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1. María Roa Borja

“Mi nombre es María Roa. Yo represento a 750.000 empleadas colombianas. De los casi 53 millones de trabajadores domésticos que hay en el mundo, cerca de un millón se encuentran en Colombia. Vivimos en los cordones de pobreza, la gran parte hemos sido víctimas del conflicto armado, la mayoría desconocen nuestros derechos, y el ámbito privado en el que esta labor se desarrolla suele obstaculizar el acceso a la justicia. Muchos empleadores dicen desconocer la ley o camuflan su incumplimiento con el pretexto de compensar a las trabajadoras con intangibles como el cariño o el buen trato…”.

El video completo puede verse en YouTube. María Roa Borja ocupa el lugar central del panel Mujeres y Trabajo para la Construcción de la Paz, en la Universidad de Harvard. Es el 23 de marzo de 2015, la primera vez que María sale de Colombia. Hace unas horas tomó un vuelo en Medellín y ahora enfrenta un auditorio repleto en una de las universidades más prestigiosas del mundo. En el público hay académicos, como Noam Chomsky, y estudiantes, como Valentina Montoya, quien hizo posible la invitación de María a este auditorio. Bajo el turbante de flores que María lleva puesto, la cámara revela el brillo oscuro de una fuerte piel negra. Mientras habla de sus años como empleada y de su gestión al frente de la Unión de Trabajadoras Afro del Servicio Doméstico, Utrasd, sus ojos cansados transmiten al público una emoción decidida y su voz recia tiembla cada tanto ante el peso de sus propias palabras. Mujer, madre, abuela, negra. Tiene solo 37 años.

La primera vez que vi a María Roa no fue en ese video. Después de cruzar algunas llamadas, coordinamos un encuentro en una Casa de la Cultura Afro, en el barrio Prado Centro de Medellín. María me espera en compañía de otras cinco mujeres, que al igual que ella son o han sido empleadas domésticas. Todas llevan al menos cinco años en Medellín, y todas vienen del Urabá antioqueño o del Chocó, zonas cercanas azotadas por la miseria y la violencia.

Precisamente fue esa violencia la que trajo a María hasta aquí. Tenía 18 años cuando su hermana fue asesinada por la guerrilla y le tocó huir junto a sus cuatro hermanos. Era 1996, en pocas horas pasó de la tensa calma de Apartadó a la agitada inequidad de Medellín. Mientras algo mejor se atravesaba en el camino, la única amiga que tenía le propuso dedicarse a lo mismo que ella hacía para ganarse la vida. Nada mejor se atravesó, o María estuvo muy ocupada para darse cuenta, y se quedó trabajando nueve años como empleada doméstica.

“La vida me regaló o me cobró con esto. Cuando no eres profesional, al llegar desplazado a esta tierra ajena, si eres mujer lo primero que te brinda la ciudad es el trabajo doméstico, y si eres hombre el trabajo en la construcción. Yo me fui a trabajar como interna por 270.000 pesos mensuales, y el mínimo en ese entonces eran 350.000. Gracias a Dios algunas cosas han cambiado. En esos 270 iba incluido todo. Laboraba 16 horas diarias, porque uno se levanta a las cuatro a hacer cosas y son las diez de la noche y te dicen: ‘María, regálame un vaso de agua’, ‘María, me sirves por favor…’, hasta que no se acueste el último, uno no se puede acostar. Y al otro día toca estar de pie de nuevo a las cuatro.

”Cuando uno llega lo tratan bien, ya con el paso del tiempo uno va conociendo a las personas. Te hablan más fuerte, te gritan. Las cosas son más bruscas, los quehaceres más extensos. ‘Ah, nosotros los negros somos muy verracos y somos unos esclavos’. No, el tiempo de la esclavitud ya pasó. Igual somos muy verracos y muy fuertes, pero el cuerpo se cansa. Eso y muchas cosas afectan a esta población afro. Con el tiempo, yo me fui dando cuenta de que este trabajo al final se convierte en tres cosas: explotación, discriminación y violación”.

María marca el acento de esas tres palabras golpeando la mesa con los dedos y clavando en los míos una mirada de sus grandes ojos cansados. Es una mirada herida, entre la tristeza y la rabia, pero desde la distancia. En 2005 dejó de trabajar en casas de familia y desde entonces ha dedicado su esfuerzo a reunir a otras mujeres que comparten esa situación de explotación, discriminación y violación, para que sepan que no están solas, para que conozcan sus derechos y se atrevan a defenderlos. Cuando comenzaron, en 2013, eran solo 38. Hoy Utrasd reúne a 127 empleadas de servicio doméstico en Medellín.

Ahora estamos en una esquina del barrio Aranjuez, a pocas cuadras de la casa de María Roa. Es sábado, alrededor de la plaza las familias recorren las calles al ritmo lento del fin de semana. Descendemos unas cuadras hacia el norte y el paisaje de comercios atestados es reemplazado por humildes casas. Cuadra a cuadra, las construcciones se vuelven cada vez más informales. Al otro lado del caño alcanza a verse una colmena de ladrillos superpuestos levantados contra el cerro.

María ha dejado atrás los silencios largos, la mirada severa y la desconfianza inicial. Camina a sus anchas por estas calles, saluda a un par de vecinos con una hermosa sonrisa. En un punto acelera el ritmo contagiada por la amplificación de un carro que están lavando en una esquina. Con la música parece alejarse de sus recuerdos amargos y levanta la voz para que yo la escuche.

La semana pasada estuvimos en un bunde. Eso fue superchévere y la chirimía espectacular. Había varias comparsas, era una locura. Y yo decía: “Dios mío, si así es aquí en Medellín, imagínate cómo será un San Pacho en Quibdó. Arrancamos bundeando a las doce y a las cuatro todavía no nos queríamos ir. Unos poquitos paisas trataban de bailar, pero no nos cogían el paso. Allí estaba el negro ese que cogieron en Bogotá los policías y que lo requisaron y se indignó. El que salió en Facebook y en todas partes. Se subió a la tarima y comenzó a gritar: “Negro, levantá tu puño izquierdo, levantalo”, y todo el mundo alzaba el puño y bailaba. Era una fuerza, como un apoyo entre nosotros.
—¿Qué opinas de la palabra “negro”?
—Depende de cómo lo digan. Hay personas que te dicen: “Negrita, haceme un favor”, y tú en ese tonito sientes de una el menosprecio. Dependiendo de cómo utilicen la palabra es que uno se indigna, y ellos lo saben.

Dos cuadras después, a través de un corredor estrecho abierto en medio de dos casas vecinas, bajamos por unas escaleras hasta la casa de María.

—Mira. Aquí es mi hueco.

Al otro lado de la puerta metálica está la familia Roa Borja. En la sala, Pérsides, la madre de María, salta del sofá al verme entrar y se disculpa por estar despelucada y en piyama a esta hora de la tarde. De los cuartos salen dos niños pequeños embobados por la cámara. Al fondo, en la cocina, un adolescente langaruto limpia la nevera y trapea el piso al ritmo del reguetón que inunda la casa. Se acerca y me saluda con un puño bañado en espuma de detergente. Cada tanto vuelve a la sala a programar una nueva canción en su computador y a asomarse para ver si el partido del Manchester sigue 0-0. Su equipo es el Barça, se llama Jhonnier, es el hijo menor de María Roa.

—¿Jhonnier siempre hace oficio?
—Él siempre me ayuda. Aquí todos ayudamos.

Viven en una comodidad humilde. No les falta nada. María ha levantado este hogar sola, con su trabajo. Primero, por nueve años, limpiando las casas de otros para poder sostener la suya. Ahora trabaja en una litografía, antes en una panadería. Su trabajo como líder sindical no representa ingresos para ella y se rebusca con todo lo que puede. Está pensando en abrir un restaurante junto a su hermana y en pedir un crédito para poder comprar esta casa de Aranjuez. Lo que sea. No quiere por ningún motivo volver a los días en los que nada de lo que la rodeaba –ni siquiera la familia con la que pasaba casi todo el tiempo– era suyo.

—Cuando recién llegué a Medellín yo vivía en Santo Domingo, un barrio popular, en lo alto, frío. Allí compartía una pieza con una amiga. Pagábamos todo el mes solo para pasar las noches de los sábados y las tardes de los domingos. El resto del tiempo, la pieza estaba vacía. Desde ahí me demoraba como hora y media en llegar a Guayabal, adonde trabajaba. Una casa grande y bonita. Mi cuarto quedaba atrás, junto a la cocina. Nosotras tenemos un lugar, que es atrás, y ya. Uno llega a una casa de familia y le dicen: “Bueno, este es tu espacio”. De resto, yo no voy a coger nada, no voy a ocupar nada; el tele, el computador, eso no se lo permiten a uno. No le dejan ni siquiera comer donde ellos comen y ahora le van a permitir entrar a una habitación y usar sus cosas. Si yo soy la que limpia, la que te da de comer, la que hace todo, ¿por qué no abrir ese espacio? Es muy maluco. Yo desde que salí del servicio doméstico no he vuelto a trabajar en una casa de familia. Es algo que lo impacta mucho a uno, que lo deja muy marcado.
—¿Nunca compartían nada contigo, un regalo de cumpleaños, un detalle para tus hijos?
—Sí, me daban la ropa que sus hijas ya no usaban. Cosas que ya no les servían. Una Navidad me dieron una muñeca. Las niñas eran lindas.
—¿Pasabas mucho tiempo con ellas?
—Sí, y me encariñé un montón…

Al igual que ahora en la sala de su casa, solo en dos momentos de su conferencia en Harvard la voz pausada, serena y sólida de María Roa Borja parece quebrarse. En el primer momento está hablando precisamente de esas niñas: “Nos encariñamos y lo entregamos todo a unos hijos ajenos, y algún día nos tendremos que ir y dejarlos, o ellos se convertirán en nuestros patrones”. La segunda vez el sentimiento llega aún más lejos: su discurso ha finalizado y el público se levanta a aplaudir. La ovación se prolonga y, aún en medio de los aplausos, la profesora Janeth Halley decide continuar con el programa del panel. A prisa, María saca fuerzas para pronunciar las únicas dos palabras que sabe en inglés, “Excuse me”, y vuelve a tomar el micrófono entre lágrimas:

“Mi nombre es María Roa Borja. Soy de Apartadó, Antioquia, donde la sangre rueda más que el agua. Yo no soy universitaria, pero el conocimiento lo tengo y esto les sirve más a todos ustedes. No lloro por generar tristeza, sino por la alegría de estar aquí y compartir lo que nosotras padecemos día a día. Lo dejamos todo en las casas de ustedes, con orgullo y con honor, siempre que nos sea bien pago. Si ustedes tienen una empleada en su casa, valórenla. Nosotras somos seres humanos y aquí estamos”.

2. Una mirada atrás

A lo largo de cinco siglos, el servicio doméstico ha evolucionado en Latinoamérica hasta tomar su forma actual. El recuento hecho por Elizabeth Kuznesof bajo el título “Historia del servicio doméstico en la América hispana (1492-1980)” permite ver este trabajo más allá de un anacronismo patriarcal, como un renglón esencial de la economía cuyas características se han ido adaptando a los giros en las formas de producción y a la estructura moral de cada época y lugar.

“En el período colonial el trabajo doméstico era necesario para el modo primitivo de producción que requería considerable trabajo dentro del hogar; también era un modo para educar a los jóvenes en un ambiente protegido. Sin embargo, en parte por las circunstancias coloniales de la Conquista y las relaciones de casta y raza, en Hispanoamérica llegó a tener aspectos de subordinación racial y de clase en vez de ser una experiencia de aprendizaje en una ‘etapa de la vida’, como generalmente lo fue en la Europa preindustrial. En el siglo XVI, muchos (tal vez la mitad) de quienes trabajaban en el servicio doméstico eran hombres y algunos eran blancos. Para el siglo XVIII, la mayoría eran mujeres, predominantemente de sangre mixta o con antepasados de casta. En el siglo XIX, el carácter patriarcal del Estado y de la familia fue reforzado con el servicio doméstico ofreciendo una manera de “proteger” y controlar a las mujeres solteras. A comienzos del siglo XX, cambios en los servicios públicos de la ciudad, tales como la provisión de agua, gas y recolección de basuras en zonas residenciales, la expansión de las escuelas y el mayor énfasis puesto en la privacidad como valor familiar, influyeron en el empleo de un número menor de trabajadoras domésticas. Esta tendencia se vería revertida desde los años cuarenta, en parte, de manera paradójica, debido a la apertura de muchas plazas de trabajo destinadas a mujeres calificadas de clase media, que comenzaron a necesitar quien se ocupara de la casa y los hijos a los que ya no podían dedicar tanto tiempo entregadas a labores profesionales y de oficina”.

En los últimos años es cada vez más frecuente en Colombia que las empleadas trabajen de manera independiente, por días, teniendo la posibilidad de ir a varias casas durante la semana. Esta modalidad, predominante en ciudades grandes, conlleva un tipo de relación servicio-cliente, en lugar de la tradicional empleada-patrón. No solo se trata de un distanciamiento respecto al paternalismo de otras épocas sino de una oportunidad de afirmación a partir de la autogestión. Esta forma de trabajo, claramente delimitada en tiempo y tareas, ha propiciado el surgimiento de agencias intermediarias que se ocupan de todos los aspectos económicos y legales, convirtiendo el trabajo doméstico en una modalidad formal de prestación de servicios.

3. Jenny Hurtado

Jenny sale del apartamento de la familia Alzate Botero cada noche a las siete. En ese momento ya lleva más de diez horas recorriendo cada rincón de esa casa, lavando, barriendo, cocinando. Tiene más de sesenta años y una vitalidad física basada, al menos parcialmente, en la alegría. Se quita la ropa de trabajo y cuida cada detalle de lo que se pone: la falda larga, los aretes dorados, el turbante, los accesorios. Nunca le ha gustado llevar uniforme y tampoco lo hace ahora; rodeada de modistas desde la infancia, se ha acostumbrado a celar los detalles de su apariencia que la separan aún más de los prejuicios y el menosprecio asociados generalmente a su trabajo. Se despide de los niños, recoge sus cosas, camina casi quince cuadras del norte de la ciudad y después de una hora de buseta llega a su casa. Allí comienza una nueva jornada, lavando, barriendo, cocinando.

—Yo llego a la casa cansada pero contenta, a organizar todo. Mi hijo siempre me espera, tan vago, para que yo le prepare algo de comer. Lo que más le gusta son las pastas.
—¿Qué edad tiene tu hijo?
—Uff, mi hijo ya es cucho, tiene 32 años. Lo que pasa es que yo ya estoy vieja, pero no parezco.

Realmente luce mucho menor de lo que es. Veo sus fotos de hace veinte años y no parece haber cambiado un día desde entonces. Tiene los mismos ojos saltones y vivaces; los mismos dedos largos, tan femeninos como fuertes; la misma curva de brillantes dientes blancos que ahora traza una sonrisa de experiencia reposada a los 61 años. La boca de Jenny parece haber sido diseñada solo para reírse, y precisamente eso hace incluso al hablar de sus recuerdos más amargos.

—Yo nací en Cali, de padres chocoanos. Mi papá era muy irresponsable, tomaba mucho. Él iba y venía. Trabajaba en el Tapón del Darién, haciendo la carretera a Panamá. Se murió y no vio la carretera y yo creo que nos vamos a morir nosotros y tampoco la vamos a ver. Mi mamá no sabía leer ni escribir, así que no podía dedicarse a otra cosa. Ella nunca trabajó en una casa de familia, pero sí en el campo recogiendo algodón. Vivíamos con mis ocho hermanos, una infancia muy feliz aunque muy pobre. El trabajo de mi mamá era informal y eso no le daba. Entonces, como yo era la mayor y tenía problemas en el colegio por tremenda, me tocó a mí: una amiga le dijo a mi mamá que ella conocía una gente y que yo podía irme allá a estudiar y a ayudarles con sus cosas. Tenía ocho años cuando me fui a trabajar en una casa como interna. Salí un domingo pensando que iba a estudiar y el lunes ya estaba allá trabajando. Eso fue terrible: maltrato y humillación por ser negra.
—¿Quién vivía en esa primera casa donde trabajaste?
—Eran personas muy ricas. Vivían en una casa grande en la Avenida Sexta al norte de Cali. Yo les decía “los viejitos”, ni me aprendí sus nombres. Eran tres: un ex alcalde de Cali, su esposa y su hermana, una solterona amargada, horrible, que me hacía la vida de cuadritos. Yo trabajaba sola toda esa casa, me tocaba barrer, trapear, lavar hasta la ropa interior… desde esa época yo no le lavo la ropa interior a nadie, me tocaba hacerlo, pero me daba asco y la dañaba a propósito. Hacía de todo, menos cocinar porque el mesón era muy alto para mí. Yo no sé cuánto le pagaban a mi mamá, a mí nunca me dieron un peso. Estuve con ellos como cuatro años.
—¿Qué fue lo más difícil para ti esos primeros días?
—Yo dormía en el fondo, al lado de la cocina, donde estaba el basurero. Yo acostumbrada a una cama limpia, de sábanas blancas, y ahora me mandaban para ese cuarto lleno de periódicos al lado de un perro chandoso. El perro sí tenía una casa bien bonita, dormía en un cuarto y tenía de todo. No me aguanté y lo envenené con un insecticida que los viejitos tenían guardado. Nunca supieron que fui yo.
—¿No sentiste culpa?, ¿no te dio miedo hacer eso siendo tan niña?
—No. Yo no podía de la rabia. ¿Por qué el perro iba a vivir mejor que yo?
—¿Tú familia sabía por lo que estabas pasando?
—Claro, yo lloraba cada vez que veía a mi mamá.
—¿Se veían con frecuencia?
—Mi mamá iba por mí cada quince días. Me llevaba a la casa y me bañaba, porque en la casa de los viejitos para mí solo había agua helada. Ella me calentaba el agua y me peinaba bien. Yo no me sé peinar. Nunca aprendí. Mi mamá me peinó hasta hace cuatro años que murió. También me veía con mis hermanos. Éramos nueve y quedamos cinco, los menores murieron. Los que quedaron empezaron a estudiar, a trabajar, algunos entraron en las fábricas que había en Cali. Mi hermana desde niña quiso coser y es una excelente modista. Y yo ahí me quedé.
—¿Nunca terminaste el colegio?
—Sí, claro. Pero al principio era muy difícil: donde los viejitos no me dejaban estudiar. Luego estuve en otra casa con una familia grandísima que vivía de hacer macetas para el Día de los Ahijados. Allá me trataban mucho mejor, pero tampoco me daban tiempo de ir a clases. Cuando salió la ley de que todo el mundo tenía que ir al colegio fue cuando vine a terminar el bachillerato, ya de grande. Todo eso se lo debo a un padre francés, Benoît Dumas, que me ayudó mucho.

