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Los niños corren a toda prisa por el patio del kínder, mientras Jesús Manuel Díaz permanece quieto en una esquina. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de un uniforme dos tallas más grande, que la escuela le ha prestado para que pueda asistir a las clases. Los zapatos que lleva, igualmente grandes, tampoco son suyos. Los demás alumnos gritan y juegan como si fuera el último día para hacerlo hasta que la maestra les ordena que se formen. Todos obedecen, pero Jesús Manuel se cae un par de veces al correr para llegar a la fila. Guadalupe Cadena, la directora de preescolar de la Escuela César Augusto Herrera Romero, lo señala y dice: “Es por desnutrición. Siempre se está cayendo”. Los niños se forman por estaturas y Jesús Manuel se pone hasta delante en la fila de la derecha. El grupo grita “buenos días” al unísono y después canta el himno nacional. Jesús Manuel mira con sus grandes ojos hacia otro lado, sólo tararea unas estrofas en voz baja y pierde el compás, pero nadie le dice nada. Sus compañeros apenas lo miran. De repente se queda callado. A sus tres años, Jesús Manuel habla muy poco y tiene problemas para vocalizar. Le cuesta ir al baño solo. Se pelea a veces con los otros alumnos. Aprende lento. Su maestra insiste en que no come bien.

***

Jesús Manuel Díaz es el primer hijo de Juan Manuel Díaz Salazar, un moreno de piel curtida, dientes muy blancos y el cuerpo cuadrado de alguien que ha sido mano de obra en todo tipo de trabajo desde que era prácticamente un niño. Desde la edad de su hijo, Juan Manuel, el sexto de siete hermanos, sólo se sentía unido a su familia por el respeto y la miseria. Apenas convivían a pesar de haber crecido hacinados en una casa de madera de un cuarto en Estación Chontalpa, un pequeño pueblo de Huimanguillo, el municipio más pobre del estado de Tabasco (179,285 habitantes), donde una de cada cuatro personas vive en pobreza extrema.

Los Díaz Salazar dormían tan cerca que unos podían sentir el aliento de los otros. Pero la cercanía física no se traducía en una mejor relación. A la hora de la única comida del día, unas veces cuchareaban una olla con frijoles, otras, la madre guardaba la ración que le correspondía en el restaurante de la compañía de cítricos para alimentar a sus hijos (cuatro hombres y tres mujeres). La escasez era tal que desde pequeños aprendieron a mendigar en la calle. Se valían de trucos como mojarse los ojos y las mejillas para simular el llanto, o de mentiras como que habían perdido el dinero para la compra y que, si volvían sin nada, su madre les pegaría. Era una mentira a medias: su padre era el que los golpeaba. Cuando conseguían unas monedas compraban un pan y lo repartían entre todos. “Un dulce tirado en el suelo era como un regalo”, recuerda Juan Manuel, de 34 años y 1.60 metros de estatura, frente a una casita de madera de unos diez metros cuadrados, donde vivía hasta hace un año con su pareja y Jesús Manuel. El último recuerdo feliz de Juan Manuel Díaz con su familia, años antes de que naciera su hijo, fue una tarde de risas con sus tres hermanos y un cartón de cervezas.

Aquella tarde, al dispersarse la reunión familiar, Juan Manuel prolongó su felicidad en una cantina. Un hombre se le acercó cuando bebía una cerveza más en la barra y le preguntó:

—¿Tú no eres hermano del que se mató en la curva?

Juan Manuel se molestó con su interlocutor y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía. Había estado con su hermano esa tarde. Era imposible que se hubiera suicidado.

—Ve y mira que no te miento —le dijo el hombre.

Juan Manuel salió a toda prisa de la cantina. Al llegar a la curva, los vecinos se arremolinaban en la puerta de la casa de su hermano Jesús. La rutina del pueblo se había roto de repente y los rumores empezaban a propagarse. Se decía que Jesús había encontrado a su mujer en la cama con otro hombre. Que los dos amantes escaparon y que Jesús perdió la cabeza. Lleno de ira, golpeó con el puño una mata de nance en la orilla de la carretera. Después entró de nuevo a la vivienda. Agarró una cuerda de medio metro y se colgó del techo. Juan Manuel vio el pequeño cuerpo de su hermano —1.50 metros de estatura— sin vida, ahorcado, con un golpe en la frente.

Con el paso del tiempo, la pregunta sobre su hermano cambió por completo: “¿No eres hermano del muchacho que mataron?”, le decía la gente del pueblo. Y hasta hoy la sospecha sigue en la mente de Juan Manuel. “La mata de nance lastima, y no tenía la mano lastimada. Ni marcas. Tenía un golpe en su frente. Yo creo que lo mataron. Supe de la persona que salió del cuarto ese día. Y me mira temeroso. Porque yo en el cuerpo de mi hermano le juré que, si algún día yo supiera del cabrón, lo chingaba, me la iba a cobrar. Pero yo no estoy seguro de que esa persona haiga sido. Se lo dejo a Dios, que haga su obra. Esa persona se volvió religiosa, llega mucho al templo. Si se arrepintió, que Dios lo perdone.”

La mujer de Jesús estaba embarazada. Vivió durante dos años más en Chontalpa hasta que murió de una enfermedad desconocida. La niña, que ahora tiene tres años, quedó al cuidado de su abuela materna. Juan Manuel visita a su sobrina de cuando en cuando. Dice que deambula por las calles del pueblo descalza, que nunca va a la escuela. “Anda desamparadita y cualquiera puede abusar de una niña”. Jesús era el hermano más cercano de Juan Manuel. Iban juntos al parque, a recoger leña, al centro de la ciudad. “Mi hermano se murió. De corazón me gustaría darle a su hija, pero no puedo. Él era mi mejor hermano, si él me escucha, sabe cuánto nos quisimos.” El resto de los Díaz Salazar, poco a poco, se han marchado de Chontalpa, como lo hace gran parte de la población. Tabasco es uno de los cinco estados con mayor migración hacia Estados Unidos. También lo es a nivel interno. De acuerdo con el Censo de 2015, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), unas 67,690 personas emigraron de Tabasco para vivir en otra entidad de la República como Quintana Roo (30%), Campeche (13%), Veracruz (13%), Chiapas (8%) y Yucatán (7 por ciento).

Así lo hizo el padre de Juan Manuel, quien fue el primero de los Díaz Salazar en ejercer el multiempleo. Primero fue tractorista, luego cortó limón —la principal actividad económica de la región— y recogió leña para venderla. Hace un año sus ingresos no eran suficientes para comer y, junto con su esposa, migró a Veracruz. Allí también llegaron un hermano y una hermana. Guadalupe, la más pequeña, se fue lejos, y Mercedes, “más lejos”. Otro de los Díaz Salazar encontró acomodo en Cozumel. Sólo María, religiosa, se quedó en el pueblo, pero apenas tienen relación. “No quiero hablar mal de mi hermana, pero no sé dónde tiene la religión. Insulta a su madre, la ofende”, dice Juan Manuel. Él es el único que ha permanecido en el pequeño terreno al lado de las vías del tren donde todos se criaron. Vive con su pareja, Janette, y sus dos hijos, Daniel, un bebé de seis meses, y el mayor, Jesús Manuel, a quien llamó así en honor a su hermano.

***

A Janette le gustaba ir a la iglesia y contarle a su madre cómo creía que Dios las ayudaba a comer lo poco que comían, cómo las protegía a pesar de las dificultades. Pero a ella nunca le gustaron esas palabras. “Ella prefería al Diablo de abajo”, dice Janette con su hablar entrecortado, mientras le da palmadas en la espalda a Daniel para que no llore. Un día la madre agarró una biblia y la hizo pedazos frente a ella. Era muy habitual que zarandeara a su única hija, la golpeara, la arrastrara y la empujara contra el refrigerador. “Nunca me enseñó a limpiar, ni a trapear, ni nada. Me enseñaba a madrazos”. Janette, una mujer esquelética de rasgos muy marcados, luce todavía cicatrices en las orejas y dice que debajo de su melena de pelo fino tiene una marca que le cruza el cráneo desde el frontal hasta la parte posterior. Más allá de las marcas que pueblan su menudo cuerpo, le duelen las otras que no se cierran nunca. Recuerda con angustia que, siendo una niña, si quedaba alguna mancha en la ropa que limpiaba, su madre tiraba todas las prendas a la tierra para que empezara de nuevo. “Era una niña, no sabía qué hacer”, se justifica mientras Juan Manuel escucha una historia mil veces contada. La única explicación que recibía cuando preguntaba el porqué del maltrato era que se parecía a una tía suya con la que su madre se llevaba mal. Janette no conoció a su padre. Vivía con su padrastro, mecánico de profesión, que nunca se interpuso entre los golpes. Fueron los vecinos de aquella comunidad de Veracruz donde nació los que se cansaron de que la golpearan. Demandaron a la madre y acabó en la cárcel.

—¿Por qué me hiciste eso? —le inculpaba la madre cuando salió de prisión.
—Yo no hice nada. La gente se cansó de que me pegara. Yo le decía a usted que eso estaba muy mal —le respondía Janette.

La niña regresó a su casa después de estar internada en las instalaciones del DIF. Las autoridades le aseguraron que su madre había cambiado. Después de dos meses de calma, “volvió a perder los nervios” y continuó maltratándola. Era diciembre. Janette se escapó de casa. Tenía 12 años.

Sin siquiera un suéter para protegerse de la lluvia, se dirigió a una cantina. “Dile a mi mamá que la quiero mucho pero por lo que me está haciendo no voy a la casa. Si me quiere buscar no me va a encontrar”, le dijo a la cantinera. Le pidió 20 pesos para comer algo y luego buscó una vivienda y se metió a hurtadillas. La señora de la casa la descubrió:

—¿Qué haces aquí, no tienes casa? —le preguntó.
—Sí tengo, pero ya sabe cómo me maltrata —le respondió.

La señora le ofreció un lugar para dormir y, al día siguiente, protección. La madre y el padrastro salieron a buscar a Janette por la comunidad hasta que la encontraron en la casa. La señora no la entregó y amenazó a la madre con denunciarla de nuevo si trataba de llevársela. Unos días después, Janette le agradeció a su benefactora y se dirigió al taller mecánico de su padrastro para recoger una pequeña maleta con mudas. Aprovechó que él y su madre estaban en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Se alistó y fue en busca de un conocido de la familia que de vez en cuando pasaba por la casa para comer un taco. Le dijo:

—¿Sabe qué? Creo que me tengo que juntar con usted.

