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Partes de guerra

Publicado: 24 abril 2013 en Daniel de la Fuente
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Es el Anfiteatro del Hospital Universitario. Afuera, decenas esperan saber si entre los caídos en la guerra entre cárteles está su familiar.

Adentro, un grupo de sujetos con uniformes blancos y tapabocas, algunos con iPod, labora de manera automática en aquel espacio con olor intenso a formol y carnicería que se cuela hasta el paladar, dejando un sabor amargo en la garganta.

“Nunca se te olvida tu primer muerto”, dice uno de tantos forenses en aquel sábado de sol. “Como que te persigue, lo piensas seguido”.

Como reportero, había visto gente sin vida, pero como voluntario de este servicio de la Procuraduría estatal, durante dos semanas, no me tocó sólo uno, sino 16 acribillados en el interior del Bar Sabino Gordo la noche del pasado viernes 8 de julio.

Para conocer desde adentro lo que viven, sienten y hasta sufren los trabajadores del Servicio Médico Forense solicité colaborar como voluntario en una de sus unidades, tras una capacitación, que incluyó el uso de guantes y tapabocas, el traslado de cuerpos y el comportamiento prudente en una escena del crimen. Todo movimiento debe ser autorizado por la Ministerial y Periciales.

El cuadro en el Semefo, tras la masacre en el Sabino Gordo, es avasallador: cuerpos sobre cuerpos en planchas metálicas, listos para la autopsia.

Pese a que están lavados, o quizá por eso, es imposible dejar de mirar en aquellos desnudos bañados por la luz eléctrica sus mejillas, brazos y pechos agujereados por las balas, así como sus pliegues de carne destruida.

Allá, lo inverosímil: la cabeza de un hombre abierta de par en par a causa de los disparos.

“Hay trabajo”, dice por decir algo un forense, Felipe, y un empleado del anfiteatro expresa un “mjm” aburrido.

Ya están acostumbrados. Las armas en la calle provocan esto y más. Ya escasean los servicios por heridos de bala en las estaciones de emergencias: muy pocos sobreviven.

Contemplo esta escena 15 ó 20 minutos y salgo dejando atrás a aquellos despedazados, algunos con los brazos casi levantados como implorando ayuda, junto a otros, víctimas posiblemente de muerte natural, como ancianos famélicos.

Me descubro triste. Para quien mira por vez primera un exterminio así, es difícil no sentir un ligero temblor en el cuerpo.

“Y no entramos al cuarto frío”, dice con ironía José Luis, otro forense. “Puro acartonado. Tres meses y a la fosa común. Es otro olor”.

Las tres unidades del Servicio Médico Forense que posee el Estado, a cargo de Cruz Verde, llegaron esa noche al Sabino Gordo. Luego de que las ambulancias trasladaron a los heridos, algunos de los cuales murieron en el camino al hospital, y de que periciales trabajaran en sus indagatorias, los forenses fueron autorizados a llevarse los cuerpos.

Se actuó con rapidez y de manera automática, como siempre, embolsando cadáveres bañados en sangre, casquillos, botellas quebradas, humo, penumbra. Pese a la fiesta interrumpida, siguió la música.

En Cruz Verde son cuatro forenses por turnos de 24 horas. Cuando pasa algo como lo del Sabino Gordo, los paramédicos deben abandonar sus ambulancias para acudir a la penosa tarea.

“Esto no es nada”, dice un forense. “Que te toque un putrefacto para que veas lo que es esto.

“A ésos te los avientas con mucho Vicks en la nariz, dos o tres tapabocas y guantes”.

El primer muerto de Felipe fue uno de ésos, con varios días sin vida y de 150 kilos de peso. Vomitó en el trayecto.

A José Luis le tocó un prensado, de los que no se ven mucho porque la gente ya no circula de noche por las balaceras.

Mientras recuerda sucesos, subí a la camioneta del Servicio Médico Forense dejando atrás a las víctimas de la peor masacre en la historia de Nuevo León y una de las más sangrientas en el País. Uno de los forenses se preguntó cuándo terminará esto. Nadie respondió.

Y sí: uno como rescatista no olvida a su primer muerto. Y más si son 16 al mismo tiempo.

***

La jornada inicia el sábado cuando el Ejército halló una fosa con restos humanos en Pesquería, en un paraje junto a tejabanes de la Colonia CROC de ese municipio.

Tras autorizarme la entrada como voluntario y ser capacitado, me incorporo a una unidad con Felipe y José Luis. Ataviados con el mono blanco de plástico, los pasajeros que miran desde otros vehículos no adivinarían que vamos escuchando música de los 70.

Aunque llevan poco juntos, la pasan bien. A sus 40 años, Felipe tiene hijos casados y nietos, y José Luis apenas va para los 25 años, tiene una niña que sabe que su papá llegará “cuando salga el sol al otro día” y dice que le gusta lo que hace aunque no están exentos de riesgos.

“A otros compañeros sí les han bajado cuerpos”, relatan. “A nosotros nomás nos han seguido camionetas”.

Llegamos. En sus vehículos los soldados esperan aburridos y acalorados en aquella brecha inhóspita y llena de zancudos. Una grúa soporta una camioneta blindada hallada en la zona.

“Echemos un vistazo”, dice Felipe al bajar de la camioneta.

Nos internamos en la fronda en la que nada había, salvo botes de líquidos y envoltorios de comestibles.

Los soldados hallaron trozos de huesos quemados. A lo lejos había tambos con restos de diesel; más allá, esposas.

El olor a combustible de los restos en la superficie aún se percibe. El delito parece muy reciente.

Ahí, de acuerdo a periciales, tres adultos fueron martirizados y acribillados. Luego, quemados.

El ambiente lucía con riesgo, pero unos a otros se dan ánimos.

“Lo que sí es que si nos caen los malitos… Pero aquí con los soldados estamos bien. Ellos nos han dicho que en caso de un ataque no nos pongamos a correr como locos, que nos quedemos con ellos”, comenta un forense.

Cuatro horas después trasladamos los restos. Al salir por la brecha, atrás del convoy militar, se escucha en la radio “Fortunate son”, de Creedence, como si a alguien le quedara duda de lo que reflejan estos días de combate.

Sí, a los forenses les dan asco y horror los saldos de esta guerra, pero se asumen fríos y sin duelo alguno al hacerlo. Es un trabajo.

“Imagínate si nos pusiéramos a lamentar cada cosa que vemos”, dice uno. “No acabaríamos, porque si bien un día tenemos uno o dos muertos, hay otros en los que no paramos: uno tras otro”.

Pese al luto permanente que uno esperaría hallar en estos forenses, las bromas y travesuras entre ellos son frecuentes.

Tienen miedo, pero no han llegado a sufrir pesadillas, aunque sí a soñar que llevan y traen cadáveres todo el tiempo. Despiertan agotados, añaden, valorando más la vida.

“Y a darle”, afirma el más joven al continuar su jornada de 24 horas consecutivas por 24 de descanso, con un sueldo poco mayor a los 6 mil pesos al mes, en tanto el otro dice que con su trabajo se le quitó lo miedoso.

“Nada te espanta si vienes de ver todos los días el infierno”, añade y comenta que los amigos suelen preguntarles si les tocó recoger a tal o cual sicario famoso.

Dejamos los huesos en el anfiteatro. El personal los recibe desencantado casi como necedades. En medio de lo que dejó la masacre del Sabino Gordo, más restos hallados en el campo parecen sólo más labor y tedio.

Tras contemplar los cuerpos destruidos de aquel bar, los forenses se reportan disponibles. “Que no hay jale”, expresa uno.

Veinte minutos después de estar en el anfiteatro, de dejar en un contenedor los trajes y guantes y de asearnos con algodones con alcohol que traen en el vehículo, los forenses y yo comemos pollo asado y papas fritas.

“Así es esto”, sonríe José Luis. “Ha pasado que nos cae un reporte de descuartizados cuando estamos comiendo y le apuramos mientras vamos en camino”.

Si una labor así no mata el hambre, nada lo hace en estos días de exterminio.

***

A diario les toca lidiar con la muerte.

Para ellos es común llegar a sitios en los que no hay autoridad y cuando, incluso, los delincuentes aún sostienen enfrentamientos a sangre y fuego.

Son los forenses y los paramédicos, hombres y mujeres, muchos voluntarios, cuya labor humanitaria ha cobrado un papel determinante en la guerra que el crimen organizado ha desatado en Nuevo León y que, hasta anoche, había dejado la cifra récord de 961 muertos en lo que va del año, muy por encima de los 610 crímenes de todo el 2010.

Durante dos semanas y tras una capacitación básica, en la que se acordó no intervenir en acciones vitales, un reportero de EL NORTE acompañó como voluntario durante jornadas completas a paramédicos de la Cruz Verde de Monterrey y a elementos del Servicio Médico Forense.

Con ellos atendió reportes a cualquier hora del día y la noche. Lo mismo acudió a choques y atropellos leves que a reportes de baleados, fosas clandestinas y tiroteos, un poco de lo que a diario viven estos rescatistas, héroes anónimos.

Se estima que, en lo que va del año, el Servicio Médico Forense, subrogado por la Procuraduría estatal a la Cruz Verde, ha realizado más de 2 mil 700 traslados en Nuevo León, cifra que incluye no sólo víctimas de la violencia, sino también ha muertos naturales, por enfermedad o accidentes.

A su vez, los paramédicos de la Cruz Verde han acudido, en el mismo lapso, a poco más de 10 mil 100 llamados de diversa índole.

Aunque ambas corporaciones atienden también casos que no están vinculados con el crimen, son las víctimas y los hechos de la delincuencia organizada los que más los marcan.

Les han bajado de manera forzada pacientes o cadáveres de sus vehículos, los han perseguido y hasta impedido brindar su servicio.

También se han visto perturbados ante el hallazgo de fosas comunes, descuartizados y decapitados, convirtiéndose en testigos de cómo ha escalado la manera en que se perpetran los crímenes.

Muestra de esto es la reciente masacre del 8 de julio, cuando un comando acribilló a 20 personas en el bar Sabino Gordo.

“Nunca había visto algo así aquí, (era) un pin… infierno”, citó un forense a su compañero, que trabajó bajo presión debido a que siempre que llegan a un lugar así hay la zozobra de que los asesinos regresen.

A ellos les tocó reunir a los muertos en los únicos tres vehículos del Servicio Médico Forense con los que cuenta el Estado, los cuales salieron custodiados por federales y soldados, como se ha vuelto una costumbre para evitar que algún comando intente rescatar los cuerpos.

Antes de esa noche, lo más cercano a esa masacre había sido el “miércoles negro”, como le llaman al pasado 15 de junio.

Ese día se alcanzaron 33 víctimas mortales en el área metropolitana, cifra superior a la de cualquier jornada hasta el momento en Ciudad Juárez, la ciudad más violenta del País.

Sólo a la unidad de un forense le tocó recoger a 10 cuerpos esa noche.

“Acabamos cansadísimos, todos perturbados”, cuenta.

“Imagínate que entras a la (Colonia) Moderna por dos y en una esquina te dicen que hay otro y, más allá, otros. No lo creíamos. Estuvo horrible”.

Ese día, la última de las víctimas, la 33, cuya muerte se dio a conocer después de la jornada sangrienta, fue ejecutada dentro de la ambulancia de una corporación de auxilio.

Ángel Flores, comandante de la Cruz Verde de Monterrey, señaló que la escalada de violencia en Nuevo León empezó a percibirse en la corporación hacia el 2007.

“Afortunadamente no hemos sido víctimas, porque nuestro trabajo es aparte, pero sí han cambiado nuestros hábitos porque los paramédicos llegan a los lugares cuando todavía se están dando balazos, por lo que la orden que se tiene es tomar distancia y aguardar para realizar el trabajo”, dijo.

Tanto paramédicos como forenses tienen jornadas de 24 horas de trabajo por 24 de descanso.

Son 65 paramédicos, de los cuales 19 son voluntarios, mientras que en el Servicio Médico Forense hay cuatro elementos por turno. Cada uno gana, en promedio, de 6 a 7 mil pesos mensuales.

La Cruz Verde cuenta con 10 ambulancias, en tanto que de forenses hay tres unidades.

Otra manera en que se percibe la mayor violencia y el impacto de las armas cada vez más poderosas que usan los delincuentes es que ahora los ataques dejan menos heridos y más muertos.

Sin embargo, afirman que no todos los días son iguales en cuanto a la cantidad de heridos y traslados.

“Antes había uno o dos baleados por mes, de pandilleros o asaltos con armas de postas o calibre .22”, dijo el comandante.

“Ahora, como puedes tener uno o dos baleados un día, en otro te tocan los 20 del Sabino Gordo… Nada se puede prever”.

Flores dijo que, aunque no se han dado deserciones en el personal de Cruz Verde, la situación sí ha afectado en el ánimo.

“Van con más tensión, definitivamente, porque les toca llegar en medio del peligro y ver cuerpos destrozados”, aseguró.

***

El último servicio de la jornada con los forenses llega a la medianoche. El reporte de un baleado en Avenida Nazas, al lado del Cerro de la Campana, nos hace despertar de la dormitada, ponernos los monos de plástico, guantes y boquillas, e ir a una de las zonas más violentas de la Ciudad.

Ministerial y Seguridad Pública ya tienen acordonado. A bordo del vehículo esperamos a que se recogieran evidencias, en tanto los oficiales se mantienen alertas con armas de alto poder.

En eso, un ministerial que tenemos enfrente le grita detenerse a alguien que viene detrás de la camioneta del Semefo.

“¡Párate, pen….! ¡Párate!”, aulló y junto a otros apuntan hacia esa dirección. Y hacia nosotros.

José Luis y yo nos inclinamos a toda velocidad hacia Felipe, el operador, sin saber quién o quiénes son los que vienen.

En realidad es uno que, con la nariz destrozada, viene huyendo de asaltantes. Los ministeriales lo interrogan y lo dejan ir.

“Vamos a bajarnos”, dice Felipe. “Péguense a la camioneta, no nos vayan a tirar desde el cerro”.

Sin dejar de mirar hacia las luces en lo alto de una loma y parapetados en la unidad contemplamos a los ministeriales que permanecen apuntando hacia lo alto de Río Nazas rumbo a Las Torres. Esperan el arribo de pistoleros. Llegaría la nada.

“De uno de estos cerros bajé a cuatro putrefactos”, cuenta José Luis. “Estaban en un tejabán. Los tabletearon hasta matarlos”.

Los oficiales empiezan a charlar y llega el Ejército a patrullar la zona. Alivio. Pero la expectativa se mantiene. Cuántas veces ha pasado que los comandos llegan y se llevan los cuerpos.

Cuando nos dejan pasar vemos un montón de casquillos en un depósito. Intuimos que ahí está el cuerpo.

En realidad está al fondo de uno de los penumbrosos callejones, en una de las casas a las que se puede llegar tras bajar una treintena de escalones desiguales de concreto. Hasta ahí llegó Alejandro Michel, de 17 años, aparentemente un inocente más.

Bajamos con la canastilla de plástico, quizá de 10 kilos. Al paso, curiosos, llantos sordos. Entre más descendemos más lejos queda el vehículo y la posible escapatoria en caso de una balacera.

Sin dejar de voltear, llegamos al sitio donde el joven murió: pesaba no menos de 100 kilos.

Tras embolsarlo y sujetarlo a la canastilla, subirlo nos lleva 10 largos y cansados minutos. Enseguida, salida rápida.

Al llegar al anfiteatro, los del Sabino Gordo ya han desaparecido. Sólo se encuentra, en un rincón, una anciana escuálida.

Comprometidos con su misión, los forenses levantarían en días posteriores a descuartizados, decapitados, putrefactos, acribillados. El martes fueron 19. Escándalo de cuerpos que quizá ni de tumbas gocen.

