano. El joven no les habló de los preparativos para su campaña, ni de las protestas de sus compañeros, ni de su cita con su novia por la tarde. Hablaron “de temas normales, de cualquier cosa”.

Luego, ella y su hijo se fueron juntos en el bus que pasa por La Argelia y se despidieron en la avenida Napo. Allí ella se bajó, le dio, como todos los días, su bendición, le dejó un beso y le pidió que se cuidara y que volviera temprano a la casa.

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Todo cambió hace casi un par de años. La habitación de Édison tiene unos doce metros cuadrados. Hay una televisión, un escritorio con varios frascos de cremas y medicamentos, un archivero, un sillón donde pasan las noches las enfermeras y un ‘sofá cama’ donde Vilma Pineda y su esposo duermen cada noche desde que regresaron a casa.

Aquella mañana, la enfermera de turno y Vilma arreglaban la habitación, ponían crema en la espalda del joven y bromeaban. No recuerda sobre qué, pero recuerda que bromeaban. Y, de repente, con uno de sus chistes, Édison sonrió.

Yo no lo podía creer. Grité, salté, pedí que le tomaran una foto, pero no alcanzamos. Nunca había hecho ningún movimiento. Me emocioné mucho, grité como loca”, recuerda la madre.

Esa noche, cuando sus otros hijos, ambos mayores que Édison, llegaron a la casa, ella le contó todo a su familia. Su hijo se acercó a Édison, le tomó la mano y le dijo: “Si me escuchas, guambra, me vas a hacer lo que siempre me hacías cuando jugábamos”. Y fue la primera vez que Édison levantó su dedo medio para hacer la ‘mala seña’.

Luego de eso vinieron muchas sonrisas más. Muchos gestos. Hubo más apretones de mano. Cada vez ellos le hablaban más. La madre les contaba esto a todos los médicos que mandaba el Ministerio de Salud. Ellos se limitaban a leer la historia clínica, anotaban algo, o parecía que anotaban algo, pero nunca dijeron nada.

Una vez un doctor “jovencito” llegó a la casa y, cuando Vilma Pineda salió de la habitación, aprovechó para preguntarle a la enfermera qué tan cierto era lo que decía. “Luego, la enfermera me lo contó. Como ellas han sido testigos de todo lo que ha pasado, cuando el médico le preguntó, ella contesto: ‘¿O sea que no nos cree?’. Luego le pidió a Édison que saludara al doctor. Y él lo saludó. Le pidió que le apretara la mano y el se la apretó… Ahí en el baño el doctor se daba contra la pared diciendo: ‘no es posible, no es posible’”.

Este joven doctor pidió ese día la visita de un neurólogo, un especialista que pudiera hacer una mejor valoración. Esa fue la mejor noticia que Vilma Pineda recibió en mucho tiempo. Se hizo ilusiones pero no pudo evitar también ponerse triste, porque comprendió que hasta ese momento nadie le había creído ni le habían tomado en serio. “Debían haber estado pensando que yo estaba loca, que veía lo que quería ver”.

Llegó entonces un médico de más experiencia, y más años, enviado desde el Estado. Pero cuando llegó, leyó la historia clínica y terminó con la ilusión en menos de un minuto y de la manera más brusca. “¿Para qué me manda a llamar, señora? –dijo-. Usted sabe que su hijo no se va a recuperar. Lo que está haciendo son cosas normales dentro de su condición”. Y eso fue todo.

Esa noche la madre de Édison sufrió. Se sintió devastada. Pero al siguiente día decidió que no se iba a dejar vencer. A él le encantaba la música de un grupo de cumbia que se llama La Vagancia. A través de una sicóloga, consiguió su contacto y logró que fueran a la casa, con todos sus instrumentos, y le dedicaran un concierto privado. “Ese día mi hijo se rió más que nunca. Fue increíble, parecía que quiso levantar los brazos para aplaudirlos”.

Daniel Hinojosa tiene 28 años y es vocalista de La Vagancia desde su inicio, hace ocho. Describe cómo Édison movía sus manos, sus brazos, gesticulaba, reía… “Fue uno de los momentos más emotivos y gratificantes que hemos tenido. Ese día teníamos un compromiso y llegamos tarde porque nos quedamos siquiera unas dos horas en la casa de Édison, con su familia, sus amigos”.

Desde esa tarde vinieron muchas mejoras. Cada vez más respuestas, más sonrisas, comenzó a abrir el ojo derecho hasta la mitad …

Un día, el presidente, Rafael Correa, hizo una visita sorpresa. Llegó con varios ministros. “La primera vez que el Presidente vio a mi hijo, vio prácticamente un esqueleto. –Explica Vilma- Lo primero que le sorprendió fue que encontró a un chico bien ‘papeado’, con un buen semblante. Pero se sorprendió todavía más cuando le dije a mi hijo. ‘Édison, aquí está el Presidente, salúdale’”.

El muchacho le saludó, se rió, y le respondió un par de preguntas con su mano. Correa le recriminó a su Ministra de Salud por qué no le había informado acerca de estos progresos. Ella le respondió que tampoco nadie le había dicho nada. El Presidente pidió que desde ese momento un “buen” especialista de un hospital privado lo atendiera.

Este nuevo médico sí se tomó el tiempo para verificar los progresos del joven y le dijo a la familia algo que volvería a cambiarles la vida: “Édison ya no está en estado vegetativo, ahora tiene un nivel de conciencia mínimo. Yo no les puedo garantizar que alguna vez se levante, pero evidentemente está mejorando”.

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Édison Cosíos mide un metro ochenta de estatura y su peso de toda la vida bordeaba los 60 kilos. Pero cuando salió del Hospital de los Valles pesaba 25. En su celular, Vilma Pineda guarda fotos de ese momento. Imágenes en las que, en efecto, más parece que se ve un cadáver. La piel tan pegada al esqueleto que es como si no hubiera nada más en medio.

Ahora, ha vuelto a sus 60 kilos, tiene de nuevo su color de piel y si no fuera por la hendidura en el cráneo y un orificio en el cuello por el que logra respirar, podría parecer que solo está dormido.

En el último año han pasado muchas cosas. El nuevo médico comenzó a darle una medicación que estimula la actividad cerebral. El celular de Vilma Pineda es como una especie de testigo. Ahí hay fotos en las que Édison está comiendo un chupete o bebiendo una cerveza con su propia mano y sin la ayuda de nadie. Hay fotos de las celebraciones de sus dos últimos cumpleaños, la casa llena de amigos, de tíos, de primos. Y hay fotos de la primera salida que hizo la familia, como familia, en mucho tiempo. Tomaron a Édison, dejaron en la casa la silla especial de posturas, lo sentaron en el asiento trasero de su auto con el cinturón de seguridad y se fueron al Quinche.

Vilma Pineda sabe que esta ha sido la batalla más dura de su vida. Y ha decidido librarla en estas cuatro paredes. Ella es pequeña, delgada y de pelo corto. Habla pausado y tiene voz dulce. Ahora ya casi no llora. Cree que es verdad aquello de que las lágrimas se acaban. Que casi casi ha llorado todo lo que podía llorar.