La llevó a un pequeño rancho. Ella le dijo que sólo se quedaría con él porque no tenía a dónde ir. “Pero me dijo: ‘Tú no vas a estar conmigo, nomás’ ”. Quería abusar de ella. Janette sólo pensó: “Ya ni modo. Tengo que dejarme de todo”.

Janette dejó de ser una niña al lado de ese hombre, con el que mantuvo una relación durante siete años. Tuvieron una niña, “güera, muy bonita”. Después de deambular por Oaxaca, llegaron al terreno de los Díaz Salazar en Estación Chontalpa. Se acomodaron en la parte trasera de la casa familiar, una estructura que apenas estaba cubierta de nailon, al lado de las vías del tren por donde todos los días pasa La Bestia, el tren de mercancías en el que al menos cada año unos 500,000 migrantes se suben en su camino a Estados Unidos. Él tenía 43 años. Era el primo de Juan Manuel.

***

Así se conocieron Juan Manuel y Janette: él anclado al terreno infértil en el que creció, ella en una huida hacia ninguna parte. Los dos intentaban esquivar “los golpes de la vida”, repite Juan Manuel, en Estación Chontalpa, una villa, frontera con Chiapas, que nació alrededor de las vías del tren con bares, comercios, hoteles y gasolineras para aquellos que pasaban por ahí cuando el ferrocarril todavía funcionaba. Chontalpa, la tercera población de Huimanguillo, conserva los rezagos de esa industria prometida a pesar de que ahora sólo pasa el tren de mercancías. El único rastro que deja estos días alrededor de las casas humildes de concreto y madera son los migrantes centroamericanos a lomos de La Bestia que esquivan los controles situados a unos kilómetros de este pueblo rodeado de campos ganaderos y plantíos de cítricos. En México sólo circulan dos trenes. Uno con mercancía en los vagones y humanos en el techo. El otro es uno turístico que va de Sinaloa a Chihuahua por los cañones del Cobre. El tren de mercancías tiene tan poco impacto económico en la zona actualmente que las autoridades quieren cambiar el nombre de Villa Estación Chontalpa por sólo Villa Chontalpa, que además se ha convertido en una de las zonas de mayor riesgo para los migrantes por el control del crimen organizado en la zona. La ruta del tren recorre estaciones ferroviarias de tres estados: Tabasco, Chiapas y Veracruz, por lo cual este sitio se ha convertido en una zona con altos índices de secuestro, robo, contrabando y tráfico de migrantes. Cada semana, aquellos que se suben al tren se bajan antes de la estación y se esconden entre los matorrales en busca de refugio. En alguna ocasión, Juan Manuel y Janette han compartido una tortilla con algún migrante que pasa por ahí o lo han dejado pasar la noche con ellos.

Varias familias se asentaron en los terreros propiedad del ferrocarril y montaron sus casas de madera alrededor de la maleza, colgándose de la electricidad pública y tomando agua de los pozos de la zona. De acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 73% de las viviendas en el municipio de Huimanguillo no tienen disponibilidad de servicios básicos. En Chontalpa, con 5,148 personas, existen al menos 1,259 hogares, según información municipal. De estas viviendas, 47 tienen piso de tierra y unas 148 consisten en una sola habitación. Sólo 42 casas tienen computadora, en 702 hay lavadora y 1,131 cuentan con televisión. Janette y Juan Manuel no poseen nada de eso.

Los Díaz Salazar construyeron un cuartucho lleno de humedad y, con los años, otro de concreto a sólo unos metros de distancia. Cuando se asentaron en este lugar, Janette le pedía a Juan Manuel acompañarla mientras esperaba a su pareja por las noches. El primo de Juan Manuel a veces llegaba tarde o no llegaba. A veces llevaba algo de comer y a veces no. Muchas veces bebía. Juan Manuel vio una de esas noches cómo su primo golpeaba a Janette y la azotaba en el suelo, “sin sentimiento”. Janette tenía miedo de su pareja. También de los rateros que circulan en la oscuridad. No quería estar sola con su niña. Los rumores en el pueblo decían que los dos dejaban a la chiquita sola y se iban al monte. Pero Juan Manuel asegura que él permanecía paciente y vigilante en las vías del tren. Su primo le había dado la venia para cuidar de su mujer. Incluso de vez en cuando le ofrecía dinero para que diera un paseo con ella por el pueblo. Su versión es que Janette rompió la relación. Él se fue del pueblo y se llevó a la niña. Ella buscó cobijo en una casa cercana. “No le voy a decir que lo engañamos porque no fue así. Aunque conviviendo nos agradamos”, dice Juan Manuel. Cuando los dos hablan de su relación utilizan palabras como “agradar”, “respeto”, “trato” y, si dicen “querer”, lo cuantifican con un “bastante”. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos. Juan Manuel compró unos tablones para revestir de madera la casa de nailon. Llegó Jesús. Después Daniel.

“Yo pienso quedarme con ella y luchar por mis hijos hasta el día que me muera. Yo confío en ella porque me respeta y creo que me quiere bastante. No le veo yo hablando con otro hombre o haciendo cosas que no debe. Gracias a Dios se da a respetar y yo la movilizo si sale a alguna parte. Eso me da a pensar que ella tiene planes para compartir su vida conmigo hasta el final. Que ella sienta que yo la quiero. Y yo se lo demuestro de miles de formas. Aunque sea pobre y con pocas cosas.”

Tengo hambre. Un hambre voraz. Un hambre como jamás había sentido y un vacío en el estómago que no me deja dormir. Doy vueltas sobre el camastro e intento leer a la luz de la vela, pero tampoco puedo. No logro olvidarme de que lo único que he comido en tres días es masa de maíz. Con sal unas veces, y con un mejunje compuesto de agua y chile otras.

El hambre y la falta de luz eléctrica convierten la noche en espesa y eterna sin que pueda pegar ojo. Echo de menos un trozo de pan, una galleta, un tomate, agua… lo que sea. Pero no solo yo; también Saúl Ruiz, el fotógrafo que me acompaña, y también las cincuenta familias que forman la comunidad de Ronda-Sachut, un pequeño pueblo indígena Qeqchí escondido entre las montañas del departamento de Alta Verapaz.

Para mí es una noche eterna, para ellos una más.

El objetivo es escribir estas líneas sintiendo, aunque sea remotamente y durante un puñado de días, lo que miles de familias padecen durante toda su vida. El hambre y la miseria. Un atrevimiento casi ofensivo para el 50% de los niños guatemaltecos menores de 5 años sufre de desnutrición crónica y que diariamente se acuestan con una sensación como la que ahora tengo. Una realidad que, según Unicef, se eleva hasta el 85% de zonas indígenas como esta. Una pretensión casi insultante para los más de 500 niños muertos en los últimos meses y que carecen de los quetzales (la moneda nacional) con que saciaré mi ansiedad en unas horas.

Chiquillos como Mario, el hijo menor de la familia Iquí-Ichích junto a la que nos despertamos por tercer día consecutivo a las 5 de la mañana. Con la luz los llamamientos que PNUD, FAO, UNICEF, ONU… llevan haciendo durante meses para denunciar la hambruna que asola el país, gracias a una de las peores sequías de las últimas décadas, parecen tomar cuerpo. Cuerpo, nombres y apellidos de origen maya.

Junto al fuego de la cocina, y gracias a un traductor, su madre cuenta que el más pequeño de la casa “se fue” hace algunas semanas con tan sólo seis meses de vida. El oficinesco nombre de “Estado de calamidad pública” decretado en septiembre por el presidente Álvaro Colom se hace carne cuando explica que su hijo se fue apagando, se le amarilleó la piel y cada vez lloraba con menos fuerza. Hasta que un día definitivamente dejó de existir. Como tantos otros murió con la piel pegada a los huesos pero con la tripa llena. Llena de lombrices y parásitos. Y entonces, envuelto en una tela, salió de entre estas montañas para quedarse en el cementerio de Pululhá, el más cercano a esta olvidada aldea.

Pero hoy es un día distinto. Hoy por fin suena es el ‘tap-tap’ con el que las mujeres golpean la masa contra la palma de la mano para dar forma a las tortillas de maíz que luego irán al comal. Un sonido que suena a música celestial con los primeros rayos del sol.

Hoy sale humo de la pequeña cocina de madera, y sé que este será un día bueno para mí y los seis niños que convivimos en torno a este fuego. Después de muchos intentos, Domingo Ichích, el padre de las criaturas, encontró trabajo dos días seguidos. Así que con los 50 quetzales (unos cinco euros) recibidos compró 20 libras de maíz (unos ocho kilos) que servirán para comer menos de una semana.

Comprar es una anormalidad para los miles de campesinos que apuestan todo su futuro alimentario en la pequeña milpa que se alza junto a la casa. Este año, sin embargo, la sequía ha arruinado las cosechas de maíz y frijol y ha dejado todas las mazorcas de la aldea reducidas a un montón de hojas amarillas. La peor sequía de los últimos 30 años, según el Observatorio para el Derecho a la Alimentación. Una fenómeno que se ha cebado con 10 de las 22 provincias del país, conocidas como el ‘corredor seco’, donde se ha perdido el 80% de los cultivos y donde el 1.3% de la población podría morir de hambre, según organismos internacionales.

Una crisis alimentaria que golpea el estómago, olvidada por la crisis económica que nos golpeó el bolsillo. Así que ahora, de repente, la comida hay que comprarla. Y aquí nadie tiene dinero.

Los patojos (niños) merodean en torno al fuego como perros que esperan cualquier cosa que caiga de la cazuela. Ninguno ha probado jamás otra leche que no haya salido del consumido pecho de su madre. Tampoco carne de cerdo o de vaca.  Y es que desnutrición no es sólo tener el estómago vacío, sino llevar muchas semanas comiendo lo mismo para llenar el estómago. Así que, a pesar de su edad, en esta cocina de maderas y suelo de tierra no se oyen las carcajadas y travesuras propias de la edad. Los seis niños aguardan silenciosos y mansos. Solo cuando el visitante bromea con ellos enseñan una risa apagada y sin fuerza a la que le faltan muchos dientes y vitaminas. En cuanto aparece un buen montón de tortillas de maíz, el silencio y la madera quemándose vuelven a ser lo único que se escucha mientras masticamos la insulsa masa untada de chiles triturados y bebemos un agua marrón.

