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Derek nació en Ilobasco, lo asesinaron en Milán.

Todos nacemos y morimos en algún lugar. Es ley de vida. Si la primera frase de esta crónica está reservada para datos en apariencia triviales es porque de seguro no lo son. Y no lo son porque el asesinato del joven Derek, en junio de 2013, desencadenó una serie de acontecimientos que crearon un hilo invisible y mágico entre las dos ciudades: la salvadoreña que lo vio nacer y la italiana que lo vio morir.

La de Derek es una historia de mareros, de incertidumbres y de muerte. Pero también lo es de esperanza, de fe y de humanismo. Condensa lo mejor y lo peor del género humano.

“Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”, dirá dentro de cuatro horas la madre de Derek, Maddalena, ante unos 200 adolescentes del Instituto Nacional de Ilobasco. Ella prefiere llamarlo como lo llamaba cuando era un niño: Toñito.

Eso será a las 4 de la tarde, y todavía falta media hora para las 12. A Maddalena y Enzo, 60 y 63 años de edad, los padres adoptivos de Derek, acaban de traerlos a Ilobasco desde San Salvador en un Yaris blanco. Salen del carro y entran presurosos en la iglesia de El Calvario, en el barrio homónimo. Maddalena carga en sus brazos una maceta con una planta, comprada en un vivero sobre la carretera que viene de San Rafael Cedros.

La iglesia está vacía y fresca, envuelta en el silencio enigmático propio de los templos. Es un pabellón rectangular con paredes de ladrillo, techo falso y suelo embaldosado. Modesta pero acogedora.

Maddalena y Enzo conocen. Estuvieron acá hace tres años. De un solo caminan hacia el costado izquierdo. No muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, hay una vistosa placa en memoria de Derek. Es del tamaño de un televisor de 30 pulgadas, con una fotografía del joven. Sonríe con picardía. Su gesto es el de alguien que quiere comerse el mundo.

“Con tanta tristeza llevamos el recuerdo de ti a tu tierra de origen”, dice un fragmento del texto de la placa, que trajeron desde Milán.

Maddalena besa la foto de su hijo. Coloca la maceta con cariño en el suelo y la gira hasta que cree tener la aprobación de Derek. Luego abre su bolsón y de una cajita saca dos mariposas azuladas. Enzo mira el ritual en silencio. Maddalena pega las mariposas sobre la placa, cerca del rostro de su Toñito, con una especie de crema adhesiva. Luego se voltea con un gesto mínimo de satisfacción.

—Las hizo una amiga y me pidió que las pusiera –dice, aunque lo dice en italiano; ni ella ni Enzo hablan español.

Para estar más cerca de Derek, Maddalena se sienta sobre la parte de la banca que se usa para arrodillarse. Lo mira. Lo toca. Lo besa. Comienza a llorar.

***

Edenilson Antonio Durán Mincolelli nació en Ilobasco el 18 de noviembre de 1989, el mes en el que la guerrilla lanzó la ofensiva ‘Hasta el tope’, dos días después de que la Fuerza Armada masacró a los jesuitas en la UCA.

La guerra lo convirtió en un huérfano más. Unas monjas se hicieron cargo, lo llevaron a Guatemala, y lograron que lo adoptara una entusiasta pareja de Sesto San Giovanni, una populosa ciudad del área metropolitana de Milán. Antes de cumplir los 4 años, Edenilson Antonio ya era italiano. Mincolelli es el apellido de Enzo. Lo de Derek vino después y es más informal, una especie de sobrenombre exitoso que el propio joven eligió.

Maddalena y Enzo son gente religiosa y sencilla, trabajadores. Respetaron el apellido salvadoreño de su hijo, Durán, y no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultarle sus orígenes. Todo lo contrario. El Salvador siempre estuvo presente en el hogar de los Mincolelli.

Estimaciones conservadoras cifran en más de 40,000 los salvadoreños radicados en Milán y alrededores. Fuera de América, es la comunidad más numerosa y organizada. Al adolescente Toñito primero y al joven Derek después siempre les fascinó todo lo relacionado con su país de origen. Viajar para conocerlo devino casi una obsesión. Así las cosas, apenas logró cierta independencia juvenil, no le costó comenzar a relacionarse con migrantes salvadoreños o con los hijos de los que en los ochenta y noventa cruzaron el océano Atlántico.

Enzo definió a Derek como un salvadoreño con mentalidad de italiano; alguien enamorado de todo lo que rezumara salvadoreñidad, de todo, aunque ni siquiera hablaba español. Maddalena lo presentó como un joven de corazón noble, pero cándido: “Toñito amaba rodearse de amigos, pero no sabía distinguir que hay personas buenas y malas; para él todos eran amigos”.

Como parte del plan de ‘salvadoreñización’, Derek comenzó a salir con jóvenes que resultaron ser activos de la Mara Salvatrucha-13. Para 2013 esta pandilla acumulaba ya cinco o seis años tejiendo una red adepatada a la realidad de Milán, con jóvenes salvadoreños como materia prima básica. La MS-13 –también la 18– se había convertido ya en una de las preocupaciones de Sección de Criminalidad Extranjera de la Polizia di Stato, la división policial creada en 2005 para tratar de neutralizar la actividad creciente de las bandas latinas.

Derek desapareció en la noche del 29 al 30 de junio de 2013. Tenía 23 años. Al drama de la desaparición le sucedieron dos semanas de búsqueda e incertidumbre. En Italia, país diez veces más poblado que El Salvador pero poco habituado a este tipo de expresiones de violencia, el caso se coló con fuerza en la agenda informativa y acaparó el interés de la ciudadanía.

Hasta el 15 de julio no se tuvo certeza de su muerte. Un cadáver había aparecido el 3 de julio en un canal de agua de los suburbios, en el municipio de Pessano con Bornago, pero su estado de descomposición era tal que se creyó que era un hombre de unos 40 años y no se relacionó con Derek hasta la sentencia del ADN.

A Derek murió de un golpe violento en la nuca. Luego lo llevaron hasta el canal de Villoresi y lo tiraron. Los expertos en pandillas de la Polizia di Stato dieron máxima prioridad al caso e interrogaron a los jóvenes con los que había compartido las últimas horas, casi todos emeeses salvadoreños. La Sección de Criminalidad Extranjera se volcó, pero nunca logró determinar con precisión judicial quién o quiénes asesinaron a Derek. Nadie ha sido enjuiciado aún. Sobre los motivos, todo es pura especulación: que si lo mataron por negarse a cumplir alguna misión de la pandilla, que si tenía deudas por drogas, que si…

La misa funeral se celebró la tarde del 19 de julio en la iglesia Santa María Auxiliadora de Sesto San Giovanni, llena hasta la bandera. Maddalena: “Unas mil personas con distintos tonos de piel, de religiones diversas, jóvenes punk, roqueros, metaleros… diferentes entre ellos, pero todos con la misma tristeza en el corazón”.

Ese mismo día lo enterraron, en Italia.

Pero Maddalena y Enzo quisieron que una parte de Derek regresara a El Salvador. Y lo consiguieron.

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Comienza a llorar Maddalena en El Calvario. Da un último giro a la maceta, para que sean menos las hojas que tapen la placa. Enzo, más mesurado, se sienta frente a su esposa. Se esfuerza por contener las lágrimas, pero fracasa. Han pasado casi cuatro años desde el asesinato, pero es evidente que todavía no han superado la pérdida de Derek.

—Il mio Toñito è un angelo –susurra Maddalena–. Un vero angelo!

A Derek nunca le sedujo estudiar, mucho menos la universidad. Aprendió electricidad. Con 16 años trabajaba y ganaba para sus gastos, algo que suena usual en El Salvador, pero que en Italia resulta casi subversivo. Cuando cumplió los 18, él mismo se pagó la licencia de manejo y compró su propio carro. Discotequeaba. Se tomaba sus tragos. Le iba muy bien con las chicas.

Sus padres hablan de él con orgullo desmedido.

La Polizia di Stato nunca dio con los responsables, pero los investigadores ataron los suficientes cabos como para tener la certeza de que alguna de las clicas milanesas de la Mara Salvatrucha está detrás del asesinato. Maddalena y Enzo lo saben. Han tratado, de hecho, de informarse sobre las maras. Pero nunca han permitido que su dolor se dirija contra la sociedad que exportó a Milán el fenómeno, contra El Salvador o contra los salvadoreños. Todo lo contrario. Por eso ahora están en esta modesta pero acogedora iglesia de Ilobasco.

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Derek se fue bebé de Ilobasco y nunca regresó. Murió sin recuerdos propios de la ciudad ni del país. Sin embargo, Enzo y sobre todo Maddalena se sintieron en la obligación de respetar la extraña pero intensa relación de su hijo con El Salvador.

Siete meses después del asesinato, viajaron hasta Ilobasco. En ese viaje lograron el permiso del párroco de El Calvario para colocar la placa conmemorativa, algo mucho más complicado que lo que suena. La otra placa-lápida que hay en la iglesia honra a Bernardo Perdomo, alcalde en la segunda mitad del siglo XIX. hijo meritísimo, alguien que da nombre a calles y escuelas.

Un diente de Derek viajó desde Milán entonces, en febrero de 2014, y está detrás de la placa.

Maddalena y Enzo regresaron a El Salvador en febrero de 2017. Fue un viaje relámpago, de apenas unos días, para la inauguración simbólica –las obras aún no estaban finalizadas– de la construcción de una cancha de usos múltiples en el Instituto Nacional de Ilobasco, el INDI. Una donación.

Milán está a los pies de la cordillera de los Alpes, epicentro europeo del esquí. Hubo un tiempo en el que padre e hijo los fines de semana escapaban a esquiar. Como deporte peligroso que es, a Enzo se le ocurrió contratar un seguro médico por si ocurría algún accidente. Nunca tuvieron que hacer uso por la nieve, pero, tras el asesinato, supieron que el seguro era también un seguro de vida.

Maddalena y Enzo recuperaron ese dinero y convencieron a varios amigos italianos, que hicieron pequeños aportes. Quisieron dejar en Ilobasco, en memoria de Derek, una obra concreta y de impacto, algo más allá del simbolismo de la placa. Se apoyaron en Deidamia Morán, una de las lideresas de la comunidad salvadoreña en Milán. Buscaron el consulado salvadoreño en aquella ciudad, y el consulado canalizó hacia distintos ministerios. Entre todos eligieron el INDI, el instituto más concurrido de todo el departamento de Cabañas.

La donación fue de 22,000 dólares. Bien invertidos, han alcanzado para remodelar los servicios sanitarios de los estudiantes y para construir una cancha con todo y sus gradas, que podrá utilizarse también como salón multiusos. “Es un sueño hecho realidad”, les dijo Ronny Menjívar, el director del INDI, a los padres de Derek.

La inauguración fue el viernes 17 de febrero. Resultó un día tenso y largo y cansado para Enzo, pero sobre todo para Maddalena. Un día inolvidable. Ella fue quien tomó el micrófono y dijo aquello: “Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”.

A Maddalena y a Enzo no les sobra el dinero. Y aunque les sobrara, no tendrían por qué donarlo en un país a 9,500 kilómetros de su hogar; un país que ni siquiera habían visitado antes del asesinato de su hijo; un país que engendró el fenómeno de las maras que se exportó a Milán.

—Su sonrisa no se ha apagado –dijo Maddalena, siempre en italiano, ante unos 200 adolescentes del INDI–, su sonrisa aún brilla en el corazón de todos los que lo quisieron, y ahora brilla también aquí. Toñito ahora es uno de ustedes, y su padre y yo lo imaginaremos siempre aquí, a un costado de esta cancha, animándolos. ¡Vivan, jóvenes, la vida que él no pudo vivir! ¡Y siéntanse orgullosos de tener un compatriota como él!

