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Yo ya me voy a ir

Publicado: 15 febrero 2016 en Aníbal Santiago
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Con el oído al teléfono, el pequeño Iván oyó esa mañana las palabras que su padre le había repetido desde sus cinco años, la misma frase que lo condenaba a no conocerlo, o a conocerlo sólo por la voz lejana que llegaba por el auricular un par de domingos al mes hasta Tlaltepango, su pueblo: “Hijo, si sigo en Estados Unidos es para que no les falte de comer a ti y a tus hermanitas”.

Esta vez la respuesta del niño tlaxcalteca no fue un “sí, papá”, ese “sí, papá” resignado más que comprensivo, con el que siempre quedaba sepultada no sólo la plática sino cualquier ilusión: “Por mí ya no trabajes más –fue lo que le contestó Iván–, porque yo ya me voy a ir”.

En algún lugar del Nueva York primaveral del 29 de mayo pasado, Salvador Cote Blas oyó la respuesta de su hijo y se molestó. Hacía siete años que el albañil había cruzado el río Bravo huyendo con pavor de la justicia de Tlaxcala, y su único hijo varón jamás lo había confrontado.

Por eso no le mandó un beso, ni le pidió que se portara bien y tampoco le dijo “adiós”. El castigo fue un “pásame a tu mamá”. Iván extendió el teléfono a Ángeles Ximello, su joven madre, que oía la plática junto a sus tres hijas: Alejandra, Mariana y la menor, Vanesa, una niña de siete años con retraso mental.

Iván ya no dijo nada más. En instantes en que Ángeles escuchaba a su marido quejarse por la conducta de Iván, el pequeño subió en silencio a la azotea. El matrimonio cruzó comentarios sin importancia. Pasaron cinco minutos antes de que Salvador, quizá afectado por algo cercano a un presentimiento, pidiera a su esposa: “Pásame de nuevo a Iván”.

“Hijas, busquen a su hermano allá arriba”, pidió la mujer. Mariana y Alejandra subieron a la azotea. Ahí, en efecto, estaba su hermanito de 10 años. La cinta de una bata de baño amarrada al tendedero estrujaba su cuello. Las niñas vieron a Iván desvanecido, con la piel violeta, los ojos cerrados y la cabeza colgante.

Por el teléfono descolgado, sin entender qué ocurría, lo último que Salvador escuchó fueron los gritos desesperados de su esposa y sus hijas.

El remedio era antes

La mañana del lunes 30 de mayo apareció una pequeña nota interior en la sección Estados del diario Reforma: “Se suicida menor por bullying”.

En realidad, el periódico hacía eco de la suerte de juicio sumario de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala, que en el boletín 100/2011, señaló: “El niño tomaría esa drástica decisión porque era objeto de burlas y malos tratos de parte de sus compañeros de clase. La madre del hoy occiso mencionó en su declaración ministerial que su hijo Iván N. era víctima de acoso escolar, cuyo problema podría haberlo orillado a tomar la decisión de quitarse la vida colgándose de los tendederos del patio”.

Según la Dirección de Prevención del Delito de la PGR, el año pasado hubo 190 suicidios por bullying. Pero todos a partir de los 12 años, con el inicio de la pubertad. El hecho de que un niño de sólo 10 años se quitara la vida, más allá de la razón para hacerlo, podía marcar un hito en México. Sobraban motivos para averiguar qué había ocurrido.

El mapa de Tlaxcala en el que Tlaltepango aparecía como un pueblito que retoñaba tímidamente en las faldas de La Malinche, sugería agradables postales de pueblo mágico, con calles empedradas, techos de dos aguas y fachadas de adobe.

Pero la bienvenida que ofrece Tlaltepango es muy diferente. Al boulevard que lleva hacia la población lo invaden negocios de block, bovedilla, viguetas, cacahuatillo, tepetate, piedra, grava, arena. Expenden sobre una calle atestada de vehículos de carga, desde estaquitas hasta tráilers.

El plomizo vestíbulo de la comunidad anticipa el escenario que se repetirá en cada calle: muros repletos de graffiti, bloques toscos de tabique que sirven de casas, y milpas sucumbiendo bajo cerros de ladrillo o cascajo que los hombres de aquí usan en su oficio.

Disculpe, ¿sabrá dónde ocurrió la muerte de un niño? –pregunto al primer viejo que veo en el pórtico de su casa.
—¿El que se mató?
—Sí.
—Uuh, hasta el canal –añade don Modesto Sáinz e indica algún punto remoto de la comunidad.

La Calle del Canal se anuncia con una gran cruz blanca de cemento alzada sobre el asfalto. Atrás de ella, el canal de Tlaltepango: lecho de podredumbre y basura del pueblo. Y a sus flancos, los hogares donde las mujeres hacen nixtamal para vender en Puebla. Pasos adelante surge la casa con el número 51. Un moño blanco cuelga en la fachada. De no ser por esa discreta cinta de luto, uno pensaría que esta familia vive días prósperos: la construcción de un segundo piso casi concluye, la entrada acaba de ser pavimentada y dos columnas nuevas esperan lo que será el techo de un cobertizo.

Toco y no hay respuesta. Por el filo del portón se divisa una pila de ladrillos que hace de cama para una muñeca de greñas rojas. En el patio gris reposan costales de cemento. Un vecino dice con recelo que Ángeles Mora, madre de Iván, salió hace rato de la mano de su hija menor, “la enfermita”. No sabe a qué hora volverá.

Minutos después, una anciana delgada –después sabré que es Alberta, su suegra– abre la casa de Ángeles: “Yo hago el aseo. Ni los conozco, no sé qué pasó”, miente y cierra.

Cruzo al otro lado del canal, donde vive Verónica, una vecina: “Ángeles nunca fue una persona de hablar, no dice nada a nadie y menos desde lo del niño”, advierte, justo en el instante en que señala: “Es ella, ahí está”.

Me apuro, pero cuando la pequeña mujer de cuerpo encorvado me observa a 20 metros, entra y cierra el zaguán. El que sale, poco después, es un sonriente regordete: Francisco, primo de la mamá.

—No conozco a ninguna Ángeles y tampoco sé nada de eso que usted me habla (el suicidio).
—La mamá del chico acaba de entrar, déjeme hablar con ella.
—Aquí no entró nadie. Le pareció –refuta y se mete.

Decido esperar sentado en la banqueta. En media hora no pasa nada, hasta que de golpe surge del zaguán una voz femenina que reclama:

—Si el niño ya está “guardado”, el remedio era antes, no ahorita.
—Sólo quiero saber por qué Iván hizo eso –explico.
—Haga justicia en la escuela. Averigüe ahí, no aquí.

Su papá mató a alguien

En la Calle del Canal sólo suenan los ladridos de los tropeles de perros callejeros y de uno que otro auto que va a San Pablo del Monte, cabecera municipal. Sus pobladores, cientos y cientos de albañiles, van y vienen cruzando la autopista para laborar de lunes a sábado en la ciudad de Puebla. El domingo es la paz de sus músculos extenuados.

Por eso, cualquier grito, el que fuera, hubiera sido un desgarro en esa mañana apacible. Pero aquellos gritos eran aún más que eso. Eran un vendaval de desdicha. Los hermanos Artemio y José Luis Blas salieron espantados a la calle y alzaron la vista: los lamentos provenían de un par de casas a la derecha, la número 51, hogar de Ángeles, la sobrina de ambos. “Cuando entré, ella bajaba en brazos a Iván –dice José Luis–. Aún respiraba”.

Cerraron el paso del primer auto que cruzó. “Se nos está muriendo”, imploraron al conductor, que hundió el acelerador para llegar en dos minutos al Hospital Comunitario Vicente Guerrero. Artemio corrió a Urgencias y entregó a los médicos Alberto Corona y María Pérez Zecua el lánguido cuerpo, de una tibieza que daba esperanza. Sobre la camilla, los médicos buscaron vida. Revisaron en Iván las frecuencias cardiaca y respiratoria, la presión sanguínea, la dilatación capilar y la temperatura. No encontraron un solo signo vital. “Llegó muerto”, aclara la doctora Zecua. Sin oxígeno, su cerebro había perdido la circulación. Iván había fallecido por asfixia.

Poco después de las 10 de la mañana, el doctor Corona pidió que el niño fuera trasladado al mortuorio. “Estábamos conmocionados”, recuerda.

Ángeles se quebró cuando el médico legista de la procuraduría estatal consignó frente a ella, en el acta de defunción, que su hijo de sólo 10 años se había suicidado. Aunque con el llanto encima, la ama de casa tuvo la firmeza para declarar a un agente ministerial que en la escuela había niños que hostigaban con saña a Iván.

Trato de obtener información oficial. Seledonio Capultitla, alcalde de Tlaltepango, no quiere sospechas: “El bullying está descartado”, dice, y lanza su hipótesis sobre el origen del suicidio: “La TV enseña esas cosas a los niños”.

No existe manera de entrevistar a sus compañeros por que son menores de edad y hay una implicación legal en el caso. En busca de rastros de ese supuesto acoso localizo a dos madres cuyos hijos eran amigos y compañeros de Iván. Piden omitir sus nombres.

—Es que Iván no sabía la historia de su papá –dice M de entrada.
—¿Cuál historia?
—Hace un tiempo su papá se juntaba en banda –cuenta S– y en una riña mató a un muchacho. La policía quería atraparlo y por eso se escapó a Estados Unidos. Un compañerito le dijo cruelmente a Iván que su papá había matado. Y que por eso nunca iba a volver.
—Por eso –añade M–, los niños rechazaban a Iván.

La Cueva del Oso

“¡María, párate, a tu hijo lo mataron!”.

La violencia del alarido que la despertó esa madrugada de domingo fue tal que las palabras que el propio grito contenía no significaron nada por un instante. María Sánchez Román saltó de la cama como si experimentara un ultraje y cuando se repitió en silencio lo que estaba oyendo, sacudió a su marido para arrancarlo del sueño. Florencio abrió los ojos y se enteró de la desgracia.

Pablo Román, su sobrino y vecino, acababa de llegar, agitado y sudoroso. Huía de una pelea que terminó en una golpiza mortal para Pedro, su primo de 17 años, hijo menor de María y Florencio.

Tres horas atrás, cuando el sábado perecía, los dos jóvenes albañiles habían deambulado por las calles de su pueblo, San Sebastián Aparicio, en busca de cervezas para celebrar que ya acababa el año. Pero todas las tiendas estaban cerradas.

“Vamos a la Cueva del Oso”, propuso Pablo, y Pedro aceptó. Esa noche del 20 de diciembre de 2003, el único bar de Tlaltepango, el pueblo aledaño, estaba a tope. Las 20 mesas y la barra eran un hervidero de gritos, palmadas, insultos y bromas refrescados por cientos de caguamas que saciaban la sed de fiesta de los albañiles venidos de los pueblos del municipio de San Pablo del Monte.

Los primos entraron al bar. Y ahí surgen sucesos confusos, reconstruidos en el Juzgado Cuarto de Tlaxcala con base en dichos que fueron y vinieron con la misma ligereza con que los parroquianos jugaban baraja española esa noche.

Pedro y Pablo coincidieron en una mesa con dos personas: el hoy fallecido Guadalupe Marcelino y su hermano Ascensión, identificados por pobladores de la región como miembros de Los Huaraches, una célebre y ya desaparecida banda delictiva local. “Estaban todos juntitos, cotorreando”, recuerda Concepción Romero, dueño del bar.

Al calor del alcohol, los cuatro comenzaron a interactuar con los ocupantes de una mesa vecina. Según la versión de los hermanos Marcelino, en ella bebían Salvador Cote las, albañil de 22 años, padre de tres niñas y un niño, Iván, que en nueve días más, la víspera de la Nochevieja, cumpliría tres años. Según otros alegatos, incluido el de Salvador, él ni siquiera se hallaba en La Cueva del Oso.

—¿Quién estaba en esa segunda mesa?
—No me acuerdo –comenta Concepción Romero, el propietario del bar.

Un hecho sin discusión es que los ánimos entre ambas mesas se calentaron. Romero guarda recuerdos frescos: “Se retaban de una mesa a otra: ‘yo te invito’, ‘no, yo’, ‘yo invito dos’, ‘yo otras dos’. Como pedían cerveza tras cerveza, le dije al de la barra: ‘Ya no les despaches, se están picando a ver quién tiene más dinero’. Hasta que el que se llamaba Pedro me dijo ‘dame tres cervezas’ y quiso pagarme 200 pesos. Le dije: ‘No te voy a despachar. Termina eso y te vas’. Al final los saqué a todos: ‘¡Váyanse fuera!’”.

Pero eso no impidió que a las dos de la mañana la disputa degenerara en una riña. “Otros seis entraron al bar para participar en la golpiza. Vinieron a lo que vinieron: a desmadrear”.

—¿A una persona llamada Salvador Cote lo vio ahí?
—Como no sé quién es, no sé si estaba –responde Romero.

La aún inexplicable furia se descargó contra Pedro. “Se le fueron con una botella, lo patearon entre todos y con un banco de fierro lo remataron en la cabeza”, cuenta Irma, su hermana mayor. La averiguación previa sostiene que le fracturaron la nuca de ese modo. Pero el dueño del bar –quien asegura desconocer la identidad de los agresores– lo niega: “Fueron tres patadas a la cabeza contra el filo de la banqueta. Se la apachurraron”. Romero, quien asegura no conocer a los agresores, observó a Pedro tirado en la calle: “El golpe le dejaba ver los sesitos. Y dije ‘esto no está bien’”.