Ya casi nunca sale de su casa, por no decir nunca sale de su casa. Su día empieza a las seis de la mañana. Entonces tiene que levantarse y, con la ayuda de la enfermera, hacerle a Édison los primeros ejercicios de rehabilitación física. Él come a través de una manguera, una especie de sonda que le llega directamente al estómago. Y debe hacerlo cada tres horas. Ella le prepara de todo, desde huevos para desayunar, hasta un corte de la mejor carne para almorzar, con frutas, legumbres. De todo, pero todo licuado. Cada comida es todo un proceso porque hay que dársela con el ritmo adecuado para que no le vaya a hacer vomitar.

Todos los días, Édison recibe de su madre un baño de esponja. Durante el día, siempre, vienen al menos cuatro personas a hacerle terapias físicas y sicológicas. En la mañana, él permanece en su silla, cerca de las ventanas, o recorriendo la casa, o tomando el sol. Al mediodía, su madre le pone noticieros en la televisión. Es un espacio de relajación. Por la tarde, vuelve a la cama y entonces su mamá tiene que estarle cambiando constantemente de posiciones y poniéndole crema en el cuerpo para que no se le vaya a lastimar.

El día termina a las diez de la noche, cuando Édison recibe la última comida y todos se van a dormir. Así es la vida.

El neurólogo Braulio Martínez revela que el estado actual del joven se llama: ‘nivel cognitivo mínimo’. Dice que lo que está haciendo la familia es lo correcto, tratando de llevar la vida lo más ‘normal’ que permita la situación. Pero también es tajante al decir que es muy complicado hacer un pronóstico. “Nosotros nos basamos en probabilidades. La mayoría de probabilidades son que no se recupere. Pero el cuerpo humano no es matemático, tampoco es imposible”…

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El policía que disparó la bomba fue sentenciado primero a ocho años de prisión, pero luego la Corte Nacional de Justicia le bajó a cinco años la condena, que aún sigue cumpliendo. Vilma Pineda casi no quiere hablar de él. Se confiesa creyente pero el dolor lo siente cada día de su vida y no se considera capaz de perdonar.

Muchas veces se ha preguntado si los días de su hijo pueden llamarse realmente vida. De hecho, si a ella le pasara lo mismo, no quisiera vivir así. Pero esta es una guerra que quiere librar.

No puedo negar que tengo la ilusión de que un día mi hijo se levante y vuelva a ser el de siempre. No importa cuánto tiempo pase. Pero también es cierto que todos los días convivo con el miedo de que se muera. Cuando yo me lo traje a la casa, le dije a Dios: ‘En tus manos pongo a tu hijo, que un día me prestaste’. Los doctores me dijeron que no viviría más allá de unos días y aquí sigue y está mejorando. Creo que es por algo, creo que mi hijo tiene un propósito aquí. Y mientras él siga luchando, yo seguiré luchando también…”

El Justiciero

Publicado: 11 febrero 2013 en Jeovanny Benavides
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“Poetic justice”. El inglés Thomas Rymer acuñó esta expresión en 1678 para referirse a la posibilidad de hacer justicia sólo en el mundo de la ficción. Más de tres siglos después, Mauricio Montesdeoca Martinetti empieza a construir su historia a raíz de esta premisa y convierte la fantasía en realidad, alimentado por la venganza, dejando un legado de cientos de asesinatos regado en una fría e inolvidable ola de sangre, rencor y pánico en los cabecillas de las bandas del crimen organizado situadas en el corazón del mundo: el Ecuador.

Antes de que su cuerpo fuera abatido por 13 balas y muriera el 16 de julio del 2009, ya era conocido como El Justiciero, el criminal disfrazado de agente del grupo de operaciones especiales de la Policía más temido del país.

La leyenda comienza a consolidarse cuando apareció en la lista de los ecuatorianos fallecidos en los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, el origen de su historia (la pública) se cuajó años antes. Para ser exactos el 28 de diciembre de 1997. La brumosa noche trágica de aquel día, Mauricio se encontraba fumando con sus dos hermanos mayores: José Rey y Nicola. Los acompañaban José Aveiga y Joseph Zúñiga, dos amigos de la familia. Quienes los conocían solían referirse a ellos como “los niños ricos” de la ciudad. La familia Montesdeoca siempre tuvo una buena condición económica en Portoviejo, su padre, Reinaldo, fue dueño del cine Roma y representante en Manabí de los productos La Universal.

Pese a la ostentación de lujos y riqueza, José Rey y Nicola odiaban que los trataran como idiotas a la hora de hacer las cuentas. En esto Mauricio siempre quedaba al margen, pues prefería dedicarse a sus dos grandes pasiones: el rock y el deporte. En los negocios de su familia: ropa, alcohol y autos a sus dos hermanos siempre les gustaba sacar ventaja con el dinero. Aunque nunca traficaron drogas, sí las consumían. Su distribuidor era un hombre al que ni la madre lo conocía por su nombre (Daniel Bravo Pisco), sino por “Chani”. Aquella tarde de diciembre de hace quince años, fue él quien decidió hacerles una visita en una camioneta blanca, junto a tres encapuchados. Saltaron las verjas sin problemas y los encañonaron casi sin que se den cuenta. Justo antes de que ellos

llegaran, Mauricio tuvo ganas de orinar y fue a una habitación contigua. Desde ahí escuchó cómo empezaron a discutir. La razón: Las últimas cuentas por la venta de tres kilos de marihuana no cuadraron. Mauricio, de 27 años, tuvo ganas de salir, pero no lo hizo. Todo ocurría en el hall de la casa, mientras conversaban y escuchaban música de un convertible Ford Mustaine, color negro. Eran las 23h30. Un año antes Nicola había sido detenido por estafa al cambiar billetes falsos de cien dólares a unos comerciantes de camarón y, luego de haber estado preso un tiempo, lo dejaron en libertad condicional. Al parecer, en el último intercambio drogas-dinero los hermanos Montesdeoca deslizaron billetes adulterados. Aquello no le hizo gracia a Chani, quien fuera de sí gritó que a él “nadie le veía la cara de pendejo”. Insultos y reclamos; antes de que se hiciera medianoche todo era un caos. Según relatará Mauricio años más tarde, José Rey les dejó claro que no les iban a pagar y que los dejaran en paz de una buena vez. Fue ahí, en ese fugitivo instante, cuando el mundo se detuvo para quien la posteridad conocería como “El Justiciero”. Los encapuchados sacaron una cartuchera calibre 12, un revólver calibre 38 y otra arma calibre 22 y vaciaron en reiteradas ocasiones sus cartuchos sobre los cuerpos de los cuatro “niños ricos”.

José Aveiga y Joseph Zúñiga murieron de contado, mientras que José Rey y Nicola fueron trasladados al hospital dónde sólo se comprobó su deceso. Con los cadáveres de sus hermanos en las manos, Mauricio prometió vengarse. Jura que ni esa noche ni nunca derramó una sola lágrima. En cada uno de los cuerpos la Policía encontró más de cincuenta impactos de bala. Por ello, en un informe definirán el sangriento hecho como “una auténtica masacre” y confirmarán, tras las investigaciones, que el múltiple asesinato se debió a una deuda por drogas.