El discurso fue tan sentido que incluso a este periodista, que para tantas cosas se cree un témpano de hielo, se le escaparon las lágrimas.

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En esta iglesia de Ilobasco, casi mediodía, llora Maddalena y solloza Enzo. Llevan unos 20 minutos junto a la placa de Derek. Silencios alternados con recuerdos y lamentos.

Enzo se para y dice que es hora de irse. Antes de las 3 de la tarde tienen que estar en el instituto y aún hay que almorzar. Maddalena también se para y, como si sintiera que aún no lo ha dicho todo, baja la cabeza y se despide con una sentencia cargada de resignación: “Nos lo llevamos de El Salvador para darle una vida mejor, pero la muerte lo siguió hasta Italia. Parece que ese era su destino”.

Maddalena vuelve a llorar y se agacha para dar a Derek un último beso. Enzo besa los dedos de la mano y los estampa contra la foto sonriente. En menos de 72 horas tomarán el vuelo de regreso a Italia. Y en la iglesia de El Calvario, no muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, quedará anudado uno de los dos extremos del hilo invisible y mágico que une Ilobasco y Milán.

ACTO PRIMERO: después del Sábado de Muerte

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Hay, valga el lugar común, un antes y un después de aquel 28 de noviembre de 2015, sábado. A media tarde, pandilleros de la 18-Revolucionarios bajaron de Los Troncones con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Durante al menos una hora se tomaron el caserío, obsesionados con encontrar indicios de sus enemigos de la Mara Salvatrucha. Encañonaron, retuvieron e interrogaron a cuanto joven y varón hallaron. Sentenciaron a tres: Juan Carlos, Moisés y Kevin. Los encaminaron unos cien metros. Los voltearon contra el piso. Los fusilaron. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Después de aquel triple homicidio, el miedo a los muchachos de Los Troncones se terminó de apoderar de Córdova. Más de la mitad de las familias huyeron en los días y semanas posteriores. En silencio. Quizá para siempre. De 70 niños matriculados en 2015 en la escuela se pasó a 30 en 2016. Las maras evidenciaron –una vez más– su capacidad para aterrorizar comunidades enteras.

Casi un año después, la minoría que se quedó se refiere a la huida de la mayoría como “laemigración”. El caserío está en desgracia, dicen. Y si duro resultó para los que huyeron, no menos lo fue para los que permanecen. Cerraron, por ejemplo, las dos iglesias evangélicas, los únicos dos lugares de prédica, como si a Dios también le valiera la suerte de los cordovianos.

Hoy es miércoles y es octubre, 2016. Máximo Ramírez –delgado, tostado, platicador, 55 años– es de los que permaneció. Su edad algo le ayuda en esto de lidiar con maras. Todos acá lo conocen como Mancho o don Mancho. Ahora, sentado sobre la rampa de entrada a la escuela mientras las mujeres sancochan unos elotes, habla desenfadado sobre su principal preocupación: un mapache.

El maíz de su pequeña milpa está doblado. Que un mapache le arruine 20 mazorcas cada día es un drama mayúsculo. Anoche se acostó a las 3 de la madrugada. Parecido anteanoche. Y también la noche anterior. Todo por matarlo. La mejor manera, dice Mancho, es con perros grandes y bravos que encaramen al intruso a un árbol. No sirve cualquier chucho. Un mapache como este, de los grandes y solitarios, franjas blancas y negras en el rostro, es capaz de encararlos y amedrentarlos. Ya encaramado, el hondillazo certero. Es triunfo doble: sosiego para la milpa y carne fresca para la cena. Pero Mancho no tiene perros grandes y bravos. Sus tres desvelos han sido por gusto. Anoche, el improvisado ‘plan B’ fue sacrificar a otro animal, desollarlo y confiar en la hediondez. “Maté a un zorrillo y lo amarré con un alambre; al mapache el zumo le da asco”, dice. Un par de zopes vuelan en círculos ahora, mediodía, sobre el olor a muerte.

Hasta hace tres años, hasta cuando los mareros comenzaron a ganar presencia, este era el tipo de problemas que quitaban el sueño en Córdova.

San Luis Córdova es un pedazo del cantón Los Troncones, municipio de Panchimalco, departamento de San Salvador. En línea recta, apenas 22 kilómetros distancian Córdova y el Hotel Sheraton. Pero el número es un espejismo. Pedrina, Jaime y Ricardo, los profesores de la escuela, viven los tres en el área metropolitana de la capital. Invierten no menos de dos horas y media para llegar, y otras dos y media para regresar. La travesía incluye una hora de caminata a campo traviesa, y cruzar un río traicionero: el Tihuapa.

Córdova ni siquiera es un poblado propiamente dicho. Es más bien una sucesión de casas desperdigadas a ambos lados de la calle destartalada que muere en el caserío. No hay plaza ni nada que se le parezca. Antes del Sábado de Muerte, eran 230 gentes. Hoy, menos de la mitad. No hay energía eléctrica. Cada quien se rebusca por su agua. Cada quien quema su basura. Cada quien construye su fosa séptica, en el mejor de los casos. Es ruralidad extrema.

Además de mapaches, zorrillos y zopes, en los cerros de Córdova hay venados, coyotes, cotuzas, gatos cervantes y gatos zontos, cusucos, garrobos verdes y garrobos prietos, auroras, chiltotas, tecolotes, gavilanes, chachalacas, masacuatas, corales, serpientes castellanas, alacranes, tarántulas y unas arañas cholas-cholas y temidas que acá las llaman casampulgas. Casi todo lo que se mueve es fuente codiciada de proteínas.

“Un su garrobo bien tostadito… juuummmm”, dice Carmen Vásquez –delgado, retostado, alguien que cuenta como mérito infinito comerse 10 tortillas en una sentada, 56 años–, y sonríe de imaginarse chupando los huesitos del reptil.

Cuando el caserío comenzó a vaciarse tras el Sábado de Muerte, Carmen, su esposa y el menor de sus hijos hicieron lo que casi todos: irse a la otra ribera del río Tihuapa. A Planes de las Delicias y Valle Nuevo, cantones ambos del municipio de Olocuilta. “La gente agarró miedo a los muchachos, y con miedo la gente se va, ¿veá? Cuando uno cree que lo van a matar, ¿veá? Aunque tal vez pidiéndole a Dios”.

En su caso, el hambre y la incertidumbre pudieron más que el miedo. Es de los poquísimos que a los pocos días regresó. En Córdova tiene su casa; precaria, pero suya. También tiene dónde sembrar; en un terreno de un vecino que migró a Estados Unidos. Maíz cuando comienzan las lluvias; frijol o maicillo sobre la milpa doblada. Las cosechas le abastecen para todo el año. Si son generosas, incluso puede vender una parte. Con esos granos básicos, los animales que fulmina con su hondilla, los cangrejos que saca del Tihuapa y algún que otro trabajo ocasional, tiene la subsistencia garantizada, que no es poco decir en un país como El Salvador.

Como si fuera guía de un museo, Carmen muestra las casas habitadas hace un año, amplias, solitarias y asilvestradas ya por la estación lluviosa. En un muro de ladrillos, a unos 300 metros de la escuela, hay un placazo azul cielo. Es de trazos torpes, como si fuera obra de un aprendiz de grafitero. El elemento central dice ‘MS’, en grande. A su izquierda, un puño con los dedos anular y meñique estirados. A su derecha, ‘Mara Salvatrucha’. Debajo, el nombre de la clica, ‘CGLS’, escrito dos veces.

El ‘CGLS’ es por la Cangrejeras Locos, del cantón Cangrejera, municipio de La Libertad. Está algo lejos, en la desembocadura del Tihuapa. Luego se explicará cómo y por qué uno de los tentáculos de esa clica de la Emeese cayó sobre Córdova. Es importante para entender esta historia. Pero conviene aterrizar antes la idea de cómo afecta el desplazamiento forzado a los que se quedan, comprender qué sucede cuando las maras generan una migración como la habida tras el Sábado de Muerte.

Cerraron las dos iglesias evangélicas. La más concurrida era la Iglesia de Dios Mundial. Cerró también la tienda mejor abastecida, la que sacaba de apuros aunque resultara algo más cara. Cuando se corrió la voz de que las maras estaban detrás de la despoblación, las visitas de vendedores ambulantes se redujeron casi a cero. Tampoco entraron más los intermediarios que buscan los excedentes de los agricultores para revenderlos en la capital.

Incluso la escuela se tambaleó. Su nombre es de una literalidad insípida: Centro Escolar Caserío San Luis Córdova Cantón Los Troncones. El código asignado por el Ministerio de Educación, el 86400. Es pequeña pero digna. A mediados de la década pasada, se benefició de la cooperación internacional. Es sin duda la construcción más vistosa de todo el caserío. Tiene su propio pozo de agua. Tiene retretes blancos. Tiene paneles solares que generan energía para el funcionamiento y que garantizan unos modestos ingresos al centro: los vecinos pagan una cora (25 centavos de dólar) por recargar su celular.

El Sábado de Muerte ocurrió poco antes de la vacación de fin de año. Luego, laemigración. Más luego, la incertidumbre. Hubo profesores que meditaron el traslado. Tras el reinicio de clases aparecieron pintadas de la Mara Salvatrucha en un muro. Un día forzaron la entrada y entraron a robar, algo que los docentes atribuyeron a jóvenes con algún grado de afinidad hacia la Mara Salvatrucha. La matrícula se desplomó el 57 %. Fueron semanas tensas. Pero a pesar de todo, las aulas siguen abiertas.

Más allá de los beneficios obvios para los 30 estudiantes inscritos, la escuela representa la expresión más sólida y constante del Estado salvadoreño en Córdova, casi la única. La unidad de salud más cercana queda allende el río, en Valle Nuevo. La Alcaldía de Panchimalco olvidó hace trienios que este caserío es parte del municipio. La Policía Nacional Civil apenas se deja ver; si hay un parto o alguien necesita hospitalización, envían un pickup desde Panchimalco si quien lo pide se compromete a pagar el combustible.

“Los policías en veces vienen, en veces no vienen. Después de la matazón sí vinieron seguidón algunas semanas, pero luego nada”, dice Mancho.

El miedo se mantiene en Córdova. Hay señales, de hecho, de que la Mara Salvatrucha no quiere dar por perdido este caserío. El placazo azul cielo lo hicieron meses después del Sábado de Muerte. También puertas y paredes de varias de las casas abandonadas han sido pintarrajeadas con las letras. El 16 de octubre, dos jóvenes de 17 y 23 años desaparecieron cuando regresaban de un culto sobre la calle a Los Troncones. Los hallaron al día siguiente, decapitados. En Córdova creen que eran o activos o simpatizantes de la Mara Salvatrucha, y que los asesinaron los dieciocheros.

“La semilla mala ya está regada en Panchimalco… y en todo El Salvador”, dice David Antonio Hernández –no tan delgado, tostado, profundamente religioso, 26 años–, resignado y encomendado a su dios. David y su esposa fueron alumnos de la escuela hasta 2009. La “semilla mala” echó raíces un lustro después. Hoy son padres de una niña de seis y de un niño de tres. Pero el Sábado de Muerte no logró sacarlos de su hogar, de su caserío.

“Nosotros no andamos en malos pasos y no somos familia de muchachos de ningún grupo”, dice. “No nos metemos con ellos, y ellos no se meten con nosotros”, dice. La familia camina martes y sábados hasta la Iglesia Profética Santidad a Jehová, en el mero Los Troncones. Dos horas ida, dos horas vuelta. “Dios en ningún momento nos desampara”, dice. Pero en Córdova, comulgar con el Ver, oír y callar parece más efectivo que la fe.

