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1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.

Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

***

Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

***

La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

***

En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

1.

El cabo Mora aterrizó en Bogotá una mañana fría de septiembre de 2008. Venía de Ocaña, en Norte de Santander, donde la temperatura rondaba los treinta grados. Se ubicó temporalmente en una unidad de aviones plataforma, mientras sus superiores le informaban cuál sería su trabajo y dónde viviría en la capital.

Hasta ese momento, Mora se había desempeñado como agente de inteligencia del Ejército y había logrado infiltrarse en los reductos paramilitares del nororiente colombiano. Sin embargo, sospechaba que de ahí en adelante el Ejército no lo iba a seguir destinando a misiones similares. Los comandantes en Norte de Santander lo habían expulsado prácticamente como a un perro. Tenía 24 años y uno de sus temores más agobiantes era que su carrera militar podía desplomarse: lo iban a retirar o a presionar para que solicitara su retiro. Aunque existía una posibilidad todavía peor: lo iban a matar o le iban a matar a su familia.

Por esos días leyó en la revista Semana un artículo titulado “Versiones encontradas sobre jóvenes desaparecidos en Soacha”. La nota daba a entender que en fosas comunes, en las afueras de Ocaña, habían encontrado los cuerpos de un puñado de jóvenes que residían en aquella población al sur de Bogotá y que habían sido reportados a comienzos de año como desaparecidos. El Ejército los estaba presentando como integrantes de grupos al margen de la ley, pero sus familiares desmentían esa versión diciendo que esos jóvenes no eran criminales de ninguna clase. Al día siguiente, la revista volvió a publicar una nota esta vez con el título “¿Reclutados o asesinados?”, según la cual los exámenes de medicina forense indicaban que los jóvenes habían sido asesinados meses atrás y que los camuflados con que habían sido inhumados no tenían los orificios de balas que sí tenían los cuerpos de cada uno. Fue en ese momento cuando Clara López, entonces secretaria de Gobierno de Bogotá, se arriesgó a lanzar por primera vez la hipótesis de que los jóvenes habían sido secuestrados para matarlos.

Mora se dijo: “Yo sé qué pasó con esos muchachos”. Sin embargo, recordó que en enero de 2008 un sargento del Ejército también había hablado con Semana sobre casos parecidos, luego se le había presentado en su oficina en Bogotá al comandante del Ejército, el general Mario Montoya, y poco después, de manera insólita, el mismo Ejército lo había capturado por cargos de extorsión. “Acá en Bogotá tampoco se lo puedo contar a nadie”, pensó. Dos días más tarde, leyó en Semana: “Ya son 46 los jóvenes desaparecidos que fueron reportados como muertos en combate”. Otros medios también comenzaron a ventilar las historias de las familias de esos muchachos y a mostrar a las mamás en llanto. En ese instante, el cabo Mora cambió de decisión.

–Me sentí culpable –me dice–. Fui a donde un mayor, amigo mío, y le dije que yo podía aclarar lo de Ocaña. El mayor me llevó con el director de inteligencia del Ejército, el general Díaz. Y a él le conté todo. Duramos casi un día hablando y él solo se cogía la cabeza con sorpresa y decía “…cómo así, cómo así…”, y me decía que ellos tenían sospechas pero que faltaba un testimonio como el mío.

Al final de la tarde, el general Díaz se saltó el conducto regular: no le informó al general Mario Montoya, sino que telefoneó al comandante de las Fuerzas Militares, general Freddy Padilla de León, para que supiera y a su vez pusiera al corriente al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.

–Sabían de pronto que mi general Montoya… –Mora se frena. Piensa mejor lo que va a decir–. Mi general Montoya ha dicho que lo que mataron allá fueron delincuentes y que no pasaba nada.

A la mañana siguiente, ya sintiéndose respaldado por el ministro Santos, Mora madrugó a denunciar los hechos en la Fiscalía y en la Procuraduría.

–Me parece –dice, forzando el recuerdo– que fue un procurador el que llamó a estos crímenes “falsos positivos”. Y después se vino la bola mediática e investigativa tan inmensa.

Bola que obligó al general Montoya, un mes más tarde, a destituir a tres coroneles de Norte de Santander: Rubén Darío Castro, Santiago Herrera Fajardo y Gabriel Rincón Amado, dos de los cuales habían hecho sentir como un delincuente al cabo Mora. Y a los cuatro días de estas bajas, el presidente Álvaro Uribe Vélez hizo lo mismo con 27 militares más, entre ellos tres generales.

–Todos estos militares supieron que fui yo el que puso todo al descubierto. Inmediatamente me empezaron a tratar de sapo, de traidor.

El cabo Mora es un tipo alto y grueso, quizá con kilos de sobra. Tiene la piel oscura y los ojos escondidos, pero con pupilas de un blanco intenso. Su nombre es Carlos Eduardo, habla con voz delgada y mantiene ese suave tono de niño bien educado y tímido: “Buenas, don Juan”, “¿le provoca algo de tomar, don Juan?”. Vive con su esposa y su hija, una pequeña que va llenando de grititos y risas la casa. Mora la besa, la abraza, con ella se le enflaquece aún más la voz. Viven al norte de Bogotá, en un conjunto residencial de las Fuerzas Militares. Algunos soldados controlan la entrada, y en el parqueadero hombres en camuflado, con sus pistolas de dotación rebotándoles en la cintura, se bajan de carros con placas civiles sin polarizados ni escoltas. Los niños juegan fútbol en los jardines.

Mora se transporta en un carro blindado y está protegido por dos escoltas. Esas son las medidas cautelares que le otorgó la Fiscalía luego de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos conceptuara en octubre de 2013 que “sus derechos a la vida e integridad” estaban “amenazados y en grave riesgo”.

Estamos sentados en la sala. El apartamento es pequeño y decorado modestamente. Un solo cuadro de colores encendidos cuelga en el comedor. Mora ha contado varias veces su historia como testigo principal de los falsos positivos. La mayoría de ellas en el proceso de investigación y juicio abierto contra los militares implicados. Y es esa historia la que los tiene en la cárcel o a un paso de ella. Pocas veces se la ha contado a la prensa, y esta es prácticamente la primera vez que la narra, dispuesto a que sea publicada in extenso con todos los detalles.

2.

De niño Carlos Eduardo Mora soñaba con ser soldado. Vivía en Ciudad Bolívar con su mamá y su padrastro, y había octubres en que se disfrazaba con camuflado. Al graduarse del colegio, se reencontró con su papá, quien para ese momento ya era un sargento mayor retirado del Ejército. Le dijo que él también quería seguir la carrera militar y, aunque al comienzo su papá trató de disuadirlo –“ser militar es muy duro, mijo, mucho más ahora con la seguridad como está” –, terminó ayudándolo a ingresar a la Escuela de Suboficiales en Tolemaida.

A finales de 2004, recién cumplidos los 21 años, obtuvo el grado de tecnólogo en ciencias militares y entre mil aspirantes fue incluido en un grupo de cincuenta que se especializó en nueva inteligencia militar. Palabras más, palabras menos: pasar desapercibido en una comunidad y ser capaz de infiltrarse en un grupo al margen de la ley con el propósito de reunir información para operaciones de choque, asaltos y capturas.

Casi enseguida fue asignado a la recién creada Brigada Móvil XV que operaría en Norte de Santander, desde la región del Catatumbo y la frontera con Venezuela hasta Ocaña y los límites con el Cesar. Pero como nunca antes había padecido el estrépito de la guerra, sus superiores le encargaron una escuadra de cinco hombres y lo enviaron a la zona rural del municipio de Tibú, donde las Farc y el ELN daban bala todos los días. Era marzo de 2006. Fue allí cuando el cabo Mora vio morir a varios de sus hombres, de las maneras más dramáticas: tras un ataque con bombas, uno de ellos perdió la mitad de la cabeza, al otro le volaron el rostro y uno más se desangró por completo después de que un mortero la arrancara una pierna.

–¿Yo qué les decía a los que habían quedado vivos? Para eso no me había preparado la escuela. Lo único que se me vino a la cabeza fue: “Jóvenes, nosotros sabíamos a qué veníamos, ahora vamos a vengarnos”. Me di vuelta, me hice a un lado del grupo y me puse a llorar. Había compartido mucho con esos muchachos, meses sin ver una cara distinta a la de ellos, y de un momento a otro verlos muertos fue muy duro. Ahí me dije: “Esto no es lo mío”.

Un mes después, le llegó la notificación de que había sido designado para crear un grupo especial llamado Central de Inteligencia Técnica de Ocaña (CIOCA), junto con otro cabo que estaría bajo su mando. En adelante, el cabo Mora no volvería a usar el uniforme militar y tampoco podría residir en los batallones. Debía convertirse en un civil más. Su misión sería recabar información desde el interior de las bandas criminales y unas cuantas células aún activas de la desmovilizada guerrilla del EPL, para que la tropa pudiera neutralizarlas.

–Al poco tiempo comenzamos a dar resultados –dice–, más que todo contra bandas criminales. Con nuestra información se decomisó armamento, se capturaron 18 integrantes de los reductos paramilitares, entre ellos un cabecilla. Y luego de estos golpes, los paramilitares se dieron cuenta de que éramos mi compañero y yo, y nos declararon objetivo militar.

Por esos días, noviembre de 2006, el Frente 33 de las Farc se tomó el Alto del Pozo, una ruralía de Ocaña, y mató a 17 soldados. El mando militar reaccionó relevando a los comandantes del Batallón Santander y de la Brigada Móvil XV y nombrando en su lugar al coronel Santiago Herrera Fajardo y su cúpula. Aunque Herrera Fajardo tenía tres medallas por valor en combate y era uno de los mimados del general Montoya, también era muy resistido a causa de sus métodos. Entre militares le decían “Fortín”, por su solidez tropera.

El primer movimiento de Herrera Fajardo fue incrustar su gente en las distintas áreas de trabajo. A la CIOCA metió un cabo de apellido Urbano, trasladando al cabo que estaba bajo el mando de Mora.

–A Urbano le decían “Hitler”. Imagínese lo malo que era. Y claro –me explica Mora–, apenas llegó dio un resultado. Comencé a dudar porque yo llevaba meses trabajando para crear líneas de acción y este cabo llegó y en un día ya lo había logrado. Es más: casi enseguida dio información para lograr una supuesta baja del enemigo. Pero como yo hablaba con la gente del pueblo, supe que el muchacho al que habían matado no era ni un paramilitar ni un guerrillero, era un loquito de la calle. Y en la morgue confirmé que ese muchacho había pasado por tratamiento psiquiátrico en la clínica de Ocaña.

A continuación, un mayor también de la cuerda de Herrera Fajardo le pidió a Mora el nombre de sus informantes. El cabo se rehusó. Esa petición, más lo que venía haciendo Urbano, le parecieron indicios de que los métodos de este grupo de militares no eran ortodoxos. Para protegerse y preservar la vida de sus contactos, Mora le informó de sus sospechas a un sargento con autoridad sobre la contrainteligencia de la Brigada Móvil XV. Este sargento, en respuesta, le ordenó a Mora pegársele al cabo Urbano y averiguar más detalles.

–Una noche, uno de los coroneles nuevos, Gabriel Rincón Amado, me llamó sorpresivamente al celular. Me dijo: “El cabo Urbano tiene una información y como usted ya lleva un buen rato acá necesito que la verifique con él y con los informantes suyos”. Yo ya tenía mucha idea de que Urbano trabajaba en llave con los paramilitares y, si yo cumplía las órdenes del coronel Rincón, temía que mataran a mis informantes. Igual era orden de un superior, me tocaba cumplirla. Pero antes de salir le dije al cabo con el que yo compartía apartamento que, si yo no volvía, por favor informara que me había ido a encontrar con Urbano por orden de Rincón.

Mora se encontró con Urbano en el barrio Santa Clara, a las afueras de Ocaña. Se saludaron y se montaron a un taxi. Mora quedó en la mitad del puesto de atrás. Hubo un silencio como si en segundos fuera a pasar algo. Urbano le preguntó: “¿Usted conoce a Leo?”. Era el cabecilla del reducto paramilitar en esa región. “No lo conozco. Sé quién es –respondió Mora–. Estoy trabajando para ver si lo podemos coger”. “Se lo presento”, le dijo Urbano. Leo estaba a su lado. Y lo primero que se le pasó por la cabeza fue: “Aquí ya me mataron”. “¡Cabo hijueputa!”, le gritó Leo. “Usted nos tiene jodidos. Para mí es fácil mandarlo a picar y hasta podría pagarle a unos muchachos para que lo metan a la cárcel”. Mora, callado, se daba por muerto. No tenía escape. No podía correr. No andaba armado. Y el taxi se desplazaba por un paraje oscuro y solitario.

Llegaron a un descampado del aeropuerto. Urbano le pidió a Mora que llamara a sus informantes y los hiciera venir. Mora se negó. Leo, el paramilitar, se le acercó.

–Sacó un papel y me dijo: “Usted se llama así, su mamá es tal, su papá es tal, el cabo que se la pasa con usted es tal, los papás de él viven en Ibagué. Se los matamos a todos si no llama a los informantes”. Entonces cogí el teléfono y marqué.

Apenas Mora colgó, Urbano telefoneó al coronel Rincón para decirle que los “paquetes” ya venían en camino. Pasaron quince minutos y antes de que llegaran apareció un camión con el Grupo Especial de la Brigada Móvil XV. Mora se extrañó, pero quedó atónito del todo cuando del camión descendió el comandante de ese grupo y se saludó con Leo como si fueran amigos de siempre –se estrecharon la mano con una sonrisa cómplice y se dieron palmadas en los hombros–. Minutos después llegaron sus informantes en una moto. A uno lo subieron al camión y se lo llevaron. El otro se quedó mirando sin saber qué estaba pasando. Urbano le dio una pistola a Mora y le dijo: “Vaya mátelo o nosotros lo matamos a usted”. Mora cargó la pistola y se dirigió hasta donde estaba su informante. Le dijo: “Viejo, arranque o le disparo”.

–Cuando él arrancó –recuerda Mora– empezaron a encenderlo a plomo pero gracias a Dios no le dieron. Urbano me quitó la pistola y me la puso en la cara. “Si me matan saben que estoy con usted por orden del coronel”, alcancé a decir. Ahí lo pensó y sin dejar de encañonarme llamó al coronel Rincón a decirle que yo había dejado volar al informante y le preguntó qué hacían ahora. Rincón les ordenó que encontraran al informante, pero no lo lograron. Y a Urbano se le veía en la cara las ganas de dispararme en la cabeza. El coronel Rincón pidió que me presentara ante él y que ya no mataran al informante que tenían en su poder y que querían presentar como muerto en combate.

El cabo Mora regresó a su apartamento y se soltó a llorar. Le contó todo a su novia y al cabo que vivía con él. Se le cruzó la idea de escapar, pero el Ejército lo hubiera acusado de desertor. No sabía qué hacer. No tenía nadie a quién contarle. Acudir a la policía, menos, porque él sabía que en esa región la mayoría de los agentes estaban comprados por paramilitares. No vio otra que presentarse en el despacho de Rincón al otro día a primera hora de la mañana. El coronel lo esculcó y le quito el celular. “Es que los de inteligencia son muy sapos”, le dijo con resentimiento. Y luego, engreído, lo amenazó: “Usted ya sabe quién soy, usted ya sabe qué hago. No lo voy a matar, pero le mato a toda su familia si llega a decir algo. De ahora en adelante va a andar para todo lado con Urbano para que no vaya a decirle nada a nadie”. Ese mismo día, Urbano le ordenó a Mora que le informara cada vez que saliera de su casa y que a ciertos sitios debían ir juntos. Mora aceptó: en el fondo estaba convencido de que algo tenía que hacer contra ellos, que no se podía quedar callado.

–Llamé al mayor Velandia, jefe mío ahí en la Central de Inteligencia. Me cité con él en la Iglesia Mayor de Ocaña, en la Plaza 29 de Mayo. Le conté y le pedí que me aconsejara. Me dijo que él ya tenía las mismas sospechas. Entonces, que hiciéramos un trabajo de contrainteligencia: que yo anduviera con Urbano y le informara todo y que él trasladaba esa información a Bogotá. Yo asumí eso como una orden de un superior mío y salí un poquito más calmado. Ya en la calle me dije: “Vamos a hacer un buen trabajo, no importa que el investigado sea un coronel”. En ese momento no sabía que ese mayor también le era leal a Herrera.

Durante varias semanas el cabo Mora informó al mayor Velandia sobre el tráfico de armas que Urbano sostenía con paramilitares, las cuotas de dinero que circulaban a cambio y los muertos civiles que estaban legalizando como bajas del enemigo en combate. Y logró ganarse la confianza del enlace entre las dos partes: un paramilitar llamado John Pabón, quien le anticipaba a Mora los encuentros con Urbano. Pero al ver que del alto mando no llegaba una orden o que la Policía Militar no detenía a Urbano, empezó a sospechar que Velandia se guardaba la información. De ser así, en cualquier momento lo iban a matar porque, desde el incidente con sus informantes, el círculo de poder que manejaba Herrera se estaba estrechando en torno a él.

Velandia fue trasladado y reemplazado por un mayor procedente de Bucaramanga. El cabo Mora debía encontrarse con este mayor para ponerlo en contacto con una mujer, novia de un cabecilla de las Farc, que le suministraba información. “¿Aparte de esto usted tiene algo que contarme?”, le preguntó el mayor. Mora optó por revelarle la historia. Creyó que como procedía de otra zona, el militar no hacía parte de la misma confabulación. “Sí, mi mayor. Sin nombres, pero aquí hay oficiales de alto rango que están trabajando con los paramilitares y haciendo cosas graves”. “Deme bien su nombre –le dijo el mayor– y yo lo saco de acá antes de que lo maten”.

Al día siguiente muy temprano el coronel Herrera, comandante de la Brigada Móvil XV, telefoneó al cabo Mora.

–Lo primero que me dijo fue: “¡Cabo hijueputa, se va a morir por desleal, por sapo! Véngase ya para el batallón y se me presenta”. Apenas llegué me siguió diciendo que yo era un sapo, y le dije: “No, mi coronel. Yo tengo información de dónde están los paramilitares”. Y no me contestó nada. Cortó la conversación y se fue. A los diez minutos volvió y me dijo: “A usted lo van a matar por sapo. Se me sube ya a ese helicóptero”. Y yo respondí: “Mi coronel, pero es que yo no tengo ni uniforme, no puedo patrullar”. Me había accidentado en esos días. Nada de eso sirvió, me subió a un helicóptero que iba para San Calixto a llevar comida…

Mora se detiene. Cavila y deja escapar una risa nerviosa.

–¿Usted conoce San Calixto? –me pregunta.

–No.

–Es un municipio pequeñito, un caserío. En esos días era un territorio del EPL. Todos los habitantes son monos y ojiclaros. Y yo, bien negrito, iba a llegar allá en un helicóptero del Ejército. “Me van a meter una matada ni la más tremenda”, pensé.