A media mañana visito a Avelino Beb Pop, quien amablemente –¿hay alguien que no lo sea en Guatemala?– nos invita a almorzar.

Junto a sus tres hijos me recibe entusiasmado en su casa, y me ofrece asiento y… tortillas para comer. De la milpa que está detrás de su casa arranca un puñado de hojas y brotes de huisquil (una fruto verde del tamaño de una patata, que cuelga junto a su puerta), que su mujer mete rápidamente en agua. Hablamos de lo poco que ha llovido, del campo, de los vecinos y de la boda que se celebrará en el pueblo. Las únicas quejas hay que arrancárselas y tienen que ver con el poco trabajo que hay en la zona. Para celebrar el buen rato de plática después de hervir las hierbas me ofrece una sopa que no incluye nada que se pueda masticar. Los cuencos más abundantes, para el visitante y el fotógrafo.

Pero los casi siete millones de “avelinos” que viven en Guatemala (de los 13.3 millones de habitantes que tiene el país) en condiciones de pobreza no fueron suficiente para sensibilizar al Congreso nacional, que puso muchas pegas al decreto de “calamidad pública” de Álvaro Colom. Un formalismo que le permitiría agilizar el acceso al dinero de la cooperación internacional y su transferencia hacia el presupuesto nacional.

“Alimentos hay”, dijo en radio y televisión, “lo que ocurre es que la población no cuenta con el dinero para acceder a los mismos”. El hambre, dijo Colom, es el resultado de “muchos años de inequidad (…) y de la sequía” que ha causado la pérdida de un 36% de las cosechas de maíz y un 58% del frijol. Los dos productos básicos de la alimentación popular, convertidos ahora en artículos de lujo en muchas mesas.

Pero a pesar de la dramática situación, el decreto de Colom llegó rodeado de controversia ya que, según la coordinadora de oenegés que trabaja en el país, la declaración de emergencia es una “mascarada demagógica” del mandatario para acceder de forma rápida y sin control a los inmensos fondos donados por la cooperación. Muchos millones de dólares que controla de forma directa a través de programas sociales su polémica esposa Sandra Torres.

Pero ojalá hubiera llegado hasta aquí la controversia. Incluso la polémica primera dama. Hasta el momento, a esta remota comunidad solo ha llegado el padre Denis, de la parroquia de San Juan Chamelco, y el padre Rafael, un sacerdote de Ronda (Málaga) que han hecho posible; entre otros milagros, traer hasta aquí varias cajas de comida donada por la cooperación estadounidense.

Con el pueblo detenido y a oscuras, repaso mentalmente mis últimos días y me doy cuenta de que desde que llegué aquí he asistido a una misa, he cortado leña, he jugado al fútbol, he subido al cerro por agua y he caminado horas para tomar una especie de autobús, pero las pocas veces que he movido la mandíbula ha sido para comer maíz y jarabes de extraño color y textura, gracias a los que ahora creo tener lombrices. También que, si cada tortilla tiene unas 70 calorías, todos los hombres de maíz que describió Miguel Ángel Asturias y que ahora dormimos, terminamos, como en sus libros, con menos de 900 calorías en el cuerpo.

Tengo hambre. Un hambre voraz.

Níger

Publicado: 7 septiembre 2011 en Martín Caparrós
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Voy por tierra desde Jos, en Nigeria, hasta Niamey, en Níger: cientos de kilómetros –y la entrada en el país más pobre del mundo. En los rankings de desarrollo humano de la ONU, Níger lleva varios años último: último, detrás de Afganistán, Sierra Leona, la República Centroafricana, Mali: último. Todo es susceptible de algún ranking.

En la frontera entre Nigeria y Níger –polvo, sudor y mugre–, un soldado revisa mi pasaporte en una casilla de adobe –lagartijas surcando las paredes, escondiéndose detrás del cuadro de Mamadou Tandja, presidente de la República del Níger desde hace mucho tiempo– y, al final, anota mi nombre y número en un cuaderno ranfañoso para registrar mi entrada en el país. Afuera, un sargento gordísimo desecho en una silla reventada bajo un techo de cañas, derrumbado, sudando, desbordando, los pies como animales muertos, atendido por dos o tres soldados con uniforme emparchado y hawaianas, pistolas oxidadas, me mira con odio poderoso y me da, para que empiece a acostumbrarme, un gustito del miedo:

–¿Y usted por qué me mira, qué se cree?
–No, yo… No, yo no lo miraba.
–Tenga mucho cuidado.

El sargento resopla, yo respiro.

A primera vista, el país más pobre del mundo es una extensión despiadada de tierra yerma casi arena, con algún olivo aquí y allá, ciertos arbustos, los chicos y mujeres que pasan por los campos secos con sus ramas o su tacho de agua en la cabeza, sus telas de colores y sus velos, los burros y las cabras en los campos secos, camellos flacos como esqueletos de museo, hombres y muchachos que los recorren secos con la mirada baja y una bolsa de plástico en la mano buscando iguanas, caracoles, algo: la sensación de que llevan mil años buscándolos y que lo peor es que a veces, muy de tanto en tanto, los encuentran y, sobre todo: la sensación de que esto no ha cambiado mucho en esos años.

Que muy poco ha cambiado en tantos años.

–Acá no hay que mirar mal a los militares, jefe.

Me susurra el chofer de mi camioneta como quien me introduce en los misterios.

Después de vez en cuando, en medio de los secos, un oasis muy chiquito con su pueblo: veinte casas cuadradas de adobe –tan parecidas a la tierra, tan la tierra– rodeadas por muros de adobe que son corral y defensa al mismo tiempo y su almacén de granos como una piña incrustada en el suelo. Los pocos árboles tienen formas extrañas: están, en general, muy podados o rotos y de troncos antiguos brotan ramas muy jóvenes que no saben cómo acomodarse. Tardo muchos kilómetros en entender que esos árboles son un efecto de la seca: un árbol que muere o agoniza cuando le falta el agua, y que después revive; son, después de todo, otra metáfora berreta.

Ahora recuerdo por qué me gustaban estos viajes.

Níger, el camino de Níger.

Eran tan primitivos que se creían astutos. Los pelos de la nariz les llegaban al coxis y aprendían a sonreírse satisfechos mientras hurgaban con sus deditos cortos uñas negras la calavera de aquel bisonte, buscando últimas carnes. Ninguno decía ug, porque era de salvajes: ahora estaba de moda el provechito suave, terminado en un chillido como de ratón boniato, que era el toque elegante.

–Cruaaaa jiiiii.

Y seguían escarbando. Una hembra de tetas cantimpalos manoteó un ojo y trató de escaparse hacia los yuyos. En segundos, tres machos musculosos chuecos se le echaron encima, le pegaron con ramas y con saña, le sacaron el ojo. La caza estaba difícil, y muchas veces se quedaban con hambre.

En unos pocos milenios habían cambiado mucho. Los bichos escaseaban, así que habían tenido que inventar arcos, flechas, arpones, redes, trampas, y ya no había animal que se les resistiese. El problema era que, a fuerza de cazar y cazar, se había hecho muy dificil encontrar una presa, y había que embarcarse en expediciones interminables para dar con algún mamut desprevenido. La caza estaba en vías de extinción.

–Cruaaaa jiiiiii.

Dijo la hembra con un ojo menos, queriendo significar:

–Ug, kriga bundolo, grande catastrófe ecológico ahora, oh sí, oh sí.

A veces pasaban lunas y lunas sin encontrar presa, y comían raíces y semillas. Pero tampoco era seguro que las encontraran. Fue en esos días confusos cuando a alguien –o a muchos a la vez, quién sabe– se les ocurrió que algunos de esos frutos podían recogerse con cierta seguridad todos los veranos, y el grupo empezó a volver cada año a su trigal salvaje.

–Craaac, bilicundia aj doj.

Dijo la hipertataranieta de la tuerta, queriendo significar:

–Oh, felices tiempos antes, cuando todos animales.

La tribu comía y eructaba cada vez mejor, pero la cosecha silvestre raleaba de año en año, porque crecían las bocas. Alguien volvió a hablar de catástrofe ecológica. Otro descubrió, vaya a saber cómo, que esas semillas podían plantarse y al verano siguiente surgirían con renovados bríos.

–Crc, mí constata que aquesto nunca ya serán como antes y la degradación seríamos eterna como la noche del escuerzo.

Dijo una hipernietísima, que tenía la vocación lírica, y era cierto: a partir de entonces empezó la catástrofe. Para cultivar sus plantas y criar a sus nuevos animales domésticos, los hombres abandonaron la vida errante y empezaron a establecerse en poblados, florearon sus lenguajes, se hicieron unos dioses, supusieron linajes, descubrieron el vino con soda, improvisaron la filosofía, aprendieron a coger cara a cara, se largaron a andar a treinta por hora en sus caballos verdes y, después, inventaron las carpas en la playa, los masajes, los aviones a chorro, los microchips y los chips de pavita. Un desastre. Pero se podía haber evitado. Ningún científico duda de que nada de todo esto habría sucedido si los guarangos de nuestros ancestros no se hubiesen excedido en la caza del mamut y del oso hormiguero. Porque no habría sido necesario buscar otras fuentes de alimentos, y ahora seríamos felices, usaríamos pieles y garrotes, hablaríamos con los pajaritos, no sabríamos qué es el sida y pintaríamos quirquinchos en las paredes de la cueva.

Seríamos tan ecololós.

La ecología supone una idea de fin de la historia, al fracasado modo Fukuyama: hasta acá llegamos, la evolución se acaba acá. De ahora en más todo funcionará según otro modelo: el de la degradación, la decadencia –porque quisimos demasiado. La ecología suele remitir a una edad de oro, un mito tan antiguo: tiempos felices en que la naturaleza podía desarrollarse sin la interferencia de la maldad humana. Había buenos salvajes, pero sobre todo había buena selva: aquella que no había sido corrompida por la sociedad.