Si uno vive en lugares no controlados por una pandilla, cuesta dimensionar las razones que obligan a abandonar el hogar. También las razones para permanecer cuando la amenaza es tan sólida. Juzgar a los cordovianos, a los unos y a los otros, es un acto de soberbia intelectual. Las razones para irse o para quedarse son un mundo.

Carmen permaneció.

—¿Dónde es lo más lejos que ha viajado usted en su vida?

La pregunta es para tratar de dimensionar su sentimiento de arraigo.

—Ahhh… ¡yo he sido vagamundos! En Sonsonate vive un tío mío. He ido a las fincas, a cortar. He ido a Tepecoyo, al volcán de San Salvador, a Opico…
—¿En San Miguel ha estado alguna vez?
—De este lado sí no…
—¿Santa Ana?
—Hasta un sitio que le dicen El Congo he llegado. No crea, si cuando estaba
cipote sí he viajado yo. Y uno se quedaba hasta que le pagaban.

Juan Antonio Martínez –delgado, tostado por el sol también, uno de los líderes de la comunidad, 47 años– huyó de Córdova. Don Toño, le dicen. Se trasladó al cantón Valle Nuevo, con su familia. Valle Nuevo queda a unas dos horas a pie, con el Tihuapa de por medio. Muy de vez en cuando, Toño regresa a Córdova con su corvo bien afilado, para ver cómo está la casa que levantó con sus propias manos. Chapoda, limpia, recoge jocotes o limones.

“Emigramos unas 25 familias y… la verdad… yo quisiera regresar, porque acá nací, acá me he criado. En Valle es más difícil si uno es pobre. Acá uno cosecha, tiene sus palitos”, dice. Él y los suyos son víctimas de lo que técnicamente se conoce como desplazamiento forzado interno. Desplazados por las maras. En la que era su casa, en el terreno junto a la escuela, Toño habla y habla, como si sus problemas se resolvieran por solo compartirlos. Por un momento se envalentona: “Yo amo esto”. Amo, dice. Un verbo que los prejuicios hacen que cueste imaginar en boca de un hombre rural en su primera plática con un extraño. Don Toño ama esto. Y esto, Córdova, es lo que el Sábado de Muerte le obligó a dejar atrás.

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ENTREACTO: los desplazados

Córdova es un ejemplo de manual de lo que Naciones Unidas convino en llamar desplazamiento forzado interno. Huir sin salir del propio país. En el mundo, estos traslados los suelen generar la guerra, la violencia política, religiosa o étnica, la violación sistemática de derechos humanos… En El Salvador, las maras –aunque no solo.

No es un fenómeno nuevo. En torno a 2008, los desplazados dejan de ser casos anecdóticos. Para 2011 ya son tendencia, siempre concentrados en colonias, barrios y cantones empobrecidos, el hábitat natural de las pandillas. Tras el fracaso del proceso conocido como la Tregua, en 2014, el fenómeno se viraliza. La prensa ha reportado docenas de córdovas regados por el país. Y los individuos o familias que huyen a título individual son incontables.

Pero el Estado salvadoreño se resiste a aceptar esta realidad, quizá porque hablar de desplazados supone admitir que las maras son poder establecido. Lo poco que se ha tratado de sistematizar sobre el tema ha sido iniciativa de las oenegés aglutinadas en la ‘Mesa de la Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado’. Entre agosto de 2014 y diciembre de 2015 documentaron de forma artesanal 146 casos, con 623 afectados. La punta del iceberg nomás. Los ciento y pico de Córdova no están en ese listado. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos retomó el trabajo, lo maceró y en julio de 2016 presentó un demoledor informe de 64 páginas, el primero de esta naturaleza elaborado por una entidad estatal. Entre la docena de conclusiones, una que al gobierno le debería haber sentado como guacalada de agua helada: “Debido a que el Estado no reconoce el desplazamiento forzado interno, esto genera un impacto humanitario que dificulta una asistencia humanitaria efectiva y eficaz”.

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ACTO SEGUNDO: el Sábado de Muerte

La zafra había iniciado una semana antes en El Salvador. Nadie en Córdova siembra caña de azúcar, por montuoso y aislado. Pero sí relativamente cerca: en las planicies que hay entre la carretera El Litoral y el mar.

Tras la quema, los cañaverales exigen cientos de brazos. Los empleadores lo saben. Acarrear mano de obra ha devenido un negocio en sí mismo. El salario de cortador es mísero, cinco dólares por tarea –es de machos terminar las dos–, más el rancho, la comida. Pero en economías de subsistencia como las de Toño, Mancho o David, ese jornal sabe a aguinaldo.

El Sábado de Muerte fue el particular inicio de la zafra en Córdova. Los cordovianos, unos 12 o 14 antes de, van a la corta en grupo. En los últimos años se ha convertido en ritual. Los hombres se despiertan dosquetrés horas antes de salir el sol. Se citan bajo algún palo. Caminan por veredas hasta Amayón, un cantón con calle transitable hasta la carretera El Litoral. Una auténtica procesión nocturna de cumeros surcando los cerros de Panchimalco.

En Amayón, tipo 4 de la madrugada, abordan un camión junto a otros hombres de otros cantones y caseríos aledaños. Todos citados para lo mismo. El camión los lleva a los vastos cañaverales de San Luis La Herradura o de otros municipios del departamento de La Paz, a deslomarse.

Juan Carlos Vásquez Benítez –21 años, uno de los jóvenes asesinados por la 18– mañaneó aquel 28 de noviembre de 2015. La zafra nunca le había entusiasmado. Había metido papeles para ver si le salía algo en San Salvador y no depender del jornal de cortador. “Para no tener que asolearse”, había dicho a sus amigos. A la espera de que le confirmaran si sí o si no, prefirió embolsarse unos dólares.

De los experimentados del grupo, a Juan Carlos le fue bien aquella mañana con la cuma. Logró devastar las dos tareas en ocho horas. Pero la alegría mayor resultó atrapar a un conejo sobreviviente de la quema. “Tamaño conejón”, dice casi un año después David, su amigo. También él estuvo en el cañal el Sábado de Muerte.

Bien amarrado pero vivo, Juan Carlos y su conejo fueron la sensación en el camión durante el viaje de regreso a Amayón. Más de uno lo devoró con la mirada. Planearon una merienda, nomás para los allegados.

El grupo regresó a Córdova bien pasada la 1 de la tarde. Juan Carlos voló a la casa, a pavonearse de su botín. Se bañó, se acicaló y rápido bajó a ver si hallaba a los cheros. Por ser sábado, sabía que los encontraría cerca de la Iglesia de Dios Mundial, la más concurrida en los últimos meses. El local era modesto pero digno: paredes de adobe recubiertas de concreto, techo de duralita, suelo embaldosado, baño. Hermanos de la misma congregación procedentes del puerto La Libertad habían ayudado a levantarlo pocos meses atrás.

Juan Carlos no se congregaba seguido. Tampoco su amigo Alcides Moisés Godoy Carrillo –20 años, otro de los tres asesinados por la 18–, que tenía a su pareja con ocho meses de embarazo. Pero habían oído que era un culto de acción de gracias. En plena etapa de captación de fieles, daban por seguro que al final habría reparto de café, sodas o pan dulce. Razón suficiente para merodear.

En esas apareció el comando de la 18-Revolucionarios del cantón Los Troncones. Serían las 2:30 de la tarde. Juan Carlos, Moisés y otras seis u ocho personas platicaban en el cruce de veredas ubicado 50 metros al norte de la iglesia. Todos jóvenes. Adolescentes varios.

Jóvenes y adolescentes también eran los muchachos del comando dieciochero, solo que armados con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Unos siete u ocho. A cara descubierta. Dos de ellos vestían pantalón y botas militares. De un solo encañonaron al grupo de Juan Carlos y Moisés. Con ellos estaba Kevin –13 años, el tercero de los asesinados por la 18–, nieto del pastor de la Iglesia de Dios Mundial. Kevin vivía en Planes de las Delicias, pero el culto lo había llevado a Córdova.

Los interrogatorios duraron no menos de una hora. Hay testigos que alargan hasta las dos horas aquella angustia colectiva del Sábado de Muerte.

Los pandilleros creen tener la habilidad de identificar cuando alguien estáen la juega. Es decir, si un joven es activo, chequeo o simpatizante de una pandilla contraria. Cientos de inocentes habrán muerto en la última década por esa creencia.

En Córdova sentenciaron a Juan Carlos, Moisés y Kevin. Tres vidas que no sumaban 55 años. Solo del adolescente, Kevin, los cordovianos consultados dicen que sí vestía flojo y que tenía alguna maña propia de los muchachos. En cambio, dice Mancho, Juan Carlos y Moisés “eran cumeros, como nosotros”.

A los tres los encaminaron unos 100 metros, a la curva de la calle que parte hacia Los Troncones. Los voltearon contra el piso, quizá entre lágrimas y ruegos por sus vidas. Los fusilaron con fusiles, disparos certeros para reventar las cabezas. “Pa, pa, pa, pa, pa… Como una guerra… Pa, pa, pa, pa, pa…”, dice Toño. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Dicen que el pastor trató de mediar por ellos, por su nieto, pero que lo encañonaron y que le dijeron que mejor se alejara, que aquello no iba con él.

Lo más significativo quizá sea que nadie telefoneó a la Policía. Todos supieron que un comando de hombres armados estaba en el caserío. Los rehenes eran entre ocho y diez hijos, primos, vecinos, amigos. La ocupación de Córdova duró no menos de una hora. Pero nadie llamó a la Policía.

—¿Ahí los tuvieron, a la vista de todos?
—Ahí los tuvieron, embrocados –dice David.
—¿Nadie llamó a la Policía?
—¿Y cómo…? No… nadie…
—Pero… ¿por miedo?
—¿Y por qué más?

Quizá haya que formar parte de lugares como Córdova, donde el Estado es tan pero tan raquítico, para asumir que si un comando de pandilleros armados se toma el caserío, lo normal es no llamar a la autoridad. Pero así pasó.

El 28 de noviembre de 2015, la 18-Revolucionarios fusiló a Juan Carlos, Moisés y Kevin. El triple homicidio, virajes extraños que tiene la vida, le valió el indulto al gran conejo que unas horas antes había viajado amarrado desde los cañaverales de San Luis La Herradura. La familia de Juan Carlos lo liberó. “No lo quisieron comer, por tristeza”, dice David.

En los días y semanas posteriores, se vino laemigración.

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ENTREACTO: los refugiados

Los cordovianos que cruzaron con enseres el río Tihuapa son una resulta de los esquemas de terror que las maras mantiene en sus canchas. Son desplazados internos. En cuenta aparte va la migración trasfronteriza, esa que se conjuga con palabras como exilio, asilo o refugiados. Para vigilar esta otra expresión, existe una entidad supranacional: el ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

El Triángulo Norte de Centroamérica se considera la región más violenta del mundo. De los tres países, según el ACNUR, los salvadoreños son de largo los que más solicitudes de asilo gestionan ante gobiernos extranjeros: 23,000 en 2015, que es como si todos los vecinos de Suchitoto huyeran en un solo año.

Estados Unidos es y será el destino preferente, pero México, Belice, Costa Rica y Panamá –y en menor medida Nicaragua– han emergido en 2015 y 2016 como receptores de salvadoreños que huyen. Las cifras oficiales horrorizan. Perfilan un drama infinito. Pero las cifras reales son todavía más duras. También entre los que en su huida cruzan fronteras existe un vigoroso subrregistro: lo que migran para salvar sus vidas y no sienten como necesidad urgente regularizarse en el nuevo país.

