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Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: “Todavía no”. Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: “Todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

—Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “No voy a respirar hasta que sea la asfixia”.

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: “Eso es algo que yo hago bastante”.

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

—Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones (“La vuelta de Obligado”, que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

—Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: “Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?”.

—¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

—Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: “Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo”.

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

—Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

—Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto…?

—Hablaba de su infancia.

—No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

—Prefiero que hablemos de todo.

—Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

—No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

—Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. “Patrice”, llama, pronunciando “Pátris”.

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: “Ya pasará”. Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: “Mmm”. Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: “Vos sos muy alta”.

***

Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

—En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios… Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***

Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: “Ella, mi amor, por cuyos ojos miré”.

“Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre”, escribió en su novela Quejido huacho. “‘Mencione tres pescados del río’, pide uno a señora frente a góndola de supermercado. ‘Sapo cancionero, surubí, dorado’, contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones”, escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***

Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

—Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: “Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural”. Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

—Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

—Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

—Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís “Será lesbiana”, te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: “Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas”. En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado “Hebe por una pipa”.

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. “Hebe por una pipa” es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: “Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo”. Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

—¿Qué le reclamó?

—La pipa.

***

A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: “Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado”.

—Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

—Usted se había casado.

—Sí. Estaba divorciado.

—¿A qué edad se había casado?

—Veinte años.

—Con una mujer más grande.

—Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

—Te doy otro mate.

—No, gracias.

—No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***

—Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre…

***

En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

—En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

—Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías “Pasóp”, que quiere decir “Attenti”, y bajabas la máquina. Decías “Pasóp” porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

—¿Vivía solo?

—No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

—Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en “Retrato de damas y denuncia”, escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: “Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia […]”.

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

—Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: “Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales”. Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada “La vida bella”.

—Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento “Gregorio”, de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: “Tengo al mejor”. Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: “Yo”.

—Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije “Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista”. Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: “Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico”.

—¿Y él que le dijo?

—”Te felicito”.

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

—La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

—Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

—¿Quiere que sigamos otro día?

—Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***

—Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: “Miguel, lo vas a volver loco al chino”. Le traía un vino y Miguel protestaba: “No, ésta no es la cosecha que yo quiero”. Traía otro y tampoco. Entonces propone: “Vamos a tomar champagne”.

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: “Esta copa no”. Y el chino: “¿Ésta no copa champagne?”. Miguel le explica: “No me entra la nariz”. Y el chino pregunta: “¿Tomar nariz?”. Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: “Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco”. Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***

Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

—Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: “Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?”. “Sí”, te contesta, y va con vos.

—¿Tiene muchos amigos?

—No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: “Doblá acá”. Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

—¿Y cómo es eso?

—Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: “Pará acá”. Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: “Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende”. Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: “Poné-la-banda-cuatro”. Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: “Tenemos que irnos”. Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

—Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

—Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

—Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

—Pero su hijo sabía que usted era su padre.

—Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

—Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

—Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***

—Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: “Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor”.

***

“Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó”. Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

—¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

—Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: “El orden”.

***

—Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: “En tal lugar”, y Miguel dice: “Ah, con razón”. Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

***

El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

—No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

—Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

—No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

—¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

—La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra “imprescindible” hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

—¿Querés más vino?

—No, gracias.

—No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó.

SI hubiese ido a Tánger en busca de un pintoresco dépaysement nada me habría devuelto más bruscamente a mi propia tierra firma que Paul Bowles, al preguntarme en nuestro primer encuentro, en un castellano perfecto, qué era de de Adolfo Bioy Casares. Gran admirador de La invención de Morel, sobre todo de Plan de evasión, Bowles que ha dejado gradualmente de interesarse en el presente “en la medida en que puede hacerlo alguien que aún no ha muerto”, recuerda que a principios de la guerra, durante una visita a Victoria Ocampo en el Waldorf Astoria de Nueva York, la formidable anfitriona le había arrojado sobre las rodillas un ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, publicado por Sur meses antes, con un perentorio “¡Léalo!”.

Fue así como conoció a Borges, como empezó a familiarizarse con los escritores argentinos. Me cuenta la historia del epígrafe de Mallea que puso a The Sheltering Sky, cómo el escritor argentino no lo reconoció y Bowles mismo no pudo encontrar su fuente cuando más tarde la buscó. “La memoria suele hacernos jugadas como ésta”, comentó, arrugando tal vez en un guiño algunos de los innumerables pliegues de piel bronceada que rodean sus ojos clarísimos, luminosos. Es un día de primavera, pero en la chimenea del cuarto vecino arden leños y él, con una bata de lana sobre el pijama, me recibe sin dejar su lecho, cubierto con dos frazadas.

Bowles detesta que le pregunten por qué “eligió” vivir en Tánger. Tal vez la tácita respuesta sea parte de esa aceptación resignada de la fatalidad que tanto lo emparenta con una sensibilidad islámica. Si lo hostigan, repite que “los males de la sociedad industrial” llegan más lentamente y con mucho atraso a ese rincón del norte de Africa. Pero también admite que le gusta pensar que vive en una tierra donde la brujería es una realidad cotidiana, en la que el veneno circula como mensaje de amor o de odio entre los individuos, en la que los duendes -los djinn del folklore magrebí- explican tanta cosa que “los norteamericanos de mi generación, con sus supersticiones científicas, llamaban bacilos y los jóvenes de hace treinta años bautizaron malas ondas”. Sonríe al evocar esos vaivenes de la ideología cotidiana.

***

En la opaca, rastrera verdad de los documentos, Tánger fue una “zona internacional” entre 1922 y 1956. En 1912 el Kaiser había visitado ese puerto, destinado al comercio por su posición en el extremo atlántico del estrecho de Gibraltar. En la orilla de enfrente, en el peñón, los ingleses se inquietaron. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial, intrigaron para que ese punto estratégicamente valioso quedara neutralizado. El estatuto de la zona internacional completó la dominación colonial sobre el territorio marroquí: el sur ya era protectorado francés, el norte protectorado español; la ciudad, gobernada por una junta donde estaban representadas las principales potencias marítimas de la época, debía asegurar la libre circulación por el Estrecho.

