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Cuando la invitación a esta boda llegue a tus manos, pensarás que el lugar es una broma de mal gusto. Dirás que no es posible que alguien quiera prometer amor eterno en un espacio así o que se trata de un error de imprenta, pero cuando confirmes el lugar sentirás como si te engraparan el estómago. El sentimiento se repetirá durante los días siguientes cada vez que escojas la ropa que usarás y evites el negro, azul, café o blanco, los zapatos de tacón, hebillas grandes, sombreros o cualquier cosa que, en un descuido, pueda ser convertido en un arma.

Apuntarás en el calendario la fecha 19 de julio de 2013 y te prepararás mentalmente, durante semanas, para ir a este lugar. Cuando los días pasen, y la cita sea inevitable, usarás el Metro para llegar al oriente de la Ciudad de México, a la delegación Iztapalapa, la que concentra el mayor número de homicidios. Seguirás hasta la estación Santa Martha Acatitla y bajarás con la gente que va a la unidad habitacional conocida como El Hoyo, la zona roja más violenta de la capital. Al salir, recorrerás a pie la carretera México-Puebla —donde 17 días después encontrarán los brazos de una mujer desmembrada— y llegarás hasta la calle Morelos, en la colonia Paraje de Zacatepec, donde los vecinos aún hablan de esa muchacha de 25 años que quemó vivo a su hijo de 14 meses para vengarse de los golpes de su pareja.

Entonces harás fila para entrar a ese edificio de puertas grandes, como fauces que devoran a la gente. Un guardia retendrá tus identificaciones mientras otro revisa cada pliegue de tu ropa en busca de algo prohibido, algo tan pequeño como un alfiler. Para algunos invitados la fiesta se terminará aquí por no seguir el código de vestimenta, pero si logras superar la cadena, atravesarás custodiado uno, dos, tres, cuatro accesos controlados por rejas, guardias y cámaras de vigilancia. Sin que te quiten los ojos de encima avanzarás por un pasillo que te deja ver, a la distancia, algunos rosales y bugambilias a través de un enrejado coronado por alambre de púas, mientras cada movimiento tuyo en ese camino gris es supervisado desde una torre. Pasarás otros accesos protegidos y luego un segundo pasillo —con muros de concreto de siete metros de alto— que te hará maldecir la hora en que la vida te puso aquí.

Y justo cuando percibas un ligero olor a humedad y te des cuenta que has empezado a sudar la ropa por tanto caminar, justo cuando pienses que esto es una broma de mal gusto, llegarás al último acceso, donde la revisión vuelve a ser tan rigurosa como la primera. Entonces, si todo sale bien, se abrirán unas pesadas rejas blancas y lo que tendrás enfrente será el escenario de la ceremonia: un patio al aire libre con piso y muros de cemento, celdas sin color, torres vigilantes y un aire frío que entume los huesos.

Un custodio te pedirá que pongas un pie adentro del único módulo de alta seguridad que existe en el Distrito Federal, donde se concentran los reos más peligrosos de todo el sistema carcelario capitalino.

Aquí, entre los convictos más peligrosos de la capital, aquellos encarcelados por homicidio, secuestro, extorsión y violación, se celebrará la boda para la cual te preparaste.

Bienvenido a El Diamante.

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Antes de que empiece la boda, alguien te contará que El Diamante es el equivalente en la Ciudad de México a la prisión federal de máxima seguridad Altiplano, conocida antes como Almoloya: los más peligrosos vienen aquí, a vivir entre los crueles.

El DF tiene cerca de 41 mil 100 internos en sus diez cárceles y sólo 403 tienen los méritos para vivir en este módulo dentro del Centro Varonil de Reinserción Social Santa Martha: reos cuya violencia pone en riesgo la vida de otros delincuentes, con sentencias tan largas como cadenas perpetuas o aquellos cuyos secretos sobre el mundo criminal los hacen vulnerables a un ataque.

Aquí podrás encontrar al líder de la Iglesia de la Santa Muerte, David Romo Guillén, con una sentencia de 66 años por secuestro y extorsión; o al dueño del bar Heaven, Mario Alberto Rodríguez Ledezma, quien es señalado como participante en el secuestro y desaparición de 12 jóvenes del barrio de Tepito.

Sus cinco mil 733 metros cuadrados guardan celosamente la pulpa del crimen desde hace tres años. Por eso, verás que hasta la banda musical tiene notas de fechoría: el guitarrista es un secuestrador llamado Toño, quien toca al compás del homicida y saxofonista Héctor, quien está al pendiente del canto del plagiario y vocalista Alejandro.

La banda se ubicará a un costado del registro civil hecho con tres mesas sin adornos, justo en el centro de El Diamante. Ahí se sentarán El casamentero de la cárcel —el juez del Registro Civil 40, Juan Salazar Acosta—, quien suele unir en matrimonio a parejas dentro de prisión, y a su lado el director del penal, Rafael Oñate, quien inaugurará la boda colectiva para 25 parejas.

Y cuando te sientes y preguntes por qué este lugar tiene un nombre tan elegante, te dirán que por dos cosas. La primera, por tradición: las instalaciones carcelarias del Distrito Federal son nombradas con distintivos que aluden a metales preciosos como turquesa, plata u oro; al módulo de alta seguridad le tocó el diamante. La otra, porque su forma en panóptico asemeja, vista desde lo alto, a esa joya.

Entonces volverás a pensar que se trata de una broma de mal gusto el que esta mañana vayas a conocer tres parejas que, en el módulo de alta seguridad El Diamante, se entregarán anillos de compromiso… con diamantes.

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Hugo y Tere son los primeros. Ambos tienen 29 años. Él está en prisión por robar con violencia autos de lujo, ella trabajó en la Presidencia de la República en los tiempos en que Felipe Calderón declaró la guerra al narco.

Te contarán que su historia de amor comenzó hace una década, cuando ambos tenían 19 años y Hugo le pidió a una amiga que le presentara una muchacha. La elegida fue Tere, quien estudiaba Administración de Empresas en la religiosa Universidad La Salle. Hubo chispazos desde la primera cita, tanto que en la segunda se aventuró a preguntarle: “¿Quieres ser mi noviecita?”. Ella aceptó el 15 de marzo de 2003.

Eran felices hasta que en la noche del 23 de marzo de 2004 sus planes cambiaron. Hugo fue detenido en la colonia Del Valle, donde los policías judiciales que montaron un operativo para detenerlo aseguraron que pertenecía a una banda de alta peligrosidad que robaba autos último modelo a mujeres y adultos mayores, a quienes amagaba con armas de fuego. Junto con él cayeron dos cómplices, incluido un granadero de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. El juez le impuso una sentencia de 21 años y 10 meses.

“Cuando él estaba encerrado en el Ministerio Público me decía que ya no fuera, que esa no era vida para mí, pero yo no lo quise dejar porque sentí que no era lo correcto. Le dije que no lo iba a abandonar”, te contará ella, enfundada en un sencillo vestido blanco.

Escucharás cómo Tere hace un recuento de sus últimos 10 años: se gradúo, se hizo socia de una empresa de seguridad privada, trabajó en la residencia oficial de Los Pinos y ahora labora en una empresa de relaciones públicas. Mientras tanto, él duerme, come y vive en una celda de concreto todos los días.

“Siempre he guardado la ilusión de que salga. No tiene una sentencia larga… bueno, más o menos. Con el paso de los años hemos conservado la ilusión de que salga y, como toda novia, tengo el sueño de casarme en la calle, que esté toda mi familia, que mi vestido no tenga que venir con ciertas características porque si no, no pasa”.

Verás que son opuestos como negro y blanco: él rollizo, ella delgada; él tosco con las palabras, ella fluida; a él le esperan 10 años más en la cárcel, ella cuenta con un futuro brillante; él prisionero, ella libre. A la vista, sólo tienen en común sus manos entrelazadas y que comparten su amor con una niña de ocho años, producto de un embarazado planeado dentro de la cárcel.

“No me importa nada, sólo la amo y vamos a ser felices hasta que la muerte nos separe”, dice Hugo, vestido de hombros a pies con ropa azul, como lo mandan las reglas de El Diamante.

Entonces notarás que hay una tercera cosa en común en Hugo y Tere: a ambos les tiemblan las manos cuando ven el anillo de compromiso. Y vuelven a temblar al besarse y decir “te amo”.

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Cuando conozcas a José e Itzel, el cálculo te parecerá desesperanzador: la vida matrimonial que ella espera a partir de esta mañana la podrá disfrutar en libertad hasta que cumpla 90 años, porque a su prometido aún le faltan seis décadas en prisión.

Sin dejar de mirarse embelesados, te contarán que si están juntos es gracias a que José fue detenido el 7 de junio de 2010 por robar a una mujer en un taxi y secuestrarla por horas para vaciarle las tarjetas bancarias. Y que cuando llegó al Ministerio Público aparecieron cinco víctimas más que lo identificaron, lo que resultó en seis casos por privación ilegal de la libertad y robo calificado.

Lo llevaron al Juzgado 57 con sede en el Reclusorio Oriente y, mientras esperaba su sentencia en los oscuros túneles que llevan hasta la prisión, el universo lo colocó en el mismo lugar, fecha y hora que ella, sus ojos y sus labios. Ella también esperaba sentencia, pero por robo calificado. Se vieron. Sonrieron. José caminó hacia Iztel y ella le permitió acercarse. “Hola, ¿por qué tan solita?”, dijo él e inició el romance que, en minutos, los llevó a intercambiar nombres y teléfonos de abogados antes de separarse.

“Ese mismo día que la conocí, la besé porque dije ‘no la voy a volver a ver’. La vida en la cárcel es muy diferente y es difícil encontrarse con alguien, pero siempre estuvimos en contacto, cartas y teléfono, y me salió bien, ¿no?”, platicará José con una amplia sonrisa.

Ella quedó en libertad siete meses después y cumplió la promesa de buscarlo. Desde entonces, son novios inseparables: a ella no le importó el tipo de delito y estuvo ahí cuando la sentencia de José alcanzó 109 años. También fue testigo de cómo, amparo tras amparo, los abogados de su novio redujeron la pena hasta los 60 que tiene ahora.

Se unió a él con tesón y lo visitó durante un año y medio en el Reclusorio Oriente, hasta que hace 24 meses el sistema penitenciario decidió que, por su peligrosidad, José correspondía a El Diamante. Ni con el cambio, Iztel lo abandonó.