Lo subió a su auto y lo llevó al Hospital Comunitario Vicente Guerrero.

—¿Quién es? –le preguntó el médico.
—No sé, lo encontré tirado en la calle. Me retiro, para no tener problemas.

Mientras Concepción dejaba a Pedro en el hospital y volvía a su bar, en el pueblo colindante, San Sebastián Aparicio, los Sánchez Román vivían una zozobra.

Pablo alegó que estaba traumatizado, se encerró en su casa y se negó a contar a Florencio y María dónde habían dado la golpiza a su hijo. Los padres optaron por buscar el cuerpo en las calles y pidieron a Irma, su hija mayor, ir al Hospital Vicente Guerrero.

Ahí, un médico le dijo que hacía un rato habían llevado a un joven inconsciente y que por su grave estado lo trasladaron al Hospital General de Tlaxcala. Mostró a Irma la ropa con la que el herido había llegado, para que la identificara. “Me entregaron unas botas, un pantalón y una playera. La cartera y el reloj se los habían robado”.

—Todo esto es de mi hermano –confirmó Irma al doctor.

Dos kilómetros arriba, Concepción ya estacionaba su auto junto a La Cueva del Oso. Pese a que el bar había cerrado, afuera aún bebían seis hombres: “Eran los que habían madreado a Pedro”, detalla Romero.

Cuando Guadalupe y Ascensión Marcelino, compañeros de mesa de Pedro, estaban retirándose del lugar, llegó una camioneta de la Policía Municipal. “Mientras se iban gritaron a los policías: ‘¡Ellos fueron los que pegaron!’. Acusaron a los que estaban tomando”, agrega el dueño.

Los agentes obedecieron a los Marcelino y arrestaron a seis: Juan Romero, Arturo y Antonio Galindo, Miguel Serrano, Gregorio Rosas y Salvador Cote Blas, papá de Iván.

Los Marcelino, en cambio, regresaron esa noche a casa. Desde entonces, sin embargo, el pueblo tuvo sospechas: “Cuentan que quienes golpearon a mi hermano fue la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino –confía Irma, hermana de Pedro–. Ellos lo negaron. Yo no lo sé”.

Estamos tristes porque nos dejaste

Las familias Cote y Mora eligieron un ataúd blanco de pino tallado, por el que tuvieron que pagar 6 mil pesos. Y, para abreviar el duelo, pidieron a los empleados de la funeraria San José no dar ningún tratamiento al cuerpo. “Fue triste ver que un niño murió así”, opina Germán Pisen, el gerente, quien se ocupó de que, como se lo solicitaron, el féretro tuviera cristal corrido, para que se viera la angulosa cara morena de Iván.

El cortejo fúnebre, de 30 personas, fue tan discreto que apenas se percibían los sollozos y las pisadas pedregosas que accedían al Panteón de Tlaltepango. En el sepelio, Ángeles le contó a Araceli Guevara, maestra de su hijo, que la semana previa al suicidio, su hija menor, Vanesa, sufrió graves convulsiones epilépticas. Mamá e hija habían viajado hasta el Hospital Infantil de Tlaxcala, donde pasaron muchas horas. El niño se quedó en casa con sus otras dos hermanas.

El martes en que se cumplen 35 días del entierro busco el lugar donde descansa el cuerpo de Iván. En este pueblo ceniciento con aire cargado de pesadumbre el panteón es el único estallido de colores. Pero este mediodía sólo visitan las tumbas floridas los zanates que revolotean entre moscas. Entre tantos sepulcros resulta difícil ubicar el de Iván.

Dos albañiles construyen el techo de una de las tristes casas con vigas saltadas que rodean el cementerio. Acompañan, alegres, a José Alfredo, que en un radiecito canta: Yo te abandono pa’ estar parejos / yo, yo que tanto lloré por tus besos… Al fondo, en el área de niños difuntos, destaca un sepulcro con flores que hace poco debieron estar rozagantes. “Aquí descansan los restos del niño Salvador Iván Cote Mora. Nació el 30–12–2000 y falleció el 29–05–2011 a la edad de 10 años. Recuerdo de sus padrinos y familiares”.

Hay seis botes oxidados con claveles blancos, una cubeta azul con una rosa solitaria y un bote grande de champú Caprice con veladoras y gladiolas blancas. Un pequeño Cristo dorado yace en medio de la cruz, abrazada por un tallo verde de una blanca flor plástica. Ahí, escrito en negro, su epitafio: “Estamos tristes porque nos dejaste, pero sentimos consuelo al saber que estás con Dios”.

¿Qué tanto puede escribirse ante la muerte de un niño? Leo los epitafios de los tres pequeños vecinos de Iván. El de Lilia Medina: “Dios buscaba un angelito y se fue contigo, Señor”. El de Karina Ximello: “Dios me dio la vida, Dios me mandó a llamar, no se queden tristes, yo descanso en paz”. Y el de María Gómez: “Pudiste ser un ave, una estrella, una flor, y ahora eres un ángel de Dios”. Sobre los entierros, sus familias dejaron una paleta Tutsi, un payaso de bonete rosa, un Quico de juguete.

Antes de partir, María, la chica que atiende la tiendita frente al panteón, cuenta cómo fue el día que inhumaron a Iván: “Fue un sepelio silencioso. Demasiado”.

Yo ya me voy a ir

Iván cargaba con la pelota a donde fuera. A la tienda, a la escuela, a casa de su amigo Freddie. Tac tac tac, se le iba el día con la manía de golpetear el balón en actitud distraída, como quien va por la vida silbando. Jugaba a viajar con la mente hasta el estadio Azteca para imaginar que era Salvador Cabañas. Aunque su América nunca le dio el gusto de verlo campeón, el paraguayo le alegraba el domingo. “Y cuando llegaba octubre, todos los días con su papalote”, recuerda su tío José Luis. Iván aprovechaba el viento que dejan correr las casas bajas de Tlaltepango para volar junto al canal de aguas negras los papalotes que él hacía y que contemplaba absorto cuando se suspendían en lo más alto.

Iván dormía mal. Desde que tenía un año, su hermana Vanesa, dos años menor, padecía crisis epilépticas que en la madrugada arrancaban a todos del sueño. De chiquito veía con pánico cómo su madre luchaba por calmar a la niña, que carece de habla y juega como un bebé de meses. Pero la edad lo cambió: “Iván ya ayudaba a su mamá casi todas las noches en los ataques que le daban a Vanesa –dice su abuela Alberta–. La quería: la alimentaba, le compraba galletas”.

Quizá ese cansancio crónico del sueño entrecortado le impedía reír lo que debiera un niño de su edad. En contraste, lloraba mucho.

Hace un tiempo, Luis –un compañero suyo– jugaba en el patio de la escuela. Un movimiento hizo que se le rompiera la bolsa del pantalón y se le cayeran unas monedas. Iván se agachó, tomó un par y se las llevó al bolsillo.

En la salida, Esteban Sánchez vio a su hijo Luis llorando.

—¿Por qué lloras?
—Iván me quitó mi dinero.

El papá se acercó a Iván y le dijo: “Devuélveselo”.

“Iván me contestó ‘yo no le quité nada’ y empezó a chillar, desesperado, como si lo estuviera golpeando”, recuerda Esteban.

Y hace meses, Angélica y su hijo Freddie –otro compañero de la primaria– vieron a la salida un niño que lloraba.

—¿Qué te pasó? –preguntó Freddie.
—Mi tío no me quiso llevar a la casa –contestó Iván.
—¿Dónde vives?
—Hasta el canal.
—Vivimos por allá. No te asustes, amigo –añadió el chico, dos años mayor–, te vas con nosotros.

Freddie empezó a patear las piedras del camino y animó a Iván a que hiciera lo mismo. El juego lo fue tranquilizando.

—¿Qué imágenes guarda de Iván? –pregunto a Angélica, la mamá de Freddie.
—Días antes de morir me contó: “Mi hermanita se puso mala a las dos de la mañana y la llevaron al hospital. Me preocupa mucho, yo la amo”.

Desde aquel día en que se conocieron, Iván y Freddie se encontraban en un punto del canal e iban a la escuela y volvían juntos. Su amigo recuerda haber escuchado en esas caminatas una frase reiterada: “Me preocupa dejar a mis grandes amores: mi mamita y mi hermanita enferma. Porque yo ya me voy a ir”.

Freddie nunca le dio importancia a esas palabras.

Se burlan de mí

El Waka Waka de Shakira hace bailar a la primaria Vicente Guerrero con una alegría explosiva, vigorosa, física. Está por concluir el ciclo escolar más triste en la historia de este colegio del municipio de San Pablo del Monte, al sur de Tlaxcala, y quizá por eso en las decenas de ex compañeritos de Iván que ensayan la coreografía de fin de curso se descargan en risas, saltos y bromas, como si un deudo se descubriera a sí mismo pegando una carcajada tras un luto penoso y largo.

En el enorme patio repleto de niñas y niños de uniforme azul y rojo vuelan balones, hay corretizas, gritos exaltados, resbaladillas repletas, columpios que se alzan como misiles. En este patio, Iván tenía una diversión solitaria que extrañaba a los maestros: giraba sobre su propio eje.

Subo las escaleras para entrar en el 4o A, el grupo donde hasta hace poco tomaba clases Iván. En el trayecto al salón me ataca la idea de que Araceli, su maestra, no dará la entrevista: la procuraduría estatal, Reforma, El Sol de Tlaxcala, ABC Tlaxcala y decenas de medios electrónicos replicaron la noticia de que Iván se mató por bullying.

Pero quien abre la puerta del salón es una mujer de sonrisa suave que oye atenta las razones para entrevistarla. “Claro”, acepta, e invita a este salón verde con un cartel que indica: “Para ser sabio hay que leer diario”. Las paredes están rebosantes de mapas, afiches de dinosaurios, caballos, elefantes. En las repisas descansan libros y matrioskas de colores elaboradas por los alumnos con papel maché. Y sobre los pupitres, los compañeritos de Iván celebran con sándwiches, refrescos y risas el fin de curso.

—¿Cómo recuerda a Iván?
—Travieso, distraído, alegre y dejado de las tareas: no cumplía. Lo atribuí a que se preocupaba por su hermanita epiléptica. Un día me dijo: “Maestra, se burlan de mí por mi hermanita”.

A la otra mañana, la maestra se paró frente a los niños. “Nada tienen que decirle. Iván es afortunado: su hermanita es el ángel de su casa”.

—¿Lo siguieron molestando?
—No, ahí acabó –asegura esta profesora de unos 40 años que señala un cartelito sobre una puerta: “No pegar, no gritar, no insultar, no empujar”. Una especie de manual exprés anti bullying.
—La procuraduría estatal dice que investigan si Iván aquí sufrió bullying, y que por eso no puede mostrar la averiguación previa. ¿Ha venido alguien a investigar?
—Nadie.
—¿Y qué piensa de las acusaciones de bullying que hace la familia?
—No tengo nada que decir.

Yo no fui

El sol despuntaba ese domingo 21 de diciembre y Salvador no llegaba a casa. Ángeles, preocupada, indagó entre vecinos el paradero de su esposo. La noticia no tardó: se encontraba detenido por participar en una riña. La familia viajó hasta la procuraduría estatal. “Cuando llegamos –cuenta Alberta, su madre– mi hijo ya estaba hundido en el Cereso”.

El joven albañil declaró que llegó al bar cuando la golpiza había acabado. José Luis Blas repasa las primeras palabras que oyó de su sobrino preso: “Lloraba diciendo ‘Yo no fui, tíos. Cuando llegué ya ni siquiera estaba el chavo al que le pegaron (Pedro Sánchez). Llegó la patrulla y nos agarraron a los que estábamos ahí”.

Según datos de la averiguación previa, quienes lo incriminaron fueron los hermanos Marcelino. “El líder de Los Huaraches, Guadalupe Marcelino, tenía cuates y relaciones en la procuraduría. Por eso hacía y deshacía y no le hacían nada”, revela un ex funcionario estatal que pide omitir su nombre.

Los seis detenidos cayeron en prisión pero sólo imputados por el delito de lesiones. Y es que Pedro, aunque inconsciente, con traumatismo craneoencefálico y conectado a un respirador, sobrevivía.

Al paso de los días –según consta en la averiguación previa a la que parcialmente pudo acceder emeequis– la abogada Lourdes Romero Méndez ayudó a liberar a Juan Romero Méndez (su propio hermano, por cuya fianza pagó casi 100 mil pesos), a Antonio y Arturo Galindo, a Miguel Serrano, a Gregorio Rosas y a Salvador Cote Blas. A cambio de 54 mil pesos de fianza, el papá de Iván logró la libertad tras permanecer cinco días confinado. “Toda la familia le prestó: le dimos aguinaldos, rayas de la semana, ahorros”, confía José Luis.

Salvador pudo volver a casa. En cambio, Irma e Ignacio acompañaban a su hermano menor, Pedro, en el Hospital General de Puebla: “Era como un muerto que respiraba”, recuerda ella.

Amiguero, alegre, seductor, en su agonía Pedro convocó en el área de terapia intensiva a muchas amigas. Murió el sábado 27 de diciembre, a seis días de ser atacado en el bar. “No podíamos creerlo –cuenta su hermana Irma–: era joven, tierno, cariñoso con sus sobrinas. Y no se metía en pleitos”.