El miércoles, cuatro sujetos son abatidos por el Ejército en un parque de Colonial Cumbres. Allá vamos y aguardamos a que soldados, ministeriales y periciales revisen las pertenencias de esos jóvenes de ojos abiertos y vida cancelada: armas, chips de celulares. Nada. Ni carteras traen, fotos de mujeres, hijos, madres.

Ni un solo recuerdo digno.

La autoridad le toma fotos a los tatuajes: puras fantasías.

“¿Qué piensas al verlos?”, le pregunto a José Luis, quien aguarda pasmado a que terminen de examinar a los hombres ensangrentados y con agujeros.

“En quiénes serían, qué dejaron atrás”, dice el joven.

Salida rápida y con custodia hacia el anfiteatro, dado que hay la amenaza de que vengan por los cuerpos. En eso, a Felipe le cae una llamada: otro nuevo servicio, un baleado en Cadereyta.

“Vámonos”, dice el rescatista, convencido de la relevancia de su tarea, poco atractiva pero imprescindible.

Sería una noche larga, sin embargo: no era uno. Eran cinco.

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Capítulo I. Un hermoso paisaje.

William está muerto y ahora se me deshace entre las manos cuando intento sacarlo del lodo. Está blanco y mínimo y desde su tumba me da la mano. Israel, a mi lado, sigue palmeando la tierra, metiéndole guante en el útero -cada vez más fétido-, haciéndola parir el cadáver de William y adivinando qué fue lo que pasó…

* * *

Mediados de 2009. Un grupo de hombres jóvenes camina en lo oscuro, por la angosta vereda que atraviesa una finca cafetalera en Santa Ana. Conocen bien el terreno y adivinan cada vez que el sendero se retuerce entre piedras o se lanza ladera abajo en medio de los arbustos. Esta noche uno de ellos va a morir, pero él no lo sabe.

* * *

Junio de 2010. Las llantas de la todoterreno hacen fiesta en un charco y brincan en un camino que evidentemente no fue pensado para carros; o más bien, que no fue pensado. Buscamos un sendero que nos lleve al corazón de esta inmensa finca. La comitiva está compuesta por un pick up lleno de policías, una todoterreno negra y un último vehículo en el que viajan dos periodistas convencidos de que se están metiendo en un terreno-trampa. Este resulta ser un camino sin salida, que acaba en un yacimiento de piedras, intransitable para el más fiero de los carros. Uno de los policías baja a examinar el lugar y lo recorre haciendo gestos de desaprobación. La solución, dice el policía, sería estacionar aquí y caminar los dos kilómetros que faltan para llegar. Los dos agentes que deberán quedarse al lado de los vehículos haciendo guardia se miran asustados. El sitio es ideal para una emboscada perfecta. Un oficial decide que será mejor probar suerte por otro flanco y los dos policías respiran aliviados.

Después de desandar el primer camino, la comitiva se detiene frente a una casa campesina, con su cerco de alambre y palos; con su pozo surtidor de agua; con un inmenso árbol de mango que le da sombra a la casa de bahareque. Un policía baja del pick up y abre el falso como si aquello fuera suyo. “Pasen, aquí pueden dejar los carros”. Una mujer se asoma por la puerta y vuelve a esconderse. Nadie nos da la bienvenida.

De la todoterreno negra bajan la fiscal a cargo de la expedición e Israel Ticas, el tipo que nos ha traído hasta aquí y cuyos talentos hemos venido a apreciar en persona. Dicen que habla con la tierra. Él se cambia las zapatillas deportivas por unas botas militares gastadas y lodosas y comienza a seleccionar el equipo que usará en esta expedición: dos palas regulares, una palita angosta y filosa, un azadón, algunos picos, una bolsa de guantes de látex, mascarillas y una caja blanca repleta de escobillas, pinceles, rastrillos y un sinfín de instrumentos que en otras manos definirían a un jardinero cuidadoso.

* * *

Mediados de 2009. Poco a poco William va entendiendo el paseo. Mientras se adentran en el cafetal las cosas van cambiando. De pronto ya no es parte de un grupo, sino que está solo y rodeado. A veces la diferencia entre una cosa y otra es tenue, muy tenue. William cae en cuenta de que es prisionero y que tiene los caminos cercados; que ha caído en una trampa, en medio del lomo perdido de un cerro sembrado de café. Los homeboys no son sus amigos y, sin saberlo, él les debe su vida.

Antes de esta noche, William vivía en la comunidad de colonos dentro de esta finca santaneca y se buscaba la vida en los alrededores del mercado Colón. Según se dice, no hacía nada en particular, malvivía de lo que se puede malvivir por aquí: ora cargo esto, ora arrastro este bulto, ora ayudo a vender o a parquear o a limpiar, ora grito… Lo que sea. Alguna vez intentó irse a Estados Unidos para escapar de la miseria, pero el camino de los sin papeles pudo con él y volvió a dar con sus huesos en la finca, saliendo a diario a procurarse el pan en los alrededores del mercado Colón. Hay otra cosa que decir acerca de los lugares vitales de William: están peleados a muerte. No hay un porqué claro. Posiblemente no haya uno, racional al menos, pero lo cierto es que están peleados a muerte: dentro de la finca, los homeboys llevan tatuada en la locura la garra de la Mara Salvatrucha; y el Barrio 18 considera que el mercado Colón y sus alrededores le pertenecen. Deambular entre ambos lugares es apostarle demasiado a la suerte, que suele ser un bien escaso en esta pugna. A alguno le ha parecido que William coquetea demasiado con el enemigo y eso se paga con el propio pellejo. Es cosa de invitarlo a dar un paseo entre los cafetos… Total, se conocen desde niños, han crecido juntos, y quizás por eso William dijo que sí.

* * *

Junio de 2010. El cielo amenaza chubasco, las nubes se han puesto ceñudas y una luz mortecina alumbra sin ganas el camino. Somos una caravana de andantes, palas en mano, cargando una caja blanca llena de instrumentos de jardinería.

La fiscal es una chica sonriente, con el ánimo impoluto, a prueba de mierda. Sube sudorosa por el sendero, con su gorra y sus tenis blancos, como lo haría una turista. Al terminar una cuesta se detiene a tomar aire y abanica con las manos su cara enrojecida. “¡Ufff, ufff!”, sonríe, y mira a su alrededor. “Es tan bonito el paisaje… Si no fuera por lo que venimos”. Y se ríe.

Dos ancianos curtidos por el sol cuidan su milpa en las faldas de una ladera empinadísima, en la que ya crecen pequeñas plantitas verdes. Han conseguido que las semillas germinen en las paredes de este cerro duro y que las matas engañen a las piedras. Todo parece una labor imposible, como preñar a una cucharada de sal; pero ahí están, pequeñas y verdes, asomando por este cerro rocoso. “Por aquí deben de haber pasado”, dice la fiscal, asumiendo su papel de guía. Más adelante nos adentramos en el cafetal y seguimos cuesta arriba, entre las sombras cerradas de los cafetos, hasta llegar a un sendero estrecho que bordea un risco. Es obvio que ha llovido mucho recientemente y el terreno se ha lavado, reduciendo más el sendero. La expedición se detiene. Este es el lugar que buscamos.

* * *

Mediados de 2009. No sabemos qué conversación tuvieron, o si tuvieron una. Si William trató de escapar o suplicó. Si alguien le explicó por qué, por qué, por qué se iba a morir en mitad de un cafetal, por qué desaparecería ese día. No sabemos si alguno de ellos realmente entendía por qué… No sabemos qué ocurrió antes de que cayera sobre su cuerpo el primer machetazo. Corte profundo. Sigue vivo. Otro machetazo. Vivo. Otro machetazo, otro machetazo, otro machetazo… Es de noche, y un grupo de hombres jóvenes despedaza con afiladas hojas de machete a otro, que caminaba con ellos. Los asesinos creen que es su deber, que él les debía la vida, que lo que hizo –cualquier cosa que haya hecho- era un agravio insoportable y no se detienen aun después de que el cuerpo dejó de moverse, cuando aún se retuercen solo algunos músculos, con espasmos involuntarios. Más machetazos, más machetazos, más machetazos. Han convertido al cuerpo en varios trozos: a la mano le faltan dedos, a las piernas les faltan pies… Se llamaba William y vivía en una inmensa finca cafetalera en Santa Ana.

En el fondo de un risco bordeado por un estrecho sendero, los homeboys cavan una tumba profunda, y en ella dejan caer a William. Desde ese día su madre está molesta… El muchacho -cree ella- se fue para el norte sin despedirse, dejándola afligida… Ya lo había hecho antes, y tal vez esta vez sí llegó y se estará buscando la vida, tal vez estará bien y de pronto llamará.

Tiempo después, la Mara Salvatrucha se volverá a mover, y la desconfianza apuntará a uno de los asesinos de William, posiblemente por razones igual de nimias que las que pesaron sobre este. Le decretarán luz verde, la pena de muerte pandilleril, y él buscará a la policía para salvar el pellejo. A cambio de protección tirará rata, denunciando a sus perritos, a sus ex hermanos de furia, que entonces ya lo buscarán para matarlo. La policía le asignará un código como testigo protegido y será prohibido mencionar su nombre. El pandillero convertido en soplón mostrará a los policías el lugar exacto donde enterraron a William y el caso llegará a la Fiscalía. Tarde o temprano –tarde, más bien- el caso terminará en el despacho de un tipo pequeño y nervioso, que se llama Israel Ticas.

* * *

Junio de 2010. “Mire esas fincas”, me dice la fiscal, que no ha dejado de abanicarse con lo que encuentra, “todas están llenas de muertos”. En el fondo de este risco los zancudos son inmensos y azules, y devoran a la pobre fiscal en nubarrones iracundos. Ella sigue enrojecida y sonriente, respondiendo preguntas.

-¿Habrán enterradas ahí unas 5 personas?

-¡Noooo, más!… Cuando metan máquina ahí para construir, van a tener que ir parando cada metro, para sacar los cuerpos.

-¿Serán unos 10 cuerpos?

La mujer vuelve la cara para ver al investigador policial y ambos ríen.

-¡Mááás, mááás!

-¿15?

-Más.

-¿Cuántos?

-Muchos, muchos. Todas esas fincas están llenas de muertos. Ja, ja, ja…

Ayudados por raíces y deslizándonos en el lodo, hemos bajado el risco, hasta el lugar señalado por el testigo protegido, “clave Luisiana”. El cielo sigue augurando tempestades aunque no se anima a desatar y todos padecemos un aura de mosquitos que, por su tamaño, bien podrían estar dentados. Israel y dos ayudantes limpian la zona con rastrillos hasta dejar el terreno libre de hojarasca.

El investigador policial se aleja para tener perspectiva de la escena porque algo no le cuadra; el lugar no es el mismo desde cuando vino aquí con “clave Luisiana”, pero no sabe exactamente por qué… algo se ha movido… Quizá ese árbol… Quizá solo sea el deslave.

Israel ve el terreno limpio y comienza a hacer su truco: donde todos vemos tierra húmeda, él distingue colores y formas. Texturas. Buscamos una tumba hecha hace un año de la que solo conocemos una ubicación aproximada y un dato que rescató la memoria del testigo: sobre el cadáver mutilado arrojaron una gran roca y luego lo sepultaron con tierra. Israel mira el lugar y mueve la mandíbula de forma compulsiva. Hay algo raro. Pica el suelo y sus instrumentos develan tierra compacta y tierra suelta; sigue la pigmentación y se concentra en un semicírculo que apenas se distingue. Cavamos unos centímetros y él ausculta minuciosamente el agujero antes de dejarnos seguir. Otros centímetros y vuelve a palpar la tierra, a hacerle acupuntura con unos palillos, a verle el color… Así, hasta que conseguimos bajar un metro y la tierra se convierte en un lodo muy pastoso. Nada. Ni una señal de nada. Los policías insisten en que el testigo los ha engañado, que la tumba está vacía, pero algo en la tierra le hace guiños a Israel. Luego de unos centímetros más encontramos un promisorio montículo de rocas y bajo ellas… nada. Primera conclusión: la pandilla desenterró el cadáver y lo sepultó lejos. Suele pasar: se enteraron de que la policía husmeaba la zona y decidieron borrar las evidencias antes de que el desenterrador apareciera. Todos insisten en que ha sido trabajo perdido, pero a Israel la tierra la sigue diciendo cosas.

Suenan dos disparos y los agentes, nerviosos, desenfundan. Suben el risco y toman posiciones… Silencio… Y entonces… nada. Unos jornaleros que pasaban por el lugar se ven de pronto rodeados por policías con armas en mano; muestran sus mochilas a los agentes y siguen su camino refunfuñando. La pandilla solo quería decirnos que está aquí y que sabe que estamos deshaciendo su obra.

El cielo sigue amenazando con su berrinche, los pequeños terodáctilos nos devoran, el terreno ahora se ha convertido en un micropantano, los policías insisten en que nos larguemos de este infiernillo y este suelo sigue diciendo cosas que solo Israel escucha… Hasta que aparece el primer premio: pelo. Pelo humano. Un mechón mínimo y ligeramente encarnado, valiosísima fuente de ADN. Suficiente. Pero Israel olisquea el lodo, palpa el agujero y escucha ecos secretos… ¡Hay más! Escarba con sus manos y le registra la entraña a esta zanja. “¡Pónganse guantes, yo solo no puedo registrar toda esta tierra”. En seguida el fotoperiodista y yo nos sentamos en el lodo, revisando con las manos cada puñado de este amasijo y así fue como, en la palma de mi mano, en medio de aquel desperdicio, vi por primera vez a William, cuando apreté con los dedos un trocito irreductible, blanco y mínimo. Después voy a saber que se trataba de un metacarpo, uno de los 27 huesos de la mano humana. Después aparecería otro, y luego un metatarso, los huesitos de los pies… En total, 21 pedacitos de pies y manos. Luego aparecerían dos dientes y dos costillas que alguien olvidó al retirar el cuerpo de su tumba original. Para entonces ya la tierra había cambiado su olor, porque estaba pariendo un hijo muerto.

El foso topa con otro yacimiento de piedras cuando la tarde amenaza con racionarnos la luz. Pero Israel ya no puede parar. Ha aparecido una bota. Un zapato tosco y desgastado, pero que atesora dentro el último rastro de piel. En ella hay un pie aún en descomposición. Los asesinos olvidaron sacarlo todo, dejaron partes ínfimas del hombre que asesinaron, lo cubrieron con piedras, lo enterraron de nuevo, alteraron el sitio, pero William terminó naciendo otra vez, desde un útero de lodo.

Ahora que salimos de este lugar, la tarde pone ya sus colores más tiernos sobre la finca. Habrá sido la cuesta inclemente, o la duda con la que caminaba al venir, pero no había reparado en el lugar en el que estoy. Ahora se abre ante mí una anchura infinita, inmensa… El Salvador es un paisaje hermoso, hermosísimo, que se baña de una luz naranja, donde duermen unos cerros tibios y apacibles. El fin de esta tarde es bello y sobre una loma sembrada de maíz baja una caravana de andantes llenos de palas e instrumentos de jardinería. Ahí va William, que ahora es “21 hueso pequeño, 2 costillas, dos piezas dentales y una bota con pie”. Cabe entero en un puñado de bolsas de papel.

Capítulo II. El criminalista.

La anterior sede de la Fiscalía era un lujoso complejo de edificios con paredes de cristal azulado, cuyo alquiler mensual costaba 220 mil dólares. En la primera planta podía leerse un cartel que indicaba con flechas blancas el camino hacia las oficinas de ese nivel: “Resolución alternativa de conflictos”; “Unidad de seguridad”; “Sección de almacén” y… “Criminalista”. Así, en singular. Un singular muy bien usado, por cierto.