Por fortuna para Mora, allá se encontró al mayor Velandia, quien le dio tres soldados para que lo escoltaran desde el punto de aterrizaje del helicóptero hasta la estación de policía. El intendente a cargo lo recibió, lo uniformó y lo tranquilizó: “Va a ser un policía más. Se quedará con nosotros”.

–Y estando ahí –continúa Mora, elevando la voz–, el coronel Herrera me llamó para ordenarme que regresara a Ocaña, pero por tierra. No iba a enviar un helicóptero por mí. Me negué. La carretera entre San Calixto y Ocaña estaba llena de guerrilla, ponían bombas, montaban retenes. Si yo cumplía esa orden, terminaba muerto.

Mora hace una pausa. Niega con la cabeza.

–Esa es una de las cosas que Herrera ha dicho en la Fiscalía: que yo no le hacía caso. ¿Pero cómo iba a hacer caso a esas órdenes incoherentes?

John Pabón, el enlace de los paramilitares con Urbano, también llamaba a Mora. Le decía que la situación estaba muy grave, que ya no soportaba más, que se quería desmovilizar. Mora le informó sobre la situación de Pabón a un capitán recién trasladado de Bogotá a Norte de Santander. Le pidió que lo recibiera por fuera del batallón, que era su informante y se quería entregar, pero que nadie se enterara. Pabón se entregó junto con uno de los escoltas de los narcotraficantes Mejía Múnera. Y ese capitán los dejó dentro del batallón y les hicieron un atentado del que salieron vivos. Días después, John Pabón terminó preso en la cárcel de Ocaña pero no como desmovilizado sino como capturado.

Mora ya le había contado los hechos a dos mayores, a un sargento y a un capitán. Y todo seguía igual. Para irse de San Calixto, se subió al helicóptero a la brava. Era septiembre de 2008. Aterrizó en Ocaña y enseguida lo mandaron para Bogotá. Pero antes de despacharlo en el avión, los dos coroneles, Herrera y Rincón, y el cabo Urbano, cada uno en momentos distintos, lo volvieron a amenazar: si contaba algo, le mataban a la familia.

3.

En la primera semana de noviembre de 2008, al mes de la purga de los treinta militares, el general Mario Montoya pasó su carta de renuncia. Y aunque para ese momento cargaba con varios señalamientos por violaciones de derechos humanos y de colusión con paramilitares –muchos de ellos por boca de comandantes desmovilizados de las AUC–, fue nombrado por el presidente Uribe como embajador en República Dominicana.

A comienzos de 2009, una oenegé con sede en Washington, llamada National Security Archive –dedicada a solicitar el levantamiento de la reserva de documentos oficiales relacionados con la seguridad de Estados Unidos–, reveló cables de la Embajada en Colombia en los que desde 1990 se hablaba de asesinatos de civiles cometidos por la tropa pero legalizados como bajas en combate de la guerrilla. Uno de sus investigadores, Michael Evans, explicó que estos crímenes tenían como fin inflar las cifras de bajas del enemigo, porque la revisión de estos datos era la manera en que las Fuerzas Militares cuantificaban el progreso de la lucha contra las guerrillas, cálculo que en el dialecto militar gringo se conoce como “body count”. Y añadió Evans que el general Montoya “durante muchos años había promovido” tal medición.

Mientras estas discusiones ocurrían en la prensa, el cabo Mora sobreaguaba en el día a día. Durante las semanas del escándalo y a principios de 2009, sintió que estaba protegido por la oficialidad del Ejército, que su actitud a la larga había sido respaldada por el alto mando. Pero luego, cuando menguaron el acaloramiento y las acusaciones, se quedó solo y sin ninguna medida de seguridad. Se había ido a vivir a un barrio residencial al sur de Bogotá y a cada citación de la Fiscalía le tocaba llegar en bus de servicio público.

–Comencé a mandar oficios solicitando seguridad –dice–. Pero la Fiscalía me dijo que no podía ayudarme porque yo era militar, que le tocaba al Ejército. Y el Ejército, nada. Se desentendió totalmente.

En palabras de Mora, lo que vivió a partir de entonces fue una persecución: primero, en la cara, otros militares lo calificaban de “traidor” y “guerrillero”. Le preguntaban si hacía parte de la guerra sucia de las Farc contra el Ejército.

–A los cabecillas de la guerrilla los llamamos “blancos de alto valor” –me explica–. Y para humillarme me decían “negro de alto valor”. Si me veían llegando a alguna dependencia, decían: “Sapo, llegó el sapo… cuánto estarán dando por la cabeza de Mora”.

Luego, una noche en que no había nadie en su casa, se metieron y le robaron unos documentos sobre el caso. Nada de lo que no tuviera copia, pero le hicieron ver que lo tenían ubicado y que lo podían vulnerar cuando les viniera en gana. En los días sucesivos se paraban frente a su casa con pistolas en mano. Y dentro del destacamento militar, sin que lo hubieran notificado, le abrieron una investigación por la pérdida de un armamento en la Escuela de Cadetes de Policía.

–Esa investigación tenía fecha del 2005 y apenas este año me enteré de dónde supuestamente se habían llevado el armamento; en esa área nunca estuve yo, nunca pertenecí a ella. Y segundo, la firma con la que reclamaron el armamento no era la mía. La falsificaron. Ahí guardo el acta como un tesoro porque una vez el Ministerio de Defensa dijo que a mí nunca me habían abierto una investigación.

A comienzos de 2010, la Fiscalía lo puso en contacto con las Naciones Unidas. Gracias a ellos se reunió en Bogotá con el ministro de Defensa, que ya era Gabriel Silva Luján. Mora le contó toda la historia y también le habló del maltrato psicológico. “Si está mal lo que yo hice, entonces no sé en qué ejército fue en el que me metí –le dijo al ministro–. Silva Luján le dijo que el Estado lo tenía que proteger porque había sido él quien había actuado de manera correcta, que enteraría al presidente.

–Y al otro día me llamaron. Que Uribe quería hablar conmigo. Esa sí fue una reunión tensa al principio porque el presidente tenía la bandera de los militares. Pero luego de que le conté los hechos de Ocaña, le pedí que como nuestro comandante directo me diera la baja de la institución, que para mí el maltrato ya era inaguantable. Me dijo: “No, cabo, cómo se le ocurre. Más bien, para evitar todo eso, hoy mismo en la tarde voy a dar una rueda de prensa diciendo que a los militares como usted, que son buenos, se les tiene que rodear. Y deme dos semanas para sacarlo del país con su familia para que trabaje como agregado, como secretario de agregado. Y si necesita venir a declarar, el gobierno está dispuesto a ayudarlo, pero antes hay que proteger la integridad de su familia, antes de que les pase algo”. Y vea –concluye Mora, riéndose tímidamente–, este es el momento en que no he salido de acá. Es más, ni seguridad ni Fiscalía ni nada. Y continuaron las amenazas de muerte, llamadas en las que me decían que era un sapo, que me iban a matar. Fue tanta la presión que a mi esposa le tocó irse con mi hija.

–Después de esa reunión, ¿Uribe Vélez nunca volvió a decirle nada?

–No. Nada. Por el contrario, antes de que él entregara su mandato yo le envié una carta para recodarle lo que me había dicho. Y lo que hicieron fue remitirla a la Oficina de Derechos Humanos del Ejército, donde tampoco dijeron nada. Lo que sí sé es que él me menciona en el libro que escribió y cita la reunión que tuvo conmigo, pero se olvida de lo que me prometió y no me cumplió.

4.

Nada cambió en 2011 ni en 2012. Más amenazas, más actos de tortura psicológica. Mora cumplía su horario de trabajo en el batallón, salía de su casa y regresaba en la noche sin protección. Hubiera sido muy fácil matarlo en esos lapsos y haberle montado la escena de un atraco. Quizá para él lo más conveniente hubiera sido retractarse, evadirse de la situación. Pero no. No aceptaba la impunidad para los culpables de los falsos positivos y se convenció de que tenía que seguir acudiendo a las citaciones de la Fiscalía. Su familia lo vio tan determinado y a la vez tan vulnerable que su esposa, resignada, lo sentó una noche y le dijo: “Bueno, si te matan, estamos seguros de que tú estás haciendo lo correcto”.

Una tarde de junio de 2013, cuando ya varios militares habían sido condenados por estos hechos –la primera sentencia fue en junio de 2011–, el inspector general de las Fuerzas Militares llamó al cabo Mora. Le dijo que había hecho una labor excelente y que querían trasladarlo a la Armada Nacional. A Mora la pareció ideal y empezó hacerse los exámenes. El último era psicológico y arrojó que estaba sufriendo una depresión leve. La psicóloga le dijo que llamara a su esposa y que se fuera con ella para el Hospital Militar. Allá le darían instrucciones.

–Se me hizo raro que me hicieran llamar a mi esposa –recuerda Mora–. Pero bueno, llegamos allá como a las tres de la tarde y una médica me dijo: “La orden que me están dando es internarlo en una clínica psiquiátrica”. “¿Por qué?, ¿qué tengo?”, le pregunté, “¿soy un peligro para la sociedad?, ¿para mi esposa?, ¿para alguien?”. Y me dijo: “No, la orden es esa, pero si quiere vaya y hable con el médico de la Clínica La Inmaculada, allá le explicarán bien y el doctor dirá qué determinación toma”. Entonces me fui en ambulancia para La Inmaculada y esperamos varias horas para que me atendieran. Como a las diez de la noche, sin hacerme ninguna prueba, un doctor me dijo: “Bueno, cabo, la orden del Ejército es que usted se queda internado. Entréguele todo a su esposa. Acá no puede tener celular, no puede tener nada”. “Doctor, pero dígame cuál es la razón. No creo que una depresión leve dé para que me internen”. También le dije que estaba a punto de ir a declarar en la Fiscalía por el caso de los falsos positivos y que no podía dejar sin seguridad a mi familia porque estábamos en riesgo.

El médico sacó a Mora del consultorio y le dijo a la esposa que lo convenciera, que era por el bien de él. Ella contestó: “No, ¿por qué? Él es la persona más calmada del mundo. Y si no ha cometido ninguna locura en estos cinco años en que lo han querido matar tantas veces, no la va a cometer ahoritica. Yo no entiendo por qué lo quieren internar así a la fuerza”.

Transcurrieron unos minutos y adelantándose a cualquier contingencia, Mora le envió un mensaje de texto al agente de las Naciones Unidas que seguía su caso. Le contó lo que le estaba pasando. El agente le respondió que no había razón para que lo recluyeran en un sanatorio. A los pocos minutos, varios soldados llegaron a La Inmaculada y llevaron a Mora de vuelta al Hospital Militar. Era la una de la mañana. Apenas Mora se bajó de la ambulancia vio que había hombres de la Policía Militar junto a otra doctora que lo recibió diciéndole: “La orden es que usted se tiene que quedar internado en la clínica, a las buenas o a las malas”. Al ver a la Policía Militar, supo que lo iban a doblegar por la fuerza. “Listo, intérnenme. Pero déjenme ir a solucionar el problema de seguridad de mi hija y mi esposa. Yo el lunes a primera hora me estoy presentando acá, así yo no vea la razón”. La doctora, exasperada, le replicó: “¡No! Ya. Ya mismo”.

–A las tres de la mañana busqué la forma de que me dejaran solo con mi esposa por unos minutos. Y me escapé asustado como el peor delincuente –me dice, con la voz opacada, encorvado sobre sus piernas–. Lo que me estaban haciendo ya lo habían hecho con un sargento vinculado a los falsos positivos, que se acogió a sentencia anticipada. Cuando comenzó a delatar coroneles, los abogados de esos coroneles lo señalaron de ser un desequilibrado mental.

Al otro día, a las ocho de la mañana, el cabo Mora se presentó ante uno de sus superiores y le dijo que se había escapado. Le contó que las Naciones Unidas estaban enteradas. Que él se iba a someter a un examen ante un médico legista y un psicólogo externo, y si ellos le indicaban que debía internarse él lo haría.

–Ahí murió todo –me dice Mora, abriendo la voz y reclinándose en el espaldar–. Nunca me volvieron a llamar para seguir con lo de la depresión.

5.

Poco después de este episodio y con el apoyo de una oenegé, Mora solicitó medidas cautelares ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Y desde octubre de 2013 pasó a convertirse en el primer militar, en la historia de Colombia, sujeto a protección internacional.

–¿Cómo cree que ha recibido el Ejército el hecho de que usted sea el primer militar con medidas cautelares, para protegerlo precisamente del Ejército?

–A mucha gente le ha parecido bien –conviene Mora–. Como en su momento lo dijo mi general Rey Navas, el Estado estaba demostrando que las medidas cautelares no son solo para activistas y oenegés de izquierda. Y fue como si también se lo hubiera dicho al Ejército. Aunque a la vez hay un sector de ultraderecha que me ha tratado de hampón y de criminal, y ha dicho que yo solo he buscado desprestigiar a los oficiales.

–Cabo, durante esta entrevista usted ha estado dividiendo al Ejército en dos: un sector ajustado a la legalidad y otro que no. Y tengo la impresión de que usted cree por encima de todo en ese sector ajustado a la legalidad.

Mora abre los ojos y después frunce el ceño.

–Pues no sé. En el Ejército la gente es muy buena. Si no, yo no estaría en la institución todavía. El 90% de los 250.000 hombres que hay en el Ejército son muy buenos. Hay un porcentaje pequeño que hace las cosas mal y a veces son los de más alto mando. No sé qué razones habrá para que no se siga hablando de los falsos positivos. Como si dijeran: “Está bien, ya pasó pero no lo discutamos más”. Mire, a comienzos de 2014 tuve una reunión con un general y lo primero que me dijo fue que yo había perdido mi espíritu de militar. “¿Por qué? ¿Por decir la verdad?”. Y me dijo que pensara en las familias de los militares que están en la cárcel por este proceso. Le dije: “Mi general, claro, yo he pensado en ellos, pero en cambio nadie ha pensado en mi familia. Si yo no acudo a un ente internacional nadie del Ejército me hubiera llamado. Es más, usted me llama ahora porque se enteró de las medidas cautelares, pero tampoco sabe lo que pasó”. Y a todo esto lo que me dijo fue que dejara de pedir premios, que yo no los merecía. Le contesté que no estaba pidiendo ningún premio, ni plata. Que lo que he pedido es que, primero, me dejen seguir declarando. Faltan muchos procesos. Y segundo, que me dejen quieto. Yo no estoy pidiendo ninguna medalla.

–¿Usted siente hostilidad entre sus compañeros del Ejército?

–Todo esto le molesta mucho a muchos mandos. Una vez que me hicieron una entrevista en Blu Radio, el general Mantilla me mandó a decir que yo era un sapo. Pero vuelvo a lo mismo: hay muchos militares que están de acuerdo con lo que yo hice. Mucha gente se ha acercado a mí y me ha dicho: “Mora, bien…”. Es más, un mayor se me acercó en la audiencia en que lo sentenciaron. Me asusté, pensé que me iba a echar la madre. Pero no. Se lo estaban llevando esposado y me dio la mano y me dijo: “Lástima que yo no tuve su valentía para haberme negado a hacer lo que me ordenaron, porque estaría con usted de ese lado. Cuídese mucho y que Dios lo bendiga”.

6.

Desde que el cabo Mora hizo la denuncia en la Fiscalía, a finales de 2008, su vida militar se vino al suelo. En esos días era cabo tercero y hoy, gracias al tiempo transcurrido, debería estar a pocos meses de ser ascendido a sargento. Pero como nunca volvió a misiones de inteligencia –su labor ha sido en oficinas y archivos–, no sabe si le permitirán elevar su rango.

–No siento ninguna clase de frustración personal, porque siempre he hecho lo correcto. ¿Frustración militar? Sí, mucha, un temor constante a que me saquen o a que se inventen algo para desprestigiarme o para abrirme investigaciones; cualquier cosa para no dejarme ascender. Además del miedo. Miedo de que le hagan algo a mi hija por hacerme daño a mí, o a mi esposa, a mis papás –le tiembla la voz por primera vez en esta entrevista–. Para mí, en mi casa, trato de que todo sea normal, pero dentro mío lucho por no desbaratarme. Saber que todos los días hay gente allá afuera que está fraguando algo en contra mía o de mi familia… Todos los días. Hasta que en cualquier momento… –mirándome, Mora simula con la mano su degollamiento–. Si atentan contra ministros y grandes dignatarios, ¿por qué no contra un simple cabo?

–¿Le pide algo al Estado, al gobierno nacional?

–Atención. Le pido atención. En esta situación me he dado cuenta de que uno vale más por su condición económica que por su condición personal. Y eso que tengo medidas cautelares –se ríe–. Atención no solo para mí y para mi familia, también para todas las personas que quieren saber o que quieren decir la verdad y no pueden porque se dan cuenta de cómo tratan a quienes lo hacen. Si yo tuviera dinero –añade– o si yo… y esto me va a traer muchos problemas el día que sea publicado este artículo… si yo fuera un oficial del Ejército, un capitán, un mayor, un coronel, y hubiera denunciado a suboficiales y soldados, estoy ciento por ciento seguro de que ya habría salido del país junto a mi familia, ¡ciento por ciento seguro! Mire –me prepara, anudando las manos–: algunos han dicho que yo tengo un superesquema de seguridad por declarar en contra de oficiales del Ejército. ¿Un superesquema? Yo con eso me imagino seguridad permanente, dos camionetas, cuatro escoltas, seguridad permanente en el colegio de mi hija, en el trabajo de mi esposa. Pero no. Nada de eso. Tengo un carro blindado al que no le cierra la ventana ni le sirven los frenos. ¿Que qué le pido al Estado? Lo mínimo: cámbienme los frenos, por favor.

–Luego de todo este tiempo, ¿sigue pensando en que le den la baja del Ejército?

–No, ya no pido la baja del Ejército –Mora se calla unos segundos–. Ya no puedo irme porque, por el hecho de seguir siendo militar, tengo cierta protección. Entonces no. Mucha gente me ha dicho que si pido la baja me matan al otro día. Y puede ser verdad, porque acá al que no les sirve lo callan.

Vengo a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído lo que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean-Paul Sartre, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Marcel Proust, Émile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes o Harold Bloom. Quizás sería más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer.

Sea como fuere, eso no tiene importancia.

En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”.

De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo.

Todo lo demás no tiene la menor importancia.

***

Era abril de 2012 y yo estaba en la Ciudad de México, hospedada en un barrio vagamente peligroso, en un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar sola bajo ninguna circunstancia. Pero ahí estaba yo, que había caminado por la avenida – sola bajo toda circunstancia–, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres gélidos y tropicales de la Ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento, y la luz del sol, enrojecida por la contaminación, reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”.

Y porque sí, o porque ya nunca pienso en ella, o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes enormes, los aros de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo.

Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.

***

Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo después de tres que nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna, gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “la muerte de Lucien de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas distancias yo podría decir que la vida y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, podría decir que me dejaron huella.

