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El hombre que cae

Publicado: 4 febrero 2014 en Tom Junod
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En la fotografía, él parte de esta tierra como una flecha. Aunque no ha escogido su destino, parece como si en los últimos instantes de su vida se hubiera abrazado a él. Si no estuviese cayendo, bien podría estar volando. Parece relajado, precipitándose por los aires. Parece cómodo en garras del inimaginable movimiento. No parece intimidado por la succión divina de la gravedad o por lo que le espera más abajo. Sus brazos están a los costados, sólo ligeramente abiertos. Su pierna izquierda está doblada en la rodilla, casi de manera casual. Su camisa blanca –o casaquilla o sotana– se ondula libremente fuera de sus pantalones negros. Todavía tiene sus zapatillas de bota alta en sus pies. En todas las demás fotografías, la gente que hizo lo mismo que él –es decir, saltar– resulta insignificante ante el telón de fondo de las torres, que asoman como colosos, y ante los sucesos propiamente dichos. Algunos están sin camisa. Sus zapatos salen volando mientras ellos se agitan y caen. Parecen confundidos, como si estuvieran tratando de nadar por el costado de una montaña, colina abajo.

El hombre de la fotografía, en cambio, está en perfecta posición vertical, y también lo está de acuerdo con las líneas de los edificios detrás de él. Él los separa, los divide en dos. Todo lo que queda a la izquierda de la foto es la Torre Norte del World Trade Center. Todo lo que está a la derecha es la Torre Sur. Aunque no es consciente del balance geométrico que ha logrado, él es el elemento esencial en la creación de una nueva bandera, un estandarte compuesto sólo por barras de acero que brillan al sol. Algunas personas que miran la foto ven en ella estoicismo, fuerza de voluntad, un retrato de la resignación. Otras ven algo más, algo discordante y, por lo tanto, terrible: libertad. Hay algo casi subversivo en la posición del hombre, como si una vez frente a lo inevitable de la muerte hubiera decidido seguirle el paso. Como si él fuera un misil, una lanza, decidido a alcanzar su propio fin.

Quince minutos después de las 9:41 a.m. EST [1], en el momento en que se tomó la foto, él está, en términos de física pura, acelerando a una velocidad de novecientos ochenta centímetros por segundo elevado al cuadrado. Pronto estará viajando por encima de los doscientos cuarenta kilómetros por hora, y aparece de cabeza. En la foto está congelado. En su vida fuera del encuadre está cayendo y seguirá cayendo hasta desaparecer. El fotógrafo no es ajeno a la historia. Él sabe que se trata de algo que sucederá después. En el momento real en que la historia se va creando lo hace en medio del terror y la confusión, de modo que depende de gente como él, testigo pagado, tener la serenidad de asistir a su creación. Este fotógrafo posee esa serenidad y la tuvo siempre, desde que era joven. A los veintiún años estuvo parado justo detrás de Bobby Kennedy en el momento en que le dispararon en la cabeza. Su casaca se manchó con la sangre de Kennedy, pero él saltó sobre una mesa y tomó fotos de los ojos abiertos y abatidos de Kennedy, y luego de Ethel Kennedy agachándose sobre su marido y rogando a los fotógrafos –rogándole a él– que no tomaran fotos.

Richard Drew nunca ha hecho algo así. Aunque ha conservado su casaca manchada con la sangre de Kennedy, nunca ha dejado de tomar una fotografía, nunca ha desviado su mirada. Trabaja para la agencia de noticias Associated Press. Es periodista. No depende de él rechazar las imágenes que aparecen dentro de su encuadre porque uno nunca sabe cuándo se hace la historia hasta que uno la hace. Ni siquiera depende de él distinguir si un cuerpo está vivo o muerto, porque la cámara no se ocupa de tales distinciones y su negocio es fotografiar cuerpos, como todos los fotógrafos. De hecho, él estaba fotografiando cuerpos aquella mañana del 11 de setiembre de 2001. Por encargo de AP, Drew fotografiaba un desfile de modas de ropa de maternidad en Bryant Park, notable, según él, «porque desfilaban modelos realmente embarazadas». Tenía cincuenta y cuatro años. Usaba anteojos. Era de escasa cabellera, barba canosa y cabeza dura.

Durante toda una vida de tomar fotografías, Drew ha encontrado la manera de ser una persona de modales suaves y bruscos al mismo tiempo, paciente y muy, muy rápido. Ese día estaba haciendo lo que siempre hace en los desfiles de modas, delimitando su territorio, cuando un camarógrafo de la CNN con un audífono en el oído dijo que un avión se había estrellado contra la Torre Norte y el editor de Drew llamó a su celular. Él empacó su equipo en un bolso y se las ingenió para tomar el metro hacia el centro de la ciudad. Aunque todavía estaba en funcionamiento, Drew fue el único que lo utilizó. Se bajó en la estación Chambers Street y vio que ambas torres se habían convertido en chimeneas. Caminó hacia el oeste, donde las ambulancias se estaban reuniendo, porque los enfermeros «no suelen echarnos del lugar de los hechos». Luego escuchó los gritos ahogados de la gente. La gente en tierra lanzaba gritos ahogados porque algunas personas estaban saltando del edificio.

Empezó a tomar fotografías con su lente de doscientos milímetros. Estaba parado entre un policía y un asistente de emergencias, y siempre que uno de ellos gritaba «Allí viene otro», su cámara encontraba el cuerpo cayendo y lo seguía hacia abajo durante una secuencia de unas nueve a doce fotografías. Fotografió entre diez y quince de estas personas antes de escuchar el estruendo en la Torre Sur y presenciar su colapso a través de la exclusividad de su lente. Se vio atrapado en una ruina móvil, pero agarró una máscara de una ambulancia y fotografió la parte más alta de la Torre Norte mientras «explotaba como un hongo» y llovían escombros. Entonces descubrió que sí existe aquello de estar demasiado cerca y decidió que había completado sus obligaciones profesionales. Richard Drew se unió a la horda de cenicienta humanidad rumbo al norte y caminó hasta llegar a su oficina en Rockefeller Center.

No había terror ni confusión en la agencia Associated Press. En vez de eso se impuso la sensación de estar fabricando la historia. Aunque la oficina estaba tan abarrotada de gente como él la había visto siempre, también podía sentirse «la maravillosa calma que entra en juego cuando la gente realmente está inmersa en su trabajo». De modo que Drew hizo lo siguiente: insertó el disco de su cámara digital en su laptop y reconoció al instante lo que sólo su cámara había visto, algo icónico en el prolongado aniquilamiento de un hombre que cae. No tuvo que ver ninguna otra fotografía de la secuencia: no era necesario. «En la edición de fotos aprendes a buscar el encuadre», explica. «Tienes que reconocerlo. Esa foto saltaba de la pantalla sencillamente por su verticalidad y simetría. Tenía sencillamente esa apariencia». Envió la imagen al servidor de AP. A la mañana siguiente apareció en la página siete de The New York Times. Se publicó en cientos de periódicos en todo el país, en todo el mundo. El hombre dentro del encuadre, el hombre que cae, no estaba identificado.

***

Ellos empezaron a saltar poco después de que el primer avión se estrellara contra la Torre Norte, poco después de que empezara el incendio. Siguieron saltando hasta que la torre se derrumbó. Saltaban por las ventanas que ya estaban rotas y luego, más tarde, por las ventanas que ellos mismos rompían. Saltaban para escapar del humo y del fuego. Saltaban cuando los techos caían y los suelos colapsaban. Saltaban sólo para respirar una vez más antes de morir. Saltaban continuamente de los cuatro costados del edificio y de todos los pisos que estaban por encima y alrededor de la herida fatal del edificio. Saltaban de las oficinas de Marsh & McLennan, la compañía de seguros. De las oficinas de Cantor Fitzgerald, la compañía comercializadora de bonos. De Las Ventanas Sobre el Mundo, el restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete, la cima. Durante más de una hora y media, las personas que se lanzaban fueron un torrente que manaba del edificio. Una después de otra, consecutivamente más que en masa, como si cada individuo necesitara ver a otro individuo saltando antes de reunir el coraje para saltar él mismo.

Una fotografía, tomada a la distancia, muestra a la gente saltando en una secuencia perfecta, como paracaidistas, formando un arco compuesto de tres personas cayendo en picada y distanciadas por el mismo espacio. De hecho, hubo historias sobre algunos que intentaron hacer paracaidismo antes de que la fuerza generada por su caída arrancara de sus manos las cortinas, los manteles, las telas desesperadamente unidas. Todos estaban obviamente vivos en su camino hacia abajo, y su camino hacia abajo duraba cerca de diez segundos. Todos estaban no sólo obviamente muertos a la hora de tocar el suelo, sino destrozados en cuerpo –aunque recemos para que no lo estuvieran en alma. Uno cayó sobre un bombero y lo mató. El cuerpo del bombero fue ungido por el sacerdote Mychal Judge, cuya propia muerte, tiempo después, fue tomada como ejemplo de martirio luego de que la foto –el cuadro redentor– de los bomberos cargando su cuerpo en medio de los escombros diera la vuelta al mundo.

Desde el principio, el espectáculo de la gente destinada a saltar desde los pisos más altos del World Trade Center se resistió a convertirse en un acto de redención. Esas personas fueron llamadas saltadores o los saltadores, como si representaran una nueva clase. La difícil prueba que cientos soportaron en el edificio y luego en el aire se convirtió también en una prueba para las miles de personas que los miraban desde el suelo. Nadie pudo acostumbrarse jamás: nadie que haya visto esas escenas habría querido verlas de nuevo, aunque muchos –por cierto– hayan vuelto a verlas. Cada saltador, sin importar cuántos hubiera, traía consigo horror fresco, provocaba pánico, era una prueba para el espíritu, asestaba un golpe definitivo. De cualquier forma, aquellas caídas a través del espacio eran espeluznantemente silenciosas. Los que gritaban eran aquellos que estaban en tierra.

Fue el panorama de los saltadores el que instó al alcalde Rudy Giuliani a decirle a su jefe policial: «Ahora estamos en aguas desconocidas». Fue el panorama de los saltadores el que instó a una mujer a gemir: «¡Dios, salva sus almas! ¡Están saltando! ¡Oh, por favor, Dios, salva sus almas!». Y fue, por último, el panorama de los saltadores el que proporcionó la medida correctiva para esos que insistían en decir que aquello que estaban presenciando era «como una película», pues era un final tan inimaginable como insoportable. Eran estadounidenses respondiendo al peor ataque terrorista de la historia del mundo con actos de heroísmo, con actos de sacrificio, con actos de generosidad, con actos de martirio y, por una terrible necesidad, con un prolongado acto (si estas palabras pueden ser aplicadas a un asesinato masivo) de un suicidio en masa.

La mayoría de periódicos estadounidenses publicó la fotografía que Richard Drew tomó del hombre que cae una sola vez. Diarios de todo el país, desde el Fort Worth Star-Telegram hasta el Memphis Commercial Appeal y The Denver Post, fueron forzados a defenderse contra los cargos que se les imputaba por explotar la muerte de un hombre, quitarle su dignidad, invadir su privacidad y convertir la tragedia en una pornografía de miradas lascivas. La mayoría de cartas de quejas señalaba lo obvio: alguna persona que viera la imagen podría saber de quién se trataba. Aun así, la fotografía de Drew se convirtió de inmediato en algo icónico y prohibido: el sujeto que caía no fue reconocido.

Un editor del Toronto Globe and Mail envió a un reportero llamado Peter Cheney a resolver el misterio. Al principio, Cheney se sintió abatido ante su tarea. Después de todo, la ciudad completa estaba empapelada con volantes mostrando los rostros de los desaparecidos, de los perdidos y de los muertos. Luego se afanó y envió la fotografía digital a una tienda que la hizo más clara y la mejoró. En ese momento empezó a surgir la información: él pensaba que era probable que no se tratara de un hombre negro, sino de una persona de piel oscura, posiblemente alguien de origen latino. Tenía una chiva. Y la camisa blanca que salía de sus pantalones negros no era una camisa, sino que parecía una especie de túnica, el tipo de casaquillas que usan los empleados de los restaurantes.

Las Ventanas Sobre el Mundo, ese restaurante ubicado en los pisos ciento seis y ciento siete de la Torre Norte, perdió a setenta y nueve empleados el 11 de setiembre, así como a noventa y un clientes [2]. Era muy probable que el hombre que cae estuviera entre ellos. ¿Pero cuál de todos podía ser? Después de comer, Cheney pasó una noche discutiendo el asunto con unos amigos, luego se despidió y caminó a través de Times Square: fue pasada la medianoche, ocho días después de los ataques. Los afiches de los desaparecidos todavía estaban por todas partes, pero Cheney logró concentrarse en uno que parecía surgir ante él: un afiche con el retrato de un hombre que trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo de chef de pastelería, vestido con una túnica blanca, que usaba una chiva y era latino. Su nombre era Norberto Hernández. Vivía en Queens. Cheney llevó la impresión mejorada de la fotografía de Drew a la familia y se concentró en el hermano de Norberto Hernández, Tino, y en su hermana Milagros. Ellos dijeron que sí, que era Norberto.

Milagros había visto imágenes de gente saltando aquella terrible mañana, antes de que las estaciones de televisión dejaran de transmitir las escenas. Había visto que uno de los saltadores se distinguía por la gracia de su caída (por su parecido a un clavadista olímpico) y supuso que debía ser su hermano. Ahora lo vio y lo supo. Todo lo que quedaba por hacer era que Peter Cheney confirmara su identificación con la esposa de Norberto y sus tres hijas. Pero ellas no querían hablar con él, sobre todo después de que los restos de Norberto fueran encontrados e identificados por el sello de su ADN, un torso y un brazo. Entonces Cheney asistió al funeral. Llevó consigo la impresión de la fotografía de Drew y se la mostró a Jacqueline Hernández, la hija mayor de Norberto. Ella miró la foto brevemente, luego miró a Cheney y le ordenó que se marchara. Lo que recuerda que le dijo, en medio de su ira, de su ofendido dolor, fue: «Ese pedazo de mierda no es mi padre».

** *

La resistencia a la fotografía, a todas las fotografías, empezó de inmediato. Empezó en el suelo. Una madre susurraba a su distraído niño una mentira piadosa: «Quizá sean sólo pájaros, cariño». Bill Feehan, el segundo al mando del departamento de bomberos, capturó a un peatón que estaba filmando vistas panorámicas de los saltadores con su cámara de video, le exigió que la apagara y le espetó: «¿Es que no tiene ni un poco de decencia humana?». Luego él mismo murió cuando el edificio se vino abajo. En el día de la historia del mundo más fotografiado y grabado, las imágenes de gente saltando fueron las únicas que se convirtieron por consenso en tabú: las únicas imágenes sobre las cuales los estadounidenses se sentían orgullosos de desviar sus ojos. En todo el mundo la gente vio cómo surgía la corriente humana desde la cima de la Torre Norte, pero aquí, en Estados Unidos, lo vimos sólo hasta que las cadenas de televisión decidieron no permitir esas imágenes terribles, por respeto a las familias de aquellos que morían de manera tan pública.

La CNN mostró las imágenes en vivo, antes de que la gente que trabajaba en la sala de redacción supiera lo que estaba sucediendo. Pero luego, después de lo que Walter Isaacson (por entonces director de la sala de redacción de esa cadena) llama «discusiones agonizantes», sólo las mostraron cuando las personas de las imágenes aparecían borrosas y eran imposibles de identificar. Finalmente dejaron de mostrarlas del todo. Y así continuó. En 9/11, un documental extraído de una cinta de video filmada por los hermanos franceses Jules y Gedeon Naudet, los realizadores incluyeron un sampling acústico del estruendo, de las explosiones veloces que los saltadores hacían al momento del impacto, pero editaron y dejaron afuera lo más perturbador de aquellos sonidos: la extrema frecuencia con la que ocurrían. En Rudy, el docudrama protagonizado por James Woods en el papel del alcalde Giuliani, las imágenes de archivo de los saltadores fueron incluidas al principio, pero luego las retiraron. En Here is New York, una extensa exhibición de fotos del 11/9 seleccionadas del trabajo de fotógrafos tanto amateurs como profesionales, la sección titulada «Víctimas» presentaba una sola imagen de los saltadores tomada a una respetuosa distancia. Junto a ella, en la página web de Here is New York, un visitante hace el siguiente comentario: «Esta imagen es lo que me alegró de la censura (sic) en la interminable persecucióncobertura mediática». Más y más, los saltadores –y sus imágenes– fueron quedando relegados a la parte más débil de Internet, esos sitios web provocadores que también trafican con fotos de la autopsia de Nicole Brown Simpson [3] y la cinta de video de la ejecución de Daniel Pearl [4], donde es imposible mirar las imágenes sin tener sentimientos de vergüenza y culpa.

En una nación de voyeuristas, el deseo de enfrentar los aspectos más perturbadores de nuestro día más perturbador fue adscrito de alguna manera al voyeurismo, como si la experiencia de los saltadores fuera, en vez de la parte central del horror, algo tangencial, un espectáculo secundario que debería ser olvidado. Y no fue un espectáculo secundario. Los cálculos más respetados de gente que saltó hacia la muerte fueron preparados por The New York Times y USA Today. Ambas cifras difieren drásticamente. El Times, reconocidamente conservador, decidió contar sólo lo que sus reporteros vieron en las imágenes que recolectaron, y obtuvo la cifra de cincuenta personas. El USA Today, cuyos editores utilizaron historias de testigos y evidencia forense, además de lo que encontraron en video, llegó a la conclusión de que al menos doscientas personas murieron al saltar.

Ambos cálculos de pérdidas humanas son intolerables, pero si el número suministrado por USA Today es acertado, entonces entre el siete y ocho por ciento de aquellos que murieron en Nueva York el 11 de setiembre murieron saltando de los edificios. Esto significa que si consideramos sólo la Torre Norte, de donde proviene la vasta mayoría de saltadores, es probable que el promedio sea una de cada seis personas. Sin embargo, si llamamos al Medical Examiner’s Office de Nueva York para obtener sus propias cifras, no recibiremos una respuesta sino una admonición: «No nos gusta decir que saltaron. Ellos no saltaron. Nadie saltó. Fueron forzados hacia el exterior». Y si buscamos a través de Google con las palabras «¿Cuántos saltaron el 11/9?», caeremos en una especie de trampa, «Fuera. No hay saltadores aquí», en la que la carnada es la necesidad que tiene uno de saber: «Tengo al menos tres entradas en mi computadora que me muestran si alguien está investigando en Google cuántas personas saltaron del World Trade Center. Mi correo del 11 de setiembre hizo mención a ese terrible acontecimiento (sic), de modo que ahora cualquier pervertido que esté buscando eso recibirá el URL de mi página web. Estoy enojado. Lo intenté, pero no puedo encontrar ninguna razón para que alguien quisiera saber algo como eso. Lo que sea. Si es por eso que estás aquí, te fregaste. Ahora lárgate».

Eric Fischl no se largó. Tampoco se dio la vuelta ni desvió sus ojos hacia otro lado. Un año antes del 11 de setiembre había tomado fotografías de una modelo haciéndola rodar por el suelo en un estudio. Pensaba utilizar las imágenes como base para una escultura. Luego había perdido a un amigo que quedó atrapado en el piso 106 de la Torre Norte. Y ahora, mientras trabajaba en su escultura, buscaba la manera de expresar los puntos extremos de sus sentimientos con un monumento a lo que él llama «los puntos extremos de elección» que tuvieron que afrontar las personas que saltaron. Trabajó nueve meses en una escultura de bronce más- grande que- la-vida a la que llamó Tumbling Woman [5], y al transformar a una mujer rodando por el piso en una mujer que rueda a través de la eternidad, logró transfigurar el horror local de los saltadores en algo universal. Logró redimir una imagen considerada irredimible.

Es posible que Tumbling Woman haya sido la imagen redentora del 11/9. Sin embargo, no sólo generó resistencia, sino que fue rechazada. El día en que se exhibió en el Rockefeller Center de Nueva York, Andrea Peyser, del New York Post, la denunció en una columna titulada «Vergonzoso ataque del arte», en la que argüía que Fischl no tenía ningún derecho a sorprender a los neoyorquinos con la destilación de sus tristezas. Argumentaba, en esencia, el derecho a mirar hacia otro lado. Ya que fue basada en una modelo que rodaba por el suelo, la estatua fue tratada como una evocación del impacto, un retrato de violencia literal más que figurativa. «Estaba intentando decir algo sobre lo que todos sentimos», explica Fischl, «pero la gente pensó que yo buscaba quitarles algo que sólo ellos poseían. La gente pensó que yo estaba intentando decir algo sobre las personas que sólo ellos han perdido». Esa imagen no es mi padre. Usted ni siquiera conoce a mi padre. ¿Cómo se atreve a tratar de decirme lo que siento por mi padre? Fischl tuvo que pedir disculpas. «Sentí vergüenza de haber contribuido a intensificar el dolor de alguien». Pero nada importó. Jerry Speyer, un miembro del directorio del Museo de Arte Moderno que dirige el Rockefeller Center, puso fin a la exposición de Tumbling Woman después de una semana. «Le rogué que no lo hiciera», cuenta Fischl. «Yo pensaba que si podíamos mantener la exhibición, emergerían otras voces y saldríamos airosos. Él me dijo: “No lo entiendes. Estoy recibiendo amenazas de bombas”. Le respondí: “La gente que ha perdido a sus seres queridos por el terrorismo no va a bombardear a nadie”. Pero él replicó: “No puedo correr el riesgo”». Y ahí quedó todo.

***

Las fotografías mienten. Incluso las grandes fotografías. Sobre todo las grandes fotografías. El hombre que cae en la imagen de Richard Drew cayó como lo sugería la foto sólo durante una fracción de segundo. Luego siguió cayendo. La fotografía funcionó como un estudio de la verticalidad perdida, una fantasía de líneas rectas con una figura humana que se astillaba en el centro como una púa. Sin embargo, el hombre que cae cayó en realidad sin la precisión de una flecha ni la gracia de un clavadista olímpico. Cayó como el resto, como todos los demás saltadores: tratando de aferrarse a la vida que estaban dejando. Es decir, cayó de forma desesperada, sin elegancia alguna. En la famosa fotografía de Drew, su humanidad concuerda con las líneas de los edificios. En el resto de la secuencia, otras once tomas, su humanidad es una cosa aparte. El hombre no está engrandecido por la estética. Es simplemente un ser humano, y esa humanidad, asustada y en algunos casos en posición horizontal, destruye cualquier otra cosa de ese encuadre.

En la secuencia completa de las fotos, la verdad está subordinada a los hechos que emergen despacio, sin piedad, cuadro por cuadro. En esa secuencia, el hombre que cae muestra su rostro a la cámara en dos cuadros anteriores al que fue publicado, y después de eso hay un develamiento, casi un descascaramiento, como si la fuerza generada por la caída le desgarrase de la espalda su casaquilla blanca. Los hechos que aparecen en la secuencia completa sugieren que Peter Cheney, el reportero del Toronto Globe and Mail, tenía razón en algunos aspectos relacionados con sus esfuerzos por resolver el misterio presentado por la foto publicada de Drew.

El hombre que cae tiene la piel oscura y una chiva. Probablemente se trata de un empleado del servicio de comidas. Parece desgarbado, con la largura y delgadez de su rostro, a manera de un Cristo medieval, posiblemente acentuadas por el empuje del viento y la fuerza de la gravedad. Pero setenta y nueve personas murieron la mañana del 11 de setiembre cuando fueron a trabajar a Las Ventanas Sobre el Mundo. Otras veintiuna murieron mientras trabajaban en Forte Food, un servicio de catering que servía comida a los negociantes de Cantor Fitzgerald. Muchos de los muertos eran latinos y hombres negros de piel ligeramente clara, hindúes o árabes. Muchos tenían pelo oscuro y corto. Muchos tenían bigotes y chivas.

De hecho, a cualquiera que intente imaginar la identidad del hombre que cae, las pocas características que pueden discernirse de las series originales de fotos le generan tantas posibilidades como las que excluyen. Existe, sin embargo, un hecho decisivo. Quienquiera que sea el hombre que cae llevaba una camiseta de color naranja brillante debajo de su camisa blanca. Es ese hecho indiscutible el que revela la fuerza brutal de la caída. Nadie puede saber si la túnica o la camisa, abierta por la parte posterior, está saliéndose de su cuerpo por la fuerza, o si la caída sencillamente está desgarrando la tela y haciéndola pedazos. Pero cualquiera puede notar que lleva una camiseta naranja. Si vieran estas fotografías, los miembros de su familia podrían comprobar que llevaba una camiseta naranja. Podrían recordar incluso si tenía una camiseta naranja, si era el tipo de persona que usaría una camiseta naranja o si usaba una aquella mañana. Seguramente lo sabrían. De seguro alguien podría recordar qué llevaba puesto cuando fue a trabajar esa última mañana de su vida.

