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La filmación del Gran Premio de Alemania de 1957, la mejor carrera de todos los tiempos según los especialistas, es sobria en imagen, blanco y negro, pura compaginación, nada de efectos especiales, pero escandalosamente ruidosa porque los autos de Fórmula 1, estructuras cilíndricas carentes de cinturón de seguridad, suenan como aviones de la Segunda Guerra en el carreteo previo al despegue. Hacia el podio aceleran los pilotos, vestidos con zapatos y guantes de cuero, pantalón y remera de algodón, antiparras y casco de madera con interior de corcho, inflamables. Entre los veintitrés hay favoritos, como los ingleses Mike Hawthorn y Peter Collins, pero ninguno como el argentino Juan Manuel Fangio, que si gana este domingo 4 de agosto de 1957 en Nürburgring logrará una hazaña única en toda la historia del automovilismo: sumar su quinto título mundial, esta vez con Maserati, después de los de 1951 con Alfa Romeo, 1954 y 1955 con Mercedes-Benz, y 1956 con Lancia Ferrari. Fangio corre a la cabeza con su Maserati, el número uno pintado en blanco sobre el metal —rojo con una pestaña amarilla en la trompa—, cumpliendo cada vuelta de casi veintitrés kilómetros en poco más de nueve minutos, batiendo sus propios récords, haciendo lo que los demás no pueden.

Como un rayo, lo inesperado. Fangio, a quien todos llaman Chueco por sus piernas como paréntesis, levanta el pie del acelerador. Aminora la marcha para entrar en boxes cuando faltan diez vueltas para el final. Los mecánicos tardan cuarenta y cinco segundos en cambiar las ruedas y llenar el tanque, porque queda muy poco combustible debido a la estrategia del piloto: largar con medio tanque, puesto que a menor peso mayor velocidad. Fangio se cambia las antiparras antes de salir de nuevo a la pista y se ubica ahora en el tercer puesto. Delante de él se escapa la Ferrari de Collins y, en punta, la de Hawthorn que, al no haber pasado por boxes, está tan exigida que no rinde como debería. Faltan dos vueltas para el final y la situación no cambia. Ferrari, Ferrari, Maserati. Ferrari, Ferrari, Maserati.

Como un rayo, lo que todos esperan. Fangio pasa a Collins y, segundos después, a Hawthorn, a ambos por el interior de una curva a más de doscientos kilómetros por hora, y encara los últimos metros hacia la gloria durante los cuales piensa que nunca antes manejó así, decidido al riesgo máximo, a la misión suicida, y que nunca más volverá a hacerlo, porque ya tiene cuarenta y seis años, veinte más que varios de sus rivales, y el cuerpo es una obviedad: algo distinto de lo que era.

La acción dura dos segundos o menos y, como la cámara está lejos, se ve muy pequeña. Pasaría inadvertida si no fuera por el arrojo de una mujer de saco gris y gorro blanco que, mientras Fangio entra en boxes, corre con los brazos extendidos hacia el Maserati, todavía en movimiento, y toca al quíntuple campeón antes que nadie, le agarra la cara con ambas manos y lo besa, se besan, como si no hubiera nadie alrededor cuando, en verdad, todos se les van encima.

Los mecánicos llevan en andas a Fangio hasta el podio, donde lo esperan Collins y Hawthorn, quien al año siguiente, el 6 de julio de 1958, se tomará revancha al ganar en Reims el Gran Premio de Francia en el que el argentino se retirará del automovilismo con un cuarto puesto. El récord de cinco campeonatos será superado casi medio siglo más tarde, en 2003, por el alemán Michael Schumacher, quien incluso después de ganar un título más, llegar a los siete y convertirse así en el máximo campeón en la historia de la Fórmula 1, dirá que ni él ni nadie podrá jamás igualar a Fangio.

Los créditos iniciales del documental de 1976 Fangio. Una vita a 300 all’ora (Fangio. Una vida a 300 kilómetros por hora), del director inglés Hugh Hudson, no tienen el espíritu celebratorio de las imágenes del Gran Premio de Alemania de 1957 que se ven durante los primeros minutos, sino uno melancólico, el del otoño del ídolo. La cámara recorre una pared marrón de la que cuelgan decenas de fotos de Fangio —de niño, en muchas de sus doscientas carreras, ovacionado por multitudes, sonriendo con Juan Domingo Peró— y su familia —en especial una de su padre, Loreto, y otra de su madre, Herminia—, mientras suenan unos tristes violines italianos, indicio de que los Fangio, como especificará más tarde el relato en off a cargo del propio protagonista, llegaron a fines del siglo xix desde los Abruzos, región montañosa del centro de Italia que se extiende hasta el Adriático, para dedicarse al trabajo rural en Balcarce, un pueblo serrano de la provincia de Buenos Aires próximo al Atlántico.

En el documental aparecen luego más imágenes registradas por Hudson, ganador del Oscar con Carrozas de fuego, otra épica deportiva. Fangio, en el relato en off, con su acento campechano, dice que le gusta ir una vez al año a ese lugar en el que se lo ve ahora, un autódromo en el que está rodeado por cuatro niños que miran con admiración un viejo auto de carrera, para recordar sus años de juventud. Fangio tiene sesenta años o poco más al momento de filmar esa escena, a comienzos de los setenta. Una gorra de tela le cubre la cabeza calva, con una coronilla rubia oscura cada vez más gris, que a esa edad ya tiene salpicada de manchas marrones, una más grande que las demás debajo de la sien derecha. Son las de siempre la sonrisa ladeada y la mirada de dandy, los ojos verdes como uva blanca.

—Todos estos chiquilines no son ni mis hijos ni mis nietos. Son los pequeños hinchas que aún me quedan.

Fangio niega tener algún vínculo sanguíneo con esos chicos que se ven en pantalla. Y con cualquier otro. Hasta su muerte —el 17 de julio de 1995, a los ochenta y cuatro años— dirá que no se casó ni tuvo hijos por considerar incompatibles la vida de familia y la vida de piloto, tan cercana a la muerte.

Sin embargo, al momento del estreno de Fangio. Una vita a 300 all’ora, los hijos que el protagonista había concebido con distintas mujeres —una de ellas, la de saco gris y gorro blanco de los boxes de Nürburgring—, y a quienes nunca reconoció legalmente, ya eran hombres que, a su vez, tenían hijos.

Fangio y la mujer de saco gris y gorro blanco también aparecen besándose en una foto del Gran Premio de Alemania de 1957 publicada entonces en diarios y revistas de todo el mundo. Desde la izquierda del cuadro, un hombre de traje, gorra y anteojos observa cómo Fangio, con la corona de laureles sobre los hombros y una calvicie avanzada, se inclina para besar a la mujer que no se cae del podio porque la mano izquierda de un hombre que entra desde la parte inferior del cuadro la sostiene por los glúteos. Esa mujer, según los epígrafes, es Andrea Eromia Berruet, más conocida como Beba, la pareja de Fangio desde mediados de la década del treinta, cuando ella, de veintitantos años, estaba separada, pero no divorciada legalmente, de un hombre llamado Luis Alcides Espinosa, y Fangio era un mecánico de la misma edad que, siempre con autos prestados porque no tenía uno propio, iba de un pueblo a otro en busca de carreras en las que aprovechaba para hacerle publicidad al taller del que era propietario junto con otros socios en Balcarce, Fangio, Duffard y Cía.

Por aquellos años, aunque ya mostraba notables aptitudes para el manejo, Fangio sólo acumulaba fracasos. Salió tercero en su debut en las pistas, el 24 de octubre de 1936, en Benito Juárez, con un Ford A ‘29 que era, en realidad, un taxi. Con otro Ford A llegó tarde a su segunda carrera, en diciembre del mismo año, en González Chaves, pero igual se metió en el circuito, falta por la cual fue descalificado por los jueces. En la tercera, en 1937, en Balcarce, tuvo problemas tanto en la largada —arrancó la palanca de cambios del Buick que manejaba y la reemplazó por un destornillador— como en el transcurso de la competencia —que abandonó luego de chocar contra un puente, porque no era fácil conducir por caminos de tierra, la visión disminuida por la polvareda, con un destornillador por palanca de cambios—. Sí pudo terminar con un Ford V8, aunque en el séptimo puesto, su cuarta carrera, en Necochea, el 27 de marzo de 1938, cuando Beba Berruet encaraba los últimos días de un embarazo que concluiría el 6 de abril, en Balcarce, con el nacimiento de un niño al que la pareja llamaría Oscar Alcides, pero que no anotaría con el apellido Fangio ni Berruet, sino con el de Luis Alcides Espinosa.

***

—Me anotaron con el apellido Espinosa porque cuando nací mi mamá todavía no había hecho los papeles de divorcio, y eso que se había separado hacía bastante de Espinosa.

Oscar no ha heredado ningún rasgo físico de su madre, Beba Berruet, quien, según puede verse en fotos de varias carreras, era una mujer de baja estatura, cara redonda, sonrisa amplia, pelo y ojos oscuros, mirada chispeante.

—Cuando yo tenía diez años o menos, mi mamá se fue con mi papá a Europa y me dejó en Balcarce con la familia Espinosa, que es extraordinaria. En ese momento, según lo que se conversó, decidieron eso para no cortarme la escuela primaria, para que la terminara ahí con mis compañeros. Los Espinosa me criaron hasta que me vine a Mar del Plata, a la casa de mi abuela materna, para hacer el colegio secundario. En lo de mi abuela viví hasta que me casé.

A quien Oscar sí se parece, más aún a los setenta y ocho años, es a su padre, Fangio, el perfil romano, los ojos verdes, e incluso las manchas marrones en la cabeza calva que, de tan lustrosa, refleja la luz de la araña que cuelga del techo. El living de este chalet de la periferia de Mar del Plata, ciudad balnearia ubicada a unos setenta kilómetros de Balcarce, tiene una decoración clásica, las sillas tapizadas de pana, platos y fuentes de porcelana con escenas de la campiña en el bahiut, la mesa rectangular laqueada, con detalles de ebanistería, sobre la cual Oscar apoya las manos, también con manchas marrones.

—Mi mamá acompañó a mi viejo durante toda su carrera en Europa. Hasta cocinaba para los corredores en los autódromos. Cuando en 1952 mi viejo chocó en Monza y estuvo internado como cuatro meses en Italia, la que no se movió de al lado de la cama para cuidarlo fue mi vieja. Yo me encontraba con ellos cuando volvían de Europa para pasar las vacaciones de verano o para correr en Buenos Aires. Quizás hubiera sido mejor tenerlos más cerca de chico. No lo voy a negar.

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Siempre que Fangio y Beba Berruet estaban en la Argentina, Oscar cambiaba la cotidianidad de Mar del Plata, la casa de su abuela materna, el fútbol con amigos y el colegio secundario industrial del cual egresaría como técnico mecánico, por la del hijo de un ídolo deportivo que aparecía en las portadas de revistas como Life y Paris Match, y eso era poco en comparación con los elogios y homenajes que recibía de papas y reyes, de Pío XII y Jorge VI de Inglaterra, de Pablo VI y Rainiero de Mónaco; su fama era tal que sobre él los medios publicaban incluso estudios astrológicos (“Es un hombre llamado a los grandes destinos, según lo anuncian en su vida los dioses astrales —escribió Xul Solar, destacado artista plástico y estudioso de la astrología, en 1950, un año antes de que Fangio ganase su primer título de Fórmula 1—. Por un lado, aparecen los éxitos y la suerte, y por el otro, un descontento hasta consigo mismo, manifestándose a veces solitario con ciertos tintes de frialdad”).

Gran parte de las temporadas de padre, madre e hijo transcurrían en Buenos Aires. El tiempo se repartía entre los compromisos sociales y los paseos por la ciudad, especialmente por la costanera, a lo largo de la cual se encontraban los carritos de venta de carne a la parrilla en los que tanto le gustaba cenar a Fangio, lejos del centro, de los autógrafos y los flashes. Distinta era la rutina cuando estaba próximo el Gran Premio de la Argentina y los días transcurrían en el autódromo. Oscar se divertía lo mismo, o más, porque era fanático de las carreras, y en los boxes, durante los entrenamientos y las clasificaciones, pasaba el rato con el argentino Froilán González y otros pilotos destacados de Fórmula 1, todos amigos de su padre. Oscar los escuchaba conversar sobre los autos y en una ocasión, como nunca antes, sobre el clima. Fue en enero de 1955, durante el verano del año del fuego, como lo llamaron los meteorólogos. Desde hacía semanas la temperatura no bajaba de los cuarenta grados y los organizadores del Gran Premio amagaron con suspenderlo por temor a una insolación masiva. Cuando se decidió seguir adelante, los equipos comenzaron a pensar cómo prevenir los golpes de calor. Se pensó en ropa liviana. Se pensó en paradas técnicas para tomar agua, aunque esos pocos segundos fuera de pista podían costar caros. Se pensó incluso en verduras… en realidad, Fangio pensó en eso pocos días antes de la carrera, una mañana en su departamento porteño, mientras Beba Berruet cocinaba el almuerzo. Como Oscar andaba por ahí sin hacer nada, el padre lo mandó a la verdulería de la esquina a comprar un repollo. Para una ensalada, pensó Oscar, e hizo rápidamente el mandado. Fangio agarró la esfera gomosa y, en lugar de cortarla y condimentarla, despegó algunas hojas, las puso dentro de su casco y se lo calzó. Oscar miraba sin entender hasta que su padre le explicó que las hojas carnosas servirían para aislar el calor. Y así fue como Fangio ganó el Gran Premio de Argentina de 1955, en el que muchos pilotos abandonaron por insolación, y todo por tener un repollo en la cabeza.

Cuando en Buenos Aires no quedaba más por hacer, los tres se iban de vacaciones a Mar del Plata, y Oscar, de a poco, volvía a lo cotidiano. Allí pasaban los días en la playa, Beba charlando al sol con alguna amiga, el padre jugando al fútbol con el hijo y sus amigos. A Fangio le gustaba descansar en ese lugar porque además estaba cerca de Balcarce, cerca de la famiglia.

Los Fangio vivían sobre la calle Trece en una casa que ocupaba un cuarto de manzana y en la que el adjetivo amplio podía aplicarse a cada uno de sus espacios: living, comedor, cuatro habitaciones, parque y huerta al fondo, quincho y, como se decía en Balcarce, la cocina del pueblo, porque todos pasaban a saludar —y a comer un tentempié— por ese lugar en el que cada vez que había una reunión familiar, de las muchas a las que fue Oscar con su padre y su madre, las mujeres pasaban gran parte del día preparando desayunos, almuerzos, meriendas y cenas para veinte o treinta personas, mientras los chicos atendían sus juegos y los hombres los suyos, las cartas, las bochas, siempre con los vasos llenos de vermut o vino.

Una de esas reuniones familiares —en la que no está Oscar— se muestra en la película Fangio. Una vita a 300 all’ora. Ahí están, un mediodía soleado en el parque, Loreto Fangio, un albañil llegado de los Abruzos a los siete años, y Herminia Déramo, una ama de casa argentina hija de inmigrantes de esa misma región, ambos octogenarios, con algunos de sus seis hijos, como Toto —casi nadie lo llamaba Rubén— y Juan Manuel. En esas reuniones, según cuenta Fangio en el relato en off, Herminia desempolvaba viejas fotos y Loreto contaba historias de la miseria en Italia, de sus primeros años en la Argentina y de la bonanza que llegó con su oficio de frentista artístico, del cual estaba orgulloso. Cada vez que pasaba por una de sus obras junto a sus hijos, Loreto la señalaba con la mano, moviendo los dedos como si tocara el relieve de los frisos y los ornatos, y los niños escuchaban “este frente lo hice yo”.

Como lo que Loreto decía era tan cierto como una pared, sus hijos registraban cada historia con el mismo nivel de detalle con el que la repetirían en el futuro. Así lo hizo Fangio en un libro que escribió con el periodista argentino Roberto Carozzo, Fangio. Cuando el hombre es más que el mito: “Y aquélla otra anécdota, de cuando mi padre tenía más o menos quince años. Caminando se iba de la quinta para el lado del cerro, donde se hacían bailes. Él estaba medio entreverado con la hija del que lo organizaba. Y la madre siempre al lado de la puerta, con un silbato y el machete colgando cerca de la salida, por si acaso se armaba. Él fue a sacar a la chica y bailó unas piezas. Pero después vino un cajetilla de la ciudad y la segunda vez ya no quiso salir. Dos veces se lo hizo. A la tercera campaneó si la vieja estaba cerca o lejos de la puerta… La vieja se había corrido un poco. Entonces fue a sacar a bailar a la hija. Con la negativa, le contestó: ‘¡Ajá, estás cansada para bailar conmigo y no para bailar con ese otro!’ Y detrás de la última palabra partió el cachetazo, dio media vuelta y salió quemando por la puerta. La vieja no alcanzó a taparle la salida, así que salió a correrlo, tocando el pito… ¡Qué iba a alcanzarlo!”.

—Mis abuelos toda la vida supieron que yo era su nieto —dice Oscar—. La abuela era más reservada, más cortante. El abuelo, en cambio, era más suelto, más abierto para hablar de cualquier cosa. Ellos y el resto de la familia no tenían buen feeling con mi mamá, porque mi viejo había tenido una novia que era de una familia bien de Balcarce y había dejado todo para irse con mi vieja, que estaba separada de su marido. Igual la atendían bien cuando íbamos porque mi viejo era don Corleone: lo que él decía, se hacía.

No sólo Fangio tenía un carácter fortísimo, según Oscar. También Beba Berruet. Ambos se demostraban afecto con la misma intensidad con que se peleaban y eso erosionó la relación a tal punto que, a comienzos de los sesenta, cuando ya estaban de nuevo en la Argentina, decidieron separarse después de estar juntos casi treinta años. Oscar, que tenía poco más de veinte, continuó viviendo con una tía en la casa de su abuela materna, quien había muerto. No se mudó con su padre ni con su madre. Ya le faltaba poco para hacer el servicio militar y, luego, independizarse.

—A mi vieja le gustaba que se hiciera todo como ella decía. Igual que a mi viejo, que encima no te daba la razón ni aunque la tuvieras. De todas maneras, yo pienso que mi viejo tuvo suerte de tener a mi vieja cuando ganó los campeonatos del mundo, porque ella le cuidaba el entorno para que no se metieran en vicios y cosas raras.

Se abre la puerta que conecta el living con el resto de la casa y aparece Norma, la esposa de Oscar, con café. Norma, negros los zapatos, el pantalón y el pulóver, blanco el pelo, claros los ojos, apoya la bandeja sobre la mesa y, sonriente, le dice a su marido que recuerde que debe llevarla al supermercado antes de que cierre, y para eso no falta mucho porque ya son como las seis de la tarde y encima es invierno y oscurece temprano. Él le responde que sí, que por supuesto, que más tarde la lleva, y Norma, sonriente, se va y cierra tras de sí la puerta.

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Al terminar el servicio militar, Oscar entró a trabajar en la concesionaria Mercedes-Benz Fangio S.A. que su padre, ya retirado del automovilismo, tenía en Mar del Plata con los mismos socios del taller de Balcarce, que eran distintos de los socios de Buenos Aires, con los que tenía otra concesionaria y otros negocios. Oscar trabajaba como mecánico y cobraba como tal. No tenía beneficio alguno ni en la concesionaria ni en las pistas, porque entonces ya corría en karting.

Al año siguiente de ganar el campeonato marplatense de karting, en 1963, Oscar pasó a correr en Turismo Carretera, la principal categoría del automovilismo argentino, con el nombre Cacho Espinosa, aunque él quería usar su apellido real, Fangio, pero no podía porque eso no era lo que decía su documento. Como Cacho Espinosa corrió hasta 1965, año en que se consagró subcampeón en la clase B de Turismo Carretera.

En 1966, cuando tuvo la oportunidad de competir en Fórmula 3 en Europa, le pidió a su padre que resolviera el aspecto legal del vínculo, porque lo único que había hecho hasta entonces había sido solicitar a mediados de los cincuenta su adopción, trámite que abandonó al poco tiempo sin dar explicaciones; Beba Berruet tampoco se las debe haber pedido, según Oscar. Fangio le respondió a éste que lo único que podía hacer era pedirle a un juez que agregara el apellido en su documento. El coronel que debía firmar el documento por orden del juez —porque entonces, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, ciertos trámites se hacían en los regimientos militares— le dijo a Oscar: “¿Por qué usted tiene dos apellidos paternos?, este documento no es válido, yo no le tendría que firmar nada”, pero igual firmó y el nombre completo pasó a ser Oscar Alcides Espinosa Fangio. Viajó y, como en Europa corría como Cacho Fangio, en una de las carreras de Fórmula 3 se armó gran revuelo porque también competía el hijo del italiano Alberto Ascari, campeón de Fórmula 1 en 1952 y 1953, y los diarios habían anticipado el acontecimiento con títulos como “Se enfrentan los hijos de dos grandes campeones”.

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—Corrí en Inglaterra, Italia y Mónaco, pero a los pocos meses me volví porque no se daban los resultados y estaba sin plata —dice Oscar—. Mi viejo me fue a ver a algunas carreras, en Europa y en Turismo Carretera. Yo me enteraba después porque me contaban otros. Él nunca me decía nada y yo tampoco le preguntaba. Con mi mamá tampoco hablaba de ninguna de mis cosas. Yo quería hacer mis cosas solo.

Norma abre la puerta del living, se asoma para recordarle que deben ir al supermercado porque ya son las ocho de la noche, y luego la cierra.

—Cuando volví a la Argentina, seguí trabajando durante un tiempo en la concesionaria y corriendo en otras categorías nacionales —sigue Oscar, apurando su taza de café—. En ese momento le pedí a mi viejo solucionar de verdad el problema del apellido, porque lo de sumarme su apellido había sido un parche. Quedamos en que si un día me casaba y tenía hijos, él me iba a reconocer legalmente así sólo me quedaba mi apellido verdadero, Fangio. Con Norma nos casamos en 1967, tuvimos tres hijas y mi viejo nunca quiso arreglar lo del apellido, porque él y su abogado decían que no se podía. Así que tuve que inscribir a mis tres hijas como Espinosa Fangio.

A lo largo de las últimas oraciones, el decir de Oscar se ha fatigado.

—Es el día de hoy que no sé por qué mi viejo nunca hizo las cosas bien conmigo y no me reconoció como debía. Pero eso es personal y hay que separarlo de lo que es mi viejo como ídolo. Él, en lo deportivo, fue excepcional, el mejor. Pero tuvo fallas de este lado —se toca, a la altura del pecho, el pulóver marrón—. Tuvo fallas conmigo, con Rubén y con Juan. Mi viejo no se hizo cargo de nada con nosotros.

Norma aparece de nuevo, esta vez, lista para salir. Se ha puesto una campera negra, y tiene la cartera en una mano y la campera de cuero marrón de su marido en la otra.

—La primera vez que lo vi a Rubén fue en una entrevista que le hacían en la televisión, y él decía que era hijo de Fangio —sigue Oscar—. Yo me quedé duro y le dije a ella —señala a su esposa— “Norma, tengo un hermano”. Si yo soy parecido a mi viejo, Rubén aún más; es el clon de mi viejo, nada más que un poco más alto. Yo siempre quise tener hermanos, y recién a esta edad me aparecen dos hermanos menores.

—Bueno —dice Norma, sonriente—, me lo tengo que llevar porque es mío —y le alcanza la campera a Oscar, que se pone de pie.

Los mismos ojos verdes. La misma sonrisa ladeada. La misma coronilla blanca. Las mismas manchas marrones en las manos y en la cabeza calva, incluso la misma, más grande que las demás, debajo de la sien derecha.

—No saber quién era yo fue una carga grande que tuve durante muchos años y me ha llevado a estar depresivo.

Rubén no sólo se ve como Fangio, también se oye como él, el mismo modo campechano, el mismo timbre —en leve sordina— sobre el fondo de martillos neumáticos que, afuera, rompen las calles del centro porteño. Está en una oficina de paredes blancas con escritorios cubiertos de carpetas y papeles, en el estudio de su abogado.

—Yo nunca estuve metido en juicios ni nada por el estilo, pero todo esto del ADN y el juicio de filiación era algo que tenía que hacer para sentirme mejor. No es fácil llevar un apellido que no es el tuyo. No es fácil no saber quién sos.

Tal como dice Oscar, Rubén es el clon de Fangio a los setenta y cuatro años.

***

Rubén lleva el apellido Vázquez desde su nacimiento en Balcarce, el 25 de junio de 1942, un día después de que Fangio hubiera cumplido treinta y un años. La madre de Rubén, Catalina Basili, estaba casada con Pedro Vázquez, un mecánico ferroviario que trabajaba en el taller de la estación de trenes de Balcarce al cual, después de cada carrera, Fangio llevaba su auto para limpiar el motor con el vapor de alguna locomotora, que era lo único que removía el aceite y el barro del metal hasta dejarlo brillante. Los mecánicos le daban permiso y lo ayudaban gustosos porque el piloto, campeón de Turismo Carretera en 1940 y 1941, era ya el orgullo del pueblo.

Pedro Vázquez tenía cierta confianza con Fangio y en algún momento le preguntó si podía darle trabajo en el taller Fangio, Duffard y Cía. a su hijo mayor, Ricardo. Con doce años, Ricardo entró a trabajar como ayudante. En sus tareas estaba una tarde en la que le pidieron que destapara el radiador de un auto que debía repararse. Él fue, se paró sobre el paragolpes delantero y, con un trapo, agarró la tapa del radiador. Un cuarto de giro alcanzó para que la tapa saliera disparada. Ricardo saltó hacia atrás para esquivarla, pero el chorro le empapó el mameluco. Los mecánicos reaccionaron ante los gritos y le descubrieron el torso para que el agua hirviente no lo siguiera quemando. Fangio lo llevó luego a su casa. Llamó a la puerta y salió Catalina Basili, pelo oscuro, carnes blancas, que tenía poco más de treinta años, aunque se veía mayor con el delantal sobre el vestido por debajo de la rodilla. Tras revisar la quemadura de Ricardo, que no era grave, la mujer agradeció a Fangio, y le ofreció mate y una porción de la torta que había sacado del horno poco antes de su llegada. El encuentro, que duró un par de horas, fue el primero de varios que, a diferencia de aquel, serían secretos; Catalina Basili estaba casada y con dos hijos, y Fangio en pareja con Beba Berruet y con un hijo, Oscar. Buena parte del pueblo sabía y hablaba de la relación, que terminó cuando Catalina Basili quedó embarazada.

Seis meses después del nacimiento de Rubén, Pedro Vázquez y su familia se mudaron a Maipú. Allí se bautizó al bebé el 24 de junio de 1943. La madrina fue una de las hermanas de Catalina Basili y el padrino Fangio, aunque no fue a la ceremonia, quizá porque ese día celebraba su cumpleaños, y mandó a un representante; tampoco fue Pedro Vázquez, quien había dado su apellido a Rubén, porque, según se dijo entonces, en el ferrocarril no le habían dado el día libre. En ese momento se comentó que Fangio había aceptado el compromiso por ser amigo de los Vázquez. En el futuro serían otros los comentarios. Por ejemplo, que Fangio fue obligado por los familiares de Catalina Basili a hacerse cargo, aunque más no fuera, del padrinazgo de su hijo.

