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Martes, 11 de septiembre de 2001

Rafael Hernández despertó antes de las seis de la mañana y se sentó en el filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York–, pero ese martes amaneció de mejor humor: Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la chapa que siempre porta con él, y salió del apartamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.

Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos y albañiles.

Cuando el tren salió del túnel, la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaban cupones de 30 dólares en apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y zapatos deportivos.

Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church street. Hernández, 1 metro 65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos como tubos y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.

“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres ¿Vendrán en camino?”, preguntó.

Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción.

“¿Será un truco de cine?”, preguntó en voz alta.

Su amigo estaba mudo, con los ojos desorbitados y las manos en la cabeza. Corrieron en sentido opuesto a las torres. La gente a su alrededor miraba los edificios verticales recortados por un cielo sin nubes. Sobrevino un torbellino de papeles y pedazos de metal. Se alejaron para ponerse a salvo y de pronto Hernández se detuvo. Su deber era acudir a las torres. Le pidió a su amigo que convenciera a las peruanas de que lo esperaran: regresaría para ayudar como voluntario.

Rafael Hernández era bombero.

Sabía que en los siguientes minutos ocurriría una gran movilización. Eso lo había aprendido en su niñez, que había transcurrido entre historias de rescates en el batallón de bomberos al que pertenecía su papá, en la ciudad de México. Antes de que le creciera el bigote, Hernández comenzó a sentir una poderosa atracción por las emergencias. A los 14 años se metió entre las llamas que devoraban el edificio Astor en el Distrito Federal y tres años después ya era paramédico y bombero. Era el comienzo de un largo camino que lo llevaría a conocer medio mundo en huracanes, incendios y terremotos.

Corrió en dirección al World Trade Center hasta que llegó a la estación de Liberty y Church street. Se echó la mano al bolsillo derecho y aproximándose al hombre que repartía órdenes a gritos le mostró su placa del Heroico Cuerpo de Bomberos de México, un pedazo de metal dorado en forma de corazón.

“Vengo a ayudar. Soy bombero, soy mexicano”, se presentó.

El capitán, un rubio fornido que llevaba en la camiseta el apellido Jefferson, le ordenó que fuera  por un casco y una chaqueta y que se uniera a un grupo de bomberos que se dirigía a las torres. Hernández se echó al cuello la chapa y al llegar al World Trade Center vio que una decena de policías muy nerviosos intentaba comunicarse con otros oficiales por medio de radios portátiles. Uno de ellos dijo que se preparaban para evacuar.

Volvió a mirar hacia al cielo. En la torre debía haber miles de personas atrapadas. Alguien gritó que no servían los elevadores y que las escaleras estaban obstruidas. Un grupo de bomberos corrió hacia los elevadores de emergencia y fue detrás de ellos. Dos forzaron la puerta con una llave especial. Cuando se abrió, el cubo escupió una lengua de fuego.

Hernández no dejaba de mirar hacia la parte alta del edificio. La columna de humo se había propagado y era difícil ver con claridad. Con un gran esfuerzo pudo notar una línea de fuego y calculó que debía ser el piso setenta. Un policía lo cogió de un brazo y lo sacudió con fuerza.

“Vaya a ayudar a una persona cerca de la entrada del edificio. Es una mujer con el tobillo roto”, le dijo.

Salió a la calle y se detuvo a dos pasos de la puerta. Recorría la zona con la vista para encontrar a la mujer cuando algo pasó junto a él. Sintió un viento ligero y escuchó un golpe seco. No sabía de qué se trataba. Volvió a mirar al cielo y entonces lo entendió todo: había personas lanzándose al vacío.

Un hombre cayó junto a él y más allá una mujer se estrelló en el piso. Llevaba un bebé en los brazos. “Esto no puede estar sucediendo”, se dijo Hernández, cerró los ojos y sacudió la cabeza. Ya no fue en busca de la mujer con el tobillo roto. Pensaba en la gente atrapada en el rascacielos y en la angustia de sentirse abrazada por el fuego. En veinticinco años como rescatista nunca había visto a alguien saltar a la muerte para escapar de la muerte. “¿Qué infierno es este? –se preguntó –. Dios mío ¿cómo los vamos a ayudar?”

Cuando salió de su aturdimiento corrió a donde unos treinta bomberos y paramédicos subían las escaleras en tropel. Se les unió y varios pisos arriba un capitán los dividió. Le dijo que no podía ir más allá porque no llevaba más protección que una chaqueta, unos guantes y el casco. Estaba en el piso 28.

“Ahí está una mujer embarazada en trabajo de parto”, le dijo apuntando una esquina “Hágase cargo de ella. Llévela fuera y póngala en manos de los paramédicos”.

Era una rubia de ojos azules y una panza enorme. La levantó sin decirle nada y comenzó a bajar las escaleras con la mujer en los brazos. Escuchaba gritos de gente presa del pánico y a su paso veía, en los descansos de las escaleras, personas con quemaduras en el rostro, los brazos y las piernas.

Del otro lado del muro de cristal podía observar una columna de humo en la torre sur. Todos, excepto los viejos y los heridos, corrían sin control escaleras abajo. Algunos chocaban de frente con los bomberos que subían.

Bajaba las escaleras con dificultad, tratando de mantener el equilibrio en medio de la multitud. Hacía calor y el humo de los pisos superiores había descendido lo suficiente para nublarle la vista y hacerlo toser. Sudaba y pensaba que debía pensar con claridad. Sentía que la mujer le pesaba como si llevara en los brazos a tres personas.

Unos pisos abajo sintió un tirón en el pantalón. Era una negra joven con quemaduras en casi todo el cuerpo. “Ayúdeme por favor”, le dijo. Le prometió que volvería por ella.

En el piso quince se detuvo en un descanso junto a los escalones. Le dolían los brazos y le faltaba el aire. Puso una rodilla en el piso y apoyó a la rubia en la otra pierna. Por un momento pensó en dejarla ahí para ayudar a la negra que había dejado arriba, tirada en el piso. Se dijo que lo necesitaba más que la rubia, pero también pensó que un bombero siempre cumple órdenes.

Entonces escuchó la voz de la rubia por primera vez. Era como si hubiera podido ver sus pensamientos:

“No me abandones aquí”, le dijo y se aferró a su cuello tan fuerte que sintió dolor. Sollozaba y el cuerpo le temblaba. Su voz era débil, casi imperceptible. “No me dejes en medio de este caos”, le suplicó.

Hernández le dijo que no la abandonaría. Estaban en una esquina y junto a ellos la multitud seguía atropellándose. Eran muchos los que caían al piso.

“¿Cómo te llamas?”

“Allison”, le dijo y volvió a abrazarlo con fuerza.

En el cuarto piso volvió a escuchar su propia voz que le decía: “Con calma, tranquilo”. Sentía que no podía más, que en cualquier momento se derrumbaría con la rubia en los brazos. “No te desesperes”, se repetía, pero no podía evitar desesperarse. De pronto sus piernas comenzaron a moverse con rapidez y sus hombros empujaban a la gente que encontraba a su paso. Trastabilló dos veces y cuando recuperó el equilibrio continuó su descenso enloquecido.