“Empezó a verme, a estar aquí conmigo. Te das cuenta de que alguien quiere estar contigo”, te contará José y hará un ademán con los ojos para que te fijes en el anillo de compromiso. “Es ella, siempre ha sido ella”.

José te dirá que no importa que él tenga 25 años y salga hasta los 85; Iztel argumentará que no es relevante que tenga 30 y su matrimonio pueda comenzar normalmente cuando cumpla 90.

Lo único que les importa hoy es jurarse amor eterno e imaginar que, un día, se hará realidad su mayor anhelo: Iztel recostada sobre José viendo películas románticas. En su casa. Sin barrotes.

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Aunque ahora luce más delgado en comparación con la foto que le tomaron el día que lo ficharon, reconocerás a Eddy como ese secuestrador a quien los medios señalaron el 5 de noviembre de 2011 como el líder de una banda de plagiarios conocidos como Los Tortas.

Lo verás caminar por el patio con aire de novio nervioso, agitado, jugando con el anillo de compromiso que tiene en la bolsa y pensarás que ese hombre de 28 años luce tan distinto a esa persona que la Secretaría de Seguridad Pública acusó de especializarse en secuestar niñas y niños cerca de sus escuelas en el DF y el Estado de México. Te costará pensar que es el mismo que enviaba a los familiares videos de cómo golpeaba a sus víctimas para presionar la entrega del rescate.

Eddy te dirá que cuando fue detenido llevaba cinco años y medio de novio con Marcela, a quien conoció cuando ella cursaba el tercer año en la secundaria pública 86 de la Ciudad de México, donde él era administrativo. Aunque ella era menor de edad y él tenía 20 años, iniciaron una relación el 11 de mayo de 2006.

A los 17 años Marcela tuvo su primer hijo, que selló la unión entre ambos. Ni siquiera pensaron en separarse cuando Eddy fue trasladado al Centro Federal de Readaptación Social 4, en Tepic, Nayarit, y durante cuatro meses sólo pudieron enviarse una carta y hablar dos veces por teléfono. Tampoco cuando, hace meses, lo cambiaron al único módulo de alta seguridad de la capital.

Te contarán que han aguantado hasta ahora porque sienten que son el uno para el otro y porque hay esperanza de que él salga: Eddy no está sentenciado, espera que un juez valore las pruebas que aportó su abogado y lo declare inocente del delito de secuestro. Del otro lado de la moneda está que el mismo juez lo declare culpable, tome en cuenta los nueve casos de secuestros relacionados con Los Tortas y dicte una sentencia de hasta 540 años en prisión.

Si eso pasa, enterrarán la fantasía de que el primer día en libertad vuelvan a casa en Metro, paren por unos tacos de carnitas y un tepache frío y él entone, en la calle, la canción que compuso para conquistarla:

No hay otros besos que no sean tuyos/
No hay un secreto que no sea nuestro/
Tu alma y tu cuerpo/

Juntos siempre

“Pero la esperanza me llena de fortaleza”, te dirá Eddy antes de abrir la caja del anillo, olvidarse de ti y perderse en el dedo anular de Marcela.

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Por un segundo, El Diamante quedará en silencio. Es el mutismo que antecede a los aplausos que desencadena un colectivo “sí, acepto” interrumpido por 25 besos en la boca de los nuevos esposos y esposas.

“Ésta es la prueba de que sí hay cosas malas en la cárcel, pero no todo es esto. Aquí también hay amor”, dirá el director Oñate cuando el juez termine la ceremonia y veas a las parejas abrazarse y correr con sus familias a presumir los anillos. Algunas novias llorarán, otros novios se esforzarán para no sollozar de alegría frente a sus compañeros.

La boda terminará sin damas de honor, arreglos florales, pista de baile ni limusina que lleve a las parejas a continuar la fiesta. En lugar de comer en una elegante mesa te sentarás en una mesilla de concreto para esperar tres “empanadas caneras” —la “cana” es, en el lenguaje presidiario, sinónimo de cárcel— hechas de queso y jamón con las manos de los reos.

A falta de champaña, te darán refresco y una rebanada de ese pastel comunitario que dice “Felicidades”. Y en lugar de juegos pirotécnicos verás, bajo el cielo despejado de esta mañana, un custodio vestido de negro que desde una torre de seguridad no deja de mirarte con ojos amenazantes.

Alguien te dirá que la luna de miel quedará en pausa por años, tal vez por décadas o que nunca sucederá para estos nuevos matrimonios; ninguna novia arrojará un ramo a sus amigas y a ningún novio le lloverá arroz crudo. En sustitución, los internos que son demasiado peligrosos para asistir a la boda gritarán, desde sus celdas de castigo en lo alto de una torre, una sonora porra que arrancará los aplausos de familiares, esposas y esposos.

Verás los rostros de los recién casados, sus sonrisas, sus vestidos, sus uniformes prisioneros, sus historias; tratarás de ver en sus ojos las pesadillas de sus víctimas y también sus propios sueños. Entonces darás la vuelta, rebasarás los accesos y saldrás de El Diamante para volver a la calle en libertad.

Y pensarás que mientras unos ven el matrimonio como una cadena perpetua, otros lo ven como la única oportunidad de sentirse libres.

Hasta que la muerte o El Diamante los separe.

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Esta historia comienza en 1966, cuando Montserrat Fontané y Josep Roca adquieren en el pueblo de Taialà, en un suburbio de Girona, España, una propiedad que se convertirá en el bar del barrio, el cual será frecuentado por los obreros de la zona. Luego, la pareja construirá la vivienda que los albergará junto a sus tres hijos: Joan, Josep y Jordi. Y es ahí también en donde nacerá el primer restaurante Can Roca…

Después de pasar por un jardín de infantes, al lado de un condominio de departamentos, divisas su toldo color crema y la terraza concurrida por jubilados. Ingresas al bar donde la gente se reúne para tomarse un cafecito o una caña en la barra. Son vecinos del barrio Germans Sabat. Hoy, Montserrat dará de comer a 180 personas con la ayuda de dos cocineros.

“El único rato que veo a mis hijos es a la hora de la comida. A Joan le encanta el arroz, pero no sé si vendrá hoy. Tiene mucho trabajo. Mis hijos no saben decir no a nadie, y esto los tiene atados… uno por aquí, otro por allá. Nunca sé dónde están. Cuando me enteré de que eran los primeros en el mundo, pensé que si antes no tenían tiempo de venir a comer, ahora ni desayunarán. Y eso que a ellos les encanta venir acá”, dice Montse.

La cocina del Can Roca se llena dos veces al día con el personal que trabaja en su restaurante hermano, El Celler de Can Roca, considerado el mejor del mundo. Los empleados recorren a diario los 200 metros que los separan de las cazuelas de Montserrat. Tienen suerte de no perderse del arroz que ella prepara cada jueves y que goza de una fama adquirida. “Hoy tenemos, además, escalivada, tortilla de patata y, de segundo, carne a la brasa, pollo con butifarra, chuleta de cerdo y pescado. Los viernes tocan los canelones”.

Por su parte, Joan comenta que “ir a comer a casa de mi madre es una manera de decir: ‘Estáis en casa’, pero también es una manera de decir: ‘Ésta es la cocina tradicional catalana y vamos a tocar todos con los pies en el suelo’. Aunque digan que somos los mejores ante el mundo, nuestro origen es éste. Mi madre sirve un menú de diez euros. ¿Le han preguntado por qué no sube el precio? Podría cobrar más y la gente vendría igual. Ahora, con todo este vuelo mediático, se ha convertido en un lugar de curiosidad y peregrinaje”.

Montserrat agrega: “¡Y qué culpa tienen mis clientes de que mis hijos se hayan hecho famosos! ¡Esta gente ha venido aquí toda la vida y no voy a cambiar nada!”.

Montserrat se ocupa de cada guiso. Lo remueve con dedicación. Se siente responsable de lo que se da de comer en su casa. Por esa razón se les ve a los tres hermanos Roca comer parados en la cocina de su madre. La acompañan mientras ella cuida de sus cazuelas.

“Mi madre es la reina del mambo. Ella es la que hizo que todo esto fuera posible. En los primeros años era una locura abrir un restaurante gastronómico en el barrio obrero de una pequeña ciudad. Quien vio que todo esto podía ser fue ella, porque nosotros no lo teníamos claro. Nuestro padre es más pragmático y menos idealista. Para él, todo esto sería un desastre. Además, ella es cohesionadora de ese triángulo que hemos ido formando y que hoy lo vemos natural. A mis diez años le dije a mi madre que quería ser cocinero. Yo lo tenía muy claro. Josep no lo tenía tanto. Una circunstancia clave es que la escuela de hostelería estaba aquí, en Girona. Solo había dos escuelas. Una en Madrid y otra en Girona. Y Jordi llegó más tarde. El quería ser bombero”, cuenta Joan.

Los chicos Roca consiguieron en 1995 su primera Estrella Michelin, el máximo reconocimiento que se entrega en el mundo gastronómico, y colocaron a Girona en el mapa.

Frente a la cocina: Joan

Once de la mañana. En la terraza de El Celler de Can Roca se está a gusto. Joan vive en esta casona elegante y modernista de 1911, construida por el arquitecto Isidre Bosch I Bataller. Jordi vive al lado y Josep en la calle de atrás. “Nosotros pasamos mucho tiempo juntos, sea porque nos tomamos un café en el office, porque discutimos algo o porque nos encontramos en la recepción de la mercancía. Para la creatividad lo más fructífero es poder pasar tiempo juntos en algún momento del día”. Muchos platos resultan de estas conversaciones, el trabajo conjunto se apunta en la pizarra negra que está a la entrada de la cocina.

“Hemos estructurado el proceso creativo. Lo hemos organizado para que las ideas se canalicen y no dependan de que las ejecutemos nosotros. Tenemos una pequeña oficina donde tres chicos están desarrollando las ideas que nosotros lanzamos”. Este proceso puede durar semanas y a veces hasta un año. Las ideas interesantes son las más difíciles de volverlas realidad. “Necesitas un diálogo transversal con otras disciplinas; en muchos casos un diseñador industrial o un artista”, dice Joan.

Los Roca siempre han vivido en el kilómetro cero. Su madre cocinaba con lo que tenía en su huerto y su alrededor. “La verdad es que ahora quieres tenerlo todo: la vainilla de Madagascar, el parmesano italiano y el chile. Quieres productos que puedan viajar bien. De ahí nace la idea de hacer un mundo para comérselo”.