Si de algo no se puede acusar a la Fiscalía es de ostentosa, al menos en lo que se refiere a su personal. El rótulo de la entrada tranquilamente hubiera podido decir “Israel Ticas” y apuntar con la flecha blanca la ruta hacia el despacho del único criminalista con el que cuenta la institución. O sea, el único para todo el país justo en esa función.

Se puede explicar la relevancia de la criminalística diciendo que es a lo que se dedican los protagonistas de la serie televisiva CSI. O aclarando que la criminalística es una ciencia de la que se vale el derecho penal para descubrir, explicar y probar los delitos, a fin de presentar pruebas incontrovertibles en los juicios. Los criminalistas son las personas que recaban esas pruebas: diseccionan escenas de crímenes, hacen retratos hablados, reconstruyen cadáveres, determinan la fecha del cometimiento de un crimen… De nuevo: la Fiscalía salvadoreña, que debe procesar 4 mil homicidios al año, sólo tiene a una de esas personas.

De todas formas, al entrar a la oficina de Israel se despejaba cualquier duda sobre la naturaleza de su oficio. Si los primeros hombres decoraban sus cavernas con dibujos de su cotidianidad -o sea, un conjunto de animales, una caza de ciervos- Israel hizo algo parecido en su despacho, lo decoró con fotografías de su vida diaria: de un enorme terrón salen dos pies semipodridos… “Un ingeniero, que habían secuestrado”, explica Israel, a modo de pie de foto. En otra imagen, él mismo sostiene del pelo la cabeza de una mujer, de la que aún pende un pequeño tramo de la columna vertebral. En una más, el esqueleto de una mujer ha sido desenterrado y yace sobre su tumba con sus piernas abiertas de par en par. La cabeza de un tipo está hinchada y amoratada; antes de matarlo, sus captores le mutilaron el pene, hicieron tragárselo hasta asfixiarle, y luego le cosieron la boca…

Toda una pared estaba decorada con un catálogo insufrible de torturas, de cuerpos macerados, estrujados, mutilados… 37 imágenes que no dejaban nada a la imaginación. Era difícil mirar aquel mural mucho tiempo. Israel perseguía con su mirada los rostros de los visitantes, para cerciorarse de que el decorado había conseguido su efecto repelente. “Esa es la verdad de las cosas, así son las cosas en este país y yo no quiero que se oculte nada”, explicaba, con una sonrisa triunfal. Colocados sobre un estante había una serie de huesos humanos cuidadosamente ordenados: un cráneo, un fémur y otros varios dispuestos según su tamaño. También estaba una maqueta del rancho donde fue violada y asesinada Katya Miranda. La niña estaba representada por una muñequita de plastilina tirada sobre la arena.

Israel Ticas no es criminalista de profesión. Se formó como ingeniero en sistemas para nunca ejercer como tal. Trabajó en la sección de investigaciones de la temible y extinta Policía Nacional y desde entonces le ha ido robando mañas a la empiria para entender de técnicas y de huesos; de estados de descomposición, de pigmentación de la tierra, de retratos hablados… Detrás de su escritorio había 14 diplomas que acreditaban su participación en seminarios de investigación forense desde Israel hasta Argentina.

“Hace poco vinieron unos estudiantes para que les hablara de asesinos en serie, por un caso de un tipo que mataba indigentes… Eso no es nada, era un loco. Ahora cada marero ha matado a un montón de personas, todos son asesinos en serie”, aventuraba Israel, haciendo ademanes, con sus gestos compactos, con la mandíbula siempre apretada. Aquella vez vestía como un oficinista, con zapatitos negros bien lustrados, con una corbata azul, con la camisa por dentro del pantalón y se colocaba unos atormentados anteojos para consultar su computadora. Le daba vergüenza lucir de aquel modo e insistía en mostrarnos fotografías donde aparece con su look más personal: él embutido en una especie de traje espacial –que en realidad es un traje sanitario- desenterrando unos cadáveres en descomposición; él en mangas de camisa comiendo su pastel de cumpleaños a la par de un cadáver momificado de mujer; él a punto de ser descolgado al interior de un pozo -de nuevo con el traje espacial- para sacar… sí, para sacar cadáveres.

Refunfuñaba sobre la labor policial, maldecía y vociferaba contra los investigadores de la policía que desentierran cuerpos como quien desentierra llantas y tiran a la basura ropa, carteras, navajas, botellas de vidrio que se encuentran en la escena del crimen. “¡Las tiran a la basura! Yo les digo: ¡puta viejo, pero aquí hay evidencia!”, recordaba. Contó un par de anécdotas, que incluían el cuento de cuando un inexperto desenterrador le partió la cara a un cadáver con la pala, alterando de forma grave la escena del crimen; o cuando se las ingenió para sacar 10 cuerpos de un pozo de 33 metros de profundidad, gracias a un cálculo trigonométrico que le permitió llegar al fondo del agujero… O las palabras con las que aconseja a las estudiantes: “Que no se vaya a fijar en ustedes un marero, no se vistan depravantes, no se pongan hilos dentales, ¡las van a matar!”. En el mundo de Israel, el sonido que hace la vida es así, un ritmo de gente que va a matar y de otra que se va a morir.

También es un artista, aunque su fuente de inspiración sea siempre una tonadilla con ese mismo sonido: de los que matan y de los que mueren. Es un retratista minucioso. Escucha a las víctimas y va sacándoles de la memoria el rostro del agresor y haciéndolo aparecer sobre un papel, a fuerza de trazos en lápiz. En su oficina también colgaban algunos rostros dibujados, que por obra y gracia de la vanidad están comparados con la imagen auténtica de los personajes a los que retratan. Cuesta creer que el retrato fue hecho antes de ver la imagen de los tipos reales. También es pintor. En su caverna había uno de sus lienzos: sobre una cesta de mimbre hay un tronco de mujer, con el pubis desnudo y un sinfín de pechos apilados.

Le sonó el teléfono y antes de contestar cambió el rostro y se le perdió en las mandíbulas su gesto fanfarrón. Meneó la cabeza con pesar. “Esta es una señora que me llama todos los días”… Y puso el altavoz. Del otro lado de la línea llamaba alguien desde el infierno, con la voz que tienen las personas que viven desolladas.

-Hola, ingeniero, disculpe que lo moleste…

-Hola, madrecita.

-¡Ya no aguanto, ingeniero! -y se le desparramó la voz, y se le hizo llanto.

-Sí, madrecita.

-Ya no puedo, ingeniero… Todos los días… Todos los días…

-Sí, madrecita.

-Ponga esmero, ingeniero.

-Aunque sea la medallita le voy a llevar, madrecita. Cálmese, primero Dios lo vamos a encontrar.

-Me cuesta tanto, ya no aguanto…

-Sí, madrecita.

La conversación siguió así varios minutos. Con cada frase la mujer arrastraba más la voz, se quejaba de un dolor insoportable, e Israel resoplaba entre dientes el impotente analgésico “sí, madrecita”, y algo vidrioso en los ojos le traicionaba el semblante de tipo rudo y cada vez que ella gemía su tormento, él endurecía la cara y volvía a resoplar lo inútil.

La que se desgarraba en el teléfono era una mujer cuyo hijo había desaparecido hacía más de un año; así, sin dejar rastros. Un día no volvió más, y pasado un tiempo ella tuvo la certeza de que el fruto de su vientre estaba muerto y sepultado en algún lugar de este cementerio que es un país y desde entonces se le aparece a Israel en cada excavación de la que se entera y llega con agua y con comida y la reparte para que la dejen estar y espera como un perro a ver si a los huesos de su único hijo los vomita la tierra… pero nunca los vomita. Y a ella se le va la vida y llama, todos los días, al único criminalista de la Fiscalía y todos los días él no ha tenido otra cosa que decirle que “sí, madrecita; sí, madrecita” y resoplar frustrado.

Israel sabe quién es el asesino del muchacho. El homicida es un pandillero convertido en testigo protegido. El homicida fue la pieza clave en el hallazgo de un cementerio clandestino en el que apareció ella, y el asesino comió su comida y bebió su agua… Después, compadecido, le pidió a Israel que le preguntara a la mujer si su hijo cuando desapareció no andaba, de casualidad, una medallita en forma de delfín, y sí, sí la andaba. Desde ese día Israel Ticas espera que el laberinto legal, que el papeleo formal, que la orden de un juzgado, que una investigación policial, le permitan volver a hablar con el asesino para que él le cuente dónde mató al muchacho y dónde lo sepultó.

Colgó el teléfono con la cara terremoteada y resopló varias veces antes de poder hablar: “¡Puta, puta!…” Y nos esquivaba la mirada, apretando la mandíbula… “¡Me va a valer verga y se lo voy a ir a sacar por mi cuenta!” Poco a poco, los músculos de la cara se le fueron relajando, y en los ojos se le iba apagando aquella antorcha insensata, y tal vez iba recordando que así es el ritmo de su vida: unos que matan y otros que se mueren.

Hubo un silencio que había que romper y a Israel se le ocurrió que le echáramos un vistazo a uno de sus tesoros: una agenda organizadora gordísima, que más parecía un acordeón, imposible de cerrar, donde las pastas casi quedan en juntura perpendicular. Dentro había un sinfín de garabatos, bocetos de excavaciones y otro aterrador compendio de imágenes. Israel tiene una obsesión con poseerlo todo, con retratarlo todo. Cada día de su vida está fotografiado. Si un día lo visitan en su despacho unos estudiantes, él les toma una foto, la imprime y la pega en su agenda; si va de paseo con amigos, también; si lo entrevistan unos periodistas, también… Si desentierra un cadáver, también.

Ojear la agenda de Israel es casi un ejercicio siniestro: rostros irreconocibles, cadáveres momificados, cuerpos “saponificados” –inflamados, putrefactos, ennegrecidos-, cabezas sin cuerpo, miembros amputados… Señaló un estante y en él dormía una pila de agendas igual de gordas, con el mismo contenido de años anteriores, que preferimos no abrir.

Nos despedimos chocando palmas y puños, pero antes de salir nos detuvo: “No´mbre, no se van a ir así no más”, dijo. “Pónganse contra la pared”, nos instruyó, mientras desenfundaba el aparato con que iba a dispararnos: una cámara fotográfica. Posamos para él y disparó un par de flashes. Días después nos mostró su agenda y ahí, junto a un sinfín de cadáveres anónimos, el fotoperiodista y yo engrosábamos su acordeón de papel.

Capítulo III. El señor árbol.

De un pick up policial bajan tres agentes con el uniforme azul completo. Llevan las mangas hasta las muñecas, armas al cinto y se cubren el rostro con gorros negros de asalto. Tampoco llevan número que les identifique. Están en una misión de reconocimiento que, por lo delicado, exige que ellos oculten su identidad.

Estamos en medio de un maizal en Lourdes, Colón, bajo un sol que quema, aunque algunos investigadores insisten en que más tarde habrá aguacero. Buscamos dos cadáveres que estarán ahora sepultados bajo las matas de maíz. A las personas que murieron hace un año y cuyos restos esperamos desenterrar las llamaremos Sintia y Ramiro.

De los tres policías que bajaron del pick up, uno se adelanta, mientras los otros dos lo persiguen con la vista. Comienza a caminar entre las matas, como olisqueando el lugar, presintiendo el sitio exacto donde el año pasado fueron asesinadas dos personas. Aunque va disfrazado de policía, sus maneras lo delatan. Hay algo en su forma de andar, en el desparpajo de sus ademanes, en la manera en la que rebusca aquella milpa que hace innecesario que alguien explique que el azul policial es solo camuflaje. Es un muchacho delgadísimo y el uniforme le queda como si fuera piyama. El arma que lleva en el cinturón está descargada. Por la rendija del gorro navarone asoman unas cejas negras y espesas y unos ojos aniñados que rastrean el lugar buscando una señal que lo ayude a ubicarse. Los otros dos agentes –que sí son policías de verdad- lo siguen de cerca; no vaya a ser que el testigo protegido eche a correr por esos breñales y, junto a él, la corporación pierda un uniforme completo con todo y gorro y pistola; que buena falta les hacen.

Reconoce un inmenso árbol de aguacate y se apresura a mostrarlo al desenterrador:

-Aquí -dice, y dibuja con las manos un rectángulo imaginario.

-¿De qué lado está la cabeza? -pregunta Israel, y el falso policía duda un poco, vacila…

-De aquel -señala, indicando que los pies están cerca de la raíz del árbol.

-¿Qué voy a encontrar?

-Andaba unos tenis y un jeans.

-¿Cómo lo mataron?

Esa última pregunta es clave para determinar si el testigo no miente. Cada “clica” tiene su propia forma de matar y los pandilleros agrupados en ella la consideran una especie de firma. Los agentes investigadores y los fiscales, curtidos en estas lides, saben identificar este rito distintivo, y por medio de él establecer si los testigos dicen la verdad cuando aseguran que participaron de un homicidio. Esta clica, la Lourdes Locos Salvatrucha, utiliza un lazo.

El ritual es simple: mientras unos inmovilizan a la víctima, otros toman un lazo y le dan una vuelta en el cuello, de forma que quede atrapado en el centro del lazo. Luego, dos tipos toman las puntas del lazo y tiran en direcciones opuestas con todas sus fuerzas. Si hace falta, un tercero golpea con los puños la boca del estómago para sacar el aire y que sea más fácil asfixiar. La muerte tarda varios minutos en llegar y los asesinos escuchan a la víctima gorgojear un rato antes de que la vida se le escape.

Cada clica fuerte tiene su propio modus operandi. En Apopa –relata un fiscal- cortan un pedacito de alambre de púas y lo doblan alrededor del cuello de alguien; luego enganchan las puntas a un pequeño madero y lo retuercen hasta que el alambre haya triturado la nuca de ese alguien. Muy parecido al tormento conocido como garrote vil usado por la Santa Inquisición en España. Pero ahora no estamos ni en Apopa ni en España, sino bajo un frondoso aguacatero en Lourdes que le da sombra a la tumba secreta de Ramiro, que fue miembro del Barrio 18, capturado y torturado hasta morir por el tipo delgado que ahora está disfrazado de policía y por sus ex compañeros de la Lourdes Locos Salvatrucha.

Ahora hay que identificar la tumba de Sintia, pero el maizal ha crecido y los lugares se confunden. Hace un año era de noche, y Sintia vino a este lugar por su propia voluntad. Ella tenía 14 años y estaba enamorada. Había escapado de su casa luego de hurtarle cerca de 2 mil dólares a su madre para fugarse con su novio. Esa noche los dos muchachos buscaron un escondrijo oscuro para hacer el amor. Él la llevó hasta aquel lugar apartado, cerca de la quebrada y ahí los estaban esperando. La pandilla se había enterado de la pequeña fortuna de Sintia y decidieron apropiársela. El novio de la chica estaba en complicidad con los demás. También era miembro de la Mara.

El testigo encapuchado busca un altillo para poder tener perspectiva del sitio, pero el maizal está demasiado crecido y no hay modo de apreciar el terreno. Un árbol le trae recuerdos y comienza a verlo claro:

-Ya, ya… Por aquí le quitamos una esclava que andaba en las manos… Por aquí se paró… La matamos en una inclinación así… Yo me senté en una piedra, podría ser esta -explica, mientras se sienta en la piedra, como tratando de encontrar certeza en sus recuerdos-. La acostamos por aquí… No, no la violamos…

Cuando cree que ha dado con el punto exacto, se tira al suelo, fingiendo ser ella, fingiendo ser Sintia, para que los investigadores tengan una idea de la posición en la que quedó el cuerpo. Otro grupo de policías delimitan el área con cinta amarilla. El testigo se levanta del suelo, se sacude la tierra y vuelve al pick up con los otros dos encapuchados. Se ha ganado su libertad.

Una vez que el testigo ha dejado claro en qué parte bajo el suelo están Ramiro y Sintia, en el equipo de investigadores policiales uno se descamisa de inmediato y en la actitud más alegre echa manos al asunto. Toma un instrumento de excavación y espera instrucciones de Israel. Su nombre es Lucas. Lucas es la herramienta de más alta tecnología con la que cuenta el criminalista en este procedimiento.