Pero ahora el hombre que cae está cayendo a través de algo más que el puro cielo azul. Está cayendo a través de los vastos espacios de la memoria y está tomando velocidad. Neil Levin, director ejecutivo del Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, desayunó en Las Ventanas Sobre el Mundo de la Torre Norte del World Trade Center la mañana del 11 de setiembre. Nunca volvió a su casa. Su esposa, Christie Ferer, no habla de nada relacionado con su muerte. Ella trabaja para el intendente de Nueva York como enlace entre las oficinas del municipio y las familias del 11/9. Y ha volcado en su trabajo toda la energía provocada por un dolor que, antes del primer aniversario del ataque, la hizo visitar a ejecutivos de televisión para pedir que en las emisiones conmemorativas no fuesen a utilizar las escenas más perturbadoras, incluyendo las de los saltadores. También es amiga cercana de Eric Fischl, tal como lo era su marido, de modo que cuando el artista se lo pidió, ella consintió echar un vistazo a la escultura Tumbling Woman. Según sus palabras, la escultura le «revolvió las entrañas», pero sintió que Fischl tenía el derecho de crearla y exhibirla.

Ahora Christie Ferer ha llegado a la conclusión de que la controversia podría haber sido cuestión de tiempo. Quizá fuese demasiado temprano para mostrar algo como aquello. Después de todo, antes de que su esposo muriera, ella había viajado con él a Auschwitz, donde se exhiben rumas de anteojos confiscados y de dientes extraídos en los campos de concentración nazi. «Hoy se pueden mostrar esas cosas –dice– porque aquello ocurrió hace mucho tiempo. Por entonces no hubieran podido mostrar algo así». Sin embargo, sí lo hicieron. Al menos en formato fotográfico, las imágenes de los campos de la muerte en Europa fueron tratadas como actos esenciales de atestiguamiento, sin una consideración especial a las sensibilidades de las personas que aparecían en ellas o de las familias sobrevivientes de los muertos. Fueron mostradas como las fotografías de Richard Drew del recién asesinado Robert Kennedy. Como las fotografías de Ethel Kennedy rogando a los fotógrafos que no tomaran fotos.

Fueron mostradas también como las fotografías de la niña vietnamita corriendo desnuda después del ataque con napalm. Como las fotos del sacerdote Mychal Judge, gráfica e inconfundiblemente muerto, y aceptadas como una suerte de testamento. Fueron mostradas como todo lo que es mostrado, porque al igual que la lente de una cámara, la Historia es una fuerza que no discrimina a nadie. Lo que distingue a las imágenes de los saltadores de las otras que se tomaron antes es que a nosotros –los estadounidenses– se nos pide discriminar en nombre de ellos. Lo que distingue a estas fotos en términos históricos es que nosotros –como patriotas de este país– nos hemos puesto de acuerdo para no mirar dichas imágenes. Docenas, veintenas, quizá cientos de personas murieron saltando de un edificio en llamas, y nosotros hemos asumido sus muertes como indignas de tener testigos.

***

Catherine Hernández nunca vio la fotografía que el reportero llevaba bajo el brazo en el funeral de su padre. Tampoco lo hizo su madre, Eulogia. Su hermana Jacqueline sí lo hizo, y su indignación aseguró que el reportero tuviera que marcharse –quizá fue expulsado– antes de causar más daño. Pero la imagen ha seguido a Catherine y a Eulogia y al resto de la familia Hernández. Para Norberto Hernández no había nada más importante que la familia. Su lema era: «Juntos para siempre». Pero los Hernández ya no están juntos. La fotografía los separó. Aquellas personas que supieron desde el principio que la imagen no correspondía a Norberto –su esposa y sus hijas– se han alejado de otras que contemplaron la posibilidad de que se tratara de él, para beneficio del cuaderno de notas de un reportero. Cuando Norberto vivía, toda su familia, más allá de su esposa y sus hijas, vivía en el mismo vecindario de Queens. Ahora Eulogia y sus hijas se han mudado a una casa en Long Island porque Tatiana, que tiene dieciséis años y se parece a Norberto (cara ancha, cejas oscuras, labios gruesos y oscuros, ligeramente sonrientes), sigue teniendo visiones de su padre en la casa y escuchando en un susurro las insinuaciones de que murió saltando desde una ventana.

–Él no pudo haber muerto saltando desde una ventana.

En todo el mundo, la gente que leyó la historia de Peter Cheney cree que Norberto Hernández murió saltando desde una ventana. La gente ha escrito poemas sobre Norberto saltando desde una ventana. La gente ha llamado a los Hernández y les ha ofrecido dinero, ya sea como caridad o como el pago por una entrevista, porque leyó sobre Norberto saltando desde una ventana. Pero él no pudo haber saltado desde una ventana, eso lo sabe su familia, porque él no hubiera saltado desde una ventana: papi no. «Él estaba intentando volver a casa», comentó Catherine una mañana, en una sala decorada esencialmente con retratos enmarcados de su padre.

–Él estaba tratando de volver a casa con nosotras, y sabía que no lo lograría saltando desde una ventana.

Catherine es una chica encantadora, de piel oscura, ojos marrones, veintidós años, vestida con una camiseta, una sudadera y sandalias. Está sentada en un sofá al lado de su madre, que tiene la piel color caramelo, el pelo cobrizo y tirado hacia atrás, y lleva un vestido de algodón que tiene el color del cielo. Eulogia habla la mitad del tiempo en resuelto inglés, y luego, cuando se frustra con el nivel de las revelaciones, lanza palabras en español disparadas rápidamente al oído de su hija, que traduce: «Mi madre dice que ella sabe que cuando él murió estaba pensando en nosotras. Dice que pudo verlo pensando en nosotras. Sé que suena absurdo, pero ella lo conocía muy bien. Ellos estuvieron juntos desde los quince años». El Norberto Hernández que Eulogia conocía habría soportado cualquier dolor en lugar de saltar desde una ventana. Y cuando murió el Norberto Hernández que ella conocía, sus ojos quedaron fijos en lo que él vio en su corazón: los rostros de su esposa y de sus hijas, y no en la terrible belleza de un cielo vacío.

¿Cuán bien lo conocía, Eulogia? «Yo lo vestía», dice la mujer en inglés, mientras una sonrisa aparece en su rostro al mismo tiempo que una brillante capa de lágrimas. «Todas las mañanas. Recuerdo aquella mañana. Llevaba calzoncillos Old Navy verdes. Tenía medias negras. Tenía un pantalón azul, jeans. Tenía un reloj Casio. Tenía una camisa Old Navy. Azul. A cuadros». ¿Qué usaba cuando ella lo llevó a la estación de metro, como siempre hacía, y lo vio despedirse con la mano mientras desaparecía escaleras abajo? «Él se cambiaba de ropa en el restaurante», dice Catherine, quien trabajaba con su padre en Las Ventanas del Mundo. «Era chef de pastelería, de modo que usaba pantalones blancos o pantalones de chef, usted sabe, blanco y negro a cuadros. Usaba una casaquilla blanca. Debajo tenía que usar una camisa blanca». ¿Y qué tal una camiseta naranja? «No», dice Eulogia. «Mi marido no tenía camisetas naranjas». Hay fotografías. Hay fotografías del hombre que cae mientras caía. ¿Las quieren ver?

Catherine responde que no a nombre de su madre: «Mi madre no debería verlas». Pero luego, cuando sale y se sienta en las gradas del portal delantero, dice: «Por favor, muéstremelas. Apúrese. Antes de que venga mi madre». Cuando mira la secuencia de las doce imágenes deja escapar un llamado ahogado a su madre, pero Eulogia ya está mirando por encima de los hombros de su hija, estirando sus manos hacia las fotografías. Las mira, una después de otra, y luego su rostro queda fijo en una expresión de triunfo y desprecio. «Ése no es mi marido», dice, devolviendo las fotografías. «¿Lo ve? Sólo yo conozco a Norberto». Vuelve a agarrar las fotografías y entonces, después de estudiarlas, sacude su cabeza con un gesto vehemente y definitivo. «El hombre de estas imágenes es un hombre negro». La mujer pide copias de las fotografías para mostrárselas a la gente que cree que Norberto saltó desde una ventana, mientras Catherine sigue sentada en las gradas, con la palma de su mano extendida delante de su corazón.

–Decían que mi padre iría al infierno por haber saltado –dice–. En Internet. Decían que se llevarían a mi padre al infierno, junto con el diablo. No sé lo que hubiera hecho si hubiera sido él. Creo que hubiera sufrido un ataque de nervios. Me hubieran encontrado en alguna institución para enfermos mentales, en algún lugar.

Su madre está de pie en la puerta de enfrente, a punto de entrar en la casa de nuevo. Su rostro ha perdido el beligerante orgullo y se ha convertido otra vez en una máscara de tristeza serena, melancólica.

–Por favor –dice mientras cierra la puerta en una soleada mañana–. Por favor, limpie el nombre de mi marido.

***

Un teléfono suena en Connecticut. Contesta una mujer. Un hombre al otro lado de la línea busca identificar una foto que apareció en The New York Times el 12 de setiembre del 2001. «Dígame cómo es la foto», dice ella. Es una foto famosa, responde el hombre, la famosa foto de un hombre que cae. «¿Es la que llaman la zambullida del cisne en rotten.com?», pregunta la mujer. Podría ser, dice el hombre. «Sí, podría tratarse de mi hijo», dice la mujer. Ella perdió a sus dos hijos el 11 de setiembre. Ambos trabajaban para Cantor Fitzgerald, en la oficina de acciones comunes. Trabajaban espalda con espalda. No, dice el hombre en el teléfono, el hombre de la fotografía es probablemente un empleado de un restaurante. Lleva una casaquilla blanca. Está de cabeza. «Entonces no es mi hijo», dice ella. «Mi hijo tenía una camisa negra y pantalones caquis». Ella sabe lo que su hijo llevaba puesto por su voluntad de saber lo que había sucedido con sus hijos aquel día. Por su determinación de buscar y mirar.

Pero no empezó con esa determinación en absoluto. Ella dejó de leer el periódico después del 11 de setiembre, dejó de ver televisión. Hasta que en Año Nuevo agarró una copia de The New York Times y vio, en una recopilación de fin de año, una fotografía de los empleados de Cantor Fitzgerald apiñándose al filo del precipicio formado por un edificio agonizante. De modo que llamó al fotógrafo y le pidió agrandar y aclarar la imagen. Le exigió hacerlo. Y entonces supo, y supo tanto como era posible saber. Sus dos hijos están en la foto. Uno estaba parado en la ventana, casi con descaro. El otro estaba sentado en el interior. Ella no necesita decir lo que pudo haber pasado luego. «A lo que me aferro es a que mis dos hijos estaban juntos», dice mientras unas lágrimas instantáneas hacen que su voz se alce una octava. «Pero a veces me pregunto cuándo lo supieron. Se ven desconcertados, inseguros, están asustados. ¿Pero cuándo lo supieron? ¿Cuándo llegó el momento en que perdieron las esperanzas? Quizá todo haya sucedido muy rápido». El hombre del teléfono no le pregunta si ella piensa que sus hijos saltaron. Él no tiene que poner las cosas en claro y, de todos modos, ella ya le ha dado una respuesta.

Los Hernández consideraban la decisión de saltar como una traición al amor y como esa condenación al infierno de la que acusaban a Norberto. La mujer de Connecticut considera la decisión de saltar como la pérdida de la esperanza, como una carencia con la que nosotros, los seres vivientes, tenemos que vivir. Ella opta por afrontar los hechos buscando, mirando, tratando de saber qué pudo haber sucedido, realizando una pesquisa bajo la forma de un testigo privado. Ella podría haber optado por quedarse con los ojos cerrados. De modo que ahora el hombre del teléfono le hace la pregunta por la cual la llamó en primer lugar: ¿Cree que usted ha tomado la decisión correcta?

–Tomé la única decisión que podía tomar –responde la mujer–. Nunca podría haber elegido no saber.

Catherine Hernández creyó reconocer al hombre que cae apenas vio la serie de fotografías, pero no pronunció su nombre. «Él tenía una hermana que ese día estuvo a su lado –dice–, y él le dijo a su madre que la cuidaría. Jamás la hubiera dejado sola saltando». Ella explica, sin embargo, que el hombre era hindú, de modo que era fácil imaginar que su nombre fuera Sean Singh. Pero Sean era demasiado pequeño para ser el hombre que cae. Estaba completamente rasurado. Trabajaba en Las Ventanas del Mundo en el departamento de audiovisuales, de modo que probablemente estaría usando camisa y corbata en vez de una casaquilla de chef. Ninguno de los otros empleados de Las Ventanas Sobre el Mundo que fueron entrevistados antes pensaba que el hombre que cae pudiera parecerse a Sean Singh en lo más mínimo.

–Además, él tenía una hermana. Él jamás la hubiera dejado sola.

Un gerente de Las Ventanas Sobre el Mundo miró las fotografías una vez y dijo que el hombre que cae era Wilder Gómez. Luego, unos días después, las estudió con mayor detenimiento y cambió de parecer. No era su pelo. No era su ropa. No era su tipo de cuerpo. Lo mismo sucedió con Charlie Mauro. Lo mismo con Junior Jiménez. Junior trabajaba en la cocina y habría llevado puestos pantalones a cuadros. Charlie Mauro trabajaba en el área de suministros y no tenía por qué usar una casaquilla blanca. Además, Charlie era un hombre muy grande. El hombre que cae parece bastante corpulento en la foto publicada de Richard Drew, pero su figura es casi alargada en el resto de la secuencia. Los demás empleados de la cocina, como el propio Norberto Hernández, fueron eliminados considerando su vestimenta. Los mozos de banquetes podrían haber estado vestidos de blanco y negro, pero nadie recuerda a ningún mozo de banquete que se pareciera al hombre que cae.

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Forte Food era la otra compañía que brindaba servicios de comida y que perdió gente el 11 de setiembre de 2001. Pero todos sus empleados hombres trabajaban en la cocina, lo que significa que usaban pantalones a cuadros o blancos. Y nadie hubiera podido usar una camiseta naranja debajo de la casaquilla blanca. Pero alguien que solía trabajar para Forte Food recuerda a un hombre que solía aparecer por allí, llevando comida para los ejecutivos de Cantor. Un hombre negro. Alto, con bigote y una chiva. Usaba una casaquilla de chef, abierta, con una camiseta de color llamativo debajo.

Nadie en Cantor recuerda haber visto a alguien así.

Por supuesto, la única manera de descubrir la identidad del hombre que cae es llamar a las familias de cualquiera que hubiera podido ser el hombre que cae y preguntarles lo que sabían de sus hijos o de sus maridos o de sus padres el último día que estuvieron en esta tierra. Preguntarles si alguno de ellos fue a trabajar con una camiseta naranja. ¿Pero deberían hacerse esas llamadas? ¿Deberían hacerse esas preguntas? ¿Añadirían sólo dolor a la angustia que ya aquejaba a aquellas personas? ¿Serían preguntas consideradas como un insulto a la memoria del muerto, tal como la familia Hernández consideró la imputación de que Norberto Hernández era el hombre que cae? ¿O serían consideradas como un paso hacia algún acto de testigo redentor?

Jonathan Briley trabajaba en Las Ventanas Sobre el Mundo. Algunos de sus colegas, al ver las fotografías de Richard Drew, pensaron que podría tratarse del hombre que cae. Era un hombre de piel ligeramente negra. Medía más de un metro noventa y cinco. Tenía cuarenta y tres años. Tenía bigotes, una chiva y pelo muy corto. Tenía una esposa llamada Hillary. El padre de Jonathan Briley es predicador, un hombre que ha dedicado toda su vida al servicio de Dios. Después del 11 de setiembre, reunió a su familia para pedirle al Señor que le dijera dónde estaba su hijo. Se lo exigió y utilizó estas palabras: «Señor, exijo saber dónde está mi hijo». Durante tres horas seguidas oró con su voz profunda, hasta terminar de gastarse la gracia que había acumulado durante toda una vida con la insistencia de su petición.

Al día siguiente, el FBI lo llamó. Habían encontrado el cuerpo de su hijo. Estaba milagrosamente intacto.

El hijo menor del predicador, Thimothy, fue a identificar a su hermano. Lo reconoció por sus zapatos: un par de zapatillas negras. Thimothy le sacó una y se la llevó a casa y la guardó en el garaje, como una suerte de conmemoración. Thimothy sabía todo sobre el hombre que cae. Era policía en Mount Vernon, Nueva York, y la semana después de que su hermano murió, alguien había dejado un periódico del 12 de setiembre abierto en el vestuario. Vio la fotografía del hombre que cae y, con rabia, se rehusó a volver a mirarla. Pero no pudo tirarla. Al contrario, la guardó en la parte inferior de su casillero. Allí, al igual que la zapatilla negra en el garaje, se convirtió en un objeto permanente.

La hermana de Jonathan, Gwendolyn, también sabía acerca del hombre que cae. Ella había visto la fotografía el día en que la publicaron. Ella sabía que Jonathan tenía asma, y en medio del humo y el calor habría hecho cualquier cosa por respirar. Ambos, tanto Thimothy como Gwendolyn, sabían qué usaba casi siempre Jonathan cuando iba a trabajar. Usaba una camisa blanca y pantalones negros, junto con las zapatillas negras. Thimothy también sabía lo que Jonathan solía llevar debajo de su camisa: una camiseta naranja. Jonathan Briley usaba esa camiseta naranja para ir a cualquier sitio. Usaba esa camiseta naranja todo el tiempo. La usaba tan a menudo que Thimothy solía burlarse de su hermano: ¿Cuándo te librarás de esa camiseta naranja, flaco?

Pero cuando Thimothy identificó el cuerpo de su hermano, no pudo reconocer su ropa, a excepción de sus zapatillas negras. Y cuando Jonathan Briley fue a trabajar aquella mañana del 11 de setiembre de 2001, salió de casa temprano y se despidió de su esposa mientras ella todavía dormía. Ella nunca vio la ropa que llevaba puesta. Después de enterarse de que su marido estaba muerto, empacó sus cosas, se libró de ellas y nunca hizo un inventario de los artículos específicos que podrían haber faltado. ¿Será Jonathan Briley el hombre que cae? Podría serlo. Pero quizá no saltó desde la ventana como una traición al amor o porque perdió la esperanza. Quizá saltó para cumplir con los términos de un milagro. Quizá saltó para acercarse a su familia. Quizá no saltó en absoluto, porque nadie puede saltar a los brazos de Dios.

Sí, Jonathan Briley podría ser el hombre que cae. Pero la única certeza que tenemos es la que teníamos al empezar la búsqueda: quince minutos después de las 9:41 a.m. del 11 de setiembre de 2001, un fotógrafo llamado Richard Drew tomó una fotografía de un hombre cayendo a través del cielo, cayendo a través del tiempo y del espacio. La imagen dio la vuelta al mundo y luego desapareció, como si hubiéramos renunciado a ella. Una de las fotografías más famosas de la historia de la humanidad se convirtió en una tumba sin nombre, y el hombre enterrado dentro del encuadre, el hombre que cae, se convirtió en el Soldado Desconocido de una guerra cuyo final no hemos visto todavía. La foto de Richard Drew es todo lo que sabemos de él y, sin embargo, todo lo que sabemos de él se convierte en una medida de lo que sabemos sobre nosotros mismos. La fotografía es su cenotafio y, como todos los monumentos dedicados a la memoria de los soldados desconocidos en todas partes, nos pide que la miremos y hagamos un simple reconocimiento.

Es decir, que hemos sabido todo el tiempo quién es el hombre que cae.

¡Thawra!

Publicado: 3 noviembre 2011 en Témoris Grecko
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Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente de la camioneta y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Jaled quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los cientos o miles de mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría: matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja era de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Jaled no tenía idea de por qué: su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El mercenario encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Thawra, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las nubes grises y el mal tiempo se apartaban por una horas. Jaled trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

―No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano-. ¿Qué significa lo siguiente?
―No nos podemos defender.
―¿Por qué?
―Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.
―¡La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande Libia, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De esas reservas recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Moamar Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero pasado en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los habitantes de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Había destrozos: alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien me hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… protegimos todo”. La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Thawra parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza áerea desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara.

De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28 de febrero, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió a Gadafi conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportarla. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron las poblaciones perdidas…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente el arsenal que le vendieron las grandes potencias y con ellos masacró a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían cuidado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar, Ali Hassan Al Jaber, murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo una estampida hacia Tobruk y Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”, decía el dictador.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el ex presidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el ex presidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

En ese momento, la posibilidad de que el Consejo de Seguridad de la ONU decidiera ponerle límites a Gadafi parecía nula, y el balance de fuerzas estaba de su parte: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica.

Jaled sentía la necesidad de rezar, como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructura, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño (apenas seis millones de habitantes en un territorio del tamaño de México) que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor el estado de ánimo de la gente. Cuando llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, y su carácter distintivo era el optimismo.

Los bengasíes no se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Los rezos del viernes 4 de marzo fueron los del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad. Un poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días o una semana, y triunfarían.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir todo su armamento y utilizarlo. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdió el territorio conquistado y Ajdabiya quedó en peligro. Las oraciones del viernes 11 fueron las de la consternación, la preocupación y el miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no dejará a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En las pesadillas de los bengasíes no sólo aparece Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi. Las autoridades llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas para tirar de él hacia abajo, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos.”

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la céntrica plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes —Jaled entre ellos— respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, respondían las decenas de miles de gargantas.

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba la ceremonia masiva al lado de Nasser Haddar, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Thawra. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estábamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al checkpoint entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Bin Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturado por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes lo habían abandonado.En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no percibimos indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército.

Era el punto de vanguardia y había un inmenso desorden. Los combatientes serios —algunos soldados y ex soldados— eran una minoría. Casi todos los demás eran hombres de diversas edades, en especial jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas extraídas de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban al frente. No existían mandos, ni estructura. Cada quien hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión causada por decenas de improvisados que jugaban con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran los favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Intentaban sostenerlos una sola mano, como Rambo, pero a veces perdían el control y el arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Nuestro chofer y Ajmed Fatji, un militar que se pasó al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fatji, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios derrocaron a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi reaccionó lanzando a sus fuerzas a reprimir, y mataron a muchos. La respuesta de la gente fue tomar las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local —abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos—, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque casi ningún libio había visto alguna vez a un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En contra de Gadafi, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como inexperiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Thawra. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa?

Mis primeras impresiones fueron poco menos que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli? La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”, dijeron en cada encuentro con los medios.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados e incluso algunos compañeros ya retirados. Como todos se robaban la palabra, un viejo ex piloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorprendió un poco. “Yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él sólo se encogió de hombros. Nos salimos.

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto veterano en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, atrajo a una multitud de adolescentes a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador dentro y fuera de Libia, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África; por ello invirtió enormes recursos para comprar influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y ha vivido temiendo que le hagan lo mismo a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos, mientras formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilibrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de mercenarios le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con millones de dólares en efectivo para hacerlo), a estos extranjeros no les interesará darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los mercenarios.

Estos mercenarios suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto alimenta el racismo de muchos en la mayoría árabe, de tez mucho más clara. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a supuestos mercenarios con cascos amarillos atacando a civiles en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar y el momento equivocados (hay unos 500 mil trabajadores inmigrantes de otras naciones africanas en Libia).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El recién formado Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos mercenarios detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. Lo entendí mejor al encontrarme con algunos casos, como en el policlínico de Brega, donde había un hombre y dos de sus hijos, de 14 y 11 años, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. El menor tenía un gemelo idéntico, que murió en la acción. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

La táctica de los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (desde aviones, barcos y submarinos, o utilizando la artillería). Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se marchaban a dormir, las fuerzas de tierra avanzaban, ocupando posiciones silenciosamente.

El plan de Jaled y sus compañeros thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado su operación, encontraron a un grupo de rebeldes muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, Jaled vio a su amigo desplomarse de un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y luego al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus amigos. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Luego vio al mercenario, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó durante horas sin luz, trastabillando, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran rebeldes bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se enfrentó a él, había organizado una operación sorpresa. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos. La noticia reanimó a muchos en Bengasi, entre ellos a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin habían actuado: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana las fuerzas del dictador habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Thawra. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Jaled Said ganó la batalla después de muerto. Como el Cid Campeador. Pero más aún: Jaled la inició y resultó victorioso muchos meses después de que policías egipcios lo asesinaran a golpes. Su madre sostenía un pequeño cojín blanco con su fotografía cuando llegó la noticia, casi inesperada, sorprendente, todavía increíble: el dictador Josni Mubárak había renunciado a la presidencia. Mejor dicho, lo habían obligado a renunciar, pero el detalle no importaba.

A las 6 de la tarde del 11 de febrero pasado, en el departamento del piso noveno de un edificio que da a la midan Tahrir (plaza de la Liberación), corazón de El Cairo, de Egipto y de esta Revolución de 18 días, los jóvenes del Movimiento 6 de Abril vieron el mensaje de apenas 30 segundos que dirigió el vicepresidente Omar Suleimán, y saltaron en una alegría confusa, preguntándose si era cierto lo que escuchaban, bailando con lágrimas y carcajadas.