Aquel momento se le quedó alojado nítido en la memoria a Mauricio, porque no sólo eran sus hermanos, sino sus amigos y una gran parte de su vida la que murió la medianoche de aquel 28 de diciembre de 1997. Desde entonces nunca fue el mismo. Su mirada se volvió distante, profunda y evasiva. Quiso morir, pero el odio fue más fuerte. Lo único que lo mantuvo vivo en los posteriores años de intensa soledad en Estados Unidos (adonde fue primero) e Israel (donde se especializó después en el manejo de armas) fue el rencor y el irrefrenable deseo de venganza.

Se trasladó a Estados Unidos junto a su madre, Peggy Martinetti, y su hermana Karla. Alrededor de seis meses más tarde, retornó a Portoviejo (a 350 Kilómetros al norte de Quito, capital del país) para, supuestamente, ayudar a la Policía en la identificación y captura de los responsables de la muerte de sus hermanos. Antes del retorno hizo una

escala en Israel para aprender técnicas especializadas de combate, uso de repetidoras y armamento sofisticado.

Coincidencialmente, por la misma época, empezaron a aparecer muertos varios de los antisociales más peligrosos del Ecuador. A algunos de ellos, además, se los relacionaba con los homicidios sucedidos en la residencia de los Montesdeoca.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo consiguió aliarse al grupo de élite policial, específicamente con el Grupo de Intervención y Rescate (GIR), pero fue en noviembre de 1998 en que empieza hacerse sentir su furia contra los delincuentes. A manera de “El Cobrador” en el cuento de Rubem Fonseca en el que el protagonista siente que la humanidad le debe algo, Mauricio siente en cambio que son los criminales quienes le deben aquella felicidad no vivida y cortada de raíz a fines de 1997.

Si bien decenas de cadáveres de criminales habían despertado la curiosidad en todo el país, el origen de la leyenda se forja cuando por fin, y tras una búsqueda incesante de cuatro años, encuentra a Chani en un sitio inhóspito de la provincia de Bolívar, en Ecuador. Uno de los acompañantes de Mauricio dirá que antes de dispararle por sesenta ocasiones, le extirpó los genitales y le obligó a comérselos en un baño indiscriminado de sangre que en lo posterior aumentó el apetito desmedido de matar criminales los sábados en la noche sólo por no perder la puntería. La tarde del 3 de noviembre del 2002 que terminó con la muerte del principal culpable de la muerte de sus hermanos, Mauricio llevó un cartel hecho de espuma flex y encima adhirió una hoja bond en la que se dio modos para escribir estas palabras: “Ha llegado el tsunami para los delincuentes: El Justiciero”.

La Fiscalía concluyó en un informe que todos los delincuentes implicados en la matanza de su familia fueron asesinados. En todos encontraron los cadáveres con la misma leyenda. Su modus operandi era calcado en casi todos los casos: se ponía el uniforme de la Policía y una capucha, subía a sus víctimas, amenazándoles a punta de pistola, en una camioneta doble cabina. Después, esas personas aparecían abandonadas en terrenos baldíos con un número similar de tiros con los que mataron a sus hermanos. Además de Chani se le atribuyeron los crímenes de “El Chico del Millón”, fallecido el 6 de noviembre de 1998, “Chico Nike”, Kléver Auncacela y el “Loco Joffre” acribillados el 20 de diciembre del 2005, 9 de abril del 2008 y 1 de agosto del mismo año, éste último antes de ser asesinado se enfrentó a balas con El Justiciero, dejándolo herido.

Hacia el 2008 un avezado reportero le preguntó: ¿Eres El Justiciero?, ¿has asesinado a más de 100 personas? “El Justiciero somos todos. Todos y cada uno de los ecuatorianos

que reclaman justicia. El Justiciero está en el corazón de todos. Unos desconcertantes ojos verdes con lentillas rojas incendian de intriga los silencios”.

Entonces usaba ropa policial, un chaleco con la palabra SWAT, botas negras, guantes, pantalones militares. Del cuello le colgaba un collar con una cabeza pequeña de Eloy Alfaro, un revolucionario político ecuatoriano.

A inicios del 2004 la Policía menciona que operaba con su respaldo, aunque lo reconocía con el enigmático apelativo de “un informante clave”. Diputados de ese entonces como el socialcristiano Simón Bustamante e incluso el presidente del Congreso Jorge Cevallos, solicitaron formalmente a grupos policiales de élite que incorporen a sus filas a Mauricio “por ser experto en seguridad”.

Él tenía uniforme y armamento oficial. Y hasta dormía en los cuarteles de los grupos de Intervención y Rescate (GIR) y de Apoyo Operacional(GAO) en Manta. Y entonces, cuando la prensa hizo la denuncia, la Comandancia General de la Policía anunció una investigación. Pero, en la práctica, lo que sucedió fue que arrinconaron a El Justiciero y la policía después de tanta presión pública decidió quitarle el apoyo.

Fue a fines del 2006 que Mauricio supo que había que cambiar de estrategia o, de lo contrario, sería hombre muerto. Paradójicamente lo que hizo dejó perplejos incluso a sus más íntimos amigos.

Nadie sabe qué le dio por convertirse en un hombre público o en qué momento le picó el bicho de la política. Lo cierto es que un buen día de marzo del 2006 empezó a hacerse visible ante el miedo, la veneración y el desconcierto de todo un pueblo. Primero en centros comerciales, luego en sitios concurridos y avenidas… su paso no dejaba indiferente a nadie. Incluso había quienes lo trataban como un estrella de cine y le pedían autógrafos que él daba con la paciencia y el afecto de un anciano recluido en un asilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si acallara las voces de un pasado que no hacía otra cosa más que gritarle las múltiples muertes de decenas de pedófilos, criminales y traficantes internacionales de drogas. Sin embargo, el tiempo dirá después que aquella fue la peor decisión de su vida.

Formó el Movimiento Justicia Libertaria Alfarista, por el cual encabezó la lista como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente en el 2007. Quería ser asambleísta, porque creía que si el Ecuador iba a cambiar necesitaba hacerlo por medio de una nueva Constitución que se iba a redactar en Montecristi un año después. Él quería estar ahí ¿Por qué? “Deseo combatir la impunidad y la corrupción. Mi propuesta de seguridad integral está basada en tres ejes: seguridad jurídica, económica y ciudadana. Quiero

incluir estos puntos en la nueva Constitución. Estoy a favor de la pena de muerte para asesinos y políticos corruptos, siempre que se despoliticen las Cortes”.

Los otros candidatos le temían. Y contrario a lo que sucede en cada lid electoral ecuatoriana (y en cualquier parte del mundo, en realidad) en que unos descalifican a los otros y el pasado vergonzoso de un político es sacado a la esfera pública sólo para restarle votos, todos (sin excepción) respetaron a Mauricio. Consultaban sus recorridos para no tener la desafortunada coincidencia de cruzarse con él en los mítines.

