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Dice el Instituto Nacional de Estadística que Toril tiene 16 habitantes. Una exageración, según María Isabel. “Ahora mismo, en el pueblo, somos cuatro”. No es una forma de hablar. Cuatro son los vecinos de Toril: Paulina, una mujer de 75 años apoyada en un bastón; María, que mira con desconfianza a los visitantes mientras se cierra su chaqueta negra; un chico con un perro marrón y que se niega a decir su nombre y la propia María Isabel, que tiene los ojos azules y la expresión arrugada. Están todos en la placita del pueblo. La treintena de casas marrones a sus espaldas están vacías, abandonadas. María Isabel, sentada en el borde de una fuente, estira las piernas y sonríe: “Habéis llegado al culico del mundo”.

Toril está en la zona más despoblada, más olvidada y más vacía de España. Catedráticos de la Universidad de Zaragoza han calificado a esta área como la Laponia española, una imaginaria región que abarcaría las provincias de Soria, Guadalajara, Teruel, Cuenca y la parte interior de Valencia. Y lo han hecho a través de la asociación Serranía Celtibérica, un proyecto que pretende evitar el completo abandono de esta zona y dotar de identidad a la España más olvidada. Hablamos de un área de 63.098,69 kilómetros cuadrados (dos veces Bélgica) que abarca 1.632 municipios, pero que sólo tiene 503.566 habitantes. Es decir: 7,98 habitantes por kilómetro cuadrado.

Dentro de la Laponia española, los Montes Universales, una zona montañosa situada en la frontera entre Cuenca y Teruel (donde está Toril), conforman el epicentro. Es como el quieto ojo del huracán que permite entender que, el sobrenombre de Laponia del sur, no es hiperbólico. Aquí, la densidad de población es menor que la de la región escandinava.

“¿Que somos menos que los esquimales? Madre mía…”. Mira María Isabel con cara de incredulidad. Pero los datos hablan: en los Montes Universales, que abarcan un territorio de más de 3.500 kilómetros cuadrados (más o menos, la provincia de Guipúzcoa) sólo viven 5.700 personas. Es decir, la densidad de población es de 1,63 habitantes por kilómetro cuadrado. En Lappi, la región más septentrional de Escandinavia, hay 1,87 habitantes por kilómetros cuadrado.

Y eso según los datos censales. El proyecto Serranía Celtibérica asegura que, tras un estudio pueblo a pueblo en los Montes Universales, la densidad de población real -contando sólo residentes- es de 0,98 habitantes por kilómetros cuadrado. Números similares a los de Siberia.

Lo curioso es que esta nada demográfica no se encuentra demasiado lejos -geográficamente- de los mayores núcleos de población de España. Toril, el pueblo con cuatro habitantes, está a 180 kilómetros de Valencia y a 270 kilómetros de Madrid. De la capital se da un salto casi directo al vacío. Una vez que se sale del área metropolitana madrileña, el paisaje muta a desértico sin transición. De la autovía se pasa a la carretera nacional y, de ella, a la comarcal, que se enreda en curvas con el asfalto sin pintar. Es la puerta de entrada a los Montes Universales.

Las casas desaparecen. Desde el pueblo de Huélamo, situado aproximadamente a la entrada de los Montes Universales, hasta Toril, transcurren 45 minutos en coche. En ellos, no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Tampoco se ven casas. En todo el trayecto, sólo un pastor da una tregua a la soledad. Se llama Eloy y ha nacido en un pueblo cercano. Lleva viviendo aquí toda su vida. Apoyado en una vara de madera con sus ovejas tras él, aprovecha para hablar todo lo que puede y lo más rápido que puede. Como un chute de conversación. “Esto está muerto. Se despuebla muy rápido. No hay riqueza. La gente se va”. Una queja común en esta zona.

Cruzar la Laponia española es avanzar a través del silencio. Los únicos ruidos que lo interrumpen provienen de pájaros, cencerros de algún rebaño o árboles que se mecen al viento. Todo lo visible al horizonte son laderas arboladas, rocas y bosques. El paisaje está desprovisto de presencia humana. Los pueblos aparecen cada cierto tiempo, distantes unos de otros, pequeños y aislados, como si fueran check points. Más del 76% de las localidades de esta zona se consideran remotas: distan más de 45 minutos en coche de la ciudad más cercana.

La mayoría tienen entre 50 y 200 habitantes. Otros, como Toril, resisten agarrados a un hilo de vida. “Cuando yo era niña éramos bastantes. Había vida aquí, celebrábamos fiestas y había muchos niños”, recuerda María Isabel. “Ahora, mira…”. Y señala con la cabeza el pueblecito casi abandonado.

El vienes nevó en la zona y María Isabel y los demás, cuentan, estuvieron sin luz hasta el domingo. “Pasa un par de veces cada invierno, cuando nieva mucho. Nos quedamos aislados, con medio metro de nieve”. La ciudad más cercana a Toril es Teruel, que está a hora y media en coche. Es el tiempo que les separa del cine más cercano, del centro comercial más a mano o del taller más próximo.

La agonía de Toril comenzó cuando cerraron el colegio del pueblo. “Fue hace tiempo ya”, recuerda Paulina apoyada en su bastón. “Mi nieto Satur fue el último. Cuando cerraron el colegio por falta de niños, se tuvieron que ir del pueblo”. Hace 20 años que en Toril no ven un niño.

“Y jóvenes sólo quedo yo”, dice el chico con el perro. “Todos mis amigos y chavales de mi edad están viviendo en Catauña”. “¿Y tú? ¿Por qué no te vas?”. El chico se encoge de hombros.

Es un problema que se repite: la tasa de envejecimiento en esta zona es de las más altas de Europa. Se trata, según el proyecto Serranía Celtibérica, de una región que está biológicamente en extinción. “De aquí al hospital o al cementerio”, dice riendo Paulina. El 32% de los habitantes de los Montes Universales, según datos del INE, tienen más de 65 años. Sólo un 7% tiene menos de 15.

Siempre puede ser peor. El pueblo que está al lado de Toril, llamado Masegoso, se ha quedado vacío. Se alcanza Masegoso tras una bajada serpenteante que desemboca en una señal que parece nueva. También el pueblo está en buen estado. Pero no hay nadie. Sólo quietud, abandono y silencio. Hay ropa colgada llena de polvo, un arado oxidado que yace en el medio del pueblo, una camisa tirada en la hierba junto a una sartén y unos columpios para niños que se mecen despacio con la brisa. A Masegoso lo han dejado atrás.

Un grupo de gatos observa a los visitantes inesperados. El pueblo sólo tiene vecinos en verano, cuando es utilizado como segunda residencia por un puñado de antiguos vecinos.

Según datos de la Proyección de la Población de España en el período 2014-2064, llevada a cabo por el INE, vamos a perder, en España, un millón de habitantes en los próximos 15 años. Para la segunda mitad de siglo, según este mismo estudio, el porcentaje de mayores de 65 años será de casi el 40%. Masegoso bien podría ser un aviso presente de lo que le espera a la Laponia española futura.

Vivir aislado

Guadalaviar es uno de los pueblos más grandes de esta zona. Está a 25 minutos de Toril. Tiene 222 habitantes censados, 155 viviendo en el pueblo, 16 en paro, seis niños, cinco bares y un alcalde llamado Rufo Soriano Pérez. La localidad aparece repentina entre laderas, con casas amontonadas, un perro olisqueando la señal que indica el nombre del pueblo y una señora en silla de ruedas tomando el sol con gafas oscuras.

Rufo nos recibe en la placita del Ayuntamiento. “Hace años éramos 500 vecinos, pero se ha ido vaciando. La gente se va porque no hay trabajo. Antes había una fábrica, pero la cerraron”. Es un problema que comparten la mayoría de pueblos. Las fábricas aquí no son rentables, están muy alejadas de las autovías y la logística resulta demasiado cara. La ganadería y el turismo rural se han quedado como las únicas opciones. Y son insuficientes.

“La gente joven desaparece”, dice Rufo. “Se van a trabajar fuera y los que se quedan están a verlas venir”. Con la marcha de la gente joven también se esfuman los niños. Y cierran los colegios. “Nosotros mantenemos la escuela porque tenemos cinco niños, que es el requisito mínimo. Hay uno de 12 años, otro de 11 y tres de 4 años. Van todos juntos al colegio”.

Esther y Dámaso son los padres de Álvaro, uno de los cinco niños del pueblo. “Aquí los niños son felices. Se pasan el día jugando y se forman en la escuela. En las ciudades hay cierto prejuicio sobre cómo vivimos en los pueblos. Pero aquí los niños están a su aire, disfrutando”, dice Esther. Luego matiza: “A ver, te tiene que gustar este tipo de vida. Es una vida muy tranquila, muy sosegada”.

Tan tranquila que un solo día en Guadalaviar podría resultar desesperante para un urbanita acelerado. “Aquí no hay nada. Si quieres ir al cine o de compras o de copas te tienes que ir a Teruel, que está a una hora y media”, dice Rufo. “En invierno anochece pronto y la gente da un paseo, charla o echa la partida. No hay mucho más que hacer”.

Santiago Ferrández tiene 48 años. Nació y creció en Zaragoza, donde tuvo tres hijas y un empleo que, por estresante, llegó a afectar a su salud. “Decidí romper con todo”, cuenta. Se trasladó a Guadalaviar y ahora regenta uno de los bares del pueblo. “Cuando yo llegué aquí lo hice con una compañera y ella duró cuatro meses. No se adaptó. Era más joven y le costó mucho aclimatarse a esto”, cuenta Santi. “Vivir aquí puede ser duro. Aquí hay mucha soledad, estas muchas horas solo. Hay poca gente para hablar, casi no hay gente joven. Vives en un pueblo rodeado de montañas en el que no hay nada y donde no hay otra manera de salir que en coche. Eso te come. Tienes que tener claro a lo que vienes”.

La fruta, el pan y el médico

Al otro lado de la frontera, en la provincia de Cuenca, está Zafrilla, donde viven 50 personas. Llegar a Zafrilla es como llegar a un fuerte militar. La carretera desciende en curvas hacia el pueblecito. Se ve desde lejos y te ven llegar desde lejos.

En la plaza del Ayuntamiento, Pascual vende fruta desde su furgoneta. Viene dos veces por semana. Otras dos veces llega al pueblo otro vehículo con congelados y cada dos días, uno con pan. En Zafrilla no hay tiendas, así que los suministros básicos llegan cada semana en forma de furgonetas como la de Pascual.

Montse Pérez, de 48 años, espera en la cola para comprar naranjas. Cuenta que, en Zafrilla, al haber cuatro niños, no hay colegio y que, por ello, los pequeños tienen que desplazarse cada día media hora hasta un pueblo cercano. “Y ese colegio también va a cerrar, así que los padres están pensando en irse a vivir a Cuenca para que los niños estudien”, dice Montse.

Cuenta también que, en Zafrilla, no hay clínica médica ni farmacia. “El médico viene dos veces a la semana y si hay una emergencia tenemos helipuerto. El año pasado le dio un infarto a un vecino, pero, como no tenemos desfibrilador, no se pudo hacer nada”.

No queda gente joven en Zafrilla. Se fueron a Cuenca, que está a una hora y media. “La vida aquí no es fácil para ellos. Aquí hay mucha rutina. Te levantas, tomas un café en el bar, compras en el furgón que haya venido ese día, cocinas y trabajas algo en casa”, explica Montse. “Siempre ves a la misma gente. Para alguien de fuera esto es aburrido. Aquí hay más gatos que vecinos”.

María Mora escucha la explicación de Montse. Tiene 88 años y es otra de las vecinas de Zafrilla. Nos propone visitar su casa con una sonrisa y un pañuelo en la cabeza. Vive sola, aunque su hijo viaja cada fin de semana desde Barcelona para visitarla. En el salón tiene una estufa de leña y una pequeña televisión. “La veo por las noches”, dice sonriendo.

El único viaje que María ha hecho en su vida fue a Barcelona, hace ya muchos años. “Y hace tiempo que no salgo del pueblo. Para qué”.

Alrededor de Zafrilla, como alrededor de Guadalaviar, Toril y los demás pueblos de la Laponia española, no hay sino monte. Descampado hasta donde alcanza la vista. “¿El futuro?”, se pregunta Rufo, el alcalde de Guadalaviar. “Es un asunto muy serio. Lo veo mal. O cambian las cosas o esto se muere”. Montse coincide. “¿Quién va a montar aquí nada? Es inevitable que esto se vacíe de gente joven. Y cuando nuestra generación ya no esté, pues no va a haber relevo”. María Mora, apoyada en su bastón, escucha y replica. “Bueno, pues ya nos veremos todos en el cielo. Aunque seguro que allí hay más gente que aquí”.

A sus setenta y nueve años, Gay Talese, el mayor cronista vivo de Estados Unidos, quería ir a una corrida de toros. Tras una hora en la plaza de Las Ventas de Madrid, después de ver matar a cinco animales, a un torero con un muslo ensangrentado y a otro lanzarse de cabeza por detrás de la barrera del ruedo perseguido por una bestia de cuatrocientos kilos, su esposa aprovechó el descanso previo al último toro de la tarde para decirme algo en voz baja. «Gay pregunta si ya nos podemos ir». Él estaba de pie a su lado, listo para huir lo antes posible. Tenía puesto su sombrero panamá de color camel y se había metido bajo el brazo un periódico que había tomado prestado del bar de su hotel. Pero un toro más salió al ruedo, los veinte mil espectadores de la plaza volvieron a callarse, y Talese tuvo que sentarse otra vez sobre su almohadilla de plástico. Diez minutos más tarde acabó la función. En el camino de salida, Talese, vestido con unos mocasines y un traje a medida como del siglo pasado, miró de nuevo al ruedo. Un carro de caballos arrastraba hacia fuera el cadáver del sexto toro que dejaba un rastro de sangre en la arena. «¿Ahora lo cortarán en pedazos?», preguntó. Dijo que aquello le recordaba a Floyd Patterson, un excampeón de los pesos pesados que le había contado que no se sentía capaz de odiar a sus rivales. «Los toros me han dado lástima, como cuando Liston o Ali le pegaban a él aquellas palizas». Al maestro de los cronistas del detalle, el mundo de la tauromaquia —que había excitado el pincel de Picasso y la máquina de escribir de Hemingway— sólo le provocó la duda de un carnicero y el recuerdo de un boxeador al que no le gustaba dar golpes.

De niño, Talese fue un estudiante mediocre. «Yo era bueno en una cosa para la que no había calificación —dijo en otra entrevista—: la curiosidad». Como todos los niños, se distraía en la escuela centrando su atención en objetos menores, como una tiza o un borrador, o mirando a la joven sustituta de la maestra de Composición en inglés. En su adolescencia, espiaba a las parejas que se juntaban de noche al borde del mar de su pueblo, Ocean City, y el sacerdote de su parroquia pronosticó que el futuro autor de La mujer de tu prójimo, un libro sobre la liberación sexual de los setenta que Talese documentaría dirigiendo en persona una casa de masajes, sería un degenerado. En la escuela secundaria, escribió en un semanario de su pueblo sobre las derrotas de los equipos de fútbol y béisbol de su colegio. En la universidad escribió una historia sobre un estudiante de más de dos metros y diez centímetros que se negaba a hacer una prueba con el equipo de baloncesto porque prefería podar árboles, y también sobre un anciano que atendía los casilleros del equipo de fútbol y al que los jugadores le pasaban la mano por la cabeza antes de salir al campo para que les diese buena suerte. Cuando trabajaba en The New York Times publicó ‘Don Malas Noticias’, un perfil dedicado a Alden Whitman, un hombre tímido y bajito que escribía con anticipación necrologías de personajes públicos y que vivía pendiente de que estos muriesen para poder publicarlas. En aquel tiempo persiguió gatos callejeros por Nueva York para clasificarlos según sus costumbres como salvajes, bohemios o gatos de media jornada en tiendas y restaurantes. Una tarde de 1999, mientras hacía zapping en el sofá del salón de su casa, se encontró con la final del mundial de fútbol femenino entre China y Estados Unidos, y vio a una defensora del equipo asiático fallar un penalti decisivo. Le intrigó tanto saber si lloraría en el vestuario o si sus compañeras la consolarían o la dejarían sola, qué le diría su familia al regresar a Pekín y cómo la recibirían los burócratas del deporte chino, que Talese se pasó seis meses buscándola para contar cómo era la vida de una futbolista china después de un fracaso. Cuando visitó Madrid, en 2011, llevaba buen tiempo con su curiosidad ocupada en un asunto misterioso: un reportaje para entender sus cincuenta años de matrimonio.