Cuando Pedro murió, el caso pasó del delito de lesiones a homicidio. Se abrió entonces el proceso 348/2003. A inicios de 2004, la juez María Avelina Meneses Cante dictó orden de aprehensión contra tres personas, a quienes encontró culpables del asesinato: Arturo Galindo, Miguel Serrano y Salvador Cote Blas, el albañil nacido el 10 de octubre de 1981.

Ante la sentencia, la abogada Romero (quien no respondió a varias solicitudes de entrevista) se reunió con la familia de Salvador, su cliente. “Ella nos dijo: ‘Sálvese quien pueda: pueden esconderse ahorita’”, narra Alberta, madre de Salvador.

—¿Ustedes qué hicieron?
—Salvador se escondió unos días –reconoce su tío.

Arturo Galindo fue aprehendido el 23 de febrero de 2004. Miguel Serrano escapó de la justicia y aún es un prófugo. Salvador huyó de Tlaxcala el martes 20 de abril de 2004. Primos de Estados Unidos lo ayudaron a contratar un coyote y cruzar la frontera. Dejó en México a su esposa, a su hijo Iván y a sus tres hijas; la menor, Vanesa, una beba de pecho que ya manifestaba epilepsia. “Salvador escapó por miedo a caer en la cárcel sin haber cometido el crimen”, asegura su tío.

Desde entonces, casi ocho años después, no ha vuelto a México. “Igual que Miguel Serrano, Salvador se desarraigó del estado y no se ha vuelto a saber de él –señala Teresa Ramírez, jefa de la Unidad de Comunicación Social de la Procuraduría General de Justicia de Tlaxcala–. La averiguación está abierta. Hay que detenerlos porque el delito de homicidio no prescribe”.

Uno de los tres inculpados, Arturo Galindo, salió de prisión después de tres años, al parecer por falta de pruebas.

Pese a que la sentencia se dio hace ya más de siete años, la procuradora Alicia Fragoso rechazó entregar una copia de la averiguación previa, solicitada para conocer los testimonios que inculparon a Salvador y las bases del fallo.

Su familia jura que es inocente. “Los que agredieron (a Pedro) fueron los mismos que avisaron a la patrulla –insiste el tío del albañil–. Pegaron y, obvio, se largaron. ¿Cómo es posible que agarraran a gente inocente que llegó al bar cuando ya había pasado el acto?”.

Irma, hermana del fallecido, también sospecha del proceder de la justicia: “Yo no lo sé, pero cuentan que quienes golpearon a mi hermano fueron los de la banda Los Huaraches, de la familia Marcelino. Ellos lo negaron”.

Según el testimonio del dueño del bar, el gobierno estatal incurrió en una omisión clave: la procuraduría nunca estudió la escena del crimen y pese a ello encontraron culpable a Salvador.

—¿Fue algún policía al bar tras el homicidio?
—No –afirma Romero.
—¿Nunca?
—A los ocho días, pero vinieron a clausurar. Checaron la entrada.
—¿Usted ya había limpiado la escena del crimen?
—Sí, ya no había nada.

Proveedor de todo el dinero con que vive su familia, en siete años Salvador no ha vuelto a México. “Mi sobrino piensa ‘si regreso, a la cárcel’”, justifica José Luis.

Tampoco vino a sepultar a su hijo.

Lázaro resucitado

Desde el fondo de la iglesia veo cruzar el portón a Ángeles Mora Ximello. Tengo enfrente a la madre de Iván. Escuálida, castigada por las ojeras y jorobada, la joven que aún no cumple 30 años camina hacia la pila de agua bendita de la Parroquia de Cristo Resucitado con la actitud decaída de una anciana. En la mano izquierda lleva un ramo de gladiolas; en la otra, a Vanesa, su hijita, una espiga hecha niña con la frente cruzada de cicatrices, huellas de siete años de convulsiones.

Es 29 de julio, se cumplen dos meses de la muerte de Iván. Al templo de Tlaltepango han acudido unas 30 personas. Entre ellas, 10 niños, amiguitos y primos que guardan un respeto adulto en la ceremonia.

El sacerdote José Luis Díaz ha elegido un breve fragmento del Evangelio según San Juan para leerlo a los fieles y a Ángeles, que lo escucha atenta en la primera fila de bancas. En ese pasaje, Marta de Betania llora en su casa la muerte de su hermano Lázaro y hace un reclamo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. Y Jesús respondió: “Tu hermano resucitará”. Y resucitó.

Pero el pequeño Iván no es Lázaro. Por eso los dolientes no tienen más que rezar el rosario para difuntos y murmurar el “Te rogamos, Señor”, cuando el cura lanza el doloroso “Te rogamos el descanso eterno de Salvador Iván Cote Mora, que goce tu presencia eternamente”.

La misa termina. Ángeles me mira de reojo. Apura el paso con sus tres hijas y niega con la cabeza cuando busco hablarle.

Pero Alberta Blas, abuela de Iván, y José Luis Blas, su tío abuelo, aceptan platicar en una banca en la plaza central del pueblo.

“El niño no se veía acongojado, ido, cabizbajo”, aclara su tío, como descartando indicios de su decisión. “Pero era muy apegado con su mamá –matiza la abuela Alberta–. Nunca la quería dejar. Si iba a la tienda era ‘¿mamá, a dónde fuiste?’”.

—¿Qué motivos creen que tuvo para quitarse la vida?
—Asumimos que se desesperó por no tener a su papá y ver así a su hermanita. ¿Pero a quién culpamos? –dice él.
—¿Supo que su padre estaba acusado de un asesinato?
—No. Se mantenía en secreto para no herir al niño –responde Blas.
—¿En la escuela alguien se lo dijo?
—No sabemos.

De pie, silenciosa atrás de la banca en que están José Luis y Alberta, la abuela materna, Guadalupe Ximello interviene por un instante en la plática: “Unos niños de la escuela golpeaban a su nieto”.

Le hago un par de preguntas pero se niega a abrir la boca. Al tercer intento, musita: “Mi hija fue a reclamarles a las mamás de los niños”.

José Luis pierde la mirada en el piso, murmura: “Él ya traía eso”, alarga un silencio y recapitula: “En la azotea, donde siempre andaba, decía ‘me puedo aventar y rápido me muero’”.

Ese jugar a morir amenazaba dejar de serlo. Meses antes de ahorcarse, se resbaló de la escalera que da acceso a la azotea y quedó colgando de la marquesina –con un vacío de unos tres metros–, de donde hubo que bajarlo. “Al final nunca se aventó –dice José Luis y me mira frío a los ojos–. Pero ahí mismo se mató”.

Cómo es posible que un niño haga eso

La mañana del lunes 30 de mayo, la maestra Araceli Guevara entró al plantel y recibió la noticia más dura en sus 27 años de servicio: su alumno de 4o A, Iván Cote, se había suicidado. “Fue un golpe tremendo. Pensé ‘¿cómo es posible que un niño haga eso?’. Aún no lo creo, no sé si fue un accidente”.

Estremecida, se confesó sin fuerza para dar la noticia al grupo. Al lado de ella, las maestras Irma y Gloria se encargaron de informar a los niños. No dieron detalles. “Varios lloraron, otros estaban en shock y otros no lo creían porque lo vieron el sábado en la Central de Abastos”, relata la maestra, que les pidió escribir un mensaje de despedida a su compañero. “Ya estás con los ángeles”, “Te voy a extrañar en el recreo”, “Ya estás en lo azul”, escribieron algunos.

Araceli hurga en la conducta del niño. “Distraído sí era: estaba sentadito con la mente
en otro lado”.

—¿Había sospechas de que podía hacer algo así?
—Claro que no, fue completamente inesperado.

Apenas en abril pasado, Iván acudió a un campamento escolar en el Centro Vacacional La Malinche. Se arrojó de la tirolesa, quemó bombones, echó porras.

El guía de los niños en ese viaje, el profesor de educación física Enrique Alarcón, muestra en su cámara varias fotos digitales: Iván, muy alegre, aparece a punto de deslizarse en la polea y riendo con amigos. “Se la pasó muy divertido”, confirma el maestro con gesto incrédulo. No obstante, en la clase de deportes era caso aparte: “Quedaba agotado luego de cada ejercicio y tenía que dejarlo descansar, algo que no me pasaba con nadie: Iván estaba desnutrido y la prueba eran los jiotes de su piel”.

El maestro, preocupado, mandó un recado a su mamá. “Simple: le pedí que a su torta le pusiera queso, frijoles y aguacate”.

Los alumnos con problemas de agresión, distracción y/o atraso son canalizados a un “grupo especial” de 30 niños. El rezago de Iván, cuyas calificaciones iban de 6 a 7, no
ameritaron integrarlo.

—Nunca fue reportado con problemas de aprendizaje –aclara la maestra de educación especial Irma Sánchez–. Escribía, leía, lento pero aprendía.
—¿Y en su grupo hay niños que ejercen bullying y pudieran dañarlo?
—Aquí no ha habido bullying. Ocurre lo normal, nada que pase de un pelotazo.

En el último año que cursó, Iván había dejado de hacer tareas. A la vez, su mamá ya no asistió a las juntas de padres. Por eso su maestra citó a Ángeles para saber qué pasaba: “Su respuesta fue ‘no tengo con quién dejar a mi hija’. A su mamá, una señora tímida que hablaba poco, le pedí estar más pendiente del niño, que hiciera las tareas. Me dijo que platicaría con él”.

—El papá de Iván está acusado de un asesinato. ¿Alguien en la escuela se lo dijo?

La maestra hace un gesto de absoluta sorpresa:

—No en mi clase –responde.

Se fue el pelón cabrón

Busco a la familia de Pedro una tarde después de una tromba. San Sebastián Aparicio es un ramillete de riachuelos grises de piedras rodantes. Toco en una casita de lámina. “¿Qué necesita?”, pregunta Florencio, padre del albañil asesinado, un enjuto señor de gorrita que frunce el ceño cuando oye qué investigo. “¿Ya para qué?”, responde en seco.

En silencio, oye a su esposa, María, que sale a atender en la vereda. Bajo la llovizna enlaza recuerdos que pintan a Pedro como un muchacho bueno: “Me decía todo el tiempo ‘mi reina’, ‘¿qué hace usted, mi reina?’. Llegaba de trabajar y se picaba su huachinanguito, sus frijolitos y decía ‘le pongo limón para que me sepa mejor mi comida”.

Ignacio, hermano de Pedro, dos años mayor, hace memoria con la mueca desorientada de quien busca salir de una nebulosa y cuenta el capítulo más reciente: hace cerca un año, un agente apellidado Mejía les pidió que vieran varias fotos para ayudarlo a identificar a los culpables. “Si no estuvimos en el bar, ¿cómo podíamos saber?”, pregunta Ignacio y niega con la cabeza, aturdido por la sandez judicial.

Y al instante, pegando una carcajada, comparte un recuerdo de su hermano: “Perdió su América y apostó. El cabrón se nos fue pelón”.

Antes de partir, cuento a la familia que en Tlaltepango, el pueblo vecino, se suicidó un niño de 10 años, el hijo de alguien que la justicia halló culpable del homicidio. Ninguno reacciona.

—¿No les suena el nombre de Salvador Cote Blas?

Los tres hacen el gesto del que no tiene idea de qué le hablan.

—No –atina a decir Ignacio–, a nosotros ni siquiera nos dijeron que hayan encontrado un culpable. Ese nombre jamás lo habíamos escuchado.

El amor de mis amores

Ya sin Iván, la casa junto al canal adquiere cada amanecer una nueva normalidad. Alberta, la abuela viuda, carga su masa hasta Puebla para vender gorditas en Villa Las Flores. “La casa está muerta –dice la anciana–. Mi hijo está lejos y por Iván llevo un dolor como si un hijo se hubiera muerto. Estoy desolada”. Luego susurra una plegaria: “Salvador no era pandillero, sólo era un albañil. Que Dios me lo traiga”. Y antes de decir adiós, hace una pregunta: “Que regrese y se aclare esto. ¿Cómo le puedo hacer?”. No sé qué contestar.

Alejandra y Mariana, hermanas mayores de Iván, caminan solas hacia la escuela. Ángeles, su madre, sale y cierra con llave. De la mano de Vanesa, que camina a trompicones, tomará una combi que las dejará en el Hospital Infantil. Esta mañana la casa ya ha quedado sola.

Lo último que Iván vio desde su hogar después de subir las escaleras fue el Popocatépetl: el majestuoso volcán puesto ahí, en el paisaje de su azotea, como un Dios protector único testigo de su muerte.

Horas después de los gritos sin consuelo del domingo 29 de mayo, apareció en la casa un dibujo póstumo. Dentro de un corazón y en un campo lleno de flores coloridas, Iván pintó a su hermana enferma. Y en un costado, escribió: “Para Vanesa, el amor de mis amores”.

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Escuela en llamas

Publicado: 24 septiembre 2015 en Juan Luis Salinas
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Las llamas aún no se extinguían cuando la profesora Sandra Valenzuela supo del incendio. Era el 19 de junio de 2012. Faltaba poco para las siete de la mañana.