“Más seguridad, menos delincuentes, seremos un látigo contra las injusticias y barreremos las ciudades de toda la escoria que tanto daño ha hecho al país y la humanidad”. Sus palabras seducían, conmovieron a miles. Pese a la fuerza y originalidad de sus ideas, no logró su objetivo. Perdió. El cómputo oficial arrojó 13.763 votos a su favor. Su slogan “Protegido por el Justiciero” acaparó la atención. Mauricio salía vestido de negro, armado con pistolas automáticas, sub-ametralladoras y hasta con granadas. También usaba guantes, gafas y un pañolón para cubrir su rostro. Su figura era un imán para miles de personas que se aglomeraban en los mítines y que veían extasiados cómo su ídolo, el que había barrido con más de la mitad de los delincuentes más temidos del país, estaba ahí, junto a ellos. Apretó miles de manos, recorrió con su equipo las calles del cantón, buscando un voto y ofreciendo seguridad, sobre todo. Caía el mito y se levantaba la leyenda. Disfrazado, Montesdeoca recorría Manabí para pedir votos. Saludaba a la gente desde el balde de la camioneta, aunque siempre con un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos verdes. Más de 100 escoltas lo acompañaban. Eran sus guardaespaldas, algunas de los cuales estaban mejor armados que él.

En plena campaña, el Grupo de Intervención y Rescate (GIR) detuvo a Mauricio con varias armas de fuego y municiones: una pistola 9 milímetros con dos alimentadoras.

Luego del incidente su discurso pretendía conquistar a los jóvenes, hizo popular la canción Somos de calle del reggaetonero Daddy Yankee, la que fue adaptada con su nombre y sus propuestas. Los sábados colocaba parlantes en las avenidas más populares para que la gente baile. Sus marchas denominadas Por la justicia fueron multitudinarias; incluso cuando terminó el conteo y vio que no ganó, organizó otra, con igual cantidad de asistentes.

Dos años más tarde, alcanzó la tercera posición cuando se postuló a alcalde de Portoviejo. Esta vez el cómputo oficial arrojó un total de 21.459 votos a su favor. Por entonces, cientos de stickers con ojos dibujados, con la consigna “Yo estoy con el justiciero” o sencillamente “Mauricio alcalde” se encontraban en todo lugar. Su campaña

fue muy llamativa, los colores rojo, blanco y azul invadieron la capital provincial. Pero esta última campaña fue distinta: ya mostraba su rostro. Lo tuvo que hacer obligado. Meses antes, en una comparecencia judicial, un fiscal le exigió que se quitara el pañuelo de la cara. Empezaba a diluirse el mito. Todos los diarios y noticieros lo mostraban: el atlético hombre de 1,90 era como el resto de gente.

Aún en campaña seguía practicando el volley, su deporte favorito, en canchas públicas. Rara vez perdía y, cuando se subía a su camioneta, instalaba a todo volumen los altoparlantes con la música que siempre le gustó: el heavy metal.

Aunque andaba resguardado con gente de su confianza, todos sabían que en algún momento lo iban a matar. Y aunque él fuera también consciente de que aquello iba a ocurrir tarde o temprano, acallaba las voces de su interior exhibiéndose aún más en entrevistas y encuentros con jóvenes y líderes barriales. Unas semanas antes de morir hasta se había despojado del chaleco marrón que lo había acompañado durante el tiempo que la gente lo conocía con la leyenda forjada de “El Justiciero”.

¿Quiénes? ¿De dónde provino la venganza? Familiares de los antisociales acribillados lo acusaron ante la Fiscalía de ser un asesino, demandas que no progresaron y terminaron en el archivo del olvido.

El mismo Mauricio recibió varias amenazas de muerte que provenían no solo de familiares de delincuentes asesinados. En octubre del 2008 acusó a la Policía de persecución y de querer atentar contra su vida. Denunció que varios integrantes de la institución eran cómplices de bandas delincuenciales. Acusó a uniformados como Luis Martínez, oficial del GOE, de estar involucrados con la banda “Los Choneros”, la organización criminal más temida del Ecuador, y hasta los responsabilizó de su posible muerte. Y en el medio, el Presidente de la República, Rafael Correa Delgado, cuestionado por la opinión pública, ordenó el 22 de noviembre del 2008 quitarle los permisos para portar armas. Un año antes, el 7 de julio del 2008 el fiscal Agustín Zamora anunciaba que Mauricio afrontaba por primera vez una investigación por asesinato.

De la noche a la mañana empezó a estar expuesto, era consciente de que se había exhibido más de lo necesario y, por ello, empezaba a ser más precavido de lo usual. Y sin embargo, pese a todo, la madrugada del 16 de julio del 2009 estaba sin la custodia con la que siempre vivía. Tomaba precauciones como ir a su casa por un camino diferente, pero esa noche se le durmió el diablo. Mauricio regresaba de una reunión social en el hotel Ejecutivo. Trataba de conformar un plan con el que se buscaba repeler la inseguridad en el Ecuador. En esa reunión y ante dirigentes sindicales expresó: “Por mi experiencia

estoy convencido de que esta criminalidad es cambiante, sanguinaria y sin límites, y para combatirla se necesita mano dura, sin contemplaciones, eliminando sus bases”

Iba a bordo de su automóvil Pathfinder Nissan, sin placas, cuando a cien metros de su casa, fue interceptado por dos camionetas Chevrolet D’max de color blanco y gris. 15 hombres armados y con el rostro cubierto con pasamontañas bajaron de los vehículos y lo emboscaron cuando iba a ingresar a su vivienda, localizada en la urbanización Ceibos del Norte. Los encapuchados rodearon el automóvil y comenzaron a disparar en cuestión de segundos. Fue un baño de sangre y una lucha desigual, porque mientras Mauricio se defendió con una pistola 9 milímetros, los agresores, en cambio, portaban fusiles 5.50, subametralladoras y pistolas.

Pedro Vera, guardia de seguridad, al escuchar los estruendos se lanzó al piso. Y desde ahí, temblándole todo el cuerpo, lo vio todo claro: un Mauricio jadeante y con el cuerpo cosido a balazos que, aún así, se logró poner de pie y empezó a disparar; sin embargo, un proyectil le perforó la pierna derecha. Con ello perdió estabilidad y cayó para no volver a levantarse nunca más. “Allí fue que lo remataron sus asesinos”, relató un testigo. Un amigo de la familia indica que llegó con vida hasta el hospital de Solca e incluso expresó que le dolía la pierna.

Ante la balacera, Luis Alfonso Espinoza, de 22 años, chofer y único acompañante de Montesdeoca no atinó a reaccionar. “El guardia se demoró en abrir la puerta. Entonces el jefe se bajó a repartir bala y fue allí que lo mataron. No pude hacer nada”, relató días más tarde.

Lo llevaron hasta el hospital de Solca, a pocas cuadras de la masacre, pero todo fue en vano.

Respecto a si llegó o no con vida al hospital hay otra versión: médicos del área de emergencia manifestaron que Mauricio Montesdeoca llegó sin signos vitales. Su corazón dejó de latir a las 00h30.

La noticia técnica de los peritos policiales fue contundente. Las balas fueron dirigidas al hombro derecho, muslo derecho, muslo izquierdo, intercostal derecho, brazo derecho, 2 en el abdomen, 2 en la región dorsal y 4 en la pierna derecha. Una lesión en la vena aorta fue la causa de su muerte tras recibir trece disparos, que en su mayoría presentaron orificios de entrada y salida.

Luis Espinoza resultó con heridas en el antebrazo izquierdo y codo derecho; mientras que el vehículo recibió 44 disparos en los parabrisas delantero y posterior, es decir del lado en que se movilizaba Mauricio. Había cumplido los 38 años.

