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Haití revisitado

Publicado: 27 enero 2013 en Maye Primera
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Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, en el instante mismo en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.

Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la biblia, y si eso es verdad la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó aquel enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles, van las tap-tap: las pick up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos, donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo. El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: ‘degajé’. Viven del ‘degajé’ los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego puedan vender en las aceras. Viven del ‘degajé’ las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime ‘para llevar’. ‘Degajé’ es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, que ya no existe, en el barrio de Carrefour Fieulle. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la Plaza Toussaint Loverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiler Saint Eloy está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen, a una hora en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior deL boceto de Saint Eloy hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Preval (el ex Presidente de Haití) y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al Gobierno sólo les preocupa su interés personal.

Nicole Pierre se acerca para ver trabajar al artista. Se sienta en un bloque, sobre la enorme placa de cemento.

—Justo aquí debajo están mi Junette, mi Johanna, mi Edison, mi Marie Helenne.

Son su tía, sus primos, su cuñada, que murieron en el número 4 de la Rue Lamivalle del barrio Carrefour Feuille. Ella, de unos treinta años, cargó con los cuerpos para sepultarlos aquí, para que no quedaran perdidos en las fosas comunes Saint Christophe de Titanyen. Ahora al menos tiene una tumba donde dejar sus flores plásticas.

***

Haití ya era esto.

Era el epicentro de la pobreza occidental cuando el 12 de enero de 2010 la golpeó un terremoto de 38 segundos y 7° grados de intensidad en la escala Richter. Más del sesenta por ciento de los niños nacían anémicos, como sus madres anémicas. Y en los seis primeros meses de vida, miles de esos niños sufrían de una desnutrición crónica que restringió de por vida su capacidad de moverse y aprender.

Haití ya era esta tierra arrasada, seca, semi-desértica. Sus bosques ya habían sido talados y quemados para la prosperidad de los empresarios del carbón. Puerto Príncipe, desde hacía mucho, había dejado de oler a mar: ya era esta capital opaca, hedionda a aguas negras por las mañanas, a leña por las tardes y a plástico quemado por las noches. Congestionada por los buses escolares gringos de segunda mano, nublada por el polvo y la basura que arde.

Los haitianos ya creían en el vudú: la amalgama sincrética que usaron los esclavos africanos durante todo el siglo XIX para adorar a sus dioses disfrazándoles con el rostro de los santos cristianos. Ya las dictaduras de Francois Duvalier y su hijo Jean Claude se habían servido del vuduismo para dominar, para pretenderse hougans: sacerdotes capaces de conceder la gracia de la vida a los benditos o de castigar con la muerte a quienes merecieran su maldición. Las milicias duvalieristas –los leopardos, los tonton-macoutes—ya habían asesinado y torturado a miles de haitianos que se opusieron al régimen, no con el vudú sino con sus pistolas y machetes.

Haití también había fracasado en su intento por superar la ocupación norteamericana, que dominó el país entre 1915 y 1934, y por construir un sistema de gobierno democrático tras décadas de mandatarios militares. El primer presidente electo en votaciones libres y universales, el pastor Jean-Bertrand Aristide, había sido expulsado del país por un golpe de Estado que lo envió al exilio en Suráfrica en febrero de 2004. Porque Aristide, con su milicia de ‘chimerés’, también construyó para sí un gobierno violento y personalista.

Haití ya era toda esta tragedia que Dominic, a sus cuarenta y cinco años, sabe contar en cuatro idiomas: creole, francés, inglés, español. Una lengua por cada episodio fatal de 2010: el terremoto que arrasó en enero, los huracanes de agosto, la epidemia de cólera que comenzó en octubre y el caos político después de las fallidas elecciones presidenciales de noviembre. Es la única forma de sobrevivir en este trozo de isla que ya era así, dice: conocer muchas lenguas y trabajar para los extranjeros que vienen a ocupar, a mirar o a ayudar. Los días trágicos en Haití son todos, pero los que Dominic añora son los días del terremoto: cuando perdió su casa, a uno que otro familiar lejano y el pie derecho de su esposa. Los extraña porque nunca, como entonces, volteó el mundo a mirarlos con tanta atención.

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Cuando Stefano Zannini llegó a Puerto Príncipe para hacerse cargo de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras, en junio de 2009, había sólo tres ambulancias del gobierno en esta ciudad de tres millones de habitantes. En aquella época, anterior al terremoto, el presupuesto nacional de Haití ya dependía en un sesenta por ciento de las ayudas humanitarias de gobiernos y donantes extranjeros. Un tercio de la población, especialmente en zonas rurales, estaba obligada a caminar casi tres horas antes de llegar al ambulatorio médico más cercano. Una vez que llegaban, no encontraban doctores ni medicinas. Entonces, en enero de 2010, llegó el terremoto. Luego, en octubre, la epidemia de cólera que ya suma más de tres mil novecientas víctimas. Pero por las calles de Puerto Príncipe siguen circulando tres ambulancias del gobierno para más de tres millones de habitantes.

—Lo único que ha cambiado desde que llegué es que ahora hay más actores internacionales— dice Zannini.

Desde el momento en que la tierra se abrió brotaron de todas partes las organizaciones de samaritanos. De evangélicos. De electricistas. De cienciólogos. De almas bien intencionadas que prometían curar a los heridos con sólo posar energía sobre sus cabezas. De abogados que tramitan adopciones de niños huérfanos, y de los que no lo son, por doce mil dólares. Se dice que hay más de doce mil organizaciones no gubernamentales trabajando en Haití después del terremoto. Pero ni el (entonces) presidente René Préval sabe cuántas son en realidad o qué vinieron a hacer ni mucho menos cuándo se irán. Cientos de ellas habían llegado a la isla en la década de los ochenta, con el fin del duvalierismo, para hacer labor humanitaria y promover programas de desarrollo.

—¿Cuándo nos iremos? Es imposible predecirlo, depende del proceso de reconstrucción después del terremoto. Cuanto más rápido se haga, será más fácil para las ong dejar el país. ¿Pero cómo podemos pensar en irnos cuando la población es tan dependiente de las organizaciones internacionales? — dice Zannini.

Los nueve mil novecientos millones de dólares que sesenta países de todo el mundo prometieron invertir para reconstruir la isla en diez años llegan a Haití por cuentagotas. Los frena el papeleo de una burocracia lenta, de instituciones públicas desmanteladas por el mismo desastre que tratan de enfrentar. Alrededor del sesenta por ciento de las oficinas de Gobierno, incluyendo el Palacio Presidencial, se vinieron abajo con el seísmo. Aunque antes tampoco servían para mucho. Servicios fundamentales como la salud y la seguridad están en manos de las organizaciones no gubernamentales desde hace veinte años y de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), que llegó con sus agencias y sus cascos azules en 2004, tras la caída del Gobierno de Jean-Bertrand Aristide.

Lo que saben Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja Internacional y las grandes ong que trabajan en Haití, es que pocos billetes de los nueve mil novecientos millones de dólares se han movido de las cuentas bancarias de los donantes, que dicen que sólo soltarán los fondos cuando en Haití se configure un escenario político más saludable, cuando llegue a la Presidencia un nuevo Gobierno que rinda cuentas.

—Esto es algo demasiado cínico, muy lejano a los compromisos que los países adoptaron en Nueva York. Los haitianos necesitan escuelas, hospitales, casas, mejores condiciones higiénicas, y las necesitan ahora. No pueden esperar a que venga un nuevo gobierno — dice Zannini.

