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I. El médico.

“El problema número uno del Congo son las violaciones”, dice el doctor Tharcisse. “Matan a más mujeres que el cólera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada bando, facción, grupo rebelde, incluido el Ejército, donde encuentra una mujer procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los que sean. Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces violaciones de niños, el 99% de las víctimas de abuso sexual son mujeres. A los niños prefieren raptarlos para enseñarles a matar. Hay muchos miles de niños soldado por todo el Congo”.

Estamos en el hospital de Minova, una aldea en la orilla occidental del lago Kivu, un rincón de gran belleza natural -había nenúfares de flores malvas en la playita en la que desembarcamos- y de indescriptibles horrores humanos. Según el doctor Tharcisse, director del centro, el terror que las violaciones han inoculado en las mujeres explica los desplazamientos frenéticos de poblaciones en todo el Congo oriental. “Apenas oyen un tiro o ven hombres armados salen despavoridas, con sus niños a cuestas, abandonando casas, animales, sembríos”. El doctor es experto en el tema, Minova está cercada por campos que albergan decenas de miles de refugiados. “Las violaciones son todavía peor de lo que la palabra sugiere”, dice bajando la voz. “A este consultorio llegan a diario mujeres, niñas, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable”.

Ejemplos recientes. El más notable, una mujer de 87 años, violada por 10 hombres. Ha sobrevivido. Otra, de 69, estuprada por tres militares, tenía en la vagina un pedazo de sable. Lleva dos meses a su cuidado y sus heridas aún no cicatrizan. Casi se le va la voz cuando me cuenta de una chiquilla de 15 años a la que cinco “interahamwe” (milicia hutu que perpetró el genocidio de tutsis en Ruanda, en 1994, y luego huyó al Congo, donde ahora apoya al Ejército del Gobierno del presidente Kabila) raptaron y tuvieron en el bosque cinco meses, de mujer y esclava. Cuando la vieron embarazada la echaron. Ella volvió donde su familia, que la echó también porque no quería que naciera en la casa un “enemigo”. Desde entonces vive en un refugio de mujeres y ha rechazado la propuesta de un pariente de matar a su futuro hijo para que así la familia pueda recibirla. La letanía de historias del doctor Tharcisse me produce un vértigo cuando me refiere el caso de una madre y sus dos hijas violadas hace pocos días en la misma aldea por un puñado de milicianos. La niña mayor, de 10 años, murió. La menor, de 5, ha sobrevivido, pero tiene las caderas aplastadas por el peso de sus violadores. El doctor Tharcisse rompe en llanto.

Es un hombre todavía joven, de familia humilde, que se costeó sus estudios de medicina trabajando como ayudante de un pesquero y en una oficina comercial en Kitangani. Lleva dos años sin ver a su familia, que está a miles de kilómetros, en Kinshasa. El hospital, de 50 camas y 8 enfermeras, moderno y bien equipado, recibe medicinas de Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, pero es insuficiente para la abrumadora demanda que tiene al doctor Tharcisse y a sus ayudantes trabajando 12 y hasta 14 horas diarias, 7 días por semana. Fue construido por Cáritas. La Iglesia católica y el Gobierno llegaron a un acuerdo para que formara parte de la Sanidad Pública. No se aceptan polígamos, ni homosexuales, ni se practican abortos. El salario del doctor Tharcisse es de 400 dólares al mes, lo que gana un médico adscrito a la Sanidad Pública. Pero como el Gobierno carece de medios para pagar a sus médicos, la medicina pública se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud públicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morirían de hambre. Lo mismo ocurre con los profesores, los funcionarios, los policías, los soldados, y, en general, con todos aquellos que dependen del Presupuesto Nacional, una entelequia que existe en la teoría, no en el mundo real.

Cuando el doctor Tharcisse se repone me explica que, después de las violaciones, la malaria es la causa principal de la mortandad. Muchos desplazados vienen de la altura, donde no hay mosquitos. Cuando bajan a estas tierras, sus organismos, que no han generado anticuerpos, son víctimas de las picaduras, y las fiebres palúdicas los diezman. También el cólera, la fiebre amarilla, las infecciones. “Son organismos débiles, desnutridos, sin defensas”. Vivir día y noche en el corazón del horror no ha resecado el corazón de este congoleño. Es sensible, generoso y sufre con el piélago de desesperación que lo rodea. Desde la pequeña explanada de las afueras del hospital divisamos el horizonte de chozas donde se apiñan decenas de miles de refugiados condenados a una muerte lenta. “La medicina que todo el Congo necesita tomar es la tolerancia”, murmura. Me estira la mano. No puede perder más tiempo. La lucha contra la barbarie no le da tregua.

II. Los pigmeos.

Debo a los pigmeos de Kivu Norte haberme librado de caer en manos de las milicias rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda la noche del 25 de octubre de 2008. Yo había llegado el día anterior a Goma, la capital de Kivu Norte, y mis amigos de Médicos Sin Fronteras, gracias a los cuales he podido hacer este viaje, me habían organizado un viaje a Rutshuru (a tres o cuatro horas de esta ciudad) para visitar un hospital construido y administrado por MSF, que presta servicios a una gran concentración de desplazados y víctimas de toda la zona. La víspera de la partida, mi hijo Gonzalo, que trabaja en el ACNUR, me telefoneó desde Nueva York para decirme que sus colegas en el Congo me tenían prevista, para la mañana siguiente, una visita a un campo de pigmeos desplazados en las afueras de Goma. Aplacé un día el viaje a Rutshuru y, por culpa del general Nkunda, que ocupó aquella noche ese lugar, ya no pude hacerlo.

Los pigmeos, pese a ser la más antigua etnia congoleña, son los parientes pobres de todas las demás, discriminados y maltratados por unas y por otras. Fieles al prejuicio tradicional contra el otro, el que es distinto, leyendas y habladurías malevolentes les atribuyen vicios, crueldades, perversiones, como a los gitanos en tantos países de Europa. Por eso, en una sociedad sin ley, corroída por la violencia, las luchas cainitas, las invasiones, la corrupción y las matanzas, los pigmeos son las víctimas de las víctimas, los que más sufren. Basta echarles una mirada para saberlo.

El campo de Hewa Bora (Aire Bello), a una decena de kilómetros de Goma, acaba de formarse. Está en un suelo pedregoso y volcánico, de tierra negra, y parece increíble que en lugar tan inhóspito las 675 personas que han llegado hasta aquí, hace un par de meses, desde Mushaki, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda, hayan podido hacer algunos cultivos, de mandioca y arvejas. Nos reciben cantando y bailando a manera de bienvenida: pequeñitos, enclenques, arrugados, cubiertos de harapos, muchos de ellos descalzos, con niños que son puro ojos y huesos y las grandes barrigas que producen los parásitos. Su baile y su canto, tan tristes como sus caras, recuerdan las canciones de los Andes con que se despide a los muertos. Aunque con cierta dificultad, varios de los dirigentes hablan francés. (Es una de las pocas consecuencias positivas de la colonización: una lengua general que permite comunicarse a la gran mayoría de los congoleses, en un país donde los idiomas y dialectos regionales se cuentan por decenas).

Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea matando a varios vecinos. Piden plásticos, pues las chozas que han levantado -con varillas flexibles de bambú, atadas con lianas, de un metro de altura más o menos, sobre el suelo desnudo y con techos de hojas- se inundan con las lluvias, que acaban de comenzar. Piden medicinas, piden una escuela, piden comida, piden trabajo, piden seguridad, piden -sobre todo- agua. El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oiré sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, ríos y lagos están contaminados y los que beben en ellos se enferman. Las personas que me acompañan, del ACNUR y de Médicos Sin Fronteras, toman notas, piden precisiones, hacen cálculos. Después, conversando con ellos, comprobaré la sensación de impotencia que a veces los embarga. ¿Cómo hacer frente a las necesidades elementales de esta muchedumbre de víctimas? ¿Cuántos más morirán de inanición? La crisis financiera que sacude el planeta ha encogido todavía más los magros recursos con que cuentan.

En el campo de Bulengo, que visito luego del de Hewa Bora, veo las raciones de alimentos, mínimas, que distribuyen a los refugiados. Un voluntario de Unicef me dice, la voz traspasada: “Tal como van las cosas con la crisis, todavía tendremos que disminuirlas”. Médicos, enfermeros y ayudantes de las organizaciones humanitarias son gentes jóvenes, idealistas, que hacen un trabajo difícil, en condiciones intolerables, a quienes la magnitud de la tragedia que tratan de aliviar por momentos los abruma. Lo que más los entristece es la indiferencia casi general, en el mundo de donde vienen, el de los países más ricos y poderosos de la Tierra, por la suerte del Congo. Nadie lo dice, pero muchos han llegado, en efecto, en Occidente a la conclusión de que los males del Congo no tienen remedio.

Bulengo fue en 1994 el campamento del Ejército ruandés hutu que invadió el Congo después de perpetrar la matanza de cientos de miles de tutsis en el vecino país. Ahora es el eje de un complejo de 16 campos de desplazados y refugiados que con ayuda de la Unión Europea y de las organizaciones humanitarias da refugio a unas trece mil personas. Éstas pertenecen a diferentes grupos étnicos que conviven aquí sin asperezas. Aunque Bulengo está mucho más asentado y organizado que el de Hewa Bora, la calidad de vida es ínfima. Las chozas y locales, muy precarios, están atestados y por doquier se advierte desnutrición, miseria, suciedad, desánimo. La nota de vida la ponen muchos niños, que juegan, correteándose. Varios de ellos son mutilados. Converso con un chiquillo de unos 10 o 12 años que, pese a tener una sola pierna, salta y brinca con mucha agilidad. Me cuenta que los soldados entraron a su aldea de noche, disparando, y que a él la bala lo alcanzó cuando huía. La herida se le gangrenó por falta de asistencia, y cuando su madre lo llevó a la Asistencia Pública, en Goma, tuvieron que amputársela.

En Bulengo hay 48 familias de pigmeos, que, aparte de las protestas que ya hemos oído en Hewa Bora, aquí se quejan de que la escuela es muy cara: cobran 500 francos congoleños mensuales por alumno. La educación pública es, en teoría, gratuita, pero, como los profesores no reciben salarios, han privatizado la enseñanza, una medida tácitamente aceptada por el Gobierno en todo el país. En muchos lugares son los padres de familia los que mantienen las escuelas -las construyen, las limpian, las protegen y aseguran un salario a los profesores-, pero aquí, en los campos de refugiados, todos son insolventes, de modo que si se ven obligados a pagar por los estudios, sus hijos dejarán de ir a la escuela o ésta se quedará sin maestros.

En el campo hay muchos desertores de las milicias rebeldes. Uno de ellos me cuenta su historia. Fue secuestrado en su pueblo con varios otros jóvenes de su edad cuando los hombres de Laurent Nkunda lo ocuparon. Les dieron instrucción militar, un uniforme y un arma. La disciplina era feroz. Entre los castigos figuraban los latigazos, las mutilaciones de miembros (manos, pies) y, en caso de delación o intento de fuga, la muerte a machetazos. Me confirmó que muchos soldados del Ejército congoleño vendían sus armas a los rebeldes. Se escapó una noche, harto de vivir con tanto miedo, y estuvo una semana en la jungla, alimentándose de yerbas, hasta llegar aquí. En su pueblo, donde era campesino, tenía mujer y cuatro hijos, de los que no ha vuelto a saber nada porque el pueblo ya no existe. Todos los vecinos huyeron o murieron. Le pregunto qué le gustaría hacer en la vida si las cosas mejoraran en el Congo, y me responde, después de cavilar un rato: “No lo sé”. No es de extrañar. En Bulango, como en Hewa Bora y en los campos de desplazados de Minova, la actitud más frecuente en quienes están confinados allí, y pasan las horas del día tumbados en la tierra, sin moverse casi por la debilidad o la desesperanza, es la apatía, la pérdida del instinto vital. Ya no esperan nada, vegetan, repitiendo de manera mecánica sus quejas -plásticos, medicinas, agua, escuelas- cuando llegan visitantes, sabiendo muy bien que eso tampoco servirá para nada. Muchísimos de ellos están ya más muertos que vivos y, lo peor, lo saben. Los campos son indispensables, sin duda, pero sólo si funcionan como un tránsito para la reincorporación a la vida activa, con oportunidades y trabajo. Si no, quienes los pueblan están condenados a una existencia atroz, parásita, que los desmoraliza y anula. Y éste es quizás el más terrible espectáculo que ofrece el Congo oriental: el de decenas de miles de hombres y mujeres a los que la violencia y la miseria han reducido poco menos que a la condición de zombies.

III. El galimatías congoleño.

Y, sin embargo, se trata de un país muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado coltán, con un enorme potencial agrícola, ganadero y agroindustrial. ¿Qué le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy difíciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existirá en el Congo por buen tiempo. Las guerras que lo sacuden han dejado hace tiempo de ser ideológicas (si alguna vez lo fueron) y sólo se explican por rivalidades étnicas y codicia de poder de caudillos y jefezuelos regionales o la avidez de los países vecinos (Ruanda, Uganda, Angola, Burundi, Zambia) por apoderarse de un pedazo del pastel minero congoleño. Pero ni siquiera los grupos étnicos constituyen formaciones sólidas, muchos se han dividido y subdividido en facciones, buena parte de las cuales no son más que bandas armadas de forajidos que matan y secuestran para robar.

Muchas minas están ahora en manos de esas bandas, milicias o del propio Ejército del Congo. Los minerales se extraen con trabajo esclavo de prisioneros que no reciben salarios y viven en condiciones inhumanas. Esos minerales vienen a llevárselos traficantes extranjeros, en avionetas y aviones clandestinos. Un funcionario de la ONU que conocí en Goma me aseguró: “Se equivoca si cree que el caos del Congo está en la tierra. Lo que ocurre en el aire es todavía peor”. Porque tampoco en las alturas hay ley o reglamento que se respete. Como la mayoría de vuelos son ilegales, el número de accidentes aéreos, el más alto del mundo, es terrorífico: 56 entre julio de 2007 y julio de 2008. Por esa razón ninguna compañía aérea congoleña es admitida en los aeropuertos de Europa.

Como el principal recurso del país, el minero, se lo reparten los traficantes y los militares, el Estado congoleño carece de recursos, y esto generaliza la corrupción. Los funcionarios se valen de toda clase de tráficos para sobrevivir. Militares y policías tienden árboles en los caminos y cobran imaginarios peajes. A Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que nos acompaña, cada vez que saca sus cámaras alguien viene con la mano estirada a cobrarle un fantástico “derecho a la imagen”. (Pero él es un experto en estas lides y discute y argumenta sin dejarse chantajear). Para viajar de Kinshasa a Goma debemos, antes de trepar al avión, desfilar por cinco mesas, alineadas una junto a la otra, donde se expenden ¡visas para viajar dentro del país!

No es verdad que la comunidad internacional no haya intervenido en el Congo. La Misión de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) es la más importante operación que haya emprendido nunca la organización internacional. La Fuerza de Paz de la ONU en el Congo cuenta con 17.000 soldados, de un abanico de nacionalidades, y unos 1.500 civiles. Sólo en Goma hay militares de Uruguay, India, África del Sur y Malaui. Visité el campamento del batallón uruguayo y conversé con su jefe, el amable coronel Gaspar Barrabino, y varios oficiales de su Estado Mayor. Todos ellos tenían un conocimiento serio de la enrevesada problemática del país. La inoperancia de que son acusados se debe, en realidad, a las limitaciones, a primera vista incomprensibles, que las propias Naciones Unidas han impuesto a su trabajo.

Las milicias de Laurent Nkunda, luego de capturar Rutshuru, comenzaron a avanzar hacia Goma, donde el Ejército congoleño huyó en desbandada. La población de la capital de Kivu Norte, entonces, enfurecida, fue a apedrear los campamentos de la Fuerza de Paz de la ONU (y, de paso, los locales y vehículos de las organizaciones humanitarias), acusándolos de cruzarse de brazos y de dejar inerme a la población civil ante los milicianos.

Pero el coronel Barrabino me explicó que la Fuerza de Paz, creada en 1999, según prescripciones estrictas del Consejo de Seguridad, está en el Congo para vigilar que se cumplan los acuerdos firmados en Lusaka que ponían fin a las hostilidades entre las distintas fuerzas rivales, y con prohibición expresa de intervenir en lo que se consideran luchas internas congoleñas. Esta disposición condena a las fuerzas militares de la ONU a la impotencia, salvo en el caso de ser atacadas. Sería muy distinto si el mandato recibido por la Fuerza de Paz consistiera en asegurar el cumplimiento de aquellos acuerdos utilizando, en caso extremo, la propia fuerza contra quienes los incumplen. Pero, por razones no del todo incomprensibles, el Consejo de Seguridad ha optado por esta bizantina fórmula, una manera diplomática de no tomar partido en semejante conflicto, un galimatías, en efecto, en el que es difícil, por decir lo menos, establecer claramente a quién asiste la justicia y la razón y a quién no. No tengo la menor simpatía por el rebelde Laurent Nkunda, y probablemente es falso que la razón de ser de su rebeldía sea sólo la defensa de los tutsis congoleños, para quienes los hutus ruandeses, armados y asociados con el Gobierno, constituyen una amenaza potencial. Pero ¿representan las Fuerzas Armadas del presidente Kabila una alternativa más respetable? La gente común y corriente les tiene tanto o más miedo que a las bandas de milicianos y rebeldes, porque los soldados del Gobierno los atracan, violan, secuestran y matan, al igual que las facciones rebeldes y los invasores extranjeros. Tomar partido por cualquiera de estos adversarios es privilegiar una injusticia sobre otra. Y lo mismo se podría decir de casi todas las oposiciones, rivalidades y banderías por las que se entrematan los congoleños. Es difícil, cuando uno visita el Congo, no recordar la tremenda exclamación de Kurz, el personaje de Conrad, en El corazón de las tinieblas: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”

IV. Los poetas.

Y sin embargo, pese a ese entorno, conocí a muchos congoleños que, sin dejarse abatir por circunstancias tan adversas, resistían el horror, como el doctor Tharcisse, en Minova. Placide Clement Mananga, en Boma, que recoge y guarda todos los papeles y documentos viejos que encuentra para que la amnesia histórica no se apodere de su ciudad natal (él sabe que el olvido puede ser una forma de barbarie). O Émile Zola, el director del Museo de Kinshasa, combatiendo contra las termitas para que no devoren el patrimonio etnológico allí reunido. A esta estirpe de congoleños valerosos, que luchan por un Congo civilizado y moderno, pertenecen los Poétes du Renouveau (Poetas de la Renovación), de Lwemba, un distrito popular de Kinshasa. Son cerca de una treintena, una mujer entre ellos, y aunque todos escriben poesía, algunos son también dramaturgos, cuentistas y periodistas.

Además del francés, la colonización belga dejó asimismo a los congoleses la religión católica. En el país hay también protestantes -vi iglesias evangélicas de todas las denominaciones-, musulmanes -en la región oriental- y varias religiones autóctonas, la mayor de las cuales es el kimbanguismo, así llamada por su fundador, Simon Kimbangu, enraizada sobre todo en el Bajo Congo. Pero, pese a la hostilidad que desencadenó contra ella el dictador Mobutu, a quien hizo oposición, la católica parece, de lejos, la más extendida e influyente. Iglesias y centros católicos son los focos principales de la vida cultural del país.