Un día, Joan paseaba por el bosque vecino. Acababa de llover y olía a tierra húmeda. Quiso captar ese aroma e incorporarlo en la cocina. Con un destilador logró recoger el aroma y obtener un líquido que podía convertirse en una salsa. Obtuvieron un ingrediente nuevo: el sabor de la tierra de su bosque. Esto generó un platillo: una ostra con tierra, mar y montaña, característico de la cocina catalana.

Lanzaron un libro que explica, a través de 16 conceptos, los puntos creativos de su cocina. Hablan de tradición, memoria, paisaje, magia, atrevimiento y sentido del humor. El Somni es la síntesis de este diálogo transversal y multidisciplinario. “Hablando con un artista especializado en escenarios de ópera nos comenta que le hubiese gustado hacer una ópera donde se pudiese comer. A nosotros nos viene muy bien contar el menú a través de un formato operístico. Queremos que la comida llegue a ser todo un viaje. Que un plato tenga relación con otro a través de una historia”. El Somni es una forma de comer que está vinculada a impactos visuales y piezas musicales. Ahora lo puedes ver en Girona, en el museo de arqueología.

Rodeados por un jardín que deja entrar luz natural, conviven con 30 cocineros, casi uno por comensal. Cada cuatro meses llegan 15 stagiers nuevos. Vienen a adquirir conocimientos técnicos. Se irán más sabios, más fuertes y más seguros. Por acá pasaron René Redzepi del restaurante Noma; Heston Blumenthal, del Fat Duck y, Andoni Luis Anduriz del Mugaritz.

“En mi cocina trato de que haya mucha concentración y poca tensión. Pero aunque no había sucedido antes, este verano se me cruzaron los cables. Empecé a chillar y a romper platos como nunca antes en la vida lo había hecho. Nadie creía lo que estaba viendo. Les he pedido disculpas mil veces. Por suerte es una anécdota, no es la norma. Aunque queramos relajar la tensión, los comensales vienen con una expectativa muy alta. Lo que para nosotros es cotidiano, para la gente que viene es especial”.

Y todos se lo toman en serio: empiezan a trabajar entre 8:30 y 9 de la mañana. A las 13:30 todas las estaciones están concentradas. Hay silencio. Hay calma. No hay un solo grito. Entre hornos modernos que controlan hasta muy bajas temperaturas, roners y rotavales cuelgan tres grandes lámparas doradas que iluminan el mesón de donde parten los platos. Los cocineros montan el plato con goteros y con pinzas, mientras Joan entra y sale de la cocina sin dar ninguna orden directa, sin apurar ni regañar. No se le ve preocupado. En el fondo, sabe que todo está bajo control.

Restaurantes triangular

El disfrute empieza desde que se abre la gran puerta de este caserón remoledado en 2007 por Isabel López Vilalta, que da acceso al recibidor minimalista de color blanco. En una mesa hay fotos y recuerdos de una carrera de éxito. La sala triangular asoma a un bosque interior de abedules. La luz natural se concentra en este bosque encerrado por paredes transparentes, que dejan observar y ser observados.

Sillas de madera de líneas simples y elegantes. Todavía no es hora del servicio. Un grupo de jóvenes está concentrado en sus tareas. Una joven plancha los manteles de hilo blanco que cubrirán las mesas. “Es como hacer un crepe”, explica. Veinticinco personas en la sala atenderán a 45 comensales. Están alistando el lienzo donde se posarán los platillos más famosos del mundo. La vajilla Rosenthal comparte la mesa con tres rocas que simbolizan a los hermanos.

La bienvenida inicia con una copa de cava de un cultivo ecológico, especialmente embotellado para la casa: Albet I Noya El Celler de Can Roca Brut.

Para Joan lo importante es estar a la altura de la gente. “En Girona sienten tu éxito como suyo. Han visto que en nosotros hay transparencia, sinceridad, trabajo, esfuerzo, generosidad y hospitalidad. Somos felices haciendo lo que nos gusta. Pienso que es muy importante recibir al cliente y mirarle a los ojos cuando llega y cuando se va”.

La oficina de Joan es abierta. Da a la cocina, desde donde vigila a los 30 chefs que están trabajando para dar de comer a 45 personas en cada servicio.

Los martes no dan reservas y los dedican a darles formación. Los llevan a visitar las granjas, tienen charlas de creatividad y comparten conocimientos técnicos.

Al chef le parece fascinante descubrir productos cuando viaja, siente que le abre nuevos registros, pero no intenta traerlos consigo. Cada lugar tiene su propia identidad. Recientemente, en Sao Paulo, le hicieron más de diez propuestas para abrir restaurantes, pero es algo que no le interesa. Él está concentrado en El Celler de Can Roca. Ha llegado lejos y ha recorrido un largo camino acompañado por su familia.

Su cocina es arraigada a la tradición, y esto lo distingue de otros restaurantes. “Para mí lo importante es que la gente venga con el corazón y la mente abierta, con ganas de dejarse seducir. Quiero que entiendan lo que estamos haciendo. Nosotros hemos crecido poquito a poco y cada vez nuestros menús son más complejos. Nuestra cocina es una cocina catalana que dialoga, que está abierta a otras disciplinas. Es una cocina que quiere ser auténtica, que se entienda, que esté modulada para ser bien interpretada. Es inconformista, sin límites y comprometida con su entorno. Pero también es atrevida. Es una cocina triangular. Yo soy parte de ese triángulo que formamos los tres hermanos. Para entender El Celler de Can Roca esto es muy importante”, asegura.

La famosa lista del mundo gastronómico The Best 50 Restaurants lo reconoce como el mejor restaurante del mundo. “Esta lista tiene vida propia y nos va a comer a todos tarde o temprano. Esta lista ha cambiado el mundo de los restaurantes. Nosotros somos los primeros en quitarle importancia. Que no se tome demasiado en serio. Pero no me hacen caso”, dice Joan.

Reciben más de 3 mil correos electrónicos diarios con solicitudes de reserva. Han tenido que contratar gente extra para atenderlos. Los Roca se toman el éxito con naturalidad.

Un “stage” del mundo

Carles Aymerich, sommelier en El Celler de Can Roca y encargado de gestionar la bodega y al equipo, da una gira por la cava para quienes tengan interés en conocer más del vino que se sirve en este restaurante. “Muchas de las botellas que tenemos acá están guardadas hasta que alcancen su óptimo estado, no tenemos prisa”, comenta Carles.

Al restaurante llega gente de todo el mundo. Tienen registro de haber atendido a comensales de 54 diferentes países.

En la cocina también se oyen muchas lenguas. Los becarios llegan de todas partes del mundo. Amanecer Ramírez es de México y lleva tres años ahí. “Soy una apasionada de los restaurantes. Antes estaba haciendo prácticas en pastelería con Paco Torreblanca, un pastelero famoso en España, y bueno, conocí a Joan en un congreso en Alicante. Le pregunté si era posible venir a conocer algo de su cocina y mi paso se prolongó un poco”, cuenta la mexicana. Nacho Bautells es catalán. Es uno de los jefes de cocina. Empieza a trabajar a las en la mañana. Trabajó con Santi Santa María y otros chefs antes de tomar este puesto. Entró hace cinco años a hacer unas prácticas por seis meses y se fue, pero al cabo de un tiempo lo llamaron y volvió. “Me dedico a la organización de la cocina. Llevo a los chicos que están haciendo prácticas a que aprendan a limpiar pescado. Que toquen el producto. Que conozcan esta tierra”.

Nori Diaz, mesera, es de Ecuador. Lleva cuatro años trabajando en El Celler de Can Roca. “Mis padres emigraron cuando yo tenía ocho años. Estudié en Barcelona. Siempre quise trabajar acá. Envié mi currículum y aquí estoy. Cuando llegué, El Celler estaba en el cuarto lugar y con dos Estrellas Michelin”.

Hernan Luchetti, argentino, es el segundo jefe de cocina. Lleva aquí cinco años. “Empecé de prácticas, pasé a ser jefe de partida y luego me ofrecieron ser jefe de cocina. Estoy tratando de disfrutarlo cada día. No sé si algo así me vuelva a suceder en mi vida. Es una suerte poder contar con Joan, Josep y Jordi, tratar de absorber de ellos lo máximo y transmitir eso que ellos nos enseñan de la cocina a los platos. Soy argentino y estoy lejos de mi casa, de mi familia, pero soy inquieto. Trabajé con varios chefs. Estuve en El Bulli dos temporadas. Hace poco estuve con Joan cocinando en el DF en Millesime”, relata.

La experiencia Roca

Uno de los elementos primordiales para ser elegido como el mejor restaurante del mundo por más de 800 cocineros, periodistas y críticos gastronómicos es la comida.

Un ejemplo de lo que podrías degustar en El Celler de Can Roca inicia con los aperitivos. Un globo terráqueo de papel encierra el concepto de globalidad. Interpretaciones de la cocina de México, Perú, Marruecos y Japón se toman con los dedos y van directo a la boca. México sabe a guacamole y cilantro; Perú, a ceviche de pescado; Japón es miso y dashi; Marruecos pone lo dulce con pasta philo almendra y miel. Lo sirven con la cava de la casa. Le sigue el olivo con aceitunas caramelizadas con emulsión de anchoas. Los hermanos Roca intentaron cambiar este aperitivo y trabajaron con pino y piñones. “Pero no le llegó a la talla del bonsai de olivo, de donde cuelgan las aceitunas que dan la bienvenida al Mediterráneo”. Se acompaña con un vermouth Carpano. Terminan los aperitivos con bombones de trufa y un brioche de setas acompañado de un vino blanco de la zona de Penedés, Estrany 2011.

Inician los platos con un consomé de verduras hecho a baja temperatura. Es como una infusión acompañada de flores, frutas e incurtidos.

Recibirás la instrucción de comer en orden las nueces, el arbero, el queso de oveja acompañado de compota de higos ahumados, y un pistelli con helado de  vinagre e higos. El Sancerre Vacheron se casa de maravilla con este plato. Sigue una corteza de espárragos blancos con trufa y un riesling Kabinett Joh. Jos. Prum 2009, aromático y muy ligero. El siguiente plato es un pescado caballa acompañado de botarga con alcaparras y olivas negras. El montaje del plato, explica Hernán Luchetti, está hecho con un molde en 3D que simula la piel plateada de la caballa. Lo maridan con Suertes del Marqués Vidonia del 2011, un vino de la zona de Tenerife del valle de la Orotava. Un DO de la zona volcánica que le aporta carácter. La variedad listón blanco tradicional de la zona. El sommelier Carles Aymerich explica: “La panza de nudo son unas nubes que se mantienen durante el tiempo de la maduración de la uva y la hacen más lenta, lo que resulta en pura frescura”.