En el segundo piso se dijo que tenía que salir de una vez de ese infierno. Bajó corriendo la escalera eléctrica, y escuchó gritos y otra vez los golpes secos en el piso. Salió a la calle, un policía hizo sonar su silbato y se acercaron dos paramédicos jóvenes. Abrieron las puertas y Hernández acomodó a la rubia en una camilla. Colocaron en la boca de la mujer una máscara con oxigeno, la subieron a la ambulancia y se enfilaron hacia un hospital.

Hernández estaba exhausto. Sus brazos eran dos hilos pesados y las piernas le temblaban. No podía caminar. Se hincó para llenarse los pulmones de aire. Decenas de personas yacían a su alrededor. Los paramédicos colocaban etiquetas en la ropa de la gente: rojas de atención urgente, amarillas de no inmediata, verde para quienes podían caminar y negras en los muertos.

Aspiraba aire con fuerza. Había pasado tal vez un minuto desde que había alcanzado la calle, cuando sintió en las rodillas apostadas en el piso un repiqueteo intenso, como si los dedos de un gigante tamborilearan el piso. Escuchó un estruendo parecido al que se escucha en las vías cuando un tren se aproxima, y vio correr a decenas de policías y bomberos. Algunos se quitaban las chaquetas y arrojaban los guantes y los cascos y gritaban:

“¡Corran!”

“¡Vámonos de aquí!”

“¡Dios mío!”

Hernández arrastraba las piernas con dificultad. Logró trotar un tramo y sólo se detuvo cuando alguien pasó junto a él, lo golpeó en el hombro y le gritó algo que no pudo entender. Se detuvo y al alzar la vista se dio cuenta de que corría en sentido opuesto: la torre sur se sacudía como una bestia herida. Dio media vuelta, corrió lo más rápido que pudo y oyó un ruido atronador. El edificio se desplomaba y sus entrañas escupían una gigantesca nube negra.

A unos pasos estaba un camión de bomberos. Se lanzó al piso y arrastrándose se metió debajo.

El día se hizo noche. Todo se obscureció y no podía ver sus manos. Sentía que la tierra temblaba y escuchaba el ruido de los muros de concreto al chocar con el piso. Sobre la plancha del camión caían residuos. Cerró los ojos y quiso rezar, pero él, que es cristiano, había olvidado sus oraciones. Apretó los ojos con fuerza y dijo:

“Dios mío, protégeme, no permitas que nada pesado caiga aquí. Dios Mío, no me dejes morir”. Tenía las manos en la cabeza y el cuerpo encogido debajo del camión. “Dios mío, si sólo vine a ayudar ¿Por qué me llevas? Dios mío, en tus manos pongo mi alma”.

Cuando el ruido cesó, pensó que estaba muerto. En la obscuridad de los párpados pudo verse de niño, vio a su abuela muerta, a sus padres, a sus hermanos. Se preguntaba dónde estaba, y si estaba vivo o muerto.

La nube de polvo lo cubría todo y él intentaba respirar con la nariz debajo de un trozo de tela que había arrancado de su camiseta. Cuando pudo verse las manos, palpó el costado del camión para encontrar una llave: la abrió, se enjuagó la boca y escupió. El polvo de la nube gigante le quemaba el cuerpo. Metió la cara y las manos debajo del chorro de agua. Se incorporó y escuchó un alarido.

Era un policía negro, un hombre gordo que no podía respirar. Abría la boca con desesperación, como un pez gigante fuera del océano. Lo llevó debajo del camión de bomberos, abrió la llave y le aventó agua sobre el rostro varias veces.

Unos minutos después salió cuando escuchó voces. Recuerda vagamente que un policía le pregunto si estaba bien. No podía pensar claro ni pronunciar una frase. Se inclinó y al apoyarse sobre las rodillas se dio cuenta de que había orinado los pantalones.

Sentía la quijada trabada y los oídos tapados. Otro policía se acercó, le dijo que cerca había unas personas heridas y le pidió que lo acompañara. Corrió a la entrada número cinco del estacionamiento de la torre norte y volvió a escuchar el ronroneo de la tierra y se encontró con la misma imagen: el edificio se convulsionaba y comenzaba a desplomarse como si fuera de arena.

En ese momento lo invadió un miedo que no había sentido nunca. Corrió en dirección a Vesey Street. Mucha gente corría junto a él. Pasó junto a un camarógrafo latino con una cámara al hombro. Tenía una rodilla sobre el piso y no se movía. Levántate, le dijo jalándolo de un brazo, pero el hombre no le respondió. Ven conmigo, hermano, volvió a decirle, pero era como si le hablara a una esfinge. Le tomó por el cinturón y le arrastró unos metros hasta una tienda de cigarros y refrescos.

Abrió la puerta, empujó al camarógrafo dentro y se encontró con un asiático a cargo del lugar. Dos francesas lloraban y hablaban por teléfono. Preguntó dónde estaba el sótano y siguió al encargado. El hombre indicó un espacio en el piso, Hernández lo abrió, gritó que todos se metieran ahí, y cerró la puerta. Las mujeres se abrazaban y podían escuchar gritos en la calle. En ese momento comenzó a sentirse muy mal. Estamos en guerra, pensó. Nos van a matar. Me voy a morir. Cerró los ojos y vio a sus tres hijos.

El sótano estaba obscuro, hacía calor y las francesas sollozaban. El camarógrafo seguía sin decir una palabra. Veinte minutos después Hernández les avisó que saldría a ver qué estaba pasando. Cuando alcanzó la calle sintió que el corazón se le hacía pequeño.

Había participado como rescatista en los terremotos de ciudad de México, Nicaragua y Guatemala; en la erupción del nevado de Ruiz que sepultó la ciudad de Armero, Colombia y jamás había visto una devastación semejante. La nube de polvo se había disipado y podía ver una montaña humeante de concreto y metales retorcidos.

Vio a un grupo de bomberos que movía los desperdicios y arrodillándose en la tierra preguntaba si había alguien con vida. Se ajustó los guantes y el casco y comenzó a remover escombros. No paró para comer o descansar en las siguientes ocho horas, concentrando en una acción única, repetitiva, urgente: levantar pedazos de concreto y metal, guardar silencio y entonces gritar: ¿Hay alguien ahí debajo?

El grupo con el que trabajaba encontró un bombero bajo las ruinas de una de las torres. Se sintió impotente. Se arrodilló y preguntó:

¿Por qué, Dios, por qué?

A las seis de la tarde, cuando se encontraba en los desechos de la zona norte, sintió un cosquilleo en el pecho. Era como si un ejército de hormigas ascendiera por su garganta y le impidiera respirar. Apoyó las manos en las rodillas e intentó jalar aire, pero comenzó a toser. Tosió con furia dos o tres minutos hasta que un paramédico se acercó.

Le colocó una máscara de oxigeno en la boca y después le sacó polvo de la garganta con una sonda.