Como no hay rastreadores de metal, ni juguetes lujosos como sondas ópticas para introducirlas en la tierra en busca de huesos, u opulentos sonómetros para rastrear huecos subterráneos, “lo que está más factible es Lucas”, dice Israel, señalando al policía que ya se ha abalanzado sobre aquella milpa, abriéndole agujeros redondos de un metro de profundidad.

Al criminalista no le queda más que confiar en la memoria de los testigos protegidos, que por lo general tienen que recordar el sitio exacto en el que sepultaron a sus víctimas hace al menos un año, que es el promedio de tiempo que demora la investigación de un homicidio. En casos como el de este maizal, o de vastos cañales, suele pasar que cuando se cometió el crimen el sembradío no estaba ahí y luego cuando las plantas crecen es casi imposible ubicarse. Normalmente hay que destrozar el terreno entero antes de dar con un cadáver. Por fortuna, aquí está Lucas con todo y su talento para dar con los cuerpos. Tiene esa fama: “Donde Lucas escarba, Lucas halla”. Claro que su prestigio no tiene que ver con otra cosa que no sea suerte y con un afán infatigable para abrir hoyos en el suelo. Ahora, además, hay tres ayudantes ancianos, proporcionados amablemente por la alcaldía municipal. Ese es el equipo de apoyo de Israel Ticas.

Como el lugar más incierto es la tumba de Sintia, comenzamos por ahí. Llega otro miembro de la clica disfrazado de policía para confirmar la versión del anterior. Este es un hombrón alto y corpulento, al que vigilan tres agentes. Al llegar al sitio comienza a hacer memoria:

-La Sintia andaba con una blusa roja o rosada… La otra andaba un chorcito gris, pero a esa yo la vine a ver cuando ya la tenían muerta…

¿Otra?, ¿Cuál otra? Ahora resulta que hay otra chica sepultada aquí…

-¡No´mbre!, si usted escarba, de ahí para abajo hay como 15 -dice el segundo testigo, señalando la quebrada y la maleza inescrutable que hay alrededor de la milpa.

Lo escucharon Israel, el fiscal antihomicidios y al menos dos investigadores policiales. A este tipo la pandilla lo busca por rebote, me explica uno de los policías. Su perrito, o sea su amigo (el primer testigo) cometió una infracción, una marca, y la pandilla decidió matarlo. Este tipo se solidarizó con aquel y decidieron cantar juntos para la policía. Ahora hasta usan el uniforme para salir a reconocer maizales.

A Lucas le da igual, él sigue abriendo hoyos redondos de un metro y fumando bajo el sol. De pronto su pala topa con algo y da la voz de alerta. Israel se tumba en el suelo, mete la mano en el agujero y siente algo que no es tierra. Introduce una sonda con luz para fotografiar el objeto que está ahí enterrado… Bueno, bueno, en realidad no es una sonda con luz, sino mi teléfono celular, que tiene un tímido flash que no consigue vencer la oscuridad subterránea. Hay que ampliar el agujero para introducir una cámara fotográfica con un flash de verdad. Es una suela de zapato. Lo que había ahí abajo era una suela de zapato de hombre. Sentado en una piedra está un investigador policial vestido de civil. Y aunque encontraron algo, está mal humorado porque él está aquí solo por dos cuerpos, dos cadáveres cuyos casos viene trabajando desde hace un año ¡Y ahora resulta que quizá haya una veintena metidos debajo de la tierra!

-Ese ha de ser un 18, dejá que se pudra ahí ese hijueputa, volvelo a enterrar -gruñe, mientras sigue llenando una aburridísima acta con desgano. Si aparecen más cadáveres, eso significa más casos abiertos y en su escritorio ya se acumulan unos 30. Eso es mucho más de lo que puede hacer.

-Ya estás como este chaparro -le regaña Israel, viendo a un pequeñuelo investigador que ya presentía que la cosa terminaría en él-. Ese la otra vez encontró cinco cadáveres y los volvió a tapar…

El chaparro sonríe apenado y da explicaciones que casi nadie alcanza a oír:

-Pues sí, si yo solo uno buscaba, si no a mí me iban a tocar.

Israel lo mira con autoridad:

-¡Pero yo le puse el dedo!… Es que no son chuchos, hom´, son gente -enfatiza, mientras sigue palmeando el interior del agujero.

Según el subdirector de investigaciones de la PNC, Howard Cotto, a la unidad antihomicidios le hacen falta unos cuantos agentes investigadores… 600, para ser precisos. Los que hay están tan sobrecargados que a veces vuelven a echarle tierra a los cuerpos no previstos.

Israel cerca el perímetro y establece un cuadrado de unos tres metros de ancho por otros tres de largo. El asunto es dejar la tumba en medio, de forma que alrededor de un rectángulo de tierra central haya pasillos, como un cuarto con una mesa en medio.

Hacen falta manos para hacer esa excavación y el criminalista saber dónde hallarlas:

-Vaya, periodistas, no los traje a ver -dice, y nos señala unas palas y unos picos-. Primero hay que hacer que este cuadrado tenga un metro de hondo, después yo les voy a decir…

El agujero comienza a tomar forma poco a poco mientras luchamos con la tierra dos reporteros con las manos peladas y tres ancianos con un poco más de práctica. Lucas vuelve a gritar. Ha encontrado otro cadáver.

* * *

Entre los tres ayudantes de excavación proporcionados por la alcaldía, hay uno que siempre está en silencio. Es el más joven de los tres, por decir algo. Le mete la pala a la tierra callado, y suda la gota gorda sin protestar. Apenas y sonríe cuando sus compañeros logran un buen chiste y pareciera que es incapaz de cansarse. Es un hombre compacto, flaco y nudoso, con un escaso bigotillo que está siempre lleno de sudor. Cada cierto tiempo, este tipo le echa una mirada desconfiada al lugar y vuelve a la pala.

El mayor del equipo, en cambio, es un anciano desdentado a quien es imposible hacer callar. No es muy dado a abrirle agujeros a la tierra. Lo suyo es hablar y reírse con su risa cholca. De lo que más le gusta reírse, por cierto, es del fotoperiodista. Cree que ha engañado al catalán para ponerlo a hacer su trabajo: “No´mbre, este español sí es bueno para el trabajo”, dice, y le cierra el ojo a los demás, haciéndolos cómplices de su picardía. Pero lo que se dice excavar… muy, muy poco. La verdad, su dinámica es comprensible: a su edad nadie debería estarse asoleando para sacarle los muertos a una milpa. Este es un viejillo curtido por el sol, con sus piernas arqueadas y su espalda agachada.

El tercero es un señor bonachón, peliblanco, muy parecido a Trucutú, con unas espaldas anchas capaces aún de palear a buen ritmo y de asestar golpes temibles con el pico. Celebra todas las ocurrencias de su colega mientras trabaja con la camisa desabrochada y su enorme vientre expuesto.

De pronto se han quedado todos en silencio. Estaban dentro de uno de los fosos, peleándose con esta tierra llena de piedras, cuando de pronto todo fue silencio. Los tres miran al piso y hacen lo posible por esconder la cara. Noto que pasa algo grave, pero no consigo que me hagan partícipe del secreto.

El mayor se anima a susurrar sin voltear a verme: “Ahí están”. Tiene el rostro endurecido y mira directamente al suelo. Los tres miran la tierra sin despegarle los ojos, como si eso conjurara los terribles peligros que al parecer acechan aquí. Señalan un muro. Cuando pregunto más me hacen callar, me piden que no mire, que no señale, que me agache. Los tres se han encorvado y más que trabajar juguetean con las piedras.

Lo único que he sacado en limpio es que en uno de sus vistazos generales al lugar, el vigía descubrió unas cabezas asomando tras un muro y eso bastó para desatar auténtico pánico. Están convencidos de que es la mara la que escudriña, buscando a alguien que pague los platos rotos por haberle estropeado el secreto que había bajo la milpa.

“Dígales usted”, me pide el anciano, sin voltear a verme, haciendo como que trabaja, y yo obedezco. El investigador policial escucha la historia e involuntariamente se soba el arma. El ambiente ya está malo. Suenan los radios y aparecen los refuerzos en tiempo récord. Se trata de un pequeño escuadrón policial, de unos cuatro tipos armados con armas largas: fusiles y subametralladoras. Quien lo comanda es un policía enorme, con el chaleco antibalas de fuera y algunos cargadores al cinto.

Vuelvo al foso, pero estos tres tipos no se han tranquilizado. A como dé lugar, la misión es esconder el rostro, ser irreconocibles. El mismo código: susurros disimulados. De nuevo es el viejo el que me hace ver que el enemigo está más cerca de lo que pensábamos: me señala un árbol. Asomando desde atrás del tronco consigo verlo por primera vez.

Es obvio que nos está vigilando. Aprovecha que el árbol que le sirve de escondite está en la parte del maizal que todavía es maizal y se camufla con las matas. Su actitud descarada ha conseguido asustarme. Afortunadamente no somos los únicos que lo pillamos. El Rambo del chaleco antibalas ha organizado a su escuadrón y van a darle caza.

Se distribuyen en una maniobra envolvente, con sus fusiles en las manos. Como en las películas, caminan acechando, sin hacer ruido. Se cuelan en el maizal sigilosos y bien distribuidos. Cuando el enemigo se da cuenta, ya es demasiado tarde. No hay cómo escapar del cerco. Está atrapado.

-Salí -le dice el policía, con el tono bravo. Y él sale-. ¿Qué estás haciendo ahí?

-Cuidando la milpa -responde, con semblante serio, y sin asomo de dudas.

-¿Cuidándola de qué?

-De que no se la coman las cabras.

-¿Qué cabras? Aquí no hay cabras, vos espiando estás.

-No, de verdad que no.

El enemigo se va poniendo más nervioso a medida que el policía le hace más preguntas. Este le arranca de la cabeza una gorra.

-¿Qué dice en esta cachucha?

-No sé.

-¡”No sé”, “no sé”! ¡El loco te hacés! Aquí dice MS.

El frente de la gorra, efectivamente, tiene un decorado manual en el que se leen las iniciales de la Mara y las de la clica.

-¿Vos sos de la mara?

-No, yo no.

-¿Entonces por qué andas esto, pues? -el interrogatorio improvisado hace mella en ese individuo que infunde terror en los excavadores y comienza a llorar.

-Por favor, no me lleve -le pide al policía, mientras comienza a derramar lágrimas.

-¿Quién te dio esta gorra? -insiste el agente, duro.

-Por favor, por favor, no me lleve -dice el enemigo, y llora y llora como lloran los niños de su edad cuando están asustados. Quizás tenga unos 10 años de edad.

El llanto del niño saca al policía rudo de su personaje e incluso le cambia el tono:

-No´mbre, hijo, si no te vamos a llevar.

Pero el chico ya es un mar de lágrimas, porque tiene miedo de que estos policías lo arresten. Al final lo consuelan y se pierden con él por las callejuelas de Lourdes. No van a arrestarlo. Van a devolverlo a su madre.

-Era solo un niño -le digo al grupo de trabajadores, que, eliminada la amenaza, ya se han animado a levantar el rostro.

-¡Pero por esos bichos cabrones lo pueden matar a uno! -gruñe el viejo.

* * *

A medida que pasan los días, lo que antes fue una milpa, se va pareciendo más a un nido de trincheras. El que sembró el maizal en este solar fertilizado con gente ha perdido al menos la mitad del sembradío; y es apenas el tercer día de excavación.

Cada cadáver tarda tres días en promedio en ser desenterrado, tomando en cuenta las técnicas usadas y el personal, que cuando no cojea por inexperto en las artes de la pala y el pico, lo hace por los años que le pesan sobre la espalda.

Una vez que los excavadores de pala gorda hemos conseguido hacer un cuarto subterráneo de casi dos metros de profundidad, Israel comienza a desmoronar con palitas finas el gran terrón que hace las veces de mesa central. Ahí está el cuerpo atrapado. El truco consiste en esto: conseguir que el cadáver no se mueva ni un milímetro de la posición en la que quedó el día en que lo sepultaron. Con unos palillos se le va haciendo acupuntura a la tierra. Cuando el palillo toca un cuerpo muy sólido, es probable que este sea un hueso. Si esto ocurre, el palillo quedará clavado en ese punto, a modo de banderilla. Con los palillos, el criminalista puede determinar qué es tierra y qué es cuerpo. Al final de la primera fase, el terrón parece un puercoespín. Luego se comienza a raspar el altar de tierra, para que vayan apareciendo huesos. Los ayudantes estamos en los pasillos, haciendo lo mejor que podemos el resto de tareas: evacuar la tierra que genera el procedimiento del criminalista, hacer un desagüe por si llueve y mantenerlo destapado y, sobre todo, intentar no estorbar.

Este es el tercer día de trabajo y, si todo sigue igual, faltan al menos otros seis: tres para el cadáver desconocido que descubrió Lucas el primer día y otro para el chico que espera bajo el aguacatero. No somos suficientes como para trabajar los tres fosos y de todas formas solo hay un criminalista. A veces los fiscales y los policías se aburren de estar llenando actas y se deciden a hacer un poco de ejercicio. Los fiscales dejan las corbatas colgadas en los árboles; con los policías no hay nada que hacer para que se separen de sus pistolas.

El dueño de la milpa llega a ver la catástrofe que le ha ocurrido a su maizal. Es un hombre tímido y muy urgido por largarse de aquí cuanto antes. Dice que no sabía que sus mazorcas crecían sobre un camposanto y rechaza la remuneración que le ofrece el fiscal. Dice que no es nada, que solo son unas matas y se niega de forma rotunda a aceptar ni una monedita de las autoridades. La pandilla tiene ojos en todos lados y ahora él teme que los tenga puestos ahí, viendo cómo hace migas con la ley, aceptando su dinero y conviviendo amablemente con ellos. No hay modo de hacerlo cambiar de opinión. En cuanto puede, desaparece y se pierde. Ha aprendido a caminar mirando al suelo, viendo sus propios pasos rápidos. Según los datos de Medicina Legal, el cantón Lourdes es en el que más asesinatos se reportan en la primera mitad del año. 38 personas fueron asesinadas entre enero y julio. 38 que al menos tuvieron la suerte de yacer en una cuneta, de pintar de sangre las calles de este lugar. 38 que obtuvieron la gran fortuna de morir a ras de piso y no desaparecer bajo un maizal.

El primer cadáver ha asomado ya. No era un hombre, pese a los zapatos que aún lleva en los huesos, o al pantalón, que debió quedarle grande incluso cuando aún había músculos y piel.

Sabemos que es una chica, porque sobre las costillas ha quedado enredado un sostén, porque en el cráneo todavía hay largos mechones de pelo teñido de amarillo, pero sobre todo porque es tan chiquita; porque sus hombros son tan angostos, porque parece una niña dormida, haciendo un ovillo sobre una cama que no fuera este lecho de tierra. Porque se tapa el rostro con el brazo, como si ahora mismo fuera a bostezar, a desperezarse, porque junto a ella hay una tira con ocho paletitas de dulce, de colores tan vivos, tan distintos… Y el hecho de que parezca una niña nos hace recordar que no, que es una momia con las cuencas vacías que ya no pueden ver la cuerda que les quitó la vida; que es una soga celeste apretando vértebras donde antes había cuello.

La tierra se encargó de comerse a esta chica hasta los huesos. Aunque ahora solo es tibia y peroné limpios, puros; clavículas infantiles y exactas; cráneo atroz, con las mandíbulas apretadas, con expresión inflexible… Aunque sólo es un esqueleto con ropa, no consigo que deje de ser una niña con una cuerda en el cuello. Quizá era Sintia, que le robó dinero a su madre y que buscando algo parecido al amor halló la muerte. Quizá solo sean huesos con el pelo teñido y nunca nadie –nadie, nunca- va a saber quién carajos era y por qué demonios la estrangularon con una cuerda celeste.