El día antes de ir a los toros, un domingo por la tarde, Nan Talese, su esposa, la prestigiosa editora de Doubleday,  quiso conocer el Museo del Prado. Había una cola tan larga para entrar, que ella y su marido decidieron postergarlo. Al lado del museo estaba el jardín del hotel Ritz y merendaron allí. Mientras hablábamos en la mesa, Gay Talese me preguntó: «Dime, cuando sales a cenar con una chica, ¿tú pagas la cuenta?». Dos horas antes, sentado en una butaca dorada de la suite de su hotel, me había preguntado: «¿Vives solo en Madrid?», «¿Cómo te pagas el alquiler del piso si no tienes un sueldo fijo?». Tenía las piernas cruzadas, y de cuando en cuando elevaba la punta de uno de sus zapatos de piel, fabricados por un artesano ruso de Brooklyn. «¿Eres hijo único?», «¿Tu hermano es mayor o menor que tú?». En un reportaje se describía cómo Talese acudía a ver La Traviata, de Verdi, al Metropolitan Opera de Nueva York y en un entreacto le presentaban a un banquero al que de inmediato comenzó a preguntarle por su matrimonio. Quería saber cuándo conoció a su mujer, cuánto tiempo llevaba casado, por qué ella no estaba con él en la ópera, hasta si seguían siendo felices. El caballero que quería entender su matrimonio deseaba saber todo de aquel desconocido.

Talese es un maestro de la curiosidad por el detalle, y a veces esta curiosidad se confunde con la indiscreción. Su incontenible atracción por la intimidad le permitió enterarse de que la esposa del mafioso Bill Bonanno dejaba la ropa limpia de su marido a los pies de la cama para no tocar la cómoda donde él guardaba sus cosas, y de que vivía tan amargada por no tenerlo nunca a su lado, que llegó a tener celos de su suegro, el viejo y reservado capo de la familia; o que el beisbolista Joe DiMaggio seguía enamorado de Marilyn Monroe tres años después de su muerte. Talese pregunta a la gente lo que en apariencia a nadie le importa sólo para descubrir lo que no sabíamos que nos importaba tanto, esas claves triviales que definen a las personas. Luego las revela y el efecto es vernos descubiertos en un espejo. El chismoso se entera para contarlo; Gay Talese, para entenderlo. Es un dandi inquisitivo que creció como voyeur detrás de los mostradores de la sastrería de sus padres, donde su madre atendía tardes enteras a señoras enguantadas de blanco para quienes la tienda era también un diván.

La minuciosa insistencia de Talese en conocer rasgos sencillos de las personas recuerda al laborioso y melancólico oficio del sastre, practicado por varias generaciones de su familia en el sur de Italia y que su padre intentó contagiarle sin éxito, pese a la admiración que le provocaba verlo trabajar. «Él hacía cada traje puntada a puntada, sin usar máquina de coser, porque quería sentir la aguja en sus dedos mientras penetraba en una pieza de seda o lana y se movía a la velocidad de un gusano a lo largo de la costura de un hombro o una manga», recuerda Talese en Vida de un escritor. El hijo no quiso ser sastre, pero ha elegido tardar años en acumular detalles y escenas para reportar y escribir cada uno de sus libros. De su padre heredó la persistencia en el detalle; de su madre, la capacidad de escuchar. En sus comienzos en The New York Times, Talese se fijaba en los libros que llevaban sus compañeros mayores cuando subían por el ascensor del periódico y espiaba a oídas las discusiones sobre esos libros cuando iba a su cafetería. Es un hombre de orejas bien abiertas que no ve los restaurantes como sitios para disfrutar de la comida, sino como «cámaras de resonancia» donde puede captar conversaciones ajenas. Este señor elegante al que le nacen ímpetus inquisitivos ante cualquier desconocido es un venerador de las más disimuladas y azarosas formas populares de la intromisión. «Entre los hombres mejor informados de Nueva York están los ascensoristas, que rara vez conversan porque siempre están a la escucha; igual que los porteros», nos recuerda en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Gay Talese es, ante todo, un hombre atento.

Esa tarde de domingo, al final de la merienda en el Ritz, él y su mujer se detuvieron otra vez delante del Museo del Prado. Talese se sorprendió al ver un cartel que anunciaba una exposición de José de Ribera, el pintor español del siglo XVII autor de La mujer barbuda. «Era de Nápoles», me dijo el italoamericano. «¿Podemos entrar?». Visitó la sala de Ribera con la impaciencia de un niño obligado a seguir a sus padres por los templos turísticos de una vieja capital europea. Al cabo de veinte minutos de recorrido, una vez satisfecho su compromiso sentimental de ver la obra de un pintor que imaginaba que había nacido en Nápoles, cerca de la región de origen de su familia, y en el momento en que su esposa admiraba la sala de los pintores flamencos, el gran observador de la vida de las personas sintió que ya había visto suficiente historia del arte. «Okey —nos dijo—, ¿ya nos podemos ir?». Talese caminó a paso ligero hacia el tráfico del Paseo del Prado, y Nan se quedó dos metros rezagada. Él buscaba un taxi y se dio cuenta de que no la tenía a su lado. Sin siquiera darse la vuelta para verla, estiró un brazo hacia atrás y abrió la palma de su mano.

Al día siguiente, mientras bajaba las escaleras huyendo de la plaza de toros, a Gay Talese lo invitaron a ver las fotos de las celebridades que han pasado por Las Ventas. Se detuvo a mirar los retratos de Ava Gardner, el Che Guevara, Orson Welles y Sofía Loren achicando sus ojos como un calibrador de diamantes. Gay Talese ha descrito los dedos de Frank Sinatra, que «eran nudosos y despellejados, y los meñiques sobresalían, tan tiesos por la artritis que a duras penas los podía doblar»; la obsesión del actor irlandés Peter O’Toole por ciertos calcetines, «únicamente usa medias verdes, hasta con un esmoquin»; la coquetería de Fidel Castro, «el cuidado que se pone a sí mismo puede medirse desde las uñas arregladas hasta sus botas de puntera cuadrada, que no tienen raspaduras y brillan suavemente». Es un elegante que se entromete en el atuendo de los demás. En la suite de su hotel, me preguntó si en mi casa tenía una chaqueta, una corbata y una camisa. «Pareces un niño que vende fruta en la calle», me dijo. Su padre era el único italiano de Ocean City que usaba traje y corbata, y desde niño Gay Talese también vestía de traje. De haber sido un portero en Nueva York, él habría tenido algo de los «porteros del lado este», a quienes describió orgullosos como un noble, y otra parte de los «porteros de hotel», especialistas en recordar apellidos y evaluar la calidad de equipajes de cuero. «Tú te sientes cómodo con lo específico y yo con lo brumoso», le dijo su mujer en un reportaje de la revista New York dedicado a su matrimonio.

Antes de que Talese saliera de la plaza de toros, le presentaron a un crítico taurino. Después de saludarlo se quedó mirándolo. Era un español de unos setenta años, moreno y con bigote, que vestía una camisa y unos jeans corrientes. «¿Han visto sus zapatillas?», preguntó de repente, mirando el calzado que llevaba. «¡Miradlas, son las más brillantes de todas!». Durante dos días Gay Talese había paseado por Madrid por primera vez en su vida. Había visitado uno de los museos de arte antiguo más memorables del mundo. Había sido espectador de una corrida de toros con peligro, emoción y sangre. Hasta ese momento del viaje, el caballero de la curiosidad no nos había pedido que nos fijáramos en nada. Lo hipnotizó el fulgor de las zapatillas de un crítico taurino.

Las vías del tren están a pocos metros, al otro lado de la calle sombreada por árboles añosos. Detrás de pequeños muros, detrás de pequeños jardines, detrás de rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas y limpias como si acabaran de pulirlas. Es mediodía y hay un silencio de siesta, sin autos, sin gente. Nada ha cambiado mucho en los últimos cien años. Las vías del tren ya estaban allí, algunos de estos árboles ya estaban allí. La casa también. Ocupa toda la esquina de esta calle de Olivos, un suburbio elegante de la zona norte de Buenos Aires, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del muro agobiado por la hiedra. El timbre emite un ruido ronco, doloroso. Por el portero eléctrico se escucha la voz de una mujer.

—¿Quién es?
—Vengo a ver a Dolly.
—Pasá.

La puerta de rejas se destraba con un zumbido y se abre a un jardín selvático, oscuro. Al otro lado espera una mujer mayor, el pelo a la altura de las orejas, las puntas peinadas hacia dentro. Es menuda, de aspecto vivaz, la piel muy blanca.

—Hola. Yo soy la cuñada.

Aquí no debería haber una cuñada. Debería haber, tan sólo, dos hermanas: una de ellas olímpica, noventa años, más de un metro setenta; la otra, tres años menor, de aspecto desconocido. Entonces: ¿cuñada de quién?

—Llegaste —dice una voz potente que proviene de la penumbra, a espaldas de la mujer menuda—. Qué puntual. ¿Tenés sangre inglesa?

La mujer olímpica, noventa años, más de un metro setenta, camina hacia la luz del recibidor. Usa un vestido estampado, azul y blanco, por encima de las rodillas.

—Pasá. ¿No tenés problemas con los gatos? Tenemos catorce.

La mujer menuda saluda y desaparece. La mujer olímpica ve el grabador y dice:

—Juan siempre decía: “Sin grabador”. A mí no me molesta. Ahora lo van a traducir al turco. Pobre Juan.
—¿Por qué “pobre”?
—Querida, ¿vos sabés turco? Una traducción así no se puede controlar.

Hay algo, en la celeridad con que empieza a hablar de Juan, que lo aclara todo. En esta casa viven, de hecho, dos hermanas. Esta mujer —Dolly, Dorotea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, autor de La vida breve, Los adioses, El astillero, ganador del premio Cervantes, fallecido en 1994— y su hermana Nessy: la mujer menuda. Sólo que Nessy es, también, cuñada de Onetti. Y esa forma de presentarse —“soy la cuñada” (de Onetti) y no “soy la hermana” (de Dolly)— devela que él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte.

Dolly Muhr señala una puerta lateral que da paso al comedor diario:

—Pasá. ¿Qué vas a tomar? ¿Café, agua, Coca Cola?

Afuera hace treinta y seis grados pero el comedor se mantiene fresco. Las ventanas, cubiertas por cortinas de hilo, apenas dejan pasar la luz violenta. Dolly sale por la puerta que da a la cocina. Se mueve con rapidez pero un tanto endurecida. En junio de 2015 se cayó y se quebró la cadera mientras paseaba por Salamanca, España. Por eso, aunque pasa la mayor parte del año en Madrid, el verano de 2016 la encuentra en la casa donde nació, recuperándose a fuerza de caminatas. Cuando regresa, apoya sobre la mesa una botella de Coca Cola y dos vasos.

—Estoy más en España que acá. Si no fuera por la cadera ya estaría en Madrid. Las mujeres tenemos que estar más atentas al calcio. ¿Vos comés carne?
—Sí.
—¿Te pican los mosquitos?
—No mucho.
—¿Ves? Mi hermana tiene la teoría de que no le pican porque es vegetariana. Ella tiene cada idea sobre la dieta. Es de las pocas personas que conozco que nació y va a morir, como ella dice, en la casa donde nació. No tiró nada. Tiene todo. Hasta la bañera de cuando éramos chicas.

La mesa del comedor parece arrinconada ante el embate de muebles que llenan la habitación de tres por tres: un televisor, una cómoda sobre la que hay catorce portarretratos y cuatro arreglos florales, una estantería con libros, una cajonera, un piano vertical sobre el que hay cinco portarretratos y una lámpara, un hogar a leña sobre el que hay cinco arreglos florales, una mesa redonda sobre la que hay un equipo de música, una biblioteca repleta de libros y estatuillas de porcelana —gansos, campesinas, músicos, gatos—, un vitrinero de vajilla antigua, una mesa pequeña, una mesa más grande, un sofá, un taburete.

—Qué cantidad de objetos.
—Bueno, son cien años de vivencia.

Cien años sobre los que ella, que tiene diez menos, habla poco.

***

Cinco días atrás:

—Hola, quisiera hablar con Dorotea Muhr.
—Soy yo.

Habla en un tono paródicamente marcial, tajante, divertido. Pregunta:

—¿Vos lo leíste a Juan?
—Claro.
—Qué lindo.
—Pero quiero hablar de usted.
—Bueno. No sé qué te puedo contar.

***

A principios del siglo pasado, el padre de Dolly Muhr se fue de Austria, donde había nacido. Quería ser músico y su padre, dueño de viñedos, no lo dejaba, de modo que partió a Inglaterra. Al llegar allí se desató la Primera Guerra Mundial y, para evitar que lo llamaran al frente, pensó en cruzar el océano. Un panadero le prestó plata para un pasaje a Nueva York, pero el buque estaba repleto y terminó en Buenos Aires. Por su parte, la abuela de Dolly Muhr, inglesa, se casó con un francés y viajó a Buenos Aires. Cuando empezó la guerra el francés marchó al frente, donde lo mataron. La mujer se quedó sola, primero con tres hijos —un varón, dos mujeres—, después con dos porque una murió de meningitis. La otra, Dorotea —le decían Dodo— se hizo mujer y en 1924 conoció a un austriaco que se ganaba la vida dando clases de inglés: el padre de Dolly.

—Mi madre dice que fue un coup de foudre. Y así nací yo.

Quizás de esa mezcla de idiomas y nacionalidades —o quizás porque las hermanas hablan, entre ellas, inglés— proviene el extraño acento del español que habla, rudo, duro en las consonantes.

—Nessy nació en 1928. Mi padre hizo esta casa. Acá había un baldío. Le puso Villa Dodo por mi madre. A mí me decían Dodita. La única que me dice Dodita es mi hermana. Para el resto soy Dorotea o Dolly. Que no me gusta. Es muy cursi.

—¿Su padre cómo se llamaba?
—Hans. Juan. Como Juan. Juan y Juan. Fue viajante de comercio, trabajó en una empresa de acero. Pero sólo le interesaba la música. Tocaba el cello. Pero con la música no podía mantener a una familia. Yo empecé a tocar el piano a los siete años, pero cuando Nessy tuvo cinco me dijo: “Vos salí”. Me echó. Entonces me fui a tocar el violín con papá y ella se quedó con el piano. Pero fue perfecto, porque a mí me encantó estar en las orquestas.
Y ella es una pianista increíble. Es el genio de la familia. ¿Vos sabés música?
—Si.
—¿Qué tocás, tocás algo?
—La guitarra.

Se echa hacia atrás, fingiendo sobresalto.

—Ah: chin chin chin chin.
—No. Guitarra clásica. Bach. Esas cosas.

Su mirada se cubre, de pronto, de respeto absoluto: de total reverencia.

—¡Qué bien! ¿Y tocás?
—Hace mucho que no.

Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación o dolor. En una habitación del piso de arriba, guardado en su estuche, está el violín que ella, desde que dejó la Orquesta Sinfónica de Madrid, no ha vuelto a tocar.

***

En las entrevistas le preguntan: “¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?”; “¿Cómo vivía Onetti en España?”; “¿Realmente Onetti no salía de la cama?” Nunca parece molesta por el hecho de que nadie pregunte cómo fue, para ella, dejar Montevideo, exiliarse en España, estar con un hombre que vivía en la cama.

—Siempre le preguntan por Juan.
—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.
—¿Eso no la incomoda?
—¡No! ¿Por qué? Me parece maravilloso.
—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?
—Qué pregunta tonta, querida. Claro. Él era único.

A veces habla en presente. Dice “Juan es de Cáncer”. O “Mientras yo salgo, él se queda leyendo”.

***

En el recibidor de entrada, además de tres sillones, una mesa, un perchero, un mueble de mimbre con vinilos, dos bibliotecas rebosantes, hay, sobre un esquinero, un aparato que permite el discado rápido a los bomberos, la ambulancia y la policía. Debajo del aparato, un cartón en el que, con lápices de colores, están listados los nombres y los años que tenían algunos de los gatos de la casa en 2013: Pussycat 4 y medio, Boy Blanche 5, Triggy 5, Belladonna 4 y medio, Kinderlein 1 y medio, Rashomon 2 y medio.

—Nosotras empezamos a estudiar música a los siete años en un conservatorio que estaba en la esquina. Un horror. Mi hermana siempre lo odió un poco a mi padre porque no se dio cuenta de que ella era un genio. Perdimos ocho años en ese conservatorio.
—¿A qué colegio iban?
—Al Northlands. Otra burrada de mis padres.