Los Poétes du Renouveau se reúnen en la iglesia de San Agustín, donde tienen una pequeña biblioteca, una imprenta y una amplia sala para recitales y charlas. Publican desde hace algunos años unas ediciones populares de poesía que venden a precio de coste y a veces regalan. Empeñados en que la poesía llegue a todo el mundo, se desplazan a menudo a dar recitales y conferencias literarias por toda la región. Asisto a un interesante encuentro, de varias horas, en el que discuten temas literarios y políticos. El francés que escriben y hablan los congoleños es cálido, cadencioso, demorado y, a ratos, tropical. Haciendo de diablo predicador, provoco una discusión sobre la colonización belga: ¿qué de bueno y de malo dejó? Para mi sorpresa, en lugar de la cerrada (y merecida) condena que esperaba oír, todos los que hablan, menos uno, aunque sin olvidar las terribles crueldades, la explotación y el saqueo de las riquezas, la discriminación y los prejuicios de que fueron víctimas los nativos, hacen análisis moderados, situando todo lo negativo en un contexto de época que, si no excusa los crímenes y excesos, los explica. Uno de ellos afirma: “El colonialismo es una etapa histórica por la que han pasado casi todos los países del mundo”. Lo refuta otro, que lanza una durísima requisitoria contra lo ocurrido en el Congo durante el casi siglo y medio de dominio belga. Le responde un joven que se presenta como “teólogo y poeta” con una única pregunta: “¿Y qué hemos hecho nosotros, los congoleños, con nuestro país desde que en 1960 nos independizamos de los belgas?”.

Zimbabue

Publicado: 5 julio 2010 en Leila Guerriero
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Cuando el primero de sus hijos murió, MaNgwengya ya vivía en Nkunzi, cerca de Tsholotsho, en el oeste de Zimbabue, a la vera de un camino de árboles espinosos y bajo un cielo de reptiles. La vida siempre había sido eso que llaman una vida dura: acarrear agua, confiar en las esquivas lluvias, comer maní tostado como toda cena. Por eso, cuando el primero de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho, pero no vio en eso un tarascón de la desgracia: porque esas cosas pasan en las vidas duras. Lo enterró a metros de su casa, en el mismo sitio en que había enterrado a su marido: bajo un monte de espinos y eucaliptos, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando el segundo de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho, pero volvió a pensar que esas cosas pasan en las vidas duras y lo enterró a metros de su casa, bajo el monte de espinos y eucaliptos, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando el tercero de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho, lo enterró a metros de su casa, bajo el monte de espinos y eucaliptos, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando la cuarta de sus hijas murió, en 2010, ManGwenya se dijo que ya no tenía nada que perder porque todos los nacidos de su vientre estaban muertos. Pero después supo que la única sobreviviente a esa masacre, su nieta Nkaniyso, de 17 años, portaba el mismo mal que había aniquilado a su simiente: un virus del género lentivirus que mata, en su país, a 2.500 personas al mes.

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Zimbabue es un país cuya historia sería otra si en 1870 un inglés llamado Cecil Rhodes no hubiera enfermado de los pulmones y viajado, para buscar reposo y cura, a la granja algodonera de su hermano, en África del Sur, y no hubiera comenzado, una vez repuesto, a explotar minas de diamantes ni formado el territorio llamado, en honor a sí mismo, Rodesia, una de cuyas regiones -Rodesia del Sur- sería gobernada por Ian Douglas Smith, un africano de ascendencia inglesa que fue, hasta 1979, primer ministro de ese lugar donde blancos y negros no podían ir a los mismos baños ni subir a los mismos ascensores. La independencia llegó en abril de 1980, después de una guerra de guerrillas, y uno de sus líderes, Robert Mugabe, al frente del partido Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF), asumió el poder en 1982 con un discurso inclusivo, antirracista y conciliatorio, mentó al país Zimbabue y fue, hasta los primeros noventa, líder de una nación que tenía los mejores hospitales, las más asfaltadas carreteras y el más alto grado de alfabetización de toda África. Se exportaba café y tabaco, la esperanza de vida superaba los 60 años y turistas del mundo llegaban para conocer ese lugar de clima perfecto y bellas ciudades donde podían acceder a parques nacionales y a las cataratas Victoria. En 1981, la Universidad Howard, de Washington, le dio a Mugabe el Premio Internacional de Derechos Humanos, y en 1988 la ONU lo premió por su lucha contra el hambre.

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En 2010, el aeropuerto internacional de Bulawayo, la segunda ciudad de Zimbabue después de Harare, la capital, es un galpón de chapa, dos oficiales de inmigración y una ventana donde se paga la visa: 70 si se es ciudadano de la Commonwealth -de la que Zimbabue se desvinculó en protesta por las sanciones que le impusieron los países que lo forman- y 30 si se es ciudadano del resto del mundo. Por lo demás, no hay mucho: un bar que nadie atiende; un retrato de Robert Mugabe con sonrisa y traje oscuro. Una placa asegura que el aeropuerto se construyó en 1959 y es probable que no haya cambiado mucho desde entonces. Pero otras cosas sí cambiaron. Hoy el 90% de los 12 millones de habitantes de Zimbabue no tiene empleo, el 80% no tiene qué comer y el 20% lleva en la sangre ese virus que mata, en el país, a 2.500 personas al mes: el VIH.

Robert Mugabe -un hombre de la etnia shona en un sitio donde todo se divide entre shonas y ndebeles- lanzó en 1993 una reforma agraria para que las tierras fértiles, que pertenecían a unos 4.500 granjeros blancos, se redistribuyeran entre el campesinado pobre. La expropiación quedó a cargo de veteranos de guerra, fue tan delicada como el apodo de uno de ellos -Hitler-, y las propiedades no terminaron en manos de campesinos pobres, sino en las de ministros del Gobierno. Con la producción del agro en caída libre, en 1998 Mugabe envió tropas para apoyar a Laurent Kabila en el Congo. El envío le costó un millón de dólares al mes y algunas otras cosas: protestas sociales y el brote de una oposición fuerte, el Movimiento por el Cambio Democrático (MDC), liderado por el sindicalista Morgan Tsvangirai. La historia es enredada, pero siguieron a eso elecciones fraudulentas, secuestros de partidarios del MDC, y Zimbabue devino en un infierno para opositores, líderes sindicales o periodistas. La expectativa de vida, que era de 62 años en 1990, bajó a 37 en 2007. La mortalidad materna, que era de 136 por 100.000 en 1992, subió a 725 por 100.000 en 2007. En 2008, la inflación era del 98% al día, y la desocupación, del 90%. En medio de eso, Mugabe aceptó formar un gobierno de unidad con el hombre al que había perseguido tanto, Morgan Tsvangirai. Así, desde principios de 2009, él es presidente, y Tsvangirai, primer ministro. En febrero del año pasado, Mugabe hizo dos cosas: celebró su cumpleaños número 85 -con una fiesta en la que, según The Times, se consumieron 3.000 patos, 7.500 langostas y 2.000 botellas de champán- y adoptó una política de moneda múltiple. El dólar de Zimbabue desapareció, y desde entonces sólo se aceptan el rand, el dólar americano y las pulas de Botsuana. Así, uno de los lugares más pobres de la Tierra es también un lugar carísimo: el ingreso anual por cabeza es de 340 dólares, aunque la cesta básica de alimentos para una familia de seis tiene un coste de 500 dólares. Al mes.

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La ruta desde el aeropuerto hasta Bulawayo tiene pozos, pocas casas, menos autos y un cartel gigante: “Circuncisión masculina: una de las protecciones más efectivas contra el VIH”. Después del cartel está la ciudad. Es baja, descascarada, extrañamente silenciosa. A veces hay agua, a veces hay electricidad, a veces los teléfonos funcionan y hay dos tipos de tiendas: cerradas y abandonadas, o abiertas pero vacías.

Médicos Sin Fronteras tiene oficinas lejos del centro, en una zona perfectamente resguardada con perfectos rollos de alambres de púas y perfectas alarmas. Allí, Carlos Carbonell, ecuatoriano e integrante de la misión de MSF en Bulawayo, donde la ONG trabaja en un proyecto de VIH, dice que Zimbabue es uno de los países con más alta prevalencia del mundo y que los hospitales de la ciudad están colapsados: que solo en el Mpilo Oi atienden a más de 3.500 chicos infectados -y 4.000 adultos- y llegan cinco chicos nuevos al día. Que en una población de 734.000 personas hay 32.000 con VIH, y que en algunas clínicas la lista de espera para el acceso al tratamiento con antirretrovirales -la terapia que desde 1996 permite hablar de cronificación de la enfermedad- es de un año. Y que, así y todo, ahora están mejor porque la prevalencia en los noventa era del 33%.

“De todos modos, la prevalencia es altísima, entre el 18% y 20%. Hay niños criados por personas que no son sus padres, y esos niños no van a la escuela, no tienen alimentos, y el contexto sexual es complejo. Está arraigada la idea de que un hombre infectado de VIH se cura teniendo sexo con una virgen o con un niño. Es una conducta usual. Por otra parte, la prevalencia en las embarazadas es muy alta, del 30%, y el contagio de madres a hijos, también”.

La explicación es simple: según la Unicef, los recién nacidos amamantados por madres infectadas tienen entre un 10% y un 20% de probabilidades de contraer el virus, de modo que una forma eficaz de prevenir sería no amamantar. Pero en Zimbabue no se desaconseja -no puede desaconsejarse- la lactancia materna.

“No hay ningún plan que sustituya a la leche materna. Entonces, si no lo amamantan, quizá el niño no adquiere el VIH, pero se muere por desnutrición”.

Claro que, si la epidemia mató a muchos, también dejó su rastro en los que quedan: en el país hay 1,3 millones de huérfanos cuya orfandad es gentileza del VIH.

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En el Unity Village de Bulawayo hay poca gente, y los pocos que hay son vendedores: nadie compra. El Unity Village es un predio cerrado, con varios puestos que venden zapatos y ropa. Los vestidos cuestan 50 dólares; las botas, 40: el ingreso mensual de una familia afortunada. El Unity Village es el resultado de algo que en 2005 llevó a cabo el presidente Mugabe bajo el nombre de Operación Murambatsvina, una palabra shona que significa “sacar la basura” y que consistió en derrumbar las casas y los puestos de ventas de 700.000 negros pobres en todo el país. La excusa fue ordenar el comercio informal y la promesa de construir 1,2 millones de viviendas. Se construyeron sólo 3.325, y Amnistía Internacional denunció en mayo pasado que la gente desplazada continúa viviendo en campamentos sin agua, cloacas ni electricidad. Pero a algunos comerciantes les fue bien y los encerraron en sitios como el Unity Village, donde los pobres venden cosas para pobres que los pobres no pueden comprar.

La cama ocupa casi toda la casa, y la casa es una habitación de tres metros por tres, con un televisor, una radio reloj, un potus, una repisa con cacerolas. Lesley Moyo tiene 44 años y vive ahí con tres hijos y una cuñada que tose. Sentada al borde de la cama en la que duermen todos -ella, los tres hijos, la cuñada-, acaricia la cabeza de Nkulumane, su hija de 12 años.

“Mi marido murió hace seis años, de VIH. En 2008 yo me hice el test y dio positivo. Y mis dos hijos chicos también dieron positivo. Ahora estamos tomando antirretrovirales. Los dan gratis, en el hospital, pero el día que tengo que ir a buscar los medicamentos es un día de trabajo perdido. Igual ahora lo que más me preocupa son las enfermedades oportunistas. Ahora ella tiene un hongo, ¿ve?”.

En la cabeza de Nkulumane se ve un hongo grande y saludable.

-El médico me hace una receta, pero yo no puedo comprar el medicamento.

-¿Y qué haces?

-Nada. Espero que se le pase.

Nkulumane tiene un hermano de 16 años que, desde que sabe que ella y su otro hermano están infectados, les dice “Sidosos, tendrían que estar muertos”. Nkulumane parece estar de acuerdo porque escribió en su cuaderno del colegio: “Mejor me muero como mi papá”.

La cuñada, ahora, tose. Acaba de enterarse de que tiene VIH, pero la tos, dice, es por la tuberculosis.

“Humutso es muy disciplinada, toma su medicación por la mañana y por la tarde. Y tiene tantos muñecos… ¿No quieres mostrar tus muñecos a nuestros invitados?”.

***

Mariam Pita usa falda celeste, camisa blanca. Su nieta Humutso, de nueve años, lleva un vestido a cuadros verdes y va al rape. Viven en un barrio de casas con jardines al frente y buzones para la correspondencia, y cuyas calles de tierra parecen bombardeadas. Mariam Pita fue maestra toda su vida y vino desde Qwanda, una zona rural, a esta casa donde vivió con su único hijo, Thabani Nkada.

“Mi marido peleó en la guerra de la liberación. Cuando dos elefantes se embisten, siempre hay alguien que sale lastimado y los civiles estábamos entre dos fuegos. Él se fue, hizo su vida, y yo decidí venir a Bulawayo con mi hijo. Ahora tengo 74 años, y vivo de mi jubilación. Son 56 dólares, y sólo de electricidad pago 48. De todos modos cortan la luz ocho horas al día”.

Hace muchos años, el hijo de Mariam se mudó a Harare, donde conoció a una mujer y tuvo un empleo -técnico en un estudio de radio- y una hija: Humutso.

“Pero Humutso tenía dos años cuando su madre murió. Apenas un año después enfermó mi hijo. No sé si él creía que se iba a morir, porque les decía a sus amigos: ‘Recen por mí, para que tenga una vida larga’. Yo lo cuidé mucho. Cuando murió le cerré los ojos, le puse las manos a los lados del cuerpo. Después vino alguien. Un doctor. O una enfermera, no recuerdo. Y dijo la hora de la muerte”.

Mariam tuvo que esperar cuatro días para enterrarlo, porque eso no cuesta menos de 100 o 200 dólares y hay que tener paciencia hasta juntar la plata.

“Nos ayudamos entre los vecinos. Nos hacemos donaciones. ¿Quiere ver el certificado de defunción?”.

El certificado dice: Thabani Nkada. Cédula de identidad: 63432292S28. Sexo: masculino. Edad: 42 años. Nacido en: Zimbabue. Fecha de la muerte: 19 de julio de 2003. Lugar de cremación: Ezigodine. Causa de la muerte: diabetes melitus. Duración de la última enfermedad conocida: dos meses.

***

En todas las casas, en todas las historias, solo hay mujeres. Los hombres están en los relatos, o en las fotos que a veces los recuerdan. Todos los hombres que hubo alguna vez han muerto.

Margaritte Moyo cría a ocho nietos: siete de una hija que se los dejó para casarse con alguien que no quería tanta cría, y uno de otra que murió de VIH. Ese chico se llama Ayanda Moyo, tiene cuatro años, VIH, parálisis, retraso del crecimiento y está sentado en una silla a la entrada del rancho sin luz en el que viven. Es el atardecer, medio del campo, y el chico grita de felicidad intentando cazar un rayo de sol con las manos deformadas por nudos de carne en los nudillos.

“Es que camina con las manos”, dice Margaritte Moyo.

Alleta Mhalansa, de 21 años, es una de sus nietas mayores: “Yo quiero estudiar trabajo social en la universidad. Primero tengo que terminar el colegio. Es difícil, porque tardo una hora caminando para ir y volver. Y como no tenemos electricidad, no se puede estudiar más allá de la caída del sol.

-¿A tu madre la ves?

-No. No sé dónde está. Mi abuela me dice que no cometa los errores de mi madre, que no me case joven, que primero viene la educación y después todo lo demás. Aquí en Zimbabue todo es duro. No tenemos ninguna fuente de ingresos. La única que traía dinero era mi tía, Rose Mayo. Se murió acá, en esta casa. Yo la adoraba. Hasta el último momento, ella iba a la frontera con Sudáfrica, compraba cosas y las vendía. Por eso quiero irme a Inglaterra. No es que yo odie este país. Pero aquí puedes buscar trabajo durante años y no conseguirlo nunca.

-¿Ustedes de qué viven?

-Mi abuela vende tomates y trae unos 30 rands a la semana. Si a ella le pasa algo, tendré que trabajar yo. No es justo, porque no podría ir a la universidad, pero jamás abandonaría a mi familia. Por eso yo odio el VIH. Por lo que nos hizo.

***

Afuera el sol cae con toda pompa y deja una estela de luz tierna y sucia. El camino de regreso a Bulawayo es lento. No hay electricidad y la ruta está inundada por un ejército de gente que camina, mansa, como si no hubiera rumbo, o como si no importara.

-Querida, ya estoy vieja. Solo salir de la cama me toma diez minutos cada mañana.

Katherine Carter se ríe y se tapa la cara con las manos como si tuviera 15, pero tiene 67. En la sala de su casa, una lámina reza “Jesucristo, el Pacificador”, y otra dice “Stop al sida”.

-Mi marido murió en 1985. De cáncer. Y nunca más pensé en estar con un hombre. Por un lado es mejor estar sola. No es bueno decirlo, pero si yo hubiera estado con mi marido, mucha de la ayuda que recibí no la habría tenido. Y además, él tuvo la suerte de no ver morir a nuestros hijos. Todos mis hijos están muertos por VIH. Eran tres. El último murió en 2009, y yo crío a mis tres nietos. El único que está infectado es él, Tatenda, que tiene 11.

Tatenda, a su lado, mastica maníes, y no dice nada.

-Yo me despierto a las cuatro y media, rezo y me voy a vender maníes, a un rand la bolsa, hasta las cinco de la tarde. Camino tres horas, todos los días, para ir y venir del mercado.

-¿Cuántas bolsas vende?

-Poco, muy poco. A veces viene la policía, porque no se puede vender en la calle, y nos llevan detenidos hasta que uno les da el dinero y lo dejan ir.

-¿Qué dice cuando reza?

-Le hablo a Dios, le digo que todo mi sustento viene de Él. Pero me preocupa el futuro de Tatenda. Si yo falto, quién lo va a llevar a buscar su tratamiento. Pero Dios sabe por qué hace las cosas. Ojalá Tatenda pueda ser piloto de avión. Y vuele alto, y se vaya lejos.

-¿Dónde?

-Lejos de Zimbabue. A cualquier lugar elegido por Dios.

***

La mujer tiene una camisa blanca, un suéter rosa y uno de esos postizos de pelo de plástico que son el lujo imperial de las cabezas africanas. Se llama Simdiso P. Dube y es la coordinadora del área urbana del Simbabene AIDS Programme, un programa de la archidiócesis de Bulawayo que da apoyo psicológico y educación a los niños y adolescentes huérfanos, con hincapié en los cambios necesarios en la conducta sexual para prevenir el contagio de VIH.

-Hay anuncios que promueven la circuncisión como método de prevención. ¿No sería más efectiva la promoción del uso de condones?

La mujer dice que ellos son cristianos, y que por tanto están agresivamente en contra de los condones. No dice nada acerca de estar agresivamente a favor de la circuncisión.

-Nuestro plan es ABC, que sería abstente, be faithful (sé fiel), condón. Si fallas en las dos primeras, usa condón.

-Entonces, ¿qué métodos de prevención les enseñan a los adolescentes?

-Promovemos A y B: abstenerse y ser fieles. En realidad, tratamos de promover sobre todo A, hasta que se casen.

El programa se ocupa, sólo en Bulawayo, de 18.000 huérfanos niños y adolescentes. En la pared de la sala hay una lámina que dice: “La comida saludable es una combinación de todos estos grupos: aceite de cocina, manteca, miel, espinacas, zanahorias, bananas, lechugas, mango, maíz, batata, pan, carne, pescado”. No usen condones. Coman saludable. Dos formas del sarcasmo, o una falta absoluta de fe en las evidencias.

En el orfanato de Bulawayo hay 52 huérfanos. Ocho tienen VIH. Había nueve, pero uno se murió en abril. Los cuartos tienen piso de cemento, camas marineras, rejas en las ventanas, armarios con pocas cosas. El comedor está vacío, excepto por un varón de 15: “Llegué aquí a los 10 años. Mi padre murió y mi madre no sé dónde está. No tengo a nadie que se ocupe de mí. Aquí al menos me mandan al colegio y me dan de comer”.

A 20 kilómetros de la ciudad hay un orfanato de animales. Se llama Chipangali y es una reserva privada. Los carteles advierten de que no es un zoológico, sino un santuario para huérfanos que no pueden ser devueltos a la naturaleza. En las jaulas, espaciosas, limpias, hay jabalíes, chacales, hienas, monos. El área de carnívoros está auspiciada por The Cattleman, un restaurante que, dice, basa su reputación en estupendos bifes. Sobre la foto de un cachorro de león, esta leyenda: “Querido visitante: ¿por qué no adoptar a uno de nuestros huerfanitos? Ellos necesitan nuestra ayuda”. La adopción se basa en un aporte económico a distancia. Desde una placa de bronce, el Rotary Club se enorgullece de prestar apoyo al orfanato animal.