Es la misma escena que venimos actuando una y otra vez, de tan diversas formas, desde hace miles de años: natura derrotada por cultura, paraíso perdido, ambiciones humanas destruyendo. Prometeo encadenado, Babel y su derrumbe: no hay religión que no castigue la ambición de la técnica. Cuando el hombre original que vive en el triunfo de la naturaleza más gloriosa comete la tontería de querer saber y come el fruto, rompe el orden natural/divino hecho para la eternidad, armado contra el cambio. El orden y la orden del dios eran muy claros: todo será perfecto mientras aceptes tu sumisión a esa naturaleza que yo inventé para darle mis reglas; todo se va a arruinar a partir del momento en que intentes imponer las tuyas. Todo funciona mientras no trates de cambiarlo: acepta lo que tienes, sé lo que te digo: yo sé lo que te digo. En ese mito el dios o la naturaleza son perfectos, la caída es culpa del hombre que no sigue sus reglas. La Biblia es el primer panfleto ecololó, el relato de todo lo malo que tuvimos que arrostrar por no habernos resignado a la naturaleza –o la obediencia o la ignorancia.

Y lo echó Yahvé Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Por cuanto obedeciste la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo No comerás de él, maldita será la tierra por amor de ti.

La peor catástrofe ecológica.

Querrían retrotraer el mundo a esa soñada edad dorada; como saben que no pueden, tratan al menos de que ya nada cambie. Nostalgia del presente visto como pasado, el miedo ante el carácter eternamente fugitivo, odio del tiempo; los ejemplos rebosan. España, en el siglo XII, era un gran bosque: la frase clásica que dice que un mono podía atravesar la península de Gibraltar al Pirineo sin bajar de los árboles. España rebosaba de madera y la madera era la materia indispensable: con madera se hacían las casas, los carros, las ruedas, los arados, los muebles, las herramientas, las lanzas, los zapatos; con madera se calentaban las personas, se cocían las comidas, se trabajaban los metales escasos. Un mundo sin madera habría sido pensado, entonces, como la quintaesencia del desastre, un espacio invivible. Ante la posibilidad de su desaparición, los ecololós habrían alertado contra “la destrucción de nuestro patrimonio forestal, que condenará a la muerte a las generaciones venideras”. El hombre es la gran amenaza para el medio ambiente: taló, utilizó, gastó esos árboles. En el siglo XII, España daba de vivir a cuatro millones de personas. Nueve siglos después, España era una llanura casi yerma desarbolada capaz de sostener –incomparablemente mejor– a diez veces más personas que vivían más del doble que en tiempos del gran bosque: otros materiales, otros combustibles, otras técnicas habían reemplazado con enorme ventaja a la madera.

Pero la ecología suele suponer un mundo estático donde las mismos métodos requerirán siempre los mismos recursos naturales, y se aterra porque proyecta las carencias del futuro sobre las necesidades actuales: porque todo lo que imagina son apocalipsis.

Es una de sus grandes ventajas: la ecología es la forma más prestigiosa del conservadurismo. La forma más actual, más activa, más juvenil, más poderosa del conservadurismo. O, sintetizado: el conservadurismo cool, el conservadurismo progre, el conservadurismo moderno. Es, en sentido estricto, un esfuerzo por conservar –los bosques, los ríos y montañas, los pájaros, las plantas, la pureza del aire– y eso, tras tantos años de suponer que lo bueno era el cambio, debe ser muy tranquilizador. Fantástico haber encontrado una forma de participación que no suponga riesgos, beneficie directamente a uno mismo y proponga la conservación de lo conocido. Fantástico poder sentir que uno está haciendo algo por el mundo, defendiendo al mundo de los malos, tratando de que sólo cambie lo necesario para que nada cambie. Fantástico que lleve incluso cierto tinte de insatisfacción con la forma en que el mundo funciona –capitalismo despiadado, grandes corporaciones–, tan ligero que puede ser compartido por los capitalistas despiadados, por las grandes corporaciones. Fantástico haber dado con una causa común, tan aparentemente noble, tan indiscutible –en el sentido estricto de la palabra indiscutible–, tan unificadora que pueda ser enarbolada por una joven nigeriana que cocina con leña o el presidente de los Estados Unidos o mi tía Púpele o la banca Morgan. Fantástico: y sirve, incluso, como materia para enseñarle a los chicos en la escuela –o como material de propaganda y, sobre todo, relaciones públicas.

En 2002 un experto en “comunicación política” republicano duro, el joven dinámico Frank Luntz, escribió unas recomendaciones sobre el tema para la administración Bush. El texto se filtró a la prensa y produjo cierta indignación. Luntz decía que para manejar mejor la cuestión ecológica los republicanos no tenían que definirse como “preservacionistas” o “ambientalistas” –que los “centristas americanos, las personas comunes” asimilaban a una política extremista– sino “conservacionistas”, porque esta palabra “tiene connotaciones mucho más positivas que las otras dos. Supone una posición moderada, razonada, llena de sentido común, en el centro entre la necesidad de restablecer los recursos naturales de la tierra y la necesidad humana de usar estos recursos”.

Y que debían hablar de cambio climático y no de calentamiento global, “porque suena mucho menos catastrófico y aterrador”.

Conservacionistas, dijo: ésa debía ser la palabra.

Aquí lo único que se conserva es la basura: mucha basura, montañas de basura, tanto trozo de plástico, de bolsitas de plástico blancas y sobre todo negras, y cachos de botella y cartones de tetra a los costados de la ruta. Por supuesto no hay luz, agua corriente, ninguna de esas cosas que solemos pensar como presente. Creo –por el momento creo, ya veré– que es el país más primitivo que he visto en una vida hecha de ver países primitivos –o vivirlos.

Níger es un país muy grande lleno de desiertos; sus 15 millones de habitantes –83 por ciento de campesinos– crecen con la tasa de fertilidad más alta del planeta: 7,7 hijos por madre. Níger tiene, también, una de las mayores tasas de mortalidad infantil: 248 por mil o sea, más de dos cada diez. Aquí funciona todavía el viejo mecanismo que la humanidad utilizó milenios: parir mucho para que algunos de esos chicos se conviertan, con suerte, en adultos.

Para intentar cierta supervivencia.

Después –cientos de kilómetros después– entro en Niamey, la capital de Níger: hay ciudades así, destartaladas, con tierra por arriba y por abajo, con sus casas colgadas del pincel, siempre a punto de nada –y unas pocas mansiones detrás de muros largos. Niamey sigue el modelo de las ciudades más contemporáneas en aquello de que parece un suburbio de sí. Pero no un suburbio rico, como quiere el patrón californiano; Niamey es, si acaso, un segundo cordón, el margen de sí misma.

Niger fue colonia francesa: otra vez el idioma colonial como modesta lingua franca.

El representante de Unfpa en Niamey me recibe, protocolar, y al final de la charla me dice que es maliano. Entonces yo le digo que qué casualidad, porque en Mali está el lugar adonde siempre digo que voy a ir y nunca voy, Tombuctú. Entonces él me dice que la próxima vez que venga vamos juntos, sabiendo que ni voy a venir ni va a llevarme, sólo para seguir el protocolo pero, por lo que sea, yo lo rompo y le digo que no estoy seguro porque hace tanto que pienso en ir a Tombuctú pero no voy que me da un poco de miedo lo que podría pasarme si finalmente fuera. Entonces él abre los ojos como si me viera por primera vez y le dice –sin ningún protocolo– a su segundo: Ah, pero éste cree esas cosas. ¡Es uno de nosotros! La superstición acaba de consagrarme africano honorario.

Una ciudad casi perfectamente pobre, con muy pocos errores o manchones. En Niamey no hay luces públicas; cuando llega la noche se hace de noche, y sólo queda, si acaso, el relumbrón de alguna casa, un negocito de esos que se quedan, los faros de una moto.

A partir de cierto punto el ranking de países ya no mide cuán pobres son los pobres –que son todos muy pobres y que hay muchos– sino cuántos ricos hay –200, 1000, 3300– y cuánto pueden acumular y qué pudieron construirse. La riqueza está concentrada en muy pocos, y lo que diferencia al Níger de Etiopía –o Sierra Leona o Burkina Faso– es cuántos son y cuánto tienen esos pocos. El resto, lo que importa, es demasiado parecido.

Pero, además: en una ciudad tan pobre no hay espacios públicos para los ricos. Sólo espacios privados: sus casas, sus refugios –que, por supuesto, hacen todo lo posible por abstraerse del entorno. El espacio público caro –restoranes, bares, lugares de compras– es una conquista de la clase media. Vieja historia: los comederos más o menos elegantes aparecieron en Francia en la época de la revolución, cuando los burgueses más o menos pequeños trataron de acceder –por un rato, una noche, una comida– a los mismos placeres que los aristócratas gozaban todo el tiempo. Lo mismo que sucedió, décadas después, cuando aparecieron los hoteles distinguidos. Aquí, donde no hay clases medias, no hay de eso.

Supongamos por un momento que el mundo tal cual está es maravilloso –lo cual, en Niamey, no resulta tan fácil. Pero, ¿por qué esa convicción nostálgica, conservadora, de que todo lo que venga debe ser peor? Un mundo sin osos polares o arrecifes de coral o tigres de bengala va a ser un poco más pobre, pero en lugar de los tigres hay cien razas nuevas de perros, células madre que pueden formar órganos, la esperanza de vida que aumenta sin descanso, serias chances de poblar la Luna o después Marte. No digo que no sería mejor conservar también lo que hay; digo, sólo, que su eventual desaparición se inscribe dentro de esa lógica evolutiva que sabe que todo no se puede: dinámicas del cambio.

Si una fuerza inexplicable –los famosos dioses– hubiera salvado a los dinosaurios, no estaríamos acá, no existiríamos.

Me compro una cocacola –cosa que sólo hago una vez por año o cada dos, en países muy calientes y en la calle– y cuando la tomo pienso que no está tan fría como deseaba ni tan caliente como temía, y me parece que la frase se aplica a casi todo: ideas sudorosas. Creo que le decían aurea mediocritas, y es lo que parece.

Ni tan fría como deseaba ni tan
caliente como temía, ay vidita.

O sea, la pregunta: ¿qué es lo que está tan bien que queremos conservarlo a toda costa? No saben en qué mundo viven, diría mi tía Berta. No es casual que el ecologismo haya nacido en los países ricos: un reflejo de sociedades satisfechas, personas que viven bien y querrian seguir viviendo así, que temen cambios que les hagan perder comodidades. La conservación, en sentido estricto, de este orden –que los privilegia– frente a los brutos que crearon este orden pero son tan ávidos que podrían destruirlo con su exageración: gobiernos, grandes corporaciones, ambiciosos varios. Moderación, aurea mediocritas: sigamos así, dicen, quedándonos con casi todo, pero no terminemos de agotarlo.