Y la madre de Jaled —con gafas de aumento, un chal azul en la espalda y un velo negro sobre el cabello— buscó asiento para evitar un desmayo. Respiró. Comenzó a llorar. Su hermano y su hija se acercaron a abrazarla. Besaron la imagen de Jaled. Los activistas y los reporteros extranjeros se formaron para hacer lo mismo. En las últimas 24 horas, desde que Mubárak había hablado a la nación para hacer gala de terquedad, su derrota parecía lejana, faltaban muchos días y semanas de lucha. Ahora era la victoria de todos. El triunfo de Jaled después de muerto.

En la plaza, la mayoría de los cientos de miles de manifestantes, muchos de los cuales llevaban 18 jornadas acampados allí, no estaba al tanto de que Suleimán hablaba. Caía la oscuridad y la gente estaba distraída en las tres actividades principales que se realizaban en lo que los entusiastas llamaron la “República de Tahrir” (o, traduciéndolo, República de la Liberación): marchar y corear consignas, debatir apasionadamente, y pelear un lugar frente a cualquier tipo de cámara (de televisión, compacta o de teléfono móvil, nacional o extranjera) para expresar sus opiniones.

De repente, en el escenario principal donde algunos habían escuchado al vicepresidente, nació un grito poderoso que creció como una ola inmensa: “¡Mubárak se fue!” Los gestos en los rostros no lograban completar la transición entre la incredulidad y el júbilo. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Lo habrían matado? ¿Habría caído enfermo? ¿O escapó del país? Detalles. Minucias en ese momento.

Los desconocidos se abrazaban. Nunca antes recibí tantos besos masculinos. Yo lamentaba que en este país las chicas no los dieran a los hombres. Encontré a Andrea Walden, una anarquista estadounidense de 22 años, que había venido a atestiguar una revolución. Curtida en enfrentamientos con la policía de California y en luchas en Palestina, normalmente parece madura y controlada. En ese momento, la felicidad la hacía lucir como una niña llorosa. Rodeada de jóvenes hombres egipcios, las restricciones sociales le impedían brindarles los abrazos que la emoción demandaba. No tuve más remedio que ayudarle con eso.

Fue distinto con Alshimaa Helmy, una cíber-activista musulmana de 21 años, a quien llamamos simplemente Shimaa. Nada de contacto físico más allá de las manos. Todo fluía por sus ojos y por su voz, a la que el enronquecimiento de semanas de pelea y gritos le había dado el tono de un muchacho adolescente, y que me transmitía la fuerza de su emoción. “¡Se fue, se fue, se fue, se fue!”, decía como si tratara de convencerme a mí y a sí misma, “¡se fue!”.

“Hemos sido nosotros”, dijo algunas horas más tarde. “Los árabes, los egipcios en quienes yo ya no creía más”. No sé si lloró en algún momento de esa noche de celebración. No me pareció que lo hiciera. Sólo me sonreía con esa cara ingenua y esos ojos de quien ha ganado la primera de muchas batallas que librará. Jaled Said levantó a los egipcios de su sueño. Toca a Shimaa y sus contemporáneos mantenerlos despiertos.

LISTA DE QUEJAS

“¿Por qué los tunecinos sí pueden y nosotros no?”, se preguntaba Shimaa después de que el 14 de enero, una revuelta civil terminara en Túnez con el gobierno de 32 años de Zine el Abidine Ben Ali. “No, esto no va a pasar aquí. Y no me importa, me voy a ir de este país”, pensaba.

Su escepticismo era compartido por muchos dentro y fuera de Egipto. En particular, Shimaa se había sentido decepcionada después de que fracasó la primera protesta por la muerte de Jaled Said, de 28 años. Lo atacaron agentes uniformados en un café internet de la ciudad de Alejandría, en la costa del Mediterráneo, el 6 de junio de 2010. Jaled había grabado en un video a policías que se repartían el dinero producto de una extorsión y lo había subido a YouTube. Lo golpearon salvajemente en el local y en la calle. Hasta matarlo. Las autoridades lo describieron como distribuidor de droga.

Otros activistas crearon el grupo “Todos somos Jaled Said”, en Facebook, y llamaron a protestar en Alejandría y en El Cairo el 25 de junio de 2010. “Nos convocaron a reunirnos junto al Nilo”, recuerda Shimaa, quien acudió pero se mantuvo a cierta distancia, calculando el riesgo de acercarse. “En Facebook, había dos mil miembros, pero en el acto sólo había unos 100, frente a dos mil policías. Los golpearon, arrestaron a algunos, a otros los subían a la fuerza a los taxis y los mandaban a casa. Pensé que no tenía sentido participar así, me pareció que era una pérdida de tiempo, todo en vano. Estaba muy deprimida y me enfocaba en escapar de aquí”.

Después de lo de Túnez, la sensación de que las cosas no eran inmutables en el mundo árabe se extendió a otros países y, en Egipto, desde páginas como “Todos somos Jaled Said” y la del Movimiento 6 de Abril (un grupo de jóvenes profesionales que apoyaron una huelga obrera realizada en esa fecha de 2008) convocaron a una manifestación antigubernamental para el martes 25 de enero de 2011.

Los dos hermanos menores de Shimaa la convencieron de vencer la apatía y los tres fueron a uno de los distintos sitios de El Cairo donde debía reunirse la gente, en la estación de metro Nasser. Constataron con sorpresa que llegaba mucha gente. Pasajeros del transporte público se bajaban para sumarse. Marcharon hasta la plaza Tahrir “donde había otra enorme demostración; cuando vi la cantidad de personas pensé que esto no estaba pasando, no podía creerlo, mirar a estas multitudes, los ecos de las voces, era increíble, yo estaba riendo tanto con mi hermana, y saludábamos a la gente. Después llegó otro enorme contingente desde Giza. Como a las 3 de la tarde éramos mil, para la puesta del sol, ¡ya sumábamos 50 mil!”

La seguridad del Estado atacó “con palos y armas de fuego”, continúa Shimaa. “Trataron de rodearnos, y de pronto vimos piedras arrojadas por la policía que pasaban por encima de nosotros, nos dio mucho miedo y empezamos a correr. No esperábamos que eso pasara: estaban golpeando gente, lanzaban gas lacrimógeno, nos atacaban con cañones de agua. Mi hermana se cayó, lloraba, todos llorábamos, tosíamos, era horrible”. Eran días de conflicto y la joven me daba la entrevista frente a sus amigos, que la escuchaban. “Entonces encontré la lata de una de las bombas de gas, y descubrí que había caducado, expiraba en 2008, ¡y la usaban en 2011!”

“¿Vas a presentar una queja porque te arrojaron bombas viejas?”, bromeé. Algunos rieron. Ella no estaba para eso: “¡Me voy a quejar por muchas, muchas cosas! ¡Tengo una lista!”

LA CRUZ Y LA MEDIA LUNA

En esa jornada murieron tres manifestantes y un policía, según las autoridades. Aunque en los días siguientes la cuota de sangre creció, en lugar de arredrarse, la gente les perdió el miedo a las fuerzas de seguridad. Al finalizar la oración del viernes (el momento más importante de la semana musulmana), el 28 de enero, la gente salió de las mezquitas para protagonizar el llamado “Día de Furia”, en protesta por la represión.

“Era totalmente increíble”, recuerda Shimaa, “éramos tres millones en El Cairo y ocho millones en todo Egipto, en Alejandría, en Mansura, en Suez, en Asuán. Y las organizaciones políticas, que habían estado a la expectativa, empezaron a sumarse: los marxistas, los liberales, la Hermandad Musulmana…”

El diez por ciento de los 83 millones de habitantes de Egipto había salido a las calles. La policía cambió los palos por balas, pero ya no asustaba a los manifestantes. El presidente Mubárak, que durante 30 años había gobernado en solitario, con el poder de una ley de emergencia permanente (que permite detener personas por tiempo indefinidos, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación, todo sin dar explicaciones) y sin vicepresidente, de pronto encontró uno, Omar Suleimán, su amigo cercano y temido jefe de los servicios de espionaje. Los opositores rieron cuando la televisión presentó el nombramiento como una respuesta a sus demandas.

Ante el fracaso de la represión oficial, Mubárak optó por una táctica inesperada: hacer que el pueblo extrañara su mano dura. Mubárak verdaderamente se creía padre de los egipcios y su castigo para los majaderos era faltar, que se dieran cuenta de cuánto lo necesitaban. Les había dicho que él tenía que quedarse hasta septiembre, cuando terminaba su periodo, porque sólo él podía garantizar la seguridad: yo o el caos.

Después de que la policía perdió varias escaramuzas frente a los manifestantes, entre ellas una épica disputa en un puente sobre el río Nilo, de golpe desapareció de las calles.

“Se fue”, narra Shimaa, “sentimos que era nuestra victoria. Pero las caras de la gente cerca de mí empezaron a cambiar. Traían palos y parecían sospechosos. Todo se llenó de coches quemados, el enorme edificio del PND (Partido Nacional Democrático, el de Mubárak) estaba en llamas, y también las estaciones de policía, todas quemándose al mismo tiempo. Se metieron al Museo Egipcio y destruyeron piezas. ¿Quién podía organizar eso? La televisión del Estado, que nos había ignorado todos esos días, empezó a mostrar imágenes de la destrucción y a decir que habíamos sido nosotros. A mucha gente le dio miedo el desorden”.

Al mismo tiempo, los medios gubernamentales difundía rumores: que los manifestantes que ocupaban la plaza Tahrir estaban pagados (200 euros y una caja de pollo KFC diarios, decían), que los jóvenes que iniciaron el movimiento estaban manipulados por extranjeros que les hablaban a través de Facebook, que detrás del descontento operaban agentes secretos de varios países (Irán e Israel, Estados Unidos y Líbano) y que los periodistas occidentales y de otros países árabes (en particular la cadena de Qatar, Al Jazeera) trataban de destruir Egipto.

A nivel internacional, la diplomacia egipcia esgrimía otra variante del argumento preferido de Mubárak: yo o el islamismo. El dictador se hizo indispensable para sus aliados occidentales porque apoyaba al Estado de Israel y porque, según él, se trataba de la única persona capaz de impedir que Egipto cayera en manos de los supuestos “extremistas” de la Hermandad Musulmana, un importante grupo de oposición, al que falsamente ligaba con Al Qaeda. Una serie de ataques mortales contra iglesias y grupos de cristianos, ocurridos en el último año, parecían confirmar su argumento.

No era lo que se veía en la manifestaciones, sin embargo. Una cruz y una media luna entrelazadas, de una forma que recuerda a la hoz y el martillo, simbolizaban el respeto y la colaboración entre cristianos y musulmanes. En Tahrir las vi en muchas variantes: dibujadas con piedras sobre el pavimento, así como en carteles y banderas. Sobre todo los domingos, cuando los sacerdotes realizaban pequeñas ceremonias resguardadas por musulmanes.

Durante los duros enfrentamientos, cuando la policía arrojaba poderosos chorros de agua y los partidarios de Mubárak atacaban con piedras y balas, la obligación islámica de rezar cinco veces al día ponía a los fieles en situación muy vulnerable. Pero cuando ellos se inclinaban a orar, los cristianos se abrazaban para formar un muro de protección para sus compañeros.

LOS MOTIVOS DEL JIYAB

“Tendrán que hacerse investigaciones, pero es muy probable que los ataques contra cristianos los haya organizado el gobierno”, opina Shimaa. “Lo mismo ocurre con los rumores de que los cristianos secuestran a mujeres que se convierten al Islam. Es la regla básica: divide y vencerás”.

Shimaa y las revolucionarias de Tahrir desmienten prejuicios occidentales hacia las musulmanas que se cubren con velos el cabello y, a veces, el rostro. Se cree que una mujer así ha renunciado o ha sido despojada de su independencia y de su voluntad, que está totalmente sometida. Lo contrario se vio, por ejemplo, en los contingentes femeninos que con frecuencia marchaban dentro de la pequeña República de Tahrir, incansables, durante horas, con entusiasmo que hacía pensar que acababan de comenzar a caminar.

En Egipto, como ocurre en otras sociedades árabes, los hombres tienen una presencia aplastante y excluyente en la vida pública. En el vuelo que tomé de Trípoli (Libia) a El Cairo, por ejemplo, los pasajeros éramos 42 hombres y una sola mujer. Debido al conflicto, en esta ocasión no había servicio público de autobuses, pero en marzo del año pasado, uno que me llevó del aeropuerto a la ciudad parecía tener la marca “women-free”, no por la liberación femenina, por supuesto, sino porque estaba libre de mujeres.

En los medios urbanos, la participación femenina es mayor, pero sigue siendo escasa. El movimiento me sorprendió, sin embargo, por la fuerte presencia de mujeres, jóvenes y no tanto. Esto no es Irán, claro está, aquí son pocas las mujeres que ejercen liderazgo. La noticia es que las hay, contra lo que yo esperaba. Y sin quitarse los velos: a veces llevan el niqab (un vestido holgado negro que sube todo el cuerpo y sólo permite ver los ojos) y otras, el jiyab (pañuelo sobre el cabello y ajustado al mentón).

Como Shimaa, quien con sus 21 años, está en el último año de la carrera de biotecnología e ingeniería genética. Hija de padres islámicos, ella no lo es por imposición: “Hay gente que es emocionalmente religiosa; hay otros que nacieron musulmanes y nunca han pensado al respecto. Yo me he hecho muchas preguntas y sé bien que soy musulmana”. Por eso usa el jiyab: “Mi cuerpo y mi belleza son sólo para mí y para la gente que significa mucho en mi vida. No quiero mostrarlos a nadie. Creo que lo que debe importarle a la gente es mi personalidad, lo que tengo dentro de mi corazón, mis sentimientos, y ya. Mi aspecto físico no debería ser relevante”.

El niqab, por otro lado, no le gusta: “Cuando pienso en cubrir mi rostro, quiero que puedan ver mis reacciones, tener contacto visual con la persona con la que hablo”. Cuando pregunté si su participación política no entraba de alguna manera en conflicto con su religión, ella repuso que siente que ser útil para otros es su deber, ya que, “si eres musulmán, se espera que seas activo en la sociedad, si no, traicionas a tu propia gente, eres injusto”.

LA MICRO-FEUDALIZACIÓN DE EGIPTO

Mubárak había decidido cobrarle caro la osadía al pueblo. El turismo es una de las fuentes de ingreso más importantes para Egipto y, después de una campaña de extremistas islámicos que dejó decenas de turistas muertos en 1997, y de otra que lanzaron palestinos contra visitantes israelíes en la década pasada, el país HIZO un esfuerzo enorme para mejorar su imagen y convencer al mundo de que las condiciones de seguridad eran las mejores y de que los extranjeros serían muy bienvenidos.

El dictador echó todo por la borda. Las primeras en recibir la consigna de atacar fueron las bandas pro-Mubárak, compuestas por los policías que debían ofrecer protección y ahora, vestidos de civil, generaban destrucción; por bandidos y niños sin hogar que actuaban a cambio de algunas monedas; y por unos cuantos simpatizantes de verdad. En pandillas chicas y grandes recorrían la ciudad en busca de enemigos, y los periodistas y los extranjeros lo eran.

Estas pandillas eran lo peor. Muchos egipcios murieron por sus palizas. Varios reporteros fueron heridos, entre ellos uno por puñal. Los agentes de civil eran apenas menos peligrosos. Si a uno lo iban a detener, una vez que los arrestos injustificados se convirtieron en una herramienta (inútil) para impedir que la prensa informara de lo que estaba pasando, era preferible caer en manos de los militares. El Comité para la Protección de Periodistas elaboró una lista de más de 140 colegas que habían padecido abusos, golpizas, detenciones, secuestros y robos en sólo 18 días de conflicto.

Después vino la campaña en televisión que denunciaba a la prensa y a los supuestos agentes de otros países. La mentira se repitió tantas veces que impactó entre los revolucionarios, incluso en la plaza Tahrir. En los distintos accesos de la “frontera” entre la pequeña “República” y “Egipto”, controlados por dos líneas de opositores con el apoyo de uno o varios tanques del ejército (cuya posición supuestamente neutral le permitía mantener presencia allí), me sometían a torpes interrogatorios y revisiones que a veces terminaban con mi entrega a los soldados, quienes con igual falta de habilidad trataban de asegurarse de que yo no era agente secreto.

Ya en la plaza, abundaban los caza-espías autodesignados. Se acercaban a los extranjeros, hacían preguntas, tomaban fotos y video. Algunos egipcios querían ayudarnos, pero esto sólo derivaba en discusiones. Era peligroso: una vez que alguien empezaba a gritar que había encontrado a “un israelí” o algo similar, no se podía argumentar: una masa violenta se lanzaba a la persecución, con empujones, golpes y patadas. En ocasiones, los manifestantes más conscientes podían formar cadenas de protección, otras no. Hasta donde sé, los incidentes terminaban con la entrega del zarandeado “agente” a los militares.

Aunque se trataba de una minoría (en general, los revolucionarios se nos acercaban a agradecer la atención que le dábamos a su movimiento), eran persistentes y creaban un obstáculo extra. Porque circular por El Cairo ya era difícil: Mubárak no sólo retiró a la policía de las calles, también de las cárceles. Esto provocó el escape de miles de reos peligrosos y sin dinero, que de inmediato se dispersaron por las ciudades desprotegidas a robar y matar. Ése era el costo de ofender al gran padre de los egipcios.

Los vecinos improvisaron cuerpos de vigilancia que ayudaron a defender sus propiedades, pero contribuyeron al caos. El país quedó dividido en una infinidad de fragmentos autónomos, en donde se desconfiaba de todo aquel a quien no se conociera. El recorrido de mil 500 metros desde mi hotel hasta la plaza Tahrir podía tomar horas de explicaciones y revisiones. En cada cuadra había dos, tres o más grupos activos, a los que me acercaba sin saber si eran pro-Mubárak, anti-gobierno o neutrales.

Su organización era mínima, si es que la había. Se juntaban los que llegaran, sin jerarquías, sin entrenamiento ni idea de nada. No se ponían de acuerdo porque todos estaban intoxicados por el sentimiento de autoridad. Si después de revisar mis cosas y documentos, un adulto se daba por satisfecho y accedía a dejarme ir, un adolescente de bigotillo ralo salía con otra idea, manoseaba las páginas de mi pasaporte con dedos sucios y preguntaba con cara de inteligente: “México, ¿eh? ¿Cuál es la capital de México?” “Ciudad de México”. “Sí, pero ¿cómo se llama esa ciudad?”

Por si algo faltara, las comunicaciones estaban interrumpidas. Con la idea de evitar que la oposición se organizara, el gobierno cortó los servicios de internet y de telefonía móvil. Fueron víctimas de las exageraciones banales de ciertos medios de comunicación, que llamaron al movimiento iraní de 2009 “revolución Twitter” y ahora apodaban a ésta “revolución Facebook”: la red sirvió al principio para activar a la gente, pero el gran acierto de los activistas fue trasladar el mensaje de la pantalla al mercado y el autobús, porque cinco sextas partes de los egipcios no tienen acceso a internet. Donde sí pegó el bloqueo fue en las empresas. Por ejemplo, Egypt Air, la aerolínea nacional, simplemente fue incapaz de seguir trabajando y suspendió todas sus operaciones, lo que dejó a miles de pasajeros en tierra.

El impacto en la economía de la micro-feudalización del país, del cíber-apagón, de la campaña contra los extranjeros y de la violencia en general, todavía no ha sido evaluado en su totalidad, pero estimaciones preliminares evalúan las pérdidas en 310 millones de dólares diarios, y una caída en las previsiones de crecimiento del producto interno bruto de 5.3 por ciento al 3.7 por ciento.

¿CÓMO CRECERÁN LAS FLORES?

Eso ocurría en “Egipto”. En la República de Tahrir, la prioridad era la defensa del territorio. El ejército, que insistía en que no usaría la fuerza contra “su pueblo” (a pesar de lo cual secuestraba y torturaba, según denunciaron grupos de derechos humanos), se hizo a un lado para dejar pasar a los simpatizantes de Mubárak, que en la noche del miércoles 2 de febrero y a lo largo del jueves 3 usaron palos, bombas Molotov y armas de fuego para atacar los accesos, principalmente el que viene del oeste desde el Nilo, a un costado del Museo Egipcio. Los francotiradores asesinaron a un número indeterminado de personas.

Ahmed el Misikawi peleó duro en los enfrentamientos. Cuando lo conocí, me sorprendió el número de sus heridas: este hombre alto, de unos 30 años, tenía curaciones en el centro de la amplia frente, en un hombro, en una mano y en un pie, además de un ojo morado. La primera la causó una roca que dejaron caer desde un puente cerca de la plaza y le pegó en la cabeza. Ahmed corrió a una de las clínicas que improvisaron los revolucionarios en distintos puntos de la plaza. Lo atendieron y regresó a la pelea. Esto se repitió una y otra vez.

“No importa, no te fijes, ¡eso no importa!”, decía en respuesta a mi interés. “Lo mío no fue nada. Te enseñaré lo que sí importa”. Me mostró la portada de un periódico con ocho fotos de personas. Unas estaban destrozadas a golpes. Otras eran jóvenes vivos. Me impresionó en particular la de una chica de cabello ondulado, que mira a la cámara con sonrisa y ojos coquetos, graciosos. “A ellos los mataron”, lamentó Ahmed mientras pasaba un brazo por mis hombros. “Los asesinó Mubárak”.

Un recuento preliminar de Human Rights Watch contabilizó 365 muertos y 5,000 heridos durante la Revolución, sin especificar detalles. Se espera que la lista crezca porque el régimen ocultó crímenes.

La “República de Tahrir” funcionaba muy bien, a pesar del caos. Era una especie de anarquía autogestionada en la que cada quien se hacía cargo de una tarea: el que quería ayudar, buscaba una bolsa y recogía basura, o traía martillos para arreglar desperfectos, o daba talleres de caricatura política, etcétera. Uno montaba su habitáculo (tiendas de campaña o simples montones de plásticos) donde quería, aunque existía una tendencia a formar secciones profesionales: aquí, los electricistas, allá, los actores y cantantes; en esta parte, los abogados; por ahí, los alumnos de tal escuela; esos de al lado eran campesinos. Y abundaba la generosidad: la gente llegaba con comida y bebida para repartir; una noche en que yo temblaba bajo mi delgado saco de dormir, un desconocido se acercó sin preguntar y me colocó una manta encima. Otra tarde me regalaron una carpa (y eso que algunos sospechaban que yo era espía de Washington y Teherán al mismo tiempo).

Era una muestra pequeña de la diversidad de esta revolución, que unía en el rechazo al régimen a egipcios de todos los grupos sociales y de cada punto geográfico. Y que coincidía, además, en un punto innegociable: Mubárak se tenía que ir. Era la demanda original. Los 365 muertos la habían grabado en piedra. Cualquier solución que implicara la permanencia del dictador sería vista como traicionar a Jaled Said y a los demás shuhada (mártires). Omar El-Shennawy, un profesor de inglés de 21 años, hizo un gesto sobre el pavimento de una avenida en Tahrir al decirme: “Aquí cayeron nuestras lágrimas y aquí cayó nuestra sangre. Si él no se va, ¿cómo crecerán las flores?”

Rezaba un cartel: “Hitler mató al pueblo judío. Mubárak, tú mataste a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”

Y EL FARAÓN SE FUE

El vicepresidente Suleimán llamó a los partidos de oposición a dialogar. Prometió reformas, elecciones libres, castigo a ex ministros seleccionados para ser chivos expiatorios, casi cualquier cosa, siempre que se permitiera al presidente concluir su periodo en septiembre. “¿Qué necesitas hacer en ocho meses que no hayas podido hacer en treinta años?”, preguntaban los carteles en Tahrir.

La jugada de Suleimán –comprometer a los políticos en negociaciones y aislar así a los revolucionarios— fracasó porque los primeros (desde los liberales hasta los musulmanes) siempre supieron que sólo se representaban a sí mismos, que no podía tomar decisiones en nombre de los manifestantes y que había una línea roja clarísima que nadie podría cruzar: Mubárak se tenía que ir.

Una vez que se comprobó que el movimiento no perdía fuerza, sino que seguía creciendo en número (las manifestaciones de los martes y los domingos se sucedían rompiendo récords, extensión (se sumaban más grupos sociales y poblaciones, hasta que hubo seis mil centros de trabajo en huelga) e iniciativa (algunos llegamos a pensar que el movimiento se conformaba con aislarse en la plaza Tahrir, pero los manifestantes salieron a bloquear el parlamento, ministerios, la televisión y la casa presidencial), las demandas de que el presidente renunciara se extendieron hasta que el jueves 10 de febrero, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, el jefe de la CIA estadounidense y hasta el nuevo presidente del PND, anticiparon que Mubárak daría un discurso esa noche para renunciar. Era una oportunidad que los militares le daban para dirigirse a la nación y presentar su salida como mejor pudiera.