Benoît Dumas es un personaje fundamental para la vida de Jenny y para el inicio de las formas modernas de agremiación de empleadas domésticas en Colombia. Un día él le dijo que vivía muy extrañado de cómo trataban a las jóvenes que trabajaban en casas de familia. Desde siempre aconsejó a Jenny para que no se acomplejara por los malos tratos, para que se hiciera respetar sin necesidad de envenenar perros.

—Él tenía una visión de qué hacer como sacerdote, pero eso era muy complicado, la gente rica es muy complicada. Entonces me preguntó por qué no comenzábamos a organizarnos. Allí empezó a gestionarse el movimiento de empleadas del hogar que con los años se convertiría en Sintrasedom, Sindicato Nacional de Trabajadoras del Servicio Doméstico.

El primer antecedente –una versión diametralmente opuesta– de este tipo de sindicato se remite a los años treinta. La sociedad fuertemente machista, racista, clasista y rezandera de la época, que veía con preocupación la emergencia del gaitanismo y la consolidación del partido comunista, solo podía producir un sindicato de empleadas vinculado a la Iglesia y en favor de una obediencia casi religiosa a la patrona, como representante directa de dios en la casa. Este ideal de mujer abnegada, sumisa, casta y ligeramente masoquista estaba representado por santa Zita, la “santa sirvienta” italiana del siglo xiii, que soportó desde los doce años el maltrato de su patrón “con buena gana para asemejarse a Cristo, que fue humillado y ultrajado”.

Así lo registra el artículo “El primer sindicato de empleadas domésticas en Bogotá”, publicado por Tatiana Acevedo en El Espectador en mayo de 2013:

“Era 1938 en Bogotá. La Iglesia, preocupada por la ‘invasión del comunismo’, había decidido promover sus propios sindicatos católicos y había decidido encabezar la causa de las empleadas del servicio. Fruto de veinte años de reuniones y rezadera, el sindicato logró llegar a unos acuerdos mínimos, como el exigir a las patronas de siete a ocho horas de sueño.

”Desde la dirección de la organización comenzó a imprimirse un semanario tituladoOrientación Doméstica, pensado especialmente para ‘ellas’. Las directivas del sindicato les aconsejaban, ante todo, no desafiar a la autoridad: ‘Actos de humildad, de obediencia; pequeñas mortificaciones. Si cumples tu trabajo calladamente aunque te cueste mucho, si soportas algún dolor o molestia sin quejarte, si con humildad aceptas represiones, tendrás un manojo muy lindo y fragrante de flores para ofrecer a la Reina del Cielo a quien tanto amas’. Por último les insistían en la importancia de la resignación, ‘pues los pobres siempre serán pobres, los ricos, ricos, y la verdadera justicia solo se encuentra en el Reino de los Cielos’ ”.

—¿Qué opinas de esto, Jenny?
—Esas viejas son unas locas. Querían que uno fuera como Santa Zita, y esa era una estúpida. Eso es lo más tonto que puede existir. Nosotras necesitamos algo distinto.
—¿Como Sintrasedom?
—Exacto. Ayudarlas, no meterles cosas del siglo pasado en la cabeza.
—¿Cómo dieron el paso para concretar eso que habías conversado con Benoît y comenzar el sindicato?
—Por allí en el 75 comenzamos una organización que se llamaba Grupo de Trabajos de Mejoras del Hogar en Cali. Recuerdo que con el padre Benoît tuvimos una terapia de grupo. Éramos unas 45 empleadas. Oiga, ¡qué horror la vida de esas mujeres! A pesar de que para mí era una tragedia haber salido de mi casa siendo niña, yo era la más de buenas. A todas les habían matado un familiar o el papá había matado a la mamá borracho, y esas muchachas trabajaban en casas donde las trataban espantoso. Las empleadas domésticas todas son cortadas con la misma tijera. Usted no va a encontrar una empleada feliz, nunca. Todas tienen un lastre, una carga atrás. Hay historias terribles, como la de Leidy. Yo quisiera que usted conociera a Leidy.
—Cuando dices que están cortadas con la misma tijera, ¿a qué te refieres, qué cosas se repiten?
—Violaciones.
—¿Los patrones?
—Los vecinos en el campo, los padrastros, los abuelos, los hermanos. Y nadie les cree. Entonces llegan a una casa y vienen los patrones y luego los hijos de los patrones.
—¿Esa no era una cosa de otros tiempos?
—No, es un hecho. En este momento, en este siglo.
—¿Cuál es el índice de denuncias de abusos cometidos por los patrones?
—Nulo, porque nadie nos cree.
—¿Aparte del abuso sexual, hay otro tipo de abuso?
—Les pegan, las meten a la cárcel por rateras para no pagarles los sueldos. Vaya al Buen Pastor, hay una cantidad de empleadas presas porque la patrona las acusa de robarles.
—Al ver todo ese panorama, comparado con la forma en que las cosas han sido para ti, ¿te sientes afortunada?
—Yo creo que de muchas yo soy la única. He viajado a Europa por mis compromisos con el sindicato; así como está pasando ahora con las de Medellín, nosotras también hicimos muchas cosas a nivel mundial. Además, he tenido muy buenos patrones. Por ejemplo, con doña Vicenta tengo una relación de madre e hija. Yo trabajé mucho tiempo con ella, le cuidé los hijos, hoy en día son grandes ejecutivos. Si yo no hubiera estado ahí ella no hubiera podido hacer eso, tampoco hubiera atendido su carrera como médico. Los Grisales son como una familia para mí. Con ellos viví muchas cosas, hasta aprendí a cocinar.
—¿Aprendiste con los Grisales? ¿No habías aprendido en casa?
—No. De mi mamá no aprendí nada de eso. De pronto porque ella tenía un remordimiento tan grande por haberme mandado a trabajar en una casa desde tan chiquita. Entonces, cuando estábamos juntas, ella no me dejaba hacer nada, ella solo me peinaba.

4. Muchacha, cachifa, sirvienta, manteca

En 1993, Mary Garcia Castro y Elsa Chaney publicaron Muchacha, cachifa, criada, empleada, empregadinha, sirvienta… y nada más. Al contundente título de esta compilación de investigaciones sobre el servicio doméstico en Latinoamérica solo le faltó incluir la palabra “manteca”, quizá la expresión más denigrante para referirse a este trabajo, tan cotidianamente usada en la Costa Atlántica en tiempos previos a la corrección política actual.

A diferencia de la retórica insulsa de algunas publicaciones de estudios sociales, este libro va más allá de las obviedades llenas de notas al pie, e incursiona con riqueza de casos en un análisis de la realidad de este trabajo.

Desde el primer capítulo, el libro deja claro que el “trabajo de la mujer” se ha entendido como aquello que a todas las mujeres les corresponde hacer en su casa y que por extensión –y por dinero– pueden hacer sin mayor esfuerzo en la casa de otras personas. Una labor que “aparentemente no requiere ninguna habilidad ni entrenamiento particular, y para la cual la mujer nació”. El hombre está excluido de la ecuación desde la infancia. Es tradicionalmente un asunto entre patronas y empleadas. Sin embargo, “aun cuando el trabajo del hogar es compartido con la patrona, esta se reserva los quehaceres placenteros para ella, dándole el trabajo sucio y desagradable a su sirvienta”.

En cuanto a tres aspectos demográficos esenciales, la investigación subraya la triple forma de vulnerabilidad: social, racial y de género. “Las trabajadoras domésticas son contratadas entre las mujeres más pobres, con educación mínima, quienes migran de las provincias de sus respectivos países a los pueblos y ciudades. Muchas veces son indígenas y por ello su cultura, lengua, vestimenta y raza son consideradas inferiores a las de la cultura dominante”. Según la larga experiencia de Jenny Hurtado, quien fue una de las principales fuentes consultadas por Elsa Chaney y Mary Garcia, en Colombia la distribución racial es distinta. “Tú rara vez verás a una empleada indígena, a menos que sea wayuu. Ellas prefieren pasar hambre que trabajar en una casa. La mayoría somos negras, del Pacífico, de la costa”.

Entre las problemáticas centrales del oficio, el libro de Garcia y Chaney también se refiere a esa zona gris en la cual transcurre la cotidianidad de las empleadas. Arrinconadas por las noches al fondo de la cocina, durante su jornada laboral todo les es ajeno. A esto se suma una opresiva desventaja numérica respecto a sus empleadores. La atípica subordinación al poder directo de cuatro, cinco o seis miembros de una familia, sin límite de horario y de tareas, define el día a día del servicio doméstico.

La vida sentimental y sexual de las empleadas internas no puede transcurrir en el espacio privado de los otros, y por lo tanto está confinada a los fines de semana y a breves encuentros nocturnos. En sus horas de trabajo son testigos, y en cierta medida intrusas, de las expresiones de afecto ajenas. A pesar de este panorama poco obsequioso, la distancia actual es ampliamente preferible a las formas de acercamiento socialmente aceptadas en la Colombia del siglo XIX.

Así lo retratan Catalina Reyes y Lina María González en el capítulo “La vida doméstica en las ciudades republicanas”, del libro Historia de la vida cotidiana en Colombia, editado por Beatriz Castro Carvajal en 1996:

“La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas, se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que en general padecieron las mujeres de los sectores pobres. Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos de angelización femenina, el destino de estas mujeres era padecer la sexualidad masculina desbordada. Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jóvenes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente afectadas por las enfermedades venéreas. Otras, en medio de la soledad, se enamoraban de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos de las bandas municipales o estudiantes. El resultado de estos encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado”.

5. Leidy*

—¡Qué pena, señor!, hoy tampoco voy a poder darle la entrevista. Me toca ir a trabajar a Chía.

La voz de Leidy es aguda y huidiza como su mirada. Solo se comunica conmigo a través de mensajes de voz. Usualmente no tiene saldo para llamar y no puede enviar mensajes de texto porque no sabe leer ni escribir.

Esta es la segunda vez que aplazamos nuestra conversación. La primera alcanzamos a hablar un poco sobre su infancia en el Urabá y las difíciles condiciones en que trabaja ahora: “Tengo dos niñas. Llegué hace cuatro años buscando trabajo, y bueno, hasta ahora me ha ido… más o menos. Empecé a trabajar por días y ya llevo año y medio de interna. Pero a veces lo tratan mal a uno. Uno trabaja efectivamente, pero lo ponen a trabajar aparte sin pagarle nada…”. Leidy no puede seguir, le tiembla la voz y sus ojos están enrojecidos. Tiene miedo de que la hija de su empleadora le diga que ella ha estado hablando con un extraño.

Su patrona tiene 26 años, la misma edad que Leidy. Según un par de empleadas vecinas, además de explotarla y de intimidarla, ocasionalmente la golpea. La personalidad de muchas de estas mujeres está definida por la distancia entre el rol de empleada que interpretan mientras viven las vidas de los otros y las mujeres que son en sus propias vidas privadas. María Roa llevó ese distanciamiento hasta el punto de dejar atrás para siempre un trabajo que ya no soportaba. Jenny Hurtado reconoce que no hay empleadas felices, pero es enfática cuando afirma que ella “no se viste como una empleada” y que “no es como las otras”; de eso depende su carcajada constante. El caso de Leidy, proveniente de la miseria rural, abusada sexualmente en su infancia y sin saber leer ni escribir, es también el de muchas que no ven otra opción y para las cuales el trabajo doméstico las aleja de quienes realmente son, pero no como un sacrificio, sino como una oportunidad de “algo mejor”.

Leidy trabaja en el mismo conjunto residencial que Jenny Hurtado. Se conocieron hace un año. Leidy lloraba de dolor en un corredor, Jenny le preguntó qué le pasaba. Estaba enferma, no estaba afiliada a salud y su empleadora no quería pagarle un médico.

—Ella sacó de su plata y la llevamos con otras compañeras del conjunto a un centro asistencial –recuerda Jenny–. Leidy fue toda asustada; la señora le había dicho que no diera la dirección, ni el teléfono ni ningún dato, seguramente para que no la pudieran denunciar por no tenerle salud. Cuando llegamos, supimos que estaba embarazada y que por tanto trajín y maltrato estaba a punto de perderlo. Un sábado de esos, trabajando en esa casa grandísima de Chía, perdió el niño.
—¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto?
—Yo podría denunciar, pero ella no quiere, le da miedo perder el trabajo y que le vayan a quitar a sus hijas. Aquí todas sabemos lo que pasa con ella y la apoyamos. Por las mañanas, cuando sacamos a los niños para montarlos al transporte, nos reunimos y hablamos. Todas nos hemos hecho muy amigas de Leidy porque ella es una niña muy tierna, muy especial. Las patronas del conjunto también conocen el caso y algunas le han ofrecido trabajo, pero ella no es capaz, no quiere irse, no entendemos por qué. Le tiene pánico a esa mujer.

6. La herencia de santa Zita

Tras un par de escándalos ampliamente debatidos en la hoguera digital de las redes sociales, el tema del servicio doméstico ha despertado el interés de los medios. Primero, la opinión pública estalló alrededor de una foto publicada en la revista Hola: una próspera familia blanca aparece en primer plano sonriente en su lujosa residencia del “Beverly Hills de Cali”. Al fondo, dos empleadas negras, vestidas con impecables uniformes blancos, entran simétricamente a cada lado del plano con sendas bandejas de plata. La foto remite a la representación de las haciendas esclavistas del sur de Estados Unidos en el siglo XIX. Las críticas no se hicieron esperar. En el punto más álgido de la controversia, el fotógrafo Andrea Savini tuvo el cinismo de decir en su defensa que las empleadas aparecieron casualmente en la sala para servir un tinto y que decidieron incluirlas en la foto.

En julio de este año, los medios volvieron a timbrar las alertas tras el fallo de una tutela en favor de María Trinidad Cortés, una anciana de 83 años que trabajó por cuatro décadas en casa de una familia rica de Medellín, sin recibir pago, sin vacaciones ni feriados, aislada de su familia, heredada de una generación a otra de patrones como si fuese una pieza de ganado, esclavizada, humillada y ocasionalmente golpeada con una escoba.

A estos casos de discriminación y maltrato se sumó en septiembre pasado, como punto de contraste, la noticia del reconocimiento de María Roa Borja como una de las “Mejores líderes de Colombia en 2015”, según la revista Semana. La principal razón de esa distinción fue precisamente su lucha por la dignificación del trabajo y la defensa de los derechos de las empleadas domésticas en el país.

Jenny Hurtado, durante casi cuarenta años al frente de Sintrasedom, y María Roa Borja, fundadora y representante de Utrasd, son las cabezas visibles de un movimiento que comienza a tener eco entre sectores influyentes y a obtener logros significativos después de siglos de estancamiento en tradiciones retrógradas y de triunfos irrisorios traducidos en letra muerta.

En 2013 entró en vigencia el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, quizá el salto más grande en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los trabajadores del servicio doméstico. Los puntos centrales giran en torno al salario mínimo legal, la edad mínima para entrar a trabajar y la exigencia de claridad en la información para evitar la migración forzada con fines de explotación.

Jenny Hurtado fue una de las líderes que promovió por décadas la inclusión del tema en la agenda de la OIT. Incluso estuvo presente en Ginebra como representante de las empleadas latinoamericanas durante los debates previos que desembocarían en la firma del convenio.

—Yo estaba allá junto a muchas otras empleadas líderes, pero cuando llegó el momento de definir los puntos centrales mi mamá se enfermó y tuve que venirme para Colombia. Lo más complicado fue que la gente de la OIT nos dijo: “Nosotros no tenemos nada qué hablar con ustedes, nosotros solo negociamos con los señores de las centrales obreras”. El Convenio 189 es muy bonito y en el fondo es bueno, pero aquí lo manejaron la cut, la ctc y el gobierno. Nosotras luchamos en un cabildeo de casi veinte años para que nos incluyeran en esa agenda y al final nos sacaron. Algunos de esos señores pueden estar muy comprometidos, pero también son patrones, ellos no saben realmente cómo es este trabajo.
—Según el libro de Mary Garcia y Elsa Chaney –le recuerdo a Jenny–, precisamente a esa relación de poder se debe el conflicto de intereses entre las organizaciones feministas y las agremiaciones de empleadas domésticas: a las primeras les cuesta entender las problemáticas de las segundas, y en el fondo no les conviene que cambien sus condiciones porque su independencia como mujeres profesionales exige en muchos casos que otras mujeres se queden en sus casas lavando sus baños y cuidando a sus hijos.
—Pues obvio, exacto… si ellas también son patronas. Eso es lo que yo siempre he dicho y lo que nadie me entiende. Por ejemplo, el encuentro ese que hubo en Medellín: eso no fue organizado por las empleadas, sino por las patronas. ¿Cómo se les ocurre a ellas que van a sentir lo que nosotras sentimos, que van a poder luchar por los derechos que nosotras queremos? Eso es imposible. Pero desafortunadamente a ellas les paran bolas y a nosotras no.