El corolario de esas maniobras mercantiles fue imprevisible. Se abrió la puerta a todos los fantasmas. Puerto franco, Tánger se convirtió en una zona extra territorial con un mínimo de leyes, sin impuestos, donde el oro y las divisas entraban y salían libremente: más aún, donde lejos del control de sociedades más rígidas las extravagancias de la conducta suscitaban una sonrisa divertida pero ninguna censura moralista. El kif y otras variantes indígenas del cannabis, las preparaciones opiáceas que las farmacias de otras latitudes retaceaban, sobre todo la tradicional bisexualidad de los jóvenes, convirtieron a la zona internacional en un limbo donde Jean Genet y William Burroughs, entre cientos de europeos y norteamericanos menos prestigiosos, pudieron vivir las fantasías que, en aquellos tiempos, en otras latitudes, los habrían llevado entre rejas.

A otros, ese microcosmos cosmopolita les permitió construirse un reino imaginario para sus veleidades de ficción. David Herbert era el segundo hijo del duque de Pembroke, por lo tanto sin derecho al título ni a la herencia familia. En los años 30 llegó a Tánger con Cecil Beaton y muy pronto se instaló en una casa más fantasiosa que sólida, más colorida que señorial, en medio de un parque de la vieja Montaña; desde allí urdió sus redes hasta convertirse en el árbitro social de la vida elegante tangerina. Hoy su mayordomo ha heredado la residencia y la alquila a turistas recomendados por la pintora escocesa Marguerite McBey o por el profesor John McPhillips, dos lazos vivos con la leyenda de la zona internacional; en su tarjeta se lee, más grande que su propio nombre, former owner: the Honorable David Herbert. Cuentan que este “segundo hijo” (expresión que eligió como título de sus memorias), condenado a vivir de su ingenio, no se desplazaba sin llevar en el bolsillo etiquetas autoadhesivas con su nombre. Si el anfitrión de turno lo dejaba solo un instante, pegaba una de esas etiquetas bajo la silla o la mesa más valiosa de la casa; más tarde, cuando el dueño era atropellado por un taxi o asesinado por un gigoló, llamaba a los herederos para comunicarles que el difunto “le había prometido” el mueble en cuestión. Al hallar su nombre en una etiqueta envejecida, se lo entregaban, halagados como suele estarlo la clase media cuando la aristocracia la pone a su servicio.

En otro extremo, Barbara Hutton, heredera de la fortuna de las tiendas Woolworth (las originales five and dime stores) -millones que siete maridos sucesivos, el actor Cary Grant incluido, no lograron agotar-, llegó a Tánger en la segunda posguerra mundial y se inventó una residencia, Sidi Hosni, a partir de siete casas de la Casbah. Walter Harris, arquitecto inglés, aristócrata expulsado de la Corte por sus indiscreciones, las comunicó y decoró hasta componer el miliunanochesco palacio de esa monarca de café-society. El alcohol y el aburrimiento la sometieron como a otros el sexo o el juego. Padecía de hipotermia y le regalaba joyas y pieles a la mujer del doctor Little, que era hipertérmica, para que le calentara la cama media hora todas las noches. Al final de su vida no caminaba más, se hacía llevar en brazos, y explicaba que era “demasiado rica como para caminar”. Ningún museo, ninguna fundación perpetúa su nombre. Apenas si, poco después de su muerte, un pequeño bazar (¿justo regreso a las fuentes?), improvisado ante su casa, intentó durante unos meses aprovechar su nombre para atraer a los turistas que pasaban por allí.

Pero el destino cosmopolita de la ciudad, sólidamente asentado sobre todo tráfico y comercio, databa de mucho antes. Ya en el siglo XIX las caravanas que llegaban del desierto depositaban su cargamento en el patio de los locales, tan modestos como cualquier otra casa de la Medina, de los bancos Abensur y Pariente. En 1956, cuando el status internacional de la ciudad fue abolido un año después de la independencia de Marruecos, esos mismos bancos ya habían trasladado hacia Gibraltar el “oro de Tánger”, acumulado durante la Segunda Guerra Mundial, celosamente conservado en la posguerra, cuando las economías dirigidas de Europa occidental, por no hablar de lo regímenes del Este, hicieron apreciar particularmente ese refugio cercano y discreto.

Larbi Yacoubi me cuenta que, en el subsuelo de una casa hoy cerrada, en pleno centro de Tánger, sobre la plaza de Faro, operaba una fundición donde hasta los años 50 se hacían lingotes con cuanta joya o moneda llevaba el público. Jovencito, al visitar esa reliquia de otra era, encontró en el piso una moneda con la cruz esvástica. La única explicación es que los ingleses, amenazados por las falsas libras que los nazis acuñaban en Berlín, habían decidido replicar con falsos Reichsmark made in Tánger.

***

La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente, de la Medina o de la ciudad “moderna”. A lo lejos, el puerto una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvilias, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico… Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional.