El Northlands es un colegio de gran fama, bilingüe, sólo para mujeres. Allí se educó, entre otras, Máxima Zorreguieta, reina de Holanda.

—Salimos de ahí y nos mandaron a aprender traductorado público, que también era sólo para mujeres. Yo no sabía cómo relacionarme con los chicos. Lo que pasó después fue inevitable.
—¿Qué pasó?
—Que me dediqué a enamorarme de los amigos de mi padre. Me enamoré de un director de orquesta. Yo tenía 17, 18. Fui a escucharlo a la iglesia, el Réquiem de Mozart. Ay, ay, ay. Salí de ahí enamorada. Pero no existe el amor. Es una especie de fetichismo, de brujería. Bueno, al director me lo descubrieron. Y se armó lío. Porque él era casado.
—Entonces llegaron a tener una relación.
—No, no. Yo no tuve relaciones con nadie hasta que Juan….
—No. Me refería a que tuvieron una relación. Que salían.
—Sí. Pero no más que un beso. Siempre me respetaban. Porque tuve varios hombres de edad. Pero nunca llegué a una cama. Ni siquiera a un sofá. Cuando me descubrieron, mi padre me encajó para que leyera los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela de Romain Rolland. ¿La leíste?
—No.
—Bueno. Trata de dos muchachos que se enamoran. Y después otros diez tomos de dos mujeres que se enamoran. Fue peor. Yo creo que la adolescencia es una trampa mortal. Esa pasión que sentís todo el tiempo. Una pasión que no es verdad, todo es delirio. Es como si estuviéramos un poco narcotizadas. Y me metí con Juan con la misma locura. Con Juan caías. Cuando llegó Juan, yo sabía que eso sí. Que eso era.
—¿Cómo supo?
—Porque me sentía absolutamente dominada y completa con él.

***

Con múltiples ventanas que dan al jardín, la sala de música que Hans Muhr construyó para su hija menor, Nessy, es la habitación más grande y mejor ubicada de la casa. Allí, en medio de sillones, sillas, taburetes, mesas, bibliotecas, vitrinas y dos pianos de cola, ella estudia y da clases a más de treinta alumnos. A un lado de la sala, bajo la escalera que lleva al piso de arriba, está la cocina pequeña, oscura. A los pies de la heladera siempre hay recipientes con comida para gatos.

***

Cuando Dolly conoció a Onetti él ya llevaba dos matrimonios (se había casado con dos de sus primas hermanas, a su vez hermanas entre sí, y había tenido un hijo, Jorge, con la primera), e inauguraba el tercero con Elizabeth María Pekelharing, una holandesa con quien compartía trabajo en la agencia de noticias Reuters. El mismo año en que se casó con ella —1945— conoció a Dolly. La leyenda dice que la vio por la calle, con el violín, y le dijo a su mujer: “Qué maravilla de criatura”. Su mujer dijo: “¿Querés que te la presente? Fuimos compañeras de colegio”.

—Yo era amiga de la mujer de Juan. Habíamos ido al colegio juntas. Juan un poco se enamoró de mí cuando me vio la primera vez. Yo no, porque estaba metida con otra persona. Él se dedicó a seducirme y ganó. Tuvimos una relación clandestina de diez años. Sufrí horrores. Pero estaba decidida a quedarme como la mujer que vive en la sombra. Íbamos a una casa de citas, un motel. Conocí todas las casas de citas de Buenos Aires. Una vez nos tocó esperar con unas parejas y se conocían los hombres. El tipo dice: “El mundo es un pañuelo”. Y Juan dice: “Sí, y bien sucio”. Genial, ¿no?
—Usted no sentía vergüenza.
—¡No! Yo estaba con el tipo más maravilloso del mundo. Desde el principio con Juan tuve relaciones porque sabía que era mi hombre. Pero yo sufría, y él tiene que haber sufrido viendo lo mal que lo pasaba yo.
—Jamás le pidió que se separara.
—No, jamás. Yo lo entendía. Los hombres son cobardes. No quieren hacer daño. Además, yo era amiga de la holandesa. Era una mujer muy divertida. A mí me encantaba. Y siempre nos veíamos, porque formábamos parte del mismo grupo.

En 1949 nació María Isabel (Litty), la segunda hija de Onetti. Un año después él publicó La vida breve, donde aparece el personaje de una violinista: “Aprovechaba las pausas para contemplar el perfil asexuado, la nariz recta, los ojos enceguecidos bajo el caso de pelo rubio y rizado; la sensualidad, escasa y trágica, le rezumaba por el ángulo de la boca”.

—Cuando la holandesa tuvo a Litty fue durísimo. Pero yo era muy pasiva con Juan. Me sentía totalmente dominada por él. No dominada en el mal sentido. Entregada, que es mejor.

Toma un trago de gaseosa con la avidez del que mastica: como si la Coca-Cola fuera un bife, una cosa sólida.

—Después que murió Juan, me analicé durante diez años. Y me di cuenta de la búsqueda de papá a través de los hombres de los que me enamoraba. Mi padre usaba chaleco, y Juan se ponía su chaleco y me decía: “Te gusta, ¿no?” Era como volver ahí. A eso. ¿Te das cuenta? Juan entendía a la gente.

En Construcción de la noche, una biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez en 1993, Onetti dice: “Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña (…) A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales, burguesas, no me gustan. (Dolly) Tiene una enorme vitalidad. Parece haber sido creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo (…) me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”.

En 1954, él publicó Los adioses. No estaba dedicado a su hija, ni a su mujer, ni a Dolly, sino a una poeta uruguaya llamada Idea Vilariño.

***

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba cuatro años de matrimonio, cuatro de relación clandestina con Dolly y acababa de nacer su hija cuando, en 1949, conoció en Montevideo a la poeta uruguaya Idea Vilariño. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”, escribió ella. Empezó, de inmediato, una correspondencia ardiente en ambas direcciones.

—Juan se veía con Idea. Ella estuvo mucho tiempo atrás. Estaba muy enamorada. Pero nunca se casaron, nunca se juntaron del todo. Se peleaban mucho. Por política. Idea era muy politizada. Ella era una gran escritora. Pero yo pienso que sufrió muchísimo por lo de Juan. Muchísimo. Yo la vi varias veces. Ella tenía cartas de Juan y quería publicarlas. Hablamos. Yo creo que él fue el amor de su vida, aunque ella tuvo muchos amores. Era una tipa muy sensible.

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba nueve años de matrimonio, casi diez de relaciones clandestinas con Dolly, cinco con Idea, cuando, en 1954, su mujer lo echó de casa.

—No me lo olvido más. Me llamó un día a la oficina donde yo trabajaba y me dijo: “La holandesa me echó”. Yo estaba sentada sobre el escritorio. No lo podía creer. Yo había juntado dinero para irme a Europa en barco, a visitar a mi tío, y me dijo: “Ahora no te vas”. Y yo le dije: “Sí, me voy igual”. Estuve tres meses. Allá me mandó Los adioses.
—La novela que le dedicó a Idea.
—Si. Tapas amarillas, hermosa. Cuando volví, Juan se había ido a trabajar a Montevideo y yo le tuve que contar a mi padre. Se lo dije en esta cocina. Le dio un puñetazo a la heladera, y me miró y me dijo: “Es demasiado tarde”. Como diciendo: “A ésta no la cambio más”. Me puso la condición de que nos casáramos. Para Juan no había nada más fácil. Siempre se casaba. Nos casamos en una gestoría, vía México. No tenía validez en la Argentina. Te llegaba un telegrama y decía: “Están casados”. Yo recién me casé legalmente con Juan cuando nos fuimos a España.
—Y su amiga, la holandesa, ¿supo que ustedes estaban juntos desde antes?
—Bueno, ella no sabía cuándo había empezado la cosa. Una vez me preguntó, porque seguimos viéndonos. Pero Juan lo pasó muy mal, porque durante muchos años no pudo ver a Litty. Yo después me hice muy amiga de Litty. Vive a pocas cuadras de acá, y tiene nietos, así que me llama para que los compartamos. Pero yo me sentía un poco con cola de paja, porque le había quitado a su padre.

Dolly llegó a Montevideo un día de 1955. Su hermana, que también es modista, le había hecho un vestido especial.

—Blanco, precioso. Lo primero que me dijo Juan fue: “Andá a comprarte un anillo”. Y así fue. Me compré un anillo pour la galerie, como quien dice, y fui aceptada como la esposa de Juan.

Así fue como empezaron los siguientes cuarenta años de la vida con Juan.

***

Es una mañana ardiente de febrero. En Pista Urbana, el bar de Mónica Lacoste en San Telmo, las sillas y las mesas están apiladas contra las paredes. Es actriz, hija de un matrimonio en cuya casa recalaba Onetti cada vez que se separaba de alguna mujer.

—Yo amaba a Juan. Bailaba para él, él me escribía poemas. Mis viejos vivían entre Montevideo y Buenos Aires, y un día llegó Juan a la casa de Montevideo, con Dolly. Yo tenía siete años. Había un patio con claraboya al que daban todas las habitaciones. Y esta joven juguetona me propuso tirar chorritos de agua desde arriba, sobre los comensales que estaban abajo. Dolly para mí fue siempre la jovencita que se animaba a jugar más que yo. En Montevideo andábamos en bicicleta y hacíamos treinta, cuarenta kilómetros. Íbamos al cine. Era de una vitalidad increíble. Hasta el día de hoy, tiene una capacidad de improvisación única. Vos la llamás un sábado a la noche y le decís: “Venite al centro que hay un concierto de tal cosa, o a escuchar poesía”, y ella se toma un colectivo y se viene.

***

En Montevideo, Dolly estudiaba violín y trabajaba como secretaria en diversas empresas, mientras Onetti trabajaba en el periódico Acción. Vivían en un departamento chico y gélido y, por no tener, no tenían ni heladera.

—Me guardaban la comida en el almacén de la esquina. Para que el salón quedara más bonito compré tiras de madera y fui revistiendo las paredes. Pero los clavos que usé no eran fuertes, y las maderas se caían. En el medio de la noche se escuchaba: “¡Pam!” Juan decía: “Se te cayó otra”. Una vez puse cortinas estilo inglés, floreadas. Él las miró y me dijo: “No importa, después me acostumbro y ni las veo”. Pero yo le dije: “No, decime qué cortinas querés”. Y me dijo: “Rojas”. Tenía insomnio. Se dormía a cualquier hora y a la mañana el sol se filtraba por las cortinas. Así que puse cortinas rojas. Pero eran años maravillosos. Juan tenía cantidad de gente amiga, escritores, íbamos a los bares. Era muy sociable. Yo además salía de una especie de ostracismo, de diez años de clandestinidad, y meterme en ese ambiente de literatura, donde todo el mundo quería a Juan y lo admiraba, fue maravilloso.

En 1957, Idea Vilariño publicó un libro titulado Poemas de amor, y lo dedicó, sin tapujos, “A Juan Carlos Onetti”.

—Esos poemas son hermosos. Ése que dice “No te veré morir” es hermoso.

El poema, llamado Ya no será, dice, hacia el final, “No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.” En 1960 Onetti le dedicó a Dolly su libro La cara de la desgracia: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”.

—A mí me gustó. A mi madre no le gustó nada. Pero él me lo explicó. Era como la sorpresa de que un perro podía dar mucha felicidad. Él adoraba a los perros. Pero mi mamá decía: “¿Qué es esto? ¡Vos no sos un perro!” A mí me preguntó si estaba de acuerdo y yo dije que sí. Lo que diga Juan. Es muy original, una muestra de amor. Es simplemente decir cuánto amor puede dar un animal.
—¿Él le decía que la quería?
—No.

Silencio.

—Eso no.

Silencio.

—Era implícito. A mí me decían: “Cómo permitís que tenga otras mujeres”. Yo sentía que Juan tenía un mundo ahí. ¿Y porque estaba casado con su señora esposa no lo iba a tener? Yo muchas veces pienso que no sólo emocionalmente, sino en la cama, tuvo cosas que no podía tener conmigo. Nunca se me ocurrió decirle que no. Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras. Una sola vez tuve celos. Yo era un poco la ninfa, la niña, la pura, y había una chica que era así. No llegaron a tener nada, pero él se enloquecía con ella. Fue la única vez que le dije a una chica: “Es un hombre casado”. Como diciendo: “Buscate otro”. Porque nunca dije eso, a ninguna de ellas, jamás. Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera. Me contaba. Me decía: “Vos sos un brazo mío”. Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, el resto no importaba. Hay un hecho ahí que es la base de nuestra vida. Eso está ahí y es inamovible.

Golpea la mesa con la palma de la mano.

—Eso no se mueve.
—Qué entrega.
—Qué amor.

Aunque hubo otras mujeres, la relación entre Onetti y Vilariño quedó grabada en mármol. En 1961, después de una pelea destemplada —habían pasado juntos varios días de encierro amoroso cuando ella fue convocada por cuestiones políticas y él exigió que se quedara, sin que ella le hiciera caso—, parece haber terminado. Idea registró en su diario que esa misma noche, después de acudir al mitin, fue a verlo. Dolly la hizo pasar, la condujo hasta donde él estaba. Al despedirse, Idea le preguntó a Dolly cómo podía tolerar a otras mujeres y Dolly, según Idea, respondió: “Yo quiero que sea feliz”.

***

Después de un tiempo, Dolly consiguió trabajo como violinista en la orquesta del sodre (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), Onetti un empleo como director de Bibliotecas Municipales, y la agente literaria Carmen Balcells llegó a Montevideo para proponerle ser autor de su agencia, de la que formaban parte García Márquez y Vargas Llosa. Todo marchaba bien, pero empezó a enrarecerse cuando, en 1973, las fuerzas armadas tomaron el poder.

—Yo estudiaba violín con un violinista tupamaro, guerrillero. En un momento se rajó a la Argentina y la mujer se quedó, embarazada y con un chico. La fui a visitar. Llego a la casa y aparece un tipo con un rifle. Yo tenía en la funda del violín unos papelitos de unas ferias que hacían ellos. Juan me había dicho: “Tiralos en el inodoro”. Vieron eso y adiós. Me metieron en el patrullero. Me acuerdo de haber tenido una sensación terrible del libertad perdida. Me metieron en una celda, me tomaron huellas digitales, me insultaron. Pasé cuatro o cinco horas horrorosas. Al final, me largaron. Mientras, la policía había ido a casa. Juan me dijo: “No, vino un viejito que miraba todos los libros, muy simpático”. Yo lo quería matar. Cuando la cosa se ponía brava entraba en una especie de irrealidad. Novelaba todo.

Poco después, cuando pasó tres meses preso, no pudo hacer ese operativo de evasión. Onetti había sido jurado en un premio literario que organizaba la revista Marcha. El premio se otorgó a un relato que la dictadura consideró pornográfico, y, entre un viernes y un lunes, todos los miembros del jurado fueron detenidos.

—Nos habíamos mudado y lo habían ido a buscar al departamento anterior. Menos mal, porque habían ido a las cuatro de la mañana y seguro se lo hubieran llevado encapuchado, y Juan no hubiera sobrevivido a eso. No estaba hecho para cosas difíciles. Todo su mundo era muy cómodo, muy arreglado. El sábado toqué con la orquesta del sodre y pensé: “Si están buscando a Juan, lo único que tienen que hacer es venir y buscarme a mí”. Esa noche toqué Brahms. Brahms siempre me traía mala suerte. El lunes vinieron. De día, gente de civil, con buenos tratos. Y Juan fue, convencido de que lo iban a llevar a declarar y volvía. Yo quise ir con él y no me dejaron. No volvió hasta tres meses después. Lo llevaron a un lugar… Tenía un colchón que era una miseria, no comía, no dormía, se quería ahorcar. Ya era conocido como escritor afuera de Uruguay, entonces hubo una gran presión internacional, así que lo trasladaron a un neuropsiquiátrico. Para otro hubiera sido una aventura, pero para él era una pesadilla.

Salió en mayo de 1974. Antes, el 15 de marzo, fue a visitarlo Idea Vilariño, que esa misma noche escribió un texto en el que describe esa visita que, según dice, comienza con Dolly dejándolos solos: “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’ (…) Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

—Idea fue a verlo al neuropsiquiátrico.
—No, no creo —dice, sin embargo, Dolly.

***

—Hemos tenido alguna charla en la que la he visto llorar y contarme cosas de su intimidad que le hacían mucho daño —dice Mónica Lacoste—. Pero Juan era un tipo de una gran lucidez, una gran ternura. No creo que haya sido la relación entre un egoísta y una sumisa. Y tampoco creo que haya habido mayor crueldad que la que hay en cualquier pareja. En la juventud, cuando la sexualidad está más viva, todas esas cosas son más dolorosas. Cuando uno se pone más veterano, se pone más piadoso o más resentido. La piedad te calma. Yo creo que Dolly optó por la piedad. Y yo la admiro por eso.