A pesar de sus posibles bemoles, el Convenio 189 ha obligado a los gobiernos a tomar acciones concretas respecto a la legislación del servicio doméstico. Yaneth Anaya, subdirectora de Formalización y Protección del Empleo del Ministerio de Trabajo, y Carlos Prieto, asesor jurídico de la misma subdirección, dan cuenta de la postura histórica respecto al tema en el caso colombiano.

—Existe la idea errada de que solamente hasta la implementación del Convenio 189 comenzó a hablarse de la formalización del servicio doméstico, como si se tratara de una categoría especial de trabajadores, y no es así –dice Carlos Prieto–. El servicio doméstico viene regulado desde el Código Sustantivo del Trabajo, de 1950. Con la Carta de 1991 se constitucionalizó ese derecho a la igualdad de los trabajadores.
—Sin embargo –consulto a Prieto–, la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo dramática, y no se hizo casi nada desde 1950 hasta 2013. Apenas en el último par de años ha habido ciertos avances que coinciden con la entrada en vigencia del convenio de la OIT y con los escándalos mediáticos. ¿A qué se debe este giro?
—Bueno, por un lado, la incidencia de la acción de tutela ha sido radical. La conciencia de esos derechos y del acceso a la justicia ha hecho que las personas empiecen a ejercerlos –afirma Prieto–.
—Otro factor que ha influido es la organización de estas mujeres… y hombres –agrega Yaneth Anaya–. También hay una voluntad política en los últimos años, un desarrollo normativo. En este momento el ministro de Trabajo es Lucho Garzón y su mamá fue una trabajadora del servicio doméstico. Él lleva un año en cabeza del Ministerio y eso sin duda ha tenido repercusión.

El 6 de febrero de este año, las representantes Ángela María Robledo y Angélica Lozano, y la senadora Claudia López, presentaron el proyecto de ley 199, que busca reconocer el derecho a la prima para las empleadas domésticas. La exposición de motivos fue desarrollada en coordinación con centrales obreras y grupos sindicales, entre ellos la Utrasd, con María Roa como representante.

—Estuve en el Congreso de la República –recuerda María–. Fuimos 36 mujeres a hacernos oír, a defender nuestro derecho y a que conocieran nuestra situación.

Esa situación, de acuerdo con un estudio realizado en Medellín en 2012, puede resumirse de la siguiente manera. El 98% son madres solteras. El 48% pertenece al estrato 1 y el 41% al estrato 2. El 91% de las internas trabaja entre 10 y 18 horas diarias. El 62% recibe entre 300.000 y 566.000 pesos mensuales, el 22% entre 100.000 y 300.000, y el 2,4% entre 50.000 y 150.000. El 55% ha sufrido discriminación racial.

7. Alicia*

—Yo soy de la Loma del Bálsamo, al ladito de Fundación, Magdalena. Mi papa tenía una finca, vivíamos del ganado y de la agricultura. Ya cuando empezó la cuestión de la guerrilla tuvo que dejarlo todo. A pesar de todas las muertes que nosotros vimos, estamos completicos. Pero fue muy doloroso, yo vi gente que quemaron viva, gente inocente. La finca de mi papá quedaba al lado de Bellavista, un pueblo que acabaron totalmente.
—Antes de que todo se pusiera tan maluco, ¿cómo recuerdas tu infancia?
—Chévere, todo era muy sano. Esperábamos a que mi papá llegara a la casa con frutas. Había mucha abundancia. Mi mamá nos atendía en la casa. Somos nueve hermanos, cuatro hombres y cinco mujeres. Cada quien tenía su oficio, una lavaba, otra cocinaba, otra barría. Mi mamá en esa época hacía bollos y mandaba a mis hermanos a venderlos. Las niñas en la casa y los hombres en la calle.
—¿Cómo llegaste a Barranquilla?
—Yo conocí a mi esposo allá en el pueblo, yo tenía como 17. No estaba en el colegio ni nada, me salí en primero de primaria. Ya ahora grande, yo digo: “¿Y por qué no seguí de noche?”, pero ajá. Duramos un año conociéndonos hasta que le di el sí y nos fuimos a vivir a Barranquilla. Él trabajaba en negocios de su papá. Yo siempre me dediqué al hogar, apenas comencé a trabajar después de que me separé de él. Él decía que no le gustaba que la mujer trabajara sino que cuidara a los hijos, que cuando él llegara a la casa lo atendieran.
—¿Tú qué opinabas de eso?
—No sé ni qué decirte porque como yo no estudié, no se me pasaba por la cabeza hacer otra cosa. Yo solo me preocupaba por mis hijas y ellas fueron las que más me apoyaron para que comenzara a trabajar.
—¿Cómo fue la primera vez que trabajaste?
—Fue por allá en el barrio Ciudad Jardín. Una muchacha iba a tener hijas, mellas, y como yo había hecho un cursito de enfermería, de primeros auxilios, mi cuñada me recomendó y entonces empecé a trabajar allá. Yo ya tenía como 35 años, pero me animé.
—¿Tú eras la única que trabajaba en esa casa?
—No, allá había otra persona encargada de los oficios.
—¿Cómo te fue con esa familia?
—Pues bien. Me gustaba lo que estaba haciendo y ya tenía experiencia con los niños: los teteritos, los pañales y esas cosas. Lo malo es que allá comían raro. Yo le dije a la muchacha: “Nena, ven acá, ¿aquí por qué almuerzan así? Yo estoy como desesperada”. Ella se rió y me dijo: “Es que ellos son vegetarianos”, y yo: “¡Ajá, pero son ellos, no yo! Voy a hablar con la señora”. Hablé y me empezaron a comprar mi carne, mi pollo.
—¿Cuánto tiempo duraste con ellos?
—Apenas seis meses, porque la vieja era… ¿cómo es que se llama eso?, espirituarela, gnóstica. Un día yo estaba entrando y la vi como muerta en la cama, tiesa. Entonces le pregunté a la muchacha si la señora estaba enferma y me dijo: “No, seguramente está en cuerpo astral”. “¿Cómo así que cuerpo astral?”. “Debe estar por allá en Canadá que tiene un familiar y ella se va a visitarlo”. Y yo: “Hmm, ¡uy, Santo!”. Me aburrí de eso y me fui a pasar un tiempo con mis hijas.
—¿Te encariñaste con las niñas en esos seis meses?
—Claro, bastante. Y como estaban pequeñitas me dolió mucho, pero ajá, no podía esperar más. Después me fui a Maracaibo dos años. Y allá también fue un proceso con unos niños porque me querían mucho. Me trataron muy bien en esa casa, yo era como de la familia. Yo les conté a los señores que mis hijas todavía estaban pequeñas y ellos me propusieron que me las llevara para Venezuela. Pero no fui capaz. Los niños decían que cuando yo me viniera a Colombia, ellos se venían conmigo. Yo a esos pelaos los quería y ellos también bastante, estaban tan apegados a mí.
—¿Cómo te decían esos niños?
—Me llamaban por mi nombre, Ali. A casi todas les dicen “nana”. A mí no. Yo les enseñé: “Yo no soy su nana, soy una compañera que los va a cuidar y los va a querer mucho, voy a ser como su mamá pero distinto. Así que díganme por mi nombre, yo no me llamo nana”.

Después de casi veinte años cuidando niños, ahora, por primera vez, Alicia trabaja en una casa haciendo todas las labores domésticas. Comenzó a trabajar con esta familia en Santa Marta, reemplazando provisionalmente a su hermana. Después de cuatro meses, los patrones se mudaron a Bogotá y le pidieron a ella y a su hermana que los acompañaran. Hoy su hermana Marjorie trabaja en casa de los padres y Alicia en un pequeño apartamento al norte de Bogotá junto a los dos hijos universitarios.

—La señora no quería que los pelaos estuvieran solos acá. Yo los consiento y les cocino rico.

En cierta forma, Alicia sigue cuidando niños, pero ahora más grandes. Ha pasado de ocuparse de los teteritos y los pañales, a los sartenes, los baños y esas cosas.

—¿Cómo te has sentido trabajando de interna?
—Me ha ido bien. Estoy contenta. Además veo a otras amigas y me doy cuenta de que yo estoy bien. Tengo una amiga que le pagan 600 y la señora le cobra 150 por la habitación. Yo le dije: “Oye, ¿tú estás loca? Tronco de avispada que es esa vieja, y pa’ rematar es abogada”. Hay otra amiga que llegó y yo le dije: “Enderézate, niña”. Le pagaban 500, la ponían a trabajar hasta las diez y solo salía los domingos. ¡Qué abuso! Y llevaba seis años con esos. Yo sí le dije: “Ajá, por eso es que estás así jorobá, del cansancio”, y me contestó: “Es que ajá”. Averiguamos con una amiga, le conseguimos otra casa, entró ganando 850 y sale los sábados. Se le ve otra cara, ya se ríe. También por eso es que ellos prefieren a las costeñas: porque cocinan rico pero también para abusar de ellas. Pa’ no pagarles. Hay otra que gana 300, viene de los lados de Montería, ¡300.000 pesos! Y su patrona también es abogada, ellas saben toda la ley y mira con lo que salen. Ay, ¿por qué a mí no me toca una abogada pa’ demandarla? A mí me tratan bien, me voy de vacaciones cuando los pelaos salen de clases. Me tienen cariño.
—¿Por qué crees que están tan amañados contigo?
—Dicen que porque cocino sabroso y, pues, porque así soy yo: chévere.

Un domingo templado, nueve años atrás, Raúl Mercado Salvatierra no logró terminar el hígado de su almuerzo porque le sorprendió un mareo. Eran las doce del mediodía y no se había atragantado con un trozo de carne, como muchos pensaron luego en Suri, el poblado boliviano en el que vivía. Su cuerpo simplemente colapsó, como lo hace la tierra cuando hay un cataclismo. Y Raúl se fue a cámara lenta. Sangró un poco por la nariz. Caminó desde la puerta de la cocina hasta la del comedor balanceándose para los lados como un tentetieso y, minutos después, murió de pie, con los brazos caídos de los muñecos de trapo y la cabeza apoyada sobre el pecho de Marcelino Mendizábal, un campesino de ojitos vivarachos, manos tostadas y voz aflautada que a veces lo cuidaba.

Aquella jornada, como si algo presintiera, Raúl, que acababa de cumplir 89 años, le había pedido a la hermana de su empleada doméstica que lavara toda su ropa y las sábanas y las colchas de su cama. Se había calzado el único pantalón que estaba más o menos limpio y, como no veía ninguna otra en condiciones, se había puesto una camisa blanca de corte italiano que guardaba para su sepelio: la “camisa de muerto”, así la llamaba. Nunca se había atrevido a utilizarla y murió con ella puesta, mientras el resto de su vestimenta, la de uso casual, secaba al sol en el patio de su casa.

La estela que Raúl dejó detrás tenía más de bodegón que de escena macabra: un plato con sobras junto a un vaso de agua, un catre vacío, sus prendas mojadas, una esquina repleta de papeles amarillentos y libros. La muerte como una secuencia estática.

La historia del instante en que Raúl dejó de respirar, sin embargo, va más allá de aquel segundo en que el mundo se detuvo. Comenzó a escribirse 60 años antes en una parcela familiar próxima a Suri, cuando Raúl plantó un nogal que cortaría casi tres décadas después para que un carpintero hiciera el ataúd en el que debían enterrarle.

***

Se siembran árboles como un tributo para las nuevas generaciones: porque reducen la contaminación, oxigenan el aire, ahogan los ruidos, intervienen en el ciclo del agua, protegen el suelo y mantienen ecosistemas diminutos a su alrededor. Pero no siempre. Raúl plantó el suyo por una razón menos altruista y más práctica: ni en su pueblo ni en los alrededores había funerarias y quería un último adiós sin complicaciones para nadie.

En Yokohama (Japón), los problemas cuando alguien se muere son sobre todo de espacio: allí el negocio de vanguardia son los “hoteles” que en vez de habitaciones de lujo ofrecen féretros refrigerados para que los cadáveres no se descompongan mientras esperan el turno de ser atendidos en alguno de los crematorios de la ciudad. En Italia, la población de Falciano del Massico lanzó una ordenanza que prohíbe a sus habitantes y a los turistas “ir más allá de los límites de la vida terrenal” porque ya no existe campo suficiente en el cementerio. En Suri, el principal dolor de cabeza siempre ha sido literal: tener dónde caerse muerto. Casi nunca hay un cajón preparado cuando alguien estira la pata.

–Mi padre nos dejó el cajón y también ladrillos y cemento para que armáramos la tumba, unas verjas de fierro numeradas, para que las montáramos alrededor, y la fosa marcada. Además, en uno de sus armarios, había un frac negro bien planchado con brillo en las solapas, una corbatita de terciopelo, zapatos, calcetines y ropa interior sin estrenar. Todo eso, para que lo velaran –dice ahora Daily Mercado, una de las hijas de Raúl, mientras fuma tabaco negro en un cómodo sofá de su casa de La Paz, que se halla en un barrio sin enormes edificios, que tiene más de campiña humilde que de madriguera urbana.

Daily, de 61 años, se llama así porque al nacer casi se muere. Porque su madre tuvo problemas a mitad del embarazo y el parto fue bastante complicado. Porque nació y creyeron que no respiraba: se veía morada. Porque Raúl, por si la perdían, hizo llamar a un cura para que la bautizara. Porque luego alzó un bote de leche en polvo de una balda. Porque en sus instrucciones, en inglés, la palabra “daily” era la que mejor le sonaba. Porque a continuación la pronunció: “Que se llame Daily”, dijo sin meditarlo mucho. Porque justo después la bebé, Daily, llenó con su llanto el dormitorio en el que estaban.

Cuando murió Raúl Mercado, Daily lloró otra vez llena de rabia, aunque ya se lo esperaba.

–Un mes y medio antes –recuerda–, soñé que unas monjitas y unos curas oraban durante un entierro, que un ataúd volaba de un lado a otro como si fuera una alfombra mágica y que los niños echaban juguetitos dentro. Y me dije: ese es mi padre.

Y un mes y medio después, su padre fue: dejó de ser, como los peluches que se rompen.

En la cocina-living-comedor de Daily hay un lienzo de colores suaves en el que Ricardo Pérez Alcalá, el mejor acuarelista que ha tenido Bolivia, retrató a Raúl de espaldas. En él, el anciano avanza encorvado en compañía de varios gallos, a través de una senda solitaria. Pérez Alcalá lo pintó con una soga que se desliza sobre sus hombros y se amarra en mitad del espinazo, adquiriendo la forma de Cristo crucificado.

–“Esta es la cruz que cargó tu padre”, me dijo el pintor cuando me regaló el cuadro. Creo que trató de representar su sufrimiento. Mi papá vivió muchos años solo, de-ma-sia-dos –silabea Daily, y luego apura un cigarrillo en silencio, mirando al suelo.

***

La primera vez que Raúl Mercado pensó que moriría fue durante la Guerra del Chaco (1932-1935), una disputa entre Bolivia y Paraguay por los terrenos donde yace buena parte del gas que ha hecho un poco más ricos a unos bolivianos que siguen siendo pobres. Lo reclutaron a los 16, la edad en la que uno solo piensa en chicas o en irse de parranda con los amigos. Y partió a lomo de una mula a ese paredón exorbitante que era el campo de batalla, con una manta que le dio su madre para que aguantara el trayecto.

Las noticias que llegaban del Chaco Boreal, uno de los parajes más desolados e implacables de América Latina, solían ser grotescas. Allá, en mitad de planicies interminables donde a veces era imposible hallar una sola gota de agua limpia, en medio de bosquecillos de vegetación enana y suelos agrietados rodeados de arena y piedras, los pocos charcos con los que se topaban los militares estaban llenos de parásitos que provocaban vómitos y diarreas. Algunos, en este punto del mapa que también era conocido como el “infierno verde”, a más de 30 grados de temperatura, solo conseguían calmar la sed bebiendo sus propios orines. Otros, para no desfallecer antes de tiempo, devoraban con ansiedad la suela desgastada de sus botas. Muchas fotos de la época muestran a jóvenes consumidos dentro de sus uniformes raídos. A menudo, el peligro era el teatro de operaciones mismo, y no los proyectiles que zumbaban como abejorros.

Raúl estuvo a las órdenes de un sádico capitán que les exigía retornar de cada escaramuza con las orejas de los paraguayos caídos –las debían ensartar en un delgado alambre antes de entregárselas a su superior, que las guardaba luego como si fueran una especie de amuleto para mantenerse a salvo: su buen humor, al parecer, dependía del número de órganos cercenados al enemigo–. Y volvió del frente maltrecho: con uno de sus pulmones perforado y parte de su labio inferior destrozado por un roce de metralla.

Su primer contacto con la realidad más allá de las trincheras fue un hospital, donde le hicieron un injerto en ese labio que se veía como un pellejo inútil y donde sanó de otras heridas menos profundas. Poco después de aquella cirugía, Raúl atisbó a lo lejos a uno de sus hermanos que también había combatido y reaccionó como si se tratara de un espíritu, pues lo imaginaba preso en Asunción o bajo una lápida en algún páramo desierto. Corrió hacia él, se besaron en la boca y el júbilo inicial se transformó en tragedia: a Raúl se le salieron los puntos de sutura y, aunque lo intentó, no logró recuperar el pedazo de boca que le había dado de nuevo la apariencia de hombre intacto.

–Desde aquel día, pidió que no se preparara sopa cuando tenía invitados porque no podía terminarla sin hacer ruido. Y cada vez que se tomaba un cafecito, yo le decía: papi, es el café más rico que he escuchado nunca –comenta Daily. Lo hace con los ojos encendidos, como si los sorbos que su padre regalaba fueran aún música para sus oídos.