Le sigue un plato de mar, dentro de jugo de anémonas, acompañado de algas, navajas y cocombro de mar. Le va muy bien la bota de vino blanco Florpower de Equipo Navazos. Una bodega que consigue botas de jerez que están escondidas, que no saldrían a la luz de no ser por ellos.

Nori, la orgullosa ecuatoriana, presenta el siguiente plato: “Lo que tenemos aquí es una gamba completa cocida a la brasa, el jugo de la cabeza en el fondo del plato, aire de destilación de gamba, crujientes de la patita, pan de algas y plancton marino. Todo es para comérselo, sobre todo los crujientes saladitos”.

Explica Hernán, el chef de cuisine, que al hacer este plato se preguntaron: “¿Qué podemos aprovechar de la gamba? Y nos dimos cuenta que todo era bueno y así lo hicimos: antenas, el caldo, que es el mismo jugo de las cabezas –porque cuando te comes las gambas en casa lo más bueno es chuparse la cabeza– y acá te tomas el jugo sin ensuciarte las manos”. Llegó con Viña Tondonia. Ideal.

Humeantes aparecen las cigalas. Se están acabando de cocer al vapor y el vino maridaje viene incluido en el plato, en la cucharilla. Se come primero la cigala, después el jugo de las cabezas con un aire de avellanas, y por último, lo de la cucharita: reducción del Gutiérrez Colosía Palo Cortado de una solera de la familia.

Para el lenguado escogen el Pedra de Guix Torroja del Priorat, garnacha blanca, Pedro Ximénez y macabeo. Esto viene de la bodega Terroir al Límit. Cosa seria. Un vino con una densidad que sorprende a cualquier paladar exigente y que le va estupendamente con el ajo fermentado con que preparan este platillo.

Continúa esta obra maestra con la ventresca de cordero, berenjena y mollejas. La debes tomar con la pinza y mojar en la reducción de la cocción. El Puntido 2004 es un rioja de la familia Eguren. Especialmente interesante este tempranillo arraigado en las latitudes alavesas de Laguardia.

No en vano Josep Roca, a sus 47 años, es conocido como el mejor sommelier de España y del mundo. “Es importante para recoger estos tesoros escondidos tener amistad con mucha gente, lo que me permite ir a las botas especiales y a los vinos más singulares. Soy sommellier desde muy pequeño; lo que pasa es que no sabía que existía ese nombre para un vendedor de vinos de restaurantes. Para mí es algo natural y lo que hemos hecho es buscar nuestro camino. Solo nos hemos movido 200 metros. Llevamos 27 años en esto y tenemos más de 35 mil botellas en stock. Son 27 años de hacer las cosas más con el corazón que con la cabeza”, revela.

El momento dulce: Jordi

El sentido del humor viene por las ideas, muchas irrealizables, que propone Jordi. Es una manera de quitar hierro a la seriedad de la cocina.

Él se ocupa de lo dulce. También está concentrado en un nuevo proyecto: una torre que se colocará en la mesa al inicio del servicio de postres. Una caja de bombones.

Con 35 años, reconoce que quería ser cualquier cosa menos cocinero. Estaba emborrachado de tanta gastronomía y tanta hostelería. Empezó a trabajar de camarero, era una forma de ayudar en casa. Luego descubrió que los cocineros terminan su trabajo antes y más pronto podía encontrarse con sus amigos. El patissier Damian Allsop vino al Celler de Can Roca a trabajar una temporada. Lo inspiró. Jordi se enamoró de la pastelería. “Me formé con una profesión que mis hermanos no controlaban y así empezamos a tener este diálogo de tú a tú a tres bandas con Josep y Joan. Se acabó formando este triángulo creativo”.

Para Jordi, el momento dulce de la comida es cuando se está más dispuesto. Aún hay fuego y puede plantar sus ideas descabelladas, como el gol de Messi o el postre de masa madre. “Como soy el más joven tengo ese rol de atreverme a hacer cositas. Algunas no han visto la luz porque no todo me lo permiten mis hermanos”, dice.

Jordi aparece con su conocido postre Masa Madre. Es un plato que respira, se mueve. Son merengues de vinagre y helado de masa madre con lychees. Luego nueces crudas, crema de nueces tostadas con arce, y un licor de nueces verdes y hierbas. “Como estamos en época de fiestas –dice Jordi–, culminamos con las manzanas caramelizadas de la feria de Girona”.

El Celler de Can Roca es resultado de 27 años de trabajo. “Nos han llegado ofertas de abrir restaurantes en otras partes del mundo, pero esto restaría la atención al servicio que ofrecemos, algo que aquí no hemos descuidado nunca. Y es que no solo estamos aquí, vivimos aquí”.

Y esto es lo extraordinario. Tres hermanos de personalidades distintas, pero complementarias, se unieron para lograr la experiencia gastronómica más importante del mundo. Si esto no convence de que el nirvana está en un plato, nada lo hará.

El poeta y la boxeadora

Publicado: 17 febrero 2013 en Alejandro Toledo
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Cuenta la boxeadora:

—Yo, don Jaime, descubrí sus poemas hace apenas tres años. Mi papá era encargado en una pulquería y llegaba gente que le decía, por ejemplo: “Deme tantos litros y le dejo este cinturón”. Y así le iban dejando cosas. En uno de esos intercambios se quedó con un tomo en pasta dura roja que contenía poemas, aún lo conservo, y en él venía el poema Los amorosos. Era una antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Tanto me conmovieron esos versos que cuando encontraba el poema en algún libro doblaba la esquina de las hojas. Luego busqué la obra reunida, el Nuevo recuento de poemas (1977), que me gusta muchísimo.

Escucha el poeta y confiesa a su vez:

—Pues más o menos fue cuando te conocí, Laura. Entonces ya te hacían entrevistas en la televisión y en los periódicos. Fue cuando ibas a pelear por el campeonato. Lo recuerdo muy bien.

Así, poeta y boxeadora, Jaime Sabines y Laura Serrano, celebraron un único encuentro. Fuera del cuadrilátero y los libros, round por round, verso a verso (como diría Antonio Machado), la charla ocurre.

***

Recuerda la boxeadora que el jueves 24 de septiembre de 1997 llegó a la sala Nezahualcóyotl, de la Universidad Nacional, pues quería escuchar al poeta Jaime Sabines. Encontró las puertas de cristal cerradas, y cientos de muchachos afuera sin esperanzas de poder entrar. Se quedó entonces pegada al cristal, resignada a seguir los versos del autor de Horal, Tarumba y Diario semanario desde las bocinas que habían instalado en las afueras de la sala. Mas la puerta se abrió de pronto y alguien dijo:

—Siete personas más.

Y logró pasar.

El poeta también tiene imágenes de esa jornada.

—Me conmovió ver un video de lo que ocurrió afuera de la sala Nezahualcóyotl porque era una multitud de estudiantes, como si asistieran a un partido de futbol —recuerda Sabines.

Antes de la lectura, se acercó al poeta el coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional y le pidió:

—Don Jaime, por favor, diga usted algunas palabras a los muchachos que están afuera, tenemos miedo de que vayan a romper las puertas.

Sabines dijo:

—Les agradezco mucho a todos su presencia, y especialmente a los que están afuera, a los que no alcanzaron a entrar.

Completa Laura Serrano:

—Sí, dijo que no importaba que no lo vieran, que sólo lo escucharan, pues en realidad no valía la pena verlo —recuerda la boxeadora.
—Y eso tranquilizó a todos.
—Y después pidió usted que prendieran las luces —dice Laura.
—Una vez en Guadalajara me ocurrió que las luces estaban apagadas —relata Sabines —. Leía un poema y la sala se quedaba en silencio; leía otro y lo mismo… Así leí como cinco poemas, hasta que no aguanté. “Voy a hacer un breve paréntesis”, les dije. “En primer lugar pido que me enciendan la luz, pues quiero hablar con gente no con sombras. En segundo lugar creo que no están escuchando una ópera sino poemas, y quiero que la comunicación se establezca entre ustedes y yo. Si no les gusta el poema tírenme un tomatazo, pero si les gusta, aplaúdanme”. Se rompió el hielo, pero antes estuve como media hora molesto porque no me gustaba ese silencio. El poema debe provocar una reacción, lo debemos sentir inmediatamente.

***

De la lectura de poemas se pasa a la historia en los cuadriláteros. Sabines, el poeta, se interesa, comenta, exclama, interroga…

Laura Serrano relata:

—Mi presentación a los medios de comunicación fue cuando iba a pelear contra Christy Martin en Las Vegas. En esa función participaron Julio César Chávez y Ricardo Finito López. La gente decía que iba a ser una pelea muy dura para mí, prácticamente iba como carne de cañón: no tenía peleas profesionales y ella llevaba treinta con tres nocauts y tres campeonatos mundiales.
—¡Hijo!
—Era el diablo arriba del ring. Yo tenía confianza en mi preparación, en mi trabajo…
—¿En tu pegue?
—Fíjese que no tengo mucho pegue, tengo más técnica… Y esa niña pega como hombre, durísimo —dice.
—¿Y sí te alcanzó a dar?
—Me conectó un golpe en la mandíbula… —responde.
—Te pescó.
—…que hasta las piernas se me doblaron. Fue rápido: la abracé, llegó el réferi y nos separó, y para ese instante ya me había recuperado. Pega durísimo.
—¿Y le ganaste la pelea?
—Se la gané, maestro, pero dieron empate. ¡Cómo la estrella iba a perder con la debutante y, para colmo, mexicana! En los periódicos me presentaban como “La mexicanita”…
—Un racismo cabrón…
—Aun así le gané, aunque dieron empate. Fue bueno porque a partir de eso me clasificaron para pelear por un título mundial. No tuve que pelear con todas las demás porque me enfrenté a la mejor.
—Después de eso fuiste por el campeonato, ¿verdad?
—Sí, en 1995, también en Las Vegas —contesta.
—Y allí sí ganaste.
—Ajá. Fue contra una irlandesa muy alta, delgada, fuerte y de mucha experiencia: ella tenía catorce combates, y el mío era el segundo. Estuvo muy difícil esa pelea.