***

Apenas después de su liberación, Onetti viajó a Italia y luego a Buenos Aires, para trabajar en la adaptación al cine del relato El Muerto, de Borges.

—Pero cuando estábamos en Buenos Aires me dijo: “Andá a Montevideo, buscá dos valijas y nos vamos a España”. Metí lo que pude. Se quedaron los originales de El Astillero, un montón de cosas. Y nos fuimos.

Era 1975. Félix Grande, Luis Rosales y Juan Ignacio Tena le habían ofrecido ayuda en caso de que quisiera instalarse en Madrid, y se la dieron. Dolly consiguió empleo como violinista en una orquesta que viajaba por España tocando zarzuelas y buscó piso para alquilar. Dio con uno en la Avenida América. Para firmar el contrato le pidieron que fuera “el cabeza de familia”.

—El cabeza de familia estaba en el hotel, leyendo. Yo les decía: “Es que lo llamaron para una conferencia, para esto, para lo otro”. Insistieron tanto que el día que fui a firmar les llevé una foto donde se lo veía con Rosales, Félix Grande. Ellos eran unos próceres allá. Entonces aceptaron que firmara yo.
—Para usted nunca fue una carga ocuparse de todo.
—No. Me encantaba. Era un poco como la madre. Lo defendía de los periodistas. Vino un tipo, pobre, desde Francia, tres veces. Llegaba hasta ahí y Juan decía: “No, no quiero verlo”. Una vez vino Godard, el director de cine. Quería hacer una película con una novela de Juan. Juan dijo “Whisky”. “No”, dijo Godard, “agua”. Lo cual a Juan le cayó fatal. Al final se fue y nunca hicieron nada ¿Vos tenés hijos?
—No.
—Mejor. Yo quería tener. Juan me dijo: “Es justo, te toca”. Hice tratamientos, pero no pude. Menos mal. Me salvé. Hubiera sido un desastre. Hubiera durado uno o dos años más con Juan y chau. Su lema era “¿Por qué no estás conmigo?” Un chico le hubiera quitado su lugar. Él quería que estuviera en la cama leyendo con él. Ésa era su idea de felicidad. Yo no pensaba lo que significa tener un niño berreando en el comedor. Con quién lo iba a dejar cuando tuviera que ir a trabajar. Juan no hubiera cambiado un pañal. Jamás lo hizo.

Poco después, Dolly concursó por una vacante en la Orquesta Sinfónica de Madrid, y la consiguió.

—Fue maravilloso. Había polacos, rusos, argentinos, franceses, ingleses. Estuve 16 años en la orquesta. Viajábamos mucho. Fuimos a Escocia, Suiza, Italia, todo España. Y dejaba la bronca de Juan en casa, porque él no quería que viajara. Igual, yo siempre dejaba a alguien que se ocupara de él.

En las cuestiones domésticas —que a Dolly nunca le interesaron mucho: cuando se mudó a Montevideo ni siquiera sabía cocinar— la ayudaba una mujer española, Paquita, y ella no sólo trabajaba en la orquesta sino que, además, pasaba a máquina los manuscritos de Onetti, que escribía a mano.

—Él lo pasó fatal al principio, porque extrañaba. Yo lo asimilé tan bien que me gusta más Madrid que Buenos Aires. Pero a Juan le costó. Pasó dos años sin poder escribir.
—¿No la afectó el ostracismo de él?
—No. Cuando él escribía yo estaba feliz, porque quería decir que estaba contento. Estaba mal cuando no podía escribir.
—¿Él la admiraba?
—Admiraba mi energía, supongo. Amor no es admirar. Amor es otra cosa.
—Pero usted lo admiraba a él.
—¡Bueno! Obviamente, querida.
—Por eso le pregunto si él la admiraba.
—Me hacía chistes sobre mi violín. Yo estaba un día escuchando una grabación de Yehudi Menuhin y me dice: “Toca mejor que vos, ¿no?” Se divertía. Yo ponía frazadas para que él no me escuchara tocar y pudiera trabajar tranquilo. ¿Tu marido lee lo que vos escribís?
—A veces.
—Juan nunca fue a un concierto mío. Jamás. Había que levantarse para ir, y él no se levantaba.
—¿A usted le molestaba que no fuera?
—Bueno, me dio un poco de tristeza una vez que hicimos un cuarteto de cuerdas, que fue lo más alto que pude llegar, y dimos varios conciertos y no fue. No era nada personal, él no salía. Pero me sentía poco acompañada en mi parte, mientras yo lo acompañé completamente en lo de él.

En 1980 Onetti recibió el Premio Cervantes y el monto del premio, abultado, les permitió comprar el piso de Casa de América y dos oficinas.

—Si hubiera sido por Juan, lo guardábamos todo abajo del colchón. No tenía idea del dinero.

***

—Es fácil decir “Él estaba en cama y Dolly hacía todo” —dice Mónica Lacoste—. Juan era muy vital. Si no, no hubiera soportado a una mujer tan vital. Pero me parece que ella dejó un poco de lado su carrera como música porque sabía que, si se desarrollaba mucho, se iba a independizar de Juan y se iba a ir alejando. Entre ellos hubo un amor incondicional. Fue hasta que la muerte los separa, pero no fue políticamente correcto, y no fue hipócrita. Fue real. Con peleas, con desencuentros, con llantos, con dolor.

***

Lo de la cama, dice Dolly, fue de a poco. Si en las ocasiones en las que viajaron juntos —México, España— ella salía a recorrer mientras él prefería quedarse en el hotel, si llegó a responderle a una periodista que le preguntó qué le parecía Madrid que no tenía idea porque nunca había salido de su casa, sólo en los últimos años lo de vivir y escribir en la cama pasó a ser la única forma posible de vivir y escribir.

—Juan tuvo varias depresiones fuertes. En Madrid tuvo una y todos los días venía un enfermero y le ponía la inyección con el antidepresivo. Todos los días en el mismo lugar. Y se le empezó a hacer un absceso brutal en la pierna. Llamé a varios médicos que ni siquiera lo miraron. Al final, terminamos en ambulancia a la clínica. No me olvido más de ese viaje. Casi se muere. Lo operaron, tenía litros de pus. No sé cómo dejé que llegara a ese punto. Vino el médico y dijo “No garantizo que llegue a mañana”. Fui a mi casa. Me encerré en el dormitorio con la botella de whisky y con nuestra perra Biche. Y aullé. Aullé como un animal. Yo no podría haber aguantado la muerte de Juan entonces. Cuando murió sí, ya era otra cosa. Estaba muy mal. Pero entonces era imposible. Después se recuperó bien, lo llevamos a casa. Pero ya se quedó medio en la cama. Todo por una depresión. Tuvimos una brava en Uruguay. Pero ahí logramos, con su médico personal, llevarle de contrabando un siquiatra. Lo convenció, le dio pastillas, y con eso lo sacó.
—Cuando empezaron a pasar esas cosas ¿usted no pensó “Me metí en una muy difícil”?
—No, para nada. No. Hay un hecho ahí que es… la incondicionalidad. La base de nuestra vida.

Sin cambiar el tono de voz —decidido, enérgico, tajante—, dice “Ya vengo”. Sale del comedor. Se escuchan sus pasos subiendo la escalera y, pocos minutos después, sus pasos bajando y una conversación amortiguada que sostiene con su hermana en la cocina de la que llega una sola frase, nítida: “Ya terminamos”. Cuando vuelve al comedor dice:

—Vení, te muestro la casa.

En el baño de la primera planta, sobre la bañera, el lavatorio, el bidet, el inodoro, hay fotos de gatos de la casa, tomadas por Nessy: sobre el inodoro, la foto de un gato subido al inodoro; sobre el bidet, un gato dentro del bidet. El baño tiene una ventana. Desde allí se ve el patio selvático, repleto de gatos (Tommy, Miranda, Pepino, Baby Cat). En el patio del vecino hay una piscina donde flota lentamente una orca de plástico.

***

A las cinco de la tarde de un domingo, la mesa del patio trasero de las hermanas Muhr está dispuesta para el té: mantel de hilo, tazas de porcelana, tetera, sándwiches de jamón y queso, tostadas. Nessy come trozos de pan integral y cubos de tomate.

—Una vez vi un camión con las vacas amontonadas, pobrecitas, y dejé de comer carne.

Dolly fogonea la conversación, pidiendo que Mónica Lacoste y su marido, el arquitecto Jorge Sábato, cuenten la vez en que la dejaron en un auto sin el freno puesto y el auto empezó a irse cuesta abajo con Dolly en el asiento trasero. Se habla del bar de Mónica, de un viaje que hicieron Dolly y Onetti en tren, desde Santiago hasta Puerto Montt.

—Eran todos escritores. Iban a visitar a Neruda.
—El otro día vimos un documental que contaba cuando la mujer lo pilló con una chica más joven —dice Jorge Sábato.
—¿Con todos esos poemas que le dedicó? —dice Dolly, como si estuviera escuchando un chisme reciente.
—Sí —dice él—. Él se enamoró de una chica más joven.
—Cuándo no. Hombres —dice Dolly.
—Lo abandonaron ambas —dice Jorge.
—Pobrecito —dice Dolly—. Habrá estado fatal. Se le cae el país, la mujer. Todo.

***

—Vení, Nessy está tocando.

Son las dos de la tarde de un miércoles. Dolly nunca duerme la siesta porque se acuesta muy tarde, mirando documentales o la televisión española o leyendo, y no se despierta temprano. Desde la sala de música llega el sonido del piano, potente como un animal. Apenas escucha que se abre la puerta, Nessy se interrumpe. Dolly se instala en un sofá, como si fuera a quedarse ahí toda la tarde.

—Entrevistala a ella, que tiene una vida más interesante que la mía. Es una compositora genial —dice.
—Ella es Géminis, como te habrás dado cuenta —dice Nessy—. Le interesa la gente. Ella te entrevista a vos.
—“Onetti me aburre”, decía Juan. Cuando venían con “¿Usted por qué escribe?”, ya empezaba a preguntarles a ellos o a ellas. Sobre todo si eran bonitas.
—¿Usted cómo se llevaba con Onetti, Nessy?
—Bueno, un día me tiro un gato en la cara.

Dolly da un respingo, sorprendida:

—¿Un gato?
—Sí. No sé. Estaría de la mal humor.
—No, le gustaba hacer cosas raras, un poco surrealistas. Una vez a una sobrina le rompió un huevo crudo en el pelo. La chica lloraba y Juan le dijo “Es bueno para el pelo”.
—¿Usted extrañaba a su hermana, Nessy, cuando ella se fue a Montevideo?
—Otra pregunta tonta —dice Dolly, riéndose.
—La contestación —dice Nessy, impostando el papel de buena alumna— es “Sí, por supuesto”. Cuando se fue, la casa estaba un poco más ordenada.
—Ella es obsesivamente ordenada y yo soy lo opuesto.
—En medio del desorden no puedo concentrarme —dice Nessy—. En cambio ella, cuanto más desarreglo, mejor. Ahora puso la mesa con un mantel lindo para vos. Le digo “Ojalá la mesa estuviera así siempre”. Hasta plata tirada deja.
—¿No tocan juntas?
—No —dice Nessy—. Ya no es tiempo. Eso ya pasó.
—Ella dice que yo desafino —dice Dolly, divertida—. De chicas tocábamos con papá, hasta que ella nos echó a los dos. Vení, vamos al comedor, así dejamos tranquila a Nessy.

Mientras camina hacia el comedor, dice que dejó el violín después de irse de la orquesta.

—Violín solo no se puede. Pero ahora estoy estudiando composición. Uso eso.

“Eso” es el piano vertical que está en el comedor y que señala sin desprecio, como quien señala respetuosamente una herramienta.

—Estudiar composición para mí es como leer. Placer puro. Ahora estoy leyendo a Joyce Cary. ¿Sabés quién es?
—El irlandés.
—Sí, a Juan le encantaba. Yo aprendí literatura con Juan. Leíamos muchísimo juntos. Era como ir a la universidad. Una de las primeras conversaciones que tuvimos con Juan fue sobre la novela de Romain Rolland que te conté. Aunque en casa se leía mucho. Mis padres nos regalaban cajas de libros. Pero Juan ya había leído todo. Yo le conseguía libros. Tanto en Uruguay como en Madrid yo iba con una canasta a las librerías de segunda mano y las llenaba. Una vez en Uruguay, en plena dictadura, yo iba con una canasta llena y me paran en la calle. “¿Dónde va con esos libros?” Me revisaron todo. Había que comprarle toneladas, mantenerlo alimentado. Qué raro lo que dijo Nessy del gato.
—Bueno, a lo mejor….
—Ella es muy sensible, muy nerviosa. Como mi madre. Era histérica. Cuando murió mi abuela fue horrible, porque tenía un coágulo en el pulmón. Estuvimos casi nueve horas sentados afuera, porque al lado de ella era imposible, el ruido que hacía el pulmón al respirar era tremendo. Me acuerdo que lo llamé a Juan desde una confitería. Le dije “Se está muriendo”. Y me dijo “Sí, la gente se muere”. Mi madre se volvió loca cuando murió. Gritaba “Je ne veux pas, je ne veux pas! No quiero, no quiero”.
—¿Juan era protector con usted?
—No necesitaba. Yo no necesitaba.

Sobre la mesa hay un libro, llamado Confesiones de Santa Marta. Publicado para recordar los cien años del nacimiento de Onetti, contiene fotos, reproducciones de manuscritos. Dolly pasa las páginas mientras explica: éste es Juan peleándose con su hermanito por un caballo de madera, éste es Juan jugando con globos, éste es Juan apuntándome con una pistola de juguete. Sólo hay tres fotos suyas con Onetti: una, tomada en Xalapa en 1980; otra en la que él está de perfil y ella, detrás, de espaldas y fuera de foco, toca el violín. En la última, Onetti, con traje y cortaba, mira a cámara. A la altura de su hombro la cabeza de Dolly: el rostro suave de la juventud, los ojos de enigmáticos párpados adormecidos, la boca mórbida. Parece hipnotizada, un rostro perfecto mirando sin ver. Onetti, la mano abierta sobre la frente, le aferra la cabeza como si estuviera despegada del cuerpo, como si esa cabeza fuera suya.

—Acá está con Galeano, cuando tenía pelo. Era un churro bárbaro. Y Benedetti. Un pan, pobrecito. Y mirá a Cortázar, con el gorro. Qué guapo era. Guapísimo.

En el libro aparecen Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Ella no dice Mario, Juan, Gabo, sino sus nombres completos o sus apellidos, con un respeto extraño, distante, disciplinado.

—Ésta es Idea.

Posa un dedo sobre la foto de Onetti con Idea Vilariño, tomada en Madrid. En la foto, ella apoya las manos sobre los hombros de él y él mira a cámara —a Dolly— con una expresión indescifrable: pícara, excitada.

—¿La sacó usted?
—Claro. Ella fue a visitarlo en 1993, por ahí. Y otra muchacha que hacía años que estaba con él, también. Me daban pena, porque realmente Juan enganchaba para toda una vida. Supongo que tendrían esperanzas de que él me dejara. Claro. Siempre hay esperanza, ¿no? Yo la tuve.
—Idea le quitó la dedicatoria a Poemas de amor cuando volvió a editar el libro.
—No ¿Quién te dijo eso? No creo. Ella estaba muy orgullosa de su relación con Juan.

***

—Él era súper dependiente —dice Mónica Lacoste—. Yo recuerdo el grito de Juan: “¡Doollyyy!” Y Dolly salía corriendo. Era su forma de necesitarla, de celarla.
—¿Había algo de Juan que la sacara de quicio?
—Que ella lo cuidara tanto y él desbaratara ese cuidado. Era inevitable que bebiera, pero que bebiera más de la cuenta. Que prometiera que iba a comer antes de beber y que no lo hiciera. Yo creo que él vivió muchos años más gracias a sus cuidados.

***

Onetti, finalmente, murió en Madrid, en 1994. Más de veinte años atrás.

—Él tenía divertículos. Murió de eso. Tendría que haber hecho una dieta, que nunca hizo. Por ahí comía un helado de Häagen-Dazs a las cuatro de la mañana, eso le encantaba. Al final estaba que no tenía fuerzas ni para fumar.
—¿Falleció en la casa?
—Internado. Lo tuve que llevar porque estaba perdiendo sangre. Lo internaron varias veces por ese problema, y la última vez no salió.
—¿Usted estaba con él?
—Sí.