***

No era ni el mejor ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades. Eran los años setenta, era la infancia, era Junín, donde nací, 20.000 habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a 250 kilómetros de Buenos Aires. Yo era hija de un ingeniero químico y de una maestra, y María Luisa Castillo era la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada, las mejillas enrojecidas por un arrebol que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja.

Luisa era discreta, tímida, pacífica. Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta, me parecían arcaicos. De modo que la madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes, y su padre, un albañil ínfimo de más de 60, debieron impresionarme como dos seres al borde de la muerte.

No sé en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía nueve años cuando le ofrecí mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara cómo se hacían los bebés. Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Un resumen muy torpe –y muy injusto– diría que Madame Bovary cuenta la historia de Emma, una mujer casada con Charles Bovary y madre de la pequeña Berthe, que se enreda en amores con un hombre llamado Rodolphe, con otro llamado Léon y que, finalmente, envuelta en deudas y a punto de perderlo todo, se suicida tragando polvo de arsénico.

Yo leí Madame Bovary a los quince y durante mucho tiempo creí que había entendido mal. Porque la tal Emma no resultó ser el gran personaje literario que esperaba, sino una mujer tan tonta como las chicas de mi pueblo, que construían castillos en el aire solo para ver cómo se estrellaban contra la catástrofe del primer embarazo o del segundo empleo miserable. Emma Bovary era una pájara ciclotímica que se dedicaba a arruinarse y arruinarle la vida a todos en pos de un ideal que, además, no quedaba claro. Porque ¿qué cuernos quería Emma Bovary? ¿Ser monja, ser virgen, ser swinger, ser millonaria, ser madre ejemplar? No me importaba que hubiera sido infiel (de hecho, esa me parecía la mejor parte del asunto), pero la cursilería rampante de sus ensoñaciones me sacaba de quicio. Emma fantaseaba con Rodolphe en el mismo grado de delirio con que mis compañeras y yo fantaseábamos con John Travolta, solo que, allí donde mis compañeras y yo sabíamos que John Travolta era un póster, ella ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo obvio: que Rodolphe no era un hombre para enamorarse sino uno de esos patéticos galanes de pueblo que tragaban mujeres y escupían huesitos (y de los que, a decir verdad, Junín estaba repleto). La demanda devoradora con que se arrojaba sobre Léon –pidiéndole que le escribiera poemas, que se vistiera de negro, que se dejara la barba– no me producía emoción sino vergüenza ajena, y los arrebatos que la hacían fluctuar de madre amorosa a madre indiferente, de esposa amantísima a mujer desamorada, me resultaban agotadores. Trasvasados a la vida real, todos esos rasgos daban como resultado una mujer insoportable.

Pero, así como me molestaba el estado de humillante desnudez emocional en el que Emma Bovary se entregaba a sus amantes, me parecía muy auténtico que su hija Berthe no le hubiera reblandecido el corazón y muy razonable que tuviera sexo, fuera de su matrimonio, no con uno sino con dos hombres. Y su suicidio, coronado con la muerte del marido y la orfandad desamparada de su hija, era de un egoísmo tan sublime, tan salvaje, que resultaba deliciosamente real.

Pero entonces, a fin de cuentas, ¿Emma Bovary era buena, era mala, era cobarde, era valiente, era mediocre? ¿Por qué no me daban unas ganas locas de ser ella, así como me habían dado ganas locas de ser Tom Sawyer o Holden Caulfield o la Maga?

Ahora, después de todos estos años, resulta sencillo saber qué pasó. Y lo que pasó fue que Emma Bovary me insufló enormes dosis de confusión, en una época en la que yo ya tenía confusión en dosis monumentales.

***

Cuando Luisa cumplió catorce años, sus padres –que a pesar de todos mis pronósticos no se habían muerto– le dieron permiso para salir de noche, usar maquillaje y ponerse tacos altos. Aunque me desilusionó descubrir que se maquillaba poco y usaba tacos discretos, su incursión en la vida nocturna me permitió entender los usos y costumbres de las discotecas, saber cuándo era prudente responder con entusiasmo a un beso de lengua o cuán abajo era “demasiado abajo” para la mano de un varón. Cuando salíamos a caminar por el centro, yo me enrollaba la falda en la cintura para que hiciera efecto mini y Luisa me prestaba su pintalabios con sabor a fresa. De todas las cosas que la evocan, nada me empuja tan agresivamente hacia ella como el recuerdo de esa sustancia pegajosa que me untaba en los labios y que me hacía sentir la más temible, las más brutal de todas las potrancas. Pero, por todo lo demás, no podríamos haber sido más diferentes. A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no, yo era vulgar y ella no, yo era huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria, y ella no.

Hay una foto en la que estamos juntas: yo llevo el pelo corto, shorts rojos y una camiseta de pordiosera manchada de chocolate; Luisa lleva medias hasta la rodilla, falda con flores y camisa blanca cerrada hasta el cuello. Era una niña prolija; yo, un demonio unisex. Sin que ella me hubiera hecho jamás el menor daño, yo podía repetir durante mucho rato la palabra “paja”, solo para verla enrojecer.

No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Es la primera vez que cuento esta historia, demasiado llena de realidades ajenas. Cada vez que me falla la memoria o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto, aun cuando sé que las cosas de la muerte le hacen mal. En julio de este año, mi padre y su amigo Carlos, el hermano mayor de mi amiga Luisa, pasaron un domingo pescando. Una semana después, Carlos se murió de cáncer. Pero, aunque sé que las cosas de la muerte le hacen mal, cada vez que me falla la memoria, o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto por la hermana muerta de su amigo que recién murió. Y lo hago porque de eso vivo –de preguntar para contar historias– y porque esa es la vida que quiero tener. Con todos y cada uno de sus muchos, de sus muchísimos daños colaterales.

***

Escribí siempre, desde muy chica. En cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocs, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín. Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico –el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera–, no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente, ganarme la vida con eso. ¿Estudiando letras, ofreciendo mi trabajo en las editoriales, empleándome en una hamburguesería y escribiendo en los ratos libres? Si durante mucho tiempo esa incertidumbre permaneció agazapada, cuando cumplí quince años, y tuve que pensar en el futuro, los diques se rompieron y pasó lo que tenía que pasar: angustia y confusión cubrieron todo. Y, en medio del desastre, me aferré a dos abstracciones peligrosas: mi optimismo oscuro y la certeza de que, entre la espada y la pared, siempre podría elegir la espada.

Fue en esos años confusos cuando llegué a Madame Bovary. Y, ya saben, pasó lo que pasó.

Luisa, mientras tanto, terminó el colegio secundario, empezó a trabajar como secretaria de mi padre y, paralelamente, ingresó a un profesorado de biología en Junín. Eso le permitiría ahorrar algún dinero y tener una profesión para marcharse después a estudiar, más y mejor, a un prestigioso instituto de biología en Buenos Aires.

Quiero decir que Luisa tenía un plan. Y que yo, en cambio, no tenía nada.

***

Es 7 de agosto y, mientras escribo, me topo con un texto llamado “Contra Flaubert”, del escritor chileno Rafael Gumucio, que dice que Madame Bovary es, para Flaubert, “una venganza contra su padre, contra sus tíos, contra toda la ciudad de Rouen y sus alrededores pero, más ampliamente aún, es una novela contra la gente que trabaja y tiene hijos, contra las mujeres infieles, pero también contra los hombres fieles, contra los libros, contra las monjas, contra los republicanos, contra las carretas de bueyes, los jueces, los boticarios y contra la ley de gravedad”. Y, mientras leo, pienso que hace falta la mitad de la vida para entender cosas que suceden en minutos.

***

Tenía diecisiete años cuando dejé Junín para irme a Buenos Aires y estudiar una carrera que me importaba poco pero me permitiría vivir sola, hacerme adulta, tener algo parecido a un plan.

Luisa se quedó en Junín, estudiando su profesorado, trabajando con mi padre, y empezó a noviar con un chico que, como ella, tenía nombre de viejo: Rogelio. Poco después, quedó embarazada y se casó.

No recuerdo haber ido al casamiento pero sí que, dos años más tarde, durante una de mis visitas a Junín, nos encontramos y me contó que iba a renunciar al empleo y a dejar por un tiempo los estudios para mudarse a un pueblo de 900 habitantes llamado Germania, donde su marido había comprado una farmacia. Recibí la noticia como si algo terrible fuera a sucederme a mí, pero Luisa parecía feliz y se reía, y yo pensé que a lo mejor no la había conocido nunca.

***

Pienso ahora que Madame Bovary es, quizás, una novela contra los hijos, contra el futuro, contra las ilusiones, contra la intensidad, contra el pasado, contra el porvenir, contra las ferias, contra los carruajes y contra los ramitos de violetas: una novela contra sí misma cuyo milagro mayor reside en la eficacia con que inocula en sus lectores la incondicionalidad fulminante que solo producen personajes como Emma o como, digamos, Hannibal Lecter: una incondicionalidad incómoda, generada por todos los motivos equivocados, pero absolutamente radical. Para decirlo simple: aunque yo nunca la querré, le seguiría los pasos hasta el más mísero confín.

***

Luisa se mudó a Germania a fines de los años ochenta. El pueblo, a unos 100 kilómetros de Junín, estaba por entonces unido al mundo por un camino de tierra que se volvía intransitable con la lluvia. Ella hacía de madre y atendía la farmacia de su esposo mientras yo, en Buenos Aires, seguía desorientada pero ardía eufórica, rodeada de nuevos amigos que tenían hábitos dignos de jinetes del apocalipsis.

Y, en algún momento, supongo que simplemente la olvidé.

No sé dónde ni cómo escuché por primera vez la palabra “bovarismo”. Una definición a mano alzada permitiría repetir con Wikipedia que el bovarismo es “el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, que suele frustrarlas”. Hoy, mientras escribo, pienso que Luisa ya no está entre los vivos, pero que Emma Bovary, con sus volcánicas contradicciones, con sus arrebatos, con su desmesurado bovarismo, sigue viva. Para mi infinito deleite, para mi profunda indignación.

***

Cada tanto llegaban, desde Germania, noticias tristes: el camino de tierra se hacía a menudo intransitable; la farmacia no marchaba bien y tenía deudas, y Luisa, otra vez embarazada, había abandonado los estudios.

En Buenos Aires yo había terminado una carrera que jamás ejercí y, confiada en mi optimismo oscuro y en mi teoría de la espada y la pared, había dejado un relato en el diario Página/12, donde el director lo había publicado y, sin saber nada de mí, me había ofrecido empleo. Así, de un día para otro, en 1991, me hice periodista y entendí que eso era lo que siempre había querido ser y ya nunca quise ser otra cosa.

Entonces, un día de un mes de un año que no sé precisar, mientras regresaba del periódico o me apuraba para llegar al cine o cocinaba arroz o quién sabe, la mejor amiga de mi infancia caminó hasta la trastienda de la farmacia de su marido, hundió la mano en un pote de arsénico y comió, comió, comió.

Fue mi padre el que llamó para avisarme.

***

Del velorio, que se hizo en Junín, recuerdo poco. Sé que la toqué, porque tocarla me parecía respetuoso: era una forma de decir “No me das asco”. Luisa tenía los labios unidos con pegamento y una tela de broderie blanca, en torno al cuello, que me enfureció porque la hacía parecer idiota. Después, alguien me dijo que era para cubrir las manchas. En algún momento escuché un grito que llegaba desde la calle: “¡Asesino hijo de puta”. Cuando me asomé a la puerta vi que los parientes, los amigos, los vecinos, se agolpaban en torno a Rogelio, el marido de Luisa, que trataba de bajar de un auto. Se decía que le había sido infiel y la conclusión de todos era obvia: Luisa se había matado por su culpa porque, de otro modo, las chicas como Luisa no se matan.

Pero yo hacía rato sabía que sí.

Que bastan un error y un cruce de caminos.

No recuerdo haber ido al cementerio pero dice mi padre que fui y que, incluso, ayudé a cargar el ataúd.

Después supe que, antes de morir, Luisa rogó con desesperación que la salvaran, pero no pudieron llevarla a un hospital porque los caminos estaban anegados.

***

Y ese, así, fue el final de todo.

No hay conclusión, no hay fuegos de artificio. No hay epifanía. No se sabe, en fin, qué pensar.

Yo, la chica oscura con la cabeza intoxicada por fantasías descomunales, tuve la vida que quería tener. Luisa, la chica buena y sencilla que al fin solo quería casarse y tener hijos, está muerta. Fin de la historia.

¿Conclusiones? De tan obvias, dan asco: que la más potencialmente bovarista de las dos terminó siendo la menos bovariana del asunto. Y que la menos bovariana de las dos resultó una bovarista literal.

¿Hace falta decir, también, lo evidente?

Luisa se murió en un mundo en el que no había internet ni doctor Google. Y fue por la divina gracia de Emma Bovary como supe, por entonces, que durante mucho rato después de tragar el arsénico mi amiga no tuvo más síntoma que un desagradable sabor a tinta, y que más tarde llegaron, en este orden, las náuseas, los vómitos, el frío glacial, el dolor en el abdomen, los vómitos de sangre, los calambres, la asfixia.

Los años pasaron y, en algún momento, Madame Bovary dejó de ser para mí un libro sobre gente mediocre que se cree especial y empezó a ser un comentario implacable sobre la humillación y el amor, una advertencia feroz sobre la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos.

Yo casi no pienso en Luisa. No veo a sus hijos. No he vuelto a ver a su marido. Pero Madame Bovary forma parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, digamos que me dejó huella. O, para parecer todavía menos rimbombante, digamos que es probable que mi lema anarcoburgués –hacer lo que me da la gana sin joderle la vida a ningún prójimo– sea una reacción a aquellas primeras lecturas en las que Emma Bovary me parecía un mecanismo, desorientado y caníbal, que lo devoraba todo en pos de una ensoñación confusa, sin detenerse a pensar en los daños, en los temibles daños, en los inevitables daños colaterales.

Han pasado muchos meses desde la tarde de abril en que empecé a tomar estas notas, y años desde que era una adolescente con angustia y sin un plan. Y, otra vez, no hay conclusión, ni epifanías. Hay evidencias: Luisa está muerta, y Madame Bovary, como una máquina de atravesar los siglos, me sigue susurrando su mensaje voltaico, su terrible canción: cuidado, cuidado. Cuidado.

José María Creonte es uno de los pesistas aficionados más extravagantes que conozco. Durante los entrenamientos usa una capa al estilo de los superhéroes, unos zapatos de suela gruesa (es de baja estatura), una camisilla de malla y una pañoleta en la cabeza. Cuando está fuera del gimnasio es un tipo tranquilo, formal y de hablar pausado. En el gimnasio se acelera, se torna infantil y eufórico. “¡Soy un monstruo!”, grita a cada momento alzando los hombros y abriendo los brazos como si no le cupieran los dorsales.

Me le acerco y le digo que quiero hacerle unas preguntas para un artículo sobre fisicoculturismo que estoy escribiendo. Me dice que tiene mucha hambre, que ya se han completado tres horas desde su última comida, que mejor lo acompañe a almorzar a su casa. Lo conozco desde que abrieron este gimnasio hace cinco años, pero no conversamos mucho. Nuestra amistad se limita a las paredes del gimnasio, a algunas bromas y a una mano cuando necesitamos ayuda con las pesas.

De camino a su casa, va conectado a un mp3 escuchando la misma música electrónica del gimnasio: una música repetitiva que parece hecha para los ejercicios. Su casa queda en un conjunto residencial cerca del gimnasio. Al llegar, le pido prestado el baño. Tiene un afiche de Arnold Schwarzenegger detrás de la puerta. Casi puedo ver a José María cagando y mirando el rostro estreñido de Arnold. En la mesa del comedor ya está servido su almuerzo: media libra de pollo y una montaña de arroz, acompañadas de un preparado multivitamínico. Delante de su plato hay una hilera de pastillas: varias píldoras de creatina (para ganar energía anaeróbica y tamaño muscular) y un par de tabletas de hydroxycut (le ayudan a quemar la grasa y a definir los músculos). Antes también consumía un producto para resaltar las venas, Nitrix, pero dejó de usarlo, porque comenzaron a darle dolores de cabeza.

Cuando José María recuerda su niñez o se mira en los álbumes familiares, siempre ve un niño quebradizo metido holgadamente en un disfraz de Superman. Aunque no fuera carnaval ni noche de brujas, él solía ir vestido como el hombre de acero con su capa roja ondeando en la espalda. Desde que su mejor amigo en la escuela se cayera de un árbol y se rompiera el cuello, aquella era su forma de sentirse seguro.

Gran parte de su vida ha transcurrido al lado de las pesas. Entre tanda y tanda de ejercicios aprendió a bailar, por ejemplo. Aprovechaba las pausas para que su compañero de pesas le enseñara salsa, merengue y vallenato. Una vez su papá entró al cuarto de los hierros y los descubrió en plena lección de baile. El viejo, moviendo la cabeza, farfulló:

“Ya decía yo que ese deporte te iba aflojar los muelles”.

José María estudió técnica metalúrgica y desde hace diez años supervisa el proceso de galvanizado en una fábrica de hierro. Sin que se lo pregunte, me explica que es un proceso mediante el cual se recubre un material con otro menos noble para mejorar sus propiedades. “Me parece curioso –le digo– que un material deba untarse de otro menos noble para mejorar. ¿No será eso lo mismo que pretendemos con las pesas?”.

Mira el reloj: en tres horas tiene que volver a comer otra ración de proteínas y carbohidratos. Como su horario de trabajo se extiende toda la tarde hasta la noche, mete otra pechuga y otra porción de arroz en un portacomidas, recarga un termo con más preparado y alista más pastillas en una cajita. Cuando vuelva del trabajo, se subirá a una máquina elíptica que reposa en su cuarto y hará cuarenta minutos de cardio. Antes de dormir, volverá a comer. Mañana se repetirá la jornada.

Mi horario también es muy rutinario. Todas las mañanas al levantarme, enciendo el computador y leo varios periódicos. Luego de desayunar, tomo notas y adelanto un poco. Dejo más o menos organizado lo que voy hacer en el día y me voy al gimnasio a hacer mis rutinas de ejercicios. Entreno poco más de una hora. Cuando no completo ese tiempo, me da remordimiento. José María dice que le pasa lo mismo con las dos horas sagradas que él le dedica. Es como si se tratara de un karma, coincidimos, así ha sido durante los veinte años que cada uno lleva alzando pesas.

Si tuviéramos que escoger un santo patrono, creo que sería Sísifo, ese griego condenado a subir sin cesar una roca a la cima de una montaña para volverla a soltar. Cuando Albert Camus lo definió una vez, de paso nos bautizó a todos los pesistas: el proletariado de los dioses.