Sandra Valenzuela estaba en Santiago, a más de 600 kilómetros al norte del lugar donde ya todo era escombro y cenizas. Se preparaba para llevar a un grupo de alumnos de la escuela rural de Chequenco a conocer el Congreso en Valparaíso. Recién comenzaba el cuarto día de la gira de vacaciones invernales que dieciocho escolares -de quinto y octavo básico provenientes de distintas comunidades mapuches de Ercilla- estaban realizando por Santiago y la zona central. Antes de que los niños se levantaran, Óscar Eschmann, el otro profesor que la acompañaba en la gira, le contó a Sandra lo que había ocurrido en la madrugada: la escuela, el lugar donde trabajaban, donde estudiaban los niños, había sufrido un ataque incendiario por un grupo de encapuchados y se había quemado por completo.

Los dos profesores se quedaron en silencio. No se sorprendieron. Ya estaban preparados para enfrentar una noticia de este tipo. Conversaron y no quisieron arruinarles el viaje a los niños, decidieron esperar hasta la noche para darles la noticia. Camino a Valparaíso ocurrió lo inevitable. En la ruta empezaron a sonar los teléfonos celulares de los niños. Eran sus padres quienes los llamaban para contarles lo que había pasado. Fue en ese momento cuando los profesores les hablaron. Les dijeron que la escuela seguían siendo ellos, el resto de sus compañeros y profesores, los apoderados. Que lo material ya se recuperaría. Que volverían a levantarse como ya lo habían hecho con los dos incendios anteriores.

—Los niños bajaron la mirada con tristeza y resignación -recuerda Sandra Valenzuela.
—En algunos había una expresión extraña. Como si sintieran que podían culparlos de lo ocurrido -dice Óscar Eschmann.

Un silencio espeso y cortante se instaló en el bus. Los niños no se atrevieron a preguntar si la próxima semana, cuando terminaran las vacaciones de invierno, volverían a clases. Si lo hubieran hecho, los profesores no habrían sabido qué responder. Dos días después, cuando el grupo volvió a Chequenco, ya nadie hablaba del asunto.

La incertidumbre y el temor habían tiznado sus pensamientos.

En la escuela sólo quedaban los restos de la quemazón.

Los vestigios de que esta vez el conflicto mapuche los había abrasado por completo.

***

Distintas gamas de verde atraviesan las parcelas, los bosques y los montes que circundan la comunidad de Chequenco, sin embargo este sector es considerado zona roja. Uno de los lugares más conflictivos y golpeados por el conflicto mapuche. Este territorio -una franja con agrestes y serpenteantes caminos de tierra y a la sombra del cerro Chiguaigue- en los últimos años es un polvorín que, de tanto en tanto, estalla. Aquí han ocurrido fuertes enfrentamientos entre fuerzas policiales y algunos grupos de comuneros mapuches, quienes reclaman la soberanía sobre los territorios que, aseguran, les fueron arrebatados históricamente.

La comunidad de Chequenco, ubicada a unos 15 kilómetros al norponiente de Ercilla, está conformada aproximadamente por ochenta familias en su mayoría dedicadas a la agricultura o a las labores forestales. La rodean otros sectores y comunidades como Los Tolocos, Folil Mapu, Nupangue, Agua Buena, Lonco Mahuida o Requén Pillán. Todos lugares apartados y de difícil acceso, tanto por la situación de conflicto en que están insertos como por la escasez de transporte. Por sus caminos sólo pasa un microbús que sale lunes, miércoles y viernes desde Ercilla. El resto del tiempo sólo queda la bicicleta, las carretas tiradas por caballos, la amabilidad cada vez más temerosa de los conductores de los vehículos de las empresas forestales o largas caminatas hacia Pidima, la localidad más cercana, que está a siete kilómetros de Ercilla, cerca de la carretera 5 Sur.

Lo complejo, lo repetido por la prensa, es que aquí, en estas tierras, se suceden fuertes postales de lucha, ocupaciones ilegales de fundos o de terrenos de empresas forestales. Sólo este año se contabilizan más de una decena de atentados incendiarios contra camiones, vehículos, casas o establecimientos públicos. También hay detenciones de líderes de sus organizaciones y allanamientos a las comunidades mapuches supuestamente más conflictivas de las 42 que existen en Ercilla.

Estos grupos, aseguran en la Municipalidad de Ercilla, corresponderían a tres de las comunidades que desistieron sentarse en la mesa de diálogo que el Gobierno inició en junio de 2012 para crear un Área de Desarrollo Indígena (ADI) en la comuna y generar un diálogo social, territorial y político con el pueblo mapuche. Estas tres comunidades serían: Cacique José Quiñón del sector de San Ramón, la comunidad de Rankilko y la Wente Wingkul Mapu, que está inserta en Chequenco, que se inició hace unos años como una alternativa a la comunidad tradicional y hace una semana recibió a los integrantes de la Confech que se reunieron en sus terrenos.

Actualmente en las cercanías de Chequenco hay seis predios con protección policial, y continuamente transitan patrullas policiales. El temor, en ambos bandos, es constante. Es lógico. En los alrededores de Chequenco han ocurrido algunos de los enfrentamientos más cruentos. En junio pasado el sargento de las fuerzas especiales de carabineros Hugo Albornoz murió por un balazo en el cuello, durante una emboscada a la salida de la comunidad Wente Wingkul Mapu. En 2002 el weichafe (guerrero) Álex Lemún cayó muerto durante la ocupación del Fundo Santa Alicia. Y seis años después, el 12 de agosto de 2009, el comunero Jaime Mendoza Collío fue muerto por el cabo de Carabineros Patricio Jara Muñoz.

Un año después de la muerte de Mendoza Collío ocurrió el primero de los tres atentados incendiarios que terminaron por consumir la escuela rural de Chequenco. Jaime Mendoza Collío, al igual que Álex Lemún, habían sido alumnos de esta escuela, que se fundó en 1962 y que también es conocida como “Millaleiva”, una denominación formada por la unión de los nombres de legendarios caciques de esta comunidad mapuche.

El primer incendio sólo consumió la parte antigua de la escuela que siguió funcionando.

El segundo atentado, que ocurrió el 11 de septiembre de 2011, arrasó con el 50 por ciento de la construcción que había sido remodelada hace poco, pero sólo obligó a que sus alumnos se reacomodaran en las salas que se salvaron de las llamas.

Pero el tercero, que fue igual de clandestino, actuó con más ferocidad. Ese incendio se llevó lo que quedaba.

***

Es el primer martes de agosto de 2012. En Pidima pasan las diez de la mañana. El cielo está limpio. Por su única calle de tierra no se ve gente. Corre un viento helado. Frente a una antigua y derruida casona hay un bus estacionado que en su costado tiene escrito: transporte escolar Escuela G-129. El patio que antecede la construcción luce despojado: una cancha deportiva con el pavimento raspado, un par de oxidadas estructuras sostienen unos aros de básquetbol, dos arcos de fútbol, manchones de maleza alrededor, pozas de barro y altos cúmulos de arenilla.

Por entre el paisaje transitan más de cincuenta niños de pelo oscuro y zapatillas manchadas con barro. Algunos corren tras una pelota. Otros se agrupan frente a un taca-taca que se remece con cada jugada. Unas niñas pequeñas hacen rondas. Los más adolescentes buscan el sol pegados a las panderetas de una muralla que apenas se sostiene.

Esta casona hace poco era utilizada como sede comunitaria y antes fue escuela de Pidima (que se trasladó a una construcción más moderna). Desde hace dos semanas alberga provisoriamente a la Escuela rural de Chequenco. Fue la solución para que sus 130 alumnos no perdieran el año. La Municipalidad de Ercilla la remodeló contra el tiempo para adecuarla a las necesidades de estos escolares que cursan desde el jardín infantil hasta octavo básico.

En la escuela de Chequenco trabajan diez profesores, incluidos el director y la educadora de párvulos a cargo del jardín infantil. También está el chofer del microbús que lleva y trae a los niños de sus casas, varios auxiliares, dos operadoras de alimentos y una asistente por cada curso. El 98 por ciento de sus estudiantes pertenece a la etnia mapuche y, en muchos casos, tienen que hacer trayectos de hasta 30 kilómetros en el bus y otros tantos a pie para llegar a la nueva escuela.

—Si antes estaban alejados de Chequenco, ahora la distancia es doble -dice el profesor Óscar Eschmann, jefe de la Unidad Técnico Pedagógica, mientras intenta hacer funcionar un computador que se salvó de la quemazón. Su oficina ahora está en la tarima que la sede social ocupaba como escenario. Ahí también están apiladas algunas cajas con libros donados por otras escuelas. Hay de todo, pero no mucho sirve para el programa de una escuela básica rural: clásicos de literatura española, libros escolares de hace una década y hasta textos de inglés para educación media. Nada de diccionarios, nada de las materias que necesitan profundizar.

El profesor los mira.

—Teníamos una biblioteca con más de mil quinientos títulos, enciclopedias, diccionarios, pero ahora todo sirve. Hay que ser agradecidos.

La adaptación es una consigna general. Ahora los estudiantes tienen que agruparse en nueve salas de clases que fueron creadas a partir de salones divididos hasta en tres espacios. Se acomodan en muebles prestados por otras escuelas de la comuna. Almuerzan en sus salas de clases. Tampoco hay pizarras y faltan sillas. Al interior de las salas hace frío. Las estufas de leña de la antigua escuela resistieron las llamas, pero a la mayoría les faltan los tubos que actúan como chimeneas.

***

Carlos Ponce es el director de la escuela desde 2001. Llegó como profesor a Chequenco en 1985, cuando la escuela sólo tenía dos pabellones. Dice que fue testigo de su crecimiento.

—Nuestra escuela era el centro de educación básica rural más importante y mejor implementado de las localidades interiores de Ercilla. Teníamos de todo: laboratorios de computación, televisores, fotocopiadoras, impresoras… Ahora con suerte los niños tienen una pelota.

Carlos Ponce vive en Victoria, desde donde viaja todos los días. Su mujer es mapuche de segunda generación y sus hijos se reconocen de la etnia. Hace unos años el director, al igual que el jefe de la unidad técnica pedagógica y el chofer del microbús, fueron amenazados por los grupos violentistas. Ninguno de los tres quiso llevar el asunto a mayores ni pedir protección policial. Prefirieron seguir con su vida normal.

—Hubiera sido contraproducente con nuestros alumnos. Era demostrar miedo y desconfianza hacia la comunidad de donde provienen. Creo en sus demandas, pero no entiendo por qué esta lucha tiene que afectar a instituciones que ayudan a la comunidad, a los niños, a los hijos de los mismos comuneros.

Pasa el mediodía y el director está sentado en su nueva oficina: una sala en la que apenas cabe una mesa, una silla y un estante con cajas con libros que acaban de llegar. En el umbral de la puerta hay una pila de sillas algo desarticuladas que le hicieron llegar desde un colegio en Ercilla.

—Lo único que espero es que esto no afecte los progresos que habíamos logrado. En la última prueba Simce habíamos subido 60 puntos en lenguaje. Seguimos teniendo un puntaje bajo, pero este avance fue un gran logro para una escuela ubicada en una de las comunas con los peores puntajes Simce a nivel nacional.

Desde la ventana de su oficina, el director mira al patio donde los niños juegan a la pelota. El implemento deportivo es una miseria: está deforme, cubierto de una capa negra, deshilachado.

—Parece que esa pelota alguien la rescató de los escombros -dice.

Afuera la pelota nunca rebota. Sólo se arrastra por el cemento, pero a los niños parece no importarle.

***

La primera señal de que las cosas estaban cambiando, de que la inseguridad empezaba a ensombrecer la escuela, fue un repentino y violento apedreamiento. Un ataque que nadie supo explicarse. El conflicto mapuche ya se había iniciado.

La profesora Marta Ester Fierro lo recuerda. Ocurrió una mañana a comienzos del invierno de 2009. Unos meses antes del primer incendio.

—Fue muy temprano, los niños se estaban preparando para entrar a clases y había un grupo folclórico que tenía que viajar a Ercilla a un acto. Entonces sin previo aviso, de entre los árboles, apareció un grupo de encapuchados y comenzaron a arrojar piedras. Fue terrible. Tuvimos que encerrarnos dentro de la escuela.

Desde entonces la historia del colegio dejó de ser la misma. La agitación se inflamó. Entre los incendios se produjeron varios apedreamientos que obligaron a que la escuela funcionara con tablones para cubrir los ventanales rotos, ocurrieron intromisiones de grupos que roban alimentos o estropeaban los libros con huevos o les arrancaban las hojas.

—Mentiría si no reconociera que la duda y el miedo se instaló en nuestras cabezas y en algún momento pensamos en dejar todo, pero la gran mayoría de los profesores estamos comprometidos con estos niños, con estas comunidades. Sabemos que tenemos que apechugar, que es nuestra tarea.

Marta Ester Fierro Huaiquiche tiene 48 años, es de origen mapuche. Su madre murió cuando tenía dos años y creció en un hogar de menores de Ercilla. Después de estudiar educación general básica llegó a trabajar a esta escuela, donde lleva un poco más de 20 años. Durante sus primeros años, cuando la locomoción escaseaba aún más, vivió con sus hijas Waglen, Rayén y Millaray en un sector de la escuela destinado a los profesores.

—Entonces esto era la tranquilidad. No entiendo en qué momento nos convertimos en la escuela más golpeada por el conflicto mapuche.

Marta, quien fue profesora de Jaime Mendoza Collío y de Álex Lemún, dice que entiende las demandas mapuches, que ha sido un pueblo discriminado por mucho tiempo, pero no cree en la violencia.