***

Marilyn Gibonda y Nozipho Mukabeta son amigas. Marilyn tiene 19 años, y Nozhipo, 17. Están sentadas en el patio del hospital Mpilo Oi. Es sábado, poco después del mediodía.

“Mi madre murió de VIH en 1999”, dice Marilyn. “Vivo con mi abuela, mi tía y dos primas, y estoy bien porque estoy tomando el tratamiento, pero cuando llegué al hospital, en 2005, me estaba muriendo. Yo creo que no vamos a ver en muchos años una generación libre de VIH. Este país es muy difícil. La gente que tiene el virus necesita más comida. Y aquí no hay comida. La gente se muere de hambre”.

Nozipho tiene tres hermanos, y uno de ellos vive en Inglaterra. Su padre también, pero no lo conoce.

-Vivo con mi madre, mi tía, mi abuela y dos primos. Estoy terminando el colegio secundario y después quisiera estudiar periodismo.

-Acá puede ser difícil ser periodista.

-Sí, pero, perdóname, yo de política no puedo hablar. Te puedo hablar de mi infancia. No disfruté mucho porque mi mamá enfermó cuando yo iba a tercer grado. Ella es seropositiva, y yo tenía que limpiar la casa, cuidarla. A los 11 años me hicieron el test. Me dio positivo, pero sólo a los 13 empecé a preguntarme si me iba a poder casar, tener hijos. Y traté de matarme. La primera vez tomé tres paquetes de tabletas de mi tratamiento. La segunda me arrojé bajo un auto, pero el auto frenó. El chófer se quedó como paralizado. Me miró y dijo: “Nena, la vida sigue, no se detiene”. Y puso el auto en marcha y se fue. Fue tan increíble. Desde entonces no lo intenté más. Sé que Dios no quiere que me muera, por ahora. Yo tengo VIH por una muy buena razón. Algún día sabré por qué. Por eso, para mí lo peor del mundo no sería morirme. Sería perder a Dios. Sin Dios, esta sería una tierra de corazones rotos.

***

Nadie habla del presidente Mugabe, de la crisis de 2008, del porqué de la ausencia de blancos en las ciudades, de la toma de granjas, de la falta de luz y de alimentos. Un día, uno, generoso, anónimo, dice una cosa que podría ser también mentira: “Aquí nadie te va a hablar de eso. Cualquier desconocido, incluso un blanco, puede ser informante del Gobierno. Y si la policía se entera de que dijiste algo, te dispara sin preguntar”.

La ruta a Tsholotsho, un poblado a tres horas de Bulawayo, es un hilo de cemento de dos metros de ancho, y eso quiere decir que es una ruta buena. Lo demás: monte, tierra roja, el cielo azul como si hiciera alarde. El pueblo tiene cuatro calles y algo que llaman ampulosamente el centro: tres supermercados, una tienda que vende frazadas, zapatillas.

La noche, aquí, cae hasta el centro de la Tierra. A un kilómetro del pueblo hay un bar de cervezas donde suelen juntarse los que pueden pagar una Lion más o menos fría. No son muchos. Hay olor a nafta, a sudor encebollado, a asfalto. El bar tiene un adentro impenetrable por el rugido de la música y un afuera de luz floja y bancos de madera. Un hombre tambaleante dice: disculpe, ¿le puedo hacer una pregunta?

-Claro.

-Mi mujer tiene VIH y tenemos un hijo de un año y cinco meses también infectado, pero yo no, y quiero tener otro hijo. ¿Cómo hago para que mi hijo no nazca con VIH?

El hombre está borracho hasta las muelas, pero pregunta como quien de verdad quiere saber. Su mundo es esto: el bar, una letrina de aromas incendiarios, su cerveza, su mujer, su niño enfermo. Y esas ganas, nada vulgares, de seguir.

Angeline Sibanda, de 33 años, vive en Jimila, cerca de Tsholotsho. Angeline, como casi todos, sólo habla ndebele y el traductor dice que Angeline dice que vivió en una familia poligámica y compartió marido con dos o tres mujeres, pero que un día el marido se murió y ella decidió cargar a sus cinco hijos y regresar a casa de su madre: a esta casa. Angeline tiene VIH, y Fortunate, su hija de 16, también, y nadie tiene en esta casa ningún ingreso, nadie va al colegio y nadie, excepto Angeline, sabe leer o escribir. Y sin embargo, si se le pregunta qué cosas la desvelan, el traductor dice que Angeline dice que no la desvela nada porque así está bien: tranquila. Y si se le pregunta si pensó alguna vez en buscar otro marido, el traductor dice que Angeline dice que no pensó porque así está bien: tranquila. Y si se le pregunta cómo se siente ahora que está tomando los antirretrovirales, el traductor dice que Angeline dice que ahora se siente bien: tranquila. Y cuando se le pregunta qué come, Angeline levanta el brazo con ostentación, despliega una sonrisa que es toda sarcasmo, y señala una parihuela de un metro por un metro donde una parva rubia y modesta de maíz se seca al sol y el traductor dice que Angeline dice esto: “Esa es la comida que tenemos para todo el año”.

Y esa chispa de sarcasmo, ese gesto de finísima ironía, dejan claro que uno no entiende. Que uno no está entendiendo nada de todo esto.

***

Se acumulan: los kilómetros y los muertos. Jeannette Sibanda, viuda, sin ingresos, a cargo de su nieto Mandla, de cinco años, huérfano de ambos padres, seropositivo, en tratamiento. Enfari Makaza, de 79 años, viuda, pensionada, a cargo de su nieto Kowledge Tshuma, de 11 años, huérfano de madre, de padre desconocido, en tratamiento. Editha Phiri, de 45 años, viuda dos veces, vendedora de leña, seropositiva, en lista de espera por el tratamiento desde hace un año, a cargo de un sobrino huérfano y de dos hijos, uno de ellos -Robert, de siete años- seropositivo, en tratamiento. MaMoyo, viuda, sin ingresos, de edad desconocida, ocho hijos muertos, a cargo de tres nietos, uno de ellos -Mxolishi, de seis años- seropositivo, en tratamiento. Milandra Sithole, de 17 años, huérfana de madre, de padre desconocido, seropositiva, vive en un orfanato, en tratamiento. Dexter Tshawe, de 20 años, huérfano de madre, seropositivo, en tratamiento. Brian Nkomo, de 20 años, huérfano de padre, seropositivo, en tratamiento. Focus D. Dube, de 19 años, huérfano de madre, seropositivo, en tratamiento. Se acumulan: los kilómetros, los vivos y los muertos.

***

En el poblado de Nkunzi, a una hora y media de Tsholotsho, a la vera de un camino de árboles espinosos, bajo un cielo de reptiles, viven MaNgwengya y su nieta Nkaniyso, de 17 años que parecen nueve. Están sentadas sobre una estera, bajo un árbol. MaNgwenya mira la tierra yerma y dice que este año la cosecha fue mala porque no llovió y que habrá menos comida de la que usualmente hay. Por ahora comen tres veces al día, dos de ellas maní tostado. Nkaniyso vivía en Harare, pero cuando su madre enfermó vinieron aquí, a este sitio, donde no hay agua ni electricidad, pero donde al menos está la abuela.

-Mi madre murió el año pasado. Murió allí, en esa casita donde yo duermo ahora. Ella no quería que yo fuera a hacerme el test. Tenía miedo. Pero después, cuando dio positivo, no dijo nada. Antes de morirse me pidió que no deje de estudiar.

-¿Y estás estudiando?

-No. No tengo cómo pagar las cuotas. Quisiera estudiar y después irme a Sudáfrica, pero no quiero estar lejos de mi abuela. Soy su única nieta, su única ayuda. Todos los hijos de mi abuela están muertos. Eran cuatro. Todos se murieron de VIH y están enterrados acá.

MaNgwenya hace un gesto, dice algo. Se pone de pie, se interna por un sendero que avanza entre eucaliptos. Camina cien, doscientos metros. En un recodo se detiene y señala los túmulos sombríos. Los cuatro túmulos donde -bajo los árboles, bajo la tierra, bajo las piedras- yacen los huesos de aquellos que alguna vez parió.

Y eso es todo.

Todo lo demás es sol.

El tren del infierno

Publicado: 31 enero 2010 en Pablo Ordaz
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Dice que se llama Teresa, que tiene 26 años, que es de Honduras, que se dirige a la frontera con Estados Unidos, que venía andando por la vía del tren junto a otros emigrantes cuando dos tipos le salieron al paso, uno de 37 o 38 años y el otro de 25 o 26, que les dijeron que agacharan la cabeza y pusieran sus manos en la nuca, que se adentraran en el monte, que si cooperaban no les iba a pasar nada. Dice Teresa que a los hombres los registraron y les quitaron el dinero, pero que a ella y a su amiga, las únicas mujeres del grupo, las apartaron y les ordenaron que se bajaran los pantalones, que ellas se los bajaron mientras el revólver del más viejo las iba apuntando a las dos, de una a otra, como si dudara con cuál quedarse. El viejo, dice Teresa, era de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña, el cutis áspero como si hubiera tenido acné o una cicatriz. Del joven sólo recuerda que era flaquito y tenía el pelo liso.

-El joven fue el que me violó a mí.

El siguiente se llama Mario. Dice que tiene 28 años, que es de Guatemala, que él y su novia, Elsa Marlen, de 19 años, embarazada de gemelos, apenas habían iniciado su viaje hacia Estados Unidos cuando en el municipio de Huixtla, en el Estado de Chiapas, Elsa Marlen desapareció. Dice que él la buscó durante semanas y que, buscándola, desanduvo sus pasos y regresó a Guatemala. Que fue allí donde meses después, y a través de fotografías que le mandó la cancillería de su país, reconoció el cadáver de su novia. Tenía las manos cortadas. La habían enterrado en una fosa común.

-He vuelto a México para matar a los asesinos de Elsa Marlen.

***

Hay más historias, muchas más, y todas esperan en fila para que Arelí las apunte en su libreta. La historia de un chaval de 13 años que confiesa haber matado a un hombre y ahora huye de vagón en vagón. La de un joven que fue violado y que nada más escapar de sus verdugos buscó por las vías del tren el amor de una mujer para intentar olvidar. La de un hombre llamado Donar, que se quedó dormido cuando viajaba junto a otros emigrantes en el techo de uno de esos trenes que van hacia el Norte. Y se cayó. El tren lo reclamó para sí, su tributo de sangre, y le cortó las piernas. Y Donar, que es hondureño y tiene un carácter dulce que es una lección de vida, se quedó aquí, en el albergue de Ixtepec, junto a Arelí, que llena libretas y libretas con el dolor que no cesa, y junto a David, un tipo fornido y bueno que se ocupa del difícil trabajo de proteger a los emigrantes de los que no lo son pero se visten como ellos para robarles hasta el aliento. Y de Alejandro, un cura valiente al que los traficantes de hombres han estado muchas veces a punto de asesinar, pero al que Dios aún no ha llamado a su lado, temeroso tal vez por la bronca que el padre le tiene preparada…

Porque Dios, si existe, fracasa aquí todos los días. Todas las noches.

Y esta noche -madrugada ya- es una de ellas. Esto es Ixtepec, un municipio de 25.000 habitantes del Estado de Oaxaca, lindando con Chiapas. Sur de México. Un lugar de paso casi obligado para los miles de emigrantes centroamericanos que cruzan desde Guatemala por el río Suchiate, buscando el tren soñado y temido que los llevará hacia Estados Unidos. Sin embargo, por culpa del huracán Stan, que a principios de octubre de 2005 azotó la zona llevándose por delante los puentes y el trazado ferroviario, los emigrantes tienen que cubrir a pie o en microbuses unos 280 kilómetros hasta llegar a Arriaga y abordar el primer tren, ya en el Estado de Chiapas. Hacen el camino intentando burlar los controles de la policía y el ejército, y para ello tienen que internarse en el monte, exponiéndose y cayendo con frecuencia en poder de las bandas de asaltantes que infestan una zona conocida como La Arrocera. Es el principio de una larga travesía que, de hacerse en línea recta, se alargaría casi por espacio de 5.000 kilómetros, pero que se convierte en infinita porque los trenes que van hacia el Norte son de mercancías y zigzaguean por todo el territorio mexicano sin frecuencia ni horarios fijos, sometidos al capricho de un fantasma tirano. El trayecto entre el río Suchiate e Ixtepec constituye, pues, el primer contacto de los emigrantes con la realidad del camino. A tenor de sus historias, las mismas que Arelí va apuntando en sus libretas, muy poderosa debe de ser la atracción del paraíso al que creen dirigirse o muy espantoso el infierno de miseria del que escapan para que sigan caminando.

***

Dice Gerardo, que tiene 39 años y es de Honduras, que precisamente en La Arrocera, al tratar de rodear una garita de vigilancia, cinco hombres le salieron al paso. Dice que dos de los asaltantes iban armados, uno con una escopeta, el otro con una pistola de nueve milímetros, que le obligaron a desnudarse, que lo tiraron al suelo de un garrotazo, que registraron sus ropas, que le quitaron todo el dinero que llevaba y que le amenazaron con matarlo si denunciaba. Uno de los asaltantes, el más joven, era alto y flaco, tenía el pelo lacio y calzaba sandalias, “guaraches”, dice Gerardo. El otro, el más viejo, llevaba sombrero y era bigotudo y tenía una cicatriz como de un navajazo en la quijada del lado derecho…

Es entonces cuando Arelí, apenas 27 años, levanta la mirada de la libreta y sonríe, pero su rostro, sus ojos verdes, que son el único eco de esperanza en esta madrugada tan negra, no reflejan precisamente alegría:

-El tipo del bigote…, la señal de la cicatriz en la cara…, el sombrero… La descripción de su acompañante: más flaco, más joven, con el pelo lacio. ¿Se da cuenta? Hace meses que los emigrantes, sean hombres o mujeres, vengan de Honduras o de Guatemala, nos señalan a los mismos tipos como sus verdugos. Pero no pasa nada. Las autoridades no hacen nada. Mire: lo peor no es el tren, que si te duermes y te caes te corta en dos como a Donar o te mata como a tantos otros. Lo peor no es ni siquiera la existencia de bandas de maleantes, de extorsionadores, de gente que mata o que viola. Lo peor de todo, la verdadera mezquindad, es saber que nadie te va a ayudar, que al Estado mexicano no le importa lo que le pase a los centroamericanos que pasan por su territorio camino de Estados Unidos. Que ni la policía ni el ejército, ni las autoridades encargadas de ayudarte, te van a ayudar. Porque aquí, desengáñese, el Estado no está, es un teatro. A veces, en el albergue hemos sabido que entre los emigrantes hay infiltrados sicarios de Los Zetas [uno de los carteles más sanguinarios de México], pero no hemos podido ni siquiera pedir ayuda a las autoridades porque sabíamos que no nos la iban a dar. Que incluso podía ser peor porque los mismos emigrantes te cuentan que ellos fueron asaltados por policías…

Hay un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México que corrobora las palabras de Arelí. Está confeccionado con los testimonios que 30 agentes de la comisión -sólo 30- recogieron en un periodo de seis meses -sólo seis meses-. Y aun así, los datos no pueden ser más terribles. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, casi 10.000 emigrantes centroamericanos que trataban de llegar a Estados Unidos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad a su paso por territorio mexicano. Muchos de ellos fueron capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exigía fluctuaba entre los 1.500 y los 5.000 dólares. La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Para ello, los verdugos no dudaron en utilizar una violencia extrema, que incluyó en muchos casos la tortura, la violación y el asesinato. Nueve de cada 10 víctimas recibieron amenazas de muerte dirigidas a ellas o a sus familiares. El 67% de los secuestrados era de Honduras; el 18%, de El Salvador; el 13%, de Guatemala, y el resto, de Nicaragua. También constataron los agentes de derechos humanos el paso de emigrantes procedentes de Ecuador, de Brasil, de Chile, de Costa Rica… Pero son los centroamericanos los que con mayor frecuencia, y con mayor desesperación, hacen la ruta hacia El Dorado que todavía, pese a la crisis, sigue representando Estados Unidos. Sus familias, y también sus países, dependen de sus remesas.

***

Hay quien sostiene, con una dureza no exenta de tino, que algunas naciones centroamericanas han sacrificado a sus ciudadanos para salvar sus economías. Al emigrante se le presenta en sus lugares de origen como un héroe, no como una víctima. A eso contribuye que el que llega encierra su rosario de sufrimientos y humillaciones, tal vez por vergüenza, en un cofre con siete llaves. Y el que no llega… también. Sólo Arelí y quienes como ella no están dispuestos a que México, su país, siga siendo un testigo mudo del horror, se han propuesto que las organizaciones de derechos humanos y la prensa conviertan en visible lo que hasta ahora no lo ha sido. El dolor tan íntimo de Teresa, la furia de Mario en busca del asesino de su novia, la huida sin destino de un niño asustado de 13 años, la terrible maldad de quien aprovecha el paso por sus pueblos de los más desprotegidos para hacer negocio. Golpeando, violando, matando… Sin freno. Sin castigo.

El albergue está lleno esta noche. Hay rumores de que la Bestia volverá por fin a rugir. La Bestia es el tren. Aun parado y en silencio, merece un apodo tan rotundo. Lleva dos días dormitando por culpa de un fuerte vendaval que mantiene cerrado el puerto de Salinas Cruz. Pero al parecer el viento ya está amainando y los barcos empiezan a llegar. El tren será cargado y volverá a pasar por Ixtepec de camino a Medias Aguas. Ése será el momento en que las decenas de emigrantes que dormitan en el albergue, al pie mismo de las vías, aprovechen para saltar y encaramarse al techo.

***

La vigilia se hace muy larga. A las tres de la madrugada, tan lejos aún del amanecer, los gallos se despiertan. Sólo un rato después, varios grupos de emigrantes, algunos con síntomas de haber entretenido la espera tomando alcohol, se acercan al albergue. David se coloca en la puerta. Sin más escudo que sus buenas palabras, los va cacheando uno a uno para evitar que entren con armas. Sentada en una mesa de plástico, Arelí les va preguntando uno a uno sus nombres, su procedencia, si han tenido algún sobresalto en el camino. Algunos mienten, y Arelí lo sabe. No son emigrantes. Tal vez algún día lo fueron, pero luego fueron captados por los propios carteles y pasaron de ser víctimas a trabajar para los verdugos. Son especialmente peligrosos porque tratándose de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, hablan el mismo lenguaje que los emigrantes y los hacen confiarse, desvelar el nombre del familiar que, casi siempre desde Estados Unidos, los está apoyando con sus dólares. Una vez que descubren quién tiene dinero, el siguiente paso consiste en avisar a sus compinches de que en el vagón tres de la Bestia, con sudadera roja y una gorra negra de Nike, viaja un hondureño con plata. El asalto al tren, entonces, está cantado. Y esta noche es una de esas noches angustiosas en que David y Arelí sienten que algo sucio se está tejiendo. El techo de la Bestia no irá sólo ocupado por indefensos emigrantes a la búsqueda de un sueño.

El tren llega a Ixtepec un poco después del amanecer. Destino: Medias Aguas. Ese nombre destila peligro. “Medias Aguas ya es zona de Los Zetas. Si quieren montarse en el tren para acompañar a los emigrantes”, aconseja David a los periodistas, “intenten convencer al maquinista para que les pare en Matías Romero. Y si no les para, tírense del tren en marcha cuando aminore la velocidad. Pero por nada del mundo sigan hasta Medias Aguas”. David, aseguran quienes lo han tratado de antiguo, no es un hombre de muchas palabras, pero las que dice son de ley. Sin embargo, el maquinista no está de muy buenas pulgas. “¿En Matías Romero? ¿Parar allá? ¿Para qué? Ya veremos…”, contesta desde lo alto de su trono de hierro. “¿Usted sabe?”, se anima por fin sin que medien preguntas, “¿que los emigrantes nos acusan de estar coludidos con las mafias y que paramos el tren para que los asalten? ¡Qué barbaridad! Mire: usted mismo, si gira ese volante de hierro pintado de amarillo que hay entre vagón y vagón, puede parar el tren. Y los asaltantes lo saben. ¿Que no les ayudamos? ¿Eso dicen los emigrantes? Pues eso sí es verdad, ¿pero qué quieren que hagamos cuando nos apuntan con pistolas y hasta con cuernos de chivo…?”.