Las intenciones del presidente eran otras. Su amigo Ben Ali había tenido que escapar de Túnez en un avión que ningún país quería recibir, hasta que llegó humillado a Arabia Saudí. En su imaginación, Mubárak está seguro de merecer honores, no rechazo, por sus servicios al pueblo, al que ese día le habló en un tono cálido y paternalista. En Tahrir, la gente mostraba incredulidad cuando escuchaba al dictador decir que el descontento no tenía que ver con él en lo personal, que era un héroe que había defendido a su país, que moriría y sería enterrado en su suelo y que gobernaría hasta septiembre.

Algunos colegas percibieron rabia, frustración y tristeza entre los manifestantes. Yo no. Sentí, más bien, una determinación renovada de seguir adelante. “Él no se va, nosotros tampoco”, coreaba la gente. “Iremos hasta donde tengamos que ir”, reflexionaba Shimaa, “no tenemos miedo, es nuestro deber”.

Al día siguiente, viernes, se esperaba una manifestación todavía más grande y quedaba la expectativa de qué harían los generales, después de que el presidente los había hecho parecer tontos. La plaza Tahrir y todas las avenidas que llegan a ella se saturaron con una multitud de marchas que venían desde todos los puntos cardinales. La madre de Jaled Said visitaba a los chicos del Movimiento 6 de Abril. Andrea, la anarquista, conversaba con Amr y Omar, dos jóvenes manifestantes. Shimaa apoyaba a un documentalista estadounidense. Sería una noche de resistencia. Entonces salió Suleimán a dar su mensajito de 30 segundos, antes de desaparecer por completo de la escena pública. Mubárak renunció, dijo. Lo obligaron, trascendió. Y la República de Tahrir se convirtió en un carnaval de celebración.

LA PRÓXIMA SERÁ EN TU CASA

El sábado es para los musulmanes lo que el domingo para los cristianos: día de descanso y paseo, perfecto para visitar la República de Tahrir, que se convirtió en un pequeño zoológico: muchas personas que se habían quedado semanas en casa, escuchando las mentiras de la televisión estatal, ahora acudían en grupo a ver a los agotados revolucionarios que habían vivido y luchado ahí por 19 días. Los señalaban, les tomaban fotos, les ofrecían dátiles. Era una fiesta.

No duraría mucho: el ejército quería restablecer la normalidad cuanto antes. En lugar de dirigirse a los políticos tradicionales con los que conversó Suleimán, invitó a dialogar a los jóvenes que condujeron la lucha. Ofreció introducir reformas democráticas en la Constitución (como limitar a dos los periodos que puede cumplir un presidente, entre otras), investigar los crímenes y celebrar elecciones en septiembre, cuando todas las fuerzas políticas estén listas para competir. “Nos están diciendo las palabras correctas y están haciendo los sonidos correctos”, me dijo Abdulrahman Adly, un activista. “Tendremos que ver que cumplan”.

Una mujer mayor lo observaba con orgullo. “Nosotros nunca hicimos esto, nunca protestamos, los dejamos aplastarnos”, comentó. “La memoria de Jaled Said inspiró a los jóvenes y mira ahora, ¿quién hubiera imaginado hace sólo tres semanas que derrocarían al dictador?”

“Yo estaba desesperada”, recordó Shimaa. “Había perdido todas mis esperanzas en este país y en este pueblo. Cuando me subía a un autobús y había cien personas adentro, todas tristes, sin hablar ni quejarse, pensaba ‘de alguna forma merecen lo que sufren porque ni siquiera dicen que sufren’. Ahora siento que creo en ellos, cuando veo sus caras en las protestas, cuando veo sus espíritus, que nunca había visto desde que nací, sé que algo muy bueno esta pasando”.

En Egipto, cuando la gente celebra bodas, los novios dicen a los solteros “la próxima será en tu casa”. Tres días después de la victoria de la Revolución, al alejarme de la plaza Tahrir, dos alegres adolescentes preguntaron:

–¿De qué país eres?
–De México.
–¡La próxima será en tu casa!

Tormenta de polvo en Irán

Publicado: 11 agosto 2010 en Témoris Grecko
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“Somos mugre y polvo”, me dijo Hafez, de 23 años. Su rostro estaba cubierto con una tira de tela verde que le daba varias vueltas, como un superhéroe de Marvel, pensaba él, o como una momia mal vendada, decía su novia. “(El presidente Mahmoud) Ahmadinejad dice que somos mugre y polvo y el mundo tiene que saberlo”.

El día anterior, domingo 14 de junio, cuando el presidente celebraba su reelección, de acuerdo a los resultados oficiales de los comicios del viernes 12, había realizado un gran mitin de celebración en el que había descrito así a sus opositores: “El gran río de la nación no dejará ninguna oportunidad para que se expresen la mugre y el polvo” (khas o khashak, en idioma farsi). El lunes 15, más de un millón de ciudadanos con motivos verdes (como es el color del Islam y lo adoptó la campaña del candidato opositor Mir Hossein Mousavi, lo usan en bandas en las muñecas, cintas anudadas en un dedo, pañuelos en la cabeza y banderas) marcharon en rechazo a su supuesto triunfo y convirtieron la larga avenida Enghelab en un caudal, un ancho torrente de rica clorofila, que pudiendo disputar el título de gran río de la nación, prefirió reivindicar el descalificativo y asumirse orgullosamente como mugre y polvo.

El flagrante fraude electoral que le concedería un segundo periodo a Ahmadinejad dio lugar a una serie de protestas masivas que se extendieron por todo el país, las más grandes desde el triunfo de la revolución islámica de 1978-79, y continuaban en medio de un Estado de sitio no declarado al momento de escribir este texto. En paralelo a la presión en las calles, tenía lugar una pugna sorda en las altas esferas del régimen en la que ya no es sólo la posición de Ahmadinejad la que está en cuestión, sino la del líder supremo (quien está por encima del presidente, el congreso y las cortes), ayatolá Ali Khamenei: su decisión de respaldar los resultados y autorizar la represión lo ha puesto a él mismo en la línea de fuego.

Como hombre araña enverdecido, Hafez (no se anotan los apellidos de varias personas citadas para proteger su seguridad) trepó por un poste eléctrico hasta subir al techo de una parada de autobús, desde donde gritó: “¡Aquí nos tienes Ahmadinejad! ¡Somos una gran tormenta de mugre y polvo!” La multitud rugió: “Khas o khashak, khas o khashak”, lo que dio paso a un “Mousavi, Mousavi, Mousavi” (por el principal candidato reformista, Mir Hossein Mousavi). Se callaron pronto, porque para responder a la acusación de que sólo son alborotadores (“ladrones, homosexuales y cabrones”, los había llamado Ahmadinejad), la manifestación debía ser silenciosa.

El estudiante de ingeniería electrónica bajó emocionado por el efecto de su acción. Su chica también lo estaba y se acercó a él como para abrazarlo y llenarlo de besos. Pero sólo lo tomó de las manos –de las puntas de los dedos– y lo miró a los ojos con adoración. Esto es Irán y las restricciones impuestas por la república islámica se han acomodado muy dentro en el subconsciente. Ninguna mujer marcha sin el cabello cubierto. Y las expresiones de amor se reservan al ámbito más íntimo.

El peso del hijab

“Tú no puedes forzar a un pueblo entero a asumir una vida de valores religiosos”, comenta Somayeh, una directora muy joven de una organización de apoyo a discapacitados, mientras se coloca un colorido pañuelo para salir a la calle. “Ni en 30 años (contando desde la revolución) ni en 300”. Espera en la puerta para que yo pueda colocarme las botas (como en otros países de Asia, en Irán uno se quita los zapatos en la puerta y anda descalzo por la casa) y nos dirigimos a un café, para encontrar a su amiga Fatimah, de 26 años.

Las dos se conocieron en India, donde fueron estudiantes. Son inteligentes, liberales e indispuestas a aceptar el control masculino, aunque sea sutil. En Teherán conocí a varias chicas con comportamientos muy modernos, pero Somayeh y Fatimah no están dispuestas a hacer concesiones al sistema opresivo. Por eso no tienen pareja.

“Incluso los mejores chicos, los que se educaron en Europa y son sensibles y avanzados, escucharon siempre cosas que los hacen esperar que nosotras nos pongamos en segundo sitio, detrás de ellos”, reclama Somayeh.

Ella vive con sus padres, en tanto que Fatimah comparte un departamento con una amiga. “Fue muy difícil conseguirlo. A la gente no le gusta que las mujeres vivan sin hombres. Sólo accedieron a alquilárnoslo cuando nos comprometimos a seguir reglas muy estrictas, como que no entren hombres. ¡Vaya paradoja!, si no vivimos con un hombre, ¡no nos dejan ver a ninguno!”

Dentro de la ley iraní persiste la noción de que una mujer que no está bajo control masculino es peligrosa. Para salir del país, por ejemplo, una mujer necesita el permiso de un hombre, padre, marido o hermano. Existen muchas otras desventajas. Por ejemplo, el esposo puede divorciarse con sólo solicitarlo, pero pocas mujeres logran que sus peticiones para deshacerse de sus parejas golpeadoras o infieles sean siquiera admitidas a trámite. También, al consumarse la separación legal, la patria potestad de los hijos le es dada al marido y los niños sólo se quedan con la mujer hasta que cumplen siete años.

Aunque el gobierno iraní no ha difundido datos estadísticos sobre participación de jóvenes y mujeres, estos dos sectores destacaron por su participación en las campañas reformistas, motivados por el deseo de aliviar las restricciones impuestas sobre ellos.

“¿Te gustan las iraníes?”, pregunta Somayeh. En cualquier país, uno tiene que asentir con entusiasmo cuando se le hace una pregunta similar, pero en esta ocasión me sale de manera espontánea. “Vente a vivir acá y podrás casarte con cuantas quieras”, bromeó la joven. Pero no era mentira. En seguimiento a lo que dicta el Corán, la ley admite la poligamia masculina, con dos límites: no se pueden tener más de cuatro esposas y la primera tiene que dar su consentimiento.

Son normas que chocan con la realidad iraní, una en la que las mujeres ocupan dos terceras partes de los asientos en las universidades, muchas de ellas son económicamente independientes y están muy al tanto de los debates de género en otros países. Este pueblo, que me ha impresionado muchísimo por su simpatía y extraordinario sentido de la hospitalidad, cuenta con una clase media sofisticada y cosmopolita (que con frecuencia me hace sentir como en Ciudad de México o Buenos Aires), muy al tanto de las tendencias en el mundo. Lo cual incomoda mucho a los sectores conservadores.

Ahmadinejad lo demostró en su debate con Mousavi, una semana antes de las elecciones. El presidente sacó una foto de Zahra Rahnavard, esposa de su rival, a quien preguntó: “¿Conoce usted a esta mujer?” Entonces aseguró que ella había adquirido sus títulos académicos con trampas.

Aunque la mentira puede haber calado en electores poco informados, los méritos de Rahnavard, una catedrática universitaria con 15 libros publicados y dos doctorados, se convirtieron rápidamente en información de dominio público. Y tuvo el inesperado efecto de incrementar la popularidad de esta profesora, quien tuvo que insistir ante la prensa que no era una Michelle Obama iraní, cada cual en su lugar. Y dijo de Ahmadinejad: “O él no puede tolerar a las mujeres altamente educadas o está tratando de evitar que tengamos un papel activo en la vida pública”. No sólo él: el Consejo Guardían, el órgano del Estado encargado entre otras cosas de supervisar a quienes desean convertirse en candidatos para cualquier puesto de elección, descalificó a la totalidad de las 42 mujeres –todas reformistas– que se presentaron para competir por la Presidencia.

“Hay un movimiento feminista, aunque como el de trabajadores, fue ilegalizado por el gobierno”, explica Somayeh. Desde hace tres años, un grupo de mujeres sostiene una campaña para reunir “un millón de firmas por la equidad” de género, con el objeto de presentarlas ante el Majlis (congreso) para que cambie las leyes discriminatorias. Aunque no se ve cómo pueda tener éxito, pues debido al peligro de sufrir represalias, uno tiene que firmar, pero nadie debe saber que lo hizo. “Te puedes meter en problemas, desde quedarte sin empleo hasta ir a la cárcel”, dice Somayeh. “Yo sólo me sumé cuando estuve segura de que el documento iba a quedar guardado en lugar seguro. Y no puse mi nombre, sólo mi garabato”.

La “qomización” de Irán

“No voy a votar”, me dijo Nazanin, una fotógrafa publicitaria de 25 años, un mes antes de las elecciones. “¿Para qué? Todos son parte del mismo régimen, vivimos en una república islámica que no va a cambiar jamás. En una semana, me voy a vivir a Bélgica, lo demás no me importa”.

Tres semanas después, ella seguía en Teherán. Yo regresé de viajar por el país y me sorprendió que respondiera al teléfono cuando la llamé. Nos encontramos en un café frente al parque Mellat. Sus manos batallaban para ordenar un montón de volantes y carteles de tamaños diferentes, todos con la foto de Mousavi. En la muñeca lucía una banda verde, y sobre el cabello negro y brillante, un pañuelo de ese mismo color, con vivos en blanco y azul claro que representan una paloma de la paz. Pregunté sobre esa súbita entrega a la política. “No es política”, atajó, “es una lucha por la libertad, contra los fanáticos religiosos”.

Nazanin es menuda, pero su tamaño lo compensa la mirada. En todo el mundo, nunca había visto un movimiento político tan poblado por bellos rostros (así cualquiera se inflama de fervor militante), y el de esta chica figura muy bien en el conjunto. Por sus pupilas fluye la fuerza de una personalidad compleja y segura, que se afirmaba mejor cuando hablaba de su pasión por cambiar el país.

Su caso es el de muchos jóvenes y mayores que de pronto despertaron a la participación política. Aunque Mousavi desplegó una buena red de comités locales en todo el país, la gente se apropió del movimiento y la mayor parte de las actividades de promoción del voto eran claramente espontáneas. Nunca había visto un ambiente así, en el que personas de todas las edades y sectores sociales se volcaron con entusiasmo y buen humor a impulsar a su candidato.

Que fue Mousavi como podía haber sido otro. “Mousavi, Mousavi”, gritaban Arahst y Behnam, técnicos informáticos de 23 años, en una avenida de Esfahan (la ciudad más bella de Irán, que Byron ponía a la par con Atenas y Roma), cuando lo conocí, una semana antes de las elecciones. Se acercaron a nosotros y nos acompañaron en un recorrido por las muchas avenidas inundadas por la “ola verde”. Cientos de chicos interrumpían el tráfico para bailar danzas tradicionales mientras entregaban volantes. Las calles estaban llenas hasta horas anormales en Irán, las dos o tres de la mañana.

¿Formas parte de la campaña del candidato? “¡No! A mí no me gusta la política”, respondió Arasht. “Pero éste es el momento de ganar libertad, de ponerles un límite a los fanáticos religiosos, que nos dejen vivir nuestras vidas”.

Mousavi fue primer ministro entre 1981 y 1989, durante la guerra de Irak. No tenía mando sobre las fuerzas armadas, ya que éstas se encuentran bajo control del líder supremo, pero es reconocido por haber salido airoso ante la amenaza de que el conflicto provocara una crisis económica. Al concluir su periodo (y a raíz de que su enemigo Ali Khamenei se convirtió en líder supremo tras la muerte del padre de la revolución, el ayatolá Ruhollah Khomeini), pasó los últimos 20 años retirado de la política, pintando en su casa. Y de pronto, tres meses antes de las elecciones, regresó a convertirse en el candidato que puso en peligro la reelección de Ahmadinejad, esperanza de jóvenes de 18 o 23 años. Pregunté a muchos cuándo habían escuchado de él por primera vez y nadie dio una fecha más antigua que dos meses. Mousavi no es especialmente carismático ni su propuesta es detallada, aunque está claro que quiere revertir los excesos fanáticos del gobierno de Ahmadinejad, tanto en restricciones a la vida privada, como en política exterior y economía. “Es ahora o nunca, ¡no podemos vivir más con Ahmadinejad! Si se reelige, ¡me voy!”, dijo Behnam.

Somayeh, en cambio, es una de las pocas que no se dejó abrazar por la fiebre verde. “Míralos a todos, los candidatos se pelean para ver quién era mejor amigo de Khomeini, quién es mejor revolucionario. ¡Son el sistema!, y las libertades que prometen nunca van a ser plenas si seguimos bajo el control de los religiosos de Qom”.

Qom es como el Vaticano del islamismo chií, extremadamente conservadora y sede de los seminarios de donde salieron Khomeini, Khamenei y los principales jerarcas religiosos. “¡Ellos quieren hacer que Irán sea como Qom!”, siguió Somayeh, “son fanáticos que creen saber mejor que los demás cómo tienen que vivir”.

Ahmadinejad, piensa, realmente, que dios habla a través de él. En septiembre de 2005, después de brindar su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente regresó a Irán a reunirse con un grupo de importantes clérigos, con quienes compartiò los comentarios que le hizo uno de sus acompañantes: “Él dijo, ‘cuando usted empezó con las palabras ‘en nombre de Dios’, yo vi que lo rodeaba una luz hasta que terminó’. Yo la sentí también. Sentí que el ambiente cambiaba de pronto y por 27 o 28 minutos, ninguno de los líderes mundiales parpadeó. No estoy exagerando. Cuando digo que no parpadearon. No es una exageración porque yo estaba mirando. Estaban admirados como si una mano los mantuviera ahí y los hiciera sentarse. Los hizo abrir ojos y oídos al mensaje de la República Islámica”.

El tema salió en la campaña electoral y se convirtió en motivo de chistes: “el halo de Ahmadinejad“. El gobierno negó que hubiera ocurrido, pero el debate concluyó cuando el video de su conversación con los ayatolás apareció en YouTube (que fue bloqueado por la censura iraní, junto con Facebook, Twitter y otras plataformas web).

Los pecados de Ahmadinejad

Somayeh y Fatimah padecen este extremismo. No sólo por las normas sexistas, sino por las restricciones en su vida diaria, que se expresan en la obligación legal de observar el hijab, es decir, guardar la “modestia”. Por ello se entiende que deben estar cubiertas de pies a cabeza, sin mostrar más que las manos y el rostro, y la pieza de vestir ideal para ello es el chador: una especie de amplia capa negra que se prende de la cabeza y cae hasta los pies, y que se complementa con bandas colocadas alrededor de frente y cuello para asegurar que sólo se vea el rostro.

“Las mujeres no se iban a quedar cruzadas de brazos”, cuenta Fatimah. “Con los años, fueron relajando el rigor. Recortaron el chador poco a poco hasta que se convirtió en la chaqueta entallada que usamos ahora, que sólo llega hasta por arriba de las rodillas, y la seguimos encogiendo. Sobre el cabello, traemos pañuelos de muchos colores, que abrimos para mostrar el cuello, y usamos jeans y zapatos deportivos”.

En efecto, además de guapas, las iraníes son coquetas y saben cómo arreglárselas para sacarle provecho al hijab. Sus figuras resaltan muy bien y destacan los detalles del rostro con un maquillaje preciso y eficaz. No se colocan el pañuelo donde termina la frente, como se supone que deben hacer, sino de medio cráneo hacia atrás. Eso les permite lucir complejos peinados en la mitad delantera del cabello, con luces, rizos o puntas punkis. Y es lo que los conservadores llaman “mal hijab”.

“Empezaron a quitarnos todas nuestras pequeñas ganancias de libertad en 2007”, recuerda Abulfaz Baqer, un abogado de 55 años de origen azerí (la importante minoría étnica a la que también pertenece Mousavi). “Una día entró la policía a nuestro edificio a destrozar las antenas satelitales. Mis nietos lloraron porque ya no podrían ver el Cartoon Network. A un chico le confiscaron el teléfono móvil porque grabó lo que hacían los agentes”. Ahmadinejad había lanzado una ofensiva contra la televisión extranjera. Y otra el verano pasado, en 2008, contra el “mal hijab”: “En unas pocas semanas, ya habían detenido a 150,000 mujeres. Todas las que hay en mi vida corrieron a comprar chadores. Y luego, Ahmadinejad quiso flexibilizar la poligamia, fue la única ocasión en que lo pudimos detener”. La propuesta era eliminar la necesidad de contar con el consentimiento de la primera esposa para incorporar a otras al harem, pero después de muchas presiones fue desechada en septiembre por el congreso.

“Además está la economía”, sigue Baqer. “Ahmadinejad ha sido presidente a lo largo del periodo de precios del petróleo más altos de la historia. Y nosotros vendemos más petróleo que cualquiera excepto Arabia Saudí, ¡somos ricos! ¿Y dónde está la riqueza?” Se lleva las manos a los bolsillos para voltearlos y mostrar que están vacíos. “Ahmadinejad repartió dinero a sus simpatizantes en zonas rurales, repartió dinero a sus amigos del extranjero como Bolivia, Venezuela, Hamas y Hezbollah, repartió dinero a los clérigos para construir mezquitas y mausoleos en todo el país, pero el boom petrolero se acabó ya y yo sigo viendo que Irán es tercermundista y tiene una economía en crisis”.

En 2005, cuando Ahmadinejad ganó las elecciones presidenciales anteriores, el barril de petróleo se vendía en los mercados internacionales a precios cercanos a los 60 dólares, como ocurre de nuevo ahora. Después se elevó hasta alcanzar niveles impensados, de 150 dólares por barril en julio de 2008. “Le rezo a Dios que nunca sepa yo de economía”, es una cita famosa del presidente. Baqer continúa: “El 80% de los ingresos del gobierno proviene del petróleo y, con la afición a gastar dinero en cosas improductivas que tiene Ahmadinejad, no es sorpresa que este año tengamos un déficit enorme”. Que será de 3.5%, según la Unidad de Inteligencia de The Economist, una prestigiada revista británica. En los últimos años, la inflación ha registrado un promedio de 25%, mientras que el crecimiento en 2009 será de apenas 0.5% y el desempleo alcanza un 30%.

Por si faltara algo, está la política exterior. Ahmadinejad fue muy hábil al atizar el sentimiento nacionalista y presentar el programa nuclear como un derecho inalienable del que las potencias extranjeras quieren despojar a Irán. Y se vende como el único que puede defenderlo. Esto le ha dado una enorme popularidad entre sectores de población pobres y poco informados, que también son susceptibles a su discurso de piedad religiosa y, especialmente, a las gratificaciones gubernamentales, que se entregan sin ataduras: no están vinculadas a proyectos productivos ni a compromisos educativos o de salud.

“Para tener energía nuclear, no hace falta ir a pelearse con todo el mundo allá afuera”, cuestiona Baqer. “No hay por qué negar el holocausto ni ofender a nadie. Lo que va a provocar es un bombardeo israelí, y si nos atacan, nos vamos a defender, y habrá guerra. ¡El presidente es un peligro para el país!”

Historia con sangre

Volví a ver el pañuelo verde de Nazanin, la fotógrafa publicitaria, en las manos de un chico que sangraba profusamente de la nariz, el día siguiente de las elecciones. Estábamos en el patio de una pequeña casa de Teherán, a 200 metros del edificio del Ministerio del Interior donde se estaba consumando el fraude electoral. Habíamos llegado a esa casa para escapar de bestias en dos ruedas, reminiscencia de la caballería mongola que arrasó Irán hace 800 años: policías antimotines en motocicleta, a dueto de conductor y golpeador, protegidos con casco con visera y una armadura de caucho negro. Los había visto lanzar sus máquinas sobre personas que huían, pasar sobre gente sentada, reír como si causaran gracia.

Esta vez, durante las primeras protestas contra el fraude, habían lanzado una carga contra la gente, seguidos por una pared de policías de a pie que arrestaban a quienes estaban en el suelo, y cientos de personas corrieron despavoridas. En la huida, vi a tres hombres que entraron por una puerta metálica. La iban a cerrar pero llegué detrás de ellos y la abrí de un empujón, y conmigo pasó el muchacho de la nariz rota. Se fue a un rincón, a llorar. Le acerqué unas servilletas, lo abracé. La sangre paró. Minutos después, los de la casa nos pidieron salir. Entonces le pregunté sobre el pañuelo, que yo estaba seguro que era el mismo con el que se cubría la cabeza Nazanin. “Ella se lo quitó y me lo dio”, respondió con gesto desesperado. “Imagínate, la policía y las milicias están de caza, ¡y anda por ahí, como loca, con el cabello al descubierto!”

En algún momento, en medio de la represión, la chica había caído en una crisis nerviosa y escapado por la calle gritando que no podía vivir más en Irán. No pude localizarla por teléfono.

Por eso me sorprendí cuando en la marcha gigante del lunes, recibí una llamada al celular y vi que era de su número. “¿Qué haces en esta manifestación, mexicano?”, me dijo con voz suave. Estaba a unos metros de mí y de donde Hafez había incitado a la multitud a corear el nombre de Mousavi. “Khas o khashak, khas o khashak”, musitaba al acercarse. Se veía poco de su rostro porque también se lo cubría para evitar ser identificada, con tapabocas. Esos ojos podrían delatarla, sin embargo, porque son de los que no se olvidan.

