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¡Hola hijo! ¿Cómo estás? Espero que te encuentres bien de salud al lado de mis nietos y de tu señora… Hijo yo estoy bien, no te preocupés. Estoy bien de salud. Pedile a Dios que me den de alta pronto…

Para mayo de 2007—fecha en que esta carta fue escrita—doña Juana Tórrez pensaba que iba a morir. Todo lo que le rodeaba era angustia, muerte y enfermedad. Llevaba casi cinco meses, que vestía de bata verde, que sentía ese a olor a cloro de hospital, y que recorría cada ladrillo de los pasillos del Bertha Calderón.

A esta mujer morena, canosa y robusta le habían detectado cáncer en la matriz.  Se revisó en la comunidad La Trinidad, luego la eviaron a Estelí y posteriormente a Managua.

A pocos días de haber ingresado al hospital—en febrero de 2007– Tórrez, originaria de la comunidad Las Calabazas, ubicada en Ciudad Darío, se convirtió en una de las 25 mujeres con cáncer que serían alfabetizadas por la Alcaldía de Managua. Su vida, tomó un rumbo diferente.  Ya no se dedicaría únicamente a recorrer los pasillos o platicar con sus compañeras, también convalecientes. Tenía el ánimo de aprender,  y aunque las quimioterapias y  radiaciones le robaban  fuerzas, ella, al igual que sus compañeras logró hacer sus primeros trazos con lápiz de grafito.

Su primera carta, la asignación de final de curso, la escribió para su hijo, quien esperaba que su madre regresara con vida a casa. “Me despido de ti con mucho amor y cariño…  Hasta pronto hijo.  Atentamente, tu madrecita”,  decía la carta con trazos repintados y letra temblorosa, como la de un pequeño que cursa sus primeros grados.

***

Las mujeres vestidas de batas verdes y chinelas recibían clases en la sala de oncología. Era la primera vez en Nicaragua que un grupo de mujeres con cáncer eran alfabetizadas. En ese ambiente con aire de enfermedad, sabor a tristeza y olor a hospital, 25 mujeres intentaron olvidar el cáncer que les aquejaba y se dedicaron a aprender.

“No es lo mismo llegar a una aula de clases donde están los alumnos esperándote, vos dictás la lección  y nos vemos. Ahí fue un caso muy especial, donde estábamos enfrentados entre la vida y la muerte. No es igual dar clases a una persona que está bien de salud que uno que está prácticamente muriendo. A mí me impactó mucho el sufrimiento de esas mujeres”, confiesa el profesor Carlos Dávila.

El primer día de clases, 19 de febrero de 2007, las estudiantes llegaron ansiosas a la sala de conferencias del Hospital Bertha Calderón, sitio donde recibían clases cuando todas lograban levantarse de sus camas y caminar.

Con un televisor, un cuaderno y lápiz de grafito, empezaron a estudiar con el método Yo Sí Puedo. Sus profesores eran: Carlos Dávila, un señor delgado, moreno y de hablar pausado; y Ana Mercedes Ampié, una mujer de tez blanca, robusta y de un sonreír tímido. Ambos trabajadores de la Alcaldía de Managua.

Ese primer día, como en cualquier primer día de clases, las alumnas y profesores se presentaron. Contaron quiénes eran, cómo habían llegado hasta la capital y algunas contaron su experiencia con el cáncer.

Mientras el profesor Dávila dictaba la clase, Ana Mercedes Ampié ayudaba a que las estudiantes “tomaran el lápiz en la posición correcta, escribieran de manera adecuada, hicieran trazos, curvas…” Aprendieron a leer y escribir su nombre, oraciones completas y pequeñas cartas.

Doña Juana Tórrez, de 54 años, recuerda sus días de clases. “Había momentos que no podía ni agarrar un lápiz porque esa quimioterapia me dejaba sin fuerzas. Pasaba con ganas de vomitar y quería pasar sólo acostada”. Tórrez había estudiado hasta segundo grado, pero desde muy joven comenzó a echar tortillas y los estudios quedaron en el pasado. “Cuando me hacían quimioterapias me ponía muy débil y como ya tenía bastante rato de no agarrar un lápiz para escribir entonces ahí me entraban nervios”, confiesa con un gesto de vergüenza.

“Cuando ellas estaban enfermitas, tal vez que acababan de salir de quimioterapia y se sentían débiles nosotros trasladábamos el equipo a la sala y les decíamos que nos se preocuparan que ahí acostaditas escribieran lo que pudieran. Además era un sistema audiovisual. Lo importante era que vieran la clase y que hicieran los ejercicios poco a poco”, asegura Dávila, quien considera esta experiencia como una lección de vida.