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ACTO TERCERO: antes del Sábado de Muerte

El devenir de un sinnúmero de colonias y cantones de El Salvador está ligado a las maras desde hace 15 años o más. Pero no es el caso de Córdova. El influjo de las letras y los números  comenzó a sentirse apenas un par de años antes del Sábado de Muerte. Al igual que en otras áreas rurales del país, la Tregua contribuyó a generar las condiciones para que la semilla germinara.

La implantación del fenómeno en el mero Córdova, sin embargo, es modesta. Para cuando el triple homicidio, ni siquiera operaba una clica propiamente dicha. La Mara Salvatrucha tenía y tiene presencia, pero más testimonial que otra cosa. Un puñado de jóvenes que entró en contacto con los mareros del otro lado del río Tihuapa, y que fantaseaban con convertirse en pandilleros. Nada de extorsiones. Nada derentas. La pegada de los  ieciocheros de Los Troncones frenó la propagación de la Emeese de forma más efectiva que las fuerzas de seguridad.

El Tihuapa al sur y el lamentable estado de la calle hacia Los Troncones al norte definen el caserío. No tienen energía eléctrica por el aislamiento, pero ese aislamiento quizá sea también la razón para que se mantuvieran lejos las maras. En Los Troncones, la 18 se asentó firme la década pasada. La Mara Salvatrucha hizo de Cangrejera y Valle Nuevo plazas fuertes en los mismos años. Córdova queda en medio.

Si se escarba más atrás en el tiempo, en los ochenta y noventa, parecía que este caserío tendría un mejor futuro. La guerra civil apenas se sintió. Operó una hacienda de la que aún hoy se aprecian vestigios. El nombre del dueño, el finado Miguel Palomo, aún hoy se pronuncia con devoción. “400 reses había, ganado chulo”, dice Mancho con un dejo de orgullo. Además de ganado, se sembraba. Un camión cargado de guineos se atrevió a cruzar el Tihuapa durante una tormenta, pero la repunta lo volteó, lo arrastró y esparció la carga río abajo. Los cordovianos que peinan canas lo cuentan como ejemplo insuperable de esplendores pasados.

Las celebraciones eran celebraciones de verdad: el Día del Trabajador, el Día del Niño… Llegaban músicos y llegaban con pesados equipos de sonido, a caballo. “El caserío se llenaba de gente como usted no se imagina”, dice Toño.

Pero la hacienda cerró. Y la calle se malogró. Sin su principal fuente de empleo y abandonado por el Estado, el caserío se limitó a administrar su deterioro. La mejor herencia de aquellos años de aparente prosperidad quizá sea la escuela. Guardan trofeos de cuando de entre los alumnos salían equipos capaces de medirse de tú a tú con centros escolares de todo Panchimalco y de Olocuilta. Aún en 2007, el número de alumnos inscritos fueron 106, contra los 30 después del Sábado de Muerte.

Pero para esta historia lo más relevante es el pasado más cercano, cuando logra germinar de la “semilla mala” de las maras.

Córdova es parte de Los Troncones, controlado por la 18-Revolucionarios. Pero el caserío vive de espaldas a Los Troncones. Desde antes de la irrupción de las pandillas. Y así será mientras la calle sea un chiquero. El aislamiento es muy marcado, pero los cordovianos miran más al otro lado del Tihuapa, a los cantones Planes de Las Delicias y Valle Nuevo, a Olocuilta. La mayoría de los duis han sido expedidos en Zacatecoluca. Es la relación natural, la del día a día. A pesar de que si se mira un mapa es la opción menos recomendable, los profesores de la escuela viajan a diario desde la capital hasta Planes de las Delicias, vía carretera al aeropuerto. Y de ahí caminan a Córdova.

A Valle Nuevo llegó el influjo de la CGLS, la Cangrejeras Locos, una de las clicas del poderoso programa de La Libertad, de la Mara Salvatrucha. Ambos cantones están sobre la carretera de El Litoral.

Planes de las Delicias es un cantón sin maras. No es así nomás que no las haya. Una parte de sus vecinos tiene relación con la Fuerza Armada. Están organizados para cortar de raíz cualquier intento de las pandillas por establecerse.

Cuando laemigración, los menos se fueron a Planes de las Delicias. Los más, a Valle Nuevo, como Toño y los suyos. No todos pudieron elegir. En Planes recelan de todo lo que tenga aroma a pandilla. Y algunas de las familias que tuvieron que dejar todo en Córdova viajaban con la sospecha de que algún hijo o sobrino o hermano tenía relación con la Mara Salvatrucha. En Valle Nuevo, cancha firme de esa pandilla, el recibimiento fue mejor.

“En Valle Nuevo los muchachos son más respetuosos. Ahí usted entra y te preguntan: ‘¿Es familiar del tal? Está bueno, puede entrar, aquí no le pasa nada, aquí lo cuidamos, aquí solo no queremos que vengan infiltrados’. Eso es lo único que temen ellos”, dice Toño.

Lo ya escrito: juzgar a los cordovianos mientras se lee esto en un smartphone o una computadora, sin saber qué supone vivir en una comunidad controlada por las maras, es un acto de soberbia intelectual. Toño, los demás desplazados, los que permanecieron y los profesores son, ante todo, víctimas. Víctimas.

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Los que se quedaron se esfuerzan para que el caserío no muera. Mantienen la esperanza de que los desplazados regresen. La batalla de las últimas semanas, acuerpada por los profesores de la escuela, es que las alcaldías de Panchimalco y Olocuilta construyan una pasarela o un puente que permita cruzar el Tihuapa sin tener que jugarse el físico, como ocurre durante la estación lluviosa.

El propósito es noble: atenuar el aislamiento de Córdova y de sus gentes. En la misma línea, está tomando fuerza la idea de que traerán la energía eléctrica desde Los Troncones. Dicen que empleados de la distribuidora Delsur ya han hecho mediciones. Pero en El Salvador, donde el fenómeno de las maras se dejó crecer tanto que buena parte del país está ya parcelado en áreas de influencia de las tres pandillas principales, cuesta identificar estas buenas iniciativas como noticias buenas.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac…

El Sombra le pone el fusil en la cabeza a un pandillero hincado cerca de las llantas de un pick up 4×4 de la Fuerza Armada y jala el gatillo en ráfaga. El arma tiene bloqueado el paso de munición y solo suenan los chasquidos mientras el soldado la agita dando ligeros golpes en el cráneo de su captura.

Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac…

—Me dan ganas de volarte la cabeza, hijueputa, me dan ganas, fijate -le dice El Sombra al pandillero mientras le deja ir otra descarga en falso, agitando el fusil.

El Sombra, como llamaremos al personaje principal de esta historia, es un soldado del Comando de Fuerzas Especiales del Ejército, destacado en una unidad que, según él mismo cuenta, es la encargada de salir cuando matan a otro soldado. O a varios. Es el caso de esta noche del miércoles 9 de marzo, cuando un convoy de elementos armados salió espantado desde la escena del crimen donde quedó tirado el soldado del Grupo de Operaciones Especiales, Carlos Enrique Ramos, de 19 años, y su padre, su hermano y un primo, en una finca del municipio de Olocuilta. Los militares van a toda prisa a San Francisco Chinameca, a12 kilómetros aproximadamente, donde dicen haber ubicado a la clica del Barrio 18 que dio la orden de matar a uno de los suyos.

El Comando de Fuerzas Especiales, según nos explicará Sombra más adelante, está compuesto de cuatro unidades: Escuadrones de paracaidismo, el Comando Especial Antiterrorista, el Grupo de Operaciones Especiales y la Escuela de Fuerzas Especiales.

La búsqueda había comenzado a las 6 de la tarde, con un amplio operativo del Ejército y la Policía que peinaba Olocuilta en busca de pandilleros. Otro grupo de soldados se quedó para resguardar la zona del homicidio y esperando a que cayera la noche. Ahí fue donde conocí a El Sombra.

—Hey, tomáme una foto con el fusil así, ¿ve? -le dice el soldado al fotógrafo que me acompaña, mientras posa con su arma apuntando hacia el cielo y la lámpara de su fusil encendida. El fotógrafo le hace un par de cuadros y El Sombra le da su número de teléfono para que se las pase más tarde por Whatsapp.

Cubrir una escena de homicidio se ha convertido en un evento de todos los días para los periodistas judiciales en El Salvador. Pasar varias horas detrás de la cinta amarilla policial, esperando a que salga Medicina Legal con los cuerpos y un policía que diga cómo quedaron las víctimas es el pan diario.

Así estábamos un grupo de periodistas cuando se nos acercaron unos soldados. Uno de ellos me llama a mí y a otros dos colegas a un lugar más apartado y nos enseña una foto de cómo quedaron el soldado Ramos, su padre, su primo y un hermano. Amarrados, bocabajo, en medio de un monte alto.

El soldado nos dice que reconoce el trabajo de la prensa y que sabe que estamos ahí durante horas y horas esperando a que alguien nos dé información. Luego dice que quisiera pasarnos esa fotografía de la escena pero que tiene miedo de que su teléfono esté interferido, por alguna unidad de inteligencia, y sepan que él es una fuga de información.

Ese mismo soldado le hace un gesto a El Sombra, que tiene bien entretenidos a los demás periodistas detrás de la cinta amarilla, y este se acerca. Comienza a contarnos que un equipo ya tiene ubicados y acorralados a los pandilleros que mataron al soldado Ramos y su familia, que están en la finca donde quedó el soldado y su familia, en una quebrada, y que solo están esperando la noche para “darles”, dice, y hace gestos con las manos como quien dispara una ráfaga con el fusil.

—¿Por qué no los capturan? –pregunto, con temor a que me vean como idiota.
—¡Puta! ¿Y para qué vamos a capturar a esas mierdas? Mejor les hacemos el paro y les avanzamos camino. De todos modos, solo la muerte es la que les espera a esos hijosdeputa -contesta El Sombra, mientras sonríe y muestra las coronas metálicas en sus dientes.

Minutos después de esa plática, llegan a la zona dos camiones llenos de soldados y dos pick up artillados. El militar encargado de la tropa es El Charli Mayor. El Sombra y el otro soldado se le cuadran y reciben indicaciones. Ambos se despiden de nosotros y caminan hacia los camiones.

El Sombra, antes de irse al camión, nos deja su número y nos dice que cuando ande en operativos nos va a avisar para que hagamos “un reportaje de calidad” y se despide con una frase: “ahorita a matar vamos”.

La frase nos deja desencajadas las caras y no puedo evitar pedirle que me deje acompañarlos. El Sombra me responde que no, que de eso no podemos hacer noticia porque no les conviene. “De eso no se deja evidencia”, dice y vuelve a mostrar sus dientes metálicos.

Antes de irse, los soldados se reúnen frente al camión. Algunos se gritan los nombres indicativos y se dan instrucciones. El Charlie Mayor se sube al carro artillado con dos soldados más y salen rumbo al norte; otro grupo se queda en el lugar y dicen que va rumbo al sur.

Arrancamos a toda velocidad detrás del carro en el que se subió El Sombra y El Charlie Mayor. Entre las curvas de la calle los perdemos por algunos momentos, pero al rato los volvemos a alcanzar. Vamos a unos 80 kilómetros por hora.

Luego de unos 30 minutos de perseguirlos, alcanzamos a la unidad en la entrada del casco urbano de San Francisco Chinameca, municipio de La Paz. Ahí se detienen los dos pick up artillados. Frente a nosotros, un soldado maneja una subametralladora empotrada en el carro.

Los carros avanzan despacio y de repente el silencio inunda el lugar. Son cerca de las 8:00 de la noche y parece que estamos solos en un pueblo fantasma.

Un soldado rompe el silencio y da unos gritos de alerta. “¡Aquí, aquí!”, dice. Me bajo del carro y corro detrás de él. Dos soldados más corren hacia un callejón lleno de casas hechas de lámina, madera y carpas plásticas negras. Al rato, los soldados regresan sin novedad. “Se fue el hijueputa”, dice uno.