Master Gym

El gimnasio es una vieja casa reacondicionada en un barrio popular. Encima de la persiana metálica de la entrada hay un aviso luminoso: Master Gym. Las cintas, elípticas y bicicletas estáticas están alineadas donde antes estaban la sala y el comedor; muchas no sirven. La casa se amplió a una parte del patio. Debajo de un techo de zinc y sobre un tapete de caucho agrietado, que cubre a duras penas el piso de cemento, se extienden las máquinas de musculación, la mayoría de ellas remendadas. Donde antes estaban las habitaciones derribaron las paredes y construyeron un solo salón para los aeróbicos. El garaje alberga el área de pesas libres, territorio prácticamente exclusivo de los hombres. A veces se asoman niños descalzos y sin camisa para reírse de las caras de sufrimiento que ponemos. Del otro lado de la calle hay un paradero donde se detienen buses repletos de pasajeros que se quedan mirándonos extrañados.

Casi todos los espejos del gimnasio están rotos. Las paredes se ven sucias y la pintura desconchada, sobre todo a una cuarta del piso, donde la gente tiende a recostar los discos de hierro. Hay calados en casi todas las paredes, que apenas alivian el calor abrasador. Unos cuantos afiches, amarillentos y cuarteados por el vapor y los sudores, adornan las paredes: uno de ellos siempre me ha llamado la atención. Es Sergio Oliva, apodado El Mito: el único latino que ha ganado Mister Olympia. Lo hizo en tres ocasiones consecutivas, de 1967 a 1969, y fue el único fisicoculturista en dejar a Arnold Schwarzenegger de segundo en el podio. Su cara mestiza podría ser la de cualquier parroquiano y eso de alguna forma alienta a más de un usuario del gimnasio.

En el salón de aeróbicos hay otros afiches: Shakira y Beyoncé. Varios carteles, manchados como si alguien se hubiera limpiado en ellos, advierten: “No limpiarse en las paredes. Demostremos nuestros buenos modales”. Otros pequeños carteles informan el horario y el precio irrisorio de la sesión: 1.500 pesos. Hay dos baños. El de mujeres se mantiene limpio, pero el de hombres parece de una cantina. A veces es tan acre el olor que desprende, que no se puede entrenar en sus alrededores.

José María compara el gimnasio con el taller de metalurgia de su empresa, donde solo a punta de golpes y altas temperaturas se forjan nuevas formas.

La fiebre verde

Mi comienzo en este deporte fue precoz. Apenas tenía siete años cuando tuve mis primeras pesas. Las hice yo mismo con cosas que encontré en el patio. Recuerdo un cigüeñal de carro y unas latas de cemento fraguadas en los extremos de una varilla. Ya entonces me tomaba en serio los ejercicios, con masoquismo, como debe ser. Me animaba aquella serie televisiva de los años ochenta, Hulk, y otra que veía desde más pequeño: Popeye, por quien era el único niño que comía compota de espinacas.

En principio no fue una cuestión de vanidad, sino de supervivencia. Era muy flaco, un pitillo, y no me respetaban lo suficiente. La historia es típica. Un día, en recreo, me tropecé con un niño de un curso superior y sin querer le derramé la gaseosa. El niño, mucho más robusto que yo, me empujó y salí volando. Alrededor, todos se rieron. Me sentí impotente. Para rematar, unos días después vi a la niña que me gustaba hablando animadamente con el patán. Me puse verde de la ira, pero no lo suficiente como para convertirme en el Hombre Increíble; tampoco las espinacas sirvieron para mucho, entonces debí consolarme con una mutación más gradual.

Por supuesto, la fiebre me duró poco. Influyó que varias personas me advirtieran: “Te vas a quedar enano”. Aguanté unos años, llevando la flacura con abnegación. Cuando cumplí quince no pude seguir posponiendo mi ideal y volví a las pesas. Esta vez mi mamá me hizo la caridad de comprarme una mesa de ejercicios y un lote de discos de hierro en Sears. A la mesa se le podía graduar el espaldar y tenía una serie de implementos para hacer varias clases de ejercicios. Me acompañaba en los entrenamientos un amigo del barrio todavía más flaco que yo, a quien la abuela le rogaba: “Trata de engordar”.

La filosofía que adoptamos fue la misma que había vislumbrado a los siete años: dosificar el dolor, canalizarlo en un masoquismo sistemático y rutinario, en un sufrimiento secuencial. Es cierto que al final se liberan tensiones, pero durante el ejercicio no existe una compensación inmediata en el ánimo. No se parece en esto a los otros deportes. No hay anotaciones, ni jugadas audaces, mucho menos esa comunicación profunda y primitiva entre los jugadores. Se trata de un asunto rabiosamente individual. No hay compañero ni oponente directo. No existe verdadera competitividad. Uno se vuelve narcisista midiéndose con el espejo y vagando por el gimnasio como alma en pena, aferrado a la pantalla de un televisor, a la música del equipo o a las nalgas de una muchacha.

La ley de la gravedad

Durante el ejercicio solo se piensa en números: el número de repeticiones que faltan para terminar una tanda, el número de series para terminar el entrenamiento, el número de sesiones para que comiencen a verse los resultados. El gimnasio es como una eterna sala de espera. Nos consolamos diciéndonos a cada momento: “Ya falta poco, ya falta poquito”. En otros deportes existen momentos épicos o intensos en los que el jugador se desprende de las leyes físicas, se olvida del tiempo y el espacio, quebranta el número y la sucesión, y se desliza sin fricción ni gravedad hacia una canasta o un gol. En el gimnasio, en cambio, estamos condenados a una gravedad inexorable. Nadie va a abrazarte, a ponerse eufórico ni a alzarte en hombros cuando termines una tanda de pecho inclinado.

En las pesas el milagro opera de otra forma, por una especie de acumulación. Rellenas el recipiente poco a poco, repetición tras repetición, tanda a tanda, y quizá al final se desborde una gota y puedas ver un mínimo cambio en tu imagen. Ésa es nuestra única esperanza, una esperanza solitaria frente al espejo: que un pequeño músculo se levante.

José María lo compara con su trabajo: “Se trata de sacar del material algo que está en el interior de sus moléculas, latente, escondido como su fuerza atómica”. El primer tanto será cuando al fin alguien detallista note por encima de tu ropa esa pequeña hinchazón y te haga aquel bálsamo de pregunta: “¿Estás alzando pesas?” Que muy pronto cambiará por otra, según la ropa que lleves puesta: “¿Ya no estás alzando pesas?” O peor aún, a una más frecuente y llena de perfidia: “¿No haces piernas?”

Si respondes que sí, que sí estás alzando pesas o que sí estás haciendo piernas, te responderá: “No se nota”. Si, por el contrario, le sigues la corriente y dices que no, que nunca has tocado una pesa, no dudará en rematarte: “Ya lo decía yo” o “¡Con razón!”. La única respuesta posible es seguir siendo terco, rutinario y masoquista. Hace poco me hicieron una de esas preguntas crueles: “¿Estás comenzando en el fisicoculturismo?”. Lo único que atiné a responder fue: “¡Ya terminé!”.

No todo se reduce a un asunto de fuerza bruta. Aunque la inteligencia sirve en este deporte de manera administrativa: rutinas, ejercicios, alimentación, suplementos, estilo de vida, etc., no es útil al momento exacto de la actividad, cuando tienes las pesas encima. En ese momento no hay opciones o estrategias a seguir, hay que pujar y punto, como una mujer cuando está pariendo. Kaká depende de su agudeza para ejecutar un pase preciso y oportuno; Ronnie Coleman, en cambio, no malgasta su sangre en el cerebro sosteniendo una tonelada en sus hombros, simplemente la concentra en sus músculos.

La fuerza interior

Le pregunto a José María cuál es el músculo más difícil de sacar y me señala enseguida las pantorrillas. Tenemos casi veinte años ejercitándolas y lo máximo que crece es una vena que pasa por ahí. Sin embargo seguimos cultivándolas, esperanzados en que los fetos atrofiados que nos asignó la naturaleza por pantorrillas evolucionen a unos potentes gemelos. Somos como esas personas que compran la lotería toda la vida aunque nunca se la hayan ganado o que rezan diariamente con las rodillas ya escocidas y sangrantes. En nuestro caso, con todas las articulaciones del cuerpo machacadas. En el fondo nos complace sumergirnos en un ambiente de martirio y penitencia, porque sabemos que solo al final de ese itinerario de sacrificio y aburrimiento está la verdadera felicidad.

Por eso nos emociona más el entrenamiento de Rocky que el del ruso Iván Drago en la cuarta película de la saga. Un entrenamiento que se aleja del confort y de las comodidades tecnológicas, que depende más de nuestra fuerza interna que de la ergonomía de las máquinas. Por la misma razón me atraen más los gimnasios populares. En el que estoy afiliado ni siquiera hay que llevar toalla. La gente va hasta en chancletas. Las máquinas están tan desportilladas que parecen parapléjicas. En cada rincón acechan el óxido y el tétano. Las guayas están a punto de romperse. La prensa para piernas es una guillotina, una trampa mortal. En cada momento te juegas el pellejo, pero eso te hace sentir acreedor a una mayor recompensa divina.

Fiel a esa fórmula ascética lo que más me gusta hacer es piernas. A veces, después de una tanda de sentadillas, se me van las luces, la sangre no me lleva suficiente azúcar a la cabeza y “la pálida”, esa forma violenta que tiene el mundo de dar vueltas dentro de tu cabeza, me aplasta. La Pálida que ronda en los gimnasios no es otra cosa que la Muerte.

Pero entonces, si son tan terribles e inhumanas las pesas, ¿por qué sigo levantándolas? Quien ha tenido una peladura en la boca se acordará de la saña placentera con que siguió lastimándose. Recordará el gustico que le cogió al dolor. Más allá de esta consideración masoquista y de otras más obvias (gustarles a las mujeres o intimidar a los hombres), la razón principal por la que sigo matándome en el gimnasio está en la misma raíz de esta palabra. Gym es un vocablo griegoque significa “desnudo”. La palabra griega gymnasium significaría “lugar donde ir desnudado”, y se utilizaba en la antigua Grecia para referirse al lugar donde se educaban los jóvenes. Me gusta pensar en el gimnasio como ese lugar donde uno se empelota, se aligera. Después de luchar dos horas contra la gravedad, se experimenta una milagrosa sensación de ingravidez; uno se siente más desnudo que nunca, precisamente porque ha dejado en segundo plano el trasto más pesado del cuerpo: el cerebro y su férrea dictadura.

Más allá del dolor

Como todo escenario, los gimnasios tienen su propio elenco. Nunca falta, por ejemplo, la instructora marimacha. Me cuenta José María que una vez le presentaron una en España. Había ido a hacer un curso de metalurgia financiado por la empresa y no pudo evitar pasarse por un gimnasio. Aunque allá se acostumbra a dar dos besos cuando te presentan a una persona del sexo opuesto, instintiva y temerosamente José María le extendió la mano, lejos de sus mejillas.

Está también la gorda eterna e insistente, a la que lo único que se le va enflaqueciendo es la esperanza. El chulo o la chula que va a pantallar y a arreglar el plan del fin de semana. El usuario que asiste una vez y no vuelve jamás. El entrenador avión, que manosea a las ingenuas y las pone en las posiciones más inverosímiles. El fanfarrón que hace más ruido que ejercicio. Los que ejercitan más la lengua que los otros músculos. Los que solo van a recibir clases de aeróbicos, bodypump o aerobox, y que para José María son los astronautas del gimnasio: saltan y bailan como si la gravedad –esa dueña y señora del gimnasio– no existiera. En las clases de spinning incluso apagan la luz y ponen flashes y luces fluorescentes como si estuvieran en una nave espacial.

Está la muchacha asustada que llega por primera vez al gimnasio y le preguntan:

—¿Tú quieres reducir, endurecer o tonificar?
—Huir.

También están los que siempre se lesionan y accidentan. A un compañero de José María le cayó una torta de hierro de 25 libras en el pie infligiéndole un corte de unos seis puntos. Lo tuvieron que llevar cargado hasta donde un médico del barrio. El compañero que ayudó a José María a trasladar al accidentado se estaba quejando, porque tenía que cargarlo de forma desequilibrada y se le iba a desarrollar más un músculo que el otro. Justo cuando el médico lo fue a atender, se soltó el perro de la casa, saltó sobre el herido y le mordió el pie. De los seis puntos que iban a ponerle, tuvieron que coserle nueve. José María y el otro pesista dejaron todo en manos del doctor y volvieron al gimnasio a terminar religiosamente la sesión. El accidentado regresó al día siguiente y mostró la cicatriz como un trofeo de guerra; de inmediato se dedicó a hacer pesas de la cintura para arriba.

Interrumpo a José María en su chorro de anécdotas y lo confronto: Al final ¿qué es lo que buscas en el fisicoculturismo? Se queda pensativo. “Algo que está más allá del dolor”, afirma enigmáticamente. Entonces recuerdo unas palabras de Rocky justo antes de la gran pelea contra Apollo en el Sport Arena de Los Ángeles: “Quiero que se sude poesía, pues el final del combate debe ir más allá del dolor”. A José María y a mí nos interesa ese momento en que, agotados el sudor, las lágrimas y la sangre, queda por exprimirle poesía al dolor.

Antes de despedirme, reparo en su atuendo y recuerdo que le falta algo: ¿por qué usas la capa de superhéroe durante los entrenamientos? Se ríe. “Esa capa no sirve para nada y si quieres pregúntaselo a cualquier superhéroe. Todos la usamos de adorno. Pero por lo menos da la impresión de que con ella estás violando la ley de gravedad. Me gusta esa esperanza en el espejo”.

A los 86 años Emiliano Zuleta Baquero conoció el aburrimiento.

Ocurrió en septiembre de 1998, cuando sus problemas cardíacos lo forzaron a marcharse del pueblo de Urumita para la ciudad de Valledupar.

La mudanza fue ordenada por sus cardiólogos, con el argumento de que en Valledupar era más fácil controlarle la salud. Antes de venirse para acá, dice Zuleta, había sentido el dolor y la tristeza, jamás el tedio.

—Uno se aguanta el dolor y tarde o temprano lo supera –advierte–, pero esto de ahora es lo peor. Yo creo que es mejor morirse que estar aburrido.

Desde su taburete de cuero, el compositor Alberto Murgas, que me acompaña, guiña un ojo. Cuando veníamos por el camino, me había contado que el hastío de Zuleta en Valledupar se debe a que se siente reprimido por sus hijos mayores, que viven aquí y no le permiten ni oler un trago de whisky. En cambio en Urumita, lejos de esa supervisión exasperante, bebía todos los fines de semana.

Desde cuando a Zuleta le instalaron el marcapasos, sus amigos sólo lo visitan de lunes a viernes. Los fines de semana se le pierden, porque saben que él los invitará a tomar unas copas y no quieren pasar por la pena de decirle que no a un hombre que merece respeto. Complacerlo implica el peligro de matarlo, y nadie está dispuesto a echarse encima la cruz de ese muerto.

De repente, Ana Olivella, la compañera de Zuleta, llega al patio, con una bandeja que contiene tres pocillos de café tinto y un tarro de azúcar. Le sirve primero a los visitantes y después se dirige a su marido:

—El suyo no lo endulcé, viejo Mile.

Ana Olivella es una mujer tímida que responde con frases estrictas a lo que se le pregunta. Si no se le pregunta nada, puede permanecer callada durante horas. A veces, cuando sus ojos se tropiezan con los del visitante, esboza una sonrisa que evidentemente le cuesta trabajo. Y en seguida desaparece de la escena de la misma manera en que ha aparecido: caminando con sigilo, casi en puntillas, como queriendo volverse leve para que sus pisadas no llamen la atención.

Cuando la mujer se marcha, Zuleta dice que si por lo menos tuviéramos una botella de whisky, la conversación sería agradable. Hago como si no hubiera entendido la insinuación.

En este instante, el maestro no tiene aspecto de víctima. La simple evocación del licor pareciera emborracharlo de alegría.

—A mí el ron me gusta tanto –dice, con los ojos encendidos–, que nunca lo combino con comida, para no dañarlo. Vea: uno come y en seguida se le quitan las ganas de beber. Queda uno pasmado. Mejor aguanto hambre y así estoy en pie hasta que se termina la parranda.

En una región en la que los hombres se comparan con gallos de riña o con ceibas que resisten tempestades, mantenerse despierto aunque se beban galones de whisky es una exhibición de virilidad. De allí que Zuleta se jacte de que todavía puede amanecer tomando trago.

—Todo el mundo se ha empeñado en que esté quieto –señala, esta vez con la misma expresión aburrida del principio– y por eso me he vuelto dormilón. Lo que me vence es el sueño. El trago no me hace ni cosquillas.

Luego agrega, con seriedad teatral, que el primer trago de ron que se tomó no fue por gusto sino por necesidad. Tendría tal vez 10 años cuando una vecina lo vio comiendo barro. Enterada del incidente, Sara Baquero, la madre de Emiliano, dijo que ahora entendía porqué a su hijo se le soplaba la barriga con tanta frecuencia. La vecina le indicó a la vieja Sara que para quitarle la mala costumbre al muchacho, debía darle ron con quina.

—Lo más maluco que yo he probado en mi vida –señala el maestro– fue ese primer trago. Me dieron ganas de trasbocar. Claro que a la semana de estar en el tratamiento, le agarré el gusto al remedio, y hasta me parecía más sabroso cuando me lo tomaba sin quina. Dios debe tener en su santa gloria a esa vecina que le dio el sabio consejo a mamá. ¡El ron me salvó del barro!

Convencido tal vez de que la risotada que ha generado su chanza es señal de buen clima, Zuleta me manda por fin el sablazo que venía preparando:

—Si está pensando en comprar algo, que sea whisky, oyó. El cuerpo de uno se vuelve pretencioso en la vejez. Antes yo me tomaba el primer ron barato que me ofrecieran, pero el médico me ha dicho que ya no puedo hacer eso. Sólo puedo tomar whisky, y no muy puro que digamos, sino con mucho hielo y bastante agua.

Beto Murgas, que había estado callado, me salva la vida:

—Déjese de eso, viejo Mile. Yo lo complací hace poco, exponiéndome a un problema con sus hijos. Acuérdese del incidente de Barranquilla.

El incidente al que se refiere Murgas, estuvo a punto de acabar con la vida de Zuleta. Emocionado por los aplausos que el público le prodigaba en una presentación pública, bebió whisky a pico de botella y cantó en un tono mucho más alto de lo que su voz le permite. Cuando las piernas empezaron a aflojársele, él pareció ser la única persona entre las miles que ocupaban el Paseo de Bolívar que no se dio cuenta de que se estaba cayendo. Mientras caía al piso lentamente, seguía entonando La gota fría, como si apenas estuviera durmiéndose con el arrullo de su propio canto. Despertó dos días después, en la camilla de un hospital.