Tórrez afirma que aún puede escuchar a sus compañeras de clases diciendo al unísono:

–La ca-ma es de ma-de-ra

También con sólo cerrar los ojos puede escuchar la melodía de aquellas sílabas que hoy olvida:

–Ma-me-mo…

Y lo único que esas remembranzas le provocan es nostalgia y tristeza. Sí. Aprendió, pero antes que terminara el camino de la alfabetización, algunas de sus compañeras no volvieron empuñar el lápiz. Murieron.

***

–Disculpe. Busco a Doña Justa Eladia Olivera.

La mujer pone rostro de asustada y pregunta entre titubeos.

–¿Doña Justa? ¿A ella la anda buscando o a su familia?

–A ella. ¿Usted la conoce?

–La conocí. Ella murió hace varios meses. Pero vivía ahí—dice la señora mientras señala una casita de bloques sin pintar.

En la puerta de la casa– que señala la vecina– se asoma curiosa una pequeña de unos ochos años. Es la hija menor del matrimonio de Francisco Gutiérrez y Justa Olivera. Corre desesperada hacia el fondo de su casa y de pronto sale María Dolores Gutiérrez, de 20 años, la hija mayor. Sonríe y pregunta que se quiere saber de su madre. Sin problemas empieza a contar parte de la vida de su progenitora.

Hace diez años “a ella le dijeron que tenía cáncer en la matriz, pero ella no quiso ir a ningún hospital, no quería que la operaran porque le daba miedo, entonces iba donde un naturista”, recuerda esta joven de características casi idénticas a su mamá: morena, cabello liso, cara alargada, sonrisa disimulada…

Respira hondo. Continúa. “De pronto salió embarazada de mi hermanita (actualmente de 9 años) y ella decía que si podía tener a la niña era que estaba bien y si no pues era que seguía enferma. Tuvo a mi hermanita sin problemas, pero el año pasado le dijeron que todavía tenía cáncer”, cuenta la veinteañera  de ojos grandes y temblorosos.

Así fue como Olivera llegó al Hospital Bertha Calderón. Durante su estadía aprendió a leer y a escribir. “Ella nos contaba que estaba muy contenta de estar aprendiendo, aunque ya era mayor. Decía que aunque se fuera a morir era importante estudiar en la vida”, asegura su hija mayor.

La pesadilla de tener a su madre lejos parecía terminar. Después de cuatro largos meses en el hospital, en agosto de 2007, los médicos le dieron de alta. Doña Justa regresó a casa, al lado de su familia en Condega. Reabrió su fritanga y para ella, según dicen sus hijos, la vida seguía como si nunca hubiera estado enferma. “Yo creo que mi mamá fue muy valiente que estando enferma, con cáncer, se pusiera a estudiar. Y cuando vino del hospital siempre le ayudaba a mis hermanitos hacer la tarea con lo poco que ella sabía”, considera María Dolores.

La vida de los Gutiérrez Olivera comenzaba a transcurrir en relativa normalidad.  Doña Justa viajaba una vez al mes a la capital para sus chequeos de rutina, pero un día no volvió más. Un dolor abdominal no la dejó llegar hasta Managua y tuvo que quedarse en el Hospital de Estelí. Allí los médicos le dieron la mala noticia. No había remedio para su cáncer.  Sus familiares la llevaron de vuelta a casa para que muriera al lado de los suyos. A los 22 días falleció.

En las paredes de la casa de los Gutiérrez Olivera cuelgan dos fotografías de doña Justa Eladia. Sus hijos y esposo aún conservan el diploma por el que un día esta señora de 49 años llegó con el pecho henchido de orgullo. Éso, es lo único que les queda. Recuerdos y más recuerdos de su madre, de su esposa, por esa por la que aún lloran su ausencia.

***

Un viernes de marzo del año pasado, el profesor Carlos Dávila asignó tarea para que las estudiantes hicieran el fin de semana. El lunes siguiente, cuando Dávila se preparaba para recibir la asignación notó el rostro entristecido de las mujeres. Mientras preparaba el material didáctico en aquella sala fría y silenciosa, una de las alumnas se le acercó y le susurró:

–La Dora se nos fue.

–¿Qué pasó?–preguntó asustado.

–Murió– contestó la estudiante cuyas lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas.

Fue un día de reflexión, tristeza y  desesperanza. Aquella mujer con la que habían compartido, no sólo durante las clases, sino sus noches y sus días en el hospital había partido. “Eso nos daba aflicción porque ¿ideay? nosotros estábamos ahí con ella, con la misma enfermedad y en cualquier momento podía ser una de nosotras. Sentíamos que la muerte andaba cerca”, asegura doña Juana Tórrez.