***

El poeta entrevista a la peleadora.

—Cuéntame, ¿qué te dio por el boxeo? —pregunta.
—Fíjese que no me gustaba…
—Tú ibas a la escuela primaria…
—Sí.
—Y allí no tenías ni idea de lo que era el boxeo…
—Desde los siete años iba a nadar, me encantaba. Lo seguí haciendo durante la secundaria, la preparatoria y los primeros semestres de la carrera de Derecho. Pero me ocurrió en la natación que competía y no ganaba, y mi deseo era ganar. Dejé la natación por el futbol soccer, y lo practiqué tres años. Era muy duro, más que el boxeo: me fracturaron la nariz dos veces, siempre llegaba cojeando…
—Caídas, golpes, patadas…
—De todo.

Continúa la boxeadora el cuento de su descubrimiento de los guantes.

—Pasó esa época del futbol y un día me dijeron unos amigos: “Vamos a conocer el gimnasio del estadio Olímpico”. Acepté. Íbamos al gimnasio de pesas, que está entrando a la derecha, pero me distraje con el de boxeo que está a la izquierda. Me sorprendí al descubrir a una muchacha güerita, delgada, bonita, que estaba entrenando. Seguí su entrenamiento. Hablé con ella y me explicó por qué le interesaba. “¿Y yo puedo hacerlo?” “Claro, habla con Toño”. “Pero sólo quiero entrenar, nada de peleas”. Y así comencé: no subía al ring, pero me entrenaba como si lo fuera a hacer. Y ya ve lo que dicen: que no se ama lo que no se conoce. Y empecé a conocer el boxeo, los nombres de los golpes, cómo pararse, y me gustó.
—Te vas a subir al ring —ordenó un día el entrenador a Laura.
—No, no me subo. Tengo la nariz fracturada —le dijo ella.
—Te vas a subir y no te van a pegar —le indicó otra vez el entrenador.

Y la subieron con un muchacho para que intercambiara golpes. “Nos protegimos en el primer round. No recuerdo en el segundo qué golpe le di y él me lo respondió. Me enojé entonces, pero no hice nada”.

—Laura, aunque sea tira un golpe —gritó el entrenador.

Pensó la boxeadora: “¡Cómo que aunque sea un golpe! ¿Cree que no puedo?”. Tiró el golpe y el muchacho se lo regresó. En el tercer round le dio fuerte y ya no paró. El entrenador se reía. Los que estaban en el gimnasio se acercaron al cuadrilátero y vieron cómo casi tiraba al compañero.

Laura se dijo: “Esto me gusta”.

El cuento de la boxeadora es escuchado con atención por Jaime Sabines, el poeta.

***

—¿Y a usted le gusta el boxeo, maestro? —pregunta Serrano.
—Sí, mucho. Desde chamaco me gustaba ir a ver las peleas.
—¿Lo practicó?
—Nunca. Jugué basquetbol, y me gustaba la natación. Nadador sí fui de chamaco, y muy bueno, pues vivía yo cerca de un río. Me iban a reprobar en la escuela primaria porque en lugar de irme a las clases me iba derechito al río Sabinal, que así se llama el río de Tuxtla. La natación era un vicio para mí —dice Sabines.
—Tengo una amiga que es admirable como deportista —comenta Laura Serrano—. Ella ha cruzado cinco veces el Canal de la Mancha, y una lo hizo de ida y vuelta.
—¡Híjole!
—Y el año pasado rompió el récord de las veinticuatro horas. Mi amiga se llama Nora Toledano.
—Sí, recuerdo haberla visto en televisión, ¡chingona vieja!
—Admirable, maestro. Por cierto me dijo que lo saludara de su parte. Ella también lo ha leído, lo admira.
—Sí, la conozco, la estimo, la vi por televisión esa vez que nadó veinticuatro horas… A mí me encantaba la natación. Y crucé no el Canal de la Mancha pero sí el río Grijalba, que ya son palabras mayores. En la alberca del parque Madero nadaba tres, cuatro, cinco mil metros, sin cansancio. Lo que es la vida, ahora nado cuarenta metros y ya estoy sacando el bofe.
—¿Qué boxeadores le gustan, maestro? —pregunta Laura.
—Todos los grandes que ha tenido México. En esa época eran Casanova, Kid Azteca… Y, claro, oíamos por la radio las peleas de Henry Armstrong, las defensas de Joe Louis… Esto fue cuando yo era chiquito. Siempre me gustó mucho el boxeo… verlo, claro —dice Sabines.
—¿Y le gusta verlo en vivo?
—Sí, de chamaco iba a la arena.

***

Sigue la boxeadora, a la que han llamado La poeta del ring.

—No me gusta decir que escribo poesía, más bien pongo en el papel lo que siento… Y le escribí algo, maestro —sorprende la pugilista.

Mientras Laura Serrano descubre sus cuartillas, Jaime Sabines pasea un cigarro de plástico y explica:

—Cumplí mis bodas de oro con el cigarro: empecé a fumar en 1945 y lo dejé en 1995.
—Yo no aguanto el cigarro —dice Laura Serrano—. Me da náuseas oler el cigarro.
—Y yo no podía vivir sin él. Fue muy difícil dejarlo, fue un tormento. Ahora conservo éste de plástico, por el vicio de la mano.

Y la boxeadora lee:

Sabines, sangre, ausencia,
palabra muda, rosa muerta,
destino lento, amargo.
Tu poema está a mi lado
y yo te lo agradezco…

La lectura ocupa ocho, diez minutos. El poeta Sabines toma luego las cuartillas y sigue el texto línea por línea.

—¿Y le gustó? —pregunta, nerviosa la boxeadora.

Jaime Sabines responde con un interrogatorio.

—¿Normalmente cómo escribes? ¿Con asonancias, consonancias y todo eso?
—En realidad no sé.
—Entonces escribes de manera natural. Para ser poeta necesitas estudiar. En la poesía hay dos cosas: el don natural, con el que se nace; y el oficio, que se aprende. Es como aprender a hacer zapatos.

El poeta aconseja a la boxeadora cómo dar golpes contundentes con los versos.

—Se ve que tienes oído, pero no has leído nada, no tienes cultura poética. ¿A qué poetas has leído?
—A Pablo Neruda, Mario Benedetti, Amado Nervo, Rubén Darío, Elías Nandino… —dice Laura.
—Pero es muy escaso. Está bien Darío, pero hay cuarenta poetas posmodernistas más que no conoces: Luis G. Urbina, Manuel José Othón, Manuel Acuña… ¿Has leído a Huidobro? Tu cultura es escasa. Te dedicaste a estudiar leyes pero… Para llegar a ser buen poeta se necesita trabajo, oficio, disciplina. Así como aprendiste a boxear, así hay que aprender a escribir.

Y el resto en la conversación es sólo literatura.

Al final de esta historia Lino Portillo Cabanillas se quedará solo, enfurecido y con la idea de que lo van a matar.

Pero eso sucederá hasta el final porque en estos momentos, esta noche de jueves 6 de febrero de 2003, apenas le están informando que un juez le dictó el auto de formal prisión. Le dicen que el homicidio no se libra sólo con una fianza.

Por las maldiciones que arroja para sus adentros y por ese sabor a cobre que dice tener en el paladar, pareciera que lo acaban de desahuciar.

Por si fuera poco, otra situación lo saca de quicio: en la enfermería del Cereso de Culiacán, su celda hasta que le cicatrice esa nalga derecha reventada por un balazo en una emboscada, cuatro agentes del Ministerio Público de Sonora -allá debe otras muertes-, le leen declaraciones que lo inculpan en asesinatos y una docena de secuestros, como las del reo Guadalupe Atienzo Peinado, todavía en octubre pasado presunto compañero de Lino.

Dicha declaración espanta: habla de matanzas en las que habría participado Lino y donde incluso niños terminaron con el tiro de gracia; de ejecuciones donde autoridades y la prensa han vinculado a los Arellano Félix (“fui escolta de Benjamín”, declaró apenas el 3 de febrero cuando fue arrestado); de secuestrados que fueron asesinados y enterrados sin pudor alguno; de policías ejecutados y hasta de familiares que sólo matándolos dejó de odiar.

Lino niega casi todo, salvo el asesinato de una bailarina que fue su pareja. “Me agarraron de bajada, todo me lo achacaron a mí. Me puse nomás de moda”, se defiende.

Su expediente criminal que autoridades de cuatro estados del país han ido integrando (donde también se incluyen rumores), lo resumió quien coordinó todo el operativo para arrestar a Lino en la sierra de Baridaguato, el director de la Policía Ministerial de Sinaloa, Jesús Aguilar: “Es la historia de un hijo de la chingada”.

* * *

Lino Portillo Cabanillas, según los primeros estudios del Cereso:

Cocainómano desde los 16 años, alcohólico cada tercer día, presión arterial de 110/70, 90 kilos repartidos en 1.80, sicópata, un mercenario, una hermana epiléptica, una esposa (María Cruz Medina Pérez) arrestada en Sonora por el delito de secuestro, seis hijos pequeños con tres mujeres, estudió hasta quinto de primaria porque supo que era mejor andar de pistolero en El Tabachín, municipio de Baridaguato, donde nació el 23 de septiembre de 1968. Lino firma de acuse de recibo.

Lino, según los expedientes de la Policía Ministerial de Sinaloa:

En Sonora se hacía llamar Manuel Camacho Espinoza. En Tránsito de Culiacán se registró como Armando Araujo Almodóvar y así obtuvo su licencia para conducir. En Tijuana y en El Tabachín le decían Lino El Güero Quintana, porque bien dicen Los Tigres del Norte en la Banda del Carro Rojo que ese tal Lino no sabe cantar, no confiesa, pues sabe que el contrabando y la traición son cosas incompartidas.

Dos órdenes de aprehensión en Sinaloa. Una de ellas data de enero de 1990. En esos días la empacadora Chico Ruiz, en Mocorito, fue robada. Dos policías judiciales y un agente de seguridad resultaron asesinados. Hubo dos detenidos. Y Lino fue señalado como el orquestador del robo.

-Ni madres -dice 13 años después, rengueando, con su mano derecha conectada al suero y al antibiótico que le ayudan a recuperarse después de que una bala de grueso calibre de uno de sus enemigos intentó matarlo en el monte hace apenas unos días-. Puras mentiras, no hay pruebas.