El tren se pone en marcha. Isabel Muñoz, autora de las fotos de este reportaje, lleva meses retratando el sufrimiento, y también las ilusiones, de los emigrantes centroamericanos a su paso por México. Esta mañana ya está montada en el techo abarrotado de la Bestia. Será su último viaje antes de concluir este reportaje, pero también uno de los más peligrosos. Arelí y David tenían razón. El tren es abordado a última hora, cuando ya está en movimiento, por cuatro muchachos que levantan las sospechas del resto. La Bestia acelera, ruge, pero ya se ha convertido en un peligro secundario. Todos los emigrantes, y no cabe ni un alma más en el techo, tampoco en los reducidos espacios que quedan entre los vagones, están pendientes de esos cuatro muchachos. No les quitan ojo. Ni apartan sus manos de las piedras que casi todos han ido cosechando silenciosamente en la estación de Ixtepec por si la ruta se tuerce. Los emigrantes tienen ante sí miles de kilómetros como éstos, llenos de peligros, de amenazas.

El tren sigue hacia el Norte después de hacer un alto en Matías Romero. Los periodistas se bajan. Y también lo hacen los cuatro muchachos, confirmando con esa sola acción que su interés no era precisamente la ruta hacia el Norte. Unos kilómetros atrás, en el albergue de Ixtepec, Arelí disfruta de unas horas de paz hasta la llegada del próximo tren. Cuando eso suceda, mujeres rotas y hombres manchados de miedo le contarán que un tipo con bigote, nariz aguileña y algo muy parecido a una vieja cicatriz surcándole la cara les obligó a desnudarse, les quitó el dinero, los apuntó con un viejo revólver…

-¿Se termina uno acostumbrando a tanto horror?

-Se termina uno acostumbrando. E incluso te puedes permitir acostumbrarte. Pero lo que no puedes hacer nunca es dejar de estar enojada. El día que dejes de enojarte con las injusticias, ya no servirás. Y habrán ganado ellos.

Los que hacen daño. Los que no hacen nada.

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres…

Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos, tres… Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.

Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle. Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los triángulos amarillos.

***

Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:

“Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria…”.

El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas después sobre la “triple ejecución” hablará de un joven “que en vida respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa”. Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar droga…-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso -sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.

Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.

La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele… Su miedo.

– Pero si ya ha pasado todo.

– No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.

– ¿Quiénes?

– Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.

– ¿Para qué?

– Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.

***

El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige al militar:

– No se preocupe, oficial, viene con nosotros.

– Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.

– Pero

– Tiene que abrir el equipaje.

Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana. Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo particular. O tal vez más.

– ¿Adónde se dirigen?

– Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.

– Correcto. Bájense y abran la cajuela.

***

El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.

– Está bien. Pueden continuar.

Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero – un joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos. Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda un trozo de chapa sano.

– ¿Una emboscada de los narcos?

– No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.

Nada personal.

La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. “Los que más nos visitaban”, explica el camarero, “eran puros gringos. Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo”. Ciudad Juárez y también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.

Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer- procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo. Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana “no es recomendable”. Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.

– ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado… Háganme ese favorzote, muchachos.

***

El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy baja:

– Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y armas.

***

Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo. Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.

– ¡Alto! ¡Federales!

El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad, como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar. “Negativo. No hay nada, ¡vámonos!”. La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.

Vuelta a la base. Mañana será otro día.

Dos horas después suena el teléfono de la habitación. “Han encontrado a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos vamos!”. La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.

Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga, camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la que separa un antes y un después de la historia de la droga en México. Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.

Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. “Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]”, dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. “O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos”. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.

***

La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. “El día que más miedo pasé”, comenta una enfermera del servicio de urgencias, “fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido…”. Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.

Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.

El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca:

– Ya os los podéis llevar.

Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía vivo, y lo remataban en el suelo.

– ¿Y cómo era el carro?

– No me acuerdo, jefe.

– ¿Grande o pequeño?

– Normal.

– Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?

– Nunca. No es de aquí.

El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor:

– Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.

Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca faltan nuevos soldados dispuestos a morir.

***

La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:

“No sea malito, jefe, no me lo golpeen”.

***

El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien chingona a cada uno de ellos.

La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:

“Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la calle…”

El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.

El corazón en los huesos

Publicado: 19 septiembre 2008 en Leila Guerriero
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No es grande. Cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes blancas, sin mucho esmero. El cuarto -un departamento antiguo en pleno Once, un barrio popular y comercial de la ciudad de Buenos Aires- es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas –roto–, un zapato retorcido como una lengua negra –rígida–, algunas medias. Todo lo demás son huesos.

Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.

—Los huesos de mujer son gráciles.

Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.

***

Entre 1976 y diciembre de 1983 la dictadura militar en la Argentina secuestró y ejecutó a miles de personas que fueron enterradas como NN en cementerios y tumbas clandestinas. En mayo de 1984, ya en democracia, convocados por Abuelas de Plaza de Mayo (una agrupación de mujeres que busca a sus nietos, hijos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura) siete miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia llegaron al país. Entre ellos, un antropólogo forense –un especialista en la identificación de restos óseos: alguien que puede leer allí los rastros de la vida y de la muerte- llamado Clyde Snow. Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero texano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese viaje –el primero de muchos- dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y la traductora, abrumada por la cantidad de términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo yo puedo: yo sé inglés. Y así fue como Morris Tidball Binz, 26 años, estudiante de Medicina y dueño de un inglés perfecto, se cruzó en la vida de Clyde Snow.

Durante las semanas que siguieron Clyde Snow participó de algunas exhumaciones a pedido de jueces y familiares de desaparecidos, siempre en compañía de su nuevo traductor. En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio del suburbio, decidió que iba a necesitar ayuda y envió una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo “Yo tengo unos amigos”.

Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la Universidad de Buenos Aires, y esparció el mensaje -“Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”- entre sus compañeros de estudio.
Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas -dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

—A mí los cementerios no me gustan –puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios.

—Yo nunca hice una exhumación –dijo Mercedes Doretti, estudiante avanzada de antropología, fotógrafa y empleada de una biblioteca circulante.

Pero después pensaron que no perdían nada si iban a escuchar, y así fue como a las siete de la tarde del 14 de junio de 1984, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider -y Douglas Cairns- se encontraron con Clyde Snow –y Morris Tidball Binz- en un hotel del centro de Buenos Aires llamado Hotel Continental.

—Clyde nos pareció un tipo raro, pensábamos “Como toma este viejo, cómo fuma” –dice Patricia Bernardi-. Nos invitó un trago, y cuando nos explicó lo que quería hacer creí que se nos iba a ir el apetito. Pero después nos llevó a comer, y nosotros éramos estudiantes, nunca habíamos ido a un restaurante elegante. Comimos como bestias. Pero teníamos miedo. El país estaba muy inestable, y pensábamos “Si acá vuelva a pasar algo, este gringo se va a su país, pero nosotros nos tenemos que quedar”.

Esa noche se despidieron de Clyde Snow con la promesa de pensar y darle una respuesta.

“Me sentí conmovido, pero no tenían experiencia -contaba Clyde Snow años después al diario Página/12-. Les dije que el trabajo iba a ser sucio, deprimente y peligroso. Y que además no había plata. Me dijeron que lo iban a discutir y que al día siguiente me iban a dar una respuesta. Pensé que era una manera amable de decirme “chau, gringo”. Pero al día siguiente estaban ahí”.

Al día siguiente estaban ahí.

—Decidimos que íbamos a probar con esa exhumación, y que después veíamos si seguíamos con otras –dice Patricia Bernardi-. Nos encontramos temprano, en la puerta del hotel, y nos llevaron al cementerio en los autos de la policía. Fue raro subirnos a esa cosa. Y después nos íbamos a subir a esos autos tantas veces. Yo nunca había estado en un enterratorio, pero con Clyde lo difícil pareció ser un poco más fácil. El se tiraba con nosotros en la fosa, se ensuciaba con nosotros, fumaba, comía dentro de la fosa. Fue un buen maestro en momentos difíciles, porque una cosa es levantar huesos de guanaco o de lobos marinos y otra un cráneo. Cuando empezaron a aparecer los restos, la ropa se me enganchaba en el pincel, y yo preguntaba “¿Qué hago con la ropa?”. Y Clyde me miraba y me decía “Seguí, seguí”. Ese día levantamos los restos, nos fuimos a la morgue, y resultó que no eran los que buscábamos. Clyde se puso a discutir algo sobre la trayectoria de un proyectil con el personal de la morgue. Nosotros no entendíamos nada. Estaban los familiares ahí, y yo le dije al juez “Digalé que no son los restos, esta gente ya pasó por mucho”. Cuando les dijo, el llanto de los familiares fue algo que…Salimos de ahí a las tres de la mañana. Fue la exhumación más larga de mi vida.

Pero siguieron tantas. Entre 1984 y 1989 Clyde Snow pasó más de veinte meses en la Argentina, y en cada uno de sus viajes los estudiantes lo acompañaron a hacer exhumaciones, internándose de a poco en las aguas de esa profesión que no tenía –en el país- antecedentes ni prestigio.

—Nadie entendía lo que hacíamos. ¿Sepultureros especializados, médicos forenses?- dirá Mercedes Doretti desde Nueva York-. La academia nos miraba de reojo porque decían que no era un trabajo científico.

Con poco más de veinte años, empleados mal pagos de empleos absurdos, estudiantes de una carrera que no los preparaba para un destino que de todos modos no podían sospechar, pasaban los fines de semana en cementerios de suburbio, cavando en la boca todavía fresca de las tumbas jóvenes bajo la mirada de los familiares.

—La relación con los familiares de los desaparecidos la tuvimos desde el principio –dirá Luis Fondebrider-. Teníamos la edad que tenían sus hijos al momento de desaparecer y nos tenían un cariño muy especial. Y estaba el hecho de que nosotros tocábamos a sus muertos. Tocar los muertos crea una relación especial con la gente.

Como tenían miedo, iban siempre juntos. Y, como iban siempre juntos, empezaron a llamarlos “el cardumen”. No hablaban con nadie acerca de lo que hacían y, para hablar de lo que hacían, se reunían en casa de Patricia, de Mercedes.

—Todos soñábamos con huesos, esqueletos –dirá Luis Fondebrider- Nada demasiado elaborado. Pero nos contábamos esas cosas entre nosotros.

—Todos teníamos pesadillas –dirá Mercedes Dorettí-. Un día me desperté a los gritos, soñando con una bala que salía de una pistola y me desperté cuando la bala estaba por impactarme en la cabeza. La sensación que tuve fue que me estaba muriendo y pensaba “¿Cómo no me di cuenta que esto venía, cómo no me di cuenta que me estoy muriendo inútilmente, cómo no me di cuenta que no tenía que meterme acá?”.

En 1985 viajaron a la ciudad de Mar del Plata, a exhumar los restos de una desaparecida, seguros como estaban de estar del lado de los buenos. Las Madres de Plaza de Mayo, la agrupación de mujeres que busca a sus hijos desaparecidos, los estaban esperando.

—Querían frenar la exhumación –dirá Mercedes Dorettí-. Decían que Snow era un agente de la CIA y que el gobierno estaba tratando de tapar las cosas entregando bolsas con huesos. Hubo insultos, fue duro. Ver que ellas, que eran nuestras heroínas, estaban en contra fue muy fuerte. Finalmente, exhumamos, y después nos fuimos a la playa. Nos sentamos ahí, mirando el mar, compungidos.

Ese mismo año, Clyde Snow declaró en el Juicio a las Juntas donde se juzgaba a los militares que habían estado en el poder durante la dictadura, y proyectó una diapositiva de esa exhumación en Mar del Plata: una mujer joven llamada Liliana Pereyra, el cráneo pleno de balas.

“Lo que estamos haciendo –decía Snow en Página/12- va a impedir a futuros revisionistas negar lo que realmente pasó. Cada vez que recuperamos un esqueleto de una persona joven con un orificio de bala en la nuca, se hace más difícil venir con argumentos”.

El tiempo pasó, consiguieron financiación, alguna beca, y cuando quedó claro que quizás podrían vivir de eso, algunos abandonaron sus empleos. En 1987 se inscribieron como asociación civil sin fines de lucro bajo el nombre de Equipo Argentino de Antropología Forense con el objetivo de practicar “la antropología forense aplicada a los casos de violencia de estado, violación de derechos humanos, delitos de lesa humanidad”. Después se unieron al grupo Darío Olmo, estudiante de arqueología, empleado municipal; Alejandro Incháurregui, estudiante de antropología y vendedor de boletos en el hipódromo; Carlos Somigliana (Maco), estudiante de antropología y derecho, ayudante de los fiscales Moreno Ocampo y Strassera durante el Juicio a las Juntas; Silvana Turner, estudiante de antropología social, y Anahí Ginarte, estudiante de antropología.

En 1988, cuando fueron convocados como peritos para excavar en el sector 134 del cementerio de Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires donde los militares habían enterrado a cientos, pocos de ellos tenían más de 22.

La fosa de Avellaneda permaneció abierta dos años y sacaron de allí 336 cuerpos, casi todos con heridas de bala en el cráneo, muchos todavía sin identificar.

***

El Equipo Argentino de Antropología Forense tiene sus oficinas en dos departamentos idénticos, primer y segundo piso de un edificio antiguo de estilo francés en el barrio de Once. Alrededor, vendedores ambulantes, autos, buses, los peatones: la banda de sonido de una ciudad en uno de sus puntos álgidos. El segundo piso no tiene nombre. El primer piso sí, y se llama Laboratorio. Por lo demás, ambos tienen la misma cantidad de cuartos, los mismos baños, cocina al fondo, y casi ninguna evidencia de vida privada. Los muebles son nuevos y viejos, chicos y grandes, de maderas nobles y de fórmica. Hay un cuadro, un póster del Metropolitan Museum, pero son cosas que llevan demasiado tiempo allí: cosas que ya nadie ve. Hay pizarras, paneles de corcho con tarjetas de delivery y postales de esqueletos bailando: las fiestas latinoamericanas de la muerte. En un alféizar hay dos cactus pequeños y, en todas las paredes, una profusión de planos y de mapas. Algunos, no todos, tienen marcas. Algunas de esas marcas, no todas, señalan los centros clandestinos de detención: sitios de los que proviene el objeto que aquí se estudia.

La oficina donde trabaja Luis Fondebrider está en el segundo piso. Él, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi son los únicos que quedan del grupo original: Douglas Cairns sólo ayudó, al principio, en un par de exhumaciones; Morris Tidball Binz marchó en 1990 a trabajar a la Cruz Roja y vive en Ginebra desde entonces. A fines de los noventa se unieron otras personas –Miguel Nievas, Sofía Egaña, Mercedes Salado- y, durante mucho tiempo, no fueron más de doce. Pero a principios del nuevo siglo la posibilidad de aplicar la técnica de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones y ahora son 37. En todos estos años, el Equipo intervino en más de treinta países, contratado por el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia; la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, las Comisiones de la Verdad de Filipinas, Perú, El Salvador y Sudáfrica, las fiscalías de Etiopía, México, Colombia, Sudáfrica y Rumania, el Comité Internacional de la Cruz Roja, la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara y la Comisión Bicomunal para los desaparecidos de Chipre.

—Todos los salarios que recibimos por esas misiones internacionales van a un fondo común – dice Luis Fondebrider-. No les cobramos a los familiares por lo que hacemos. Nos sostenemos con la financiación de unos 20 donantes privados europeos y norteamericanos y de algunos gobiernos europeos. No tenemos apoyo de donantes privados ni asociaciones civiles argentinas. Las asociaciones civiles apoyan eventos de Julio Boca, pero no proyectos como este.

Ocultos, discretos, cada tanto la identificación de alguien –en 1989 la de Marcelo Gelman, el hijo de Juan Gelman, el poeta argentino radicado en México; en 1997 la del Che Guevara, en Bolivia; en 2005 la de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de mayo, desaparecida en 1977- los empuja a la primera plana de los diarios.

—Pero para nosotros –dice Luis Fondebrider- todos son personas. El Che o Juan Pérez. Cuando fue lo del hijo de Gelman, fuimos Morris, Alejandro y yo a Nueva York, a recibir un premio de una fundación, y lo fuimos a ver a Gelman que vivía allá para contarle que habíamos identificado a su hijo. A mí me resultó una figura muy intimidante, serio, parco. Nos quedamos a dormir en su casa. El se quedó toda la noche despierto, leyendo el expediente, y al otro día nos hizo millones de preguntas. Fue raro. Yo nunca me había quedado a dormir en la casa de una persona a la que hubiera ido a darle una noticia así.
—¿Podrías imaginarte sin hacer este trabajo?
—Si. No sé qué haría. Pero sí.

Todos dicen –dirán- lo mismo. Como si marcharan orgullosos hacia el único futuro posible: la extinción.

***

En el piso inferior hay varios cuartos con mesas largas y angostas cubiertas por papel verde. En la oficina donde suele trabajar Sofía Egaña cuando está en Buenos Aires -36 años, llegada al Equipo en 1999 cuando le propusieron una misión en Timor Oriental y ella dijo sí y se marchó dos años a una isla sin luz ni agua donde el ejército indonesio, en 1991, había matado a 200.000- hay un escritorio, una computadora.

Click y una foto se abre: un cráneo. Otro click: el cráneo y su orificio.

—Entró directo: una ejecución así, tuc, de atrás. ¿Tenemos dientes? ¿Cómo lucen los dientes?

En dos días más, Sofía Egaña estará en Ciudad Juárez, donde el Equipo trabaja en la identificación de cuerpos de mujeres no identificadas o de identificación dudosa y, hasta entonces, debe resolver algunas cuestiones urgentes: tratar de vender la casa donde vive, quizás pedir un préstamo bancario, quizás mudarse. En un panel de corcho, a sus espaldas, hay una mariposa dibujada y una frase que dice Sofi te quiero con caligrafía de sobrina infantil. Hay, también, una foto tomada durante su estadía en Timor:

—Esos son mis caseros. Ellos me alquilaban la casa donde vivíamos. Cada tanto me llaman, para saber cómo estoy. Como yo no tengo teléfono estable, tienen que llamar a casa de mis padres. Hace más de once años que estoy viajando. No tengo placard. Tengo dos maletas. Pero cuando se junta el hueso con la historia, todo cobra sentido. Delante de los familiares soy la médica, el doctor. A llorar, me voy atrás de los árboles. No te podés poner la llorar.
—¿Y con el tiempo uno no se acostumbra?
—No. Con el tiempo es peor.

Al final de un pasillo hay un cuarto oscuro, fresco, las paredes cubiertas por estantes que trepan hasta el techo y, en los estantes, cajas de cartón de tamaño discreto con la leyenda: Frutas y Hortalizas.

—Cada caja es una persona. Ahí guardamos los huesos. Todas están etiquetadas con el nombre del cementerio, el número de lote.

Al frente, en dos o tres habitaciones luminosas, cinco mujeres jóvenes se inclinan sobre las mesas cubiertas con papel. Sobre las mesas hay –claro- esqueletos.

***

El escritorio de Silvana Turner, en el piso superior, está rodeado de cajas que dicen Kosovo, Togo, Sudáfrica, Timor, Paraguay: la ruta de las mejores masacres del siglo que pasó. Silvana Turner lleva el pelo corto, el rostro limpio. Llegó al Equipo en 1989.

—Si el familiar no tiene deseos de recuperar lo restos, no intervenimos. Nunca hacemos algo que un familiar no quiera. Pero aún cuando es doloroso recibir la noticia de una identificación, también es reparador. En otros ámbitos esto suele hacerse como un trabajo más técnico. Es impensable que la persona que estudia los restos haya hecho la entrevista con el familiar, haya ido a campo a recuperar los restos, y se encargue de hacer la devolución. Nosotros hemos hecho eso siempre.