Avanzamos hasta un llano y de repente veo a El Sombra y a otro soldado que traen a un joven delgado sin camisa. Lo traen con las manos amarradas hacia atrás y amordazado con un trapo. En un movimiento relámpago, uno abre la puerta del pick up artillado y lo tiran a la cabina. Nadie dice ni una palabra.

El Charlie Mayor reúne a su tropa cerca de los carros y les da instrucciones. “Este hijueputa me lo va a dar”, dice, mientras señala hacia el carro donde está el sujeto amordazado. Más tarde, El Charlie Mayor me contará que ese es el plan: sacarle verdad al pandillero que han capturado a como dé lugar, hasta que les diga dónde está El Panza, el palabrero de la clica que, según ellos, mandó a matar al soldado Ramos y su familia.

El final de la calle donde estamos se divide en dos accesos, para la parte baja y alta de la comunidad. Un grupo de soldados avanza hacia la parte baja y me voy tras de ellos. Está oscuro y el último poste con alumbrado eléctrico quedó a unos cien metros. Los últimos rayos de luz alcanzan a iluminar una pared alta de una casa de dos plantas donde hay un enorme placazo con el número “18”.

Los soldados encienden sus linternas y caminan a la ofensiva, apuntando a todos los rincones, dándose indicaciones entre ellos. La calle por la que avanzamos deja de ser pavimento y se deshace en una vereda de peñascos y tierra suelta hasta llegar a una quebrada. Por ahí caminamos cuando un grito nos pone los nervios de punta.

—¡Ahí está, ahí está! –uno de los soldados grita apuntando con su linterna hacia el lado izquierdo de la quebrada donde hay una casa de lámina y bahareque.

Dos soldados más lo acompañan y subimos por un camino empinado hasta llegar a otro terreno llano que hace las veces de patio de la casa. Hay una fogata que, al parecer, alguien quiso apagar, pero que las brasas dejaron en evidencia.

Los soldados gritan y ordenan que abran la puerta. Alguien enciende la luz del patio y de pronto todos nos vemos ahí. Un soldado se da la vuelta y me apunta con el arma. “¡No te movás!”, me dice. Levanto las manos y le digo que tranquilo, que soy el periodista que venía detrás. El soldado se da la vuelta y pega otro grito hacia la casa.

Una señora abre la puerta y sale al encuentro. Dice que aquí no hay nadie, que ella no ha hecho nada y que no sabe por qué los han llegado a molestar. Uno de los soldados le grita a la señora y le advierte que lo mejor es que saque al pandillero que está escondido en su casa o de lo contrario se la van a botar.

Los soldados entran apuntándole a todo lo que se mueve, una joven de unos 19 años se para frente al televisor y se petrifica. Viste una calzoneta y una camisa larga. De pronto se escucha un ruido adentro de un cuarto y los soldados gritan desde la sala “¡si no salís te morís!”

Vencido, un joven de unos 18 años sale con las manos arriba y sin camisa. “Yo no soy nada, yo de ver un terreno que tengo allá abajo vengo, no soy nada, no soy nada”, repite el joven y uno de los soldados lo agarra del pelo y lo encamina a la salida.

El joven, delgado, piel trigueña, pelo corto y parado, que vive en esta zona marginal, cumple los requisitos del estereotipo de pandillero. Los soldados lo hincan entre las piedras de la quebrada frente a su casa y la única mujer soldado del equipo le pega una patada en las piernas.

—Hacete más para arriba pues, rata -le dice para que el joven avance hacia un pequeño muro de cemento.
—Yo no soy nada, déjenme, rezonga el joven.
—¿Ah, no? ¿y por qué te escondías, pues? ¿Que te dan miedo los soldados o qué? -cuestiona la soldado a tiempo que le deja ir otra patada.

Otro soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y dice que ha visto a otro. “¡Allá está, allá está!” Todos corremos quebrada abajo y volvemos a subir por un camino empinado de piedra y tierra. Esta vez nos adentramos entre unos árboles y plásticos negros colgados con lazos. Al fondo, en medio de un barranco, hay otra casa de lámina con un foco encendido.

Los soldados avanzan y se oyen unas patada seguidas del grito de una señora que dice que no le peguen, que él no es nada, que los va a denunciar. Los soldados sacan a un hombre de la casa. Esta vez el detenido es gordo y está tatuado. Le ponen las manos hacia atrás, le entrelazan los dedos y se los ponen a la altura de la cabeza.

Capturados los dos sujetos, los soldados los hacen caminar cuesta arriba hasta llegar donde alcanza la luz del alumbrado público y hacemos una pausa mientras otro grupo avanza por otra calle y hace una búsqueda rápida.

En esas estamos cuando se escuchan unos gritos desgarradores. Es el llanto de una joven que viene subiendo la quebrada acompañada de su madre.

—¡Suéltenlo, suéltenlo! Ustedes no saben ni mierda y aquí vienen a agarrar a la gente como que son perros. ¡Suéltenlo, malditos! -grita entre el llanto desconsolado, la joven de unos 17 años.
—¡Mejor se calla si no quiere que la llevemos a usted también, niña! -le advierte El Charlie Mayor.
—¡Llévenme! ¡llévenme! ¡Métame presa! -les grita la joven y su madre intenta callarla.
—¿Usted cree que no la puedo llevar presa? ¿quiere que la lleve presa? Venga, pues, dice el militar y se le acerca con unas esposas en la mano.
—¡Lléveme!… me cae mal que vienen a tratar pura mierda a la gente ¡abusivos! -le grita la joven.
—¡Y a mí me cae mal que ustedes sean pandilleros! ¡Todos son pandilleros! ¡Todos ustedes colaboran con los pandilleros! -les grita El Charlie Mayor, con tono enfurecido, como si intentara que toda la comunidad lo escuchara.

Un soldado le advierte a su jefe que hay un periodista de televisión que parece estar filmando el momento y lo calma.

—Hey, estas ondas no las vayan a estar grabando, por favor -nos pide El Charlie Mayor.

Subimos hasta donde dejamos los carros y allá está El Sombra con otros dos soldados. Todos con sus fusiles cruzados sobre el pecho. Un soldado hinca al hombre gordo de quien dicen es El Panza y al otro al que identifican como El Caballo. Los dos, según dicen, son pandilleros del Barrio 18, de la clica que supuestamente mandó a matar al soldado de Olocuilta.

Un soldado baja un garrafón de agua del carro y vacía en una botella para repartir mientras descansamos un rato. El Sombra toma un trago de agua y se dirige hacia donde están hincados los dos detenidos, cerca las llantas del pick up 4×4. Entonces comienza a divertirse.

¡Poc! ¡poc!… ¡poc!

Tres patadas en el pecho de El Panza rompen el silencio de la noche en el lugar donde estamos. El Sombra se parte en carcajadas y se pasa al lado donde está El Caballo. Entonces hace como que carga el fusil y se lo pone en la cabeza.

Tac-tac-tac-tac-tac

Enseñando los dientes en tono amenazante, El Sombra refunfuña y le repite que le dan ganas de matarlo.

—Me estresás fíjate, hijuemilputas -le dice y le vuelve a dejar ir otra descarga en falso en la cabeza al detenido.

Otra vez se regresa al lado de El Panza, quien está también sin camisa. En el brazo derecho tiene un tatuaje con el número 18 que El Sombra no le había visto.

—Ahhhh. No me había fijado en eso que tenés ahí, ¡maldito hijueputa! … ¡poc! ¡poc! ¡poc! ¡Mejor te debería volar toda la cabeza!

Otra lluvia de patadas entre el pecho y el brazo le caen a El Panza, quien solo puja y se agacha un poco como queriendo calmar el dolor, pero solo logra recibir más patadas de El Sombra.

Patadas en el pecho, en el hombro, en el brazo, en el estómago. Pujido. Más patadas. Más patadas. Más patadas. Tac-tac-tac-tac. ¡poc! ¡poc! ¡poc! Tac-tac-tac-tac. Patadas. Pujidos. Patadas. “Te vas a morir hijueputa. Te vas a morir”. Risas. Dientes metálicos. Risas. Patadas. Pujidos. Tac-tac-tac-tac. Risas…

—Este cabrón es loco -dice El Charlie Mayor, mientras ve de reojo cómo se divierte de El Sombra.
—¿Cómo te llamás hijueputa? -pregunta El Sombra.
—Santiago Mármol –contesta al que señalan como El Caballo, a tiempo que El Sombra le pega varias palmadas con todas sus fuerzas en la cabeza.
—¿Cuánto tiempo tenés de llevar la palabra aquí? -insiste Sombra.
—Nombre. Yo en la casa estaba -responde el hombre.
—¡Ah! ¿y por qué te corriste? ¿tenías miedo? -le dice El Sombra y le vuelve a pegar más palmadas en la cabeza.

El otro, al que reconocen como El Panza, no logra decir su nombre porque cada vez que va a hablar El Sombra lo calla con una patada.

Para la suerte de El Panza y El Caballo, un grupo de señoras con mantos blancos sobre sus cabezas viene bajando la calle y un soldado advierte a El Sombra para que se calme con su juego.

—Buenas noches, dicen en coro las señoras mientras agachan la mirada y pasan pegadas a la cuneta, evitando ver a los soldados.
—Buenas noches.  -responde El Charlie Mayor. Las horas han pasado rápido y casi es la media noche.
—¡Rápido, señora! ¡Camine, camine, camine, señora! -les grita El Sombra, y las señoras avanzan con la cabeza agachada, como evitando ver lo que hacen con los dos detenidos.

El Sombra camina hacia los periodistas. Viene secándose el sudor. Trae una botella con agua en la mano. Ríe y vuelve a mostrarnos sus dientes metálicos.

—Ajá, muchachos, nos dice.  Esto va comenzando. Ahorita va a empezar lo bueno. Quédense si quieren hacer un buen reportaje.

Entonces parece más relajado. Saca su teléfono celular y comienza a contar de qué se trata todo esto. Cuenta que su unidad especializada es la que sale cuando matan a un soldado, y no la policía, como es en la mayoría de los 481 homicidios cometidos en marzo de este año, o los 5,897 homicidios que hubo el año pasado.

—Los policías ahí nos van a disculpar, pero cuando matan a un soldado los hacemos a un lado -dice El Sombra.

Según este soldado, su misión cada vez que matan a un soldado es recibir la línea que les “tira” inteligencia sobre qué clica fue y en qué lugar pueden comenzar a cazar pandilleros. Capturan a uno – como al que tienen amordazado bocabajo en el pick up – y los hace “cantar por las malas”, dice. ¿Que cómo saben si el capturado es pandillero? “¡Y no bien se les echa de ver, pues! ¿Qué no los ve cómo se visten?”, responde.

Hasta marzo de 2016, el soldado Ramos, al que asesinaron en Olocuilta junto a su familia, había sido el cuarto soldado asesinado por presuntos pandilleros en El Salvador. El año pasado, en 2015, fueron 24 los soldados que cayeron abatidos, una cifra récord en lo que va del siglo.

—La Policía -dice El Sombra- viene a investigar por las buenas. Nosotros, el batallón especial cazapandilleros, venimos a investigar por las malas. Jajajaja.

Cuenta El Sombra que su método no tiene comparación. Que ellos vienen “solo a traer”. Y, muchas veces, “a pegar”.

El soldado saca su teléfono Android y nos enseña algunas fotos de pandilleros muertos, aunque no explica si murieron en un supuestos enfrentamientos o asesinados por pandilleros rivales. En unas salen unos jóvenes con tiros en el pecho, en la cara, en los brazos… “Son ratillas”, dice el soldado y revienta en carcajadas. Luego muestra una donde se ve un hombre con los sesos de fuera.

