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“Nos veremos donde acaba la vereda. Saldré en tu busca…”.

Sus palabras de días atrás resuenan en tu cabeza mientras caminas montaña arriba por la sierra de Grazalema. Son casi las 12 del mediodía de este pasado lunes. Asciendes solo a la sombra de centenares de pinos, alcornoques y abetos. Un buitre leonado sobrevuela tu cabeza como un vigía. La exigencia del terreno, escarpado y resbaladizo por la humedad, hace que pronto falte el aire y sobre ropa de abrigo. Tras patear durante media hora por algún punto inconcreto de esta serranía gaditana escuchas varios silbidos. Proceden de más arriba, aunque eres incapaz de ubicarlos. Al cabo de 30 segundos resuenan los ladridos de varios perros, esta vez mucho más próximos. Aunque no le ves, entiendes que el hombre al que buscas anda cerca.

—¡¡¡Antonio!!! -dices hacia ninguna parte en voz alta, y el eco hace que tu voz se propague por la montaña.

Ahora los perros ladran con mayor intensidad. Una pitbull recién parida, irrumpe tras un recodo de un sendero corriendo hacia ti. Le siguen otros dos, sin raza, mucho más pequeños.

—No te preocupes, sólo van a olerte -afirma una voz todavía sin rostro.

Levantas la mirada que dirigías a la perra y, de repente, surgido de la nada, aparece Antonio, el hombre cuyo rastro has seguido desde que fue capturado aquella primavera de 2011 tras mantenerse prófugo durante un lustro, el condenado al que sólo pudieron apresarlo desplegando 70 guardias civiles, perros rastreadores y un helicóptero.

Ahora, a cuatro metros de ti, de nuevo prófugo y en busca y captura, se aproxima empuñando una gruesa cuerda con la que amarra a Titán, otro pitbull, el de seguridad.

—Hola, amigo -te dice mientras te estrecha la mano derecha.
—Eres el último bandolero andaluz, ¿verdad? -preguntas tú.
—Sí, ese dicen que soy.

Por fin. Acabas de conocer a Antonio Manuel Sánchez, al forajido que hace 16 meses, sin delitos de sangre en su historial delictivo, volvió a lanzarse al monte huyendo de la ley, al igual que ya hizo en 2006 y como antaño, siglos atrás, lo hicieron José María Hinojosa El Tempranillo o Juan José Mingolla Pasos Largos, nombres míticos del bandolerismo de la sierra andaluza.

Ahora, delante de ti, prófugo por segunda vez, te parece un reflejo distorsionado y empeorado del chico joven y guapo que a mediados de abril de 2011, sólo unos días después de su última detención, te mostró su madre en retratos de la mili. Sin embargo, su figura aún te parece imponente con su 1,86 de altura, sus 85 kilos, su ropa de camuflaje, su gorro de cacería y esa barba canosa de una semana que él mismo se rasura a filo de navaja.

Este hombre de 44 años, que ha vuelto a fugarse de la cárcel para de nuevo echarse al monte con su morral al hombro y sus armas de caza -una lanza para matar jabalíes y un cuchillo punzante- ya no tiene ningún diente en la encía superior, y en la inferior el ardor de años de heroína, cocaína y marihuana le ha arrebatado todas las muelas, salvo una.

—Aquí me tienes. Hablemos mientras caminamos.

Y habláis. Durante dos horas. Tú y este fugitivo que no se despoja de su chaqueta de camuflaje salvo para mostrarte que debajo lleva una cazadora de cuero negro, un polar del mismo color y una camiseta con la bandera de Suecia. Dice que va tan abrigado porque aquí es la única forma de combatir el frío del invierno que cada noche, mientras duerme en una tienda de campaña hecha a mano con remiendos de plástico, muerde sus carnes entre aullidos de lobos y peñascos que se desprenden. Pero ni siquiera tanto trapo le ha servido para librarse de ese ruido de pecho, ese borboteo que de vez en cuando escuchas y que le acompaña desde hace dos meses.

Conversáis a solas, con la mera compañía del canto de la naturaleza y de algunos gemidos lastimosos de Titán, al que ha amarrado al tronco de un árbol. Más arriba en la montaña, en los escondites y cuevas que no te quiere mostrar por temor a que le delates, guarda algunos machetes y hachas que la Guardia Civil no logró recuperar pese a peinar la zona después de capturarle.