“¿Te quieres ir a casa?”

“No. Estoy bien, me siento bien, aquí me quedo”.

Hernández trabajó hasta las diez y media de la noche, cuando ya no podía sostenerse más en pie. Caminó tres calles hasta llegar a la Capilla de St. Paul, en Fulton street, donde se había instalado un campamento para rescatistas y voluntarios. Un médico lo revisó y un soldado le entregó un casco color naranja y dos overoles, uno azul y otro anaranjado. Se bañó, mordisqueó un sándwich y durmió en las bancas de madera que suelen ocupar los feligreses.

A la medianoche lo venció el sueño, un sueño lleno de sobresaltos. Tenía sueños entrecortados de la torre, del fuego, de la gente saltando, y despertaba cada quince minutos. A las cinco de la mañana escuchó los gritos de unos soldados que llamaban voluntarios.

Los acompañó, pero no tuvieron suerte. Los teléfonos sonaban dentro de los portafolios sepultados bajo la tierra. Había cadáveres, cuerpos mutilados, manos y piernas sin dueño. Mientras retiraba piedras, pensaba que en veinticinco años de bombero nunca había visto nada parecido.

Dos horas más tarde un sol furioso cubrió la zona y la temperatura aumentó durante el día como resultado de pequeños incendios. Por la noche las cosas empeoraron. No había luz. Los focos estallaban y una planta generadora de energía instalada por el ejército se arruinó. Le costaba trabajo creer que todo eso ocurría en Estados Unidos.

Cuando se retiraba a descansar la noche del segundo día, un soldado le prestó un teléfono satelital. Llamó a la casa de sus hijos en la ciudad de México y le respondió su ex esposa. Conversaron unos minutos y luego tomaron el teléfono sus hijos: Aurora, de ocho, Sharon, de seis, y Nicolás, de cuatro años.

“Regresa, papá. Toma un avión y vuelve hoy mismo”, le pidió Aurora. “¿Están en guerra? ¿Los están atacando?

“Todo está bien, mi amor. Estoy bien. No nos están atacando. Me voy a quedar aquí unos días. Tengo que ayudar”.

Con el paso de los días se crearon varias cuadrillas de rescate. Estaba la de los escarbadores, a la que él pertenecía, en la que hombres equipados con un balde retiraban piedras con las manos. No utilizaban máquinas para evitar lastimar a la gente. Había otro equipo para atención de lesionados. Eran centenares los rescatistas que trabajaban de día y de noche utilizando nada más que las manos.

Las siguientes noches volvió a despertar con los gritos de los militares. Se ponía el casco y se dirigía hacia donde un grupo de hombres permanecía en un sitio determinado, en silencio, intentando escuchar el menor indicio de vida debajo de los escombros: un quejido, un golpeteo de metales, una voz pidiendo ayuda.

La mayoría de la gente que metía las manos en los escombros era hispana, y eso le provocaba sentimientos encontrados. Sentía orgullo y al mismo tiempo rabia: el gobierno de la ciudad daba trescientos dólares a los contratistas para pagar a los trabajadores por ocho horas de trabajo, y éstos pagaban ochenta dólares a quienes se empleaban para remover escombros.

Hernández se metía en donde cabía: en una grieta, en un hoyo obscuro, entre dos muros. Tres días después de los atentados encontró a un hombre atrapado cerca de la tienda de Disney y un almacén de revelado Kodak. Podía oler el nitrato de plata de unos contenedores gigantes que se habían derramado. Parte de su equipo de rescate era una lámpara y un radio por el que dio la voz de alerta. Con frecuencia vestía una camisa verde con el escudo de México que le regaló una mujer con la que un día conversó cerca del enrejado alrededor de la Zona Cero.

El hombre debía tener unos cincuenta años y dos paredes lo habían prensado. Estaba cubierto de polvo y tenía el pecho abierto a la altura del corazón. Le dijo un número telefónico y le pidió llamar a su esposa y a sus hijas. “Diles que las amaré siempre”. Pronto llegó un equipo de dieciséis rescatistas con unas tijeras gigantes que cortaron el concreto como si fuera de papel. Debieron pasar veinte minutos antes de que pudieran sacarlo de la trampa en la que había caído. Murió ese mismo día.

Al día siguiente Hernández llegó hasta el campamento del muelle donde eran atendidas las familias de las víctimas, sacó del overol un papel y marcó un número telefónico. Contestó una mujer. Le transmitió el mensaje del hombre y le informó dónde había encontrado a su marido. “Tiene que ir a la morgue”, le dijo. “No pude hacer nada más por él. Lo siento”.

El campamento de la capilla de St. Paul se había transformado en un centro de mando. Había camastros, almohadas y comida caliente. Era el único sitio donde se sentía tranquilo. Durante el día varios médicos revisaban a los rescatistas y un grupo de monjas los confortaban. Muchas hablaban español. Les daban masajes en los brazos, en las piernas y les decían que sí querían hablar de lo que estaban viviendo, podían hacerlo. “Si quieres llorar, puedes hacerlo”, le dijo una monja una tarde.

Hernández sentía el espíritu desecho por tanta muerte. Pero no debía llorar. Estaba ahí para ayudar.

Uno de esos días su amigo Jaime llegó hasta el campamento. El día de los atentados se había despedido de él con la mano en alto, cuando la policía ya había cercado la zona. Le contó que las peruanas nunca llegaron y que había regresado al apartamento de Queens. Se abrazaron y le entregó un sobre con dos mil dólares. Se lo enviaba su patrón, el paquistaní musulmán. Una turba lo había golpeado en Queens, a su esposa le habían arrancado la ropa y había decidido volver a su país.

Durante los días siguientes Hernández volvería a sentir en el pecho y en la garganta la misma sensación de miedo que tuvo el día de los atentados. Ocurría sobre todo por las noches, cuando trabajaba en la Zona Cero y sin anunciarse surcaban el cielo aviones de combate que volaban muy bajo, o unos helicópteros militares que arrojaban una luz potente.

Pensaba que cualquier día aparecería uno de esos aviones y lanzaría una bomba. Era un pensamiento recurrente y cuando se le presentaba se decía que pasara lo que pasara no se movería del sitio donde se encontraba. Si corría podía caer en alguna fosa y terminaría sepultado por toneladas de concreto. Si permanecía ahí, inmóvil, al menos moriría en la superficie.

Todo lo que encontraba bajo las ruinas –bolsos, teléfonos celulares, portafolios, fragmentos de ropa –lo depositaba en unos contenedores plásticos. Los momentos más tristes eran cuando encontraban a un bombero o un policía muerto. Sentía que ese cuerpo era el de un hermano al que no conocía. Todas las tareas se detenían y sonaban las sirenas.