En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos y -cruzando datos, rastreando documentación- pudieron conocer y notificar el destino de 300 personas más cuyos restos nunca fueron encontrados.

—Si yo tuviera que definir un sentimiento con respecto al trabajo es frustración. Uno quisiera dar respuestas más rápido

A metros de aquí hay otro cuarto donde las cajas llevan el nombre de cementerios argentinos: La Plata, San Martín, Ezpeleta, Lomas de Zamora, Ezeiza.

La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable.

***

Llueve, pero adentro es seco, tibio. Es martes, pero es igual.

En una de las oficinas del Laboratorio habrá, durante días, un ataúd pequeño. Lo llaman urna. En urnas como esas devuelven los huesos a sus dueños.

—¿Ves? –dice una mujer con rostro de camafeo, una belleza oval-. Esto, la parte interna, se llama hueso esponjoso. Y hueso cortical es la externa.

Bajo sus dedos, el esqueleto parece una extraña criatura de mar, al aire sus zonas esponjosas.

—Esto es un pedacito de cráneo. En el cráneo, el hueso esponjoso se llama diploe.

Cuando termine de reconstruir –de numerar sus partes, sus lesiones, de extender lo que queda de él sobre la mesa- el esqueleto volverá a su caja y esa pequeña paciencia de mujer oval terminará, años después -si hay suerte- con un nombre, un ataúd del tamaño de un fémur y una familia llorando por segunda vez: quizás por última.

En el vidrio de una de las ventanas que da a la calle hay un papel pegado: la cuadrícula de una fosa y el dibujo de 16 esqueletos. Al pie de cada uno hay anotaciones: 5 postas más tapón de Itaka, desdentado en maxilar superior, 5 proyectiles. Ninguno tiene nombre, pero sí edad -30 en promedio- y sexo: casi todos hombres. Desde la calle, cualquiera que mire hacia arriba puede ver ese papel pegado a la ventana. Pero lo que se vería desde allí es una hoja en blanco. Y, de todos modos, nadie mira.

***

Una puerta se abre como un suspiro, se cierra como una pluma. Mercedes Salado deja una caja liviana -Frutas y Hortalizas- sobre un escritorio. Después dice buendía y enciende el primero de la hora. Es española, bióloga, trabajó en Guatemala desde 1995, forma parte del equipo desde 1997, y durante mucho tiempo sus padres, dos jubilados que viven en Madrid, pensaban que el oficio de la hija no era un oficio honesto.

—Un día me llaman y me preguntan: “Oye, Mercedes, lo que tú haces… ¿es legal?”. Claro, cuando yo empecé con esto no se sabia muy bien qué cosa era Latinoamérica, y meterse en las montañas a sacar restos de guatemaltecos…Mis padres tendrían miedo de que los llamaran diciendo “Su hija está presa porque se ha robado a uno”. Ahora en Madrid los vecinos me saludan, como “uau, es legal”. Lo que me sorprende del Equipo es la coherencia. Se mantiene con proyectos, pero también hay un fondo común. Cada uno que sale de misión internacional, pone ese salario en el fondo común. Y es un sistema comunista que funciona. Se hace porque se cree en lo que se hace. Nadie hubiera estado veinte años cobrando lo que se cobra si esto no le gusta. Pero este trabajo tiene una cosa que parece como muy romántica, como muy manida. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja, por encima de tu perspectiva de tener hijos. Nos hemos olvidado de cumpleaños, de aniversarios de boda, pero no nos hemos olvidado de una cita con un familiar. Y en el fondo es tan pequeño. ¿Qué haces? Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo…y ya. Y eso es todo. Pero cuando le ves el rostro a la gente, vale la pena. Es una dignificación del muerto, pero también del vivo.

Después, con una sonrisa suave, dirá que tiene un trauma: que no puede meter cráneos dentro de bolsas de plástico, y cerrarlas.

—Me da angustia. Es estúpido, pero siento que se ahogan.

***

Es viernes. Pero es igual.

Mujeres jóvenes, vestidas con diversas formas de la informalidad urbana –piercings, pantalones enormes, camisetas superpuestas- se afanan sobre las mesas del Laboratorio. Semana a semana, como si una marea caprichosa interminable los llevara hasta ahí -más y menos enteros, más y menos lustrosos- los esqueletos cambian

—Están mezclados. Ya tengo cinco mandíbulas, cinco individuos por lo menos –dice Gabriela, mientras pega dos fragmentos de hueso entre sí.

Son horas de eso: mirar y pegar, y después todavía rastrear lesiones compatibles con golpes o balas, y después aplicar la burocracia: tomar nota de todo en fichas infinitas.

Mariana Selva –los ojos claros, las uñas cortas, rojas- prepara unos restos para llevar a rayos: un cráneo, la mandíbula.

—A veces ves los huesos de un chico de veinte años con nueve balazos en la cabeza y decís ay, dios, pobre chico, qué saña. Pero no podés estar llorando, ni pensando en cómo fueron todas esas muertes, porque no podrías trabajar.

Analía González Simonett lleva un aro en la nariz, casi siempre vincha. Es, con Mariana, una de las últimas en llegar al Equipo.

—A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el Equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como esas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay, Josecito, a él le gusta…” La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice “¿Le puedo dar un beso en la frente?”.

El 6 de enero de 1990 los restos de Marcelo Gelman fueron velados en público. Pero antes su madre, Berta Schubaroff, quiso despedirse a solas. A puertas cerradas, en las oficinas del Equipo, trece años después de haberlo visto por última vez, al fruto de su vientre lo besó en los huesos.

***

En el escritorio de Miguel Nievas hay un cráneo de plástico que es cenicero, un dactilograma, un esquema de ADN nuclear, una biblioteca, libros, mapas. Es un cuarto interno, con una sola ventana y poca luz. Miguel Nievas tiene apenas más de treinta. Vivía en Rosario, una ciudad del interior, y entró al Equipo a fines de los años 90.

—Yo trabajaba en la morgue de Rosario, estaba estudiando unos restos óseos y necesitaba ayuda. Llamé por teléfono. Me atendió Patricia, me preguntó si podía viajar con los huesos a Buenos Aires. Y vine. Seguí colaborando en algunas cosas desde allá y después, en el 2000, me preguntaron si podía ir a Kosovo. Yo dije que sí, pero la verdad es que no sabía dónde iba. Cuando el avión aterrizó en Macedonia, y vi tanques, soldados, pensé “Dónde carajo me metí”. No hablaba una palabra de inglés y en la morgue hacíamos 30 o 40 autopsias todos los días. Nos habían dado un curso obligatorio de explosivos, pero yo no hablaba inglés y lo único que entendí fue don´t touch. Cuando volví me quedé trabajando acá. Me enganché con el trabajo en la Argentina. Cuando empezás a investigar un caso terminás conociendo a la persona como si fuera un amigo tuyo. Necesitás poner distancia, porque todo el día relacionado con esto, te termina brotando. Cada uno tiene su forma de brotarse.

—¿Y la tuya es…?
—La soriasis. Y hace años que no recuerdo un sueño.

***

Patricia Bernardi dice que tiene deformaciones profesionales. La más notoria: le mira los dientes a las personas.

—No me doy cuenta. Hablo y les miro la dentadura. Porque nosotros siempre andamos buscando cosas en los dientes. Y el otro día vino el contador con una radiografía, y le dije “Che, por qué no dejás alguna acá, por las dudas”.

Se ríe. Pero siempre se ríe.

—Yo nunca pude aguantar a los muertos. Les tengo pánico. A mí me hacés cortar un cadáver fresco y me muero. Pero con los huesos no me pasa nada. Los huesos están secos. Son hermosos. Me siento cómoda tocándolos. Me siento afín a los huesos.

Pasa las páginas de un álbum de fotos.

—Este es el sector 134, en Avellaneda.

Un terreno repleto de maleza. Después, la tierra cruda. Después abierta. Después los huesos. Y un edificio viscoso con paredes cubiertas de azulejos.

—Esa es la morgue donde trabajaban ellos.

Ellos.

—Habían hecho un portón que daba a la calle, para poder entrar los cuerpos directamente desde ahí. En la puerta de la morgue había un cartel que decía “No cague adentro”. Cuando empezamos a trabajar no lo hicimos público. Nos daba miedo. Teníamos un policía de seguridad de la misma comisaría que antes tenía la llave para meter cuerpos en esa fosa.

En un rato tocarán el timbre y Patricia bajará las escaleras con una urna pequeña. Allí, en esa urna, llevará los restos de María Teresa Cerviño que en mayo de 1976 apareció colgada de un puente con un cartel, una inscripción -Yo fui montonera-, la cabeza cubierta por una bolsa, los ojos y la boca tapados por cinta adhesiva. Todas las pistas indicaban que había terminado en la fosa común de Avellaneda. Su madre nombró al Equipo como perito en la causa judicial que inició en 1988 buscando los restos de su hija. Durante todos estos años, Patricia supo que María Teresa Cerviño estaba ahí, era alguno de todos esos huesos.

—Yo decía “Sé que está, pero dónde, cuál será”. Y el año pasado, diecinueve años después, apareció.

Hay sitios así. Sitios donde todas las cosechas son tardías.

***

Cuando Darío Olmo llegó al Equipo, invitado por Patricia Bernardi en 1985, era un estudiante de antropología de 28 años, agonizando en manos de un empleo que lo frustraba: recibir expedientes en la mesa de entrada de una dependencia de gobierno.

—Me cayó muy bien el viejo, Snow. Yo no entendía una palabra de inglés, pero nos entendíamos en el idioma universal de los vasos. Este trabajo me salvó. Yo tomaba bastante, trabajaba caratulando expedientes, no era un buen alumno en la facultad. Esto era lo opuesto a la rutina. Un trabajo entre amigos, y enseguida creamos una relación rara, inusual. Cuando la compañera de uno de nosotros estuvo enferma, Patricia tenía el dinero de un departamento que había vendido y le llevó toda la plata. “Hacé lo que necesites” le dijo. Esta gente es la que yo más conozco y la que más me conoce. Para bien y para mal. A mí el trabajo este no me daña. Al contrario. Esto es lo más interesante que me pasó en la vida. ¿Qué posibilidades tiene un estudiante de arqueología como yo de conocer el Congo más que con un trabajo demencial como este? La gente se horroriza. Vos le decís que viajás a ver fosas comunes y morgues y cementerios, y a la gente la parece horroroso. Pero a mí me resultaría difícil sentarme en un kiosco de dos metros cuadrados y esperar que me vengan a comprar caramelos. La verdad es que la única parte mala del laburo son los periodistas. Un periodista es una persona que llega al tema y tiene que hacer una especie de curso intensivo, hacer su nota, y es difícil que capte esta complejidad. Me gustaría que, simplemente, no les interese.

***

Son las siete de la tarde de un viernes y en un aula de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Sofía Egaña y Mariana Selva dan una clase sobre huesos en general, lesiones en particular, a un grupo pequeño de estudiantes.

—El hueso fresco tiene contenido de humedad y reacciona distinto a la fractura que el hueso seco. El hueso se mantiene fresco aún después de la muerte. Entonces el diagnóstico se hace según la forma de la fractura, la coloración –dice Mariana Selva mientras proyecta imágenes de huesos rotos y secos, rotos y húmedos, rotos y blancos.

—Los rastros de la vida se ven en los huesos -dirá después, sobre un esqueleto extendido, Sofía Egaña-. ¿Ven los picos de artrosis? ¿Cómo verían a esta mandíbula? Tóquenla, agárrenla. ¿Qué les puede decir esta dentición?

Cuando el Equipo se formó, la antropología forense no existía como disciplina en el país. Ellos aprendieron en los cementerios, desenterrando personas de su edad –vomitando al descubrir que tenían sus mismas zapatillas-, leyendo el rastro verde de la pólvora en la cara interna de los cráneos. Y después, todavía, se enseñaron entre ellos. Ahora son generosos: aquí comparten el conocimiento. Esparcen lo que les sembraron.

***

El día es gris. Patricia Bernardi toma el teléfono, marca un número, alguien atiende.

—Si, buenas tardes, estoy buscando a la señora X.
—…
—Ah, buenas tardes, señora, habla Patricia Bernardi, del Equipo Argentino de Antropología Forense. No sé si sabe a qué se dedica esta institución.
—…
—Bueno, muchas gracias, adiós.

El tono de Patricia es dulce y no hay fastidio cuando cuelga: cuando no la quieren atender. En 2007, cuando se cumplieron años de la muerte del Che, los medios sacaron sus máquinas de hacer efemérides y todas apuntaron a los miembros del Equipo que, convocados por el gobierno cubano, habían estado allí.

—A veces me siento obligada a decir fue un orgullo haber participado en esa exhumación, pero era todo muy tenso. Nosotros estuvimos cinco meses, nos retiramos, y volvimos cuando los cubanos encontraron la fosa del Che, en julio de 1997. Me llamaron a mí, era un sábado. No me acuerdo si llamó el cónsul o el embajador de Cuba, y me dijo “Encontraron unos huesos”. Cuando llegamos ya había dos o tres peleándose por ver quién sacaba la foto. A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí en 1982 un pelotón del Ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos 162 cuerpos. En su mayoría chicos menores de 12 años. Y no tenían heridas de bala porque para ahorrar proyectiles les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban. Llega un momento que te acostumbrás a los huesitos chiquitos, porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.

Lo asociado.

—Los juguetes.

En el edificio contiguo hay un instituto de peluquería y depilación. Desde las ventanas se pueden ver, todos los días, señoras cubiertas por mantelitos de plástico y pelos envueltos en cáscaras de nylon como merengues flojos. Pero da igual: aquí nadie las mira.

***

En la oficina de Carlos Somigliana –Maco- hay profusión de papeles, dibujos de niños, pilas de cosas que buscan su lugar como en un camarote chico. Desde que entró en el Equipo, en 1987, se dedicó a atar cabos y a enseñar a los demás a hacer lo mismo: entrevistar familiares, buscar testimonios, cruzar información.

—Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Ahora hay una urgencia con respecto al trabajo que no aparecía tan fuerte cuando éramos más jóvenes, y que tiene que ver con la sobrevida de la gente a la que le vamos a contar la noticia de la identificación. Llegás a una familia para contar que identificaste al familiar y te dicen “Ah, mi padre se murió hace un año”. Y cuando te empieza a pasar seguido decís “me tengo que apurar”.
—¿Podrías dejar de hacer este trabajo?
—Sí. Yo quiero terminar este trabajo. Para mí es importante creer que puedo prescindir. Este trabajo ha sido muy injusto en términos de otras vidas posibles para muchos de nosotros.
—¿Y afectó tu vida privada?
—Sí.
—¿De qué forma?
—Ninguna que se pueda publicar.
—Entonces tiene partes malas.
—Por supuesto que tiene partes malas. Cuando vos sos el familiar de un desaparecido, tuviste que aceptar la desaparición, la aceptaste, estuviste treinta años con eso. Te acostumbraste. De golpe viene alguien y te dice no, mire, eso no fue como usted pensaba, y además encontramos los restos de su hijo, su hija. Es una buena noticia. Pero te hace mierda. Es como una operación, es para algo bueno. Pero te lastima. Cuando vos te das cuenta que la lastimadura es muy fuerte, hasta qué punto no estás haciendo cagada al remover esas cosas. Pero no hay nada bueno sin malo. Lo cual te lleva a la otra posibilidad mucho más perturbadora: no hay nada malo sin bueno.

En alguna parte una mujer dice “mi hermano desapareció el cinco del diez del setenta y ocho” y entonces alguien, discretamente, cierra una puerta.

***

—Mi nombre es Margarita Pinto y soy hermana de María Angélica y de Reinaldo Miguel Pinto Rubio, los dos son chilenos, militantes de Montoneros. Desaparecieron en 1977. Mi hermana tenía 21 años. Mi hermano 23.

Margarita Pinto dice eso en el espacio para fumadores de la confitería La Perla, del Once, a cuatro cuadras de las oficinas del Equipo. Después dice que los restos de su hermana fueron identificados por los antropólogos en 2006.

—El dolor de tener un familiar desaparecido es como una espinita que te toca el corazón, pero te acostumbrás. Y cuando me dijeron que habían encontrado los restos, yo estuve con una depresión grande. No quise ir a verlos. Fui nada más al homenaje que le hicimos en el cementerio. Esto es como una segunda pérdida, pero después es un alivio. Los antropólogos hablan de mi hermana como si la hubiesen conocido. Y yo la busqué tanto. Cuando desapareció yo era chica y empecé a visitar a los padres de algunos compañeros de ella. Una vez fui a ver a un matrimonio grande. En un momento, la señora se levantó y se fue y el hombre me dijo que disculpara, que la señora estaba muy mal. Que todos los días se levantaba muy temprano para desarmar la cama de su hijo. Y yo ahí, preguntando por mi hermana. Uno a veces hace daño sin darse cuenta.

El cielo gris. Brilla en sus ojos.

***

El 26 de septiembre de 2007, Mercedes Doretti recibió una beca de la fundación MacArthur dotada de 500.000 dólares y, como hacen e hicieron siempre con las becas, los premios y los sueldos de las misiones internacionales, donó el dinero al fondo común con que el Equipo se financia.

—La beca es personal –dice Mercedes Doretti- pero yo no trabajo sola.

Ella fue la primera mujer miembro del Equipo en ser madre, un año atrás. La segunda fue Anahí Ginarte, que vive en la ciudad de Córdoba desde 2003, cuando viajó allí para trabajar en la fosa común del cementerio de San Vicente, un círculo de infierno con cientos de cadáveres, y conoció al hombre que les alquilaba la pala mecánica para remover la tierra, se enamoró, tuvo una hija.

—Es mucha adrenalina, muy romántico, pero también es ver la vida de los otros y no tener una vida propia –dice Anahí Ginarte-. Yo estuve un año sin pasar un mes entero en Buenos Aires. Tenía un departamento donde no había nada, ni una planta, cerraba con llave y me iba. Pero decidí parar.

Salvo ellas dos –Mercedes, Anahí- ninguna de las mujeres que llevan años en el Equipo tiene hijos.

***

A mediados de 2007, el Equipo, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud firmaron un convenio para crear un banco de datos genéticos de familiares de desaparecidos a través de una campaña que solicita una muestra de sangre para cotejar el ADN con el de 600 restos que todavía no han podido ser identificados. El proyecto se llama Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, y hace días que aquí no se habla de otra cosa: de la Iniciativa que se iniciará.

Esta mañana, Mercedes Salado y Sofía Egaña revolotean alrededor de un hombre encargado de instalar la impresora de códigos de barras de la que saldrán miles de etiquetas que identificarán la sangre de los familiares.

—A ver, vamos a probar –dice el hombre.

Aprieta un comando y la pequeña impresora se estremece, tiembla como un hamster y escupe uno, dos, diez, veinte códigos de barras.

—Es muy emocionante –dice Mercedes-. Llevamos años esperando esto.

En las semanas que siguen todos se dedican a una tarea cándida: ensobran formularios para enviar a los cuatro rincones del país. Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres que dicen Tu sangre puede ayudar a identificarlo, fuma y conversa con Patricia Bernardi.

—Si logran identificar a todos, se van a quedar sin trabajo.
—Ojalá.

Una radio vieja esparce la canción I will survive.

***

Miércoles. Nueve y media de la mañana. Desde una de las oficinas del primer piso llegan ráfagas de conversación:

—El hermano de ella está desaparecido.
—No puede haber un estudiante de medicina de 60 años. ¿Por qué no volvemos a mirar la información?
—Ese Citroën rojo…alguien dijo algo de ese Citröen rojo

Inés Sánchez, Maia Prync y Pablo Gallo trabajan haciendo investigación preliminar: a través de fuentes escritas, orales, diarios, generan hipótesis de identidad para los huesos. Inés Sánchez, apenas más de veinte, es hija de desaparecidos.

—Yo llegué al equipo hace dos años, más o menos. Nuestra tarea es hacer hipótesis de identidad sobre un conjunto de personas en base a exhumaciones que ya se hicieron. Para eso vemos qué centro clandestino utilizaba un determinado cementerio, en qué fechas hubo traslados.