Por eso hoy, en Haití, todo está como estaba: las calles, las casas, los edificios derruídos. Porque el poco dinero que llega a través de las agencias de la ONU y de las ong se usa para la atención humanitaria y para la supervivencia: para pagar el agua, la comida y las medicinas de cerca del millón de personas que aún viven en los campamentos. No para mover escombros.

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Choupette tenía treinta y nueve años y estaba loca. “Fou á lier” (loca de atar), decían sus familiares. Así tuvo dos hijas, Beatrice de trece y Carinne de dieciséis. El 21 de noviembre de 2010, cuando Rusford Saint Loui, de la Dirección Departamental Sanitaria de L’Ouest, fue a recoger el cadáver de Choupette, se las escuchaba llorar, al otro lado del muro. Ella estaba vestida con harapos, sobre una sábana, en una de las casas de la avenida Magloire Ambroise, en el centro de Puerto Príncipe, que había resistido al terremoto.

“Ella no murió de cólera”, decía Charles Dieusel, el padre de Choupette, mientras esperaba que los recogedores de cuerpos vinieran a buscarla para llevársela quién sabe dónde. Dieusel, vestido de guayabera verde manzana y zapatos negros impecables, explicaba a sus vecinos que su hija había muerto de una sobredosis de medicamentos: que había ido al hospital general, donde le aplicaron una inyección sospechosa, y que por la noche comenzó a tener un poco de diarrea. A eso de las tres de la madrugada, había dejado de respirar.

El cólera está asociado a la suciedad, a la falta de higiene. Es una bacteria que se aloja en aguas y en alimentos contaminados e infecta los intestinos humanos. En una de cada veinte personas la infección se vuelve enfermedad aguda: a ese uno se le entumecen las piernas y se deshidrata a fuerza de diarrea y vómitos. Y a nadie le gusta admitir que en casa hay problemas sanitarios. Ni siquiera a los damnificados que cada mañana se enjabonan, se frotan y se enjuagan en plena calle, para que todos vean cómo se mantiene limpio un cuerpo. Nadie quiere ser señalado de llevar la peste al vecindario, aunque el vecindario esté rodeado por la peste de las cloacas, de los chiringuitos de comida ambulante y de los puestos que ofertan frutas y moscas.

La mayoría de los doscientos mil pacientes de cólera que se reportaron en Haití entre el 16 de octubre de 2010 y el 25 de enero de 2011 se enfermaron en los barrios marginales de Puerto Príncipe y no en los campamentos de víctimas del terremoto. Desde hace un año, los damnificados beben del agua potable que envía gratis el Gobierno y si se contagian de cólera es por la contaminación de la comida o la pestilencia de las letrinas. En cambio, el agua llega a los barrios pobres de la ciudad a bordo de “La Sirene de L’aeu” o de la “Victoria da Vida” o de “Mon Bel Auge”. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques con agua de un pozo, a doscientos metros de profundidad, que está entre un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura en medio del barrio de Cité Soleil: el más grande y peligroso de Puerto Príncipe, donde los cascos azules patrullan armados de fusiles, encaramados en tanques de guerra.

El primer caso de cólera del que se tuvo noticia se reportó en el hospital de Saint Marc, a un par de horas de distancia la capital. En pocos días, la bacteria se extendió por toda la Petite Riviere de L’Artibonite: donde corre un río ancho, del que beben todos los pueblos cercanos. Dicen que fueron los soldados nepaleses de Naciones Unidas los que contaminaron con mierda el río. Dicen que fue una empresa relacionada con la esposa de René Préval la que lanzó la mierda al río. Dicen que fueron unos brujos los que echaron unos polvos para provocar el cólera en el río. Como quiera que haya sido, sólo cuatro semanas después de la aparición del primer caso ya habían muerto trescientas personas y otras veinte mil estaban contagiadas, ya no sólo en Saint Marc: también en Puerto Príncipe y en Gonaives, Cabo Haitiano y Port de Paix, al norte de la isla.

Rusford Saint Loui es el jefe del grupo de tres hombres que se encarga de recoger a los muertos de cólera de todo Puerto Príncipe: tres desempleados que el gobierno reclutó y entrenó en una semana.

—René Préval me llamó personalmente para decirme que me entregará las llaves de diez camiones como éstos para hacer la faena —decía en noviembre del año pasado.

El 21 de ese mes, cuando fue a buscar el cadáver de Choupette, la promesa de Préval no se había cumplido y Rusford seguía recogiendo los cuerpos –unos treinta y seis por día- en la tap-tap número 218 escoltada por un convoy de apoyo, una ambulancia que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados de fusiles.

En los primeros días de trabajo, la caravana fue recibida a pedradas en el barrio de Martissans: la gente, enfurecida, creyó en el camión había llegado para traer cuerpos infectados al barrio y no para llevárselos. Por eso las autoridades sanitarias enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: “Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía”.

El cólera le robó los funerales a muchos. Todos son un bulto que viaja apilado en la cabina de la tap-tap. Un bulto plástico, bañado en agua clorada, que salta en cada bache de la carretera. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de las fosas comunes de Saint Christophe de Titanyen.

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Joan tiene once años y es un pecador. Iba camino a casa al terminar la escuela, el 12 de enero de 2010, a las 4:53 de la tarde, cuando Dios, enfurecido, derrumbó un muro de concreto sobre su pierna izquierda. Al día siguiente, le cortaron el colgajo que quedaba en el Hospital Fontana, él despierto. Al día siguiente, le enviaron a casa con la tibia expuesta y sin receta para el dolor. Los médicos de una de las doce mil organizaciones no gubernamentales que operan en Haití encontraron a Joan entre las tiendas de campañas del barrio Cité Soleil, una semana después. Ya ni gritaba. Tenía el gesto hecho piedra. Cortaron de nuevo y moldearon, una cuarta por debajo de la rodilla, el muñón sobre el que Davor Krcelic construye el perdón de los pecados de Joan.

—En Haití existe la creencia de que si alguien pierde una pierna o un brazo ha sido como un castigo de Dios. Así todos puedan ver por la calle que allí va un pecador.

Dieciséis años atrás, Davor Krcelic ganaba buen dinero como fabricante de prótesis cuando la tercera guerra de los Balcanes llegó a Novisat, su pueblo, al norte de Serbia y en la frontera con Hungría. Entonces, huyó a República Dominicana. Entonces, llegó a Haití.

Sólo en esta clínica del bulevar Toussaint Loverture de Puerto Príncipe se practican seis o siete amputaciones al día. Con días peores que otros, ha sido así a lo largo del último año. Porque Dios no sólo castiga con el terremoto: castiga con la gangrena y luego, en la mutilación. Para correr la voz de su advenimiento, Davor, el protesista, ofrece 50 gourdes (poco más de un dólar) a cada chico que encuentre a algún mutilado en la calle y lo traiga a su consulta.

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El país que a René Preval le hubiese gustado legar brilla como una postal de Miami Beach. En ese país, los chicos pasean en Vespas y no en motos chinas que se deshacen en nubes negras de humo. Las familias viven en apartamentos de cincuenta metros cuadrados y no en tiendas de campaña-regalo-de-la-comunidad-internacional, donde sólo cabe un colchón en el que duermen seis. Los niños no son negros sino mulatos, sí van a la escuela, sí lucen saludables y no están condenados de por vida a las secuelas de la desnutrición. Pero en el país de miserias que administraba Préval, las únicas luces que permanecen encendidas en el miércoles 12 de enero de 2011, a las 6:00 de la tarde, son las que alumbran sus proyectos de papel para la reconstrucción de Haití, dibujados en computador y colgados como carteles sobre una de las cercas que protege las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. El resto es oscuridad.