David Herbert y Barbara Hutton fueron sólo las efigies más visibles de una época en que “Orejas alertas” Dean, barman del hotel El Minzah, espiaba simultáneamente para alemanes e ingleses; así pudo, después de la guerra, abrir su propio bar e iniciar una tercera carrera como proxeneta para visitantes distinguidos. En que una tal Phyllis de la Paille coleccionaba en su residencia de la Nueva Montaña animales exóticos en libertad; un buen día, al quejarse de que ya nadie aceptaba sus invitaciones, Truman Capote le explicó que en su casa el olor a excrementos era demasiado fuerte; sorprendida, Madame de la Paille prometió encadenar los monos a los grifos del cuarto de baño…

En que un joven lord desheredado se jactaba de haber hecho chantaje al Vaticano con la amenaza de difundir su liaison con un arzobispo húngaro; nadie supo nunca si el relato era verídico, pero el relator terminó como representante en Tánger de un banco de la Santa Sede, hasta ser a su vez desplumado por un jovencito malagueño, hoy maduro y opulento anticuario muy fotografiado por las revistas de decoración…

En que un tal Topié Mimara, estudiante croata de historia del arte que pasó la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, al llegar a Austria en 1945 como intérprete del Ejército Rojo, se vio confiar el inventario de un depósito de obras de arte robadas por el Tercer Reich. Tras consignar sólo dos tercios de los objetos hallados, se incautó en medio de la noche de un camión, lo llenó con el tercio restante y gracias a salvoconductos inverificables en la confusión de aquellos meses logró llegar a Trieste y embarcarse con su tesoro rumbo a Tánger. Allí murió hace un lustro, en un piso alto del edificio Méditerranée; cada año llevaba a Gibraltar un par de telas y las vendía a Sotheby`s, “para ir tirando”…

En que Jean Genet, al ver al borde de las lágrimas, humillado por dos turistas suecas, a un policía que intentaba vender billetes para una rifa, lo llamó, le compró el talonario entero y exclamó “¡Cómo no amar un país donde un policía es capaz de llorar!” Hoy Genet está enterrado en Larrache, a 80 kilómetros al sur de Tánger, sobre el Atlántico; los azares póstumos suelen ser irónicos: para esa tumba no musulmana había un solo cementerio posible en la ciudad y era el del ejército colonial español.

***

Los fantasmas de Tánger existen, como el peligro o la Gracia, para quienes creen en ellos, para quienes llegan alimentados por la literatura que esos fantasmas han cultivado, que en torno a ellos aún proliferan. Otra humanidad, agreste, nada divertida, se agita por la ciudad. Como en Nueva York y en Buenos Aires, busca ropa o comida en los tachos de basura. Cuando ven pasar un Mercedes o un BMW saben que lo conduce alguien “que está en la menta”, es decir en el tráfico de haschich, que otros llaman “exportaciones no tradicionales”, aunque se trate del cultivo más tradicional del Rif.

Yunes tiene trece años y viene del Sur, pero no de una ciudad invadida por el turismo elegante, como Marrakesh, ni de una meta del turismo de masa, como Agadir. Desde muy chico, oyó decir en su pueblo que, de Tánger, parten embarcaciones clandestinas que depositan a diez, veinte personas en algún lugar de la costa española. (¡España! Esa parcela de la comunidad europea, de la sociedad de consumo donde -enseña la televisión española, que se capta en todo el país- con sólo asistir a un programa de juegos puede ganarse el automóvil, el departamento, las sumas de dinero que de este lado del Estrecho son símbolo de riqueza…) En Tánger, Yunes trabaja como lavaplatos en distintos cafés, vende cigarrillos de contrabando; cuando su madre se prostituye en algún hotel de la Medina duerme bajo los puestos del mercado o tal vez no rehuse la invitación de algún europeo sonriente, generoso, tanto más amable que los patrones que lo explotan en el trabajo cotidiano. Cuando tenga reunida la inimaginable cantidad de dirham, podrá cruzar el Estrecho en una “patera”. Rezará para que no lo larguen, como les ha ocurrido a otros, en algún punto desconocido de la costa marroquí, para que al avistar la costa española no lo arrojen al agua con un “de aquí puedes llegar a nado”. El nunca ha oído hablar de Bowles, de Burroughs, de Genet. Para él, Tánger es sólo un punto de partida

Pescadores en pausa

Publicado: 12 octubre 2013 en Camila Salazar
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A pesar de lo que tenían pronosticado todos terminaron trabajando allá donde la vista se pierde, flotando a diario en esa línea horizontal e infinita que divide el agua del cielo. La razón, dicen los pescadores, son muchas razones a la vez, porque si en algo coinciden, es en que la única certeza cuando se vive en la costa es que cuando el agua llega, también se va.

Los papeles oficiales dicen que son 2.158 los que pescan en el Golfo de Nicoya, la axila entre Puntarenas y Guanacaste, ahí donde se muere el Tempisque. Las estimaciones elevan la cifra a 5.000, entre los ayudantes y los que sin permiso se lanzan al agua.

Son pescadores, (muchos) hombres y unas pocas mujeres que trabajan sin uniforme, descalzos, con una jornada que es un vaivén al ritmo de las olas. Así viven, de lo que el mar les traiga o más bien de lo que logren sacarle a punta de redes. Esto es todo el año menos tres meses, 90 días que se llaman veda.

Veda es un periodo que establece el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca) para que se reproduzcan las especies y así proteger el recurso marino. Veda es que no se puede salir a pescar, que el Golfo no permite pangas, que las redes están prohibidas. Es, como dice Baudilio Barrantes, un pescador de bigote fino, quedarse en la casa regando las matas con la panga anclada en la arena.

Este año, la veda llegó el primero de julio y se va hasta el 30 de setiembre. Mientras tanto, la vida en la orilla cambia un poco, no demasiado. Porque la prohibición a fin de cuentas está en un papel, y el papel sobre agua, se deshace.

***

La primera impresión es que los pescadores tienen la piel tostada, que el sol les fue haciendo un cascarón moreno y duro sobre el cuerpo. Pero después, cuando hablo con un rubio blanco y un flaco lechoso, la primera impresión se vuelve tan solo una posibilidad.

Algunos llegaron a la costa hace muchos años, otros nacieron ahí en Puntarenas o en el resto de pueblos que bordean el Golfo.