Este bandolero del siglo XXI cuenta que tiene amaestrados a sus cuatro perros, a los que, al alba o al caer la noche, cuando más se mueven los animales, utiliza para cazar venados y puercos que luego asa a fuego de leña. También para ahuyentar a las visitas incómodas. Así, día tras día, sobreviviendo en soledad, sin contacto con ningún ser humano. Todo por no volver a ninguna prisión, donde vio asesinatos, violaciones de chavales, narcoteo, corrupción… Donde dejó de funcionarle la cabeza.

—A Titán lo comparo con un león por el cuerpo que tiene. Que se atrevan los guardias a venir a apresarme, que lo lanzo para que se los coma.

La primera vez que Antonio se echó al monte fue a principios de 2006. Habiendo pasado encarcelado 14 años e instalado por aquel entonces junto a su madre en la casa de Benamahoma que heredaron de la abuela muerta, Antonio recibió la notificación de un juez para que volviera a prisión. La razón: un robo con fuerza cometido en 2002 en Oviedo, con el que se costeó los picos que calmaron su mono durante un permiso carcelario de fin de semana. Pero Antoñito, así le llamaba su adorada yaya Ana, se fugó a la montaña, que tan bien conocía por su abuelo, cazador furtivo.

Como ahora, instalado en la sierra, asilvestrado y trabuco en mano, asaltó a senderistas, atemorizó a cazadores y a guardas de cortijos, encañonó a una pareja de guardias civiles, le acusaron de dar un palo a punta de escopeta en la gasolinera de El Bosque y se alimentó de animales salvajes. Antes de volver a ser detenido, pensó que jamás pisaría otra chirona, que ya había purgado lo suficiente entre rejas desde los 19 años que entró en Puerto I (Cádiz) hasta los 33, cuando salió de la penitenciaría asturiana. Pero le apresaron en 2011.

Caminando junto a ti, sintiéndose libre en su amada montaña, Antonio, al que apodaron El Lute de Cádiz, te explica que hace un año y cuatro meses, cuando cumplía el tercer grado en un centro evangelista de Carmona, Sevilla, se escapó un día de visitas. Se lo ordenó, promete, el demonio que recorre su sangre.

—Me amenazaron con que iba a volver a la cárcel y ni lo pensé, me fugué.

Antonio explica que ese día de septiembre de 2013, el de su última huida, hizo a pie la mitad del camino hasta Benamahoma, unos 60 kilómetros. Y que no iba sólo, que le acompañaba su prima hermana Samanta, la mujer a la que dice amar y la madre de su hija, Libertad, una cría de cuatro años que padece de espina bífida y no puede caminar, la niña de sus ojos a la que no puede ver ni tocar pese a tenerla ahí, a sólo unos kilómetros de su guarida, en la casa familiar de Benamahoma. Quizás lo pueda hacer si aguanta oculto en este monte otros 20 meses, el tiempo que le restaba pasar recluido cuando escapó de Carmona.

Mientras le escuchas, recuerdas vivamente que era Samanta, Sami, la menor de 14 años que apareció encamada con Antonio en una tienda de campaña el día que le apresaron, cuando, sin saberlo, ya estaba preñada de dos meses. La misma que tiempo atrás le regaló a este lobo solitario que te habla entre recuerdos y divagaciones un corazón de fieltro rojo con un “Te quiero”.

—¿Te arrepientes de haberte vuelto a fugar?
—Claro, pero mi cabeza no tiene lógica. No reacciono como la mayoría. Llevo media vida encarcelado o huyendo. Y todo sin cometer delitos de sangre. Ya he pagado bastante por mis pecados. He sido un loco animal, quillo, he llevado el demonio dentro. Pero ya no. Sólo quiero vivir en paz, sin molestar a nadie.

Antonio conversa clavándote la mirada, que, a menos de un metro de distancia, te parece la de un hombre alicaído y enfermo por la hepatitis y los brotes de esquizofrenia. Sin dejar de fumar pitillos con tabaco de liar, alguno mezclado con la maría que él mismo cultiva, de su boca escuchas la biografía de alguien que de bien chiquito ya apretó a fondo el acelerador de la vida quinqui.