El funeral fue fastuoso. Lo enterraron como un líder. El sacerdote Edmundo Viteri presidió la plegaria. Unas tres mil personas se aglomeraron en la Catedral para escuchar una corta liturgia. Terminada la misa, la caja de dos metros de longitud, donde guardaron el cadáver de Mauricio, fue retirada de la Iglesia y subida a la plataforma con destino al cementerio. Ahí, su esposa, María Fernanda Solórzano, lloró desconsoladamente. Frente al edificio de La Fiscalía el alboroto de quienes acompañaban el cortejo fúnebre se detuvo. ¡Justicia!, ¡Justicia!, ¡Queremos Justicia! Sin embargo, en estos tres años de su muerte el crimen sigue impune. Aquella tarde lúgubre del 17 de julio de 2009, perdido de todo, en un fragmento de realidad diferente, tres amigos de Mauricio se apartaron precipitadamente del ataúd: arrojaron al aire dos palomas blancas que no quisieron volar.

Se trata de una masa gelatinosa, salada, anaranjada, rellena de cuero y patas de chancho y con forma de lavacara. Angelita Pazuña, una mujer de un metro 60 centímetros, morena y de pelo lacio, corta con un inmenso cuchillo algunos pedazos de esta masa y los coloca en una funda plástica transparente que cabe en una de sus manos… Pero la mujer indígena que recibe el producto no entrega a cambio dinero. De su chal azul marino, deja caer, sobre un tarro blanco, un poco más de una libra de cebada en grano. El trueque está hecho.

El togro, como se conoce a esta masa gelatinosa, es la ‘estrella’ de la feria que cada miércoles se hace en Cusubamba, una parroquia de 9.000 habitantes, enraizada en las montañas de Cotopaxi, a la que se llega tras una hora de recorrido en carro desde Salcedo. Un poblado al final de un camino empedrado y lleno de agujeros, rodeado de pencas, cipreses y unos árboles alargados y curvilíneos que ni se inmutan con el frío, el viento y la neblina matinal, que cubre todo el verde y casi no deja ver.

En el centro, a dos cuadras de la feria de los miércoles, hay una de esas torres de fierros rojos y blancos y una luz roja titilante en la punta, que sirven para mostrarles a los pilotos de aviones dónde están los sitios más altos de la Tierra para que no vayan a estrellarse. Es un lugar tan alejado del mundo ‘normal’, que parece que sería más fácil medir su altura en ‘metros bajo el nivel del cielo’ que en ‘metros sobre el nivel del mar’.

En la feria, cada semana se oferta de todo: coloridos sombreros, ponchos y sandalias, panes que aún guardan el sabor a horno de leña, espumillas blancas y rosadas, pescado frito, panelas inmensas y pesadas, gaseosas y jugos artificiales, manteca de res… Pero los habitantes de Cusubamba esperan con ansias el togro. Muchos lo comen solo, otros con una funda de mote y mapahuira.

Los secretos

 Dos mujeres llevan el togro hasta las alturas. Además de Angelita Pazuña, de 45 años, está su tía, María Guanoluisa, de 76. Ellas trabajan en puestos separados y las conocen como ‘las togreras’. Guanoluisa lleva más 50 años subiendo a Cusubamba y Pazuña 25.

Ninguna tiene más de dos minutos seguidos para conversar. La feria está dividida en dos partes: Un galpón de unos 150 metros cuadrados, de paredes blancas y concho de vino, con mesas de baldosa blanca y piso de cemento. Y un espacio exterior de unos 700 metros cuadrados, en el que la hierba compite con el cemento.

Afuera, unos puestos están cubiertos por grandes plásticos de colores colocados sobre estructuras de madera, a manera de carpas; otros, en cambio, prefieren sentarse en el suelo para vender. Adentro, las vendedoras simplemente ponen sus productos sobre las mesas de baldosa.

‘Las togreras’ están adentro. A su alrededor, hay un incesante desfile. Cada vez que ven que alguien se acerca, ellas se apresuran a cortar un pedazo y extienden su mano: “vendrá, caserita, ¿qué va a llevar?”, “pruebe, ¿cuánto le doy?”… Y la rutina casi siempre es la misma: el cliente toma el pedazo, lo prueba. Luego saca la cebada, la coloca en tarros o en costales y recibe el togro. Aquí cabe a la perfección aquello de ‘vender al ojo’, porque cada ‘togrera’ sabe exactamente cuánta cebada vale 25 centavos, o 50, o 75…

El togro es el resultado de cocinar por todo un día las patas y el cuero del chancho es unas ollas muy grandes. Cuando el agua, las patas y el cuero comienzan a compactarse de tanto hervir, la preparación habrá llegado a lo que ‘las togreras’ conocen como ‘el punto’. Entonces, será el momento de colocar la mezcla en las lavacaras plásticas que le dan su forma final. Llegará el achiote en grano, que le da su color anaranjado. Y le seguirán los aliños y toques finales: cebolla, ajo, sal, orégano, leche y algunos otros detalles que estas mujeres se guardan. Luego, esperan hasta que termine de cuajar y está listo para la venta.

Como la preparación tarda más de un día, las ‘togreras’ empiezan a hervir todo desde la tarde del lunes, para alcanzar a estar en la feria a eso de las ocho y media de la mañana del miércoles. “Antes se demoraba más, porque teníamos que cocinar en leña, ahora, con las cocinas a gas ahorramos por lo menos unas ocho horas”, explica Angelita Pazuña.

La mayor de las ‘togreras’, María Guanoluisa, es pequeña, ancha y usa un delantal y un sobrero de tela sobre su lacia cabellera cana. Habla fuerte, mira siempre a los ojos y no puede contener su sonrisa cada vez que habla del togro. Nadie sabe con exactitud desde hace cuánto tiempo se vende este producto o quién lo inventó, pero ella tiene 76 años y asegura que sus abuelos ya lo preparaban y vendían.

Ella comenzó a venderlo desde que tenía 20 años. “Antes, teníamos que subir en burros o caballos. Desde hace poco nomás hay buses y camionetas”. Cada miércoles, suben desde una parroquia rural de Latacunga llamada San Felipe, en donde hacen la preparación. Desde que llegan, comienzan a cortar el togro para venderlo y no dejan de hacerlo hasta que se van, a eso de las 14:00, casi siempre sin sobrantes.

El trueque

‘Cusumbamba’ significa en kichwa ‘Tierra de gusanos’. Precisamente porque eso es lo que abundaba en este lugar en sus inicios: gusanos, según lo explica el Presidente de la Junta Parroquial.

Es un pueblo cuyo centro se limita a unas cuatro cuadras. Un parque lleno de plantas y flores, con un árbol gigante en una de las equinas. Una iglesia con la fachada de adobe, que guarda su forma original. Una pequeña escuela. Un vacío dispensario médico. Una unidad de Policía. La Junta Parroquial. Y un local de Internet, recientemente inaugurado por el Estado.

La mayoría de los habitantes son indígenas. Hay muy pocos jóvenes en las calles. En un miércoles de feria, la imagen es repetitiva: decenas de personas bajando con sus chales o costales llenos de cebada bajando a hacer compras y decenas de personas, ya sin cebada, pero con fundas o costales llenos.