Una tarde, cuando descansaba, un bombero le ofreció un cigarro. Hernández no fumaba pero decidió aceptarlo. Salió de la capilla y se acercó al enrejado. Del otro lado estaba una mujer, una negra que lo llamaba con las manos. Le dijo que tenía que ayudarla, que llevaba nueve noches durmiendo ahí. Le alargó una fotografía con la imagen de dos mujeres. “Son mis hijas. Ayúdame a encontrarlas”. Le dijo que no podía, que él estaba ahí sólo como voluntario. La mujer no se rindió. Tomó la fotografía y regresó al campamento.

Caminó al sitio en donde trabajaban los hombres que se encargaban de recoger cuerpos y enviarlos a la morgue. Habló con uno de ellos y le mostró la fotografía. “No debemos hacerlo –le respondió– pero no soporto verlos caminar día y noche sin saber dónde encontrar a sus muertos”. Tomó la fotografía y se marchó.

Por la noche le entregó un papel con unos números. Hernández caminó al sitio donde había fumado: la mujer estaba sentada en el piso, en vela. Le dijo que lo sentía mucho, que sus hijas estaban en la morgue. Ella comenzó a llorar y pegó el cuerpo a las rejas, como si quisiera abrazarlo. “Dios recompensará tu bondad”, le dijo. “Al menos tendrán un lugar para descansar”.

Cuando caminaba rumbo a la capilla, no pudo más. Los focos de emergencia alumbraban el desastre y las carpas donde la policía etiquetaba cuerpos.

Se echó al piso y lloró.

Lloró con un quejido, cubriéndose la cara con las manos, en silencio, para que no lo escucharan. Detrás de él empezaron a alzarse voces. Giró y vio movimiento en las cuadrillas de rescatistas. Se quitó las lágrimas con las manos sucias, se puso de pie y regresó a trabajar.

Hernández vivió en la Zona Cero setenta y dos días. El 11 de noviembre de 2001 removía losas y metales en busca de sobrevivientes cuando miró el balde que lo acompañaba siempre: jirones de ropa y piel y huesos secos era todo lo que sacaba con las manos.

Se quedo mirando sin ver, respirando con pesadez, con la cabeza en otro mundo.

Fue a la capilla y entregó el casco y los overoles. Ya no tenía caso seguir ahí. Su misión había terminado.

Julio de 2011

Hernández vivía en Queens, en un cuarto de dos metros por tres que compartía en un apartamento con un colombiano y otros migrantes. Su habitación era limpia y ordenada. Sobre los muros había fotos de sus hijas, una bota de bombero y una imagen de él en The New York Times: está de pie, con el casco anaranjado, junto a un grupo de bomberos que removían las ruinas del World Trade Center.

En ese micro mundo tenía lo que necesitaba para vivir: quince botes pequeños repletos de pastillas y una cámara de oxigeno. En la pared pendía una máscara azul de plástico. Sin ella, se asfixiaría mientras duerme.

En las bocinas conectadas a su iPhone se escuchaba la voz de Jobim, hipnótica, suave, anestésica. “Me ayuda a relajarme”, dijo Hernández. Con frecuencia lo escucha y se tumba seis horas en la cama a chupar oxigeno de la máquina. Suele hacerlo cuando está harto de sentir la máscara como un segundo rostro. Le apena que, cuando duerme con ella, al día siguiente se levanta con un óvalo rojo de la frente a la barbilla.

Hernández trabajaba como mesero en una compañía de catering en Houston y un día, cuatro años después de los atentados, sintió una punzada en el pecho y se desplomó. En el hospital le dijeron que tenía unas nubes en los pulmones y le preguntaron si había trabajado con asbesto. Dijo que no, pero que había vivido en la Zona Cero.

Unos días más tarde estaba de regreso en Nueva York. En el hospital Mount Sinai le hicieron una serie de exámenes y le informaron que tenía nódulos, células de polvo y filtraciones pulmonares. Los médicos le diagnosticaron rinitis, rinosinusitis, faringitis, asma y alergia crónica. Un amigo bombero le dijo que tenía derecho a demandar. Hernández fue llamado a declarar en la corte.

En la audiencia final se sentó frente a un juez, dos jurados y siete abogados, y durante nueve horas respondió cientos de preguntas: ¿Su padre fumaba? ¿De qué había muerto su abuela? ¿Padecía asma antes? ¿Quién lo había llamado al World Trade Center?

“A mí nadie me llamó, señoría. Yo decidí meterme ahí. No conocía a nadie. Salvé vidas como hubiera salvado la de mis hijos. Nunca dudé lo que debía hacer. Si hoy volviera a suceder, haría lo mismo”.

En marzo de 2010 el juez Peter Georgalos falló a favor de Hernández y le concedió atención médica de por vida. En la resolución WBC 00804564 de la corte de Nueva York, el juez determinó que el voluntario mexicano padecía asma, apnea obstructiva del sueño, rinosinusitis, estrés postraumático y depresión.

Hernández espera la solución de otra demanda como parte de la Ley Zadroga, que indemnizará a bomberos, paramédicos y rescatistas. El juez le prohibió realizar trabajos que requieran esfuerzo físico.

Desde entonces los detectives de la corte le han hecho visitas sin anunciarse para comprobar que está en su casa y han investigado la cámara de oxigeno para confirmar si la usa. Hernández se sostiene con préstamos de amigos y donaciones de empresarios de Sonora y el Estado de México. El gobierno mexicano le entregó mil dólares durante ocho meses, después de que reveló a un noticiero las grabaciones de una conversación telefónica con una funcionaria que le dijo que el Presidente Calderón no tenía por qué ayudarle.

Un sábado de julio lo visité en su departamento de Queens. Diez años después Hernández conservaba el cuerpo de luchador, aunque había perdido peso y aquellos brazos como tubos parecían ahora tuberías.

Llevaba unas gafas obscuras, una camiseta, bermudas y en el cuello una cadena de plata. Antes de cerrar la puerta se echó al hombro la mochila en donde siempre lleva cuatro frascos imprescindibles con medicamento con su nombre y la leyenda: “Health for Heroes”.

Abordamos un autobús que nos llevó a la avenida Roosevelt en Queens. En el Sol Azteca se pidió unas enchiladas de mole y un Squirt.

Me dijo que planeaba volver a México en unos meses. Extrañaba a sus hijos y echaba de menos las emergencias, aunque sabía que esos tiempos no volverán. Estaba dedicado a guiar a un grupo de cien hombres y mujeres de origen latino que trabajaron en el World Trade Center. Los ayudaba a traducir documentos y los orientaba en las cortes. Entre las enchiladas y el postre recibió tres llamadas de ellos.

Cuando salimos del restaurante una mujer lo detuvo para saludarlo. Era María, una colombiana que trabajó removiendo escombros.

“Qué mala noticia la de hace dos días”, dijo María refiriéndose a una notificación la Ley Zadroga de acuerdo con la cual los trabajadores de limpieza y rescatistas recibirán una compensación en dos partes: el 23 por ciento en una  fecha que se definirá en septiembre de este año, y el resto en 2016.

“No se rinda, siga luchando”, le dijo Hernández. María encogió los hombros y se marchó caminando sobre Roosevelt Avenue.