Este bandolero que tienes enfrente nunca tuvo padre, salvo el que le engendró. A los 10 años él y su madre, Antonia, se trasladaron de Benamahoma a Sevilla para que ella sirviera en una casa. A los 12, cuando ya pasaba más tiempo en la calle que en su colegio del barrio de La Macarena, se hizo amigo de un gitanillo un año menor que él, Antoñito Leiva Jiménez. Fue él quien le invitó a su primera papela de heroína. Se la esnifó.

Luego vendrían sirleos de bolsos a turistas, cocaína, metanfetaminas, más robos a punta de navaja o alunizajes con coches robados, los picos en vena, los porros y la venta de droga, y su primera entrada en prisión, a los 17, en Sevilla I. Fueron sólo unos días, aunque dice que le sirvieron para conocer el infierno en la tierra. Pero al salir no frenó. En sólo dos años volvió al talego, de donde no salió hasta que tuvo la edad de Cristo.

Padece hepatitis y brotes de esquizofrenia. “He sido un loco animal; ya sólo quiero vivir en paz”, dice tras 14 años de cárcel.

El resto de su vida es una montaña rusa llena de giros y caídas en picado. A los 33, cumplida su condena, se fue a Talavera de la Reina en busca de María del Pilar, una cocainómana con la que se casó en 1999 en la cárcel de Salamanca sólo para poder tener vis-à-vis con ella con mayor frecuencia. El reencuentro duró apenas medio año. Luego se cobijó en Benamahoma junto a la mamá y la yaya, muy enferma.

Hasta los 37, Antonio compaginó su adicción a las drogas con trabajos esporádicos de peón de albañil. Hasta que un juez volvió a tocar a su puerta y decidió lanzarse al monte por primera vez. Le capturaron cerca de cumplir los 42 acusado de dar un palo en la gasolinera El Bosque, escopeta en mano. Y ahora, en este preciso instante, en busca y captura desde hace 16 meses, te muestra su lanza, su puñal hecho a partir de una lima, las cuerdas que guarda en su morral y las marcas en su tripa de cortes de navaja, el recuerdo de todas las veces que le quisieron matar en la cárcel, a la que debía tres años de condena cuando se fugó de Carmona.

—¿Tienes miedo de que te vuelvan a coger?
—Mucho. No quiero volver al talego. Ni mi cuerpo ni mi mente lo superarían. Estoy colapsado de todo lo que vi allí. Pero no tengo incertidumbre. Si me cazan, me quitaré la vida dentro de prisión.

Antonio te lo cuenta haciendo el gesto de ahorcarse. Y tú le crees. Piensas que el último bandolero andaluz, el condenado que hasta dos veces se ha echado a la sierra burlando el cerco de la Justicia, está convencido de suicidarse si vuelve a chirona.

Son las dos de la tarde. Hasta aquí dura nuestro encuentro en el monte. Tras despedirse estrechándote la mano, ves a Antonio enfilar un sendero como una sombra sibilina. Y recuerdas esa frase que te ha dicho poco antes de marcharse: “Llevo toda mi vida buscándole sentido a la palabra ‘libertad’, pero aún no se lo he encontrado”.

Tengo hambre. Un hambre voraz. Un hambre como jamás había sentido y un vacío en el estómago que no me deja dormir. Doy vueltas sobre el camastro e intento leer a la luz de la vela, pero tampoco puedo. No logro olvidarme de que lo único que he comido en tres días es masa de maíz. Con sal unas veces, y con un mejunje compuesto de agua y chile otras.

El hambre y la falta de luz eléctrica convierten la noche en espesa y eterna sin que pueda pegar ojo. Echo de menos un trozo de pan, una galleta, un tomate, agua… lo que sea. Pero no solo yo; también Saúl Ruiz, el fotógrafo que me acompaña, y también las cincuenta familias que forman la comunidad de Ronda-Sachut, un pequeño pueblo indígena Qeqchí escondido entre las montañas del departamento de Alta Verapaz.

Para mí es una noche eterna, para ellos una más.

El objetivo es escribir estas líneas sintiendo, aunque sea remotamente y durante un puñado de días, lo que miles de familias padecen durante toda su vida. El hambre y la miseria. Un atrevimiento casi ofensivo para el 50% de los niños guatemaltecos menores de 5 años sufre de desnutrición crónica y que diariamente se acuestan con una sensación como la que ahora tengo. Una realidad que, según Unicef, se eleva hasta el 85% de zonas indígenas como esta. Una pretensión casi insultante para los más de 500 niños muertos en los últimos meses y que carecen de los quetzales (la moneda nacional) con que saciaré mi ansiedad en unas horas.