—Ese era soldado -dice El Sombra en tono serio y cabizbajo, y señala la foto del soldado Gerardo Ortiz Vega, de 39 años, a quien mataron el 19 de febrero de este año en el cantón Panchimalquito, de San Salvador.
—…
—A ese lo agarramos. Agarramos al que pegó. ¿sabe qué le hicimos?
—¿Qué?
—¡Póngamelo ahí, mi Charlie! -le dije-. Póngamelo paradito… ¡chac! (chasquea el fusil que tiene en las manos)… prrrrr… prrrr…. Prrrrr.
—….
—Treinta le dejé ir. Ni se pudo reconocer después -dice El Sombra.

En ese operativo, contrario a lo que cuenta Sombra, no fue reportado ningún tiroteo, ni tampoco pandilleros muertos.

Contando eso estaba cuando un soldado que cuidaba la retaguardia pega un grito y levanta el fusil rápidamente.

—¡Si te movés, te morís! ¡Si te movés, te morís!

Un joven de unos 17 años estaba escondido cerca de un poste del tendido eléctrico, a unos veinte metros de donde estábamos nosotros, desde un punto donde nos podía ver bien.

Dos soldados más se despliegan y le apuntan al joven. Este levanta las manos y se tira al suelo. Un soldado lo va a traer del pelo, le amarran las manos con una cinta y lo suben al pick up. Luego suben a los otros dos detenidos a la cama del mismo pick up en el que va el amordazado.

—Vaya, aquí ya nos vamos -dice El Sombra, y los demás soldados se suben a los pick up para salir de la comunidad.

En la cama del pick up van los tres detenidos esposados y boca abajo. Uno de los soldados que va de pie junto a ellos le suelta una patada a uno. “Vas poniendo las patas en mi mochila, basura”, le dice. Luego, el otro soldado que también va en la cama le pega otra patada al mismo detenido. “Movete de ahí. Te estoy ayudando para que este no te siga dando verga”, le dice.

Los pick ups avanzan y salimos del casco urbano.

A las afueras del municipio, los soldados se detienen y nos dicen que ya no podemos seguirlos. Que van a “otra misión”. Y que los dejemos en paz.

—Ya bastante les dejamos ver -dice El Sombra, y nos muestra por última vez sus dientes metálicos.

Dos meses de investigaciones después, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía General de la República cree que Miguel Ángel Deras Martínez, de 22 años, es un marero que pasó la mañana del 3 de marzo de 2016 en el caserío Las Flores, del cantón Agua Escondida, municipio de San Juan Opico. Aquel día y en aquel lugar, dice la solicitud de imposición de medidas, una clica del Barrio 18-Revolucionarios asesinó a 11 salvadoreños: ocho empleados de una distribuidora de energía eléctrica y tres jornaleros. Los asesinaron con crueldad extrema y grabaron partes de la matanza con celular, para regocijo de las redes sociales de la sociedad más violenta del mundo.

Dos meses de investigaciones después, la Fiscalía y la Policía Nacional Civil creen que Miguel es un terrorista que participó en la masacre de Opico. Pero hay otra versión que dinamita la versión oficial, que señala que han detenido al joven equivocado, y que ubica a Miguel aquella mañana del 3 de marzo en el mercado Central de San Salvador, comprando conchas, pancitos y camaroncillo.

La Fiscalía acusó ya formalmente a Miguel y a otros ocho adultos de ser miembros de la clica Vatos Locos Primaveras. “Todos son autores directos y realizaron funciones propias para privar de libertad a las víctimas y quitarles la vida”, dice José Ernesto Castaneda Guevara, el fiscal que lleva el caso.

“Sinceramente… me duele lo que le han montado a mi hijo, porque ese día él estaba por San Salvador, a comprar conchas para la coctelería que administra”, dice Miguel Ángel Deras padre, veterano empleado de la alcaldía de Quezaltepeque, de la que llegó a ser administrador de mercados durante la gestión del Manuel ‘Chino’ Flores, hoy diputado por el FMLN.

Al igual que el padre, docenas de amigos, vecinos, familiares y conocidos creen que fiscales y mandamases policiales se equivocan cuando aseguran que Miguel pasó la mañana del 3 de marzo en Opico. Dicen que Miguel ni siquiera es pandillero.

***

La de Opico quizá sea la masacre atribuida a las maras que más impacto ha generado en la sociedad salvadoreña desde la quema del microbús en Mejicanos, en junio de 2010. A la brutalidad de la cifra, 11 trabajadores salvadoreños asesinados con corvos, pistolas y armas largas, se sumó que a mediados de abril se filtró un vídeo grabado por uno de los pandilleros que perpetraron la matanza, en el que se aprecia cómo machetean la nuca de uno de los empleados, tirado contra el suelo con las manos amarradas a la espalda.

Desde el inicio, el gobierno –embarcado como está en una guerra abierta contra las pandillas– quiso mostrar firmeza y efectividad. En las horas posteriores a la masacre, desplegó a cientos de policías y soldados en la zona, que se tradujeron en más de 80 detenciones.

El 7 de marzo, en una conferencia de prensa del gabinete de Seguridad encabezada por el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, se informó que el caso estaba en vías de resolución. “Son 82 capturados que pertenecen a grupos de pandillas de la MS-13 (Mara Salvatrucha)”, dijo Sánchez Cerén, apenas unos minutos antes de que el director de la PNC, Howard Cotto, detallara la desarticulación de cuatro clicas de la referida pandilla y dijera incluso que habían determinado que las órdenes para cometer la matanza procedían de los penales de Ciudad Barrios y del Sector 2 de Izalco, donde el Estado recluye solo a emeeses.

En esta imagen descargada de la cuenta Facebook, Miguel y tres amigos asisten el 18 de mayo de 2013 al Estadio Óscar Quiteño de Santa Ana, para ver el partido de vuelta de la semifinal entre Juventud Independiente y FAS, el equipo del que Miguel era fanático.

Sin embargo, apenas un día después, la Fiscalía desdeñó las pesquisas de la PNC, y anunció que no presentaría cargos relacionados con la masacre contra ninguno de los detenidos.

A partir de entonces, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía tomó las riendas de la investigación que, dos meses después, cuajó en órdenes de detención contra cuatro menores de edad y nueve adultos, supuestos integrantes de una clica de la pandilla 18-Revolucionarios con base en el municipio aledaño de Quezaltepeque.

Según la reconstrucción de los hechos realizada por la Fiscalía, que cuadra con el testimonio de un vocero de las pandillas al que ha tenido acceso un periodista de la Sala Negra de El Faro, el grupo de dieciocheros se desplazó armado con fusiles, escopetas y pistolas a Opico, a un sector controlado por la Mara Salvatrucha, para hacer unapegada, para matar a enemigos. Al no hallar a ninguno, cometieron la masacre con la idea de calentar la zona, para que el Estado se desquitara contra los emeeses.

“Tenemos una gama de prueba documental, pericial y testimonial”, dice el fiscal Castaneda Guevara. “Tenemos testigos presenciales que nos aportan elementos que contribuyen a establecer las circunstancias en las que sucedieron los hechos y el nivel de participación de cada uno de los procesados en el mismo”, dice. “Contamos con un vídeo”, dice.

En otras palabras, la Fiscalía ha negociado con un exintegrante de la clica presente en la matanza, lo ha bautizado con el sobrenombre de Islámico, y le ha ofrecido criterio de oportunidad, que no es más que beneficios a cambio de poner el dedo a sus homeboys.

En este contexto es que la Fiscalía acusa a Miguel de ser un asesino desalmado.

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Miguel cumplió 22 años en abril. Cuando uno navega en su página de Facebook, lo que halla son continuas referencias a su novia, a su familia, a sus amistades y a los dos equipos de fútbol de su preferencia: el Club Deportivo FAS y el Fútbol Club Barcelona. Es un joven en apariencia enamoradizo, risueño y apegado a los suyos. Sus últimos dos mensajes los dedica uno a su novia (“Un año 3 meses mi amor atu lado te amo mi vida eres lo máximo”, el 14 de mayo), y el otro a su madre (“Feliz día de la madre le doy gracias ah Dios por permitirme tenerte ami lado un año más te amo mama”, el 10 de mayo). El joven que se ve en las fotos viste zocado, camisolas sport o camisas abotonadas, tenis discretos, todo en las antípodas del look atribuido a las pandillas. “Mi hijo no está tatuado ni usa aritos… nada”, dice Ana Lilian Martínez, la madre. En una pared de la habitación en la que vive, en casa de sus padres, Miguel pintó en letras grandes y rojas ‘Guns N’Roses’, el nombre de la banda metalera estadounidense, alejada de los gustos musicales que se presuponen a los mareros.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Miguel Ángel Deras Martínez (al centro) espera la audiencia de imposición de medidas en el Juzgado Especializado de Instrucción por supuesta participación en la masacre de Opico. Foto Fred Ramos.

En la investigación lo han bautizado con la taka Slipy, Miguel Ángel Deras Martínez (a) Slipy de la Santa María, y dicen que disparó en la nuca a una de las víctimas con una 9 mm de fabricación checa. “Pero Miguel le decimos nosotros; Miguel o Miguelito, eso de Slipy se lo han inventado”, dice uno de los amigos, que pide no ser identificado por miedo. “Nosotros somos el círculo de amigos y le decimos Miguel”, apuntala. Otros cinco amigos presentes asienten. A pesar de que a Miguel le tocó ser joven en Quezaltepeque, quizá el municipio salvadoreño más estigmatizado por la violencia, no tiene antecedentes penales de ningún tipo. Ni él ni nadie de su círculo familiar cercano.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

La familia de Miguel es una familia integrada por padre, madre y tres hermanas mayores. Son clase media y viven en una casa grande ubicada en la Lotificación Antonieta, donde no hay una presencia activa de pandillas. Ana Lilian tiene un puesto en el mercado de Quezaltepeque. Miguel Ángel Deras padre trabaja para la alcaldía desde hace 27 años, salvo el trienio 2012-2015, cuando Arena llegó al poder y lo despidió por ser uno de los cargos de confianza del hoy diputado efemelenista Manuel ‘Chino’ Flores. “El Chino es gran amigo mío; de niños, sus hijos y Miguelito jugaban juntos en el mismo equipo de fútbol”, dice el padre. Miguel se graduó en 2012 de bachiller general en el Instituto Nacional Juan Pablo II, en Nejapa, y el despido de su padre lo desanimó de ir a la universidad. En 2015, Miguel Ángel Deras padre se reintegró en la planilla de la municipalidad, amparado por una sentencia judicial. Con el dinero de la indemnización por la improcedencia del despido, alquilaron un localito en el centro de Quezaltepeque y abrieron una coctelería, que tiene los cócteles de conchas y de camaroncillo como principal reclamo de su menú. El negocio lo administran Miguel y Alberto Domínguez.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

En un municipio como Quezaltepeque, en el que las fronteras de los sectores controlados por la Mara Salvatrucha o el Barrio 18 están muy delimitados, Miguel se mueve con relativa libertad. Vive en la Antonieta, rodeado de canchasfirmes de la 18; lleva a su sobrina al Colegio Adventista, en la otra punta de la ciudad, cerca del redondel de la fábrica Corinca; el puesto de su madre, que visita con frecuencia, está en un sector del mercado bajo influencia de la Mara Salvatrucha; la coctelería, a tres cuadras del parque Central. Viaja seguido a la capital, a Santa Ana para ver al FAS, incluso hace escapadas con sus amigos a la playa El Tunco, en La Libertad. No parece el tren de vida de un mareroactivo.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Un veintena de personas juran y perjuran que la mañana del jueves 3 de marzo, día de la masacre de Opico, Miguel hizo lo mismo que el 2 y el 4 de marzo, su rutina desde que comenzó a administrar la coctelería a mediados de 2015. Mañaneó, fue a dejar en mototaxi a su sobrina al Colegio Adventista, incluso se tomó una foto con ella que subió a su Facebook a las 7:22 a. m., se reunió con su padre para que le diera 30 dólares, se fue en Coaster con una mochila alpina al sector de mariscos del mercado Central de San Salvador, donde compró 150 conchas a nueve dólares el ciento, dos dólares de pancitos duros y el resto en camaroncillo fresco. Regresó tipo 10 y media para abrir la coctelería y se puso a jugar maquinitas; en esas estaba cuando llegó su socio Alberto Domínguez, quien también respalda con su testimonio la versión.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero, de que su taka es el Slipy de la Santa María, y de que es un asesino desalmado.