Al recordar aquellas escenas Dávila no puede evitar conmoverse. Su voz parece temblar. “Eso era triste irse un viernes, dejarles tarea y al volver el lunes no encontrar a una de ellas. Es muy impactante”.

Ese día no hubo clases. Tampoco al día siguiente. “Las mujeres estaban muy tristes y muy conmovidas”, dice la profesora Ana Mercedes Ampié. En esos tres meses de clases también murió  Isabel Rodríguez García, de 19 años, quien era originaria de San Juan de Río Coco.

Era en momentos como ese que muchas de las estudiantes se preguntaban ¿para qué seguir estudiando? “Había una de ellas que nos decía que ya no quería estudiar ni aprender nada porque de todas formas no le iba a servir para nada porque iba a morirse”, cuenta Ampié, quien además asegura que uno de sus trabajos era animarla y hacer que se reintegrara.

El diploma que le sería entregado a doña Dora Centeno permanece empolvado en uno de las gavetas con cientos de papeles que guardan en la Alcaldía de Managua.

***

“Hola mis queridos hijos. Que Dios los guarde en su mano poderosa. El motivo de esta carta es para decirles que los amo mucho y que estoy bien así que no se preocupen…”.

“Omar, Espero que te encuentres bien cuidando de nuestros hijos, no te preocupés porque estoy bien…”. 

Al final del curso de alfabetización, la prueba final era escribir una pequeña carta. Las mujeres podían dirigirla a quienes desearan. Algunas le escribieron a sus hijos, al esposo, a profesores o al Alcalde de Managua. Cartas que nunca llegaron a sus destinos, porque eran sólo eso, una asignación para demostrar lo aprendido. Ahora, esas primeras letras de las mujeres con cáncer son parte de un archivo más dentro de la alcaldía.

Esos conocimientos, esas cartas escritas, esos trazos… permitieron que las mujeres se graduaran. En mayo de 2007 el curso finalizó. Las 23 mujeres que sobrevivieron subieron al estrado a recibir de manos del alcalde Dionisio Marenco su diploma. No parecían recién graduadas. Subieron poco sonrientes, marchitas y afligidas. Las imágenes de ese día muestran rostros de mujeres golpeadas por la vida.

A más de un año de la promoción, muchas otras mujeres han muerto. Justa Eladia, María Lucila… sólo engrosan la lista de las fallecidas. Otras como doña Juana Tórrez siguen batallando contra el cáncer y listas para lo que venga.

–¿Le tiene miedo a la muerte?

–(Sonríe) Miedo no le tengo. Si para eso nacimos, para morir. Pero sí pienso: pobrecitas mis hijas que van a quedar solas.

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Nunca me habían recibido con un lanzagranadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar, se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí, mientras yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.

Con semejante recibimiento inició mi visita al reparto Shick, el barrio de clase baja del distrito cinco de Managua, una gris capital cada día consumida por la pobreza y la delincuencia. El barrio ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto.

—No tengás miedo, chele –dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanzagranadas.

Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.

Roberto escondió el lanzagranadas de nuevo en su casa –pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas– y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.

—Es para defendernos si nos atacan –dijo Roberto.

Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.

—¿Si los ataca quién? –pregunté.

—Los Cholos –respondió El Flaco.

Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.

El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.

Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.

Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.

*

Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.

—Mama, me pegaron –dijo el muchacho.

—Dejá de jugar, chavalo –le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.

Irene dejó escapar un alarido de dolor.

—¡Ay, mijo!

Eran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes, José jugaba a la pelota con un vecino del reparto Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.

El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un disparo hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.

La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.

Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.

Según las estadísticas de la Policía Nacional, quien entre ahí debería tener miedo. Las cifras dicen que es uno de los barrios más peligrosos de una ciudad que sin embargo en el exterior sigue manteniendo la imagen de ser una de las más seguras de Centroamérica. Esos datos muestran que en 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.

La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.

Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.

“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.

—¿Y usted vendería la suya?

—No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.

Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma del hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.

—¿Su hijo era pandillero?

Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.

—No –se interrumpe– Mi hijo no era pandillero.

*

El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. El Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía.

La cancha es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte.

La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.

Era un día caluroso. El primer día que llegué al reparto fui directo a la cancha. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice dejar el grupo. Mauricio sería el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.

Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Ni los taxistas quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para no entrar al barrio. Uno que me conducía una noche calurosa hasta mi casa, me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.

A simple vista el reparto no parece tan violento. En las calles polvosas, los niños que juegan al fútbol sueñan con ser como Messi. Los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.

Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.

Estamos encerrados en la casa de El Chato, un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde muchos de estos muchachos se encuentran por múltiples causas, una de ellas: el asesinato.