Hernández me contó que lo peor no son las enfermedades ni la dilación en el pago del fondo de compensaciones, sino las pesadillas y las ráfagas de recuerdos que lo asaltan en cualquier momento.

Mientras duerme con frecuencia ve a Nueva York bajo una lluvia de bombas. Cuando los recuerdos le asaltan, ve imágenes de personas lanzándose al vacío y le sobreviene un ataque de ansiedad. Entonces, como sucedió en el restaurante, llora como un niño y su cuerpo se sacude dominado por estremecimientos breves.

Hace tres años pensó en suicidarse. No llegó a intentarlo: cuando sintió el impulso de colgarse llamó a la doctora Alicia Hurtado, su psiquiatra. La idea de matarse parece haberse extinguido.

“Sé que todo esto se me pasará”, dice Hernández con un asomo de esperanza en los ojos tristes. “No sé cuándo, pero algún día se me pasará”.

Septiembre de 2011

El día del décimo aniversario de los atentados Hernández asistió a dos homenajes donde lo recibieron como héroe. Estaba listo para volver a México en diciembre y en febrero de 2012 se sometería a una operación. “Me retirarán una costra como de arena entre la nariz y los pómulos que no me deja respirar”, me contó. Esa noche Discovery Channel transmitió seis historias de sobrevivientes de las torres gemelas. Una de ellas era la suya, y el bombero se sentía orgulloso. Vio el programa con el teléfono en la mano, conversando con sus hijos Aurora, Sharon y Nicolás.

Volvimos a platicar el viernes 23 de septiembre. Me dijo que una de sus hijas cumpliría años. Estaba vendiendo un reloj Cassio para comprarle un regalo.

Al día siguiente se reunió en su casa con Jaime Munebar, el colombiano con quien había compartido piso durante siete años, y con otra amiga. El domingo 25 de septiembre, Munebar se fue a misa. Por la noche, a su regreso, llamó a la puerta sin que su amigo respondiera. Cuando pudo entrar, Hernández estaba tendido en la cama.

El bombero al que nadie llamó había muerto.

El funeral tuvo lugar en Queens, un jueves lluvioso. Sus hijos no pudieron viajar, pero estaban los latinos a los que Hernández ayudaba en las cortes. Había una multitud llorosa, coronas y flores. Cuando los rezos terminaron, Munebar se acercó al cónsul Mario Cuevas y le dijo: “Ayúdenos a que Estados Unidos no se salga con la suya. El fondo de compensación por el que Rafael luchó pertenece a sus hijos”. La oficina forense extrajo algunos órganos del cadáver para los exámenes de rigor, y el cuerpo fue trasladado a México hasta el 1 de octubre.

Las despedidas a los héroes con frecuencia no son como deberían ser.

Tres meses después, la oficina forense de Nueva York no había dictaminado sobre las causas del deceso. En la corte, el caso de Hernández estaba detenido y de la compensación que recibiría en estas fechas no se sabe nada. El cuarto de Hernández permanecía clausurado por la policía. Un día alguien violó los sellos y saqueó la habitación.

Munebar pudo rescatar la última pertenencia de su amigo, y la guarda como si fuese algo sagrado.

En una bodega de Queens yace la cámara de oxígeno que mantuvo con vida a Hernández los últimos años.

Detrás del asesino de Balderas

Publicado: 11 octubre 2011 en Marco Payán
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En su rondín por la colonia Doctores, el comandante Juan Manuel Velázquez recibe un 26, la clave radial que significa “rapidez”, y que esta vez le exige acudir al interior de Metro Balderas. A las 5:16 pm llega con su patrulla blanca a la estación. En la entrada ve a gente corriendo, escucha gritos, observa caras de pavor. «Va en serio», le dice a su compañero Salvador Espinoza antes de abandonar el vehículo.

Juan Manuel, agente de la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJ), cuela entre la multitud su cuerpo bajito y abultado en dirección contraria a la gente que huye. Desciende y escucha disparos, sin identificar su origen. Toma su radio para obtener datos de algún colega que le aclare a dónde moverse, pero no hay forma de hacer contacto: en el subsuelo la señal se esfuma. Nota sobre las escalinatas gotas de sangre. Ahí, en el andén, ve a un hombre robusto de pelo negro, armado y en cuclillas: Luis Felipe Hernández, de 38 años, que lo mira con rabia.

En ese punto del subsuelo, Juan Manuel descubre que un joven agente de la Policía Bancaria e Industrial (PBI), Víctor Miranda, yace en un charco de sangre con un tiro en la espalda. A unos cinco metros hay otro hombre con un tiro en la frente: Esteban Cervantes, de 58 años.

Luis Felipe apunta al judicial que se protege tras un muro y le dispara. No da en el blanco. El comandante observa que Luis Felipe abastece su revólver. «Policía Judicial, suelta tu arma», le grita. No hay respuesta. Entonces Velázquez camina con la Pietro Beretta .9 mm dirigida a la cabeza de Luis Felipe. El judicial ve cómo detrás del agresor se abre una imagen que lo frena: decenas de pasajeros agachados que abarrotan el vagón y que involuntariamente sirven al criminal como escudo. Luis Felipe levanta la pistola y jala el gatillo tres veces. En la centésima de segundo que podría una vida tornarse muerte, todo se reduce a tres clics, inútiles, que devuelven a Juan Manuel el alma.

El judicial se lanza sobre el hombre que lo supera por 20 cm y 30 kilos, le arrebata la pistola y lo embiste para hacerlo caer. En segundos, unos 15 policías surgen de pasillos y convoyes para terminar la tarea de inmovilizar a Luis Felipe.

Los rasgos biográficos del asesino no parecen dibujar a un criminal: era un campesino de Jalisco que debió emigrar a Estados Unidos para ser albañil.

Ni me agacho ni me retiro

«Ahorita quiero que entrevistes a mi esposa», me dice Juan Manuel. El comandante señala sonriente a su maquillada secretaria, que me aclara, con una risita apenada: «no le creas, está jugando contigo.»

Cordial, me hace pasar a su oficina. Su espacio de trabajo es tan pequeño que apenas entran tres sillas y su escritorio, base de un complejo entramado de aparatos: hay un celular, un Nextel, dos radios, un dispositivo de banda ancha, un walkie talkie y un móvil Android.

Antes de iniciar, coloca su placa, la 4487, sobre la mesa.

—¿Por qué, si estaba cargada, del arma del agresor no salió ninguna de las balas que iban dirigidas a usted?
—El señor no conoce de armas: la abasteció en el sentido de las manecillas. Puso tres tiros y dejó tres espacios libres. Accionó tres veces donde no había balas y por eso estoy aquí platicando contigo.
—¿Tuvo miedo? —pregunto.
—No. Yo tenía la adrenalina arriba y tengo que estar en mis cinco sentidos. Cualquier error me cuesta la vida. Mi objetivo era: «No importa si me lesionas, voy sobre de ti.» Si me dispara y muero, mis compañeros de atrás lo sometían. Es poner en riesgo una vida para salvar no sé cuántas más. Cuando me realiza los tres disparos, ni me agacho ni me retiro.