—Tengo 34 años de vivir en Puntarenas, cuando llegué trabajé seis meses en construcción y de ahí conocí a unos amigos que me dijeron que por qué no iba a pescar. Yo les decía: ¿Cómo es eso? ¡yo soy de San José! –cuenta William Carrión, de pelo blanco y cejas desafiantes, que ahora es vicepresidente de la Asociación de Pescadores Pangueros Artesanales de Puntarenas (Asopapu).

Tirarse al mar fue nada más cuestión de tiempo. William (y el resto) aprendió a leer la luna y la marea, que en esas aguas se pescaba corvina y camarón, que se zarpaba muchas veces de madrugada y que con la pesca artesanal se trabaja hoy para comer mañana.

La dinámica para salir es simple: se alista la panga con hielo y gasolina (que cuesta entre 20 mil y 80 mil colones) y se echa el trasmallo (red) o alguna otra herramienta para pescar. La marea les dice cuándo salir y una vez adentro, la jornada depende de lo que dure el hielo, que pueden ser horas o hasta días. Al regreso, venden la captura, recogen la plata, vuelven a la casa con los hijos, la mujer y las cuentas.

—Vamos y venimos todos los días de 4 de la tarde a 7 de la mañana. Pescamos en la noche. Yo me he ido de marea cuatro días y no he sacado ni el alisto (hielo y gasolina). Hay meses muy buenos y otros muy malos –repite Marvin Moreno, un flaco de nariz perfilada y bigote militar, sentado en la terraza de su casa en Costa de Pájaros.

Así pasan los días. Sin embargo, estos días son diferentes. William y Marvin no salen a pescar desde hace mes y medio. La veda los tiene en casa. Y para hombres acostumbrados al movimiento del mar, la tierra puede ser revoltosa.

***

Desde 1985 el Golfo de Nicoya se cierra por tres meses. Un decreto ejecutivo es el encargado de dictar las reglas del juego e Incopesca es el árbitro. Básicamente hay dos equipos, ambos de pescadores con licencia: los que dicen sí a la veda y los que le dan la espalda.

Los que dicen que sí, apagan los motores de las lanchas y aplican para recibir un subsidio a cargo del Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas) de ¢140.000 mensuales a cambio de 40 horas de trabajo comunal. Eso sí, no pueden tener ningún otro empleo ni ingreso complementario.

“El que no quiera acoger la veda, tiene que reportar al Departamento de Protección y tiene que pescar fuera de la zona de veda”, explica Jorge López, jefe del Departamento de extensión y capacitación de Incopesca.

En el juego también participan los pescadores sin papeles, pero esos no pueden solicitar el empujón económico del Estado.

Entre tanto jugador, las reglas se diluyen y todos hacen uso del único comodín que tienen: el instinto de supervivencia.

—La respetamos pero tenemos que comernos las uñas –dice Marvin y se ríe resignado. Es 6 de agosto y el Imas no le ha depositado la plata de julio.
—¿Y cómo han hecho?
—Ahí tenemos que jugárnosla como podamos, con el poco de ahorros, irla estirando y pellizcándola.

Al lado de Marvin, Daniel Rodríguez, un hombre empacado y grueso se escurre el calor húmedo de la frente. Cruza las manos y asiente mirando a Marvin, porque también está en las mismas.

—Los últimos meses de pesca fueron muy malos, entonces he tenido que pedir plata. La ayuda la estoy esperando para pagarle a esa gente, aunque no me quede nada a mí.

Y es que William tiene 10 hijos, Marvin dos, Baudilio uno en el colegio. La luz y el teléfono vencen el 15 y el agua el 18. Daniel paga 75 mil en recibos y comen seis en la casa. Y todos dicen que la plata no alcanza, que no es justo y refunfuñan contra Incopesca y se callan y a un lado suena el mar.

Si se ponen a hacer cuentas en estos meses el saldo es negativo. Fuera de la veda las ganancias de un pescador pueden ir de los ¢200.000 (o menos) al mes hasta los ¢600.000, cuando el mar se pone generoso.

Entonces en este periodo, a falta de plata, muchos se lanzan al agua. Lo dicen los pescadores y el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG).

“Se da esto, por poca presencia policial. Entonces la gente aprovecha para ir a pescar así. Y muchos se han abstenido de no ir, pero al ver que fulano va, cada vez más gente va ingresando”, recrimina Marvin desde su casa.

Si nadie los detiene es buen negocio.

—Estaban pagando la corvina a ¢1.800, antes de la veda y ahora puede andar en ¢2.500 el kilo. El camarón estaba a ¢7.000 mil el kilo, ahorita está entre ¢8.000 y ¢9.000 –cuenta Marvin.

Pero, si se encuentran con una patrulla les puede salir caro. Las sanciones van desde suspensión de días de pesca, cancelación de la licencia, hasta multas de 10 a 40 salarios base, según el artículo 141 de la Ley de Pesca.

—Si usted sale con la panga ya, ¿cuál es la probabilidad de que lo agarren? –le pregunto a William Carrión.
—Cero. Termina siendo una cuestión moral que en el pescador cuesta mucho que exista –confiesa mientras ve por la ventana.

Para Miguel Madrigal, director del SNG, un hombre de voz grave y desafiante, la situación es un poco diferente.

“En el mes hemos metido como 1.020 horas de patrullaje. La estrategia ha sido quebrar mareas, salir al agua antes de que la gente pueda salir a pescar. Sí siguen pescando, pero en menor escala”, explica.

Junto a los operativos en el mar se sumó en tierra la Fuerza Pública, Senasa, Incopesca y el Minaet. Incopesca dice que hay tres embarcaciones disponibles, el SNG dice que no puede decir cuántas tienen.