Cuando se sobrevive a una experiencia extrema, las secuelas psicológicas y físicas que quedan suelen dar para llenar una agenda de teléfonos. Raúl Mercado heredó varias manías de la Guerra del Chaco: no perdonaba la siesta –la echaba recostado en una hamaca– y acopiaba víveres en cantidades industriales –según Daily, no se hacía faltar quesos y fiambres porque, a lo Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, había jurado que no volvería a pasar hambre–. Padeció también algunos traumas: durante la noche, las pesadillas lo acosaban y se despertaba gritando que le disparaban. Y una obsesión lo perseguía:

–Creía su deber dejarlo todo listo para su entierro –dice su hija.

La muerte es un signo de interrogación que no puede registrarse con anticipación en el almanaque; y el único recurso ante ella para los que acostumbran dejarlo todo atado es adelantarse. Algunos preparan su funeral y se dan el lujo de escoger el tipo de ceremonia, la mortaja y hasta la banda sonora para despedirse; a otros les basta con adquirir el nicho en el que tarde o temprano serán víctimas de la gusanera; y hay quienes firman su testamento a los 20 años para que sus calzones amarillos de la buena suerte o su colección de discos de Elvis Costello y de Frank Sinatra no acaben en poder de algún impresentable. Raúl Mercado optó por convertirse en el adalid del hágalo usted mismo. Su máxima: plante un árbol, construya un ataúd y muera tranquilo.

Cuando conocí a Raúl, en 2002, él disimulaba las marcas que dejó en su labio la Guerra del Chaco con una perilla canosa de académico, se ayudaba de un bastón para avanzar por el piso resbaladizo de Suri y guardaba su famoso féretro en uno de los dos cuartitos que le servían de refugio. Me encontré con él en la plaza principal del pueblo y luego nos dirigimos a su casa mientras me agarraba del antebrazo para evitar tropiezos.

El ambiente principal era un estudio húmedo y mal iluminado, con una mesa, un calendario, una tumbona, algunos documentos y una máquina de escribir antigua en la que Raúl tecleaba de vez en cuando para entretenerse. Encima de aquella escenografía en la que nada parecía estar de más había una viga. Y sobre ella, envuelto en un par de frazadas, estaba el ataúd: un cajón corpulento con los bordes raídos y la cubierta puesta.

–Lo acabo de hacer fumigar, ya sabe, por los bichos –me dijo Raúl señalando arriba, y después hizo amago de sonreír, pero apenas logró esbozar una mueca traviesa–. Es mi segundo cajón –me explicó a continuación. Me pidió ayuda para bajarlo y lo apoyamos sobre una banca sin espaldar, procurando que no se abriera.

El primer cajón –el que nació de aquel nogal que cuidó casi 30 años con mimo y que troceó al alcanzar el tamaño adecuado–, según contaba, “era mucha cosa”: cien por cien artesanal, con un tallado impecable y su nombre escrito en letras de imprenta.

–Lastimosamente, tuve que prestarlo –dijo después observando el techo–. Un buen amigo se finó y sus familiares necesitaban uno para mandarlo al agujero. El que me devolvieron, este que usted está tocando ahora, es más ordinario que el que tenía.

El nuevo ataúd, el de repuesto, era negro, con un revestimiento de color arcilla y sin aderezos. Un objeto vulgar, como los juguetes de plástico o los electrodomésticos modernos. Al principio, Raúl blasfemaba cada vez que lo veía.

–Para mi padre, aquel cambio fue un disgusto –dice su hija. Pero acabó por acostumbrarse y comenzó a mostrarlo con orgullo cada vez que recibía visitas. Al fin y al cabo, era igual de funcional que el primero que tuvo: un abrigo de madera más en el que pudrirse a gusto.

***

En 2011, Zeli Ferreira Rossi, un jubilado del estado brasileño de Minas Gerais, confesó que descansaba todos los viernes en un féretro en homenaje a un amigo suyo que fue asesinado en 1986. “Mantengo la costumbre desde que él no está, y cuando un viernes no puedo dormir ahí adentro, se me quita el sueño. Se trata de un buen sitio para rezar y reflexionar”, declaró a la prensa por aquel entonces. En Indonesia, las tumbas de la tribu de los torajas son naturales: huecos excavados en enormes paredes de piedra donde meten los cadáveres embalsamados para que todos los vean y nadie se olvide de los que se fueron. Y en Malasia, para combatir la mala suerte, los devotos del templo de Looi Im echan la siesta en cajones de lujo –en las entrañas del santuario mismo– mientras rezan por ellos. “Nos preguntamos por nuestro pasado y nos tropezamos con un ataúd”, escribió la poeta Nazik al-Malaika en Chispas y cenizas en 1949. Para Raúl Mercado, el pasado siempre fue un período difícil de mencionar: un reguero de muertos.

–A mi abuelita, su mamá, se la tragó un río. El caballo que montaba tropezó con unos troncos, cayó de un puente, y ella, como era gordita, no pudo zafarse y se la llevó un golpe de agua. Mi padre asumió que fue su culpa y casi enloquece: estuvo dos años buscándola. Al final, le hicimos creer que un hueso de burro era de su madre y eso fue lo que enterró, junto a un pedazo de vestido floreado que él había hallado en una rama –comenta Daily mientras vierte un chorro de bourbon en un vaso de cubata.

Es un miércoles soleado y estamos nuevamente en su casa de La Paz, sobre una especie de risco que hace tres años se vino abajo parcialmente tras un deslizamiento que fue como un tsunami pero con olas de escombros. Nos acompañan María Luisa y Elsa Mercado, hermanas de Raúl, dos ancianas entrañables –una, entrada en carnes y de movimientos acartonados, y la otra, delgada y ágil– que llevan tomando bourbon desde primeras horas de la mañana. María Luisa viste una blusa holgada. Elsa, una chompa de ganchillo. Ambas usan lentes. Y entre trago y trago hacen un repaso prolijo de la genealogía de la familia, una estirpe acostumbrada a los desenlaces imprevistos.

–A mi marido lo masacraron unos asaltantes en un camino –dice Elsa sin afligirse, como quien anuncia que perdió a su mascota una soporífera tarde de domingo.

–El mío se murió en un remolino cuando trataba de salvar a nuestro hijo de cuatro años, que estaba en el río. Y aún los extraño a ambos –dice luego María Luisa mientras se recuesta en un sillón de cojines desgastados, adornado con una piel de tigre.

–Otro tío mío se pegó un tiro, sin querer, con la escopeta. Y no pudieron hacer nada para auxiliarle –añade Daily con el tono indiferente de quienes revisan a diario los avisos necrológicos de los periódicos para ver si ha fallecido alguno de sus vecinos.

Lo hace mientras dibuja círculos con su dedo sobre el borde de cristal de su vaso de whisky, como si estuviera calculando la probabilidad de que algo así sucediera de nuevo, quizás porque para los Mercado la realidad siempre estuvo rodeada de malos presagios. Hace algunos años, una hermana de Raúl apareció muerta en su asiento de autobús mientras esperaba a que este partiera. Otra se intoxicó al ingerir pescado en mal estado y tampoco vivió después para contarlo.

–Y mi madre, durante una crisis nerviosa, tras una larga enfermedad, trató de lastimarse en la misma habitación en la que mi papá conservó su féretro durante décadas –me comenta Daily–. Yo era muy chica por aquel entonces, pero aún recuerdo que, para que mi mamá se recuperara, comencé a recitar el rosario sobre tapas de botella, hasta que las rodillas se me llenaron de llagas.

Tras aquel episodio aciago, su madre hizo las maletas y emigró a la ciudad de La Paz con sus ocho hijos. Y Raúl, que los vio marchar como quien ve pasar el tren, sin poder hacer nada para detenerlos, decidió permanecer en el pueblo. “Lo mejor que he tenido creo que es la soledad”, me confesaría unos años después mientras posaba al lado de su ataúd. Fueron las últimas palabras que yo le escuché. Nunca más volvería a verlo.

Daily, que en sus ratos libres lee la baraja española y el I Ching –una suerte de vademécum chino para evitar la mala vibra–, cree que lo que golpea a los Mercado día tras día es su propio karma:

–Nuestra sangre está maldita. Tenemos muchos nudos que desatar. Hay problemas que se transmitieron de unos a otros sin que hayamos hecho nada para resolverlos. No hemos sido lo suficientemente conscientes de que algo no funciona en nuestro interior, de que algo no funcionó nunca. Yo también me he quedado sola, como mi padre, por ejemplo. Pero por lo menos he hecho esfuerzos para remediarlo.

Hace algunos años, Daily montó un club para solos y solas en el que se conversaba y bailaba a veces hasta la madrugada. Lo acabó cerrando a los pocos meses.

En Suri –recuerda Daily–, Raúl casi siempre se acostaba pronto: a las 20:30. Y se levantaba con los gallos: a las 5:00. Era un hombre de costumbres bien marcadas. Solía calzarse el pantalón hasta las costillas. Cuando la comida no estaba preparada a las 12:00 en punto, no almorzaba. Escuchaba a Mozart y a Beethoven en un tocadiscos que en otra época era último modelo. Se volvía loco cuando le cambiaban el dial en el que seguía la radionovela. Y algunos piensan que siempre fue un iconoclasta.

Cuando era joven –y el pueblo un rincón privilegiado que se caracterizaba por las señoronas que se enroscaban el cabello para que sus peinados terminaran en un moño discreto, por las jovencitas que vestían trajes largos y elegantes y por las abuelas que usaban abanicos para que corriera el aire–, alimentaba los chismes en la plaza principal cada vez que se paseaba por allí con su pelo largo y su barba desaliñada, como si fuera un hippie desorientado en una fiesta de gala. Años después, como corregidor, ayudó a solucionar una infinidad de crisis de pareja y pleitos caseros. Como abogado autodidacta, se ganó más de una enemistad por apoyar a los campesinos –en detrimento de los patrones– cada vez que había algún conflicto por tierras. Y además fue un gran aficionado al fútbol. La imagen que algunos aún tienen de él es con medias y una pelota entre las piernas. Se dice que tardó 50 años en colgar los botines y retirarse.

También, que era generoso, que muchos domingos partía una pierna de vaca y convidaba a los que pasaban por inmediaciones de su propiedad, que apuntaba en un cuaderno el dinero que prestaba (y nunca recuperaba) y que solía echar una mano gratis a enfermos y embarazadas.

–A todos colaboraba –dice su hija–. Él no era médico, pero sí sabio, leía muchísimo. Y sabía desde colocar un inyectable hasta bajar la fiebre.

A veces, manejaba un extraño manual llamado El insípido, que tenía muy poco en común con los tratados medicinales clásicos. Los títulos de sus capítulos y los epígrafes eran poemas en sí mismos: “El caso clínico, la mente, la boca, los pelos y los pies del hombre civilizado”, “Las cinco sonatas del organismo enfermo”, “Las ondas cortas, más terribles que los piojos”, “Anarquía glandular”, “Curvofobia, el horror a la grasa” o “El hombre cava con los dientes su sepultura”. Sus reflexiones, en ocasiones, una locura: “Un hombre es consecuencia de lo que come. El tipo racial de los ingleses está influenciado por el roast beef y las patatas cocidas. El abdomen de los teutones y sus cráneos dolicocéfalos provienen de las salchichas y la cerveza. Y un español, después de ingerir ‘cocido’ obra con arreglo al calórico exagerado de este alimento: o baila jota o se pelea”, decía en la página 233. Y varias de sus recomendaciones parecían sacadas de un refranero. “Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano”, aconsejaba en la 144.

Raúl solía cenar a las 18:00 o a las 18:30, pero seguir a rajatabla algunas de las “recetas” de su libro no le garantizó una salud de hierro. Y cuando se enfermaba era complicado sacarlo de Suri.

–Él se quejaba de que en la ciudad la piel se le escamaba. Por eso, no nos visitaba mucho –recuerda Daily–. Una de las últimas veces que fuimos a buscarlo, los vecinos nos rodearon porque que no querían que él viajara. “Don Raúl tiene que morir aquí. Aquí ha de ser su entierro”, decían. Por aquel entonces, su estómago no funcionaba bien. No podíamos controlar su diarrea. Y tras mucho insistir nos dejaron ir, pero tuvimos que prometer que, si pasaba algo, regresaríamos con el cadáver.

No hizo falta: retornó a Suri sano y salvo.

–Y con mucha hambre –ríe su hija.

***

Entre La Paz y Suri hay 325 kilómetros y varias tumbas. Muchas de ellas, al pie del camino, consisten en un montón de piedras superpuestas armando una especie de cono con una cruz metálica en la cima. Daily dice que, de niña, se tapaba la cara cada vez que pasaba por esta carretera porque le daba muchísimo miedo. Hoy es un viernes de finales de abril y lo que hace para no mirar más allá de la ventana es correr rápidamente la cortina del autobús y cubrirla. Afuera, la carretera se estrecha a ratos como si alguien la hubiera tajado con un machete, y son comunes los barrancos y los barranquillos. Afuera, los ocres y los verdes se prenden y se apagan como los focos cuando parpadean. Afuera, hay un olor intenso a eucalipto. Afuera, los tejados de algunas aldeas se ven como si los hubieran moldeado en mitad del valle. Y mientras los paisajes se forman y se difuminan constantemente, ajeno a todo, delante de nosotros, dentro del vehículo, cabecea un anciano de traje, con el mentón salpicado de pelos blancos, sombrero y bastón.

–Es igualito a mi padre –me susurra Daily, que se ha teñido el pelo de un color rojo cereza. Es la primera escapada que hace al pueblo desde que Raúl murió, y está inquieta.

El bus se queda en Licoma, parada casi obligada entre camioneros, y la siguiente parte del recorrido es suicida: un zigzagueo de 40 minutos a lomos de una mototaxi que besa la tierra en las curvas cerradas y espanta a las vacas con un claxon que tartamudea.

Suri es un conglomerado de calles por las que sube y baja un viento ligero. Una sucesión de construcciones de una o dos alturas con las puertas grandes y robustas y las ventanas chicas. Un lugar con menos de 500 habitantes que se eleva sobre el cerro y sobrevive gracias a los cítricos y a los cultivos de hoja de coca –omnipresentes desde hace varios siglos–. Un paraíso rural en el que casi nunca sucede nada destacable, y en el que las últimas noticias casi siempre guardan relación con el fallecimiento de alguien.

–Hace algunos días, murió Francisco, el último ex combatiente de la Guerra del Chaco nacido aquí. Recién lo trajeron y lo enterraron –anuncia una prima de Daily en cuanto llegamos, mientras los mosquitos ponen su rúbrica en nuestros codos y tobillos.

–Cuando mi papá murió, su velorio estaba lleno y cociné lo que más le gustaba: sopa de maní y pollo con mucha zanahoria. Nadie se quería ir. Hasta un borrachito se quedó y, claro, al amanecer estaba ebrio, ¿te acuerdas? –le dice Daily a su prima, que frunce el ceño y no deja de observarse un dedo que se machucó hace poco partiendo leña.

Aquella jornada, tras la comilona de rigor con lo que le entusiasmaba al muerto, Luciano Arroyo, un lugareño de manos grandes como guantes de obrero, fue el elegido para cavar el hoyo destinado a Raúl en el cementerio y para armar un cerco con fierros.

Luciano es un sesentón de orejas puntiagudas, rostro alargado y cejas muy pobladas y juntas. Trabaja como albañil y carpintero. Vive a pocos metros del centro del pueblo, y cuenta exagerando sus gestos, como si estuviera masticando el aire, que aquí, cuando fallece alguien, a menudo tiene que improvisar un féretro en menos de veinticuatro horas.

–Acá no pasa como en la ciudad, donde se usan materiales finos –explica–. En Suri, dependemos de los maderos que nos entregan los dolientes. Y no siempre son de calidad. Con buena madera, uno lo hace bien. Pero cuando es mala no hay manera. Yo nunca he pedido nada a cambio: me dan la voluntad nomás. Lo hago por humanidad.

Según Luciano, cuando no hay troncos ni tablones suficientes, algunos evacúan al difunto sin el cajón correspondiente: lo sientan en la parte de atrás de sus vagonetas, como si durmiera, y atraviesan los peajes del camino tratando de no levantar sospechas. Otros encargan su ataúd con anticipación para evitar imprevistos. Y hasta el momento, no ha habido nadie más como Raúl: capaz de convivir al lado del suyo durante décadas.

En la casa en la que aquel féretro permaneció durante años, Daily revolotea ahora agitada, como si no fuera real lo que está viendo. Lo que ve es una techumbre que seguramente no resistirá la próxima temporada de lluvias. Lo que ve es un escritorio pegado a una pared. Lo que ve es un baño con pedazos de papel higiénico alfombrando el piso. Lo que ve es un depósito abarrotado donde antes había gallinas. Lo que ve es un nido de pájaros en mitad de un tragaluz: un nido vacío. Sobre la viga en la que estuvo el ataúd, solo hay un puñado de telarañas. Y en la cocina en la que Raúl comenzó a desfallecer, el decorado es austero: un horno de leña, sillas que se sostienen apenas, restos de ceniza, unas ollas con la base quemada. Cuando Daily se asoma, resbala y cae.

–Es como si aún estuviera aquí presente su papá, ¿no ve? –le dice Marcelino Mendizábal, el cuidador, mientras se inclina para comprobar que no se ha roto ningún hueso. Daily, medio aturdida por el golpe, tarda un rato en reaccionar y no le responde.

Al día, siguiente, rumbo al cementerio, nos cruzamos con un par de agricultores que se dirigen a sus chacras y que saludan toscamente. Daily viste una polera blanca y una camisa rayada sin abotonar. Su andar es cansino. Sus pasos, irregulares y distraídos.