Ambre

Luis Felipe llegó a la Central Camionera del Norte entre el 14 y el 17 de septiembre. Pudo tomar el Metro, que lo dejó cerca de la estación Doctores. Caminó tres cuadras hasta Dr. Valenzuela y pidió un cuarto en el austero Hotel San Juan. Al día siguiente salió con una camisa guinda, mochila cruzada en el pecho, cinturón de cuero tejido y chamarra. Su puño apretaba un marcador indeleble. Sobre una valla publicitaria del paradero de Eje Central y Dr. Durán escribió: «ESTE GOBIERNO CRIMINAL DE FELIPE CALDERON NOS CONLLEVA A MORIR DE HAMBRE Y SED POR EL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.» Adelante, en la valla de Dr. Liceaga, arremetió: «ESTE GOBIERNO DE DELINCUENTES Y CRIMINALES CON COLMILLAJE Y ENGAÑOS NOS CONLLEVAN A MORIR DE HAMBRE Y SED POR LOS EFECTOS DEL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.»

Ingresó al Metro Hidalgo a las 4:42 pm y caminó por un pasillo. Ya era registrado por una cámara ubicada sobre un puesto de libros. Viajó dos estaciones hasta Balderas, donde hizo otra pinta: «VAMOS MÉXICO CON ENGAÑOS Y PERJUICIOS LLEVAN A LA NACIÓN AL AMBRE (sic)». Por tercera vez en el día escribía con su plumón la palabra “hambre”. La media hora siguiente escribió en los andenes de Hidalgo, Cuauhtémoc y Balderas. Y desde aquí realizó una raro trayecto: viajó a Observatorio, bajó en Cuauhtémoc sólo para cambiar de andén y luego volver a Balderas.

Víctor Miranda, agente de la PBI, llegó a las 5 pm para iniciar el turno. Su función: vigilar que a los tres primeros vagones sólo entraran mujeres y niños. A las 5:14 notó que un hombre rayaba una pared.

—No haga eso —le dijo el oficial.
—Ya valió madre —le contestó Luis Felipe, según peritajes de la PGJ.

El hombre abrió un pañuelo blanco, sacó un revólver .38 Especial y pese a que se trabó pudo disparar un par de veces. Herido, el policía huyó corriendo, pero Luis Felipe giró y le disparó por la espalda.

En un andén repleto y aterrorizado, Luis Felipe envolvió otra vez su arma. Esteban Cervantes, herrero avecindado en Chalco, salió del vagón con los brazos extendidos hacia las manos que sostenían la pistola. En una penosa lucha de su cuerpo contra un arma, pudo forcejear 18 segundos hasta que Luis Felipe lo tuvo de rodillas y le soltó un tiro en la cabeza. El cuerpo cayó muerto sobre la loza. Con los dos cadáveres tendidos, el andén se vació.

En el juzgado 56 del Reclusorio Oriente, Luis Felipe declaró sin culpa: «Los maté porque querían reprimir mi mensaje». Su mensaje: advertir «los engaños de la administración del señor Felipe Calderón para conllevar al país México a morirse hambre por el fenómeno del calentamiento global.» La PGJ señaló que Luis está en pleno uso de sus facultades mentales, por lo que será enjuiciado.

El martes 22 de septiembre, cuatro días después del tiroteo, Milenio Diario publicó en su primera plana: «El asesino del Metro provoca suicidio e infarto de dos parientes.» La nota informaba que la secuela de muerte se había producido en La Tapona, un rancho de Jalisco.

Estamos en shock

En la estación Loma Alta, Jalisco, el tren de las 3 am trituró sobre las vías a Ambelio Reyes, de 42 años, primo y amigo de Luis Felipe.

Paulo, padre de Ambelio, reconoció el amasijo de carne que apareció en la contraportada de El Circo, diario policial de la región. Una pierna había sido mutilada por la espinilla y un brazo estaba desprendido. En el durmiente donde se hallaron los restos ha sido fijado un crucifijo con cemento.

Pudo ser un suicidio, pero también una casualidad fatal: quizá Ambelio, un alcohólico, se durmiera de borracho en las vías. El tren siguió de largo porque hace años no para ahí.

El único letrero de bienvenida es una cartulina naranja en la que apenas se lee: «XV años Rancho La Tapona». Sobre la autopista Aguascalientes-León hay una reja oxidada y medio caída, desde donde inicia un camino de terracería con zanjas que ha creado la lluvia que apenas acaba de caer después de tres meses de atraso.

Hace sólo dos semanas Luis Felipe estaba aquí, en este pueblo, rogando que la lluvia cayera para cosechar la tierra que había sembrado. Pero llegó el 13 de septiembre y el agua no cayó. Entonces avisó a su familia: «Me voy a Ciudad Juárez a conseguir la visa para cruzar a Estados Unidos.» Mintió. Su destino era el DF.

En mi camino a La Tapona, un par de campesinas altas y güeras, con dos niños de ojos azules, bajan a esperar que se enfríe el radiador de su vieja pick-up. Con la cabeza metida en el motor una de ellas me da informes:

—Buscas a “El Cuatro”. ¿Por lo de su hermano? A ver si te da la entrevista. Hace poco estuvo en un pleito en una cantina donde creo picó a alguien.

Estoy en los Altos de Jalisco, vasto y árido territorio de El llano en llamas. Los años han traído desazón. Con la autopista creada en 1986 La Tapona quedó partida: la carretera de cuota atraviesa el rancho.

En el camino a La Tapona, entre huizaches, nopales, cactus, pitahayos y mezquites, sólo cabe un auto. El domicilio que busco lo marca una camionetita Toyota de los años 80, cubierta de polvo y óxido. Con una llanta ponchada, el lugar de un vidrio lo cubre una tela de costal. José Manuel Hernández “El Cuatro”, de 34 años, vive en una casa de concreto sin pintar, de una sola planta, en medio del polvo. Algunas ventanas han sido sustituidas por cartones. Por puerta hay una cortina.

Al verme, “El Cuatro” grita a sus niños: «A la casa con su madre.» Veo que su playera es la misma que percudida y con hoyos salió en una entrevista que concedió a TV Azteca. El menor de los 13 hermanos Hernández Castillo habla agotado: «Luis ofendió a la sociedad. Nos duele y respeto a las familias dolidas. ¿Qué más decir? Apenas nos estamos haciendo a la idea.»

A los tres minutos se detiene abrupta una pick-up de modelo reciente. Baja un señor alto, de jeans, con una gorra de los Yankees.

—¿Quién eres? ¿A qué vienes?

Erasmo, de 38 años, es otro de los hermanos de Luis. Ha venido de California, donde radica, para apoyar al papá de la familia, Alfonso, y a sus hermanos “El Cuatro”, María de Jesús “Chuyita”, Miguel Ángel y dos más que viven en Jalisco.