En los años siguientes, debido al trabajo de Pedro en el ferrocarril, los Vázquez vivieron en Mar del Plata y otras ciudades antes de radicarse a mediados de los cincuenta en Cañuelas, trescientos cincuenta kilómetros al norte de Balcarce. La familia vivía en un chalet de un barrio obrero de Cañuelas en el que no se hablaba de Fangio, ni como familiar ni como deportista, porque allí tampoco se escuchaban las transmisiones radiales de sus carreras ni se compraban revistas de automovilismo para seguir al detalle su campaña en la Fórmula 1. Rubén sabía quién era su padrino, pero el mutismo que había en torno a él lo volvía más lejano, más inalcanzable de lo que ya era: un hombre que cenaba con la realeza, que asistía a fiestas del jet set europeo. Rubén no tenía posibilidad ni tampoco intenciones de conocerlo porque no le gustaban las carreras, sino el fútbol —siempre fue hincha del River— y los bailes que se hacían en el club Estudiantes, en uno de los cuales conoció a una chica llamada Ercilia con la que se pondría de novio y luego, en 1967, terminaría casándose.

Para sostener a su familia, Rubén mantuvo tres empleos durante casi treinta años. Por la mañana en el ferrocarril —del que se retiró durante la primera mitad de los noventa—, por la tarde en diversos trabajos temporarios —por ejemplo, en una fábrica de casillas rodantes— y los fines de semana como mozo en bares y restaurantes. Ercilia, además de encargarse de los quehaceres domésticos, trabajaba fuera de la casa porque el dinero apenas alcanzaba para alimentar, vestir y hacer estudiar a sus tres hijos. Cuando estos se independizaron, Rubén comenzó a trabajar como recepcionista en un hotel de Cañuelas, cuyo dueño conocía a otro empresario hotelero de Pinamar, ciudad balnearia cercana a Mar del Plata. A fines de 1994, el hotelero de Pinamar le preguntó a su colega de Cañuelas si le permitía contratar a Rubén para que trabajara con él durante el verano de 1995. Todos estuvieron de acuerdo.

Un día, en la recepción del hotel de Pinamar, una mujer se desmayó y Rubén llamó por teléfono a un médico. Cuando la mujer volvió en sí y se relajó la tensión, el médico reparó en Rubén. Lo miró y le dijo:

—Qué parecido a Fangio que es usted.
—Le digo más —intervino el dueño del hotel, que estaba atento a la recuperación de su clienta—: Rubén es de Balcarce y es ahijado de Fangio.
—¡Ah, bueno! —le respondió el médico y luego miró de nuevo a Rubén—. El día que usted se haga un ADN se va a llevar una sorpresa.

En ese momento, Rubén no le dio importancia al comentario. Ya le habían dicho cosas como esa muchas veces. En los días siguientes, sin embargo, el recuerdo recurrente de ese episodio azuzó al pasado. Y el pasado embistió. Rubén se veía deprimido: cuando volvía de sus trabajos, pasaba mucho tiempo en la cama y eran pocas las veces que se sentía con ánimo para reunirse con amigos y familiares, algo que desde siempre había hecho con entusiasmo. Cada vez que Rubén le decía a Ercilia que no sabía por qué ese episodio lo había dejado en un estado de tristeza tan profundo, ella le respondía que debía pedir ayuda a un psicólogo. La situación, con altibajos, se prolongó hasta 2005, cuando el hijo mayor de Rubén le dijo que no podía seguir así, que debía hablar con su madre para sacarse todas las dudas y que debía hacerlo rápido, porque Catalina Basili tenía ya noventa y seis años.

Rubén visitaba a diario a su madre, que vivía sola desde la muerte de Pedro Vázquez, en 1975. En una de esas visitas, se animó a decirle que necesitaba saber quién era su padre porque todos mencionaban su parecido con Fangio. Le contó el episodio del hotel de Pinamar. Catalina Basili le respondió que siempre hubo personas que se parecieron a otras y que eso no significaba nada. Al día siguiente, Rubén insistió y le dijo que ya tenía pensado hacerse un estudio de ADN con su hermano Ricardo para saber si tenían el mismo padre. Entonces, Catalina Basili le contó de aquella tarde en la que Ricardo se había quemado el pecho con un radiador mientras trabajaba en el taller de Fangio.

—Mi mamá era una hija de italianos muy dura. Yo no tengo tantos buenos recuerdos de ella, como sí los tengo de mi padre. Mi viejo era pura bondad, era un tipo extraordinario… no se merecía una situación así.

Rubén llama padre o viejo a Pedro Vázquez. Afuera del estudio jurídico, los martillos neumáticos siguen arando el pavimento.

—Fue bravo hablar con mi mamá de todo esto. También debe haber sido bravo para ella. Ella me contó muchas cosas, por ejemplo, por qué me pusieron Rubén Juan: Rubén por el hermano menor del Chueco y Juan… por razones obvias.

Rubén no llama padre o viejo a Fangio, sino Chueco, Juan o Juan Manuel.

—Yo nunca juzgué a mi madre, pero la relación con ella no siguió igual. De todas maneras, yo la acompañé hasta que murió en 2012, tenía ciento tres años. A mí me quedaron muchas dudas, como si mi padre sabía toda la verdad. Son dudas que siempre voy a tener, aunque algunas las fui aclarando. Me acuerdo que antes de empezar con el juicio de filiación fui a visitar a mis primos, los hijos de la hermana de mi mamá, les conté lo que estaba por hacer y ellos me dijeron “nosotros siempre supimos quién era tu padre, pero mamá nos hizo prometer que nunca dijéramos nada”.

Mira su reloj y se disculpa: son las cuatro de la tarde y debe retirarse. Dentro de dos horas se transmitirá por televisión un partido del River y ese es el tiempo que necesita para viajar de Buenos Aires a Cañuelas, primero en subterráneo hasta la terminal de trenes de Constitución y de ahí a su casa. De camino a la salida, mientras se acomoda la campera de gamuza y la boina negra, se detiene frente a una foto de Perón que hay en una repisa y, sonriendo, le dice “buenas tardes, general”.

***

En una vereda del centro de Mar del Plata, bajo el techo de la entrada de un edificio de líneas funcionales, protegiéndose de la llovizna helada, espera Oscar, zapatos, pantalón, campera y boina en diferentes tonos de marrón. Mira hacia ambas esquinas y saluda con la mano a un hombre canoso, bajo y fornido, que viste casi igual y avanza hacia él cubriéndose con un paraguas blanco y azul que tiene dibujos borrosos de autos de carrera.

—Ahí viene Juan, mi otro hermano —dice Oscar, y lo saluda con un abrazo.

A diferencia de Oscar y Rubén, Juan, de setenta años, no tiene ningún parecido con Fangio. Sus ojos son marrones, tiene la cabellera corta y frondosa ordenada por una raya al costado. Entran en el edificio, suben hasta el estudio del abogado de ambos y se sientan en una pequeña sala de reuniones a través de cuya ventana, desde la que puede verse la plaza del otro lado de la calle, entra una masa de luz grisácea.

—Nosotros nos conocemos hace muchos años —dice Oscar—. Juan andaba siempre con el hermano menor de mi papá, el tío Toto.
—Yo vivía con mi mamá y con mi abuela en Balcarce, todavía vivo ahí, pero iba siempre al taller de Toto porque él armaba autos de carrera —dice Juan—. Y a mí desde chiquito me gustaron los autos, los motores. Hice el secundario en una escuela técnica y después, cuando me recibí de ingeniero agrónomo, hice una maestría en Inglaterra y un doctorado en Estados Unidos sobre maquinaria agrícola.
—En Balcarce era vox populi que él —Oscar señala a Juan— era hijo de Toto, así que en algún momento llegué a pensar que era mi primo. Con los años sumamos conocidos en común, compartimos asados, carreras y nos fuimos haciendo amigos. Nos vemos muy seguido porque vivimos cerca. Con Rubén nos vemos un poco menos porque Cañuelas está más lejos. Hasta ahora una sola vez nos juntamos los tres, un fin de semana en una cabaña en Tandil, que nos queda a todos a mitad de camino. Fue muy emocionante. Conversamos muchísimo, cada uno de su historia.
—Mi historia es muy distinta a la de Oscar, él sí tuvo relación con nuestro padre. Yo nací el 6 de junio de 1945. Como ya estaba separada de Juan Manuel, mi vieja me anotó con su apellido, porque se llama Susana Rodríguez. Ella me contó que Toto, a pedido de Juan, la había ayudado a comprar las cosas que se necesitaban para mi nacimiento.
—¿Y por qué Toto, sabiendo todo esto, nunca me dijo “Oscar, Juan es tu hermano”?
—Creo que no nos dijo nada porque se imaginaba que nosotros sabíamos. Toto siempre me dijo que yo era hijo de Juan Manuel, y así me presentaba ante los demás en cualquier situación.

Tres abogados y una abogada son parte del asunto.

Miguel Pierri, en representación de Rubén. Apenas tomó el caso, en 2005, solicitó la exhumación del cadáver de Fangio, enterrado en el cementerio de Balcarce, del cual debían tomarse las muestras para el análisis comparativo de ADN. “Y así comenzó una batalla de años —dice Pierri—. Primero fue la Fundación Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio la que nos puso todo tipo de obstáculos. Y luego enfrentamos un bloqueo pertinaz de parte de la familia Fangio a través de Ethel, una sobrina que vivió muchos años con él y lo cuidó hasta que murió. Ethel, que ya falleció, nos tomó como enemigos. Después de la lucha procesal, el juez autorizó que se hiciera la exhumación el 7 de agosto de 2015”. Los peritos obtuvieron la muestra del ADN de Fangio y la cotejaron no sólo con la de Rubén, sino con la de Oscar, quien se había sumado al pedido de exhumación. El resultado del análisis de Oscar se hizo público cuatro meses después, en diciembre de 2015, y el de Rubén en febrero de de 2016. Para ambos fue el mismo: hijo de Juan Manuel Fangio con el 99.9% de certeza. (Según el análisis que Juan se hizo luego con Oscar y Rubén, los tres son hermanos por línea paterna con el 97.4% de certeza.) “Lo que uno debería preguntarse después de conocer esos resultados evidentes es por qué la Fundación y la familia Fangio se opusieron tanto a que nosotros siguiéramos adelante con la exhumación. Tanto unos como otros dispusieron de todos los bienes de Juan Manuel, y se hicieron cargo de desarrollos inmobiliarios y del manejo de la marca Fangio”. Con la imagen y el apellido Fangio se venden y han vendido exclusivas líneas de ropa masculina, vinos de exportación, ediciones limitadas de relojes TAG Heuer, un combustible premium de la petrolera argentina YPF llamado Fangio XXI, las trescientas cincuenta Ferraris de colección de la serie The Fangio fabricadas por la firma italiana para celebrar su septuagésimo aniversario, y vehículos Mercedes-Benz, empresa que tiene al quíntuple campeón como uno de los pilares de su imagen corporativa; incluso su fábrica en la ciudad bonaerense de Virrey del Pino se llama Centro Industrial Juan Manuel Fangio. Ese inventario, que ya vale millones, es incompleto, según Pierri, y por eso se está realizando una auditoría que permita determinar con exactitud a cuánto asciende la herencia de Fangio que, tras su muerte, pasó a sus hermanos y sobrinos, ante la inexistencia de hijos reconocidos legalmente. “La fortuna de Fangio podría ascender a los cincuenta millones de dólares o más, porque además de las propiedades y los campos hay negocios en marcha. Sabemos que YPF pagó unos diez millones de dólares que se repartieron entre la Fundación y la familia. Puede ser que haya habido ocultamiento de bienes que, mediante supuestas ventas y subastas, se hayan transferido a supuestos terceros compradores. Hay gente que deberá dar cuenta por sus actos”.

Erika Hooft, en representación de los cuatro sobrinos de Fangio que viven entre Balcarce y Mar del Plata, los mismos que, junto a Ethel, se opusieron a la exhumación porque, según la abogada, temían que las imágenes del cadáver fueran difundidas con morbo en los medios, algo que, finalmente, no ocurrió. “Una cosa es la exhumación y todo lo que tiene que ver con el derecho a la identidad, y otra muy distinta es la cuestión patrimonial —dice Hooft—. Según me han dicho mis clientes, Fangio se gastó todo su dinero en tratamientos médicos, y luego donó lo que le quedaba, autos, trofeos, medallas, al municipio de Balcarce para que se exhibiera en el Museo. El uso de la marca Fangio es administrado, en gran medida, por la Fundación, con la que mis representados tienen buen vínculo, si bien no la integran activamente. De todos modos, entiendo que haya un reclamo por los bienes. Si yo fuese la abogada de los hijos de Fangio, ya estaría trabajando para aclarar la cuestión patrimonial. Cuando hay plata de por medio, uno pelea hasta sacarse los ojos para defender lo que considera propio”.

Oscar Scarcella, en representación de Oscar y Juan. “No sabemos si Fangio fue cediendo todos sus bienes en vida o si los dejó a nombre de distintas sociedades. También hay que tener en cuenta los dividendos que genera la marca Fangio, que la están usufructuando el Museo y los familiares de Juan Manuel. A menos que se demuestre lo contrario, los familiares han actuado legítimamente porque no había otros herederos reconocidos. Pero una cosa es la legitimidad de un derecho y otra cosa es la buena fe con la que puede ejercerse. Y yo creo que los familiares de Fangio no han procedido de buena fe, porque saben de la existencia de Oscar desde siempre, capaz que de Rubén y Juan también, y lo único que han hecho es poner trabas procesales, incluso negando la historia de Oscar, que fue pública”.

Christian Verdier, en representación de sí mismo, en tanto sobrino nieto de Fangio, y fundador y gerente de Los Templarios srl, la sociedad que comercializa la marca Fangio para cualquier tipo de producto, excepto los autos y otros vehículos, área de negocios que le pertenece a Mercedes-Benz Argentina, y los tractores, porque Fangio alguna vez autorizó a un conocido suyo a fabricarlos y venderlos con su nombre, aunque hasta el momento no lo ha hecho . “De Oscar sí sabíamos porque Juan Manuel tuvo una relación de muchos años con Beba, pero de Rubén y Juan nunca escuchamos nada —dice el abogado—. La verdad es que Juan Manuel y sus hermanos salían de joda todo el tiempo cuando eran jóvenes, y tenían mucho éxito con las mujeres. Juan Manuel siempre tuvo su harén”. Lo primero que debe quedar claro respecto del patrimonio de Fangio, según él, es que los ídolos deportivos de los cincuenta no ganaban lo mismo que Messi en la actualidad. “Juan Manuel ganó fortunas, por supuesto, pero durante los últimos años de su vida invirtió todo en la enfermedad renal crónica que lo llevó a la muerte. Con Los Templarios siempre actuamos en conjunto con la gente del Museo. Participamos del proyecto de la nafta Fangio XXI, por ejemplo, pero la que cobraba era la Fundación. Ahora la marca está desactivada… Perdón… En realidad, no está desactivada porque se está construyendo en Balcarce un hotel con el nombre Fangio, también con la Fundación”.

***

El proyecto no consiste solamente en la construcción de un hotel en Balcarce, según anunció públicamente la Fundación Fangio, sino en el desarrollo y gestión por treinta años de una cadena de cuarenta y cuatro hoteles en la Argentina y otros países, el primero de los cuales se está levantando desde 2013 en esa ciudad de casas bajas en cuyo ingreso hay emplazada una escultura de Fangio al volante de La Flecha de Plata, como se conoce el Mercedes-Benz con que ganó dos campeonatos de Fórmula 1, hecha con discos de arado.

A pocas cuadras del hotel en construcción, frente a la plaza principal, se encuentra el Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio, que ocupa el edificio de un cuarto de manzana en el que funcionó a comienzos del siglo XX la municipalidad. Hasta las mañanas de días laborables el lugar es visitado por turistas que lo recorren para fotografiar las medallas, los trofeos y las condecoraciones exhibidas en vitrinas, y la colección de medio centenar de autos, entre originales y réplicas, que está distribuida entre la planta baja y las ocho bandejas a las que se accede mediante una rampa helicoidal. Autos negros, blancos, amarillos, rojos, celestes, verdes, naranjas, de varias formas y marcas, los que Juan Manuel Fangio, el héroe argentino —como se lee en carteles y folletos— usó en su vida diaria y aquellos con los que compitió, también los de carrera que la Fundación recibió como donaciones de parte de Ayrton Senna, Alain Prost y otras figuras del automovilismo mundial.

—Balcarce explotó turísticamente cuando se abrió el Museo, en 1986 —dice Antonio Mandiola, presidente de la Fundación desde 1998, en el bar de la planta baja.

Fuma, aunque en el lugar esté prohibido, y el humo le envuelve la cara, el bigote y el pelo entrecanos.

—El sueño de Fangio era que, para aprovechar el impulso del Museo, el grupo de gente de la Fundación formara una empresa que fuera redituable para sus integrantes y también para la economía del pueblo.

En ese sentido, explica, se desarrolla el proyecto hotelero, que es gestionado por la firma Fangio Épos, de la que son parte la Fundación, una empresa inmobiliaria de Balcarce y otros socios particulares. Fangio Épos administra también una estancia en el circuito de turismo rural, un bar y un restaurante. Con el dinero de esos emprendimientos y el de las entradas se mantiene el Museo, como en otro momento se sustentó con lo que la Fundación cobraba por la nafta Fangio XXI o las ediciones especiales de TAG Heuer que, según Mandiola, fueron idea suya.

—Nosotros no somos titulares de la marca, pero sí tenemos responsabilidad en su cuidado y en su uso. Ahora, con el tema de los hijos que le han aparecido a Juan Manuel, se están diciendo muchas cosas. Ellos y sus abogados han dicho que nosotros pusimos trabas para que se hiciera la exhumación, que nosotros hacemos negocios. Nosotros no tenemos problemas con nadie y evitamos la polémica. De hecho, a Cacho lo conocemos de siempre y ha venido infinidad de veces al Museo. De Rubén nunca jamás habíamos escuchado nada, así que nos tomó por sorpresa cuando lo vimos en los medios. Lo de Juancito también nos sorprendió, pero la diferencia es que a él lo conocemos desde hace años porque es de Balcarce y estaba todo el día con Toto. El comentario que corría acá era que Juancito era hijo de Toto.

Los juicios de filiación, según Mandiola, no afectaron en nada la imagen de Fangio, no modificaron en absoluto lo que él representa en el ideario argentino: “modelo de hombre”, “arquetipo de valores espirituales como fe, tenacidad, valentía, inteligencia, aguante y espíritu de observación”, “alguien que ha visto la vida y sobre todo la muerte demasiado de cerca y demasiadas veces, que ha alcanzado esa ataraxia de los sabios que han meditado sobre la fragilidad del triunfo y sobre la vanidad de las coronas de laurel”, como escribió Ernesto Sábato en un artículo publicado en marzo de 1973, pocos días después de que Fangio hubiera sido declarado ciudadano ilustre de Buenos Aires junto al Nobel de Química Luis Federico Leloir y Jorge Luis Borges; el texto está reproducido en una pared del Museo próxima al bar.

—Alguna que otra mujer sí me dijo que se le había caído un ídolo —dice Mandiola—. Y recalco que fueron mujeres porque tienen sentimientos distintos respecto de lo que es la paternidad, de lo que son los hijos, y no saben del valor que tiene la trayectoria deportiva de Fangio en todo el mundo. Fangio era un exitoso y tenía todo a favor para poder salir con las mujeres que quisiera.

Se acerca un hombre que se presenta como uno de los siete integrantes de la Fundación y le dice a Mandiola “acá te dejo tus llaves”, mientras apoya sobre la mesa las llaves de un Mercedes.

Juan mira la pantalla, que cambia con cada click del mouse. Andrea, su esposa, menuda, rubia y de ojos celestes, entra en el living, grande, con revestimientos de piedra laja beige y ventanas al parque del fondo. Lo ve encorvado sobre la mesa de la computadora y le pregunta qué busca, antes de perderse en otro cuarto. En voz alta, para que Andrea pueda escucharlo, Juan dice “una foto” y, segundos después, “acá está”.

Delante de una pared de ladrillos a la vista conversan cuatro hombres, a cuyos lados se ven los medios cuerpos de otros dos, mientras al frente de todos ellos, sentados a una mesa sobre la que hay un vaso de agua, una fuente con pan y una servilleta, posan, de izquierda a derecha, Fangio, Toto y Juan, quien, con una sonrisa recta, mira a Toto abrazar por el hombro a Fangio.

—Esta foto se sacó a principios de los noventa en el quincho de la casa de los Fangio —dice Juan—. Debe haber sido una de las últimas veces que Juan Manuel vino a Balcarce. Esta es la única foto que tengo con él… y está Toto en el medio. Yo estuve con Juan Manuel en muchos de los asados que hacía acá, en su casa de Balcarce. Charlamos de un montón de temas, pero nunca salía la cuestión de la paternidad. Sinceramente, nunca tuve dudas sobre mi identidad porque siempre supe quién era mi padre. De chiquito mi madre me dijo que yo era hijo de Fangio. Ella me contó que tenía quince años cuando tuvo una relación corta con él, que en ese entonces tenía treinta y tres. Cuando nací, mi vieja tenía dieciséis recién cumplidos.

Susana Rodríguez, la madre, tiene ahora ochenta y siete años y vive cerca de esta casa. Justo en el momento en que Juan ofrece conocerla, Andrea aparece y le dice que a esta hora, las tres de la tarde, seguro está durmiendo la siesta. Entonces, Juan dice que mejor será en otro momento, no porque a Susana le afecte hablar de Fangio, de hecho tiene un buen recuerdo de él, sino porque es mejor dejarla descansar.

***

Desde el parque donde se encuentra la parrilla, el césped corto, las plantas cuidadas, los frutos maduros del naranjo, llega un aroma apetitoso que se mete dentro de la cocina, un ambiente pequeño en el que Rubén y Ercilia toman mate mientras esperan que, como casi todos los sábados, lleguen familiares para almorzar.

Ercilia luce bastante delgada en su jogging marrón y, aunque tiene un año menos que su marido, setenta y tres, se le ven pocas canas en el pelo —teñido de— castaño. Dice que los únicos lujos de esta casa baja de frente amarillo, cercana a la estación de trenes de Cañuelas, son los servicios de internet y televisión por cable, que las jubilaciones de ambos no alcanzan para mucho, pero que tampoco se lamentan por eso porque siempre se han arreglado con lo justo.

—Cuando nos casamos, yo quería entrar en la fábrica de Mercedes-Benz que está acá cerca, en Virrey del Pino, porque pagaban mucho mejor que en el ferrocarril —dice Rubén—. Entonces fui a ver a Fangio a su concesionaria de Buenos Aires para pedirle una carta de recomendación. Yo pensaba que, como era mi padrino, me iba a ayudar. Me saludó pero no me preguntó nada. Le pidió a un secretario que me escribiera la carta y me fui. Esa fue la única vez que lo vi. Llevé la carta a Mercedes-Benz, contento como perro con dos colas, pero nunca me llamaron.

Fangio, según Rubén, debe haber dado la orden de que no lo contrataran para evitar las sospechas que seguro habrían surgido a raíz del innegable parecido físico entre ambos. Tenía el poder para hacerlo porque era uno de los principales concesionarios del país. De hecho, pocos años después de ese encuentro, en 1974, fue nombrado presidente de Mercedes-Benz Argentina.

—Yo no entraba en la fábrica y veía que todo el tiempo contrataban gente, hasta conocidos míos. Ahí siempre trabajó medio Cañuelas. Algunos de los desaparecidos de la Mercedes-Benz eran de acá. Uno de ellos se llamaba Esteban Reimer y era el marido de una amiga mía de la escuela primaria, María Luján Reimer, Maruca.

Entre 1976 y 1977, los primeros años de la última dictadura argentina, fueron perseguidos por su actividad política y sindical al menos veinte obreros de Mercedes-Benz, quince de los cuales, entre ellos Esteban Reimer, continúan desaparecidos. Según el informe Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad, publicado en 2015 por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos argentino, “existen pruebas e indicios que muestran las distintas formas en que Mercedes-Benz se involucró en los crímenes de lesa humanidad cometidos contra los trabajadores”, por ejemplo, facilitándoles a los perseguidores los legajos de sus empleados. Sin embargo, Fangio, la máxima autoridad de la filial local en aquellos años —y hasta 1987—, murió sin ser investigado por el Poder Judicial.

Fangio nunca hablaba públicamente de ese tema ni de ningún otro vinculado a la política, salvo cuando aclaraba que no era peronista, a pesar de que muchos creyeran que sí lo era porque Perón, en 1949, había otorgado fondos al Automóvil Club Argentino para que comprara dos Ferraris para el equipo de pilotos que participaba de competencias internacionales en representación del país. En verdad, Fangio era conservador y, en nombre de ese partido, fue fiscal y presidente de mesa en varias de las elecciones que el conservadurismo ganó hasta mediados de los cuarenta en todo el país mediante fraude durante la –por tal motivo llamada– Década Infame. Rubén, en cambio, sí es peronista, y es uno de esos peronistas que, además de saludar retratos de Perón, exhiben en alguna parte de su casa una foto de Evita, en este caso en la tapa de un pequeño libro que está junto a la computadora.

–Ese librito se publicó cuando murió Evita —dice Rubén—. Era de mi viejo… Vázquez. Él era tan peronista que hasta le decíamos Pocho, como le decían a Perón.

Golpean la puerta de entrada. Ercilia se levanta para atender y manda a Rubén, pantalón de jogging gris, buzo negro y boina blanca, a controlar el asado, “para qué te pusiste, si no, la ropa de asador”. A Ercilia le toma unos veinte pasos salir de la cocina, atravesar el comedor, el living, y llegar al picaporte. Quienes acaban de llegar son Ricardo Vázquez, hermano de Rubén por línea materna, y su hijo. En el juego de las diferencias sería difícil marcar siete entre Ricardo Vázquez y Rubén porque las que hay entre ellos superan por mucho ese número. Alcanza con saber que Ricardo Vázquez tiene los ojos marrones, la piel mate y, a sus ochenta y siete años, algo de pelo para peinar. Se sienta a la cabecera de la mesa del comedor, con las manos apoyadas en su bastón. Viste un chaleco de tela polar y una remera marrón de mangas cortas que le permiten lucir los tatuajes azulados, ya difusos, que tiene en sus antebrazos y que se hizo cuando visitó varios países como suboficial de la Marina, no muchos años después de que hubiera trabajado como ayudante en el taller Fangio, Duffard y Cía., donde, recuerda, una tarde se quemó el pecho con un radiador.

Golpean la puerta una, dos, tres veces y ya son doce los comensales. Ercilia se apura a tender la mesa porque Rubén ya sacó la carne de la parrilla. Despliega un mantel de tela escocesa verde y blanca, e inmediatamente después de haber visto un agujero en el centro lo retira con movimiento de mago. Regresa de la cocina con otro mantel de la misma tela, lo despliega y pone encima la vajilla, el pan, el vino, las ensaladas. La carne llega con Rubén. Todos mantienen viva una conversación que pasa de la política al fútbol y luego al tema que capta la atención por mayor cantidad de tiempo, la familia.

El mantel es el tablero sobre el cual Rubén, mientras conversa, juega con las migas de pan. Las barre con las yemas de los dedos hasta juntar un pequeño puñado que luego acomoda, alternadamente, en cuadrados blancos y cuadrados verdes. Es un movimiento lento que se vuelve rápido, errático, cuando la charla se concentra en Fangio y Catalina Basili, y todos tienen algo para decir. Ricardo, que siempre sospechó que su hermano era hijo de Fangio. Una de las hijas de Rubén, que su abuela le dijo que había callado por vergüenza y por miedo. Ercilia, que la familia nunca culpó a Catalina Basili por los momentos difíciles que vivió Rubén, pero sí a Fangio.