Habitación en la que vive Miguel Ángel Deras, en la que no se aprecia la más mínima referencia que implique la pertenencia al Barrio 18 que la Fiscalía atribuye a Miguel Ángel Martínez. Guns N’ Roses es un reconocido grupo metalero estadounidense, en las antípodas de la música rap y hip-hop con la que más se identifica el fenómeno de las pandillas. Foto Roberto Valencia.

A Miguel lo detienen unos minutos antes del mediodía del martes 17 de mayo, en su día libre. A las 10:52 a. m. había escrito su último mensaje de Whatsapp a su novia, Jackeline Jiménez: “Okizz mi amor aver si no viene cansada”. Un pick up nuevo y blanco, sin ningún tipo de distintivos, llegó con seis militares y dos policías. Él les abrió y se lo llevaron a la subdelegación policial de Quezaltepeque, y de ahí, ya en la tarde-noche, a las bartolinas de Lourdes, en Colón, que por su tamaño y hacinamiento ya se conocen con el sobrenombre del Penalito. Esa detención se tradujo en dos procesos judiciales distintos: el primero, por agrupaciones ilícitas –nombre legal que recibe la pertenencia a una mara u otra agrupación de naturaleza criminal–, con un requerimiento fiscal tan débil que incluso mentía al aseverar que Miguel fue detenido a las 7 de la noche en la colonia Primavera, y sobre el que el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque concluyó, el lunes 23 de mayo, que ni siquiera ameritaba la detención provisional; el segundo proceso es el de la masacre de Opico, por el que el fiscal Castaneda Guevara pide no menos de 344 años de cárcel para Miguel, e igual número para los otros ocho involucrados.

Porque la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

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Mediodía del lunes 23 de mayo de 2016. Miguel sale de la pequeña sala que acoge el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque. Lleva la camisola y los chores blancos que la PNC entrega ahora a los detenidos relacionados con pandillas. Una juez acaba de decirle que el caso con el que la Fiscalía pretendía que él y otros cinco jóvenes fueran privados de libertad por agrupaciones ilícitas no tiene sustancia suficiente. Miguel luce somnoliento y huele a bartolina, pero acepta platicar.

—En realidad… no sé qué hago aquí, porque yo no tengo ningún vínculo con pandillas –dice.
—Alguien ha tenido que decir que formas parte de la clica.
—Pero no tengo ni la menor idea. Adentro he hablado con los bichos, y ellos mismos me han dicho que ni saben por qué yo estoy aquí. Uno me dijo: “Sí se pelaron con vos…”

En la solicitud de imposición de medidas de la Fiscalía identificada como 64-UDHO-LL-16, la referida a la masacre de Opico, el testigo criteriado Islámico identifica con precisión al Slipy de la Santa María como uno de los jóvenes que participó en la matanza, con un rol destacado. En la página 17 lo describe: “De 18 años de edad aproximadamente, de complexión física delgada, piel negra, cabello negro, de un metro con sesenta centímetros de estatura aproximadamente, residente en colonia Santa María, Quezaltepeque, no le ha visto tatuajes y es soldado o gato de la cancha de la Santa María”. Miguel tiene 22 años, es chele y vive en la lotificación Antonieta, casi en la otra punta de la ciudad.

—Yo no soy pandillero y no tengo… o sea, enemigos, o sea… yo no tengo enemigos –dice Miguel.
—¿Cómo explicas lo que te está pasando?
—No le he hallado… porque yo jamás me he metido en problemas. Ni sé por qué me tienen vinculado.

Al salir del juzgado, un hombre llamado Carlos González se acerca al periodista, se identifica como amigo de Miguel y pregunta por él. Con el celular muestra un par de fotos de hace varios años en las que se ve a ambos. A Carlos todos le dicen Charly, tiene una parte del pelo teñido de rubio, viste colorido y vive de su puesto en el mercado de Quezaltepeque, donde arregla ropa. Es homosexual y lo lleva con orgullo.

En el submundo de las pandillas, la homosexualidad –el culerismo, dicen– está vista como una de las desviaciones intolerables en un homie, razón más que suficiente para ser asesinado. Miguel y Charly son amigos desde hace años.

Pero el fiscal Castaneda Guevara está convencido de que Miguel es pandillero.

“Me llamo Ulises Geovani Rodríguez Silva. 27 años. Me dedico a la zapatería, enderezado y pintura. Estoy acompañado con Roxana Abigail González. No tengo hijos. Soy de Santa Ana. Estaba viviendo en el pasaje San Carlos del Bulevar de Los Héroes de San Salvador. Estudié hasta octavo grado”.

Ulises es un muchacho seco y chele, con tatuajes que cubren gran parte de su brazo izquierdo. Roxana está a su lado, callada, cabizbaja, morena, manos atrapadas entre las piernas, 21 años, de un cantón de Chalatenango, ama de casa, con estudios hasta noveno grado. Una muchacha bajita regordeta que no sabe el nombre de su papá. Cuando se lo preguntan, calla y niega con la cabeza. Ambos están esposados y sentados a la par de su abogado defensor en la sala 2A del Centro Judicial Isidro Menéndez de San Salvador, donde el juez tercero de sentencia de la capital dicta sus sentencias.

“Sí, deseo declarar”.

Ulises ha dicho eso a pesar de que el juez le acaba de explicar que no está obligado a declarar, que él es inocente hasta que se demuestre lo contrario, que hoy, 7 de marzo de 2016, está en esta sala para escuchar las pruebas y a los testigos, y también para escuchar a su defensor poner a prueba esas pruebas. El abogado es un abogado público, un hombre con poco tiempo para cada caso. Hay defensores públicos que tienen hasta 60 audiencias cada mes. Un homicidio, cuatro homicidios, 15 homicidios, una violación, cuatro violaciones, diez violaciones, 20 robos, cinco secuestros… 60 audiencias, 30 días. Hasta el momento, el defensor público de Ulises y Roxana solo ha pedido que le permitan que sus defendidos se sienten a su lado. Ulises y Roxana habían sido sentados atrás, como si fueran público de su propio juicio. Luego, el abogado dijo que se acababa de enterar de que su defendido quería declarar y que por tanto ya no tenía sentido defenderlo. “Usted tiene que orientarlo”, replicó el juez. El defensor, revoloteando unos papeles, dijo: “Eeeh… Todo va orientado a la inocencia de mi defendido… Hay sucesos que se dieron ahí… Con eso y otras cosas más trataríamos de contradecir a la Fiscalía”. ¿Qué es “Eso”? ¿Qué “Otras cosas más”? Tras cuatro meses asistiendo a juicios de homicidio en este país he entendido que en muchas ocasiones se dice por decir, se retuerce para aparentar. Donde la honestidad obligaría a decir “señor juez, no tengo ni idea de quién es este señor, pido tiempo para enterarme”, se dicen, por decir algo, palabras como “señoría… defendido… sucesos… acaecidos… contradecir… Fiscalía”. O sea, nada. Dicho lo que dijo el juez, Dicho lo que dijo –o sea, nada- el defensor, le tocó el turno de decir al acusado Ulises.

“En primer lugar, quiero reconocer de que he estado recluido algún tiempo. Estando detenido he leído la biblia. Estudiando la biblia los meses que estuve detenido logré comprender la justicia terrenal y la divina. Mi compañera de vida, al lado mío, ha sido encarcelada por algo que no tiene nada que ver”.

Ambos están acusados de haber matado a un hombre el 12 de mayo de 2015 adentro de una casa de la urbanización San Jorge, a eso de las 10 de la noche, a unos metros del Bulevar de los Héroes, de los restaurantes de comida rápida y el campo de atracciones “El Mundo Feliz”.

“La situación del homicidio, sí lo cometí. Sí cometí ese delito de homicidio por cuestiones personales con el señor Armando Peña Tobar”.

La teoría expuesta por la Fiscalía afirma que Ulises regresó con unos tragos adentro, entró a la casa donde alquilaba un cuarto, apuñaló decenas de veces a su casero de 64 años, con la ayuda de Roxana. La teoría fiscal dice que Marte II, que es un testigo protegido, escuchó el siguiente grito: “te voy a matar, te voy a sacar un ojo”, y entonces se asomó. Esta versión propone que Marte II combatió con Ulises, le quitó el cuchillo, y que Ulises le dijo a su mujer que le alcanzara la .3280 (sic), que ella le alcanzó un bulto pequeño, y que él la empuñó como una pistola y le advirtió a Marte II que o abría la puerta o moría ahí mismo a la par de Armando. Que la pareja, antes de dejar la casa ensangrentada, tomó un televisor plasma de Armando y huyó. La teoría de la fiscalía dice que Marte II avisó a los vigilantes privados que custodiaban ese pedazo de ciudad, y que por suerte una patrulla policial del 911 pasó. La versión consigna que entonces la patrulla aceleró y logró encontrar a Ulises y a Roxana caminando desorientados en el parqueo del restaurante de hamburguesas Wendy’s. La investigación fiscal asegura que ante su inminente captura, Armando y Roxana se rinden. Son capturados como manda la ley y trasladados a diferentes centros de detención.

“Tengo una situación, una enfermedad siquiátrica. Acá está la receta del Hospital Siquiátrico donde me llevan mes a mes para comprar mi tratamiento diario”.

El papel lo saca Ulises. El abogado defensor ve a su defendido como quien ve a alguien realizar un truco de magia.

“Esos meses –alrededor del homicidio- no la pude ir a traer por la situación de que yo soy un ex pandillero. Tengo ocho años de haber dejado la pandilla a la cual pertenecí. El Hospital Siquiátrico está en medio de ambas pandillas. Entonces, no podía poner en riesgo mi vida, no estuve tomando mi tratamiento siquiátrico”.

Para llegar al Siquiátrico es necesario ir a Soyapango. En Soyapango, durante 2015, la tasa de homicidios fue de 81 por cada 100,000 habitantes. Fue una tasa brutal que superó incluso a la tasa del segundo país más violento de la región, Honduras. Sin embargo, la mortal tasa de Soyapango fue mérito en un país como este, que cerró el año con 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Uno de cada 972 salvadoreños fue asesinado en este paisito que cabe unas cuatro veces en el paisito de Guatemala. Para llegar al Siquiátrico hay que internarse en la calle La Fuente, a la altura de Unicentro. Hacia adentro empieza una de las concentraciones de colonias más emblemáticas por el control que las pandillas ejercen sobre ellas. Es un nudo de concreto armado sin esmero que se reparte la Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 Sureños. Bosques del Río y San José, bastiones de la 18; Guayacán, Montes, Monte Blanco, El Pepeto, bastiones de la MS. En la calle La Fuente suele ocurrir que pandilleros de ambas organizaciones suben a los buses que pasan por sus colonias, bajen a los jóvenes y les piden el documento de identidad para saber si viven en su zona o en la otra. De esa dirección y del interrogatorio dependerá la severidad de la golpiza o, incluso, la vida. Un joven en camisa polo con el logo de su empresa, pantalón de vestir, zapatos lustrados y pelo engominado corre riesgo de ser revisado, desnudado, interrogado en la calle La Fuente. Un joven como Ulises, tatuado de los brazos, enemigo de la MS y retirado del Barrio 18, es un hombre muerto caminando en la calle La Fuente.