El cementerio de Suri crece sin ninguna planificación, al aire libre, sin tabiques de por medio, interrumpiendo una senda estrecha, como si fuera un pedazo de selva. La tumba de Raúl está cubierta de hojas y Marcelino tarda unos minutos en adecentarla con una escoba que ha armado con ramas secas.

“Papito, te amamos. Tu esposa, tus hijos, tus nietos y bisnietos. Raúl Mercado Salvatierra. 25 de agosto de 1916 – 4 de septiembre de 2005”, dice la lápida. Daily se arrodilla. Cierra los ojos con mucha fuerza y medita.

–Su padre ya estaba cansado –le consuela Marcelino–. Casi ni hablaba.

Antes de morir –corre el rumor– se hizo dar misa una mañana para despedirse.

–Como si adivinara –opina Marcelino.

Antes de morir, a su ataúd le decía “mi nave”.

“Mi nave ya está lista”, decía.

1.

El cabo Mora aterrizó en Bogotá una mañana fría de septiembre de 2008. Venía de Ocaña, en Norte de Santander, donde la temperatura rondaba los treinta grados. Se ubicó temporalmente en una unidad de aviones plataforma, mientras sus superiores le informaban cuál sería su trabajo y dónde viviría en la capital.

Hasta ese momento, Mora se había desempeñado como agente de inteligencia del Ejército y había logrado infiltrarse en los reductos paramilitares del nororiente colombiano. Sin embargo, sospechaba que de ahí en adelante el Ejército no lo iba a seguir destinando a misiones similares. Los comandantes en Norte de Santander lo habían expulsado prácticamente como a un perro. Tenía 24 años y uno de sus temores más agobiantes era que su carrera militar podía desplomarse: lo iban a retirar o a presionar para que solicitara su retiro. Aunque existía una posibilidad todavía peor: lo iban a matar o le iban a matar a su familia.

Por esos días leyó en la revista Semana un artículo titulado “Versiones encontradas sobre jóvenes desaparecidos en Soacha”. La nota daba a entender que en fosas comunes, en las afueras de Ocaña, habían encontrado los cuerpos de un puñado de jóvenes que residían en aquella población al sur de Bogotá y que habían sido reportados a comienzos de año como desaparecidos. El Ejército los estaba presentando como integrantes de grupos al margen de la ley, pero sus familiares desmentían esa versión diciendo que esos jóvenes no eran criminales de ninguna clase. Al día siguiente, la revista volvió a publicar una nota esta vez con el título “¿Reclutados o asesinados?”, según la cual los exámenes de medicina forense indicaban que los jóvenes habían sido asesinados meses atrás y que los camuflados con que habían sido inhumados no tenían los orificios de balas que sí tenían los cuerpos de cada uno. Fue en ese momento cuando Clara López, entonces secretaria de Gobierno de Bogotá, se arriesgó a lanzar por primera vez la hipótesis de que los jóvenes habían sido secuestrados para matarlos.

Mora se dijo: “Yo sé qué pasó con esos muchachos”. Sin embargo, recordó que en enero de 2008 un sargento del Ejército también había hablado con Semana sobre casos parecidos, luego se le había presentado en su oficina en Bogotá al comandante del Ejército, el general Mario Montoya, y poco después, de manera insólita, el mismo Ejército lo había capturado por cargos de extorsión. “Acá en Bogotá tampoco se lo puedo contar a nadie”, pensó. Dos días más tarde, leyó en Semana: “Ya son 46 los jóvenes desaparecidos que fueron reportados como muertos en combate”. Otros medios también comenzaron a ventilar las historias de las familias de esos muchachos y a mostrar a las mamás en llanto. En ese instante, el cabo Mora cambió de decisión.

–Me sentí culpable –me dice–. Fui a donde un mayor, amigo mío, y le dije que yo podía aclarar lo de Ocaña. El mayor me llevó con el director de inteligencia del Ejército, el general Díaz. Y a él le conté todo. Duramos casi un día hablando y él solo se cogía la cabeza con sorpresa y decía “…cómo así, cómo así…”, y me decía que ellos tenían sospechas pero que faltaba un testimonio como el mío.

Al final de la tarde, el general Díaz se saltó el conducto regular: no le informó al general Mario Montoya, sino que telefoneó al comandante de las Fuerzas Militares, general Freddy Padilla de León, para que supiera y a su vez pusiera al corriente al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.

–Sabían de pronto que mi general Montoya… –Mora se frena. Piensa mejor lo que va a decir–. Mi general Montoya ha dicho que lo que mataron allá fueron delincuentes y que no pasaba nada.

A la mañana siguiente, ya sintiéndose respaldado por el ministro Santos, Mora madrugó a denunciar los hechos en la Fiscalía y en la Procuraduría.

–Me parece –dice, forzando el recuerdo– que fue un procurador el que llamó a estos crímenes “falsos positivos”. Y después se vino la bola mediática e investigativa tan inmensa.

Bola que obligó al general Montoya, un mes más tarde, a destituir a tres coroneles de Norte de Santander: Rubén Darío Castro, Santiago Herrera Fajardo y Gabriel Rincón Amado, dos de los cuales habían hecho sentir como un delincuente al cabo Mora. Y a los cuatro días de estas bajas, el presidente Álvaro Uribe Vélez hizo lo mismo con 27 militares más, entre ellos tres generales.

–Todos estos militares supieron que fui yo el que puso todo al descubierto. Inmediatamente me empezaron a tratar de sapo, de traidor.

El cabo Mora es un tipo alto y grueso, quizá con kilos de sobra. Tiene la piel oscura y los ojos escondidos, pero con pupilas de un blanco intenso. Su nombre es Carlos Eduardo, habla con voz delgada y mantiene ese suave tono de niño bien educado y tímido: “Buenas, don Juan”, “¿le provoca algo de tomar, don Juan?”. Vive con su esposa y su hija, una pequeña que va llenando de grititos y risas la casa. Mora la besa, la abraza, con ella se le enflaquece aún más la voz. Viven al norte de Bogotá, en un conjunto residencial de las Fuerzas Militares. Algunos soldados controlan la entrada, y en el parqueadero hombres en camuflado, con sus pistolas de dotación rebotándoles en la cintura, se bajan de carros con placas civiles sin polarizados ni escoltas. Los niños juegan fútbol en los jardines.

Mora se transporta en un carro blindado y está protegido por dos escoltas. Esas son las medidas cautelares que le otorgó la Fiscalía luego de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos conceptuara en octubre de 2013 que “sus derechos a la vida e integridad” estaban “amenazados y en grave riesgo”.

Estamos sentados en la sala. El apartamento es pequeño y decorado modestamente. Un solo cuadro de colores encendidos cuelga en el comedor. Mora ha contado varias veces su historia como testigo principal de los falsos positivos. La mayoría de ellas en el proceso de investigación y juicio abierto contra los militares implicados. Y es esa historia la que los tiene en la cárcel o a un paso de ella. Pocas veces se la ha contado a la prensa, y esta es prácticamente la primera vez que la narra, dispuesto a que sea publicada in extenso con todos los detalles.

2.

De niño Carlos Eduardo Mora soñaba con ser soldado. Vivía en Ciudad Bolívar con su mamá y su padrastro, y había octubres en que se disfrazaba con camuflado. Al graduarse del colegio, se reencontró con su papá, quien para ese momento ya era un sargento mayor retirado del Ejército. Le dijo que él también quería seguir la carrera militar y, aunque al comienzo su papá trató de disuadirlo –“ser militar es muy duro, mijo, mucho más ahora con la seguridad como está” –, terminó ayudándolo a ingresar a la Escuela de Suboficiales en Tolemaida.

A finales de 2004, recién cumplidos los 21 años, obtuvo el grado de tecnólogo en ciencias militares y entre mil aspirantes fue incluido en un grupo de cincuenta que se especializó en nueva inteligencia militar. Palabras más, palabras menos: pasar desapercibido en una comunidad y ser capaz de infiltrarse en un grupo al margen de la ley con el propósito de reunir información para operaciones de choque, asaltos y capturas.

Casi enseguida fue asignado a la recién creada Brigada Móvil XV que operaría en Norte de Santander, desde la región del Catatumbo y la frontera con Venezuela hasta Ocaña y los límites con el Cesar. Pero como nunca antes había padecido el estrépito de la guerra, sus superiores le encargaron una escuadra de cinco hombres y lo enviaron a la zona rural del municipio de Tibú, donde las Farc y el ELN daban bala todos los días. Era marzo de 2006. Fue allí cuando el cabo Mora vio morir a varios de sus hombres, de las maneras más dramáticas: tras un ataque con bombas, uno de ellos perdió la mitad de la cabeza, al otro le volaron el rostro y uno más se desangró por completo después de que un mortero la arrancara una pierna.

–¿Yo qué les decía a los que habían quedado vivos? Para eso no me había preparado la escuela. Lo único que se me vino a la cabeza fue: “Jóvenes, nosotros sabíamos a qué veníamos, ahora vamos a vengarnos”. Me di vuelta, me hice a un lado del grupo y me puse a llorar. Había compartido mucho con esos muchachos, meses sin ver una cara distinta a la de ellos, y de un momento a otro verlos muertos fue muy duro. Ahí me dije: “Esto no es lo mío”.

Un mes después, le llegó la notificación de que había sido designado para crear un grupo especial llamado Central de Inteligencia Técnica de Ocaña (CIOCA), junto con otro cabo que estaría bajo su mando. En adelante, el cabo Mora no volvería a usar el uniforme militar y tampoco podría residir en los batallones. Debía convertirse en un civil más. Su misión sería recabar información desde el interior de las bandas criminales y unas cuantas células aún activas de la desmovilizada guerrilla del EPL, para que la tropa pudiera neutralizarlas.

–Al poco tiempo comenzamos a dar resultados –dice–, más que todo contra bandas criminales. Con nuestra información se decomisó armamento, se capturaron 18 integrantes de los reductos paramilitares, entre ellos un cabecilla. Y luego de estos golpes, los paramilitares se dieron cuenta de que éramos mi compañero y yo, y nos declararon objetivo militar.

Por esos días, noviembre de 2006, el Frente 33 de las Farc se tomó el Alto del Pozo, una ruralía de Ocaña, y mató a 17 soldados. El mando militar reaccionó relevando a los comandantes del Batallón Santander y de la Brigada Móvil XV y nombrando en su lugar al coronel Santiago Herrera Fajardo y su cúpula. Aunque Herrera Fajardo tenía tres medallas por valor en combate y era uno de los mimados del general Montoya, también era muy resistido a causa de sus métodos. Entre militares le decían “Fortín”, por su solidez tropera.

El primer movimiento de Herrera Fajardo fue incrustar su gente en las distintas áreas de trabajo. A la CIOCA metió un cabo de apellido Urbano, trasladando al cabo que estaba bajo el mando de Mora.

–A Urbano le decían “Hitler”. Imagínese lo malo que era. Y claro –me explica Mora–, apenas llegó dio un resultado. Comencé a dudar porque yo llevaba meses trabajando para crear líneas de acción y este cabo llegó y en un día ya lo había logrado. Es más: casi enseguida dio información para lograr una supuesta baja del enemigo. Pero como yo hablaba con la gente del pueblo, supe que el muchacho al que habían matado no era ni un paramilitar ni un guerrillero, era un loquito de la calle. Y en la morgue confirmé que ese muchacho había pasado por tratamiento psiquiátrico en la clínica de Ocaña.

A continuación, un mayor también de la cuerda de Herrera Fajardo le pidió a Mora el nombre de sus informantes. El cabo se rehusó. Esa petición, más lo que venía haciendo Urbano, le parecieron indicios de que los métodos de este grupo de militares no eran ortodoxos. Para protegerse y preservar la vida de sus contactos, Mora le informó de sus sospechas a un sargento con autoridad sobre la contrainteligencia de la Brigada Móvil XV. Este sargento, en respuesta, le ordenó a Mora pegársele al cabo Urbano y averiguar más detalles.

–Una noche, uno de los coroneles nuevos, Gabriel Rincón Amado, me llamó sorpresivamente al celular. Me dijo: “El cabo Urbano tiene una información y como usted ya lleva un buen rato acá necesito que la verifique con él y con los informantes suyos”. Yo ya tenía mucha idea de que Urbano trabajaba en llave con los paramilitares y, si yo cumplía las órdenes del coronel Rincón, temía que mataran a mis informantes. Igual era orden de un superior, me tocaba cumplirla. Pero antes de salir le dije al cabo con el que yo compartía apartamento que, si yo no volvía, por favor informara que me había ido a encontrar con Urbano por orden de Rincón.

Mora se encontró con Urbano en el barrio Santa Clara, a las afueras de Ocaña. Se saludaron y se montaron a un taxi. Mora quedó en la mitad del puesto de atrás. Hubo un silencio como si en segundos fuera a pasar algo. Urbano le preguntó: “¿Usted conoce a Leo?”. Era el cabecilla del reducto paramilitar en esa región. “No lo conozco. Sé quién es –respondió Mora–. Estoy trabajando para ver si lo podemos coger”. “Se lo presento”, le dijo Urbano. Leo estaba a su lado. Y lo primero que se le pasó por la cabeza fue: “Aquí ya me mataron”. “¡Cabo hijueputa!”, le gritó Leo. “Usted nos tiene jodidos. Para mí es fácil mandarlo a picar y hasta podría pagarle a unos muchachos para que lo metan a la cárcel”. Mora, callado, se daba por muerto. No tenía escape. No podía correr. No andaba armado. Y el taxi se desplazaba por un paraje oscuro y solitario.

Llegaron a un descampado del aeropuerto. Urbano le pidió a Mora que llamara a sus informantes y los hiciera venir. Mora se negó. Leo, el paramilitar, se le acercó.

–Sacó un papel y me dijo: “Usted se llama así, su mamá es tal, su papá es tal, el cabo que se la pasa con usted es tal, los papás de él viven en Ibagué. Se los matamos a todos si no llama a los informantes”. Entonces cogí el teléfono y marqué.

Apenas Mora colgó, Urbano telefoneó al coronel Rincón para decirle que los “paquetes” ya venían en camino. Pasaron quince minutos y antes de que llegaran apareció un camión con el Grupo Especial de la Brigada Móvil XV. Mora se extrañó, pero quedó atónito del todo cuando del camión descendió el comandante de ese grupo y se saludó con Leo como si fueran amigos de siempre –se estrecharon la mano con una sonrisa cómplice y se dieron palmadas en los hombros–. Minutos después llegaron sus informantes en una moto. A uno lo subieron al camión y se lo llevaron. El otro se quedó mirando sin saber qué estaba pasando. Urbano le dio una pistola a Mora y le dijo: “Vaya mátelo o nosotros lo matamos a usted”. Mora cargó la pistola y se dirigió hasta donde estaba su informante. Le dijo: “Viejo, arranque o le disparo”.

–Cuando él arrancó –recuerda Mora– empezaron a encenderlo a plomo pero gracias a Dios no le dieron. Urbano me quitó la pistola y me la puso en la cara. “Si me matan saben que estoy con usted por orden del coronel”, alcancé a decir. Ahí lo pensó y sin dejar de encañonarme llamó al coronel Rincón a decirle que yo había dejado volar al informante y le preguntó qué hacían ahora. Rincón les ordenó que encontraran al informante, pero no lo lograron. Y a Urbano se le veía en la cara las ganas de dispararme en la cabeza. El coronel Rincón pidió que me presentara ante él y que ya no mataran al informante que tenían en su poder y que querían presentar como muerto en combate.

El cabo Mora regresó a su apartamento y se soltó a llorar. Le contó todo a su novia y al cabo que vivía con él. Se le cruzó la idea de escapar, pero el Ejército lo hubiera acusado de desertor. No sabía qué hacer. No tenía nadie a quién contarle. Acudir a la policía, menos, porque él sabía que en esa región la mayoría de los agentes estaban comprados por paramilitares. No vio otra que presentarse en el despacho de Rincón al otro día a primera hora de la mañana. El coronel lo esculcó y le quito el celular. “Es que los de inteligencia son muy sapos”, le dijo con resentimiento. Y luego, engreído, lo amenazó: “Usted ya sabe quién soy, usted ya sabe qué hago. No lo voy a matar, pero le mato a toda su familia si llega a decir algo. De ahora en adelante va a andar para todo lado con Urbano para que no vaya a decirle nada a nadie”. Ese mismo día, Urbano le ordenó a Mora que le informara cada vez que saliera de su casa y que a ciertos sitios debían ir juntos. Mora aceptó: en el fondo estaba convencido de que algo tenía que hacer contra ellos, que no se podía quedar callado.

–Llamé al mayor Velandia, jefe mío ahí en la Central de Inteligencia. Me cité con él en la Iglesia Mayor de Ocaña, en la Plaza 29 de Mayo. Le conté y le pedí que me aconsejara. Me dijo que él ya tenía las mismas sospechas. Entonces, que hiciéramos un trabajo de contrainteligencia: que yo anduviera con Urbano y le informara todo y que él trasladaba esa información a Bogotá. Yo asumí eso como una orden de un superior mío y salí un poquito más calmado. Ya en la calle me dije: “Vamos a hacer un buen trabajo, no importa que el investigado sea un coronel”. En ese momento no sabía que ese mayor también le era leal a Herrera.

Durante varias semanas el cabo Mora informó al mayor Velandia sobre el tráfico de armas que Urbano sostenía con paramilitares, las cuotas de dinero que circulaban a cambio y los muertos civiles que estaban legalizando como bajas del enemigo en combate. Y logró ganarse la confianza del enlace entre las dos partes: un paramilitar llamado John Pabón, quien le anticipaba a Mora los encuentros con Urbano. Pero al ver que del alto mando no llegaba una orden o que la Policía Militar no detenía a Urbano, empezó a sospechar que Velandia se guardaba la información. De ser así, en cualquier momento lo iban a matar porque, desde el incidente con sus informantes, el círculo de poder que manejaba Herrera se estaba estrechando en torno a él.