—Desde hace más de 30 años –dice Zuleta– vengo oyendo que el ron me hace daño, que me va a matar, que como siga así no voy a festejar la próxima Navidad, y vamos a ver que ya estoy llegando a los 90 años. Yo he hecho quedar mal a los médicos. Un hombre que ha sido trabajador como yo, no está para que lo manden sino para mandar. A mí el cuerpo siempre me ha pedido que le dé ron, música y mujer. Y a un cuerpo que ha sido tan servicial y voluntarioso, yo no podría negarle lo que me pide.

***

Desde pequeño, Emiliano Zuleta Baquero escuchó que ir a la escuela es una pérdida de tiempo. Con saber oler el viento y leer las nubes –decía su tío Francisco Salas–, con saber cultivar la tierra y conseguir la malanga para el almuerzo, con eso es más que suficiente.

Ese conocimiento primario, que en cualquier urbe de nuestros días parecería anacrónico, fue vital en La Jagua del Pilar durante gran parte del siglo pasado. En esta pequeña aldea de La Guajira nació Zuleta, el 11 de enero de 1912.

La primera carretera que hubo en La Jagua del Pilar fue construida a finales de los años 50. En aquel tiempo, nadie había visto por aquí un periódico ni escuchado un programa de radio. No había ni escuelas ni hospitales. Las noticias de la vida y de la muerte andaban a lomo de burro.

Interpretar los caprichos del clima en medio de semejante aislamiento no era poca cosa. De eso dependían el prestigio y la estabilidad económica de los hombres de bien. Todavía hoy, el viejo Mile se ufana de su habilidad para anticipar con precisión si lo que anuncian las nubes es una lluvia o una sequía.

El campo en el que Zuleta creció como un muchacho silvestre de pie en el suelo era una despensa universal que lo abastecía de todo lo que necesitaba. En el principio, fue remedio: las raíces de las plantas servían, según el caso, contra la insolación o como analgésico. Con la corteza del paico, un árbol ordinario que abunda en la región, se creaba el jarabe conocido como Carlos Santos, que lo mismo se recetaba para matar los parásitos que para aliviar un dolor de muelas. Las matas tenían nombres de acuerdo con las enfermedades para las cuales se utilizaban: había Calentura de vieja y Languidez de muchacho, Sofoco de señorita y Comezón de abandonado. En el campo estaban, en fin, los medicamentos para todos los malestares del mundo, y el que se moría era porque le tocaba, de la misma manera en que se muere la gente en los hospitales. “Los hombres vivían felices y se morían viejos”, dice el maestro.

La choza donde nació y se crió Zuleta fue construida con paja y bahareque a mediados del Siglo XIX. El piso era de tierra y la segunda planta, donde dormían todos, era un zarzo de varas de bambú, protegido con esteras de junco.

Las cuatro familias que se levantaron con Emiliano Zuleta se las arreglaban con sus escasos pertrechos domésticos: una olla de barro para hacer la comida, una cazuela, también de barro, para echar la sopa y un juego de cucharas de totumo. Las hojas del platanal servían como platos y como manteles. Las sillas eran los troncos de las bongas añosas que se derrumbaban. Cuando había que partir algo, los 13 inquilinos del rancho usaban por turnos el único cuchillo que tenían. A ese cuchillo, por cierto, no le se gastó la hoja sino la cacha, a fuerza de andar de mano en mano.

—Fue una infancia feliz y se lo digo con toda la boca –afirma el maestro, nostálgico–. No teníamos nada pero al mismo tiempo lo teníamos todo. Teníamos el agua, la leña y la verdura. Sembrábamos caña de azúcar, para hacer panela y endulzar con ella todo lo que hubiera que endulzar. La carne era gratis, porque cazábamos palomas, perdices, saínos y conejos. Lo único que había que comprar era el sebo de la res y la sal. El resto estaba en la casa, oyó, hasta el fuego.

Zuleta me pregunta, con aire de burla, si tengo idea de cómo producían ellos el fuego. Se ve convencido de que ignoro la respuesta y me lo hace sentir con una cierta zorrería en los ojos. A lo mejor piensa también que soy una criatura disminuida, un pobre cristiano que estaría liquidado si la Civilización no actuara por él. Cuando confirma que, en efecto, no sé de qué diablos me está hablando, Zuleta responde su propia pregunta. La candela, explica, era creada mediante una invención artesanal de los antepasados, conocida como “dislabón”. El procedimiento era simple: una mecha de algodón suspendida en el centro se encendía cuando la piedra y el hierro que la circundaban entraban en contacto. Entonces aparecía, como acabado de fundar, el fuego. Cada hombre tenía que ser capaz de iluminarse en la oscuridad con la lumbre creada por sus propias manos, para demostrar que era útil.

Zuleta conoció muy pronto el derecho y el revés de ese alfabeto único del monte que le obsequiaron sus mayores. Sin embargo, su sabiduría llegaba hasta donde alcanzaba su vista. Más allá de ese límite, la vida se le trastornaba: el fácil paisaje empezaba a ser un error de Dios, el mundo se poblaba de elementos nuevos que se rebelaban contra su dominio de muchacho autosuficiente.

A los 12 años, cuando debió salir de La Jagua del Pilar, Mile conoció la ignorancia. En ese momento fue entregado como peón en la finca La Sierra Montaña, cercana a Valledupar. El arreglo se hizo directamente entre Sara Baquero, madre de Zuleta, y Conchita Ustáriz, la dueña de la hacienda. El contrato verbal obligaba a la señora Ustáriz a pagar 30 centavos mensuales, a razón de un centavo diario, a la mamá del niño. La modalidad, conocida con el nombre de concertación, fue muy común en la antigua región del Magdalena Grande, durante la primera mitad del siglo XX. A cada menor de edad que era cedido por sus propios padres en los latifundios se le llamaba “concertado”, una denominación benévola –y hasta lírica– para esta suerte de esclavismo trasnochado.

La noche de su llegada a La Sierra Montaña, Zuleta no pudo dormir, porque su cuerpo, acostumbrado a descansar sobre trojas, no halló acomodo en el colchón de lana que le asignaron.

Al día siguiente se levantó temprano y se encontró con un chico de su edad que, al parecer, había pasado también la noche en vela. Algo en el semblante de aquel niño dejaba entrever un garbo que principiaba a desteñirse, en medio de esa tierra prestada, desconocida, esa vida que no le pertenecía. Zuleta reconoció su propia desdicha en los ojos tristes del hombrecito de apariencia correcta que tenía al frente. Quiso abrazarlo, caramba, o por lo menos darle las gracias por notificarle, con su sola presencia, que el destino no podía ser tan injusto. Ahí estaban, pues, esos dos mocosos desamparados: escrutándose, oliéndose, descubriendo juntos el nacimiento de una complicidad que sería afortunada para ambos.

En vez de abrazarlo como quería, Zuleta se limitó a decirle buenos días, con una voz quebrada por la emoción. El otro ni siquiera se dignó a contestarle. Y Zuleta tuvo ganas de correr, para fugarse de una vez por todas de aquella geografía desconsiderada que lo hacía sentir insignificante.

Conchita Ustáriz le salió al paso y Zuleta le preguntó que quién era ese niño maleducado que estaba en el corredor del rancho de los corraleros. La señora, extrañada, le respondió que el único concertado que ella tenía en ese momento en su finca, era él. Como Zuleta insistió en que acababa de ver a un muchachito que no le había devuelto el saludo, la mujer empezó a impacientarse. Para quitarle la pataleta, decidió ir con él hasta el lugar mencionado. Cuando llegaron, vieron que, en efecto, ahí estaba el niño. Esta vez, sin embargo, había algo inquietante: al chico lo acompañaba la mismísima Conchita Ustáriz. ¿Cómo podía ser que Conchita Ustáriz tuviera el don de repetirse, para estar parada al lado de aquel monstruo malcriado y al mismo tiempo al lado de Zuleta? Sintiendo que terminaría desquiciándose, Mile extendió un dedo acusador sobre el muchacho, justo en el instante en que el muchacho alargaba la mano para señalarlo a él.

—Ay, mijo –dijo la patrona, muerta de la risa–, eso es un espejo.

Zuleta anda siempre con el chascarrillo en la punta de la lengua y es de los que festejan sus propios apuntes. Pero esta vez no ha sonreído, tal vez porque siente que la historia del espejo es más sobrecogedora que jocosa.

—Yo me conocí a los 12 años –agrega, con una expresión mansurrona en los ojos.

Hoy, cuando se mira en el espejo, Zuleta encuentra algunas diferencias con el niño aquel que se negó a contestar su propio saludo: la estatura es casi la misma, un metro con 66 centímetros, pero la piel, a salvo de los soles indómitos que la percudieron en la infancia, es ahora más blanca. La energía que parecía predisponerlo a llevarse el mundo por delante ha derivado en unos ademanes lentos. Viéndose de cuerpo entero, no se explica a qué horas le siguieron creciendo las orejas. Los ojos de ardilla, en cambio, se han ido achicando cada vez más, hundidos en unos gruesos lentes que no han podido embozalar la astucia de su mirada.

A ratos, frente al espejo, Zuleta es un Narciso que quiere precipitarse hasta el fondo de sus propios ojos, allí donde, según cuenta, se ahogaron más de tres hembras ariscas. Entonces, con esa vanidad tan suya que no tiene fisuras por ninguna parte, se dice en voz alta, para escucharse a sí mismo y para que lo escuche su propia imagen, que él, Emiliano Zuleta Baquero, es un viejo sinvergüenzón, carajo. Contemplando ese rostro que se le antoja jovial a pesar de los años, el maestro tiene a menudo la impresión de que las canas que le blanquearon la cabeza son, literalmente, una tomadura de pelo, un maquillaje de juguete del ocioso tiempo, empeñado en embromarle la paciencia. De ahí que sean contadas las veces en que se quita la gorra de marinero. La gorra con la que, en este momento, se abanica el pecho.

A continuación, Zuleta señala que apenas estuvo en capacidad de decidir sobre su propia vida, abandonó La sierra montaña y volvió a La Jagua del Pilar. Su madre le decía que se sentía orgullosa de él, puesto que había demostrado ser un hombre de servicio, capaz de defenderse solo y ayudarla a ella a costear la crianza de sus otros hijos.

Por esos días, Mile empezó a componer coplas. Las hacía de 10 versos, influenciado, como tantos viejos trovadores del Magdalena Grande, por el Romancero de Castilla, que algún antepasado difundió por aquellos andurriales. Zuleta y todos los de su estirpe se animaban con sus propios cantos en las ásperas labores del campo.

En los primeros tiempos, cada canto era una crónica que narraba un suceso significativo de la región: las travesías mundanas de un sacerdote al que todos creían casto, el chismorreo que le sirve a ciertos pueblos como ejercicio colectivo contra el tedio, o la fuga de una muchacha rica y bonita con un muchacho pobre y feo. Esos motivos elementales, al ser contados con gracia y precisión, adquirían una gran fuerza expresiva. Era una música hecha para el consumo vital de sus propios cultores: cada verso se festejaba ruidosamente en el lugar mismo en el que nacía y en el momento mismo de su creación, y nadie esperaba que la práctica de aquella vocación primaria le condujera a la fama o le engordara los bolsillos. Cantaban por puro gusto. Para poner un poco de color en la gris labranza de todos los días, y como pretexto para departir con los amigos.

La vieja Sara levantaba el pecho para decirle a todo el que quisiera oírla que la inteligencia de Mile para la improvisación era una herencia de ella. Cuando el muchacho aprendió a tocar el acordeón ya no fue más el hijo de mostrar sino un pedazo de animal bruto, una nueva víctima de ese instrumento diabólico que empujaba a los hombres a tomar ron y a preñar a cuanta mujer se les atravesara. La señora se preguntaba cuál sería la falta que había cometido, para que la castigaran con un hijo de perdición que con seguridad sería mal visto por la gente decente.

El pecado era haberlo criado en la misma casa donde vivía el tío Francisco Salas, quien tenía seis acordeones colgados en las paredes de su alcoba.

Todos los días, Mile veía con impotencia cómo su tío se sudaba y se despeinaba tocando los acordeones, y en vez de aprender, empeoraba. El pobre hombre era tan tosco que ni siquiera se daba cuenta de su incapacidad y, por el contrario, parecía convencido de que sabía mucho. Cada ejercicio era peor que el anterior, un desastre que sólo sería superado por el autor, en la jornada siguiente. Jamás se acercaron las manos del tío a algo que pudiera asemejarse a una melodía. Oyéndolas desde lejos, sus notas se confundían con los aullidos de un cerdo envalentonado. Eso sí: viéndolo entregado a sus prácticas con los ojos cerrados por el entusiasmo, viendo su constancia tremenda, resultaba infame decirle que su torpeza no tenía remedio.

Francisco Salas no permitía que nadie más colocara un dedo encima de sus acordeones. Pero Emiliano les tenía puesto el ojo desde el primer momento en que los vio y sintió una comezón en la sangre. Cuando Salas se descuidaba, Mile desacataba sus advertencias, como si el acordeón le echara brujería. Apenas el tío escuchaba las notas, venía hecho una furia y regañaba al insolente, pero la tarea de aprendizaje ya estaba adelantada, y además iba a continuar, a las buenas o a las malas.

Zuleta compara su situación de aquellos días con la de un enamorado que se entiende a escondidas con una muchacha. Según dice, eso no hay papá celoso que lo ataje. Y siempre se llega hasta donde el tipo y la mujer quieren que se llegue. Cuando necesitan manosearse, se manosean, así los padres los encierren en una jaula de hierro, así se ofendan los trastos de la iglesia.

Al mes, el progreso de Mile con el acordeón era notable. Un día decidió que no estaba dispuesto a aceptar que el viejo Francisco siguiera interrumpiéndole los coitos, con sus apariciones inoportunas. Entonces, como un novio que se lleva a la novia para darse gusto con ella donde nadie los estorbe, tomó el acordeón y se largó de La Jagua del Pilar.

—Mamá descubrió la trastada cuando ya era clavo pasado y no había nada que hacer –dice el maestro, mientras cruza las piernas en su butaca.

Varios días después, cuando la amante le había entregado hasta la última de sus gracias, Zuleta volvió al pueblo con el ánimo de devolvérsela al dueño. Además, compuso una canción, para cantársela al agraviado al pie de su ventana. Llegó de noche. Una noche clara y fresca, recuerda. Una noche de las que le gustaban al tío. Con una noche así, sería difícil que no lo perdonaran.

La primera estrofa de la pieza, era un portento de inocencia. Zuleta la entonó con un sentimentalismo infantil, casi en los límites del villancico. Decía así:

Le vivo pidiendo a Dios
que me perdone mi tío
por culpa del acordeón
que yo le saqué escondío”.

Era una letra más bien pobre, en la cual las buenas intenciones superaban al talento. Lo extraordinario fueron las notas del acordeón que acompañaban el almibarado canto: unas notas desenvueltas, precisas, afinadas, enriquecidas por la profundidad de los bajos. El tío las escuchó alelado, en un limbo que tenía tanto de gozo como de desdicha. Cuando el sobrino terminó la serenata, Francisco Salas le dio un abrazo estremecido, le dijo que podía quedarse con el acordeón y se fue para su cuarto sin añadir ni una sola palabra. Nunca más volvieron a verlo en sus prácticas desatinadas y enjundiosas. Mile se quedó con el acordeón que le obsequiaron. Y los otros acordeones se enmohecieron para siempre en las paredes descascaradas de su dueño.

También con un canto, afirma, se ganó a la primera novia. Ocurrió cuando tenía 18 años. No hubo matrimonio, pero los padres de la muchacha exigieron formalizar la relación, mediante un acta notarial. Zuleta duró tres días ensayando su firma, para no pasar por la vergüenza de que le dijeran que había conseguido mujer, sin saber leer ni escribir. El lápiz con el que garabateó su nombre fue el primero que vio en su vida.

Zuleta piensa, y lo dice con una sonrisa bandida, que la escuela podrá ser muy buena para hacerse doctor, pero no es necesaria para arrimarse a las muchachas. El que quiere besar, simplemente busca la boca, y ahí no hay abecedario que valga. Lo que único que vale es tener dulce en el pellejo, para que las mujeres se vayan pegando como enjambres de mariposas. El que no tiene eso, está muerto, así sea dueño de todos los códigos y de todas las biblias. Si naciste mal despachado de miel, las mujeres no se engolosinarán contigo, y deberás conformarte con verlas volar a lo lejos, bonitas y sabrosas, pero ajenas.

Llegado a este punto, los ojos de Zuleta tienen el desenfreno del glotón que está por fin frente al banquete prometido. Ningún otro tema le produce un estado de gracia similar. Casi podría decirse que en este momento la tierra es poca cosa para él. Está levitando en cuerpo y alma. Me está hablando desde arriba.

—Las mujeres –suspira, relamiendo cada palabra–. Las mujeres. Cosa linda en la vida.
—¿Tuvo muchas?
—Caramba, mijito, yo tuve de 80 mujeres para arriba, porque fui travieso. Y si hubiera sido joven en esta época, hubiera tenido muchas más, porque ahora la mujer es más fácil y más silvestre. La mujer de ahora es mango bajito.

Zuleta se agarra la barbilla con los dedos índice y pulgar de la mano derecha:

—Las mujeres antes escaseaban –dice.

Casi en seguida, y sin ninguna transición, el semblante reflexivo da paso a un engreimiento de pavo real. Entonces, lleva su desvergüenza hasta el extremo de protestar porque en una situación tan ventajosa como la actual, “cualquiera es mujeriego”.

—Antes –añade– los únicos mujeriegos éramos los acordeoneros y los choferes. Y con tanto estorbo que ponían los padres de las muchachas era mucho mérito que uno fuera capaz de conquistarlas y llevárselas. En cambio ahora es más fácil. Yo veo que las mujeres se les meten a los nietos míos en el cuarto y ellos son los que tienen que quitárselas de encima, oyó, como si estuvieran espantando moscas.
—Cuidado lo oyen las mujeres llamándolas “mangos bajitos” y “moscas de espantar”. Lo van a linchar, maestro.
—A mí me enseñaron que patada de yegua no mata a caballo. Las mujeres tienen que hacerme es un monumento, porque bastante que las he querido. Yo digo como los viejos de mi pueblo: desde la madre de Jesús para acá, que vivan todas las mujeres. Si no fuera por ellas, ¿qué hombre trabajaría? Ellas son las que nos hacen a nosotros en todo sentido. Que viva la mujer que lo parió a usted y la mujer que me parió a mí. Que vivan las hijas del ministro, las hijas del carpintero y las hijas mías. Todas, todas ellas. Que no se mueran nunca, que Dios no nos haga la maldad de llevárselas.