El mandato del presidente Préval terminaba legalmente el 7 de febrero de 2011, pero podría continuar en el poder un par de meses más. El habría querido dejarle este país a su yerno, el candidato a la Presidencia por el partido oficialista Inité, Jude Celestin, para seguir gobernando con él y a través de él. Y estuvo cerca. El Consejo Electoral Provisional de Haití declaró a Celestin como uno de los dos ganadores de la primera vuelta electoral que se realizó el 28 de noviembre de 2010. Pero hasta la Organización de Estados Americanos denunció el fraude e impugnó los resultados. De acuerdo a los escrutinios de la OEA, la profesora y ex primera dama, Mirlande Manigat, y el cantante de kompa, Michel Martelly, deben ser quienes se enfrenten en la segunda vuelta electoral que debería realizarse en marzo de 2011. (Fue finalmente Michel Martelly quien resultó electo y asumió la presidencia desde el 14 de mayo de 2011).

Lo que ocurrió el 28 de noviembre de 2010 ni siquiera merece llamarse “elección”, dice Susy Castor, historiadora y directora del Centro de Investigación y Formación Económica y Social por el Desarrollo de Haití. Fue un proceso lleno de fallas que debería ser anulado por la paz futura de Haití.

—En vista de la situación de Haití, cualquier autoridad que suba al poder sin legitimidad se convertirá en una fuente de conflicto y no en una solución. Ahora todo el mundo trata de tomar distancias, pero es evidente que la Minustah y la OEA tienen una fuerte responsabilidad en lo que pasó. El Gobierno haitiano no da un paso sin contar antes con su consentimiento.

El mundo ha prometido que cuando la crisis política al fin se resuelva, su dinero al fin llegará a los haitianos, pero de la cifra global de las donaciones falta deducir el costo de la intervención militar de cada uno de los países que envió tropas a Haití después del terremoto. También falta restar la deuda externa que varios de estos países aceptaron condonar después de las sucesivas tragedias. Sería algo así como lo que ocurrió en Afganistán y en Irak y en otras intervenciones post-emergencia que ha coordinado Naciones Unidas alrededor del mundo.

Muchos de los billetes que queden después de esta ecuación ya tienen de antemano nombre y apellido. En el caso del dinero donado por los Estados Unidos, la agencia USAID (United States Agency for Internacional Development, por sus siglas en inglés) decide en cuáles proyectos se invertirán sus aportes y cuáles deben ser las características de las empresas que se contraten para realizar los trabajos. Las compañías favoritas de las agencias de cooperación de cada país son las que pertenecen a sus connacionales.

Mientras tanto, Fritz Polidor se pasa la tarde del 12 de enero de 2011 mirando el futuro a través de los barrotes del Palacio Nacional. Es sargento retirado del ejército, tiene casa, y a los cincuenta y tres años lleva el luto de un hijo adolescente muerto.

—No sé si todo eso que está en los carteles va a hacerse realidad. Lo que sé es que si depende de los gobernantes haitianos, nunca va a ocurrir. Todo ese trabajo sólo lo haría un gobierno extranjero.

Cuando lo dice, suena al fondo el cornetín de los guardias del palacio, que van arriando la bandera haitiana, izada a media asta durante el 12 de enero de 2011.

***

Puerto Príncipe es más cara después del terremoto. El precio de los alquileres ha aumentado hasta una tercera parte. Si Milton pagaba ochenta mil gourdes (dos mil dólares americanos) por la renta de una casa de un cuarto, sala y cocina, ahora quieren cobrarle ciento veinte mil. Milton no tiene opción porque no hay demasiada oferta inmobiliaria para que los haitianos puedan elegir. En cambio, para los voluntarios de las ong hay residencias de todos los tamaños.

—Si ya era difícil para los haitianos conseguir una casa en Puerto Príncipe, ahora lo es más. Mucha gente de clase media ha preferido mudarse a un lugar más pequeño para alquilar sus casas a los voluntarios de las ong y cobrar una renta fija en dólares—dice Alain Gilles, vicerrector de asuntos académicos de la Universidad Quisqueya.

El desembarco de las ong, con sus viáticos en dólares, ha distorsionado aún más la economía de la isla, dependiente de las ayudas internacionales y de las remesas del extranjero. La inflación se ha disparado y ante la perspectiva de obtener comida y agua gratis, los desempleados de las clases más empobrecidas no hacen mayores esfuerzos por buscar un trabajo fijo.

Las pocas familias ricas de Haití lo son cada vez más. Su prosperidad depende de establecer contratos con el Gobierno y con las ong, para importar alimentos o coches, sobre todo. El sector bancario vive de los depósitos del Estado, que obtiene sus dólares de las ayudas internacionales, y de las remesas del extranjero. En cada esquina de Puerto Príncipe hay una oficina de Western Union o de Money Gram que también hace llegar a las familias ese dinero fresco.

Los restaurantes caros del barrio rico de Petion-Ville están a reventar cada noche. Sirven salmón en salsas de eneldo, filetes a la pimienta verde, bisque de frutos de mar, langostas grilladas, escargots al ajillo a precios de restaurantes neoyorquinos. Afuera, los valet parkings cuidan las patrullas con el logo de Naciones Unidas y placas diplomáticas de los comensales.

Cada vez más policías de la ONU están interesados en aprender a bailar salsa para ir a mostrar sus pasos en las pistas de baile del Quartier Latin, del bar Jet-Set, del latin-dancing-club Almendra de Petion-Ville. Con los dólares que ha ganado en el último año, Daniel Fombrun –cincuentón, dueño de los apartamentos Tropical donde se alojan policías de al menos cinco países— construyó una terraza en la que tres veces por semanas hay lecciones privadas de baile.

“Un, deux, trois…back…flip-flap”, le indica en francés el maestro haitiano a sus discípulos turcos, franceses, croatas. Terminada la clase, se lavan el sudor con un baño, visten de nuevo el uniforme y la nueve milímetros, y se despiden.

***

Haití, contra todo pronóstico, sigue creciendo. Durante el año siguiente al terremoto del 12 de enero de 2010, la tasa anual de embarazos se ha triplicado en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, de acuerdo a las cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Las parturientas que no gritan en el Hospital Isaïe Jeanty de Puerto Príncipe, cantan. Cantan lo primero que se les viene a la garganta. Cantan plegarias a Dios, cantan kompa. Cantan tumbadas en el suelo, por los pasillos de la maternidad. Cantan hasta merecer, a pocos minutos de traer otro hijo al mundo, una de las seis únicas camas que hay la sala de partos. Con el niño viene el silencio. Y si no hay complicaciones, al cabo de seis horas están de vuelta en la calle, buscando una tap-tap para volver a casa.

La maternidad está a reventar y ellas también. Hay mujeres en trabajo de parto, sentadas en la sala de espera, tratando de acompasar la respiración. Mujeres en los pasillos, echadas en el piso, secando con un trapo cuanto líquido les brota del cuerpo. Los corredores huelen a una mezcla de cebo, sangre, cloro y alcohol. En condiciones normales, una parturienta con cinco centímetros de dilatación estaría hospitalizada. En este hospital sin suficientes camas, se les acuesta cuando alcanzan los ocho centímetros de dilatación: cuando el niño está por nacer.