De su cuello colgaba un anuncio de plástico que se desplegaba al frente y atrás, en farsi y en inglés, donde se leía “Where is my vote?” “¿Tú crees que somos polvo y mugre, mexicano? Sí lo somos. Polvo y mugre. Y sangre. El sábado mataron estudiantes en la universidad. Fueron los basiji”. Las milicias Basij son un grupo religioso-paramilitar sumamente poderoso, que fue creado por el ayatolá Khomeini y que hoy utiliza Ahmadinejad para movilizar electores, recursos y matones. La marcha era la mayor que he visto en mi vida (el alcalde de Teherán, un aliado de Ahmadinejad, calculó 3 millones de personas) y se registró el lunes, después de que sábado y domingo habían estado marcados por violentos choques con la policía. No es que la gente no tuviera miedo: sabía que arriesgaba la vida.

“Tenemos que salir, nadie va a ganar esto por nosotros”, dijo Nazanin. Al escucharme hablar inglés, un grupo de jóvenes se acercó a decirme que le dijera al mundo que salve a Irán, que la ONU debía intervenir, que por qué no decía nada Barack Obama. Seguí caminando con Nazanin. Me impresionó que, a pesar de los asesinatos (habría siete más en otra parte de la marcha, más tarde, pero lo supimos hasta el día siguiente) y de la represión, el ambiente era alegre. La gente no se quería ir, horas después de que Mousavi había hablado y se había ido. Decenas de miles no habíamos llegado al final, en la plaza Azadi, y otros tantos regresaban por la misma avenida Enghelab, que estaba dividida por la mitad en dos densas columnas de gente que caminaba en sentidos opuestos y parecía una especie de paseo de las manifestaciones. Los que venían y los que iban se saludaban con los dedos en V, con marco de grandes sonrisas. “Sólo nosotros podemos hacerlo”, dijo mi acompañante, que había estado callada varios minutos. “No es la ONU. Ni Obama. Nuestra sangre es la tinta con la que se escribirá la historia”.

Una gran tormenta de polvo

Los jerarcas de la revolución islámica saben a lo que se enfrentan. No sólo porque ellos conquistaron el poder en 1978-79 de esa forma, con marchas gigantescas y la sangre de los jóvenes, sino porque la noción de rebeldía y martirio está sumamente arraigada en la psiquis de los chiíes y de los iraníes. Eso fue su ventaja cuando se enfrentaron al ejército del shah. Los primeros manifestantes masacrados en 1978 eran estudiantes de religión inconformes con un artículo de periódico que atacaba a Khomeini. Cuando se conmemoraban sus muertes, 40 días después en observancia de la costumbre chií, las protestas se esparcieron por todo Irán.

Esto viene desde el origen mismo del chiísmo: la división con el sunismo se dio a partir de una disputa entre los herederos de Mahoma. Los chiíes creen que su sucesor legítimo era su nieto, Imam Hussain, quien fue aplastado junto con 72 de sus acompañantes y parientes en la batalla de Kerbala, en 680. Muchas de las creencias y ceremonias chiíes tienen que ver con esta derrota. Hussain pereció gritando “Allahu akbar!”, dios es grande.

Allahu akbar se convirtió en el grito icónico de la revolución islámica en 1979. Y ahora, los ayatolás lo escuchan en las gargantas de aquellos a quienes su gobierno aplasta. Me dio bastante impresión cuando vi a Nazanin y a sus compañeros repetir “Dios es grande” en actitud de batalla. Me trajo a la mente las guerrillas cristeras, y no pude evitar preguntarme, ¿no se supone que se trata de quitarse de encima el yugo religioso? Pero el significado no va por ahí, sino que es una reivindicación simbólica de rebeldía y martirio.

“Mira mis muertos”, me dijo de improviso un joven que se cubría la cara totalmente con una tela negra. Me asustó como si hubiera escuchado hablar a una estatua. Él y miles de personas más sostenían sobre sus cabezas, sin cansarse, fotografías terribles: Las menos dramáticas mostraban a basijis que tunden a porrazos a personas indefensas, a varios que pasan una moto por encima de un hombre y están a punto de abofetear a la mujer que interviene en su defensa, a uno que dispara con un fusil semiautomático desde una azotea. Las demás son de gente que acaba de morir a tiros, con la cabeza destrozada o el pecho abierto, y mucha sangre. Los demás manifestantes se arremolinaban para observarlas.

Era el jueves 18, en una manifestación de más de cien mil asistentes que Mousavi había convocado para recordar a los muertos. Un grupo de derechos humanos puso la cifra de asesinatos en 33, aunque es difícil confirmarlo, porque el gobierno se rehusa a informar, controla los medios de comunicación, que no tocan el tema, y ha expulsado a la prensa extranjera.

“Ahmadi, Ahmadi (por Ahmadinejad), has matado a nuestra gente. A nuestra joven gente”, rezaba un cartel. En otro, le cambiaron el nombre al ayatolá Khamenei: “Seiyed Ali Pinochet, Irán no será Chile”.

Era una manifestación rara, porque uno tenía que marchar y detenerse a mirar carteles, avanzar y parar de nuevo. Encontré a una mujer en chador que me sonreía sin emitir palabra, y que sostenía un retrato antiguo que no parecía estar relacionado con el tema del día. Quise preguntar pero me topé con la barrera del idioma. Uno de los chicos que también lo miraban accedió a traducir: “Es mi hijo. Él murió en la guerra de Irán e Irak. Soy buena musulmana, creo en el Corán y en el Islam. Ahmadinejad es un mentiroso que nos quiere engañar, especialmente a nosotras, que somos muy religiosas y perdimos a nuestros hijos en la guerra”.

“Somos mugre y polvo”, continuó el muchacho. Había dejado de traducir sin avisar y ya era su propia voz. “Y queremos que nos vea el mundo, somos los iraníes de verdad, no somos terroristas. Ahmadinejad ha arruinado el nombre de Irán y nos ha avergonzado. Pero míranos”, señaló a la mujer y a otras personas, “somos mugre y polvo, y somos verdes, pero hoy día de luto, todos hemos marchado de negro. Y ya no podemos parar. Porque si paramos, nos comen. Pero no podrán, porque somos una gran tormenta de polvo”.

Un juez sabio y lleno de sangre

La República Islámica de Irán es una combinación de dos sistemas políticos, democracia y tiranía (en un sentido aristotélico). Está basada en una doctrina de Khomeini llamada velayat-e faqih o “vigilancia del sabio juez”. Se reconoce la soberanía del pueblo y por eso hay elecciones. Pero por encima de todo está el líder supremo, quien es constitucionalmente definido como “representante de Dios sobre la Tierra” y tiene la obligación del velar porque el pueblo no cometa errores con su soberanía. Lo islámico está por encima de la república.

El viernes 19, al día siguiente de la manifestación en memoria de las víctimas, el sabio juez, el ayatolá Khamenei, dio un sermón de hora y media pero no se acordó de ellas. Ni una palabra, mención o referencia. Ahí dio su respaldo total a Ahmadinejad, negó que haya habido fraude electoral, exigió aceptar sus resultados y advirtió que reprimirían las protestas.

Mousavi respondió: “Si la enorme cantidad de manipulación del voto es presentada como la evidencia de la justicia, se matará la naturaleza republicana del Estado y, en la práctica, la ideología de que el Islam y el republicanismo son incompatibles quedará probada. Esto hará felices a dos grupos: a los que llaman al Estado islámico la dictadura de la élite que quiere llevar al pueblo al cielo por la fuerza; y a los que, al defender los derechos humanos, consideran que la religión atenta contra el republicanismo”.

Mousavi y sus aliados políticos, todos figuras muy importantes del régimen –incluidos dos expresidentes– que ahora han sido empujadas a la disidencia, no pretenden romper con el sistema, sino sensibilizarlo ante las demandas de la gente. Ahmadinejad y su facción, compuesta por miembros de las fuerzas armadas y las milicias Basij (a las que él perteneció), con el respaldo de Khamenei, han llevado las cosas al extremo en que lo que era una disputa sobre aspectos del sistema se ha convertido en un creciente cuestionamiento del sistema. Y al tomar partido de manera tan insensible, el propio Khamenei se ha colocado en la línea de fuego: él puede ser destituido por el órgano que lo eligió hace 20 años, la Asamblea de Expertos (integrada por clérigos de alto rango) e influyentes amigos de Mousavi están cabildeando para lograrlo.

Sería un golpe terrible para la república islámica: el representante de dios puede equivocarse. Pero sólo sería una expresión de lo que ya ocurre en la calle: antes el repudio sólo era contra Ahmadinejad, ahora va contra Khamenei también, a quien acusan de Pinochet. En los últimos días, muchos han empezado a gritar: “¡Muerte a Khamenei!”.

Porque lo ven, además, como responsable último de actos terribles. El gobierno iraní ha empezado a matar a su pueblo. Ya no son iniciativas de milicianos Basij de las que se puede desligar, ahora los asesinatos ocurrieron en el marco de una represión anunciada por el jefe de la policía y ordenada por el líder supremo. Y la táctica para justificar estos actos ante la opinión pública es clara: presentar a los difuntos como terroristas que cometen actos injustificados de vandalismo por órdenes de las potencias extranjeras enemigas de la nación.

El sábado 20, al día siguiente del sermón de Khamenei, los manifestantes volvieron a la avenida Enghelab (significa revolución) y marcharon otra vez hacia la plaza Azadi (Libertad). Se convirtió en una gran batalla campal, entre cinco y diez mil personas desarmadas trataban de recorrer los cuatro kilómetros pese a las embestidas de policías y basijis en motocicletas, con cañones de agua, gases lacrimógenos, macanas y… armas de fuego.

Penosamente, los grupos más decididos llegaron al borde de la plaza, pero no pudieron superar las últimas barreras de uniformados. Para el gobierno era vital impedir que pasaran de Revolución a Libertad. Y por ello, sus esbirros mataron a al menos 10 personas (seguramente muchas más), que la televisión presentó como “terroristas armados al servicio de Estados Unidos”. Chicos y chicas de 20 o 25 años, como Neda, la muchacha cuya agonía llegó a YouTube.

“Esta gente nos va a obligar a destruirlo todo”, me dijo un hombre de unos 60 años, quien no dio su nombre pero aseguró haber sido ministro de desarrollo agrícola del gobierno iraní en los años 90. Se había acercado a mí cuando me vio sofocado por el gas lacrimógeno, me dio agua y me sopló humo de tabaco en los ojos para aliviar el dolor. “Uno no va a la revolución porque quiere”, reflexionó, “sólo cuando no le dejan más alternativas”.

Frank Sinatra está resfriado

Publicado: 19 septiembre 2008 en Gay Talese
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Frank Sinatra, con un vaso de bourbon en una mano y un pitillo en la otra, estaba de pie, en un ángulo oscuro del bar, entre dos rubias atractivas aunque algo pasaditas, sentadas y esperando a que dijera algo. Pero Frank no decía nada. Había estado callado la mayor parte de la noche y ahora, en su club particular de Beverly Hills, parecía aún más distante, con la mirada perdida en el humo y en la penumbra, hacia la gran sala, más allá del bar, donde docenas de jóvenes y parejas estaban acurrucadas alrededor de unas mesitas o se retorcían en el centro del piso al ritmo ensordecedor de una música folk que atronaba desde el estéreo. Las dos rubias sabían, como también los cuatro amigos de Sinatra, que era una pésima idea entablarle conversación cuando estaba de ese humor tan tétrico, un humor que le había durado toda la primera semana de noviembre, un mes antes de que cumpliera los cincuenta años.

If I don’t see her each day
I miss her…
Gee what a thrill
Each time I kiss her…

Mientras Sinatra entonaba esta canción, a pesar de haberla cantado en el pasado centenares de veces, de pronto fue evidente para todos los del estudio que algo muy importante bullía dentro de él, porque algo también muy especial salía de él. A pesar del catarro, estaba cantando con fuerza y calor; se abandonaba y su arrogancia había desaparecido; en esta canción aparecía el lado íntimo de la muchacha que lo comprende mejor que nadie y ante la cual puede manifestarse abiertamente.

Sinatra había trabajado en una película que ahora le desagradaba y estaba deseando terminar, harto de toda la publicidad que había rodeado sus encuentros con Mia Farrow, la jovencita de veinte años que esta noche no había aparecido todavía; estaba enfadado porque el documental televisivo sobre su vida, hecho por la CBS, y que se proyectaría dentro de dos semanas, según se murmuraba, se metía con su vida privada e incluso especulaba sobre su posible amistad con jefes de la mafia; y preocupado también por su papel de estrella en un show de la NBC, de una hora de duración, titulado “Sinatra: el hombre y su música”, que le impondría la obligación de cantar dieciocho canciones con una voz que en este preciso momento, unos días antes de que empezara la grabación, estaba débil, dolorida e incierta. Sinatra no se encontraba bien. Era víctima de un mal tan común que la mayoría de la gente lo hubiera encontrado insignificante. A él, en cambio, lo precipitaba en un estado de angustia, de profunda depresión, de pánico e incluso furor. Frank Sinatra tenía un resfriado.

Sinatra con catarro es Picasso sin colores o un Ferrari sin gasolina, sólo que peor. Porque los catarros corrientes roban a Sinatra esa joya que no se puede asegurar, su voz, y hieren en lo más vivo su confianza. No sólo afectan a su psique, sino que parecen provocar una especie de moquillo nasal psicosomático en las docenas de personas que lo rodean y trabajan para él, que beben con él y lo quieren y cuyo bienestar y estabilidad dependen de él. Un Sinatra acatarrado puede, salvando las distancias, enviar vibraciones a la industria del espectáculo y aún más lejos, casi como una enfermedad repentina de un presidente de los Estados Unidos puede sacudir la economía nacional.

Porque Frank Sinatra no sólo está involucrado en muchas cosas que implican a muchas personas –su propia compañía de películas, su compañía de discos, su línea aérea particular, su industria de piezas para cohetes, sus propiedades inmobiliarias en todo el país, su servicio privado de 75 personas–, una parte tan sólo, por lo demás, del poder que tiene y representa. Parecía, ahora, ser también la encarnación del varón completamente emancipado, quizá el único en Norteamérica, el hombre que puede hacer todo lo que quiere, cualquier cosa, y lo puede hacer porque tiene el dinero, la energía y ningún sentido aparente de culpa. En una época en la que parece que los más jóvenes lo invaden todo, protestando y pidiendo cambios, Frank Sinatra sobrevive como un fenómeno nacional, uno de los productos de preguerra que aguanta la prueba del tiempo. Es el campeón que supo hacer un “retorno” triunfal, el hombre que lo había perdido todo para luego recuperarlo, sin dejar que nada se le pusiera por delante, haciendo lo que pocos hombres logran hacer: desarraigó su vida, dejó a su mujer e hijos, rompió con todo lo que era familiar, aprendiendo sobre la marcha que el sistema para conservar a una mujer es no encadenarla. Ahora tiene el afecto de Nancy, de Ava y de Mia, el delicado producto femenino de tres generaciones, y conserva todavía la adoración de sus hijos además de la libertad de un soltero. No se siente viejo. Hace que hombres viejos se sientan jóvenes; les hace pensar que si Frank Sinatra puede, es que es posible. No quiere decir que ellos puedan, pero sigue siendo agradable para otros hombres saber que a los cincuenta años eso es posible.

Pero entonces, de pie junto a aquella barra, en Beverly Hills, Sinatra tenía un resfriado y seguía bebiendo silenciosamente, y parecía estar a muchos kilómetros de distancia, en un mundo privado, sin reaccionar siquiera cuando el estéreo en la otra sala emitió de pronto una canción de Sinatra, In the Wee Small Hours of the Morning.

Se trata de una bonita balada que grabó por primera vez hace diez años y que ahora obligaba a levantarse y a deslizarse lentamente, muy agarraditas, a muchas parejas de jóvenes que se habían sentado cansadas de tanto retorcerse. La entonación de Sinatra, pronunciada con precisión y, sin embargo, llena y fluida, daba un significado más profundo a la letra sencilla: “En las horas tempranas/ mientras todo el mundo duerme profundamente/ tú estás despierto, y piensas en la chica…” Como en muchos de sus clásicos, era una canción que evocaba soledad y sensualidad. Combinada con las luces tenues, el alcohol y la nicotina, se convertía en una especie de afrodisiaco aéreo. Sin duda, las palabras de esta canción y de otras similares han inspirado a millones de personas. Era música para hacer el amor, y sin duda se ha hecho, por toda Norteamérica, mucho el amor a su compás: por la noche, en los automóviles, mientras se descargan las baterías; en las playas, en los atardeceres suaves de verano; en casitas a orillas del lago; en parques apartados y en elegantes áticos o en cuartos amueblados; en yates, en taxis, en cabañas; en todos los lugares donde se podían oír las canciones de Sinatra. Las letras animaban a las mujeres, las cortejaban y las conquistaban, cortaban las últimas inhibiciones y complacían los egos masculinos de ingratos amantes; dos generaciones de hombres han sido beneficiarios de estas baladas, por lo cual quedan eternamente en deuda; por lo cual puede también que lo odien eternamente. Y, sin embargo, aquí estaba él en persona, fuera de su alcance, en Beverly Hills, a altas horas de la noche.

Las dos rubias, que aparentaban unos treinta y pico de años, compuestas y acicaladas, con sus cuerpos maduros ceñidos en trajes oscuros, estaban sentadas con las piernas cruzadas, encaramadas encima de los altos taburetes del bar. Escuchaban la música. Una de ellas sacó un Kent, y Sinatra rápidamente acercó el extremo de su encendedor de oro mientras ella le cogía la mano y miraba sus dedos: tenía los nudillos hinchados y los dedos tan rígidos por la artritis que los doblaba con dificultad. Como siempre, estaba vestido impecablemente. Llevaba un traje gris con chaleco, un traje de corte clásico, pero forrado de seda vistosa; parecía que se había sacado brillo a sus zapatos británicos hasta en la suela. También llevaba, como todos parecían saber, una convincente peluca negra, una de las sesenta que posee, la mayor parte de las cuales están confinadas a los cuidados de una insignificante viejecita que, con el pelo en una pequeña bolsa, le sigue a todas partes cuando actúa. Gana 400 dólares a la semana. La característica más saliente de la cara de Sinatra son sus ojos azules claro, vivos, unos ojos que en el espacio de un segundo pueden volverse fríos de rabia, o brillar de afecto, o, como ahora, reflejar un vago recogimiento que mantiene a sus amigos callados y a distancia.

Leo Durocher, uno de los más íntimos de Sinatra, jugaba al billar en la pequeña habitación detrás del bar. De pie, al lado de la puerta, estaba Jim Mahoney, el agente de prensa de Sinatra, un joven algo grueso, con una mandíbula cuadrada y ojos pequeños, semejante a un rudo policía irlandés a no ser por los costosos trajes europeos que llevaba y sus estupendos zapatos, adornados a menudo de bruñidas hebillas. Estaba cerca también un actor alto, de noventa kilos de peso, llamado Brad Dexter, que parecía sacar el pecho para que no se le notara la barriga.

Brad Dexter ha aparecido en algunas películas y en programas de televisión, dando pruebas de buenas condiciones como actor de carácter, pero en Beverly Hills es conocido también por el papel representado en Hawai hace dos años, cuando nadó cerca de cien metros y arriesgó su vida para salvar a Sinatra, a punto de ahogarse en un torbellino. Desde entonces Dexter ha sido uno de los constantes compañeros del cantante y fue nombrado productor en la compañía cinematográfica de Sinatra. Ocupa una lujosa oficina al lado de la suite. Su misión consiste en la busca y captura de obras literarias que puedan convertirse en nuevos papeles estelares para Sinatra. Siempre que está con Sinatra entre extraños se preocupa porque sabe que provoca lo mejor y lo peor en la gente: hay hombres que se vuelven agresivos, mujeres que insinúan sus encantos; otros se le aproximan y lo examinan con aire escéptico. El ambiente se excita con su sola presencia, y a veces el propio Sinatra, si está fastidiado, como esta noche, se muestra intolerante y tenso, lo que se traduce luego en grandes titulares en los periódicos. Brad Dexter intenta prevenir el peligro poniendo a Sinatra en guardia. Confiesa ser su protector. Recientemente, en un momento de sinceridad admitió: “Sería capaz de matar por él”.

Aunque esta declaración puede parecer excesivamente dramática, en particular si se cita fuera de contexto, expresa, sin embargo, la feroz fidelidad tan corriente en el círculo íntimo de Sinatra. Es característico que, aun sin reconocerlo explícitamente, Sinatra parece preferir el “para siempre”, el “todo o nada”. Es el siciliano que Sinatra lleva dentro; no permite a sus amigos, si quieren seguir siéndolo, ninguna de las escapatorias anglosajonas. Pero si le son leales no hay nada que Sinatra no sea capaz de hacer a su vez: regalos fabulosos, cortesías personales, ánimo y estímulo en los momentos de depresión, adulación cuando están eufóricos. Es necesario, sin embargo, que no olviden una cosa. Él es Sinatra. El amo. Il padrone, el padrino.

El verano pasado, en el bar de Jilly, en Nueva York, la única vez que logré verlo de cerca en esa noche, pude observar algunas de las características sicilianas de Sinatra. El Jilly’s está situado en Manhattan, en la calle Cincuenta y Dos, Oeste; aquí es donde Sinatra bebe siempre que se encuentra en Nueva York. En la sala de atrás hay pegada a la pared una silla especial que le está reservada y que no usa nadie más. Cuando la ocupa, junto a una larga mesa y rodeado de todos sus amigos íntimos de Nueva York –entre ellos el dueño del local, Jilly Rizzo, y Honey, su mujer, la de la cabellera azul, conocida también como la Judía Azul–, se desarrolla un extraño ritual. Aquella noche aparecieron en la entrada de Jilly’s docenas de personas, amigos casuales de Sinatra algunos, simples conocidos, otros, e incluso quienes no eran ni lo uno ni lo otro. Todos se acercaban como a un santuario. Habían venido a rendirle pleitesía. Venían de Nueva York, de Brooklyn, de Atlantic City y de Hoboken. Eran actores veteranos, ex boxeadores, cansados trompetistas, políticos, un chico con un bastón. Había una mujer gorda que decía acordarse de cuando Sinatra solía tirar en su puerta el diario Jersey Observer, en 1933; parejas de mediana edad que habían oído cantar a Sinatra en The Rustic Cabin, en 1938: “Lo hemos conocido de verdad cuando estaba de verdad en su momento”.

O lo habían oído cuando trabajaba en la orquesta de Harry James en 1939, o con Tommy Dorsey en 1941: “Sí, esa es la canción: I’ ll Never Smile Again. La cantó una noche en ese local cerca de Newark y bailamos…” O recordaban la voz aquella vez en el teatro Paramount con sus fans y él con sus corbatas de pajarita; y una mujer traía a la memoria aquel odioso chico que entonces ella conocía, Alexander Dorogokupetz, un resentido de dieciocho años que había lanzado un tomate a Sinatra y que por poco no fue linchado por las adictas legiones de adolescentes. ¿Qué había sido de Alexander Dorogokupetz? La señora lo ignoraba.

Y se acordaban de cuando Sinatra había sido un fracaso y cantado basura como Mairzie Doats, y luego su triunfal reaparición. Esa noche estaban todos apiñados en la puerta del bar de Jilly sin poder entrar. Algunos se marcharon. Pero la mayoría se quedó esperando deslizarse en el bar abriéndose paso entre el público que se apretujaba en triple fila ante la barra, para poderlo ver sentado allá atrás. Lo que querían era esto: verlo. Lo contemplaban en silencio unos momentos, con los ojos abiertos a través del humo. Luego se volvían, se abrían paso trabajosamente por el bar y se iban a casa.

Algunos amigos íntimos de Sinatra, conocidos todos ellos por los hombres de Jilly que custodian la entrada, logran una escolta para llegar a la sala de atrás. Pero una vez allí se las tienen que agenciar por sí solos. En esta noche en particular, Frank Giffors, el ex jugador de fútbol americano, logró avanzar tan sólo siete metros en tres intentonas. Muchos no llegaron siquiera a estrechar la mano de Sinatra, pero pudieron al menos tocarle un brazo, o bien se acercaron lo bastante para que los viera y después de haberles saludado con un gesto de la mano o pronunciando sus nombres (tiene una memoria fantástica para los nombres de pila), se volvían y se marchaban. Habían hecho acto de presencia. Habían rendido pleitesía. Al asistir a esta escena ritual, tenía la impresión de que Frank Sinatra vivía simultáneamente en dos mundos que no eran contemporáneos.