O quizá sí. Donde va el criminalista Israel Ticas, va también un permanente goteo de preguntas que a veces se manifiesta como una mujer llorando por teléfono y otras, como hoy, adquiere la forma de gente que otea por encima de la cinta policial y que hacen preguntas como si hacerlo fuera malo, como si ellos estuvieran cometiendo un delito. En voz baja, viendo al piso, temiendo ser escuchados, cagados de miedo y de tristeza…

Mujer de 55 años. Lleva delantal blanco. Es diminuta y parece ya una anciana: “¿Y aquí están escarbando gente?”, “Es que fíjese que m’ijo era catequista de la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, tenía 30 años, andaba pantalón negro de vestir, camisa verde claro y zapatos negros…”, “Él andaba buscando a su hermana, que también había desaparecido y por eso lo mataron según mi’an dicho”, “Tenía dos coronitas de oro aquí enfrente”, “¿Cómo puedo hacer para que me avisen si sale?”

Mujer joven. Delgada. Apenas se escucha lo que pregunta, habla en susurros: “Él desapareció hace dos años…”, “Salió a trabajar y ya no regresó…”, “No, él no andaba en nada, no era de las maras”,“Tenemos dos hijos”, “Ya no… ya vivo yo sé que ya no está, ya lo habría sentido yo”, “¿Dónde me apunto?”, “¿Y va a salir mi cara?”

Un hombre macizo, con el pelo blanco, se acerca al lugar y se queda callado al borde de la cinta policial. Solo está mirando y su expresión es la que tendría un árbol. No deja que el sentimiento que lleva dentro le camine un milímetro fuera del pecho. No deja que la sonaja que le vibra en algún lugar oculto le desordene la cara. Es que su mujer no agarra paz y no halla sosiego nunca. Cuando ella mira en la tele que los policías andan escarbando cementerios clandestinos, se convierte en un silbido lloroso y no le da tregua a él y le suplica que vaya a preguntar: tal vez ese día le sale de la tierra la hija aquella que desapareció hace dos años… Y él sale a andar sin esperanza a otro cementerio en el que su chica no está. Se acurruca al lado de un árbol e inicia la misma ceremonia que el resto de buscadores: “Tenía 22 años y era novia de un pandillero que ahora está preso por homicidio”, “Mire, ¿y usted cree que todavía se le encuentra el pellejito de encima?”, “Es que si la viera yo, bien la reconocería”, “No, viva ya no, según algunas estadísticas que me han dado ya no”, “Cuando pregunto en la Fiscalía solo me dicen algo de los criteriados y yo no entiendo nada”, “Cuando salí a trabajar, ella quedó dormida”.

A veces así se esfuman: sin estertores, sin dramatismos. Si uno revisa el archivo de circunstancias de muerte que la policía registró el año pasado, ocurre igual: la muerte se los pasa llevando cuando estaba transcurriendo lo cotidiano: “Comía torta mexicana cuando le dispararon por la espalda”; “Iba a cobrar salario”; “Ocurrió en milpa”; “Dentro de casa tomaba licor con 3 sujetos más”; “Estaba de turno en caseta”; “Iba de La Ventana (bar) hacia La Luna”; “Permanecía en predio cortando mangos”; “Dos sujetos le dispararon en venta de licuados”; “Departía con amigos”; “Iba a jugar fútbol cuando fue atacado”; “Llegando a casa con tercio de leña fue atacado con arma de fuego”; “Se bañaba en río y lo atacaron los mareros”; “Andaba trabajando recolectando basura”; “Encumbraba piscucha. Fue atacado por maras”; “Niño que sacaron del kínder”…

* * *

Siempre que se localiza un cementerio clandestino aparecen los buscadores con su pregunta: ¿has visto a mi muerto? Así, acurrucados, susurrando. Y la respuesta suele ser “no”. Se lo preguntan al Estado, convertido para ellos en un policía aburrido de estas historias, en un fiscal sobrecargado, en un criminalista lleno de lodo, solo, y que nunca va a acabar de hacerle cesárea a la tierra para sacarle los huesos de sus hijos.

Mientras esto pasa en una milpa en Lourdes, la Asamblea aprobó una medida extraordinaria. Una ley para combatir la violencia: será obligatorio que en todas las escuelas se lea la Biblia durante siete minutos diarios. Así se fomentarán los valores. Bien vista, la respuesta que los diputados le dan a aquella mujer que busca a su hijo, o a la otra delgada que no encuentra a su esposo, o al señor con cara de árbol que pregunta por su chica, es: ¡recen, recen, desdichados, recen, que es lo único que queda para ustedes! En unos días el presidente vetará la medida.

Capítulo IV. Tácticas de detectives.

Tanta cerveza le ha movido ya el humor al más joven de los policías. Estamos en uno de los changarros que bordean las canchas de fútbol de El Cafetalón, en Santa Tecla, y a este muchacho le baila en la sangre más de una Pílsener. Sale a recibirme y me saluda efusivo:

-¡Qué ondas, Chelito! -dice, mientras me palmea el hombro.

Julián tiene ya ese acento espumoso que te dejan un par de horas de empinar el codo.

–Te voy a presentar a unos amigos.

Este día hubo suerte: consiguieron salir temprano y decidieron festejarlo entre colegas. El lugar no se merece el cosmopolita “bar”; más bien es un pequeño tenderete, saturado de beodos capaces de engullir una botella de cerveza de un trago. Las paredes están forradas de afiches con chicas espectaculares, brillando en sus bikinis, sudando a mares, como las cervezas que anuncian, y prometiendo besos chispeantes. Esas son las únicas hembras sonrientes en este sitio. Las de verdad cargan unas enormes bandejas llenas de cerveza, llevan delantales y unas incomodísimas minifaldas que no dan abasto de tanta carne y tanta mirada. Entre los hombres parece reinar el acuerdo de que el que no grita que mejor no hable, y el trato divide a esta población en dos: los que argumentan a gritos, con sus corbatas flojas y su ropita de trabajo marchita, y aquellos a los que apenas les queda fuerza para sostener erguido el cuello, viendo con amor celoso su botellita a medio andar. Los investigadores antihomicidios que nos esperan en la mesa del fondo forman parte del primer grupo.

Mi anfitrión me los va presentando, al mismo tiempo que le hace señas a una mujer para que me alcance una cerveza y me ponga a tono. El resto de detectives me saluda con menos entusiasmo.

-Vaya, ¿qué es lo que querías saber? -se lanza Julián, ansioso.

-Pues la verdad, nada en concreto…  ¿Cómo es su trabajo?

-Va, mirá, la onda es así: lo que uno busca es desarticular clicas. Entonces cuando hay un homicidio uno busca un testigo…

Julián es el más joven, tiene menos de 30 años y apenas unos cuantos de ser miembro de la élite Diho. Habla a gritos sobre su trabajo y así me va explicando sus procedimientos investigativos. En síntesis, el truco consiste en convencer a algún miembro marginado de una clica para que queme a sus compañeros y ayude a ubicar algunos cadáveres. Luego hay que protegerlo para que llegue vivo hasta el juicio y así conseguir poner a algunos asesinos tras las rejas. Interrumpe un hombre grueso, de semblante parco:

-Cuando vos detenés a un grupo, los vas interrogando, y vas anotando… Ahí vas viendo quién te puede hablar y quién no. Hay algunos que no te dicen nada, que si te descuidás te intimidan con la mirada. Incluso te amenazan.

-¿Y con esos qué se hace?

Cruzan miradas con Julián y el tipo serio se acomoda en su silla y es Julián quien retoma la explicación:

-Va, mirá, la onda es que estas ondas no son legales, por lo de los derechos humanos, ¿va? Ya sabés vos esas ondas.

-¿Les pegan?

-A algunos, vos. Hay que darles una calentada… Es que mirá -pone cara de asco-, algunos de estos pendejos ya no son personas, han matado a un vergo de gente, ya les vale verga.

-¿Qué les hacen para que hablen?

La pregunta es retórica. En realidad, durante todo el tiempo que hemos acompañado a Israel Ticas hemos escuchado estas historias, que viéndolo en frío no tienen nada de originales en el país: cachetadas, capuchas con talco, pistolas desenfundadas, apretadas de testículos, amenazas de muerte, amenazas con dejarlos en medio de territorio de la pandilla contraria…

-¿Y cómo hacen para que no los denuncien? -pregunto, y se anima a hablar de nuevo el tipo serio.

-Es que no les das en la cara, sino en partes donde no queda seña.

-¡Y para cuando llega el juicio además ya se les han quitado! -se abalanza Julián sobre la conversación.

Los entiendo. Los entiendo porque me pregunto qué haría yo si fuera un policía mal pagado (ganan menos de 300 dólares), con el escritorio lleno de casos que cada uno tarda en resolverse hasta casi dos años (Julián ha llegado a acumular 25 al mismo tiempo), teniendo que pensar en los derechos humanos de un tipo del que sé de cierto que es un asesino… Lo que no entiendo es por qué me lo cuentan. Si yo me siento culpable por sentir empatía con ellos, ¿por qué estos investigadores élite le cuentan tan panchos a un periodista que ellos torturan a sus potenciales testigos para que canten? Será porque están convencidos de que la razón les asiste. Y al menos este reportero no será el que tire la primera piedra.

-Pero si los testigos criteriados son asesinos, ¿cómo es que los dejan sueltos después, Julián?

-Para agarrar a toda la clica… Pero al final siempre los terminan matando, vos.

El mecanismo más expedito para investigar un caso, y el más usado, son los testigos criteriados. Sirven para todo: para ubicar los cuerpos, para identificar a toda la estructura, para testificar ante un juez… Desde que comienzan a colaborar con la policía viven en casas de seguridad y generalmente son los mismos investigadores los que tienen que costear su alimentación durante todo el proceso.

Parece que ya no tienen ganas de hablar de trabajo, sino de enfriarse el ánimo a fuerza de cerveza. Cierro la libreta y levanto la mano para llamar a la mesera por otra ronda.

Capítulo V. Cristo a la Puerta.

Pese a los pronósticos, no llovió nunca en este cementerio clandestino que antes fue una milpa. Si cayó un aguacero fue de noche y más que un llanto debió ser un lagrimeo que apenas mojó las tumbas.

Los policías que han hecho guardia nocturna durante los 15 días de excavación pasan las noches resguardados bajo un toldo, en silencio absoluto y se calientan las manos con pequeñas hogueras que alimentaban con ramitas. Se desvelan con la pistolera desabrochada y con el arma sin seguro. No les queda tiempo para pensar en los muertos, porque el cuerpo entero les pide pensar en los vivos y mantener los nervios afilados y la pistola cerquita, cerquita de la mano… Hasta que comienza a clarear y le dan gracias a Dios por la luz que les alumbra este espantoso lugar.

Desde que comenzamos la búsqueda de los cuerpos de Sintia y Ramiro, han aparecido ya dos cadáveres inesperados de chicas desconocidas: la vendedora de dulces, con sus paletitas de colores y su pose de adolescente dormilona; y otra chiquilla de esqueleto aniñado. Esta última salió de la tierra con un grito en la mandíbula y su propia soga alrededor de las vértebras cervicales. Cuando el cadáver de esta desconocida cayó a su foso, quedó acurrucado, como tomando un baño en una tina de tierra. Al ser lanzada llevaba el jeans y las bragas bajadas hasta las rodillas.

En la tumba de Sintia –que al final fue hallada por Lucas- el cadáver dejó un rastro blanco y pastoso de adipocira, que es un jabón de calcio, potasio y sales en el que se convierte la grasa humana bajo ciertas condiciones de la tierra. Eso quedó de Sintia. Se llama adipocira.

El último en aparecer fue Ramiro y lo primero que asomó de su tumba fue una rótula. La rótula es quizá el hueso que menos hueso parece: es una pequeña pieza con forma de nuez, que si no hubiera visto la luz en medio de fémur y tibia, sería una simple piedra. La rótula es un hueso simple.

Israel fue labrando el nicho de aquel cadáver con nombre, esculpiendo el terrón que lo apresaba y así fue saliendo Ramiro. Tenía las manos atadas sobre el ombligo y su cuerda ritual en el cuello. Israel fue limpiando cada trocito de las manos, haciéndole manicura en los huesos. Fue casi un placer verlo aparecer, ir viendo cómo el criminalista dibujaba su cama en la tierra: parecía cobrar orden de pronto. Ese proceso es algo que tiene que ver con la belleza, aunque a mí me avergüence pensarlo.

Es el último día de excavación y estoy parado a la orilla del pozo donde Israel le da los retoques finales al cadáver de Ramiro. Nos ha sacado a todos los ayudantes-periodistas (los ancianos de la alcaldía se esfumaron después del incidente con el niño) y hace el trabajo fino. Este cuerpo tiene un gesto amable, como el de un anciano que escucha a niños. A él también le bajaron los pantalones antes de sepultarlo al pie de este inmenso árbol de aguacate. Le ha tardado tres días al criminalista dejar estos huesos perfectos; sin alterar un solo milímetro la escena: las costillas suspendidas en el aire gracias a un sistema de pilares de tierra, las piernas flexionadas, cada cuerda en su lugar… Barre su escena del crimen y recorta los bordes del terrón para dejarlos en un perfecto ángulo recto. Esto ya no es necesario, es pura vanidad profesional.

Cuando Israel limpiaba los intersticios de los dientes, apareció –de un blanco impoluto- el médico forense de Medicina Legal con todo y su humor:

-Hola, ingeniero, ¿le está dando flúor? Ja, ja, ja, ja…

A estas alturas ya estoy bastante harto de los chistes de huesos: de policías que se preguntan si no apetece una sopa; o de fiscales que alaban las virtudes de una tanga enredada en el hueso sacro. En 15 días estoy bastante harto y en mi libreta de apuntes le dediqué un secreto “imbécil” a aquel doctor humorista. El trabajo sucio ya está hecho.

Tomó casi 21 minutos meter a Ramiro en siete bolsas de papel, muy parecidas a las que envuelven a los bollos de pan.

* * *

A la entrada de esta milpa hay una iglesia evangélica a medio construir. Se llama: “Iglesia Cristo a la Puerta” y al parecer siempre ha estado a medio construir, según me cuenta un feligrés que subraya versículos de la Biblia. El templo tiene varios años aquí. Ya estaba cuando fueron asesinados los cuatro muchachos que desenterramos durante estos 15 días. El tipo saca las manos de su libro sagrado y señala el predio que está atrás de su iglesia, hablando en susurro: “Yo ya no voy allá atrás. Una vez fui a traer aguacates, pero ahora ya no voy”.

El terreno que estuvo plantado de maíz ahora es un sistema de trincheras con rastros de adipocira. Va a ser bien difícil que alguien consiga sembrar algo, o alguien aquí… Pero quién sabe.

Capítulo VI. “Mis muertitos van a tener que esperar”.

Han pasado varios meses desde la última vez que nos vimos. En ese tiempo han cambiado algunas cosas: la Fiscalía se mudó de edificio y a Israel le tocó una oficina un poco más grande. Se tomó tiempo para decorarla, para dajarla acogedora –según su particular manera de sentirse cómodo-. Instaló sus diplomas, sus retratos hablados, colgó sus pinturas y desplegó su insoportable galería de cabezas mutiladas, de cuerpos desmembrados, de momias que no paran de gritar. Incluso creo que la amplió, porque no recordaba la foto de este rostro al que parecen haber destrozado con una motosierra.