Desde noviembre de 2010 funciona en el patio de la maternidad un centro para el tratamiento del cólera que dirige Médicos Sin Fronteras. Ese fue el mes más crítico en esta área del hospital. El día 22, diez mujeres con cólera estaban recluidas, conectadas a bolsas de suero, desnudas, con espasmos, vomitando. Casi todas perdieron a sus bebés. Felipe Rojas López –chileno, de veintisiete años- es uno de los médicos que desde aquella fecha y hasta ahora las atiende.

—Las embarazadas llegaban acá en muy malas condiciones y ya con ese nivel de deshidratación, el feto era precario. La mayoría de los bebés morían en el útero y había que sacarlos—explica Rojas.

Cerca de dos tercios de estos embarazos son no deseados. Y en el uno por ciento de los casos ha habido violencia sexual en el momento de la concepción, dice Igor Bosc, representante de la UNFPA en Haití. Hasta 2005, la violación intrafamiliar no era considerada delito en este país. Para algunos de los hombres haitianos que viven en los campamentos de refugiados aún no lo es. Solo en los primeros ciento cincuenta días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de doscientos cincuenta casos de violación, la mayor parte de niñas.

Las pacientes del hospital Isaïe Jeanty se registran con las direcciones que ya no existen, las de sus casas que se desplomaron durante el terremoto. Muchas lo hacen porque les avergüenza decir que viven hacinadas en una tienda de campaña. Otras, porque de antemano han tenido la intención de abandonar a sus hijos en la maternidad.

En enero pasado había cinco chicos abandonados en la maternidad, esperando a ser recogidos por la Dirección de Bienestar Social. Como Mivier Normil, que pesó 1,6 kilos al nacer, el 7 de enero a las 6:33 de la mañana, y era demasiado flaco, demasiado débil como para que Ilania Normil –su madre de veinticuatro años- se lo llevara a casa. Que lo buscaba después, dijo ella. Dejó un número de teléfono en el que una máquina dice “esta línea está fuera de servicio” cada vez que las enfermeras llaman.

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La mañana del lunes 18 de enero conduje junto con Frantz Ewald, pintor nacido en Haití, desde lo alto de la colina que ocupa el suburbio de Pétionville, donde me alojaba, hacia Puerto Príncipe. Habían pasado seis días desde el terremoto y la ciudad aún estaba sumida en el caos. Mientras los rescatistas escarbaban entre los escombros en busca de sobrevivientes, los habitantes caminaban por las calles buscando agua, comida y combustible. En Pétionville una gasolinera comenzó a funcionar y esa misma mañana se formó una larga fila de automóviles; entre los autos había hombres y mujeres a pie, cargados con bidones y esperando ansiosamente que llegara su turno frente a la bomba. Una mujer mayor se acercó a la gente de la fila y solicitó ayuda con cortesía. El cuerpo carbonizado de un hombre –un ladrón, supuestamente– yacía en la acera del otro lado de la calle, frente a un banco. Su cabeza estaba aplastada y sus piernas se doblaban extrañamente por detrás. Al pasar por ahí la gente se cubría la nariz y la boca con las manos. A unos cuantos metros, unos jóvenes mercachifles ofrecían a los conductores que pasaban tarjetas de prepago de una empresa de telefonía celular.

Frantz y yo íbamos en su camioneta Toyota, y no habíamos llegado muy lejos cuando frenamos para dejar que un grupo de adolescentes cruzara la calle frente a nosotros. Los guiaba una mujer alta, vestida con una túnica blanca y una falda negra, larga. Los chicos la seguían como si fuese una suerte de flautista de Hamelin. Al pasar por enfrente, la mujer nos miró de soslayo e hizo un gesto de educada consideración; nosotros proseguimos nuestro camino.

Cuatro o cinco horas más tarde, en la planicie a orillas del aeropuerto de Puerto Príncipe, vimos de nuevo a esa mujer y a sus jóvenes seguidores. Estaba de pie en medio de una multitud de curiosos, frente a las rejas del aeropuerto donde aviones de la onu y de Estados Unidos aterrizaban en la pista más allá del pequeño edificio de la terminal. Nos detuvimos, saludamos con un gesto, y ella nos habló –sorprendentemente– en inglés, con un acento sureño. Nos dijo que su nombre era Nadia François y que vivía en Delmas 75, un barrio que quedaba a cinco millas, en las colinas. Nos dijo que había bajado en representación de unas trescientas personas que estaban allá y que necesitaban ayuda. Nos mostró un papel con un mensaje escrito a mano, sellado y firmado por un pastor protestante, que daba fe de su misión. Nadia había guiado a su grupo hasta el aeropuerto tras enterarse de que el ejército estadounidense estaba repartiendo comida.

Le dijimos a Nadia y a sus acompañantes –nueve en total– que subieran a la parte trasera de la camioneta y nos dirigimos en busca de alimentos. Pese a los rumores que habían atraído a cientos de haitianos a la carretera del aeropuerto, sólo para congregarse y mirar con ilusión, ahí no se estaba entregando comida. Seguimos hasta topar con un terreno cercano donde algunas casas de campaña y algunas provisiones estaban demarcadas por una decena o más de banderas nacionales, pero se trataba de un campamento, no de un punto de distribución de comida. Preguntamos a un guardia de la onu dónde podíamos encontrar ayuda; nos contestó que no lo sabía. Alguien nos dijo que en una fábrica cercana, donde los dominicanos habían emplazado una base, se estaban entregando alimentos, así que condujimos hacia allá.

La primera ayuda, la más visible, había llegado a Haití desde la vecina República Dominicana. Cuando entré por vez primera al país, en el amanecer del 15 de enero, crucé la frontera junto con una larga fila de vehículos que transportaban suministros. También había un convoy de soldados que conducían camiones en los que se leían mensajes anunciando que la ayuda era un gesto personal del presidente dominicano, Leonel Fernández.

Ahora se estaba consolidando un amplio esfuerzo de asistencia internacional. Ayuda humanitaria y equipos de rescate llegaban a diario de todas partes del mundo –España, Francia, Rusia, Israel, Venezuela, Cuba, y también Estados Unidos. Un equipo de cienciólogos con camisetas amarillas hizo su aparición, lo mismo que un grupo de Caballeros de Malta. Incontables toneladas de víveres se habían enviado en avión o estaban en camino. Pero la distribución de la comida era desordenada, y cada punto de reparto acababa inundado por masas desesperadas. En toda la ciudad carteles y pancartas pintados sobre telas reclamaban ayuda. Y sólo aquellos dotados de paciencia y ánimo parecían obtenerla.

Nadia nos contó que había crecido en Miami con su familia. Tenía 36 años, “casi 37”, y había regresado a Haití hacía apenas dos. Le pregunté por qué había regresado. Me sonrió compungida y dijo que se había “portado mal” y que tenía “problemas de migración”. La semana anterior Nadia se había convertido en un medio primordial de ayuda para su comunidad. Cada día acudía al centro de la ciudad e intentaba regresar con comida y algunos enseres básicos.

En el depósito de alimentos dominicano un destacamento de cascos azules peruanos se aferraba nerviosamente a unos escudos de acrílico y unos rifles de asalto, tratando de contener a una gran multitud de haitianos que se habían congregado a ambos lados de la reja de entrada. Los soldados estaban acorralados, sus caras rojas, y cuando nos estacionamos para hablar con ellos, nos contestaron a gritos, como si el ruido de la multitud los hubiera dejado sordos. Los convencimos de dejarnos pasar y, una vez adentro, nos encontramos con una escena tumultuosa: los camiones iban y venían, y los civiles que se habían saltado el cordón de seguridad se mezclaban con la policía haitiana, con los soldados dominicanos y con decenas de voluntarios de camiseta amarilla, que estaban ahí con el Ministerio de Haití para la Condición Femenina –un legado de la presidencia populista de Jean-Bertrand Aristide. Una funcionaria del Ministerio estaba de pie junto a la bahía de carga del almacén, donde se iban formando pilas desordenadas de suministros en los camiones.

La ayuda consistía en bolsas de plástico con productos para mantener a una sola familia durante un día: arroz, harina de maíz, frijoles, sardinas y salchichas. La funcionaria llevaba un vestido estampado, con una mascada a juego y unos grandes lentes oscuros, y hablaba atenta y continuamente por su celular. A su alrededor las disputas estallaban conforme personas sin autorización intentaban colarse hasta la última barrera, queriendo llegar a la comida en la bahía de carga. Una mujer de apariencia brava, con un pañuelo en la cabeza, entró y pidió comida a voces. Un soldado la empujó. Ella le gritó. Él la empujó de nuevo. El soldado aseguraba que la mujer había estado ahí el día anterior y que se estaba haciendo de suministros para después venderlos.

Un coronel dominicano de triste apariencia intentaba supervisar las maniobras. Fue él quien autorizó a Nadia y su grupo llevarse un poco de comida, y después añadió, en tono de disculpa, que tenía órdenes de distribuir la comida a través del gobierno haitiano y que, por ende, no podía entregársela directamente a la gente de la ciudad. El coronel nos llevó con la funcionaria del Ministerio, quien retiró el celular de su oído y escuchó mientras exponíamos el caso. La funcionaria miró gravemente a Nadia, movió la cabeza asintiendo, y luego regresó a su teléfono.

Cargamos la camioneta con setenta u ochenta bolsas, las aseguramos con una red de carga de plástico amarillo, y fuimos hacia las rejas. Cuando salimos, el gentío era aún mayor y los soldados estaban alterados. Nos gritaron que condujéramos más rápido y que no nos detuviéramos por nada, ya que la gente podría abalanzarse sobre nuestro vehículo para tomar la comida. Atravesamos la multitud pisando el acelerador; camino de las colinas, circulamos precavidamente por vías secundarias. Después de unos cuantos kilómetros, paramos en una calle de clase media flanqueada por árboles, y ahí, en una curva, había un hueco entre las casas. Un toldo de retacería, hecho de sábanas y lonas, se extendía sobre aquel hueco, y debajo del toldo había una gran cantidad de mujeres y niños viviendo sobre tapetes dispuestos en el pavimento.

Al fondo del toldo terminaba la calle y la tierra se cortaba abruptamente. Debajo, en un barranco de unos diez metros de profundidad y unos treinta metros de anchura, estaba la comunidad de Nadia: Fidel –llamada así por Fidel Castro, según me dijo–, donde ella y otras trescientas personas solían vivir. (Me di cuenta de que “Delmas 75” correspondía a la calle que pasaba frente al barranco y que aparecía en los mapas de la ciudad; Fidel quedaba fuera del mapa.) Se trataba del lecho seco, pedregoso, de un río, colmado por una geometría de viviendas hechas con bloques de cemento y pedazos de lámina, una de las cuales era la casa de Nadia, una estructura de concreto, de unos cuatro metros cuadrados, que rentaba por el equivalente a unos trescientos dólares al año.

La mayor parte de los residentes de Fidel se había mudado a la calle para dormir bajo el toldo. Estaban asustados por las réplicas continuas y no querían que otro temblor los sorprendiera en el barranco. Nadia apuntó hacia un cúmulo de piedra y concreto derribados en la orilla de la cañada; yo podía adivinar la silueta de un desarrollo inmobiliario inacabado. Nadia me contó que los residentes de Fidel le habían pedido a la constructora no llevar la pared tan cerca de la orilla del barranco, pero que los habían ignorado. Durante el temblor, una sección de la pared se derrumbó sobre la vecina de Nadia, la golpeó en la cabeza y la mató.

A un lado de la camioneta, Nadia alzó la voz para pedir ayuda, y en unos cuantos momentos un grupo de jóvenes y niños comenzó a cargar las bolsas de comida al interior de una pequeña y rudimentaria iglesia protestante, la Église Pancotista Sous Delovy. La iglesia, construida a un lado del barranco, estaba hecha de hojas de lámina corrugada, pintada de azul y rosa. Al altar y las bancas se llegaba bajando una escalera de concreto hacia el fondo de lo que parecía casi un pozo. Nadia dio órdenes a los jóvenes, y el pastor, Jean Vieux Villers, prometió que se haría cargo de la justa distribución de la comida; todo el mundo parecía contento con este arreglo.

***

Según Verner Lionel –vecino de Nadia–, Fidel se fundó hace 32 años, cuando se construyó la zona por encima de los barrancos. A Lionel se le considera líder en Fidel, ya que, a sus 52 años, es el hombre más viejo del lugar. Como muchos otros hombres de Fidel, Lionel es un trabajador itinerante de la construcción y un mil usos. Llegó ahí en los años setenta como trabajador de una proyectista, una mujer a la que llama Prosper, que le permitió construir una casucha para sí mismo en el barranco. “La mía fue la primera casa”, me dijo. Desde el campo llegaron los amigos y parientes de Lionel, siguiéndolo a los barrancos, y luego vinieron más. Hoy viven ahí unas 860 personas, según los cálculos de Nadia. Los haitianos tienen familias grandes; las organizaciones humanitarias internacionales suelen calcular entre seis y siete personas por familia, y en algunas ocasiones son muchos más. Casi la mitad de los nueve millones de habitantes del país tiene menos de dieciocho años.

Nadia señaló a las numerosas madres, bebés y niños bajo el toldo y afirmó que algo debía hacerse por ellos. “La cosa es”, dijo con un tono de tierno menosprecio, “que estos haitianos no saben qué hacer”. El problema inmediato era que el camión cisterna del que la gente de Fidel solía comprar agua no había aparecido desde antes del terremoto del 12 de enero, así que el acceso al agua no era fácil. (Un problema generalizado: incluso antes del terremoto la mitad de la población de Haití no tenía una fuente de agua segura.) En Fidel tampoco había comida ni medicinas, ya que no había trabajo y nadie tenía dinero ahorrado. Esta gente es pobre y, como muchos de sus compatriotas, Nadia incluida, están viviendo por debajo de la línea de la pobreza y habían vivido así desde mucho antes del terremoto.

Haití ha permanecido en estado de lucha desde que se independizó de Francia, en 1804. Es el país más pobre del hemisferio occidental; un 78 por ciento de su población vive con menos de dos dólares al día, y 54 por ciento con la mitad de eso. Sus exportaciones tradicionales –café y azúcar– han caído, y el sector de manufacturas ha ido en declive durante décadas. El país ha padecido disturbios, una violencia espantosa y levantamientos políticos trágicamente regulares, encabezados por una sucesión de déspotas y estafadores: Papa Doc, Baby Doc, el Padre Aristide.

Y encima de todo, Haití parece casi singularmente martirizado por la naturaleza. De junio a octubre se registran graves tormentas y huracanes. En el verano de 2008, en el lapso de tan sólo dos meses, la tormenta tropical Fay, el huracán Gustav, la tormenta tropical Hanna y el huracán Ike le dieron una paliza, y juntos dejaron a ochocientos mil personas sin casa y la infraestructura del país severamente dañada.

Haití depende en gran medida de la ayuda extranjera, pero sólo un poco de ese dinero contribuye a un desarrollo sostenido, y a menudo le ha sido retirado por razones políticas. La mayor parte de los trabajos están en el sector agrícola; puesto que la exportación ha ido en picada, cerca de cien mil haitianos al año emprenden el viaje desde el campo hacia Puerto Príncipe. Ahí trabajan sobre todo en el sector “informal”: botones, jornaleros, boleros y marchantes. Hoy incluso esos trabajos han desaparecido.

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Un día, saliendo de la pequeña oficina de concreto de la policía, cercana al aeropuerto y convertida en sede provisional del gobierno de Haití, Frantz y yo pasamos por el cementerio de Puerto Príncipe. Había cadáveres por toda la ciudad –yacían en las esquinas de las calles, a veces a mitad de las avenidas– y, en la oficina, el gobernador de Puerto Príncipe y el director del Ministerio de Salud me habían informado que estaban haciendo lo que podían para recogerlos. Al fin y al cabo todo lo que podía hacer el gobierno de Haití por ahora era lidiar con los cadáveres. El primer ministro Jean-Max Bellerive me dijo que se habían recogido setecientos mil cuerpos con buldózers y camiones de volteo, cuerpos que habían sido enterrados en cuatro fosas comunes, dentro y fuera de la ciudad. Una de esas fosas estaba en el cementerio principal.

Conforme nos acercamos vi tres cuerpos boca abajo sobre la tierra, en un agujero en la valla. Dos de ellos parecían ser mujeres, una muy joven. Los demás cadáveres que había visto en Puerto Príncipe estaban hinchados y abrasados por el calor. Estos cuerpos estaban frescos y no tenían heridas visibles. Me recordaron a las fotografías que había visto de las víctimas de los escuadrones de la muerte en El Salvador. Una peste abrumadora flotaba en el aire, incluso dentro de la camioneta.

Junto a la valla del cementerio yacía un hombre joven, empapado en sangre de pies a cabeza; había aún más sangre encharcada alrededor de él, sobre la acera. El hombre estaba de lado, con un codo apoyado en la tierra, para poder colocar la cabeza en su mano. Justo encima de él, en la valla, había un anuncio de celulares Nino, color rojo brillante, y, al lado, un crucifijo tallado dentro de un círculo. Frantz me dijo: “Creo que todavía está vivo.” Varias personas se juntaron en el camellón para mirarlo. Una de ellas afirmó: “Es un ladrón. La policía lo ejecutó y lo vino a tirar aquí. Y aquellos también”, e indicó los cuerpos frescos. “Son ladrones.”

Durante el terremoto cientos de prisioneros escaparon de la cárcel nacional, a unas cuadras del Palacio Presidencial y el cementerio. Entre los fugitivos se hallaban criminales peligrosos y algunos de los líderes más violentos de las pandillas de Puerto Príncipe. Muchos saqueadores –miles de ellos, según algunas informaciones– invadieron la Grand Rue, la zona comercial más importante, y otras zonas de la ciudad. La policía se vio en apuros para responder, pues había perdido a la mitad de sus fuerzas en el área de Puerto Príncipe. Yo había escuchado reportes sobre disparos de la policía contra los ladrones y asesinatos de saqueadores a manos de patrullas ciudadanas. En el barrio donde pernoctaba se oían balazos por la noche y, en cierto momento, corrieron rumores sobre maleantes que robaban bebés para venderlos para adopción, secuestrándolos supuestamente por la noche, mientras la gente dormía afuera, en las calles. Un día vi a un hombre amarrado a un poste, destazado con machetes y asesinado a pedradas.

El hombre de la acera se estremeció; su pecho se alzó y cayó lentamente un par de veces. Un buldózer amarillo subió por la calle y un hombre de aspecto rudo, caminando frente a él, lo guió hasta los tres cuerpos en el agujero de la valla. Entre mucho ruido y mucho humo, el buldózer los levantó con su pala de acero y, después, con varios movimientos bruscos, los dejó caer sobre un montículo de tierra amarillenta que se alzaba unos cinco metros dentro de la valla. En cosa de un minuto los cuerpos habían desaparecido. El buldózer avanzó junto a la acera y bajó su pala. Pero, antes de que levantara al hombre herido, el trabajador que dirigía las maniobras caminó hacia él. Al ver que estaba vivo todavía, hizo señas para que el buldózer se alejara. Mientras la máquina rugía y se apartaba, le preguntamos al trabajador qué pensaba hacer respecto del herido. Nos dijo: “Yo sólo me hago cargo de los muertos”, y se fue.

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Cuando ocurrió el terremoto, Nadia trató de correr fuera de la cañada. Estaba a la mitad de los burdos escalones de concreto que llevan a la calle cuando escuchó gritos cerca de su casa. Corrió de vuelta y vio a su vecina muerta bajo una pila de bloques de concreto. La vecina tenía un niño de siete meses. “Dije: ‘¿Dónde está el bebé, dónde está el bebé?’ y lo vimos ahí, tirado en la tierra.” La mujer había logrado arrojar al bebé y ponerlo a salvo justo al quedar sepultada bajo los bloques. “Una mujer lo recogió y me lo entregó”, nos contó Nadia. “Estaba cubierto en sangre, también tenía sangre en las calcetas. Uno de sus brazos parecía dislocado, y también una de sus piernas, y su cabeza estaba hinchada. Yo tenía miedo de que se muriera en mis brazos. Él trataba de dormirse y yo trataba de mantenerlo despierto.” Nadia fue en busca de los parientes del niño y encontró a su tía, que vivía en Ravine 75, a unas cuantas cuadras de Fidel. “Después salí y me senté; estaba llorando porque no sabía qué le había pasado a mi novio.” Su novio, un joven de nombre Kesnel Jean, había salido más temprano en un autobús hacia Jacmel, un pueblo de la costa sur de Haití. No se sabía nada de él.

Esa noche, “cuando todo paró”, según dijo Nadia, caminó a Delmas 36, a unas 35 cuadras, para ver si su primo y su familia habían sobrevivido. Y así fue, sólo que lo que vio en la ciudad –“muchas casas caídas”, y gente muerta y herida por doquier– la entristeció. Nadia recordaba un rumor que había comenzado a circular después del desastre. “Los haitianos empezaron a decir que la causa de esto era un experimento realizado por Estados Unidos, que quería apoderarse de Haití. Pero yo sé que es obra de Dios, porque si Estados Unidos lo hizo, entonces, ¿también provocó el terremoto de California hace unos años? Yo les traté de explicar que no tenía sentido.”

En los días siguientes Nadia siguió vagando fuera de Fidel. “El miércoles caminé hasta el centro y de regreso, buscando a mi novio. Vi gente muerta por todas partes”, dijo. “Vi a un niño que había tratado de correr fuera de un edificio, y el edificio se le vino encima, y todo lo que podías ver era su cara y uno de sus brazos. Vi saqueadores llevándose cosas o lanzándolas desde lo alto de un edificio destruido, y escapé corriendo, porque no quería que la policía me llevara.”

Fue en esas primeras salidas, en busca de Kesnel y de sus parientes, que Nadia comenzó a buscar comida. Me dijo, con cierto orgullo feroz: “Nunca sufrí en Estados Unidos por cosas como agua y comida, así que no veo por qué habría de hacerlo en Haití.” La comida que encontró se la llevó al pastor Villers para almacenarla en la pequeña iglesia hasta que pudiera repartirse.