Por un lado está el hombre cordial –el que charla o bromea con Sammy Davis Jr., Richard Conte, Liza Minelli, Bernice Massi o con cualquier otra figura del mundo del espectáculo que se sienta a su mesa–; por el otro, el que saluda con la mano o inclina la cabeza a sus paisanos más próximos (Al Silvani, entrenador de boxeo que trabaja en la compañía de películas de Sinatra; Dominic Di Bona, encargado de su guardarropa; Ed Pucci, ex jugador de fútbol que pesa ciento treinta y cinco kilos y es su “ayudante de campo”): Frank Sinatra es il padrone. O, mejor todavía, es un ejemplar de lo que tradicionalmente llaman en Sicilia uomini rispettati, hombres respetados: hombres majestuosos y humildes a la vez, hombres queridos por todos y generosos por naturaleza, hombres a quienes les besan las manos cuando pasan por los pueblos, hombres dispuestos a tomarse molestias para enderezar un entuerto.

Frank Sinatra hace las cosas personalmente. En Navidades, él mismo escoge docenas de regalos para sus amigos íntimos y familiares, acordándose del tipo de alhajas que les gustan, sus colores favoritos, las medidas de sus camisas y trajes. Cuando la casa de un músico amigo suyo en Los Ángeles fue destruida por un alud de fango y su mujer pereció hace poco más de un año, Sinatra acudió personalmente en su ayuda. Le buscó otra casa, pagó todas las cuentas del hospital que el seguro no había cubierto y supervisó el decorado de la nueva casa hasta en los menores detalles, como la reposición de la plata, de los enseres y la ropa.

El mismo Sinatra que ha hecho esto es capaz, en menos de una hora, de estallar en un ataque de rabia si alguna cosa hecha por sus paisanos no encuentra su aprobación. Por ejemplo, cuando uno de sus hombres le trajo un frankfurter con salsa picante, que Sinatra aborrece, le tiró encima el frasco, salpicándolo. La mayoría de los hombres que trabajan al lado de Sinatra son muy altos, pero esto no parece intimidarlo ni poner freno a su conducta impetuosa cuando se enfada. Nunca reaccionarán. Él es il padrone.

En otras ocasiones, sus hombres, en un afán por darle gusto, se pasan de rosca. Una vez observó de pasada que su gran jeep naranja, que suele utilizar en el desierto, en Palm Springs, parecía necesitar otra mano de pintura; se pasó la voz de uno a otro, cada vez con más urgencia, hasta que por fin alguien dio la orden de que el jeep fuera pintado ahora, inmediatamente. Para ello hacía falta un equipo especial de pintores que trabajara toda la noche a precio de horas extraordinarias, lo que significaba que la orden tenía que recorrer el camino inverso para el visto bueno. Cuando llegó a la mesa de trabajo de Sinatra no sabía de qué se trataba. Por fin se dio cuenta y confesó con expresión cansada que prefería no averiguar cuándo demonios le habían pintado el coche.

Sin embargo no hubiera sido aconsejable para nadie prever su reacción, porque él es un hombre completamente imprevisible, de humor variable y dado el exceso, un hombre que reacciona de inmediato y por instinto, de golpe, dramática y salvajemente. Nadie puede prever lo que puede seguir. Una joven llamada Jane Hoag, reportera de Life en las oficinas de Los Ángeles, antigua compañera de escuela de Nancy, la hija de Frank Sinatra, había sido invitada a la casa de la señora Sinatra en California, donde Frank, que mantiene las más cordiales relaciones con su antigua mujer, recibía a los invitados. En los primeros momentos, la señorita Hoag, al apoyarse en una mesa en la que había una pareja de pájaros de alabastro, tiró con el codo uno de ellos. Según recuerda la señorita Hoag, la hija de Sinatra exclamó: “Oh, ése era uno de los favoritos de mi madre…” Pero antes de que terminara su frase, Sinatra la fulminó con la mirada y, mientras otros cuarenta invitados miraban en silencio, se acercó y con un rápido golpe tiró al suelo el otro pájaro, puso luego un brazo sobre el hombro de Jane Hoag y le dijo en tono tranquilo que le devolvió la calma: “Todo va bien, chica.”

Ahora Sinatra le estaba diciendo algunas palabras a las rubias. Luego se separó de la barra y se encaminó a la sala de billar. Otro de los amigos de Sinatra se acercó a las dos mujeres. Brad Dexter, que hablaba en un rincón con otras personas, siguió a Sinatra.

Resonaban en la sala los golpes de las bolas de billar. Había una docena de espectadores, la mayoría de ellos jóvenes que observaban cómo Leo Durocher contendía contra dos jugadores no muy diestros. Este club privado, donde está permitido el alcohol, cuenta entre sus socios con muchos actores, directores, escritores, modelos, todos ellos bastante más jóvenes que Sinatra y Durocher y mucho más descuidados en su manera de vestir por la noche. Muchas de las chicas, con el largo pelo suelto a las espaldas, llevaban pantalones vaqueros ceñidos y unos jerséis muy caros; algunos muchachos vestían unas camisas azules o verdes de cuello alto, pantalones estrechos muy ceñidos y zapatos italianos.

Era evidente, por la manera en que Sinatra miraba a estas personas, que no eran de su agrado, pero estaba apoyado en un taburete alto adosado a la pared, con un vaso en la derecha y sin decir nada. Observaba cómo Durocher pegaba a las bolas. Los hombres más jóvenes presentes, acostumbrados a ver a Sinatra en este club, lo trataban sin deferencia, aunque no decían nada ofensivo. Era un grupo joven muy displicente, al estilo de California, y frío. Uno que lo parecía más era una hombrecito de movimientos rápidos, con un perfil agudo, pálidos ojos azules, pelo castaño claro y gafas cuadradas. Llevaba pantalones de pana marrón, jersey peludo de Shetland, chaqueta beige de ante y botas de guarda forestal por las que había pagado hacía poco sesenta dólares.

Frank Sinatra, apoyado en el taburete, resollando de vez en cuando por su catarro, no lograba despegar la vista de las botas de guarda. Después de contemplarlas largo rato volvió los ojos; pero en seguida los volvió a dirigir hacia éstas. El propietario de las botas estaba mirando la partida de billar; se llamaba Harlan Ellison, un escritor que acababa de terminar un guión cinematográfico: El Oscar.

Por fin, Sinatra no pudo contenerse.

–¡Eh! –gritó con su voz algo ronca, que todavía tenía un suave eco agudo–, ¿son italianas esas botas?
–No –contestó Ellison.
–¿Españolas?
–No.
–¿Son botas inglesas?
–Mire, amigo, no lo sé –contestó Ellison, frunciendo el ceño a Sinatra y volviéndose otra vez.

En la sala de billar se hizo un repentino silencio. Leo Durocher, doblado con el taco en la mano, se quedó clavado en esa posición un segundo. Nadie se movió. Sinatra se despegó del taburete y empezó a caminar lentamente, con sus andares arrogantes, hacia Ellison. El único ruido en la sala era el taconeo de Sinatra. Luego, mirando de arriba abajo a Ellison con las cejas algo levantadas y una media sonrisita, Sinatra preguntó:

–¿Espera usted una tormenta?

Harlan se volvió ligeramente.

–Oiga, ¿hay alguna razón para que se dirija a mí?
–No me agrada su forma de vestir –contestó Sinatra.
–Siento disgustarle –dijo Ellison–, pero visto como quiero.

En la sala se había levantado un susurro y alguien dijo:

–Anda, Harlan, larguémonos.

Leo Durocher hizo su jugada y dijo:

–Sí, anda.

Pero Ellison no se movió. Sinatra preguntó:

–¿Qué hace usted?
–Soy fontanero –contestó Ellison.
–No lo es –intervino rápidamente un joven del otro lado de la mesa–. Ha escrito El Oscar.
–Oh, sí –replicó Sinatra–. La he visto y es una mierda.
–Es raro –dijo Ellison–, porque todavía no se ha estrenado.
–Pues yo la he visto y es una mierda –repitió Sinatra.

Entonces Brad Dexter, demasiado grande frente a la bajita figura de Ellison, dijo, muy nervioso:

–Venga, chico, no quiero que se quede aquí.–Eh –interrumpió Sinatra a Dexter–: ¿No ves que estoy hablando con este tipo?

Dexter se quedó confuso; luego cambió completamente de actitud y, en voz baja, casi implorando, dijo a Ellison:

–¿Por qué insiste en molestarme?

Toda la escena se tornaba ridícula. Sinatra parecía bromear, quizá como reacción frente al aburrimiento o contra su propia desesperación. De todos modos, después de unas pocas palabras más, Harlan Ellison se marchó.

Ya había corrido la voz en la sala sobre la disputa entre Sinatra y Ellison, y un muchacho había ido en busca del director. Pero otro dijo que cuando el director oyó rumores salió de estampida, cogió el coche y se marchó a su casa. Por esta razón el subdirector tuvo que ir al salón de billar.

–Aquí no quiero a nadie sin chaqueta y corbata –dijo bruscamente Sinatra.

El subdirector asintió con la cabeza y regresó a su despacho.

A la mañana siguiente comenzó otro día de tensión para el agente de prensa de Sinatra, Jim Mahoney. Mahoney tenía dolor de cabeza y estaba preocupado, pero no por el incidente Sinatra-Ellison de la víspera. En aquellos momentos estaba en la otra sala sentado en una mesa con su mujer y probablemente ni se había enterado del incidente. Había durado cerca de tres minutos. Y tres minutos más tarde a Frank Sinatra se le había olvidado completamente, mientras que Ellison se acordaría de él durante el resto de su vida: había tenido, como muchos centenares de personas antes que él, una escena con Sinatra en un momento inesperado de la madrugada.

Seguramente fue mejor que Mahoney no estuviera en la sala de billar; aquel día tenía otras cosas en la cabeza: estaba preocupado por el catarro de Sinatra e inquieto por el discutido documental de CBS que, a pesar de las protestas de Sinatra y de haber retirado su permiso, se iba a transmitir por televisión en menos de dos semanas. Durante estos días los periódicos insinuaron que Sinatra iba a querellarse con la estación televisiva, y los teléfonos de Mahoney sonaron sin interrupción. Precisamente ahora hablaba en Nueva York, con Kay Gardella, del Daily News, y decía: “Así es, Kay, habían prometido no hacer ciertas preguntas sobre la vida privada de Frank, pero Cronkite dijo: ‘Frank, háblame de esas asociaciones’. Esa pregunta, Kay, fuera. Nunca debía haberla hecho”.

Mientras hablaba, Mahoney se había estirado en su butaca, sacudiendo lentamente la cabeza. Es un hombre robusto de 37 años; con una cara redonda y colorada, una mandíbula fuerte y unos ojos pequeños y azules. Parecería pendenciero si no hablara con tanta claridad y sinceridad y no fuese tan meticuloso en el vestir. Sus trajes y sus zapatos están soberbiamente cortados a la medida y esto es lo primero en que Sinatra se fijó al conocerlo. En su amplio despacho, frente al bar, hay un sacabrillos eléctrico para los zapatos y un par de perchas para sus chaquetas. Cerca del bar hay una foto del presidente Kennedy con su autógrafo y unas cuantas de Sinatra, no hay una más en el resto de las habitaciones de la agencia de Mahoney. Antes había una gran foto de Sinatra adornando la sala de recepción, pero como hería los sentimientos de otras estrellas de cine clientes de Mahoney, y en vista de que Sinatra no va nunca por allí, la foto fue eliminada.

Sin embargo, parece que Sinatra esté siempre presente, y aunque Mahoney no tenga razones auténticas para preocuparse por él –como sucedía hoy–, se las inventa. Para ello, se rodea de recordatorios de momentos en que se preocupó. Entre sus avíos de afeitar hay un frasco de somníferos despachado por una farmacia de Reno. La fecha de la etiqueta coincide con el secuestro de Frank Sinatra Jr. Sobre una mesa del despacho de Mahoney hay una reproducción de madera de la nota de rescate del mencionado suceso. Cuando Mahoney, sentado en un escritorio, está preocupado por algo, tiene la manía de entretenerse con un minúsculo tren de juguete que está delante de él. El tren –recuerdo de la película de Sinatra El coronelVon Ryan– es, para los hombres que lo rodean, lo que era el sujetacorbatas recuerdo del PT-1091 para los íntimos de Kennedy. Mahoney empuja el trenecito sobre los cortos rieles arriba y abajo, adelante y atrás, clic, clac…

Mahoney apartó su trenecito. La secretaria le anunció una llamada telefónica importante. Cogió el auricular y su voz se volvió aún más sincera que antes.

–Sí, Frank –dijo–. Bien… Bien… Sí, Frank… –Cuando hubo colgado el teléfono lentamente, anunció que Frank Sinatra se había marchado en su jet particular a pasar el fin de semana en la casa de Palm Springs, a dieciséis minutos de vuelo de su domicilio en Los Ángeles. Mahoney estaba preocupado de nuevo. El jet Lear, que el piloto de Sinatra iba a conducir, era idéntico, según Mahoney, a otro que se había estrellado no hacía mucho en un lugar de California.

Al lunes siguiente, un día poco californiano, nublado y frío, más de un centenar de personas se reunieron en el interior de un estudio blanco de televisión, una sala enorme dominada por un escenario, también blanco, paredes blancas y docenas de fotos y de luces colgando: parecía un quirófano gigantesco. En esta sala, aproximadamente en una hora, la NBC iba a grabar un espectáculo de sesenta minutos de duración que sería televisado en color en la noche del 24 de noviembre y que sintetizaría, lo mejor posible, los veinticinco años de carrera de Frank Sinatra como artista. No sondearía, como se decía del siguiente documental de CBS, el sector privado de la vida del artista. El espectáculo de la NBC tendría una hora de duración, en la que Sinatra cantaría algunos de los éxitos que lo llevaron de Hoboken a Hollywood; un espectáculo que únicamente sería interrumpido por algunos cortos y por los anuncios de la cerveza Budweiser. Antes del resfriado, Sinatra estaba muy excitado por este espectáculo; veía la oportunidad de atraer no sólo a los nostálgicos, sino también de dar a conocer su talento a los partidarios del rock and roll. En cierto sentido, presentaba batalla a los Beatles. Los comunicados de prensa realizados por la agencia de Mahoney subrayaban esto diciendo: “Si usted está cansado de los cantantes adolescentes que llevan la melena tan espesa que se puede ocultar en ella una caja de melones… sería estimulante que considere el grado de diversión de un programa especial titulado Sinatra: El hombre y su música”.

En esos momentos, en el estudio de la NBC de Los Ángeles había una atmósfera de expectación y de tensión a causa de la incertidumbre sobre la voz de Sinatra. Los cuarenta y tres músicos de la orquesta de Nelson Riddle ya habían llegado y algunos estaban templando sus instrumentos en la blanca plataforma. Dwight Hemion, un joven director de pelo rubio que había sido elogiado por su espectáculo televisivo sobre Barbra Streisand, estaba sentado en la cabina de dirección situada sobre la orquesta y el escenario. Los camarógrafos, el equipo de técnicos, los guardas de seguridad y los publicistas de la Budweiser estaban también esperando entre los focos y las cámaras, así como una docena o más de secretarias del edificio, que se habían escapado para poder presenciarlo todo.

Unos minutos antes de las once corrió la voz, a lo largo del interminable pasillo que conduce al estudio, de que se había visto a Sinatra en el estacionamiento y que parecía estar bien. Hubo gran alivio entre los allí reunidos; pero cuando la delgada figura elegantemente vestida se fue acercando, advirtieron con consternación que no se trataba de Frank Sinatra sino de su doble, Johnny Delgado.

Johnny Delgado anda como Sinatra, tiene su misma conformación de cuerpo, y desde algunos ángulos faciales se le asemeja. Pero parece un tipo algo tímido. Quince años antes, al principio de su carrera, aspiró a un papel en De aquí a la eternidad. Lo contrataron y más tarde descubrió que tenía que ser el doble de Sinatra. En la última película de éste, Asalto al Queen Mary, historia en la que Sinatra y algunos cómplices intentan asaltar al Queen Mary, Johnny Delgado le sustituye en algunas escenas en el agua; y ahora en el estudio de la NBC su cometido consistía en estar de pie bajo los calientes focos marcando las situaciones de Sinatra a los camarógrafos.

Cinco minutos más tarde entraba el auténtico Frank Sinatra. Su cara estaba pálida, sus ojos azules parecían algo acuosos. No había conseguido librarse del catarro, pero de todos modos iba a intentar cantar, porque el programa estaba muy ajustado y en ese momento estaban en juego miles de dólares entre la orquesta, los equipos y el alquiler del estudio. Pero mientras Sinatra caminaba hacia la pequeña habitación de ensayos para calentar su voz, miró hacia el estudio y vio que el escenario y la plataforma no estaban juntos, como había requerido específicamente; apretó los labios y apareció claramente contrariado. Unos momentos después se oyeron desde la salita de ensayos sus puñetazos sobre el piano y la voz de su acompañante, Bill Miller, que le decía suavemente:

–Procura calmarte, Frank.

Más tarde llegaron Jim Mahoney y otro hombre, y se habló de la muerte de Dorothy Kilgallen, acontecida por la mañana temprano en Nueva York. Había sido una ardiente enemiga de Sinatra durante años, y él, actuando en su centro nocturno, se había metido bastante con ella. Ahora, a pesar de haber muerto, no ocultó sus sentimientos.

–Dorothy Kilgallen ha muerto –repitió al salir de la salita al estudio–. Bueno, supongo que tendré que cambiar todo mi número.

Cuando entró en el estudio todos los músicos cogieron sus instrumentos y se quedaron rígidos en sus asientos. Sinatra se aclaró la garganta unas cuantas veces y luego, después de ensayar algunas baladas con la orquesta, cantó Don’t Worry About Me a su satisfacción. Como no estaba seguro de cuánto tiempo le duraría la voz se volvió impaciente.

–¿Por qué no grabamos esa matriz? –dijo dirigiéndose a la cabina de cristal donde Dwight Hemion, el director y su personal estaban sentados. Todos tenías las cabezas bajas observando el cuadro de mandos.

–¿Por qué no grabamos la matriz? –volvió a preguntar Sinatra.

El director de escena, que estaba cerca de la cámara con los auriculares puestos, repitió las palabras de Sinatra por el micrófono que le comunicaba con el control.

–¿Por qué no grabamos esa matriz?

Hemion no contestó. Posiblemente el interruptor estaba desconectado. Era difícil averiguarlo a causa de los reflejos oscuros que las luces producían en los cristales.

–¿Por qué no nos ponemos chaqueta y corbata –siguió Sinatra, que en ese momento llevaba un jersey amarillo de cuello alto– y grabamos esto?

De pronto se oyó, muy calma, la voz de Hemion desde el altavoz:

–Está bien, Frank, ¿le importaría repetir…?
–Sí, me importaría –replicó Frank con brusquedad.

El silencio de Hemion, que duró uno o dos segundos, fue interrumpido nuevamente por Sinatra, que dijo:

–Cuando dejemos de hacer las cosas como se hacían en 1950, tal vez…

Y siguió metiéndose con Hemion, renegando de la falta de técnicas modernas para la organización de este género de espectáculos; luego, tal vez para no malgastar su voz inútilmente, se calló. Y Dwight Hemion, muy paciente, tan paciente y sereno que parecía no haber oído nada de lo dicho por Sinatra, esbozó la primera parte del espectáculo. Y Sinatra, unos minutos más tarde, leyó las frases introductorias, frases que seguirían a Without a Song en los letreros para apuntar que se colocaban junto a las cámaras.

–El show de Frank Sinatra, Acto i, página 10, toma primera –anunció, con la claqueta delante del objetivo, un hombre que se retiró en seguida.
–¿Han pensado alguna vez –empezó Sinatra– qué sería el mundo sin una canción? Sería un sitio bastante aburrido, ¿verdad?

Sinatra se interrumpió.

–Perdón –dijo-, Dios santo, necesito beber algo.

Ensayaron otra vez.

–El show de Frank Sinatra, Acto i, página 10, toma segunda –gritó el tipo saltarín de la claqueta.
–¿Han pensado alguna vez qué sería del mundo sin una canción…?

Esta vez Frank Sinatra leyó todo seguido sin pararse. Después ensayó algunas canciones, interrumpiendo a la orquesta una o dos veces cuando cierto sonido instrumental no era de su agrado. Era difícil predecir cuánto resistiría su voz, pues era todavía pronto; hasta ahora, sin embargo, todo el mundo parecía satisfecho, en particular cuando cantó Nancy, una vieja canción sentimental muy popular, escrita poco más de veinte años antes por Jimmy van Heusen y Phil Solvers, inspirada en la mayor de los tres hijos de Sinatra cuando tenía tan sólo unos pocos años.

Nancy tiene veinticinco años. Vive sola. Su matrimonio con el cantante Tommy Sands terminó en divorcio. Su casa se encuentra en un suburbio de Los Ángeles y en estos momentos participa en su tercera película y graba además en la casa de discos de su padre. Se ven diariamente; y si no, él le telefonea cada día, aunque esté en Europa o Asia. Cuando la voz de Sinatra empezó a hacerse popular en la radio, excitando a sus fans, Nancy lo escuchaba en casa y lloraba. Cuando el primer matrimonio de Sinatra se deshizo en 1951 y él se marchó de casa, Nancy era la única que se acordaba de su padre. Lo vio también con Ava Gardner, Juliet Prowse, Mia Farrow y con otras muchas.

Algunas veces había salido formando pareja con él…Nancy lo ve cuando va de visita a casa de su primera mujer, Nancy Barbato, hija de un estuquista de Jersey City con la que Sinatra se casó en 1939 cuando ganaba veinticinco dólares en la semana cantando en The Rustic Cabin, cerca de Hoboken.

She, takes the winter
and makes summer…
Summer could take
some lessons from her…

La primera señora Sinatra es una mujer excepcional que no ha vuelto a casarse (como ella misma explicó una vez a una amiga: “Cuando se ha estado casada con Frank Sinatra…”). Vive en una magnífica mansión de Los Ángeles con la hija menor, Tina, de diecisiete años. No hay amargura entre Sinatra y su primera mujer, sino tan sólo un gran respeto y afecto. Siempre ha sido bienvenido en su casa, e incluso se dice que acostumbra a llegar a cualquier hora, atiza el fuego de la chimenea, se estira en el sofá y se queda dormido. Frank Sinatra tiene la suerte de dormir en cualquier sitio, cosa que aprendió cuando viajaba en autobús con sus conjuntos musicales; en esa época también aprendió a dormir en smoking sin arrugar la chaqueta y conservando el pliegue de los pantalones. Pero ya no viaja en autobús, y su hija Nancy, que de niña se creía olvidada cuando él se dormía en el sofá en vez de dedicarle su atención, se ha dado cuenta de que uno de los pocos sitios del mundo donde Frank Sinatra podía encontrar un poco de recogimiento, donde su famosa cara no iba a ser mirada fijamente ni provocaría reacciones anormales en los demás, era el sofá. También se dio cuenta de que las cosas corrientes han eludido siempre a su padre: su infancia ha sido una infancia de soledad y de lucha para ganar la atención. Desde que lo ha conseguido, nunca más ha tenido la posibilidad de estar solo. Cuando miraba por las ventanas de una casa que tuvo una temporada en Hasbrouk Heights, Nueva Jersey, vislumbraba a veces las caras de los adolescentes que le espiaban, y en 1944, después de haberse mudado a California y haber adquirido una casa protegida por un seto de tres metros de altura a orillas del lago Toluca, descubrió que el único método para escapar del teléfono y otros asaltos era quedarse en un bote en el centro del lago. Sin embargo, según Nancy, ha intentado vivir como todo el mundo. El día de la boda de su hija lloró, porque es muy sensible y sentimental…

–¿Qué diantre estás haciendo allá arriba, Dwight?

Silencio desde la cabina de dirección.

–¿Tienes una recepción o algo parecido, Dwight?

Sinatra estaba en el escenario con los brazos cruzados y miraba furioso a Hemion. Había cantado Nancy con lo que probablemente le quedaba de voz ese día. Los números siguientes tuvieron unas cuantas notas roncas y por dos veces se le rompió la voz. Pero Hemion estaba incomunicado en la cabina. Bajó luego al estudio y se dirigió a Sinatra. Unos minutos después los dos se fueron a la cabina. Le puso la cinta a Sinatra. La escuchó unos minutos y en seguida empezó a sacudir la cabeza. Después dijo a Hemion:

–Olvídalo, olvídalo. Estás perdiendo el tiempo. Lo que hay allí –dijo Sinatra señalando su imagen que cantaba en la pantalla de la televisión– es un tipo acatarrado.

Luego se marchó de la cabina y ordenó que se cancelara todo y se aplazase la grabación hasta que se encontrara bien.

Inmediatamente la noticia se esparció como una epidemia entre el personal de Sinatra, luego en Hollywood, más tarde por todo el país, llegando al bar de Jilly, y también a la otra orilla del río Hudson, a las casas de los padres de Frank Sinatra y de sus amigos de Nueva Jersey.