Velandia fue trasladado y reemplazado por un mayor procedente de Bucaramanga. El cabo Mora debía encontrarse con este mayor para ponerlo en contacto con una mujer, novia de un cabecilla de las Farc, que le suministraba información. “¿Aparte de esto usted tiene algo que contarme?”, le preguntó el mayor. Mora optó por revelarle la historia. Creyó que como procedía de otra zona, el militar no hacía parte de la misma confabulación. “Sí, mi mayor. Sin nombres, pero aquí hay oficiales de alto rango que están trabajando con los paramilitares y haciendo cosas graves”. “Deme bien su nombre –le dijo el mayor– y yo lo saco de acá antes de que lo maten”.

Al día siguiente muy temprano el coronel Herrera, comandante de la Brigada Móvil XV, telefoneó al cabo Mora.

–Lo primero que me dijo fue: “¡Cabo hijueputa, se va a morir por desleal, por sapo! Véngase ya para el batallón y se me presenta”. Apenas llegué me siguió diciendo que yo era un sapo, y le dije: “No, mi coronel. Yo tengo información de dónde están los paramilitares”. Y no me contestó nada. Cortó la conversación y se fue. A los diez minutos volvió y me dijo: “A usted lo van a matar por sapo. Se me sube ya a ese helicóptero”. Y yo respondí: “Mi coronel, pero es que yo no tengo ni uniforme, no puedo patrullar”. Me había accidentado en esos días. Nada de eso sirvió, me subió a un helicóptero que iba para San Calixto a llevar comida…

Mora se detiene. Cavila y deja escapar una risa nerviosa.

–¿Usted conoce San Calixto? –me pregunta.

–No.

–Es un municipio pequeñito, un caserío. En esos días era un territorio del EPL. Todos los habitantes son monos y ojiclaros. Y yo, bien negrito, iba a llegar allá en un helicóptero del Ejército. “Me van a meter una matada ni la más tremenda”, pensé.

Por fortuna para Mora, allá se encontró al mayor Velandia, quien le dio tres soldados para que lo escoltaran desde el punto de aterrizaje del helicóptero hasta la estación de policía. El intendente a cargo lo recibió, lo uniformó y lo tranquilizó: “Va a ser un policía más. Se quedará con nosotros”.

–Y estando ahí –continúa Mora, elevando la voz–, el coronel Herrera me llamó para ordenarme que regresara a Ocaña, pero por tierra. No iba a enviar un helicóptero por mí. Me negué. La carretera entre San Calixto y Ocaña estaba llena de guerrilla, ponían bombas, montaban retenes. Si yo cumplía esa orden, terminaba muerto.

Mora hace una pausa. Niega con la cabeza.

–Esa es una de las cosas que Herrera ha dicho en la Fiscalía: que yo no le hacía caso. ¿Pero cómo iba a hacer caso a esas órdenes incoherentes?

John Pabón, el enlace de los paramilitares con Urbano, también llamaba a Mora. Le decía que la situación estaba muy grave, que ya no soportaba más, que se quería desmovilizar. Mora le informó sobre la situación de Pabón a un capitán recién trasladado de Bogotá a Norte de Santander. Le pidió que lo recibiera por fuera del batallón, que era su informante y se quería entregar, pero que nadie se enterara. Pabón se entregó junto con uno de los escoltas de los narcotraficantes Mejía Múnera. Y ese capitán los dejó dentro del batallón y les hicieron un atentado del que salieron vivos. Días después, John Pabón terminó preso en la cárcel de Ocaña pero no como desmovilizado sino como capturado.

Mora ya le había contado los hechos a dos mayores, a un sargento y a un capitán. Y todo seguía igual. Para irse de San Calixto, se subió al helicóptero a la brava. Era septiembre de 2008. Aterrizó en Ocaña y enseguida lo mandaron para Bogotá. Pero antes de despacharlo en el avión, los dos coroneles, Herrera y Rincón, y el cabo Urbano, cada uno en momentos distintos, lo volvieron a amenazar: si contaba algo, le mataban a la familia.

3.

En la primera semana de noviembre de 2008, al mes de la purga de los treinta militares, el general Mario Montoya pasó su carta de renuncia. Y aunque para ese momento cargaba con varios señalamientos por violaciones de derechos humanos y de colusión con paramilitares –muchos de ellos por boca de comandantes desmovilizados de las AUC–, fue nombrado por el presidente Uribe como embajador en República Dominicana.

A comienzos de 2009, una oenegé con sede en Washington, llamada National Security Archive –dedicada a solicitar el levantamiento de la reserva de documentos oficiales relacionados con la seguridad de Estados Unidos–, reveló cables de la Embajada en Colombia en los que desde 1990 se hablaba de asesinatos de civiles cometidos por la tropa pero legalizados como bajas en combate de la guerrilla. Uno de sus investigadores, Michael Evans, explicó que estos crímenes tenían como fin inflar las cifras de bajas del enemigo, porque la revisión de estos datos era la manera en que las Fuerzas Militares cuantificaban el progreso de la lucha contra las guerrillas, cálculo que en el dialecto militar gringo se conoce como “body count”. Y añadió Evans que el general Montoya “durante muchos años había promovido” tal medición.

Mientras estas discusiones ocurrían en la prensa, el cabo Mora sobreaguaba en el día a día. Durante las semanas del escándalo y a principios de 2009, sintió que estaba protegido por la oficialidad del Ejército, que su actitud a la larga había sido respaldada por el alto mando. Pero luego, cuando menguaron el acaloramiento y las acusaciones, se quedó solo y sin ninguna medida de seguridad. Se había ido a vivir a un barrio residencial al sur de Bogotá y a cada citación de la Fiscalía le tocaba llegar en bus de servicio público.

–Comencé a mandar oficios solicitando seguridad –dice–. Pero la Fiscalía me dijo que no podía ayudarme porque yo era militar, que le tocaba al Ejército. Y el Ejército, nada. Se desentendió totalmente.

En palabras de Mora, lo que vivió a partir de entonces fue una persecución: primero, en la cara, otros militares lo calificaban de “traidor” y “guerrillero”. Le preguntaban si hacía parte de la guerra sucia de las Farc contra el Ejército.

–A los cabecillas de la guerrilla los llamamos “blancos de alto valor” –me explica–. Y para humillarme me decían “negro de alto valor”. Si me veían llegando a alguna dependencia, decían: “Sapo, llegó el sapo… cuánto estarán dando por la cabeza de Mora”.

Luego, una noche en que no había nadie en su casa, se metieron y le robaron unos documentos sobre el caso. Nada de lo que no tuviera copia, pero le hicieron ver que lo tenían ubicado y que lo podían vulnerar cuando les viniera en gana. En los días sucesivos se paraban frente a su casa con pistolas en mano. Y dentro del destacamento militar, sin que lo hubieran notificado, le abrieron una investigación por la pérdida de un armamento en la Escuela de Cadetes de Policía.

–Esa investigación tenía fecha del 2005 y apenas este año me enteré de dónde supuestamente se habían llevado el armamento; en esa área nunca estuve yo, nunca pertenecí a ella. Y segundo, la firma con la que reclamaron el armamento no era la mía. La falsificaron. Ahí guardo el acta como un tesoro porque una vez el Ministerio de Defensa dijo que a mí nunca me habían abierto una investigación.

A comienzos de 2010, la Fiscalía lo puso en contacto con las Naciones Unidas. Gracias a ellos se reunió en Bogotá con el ministro de Defensa, que ya era Gabriel Silva Luján. Mora le contó toda la historia y también le habló del maltrato psicológico. “Si está mal lo que yo hice, entonces no sé en qué ejército fue en el que me metí –le dijo al ministro–. Silva Luján le dijo que el Estado lo tenía que proteger porque había sido él quien había actuado de manera correcta, que enteraría al presidente.

–Y al otro día me llamaron. Que Uribe quería hablar conmigo. Esa sí fue una reunión tensa al principio porque el presidente tenía la bandera de los militares. Pero luego de que le conté los hechos de Ocaña, le pedí que como nuestro comandante directo me diera la baja de la institución, que para mí el maltrato ya era inaguantable. Me dijo: “No, cabo, cómo se le ocurre. Más bien, para evitar todo eso, hoy mismo en la tarde voy a dar una rueda de prensa diciendo que a los militares como usted, que son buenos, se les tiene que rodear. Y deme dos semanas para sacarlo del país con su familia para que trabaje como agregado, como secretario de agregado. Y si necesita venir a declarar, el gobierno está dispuesto a ayudarlo, pero antes hay que proteger la integridad de su familia, antes de que les pase algo”. Y vea –concluye Mora, riéndose tímidamente–, este es el momento en que no he salido de acá. Es más, ni seguridad ni Fiscalía ni nada. Y continuaron las amenazas de muerte, llamadas en las que me decían que era un sapo, que me iban a matar. Fue tanta la presión que a mi esposa le tocó irse con mi hija.

–Después de esa reunión, ¿Uribe Vélez nunca volvió a decirle nada?

–No. Nada. Por el contrario, antes de que él entregara su mandato yo le envié una carta para recodarle lo que me había dicho. Y lo que hicieron fue remitirla a la Oficina de Derechos Humanos del Ejército, donde tampoco dijeron nada. Lo que sí sé es que él me menciona en el libro que escribió y cita la reunión que tuvo conmigo, pero se olvida de lo que me prometió y no me cumplió.

4.

Nada cambió en 2011 ni en 2012. Más amenazas, más actos de tortura psicológica. Mora cumplía su horario de trabajo en el batallón, salía de su casa y regresaba en la noche sin protección. Hubiera sido muy fácil matarlo en esos lapsos y haberle montado la escena de un atraco. Quizá para él lo más conveniente hubiera sido retractarse, evadirse de la situación. Pero no. No aceptaba la impunidad para los culpables de los falsos positivos y se convenció de que tenía que seguir acudiendo a las citaciones de la Fiscalía. Su familia lo vio tan determinado y a la vez tan vulnerable que su esposa, resignada, lo sentó una noche y le dijo: “Bueno, si te matan, estamos seguros de que tú estás haciendo lo correcto”.

Una tarde de junio de 2013, cuando ya varios militares habían sido condenados por estos hechos –la primera sentencia fue en junio de 2011–, el inspector general de las Fuerzas Militares llamó al cabo Mora. Le dijo que había hecho una labor excelente y que querían trasladarlo a la Armada Nacional. A Mora la pareció ideal y empezó hacerse los exámenes. El último era psicológico y arrojó que estaba sufriendo una depresión leve. La psicóloga le dijo que llamara a su esposa y que se fuera con ella para el Hospital Militar. Allá le darían instrucciones.

–Se me hizo raro que me hicieran llamar a mi esposa –recuerda Mora–. Pero bueno, llegamos allá como a las tres de la tarde y una médica me dijo: “La orden que me están dando es internarlo en una clínica psiquiátrica”. “¿Por qué?, ¿qué tengo?”, le pregunté, “¿soy un peligro para la sociedad?, ¿para mi esposa?, ¿para alguien?”. Y me dijo: “No, la orden es esa, pero si quiere vaya y hable con el médico de la Clínica La Inmaculada, allá le explicarán bien y el doctor dirá qué determinación toma”. Entonces me fui en ambulancia para La Inmaculada y esperamos varias horas para que me atendieran. Como a las diez de la noche, sin hacerme ninguna prueba, un doctor me dijo: “Bueno, cabo, la orden del Ejército es que usted se queda internado. Entréguele todo a su esposa. Acá no puede tener celular, no puede tener nada”. “Doctor, pero dígame cuál es la razón. No creo que una depresión leve dé para que me internen”. También le dije que estaba a punto de ir a declarar en la Fiscalía por el caso de los falsos positivos y que no podía dejar sin seguridad a mi familia porque estábamos en riesgo.

El médico sacó a Mora del consultorio y le dijo a la esposa que lo convenciera, que era por el bien de él. Ella contestó: “No, ¿por qué? Él es la persona más calmada del mundo. Y si no ha cometido ninguna locura en estos cinco años en que lo han querido matar tantas veces, no la va a cometer ahoritica. Yo no entiendo por qué lo quieren internar así a la fuerza”.

Transcurrieron unos minutos y adelantándose a cualquier contingencia, Mora le envió un mensaje de texto al agente de las Naciones Unidas que seguía su caso. Le contó lo que le estaba pasando. El agente le respondió que no había razón para que lo recluyeran en un sanatorio. A los pocos minutos, varios soldados llegaron a La Inmaculada y llevaron a Mora de vuelta al Hospital Militar. Era la una de la mañana. Apenas Mora se bajó de la ambulancia vio que había hombres de la Policía Militar junto a otra doctora que lo recibió diciéndole: “La orden es que usted se tiene que quedar internado en la clínica, a las buenas o a las malas”. Al ver a la Policía Militar, supo que lo iban a doblegar por la fuerza. “Listo, intérnenme. Pero déjenme ir a solucionar el problema de seguridad de mi hija y mi esposa. Yo el lunes a primera hora me estoy presentando acá, así yo no vea la razón”. La doctora, exasperada, le replicó: “¡No! Ya. Ya mismo”.

–A las tres de la mañana busqué la forma de que me dejaran solo con mi esposa por unos minutos. Y me escapé asustado como el peor delincuente –me dice, con la voz opacada, encorvado sobre sus piernas–. Lo que me estaban haciendo ya lo habían hecho con un sargento vinculado a los falsos positivos, que se acogió a sentencia anticipada. Cuando comenzó a delatar coroneles, los abogados de esos coroneles lo señalaron de ser un desequilibrado mental.

Al otro día, a las ocho de la mañana, el cabo Mora se presentó ante uno de sus superiores y le dijo que se había escapado. Le contó que las Naciones Unidas estaban enteradas. Que él se iba a someter a un examen ante un médico legista y un psicólogo externo, y si ellos le indicaban que debía internarse él lo haría.

–Ahí murió todo –me dice Mora, abriendo la voz y reclinándose en el espaldar–. Nunca me volvieron a llamar para seguir con lo de la depresión.

5.

Poco después de este episodio y con el apoyo de una oenegé, Mora solicitó medidas cautelares ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Y desde octubre de 2013 pasó a convertirse en el primer militar, en la historia de Colombia, sujeto a protección internacional.

–¿Cómo cree que ha recibido el Ejército el hecho de que usted sea el primer militar con medidas cautelares, para protegerlo precisamente del Ejército?

–A mucha gente le ha parecido bien –conviene Mora–. Como en su momento lo dijo mi general Rey Navas, el Estado estaba demostrando que las medidas cautelares no son solo para activistas y oenegés de izquierda. Y fue como si también se lo hubiera dicho al Ejército. Aunque a la vez hay un sector de ultraderecha que me ha tratado de hampón y de criminal, y ha dicho que yo solo he buscado desprestigiar a los oficiales.

–Cabo, durante esta entrevista usted ha estado dividiendo al Ejército en dos: un sector ajustado a la legalidad y otro que no. Y tengo la impresión de que usted cree por encima de todo en ese sector ajustado a la legalidad.

Mora abre los ojos y después frunce el ceño.

–Pues no sé. En el Ejército la gente es muy buena. Si no, yo no estaría en la institución todavía. El 90% de los 250.000 hombres que hay en el Ejército son muy buenos. Hay un porcentaje pequeño que hace las cosas mal y a veces son los de más alto mando. No sé qué razones habrá para que no se siga hablando de los falsos positivos. Como si dijeran: “Está bien, ya pasó pero no lo discutamos más”. Mire, a comienzos de 2014 tuve una reunión con un general y lo primero que me dijo fue que yo había perdido mi espíritu de militar. “¿Por qué? ¿Por decir la verdad?”. Y me dijo que pensara en las familias de los militares que están en la cárcel por este proceso. Le dije: “Mi general, claro, yo he pensado en ellos, pero en cambio nadie ha pensado en mi familia. Si yo no acudo a un ente internacional nadie del Ejército me hubiera llamado. Es más, usted me llama ahora porque se enteró de las medidas cautelares, pero tampoco sabe lo que pasó”. Y a todo esto lo que me dijo fue que dejara de pedir premios, que yo no los merecía. Le contesté que no estaba pidiendo ningún premio, ni plata. Que lo que he pedido es que, primero, me dejen seguir declarando. Faltan muchos procesos. Y segundo, que me dejen quieto. Yo no estoy pidiendo ninguna medalla.

–¿Usted siente hostilidad entre sus compañeros del Ejército?

–Todo esto le molesta mucho a muchos mandos. Una vez que me hicieron una entrevista en Blu Radio, el general Mantilla me mandó a decir que yo era un sapo. Pero vuelvo a lo mismo: hay muchos militares que están de acuerdo con lo que yo hice. Mucha gente se ha acercado a mí y me ha dicho: “Mora, bien…”. Es más, un mayor se me acercó en la audiencia en que lo sentenciaron. Me asusté, pensé que me iba a echar la madre. Pero no. Se lo estaban llevando esposado y me dio la mano y me dijo: “Lástima que yo no tuve su valentía para haberme negado a hacer lo que me ordenaron, porque estaría con usted de ese lado. Cuídese mucho y que Dios lo bendiga”.

6.

Desde que el cabo Mora hizo la denuncia en la Fiscalía, a finales de 2008, su vida militar se vino al suelo. En esos días era cabo tercero y hoy, gracias al tiempo transcurrido, debería estar a pocos meses de ser ascendido a sargento. Pero como nunca volvió a misiones de inteligencia –su labor ha sido en oficinas y archivos–, no sabe si le permitirán elevar su rango.