«Estamos en shock —dice Erasmo más tranquilo—. Nunca esperamos que hiciera algo así. No sé si ustedes pudieran entrevistarlo en el reclusorio para que diga sus motivos que él sólo sabe. Nadie le ha dado la oportunidad.»

—¿Cómo está tu hermano? —le pregunto.
—Aún no le sacan las heridas de bala: una en el bíceps derecho y otra en la espalda. Es una venganza por matar a un policía.
—En el video nunca se ve que Luis reciba dos tiros —refuto.
—Para mí que los videos no muestran todo —dice Erasmo.

Ni gas quiero usar

Sembraban maíz, frijol y sorgo, y cuidaban sus animales: dos caballos y dos vacas lecheras que mugen en nuestro recorrido por el campo. «Luis Felipe era muy cariñoso con sus animales, los quería mucho», me dice “El Cuatro”.

En las tierras hoy sólo hay maleza. El 2009 fue desastroso: contrario a lo que ocurre cada año, de junio a septiembre no llovió. Recuerdo en ese instante los dos temas recurrentes de las pintas de Luis Felipe en el DF: el hambre y el calentamiento global. «Hemos crecido en la pobreza —dice “El Cuatro”—. A fines de los 80 estudió en el Conalep de Lagos de Moreno y luego hizo un año de Veterinaria en la Universidad de Guadalajara.

En la casa, donde aún vive su padre (quien se negó a hablar), hay un refrigerador con la puerta abierta. Advierto que no contiene ningún alimento. Arriba del aparato hay una imagen de San José y otra de la Virgen María. En el suelo de cemento tapizado de tierra hay una veladora con la imagen de la Guadalupana y del Papa Juan Pablo II. El que era su cuarto tiene una tela blanca como puerta. Adentro está el petate donde dormía, cera derramada, un par de zapatos viejos.

Rosario Cruz, una amiga desde la infancia, me dice que Luis Felipe le compartía sus inquietudes políticas.

—¿Qué era lo que te decía?
—“No prendas tanto la luz, ¿no te fijas que te llega mucho de cobro?”. “Ni laves en lavadora porque jala mucha luz.” “La televisión tampoco veas porque te roba la mentalidad. Yo no veo televisión y en mi casa uso velas. Todo está subiendo.” “El gobierno tiene la culpa, porque ellos son los corruptos”. “Ya ni gas quiero usar, o sea, sólo lo necesario”. “Regala tu televisión”.

La ventana de la casa de Luis está tapiada con una madera de triplay. Ya no están sus libros, ni su máquina de escribir, ni los casquillos de calibre .38 y panfletos contra el gobierno que se llevó la PGJ.

Según el diario Noticias De La Provincia, de Lagos de Moreno, sus escritos decían: «El gobierno está formado por delincuentes y criminales que engañan al mundo a través de medios de comunicación.»

Ahí les va una tortilla

Luis Felipe Hernández Castillo nació en marzo de 1971. Erasmo recuerda lo más agradable de su niñez con su hermano, mientras se escucha lejana la música de banda de los XV años. «Nos sentábamos a la mesa a comer y nos peleábamos por la tortilla en el comal grande de mi mamá.» Ahora sí, “El Cuatro” se entusiasma: «Mi jefa en el fogón. “Ahí les va una tortilla”, decía mi mamá.»

Lázaro Cárdenas del Río era la única escuela en La Tapona. Sólo primaria. Ni kínder, ni secundaria. Al regresar de las clases, Luis Felipe y sus hermanos anhelaban que los visitara su hermana mayor, Adela, que vivía en León: «A ver si mi hermana nos trae un panecito o una naranja», decían.

Para que los Santos Reyes les trajeran juguetes, a falta de zapatos ponían sus huaraches. A la mañana siguiente encontraban carros artesanales hechos con los troncos de órganos, los cactus de la zona. «El que fregaba (al que le iba bien) le dejaban una pelotita en los huaraches», al fin sonríe “El Cuatro”, y recuerda cuando dormían cuatro o cinco en una sola cama, aguantando los movimientos de Erasmo y Miguel Ángel, que siempre despertaban en otro lugar.

A Luis Felipe le gustaba nadar en el estanque, un beneficio extra que traían las lluvias. Jugaban a quién aguantaba más debajo del agua y a los clavados. Los árboles también eran sus juegos mecánicos: se subía a una rama e imaginaba que era un tractor o una camioneta como las que traían sus primos o quienes venían de Estados Unidos. «Nuestros dulces —dice José Manuel— eran taquitos de azúcar.»

Esa felicidad precaria terminaría con la llegada de las máquinas y los hombres que construyeron la nueva autopista. Alfonso Hernández y María de los Dolores Castillo se separaron a mediados de los 80, cuando su hijo Luis Felipe era un adolescente. En esa época, ella trabajaba para ICA dando de comer a los trabajadores. Según Antonio Sotelo hijo, amigo de la familia, Don Alfonso acusó a su esposa de adulterio. «A Luis —me dice— le afectó mucho la separación de sus padres.»

Sotelo habla afligido aún por la muerte de su papá, Antonio Sotelo padre, tan sólo ocho días antes de esta charla. El periódico regional XPreso, Milenio Diario y El Universal consideraron tanto ese deceso como el de Ambelio en las vías del tren como efecto de la conmoción causada por los actos de Luis Felipe. Sin embargo, don Antonio murió el lunes 21 tras una larga enfermedad, sin saber siquiera quién era el asesino del Metro Balderas. Tampoco era su familiar. Y las razones de la muerte de Ambelio aquel mismo día nunca se sabrán.

Alguien en la vida

«Alto, fuerte y estudioso —así lo recuerda Rosario, su amiga desde la niñez—. Tenía porte como para hablar. Era buen estudiante, porque casi no se la pasaba en el rancho.» Martha Cruz, hermana de Rosario, coincide: «Tendía a ser alguien en la vida: un ingeniero, un abogado. Se expresaba muy bien.»

Con las mujeres era muy selectivo. «En los bailes no bailaba con cualquier muchacha —dice Rosario—. Era muy especial. Me dijo hace poco: “Yo no me quiero casar porque las mujeres son muy exigentes. Ya no hay mujeres desinteresadas”.» Erasmo lo confirma: «Quería alguien más centrada —dice e imita a su hermano—: “Esa niña no sentaría cabeza para llevármela al rancho”.»

Hace más de una década se casó con una mujer de quien la familia no quiso divulgar el nombre. Meses más tarde Luis se fue al Norte, sin ella. Ilegal en California, trabajó ahí casi seis años. Luis mandó el divorcio mientras estaba allá. «Después, parece que no tenía otra novia. Yo no le conocí otra», dice Erasmo.

La navidad de 2006, Luis Felipe decidió volver a México. «De regreso de Estados Unidos lo noté mal —dice Juan Pablo Sotelo—. Estaba descontrolado, nervioso. Inclusive la mirada…» Y Antonio agrega: «Un día, a la hora de tratarlo, vi que no era el mismo. Como si no me conociera, ¡si éramos amigazos!».