Cuando Frank Sinatra habló con su padre por teléfono y le dijo que se encontraba malísimo, el viejo Sinatra le contestó que él se encontraba aún peor: que la mano y el brazo izquierdo estaban tan entorpecidos por un trastorno circulatorio que casi no podía usarlos, añadiendo que ello podía ser el resultado de haber golpeado demasiado con la izquierda, cincuenta años antes, en sus días de peso gallo.

Martin Sinatra, un pequeño siciliano tatuado, de tez colorada y ojos azules, nacido en Catania, había sido púgil bajo el nombre de Matty O’Brien. En aquellos tiempos y en aquellos lugares, con los irlandeses que mandaban en los bajos estratos de la vida ciudadana, no era raro el caso de los italianos que tomaran esos nombres. La mayoría de los italianos y de los sicilianos que habían emigrado a América a finales del siglo pasado eran pobres e incultos; eran excluidos de los sindicatos de la construcción, dominados por los irlandeses; eran amedrentados por la policía irlandesa, por los sacerdotes irlandeses y por los políticos irlandeses.

Una excepción notable era Dolly, la madre de Frank Sinatra, una mujer alta y muy ambiciosa, que sus padres habían traído a América de dos meses. El padre era litógrafo en Génova. Más tarde, Dolly Sinatra, con su cara colorada y redonda y sus ojos azules, era a menudo tomada por irlandesa y sorprendía a muchos por la rapidez con que lanzaba su pesado bolso contra el primero que dijera “wop” 2.

Valiéndose de su habilidad política dentro de la máquina democrática del norte de Jersey, Dolly Sinatra iba a convertirse en una especie de Catalina de Médicis del Tercer Distrito de Hoboken. En periodo de elecciones se podía contar con que ella conseguiría reunir hasta seiscientos votos en su barrio italiano, y en esto se basaba su poder. Cuando dijo una vez a uno de los políticos que quería que su marido ingresara en el cuerpo de bomberos de Hoboken y éste le contestó: “Pero, Dolly, no hay ninguna plaza vacante”, ella rebatió:

–Hágala.

Y la hicieron. Algunos años más tarde pidió que el marido fuera ascendido a capitán de bomberos, y un buen día recibió una llamada telefónica de los mandamases políticos que empezó:

–Enhorabuena, Dolly.
–¿Por qué?
–Por el capitán Sinatra.
–Oh, por fin lo han ascendido. Muchas gracias.

Seguidamente llamó a la estación de bomberos de Hoboken.

–Quiero hablar con el capitán Sinatra –dijo.

El bombero llamó al teléfono a Martin Sinatra, diciéndole…

–Marty, creo que tu mujer se ha vuelto loca.

Cuando él tomó el auricular, Dolly lo saludó:

–Enhorabuena, capitán Sinatra.

El único hijo de Dolly, bautizado Francis Albert Sinatra, nació y por poco se muere el 12 de diciembre de 1915. Fue un parto difícil y durante sus primeras horas en la tierra recibió unas señales que llevará hasta la muerte: las cicatrices del lado izquierdo del cuello fueron el resultado de la torpeza del médico al usar los fórceps. Sinatra decidió no borrarlas con la cirugía estética.

Después de cumplir los seis meses fue criado casi exclusivamente por su abuela. La madre tenía un empleo en una firma importante. Era tan hábil en dar baños de chocolate que prometieron enviarla a la fábrica de París para dar clases. Algunas personas recuerdan a Sinatra como el chico solitario que se pasaba las horas muertas en el porche con la mirada perdida en el espacio. Sinatra no fue nunca un golfillo de los barrios bajos; nunca estuvo en la cárcel, e iba siempre bien vestido. Poseía tantos pantalones que algunos en Hoboken le llamaban “Slacksey O’Brien”3.

Dolly Sinatra no era de ese tipo de madres italianas que se quedaban satisfechas tan sólo con la sumisión y el buen apetito de su vástago. Esperaba mucho de su hijo. Era siempre muy severa. Soñaba que se hiciera ingeniero aeronáutico. Una noche descubrió las fotos de Bing Crosby pegadas en las paredes de su dormitorio y se enteró de que también su hijo quería ser cantante; se puso furiosa y le tiró un zapato. Más adelante, consciente de que no había manera de hacerle cambiar de opinión –“se parece a mí”–, lo animó en su idea.

Muchos chicos italoamericanos de esa generación tenían los mismos sueños. Eran fuertes en la música, débiles en las letras; no ha habido ni un solo gran novelista entre ellos: ningún O’Hara, ningún Bellow, ningún Cheever, ningún Shaw. Sin embargo, podían establecer comunicación con el bel canto. Esto entraba más en su tradición; no hacía falta ningún título de estudios; podían ver sus nombres en neón: Perry Como… Frankie Lane… Tony Bennett… Vic Damone… Pero nadie lo veía con más claridad que Frank Sinatra.

A pesar de que estaba trabajando casi todas las noches en The Rustic Cabin, se levantaba al día siguiente para cantar gratis en la radio de Nueva York y atraer más la atención. Más adelante logró un empleo de cantante con el conjunto de Harry James, y fue entonces, en agosto de 1939, cuando Sinatra obtuvo el primer éxito con un disco: All or Nothing at All. Les tomó mucho cariño a Harry James y a todos los miembros de la orquesta, pero cuando recibió una oferta de Tommy Dorsay –que entonces tenía probablemente el mejor conjunto del país–, Sinatra aceptó.

Le pagaban ciento veinticinco dólares por semana, y Dorsay sabía cómo promoverlo. Sin embargo, Sinatra estaba muy deprimido por tener que dejar la orquesta de James, y la última noche que pasó con ellos fue tan memorable que, veinte años después, hablando con un amigo, se acordaba aún de todos los detalles: “El autobús salió con todos los chicos sobre la medianoche. Les había dicho adiós y me acuerdo de que estaba nevando. No había nadie alrededor y me quedé solo en la nieve con mi maleta, siguiendo con la mirada las luces posteriores hasta que desaparecieron. Luego comencé a llorar e intenté correr detrás del autobús. Había en ese conjunto tanto esfuerzo y tanto entusiasmo, que sentía dejarlo…”

Pero lo hizo. Como seguiría dejando también otros puestos cómodos, siempre en busca de algo más, sin perder nunca el tiempo, intentando hacerlo todo en una generación, luchando con su propio nombre, defendiendo a los débiles, aterrorizando a los poderosos. Le pegó un puñetazo a un músico que había dicho algo en contra de los judíos; sostuvo la causa de los negros dos décadas antes de que esto se pusiera de moda. Arrojó también una bandeja de vasos a Buddy Rich por tocar los tambores demasiado fuerte.

Antes de cumplir treinta años, Sinatra había regalado mecheros de oro por valor de cincuenta mil dólares y vivía el sueño dorado de los emigrados a Norteamérica. Hizo su aparición cuando DiMaggio estaba callado, cuando sus paisanos estaban melancólicos y a la defensiva por la presencia de las tropas de Hitler en su tierra nativa. Con el tiempo, Sinatra se convirtió en el único miembro de la Liga Contra la Difamación de los Italianos de Norteamérica, un tipo de organización que no hubiera progresado mucho entre ellos porque, según dicen, siendo individualistas rara vez están de acuerdo: magníficos como solistas, pero no tan buenos en el coro; fantásticos como héroes, pero no tan admirables en un desfile.

Cuando eran usados muchos nombres de italianos para distinguir a los pandilleros en la serie televisiva de Los intocables, Sinatra dejó oír con fuerza su desaprobación. Sinatra, y también muchos otros miles de italianos, se resistían cuando Joe Valadri, un delincuente de poca monta, era presentado por Bob Kennedy como una eminencia de la mafia, mientras en realidad, por lo que se pudo deducir de las declaraciones de Valadri en televisión, era evidente que estaba menos enterado que la mayoría de los camareros de Mulberry Street. Muchos italianos del círculo de Sinatra consideraban que Bobby Kennedy era un policía irlandés de más talla que los que había conocido Dolly Sinatra, pero que infundía el mismo pavor. Se dice que Bobby Kennedy, junto con Peter Lawford, se volvió arrogante con Sinatra tras la elección de John Kennedy, olvidando la contribución de Sinatra, tanto en la recaudación de fondos como en la influencia sobre muchos votos de los italianos antiirlandeses. Se sospecha que tanto Lawford como Bobby Kennedy intervinieron en la decisión del difunto presidente de hospedarse en casa de Bing Crosby en vez de en casa de Sinatra, como se había planeado en un principio. Una contrariedad que Sinatra no olvidará nunca. Desde entonces, Peter Lawford ha sido excluido del clan Sinatra en Las Vegas.

–Sí, mi hijo es como yo –dice con orgullo Dolly Sinatra–. Si se le contraría nunca lo olvida. Pero –aclara en seguida– no consigue hacer nada que su madre no quiera. Incluso ahora lleva la misma marca de prendas interiores que le solía comprar.

Hoy Dolly Sinatra tiene 71 años, uno o dos menos que Martin, y durante todo el día hay gente que llama a la puerta trasera de su casa pidiéndole consejos o buscando su influencia. Cuando no recibe visitas o no está en la cocina, se ocupa de su marido, un hombre callado pero testarudo, y le hace apoyar el brazo dolorido en la esponja que ha colocado en el brazo de su butaca.

–Oh, este hombre ha ido a incendios terroríficos –dijo Dolly a una visita, señalando con gestos admirativos al marido sentado en su butaca.

Aunque Dolly Sinatra tiene 87 ahijados en Hoboken, y sigue yendo a esa ciudad durante las campañas políticas, vive ahora con su marido en una bonita casa de dieciséis habitaciones en Fort Lee, Nueva Jersey. Esta casa fue regalada por el hijo, hace tres años, en sus bodas de oro. Está amueblada con gusto y está repleta de contrastes entre lo piadoso y lo mundano: fotografías del Papa Juan y de Ava Gardner, del Papa Pablo y Dean Martin; varias estatuas de santos y agua bendita, una silla con autógrafo de Sammy Davis Jr. y botellas de whisky. En el estudio de joyas de la señora Sinatra hay un magnífico collar de perlas que acaba de recibir de Ava Gardner, a quien quiso muchísimo como nuera y con la que todavía mantiene contacto y menciona a menudo. Colgando en una pared hay una carta dirigida a Dolly y a Martin: “Las arenas del tiempo se han convertido en oro; sin embargo, el amor continúa desplegándose como los pétalos de una rosa en el jardín de la vida de Dios… Que Dios los proteja por toda la eternidad. Le doy las gracias, les doy las gracias por el don de la existencia, su hijo que los quiere, Francis…”.

La señora Sinatra habla por teléfono con su hijo al menos una vez por semana. Hace poco Sinatra le sugirió que cuando fueran a Manhattan hiciera uso de su apartamento en la Calle Setenta y Dos Este, cerca del río. Está en un barrio caro y elegante de Nueva York, aunque en la misma manzana haya una pequeña fábrica. Dolly Sinatra se sirvió de esta oferta para tomar represalias contra su hijo por algunas declaraciones no muy lisonjeras que había hecho sobre su infancia en Hoboken.

–¿Qué? ¿Quieres que vaya a tu piso, a aquella pocilga? –preguntó–. ¿Crees que quiero pasar la noche en aquel horrible vecindario?

Frank Sinatra comprendió al vuelo y dijo:

–Mil perdones, señora Fort Lee.

Después de haber pasado toda la semana en Palm Springs, Frank Sinatra, muy mejorado del catarro, volvió a Los Ángeles, una bonita ciudad de sol y sexo, un descubrimiento español lleno de miseria mexicana, un país estelar de hombrecitos y de mujeres esbeltas con pantalones muy ceñidos que entran y salen de sus descapotables.

Sinatra regresó a tiempo para ver junto con su familia el documental tan esperado de la CBS. Cerca de las nueve de la tarde llegó en coche a la casa de su ex mujer Nancy y cenó con ella y sus dos hijas. El hijo, al que ven raramente, estaba fuera.

Frank Jr., de veintidós años, estaba de gira con un conjunto y viajaba a Nueva York, donde estaba contratado en Basin Street East con la orquesta de los Pied Pipers, con los que Frank Sinatra había cantado con la banda de Dorsay en 1940. Hoy en día Frank Sinatra Jr., nombre que le puso su padre en honor de Franklin D. Roosevelt, vive casi siempre en hoteles, cena cada noche en su camerino del club nocturno y canta hasta las dos de la madrugada, aceptando amablemente, dado que no tiene más remedio, la inevitable comparación. Tiene una voz suave y agradable que con el ejercicio está mejorando. Es muy respetuoso con su padre; habla de él con objetividad y, a veces, con arrogancia contenida.

Según Frank Jr., refiriéndose al principio de la fama de su padre, ha habido “un Sinatra de recortes de periódico” que tenía el propósito de “apartar a Sinatra del hombre corriente, de las cosas cotidianas; de repente ha surgido el magnate fogoso, el Sinatra súper normal, no súper hombre, sino súper normal. Y este es –seguía diciendo Frank Jr.– el error, el gran camelo, porque Frank Sinatra es normal, es un tipo con el que cualquiera puede toparse al volver la esquina. Sin embargo, hay otro factor, el disfraz súper normal que ha influido tanto en Frank Sinatra como en cualquiera que vea uno de sus programas televisivos o lea un artículo sobre él…”

“La vida de Frank Sinatra en los comienzos era tan normal –dijo–, que nadie en 1934 hubiera creído que este chiquillo italiano de pelo rizado se convertiría en un gigante, en un monstruo, en la gran leyenda viviente… Conoció a mi madre –Nancy Barbato, hija de Mike Barbato, estuquista de Jersey City– en un verano en la playa. Y ella conoció al hijo de Martin, un bombero, en un verano en la playa de Long Branch, Nueva Jersey. Los dos son italianos, los dos son católicos, los dos son unos tortolitos de clase media baja, es como un millón de películas malas protagonizadas por Frankie Avalon…

“Tienen tres hijos. El primero, Nancy, fue el más normal de los hijos de Frank Sinatra. Nancy fue cheerleader, iba a campamentos de verano, conducía un Chevrolet, tenía la clase de desarrollo más fácil, centrado en el hogar y la familia. El siguiente soy yo. Mi vida con la familia es muy, muy normal hasta septiembre de 1958, cuando, en completo contraste con la educación de las dos chicas, me mandan a una escuela preparatoria. Ahora estoy lejos del círculo más íntimo de la familia, y nunca he recuperado mi posición desde entonces… El tercer hijo es Tina. Y para ser totalmente honesto, no sabría decir cómo es su vida…”

El show de la CBS, narrado por Walter Cronkite, empezó a las diez de la noche. Un minuto antes de eso, la familia Sinatra, que había terminado de cenar, giró las sillas para ponerse de cara a la cámara, unida por el desastre que podía suceder. Los hombres de Sinatra en otras partes de la ciudad, en otras partes de la nación, estaban haciendo lo mismo. El abogado de Sinatra, Milton A. Rudin, fumando un cigarro, estaba mirando con ojos atentos, una alerta legal en la mente. El programa también iban a verlo Brad Dexter, Jim Mahoney, Ed Pucci; el maquillador de Sinatra, “Shotgun” Britton; su representante en Nueva York, Henri Gin, su camisero, Richard Carroll; su agente de seguros, John Lillie, su mayordomo, George Jacobs, un guapo negro que, cuando recibe a chicas en su apartamento, pone discos de Ray Charles.

Y como sucede con buena parte del miedo de Hollywood, la aprensión por el show de la CBS demostró carecer de razón. Fue una hora enormemente halagadora que no hurgó profundamente, como insistían los rumores, en la vida amorosa de Sinatra, o la mafia, u otras zonas de su provincia privada. Si bien el documental no era autorizado, escribió Jack Gould en el New York Times del día siguiente, “podría haberlo sido”.

Inmediatamente después del show, los teléfonos empezaron a sonar por todo el sistema de Sinatra y transmitieron palabras de alegría y alivio, y de Nueva York llegó el telegrama de Jilly: “¡SOMOS LOS AMOS DEL MUNDO!”

El día siguiente, en un pasillo del edificio de la NBC donde se iba a retomar la grabación de su programa, Sinatra estaba discutiendo el show de la CBS con varios de sus amigos, y dijo: “Oh, fue divertidísimo.”

–Sí, Frank, una barbaridad.
–Pero creo que Jack Gould tenía razón hoy en el Times –dijo Sinatra–. Debería haber habido más sobre el hombre, no sólo sobre la música…

Asintieron, nadie mencionó la histeria que había en el mundo Sinatra cuando parecía que la CBS iba a ser implacable con él; sólo asintieron y dos de ellos se rieron porque, al parecer, había salido en el programa diciendo la palabra “pájaro”, que es una de las palabras preferidas de Sinatra.

Con frecuencia pregunta a sus compinches: “¿Cómo está tu pájaro?”, y cuando casi se ahogó en Hawai, después explicó: “Se me metió un poco de agua en el pájaro”, y bajo una gran fotografía suya sosteniendo una botella de whisky, una foto que cuelga en la casa de un amigo actor llamado Dick Balayan, la leyenda dice: “¡Bebe, Dickie! Es bueno para tu pájaro”. En la canción Come Fly with Me, Sinatra a veces altera la letra: “Sólo di las palabras y llevaremos a nuestros pájaros a Acapulco…”

Diez minutos más tarde Sinatra, siguiendo a la orquesta, entró en el estudio de la NBC, que no parecía ni de lejos la escena de ocho días antes. En esa ocasión Sinatra tenía la voz muy bien, hizo bromas entre números, nada le alteró. En una ocasión, mientras cantaba How Can I Ignore the Girl Next Door, en el escenario, junto a un árbol, una cámara de televisión montada en un vehículo se acercó demasiado y chocó contra el árbol:

–¡Cristo! –gritó uno de los asistentes técnicos.

Pero Sinatra a duras penas pareció darse cuenta.

–Hemos tenido un pequeño accidente –dijo con total tranquilidad. Después empezó la canción desde el principio.

Cuando el programa terminó, Sinatra observó lo grabado en el monitor de la sala de control. Estaba muy complacido, le dio la mano a Dwight Hemion y a sus ayudantes. Después se abrieron las botellas de whisky en el camerino de Sinatra. Pat Lawford estaba allí, y también Andy Williams y una docena más de personas. Los telegramas y las llamadas seguían llegando de todas las partes del país con felicitaciones por el programa de la CBS. Hubo incluso una llamada, dijo Mahoney, del productor de la CBS, Don Hewitt, con el que Sinatra estaba terriblemente enfadado hacía sólo unos días. Y Sinatra seguía enfadado, sentía que la CBS le había traicionado, aunque el programa en sí mismo no era ofensivo.

–¿Le escribo una línea a Hewitt? –preguntó Mahoney.
–¿Se puede mandar un puño por correo? –respondió Sinatra.

Lo tiene todo, no puede dormir, da bonitos regalos, no es feliz, pero no cambiaría, ni por la felicidad, lo que es…

Es una parte de nuestro pasado, sólo que nosotros hemos envejecido, él no… nosotros estamos angustiados por la vida doméstica, él no… nosotros tenemos escrúpulos, él no… Es culpa nuestra, no suya…

Controla los menús de todos los restaurantes italianos de Los Ángeles; si quieres comida del norte de Italia, coge un avión a Milán…

Los hombres le siguen, le imitan, se pelean por estar cerca de él… hay algo de vestuario, de cuartel, en él… pájaro… pájaro…

Cree que hay que jugar a lo grande, con todo, cada vez más… cuanto más abierto eres, más recibes, tus dimensiones aumentan, creces, te vuelves más lo que eres… más grande, más rico…

“Es mejor que nadie, o al menos yo creo que lo es, y tiene que vivir a la altura de eso.” (Nancy Sinatra Jr.)

“Es tranquilo aparentemente… pero por dentro le están pasando un millón de cosas.” (Dick Bakalayan)

“Tiene un insaciable deseo de vivir cada momento al máximo porque tiene la sensación que al otro lado de la esquina está la extinción.” (Brad Dexter)

“Lo único que obtuve de mis matrimonios fueron los dos años que Artie Shaw me financió el diván del analista.” (Ava Gardner)

“No éramos madre e hijo, sino colegas.” (Dolly Sinatra)

“Tengo cualquier cosa que te ayude a pasar la noche, sean oraciones, tranquilizantes o una botella de Jack Daniel’s.” (Frank Sinatra)

Frank Sinatra estaba cansado de la cháchara, los cotilleos, la teoría, cansado de leer citas sobre sí mismo, de oír lo que la gente decía de él en toda la ciudad. Habían sido tres semanas tediosas, dijo, y ahora sólo quería largarse, ir a Las Vegas, soltar un poco de presión. Así que se subió a su jet, voló por encima de las colinas de California hasta las llanuras de Nevada, después sobre millas y millas de desierto hasta The Sands y la pelea Clay-Patterson.

La velada del combate se quedó despierto toda la noche y durmió la mayor parte de la tarde, aunque su voz grabada se oyó en el lobby de The Sands, en el casino de apuestas, incluso en los lavabos, siendo interrumpido por algunos compases de anuncios públicos: “ … Llamada telefónica para el señor Ron Fish, señor Ron Fish… con una cinta dorada en el cabello…

Llamada telefónica para el señor Herbert Rothstein, señor Herbert Rothstein… memories of a time so bright, keep me sleepless through dark endless nights…”

La tarde antes del combate en el recibidor de The Sands y de los otros hoteles a lo largo de la avenida pululaban los consabidos profetas de la pelea: los apostadores, los viejos campeones, segundones del negocio del boxeo de la Octava Avenida, los redactores deportivos que dicen pestes de los grandes combates durante todo el año, pero que no quieren perderse uno; los novelistas que parecen identificarse siempre con un púgil o con otro; las prostitutas locales reforzadas por algunas profesionales de Los Ángeles; y también una joven morena con un traje negro de cóctel arrugado que estaba en el mostrador de recepción implorando: “Pero yo quiero hablar con el señor Sinatra”.

–No está aquí –contestó el encargado.
–¿No quiere comunicarme con su cuarto?
–No se puede transmitir ningún mensaje, señorita –contestó.

But now the days are short
I am in the Autumn of the year
And now I think of my life
As vintage wine
From fine old kegs…

Ya no tiene importancia el autor de la canción o de la letra. Todas sus palabras, sus sentimientos, son capítulos del lírico romance de su vida.Life is a beautiful thing

As long as I hold the string…

Tambaleándose y casi a punto de llorar, cruzó el recibidor y entró en la grande y ruidosa sala de juegos, llena de hombres interesados tan sólo en el dinero.

Poco antes de la siete de la tarde, Jack Entratter, un hombretón de pelo cano que dirige The Sands, entró en la sala de juego para anunciar a unos hombres que se encontraban alrededor de la mesa de blackjack que Sinatra se estaba vistiendo. Dijo también que le había sido imposible encontrar asientos de primera fila para todos, así que algunos de los hombres –incluido Leo Durocher, que escoltaba a una señorita, y Joey Bishop, que venía con su mujer– no podían sentarse en la fila de Sinatra y tenían que acomodarse en la tercera. Cuando Entratter se lo dijo a Joey Bishop, éste no pareció enfadarse; sin embargo, miró sorprendido a Entratter en silencio.

–Joey, lo siento –dijo Entratter al prolongarse el silencio–, pero no hemos podido conseguir en la primera fila más que seis localidades juntas.

Bishop siguió en silencio. Pero cuando asistieron a la pelea, Joey Bishop estaba en la primera fila y su mujer en la tercera.

El combate, llamado guerra santa entre cristianos y musulmanes, venía precedido por la presentación de tres ex campeones con calvicie incipiente: Rocky Marciano, Joe Louis y Sonny Liston, otro hombre que surgía también de las sombras del pasado. Habían pasado más de catorce años, pero Sinatra se acordaba de todos los detalles: Eddie Fisher era entonces el nuevo rey de los barítonos junto con Billy Eckstine y Guy Mitchell, mientras que él había sido desechado. Recordaba que, entrando una vez en un estudio de radio, un nutrido grupo de admiradores de Fisher que aguardaba en el recibidor esperó a mofarse de él: “Frankie, Frankie, me desmayo, me desmayo”. Era la época en que vendía tan sólo treinta mil discos al año, cuando en su programa televisivo le habían dado un papel equivocado de cómico y cuando había grabado aquellos desastres, como Mama Will Bark.

–Gruñía y ladraba en ese disco –ha dicho Sinatra, todavía lleno de horror ante la idea–. Únicamente fue bueno para los perros.

En 1952 su voz y su gusto artístico eran infinitamente malos, pero, según sus amigos, la causa principal de su ocaso fue la persecución de Ava Gardner. Ella era entonces la gran reina del cine, una de las mujeres más guapas del mundo. Nancy, la hija de Sinatra, recuerda haber visto a Ava nadar un día en la piscina del padre, salir luego del agua con ese cuerpo fabuloso, acercarse lentamente al fuego, inclinarse un momento hacia él, y de pronto tener la impresión de que su oscuro pelo largo se había secado y que milagrosamente y sin esfuerzo estaba perfectamente arreglado.