Selva Varela tiene porte de bailarina, pelo largo, ojos claros, gafas. Está inclinada sobre una de las mesas. En el hueco de la mano, apretado contra el pecho, abraza un cráneo como quien acuna. Tiene treinta años y está en el equipo desde 2003. Sus padres fueron secuestrados por los militares y ella adoptada por compañeros de militancia que, a su vez, fueron secuestrados en 1980. Se crió con vecinos, abuela, una tía y en 1997 llegó al Equipo buscando a sus padres.

—Después estudié medicina, antropología, y cuando me dijeron que acá faltaba gente, vine y quedé. Pero no estoy acá buscando a mis viejos. Pienso en los familiares de las víctimas, pienso que está bueno que la sociedad sepa lo que pasó.

En un rato habrá clima de euforia y desconcierto: un cráneo al que creían un error no resultó lo que pensaban: un intruso. La buena noticia –la mala noticia- es que es el cráneo de un desaparecido. Lo levantan, lo miran como a una fruta mágica, magnífica.

—¿Y si es el padre de…?

Es una buena tarde. Por tanto. Por tan poco.

***

Diez de la mañana: el cielo sin una nube.

El cementerio de La Plata se prodiga en bóvedas, después en lápidas, después en cruces. Y allí, entre esas cruces, hay dos tumbas abiertas y el rayo negro del pelo de Inés Sánchez. El sol chorrea sobre su espalda que se dobla. Alrededor, pilas de tierra, baldes, palas: cosas con las que juegan los niños.

—Vamos bien. Encontramos los restos de las tres mujeres que veníamos a buscar –dice Inés.

Limpia con un pincel el fondo, los pies abiertos para no pisar los huesos: un cráneo, las costillas.

Al otro lado de un muro de bóvedas, en una zona de sombras frescas, Patricia Bernardi, tres sepultureros, un hombre y dos mujeres rodean a Maco que -bermudas, sandalias- saca tierra a paladas de una fosa. Los sepultureros se mofan: dicen que no debe cavarse con sandalias, que va a perder un dedo. El sonríe, suda. Cuando bajo la pala aparece un trapo gris –la ropa- Maco se retira y Patricia se sumerge. Cerca, entre los árboles, una mujer de rasgos afilados camina, fuma. Está aquí por los restos de Stella Maris, 23 años, estudiante de medicina, desaparecida en los años setenta: su hermana. Patricia saca tierra con un balde y los huesos aparecen, enredados en las raíces de los árboles.

—Está boca arriba y tiene una media.

Las medias son valiosas: bolsas perfectas para los carpos desarmados.

—El cráneo está muy estallado. Acá hay un proyectil. En el hemitórax izquierdo, parte inferior. Tiene las manos así, sobre la pelvis.

Después, levantan el esqueleto de su tumba: hueso por hueso, en bolsas rotuladas que dicen pie, que dicen dientes, que dicen manos. La mujer de rasgos afilados se asoma.

—No sé si es mi hermana –dice-. Tiene los huesos muy largos.
—No te guíes por eso –le dice Maco.

En otra de las fosas alguien encuentra un suéter a rayas, un cráneo con tres balazos, redondos como tres bocas de pez: los huesos de mujer son gráciles.

Mañana, en un cuarto discreto del barrio de Once, sobre los diarios con noticias de ayer y bajo la luz grumosa de la tarde, se secarán los huesos, el suéter roto, el zapato como una lengua rígida.

Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina.

Aquí hubo muertos.

Aquí, en estas calles de suburbio, a media hora del centro de la ciudad de Buenos Aires, hubo muertos. Las versiones son varias, pero muchas aseguran que la primera masacre fue el 15 de junio de 1536, cuando don Diego de Mendoza, español, hermano del primer fundador de la que con los siglos sería capital de la Argentina, batalló –él y sus hombres- contra los querandíes que poblaban estos páramos. Hay quienes dicen que aquel día murieron veintidós infantes y mil indios, y que las aguas del río que atraviesa se volvieron rojas. Sea como fuere, el sitio se llama La Matanza y se llama así porque hubo muertos. Y en este distrito de trecientos kilómetros cuadrados y dieciseis ciudades, donde vive un millón y medio de habitantes y que hasta 2002 tenía un cuarenta por ciento de desocupados, José Alberto Samid, uno de los principales empresarios ganaderos de la Argentina, montó su imperio: su reino de vacas y de carne.

 

***

 

La casa de José Alberto Samid está detrás de un muro, en una esquina de Ramos Mejía, partido de La Matanza. Tiene entrada principal sobre una avenida y puerta discreta sobre una calle secundaria. No se ven cámaras de vigilancia, ni autos caros, ni custodios. El barrio no parece el barrio en el que elegiría vivir un empresario de éxito. La casa no parece la casa de un hombre poderoso.

Y sin embargo.

Detrás del muro que protege hay un pequeño parque, un cobertizo con tres autos (ninguno nuevo: un Mercedes, una camioneta Mitsubishi bordó, un Renault Siena), una piscina modesta y la casa: dos pisos, nada excepcional. Junto a la piscina, una habitación con puertas de vidrio, sus paredes repletas de fotos: Perón y Evita, el ex presidente Carlos Menem, el actual presidente Néstor Kirchner, y retratos de un hombre macizo –cano- que se pasea a caballo por el campo -su campo- con orgullo: el orgullo del campo en la mirada.

-Andá a verlo y le decís que te mando yo. ¿Me entendiste? Que te mando yo.

En el parque, el hombre macizo –cano- habla por teléfono, mira sin ver los árboles y el cielo, tiene la voz aguda, firme –los modos de califa- y extiende la mano con gesto duro, seco:

-Samid, encantado.

El orgullo del campo en la mirada.

 

***

 

El apetito es voraz.

Cada mes, en la Argentina, se sacrifican un millón docientas mil vacas para saciar el hambre de cuarenta millones de habitantes. Cada uno de ellos consume sesenta y siete kilos de carne al año a razón de cuatro veces por semana. El negocio factura 6500 millones de pesos anuales -1370 millones de euros-, participa en un 18% del PBI agropecuario y en un 3% del PBI total: en la Argentina, tener la carne es tener poder. Alberto Samid tiene la carne. Pero no quiere decir cuánta.

Hermano de dos hermanos, hijo del inmigrante sirio Khalil Samid y de Nélida Alluch, es dueño de una indeterminada cantidad de cabezas de ganado, frigoríficos, carnicerías y fábricas de calzado. Es, además, ex diputado por la provincia de Buenos Aires, ex asesor personal del ex presidente Carlos Menem, ex acusado de evadir impuestos por 88 millones de dólares y actual candidato a intendente de La Matanza en las elecciones nacionales del próximo mes de octubre.

El día es un cielo azul, ninguna nube. Samid –cinto diez kilos, un metro setenta y cinco- se pasa la mano por el pelo blanco, monolítico

-Tercera generación de matarifes somos. Mi abuelo, mi papá, yo. Siempre en La Matanza. Acá yo soy Perón. Mire: en esa pared hay fotos de tres presidentes, y el que más me gusta es el que falta llegar: yo. Lo haría bien. Todo lo que toco, lo transformo. Soy un hombre de suerte.

-Como el rey…

-Si, Midas. Je.

 

***

 

Marisa Scarafía –Maru- usa el pelo rubio liso, es alta y es, desde hace 25 años, la mujer de Samid, madre de sus hijos: Sol, de 21, estudiante de historia del arte y coordinadora en una galería de arte contemporáneo; Belén, de 19, estudiante de comercio exterior; Junior, de 16; y Luz, de 10.

-Yo tenía 16 años y él 32. Me dijo “Vos sos la mujer que elegí para que sea la madre de mis hijos”. Y me conquistó.

La casa de Samid: un baño de mármol marrón con grifería dorada, cocina de muebles rústicos, cortinas con volados, un living con televisor enorme, candelabros de color naranja.

-A mí me gusta que la mujer sea mujer y el hombre macho. No me gusta que el tipo se ponga a cocinar, a cambiar pañales. Alberto es un padre estupendo, los chicos lo adoran.

Cuando hace años una de las hijas de Samid se quedó encerrada en el baño de esta casa, él llegó bramando y pidió un hacha, y destrozó la puerta para librar a su cachorro. Por cosas como esas, Samid es el héroe de sus hijos.

 

***

 

Porque su padre y su madre le dijeron que el mejor gobierno del mundo había sido el de Perón, Samid se hizo peronista. En los ´80 logró una banca como diputado y en enero de 1990  un puesto como asesor ad honorem de la presidencia de Carlos Menem. En agosto de ese año, plena Guerra del Golfo, la Argentina se plegó al embargo dictado por las Naciones Unidas a Irak. Y un mes más tarde, el 23 de septiembre, Samid envió a ese país -argumentando razón humanitaria- ciento cuarenta toneladas de carne. Menem, entonces, dispuso el cese inmediato de sus funciones como asesor, pero Samid dijo qué me importa, viajó a Irak, volvió asegurando que se había reunido con Saddam –veinticinco minutos: tenía las fotos- y vociferando que Menem era un traidor a la raza: su raza, la raza árabe.

Todo quedó en eso hasta que, tiempo después, Samid marchó al Obelisco donde soltó un globo aerostático con la leyenda Compre Argentino, enfrentándose a la política de importaciones del gobierno de -todavía- Carlos Menem. No podría decirse que fue una gran idea. En julio de 1996 el fisco lo acusó de asociación ilícita y evasión de impuestos por 88 millones de dólares, pero él aseguró que las denuncias eran falsas y en 1998 el juez a cargo de la causa, Juan Carlos Liporace (procesado por presunto enriquecimiento ilícito en 2001) imputó el carácter de organizadores de la asociación al padre y el hermano de Samid,  Khalil y Manuel: los dos estaban muertos.

Finalmente, cuando en 2006 el presidente Néstor Kirchner decidió regular el precio y restringir las exportaciones de carne para evitar la inflación, Samid fue el único ganadero del país –el único- en aplaudir la medida. Devino aliado del gobierno y sus colegas lo echaron a patadas -literales- del mercado de Liniers, el más importante de la Argentina.

-Esa es la oligarquía vacuna. Quieren exportar porque les pagan más afuera, pero si seguimos vendiendo nos vamos a quedar sin carne para nosotros. Y acá la carne no nos puede faltar.

-¿A usted le puede faltar?

-No creo. Yo tengo muchas vaquitas.

 

***

 

-Mi papa es bueno, bueno, bueno. Demasiado bueno.

Luz tiene 10 años, el pelo castaño, largo.

-Le decís “Papi, ¿me das plata?” y te da.

Estudia -como todos sus hermanos estudiaron- en el Ward, un colegio muy privado, muy bilingüe, muy caro, y quiere ser alguna de todas estas cosas: escribana, arquitecta, actriz o artista de circo. Mientras habla, se para de manos, se arquea.

-Yo tengo un trato con papá: ahora peso cuarenta y nueve kilos, pero si bajo a treinta y seis él me regala dos perros. A mí no me gusta que esté en política. Si fuera famoso por otra cosa si, pero así no me gusta.

-¿Y por qué te gustaría que fuera famoso?

-Yo tengo una amiga que el papá es famoso porque juega al rugby. Eso sí es lindo.  

 

***

 

-¡Norte! –grita Samid, en el parque de su casa.

Norte se llama Angel. Desde 1983 es el encargado de ver todo lo que Samid no puede  cuando está ocupado en otra cosa: hacer política, vender la carne.

-Norte, dale un libro. ¿Usted leyó mi libro?   

Samid escribió dos: La historia de la carne y La historia de La Matanza. Imprimió un millón docientos mil ejemplares, los pagó de su bolsillo, incluyó su propuesta política y ahora va con Norte por los barrios famélicos, los reparte: ”Anda descalza, mientras su cuero sirve para que nosotros podamos calzarnos. (…) Por ello y mucho más, dedico este libro a la vaca, la mejor amiga del hombre”, reza la dedicatoria de La historia de la carne.

-La vaca nos da la leche, terneros. la matamos y no dice nada. La vaca, comparada con cualquier otro animal, es una santa. ¿No quiere venir el domingo al campo a comer un asadito?  

Es mediodía cuando Norte acompaña hasta la puerta, despide amable, dice:

-Yo soy la sombra. La sombra que lo cuida.

 

***

 

No se sabe si son más, pero Samid tiene, al menos, dos campos. Uno en la provincia de La Pampa, con vacas y avestruces, jabalíes y ciervos, algunos bautizados: el ciervo Saddam, el perro Bin Laden, el cerdo Bush. El otro es éste, y queda cerca de Cañuelas, una pequeña localidad a 60 kilómetros de Buenos Aires. Para llegar hay que pasar frente a dos frigoríficos de su propiedad –Liwin, Cañuelas- y recorrer una huella apenas más ancha que un auto, repleta de pozos y de zanjas.

Es domingo, once de la mañana. La Mitsubishi bordó está estacionada debajo de un árbol. La casa de campo es prolija, sin lujos. Samid come sentado a una mesa larga, de madera.  

-Ahora todos se divorcian porque los roles están cambiados. Yo nunca hice tareas de mujer. Hacer la cama, lavar los platos. Donde el hombre empieza a hacer la cama, todo se va degenerando.

-¿Sus hijas que le dicen acerca de eso?

-Están en contra. Con mis hijos pasa lo mismo que con la sociedad: los de arriba me miran mal, y los de abajo me miran bien. Pero yo leí la historia de Frank Sinatra, que se decía que lo había ayudado la mafia, y que él después quería meterse en un nivel muy alto y no lo dejaban. Y vivió toda su vida amargado. Yo no voy a vivir amargado como Frank Sinatra. Yo hubiera querido estudiar abogacía, pero empecé a trabajar y no pude. Ahora tengo diez abogados: todos son empleados míos, y todos quisieran estar en mi lugar. Así que no sé si elegí mal.

 

***

 

Esta tarde, Luz lleva minifalda animal print y un top que le deja la barriga al aire. Va descalza. Su hermano, Junior, la mira y mira las vacas pastar. Cuando él nació, después de dos mujeres, Samid no cabía en sí de orgullo: salió de la clínica con el niño en brazos, vanagloriándose de haber tenido, al fin, su primer macho.

-Yo quiero seguir con el negocio. Las vacas, el campo. Y si a mi viejo le gusta hacer política está bien. Yo lo admiro.

Luz corre, se cuelga de una rama. Alguien le ordena que se baje: que si se cae y se lastima quién la va a ayudar. Pero ella sabe quién y sigue colgada, balanceando.

 

***

 

El final de la tarde de un domingo de sol.

El auto salta por la huella (la huella estrecha, donde apenas entra un auto solo) cuando, al final del camino, en dirección contraria, aparece la trompa. La trompa bordó: la camioneta de Samid. Avanza feroz, envuelta en polvo, y queda claro que no va a detenerse.

El auto aprieta su desesperación contra el alambre pero no hay espacio para dos: todo alrededor son zanjas tremebundas. Están por tocarse –los flancos, metal contra metal- cuando la camioneta se desvía y pasa rauda sobre cuatro zanjas y entonces puede verse –la ventanilla baja, el viento- que Junior va al volante. Y que se ríe. Se ríe a carcajadas.

 

***

 

Es viernes, y es de noche. Y hay asado.

Desde enero de 2006, para promover su candidatura, Samid organizó docientos cuarenta y seis asados entre los vecinos de La Matanza: setecientos kilos de carne, sesenta de chorizos, el baile y la bebida. Hoy es viernes, es de noche y hay asado en Villa Madero: lugar difícil. Llueve una lluvia miserable, las luces resbalan sobre el pavimento y la camioneta avanza dejando atrás semáforos en rojo. Samid, al volante, se perfuma: Carolina Herrera, edición limitada.

-Pa, tengo calor, prendé el aire –dice Luz.

-Hace frío, Luz –dice Marisa.

Suena el teléfono. Samid atiende.

-Hola. Si. ¿Cuántos son? Que me esperen en la esquina –dice, y después cuelga-. Nos están esperando los capos de Villa Madero. ¿Ve? Esto no es para maricones. Por eso acá nadie se anima. Esto es La Matanza.

-Yo, cuando sea grande -dice Luz-, me voy a ir a vivir a Puerto Madero.

Puerto Madero, Buenos Aires: un sitio donde nada se consigue por menos de dos mil dólares el metro. Aquí, en La Matanza, hace tres años los pobres eran el sesenta y ocho por ciento de todo lo que se ve.   

 

***

 

El humo, la multitud, los autos, los carteles :“Bienvenido Samid a Villa Madero”. Samid detiene la camioneta, baja sin dar explicaciones, desaparece. Norte deposita a Luz en manos de su madre, y corre tras los pasos: la sombra que lo cuida.

-Ellos ya vienen –dice Marisa-. Vamos adentro.

Adentro es un tinglado de metal, docientas personas y una banda de cuatro -Los Latinos- que se afana en cumbias entusiastas. La parrilla está a un costado: siete metros de brasas, siete metros de carne y diez que cortan trozos sobre un tablón. Detrás de la parrilla están los árboles –un campo, la sombra de la noche- y allí, en alguna parte, Samid y Norte: conversando.  Pasan tres, cuatro, diez minutos. En la calle, de pronto, un tumulto, los gritos de la euforia. Un hombre se acerca al micrófono y dice bueno bueno, parece que está llegando.

-¡Bueno, bueno, parece que está llegando! ¡Atención, señores!

La banda arremete y -brazos en altos, repartiendo besos- entra Samid, que se calza un delantal y va por las mesas sirviendo carne, dejando libros, los llaveros. A las diez y media de la noche, la ovación será en bloque cuando hable:

-¡Gracias, compañeros de Villa Madero!

Dirá lo que se espera: que donde falten cloacas pondrá cloacas, que donde falte agua potable, agua, y que todo eso lo haremos para que cuando nos pregunten dónde vivimos, todos podamos decir con orgullo…

La pequeña Luz, sentada a una de las mesas, mira a su padre, mueve la boca como en sueños y susurra, sin entusiasmo, “yo-yo-vivo-en-La-Matanza”, y un segundo después su padre grita brama vocifera:

-¡Yo… yo vivo en La Matanza!

La multitud estalla y Luz parece despertar y dice:

-En quince minutos se termina.

Y en quince minutos se termina.

-Vamos a comer algo –dice Samid.

Ordena.  

 

***

 

Cabalgan.

Angel y Luz. Marisa y Alberto. 

Cabalgan.

La autopista se interna en los suburbios grises, desangelados, y ellos, ajenos, cabalgan en la camioneta bordó.

-¿Dónde vamos, gordo? -pregunta Marisa.

-A la cueva del oso. Avisales a los demás, Norte.

Norte saca el teléfono y el mensaje se esparce. Sobre la autopista hay luces que saludan, manos que se elevan desde cabinas como esta, una danza nocturna y luminosa: a la cueva del oso, ha dicho él, y todos obedecen.   

La cueva del oso es un restaurante que no se llama así. El cartel reza El regreso del oso, y alrededor no hay: gente, autos, otros comederos. El salón es enorme y, excepto diez personas, está vacío. Samid y los quince que acompañan se instalan en una de las mesas del fondo. Un hombre sonriente, anillo de oro en el meñique, se acerca, pregunta qué va a comer, Alberto, y Alberto dice, y todos comen lo que Alberto quiere comer. Con el correr de las horas alguien, de nombre Oscar, le pedirá a Samid un libro.

-Norte, dale un libro. Dedicaseló. Ponele: “Para Oscar, con todo mi cariño”.

Norte escribirá, en la primera página de La historia de La Matanza, “para Oscar con todo mi cariño”. Alberto le pondrá la firma al pie.

 

 

***

 

Cosas que no hace Samid: no lava platos, no juega por dinero, no fuma, no llora, no se angustia.

Cosas que no tiene Samid: autos último modelo, muebles caros, casa de cinco mil metros,    asesor de imagen, manicura, trajes Armani, yate, gemelos de oro, mocasines de cuero italiano. Por cosas como estas, podría pensarse que Samid es un hombre modesto.