Dolly permaneció dos años más en la orquesta sinfónica, hasta que la obligaron a jubilarse por la edad.

—Fue como un segundo abandono. Lloré tanto cuando me dijeron.
—¿Y entonces?
—Y entonces empecé a ir al psicoanalista. Un tipo fantástico. Empecé a anotar los sueños, a descubrir toda una relación edípica con mi padre. Fue fabuloso.

En 2007, donó el archivo personal de Onetti a la Biblioteca Nacional de Uruguay.

—Mis amigos me decían “Lo hubieras vendido a una universidad americana y te pagaban una fortuna”. Pero Juan era anti norteamericano. ¿Por qué les iba a regalar eso? ¿Por plata? No. Después, no sé, no me acuerdo bien cómo fue, pero me vine para acá, y empecé a quedarme cada vez más tiempo. Bueno, ahora porque me caí, también. En Salamanca, una noche de verano hermosísima. Salamanca es preciosa. ¿Conocés España?
—Sí.
—Ah, qué bien. Es el país de la guitarra. Vos tendrías que volver a tocar. Buscate un profe.
—Y en un momento dejó el departamento de allá.
—Sí. En un momento también dejé el departamento de la Avenida América. Era como vivir en el pasado, pero sin Juan.

Dos argentinos, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ayudaron a embalar, a comprar muebles de Ikea para reemplazar los originales que, en parte, se llevaron ellos. Ambos viven en España desde 2002 y tienen, en Madrid, algo llamado Museo del Escritor: objetos —más de 5,000— de Cortázar, Borges, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, y la biblioteca completa de Onetti, sus muebles, sus anteojos.

—Los chicos son fantásticos. Se apoderaron de la biblioteca de Juan, íntegra. No tiran nada. Un día fui y les dije “Quiero ese libro para volver a leerlo”, y me dijeron “No, yo te compro uno nuevo, pero ése no lo toques”. El piso de Avenida América lo alquilé, primero temporalmente. Pero un día tuve que ir a Madrid, el piso estaba alquilado y los chicos me dijeron: “¿Por qué no venís a casa?” Me sentí cómoda y ahora, cuando voy, me quedo en casa de ellos. A Claudio le firmé un poder total. Puede venderme a mí si quiere. Ellos tienen una campana que era de Juan. Juan le había puesto una leyenda: “No contesto preguntas tontas”. La tenía siempre al lado.
—¿Para qué la usaba?
—Para llamarme a mí.

Varón de 69 años enterrado en la iglesia del convento de San Ildefonso con un sayón franciscano de la Orden Trinitaria, el 23 de abril de 1616. Tabique nasal prominente y corvo, una mano izquierda anquilosada por las heridas de un arcabuz de la batalla de Lepanto, un esternón magullado e invadido por restos de plomo por la misma lesión, una espalda “algo cargada”, mandíbulas con seis dientes o menos.

Empezaron por buscar un cuerpo, uno sólo, en su tumba original. Si las condiciones eran favorables, si los casi 400 años que pasaron no las habían fulminado, podrían dar con esas marcas distintivas de las que hablaban las biografías, las que retrataba la pintura de Juan de Jáuregui, y las que él mismo había descrito en el prólogo de Novelas ejemplares.

De nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Nacido en Alcalá de Henares, afueras de Madrid, en 1547. Funcionario del reino como comisario real de abastos en Sevilla, militar veterano herido de guerra —”manco”—, presidiario breve, cautivo durante un lustro de los piratas berberiscos. Sólo le cantaron dos misas de difunto, lo mínimo, porque murió pobre sin ser un escritor glorificado, siquiera muy conocido, ignorante de que, con la publicación de la segunda parte de El Quijote el mismo año de su muerte, alcanzaría el título póstumo, en un futuro de siglos, de padre de la novela moderna.

Buscaron, pensando al principio que no sería complicado y no tardarían más de diez días en encontrarlo, porque las fuentes históricas decían que allí estaba, un cuerpo entero que se había extraviado en la reparación del templo. Junto a él estarían enterrados ocho o nueve más si acaso, todos en los nichos de la pared norte.

En enero de 2015 comenzaron la excavación de la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, donde los registros decían que se había enterrado a Cervantes en 1616, trasladado desde otra iglesia cercana. Limpiaron la cripta de oscuridad y polvo, de estanterías arrumbadas. Vieron losas removidas en el suelo, hurgaron apenas y asomaron esqueletos, muchos, que luego pasaron de 300: supieron que el trabajo sería largo. Pero a los diez días descubrieron en documentos históricos que el cuerpo que buscaban no estaba completo, sino que sus miembros, disgregados, se había mezclado con los de su esposa y un capellán, y que todos juntos habían sido guardados en una caja que, además, se había movido de sitio. El cuerpo entero en la tumba original ya no sería: la iglesia antigua donde lo habían enterrado originalmente, que quedaba en otra calle, no había sido reformada sino derruida.Y a la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega, donde los restos de Cervantes fueron trasladados y donde los investigadores buscaban, lo que había llegado no era un cajón con los restos individualizados, sino una caja con restos revueltos. En lenguaje funerario: una reducción.

Pasaron los días, las semanas, un mes. No encontraban rastros del cuerpo de Miguel de Cervantes. Palearon, excavaron, analizaron y salieron centenas de restos, sobre todo de bebés con raquitismo. Un cementerio del siglo XVIII y comienzos del XIX en la manzana ubicada entre las calles Lope de Vega y Huertas, en pleno barrio de Las Letras. Nada sabían de él las doce monjas de clausura que hacen su vida orando y cosiendo para obras de caridad en el convento que lo escondía, en este tramo del centro mismo de Madrid, vibrante de bares, librerías de viejo y tiendas de diseño.

Iba a terminar febrero, ya llevaban más de 30 días excavando, cuando encontraron una acumulación de huesos, mordidos por la tierra húmeda, algo que no se parecía a nada de lo que habían visto antes. Porque allí, pegados a los huesos, había residuos de la indumentaria de un capellán: una estola, una manípulo, una casulla del siglo XVII, y una moneda de 16 maravedís del mismo siglo. La lista de esos restos coincidía con la que se reseñaba en los documentos históricos: en esa caja estaban Miguel de Cervantes, su esposa y el capellán, dueño de la indumentaria que encontraron.

Los científicos fueron cautos y dijeron que era “posible” que “fragmentos” de Miguel de Cervantes estuvieran allí. La conclusión de 35 días de excavación fue magra y así quedó impresa en el informe ejecutivo de la investigación que presentaron en una rueda de prensa el 17 de marzo de 2015: “En definitiva, a la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual Iglesia de las Trinitarias se encuentren algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes”.

—Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias —resumió Francisco Etxeberría, en la conferencia de prensa, frente a un auditorio repleto de periodistas de medios españoles y extranjeros, científicos de varias disciplinas que participaron en la investigación y políticos locales, en la sede del Ayuntamiento de Madrid.

Etxeberría —profesor de la Universidad del País Vasco, médico forense y antropólogo de reputación, curtido también en exhumaciones históricas de peso: Víctor Jara, Salvador Allende, Pablo Neruda— dirigió la última fase de lo que se llamó el Proyecto Cervantes, que había comenzado el 24 de enero y que involucró a 30 personas de diversas disciplinas: arqueólogos, antropólogos, forenses, eruditas del textil, expertos en momias, restauradores, técnicos, peritos de georradares, un sacerdote, abogados y un alpinista por si había que bajar muy profundo.

La televisión pública retransmitía en directo. Los reporteros, expectantes después de un mes de silencio por un acuerdo de confidencialidad, demandaron titulares incontestables: ¿es él o no?, ¿se pudo individualizar el cuerpo?, ¿se pudo saber algo más de su biografía, algo sobre las causas de su muerte? Los políticos se llamaron a sí mismos sanchopanzas y a los investigadores, quijotes; hablaron de escuderos e hidalgos, del bien de España. Los promotores de la búsqueda aplaudieron en la primera fila. Pero los científicos dijeron que “no se pudo individualizar el cuerpo de Cervantes por el estado de conservación de los restos”, como zanjó al micrófono Almudena García, madrileña historiadora especializada en arqueología funeraria; “puede que de esas evidencias se obtenga un perfil de ADN que confirmaría la identidad, pero no es seguro que se consiga”, añadió Etxeberría.

Días más tarde ella, Almudena García, lo iba a explicar diáfano y simple, cerveza sin alcohol a sorbos, bocados de aceitunas:

—Hay una premisa que te enseñan el primer día de clases: “Si tienes poco hueso, di poco”. Y como hay poco hueso y en mal estado, no se pudieron precisar edades, más allá de decir que hay mandíbulas de varones adultos con poca dentadura.

Sobre la mesa del bar hay una foto, una de las imágenes que documentaron todo el proceso. Pueden verse un cráneo grande, frontales rotos —añicos—, huesos largos cuarteados del color de la tierra. La caja donde encontraron los restos la rotularon con el código 4.2/32.

***

La idea de buscar el cuerpo de Miguel de Cervantes surgió en 2010. No estaba en realidad perdido. Las fuentes históricas decían que sus huesos se habrían extraviado en las reformas de la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, pero el acta de defunción y dos placas, una en la fachada del templo, que firma la Real Academia Española, y que dice: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual se debió principalmente su rescate (…)”, y otra en el altar mayor, sobre el coro enrejado donde rezan las monjas a diario: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega [que fue monja trinitaria]”, no dejaban muchas dudas. Pero no se conocía su ubicación exacta.

En 1809 el rey José Bonaparte lo había mandado a buscar en el convento con dos médicos para que lo trasladaran al panteón de hombres ilustres que iban a construir. No tuvieron éxito. Ese año se había prohibido definitivamente el entierro en las iglesias y ordenado la construcción de cementerios a las afueras de la ciudad. Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, lo buscó también 61 años después, sin resultados.

De todos modos, las placas, la costumbre, la información repetida por guías de turismo y libros de viaje por décadas, hicieron que, durante años, nadie se preocupara mucho y se asumiera que Cervantes estaba allí.

Pero en 2010 Luis Avial, un geofísico que ya había trabajado en la exhumación de fosas de la guerra con la Sociedad de Ciencias Aranzadi que preside Francisco Etxeberría, supo del extravío por un periodista en una charla de café. Avial propuso la búsqueda a Etxeberría y a su equipo. Su versión dice que Etxeberría convocó a un grupo de expertos, entre ellos el historiador genetista Fernando de Prado, descendiente de Cristobal Colón, quien hizo de este proyecto un peregrinaje, su principal cruzada. La versión de Fernando de Prado es que él presentó el proyecto a Avial. Ambos coinciden en que De Prado buscó financiamiento hasta en 50 instituciones públicas que le negaron la ayuda, y coqueteó con una entidad privada estadounidense. Avial habló con el Ayuntamiento de Madrid, que decidió poner el dinero necesario: 110,000 dólares. Entre todos, calcularon que se justificaría la inversión porque el impacto multiplicaría la publicidad gratuita bajo la forma de artículos publicados en la prensa de todo el mundo.

Tras cuatro años de gestación, comenzaron la primera parte de la búsqueda en abril de 2 014, cuando el equipo de Avial entró al templo y la sacristía con el georradar, un aparato que detecta “anomalías magnéticas” que se asocian a enterramientos, y una cámara digital termográfica que identifica cavidades en el suelo o las paredes por las diferencias de temperatura.

Una tradición oral, que había pasado de una madre superiora a otra, decía que Cervantes estaba enterrado en la cripta justo debajo del altar de la Virgen de la Inmaculada, que arriba, en la iglesia, está a la izquierda del crucero, junto a los bancos.

—Eso estaba en el ambiente —dice la madre superiora actual, sor Amada, una voz honda con dejo sureño que sale del claustro hasta la bocina del teléfono.
En abril de 2 014, el georradar detectó cinco sectores principales con enterramientos en el crucero de la iglesia, que apuntaban todos a la cripta, donde al final excavaron. Avial, sin conocer aún la coincidencia con la tradición oral de las monjas, encontró que el que llamó Sector 2, justo bajo la Inmaculada, tenía características especiales; era sospechoso.

La tradición oral y la sospecha tecnológica no acertaron. No fue allí donde encontraron la caja de reducción 4.2/32.

***

Los investigadores contaban sobre todo con la bibliografía más conocida, el libro La sepultura de Miguel de Cervantes: memoria escrita por encargo de la Real Academia Española y leída a la misma por su director, el marqués de Molins, escrito por tal marqués (1870) tras buscar sin éxito el cuerpo, y una biografía escrita por Luis Astrana Marín: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época (1948-1958). Fueron insuficientes.

Francisco Marín Perellón, historiador y archivero del Ayuntamiento de Madrid, se sumó al equipo el 3 de febrero de 2015 para ampliar la investigación documental. Revisó en una docena de archivos y encontró en la planimetría general de Madrid y en los papeles constitutivos del convento el dato clave: la iglesia original derruida y la mudanza de los restos, mezclados con otros, fueron llevados a la cripta nueva.

El historiador también descubrió que a todas las personas enterradas en la iglesia de San Ildefonso las habían movido nuevamente a un rincón del claustro en 1630, cuando la marquesa que era patrona del convento ordenó la exhumación de todo el que no fuera su pariente. Durante más de 60 años estuvieron en ese lugar ignorado los restos que ahora coinciden con los de la reducción 4.2/32. Marín Perellón sostiene que no se perdieron porque las monjas trinitarias respetaron la cadena de custodia y los preservaron en el claustro de acuerdo con “el dogma de fe de la resurrección de la carne” de la doctrina cristiana que rige el derecho canónico.

No causa mucho asombro en España que los cuerpos sepultados en las iglesias se pierdan, bien porque según las costumbres funerarias cristianas cuando no se paga por una sepultura perpetua, pasada la década los huesos van desmembrados a las fosas comunes, o bien porque derrumbaron las iglesias o hubo avatares en sus traslados. Así desaparecieron también los restos con otros nombres célebres: Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Diego Velázquez y, durante la Guerra Civil, en otras circunstancias —las de miles—, el de Federico García Lorca, fusilado.

***

Mientras abajo, durante los 35 días que duró la búsqueda, los científicos excavaban, afuera, arriba, era el silencio, impuesto por el pacto de confidencialidad que el ayuntamiento de Madrid hizo firmar a los miembros del equipo: no saldría información a menos que fuera la oficial, canalizada por la oficina de prensa. Los fotógrafos, cámaras y reporteros sólo tuvieron acceso al umbral de la cripta el primer día de la excavación, la mañana del sábado 24 de enero, de tres a cinco minutos, de dos en dos. No había mucho que ver todavía: losas en el suelo sin remover, cámaras endoscópicas adivinando el interior de los nichos, algunos huesos sobre los mesones.

Los científicos están acostumbrados a callar mientras trabajan. Para ellos no era complicado cumplir con el acuerdo. Hasta el final no compartieron todos los hallazgos con los otros miembros del equipo: los antropólogos no dijeron todo al geofísico ni a las expertas del museo del traje, por ejemplo, que no supieron, hasta lo último, lo que había determinado el numismático o lo que había encontrado el historiador. Pero buscaban a Miguel de Cervantes: los medios de todo el mundo les respiraban encima. El domingo 25 de enero se filtró un rumor erróneo, que no salió de los investigadores, y que generó este titular: “Hallado el ataúd de Cervantes”. Sucedió que Tito Aguirre, técnico arqueólogo veterano del grupo, se había ingeniado con sus compañeros una plancha metálica fina de dos metros de largo para sacar los ataúdes de los nichos, como panes del horno de un obrador. Contaban con que los féretros saldrían enteros. Abrieron el nicho 1, abajo a la izquierda de la entrada, esquina noroeste, pegado a la tierra. La plancha no llegó al fondo. Halaron pero pesaba; el ataúd tenía tierra, la madera se había hecho trozos, podrida. La tabla se dejó ver y cayó al suelo, con la forma de una pirámide maltrecha: tenía talladas unas chinchetas metálicas roídas por la humedad que, sin embargo, no había desdibujado estas siglas: MC.