—La forma en que están ocurriendo las cosas no es la correcta. Hay gente inocente en las comunidades que está sufriendo las consecuencias. Lo que ha sucedido en este colegio, por ejemplo, me cuesta entenderlo -dice mientras los alumnos de segundo básico en la sala vecina repiten palabras en mapudungún que les enseña Rubén Segundo Levipán, un dirigente de la comunidad Bollin Mapu, que ahora trabaja como profesor intercultural.

Marta Ester Fierro escucha las voces de los niños y comenta:

—La gente podría pensar que los estudiantes aquí viven atemorizados, pero son niños normales. Es cierto que hubo un momento en que los más chicos reproducían en juegos los combates entre carabineros y comuneros, pero fue sólo una etapa. A medida que la situación se ha ido agravando, ellos han dejado de hablar. Y cuando alguno hace un comentario es mejor no escuchar ni repetir lo que dicen.

Una opinión parecida, también tiene otra profesora que prefiere mantener en reserva su identidad. Dice que hay cosas que es mejor no cuestionarse.

—Muchos piensan que son los familiares de los mismos alumnos o, peor aún, algunos muchachos que estudiaron acá y que ahora pertenecen a grupos revolucionarios o se convirtieron en weichafes (guerreros), los que han atacado al colegio. Eso es triste. Nos hace cuestionarnos, pensar si hicimos algo mal.

La profesora agrega:

—Creo que los grupos violentos han tenido influencias de personas que no pertenecen a las comunidades y les han hecho cambiar su mentalidad. Ése es nuestro consuelo.

***

En la sala hay una treintena de apoderados que miran con una mezcla de escepticismo y conformidad. Frente a ellos está el alcalde de Ercilla, José Vilugrón Martínez, acompañado del jefe del departamento de educación del municipio y del director de la Escuela rural de Chequenco.

El alcalde parte su presentación diciendo que “la educación es la prioridad” y luego repite que “no hay que hablar del conflicto sino de solucionar la situación de la escuela”. Más tarde, comenta que en su infancia él estudió en la escuela de Chequenco y que varios de los apoderados que están en la reunión fueron sus compañeros. También dice que “en Santiago creen que el pueblo mapuche es peligroso”, pero él sabe que es “bueno. Todo este conflicto es provocado por infiltrados en las comunidades”. Después anuncia que ya se iniciaron las gestiones para contar con la escuela modular que se montó en Dichato tras el terremoto de 27 febrero. Que todo sería gestionado en un mes y que costaría 60 millones de pesos.

Los apoderados asienten, pero el escepticismo en su mirada se mantiene. Algunos opinan que ojalá se cumplan los plazos. Pero, la gran preocupación, la pregunta que más repiten, es qué medidas se tomarán para que la escuela no vuelva a ser quemada. Piden protección policial. El alcalde dice que la idea es contratar un nochero para que la vigile.

Todos comentan la idea entre murmullos. Y, de repente, se alza la voz de Juan Ñecul, el secretario del centro de padres de la escuela.

—¿Quién va a querer ir a trabajar ahí? ¿Quién va querer exponerse al peligro?

Nadie responde.

***

Jaison Neculpán Ponce tiene 7 años. Está en segundo básico. Vive con su madre, su abuela y su hermana de tres años en una casa de dos habitaciones, que está ubicada en una loma en el sector de Agua Buena. Su padre trabaja en una empresa forestal y lo ve poco. Todos los días camina cuatro kilómetros para llegar al costado del camino donde toma el bus y viaja durante casi cuarenta minutos hasta la escuela. En esa ruta Jaison pasa frente a los restos del furgón escolar que fue quemado hace algunos meses cuando transportaba a unos escolares al Internado Liceo Agrícola Manzanares de Renaico; también cerca del cementerio donde está enterrado Jaime Mendoza Collío y de los vehículos policiales que vigilan el sector.

A Jaison el paisaje no le sorprende.

—No miro por la ventana. Prefiero descansar de lo que caminé para llegar al colegio o de vuelta a mi casa. Era mejor antes cuando no habían quemado la escuela.

La profesora Elena Figueroa, quien trabaja desde 1984 en la escuela, dice que los niños parecen lamentar la falta de espacio que tienen en Pidima.

—Ahora están hacinados en un pedazo de patio donde apenas pueden correr. Antes estaban en un lugar más amplio, rodeados de verde, con los cerros cerca. Pero se han adaptado. Algunos me han dicho que están tristes, pero siguen viniendo a la escuela. Es lo importante. En un momento pensamos que esto asustaría a las familias -dice la profesora.

Óscar Eschmann, jefe de la unidad técnica pedagógica, lo ratifica. Comenta que el ausentismo fue fuerte el primer día. Entonces sólo vinieron 60 niños, pero ahora el 90 por ciento está en clases. Explica que el porcentaje de inasistencia es normal. Especialmente en estas fechas, porque muchos se enferman y porque es natural que en las comunidades algunas veces los niños dejen de venir unos días para ayudar a las familias en las labores del campo.

—Aquí los niños tienen una fuerza única. Yo he visto como después de allanamientos a sus comunidades, como ocurrió hace dos meses por la muerte del carabinero, los niños llegaron al colegio como si nada hubiera pasado. Es obvio que sufren con todo lo que ocurre a su alrededor, pero quieren salir adelante. Y si nosotros nos vamos, los abandonamos.

La travesía de Wikdi

Publicado: 20 abril 2013 en Alberto Salcedo Ramos
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En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su escuela se han desnucado decenas de burros. Allí, además, los paramilitares han torturado y asesinado a muchas personas. Sin embargo, Wikdi no se detiene a pensar en lo peligrosa que es esa senda atestada de piedras, barro seco y maleza. Si lo hiciera, se moriría de susto y no podría estudiar. En la caminata de ida y vuelta entre su rancho, localizado en el resguardo indígena de Arquía, y su colegio, ubicado en el municipio de Unguía, emplea cinco horas diarias. Así que siempre afronta la travesía con el mismo aspecto tranquilo que exhibe ahora, mientras cierra la corredera de su morral.

Son las 4:35 de la mañana. En enero la temperatura suele ser de extremos en esta zona del Darién chocoano: ardiente durante el día y gélida durante la madrugada. Wikdi —trece años, cuerpo menudo— tirita de frío. Hace un instante le dijo a Prisciliano, su padre, que prefiere bañarse de noche. En este momento ambos especulan sobre lo helado que debe de haber amanecido el río Arquía.

—Menos mal que nos bañamos anoche —dice el padre.
—Esta noche volvemos al río —contesta el hijo.

Diagonal adonde ellos se encuentran, un perro se acerca al fogón de leña emplazado en el suelo de tierra. Arquea el lomo contra uno de los ladrillos del brasero, y allí se queda recostado absorbiendo el calor. Prisciliano le pregunta a su hijo si guardó el cuaderno de geografía en el morral. El niño asiente con la cabeza, dice que ya se sabe de memoria la ubicación de América. El padre mira su reloj y se dirige a mí.

—Cinco menos veinte —dice.

Luego agrega que Wikdi ya debería ir andando hacia el colegio. Lo que pasa, explica, es que en esta época clarea casi a las seis de la mañana y a él no le gusta que el muchachito transite por ese camino tan anochecido. Hace unos minutos, cuando él y yo éramos los únicos ocupantes despiertos del rancho, Prisciliano me contó que el nacimiento de Wikdi, el mayor de sus cinco hijos, sucedió en una madrugada tan oscura como esta. Fue el 13 de mayo de 1998. A Ana Cecilia, su mujer, le sobrevinieron los dolores de parto un poco antes de las tres de la mañana. Así que él, fiel a un antiguo precepto de su etnia, corrió a avisarles a los padres de ambos. Los cuatro abuelos se plantaron alrededor de la cama, cada uno con un candil encendido entre las manos. Entonces fue como si de repente todos los kunas mayores, muertos o vivos, conocidos o desconocidos, hubieran convertido la noche en día solo para despejarle el horizonte al nuevo miembro de la familia. Por eso Prisciliano cree que a los seres de su raza siempre los recibe la aurora, así el mundo se encuentre sumergido en las tinieblas. Eso sí —concluye con aire reflexivo—: aunque lleven la claridad por dentro arriesgan demasiado cuando se internan por la trocha de Arquía en medio de tamaña negrura.

Prisciliano —treinta y ocho años, cuerpo menudo— espera que el sacrificio que está haciendo su hijo valga la pena. Él cree que en la Institución Educativa Agrícola de Unguía el niño desarrollará habilidades prácticas muy útiles para su comunidad, como aplicar vacunas veterinarias o manejar fertilizantes. Además, al culminar el bachillerato en ese colegio de “libres” seguramente hablará mejor el idioma español. Para los indígenas kunas, “libres” son todas aquellas personas que no pertenecen a su etnia.

—El colegio está lejos —dice— pero no hay ninguno cerca. El que tenemos nosotros aquí en el resguardo solo llega hasta quinto grado, y Wikdi ya está en séptimo.
—La única opción es cursar el bachillerato en Unguía.
—Así es. Ahí me gradué yo también.

Prisciliano advierte que con el favor de Papatumadi —es decir, Dios— Wikdi estudiará para convertirse en profesor una vez termine su ciclo de secundaria.

—Nunca le he insinuado que elija esa opción —aclara—. Él vio el ejemplo en casa porque yo soy profesor de la escuela de Arquía.

¿Podrá Wikdi abrirse paso en la vida con los conocimientos que adquiera en el colegio de los “libres”? Es algo que está por verse, responde Prisciliano. Quizá se enriquecerá al asimilar ciertos códigos del mundo ilustrado, ese mundo que se encuentra más allá de la selva y el mar que aíslan a sus hermanos. Se acercará a la nación blanca y a la nación negra. De ese modo contribuirá a ensanchar los confines de su propia comarca. Se documentará sobre la historia de Colombia, y así podrá, al menos, averiguar en qué momento se obstruyeron los caminos que vinculaban a los kunas con el resto del país. Estudiará el Álgebra de Baldor, se aprenderá los nombres de algunas penínsulas, oirá mencionar a Don Quijote de la Mancha. Después, transformado ya en profesor, les transmitirá sus conocimientos a las futuras generaciones. Entonces será como si otra vez, por cuenta de los saberes de un predecesor, brotara la aurora en medio de la noche.

—Las cinco y todavía oscuro —dice ahora Prisciliano.

Anabelkis, su cuñada, ya está despierta: hierve café en el mismo fogón en el que hace un momento tomaba calor el perro. Su marido intenta tranquilizar al bebé recién nacido de ambos, que llora a moco tendido. Nadie más falta por levantarse, pues Ana Cecilia y los otros hijos de Prisciliano durmieron anoche en Turbo, Antioquia. En el radio suena una conocida canción de despecho interpretada por Darío Gómez.

Ya lo ves me tiré el matrimonio
y ya te la jugué de verdad
fuiste mala, ay, demasiado mala
pero en esta vida todo hay que aguantar.

El fogón es ahora una hoguera que esparce su resplandor por todo el recinto. Cantan los gallos, rebuznan los burros. En el rancho ha empezado a bullir la nueva jornada. Más allá siguen reinando las tinieblas. Pareciera que en ninguna de las 61 casas restantes del cabildo se hubiera encendido un solo candil. Eso sí: cualquiera que haya nacido aquí sabe que, a esta hora, la mayoría de los 582 habitantes de la comarca ya está en pie.

Wikdi le dice hasta luego a Prisciliano en su lengua nativa (“¡kusalmalo!”), y comienza a caminar a través del pasillo que le van abriendo los cuatro perros de la familia.

***

Hemos caminado por entre un riachuelo como de treinta centímetros de profundidad. Hemos atravesado un puente roto sobre una quebrada sin agua. Hemos escalado una pendiente cuyas rocas enormes casi no dejan espacio para introducir el pie. Hemos cruzado un trecho de barro revestido de huellas endurecidas: pezuñas, garras, pisadas humanas. Hemos bajado por una cuesta invadida de guijarros filosos que parecen a punto de desfondarnos las botas. Ahora nos aprestamos a vadear una cañada repleta de peñascos resbaladizos. Un vistazo a la izquierda, otro a la derecha. Ni modo, toca pisar encima de estas piedras recubiertas de cieno. Me asalta una idea pavorosa: aquí es fácil caer y romperse la columna. A Wikdi, es evidente, no lo atormentan estos recelos de nosotros los “libres”: zambulle las manos en el agua, se remoja los brazos y el rostro.

Hace hora y media salimos de Arquía. La temperatura ha subido, calculo, a unos 38 grados centígrados. Todavía nos falta una hora de viaje para llegar al colegio, y luego Wikdi deberá hacer el recorrido inverso hasta su rancho. Cinco horas diarias de travesía: se dice muy fácil, pero créanme: hay que vivir la experiencia en carne propia para entender de qué les estoy hablando. En esta trocha —me contó Jáider Durán, exfuncionario del municipio de Unguía— los caballos se hunden hasta la barriga y hay que desenterrarlos halándolos con sogas. Algunos se estropean, otros mueren. Unos zapatos primorosos de esos que usa cierta gente en la ciudad —unos Converse, por ejemplo— ya se me habrían desbaratado. Aquí los pedruscos afilados taladran la suela. El caminante siente las punzadas en las plantas de los pies aunque calce botas pantaneras como las que tengo en este momento.

—¡Qué sed! —le digo a Wikdi.
—¿Usted no trajo agua?
—No.
—Apenas nos faltan tres puentes para llegar al pueblo.