Bajo este decorado descansa el viejo sofá-cama donde Israel sigue pasando muchas de sus noches, con los sueños custodiados por sus muertos llenos de torturas. Visto en conjunto -sofá y galería de fotos- crean la sensación de ser un altar a la locura: combina cabezas decapitadas y un gatito de peluche, una guara de madera, una almohadita fucsia, un tecomate… Todos estos meses he ido evolucionando una idea: primero creía que este señor era un loco clínico. Ahora estoy confundido. La mayor parte del tiempo más bien creo que no está tan loco como debería, o al menos como lo estaría yo con su trabajo.

Algo no ha cambiado: a la entrada de su despacho sigue colgado el mismo cartel que lo anuncia en singular. “Criminalista”. Israel sigue siendo el único artesano de su especie en un país donde asesinan a 11 personas cada día y donde la tasa de efectividad de la justicia es de un dígito.

Otras cosas han pasado desde la última vez que estuvimos juntos buscando cadáveres: desenterró 14 cuerpos en un cementerio clandestino en Nejapa, dos en Apopa, otro en Soyapango, cinco en el cantón Ateos…

También ocurrió que unos pandilleros secuestraron a un aprendiz de policía, lo torturaron y lo decapitaron. Su cabeza apareció en medio de una carretera, pero nada se supo del cuerpo, hasta que el criminalista lo halló, enterrado en una colonia de Soyapango. En San Juan Opico un tipo decidió vengarse de la mujer que lo desairó, golpeándola donde más le doliera, o sea en el cuerpo de su hija de seis años: se escondió en un cafetal, acechando a la niña. La raptó, la metió al cafetal y la apoyó en un bordo. Ahí la mató con un machete pequeño y sin punta al que los campesinos llaman cuto. Los policías encontraron el cadáver de la niña decapitado. Luego el homicida confesaría que arrojó la cabeza dentro de un pozo. Poco después, un hombre con traje espacial bajaría descolgado por la negrura cilíndrica del pozo, hasta dar con una bolsa.

Este hombre habla con los cuerpos. “A veces me preguntan por qué le hablo a los muertos y es porque yo siento que hay una conexión entre el cadáver y yo”, explica él. Recuerda que cuando se metió al pozo a sacar la cabeza de la niña, apenas se miraba una lucecita arriba.

-Estaba yo con mi tanque de oxígeno y vi la cabeza de la niña dentro de la bolsa y le vi sus ojos negros viéndome y la tomé y le aparté el pelo y sus ojos negros me miraban… Te puedo decir que hablé con ella, le decía: “Princesa, ¿por qué te hicieron esto? Ya vamos a salir, te voy a sacar con cuidado para que no te golpeés”. He aprendido a querer a los muertos, a hablar con ellos.

-¿Por eso tenés tu despacho decorado con esas fotos horribles?

-No solamente tengo fotografías, sino que tengo huesos, cráneos… Cualquiera puede decir que sería el cuarto del terror, pero yo no lo veo así. No me asusta en ningún momento ni me hace sentir triste verle los ojos a una cabeza decapitada. Veo que por el remache de sus dientes fue decapitado en vida. Me dicen cosas. Veo el cadáver de la madre con sus dos hijos encima y me dice: “Yo he muerto con honor, porque defendí a mis hijos hasta la muerte”.

-¿Hay belleza en la muerte, Israel?

-Hay belleza, la mujer sigue siendo hermosa, aún momificada sigue siendo hermosa y la hermosura está incluso en un esqueleto, en su posición, por eso los dejo como que son para museo, porque para mí es un arte. En Lourdes saqué a tres niñas: una tenía el cabello ondulado, esponjoso, hermoso… solo que ella estaba solo el esqueleto con cabello y le digo: “Has de haber sido linda”.

-Estás loco.

-Sí, estoy loco, pero me siento feliz loco, porque creo que soy un loco positivo.

-¿Cómo positivo? ¡Si tu locura tiene que ver con llenar la oficina de imágenes de cadáveres!

-No solo la oficina, mi cincho, mi camisa, mis boxers, mis calcetines y mi corbata son de calaveras, yo soy así. Estoy tan obsesionado con la muerte… Mi madre me dice que soy el ayudante del demonio. Pero yo no creo en el diablo. ¿Sabés? Soñé que se me apareció el diablo y me dijo que me iba a llevar y le dije que yo no creía en él y que él no existía y se transformó en Jesús en túnica, ¿y sabés qué hice? Le metí el dedo en el trasero y le dije: “Vos sos el diablo; andate, diablo, no creo en vos”.

-¿Cómo es la muerte en este país?

-¡Ni en películas he visto la forma como mata un salvadoreño, ni en películas! Por Joya de Cerén los mataban con torniquete de alambre de púas y cada una de las personas tenía que darle una vuelta hasta asfixiarlo. Participaban todos. Otra: por el lado de San Martín saqué a la mamá, al hijo y al hermano de la señora. Los habían matado ahorcados, y me extrañó porque no había árboles, pero sí troncones. Habían amarrado un extremo al tronco del palo y el otro al cuello y y les daban jalones de los pies. Por Chalatenango los hacen 14 pedacitos, abren un hoyo circular y los colocan ordenadamente, brazos, piernas, tórax, abdomen, cabeza y los entierran; cuando los desentierro parecen una copa, o más bien como un barrilito. Otro: que les quitan la cabeza y se las ponen a los pies viendo hacia el cuerpo, eso es por el lado de Opico. Por el lado de Lourdes, a las hembras las acuestan, las violan y las dejan con el blúmer en la mano. No las desmembran, pero las dejan en posición de que han sido violadas.

-¿Las mujeres reciben una muerte diferente?

-De los 395 que llevo, el 80% son mujeres. Los hombres mueren de una forma digna, tal vez decapitados o desmembrados. La mayoría de mujeres que he cncontrado han estado decapitadas y violadas; tienen cosas en la vagina, he encontrado navajas, botellas, palos, piedras, estacas, cuchillos dentro de sus vaginas y el grado de tortura que tienen ellas, ¡uauu! Por el lado de Cojute las guindan como piñatas y les dan con corvos. Las he encontrado hasta con 200 puñaladas. La mente de estas personas ya está atrofiada y como los salvadoreños queremos sobresalir, si alguien mata de alguna forma otro mata mejor, por eso hemos llegado a estos grados de barbarie.

-¿No es frustrante tu trabajo?

-Sí, porque no doy abasto, porque quisiera ser siete u ocho. Ahorita tengo un pozo donde hay cinco personas, un cementerio clandestino donde hay tres, otro donde hay cinco personas, que me están llamando que llegue. Yo no puedo hacerme varios, siento dolor porque mis muertitos van a tener que esperar.

-¿Conocés la historia de Sísifo?

-No.

-Es un personaje que creo que se parece a usted: es condenado a una tarea inútil, interminable, donde por más que se esfuerce siempre se verá obligado a comenzar de nuevo.

-Sí. Me parezco. Siento que es lo que hago constantemente. Hago obras de arte para que las deshagan, me tardo 17 días para que Medicina Legal lo deshaga en minutos. Es parte del proceso y el siguiente día voy a hacerlo de nuevo. Mientras desentierro a uno, están enterrando a tres.

-¿Creés que este país tiene remedio, Israel?

-No. Cada día vamos a peor. El lenguaje corporal que vi en 2004 no es ni la sombra de lo que veo ahora. El grado de violencia aumenta todos los días. Desearía que hubiera otros. No puedo hacer nada, estoy solo, soy el único. Pero no voy a tirar la toalla jamás, a nadie le digo que no.

-¿Y cuando esté viejo y la espalda y los brazos ya no lo dejen cavarle agujeros a la tierra?

-Le pido a Dios que me dé salud, no contaminarme de los muertitos con los que trabajo y cuando yo no pueda, poder capacitar gente… Voy a estar supervisando. No creo que me quede tiempo de escribir libros.

-¿Existe Dios, Israel?

-Existe… A la hora de levantarme, de hacer algo, sí existe y le pido que me ayude, pero cuando estoy en las excavaciones me pregunto que si existe, ¿por qué esto? ¿Por qué a esta niña de 6 años tuvieron que mutilarla? ¿Por qué tuvo que sufrir, llorar, y apenas comenzaba a vivir? Dios será un padre que quizá nos tiene olvidados.

-¿Y después de la muerte hay vida?

-Para mí, no… El que se muere se muere. Yo tengo un dicho: el que se muere lo entierran, se putrefacta y llega el ingeniero Ticas a sacarlo. Ese es mi lema.

El corazón en los huesos

Publicado: 19 septiembre 2008 en Leila Guerriero
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No es grande. Cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes blancas, sin mucho esmero. El cuarto -un departamento antiguo en pleno Once, un barrio popular y comercial de la ciudad de Buenos Aires- es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas –roto–, un zapato retorcido como una lengua negra –rígida–, algunas medias. Todo lo demás son huesos.

Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.

—Los huesos de mujer son gráciles.

Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.

***

Entre 1976 y diciembre de 1983 la dictadura militar en la Argentina secuestró y ejecutó a miles de personas que fueron enterradas como NN en cementerios y tumbas clandestinas. En mayo de 1984, ya en democracia, convocados por Abuelas de Plaza de Mayo (una agrupación de mujeres que busca a sus nietos, hijos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura) siete miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia llegaron al país. Entre ellos, un antropólogo forense –un especialista en la identificación de restos óseos: alguien que puede leer allí los rastros de la vida y de la muerte- llamado Clyde Snow. Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero texano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese viaje –el primero de muchos- dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y la traductora, abrumada por la cantidad de términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo yo puedo: yo sé inglés. Y así fue como Morris Tidball Binz, 26 años, estudiante de Medicina y dueño de un inglés perfecto, se cruzó en la vida de Clyde Snow.

Durante las semanas que siguieron Clyde Snow participó de algunas exhumaciones a pedido de jueces y familiares de desaparecidos, siempre en compañía de su nuevo traductor. En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio del suburbio, decidió que iba a necesitar ayuda y envió una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo “Yo tengo unos amigos”.

Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la Universidad de Buenos Aires, y esparció el mensaje -“Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”- entre sus compañeros de estudio.
Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas -dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

—A mí los cementerios no me gustan –puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios.

—Yo nunca hice una exhumación –dijo Mercedes Doretti, estudiante avanzada de antropología, fotógrafa y empleada de una biblioteca circulante.

Pero después pensaron que no perdían nada si iban a escuchar, y así fue como a las siete de la tarde del 14 de junio de 1984, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider -y Douglas Cairns- se encontraron con Clyde Snow –y Morris Tidball Binz- en un hotel del centro de Buenos Aires llamado Hotel Continental.

—Clyde nos pareció un tipo raro, pensábamos “Como toma este viejo, cómo fuma” –dice Patricia Bernardi-. Nos invitó un trago, y cuando nos explicó lo que quería hacer creí que se nos iba a ir el apetito. Pero después nos llevó a comer, y nosotros éramos estudiantes, nunca habíamos ido a un restaurante elegante. Comimos como bestias. Pero teníamos miedo. El país estaba muy inestable, y pensábamos “Si acá vuelva a pasar algo, este gringo se va a su país, pero nosotros nos tenemos que quedar”.

Esa noche se despidieron de Clyde Snow con la promesa de pensar y darle una respuesta.

“Me sentí conmovido, pero no tenían experiencia -contaba Clyde Snow años después al diario Página/12-. Les dije que el trabajo iba a ser sucio, deprimente y peligroso. Y que además no había plata. Me dijeron que lo iban a discutir y que al día siguiente me iban a dar una respuesta. Pensé que era una manera amable de decirme “chau, gringo”. Pero al día siguiente estaban ahí”.

Al día siguiente estaban ahí.

—Decidimos que íbamos a probar con esa exhumación, y que después veíamos si seguíamos con otras –dice Patricia Bernardi-. Nos encontramos temprano, en la puerta del hotel, y nos llevaron al cementerio en los autos de la policía. Fue raro subirnos a esa cosa. Y después nos íbamos a subir a esos autos tantas veces. Yo nunca había estado en un enterratorio, pero con Clyde lo difícil pareció ser un poco más fácil. El se tiraba con nosotros en la fosa, se ensuciaba con nosotros, fumaba, comía dentro de la fosa. Fue un buen maestro en momentos difíciles, porque una cosa es levantar huesos de guanaco o de lobos marinos y otra un cráneo. Cuando empezaron a aparecer los restos, la ropa se me enganchaba en el pincel, y yo preguntaba “¿Qué hago con la ropa?”. Y Clyde me miraba y me decía “Seguí, seguí”. Ese día levantamos los restos, nos fuimos a la morgue, y resultó que no eran los que buscábamos. Clyde se puso a discutir algo sobre la trayectoria de un proyectil con el personal de la morgue. Nosotros no entendíamos nada. Estaban los familiares ahí, y yo le dije al juez “Digalé que no son los restos, esta gente ya pasó por mucho”. Cuando les dijo, el llanto de los familiares fue algo que…Salimos de ahí a las tres de la mañana. Fue la exhumación más larga de mi vida.

Pero siguieron tantas. Entre 1984 y 1989 Clyde Snow pasó más de veinte meses en la Argentina, y en cada uno de sus viajes los estudiantes lo acompañaron a hacer exhumaciones, internándose de a poco en las aguas de esa profesión que no tenía –en el país- antecedentes ni prestigio.

—Nadie entendía lo que hacíamos. ¿Sepultureros especializados, médicos forenses?- dirá Mercedes Doretti desde Nueva York-. La academia nos miraba de reojo porque decían que no era un trabajo científico.

Con poco más de veinte años, empleados mal pagos de empleos absurdos, estudiantes de una carrera que no los preparaba para un destino que de todos modos no podían sospechar, pasaban los fines de semana en cementerios de suburbio, cavando en la boca todavía fresca de las tumbas jóvenes bajo la mirada de los familiares.

—La relación con los familiares de los desaparecidos la tuvimos desde el principio –dirá Luis Fondebrider-. Teníamos la edad que tenían sus hijos al momento de desaparecer y nos tenían un cariño muy especial. Y estaba el hecho de que nosotros tocábamos a sus muertos. Tocar los muertos crea una relación especial con la gente.

Como tenían miedo, iban siempre juntos. Y, como iban siempre juntos, empezaron a llamarlos “el cardumen”. No hablaban con nadie acerca de lo que hacían y, para hablar de lo que hacían, se reunían en casa de Patricia, de Mercedes.

—Todos soñábamos con huesos, esqueletos –dirá Luis Fondebrider- Nada demasiado elaborado. Pero nos contábamos esas cosas entre nosotros.

—Todos teníamos pesadillas –dirá Mercedes Dorettí-. Un día me desperté a los gritos, soñando con una bala que salía de una pistola y me desperté cuando la bala estaba por impactarme en la cabeza. La sensación que tuve fue que me estaba muriendo y pensaba “¿Cómo no me di cuenta que esto venía, cómo no me di cuenta que me estoy muriendo inútilmente, cómo no me di cuenta que no tenía que meterme acá?”.

En 1985 viajaron a la ciudad de Mar del Plata, a exhumar los restos de una desaparecida, seguros como estaban de estar del lado de los buenos. Las Madres de Plaza de Mayo, la agrupación de mujeres que busca a sus hijos desaparecidos, los estaban esperando.

—Querían frenar la exhumación –dirá Mercedes Dorettí-. Decían que Snow era un agente de la CIA y que el gobierno estaba tratando de tapar las cosas entregando bolsas con huesos. Hubo insultos, fue duro. Ver que ellas, que eran nuestras heroínas, estaban en contra fue muy fuerte. Finalmente, exhumamos, y después nos fuimos a la playa. Nos sentamos ahí, mirando el mar, compungidos.

Ese mismo año, Clyde Snow declaró en el Juicio a las Juntas donde se juzgaba a los militares que habían estado en el poder durante la dictadura, y proyectó una diapositiva de esa exhumación en Mar del Plata: una mujer joven llamada Liliana Pereyra, el cráneo pleno de balas.