“Pues ya hemos terminado”, recuerda Tito Aguirre que pensó al momento. Francisco Etxeberría los llamó a todos: “¿Qué pone aquí?” A primer vistazo, pensaron que la M era de Miguel y la C de Cervantes. Un entusiasmo fugaz bañó la bóveda. Almudena García vio un paisaje de caras asombradas. Rió. Carme Coch, arqueóloga que recién había llegado de Valencia para instalarse en Madrid durante la búsqueda, pensó que, jolín, era el primer día y ya tenía que volver. Berta Martínez, su colega madrileña, se decía escéptica que era demasiado casual, que esa MC podía ser, por ejemplo, de una María del Carmen. Tardaron muy poco en darse cuenta en que el féretro era pequeño, que contenía huesos revueltos de unas diez personas, restos infantiles, adultos apenas, textiles y calzados de varios momentos, escombros. “Dijimos: calma. La gente tiene bastante claro que eso es raro”, recuerda Almudena García. No habría pasado de ser una anécdota a no ser por la filtración, que corrió a la velocidad de los bites de internet, ese alimentador del rumor. Etxeberría y García salieron el lunes por la mañana a una rueda de prensa obligada a las puertas del convento, pidieron calma y prudencia, dijeron que había más enterramientos con ese ataúd. La especie, sin embargo, quedó sembrada durante las siguientes semanas. La comentaban los transeúntes, la repetían en los toures a pie que pasaban frente a la iglesia.

Con ese antecedente, fueron cautos la tercera semana de excavación, cuando apareció un esqueleto con una mano que parecía anquilosada. Lo encontró Carme Coch, que excavaba con Berta Martínez. Reconoció el desgaste de los huesos de un hombre mayor, vio el cordel con unos nudos de lo que pudo haber sido un sayón franciscano atado a la cintura, identificó una anquilosis en una mano: los huesos de la muñeca fusionadas: ¡¿La mano del manco de Lepanto?! Coch se lo dijo a Martínez con disimulo, sin que nadie más escuchara, y le pidió que avisara a Francisco Etxeberría, que estaba en la sacristía, escaleras arriba. Martínez palideció. Subió las escaleras en shock, pensó “lo tenemos”. Carme Coch entró en razón mientras Berta Martínez se alejaba: era la mano derecha, no la izquierda, que es la que señalan las fuentes históricas como la mano atrofiada: ésa en este esqueleto estaba bien. Así lo certificó Etxeberría. Así lo comprobaron todos.

De esto nada se supo afuera durante los días de la excavación. El silencio oficial continuó. Dos puertas, una abierta, la otra cerrada. Turistas que la atravesaban mapa en mano y sólo se encontraban con un vestíbulo oscuro, más puertas cerradas y unos gatos tímidos. Un periodista de televisión haciendo guardia. La portera, temple de fuego, que decía que los periodistas son unos pesados. Un barrendero uniformado que oficiaba de informante secreto de la prensa. Almudena García, a las puertas del bar de enfrente, donde comían a diario ella y todo el equipo, diciendo datos vagos que no comprometían la investigación —hemos abierto la mitad, hemos contado más de cien, hemos parado la revisión en los nichos hasta que vengan las de restauración, hemos encontrado mucho textil, hemos encontrado momias—, mientras se calentaba las manos con el té de manzanilla de la sobremesa.

Ella y su equipo cumplieron con el pacto. Tanto, que hasta días antes de la revelación de los resultados, entre los promotores del Proyecto Cervantes todavía pensaban que sus restos estaban en ese primer nicho con el ataúd de las MC.

***

De todas formas, en el fondo no había ningún misterio. Una treintena de científicos excavando para buscar los huesos del escritor fundamental de la lengua española, una línea de investigación que terminaba con una caja de huesos tan deteriorados que no confirmaban ningún rasgo físico identificable del escritor, todo eso en el marco de la gestión de una alcaldesa que ya agotaba su mandato y que parecía querer irse con algo importante —algo tan importante como haber encontrado el cuerpo de Cervantes— para mostrar como logro. Una parte de los expertos del escritor criticaba el proceso, diciendo que era una pérdida de tiempo y recursos; otros decían que por qué no usar ese dinero en ayudar a desahuciados por los bancos o a los dolientes de la Guerra Civil que no han encontrado los cuerpos de sus familiares mal enterrados en las cunetas donde los mataron.

***

Para levantar la puerta trampa de la cripta, en el suelo de madera de la sacristía, se necesitan al menos dos personas: es un gigante tan antiguo como el edificio, que terminó de construirse en 1730. Se necesitan también unas llaves grandes de hierro, igual de antiguas, y las escaleras que guarda el portón son asimismo viejas, rayadas por el tiempo, y terminan en un sótano con techo abovedado de ladrillos, cruzado por hileras de luces de neón, un espacio de nueve por seis metros que convirtieron en un laboratorio in situ: no tenían autorización para llevarse del recinto ni un hueso, ni de la arena un grano. Dividieron la cripta en cuadrantes, hicieron un andamio para pasar de un sitio al otro. El espacio de estudio se amplió hasta la sacristía, un cuarto no muy grande de tono también lúgubre, con imágenes de Jesús y de los santos.

Fue un lunes o un martes, 23 o 24 de febrero, la fecha se les desdibuja en la memoria. Habían trabajado en la cripta el mes entero, jornadas intensivas de diez horas con dos de descanso para comer, humedecidas por el invierno, sin apenas domingos libres. Sólo quedaba la mitad de la gente, el equipo base. El resto había dado por terminado su trabajo. Berta Martínez trabajaba en el tercer nivel de enterramientos, el más profundo, en el último cuadrante de la cripta, en la última esquina, al sureste. Ardía en fiebre, una gripe nutrida por la humedad y el polvo que ya había contagiado a varios de sus compañeros. Carme Coch tenía en mano el boleto del AVE de regreso para ese mismo día. Excavaban con Tito Aguirre cuando encontraron que la tierra se hacía más oscura, como si alguien la hubiera traído de otro lugar. Distinguieron una reducción de huesos, palearon suelo abajo. Lo que encontraron no era como ninguna de las otras cuatro acumulaciones de huesos que habían visto antes.

“Nos pareció que era algo que no podíamos desechar, que teníamos que excavar y ver bien en qué consistía, porque a veces excavas y te cuesta entender lo que excavas, pero esto parecía bastante compatible con lo que estábamos buscando”, recuerda Martínez.

“Aparte de que estaba a la profundidad más baja vimos que había muchos huesos largos, muchos fémures, muchas tibias a un lado, y vimos los cráneos que estaban al otro ladito. Estaba todo junto pero como que separado, ¿no? Vimos restos de cajas de tablones, como si también los hubiesen transportado en una caja o nos daba esa sensación”, narra Carme Coch. Almudena García, que coordinaba al equipo, llamó a Luis Ríos, biólogo especializado en antropología física: “Vente, que hemos encontrado algo que tiene buena pinta”. Llamó de urgencia a Elvira González y Lucinda Llorente, expertas del Museo del Traje de Madrid. En la caja había textiles que debían analizar. Hasta entonces, las vestimentas que habían encontrado eran de dos siglos posteriores a la muerte de Cervantes, y no habían dado aún con el sayón con que lo habían enterrado, una prenda franciscana larga con un cordón ceñido a la cintura, de un tejido basto, de orden mendicante.

Cavaron metro y treinta y cinco, bajaron con las bandejas de laboratorio, sacaron los huesos con cuidado máximo, los pusieron a secar en los mesones por dos días para que perdieran fragilidad. Primero apareció un trozo de tela bordado, que González y Llorente identificaron como lino con hilo de oro. No era el sayón de Cervantes, pero era el traje del capellán que, ya sabían por los documentos, estaba en la caja de reducción.

“Sacamos trocitos y trocitos, intentabas cepillarlo y se te desaparecía, para empezar a recomponer todo, la casulla con el manípulo, la estola. Ya cuando salió el borlón casi llorábamos de alegría”, dice Lucinda Llorente.

“Porque era la confirmación ya definitiva de que estábamos ante lo que estábamos. Estuvimos toda la mañana haciendo un puzzle sobre la mesa, porque aquello de verdad era un batiburrillo de tal naturaleza que había que tratarlo con sumo cuidado”, completa Elvira González.

Fue la única indumentaria que hablaba de la época en la que enterraron al escritor. Después salió la moneda de 16 maravedís que el numismático Alberto Canto García identificó como de 1660 aproximadamente, que en la foto del informe final se ve como un trozo de metal desfigurado, una circunferencia achatada. Terminaron de limpiar los huesos, ya secos, con brochas de maquillaje, cerdas suaves. El trabajo duró cinco días más.

Almudena García hizo otra llamada, a Francisco Etxeberría, para que viajara desde el País Vasco. “Estábamos convencidos, pero llevábamos mes y medio aquí y era necesario que viniera alguien con otros ojos, por si se nos estaba pasando algo por alto”, dice.

Etxeberría hizo muchas preguntas, estableció sus propias comparaciones, determinó que no había discrepancias, que todo eran coincidencias. El traje del capellán, la moneda, la cercanía con el suelo geológico de Madrid, los documentos.

En rigor antropológico los registros dijeron que había en la reducción un mínimo de 15 individuos, cinco niños y diez adultos, por los huesos que más se repetían: cuatro radios derechos y un radio izquierdo, cuatro cráneos masculinos, dos femeninos, de otros cuatro no se sabe el sexo. Y fragmentos con artrosis, cartílagos calcificados, mandíbulas con dientes desgastados o inexistentes que podrían haber sido los de unos hombres de la edad de Cervantes; muñecas y axiales que se perdieron o se desintegraron.

El historiador Marín Perellón terminó de componer la lista definitiva cuatros días antes del anuncio oficial, tras revisar todas las actas de defunción del archivo parroquial. En ella estaban Cervantes, su esposa, su casero, el capellán, varios niños. Eran 17, dos más que la medición antropológica.

“Hubo huesos que no llegaron nunca al laboratorio, pero aún así cabe la posibilidad perfectamente de que se quedaran por el camino. Es una hipótesis completamente plausible, lo que pasa es que no se puede certificar”, dice Carme Coch.

***

¿Por qué buscar los restos de Cervantes? ¿Por qué si no estaban perdidos?

Los involucrados en la investigación han dicho que había que localizarlo y honrarlo, que la búsqueda sirvió para potenciar la divulgación de su obra. Escritores cervantinos dijeron que era mejor hacer justicia a sus libros. Francisco Ferrándiz, antropólogo estudioso de la muerte, ajeno a esta excavación, opina que es porque existe ahora una fascinación por los huesos: “Tiene una raíz cristiana que está vinculada al culto a las reliquias, a las exhumaciones de santos; por otro lado, siempre ha habido turismo necrófilo, y llegan nuevas corrientes de derechos humanos que buscan verdad, justicia y reparación, además del prestigio creciente de las ciencias forenses”, por obra de series televisivas como CSI.

***

Lo que queda en la cripta es esto: cinco mesones, lupas. Bolsas transparentes —seis— llenas de huesos fragmentados que en una primera mirada parecen hojas recogidas en otoño. Un libro, Human bone manual. En la pared norte, nichos con féretros sin abrir, pero sus epitafios no dejan dudas de que contienen cuerpos de sacerdotes. De frente, un armario para guardar las momias, sus ataúdes y, a la derecha, cajas de reducción en hileras, urnas que parecen macetas alargadas de plástico, con códigos así: Nicho 5, material óseo y arqueológico; sector V, material arqueológico, nicho 14.

Las restos que identificaron con el código 4.2/32, donde posiblemente haya “algunos fragmentos” de Cervantes, cupieron en tres cajas. Pero ya no están aquí: tienen entidad de reliquia. Están a resguardo en la biblioteca sacramental del claustro de las monjas. La esquina donde aparecieron es ahora una oquedad amarillenta con bolsas negras encima.

Ya no hay nada más que los arqueólogos puedan agregar a esta búsqueda.

Pero Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos no han dejado de venir tres veces a la semana a este recinto sepulcral trocado en laboratorio con suelo de arena y barro, blanqueado por la luz artificial, donde ya no hay ruido de taladros y aspiradoras industriales. Aunque han pasado dos meses desde que terminó la excavación, investigan las revelaciones de este yacimiento inédito de niños con raquitismo. Rearman sobre los mesones los esqueletos de vértebras mínimas, clavículas y sacros ínfimos. “Mis niños”, los llama García.

Corre la mañana de un jueves de abril de 2015. No están las dos monjas que los supervisaron durante toda la excavación, sor Edita en sus 30, sor María que le dobla la edad. Son “guardas de hombres”, así se llama su cargo: las encargadas de vigilar y acompañar a los visitantes que hacen obras en el convento.

—Y controlarlos un poquillo, de lejos, pero un poquillo también —dirá la voz antigua de la madre superiora que sale del claustro a por la bocina.

La relación entre el equipo y las monjas se hizo íntima. Con los días, sor Edita se dejó poner una bata blanca sobre el hábito, una mascarilla, cofia y guantes, y ayudó a limpiar los huesos con pinceles. La mayor sólo miraba, excepto esa vez que inspeccionó en dos ataúdes y agarró con sus propias manos desnudas la vestimenta para decir que era de cura.

A la 1:30, al mediodía, Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos habrán acabado la jornada. Sor Edita los esperará arriba en la entrada de la sacristía. Subirán las vetustas escaleras, la monja los recibirá con un manojo de las llaves de hierro antiguas en una mano, agujas de tejer y lana en la otra, hábito blanco, cruz rojiazul en el pecho, túnica negra. Entre dos cerrarán la puerta trampa. Sor Edita dirá, queda, que los extraña y que quiere que vengan todos los días.

***

Se llamaba Miguel de Hortigosa el sepulturero. Nada fundamental se conoce sobre su vida, excepto lo que hay que saber: que también era el sacristán de la iglesia del convento de San Ildefonso de Trinitarias Descalzas, calle del Amor de Dios, villa de Madrid; que las monjas le pagaron 13,600 maravedíes, lo mismo que 400 reales, por un trabajo del que consta recibo fechado en 8 de octubre de 1697; y que tal trabajo consistió en trasladar unos cuerpos de esa iglesia a otra, ubicada en la calle que hoy se llama Lope de Vega.

Marín Perellón está convencido de que fue él quien transportó la caja de reducción a la cripta y que éste es el dato que confirma que en la reducción que encontraron es ésa donde estaría Cervantes. “Sin ninguna duda”, sentencia. Es 22 de mayo. Hace apenas unos días que el historiador revisa el archivo conventual. Dio con el diario de cuentas del convento donde está el dato. Abre el pergamino, tapa amarillenta de piel de cordero, libro 37, legajo quinto. Echa mano de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, para leer uno a uno los párrafos de letra farragosa. Hasta éste, el número 18, que así traduce:

Mas se le hazen buenos y reziuen en data quatroçientos reales, que valen treze mil y seisçientos maravedís por los mismos que pagó a don Miguel de Hortigosa de el gasto que tubo de mudar los cuerpos de los difuntos de la yglesia vieja a la nueua de dicho comuento [y] terraplenar la bóbeda, como consta de reciuo dado por el susodicho, su fecha de ocho de octubre de seisçientos y nouenta y siete, que presentó con estas quentas.

Hortigosa, el sepulturero. Pudo haber sido él también —dice Marín Perellón que quizá— la persona a la que contrataron para sacar los restos del claustro de la antigua iglesia y reducirlos en una caja, la que encontraron. Ese año que consta en el recibo, trasladó los huesos ya disgregados al templo nuevo, recién construido, los depositó a un metro treinta y cinco de profundidad en la cripta y terraplenó. En el entierro se le pudo haber caído la moneda de 16 maravedís: no lo descarta Marín Perellón ni lo descartan los arqueólogos.

***

El párroco de la iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, saca otro libro con cuidado y lo extiende sobre la mesa: el libro tiene 406 años —cuaderno cuarto de difuntos (1609-1620)—, una cubierta de cuero de cerdo amarillenta y brillante que resiste los siglos. Las hojas no están siquiera ajadas, son gruesas como el cartón. Está en el tercer párrafo el acta de defunción. Ilegible para un cerebro inexperto, pero ya había sido desencriptada en 1749 en el prólogo de las Comedias y entremeses de Cervantes.

Miguel de Çerbantes. El 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Zerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trenitarias. Mandó dos missas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria y el licenciado Francisco Martínez, que viue allí.

Con el tiempo se confirmó que Cervantes murió el 22 y el sepelio fue el 23. No se enterró en la iglesia de San Sebastián, que es lo que correspondía al común de los vecinos de la zona. Vivía con su esposa en la cercana calle de León y su casero era Francisco Martínez, el cura del convento de San Ildefonso. Además, Cervantes se hizo trinitario 20 días antes de su muerte. En 1575 unos corsarios berberiscos lo capturaron junto con su hermano cuando volvía a España desde Nápoles en una galera, después de la guerra, tras haber batallado en Lepanto contra los turcos y recibido tres arcabuzazos. Lo llevaron a Argel. Como era “soldado aventajado” al servicio de la Corona y tenía cartas de recomendación, “El Cojo”, su principal captor, decidió pedir el rescate para sacar provecho. El secuestro agarró a su familia depauperada. Pasaron en cinco años y medio tres intentos de fuga. Los frailes trinitarios mendigaron para juntar los 500 ducados de oro del rescate, lo que lograron en 1580. Como agradecimiento, un sábado santo, Miguel de Cervantes se convirtió a la Orden Trinitaria.

