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La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.

La primera vez que vi actuar a Shirley Stonyrock fue en la boda de una amiga de mi esposa. Shirley Stonyrock es drag queen…

Era una fiesta de lujo. Quito: Hall del Museo del Agua. Trajes y vestidos de primera, elegantes manteles, una mesa repleta de bocaditos de sal, una mesa repleta de bocaditos de dulce, licores, una banda tocando toda la noche y esa vista iluminada de las iglesias del centro a través del enorme ventanal.

Shirley y dos colegas suyas irrumpieron casi a la medianoche en el escenario; con sus coloridos atuendos, con sus pelucas y maquillajes. Bailaron, gritaron, simularon que cantaban, no paraban de moverse. Hicieron su show por más de 20 minutos y vi todo tipo de reacciones. Los novios, encantados; muchos invitados se volcaron sobre el escenario para verlos como a estrellas de rock; otros, con recelo, comenzaron a alejarse; algunos no supieron ni cómo reaccionar.

Emilia y su esposo Marcelo quisieron sorprender a todos. No les dijeron ni a sus padres que esa noche, en lugar de la típica ‘hora loca’, habría un show drag. Él vivió en Barcelona y llegó fascinado por cómo allá era tan común ver drags; ella creció en Australia y este tema siempre la apasionó. “Queríamos darles un regalo, algo que nos representara –confiesa Emilia-. La mayoría de mis amigos dijeron que les encantó. Pero mi abuela materna me contó que muchos señores se quedaron pasmados y que algunos amigos de mi papá pusieron mala cara”…

Desde hace un par de años, unos 10 drag queens en el país han decidido abrir su horizonte y no solo hacer shows en discotecas o teatros, sino llevarlos también a fiestas privadas, desde cumpleaños hasta aniversarios. Shirley es una de ellas y cree que es un “acto de valentía”. Claro, una cosa es actuar en un sitio fijo, donde todo el mundo sabe a lo que va, y otra es enfrentarse a un público desconocido, que no los esperaba, y tener “la incertidumbre, el miedo de no saber cómo van a reaccionar”.

Ese matrimonio terminó con Shirley interpretando a Amy Winehouse y Emilia cantando junto a ella en medio de la algarabía del público. Shirley recuerda que le dedicó parte de su baile a un tipo de unos 30 años y que él se sintió incómodo, hasta el punto de echarse para atrás y lanzarle una mirada inquisidora. Pero que un hombre “bien puesto y elegante”, de unos 50 años, le coqueteó y le hizo “ojitos” en pleno show. Todo puede pasar.

El camerino

Mauricio Erazo es el hombre tras Shirley Stonyrock. “Es increíble cómo un solo rasgo puede cambiar tanto el rostro de una persona”…

…Habla Mauricio luego de delinear sobre su ojo derecho la perfecta ceja de Shirley. “Mira la diferencia”, me dice y se pone frente a mí para que compare ese ojo con el izquierdo, que aún no está maquillado.

Esa noche hará su show en una fiesta de cumpleaños. Han pasado siete meses desde la boda de Emilia. Es una casa de tres pisos; el último, donde normalmente funciona un taller de modas, ha sido convertido en discoteca.

Mauricio tiene 33 años, es pequeño, delgado, moreno; el pelo negro y lacio. Lleva Converse negros, jean desteñido, camiseta a rayas pegada al cuerpo y una bincha que forma una pequeña cola en su cabeza.

“El drag es la más completa rama del teatro –sonríe-. Hay actuación, fonomímica y danza”. Para él, esto no es un pasatiempo ni un trabajo, es su forma de vida. Está dedicado a eso todo el día, cada día. Cuando no está actuando, mira videos, crea coreografías, diseña vestuarios, aprende sobre maquillaje…

Por eso no ha parado de promocionarse en redes sociales, atender a cuanto medio de comunicación lo ha buscado. Y por eso ha decidido aceptar contratos para fiestas privadas. No le interesa esconderse, quiere que su arte sea visto por tanta gente como sea posible.

Cuando era niño siempre solía jugar a ser artista. Él y sus primos armaban escenarios imaginarios y cantaban, bailaban, actuaban como en las películas. El 29 de agosto del 2008, Mauricio se vistió por primera vez de Shirley Stonyrock. Era la semifinal del concurso ‘Queen of queens’ (Reina de reinas), al que se presentaban drags principiantes con el afán de demostrar que tenían ‘madera’. Ganó y ese fue el día en que su sueño comenzó a cristalizarse.

El improvisado camerino que le han dado esa noche es un diminuto cuarto, lleno de máquinas de coser, en el que han dejado una silla y una mesita sobre la que él tiene 11 brochas de diferentes tamaños y un sinfín de implementos de maquillaje: esponjas, bases, labiales, delineadores…

La transformación de Mauricio en Shirley tomará esa noche más de tres horas. Normalmente se demora dos, pero todo depende de la complejidad. Aquella vez en Halloween, cuando Shirley interpretó a ‘La payasa maldita’, tardó cinco horas en estar listo.

Siempre lleva un espejo de mano, pero también necesita uno grande, de pared. Lo primero es afeitarse. Luego se pone goma en barra sobre sus cejas y se echa polvo blanco. Parece que se las hubiese depilado por completo. “Las cejas son el marco del rostro, por eso son lo primero en desaparecer de la cara de Mauricio”.

Desaparecer… ¡Es literal! A medida que Shirley va asomando, Mauricio queda relegado hasta el punto en que se va. No es solo maquillaje. Cuando Mauricio creó el personaje, quiso que fuera todo lo opuesto a él. Él es introvertido, tranquilo, tímido, “un tipo común”. Ella es una rompecorazones: extrovertida, sociable, sensual, “una diva completa”.

Mientras se maquilla, Shirley comienza a expulsar a Mauricio de su cuerpo. Bebe una cerveza. Por su rostro han pasado cinco capas de base, una dosis de escarcha, sombras, rímel, rubor. La puerta del ‘camerino’ permanece cerrada. Afuera, los bits del reguetón suenan cada vez más fuertes, ahora ya no se escuchan las conversaciones de los invitados. Shirley comienza a moverse al ritmo de la música, con gestos fuertes, bate la cabeza de un lado a otro…

En una maleta negra, junto al vestido que usará esa noche, están las esponjas que Mauricio siempre lleva para vestir a Shirley. “Como te habrás dado cuenta, no tengo ni culo, ni tetas, ni caderas, así que me ayudo de las esponjas. Tengo que usar cuatro o cinco pares de medias nylon para ir armando todo”.

La relación de ambos es algo complicada. A veces Shirley aparece en escena como Shirley, pero otras veces interpreta a Amy Winehouse, a Selena, a Madona, a Tina Turner… Así ha recorrido muchas ciudades en Ecuador y en su rol como Lady Gaga fue a Colombia y a Argentina.

—Entonces, llega un momento en que tú vives tres personajes a la vez: Mauricio, Shirley y, digamos, Madona.
—Exactamente.
—Pero quien interpreta a Madona es Shirley, no Mauricio.
—Así es. Mauricio se queda en el camerino, él no sale a escena. Cuando salgo, cuando cruzo la puerta, soy Shirley, Mauricio se queda aquí.
—Es algo raro, porque a la final Mauricio termina siendo solamente el maquillista de Shirley.
—Yo prefiero verlo como un mánager. No solo hago el maquillaje, también diseño, creo la coreografía… Pero es verdad, Mauricio le tiene un poco de envidia a Shirley.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso, porque quien sale al escenario es ella. Mauricio también actúa en otros teatros, canta; pero la fama, el reconocimiento, los tiene Shirley. Es como si el sueño de él lo estuviera viviendo realmente ella. Muy poquita gente me dice Mauricio. Voy a una discoteca: Shirley por aquí, Shirley por acá. Alguien llegó a decirme: ‘¿Por qué no vienes siempre como Shirley? Ella cae mejor que tú’. ¡¡¡Imagínate!!! Esa perra quiere quitarme hasta a mis amigos.

(Da los últimos toques al maquillaje de ella y, cuando dice esta frase, se ríe estrepitosamente y se lleva una mano a la boca).

A pesar de todo, Mauricio quiere profundamente a Shirley. Cada 28 de agosto le celebra su cumpleaños; hay fiesta, pastel y baile. Este año cumplirá ocho. Mauricio es Cáncer, Shirley es Leo.

Pasadas las once de la noche, él ha desaparecido. Ella se mira al espejo. Se admira. Antes de salir al escenario, pide un vodka tonic y una maciza mancha de labial queda impregnada en el vaso.

El otro show

Shirley Stonyrock está parada de espaldas al público. La mano izquierda en la cintura y la derecha estirada señalando al techo. Un reflector ilumina su silueta y proyecta la sombra en la pared. Su vestido es largo, amarillo y lleno de caritas de Bob Esponja. Usa tacones dorados de 12 centímetros de alto, collar, pulseras y una peluca afro exageradamente grande.

La gente la mira expectante… El Dj entiende su señal y comienza a sonar ‘I’m so excited’, de los Pointers. Ella suelta un grito y comienza a bailar. La escena parece incluso la de un show de Broadway.

Hay varias formas de hacer drag: ‘queen’, cuando un hombre interpreta a una mujer; ‘king’, cuando una mujer actúa de hombre; ‘glam’, cuando un drag queen personifica a una diva; ‘animal’, cuando se caracteriza a un animal; ‘monster’, cuando se interpreta a un ente, una creación de terror; ‘fishy queen’, cuando un hombre se vuelve una mujer con actitud cómica; ‘faux’, cuando una mujer hace de drag queen…

Shirley es completamente ‘glam’. Domina los altísimos tacones como muchas mujeres no logran hacerlo, sus movimientos son delicados, estilizados. Mauricio tiene frenillo y durante mucho tiempo por eso le hicieron bullying, pero ella ha sabido sacar partido de esa dificultad para pronunciar la letra ‘r’ y muchos han llegado a decirle que es una diva parisina llegada a Ecuador…

… A los ocho años, el padre de Mauricio salió de la cárcel y le confesó que no era su padre. Y ese día le cambió la vida. “Hay una historia que me han contado los que yo pensaba que eran mi familia. Pero realmente no sé qué de todo eso es cierto”.

De lo que le han dicho, su madre era una joven colombiana que llegó al país luego de ser violada por un primo. Comenzó a trabajar como empleada, no quería tener al bebé y se enamoró del hijo de sus jefes. Tuvo al bebé y se regresó a Colombia, dejándolo como regalo a sus patrones, que terminaron criando a Mauricio como sus abuelos. Al poco tiempo (no quiere contar por qué), el joven de esa casa, o sea, quien decía que era su padre, fue a parar a prisión.

Luego de ocho años llegó, le contó esta historia y lo obligó a vivir con él. “Me vio desde el principio más como un empleado que como un hijo. Me sacó de la escuela. Me golpeaba. ¿Ves esta cicatriz? (me enseña la cabeza). Fue por un palazo que me dio solo porque me olvidé de sacar los papeles higiénicos del baño. Nunca hubo abuso sexual. Todo eso fue un shock y marcó definitivamente lo que es mi vida, para bien o para mal. ¡Para bien, creo yo!”…

Cundo habla sobre esta parte de su historia, es el único momento en que se le borra la sonrisa. Habla despacio, bajito. A ratos hasta parece que se le quiebra la voz.

A los 12 años se escapó de la casa de su padre: “Es la mejor decisión que he tomado en la vida. Yo no practico ninguna religión, pero ahí es cuando digo que Dios existe. Me encontré con gente muy buena, alguien que me dio posada, alguien que me dio mi primer trabajo como lavaplatos, gente que me cuidó. Volví a la escuela, me gradué; fui al colegio, me gradué”.

Desde pequeño, Mauricio se sentía “diferente”, pero recién a los 20 años reconoció abiertamente que es homosexual. Antes había tenido unas cuatro novias y pasó, “como todos”, por una etapa de negación en la que no quiso admitir que le gustaban los hombres. Repite varias veces, como tratando de que no queden dudas, que ser drag no tiene nada que ver con el género, que cualquier heterosexual puede practicar este arte. Pero también reconoce que en Ecuador la mayoría de drag queens son homosexuales. “Si conozco dos o tres heterosexuales, sería bastante”.

—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que todavía no se masifica esto de llevar los shows a las fiestas privadas, porque aún están presentes los estereotipos. Hay gente que cree incluso que todos nosotros somos transexuales, que nuestro sueño es convertirnos en mujeres, pero no necesariamente es así. Algunos han usado este arte como trampolín para eso, pero la gran mayoría somos gays. Yo soy un hombre al que le gustan los hombres y moriré siendo un hombre al que le gustan los hombres.
—De lo que conoces, ¿cómo es en otros países?
—Hay muchos países en donde la mayoría de los drag queens son heterosexuales.

Eso de que un hombre le coquetee no es tan raro. Pero tampoco lo es que alguien se le quede viendo mal. Pero eso le anima. “El drag es para trasgredir, para romper estereotipos. Es para incomodar. Si veo que alguien se incomoda con mi show, me da más ganas de seguirle, de dedicarle mi baile”.

Hay muchas anécdotas. Hace poco llamaron a Mauricio de parte de un alto funcionario de un ministerio pidiéndole un ‘servicio’ y confundiendo a Shirley con una prostituta transgénero. Él les dijo que se informaran bien, les explicó lo que hacía y colgó.

Su presentación termina con la canción ‘Reach out’, de Gloria Gaynor. Abraza al cumpleañero y se pone a bailar junto a los invitados. No acostumbra a quitarse su vestuario enseguida. “¿Te imaginas maquillarse durante tres horas para que solo te dure 20 minutos? ¡No! Yo siempre me quedó un rato con el traje para disfrutar de la fiesta”.

Su casa

En la pared del fondo están pegadas las fotografías de las actrices Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Greta Garbo y un disco de vinilo. Junto a ellas está ‘Rupaul’, el drag queen más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Un tipo tan bien maquillado que realmente parece mujer y se ha convertido en el referente de Shirley Stonyrock.

La casa que, literalmente, comparten Shirley y Mauricio, es un lugar pequeñito pero acogedor. Lo escribo en ese orden: ‘Shirley y Mauricio’, porque en verdad la casa le pertenece mucho más a ella que a él. Tras la puerta, lo primero es una cocina de dos metros cuadrados con un diminuto mesón y el lavaplatos que en la mañana de ese martes luce atiborrado de trastes sucios.

Luego viene el dormitorio-sala-comedor. La cama y su espaldar lleno de pilas de videos y películas musicales, la mayoría con temática drag. Frente a la cama un televisor y algunos libros tirados. El escritorio, con una computadora personal y una pequeña mesita que funge de comedor. Las paredes llenas de cuadros de Shirley, imágenes que han hecho varios fotógrafos famosos. No hay ni una sola foto de Mauricio.

La diferencia más grande se ve en los vestidores. La ropa de Mauricio está en un clóset de menos de un metro, oscuro y escondido junto a la puerta del baño. La de Shirley ocupa tres de las cuatro paredes de un espacio más grande que todo el resto de la casa. Es su camerino. Un espejo enorme, una peinadora, piso de baldosa y sus 200 trajes, sus 30 pelucas y sus 24 pares de zapatos.

Cada vez que Mauricio habla sobre su trabajo, su rostro se enciende. Es como el rostro de un niño presumiendo su juguete nuevo en Navidad. En su escritorio guarda una carpeta bastante gorda con todos los recortes de periódicos y revistas en los que se ha publicado sobre Shirley. “Si me ofrecieran otro trabajo diciéndome que me van a pagar más, pero haciendo otra cosa, no lo aceptaría”. En promedio, logra reunir un salario básico al mes; a veces más, a veces menos. Y recuerda su sueño de niño: ser artista, bailar, actuar. “Estoy cumpliendo mi sueño, estoy haciendo lo que quería. Soy completamente feliz”.

Hay que comprender eso para saber por qué estos hombres decidieron llevar su arte un paso más allá. Daniel Moreno interpreta a la mítica Sarahí Basso y es uno de los maestros de Mauricio. Ambos ven este oficio igual, a tiempo completo. “El trabajo escénico del drag es un espectáculo cabaret, es como una revista musical para entretener al público, pero no solo a uno en específico, nosotros nos hacemos al público. Yo he tenido que ir a desfiles de modas, despedidas de solteros, matrimonios. Una vez tuvimos que interpretar un bolero que era el preferido de dos viejitos que celebraban su aniversario y pidieron un show nuestro como regalo”.

—¿Te puedo citar?
—Claro, no hay problema.
—¿Cómo te cito?
—Daniel Moreno, quien interpreta a Sarahí Basso. Es que estamos empeñados en que se reconozca nuestro nombre, porque a veces identifican solo al personaje.

(Esta lucha interna entre el personaje y el intérprete es común entre quienes han desarrollado este arte a ese nivel)

Ahora Mauricio está estudiando técnica vocal. Él canta, pero quiere que un día Shirley también lo haga en un show en lugar de recurrir a la fonomímica. Añora que todo el mundo lo conozca, presentarse en otros países, tener un programa de televisión, hacer un calendario tipo ‘la chica Pilsener’.

No tiene novio, pero quiere formar un hogar. Le gustaría adoptar. Le recuerdo que no podría hacerlo en este país. “Bueno, lo que tenga que ser, que sea, he decidido no forzar las cosas”.

La franja traslúcida que hay en el techo del camerino de su casa le da al sitio una iluminación muy cálida. “Fue hecha especialmente para mí”, me dice, mientras recoge una de sus pelucas del piso.

(…) “Y a todas estas, ¿qué tengo que hacer para ser portada de SoHo? De tanto que hemos hablado, ya me veo yo en esa portada”. Suelta la más grande carcajada. Así es Shirley Stonyrock.

En el apartamento hay varios ventanales, y por los ventanales se cuela un chorro de luz clara. Está en el piso 18 de un edificio cercano a Plaza Venezuela, en el centro de Caracas, la capital del país. Desde aquí, el caos de la ciudad es la escena de una película muda: se ve la gente caminando con prisa, los vendedores ambulantes perseguidos por policías, el tráfico. Esta vivienda no es grande, pero sí espaciosa. Las paredes en blanco, los muebles en blanco, los cojines en blanco y negro. Están el coche, los juguetes de un niño de meses, el árbol de Navidad. Y tatuado en una pared, un verso de Andrés Eloy Blanco, como una elocuente declaración de principios: “Es haber amanecido sin habernos explicado/como sin haber dormido pudimos haber soñado/ Todo eso es querer y amar/ Y amar es más todavía/ porque amar es la alegría de crearse y crear”. —Ya te atiendo. La mujer, Migdely Miranda Rondón, viuda de Giniveth Soto –sobrina del diputado al parlamento por el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela, Fernando Soto Rojas– está despeinada, en chanqueltas, con un bebé –que llora, se calla, vuelve a llorar, se vuelve a callar; se duerme– en sus brazos. —Mírame, estoy como una loca. Desde que mi esposa murió ando en una corredera. Ella se encargaba de todo. ¿Verdad, hijo? ¿Verdad que esa mamá nos hace mucha falta? El niño llora.

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La madrugada del sábado 13 de diciembre pasado mataron a Giniveth Soto de un tiro en la cabeza, cuando intentaron robarle el Volkswagen con el que trabajaba como taxista. Por el vínculo con el parlamentario chavista, el crimen puso sobre el tapete –de nuevo– el tema de la inseguridad. Y desató –también de nuevo– las quejas de la comunidad de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (Lgtb) por la falta de amparo legal: como aquí no está protegido el matrimonio entre personas del mismo sexo, Salvador Gabriel, de cuatro meses de edad, quedó desprotegido, en un limbo jurídico.

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Giniveth Soto y Migdely Miranda –psicólogas, 32 años la primera, 31 la segunda– se conocieron en mayo de 2012 trabajando juntas. Se hicieron novias de inmediato, y en junio de 2013 se casaron. Para eso viajaron a Rosario (Argentina). Allá, desde 2012, las parejas del mismo sexo, extranjeras, pueden contraer nupcias. Luego, regresaron a Caracas con el plan de ser madres. —Decidimos que fuera de las dos. La forma que encontraron para la procreación conjunta fue la fertilización in vitro: que un óvulo de Giniveth, (fecundado con ayuda de un banco de semen) fuera gestado por Migdely. El costo del procedimiento rondó los 150 mil bolívares. Hicieron rifas, juntaron sus sueldos, le pidieron ayudas al gobierno (en un documento consta que el Ministerio de Comunas les tramitó un aporte de 45 mil bolívares). Conscientes del desamparo legal que arropaba a su unión en Venezuela, decidieron que el niño naciera en Argentina, para que tuviera los apellidos de ambas. Y así fue: el pequeño se llama Salvador Gabriel Soto Miranda. —Nos fuimos a Argentina como estudiantes. Pero Cadivi (el órgano que entonces se encargaba de la adjudicación de divisas en el país a personas naturales y jurídicas, en el marco del control de cambio que impera en Venezuela desde 2003) no nos dio los dólares completos. Por eso hasta hambre pasamos. Pero mucha gente nos ayudó. Fue un esfuerzo que hicismos… El niño llora, desesperado. —Ya va. Déjame darle pecho a ver.

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Giniveth Soto y Migdely Miranda intentaron varias veces que su familia existiera (legalmente) en Venezuela. Al llegar al país, luego de las nupcias, pidieron que el Registro Civil (RC) introdujera su acta de matrimonio en los archivos, para que la unión fuera válida en el país. Se lo negaron, porque –les dijeron– Venezuela solo pueden casarse un hombre y una mujer. La respuesta escrita –que solicitaron y les llegó meses más tarde– está firmada por el director del RC, Alejandro Herrera, y dice: “El acto nupcial analizado no se corresponde con el ordenamiento jurídico venezolano (…)”. No es la primera vez que dan esa negativa. Tamara Adrián, abogada, transexual, defensora de los derechos Lgbt, ha acompañado a seis parejas en ese trámite, y no ha logrado nada. Ha gestionado casos en el exterior (en los consulados correspondientes), y nada. Si bien en Venezuela las parejas homosexuales no pueden contraer nupcias, la Constitución no prohíbe el registro de esas uniones realizadas fuera del país. Y de acuerdo con un dictamen del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), de 2008, no existe un impedimento explícito para el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Solo que la AN debería legislar para que sea posible. Pero no lo ha hecho. Eso para Adrián es un signo claro del atraso del Estado Venezolano: “Las constituciones de Colombia y Brasil, por ejemplo, dicen también que el matrimonio es entre hombre y mujer. Y los máximos tribunales de esos países interpretaron que eso implicaba una discriminación. Aquí el TSJ dijo lo contrario”. —Ya el niño dejó de llorar. ¿Se durmió? Cuando solicitamos que introdujeran en los archivos la partida de nacimiento del niño, para que tuviera la nacionalidad venezolana, ocurrió lo mismo. Él es Soto Miranda, pero aquí no lo quisieron registrar, porque el formato dice: “papá” y “mamá”. Hasta nos insinuaron que lo registrara una sola. ¿Entonces para qué me fui a parir a Argentina, para que él tuviera sus dos apellidos?

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Carlos Trapani es abogado, especialista en derechos del niño, asesor de Cecodap –ONG que defiende y promueve los derechos de niños y adolescentes desde hace más de 20 años– e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Católica Andrés Bello. No conoce un caso similar: “Si su madre es de aquí, le corresponde la nacionalidad al bebé (…) No importa como sea la familia: una mamá no tiene ni más ni menos derechos porque su pareja sea del mismo sexo”.

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—Ahorita viene un abogado amigo mío a ver cómo me puede ayudar. Él tampoco tiene muy claro el asunto. Se lo voy a volver a contar todo. Aunque te digo: a veces a uno se le quitan las ganas de luchar. Este apartamento era de ella. Lo compró porque ella quería tener una familia, y vivíamos aquí. Todo esto es muy fuerte. El caso es más complejo: en Venezuela la familia Soto-Miranda no existe. Y con el asesinato de Giniveth todo se complicó: como no son esposas están las interrogantes: ¿Quién hereda el apartamento? ¿Y el carro, que también era de Giniveth? ¿Y el bebé argentino? ¿Quién es la madre? (Porque aquí, en Venezuela, legalmente, solo puede haber una mamá). —No es tan sencillo que yo diga: “La madre es mi esposa” o “la madre soy yo”. Te lo digo: no es sencillo. Hay dos opciones. Si el pequeño queda registrado como hijo de la fallecida, sus abuelos podrían quitárselo a Migdely, pero la casa y el carro (de Giniveth) le quedarían al niño. Si se reconociera el matrimonio, a Migdely le correspondería la mitad de los bienes. (“Pero mi caso no se ha discutido, al niño lo ampara la ley, a mí no: es como si no existiera”). En caso de que Migdely lo presente como suyo, no se le reconocería el vínculo con Giniveth (su mamá biológica, porque fue la que aportó el óvulo). Y el niño no podría heredar. Cuando fui a la morgue, quería entrar yo a reconocer el cadáver. Pero como no tengo su apellido no me dejaron, y pasó un familiar de ella. Yo no sé cómo van las averiguaciones para saber quién la mato. Esto ha sido una pesadilla.

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Después del fallecimiento de Giniveth, el colectivo Lgbt protestó frente a la AN. Y luego Migdely estuvo en una mesa de trabajo, en las que estuvieron la rectora del CNE, Sandra Oblitas; representantes del Consejo de Protección de los Derechos de los Niños, del Ministerio de la Mujer, del Registro Principal, de la Defensoría del Pueblo, de la ONG Venezuela Igualitaria. Trataron de resolver el acertijo, y no llegaron a nada. Al final, le pidieron a Migdely que consigne pruebas de que ella fue la que dio a luz. —¿Esas pruebas para qué? —No sé. Quizá para que yo quede como la madre, porque según la ley, en Venezuela la madre es la que pare. Me darían una partida de nacimiento en la que el niño aparecerá con mis apellidos. Quizá luego comprueben, con análisis de ADN, que él es hijo de Gini. Aquí tampoco se ha legislado sobre la maternidad sustituta. En este caso las dos quieren figurar como madres. Pero generalmente, quienes recurren a un vientre “prestado” para dejar descendencia, no desean que la madre “de alquiler” tenga derechos sobre el niño. En 2014, una pareja que procreó bajo esa modalidad pidió a un tribunal que el bebé llevara el apellido de la madre biológica, no –como estaba en la partida de nacimiento– de quien lo dio a luz. El tribunal lo declaró con lugar. Pero en el caso Soto-Miranda todo es diferente: las dos querían figurar como madres, y ahora una está muerta.

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Giovanni Piermattei, de Venezuela Igualitaria, estuvo en las mesas de trabajo. Dice: “Uno especula que darán un documento diciendo que Miranda es la madre, aclarando que el niño tiene dos mamás. No creo que lo registren con sus apellidos, aunque pudieran”.

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El análisis de Tamara Adrián es este: “El interés superior del niño debe prevalecer. La Convención Internacional de los Derechos del Niño lo protege. No se trata del matrimonio igualitario, sino de los derechos del niño. No le pueden quitar los derechos que él tiene en su país de origen”.

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—Somos chavistas y maduristas –proclama Migdely– Se debe apoyar al más débil, que durante muchos años estuvo oprimido.. Y nosotros sabemos que dependemos de la AN. En enero de 2013 se introdujo en el Parlamento un proyecto de ley de matrimonio igualitario, respaldado por 20 mil firmas. La Constitución obligaba a discutirlo en el período legislativo que terminó en diciembre pasado. No lo hizo. De estar vigente esa ley, el camino en el caso Soto-Miranda no sería un laberinto. —No se ha discutido porque creen que somos minoría. No todo el mundo dice que es gay. Pero somos muchos, somos muchos. —¿Has pensado en irte del país? —Pienso en la familia de Gini, que está encariñada con el niño. Pero no lo descarto.

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Adrián estima que 150 parejas venezolanas homosexuales se han casado en el exterior. Son muchas más las que conviven sin matrimonio: en 2012 los datos preliminares del censo de 2011 revelaron que había entre 4 mil y 6 mil familias homoparentales. En julio se publicó la data definitiva del censo. La cifra de familias homosexuales no apareció. Quinteria Franco, de la ONG Unión Afirmativa, la solicitó en el INE: “No fueron suficientemente significativos para generar estadísticas”, le respondieron. Uno puede concluir que hay una homofobia de Estado”, opina Adrián. Nosotras hicimos todo esto para que se visibilice este problema de exclusión. Ojalá haya valido la pena, ojalá –dice Migdely.

Reynaldo Villafranca –Coqui– debió morir hace diez años, en el paseo principal de Los Palacios, cuando un machorro acomplejado le cosió a puñaladas el estómago. Minutos antes, en el cabaret del pueblo, Coqui le había gastado al homicida una broma de pájara juguetona –quizás un leve flirteo o un piropo algo subido de tono–, nada con demasiada maldad.

–Mi hijo siempre fue así –dice Justa Antigua, y revolea las manos en el aire, y las afloja–. Un jodedor.

Permaneció semanas en terapia intensiva, técnicamente muerto.

–Le pusieron tripas plásticas y lo salvaron –dice Alicia Cordero, encorvada y menuda–. Pero después nos empezó a preocupar, porque Coqui tenía que tirarse un pedo, y no se tiraba ninguno. Y todos queríamos que se acabara de tirar un pedo para ver si la operación funcionaba. Hasta que por fin se tiró uno. Hicimos fiesta.

La cuenta es mezquina, pero si hubiese fallecido aquella vez, y no ahora, en enero de 2015, la muerte hubiera tenido sus ventajas. Lo habrían enterrado en el cementerio municipal, a unas pocas cuadras de su casa, rodeado de muchos otros muertos conocidos, no de esos muertos extraños que hoy lo acompañan, y que lo deben volver todo aún más inhóspito para Villafranca.

Aunque hubiese tenido también –la muerte por puñaladas– sus puntos flacos. No habría sido noticia internacional, ni siquiera habría pasado de ser lo que son las muertes en los pueblos chicos: algo de morbo inicial –en su caso, un poco más, dado que se trataría de un asesinato–, algo de bulliciosa nostalgia, y después mucho tedio, hasta que otro muerto viniera a sustituirlo.

Estamos a 28 de enero. Villafranca, en resumen, falleció hace diez días, después de un paludismo con complicación cerebral. Tenía cuarenta y tres años recién cumplidos. Era enfermero, y uno de los 165 miembros de la Brigada Médica “Henry Reeve” que desde inicios de octubre de 2014 el gobierno cubano enviara a Sierra Leona para combatir el Ébola. Es el segundo colaborador que muere, y el primero de los profesionales de la salud.

Por eso yo estoy ahora en la sala de la casa de Alicia Cordero –NO.19ª, calle 28–, donde tantas veces Villafranca ensayó frente al televisor doblajes de canciones en inglés –Cindy Lauper, Whitney Houston–, para luego travestirse y participar de las actividades nocturnas que las autoridades municipales organizaban en el Ranchón de Los Palacios.

–Todo muy legal –advierte Nereida Hernández, Jefa de Circunscripción.

Y por eso estoy cruzando la calle, entrando a un solar, tocando a la puerta NO.16ª, pidiendo permiso para pasar, siguiendo de largo por la sala –muñecas rotas, altar de santería en las esquinas–, los cuartos –hediondos, oscuros–, la cocina –brochazos apurados de un azul turbio–, saliendo al patio –manguera derramando agua, ropa tendida, tanque herrumbroso– y llegando finalmente a la covacha donde dormía Villafranca, separado del resto de su familia; una muy miserienta casucha de madera.

–Te lo dije, esto es un quimbo– susurra Nereida.

Por primera vez, Justa rompe a llorar sin consuelo. Pide que le devuelvan a su hijo. Es lo lógico, pero me asombra. Justa se ha pasado la tarde diciendo que hay que conformarse con lo que Dios determina. Y que si Coqui salió de muertes mucho peores, y vino a morirse ahora, de repente, era porque así estaba escrito. A mí me pareció que una ecuación tan despejada ––muerte imprevista de un hijo-decisión suprema del Todopoderoso-resignación de los mortales– escondía una poderosa dosis de crueldad, y bastante poco amor. Pero ahora la veo llorar con ese llanto cataléptico tan propio de las madres, y pienso que lo que ha pasado, y pasa a diario esta señora, bien justifica que mantenga una actitud impasible o simplemente reposada ante la muerte, al menos en apariencia.

Intento consolarla y, a un tiempo, mirar alrededor, captar el estado de cosas. Hay una mesa de hierro con un mantel de flores, una hornilla eléctrica encendida, otra hornilla oxidada e inservible, una olla embarrada de frijoles, un trapo grasiento, una cafetera sin tapa, varios pomos de distintos tamaños, una botella de cerveza vacía, hollejos de naranja, y grumos de arroz sobre el mantel. Hay, sobre otra mesa más pequeña, un televisor ruso, al parecer roto.

–Piense que su hijo fue un símbolo para muchos –digo, y me cojo asco. Pero cualquier cosa por aliviarla.

–Eso mismo te he explicado yo –dice Nereida.

La trascendencia de la muerte –que es siempre una grosería si se compara con la muerte misma–, parece calmarla un poco.

Paso al cuarto. Dos ventiladores rotos y ropas viejas: una gorra de visera doblada, un pantalón remangado. En el closet, un bulto de prendas entremezcladas, como si el closet fuera la guarida de algún perro. Hay cajas de madera, jabas, mallas, un lavamanos que no se instaló, una cama empolvada, una cortina ajada con sellos de equipos de MLB. Y en el baño, una taza rota.

Ahora, a todo lo anterior, que, si bien regado, no parece tan alarmante, pongámosle una y hasta dos capas de churre, pongámosle costra, parches de tierra, manchas de grasa. A las ropas, a los ventiladores, a las cortinas, a los manteles. Mucha dejadez, mucha grisura, mucha inopia.

Por más que el aspecto de su casucha se haya deteriorado en estos diez días de luto, no debe lucir muy diferente a la casucha de Villafranca en vida. Creyendo quizás que combatir el Ébola no es, de por sí, lo suficientemente humanitario, la información oficial omite datos sobre la remuneración a la Brigada, y habla únicamente de altruismo, solidaridad, desinterés, grandeza de espíritu. Nos ha quedado claro. Hay muchas formas de obtener dinero sin tener que exponerse al Ébola. Pero si te pagan por exponerte, sería completamente legítimo.

Entonces Justa Antigua comenta algo que nadie se había atrevido a decir, y que resulta elemental:

–Él fue a África para comprarse una casita y salir de aquí. Quería que nos fuéramos juntos. Él quería eso. Pero no viró, y ya le faltaba poco.

No. No le faltaba poco. Le faltaba la mitad de la misión.

***

Las puñaladas del paseo no son la primera tragedia en la vida de Villafranca. Su madre, además de santera, y de invocar peregrinamente a Dios, siempre ha peinado y planchado pelos. Con cinco años, Villafranca ingiere un líquido para desrriz, que su madre ha dejado en el suelo, y se quema la garganta. Hay que ponerle entonces un esófago de plástico.

Villafranca tiene cinco hermanos. Todos, menos él, del mismo padre. Todos, menos él, consumados delincuentes y convictos. No es de extrañar entonces que desde bien pequeño cruce la calle y se refugie en casa de Alicia Cordero. Allí seguirá yendo durante más de treinta años –hasta que parta para Sierra Leona– a confesarse y a comerse lo que Alicia tenga en los calderos o en el refrigerador: un pollo, croquetas, un batido, un jugo de frutas. Y será él –no otro– el masajista de Alicia, su enfermero particular: quien le toma la presión arterial y quien le da fricciones en la espalda.

–El verdadero luto por su muerte fue aquí –dice Nereida, en el patio de la 19ª.
–Lo único que no hacía en mi casa era dormir– agrega Alicia.

Cuando termina la secundaria, Villafranca decide no estudiar más. Su madre se lo permite.

–Siempre fue muy independiente –dice Justa–, y yo lo dejé, porque él sabía lo que hacía.

Al parecer, sí sabía. Ingresa a la Facultad, para sacar título de bachiller, y la termina. Después trabaja como obrero agrícola en la algodonera de Los Palacios. Después pasa a estibador, en una empresa de agricultura. Y hacia 1997, gracias a unos cursos que ofrece el Estado, comienza a estudiar enfermería, que es lo que en realidad ama. Se gradúa, y luego se especializa en cuidados intensivos: curar úlceras de pie diabético, etc. Trabaja durante un año en la sala de terapia del hospital provincial “Abel Santamaría”, de Pinar del Río. Luego lo trasladan al policlínico de San Diego –a unos veinte kilómetros de Los Palacios–, y allí se queda.

Sigue pasando cursos de la salud y cursos de inglés. Superándose, como dicen. Atiende también a los vecinos de la cuadra (una práctica común entre los médicos y enfermeros cubanos, trabajar incluso fuera de horario). Siente predilección por los pacientes de la tercera edad. Colostomías, cánceres. Y siempre, según todos los que lo recuerdan, muy jaranero, muy divertido, repleto de facundia. No esconde su homosexualidad. Se mete con los vecinos y bromea. Es libre, quizás hasta demasiado libre para un pueblo tan pequeño. Parece bastante probable que haya sido, Villafranca, una pájara cumbanchera, primorosa. Tiene un amigo de juergas: Hanói, enfermo de VIH.

–Pero Coqui siempre estaba buscando preservativos– aclara Alicia. Y Nereida asiente.

A veces, sin embargo, Villafranca llora. Si intentamos un breve perfil sicológico, podemos conjeturar que se ríe a carcajadas para olvidar la violencia doméstica, que se vuelca a la calle para borrar los fantasmas que lo acosan en su círculo íntimo.

–No hace mucho –dice Alicia– llegó aquí con un piquetazo tremendo en la cabeza, botando sangre como un animal. Tuvieron que darle cuatro puntos.

El piquetazo no es otra cosa que el colofón de una disputa con uno de sus hermanos.

Alicia comienza ahora un conteo de todos los atracos a los que Villafranca fue sometido por sus familiares. La lavadora y el juego de baño que le robaron, las ropas, los perfumes y las zapatillas que le quitaron, el guanajo al que solo le dejaron las plumas, el lechoncito que tenía antes de irse para África, y que se lo vendieron en cuanto trepó al avión.

Pero no hace falta que Alicia se esmere. Basta con pasar examen, hoy mismo, a la situación de algunos de los hermanos de Villafranca.

Tomás Zayas fue deportado de Estados Unidos por delitos legales. A Manteca, el mayor de todos, hace poco le trocaron la cárcel por reclusión domiciliaria, dado que padece un cáncer terminal, y estas son las horas en que Manteca robó a otros dos hermanos suyos y desapareció, nadie sabe dónde está. Mayeya, otra hermana, cayó presa porque en las visitas a su hijo le pasaba tabletas de parkisonil camufladas dentro de la comida. El hijo, a su vez, cumple condena por haber matado a dos personas en el reparto de Los Palacios.

Por supuesto: ninguno respeta a Justa Antigua. Justa Antigua no respeta a ninguno. Lo único que le quedaba a Villafranca era su madre. Y para quien único importaba Justa, a sus setenta y nueve años, era para Villafranca. Su hijo menor significaba la última posibilidad real que le quedaba a esta mujer para salir del antro donde vive.

Pero esa posibilidad se fue. El paludismo se la robó.

***

En la foto –posiblemente de pasaporte– que les toman a los colaboradores antes de volar a Sierra Leona, Villafranca muestra una seriedad impostada. Calvo, rostro ovalado, ojos nobles, piel negra y abrillantada, labios gruesos, boca apretada. Todo como congestionado y a punto de estallar. Como si Villafranca tuviera ganas de decirle al fotógrafo: “Ay, chico, anda. Termina ya, por tu vida”.

Algunos en el pueblo rumoran que, previo a la salida, Villafranca siente un poco de miedo. Sin embargo, ni Nereida, ni Justa, ni Alicia lo confirman. Ninguna, también es cierto, es de fiar en ese sentido. Quizás crean que el miedo, si existió, podría restarle méritos. Están acostumbradas a escuchar que todos los que mueren en una misión de la Patria han muerto sin temor alguno, sin titubear, más convencidos e invictos que una roca. No están dispuestas, pues, a que el Coqui pase a los anales como el único cobarde.

Por otra parte, en uno de los reportajes de la televisión nacional, que filman antes de que los colaboradores partan de misión, Villafranca aparece, y ahí muestra su jovialidad habitual.

–¿Tú has escuchado la bulla cuando el equipo de Pinar del Río da un jonrón? Bueno, esa fue la bulla de todo el pueblo cuando apareció en el noticiero: ¡Mira al Coqui! ¡Mira al Coqui! –dice Nereida, agitada, enjugándose las lágrimas.

Por su facilidad para comunicar, su dominio del inglés e incluso algo del portugués, Villafranca ya pasa los últimos días, en el Centro de Tratamiento al Ébola de Kerry Town, alejado de los pacientes, más centrado en cuestiones protocolares y de otra índole. Lo que, evidentemente, no lo exime de riesgos.

En la mañana del 17 de enero, presenta los primeros síntomas diarreicos, y en la tarde lo asalta una fiebre de 380 C. Le hacen la prueba de Malaria. La prueba da positivo. Le inician tratamiento antipalúdico por vía oral. La fiebre sube. Pierde el sentido del tiempo y el espacio. Lo trasladan al hospital de la Armada Británica. Allí lo ingresan. La prueba de Malaria vuelve a dar positivo, y la prueba de Ébola, negativo. Le aplican la última generación del tratamiento antipalúdico por vía endovenosa.

Durante la noche y la madrugada, el cuadro clínico se agrava. Presenta dificultades respiratorias, toma neurológica. Lo acoplan a un equipo de ventilación pulmonar. Pero no responde al tratamiento, y horas después fallece.

–Yo estaba haciendo un desrriz –dice Justa–, y veo que empieza a entrar gente con batas, y gente y gente, y me da un brinco el corazón.

Son las autoridades municipales y provinciales de Salud Pública. Pero Justa no puede dejar el desrriz a la mitad, porque se quema el pelo y se deshace el moño. Aún así, la plancha se le cae de las manos. Justa desfallece. Nunca nadie de Salud Pública ha venido a su casa. Este es el tipo de noticias que no es necesario comunicar. La sola presencia del emisario lo expresa todo. Cuando Justa termina de planchar el pelo, alguien le dice lo que ya ella sabe.

Un día después, en la Galería de Arte de Los Palacios, tiene lugar el homenaje póstumo a Villafranca. Velan una foto suya, la foto del pasaporte. Asisten Viceministros de Salud Pública, las autoridades políticas del municipio y la provincia, compañeros de trabajo, personal de salud, gente que lo conoce, y gente que no lo conoce pero que se solidariza.

Justa, convencida por Nereida, asiste a última hora. Quien sí no asiste es Hanói, su compinche de correrías. Cuando toco a su puerta, Hanói me dice:

–Perdona, pero yo no estoy en condiciones de hablar. No tengo nada que decir. Lo llevo adentro –se pone la mano en el pecho–. Él siempre estará conmigo. Eso.

***

El cuerpo, o casi seguramente las cenizas, no regresan hasta pasado mínimo tres años. El dinero de la misión se pagará, lo que no se sabe todavía a quién: ¿qué nombre testamentó Villafranca? Nadie se atreve tampoco a comentarlo explícitamente. Alicia se hace eco de los chismes que la señalan a ella como beneficiaria. Pero lo sugiere como si fuera un problema.

–Eso sería una mierda de su parte. Yo no quiero ni pensar en eso. Si mira lo que ha pasado con el teléfono.

Una sobrina de Villafranca anda exigiendo el teléfono asignado a su tío por colaborador. Pero Villafranca ordenó que pusieran el teléfono en casa de Alicia.

–Un teléfono cuesta más de quinientos dólares –dice Nereida–. Si lo llevan para la casa de la familia, lo venden.

La mezcla de muerte y cuestiones materiales es siempre una bomba de tiempo. A Alicia le preocupa el tema, pero no quiere que su preocupación indique falta de amor. Bien mirado, después de asumir a Villafranca por décadas, Alicia tiene derecho a preocuparse o a prestarle atención a lo que quiera: incluso a las cuestiones más prácticas, incluso a un teléfono.

La última vez que habla con su muchacho, lo hace desde la sala de su casa. Es 30 de diciembre. Villafranca la llama y le desea feliz año. Dice Alicia que estaba contento, porque habían salvado tres niños. Y que era pura carcajada, con ese amaneramiento suyo tan peculiar.

El corazón es el primero en avisar cuando algo no anda bien. En estado de reposo, mientras reina la normalidad, puede latir 75 veces por minuto. Pero si algo extraño pasa, su frecuencia suele duplicarse: puede producir más de 150 pulsaciones en el mismo tiempo. Cuando este brinco ocurre, el retumbar se siente con más fuerza. La sangre corre más rápido por el cuerpo, la temperatura aumenta y el respirar se convierte en un ejercicio apresurado. Una alerta así no puede pasar desapercibida, y Yonatan ya se dio cuenta. Su corazón le está avisando que cerca hay peligro.

En apariencia, sólo está a punto de entrar a un salón de clases. La verdad: en segundos se enfrentará de nuevo al enemigo. Bien puede dar media vuelta, pero arrepentirse a estas alturas no tendría sentido. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. La alarma sigue encendida, pero ya nadie puede detenerlo. Con una respiración profunda ataja un poco de calma, y con un “Buenos días” entra en el ruedo.

Todos voltean a verlo. Aquí los estudiantes son policías. Eso es lo que altera a Yonatan. Es probable que no sean los mismos que lo atacaron hace más de un año, pero el estar aquí es ver de nuevo sus caras. Y hay algo que empeora todo: está solo. Todos los profesores debutantes siempre van acompañados por otro docente con experiencia. Pero este día es la excepción.

Es mayo del 2011. Se encuentra en la sede de la Universidad Experimental para la Seguridad (Unes) en Catia, al Oeste de Caracas. Está allí para hablar de derechos humanos, su tema sensible. Los efectivos asisten porque la ley los obliga. La legislación sobre el Servicio de Policía y el Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana (PNB), aprobada en 2009, ordena la formación periódica de todos los efectivos. “Reentrenamiento” le llaman, luego de creada la nueva PNB y en referencia a los otros 137 cuerpos policiales que existen en Venezuela y que no fueron fundados bajo el “nuevo paradigma”. Él está allí para reentrenarlos.

Han pasado ocho meses desde aquel incidente en la Libertador, la avenida que atraviesa el corazón de Caracas. La gran diferencia es que ahora él está al mando. Y para dejarlo en claro, decide retarlos y lanza el anzuelo.

—Señores, mi nombre es Yonatan Matheus, soy su profesor y soy gay.

***

La sangre se ha derramado por litros en la Libertador.

Es la noche del 25 de septiembre de 2010. Vestido de uniforme naranja y con un bolso repleto de folletos y preservativos, Yonatan cumple con su acostumbrado recorrido de los viernes por esta avenida. Como director de la organización no gubernamental Venezuela Diversa, tiene más de un año visitando a las transgéneros y prostitutas que encontraron en la conocida vía capitalina su mejor mercado de trabajo. Es una especie de predicador, que siempre se acerca a la zona para hablar de protección y prudencia sexual. Pero, esta vez, algo más lo lleva hasta el lugar.

Una semana antes, varios impactos de bala terminaron con la vida de Nathaly, una de las transexuales. No fue un robo. Todos sus conocidos aseguran que se trató de un delito de odio: la mataron por transexual. Por más perturbadora que pudiera parecer la noticia, no sorprende. En 2009, sólo en esta avenida, cinco transexuales fueron asesinadas. Venezuela Diversa lleva bien esa cuenta: varios reportes sobre violaciones, maltratos y chantajes contra estas personas reposan en los expedientes de la ONG. Sólo esta organización le ha hecho seguimiento a estos casos. Ningún organismo estatal ha prestado especial atención, por eso no hay cifras oficiales.

Yonatan se ha encargado personalmente de hacer la denuncia ante las autoridades y los medios de comunicación. Y ha sido contundente al señalar a los presuntos culpables: muchos de los testimonios recogidos aseguran que los responsables de estos delitos visten uniforme y actúan en nombre de la ley. Esta noche, busca información sobre el último asesinato.

Ya está por concluir su jornada. Conversa sobre Nathaly –la víctima más reciente- con una de sus compañeras de trabajo en la Libertador, cuando una patrulla de la Policía Metropolitana de Caracas se estaciona a pocos metros. Del vehículo se bajan nueve personas. Todas, con las pistolas alzadas y gritando. “¡Contra la pared ya!”, ordena uno de ellos. Otro va directo hacia donde está Yonatan y lo hala del brazo. Bulla, empujones y más gritos. En cuestiones de segundos, Yonatan desaparece y los policías arrancan.

Siete de los funcionarios, entre ellos una mujer, le hacen compañía en la parte trasera de la patrulla. El lugar es oscuro y sucio. Tiene sólo dos muebles de cuero negro a los costados. Toda una jaula. Son pasadas las 10 de la noche. Un joven de no más de 14 años está con ellos. Viste ropa mugrienta, sus ojos están enrojecidos y la posición de su cuerpo es inestable. Él también estaba en la Libertador.

—¡Eres un rolo e’ marico, el sapo que nos tiene en peo! -grita uno de los policías.

El hombre levanta su arma y apunta a Yonatan. Él intenta hablar para defenderse. “¡Cállate!”. Yonatan obedece. Sabe que no debe insistir o desobedecer. “¿Y tú quién eres?… Seguro eres el marido de éste. ¡Habla!”, dice el hombre ahora apuntando hacia el menor de edad. El joven también quiere hablar pero el llanto se lo impide. “¡Ay, mira!, está llorando. Está cagado. El maldito está drogado. Ponlo a toser sangre para que sepa quién está al mando aquí”.

La orden se cumple. Los golpes logran ahogar el llanto del adolescente. Ninguna de las súplicas calma al policía. “Y tú, cierra los ojos, marico de mierda”. Con los párpados apretados, Yonatan escucha aterrado. Quiere llorar, pero hace lo posible por mantener la calma. Sabe que después irán con él.

De pronto, la patrulla se detiene. Dos motorizados frente a una licorería llamaron la atención del grupo de efectivos, por lo que todos deciden bajar del vehículo. Yonatan y el niño se quedan solos. Es ahora o nunca. Saca el celular de su ropa interior. Con las manos temblando, comienza a revisarlo en busca de un nombre clave. Su pulso torpe complica todo, pero logra encontrarlo en segundos. Marca el número. Comienza a repicar. Su corazón late desordenado y sus manos están empapadas de sudor. Sigue repicando. Mira hacia afuera. Espera que los policías no lleguen todavía. Repica y nada. A los pocos segundos, cae la contestadora. Primera frustración. Lo vuelve a intentar. Repica por varios segundos y sucede de nuevo. Nadie contesta. Las voces de los efectivos se escuchan cada vez más fuerte. Debe intentarlo una vez más y rápido. El temor amenaza con someterlo, pero vuelve a marcar. Espera. Nada sucede. Cuando parece que volverá a fracasar, lo logra.

—¿Aló?
—¡Me secuestraron! Estaba en la Libertador y unos policías me secuestraron. No sé adónde me llevan. ¡Me quieren matar!

Cuelga justo cuando la mujer oficial sube a la patrulla. “¿A quién llamaste?… ¡Apaga esa vaina!”. El resto del grupo sube y el vehículo se mueve de nuevo. La esperanza de Yonatan desaparece.

El mismo oficial que lo había amenazado le da la orden. “¡Arrodíllate!”. Yonatan vuelve a obedecer. Tiembla y el sudor corre frío por su cuello. El uniformado es tajante: “No veas y baja la cabeza”. El arma lo apunta de nuevo. “Por marico, verás lo que te va a pasar”. Sigue aguantando el llanto. Morirá, pero no lo verán llorar.

—¡No le hagan nada! Ese marico ya habló con alguien. Si le hacen algo, nos vamos a meter en un peo –dice de repente la mujer policía.

Escucha sorprendido. Se mantiene cabizbajo, esperando alguna respuesta del funcionario que lo había amenazado. Durante pocos segundos, el silencio es lo único que sucede.

—Párate –ordena el hombre.

Da una señal y la patrulla se detiene.

—Baja.

Está atónito, pero no espera. Con las piernas aún temblando, Yonatan baja de la patrulla.

—Mosca con hablar. Te tenemos pillao’. Te vamos a vigilar –dice el policía, antes de que la patrulla se pusiera en marcha y desapareciera de su vista.

Yonatan sólo alcanza a dar un par de pasos más por aquella calle oscura. En el borde de la acera más cercana, se deja caer. Respira varias veces, pero no aguanta más: en ese momento, comienza a llorar.

***

Todos ríen a carcajadas en el piso más alto de El Helicoide, un edifico ícono al sur de Caracas. Es febrero de 2012. Allí, el personal de la Unes está celebrando con una noche de fiesta el tercer aniversario de la universidad. Fue creada en 2009 por el gobierno nacional con la idea de que fuera allí donde se formara a la nueva Policía Nacional Bolivariana (PNB). El Ejecutivo la defendió como la principal estrategia para detener “el cáncer” de la corrupción que se corrió dentro de las paredes de las policías del país en tiempos de la “cuarta república”, según palabras del entonces presidente Hugo Chávez. Al cierre de 2011, la institución hacía alarde de haber graduado a 23 mil 714 nuevos efectivos. Para septiembre de 2012, según cifras oficiales, serían más de 31 mil 976 policías nacionales bolivarianos. Eso festejan esta noche. Y Yonatan está allí.

El salón tiene vista panorámica de toda la ciudad, que a esta hora ya está convertida en miles de puntos luminosos. Es, formalmente hablando, una fiesta de trabajo. Son profesores, militares, policías. Casi todos llegaron acompañados. Los hombres de esposas y las mujeres de esposos. Yonatan también ha decidido ir en pareja. Pero está con un hombre, un amigo, un atrevimiento para muchos a juzgar por los cuchicheos.

Ha pasado ya casi año y medio desde aquel ataque en la Libertador -que queda a media hora de este salón de fiesta- y nueve meses desde que comenzó a dar clases en la institución. Su labor como activista de Venezuela Diversa llamó la atención de la coordinación de Derechos Humanos de la Unes. Le aseguraron que, en el nuevo perfil del PNB, el respeto a la diversidad era supremo, por lo que le propusieron ayudar. Aceptar era entrar a la mismísima boca del lobo. Él lo sabía y aún así entró.

Hay una música suave de fondo. Todos esperan por el brindis protocolar para subirle volumen a la bulla. Los murmullos continúan. Nada nuevo. La aclaratoria que hizo Yonatan en su primer día de clase se debió repetir muchas veces más. La autoridad que le confiere ahora su rol como profesor matizó un poco la reacción de la mayoría, pero no evitó –ni evita- las burlas, presiones y juegos en su contra, tanto de parte de sus alumnos como de colegas. Para él, eso era algo obvio de esperar. Después de todo, se inmiscuyó en una estructura que funciona con las mismas normas convenidas en un cuartel militar, y que defiende sin pena una de sus más claras premisas: a los policías no le gustan los homosexuales.

La organización Acción Ciudadana Contra el Sida (Accsi), con el auspicio de Onusida y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, realizó en 2008 un estudio basado en una encuesta a 742 personas en locales y zonas de encuentro del colectivo Lgbt (lugares de “ambiente”) en Caracas, Maracaibo y Mérida. Es una de las pocas investigaciones desarrolladas en el país sobre el tema. La mayoría de los consultados aseguró haber sido agredido por policías al menos una vez: 50% lo dijo en Caracas, 63% en Maracaibo y 65% en Mérida. La violencia verbal, la “matraca” (soborno) y la privación arbitraria de libertad resultaron ser las faltas más comunes. Los transexuales figuraron siempre como los más afectados. Pero el mismo Yonatan sabe que la violencia ha llegado a más.

Yonatan sí volvió a la Libertador, pero las visitas debieron ser cada vez menos. El “te vamos a vigilar” reapareció varias veces, en mensajes que le llegaban de boca de las prostitutas o en alguna patrulla que bajaba sospechosamente la velocidad ante su presencia. Yonatan, finalmente, dejó de ir, pero la sangre no dejó de correr por la Libertador. En 2011, Venezuela Diversa conoció de cuatro transexuales asesinadas en Caracas. Tres de ellas, en la famosa avenida. El Cuerpo de Investigaciones Penales y Criminalísticas (Cicpc) relacionó dos de estos casos con una banda delictiva y prostitución dirigida por transgéneros. En mayo de 2011, Wilmer Flores, director del Cicpc, aseguró que en la zona se habían registrado más de 20 transexuales asesinadas que, a juzgar por el modus operandi, guardaban relación con la misma banda. Para Yonatan y otros activistas, fue una generalización peligrosa que buscó minimizar las otras denuncias en las que figuraban como sospechosos, precisamente, efectivos policiales.

“Popssssss”… Los aplausos revientan complacidos al destape de la botella que protagonizará el brindis. En la fiesta ya está reunida todala plana mayor de la universidad, incluyendo a la rectora Soraya El Achkar, designada por el propio presidente Chávez para dirigir la institución. Suenan las copas, más carcajadas y arranca la orquesta. Como debe ser, la rectora y su pareja son los primeros en entrar a la pista de baile. Pero capturan la atención sólo por pocos momentos. En segundos, las miradas pasan de un golpe a fijarse en otra pareja que acaba de entrar a la escena: son Yonatan y su amigo.

Son dos hombres bailando juntos, al lado de la rectora y frente adecenas de funcionarios. Yonatan sabe que todos lo miran. “Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. Está asustado, pero baila como si nada importara. Debe mostrarse seguro. Es un reto ya enfrentado y no piensa declinar. Sin embargo, no ha terminado la primera pieza cuando pasa.

—¿Qué están haciendo? ¿Cómo se les ocurre? -los interrumpe una señora alterada que él no reconoce.

Yonatan duda por momentos, pero su amigo se apresura y es quien responde.

—Queríamos bailar y es lo que estamos haciendo. ¿Es que no tenemos derecho a hacerlo?

La mujer no consigue con qué defender la queja. Nadie se atrevea secundarla. Yonatan, parado en medio de la pista, intenta ver el rostro de la rectora. No parece incómoda o sorprendida. Así que la ofendida no tiene más remedio que retirarse, derrotada. Yonatan se vuelve a unir con su amigo en un abrazo, y con una sonrisa dibujada en el rostro sigue bailando. Bailó y sonrió toda la noche.

***

Talones juntos, espalda erguida, puntas de mano derecha en la sien. “Buenos-días-profe-sor”, dice con firmeza un muchacho cuando ve pasar a Yonatan. El profesor sonríe, devuelve el saludo y sigue su camino rumbo al salón de clases. Es norma en la Unes que todo estudiante se presente con saludo militar ante sus profesores, y la respuesta suele darse en el mismo código. Pero Yonatan ni es militar ni le gusta lo militar. “Buenos-días-profe-sor”, repite más adelante el ritual otra alumna. Esta vez, Yonatan se detiene, se para firme delante de la muchacha y se burla de nuevo del sistema: en lugar de la frente, coloca delicadamente su mano en la cintura, inclina hacia un lado la cadera y, en vez de pisar firme, flexiona ligeramente su rodilla hacia atrás. “Buenos días, bachiller”, responde con voz pícara. El resultado es un par de risas cómplices.

Es una mañana de clases cualquiera en el Helicoide. Desde diciembre de 2011, Yonatan fue transferido desde Catia a la sede principal de la universidad. Ahora da clases a los aspirantes a PNB, que son en su mayoría bachilleres recién graduados. Ya no está a cargo del “reentrenamiento”. Es responsable ahora de la formación de los nuevos policías. Cuida la planta desde la semilla. En este tiempo, su osadía le ha ganado la admiración de algunos profesores y la simpatía de varios alumnos. Y aún mejor: el respeto de muchos.

La clase de hoy es sobre el uso progresivo de la fuerza. El más viejo de los alumnos ha de tener 22 años. Yonatan ordena a todos sacar de sus morrales la ley del Servicio del Policía. Todos obedecen. “Atención en el artículo 12”. Pide a uno de los alumnos el favor y el joven se pone de pie y lee.

—Artículo 12: Los cuerpos de policía actuarán con estricto apego y respeto a los derechos humanos consagrados en la Constitución de la República, en los tratados sobre los derechos humanos suscritos y ratificados por la República

Yonatan nunca denunció a sus agresores de la Libertador. Miedo o prudencia. Y así como él, la mayoría de las víctimas. Según el mismo estudio de Accsi de 2008, cerca de 88% de las personas Lgbt que dijeron haber sido víctimas de algún atropello por partes de efectivos nunca denunciaron. Y del grupo que sí se atrevió, sólo 15% dijo que su caso había sido resuelto. Es miedo, prudencia y también resignación.

—Ahora el artículo 8, por favor –ordena Yonatan.
—Artículo 8: Los cuerpos de policía darán una respuesta oportuna, necesaria e inmediata para proteger a las personas y a las comunidades…

Yonatan es de los que cree que la denuncia se desestima si no se resuelven los casos. Admite, también, que si no se denuncia la impunidad gana. Un círculo vicioso. Pero la recurrencia de los asesinatos de transexuales es tal que llamó la atención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh). El pronunciamiento oficial se hizo el 7 de junio de 2012, a raíz del asesinato de otra transgénero apodada “Lulú”. Fue el blanco de varios impactos de balas el 3 de junio de 2012. ¿El lugar del crimen? De nuevo la avenida Libertador de Caracas. La Cidh señaló que al menos otras ocho transexuales fueron asesinadas en la capital en el primer semestre de 2012. Se refirió también a la actuación irregular de efectivos policiales: “La Comisión continúa recibiendo información sobre asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias…”. En su pronunciamiento, culpó al Estado de no investigar estos casos y de su consecuente impunidad. E hizo una recomendación puntual: incluir “las reformas necesarias para adecuar las leyes a los instrumentos interamericanos en materia de derechos humanos”.

El 19 de noviembre de 2010, el Ministerio de Interior y Justicia aprobó la creación del Consejo de Igualdad y Equidad de Género para los cuerpos policiales. Según la resolución publicada en la Gaceta Oficial 39.556, la instancia tiene la tarea de crear políticas para “erradicar las conductas o situaciones de discriminación contra las mujeres y personas sexodiversas, y velar por la atención oportuna e integral a las víctimas de discriminación y violencia” por parte de los organismos de seguridad del Estado. Pero, si le preguntan a Yonatan, las reformas legislativas deberían comenzar por la inclusión de la tipificación de los “delitos de odio”. Al menos 19 países del mundo (seis en Latinoamérica) ya aprobaron esta figura, que estipula agravantes en caso de que el ataque esté asociado a prejuicios religiosos, raciales, xenofóbicos u homofóbicos. El mensaje con esta iniciativa es claro: si matar es condenable, hacerlo por estos motivos lo es mucho más.

Yonatan no vio a sus agresores pagar su ofensa, pero ha conseguido su propia forma de compensación. La Policía Metropolitana se terminó de desintegrar en 2011, y la mayoría de sus funcionarios fueron “reentrenados” y sumados a las filas de la PNB. Los gritos y la humillación de aquella noche se transformaron ahora en un “permiso, profesor”. Con su sola presencia, obliga a que el tema de la diversidad sea asunto de todos los días en una de las instituciones más importantes del país. Sólo por estar allí, el lugar se parece menos a un cuartel. Un gay educa al nuevo policía nacional.

—Ahora el artículo 13…
—Los cuerpos de policía prestarán su servicio a toda la población sin distinción o discriminación alguna fundamentada en la posición económica, origen étnico, sexo, idioma, religión, nacionalidad, opinión política o de cualquier otra condición o índole…
—¿Qué quiere decir lo que el compañero acaba de leer? –pregunta Yonatan a otra alumna que responde de inmediato.
—Significa que no importa si eres sangre azul, si te gustan las mujeres o los hombres… Tenemos que servir con respeto a todos. Todo esto es un tema de dignidad humana.

“Tu-cum, tu-cum, tu-cum…”. El corazón es también de los primeros en avisar cuando algo bueno está por ocurrir y el de Yonatan ya encendió la alarma.