La casa parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada.

Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.

Afuera, los centinelas vigilan.

—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?

Y viene ahí la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.

¿Cómo quiere su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza, antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante.

El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para martar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el cholo” Miguelito.

*

La madrugada que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Gritaban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.

A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.

—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?

Irene levanta la vista. Mira a los ojos.

—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas –repite.

*

Las pandillas siembran el temor en los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos, que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales.

De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros…

José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.

Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles.” La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.

—Pero recientemente hay más muertos, más violencia.

(Datos oficiales: en Nicaragua ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto pasados, se registraron 816 muertes de este tipo.)

Soza dice que se debe a la intensificación del narcotráfico en Centroamérica. “Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desaparecido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico. Yo ya no hablaría de pandillas”, dice Soza.

Este sociólogo dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, dice. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.

Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese trabajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.

El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.

Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.

Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.

“Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos”, dice la comisionada.

*

No debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo. La mayoría de vecinos quieren hablar, pero el coro es el mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.

Detrás de la cancha del reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.

Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.

—El problema se está volviendo desesperante, más caótico –dice Wilfredo.

—Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas –agrega Silvia.

Wilfrido afirma moviendo la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.

—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.

—¿Han puesto denuncias en la Policía?

—La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.

Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.

—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.

*

En el caluroso reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.

En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.

Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.

Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.

—Allí se hacían orgías –dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.

El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.

Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.

Esta tarde prefiere hablar desde lejos, tiene una infección en el ojo izquierdo que, dice, se contagia. Después de seis años de sembrar el terror se convirtió al protestantismo y como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.

Consagrado a Dios, recuerda que había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas. Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.

Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.

Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.

Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.

—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes –explica.

La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.

—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos.

—¿Por qué hacerse pandillero?

—La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.

Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.

—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe –recuerda Andrés.

El culto al arma pronto se convertiría en miedo, un sentimiento que se metió en el cuerpo de Andrés esa ocasión sin que él siquiera lo imaginara. “Ah, yo sentí como que me entraba un gusano”.

La bala entró por la cadera. “Al rato sentí que no me respondía la pierna. Me desmayé. Cuando me llevaron al hospital estaba quieto, ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero. Tenía 18”, se acuerda.

Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas, aunque dice que aún lo invitan a regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa. Barbería significa tener una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.

*

Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.

A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.

Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.

En el traslado de la droga, El Flaco sintió que lo perseguían. Eran jóvenes. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.

Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.

—Hijueputa, mierda, vas preso para largo –dijo un oficial.

Unos segundos después otro se acercó y le dijo:

—¿Qué onda, chavalo, todo o nada?

—Nada –respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.

“Es deacachimba andar en turqueaderas –dice circunspecto–: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces… por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj”.

La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.

El sonido de la lluvia, amortiguado por el techo de paja, que cae sobre el pequeño rancho sostenido por cuatro troncos y sin paredes, trae recuerdos horribles a Ana Ampié. Ella es sobreviviente del derrumbe del volcán Casita, que el 30 de octubre de 1998 borró para siempre 10 comunidades cercanas a Posoltega, en Chinandega. La lluvia revive la desesperación de esos días. El recuerdo de las dos hijas desaparecidas y cuyos cuerpos nunca fueron encontrados. La impotencia. El dolor. El miedo. La pérdida de lo poco que tenía. Y la sensación de un día haber sido la gran noticia del país para luego ser olvidados por completo.

Ya van semanas que llueve sin parar en Chinandega. Las autoridades hablan de más de 13 mil afectados, decretan alertas, y las fotos de inundaciones ilustran las portadas de los diarios. Para Ampié es tiempo de recordar y de estar atentos. A nueve años de la catástrofe que marcó su vida para siempre, esta mujer de 36 años dice que es lo único que le queda: estar alerta. Ella y su familia no tienen nada. Lo perdieron todo en el deslave, aunque ésta es sólo una expresión, porque el derrumbe del Casita sólo empeoró la pobreza en la que vivían sus vecinos. Tienen nueve años de comenzar de cero.

Ampié, su esposo y sus dos hijos, están entre los pocos que se aventuraron a regresar a la zona del deslave. El rancho que montaron es apenas cuatro troncos sosteniendo el techo de paja, un cuarto separado por láminas oxidadas que sirve como dormitorio, piso de tierra, cocina con leña -donde esta mañana Ana Ampié prepara el arroz para el almuerzo- y se localiza en una pequeña colina a unos metros del camino de tierra, cerca de donde estuvo su antigua casa antes que el barro del Casita la destrozara. Dice que regresaron porque no tenían de otra. Porque no recibieron ayuda. Porque tenían que volver a cultivar estas tierras fértiles pero traicioneras. Porque tenían que sobrevivir.