Lo mismo dice sobre la segunda orden de aprehensión que se libró en su contra por el delito de homicidio intencional. Al comerciante Juan Aparicio Astorga lo mataron el 16 de mayo de 1998 cuando conducía su Grand Marquis blanco. Uno de los tres sicarios detenidos, confesó en su momento que Lino le había pagado 20 mil dólares por ejecutar a Astorga. El matón no puede reiterar su declaración, porque tan luego entró al penal de Culiacán fue asesinado.

Lino podrá contravenir tal la versión, pero en unas horas el juez sexto de primera instancia se basará en este expediente para dictarle el auto de formal prisión.

“Me quieren chingar, eso es lo que pasa”, dice Lino, mientras se atraganta de carne deshebrada con frijoles y que empuja con un vaso con agua de la llave. “No soy tan malo”.

-Pero mató a una bailarina, ¿no?

-Ah, pero fue en defensa propia. Se me echó encima y tuve que echarle dos tiros -dice y recuerda que de eso hace cuatro meses, allá en Ciudad Obregón, de donde huyó para refugiarse en la sierra de Baridaguato.

Aquella vez, según las autoridades sonorenses, Lino, su esposa, su amante la bailarina y otros tres hombres secuestraron a un militar, a un policía y a un testigo del plagio. No les pagaron el rescate de 200 mil dólares y los tres plagiados terminaron muertos y enterrados.

Al detener a algunos de los secuestradores, se supo que la bailarina Érika Albinera también murió; su cuerpo fue encontrado sobre la carretera; estaba calcinado.

-¿En defensa propia? Si ya la había matado para qué la quemó.

Se toma su tiempo Lino y luego dice.

-Bueno, ahí sí la cagamos. Aquella vez andábamos muy locos, muy drogados y pos perdimos el control. Ella también se alocó. Pero, en verdá, no soy más malo quel hambre. ¿A poco se ve que soy un hijo de la chingada?

Ciertamente, conectado a tantas sondas, parece un títere que da pena, aunque no por ello deja de asustar. El comandante Polanco, el que arrestó a Lino y está presente en la entrevista, le refutaría: “Si tu papá es un buen hombre, por qué no sacaste nada de él. Eres la pura maldad, bato”. Y Lino se sonríe.

Jesús Aguilar, el director de la ministerial, ya nos había advertido que Lino declaraba ya ser “un cabrón a toda madre, un ángel de Dios”, pero nos mostró testimonios de pobladores de Baridaguato donde Lino era, sencillamente, el azote de la región.

Unos le declararon a Jesús que desde hacía unos meses, Lino les exigía dinero con el dedo en el gatillo. Otros, los que se negaban, sufrían el secuestro de un familiar, siempre un niño o un anciano. “Por eso cuando lo arrestamos dijo Aguilar la gente nos comentó que, por el bien de todos, nunca lo dejáramos en libertad. Si regresa se lo van a chingar”.

* * *

Cuando lo arrestaron, Lino estaba tumbado sobre un petate en plena sierra de Baridaguato, su refugio para las emergencias. No podía moverse por el balazo en la nalga derecha que dos días antes recibió. Su madre le había llevado lo necesario para sobrellevar el dolor: Xilocaína, neo-melubrina, isodine, suero y valium.

También tenía una 38 súper, pavón negro “porque en el rancho siempre hay que andar empistolao”, con una cacha de plata y un águila grabada en oro; la policía dice que es el arma de todas sus muertes.

Hay medios que han publicado que la policía dio con Lino gracias a las versiones de otra de sus amantes, Célida Gastélum, una profesora rural de kinder que también fue herida durante la emboscada contra Lino y ahora está en una cama de hospital y prefiere abstenerse de hablar con la prensa.

“Se enamoró de mí por lo guapo que estoy”, diría Lino con arrogancia de puro macho.

La verdad, dice Aguilar, la mujer sólo ayudó en la ubicación en la sierra, porque el Grupo Antisecuestro de Ciudad Obregón ya le seguía la pista a un escurridizo Lino. Por ejemplo, encubiertos como camarógrafos que filmaban fiestas, los agentes grabaron a Lino en varias bodas y 15 años donde él fue el padrino, donde él pagaba todo.

Pidieron ayuda a las autoridades de Culiacán para que en sus archivos buscaran dos alias que usaba en Sonora. Cuando reconocieron la fotografía en una licencia, la suerte de Lino estaba echada.

Herido, Lino se arriesgó a que Célida viajara a Culiacán y diera los pormenores a la policía. Sabía que si se quedaba un día más en la sierra podrían rematarlo sus enemigos. Y sólo con nueve balas, pues el cuerno de chivo lo había perdido en la balacera, hubiera terminado como carne para los perros.

* * *

Lino asegura que la policía ministerial lo golpeó y fue obligado a declarar que fue pistolero de Benjamín Arellano Félix. Durante la entrevista, Lino y el comandante Polanco sostendrán una discusión al respecto. El agente lo dejará sin argumentos.

Lino pudo haberlo declarado durante la conferencia de prensa donde fue presentado, pero fue hasta que lo trasladaban cuando espontáneamente comentó a los medios locales que trabajó para “El Mín , el señor que arrestaron hace poco”, que éste le pagaba 10 mil dólares a la quincena por ser su pistolero, que para esa labor lo recomendó su paisano Jesús El Tesoro Ariel Salazar, que bien conoció a José Humberto La Rana Ramírez Bañuelos, lugarteniente del cártel de Tijuana ya también preso, que andaba con Benjamín el día que el cardenal Jesús Posadas Ocampo fue ejecutado, que ese día “se desafanó” de Benjamín, pues éste le dijo “que había valido verga todo”, que desde entonces sembraba mariguana en Yécora, Sonora.

Todo es falso dice 72 horas después de esas declaraciones.

“No tuve nada que ver con ellos, ni los conocí. Yo sí conozco Tijuana, pero porque allá vendía autos usados, a eso me dedicaba. Y en Sonora tengo una casita, pero sólo de descanso. Las casas que compré fue por trabajo honesto. La que tengo en Tijuana la presté a unos familiares que no tienen ni para tragar. Le digo que no soy tan malo”.

-Pero la policía hasta asegura que usted fue compadre de Ramón Arellano.

-No, el compadre de Ramón fue mi hermano Armando. Él era más chico que yo. Él sí fue su pistolero. A él lo mataron por defender a Ramón en Puerto Vallarta -se refiere a aquella madrugada del 8 de noviembre de 1992 en la disco Christine, donde gente del Chapo Guzmán tenía la misión de matar a los Arellano Félix.

-¿Y su hermano nunca lo presentó con los Arellano Félix?

-Bueno, sí. Iba a sus fiestas allá en Tijuana. Pero hasta ái. Nunca tuve una relación con ellos. Si luego hasta Ramón me quería matar.

-¿Y eso, por qué?

-Porque pensaba que trabajaba para El Mayo Zambada, pero no, yo sólo me dedicaba a cuidar mi ganado, allá en Baridaguato. No le hacía mal a nadie, si me tenían miedo era por las habladas, de que yo andaba con mucho matón.

-Se dice que traías unos cinco lugartenientes -interviene un agente ministerial.

-No, poco más.

-¿Y cómo supo que Ramón quería matarlo?

-Pues ya ven, los rumores que le llegan a uno.

Los rumores, también dicen que Lino habría estado en la ejecución de 12 hombres incluyendo niños en El Limoncito (ocurrida el 14 de febrero de 2001, en la sierra norte de Sinaloa). Al menos eso declaró Atienzo Peinado, aunque no ha sido comprobado.

Según las palabras de Atienzo (arrestado por secuestro), a Lino le gustaba hablar de más cuando estaba ebrio. Esas veces les dijo que lo de El Limoncito, “fue para que El Mayo Zambada sintiera lo que era le mataran a un familiar, pues Lino quería vengar a su hermano” Armando. Pero esos ejecutados no eran familiares de El Mayo , sólo trabajaban para él sembrando mariguana.

También Atienzo declaró que Lino había matado a un cuñado “porque lo quería entregar a las autoridades”. Que asesinó a un comandante de la Federal Preventiva en Mazatlán “por instrucciones”. Y que “había disparado” durante la ejecución en el Rancho El Sauzal, ocurrida el 17 de septiembre de 1998, donde 19 personas recibieron el tiro de gracia por una supuesta deuda de droga entre los Arellano Félix y Fermín Castro.

En esta historia, considerada la más sanguinaria del narcotráfico (pues entre los muertos había mujeres embarazadas y niños), sí hay orden de aprehensión contra Lino.

“Todo eso fue como un complot contra mí”, asegura Lino, quien todavía no tiene abogado, salvo el consejo de sus hermanas que ya lo han visitado y le regalaron un short y una playera que dice Culiacán, los mismos que ahora trae puestos. “Todos me tiraban. Era el malo favorito. Yo nunca haría eso de matar niños, también tengo hijos. Por Dios santo que no hay pruebas”.

-¿Y cómo explica que los que declaran en su contra dan bastantes detalles suyos?

-Pos sabe. Hubo un momento que hasta quise entregarme para aclarar las cosas, pero ya sabes que a la policía no hay que tenerle confianza.

-¿Qué le va a decir al juez para defenderse?

-Lo mismo que les digo a ustedes. Tarde o temprano muchas cosas no van a ser ciertas. La Virgen me va a cuidar.

* * *

Cuando Lino despidió de mala gana a los cuatro agentes del Ministerio Público sonorense y volvió a quedarse solo, estaba ya perdiendo los estribos. Le comentamos lo que el propio comandante Gómez, el encargado de la seguridad del penal, había dicho: “Hay gente en esta cárcel a la que Lino traicionó y hoy quiere verlo muerto”.

-Ya lo sé chingá, esta cárcel es un desmadre -atajó Lino, rascándose la rojiza barba-. Por eso quiero que me lleven pa’Almoloya.

Pero a estas horas la gente de la UEDO ni siquiera se ha parado en el penal; el capitán Pedregal, director de Readaptación Social en el Estado, ve que pasan los días y los reos del penal de Culiacán se están alborotando.

-¿Y se queda aquí, Lino?

-Pues soy hombre muerto. Esos cabrones me van a chingar.

-¿Quiénes?

-¿Cómo quiénes? Los matones del Mayo Zambada y otros. No te digo que también Ramón (Arellano) me traía ganas.

-¿Y por qué Ramón, si usted mismo declaró que trabajó para Benjamín Arellano?