En la región en la que se crió Zuleta, es normal que los hombres no tengan reparos de conciencia frente a sus múltiples travesuras amorosas. Muchas mujeres, incluso, ven en el macho aventurero un símbolo de respetabilidad, un animal marrullero que por haber sido jugado en varias plazas, les inspira tanto temor como atracción, y de ñapa les plantea el reto de ver si son capaces de amansarlo. Domarlo no significa, desde luego, ser la única en su vida, sino ser la principal, el puerto de partida y de llegada, la que puede dormir con él toda la noche sin que la llamen vagabunda, y luego echar el cuento de que ahí, en su cama, es donde él amanece todos los días. Ni las de la casa ni las de afuera se consideran las víctimas de un destino miserable. Ninguna piensa que está recibiendo migajas. Cada una se cree poseedora de la mejor parte del surtido, pero en el fondo saben que alcanza para todas. Por eso lo comparten sin problemas. Por eso, hasta se dan el lujo de utilizar al marido común como mensajero, para intercambiar sus especialidades culinarias. Como además tienen un sentido primario del clan, preservan por encima de todo la unión de la familia: los hijos que le nacen a la una son hermanos de los que le nacen a la otra y a la de más allá, y esa ligazón de sangre no merece que nadie la arruine por algo tan mezquino como los celos.

Los hombres, por su parte, escuchan desde pequeños un verbo que en los diccionarios resultaría pérfido, pero que los mayores conjugan sin sonrojarse, ya que ni a las mujeres mismas les parece ominoso: el verbo mujerear.

A Sara Baquero, una matrona inconfundible de la región, no le preocupaba en lo más mínimo que Emiliano hiciera versos. Por el contrario, insistía en que la vena poética del muchacho era herencia de ella. El problema era que los cantos estuvieran apareados con el acordeón, un instrumento que, según ella, volvía irresponsables a los hombres. Sin embargo, la vieja Sara tuvo claro desde el principio que esa causa estaba perdida, porque si su hijo cantó antes de hablar; si fue capaz de componer y de aprenderse largas canciones en décimas, sin saber leer ni escribir; si se convirtió en un diablo del acordeón, desafiando el duro carácter de su tío Francisco, entonces no habría poder humano ni divino que lo apartara de la música.

Que Emiliano fuera mujeriego tampoco le quitaba el sueño a Sara Baquero. Lo máximo que podía hacer era aconsejarles a las mujeres que amarraran a sus hijas, que por las calles andaba suelto un gallo de casta. Además, si se miraban las cosas al derecho, Mile no era más que el típico hijo de tigre que salía pintado, ya que el sinvergüenza de su padre sólo estuvo con ella a la hora de engendrarlo, y después de eso no se dejó ver ni el visaje.

Con semejantes antecedentes, era natural que Emiliano no se ajuiciara. Por los días en que se puso a convivir con su primera mujer, empezó su reconocimiento. Era un reconocimiento que le pertenecía más a los cantos que a él mismo. Las personas que tarareaban sus versos en aquellos pueblos y veredas retirados de la Civilización no lo habían visto a él ni en pintura. No sabían cómo era su rostro ni les interesaba. Pero reconocían en sus coplas el mejor correo posible, porque no les informaba sobre lo urgente –nada era urgente– sino sobre lo importante. Por eso las acogían aunque llegaran retrasadas: venían de muy lejos y conservaban el aroma de los montes. Quienquiera que fuera su autor, les estaba regalando ricas historias, contadas a la manera de las buenas crónicas periodísticas: historias completas, redondas, en las que había burla, deliciosos arcaísmos, apuntes sobre la suerte de las cosechas, regaños para bajarle los humos a algún aparecido, guiños a una mujer amada que hoy se llamaba Manuela y mañana María.

Conforme a la tradición, sus versos parecían destinados no más que a los compañeros de parranda y de labranza. Pero tenían tanta gracia melódica, tanta vitalidad narrativa, que, a pesar de que no habían sido grabados aún, se extendieron de boca en boca, de manera espontánea, por toda la costa caribe colombiana. En las trochas malsanas de la región se desnucaban las bestias, se extraviaban los caminantes, y los versos seguían su marcha a lomo del viento, porque fueron hechos por uno de esos juglares auténticos que no necesitan fijar su voz en el papel para protegerla del olvido. Un juglar que no se dejó extinguir durante el tiempo en que permaneció a la zaga de su propio canto.

—Si me hubiera tocado pagar para cantar –dice Zuleta–, lo hubiera hecho sin problemas.

Zuleta refiere sus historias de manera lenta y lineal. Las satura de detalles, para alargarlas y regodearse con ellas. Y no permite que lo desprendan de la palabra. Si lo interrumpen, o si le formulan una pregunta que maliciosamente pretenda precipitar el final, escupe fuego por los ojos, en dirección al insolente, y retoma el hilo del relato en el mismo punto en que trataron de arrebatárselo. Así, hasta que termina de saborear la golosina de su propio verbo. Lo que más le gusta son las anécdotas, que en su boca fluyen copiosas y continuas, como un aluvión.

Justo en este momento, Zuleta esboza una sonrisa bribona. Acaba de recordar una de las muchas historias divertidas que protagonizó, durante sus correrías como trovador celebrado y anónimo. Sucedió a mediados de 1949, en un caserío conocido con el nombre de Hatico de los Indios, donde lo contrataron para que amenizara una fiesta de matrimonio.

Para el joven esposo fue un honor decirles a los presentes que ese que estaba ahí con su acordeón era nada más ni nada menos que Emiliano Zuleta Baquero, viejo conocido suyo, sí señor, el compositor de La gota fría, una pieza que ya gozaba de prestigio en toda la comarca. El muchacho, sin embargo, no se quedó en el amplio patio para acompañar la rumba que había inaugurado: sus afiebradas glándulas de marido novicio lo arrearon antes de tiempo hacia una habitación del segundo piso, donde lo esperaba la novia.

En su condición de animador de la fiesta, Zuleta era el menos indicado para preocuparse por la suerte de los casados en su estreno. Pero, como buen chismoso, era el que estaba más pendiente. Incluso, cuando el muchacho se retiraba hacia la alcoba, le deseó suerte, con un guiño cómplice de su ojo izquierdo.

No habían pasado ni dos horas cuando el novio bajó del segundo piso, despeinado y desencajado. Parecía venir de un velorio y no de un festín exquisito. Ubicado en un sitio estratégico en el que no era percibido por los invitados a la parranda, el joven aprovechó una pausa del conjunto musical y llamó a Emiliano Zuleta, con una seña de la mano. Éste acudió en seguida, diligente, descarado, como si llevara años esperando ese momento. Como si la demora lo perjudicara a él y no al otro.

—Hombre, señor Emiliano –dijo el muchacho–: me está sucediendo un problemita y de pronto usted me pueda ayudar.
—Usted dirá –respondió Zuleta, con un tono displicente, para disimular que lo mataba la curiosidad.
—Es que llevo un buen rato encerrado en el cuarto y no he podido hacerle nada a la mujer.
—¿Cómo así?
—Yo más bien ya tengo es pena con ella, porque no he podido pasar del jugueteo ese del principio.

Como hombre ducho y avispado, Zuleta supo en el acto qué era lo que ocurría: el muchacho no estaba preparado todavía para alcanzar el fruto principal y por eso se aburrió del paraíso aunque nadie lo hubiera expulsado. Para confirmar su sospecha, el maestro no tuvo mejor idea que emboscar a su agitado interlocutor con una pregunta maligna.

—Bueno, pero dígame una cosa: ¿usted alguna vez que no fuera hoy había probado mujer?

El joven no estaba para dárselas de héroe sino para resolver un problema que consideraba gravísimo. Intuía que la efectividad del consejo que solicitaba dependía de que fuera sincero. Por eso respondió, humilde, sin pensarlo dos veces.

—No, señor Emiliano. Ésta es la primera.
—Ah, caramba –se pavoneó Zuleta, como si fuera el oráculo divino que le salvaría la vida al otro–, ya yo sé qué es lo que pasa.
—¡Yo sabía que usted me iba a ayudar, señor Emiliano! ¡Yo sabía!
—Mire: lo que pasa es que las mujeres tienen dos tiempos. Está el tiempo en que son señoritas y está el tiempo en que son señoras. Cuando son señoras, eso es facilito, porque ya lo que había que vencer está vencido. Pero cuando son señoritas es más difícil: hay que conocer la técnica. Lo que usted me dice, deja dicho que usted no la conoce.
—¿Y qué es lo que tengo que hacer?
—Cálmese. Tómese un vaso de agua. Y no se desespere, que la desesperación no es buena para estas cosas. Ya verá que si se tranquiliza, le va a ir bien.

Zuleta le dio una palmada alentadora en el hombro y le anunció que volvería al patio, para seguir animando la fiesta con su acordeón. Tenía cara de haber cumplido con su deber. Pero entonces ocurrió lo inesperado: el muchacho no se dio por satisfecho sino que le dijo a Zuleta que necesitaba “un último favor”.

—¿Cuál sería?
—Vea, señor Emiliano, usted, que es un hombre veterano, ¿por qué no me hace el favor de estar con mi mujer?

Parte del morbo con el que Zuleta había seguido el desenlace de la velada nupcial se debía a que la recién casada era una hembrota de carnes prietas, y caminaba con un bamboleo perturbador en las caderas, esas caderas que les producían a los hombres que las miraban, cuando las sabían ajenas para siempre, físicas ganas de morirse. Zuleta no iba, pues, a rechazar la oferta que acababa de recibir, por escrúpulos que no le pertenecían. Ahora bien: tampoco podía mostrar su interés de manera tan rápida, porque eso sería una descortesía innecesaria con el marido. Para tomarse su tiempo, lo que hizo fue expresar el temor de que la mujer no aceptara y entonces él quedara en ridículo, después de haber subido hasta la habitación. El muchacho insistió en que ése no sería ningún problema.

—Ah, bueno –dijo por fin Zuleta, condescendiente–: la verdad es que yo nunca en mi vida he hecho un favorcito de esos que usted me pide. ¡Pero me sentiría muy mal si le digo que no!

***

—Sigamos hablando de mujeres –propone el viejo Mile, socarrón.
—¿Qué más va a decir sobre ellas?
—No sé. Me gustaría hablarle de las mañitas que uno emplea para conseguirlas.

La periodista Griselda Gómez, quien hoy me acompaña, me mira sonriente, como si el de la gracia fuera yo. Luego mira al viejo, que evidentemente quiere impresionarla a ella y no a mí.

A continuación, Zuleta advierte que frente a una mujer difícil no hay mejor arma que apartarse por un tiempo del camino. La indiferencia, según él, le desbarata el orgullo y la lleva a buscar al tipo con la cabeza gacha. En ese momento, como ya no está en una posición ventajosa, “es posible que dé lo que antes había negado”.

Con las dos manos en el vientre, muriéndose de la risa, Griselda Gómez trata de decir algo que no se le entiende. Pasada la histeria, le recuerda a Zuleta que no todas las mujeres caen en la trampa del hombre que se retira. Algunas, incluso, hasta respiran aliviadas cuando eso sucede.

Como si llevara siglos con la respuesta preparada, Zuleta dice entonces, con la malicia de siempre, que en ese caso el hombre tampoco pierde, porque se quita de encima la mortificación de una mujer que no nació para él.

Griselda le pregunta al viejo que si acaso una mujer que no se acuesta con él es una mortificación. Se nota que disfruta tirando al viejo de la lengua.

Zuleta le responde en el acto que la mujer que dice que no desde el principio, merece todo su respeto. La que lo saca de quicio es la otra: la que muestra para atraer y luego esconde para matar. La que pinta la cama al comienzo y la borra después con una patada. La que toca y se deja tocar, pero sale corriendo cuando siente que la mano del hombre se pone seria.

Ana Olivella, que está en el lavadero fregando la ropa, voltea sonriente para donde estamos nosotros. Parece más interesada en la risotada fácil de Griselda que en el apunte de su marido. Justo en ese momento descubre que la estoy mirando, y entonces gira el cuerpo y vuelve a concentrarse en su oficio.

El maestro aclara que, de todos modos, para que la mujer difícil busque al hombre cuando este se le pierde de vista, se necesita que el hombre le haya caído en gracia desde el primer momento. Que la haya hecho reír, por ejemplo. O que le haya enseñado que no todo lo que parece verde es verde. O que le haya hecho pensar cosas que antes no había pensado. Muchas veces, añade, el problema se debe a que el hombre halaga a la mujer más de la cuenta, y entonces ella piensa que, como es perfecta, no necesita a un tipo sino a Dios.

Animado por la euforia que ha desatado su apunte, el viejo Mile se pone de pie, y desde esta nueva posición, sintiéndose ya el dueño absoluto de la reunión y del universo, enuncia el mandamiento central de su decálogo vagabundo:

—Por muy difícil que sea la mujer –sentencia–, el hombre es el único dueño de esa cosa que a ella tanto le gusta.

Zuleta cree –y lo expresa guiñándome un ojo– que por cada mujer que un hombre no consigue, hay dos esperando más adelante.

—La que no está para mí está para otro tipo. Y eso es lo que se necesita, oyó, para que todos seamos felices. Mujeres y hombres siempre se acotejan, porque son como la caja y la tapa. Ellas ponen la cerradura y nosotros ponemos la llave. ¿Así quién no se acomoda?

Y entonces, como para comprobar que, en efecto, ha sido un sinvergüenza temible, esgrime su prontuario:

—Antes de casarme con la señora Carmen Díaz, yo tuve dos hijos. Mi hijo mayor se llama Cristóbal y debe andar por los 66 años. El segundo lo tuve con una mujer de Urumita. Se llama Teobaldo pero le dicen El beato. Yo he tenido hijos como con seis mujeres. En La Jagua dejé un hijo. En Villanueva, otro. Tuve ocho con Carmen y uno con Mirce. De pronto no tengo las cuentas bien claras: usted sabe que en el tiempo de antes, uno a veces ni se enteraba. Menos mal que uno no embaraza a todas las mujeres con las que se tropieza.

Zuleta ha vuelto a sentarse en la hamaca. Ahora habla de un caserío de la Guajira llamado El Monte de la Rosa, donde vivió un tiempo. Allí, según él, hay dos clases de mujeres: las que lo odian y las que lo aman. Unas y otras se parecen en que no pueden vivir sin mencionarlo, como lo sugiere en una de sus mejores canciones:

En El Monte de la Rosa
las mujeres bien temprano
se van a enjuagar la boca
con el nombre de Emiliano.

De repente, Ana Olivella pasa frente a nosotros con un platón lleno de ropa. Cuando Mile la ve, la señala con el dedo y dice que ella fue una de las víctimas del método de la indiferencia. La mujer sonríe. Casi podría decirse que interpreta las palabras de su marido como un piropo. Sin embargo, fiel a su costumbre de escabullirse, sigue de largo hacia la sala y no escucha el resto de la historia.

Cuenta Zuleta que cuando quedó viudo de Mirce Molina, empezó a montarle la cacería a Ana Olivella, no para sumarla a su lista de aventuras, sino para organizarse con ella seriamente. El tiempo pasaba y Zuleta no veía que se concretara ninguna de las promesas que la mujer le enviaba con sus miradas. Cansado, dejó de frecuentarla y hasta pensó en marcharse de Villanueva.

No había pasado ni una semana cuando una hermana y una prima de Ana fueron a buscarlo, para averiguar por qué no había vuelto a visitarlas. Que si acaso en la casa de ellas le habían echado agua caliente, le preguntaron. Zuleta captó el mensaje, y el relato termina en esta casa de Valledupar, donde hoy sigue junto a Ana, después de 19 años de convivencia.

—Ay, carajo –dice de pronto el maestro–. Se me estaban olvidando los tres hijos que tengo con Ana. También me faltó un muchachito que tuve con una hembra de El Piñal.

El viejo Mile nos advierte de que a cada mujer que ha tenido, así sea de paso, le ha dedicado por lo menos una canción. Él tiene que vivir para poder cantar, explica, pues no cree en esos compositores que hacen en versos lo que nadie les ve hacer en la vida real.

—Yo no podría emocionarme cantando embustes –concluye, tajante.

La canción que le costó más trabajo, nos informa, fue El milagro, inspirada en la aventura que vivió en secreto con una de sus ahijadas, una mujer que parecía incapaz de matar una mosca y al final le jugó sucio. Zuleta añade que la deslealtad no lo sorprendió en absoluto, porque él ya estaba entrado en años y la muchacha tenía un fuego que no se apagaba con cualquier lloviznita.

—Uno tiene que ser realista –agrega– . Después de cierta edad, uno ya no puede con una muchacha de esas. Ahí lo mejor es que uno calme la bestia.

Acostumbrado a hacer canciones con cuanta cosa le sucedía, Zuleta no sabía cómo contar esta historia. Por un lado, necesitaba denunciar a la traidora. Pero, por el otro, temía quedar al descubierto como un hombre sin escrúpulos, capaz de acostarse con sus ahijadas.

—Mencionar a la muchacha con el nombre verdadero –señala– hubiera sido un irrespeto con mi comadre, y yo siempre he sido un hombre respetuoso.

En esta oportunidad, el viejo no se suma a nuestras carcajadas. Quien lo vea y no lo conozca no alcanzaría a percibir la chispa de picardía que titila en el fondo de su gravedad teatral.

El problema –explica, todavía serio– se solucionó de manera simple: diciendo el nombre del milagro, pero ocultando el del santo. Sin que nadie se lo solicite, tararea una estrofa de la canción que se derivó de ese episodio:

Le comuniqué a un amigo
lo que le pasó a Emiliano
pero yo tengo un motivo
para quedarme callado
por eso digo el milagro
pero el santo yo lo olvido.

Zuleta revela que una de las mujeres más importantes de su vida fue La Pula Muegues, a quien se refiere con un adjetivo rudo: “bellacona”. La vieja Sara la detestaba y recurría a los brujos de la Provincia, para suplicarles el favor de alejarla para siempre del corazón de su hijo. Mile, siempre atento a los designios de su madre, quería complacerla pero no podía: los bebedizos de cebolla en rama con leche de vaca recién parida lo hundían cada vez más en las polleras de La Pula.

Un día, La Pula Muegues amaneció con un par de úlceras en las corvas. No hubo remedio al que no apelara. Se untó Quítame este mal y Sácame de esta desgracia. Bebió consomé de torcaza preparado por una mujer señorita. Rezó el rosario de madrugada, con el Cristo al revés. Pero las llagas siguieron progresando, hasta postrarla en una cama de lienzo. A esas alturas, Mile había decidido llevársela a Jerónimo Montaño y al Indio Manuel María, los dos brujos más afamados de la región.

Justo entonces ocurrió un suceso que alteró sus planes: llegó a Urumita, Guajira, un circo de pueblo, cuyo propietario, según los rumores, “era casi Dios”. Se llamaba Cocoliche y usaba una boa enrollada en el cuello.

La avidez de Zuleta por el diagnóstico de Cocoliche desapareció más temprano que tarde: en cuanto apareció en el recinto una mujer de pelo negro y ojos almendrados, que portaba un tarro humeante con aroma de eucalipto. Venía vestida con una túnica de cañamazo y traía unas sandalias de cordobán. Tras cruzar dos miradas con ella, Zuleta comprendió que el romance no iba a necesitar de mayores preámbulos, porque ya estaba madurito. Era, concluyó en el instante, una mujer que le habían guardado: no más tenía que reclamarla.