No fue sino dos días después de desaparecer que Kesnel regresó a Fidel, lastimado de una pierna, pero bien por lo demás. Cuando vino el terremoto, su autobús chocó; cerca de ahí, un vehículo de la onu también se accidentó. Murieron muchos pasajeros, según le contó a Nadia, pero a él lo puso a salvo la gente de la onu. Luego pudo contratar una motocicleta para hacer parte del camino de regreso a Puerto Príncipe, y el resto del trayecto pidió a los automovilistas que lo llevaran.

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En la carretera de la costa que lleva hacia Léogâne, al oeste de Puerto Príncipe –una vieja plantación que quedó prácticamente destruida en el terremoto–, me detuve un día en la casa de Max Beauvoir, el houngan o sacerdote vudú más importante de Haití. La casa laberíntica de Beauvoir se encuentra en un claro, a la sombra de árboles tropicales –un paisaje inusual en esta zona del país que, como gran parte de Haití, ha sido prácticamente deforestada. Parte del muro de coral del frente se había derrumbado en el terremoto. Una sección de su templo y una cocina al aire libre también habían resultado dañados, pero su casa estaba intacta. Desde los parapetos de las construcciones varias estatuas de dioses vudú dominaban el jardín.

Beauvoir, sentado frente a una mesa redonda bajo los árboles de atrás de su casa, me saludó cortésmente. Es un hombre alto y bien parecido, con ojos profundos e intensos; tenía un par de rottweilers enormes a sus pies y, sobre la mesa, un paquete de Marlboro Lights que iba vaciando al tiempo que hablábamos. Me dijo que estaba alterado por los comentarios del predicador evangélico estadounidense Pat Robertson, quien había achacado la tragedia de Haití a un pacto con el Diablo. “Siento que Pat Robertson perdió una gran oportunidad para cerrar la boca”, dijo Beauvoir. “Lo que más se necesita en Haití en este momento es compasión. Una tragedia como esta no es culpa de nadie, y buscar culpas es ridículo, y no muy inteligente a mi parecer. Habría sido más inteligente de su parte callarse la boca, sencillamente.” Beauvoir también estaba molesto por los entierros masivos de las víctimas del terremoto. Cada día decenas de miles de cuerpos humanos sin identificar estaban siendo enterrados con buldózers sin ceremonia alguna, y él deseaba que hubiera una manera de brindar mayor dignidad al proceso. “Todos tenemos una parte de Dios en nosotros, y nuestros cuerpos deben ser descartados en forma decente. La manera en que lo están haciendo, recogiéndolos y echándolos en agujeros, es indigna.”

Le conté a Beauvoir sobre los cuerpos tirados en el cementerio, y asintió. El 16 de enero, aseguró, el presidente de Haití, René Préval, lo había mandado llamar a una junta de emergencia del gabinete, junto con el primer ministro, el jefe de policía y las autoridades supervivientes de las iglesias católica y protestante. En la junta los líderes habían discutido cómo zanjar la situación de la seguridad en Puerto Príncipe. “Decidimos que debíamos lidiar con ellos de emergencia”, dijo. “Desde el día 17 y durante las siguientes dos semanas”, los criminales debían ser tratados “como se hace en una emergencia”. Le pregunté si esto significaba aplicar la pena capital, y me contestó que sí: “Pena capital automática para los bandidos.” Algunos de los saqueadores robaban aquello que necesitaban desesperadamente, de lugares donde ya a nadie le importaría. Algunos estarían abasteciendo a quienes estaban demasiado enfermos o demasiado lastimados como para valerse por sí mismos; Nadia no podía ser la única que se ocupaba de una comunidad. Sin duda, otros robaban por codicia y oportunismo. Pero esta parecía ser una distinción imposible de realizar, especialmente para una fuerza policiaca disminuida.

Le pregunté a Beauvoir si tal licencia podría extenderse incluso a una jovencita, y mencioné a la muchacha cuyo cuerpo estaba entre aquellos tirados en el cementerio. Beauvoir asintió. “Podría incluir a cualquiera.” Parecía concebir esta medida rigurosa como una necesidad deplorable. “Personalmente lo lamento”, dijo. “Lamento todas las muertes. Lamento las numerosas llamadas que he recibido solicitando ayuda. Lamento que todavía haya gente atrapada en sus casas. Lamento el terremoto que tuvimos esta mañana.” (Ese mismo día, más temprano, una réplica de 6.1 en la escala de Richter había sacudido Puerto Príncipe.) Le comenté sobre el joven que habíamos encontrado, herido de bala y abandonado a morir, y sobre cómo, al final, habían sido los soldados estadounidenses los que se lo habían llevado para proporcionarle tratamiento médico. Le dije a Beauvoir que había intentado seguir el caso, pero me fue imposible hallar al muchacho. Esto también era lamentable, según dijo. “Pero si quiere buscarlo, le digo, vaya y busque en las tumbas.”

El gobierno haitiano niega haber ordenado a la policía usar medios extrajudiciales para lidiar con los saqueos. Pero cuando le conté a Nadia lo que Beauvoir había dicho, no le sorprendió. Unos cuantos días antes un policía que vive en Fidel le había dicho a ella y a otros vecinos: “Si descubren a un ladrón, mátenlo.”

***

Nadia habla inglés, español y criollo, y, según me dijo, se siente más estadounidense que haitiana. Cuando le pregunté cuáles son sus programas de televisión favoritos, se rió y me dijo: “¡Los duques de Hazzard y Punky Brewster!” Su madre la llevó a Estados Unidos, junto con sus hermanos, cuando ella tenía seis años; se fueron en un barco con otros inmigrantes ilegales haitianos, primero a Cuba y luego a Florida. Su padre estuvo en prisión en Estados Unidos y se reunió con ellos más tarde, cuando Nadia tenía catorce años. Poco después lo encontró aspirando cocaína en su casa, y él la trató de golpear. Su madre lo corrió. Cuando Nadia aún cursaba el bachillerato, su padre disparó contra una persona y luego huyó a Puerto Príncipe. No pasó mucho tiempo antes de que se enterara de que lo habían matado tras un negocio de drogas en Delmas 33, a unas treinta cuadras de donde vive ahora.

De niña, en Miami, había querido ser marine o modelo. “Mi madre me prometía llevarme a Barbizon, pero eran mentiras: nunca lo hizo.” Nadia sonrió. Su vida había sido difícil. Su hermano mayor, me explicó, había caído enfermo, víctima de una maldición vudú. Su madre había vuelto a Puerto Príncipe para cuidarlo, pero él había muerto. La madre de Nadia trajo la enfermedad de vuelta con ella, y murió poco después. Esto ocurrió en su último año de bachillerato. Nadia se graduó, pero tras la muerte de su madre ella y su hermana tuvieron que dejar la casa que rentaban.

Durante algún tiempo, me dijo, estudió “srh” en el Tallahassee Community College. Cuando le pregunté qué quería decir eso, me contestó: “Servicios de Recursos Humanos”, dudando, como si no pudiera recordar del todo lo que significaban esas siglas. También estudió cosmetología y obtuvo un certificado para trabajar en un call center. Tenía tres niños, dos de un hombre y uno de otro.

En 1992 fue arrestada y pasó cinco años y medio en prisión. Primero me dijo que la habían arrestado en un auto que no le pertenecía y en el que había una pistola. Luego me miró y agregó: “Caí con la gente equivocada.” Después de estar en la cárcel fue deportada. En 1999 regresó a Estados Unidos con

la esperanza de ver a su hija, a la que maltrataban en su casa de acogida, según me aseguró. La policía la detuvo por entrar al país ilegalmente y pasó siete años y un mes en una correccional federal de Tallahassee. En junio de 2007 fue enviada, junto con otras detenidas, en un vuelo especial a Puerto Príncipe. Ahí las recibieron policías haitianos y quedaron en custodia. “Tenía miedo, porque no sabía qué esperar”, me dijo, con un escalofrío. “No sabía por qué tenían que llevar máscaras.” Tras un par de semanas, su primo fue por ella. Poco después rentó la pequeña casa en Fidel y desde entonces vivía allí, obteniendo un pequeño ingreso por cortarles el cabello a las mujeres.