“Mi enfermedad es la esquizofrenia paranoide”.

Sin mucho esfuerzo, esto dice en la web la Medciclopedia sobre esa enfermedad: “forma de esquizofrenia caracterizada por una preocupación persistente, con delirios ilógicos, absurdos y cambiantes, habitualmente de naturaleza persecutoria, de grandeza o de celos, acompañados de alucinaciones”.

“Quiero dar detalles, porque cuando ocurrió, mi compañera de vida estaba dormida. Lo que dijo el criteriado, en parte tiene razón y en parte está mintiendo”.

El criteriado es el testigo Marte II. Todos en la sala sabemos quién es Marte II. “Vivía en el cuarto contiguo a nosotros”, dirá Ulises. Tres jueces me aseguraron que las medidas ordinarias –distorsionar tu voz como la de un ratón o de ultratumba, ponerte un camisón negro y una capucha, permitirte declarar tras un biombo y darte un nombre clave- no protegen a nadie en casi ningún caso. El asesino sabe quién lo delató. El secuestrador lo sabe. El violador lo sabe. Los tres jueces coinciden en que la medida es solo una manera de darle seguridad al testigo, de que no vea al victimario y se sienta más confiado al hablar. En otras palabras, las medidas ordinarias son un mecanismo de engaño para los testigos que se atreven a acusar. Son pequeños detalles que llevan al testigo a pensar que todo está bien porque su voz se hace cavernosa en la sala; que no hay problema, porque viste, en negro, un modelito como los del Ku Klux Klan; que el biombo es un sólido escudo entre él y el asesino. Un fiscal de homicidios, cuyo trabajo depende de esos encapuchados, lo definió así: “ser testigo en este país es joderse la vida”.

“Los hechos sí sucedieron, su señoría, me hago cargo del homicidio, porque maté. Nunca existió la posibilidad de quererle robar, en el departamento él tenía una laptop, las llaves de un vehículo. Mi intención nunca fue robarle, pero sí lo maté, por la situación de que hubo roces. Tengo esquizofrenia, soy muy impulsivo, veo cosas que no existen. No recuerdo ni qué me dijo, solo que me insultó. Yo abrí la puerta y encuentro a Roxana Abigail dormida. Ella tiene un plasma encendido, que es el plasma que dicen que me robé. Yo llegué de noche. Yo solo escuchaba los gritos. A mí se me descontrola un poco la mente, como le digo”.

Es sorprendente la quietud de Roxana. No se mueve. No saca las manos de entre las piernas. Es sorprendente, sobretodo, por lo que sabremos luego.

“Teníamos un problema (con Armando Tobar) con los $200 que se le pagan al mes. Yo tenía 12 días de haberme venido a vivir ahí. Él empezó a decirme… Él quería que yo pagara más por la utilización de la red. (La red) era de un cuarto aledaño. Le dije que dejara de molestar, que yo tenía problemas siquiátricos. Ella se quedaba siempre dormida con sus auriculares, oyendo música. Volví a salir, le dije que no hiciera bulla, que ella estaba dormida. Pero ahí yo ya salí con el cuchillo en la mano. Le dije que por favor se callara, que mejor le iba a desocupar el cuarto. Uno también es celoso. Le dije que no hiciera bulla, que mañana íbamos a platicar. ‘¿O sea que me querés amenazar? No te tengo miedo’. Y empezaron los insultos. Viendo el desafío, uno de hombre y con mi tratamiento siquiátrico, empecé a atacarlo con el cuchillo. Quiso quitármelo. En ese momento yo sabía que era él o yo. De ahí los arañazos que tengo en el cuello. Forcejeamos y empecé a apuñalarlo. ¿Cuántas veces? No sé, porque ya uno airado… Lo apuñalé muchas veces. Me manché de sangre por completo, porque estaba vestido con pantalón y camisa manga larga. Mi situación era no dejar de apuñalarlo, porque él me tenía abrazado y no me soltaba, y como era algo fornido… Hasta que ya me soltó fue que cayó al suelo”.

El testigo Marte II asegura que él salió al escuchar los gritos, que vio el cuerpo ensangrentado y muerto de Armando y que vio el cuerpo de Ulises untado con la sangre de Armando. Marte II asegura que él también forcejeó con Ulises, pero que en su caso, él ganó y pudo quitarle el cuchillo. Marte II asegura que al vencer a Ulises, lo dejó ir y luego pidió auxilio al vigilante y a la Policía.

“Cuando salió el criteriado, me dijo: ‘ey, ¿qué estás haciendo?’ No hallé qué responder, solo le dije: ‘ándate, no te quiero matar, vos no me has hecho nada, no te quiero matar’. Él me dijo: ‘entregame el cuchillo’. Yo se lo he entregado con mis propias manos, nunca ha forcejeado conmigo. El criteriado dice que yo lo quise amenazar. Es raro, cuando don Armando era una persona fornida, el criteriado es delgado y ya de avanzada edad. Me hubiera sido más fácil matar al criteriado que a alguien ya… Por decirlo así, más fuerte. Yo le he dado el cuchillo. Él me dijo que me salga, yo le dije que no, que mi compañera estaba dormida en el cuarto… Nunca amenacé al testigo. No le quité la vida porque no me había hecho nada. Mencionan una .3280. Ese calibre nunca ha existido en calibre de arma. Sí existe la .3220 y la .380. Armas no han encontrado. Es otra de las mentiras del criteriado”.

Efectivamente, la .3280 no existe. Hay revólveres .3220 –mejor conocidos como .32-, y definitivamente hay .380. En El Salvador, el país más homicida del planeta, se registran 11,000 armas de fuego cada año, desde 2010. O sea, cada día unas 30 nuevas armas andan en manos de los salvadoreños en las calles de este país de 6.5 millones de personas. Ninguna de esas armas, obviamente, es una .3280.

“Ella no ha escuchado nada, porque sigue acostada en la cama. He entrado al cuarto a despertarla, la he movido, ahí es donde la he manchado de sangre. Ella se despertó asustada. Me preguntó que qué pasaba. Le dije que no preguntara, porque no le iba a contestar… O sea, que ella ahorita se está dando cuenta que sí, yo maté al individuo. Hasta la fecha, nunca se lo había confesado a ella. Necesitaba de valor y de conocer la palabra de dios. Si yo mintiese, del juicio de dios no me puedo escapar. Por temor a dios es que yo he venido a declararme culpable y pedirle que puedan absolver a mi compañera de vida, porque yo manché de sangre el vestido de ella”.

Roxana, la muchacha de un cantón de Chalatenango, a sus 21 años, ha pasado casi un año de su vida encarcelada sin entender por qué. Quizá intuyó que aquella sangre su pareja se la sacó al hombre en el suelo, pero nadie le había explicado por qué ella estaba presa, qué tenía ella que ver con aquel homicidio. Ella ha pasado un año encarcelada luego de despertar abruptamente, manchada en sangre. Su tiempo en una prisión como la de Ilopango, con un hacinamiento superior al 400%, terminará hoy, porque su pareja entendió que o hablaba o su mujer iría a la cárcel. La Fiscalía la acusa de homicidio simple. El defensor público parece interesarse tanto por este caso como un caníbal en un plato de verduras. En este sistema de (in) justicia donde solo uno de cada 10 homicidios llega a juicio, Roxana solo tenía una posibilidad de quedar libre: que su homicida novio decidiera confesar.

“Yo sé que voy a ser condenado porque cometí el delito. Yo a ella tenía 12 días de haberla conocido… Nos conocimos y nos quisimos acompañar. El único error de ella fue haber estado a la hora equivocada en el lugar equivocado, y el único delito de ella fue haberse acompañado conmigo, pero ese no es un delito ante la ley”.

La Fiscalía también sostiene que Ulises robó un televisor.

“Yo le dije a ella: ‘han matado a don Armando, no pregunte, vámonos’. Y agarré mi televisor plasma de 32 pulgadas y 40 dólares que ella tenía en una mochilita. (En la oficina de don Armando) había una minilaptop, las llaves de una camioneta…”.

Ulises no será condenado por ningún robo en el tribunal, tras casi un año de investigación. Ulises y Roxana serán condenados como ladrones por los medios de comunicación sin ninguna investigación. “Con la idea de obtener unos ingresos extras, un anciano de 64 años, puso en alquiler tres habitaciones su (bis) residencia ubicada en San Salvador, pero nunca imaginó que su inquilino lo mataría al intentar robarle sus electrodomésticos y sus pertenencias personales”, fue el primer párrafo de Diario 1 publicado luego del juicio. A pesar de que la nota cierra diciendo que Roxana fue absuelta “por falta de pruebas”, le dedican este párrafo: “Sin embargo, la noche del 12 de mayo pasado, Rodríguez Silva, había consumido bebidas alcohólicas en compañía de una mujer que responde al nombre de Abigail Villanueva, de 20 años. Ambos sujetos planearon robar electrodomésticos en la vivienda del adulto mayor, pero según su declaración, no pensaban asesinarlo”.

“Yo he salido a buscar un taxi con tal de que me llevara a Santa Ana, Mi intención era parar un taxi, darle el plasma y que me llevara a Santa Ana. Mi compañera, sin saber lo que pasaba… No sé qué pasó en la mente de ella, yo la levanté con mis manos llenas de sangre. Cuando vi la patrulla, me he tirado al suelo”. El Diario La Página habló en su nota luego del juicio de “la pareja de atacantes” y tituló: “testigo relató cómo un sujeto le dio 50 puñaladas a su víctima para robarle un televisor”, a pesar de que Marte II no relacionó el asesinato con el robo.

Luego de la declaración, la Fiscalía insistirá en que “la ropa indica que Roxana participó”. Se consignará que el cuerpo de Armando tenía 50 puñaladas. El defensor, coherente con el desinterés mostrado desde el inicio, solo repetirá algunas de las cosas que Ulises confesó. Su estrategia de defensa era ver qué pasaba. A Marte II solo le preguntó que de dónde bajó Roxana. Marte II, con ayuda del juez, tuvieron que hacerle ver al abogado defensor que nadie bajó de ningún lado, porque la casa es de una planta. El juez, dando crédito a la confesión de Ulises y a su tratamiento siquiátrico, le dará una pena mínima por homicidio simple: 10 años, y otros 3 por amenazas a Marte II. Respecto a Roxana, dijo: “No se ha demostrado la participación que cometió”. Absuelta. Antes de que la sentencia fuera dictada, Ulises pidió una última cosa. El juez no se la concedió. Dijo que no le correspondía a él, y Ulises fue conducido hacia el penal del que salió para venir a este juicio.

“Solo un favor quería pedirle a su señoría: hice una solicitud de traslado de penal. Me tenían con régimen de protección, porque la población adentro no me recibe. Yo ya llegué cuatro veces a ese penal, porque hice una condena anterior. Me han hecho amenazas… Como solo son mareros, más que todo. Ahí tengo enemigos que fueron de la calle, va. Yo hace ocho años anduve activo. Solicito mi traslado por motivos de seguridad al penal de San Vicente, el único penal donde no tengo problemas. Ya me amenazaron de que me van a matar. Ayer, día domingo no hicieron nada por respeto a la visita. Me haga el favor… si me pueden tener de mientras acá en las bartolinas para no poner en riesgo mi vida. Y, por lo demás, me considero responsable del delito. Nada más. Muchas gracias”.