 

 

***

 

Son las nueve y media de la noche. Samid espera a bordo de su camioneta, frente a un estudio de televisión, barrio de Palermo, Buenos Aires. En un rato interpretará su rol de buen entrevistado –gritará, se peleará con todos- pero ahora espera. Mira la noche, el barrio que rodea. La puerta del acompañante se abre y Norte sube: hay que esperar diez minutos para entrar.

-¿Sabés quién está, Alberto? Mauro Viale.

-¡No! No lo vi más después de aquello.

Aquello: en 2002 Samid estaba invitado a un programa sensacionalista llamado Impacto a las 12, conducido por Mauro Viale: el hombre que está acá. Se discutía acerca de la devaluación del peso, pero las cosas se fueron de cauce y el conductor lo acusó de haber apoyado la bomba que, en 1994, mató a ochenta y cinco personas y destruyó el edificio de la AMIA, la mutual judía en Buenos Aires. Lo que siguió fueron ciento treinta kilos de músculos y carne, el golpe el puño el grito: “Judío hijo de puta te voy a matar”. Samid sin diluir, su versión pura.

-No le podía permitir que me acusara así. Pero la verdad es que él es judío y yo soy árabe, no nos aguantamos. Bueno, me voy a tomar un poco de aire.

Samid se baja, cruza la calle. Cinco minutos después las puertas del canal se abren y Mauro Viale, portafolio en mano, aparece. Y descubre que, entre  su auto y él, está Samid. 

-Buena noches -dice uno.

-Buenas noches -dice otro.

Y nada pasa.

Un mes más tarde, Samid hará nuevas tarjetas personales. Dirán, debajo de su nombre: “Matancero, peronista, hincha de Gardel, hincha de Boca, hincha del Ford. Y le tengo bronca a Mauro Viale”.

 

***

 

Semáforos en rojo. Las avenidas tristes.

Es martes. Es de noche. Todos los martes y de noche Samid tiene un programa en la estación de radio AM 770. El programa se llama Samid te escucha y la radio es un primer piso por escalera frente a una estación de servicio oscura, un estudio ínfimo donde Samid escucha: a vecinos que llaman y dicen nombre y edad, el barrio y el problema. Pero ahora todo ha terminado y el estudio está desierto: igual que la calle donde la camioneta espera, sola. Samid abre la puerta, se sube, dice que en un país en el que no hay respeto es bueno que la gente lo respete a uno:

-…le tenga un poco de miedo. La gente cree que porque uno está en política tiene más poder del que tiene, y piensan “Cuidado, con ese no te metás”.

Samid acciona el encendido. La camioneta no se pone en marcha. No hay nada alrededor –y nadie. Mira hacia un lado, mira hacia otro y entonces, por la esquina, aparece un hombre: solo. Samid no duda. Abre la puerta, grita:

-¡Eh, flaco!

El hombre se detiene. Está fumando. Mira.

-Ayudame a empujar un poquito.

El hombre tira su cigarro, se acerca con cautela.

-Dale, flaco, ayudame.

El hombre saluda, buenas noches. Hay un segundo de zozobra. Después empuja: ayuda a empujar. La camioneta arranca.

Semáforos en rojo. Las avenidas tristes. La burbuja bordó sobre las calles rígidas, heladas.  

-¿Vio? Hay que animarse acá. Esto es La Matanza. No es para cualquiera.

Ser dueño del mundo.

Sentir que este rincón oscuro de la tierra es un rincón cualquiera de su casa.

No.

Ésta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo allí, a orillas de un río llamado Bermejo, un pueblo de nombre El Colorado —donde 17 mil personas viven del trabajo en la administración pública y la cosecha del algodón— tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del gigante.

Son las dos de la tarde de un día de noviembre. Las calles del pueblo se revuelven a 43 grados de calor y en el hotel Jorgito una mujer joven, de andar cansado, dice “Pase, le muestro su cuarto”. Los cuartos son así: cama, ventilador, la mesa, el baño. Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda —la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda— dice:

—Al fin. Ahora estás en mi territorio.

Desde su casa, a cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el gigante, se ríe.

***

Un resumen diría lo que sigue: que Jorge González nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, a mil doscientos kilómetros de Buenos Aires, hijo del matrimonio de Mercedes y Felipe, ama de casa ella, empleado de la construcción él, y que vivió con esa familia compartiendo lo poco que compartir se podía: un cuarto con sus hermanos (Plácida, Zunilda, Ricardo, Omar) y apenas la comida. Diría, también, que después de iniciarse a los nueve años en trabajos de los brutos —cosechar algodón, desmontar monte cerrado— a los dieciséis le propusieron integrar un equipo de básquet en un club de la vecina provincia de Chaco y él dijo sí. Que jugó en la Selección Argentina, fue elegido en el draft de la NBA, devino estrella de la lucha libre, viajó por treinta países, participó en la serie Baywatch, tuvo mujeres, tuvo chofer, tuvo dinero, y que hoy vive en el pueblo que lo vio nacer sin poder caminar, pobre, solo y diabético. Y diría, también, que todo eso le sucedió a Jorge González por ser una criatura extraordinaria de dos metros treinta y un centímetros de alto —un gigante— y que a eso —a esa altura— le debe toda su suerte. Le debe toda su desgracia.

***

El aire está asediado por una tormenta líquida que durará tres días con sus noches y transformará al pueblo en un infierno viscoso, pero por la calle Salta —de tierra, a cinco cuadras del centro donde centro quiere decir la plaza principal, municipalidad, un cine— todavía se puede caminar. El barrio es humilde y allí, bajo la galería de una casa cuyo jardín delantero está salpicado por envases vacíos de gaseosa y colillas de cigarro, junto a una camioneta Ford Bronco roja y vieja, sentado en un enorme sillón de madera como un trono, fumando, Jorge González hace lo de todos lo días: espera, intenta hacer sus bromas.

—Ya me viniste a molestar. Pasá.

Después, se pone de pie y se aferra a la silla de ruedas de construcción casera que usa como andador —negra, de hierro, chirrido de hospital cuando la empuja— y queda claro que dos metros treinta es la altura de una casa.

***

En el living hay una computadora, un sillón enorme como el de la galería, videos de Terminator y El Padrino. En las paredes, un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, fotos de antiguas glorias de la NBA —Spud Web, Glenn Doc Rivers, Dominique Wilkins— y de Jorge González embutido en un catsuit de “Hombre Montaña” apretando a Pamela Anderson en bikini en el set de Baywatch. A un lado está su cuarto, siempre cerrado, al que llama “El Templo del Amor”. Hacia el fondo, una cocina sin ventanas donde el mobiliario llega al pecho de una persona de un metro setenta. En diagonal, el baño con el inodoro y el bidet montados sobre un escalón de cemento y dos botiquines: uno, a una altura esperable; el otro cerca del techo. Frente al baño, el cuarto de Carlitos —medio hermano de Jorge, ocho años, hijo del segundo matrimonio de su padre— con un televisor siempre encendido y perchas con portatrajes de dimensiones jurásicas cubiertos de polvo. Detrás, un jardín con parrilla, un perro, un lavarropas pudriéndose entre pastos altos.

Jorge González empezó a construir esta casa junto a aquella en la que pasó su infancia el mismo día en que se fue de El Colorado, cuando tenía planes de volver e instalarse aquí con la mujer que más quería, la que más quiso: Mercedes, su tan querida, su doña madre. Ahora, a un lado y otro, pared por medio, viven sus hermanos: Omar —32 años, empleado de un taller mecánico— y Ricardo —33, desocupado, padre de Valentino, un niño de dos.

—Carlitooo.
—¿Queeé?
—¿Me traés la insulina, papi?

Carlitos —el pelo corto, los modos hoscos— aparece con los aplicadores de las ciento cincuenta unidades de insulina diarias que necesita su hermano mayor. Jorge se levanta la camiseta, apoya un aplicador en la cintura, duda un segundo, aprieta.

—Carlitos vive acá desde que murió mi viejo, en agosto pasado. Sabe que no lo necesito. Que se puede ir si quiere, pero que para quedarse acá tiene que cumplir mis reglas.
—¿Y cuáles son tus reglas?
—No te las voy a decir, a mis reglas.

Después, asegura que sólo tiene buenos recuerdos de su infancia.

—Cuando uno no es consciente de la miseria, lo pasa bien.

***

Jorge González creció sabiendo qué cosa eran los lujos: todo lo que él y su familia no podían hacer. Ir al cine, comprar ropa, tomar gaseosas, un helado.

—Éramos muy pobres, pero yo tenía un gran alivio cuando llegaba a casa. Mi mamá era todo para mí. Yo le ponía la cabeza en el regazo y ella me empezaba a tocar despacito, como cuando los monos les tocan la cabeza a los monitos. Me sentía tan vulnerable, tan protegido…

Empezó a trabajar a los nueve años vendiendo diarios, lavando autos, cortando el césped, cosechando algodón, y aunque a los seis parecía de catorce y a los doce medía un metro noventa, nadie —ni él ni su madre ni su padre— vio en eso nada extraño. Pensaron, simplemente, que era un niño alto, un niño grande.

—Para mí la altura era una cosa normal. No era un problema.

Sin embargo Blanca Ocampo —vecina y amiga, más de cincuenta años, dos hijos, un metro dieciocho, enana— dice otra cosa:

—Él siempre fue acomplejado con la altura. Los chicos se reían de él. Nosotros estábamos mucho tiempo juntos y la gente decía “Uh, el gigante y la enana”. A mí nunca me molestó. Pero a él le molestaba que le dijeran grandote.

Sea como fuere, a los 13 años la altura empezó a dejarlo afuera de algunas cosas. Del futuro, por ejemplo.

—Cuando empecé el secundario no conseguía zapatos de mi tamaño, y me hacía fabricar unas sandalias franciscanas. Iba así al colegio, hasta que un día el director me dijo “En sandalias no puede venir más”. Y el hijo de puta no me dejó entrar más.

La vida siguió, sin colegio y con trabajo, hasta la mañana del 21 de septiembre de 1982 cuando —con 16 años y dos metros dieciocho— Jorge González entró a aquel bar.

—Era un pool, pasé antes de ir al trabajo y me vio un viajante que estaba dejando mercadería. Me dijo que iba a hablar con los dirigentes del Hindú Club de Resistencia, un club de básquet. Dos días después vinieron dos tipos. El viajante les había hablado de mí. Del monstruo de El Colorado. Me dijeron que si quería probarme tenía que ir con ellos. Yo no quería, pero mi vieja me convenció. Me dijo “Andá, probá, acá siempre va a haber lugar para vos”. Me fui ese mismo día, a las ocho y cuarto de la noche.
—¿Te gustaba el básquet?
—Era un trabajo. A quién le gusta su trabajo.

Y así, sin vocación, Jorge se fue.

—Se fue por nosotros —dirá después su hermano Omar—. Si hubiera sido por él, no se hubiera ido nunca. Pero no pensó en él.

Aquel septiembre el hijo de Felipe y de Mercedes tuvo una ambición desmesurada: no la de ganar dinero ni la de hacerse rico ni la de ser famoso, sino la de salvar a un pequeño grupo de personas: Felipe, Mercedes, Plácida, Zunilda, Ricardo y Omar. Sus padres, sus hermanos. Cuando marchó feliz a su futuro ya era —y no podía saberlo— un inmolado.

***

Llegó a Resistencia, capital de la provincia del Chaco, vecina a la provincia de Formosa, con lo puesto: un jean, una camisa, un bolso vacío.

—En el Hindú Club me mandaron a un hotel y me dieron un adelanto de plata que era el equivalente a lo que yo ganaba en seis meses. Le mandé la mitad a mi vieja, me compré diez cigarrillos, encendedor, me fui a un bar y me emborraché. Yo nunca había estado en un hotel, así que cuando me bañaba secaba los azulejos, tendía la cama. La primera vez que quise bajar no sabía cómo funcionaba el ascensor. Entraba y salía, y pensaba “¿Cómo bajo?”. Volví a la habitación, levanté un teléfono, un tipo dijo “Hola”, le dije “Mire, quiero bajar y no sé”. Me tuvieron que venir a buscar. Pero yo estaba en la gloria. Yo no conocía el jabón de tocador, siempre me había bañado con jabón de lavar la ropa, café no había tomado nunca. Y en Resistencia había de todo. Jabón, café, ravioles, bifes. Nada podía ser mejor que eso.

Empezó a aprender las reglas de ese deporte que ignoraba, y aunque nunca, mientras estuvo en el Hindú, intervino en un partido, la noticia del enorme jugador que entrenaba en aquel club de provincias no tardó en llegar a Buenos Aires. El 8 de marzo de 1983, en una emblemática revista deportiva llamada El Gráfico, el periodista Osvaldo Orcasitas publicaba un artículo titulado “Nuestro básquetbol tiene un diamante de 2,17”: “Estamos en el punto cero de una historia. El futuro dependerá de él, de sus ganas de aprender. Pero también del apoyo que se le brinde, de la preocupación que haya por orientarlo”. Ese mismo año, Jorge fue contratado por el club Gimnasia y Esgrima de La Plata, en la provincia de Buenos Aires, a cientos de kilómetros de su pueblo natal.

—Vino una persona de dos metros veinticinco, muy joven, muy desprotegido —recuerda Ismael Cericiolo, por entonces jugador del plantel de Gimnasia y Esgrima—. Se llevaba bien con sus compañeros y era tremendamente goloso. Bajaba a la madrugada, se comía dos docenas de medialunas y después desayunaba con nosotros.

En 1985 un técnico llamado León Najnudel lo incorporó a Sport Club de Cañada de Gómez, en la provincia de Santa Fe, y fue allí donde empezó a revelarse como un jugador de talento, al punto que ese mismo año fue convocado para la Selección Nacional.

—Nunca habíamos tenido un jugador tan alto y con sus condiciones —recuerda Antonio Chiche Gornatti, asistente por entonces de Finger, el director técnico de la Selección—. Era talentoso, pero no utilizaba todo su potencial porque tenía piedad con sus adversarios: andaba por la cancha pidiendo perdón si tropezaba con alguien. Tenía un enorme complejo con su tamaño. En las concentraciones no quería salir del hotel para que no lo vieran, y comía de forma desaforada. Pesaba 175 kilos y necesitaba bajar unos treinta. Lo habían operado de una rodilla y su peso no ayudaba. Los entrenadores discutían mucho con él por esa cuestión.

Aunque hoy Jorge asegura que su peso era normal (“Tenía tres o cuatro kilos de más”), en 1989 declaraba a la revista El Gráfico que, en efecto, arrastraba “mi drama de siempre: el peso”. De todos modos era un basquetbolista reconocido, y en diciembre de 1987 viajó a España con la Selección Nacional para jugar el Torneo de Navidad.

—Y debe haber habido un problema de vuelos, porque tuvimos que quedarnos todos a pasar el 24 de diciembre en Madrid. Fue la mejor Navidad de mi vida. La pasé solo, en la habitación del hotel, con la mejor comida que te puedas imaginar, con champaña. Por la ventana se veía el Paseo de la Castellana, nievecita, luces en los árboles…

Y fue entonces cuando el engranaje de lo que acechaba se puso en marcha. Mientras Jorge González comía y brindaba y veía la nieve caer, en Estados Unidos un hombre llamado Richard Kane, cazatalentos de los Atlanta Hawks, equipo de básquet del emporio de Ted Turner, miraba un video de la Selección Argentina durante el Torneo de Navidad en Madrid y se relamía con eso que no parecía posible: ese increíble hombre ágil de dos metros treinta.

Y ése, así, fue el principio del fin.

***

Es de noche y la calle Salta, bajo un par de faroles anémicos, es un vórtice oscuro. En el living Jorge fuma despacio, una toalla sobre el hombro para secar el sudor eterno y tanto. Sobre la silla negra hay cigarrillos, un mate, sus boquillas.

—¿Querés cenar? Pidamos pizza. De cuatro quesos.
—¿Van a traer pizza con esta lluvia?
—Cuando Jorge quiere, Jorge quiere.

La silla oficiará de mesa para los vasos, la pizza, la gaseosa. Carlitos, sentado en un sillón a espaldas de su hermano, comerá cinco porciones mirando el piso. Jorge, ninguna.

—Yo nunca ceno.
—¿Eso es bueno para tu diabetes?

Se encogerá de hombros con desprecio. Mirará la calle, una víscera brillante y resbalosa.

—Si no viene viento del sur, nunca va a parar de llover.

***

Cada año, en el mes de junio, la NBA realiza su draft, una selección de jugadores para la nueva temporada que implica un contrato provisorio con el equipo. Aquella Navidad de 1987 Richard Kane había visto jugar a Jorge González en España y pensado que valía la pena apostar por él. El draft se realizó el 28 de junio de 1988.

—Yo estaba en Buenos Aires, comunicado con el corresponsal en Nueva York —recuerda Osvaldo Orcasitas, el periodista de El Gráfico—. En la tercera ronda me avisó que había quedado Jorge González con el puesto número 54. Fue el primer jugador argentino de la historia en ser elegido en un draft de la NBA. Era una locura, una cosa demencial, importantísima. Llamé por teléfono a León Najnudel, que estaba entrenando en Cañada de Gómez, y le dije “León, pará el entrenamiento, Jorge quedó en el draft”.

Un par de meses más tarde, el 19 de agosto, Brendan Suhr, asistente de Mike Fratello, el entrenador de los Atlanta Hawks, llegó a Cañada de Gómez con un contrato que prometía cien mil dólares al año en caso de que el argentino ingresara, efectivamente, al equipo. Para eso tenía que ir a Atlanta y realizarse una serie de exámenes y pruebas. En enero de 1989 Jorge viajó a Estados Unidos, fue tapa del USAToday, se hizo sus estudios y regresó con una serie de instrucciones que incluían, sobre todo, la de bajar de peso. Si las cumplía, jugaría en la NBA desde la temporada siguiente.

—Jorge, en el básquet, siempre estará en tiempo potencial —dice Osvaldo Orcasitas—. Nunca se sabrá hasta donde hubiera llegado.

En un artículo publicado en El Gráfico del 14 de febrero de 1989 Jorge González, desde Atlanta, decía: “Hasta ahora he ido a tres partidos de los Hawks y ganamos los tres. Bueno, ganaron. ¡Es que ya soy un hincha fanático del equipo y lo siento así!”.

—Yo nunca tuve esperanzas en la NBA. Ya me habían operado de una rodilla, y sabía que no iba a quedar.
—¿Entonces por qué viajaste para hacerte los estudios?
—¿Quién le dice que no a un mes en Estados Unidos?

***

El Colorado es un sitio literal: están la farmacia El Talismán, la pinturería Arco Iris, la distribuidora de productos sueltos Re–Sueltos, la bicicletería El Rodado. En la avenida San Martín —bulevar salpicado de palmeras muy Caribe— hay agua de lado a lado cuando llueve y polvo muy entusiasta cuando no. El gran momento del pueblo es la mañana. Entre las nueve y las doce las casas están abiertas, hay autos y adolescentes y motos y camiones, y un aire de que algo —todo— puede suceder.

Pero después no pasa nada.

La siesta se esparce como una ola caliente y entre la una y las cinco de la tarde las puertas se cierran y no hay vecinas ni autos ni motos ni negocios. A esa hora, como todos los días, Jorge González duerme. Después, cuando despierta, toma sus mates, quizás se ducha, se sienta en la galería, y allí, a veces, su sobrino de dos años se trepa a sus piernas flacas, juega con él, se ríen.

Pero, salvo esas pequeñas cosas, los días son iguales. El mundo que ve desde su silla siempre el mismo: una casa amarilla y esa moto. Los vecinos. El portón de chapa.

***

Fernando Bastide, representante de Jorge González durante años, dice, en un bar de Buenos Aires, que las posibilidades en la NBA eran remotas.