Ni tan fría ni tan,
ay vidita.

Insisto: en todos estos millones de años no hubo peor desastre ecológico que la desaparición de los dinosaurios –sin la cual no habrían podido desarrollarse los mamíferos y, por tanto, nosotros. Sin ese quiebre no existiríamos –y ni siquiera estaríamos discutiendo estas cuestiones. Pero ahora nosotros somos los dueños, los dinosaurios de este mundo. Quizá la clave está en esa explicación de Ed Mathez, curador de la muestra sobre cambio climático en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York: mucha gente dice bueno, si ya hubo grandes cambios climáticos antes, otras veces, ¿por qué deberíamos preocuparnos? La respuesta es simple: porque, a diferencia de esas otras veces, ésta estamos acá.

Es una idea.

Lo dicho: porque es nuestro planeta.

En un mercado donde la mayoría vende telas arcoiris o los restos mortales de alguna vaca triste o radios berretas o perfumes truchos me hizo gracia que el muchacho pasara vendiendo banderitas de una docena de países, y le saqué una foto. Los musulmanes siempre pensaron la fotografía con el verbo sacar: arrebatar, expoliar una foto en el sentido de robarles su imagen –que el corán y el profeta y los ulemas y los marabúes y los imanes y fatwas y madrasas dicen que no se puede reproducir so pena de ofender al más grande. Por eso los musulmanes suelen enojarse con las fotos, pero este muchacho empezó a reírse como loco; señalaba mi cámara, gritaba yo estoy ahí, yo estoy ahí y se seguía riendo. Le mostré su foto –me sigue sorprendiendo que las nuevas tecnologías sean así de instantáneas–; la miró, se reía más, me preguntó si podía dársela. Le dije que no, que no tenía manera; se fue, como apenado. Enseguida volvió: ¿De verdad no hay forma de que me la des? Pensé en la opción de mandársela por mail y por pudor no quise preguntarle si tenía: a veces prefiero el prejuicio a la ofensa. No, me parece que no, que no hay manera. Ah, dijo, ya triste. ¿Y dónde te la vas a llevar? A la Argentina, le dije, por si acaso. Entonces los ojos se le iluminaron otra vez: ¿A la Argentina? ¿Te vas a llevar mi cara a la Argentina? Vaya a saber qué entendió por Argentina. No dijo Maradona, Messi; solamente repetía la palabra –Argentina, Argentina– hasta que se le ocurrió una idea: entonces tomá, anotá mi nombre. Si la vas a llevar, llevala con mi nombre, dijo, y me empezó a decir un nombre complicadísimo, y después cambió: no, mi nombre conocido, el que todos conocen no es ése, es Yaou Yacuba. Si vas a llevarte mi cara también llevate mi nombre que todos conocen, dijo, y se fue tan satisfecho.

Níger y Argentina comparten un honor dudoso: son los dos –¿únicos?– países del mundo bautizados con nombres más o menos latinos, signos culteranos, renacentistas. Dos latines, dos opiniones contrapuestas: Argentina es la plata, lo que vale, blancura realzada por el brillo; Níger es negro, lo opaco, lo sombrío. Sólo que un nombre –Níger– se basó en una comprobación –la negritud de sus nativos– que se sostiene, y el otro –Argentina– en una ilusión –la existencia de plata, de esas minas de plata– que resultó ser un engaño.

El gran mercado de Niamey es otra ruina –casillas derrumbadas, negro de humo en las paredes, pasillos a medio hacer– y me resulta coherente que lo sea porque todo en la ciudad parece así. Ver es mucho más fácil que mirar, más descansado. Mi prejuicio sobrevive hasta que alguien me cuenta que el mercado –el centro de la vida ciudadana– se incendió un mes atrás y estuvo a punto de destruirse por completo pero Dios lo salvó: que cuando más voraces estaban las llamas empezó a llover, porque los imanes llevaban un par de horas rezando para que lloviera y Dios, al final, después de hacerlos esperar un rato, después de llevarlos a arrepentirse de suficientes cosas, después de demostrarles que su voluntad no se adquiere con dos o tres palabras, hizo el milagro de llover para apagar el fuego.

–¿Y acá son todos musulmanes?
–No, sólo el 99 por ciento.
–¿Y el otro uno por ciento qué es?
–Sólo Dios lo sabe.

Decir hola, aquí, es grosería. Cualquier saludo –para poder preguntar dónde vive fulano, por ejemplo– es una larga sucesión de gentilezas bien reglamentadas: salaam aleko, alekum salaam, y cómo está su esposa, muy bien y la suya, muy bien y sus hijos, bien gracias y los suyos, muy bien y cómo están sus animales, creciendo, usted sabe, y los cultivos, ay, dios dirá vamos a ver si llueve, sí, vamos a ver si llueve, digamé: ¿usted sabe dónde vive Mamadou? Todo dicho a la velocidad de una ametralladora medio vieja, en un pingpong perfecto donde no importa la pelota –sino el gesto de la mano en la paleta.

El tema de las microfinanzas es uno de los grandes inventos de las últimas décadas: no realmente asistencialista aunque más o menos, manera de integrar a los pobres en la circulación económica un poquito. En Nigeria ví bancos de microfinanzas por todas partes, y en Níger también son un hit. Pero aquí, en medio de Niamey, un gran cartel anuncia un Salon de la Banque et de la Microfinance, sous le haut patronnage du Ministre de l’Économie et des Finances, y la fecha y el lugar y los sponsors y la foto: en la foto, dos metros por tres, dos señores de traje conversan animados, maletines en mano, corbatas, anteojos de metal, los dos pasablemente jóvenes; uno es alto, espigado; el otro es un enano.

Sigamos hablando de metáforas.

Si éste no fuera un libro correcto, cuidadoso de las convenciones al uso, precavido, modesto, diría que nada hace a las mujeres tan esbeltas, tan airosas como cargar agua: las espaldas tan rectas, los pasos tan ligeros cuando ya no tienen diez litros sobre la cabeza.

Porque llego al pueblo adonde voy a trabajar: Dalweye, a menos de una hora de Niamey, en otro mundo.

Sus calles los espacios que quedan entre casas donde corren chicos cabras gallinas hueso y pluma; un chico pasa rodando una cubierta vieja, otros dos hacen esgrima con sus palos, varios corren sin sentido aparente. Alguien, alguna vez, va a descifrar el sentido de la dirección de las carreras de los chicos de un pueblo cualquiera en un país cualquiera y va a entender el mundo. Mientras tanto, seguimos ignorando; la mezquita en el medio del pueblo es una habitación de tres por tres con su pequeña torre pintada de verde o de celeste, ya hace mucho. Mujeres muelen grano en sus morteros de madera, otras pasan con chicos atados a la espalda; una nena de doce lleva un hijo a la espalda. Otras se juntan alrededor del pozo con cantidad de bidones de colores a lavar o conversar o sólo buscar agua y los hombres se sientan a charlar junto a la carretera sobre un tronco –gastado, pulido por el roce de sus nalgas y de las nalgas de sus mayores y de siglos de nalgas– y al lado está el negocio de uno, otra choza de adobe pero con tres paredes en lugar de cuatro que vende huevos, té, unas latas o bidones usados, cigarrillos. Un hombre joven pasa en un carro tirado por un burro llevando leña y la mujer arriba de la leña, el hombre sobre el burro y su carro, eso sí, tiene ruedas de goma; un pastor peul con su sombrero de paja redondo puntiagudo y su bastón muy largo llega trayendo sus cabras y unas vacas flaquísimas con cuernos largos y finitos; pasa una pick-up con quince o veinte personas amontonadas en la caja, las patas colgando para afuera, los cuerpos en contacto tan estrecho, algunos sentados en unas tablas que sobresalen para que quepan muchos. Es tiempo de la seca, el tiempo en que los campesinos del Níger no pueden hacer más que esperar que las lluvias lleguen, y que el grano que se guardaron el año pasado les alcance hasta el final de la cosecha: lo segundo casi nunca sucede, lo primero a veces.

El buitre no lo devoró

Publicado: 21 febrero 2011 en Alberto Rojas
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El hombre sujeta la fotografía con sus manos nudosas, recubiertas de una piel dura como el cuero curtido. La observa unos instantes. Asiente con la cabeza. En nuer, su lengua, afirma «sí, es mi hijo» al traductor, a la vez que devuelve la fotografía al kawai, como los nuer llaman al hombre blanco que se sienta frente a él. «Si la sigo mirando, no podré dormir esta noche», dice volviéndose hacia el otro lado, como si con ese gesto quisiera borrar los malos recuerdos.

Hay preguntas del kawai que no entiende, porque esos conceptos en esa tierra africana no se usan. ¿Qué edad tiene? El hombre no sabe en qué año nació. Él cree que tiene alrededor de 69 o 70.

-¿Vio alguna vez esta foto?

-No -responde tajante Nyong, padre de familia de pocas palabras.

«La gran mayoría de gente de esta tierra no ha visto nunca ninguna», aclara el traductor, de la misma tribu.

-Mi hijo murió de fiebres hace cuatro años. Siempre fue un niño feliz, pero muy enfermizo.

-¿Pero murió de fiebre amarilla, malaria, kala azar, cólera?

-Fiebres -dice el traductor.

Y agrega: «En las aldeas sin acceso a la sanidad la gente se muere sin saber de qué».

El kawai (el hombre blanco, es decir, yo) le explica al señor Nyong que a su hijo lo fotografió Kevin Carter, un sudafricano blanco que pasó por Ayod durante dos horas en marzo de 1993. Que la fotografía fue publicada en The New York Times días después. Que ganó el premio más importante del mundo. Que luego su autor se suicidó, y que aún hoy es la imagen más polémica de la historia reciente del fotoperiodismo, pero que ayudó a concienciar a medio mundo de la necesidad de redoblar la ayuda humanitaria. Nyong sólo responde con una afirmación de cabeza, pero uno de sus hijos asegura que es un honor para ellos que una foto de alguien de su familia haya servido para salvar vidas.

El señor Nyong pide de nuevo la foto de su hijo junto al buitre. Kong rondaba entonces los dos años. Cuando el periodista se la entrega, el hombre se queda pensativo. Después habla con parsimonia: «Era la gran hambruna. La gente venía a Ayod para poder comer algo de lo que traían en los aviones. No había nada que llevarse a la boca».

– ¿La madre del niño le acompañaba hasta aquí? -pregunta de nuevo el kawai.

-No. Ella murió nada más nacer él, así que se quedó pronto huérfano de madre y tuvo que reemplazarle su tía. Ella le llevaba a diario hasta el feed center (centro de reparto de comida que la ONU tenía instalado en Ayod cuando una hambruna más asolaba Sudán) para recibir la ración que necesitaba. Y se recuperó».

El kawai le comenta que en occidente se cree que el niño está solo, a merced del buitre, y que agonizó sobre la arena después, quizás antes de ser despedazado a tiras.

-No, la hermana de mi esposa estaba allí, cerca de él, nunca estuvo solo.

A pesar del enorme dramatismo de la imagen, es la propia foto de Carter la que confirma las palabras del padre de Kong: el niño lleva una pulsera de plástico en su brazo derecho, las mismas que usaban en el feed center para agrupar a los niños según sus necesidades. Si se observa la imagen en alta resolución, puede leerse, en rotulador azul, el código «T3». A Carter se le criticó por no ayudar al bebé y el mundo le dio por muerto a pesar de que el propio Carter no lo vio fallecer. Sólo disparó la foto y se fue minutos después.

La realidad es que ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo. Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: «Se usaban dos letras: “T” para la malnutrición severa y “S” para los que sólo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center». Es decir, que el pequeño Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales.

Los periodistas españoles José María Arenzana y Luis Davilla visitaron Ayod tres meses después que Carter, y vieron lo mismo que él: miseria, muerte, niños, buitres. «Aquel lugar, junto a la central de comida, servía como letrina improvisada para los niños. Muchos acudían en los huesos y con diarreas terribles. También allí les esperaban los buitres para comerse los excrementos. Eso no significa que no muriera gente allí ni que se quedaran tirados en cualquier sitio, pero puedo asegurar que ese bebé no estaba allí abandonado a su suerte y sin ayuda. Y por eso Carter hizo lo que tenía que hacer, una foto impactante que mostrar al mundo y luego se marchó», sostiene Arenzana. Fueron otras palabras suyas («El parrajarro, te puedo asegurar, no se comió al bebé») las que convencieron a este periodista para, 18 años después, viajar 4.478 kms desde España en busca de la historia jamás contada: la del bebé de la foto de Carter. El niño del buitre.

En el equipaje, también testimonios de testigos presenciales. Joao Silva, amigo y miembro junto a Kevin Carter del llamado Bang Bang Club, estuvo presente aquella mañana en Ayod: «Las madres hacían cola para recoger la comida mientras los niños esperaban sobre la ardiente arena cercana».

Ahora, frente al señor Nyong, brilla la luz de la verdad: «Sí, eso es, mi hijo no corría ningún peligro en aquel momento».

La madre muerta

El extranjero, el kawai, quiere saber cómo era el niño de la foto, su hijo, qué gustos tenía, qué lo diferenciaba del resto: «Para mí fue especial porque nació en un momento muy malo para nuestra familia, su madre murió pronto y eso hizo que le cogiera tanto cariño. Supe que tendría que hacer todo lo que estuviera en mi mano para que saliera adelante». El señor Nyong no contará mucho más ese día, ya que tendrá que recorrer el largo camino de vuelta a casa, a cuatro o cinco kilómetros del centro de Ayod, cuando el sol africano ya dice adiós bajo los árboles, pero promete una nueva cita dos días después.

Esta vez sí, le visitamos en su propia choza. El señor Nyong, miembro de una etnia que practica la poligamia, está encantado con poder presentar al kawai a sus tres esposas (sin contar a la fallecida madre de Kong), a sus nueve hijos, a sus incontables nietos, que rodean al blanco para tocarle el vello de los brazos (los nuer no tienen un solo pelo) y comprobar alucinados que en la pantalla de la cámara aparece su propia imagen. Esta perfecta radiografía de la composición familiar en las tierras de los nuer se aloja en tres chozas de adobe con tejado de paja, protegidas del exterior con una simple empalizada. En su interior unas cuantas vacas aseguran la leche para el desayuno. El resto, 40 reses en total, busca en los alrededores algo de hierba fresca en la polvorienta aridez de la temporada seca.

No queda lejos la tumba de Kong Nyong, muerto en 2007, pero está inaccesible en coche por ausencia de caminos y desaconsejada por los soldados, que recomiendan no salir de la aldea. Una sencilla cruz de madera de acacia (aquí la mayoría son cristianos) marca el lugar bajo una gran arboleda donde descansa el joven Kong, aquel niño famélico que sobrevivió una década al fotógrafo blanco que lo inmortalizó.

Las mujeres del patriarca Nyong, que acaban de llegar del pozo de la aldea acarreando garrafas con agua, preparan el desayuno mientras los pequeños se desperezan. Ellas siguen la tipología de los hombres: altos, delgados, con adornos tribales grabados sobre la piel usando cuchillas de afeitar y punzones. El señor Nyong se pone su mejor traje y muestra para las fotografías su bastón dorado, el que marca la sabiduría propia del jefe del clan. No queda en las chozas ningún objeto o ropa que el difunto Kong tuvo en vida. Todo está repartido. Quizá aquella camiseta de fútbol azul que lleva uno de los pequeños, ya gastada por el uso; quizá aquellos pantalones deportivos llenos de agujeros que luce otro; quizá el colchón sobre el que dormía…

Sobre el terreno, Ayod y sus alrededores es hoy un lugar lleno de vida. Junto al Nilo, y en pleno triángulo del hambre, el principal asunto de conversación es la rebelión militar del comandante George Athor contra el gobierno de Salva Kiir en Juba. Los hombres comentan en los corrillos del mercado que cuenta con 1.000 soldados y ayuda armamentística de los islamistas de Jartúm. Pronto, otro asunto ocupará también sus conversaciones: la llegada de un kawai (yo, el hombre blanco) que ha viajado desde España para buscar a una niña, pues es lo que se había dicho hasta ahora, que aparece en una foto de 1993. Por eso, el señor Kong terminaría viniendo a mi encuentro al poblado. Pero antes pasé varios días de interrogatorios.

Sexo cambiado

«Es que no es niña, es un niño»… Así, con esa frase, empecé a ver luz. El que me hablaba al mirar la foto, el primer habitante de Ayod que se enfrenta a la instantánea de ese buitre blanco africano tomada por Carter, es el commisioner, una suerte de alcalde y general militar encargado de la seguridad. Es visita obligada. Si el commisioner acepta al forastero, podrá moverse a su merced sin que ninguno de los numerosos soldados con kalashnikov pueda detenerle. Si no acepta, tiene muchas posibilidades de ser expulsado, pese a tener todos los permisos en regla. En una mesa en la que se sientan varios ancianos del pueblo junto a oficiales del Ejército de Liberación del pueblo de Sudán (SPLA), despliego no sólo la fotografía ganadora del Pulitzer 1994, sino las copias de los negativos que Carter tomó aquel día de marzo de 1993 en la aldea. Más de 200 instantáneas en la que quedó congelada la hambruna provocada por la guerra que asolaba el sur de Sudán. Junto a él se sienta un nuer de 2,30 metros llamado Malik, quizás uno de los cinco hombres más altos del mundo y atracción, a su pesar, de los niños del pueblo.

Todos se acercan y comienzan a pasarse las fotos unos a los otros. De vez en cuando, señalan a alguien y dicen un nombre. Les pido que anoten en el borde de cada foto si la persona sigue viva y está en Ayod. De ser así, pienso, me ayudaría a encontrar al niño del buitre. El commisioner mira el retrato de un moribundo. «Son fotos muy tristes. Por suerte, ya no estamos así. La paz ha mejorado la vida de la gente». Es extraño oír esa palabra en un lugar en el que uno de cada cinco habitantes es soldado y en el que el colegio se usa como cuartel.

El commisioner quiere oír al hombre blanco contar a qué ha venido y este periodista relata la triste historia de Kevin Carter. Lo haría muchas veces más. El commisioner casi no puede creerlo. «¿Se publicó en todo el mundo una foto de Ayod?». Sí, no sólo se publicó. Ninguna imagen ha sido y es tan comentada como esta, incluso 18 años después, en los foros de internet. El extranjero asegura que no es ningún peligro para la aldea, que sólo pretende encontrar el lugar en el que se tomó la foto, hablar con testigos que puedan conocer el destino de la niña que intenta levantarse ante la amenazadora mirada del buitre. El commisioner observa la foto con atención y reprende al periodista de nuevo. «Se equivoca usted, es un niño, no una niña… Tiene permiso para moverse por Ayod y hacer fotos. Mañana mismo convocaré a varias mujeres del poblado para ver si recuerdan algo».

El padre Antonio, un sacerdote italiano que lleva años en la aldea, promete enseñar la foto en su sermón del domingo. Además de copias de la foto repartidas aquí y allá, el boca a boca sobre la búsqueda se extiende por la aldea como el fuego que arrasa a esa hora el pasto seco.

No es difícil hallar el lugar donde el buitre fue a posarse tras el niño. Está a unos 10 metros del edificio que servía de central de reparto de comida, hoy lleno de soldados descamisados y con sandalias. No es, ni de lejos, un lugar aislado en el que un crío pasaría desapercibido.

Durante su estancia en Ayod, el kawai comprobará como el commisioner cumple su palabra. Al día siguiente, convoca en su oficina a varias mujeres mayores para hacer otro visionado de las fotos. De nuevo, nombres y recuerdos. Este vive cerca del mercado. Este murió hace años de un disparo. Nyaluak Garkuoth descubre a su propia hija sonriendo al fotógrafo al que nadie recuerda. «Murió en la hambruna», aclara, señalando su estómago hinchado y sus brazos cubiertos sólo de piel. Chuol Deng, presente en la reunión, se lleva las manos a la cabeza al descubrirse herido en el mismo dispensario en el que atendían a los niños. Para probar que es él, se levanta el pantalón y deja asomar viejas cicatrices.

Será una de las mujeres que repartía la leche de la ONU entre los niños de la zona, Mary Nyaluak, 60 años, la que dé la primera pista sobre la identidad del bebé. «Es un niño. Se llama Kong Nyong, su familia vive en las afueras». Todos se agolpan en torno a la foto que muchos consideraron maldita. Dos mujeres más le dan la razón. «Sí, es el hijo de Nyong», dicen. El commisioner se levanta, como un resorte:

– ¿Lo ve? Es un niño. ¡Se lo dije!