-¡Que la chingada! Ya te dije que la policía me forzó a decir que fui pistolero de Benjamín, pero no es cierto- y se tumbó en el catre donde duerme; la boca le temblaba, tartamudeaba, tantas malas noticias y tantas preguntas durante el día lo habían hartado, le habían arrebatado toda aquella ligereza con la que hablaba-. Ya estoy hasta la madre de que vengan toda una bola de cabrones a pregunte y pregunte, como si fueran la ley y no periodistas. Tengo otras cosas en qué pensar en lugar de estar hablando con ustedes.

-¿En qué?

-¿En qué? Pues en qué crees: en librarla.

Posdata:

Lino no la libró. Cuatro días después de la entrevista fue encontrado muerto en su celda. La versión oficial es que terminó suicidándose, que se colgó. Off the record , un comandante dijo que, en realidad, había sido asesinado. Más de diez familiares de Lino también fueron ejecutados en los días posteriores. El comandante que comandó su arresto, Jesús Aguilar, resultó protector del Mayo Zambada; ahora está prófugo o muerto.

Ana, nombre ficticio empleado para proteger su identidad, fue secuestrada durante cinco días, 120 horas en las que conoció de cerca una estación en la que la vida parece perder todo sentido. Hoy, meses después de que ha visto, frustrada y perpleja, cómo la negligencia, la corrupción y el desdén de las autoridades han permitido que sus plagiarios sigan libres, acepta contar en Larevista la historia de esos momentos de espanto. Este es su relato, verídico, directo, de primera mano.

1.- Tengo enfrente de mí el retrato de Mario Alberto Bayardo Hernández, el hombre que me secuestró durante cinco días. En este instante del 2 de febrero de 2004 vuelvo a mirar el rostro de quien también me violó. Del hombre que forma parte de la infame lista de los diez más buscados en México. Del hombre cuya fotografía ha sido colocada en algunos espectaculares de este Distrito Federal, el hábitat natural de Bayardo, aunque la otra mitad de su vida la divida en Tlaxcala.

Es el mismo secuestrador que ha sido llevado tres veces a las prisiones capitalinas, pero extrañamente siempre queda libre y regresa a liderar la banda que lleva su apellido. Es el sujeto que tiene negocios de lavado de autos y es dueño de microbuses en el área metropolitana, según la PGR. Es el hijo de Alberto Bayardo Rosales, y el padre de Geraldyn Alberto, detenidos por ser los plagiarios de Laura Zapata y Ernestina Sodi.

Es El loco. Así lo apodé durante mi cautiverio. Juro que es el que hace 60 días, a principios de diciembre, me apuntó con un revólver y me dijo que lo abrazara como si fuera su novia.

Era de noche. Yo estaba a media cuadra de la casa de Marcelo Ebrard, el jefe de la policía capitalina que se jacta de que en su colonia, la Del Valle, no hay secuestros. ¡Ah! Es él. ¿Cómo diablos olvidas al cabrón insano que, al final, prometió buscarme para ver si, de casualidad, me enamoraba de él?

Y la foto que miro es reciente. Se la tomaron el 13 de noviembre de 2003, cuando la PGR anunció que había detenido al azote del sur de la ciudad. Sonará insólito, pero veinte días después ya estaba libre… secuestrándome.

Es él: su barba de candado que me restregó en el pecho; su clara piel que tanto deseaba que yo observara cuando me violó; sus ojos verdes que te asustan; y su ancho cuello que me obligó a acariciar.

Seguramente la playera amarilla que viste en el retrato tamaño infantil huele a suavizante de telas, su irremplazable aroma que aún tengo pegado a la nariz. Y aunque sus gordas manos no se aprecian, quizá traía ese carísimo reloj Audemars Piguet que alcancé a mirar, ya en la parte posterior del auto en el que me trasladaron a una casa de seguridad. Una casa que era el infierno.

Es él. El primer y último rostro que miré, porque entonces me colocaron parches sobre los ojos.

* * *

Aquella noche del 2 de febrero Ana telefoneó al policía judicial que le asignó la procuraduría capitalina y que ella llama Pejota. Aturdida, le contó lo de la foto de Bayardo. Le dijo que era el mismo que ella había descrito en el retrato hablado.

El Pejota le comentó con su desenfado de siempre: “¿A poco todavía no te das por vencida?”.

Semanas después, cuando un conocido le llamaría para decirle que en ese momento su secuestrador estaba en una plaza de toros, Ana recurriría a las autoridades federales, a la Agencia Federal de Investigación, en particular, que por esos días alardeaba de estar desmembrando bandas de secuestradores. Pero al final, terminaría hundida en la frustración.

* * *

2.- Desde antes de salir de aquella venta nocturna del Palacio de Hierro en Santa Fe, le dije a mi prima (que entonces iba a la mitad de un embarazo) que me sentía angustiada. Ella lo atribuiría a que tardamos casi diez minutos en encontrar en el estacionamiento el Clío negro, propiedad de la compañía en la que yo trabajaba.

Pero aquella ansiedad no me abandonó. Osciló. Bajó cuando dejé a mi prima en su casa, allá en Polanco, y un vigilante me deseó suerte.

Creció cuando estacioné el Clío, justo en la esquina de la calle donde vive Marcelo Ebrad. Bajé con mis bolsas del Palacio de Hierro. Abrí la reja de mi casa. Y miré la hora por última vez: las 10:45. Entonces, atrás de mí se escuchó un ruido tremendo, como si hubiera entrado un ventarrón.

3.- Eran dos tipos. Vestían trajes impecables, con mocasines. Sólo uno se agachaba y se cubría con una gorra que no cuadraba con su ropa.

Entonces el del traje gris, el de la barba de candado, el que apodé El Loco, el que ahora sé es Bayardo, sacó un revólver y, educadamente me dijo con su vozarrón que me volteara, que a partir de ese momento debía cerrar los ojos.

Dejé de verlo hasta que me arrancó las bolsas, me pidió el celular que me acababa de enviar un amigo de Europa y me colocó sobre los ojos la gorra de su acompañante. Durante los cinco días que duraría mi cautiverio no volvería a ver el rostro de nadie.

Me tumbaron en la parte posterior del auto. Reconocí que era el Clío por mis olores. El Loco recargó su codo y brazo sobre mis ojos y se acomodó en el asiento con los pies apoyados en mí. Me dejó en una posición tan incómoda que no podía respirar. Y yo sintiendo que el corazón se me salía.

El Loco trató de calmarme: “No te preocupes, tú eres una dama y nosotros unos caballeros, no te va a pasar nada”.

Le dije que se llevara todo, pero que me dejara ir, que toda mi riqueza estaba en mi bolso: tarjetas de crédito boletinadas por tantas deudas. “Nosotros no somos pinches raterillos y ya cállate”.

Y entonces sentí que algo se cerraba en mi espalda. Muchos pensamientos se desbocaron en mi cabeza: ¿me están confundiendo?, ¿así son los secuestros exprés?, ¿harían conmigo una snuff movie o sólo es una violación?

Salí de mis cavilaciones cuando El Loco empezó a acribillarme con preguntas: que si la mujer que había dejado en Polanco era mi hermana, que si no me había fijado que me perseguían desde Santa Fe, que dónde trabajaba, que si el carro era mío, y que qué inconciencia la mía de andar tan tarde en la calle…

Para cuando me pasaron a otro auto, un Jetta rojo, supe lo que es que los músculos ya no te obedezcan, que ni siquiera tengas fuerza para lanzar un grito; que tu cuerpo, desde ese momento, ya no te pertenece. Que has perdido la capacidad de oler y escuchar. ¿Ver? Jamás, los parches elaborados con gasa te clausuran los párpados. Eso sí, el aire frío fue la única realidad palpable.

Calculo que el traslado a la casa de seguridad habrá durado un par de horas. Casi todo fue en línea recta. Cuando nos estacionamos, El Loco me envolvió y alguien me cargó, pero me resbalé de sus brazos y mi cintura dio directo al filo de la baqueta. Escuché el vozarrón de El Loco reprobándolo y gritándole que tuviera mucho cuidado conmigo, pues me había convertido desde ya en la mujer de sus sueños.

Me llevaron a un cuarto, me aventaron en un colchón, me cambiaron los parches de los ojos por unos más grotescos y entonces llegó un hombre que dijo ser médico. Me obligó a desvestirme y, mientras hacía un registro minucioso de cada cicatriz en mi cuerpo, me dijo que sólo buscaba si no traía “un arroz”, un chip localizador. Luego me habrán pasado un escáner, que sonó en mi tobillo y se enojaron.

“¡Sí trae arroz, sí trae!” y alguien cortó cartucho. Pero el doctor lo detuvo: se dio cuenta que era un viejo clavo que une mis huesos desde la adolescencia.

Cuando terminó la revisión, El Loco me dijo dos cosas: Una: “Estas son la reglas: Si te pones loca, te madreamos. Si tratas de huir, te matamos. Si te quitas los parches, te matamos. Si te portas bien, verás que esto nunca ocurrió”.

Y dos: “Ya hablamos con tu papá, mi amor. Que regreses a casa depende de él. Porque, bueno, no te he dicho, pero estás secuestrada”.

Entonces me enrosqué en el colchón y tomé la cobija como si fuera un estúpido escudo. Ese fue mi pequeño mundo en cinco días.

* * *

El primero de la familia que se enteró del secuestro fue el padre de Ana, un profesor. Eran las tres y cuarto de la mañana cuando sonó el teléfono. El Loco fue breve: le exigió un millón de pesos de rescate y se disculpó de que le estuviera pidiendo dinero y no la mano de su hija.

También le dio instrucciones de dónde recoger el Clío negro y le advirtió que se lo devolvía a cambio de que la empresa donde trabaja Ana no levantara denuncia alguna.

El profesor se comunicó con algunos jefes de la policía que fueron sus vecinos. Y ellos mismos le recomendaron que no denunciara, que era mejor juntar la mayor plata posible -que no llegaría a más de 50 mil pesos-. Sería hasta el sábado cuando el secuestrador volvería a telefonear.

* * *

4.- Chavo, al que fue asignado mi cuidado, me contó por qué la casualidad me condenó al secuestro: iban por otros jóvenes, pero no pudieron alcanzarlos. Y estaban tan frustrados que de pronto apareció el Clío negro con una mujer a bordo. Chavo terminó compartiendo la soledad de mi encierro.

5.- La primera noche fue de insomnio.

Te sientes cómo te invade un vacío inconmensurable. Estás en el desamparo total.