Chiquillos como Mario, el hijo menor de la familia Iquí-Ichích junto a la que nos despertamos por tercer día consecutivo a las 5 de la mañana. Con la luz los llamamientos que PNUD, FAO, UNICEF, ONU… llevan haciendo durante meses para denunciar la hambruna que asola el país, gracias a una de las peores sequías de las últimas décadas, parecen tomar cuerpo. Cuerpo, nombres y apellidos de origen maya.

Junto al fuego de la cocina, y gracias a un traductor, su madre cuenta que el más pequeño de la casa “se fue” hace algunas semanas con tan sólo seis meses de vida. El oficinesco nombre de “Estado de calamidad pública” decretado en septiembre por el presidente Álvaro Colom se hace carne cuando explica que su hijo se fue apagando, se le amarilleó la piel y cada vez lloraba con menos fuerza. Hasta que un día definitivamente dejó de existir. Como tantos otros murió con la piel pegada a los huesos pero con la tripa llena. Llena de lombrices y parásitos. Y entonces, envuelto en una tela, salió de entre estas montañas para quedarse en el cementerio de Pululhá, el más cercano a esta olvidada aldea.

Pero hoy es un día distinto. Hoy por fin suena es el ‘tap-tap’ con el que las mujeres golpean la masa contra la palma de la mano para dar forma a las tortillas de maíz que luego irán al comal. Un sonido que suena a música celestial con los primeros rayos del sol.

Hoy sale humo de la pequeña cocina de madera, y sé que este será un día bueno para mí y los seis niños que convivimos en torno a este fuego. Después de muchos intentos, Domingo Ichích, el padre de las criaturas, encontró trabajo dos días seguidos. Así que con los 50 quetzales (unos cinco euros) recibidos compró 20 libras de maíz (unos ocho kilos) que servirán para comer menos de una semana.

Comprar es una anormalidad para los miles de campesinos que apuestan todo su futuro alimentario en la pequeña milpa que se alza junto a la casa. Este año, sin embargo, la sequía ha arruinado las cosechas de maíz y frijol y ha dejado todas las mazorcas de la aldea reducidas a un montón de hojas amarillas. La peor sequía de los últimos 30 años, según el Observatorio para el Derecho a la Alimentación. Una fenómeno que se ha cebado con 10 de las 22 provincias del país, conocidas como el ‘corredor seco’, donde se ha perdido el 80% de los cultivos y donde el 1.3% de la población podría morir de hambre, según organismos internacionales.

Una crisis alimentaria que golpea el estómago, olvidada por la crisis económica que nos golpeó el bolsillo. Así que ahora, de repente, la comida hay que comprarla. Y aquí nadie tiene dinero.

Los patojos (niños) merodean en torno al fuego como perros que esperan cualquier cosa que caiga de la cazuela. Ninguno ha probado jamás otra leche que no haya salido del consumido pecho de su madre. Tampoco carne de cerdo o de vaca.  Y es que desnutrición no es sólo tener el estómago vacío, sino llevar muchas semanas comiendo lo mismo para llenar el estómago. Así que, a pesar de su edad, en esta cocina de maderas y suelo de tierra no se oyen las carcajadas y travesuras propias de la edad. Los seis niños aguardan silenciosos y mansos. Solo cuando el visitante bromea con ellos enseñan una risa apagada y sin fuerza a la que le faltan muchos dientes y vitaminas. En cuanto aparece un buen montón de tortillas de maíz, el silencio y la madera quemándose vuelven a ser lo único que se escucha mientras masticamos la insulsa masa untada de chiles triturados y bebemos un agua marrón.

A media mañana visito a Avelino Beb Pop, quien amablemente –¿hay alguien que no lo sea en Guatemala?– nos invita a almorzar.

Junto a sus tres hijos me recibe entusiasmado en su casa, y me ofrece asiento y… tortillas para comer. De la milpa que está detrás de su casa arranca un puñado de hojas y brotes de huisquil (una fruto verde del tamaño de una patata, que cuelga junto a su puerta), que su mujer mete rápidamente en agua. Hablamos de lo poco que ha llovido, del campo, de los vecinos y de la boda que se celebrará en el pueblo. Las únicas quejas hay que arrancárselas y tienen que ver con el poco trabajo que hay en la zona. Para celebrar el buen rato de plática después de hervir las hierbas me ofrece una sopa que no incluye nada que se pueda masticar. Los cuencos más abundantes, para el visitante y el fotógrafo.

Pero los casi siete millones de “avelinos” que viven en Guatemala (de los 13.3 millones de habitantes que tiene el país) en condiciones de pobreza no fueron suficiente para sensibilizar al Congreso nacional, que puso muchas pegas al decreto de “calamidad pública” de Álvaro Colom. Un formalismo que le permitiría agilizar el acceso al dinero de la cooperación internacional y su transferencia hacia el presupuesto nacional.

“Alimentos hay”, dijo en radio y televisión, “lo que ocurre es que la población no cuenta con el dinero para acceder a los mismos”. El hambre, dijo Colom, es el resultado de “muchos años de inequidad (…) y de la sequía” que ha causado la pérdida de un 36% de las cosechas de maíz y un 58% del frijol. Los dos productos básicos de la alimentación popular, convertidos ahora en artículos de lujo en muchas mesas.

Pero a pesar de la dramática situación, el decreto de Colom llegó rodeado de controversia ya que, según la coordinadora de oenegés que trabaja en el país, la declaración de emergencia es una “mascarada demagógica” del mandatario para acceder de forma rápida y sin control a los inmensos fondos donados por la cooperación. Muchos millones de dólares que controla de forma directa a través de programas sociales su polémica esposa Sandra Torres.

Pero ojalá hubiera llegado hasta aquí la controversia. Incluso la polémica primera dama. Hasta el momento, a esta remota comunidad solo ha llegado el padre Denis, de la parroquia de San Juan Chamelco, y el padre Rafael, un sacerdote de Ronda (Málaga) que han hecho posible; entre otros milagros, traer hasta aquí varias cajas de comida donada por la cooperación estadounidense.

Con el pueblo detenido y a oscuras, repaso mentalmente mis últimos días y me doy cuenta de que desde que llegué aquí he asistido a una misa, he cortado leña, he jugado al fútbol, he subido al cerro por agua y he caminado horas para tomar una especie de autobús, pero las pocas veces que he movido la mandíbula ha sido para comer maíz y jarabes de extraño color y textura, gracias a los que ahora creo tener lombrices. También que, si cada tortilla tiene unas 70 calorías, todos los hombres de maíz que describió Miguel Ángel Asturias y que ahora dormimos, terminamos, como en sus libros, con menos de 900 calorías en el cuerpo.

Tengo hambre. Un hambre voraz.

El buitre no lo devoró

Publicado: 21 febrero 2011 en Alberto Rojas
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El hombre sujeta la fotografía con sus manos nudosas, recubiertas de una piel dura como el cuero curtido. La observa unos instantes. Asiente con la cabeza. En nuer, su lengua, afirma «sí, es mi hijo» al traductor, a la vez que devuelve la fotografía al kawai, como los nuer llaman al hombre blanco que se sienta frente a él. «Si la sigo mirando, no podré dormir esta noche», dice volviéndose hacia el otro lado, como si con ese gesto quisiera borrar los malos recuerdos.

Hay preguntas del kawai que no entiende, porque esos conceptos en esa tierra africana no se usan. ¿Qué edad tiene? El hombre no sabe en qué año nació. Él cree que tiene alrededor de 69 o 70.

-¿Vio alguna vez esta foto?

-No -responde tajante Nyong, padre de familia de pocas palabras.

«La gran mayoría de gente de esta tierra no ha visto nunca ninguna», aclara el traductor, de la misma tribu.

-Mi hijo murió de fiebres hace cuatro años. Siempre fue un niño feliz, pero muy enfermizo.

-¿Pero murió de fiebre amarilla, malaria, kala azar, cólera?

-Fiebres -dice el traductor.

Y agrega: «En las aldeas sin acceso a la sanidad la gente se muere sin saber de qué».

El kawai (el hombre blanco, es decir, yo) le explica al señor Nyong que a su hijo lo fotografió Kevin Carter, un sudafricano blanco que pasó por Ayod durante dos horas en marzo de 1993. Que la fotografía fue publicada en The New York Times días después. Que ganó el premio más importante del mundo. Que luego su autor se suicidó, y que aún hoy es la imagen más polémica de la historia reciente del fotoperiodismo, pero que ayudó a concienciar a medio mundo de la necesidad de redoblar la ayuda humanitaria. Nyong sólo responde con una afirmación de cabeza, pero uno de sus hijos asegura que es un honor para ellos que una foto de alguien de su familia haya servido para salvar vidas.

El señor Nyong pide de nuevo la foto de su hijo junto al buitre. Kong rondaba entonces los dos años. Cuando el periodista se la entrega, el hombre se queda pensativo. Después habla con parsimonia: «Era la gran hambruna. La gente venía a Ayod para poder comer algo de lo que traían en los aviones. No había nada que llevarse a la boca».

– ¿La madre del niño le acompañaba hasta aquí? -pregunta de nuevo el kawai.

-No. Ella murió nada más nacer él, así que se quedó pronto huérfano de madre y tuvo que reemplazarle su tía. Ella le llevaba a diario hasta el feed center (centro de reparto de comida que la ONU tenía instalado en Ayod cuando una hambruna más asolaba Sudán) para recibir la ración que necesitaba. Y se recuperó».

El kawai le comenta que en occidente se cree que el niño está solo, a merced del buitre, y que agonizó sobre la arena después, quizás antes de ser despedazado a tiras.

-No, la hermana de mi esposa estaba allí, cerca de él, nunca estuvo solo.

A pesar del enorme dramatismo de la imagen, es la propia foto de Carter la que confirma las palabras del padre de Kong: el niño lleva una pulsera de plástico en su brazo derecho, las mismas que usaban en el feed center para agrupar a los niños según sus necesidades. Si se observa la imagen en alta resolución, puede leerse, en rotulador azul, el código «T3». A Carter se le criticó por no ayudar al bebé y el mundo le dio por muerto a pesar de que el propio Carter no lo vio fallecer. Sólo disparó la foto y se fue minutos después.

La realidad es que ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo. Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: «Se usaban dos letras: “T” para la malnutrición severa y “S” para los que sólo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center». Es decir, que el pequeño Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales.

Los periodistas españoles José María Arenzana y Luis Davilla visitaron Ayod tres meses después que Carter, y vieron lo mismo que él: miseria, muerte, niños, buitres. «Aquel lugar, junto a la central de comida, servía como letrina improvisada para los niños. Muchos acudían en los huesos y con diarreas terribles. También allí les esperaban los buitres para comerse los excrementos. Eso no significa que no muriera gente allí ni que se quedaran tirados en cualquier sitio, pero puedo asegurar que ese bebé no estaba allí abandonado a su suerte y sin ayuda. Y por eso Carter hizo lo que tenía que hacer, una foto impactante que mostrar al mundo y luego se marchó», sostiene Arenzana. Fueron otras palabras suyas («El parrajarro, te puedo asegurar, no se comió al bebé») las que convencieron a este periodista para, 18 años después, viajar 4.478 kms desde España en busca de la historia jamás contada: la del bebé de la foto de Carter. El niño del buitre.

En el equipaje, también testimonios de testigos presenciales. Joao Silva, amigo y miembro junto a Kevin Carter del llamado Bang Bang Club, estuvo presente aquella mañana en Ayod: «Las madres hacían cola para recoger la comida mientras los niños esperaban sobre la ardiente arena cercana».

Ahora, frente al señor Nyong, brilla la luz de la verdad: «Sí, eso es, mi hijo no corría ningún peligro en aquel momento».

La madre muerta

El extranjero, el kawai, quiere saber cómo era el niño de la foto, su hijo, qué gustos tenía, qué lo diferenciaba del resto: «Para mí fue especial porque nació en un momento muy malo para nuestra familia, su madre murió pronto y eso hizo que le cogiera tanto cariño. Supe que tendría que hacer todo lo que estuviera en mi mano para que saliera adelante». El señor Nyong no contará mucho más ese día, ya que tendrá que recorrer el largo camino de vuelta a casa, a cuatro o cinco kilómetros del centro de Ayod, cuando el sol africano ya dice adiós bajo los árboles, pero promete una nueva cita dos días después.

Esta vez sí, le visitamos en su propia choza. El señor Nyong, miembro de una etnia que practica la poligamia, está encantado con poder presentar al kawai a sus tres esposas (sin contar a la fallecida madre de Kong), a sus nueve hijos, a sus incontables nietos, que rodean al blanco para tocarle el vello de los brazos (los nuer no tienen un solo pelo) y comprobar alucinados que en la pantalla de la cámara aparece su propia imagen. Esta perfecta radiografía de la composición familiar en las tierras de los nuer se aloja en tres chozas de adobe con tejado de paja, protegidas del exterior con una simple empalizada. En su interior unas cuantas vacas aseguran la leche para el desayuno. El resto, 40 reses en total, busca en los alrededores algo de hierba fresca en la polvorienta aridez de la temporada seca.