Ana Ampié perdió a dos hijas, que en aquel entonces tenían 11 y 10 años. Su esposo, Pablo Gutiérrez, de 39 años, perdió además de las hijas a 69 familiares, incluyendo padres y hermanos. Ambos decidieron regresar a este lugar, que nueve años después se muestra sereno, verde, lleno de vegetación, fresco; donde la naturaleza ha borrado, como un asesino después de un crimen, las huellas de aquella masacre.

“No sentimos miedo. Las lluvias han estado fuertes. Cuando viene la lluvia pedimos que Dios nos guarde. Aquí han decretado zona de peligro. Si Dios permite que haya otro deslave, pues que sea su voluntad. Pero aquí tenemos tierras para cultivar”, afirma Ana.

 

Un caserío desolado

Los que no se arriesgan a volver al Casita viven en Santa María, caserío surcado por calles de tierra que en este invierno se convierten en las esquinas en charcos de agua sucia y barro. Está ubicado a unos dos kilómetros de la carretera que va hacia Chinandega. Pero las casitas del barrio, símbolo de la esperanza después del deslave del volcán Casita el 30 de octubre de 1998, se están quedando sin inquilinos. Muchos de los vecinos han emigrado a Costa Rica. Otros se han ido buscando mejores horizontes en la capital o Chinandega. Y los más se han refugiado con familiares en otras regiones del país.

En Santa María no hay oportunidades, dicen sus vecinos. Sus lodosas calles contrastan con la riqueza verde que simbolizan los cañaverales que rodean al caserío. Los jóvenes que no han emigrado se entregan al alcohol y en los patios de las casas, bajos los árboles, se ve a hombres y mujeres desocupados, ahogando las horas más calientes de la tarde, mientras los niños, muchos con el vientre hinchado, corretean o juegan al béisbol con pelotas hechas de calcetines viejos.

Las 350 casitas de ladrillo, con ventanas y techos de madera y zinc, con sus porches que dan a las calles lodosas, bien pueden causar la envidia de los habitantes de los asentamientos más pobres de Managua. Pero en Santa María parecen no importar mucho. Sus inquilinos se fueron, al parecer, sin ánimos de volver. Total, nueve años después de aquella tragedia que conmocionó a todo el país, ni los títulos de propiedad de los terrenos les fueron entregados.

“Aquí va a ver usted todas estas casas solas porque no hay trabajo. Toda la gente se va para Costa Rica”, afirma María Narváez (55 años, alta, morena, con la piel de la cara seca y con profundas arrugas que la hacen ver como una anciana), quien lo perdió todo en el derrumbe del Casita. Sus padres, hermanos, primos, tíos, sobrinos y un hijo quedaron enterrados para siempre en las faldas del volcán. En total fueron 50 familiares. Ella, su esposo y seis hijos quedaron con vida.

“Aquí nos prometieron que nos iban a dar trabajo, que nos iban a ayudar. Buscamos trabajo pero nunca encontramos. Cuando llegamos aquí ya no nos dieron más ayuda. Ni la escritura nos han dado. Nos piden reales para pagar y nada. Dicen que les ha costado porque son 350 casas y que en diciembre nos dan las escrituras pero así nos dicen todos los años”, se queja la mujer.

“Allá vivíamos tranquilos. Criábamos animales, sembrábamos lo que queríamos. Aquí no. Vivimos en este pedacito y nos desconsuela no tener nada”, dice por su parte Isidora del Carmen Acosta, una mujer de 58 años, morena, regordeta, quien habita junto a su esposo en una de las casas ubicadas en las calles más adentradas del caserío.

“Viera usted las promesas que nos hicieron. Traían el listón para saber qué necesitábamos y salían a pedir y los mandamás se lo agarraban todo”, agrega la mujer, quien dice que la promesa de entrega de escrituras hasta ahora no se ha cumplido. “Nos estuvieron quitando 200 pesos cuatro veces para las escrituras, y todavía nada. Mire cómo están las calles, tenían que estar adoquinadas”, dice la mujer señalando los charcos frente al porche de su casa.

Las casas de Santa María fueron construidas como una segunda oportunidad para 350 familias sobrevivientes del deslave del Casita, que el 30 de octubre de 1998 sepultó para siempre 10 comunidades ubicadas en sus faldas y mató a 2,800 personas. Muchas de las 120 ONG que llegaron a auxiliar a los damnificados centraron sus esfuerzos en garantizarles un hogar mejor que aquellos ranchos de paja y tablas en los que la mayoría vivía antes de la tragedia.

Cuando las casas fueron entregadas en septiembre de 1999 como homenaje a los desaparecidos a un año del deslave del volcán, las ONG encargadas de su distribución pusieron entre las condiciones que las escrituras de las viviendas serían entregadas 10 años después a sus inquilinos, como una forma para garantizar que las casas no serían vendidas.

Pero a pesar que las casas fueron construidas en una de las zonas más productivas de occidente, sus inquilinos pronto se dieron cuenta que los cultivos de caña de azúcar, de maní y la procesadora de maíz cercana al caserío, no eran suficientes para emplear a una población acostumbrada a la agricultura. Y el éxodo comenzó.

Carlos Alonso Tercero Huete (53 años, alto, recio, moreno, de marcados rasgos indígenas) es el alcalde sandinista de Posoltega y tiene una visión bastante negativa del futuro del municipio que administra: la emigración está destruyendo las familias, ya de por sí rotas por la desgracia del Casita, existen altos niveles de pobreza y la falta de empleos no brinda oportunidades a los jóvenes. El alcalde dice que Posoltega es un municipio olvidado por todos. De los más de 120 ONG que llegaron a ayudar a la zona en los días del deslave, el alcalde dice que ahora quedan unas seis.

“Mirá, quiero ser honesto: las alternativas son de supervivencia. Aquí se perdieron tres mil víctimas, hubo una desarticulación total. Muchos salieron del país. Unos se fueron a El Salvador, Honduras, Costa Rica, España y Estados Unidos”, dice el alcalde.

Tercero Huete afirma que su alcaldía cuenta con un presupuesto de cinco millones de córdobas que es lo que entrega el Ministerio de Hacienda, y un millón más en ingresos por recaudaciones. Es decir, unos 321 mil dólares anuales para solventar las necesidades de 17 mil 500 habitantes.

Para el funcionario, la entrega de escrituras es una de las partes más complicadas de la administración. La mayoría de los habitantes de la zona cuenta con escrituras comunales de reforma agraria y, según los cálculos del edil, serían necesarios 800 mil córdobas para iniciar el proceso de registro y partición de los terrenos. Afirma, sin embargo, que trabajan en la construcción de 600 viviendas nuevas que serán entregadas entre 2008 y 2009; y preparan la entrega de al menos 1,500 escrituras.

Garantizar fuentes de trabajo, sin embargo, es más complicado. La única esperanza de los pobladores de Posoltega es el plan de desarrollo impulsado por la Alcaldía desde 2006 y que se extenderá hasta 2016 con una inversión de 240 millones de córdobas aportados por organizaciones, donantes y gobierno central. Hasta ahora se han ejecutado 90 millones de córdobas, pero el alcalde afirma que para que Posoltega “despegue” se necesita una inversión de 500 millones en viviendas, caminos, reforestación y apoyo a las actividades agropecuarias.

“Posoltega se está quedando aislado, no hay inversión y sobrevive con el aporte de los pocos productores de la zona. La gente aquí no viene por gusto, vienen a buscar alternativas de vida. No está establecida una política que permita apoyar a la población”, afirma el edil, quien también perdió a 60 familiares el día del alud, entre hermanos, sobrinos, tíos y abuelos.

 

Preámbulo del apocalipsis

Aquel primero de noviembre de 1998 los diarios nacionales recogían en sus páginas historias escalofriantes. Los nicaragüenses se desayunaban con titulares fuertes, que trataban de recoger la magnitud de la tragedia sufrida a causa del huracán Mitch, que ese año azotó sin consideraciones al país, dejando más de 700 mil damnificados. El 30 de octubre, el derrumbe del Casita fue la parte más trágica de esa pesadilla nunca antes sufrida en Nicaragua, en la que se convirtió el paso del Mitch.

“¡Apocalíptico!”, titulaba El Nuevo Diario a seis columnas. “¡Espeluznante!”, era el título de La Prensa del 2 de noviembre. Los días siguientes el tono no bajó: “¡Cuadros dantescos!”, “Dramáticos lamentos en lodos y árboles”, “Agonizan atrapados”, “Vecinos escuchan lamentos subterráneos”, “¡Hedor, chamusca, horror!”, “Posoltega, un enorme cementerio al aire libre”, “1,500 enterrados vivos”, y un titular hasta se aventuraba a preguntar: “¿Por qué, Dios mío?”

El viernes 30 de octubre hacía varias semanas que no paraba de llover. Parecía el cumplimiento de aquel diluvio del “Génesis”, que más tarde se convertiría en una escena apocalíptica. Un grupo de hombres de la comarca Rolando Rodríguez, en las faldas del volcán Casita, decidió salir a las 10:30 de la mañana hacia Posoltega para comprar alimentos, porque los cultivos se habían perdido por la lluvia e inundaciones y no había más comida.