Aprovechando una ausencia momentánea de Cocoliche, Mile se abalanzó sobre su presa sin chistar ni un monosílabo. Guiado por el instinto, tomó su mata de cabello entre las manos, y al colocársela en el rostro, sintió que se desbarrancaba por un abismo sin fondo que olía a limones tiernos. Allí estuvo retozando durante un tiempo que aún hoy no es capaz de medir. Descarado, irresponsable. Más como un polluelo desprotegido que como el gallo de casta que dice ser. Con el cabello de la mujer improvisó un cobertizo seguro, adonde no llegaban ni las dolencias de La Pula Muegues ni los maleficios de la vieja Sara. Estando allí, no valía la pena preocuparse por la posibilidad de que Cocoliche fuera el padre o el marido de la mujer, y apareciera de repente con un machete, dispuesto a dañarle el momento.

Todavía hoy Zuleta no sabe si Cocoliche vio o no vio, ni le importa. Lo cierto es que

cuando el hombre regresó, Zuleta no le consultó nada más sino que le pidió empleo. De modo que los siguientes dos meses de su vida transcurrieron bajo la mugrosa carpa del circo, hoy en Uribia y mañana en San Juan, desenamorado en un lado y enamorado en el otro, ajeno por completo a la suerte que hubiese corrido La Pula Muegues.

De la vivencia en el circo, señala Zuleta, también salió una canción, que fue grabada por Colacho Mendoza. Por solicitud mía, entona una estrofa:

“Dos limones en el suelo
yo cogí el que estaba biche
voy a hablar con Cocoliche
pa’ irme con los maromeros.

El viejo Mile salta de golpe hacia un burro que alquiló no sé dónde, para llevar a La Pula Muegues hacia Sabanas de Manuela, donde vivía Jerónimo Montaño. Lo acompaña Andrés Salas, hermano y compadre suyo, quien viaja a lomo de un caballo barcino. Noto que a pesar de que suele ser meticuloso en los detalles de sus anécdotas, no me ha contado ni cómo abandonó a la mujer del circo ni cómo encontró a su compañera, después de su larga ausencia. Cuando lo hago caer en la cuenta, me despacha con un cierto desdén, como si el tema que le propongo fuera secundario. Dice simplemente que La Pula había empeorado y que por eso era que se la llevaba al mejor brujo de la región.

Lo importante, afirma Zuleta, es que dejó a su mujer en manos de Montaño, quien se comprometió a devolvérsela curada en el término de dos semanas. Él, entre tanto, siguió de largo con su hermano Andrés hacia Guayacanal, para asesorarse con el otro gran gurú de la Provincia, el Indio Manuel María. El hecho, me recuerda Zuleta, está recreado en una canción suya:

Ay, el indio Manuel María
que vive en Guayacanal
ese sí sabe curar
con plantas desconocidas
Ay, cómo se dejan quitar
los médicos su clientela
de un indio que está en la sierra
y cura con vegetal.

Zuleta interrumpe su relato sobre La Pula Muegues para hablar de Carmen Díaz, a quien considera la mujer más importante de su vida.

—Fue la más importante –repite–, pero fue también la que menos me sirvió, porque se gastaba un genio imponente y quería gobernarme a toda hora, delante de mis amigos. No nos quedó más remedio que abandonarnos.
—Usted le ha hecho a ella por lo menos una docena de canciones.
—Sí, claro, y eso a Carmen la acreditó mucho. Imagínese usted: ser la mujer de Emiliano Zuleta. Gracias a mí es que la conocen a ella. Sobre todo, cuando yo digo en una canción: “me siento lo más contento/ porque resolví casarme/ si me caso en otro tiempo/ me vuelvo a casar con Carmen”. Ahí fue cuando ella cogió vuelo y se volvió orgullosa, que no quería hablarle a nadie. Ni a mí.

Zuleta se conoció con Carmen Díaz en Manaure de la Montaña, un pueblito del Cesar, gracias a un enamorado que ella tenía. Ocurrió en un mes de diciembre.

Emiliano estaba parrandeando con unos amigos, la noche en que llegó un señor con acento del interior del país, a preguntarle que cuánto le cobraba por acompañarlo a llevar una serenata.

Según el hombre, cuyas ropas percudidas revelaban que venía de una andadura larga, la mujer a la cual pretendía conquistar con la serenata era la más bonita que existía en 20 pueblos a la redonda.

Desde el momento en que el tipo le describió a la mujer, Zuleta intuyó que sería él quien terminaría consiguiendo sus favores:

—Yo pensé: ay, papa Dios: este cliente se está matando solito. ¡Porque si la hembra está buena, me tiene que tocar es a mí!

Una vez más, Zuleta se levanta de su hamaca, como en busca de más espacio para reafirmarse como el héroe de la película, el chacho de las conquistas, un terreno en el que se cree superior al resto de los hombres.

La noche de la serenata, Carmen Díaz no se dio por enterada. Fuera por desatención o fuera por su sueño tan profundo, lo cierto es que no se asomó por ninguna de las dos ventanas. La que sí salió para dar las gracias fue Julia Bula, una prima de Carmen, que al parecer estaba convencida de que el detalle era para ella.

Un hombre como Emiliano Zuleta no nació para quedarse con intrigas en asuntos de mujeres. Así que esa misma noche, mientras se despedía de sus músicos y del pretendiente frustrado, empezó a urdir el plan que ejecutaría pocas horas después, cuando clareara la luz del día. Volvería a esa casa de frente, sin aspavientos, para decirle a la tal Carmen Díaz que era “la mujer más bonita de 20 pueblos a la redonda”.

En este punto, el maestro me dirige una mirada vivaracha y suelta una broma inspirada:

—Ajá, para algo que tenía que servir la frase del cachaco.

Cuando Zuleta volvió a la casa donde se encontraba Carmen Díaz, eran las 10 de la mañana. No necesitó que se la presentaran para conocerla. Estaba sola en la sala, sentada en una mecedora de mimbre, pelando plátanos con un cuchillo basto. Tenía el cabello recogido en un moño de gasa morada y llevaba un traje cerrado de negro desde los pies hasta el cuello. Más allá de su indumentaria severa, que insinuaba un luto más antiguo que ella misma, la mujer se gastaba una estampa de faraona que invitaba a besarle los pies. “Es una hembraza”, pensó Zuleta.

Como siempre que veía a una mujer que le gustaba, Mile quiso arrojarse sobre ella en el acto. Pero no lo hizo, porque percibió en su adusto semblante de doña la amenaza de que si se pasaba de la raya, era hombre muerto. De modo que se limitó a contemplarla, alelado. Ni siquiera la saludó. Y ella seguía desconchando aquellos plátanos, sin determinarlo.

De pronto, a Carmen Díaz se le cayó un plátano. Mile lo recogió del suelo, le sacudió la tierra en su propio pantalón, y se lo devolvió. Carmen, a duras penas, le dio las gracias, reconcentrada en su faena, ajena por completo al hombre con cara de bobo que tenía enfrente.

En ese momento, Julia Bula entró en la sala. Había visto la última parte de la escena y venía carraspeando con ironía.

—Anda, prima –gritó, como para que la escucharan en el resto del pueblo–. Por haber dejado caer el plátano, vas a salir en un disco de Emiliano Zuleta.

A Mile le pareció que la aparición de esta mujer era un regalo del cielo. A todas estas, Carmen Díaz no había vuelto a mirarlo.

Carmen le preguntó a su prima que si el Emiliano Zuleta al cual se refería era el que había compuesto La gota fría.

—¡Ese mismo! –chilló Julia–. ¿Cuántos Emilianos Zuletas compositores hay en La Guajira?

Con la turbación de quien todavía no ha comprendido por dónde le entra el agua al coco, Carmen preguntó que porqué motivo Emiliano Zuleta le iba a sacar una canción a ella.

—¡Porque pelaste el plátano y lo dejaste caer! – gritó Julia, con doble intención.

Entonces, a Carmen Díaz se le salió una frase inocente, con la cual apretó el nudo de su propia horca:

—¿Y dónde está el Emiliano de mierda ese? Yo siempre lo he querido conocer.

De ahí para allá, dice Zuleta, el amorío ya estaba pilado. Por la noche volvió a la casa para ofrecerle una serenata a Carmen. Esta vez –agrega, vanidoso– la mujer sí se levantó para agradecer el detalle. Y no sólo eso: salió de la casa y les pidió a los músicos que interpretaran una cuarta canción por su cuenta, para ella bailarla con Emiliano en plena calle. En la mitad de la pieza, Carmen se quitó un anillo de oro y se lo colocó a su parejo en la mano izquierda, un ritual muy frecuente en La Guajira por aquellos tiempos.

En este punto, el viejo esboza una de esas risas picaronas que preceden a sus chanzas.

—Apenas me vi ese anillo puesto, pensé: carajo, este anillo está bueno para cambiarlo por una caja de whisky.

Retorciéndose de la risa, Griselda Gómez exclama:

—¡Este viejo es la trampa!

A Zuleta le encanta el cumplido. Cuando abre la boca de nuevo es para decir que Carmen Díaz le quitó el anillo al rato de habérselo puesto, porque, avispada que es, debió de haber calibrado sus intenciones. El caso es que a él no le gustó esa actitud, porque consideró que era una injusta señal de desconfianza.

—¿Y usted no acaba de decir que pensó en beberse el anillo?
—Eso fue algo chusco que se me salió, para hacerlos reír a ustedes. Pero yo nunca haría una cosa de esas. A lo máximo que llegué con una mujer, fue a pintarle pajaritos en el cielo, para que se amañara conmigo. Pero aprovecharme del cariño para sacarle plata o regalos…¡eso, nunca!

Carmen se despidió de Emiliano porque debía regresar a Villanueva, su pueblo natal. Quedaron de verse el seis de enero, cuando él fuera a la casa de ella para pedir su mano de manera formal. Ese día –le advirtió– le devolvería el anillo. Y sería para siempre.

Zuleta no cumplió la cita sino en abril, y además lo hizo por pura casualidad. Cuando regresaba de Guayacanal hacia Sabanas de Manuela, para recoger a La Pula Muegues en la casa de Jerónimo Montaño, tuvo que pasar por Villanueva.

—Apenas vi las primeras casas del pueblo –señala–, le dije a mi hermano Andrés: mierda, compadre, acabo de recordar que yo tengo una novia aquí. Espéreme un momentico, que voy para allá a ver si esa mujer todavía se considera novia mía.

Contrario a lo que temía Emiliano, Carmen Díaz lo recibió con los brazos abiertos. Hasta buscó a los parranderos del pueblo para que lo acompañaran, mientras ella preparaba un sancocho de gallina en el patio. Sólo por la noche Zuleta se acordó de que había dejado a Andrés Salas esperándolo en el cementerio. Lo mandó a buscar, pero el hombre ya se había marchado.

—Qué pena con mi compadre –dice el viejo Mile, con un tono de lamentación que ni él mismo se cree.

La parranda duró tres días, al cabo de los cuales Emiliano Zuleta comprendió que estaba enamorado y le pidió a Carmen que se fuera a vivir con él. A partir de ese momento, La Pula Muegues fue historia, materia de olvido. Del mismo modo en que su rostro había reemplazado un rostro anterior, ahora había una piel fresca donde antes había estado la suya. Ya vendría otra que desplazara a Carmen Díaz del lecho del que ahora disfrutaba. En el fondo, todas ellas son la misma mujer que se renueva en los balcones, protagonistas de una historia escrita en el viento. Una historia que nunca termina, porque siempre habrá otra mujer disponible, al otro lado de la ventana.

—Estas experiencias –concluye Zuleta– son las que me han hecho cantar. Si no hubiera mujeres en este mundo, téngalo por seguro que yo no hubiera sido compositor.

***

No sólo el amor predispuso a Zuleta para el canto. Tan poderoso como esa motivación, ha sido el odio. El maestro lo reconoce con una franqueza pasmosa.

—Desde chiquito fui rencoroso –dice– y no sé por qué tuve que haber salido así, si nunca vi ese ejemplo en mamá.

Zuleta aclara, sin embargo, que jamás ha dado un paso que pudiera conducirlo del rencor a la venganza, y tampoco ha manejado sus odios de manera desleal, a espaldas de sus enemigos. Lo suyo no es levantarse de la cama preguntándose qué hará durante el día para destruir a un fulano incómodo, sino detestar a secas. Amargarse la vida viéndole la cara al tipo que le cae mal. Pensar lo peor de él. Negarse de manera radical a reconocerle algún mérito, en especial si es en público.

—Es que también soy muy envidioso –confiesa sin rubor.

Zuleta no concibe que pueda existir un compositor más hábil que él para improvisar, y en esto no se anda con medias tintas: dice que su cabeza es la más inteligente, que sus palabras no tienen pierde, que su lengua es la más picante, que sus melodías son las mejores.

Cuando amanece humilde –una situación tan frecuente como un eclipse de sol– acepta que hay compositores mejores que él. Menciona, por ejemplo, a Rafael Escalona, a Máximo Movil y a Calixto Ochoa. No muchos, en todo caso. La explicación del fenómeno obedecería, según Zuleta, a que quienes aprendieron a escribir derivan de esa circunstancia alguna ventaja para contar historias. Hecha esa pequeña concesión, vuelve por sus fueros con un argumento rotundo:

—Si usted se pone a buscar compositores mejores que Emiliano Zuleta, los va a encontrar. ¡Pero el que compuso La gota fría fui yo!

Donde no concede ni un milímetro es en el Olimpo de la improvisación. No hay nadie como él, repite con la boca llena, a la hora de repentizar. Es él quien le saca más partido a los temas, el más aplaudido por la gente, el que doblega al contendor de tal manera que no le deja más opción que la del retiro.

Las cuartetas no le gustan porque, según él, “eso lo canta cualquiera”. Prefiere las décimas –“versos de 10 palabras”, las llama él– porque representan un reto superior. El maestro no tiene ningún reato para vociferar que es capaz de contar una historia completa –y además en décima, siempre en décima– sobre un suceso que en apariencia es insignificante. Para demostrarlo, canta la canción que hizo el día que se mandó a lustrar los zapatos en un pueblo ajeno, y a la hora de pagar descubrió que le habían robado la plata.

También se ufana de la métrica de Con la misma fuerza, un merengue clásico del vallenato que ha sobrevivido a cuatro generaciones:

Dice Zuleta Baquero
El hijo de la vieja Sara
Me dicen que ya estoy viejo
Pero no estoy viejo nada
Yo estoy como una naranja
Viviendo a sol y sereno
Recibo los aguaceros
Prendido del mismo ramo
Y aunque se estremezca el palo
Nunca arrastro por el suelo.

Antes de que surgieran las voces andróginas de hoy; antes de la invasión de acordeoneros afectados que no parecen tocar su instrumento con dedos recios sino con una plumita de ganso; antes de que las composiciones se volvieran una mezcla insufrible de novelita rosa con balada –papel higiénico de empleadas domésticas desarraigadas–, el vallenato era una música genuina y vigorosa. Nada de melcochas, ni de paños de lágrimas, ni de palabras escogidas de afán en los basureros del diccionario. Se trataba de contar historias. De cantarle a la tierra mojada, al cruce de los novillos por el playón, a la leche espumosa que se apura al pie de la ubre, al compadre resentido por el bautizo aplazado, al sacerdote que pontifica aunque se haya robado los trastos de la parroquia, a la pezuña que deja una huella en forma de corazón, al lucero que es más alto que el hombre, al enamorado que espera hallar a la novia perdida, mediante el recurso cándido de describir sus cejas encontradas; al sol, que es viejísimo pero todavía alumbra; a la hembra que mueve el caderaje, para que Dios se sienta engreído; a la víspera de Año Nuevo, estando la noche serena; a la hamaca que es más grande que el Cerro de Maco; al jornalero que apenas tiene una camisa, pero sabe usar la brisa como sombrero.

Los trovadores de la región, dueños de un primario sentido de la virilidad y el orgullo, también cantaban para aniquilar a los otros. Tarareaban alto para notificarle al mundo que no estaban dispuestos a permitir más gallos en su gallinero. Así nació la piquería, una expresión folclórica que consiste en enfrentar a dos cantores, para que se destrocen a punta de coplas.

Cultor aventajado de esa modalidad fue Emiliano Zuleta.

Tanto le gustaba la pugna, que la primera enemistad la buscó en su propia casa. El rival fue nada menos que Antonio Salas, uno de sus hermanos, quien –crecidito por el efecto de un par de copas– cometió la insolencia de compararse con Emiliano. El tatequieto de Zuleta fue inmediato:

Una noche en Villanueva
se quiso Toño lucir conmigo
Pero a veces me imagino
Que esa es la gente que lo aconseja
Díganmele a Toño
A toño mi hermano
Qué él está muy pollo
Y yo soy muy gallo.

La puja entre los dos hermanos duró 20 años, al cabo de los cuales se habían dedicado, por lo menos, una docena de canciones coléricas. Por cierto, ambos sienten que la cálida relación de la que disfrutan a estas alturas se debe en gran parte a todas las ofensas que se gritaron.

—Ni Toño ni yo nos quedamos con nada guardado, y por eso estamos en paz –dice Zuleta.

Zuleta opina que era mejor antes, cuando los hombres se contramataban con décimas y no con plomo. En seguida, más en serio que en broma, añade que aunque ya me informó que él y Toño se reconciliaron para siempre, “de todos modos a la gente le quedó claro que el gallo soy yo y el pollo es él”.

La discordia con su hermano no fue tan enconada como la que, años después, mantuvo con Lorenzo Morales, otro juglar valioso de la región.

Azuzados por sus seguidores, los dos cultivaron la antipatía a la distancia, sin conocerse siquiera. En su casa de Guacoche, Guajira, alguien le contó a Morales que Emiliano andaba diciendo que era mejor que él. Zuleta, por su parte, escuchaba con frecuencia, en su casa de El Plan, que el rey del acordeón y de los versos era Lorenzo Morales. En ese correveidile, ambos se fueron llenando de requisitos para desplumarse cuando se encontraran.

Zuleta y Morales pasaron nueve años detestándose por correspondencia, lanzando coplas envenenadas en el buzón del viento, para que el monstruo del odio común, que ambos necesitaban, no fuera a resecarse por el abandono. Cada agresión los lastimaba y los redimía. A ellos y a sus corifeos. Y, de paso, iba levantando un reguero de polvos y colores en los senderos. Documentando el recuerdo. Haciendo la vida llevadera mientras llegaba la hora inevitable de cruzarse en alguna vereda neutral, para desenterrarse las espinas y definir de una vez por todas quién era el mandamás de la rima y del acordeón.

Aunque ambos eran tajantes en cuanto a que no se prestarían para un enfrentamiento en el terreno del contrario, la oportunidad de matarse las pulgas se presentó en Guacoche, sede de Morales, de la manera más inesperada.