Carter disparó fotos a decenas de niños en aquel lugar. No es difícil que confundiera el sexo del bebé en su fotografía inmortal.

– ¿Pero está vivo? -pregunta el extranjero, cada vez más nervioso.

Mary cree que sí pero no lo sabe con certeza, hace años que les perdió la pista porque viven lejos, a varios (cinco) kilómetros. Pero promete convocar una reunión entre el periodista y el cabeza de familia. «Mire, aunque no se le ve la cara, todos en su familia tienen las orejas con esta forma». El extranjero pregunta si está segura: «Usted sólo ve a un niño negro más. Yo veo a un niño al que conocí muy bien».

Mary nos da la noticia

Al día siguiente, cuando el boca a boca ha hecho su trabajo, Mary nos dará la peor de las noticias: «Murió hace cuatro años. Consiguió sobrevivir al hambre, pero enfermó. Hoy vendrá su padre a verle. Le han dicho que hay alguien que le busca por una foto de su hijo».

Mientras tanto, varios camiones de soldados abandonan el pueblo camino del frente, cada vez más próximo, por donde avanzan las tropas de Athor. 15 muertos en la primera aldea, 105 en la siguiente. 225 hoy. Gritan canciones que hablan de venganza. La noche anterior el enemigo estaba a 80 km. Hoy a 30. Las dos ONG de la aldea hablan de evacuación en voz baja. Sí. El Ayod de hoy y el de 1993 se parecen. Facciones del mismo ejército que se matan entre sí, mientras el enemigo del norte se frota las manos y saca la calculadora. Si acaso, la diferencia es que hoy la gente no muere masivamente de hambre.

El padre Antonio da un consejo al kawai recién llegado: «Todas las noches los chicos tocan música de tambores en el centro del pueblo. Si esta noche no oyes música, es que la guerra ha llegado hasta aquí». El kawai espera que la música siga sonando para que ningún otro Carter tenga que volver a inmortalizar la hambruna provocada por la guerra, la peor arma de destrucción masiva creada por el hombre.

En el restaurante más caro de Etiopía las copas de vino son de plata y los cubiertos son dorados. La cuchara, el tenedor y el cuchillo parecen bañados en un oro que encandila. Tal vez, por eso hay tantos guardias de seguridad en la puerta: un salero debe costar más que un sueldo promedio en el país más pobre del mundo según el Banco Mundial (en una medición que combina el PIB, el valor de los activos, el capital humano, la producción y los intangibles de cada nación). El lugar queda dentro del Hotel Sheraton Addis, una pequeña ciudad lujosa dentro de la gran capital de la hambruna. Se trata de una enorme fortaleza, amurallada, donde las habitaciones están sobre los 300 euros y ya está lleno por varios meses. La mayoría de los funcionarios internaciones o empresarios o invitados del gobierno se quedan en este hotel, que tiene de todo lo que debe tener una ciudadela boutique. Dentro de sus varios restaurantes hay uno llamado Shaheen, que ofrece “elegante comida de la India”. El Shaheen es el restaurante más caro del país más pobre. Cuando entro, dos mujeres vestidas con trajes de la India, me dan la bienvenida, me corren la silla, me traen el menú.

Un guardia, con audífono en la oreja y que seguramente está armado, te conduce amablemente al Shaheen. Cuando ingresas al lugar más caro de la ciudad no piensas en el país más pobre. El sitio no es muy amplio, la mitad de las mesas están desocupadas y hay un enorme vidrio tras el cual se puede ver a un habilidoso cocinero preparando los platos de comida india.

En la mesa de al lado hay una pareja de rusos gordos que se ríen a carcajadas. Más allá un solitario hombre de negocios, que parece de la India, bebe una sopa típica de Bombay con su cuchara bañada en oro. En una de las paredes hay un estante con vinos de Francia. La luz es baja, encienden velas en candelabros de plata y toda el agua que se ofrece es embotellada en Europa. Si no fuera por la exagerada ostentación, podría ser un típico restaurante bueno y caro de Nueva York o París, pero estoy en Etiopía.

Me sirven el vino en la copa de plata, y antes de que lleguen los platos, recuerdo que el alimento no es solo placer gastronómico. La comida sirve para satisfacer el apetito, las funciones fisiológicas, regular el metabolismo corporal y mantener la temperatura corporal. La comida es indispensable para el ser humano, y cada vez más escasa en un mundo donde comienzan a faltar los alimentos. Pero cuando finalmente la comida llega, me olvido de esas necesidades básicas y me dedico a comer por placer. A degustar, minuciosamente y con gusto, cada diferente sabor que cae sobre la mesa. Como, masticando lento y pausado y disfrutando cada plato de comida india. Como, sabiendo que hay pocas cosas tan placenteras como la comida. Y pocas tan injustas.

Me sirvo otra copa de vino, y otra, y agrego un nuevo plato, y otro. La cuenta final parece la alineación de un equipo de fútbol indio: un Mun Makahanwalla, un Tandoori Tang, un Subzi Pulao, un Garlio Naan, un Biebal Ki Handi. Todo eso, más una botella de vino etíope Axumit, no supera los 70 dólares. Una fortuna, para el etíope promedio: un alquiler en el centro de la capital puede salir por 30 dólares y un campesino del interior puede ganar 4 dólares semanales, lo mismo que el agua mineral sin gas que pido al final, sin mucha sed.

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Cuando uno cruza la puerta de un restaurante caro, quedan afuera los niños mendigos, los viejos mutilados, las mujeres con poliomielitis, las moscas gordas, la miseria y, fundamentalmente, el hambre. Adentro, uno se siente a salvo del bombardeo mental que significa recorrer la ciudad. En un país azotado por la hambruna, como Etiopía, los buenos restaurantes funcionan como refugios antiaéreos. Un búnker en mitad de la guerra existe para resguardar a los de siempre: altos funcionarios internaciones y a esa parte de la élite local que aún no deja el país. El mismo tipo de personajes que veo en las mesas vecinas esta noche en el restaurante Ghion, otro de los restaurantes caros del país del hambre.

El Ghion es el restaurante más caro de los que se dedican a la comida etíope. Por eso, todo lo que a uno le sirven, viene acompañado con un show folclórico compuesto por cinco músicos y cuatro bailarines: dos hombres y dos mujeres que se cambian de trajes y saltan risueños mientras nosotros comemos. Cerca del escenario, tres tipos de corbata (un etíope con traje italiano y dos europeos) hablan de negocios y brindan con vino francés y uno saca fotos del show con su iPhone. Los bailarines son delgados como una bicicleta y se mueven de manera nerviosa, con movimientos rápidos y bruscos, al límite de terminar con el codo dislocado o un hombro salido. Entre los garzones, que siguen transportando bandejas con comida, hay una mujer de traje negro y peinado de trenzas que se acerca para tomar mi pedido:

—Le recomiendo esto— me dice, con acento de inglés para turistas, indicando con su dedo largo un Doro Wat.

El restaurante Ghion está dentro del hotel Ghion, un cinco estrellas estatal, que se vende como “The garden palace of east Africa”. Dentro del local, adornado con largas cortinas blancas y donde se huele incienso, no hay mesas. En Etiopía, un país con su propio alfabeto, su propio horario y su propio calendario, no es de extrañar un restaurante sin mesas. Tampoco hay cubiertos. Tradicionalmente, los etíopes comen con las manos, entre varios, y sobre una gran tortilla llamada injera. La misma mujer que me toma el pedido vuelve a los pocos minutos con una gran jarra, la inclina, y deja caer agua para que me lave las manos. Al rato, comienza la comida con un procedimiento simple: te ponen frente a ti la injera, una suerte de crèpe gigante hecha con un cereal etíope que se llama teff, y sobre ese mantel esponjoso y comestible van depositando lo que pediste. Ya sea una carne picante, un saltado de verduras o una preparación de pollo, el Doro Wat. La idea es que todos los que están sentados alrededor de esta gran tortilla, vayan cortando pedazos de injera para hacer unos tacos con la comida. La gracia de comer comida típica entre extranjeros te puede salir por unos 50 dólares. Y con 50 dólares en Addis Abeba se pueden comprar 25 entradas, de la tribuna preferencial más cara, para un partido del Campeonato Nacional de Fútbol de Etiopía.

En eso estoy, destrozando la gran tortilla esponjosa para atrapar el pollo con tomates, cuando los músicos comienzan una nueva canción. Los bailarines parecen poseídos, saltando hasta dislocarse, ejecutando una tradicional danza dedicada al agua: las sequías prolongadas habituales en Etiopía —y que repercuten en malas cosechas— son una de las razones de tanta hambruna. Antes que termine el baile, y que me termine el pollo, entran al restaurante un grupo de cuatro parejas de italianos cargando niños africanos que seguramente acaban de adoptar. Uno de ellos filma todo, le habla a la cámara, y enfoca a su mujer que besa con entusiasmo a la niña de dos años que lleva en brazos. Afuera del restaurante, afuera del búnker, está el país con el mayor número de niños huérfanos del planeta.

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En Etiopía no hay muchos restaurantes de comida típica. Seguramente, porque casi no hay turistas, la gran masa consumidora de platos típicos. Dentro de los destacados está el Teshomech Kitfo House y Carnivore’s restaurant, pero la gracia del restaurante de Ghion es que además de tener buena fama en su comida, tiene un espectáculo de danza típica.

Después de un rato de comer con la mano esta tortilla esponjosa sobre la que han esparcido pequeños guisos picantes, uno ya está manchado. Las manos, alrededor de la boca, la servilleta y tal vez algo del pantalón. Otros platos destacados, de una comida basada en la simpleza de meter todo sobre la tortilla son: el Kifto, carne de res cruda y condimentada y cortada en pedacitos, que es la forma más popular de cocinar la carne en el país; y el picante Hummus de garbanzo con cebolla. En el menú, donde se ven pocos platos, bordean los 12 dólares. En general, la comida etíope no tiene mayores pretensiones y en la carta no hay aperitivos ni postres. Sin embargo, en otros lugares está convertida en todo un éxito.