A los 15 minutos de haber salido los hombres, los habitantes de la comarca escucharon un estruendo que venía de la cima del volcán, era como el ruido de varios helicópteros, por lo que pensaron que era la ayuda esperada por días. Así es que todos los vecinos salieron al camino, inundado por la lluvia, gritando “¡Vienen los helicópteros! ¡Vienen los helicópteros!” A los minutos, el cielo se oscureció por completo, y una enorme nube negra se abalanzaba sobre ellos. Asustado, Pablo Gutiérrez corrió hasta su rancho, a unos metros del camino, y le gritó a su esposa: “¡Corrámonos, que es el cerro que viene!” Ana Ampié trataba de hacer quehaceres en su casa, anegada por el agua de tantos días, cuando vio el semblante de su marido. Corrió hasta sus cuatro hijos y toda la familia salió de la casa.

“Mis chavalas no podían caminar de los nervios, las empujé y las agarré de la mano y salimos. Los otros pequeños iban detrás de nosotros. Mi esposo agarró al menor varón y yo a la niña menor”, recuerda Ana. “Llegamos al camino. Las otras dos mayores iban adelante, agarradas de la mano. Al llegar al frente de una casa ellas me gritaban “¡Mamita, nos morimos!”. Yo les grité: “¡Córranse donde su mita!”, pensando que ellas iban alcanzar a llegar donde su abuela. Fue imposible que pudieran llegar”, agrega Ana, con lágrimas en los ojos.

El alud botó a Ana. Sintió un fuerte golpe por la espalda y una corriente que la arrastraba y la apretaba. No podía ver nada. Era un remolino que la sacudía, la golpeaba; sentía los troncos, las piedras, trataba de sujetarse pero la fuerza que la llevaba era mucho mayor. Ana perdió la conciencia.

“Quedé en una balsera. Sólo sacaba la cabeza. El resto del cuerpo lo tenía aterrado en el lodo. Sentía que me estaban oprimiendo. Me decía “ahora quedé sola”, porque no miraba ni a mi marido ni a mis hijos, no miraba a nadie. Comencé a gritar. Miraba a los lados y era como si estuviera en el mar, se miraba como una playa. Después de mucho gritar sentí que me hablaron, decían: “Calmate, ya voy”. Miré un bulto que se acercaba, salía y se hundía, hasta que llegó. Era mi marido. Cuando se me acerca se puso a llorar y dijo: “Qué barbaridad, cómo quedaste”. Lo primero que hice fue preguntarle por mis hijos y me dijo que no sabía nada de ellos. De ninguno de los cuatro. Me dijo que no sabía ni de su papá ni de su mamá y luego dijo: “Calmate, que te voy a sacar”. Y yo le dije: “Para qué quiero vida sin mis hijos”. Pero él luchó y me sacó de donde estaba. Al salir me desmayé. Me acostó en unas tablas, cerca de donde oímos llorar a una chavala. Era nuestra hija pequeña. Estaba encajada en unas ramas de mango. Mi marido fue por ella. Cuando regresó con la niña, ella decía que yo no era su mama, al ver cómo había quedado.”

Ana Ampié quedó hecha un bulto de carne y huesos rotos. Las orejas estaban casi desprendidas de su cabeza, tenía la nariz rota y graves heridas en piernas y brazos. Tenía la piel en carne viva y el calor y la humedad del barro donde estaba atrapada se la cocían. A su alrededor todo era destrucción: la enorme lengua de barro que había arrasado con todo, cadáveres, lamentos de niños, miembros desprendidos, animales muertos, enormes piedras, árboles arrancados de raíz.

La mujer le pidió a su esposo que buscara a sus hijos. El niño menor, Marlon, fue encontrado por un vecino a unos metros de donde estaba ella. Tenía quebrada la pierna derecha y la cabeza fracturada. Las mayores nunca fueron halladas.

Ana Ampié permaneció en ese lugar con su familia hasta el domingo, cuando llegaron los socorristas en helicópteros. Al ver el estado en que había quedado la mujer, dijeron que no podían trasladarla, porque no iba a aguantar el viaje.

“Yo sentía que me moría. No sentía nada de ánimos. Al ver sólo dos hijos me ponía a pensar en la fatiga que acababa de pasar y pensaba que eso mismo estaban pasando mis hijas, que me estarían clamando y me preguntaba dónde estarán. Mi esposo me decía: “Hacé el esfuerzo, mirá que tenés a tus dos pequeños”, recuerda. “Se oían gritos. Un hombre gritaba: “¡Norma, vení sacame que estoy con mi niño tierno, vení sacame!”. El grito era profundo, el hombre no se veía. El hombre se cansó de gritar. Nadie pudo ayudarlo. Después ya no se oyó. Cuando lo pudieron sacar ya estaba muerto, con la criatura en sus brazos.”