–No siento ninguna clase de frustración personal, porque siempre he hecho lo correcto. ¿Frustración militar? Sí, mucha, un temor constante a que me saquen o a que se inventen algo para desprestigiarme o para abrirme investigaciones; cualquier cosa para no dejarme ascender. Además del miedo. Miedo de que le hagan algo a mi hija por hacerme daño a mí, o a mi esposa, a mis papás –le tiembla la voz por primera vez en esta entrevista–. Para mí, en mi casa, trato de que todo sea normal, pero dentro mío lucho por no desbaratarme. Saber que todos los días hay gente allá afuera que está fraguando algo en contra mía o de mi familia… Todos los días. Hasta que en cualquier momento… –mirándome, Mora simula con la mano su degollamiento–. Si atentan contra ministros y grandes dignatarios, ¿por qué no contra un simple cabo?

–¿Le pide algo al Estado, al gobierno nacional?

–Atención. Le pido atención. En esta situación me he dado cuenta de que uno vale más por su condición económica que por su condición personal. Y eso que tengo medidas cautelares –se ríe–. Atención no solo para mí y para mi familia, también para todas las personas que quieren saber o que quieren decir la verdad y no pueden porque se dan cuenta de cómo tratan a quienes lo hacen. Si yo tuviera dinero –añade– o si yo… y esto me va a traer muchos problemas el día que sea publicado este artículo… si yo fuera un oficial del Ejército, un capitán, un mayor, un coronel, y hubiera denunciado a suboficiales y soldados, estoy ciento por ciento seguro de que ya habría salido del país junto a mi familia, ¡ciento por ciento seguro! Mire –me prepara, anudando las manos–: algunos han dicho que yo tengo un superesquema de seguridad por declarar en contra de oficiales del Ejército. ¿Un superesquema? Yo con eso me imagino seguridad permanente, dos camionetas, cuatro escoltas, seguridad permanente en el colegio de mi hija, en el trabajo de mi esposa. Pero no. Nada de eso. Tengo un carro blindado al que no le cierra la ventana ni le sirven los frenos. ¿Que qué le pido al Estado? Lo mínimo: cámbienme los frenos, por favor.

–Luego de todo este tiempo, ¿sigue pensando en que le den la baja del Ejército?

–No, ya no pido la baja del Ejército –Mora se calla unos segundos–. Ya no puedo irme porque, por el hecho de seguir siendo militar, tengo cierta protección. Entonces no. Mucha gente me ha dicho que si pido la baja me matan al otro día. Y puede ser verdad, porque acá al que no les sirve lo callan.

Vengo a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído lo que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean-Paul Sartre, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Marcel Proust, Émile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes o Harold Bloom. Quizás sería más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer.

Sea como fuere, eso no tiene importancia.

En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”.

De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo.

Todo lo demás no tiene la menor importancia.

***

Era abril de 2012 y yo estaba en la Ciudad de México, hospedada en un barrio vagamente peligroso, en un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar sola bajo ninguna circunstancia. Pero ahí estaba yo, que había caminado por la avenida – sola bajo toda circunstancia–, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres gélidos y tropicales de la Ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento, y la luz del sol, enrojecida por la contaminación, reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”.

Y porque sí, o porque ya nunca pienso en ella, o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes enormes, los aros de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo.

Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.

***

Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo después de tres que nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna, gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “la muerte de Lucien de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas distancias yo podría decir que la vida y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, podría decir que me dejaron huella.

***

No era ni el mejor ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades. Eran los años setenta, era la infancia, era Junín, donde nací, 20.000 habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a 250 kilómetros de Buenos Aires. Yo era hija de un ingeniero químico y de una maestra, y María Luisa Castillo era la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada, las mejillas enrojecidas por un arrebol que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja.

Luisa era discreta, tímida, pacífica. Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta, me parecían arcaicos. De modo que la madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes, y su padre, un albañil ínfimo de más de 60, debieron impresionarme como dos seres al borde de la muerte.

No sé en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía nueve años cuando le ofrecí mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara cómo se hacían los bebés. Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Un resumen muy torpe –y muy injusto– diría que Madame Bovary cuenta la historia de Emma, una mujer casada con Charles Bovary y madre de la pequeña Berthe, que se enreda en amores con un hombre llamado Rodolphe, con otro llamado Léon y que, finalmente, envuelta en deudas y a punto de perderlo todo, se suicida tragando polvo de arsénico.

Yo leí Madame Bovary a los quince y durante mucho tiempo creí que había entendido mal. Porque la tal Emma no resultó ser el gran personaje literario que esperaba, sino una mujer tan tonta como las chicas de mi pueblo, que construían castillos en el aire solo para ver cómo se estrellaban contra la catástrofe del primer embarazo o del segundo empleo miserable. Emma Bovary era una pájara ciclotímica que se dedicaba a arruinarse y arruinarle la vida a todos en pos de un ideal que, además, no quedaba claro. Porque ¿qué cuernos quería Emma Bovary? ¿Ser monja, ser virgen, ser swinger, ser millonaria, ser madre ejemplar? No me importaba que hubiera sido infiel (de hecho, esa me parecía la mejor parte del asunto), pero la cursilería rampante de sus ensoñaciones me sacaba de quicio. Emma fantaseaba con Rodolphe en el mismo grado de delirio con que mis compañeras y yo fantaseábamos con John Travolta, solo que, allí donde mis compañeras y yo sabíamos que John Travolta era un póster, ella ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo obvio: que Rodolphe no era un hombre para enamorarse sino uno de esos patéticos galanes de pueblo que tragaban mujeres y escupían huesitos (y de los que, a decir verdad, Junín estaba repleto). La demanda devoradora con que se arrojaba sobre Léon –pidiéndole que le escribiera poemas, que se vistiera de negro, que se dejara la barba– no me producía emoción sino vergüenza ajena, y los arrebatos que la hacían fluctuar de madre amorosa a madre indiferente, de esposa amantísima a mujer desamorada, me resultaban agotadores. Trasvasados a la vida real, todos esos rasgos daban como resultado una mujer insoportable.

Pero, así como me molestaba el estado de humillante desnudez emocional en el que Emma Bovary se entregaba a sus amantes, me parecía muy auténtico que su hija Berthe no le hubiera reblandecido el corazón y muy razonable que tuviera sexo, fuera de su matrimonio, no con uno sino con dos hombres. Y su suicidio, coronado con la muerte del marido y la orfandad desamparada de su hija, era de un egoísmo tan sublime, tan salvaje, que resultaba deliciosamente real.

Pero entonces, a fin de cuentas, ¿Emma Bovary era buena, era mala, era cobarde, era valiente, era mediocre? ¿Por qué no me daban unas ganas locas de ser ella, así como me habían dado ganas locas de ser Tom Sawyer o Holden Caulfield o la Maga?

Ahora, después de todos estos años, resulta sencillo saber qué pasó. Y lo que pasó fue que Emma Bovary me insufló enormes dosis de confusión, en una época en la que yo ya tenía confusión en dosis monumentales.

***

Cuando Luisa cumplió catorce años, sus padres –que a pesar de todos mis pronósticos no se habían muerto– le dieron permiso para salir de noche, usar maquillaje y ponerse tacos altos. Aunque me desilusionó descubrir que se maquillaba poco y usaba tacos discretos, su incursión en la vida nocturna me permitió entender los usos y costumbres de las discotecas, saber cuándo era prudente responder con entusiasmo a un beso de lengua o cuán abajo era “demasiado abajo” para la mano de un varón. Cuando salíamos a caminar por el centro, yo me enrollaba la falda en la cintura para que hiciera efecto mini y Luisa me prestaba su pintalabios con sabor a fresa. De todas las cosas que la evocan, nada me empuja tan agresivamente hacia ella como el recuerdo de esa sustancia pegajosa que me untaba en los labios y que me hacía sentir la más temible, las más brutal de todas las potrancas. Pero, por todo lo demás, no podríamos haber sido más diferentes. A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no, yo era vulgar y ella no, yo era huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria, y ella no.

Hay una foto en la que estamos juntas: yo llevo el pelo corto, shorts rojos y una camiseta de pordiosera manchada de chocolate; Luisa lleva medias hasta la rodilla, falda con flores y camisa blanca cerrada hasta el cuello. Era una niña prolija; yo, un demonio unisex. Sin que ella me hubiera hecho jamás el menor daño, yo podía repetir durante mucho rato la palabra “paja”, solo para verla enrojecer.

No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Es la primera vez que cuento esta historia, demasiado llena de realidades ajenas. Cada vez que me falla la memoria o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto, aun cuando sé que las cosas de la muerte le hacen mal. En julio de este año, mi padre y su amigo Carlos, el hermano mayor de mi amiga Luisa, pasaron un domingo pescando. Una semana después, Carlos se murió de cáncer. Pero, aunque sé que las cosas de la muerte le hacen mal, cada vez que me falla la memoria, o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto por la hermana muerta de su amigo que recién murió. Y lo hago porque de eso vivo –de preguntar para contar historias– y porque esa es la vida que quiero tener. Con todos y cada uno de sus muchos, de sus muchísimos daños colaterales.

***

Escribí siempre, desde muy chica. En cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocs, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín. Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico –el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera–, no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente, ganarme la vida con eso. ¿Estudiando letras, ofreciendo mi trabajo en las editoriales, empleándome en una hamburguesería y escribiendo en los ratos libres? Si durante mucho tiempo esa incertidumbre permaneció agazapada, cuando cumplí quince años, y tuve que pensar en el futuro, los diques se rompieron y pasó lo que tenía que pasar: angustia y confusión cubrieron todo. Y, en medio del desastre, me aferré a dos abstracciones peligrosas: mi optimismo oscuro y la certeza de que, entre la espada y la pared, siempre podría elegir la espada.

Fue en esos años confusos cuando llegué a Madame Bovary. Y, ya saben, pasó lo que pasó.

Luisa, mientras tanto, terminó el colegio secundario, empezó a trabajar como secretaria de mi padre y, paralelamente, ingresó a un profesorado de biología en Junín. Eso le permitiría ahorrar algún dinero y tener una profesión para marcharse después a estudiar, más y mejor, a un prestigioso instituto de biología en Buenos Aires.

Quiero decir que Luisa tenía un plan. Y que yo, en cambio, no tenía nada.

***

Es 7 de agosto y, mientras escribo, me topo con un texto llamado “Contra Flaubert”, del escritor chileno Rafael Gumucio, que dice que Madame Bovary es, para Flaubert, “una venganza contra su padre, contra sus tíos, contra toda la ciudad de Rouen y sus alrededores pero, más ampliamente aún, es una novela contra la gente que trabaja y tiene hijos, contra las mujeres infieles, pero también contra los hombres fieles, contra los libros, contra las monjas, contra los republicanos, contra las carretas de bueyes, los jueces, los boticarios y contra la ley de gravedad”. Y, mientras leo, pienso que hace falta la mitad de la vida para entender cosas que suceden en minutos.

***

Tenía diecisiete años cuando dejé Junín para irme a Buenos Aires y estudiar una carrera que me importaba poco pero me permitiría vivir sola, hacerme adulta, tener algo parecido a un plan.

Luisa se quedó en Junín, estudiando su profesorado, trabajando con mi padre, y empezó a noviar con un chico que, como ella, tenía nombre de viejo: Rogelio. Poco después, quedó embarazada y se casó.

No recuerdo haber ido al casamiento pero sí que, dos años más tarde, durante una de mis visitas a Junín, nos encontramos y me contó que iba a renunciar al empleo y a dejar por un tiempo los estudios para mudarse a un pueblo de 900 habitantes llamado Germania, donde su marido había comprado una farmacia. Recibí la noticia como si algo terrible fuera a sucederme a mí, pero Luisa parecía feliz y se reía, y yo pensé que a lo mejor no la había conocido nunca.

***

Pienso ahora que Madame Bovary es, quizás, una novela contra los hijos, contra el futuro, contra las ilusiones, contra la intensidad, contra el pasado, contra el porvenir, contra las ferias, contra los carruajes y contra los ramitos de violetas: una novela contra sí misma cuyo milagro mayor reside en la eficacia con que inocula en sus lectores la incondicionalidad fulminante que solo producen personajes como Emma o como, digamos, Hannibal Lecter: una incondicionalidad incómoda, generada por todos los motivos equivocados, pero absolutamente radical. Para decirlo simple: aunque yo nunca la querré, le seguiría los pasos hasta el más mísero confín.

***

Luisa se mudó a Germania a fines de los años ochenta. El pueblo, a unos 100 kilómetros de Junín, estaba por entonces unido al mundo por un camino de tierra que se volvía intransitable con la lluvia. Ella hacía de madre y atendía la farmacia de su esposo mientras yo, en Buenos Aires, seguía desorientada pero ardía eufórica, rodeada de nuevos amigos que tenían hábitos dignos de jinetes del apocalipsis.

Y, en algún momento, supongo que simplemente la olvidé.

No sé dónde ni cómo escuché por primera vez la palabra “bovarismo”. Una definición a mano alzada permitiría repetir con Wikipedia que el bovarismo es “el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, que suele frustrarlas”. Hoy, mientras escribo, pienso que Luisa ya no está entre los vivos, pero que Emma Bovary, con sus volcánicas contradicciones, con sus arrebatos, con su desmesurado bovarismo, sigue viva. Para mi infinito deleite, para mi profunda indignación.

***

Cada tanto llegaban, desde Germania, noticias tristes: el camino de tierra se hacía a menudo intransitable; la farmacia no marchaba bien y tenía deudas, y Luisa, otra vez embarazada, había abandonado los estudios.

En Buenos Aires yo había terminado una carrera que jamás ejercí y, confiada en mi optimismo oscuro y en mi teoría de la espada y la pared, había dejado un relato en el diario Página/12, donde el director lo había publicado y, sin saber nada de mí, me había ofrecido empleo. Así, de un día para otro, en 1991, me hice periodista y entendí que eso era lo que siempre había querido ser y ya nunca quise ser otra cosa.

Entonces, un día de un mes de un año que no sé precisar, mientras regresaba del periódico o me apuraba para llegar al cine o cocinaba arroz o quién sabe, la mejor amiga de mi infancia caminó hasta la trastienda de la farmacia de su marido, hundió la mano en un pote de arsénico y comió, comió, comió.

Fue mi padre el que llamó para avisarme.

***

Del velorio, que se hizo en Junín, recuerdo poco. Sé que la toqué, porque tocarla me parecía respetuoso: era una forma de decir “No me das asco”. Luisa tenía los labios unidos con pegamento y una tela de broderie blanca, en torno al cuello, que me enfureció porque la hacía parecer idiota. Después, alguien me dijo que era para cubrir las manchas. En algún momento escuché un grito que llegaba desde la calle: “¡Asesino hijo de puta”. Cuando me asomé a la puerta vi que los parientes, los amigos, los vecinos, se agolpaban en torno a Rogelio, el marido de Luisa, que trataba de bajar de un auto. Se decía que le había sido infiel y la conclusión de todos era obvia: Luisa se había matado por su culpa porque, de otro modo, las chicas como Luisa no se matan.

Pero yo hacía rato sabía que sí.

Que bastan un error y un cruce de caminos.

No recuerdo haber ido al cementerio pero dice mi padre que fui y que, incluso, ayudé a cargar el ataúd.

Después supe que, antes de morir, Luisa rogó con desesperación que la salvaran, pero no pudieron llevarla a un hospital porque los caminos estaban anegados.

***

Y ese, así, fue el final de todo.

No hay conclusión, no hay fuegos de artificio. No hay epifanía. No se sabe, en fin, qué pensar.

Yo, la chica oscura con la cabeza intoxicada por fantasías descomunales, tuve la vida que quería tener. Luisa, la chica buena y sencilla que al fin solo quería casarse y tener hijos, está muerta. Fin de la historia.

¿Conclusiones? De tan obvias, dan asco: que la más potencialmente bovarista de las dos terminó siendo la menos bovariana del asunto. Y que la menos bovariana de las dos resultó una bovarista literal.

¿Hace falta decir, también, lo evidente?

Luisa se murió en un mundo en el que no había internet ni doctor Google. Y fue por la divina gracia de Emma Bovary como supe, por entonces, que durante mucho rato después de tragar el arsénico mi amiga no tuvo más síntoma que un desagradable sabor a tinta, y que más tarde llegaron, en este orden, las náuseas, los vómitos, el frío glacial, el dolor en el abdomen, los vómitos de sangre, los calambres, la asfixia.

Los años pasaron y, en algún momento, Madame Bovary dejó de ser para mí un libro sobre gente mediocre que se cree especial y empezó a ser un comentario implacable sobre la humillación y el amor, una advertencia feroz sobre la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos.

Yo casi no pienso en Luisa. No veo a sus hijos. No he vuelto a ver a su marido. Pero Madame Bovary forma parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, digamos que me dejó huella. O, para parecer todavía menos rimbombante, digamos que es probable que mi lema anarcoburgués –hacer lo que me da la gana sin joderle la vida a ningún prójimo– sea una reacción a aquellas primeras lecturas en las que Emma Bovary me parecía un mecanismo, desorientado y caníbal, que lo devoraba todo en pos de una ensoñación confusa, sin detenerse a pensar en los daños, en los temibles daños, en los inevitables daños colaterales.

Han pasado muchos meses desde la tarde de abril en que empecé a tomar estas notas, y años desde que era una adolescente con angustia y sin un plan. Y, otra vez, no hay conclusión, ni epifanías. Hay evidencias: Luisa está muerta, y Madame Bovary, como una máquina de atravesar los siglos, me sigue susurrando su mensaje voltaico, su terrible canción: cuidado, cuidado. Cuidado.

José María Creonte es uno de los pesistas aficionados más extravagantes que conozco. Durante los entrenamientos usa una capa al estilo de los superhéroes, unos zapatos de suela gruesa (es de baja estatura), una camisilla de malla y una pañoleta en la cabeza. Cuando está fuera del gimnasio es un tipo tranquilo, formal y de hablar pausado. En el gimnasio se acelera, se torna infantil y eufórico. “¡Soy un monstruo!”, grita a cada momento alzando los hombros y abriendo los brazos como si no le cupieran los dorsales.