Mientras las Naciones Unidas tiene a Etiopía como uno de los países con alarmante falta de alimentos y siempre dispuesto a aumentar su porcentaje de hambruna, en ciudades como Nueva York, Londres o París, la comida Etíope cada vez está más de moda. Hace poco se abrió un restaurante en Madrid, en Berlín hay varios y en DF algunos habitantes de paladar exótico claman en los foros gastronómicos para que pronto llegue “un etíope a La Condesa”. El restaurante Queen of shebba, uno de comida etíope en Manhattan, fue elegido el año pasado entre los mejores de la gran manzana. Y hace varios años que Marcus Samuelsson, un chef nacido cerca de Addis Abeba, está considerado por The New York Times dentro de los mejores cocineros de la ciudad.

Dentro del restaurante se huele el aire cosmopolita que tiene esta comida en el primer mundo. Una pareja de novios canadienses, que parecen saber que Etiopía hoy es un destino cool entre “viajeros vanguardistas”, se preparan bocadillos de injera con la delicadeza de expertos. Fuera del restaurante, del búnker que nos mantiene a salvo del bombardeo, claramente la realidad de la comida etíope es otra.

De los 75 millones de habitantes que tiene el país, más de 15 millones están bordeando la línea de la hambruna. A esto hay que agregar la crisis mundial de alimentos que vive el planeta. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estima que unos 1.500 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición, y Etiopía es una de las naciones que lidera el ranking. Si la comida sigue subiendo de precio, su tendencia en los últimos meses, la consecuencia lógica será que aumente la cifra de miles de personas que mueren al día a causa del hambre. Stop. Disculpen, pero quiero frenarme en esa última frase: “Miles de personas mueren al día a causa del hambre” es una oración que ya no dice nada, tal como no dicen nada “Se están quemando nuestros bosques” o “Salvemos las ballenas”. Pero, por un momento, detengámonos en esa frase: Miles de personas se mueren, cada 24 horas, por no tener nada para comer. Esas miles son 25.000 al día, 750.000 al mes. A partir de hoy, y en apenas seis años, morirán de hambre en el mundo la misma cantidad de personas que toda la población de Colombia.

No es que morirán en una guerra, ni que los picará una víbora, o les explotará una bomba, o los contagiará una epidemia o los aplastará una ola gigante: morirán por no tener comida. Morirán oxidados, como quedan los autos en aquellas ciudades donde ya no llega el combustible. Morirán, como siempre sucede cuando no hay alimentos, con los ojos hundidos y la boca abierta.

Estos días en Etiopía he visto el hambre muchas veces, pero no la he sentido ni de cerca. Los médicos dicen que para sentir hambre, verdaderamente hambre, hay que pasar al menos 14 horas sin ingerir alimentos. Y en esta historia, la de comer en Addis Abeba, nunca ha pasado un par de horas sin que coma algo. He comido mientras me contaban la historia del emperador etíope Haile Selassie, el único rey africano de la historia y en quien se inspiró la fundación del movimiento rastafari y la música reggae. He comido mientras una enfermera belga me decía que este país es el que tiene el mayor número de ONG humanitarias del planeta, y me lo decía en una pizzería donde casi todos eran empleados “humanitarios”. He comido recordando que las únicas veces que sentí verdaderamente hambre en mi vida fue en Barcelona, donde nunca pasé un día completo sin comer. He comido mientras recordaba que el Chavo del ocho siempre tenía hambre, pero que nunca le faltaba algo para meterse a la boca: incluyendo un pescado vivo de la pecera de don Ramón. He venido a comer por trabajo, y he comido en lugares lujosos, exclusivos como pocos, y que sin embargo son baratos en precios internacionales: la comida típica del Ghion me salió por 40 dólares, lo mismo que un sueldo de cajero en Addis.

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Por estos días, Etiopía sigue celebrando la llegada del nuevo milenio. Basta un recorrido por el centro de la capital, repleta de edificios eternamente a medio cons(des)truir, para sorprenderte por la cantidad de afiches oficiales saludando la llegada del año 2000. No es una broma. Etiopía puede ser visto como un ejemplo del atraso, pero es un dato objetivo que ellos recién viven la llegada del nuevo milenio.

—Tenemos nuestro propio calendario, en años y en meses. Nosotros tenemos 13 meses— me dice orgulloso Alemayehu, el empleado de una empresa de buses para turistas, flaco y largo como el famoso fondista etíope Abebe Bikila. Pero Alemayehu no corre. Y se toma las cosas con calma: son muy pocos son los turistas que llegan hasta aquí, y menos son los que contratan su servicio.

Como muchos etíopes, el flaco Alemayehu tiene la piel negra y los rasgos árabes. Mueve las manos cuando habla, y trata de decir las cosas educadamente. Tiene 32 años, no conoce ningún otro país africano, y con los 140 dólares que gana le alcanza para arrendar un departamento para él solo, comprarse una corbata al año y comer bien.

—Yo sé que tenemos una mala imagen en el extranjero. Que se dice que en Etiopía hay muchos enfermos, mucha hambruna, muchos niños desnutridos. Eso es cierto, pero también es un poco exagerado. No somos solo eso. Etiopía tiene muchas otras cosas para ofrecer— dice, con la heroica defensa de cualquier hijo de vecino cuyo país tiene un estigma mundial.

Me habla de religión, de parques naturales, de tribus en el interior del país, del café (cuyo origen mundial está en Etiopía), y remarca que Addis Abeba es considerada una de las primeras ciudades de la civilización. De hecho, en el Museo Nacional de la ciudad, está Lucy, considerada la momia más antigua de la historia.

Sin embargo, hay otro dato que más enorgullece a Alemayehu y al resto de los etíopes: nunca fueron colonia de nadie.

—Nunca, nunca, nunca fuimos conquistados. Somos el único, el único país de todo África que nunca fue colonia. Italia nos intentó conquistar, pero los expulsamos. Y después, durante Mussolini, ellos ocuparon el país unos pocos años. Pero nunca fuimos conquistados, nunca fuimos colonia— la calma de Alemayehu se transforma en desbordado entusiasmo. La ciudad parece arrasada, el país vive en constante bombardeo por la hambruna, y ahí esta él, como muchos etíopes, defendiendo el orgullo de ser parte de este lugar en el mundo. Rescatando, pese a todo y con energía, ser verdaderamente un etíope.

—¿En los colegios les hablan mucho de que Etiopía nunca fue colonia de nadie?

—Mucho. Siempre lo recuerdan. Siempre está presente— y deja clavada en su cara una sonrisa que dura varios segundos, hasta que se vuelve a empinar la Coca – Cola.

Estamos en el restaurante-bar de la piscina del hotel Hilton. Cada uno pidió un Club Sándwich, con abundantes papas fritas. En la piscina hay dos chicas en bikini que hablan en inglés y parecen ser las novias de algún funcionario internacional que se aloja en el hotel. En la capital de Etiopía la mayoría de los extranjeros prácticamente vive en los hoteles. El Hilton de Addis, por ejemplo, tiene adentro un supermercado con productos importados, para que cada funcionario internacional o miembro de la elite local que aún no se va del país, haga su propio búnker en casa. La comida de los dos sale en 30 dólares.

Dos horas antes de llegar al bar de la piscina había estado comiendo. Por eso, dejo la mitad del club sándwich en el plato. No porque tenga mal sabor, sino porque no doy más de tanto alimento. Tal vez, de vuelta a casa, debería ponerme a régimen. Desde que estoy en Addis, la capital de la hambruna, casi no he parado de comer.

Por algún momento, un extraño momento, pienso que sería bueno envolver esa mitad de club sándwich para regalárselo a alguno de los niños con hambre que están afuera del hotel pidiendo limosna. En Latinoamérica, donde también está lleno de niños hambrientos que piden limosna, hay muchos que consideran su gran labor contra el hambre envolver las sobras del restaurante en una servilleta y regalárselas al chico que nos cuidó el auto. Pero aquí es diferente. Sentir que estamos construyendo un mundo mejor por regalar las sobras aquí, al menos, parece ineficiente. Supongo que, dadas las circunstancias, el camino más efectivo para que estas sobras lleguen a la gente es dejarlas en el mismo plato.

No es algo que se me ocurra, ni de ahora. Ya lo contaba Ryszard Kapuscinski en su libro El Emperador, donde relata la vida del emperador etíope Haile Selassie. Ahí cuenta Kapuscinski de una reunión de presidentes africanos en el palacio imperial de Addis Abeba, a mediados de los 60. Describe una fiesta de la abundancia. Muchos miles de dólares se le había pagado a la famosa cantante Miriam Makeba, la voz de “Pata Pata”, para que entretuviera a las autoridades y periodistas acreditados durante esa gala adornada con cerros de comida. En eso, el periodista polaco sale un segundo del palacio, y escucha un ruido extraño colina abajo: “En la profundidad de la noche, hundida en el barro y bajo la lluvia, se apiñaba una turba de mendigos descalzos a los que arrojaban las sobras de las bandejas los que trabajaban en el barracón fregando platos y cubiertos”.

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Uno podría pensar que África es un invento de la televisión. Que más que un continente, es obra de esa gran y millonaria religión llamada “caridad”. Un truco, una leyenda, por la que hacemos conciertos y campañas y grabamos discos en el mundo ¿Y si África en realidad no existe? ¿Y si esos niños desnutridos no son más que muñecos a control remoto, construidos especialmente para dar miedo y lástima, y que han sido filmados en un desierto cerca de Los Ángeles? ¿Si es todo un invento para que, finalmente y en comparación a esas imágenes, nos sintamos afortunados? Tal vez sea así, y eso explique el porqué África siempre ha estado ahí, incomodándonos a todos, pero ahí se queda.

La noche que fui al Shaheen, el restaurante más caro de Etiopía, las calles de la ciudad estaban a oscuras, y en muchas esquinas se veían bultos que seguramente respiraban y tenían ojos. Iba rumbo al restaurante más caro del país más pobre, y en el trayecto pasamos por un gigantesco edificio del Ministerio de Agricultura, porque Etiopía existe, claro que existe, igual que África. Y desde el taxi se veía casi lo mismo que en cualquier capital latinoamericana, pero muy exagerado y sin salsa ni reggaetón.

Después de la larga comida, junto a la cuenta me dieron una invitación para una fiesta de los años 80 en la discoteca del hotel. La noche prometía. En la puerta de la discoteca, había dos guardias y una pareja de franceses jóvenes que le discutían algo. Pasé mi invitación, y el guardia me detuvo en seco: “Usted tampoco puede pasar”, me dijo, y apuntó a los pies antes de decir: “¡Solo con zapatos de vestir!”. Fuera de ahí, en el país bombardeado por la hambruna, la mayoría de los niños andaban descalzos.