Como dicen sus amigos, Sinatra nunca sabe si las mujeres con las que devanea lo quieren por lo que puede hacer por ellas o por lo que hará más adelante. Con Ava Gardner fue distinto. Él no podía ayudarla en nada. Estaba en la cumbre. Si Sinatra ha aprendido algo de su experiencia con Ava, quizá haya sido que cuando un hombre orgulloso ha caído, una mujer no lo puede ayudar. Y en particular una mujer que está en la cumbre.

Sin embargo, en esta época, a pesar de su voz cansada, se filtraba alguna emoción profunda en su forma de cantar. Una canción en particular, que todavía hoy se recuerda: I Am a Fool to Want You. Un amigo que se encontraba en el estudio cuando Sinatra estaba grabando, recordaba: “Frank aquella noche estaba realmente presionado. Cantó en una sola toma, luego dio media vuelta y salió del estudio”.

Hank Sanicola, que era por entonces el representante de Sinatra, dijo: “Ava quería a Frank, pero no tanto como él la quería. Él necesita mucho amor. Lo quiere durante las veinticuatro horas del día; necesita gente a su alrededor. Frank es así”. Según Sanicola, Ava Gardner era muy insegura. Temía no poder retener a un hombre… Dos veces corrió detrás de ella a África, dañando su carrera…

Otro amigo dijo:

–Ava no quería que los amigos de Sinatra estuvieran siempre de por medio. Esto la ponía furiosa. Con Nancy solía llevar a su casa a toda la pandilla y ella, la buena mujer italiana, nunca se quejaba.

Se limitaba únicamente a preparar espagueti para todo el mundo.

En 1953, después de casi dos años de matrimonio, Sinatra y Ava se divorciaron. Parece que la madre de Frank trató de reconciliarlos, pero si Ava estaba dispuesta, Frank Sinatra no. Salía con otras mujeres. La balanza se había equilibrado. De alguna manera, en ese periodo Sinatra dejó de ser el cantante adolescente, el chico actor en traje de marinero, para convertirse en hombre. Incluso antes de 1953, cuando ganó el Oscar por su interpretación en De aquí a la eternidad, salían a relucir algunos destellos de su antiguo talento como en la grabación de The Birth of the Blues y su reaparición en el club nocturno Riviera, que únicamente fue alabada por los críticos de jazz. Como había también entonces una tendencia hacia los Long Playing y evitar los discos de pocos minutos de duración, el estilo de concierto de Sinatra hubiera tenido éxito con el Oscar o sin él.

En 1954, Frank Sinatra, completamente entregado otra vez a su talento, fue nombrado por Metronome “cantante del año”, y más adelante ganó en la votación de los disc-jockeys de la upi, desplazando a Eddie Fisher, que en esos momentos salía del ring, después de haber cantado en Las Vegas el himno nacional. Y se inició el combate.

Floyd Patterson estuvo persiguiendo a Clay alrededor del cuadrilátero en el primer asalto, sin lograr alcanzarlo, y a partir de entonces fue el juguete de Clay.

El encuentro terminó en el duodécimo asalto, quedando Patterson técnicamente fuera de combate. A la media hora casi todo el mundo se había olvidado del combate y había vuelto a las mesas de juego o se había puesto en la cola para comprar entradas para el espectáculo que ofrecían, en el escenario de The Sands, Dean Martin, Sinatra y Bishop. El show, que incluye a Sammy Davis Jr. cuando está en la ciudad, consiste en muchas canciones interrumpidas por un diálogo improvisado y chistoso.

Después del último espectáculo en The Sands, el grupo de Sinatra –que ascendía por entonces a unos veinte, y comprendía a Jilly, que había llegado en vuelo de Nueva York; a Jimmy Cannon, el crítico deportivo favorito de Sinatra, y a Harold Gibbons, un funcionario del sindicato de transportes que sustituiría a Hoffa si éste llegaba a ir a la cárcel– subió a varios coches para ir a otro club nocturno. Eran las tres de la madrugada. La noche era todavía joven.

Se detuvieron en el Sahara, ocuparon una larga mesa en la parte de atrás y escucharon a un pequeño cómico calvo llamado Don Rickles, tal vez el más cáustico de todos los cómicos del país. Su humor es tan grosero, de tan mal gusto, que no ofende a nadie. Es demasiado ofensivo para ofender. Cuando distinguió entre el público a Eddie Fisher, empezó a tomarle el pelo, diciendo que no era nada extraño que no consiguiera dominar a Elizabeth Taylor como amante. Y cuando dos hombres de negocios admitieron ser egipcios, Rickles se metió con ellos criticando la postura de su país con Israel. Luego sugirió abiertamente que una mujer sentada en una mesa con su marido era, en realidad, una buscona.

Cuando el grupo de Sinatra entró, Don Rickles no pudo ponerse más contento. Señalando a Jilly, Rickles gritó: “¿Qué se siente al ser el tractor de Frank?… Sí, Jilly sigue andando delante de Frank para abrirle paso”. Después de meterse con Durocher, Rickles la emprendió con Sinatra, sin olvidar mencionar a Mia Farrow, ni que llevaba peluquín, ni que estaba terminado como cantante. Sinatra se rió y todos lo imitaron, y Rickles, señalando a Bishop, dijo: “Joe Bishop sigue tomando la pauta de Frank para saber lo que es gracioso”.

Después que Rickles contase algunos chistes judíos, Dean Martin se puso de pie gritando: “Eh, estás hablando siempre de los judíos y nunca de los italianos”. Y Rickles le interrumpió:

–¿Para qué queremos a los italianos? Lo único que hacen es ahuyentar las moscas de nuestros pescados.

Sinatra se rió, todos se rieron, y Rickles siguió durante casi una hora hasta que Sinatra, poniéndose de pie, dijo:

–Está bien, termina ya de una vez, tengo que marcharme.
–Siéntate y calla –ordenó Rickles–. Yo te he aguantado mientras cantabas…
–¿Con quién crees que estás hablando? –le dijo Sinatra.
–Con Dick Haymes –contestó el otro y Sinatra volvió a reírse.

Luego, Dean Martin, vaciándose en la cabeza una botella de whisky y empapándose el smoking, empezó a dar puñetazos en la mesa.

–¿Quién iba a creer que ese borrachín llegaría a estrella –dijo Rickles. Pero Martin dio un bocinazo:
–Eh, quiero echar un discurso.
–Cállate.
–No, Don, quiero decirte algo –insistió Martin–. Pienso que eres un gran artista.
–Bueno, gracias, Dean –contestó Rickles, aparentemente complacido.
–Pero no me hagas eso –siguió Martin, dejándose caer pesadamente en su silla–. Estoy borracho.
–No lo dudo –dijo Rickles.

A las cuatro de la madrugada, Frank Sinatra salió del Sahara con el grupo. Algunos llevaban en la mano sus vasos de whisky y seguían bebiendo en la acera y en los coches. De vuelta a The Sands entraron en las salas de juego. Seguían repletas de gente; las ruletas giraban y los jugadores de dados chillaban en el rincón más alejado.

Frank Sinatra, con un vaso de whisky en su izquierda, se adentró entre la gente. A diferencia de algunos de sus amigos, estaba impecable, con la corbata en su sitio y los zapatos sin tacha. Nunca parece perder su dignidad, nunca deja de estar alerta por mucho que haya bebido o por mucho que lleve despierto. Nunca se tambalea al andar, como Dean Martin, ni baila en los pasillos o salta encima de las mesas como Sammy Davis.

Dondequiera que se encuentre hay una parte de Sinatra que no está allí. Hay siempre algo de él, aunque a veces sea muy poco, que sigue siendo il padrone. Incluso ahora, con el vaso sobre la mesa de blackjack frente al que daba las cartas, Sinatra se mantenía un poco alejado de la mesa, sin siquiera apoyarse. Buscó en el bolsillo de los pantalones y sacó un abultado, pero limpio, manojo de billetes. Con suavidad despegó un billete de cien dólares que colocó en el fieltro verde de la mesa. El hombre le dio dos cartas. Sinatra pidió una tercera, se pasó y perdió los cien dólares.

Sin inmutarse, Sinatra depositó un segundo billete de cien. Lo perdió. Luego un tercero, que perdió también. Puso en la mesa otros dos billetes de cien y los perdió. Finalmente, tras haber colocado el sexto billete de cien dólares en la mesa y haberlo perdido también, se alejó saludando con una inclinación de cabeza al hombre y diciendo: “Buen croupier”.

La masa de gente que se había apretujado a su alrededor se abrió para dejarle paso. Pero una mujer se dirigió hacia él alargándole un trozo de papel para que pusiera su autógrafo.

Firmó y luego dijo: “Gracias”.

En la parte de atrás del gran comedor de The Sands había una larga mesa reservada para Sinatra. A esa hora el comedor estaba casi vacío. Había quizá dos docenas de personas, incluidas cuatro señoritas en una mesa cerca de Sinatra que no iban acompañadas. En otro extremo de la gran sala, en una larga mesa, estaban sentados siete hombres, apoyados en la pared hombro con hombro. Dos llevaban gafas oscuras y todos comían tranquilamente sin apenas hablar, pero nada escapaba de su observación.

El grupo de Sinatra, después de haberse acomodado y de haber bebido más, pidió algo de comer. La mesa era más o menos del mismo tamaño que la que le reservan en Jilly’s, en Nueva York; y las personas sentadas alrededor de ella eran en gran parte las mismas que están con Sinatra en Jilly’s, o en un restaurante de California, o dondequiera que se encuentre. Cuando Sinatra se sienta a cenar, sus fieles amigos están cerca; y dondequiera que esté, por muy elegante que sea el lugar, sale siempre a relucir algo sobre el barrio, porque Sinatra, aunque haya llegado muy lejos, sigue siendo el chico de barrio, sólo que ahora se lo puede llevar a todas partes.

De algún modo, la mesa reservada para él y sus familiares en un lugar público es lo más cercano que Sinatra tiene ahora de vida hogareña. Habiendo tenido un lugar y habiéndolo abandonado, quizá sea ésta la aproximación que más le guste; aunque no parece ser exactamente así, ya que habla con mucho cariño de la familia, se mantiene en contacto con su primera mujer, e insiste en que no tome ninguna decisión sin antes consultarlo. Siempre desea colocar muebles u otros recuerdos suyos en casa de su mujer o en la de su hija Nancy, y también guarda relaciones amistosas con Ava Gardner. Cuando Sinatra se encontraba en Italia rodando El coronelVon Ryan, estuvo con ella algún tiempo, y fueron perseguidos adondequiera que fuesen por los paparazzi. Se dijo entonces que los paparazzi habían hecho a Sinatra una oferta colectiva de 16.000 dólares si se dejaba retratar junto con Ava Gardner, y que él había hecho a su vez una contraoferta de 32.000 dólares si le dejaban romper un brazo o una pierna a un paparazzi.

Aunque Sinatra a menudo está encantado de quedarse en casa completamente solo para poder leer y pensar sin interrupciones por la noche, en algunas ocasiones se encuentra solo y no por voluntad propia. Tal vez ha llamado por teléfono a media docena de mujeres que por una razón u otra tenían otros compromisos. Entonces llama a su ayuda de cámara, George Jacobs:

–Esta noche iré a cenar a casa, George.
–¿Cuántas personas habrá?
–Tan sólo yo –contesta Sinatra–. Quiero algo ligero; no tengo mucha hambre.

George Jacobs es un hombre de 36, divorciado dos veces, que se asemeja a Billy Eckstine. Ha viajado por todo el orbe con Sinatra y le tiene mucha devoción. Jacobs vive en un cómodo piso de soltero en Sunset Boulevard, pasada la esquina de Whisky a gogo, y es conocido en todos lados por el surtido de vivarachas chicas californianas que tiene como amigas, algunas de las cuales, él lo admite, se acercaron a él para estar cerca de Frank Sinatra.

Cuando Sinatra llega, Jacobs le sirve la cena en el comedor. Después, Sinatra le dice que ya puede marcharse. Si alguna de estas noches el jefe pidiera a Jacobs quedarse más tiempo, o jugar alguna mano de póker, lo haría gustoso. Pero Sinatra nunca se lo pide.

Era la segunda noche en Las Vegas y Frank Sinatra se quedó con sus amigos en el comedor de The Sands hasta cerca de las ocho de la mañana. Durmió casi todo el día; luego volvió en avión a Los Ángeles, y a la mañana siguiente conducía su pequeño coche de golf por los estudios Paramount. Tenía que terminar dos escenas con la rubia y voluptuosa Virna Lisi para la película Asalto al Queen Mary. Mientras conducía el pequeño vehículo entre los grandes edificios de los estudios, vislumbró a Steve Rossi, que con su compañero cómico Marty Allen estaba rodando una película con Nancy Sinatra en un estudio adyacente.

–Eh, Dag –le gritó–, deja de besar a Nancy.
–Es parte de la película, Frank –contestó Rossi volviendo la cabeza mientras seguía andando.
–¿En el garaje?
–Es mi sangre “dago”, Frank.4
–Será mejor que frenes –contestó Sinatra, guiñándole un ojo.

Luego, vuelta la esquina, paró el cochecillo frente a un lóbrego edificio en el interior del cual serían rodadas las escenas de Asalto.

–¿Dónde está ese director gordo? –clamó Sinatra al entrar en el estudio, que estaba abarrotado de asistentes, técnicos y actores, todos reunidos alrededor de las cámaras. El director, Jack Donohue, un hombretón que había trabajado con Sinatra durante veintiún años en una u otra producción, había tenido sus problemas con esta película. El guión había sido cortado sin piedad, los actores parecían inquietos, y Sinatra había terminado aburriéndose. Pero ahora sólo quedaban dos escenas: una breve que se rodaría en el estanque y otra más larga y apasionada entre Sinatra y Virna Lisi en una playa.

La escena del estanque, que dramatiza una situación en la que Sinatra y sus compañeros fracasan al intentar saquear el Queen Mary, se hizo rápidamente y bien. Al ser retenido Sinatra en el estanque con el agua hasta los hombros durante algunos minutos, dijo:

–A ver si aligeramos, amigos. En el agua hace frío, y yo estoy saliendo de un catarro.

Los encargados de las cámaras se acercaron, Virna Lisi chapoteó en el agua junto a Sinatra y Jack Donohue gritó a los que manejaban los ventiladores: “Que empiecen las olas”. Otro hombre dio la orden: “Agitad”, y Sinatra empezó a cantar: “¡Agitad rítmicamente!”, después silencio, justo antes de que empezara el rodaje.

En la otra escena, Frank Sinatra estaba en la playa mirando a las estrellas. Virna Lisi tenía que acercarse y tirarle un zapato para señalar su presencia. Luego se sentaría a su lado y seguiría una escena apasionada. Poco antes de empezar, Virna Lisi ensayó el lanzamiento del zapato hacia Sinatra acostado en la playa. Cuando lo estaba tirando, Sinatra le dijo:

–Si me das en el pájaro me voy a casa.

Virna Lisi, que no entiende mucho el inglés y menos aún el vocabulario particular de Sinatra, pareció confundida, pero todos los demás se rieron. Tiró el zapato que, después de volar por el aire, cayó sobre el estómago de Frank.

–Bueno, ha sido diez centímetros más arriba –observó él. Ella se desconcertó de nuevo por las risas de detrás de las cámaras.

Luego, Jack Donohue les hizo repasar el diálogo, y Sinatra, todavía excitado por la excursión a Las Vegas y ansioso de que empezara el rodaje, dijo:

–Vamos a intentarlo.

Donohue, aunque no estaba muy seguro de que Sinatra y Lisi se supieran bien el diálogo, accedió y el encargado de la claqueta anunció:

–419, toma 1.

Virna Lisi se acercó, lanzó el zapato que cayó en el muslo de Sinatra. Él levantó imperceptiblemente una ceja y los demás sonrieron.

–¿Qué te dicen las estrellas esta noche? –dijo Virna Lisi sentándose a su lado en la arena.
–Esta noche las estrellas me dicen que soy un idiota –contestó Sinatra–, un idiota de marca mayor por meterme en estos líos…
–Corten –ordenó Donohue. Había sobre las arenas las sombras de algunos micrófonos y Virna Lisi no estaba sentada en el sitio exacto cerca de Sinatra.
–419, toma 2 –anunció el hombre de la claqueta.

Virna Lisi volvió a acercarse. Le tiró el zapato, que no le alcanzó. Sinatra dio sólo un leve suspiro.

–¿Qué te dicen las estrellas esta noche?
–Esta noche las estrellas me dicen que soy un idiota, un idiota de marca mayor por meterme en estos líos…

Luego, según el guión, Sinatra tenía que continuar diciendo: “¿Sabes en qué nos vamos a meter? En el momento en que subamos al puente del Queen Mary, estaremos indeleblemente marcados”, pero Sinatra, que a menudo improvisa, dijo:

–¿Sabes en qué nos vamos a meter? En el momento en que subamos al puente de ese jodido barco…
–No, no –interrumpió Donohue, sacudiendo la cabeza–. No creo que eso esté bien.

Las cámaras se pararon, algunos rieron y Sinatra miró arriba como si hubiera sido interrumpido injustamente.

–No veo por qué no lo puedo decir –empezó. Pero Richard Conte, que estaba detrás de la cámara, gritó:
–En Londres no lo aceptarían.

Donohue se pasó los dedos por su escasa cabellera gris y, sin dar muestras de enfado, dijo:

–¿Sabes?, la escena era muy buena hasta que alguien la estropeó…
–Sí –intervino Billy Daniels, asomando la cabeza por detrás de la cámara–, estaba muy bien…
–Cuidado con lo que dices –le interrumpió Sinatra.

Luego Frank, que es muy hábil en encontrar la forma de no volver a rodar, propuso una solución con la que se podía usar la película quitando la frase defectuosa que sería doblada más tarde. La idea se aceptó, las cámaras empezaron a funcionar de nuevo; Virna Lisi se inclinaba hacia Sinatra en la arena y él la atraía hacia sí. La cámara se acercó para tomar un primer plano de sus caras y estuvo en movimiento durante algunos segundos, pero Sinatra y Lisi no dejaron de besarse, siguieron echados en la playa estrechamente abrazados, luego la pierna izquierda de Virna Lisi empezó a levantarse un poco, y todos en el estudio miraban en silencio, sin decir palabra, hasta que Donohue dijo por fin:

–Cuando hayan terminado, avísenme. Se me está acabando la película.

Entonces Virna Lisi se levantó, se alisó el traje blanco, echó hacia atrás su pelo rubio, y se limpió la boca, cuya pintura se había emborronado. Sinatra, con una leve sonrisa en los labios, se levantó y se dirigió a su camerino.

Al pasar cerca de un anciano que estaba junto a una cámara, Sinatra le preguntó:

–¿Cómo va su Bell & Howell?

El viejo sonrió.

–Muy bien, Frank.
–Me alegro.

En el camerino le esperaba un diseñador de coches que tenía los dibujos para el nuevo automóvil con carrocería especial que iba a reemplazar el Ghia de 25.000 dólares que Sinatra había conducido durante los últimos años. También le esperaba su secretario, Tom Conroy, que traía un saco lleno de cartas de sus admiradores, incluida una del alcalde de Nueva York, John Lindsay; y también Bill Millar, el pianista de Sinatra, para ensayar algunas de las canciones que serían grabadas más tarde, del nuevo álbum de Frank: Moonlight Sinatra.

Mientras que a Sinatra no le importa bromear en el estudio cinematográfico, es enormemente serio en las sesiones de grabación. Como explicó una vez al escritor británico Robin Douglas-Hume: “Cuando grabas un disco, estás completamente solo. Si es malo y a la gente no le gusta, la responsabilidad es tuya y de nadie más. Si es bueno, dígase lo mismo. Con las películas no es así: están los productores, los autores del guión y cientos de hombres en las oficinas. La responsabilidad no está sólo en tus manos. Con un disco lo eres todo…”

Cuando Frank Sinatra llega en coche al estudio, baja del automóvil y se dirige danzando a la entrada; luego, chasqueando los dedos, de pie frente a la orquesta en una habitación íntima y sellada, de pronto domina a cada hombre, a cada instrumento, a cada onda de sonido. Algunos de los músicos llevan con él más de veinticinco años y se han hecho viejos oyéndole cantar You Make Me Feel so Young.

Cuando está en forma, como sucedía esa noche, Sinatra está extasiado, la sala se llena de electricidad, hay una excitación que se contagia a la orquesta y se percibe en la cabina de dirección donde una docena de amigos de Sinatra le saludan agitando las manos desde detrás del cristal, entre ellos Don Drysdale, jugador de los Dodgers. “Hola, gran D”, le grita Sinatra. También está allí Bo Wininger, profesional de golf; hay también –de pie en la cabina, detrás de los empleados– numerosas mujeres guapas, que sonríen a Sinatra y ondulan suavemente sus cuerpos al ritmo de la música:

Will this be moon love
Nothing but moon love
Will you be gone when the dawn
Comes stealing through…

Después de haber terminado se vuelve a escuchar la grabación de la cinta, y Nancy Sinatra, que acaba de entrar, se reúne con su padre delante de la orquesta para oír la repetición. Escuchan en silencio, mientras todos los ojos miran fijamente al rey y la princesa. Cuando la música termina, suena un aplauso desde la cabina de dirección. Nancy sonríe, su padre chasquea los dedos y canta, llevando el ritmo con el pie. “Oo-ba-deeba-boobe-do”. Luego Sinatra llama a uno de sus hombres:

–Eh, Sarge, ¿puedes conseguir media taza de café?

Sarge Weiss, que había estado escuchando la música, se levanta lentamente.

–No quería despertarte, Sarge –dice Sinatra sonriendo.

Weiss trae el café y Sinatra lo mira, lo olfatea y luego anuncia:

–Pensaba que iba a ser amable conmigo, pero es realmente café… –Más sonrisas, y luego la orquesta se prepara para el número siguiente. Una hora después todo ha terminado.

Los músicos guardan los instrumentos en sus estuches, cogen sus chaquetas y empiezan a desfilar, dando las buenas noches a Sinatra. Los conoce a todos por su nombre; sabe mucho de su vida, de sus días de solteros, de sus divorcios, de sus momentos felices y desgraciados, como ellos lo conocen también. Cuando la corneta, un italiano bajito llamado Vincent DeRosa –que ha trabajado con Sinatra desde los tiempos del Hit Parade del Lucky Strike– pasó por su lado, Sinatra lo detuvo un momento.

–Vincenzo –dijo–, ¿Cómo está tu nena?
–Está bien, Frank.
–Oh, ya no es ninguna nena –se corrigió Sinatra–, debe ser una mujer.
–Sí, ahora va a la universidad, la usc. También tiene cierto talento para cantar, Frank.

Sinatra calló un momento. Luego dijo:

–Sí, pero es mejor que antes se eduque, Vincenzo.

Vincenzo DeRosa asintió.

–Sí, Frank. Bien, buenas noches, Frank.
–Buenas noches, Vincenzo.

Después de que los músicos se hubieran marchado, Sinatra abandonó la sala de grabación y se reunió con sus amigos en el pasillo. Iría a tomar un trago con Drysdale, Wininger y otros pocos más, pero primero anduvo hasta el otro extremo del pasillo para dar las buenas noches a Nancy, que estaba poniéndose el abrigo y pensaba volver a casa en coche.

Cuando Sinatra la hubo besado en la mejilla, se apresuró a reunirse con sus amigos en la salida. Pero antes de que Nancy pudiera salir del estudio, Al Silvani, otro de los hombres de Sinatra, un antiguo entrenador de boxeo, se le acercó.

–¿Estás lista para marcharte, Nancy?
–Oh, gracias, Al, no hay cuidado.
–Órdenes de papi –dijo Silvani, levantando las manos con las palmas hacia fuera. Solamente cuando Nancy le demostró que dos de sus amigos la acompañarían a casa, y tan sólo cuando Silvani los reconoció como amigos, decidió marcharse.

El resto del mes fue claro y templado. La sesión de grabación había sido magnífica; la película estaba terminada y los espectáculos televisivos pertenecían al pasado. Sinatra salió de su despacho y mientras conducía su Ghia había empezado a coordinar sus últimos proyectos. Tenía un compromiso en The Sands, una nueva película de espionaje llamada Atrapado que se rodaría en Inglaterra, y un par más de álbumes por hacer en los próximos meses.

Y dentro de una semana cumpliría cincuenta años…

Life is a beautiful thing
As long as I hold the string…
I’d be asilly so-and-so
If I should ever let go…

Frank Sinatra paró el coche. El disco estaba en rojo. Los peatones pasaban deprisa delante de sus parabrisas, pero, como siempre, hubo alguien que no lo hizo. Era una muchacha de unos veinte años. Estaba en la acera mirándolo fijamente. Él la veía de reojo y sabía, porque sucede casi a diario, que estaba pensando: “Se le parece, pero ¿será él?”

Cuando el disco iba a cambiar, Sinatra se volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos, esperando la reacción que no tardaría en manifestarse. Así fue, y él le sonrió. Ella contestó con otra sonrisa, y Sinatra se fugó.