Zuleta había salido de El Plan hacia Bosconia para realizar una diligencia personal. Cuando pasaba por Guacoche vio una parranda que le llamó la atención y se arrimó a curiosear. En el centro de la ronda estaba un hombrecito menudo, que parecía un colgandejo ridículo de su propio sombrero. Tenía los garbos de un monarca que cree que no hay más ley que la suya, y tocaba el son de monte con una solvencia ofensiva, moviéndose de un lado para el otro con una cierta vanidad, como si estuviera convencido de que, además de buen acordeonero, era un tipo bonito.

Zuleta pensó en el acto que ese hombre estaba muy chiquito y muy mohoso para que anduviera con tantas ínfulas. Luchando contra la primera impresión que tuvo –la de que el tipo “tocaba hasta bien”–, estuvo a punto de decirle a uno de sus vecinos ocasionales que lo único que le servía a aquel hombre que gobernaba la parranda, era su acordeón. En vez de ese comentario bilioso, lo que se le salió fue una pregunta mansa:

—¿Quién es el que toca el acordeón?

El vecino lo ignoró. Siguió mirando al hombrecito del centro, con la cara idiotizada por la veneración. A Zuleta le cayó el detalle como una patada en el hígado. Ya era demasiado: primero, tener que soportar que un enano fuera dueño del acordeón más bonito que él había visto en su vida. Después, descubrir que no lo tocaba mal. Y ahora, saber que sus paisanos no lo estaban escuchando sino adorando. Y, para como de males, sentir que él, Emiliano Zuleta Baquero, era uno más de la comparsa.

Cuando Zuleta repitió la pregunta, ya presentía lo peor:

—¿Quién es el tipo del acordeón?

La respuesta que recibió no sólo confirmó sus sospechas sino que, además, tenía una carga de atrocidad con la que él no había contado.

—Ese es Lorenzo Morales –le dijo el vecino, todavía sin mirarlo–. Lorenzo Morales, el papá de Emiliano Zuleta.

Golpeado en su orgullo, Zuleta le preguntó a su interlocutor que si acaso él conocía a Emiliano Zuleta para que estuviera tan seguro de que no era buen acordeonero. La respuesta, esta vez, fue más insolente.

—A ese Zuleta no lo conocen sino en el pueblo de él –dijo el inamistoso vecino, que seguía mirando los malabares del dueño de la parranda–. El chacho es Moralito.

Zuleta se quedó petrificado. De repente, el entorno se convirtió en un mapa de manchas, una cara borrosa por aquí, una expresión de alegría por allá, y en el centro, presidiendo el horror, Lorenzo Morales con sus notas de pesadilla. Por un momento, Zuleta se vio a sí mismo como la única criatura que estaba al margen del carrusel, que giraba y giraba ante sus ojos enfermos. Se sintió como un bicho minúsculo en medio engendros enormes que zarandeaban su honor a placer, sin percatarse siquiera de su presencia. Eran los colmillos del desprecio, que apenas ahora se le revelaban y que lo dejaban sin reacción.

En ese trance no duró mucho tiempo porque, al fin y al cabo –me dice ahora–, un hombre como él siempre encuentra la manera de aclararse entre el oscuro.

Para asegurarse de que esta vez su interlocutor no le iba a responder sin mirarlo, Zuleta le habló mientras le daba una palmada brusca sobre el hombro.

—Oiga –le dijo–. Yo también toco acordeón.

El hombre lo miró por fin. Pero su mirada fue tan hostil como su desdén. Lo reparó de pies a cabeza, con el gesto de quien muerde un limón demasiado ácido, y volvió a concentrarse en la faena de Morales.

Zuleta repitió el procedimiento: la palmada áspera sobre el hombro y la información de que él también era acordeonero. Entonces el vecino le prometió que le conseguiría un acordeón para que se metiera en la ronda y participara en la parranda, siempre y cuando le jurara que no lo haría quedar mal.

—Yo lo hago quedar bien –contestó Zuleta.

Cuando acabó la canción, el hombre se dirigió a Morales.

—Oye, Lorenzo: aquí está un tipo con la cantaleta de que quiere tocar tu acordeón. Préstaselo un momentico, para que se le quite la idea.

Zuleta considera que lo más humillante de la escena fue la amabilidad de Lorenzo Morales. No entiende cómo un hombre que tiene un acordeón tan bonito sobre el pecho, se desprende de él de buenas a primeras, para entregárselo al primer desconocido que dice querer tocarlo. A menos –añade después, con aire reflexivo– que esté muy seguro de sí mismo y piense que el otro es un pintado en la pared.

Mientras le pasaba el instrumento, Morales lo miró por primera vez en su vida. No había arrogancia en sus ojos, sino una especie de humildad que a Zuleta, de todos modos, le resultó insoportable.

—Yo me tercié el acordeón al pecho y toqué una puya –recuerda el maestro–. La toqué tan bien, que alguien destapó una botella nueva de ron y me ofreció a mí el primer trago.

Zuleta me explica que en aquel tiempo había un código de honor que determinaba que, al abrir una botella de ron, los tragos se repartían de acuerdo con la importancia de los bebedores: el primero le correspondía al acordeonero. Si había más de uno, se empezaba por el que tuviera mayor reconocimiento y de ahí en adelante se iba descendiendo. Después seguían, en estricto orden jerárquico, el tamborero, el guacharaquero, el resto de los músicos y el público.

A Morales le sentó mal que le hubieran ofrecido aquel primer trago a un advenedizo. En cambio Zuleta, emocionado por los halagos de la gente, pidió dos copas más y se las bebió de un tirón. Y a continuación, se dispuso a tocar una nueva pieza. Entonces Morales, botando fuego por los ojos que minutos antes parecían tranquilos, le arrebató el instrumento con un zarpazo feroz.

—Traiga acá mi acordeón –fue lo único que dijo.

Pero Zuleta, aun sin el acordeón, no quedó inerme: todavía le quedaba su lengua afilada.

—Oiga –le dijo a Morales, con ironía–: usted me prestó y me quitó el acordeón, y no me ha preguntado ni el nombre.

Morales intentó desentenderse del intruso. Abrió su acordeón, amagando con tocar una nueva canción, para taparle la boca. Pero Zuleta no le dio respiro.

—Yo me llamo Emiliano Zuleta Baquero. ¿Ese nombre no le dice nada?

Después, los dos bandos echaron el cuento de aquel primer encuentro según sus conveniencias. Morales dijo que le había dado una lección a Zuleta. Zuleta dijo que Morales tembló de susto cuando lo reconoció. Los seguidores del primero afirmaron que Zuleta era tan desganado que ni siquiera cargaba un acordeón propio. Los seguidores del segundo advirtieron que Morales se corrió como los gallos bastos. Unos y otros coincidían en que había que propiciar un cita definitiva, para saber de una vez por todas quién era el mejor.

Pasaron muchos años, sin embargo, antes de que Zuleta y Morales volvieran a verse las caras. Según Zuleta, porque Morales estaba muerto de miedo. Y según Morales, porque Zuleta lo esquivaba. Lo cierto es que, desde sus distanciadas trincheras, siguieron disparándose con versos. Ambos perdieron la cuenta de las canciones que se dedicaron en aquellos años de ofuscación. Muchas de esas canciones, a propósito, son de una calidad lamentable. Que a estas alturas los dos hayan conseguido olvidarlas es un argumento a favor de quienes creen que el diablo es más sabio por viejo que por diablo.

Zuleta me informa que antes del tropezón que motivó su canción más conocida, hubo una cita que no se pudo concretar, porque Morales, por pura maldad, le dañó un pito a su acordeón, para justificar su cobardía. Él creía que el segundo encuentro, si acaso se producía, sería obra de la casualidad, pero se equivocó de cabo a rabo.

Emiliano estaba parrandeando en Urumita cuando le llegó el rumor de que en la plaza del pueblo había un hombre rabioso preguntando por él. Zuleta pensó que podría tratarse de algún enamorado resentido por una hembra que perdió. Jamás habría imaginado que quien lo buscaba era Lorenzo Morales en persona.

Al rato de haberse marchado el hombre que le llevó el rumor, llegó Morales.

—Venía –cuenta Zuleta– con una gavilla detrás, porque no hubiera tenido el valor de enfrentarme estando solo.
—¿Y estaba rabioso de verdad?
—Yo ceo que era puro teatro. Se notaba a leguas que traía un repertorio preparado y por eso se sentía valiente. A mí no me van a salir con el cuento de que Lorenzo había venido a improvisar conmigo.

Zuleta señala que, en principio, sus amigos se opusieron al enfrentamiento, porque él estaba borracho y sin dormir desde hacía dos días, y en cambio Lorenzo Morales se encontraba en sus cabales. Sin embargo, añade, él no iba a desperdiciar la oportunidad que había buscado durante tanto tiempo.

Emiliano tocó primero y lo hizo con una torpeza bochornosa, que él atribuye a su borrachera.

Lorenzo se dispuso a aprovechar su turno con la cara de felicidad del que se va a comer una mogolla. No contaba con que en la cuerda contraria había gente tramposa, decidida a sabotearle la presentación.

—Esto no puede seguir –planteó uno de los seguidores de Zuleta–. Emiliano está muy borracho y hay que acostarlo para que se recupere. Vamos a continuar la piquería a las cinco de la madrugada.

Zuleta reconoce que dejar a Morales solo, como un cualquiera, no fue precisamente una muestra de buena educación. Pero no se arrepiente, porque sabe que era el único camino que le quedaba para no darle a Morales el gusto de decir que le había ganado. En su favor, alega que enfrentar al otro sin haber dormido, no iba a servir, de todos modos, para definir quién era el mejor. La verdad se sabría cuando ambos estuvieran en igualdad de condiciones. O los dos borrachos o los dos buenos y sanos.

—Además –dice el maestro, con un guiño sinvergüenza–, mis amigos desagraviaron a Lorenzo. Porque mientras yo dormía, ellos lo contrataron para que siguiera animando la parranda. Que no se le olvide que por cuenta de mis amigos, se ganó 50 centavos.

Zuleta calcula que habían pasado dos horas cuando despertó y escuchó el acordeón de Lorenzo Morales. Entonces se levantó de la cama, volvió a la reunión y planteó reanudar la contienda. Esta vez fue Morales el del desplante: dijo que le dolía la cabeza, que él también tenía derecho a dormir, que el reto que valía era el primero, no el segundo. Y que sólo aceptaría el desafío a las cinco de la madrugada, después de que hubiera descansado.

De modo que los papeles se invirtieron: Zuleta se quedó en la parranda en la que había estado Morales y Morales se fue a dormir en la cama en la que había dormido Zuleta. El cuento se alargaba –y aún se alarga– de manera perniciosa, lo que confirma que, en el fondo, fue más una guerra de compadres que de enemigos. Parecidos, casi idénticos en el carácter y en el talento, los dos se sentían a gusto en una reyerta que no era más que polvorín para la platea, alharaca para mantener vivo el odio sin necesidad de matarse, mientras se presentaba la ocasión de darse por fin el abrazo que ambos querían sin saberlo.

Así las cosas, no fue raro que a las cinco y quince de la madrugada, cuando dos de los parranderos fueron a buscar a Morales, encontraran la cama vacía.

Zuleta asegura que apenas se enteró de lo que había sucedido, se le ocurrieron dos de los versos de su canción:

“Te fuiste de mañanita
sería de la misma rabia”.

Tal y como la primera vez, cada uno cantó y contó el cuento a su manera. Morales dijo que Emiliano era tramposo y embustero. Zuleta le llamó cobarde al derecho y al revés. Y así, el círculo vicioso volvía al mismo punto: las coplas desde lejos, la ojeriza que no mata ni engorda.

Lo único novedoso, en esta ocasión, fue que Morales apeló al color de la piel, para lastimar: le dijo a Zuleta que era un blanco descolorido. Y además lo llamó hijodeputa. Fue en ese momento cuando Emiliano Zuleta se sentó a hilvanar los versos de La gota fría, que le salieron de chorro.

Morales mienta mi mama
solamente pa’ ofender
para que también se ofenda
ahora le miento la de él.

El título de la canción, explica Zuleta, se debe a una historia que le escuchó a un expresidiario. El hombre había estado recluido en Tunja, Boyacá, dentro de un calabozo que en el piso era caliente y por el techo filtraba una gota helada, interminable, que no mataba de pulmonía sino de tristeza. El cuento del exconvicto causó revuelo en La Guajira, me informa el maestro. El que recibía un castigo, o le iba mal en alguna siembra, o perdía una pelea, era rematado con esa frase lapidaria: le cayó la gota fría.

Qué criterio, qué criterio
va a tener, un negro yumeca
como Lorenzo Morales
Qué criterio va a tener
Si nació en los cardonales.

Zuleta pronuncia ahora un lugar común: la canción fue el comienzo del fin. Después de haberse gritado pálido y negro yumeca, embustero y más embustero es él, hijodeputa y yo también le miento la de él, cobarde y más cobarde serás tú, los dos se habían quedado sin agravios. Así fuera por física sustracción de materia, no les quedaba más remedio que hacer las paces.

El que tomó la iniciativa fue Zuleta, un día que se encontró a Morales en la plaza de Urumita. Ninguno de los dos se había tomado un trago, por lo que el acercamiento –presume Zuleta– no fue una simple zalamería de borrachos. Ese día se pusieron a ver que los únicos que ganaban con su discordia, eran los chismosos que no saben vivir sin sembrar cizaña. Gente que nació para ser bulto, compañía de ocasión, y que no le daba por las rodillas a ninguno de ellos dos.

Pienso –y se lo digo al maestro– que como no pudieron matarse, como Morales no se lo llevó a él, ni él se llevó a Morales, ni se acabó la vaina, optaron por el recurso fácil de declararse empatados en un estadio superior, desde el cual pudieran vivir su delirio sin estorbos, por encima de los demás mortales.

Zuleta me responde que la admiración y el cariño que le profesa a Morales son sinceros. Que lo que pasa es que ambos son muy envidiosos –“competentes pero envidiosos”– y por eso tardaron mucho tiempo en descubrir que nacieron para quererse. Además me informa que Lorenzo lo puso de padrino de uno de sus hijos, que conversan por teléfono casi todos los días –“cuando yo no lo llamo, me llama él a mí”– y que en la casa de Morales no se prepara ningún plato especial al cual no lo inviten a él.

—Él está más enfermo que yo y, sin embargo, viaja especialmente para verme, como si pensara que me voy a morir primero que él. Y siempre se presenta con una ollita de sancocho. No más le falta que me ponga un babero y me la dé, cuchara por cuchara.

Zuleta carga con su compadre adonde quiera que lo invitan a dar un concierto, porque estima apenas justo dejarlo participar de las ganancias que ayudó a forjar. Sabe que sin él, su canto habría quedado inconcluso. Sabe que el odio paciente y disciplinado de Morales fue la mejor arcilla posible, porque le permitió pegotear sus versos de mil maneras, hasta que le salió una obra maestra. Sabe que los dos están condenados a perpetuarse juntos.

Hace poco, a Zuleta se le ocurrió que apostaran un dinero, a ver quién se moría primero. Morales consideró que la apuesta era una tontería, porque de todos modos el perdedor se iría de este mundo sin pagarla. Y propuso, más bien, hacer un pacto de sangre: cuando uno de los dos se muera, el otro deja de tocar el acordeón para siempre.

A Zuleta le sigue sonando la idea. Pero ahora, con su cara de truhán, me dice que está seguro de que Morales se va a morir primero.

—Y cuando eso suceda –remata, haciendo esfuerzos por contener la risa– yo voy a seguir tocando escondido.

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica —y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial—, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor.

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada —centímetro a centímetro— va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar.

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesivamente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación. En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas.

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina.

—¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! —le dijo en tono autoritario—. Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros.

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instrumento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre —por entonces un flacucho muchachito de ocho años— deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta.

***

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región. Hombres popularmente conocidos como la Mafia.

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones —a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos—, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia —parte del síndrome fare bella figura de la región—, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina.

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo —unas millas al sur de Maida—, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani.

Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras —su principal misión era pegar botones y coser bastas—, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia.

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes.

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello).

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él.

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese —quien habría de convertirse en mi padre—, estaba llorando convulsivamente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera.

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase.

Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre:

—No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre.

Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia.

Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Francesco Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él.

***

Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos.

—Creo que se me ha ocurrido algo —anunció lentamente, haciendo una pausa para dejar que el suspen-so creciera hasta captar la atención de todos—. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda dañada y…
—¿Te has vuelto loco? —interrumpió el sastre mayor.
—¡Déjame terminar, imbécil! —gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa.

Luego continuó:

—Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas.

Los demás escuchaban asombrados.

—Pero, maestro —le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso—, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza?

Cristiani levantó las cejas levemente.

—Buen punto —admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación.

Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó:

—¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia.

Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió:

—Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas!

Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres.

—Vean —dijo señalando el largo y el ancho—: un entalle perfecto.

Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las rodillas del pantalón que él había elegido para sí.

—Ahora presten mucha atención —llamó a sus hombres.

Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas.

—Bueno, ¿qué piensan? —preguntó a sus hombres, dando a entender que no le interesaba realmente lo que estuvieran pensando.

Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente:

—De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver.

Sin esperar oposición —y sin recibirla— Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata.

Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores: cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él manipulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja.

Ya se sentían los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor Castiglia.

Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones. Y sin embargo Francesco Cristiani parecía inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio.

***

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: “¡Sta arrivando!”. Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo.

—¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! —proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto.

Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando:

—¡Perfetto!
—Mille grazie —respondió Cristiani inclinándose ligeramente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba.

Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador.

Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemente Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó:

—¡Maestro!

Y luego más fuerte:

—¡¡¡Maestro!!!

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar:

—Maestro, ¿che avete fatto qui?

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guardaespaldas se había llevado la mano dentro de la capa.

—¿Qué ha hecho? —repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis.

Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le respondió:

—¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento de que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado.

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera la boca, continuó:

—Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior.

Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cris-tiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca.

—Lavar la testa al’asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) —entonó Cristiani.

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se escabulló detrás del mostrador. Los sastres de Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se entrecerraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias:

—Lavar la testa al’asino è acqua persa.

El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca antes había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo:

—Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar —les confió a todos.

Tras una pausa, añadió:

—Ella murió cuando yo era muy joven.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente—. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua. Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda.

Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó:

—¿Esto es la última moda?
—Sí, así es —reafirmó Cristiani.
—¿Dónde?
—En las grandes capitales del mundo.
—¿Pero no aquí?
—No aún —dijo Cristiani—. Usted es el primero entre los hombres de esta región.
—¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en la región? —preguntó Castiglia con una voz que ahora sonaba inse gura.
—Oh, no. Realmente no ha empezado con usted —lo corrigió Cristiani—. Los sastres ya hemos adoptado esta moda.

Y levantando una de sus rodillas, dijo:

—Véalo usted mismo.

El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal.

—Ya veo —dijo Castiglia—. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda.

Estrechó la mano de Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guardaespaldas y le lanzó su traje viejo. Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par.