Por miedo, Agustín Valdés, con voz de gárgara, decidió quedarse en la orilla.

“Llevamos a un mes y uno oye que están pescando aquí adentro, pero yo no me la juego. Es arriesgar mi equipo y a mí mismo, porque lo llevan a uno a la fiscalía y le decomisan el equipo, y me meten preso. Ahorita prefiero quedarme aquí pintando. No es mucho ese subsidio pero de algo sirve, para el que no tiene vicios. Mi doña vende vigorones en la playa, las güilas también tienen otro puestito ahí, los sábados le ayudan a la mama. Entre todos nos acomoamos bien”, explica con una brocha de pintura en la mano y se levanta para seguir con los trabajos comunales.

***

Para Popo no hay veda. Es rubio de pies anchos y está alistando a Popotito Jota para zarpar en la tarde a pescar siete días fuera del Golfo.

—¿Por qué no acogió la veda?
—Porque me sirve un poquito mejor, esa ayuda es muy poquita, tengo un güila en el colegio y una en el kínder –dice en seco con palabras tropezadas.

Popotito Jota es una panga de unos cuatro metros de largo, que según Popo se defiende en altamar porque tiene nevera y techo. Ahí, él y su ayudante, van a dormir una semana, en una caseta estrecha con dos tablas de madera, una espuma y una batería para electricidad. Ya tiene listo el hielo, el agua, la bolsa de arroz y un cepillo de dientes que cuelga de un cable en el techo.

—Nos vamos siete días porque ahora en siete días se pesca lo que antes pescábamos en dos.

Hace calor dentro de la caseta, hierve el puerto y Popotito Jota se balancea sobre el agua. Hace calor y solo han pasado quince minutos.

—¿Le gusta pescar?
—No es que le guste a uno es que qué le queda, sin pescar no hacemos nada – sentencia.

***

Costa de Pájaros queda a media hora del centro de Puntarenas. Es una calle que serpentea bordeando la costa con casitas regadas a los lados. Es un pueblo donde el mar llega turbio y donde en la playa no hay bikinis.

“Señor pescador, por favor elimine adecuadamente los desechos de pescado”, dicen rótulos como de Parque Nacional.

Hay unas cantinas, un mini super, muchas iglesias. Hay una plaza y recibidoras de pescado. Hay monte sin podar, bicicletas y un olor salado y pegajoso. No hay fábricas ni comercio aparte del pez muerto.

—Yo estudié mecánica de precisión pero aquí en todo este circuito usté no va a encontrar un taller de’sos. Entonces yai tengo que pescar porque tengo que mantener la familia –dice Baudilio Barrantes, con hablar pausado y cuidadoso. Ya cruzó los cincuentas y tiene la piel color tierra seca.

Recuerda que sus primeros años de pesca fueron buenos. “Al principio la gente se iba a las cantinas y no compraban una cerveza, compraban una caja, es que era una exageración la cantidad de corvina y camarón que se pescaba”.

Pero ya no.

“Lo peor es que cuando preguntan en la escuela ¿qué quieren ser cuando sean grandes? Dicen: quiero ser pescador como papi. Todos dicen eso”, se ríe Daniel, al lado.

Baudilio continúa. “Uno piensa en los hijos, hoy usted está pescando los últimos pescados del Golfo y su hijo cuando vaya a pescar no va a agarrar nada, entonces mejor que se busque un trabajo en tierra y así tal vez pueda vivir mejor que uno”.

El problema es que en tierra no hay mucho qué hacer y en el mar el recurso se agota.

El informe del resultado de la veda de 2012, realizado por Incopesca, determinó que en la mayoría de pueblos pesqueros se están usando artes de pesca ilegales lo que hace que, aún después de la veda, la mayoría de corvina y camarón capturados sea juvenil, lo cual afecta los ciclos de reproducción.

“No somos biólogos, pero sabemos que el recurso está bajando”, asegura Marvin.

—Yo ando como 1.000 metros de red –confiesa Olger, de ojos vidriosos y turbios y señala con unas manos cuyos dedos gravitan hacia la palma.
—¿Por qué anda más de lo permitido (600 metros)?
—Muchacha porque usted con 600 metros no trae pero ni pa’ pagar un galón de gasolina. Es una gran necesidad –reprocha enfatizando la obviedad.

En San José, Viviana Gutierrez, gerente de incidencia política de la organización MarViva me trata de explicar los porqués. “Muchos de los que están dedicados a la pesca tienen una situación socioeconómica muy difícil, no hay fuentes de empleo, y lo que tienen a mano y lo más fácil es la pesca (…). Si no atendemos el tema social lo que estamos haciendo es que todo el mundo agota el recurso, la parte ambiental. Cada vez hay menos producto pesquero e irresponsablemente manejado”, explica.

Cuando un pez cae en una red abre la boca y nada, nada con la red entre la cara, empuja y forcejea. Al lado, otros peces hacen los mismo, mueven cola y aleta para salir. Batallan solos y se raspan los cuerpos. La vida de los pescadores es algo así: cada quien lucha por su lado para mantenerse a flote.

***

Hace 16 años, un día estaba haciendo viento, mucho, y nadie salía a pescar. Ese día Daniel dijo que no salir era una mariconada y se montó con dos hijos pequeños en la panga. Ese día, por la isla San Lucas, el mar era un campo de suspiros blancos y la lancha se elevaba. Con la panga en vertical, Daniel le decía a los hijos que se subieran a la punta, pero caían por el motor. Ese día Daniel le dijo a Dios que no volvía al mar y lloraba porque se le ahogaban los hijos. Ese día se calmó el viento y Daniel llegó a la orilla y se fue a volar machete lejos del mar por cinco años. Hace diez años Daniel volvió a Costa de Pájaros.