“Lo que estamos haciendo –decía Snow en Página/12- va a impedir a futuros revisionistas negar lo que realmente pasó. Cada vez que recuperamos un esqueleto de una persona joven con un orificio de bala en la nuca, se hace más difícil venir con argumentos”.

El tiempo pasó, consiguieron financiación, alguna beca, y cuando quedó claro que quizás podrían vivir de eso, algunos abandonaron sus empleos. En 1987 se inscribieron como asociación civil sin fines de lucro bajo el nombre de Equipo Argentino de Antropología Forense con el objetivo de practicar “la antropología forense aplicada a los casos de violencia de estado, violación de derechos humanos, delitos de lesa humanidad”. Después se unieron al grupo Darío Olmo, estudiante de arqueología, empleado municipal; Alejandro Incháurregui, estudiante de antropología y vendedor de boletos en el hipódromo; Carlos Somigliana (Maco), estudiante de antropología y derecho, ayudante de los fiscales Moreno Ocampo y Strassera durante el Juicio a las Juntas; Silvana Turner, estudiante de antropología social, y Anahí Ginarte, estudiante de antropología.

En 1988, cuando fueron convocados como peritos para excavar en el sector 134 del cementerio de Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires donde los militares habían enterrado a cientos, pocos de ellos tenían más de 22.

La fosa de Avellaneda permaneció abierta dos años y sacaron de allí 336 cuerpos, casi todos con heridas de bala en el cráneo, muchos todavía sin identificar.

***

El Equipo Argentino de Antropología Forense tiene sus oficinas en dos departamentos idénticos, primer y segundo piso de un edificio antiguo de estilo francés en el barrio de Once. Alrededor, vendedores ambulantes, autos, buses, los peatones: la banda de sonido de una ciudad en uno de sus puntos álgidos. El segundo piso no tiene nombre. El primer piso sí, y se llama Laboratorio. Por lo demás, ambos tienen la misma cantidad de cuartos, los mismos baños, cocina al fondo, y casi ninguna evidencia de vida privada. Los muebles son nuevos y viejos, chicos y grandes, de maderas nobles y de fórmica. Hay un cuadro, un póster del Metropolitan Museum, pero son cosas que llevan demasiado tiempo allí: cosas que ya nadie ve. Hay pizarras, paneles de corcho con tarjetas de delivery y postales de esqueletos bailando: las fiestas latinoamericanas de la muerte. En un alféizar hay dos cactus pequeños y, en todas las paredes, una profusión de planos y de mapas. Algunos, no todos, tienen marcas. Algunas de esas marcas, no todas, señalan los centros clandestinos de detención: sitios de los que proviene el objeto que aquí se estudia.

La oficina donde trabaja Luis Fondebrider está en el segundo piso. Él, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi son los únicos que quedan del grupo original: Douglas Cairns sólo ayudó, al principio, en un par de exhumaciones; Morris Tidball Binz marchó en 1990 a trabajar a la Cruz Roja y vive en Ginebra desde entonces. A fines de los noventa se unieron otras personas –Miguel Nievas, Sofía Egaña, Mercedes Salado- y, durante mucho tiempo, no fueron más de doce. Pero a principios del nuevo siglo la posibilidad de aplicar la técnica de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones y ahora son 37. En todos estos años, el Equipo intervino en más de treinta países, contratado por el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia; la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, las Comisiones de la Verdad de Filipinas, Perú, El Salvador y Sudáfrica, las fiscalías de Etiopía, México, Colombia, Sudáfrica y Rumania, el Comité Internacional de la Cruz Roja, la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara y la Comisión Bicomunal para los desaparecidos de Chipre.

—Todos los salarios que recibimos por esas misiones internacionales van a un fondo común – dice Luis Fondebrider-. No les cobramos a los familiares por lo que hacemos. Nos sostenemos con la financiación de unos 20 donantes privados europeos y norteamericanos y de algunos gobiernos europeos. No tenemos apoyo de donantes privados ni asociaciones civiles argentinas. Las asociaciones civiles apoyan eventos de Julio Boca, pero no proyectos como este.

Ocultos, discretos, cada tanto la identificación de alguien –en 1989 la de Marcelo Gelman, el hijo de Juan Gelman, el poeta argentino radicado en México; en 1997 la del Che Guevara, en Bolivia; en 2005 la de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de mayo, desaparecida en 1977- los empuja a la primera plana de los diarios.

—Pero para nosotros –dice Luis Fondebrider- todos son personas. El Che o Juan Pérez. Cuando fue lo del hijo de Gelman, fuimos Morris, Alejandro y yo a Nueva York, a recibir un premio de una fundación, y lo fuimos a ver a Gelman que vivía allá para contarle que habíamos identificado a su hijo. A mí me resultó una figura muy intimidante, serio, parco. Nos quedamos a dormir en su casa. El se quedó toda la noche despierto, leyendo el expediente, y al otro día nos hizo millones de preguntas. Fue raro. Yo nunca me había quedado a dormir en la casa de una persona a la que hubiera ido a darle una noticia así.
—¿Podrías imaginarte sin hacer este trabajo?
—Si. No sé qué haría. Pero sí.

Todos dicen –dirán- lo mismo. Como si marcharan orgullosos hacia el único futuro posible: la extinción.

***

En el piso inferior hay varios cuartos con mesas largas y angostas cubiertas por papel verde. En la oficina donde suele trabajar Sofía Egaña cuando está en Buenos Aires -36 años, llegada al Equipo en 1999 cuando le propusieron una misión en Timor Oriental y ella dijo sí y se marchó dos años a una isla sin luz ni agua donde el ejército indonesio, en 1991, había matado a 200.000- hay un escritorio, una computadora.

Click y una foto se abre: un cráneo. Otro click: el cráneo y su orificio.

—Entró directo: una ejecución así, tuc, de atrás. ¿Tenemos dientes? ¿Cómo lucen los dientes?

En dos días más, Sofía Egaña estará en Ciudad Juárez, donde el Equipo trabaja en la identificación de cuerpos de mujeres no identificadas o de identificación dudosa y, hasta entonces, debe resolver algunas cuestiones urgentes: tratar de vender la casa donde vive, quizás pedir un préstamo bancario, quizás mudarse. En un panel de corcho, a sus espaldas, hay una mariposa dibujada y una frase que dice Sofi te quiero con caligrafía de sobrina infantil. Hay, también, una foto tomada durante su estadía en Timor:

—Esos son mis caseros. Ellos me alquilaban la casa donde vivíamos. Cada tanto me llaman, para saber cómo estoy. Como yo no tengo teléfono estable, tienen que llamar a casa de mis padres. Hace más de once años que estoy viajando. No tengo placard. Tengo dos maletas. Pero cuando se junta el hueso con la historia, todo cobra sentido. Delante de los familiares soy la médica, el doctor. A llorar, me voy atrás de los árboles. No te podés poner la llorar.
—¿Y con el tiempo uno no se acostumbra?
—No. Con el tiempo es peor.

Al final de un pasillo hay un cuarto oscuro, fresco, las paredes cubiertas por estantes que trepan hasta el techo y, en los estantes, cajas de cartón de tamaño discreto con la leyenda: Frutas y Hortalizas.

—Cada caja es una persona. Ahí guardamos los huesos. Todas están etiquetadas con el nombre del cementerio, el número de lote.

Al frente, en dos o tres habitaciones luminosas, cinco mujeres jóvenes se inclinan sobre las mesas cubiertas con papel. Sobre las mesas hay –claro- esqueletos.

***

El escritorio de Silvana Turner, en el piso superior, está rodeado de cajas que dicen Kosovo, Togo, Sudáfrica, Timor, Paraguay: la ruta de las mejores masacres del siglo que pasó. Silvana Turner lleva el pelo corto, el rostro limpio. Llegó al Equipo en 1989.

—Si el familiar no tiene deseos de recuperar lo restos, no intervenimos. Nunca hacemos algo que un familiar no quiera. Pero aún cuando es doloroso recibir la noticia de una identificación, también es reparador. En otros ámbitos esto suele hacerse como un trabajo más técnico. Es impensable que la persona que estudia los restos haya hecho la entrevista con el familiar, haya ido a campo a recuperar los restos, y se encargue de hacer la devolución. Nosotros hemos hecho eso siempre.

En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos y -cruzando datos, rastreando documentación- pudieron conocer y notificar el destino de 300 personas más cuyos restos nunca fueron encontrados.

—Si yo tuviera que definir un sentimiento con respecto al trabajo es frustración. Uno quisiera dar respuestas más rápido

A metros de aquí hay otro cuarto donde las cajas llevan el nombre de cementerios argentinos: La Plata, San Martín, Ezpeleta, Lomas de Zamora, Ezeiza.

La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable.

***

Llueve, pero adentro es seco, tibio. Es martes, pero es igual.

En una de las oficinas del Laboratorio habrá, durante días, un ataúd pequeño. Lo llaman urna. En urnas como esas devuelven los huesos a sus dueños.

—¿Ves? –dice una mujer con rostro de camafeo, una belleza oval-. Esto, la parte interna, se llama hueso esponjoso. Y hueso cortical es la externa.

Bajo sus dedos, el esqueleto parece una extraña criatura de mar, al aire sus zonas esponjosas.

—Esto es un pedacito de cráneo. En el cráneo, el hueso esponjoso se llama diploe.

Cuando termine de reconstruir –de numerar sus partes, sus lesiones, de extender lo que queda de él sobre la mesa- el esqueleto volverá a su caja y esa pequeña paciencia de mujer oval terminará, años después -si hay suerte- con un nombre, un ataúd del tamaño de un fémur y una familia llorando por segunda vez: quizás por última.

En el vidrio de una de las ventanas que da a la calle hay un papel pegado: la cuadrícula de una fosa y el dibujo de 16 esqueletos. Al pie de cada uno hay anotaciones: 5 postas más tapón de Itaka, desdentado en maxilar superior, 5 proyectiles. Ninguno tiene nombre, pero sí edad -30 en promedio- y sexo: casi todos hombres. Desde la calle, cualquiera que mire hacia arriba puede ver ese papel pegado a la ventana. Pero lo que se vería desde allí es una hoja en blanco. Y, de todos modos, nadie mira.

***

Una puerta se abre como un suspiro, se cierra como una pluma. Mercedes Salado deja una caja liviana -Frutas y Hortalizas- sobre un escritorio. Después dice buendía y enciende el primero de la hora. Es española, bióloga, trabajó en Guatemala desde 1995, forma parte del equipo desde 1997, y durante mucho tiempo sus padres, dos jubilados que viven en Madrid, pensaban que el oficio de la hija no era un oficio honesto.

—Un día me llaman y me preguntan: “Oye, Mercedes, lo que tú haces… ¿es legal?”. Claro, cuando yo empecé con esto no se sabia muy bien qué cosa era Latinoamérica, y meterse en las montañas a sacar restos de guatemaltecos…Mis padres tendrían miedo de que los llamaran diciendo “Su hija está presa porque se ha robado a uno”. Ahora en Madrid los vecinos me saludan, como “uau, es legal”. Lo que me sorprende del Equipo es la coherencia. Se mantiene con proyectos, pero también hay un fondo común. Cada uno que sale de misión internacional, pone ese salario en el fondo común. Y es un sistema comunista que funciona. Se hace porque se cree en lo que se hace. Nadie hubiera estado veinte años cobrando lo que se cobra si esto no le gusta. Pero este trabajo tiene una cosa que parece como muy romántica, como muy manida. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja, por encima de tu perspectiva de tener hijos. Nos hemos olvidado de cumpleaños, de aniversarios de boda, pero no nos hemos olvidado de una cita con un familiar. Y en el fondo es tan pequeño. ¿Qué haces? Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo…y ya. Y eso es todo. Pero cuando le ves el rostro a la gente, vale la pena. Es una dignificación del muerto, pero también del vivo.

Después, con una sonrisa suave, dirá que tiene un trauma: que no puede meter cráneos dentro de bolsas de plástico, y cerrarlas.

—Me da angustia. Es estúpido, pero siento que se ahogan.

***

Es viernes. Pero es igual.

Mujeres jóvenes, vestidas con diversas formas de la informalidad urbana –piercings, pantalones enormes, camisetas superpuestas- se afanan sobre las mesas del Laboratorio. Semana a semana, como si una marea caprichosa interminable los llevara hasta ahí -más y menos enteros, más y menos lustrosos- los esqueletos cambian

—Están mezclados. Ya tengo cinco mandíbulas, cinco individuos por lo menos –dice Gabriela, mientras pega dos fragmentos de hueso entre sí.

Son horas de eso: mirar y pegar, y después todavía rastrear lesiones compatibles con golpes o balas, y después aplicar la burocracia: tomar nota de todo en fichas infinitas.

Mariana Selva –los ojos claros, las uñas cortas, rojas- prepara unos restos para llevar a rayos: un cráneo, la mandíbula.

—A veces ves los huesos de un chico de veinte años con nueve balazos en la cabeza y decís ay, dios, pobre chico, qué saña. Pero no podés estar llorando, ni pensando en cómo fueron todas esas muertes, porque no podrías trabajar.

Analía González Simonett lleva un aro en la nariz, casi siempre vincha. Es, con Mariana, una de las últimas en llegar al Equipo.

—A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el Equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como esas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay, Josecito, a él le gusta…” La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice “¿Le puedo dar un beso en la frente?”.

El 6 de enero de 1990 los restos de Marcelo Gelman fueron velados en público. Pero antes su madre, Berta Schubaroff, quiso despedirse a solas. A puertas cerradas, en las oficinas del Equipo, trece años después de haberlo visto por última vez, al fruto de su vientre lo besó en los huesos.

***

En el escritorio de Miguel Nievas hay un cráneo de plástico que es cenicero, un dactilograma, un esquema de ADN nuclear, una biblioteca, libros, mapas. Es un cuarto interno, con una sola ventana y poca luz. Miguel Nievas tiene apenas más de treinta. Vivía en Rosario, una ciudad del interior, y entró al Equipo a fines de los años 90.

—Yo trabajaba en la morgue de Rosario, estaba estudiando unos restos óseos y necesitaba ayuda. Llamé por teléfono. Me atendió Patricia, me preguntó si podía viajar con los huesos a Buenos Aires. Y vine. Seguí colaborando en algunas cosas desde allá y después, en el 2000, me preguntaron si podía ir a Kosovo. Yo dije que sí, pero la verdad es que no sabía dónde iba. Cuando el avión aterrizó en Macedonia, y vi tanques, soldados, pensé “Dónde carajo me metí”. No hablaba una palabra de inglés y en la morgue hacíamos 30 o 40 autopsias todos los días. Nos habían dado un curso obligatorio de explosivos, pero yo no hablaba inglés y lo único que entendí fue don´t touch. Cuando volví me quedé trabajando acá. Me enganché con el trabajo en la Argentina. Cuando empezás a investigar un caso terminás conociendo a la persona como si fuera un amigo tuyo. Necesitás poner distancia, porque todo el día relacionado con esto, te termina brotando. Cada uno tiene su forma de brotarse.

—¿Y la tuya es…?
—La soriasis. Y hace años que no recuerdo un sueño.

***

Patricia Bernardi dice que tiene deformaciones profesionales. La más notoria: le mira los dientes a las personas.

—No me doy cuenta. Hablo y les miro la dentadura. Porque nosotros siempre andamos buscando cosas en los dientes. Y el otro día vino el contador con una radiografía, y le dije “Che, por qué no dejás alguna acá, por las dudas”.

Se ríe. Pero siempre se ríe.

—Yo nunca pude aguantar a los muertos. Les tengo pánico. A mí me hacés cortar un cadáver fresco y me muero. Pero con los huesos no me pasa nada. Los huesos están secos. Son hermosos. Me siento cómoda tocándolos. Me siento afín a los huesos.

Pasa las páginas de un álbum de fotos.

—Este es el sector 134, en Avellaneda.