El empedrado camino que llega hacia él está plagado de cerradas curvas, en medio de la vegetación. En las mañanas, la niebla es tan espesa que cuando cobija a los árboles parece el escenario perfecto para una película de terror. Es un sitio tan lejano que en el trayecto uno puede ver ovejas del porte de caballos, perros regordetes que vistos desde atrás parecen cerdos e incluso un perro plomo del porte de un pequinés, pero con una frondosa melena como de león.

El pueblo cumplió recién 149 años de vida. Pero para llegar o salir, la gente aún usa mayoritariamente unas camionetas organizadas como transporte público, que generalmente pasan repletas, como líneas populares en una gran ciudad. Al amanecer, los niños, con uniformes y mochilas son los principales usuarios. Muy pocos usan los buses pequeños y destartalados que llegaron recién hace seis años al lugar.

Esta historia se da en pleno siglo XXI y en un país dolarizado, pero en la feria de los miércoles casi nadie conoce el dólar. Sólo contadas personas. La mayoría aún vive con del ‘trueque’. Aquí el dólar se llama cebada y los centavos son otros granos, como el trigo y el maíz que no son tan cotizados. Cusubamba es un pueblo inminentemente agrícola. Y son precisamente los granos su principal producción. La cuestión es que muy pocas personas tienen tanto dinero en efectivo como pensar en ir de compras un miércoles de mañana. Y, pues, los vendedores, que vienen de comunidades y cantones aledaños, Salcedo, Latacunga, Llacturco, Rumiquiche, Atocha, Aguamansa, Pujilí, San José, Las 4 Estaciones y Mulalillo, han tenido que acoplarse a recibir en pago el único fruto del trabajo de los habitantes de Cusumbamba: la cebada.

Con algo más de tres libras de cebada, Moaña Guano, por ejemplo, lleva par su casa, cuatro panes, un jugo artificial, dos fundas grandes de mote y, por supuesto, el infaltable togro. “A mi marido le encanta el togro, a mí no tanto. Pero él come todos los miércoles. Todas las semanas, se levanta temprano y emocionado porque ya llevo su buen desayuno”.

Con la cebada la gente compra literalmente todo: pan, mote, pescado, jugos, gaseosas, togro, panela, manteca de res, sombreros, bufandas… Y la imagen es siempre la misma: la compradora escoge su producto, saca de su chal una porción del codiciado grano, la deposita en unos tarros blancos o costales, que todas las compradoras tienen, y reciben lo que pidieron.

El negocio

 En Cusubamba, todos son pequeños. Ninguno debe superar el metro y 60 centímetros. La mayoría son ancianos de sombrero, ponchos y pantalones o faldas de tela. A eso de las 10 de la mañana, la feria de los miércoles está repleta. Las ‘togreras’ para ese entonces ya tienen lleno medio quintal de cebada cada una. Si logran llenar, regresarán satisfechas a sus casas. Otros productos más populares, como el mote, ya han logrado llenar dos y hasta tres costales.

Las ‘togreras’ venden la cebada al regresar a Latacunga. Y la mayoría de los comerciantes hace lo mismo. Pero no todos. La señora que llega desde Pujilí con su pan recién horneado, por ejemplo, la utiliza ella directamente para alimentar a sus gallinas y para su propio uso en su casa.

Tampoco hay un precio fijo para cada quintal de cebada. María Guanoluisa dice que es una gran alegría cuando puede vender uno a 20 dólares. Pero Angelita Pazuña jura que puede conseguir un precio de hasta 25 dólares. Además, Pazuña vende, además del togro, las patas del chancho por separado, y para esa venta si exige dinero en efectivo. Cada pata cuesta entre 2 dólares y 3 dólares y medio.

Y eso afecta también en sus ganancias. Mientras Guanoluisa sale a pérdida todos los meses, Pazuña gana hasta 150 dólares.

Incertidumbre y modernidad

Cuando el reloj se aproxima a las 11, las tres cuartas partes de los costales de las ‘togreras’ están llenas. Cada vez hay menos gente desfilando por los puestos de la feria de los miércoles y algunos vendedores ya han comenzado la retirada. Ya en este punto, las vendedoras comienzan a recordar aquellos tiempos en que la feria era mucho más concurrida y el negocio era mucho mejor. La feria siempre ha sido los miércoles. Pero las ‘togreras’ añoran esos miércoles, antes de los buses, cuando regresaban a caballo o en camionetas pero con tres o cuatro costales repletos de cebada.

“Después llegó la modernidad. Los caminos empedrados. Las camionetas. Los buses. Los jóvenes comenzaron a emigrar a Quito, a Ambato, a Latacunga, a Guayaquil, a Cuenca, a España, a Italia… y mandaban dinero a sus familiares que se quedaron aquí. Y entonces ellos ya no necesitaban a esperar a la feria de los miércoles, bajaban hasta Salcedo y ahí en las tiendas compraban cualquier cosa cualquier día. Ahí ya la feria comenzó a decaer. Pero luego, cuando la gente comenzó a cobrar el bono solidario, muchos ya tenían dinero en sus bolsillos más seguido, llegaron los buses y ahora ya es más fácil que todos bajen a comprar en los pueblos más grandes”. Así define ese salto temporal María Guanoluisa, la mayor de las ‘togreras’.

A las 11 y media, la feria está casi vacía y los quintales de las ‘togreras’ casi llenos. A pesar de la baja en el negocio, las dos ‘togreras’ prometen que seguirán preparando este singular alimento hasta que sus fuerzas les acompañen. Angelita Pazuña, ya comenzando a limpiar sus lavacaras vacías, dice que está acostumbrada a ganar ese dinero y colaborar en su casa y que no piensa dejar de hacerlo. María Guanoluisa, también en labores de limpieza, confiesa que sus hijos ya no quieren que siga trabajando. “Me dicen que ya estoy vieja, que ya no venga, que me puede pasar algo, pero, auque pierda dinero, pero para mí quedarme encerrada ahí en la casa. Toda la vida he trabajado, ya no me acostumbro a estar sentada”. Y ahí estarán las ‘togreras’, mientras la feria de los miércoles que mantiene vivo el trueque se siga resistiendo a la modernidad y los habitantes de Cusubamba sigan buscando su añorado togro.

El Job de San Mateo

Publicado: 5 abril 2011 en Marcela Noriega
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Un día Dios hace una apuesta con el diablo. Satanás está seguro de que hasta el más creyente del mundo puede blasfemar contra el Todopoderoso si él lo tortura.Dios, por capricho o aburrimiento, quiere probarle que se equivoca. Le dice que lo intente con Job, el más bueno de todos los hombres que por esa época vivían.

Pan comido, piensa el diablo y se caga de risa. Va y mata a todos los hijos e hijas de Job, a sus criados, a sus ovejas. No le mata a la mujer para que lo siga jodiendo. Y no contento con eso, le envía una sarna maligna que cubre de costras su cuerpo, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Job sufre como un condenado, no tiene paz, solo dolor y una picazón insoportable. Se rasca día y noche, se revuelca en el polvo como una gallina. Sus amigos se alejan, se burlan,lo critican. Pero él nunca reniega de Dios.