Las palabras de Agustín, otro pescador, son sabias: “La muerte está en todo lado, pero ahí afuera uno se juega el pellejo”.

***

Marvin tiene su lancha sin motor parqueada en la arena. Le toca sacarle el agua sucia y empozada para prevenir el dengue. En la playa, un hombre arregla una red larga, la teje con cuidado y técnica. Otros limpian calles, pintan o recogen basura para cumplir con las horas del trabajo comunal.

Pero todos ellos tienen muy claro que esto es temporal, aunque no niegan que los tres meses pasan lento.

El primero de octubre se acaba la espera y los pescadores van a poder echar las redes otra vez al agua. Van a volver a la rutina poco estructurada a la que están acostumbrados, a pescar nadie sabe cuánto, nadie sabe si con tormenta o con viento. Y aunque ellos lo miran de frente todos los días y creen descifrar su espuma y corrientes, del mar nadie sabe mucho.

En español la palabra mar es de género ambiguo: el mar, la mar. Tiene sentido porque puede ser tosco y fuerte, ser dócil y suave, ser letal, ser amarga, ser generoso. A fin de cuentas, puede ser hombre, mujer, puede ser muchas cosas, tantas cosas, todas las cosas, menos una: el mar, la mar, nunca será tierra firme.

Al terminar esta historia, usted no sabrá si Nelson Alvarado Montoya está vivo o está muerto. No sabrá si debe decir que el pasado 30 de enero él cumplió o habría cumplido 24 años, porque esta historia no desemboca en Nelson, el voluntario que desapareció en Chirripó el 6 de enero del 2011. Este es un recorrido por todos los caminos que no llevaron a él.

De hecho, es poco apropiado hablar de caminos cuando el acceso asfaltado al macizo Chirripó se desmorona a casi 20 kilómetros del punto más alto de Costa Rica. En San Gerardo de Rivas, un pueblo arropado en la base del cerro, continúa la calzada hasta perderse en el monte y un rótulo negro, de madera con letras amarillas, señala el inicio del ascenso. A partir de ahí no son caminos: son trillos.

Nelson subió al Chirripó dos días antes de que la montaña se lo tragara. Salió del pueblo desde la madrugada y con zancadas cortas recorrió los 14,5 kilómetros en alrededor de seis horas.

Andrés Cambronero, su compañero del Programa de Voluntariado de la Universidad de Costa Rica (UCR), lo hizo en cinco horas, apurado porque sus pies lo estaban matando. Para el mediodía del 4 de enero, estaban los dos jóvenes en el refugio Base Crestones, a 3.400 metros sobre el nivel del mar.

Esa tarde aprovecharon para bañarse y vaciar sus mochilas en los cuartitos que el Parque les asignó. Luego empezó el trabajo.

Una fotografía muestra a Nelson en la recepción del albergue, sentado frente a un monitor y con un jugo de naranja al lado. Viste un suéter de lana, verde con anaranjado, y mira entre risas cómo un guardaparques dialoga con otros dos hombres.

La foto puede ser del 4 de enero en la tarde, o tal vez del día siguiente, nadie recuerda con precisión. Pero no pudo haber sido tomada después, porque el 6 de enero por la madrugada, un par de horas antes de que saliera el sol, Nelson salió con su compañero Andrés del refugio Base Crestones. Iban a ver el amanecer al Chirripó.

‘Ring’, ‘ring’

¿Cuántas llamadas deben hacerse para explicar que se perdió un hijo? ¿Cuántos teléfonos necesitan sonar para anunciar que no regresó un mejenguero, un guitarrista, un estudiante de agronomía?

Al día siguiente, Guillermo Alvarado contestó el teléfono en San Antonio de Escazú y encontró la voz de Carlos Villalobos, entonces vicerrector de Vida Estudiantil de la Universidad de Costa Rica, para decirle que su hijo se había extraviado en Chirripó.

El hombre quedó mudo y otro de sus hijos le preguntó por la llamada. Guillermo solo contestó: “Ay, Wálter, Chichi se perdió”.

La mamá de Nelson no contestó las primeras llamadas, pues a principios del 2011 trabajaba en una cerrajería y guardaba el celular durante el día.

En su pantalla se apilaron llamadas perdidas y, finalmente, un mensaje de su hijo: “Nelson se perdió”. Fue hasta las 5, cuando salió del negocio, que lo vio, y al cabo de un par de días, estaban todos en San Gerardo.

Los buscadores de Nelson iniciaron su peregrinaje hacia Chirripó desde todos los puntos del país. Los teléfonos sonaron en Siquirres y en Guanacaste, en Ciudad Neily y en San José.

Saltaron una y otra vez por todas las casas de San Gerardo para hacer conteo de cabezas y voluntarios. Pero uno llegó por suerte: Dondi.

A sus 53 años, Gilbert Dondi es un veterano del rescatismo costarricense que una vez sacó a un ministro de Corcovado y otra tarde encontró, atónito, un helicóptero cargado con 347 kilos de cocaína.

Dos días después de que Nelson saliera de Base Crestones, Dondi llegó a San Gerardo para llevarse unos kayaks a Quepos, donde realizaba otra búsqueda. Los guardaparques le dijeron que lo necesitaban arriba, donde estaba el director del Par-que, Bernal Valverde, y subió como un vendaval.

Cuando llegó, tras caminar toda la noche y sin una hora de sueño, preguntó: “¿Cómo se perdió?”. Durante los próximos días la historia rodó tantas veces entre los buscadores, que fue como si todos hubieran estado ahí.

Hora cero

Estamos sentados con Nelson al borde de la cama mientras él se calza las botas de montaña. Las cobijas están impecablemente tendidas y la oscuridad se pasea a sus anchas por la habitación. Son las 4:00 a. m., pero como él quiere ver el amanecer en el cerro, se pone el gorro peruano y salimos del cuarto con Andrés.