Un terreno repleto de maleza. Después, la tierra cruda. Después abierta. Después los huesos. Y un edificio viscoso con paredes cubiertas de azulejos.

—Esa es la morgue donde trabajaban ellos.

Ellos.

—Habían hecho un portón que daba a la calle, para poder entrar los cuerpos directamente desde ahí. En la puerta de la morgue había un cartel que decía “No cague adentro”. Cuando empezamos a trabajar no lo hicimos público. Nos daba miedo. Teníamos un policía de seguridad de la misma comisaría que antes tenía la llave para meter cuerpos en esa fosa.

En un rato tocarán el timbre y Patricia bajará las escaleras con una urna pequeña. Allí, en esa urna, llevará los restos de María Teresa Cerviño que en mayo de 1976 apareció colgada de un puente con un cartel, una inscripción -Yo fui montonera-, la cabeza cubierta por una bolsa, los ojos y la boca tapados por cinta adhesiva. Todas las pistas indicaban que había terminado en la fosa común de Avellaneda. Su madre nombró al Equipo como perito en la causa judicial que inició en 1988 buscando los restos de su hija. Durante todos estos años, Patricia supo que María Teresa Cerviño estaba ahí, era alguno de todos esos huesos.

—Yo decía “Sé que está, pero dónde, cuál será”. Y el año pasado, diecinueve años después, apareció.

Hay sitios así. Sitios donde todas las cosechas son tardías.

***

Cuando Darío Olmo llegó al Equipo, invitado por Patricia Bernardi en 1985, era un estudiante de antropología de 28 años, agonizando en manos de un empleo que lo frustraba: recibir expedientes en la mesa de entrada de una dependencia de gobierno.

—Me cayó muy bien el viejo, Snow. Yo no entendía una palabra de inglés, pero nos entendíamos en el idioma universal de los vasos. Este trabajo me salvó. Yo tomaba bastante, trabajaba caratulando expedientes, no era un buen alumno en la facultad. Esto era lo opuesto a la rutina. Un trabajo entre amigos, y enseguida creamos una relación rara, inusual. Cuando la compañera de uno de nosotros estuvo enferma, Patricia tenía el dinero de un departamento que había vendido y le llevó toda la plata. “Hacé lo que necesites” le dijo. Esta gente es la que yo más conozco y la que más me conoce. Para bien y para mal. A mí el trabajo este no me daña. Al contrario. Esto es lo más interesante que me pasó en la vida. ¿Qué posibilidades tiene un estudiante de arqueología como yo de conocer el Congo más que con un trabajo demencial como este? La gente se horroriza. Vos le decís que viajás a ver fosas comunes y morgues y cementerios, y a la gente la parece horroroso. Pero a mí me resultaría difícil sentarme en un kiosco de dos metros cuadrados y esperar que me vengan a comprar caramelos. La verdad es que la única parte mala del laburo son los periodistas. Un periodista es una persona que llega al tema y tiene que hacer una especie de curso intensivo, hacer su nota, y es difícil que capte esta complejidad. Me gustaría que, simplemente, no les interese.

***

Son las siete de la tarde de un viernes y en un aula de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Sofía Egaña y Mariana Selva dan una clase sobre huesos en general, lesiones en particular, a un grupo pequeño de estudiantes.

—El hueso fresco tiene contenido de humedad y reacciona distinto a la fractura que el hueso seco. El hueso se mantiene fresco aún después de la muerte. Entonces el diagnóstico se hace según la forma de la fractura, la coloración –dice Mariana Selva mientras proyecta imágenes de huesos rotos y secos, rotos y húmedos, rotos y blancos.

—Los rastros de la vida se ven en los huesos -dirá después, sobre un esqueleto extendido, Sofía Egaña-. ¿Ven los picos de artrosis? ¿Cómo verían a esta mandíbula? Tóquenla, agárrenla. ¿Qué les puede decir esta dentición?

Cuando el Equipo se formó, la antropología forense no existía como disciplina en el país. Ellos aprendieron en los cementerios, desenterrando personas de su edad –vomitando al descubrir que tenían sus mismas zapatillas-, leyendo el rastro verde de la pólvora en la cara interna de los cráneos. Y después, todavía, se enseñaron entre ellos. Ahora son generosos: aquí comparten el conocimiento. Esparcen lo que les sembraron.

***

El día es gris. Patricia Bernardi toma el teléfono, marca un número, alguien atiende.

—Si, buenas tardes, estoy buscando a la señora X.
—…
—Ah, buenas tardes, señora, habla Patricia Bernardi, del Equipo Argentino de Antropología Forense. No sé si sabe a qué se dedica esta institución.
—…
—Bueno, muchas gracias, adiós.

El tono de Patricia es dulce y no hay fastidio cuando cuelga: cuando no la quieren atender. En 2007, cuando se cumplieron años de la muerte del Che, los medios sacaron sus máquinas de hacer efemérides y todas apuntaron a los miembros del Equipo que, convocados por el gobierno cubano, habían estado allí.

—A veces me siento obligada a decir fue un orgullo haber participado en esa exhumación, pero era todo muy tenso. Nosotros estuvimos cinco meses, nos retiramos, y volvimos cuando los cubanos encontraron la fosa del Che, en julio de 1997. Me llamaron a mí, era un sábado. No me acuerdo si llamó el cónsul o el embajador de Cuba, y me dijo “Encontraron unos huesos”. Cuando llegamos ya había dos o tres peleándose por ver quién sacaba la foto. A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí en 1982 un pelotón del Ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos 162 cuerpos. En su mayoría chicos menores de 12 años. Y no tenían heridas de bala porque para ahorrar proyectiles les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban. Llega un momento que te acostumbrás a los huesitos chiquitos, porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.

Lo asociado.

—Los juguetes.

En el edificio contiguo hay un instituto de peluquería y depilación. Desde las ventanas se pueden ver, todos los días, señoras cubiertas por mantelitos de plástico y pelos envueltos en cáscaras de nylon como merengues flojos. Pero da igual: aquí nadie las mira.

***

En la oficina de Carlos Somigliana –Maco- hay profusión de papeles, dibujos de niños, pilas de cosas que buscan su lugar como en un camarote chico. Desde que entró en el Equipo, en 1987, se dedicó a atar cabos y a enseñar a los demás a hacer lo mismo: entrevistar familiares, buscar testimonios, cruzar información.

—Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Ahora hay una urgencia con respecto al trabajo que no aparecía tan fuerte cuando éramos más jóvenes, y que tiene que ver con la sobrevida de la gente a la que le vamos a contar la noticia de la identificación. Llegás a una familia para contar que identificaste al familiar y te dicen “Ah, mi padre se murió hace un año”. Y cuando te empieza a pasar seguido decís “me tengo que apurar”.
—¿Podrías dejar de hacer este trabajo?
—Sí. Yo quiero terminar este trabajo. Para mí es importante creer que puedo prescindir. Este trabajo ha sido muy injusto en términos de otras vidas posibles para muchos de nosotros.
—¿Y afectó tu vida privada?
—Sí.
—¿De qué forma?
—Ninguna que se pueda publicar.
—Entonces tiene partes malas.
—Por supuesto que tiene partes malas. Cuando vos sos el familiar de un desaparecido, tuviste que aceptar la desaparición, la aceptaste, estuviste treinta años con eso. Te acostumbraste. De golpe viene alguien y te dice no, mire, eso no fue como usted pensaba, y además encontramos los restos de su hijo, su hija. Es una buena noticia. Pero te hace mierda. Es como una operación, es para algo bueno. Pero te lastima. Cuando vos te das cuenta que la lastimadura es muy fuerte, hasta qué punto no estás haciendo cagada al remover esas cosas. Pero no hay nada bueno sin malo. Lo cual te lleva a la otra posibilidad mucho más perturbadora: no hay nada malo sin bueno.

En alguna parte una mujer dice “mi hermano desapareció el cinco del diez del setenta y ocho” y entonces alguien, discretamente, cierra una puerta.

***

—Mi nombre es Margarita Pinto y soy hermana de María Angélica y de Reinaldo Miguel Pinto Rubio, los dos son chilenos, militantes de Montoneros. Desaparecieron en 1977. Mi hermana tenía 21 años. Mi hermano 23.

Margarita Pinto dice eso en el espacio para fumadores de la confitería La Perla, del Once, a cuatro cuadras de las oficinas del Equipo. Después dice que los restos de su hermana fueron identificados por los antropólogos en 2006.

—El dolor de tener un familiar desaparecido es como una espinita que te toca el corazón, pero te acostumbrás. Y cuando me dijeron que habían encontrado los restos, yo estuve con una depresión grande. No quise ir a verlos. Fui nada más al homenaje que le hicimos en el cementerio. Esto es como una segunda pérdida, pero después es un alivio. Los antropólogos hablan de mi hermana como si la hubiesen conocido. Y yo la busqué tanto. Cuando desapareció yo era chica y empecé a visitar a los padres de algunos compañeros de ella. Una vez fui a ver a un matrimonio grande. En un momento, la señora se levantó y se fue y el hombre me dijo que disculpara, que la señora estaba muy mal. Que todos los días se levantaba muy temprano para desarmar la cama de su hijo. Y yo ahí, preguntando por mi hermana. Uno a veces hace daño sin darse cuenta.

El cielo gris. Brilla en sus ojos.

***

El 26 de septiembre de 2007, Mercedes Doretti recibió una beca de la fundación MacArthur dotada de 500.000 dólares y, como hacen e hicieron siempre con las becas, los premios y los sueldos de las misiones internacionales, donó el dinero al fondo común con que el Equipo se financia.

—La beca es personal –dice Mercedes Doretti- pero yo no trabajo sola.

Ella fue la primera mujer miembro del Equipo en ser madre, un año atrás. La segunda fue Anahí Ginarte, que vive en la ciudad de Córdoba desde 2003, cuando viajó allí para trabajar en la fosa común del cementerio de San Vicente, un círculo de infierno con cientos de cadáveres, y conoció al hombre que les alquilaba la pala mecánica para remover la tierra, se enamoró, tuvo una hija.

—Es mucha adrenalina, muy romántico, pero también es ver la vida de los otros y no tener una vida propia –dice Anahí Ginarte-. Yo estuve un año sin pasar un mes entero en Buenos Aires. Tenía un departamento donde no había nada, ni una planta, cerraba con llave y me iba. Pero decidí parar.

Salvo ellas dos –Mercedes, Anahí- ninguna de las mujeres que llevan años en el Equipo tiene hijos.

***

A mediados de 2007, el Equipo, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud firmaron un convenio para crear un banco de datos genéticos de familiares de desaparecidos a través de una campaña que solicita una muestra de sangre para cotejar el ADN con el de 600 restos que todavía no han podido ser identificados. El proyecto se llama Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, y hace días que aquí no se habla de otra cosa: de la Iniciativa que se iniciará.

Esta mañana, Mercedes Salado y Sofía Egaña revolotean alrededor de un hombre encargado de instalar la impresora de códigos de barras de la que saldrán miles de etiquetas que identificarán la sangre de los familiares.

—A ver, vamos a probar –dice el hombre.

Aprieta un comando y la pequeña impresora se estremece, tiembla como un hamster y escupe uno, dos, diez, veinte códigos de barras.

—Es muy emocionante –dice Mercedes-. Llevamos años esperando esto.

En las semanas que siguen todos se dedican a una tarea cándida: ensobran formularios para enviar a los cuatro rincones del país. Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres que dicen Tu sangre puede ayudar a identificarlo, fuma y conversa con Patricia Bernardi.

—Si logran identificar a todos, se van a quedar sin trabajo.
—Ojalá.

Una radio vieja esparce la canción I will survive.

***

Miércoles. Nueve y media de la mañana. Desde una de las oficinas del primer piso llegan ráfagas de conversación:

—El hermano de ella está desaparecido.
—No puede haber un estudiante de medicina de 60 años. ¿Por qué no volvemos a mirar la información?
—Ese Citroën rojo…alguien dijo algo de ese Citröen rojo

Inés Sánchez, Maia Prync y Pablo Gallo trabajan haciendo investigación preliminar: a través de fuentes escritas, orales, diarios, generan hipótesis de identidad para los huesos. Inés Sánchez, apenas más de veinte, es hija de desaparecidos.

—Yo llegué al equipo hace dos años, más o menos. Nuestra tarea es hacer hipótesis de identidad sobre un conjunto de personas en base a exhumaciones que ya se hicieron. Para eso vemos qué centro clandestino utilizaba un determinado cementerio, en qué fechas hubo traslados.

Selva Varela tiene porte de bailarina, pelo largo, ojos claros, gafas. Está inclinada sobre una de las mesas. En el hueco de la mano, apretado contra el pecho, abraza un cráneo como quien acuna. Tiene treinta años y está en el equipo desde 2003. Sus padres fueron secuestrados por los militares y ella adoptada por compañeros de militancia que, a su vez, fueron secuestrados en 1980. Se crió con vecinos, abuela, una tía y en 1997 llegó al Equipo buscando a sus padres.

—Después estudié medicina, antropología, y cuando me dijeron que acá faltaba gente, vine y quedé. Pero no estoy acá buscando a mis viejos. Pienso en los familiares de las víctimas, pienso que está bueno que la sociedad sepa lo que pasó.

En un rato habrá clima de euforia y desconcierto: un cráneo al que creían un error no resultó lo que pensaban: un intruso. La buena noticia –la mala noticia- es que es el cráneo de un desaparecido. Lo levantan, lo miran como a una fruta mágica, magnífica.

—¿Y si es el padre de…?

Es una buena tarde. Por tanto. Por tan poco.

***

Diez de la mañana: el cielo sin una nube.

El cementerio de La Plata se prodiga en bóvedas, después en lápidas, después en cruces. Y allí, entre esas cruces, hay dos tumbas abiertas y el rayo negro del pelo de Inés Sánchez. El sol chorrea sobre su espalda que se dobla. Alrededor, pilas de tierra, baldes, palas: cosas con las que juegan los niños.

—Vamos bien. Encontramos los restos de las tres mujeres que veníamos a buscar –dice Inés.

Limpia con un pincel el fondo, los pies abiertos para no pisar los huesos: un cráneo, las costillas.

Al otro lado de un muro de bóvedas, en una zona de sombras frescas, Patricia Bernardi, tres sepultureros, un hombre y dos mujeres rodean a Maco que -bermudas, sandalias- saca tierra a paladas de una fosa. Los sepultureros se mofan: dicen que no debe cavarse con sandalias, que va a perder un dedo. El sonríe, suda. Cuando bajo la pala aparece un trapo gris –la ropa- Maco se retira y Patricia se sumerge. Cerca, entre los árboles, una mujer de rasgos afilados camina, fuma. Está aquí por los restos de Stella Maris, 23 años, estudiante de medicina, desaparecida en los años setenta: su hermana. Patricia saca tierra con un balde y los huesos aparecen, enredados en las raíces de los árboles.

—Está boca arriba y tiene una media.

Las medias son valiosas: bolsas perfectas para los carpos desarmados.

—El cráneo está muy estallado. Acá hay un proyectil. En el hemitórax izquierdo, parte inferior. Tiene las manos así, sobre la pelvis.

Después, levantan el esqueleto de su tumba: hueso por hueso, en bolsas rotuladas que dicen pie, que dicen dientes, que dicen manos. La mujer de rasgos afilados se asoma.

—No sé si es mi hermana –dice-. Tiene los huesos muy largos.
—No te guíes por eso –le dice Maco.

En otra de las fosas alguien encuentra un suéter a rayas, un cráneo con tres balazos, redondos como tres bocas de pez: los huesos de mujer son gráciles.

Mañana, en un cuarto discreto del barrio de Once, sobre los diarios con noticias de ayer y bajo la luz grumosa de la tarde, se secarán los huesos, el suéter roto, el zapato como una lengua rígida.

Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina.