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Derek nació en Ilobasco, lo asesinaron en Milán.

Todos nacemos y morimos en algún lugar. Es ley de vida. Si la primera frase de esta crónica está reservada para datos en apariencia triviales es porque de seguro no lo son. Y no lo son porque el asesinato del joven Derek, en junio de 2013, desencadenó una serie de acontecimientos que crearon un hilo invisible y mágico entre las dos ciudades: la salvadoreña que lo vio nacer y la italiana que lo vio morir.

La de Derek es una historia de mareros, de incertidumbres y de muerte. Pero también lo es de esperanza, de fe y de humanismo. Condensa lo mejor y lo peor del género humano.

“Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”, dirá dentro de cuatro horas la madre de Derek, Maddalena, ante unos 200 adolescentes del Instituto Nacional de Ilobasco. Ella prefiere llamarlo como lo llamaba cuando era un niño: Toñito.

Eso será a las 4 de la tarde, y todavía falta media hora para las 12. A Maddalena y Enzo, 60 y 63 años de edad, los padres adoptivos de Derek, acaban de traerlos a Ilobasco desde San Salvador en un Yaris blanco. Salen del carro y entran presurosos en la iglesia de El Calvario, en el barrio homónimo. Maddalena carga en sus brazos una maceta con una planta, comprada en un vivero sobre la carretera que viene de San Rafael Cedros.

La iglesia está vacía y fresca, envuelta en el silencio enigmático propio de los templos. Es un pabellón rectangular con paredes de ladrillo, techo falso y suelo embaldosado. Modesta pero acogedora.

Maddalena y Enzo conocen. Estuvieron acá hace tres años. De un solo caminan hacia el costado izquierdo. No muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, hay una vistosa placa en memoria de Derek. Es del tamaño de un televisor de 30 pulgadas, con una fotografía del joven. Sonríe con picardía. Su gesto es el de alguien que quiere comerse el mundo.

“Con tanta tristeza llevamos el recuerdo de ti a tu tierra de origen”, dice un fragmento del texto de la placa, que trajeron desde Milán.

Maddalena besa la foto de su hijo. Coloca la maceta con cariño en el suelo y la gira hasta que cree tener la aprobación de Derek. Luego abre su bolsón y de una cajita saca dos mariposas azuladas. Enzo mira el ritual en silencio. Maddalena pega las mariposas sobre la placa, cerca del rostro de su Toñito, con una especie de crema adhesiva. Luego se voltea con un gesto mínimo de satisfacción.

—Las hizo una amiga y me pidió que las pusiera –dice, aunque lo dice en italiano; ni ella ni Enzo hablan español.

Para estar más cerca de Derek, Maddalena se sienta sobre la parte de la banca que se usa para arrodillarse. Lo mira. Lo toca. Lo besa. Comienza a llorar.

***

Edenilson Antonio Durán Mincolelli nació en Ilobasco el 18 de noviembre de 1989, el mes en el que la guerrilla lanzó la ofensiva ‘Hasta el tope’, dos días después de que la Fuerza Armada masacró a los jesuitas en la UCA.

La guerra lo convirtió en un huérfano más. Unas monjas se hicieron cargo, lo llevaron a Guatemala, y lograron que lo adoptara una entusiasta pareja de Sesto San Giovanni, una populosa ciudad del área metropolitana de Milán. Antes de cumplir los 4 años, Edenilson Antonio ya era italiano. Mincolelli es el apellido de Enzo. Lo de Derek vino después y es más informal, una especie de sobrenombre exitoso que el propio joven eligió.

Maddalena y Enzo son gente religiosa y sencilla, trabajadores. Respetaron el apellido salvadoreño de su hijo, Durán, y no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultarle sus orígenes. Todo lo contrario. El Salvador siempre estuvo presente en el hogar de los Mincolelli.

Estimaciones conservadoras cifran en más de 40,000 los salvadoreños radicados en Milán y alrededores. Fuera de América, es la comunidad más numerosa y organizada. Al adolescente Toñito primero y al joven Derek después siempre les fascinó todo lo relacionado con su país de origen. Viajar para conocerlo devino casi una obsesión. Así las cosas, apenas logró cierta independencia juvenil, no le costó comenzar a relacionarse con migrantes salvadoreños o con los hijos de los que en los ochenta y noventa cruzaron el océano Atlántico.

Enzo definió a Derek como un salvadoreño con mentalidad de italiano; alguien enamorado de todo lo que rezumara salvadoreñidad, de todo, aunque ni siquiera hablaba español. Maddalena lo presentó como un joven de corazón noble, pero cándido: “Toñito amaba rodearse de amigos, pero no sabía distinguir que hay personas buenas y malas; para él todos eran amigos”.

Como parte del plan de ‘salvadoreñización’, Derek comenzó a salir con jóvenes que resultaron ser activos de la Mara Salvatrucha-13. Para 2013 esta pandilla acumulaba ya cinco o seis años tejiendo una red adepatada a la realidad de Milán, con jóvenes salvadoreños como materia prima básica. La MS-13 –también la 18– se había convertido ya en una de las preocupaciones de Sección de Criminalidad Extranjera de la Polizia di Stato, la división policial creada en 2005 para tratar de neutralizar la actividad creciente de las bandas latinas.

Derek desapareció en la noche del 29 al 30 de junio de 2013. Tenía 23 años. Al drama de la desaparición le sucedieron dos semanas de búsqueda e incertidumbre. En Italia, país diez veces más poblado que El Salvador pero poco habituado a este tipo de expresiones de violencia, el caso se coló con fuerza en la agenda informativa y acaparó el interés de la ciudadanía.

Hasta el 15 de julio no se tuvo certeza de su muerte. Un cadáver había aparecido el 3 de julio en un canal de agua de los suburbios, en el municipio de Pessano con Bornago, pero su estado de descomposición era tal que se creyó que era un hombre de unos 40 años y no se relacionó con Derek hasta la sentencia del ADN.

A Derek murió de un golpe violento en la nuca. Luego lo llevaron hasta el canal de Villoresi y lo tiraron. Los expertos en pandillas de la Polizia di Stato dieron máxima prioridad al caso e interrogaron a los jóvenes con los que había compartido las últimas horas, casi todos emeeses salvadoreños. La Sección de Criminalidad Extranjera se volcó, pero nunca logró determinar con precisión judicial quién o quiénes asesinaron a Derek. Nadie ha sido enjuiciado aún. Sobre los motivos, todo es pura especulación: que si lo mataron por negarse a cumplir alguna misión de la pandilla, que si tenía deudas por drogas, que si…

La misa funeral se celebró la tarde del 19 de julio en la iglesia Santa María Auxiliadora de Sesto San Giovanni, llena hasta la bandera. Maddalena: “Unas mil personas con distintos tonos de piel, de religiones diversas, jóvenes punk, roqueros, metaleros… diferentes entre ellos, pero todos con la misma tristeza en el corazón”.

Ese mismo día lo enterraron, en Italia.

Pero Maddalena y Enzo quisieron que una parte de Derek regresara a El Salvador. Y lo consiguieron.

***

Comienza a llorar Maddalena en El Calvario. Da un último giro a la maceta, para que sean menos las hojas que tapen la placa. Enzo, más mesurado, se sienta frente a su esposa. Se esfuerza por contener las lágrimas, pero fracasa. Han pasado casi cuatro años desde el asesinato, pero es evidente que todavía no han superado la pérdida de Derek.

—Il mio Toñito è un angelo –susurra Maddalena–. Un vero angelo!

A Derek nunca le sedujo estudiar, mucho menos la universidad. Aprendió electricidad. Con 16 años trabajaba y ganaba para sus gastos, algo que suena usual en El Salvador, pero que en Italia resulta casi subversivo. Cuando cumplió los 18, él mismo se pagó la licencia de manejo y compró su propio carro. Discotequeaba. Se tomaba sus tragos. Le iba muy bien con las chicas.

Sus padres hablan de él con orgullo desmedido.

La Polizia di Stato nunca dio con los responsables, pero los investigadores ataron los suficientes cabos como para tener la certeza de que alguna de las clicas milanesas de la Mara Salvatrucha está detrás del asesinato. Maddalena y Enzo lo saben. Han tratado, de hecho, de informarse sobre las maras. Pero nunca han permitido que su dolor se dirija contra la sociedad que exportó a Milán el fenómeno, contra El Salvador o contra los salvadoreños. Todo lo contrario. Por eso ahora están en esta modesta pero acogedora iglesia de Ilobasco.

***

Derek se fue bebé de Ilobasco y nunca regresó. Murió sin recuerdos propios de la ciudad ni del país. Sin embargo, Enzo y sobre todo Maddalena se sintieron en la obligación de respetar la extraña pero intensa relación de su hijo con El Salvador.

Siete meses después del asesinato, viajaron hasta Ilobasco. En ese viaje lograron el permiso del párroco de El Calvario para colocar la placa conmemorativa, algo mucho más complicado que lo que suena. La otra placa-lápida que hay en la iglesia honra a Bernardo Perdomo, alcalde en la segunda mitad del siglo XIX. hijo meritísimo, alguien que da nombre a calles y escuelas.

Un diente de Derek viajó desde Milán entonces, en febrero de 2014, y está detrás de la placa.

Maddalena y Enzo regresaron a El Salvador en febrero de 2017. Fue un viaje relámpago, de apenas unos días, para la inauguración simbólica –las obras aún no estaban finalizadas– de la construcción de una cancha de usos múltiples en el Instituto Nacional de Ilobasco, el INDI. Una donación.

Milán está a los pies de la cordillera de los Alpes, epicentro europeo del esquí. Hubo un tiempo en el que padre e hijo los fines de semana escapaban a esquiar. Como deporte peligroso que es, a Enzo se le ocurrió contratar un seguro médico por si ocurría algún accidente. Nunca tuvieron que hacer uso por la nieve, pero, tras el asesinato, supieron que el seguro era también un seguro de vida.

Maddalena y Enzo recuperaron ese dinero y convencieron a varios amigos italianos, que hicieron pequeños aportes. Quisieron dejar en Ilobasco, en memoria de Derek, una obra concreta y de impacto, algo más allá del simbolismo de la placa. Se apoyaron en Deidamia Morán, una de las lideresas de la comunidad salvadoreña en Milán. Buscaron el consulado salvadoreño en aquella ciudad, y el consulado canalizó hacia distintos ministerios. Entre todos eligieron el INDI, el instituto más concurrido de todo el departamento de Cabañas.

La donación fue de 22,000 dólares. Bien invertidos, han alcanzado para remodelar los servicios sanitarios de los estudiantes y para construir una cancha con todo y sus gradas, que podrá utilizarse también como salón multiusos. “Es un sueño hecho realidad”, les dijo Ronny Menjívar, el director del INDI, a los padres de Derek.

La inauguración fue el viernes 17 de febrero. Resultó un día tenso y largo y cansado para Enzo, pero sobre todo para Maddalena. Un día inolvidable. Ella fue quien tomó el micrófono y dijo aquello: “Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”.

A Maddalena y a Enzo no les sobra el dinero. Y aunque les sobrara, no tendrían por qué donarlo en un país a 9,500 kilómetros de su hogar; un país que ni siquiera habían visitado antes del asesinato de su hijo; un país que engendró el fenómeno de las maras que se exportó a Milán.

—Su sonrisa no se ha apagado –dijo Maddalena, siempre en italiano, ante unos 200 adolescentes del INDI–, su sonrisa aún brilla en el corazón de todos los que lo quisieron, y ahora brilla también aquí. Toñito ahora es uno de ustedes, y su padre y yo lo imaginaremos siempre aquí, a un costado de esta cancha, animándolos. ¡Vivan, jóvenes, la vida que él no pudo vivir! ¡Y siéntanse orgullosos de tener un compatriota como él!

El discurso fue tan sentido que incluso a este periodista, que para tantas cosas se cree un témpano de hielo, se le escaparon las lágrimas.

***

En esta iglesia de Ilobasco, casi mediodía, llora Maddalena y solloza Enzo. Llevan unos 20 minutos junto a la placa de Derek. Silencios alternados con recuerdos y lamentos.

Enzo se para y dice que es hora de irse. Antes de las 3 de la tarde tienen que estar en el instituto y aún hay que almorzar. Maddalena también se para y, como si sintiera que aún no lo ha dicho todo, baja la cabeza y se despide con una sentencia cargada de resignación: “Nos lo llevamos de El Salvador para darle una vida mejor, pero la muerte lo siguió hasta Italia. Parece que ese era su destino”.

Maddalena vuelve a llorar y se agacha para dar a Derek un último beso. Enzo besa los dedos de la mano y los estampa contra la foto sonriente. En menos de 72 horas tomarán el vuelo de regreso a Italia. Y en la iglesia de El Calvario, no muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, quedará anudado uno de los dos extremos del hilo invisible y mágico que une Ilobasco y Milán.

Mareros en Milán

Publicado: 9 mayo 2016 en Roberto Valencia
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Miles de milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses, furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.

Zinedine Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños, fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado, Sleepy, Mecha…

Algunos generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas del fenómeno de ‘le gang latine’, pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura, ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9 de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.

Aunque no tardaría en desbocarse todo… en regresar a la normalidad.

***

Para hallar huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger, un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.

—Tenemos que ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.

Tiger aterrizó en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla perfecto italiano y… y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero aka del Tiger.

En El Salvador desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia, sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades relevantes de su barrio.

“Ya no le tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”

En plaza Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos bajo la imponente estación Milano Centrale.

***

La Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica, los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.

Las gangas se importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales, económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.

La aparente paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a 2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000 habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas y victimarios la ponen las maras. Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras 400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social, en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.

Más allá de los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional, fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla, fronteras erigidas sobre la sangre de miles.

La mitad de la población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros, un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18. Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares que residen en áreas controladas por pandillas rivales.

Pero… ¿por qué Milán, a 10,000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.

El Consulado General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de salvadoreños en Milán y alrededores.

“Estamos un poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”, dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.

Hay salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de salvadoreños ya –miles quizá– de segunda y hasta de tercera generación. El flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por las pandillas como detonante.

A Italia migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados, amenazados de muerte. Y migran también mareros: algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el corazón.

“En 2005 o 2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano, por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.

Mareros dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.

Desde afuera resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir, siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo ve cómo son las leyes, las costumbres… uno se adapta. Luego entrás a cometer delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los deportan”.

***

La estación Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su monumentalidad: 200 metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone, la plaza Duca d’Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para hallar huellas.

—‘È qui’ cerca –dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.

La calle al costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este ‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.

En la entrada de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador: metro y medio de altura, aerosol… Había un gran ‘18’ azul, y a los costados, en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día Tiger.

Su teléfono vuelve a sonar.

—¿¡Y quién va a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?
—…
—Casi todo lo han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.

En el placazo aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza brutal que un grupo de emeeses le propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más destacado, el Gato.

Gato es el aka de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013, inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir su vida.

—Quizá sea el único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.

En septiembre de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia. Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en Milán.

—Vamos a Carbonari –me apura Tiger–, quizá queden más placazos.

Trata de disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.

***

Cuando Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía, y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.

La poderosa burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia católica canalizó esa necesidad. Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas tres, cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.

Cuatro décadas después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la Iglesia católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero, con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.

—¿Cuándo empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.
—Se escuchaban cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó… quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.

El domingo 13 de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros. Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon, le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.

—La Policía nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.

Los nuestros, dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo. Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.

Los nuestros, dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El Salvador.

Los nuestros, dice Deidamia con el alma doliente.

***

Rara vez baja a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.

—¿En Milán está dividida la 18? –pregunto.
—Sí, pero de hace poco.

En El Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios, fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.

—Acá no había división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.
—¿Pagar a la pandilla?
—Aguantar verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron la pandilla.

A escala minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a lo que representó el Viejo Lyn.

—Vaya, estamos en Carbonari –me dice Tiger.

***

Dentro del enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las más nutridas y especializadas.

En 2005 se conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean, estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.

En Milán, por su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida mayor preocupación.

—La mentalidad del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes más experimentados del grupo.

Lisi y Campari manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero, palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño promedio tiene problemas para definir con precisión.

—La mentalidad es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.
—¿Creen que pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.
—Yo no lo creo –dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la Salvatrucha o la 18.
—Son diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios, por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo nacional, de solidaridad interna… Las pandillas salvadoreñas no; según mi experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.

Los operativos más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa ferroviaria regional.

El jueves 11 de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme.

Lisi y Campari están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.

—Cuando apagas un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de nuevo.

Dentro de dos días, Cholo, el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo. Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.

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Me dice Tiger que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en Milán.

—Aquí se hacían los meeting.

Le dicen plaza Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro, diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima. Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo. Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de bancas, árboles, senderos adoquinados…

—Es un parque escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil, porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían los meeting.

El meeting, de asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero. Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado popular de San Donato Milanese. Y así.

El crecimiento del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso. Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.

—Deben de haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.

Maciachini, un sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de un kilómetro.

—Vamos mejor a ver qué ondas en el Trotter.

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Mientras en El Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia vela por los mareros encarcelados.

—Yo llego a las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.

Habla Vanessa Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados, procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado italiano respete sus derechos humanos.

La mayoría de las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked, al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del total.

—Adentro son bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.

Vanessa Hasbún busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades, incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.

—Pero los demás van a seguir; esa es mi sensación.

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El Trotter todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18… Tiger está inquieto.

—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.

Desde que a mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador, ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la MS-13, y de 18 en la 18.

—Es lo que les falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo es el Wicked.

Wicked es el aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, siempre de la 18.

El domingo 7 de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a) King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas de las pandillas latinas milanesas.

—Nosotros escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se metió en lo de matar al King Boricua.
—Algo desequilibrado, ¿no?
—Noooo. Wicked no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona tranquila, bien portado.

El Wicked simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia, dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el arraigo del fenómeno.

Aún vamos en el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a sonar.

Después de lo del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.

—¿Por qué la dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.
—No, no, no… cada uno lo suyo –responde, casi ofendido–. Lo han insinuado, pero pollos pendejos tampoco somos.
—Entonces, ¿de qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?
—Que se expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí, para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto? Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de locos presos y el vergo fuera.

Con un movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.

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Cuando el salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el ‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.

La Misión Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador, tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.

“Mi función es ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene la metástasis de las maras en Milán.

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Desde piazzale Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu, árabe… Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a pasear el milanés clasemediero o de más arriba.

—No hay barrio más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de culeros, prostitutas y transas.

Su teléfono vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza. Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El Manabá.

—Este era nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema.

Ese es el problema, dice.

—Mirá, esta es la entrada del Trotter.

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La metástasis de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de la sociedad salvadoreña son… nulas.

Comparado con el salvadoreño, el italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares brutos. Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier nueva estructura que amenazara sus intereses.

“Acá en Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.

Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia, por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.

Para que las maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la salvadoreña.

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El ‘parco’ Trotter es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El Dorado.

Un señor mayor nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no. En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos que veré en Milán.

Es mediodía ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá. Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para la comunidad salvadoreña.

—¿Vos sos Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San Siro?
—¡No, ni pendejo! Se llena de salvadoreños.

Vida de peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al estadio.

Su teléfono vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.

—Era mi cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.

Tiger calla por unos segundos.

—Una vez conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n’ombre… malísimo… con cara de asco… de odio. A saber, quizá se vinieron de El Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara… Yo hasta mal me sentí.
—¿No le dijiste nada?
—¿Y qué le voy a decir? Si… ‘a la final’… ella tiene razón.

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Deidamia habla con el alma doliente.

—Estuve en junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te digo: oíme bien… y mirame…

Deidamia me clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta ahora firme.

—… Amo mi patria… amo mis raíces… Primera vez en mi vida que fui y me sentí prisionera… ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección… Si ahora me preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible… ¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.

Deidamia teme que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, indetenible, cancerígeno.

—¿Cómo evitar que esto siga creciendo, Deidamia?
—Ya es tarde –dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que nuestra gente ya no emigre para acá.

Libero Grassi, dueño de una fábrica de pijamas y calzoncillos, publicó esta carta en el Giornale di Sicilia el 10 de enero de 1991: “Queridos extorsionadores: pueden ahorrarse las llamadas telefónicas amenazantes y los gastos en bombas y balas, porque no vamos a pagar el chantaje y estamos bajo protección policial. He construido esta fábrica con mis manos, es el trabajo de mi vida, y no pienso cerrarla”. En esa misma fecha acudió a una comisaría de Palermo y puso una denuncia contra los mafiosos que le visitaban y le llamaban. Algunos de ellos fueron detenidos. Como consecuencia de este gesto, Grassi solo vivió ocho meses más.

Durante esos últimos meses apareció en diarios, radios y televisiones, llamando a la rebelión cívica contra la Mafia. Una noche asaltaron su fábrica, se la destrozaron y le robaron la cantidad exacta de dinero que le reclamaban. Él siguió su empeño contra las amenazas, el miedo, incluso el desprecio: “Muchos clientes han dejado de venir a nuestra tienda. El presidente de la Asociación Industrial declaró que yo hacía demasiado ruido. Otros empresarios dicen que mancho la imagen de Sicilia, que la ropa sucia no hay que lavarla en público y que voy a los medios por afán de protagonismo. Ellos siguen pagando. Consideran que la Mafia es invencible. Comprendo el miedo, pero si todos colaboráramos con la policía y diéramos los nombres de quienes nos chantajean, la extorsión se acabaría pronto. Yo no soy un quijote, ni un moralista ni un apóstol. Solo quiero seguir tranquilamente mi camino”. El 29 de agosto de 1991, Grassi salió de su casa a las 7.30 de la mañana. Antes de llegar al coche, el mafioso Salvatore Madonia se le acercó y le pegó tres tiros en la cabeza.

Dos años antes, la Policía había descubierto un libro de cuentas de la familia Madonia con los detalles de las empresas a las que cobraban el pizzo, el chantaje mafioso: unos 150 negocios de un barrio de Palermo —restaurantes, concesionarios de coches, tiendas, talleres y fábricas—, que pagaban entre 150 y 7.000 dólares al mes. Ninguna de las 150 personas extorsionadas quiso dar ningún dato a la Policía sobre los chantajistas. Dos años más tarde tampoco hubo ninguna declaración sobre el asesinato de Grassi. Nadie vio nada.

“Cuando la Mafia mató a mi marido, muchos amigos dejaron de saludarme”, recuerda ahora Pina Maisano, de 83 años, viuda de Grassi. “Si nos cruzábamos por la calle, hacían como que no me conocían. Me quedé con un hijo y una hija y nadie me apoyó. Las asociaciones de empresarios callaron, los partidos políticos se desinteresaron, el Estado me ignoró. Me sentí muy sola. Fueron unos años de mucho desamparo. Hasta que decidí pasar al contraataque”.

Palermo despierta

Doce años después del asesinato de Grassi, una mañana las calles de Palermo aparecieron empapeladas con miles de adhesivos que decían: “Un pueblo que paga el pizzo es un pueblo sin dignidad”. Una periodista preguntó a Maisano si conocía a los autores de las pegatinas. “No, yo no los conocía, pero le dije a la periodista que para mí era como si fueran mis nietos”. Unos días más tarde, tres jóvenes fueron a visitarla y se le presentaron: “Pina, somos tus nietos”.

Edoardo Zaffuto, palermitano de 36 años, fue uno de los primeros integrantes del grupo Addio Pizzo (“adiós al chantaje”), uno de los nuevos “nietos” que se acercaron a Pina Maisano. Su compromiso por la lucha antimafia había brotado durante la adolescencia, poco después del asesinato de Grassi: “Los chicos y las chicas de mi edad crecimos en los años 80 con tiroteos diarios por las calles de Palermo, pero nunca hablábamos de la Mafia, ni en casa, ni en el colegio, ni entre los amigos. Hubo un momento clave que a muchos nos hizo despertar: las imágenes brutales del atentado contra el juez Falcone, que había condenado a cientos de mafiosos en el macrojuicio de Palermo, esas imágenes del cráter de la autopista y los coches destrozados”. Zaffuto tenía 15 años cuando los capos de Sicilia programaron aquel bombazo.

El detonador se lo dejaron al sicario Giovanni Brusca, el Matacristianos, responsable confeso de “muchos más de cien pero menos de doscientos asesinatos”. Porque sabían que Brusca no iba a dudar. El 23 de mayo de 1992, cuando la caravana de tres coches blindados pasó por el punto preciso, apretó el botón y explotaron quinientos kilos de TNT ocultos bajo la autopista. El primer automóvil voló setenta metros y cayó en un olivar, con los cuerpos despedazados de los escoltas Antonio Montinaro, Vito Schifani y Rocco Di Cillo. En el tercero, que resistió la sacudida, resultaron heridos otros tres escoltas. El segundo coche reventó y cayó al cráter abierto en el asfalto. En él quedaron malheridos el juez Giovanni Falcone y su mujer Francesca Morvillo, que morirían pocas horas después.

A las pocas semanas, el 19 de julio de 1992, Paolo Borsellino fue a visitar a su madre en un barrio de Palermo. Era otro de los jueces que había dirigido el macrojuicio, como mano derecha de Falcone. Cuando se acercaba al portal, explotó un coche cargado con cien kilos de TNT: murieron Borsellino y cinco escoltas. Su viuda organizó un funeral privado y prohibió que los políticos participasen: los jueces llevaban años lamentando la escasa implicación del Estado en la lucha contra la Mafia y hasta su complicidad con ella, se quejaban de los pocos recursos de los que disponían y del desamparo en el que habían muerto asesinados otros investigadores anteriores, como el juez Terranova, el prefecto Dalla Chiesa y hasta ocho periodistas sicilianos. “Morimos porque estamos solos”, había declarado Falcone. El historiador John Dickie, en su libro Cosa Nostra, afirma que el Estado italiano como tal nunca se enfrentó a la Mafia: la batalla la dio “una heroica minoría de jueces y policías, respaldados por otra minoría de políticos, miembros de la administración, periodistas y ciudadanos normales y corrientes”.

En las exequias por los cinco escoltas de Borsellino, una muchedumbre de policías de paisano y de ciudadanos palermitanos rompió el cordón de seguridad y entró en tromba a la catedral de Palermo para encararse con las autoridades. Al presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro, y al presidente del Gobierno, Giuliano Amato, zarandeados, insultados y ahogados por la avalancha, los sacaron del templo en volandas. “Fue el día en el que los sicilianos nos levantamos y acusamos a las autoridades, en su misma cara, de no hacer nada para proteger a los jueces y protegernos a nosotros. El Estado nos tenía abandonados”, recuerda Francesco Giglio, que ahora tiene 37 años y entonces era otro de esos adolescentes palermitanos que empezaba a desarrollar un compromiso antimafia. “Echamos a los políticos de la catedral porque solo nosotros teníamos derecho a llorar por nuestros hermanos, que habían muerto para liberarnos. En los días siguientes, algunos compañeros recorrimos las escuelas de la ciudad para pedir a los alumnos que marcharan con nosotros hasta el árbol de Falcone”. Ese árbol, situado frente a la casa del juez asesinado, se convirtió en núcleo de peregrinaciones: los palermitanos dejaron allí flores, mensajes, poemas, fotografías. “Por primera vez, la gente perdió el miedo de gritar su rabia contra la Mafia y contra las instituciones sordas y ciegas”, sigue Giglio. “Fue un momento de gloria. Tras muchos años de toques de queda y silencio institucional, mi ciudad volvió a nacer. Me sentí orgulloso de ser siciliano, como nunca me había sentido antes. Desde entonces, todo cambió”.

Apenas unos meses antes, a principios de 1992, se habían hecho firmes las sentencias del macrojuicio dirigido por Falcone y Borsellino. Tras muchos años de investigaciones, procesos y apelaciones, en un camino entorpecido a menudo desde las propias instituciones del Estado, las sentencias finales condenaron a 360 mafiosos. Y gracias a las revelaciones del capo arrepentido Tommaso Buscetta, demostraron que la Mafia funcionaba como una organización jerarquizada, regida por una comisión que decidía los crímenes principales, y que constituía un Estado paralelo infiltrado en las instituciones, los partidos políticos y los negocios. Hasta entonces, como explica Dickie, era frecuente que se negara la propia existencia de la Mafia: muchos políticos, empresarios o intelectuales consideraban que la violencia se debía a una mera cuestión de carácter siciliano, una tradición de grupos que funcionaban al margen de la ley con la “viril arrogancia de quien vela por sus intereses”, de gente violenta pero con un código de honor que incluso le confería cierto glamour.

Santino di Matteo, uno de los mafiosos que preparó el atentado contra Falcone, fue detenido y comenzó a colaborar con la justicia. Entonces el Matacristianos Brusca secuestró a su hijo, Giuseppe di Matteo, de 12 años, lo tuvo encerrado veintiséis meses y al final ordenó que lo estrangularan y lo disolvieran en una bañera de ácido nítrico. No fue el arrebato de un loco: fue una decisión colectiva de los líderes de la Mafia, coherente con su código de honor. El sicario que ahogó al niño lo explicó así ante un tribunal: “Yo era un soldado de la Cosa Nostra, obedecía órdenes y sabía que estrangulando a un niño podía hacer carrera. Estaba muy contento”. Este era el carácter sistemático y atroz de la Mafia que revelaron Falcone y Borsellino durante el macrojuicio. Por eso fueron asesinados a bombazos en los meses posteriores.

Esos atentados sacudieron Palermo como nunca antes. Miles de ciudadanos colgaron sábanas de los balcones en señal de protesta, trenzaron una cadena humana que cruzaba la ciudad y salieron en una marcha masiva contra la Mafia. Entre los manifestantes estaban Pina Maisano, pocos meses después de que asesinaran a su marido, y Edoardo Zaffuto, el adolescente que empezaba a abrir los ojos, impresionado por la brutalidad mafiosa. Sus caminos se entrelazarían doce años más tarde.

En esas manifestaciones hubo algo que conmovió al joven Zaffuto y que marcó el carácter de sus primeras militancias: “Por primera vez leí y escuché frases contra la Mafia. ¡De eso no se hablaba nunca! Pero cuando miles de personas fueron capaces de juntarse para protestar en voz alta, consiguieron una gran fuerza. Por eso, cuando empezamos nuestra campaña contra la extorsión, decidimos que primero debíamos romper el silencio”.

Así pues, el 29 de junio de 2004 siete jóvenes recorrieron de madrugada las calles de Palermo pegando miles de carteles: “Un pueblo que paga el pizzo es un pueblo sin dignidad”. Cuando los palermitanos despertaron y salieron a la calle, quedaron conmocionados con aquel grito antimafia que inundaba su ciudad. Al mediodía los informativos sicilianos abrieron con imágenes de las paredes empapeladas, por la tarde las autoridades improvisaron una rueda de prensa para mostrar su apoyo a los comerciantes que rechazaran el pizzo y la cámara de comercio anunció que pondría de nuevo en marcha el teléfono para recibir las denuncias confidenciales de empresarios chantajeados. El teléfono lo habían suspendido unas semanas antes porque nadie denunciaba nada.

“La mera palabra pizzo era tabú”, dice Zaffuto. “Nadie hacía comentarios sobre el chantaje cotidiano, pero unos pocos jóvenes empapelaron la ciudad con esa palabra y obligaron a que los medios, las autoridades y los ciudadanos hablaran sobre el asunto. Al nombrar el problema, empezamos a encararlo”. Así dieron continuidad al empeño de Borsellino, quien poco antes de ser asesinado declaró: “Hablad de la Mafia. Hablad de ella por la radio, por la televisión, por los periódicos, no paréis de hablar de ella”. El silencio y el miedo, explicaba el juez, componen el ecosistema ideal para que prospere la Cosa Nostra sin que nadie la moleste.

Comercios que no pagan

También Pina Maisano se empeña en divulgar las palabras de su marido, en propagar la voz rebelde que la Mafia quiso acallar con tres balazos. Es una mujer de 83 años, menuda, de pelo blanco y movimientos muy suaves, que se ha convertido en uno de los iconos de la resistencia cívica. Encabeza manifestaciones, concede entrevistas en los medios, viaja por escuelas de toda Italia para hablar con crudeza sobre los estragos de la Mafia y desmontar el glamour de los matones. En la sede de la organización Addio Pizzo, donde se reúne a menudo con sus “nietos”, señala una foto enmarcada: “Es la última que le hicieron a Libero, en una chalupa, en Mondello, dos días antes de que lo asesinaran”. Lo cuenta en un tono casi inaudible, con un cariño y una dulzura que estremecen. “Libero era un hombre muy valiente. Sabía muy bien lo que hacía, sabía que estaba condenado a muerte, pero tenía una conciencia aguda de la injusticia. No solo se negó a pagar el pizzo, sino que impulsó un movimiento contra la Mafia. Escribió en los diarios y fue a las televisiones. Rompió el silencio. Por eso lo mataron”.

“Yo tenía 16 años cuando asesinaron a Libero Grassi”, recuerda Zaffuto, de pie junto a la viuda. “Entonces en Palermo se asumía que si no pagabas a los mafiosos, seguramente te destruirían el negocio o te matarían. Era lo normal. Hasta 2004 apenas nadie denunciaba las extorsiones a la policía. Para dar la vuelta a tanta resignación, era necesario que muchos comerciantes se rebelaran al mismo tiempo y que tuvieran una protección de la sociedad”. Tras la campaña de los adhesivos, los jóvenes de Addio Pizzo tantearon en 2005 a aquellos empresarios y comerciantes palermitanos que parecían dispuestos a rechazar el chantaje públicamente. Pidieron a Maisano que presidiera una comisión de garantías: un grupo de jueces, escritores, periodistas, sacerdotes y otras personalidades palermitanas que apoyaban la iniciativa. Maisano aceptó y en 2006 presentaron la primera lista de cien empresas y comercios que decían no a la Mafia.

“Vivimos un momento crítico cuando los mafiosos quemaron la ferretería Guajana, uno de los negocios de la lista”, explica Zaffuto. “Ahí se jugó nuestra credibilidad como garantía antimafia. Pero la reacción fue muy buena: teníamos mucho eco en los medios y conseguimos presionar al Gobierno para que diera un nuevo local a Guajana, como preveía la ley, pero para que lo hiciera inmediatamente. La respuesta rápida era clave”. Gracias a un apoyo social cada vez mayor, el activista cree que están derrotando el miedo paso a paso: “Ningún comercio adherido al Addio Pizzo volvió a sufrir ataques. A la Mafia le interesa la discreción, no le conviene atacar a una iniciativa que hace mucho ruido en la sociedad. Tres mafiosos detenidos explicaron ante el juez que existía una orden de dejar en paz a nuestros comercios. Así que poner el adhesivo de comercio afiliado al Addio Pizzo en el escaparate ya no es exponerse a un ataque, sino la mejor manera de defenderse”.

Addio Pizzo también edita una guía de “consumo crítico”, en la que aparecen los negocios que no pagan a la Mafia: “Pedimos a los palermitanos que consuman en esas tiendas. Es una decisión ética: así apoyan a los valientes, animan a que se sumen más comercios y dejan de financiar a la Mafia. Porque cuando los ciudadanos consumimos en una panadería, una carnicería, una sala de cine o una librería que paga el pizzo, una parte de nuestro dinero acaba llegando a la Cosa Nostra”.

Andrea, un palermitano de 40 años que prefiere ocultar su verdadero nombre, abrió un pequeño restaurante en el centro de la ciudad a principios de 2012. Asegura que no paga el chantaje: “Los de mi generación ya no funcionamos con la mentalidad tradicional. Tenemos formación universitaria, conocemos nuestros derechos, sabemos la importancia de una economía legal… En otros barrios de Palermo, donde la vida sigue siendo más cerrada, casi todos los comerciantes pagan el pizzo. Pero los negocios más modernos del centro no lo hacemos. La sociedad está cambiando. Si yo recibiera alguna extorsión, iría inmediatamente a poner una denuncia. Por suerte, los jueces y la policía luchan contra la Mafia con más decisión que hace veinte años, que en tiempos de Libero Grassi, y los mafiosos han perdido fuerza en las calles”.

Con un creciente número de denuncias, con su poderío militar debilitado por las instituciones y por la resistencia ciudadana, los nuevos capos renunciaron a los atentados callejeros y desplazaron sus negocios a los tráficos ilegales, las finanzas y los altos despachos. “Pero en la calle tampoco podemos cantar victoria. La mayoría de los negocios de Palermo sigue pagando el pizzo”, dice Zaffuto. “Cambiar la mentalidad exige un trabajo enorme: para una panadería de barrio que lleva cincuenta años pagándola, la extorsión ya está incorporada como un impuesto más, no la consideran anormal”.

En cualquier caso, los avances son considerables. Si en la primera guía publicada en 2006 aparecían cien comercios de Palermo que rechazaban el pizzo, en la última, de 2011, ya son más de setecientos.

Macarrones libres de mafia

Los sicilianos también pueden comprar “macarrones libres de Mafia”. Y vino, aceite, legumbres o mermelada. Los encuentran, por ejemplo, en la Tienda de la Legalidad, donde se venden productos elaborados por cooperativas agrícolas muy peculiares: cultivan tierras incautadas a la Cosa Nostra, no pagan chantajes y así lo proclaman en sus envases. La Tienda de la Legalidad es una casa confiscada a Bernardo Provenzano, el capo de todos los capos, detenido en 2006. Y está situada en Corleone.

“Todo el mundo relaciona Corleone con la Mafia. Es una relación innegable, como en tantos otros lugares de Sicilia, y encima le pusieron nuestro nombre al capo de El Padrino… Pero lo verdaderamente específico de este pueblo es la antimafia: aquí han nacido algunas de las luchas cívicas más valientes”, explica Massimiliana Fontana, gerente del CIDMA (Centro Internacional de Documentación sobre la Mafia y la Antimafia), una institución situada en este pueblo del que salieron los capos más sangrientos del siglo XX: Navarra, Leggio,Riina y Provenzano.

La historia de Corleone, una pequeña ciudad agrícola y ganadera de la provincia de Palermo, representa un ejemplo ideal para ver cómo la Mafia ha tiranizado a los sicilianos y cómo en los últimos años se están sacudiendo esa opresión.

El viajero inglés W. A. Paton describió Corleone en 1897 como un pueblo de “mujeres pálidas y anémicas, hombres de ojos hundidos, niños anormales y andrajosos que mendigaban pan, gruñendo con voz ronca como viejos cansados del mundo”. El interior rural de Sicilia, según los informes de la época, era una región de miseria, hambre, analfabetismo, malaria, en la que los campesinos vivían sometidos a los terratenientes en condiciones cercanas a la esclavitud. Una organización militarizada velaba por mantener esa situación de dominio feudal: los primeros grupos mafiosos.

Los terratenientes vivían en sus palacios de Palermo y encargaban la administración de las tierras a losgabelloti, unos intermediarios tiránicos que cobraban las rentas, se quedaban con parte de ellas, extorsionaban a los campesinos, organizaban bandas de asaltantes y cuatreros, y asesinaban a quien hiciera falta para controlar el comercio de alimentos con la ciudad. Como relata Dickie, el recién nacido Estado italiano fue incapaz de imponer una fuerza legal y democrática en la remota Sicilia, así que los capataces rurales se instalaron en ese vacío, formaron bandas violentas, se extendieron de negocio en negocio y se especializaron hasta constituir una eficaz “industria de la violencia”, un gremio más del sector servicios siciliano: si un agricultor o un comerciante quería que sus negocios prosperaran, que nadie destruyera las cosechas ni asaltara los transportes, debía contratar los servicios de “protección” de los mafiosos. En las siguientes décadas, este sistema de chantaje y violencia se fue consolidando como una gran estructura de familias coordinadas y dirigidas por una comisión central. Se infiltró en las ciudades, controló ayuntamientos, saqueó fondos públicos, manejó empresas, se apoderó de grandes negocios como el de la construcción y dio el salto al tráfico mundial de drogas y armas. Por el camino cayeron cientos y cientos de cadáveres, los de cualquier persona que se opusiera a sus negocios.

El Estado italiano recién nacido tampoco fue capaz de proveer un bienestar mínimo para los sicilianos. Por eso, ante el paro, la pobreza y la falta de oportunidades, la Mafia cultivó una imagen de organización preocupada por los suyos, que daba trabajo y protección a sus paisanos, que defendía valores como la familia, la lealtad y el honor. Esa propaganda moral sedujo a muchos sectores de la sociedad. Y maquilló un sistema de opresión implacable, cuyos únicos criterios eran la acumulación de riqueza y poder. La Cosa Nostra concedía favores a cambio de una sumisión absoluta, imponía la extorsión y el silencio obligatorio, establecía pactos de corrupción y complicidad con los poderes políticos, fueran del color que fueran, y asesinaba a cualquiera que incordiara.

Algunas de las primeras rebeldías brotaron precisamente en Corleone. En la década de 1890, Sicilia vivió una proliferación de los llamados fascios, embriones de los actuales sindicatos: eran ligas locales de campesinos y mineros, inspirados en una amalgama de ideas socialistas, cristianas y democráticas, que peleaban por mejorar las atroces condiciones laborales de la época. En Corleone, la hermandad de campesinos estaba liderada por Bernardino Verro, un funcionario municipal que fue despedido por denunciar el poder abusivo de los mafiosos y los terratenientes. Predicaba el socialismo, la unión de los trabajadores y la igualdad de hombres y mujeres. Y montó una iniciativa que atacaba directamente a la Cosa Nostra: dirigió una cooperativa agrícola en la que los propios socios arrendaban la tierra, la gestionaban, se repartían los beneficios de manera equitativa y prescindían de los intermediarios mafiosos. Los corleoneses, entusiasmados por este sistema más justo y libre, votaron en masa por Verro y lo convirtieron en alcalde de Corleone en 1914. Un año más tarde, varios sicarios lo mataron a tiros en una calle del pueblo.

Así se inauguró la tradición mafiosa de asesinar a quienes luchaban por los derechos de los trabajadores. En 1948, el sindicalista corleonés Placido Rizzotto, impulsor de una campaña para que los campesinos sicilianos obtuvieran la propiedad de las tierras, fue secuestrado, asesinado y arrojado a una sima en las montañas. Sus restos no se encontraron hasta 2009 y no se pudieron identificar hasta marzo de 2012. La noche del asesinato, un pastor de 13 años llamado Giuseppe Letizia, que cuidaba su rebaño, presenció el crimen. Al día siguiente su padre lo encontró tirado en el campo, delirando, con fiebre alta, y lo llevó al hospital. Allí, cuando empezó a recuperarse, el niño relató el asesinato. Y a las pocas horas murió tras recibir una inyección letal. El director del hospital era el doctor Michele Navarra, el capo de Corleone. El médico que atendía al niño bajo las órdenes de Navarra abandonó su puesto de trabajo y a los pocos días emigró a Australia.

En esos años de la posguerra mundial se estaba gestando la terrible dinastía corleonesa. A Navarra lo mató en 1956 su vecino y antiguo subordinado Luciano Leggio, que así se convirtió en el nuevo capo. A partir de los años 70, a Leggio lo sucedieron sus socios Totò Riina y Bernardo Provenzano. Los corleoneses dirigieron el “saqueo de Palermo” (la fiebre de construcción salvaje que arruinó la capital siciliana, con la ayuda de los alcaldes corruptos Salvo Lima y Vito Ciancimino) y después, con el propósito de dominar en exclusiva el tráfico mundial de heroína, lanzaron una guerra de liquidación contra las facciones mafiosas rivales, que dejó más de mil muertos en apenas dos años, entre 1981 y 1983.

La campaña de exterminio les dio el poder pero acabó volviéndose en su contra. Uno de los enemigos a los que derrotaron fue Tommaso Buscetta, capo de los dos mundos, emperador de la heroína en Sicilia y América: los corleoneses le mataron dos hijos, un hermano, un yerno, un cuñado y cuatro sobrinos. Cuando fue apresado en 1983, Buscetta decidió vengarse testificando contra los corleoneses. Pidió una entrevista con el juez Falcone y empezó a desvelar el entramado de la Mafia como nunca nadie había hecho antes. Así arrancaron las investigaciones del macrojuicio de Falcone y Borsellino, que acabaron con cientos de mafiosos condenados y con la organización muy dañada.

En diversas épocas, los capos corleoneses fueron detenidos y condenados a cadena perpetua: Leggio en 1974, Riina en 1993 y Provenzano en 2006. Con los grandes nombres de la Mafia entre rejas, los vecinos de Corleone se empeñaron en rescatar los grandes nombres de la antimafia. En 2001 unos jóvenes agricultores del pueblo se atrevieron a cultivar terrenos incautados a la Cosa Nostra, y a su cooperativa le dieron el nombre de Placido Rizzotto, el sindicalista corleonés asesinado y olvidado en una sima durante seis décadas.

Esta singular iniciativa de las cooperativas antimafia también surgió como una reacción ciudadana tras los asesinatos de Falcone y Borsellino. El sacerdote Luigi Ciotti, conocido en Italia por su trayectoria de luchas sociales, aprovechó las protestas masivas de Palermo para proponer un plan contra el crimen organizado. Recogió un millón de firmas en todo el país, consiguió que se convocara un referéndum y que en 1996 se promulgara una ley: la que permite que los bienes confiscados a la Cosa Nostra sean cedidos a organizaciones con fines sociales. También fundó Libera, una red antimafia que hoy une a más de 1.500 asociaciones, sindicatos y escuelas de toda Italia. En esos años nació el proyecto de especializar Corleone como ciudad antimafia: allí fundaron el Centro Internacional de Documentación de la Mafia, montaron la Tienda de la Legalidad en una casa confiscada al capo Provenzano y una casa rural en terrenos incautados a Riina, dedicaron una plaza a Falcone y Borsellino…

En ese ambiente de reacción social contra la Mafia, los quince agricultores de la cooperativa Rizzotto se unieron para enfrentarse al miedo. “Al principio resultó muy difícil”, explica Simona Sgroi, palermitana de 32 años y miembro de Libera. “Nadie del pueblo se atrevía a trabajar en terrenos confiscados al capo Riina, nadie quiso dejar en alquiler una máquina cosechadora a la cooperativa, después los mafiosos les quemaron los tractores…”. Pero mantuvieron el pulso hasta ganar la batalla del arraigo social: “La gente del pueblo empezó a ver que la cooperativa les hacía contratos, que por fin cotizaban, tenían seguro médico y derechos laborales, no como cuando mandaban los mafiosos. Vieron que una economía limpia les beneficiaba”, explica Sgroi. “Además las cooperativas salen en los medios de comunicación, en verano llegan voluntarios de toda Italia para la cosecha, y a los mafiosos no les compensa meterse con un movimiento tan popular. La repercusión es el mejor escudo. A la Mafia se la derrota cuando se quiebra el silencio”. Los agricultores antimafia llevan años aumentando la producción, venden en supermercados de toda Italia y han comenzado a exportar vino y pasta.

Incluso conquistan símbolos. Muchos de ellos se forman ahora en el Instituto Profesional para la Agricultura, en Corleone, que tiene una sede asombrosa: una villa con torres, jardines, suelos de mármol y muebles de maderas nobles. Es una mansión confiscada a Totò Riina, el capo que dirigió la guerra mafiosa de los mil muertos, que dominó el negocio de la heroína y que se encargaba de estrangular personalmente a sus víctimas después de que sus sicarios las torturaran. Riina fue precisamente quien ordenó las matanzas de los jueces Falcone y Borsellino. Pero no calculó que del cráter dejado por sus bombas emergería un movimiento antimafia capaz de perseguirlo, encarcelarlo, confiscarle los bienes y hasta de convertir su suntuoso palacio en un centro de educación pública.

El Ayuntamiento de Corleone recicló los salones de los narcotraficantes en aulas para agricultores, en un gesto de democracia simple y cotidiana. Y así lanzó un mensaje poderoso: la sociedad siciliana empieza a recuperar los recursos y la libertad que la Mafia le ha vampirizado durante siglos.

Una sirvienta supersticiosa

Maria Assunta no recordaba con exactitud el día, pero sí que fue un atardecer a finales de noviembre de 2007 y que las calles de Roma estaban cubiertas de nieve. Ella había salido a dar un paseo acompañada de Matilde Rodríguez, su sirvienta ecuatoriana. El pálido sol de invierno resplandecía contra el blanco paisaje. Dos meses antes había cumplido 89 años, era una mujer alta, delgada y en perfecto estado de salud, y de esto, su salud de hierro, siempre se había ufanado. Al llegar a una de las esquinas de Torre Largo Argentino, sintieron la brusca frenada de un auto y un segundo después una mancha oscura pasó frente a ellas y se perdió del otro lado de la calle.

—¡Era un gato negro, señora! —exclamó la sirvienta persignándose varias veces.

Ella sonrió comprensiva y la instó a reanudar la marcha. Cruzaron la calle y se dirigieron a un quiosco de periódicos y revistas donde la sirvienta solía comprar billetes de lotería instantánea. Y fue en ese momento, mientras la sirvienta raspaba el cartón con la uñas en busca del milagroso número, que aquel niño se acercó con un gato en brazos.

—Está vivo, señora —dijo el niño dirigiéndose a ella—. No puede caminar, pero está vivo.
—¡Es el mismo que nos pasó enfrente! —exclamó la sirvienta horrorizada.

Según Giacinto Canzona, abogado por entonces de Maria Assunta, fue así como ella conoció al gato. Era un cachorro negro de tres meses, tenía los ojos amarillos y una pata rota. Ella lo llevó a su veterinario y luego, una vez curado, a su apartamento. Lo llamó Tommaso en honor a un pariente suyo que había sido héroe de guerra. A los pocos meses de adoptar el gato, María Assunta enfermó y le diagnosticaron cáncer de pulmón. La sirvienta culpó al gato de traer la mala suerte e intentó convencerla de que se deshiciera de él. Ante la negativa de la anciana, decidió abandonarla (llevándose una buena cantidad de joyas y otros objetos de valor). Canzona afirma que esto fue un duro golpe para Maria Assunta, pues durante diez años Matilde Rodríguez había sido su única compañía y la consideraba como un hija. “Ni siquiera quiso denunciarla”, afirma el abogado.

El abogado del gato

Giacinto Canzona es más joven y amable que su voz; había conversado con él varias veces por teléfono antes de llegar a su estudio en el barrio Africano de Roma (llamado así por Mussolini cuando soñaba con hacer de África parte de su sueño imperial). También el estudio es diferente de como lo imaginaba: tres modestas oficinas, un baño y una minúscula sala de espera. En la oficina de Canzona hay un sofá que me parece haber visto en la zona de promociones de Ikea y un viejo escritorio que dice haber heredado, como la profesión, de su padre; sobre la pared, burdas copias de paisajes medievales y los consabidos diplomas que pretenden dar seguridad al cliente. Entre las cosas que leí en la prensa hablaban de sus ambiciones políticas y lo acusaban de haber utilizado el caso del gato para ganar espacio en los medios, incluso ponían en duda la existencia de Tommaso. Me cuenta que conoció a Maria Assunta en 2009 a través de una amiga de su madre.

—Había dejado de pagar una serie de impuestos a causa de la enfermedad y me pidieron que la asesorara. Fui a verla a su apartamento en el centro de Roma (cerca de la Fontana de Trevi) y allí conocí a Stefania Cecconi, una enfermera que la cuidaba ocasionalmente —mientras habla, Canzona hace un gesto a su colega Anna Orecchioni, que está recostada en la puerta, para que se siente en el flamante sofá anaranjado—. Del aseo del apartamento se encargaba una chica rumana que se iba al atardecer. Después de lo sucedido con Matilde Rodríguez, la señora Maria Assunta no quiso volver a tener compañía permanente, salvo, por supuesto, la de Tommaso.

En el tórrido verano de 2011, la salud de Maria Assunta empeoró y fue recluida en el famoso hospital romano Sant’Andrea; había hecho testamento y nombrado ejecutores de este a Giacinto Canzona y sus colegas Anna Orecchioni y Marco Angelozzi. Hasta su muerte y la posterior lectura del testamento ni siquiera ellos sabían con certeza a cuánto ascendía la fortuna de Maria Assunta. Lo que sí tenían claro era que además del vetusto apartamento donde había vivido los últimos años era propietaria de una mansión en Olgiata, un exclusivo complejo residencial en las afueras de Roma (a 20 kilómetros del centro), conocido como la Beverly Hills romana por ser el hogar de personajes ricos y famosos. Pero más que a sus habitantes, Olgiata debe su celebridad mundial al llamado Delitto dell’Olgiata, el brutal asesinato de que fue víctima el 10 de julio de 1991 la condesa Alberica Filo della Torre y que durante 20 años fue un enigma para los investigadores hasta que el mayordomo filipino de la condesa confesó su culpabilidad (al parecer, los investigadores nunca leyeron a Agatha Christie). Maria Assunta murió el 14 de diciembre de 2011 y dejó todos sus bienes, calculados en diez millones de euros, a Tommaso. Así un gato de raza ordinaria de 7 años (otras versiones aseguran que tiene al menos el doble de esa edad y algunas noticias aparecidas recientemente en periódicos de Roma lo dan por muerto) es el propietario de una mansión de dos millones y medio de euros en Olgiata, dos apartamentos en Roma, otro en Milano, propiedades en Calabria, autos de lujo, entre los cuales figura un Lamborghini Diablo del 99 (el marido de Stefania tiene orden de llevarlo a dar un paseo de vez en cuando) y varias cuentas corrientes en bancos italianos, sin pasar por alto que es socio de varios clubes de tenis y golf.

La enfermera y el filipino

Stefania Cecconi conoció a Maria Assunta a mediados de 2008 en el hospital Sant’Andrea y descubrieron que tenían en común la pasión por los animales, sobre todo los gatos. La enfermera era además una activista que había participado en diversos congresos sobre los derechos de los animales y, aunque vivía con su marido y tres hijos en una pequeña casa de un barrio de inmigrantes e italianos pobres en la periferia romana, tenía cuatro gatos. Cuando Maria Assunta fue dada de alta y regresó a su apartamento, ella empezó a visitarla con regularidad. Stefania nunca supo que la anciana tuviera más bienes que aquel apartamento y la pensión de la que aseguraba vivir. Sus conversaciones siempre giraron en torno a los animales y la sorprendió no solo que su amiga fuera millonaria, sino que la hubiera elegido para vivir con Tommaso y administrar su fortuna (obviamente bajo la supervisión de los abogados). De la noche a la mañana, Stefania Cecconi, su marido (un carpintero desempleado) y sus tres hijos adolescentes dejaron su humilde casa y se mudaron a la lujosa mansión de 1500 metros cuadrados de Tommaso en Olgiata. Sin embargo, no eran propietarios ni podían disponer del dinero del gato, solo vivir con él y darle todo el afecto posible. Stefania siguió yendo cada día a trabajar al hospital y sus hijos al colegio público de siempre mientras su marido hacía labores de mantenimiento en la mansión y ayudaba al mayordomo filipino, que los abogados habían contratado, a cuidar de Tommaso.

Las muertes del gato

Entre los artículos que leí en la prensa italiana cuando estaba preparando mi entrevista con el abogado del gato había un par que lo daban por muerto, así que mi primera pregunta fue sobre las circunstancias de su muerte. El abogado me miró sorprendido y dijo que era otra de tantas patrañas.

—Tommaso está vivo y goza de buena salud, es un gato todavía joven. Anna y yo nos turnamos para verlo cada 15 días y también estamos en contacto regular con su veterinario.
—El titular del Corriere era “La misteriosa muerte de Tommaso” y entre líneas insinuaba que su “viuda”, la enfermera, había enterrado sus cenizas en el jardín…

Giacinto Canzona y Anna Orecchioni se miran con suspicacia y sonríen. Anna me explica que la última en querer la muerte del gato sería Stefania, porque el testamento estipulaba que al morir Tommaso toda su fortuna pasaría a manos de distintas asociaciones animalistas en Italia, la enfermera no recibiría ni un céntimo y tendría que abandonar la mansión tres días después de la muerte del gato.

—Ellos pueden vivir en la mansión sin pagar ningún tipo de servicio, pero todos sus otros gastos, lo que no se relacionan con la mansión o el gato, van por su cuenta. Por ejemplo, la comida. Ellos no pueden comer y decir que compraron esos alimentos para el gato, a menos que se dedicaran a comer alimento para gatos. Stefania simplemente es un puente entre la fortuna de Maria Assunta y Tommaso, ya que la ley italiana no permite que un animal herede directamente.

Me quedé en silencio mientras los abogados posaban para la fotógrafa que me había acompañado y recordé que otro de los artículos que había leído afirmaba que Tommaso era ya un gato adulto cuando lo había encontrado la anciana. ¿Y si de verdad Tommaso había muerto? Encontrar un gato negro común de ojos amarillos en una ciudad donde según la estadísticas había más de 180.000 gatos callejeros no era nada difícil.

—¿Es posible ver el gato?

Mi pregunta no le sorprende. Nos pide esperar unos minutos y va a la oficina de enfrente. Cuando regresa su expresión es menos amigable. Nos invita a seguirlo y bajamos por el ascensor hasta el parqueadero.

—No pueden hacer fotos, sé que necesitan algunas y las haremos nosotros. Ya he tenido problemas con la Junta de Propietarios por culpa de la prensa. Y otra cosa: ella no puede entrar (se refiere a la fotógrafa).

Un pariente lejano

Por orden del veterinario, Tommaso solo puede comer una vez al mes algo distinto a su alimento concentrado y normalmente es salmón ahumado o filete de codorniz. El alimento es de la mejor marca, pero aún así no cuesta más de diez euros por kilo. Tanto el salmón como el filete lo prepara un chef de la más absoluta confianza de los abogados, y Stefania, su familia y el mayordomo filipino tienen orden de no dejar jamás el gato solo. Desde que se mudó a la mansión, Tommaso no ha ido más allá del jardín y nunca, que se sepa, ha tenido la oportunidad de tener amigos gatos o conocer una gata, salvo las que aparecen en los programas de televisión sobre animales que los hijos de Stefania ven en su compañía. La habitación de Tommaso tiene 70 metros cuadrados, varios armarios y dos camas, la más grande de casi 3 metros cuadrados, pero él prefiere dormir acurrucado en un cojín bajo una mesita de noche.

A pesar de aquel crimen, Olgiata es un lugar seguro, vigilado día y noche por un ejército privado y protegido por altos muros con una sola entrada. Los mayordomos filipinos abundan; los prefieren porque tienen fama de ser discretos y honestos (el hecho de que uno de ellos haya estrangulado a su patrona no ha destruido esta imagen, quizá porque la condesa no era muy popular entre sus vecinos y muchos no consideraron del todo injusta su muerte. Ella había despedido al mayordomo por haber salido a ver un pariente enfermo sin su permiso, fue por esa razón que la asesinó). En realidad es de un italiano y no de un filipino de quien debe cuidarse Tommaso, se trata de un pariente de quinto grado de Maria Assunta que en un principio intentó revertir el testamento y luego, cuando la ley dejó sus demandas sin efecto, amenazó con matar al gato porque “si no puedo heredar yo menos un mugroso gato”.

—Hace algunos años, un perro heredó en Bolonia dos millones de euros y pocos días después fue envenenado, en esa ocasión también el dinero pasó a entidades benéficas —explica Canzona—. La voluntad de Maria Assunta es que Tomasso viva lo mejor posible. Ya una vez fue atacado por otros gatos, quizá por envidia…

El arte de ser gato callejero

Los gatos siempre han sido un símbolo de Roma, pero con la crisis la tolerancia de los habitantes hacia ellos, sobre todo los dueños de negocio en las zonas más turísticas, ha ido disminuyendo. Los que durante siglos tuvieron su hogar en el Coliseo fueron desplazados, también en el Foro Imperial se ven cada vez menos gatos y solo Largo de Torre Argentina sigue siendo su lugar sagrado. Entre las ruinas del Imperio romano que rigen esa plaza hay cada noche cientos de gatos, y en los sótanos funciona el hogar de gatos privado más grande y organizado del centro de Roma, que acoge aproximadamente 1200 gatos y cuenta con un pabellón especial de gatos minusválidos donde, si es necesario, los dotan de prótesis y los mantienen a salvo de las peligrosas calles atestadas de autos, motos, bicicletas y alimentos tóxicos que los turistas esparcen sin criterio. Durante el verano, que es la época en que más animales domésticos son abandonados por los italianos, vienen dejados a su suerte solo en Roma más de 5000 nuevos gatos, mientras la tasa anual de adopciones de gatos no pasa de 700 felinos, sin contar que muchos de los adoptados son devueltos a los hogares de gatos por mal comportamiento. Al parecer, Tommaso había salido de Largo Torre Argentina a buscar comida en algún tinaco el día que fue atropellado y luego recogido por Maria Assunta, técnicamente pasó, invirtiendo el dicho italiano dalle stalle alle stelle (del establo a las estrellas). El abogado del gato se detuvo frente al Coliseo donde le había pedido dejarnos.

—¿Saben qué es lo más curioso? —nos pregunta cuando estamos bajando del auto. Niego con la cabeza—. La señora Maria Assunta ya había hecho testamento antes de encontrar a Tommaso… ¿Y adivinen quién aparecía en ese testamento como heredera universal
—Matilde Rodríguez —digo, y él suelta una carcajada.
—Sí —dice y sus ojos se llenan de lágrimas de tanto reír—. La señora solo cambió el testamento cuando ella la abandonó. ¿No es gracioso? Creer en la mala suerte le trajo muy mala suerte a esa mujer.

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica —y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial—, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor.

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada —centímetro a centímetro— va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar.

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesivamente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación. En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas.

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina.

—¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! —le dijo en tono autoritario—. Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros.

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instrumento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre —por entonces un flacucho muchachito de ocho años— deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta.

***

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región. Hombres popularmente conocidos como la Mafia.

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones —a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos—, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia —parte del síndrome fare bella figura de la región—, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina.

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo —unas millas al sur de Maida—, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani.

Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras —su principal misión era pegar botones y coser bastas—, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia.

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes.

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello).

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él.

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese —quien habría de convertirse en mi padre—, estaba llorando convulsivamente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera.

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase.

Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre:

—No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre.

Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia.

Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Francesco Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él.

***

Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos.

—Creo que se me ha ocurrido algo —anunció lentamente, haciendo una pausa para dejar que el suspen-so creciera hasta captar la atención de todos—. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda dañada y…
—¿Te has vuelto loco? —interrumpió el sastre mayor.
—¡Déjame terminar, imbécil! —gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa.

Luego continuó:

—Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas.

Los demás escuchaban asombrados.

—Pero, maestro —le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso—, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza?

Cristiani levantó las cejas levemente.

—Buen punto —admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación.

Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó:

—¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia.

Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió:

—Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas!

Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres.

—Vean —dijo señalando el largo y el ancho—: un entalle perfecto.

Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las rodillas del pantalón que él había elegido para sí.

—Ahora presten mucha atención —llamó a sus hombres.

Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas.

—Bueno, ¿qué piensan? —preguntó a sus hombres, dando a entender que no le interesaba realmente lo que estuvieran pensando.

Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente:

—De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver.

Sin esperar oposición —y sin recibirla— Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata.

Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores: cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él manipulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja.

Ya se sentían los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor Castiglia.

Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones. Y sin embargo Francesco Cristiani parecía inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio.

***

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: “¡Sta arrivando!”. Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo.

—¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! —proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto.

Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando:

—¡Perfetto!
—Mille grazie —respondió Cristiani inclinándose ligeramente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba.

Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador.

Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemente Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó:

—¡Maestro!

Y luego más fuerte:

—¡¡¡Maestro!!!

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar:

—Maestro, ¿che avete fatto qui?

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guardaespaldas se había llevado la mano dentro de la capa.

—¿Qué ha hecho? —repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis.

Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le respondió:

—¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento de que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado.

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera la boca, continuó:

—Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior.

Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cris-tiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca.

—Lavar la testa al’asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) —entonó Cristiani.

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se escabulló detrás del mostrador. Los sastres de Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se entrecerraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias:

—Lavar la testa al’asino è acqua persa.

El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca antes había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo:

—Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar —les confió a todos.

Tras una pausa, añadió:

—Ella murió cuando yo era muy joven.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente—. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua. Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda.

Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó:

—¿Esto es la última moda?
—Sí, así es —reafirmó Cristiani.
—¿Dónde?
—En las grandes capitales del mundo.
—¿Pero no aquí?
—No aún —dijo Cristiani—. Usted es el primero entre los hombres de esta región.
—¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en la región? —preguntó Castiglia con una voz que ahora sonaba inse gura.
—Oh, no. Realmente no ha empezado con usted —lo corrigió Cristiani—. Los sastres ya hemos adoptado esta moda.

Y levantando una de sus rodillas, dijo:

—Véalo usted mismo.

El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal.

—Ya veo —dijo Castiglia—. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda.

Estrechó la mano de Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guardaespaldas y le lanzó su traje viejo. Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par.