—Un año después de los estudios que le habían hecho en Atlanta, me llamó Richard Kane y me preguntó por las condiciones físicas de Jorge. Le respondí que estaba igual, me dijo que entonces las posibilidades de entrar a la NBA eran remotas, y me preguntó si yo creía que le interesaba hacer lucha libre en la compañía que pertenecía al grupo de Turner. Le pregunté de cuánto dinero estábamos hablando, y me dijo que no me podía decir, pero que para que tuviera una idea Hulk Hoogan, el luchador más famoso, ganaba un millón de dólares por año. Llamé a Jorge, le conté y le advertí que tenía que pensarlo bien porque esto implicaba abandonar el básquet. El preguntó “¿Hay plata?”. Le dije que si le interesaba teníamos que viajar para ver de qué se trataba. Ya en el avión me dijo que quería que por lo menos le pagaran dos mil dólares por mes para terminar su casa en El Colorado. Y yo le contesté “Jorge, si estamos haciendo lo que hacemos, dos mil dólares no es plata. Vamos por un dinero mucho mayor”.

Y el dinero era, en efecto, mayor: el contrato está fechado en 1990, entre Jorge González y la World Championship Wrestling (wcw) y promete un pago de 150 mil dólares más 700 por semana en concepto de viáticos durante el primer año, de 225 mil dólares por el segundo, y de 350 mil por el tercero. Jorge vio esos números, regresó a Buenos Aires, se despidió del básquet, volvió a Atlanta, entrenó tres meses con el japonés Hiro Matsuda y debutó el 20 de mayo de 1990 con un sobrenombre obvio: El Gigante.\

—¿Te gustaba la lucha?
—Era un trabajo. A quién le gusta su trabajo.

Su idea era ganar algún dinero, ahorrar, y regresar al básquet en tres, en cuatro años. No era imposible: él era un hombre fuerte, un hombre joven, un hombre sano.

—Su decisión de integrarse a la lucha libre no nos sorprendió —dice Antonio Chiche Gornatti, el asistente de la Selección Argentina— porque la NBA tuvo menos paciencia que sus dirigentes argentinos. Cuando vieron que no había bajado de peso, lo tentaron para ir al circo.

En tres meses, Jorge aprendió a hablar inglés y empezó a viajar por Estados Unidos a razón de veintisiete pueblos en treinta días, entregado a una dieta de hamburguesa y coca cola. Tenía chofer, hoteles cinco estrellas, entrenador y volaba por el mundo en primera clase —Japón, Hawai, México— mientras se entregaba al vicio de comprar camisetas y calzoncillos con los que llenaba maletas que almacenaba en el hotel Howard Johnson de Atlanta, donde tenía su base. Sus colegas ya no eran elongados muchachos libres de humo sino señores atornillados a sus músculos con apodos como El Enterrador o El Carnicero. No tenía entrenadores que controlaran su dieta y vigilaran que durmiera nueve horas por día, sino tipos macizos como tapones que sólo querían que agregara masa a su inmensidad y estuviera despierto y sobrio para la pelea del día siguiente. No estaba rodeado de suaves muchachas de pueblo sino de un rosario de carne infinito e igual —siempre esposas de amigos o ex novias de compañeros, siempre desesperadas por probar su carne de campeón— en el que se distingue un solo nombre propio: Kimberley Pattillo, una enfermera nacida en Georgia.

—Kimmy —dice, sacando de su billetera una foto liliputiense en la que se adivina a una muchacha rubia y romboidal, sonriente—. Estuvimos catorce meses juntos, y un día ella se fue. No sé por qué. La llamé muchas veces para preguntarle, pero nunca contestó.
—Habrás sufrido.
—No. Conocí muchas mujeres. Me acuerdo una vez de la ex mujer de mi chofer…

De ese periplo regresaba cada tanto a El Colorado, portando maletas repletas de ropa para dejarlas allí, en esa casa donde tenía previsto su futuro.

Pero algo salió mal —muy mal— y el 9 de febrero de 1992, a los 45 años, Mercedes, su madre, murió por una dolencia cardíaca crónica.

—Yo tenía 17 años —dice Zunilda— y no sabíamos cómo ubicar a Jorge que estaba en Estados Unidos. Hicimos mucho por mantener el cuerpo. La tuvimos tres o cuatro días en la casa, pero él no pudo llegar. Llegó tres días después del entierro. Fue como arrancarle un pedazo.
—Desde ese momento —dice Jorge— no creí más en nada. Dejé de creer en Dios. Se supone que él se la llevó. Y por qué, si mi mamá era todo para mí.

Después de aquella muerte su padre empezó amores con quien sería madre de Carlitos; Plácida, la hermana mayor, se fue a vivir a Buenos Aires; Zunilda a estudiar un profesorado a la capital de la provincia; Omar y Ricardo, los hermanos de 15 y 16, quedaron solos, y Jorge, que decidió quedarse en El Colorado más tiempo del que la compañía para la que trabajaba le había otorgado, regresó a Estados Unidos y se encontró con el contrato rescindido por incumplimiento. Y así, como si nunca hubieran existido, los 350 mil dólares por el tercer año de trabajo se desvanecieron en el aire.

***

Son las diez de la mañana. La puerta del living está abierta y la casa exuda un silencio ominoso, amenazante.

—¿Puedo pasar?
—No —retumba la voz calculada: descortés.

La lluvia ha colapsado este pueblo sin cloacas, y el baño de la casa del hombre que estuvo en el Caesar Park y viajó en Cadillac rebosa humanas inmundicias. La cocina permanece oscura y en la pared del fondo hay un cuadro enorme —otro más— del Sagrado Corazón. En el tacho de basura, cajas vacías de medicamentos, ampollas usadas de insulina. En la heladera un trozo de carne, fiambre, queso. Una toalla del Ritz Carlton se seca sobre una silla. Desde el cuarto de Carlitos llegan los ruidos ahogados del televisor.

—Carlitooo.
—¿Queeé?
—Traéme agua, papi. Con hielo.

Esa mañana, toda la mañana, delegaciones de estudiantes de otros pueblos se acercarán para preguntar si pueden tomarse fotos, conversar, pero él dirá que no, que está ocupado.

—Soy el oso del circo de todos estos. Vienen a ver al monstruo de dos metros treinta y a cagarse de risa: “Uy, no sabés las manos que tiene, la cabeza”. Se creen que porque estoy siempre acá tengo que atender a todo el mundo. Mañana vas a tener que venir temprano porque tengo que mirar la carrera de Fórmula Uno que empieza a las doce. ¿Dónde estabas ayer, que te llamé al hotel y me dijeron que no estabas?

A veces pasa noches así: los pies le arden como si tuviera clavos y se levanta con humores perros. Un Nerón déspota, enloquecido.

***

Después de la muerte de su madre, la carrera de Jorge no se detuvo. En 1993 firmó contrato con una compañía de lucha federada en la World Wrestling Federation (wwf), e hizo algunas incursiones televisivas y cinematográficas. Participó de un capítulo de Baywatch, y compartió set con Pamela Anderson. Hizo películas de género como Wrestlemania IX y Thunder in Paradise I y II, en 1993 y 1994, en las que fue enemigo del rubio de bigotes —alguna vez contrincante de Rocky Balboa— Hulk Hoogan. En las fotos de esos años Jorge aparece en la Florida o en Hollywood Boulevard, musculado, barbudo, saludable, sonriente, junto a un Ferrari o un Cadillac, junto a su chofer o a muchachas en bikini.

—Cuando quedamos solos, Jorge se hizo cargo de nosotros —dice su hermano Omar—. Éramos dos chicos de 15 años y él nos mandaba plata, pero con 600 dólares por mes sin un adulto que nos ponga límites fue un descontrol.
—Yo le pedí que me compre un terreno, nada más, pero mis hermanos despilfarraron mucho —dice Zunilda—. Jorge les puso una casa de venta de cerámica y la fundieron. Tenían camionetas cero kilómetro, un negocio y un casino enfrente de la casa.

Mientras, en Japón y en Florida, en México y en Atlanta, Jorge hacía su trabajo: golpear y dejarse golpear, caer duro con la espalda y duro también con la cadera. Fueron uno, dos, tres años de masacre sobre un cuerpo castigado. Porque aunque él dice no saber que era diabético, que se retiró de la lucha en 1996 después de una pelea en Japón por una lipotimia que lo derribó del ring (“no había comido, me desmayé y me desperté paralizado por el golpe, me asusté y dije ‘me retiro’”), sus hermanos aseguran que, en 1996, hacía cuatro años que Jorge sabía.

—Él tuvo un coma diabético en Estados Unidos después de la muerte de mi madre —dice Zunilda—. Ahí le descubrieron la diabetes, y desde entonces se empezó a aplicar insulina.

De todos modos, después de aquella pelea en Japón, Jorge abandonó la lucha para siempre y regresó a El Colorado. Quería terminar su casa, seguir vinculado con el básquet, llevar una vida tranquila y viajar cada tanto a Estados Unidos.

—Quería vivir seis meses en Nueva York y seis meses en El Colorado.

Jamás volvió a salir de allí.

***

La camioneta —la Ford Bronco roja, vieja— se desliza bajo la lluvia. Una de las escobillas del limpiaparabrisas está despegada, el parabrisas astillado y el vidrio de atrás no es vidrio, sino un trozo de plástico pintado de rojo que impide la visión.

—Ésta es mi amante, mi esposa, mi novia, mi silla de ruedas —dice Jorge, mientras conduce.

Para apretar el acelerador o el freno levanta la pierna derecha con la mano y la arroja sobre el pedal, pero la camioneta se desliza sin sobresaltos. Señala la cancha donde jugaba al futbol, el aserradero donde compraba leña para la cocina, su estatua frente a la cancha de futbol de un club llamado Los Halcones: el torso desnudo, los brazos en alto, sostiene un cinto de campeón de lucha libre.

—La hizo un escultor local. No se la dejaron poner en la plaza, y le pregunté al dueño del club si la podíamos poner en un lugar donde no moleste. Y ahí está.
—¿Tiene placa?
—No. Cuando me muera le van a poner.

Después, en el centro, señala los negocios pujantes, los que no, los que podrían ser suyos.

—Aquel hijo de puta me debe seiscientos dólares. Y ahora no sabés toda la plata que tiene. Yo, con lo que tuve, ahora podría tener un departamento en Buenos Aires y vivir del alquiler, o tener dos departamentos en la ciudad de Corrientes, o…

A su paso niños y mujeres lo saludan, y él responde con un gesto flojo, anémico.

—Mirá esa combie, cómo me gusta. Pero ahora no puedo comprar nada. El otro día me quería comprar un dvd, pedí prestada una tarjeta de crédito y nadie me quiso prestar. Y pensar que yo tenía una American Express con límite de cien mil dólares, tenía trajes carísimos.
—¿Dónde quedó todo eso?
—En el pasado.

Cada tanto, la camioneta se detiene frente a una verdulería, un almacén o un kiosco, y un verdulero o un kiosquero se acercan y Jorge grita:

—Ocho alfajores y dos turrones.

O:

—Dos kilos de bananas de las buenas.

Son las cinco y media de la tarde cuando se detiene frente a una carnicería, y está a punto de abrir la puerta —de bajar a hacer sus compras— cuando se acuerda.

—Ah, no, cierto —dice.

El aire se llena de dolor y de cuchillos hasta que un hombre con delantal de carnicero se acerca, pregunta qué va a llevar, y Jorge, imperturbable, dice:

—Un pollo.

Las calles asfaltadas son pocas y el pueblo es barro profundo. La Ford Bronco roja y vieja salta, patina, ruge, derrapa, hasta que en una esquina se detiene y ya no vuelve a arrancar. Un intento. Otro. Otro más.

—Voy a llamar a Ricardo.
—Si él no puede…
—Va a poder.

Llama. Avisa. Cuelga. Mira alrededor. Señala a tal y cual vecina, dice que si no estuviera casada quizás estaría con él, que tal otro era su amigo cuando él tenía dinero.

—Cuando uno deja de tener plata nadie se acuerda, nadie lo quiere.

Entonces, el auto de Ricardo aparece en la esquina.

—Ahí viene tu hermano.

Jorge apoya la cabeza sobre el volante, que se cubre de pequeñas gotas de sudor, y dice, ausente:

—No sé si Ricardo me quiere. Yo me conformo con que me respete.

***

En 1996, cuando regresó al pueblo, su casa estaba todavía sin terminar, sus hermanos no tenían trabajo, y de todos los negocios que había emprendido —comprar y vender autos, invertir en un campo de cincuenta hectáreas, poner la fábrica de cerámica— ninguno había dado más resultado que el de hacerlo perder plata a manos llenas.

—Cuando vino —dice su hermano Ricardo— se dio cuenta enseguida que las cosas no iban a ser como él pensaba. Empezó a tener muchos dolores, un pinzamiento en las vértebras que no le permitía caminar erguido, se empezó a marear, a perder el equilibrio.

Los clubes de básquet no mostraron interés por un hombre con el cuerpo resentido y en 1997, lleno de dolor, Jorge viajó a Buenos Aires para hacerse estudios más completos. Y fue allí, en el Hospital Italiano, donde escuchó por primera vez el diagnóstico que nunca había sospechado.

—El médico me dijo que habían detectado una cosa un poco complicada.

La cosa un poco complicada era una enfermedad llamada gigantoacromegalia, con una prevalencia de 3 personas en un millón, producida por el exceso de una hormona de crecimiento llamada IGF–1, cuyos síntomas, además del crecimiento descontrolado del cuerpo (y eso incluye mandíbula, nariz, orejas, labios, laringe y lengua) son piel sudorosa, voz ronca, apneas del sueño, pérdida de la visión, agrandamiento de las vísceras abdominales y del corazón, impotencia sexual y, claro, diabetes.

—Él tiene un diagnóstico muy tardío —dice su médica actual, Mirtha Guitelman, coordinadora del área de neuroendocrinología de la división Endocrinología del Hospital Carlos Durand de la ciudad de Buenos Aires—. Por lo general, los gigantes tienen diagnóstico desde chicos. Debe haber cincuenta casos como el de él publicados en el mundo. Porque en 99% de los casos esta producción anormal de IGF–1 se debe a un tumor en la hipófisis, y Jorge no tiene tumor, así que no sabemos qué es lo que provoca su enfermedad. Por ahora está controlado y no hay motivos para pensar que no pueda vivir todos los años que quiera. Todo depende de cómo vaya llevando su diabetes. Lo que viva depende de él.

Para cuando supo que la suya era una enfermedad grave que debió haber tratado allá en la infancia, Jorge llevaba dos décadas sacándole provecho al atributo que lo estaba masacrando, no tenía ningún ingreso y el medicamento para controlar su crecimiento costaba —cuesta— 3 500 dólares. Volvió a su pueblo sin saber qué hacer, y allí las cosas se pusieron peor.

—Un día sentí un hormigueo en las piernas. Se me durmió un pie, después el otro, y un día no sentí nada. No tenía sensibilidad y ya no me pude parar. Se llama neuropatía diabética, es un daño de los nervios por la hiperglucemia.

Empezó a caminar con un bastón y, sin empleo, sin futuro y ya sin piernas, decidió que el Estado le debía alguna cosa y salió a mostrar lo que le estaba sucediendo. Algunos periódicos, revistas y programas de televisión contaron la historia del gigante abandonado, y entonces hubo ayudas solidarias, partidos a beneficio, pero nada como lo que él quería, lo que quiere: un ingreso fijo.

—El tendría que recibir un subsidio del Estado, tendría que ser un héroe —dice su hermano Ricardo—. Él salió de acá a los 16 años, era un chico jardinero, que lavaba autos, que cosechaba el algodón. Yo lo ayudo pero me da miedo lo que vendrá. Va a tener problemas renales, los problemas en las piernas van a ser peores, va a perder la vista. Él tiene una enfermedad que lo está matando y hace años que no tiene un ingreso y gasta y gasta. No puede ser que viva solo, que no tenga a una persona que le prepare la comida.

En 2001 sucedió la catástrofe final. En un hotel de la ciudad de San Luis, donde se realizaba un encuentro de clubes a su beneficio, el bastón se le enredó en la alfombra, Jorge rodó por el piso y el fémur derecho se le quebró con el ruido que hacen las cosas rotas, secas.

—Se quebró a lo largo: se rajó. Nunca en mi vida lloré tanto de dolor. Me operaron, me dieron 27 puntos, y estuve tres años rehabilitándome.

Cuando se levantó de la convalecencia ideó esa silla de ruedas, negra y chirriante, y no quiso volver a caminar.

Desde marzo de 2006 una empresa privada paga su seguro médico, un laboratorio farmacológico lo ayuda a costear los viajes a Buenos Aires para hacerse los estudios que lo mantienen vivo y, cuando lo invitan a programas de televisión, él pide sus favores: ropa para sus hermanos, una computadora. Por lo demás, no recibe subsidio del Estado, vive de ahorros, y gasta, exactamente, doscientos setenta y cinco dólares por mes.

Hace mucho que la vida se transformó en esto que es: supervivencia.

***

Son las seis de la tarde y no ha comido nada desde el día anterior, a mediodía.

—Pensé que la mujer de Ricardo me iba a hacer el pollo, pero no pudo.
—¿No te podés cocinar un bife?
—No. Me puedo cortar y como soy diabético no me cicatriza.
—¿No podés pedir que te cocinen para dos o tres días?
—No me gustan las cosas recalentadas.
—¿Y Carlitos?
—Él tampoco comió porque dice que me quiere acompañar. Le dije que si aguanta, a la noche nos comemos unas hamburguesas.
—¿Eso es bueno para tu diabetes?
—No.
—¿Te medís la glucemia durante el día?
—No. Pero conozco tan bien mi cuerpo que no necesito controlarme. La muerte es la única solución de la diabetes. De a poco se va muriendo el cuerpo. Además, la acromegalia produce muerte temprana.
—¿Quién te dijo eso? Tu médica dice…
—Internet.
—O sea que te vas a morir.
—Sí.
—¿Y cómo te llevás con la idea de la muerte?
—Y, se lleva. Me pregunto por qué me tocó esto. Pero al no tener respuesta, me queda aceptar lo que soy.
—¿Y qué sos?
—Un hombre solo.

Esa noche comprará seis hamburguesas con huevo, mayonesa, lechuga, tomate, mostaza y ketchup. Comerá dos; Carlitos, tres.

Será una noche rara. Hablará durante horas y, cuando termine, habrá dejado de llover, la calle será una alfombra de insectos bajo la luz lechosa de los faroles, y al día siguiente habrá un sol incendiario. Interminable.

Empezará hablando de sus sueños.

***

Que una vez soñó con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban en su cajón al cementerio y que se reía porque pensaba que no iba a entrar en el nicho: que sobraba un pedazo de él de más de un metro. Que la única ambición que tuvo alguna vez fue la de poder curar con las manos y que por eso aprendió reiki por televisión. Que se quiere enamorar. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el chofer y el Cadillac y Willie Nelson en el pasacasete, y que nadie puede acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado. Que de todos modos, si es que existe algo santo y grande y poderoso, lo que le pasó es todo bendición porque, antes de ser lo que fue, era un chico que plantaba melones y sandías y después pudo conocer grandes hoteles, autos y mujeres que se sentían privilegiadas por acostarse con él, el más grandote de la compañía. Que una de ellas, después de una noche de pasión, se hizo tatuar su rostro en el antebrazo. Que no se quiere morir, pero que igual se muere. Que ya vivió diez años más de lo que esperaba. Que si tuviera muchísimo dinero cambiaría el piso de cemento del garage por uno de cerámica y compraría un dvd y arreglaría su Ford Bronco vieja y roja e intentaría que sus hermanos no tengan apuros económicos. Que su familia depende de él, que Ricardo no tiene trabajo, que Carlitos está a su cargo y que así va a ser, como siempre fue, como será mientras se pueda. Que sabe que pensó en todos menos en él, pero que ya está. Que si alguien le hubiera dicho, en su momento, cuál era la diferencia entre mil y diez mil y cien mil dólares, hubiera hecho otras cosas. No sabe cuáles: otras.

—Pero los deportistas pobres no tenemos masters en economía.

En el silencio claro de la noche —el aire blando todavía de humedad— se agacha sobre las rodillas, se mira los pies inútiles.

—Que pena que esto me pasó ahora. Si hubiera sido a los 50… Pero ahora… Qué pena.

Desde el cuarto de Carlitos llegan las risas, los ruidos de una película de Jackie Chan.