No hay nada en el acta de defunción ni en los documentos hasta ahora descubiertos que hablen de lo que mató a Cervantes. La incógnita de la causa de su muerte es una de las varias sombras de su biografía. En el informe final de la excavación hay un estudio extenso que firma Julio Montes Santiago, de la Universidad de Vigo, basado en un arqueo de los datos biográficos disponibles y en la biblioteca médica del escritor, que se abrevia en posibilidades: diabetes, enfermedades renales, cirrosis, insuficiencia cardiaca y algún tumor.

Los restos de la hermana de Miguel, Andrea Cervantes, están en la iglesia de San Sebastián; también los de otra hermana, Magdalena de Jesús. Los de su hermana Luisa, que fue monja, están en el convento de la Purísima Concepción de Alcalá de Henares. Por la imposibilidad de recuperar los huesos de sus familiares —porque están en osarios y porque no se han encontrado tampoco evidencias de la hija natural de Cervantes—, y por el estado de conservación de los restos de la reducción 4.2/32 se hace muy difícil extraer una muestra de ADN y compararlas genéticamente.

El historiador Francisco Marín Perellón sigue examinando el archivo del convento en busca del testamento perdido de Cervantes. Confía en encontrarlo y en que sus cláusulas revelen, por qué no, alguna enfermedad final, cómo fueron sus últimos meses, cómo quería que se le enterrara, si tenía deudas, si es verdad que tuvo esa hija natural llamada Isabel. Empezó a buscar en mayo. Es mitad de julio y dice que sin novedades, que la pesquisa puede tardar hasta seis meses.

***

Volvieron a enterrar los restos contenidos en las tres urnas fichadas con el número 4.2/32, sin la mirada pública. Las monjas —la priora y las dos guardas— las llevaron desde la biblioteca sacramental, una por cabeza. El vicario las roció con agua bendita, el sacerdote Jorge Teulón, enlace entre las religiosas y los investigadores, ayudó a meterlas en el nicho, debajo de una lápida de piedra caliza que dice “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra. 1547-1616”, con un extracto de su Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado el mismo año de su muerte: “El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto, / llevo la vida sobre el deseo / que tengo de vivir”. Firma la Real Academia de la Lengua Española. Sellaron. Fue el 10 de junio de 2015, a puerta cerrada, en la iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, calle de Lope de Vega.

La ceremonia abierta ocurrió al día siguiente, el pequeñísimo templo repleto de invitados, con música militar en directo de los regimientos Córdoba 10 y Tercio Viejo de Sicilia 67, donde Cervantes sirvió a la Corona como soldado. Era de mañana pero afuera se hizo de noche unas horas: una tormenta de verano tapió el cielo y ahogó las calles con agua y granizo.

Darío Villanueva, director de la Academia, leyó un discurso que habló del “momento feliz, que por fin ha llegado”:

—En que la ciencia física y la forense nos han permitido poner orden en la casa que albergó la ultima morada de nuestro escritor y solventar aquella anomalía, propiciando que el tesoro de sus cenizas haya sido localizado y ahora pueda ser presentado con la misma dignidad y reconocimiento con que otros países cultos honran a los más grandes escritores.

Ana Botella, que iba a dejar de ser alcaldesa de Madrid en dos días más y cerraba su gestión con este acto, leyó otro y dijo que cumplían la voluntad de un hombre “de honra y fe cristiana”:

—Es la hora por fin de decir, don Miguel, misión cumplida (…) Aquí estamos para que España y el mundo vuelvan a honrar los restos mortales de Cervantes como no se había hecho en tres siglos.

Los militares llevaron una corona de flores hacia la tumba, en desfile, erguidos con rectitud geométrica, música marcial; la alcaldesa la dejó a los pies de la hornacina.

Los enterraron en la pared norte del templo junto a la entrada, donde había sitio para otra lápida. No sobre el punto en el que de verdad aparecieron, porque allí hay un coro enrejado donde las monjas rezan a diario. La tradición oral de las prioras falló, pero una placa que estaba en la iglesia hacía casi 200 años lo indicó siempre, con precisión: encontraron la caja de reducción justo debajo, en línea recta, de esa lápida del altar mayor que dice: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega”.

Enterraron esos restos —que puede que sean los de Cervantes, o no, quizás algunos— que, en realidad, no estaban perdidos.

Abuelos indignados

Publicado: 20 enero 2016 en Nilton Torres
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El blanco era la sede principal en Barcelona del Banco Santander, la entidad financiera más solvente de España. Los dieciséis convocados para dar el golpe convinieron reunirse en la céntrica Plaza de Cataluña, a escasos cincuenta metros de su objetivo, el número cinco del Paseo de Gracia, una de las calles más caras de la nación ibérica —la quinta en el ranking de la consultora inmobiliaria Cushman & Wakefield—, no sólo por el precio de los alquileres, también por las exclusivas marcas que allí tienen sus tiendas, como Louis Vuitton, Cartier, Tiffany & Co., Yves Saint Laurent, Bulgari, Armani. Días antes, tres de ellos habían visitado el banco en distintas ocasiones para reconocer el terreno y no dejar nada al azar. Observaron minuciosamente la rutina de los empleados y agentes de seguridad y prestaron especial atención a las barreras que tenían que traspasar.

A la hora acordada, las once de la mañana, el grupo se dirigió con paso firme hacia su meta. Seis de ellos se quedaron en la puerta de la calle y los otros diez ingresaron simulando ser clientes. Cruzaron primero las imponentes puertas de madera y cristal que preceden al elegante recibidor de arquitectura neoclásica, para luego franquear la puerta automática que abre paso al hall principal. Formaron un círculo discreto en medio del luminoso salón y rápidamente hurgaron entre sus ropas, en las que llevaban ocultas las cartulinas amarillas que blandieron frente a empleados y clientes mientras gritaban:

—¡No es una crisis, es una estafa!
—¡Rescate para la ciudadanía y no para los bancos!
—¡Esta deuda no la pagamos!

Al percatarse del alboroto, uno de los dos agentes de seguridad de turno se acercó a los imprevistos manifestantes y, con inusitada delicadeza, les dijo:

—Por favor, señores, sin hacer mucho escándalo.

Ellos ni se inmutaron. Allí estaba un insólito grupo de mujeres y hombres de casi setenta años, bien plantados y con ropa y zapatos cómodos para aguantar el tiempo que hiciera falta, porque a esa edad no es sencillo soportar mucho tiempo de pie.

En la puerta del banco ya se había formado jaleo. Una muchedumbre, azuzada por los compañeros de los manifestantes que se habían quedado en la retaguardia, hacía eco de la protesta y algunos periodistas aparecieron alertados por las redes sociales de que un grupo de “abuelos” había tomado el Santander.

El reloj marcaba las 14:30 del jueves 27 de octubre de 2011. Habían transcurrido tres horas y media desde que la oficina bancaria había sido invadida. Sorprendentemente, hasta ese momento, nadie se había atrevido a preguntar qué querían ni hasta cuándo pretendían estar allí los ocupantes. Obligada por las circunstancias, la circunspecta subdirectora de la oficina dio el paso:

—¿Hasta qué hora pensáis quedaros? Es que a las tres cerramos y me gustaría saber si necesitáis agua o comida, por si os vais a quedar mucho tiempo —les dijo.
—Mire, sólo queremos entregarle un manifiesto, leerlo y nos marchamos —fue la respuesta.

“Somos la generación que luchó y consiguió una vida mejor para sus hijos e hijas […] Estamos orgullosos de la respuesta social y del empuje que están mostrando las nuevas generaciones en la lucha por una democracia digna de este nombre y por la justicia social”, resaltaba en sus primeras líneas el documento, que además exigía el fin de la especulación bancaria y la corrupción política, y la responsabilidad de la banca ante la crisis económica que, desde el año 2008, causa estragos en la sociedad española y que se ha manifestado en una inflación galopante, desempleo, incremento de la deuda pública, recesión y una burbuja inmobiliaria que está dejando a miles de personas en la calle, desahuciadas por el incumplimiento del pago de sus hipotecas.

Pero el manifiesto también consignaba que esos intrépidos “okupas” de la tercera edad que habían tomado la entidad bancaria se sumaban a la protesta de los ciudadanos que colmaban las calles españolas con su indignación y que eran insultados por políticos que aseguran que la crisis es un invento de los que no quieren trabajar y de los que se han endeudado, irresponsablemente, por encima de sus posibilidades. Si a esos ciudadanos se les llama despectivamente “perroflautas”, los manifestantes que tomaron la sede del Santander propusieron que les dieran, a ellos, un mote parecido: “yayoflautas”.
“Yayo” es como en gran parte de España se llama cariñosamente a los viejos.

—Estábamos conversando y comiendo en un chino —cuenta Celestino Sánchez, Celes, sesenta y dos años y añejo militante del Partido de los Comunistas de Cataluña—. Éramos un grupo de compañeros de mi edad y jóvenes pertenecientes a un movimiento llamado Inflexión, que nos estaban dando una mano con temas de internet. Hablábamos de cómo la gente de nuestra edad podía aportar a la protesta, y salió aquello de la Esperanza Aguirre y del nombre que usaba para referirse a los indignados, perroflautas.

En el currículo público de Esperanza Aguirre, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, no sólo destacan su título nobiliario de condesa consorte y los cargos públicos que le ha tocado ejercer, como ministra y senadora. Sobre todo resalta su cualidad de boquifloja. Entre otras perlas, llamó hijoputa a un ex consejero de Caja Madrid al que había defenestrado de su cargo y calificó de pelmazos a su propia gente de prensa por haber convocado a unos periodistas a una visita que hizo a los afectados por un incendio en un pueblo cercano a Madrid, cuando había dado instrucciones precisas de que quería tener ese encuentro en privado. Cuando los indignados tomaron la madrileña Plaza del Sol, el 15 de mayo de 2011, y acamparon allí durante semanas, Aguirre no disimuló su ofuscación. Cada vez que se le preguntaba al respecto, apelaba a inspirados adjetivos para referirse a los que se habían atrevido a afear tan turística plaza con su protesta y sus carpas. Los llamó camorristas, pendencieros y perroflautas. Este último podría considerarse el súmmum de la terminología despectiva, ya que con este nombre se denomina peyorativamente a los integrantes de las tribus urbanas de hippies, punks y anarcos, que se distinguen por llevar rastas y piercings, y a los que se acusa de poca —o nula— higiene y de ser unos revoltosos antisistema. Celes no recuerda exactamente quién tuvo la ocurrencia, pero sí que fue uno de los veteranos el que soltó:

—¡Coño!, si vosotros sois los perroflautas, nosotros seremos los yayoflautas.

***

Los yayoflautas le han dado una bocanada de aire fresco a la protesta en España.
Con sus chalecos amarillo fosforescente, su signo distintivo y sus “travesuras”, que es como llaman a las ocupaciones que realizan de oficinas bancarias e instituciones del Estado, este colectivo integrado por hombres y mujeres de sesenta años en adelante ha asumido la misión de reclamar a viva voz que sus hijos y nietos no vivan peor que ellos. Y lo mismo si se trata de sus propios hijos y nietos o los de los demás.

En la mira de los yayoflautas están los políticos corruptos, los ladrones de traje y corbata, los yernos reales deshonestos, pero sobre todo los responsables de la crisis y el menoscabo del “Estado del bienestar”, esa responsabilidad del gobierno de proveer una sanidad y educación pública de calidad, vivienda digna y trabajo, protecciones y derechos que se han ido reduciendo ostensiblemente a fuerza de los recortes de los presupuestos gubernamentales. Sus travesuras han tenido una enorme repercusión por medio de las redes sociales: su cuenta en Twitter, @iaioflautas, tiene —al momento de redactar esta nota— 26 705 seguidores y su página de Facebook le gusta a 12 154 personas.

Los medios de comunicación españoles han prestado especial atención a sus movimientos, y han encontrado en los “indignados de la tercera edad” o “los abuelos indignados”, como los llaman en sus titulares, un ángulo diferente de la cobertura de la crisis, cobertura periodística que ha servido también para sumar nuevos compañeros a la causa:

—Los vi por la televisión cuando ocuparon un autobús. Me gustó la idea y los busqué por internet. Al cabo de un mes me respondieron y me incorporé al grupo —dice Paco González, sesenta años, jubilado, militante de la desaparecida Liga Comunista Revolucionaria, brigadista internacional y ex sindicalista.
—Vi que era un movimiento de gente mayor, activo y luchador contra las injusticias. Les mandé un correo y les dije que podían contar conmigo y con mi marido [José] —dice Ángeles Tarjuelo Lozano, sesenta y cinco años, ama de casa.
—Cuando me enteré de que unos yayoflautas habían entrado en un banco a hacer una cosa que era chillar y quejarse dije: “¡Me cago en la mar!, eso es lo que quiero hacer” —dice Luis Sotillo, sesenta y nueve años, auditor jubilado, simpatizante de las acampadas en Plaza de Cataluña e indignado número 1 423 558 (cifra inventada por el propio Luis), tal como consigna la camiseta de color celeste que se hizo confeccionar para participar de las manifestaciones y las protestas.

***

Felipe López-Aranguren tiene sesenta y un años y la pinta de roquero de los setenta: flaco, patillas largas, melena gris y gafas de metal a lo John Lennon. Sociólogo, poeta y militante comunista, Felipe fue uno de los primeros en sumarse a la tropa de los yayoflautas. Sentado en un café de Sant Andreu, distrito barcelonés que aún conserva el espíritu del pueblo que fue y que terminó siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad condal, Felipe lía tranquilamente un cigarrillo. Frente a él espera, humeante, una taza de café negro. Le da un sorbo y explica en qué consisten sus “travesuras”.

—Entramos a un lugar, lo ocupamos, esperamos que nos atienda un representante, le entregamos un documento que indica por qué estamos allí y nos retiramos. Sin violencia y todos tranquilos.

Pero ésta es la versión resumida de lo que es una “travesura” yayoflauta, ya que sus ocupaciones exigen planificación, discreción y paciencia. Hay un minucioso trabajo previo de reconocimiento. Son sólo cuatro o cinco los que conocen a detalle dónde y cuándo se va a realizar la ocupación. Éstos convocan por correo electrónico —o por teléfono— a un grupo de entre treinta y cincuenta compañeros para que se concentren en un lugar cercano al sitio que será tomado. Una vez que el grupo pequeño determina que es el momento, llaman por celular al resto e ingresan al lugar escudados por una sola frase: “Tranquilos, somos los yayoflautas y somos pacíficos”. Este lema se lanza para desmontar cualquier intención de respuesta violenta y a la vez advierte que están allí para perpetrar un acto de desobediencia civil, no violento, público y que busca denunciar una injusticia. Acto seguido se colocan el chaleco distintivo y, ya puesto, a lo que van: pedir la presencia de un alto funcionario para explicarle la reivindicación que los ha llevado hasta allí, indicando que no se moverán hasta que sean atendidos. La táctica ha resultado exitosa desde la ocupación de la sede del Santander, en octubre de 2012, que fue su primera acción oficial.

Inicialmente los yayoflautas emularon la metodología del 15M —el movimiento ciudadano surgido para protestar contra la crisis económica de España— para organizar sus acciones: convocar a una manifestación por medio de las redes sociales e identificar de manera plena el objetivo. Por supuesto que cuando se presentaban en el lugar, había más policías que manifestantes.

Felipe López-Aranguren se acomoda su casaca negra, en cuya solapa reluce una estrella negra anarquista y, bajando la voz como para contar un importante secreto, dice que recurrieron entonces a su experiencia de los tiempos de la dictadura, cuando las reuniones de más de tres personas estaban prohibidas.

—Entonces convocábamos a la gente en el lugar en el que haríamos la manifestación y la consigna era que, si habíamos los suficientes, tocábamos un pito y montábamos el follón. Caso contrario, esperábamos cinco minutos y cada uno seguía su camino. Adaptamos esta táctica a la situación actual y tuvimos éxito.

Los yayoflautas se declaran hijos del 15M, ya que fue en las acampadas de Plaza de Cataluña donde se encontraron y reencontraron.