Tengo a un Job delante. Está sentando en la puerta de su casa, rascándose la piel llena de algo muy parecido a las escamas de un gran pez, escamas que pican, que arden cuando se secan, sangran, se infectan y, a veces, supuran pus.Sus padres, Vívida Yolanda, lavandera, y Jorge Isaac, pescador, murieron cuando era un adolescente. No perdió bienes ni hijos porque nunca los tuvo. Tampoco ovejas ni criados. Este es un Job de nacimiento que nunca tuvo nada más que pesares. Se llama José Jorge y se apellida López Franco. Tiene 41 años.

Bajo la cabeza como los perros cuando quieren entrar a una casa y no son bienvenidos. Esta tiene techo de zinc, una puerta de fierro negro, y el número309 pintado en blanco. Estoy en el barrio La Paz, de San Mateo, a 15 minutos de Manta, el pueblo de pescadores donde nacieron y viven José y Cruz Adelina, su hermana de 45 años.

Me quedo fuera esperando. Él ni me mira, le mosquea mi presencia, como la de cualquier extraño, más si sabe que tiene el oficio de entrometido profesional. San Mateo está a mis espaldas con sus lomas lisas, su enorme mar, sus redes, sus lanchas, sus casuchas de caña, sus casotas de cemento, sus cantinas, su música rocolera, sus recovecos polvorientos, su aridez.

La casa de José y Cruz queda en una pendiente. Las calles aquí son de tierra.Unos pocos perros flacos y unos niños casi desnudos corren por ellas. El aire es liviano, el aliento del mar lo purifica y se puede sentir en todo el lugar, donde viven unas 500 personas.

―¡Pase, pase!

La voz proviene de adentro. Es Cruz, una mujer pequeñita, de aspecto también huraño. Entro al humilde lugar de paredes blancas y piso perfectamente barrido.Unas fundas de cachitos, papas fritas, caramelos, chupetines y demás cuelgan de un estante. Más allá hay productos de limpieza, pintalabios, esmaltes de uña.Todo de venta. En esta casa no hay espejos, no hacen falta. A veces es mejor no mirar.

Les hablo, les sonrío, intento ser amable. Ellos no me quieren ahí, y se les nota.

―Sé muy bien que están cansados de los periodistas, solo vine a conversar, a ver cómo se sienten. También les traje esto -saco del bolso unas cremas bastante caras.

―Sí, esas son las que tenemos que usar-, dice Cruz, aún con el ceño fruncido. Le gusta verse más grande de lo que es, por eso encaja una silla de plástico en otra y solo entonces se sienta. Lleva un gracioso moño fucsia que le recoge el poquísimo pelo. José se hace el loco. Está descalzo, sus pequeñas zapatillas de plástico descansan a su lado.

Les cuento una historia de una vez en que el periodismo ayudó a alguien que sufría. Ella me escucha por educación, pero parece no creerme. Yo sigo hablando como si fuera una vendedora de enciclopedias que no sabe vender.

―Siempre vienen, nos sacan fotos, ¡no queremos más fotos!, -gruñe ella. José,impenetrable y callado, mira hacia el mar.

―¿Y qué es lo que quiere?, ataja Cruz.

―Nada, solo conversar un poco sobre, por ejemplo, cómo es vivir cerca del mar,-digo.

Cruz no contesta. Se va a la cocina a revolver la sopa de queso. Debe medir un metro cincuenta; es delgada, recta como una regla. José, al fin, habla, sin mirarme.

―Nosotros nacimos allá, en la punta de la playa, al pie del mar-, dice señalando hacia el océano. Su voz es extraña, suena como una emisora mal sintonizada y en un tono más alto de lo normal.

―Debe haber sido lindo crecer al pie del mar ¿te acuerdas de cuando eras pequeño? – No, no me acuerdo. Es que cuando uno nace no se acuerda de nada.

―Claro, pero ¿te gusta el mar?

―Sí, harto -se queda callado un rato–, aunque ahora me da miedo porque he escuchado decir que va a venir una ola de no sé cuántos metros de altura. Nomás me quedo en la arena, porque no sé nadar. Me da miedo el mar.

Me tiro al piso, me siento a su lado. Le cuento una historia de una vez que casi me ahogo. José intenta mirarme, le atrae mi voz. Sus ojos no le sirven de mucho. El uno casi ha desaparecido, y el otro es celeste y está desorbitado, con dificultad registra formas y colores. Me intriga saber si cree en Dios. No veo vírgenes ni santos por ningún lugar.

―¿Y ustedes son católicos o tienen alguna religión?

―No, no -dice tajante José. Pero Crucita que se ha vuelto a sentar en sus sillas,lo corrige–. Nosotros sí vamos a misa, somos católicos-.

―Je je je je, -se burla él.

―¿Y a usted le gusta ser católica?-, me pregunta José.

―No, qué va, a mí no me gusta eso-

―¿Por qué? Es bueno que vaya a rezar, a orar. Es bonito ser católico-, dice con ironía.

―Yo antes era evangélica, pero ya dejé esos malos caminos-. Ambos nos reímos.A Cruz no le gusta el chiste.

―La gente que se mete a eso del evangelio se vuelve como loca, se hacenfanáticos-, comenta muy seria.

Ella es la que cocina, lava, plancha, barre, trapea, va al pueblo a comprar las cosas para vender, y se las rebusca. José casi nunca sale, casi nunca hace nada.

―¿Y de fiestas, qué tal?

―No voy a fiestas, no me gusta.

―¿Y la cerveza tampoco?

―No, tampoco, siempre escucho en las noticias que eso afecta a uno, uno tiene que cuidarse

―¿Nunca has tomado alcohol?

―Sí, antes, pero ya no. Antes iba a fiestas, pero no me gustaba porque se enojaban si no tomaba. Casi no me gusta porque no quiero tomar. Hay muchos que se mueren por alcohólicos. Siempre me pongo bravo porque quiero que cierren esas cantinas y nada. Ya es de hacer una denuncia para que se acabe eso y no haya más problemas y no vuelvan a vender esas cosas-, contesta molesto.

San Mateo es un pueblo tranquilo, no hay delincuencia, pero sí burdeles. Los borrachos y sus pelas abundan los fines de semana.

―¿Y has tenido novia?

―Sí tenía antes, pero se fue a España a trabajar. Bueno, no era mi novia, solo éramos amigos, conversábamos-

―Y ¿cómo era ella?

―Era gorda

―¿Y bonita?

―Ajá

***

José y Cruz tienen una rara enfermedad genética llamada ictiosis lamelar. Según los registros de la Fundación Ecuatoriana de la Psoriasis, que investiga también la ictiosis, hay 32 personas en el país que sufren este mal incurable, del que existen varios tipos. En el caso de los hermanos López es congénita y hereditaria. Puede saltar hasta la quinta generación.

Los niños con ictiosis nacen con deformaciones y cubiertos totalmente por unas escamas grandes, semejantes a láminas, que les da la apariencia de peces. De hecho, la palabra ictiosis proviene del griego ictius que significa pescado. Lo que ellos viven es una descamación constante de la piel durante toda la vida.

Su piel se parece al lecho de un río seco, a la tierra cuarteada por la erosión. Seles resquebraja con facilidad y se les infecta, por eso deben ponerse cremas humectantes y bañarse, al menos, tres veces por día.

Sus sentidos también están afectados. La tirantez de la piel es tanta que impide el desarrollo completo del cartílago auricular. Además, las escamas se acumulan en el oído, y le impiden oír bien. José no tiene formadas las orejas y le cuesta mucho escuchar y escucharse.

Tampoco ve bien. Las personas con ictiosis nacen con los párpados volteados,las infecciones oculares son frecuentes. Los parientes de José me contaron que de niño él sufrió una grave infección en el ojo izquierdo, por lo que ahora es prácticamente inservible. El derecho otro tiene cataratas.

La enfermedad también produce caída de cabello. Los pelos de José en la parte posterior de su cabeza son escasos, y en la barbilla tiene menos de diez.

Pero su enemigo principal es el calor. No lo tolera, y la razón es que sus conductos sudoríparos están taponados. Con calor y sin agua el panorama es de terror. Hace unos pocos meses el presidente Rafael Correa llegó a San Mateo para inaugurar el alcantarillado, pero una cosa es lo que inauguran los políticos y otra lo que vive la gente.

―¿No tienen agua?

―A veces nos llega cada 15 días, otras, no hay un mes, tenemos que comprar del tanquero.

Un dólar cuesta el tanque; 1,50 en los aljibes-, contesta Cruz ya más en confianza.

―Por eso es que estamos mal ahorita con esta calor que hace, -rezonga José.

―¿Cuántas veces te tienes que bañar al día?

―Me baño tres horas. A las 7, a la 1 y a las 9 de la noche, cuando ya me voy a dormir.

A José le está pegando el sol del mediodía en la cara. Odia el sol. Se levanta,arrastra una silla y la pone junto a mí para seguir mejor “la conversa”.

En la pared hay un diploma al mérito dado por la UNE a Cruz por haber terminado la escuela. Ahora su sueño es estudiar computación, pero no tiene dinero para ir a Manta, pagar el curso y menos para comprar una computadora.

―José ¿y tú estudiaste?

―No me gusta, me da vergüenza, me marginan por ahí-, dice y lanza algo muy parecido a una carcajada.

―¿Cuántos años tienes?

―Yo tengo 41.

―¿Naciste en 1968?

―Creo que sí, no me acuerdo.

―¿Y por qué no fuiste a la escuela?

―Me pusieron, pero me sacaron porque hago mal la letra. No estudié en la escuela, estudié en la casa, cuando vivíamos en la playa en una casita de caña.Me enseñaba una profesora de Manta. Pero, por ejemplo, si usted me coge de la mano a mí me duele, por eso es que a mí no me gusta.

―¿Y a leer no te enseñó?

―No, pero venga usted para que me enseñe.

Adopta una pose seductora y un hilo de risa acompaña todo lo que dice. Le sigo el juego.

―¿No te aburres de no hacer nada en todo el día?

―No, yo me aburro de hacer las cosas. Mejor me pongo a ver televisión. Por eso es que quiero una chica para que me lave la ropa y me haga todo.

―Así son todos los hombres, vagos, no quieren hacer nada en la casa -lo toreo.

―Pero mamita para eso está la mujer. Por ejemplo, si yo estoy con usted aquí ami lado, usted se va a cocinar mientras yo veo televisión -me mata.

Cruz se ríe de los intentos de seducción de José, que van muy mal.

―Eso yo le digo a él: que me ayude aunque sea a barrer, a lavar los platos, que eso lo puede hacer él, -se queja la hermana.

―¿Ni los platos lava?

―¡Nada! -grita ella. Él se ríe socarronamente

―¿Y usted no quiere niños? -me pregunta él.

―No, no me gustan.

―Pero es bueno tener niños para que hagan los mandados.

―Ah, ¿para eso sirven los niños? Las mujeres para que cocinen, trapeen, y los niños para los mandados

―Sí, así es, por eso es bueno tener mujer e hijos. Se ríe a lo grande. Y sigue coqueteando.

—¿Y usted tiene teléfono en su casa para que me llame y podernos comunicar?

―Sí, tengo ¿cuándo quieres que te llame?

―Pero es para conversar nada más, no para otra cosa. Usted me puede llamar de noche, así sea domingo o entre semana. O puede venir a visitarme de nuevo, pero sola.

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Uno entre 300 mil nacidos vivos nace con ictiosis lamelar. Cruz y José dicen que antes no hubo casos en su familia. Ellos tienen dos hermanas: Indalesia, madre de 9 hijos; y Adriana, que tuvo “solo 3”. También está Julián, pero él es hermano de crianza. Ninguno de los sobrinos tiene ictiosis. Pero en San Mateo hay alguien más que la sufre: un niño de 5 años llamado Cristopher, pariente lejano de Cruz y José, lo que confirma la herencia.

Para llegar a la casa de Cristopher hay que bajar la loma y enfilar hacia la playa.Ahí están Carmen Biler y Marcos Franco, abuelos de Cristopher. Marcos es primo hermano de Cruz y José. Ellos cuidan al niño, porque la madre lo abandonó al año y dos meses de nacido y el padre tiene 24 años y solo estudia.

―Dice la doctora que mi niño tiene mejor la piel que José y Crucita, porque de pequeño se empezó a tratar. En cambio, a ellos la mamá no los llevó al médico hasta que tuvieron 9 y 12 años -cuenta Carmen.

―Cuando él nació, el doctor no nos entregaba a la criatura. No quería que lo viéramos. Luego nos dijo que estuviéramos tranquilos, que el niño no era normal.

Lo vimos y nos dimos cuenta de que era como Crucita. Nosotros somos católicos,somos dados a la iglesia, a los santos, pero con esto yo casi pierdo la fe. Ya no quería ir a la iglesia, tenía un dolor tan grande. Pensaba cómo era que Dios nos podía castigar de esa forma. Ese es un castigo para nosotros, pero más va a ser para él cuando sea grande-, cuenta el abuelo, un pescador al que le cuesta solventar los gastos de esta enfermedad. Cada crema Eucerín cuesta 24 dólaresy dura, según el calor que haga, una semana. Además, deben comprar gotas para los ojos y jabones especiales.

A los dos añitos, mientras Cristopher estaba en una hamaca él empezó a mirarse.Alzaba el piecito o la manito y comenzaba a darse cuenta de lo que tenía. Ahoraestá preguntando por qué nació así. Pero intenta llevar una vida normal. Va a la escuela José Peralta y tiene amigos. “El niño es normal, solamente lo que tiene es la pielcita. Y hay que estar controlándolo con cremas porque si no se le parte la piel y se le infecta, le salen como naciditos. Se le pone cada 4 ó 5 horas. Él se lleva la crema al colegio, a veces dice que no se la ha puesto porque ha estado ocupado”, dice la abuela con la cara llena de cariño.

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José no quiere ir al médico. La última vez que fue le sacaron piel para estudiarla y le dolió mucho. Ya ninguna promesa de tratamiento lo saca de su casa. Él y su hermana saben que esta enfermedad es incurable.

―Dios me hizo así y así me he de morir-, es la filosofía de José. Y Cristopher ahora último anda diciendo que Diosito es el que le ha regalado esos cueritos. Sus abuelos no han dejado de rezar ni de creer en la voluntad divina, porque “si estoviene de Dios nada malo ha de ser”.