—Por más mal que haya actuado —interrumpe Rubén—, no se puede hablar mal del Chueco, no se puede destruir a un ídolo. Todos tenemos grandezas y miserias… aunque es fuerte decir miserias. Digamos flaquezas. Todos tenemos grandezas y flaquezas.

Vuelve la mirada hacia las migas y las mueve de un cuadrado verde a otro blanco.

Fue debido a un acontecimiento inesperado que Oscar terminó acompañando a Fangio en su última actuación memorable en el automovilismo, en las 84 Horas de Nürburgring, de 1969.

En esa época, Oscar ya no trabajaba en la concesionaria Fangio S.A. de Mar del Plata; tenía en esa ciudad un taller en el que, cuando no estaba reparando el auto de un cliente, preparaba sus coches de carrera. Mantenía una relación cordial pero distante con su padre, que vivía en Buenos Aires dedicado a los negocios, aunque en el último tiempo estaba también abocado a la dirección deportiva de La Misión Argentina que correría en Nürburgring, el circuito en el que doce años antes había ganado su quinto título. Con él a la cabeza, todo estuvo listo a tiempo. Sin embargo, cuando faltaban pocas semanas para viajar a Alemania, se retiraron del equipo dos de los diez pilotos. Fangio convocó entonces a Oscar para ocupar una de las vacantes.

—Había muchos pilotos a los que podrían haber llamado, pero Froilán, que era un tipazo, hizo que me llamaran a mí —dice Oscar—. Para mí era un compromiso muy grande porque había que ir a hacer buena letra.

Durante el mes previo a la competencia, cuenta entusiasmado, el equipo recorrió a diario el circuito alemán para estudiar las pendientes, los tramos de cornisa, las ciento setenta y dos curvas, siempre bajo las órdenes de Fangio, que compartió con todos el método con el que había ganado allí en 1957: aprender el camino por etapas de dos o tres kilómetros, con árboles, postes, lomadas y alambrados como referencias, para así saber dónde obtener ventajas. En la carrera, de todos modos, se despistaron dos de los tres Renault Torino de La Misión Argentina y el tercero quedó en el puesto número cuatro —en ninguno de los casos mientras Oscar estuvo al volante—, aunque había dado más vueltas que ningún otro coche y, por ende, era el ganador; los jueces le descontaron puntos porque el escape hacía mucho ruido y se pasaba del límite de sonoridad. Fangio protestó, manteniendo siempre los buenos modales.

Más allá del resultado, dice Oscar, integrar La Misión Argentina fue uno de los máximos logros de su carrera como piloto, de la que se retiró a comienzos de los ochenta, tras cerrar su taller, para concentrarse en mantener a su familia, primero con un negocio de ropa y luego, hasta su jubilación, al frente de una agencia de lotería que había heredado su esposa, Norma.

—Corrí unas setenta carreras, pero subí poco al podio. Debo haber ganado unas tres carreras o por ahí. A mí me costó mucho llegar a correr. Yo lo que quería era algún día andar entre los cinco primeros.

Desapareció de la voz de Oscar el entusiasmo con el que suele hablar de su pasado como piloto.

—Cuando vos corrés y sos el hijo de, piensan que sos igual. Pero no se pueden hacer comparaciones. Mi viejo es como un Messi, como un Maradona, uno de esos que nace cada tanto. Yo corría para aprender y todos me buscaban más defectos que al resto porque pensaban que estaba corriendo con el caballo del comisario, que iba a ganar seguro. Por eso yo decía “cuando pueda andar entre los cinco primeros voy a estar contento”. Y cuando llegué a andar entre los cinco primeros, cuando estaba andando más o menos bien, tuve que dejar el automovilismo porque no tenía los medios económicos. Me costó dejar porque era lo que ansiaba.

A Oscar ni se le pasó por la cabeza pedirle ayuda a su padre para seguir corriendo. Eso habría implicado que mantuvieran una conversación, algo que, si bien nunca habían hecho a menudo, no hacían en absoluto desde mediados de los setenta.

***

Enfrentados en la doble página, Fangio a la izquierda y Oscar a la derecha, tienen un parecido evidente, más allá de que, en las fotos, el padre tenga sesenta y largos, y el hijo, casi cuarenta. Sobre la cabeza de Fangio se leen la volanta “Juan Manuel ya no reconoce a Cacho” y el título “¿Qué pasó entre Fangio y su hijo?” de la nota publicada en diciembre de 1977 en la revista argentina La Semana.

Los periodistas han viajado a Mar del Plata para buscar a Oscar. Cuando lo encuentran en la puerta de su chalet y le preguntan “¿Qué pasa con tu padre?”, Oscar responde “con mi padre no pasa nada”. Luego se distiende y explica que insiste en pedirle que resuelva la cuestión del apellido porque no quiere que sus hijas vivan el drama que a él lo ha marcado desde su nacimiento. “Es una cuota de crueldad que quisiera ahorrarles”.

De regreso en Buenos Aires, los periodistas entrevistan a Fangio en una de sus oficinas. Al principio todo es sonrisas con el recuerdo de las victorias del pasado. Pero cuando le preguntan “¿Qué significa Oscar en su vida?”, él se queda en silencio. “Demuda el rostro. Los ojos se le endurecen repentinamente” y responde:

—De eso no quiero hablar.
—¿Por qué?
—Es mi vida privada, y de eso no quiero hablar.
—¿Cacho Fangio es su hijo?
—Le reitero. Perdóneme. Pero ese es un tema privado, y no quiero hablar nada.

A esa altura de la charla, Fangio “no puede controlar su nerviosismo”. Tiene “el rostro transfigurado” y mueve constantemente sus manos, “ágiles y expresivas cuando hablaba de automovilismo”, que ahora, sin embargo, le tiemblan.

—Mi mamá nunca se metió en todo esto del apellido, ni antes ni después de separarse de mi viejo. Ella vivía su vida y yo la mía. Igual me la traje a Mar del Plata cuando ya estaba mayor, y acá murió en 2013.

Oscar tiene las manos cruzadas, los dedos entrelazados, rígidos, sobre la tabla de la mesa.

—Cuando mi hija mayor tenía cuatro o cinco años, eso debe haber sido en 1973, lo fui a ver a mi viejo a su oficina para arreglar de una vez las cosas. Yo le dije “de tu dinero no quiero nada, hacé testamento, regalá todo, hacé lo que quieras, yo lo que quiero es que me arregles la parte moral, la del apellido, que es lo que corresponde”. Y él… me dijo… “para que arreglemos todo y te deje sólo mi apellido vos tenés que hacer mérito”.

Oscar se mira las manos, se las aprieta hasta que los nudillos parecen de nácar cuando dice mérito.

—Le dejé de hablar por muchos años. En 1994 nos cruzamos en un homenaje que nos hizo Presidencia de la Nación por los veinticinco años de las 84 Horas de Nürburgring, pero sólo nos dimos la mano. Recién volvimos a hablar en 1995. Lo fui a ver a su casa de Buenos Aires porque sabía que estaba muy delicado. Le conté que mis hijas estaban en la universidad y él se puso muy contento. Ni hablamos del tema del apellido. Me pidió que fuera a verlo de nuevo y lo vi entusiasmado con eso. Volví pero mi prima Ethel me hizo atender por una mucama que no me dejó entrar y me dijo que mi viejo estaba internado. Y era mentira porque mi viejo estaba ahí, en la cama. No volví a verlo.

Un silencio profundo permite oír con nitidez cómo, del otro lado de la puerta del living, juegan Norma y uno de sus nietos.

Los bandos en guerra de Colombia firmaron un acuerdo para dar fin a la más grande guerra civil del hemisferio occidental, la cual se ha prolongado durante más de medio siglo. El saldo oficial de víctimas a la fecha es de 218,000 muertos y 45,000 desparecidos; pero hay cálculos de muchísimos más. Un número incalculable de gente ha sido herida, torturada y encarcelada, y cerca de siete millones han sido desplazados al interior (la cifra más alta alcanzada por un país en el mundo). El pacto se cerró en La Habana, Cuba, tras cuatro años de negociaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla armada conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o las FARC. El 2 de octubre, Colombia llevará a cabo un plebiscito para ratificar el acuerdo. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que no pase. Tal como el mundo ha aprendido en los últimos tiempos, los referendos pueden ser propuestas riesgosas.

Desde el principio de las negociaciones con las FARC, el expresidente Álvaro Uribe ha atacado el esfuerzo pacificador del presidente Santos, su antiguo ministro de Defensa. Últimamente ha intensificado su campaña en contra del plan de paz acordada, alegando que favorece y hasta recompensa a los “terroristas” de la FARC por sus crímenes porque no impone castigos punitivos, sino un plan de justicia transicional en el que los responsables de crímenes de guerra pagarán por sus pecados con labores de rehabilitación; otro punto que enardece a Uribe y sus seguidores es la posibilidad de que exguerrilleros participen en política en el futuro. Para coincidir con el plebiscito convocado por el gobierno (a favor del Sí), Uribe montó una contracampaña (a favor del No), bajo la consigna “la paz sí, pero no así”.

El conflicto en Colombia se remonta a 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un candidato presidencial de tendencia popular que comenzó la guerra civil conocida como La Violencia; los liberales de Gaitán y sus rivales conservadores se vieron envueltos en una viciada sangría que duró una década y dejó más de 300,000 muertos. Mientras tanto, los marxistas conformaban comunidades armadas de autodefensa campesina. A principios de los sesenta, el gobierno, temeroso de la expansión de una insurgencia comunista al estilo cubano, envió a su ejército a atacarlos, dando como resultado la proliferación de guerrillas armadas. Con el paso de los años, algunas guerrillas han renunciado a la lucha en diferentes acuerdos de paz, pero las FARC y el Ejército de Liberación Nacional o eln, de menor presencia, inspirado y respaldado originalmente por Cuba, han permanecido en el campo de batalla, con alrededor de siete mil y dos mil combatientes, respectivamente. (Además, las FARC también han calculado más de diez mil miembros en su milicia.) Éstos se han expandido por todo Colombia, pero principalmente se encuentran en áreas rurales donde sobreviven del cobro de impuestos a comerciantes y a quienes cultivan coca; en los últimos años también se han visto envueltos directamente en el negocio de producción y tráfico de cocaína. Asimismo ambos grupos se han financiado a través del secuestro con recompensa y extorsión; durante años, compañías mineras y petroleras han pagado a las guerrillas para evitar el sabotaje de sus pipas. Las FARC finalmente accedieron a sentarse en la mesa de negociación después de varios golpes a sus principales líderes, el más reciente en 2011, cuando el presidente colombiano Juan Manuel Santos, entonces en su primer periodo, lanzó una operación militar en la que fue asesinado Antonio Cano, jefe máximo de las FARC.

En mis visitas a Colombia y Cuba en años recientes, me he reunido con Santos y miembros de ambos bandos de la negociación. Dado que la guerra civil continuaba su curso —con frecuentes ataques de las guerrillas a las patrullas armadas y ataques aéreos y terrestres a gran escala por parte de las fuerzas armadas colombianas— me impresionó el respeto que las partes se mostraron, y cómo parecían igualmente comprometidos en la causa por la paz.

He estado en muchas conflictos y he pasado mucho tiempo con hombres cuyas vidas se han entregado a la misión de matar a sus enemigos y, de ser necesario, de morir en la hazaña. La guerra tiene su propia lógica, y este síndrome de muerte voluntario es parte de él, y hasta que algo ocurre para desvirtuarlo, la paz ni entra en consideración en las mentes de los combatientes. Lo que pasaba con los colombianos era algo muy distinto y, para mí, refrescantemente nuevo: no importaba si estaba en el Palacio de Nariño o en un restaurante en La Habana, siempre había una sola conversación: seria, profunda, y a veces claustrofóbica —tanto con curtidos guerrilleros como con hombres del mero establecimiento colombiano— y era cómo lograr la paz. Por eso, por su singular intensidad, nunca dudé que lo lograrían.

El pasado septiembre en La Habana, pasé la tarde con el sucesor de Cano, conocido como Timochenko, con su segundo al mando, llamado Pastor Alape, y el vocero de la fuerza insurgente, Iván Márquez (quien firmó el acuerdo final por las FARC), en una cena donde celebraban con cerdo asado en el jardín de uno de sus amigos cubanos. Los guerrilleros se ufanaban de una ceremonia que había tenido lugar el día anterior: en presencia del presidente Raúl Castro, Timochenko y Santos se habían estrechado las manos y jurado firmar un acuerdo de paz en seis meses. El momento relucía con insignias de voluntad de paz: los tres hombres llevaban guayaberas blancas y su reunión inclusive había recibido la bendición pública del papa Francisco mientras terminaba una gira en la isla. (El plan de los seis meses resultó ser demasiado optimista; la fecha acordada del 31 de marzo iba y venía entre negociaciones postergadas por las garantías de seguridad para las guerrillas.)

Durante nuestra cena, Timochenko, un hombre bajo, corpulento y con barba de 57 años, reconoció que el día previo, antes de encontrarse con Santos, sintió algo así como pánico escénico, pero que pasó tan pronto llegó el momento. Mencionó su emoción al ver a Castro por vez primera, y contó cómo el líder cubano lo presionó para que estrechara la mano del presidente colombiano. Para Timochenko y sus amigos que han pasado la mayor parte de las últimas cuatro décadas en la jungla, la paz era un extraordinaria perspectiva a contemplar. Son, de alguna manera, verdaderos Rip van Winkles, que regresarían a ciudades y pueblos donde no habían podido mostrarse abiertamente desde su juventud. Cuando le pregunté a Pastor Alape, larguirucho y con gafas —y, como Timochenko, de 57 años de edad—, qué película pasaban en 1979 cuando se unió a las FARC e iba a la preparatoria, contestó con una sonrisa de oreja a oreja, Fiebre del sábado por la noche.

El verdadero nombre de Timochenko es Rodrigo Londoño Echeverri, y el de Pastor Alape, Félix Antonio Muñoz Lascarro. Márquez, el mayor de ellos, de 61 años, es Luciano Marín Arango. La cabeza de los tres tiene un precio para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, recompensas por información para su captura que oscilan entre dos millones y medio hasta cinco millones de dólares; se les acusa de una variedad de crímenes que van desde del tráfico de cocaína coordinado por las guerrillas hasta las ejecuciones de aquellos campesinos de coca que se atrevían a vender productos a los rivales paramilitares de las FARC.

Los líderes de la guerrilla niegan haber estado directamente involucrados en el negocio de la cocaína, insisten en que los narcotraficantes colombianos son sus peores enemigos y se dicen del lado político correcto. Pero no es tan simple como esto. Como Pastor Alape explicó a mi amigo Patricio Fernández del periódico chileno The Clinic: “En un principio, las FARC tenían una política represiva contra los campesinos que sembraban mariguana o coca. Incluso desarraigaban sus plantíos. Pero esto nos acarreó muchos problemas. Después de una larga evaluación concluimos que no debíamos hacerlo pues provenía de un problema social. Así que en su lugar simplemente les pedíamos que colaboraran con una parte de su producción, una suerte de política de impuestos. Eso fue lo que hicimos. En otras palabras, cualquier capital que circulara en nuestro territorio tenía que pagarnos algo”. A medida que la guerra mengua, es más fácil para las guerrillas reconocer que dichas políticas fueron contraproducentes. El mes pasado, al visitar con otros reporteros un campamento en la jungla al sur de Colombia, un alto jefe de las FARC, Mauricio Jaramillo, aceptó que la política de tributación en las drogas había causado “un enorme daño” a los rebeldes.

Ahora los negociadores de las FARC han firmado un acuerdo en el que reconocen tácitamente su parte en el tráfico de drogas al aceptar cortar todo vínculo en el mismo. En cuanto en qué medida dicho acuerdo puede incidir en el problema de las drogas en Colombia, Santos me comentó en abril que, incluso si las FARC saliera del negocio, no se sentía muy optimista al respecto: “Con frecuencia me considero como alguien en una bicicleta fija”, me dijo. “A pesar de todo lo que hacemos por combatir el narcotráfico, Colombia sigue siendo el primer exportador mundial de cocaína.” Entonces comenzó a decir que la única manera de empezar a solucionar el problema global de la droga era despenalizarla pero, para ello, admitió, falta un largo trecho.

Santos también habló esperanzado del inminente acuerdo para la paz, pero agregó que “también hay quienes han hecho de la lucha contra las FARC una bandera, un estilo de vida, y buscan una nueva dialéctica en la cual sostenerse”. Esto parecía aludir a su predecesor Álvaro Uribe, un derechista cuyo padre murió en un fallido intento de secuestro por las FARC. Uribe ha hecho campaña contra la iniciativa de paz desde sus inicios. Con el eslogan “Paz sí, pero no así”, lanzó una instancia contra el movimiento por la paz, argumentando que el acuerdo ofrecido a las FARC “recompensaría a los terroristas” al permitirles postularse para un puesto público. De hecho, las FARC accedieron a un sistema de “justicia transicional” en el que el énfasis estaría en la confesión pública, la reconciliación y el servicio comunitario, pero aquellos que no confesaran sus actos o fueran culpables de crímenes de guerra serios estarían sujetos a penalización, incluyendo la cárcel. Sólo aquellos guerrilleros que pasen por este proceso podrán postularse para un cargo público.

Incluso si la mayoría de los colombianos vota a favor del acuerdo por la paz de Santos, otros actores violentos pueden continuar operando en las impunes trincheras colombianas. Colombia está en una tentativa de diálogo con el eln y se espera establecer rondas formales en Ecuador, pero las conversaciones iniciales han sido, según se sabe, más tensas que con las FARC. Los líderes del eln parecen más radicales ideológicamente y más recalcitrantes. También existe la sospecha de que pueden estar buscando ocupar el territorio al que las FARC ha renunciado o de donde se ha desplazado, especialmente en áreas donde los grupos han entrado en conflicto por el territorio previamente.

La derecha paramilitar colombiana también sigue siendo sumamente problemática. En principio postulados por acaudalados terratenientes, narcotraficantes y hacendados, con frecuencia bajo la protección secreta del Estado, estas bandas armadas hasta los dientes masacraron a civiles de quienes sospechaban colaborar con la guerrilla en una campaña de terror que se extendió desde los noventa a la primera década del dos mil. Para el 2002, cuando Uribe fue electo presidente, las milicias se habían convertido en poderosas organizaciones criminales, fuertemente involucradas en el negocio de la cocaína tanto como en el de secuestro, extorsión y usurpación de tierras. Uribe ofreció amnistía a los combatientes paramilitares a cambio del desarme, y decenas de miles de ellos aceptaron su oferta. A la mayoría se le permitió regresar a la vida civil sin castigo alguno. Desde entonces, miles han regresado al campo de batalla, donde operan abiertamente como narcoparamilitares y narcotraficantes organizados dentro de las filas militares. (En años recientes, docenas de oficiales y miembros originales del Congreso del partido de Uribe han sido condenados por conspirar con los paramilitares. Uno de los hermanos de Uribe actualmente se encuentra sujeto a juicio acusado de haber constituido su propio escuadrón de la muerte paramilitar.)

En abril, cuando hablé con Santos, se expresó con desprecio del más grande y poderoso de estos grupos, una amalgama de pandillas y paramilitares veteranos que se hace llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia, la cual, me dijo, suma aproximadamente 2,500 hombres armados. Él dice que este grupo intentaba presentarse como fuerza insurgente con la esperanza de ser legitimado con sus propios acuerdos de paz y un eventual amnistía. Santos me comentó que no iba a conceder a los autollamados Gaitanistas la legitimidad que anhelaban; en cambio, planeaba “darles duro, bien duro”.

Mientras tanto, un diplomático, que conoce bien a Colombia y sus actores, compartió conmigo su preocupación sobre el gran número de colombianos que se oponen al acuerdo de paz. “Piensan, como Uribe, que concede demasiado a las FARC. El problema de esta visión es partir de la suposición de que si se cancela el acuerdo de paz, las farc pueden ser eliminadas militarmente, y creo que eso es una pésima lectura de la realidad.”

La gran lección de la historia de Colombia siempre ha sido que se necesita violencia para ganarse un lugar en la mesa. Se requerirá no sólo una paz duradera sino un ejercicio efectivo de la ley para cambiar tal patología en los años venideros.

Primero encontraron las piernas.

El último viernes de febrero de 2016, una mañana despejada, Deisy, una de las seguidoras de la Almita Desconocida, dice en el cementerio que primero aparecieron las extremidades inferiores dentro de una bolsa negra y luego el resto del cuerpo “en otra igualita”. El 9 de agosto de 2002, el día que la descubrieron en un bajío lleno de matorrales, en inmediaciones de la terminal de autobuses de Yacuiba —una ciudad calurosa del sur de Bolivia, con unos 90,000 habitantes, que comparte frontera con Argentina—, las calles se llenaron de vecinos asustados. Habían matado a una niña. La habían carneado como si se tratara de una vaca. Y se habían encargado de que la encontraran con facilidad. El crimen tenía la marca del narcotráfico: era un mensaje, una advertencia, una amenaza. La víctima podía haber sido cualquiera: el abogado, el farmacéutico, la oficinista, la vendedora de globos, la salchipapera. Pero fue una niña, y una niña despedazada no se olvida. El abogado, el farmaceútico, la vendedora de globos, la oficinista o la salchipapera se habrían convertido en noticia caduca al día siguiente. Pero fue una niña. Una niña cuya identidad nunca se supo a ciencia cierta y a la que hoy, en Yacuiba, se le rinde culto: el culto a la Almita Desconocida.

“La Almita es milagrosa, mucho, pero a veces te da y a veces te quita”, recitaba un borrachito llamado Jorge unos minutos antes de que Deisy se acomodara en una de las bancas del cementerio. Jorge había salido de un agujero poco profundo. Repitió dos o tres veces su apellido, pero no llegué a entenderlo porque masticaba hoja de coca mientras hablaba, porque apenas movía la mandíbula cada vez que trataba de armar una frase. Llevaba polera de un equipo de futbol, un short con manchas de tierra y unos zapatos que parecían fuera de contexto, que estaban demasiado limpios. Me dijo que trabajaba como sepulturero. Insistió en llevarme ante la tumba de la Almita y, una vez allí, tomó una de las botellitas con alcohol puro que algunos le ofrendan, echó el alcohol en una botella con agua y se perdió en una de las hileras con nichos.

La tumba de la Almita Desconocida es mucho más que una tumba: es un pedazo de cemento con la forma de un ataúd, dentro de un tinglado con el techo cubierto con láminas de calamina. Está pegada a uno de los muros del cementerio Divina Paz de Yacuiba y hasta allí van quienes consideran que la víctima de un asesinato a sangre fría es capaz de atraer la buena suerte y brindar protección a sus familiares.

Tras encender un manojo de velas blancas, prender en su honor tres cigarrillos y fumarse uno de ellos, Deisy dice que preferiría que no mencionarámos su apellido. El anonimato aquí es como un santo y seña. Quizás porque se rumorea que algunos de los devotos más antiguos de la Almita Desconocida son narcotraficantes, sicarios y contrabandistas. Aunque es difícil rastrear su inicio, el rumor pudo haber comenzado cuando una vendedora de refrescos que conversó sobre este tema en 2012 con un reportero argentino del periódico Clarín sostuvo que no es ningún secreto la presencia de esas personas en el cementerio, que vienen para solicitar protección, sobre todo los lunes, cuando el sol se esconde.

Deisy se marcha resguardada por una sombrilla y Jorge vuelve a salir de su hoyo y se acerca haciendo gestos extraños, como si fuera un títere en manos de un inexperto.

—Estoy cavando, pero aún no se quién es el muerto —dice, y muestra unas encías verdiamarillas cuando se ríe—. El muerto no está muerto todavía. El muerto soy yo.

Son las nueve y media de la mañana y frente a la Almita hay ya dos macetas nuevas, ocho cigarrillos soltando humo y cuatro personas que rezan.

La Almita podría haber sido la hija de cualquiera de ellas

***

Enterraron sus restos sin identificarla.

En el hotel París de Yacuiba, sentado a una mesa redonda, tras pedir “café para todos” a uno de los empleados, junto a una radio en la que suele escuchar las últimas noticias, Francisco Reynoso, el dueño del alojamiento, dice que la Almita, “al parecer, era muy jovencita”, que la mataron con saña, que nunca apareció su cabeza.

—Sus restos los metieron en un ataúd y los llevaron desde la morgue hasta el cementerio. Los enterraron sin identificar: sin nombre ni apellidos. Eso nos conmovió a todos. Y comenzó a llegar gente a ponerle velas y flores.

Francisco Reynoso, más conocido como Pancho, tiene 67 años, las cejas pobladas, una prominente calva y voz aguardentosa y grave. Viste una camisa de manga corta con cuadros y los primeros botones abiertos, guarda una llave de hotel en su bolsillo izquierdo y dice que Yacuiba ha cambiado, pero que a pesar de lo que le pasó a la Almita no podría decirse que sea una ciudad violenta, que crímenes no hay demasiados. Según Reynoso, en 1968 Yacuiba tenía 14,000 habitantes y la mayoría subsistía gracias a las labores agrícolas. Por aquel entonces, las calles eran de tierra. Un hombre que manejaba una máquina para hacer hielo proveía de energía eléctrica a algunas viviendas hasta las once de la noche; a partir de esa hora “había que arreglárselas con lámparas a querosén y mecheros”. En 1976 había ya 25,000 habitantes, y empezaron a llegar migrantes de otras ciudades: de Oruro, Santa Cruz, Sucre, La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija.

—El pueblo progresó y el progreso, como ocurre siempre, trajo bienestar y perjuicio —dice el dueño del hotel París.

En 1991 fue el despegue definitivo.

—Entró mucha plata de los argentinos. Se construyeron centros comerciales y se crearon fuentes de trabajo de la mano de las petroleras.

Y en 2002 asesinaron a la Almita Desconocida.

Por aquel entonces, ya se sentían los efectos de la presencia de grupos ligados al narcotráfico: en 2001, hubo un promedio de más de 12 homicidios por cada 100,000 habitantes; el promedio subió a 13.6 en 2004; en 2011, la zozobra se instaló en algunos barrios de la periferia, los intentos de homicidio se multiplicaron y la ciudad apacible que relata Francisco Reynoso parecía no serlo tanto. Y ese mismo año el periódico El Tribuno de Salta, la provincia argentina al otro lado de la frontera, catalogó a Yacuiba como uno de los lugares más peligrosos de Bolivia. A pesar de la mala prensa, cuando se camina por sus avenidas no se siente ninguna sensación de riesgo. Las construcciones son bajas, de una o dos alturas. Sus calles más emblemáticas están protegidas por arcos que regalan un poco de sombra. Y los vecinos todavía se saludan cuando coinciden en la puerta de un banco o en el mercado. El problema, según Reynoso, siempre ha sido la frontera. Los casi 40 kilómetros que hay de frontera alrededor de Yacuiba son una mera formalidad: una línea imaginaria traspasada a diario por los contrabandistas, además de la puerta de entrada de la mayor parte de la cocaína que circula por Argentina.

Aquí, en Yacuiba, hay quienes piensan que entre los narcos locales algunos se encomiendan a la Almita Desconocida antes de transportar un alijo importante. Pero a pesar de su fama, y trece años después del asesinato que la hizo protagonista de una devoción, su historia es aún una gran incógnita.

Algunos dicen que tenía 12 años; otros, que 13, 14, 15 o 16. Se cree que era una “mula”, una “tragona” que había atiborrado su estómago de cápsulas rellenas con cocaína. Algunos sostienen que fue víctima de un ajuste de cuentas, que la cortaron por venganza con una motosierra. Otros, que la interceptaron los sicarios de un grupo rival para hacerse con la droga que llevaba en los intestinos. Y no faltan los que aseguran que su cuerpo fue cercenado por un psicópata transfronterizo.

Hasta el momento, lo único cierto es que la encontraron muy cerca de las vías del ferrocarril y de la terminal de autobuses, dentro de bolsas de nailon, cortada en partes —primero encontraron las partes del tronco hacia abajo y, después, las partes del tronco hacia arriba—. Hasta el momento, lo único cierto y comprobable es que su tumba está repleta de plaquetas de agradecimiento.

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Almita Desconocida
No sé ni quién fuiste
ni quién eres, ni cómo
te fuiste de este mundo.
Pero gracias de todo corazón
por los deseos concedidos

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La placa tiene una fecha: 17 de enero; una firma compartida: Edu y Panchis; y un año a medio grabar que parece ser 2008. A su lado, hay decenas de inscripciones similares:

“Gracias, Almita Desconocida, por los milagros recibidos y por recibir”, “Gracias por los milagros concedidos y por concebir”, “Acudí a ti en un momento difícil, me recibiste y me ayudaste. Gracias te doy de corazón”. Algunos mensajes parecen cifrados: “Gracias por los favores obtenidos y por otros que vendrán. M + M = Y. Yacuiba, noviembre de 2012”. Algunas plaquetas tienen forma de Biblia y otras están adornadas con vírgenes, rosas o espigas. En mitad de todas hay un reloj de pared que siempre marca la misma hora: las seis y media. También hay un tacho metálico para la basura, varias bancas de piedra y un par de jarras de cerámica que fueron donadas por los Oropeza, una familia de emprendedores que cree que la Almita es responsable de la buena marcha de su restaurante. Cada jarra está repleta de hojas de papel, dobladas: hojas de color blanco, hojas cuadriculadas, hojas con el borde semirraído. Y cada una de las hojas suma un pedido relacionado con la salud, el amor, la venganza, la desesperación o el dinero.

—Aquí vienen hasta colegiales con sus libretas de notas para no repetir curso —dice Juan Casazola, el empleado más antiguo del cementerio, un tipo canoso de 70 años con algo de barba, un lunar en cada moflete y abundante cabello, un hombre con dolencias varias, que sueña con una jubilación que no llega porque alguien se confundió al poner su fecha de nacimiento en el carnet de identidad, que mata el tiempo esperando muertos.

Aquí Casazola hace de todo: vigila, es panteonero, orienta a los vivos y organiza entierros, y de vez en cuando hace memoria para contradecir a los que aseguran que la Almita era un pedazo de carne sin cabeza, un personaje siniestro, como de novela negra.

—Sus restos habían sido mordidos por los perros y ya no había intestinos, eso sí, pero la cabeza estaba, claro que estaba, aunque en mal estado —recuerda Casazola.

Luego me dice que el entierro fue a principios de agosto de 2002 y que tuvo dos actos. Primero, él mismo sepultó el contenido de una de las bolsas: las piernas. Aquel día —según él—, una señora que decía que la Almita era su hija desaparecida se preocupó de los detalles del cortejo fúnebre —sin saber que semanas más tarde su hija aparecería viva—. El periódico El Deber de Santa Cruz de la Sierra dio cuenta además de una escena surrealista, protagonizada por padres cariacontecidos que iban en procesión al cementerio con zapatos en la mano para ver si el tamaño de los pies de la joven asesinada coincidía con el de los pies de sus hijas perdidas. Y media semana después del primer hallazgo apareció la segunda bolsa con la otra mitad del cuerpo. Casazola desenterró el cadáver y se esmeró por armar bien todas las piezas, como si fuera un niño ansioso por resolver correctamente un rompecabezas.

Entre los devotos de la Almita Desconocida hay comerciantes, licenciados, empresarios y desempleados. Algunos de ellos vienen con muletas o en silla de ruedas. Y también hay vagabundos y ladronzuelos. Casazola dice que algunos se roban las placas, los cigarrillos, las botellitas de alcohol y hasta el agua de los floreros. Después, me muestra las cadenas que protegen algunos de los adornos.
Y luego se ofende cuando le recuerdo que algunos le dicen pichicatera (drogadicta).

—Eso es mentira. A ella la mataron de muy mala manera. Pero, por Dios, era una niña. ¿Qué mal podía haber hecho? Que Dios castigue a los que se burlan de ella. Nosotros no sabemos lo que le pasó. No deberíamos ser ni juez ni parte.

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Yo no puedo negarle a nadie una misa.

A pocas cuadras de la plaza principal, en la parroquia de San Pedro de Yacuiba, en una habitación situada tras un mostrador muy similar a los de las oficinas de correos, el padre Victorio da Silva —50 años, cuerpo macizo como el de un pívot de baloncesto— dice con voz de tenor que él únicamente rechaza misas en honor a la Santa Muerte, que no puede negarle misa a nadie más, ni siquiera a la Almita.

—Aquí casi todos los días viene alguien a hacer anotar misa por ella. Cuando llegué a Yacuiba, pensaba que la gente era muy misericordiosa y quería pedir por todas las almitas que fueron sepultadas sin que nadie las reconociera. Pero luego me contaron la historia del cementerio y me di cuenta de que esas misas por La Desconocida eran para esa jovencita que asesinaron años atrás, para una sola almita. Acá nosotros no tenemos prejuicios. Estamos hablando de una difunta muy querida por muchos. Y mientras no me pidan un altar para ella en la iglesia no me hago problema.

El cura ríe y señala hacia un turril enorme con agua bendita.

—Los que vienen a la parroquia también se llevan mucha agüita de ésta. Acá la fe se mezcla con el paganismo y eso provoca devociones extrañas.

En Bolivia, los altares semiclandestinos están a la orden del día, y las creencias, a menudo, están salpicadas de cierto exotismo. En Vallegrande, las “Viudas del Che” le suelen hablar a la fotografía del revolucionario para que las cuide y las acompañe. En el reducto cocalero donde se hizo fuerte Evo Morales antes de ser presidente, un curandero que leía cartas y vestía de forma impecable cuando estaba vivo ahora es conocido popularmente como San Jailón —término utilizado para definir a un sector adinerado de la población que presume de su condición económica—, y es venerado, sobre todo, por gente con vínculos con el narcotráfico. En el cementerio General de Tarija, los “favores” son concedidos por dos asaltantes que fueron ajusticiados en 1978. Y en una habitación de La Paz forrada con papel de periódico hay más de una docena de calaveritas “milagrosas” que tienen tantos “clientes” como una buena carnicería.

—La mentalidad mágica y supersticiosa es apabullante —dice Da Silva—. Y es casi imposible luchar contra eso.

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Que levante la mano el que no sea narcotraficante.

En la parroquia San José de Pocitos, situada en una plaza muy cerca de la frontera, otro cura, Anselmo Alfaro —30 años, ojos marrones, facciones andinas—, habla del carácter de uno de los sacerdotes que le precedieron:

—Fue hace tiempo. Cuentan que un día que estaba muy cansado por tantas cosas malas que ocurrían se paró en la prédica y les dijo a los feligreses algunas barbaridades: “A ver, que levante la mano el que no sea narcotraficante. Aquí está oliendo a azufre…”

Anselmo Alfaro dice que no sabe si levantaron la mano muchos. Tampoco sabe con exactitud lo que pasaba antes en barrios como Pocitos. Y reconoce que hace tres años —cuando se instaló en la zona— tenía miedo.

—Por las cosas que había leído. Por lo que había escuchado. Asaltos, narcotráfico, ajustes de cuentas. Pero luego conocí a la gente y vi que no era para tanto. Claro, uno escucha comentarios, sí. Y a veces, por la falta de empleo, algunas personas caen en lo ilícito.

Cuando le pregunto si entre los devotos de la Almita Desconocida hay “narcos” y contrabandistas, duda:

—Por lo que yo sé, los seguidores de la Almita piden por su negocios y por sus familias, por esas cosas. La mayoría acá es gente muy sana. Es lo que podría decirte.

La realidad, en ocasiones, lo contradice: “Mata a su madre con 18 puñaladas” (El Deber, septiembre de 2015), “Asesinan a un joven en pleno día con seis balas” (Correo del Sur, febrero de 2015), “Hija contrata a dos sicarios para matar a su padre” (El País, octubre de 2014), “Planificaron un triple homicidio para quedarse con un cargamento de droga (La Nación, marzo de 2013), “Acribillaron de 18 balazos a un joven” (El Tribuno, enero de 2013), “Prenden fuego a un periodista boliviano” (Diario Correo, octubre de 2012), “Yacuiba, tierra de nadie” (Diario Andaluz, septiembre de 2012), dicen los titulares, todos en relación a esta ciudad que, por periodos, es como un dragón que duerme.

***

El día de su aniversario le llevan mariachis y tortas.

La farmacéutica Ana María Andrade tiene 59 años y no es de Yacuiba, pero ya lleva más de 20 años viviendo en el barrio de Pocitos, donde la conocen como doña Victoria.

—Me dicen Victoria por mi madre. Así se llamaba ella.

Son las doce menos diez de una mañana soleada. Ana María tiene la pinta de una empleada antigua de un ministerio —lentes elegantes, blusa floreada— y lleva varios minutos suspirando y poniendo inyecciones en la trastienda de su farmacia.

—En esta época hay mucho enfermo por culpa de los mosquitos. Pero hoy todos han llorado con los inyectables —se queja.

Ana María habla con una voz quebradiza (como si te contara un secreto) y cree fervientemente en los “poderes” de la Almita. Se escapa a su tumba cada vez que puede y, pese a que está rodeada de medicamentos, suele pedirle por su salud y la de los suyos.

—Si vas con fe, todo te cumple —asegura—. Ella fue una mártir y es muy milagrosa. El 9 de agosto es su aniversario. Ese día su tumba se llena de gente y le llevan trago, tortas grandes y pequeñas y hasta mariachis para dedicarle una serenata.

Según Ana María, en Pocitos hay decenas de seguidores de “la descuartizada”.

Y, también, atracos.

—Yo me suelo recoger temprano, digamos que a las ocho o nueve, porque a partir de la una o dos de la madrugada es mejor no estar en la calle. Hay que cuidarse. Aquí es mejor no ver ni escuchar nada.

Aquí es mejor decir, aunque te pregunten, que no has visto ni escuchado nada.

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Tenía la pintura de uñas intacta.

El mercado central de Pocitos se instala todos los sábados en una vía ancha que de lunes a viernes amanece repleta de camiones que quieren cruzar a la Argentina y es una sucesión de toldos y plásticos transparentes o verdiazulados; una seguidilla de carteles y precios; un bazar lleno de objetos —frazadas, dvd, poleras, carteras, cafeteras, sandalias, juguetes—; y una sucesión de comercios con rejas metálicas. Al final del mercadillo hay un puente y un río estrecho de aguas marrones; al frente del puente, una aduana y la población argentina más cercana: Salvador Mazza. Donde empiezan los primeros puestos de venta, dentro de una galería comercial, Mery Chavarría, una mujer de mediana edad que vende disfraces, máscaras y objetos de cotillón, dice que, cuando la encontraron, la Almita tenía la pintura de uñas intacta. Que eso significa que no llevaba muchas horas muerta. Por la noche, Franco Centellas, un periodista de 40 años que trabajó durante una temporada como taxista, repite una de las versiones más difundidas de la historia: “La mataron por un asunto de drogas”. Él está convencido de que los que empezaron a rendirle culto eran delincuentes. Y dice que por los caminos que atraviesan la frontera pasa de todo, hasta pasta base. Según Centellas, el último caso sonado fue el de las narcocisternas, involucró a varios vehículos de la empresa boliviana Creta SRL en 2015 y acabó con la detención de José Luis Sejas, su dueño, por tráfico de cocaína.

Cuando trabajaba como taxista, Centellas llevaba a veces a sus clientes hasta el cementerio, hasta la tumba de La Desconocida.

—Uno de ellos era el dueño de un restaurante. Otros no sé a qué se dedicaban.

Por aquel entonces, otra visita asidua de cierto tipo de clientela era a una suerte de brujo que se encargaba de que los gendarmes no detectaran la droga en la frontera.

—Y decían que les funcionaba, oye.

Durante la temporada seca, la cocaína suele pasar a Argentina en avionetas. Y durante la de lluvia, el narco recurre al tráfico hormiga: introduce la droga a través de caminos secundarios que nadie vigila, echando mano de jóvenes que viven en los barrios próximos a la frontera.

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La mataron por un ajuste de cuentas.

Después de lamentar los estragos de un vendaval que hizo caer más de 200 árboles hace algunos días, un taxista con polera azul sin mangas, los brazos gordos y mirada esquiva, dice mientras conduce hacia el centro de Yacuiba que es cierto que a la Almita la mataron por un ajuste de cuentas, que él andaba entonces metido en cosas de ésas y que conoce. Después me pregunta a qué me dedico. Cuando le digo que soy periodista, me mira desconfiado, y no vuelve a mencionar nada acerca de la Almita en todo el trayecto.

***

Antes de descuartizarla, la torturaron.

En un condominio de Yacuiba situado en una calle donde antes había una morgue, en un despacho prolijo, el columnista Esteban Farfán, un polémico personaje de nariz ancha y 40 años que no se calla nada, dice que a la Almita, antes de descuartizarla, la torturaron, que lo suyo fue seguramente por algún pleito entre bandas.

—Así eran los crímenes aquí hasta hace algún tiempo, como en México.

Según Farfán, la violencia se nota más en determinados círculos, en las zonas rojas, en lugares como Pocitos, África o Barrio Nuevo en Yacuiba, o el Sector 5 en Salvador Mazza, en la Argentina. Y casi siempre tiene que ver con el narcotráfico.

—A un muchacho de unos 27 o 28 años que comenzó vendiendo sándwiches en una esquina, que se hizo millonario enseguida, que tenía una cancha de futbol muy linda y muy bien iluminada, lo asesinaron muy cerca de la plaza principal de la ciudad con un arma automática. Y pasó algo parecido con una señora que también apostó por la plata fácil. A ella la balearon mientras lavaba su camioneta —cuenta con el tono sosegado de un profesor, como si estuviera habituado a reconstruir escenas como éstas en su cabeza.

Él se apellidaba Soliz. Ella se llamaba Felicidad.

—Pero hace mucho que no sabemos de ajustes de cuentas —añade.

En otra época, Yacuiba vivía en permanente duelo. A finales de agosto de 2010, el periodista César Esteves le dijo al diario Los Tiempos de Cochabamba que los muertos por ajustes de cuentas a menudo permanecían en el anonimato, e insinuó que a los medios sólo se filtraban los casos sonados. Por aquel entonces, Esteves, que se hacía cargo del área de seguridad del periódico local El Chaqueño, también recordaba que, en ocasiones, las fotografías de los baleados eran tan crudas que prefería no publicarlas.

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Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…

Junto a la tumba de la Almita Desconocida, sobre una gran urna de cristal cerrada, hay un afiche con los datos de una joven desaparecida: “Dayanna Algarañaz Hurtado. Desaparecida desde el sábado 20/06/2015. Piel canela. Edad: 20 años. Podría ser tu hija, nieta, hermana, prima…” El anuncio viene acompañado de dos fotografías de medio cuerpo, a color, y de un par de números de celular de miembros de su familia.

Por teléfono su padre dice que desapareció en la ciudad de Santa Cruz. Que aún no tienen pistas sobre su paradero. Que imprimeron 20,000 volantes para intensificar la búsqueda. Que un amigo les aconsejó colocar uno acá para que la Almita les colabore.

***

A mí me concede todo lo que le pido.

El cementerio Divina Paz de Yacuiba es más conocido como San Gerónimo por los vecinos. Tiene un muro alto para evitar los robos nocturnos, un vigilante con sueldo de la Alcaldía y un horario estricto de atención al público: de ocho a doce en la mañana y de tres a siete por la tarde. Pero no siempre fue un fortín apacible rodeado de árboles. Cuando lo fundaron su perímetro era resguardado únicamente por alambre que no resguardaba nada. En cuanto la Almita ganó adeptos, la peregrinación de borrachos se hizo constante, y muchos de ellos se quedaban junto a su tumba hasta la madrugada. Poco a poco, los nichos le fueron ganando terreno a los espacios vacíos. Se construyó el muro y, así, el cementerio se volvió más seguro. La tumba de La Desconocida empezó a recibir gente todos los días y algunos devotos se organizaron para rendirle tributo los lunes: día de las ánimas según el cristianismo.

Son las tres y diez de la tarde del primer lunes de marzo y un hombre con un ramo de flores en cada mano se inquieta y comienza a lanzar exabruptos sin destinatario fijo:

—Viene uno a las tres y esto aún está cerrado. ¡Váyanse a la mierda! —grita.

Veinte minutos después, la tumba de la Almita Desconocida está sitiada por sus seguidores. Una mujer echa un chorrito de alcohol puro donde la enterraron y luego se frota los brazos con el alcohol. Otra espolvorea el cemento con hoja de coca. Tres transportistas que beben vino en vasos de plástico recuerdan a un cuarto que hizo fortuna tras armar un altar en su casa con una fotografía de este rincón del cementerio. Dos mujeres con delantal se plantan frente a algunas de las plaquetas de agradecimiento y rezan, y luego una de ellas dice que la Almita castiga a los que dejan de visitarla. Una señora me explica el significado de las velas de colores: “Las rojas son para no enfermarse y las azules, para los estudios”. Un hombre mayor con un tatuaje que dice “Lalo” recuerda la historia de un tipo que sobrevivió a un accidente gracias a La Desconocida.

Erlinda Flores es enfermera, y comparte una cerveza con una amiga frente a un repositorio de velas. Lleva una blusa púrpura, zapatos morados y aretes a juego. Tiene 30 años y dice que todo el fenómeno en torno a la Almita empe-zó después de que a la señora que organi-
zó su entierro, “una vendedora de chanchos del mercado campesino que tenía muchos hijos, escalonados, como zampoñitas”, le cambiara la vida.

—Unos meses después del entierro, la señora dejó de vender en el mercado y parece que reunió un buen capital. Porque luego mandó a una hija a España. A otros, la Almita les hace ver cosas en sueños. Y yo le hablo.

Erlinda le ha contado a la Almita toda su vida: cómo fracasó con sus primeras parejas, cómo sufrió cuando quedó embarazada en la adolescencia, lo sola que se sentía cada vez que sus planes no funcionaban. Le ha pedido castigo para los hombres que la abandonaron y protección para sus cuatro hijos.
Y trata de venir cada lunes para que no se enfade.

—A mí me concede todo lo que le pido —dice—. Cuando vivía de alquiler sufría porque los caseros llamaban la atención a mis niños y ahora ya tenemos un espacio propio y no tengo que aguantar a nadie. Mi nueva pareja es un amor de gente. Y a mi hija, cuando tenía ocho años la Almita le salvó la vida, un día que se metió una gasa por la nariz mientras estaba jugando. Tenían que operarle de emergencia muy lejos de aquí, en la ciudad de Santa Cruz, un otorrino, y de repente apareció un amigo con su auto, de la nada, y me la llevó hasta el hospital a cambio de la gasolina. Luego, yo perdí mi trabajo y la Almita me consiguió otrito. Siempre ha sido buena conmigo.

En 2008, en Salvador Mazza —la ciudad argentina al otro lado de la frontera— apareció un cadáver con una historia muy similar al de La Desconocida. La muerta tenía 16 años y también la abandonaron cerca de un vía férrea. La habían violado, torturado, le habían extraído las vísceras, la habían cortado en pedazos y habían arrojado sus despojos a un pozo ciego. Gracias a la ropa —una pollera de jean azul y una musculosa clara— y a una cicatriz que su madre reconoció en la pierna izquierda, se supo que la víctima se llamaba Fernanda Ruiz, y aunque el crimen se consideró el más cruel de la historia de la provincia, la víctima no generó devociones en el cementerio local. Quizás porque es más fácil compartir las aflicciones con un cuerpo sin nombre y sin apellidos.

En el cementerio de Yacuiba, la gente le habla a la Almita en voz muy baja, entre susurros. Los arreglos florales que le dejan cuestan menos de un dólar. La última novedad son unas estampitas en blanco y negro, con una breve oración, que diseña un devoto y que le permiten ganar un poco de plata extra en sus ratos libres.

Las vías del tren están a pocos metros, al otro lado de la calle sombreada por árboles añosos. Detrás de pequeños muros, detrás de pequeños jardines, detrás de rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas y limpias como si acabaran de pulirlas. Es mediodía y hay un silencio de siesta, sin autos, sin gente. Nada ha cambiado mucho en los últimos cien años. Las vías del tren ya estaban allí, algunos de estos árboles ya estaban allí. La casa también. Ocupa toda la esquina de esta calle de Olivos, un suburbio elegante de la zona norte de Buenos Aires, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del muro agobiado por la hiedra. El timbre emite un ruido ronco, doloroso. Por el portero eléctrico se escucha la voz de una mujer.

—¿Quién es?
—Vengo a ver a Dolly.
—Pasá.

La puerta de rejas se destraba con un zumbido y se abre a un jardín selvático, oscuro. Al otro lado espera una mujer mayor, el pelo a la altura de las orejas, las puntas peinadas hacia dentro. Es menuda, de aspecto vivaz, la piel muy blanca.

—Hola. Yo soy la cuñada.

Aquí no debería haber una cuñada. Debería haber, tan sólo, dos hermanas: una de ellas olímpica, noventa años, más de un metro setenta; la otra, tres años menor, de aspecto desconocido. Entonces: ¿cuñada de quién?

—Llegaste —dice una voz potente que proviene de la penumbra, a espaldas de la mujer menuda—. Qué puntual. ¿Tenés sangre inglesa?

La mujer olímpica, noventa años, más de un metro setenta, camina hacia la luz del recibidor. Usa un vestido estampado, azul y blanco, por encima de las rodillas.

—Pasá. ¿No tenés problemas con los gatos? Tenemos catorce.

La mujer menuda saluda y desaparece. La mujer olímpica ve el grabador y dice:

—Juan siempre decía: “Sin grabador”. A mí no me molesta. Ahora lo van a traducir al turco. Pobre Juan.
—¿Por qué “pobre”?
—Querida, ¿vos sabés turco? Una traducción así no se puede controlar.

Hay algo, en la celeridad con que empieza a hablar de Juan, que lo aclara todo. En esta casa viven, de hecho, dos hermanas. Esta mujer —Dolly, Dorotea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, autor de La vida breve, Los adioses, El astillero, ganador del premio Cervantes, fallecido en 1994— y su hermana Nessy: la mujer menuda. Sólo que Nessy es, también, cuñada de Onetti. Y esa forma de presentarse —“soy la cuñada” (de Onetti) y no “soy la hermana” (de Dolly)— devela que él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte.

Dolly Muhr señala una puerta lateral que da paso al comedor diario:

—Pasá. ¿Qué vas a tomar? ¿Café, agua, Coca Cola?

Afuera hace treinta y seis grados pero el comedor se mantiene fresco. Las ventanas, cubiertas por cortinas de hilo, apenas dejan pasar la luz violenta. Dolly sale por la puerta que da a la cocina. Se mueve con rapidez pero un tanto endurecida. En junio de 2015 se cayó y se quebró la cadera mientras paseaba por Salamanca, España. Por eso, aunque pasa la mayor parte del año en Madrid, el verano de 2016 la encuentra en la casa donde nació, recuperándose a fuerza de caminatas. Cuando regresa, apoya sobre la mesa una botella de Coca Cola y dos vasos.

—Estoy más en España que acá. Si no fuera por la cadera ya estaría en Madrid. Las mujeres tenemos que estar más atentas al calcio. ¿Vos comés carne?
—Sí.
—¿Te pican los mosquitos?
—No mucho.
—¿Ves? Mi hermana tiene la teoría de que no le pican porque es vegetariana. Ella tiene cada idea sobre la dieta. Es de las pocas personas que conozco que nació y va a morir, como ella dice, en la casa donde nació. No tiró nada. Tiene todo. Hasta la bañera de cuando éramos chicas.

La mesa del comedor parece arrinconada ante el embate de muebles que llenan la habitación de tres por tres: un televisor, una cómoda sobre la que hay catorce portarretratos y cuatro arreglos florales, una estantería con libros, una cajonera, un piano vertical sobre el que hay cinco portarretratos y una lámpara, un hogar a leña sobre el que hay cinco arreglos florales, una mesa redonda sobre la que hay un equipo de música, una biblioteca repleta de libros y estatuillas de porcelana —gansos, campesinas, músicos, gatos—, un vitrinero de vajilla antigua, una mesa pequeña, una mesa más grande, un sofá, un taburete.

—Qué cantidad de objetos.
—Bueno, son cien años de vivencia.

Cien años sobre los que ella, que tiene diez menos, habla poco.

***

Cinco días atrás:

—Hola, quisiera hablar con Dorotea Muhr.
—Soy yo.

Habla en un tono paródicamente marcial, tajante, divertido. Pregunta:

—¿Vos lo leíste a Juan?
—Claro.
—Qué lindo.
—Pero quiero hablar de usted.
—Bueno. No sé qué te puedo contar.

***

A principios del siglo pasado, el padre de Dolly Muhr se fue de Austria, donde había nacido. Quería ser músico y su padre, dueño de viñedos, no lo dejaba, de modo que partió a Inglaterra. Al llegar allí se desató la Primera Guerra Mundial y, para evitar que lo llamaran al frente, pensó en cruzar el océano. Un panadero le prestó plata para un pasaje a Nueva York, pero el buque estaba repleto y terminó en Buenos Aires. Por su parte, la abuela de Dolly Muhr, inglesa, se casó con un francés y viajó a Buenos Aires. Cuando empezó la guerra el francés marchó al frente, donde lo mataron. La mujer se quedó sola, primero con tres hijos —un varón, dos mujeres—, después con dos porque una murió de meningitis. La otra, Dorotea —le decían Dodo— se hizo mujer y en 1924 conoció a un austriaco que se ganaba la vida dando clases de inglés: el padre de Dolly.

—Mi madre dice que fue un coup de foudre. Y así nací yo.

Quizás de esa mezcla de idiomas y nacionalidades —o quizás porque las hermanas hablan, entre ellas, inglés— proviene el extraño acento del español que habla, rudo, duro en las consonantes.

—Nessy nació en 1928. Mi padre hizo esta casa. Acá había un baldío. Le puso Villa Dodo por mi madre. A mí me decían Dodita. La única que me dice Dodita es mi hermana. Para el resto soy Dorotea o Dolly. Que no me gusta. Es muy cursi.

—¿Su padre cómo se llamaba?
—Hans. Juan. Como Juan. Juan y Juan. Fue viajante de comercio, trabajó en una empresa de acero. Pero sólo le interesaba la música. Tocaba el cello. Pero con la música no podía mantener a una familia. Yo empecé a tocar el piano a los siete años, pero cuando Nessy tuvo cinco me dijo: “Vos salí”. Me echó. Entonces me fui a tocar el violín con papá y ella se quedó con el piano. Pero fue perfecto, porque a mí me encantó estar en las orquestas.
Y ella es una pianista increíble. Es el genio de la familia. ¿Vos sabés música?
—Si.
—¿Qué tocás, tocás algo?
—La guitarra.

Se echa hacia atrás, fingiendo sobresalto.

—Ah: chin chin chin chin.
—No. Guitarra clásica. Bach. Esas cosas.

Su mirada se cubre, de pronto, de respeto absoluto: de total reverencia.

—¡Qué bien! ¿Y tocás?
—Hace mucho que no.

Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación o dolor. En una habitación del piso de arriba, guardado en su estuche, está el violín que ella, desde que dejó la Orquesta Sinfónica de Madrid, no ha vuelto a tocar.

***

En las entrevistas le preguntan: “¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?”; “¿Cómo vivía Onetti en España?”; “¿Realmente Onetti no salía de la cama?” Nunca parece molesta por el hecho de que nadie pregunte cómo fue, para ella, dejar Montevideo, exiliarse en España, estar con un hombre que vivía en la cama.

—Siempre le preguntan por Juan.
—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.
—¿Eso no la incomoda?
—¡No! ¿Por qué? Me parece maravilloso.
—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?
—Qué pregunta tonta, querida. Claro. Él era único.

A veces habla en presente. Dice “Juan es de Cáncer”. O “Mientras yo salgo, él se queda leyendo”.

***

En el recibidor de entrada, además de tres sillones, una mesa, un perchero, un mueble de mimbre con vinilos, dos bibliotecas rebosantes, hay, sobre un esquinero, un aparato que permite el discado rápido a los bomberos, la ambulancia y la policía. Debajo del aparato, un cartón en el que, con lápices de colores, están listados los nombres y los años que tenían algunos de los gatos de la casa en 2013: Pussycat 4 y medio, Boy Blanche 5, Triggy 5, Belladonna 4 y medio, Kinderlein 1 y medio, Rashomon 2 y medio.

—Nosotras empezamos a estudiar música a los siete años en un conservatorio que estaba en la esquina. Un horror. Mi hermana siempre lo odió un poco a mi padre porque no se dio cuenta de que ella era un genio. Perdimos ocho años en ese conservatorio.
—¿A qué colegio iban?
—Al Northlands. Otra burrada de mis padres.

El Northlands es un colegio de gran fama, bilingüe, sólo para mujeres. Allí se educó, entre otras, Máxima Zorreguieta, reina de Holanda.

—Salimos de ahí y nos mandaron a aprender traductorado público, que también era sólo para mujeres. Yo no sabía cómo relacionarme con los chicos. Lo que pasó después fue inevitable.
—¿Qué pasó?
—Que me dediqué a enamorarme de los amigos de mi padre. Me enamoré de un director de orquesta. Yo tenía 17, 18. Fui a escucharlo a la iglesia, el Réquiem de Mozart. Ay, ay, ay. Salí de ahí enamorada. Pero no existe el amor. Es una especie de fetichismo, de brujería. Bueno, al director me lo descubrieron. Y se armó lío. Porque él era casado.
—Entonces llegaron a tener una relación.
—No, no. Yo no tuve relaciones con nadie hasta que Juan….
—No. Me refería a que tuvieron una relación. Que salían.
—Sí. Pero no más que un beso. Siempre me respetaban. Porque tuve varios hombres de edad. Pero nunca llegué a una cama. Ni siquiera a un sofá. Cuando me descubrieron, mi padre me encajó para que leyera los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela de Romain Rolland. ¿La leíste?
—No.
—Bueno. Trata de dos muchachos que se enamoran. Y después otros diez tomos de dos mujeres que se enamoran. Fue peor. Yo creo que la adolescencia es una trampa mortal. Esa pasión que sentís todo el tiempo. Una pasión que no es verdad, todo es delirio. Es como si estuviéramos un poco narcotizadas. Y me metí con Juan con la misma locura. Con Juan caías. Cuando llegó Juan, yo sabía que eso sí. Que eso era.
—¿Cómo supo?
—Porque me sentía absolutamente dominada y completa con él.

***

Con múltiples ventanas que dan al jardín, la sala de música que Hans Muhr construyó para su hija menor, Nessy, es la habitación más grande y mejor ubicada de la casa. Allí, en medio de sillones, sillas, taburetes, mesas, bibliotecas, vitrinas y dos pianos de cola, ella estudia y da clases a más de treinta alumnos. A un lado de la sala, bajo la escalera que lleva al piso de arriba, está la cocina pequeña, oscura. A los pies de la heladera siempre hay recipientes con comida para gatos.

***

Cuando Dolly conoció a Onetti él ya llevaba dos matrimonios (se había casado con dos de sus primas hermanas, a su vez hermanas entre sí, y había tenido un hijo, Jorge, con la primera), e inauguraba el tercero con Elizabeth María Pekelharing, una holandesa con quien compartía trabajo en la agencia de noticias Reuters. El mismo año en que se casó con ella —1945— conoció a Dolly. La leyenda dice que la vio por la calle, con el violín, y le dijo a su mujer: “Qué maravilla de criatura”. Su mujer dijo: “¿Querés que te la presente? Fuimos compañeras de colegio”.

—Yo era amiga de la mujer de Juan. Habíamos ido al colegio juntas. Juan un poco se enamoró de mí cuando me vio la primera vez. Yo no, porque estaba metida con otra persona. Él se dedicó a seducirme y ganó. Tuvimos una relación clandestina de diez años. Sufrí horrores. Pero estaba decidida a quedarme como la mujer que vive en la sombra. Íbamos a una casa de citas, un motel. Conocí todas las casas de citas de Buenos Aires. Una vez nos tocó esperar con unas parejas y se conocían los hombres. El tipo dice: “El mundo es un pañuelo”. Y Juan dice: “Sí, y bien sucio”. Genial, ¿no?
—Usted no sentía vergüenza.
—¡No! Yo estaba con el tipo más maravilloso del mundo. Desde el principio con Juan tuve relaciones porque sabía que era mi hombre. Pero yo sufría, y él tiene que haber sufrido viendo lo mal que lo pasaba yo.
—Jamás le pidió que se separara.
—No, jamás. Yo lo entendía. Los hombres son cobardes. No quieren hacer daño. Además, yo era amiga de la holandesa. Era una mujer muy divertida. A mí me encantaba. Y siempre nos veíamos, porque formábamos parte del mismo grupo.

En 1949 nació María Isabel (Litty), la segunda hija de Onetti. Un año después él publicó La vida breve, donde aparece el personaje de una violinista: “Aprovechaba las pausas para contemplar el perfil asexuado, la nariz recta, los ojos enceguecidos bajo el caso de pelo rubio y rizado; la sensualidad, escasa y trágica, le rezumaba por el ángulo de la boca”.

—Cuando la holandesa tuvo a Litty fue durísimo. Pero yo era muy pasiva con Juan. Me sentía totalmente dominada por él. No dominada en el mal sentido. Entregada, que es mejor.

Toma un trago de gaseosa con la avidez del que mastica: como si la Coca-Cola fuera un bife, una cosa sólida.

—Después que murió Juan, me analicé durante diez años. Y me di cuenta de la búsqueda de papá a través de los hombres de los que me enamoraba. Mi padre usaba chaleco, y Juan se ponía su chaleco y me decía: “Te gusta, ¿no?” Era como volver ahí. A eso. ¿Te das cuenta? Juan entendía a la gente.

En Construcción de la noche, una biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez en 1993, Onetti dice: “Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña (…) A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales, burguesas, no me gustan. (Dolly) Tiene una enorme vitalidad. Parece haber sido creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo (…) me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”.

En 1954, él publicó Los adioses. No estaba dedicado a su hija, ni a su mujer, ni a Dolly, sino a una poeta uruguaya llamada Idea Vilariño.

***

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba cuatro años de matrimonio, cuatro de relación clandestina con Dolly y acababa de nacer su hija cuando, en 1949, conoció en Montevideo a la poeta uruguaya Idea Vilariño. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”, escribió ella. Empezó, de inmediato, una correspondencia ardiente en ambas direcciones.

—Juan se veía con Idea. Ella estuvo mucho tiempo atrás. Estaba muy enamorada. Pero nunca se casaron, nunca se juntaron del todo. Se peleaban mucho. Por política. Idea era muy politizada. Ella era una gran escritora. Pero yo pienso que sufrió muchísimo por lo de Juan. Muchísimo. Yo la vi varias veces. Ella tenía cartas de Juan y quería publicarlas. Hablamos. Yo creo que él fue el amor de su vida, aunque ella tuvo muchos amores. Era una tipa muy sensible.

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba nueve años de matrimonio, casi diez de relaciones clandestinas con Dolly, cinco con Idea, cuando, en 1954, su mujer lo echó de casa.

—No me lo olvido más. Me llamó un día a la oficina donde yo trabajaba y me dijo: “La holandesa me echó”. Yo estaba sentada sobre el escritorio. No lo podía creer. Yo había juntado dinero para irme a Europa en barco, a visitar a mi tío, y me dijo: “Ahora no te vas”. Y yo le dije: “Sí, me voy igual”. Estuve tres meses. Allá me mandó Los adioses.
—La novela que le dedicó a Idea.
—Si. Tapas amarillas, hermosa. Cuando volví, Juan se había ido a trabajar a Montevideo y yo le tuve que contar a mi padre. Se lo dije en esta cocina. Le dio un puñetazo a la heladera, y me miró y me dijo: “Es demasiado tarde”. Como diciendo: “A ésta no la cambio más”. Me puso la condición de que nos casáramos. Para Juan no había nada más fácil. Siempre se casaba. Nos casamos en una gestoría, vía México. No tenía validez en la Argentina. Te llegaba un telegrama y decía: “Están casados”. Yo recién me casé legalmente con Juan cuando nos fuimos a España.
—Y su amiga, la holandesa, ¿supo que ustedes estaban juntos desde antes?
—Bueno, ella no sabía cuándo había empezado la cosa. Una vez me preguntó, porque seguimos viéndonos. Pero Juan lo pasó muy mal, porque durante muchos años no pudo ver a Litty. Yo después me hice muy amiga de Litty. Vive a pocas cuadras de acá, y tiene nietos, así que me llama para que los compartamos. Pero yo me sentía un poco con cola de paja, porque le había quitado a su padre.

Dolly llegó a Montevideo un día de 1955. Su hermana, que también es modista, le había hecho un vestido especial.

—Blanco, precioso. Lo primero que me dijo Juan fue: “Andá a comprarte un anillo”. Y así fue. Me compré un anillo pour la galerie, como quien dice, y fui aceptada como la esposa de Juan.

Así fue como empezaron los siguientes cuarenta años de la vida con Juan.

***

Es una mañana ardiente de febrero. En Pista Urbana, el bar de Mónica Lacoste en San Telmo, las sillas y las mesas están apiladas contra las paredes. Es actriz, hija de un matrimonio en cuya casa recalaba Onetti cada vez que se separaba de alguna mujer.

—Yo amaba a Juan. Bailaba para él, él me escribía poemas. Mis viejos vivían entre Montevideo y Buenos Aires, y un día llegó Juan a la casa de Montevideo, con Dolly. Yo tenía siete años. Había un patio con claraboya al que daban todas las habitaciones. Y esta joven juguetona me propuso tirar chorritos de agua desde arriba, sobre los comensales que estaban abajo. Dolly para mí fue siempre la jovencita que se animaba a jugar más que yo. En Montevideo andábamos en bicicleta y hacíamos treinta, cuarenta kilómetros. Íbamos al cine. Era de una vitalidad increíble. Hasta el día de hoy, tiene una capacidad de improvisación única. Vos la llamás un sábado a la noche y le decís: “Venite al centro que hay un concierto de tal cosa, o a escuchar poesía”, y ella se toma un colectivo y se viene.

***

En Montevideo, Dolly estudiaba violín y trabajaba como secretaria en diversas empresas, mientras Onetti trabajaba en el periódico Acción. Vivían en un departamento chico y gélido y, por no tener, no tenían ni heladera.

—Me guardaban la comida en el almacén de la esquina. Para que el salón quedara más bonito compré tiras de madera y fui revistiendo las paredes. Pero los clavos que usé no eran fuertes, y las maderas se caían. En el medio de la noche se escuchaba: “¡Pam!” Juan decía: “Se te cayó otra”. Una vez puse cortinas estilo inglés, floreadas. Él las miró y me dijo: “No importa, después me acostumbro y ni las veo”. Pero yo le dije: “No, decime qué cortinas querés”. Y me dijo: “Rojas”. Tenía insomnio. Se dormía a cualquier hora y a la mañana el sol se filtraba por las cortinas. Así que puse cortinas rojas. Pero eran años maravillosos. Juan tenía cantidad de gente amiga, escritores, íbamos a los bares. Era muy sociable. Yo además salía de una especie de ostracismo, de diez años de clandestinidad, y meterme en ese ambiente de literatura, donde todo el mundo quería a Juan y lo admiraba, fue maravilloso.

En 1957, Idea Vilariño publicó un libro titulado Poemas de amor, y lo dedicó, sin tapujos, “A Juan Carlos Onetti”.

—Esos poemas son hermosos. Ése que dice “No te veré morir” es hermoso.

El poema, llamado Ya no será, dice, hacia el final, “No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.” En 1960 Onetti le dedicó a Dolly su libro La cara de la desgracia: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”.

—A mí me gustó. A mi madre no le gustó nada. Pero él me lo explicó. Era como la sorpresa de que un perro podía dar mucha felicidad. Él adoraba a los perros. Pero mi mamá decía: “¿Qué es esto? ¡Vos no sos un perro!” A mí me preguntó si estaba de acuerdo y yo dije que sí. Lo que diga Juan. Es muy original, una muestra de amor. Es simplemente decir cuánto amor puede dar un animal.
—¿Él le decía que la quería?
—No.

Silencio.

—Eso no.

Silencio.

—Era implícito. A mí me decían: “Cómo permitís que tenga otras mujeres”. Yo sentía que Juan tenía un mundo ahí. ¿Y porque estaba casado con su señora esposa no lo iba a tener? Yo muchas veces pienso que no sólo emocionalmente, sino en la cama, tuvo cosas que no podía tener conmigo. Nunca se me ocurrió decirle que no. Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras. Una sola vez tuve celos. Yo era un poco la ninfa, la niña, la pura, y había una chica que era así. No llegaron a tener nada, pero él se enloquecía con ella. Fue la única vez que le dije a una chica: “Es un hombre casado”. Como diciendo: “Buscate otro”. Porque nunca dije eso, a ninguna de ellas, jamás. Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera. Me contaba. Me decía: “Vos sos un brazo mío”. Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, el resto no importaba. Hay un hecho ahí que es la base de nuestra vida. Eso está ahí y es inamovible.

Golpea la mesa con la palma de la mano.

—Eso no se mueve.
—Qué entrega.
—Qué amor.

Aunque hubo otras mujeres, la relación entre Onetti y Vilariño quedó grabada en mármol. En 1961, después de una pelea destemplada —habían pasado juntos varios días de encierro amoroso cuando ella fue convocada por cuestiones políticas y él exigió que se quedara, sin que ella le hiciera caso—, parece haber terminado. Idea registró en su diario que esa misma noche, después de acudir al mitin, fue a verlo. Dolly la hizo pasar, la condujo hasta donde él estaba. Al despedirse, Idea le preguntó a Dolly cómo podía tolerar a otras mujeres y Dolly, según Idea, respondió: “Yo quiero que sea feliz”.

***

Después de un tiempo, Dolly consiguió trabajo como violinista en la orquesta del sodre (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), Onetti un empleo como director de Bibliotecas Municipales, y la agente literaria Carmen Balcells llegó a Montevideo para proponerle ser autor de su agencia, de la que formaban parte García Márquez y Vargas Llosa. Todo marchaba bien, pero empezó a enrarecerse cuando, en 1973, las fuerzas armadas tomaron el poder.

—Yo estudiaba violín con un violinista tupamaro, guerrillero. En un momento se rajó a la Argentina y la mujer se quedó, embarazada y con un chico. La fui a visitar. Llego a la casa y aparece un tipo con un rifle. Yo tenía en la funda del violín unos papelitos de unas ferias que hacían ellos. Juan me había dicho: “Tiralos en el inodoro”. Vieron eso y adiós. Me metieron en el patrullero. Me acuerdo de haber tenido una sensación terrible del libertad perdida. Me metieron en una celda, me tomaron huellas digitales, me insultaron. Pasé cuatro o cinco horas horrorosas. Al final, me largaron. Mientras, la policía había ido a casa. Juan me dijo: “No, vino un viejito que miraba todos los libros, muy simpático”. Yo lo quería matar. Cuando la cosa se ponía brava entraba en una especie de irrealidad. Novelaba todo.

Poco después, cuando pasó tres meses preso, no pudo hacer ese operativo de evasión. Onetti había sido jurado en un premio literario que organizaba la revista Marcha. El premio se otorgó a un relato que la dictadura consideró pornográfico, y, entre un viernes y un lunes, todos los miembros del jurado fueron detenidos.

—Nos habíamos mudado y lo habían ido a buscar al departamento anterior. Menos mal, porque habían ido a las cuatro de la mañana y seguro se lo hubieran llevado encapuchado, y Juan no hubiera sobrevivido a eso. No estaba hecho para cosas difíciles. Todo su mundo era muy cómodo, muy arreglado. El sábado toqué con la orquesta del sodre y pensé: “Si están buscando a Juan, lo único que tienen que hacer es venir y buscarme a mí”. Esa noche toqué Brahms. Brahms siempre me traía mala suerte. El lunes vinieron. De día, gente de civil, con buenos tratos. Y Juan fue, convencido de que lo iban a llevar a declarar y volvía. Yo quise ir con él y no me dejaron. No volvió hasta tres meses después. Lo llevaron a un lugar… Tenía un colchón que era una miseria, no comía, no dormía, se quería ahorcar. Ya era conocido como escritor afuera de Uruguay, entonces hubo una gran presión internacional, así que lo trasladaron a un neuropsiquiátrico. Para otro hubiera sido una aventura, pero para él era una pesadilla.

Salió en mayo de 1974. Antes, el 15 de marzo, fue a visitarlo Idea Vilariño, que esa misma noche escribió un texto en el que describe esa visita que, según dice, comienza con Dolly dejándolos solos: “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’ (…) Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

—Idea fue a verlo al neuropsiquiátrico.
—No, no creo —dice, sin embargo, Dolly.

***

—Hemos tenido alguna charla en la que la he visto llorar y contarme cosas de su intimidad que le hacían mucho daño —dice Mónica Lacoste—. Pero Juan era un tipo de una gran lucidez, una gran ternura. No creo que haya sido la relación entre un egoísta y una sumisa. Y tampoco creo que haya habido mayor crueldad que la que hay en cualquier pareja. En la juventud, cuando la sexualidad está más viva, todas esas cosas son más dolorosas. Cuando uno se pone más veterano, se pone más piadoso o más resentido. La piedad te calma. Yo creo que Dolly optó por la piedad. Y yo la admiro por eso.

***

Apenas después de su liberación, Onetti viajó a Italia y luego a Buenos Aires, para trabajar en la adaptación al cine del relato El Muerto, de Borges.

—Pero cuando estábamos en Buenos Aires me dijo: “Andá a Montevideo, buscá dos valijas y nos vamos a España”. Metí lo que pude. Se quedaron los originales de El Astillero, un montón de cosas. Y nos fuimos.

Era 1975. Félix Grande, Luis Rosales y Juan Ignacio Tena le habían ofrecido ayuda en caso de que quisiera instalarse en Madrid, y se la dieron. Dolly consiguió empleo como violinista en una orquesta que viajaba por España tocando zarzuelas y buscó piso para alquilar. Dio con uno en la Avenida América. Para firmar el contrato le pidieron que fuera “el cabeza de familia”.

—El cabeza de familia estaba en el hotel, leyendo. Yo les decía: “Es que lo llamaron para una conferencia, para esto, para lo otro”. Insistieron tanto que el día que fui a firmar les llevé una foto donde se lo veía con Rosales, Félix Grande. Ellos eran unos próceres allá. Entonces aceptaron que firmara yo.
—Para usted nunca fue una carga ocuparse de todo.
—No. Me encantaba. Era un poco como la madre. Lo defendía de los periodistas. Vino un tipo, pobre, desde Francia, tres veces. Llegaba hasta ahí y Juan decía: “No, no quiero verlo”. Una vez vino Godard, el director de cine. Quería hacer una película con una novela de Juan. Juan dijo “Whisky”. “No”, dijo Godard, “agua”. Lo cual a Juan le cayó fatal. Al final se fue y nunca hicieron nada ¿Vos tenés hijos?
—No.
—Mejor. Yo quería tener. Juan me dijo: “Es justo, te toca”. Hice tratamientos, pero no pude. Menos mal. Me salvé. Hubiera sido un desastre. Hubiera durado uno o dos años más con Juan y chau. Su lema era “¿Por qué no estás conmigo?” Un chico le hubiera quitado su lugar. Él quería que estuviera en la cama leyendo con él. Ésa era su idea de felicidad. Yo no pensaba lo que significa tener un niño berreando en el comedor. Con quién lo iba a dejar cuando tuviera que ir a trabajar. Juan no hubiera cambiado un pañal. Jamás lo hizo.

Poco después, Dolly concursó por una vacante en la Orquesta Sinfónica de Madrid, y la consiguió.

—Fue maravilloso. Había polacos, rusos, argentinos, franceses, ingleses. Estuve 16 años en la orquesta. Viajábamos mucho. Fuimos a Escocia, Suiza, Italia, todo España. Y dejaba la bronca de Juan en casa, porque él no quería que viajara. Igual, yo siempre dejaba a alguien que se ocupara de él.

En las cuestiones domésticas —que a Dolly nunca le interesaron mucho: cuando se mudó a Montevideo ni siquiera sabía cocinar— la ayudaba una mujer española, Paquita, y ella no sólo trabajaba en la orquesta sino que, además, pasaba a máquina los manuscritos de Onetti, que escribía a mano.

—Él lo pasó fatal al principio, porque extrañaba. Yo lo asimilé tan bien que me gusta más Madrid que Buenos Aires. Pero a Juan le costó. Pasó dos años sin poder escribir.
—¿No la afectó el ostracismo de él?
—No. Cuando él escribía yo estaba feliz, porque quería decir que estaba contento. Estaba mal cuando no podía escribir.
—¿Él la admiraba?
—Admiraba mi energía, supongo. Amor no es admirar. Amor es otra cosa.
—Pero usted lo admiraba a él.
—¡Bueno! Obviamente, querida.
—Por eso le pregunto si él la admiraba.
—Me hacía chistes sobre mi violín. Yo estaba un día escuchando una grabación de Yehudi Menuhin y me dice: “Toca mejor que vos, ¿no?” Se divertía. Yo ponía frazadas para que él no me escuchara tocar y pudiera trabajar tranquilo. ¿Tu marido lee lo que vos escribís?
—A veces.
—Juan nunca fue a un concierto mío. Jamás. Había que levantarse para ir, y él no se levantaba.
—¿A usted le molestaba que no fuera?
—Bueno, me dio un poco de tristeza una vez que hicimos un cuarteto de cuerdas, que fue lo más alto que pude llegar, y dimos varios conciertos y no fue. No era nada personal, él no salía. Pero me sentía poco acompañada en mi parte, mientras yo lo acompañé completamente en lo de él.

En 1980 Onetti recibió el Premio Cervantes y el monto del premio, abultado, les permitió comprar el piso de Casa de América y dos oficinas.

—Si hubiera sido por Juan, lo guardábamos todo abajo del colchón. No tenía idea del dinero.

***

—Es fácil decir “Él estaba en cama y Dolly hacía todo” —dice Mónica Lacoste—. Juan era muy vital. Si no, no hubiera soportado a una mujer tan vital. Pero me parece que ella dejó un poco de lado su carrera como música porque sabía que, si se desarrollaba mucho, se iba a independizar de Juan y se iba a ir alejando. Entre ellos hubo un amor incondicional. Fue hasta que la muerte los separa, pero no fue políticamente correcto, y no fue hipócrita. Fue real. Con peleas, con desencuentros, con llantos, con dolor.

***

Lo de la cama, dice Dolly, fue de a poco. Si en las ocasiones en las que viajaron juntos —México, España— ella salía a recorrer mientras él prefería quedarse en el hotel, si llegó a responderle a una periodista que le preguntó qué le parecía Madrid que no tenía idea porque nunca había salido de su casa, sólo en los últimos años lo de vivir y escribir en la cama pasó a ser la única forma posible de vivir y escribir.

—Juan tuvo varias depresiones fuertes. En Madrid tuvo una y todos los días venía un enfermero y le ponía la inyección con el antidepresivo. Todos los días en el mismo lugar. Y se le empezó a hacer un absceso brutal en la pierna. Llamé a varios médicos que ni siquiera lo miraron. Al final, terminamos en ambulancia a la clínica. No me olvido más de ese viaje. Casi se muere. Lo operaron, tenía litros de pus. No sé cómo dejé que llegara a ese punto. Vino el médico y dijo “No garantizo que llegue a mañana”. Fui a mi casa. Me encerré en el dormitorio con la botella de whisky y con nuestra perra Biche. Y aullé. Aullé como un animal. Yo no podría haber aguantado la muerte de Juan entonces. Cuando murió sí, ya era otra cosa. Estaba muy mal. Pero entonces era imposible. Después se recuperó bien, lo llevamos a casa. Pero ya se quedó medio en la cama. Todo por una depresión. Tuvimos una brava en Uruguay. Pero ahí logramos, con su médico personal, llevarle de contrabando un siquiatra. Lo convenció, le dio pastillas, y con eso lo sacó.
—Cuando empezaron a pasar esas cosas ¿usted no pensó “Me metí en una muy difícil”?
—No, para nada. No. Hay un hecho ahí que es… la incondicionalidad. La base de nuestra vida.

Sin cambiar el tono de voz —decidido, enérgico, tajante—, dice “Ya vengo”. Sale del comedor. Se escuchan sus pasos subiendo la escalera y, pocos minutos después, sus pasos bajando y una conversación amortiguada que sostiene con su hermana en la cocina de la que llega una sola frase, nítida: “Ya terminamos”. Cuando vuelve al comedor dice:

—Vení, te muestro la casa.

En el baño de la primera planta, sobre la bañera, el lavatorio, el bidet, el inodoro, hay fotos de gatos de la casa, tomadas por Nessy: sobre el inodoro, la foto de un gato subido al inodoro; sobre el bidet, un gato dentro del bidet. El baño tiene una ventana. Desde allí se ve el patio selvático, repleto de gatos (Tommy, Miranda, Pepino, Baby Cat). En el patio del vecino hay una piscina donde flota lentamente una orca de plástico.

***

A las cinco de la tarde de un domingo, la mesa del patio trasero de las hermanas Muhr está dispuesta para el té: mantel de hilo, tazas de porcelana, tetera, sándwiches de jamón y queso, tostadas. Nessy come trozos de pan integral y cubos de tomate.

—Una vez vi un camión con las vacas amontonadas, pobrecitas, y dejé de comer carne.

Dolly fogonea la conversación, pidiendo que Mónica Lacoste y su marido, el arquitecto Jorge Sábato, cuenten la vez en que la dejaron en un auto sin el freno puesto y el auto empezó a irse cuesta abajo con Dolly en el asiento trasero. Se habla del bar de Mónica, de un viaje que hicieron Dolly y Onetti en tren, desde Santiago hasta Puerto Montt.

—Eran todos escritores. Iban a visitar a Neruda.
—El otro día vimos un documental que contaba cuando la mujer lo pilló con una chica más joven —dice Jorge Sábato.
—¿Con todos esos poemas que le dedicó? —dice Dolly, como si estuviera escuchando un chisme reciente.
—Sí —dice él—. Él se enamoró de una chica más joven.
—Cuándo no. Hombres —dice Dolly.
—Lo abandonaron ambas —dice Jorge.
—Pobrecito —dice Dolly—. Habrá estado fatal. Se le cae el país, la mujer. Todo.

***

—Vení, Nessy está tocando.

Son las dos de la tarde de un miércoles. Dolly nunca duerme la siesta porque se acuesta muy tarde, mirando documentales o la televisión española o leyendo, y no se despierta temprano. Desde la sala de música llega el sonido del piano, potente como un animal. Apenas escucha que se abre la puerta, Nessy se interrumpe. Dolly se instala en un sofá, como si fuera a quedarse ahí toda la tarde.

—Entrevistala a ella, que tiene una vida más interesante que la mía. Es una compositora genial —dice.
—Ella es Géminis, como te habrás dado cuenta —dice Nessy—. Le interesa la gente. Ella te entrevista a vos.
—“Onetti me aburre”, decía Juan. Cuando venían con “¿Usted por qué escribe?”, ya empezaba a preguntarles a ellos o a ellas. Sobre todo si eran bonitas.
—¿Usted cómo se llevaba con Onetti, Nessy?
—Bueno, un día me tiro un gato en la cara.

Dolly da un respingo, sorprendida:

—¿Un gato?
—Sí. No sé. Estaría de la mal humor.
—No, le gustaba hacer cosas raras, un poco surrealistas. Una vez a una sobrina le rompió un huevo crudo en el pelo. La chica lloraba y Juan le dijo “Es bueno para el pelo”.
—¿Usted extrañaba a su hermana, Nessy, cuando ella se fue a Montevideo?
—Otra pregunta tonta —dice Dolly, riéndose.
—La contestación —dice Nessy, impostando el papel de buena alumna— es “Sí, por supuesto”. Cuando se fue, la casa estaba un poco más ordenada.
—Ella es obsesivamente ordenada y yo soy lo opuesto.
—En medio del desorden no puedo concentrarme —dice Nessy—. En cambio ella, cuanto más desarreglo, mejor. Ahora puso la mesa con un mantel lindo para vos. Le digo “Ojalá la mesa estuviera así siempre”. Hasta plata tirada deja.
—¿No tocan juntas?
—No —dice Nessy—. Ya no es tiempo. Eso ya pasó.
—Ella dice que yo desafino —dice Dolly, divertida—. De chicas tocábamos con papá, hasta que ella nos echó a los dos. Vení, vamos al comedor, así dejamos tranquila a Nessy.

Mientras camina hacia el comedor, dice que dejó el violín después de irse de la orquesta.

—Violín solo no se puede. Pero ahora estoy estudiando composición. Uso eso.

“Eso” es el piano vertical que está en el comedor y que señala sin desprecio, como quien señala respetuosamente una herramienta.

—Estudiar composición para mí es como leer. Placer puro. Ahora estoy leyendo a Joyce Cary. ¿Sabés quién es?
—El irlandés.
—Sí, a Juan le encantaba. Yo aprendí literatura con Juan. Leíamos muchísimo juntos. Era como ir a la universidad. Una de las primeras conversaciones que tuvimos con Juan fue sobre la novela de Romain Rolland que te conté. Aunque en casa se leía mucho. Mis padres nos regalaban cajas de libros. Pero Juan ya había leído todo. Yo le conseguía libros. Tanto en Uruguay como en Madrid yo iba con una canasta a las librerías de segunda mano y las llenaba. Una vez en Uruguay, en plena dictadura, yo iba con una canasta llena y me paran en la calle. “¿Dónde va con esos libros?” Me revisaron todo. Había que comprarle toneladas, mantenerlo alimentado. Qué raro lo que dijo Nessy del gato.
—Bueno, a lo mejor….
—Ella es muy sensible, muy nerviosa. Como mi madre. Era histérica. Cuando murió mi abuela fue horrible, porque tenía un coágulo en el pulmón. Estuvimos casi nueve horas sentados afuera, porque al lado de ella era imposible, el ruido que hacía el pulmón al respirar era tremendo. Me acuerdo que lo llamé a Juan desde una confitería. Le dije “Se está muriendo”. Y me dijo “Sí, la gente se muere”. Mi madre se volvió loca cuando murió. Gritaba “Je ne veux pas, je ne veux pas! No quiero, no quiero”.
—¿Juan era protector con usted?
—No necesitaba. Yo no necesitaba.

Sobre la mesa hay un libro, llamado Confesiones de Santa Marta. Publicado para recordar los cien años del nacimiento de Onetti, contiene fotos, reproducciones de manuscritos. Dolly pasa las páginas mientras explica: éste es Juan peleándose con su hermanito por un caballo de madera, éste es Juan jugando con globos, éste es Juan apuntándome con una pistola de juguete. Sólo hay tres fotos suyas con Onetti: una, tomada en Xalapa en 1980; otra en la que él está de perfil y ella, detrás, de espaldas y fuera de foco, toca el violín. En la última, Onetti, con traje y cortaba, mira a cámara. A la altura de su hombro la cabeza de Dolly: el rostro suave de la juventud, los ojos de enigmáticos párpados adormecidos, la boca mórbida. Parece hipnotizada, un rostro perfecto mirando sin ver. Onetti, la mano abierta sobre la frente, le aferra la cabeza como si estuviera despegada del cuerpo, como si esa cabeza fuera suya.

—Acá está con Galeano, cuando tenía pelo. Era un churro bárbaro. Y Benedetti. Un pan, pobrecito. Y mirá a Cortázar, con el gorro. Qué guapo era. Guapísimo.

En el libro aparecen Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Ella no dice Mario, Juan, Gabo, sino sus nombres completos o sus apellidos, con un respeto extraño, distante, disciplinado.

—Ésta es Idea.

Posa un dedo sobre la foto de Onetti con Idea Vilariño, tomada en Madrid. En la foto, ella apoya las manos sobre los hombros de él y él mira a cámara —a Dolly— con una expresión indescifrable: pícara, excitada.

—¿La sacó usted?
—Claro. Ella fue a visitarlo en 1993, por ahí. Y otra muchacha que hacía años que estaba con él, también. Me daban pena, porque realmente Juan enganchaba para toda una vida. Supongo que tendrían esperanzas de que él me dejara. Claro. Siempre hay esperanza, ¿no? Yo la tuve.
—Idea le quitó la dedicatoria a Poemas de amor cuando volvió a editar el libro.
—No ¿Quién te dijo eso? No creo. Ella estaba muy orgullosa de su relación con Juan.

***

—Él era súper dependiente —dice Mónica Lacoste—. Yo recuerdo el grito de Juan: “¡Doollyyy!” Y Dolly salía corriendo. Era su forma de necesitarla, de celarla.
—¿Había algo de Juan que la sacara de quicio?
—Que ella lo cuidara tanto y él desbaratara ese cuidado. Era inevitable que bebiera, pero que bebiera más de la cuenta. Que prometiera que iba a comer antes de beber y que no lo hiciera. Yo creo que él vivió muchos años más gracias a sus cuidados.

***

Onetti, finalmente, murió en Madrid, en 1994. Más de veinte años atrás.

—Él tenía divertículos. Murió de eso. Tendría que haber hecho una dieta, que nunca hizo. Por ahí comía un helado de Häagen-Dazs a las cuatro de la mañana, eso le encantaba. Al final estaba que no tenía fuerzas ni para fumar.
—¿Falleció en la casa?
—Internado. Lo tuve que llevar porque estaba perdiendo sangre. Lo internaron varias veces por ese problema, y la última vez no salió.
—¿Usted estaba con él?
—Sí.

Dolly permaneció dos años más en la orquesta sinfónica, hasta que la obligaron a jubilarse por la edad.

—Fue como un segundo abandono. Lloré tanto cuando me dijeron.
—¿Y entonces?
—Y entonces empecé a ir al psicoanalista. Un tipo fantástico. Empecé a anotar los sueños, a descubrir toda una relación edípica con mi padre. Fue fabuloso.

En 2007, donó el archivo personal de Onetti a la Biblioteca Nacional de Uruguay.

—Mis amigos me decían “Lo hubieras vendido a una universidad americana y te pagaban una fortuna”. Pero Juan era anti norteamericano. ¿Por qué les iba a regalar eso? ¿Por plata? No. Después, no sé, no me acuerdo bien cómo fue, pero me vine para acá, y empecé a quedarme cada vez más tiempo. Bueno, ahora porque me caí, también. En Salamanca, una noche de verano hermosísima. Salamanca es preciosa. ¿Conocés España?
—Sí.
—Ah, qué bien. Es el país de la guitarra. Vos tendrías que volver a tocar. Buscate un profe.
—Y en un momento dejó el departamento de allá.
—Sí. En un momento también dejé el departamento de la Avenida América. Era como vivir en el pasado, pero sin Juan.

Dos argentinos, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ayudaron a embalar, a comprar muebles de Ikea para reemplazar los originales que, en parte, se llevaron ellos. Ambos viven en España desde 2002 y tienen, en Madrid, algo llamado Museo del Escritor: objetos —más de 5,000— de Cortázar, Borges, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, y la biblioteca completa de Onetti, sus muebles, sus anteojos.

—Los chicos son fantásticos. Se apoderaron de la biblioteca de Juan, íntegra. No tiran nada. Un día fui y les dije “Quiero ese libro para volver a leerlo”, y me dijeron “No, yo te compro uno nuevo, pero ése no lo toques”. El piso de Avenida América lo alquilé, primero temporalmente. Pero un día tuve que ir a Madrid, el piso estaba alquilado y los chicos me dijeron: “¿Por qué no venís a casa?” Me sentí cómoda y ahora, cuando voy, me quedo en casa de ellos. A Claudio le firmé un poder total. Puede venderme a mí si quiere. Ellos tienen una campana que era de Juan. Juan le había puesto una leyenda: “No contesto preguntas tontas”. La tenía siempre al lado.
—¿Para qué la usaba?
—Para llamarme a mí.

Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.

Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.
—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.
—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.

Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

Para llegar a una de las últimas casas que está construyendo el arquitecto Simón Vélez hay que tomar una carretera que sale de Bogotá y descender por las crestas de la cordillera de los Andes hacia el ardiente valle del río Magdalena. La vía atraviesa pueblitos tropicales y paradores repentinos que subsisten vendiendo mandarinas y flotadores. Vallas de todos los tamaños ofrecen felicidad y descanso en nuevos condominios y casas con piscina. A mitad una recta inverosímil entre tantas montañas hay que tomar un discreto desvío y, si se tienen las credenciales, superar dos retenes dónde policías con fusiles M-16, lanzagranadas y botas militares custodian una estrecha y polvorienta carretera flanqueada por samanes y acacias florecidas.

—Buenos días don Alberto —dice con certeza uno de los policías y da una rápida ojeada al interior del carro, un Honda último modelo y vidrios opacos.
— Buen día —responde Simón, sin ganas de entrar en aclaraciones—. Vengo a la obra.

Simón se presta para confusiones. Siempre lleva puesto el mismo desaliño de pantalones un poco escurridos, botines a medio amarrar, la camisa medio adentro o medio afuera, eso sí siempre un poco a medio planchar. “Para mi toda la vida ha sido muy importante andar mal vestido, es mi manera de decir que no soy empleado de nadie”, me dijo. El policía hace una seña y da paso sin sospechar que ese hombre que hoy no se rasuró y parece el último pasajero en bajar de un vuelo nocturno es una estrella de la arquitectura alternativa que convirtió la guadua —un bambú que crece como maleza en la zona cafetera colombiana— en motor de una revolución constructiva y estética.

“Simón se inventó lo que hace”, me explicó Benjamín Villegas, uno de los primeros editores que se fijó en su obra y publicó un libro que recoge buena parte de los usos de la guadua en la cultura colombiana. “Es un tipo absolutamente original y novedoso. Su obra va a trascender”, me dijo. Desde la época precolombina y hasta Simón Vélez, la guadua tuvo usos prosaicos: cercas, ductos, ranchos efímeros, materas y esqueleto invisible en muros de tierra pisada o bahareque. La guadua era, en esencia, la materia prima de la pobreza. La razón es simple: abunda, resiste, es liviana y muy barata, cuando no gratuita pues brota en cañadas y lotes abandonados. La guadua colombiana puede llegar a crecer hasta 12 centímetros al día y es tan intrínseca al paisaje de las montañas templadas que hay hoteles, restaurantes, condominios, parques y hasta una famosa canción en ritmo de guabina que se llama “Los guaduales” y el cantante se pregunta “¿Por qué lloran?” Hace diez años, el Ministerio de agricultura estimaba que en el país había 60 mil hectáreas de guadua, casi toda silvestre.

En la obra de Simón Vélez la guadua adquirió, de repente, una majestuosidad de catedral. Desnuda y rolliza, sostiene imponentes domos que parecen caparazones de tortugas gigantes o cubiertas flotantes que a veces recuerdan el casco invertido de un trasatlántico, un abanico extendido o un paraguas abierto. Casi siempre las completa con teja artesanal en barro o a veces con pasto. “Yo como arquitecto no hago cubos, yo soy de otra religión”, dice Simón. “Yo hago techos.”

Simón redescubrió las posibilidades constructivas de la guadua, un pasto gigante y prehistórico, a través de un invento casi accidental que tiene la simpleza distintiva de lo genial: inyectó concreto en los canutos —los vacíos internos de las varas— para darle solidez a las junturas, y reemplazó la uniones de las varas que la gente solía hacer con lazos de fibras naturales o muescas, por pernos y tuercas en hierro. “La relación de peso y resistencia es la mejor en el mundo”, asegura Simón. “Cualquier cosa construida en acero, yo la puedo hacer en bambú más rápido y más barato.”

En la obra de Simón la tecnología de punta corre por cuenta de la naturaleza. Él bautizó a la guadua como “el acero vegetal”. Su destreza está en la confección. “En países pobres la mano de obra es muy hábil porque la gente depende de sus manos para vivir. Cuando un país se hace rico, los obreros pierden su habilidad y pasan a manejar máquinas”, dijo hace poco en una conferencia en la escuela de arquitectura de Cooper Union en Nueva York. “Yo puedo hacer las casas que hago sin necesidad de electricidad, todo a mano, con un cincel, un martillo y un serrucho.”

Por eso, sus obreros son los únicos herederos de su escuela, verdaderos depositarios de esa sabiduría rústica e intransferible por una vía diferente a la práctica. Sin embargo cada vez resuenan más ecos de su obra en manos de admiradores juiciosos y también de imitadores mediocres. Ambas escuelas lo tienen sin cuidado.

Descendemos unos trescientos metros por la falda de una montaña hasta toparnos con el segundo retén. Una agradable brisa mueve las ramas de tecas rectas y fornidos cauchos. Simón se quita su infaltable sombrero blanco de paja y me dice que está cansado de los viajes. Su reciente fama le impone ir de un lado a otro: obras en China o Brasil, conferencias en MIT o talleres en el Vitra Museum o el Centro Pompidou. Puede estar un día tomando café con el arquitecto Glenn Murcutt, premio Pritzker, y al otro alzando una copa de vino con Mick Jagger en un yate del coleccionista de arte Jean Pigozzi en una bahía de Panamá. O comiendo con su colega Shigeru Ban, famoso por sus estructuras en papel y cartón, y terminar haciéndose juntos una foto, sonrientes. Con tantos viajes puede incluso dejar plantada, sin querer, a Martha Stewart, la gurú estadounidense de la decoración de interiores por televisión que una vez fue a buscarlo a su casa pero, como Simón no estaba, se resignó —como los turistas en los museos de cera— a hacerse una foto junto a un retrato suyo desnudo y en tamaño natural que cuelga en una de las paredes de su casa. (El cuadro es un dibujo hecho y dedicado por el fallecido pintor colombiano Luis Caballero.)

—¿Placa del vehículo? —pregunta el policía que emerge de entre la vegetación como una lagartija.
—Este carro es robado, entonces no me la sé —responde Simón.

Es verdad que el carro no es de él aunque le toque hacer creer que sí, como es verdad que no todas sus casas las custodian hombres armados. Pero casi todas son infranqueables: las protege el cerrojo del silencio. De casi ninguna hay fotos excepto las que él mismo muestra en conferencias en las que nunca menciona al dueño y siempre identifica con la misma vaguedad: “Casa en las montañas de Colombia”. ¿Por qué? Al redefinir las posibilidades de la guadua, Simón redefinió también su tradicional clientela. Sin excepción, sus clientes son muy ricos o muy poderosos, y casi siempre ambas cosas. “Habría que hablar con ellos”, me dijo cuando le pregunté si podía acompañarlo a visitar alguna de las casas que está haciendo. “Los ricos son muy ariscos”, dijo.

El dinero y el poder son invisibles y Simón es de esos arquitectos que saben darle forma y presencia a esa mezcla casi siempre inevitable de los dos. En sus casas y bajo sus espléndidos techos duermen los dueños de muchas de las grandes fortunas de América Latina y también algunas de otros rincones del mundo. Casi todos cuidan con celo su privacidad, unos por pudor, otros por temor.

Por eso, los pocos artículos sobre él y su trabajo se limitan a repetir las mismas imágenes de ensueño: un hotel de lujo en Guangdong, China; un iglesia efímera en Pereira que luego replicó cerca de Cartagena como templo sin religión; un puente peatonal en Bogotá; un pabellón para India en Expo Shanghái; otro para la exposición mundial de Hannover, la primera construcción en bambú que logró un permiso de construcción en Alemania; y un salón de exposiciones que ocupaba la mitad del Zócalo en la Ciudad de México.

Esas pocas obras —monumentales, públicas y de una belleza inédita— han sido suficientes para que su trabajo le haya dado la vuelta al mundo. El salón del Zócalo, una nave en guadua de 5 mil metros cuadrados para alojar un proyecto itinerante del artista canadiense Gregory Colbert, es la estructura en bambú más grande que se ha construido jamás. El pabellón de Hannover fue el más popular de la exposición, con más de 6 millones de visitantes. Lograrlo no fue fácil: Simón tuvo que construir primero un prototipo a escala en Colombia para que los inspectores alemanes hicieran las pruebas de carga.

Por esos trabajos, y otros, recibió distinciones de la American Society of Landscape Architects y, en 2009, el premio Príncipe Claus de Holanda, que destacó su contribución a la arquitectura contemporánea por “la combinación de innovación científica y principios estéticos”. Nunca ha ganado un premio de arquitectura en Colombia, tampoco de ingeniería, y sin embargo el capítulo sobre guadua en el código de construcción de Colombia está hecho a la medida de su obra.

Superado el control de la policía, avanzamos entre el bosque hasta donde se asoma por fin, al filo de un precipicio, un gigantesco óvalo de concreto rodeado de andamios, vigas y hierros despelucados. Es, por ahora, el imponente esqueleto de una mansión de 8 cuartos, sala de cine climatizada con silletería de teatro y una amplia piscina que, una vez terminada, parecerá flotar sobre el abismo. La planta de la casa, con un salón central y dos alas laterales, está inspirada, según Simón, en una villa de Andrea Palladio, el gran arquitecto de la Venecia del siglo xvi que construyó palacios e iglesias pero brilló más por las casas de veraneo para la opulenta aristocracia del Renacimiento. Aquí, en plena cordillera de los Andes, la villa palladiana tendrá su pequeño renacimiento tropical. La cúpula del techo no tendrá estuco ni frescos de ángeles, sino varas rollizas de guadua desnuda y expuesta.

Desde las bases de la futura mansión la vista se abre a un paisaje que parece un lienzo secándose al aire libre: las montañas azuladas por la bruma forman un cañón profundísimo que desaparece en el horizonte. Abajo escurre un hilo blanco, el espumoso río Bogotá que a esta altura arrastra ya toda la descarga inmunda de la ciudad. Los gavilanes flotan sin esfuerzo con las alas extendidas sobre el aire tibio. Un helicóptero militar surca el cielo, tan lejos que parece parte de una película muda.

En tierra, con el calor encima, una docena de obreros trabajan sin descanso; cortan varillas, alistan una mezcla de concreto, toman medidas. Uno de ellos, refugiado en un toldo de lona verde, revisa cuentas y recibos en una empolvada laptop por la que, al cabo de dos años, cuando finalice la obra, habrán quedado registradas minucias que sumarán varios millones de dólares. Sin perder tiempo, Simón pasa revista a una cuadrilla que, con poleas y arneses, elevan a la cúspide de lo que será el salón principal un gigantesco anillo en hierro que sostendrá el techo en guadua.

“Simón es un arquitecto de hacer y con una dimensión constructora escasa en Colombia; todos sus desplantes a la teoría son porque mira la arquitectura desde la construcción y por eso le molesta la afectación teórica”, explica Silvia Arango, profesora de la Universidad Nacional y autora de Historia de la Arquitectura en Colombia. “Él tiene una idea tectónica de la arquitectura.” Simón, dice Arango, piensa como ingeniero y dibuja como arquitecto, una combinación escasa hoy día, cuando rige la disociación entre el diseño y la estructura.

Encorvado sobre un plano desplegado en un tablón del campamento, Simón revisa los avances de la obra. “Estas columnas hay que hacerlas un poco más anchas”, le explica al maestro de obra mientras corrige el plano con un lápiz rojo de carpintero. “Ojo, que eso no vaya a quedar como está ahí.” El recorrido continúa, Simón pregunta, el maestro responde. Simón corrige, el maestro asiente. Simón piensa con las manos y quizá por eso cuando piensa con la cabeza tiende a distraerlas haciendo malabares compulsivos con lo que tenga disponible, por lo general un lápiz —lo toma por la punta y lo hace girar como una hélice hasta que vuelve de nuevo a su lugar— o su teléfono —pendulando en una pinza entre índice y pulgar.

“Mientras Simón va construyendo va diseñando”, me había advertido Carlos Ballen, un arquitecto que empezó su carrera bajo la sombra de Simón, hoy tiene su propia firma y dice admirarlo. “Puede tumbar muros o simplemente agrandar la casa mientras la va haciendo.” Para algunos clientes ése es el precio de trabajar con un artista genial, repentino y caprichoso, para otros es el sobrecosto de contratar a un arquitecto que dibuja a mano en servilletas, recibos de restaurante y no se ocupa de las cuentas.

“El que necesita un presupuesto es porque no tiene la plata”, me había dicho Simón mientras conducía por las curvas de la carretera que lleva a la obra. Esa libertad resulta muy conveniente para alguien que ve la realidad casi como un retén infame a la imaginación. Una vez Simón diseñó una casa pero no cabía en el lote del cliente. En vez de revisar su diseño, contó Ballen, llegó a convencerlo que lo mejor era comprar el lote vecino. (Finalmente, el cliente recapacitó y Simón tuvo que resignarse a hacer la casa más pequeña.)

Una vez el anillo esté suspendido, Simón empezará a sujetar la varas de guadua en el techo. Por lo pronto están arrumadas en un rincón de la obra, con algunas raíces retorcidas que parecen un tubérculo gigante y algunos palos de mangle, una madera durísima que crece en las ciénagas de las costas colombianas. “La guadua la tengo que traer del Quindío”, dice Simón, quien ha librado una incansable batalla con las autoridades para que permitan su explotación. “Para cortarla tuve que hablar con el ministro de Ambiente, ¡con el ministro!”, alega y explica que por ser una planta nativa, las autoridades ambientales prohíben su corte. Una prohibición, como tantas, por las que Simón pasa por encima a diario. “Es el único cultivo ilícito que no necesitamos pedirle permiso a los gringos para legalizarlo”, me dice mientras juega al péndulo con su teléfono. “Por eso para mis obras yo no puedo comprar en la cadena de la construcción, sino en la cadena de la corrupción.”

A la apoteosis de sus obras no sólo se le suma conseguir la guadua (con o sin permiso) sino, a veces, llevarla hasta su destino. Para la obra en el Zócalo llenó 27 contenedores con 9 mil varas de guadua de diez metros de largo. Los trámites de aduana tomaron dos meses, más que lo que le tomó levantar el edificio a una cuadrilla de obreros que llevo desde Colombia. Pero lo más áspero estaba por venir: al arribar al puerto de Manzanillo, la policía mexicana, inquieta por una carga inusual y hueca, puso a olfatear a sus perros. La guadua estaba limpia, pero casualmente, en un alijo vecino la policía terminó dando un golpe histórico: casi 24 toneladas de cocaína pura, más de lo que se incautó en los seis años del gobierno de Vicente Fox. El valor del cargamento, oculto en láminas para pisos, se estimó en 400 millones de dólares, hasta hoy la mayor incautación de droga del mundo en una sola operación. Hace poco sucedió lo mismo en un contenedor que envió a Francia vía el puerto de Le Havre. No serían éstas las únicas veces que en su vida, por accidente, coca y guadua se encontraron.

De regreso al carro, Simón aprovecha para tomar un desvío por un sendero tapizado de hojas que crujen como galletas. “Me voy a echar una meada”, dice entredientes. Yo aprovecho para darle un vistazo al otro atractivo secreto de la casa: a escasos cien metros, al otro lado de un muro de piedra, sobresale una construcción blanca que resplandece bajo el sol del mediodía. Es la nueva casa de descanso de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia.

Me volteo y veo que con una mano Simón sigue rociando el bosque y con la otra sostiene una llamada. Parece agitado por la conversación. Al subir al carro le pregunto:
—¿Le estresa venir a las obras?
—No —dice al tiempo que dejamos la obra y se despide de la guardia levantando la mano como si lo que va a decir lo estuviera jurando ante un tribunal—. Me estresa más no venir.

Simón Vélez ha hecho su brillante obra como ha hecho todo en su vida: brincándose las reglas; no importa si están escritas o hacen parte de las “buenas costumbres”. Se desmarcó del letárgico aburrimiento de la arquitectura colombiana, reformó a su gusto las inflexibles normas de un país de ingenieros y leguleyos, y le dio, a su forma, lecciones de realidad a los planificadores urbanos y a las autoridades ambientales. Su casi patológica atracción por lo prohibido y lo indecible lo hace un hábil y solícito provocador social: saca sus credenciales de ultraconservador entre sus amigos hippies de noches bohemias y las de libertino desabrochado entre sus amigos de corbata, maletín de clave y torneos de golf. Aunque conoce de abolengos, le torció el pescuezo a los modales y la etiqueta por lo que transgrede con naturalidad el férreo clacismo colombiano. Incluso lo que para algunos es dictum de la naturaleza —la idea de familia o de sexualidad— le parece postizo: tiene una perra que se llama Río y un perro que se llama Miel. Le gusta ser el avis rara donde va y más que eso, le saca provecho: su manera única de no pertenecer a nada lo hace bienvenido en todas partes, desde una fiesta de actores de telenovela hasta una opaca conspiración política. La mayoría de las reglas las ha brincado a plena luz del día, otras veces lo ha tenido que hacer de noche y a hurtadillas.

Una mañana soleada a comienzo de este año lo acompañé a una obra que está haciendo en La Candelaria, el distrito histórico de Bogotá. Lo que pensé que sería un recorrido pedagógico se volvió una operación clandestina.

—Don Simón, vinieron de la alcaldía —fue el recibimiento de uno de los obreros.
—¿Y qué dijeron? —preguntó inquieto, mientras nos colábamos por la puerta entreabierta.
—Nada, no les abrimos.

Adentro, una cuadrilla de obreros trabajaban en una vieja casona colonial. Simón le quitó parte del techo en teja española y lo reemplazó por una marquesina en vidrio y varilla corrugada, insertó un mezzanine y habilitó un patio como huerta y terraza.

—Si saben que yo soy el arquitecto me paran la obra —me dijo, quitándose el sombrero—. Me detestan —remató.

“Simón tiene más admiradores de los que le gustaría tener; él preferiría tenerlos de enemigos”, me dijo, una tarde, el pintor Genaro Mejía, uno de sus mejores amigos. “Le fascina pelear.” Pelea con los vecinos y sus ruidosas fiestas, a los que fustiga con piedras que lanza desde su balcón, con las esposas de los clientes (“Las mujeres ri-
cas creen que uno es el empleado”), con los contratistas incumplidos, con los obre-
ros cuando le mienten, con los policías indolentes y con todo el que se le atraviese y le dé un buen pretexto, incluidos los inspectores de la alcaldía de su barrio.

Si algún día los historiadores de la arquitectura desempolvan sus planos y licencias en las oficinas públicas encontrarán impecables dibujos a computadora que poco o nada se parecen a la obra real. Muchos ni siquiera llevan su firma. Para él los permisos son un cortapisa inútil y por eso ha aprendido a brincarlos supliendo a los funcionarios con versiones insípidas, pero en regla, de lo que tiene en mente. 
A veces, ni siquiera se molesta en timarlos y construye sin permiso.

La única versión ajustada a sus obras está en decenas de cuadernos cuadriculados Clairefontaine que reposan en un estante de su estudio. “Puedo borrar y borrar y no se daña —dice sobre su preferencia por el papel francés—, además el trazo del lápiz no me destempla los dientes.” Esas páginas son la bitácora más fiel de sus jornadas de trabajo: planos, dibujos y diagramas a mano alzada de una simetría temblorosa. Cientos de líneas se sobreponen o se cruzan y van formando extraños diseños que parecen, a veces, elaboradas telarañas y a veces los esqueletos de animales prehistóricos. De pronto, en una página cualquiera, un boceto casual de un rostro humano, una suma a lápiz, una anotación ilegible y manchas, muchas manchas de café.

Al terminar la visita, salimos de la obra rápido pero sin aspavientos, como si hubiéramos comprado drogas o pagado un soborno. Recordé lo que me había dicho antes de salir, el teléfono pendulando entre sus dedos ansiosos: “Como aquí todo está prohibido éste es el paraíso de los anarquistas como yo. Vivo muy orgulloso de trabajar siempre ilícitamente. Me daría vergüenza contar con la bendición del establecimiento para hacer lo que hago”.

De vuelta a su casa, desde uno de los ventanales donde se ven las cúpulas de las iglesias coloniales del centro de Bogotá, me señaló el penthouse de uno de los pocos edificios de la zona. “Ésa es la obra de la que estoy más orgulloso porque la hice sin licencia y a cien metros de la alcaldía.” Es un espacio de 600 metros cuadrados con una vista inédita de la ciudad y a los cerros que la rodean. “Usted está muy viejo y muy rico —me contó Simón que le había dicho a un amigo, un abogado rico que lo compró—, cierre los ojos y yo le hago una vaina de la que no se va a arrepentir. 
Y cerró los ojos.” La obra fue una verdadera provocación a la autoridad: tuvo que bajar por la fachada toneladas de escombros de muros y columnas que echó abajo. Con las mismas poleas subió los muebles, incluida una mesa de billar.

Simón Vélez vive en La Candelaria, un barrio de casonas coloniales y faroles mortecinos donde los residentes saludan cordialmente a los ladronzuelos de ocasión y se dejan extorsionar con cierta alegría por los mendigos que duermen acurrucados en los porches de sus casas. “Me gusta vivir aquí porque es como un pueblito —dice Simón— aunque es peligroso.” Está a tiro de piedra del Congreso de la República, el Palacio de Justicia, la casa presidencial, y rodeado de conventos, tugurios y zonas de tolerancia.

Esa ciudad queda borrada de un golpe cuando uno timbra en el citófono blindado de su casa y el dedo de una voz femenina activa un interruptor eléctrico que abre remotamente una pesada puerta en hierro, azotada por el grafiti y los orines. Para llegar a su casa, falta remontar un húmedo y estrecho camellón de piedra flanqueado por zarcillejos, chusques y palmas.

“Yo no soy urbanista sino aldeísta”, me dijo Simón mientras tomábamos café en el comedor de madera de su casa. “Aquí hacemos ciudades dormitorio: la gente tiene un sitio para dormir, otro para trabajar y otro para divertirse o comprar. En la aldea está todo.” Su casa, que no es una sino cinco casas dispares rodeadas de jardines, pasadizos y estanques, es el discurso puesto en práctica: allí duerme, trabaja, se divierte y comparte una vida ancha, que no se sabe si es de condominio o comuna, con sus hijas, yernos, nueras y nietos, el pintor Genaro, dos perros, cinco gatos, la servidumbre y una población flotante de practicantes —siempre mujeres— que se ocupan de todo lo que tiene que ver con la computadora.

Simón duerme en una cama sostenida por raíces de guadua, bajo un lienzo abstracto de Carlos Jacanamijoy, artista indígena y uno de sus clientes. A su cuarto se llega por una estrecha escalera de caracol, incómoda como la de un submarino. Para acceder a su casa hay que subir una vertiginosa escalera con las barandas muy bajas que algunos visitantes se resisten a subir. En su estudio, de un desorden de naufragio, el techo es demasiado bajo. El sanitario está tan cerca del lavamanos que toca usarlo de lado.

“La gran obra de Simón es su casa”, me dijo una vez un arquitecto que no se refería, por supuesto, a esos inexplicables detalles, sino a que allí está condensada su evolución como arquitecto. En pie subsiste la primera cabaña hecha en madera de sapán, modesta y con aires de casita en el árbol, que levantó hace 40 años cuando era apenas un estudiante de arquitectura en la Universidad de los Andes. “Es un mueble habitable”, dice él. Y justo al lado, su último capricho, un torreón en concreto, escalera en hierro y columnas de piedra que rescató de una demolición. “No”, me dice con sonrisa pícara cuando le señalo que parece otro homenaje a Palladio. “Ésta sí es pura arquitectura greco-quimbaya.”

“Simón parece un niño jugando con piedras: las quita y las pone”, dice Mejía, testigo de cómo Simón ha ido juntando retazos de inquilinatos en demolición y piedras talladas que algunos indigentes que viven del rebusque le llevan a su puerta. Un juego que bien puede ser una prolongación de su infancia en Manizales, una ciudad que uno de sus amigos me describió como “un guadual urbanizado”. Allí Simón creció en una casa estilo Bauhaus hecha por su padre, un ingeniero que sacó un grado de arquitecto en Estados Unidos. Las vacaciones eran en la hacienda de su abuelo, en el Valle del Cauca, una de las tierras más ricas del suroccidente de Colombia. Eso le dio un cierto gusto por la vida rural que completó heredándole a su madre la vocación de jardinera y casi nada de su legendaria elegancia.

Aunque no se graduó con sus compañeros de Los Andes, en todos dejó el mismo recuerdo: el de un gran dibujante, siempre haciendo piruetas con un lápiz en la mano, conquistador y mujeriego, y de un conservadurismo insospechado para ser hijo de la generación de Woodstock y la estridente guitarra de Jimi Hendrix. El oía Bach y disolvía manifestaciones a punta de voladores que disparaba como misiles contra la multitud. “Siempre fui anticomunista, y lo sigo siendo”, dice.

Su casa es no sólo un monumento a su arquitectura sino a un estilo de vida que desprecia, por regla, las pautas y los límites. “La casa viola toda la norma urbanísticas del barrio pero es lo mas cercano que he visto a su espíritu”, dijo una vez un inspector que, según recuerda Mejía, visitó los predios. Además de las normas arquitectónicas, su casa también viola las del tesoro público. Desde hace años Simón no paga los impuestos, una obligación que empezó a subsanar, por primera vez y a regañadientes, hace muy poco.

La desobediencia civil de Simón tiene tanto de convicción rebelde como de procaz economía. Una mezcla que revuelve hábilmente la filosofía política de Thoreau y San Dimas. En todo caso para brincarse las normas y evadir las consecuencias hay que estar muy bien rodeado; y en ocasiones también muy mal rodeado. Simón se mueve con una destreza inesperada en el mundo de la política, con amigos y conocidos de toda pelambre. Esa habilidad es una derivación de su buen olfato para los negocios y una vocación natural para la vida social. Simón es un intruso en el jet-set y su casa es sede de fiestas memorables: actrices, presentadoras de tv, periodistas, políticos, empresarios y cantantes pueden perderse por los senderos de su jardín y gozar de la inmunidad que a veces se les niega afuera.

“Me gusta la política, creo en la política y soy muy activo”, me dijo una tarde que paseábamos por su jardín, me mostraba un bambú negro y otro que le regaló el jardinero del emperador japonés. Entre sus plantas, Simón puede pasar del modo ensimismado al modo locuaz en una fracción de segundo y soltar a la vez fogonazos de inteligencia o frases prefabricadas que repite una y otra vez, como un guión aprendido de sí mismo. “Si no mandan los políticos, mandan los policías o los curas y eso es peor, créame.”

Los políticos también son duchos repitiéndose a sí mismos y Simón fue testigo de ello cuando organizó en su casa un almuerzo —el primero— para conquistar en apoyo de la élite bogotana a un político de provincia que soñaba con dar el gran salto a la escena nacional. En su mesa se sentaron directores de medios, columnistas de estirpe y un empresario de las esmeraldas que, aunque consideraban que ya todo estaba decidido para las elecciones que se avecinaban, escucharon con paciencia el discurso bien planeado del advenedizo mientras cuchareaban en silencio un plato de fríjoles al estilo de su tierra. Para sus adentros se reían de un aspirante que parecía más un finquero que un estadista, y que como candidato presidencial apenas rozaba el dos por ciento de popularidad. Era 2004 y ese hombre que recitaba de memoria su diatriba antiguerrillera se llamaba Álvaro Uribe Vélez.

Pero en la política unos sirven el almuerzo y otros ponen el dinero. “Encarreto a clientes y amigos a que inviertan plata”, me dijo Simón que, refractario a las moralejas, ha dado a su activismo político un giro riesgoso, haciendo de intermediario de personajes opacos que nunca figuran pero caminan por las sombras de la política haciendo de banqueros de segundo piso que financian candidatos como quien invierte —o apuesta— en la bolsa. Cuando ganan, algunos cobran en influencia, otros en efectivo y con intereses.

—¿No le da miedo mediar en esos acercamientos? —le pregunté.
—Me parece entretenido. Es la novela de la vida. Eso es excitante. Y por corrupto que sea un político es peor un policía, créame. En una democracia, mientras se necesite tanta plata para una elección, eso no se puede hacer sino a través de corrupción. La política sin plata no existe.

En el rol de fundraiser (que a veces le implica hacer de tesorero improvisado y guardar los jugosos recaudos en tarros de la cocina) le consiguió aportes a las campañas de personajes antagónicos como el exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, un exguerrillero al que le presta su casa de descanso en Girardot, como a Germán Vargas Lleras, de derechas y actual vicepresidente de la República. “Mi partido es el neo-oportunismo”, fue la explicación de Simón cuando le señalé la elasticidad de sus afectos políticos, tan flexibles como la guadua y donde caben ideales a los que los separa un abismo tan hondo como el que sobrevolaba aquel helicóptero mudo.
Como la política, la arquitectura sin plata tampoco existe. Y la arquitectura de Simón tiene un costo asociado impredecible: “Mi método es el de la prueba y el error”, dice Simón, que descubrió lo que podía llegar a construir con la guadua gracias a un raro cliente al que no lo espantó un método tan arriesgado. La razón: el riesgo era insignificante junto al que manejaba habitualmente en su negocio. “En esa época yo no era nadie”, me dice Simón, menos dado hoy día a alardear, como le gustaba hacerlo hace algunos años en público, de las épocas en las que le hizo casas y fincas a algunos narcotraficantes de renombre. “Hoy día no trabajaría para esa gente”, completa.

Cuando Simón no era nadie corrían los años ochenta y Carlos Lehder, quien luego emergería como una de las figuras más indómitas y ambiciosas del Cartel de Medellín, le encargó unas caballerizas. La condición era que tenían que ser en guadua. “Casi que fui forzado”, dice hoy Simón que hasta entonces no había trabajado con esa madera y le tocó probar hasta dar con la idea de inyectar concreto en los vacíos de la guadua.

Después de esa obra crucial para su futuro como arquitecto, otros mafiosos, rebeldes por vocación, dóciles imitadores de sus patrones o simplemente hostigados de mármol italiano, alfombras persas y baños en oro, siguieron la onda del orgullo Made in Colombia. Aún está en pie la casona en guadua, la primera de todas, que le hizo años después a la familia Ochoa, socios de Pablo Escobar, en La Pintada, o las pesebreras en la hacienda Las Mercedes, en un paraje de la vía entre Manizales y Medellín conocido como El 41.

Lehder Rivas —nacido como Simón en 1949 y como él en el seno de una familia de clase alta de Manizales— fue extraditado en 1987 y condenado a cadena perpetua. Fabio Ochoa también fue extraditado y su hermano Jorge Luis pagó condena en España. Todos ellos fueron las caras visibles de una época en que Colombia, en todas sus instancias, era penetrada por la cultura narco, y muchos de estos empresarios del crimen querían exhibir, sin pudor, sus inéditas fortunas. Tierras, haciendas y casas fueron sus inversiones favoritas. El dinero que entraba a cántaros se prestó para todo tipo de extravagancias fútiles, pero en ocasiones auspició, casi sin saber, creaciones más nobles: esculturas por encargo de artistas que hoy gozan de renombre, vacunas experimentales hechas por médicos que soñaban con salvar vidas y casas que daban un nuevo donaire a lo vernáculo. Muchos creadores sucumbieron —antes que al dinero— a la posibilidad real, y hasta entonces casi milagrosa, de realizar sus aventuras. “Si no fuera por los narcotraficantes, jamás hubiera construido nada”, dijo Simón hace unos años, en modo provocador, a un periodista de la revista Américas. “Ellos asumieron el riesgo [de trabajar con un material desconocido], algo que la clase alta nunca hubiera hecho.”

Simón acelera por la autopista que nos trae de vuelta a Bogotá. Con el sol de la tarde a las espaldas, esquiva camiones y buses, manejando con una sola mano. Con la otra hace péndulos con el teléfono, que timbra con frecuencia: Simón contesta llamadas del canal de tv de la ciudad para invitarlo a una entrevista. (“No sé en qué carro voy —le dice a su interlocutor—, como el alcalde nos puso a comprar muchos carros por el Pico y Placa [restricción para circular según el número de matrícula]”); para convidarlo al cumpleaños de uno de sus amigos, Byron López, un empresario que brincó del negocio de las esmeraldas al de los servicios de aviación para las Fuerzas Militares, y sobre el cuál la dea ha mantenido un ojo vigilante. (“Me demoro pero yo llego, lo que pasa es que estoy en Mondoñedo —en la puta mierda”); para reunirse con los socios de su empresa de laminados en guadua (“resuelvan lo que quieran, yo no tengo conflicto con nadie”); para almorzar con otro amigo en un restaurante que propone Simón (“es chiquito, bueno y caro”). También lo llama desde Estados Unidos el dueño de la casa Palladiana que, en ese instante, está comprando con su mujer los bombillos y la grifería.

Atrás va quedando la vegetación arrebatada de las tierras templadas. Las matas de plátano y los helechos van cediendo el paisaje a los pinos y los eucaliptos. “Yo admiro las culturas forestales, propias de todos los países desarrollados”, señala Simón cuando casi sin darnos cuenta la periferia de la ciudad empieza a emerger: fabricas, basureros, canteras de materiales de construcción y barrios marginales de casas sin acabar con las tripas expuestas: bloque de ladrillo y plancha en cemento, techos de zinc y asbesto. Una ciudad para sobrevivientes, maciza y durable pero hacinada y sin gracia.

“Sin duda su obra va a perdurar estéticamente, pero la pregunta es si va a perdurar de pie en el tiempo”, me dijo un arquitecto que durante muchos años estudió las construcciones con guadua, asombrosamente resistentes a los temblores (sismo-indiferentes, diría Simón) pero vulnerable a la humedad y al gorgojo.

Más allá del paso del tiempo o la intemperie, la verdadera evanescencia de su obra está en otra parte: sus construcciones son una artesanía, semejante a urdir un canasto o tallar una canoa. “Usted no le puede meter ingeniería en serio a la guadua”, continúa el arquitecto y explica que con otros materiales cuyas resistencias están estudiadas y certificadas los diseños se pueden poner a prueba con modelos matemáticos.

Mientras atravesábamos uno de los barrios obreros que rodean a Bogotá, y poco antes de despedirnos, Simón me contó de su nuevo proyecto para construir edificios en guadua para la clase menos pudiente. “La vivienda popular es deliberadamente fea —dijo— y vale lo mismo hacer bonito que hacer feo.” La idea, que por ahora es sólo maqueta, le entusiasma. “Siento que ahí puedo hacer cosas más trascendentes”, dijo y se explicó: “Cuando uno hace casas para ricos, hace arquitectura clandestina, prohibida. La arquitectura popular es pública”. Le pregunté qué lo había motivado a cambiar el nicho de los clientes opulentos por el de los humildes. “La plata”, dijo. Y remató con una de sus frases prefabricadas: “Voy a morir pobre si sigo haciendo casas para ricos”.

Volví a ver a Simón algunos meses después de ese encuentro. La primera vez estaba probando un arma nueva contra las fiestas de sus vecinos que no lo dejan dormir: dos parlantes de alta potencia que apuntaban a la casa contigua. La munición no podía ser mejor para asfixiar cualquier parranda: villancicos. La segunda vez acompañé al fotógrafo que le haría los retratos para este reportaje. Simón se había dejado crecer definitivamente la barba, mucho más canosa de lo presumible, y tenía una mancha de café en la camisa. Me sorprendió la docilidad con que se dejó guiar, aceptando cada pose, como esos animales feroces que se han resignado a la jaula y a las rutinas de su domador. En una de las pausas le entregué algo que llevaba varios meses en mi mochila y que supuse le interesaría. Era la fotocopia de una carta publicada en 1956 en una revista ya desaparecida. En ella, el autor hacía una férrea defensa de la guadua, a la que el destinatario había, en otro escrito, acusado del retraso del campo colombiano. Simón la recibió con curiosidad, se sentó en un banco de madera y se ensimismó en su lectura, escondiendo la mirada bajo el ala inclinada de sus sombrero. Estuvo así varios minutos, inmóvil y alejado de la conversación, al punto que pensé que lo había vencido un sueño repentino y secreto. “Linda carta”, dijo de pronto, rompiendo la quietud. “El que la escribió era un viejo muy rico, un hacendado amigo de mi abuelo”, aclaró mientras enrollaba las tres hojas en un tubo que emparejó golpeando una de la bocas contra la mesa.

La carta terminaba así: “¡Ah! me olvidaba de algo: ¿qué fuera de los hornos de los trapiches sin la guadua para cocer la panela? ¿Y con qué hará hervir el Demonio la paila mocha cuando necesite derretir plomo? ¿Y de qué seguirán levantando las varas de premio en los regocijos públicos? ¿Y cómo se las arreglará el señor cura para los andamios que necesita al pintar la iglesia, al terminar la torre? ¿De qué hará el monte Calvario? Sin la guadua, convéncete, seremos lápiz sin punta y sin con qué sacársela”.

Al volver a su estudio, Simón puso despreocupadamente la carta sobre un arrume de documentos y al soltarla se desenrolló bruscamente. El arquitecto se sentó frente a uno de sus cuadernos, tomó un lápiz muy bien tajado, y empezó a dibujar.

Varón de 69 años enterrado en la iglesia del convento de San Ildefonso con un sayón franciscano de la Orden Trinitaria, el 23 de abril de 1616. Tabique nasal prominente y corvo, una mano izquierda anquilosada por las heridas de un arcabuz de la batalla de Lepanto, un esternón magullado e invadido por restos de plomo por la misma lesión, una espalda “algo cargada”, mandíbulas con seis dientes o menos.

Empezaron por buscar un cuerpo, uno sólo, en su tumba original. Si las condiciones eran favorables, si los casi 400 años que pasaron no las habían fulminado, podrían dar con esas marcas distintivas de las que hablaban las biografías, las que retrataba la pintura de Juan de Jáuregui, y las que él mismo había descrito en el prólogo de Novelas ejemplares.

De nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Nacido en Alcalá de Henares, afueras de Madrid, en 1547. Funcionario del reino como comisario real de abastos en Sevilla, militar veterano herido de guerra —”manco”—, presidiario breve, cautivo durante un lustro de los piratas berberiscos. Sólo le cantaron dos misas de difunto, lo mínimo, porque murió pobre sin ser un escritor glorificado, siquiera muy conocido, ignorante de que, con la publicación de la segunda parte de El Quijote el mismo año de su muerte, alcanzaría el título póstumo, en un futuro de siglos, de padre de la novela moderna.

Buscaron, pensando al principio que no sería complicado y no tardarían más de diez días en encontrarlo, porque las fuentes históricas decían que allí estaba, un cuerpo entero que se había extraviado en la reparación del templo. Junto a él estarían enterrados ocho o nueve más si acaso, todos en los nichos de la pared norte.

En enero de 2015 comenzaron la excavación de la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, donde los registros decían que se había enterrado a Cervantes en 1616, trasladado desde otra iglesia cercana. Limpiaron la cripta de oscuridad y polvo, de estanterías arrumbadas. Vieron losas removidas en el suelo, hurgaron apenas y asomaron esqueletos, muchos, que luego pasaron de 300: supieron que el trabajo sería largo. Pero a los diez días descubrieron en documentos históricos que el cuerpo que buscaban no estaba completo, sino que sus miembros, disgregados, se había mezclado con los de su esposa y un capellán, y que todos juntos habían sido guardados en una caja que, además, se había movido de sitio. El cuerpo entero en la tumba original ya no sería: la iglesia antigua donde lo habían enterrado originalmente, que quedaba en otra calle, no había sido reformada sino derruida.Y a la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega, donde los restos de Cervantes fueron trasladados y donde los investigadores buscaban, lo que había llegado no era un cajón con los restos individualizados, sino una caja con restos revueltos. En lenguaje funerario: una reducción.

Pasaron los días, las semanas, un mes. No encontraban rastros del cuerpo de Miguel de Cervantes. Palearon, excavaron, analizaron y salieron centenas de restos, sobre todo de bebés con raquitismo. Un cementerio del siglo XVIII y comienzos del XIX en la manzana ubicada entre las calles Lope de Vega y Huertas, en pleno barrio de Las Letras. Nada sabían de él las doce monjas de clausura que hacen su vida orando y cosiendo para obras de caridad en el convento que lo escondía, en este tramo del centro mismo de Madrid, vibrante de bares, librerías de viejo y tiendas de diseño.

Iba a terminar febrero, ya llevaban más de 30 días excavando, cuando encontraron una acumulación de huesos, mordidos por la tierra húmeda, algo que no se parecía a nada de lo que habían visto antes. Porque allí, pegados a los huesos, había residuos de la indumentaria de un capellán: una estola, una manípulo, una casulla del siglo XVII, y una moneda de 16 maravedís del mismo siglo. La lista de esos restos coincidía con la que se reseñaba en los documentos históricos: en esa caja estaban Miguel de Cervantes, su esposa y el capellán, dueño de la indumentaria que encontraron.

Los científicos fueron cautos y dijeron que era “posible” que “fragmentos” de Miguel de Cervantes estuvieran allí. La conclusión de 35 días de excavación fue magra y así quedó impresa en el informe ejecutivo de la investigación que presentaron en una rueda de prensa el 17 de marzo de 2015: “En definitiva, a la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual Iglesia de las Trinitarias se encuentren algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes”.

—Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias —resumió Francisco Etxeberría, en la conferencia de prensa, frente a un auditorio repleto de periodistas de medios españoles y extranjeros, científicos de varias disciplinas que participaron en la investigación y políticos locales, en la sede del Ayuntamiento de Madrid.

Etxeberría —profesor de la Universidad del País Vasco, médico forense y antropólogo de reputación, curtido también en exhumaciones históricas de peso: Víctor Jara, Salvador Allende, Pablo Neruda— dirigió la última fase de lo que se llamó el Proyecto Cervantes, que había comenzado el 24 de enero y que involucró a 30 personas de diversas disciplinas: arqueólogos, antropólogos, forenses, eruditas del textil, expertos en momias, restauradores, técnicos, peritos de georradares, un sacerdote, abogados y un alpinista por si había que bajar muy profundo.

La televisión pública retransmitía en directo. Los reporteros, expectantes después de un mes de silencio por un acuerdo de confidencialidad, demandaron titulares incontestables: ¿es él o no?, ¿se pudo individualizar el cuerpo?, ¿se pudo saber algo más de su biografía, algo sobre las causas de su muerte? Los políticos se llamaron a sí mismos sanchopanzas y a los investigadores, quijotes; hablaron de escuderos e hidalgos, del bien de España. Los promotores de la búsqueda aplaudieron en la primera fila. Pero los científicos dijeron que “no se pudo individualizar el cuerpo de Cervantes por el estado de conservación de los restos”, como zanjó al micrófono Almudena García, madrileña historiadora especializada en arqueología funeraria; “puede que de esas evidencias se obtenga un perfil de ADN que confirmaría la identidad, pero no es seguro que se consiga”, añadió Etxeberría.

Días más tarde ella, Almudena García, lo iba a explicar diáfano y simple, cerveza sin alcohol a sorbos, bocados de aceitunas:

—Hay una premisa que te enseñan el primer día de clases: “Si tienes poco hueso, di poco”. Y como hay poco hueso y en mal estado, no se pudieron precisar edades, más allá de decir que hay mandíbulas de varones adultos con poca dentadura.

Sobre la mesa del bar hay una foto, una de las imágenes que documentaron todo el proceso. Pueden verse un cráneo grande, frontales rotos —añicos—, huesos largos cuarteados del color de la tierra. La caja donde encontraron los restos la rotularon con el código 4.2/32.

La idea de buscar el cuerpo de Miguel de Cervantes surgió en 2010. No estaba en realidad perdido. Las fuentes históricas decían que sus huesos se habrían extraviado en las reformas de la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, pero el acta de defunción y dos placas, una en la fachada del templo, que firma la Real Academia Española, y que dice: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual se debió principalmente su rescate (…)”, y otra en el altar mayor, sobre el coro enrejado donde rezan las monjas a diario: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega [que fue monja trinitaria]”, no dejaban muchas dudas. Pero no se conocía su ubicación exacta.

En 1809 el rey José Bonaparte lo había mandado a buscar en el convento con dos médicos para que lo trasladaran al panteón de hombres ilustres que iban a construir. No tuvieron éxito. Ese año se había prohibido definitivamente el entierro en las iglesias y ordenado la construcción de cementerios a las afueras de la ciudad. Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, lo buscó también 61 años después, sin resultados.

De todos modos, las placas, la costumbre, la información repetida por guías de turismo y libros de viaje por décadas, hicieron que, durante años, nadie se preocupara mucho y se asumiera que Cervantes estaba allí.

Pero en 2010 Luis Avial, un geofísico que ya había trabajado en la exhumación de fosas de la guerra con la Sociedad de Ciencias Aranzadi que preside Francisco Etxeberría, supo del extravío por un periodista en una charla de café. Avial propuso la búsqueda a Etxeberría y a su equipo. Su versión dice que Etxeberría convocó a un grupo de expertos, entre ellos el historiador genetista Fernando de Prado, descendiente de Cristobal Colón, quien hizo de este proyecto un peregrinaje, su principal cruzada. La versión de Fernando de Prado es que él presentó el proyecto a Avial. Ambos coinciden en que De Prado buscó financiamiento hasta en 50 instituciones públicas que le negaron la ayuda, y coqueteó con una entidad privada estadounidense. Avial habló con el Ayuntamiento de Madrid, que decidió poner el dinero necesario: 110,000 dólares. Entre todos, calcularon que se justificaría la inversión porque el impacto multiplicaría la publicidad gratuita bajo la forma de artículos publicados en la prensa de todo el mundo.

Tras cuatro años de gestación, comenzaron la primera parte de la búsqueda en abril de 2 014, cuando el equipo de Avial entró al templo y la sacristía con el georradar, un aparato que detecta “anomalías magnéticas” que se asocian a enterramientos, y una cámara digital termográfica que identifica cavidades en el suelo o las paredes por las diferencias de temperatura.

Una tradición oral, que había pasado de una madre superiora a otra, decía que Cervantes estaba enterrado en la cripta justo debajo del altar de la Virgen de la Inmaculada, que arriba, en la iglesia, está a la izquierda del crucero, junto a los bancos.

—Eso estaba en el ambiente —dice la madre superiora actual, sor Amada, una voz honda con dejo sureño que sale del claustro hasta la bocina del teléfono.
En abril de 2 014, el georradar detectó cinco sectores principales con enterramientos en el crucero de la iglesia, que apuntaban todos a la cripta, donde al final excavaron. Avial, sin conocer aún la coincidencia con la tradición oral de las monjas, encontró que el que llamó Sector 2, justo bajo la Inmaculada, tenía características especiales; era sospechoso.

La tradición oral y la sospecha tecnológica no acertaron. No fue allí donde encontraron la caja de reducción 4.2/32.

Los investigadores contaban sobre todo con la bibliografía más conocida, el libro La sepultura de Miguel de Cervantes: memoria escrita por encargo de la Real Academia Española y leída a la misma por su director, el marqués de Molins, escrito por tal marqués (1870) tras buscar sin éxito el cuerpo, y una biografía escrita por Luis Astrana Marín: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época (1948-1958). Fueron insuficientes.

Francisco Marín Perellón, historiador y archivero del Ayuntamiento de Madrid, se sumó al equipo el 3 de febrero de 2015 para ampliar la investigación documental. Revisó en una docena de archivos y encontró en la planimetría general de Madrid y en los papeles constitutivos del convento el dato clave: la iglesia original derruida y la mudanza de los restos, mezclados con otros, fueron llevados a la cripta nueva.

El historiador también descubrió que a todas las personas enterradas en la iglesia de San Ildefonso las habían movido nuevamente a un rincón del claustro en 1630, cuando la marquesa que era patrona del convento ordenó la exhumación de todo el que no fuera su pariente. Durante más de 60 años estuvieron en ese lugar ignorado los restos que ahora coinciden con los de la reducción 4.2/32. Marín Perellón sostiene que no se perdieron porque las monjas trinitarias respetaron la cadena de custodia y los preservaron en el claustro de acuerdo con “el dogma de fe de la resurrección de la carne” de la doctrina cristiana que rige el derecho canónico.

No causa mucho asombro en España que los cuerpos sepultados en las iglesias se pierdan, bien porque según las costumbres funerarias cristianas cuando no se paga por una sepultura perpetua, pasada la década los huesos van desmembrados a las fosas comunes, o bien porque derrumbaron las iglesias o hubo avatares en sus traslados. Así desaparecieron también los restos con otros nombres célebres: Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Diego Velázquez y, durante la Guerra Civil, en otras circunstancias —las de miles—, el de Federico García Lorca, fusilado.

Mientras abajo, durante los 35 días que duró la búsqueda, los científicos excavaban, afuera, arriba, era el silencio, impuesto por el pacto de confidencialidad que el ayuntamiento de Madrid hizo firmar a los miembros del equipo: no saldría información a menos que fuera la oficial, canalizada por la oficina de prensa. Los fotógrafos, cámaras y reporteros sólo tuvieron acceso al umbral de la cripta el primer día de la excavación, la mañana del sábado 24 de enero, de tres a cinco minutos, de dos en dos. No había mucho que ver todavía: losas en el suelo sin remover, cámaras endoscópicas adivinando el interior de los nichos, algunos huesos sobre los mesones.

Los científicos están acostumbrados a callar mientras trabajan. Para ellos no era complicado cumplir con el acuerdo. Hasta el final no compartieron todos los hallazgos con los otros miembros del equipo: los antropólogos no dijeron todo al geofísico ni a las expertas del museo del traje, por ejemplo, que no supieron, hasta lo último, lo que había determinado el numismático o lo que había encontrado el historiador. Pero buscaban a Miguel de Cervantes: los medios de todo el mundo les respiraban encima. El domingo 25 de enero se filtró un rumor erróneo, que no salió de los investigadores, y que generó este titular: “Hallado el ataúd de Cervantes”. Sucedió que Tito Aguirre, técnico arqueólogo veterano del grupo, se había ingeniado con sus compañeros una plancha metálica fina de dos metros de largo para sacar los ataúdes de los nichos, como panes del horno de un obrador. Contaban con que los féretros saldrían enteros. Abrieron el nicho 1, abajo a la izquierda de la entrada, esquina noroeste, pegado a la tierra. La plancha no llegó al fondo. Halaron pero pesaba; el ataúd tenía tierra, la madera se había hecho trozos, podrida. La tabla se dejó ver y cayó al suelo, con la forma de una pirámide maltrecha: tenía talladas unas chinchetas metálicas roídas por la humedad que, sin embargo, no había desdibujado estas siglas: MC.

“Pues ya hemos terminado”, recuerda Tito Aguirre que pensó al momento. Francisco Etxeberría los llamó a todos: “¿Qué pone aquí?” A primer vistazo, pensaron que la M era de Miguel y la C de Cervantes. Un entusiasmo fugaz bañó la bóveda. Almudena García vio un paisaje de caras asombradas. Rió. Carme Coch, arqueóloga que recién había llegado de Valencia para instalarse en Madrid durante la búsqueda, pensó que, jolín, era el primer día y ya tenía que volver. Berta Martínez, su colega madrileña, se decía escéptica que era demasiado casual, que esa MC podía ser, por ejemplo, de una María del Carmen. Tardaron muy poco en darse cuenta en que el féretro era pequeño, que contenía huesos revueltos de unas diez personas, restos infantiles, adultos apenas, textiles y calzados de varios momentos, escombros. “Dijimos: calma. La gente tiene bastante claro que eso es raro”, recuerda Almudena García. No habría pasado de ser una anécdota a no ser por la filtración, que corrió a la velocidad de los bites de internet, ese alimentador del rumor. Etxeberría y García salieron el lunes por la mañana a una rueda de prensa obligada a las puertas del convento, pidieron calma y prudencia, dijeron que había más enterramientos con ese ataúd. La especie, sin embargo, quedó sembrada durante las siguientes semanas. La comentaban los transeúntes, la repetían en los toures a pie que pasaban frente a la iglesia.

Con ese antecedente, fueron cautos la tercera semana de excavación, cuando apareció un esqueleto con una mano que parecía anquilosada. Lo encontró Carme Coch, que excavaba con Berta Martínez. Reconoció el desgaste de los huesos de un hombre mayor, vio el cordel con unos nudos de lo que pudo haber sido un sayón franciscano atado a la cintura, identificó una anquilosis en una mano: los huesos de la muñeca fusionadas: ¡¿La mano del manco de Lepanto?! Coch se lo dijo a Martínez con disimulo, sin que nadie más escuchara, y le pidió que avisara a Francisco Etxeberría, que estaba en la sacristía, escaleras arriba. Martínez palideció. Subió las escaleras en shock, pensó “lo tenemos”. Carme Coch entró en razón mientras Berta Martínez se alejaba: era la mano derecha, no la izquierda, que es la que señalan las fuentes históricas como la mano atrofiada: ésa en este esqueleto estaba bien. Así lo certificó Etxeberría. Así lo comprobaron todos.

De esto nada se supo afuera durante los días de la excavación. El silencio oficial continuó. Dos puertas, una abierta, la otra cerrada. Turistas que la atravesaban mapa en mano y sólo se encontraban con un vestíbulo oscuro, más puertas cerradas y unos gatos tímidos. Un periodista de televisión haciendo guardia. La portera, temple de fuego, que decía que los periodistas son unos pesados. Un barrendero uniformado que oficiaba de informante secreto de la prensa. Almudena García, a las puertas del bar de enfrente, donde comían a diario ella y todo el equipo, diciendo datos vagos que no comprometían la investigación —hemos abierto la mitad, hemos contado más de cien, hemos parado la revisión en los nichos hasta que vengan las de restauración, hemos encontrado mucho textil, hemos encontrado momias—, mientras se calentaba las manos con el té de manzanilla de la sobremesa.

Ella y su equipo cumplieron con el pacto. Tanto, que hasta días antes de la revelación de los resultados, entre los promotores del Proyecto Cervantes todavía pensaban que sus restos estaban en ese primer nicho con el ataúd de las MC.

De todas formas, en el fondo no había ningún misterio. Una treintena de científicos excavando para buscar los huesos del escritor fundamental de la lengua española, una línea de investigación que terminaba con una caja de huesos tan deteriorados que no confirmaban ningún rasgo físico identificable del escritor, todo eso en el marco de la gestión de una alcaldesa que ya agotaba su mandato y que parecía querer irse con algo importante —algo tan importante como haber encontrado el cuerpo de Cervantes— para mostrar como logro. Una parte de los expertos del escritor criticaba el proceso, diciendo que era una pérdida de tiempo y recursos; otros decían que por qué no usar ese dinero en ayudar a desahuciados por los bancos o a los dolientes de la Guerra Civil que no han encontrado los cuerpos de sus familiares mal enterrados en las cunetas donde los mataron.

Para levantar la puerta trampa de la cripta, en el suelo de madera de la sacristía, se necesitan al menos dos personas: es un gigante tan antiguo como el edificio, que terminó de construirse en 1730. Se necesitan también unas llaves grandes de hierro, igual de antiguas, y las escaleras que guarda el portón son asimismo viejas, rayadas por el tiempo, y terminan en un sótano con techo abovedado de ladrillos, cruzado por hileras de luces de neón, un espacio de nueve por seis metros que convirtieron en un laboratorio in situ: no tenían autorización para llevarse del recinto ni un hueso, ni de la arena un grano. Dividieron la cripta en cuadrantes, hicieron un andamio para pasar de un sitio al otro. El espacio de estudio se amplió hasta la sacristía, un cuarto no muy grande de tono también lúgubre, con imágenes de Jesús y de los santos.

Fue un lunes o un martes, 23 o 24 de febrero, la fecha se les desdibuja en la memoria. Habían trabajado en la cripta el mes entero, jornadas intensivas de diez horas con dos de descanso para comer, humedecidas por el invierno, sin apenas domingos libres. Sólo quedaba la mitad de la gente, el equipo base. El resto había dado por terminado su trabajo. Berta Martínez trabajaba en el tercer nivel de enterramientos, el más profundo, en el último cuadrante de la cripta, en la última esquina, al sureste. Ardía en fiebre, una gripe nutrida por la humedad y el polvo que ya había contagiado a varios de sus compañeros. Carme Coch tenía en mano el boleto del AVE de regreso para ese mismo día. Excavaban con Tito Aguirre cuando encontraron que la tierra se hacía más oscura, como si alguien la hubiera traído de otro lugar. Distinguieron una reducción de huesos, palearon suelo abajo. Lo que encontraron no era como ninguna de las otras cuatro acumulaciones de huesos que habían visto antes.

“Nos pareció que era algo que no podíamos desechar, que teníamos que excavar y ver bien en qué consistía, porque a veces excavas y te cuesta entender lo que excavas, pero esto parecía bastante compatible con lo que estábamos buscando”, recuerda Martínez.

“Aparte de que estaba a la profundidad más baja vimos que había muchos huesos largos, muchos fémures, muchas tibias a un lado, y vimos los cráneos que estaban al otro ladito. Estaba todo junto pero como que separado, ¿no? Vimos restos de cajas de tablones, como si también los hubiesen transportado en una caja o nos daba esa sensación”, narra Carme Coch. Almudena García, que coordinaba al equipo, llamó a Luis Ríos, biólogo especializado en antropología física: “Vente, que hemos encontrado algo que tiene buena pinta”. Llamó de urgencia a Elvira González y Lucinda Llorente, expertas del Museo del Traje de Madrid. En la caja había textiles que debían analizar. Hasta entonces, las vestimentas que habían encontrado eran de dos siglos posteriores a la muerte de Cervantes, y no habían dado aún con el sayón con que lo habían enterrado, una prenda franciscana larga con un cordón ceñido a la cintura, de un tejido basto, de orden mendicante.

Cavaron metro y treinta y cinco, bajaron con las bandejas de laboratorio, sacaron los huesos con cuidado máximo, los pusieron a secar en los mesones por dos días para que perdieran fragilidad. Primero apareció un trozo de tela bordado, que González y Llorente identificaron como lino con hilo de oro. No era el sayón de Cervantes, pero era el traje del capellán que, ya sabían por los documentos, estaba en la caja de reducción.

“Sacamos trocitos y trocitos, intentabas cepillarlo y se te desaparecía, para empezar a recomponer todo, la casulla con el manípulo, la estola. Ya cuando salió el borlón casi llorábamos de alegría”, dice Lucinda Llorente.

“Porque era la confirmación ya definitiva de que estábamos ante lo que estábamos. Estuvimos toda la mañana haciendo un puzzle sobre la mesa, porque aquello de verdad era un batiburrillo de tal naturaleza que había que tratarlo con sumo cuidado”, completa Elvira González.

Fue la única indumentaria que hablaba de la época en la que enterraron al escritor. Después salió la moneda de 16 maravedís que el numismático Alberto Canto García identificó como de 1660 aproximadamente, que en la foto del informe final se ve como un trozo de metal desfigurado, una circunferencia achatada. Terminaron de limpiar los huesos, ya secos, con brochas de maquillaje, cerdas suaves. El trabajo duró cinco días más.

Almudena García hizo otra llamada, a Francisco Etxeberría, para que viajara desde el País Vasco. “Estábamos convencidos, pero llevábamos mes y medio aquí y era necesario que viniera alguien con otros ojos, por si se nos estaba pasando algo por alto”, dice.

Etxeberría hizo muchas preguntas, estableció sus propias comparaciones, determinó que no había discrepancias, que todo eran coincidencias. El traje del capellán, la moneda, la cercanía con el suelo geológico de Madrid, los documentos.

En rigor antropológico los registros dijeron que había en la reducción un mínimo de 15 individuos, cinco niños y diez adultos, por los huesos que más se repetían: cuatro radios derechos y un radio izquierdo, cuatro cráneos masculinos, dos femeninos, de otros cuatro no se sabe el sexo. Y fragmentos con artrosis, cartílagos calcificados, mandíbulas con dientes desgastados o inexistentes que podrían haber sido los de unos hombres de la edad de Cervantes; muñecas y axiales que se perdieron o se desintegraron.

El historiador Marín Perellón terminó de componer la lista definitiva cuatros días antes del anuncio oficial, tras revisar todas las actas de defunción del archivo parroquial. En ella estaban Cervantes, su esposa, su casero, el capellán, varios niños. Eran 17, dos más que la medición antropológica.

“Hubo huesos que no llegaron nunca al laboratorio, pero aún así cabe la posibilidad perfectamente de que se quedaran por el camino. Es una hipótesis completamente plausible, lo que pasa es que no se puede certificar”, dice Carme Coch.

¿Por qué buscar los restos de Cervantes? ¿Por qué si no estaban perdidos?

Los involucrados en la investigación han dicho que había que localizarlo y honrarlo, que la búsqueda sirvió para potenciar la divulgación de su obra. Escritores cervantinos dijeron que era mejor hacer justicia a sus libros. Francisco Ferrándiz, antropólogo estudioso de la muerte, ajeno a esta excavación, opina que es porque existe ahora una fascinación por los huesos: “Tiene una raíz cristiana que está vinculada al culto a las reliquias, a las exhumaciones de santos; por otro lado, siempre ha habido turismo necrófilo, y llegan nuevas corrientes de derechos humanos que buscan verdad, justicia y reparación, además del prestigio creciente de las ciencias forenses”, por obra de series televisivas como CSI.

Lo que queda en la cripta es esto: cinco mesones, lupas. Bolsas transparentes —seis— llenas de huesos fragmentados que en una primera mirada parecen hojas recogidas en otoño. Un libro, Human bone manual. En la pared norte, nichos con féretros sin abrir, pero sus epitafios no dejan dudas de que contienen cuerpos de sacerdotes. De frente, un armario para guardar las momias, sus ataúdes y, a la derecha, cajas de reducción en hileras, urnas que parecen macetas alargadas de plástico, con códigos así: Nicho 5, material óseo y arqueológico; sector V, material arqueológico, nicho 14.

Las restos que identificaron con el código 4.2/32, donde posiblemente haya “algunos fragmentos” de Cervantes, cupieron en tres cajas. Pero ya no están aquí: tienen entidad de reliquia. Están a resguardo en la biblioteca sacramental del claustro de las monjas. La esquina donde aparecieron es ahora una oquedad amarillenta con bolsas negras encima.

Ya no hay nada más que los arqueólogos puedan agregar a esta búsqueda.

Pero Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos no han dejado de venir tres veces a la semana a este recinto sepulcral trocado en laboratorio con suelo de arena y barro, blanqueado por la luz artificial, donde ya no hay ruido de taladros y aspiradoras industriales. Aunque han pasado dos meses desde que terminó la excavación, investigan las revelaciones de este yacimiento inédito de niños con raquitismo. Rearman sobre los mesones los esqueletos de vértebras mínimas, clavículas y sacros ínfimos. “Mis niños”, los llama García.

Corre la mañana de un jueves de abril de 2015. No están las dos monjas que los supervisaron durante toda la excavación, sor Edita en sus 30, sor María que le dobla la edad. Son “guardas de hombres”, así se llama su cargo: las encargadas de vigilar y acompañar a los visitantes que hacen obras en el convento.

—Y controlarlos un poquillo, de lejos, pero un poquillo también —dirá la voz antigua de la madre superiora que sale del claustro a por la bocina.

La relación entre el equipo y las monjas se hizo íntima. Con los días, sor Edita se dejó poner una bata blanca sobre el hábito, una mascarilla, cofia y guantes, y ayudó a limpiar los huesos con pinceles. La mayor sólo miraba, excepto esa vez que inspeccionó en dos ataúdes y agarró con sus propias manos desnudas la vestimenta para decir que era de cura.

A la 1:30, al mediodía, Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos habrán acabado la jornada. Sor Edita los esperará arriba en la entrada de la sacristía. Subirán las vetustas escaleras, la monja los recibirá con un manojo de las llaves de hierro antiguas en una mano, agujas de tejer y lana en la otra, hábito blanco, cruz rojiazul en el pecho, túnica negra. Entre dos cerrarán la puerta trampa. Sor Edita dirá, queda, que los extraña y que quiere que vengan todos los días.

Se llamaba Miguel de Hortigosa el sepulturero. Nada fundamental se conoce sobre su vida, excepto lo que hay que saber: que también era el sacristán de la iglesia del convento de San Ildefonso de Trinitarias Descalzas, calle del Amor de Dios, villa de Madrid; que las monjas le pagaron 13,600 maravedíes, lo mismo que 400 reales, por un trabajo del que consta recibo fechado en 8 de octubre de 1697; y que tal trabajo consistió en trasladar unos cuerpos de esa iglesia a otra, ubicada en la calle que hoy se llama Lope de Vega.

Marín Perellón está convencido de que fue él quien transportó la caja de reducción a la cripta y que éste es el dato que confirma que en la reducción que encontraron es ésa donde estaría Cervantes. “Sin ninguna duda”, sentencia. Es 22 de mayo. Hace apenas unos días que el historiador revisa el archivo conventual. Dio con el diario de cuentas del convento donde está el dato. Abre el pergamino, tapa amarillenta de piel de cordero, libro 37, legajo quinto. Echa mano de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, para leer uno a uno los párrafos de letra farragosa. Hasta éste, el número 18, que así traduce:

Mas se le hazen buenos y reziuen en data quatroçientos reales, que valen treze mil y seisçientos maravedís por los mismos que pagó a don Miguel de Hortigosa de el gasto que tubo de mudar los cuerpos de los difuntos de la yglesia vieja a la nueua de dicho comuento [y] terraplenar la bóbeda, como consta de reciuo dado por el susodicho, su fecha de ocho de octubre de seisçientos y nouenta y siete, que presentó con estas quentas.

Hortigosa, el sepulturero. Pudo haber sido él también —dice Marín Perellón que quizá— la persona a la que contrataron para sacar los restos del claustro de la antigua iglesia y reducirlos en una caja, la que encontraron. Ese año que consta en el recibo, trasladó los huesos ya disgregados al templo nuevo, recién construido, los depositó a un metro treinta y cinco de profundidad en la cripta y terraplenó. En el entierro se le pudo haber caído la moneda de 16 maravedís: no lo descarta Marín Perellón ni lo descartan los arqueólogos.

El párroco de la iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, saca otro libro con cuidado y lo extiende sobre la mesa: el libro tiene 406 años —cuaderno cuarto de difuntos (1609-1620)—, una cubierta de cuero de cerdo amarillenta y brillante que resiste los siglos. Las hojas no están siquiera ajadas, son gruesas como el cartón. Está en el tercer párrafo el acta de defunción. Ilegible para un cerebro inexperto, pero ya había sido desencriptada en 1749 en el prólogo de las Comedias y entremeses de Cervantes.

Miguel de Çerbantes. El 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Zerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trenitarias. Mandó dos missas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria y el licenciado Francisco Martínez, que viue allí.

Con el tiempo se confirmó que Cervantes murió el 22 y el sepelio fue el 23. No se enterró en la iglesia de San Sebastián, que es lo que correspondía al común de los vecinos de la zona. Vivía con su esposa en la cercana calle de León y su casero era Francisco Martínez, el cura del convento de San Ildefonso. Además, Cervantes se hizo trinitario 20 días antes de su muerte. En 1575 unos corsarios berberiscos lo capturaron junto con su hermano cuando volvía a España desde Nápoles en una galera, después de la guerra, tras haber batallado en Lepanto contra los turcos y recibido tres arcabuzazos. Lo llevaron a Argel. Como era “soldado aventajado” al servicio de la Corona y tenía cartas de recomendación, “El Cojo”, su principal captor, decidió pedir el rescate para sacar provecho. El secuestro agarró a su familia depauperada. Pasaron en cinco años y medio tres intentos de fuga. Los frailes trinitarios mendigaron para juntar los 500 ducados de oro del rescate, lo que lograron en 1580. Como agradecimiento, un sábado santo, Miguel de Cervantes se convirtió a la Orden Trinitaria.

No hay nada en el acta de defunción ni en los documentos hasta ahora descubiertos que hablen de lo que mató a Cervantes. La incógnita de la causa de su muerte es una de las varias sombras de su biografía. En el informe final de la excavación hay un estudio extenso que firma Julio Montes Santiago, de la Universidad de Vigo, basado en un arqueo de los datos biográficos disponibles y en la biblioteca médica del escritor, que se abrevia en posibilidades: diabetes, enfermedades renales, cirrosis, insuficiencia cardiaca y algún tumor.

Los restos de la hermana de Miguel, Andrea Cervantes, están en la iglesia de San Sebastián; también los de otra hermana, Magdalena de Jesús. Los de su hermana Luisa, que fue monja, están en el convento de la Purísima Concepción de Alcalá de Henares. Por la imposibilidad de recuperar los huesos de sus familiares —porque están en osarios y porque no se han encontrado tampoco evidencias de la hija natural de Cervantes—, y por el estado de conservación de los restos de la reducción 4.2/32 se hace muy difícil extraer una muestra de ADN y compararlas genéticamente.

El historiador Francisco Marín Perellón sigue examinando el archivo del convento en busca del testamento perdido de Cervantes. Confía en encontrarlo y en que sus cláusulas revelen, por qué no, alguna enfermedad final, cómo fueron sus últimos meses, cómo quería que se le enterrara, si tenía deudas, si es verdad que tuvo esa hija natural llamada Isabel. Empezó a buscar en mayo. Es mitad de julio y dice que sin novedades, que la pesquisa puede tardar hasta seis meses.

Volvieron a enterrar los restos contenidos en las tres urnas fichadas con el número 4.2/32, sin la mirada pública. Las monjas —la priora y las dos guardas— las llevaron desde la biblioteca sacramental, una por cabeza. El vicario las roció con agua bendita, el sacerdote Jorge Teulón, enlace entre las religiosas y los investigadores, ayudó a meterlas en el nicho, debajo de una lápida de piedra caliza que dice “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra. 1547-1616”, con un extracto de su Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado el mismo año de su muerte: “El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto, / llevo la vida sobre el deseo / que tengo de vivir”. Firma la Real Academia de la Lengua Española. Sellaron. Fue el 10 de junio de 2015, a puerta cerrada, en la iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, calle de Lope de Vega.

La ceremonia abierta ocurrió al día siguiente, el pequeñísimo templo repleto de invitados, con música militar en directo de los regimientos Córdoba 10 y Tercio Viejo de Sicilia 67, donde Cervantes sirvió a la Corona como soldado. Era de mañana pero afuera se hizo de noche unas horas: una tormenta de verano tapió el cielo y ahogó las calles con agua y granizo.

Darío Villanueva, director de la Academia, leyó un discurso que habló del “momento feliz, que por fin ha llegado”:

—En que la ciencia física y la forense nos han permitido poner orden en la casa que albergó la ultima morada de nuestro escritor y solventar aquella anomalía, propiciando que el tesoro de sus cenizas haya sido localizado y ahora pueda ser presentado con la misma dignidad y reconocimiento con que otros países cultos honran a los más grandes escritores.

Ana Botella, que iba a dejar de ser alcaldesa de Madrid en dos días más y cerraba su gestión con este acto, leyó otro y dijo que cumplían la voluntad de un hombre “de honra y fe cristiana”:

—Es la hora por fin de decir, don Miguel, misión cumplida (…) Aquí estamos para que España y el mundo vuelvan a honrar los restos mortales de Cervantes como no se había hecho en tres siglos.

Los militares llevaron una corona de flores hacia la tumba, en desfile, erguidos con rectitud geométrica, música marcial; la alcaldesa la dejó a los pies de la hornacina.

Los enterraron en la pared norte del templo junto a la entrada, donde había sitio para otra lápida. No sobre el punto en el que de verdad aparecieron, porque allí hay un coro enrejado donde las monjas rezan a diario. La tradición oral de las prioras falló, pero una placa que estaba en la iglesia hacía casi 200 años lo indicó siempre, con precisión: encontraron la caja de reducción justo debajo, en línea recta, de esa lápida del altar mayor que dice: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega”.

Enterraron esos restos —que puede que sean los de Cervantes, o no, quizás algunos— que, en realidad, no estaban perdidos.