Nadia no había visto a ninguno de sus hijos desde su último arresto. El más pequeño era un bebé cuando ella ingresó a prisión. Los tres habían acabado en casas de acogida. El deseo más grande de Nadia es regresar a Estados Unidos con su sobrino (hijo del hermano que murió en Haití) para reunirse con sus hijos y tener un trabajo. “Puedo trabajar en lo que sea, no me importa qué”, me dijo. “Dicen que si pagas tus deudas debes tener una segunda oportunidad, ¿no es cierto?”

***

Una mañana, cuando llegué a verla, Nadia estaba en la calle discutiendo acaloradamente con la mujer que vendía agua, caña de azúcar y refrescos en una tiendecita al final de la calle, donde se congregaban todos los habitantes del barranco. Nadia la estaba reprendiendo a gritos en criollo. Aquello duró un buen rato. El día anterior, según me explicó Nadia, la mujer había recibido algunas cajas de arroz chino que le estaban destinadas. El donante era un hombre canadiense que se había detenido ahí mientras conducía; Nadia lo había convencido de llevar comida para ella y sus vecinos, pero al parecer había regresado mientras ella estaba fuera. La mujer de la tienda le dijo que ya había repartido el arroz. “Eso dice”, murmuró Nadia, enfadada.

Cuando le pregunté cómo fue que la gente de Fidel la empezó a ver como líder, me contestó que se debía a que hablaba inglés. Luego, secamente, agregó: “Y porque soy la que busca ayuda mientras ellos se sientan en sus miserables traseros.”

Fidel no resultó particularmente afectado por el terremoto; a excepción de la vecina de Nadia y de un par de mujeres de la zona más profunda del barranco, cuyas casas se derrumbaron y que resultaron heridas de las piernas, Fidel no pasó por los estragos que acabaron con casi toda la ciudad. Sin embargo, en ausencia de una economía viable y de una infraestructura nacional, Fidel es, pese a todo, un lugar sin esperanza, un símbolo de los problemas profundos y persistentes de Haití. Muchos de los hombres del barrio parecen sentarse por ahí la mayor parte del día. Algunos juegan dominó para pasar el rato. No hay trabajo para ellos, y no lo habrá hasta que el dinero para la reconstrucción genere empleos. Verner Lionel no ha tenido trabajo en la construcción por mucho tiempo, según me contó; para vivir, vende tarjetas de prepago para teléfonos celulares. Tiene ocho hijos y no tiene esposa. Gana entre veinte y treinta gourdes –poco menos de un dólar– cada día. Nadia me explicó que antes del terremoto una pequeña bolsa de frijoles, suficiente para una comida familiar, costaba veintisiete gourdes; una bolsa de arroz, cincuenta. Ahora los precios han subido sustancialmente. Lionel me dijo que él y sus hijos suelen comer una comida al día: espagueti o arroz, y a veces harina de maíz con frijoles. Desde el terremoto Nadia y un grupo numeroso de habitantes de Fidel –los que duermen bajo el toldo– han comenzado a cocinar una merienda colectiva en una olla grande colocada sobre unos carbones, en plena calle. No desperdician nada. Algunos de los bloques de concreto que cayeron sobre la vecina de Nadia han sido reutilizados como base para una bañera. Nadia tiene guardada la cuna desbaratada del bebé.

***

El 25 de enero, trece días después del terremoto, Nadia me pidió acompañarla al Pétionville Country Club, un campo de golf de nueve hoyos adornado con exuberantes naranjos. Ahora había ahí un campo de desplazados, me dijo, y el ejército estadounidense estaba dando comida. Nadia afirmaba haber encontrado el campo después de notar los helicópteros del ejército estadounidense y seguirlos “para ver adónde iban”.

En el campo de golf caminamos hasta un terreno de pasto inverosímilmente podado en el segundo tee. Delante de nosotros, extendidas sobre las cuestas de la colina, había miles de carpas hechas de todos los materiales concebibles: sábanas, costales, plástico y, en cierto caso, un plástico verdoso en el que se leían las palabras “Peligro: contiene desechos biológicos infecciosos”. Habían brotado también pequeñas tiendas de campaña, incluida una que vendía pelucas y extensiones, y otra en la que un joven recargaba teléfonos celulares con un pequeño generador.

El Servicio de Socorro Católico (crs) estaba administrando los víveres, y Nadia detuvo a uno de los trabajadores cuando este trotaba entre la muchedumbre, un irlandés llamado Donal. Aunque se veía atareado y exhausto, escuchó pacientemente mientras Nadia formulaba su petición. Donal explicó que él no podía hacer nada hasta que ella acudiera a su oficina, en Delmas. Entonces se enviaría a un equipo para inspeccionar el barranco y, si su petición era aceptada, se les entregaría comida. El campo ya albergaba al menos a unas veinticinco mil personas, dijo Donal, y el número crecía día con día. Dado que no había letrinas, todo el mundo estaba defecando al aire libre: un grave riesgo para la salud. Se habían registrado violaciones, y a él le preocupaban los incendios. El crs estaba tratando de aguantar, pero estaba al borde de la zozobra.

Nadia asintió comprensivamente, pero se mostró implacable. “¿Entonces qué debo hacer?”, preguntó. Antes de que lo dejara ir, Donal ya le había dicho dónde obtener ayuda y le había dado su propio número de celular.

En la oficina del crs, Nadia encontró a Lane Hartill, un oriundo de Oregon, alto, amable, de 35 años, que le consiguió una silla y una botella de agua y la escuchó atentamente mientras ella describía la situación de Fidel. El crs quería ayudar al mayor número de personas posible, le dijo Hartill a Nadia; la organización ya había traído dieciséis toneladas de comida y planeaba devolverle su trabajo a la gente contratándolos para remover escombros.

Hartill ofreció acudir con Nadia a inspeccionar Fidel por sí mismo. Cuando llegamos, se mostró sorprendido de que hubiera gente viviendo en el barranco. “¿Qué hacen en la época de lluvias?”, preguntó. “Se mojan”, dijo Nadia.

De vuelta en la oficina, se redactó una autorización para que Nadia fuera al complejo del crs al otro lado de la ciudad y recogiera 150 cubetas de comida y 150 paquetes de higiene (cubetas con toallas, jabón, toallas sanitarias y detergente), así como cincuenta cajas de agua potable. Nadia partió en la motocicleta de un joven que vivía cerca, y regresó poco después con cuatro camionetas pequeñas.

En el complejo del crs, mientras se subía la carga a las camionetas, Nadia bromeaba y coqueteaba con un contingente de soldados nepaleses de la onu que hacían guardia en el lugar. Estaba exultante con las provisiones. Cuando regresó a Fidel, el pastor Villers abrió las puertas de su iglesia y rápidamente hubo un arrollo de niños, y niñas, y hombres yendo y viniendo de las camionetas, acarreando las cubetas del crs, y el agua, y apilándolo todo sobre el piso de la iglesia.

Nadia iba y venía dando órdenes. Le dijo a la gente que hiciera una fila y, utilizando una lista de nombres que había recopilado con su letra de niña, comenzó a llamarlos uno a uno.