6.- Chavo no pasaba de los 18 años. Y se identificó conmigo por una simple razón: él era adicto a la cocaína y yo había trabajado en una clínica de adicciones. Eso me funcionaría durante el cautiverio: gracias a la confianza que le inspiré, se abstuvo de aturdirme con tranquilizantes.

Y poco a poco fueron regresando mis sentidos. Agucé el oído lo más que pude para escuchar mi entorno: oía los rugidos de los autos o los rumores de tráilers, y me imaginaba que estaba a orilla de una carretera. Oía los programas de la televisión, y me ayudaba a calcular las horas.

Pero también escuché otras cosas.

Como una radio de banda que soltaba claves como “R10”, “R30”, o “un 24 en la 12”. Luego me enteraría que son contraseñas de la policía.

O como aquellos gritos de adolescentes que duraron toda esa noche y que Chavo me explicó el por qué: “Son dos morritas que traían un Jaguar. Ahorita están gritando porque las están violando. Pero no te angusties, le gustas al jefe y nadie te va a hacer daño. Salvo él, si se pone loco”.

Cada vez que fui al baño escuché llantos y los televisores o radios encendidos. Me imaginé los infiernos de cada uno. Chavo me dijo aquella noche que tenían “casa llena” de “visitas”, como nombran a los secuestrados.

7.- A la mañana siguiente, se escucharon helicópteros. Chavo me pegó una pistola en la cabeza y me dijo que, si era la policía, tendría que matarme, pues era mejor que lo condenaran a diez años por homicidio que a 40 por secuestro.

Los helicópteros se fueron. Chavo me pidió una disculpa y luego me dejó tocar la cacha de su pistola: ahí tenía grabada la imagen de San Judas Tadeo.

8.- Hablamos Chavo y yo de muchas cosas el día dos de cautiverio:

Que él ya tenía tiempo en este negocio. Que ganaba bien. Que compraban las revistas Caras, Quién y los suplementos donde los ricos son fotografiados en toda su altivez, para aprenderse bien los rostros de a quién van a secuestrar, pues ellos sólo raptan a gente adinerada.

Que, claro, también son matones. Que las banditas que han surgido son unos improvisados y ponen en riesgo el negocio, y que de ahí que ellos delaten a esos espontáneos con la policía. Que buena parte de los jefes policiacos en el centro del país son sus protectores. Que cuando los detienen deben tener lista una millonada para ofrecérsela al juez. Que ellos sólo plagian a mujeres y a jóvenes, sobre todo en antros como El Alebrije o el Palmas 500…

“A los viejos con dinero, los dejan morir sus hijos. Y las esposas, rencorosas, terminan por darnos las gracias”, me explicó.

Todavía lo escucho contándome una insalubre historia:

“Nos comunicamos con la esposa de un secuestrado y nos dijo que ojalá lo matáramos. La verdad nos dolió decirle al señor y hasta nos pusimos a sus órdenes por si quería que le echáramos bala a la pinche vieja desgraciada. Un compadre de él fue quien pagó el rescate. A la semana siguiente, leímos en el periódico lo de un asesinato de una mujer. Era la esposa. Ese güey la mató. ¿Imagínate al pinche loco que teníamos aquí? Por eso nos vamos con las morritas y los chavos, porque se ponen pedos, nos facilitan las cosas y por ellos sí pagan”.

9.- Otra noche de insomnio y de espanto: otros de la banda, inestables y brutales, empezaron a golpear a un joven; escuché su llanto. En eso entró Chavo muy agitado y me dijo que me pusiera a rezar con él, porque sus compañeros estaban drogados y ya habían matado a un secuestrado.

Dejé de rezar después de varias horas cuando escuché a El Loco: “¿Buenos días, mi amor, qué quieres de desayunar?”.

El desayuno fue una violación.

10.- El sábado llegó El Loco azotando la puerta y con un rostro enloquecido me dijo: “Tu papá no aguantó la negociación, le dio un infarto. ¿Ya ves? Dios quiere que te quedes conmigo”.

* * *

Aquello era mentira. El padre de Ana estaba a esas horas esperando la prueba de vida para entregar el dinero allá por las Pirámides de Teotihuacan.

Ana terminó rota. Desconsolada, le pidió a El Loco que por favor la matara. El secuestrador se enfureció y le soltó: “¿Estás enferma, estúpida? Te puedo matar, pero te quiero mucho”.

Hasta en la noche, Chavo le dijo a Ana que su padre estaba sano, que lo único que buscaba El Loco era verla humillada.

Y aunque el padre de Ana entregó el rescate, después de tantas indicaciones, su hija no llegó a casa.

* * *

11.- El domingo me quedé sola. Y al menos cuatro veces entró alguien distinto a mi cuarto, me pidieron que contara hasta diez y luego jalaban el gatillo. Terminaban riéndose.

Chavo no llegó hasta que empezó la final de Big Brother y lo maldije. Se disculpó diciéndome que había ido a visitar a su mamá.

Le conté que habían jugado a asesinarme.

“¿Si te ayudo a escapar me sacas del país?”, me diría luego Chavo, muy nervioso. Al escucharlo, lo único que sentí en ese momento fue que ya estaba decidido: me iban a matar.

12.- Cuando Omar Chaparro fue declarado el ganador de Big Brother, apareció El Loco y soltó: “¡Te vas, mi amor!”. Y ordenó a Chavo que me peinara y me limpiara con alcohol. Ahí, Chavo se me acercó al oído y me pidió esto: “Dime que Dios me bendiga, por favor. Dímelo”. Se lo dije.

Lo último que escuché de Chavo fue que no me confiara, que todo podía ocurrir.

Habré caminado unos 15 pasos, sujetada a las mano de Chavo, cuando sentí el frío y la voz de El Loco: “Vas a abrazarme como si fuera tu novio, ¿eh? No vayas a hacer ninguna pendejada, mi amor”.

Me subieron a una camioneta y en todo el trayecto, yo acostada, El Loco me manoseó y me dijo que yo le había traído paz a su vida y que estaba dispuesto a dejar “este trabajo” para casarse conmigo. “Te voy a buscar, mi amor”.

13.-El Loco me ordenó bajar y contar hasta 120 antes de quitarme los parches en los ojos. Que entonces caminara hacia mi lado izquierdo hasta encontrar un módulo de policía, donde pediría un taxi con el billete que me enroscó en la mano. Y me dio un beso el cabrón.

No lo creí. Yo tenía en la cabeza la imagen de El Loco dándome el tiro de gracia. Estaba tiritando. Me sentía en un precipicio. Tenía la boca reseca.

No escuché cuando la camioneta arrancó. Y ni siquiera podía contar. Pero lo que me trajo a la realidad fue el grito lejano de una señora: “¡Ya apaga la tele, pinche güevón!”.

Me arranqué los parches y apenas pude enfocar que estaba en una unidad habitacional. Corrí a buscar el módulo. Y, al llegar, el policía me miró con una expresión de sospecha muy comprensible: eran las tres de la mañana, y yo estaba sucia, maloliente y preguntándole dónde carajos estaba. “En Villa Coapa”, me dijo y me ayudó a tomar un taxi en la Calzada de las Bombas.

Sólo hasta que entré al taxi me vi al espejo y no era yo: tenía cinta adhesiva por todo el rostro, los ojos estaban morados, no tenía color.

El taxista pensaba que me había golpeado mi pareja hasta que se dio cuenta que una camioneta nos seguía. Le tuve que decir que había sido secuestrada y que esos de la camioneta eran los que me habían liberado.

* * *

Después de unos kilómetros de paranoia, el taxista dejó a Ana en casa. La camioneta se estacionaría casi enfrente de ella. Seguramente la vieron cómo Ana saltó al cuello a toda su familia y cómo la abrazó intensa y mudamente.

* * *

14.-Empecé a parchar mi vida.

Acudí a denunciar ante un ministerio público sin alma. Me hice carísimos análisis del VIH. Me topé con que en mi empresa mi jefa les contó a todos mi tragedia y me trataron con lástima; terminaron por despedirme. Mis amigos se alejaron. A mi padre le cayeron 20 años encima. A mis hermanas las condené a la demencia. Me quedé más pobre de lo acostumbrado.

Por fortuna me encontré con el Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas del Delito Violento, de la procuraduría capitalina. Ahí me ofrecieron terapia sin ningún costo.

15.- Diez días después de que observé el retrato de Bayardo en la televisión y que no obtuve respuesta de mi Pejota, los diarios destacaron una noticia: un empresario había sido secuestrado en la colonia Del Valle, pero logró saltar de la Windstar donde lo trasladaban. La policía intervino y detuvo a los raptores; dos de ellos resultaron heridos.

Una de las fotografías que publicaron me cimbró: entre lo decomisado a la banda estaba una pistola cuya cacha tenía a San Judas Tadeo y un celular igual al mío, un modelo que no hay en México.

Los tenían en la delegación Gustavo A. Madero y fui para allá. Un comandante escuchó mi historia sin oírme. Le pedí verlos para intentar reconocerlos. Pero me trató con desprecio y me echó.

Por la tarde logré contactar al empresario que había librado el secuestro y me dijo que acababa de ir a denunciar. Pero que ya habían sido puestos en libertad “por falta de parte acusadora”.

16.- En internet logré conseguir algunos datos de Bayardo:

Una entrevista de López Dóriga con José Espina, presidente del Consejo Ciudadano, donde éste decía que Bayardo era protegido en Tlaxcala por funcionarios de allá.

Unas columnas de diarios tlaxcaltecas donde lo ligaban familiarmente con el subprocurador de justicia Edgar Bayardo.

Denuncias en contra de magistrados del Primer Tribunal Colegiado del Primer Circuito en Materia Penal, pues ellos liberaron a Bayardo en sus dos primeros arrestos de 1990 y 1999. Se dice que recibieron varios millones de pesos.

Le proporcioné esta información a mi Pejota y es hora que no se ha comunicado conmigo.

17.- Un domingo me llamó una amiga y me dijo: “El tal Bayardo está ahorita en la plaza de toros de Tlaxcala”.

Telefonee al número de la AFI donde reciben denuncias ciudadanas y me contestó una vieja pendeja:

-¿Bayardo? Y ése quién es, señorita.

Después de explicarle y darle señas, me dijo: “¿En una plaza de toros. No, señorita, ¿se imagina el gentío? Sígalo y llámenos luego”.

18.- Ahora, frustrada, estoy aquí contándoles la bitácora de mi cautiverio.