No queda lejos la tumba de Kong Nyong, muerto en 2007, pero está inaccesible en coche por ausencia de caminos y desaconsejada por los soldados, que recomiendan no salir de la aldea. Una sencilla cruz de madera de acacia (aquí la mayoría son cristianos) marca el lugar bajo una gran arboleda donde descansa el joven Kong, aquel niño famélico que sobrevivió una década al fotógrafo blanco que lo inmortalizó.

Las mujeres del patriarca Nyong, que acaban de llegar del pozo de la aldea acarreando garrafas con agua, preparan el desayuno mientras los pequeños se desperezan. Ellas siguen la tipología de los hombres: altos, delgados, con adornos tribales grabados sobre la piel usando cuchillas de afeitar y punzones. El señor Nyong se pone su mejor traje y muestra para las fotografías su bastón dorado, el que marca la sabiduría propia del jefe del clan. No queda en las chozas ningún objeto o ropa que el difunto Kong tuvo en vida. Todo está repartido. Quizá aquella camiseta de fútbol azul que lleva uno de los pequeños, ya gastada por el uso; quizá aquellos pantalones deportivos llenos de agujeros que luce otro; quizá el colchón sobre el que dormía…

Sobre el terreno, Ayod y sus alrededores es hoy un lugar lleno de vida. Junto al Nilo, y en pleno triángulo del hambre, el principal asunto de conversación es la rebelión militar del comandante George Athor contra el gobierno de Salva Kiir en Juba. Los hombres comentan en los corrillos del mercado que cuenta con 1.000 soldados y ayuda armamentística de los islamistas de Jartúm. Pronto, otro asunto ocupará también sus conversaciones: la llegada de un kawai (yo, el hombre blanco) que ha viajado desde España para buscar a una niña, pues es lo que se había dicho hasta ahora, que aparece en una foto de 1993. Por eso, el señor Kong terminaría viniendo a mi encuentro al poblado. Pero antes pasé varios días de interrogatorios.

Sexo cambiado

«Es que no es niña, es un niño»… Así, con esa frase, empecé a ver luz. El que me hablaba al mirar la foto, el primer habitante de Ayod que se enfrenta a la instantánea de ese buitre blanco africano tomada por Carter, es el commisioner, una suerte de alcalde y general militar encargado de la seguridad. Es visita obligada. Si el commisioner acepta al forastero, podrá moverse a su merced sin que ninguno de los numerosos soldados con kalashnikov pueda detenerle. Si no acepta, tiene muchas posibilidades de ser expulsado, pese a tener todos los permisos en regla. En una mesa en la que se sientan varios ancianos del pueblo junto a oficiales del Ejército de Liberación del pueblo de Sudán (SPLA), despliego no sólo la fotografía ganadora del Pulitzer 1994, sino las copias de los negativos que Carter tomó aquel día de marzo de 1993 en la aldea. Más de 200 instantáneas en la que quedó congelada la hambruna provocada por la guerra que asolaba el sur de Sudán. Junto a él se sienta un nuer de 2,30 metros llamado Malik, quizás uno de los cinco hombres más altos del mundo y atracción, a su pesar, de los niños del pueblo.

Todos se acercan y comienzan a pasarse las fotos unos a los otros. De vez en cuando, señalan a alguien y dicen un nombre. Les pido que anoten en el borde de cada foto si la persona sigue viva y está en Ayod. De ser así, pienso, me ayudaría a encontrar al niño del buitre. El commisioner mira el retrato de un moribundo. «Son fotos muy tristes. Por suerte, ya no estamos así. La paz ha mejorado la vida de la gente». Es extraño oír esa palabra en un lugar en el que uno de cada cinco habitantes es soldado y en el que el colegio se usa como cuartel.

El commisioner quiere oír al hombre blanco contar a qué ha venido y este periodista relata la triste historia de Kevin Carter. Lo haría muchas veces más. El commisioner casi no puede creerlo. «¿Se publicó en todo el mundo una foto de Ayod?». Sí, no sólo se publicó. Ninguna imagen ha sido y es tan comentada como esta, incluso 18 años después, en los foros de internet. El extranjero asegura que no es ningún peligro para la aldea, que sólo pretende encontrar el lugar en el que se tomó la foto, hablar con testigos que puedan conocer el destino de la niña que intenta levantarse ante la amenazadora mirada del buitre. El commisioner observa la foto con atención y reprende al periodista de nuevo. «Se equivoca usted, es un niño, no una niña… Tiene permiso para moverse por Ayod y hacer fotos. Mañana mismo convocaré a varias mujeres del poblado para ver si recuerdan algo».

El padre Antonio, un sacerdote italiano que lleva años en la aldea, promete enseñar la foto en su sermón del domingo. Además de copias de la foto repartidas aquí y allá, el boca a boca sobre la búsqueda se extiende por la aldea como el fuego que arrasa a esa hora el pasto seco.

No es difícil hallar el lugar donde el buitre fue a posarse tras el niño. Está a unos 10 metros del edificio que servía de central de reparto de comida, hoy lleno de soldados descamisados y con sandalias. No es, ni de lejos, un lugar aislado en el que un crío pasaría desapercibido.

Durante su estancia en Ayod, el kawai comprobará como el commisioner cumple su palabra. Al día siguiente, convoca en su oficina a varias mujeres mayores para hacer otro visionado de las fotos. De nuevo, nombres y recuerdos. Este vive cerca del mercado. Este murió hace años de un disparo. Nyaluak Garkuoth descubre a su propia hija sonriendo al fotógrafo al que nadie recuerda. «Murió en la hambruna», aclara, señalando su estómago hinchado y sus brazos cubiertos sólo de piel. Chuol Deng, presente en la reunión, se lleva las manos a la cabeza al descubrirse herido en el mismo dispensario en el que atendían a los niños. Para probar que es él, se levanta el pantalón y deja asomar viejas cicatrices.

Será una de las mujeres que repartía la leche de la ONU entre los niños de la zona, Mary Nyaluak, 60 años, la que dé la primera pista sobre la identidad del bebé. «Es un niño. Se llama Kong Nyong, su familia vive en las afueras». Todos se agolpan en torno a la foto que muchos consideraron maldita. Dos mujeres más le dan la razón. «Sí, es el hijo de Nyong», dicen. El commisioner se levanta, como un resorte:

– ¿Lo ve? Es un niño. ¡Se lo dije!

Carter disparó fotos a decenas de niños en aquel lugar. No es difícil que confundiera el sexo del bebé en su fotografía inmortal.

– ¿Pero está vivo? -pregunta el extranjero, cada vez más nervioso.

Mary cree que sí pero no lo sabe con certeza, hace años que les perdió la pista porque viven lejos, a varios (cinco) kilómetros. Pero promete convocar una reunión entre el periodista y el cabeza de familia. «Mire, aunque no se le ve la cara, todos en su familia tienen las orejas con esta forma». El extranjero pregunta si está segura: «Usted sólo ve a un niño negro más. Yo veo a un niño al que conocí muy bien».

Mary nos da la noticia

Al día siguiente, cuando el boca a boca ha hecho su trabajo, Mary nos dará la peor de las noticias: «Murió hace cuatro años. Consiguió sobrevivir al hambre, pero enfermó. Hoy vendrá su padre a verle. Le han dicho que hay alguien que le busca por una foto de su hijo».

Mientras tanto, varios camiones de soldados abandonan el pueblo camino del frente, cada vez más próximo, por donde avanzan las tropas de Athor. 15 muertos en la primera aldea, 105 en la siguiente. 225 hoy. Gritan canciones que hablan de venganza. La noche anterior el enemigo estaba a 80 km. Hoy a 30. Las dos ONG de la aldea hablan de evacuación en voz baja. Sí. El Ayod de hoy y el de 1993 se parecen. Facciones del mismo ejército que se matan entre sí, mientras el enemigo del norte se frota las manos y saca la calculadora. Si acaso, la diferencia es que hoy la gente no muere masivamente de hambre.

El padre Antonio da un consejo al kawai recién llegado: «Todas las noches los chicos tocan música de tambores en el centro del pueblo. Si esta noche no oyes música, es que la guerra ha llegado hasta aquí». El kawai espera que la música siga sonando para que ningún otro Carter tenga que volver a inmortalizar la hambruna provocada por la guerra, la peor arma de destrucción masiva creada por el hombre.