En cuanto volvió de Estados Unidos entró a su casa, su padre, Alfonso, le dio un avisó: «Tuve que vender tus vacas, Luis, no había dinero», le dijo. Furioso reclamó a su padre, con quien desde entonces mantiene una relación áspera.

Antes de que me vaya de La Tapona, Antonio recupera un episodio ocurrido en el rancho: Luis Felipe «se robó» a una mujer, muy guapa, con quien vivió en una cuartito de su propiedad. La mantuvo encerrada. «Ella le decía que tenía hambre y le decía: “tienes que comer la Luz Divina”. Estuvo como ocho días con él y se le peló porque se estaba muriendo de hambre.» Antonio se niega a dar más detalles sobre lo ocurrido en esa relación. Erasmo y María de Jesús niegan ese pasaje.

Edinger Ave

Luis Felipe caminó por el desierto de Sonora hasta California con un bote de agua y una pequeña mochila a fines del año 2000. En Costa Mesa, población a 45 minutos de Los Ángeles, lo esperaba Erasmo, su hermano. Vivió seis años en la ciudad vecina de Santa Ana con su hermana Adela a unos pasos de la gasolinería Mobil de Edinger Avenue y Main Street. Ocupó una típica casa suburbana estadounidense: blanca, techo de dos aguas, cerca de madera y jardín. Su barrio, aunque netamente latino, está en Orange, uno de los condados con más plusvalía de ese país.

Aquí la vida de los inmigrantes es de jornadas a destajo. «Tengo que regresar para ponerme a trabajar y pagar los “biles”», me había dicho Erasmo en La Tapona al referirse a las cuentas por pagar (en inglés, bills) de su casa en la ciudad de Costa Mesa. Lo que en La Tapona es carencia, en Santa Ana es deuda.

Los medios mexicanos refirieron a Luis como un fanático religioso. Busco datos en varios templos de Santa Ana, como la St. Joseph Church, Light of the World Church e Iglesia Pentecostal Unida Nuevo Amanecer. En ningún caso, pese a que muestro fotografías, sus líderes y empleados nunca lo conocieron.

Sin nivel ni cordón

Esa noche, al llegar a mi motel, el deshabitado Vagabond Inn, veo la silueta de dos personas altas y corpulentas en mi puerta. Son Erasmo y un acompañante.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Erasmo.
—¿Vamos a cenar? —reviro para calmarlo.

Me subo al asiento de copiloto de su auto, un Honda vino de medio uso.

—Te noto muy nervioso. No tengas miedo, no te vamos a hacer nada —me dice Erasmo al volante.

Nos dirigimos a un Rubio’s, cadena de comida mexicana a tres kilómetros de la costa. Allí, Erasmo se abre, pese a que hace unos días había sellado el acuerdo con sus hermanos de guardar silencio ante la prensa, para «dejar que sea lo que Dios quiera con Luis Felipe». Sus hermanos Eloy, Hugo, Adela, además de su madre, rehúsan hablar conmigo.

«No dejo de darle vueltas a lo que pasó —dice Erasmo con los ojos llorosos—. Algún día iré al DF a saber qué pasó.»

Del 2000 a la Navidad de 2006, Luis Felipe trabajó en la ciudad de Laguna Beach y el resto del condado de Orange, donde los ilegales ofrecen sus servicios sin riesgo de ser deportados. Ahí, varios paisanos trazan algunas pinceladas de él: fue plomero, albañil, mudancero, jardinero e hizo remodelaciones.

Aunque se respira aire de mar, por Laguna Canyon Road, a mano derecha, veo el letrero: «Day Laborer. Hiring Area.» Cuando no tenía trabajo fijo, Luis Felipe venía a esta apacible plaza entre maples, palmeras y un joshua-tree a convivir con otros desempleados y buscar opciones laborales. Irma Ronses, recepcionista del Laguna Day Workers Center, sabe quién era: «Era muy tranquilo, nunca tuve quejas de él.» Esta mañana de inicios de octubre han llegado muchas personas a pedir trabajo. Voy obteniendo retazos difusos de Luis, pero todos en el mismo tenor: era un buen tipo, trabajador y muy reservado. «No era mariguano, agarraba trabajo por su cuenta y se llevaba más gente (a trabajar) —dice Inocente, un anciano guerrerense que lo conoció—. Se portó muy bien con nosotros.»

—¿Qué más se acuerda de él?
—Me invitaba a sembrar sorgo y maíz con él a Jalisco. Me decía: «Eres un hombre de mucha experiencia.»
—¿Y cómo era como trabajador?
—Una vez se echó una planta de concreto sin usar nivel ni cordón. Así nomás. Muy inteligente. Todavía pienso que no pudo ser él (quien mató a dos personas), porque en su rancho tenía unas vacas, dos o tres tractores para trabajar.

Dominic, estadounidense blanco de más de dos metros que contrató a Luis Felipe y Erasmo, me da rasgos generales de los Hernández Castillo: «Tienen algo especial, tienen integridad y se preocupan mucho por la calidad. En este oficio hay muchas personas que dicen una cosa, pero hacen otra. Ellos trabajan muy bien. Hay quienes no respetan la propiedad ajena, pero ellos estaban interesados en los clientes.»

Una Navidad, más en broma que en serio, Dominic los invitó a una sesión de manicure y pedicure. Algunos salieron corriendo, pero Luis Felipe se sometió gustoso al regalo. «Fueron buenos momentos», añade.

—¿Hoy le darías trabajo? —pregunto a Dominic.
—Tengo que saber qué pasó con él en México.

Celda 3-3

Voy al Reclusorio Oriente, en Iztapalapa, para intentar comprender de su voz las razones para matar a dos semejantes en Balderas. En el trayecto recuerdo que Erasmo me dijo: «No sé si todo México (DF) es así, pero qué feo es Iztapalapa.»

Paso una aduana. Como visto de negro, un guardia me pone una casaca guinda para distinguirme de los custodios. Separados por barrotes, en los locutorios los abogados platican con sus clientes presos. Me acerco a un acusado de secuestro que espera una apelación: «Aquí dentro todo es posible, pero ese tipo que estás buscando es imposible de contactar.»

Luis Felipe Hernández Castillo está aislado de los dormitorios comunes, bajo estricta vigilancia, en la celda 3-3. En una lista a la que tengo acceso leo los nombres de las únicas cuatro personas con su mismo nivel de reclusión: totalmente solos y con estricta vigilancia las 24 horas del día, el trato especial para personas en riesgo de ser asesinadas o suicidarse.

«No, amigo, no se va a poder», me dice terminante un guardia cuando le digo que quiero darle un recado a Luis Felipe de parte de su familia.

Al entregar mi gafete a la salida de la cárcel, pienso si acaso hallé las semillas de la locura en un hombre como millones en México: ahogado por la miseria, el hambre, la sequía, el cambio climático, el desempleo.

La razón exacta de la tragedia en Metro Balderas tal vez ni siquiera las tenga el campesino que espera una sentencia, de 20 a 50 años, en la celda 3-3.