Me le acerco y le digo que quiero hacerle unas preguntas para un artículo sobre fisicoculturismo que estoy escribiendo. Me dice que tiene mucha hambre, que ya se han completado tres horas desde su última comida, que mejor lo acompañe a almorzar a su casa. Lo conozco desde que abrieron este gimnasio hace cinco años, pero no conversamos mucho. Nuestra amistad se limita a las paredes del gimnasio, a algunas bromas y a una mano cuando necesitamos ayuda con las pesas.

De camino a su casa, va conectado a un mp3 escuchando la misma música electrónica del gimnasio: una música repetitiva que parece hecha para los ejercicios. Su casa queda en un conjunto residencial cerca del gimnasio. Al llegar, le pido prestado el baño. Tiene un afiche de Arnold Schwarzenegger detrás de la puerta. Casi puedo ver a José María cagando y mirando el rostro estreñido de Arnold. En la mesa del comedor ya está servido su almuerzo: media libra de pollo y una montaña de arroz, acompañadas de un preparado multivitamínico. Delante de su plato hay una hilera de pastillas: varias píldoras de creatina (para ganar energía anaeróbica y tamaño muscular) y un par de tabletas de hydroxycut (le ayudan a quemar la grasa y a definir los músculos). Antes también consumía un producto para resaltar las venas, Nitrix, pero dejó de usarlo, porque comenzaron a darle dolores de cabeza.

Cuando José María recuerda su niñez o se mira en los álbumes familiares, siempre ve un niño quebradizo metido holgadamente en un disfraz de Superman. Aunque no fuera carnaval ni noche de brujas, él solía ir vestido como el hombre de acero con su capa roja ondeando en la espalda. Desde que su mejor amigo en la escuela se cayera de un árbol y se rompiera el cuello, aquella era su forma de sentirse seguro.

Gran parte de su vida ha transcurrido al lado de las pesas. Entre tanda y tanda de ejercicios aprendió a bailar, por ejemplo. Aprovechaba las pausas para que su compañero de pesas le enseñara salsa, merengue y vallenato. Una vez su papá entró al cuarto de los hierros y los descubrió en plena lección de baile. El viejo, moviendo la cabeza, farfulló:

“Ya decía yo que ese deporte te iba aflojar los muelles”.

José María estudió técnica metalúrgica y desde hace diez años supervisa el proceso de galvanizado en una fábrica de hierro. Sin que se lo pregunte, me explica que es un proceso mediante el cual se recubre un material con otro menos noble para mejorar sus propiedades. “Me parece curioso –le digo– que un material deba untarse de otro menos noble para mejorar. ¿No será eso lo mismo que pretendemos con las pesas?”.

Mira el reloj: en tres horas tiene que volver a comer otra ración de proteínas y carbohidratos. Como su horario de trabajo se extiende toda la tarde hasta la noche, mete otra pechuga y otra porción de arroz en un portacomidas, recarga un termo con más preparado y alista más pastillas en una cajita. Cuando vuelva del trabajo, se subirá a una máquina elíptica que reposa en su cuarto y hará cuarenta minutos de cardio. Antes de dormir, volverá a comer. Mañana se repetirá la jornada.

Mi horario también es muy rutinario. Todas las mañanas al levantarme, enciendo el computador y leo varios periódicos. Luego de desayunar, tomo notas y adelanto un poco. Dejo más o menos organizado lo que voy hacer en el día y me voy al gimnasio a hacer mis rutinas de ejercicios. Entreno poco más de una hora. Cuando no completo ese tiempo, me da remordimiento. José María dice que le pasa lo mismo con las dos horas sagradas que él le dedica. Es como si se tratara de un karma, coincidimos, así ha sido durante los veinte años que cada uno lleva alzando pesas.

Si tuviéramos que escoger un santo patrono, creo que sería Sísifo, ese griego condenado a subir sin cesar una roca a la cima de una montaña para volverla a soltar. Cuando Albert Camus lo definió una vez, de paso nos bautizó a todos los pesistas: el proletariado de los dioses.

Master Gym

El gimnasio es una vieja casa reacondicionada en un barrio popular. Encima de la persiana metálica de la entrada hay un aviso luminoso: Master Gym. Las cintas, elípticas y bicicletas estáticas están alineadas donde antes estaban la sala y el comedor; muchas no sirven. La casa se amplió a una parte del patio. Debajo de un techo de zinc y sobre un tapete de caucho agrietado, que cubre a duras penas el piso de cemento, se extienden las máquinas de musculación, la mayoría de ellas remendadas. Donde antes estaban las habitaciones derribaron las paredes y construyeron un solo salón para los aeróbicos. El garaje alberga el área de pesas libres, territorio prácticamente exclusivo de los hombres. A veces se asoman niños descalzos y sin camisa para reírse de las caras de sufrimiento que ponemos. Del otro lado de la calle hay un paradero donde se detienen buses repletos de pasajeros que se quedan mirándonos extrañados.

Casi todos los espejos del gimnasio están rotos. Las paredes se ven sucias y la pintura desconchada, sobre todo a una cuarta del piso, donde la gente tiende a recostar los discos de hierro. Hay calados en casi todas las paredes, que apenas alivian el calor abrasador. Unos cuantos afiches, amarillentos y cuarteados por el vapor y los sudores, adornan las paredes: uno de ellos siempre me ha llamado la atención. Es Sergio Oliva, apodado El Mito: el único latino que ha ganado Mister Olympia. Lo hizo en tres ocasiones consecutivas, de 1967 a 1969, y fue el único fisicoculturista en dejar a Arnold Schwarzenegger de segundo en el podio. Su cara mestiza podría ser la de cualquier parroquiano y eso de alguna forma alienta a más de un usuario del gimnasio.

En el salón de aeróbicos hay otros afiches: Shakira y Beyoncé. Varios carteles, manchados como si alguien se hubiera limpiado en ellos, advierten: “No limpiarse en las paredes. Demostremos nuestros buenos modales”. Otros pequeños carteles informan el horario y el precio irrisorio de la sesión: 1.500 pesos. Hay dos baños. El de mujeres se mantiene limpio, pero el de hombres parece de una cantina. A veces es tan acre el olor que desprende, que no se puede entrenar en sus alrededores.

José María compara el gimnasio con el taller de metalurgia de su empresa, donde solo a punta de golpes y altas temperaturas se forjan nuevas formas.

La fiebre verde

Mi comienzo en este deporte fue precoz. Apenas tenía siete años cuando tuve mis primeras pesas. Las hice yo mismo con cosas que encontré en el patio. Recuerdo un cigüeñal de carro y unas latas de cemento fraguadas en los extremos de una varilla. Ya entonces me tomaba en serio los ejercicios, con masoquismo, como debe ser. Me animaba aquella serie televisiva de los años ochenta, Hulk, y otra que veía desde más pequeño: Popeye, por quien era el único niño que comía compota de espinacas.

En principio no fue una cuestión de vanidad, sino de supervivencia. Era muy flaco, un pitillo, y no me respetaban lo suficiente. La historia es típica. Un día, en recreo, me tropecé con un niño de un curso superior y sin querer le derramé la gaseosa. El niño, mucho más robusto que yo, me empujó y salí volando. Alrededor, todos se rieron. Me sentí impotente. Para rematar, unos días después vi a la niña que me gustaba hablando animadamente con el patán. Me puse verde de la ira, pero no lo suficiente como para convertirme en el Hombre Increíble; tampoco las espinacas sirvieron para mucho, entonces debí consolarme con una mutación más gradual.

Por supuesto, la fiebre me duró poco. Influyó que varias personas me advirtieran: “Te vas a quedar enano”. Aguanté unos años, llevando la flacura con abnegación. Cuando cumplí quince no pude seguir posponiendo mi ideal y volví a las pesas. Esta vez mi mamá me hizo la caridad de comprarme una mesa de ejercicios y un lote de discos de hierro en Sears. A la mesa se le podía graduar el espaldar y tenía una serie de implementos para hacer varias clases de ejercicios. Me acompañaba en los entrenamientos un amigo del barrio todavía más flaco que yo, a quien la abuela le rogaba: “Trata de engordar”.

La filosofía que adoptamos fue la misma que había vislumbrado a los siete años: dosificar el dolor, canalizarlo en un masoquismo sistemático y rutinario, en un sufrimiento secuencial. Es cierto que al final se liberan tensiones, pero durante el ejercicio no existe una compensación inmediata en el ánimo. No se parece en esto a los otros deportes. No hay anotaciones, ni jugadas audaces, mucho menos esa comunicación profunda y primitiva entre los jugadores. Se trata de un asunto rabiosamente individual. No hay compañero ni oponente directo. No existe verdadera competitividad. Uno se vuelve narcisista midiéndose con el espejo y vagando por el gimnasio como alma en pena, aferrado a la pantalla de un televisor, a la música del equipo o a las nalgas de una muchacha.

La ley de la gravedad

Durante el ejercicio solo se piensa en números: el número de repeticiones que faltan para terminar una tanda, el número de series para terminar el entrenamiento, el número de sesiones para que comiencen a verse los resultados. El gimnasio es como una eterna sala de espera. Nos consolamos diciéndonos a cada momento: “Ya falta poco, ya falta poquito”. En otros deportes existen momentos épicos o intensos en los que el jugador se desprende de las leyes físicas, se olvida del tiempo y el espacio, quebranta el número y la sucesión, y se desliza sin fricción ni gravedad hacia una canasta o un gol. En el gimnasio, en cambio, estamos condenados a una gravedad inexorable. Nadie va a abrazarte, a ponerse eufórico ni a alzarte en hombros cuando termines una tanda de pecho inclinado.

En las pesas el milagro opera de otra forma, por una especie de acumulación. Rellenas el recipiente poco a poco, repetición tras repetición, tanda a tanda, y quizá al final se desborde una gota y puedas ver un mínimo cambio en tu imagen. Ésa es nuestra única esperanza, una esperanza solitaria frente al espejo: que un pequeño músculo se levante.

José María lo compara con su trabajo: “Se trata de sacar del material algo que está en el interior de sus moléculas, latente, escondido como su fuerza atómica”. El primer tanto será cuando al fin alguien detallista note por encima de tu ropa esa pequeña hinchazón y te haga aquel bálsamo de pregunta: “¿Estás alzando pesas?” Que muy pronto cambiará por otra, según la ropa que lleves puesta: “¿Ya no estás alzando pesas?” O peor aún, a una más frecuente y llena de perfidia: “¿No haces piernas?”

Si respondes que sí, que sí estás alzando pesas o que sí estás haciendo piernas, te responderá: “No se nota”. Si, por el contrario, le sigues la corriente y dices que no, que nunca has tocado una pesa, no dudará en rematarte: “Ya lo decía yo” o “¡Con razón!”. La única respuesta posible es seguir siendo terco, rutinario y masoquista. Hace poco me hicieron una de esas preguntas crueles: “¿Estás comenzando en el fisicoculturismo?”. Lo único que atiné a responder fue: “¡Ya terminé!”.

No todo se reduce a un asunto de fuerza bruta. Aunque la inteligencia sirve en este deporte de manera administrativa: rutinas, ejercicios, alimentación, suplementos, estilo de vida, etc., no es útil al momento exacto de la actividad, cuando tienes las pesas encima. En ese momento no hay opciones o estrategias a seguir, hay que pujar y punto, como una mujer cuando está pariendo. Kaká depende de su agudeza para ejecutar un pase preciso y oportuno; Ronnie Coleman, en cambio, no malgasta su sangre en el cerebro sosteniendo una tonelada en sus hombros, simplemente la concentra en sus músculos.

La fuerza interior

Le pregunto a José María cuál es el músculo más difícil de sacar y me señala enseguida las pantorrillas. Tenemos casi veinte años ejercitándolas y lo máximo que crece es una vena que pasa por ahí. Sin embargo seguimos cultivándolas, esperanzados en que los fetos atrofiados que nos asignó la naturaleza por pantorrillas evolucionen a unos potentes gemelos. Somos como esas personas que compran la lotería toda la vida aunque nunca se la hayan ganado o que rezan diariamente con las rodillas ya escocidas y sangrantes. En nuestro caso, con todas las articulaciones del cuerpo machacadas. En el fondo nos complace sumergirnos en un ambiente de martirio y penitencia, porque sabemos que solo al final de ese itinerario de sacrificio y aburrimiento está la verdadera felicidad.

Por eso nos emociona más el entrenamiento de Rocky que el del ruso Iván Drago en la cuarta película de la saga. Un entrenamiento que se aleja del confort y de las comodidades tecnológicas, que depende más de nuestra fuerza interna que de la ergonomía de las máquinas. Por la misma razón me atraen más los gimnasios populares. En el que estoy afiliado ni siquiera hay que llevar toalla. La gente va hasta en chancletas. Las máquinas están tan desportilladas que parecen parapléjicas. En cada rincón acechan el óxido y el tétano. Las guayas están a punto de romperse. La prensa para piernas es una guillotina, una trampa mortal. En cada momento te juegas el pellejo, pero eso te hace sentir acreedor a una mayor recompensa divina.

Fiel a esa fórmula ascética lo que más me gusta hacer es piernas. A veces, después de una tanda de sentadillas, se me van las luces, la sangre no me lleva suficiente azúcar a la cabeza y “la pálida”, esa forma violenta que tiene el mundo de dar vueltas dentro de tu cabeza, me aplasta. La Pálida que ronda en los gimnasios no es otra cosa que la Muerte.

Pero entonces, si son tan terribles e inhumanas las pesas, ¿por qué sigo levantándolas? Quien ha tenido una peladura en la boca se acordará de la saña placentera con que siguió lastimándose. Recordará el gustico que le cogió al dolor. Más allá de esta consideración masoquista y de otras más obvias (gustarles a las mujeres o intimidar a los hombres), la razón principal por la que sigo matándome en el gimnasio está en la misma raíz de esta palabra. Gym es un vocablo griegoque significa “desnudo”. La palabra griega gymnasium significaría “lugar donde ir desnudado”, y se utilizaba en la antigua Grecia para referirse al lugar donde se educaban los jóvenes. Me gusta pensar en el gimnasio como ese lugar donde uno se empelota, se aligera. Después de luchar dos horas contra la gravedad, se experimenta una milagrosa sensación de ingravidez; uno se siente más desnudo que nunca, precisamente porque ha dejado en segundo plano el trasto más pesado del cuerpo: el cerebro y su férrea dictadura.

Más allá del dolor

Como todo escenario, los gimnasios tienen su propio elenco. Nunca falta, por ejemplo, la instructora marimacha. Me cuenta José María que una vez le presentaron una en España. Había ido a hacer un curso de metalurgia financiado por la empresa y no pudo evitar pasarse por un gimnasio. Aunque allá se acostumbra a dar dos besos cuando te presentan a una persona del sexo opuesto, instintiva y temerosamente José María le extendió la mano, lejos de sus mejillas.

Está también la gorda eterna e insistente, a la que lo único que se le va enflaqueciendo es la esperanza. El chulo o la chula que va a pantallar y a arreglar el plan del fin de semana. El usuario que asiste una vez y no vuelve jamás. El entrenador avión, que manosea a las ingenuas y las pone en las posiciones más inverosímiles. El fanfarrón que hace más ruido que ejercicio. Los que ejercitan más la lengua que los otros músculos. Los que solo van a recibir clases de aeróbicos, bodypump o aerobox, y que para José María son los astronautas del gimnasio: saltan y bailan como si la gravedad –esa dueña y señora del gimnasio– no existiera. En las clases de spinning incluso apagan la luz y ponen flashes y luces fluorescentes como si estuvieran en una nave espacial.

Está la muchacha asustada que llega por primera vez al gimnasio y le preguntan:

—¿Tú quieres reducir, endurecer o tonificar?
—Huir.

También están los que siempre se lesionan y accidentan. A un compañero de José María le cayó una torta de hierro de 25 libras en el pie infligiéndole un corte de unos seis puntos. Lo tuvieron que llevar cargado hasta donde un médico del barrio. El compañero que ayudó a José María a trasladar al accidentado se estaba quejando, porque tenía que cargarlo de forma desequilibrada y se le iba a desarrollar más un músculo que el otro. Justo cuando el médico lo fue a atender, se soltó el perro de la casa, saltó sobre el herido y le mordió el pie. De los seis puntos que iban a ponerle, tuvieron que coserle nueve. José María y el otro pesista dejaron todo en manos del doctor y volvieron al gimnasio a terminar religiosamente la sesión. El accidentado regresó al día siguiente y mostró la cicatriz como un trofeo de guerra; de inmediato se dedicó a hacer pesas de la cintura para arriba.

Interrumpo a José María en su chorro de anécdotas y lo confronto: Al final ¿qué es lo que buscas en el fisicoculturismo? Se queda pensativo. “Algo que está más allá del dolor”, afirma enigmáticamente. Entonces recuerdo unas palabras de Rocky justo antes de la gran pelea contra Apollo en el Sport Arena de Los Ángeles: “Quiero que se sude poesía, pues el final del combate debe ir más allá del dolor”. A José María y a mí nos interesa ese momento en que, agotados el sudor, las lágrimas y la sangre, queda por exprimirle poesía al dolor.

Antes de despedirme, reparo en su atuendo y recuerdo que le falta algo: ¿por qué usas la capa de superhéroe durante los entrenamientos? Se ríe. “Esa capa no sirve para nada y si quieres pregúntaselo a cualquier superhéroe. Todos la usamos de adorno. Pero por lo menos da la impresión de que con ella estás violando la ley de gravedad. Me gusta esa esperanza en el espejo”.