Agradezco en silencio que Wikdi tenga la cortesía de intentar consolarme. Entonces él, tras esbozar una sonrisa candorosa, corrige la información que acaba de suministrarme.

—No, mentiras: faltan son cuatro puentes.

En la gran urbe en la que habito, mencionar a un niño indígena que gasta cinco horas diarias caminando para poder asistir a la escuela es referirse al protagonista de un episodio bucólico. ¡Qué quijotada, por Dios, qué historias tan románticas las que florecen en nuestro país! Pero acá, en el barro de la realidad, al sentir los rigores de la travesía, al observar las carencias de los personajes implicados, uno entiende que no se encuentra frente a una anécdota sino frente a un drama. Visto desde lejos, un camino de herradura en el Chocó o en cualquier otro lugar de la periferia colombiana es mero paisaje. Visto desde cerca es símbolo de discriminación. Además se transforma en pesadilla. Cuando la trocha se sale de la foto de Google y aparece debajo de uno, es un monstruo que hiere los pies. Produce quemazón entre los dedos, acalambra los músculos gemelos. Extenúa, asfixia, maltrata. Sin embargo, Wikdi luce fresco. Tiene la piel cubierta de arena pero se ve entero. Le pregunto si está cansado.

—No.
—¿Tienes sed?
—Tampoco.

Wikdi calla, y así, en silencio, se adelanta un par de metros. Luego, sin mirarme, dice que lo que tiene es hambre porque hoy se vino sin desayunar.

—¿Cuántas veces vas a clases sin desayunar?
—Yo voy sin desayunar, pero en el colegio dan un refrigerio.
—Entonces comes cuando llegues.
—El año pasado era que daban refrigerio. Este año no dan nada.

Captada en su propio ambiente, digo, la historia que estoy contando suscita tanta admiración como tristeza. Y susto: aquí los paramilitares han matado a muchísimas personas. Hubo un tiempo en el que adentrarse en estos parajes equivalía a firmar anticipadamente el acta de defunción. El camino quedó abandonado y fue arrasado por la maleza en varios tramos. Todavía hoy existen partes cerradas. Así que nos ha tocado desviarnos y avanzar, sin permiso de nadie, por el interior de algunas fincas paralelas. Doy un vistazo panorámico, tanteo la magnitud de nuestra soledad. En este instante no hay en el mundo un blanco más fácil que nosotros. Si nos saliera al paso un paramilitar dispuesto a exterminarnos, lo conseguiría sin necesidad de despeinarse. Sobrevivir en la trocha de Arquía, después de todo, es un simple acto de fe. Y por eso, supongo, Wikdi permanece a salvo al final de cada caminata: él nunca teme lo peor.

—Faltan dos puentes —dice.

Solo una vez se ha sentido en riesgo. Caminaba distraído por un atajo cuando divisó, de improviso, una culebra que iba arrastrándose muy cerca de él. Se asustó, pensó en devolverse. También estuvo a punto de saltar por encima del animal. Al final no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó inmóvil viendo cómo la serpiente se alejaba.

—¿Por qué te quedaste quieto cuando viste la culebra?
—Me quedé así.
—Sí, pero ¿por qué?
—Yo me quedé quieto y la culebra se fue.
—¿Tú sabes por qué se fue la culebra?
—Porque yo me quedé quieto.
—¿Y cómo supiste que si te quedabas quieto la culebra se iría?
—No sé.
—¿Tu papá te enseñó eso?
—No.

Deduzco que Wikdi, fiel a su casta, vive en armonía con el universo que le correspondió. Él, por ejemplo, marcha sin balancear los brazos hacia atrás y hacia adelante, como hacemos nosotros, los “libres”. Al llevar los brazos pegados al cuerpo evita gastar más energías de las necesarias. Deduzco también que tanto Wikdi como los demás integrantes de su comunidad son capaces de mantenerse firmes porque ven más allá de donde termina el horizonte. Si se sentaran bajo la copa de un árbol a dolerse del camino, si solo tuvieran en cuenta la aspereza de la travesía y sus peligros, no llegarían a ninguna parte.

—¿Tú por qué estás estudiando?
—Porque quiero ser profesor.
—¿Profesor de qué?
—De inglés y de matemáticas.
—¿Y eso para qué?
—Para que mis alumnos aprendan.
—¿Quiénes van a ser tus alumnos?
—Los niños de Arquía.

Deduzco, además, que para hacer camino al andar como proponía el poeta Antonio Machado, conviene tener una feliz dosis de ignorancia. Que es justamente lo que sucede con Wikdi. Él desconoce las amenazas que representan los paramilitares, y no se plantea la posibilidad de convertirse, al final de tanto esfuerzo, en una de las víctimas del desempleo que afecta a su departamento. En el Chocó, según un informe de las Naciones Unidas que será publicado a finales de este mes, el 54% de los habitantes sobrevive gracias a una ocupación informal. Allí, en el año 2002, el 20% de la población devengaba menos de dos dólares diarios. En esta misma región donde nos encontramos, a propósito, se presentó en 2007 una emergencia por desnutrición infantil que ocasionó la muerte de doce niños. Wikdi, insisto, no se detiene a pensar en tales problemas. Y en eso radica parte de la fuerza con la que sus pies talla 35 devoran el mundo.

—Ese es el último puente —dice, mientras me dirige una mirada astuta.
—¿El que está sobre el río Unguía?
—Sí, ese. Ahí mismito está el pueblo.

***

La Institución Educativa Agrícola de Unguía, fundada en 1961, ha forjado ebanistas, costureras, microempresarios avícolas. Pero hoy el taller de carpintería se encuentra cerrado, no hay ni una sola máquina de modistería y tampoco sobrevive ningún pollo de engorde. Supuestamente, aquí enseñan a criar conejos; sin embargo, la última vez que los estudiantes vieron un conejo fue hace ocho años. Tampoco quedan cuyes ni patos. En los 18 salones de clases abundan las sillas inservibles: están desfondadas, o cojas, o sin brazos. La sección de informática causa tanto pesar como indignación: los computadores son prehistóricos, no tienen puerto de memoria USB sino ranuras para disquetes que ya desaparecieron del mercado. Apenas cinco funcionan a medias. Recorrer las instalaciones del colegio es hacer un inventario de desastres.

—Este año no hemos podido darles a los estudiantes su refrigerio diario —dice Benigno Murillo, el rector—. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que es el que nos ayuda en ese campo, nos mandó un oficio informándonos que volverá a dar la merienda en marzo. Hemos tenido que reducir la duración de las clases y finalizar las jornadas más temprano. ¡Usted no se imagina la cantidad de muchachos que vienen sin desayunar!

Ahora los estudiantes del grupo Séptimo A van entrando atropelladamente al salón. Se sientan, sacan sus cuadernos. En el colegio nadie conoce a nuestro personaje como Wikdi: acá le llaman ‘Anderson’, el nombre alterno que le puso su padre para que encajara con menos tropiezos en el ámbito de los “libres”.

—Anderson —dice el profesor de geografía—: ¿trajo la tarea?

Mientras el niño le muestra el trabajo al profesor, reviso mi teléfono celular. Está sin señal, un trasto inútil que durante la travesía solo me ha funcionado como reloj despertador. La “aldea global” que los pontífices de la comunicación exaltan desde los tiempos de McLuhan, sigue teniendo más de aldea que de global. En el mundo civilizado vamos a remolque de la tecnología; en estos parajes atrasados la tecnología va a remolque de nosotros. Allá, en las grandes ciudades, al otro lado de la selva y el mar, el hombre acorta las distancias sin necesidad de moverse un milímetro. Acá toca calzarse las botas y ponerle el pecho al viaje.

—América es el segundo continente en extensión —lee el profesor en el cuaderno de Anderson.

Se me viene a la mente una palabra que desecho en seguida porque me parece gastada por el abuso: ‘odisea’. Para entrar en este lugar de la costa pacífica colombiana que parece enclavado en el recodo más hermético del planeta, toca apretar las mandíbulas y asumir riesgos. El trayecto entre mi casa y el salón en el cual me encuentro este martes ha sido uno de los más arduos de mi vida: el domingo por la mañana abordé un avión comercial de Bogotá a Medellín. La tarde de ese mismo día viajé a Carepa —Urabá antioqueño— en una avioneta que mi compañero de viaje, el fotógrafo Camilo Rozo, describió como “una pequeña buseta con alas”. En seguida tomé un taxi que, una hora después, me dejó en Turbo. El lunes madrugué a embarcarme, junto con veintitrés pasajeros más, en una lancha veloz que se abrió paso en el enfurecido mar a través de olas de tres metros de alto. Atravesé el caudaloso río Atrato, surqué la Ciénaga de Unguía, hice en caballo el viaje de ida hacia el resguardo de los kunas. Y hoy caminé con Wikdi, durante dos horas y media, por la trocha de Arquía.

El profesor sigue hablando:

—Chocó, nuestro departamento, es un puntito en el mapa de América.

¡Ah, si bastara con figurar en el Atlas Universal para ser tenido en cuenta! Estas lejuras de pobres nunca les han interesado a los indolentes gobernantes nuestros, y por eso los paramilitares están al mando. En la práctica ellos son los patronos y los legisladores reconocidos por la gente. ¿Cómo se podría romper el círculo vicioso del atraso? En parte con educación, supongo. Pero entonces vuelvo al documento de las Naciones Unidas. Según el censo de 2005, Chocó tiene la segunda tasa de analfabetismo más alta en Colombia entre la población de 15 a 24 años: 9,47%. Un estudio de 2009 determinó que en el departamento uno de cada dos niños que terminan la educación primaria no continúa la secundaria. En este punto pienso, además, en un dato que parece una mofa de la dura realidad: el comandante de los paramilitares en el área es apodado ‘el Profe’.

Anderson regresa sonriente a su silla. Me pregunto adónde lo llevará el camino al final del ciclo académico. Su profesora Eyda Luz Valencia, que fue quien lo bautizó con el nombre de “libre”, cree que llegará lejos porque es despabilado y tiene buen juicio a la hora de tomar decisiones. Existen razones para vaticinar que no será un ‘profe’ siniestro como el de los paramilitares, sino un profesor sabio como su padre, capaz de improvisar una aurora aunque la noche esté perdida en las tinieblas.

Educando al extraño

Publicado: 18 julio 2012 en Santiago Roncagliolo
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Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es lo normal

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama, y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil, porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con o sin lámpara, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos.

Más adelante resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño que no conoce al mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: Registro Civil, Seguridad Social, ayudas del Gobierno a la maternidad, Libro de Familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en pijama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Para colmo, durante la fase de adaptación a la lactancia, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a doce mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la Seguridad Social. A lo mejor. Pero es que demasiado es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta medio día los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas, solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de un tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro. O si tú tienes algo raro. Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu vida, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Lástima que es tarde para corregir todos tus errores de infancia y adolescencia, pero no te preocupes, la vida es cruelmente justa: también será tarde cuando tu hijo quiera corregir los suyos.

Mira quién habla

Puedo recordar el momento exacto en que todo cambió. El instante en que la vida comenzó a florecer. Ocurrió en verano, en un apartamento que mi suegra alquilaba cerca de la playa. El niño tenía cuatro meses, así que nosotros habíamos sumado ya ciento veinte noches sin dormir, un récord. Pero sus llantos eran ya una rutina. No teníamos fuerzas ni para enfadarnos. Solo tratábamos de calmarlo maquinalmente, con el entusiasmo de dos muertos en vida.

Una tarde, mientras él dormía una siesta en nuestra habitación, mi esposa y yo lo oímos gritar. Intercambiamos miradas de súplica y, al final, me levanté a atenderlo yo. Conforme me acercaba a la habitación, sentí que su llanto sonaba diferente de lo normal. Era más agudo pero menos lacerante, y llegaba acompañado de gorjeos. Temí que se estuviese ahogando y me precipité hacia la cama. El niño miraba al techo con los ojos muy abiertos, como asustado, e intermitentemente producía esos extraños sonidos. Tuve que acercarme mucho para comprender lo que ocurría. Se estaba riendo.

Acababa de descubrir el sonido de su propia voz: gritaba un poco, y se escuchaba sorprendido, y eso le producía risa, algo que lo sorprendía más, así que volvía a gritar. Estaba contento. Era la primera vez que lo veía contento. A veces había estado relajado, satisfecho, incluso entretenido. Pero ahora se estaba riendo a carcajadas. Y súbitamente, yo también.

La paternidad es quizá el ejemplo más patente de lo inútiles que somos los hombres. Nuestra participación en la gestación toma cinco minutos, probablemente robados al intermedio de un partido de fútbol, después de los cuales nuestra presencia se vuelve irrelevante. Tras el nacimiento, el bebé tiene una relación física con su madre: responde a su tacto, a su olor, a su voz. Pero el padre, ese despojo de la naturaleza carente de tetas, tiene poco que ofrecerle. Su función se limita a comprar cosas en la farmacia y tratar de que la madre lo lleve lo mejor posible.

El padre va entrando en escena conforme el niño comienza a comunicarse, y sus relaciones interpersonales ya no dependen del contacto físico. La primera manifestación de respuesta a estímulos externos es la risa. Rápidamente le siguen los balbuceos, después las palabras y, al final, las estructuras gramaticales.

El límite entre estas últimas etapas es bastante difuso, y tiene más que ver con la voluntad de los padres que con los verdaderos progresos del niño. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas, las palabras para referirse a los padres se componen de vocales abiertas y consonantes labiales combinadas y reduplicadas, como “papá” y “mamá”. Esta extraña coincidencia se debe sencillamente a que esos son los primeros sonidos que los niños articulan. Pero en todos los casos, los padres, ansiosos por ser reconocidos por sus hijos, celebran estos balbuceos efusivamente:

—¡Ha dicho mamá!

Y todo el mundo se pone feliz. Es el nombramiento oficial, el momento en que el niño admite que es su niño, y por lo tanto, agradece tácitamente todo lo que se hace por él.

Por supuesto, esa no es la interpretación del propio niño. Él solo comprende que cada vez que pronuncia esos sonidos las personas a su alrededor están felices y, lo más importante, le dan cosas, así que los repite una y otra vez, y va delimitando su significado. Empieza a descubrir que otros sonidos le procuran beneficios más específicos, y a darle nombres a las cosas. Ya entonces “papá” y “mamá” han dejado de ser dos balbuceos aleatorios para convertirse en dos títulos oficiales.

Conforme el niño adquiere el lenguaje, sus padres lo van perdiendo. O, al menos, pierden cualquier tema de conversación que se aparte de su hijo. En mis reuniones con viejos amigos, fui descubriendo que había quedado desfasado. La paternidad me absorbía tanta energía que ya no estaba al corriente de las noticias, ni de los lanzamientos de libros y películas, ni de más o menos ninguno de mis objetos habituales de interés (que, por otra parte, nunca habían sido muchos). Pero, además, tampoco me interesaban gran cosa esos temas. Mi mundo se había reducido drásticamente y, en un cincuenta por ciento, estaba constituido por cacas, pañales y biberones. Pronto empecé a reconocer en las caras de mis amigos la misma expresión de aburrimiento que antes había puesto yo cuando otros me informaban sobre sus propias cacas y pañales.

Cuando el niño estaba presente, su constante demanda de atención volvía imposible cualquier conversación adulta: con frecuencia manoseaba, escupía y —alguna vez— vomitaba sobre mi interlocutor. Como estaba descartado cambiar de hijo, se impuso cambiar de interlocutores. Mi vida social se desplazó de los solteros a los casados, de los solitarios a los padres de familia, de la gente que salía de noche a la gente que salía de día.

Sin embargo, me quedaba un refugio: los viajes de trabajo. Al principio de todo esto, yo pensaba que mis compromisos fuera del país me permitirían breves paréntesis de regreso a la vida sin hijos. Los viajes solían estar sazonados de vida social y salpicados en alcohol, de modo que no tenía que renunciar por entero a mis costumbres de hombre libre.

Y sin embargo, en ese aspecto, la transformación de la paternidad fue tan radical como en los otros, pero mucho más sorprendente.

Antes de ser padre, cuando llegaba a una ciudad nueva y dejaba mis cosas en el hotel, lo primero que pensaba era:

—¡Qué bien! Ahora voy a buscar a un par de colegas para salir hasta la madrugada.

En los primeros meses de vida de mi hijo, en los pocos y breves viajes que hice, pensé siempre:

—¡Qué bien! Ahora voy a dormir doce horas.

Pero cuando el niño empezó a dormir mejor, las cosas empeoraron. Porque la falta de sueño fue sustituida por una emoción totalmente nueva y desconocida para mí: la añoranza.

Yo siempre había sido, desde el punto de vista familiar, un malnacido. Jamás llamaba a mis padres por teléfono y olvidaba sus cumpleaños. Los compromisos familiares me tenían sin cuidado, y la manía de mi madre por saber cada detalle intrascendente de mi vida —qué has desayunado, a quién has visto, cómo ha amanecido mi hijito— me ponía nervioso, incluso irascible. Pero durante mis viajes, en los momentos más insospechados, se me venía a la mente la imagen de mi hijo jugando conmigo a los muñecos o a la cocinita. Tenía que dar charlas en público, y en vez de mi trabajo o la literatura, me apetecía hablar de lo bien que mi niño ordenaba su cuarto. Por las noches, me torturaba no tener una foto más reciente de él para verlo tal cual era. Por supuesto, cuando hablábamos por teléfono ametrallaba a su madre a preguntas —qué ha desayunado, a quién ha visto, cómo ha amanecido mi hijito— y si, por casualidad, se enfermaba durante mi ausencia, me sumía en estados de culposa depresión.

Lo peor de todo era volver a casa y descubrir que en solo tres días él había aprendido una nueva gracia, era un poco más alto, decía nuevas palabras. Se transformaba en otra persona en cuestión de horas, y con cada viaje yo me perdía la persona que había sido durante un tiempo, una persona que nunca más volvería a existir.

Introducción a la narrativa

Después de adquirir el lenguaje, los seres humanos empiezan a contar historias. Es un paso lógico o, al menos, es el paso que sigues si tu padre es un narrador obsesivo compulsivo básicamente incapacitado para cualquier otra faceta de la vida real. Como yo.

Los primeros relatos que mi hijo consiguió entender eran muy simples y, en su mayoría, tenían moralejas prácticas. Eran más o menos así:

—Este era un niño que no se quería bañar. Pero le salieron piojos en la cabeza. Y los piojos se comieron su desayuno. Entonces comprendió que debía bañarse.

Es difícil explicar a un niño de un año por qué debe bañarse. O por qué debe comer. O dormir a una hora determinada. No está capacitado para entender las razones. Le resulta mucho más fácil escuchar una historia sobre alguien más como él, y descubrir qué le ocurre por ser de esa manera. Supongo que por la misma razón se venden más novelas que ensayos: las argumentaciones son abstractas, se construyen con ideas. Las historias son concretas, se construyen con hechos; además, atribuyen causas y consecuencias a las acciones, y al hacerlo les dan un sentido. De manera natural, mi hijo empezó a pedirlas para explicarse cada pequeño hecho de la vida. Si lo llevaba al colegio, me decía:

—Cuéntame el cuento del colegio.

Y yo le contaba un cuento sobre un niño que no quería ir al colegio y se encerró en su cuarto y le crecieron hongos en las axilas. Si lo llevaba al baño, me pedía:

—Cuéntame el cuento de la caca.

Y así.

Es curioso pararse a pensar que para un niño todo es posible. El sol se acuesta por las noches, el mar le da besos a la playa y los caballos hablan. Nada en su experiencia le impide procesar esos hechos como ciertos. Conforme crecemos, vamos clasificando las cosas en “posibles” e “imposibles” y establecemos relaciones lógicas entre ellas. Los grandes pensamos que si es de día no puede ser también de noche, y que si los animales no hablan, tampoco pueden cantar. Pero para un niño, la realidad es más flexible. En cierto modo, su mundo es más amplio que el nuestro. La imaginación es la total ignorancia de los límites de la realidad, que hace que los niños siempre encuentren puntos de vista originales sobre ella.

Para muchos padres, el mayor obstáculo para establecer vínculos con sus hijos es que han perdido esa facultad: la imaginación. Sus hijos son una fuente constante de ocurrencias, invenciones y asociaciones libres, y ellos no consiguen ponerse a la altura, razón por la cual pierden la paciencia. Mi problema es exactamente lo contrario: tengo mucha imaginación. Puedo pasarme muchas horas inventando cosas y jugando con el niño, pero me cuesta poner reglas claras y me aburro mortalmente al enfrentar la mayoría de sus necesidades prácticas. Al parecer, mi edad mental es de unos dos años y medio.

La parte buena de eso —si tiene alguna— es que puedo ahorrarme muchos berrinches, porque las fuentes de conflicto habituales —ve a bañarte, cómete tu comida, vístete— se resuelven mediante el recurso a la ficción. Si yo le doy una orden, es muy posible que se niegue. Pero si se la da Spiderman, o su tigre de peluche, o el malo de los dibujos animados, acatará sin dudar. Si el baño no es el baño sino el escenario de un combate naval, se bañará. Si su chaqueta negra no es su chaqueta sino la capa de Batman, se la pondrá. No es que no distinga entre la realidad y la ficción. Es que la ficción, al ser más colorida, más aventurera y más atractiva que la realidad, también le parece más real.

Quizá por eso mi niño es adicto a los cuentos. Todas las noches, me pide que le cuente uno. Con frecuencia recurro a un clásico, como La Cenicienta, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Llevaba décadas sin leer esos cuentos, y ahora que los he redescubierto siendo ya un narrador me sorprende lo bien construidos que están. Tienen escenarios espectaculares, como bosques oscuros o casas de caramelo. Y puntos de giro sorprendentes, como la aparición de los siete enanos o la llegada del lobo. Y, lo más increíble, son políticamente incorrectísimos y muy violentos. Los padres de Pulgarcito lo abandonan en el bosque porque no pueden mantenerlo. El lobo se come a la abuela de Caperucita, y cuando llega el leñador, le abre el estómago para sacarla. Las madrastras invariablemente torturan a las hijas de sus maridos.

Los modelos de familia de los clásicos infantiles serían desaprobados por toda la pedagogía del siglo XXI. Pero esos cuentos han durado y durarán más que cualquier modelo pedagógico, e incluso pueden adaptarse a ellos (en las últimas ediciones, por ejemplo, el lobo no se come a la abuela: la guarda en el armario, porque como todos sabemos, los lobos cazan a sus presas y las guardan en sus armarios).

Algunas noches mi hijo no quiere ningún cuento clásico. Pide relatos a la carta, como el cuento “del piojo” o el “del árbol” o cualquiera que se le ocurra. En esos casos, me veo obligado a improvisar. A veces, las improvisaciones salen bien. Otras, terriblemente mal.

Puedo saberlo porque un buen cuento, como una buena droga, surte efecto: el niño se relaja, se apacigua, y no tarda mucho en dormirse. En cambio, cuando el cuento no está bien tramado, o el personaje no me queda claro, o simplemente le falta acción, el niño se revuelve inquieto en su cama, se enoja, llama a su madre. Entonces sé, como un mal actor en el escenario, que he fracasado. Porque escuchar historias es una facultad natural, como comer o dormir. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe cómo.

La llegada de mi hijo también cambió mi propia manera de enfrentarme a las historias. Particularmente, me volvió sensible a las escenas de crueldad contra niños. Lo descubrí viendo Anticristo de Lars von Trier. En la primera secuencia, asistimos al suicidio de un niño de tres años. Mientras sus padres hacen el amor en su dormitorio, él acerca una silla a la ventana del tercer piso, trepa sobre ella, y se lanza. Ante todo eso, yo sentía que se me revolvía el estómago, que me atenazaba el pánico, y por primera vez en mi vida —una vida marcada por el amor al género de terror— sentí ganas de cerrar los ojos frente a la pantalla. En Los próximos tres días con Russell Crowe, un niño asiste al violento arresto de su madre. Los policías allanan la casa, le gritan a todo el mundo y se llevan a la mujer frente a las lágrimas de incomprensión del pequeño. Cuando vi la escena, quise levantarme de la butaca e irme del cine.

Yo, que en una novela monté a un niño sobre el cadáver de su abuela y lo hice caminar por una cornisa. Yo, que escribí un cuento para niños en que el protagonista muere al final.

Dios, ya no soy el mismo.

El extraño se parece a mí

Un día, mi hijo decidió que no quería que le diese su biberón en la mano. Quería que se lo dejase en la mesa para recogerlo personalmente.

Otro día, se negó a que le lave el pelo. La sensación del agua cayendo sobre su cabeza le resultaba insoportable.

Mientras tanto, empezó a mostrar gusto por el espectáculo: antes de salir, exigía ponerse su disfraz de Spiderman, máscara incluida. La gente por la calle lo saludaba y le sonreía. Algunos le pedían que los salvase de algún peligro imaginario. Ante el éxito del público, él volteaba y me decía:

—Mira papá, me han reconocido.

Y si yo trataba de llevarlo por una calle vacía, protestaba:

—Pero papá, en esta calle no me van a reconocer.

El siguiente disfraz fue bastante previsible: la camiseta del Fútbol Club Barcelona. La descubrió en el invierno de sus dos años, con toda la ciudad en plena fiebre Leo Messi. Ir al colegio, pasear, dormir, todas eran actividades imposibles sin la camiseta de Leo Messi. Y aunque en el exterior hiciese cero grados, el niño se negaba a cerrarse la chaqueta:

—¡No la cierres, papá —chillaba—, que no se ve mi camiseta!

Todas esas demandas configuran un nivel superior. Ya no se trata de “quiero comer” o “tengo frío”. Ahora es, si se puede decir así, una cuestión de estilo.

A sus dos años, el niño decide que quiere tener una personalidad, una forma propia de vestir, jugar y hacer las cosas, una serie de actividades que le interesan y actividades que no. Para mí, lo más sorprendente es que, para bien o para mal, esa personalidad es parcialmente de mi responsabilidad. Su sentido del espectáculo es el mío. Y yo, como él, siempre tuve un vocabulario muy desarrollado —casi ridículamente desarrollado— y una gran ineptitud para las actividades físicas. Un día descubro que mi hijo no sabe pedalear en un triciclo, algo que los otros chicos ya dominan, pero que no le he enseñado porque no sé montar en bicicleta. Otro día, cuando no puedo armar un rompecabezas, él me dice:

—Papá, tranquilidad. Tienes que concentrarte.

Algo que los niños de su edad no suelen decir, pero yo sí.