—Durante mucho tiempo nos habíamos preguntado dónde estaban los jóvenes, por qué no se movían ni hacían nada frente a los recortes, la burbuja inmobiliaria y la crisis —dice Felipe López-Aranguren—. De pronto, se movieron. No era lo que nosotros pensábamos, pero lo importante era ser parte del movimiento.

En las acampadas se toparon con que se habían organizado diversos grupos de trabajo divididos por comisiones: desahucios, inmigración, recortes en sanidad y educación pública, precarización de los servicios sociales. Y también había una comisión de personas mayores en la que se debatía sobre los pensionistas y las pensiones. Pero esos temas a Felipe y los suyos les sabían a poco. Entonces fue que decidieron emprender su propia y particular cruzada, a la que poco a poco se han ido sumando más y más compinches que han aportado, sobre todo, experiencia.

Los yayoflautas son un colectivo heterogéneo en el que las ideologías y los colores políticos están proscritos, pero a lo que no le dan la espalda es a la experiencia adquirida en los aciagos años del franquismo. En sus filas trabajan juntos aquellos que sufrieron en carne propia la opresión y el castigo por ser herederos del bando perdedor de la Guerra Civil —el republicano— y los que se vieron obligados a mantener la boca cerrada y pasar desapercibidos para los partidarios de las camisas negras y el brazo derecho en alto. Entre los primeros se encuentran Antonia Jover y Rosario Cunillera.

Antonia tiene setenta y tres años, no es muy alta, es algo rellenita y siempre sonríe. Vive sola, en el piso en el que vivió con sus padres, un lugar acogedor y en el que tienen un lugar privilegiado las fotografías familiares. Al indagar por sus recuerdos más antiguos, cuenta que dio sus primeros pasos en una prisión.

—Tenía dos meses cuando mi madre fue encarcelada por ser esposa de un oficial republicano. Estuvimos encerradas hasta que cumplí dos años y medio, y ella fue puesta en libertad.

Antonia conoció a su padre cuando tenía dieciséis años y él había cumplido su condena en diferentes prisiones y hasta en un campo de concentración, el de Albatera (Alicante). En 1956 se establecieron en Barcelona, pero la prisión no había hecho mella en las convicciones de los Jover, que se sumaron a la lucha clandestina bajo la apariencia de una familia burguesa dedicada al comercio. Con esa pantalla dieron soporte a los presos políticos, repartieron octavillas prohibidas y ofrecieron refugio en su casa, durante quince años, a Gregorio López Raimundo, histórico secretario general del perseguido Partido Socialista Unificado de Cataluña.

—Ofrecí mi juventud por algo en lo que creía y vuelvo a hacer lo mismo en mi vejez. Ahora toca luchar contra los desalojos, el paro, los recortes en la sanidad —dice Antonia, quien nunca encontró un hombre que diera la talla para compartir su militancia, que la llevó a trabajar activamente en la preservación de la memoria histórica por medio de la Asociación Catalana de Ex Presos Políticos.

Fue allí donde conoció a Rosario Cunillera.

Rosario tiene sesenta y siete años y lleva siempre su larga cabellera blanca sujeta en una cola de caballo. Es hija de un militar republicano enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer —sur de Francia— después de la Guerra Civil, y de una asturiana que tuvo que huir a Francia junto con sus once hermanos, todos perseguidos por el franquismo.

—No puedo fallar a la herencia de mis padres. Siempre he estado luchando por alguna causa, y hoy toca más que nunca. Creo incluso que lucho más que cuando era joven —dice Rosario, cuya hoja de vida incluye su adherencia en las Juventudes Comunistas de Francia y su labor activa en diversas organizaciones, principalmente asociaciones de vecinos. En estas entidades, Rosario siempre está participando de cualquier actividad que tenga como fin mejorar su calidad de vida y la de la gente que la rodea.

Pero entre los yayoflautas también están aquellos cuyas historias no tienen como escenario la clandestinidad, ni la prisión ni las batallas políticas.

—Siempre he dicho que no soy ni de derechas ni de izquierda. Soy de arriba. Porque de arriba se ven mejor las cosas —dice Luis Sotillo.

Luis es un hombre robusto, alto y de hablar pausado. A sus sesenta y nueve años disfruta de caminar por la montaña, de sus nietos y de su jubilación, tras trabajar más de cuarenta años como auditor de cuentas. Y aunque podría decirse que no tiene de qué quejarse, él dice que sí. Y tanto.

—Me cabrea la cantidad de mentiras que oigo cada día. Me insultan cuando me engañan y me dicen que esto es una crisis y no lo es, es una estafa. Y salgo a la calle porque mis nietos no van a tener la misma educación pública que tuvieron mis hijos.

Los dos hijos de Luis son profesionistas —uno es geólogo y el otro veterinario— y tienen trabajo, pero como van las cosas, son sus nietos los que le preocupan, ya que vislumbra para ellos un futuro incierto.

Es lo mismo que vislumbra Ángeles Tarjuelo para los suyos.

—Esta crisis se está llevando por delante a las personas trabajadoras, como mi hijo, que ha tenido que cerrar su negocio y ha perdido su casa. Ahora vive conmigo y mi marido, y me duele verlo así.

Ángeles trabajó como contadora, pero cuando se casó, decidió dedicarse por completo a su familia. José Gràcia, su esposo, es jubilado y trabajó muchos años como chofer en una entidad bancaria. Ángeles nunca militó en ningún partido ni movimiento político, pero no por ello dejó de encolerizarse ante las injusticias y los abusos, sobre todo durante la dictadura. Pero en aquellos años esa indignación no podía expresarse a viva voz.

—En mi casa oía decir: cuidado con lo que habláis y con quién habláis. Hemos crecido con miedo a hablar y expresar nuestras opiniones tanto en política como en religión. Franco era el que mandaba, y por lo tanto ¡chitón!, si no querías verte en líos. Ahora no sé si no hay miedo, si lo hemos perdido o ya no nos importa. Lo cierto es que con los yayoflautas me siento viva y útil. Hay que salir y dar un aldabonazo y decirle a la gente que no nos miren, que se nos unan —dice, y sus ojos pardos brillan a través de los gruesos cristales de sus gafas.

***

No hay una cifra oficial, pero los yayoflautas estiman que ya son más de mil en toda España. El núcleo original es el de Barcelona —donde participan activamente cerca de trescientas personas—, y se han formado grupos en otras ciudades catalanas como Gerona, Sabadell, Tarrasa, Moncada y Badalona. También se han agrupado bajo el estandarte yayofláutico en Madrid, Granada, Córdoba, Sevilla, Valencia, Murcia, Castellón y Palma de Mallorca. E incluso hay un par de ciudades alemanas, Colonia y Berlín, desde donde los han contactado para pedirles asesoría sobre cómo constituirse, una “consultoría” que cada vez es más frecuente y demandada.

Una tarde de noviembre de 2012, Luis Sotillo y Ángeles Tarjuelo se encargan de realizar una reunión con unas personas interesadas en formar yayoflautas en Mataró, una ciudad del Maresme barcelonés, a media hora en tren partiendo desde la estación Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona. La reunión se realiza en un espacio cedido por la asociación de vecinos de la localidad. Es una oficina pequeña, iluminada por un par de fluorescentes y decorada con varios carteles en los que se insta a pelear contra los desahucios. Allí esperan ocho personas: cinco caballeros y tres señoras. Tras las presentaciones de rigor, Luis y Ángeles se sientan frente a ellos.

Luis se acomoda las gafas y el espacio se llena con su vozarrón:

—Los yayoflautas somos un grupo de personas mayores que nos hemos atrevido a dejar el sofá, ponernos de pie y salir a la calle a cabrearnos —les dice—. Hacemos nuestras travesuras de manera pacífica. La organización es libre, horizontal y no hay cuotas de afiliación. Nos vemos una vez al mes en una asamblea en la que damos ideas para una nueva acción, y el grupo coordinador, que son tres o cuatro, toma nota, y son ellos los que organizan la travesura. El resto nos enteramos por correo electrónico de una fecha, un lugar y una hora, y allá nos vamos.

Luis hace una pausa y saca de su maletín el chaleco de los yayoflautas y lo muestra: color amarillo fosforescente. En él lucen inscritos sus lemas. “No a los recortes de los servicios públicos: sanidad, enseñanza, transporte público, jubilaciones”, dice en la espalda. “No a las privatizaciones. Contra la corrupción y especulación. Sí a la memoria histórica”, se lee en el pecho.

—Una cosa importante: nunca hagáis nada solos, siempre en grupo. Y si os piden identificarse, haceros los tontos: que no llevo el carnet, que lo olvidé, que mis pastillas.

El ambiente es distendido. Se intercambian ideas para futuras acciones. Eligen a sus coordinadores y, al final del encuentro, Ángeles hace el honor de dejarles seis chalecos y se los reparten rápidamente entre ellos. Así, de esa manera simple, nace un nuevo grupo de yayoflautas.

***

Las mareas son aquellos movimientos de agua generados por la fuerza de gravedad que ejercen tanto la Luna como el Sol sobre mares y océanos. En España, la crispación ciudadana expresada por medio de marchas multitudinarias ha adoptado alegóricamente el nombre de mareas, aunque, en este caso, la fuerza que las agita son los recortes del gobierno, los desahucios, la recesión y el desempleo. Este último es el problema más preocupante, ya que, según cifras recientes, veintiséis por ciento de la población económicamente activa, es decir, más de seis millones de españoles, no tiene trabajo.

Manifestándose en las calles están la marea verde de los afectados por las hipotecas, la amarilla de los trabajadores de la enseñanza, la naranja de los que protestan por los recortes en los servicios sociales y la blanca de los trabajadores de la sanidad que claman por la no privatización de sus servicios. Los yayoflautas no son una marea. Más bien, siguiendo con la alegoría marítima, son como una ola que hace acto de presencia y se retira para luego volver, en un incansable vaivén.

Son veintinueve las “travesuras” contabilizadas en su blog, http://www.iaioflautas.org. Se cuentan tanto las acciones que han apoyado de otros grupos como las propias. Estas últimas son dieciocho hasta el momento. Entre ellas destacan, aparte de la ocupación del Banco Santander, la primera de todas, la toma de la oficina de la agencia de calificación Fitch (7 de noviembre de 2011), para protestar contra la especulación bancaria; la ocupación del consulado alemán en Barcelona (22 de junio de 2012), para reclamar un plan de rescate europeo para las personas y no para los bancos, y la toma de la Bolsa de Barcelona (21 de septiembre de 2012), para poner en evidencia a uno de los símbolos de la “oligarquía financiera”. Precisamente la ocupación de la Bolsa fue el episodio que puso de manifiesto algo que los yayoflautas sabían que iba a ocurrir tarde o temprano: que se borrara la sonrisa de los labios de aquellos que los veían como unos inofensivos abuelitos alborotadores.

—La ocupación salió muy bien. Éramos cincuenta de nosotros, y nos atendió el gerente de la Bolsa. Pero mientras una comisión hablaba con el funcionario y el resto abandonaba el lugar, en la puerta nos esperaban los antidisturbios —cuenta Celestino Sánchez.

Videos colgados en YouTube muestran el despliegue policial de media docena de furgonetas y decenas de efectivos, que formaron una cadena para cortar la circulación de los yayoflautas. La consigna policial era pedirles la documentación, lo que podía concluir en dos cosas: ponerles una multa por alteración del orden público o denunciarlos ante un juez por la misma falta.

Los yayoflautas optaron por no identificarse. Se ubicaron en el frontis del edificio de la bolsa y esperaron. Algunos estaban parados y comentaban la situación; otros, apoyados en sus bastones, observaban atentamente el despliegue de los policías. También se sentaron en las escaleras de acceso para hacer menos cansadora la espera. En ninguno había el mínimo atisbo de temor. Al final y ante la cada vez más numerosa presencia de transeúntes que empezaron a clamar en apoyo de los yayoflautas impedidos de moverse con libertad, la policía recibió la orden de retirarse, y los manifestantes se marcharon gloriosos y caminando al ritmo de los aplausos de la gente.

Una situación similar de acoso policial se repitió un mes después, el 27 de octubre de 2012, cuando, en conmemoración de su primer aniversario, intentaron ocupar la Generalidad de Cataluña, la sede del poder político catalán. La ocupación no se pudo efectuar, ya que cuando intentaron entrar se estaba realizando el cambio de guardia, y los yayoflautas se toparon frente a frente, otra vez, con varias docenas de policías. Hubo un conato de enfrentamiento, y dos de ellos debieron ser atendidos en ambulancias por ataques de ansiedad. Celestino fue uno de los que tuvieron que recibir atención médica.

—Pensaron que nos cansaríamos y que siempre estaríamos en ese nivel en que molestas pero “no es pa’ tanto”. Eso está cambiando —dice Celes.

***

El Ateneu Roig es un antiguo almacén que ha sido acondicionado como centro cultural. Está ubicado en una estrecha calle del barrio barcelonés de Gracia, el distrito más bohemio de la ciudad. Las entidades y asociaciones de vecinos utilizan el ateneo para organizar talleres y encuentros. En este lugar, los yayoflautas realizan sus asambleas mensuales.

Es una tarde de diciembre, y a las cinco se inicia la junta convocada para hacer balance de sus acciones. La sala principal del ateneo es bastante grande, alrededor de cuarenta metros cuadrados. La convocatoria ha congregado a más de ciento veinte yayoflautas, entre ellos Luis, Antonia, Ángeles y Rosario. Hace frío, y los convocados han ido llegando de a poco y abrigados con bufandas y pañuelos atados al cuello. Cuando se encuentran se saludan y se detienen a conversar algunos minutos. Ríen, se dan de palmadas en la espalda y la pregunta que más se repite es: “¿Cómo va la salud?”. El espacio queda pequeño, así que se tienen que acomodar más sillas, incluso en la zona que hace las veces de recepción.

El primero en tomar la palabra es Celes, y lo hace para agradecer a todos por haberse puesto de pie y salido a las calles.

—No hay duda de que la desobediencia civil y el método de las ocupaciones era lo que teníamos que hacer y funciona. Vamos por buen camino —dice.

Pero la reunión también sirve para tocar un tema bastante importante: se ha producido la primera denuncia contra un yayoflauta.

Andrés Ruiz Grima, sesenta y siete años, fue interceptado por la policía en la Plaza de Cataluña, en Barcelona. Él había participado de la marcha que precedió el intento de la toma de la Generalidad de Cataluña, el día del primer aniversario del colectivo. Horas después de terminada la manifestación, caminaba por los alrededores de la plaza con un grupo de compañeros, cuando la policía le pidió que se identificara. Andrés les entregó el Documento Nacional de Identidad (DNI) y, cuando intentaron separarlo de los otros yayoflautas, éstos rodearon a los policías, quienes optaron por retirarse rápidamente. Pero ya habían tomado nota de los datos de Andrés y, tiempo después, le llegó la notificación de que había sido denunciado ante la justicia por “resistencia a la autoridad”.

Antonia Jover pide la palabra.

—Sabíamos que iba a ocurrir algún día, pero ni las citaciones ni las multas nos van a asustar”.

Los compañeros aplauden.

Carlos Sánchez Almeyda es el abogado que colabora con el colectivo. En un momento de la junta explica que las cosas se pueden poner aún más peliagudas para ellos. Se refiere a la reforma del código penal —aún en fase de estudio— que en su artículo 557 apunta que: “Quienes actuando en grupo o individualmente pero amparados en él, alteraren la paz pública ejecutando actos de violencia sobre las personas o sobre las cosas, o amenazando a otros con llevarlos a cabo, serán castigados con una pena de seis meses a tres años de prisión”.

—Ha vuelto Franco —clama una mujer.

Silbidos de pifia. Celes pide orden y toma la palabra.

—Quieren acojonarnos y no nos van a acojonar. Seguiremos con la protesta. Esos mamones no podrán contra nosotros —exclama, y el ateneo retumba con las palmas.

La asamblea llega al final con muchos acuerdos y planes por poner en marcha. Lo inmediato: constituir una coordinadora de solidaridad para apoyar a los compañeros que sean denunciados, e iniciar una campaña de difusión en casales (clubes) de abuelos y asilos, y también en escuelas y asociaciones de barrio, a fin de compartir lo que hacen y mostrar que “sí se puede”, y si alguien se anima, que se sume a su causa.

—Somos ocho millones de pensionistas, y si hay seis millones de parados, sumamos y somos catorce millones de personas. Allí hay fuerza —dice Luis Sotillo—. Y en la calle, manifestándonos, es donde debemos estar.