El desayuno es frugal: pan y café. Uno de ellos dice: “Mae, llevemos algo de lo que sobre”, entonces empacan cuatro pedazos de pan, no mucho. Este dato resultará vital saberlo después. Se ajustan los focos a la frente y salimos.

Afuera de Base Crestones, el macizo espera. Caminar hacia Chirripó por la madrugada es –en realidad– huir del sol que, si avanzamos despacio, nos humillará por la espalda.

Entonces es un lujo detenerse a pensar que hoy es Día de Reyes (ah, pero Nelson sabe), que este parque tiene 50.150 hectáreas o que la temperatura travesea con los 0°.

Andrés se adelanta con sus zancadas largas. Nelson tiene piernas maradónicas que se aburrieron de driblar defensas en la juvenil del Herediano, pero no avanza tan veloz en montaña. En algunas curvas, ellos no se ven por unos segundos; sin embargo, solo hay un camino y el macizo está despejado de niebla.

No, aquí no es donde Nelson se pierde.

Subimos todos juntos el último trecho y a las 5:54 a.m., cuando el sol emerge solo como un barrendero, Nelson y Andrés están a 3.820 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí, más alto que ningún otro ser humano entre Nicaragua y Panamá, ven el amanecer. Resulta que cuando esto pasa, nadie puede realmente describir qué es lo que ve.

Aquí nos separamos porque no logran acordar una ruta a seguir. Andrés regresa en dirección al Valle de los Conejos para ir a Ditkevi, y Nelson desciende con alegría caprina hacia el Valle de las Morrenas por la ladera noreste del cerro, fuera del sendero oficial.

Horas más tarde, se darían cuenta (o tal vez Nelson no llegó a notarlo) que los trozos de pan quedaron con Andrés, quien tras merodear los cerros cercanos y comer con una austeridad muy pía, regresa a Crestones mareado por el hambre. Es pasada la tarde y Nelson, quien no comió nada, ya debería estar de vuelta, ¿verdad?

No. La primera partida que salió a buscarlo el 7 de enero encontró algo menos que un trillo, apenas el indicio de que un cuerpo pasó de Chirripó a las Morrenas por una zona prohibida a los visitantes, y una o dos huellas al borde de la laguna.

Vivir en la montaña

Nelson se perdió un jueves. El viernes empezó la búsqueda, y el lunes, la montaña era otra.

En el pueblo, la Cruz Roja había tomado la oficina administrativa de los guardaparques con portátiles y radios de largo alcance y ahí llegaba la familia, cada tarde, a las 4:30 p. m., a recibir un reporte de la búsqueda.

Los Alvarado Montoya se hospedaron en el hotel Urán, un hotel a 50 metros del inicio del sendero desde donde Elizabeth Montoya presenció el desfile.

Las cuentas oficiales suman 29 miembros de la Asociación de Guías, Arrieros y Porteadores, 12 baquianos de los alrededores, siete cruzrojistas –dos de ellos buzos–, diez funcionarios de Parques Nacionales, cuatro miembros del Club de Montañismo de la UCR, tres miembros de la Fuerza Pública y dos “civiles”.

Al menos 67 personas subieron al refugio Base Crestones para entregarse a la búsqueda de Nelson, sin contar los que esperaban en San Gerardo.

La vida arriba era, cuanto menos, marcial. Base Crestones despertaba a las 4:00 a. m. con los valientes que se enjuagaban bajo el chorro helado antes de arrancar el día y una hora más tarde sonaba un grito: “¡Desayuno!”. A las 5:30 a. m. en punto, estaba servida la comida más fuerte de la jornada: pinto, maduros y huevos, con café, aguadulce o chocolate.

Almuerzo a las 2:00 p.m., café caliente a mitad de tarde, cena a las 6:30 p.m. y media hora después, una asamblea general.

Pero por la mañana, pasadas las 6, estaban afuera del refugio y ordenados por cuadrillas.

Dondi se había abalanzado sobre mapas enormes la noche anterior y ahora solo decía: “Ustedes a tal punto, ustedes a aquel”. Salían y llegaban con las mismas manos vacías e historias diferentes cada jornada.

Pero todos tenían en mente solo una cosa. Por eso la cuadrilla en la que estaba Juan Carlos Catalán no pudo contener el grito de “¡Lo encontramos!” cuando vieron, el viernes 15 de enero, un bulto en posición fetal en valle de la Morrenas.

En el monte

“De las 13 veces que he subido Chirripó, nunca he visto tanta agua como esa vez y nunca he sentido tanto frío. Las condiciones estuvieron realmente espantosas, porque el viento y la lluvia bajaban la sensación térmica. Una mañana, dieron la orden de sacar las cuadrillas del campo a las 10 a. m. porque nadie podía avanzar, todos decían ‘qué frío, qué frío’”, cuenta Jorge Bolaños, coordinador Club de Montañismo de la UCR.

“Chirripó tiene muchas cosas y para los indígenas es como un templo. Si usted grita o hace algo indebido, como salirse del sendero, el clima se oscurece. En el momento en que él deja el camino, hace algo malo. Lo raro es que no deje ningún indicio. Ni la cámara, ni el abrigo, nada”, añade Francisco Chacón, baquiano.

“Hubo un día que fuimos a las Morrenas y, como empezó a llover bastante fuerte, decidimos devolvernos. Fue uno de los días en que la he visto más fea, porque el sendero era un caño de agua en que había que agarrarse hasta del pasto y, en un momento, tenía tanto frío que no podía tocar nada. Cuando llegamos arriba, todo el equipo empezó a correr a ver si nos calentábamos”, añade Andrés Cambronero, voluntario.

“Estando afuera, uno de los muchachos me dijo que mis uñas estaban sangrando. Me volví a verlas y me di cuenta que sí, por el frío las tenía rojas y con algo de sangre. Cuando le iba a responder, casi no pude mover la boca: fue cuando noté que no podía hablar”, recuerda Juan Carlos Catalán, de montañismo de la UCR.

“Cuando regresaban había que darles mucho chocolate caliente, aguadulce o café. Había que rehabilitarlos porque el frío era demasiado. Muchos tenían heridas por el tipo de vegetación, que es muy espinosa. Eran leves, pero molestas. También afectaciones respiratorias por el cambio de clima”, detalla Rommel Castillo, técnico en emergencias.

Último empujón

La asamblea general del viernes por la noche fue la última que estuvo completa.

Ahí estaban los arrieros que donaron las cargas –usualmente pagadas a ¢14.000 cada una–, que son su único sustento; los profesionales que volverían el lunes a la oficina tras una semana sin salario; los voluntarios que dejaron solas a sus familias.

Dondi y Bernal Valverde, director del Parque, dijeron: “Muchachos, ya no hay dónde buscar”, y para algunos, la amargura se condensó en un llanto rabioso e impotente. Habían agotado todos los caminos y ninguno llevaba a Nelson.

El jueves, Rommel Castillo había ensamblado una enfermería en la laguna de las Morrenas y cuando llegaron Alberto Jara y Alfredo Jiménez, buzos de la Cruz Roja, el paramédico estaba tan listo como iba a estarlo con el equipo que habían logrado subir a 3.500 metros de altura.

Los mapas en Base Crestones estaban totalmente coloreados por los caminos recorridos y la última opción, por la que rezaba la familia y los buscadores por las noches, eran las lagunas.

Una mañana entera estuvieron los buzos nadando la fina línea entre encontrar a Nelson y morir de hipotermia. Cinco-minutos-adentro, donde la oscuridad los devoraba, cinco-minutos-afuera, donde Rommel estuvo cerca de calentar el suero con las cocinas de gas y alistar el equipo de intubación.

Tras horas bajo el agua, lo único que salió de los lagos San Juan y Morrenas fueron los mismos dos hombres tiritando.

La mañana siguiente, Dondi apostó todo a las Morrenas porque el último rastro conocido de Nelson terminaba al borde de una de las lagunas. Si no está ahogado, razonaba, no pudo haber ido muy lejos sin comida ni abrigo. Cada equipo fue asignado a una zona cercana al valle para barrerla con terquedad quirúrgica.

Ahí fue cuando, a mitad del día, Juan Carlos Catalán rompió la siesta de los radiotransmisores con el grito de “¡Lo encontramos, lo encontramos!”. A lo lejos, su cuadrilla había divisado un nudo de tela enroscado en el suelo, una masa que parecía un poncho sobre un cuerpo.

Desde el día uno, la instrucción había sido permitir que la Fuerza Pública revisara de primero a cualquier cuerpo que encontraran. ¿Quién puede guardar la compostura tras días de caminar empapado, con los pies adoloridos, y finalmente encontrarlo?

Mas los demás miraron al policía asignado al grupo caminar hacia el bulto mientras las otras cuadrillas timoneaban en carrera hacia ellos.

Pero, como dijeron todos al final de ese día, no era Nelson, sino el prólogo de otro misterio: un abrigo de montaña, un gorro y un bulto con varias latas de alimentos con marcas de mordidas de coyotes. Ninguna bufanda roja, ningún gorro peruano.

A través de huecos en la desgastada tela del bulto y del abrigo, crecía una fauna diminuta que estiraba hojas y raíces.

Quien sea que hubiera sido el dueño de esto, lo abandonó hace años.

Últimos caminos

El goteo de regreso hacia el pueblo fue vertiginoso, mitad porque el descenso desde Chirripó siempre es más rápido y mitad porque un cuerpo desinflado casi no pesa. El sábado bajaron los que debían trabajar el lunes, para dormir en el Urán y salir el domingo, algunos de los baquianos y Andrés, quien por primera vez pudo relatar su historia a la familia.

El lunes fue la conferencia de prensa en que la UCR, la Cruz Roja y el Sistema Nacional de Parques anunciaron que la búsqueda no continuaba. San Gerardo, hasta ahora pueblo-hotel, volvió a ser pueblo-de-paso y Erick Villarevia, administrador de la Asociación de Arrieros, se quedó perplejo: “Tan extraño como empezó, así terminó”.

A finales de enero, la vida siguió en el macizo y el 25 de enero del 2011 dos estudiantes de voluntariado de la UCR iniciaban el ascenso hacia el Chirripó. Las autoridades universitarias no gastaron presupuesto en rosarios o dispositivos de ubicación satelital y se conformaron con pedirles precaución. A la fecha, Nelson es el único voluntario del programa que se ha extraviado en 15 años.

¿Qué pasó con Nelson? Dos años después, nadie sabe. Ni Dondi, ni los baquianos, ni los guardaparques, ni los montañistas de la UCR, ni sus familiares. El folclor criollo ha adornado la historia con universos paralelos según los cuales él descansa en Panamá o fue raptado por marcianos, pero los buscadores sostienen dos hipótesis: se ahogó en una laguna o terminó en un barranco.

Aun así, de las docenas de personas que vivieron esos diez días de montaña, muchos lo han vuelto a ver. La última tal vez fue Elizabeth Montoya, una noche en que Nelson llegó al comedor familiar y le preguntó: “Mami, ¿me puedo quedar un rato?” y ella replicó: ‘Claro, sí, sí’.

A la mañana siguiente, ella despertó.

El sabor de la muerte

Publicado: 23 febrero 2012 en Juan Villoro
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El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.