Como casi todos los adolescentes —quizá debería decir “todos los hombres”—, yo tuve una relación conflictiva con mi padre. Lo culpaba de todos mis problemas y peleábamos con frecuencia, incluso mucho más allá de la adolescencia. Por eso, si algo me lastimaba era constatar que yo tenía rasgos de él. Me desesperaba que nos confundiesen en el teléfono, o que alguien me dijese que teníamos el mismo sentido del humor, lo que ocurría con frecuencia. Me disgustaba ver una foto de él y reconocer mi nariz, mis orejas, mi mentón, que en realidad son su nariz, sus orejas y su mentón.

Conforme mi hijo crece, puedo adivinar qué cosas le disgustarán de sí mismo, porque me echará —con razón— la culpa de ellas. También puedo hacer apuestas sobre qué rasgos de su carácter le traerán alegrías, y cuáles le harán sufrir. En cierto sentido, yo ya he vivido muchas de esas cosas. Previsiblemente, cuando discutamos, él me dirá que no las he vivido, que su vida es suya y solo la vive él, y que yo no entiendo nada.

También en eso tendrá razón, porque conforme él se va transformando en lo que yo era, yo me transformo en otra persona. Mis rasgos de personalidad actuales no son los del niño que jugaba a los disfraces, sino los del impaciente obseso del trabajo que es un hombre agobiado de responsabilidades. Conforme mi hijo se parece a mí, yo dejo de parecerme a mí y me parezco más y más a mi padre.

Supongo que ese es el proceso natural y obvio. Lo más extraño de ser padre es que nada hay de novedoso en tus sentimientos, nada que no hayas escuchado ya miles de veces. Todas tus emociones son como un cliché de una película navideña con Meg Ryan. Lo único nuevo e irrepetible, en realidad, es ese extraño que llegó a tu casa un día pegando gritos y que se transforma a la misma velocidad que tú.

¡Hola hijo! ¿Cómo estás? Espero que te encuentres bien de salud al lado de mis nietos y de tu señora… Hijo yo estoy bien, no te preocupés. Estoy bien de salud. Pedile a Dios que me den de alta pronto…

Para mayo de 2007—fecha en que esta carta fue escrita—doña Juana Tórrez pensaba que iba a morir. Todo lo que le rodeaba era angustia, muerte y enfermedad. Llevaba casi cinco meses, que vestía de bata verde, que sentía ese a olor a cloro de hospital, y que recorría cada ladrillo de los pasillos del Bertha Calderón.

A esta mujer morena, canosa y robusta le habían detectado cáncer en la matriz.  Se revisó en la comunidad La Trinidad, luego la eviaron a Estelí y posteriormente a Managua.

A pocos días de haber ingresado al hospital—en febrero de 2007– Tórrez, originaria de la comunidad Las Calabazas, ubicada en Ciudad Darío, se convirtió en una de las 25 mujeres con cáncer que serían alfabetizadas por la Alcaldía de Managua. Su vida, tomó un rumbo diferente.  Ya no se dedicaría únicamente a recorrer los pasillos o platicar con sus compañeras, también convalecientes. Tenía el ánimo de aprender,  y aunque las quimioterapias y  radiaciones le robaban  fuerzas, ella, al igual que sus compañeras logró hacer sus primeros trazos con lápiz de grafito.

Su primera carta, la asignación de final de curso, la escribió para su hijo, quien esperaba que su madre regresara con vida a casa. “Me despido de ti con mucho amor y cariño…  Hasta pronto hijo.  Atentamente, tu madrecita”,  decía la carta con trazos repintados y letra temblorosa, como la de un pequeño que cursa sus primeros grados.

***

Las mujeres vestidas de batas verdes y chinelas recibían clases en la sala de oncología. Era la primera vez en Nicaragua que un grupo de mujeres con cáncer eran alfabetizadas. En ese ambiente con aire de enfermedad, sabor a tristeza y olor a hospital, 25 mujeres intentaron olvidar el cáncer que les aquejaba y se dedicaron a aprender.

“No es lo mismo llegar a una aula de clases donde están los alumnos esperándote, vos dictás la lección  y nos vemos. Ahí fue un caso muy especial, donde estábamos enfrentados entre la vida y la muerte. No es igual dar clases a una persona que está bien de salud que uno que está prácticamente muriendo. A mí me impactó mucho el sufrimiento de esas mujeres”, confiesa el profesor Carlos Dávila.

El primer día de clases, 19 de febrero de 2007, las estudiantes llegaron ansiosas a la sala de conferencias del Hospital Bertha Calderón, sitio donde recibían clases cuando todas lograban levantarse de sus camas y caminar.

Con un televisor, un cuaderno y lápiz de grafito, empezaron a estudiar con el método Yo Sí Puedo. Sus profesores eran: Carlos Dávila, un señor delgado, moreno y de hablar pausado; y Ana Mercedes Ampié, una mujer de tez blanca, robusta y de un sonreír tímido. Ambos trabajadores de la Alcaldía de Managua.

Ese primer día, como en cualquier primer día de clases, las alumnas y profesores se presentaron. Contaron quiénes eran, cómo habían llegado hasta la capital y algunas contaron su experiencia con el cáncer.

Mientras el profesor Dávila dictaba la clase, Ana Mercedes Ampié ayudaba a que las estudiantes “tomaran el lápiz en la posición correcta, escribieran de manera adecuada, hicieran trazos, curvas…” Aprendieron a leer y escribir su nombre, oraciones completas y pequeñas cartas.

Doña Juana Tórrez, de 54 años, recuerda sus días de clases. “Había momentos que no podía ni agarrar un lápiz porque esa quimioterapia me dejaba sin fuerzas. Pasaba con ganas de vomitar y quería pasar sólo acostada”. Tórrez había estudiado hasta segundo grado, pero desde muy joven comenzó a echar tortillas y los estudios quedaron en el pasado. “Cuando me hacían quimioterapias me ponía muy débil y como ya tenía bastante rato de no agarrar un lápiz para escribir entonces ahí me entraban nervios”, confiesa con un gesto de vergüenza.

“Cuando ellas estaban enfermitas, tal vez que acababan de salir de quimioterapia y se sentían débiles nosotros trasladábamos el equipo a la sala y les decíamos que nos se preocuparan que ahí acostaditas escribieran lo que pudieran. Además era un sistema audiovisual. Lo importante era que vieran la clase y que hicieran los ejercicios poco a poco”, asegura Dávila, quien considera esta experiencia como una lección de vida.

Tórrez afirma que aún puede escuchar a sus compañeras de clases diciendo al unísono:

–La ca-ma es de ma-de-ra

También con sólo cerrar los ojos puede escuchar la melodía de aquellas sílabas que hoy olvida:

–Ma-me-mo…

Y lo único que esas remembranzas le provocan es nostalgia y tristeza. Sí. Aprendió, pero antes que terminara el camino de la alfabetización, algunas de sus compañeras no volvieron empuñar el lápiz. Murieron.

***

–Disculpe. Busco a Doña Justa Eladia Olivera.

La mujer pone rostro de asustada y pregunta entre titubeos.

–¿Doña Justa? ¿A ella la anda buscando o a su familia?

–A ella. ¿Usted la conoce?

–La conocí. Ella murió hace varios meses. Pero vivía ahí—dice la señora mientras señala una casita de bloques sin pintar.

En la puerta de la casa– que señala la vecina– se asoma curiosa una pequeña de unos ochos años. Es la hija menor del matrimonio de Francisco Gutiérrez y Justa Olivera. Corre desesperada hacia el fondo de su casa y de pronto sale María Dolores Gutiérrez, de 20 años, la hija mayor. Sonríe y pregunta que se quiere saber de su madre. Sin problemas empieza a contar parte de la vida de su progenitora.

Hace diez años “a ella le dijeron que tenía cáncer en la matriz, pero ella no quiso ir a ningún hospital, no quería que la operaran porque le daba miedo, entonces iba donde un naturista”, recuerda esta joven de características casi idénticas a su mamá: morena, cabello liso, cara alargada, sonrisa disimulada…

Respira hondo. Continúa. “De pronto salió embarazada de mi hermanita (actualmente de 9 años) y ella decía que si podía tener a la niña era que estaba bien y si no pues era que seguía enferma. Tuvo a mi hermanita sin problemas, pero el año pasado le dijeron que todavía tenía cáncer”, cuenta la veinteañera  de ojos grandes y temblorosos.

Así fue como Olivera llegó al Hospital Bertha Calderón. Durante su estadía aprendió a leer y a escribir. “Ella nos contaba que estaba muy contenta de estar aprendiendo, aunque ya era mayor. Decía que aunque se fuera a morir era importante estudiar en la vida”, asegura su hija mayor.

La pesadilla de tener a su madre lejos parecía terminar. Después de cuatro largos meses en el hospital, en agosto de 2007, los médicos le dieron de alta. Doña Justa regresó a casa, al lado de su familia en Condega. Reabrió su fritanga y para ella, según dicen sus hijos, la vida seguía como si nunca hubiera estado enferma. “Yo creo que mi mamá fue muy valiente que estando enferma, con cáncer, se pusiera a estudiar. Y cuando vino del hospital siempre le ayudaba a mis hermanitos hacer la tarea con lo poco que ella sabía”, considera María Dolores.

La vida de los Gutiérrez Olivera comenzaba a transcurrir en relativa normalidad.  Doña Justa viajaba una vez al mes a la capital para sus chequeos de rutina, pero un día no volvió más. Un dolor abdominal no la dejó llegar hasta Managua y tuvo que quedarse en el Hospital de Estelí. Allí los médicos le dieron la mala noticia. No había remedio para su cáncer.  Sus familiares la llevaron de vuelta a casa para que muriera al lado de los suyos. A los 22 días falleció.

En las paredes de la casa de los Gutiérrez Olivera cuelgan dos fotografías de doña Justa Eladia. Sus hijos y esposo aún conservan el diploma por el que un día esta señora de 49 años llegó con el pecho henchido de orgullo. Éso, es lo único que les queda. Recuerdos y más recuerdos de su madre, de su esposa, por esa por la que aún lloran su ausencia.

***

Un viernes de marzo del año pasado, el profesor Carlos Dávila asignó tarea para que las estudiantes hicieran el fin de semana. El lunes siguiente, cuando Dávila se preparaba para recibir la asignación notó el rostro entristecido de las mujeres. Mientras preparaba el material didáctico en aquella sala fría y silenciosa, una de las alumnas se le acercó y le susurró:

–La Dora se nos fue.

–¿Qué pasó?–preguntó asustado.

–Murió– contestó la estudiante cuyas lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas.

Fue un día de reflexión, tristeza y  desesperanza. Aquella mujer con la que habían compartido, no sólo durante las clases, sino sus noches y sus días en el hospital había partido. “Eso nos daba aflicción porque ¿ideay? nosotros estábamos ahí con ella, con la misma enfermedad y en cualquier momento podía ser una de nosotras. Sentíamos que la muerte andaba cerca”, asegura doña Juana Tórrez.

Al recordar aquellas escenas Dávila no puede evitar conmoverse. Su voz parece temblar. “Eso era triste irse un viernes, dejarles tarea y al volver el lunes no encontrar a una de ellas. Es muy impactante”.

Ese día no hubo clases. Tampoco al día siguiente. “Las mujeres estaban muy tristes y muy conmovidas”, dice la profesora Ana Mercedes Ampié. En esos tres meses de clases también murió  Isabel Rodríguez García, de 19 años, quien era originaria de San Juan de Río Coco.

Era en momentos como ese que muchas de las estudiantes se preguntaban ¿para qué seguir estudiando? “Había una de ellas que nos decía que ya no quería estudiar ni aprender nada porque de todas formas no le iba a servir para nada porque iba a morirse”, cuenta Ampié, quien además asegura que uno de sus trabajos era animarla y hacer que se reintegrara.

El diploma que le sería entregado a doña Dora Centeno permanece empolvado en uno de las gavetas con cientos de papeles que guardan en la Alcaldía de Managua.

***

“Hola mis queridos hijos. Que Dios los guarde en su mano poderosa. El motivo de esta carta es para decirles que los amo mucho y que estoy bien así que no se preocupen…”.

“Omar, Espero que te encuentres bien cuidando de nuestros hijos, no te preocupés porque estoy bien…”. 

Al final del curso de alfabetización, la prueba final era escribir una pequeña carta. Las mujeres podían dirigirla a quienes desearan. Algunas le escribieron a sus hijos, al esposo, a profesores o al Alcalde de Managua. Cartas que nunca llegaron a sus destinos, porque eran sólo eso, una asignación para demostrar lo aprendido. Ahora, esas primeras letras de las mujeres con cáncer son parte de un archivo más dentro de la alcaldía.

Esos conocimientos, esas cartas escritas, esos trazos… permitieron que las mujeres se graduaran. En mayo de 2007 el curso finalizó. Las 23 mujeres que sobrevivieron subieron al estrado a recibir de manos del alcalde Dionisio Marenco su diploma. No parecían recién graduadas. Subieron poco sonrientes, marchitas y afligidas. Las imágenes de ese día muestran rostros de mujeres golpeadas por la vida.

A más de un año de la promoción, muchas otras mujeres han muerto. Justa Eladia, María Lucila… sólo engrosan la lista de las fallecidas. Otras como doña Juana Tórrez siguen batallando contra el cáncer y listas para lo que venga.

–¿Le tiene miedo a la muerte?

–(Sonríe) Miedo no le tengo. Si para eso nacimos, para morir. Pero sí pienso: pobrecitas mis hijas que van a quedar solas.