El equipo de socorro pudo sacar a la familia, que fue traslada al hospital de Chinandega. Debido al agua caliente, la piel de Ana estaba morada y cocida y las enfermeras le dijeron que la iba a botar. “Para mí fue terrible, sobre todo cuando comenzaron a curarme las heridas. Yo sentía que me estaban despedazando. Las enfermeras decían “aguante, aguante, porque esto es bueno para usted, si ese lodo se queda, se le va a pudrir la piel”. Pasé días terribles. Fui la última en salir del hospital. Pasé dos meses ahí. Me sanaban de una cosa y tenía problemas de otra”, dice Ampié.

Su cuerpo tiene las cicatrices de la tragedia. Cicatrices en el rostro, la nariz un poco torcida en el tabique, marcas en sus brazos y piernas. Debido a las lesiones en la nariz, Ana tiene problemas para respirar, por lo que los médicos le dijeron que necesitaba una operación. Ella se opone por dos razones: miedo a regresar a un hospital y falta de dinero.

Sus hijos crecen saludables, pero tampoco olvidan la tragedia. Marlon, que ahora estudia el quinto grado, padece de nervios y se altera con facilidad. Sufre pesadillas constantemente, por lo que tuvo que ser tratado por una sicóloga en Chinandega. Pero eso terminó cuando decidieron regresar al lugar donde vivían.

 

Zona de fantasmas y tierras secas

La mañana es fresca. Ha llovido durante la noche y la carretera que une Chinandega con León está aún húmeda. A los lados sobresalen los cultivos de maní, el oro café de estas zonas. Un camino de tierra, a la derecha de la carretera, en las cercanías de Posoltega, comunica con las zonas afectadas por el derrumbe del Casita. Adentrarse en el camino es como llegar a un cementerio: cruces por todos lados, unas pequeñas, otras más grandes; unas de colores, otras sin pintar. Estas con flores; aquellas ahogadas por el crecimiento caprichoso de las hierbas. Árboles de eucalipto, sembrados como parte de un proyecto de reforestación, dan un olor dulzón al aire, mezclado con el rocío de los arbustos y el lodo del camino.

En la comunidad de Versalles, también afectada por el alud del Casita, los habitantes perdieron parte de sus cultivos de frijoles y maíz por las lluvias que han golpeado el occidente del país en las últimas semanas. Versalles está a un par de kilómetros de la comarca Rolando Rodríguez. Para llegar hasta ahí es necesario cruzar el mar de piedras y barro dejado por el derrumbe del volcán. Es como un desierto. Este es el corazón de la desgracia y a donde la vegetación aún no esconde las cicatrices de aquel 30 de octubre.

“Toda esta zona estaba bien poblada”, dice Carlos Alonso Tercero, concejal sandinista de la Alcaldía de Posoltega, quien esta mañana se dirige a una reunión en Versalles para los arreglos del noveno aniversario del desastre. “Era una zona productiva. Después del Mitch esto quedó horrible. El alud se llevó el cuadro de béisbol, el centro de salud y varias comunidades”, explica el funcionario.

En la zona desierta aparecen de vez en cuando figuras fantasmales. Gente delgada como fideos que parecen más bien espectros de aquellos que alguna vez cultivaron estas tierras. Su aparición entre tramos del camino inquieta al chofer, que cree ver en ellos verdaderos fantasmas. Han regresado porque no tienen a donde ir. Han regresado para retar al Casita. Han regresado para arrancarle vida a estas tierras secas.

Juan Gómez Soriano es un anciano de 73 años, piel seca y huesos largos. Se dedica a cultivar maíz y frijoles y se lamenta de que le haya ido tan mal en la cosecha de primera, porque de esos cultivos depende la subsistencia de su familia. En su memoria está aquel “pum, pum, pum” de hace nueve años que destruyó su casa y del cual aún no ha logrado reponerse.

“Yo perdí cerdos y gallinas. Mi casita se está cayendo y no tengo para arreglarla. Nos sentimos olvidados. Después del gran fracaso que tuvimos no nos han ni volteado a ver. Esas son las cosas por las que uno se reciente”, afirma el anciano, quien perdió cinco sobrinos en el alud. “No tenemos donde ubicarnos, si tuviéramos adonde ir ya no estaríamos aquí. Vivimos nerviosos, esos cerros de un momento a otro pueden hacer otro desastre”, agrega.

Igual de nervioso se siente José Armando Chavarría Arauz, de 54 años y quien perdió 47 familiares en el deslave. Dice que tiene recelo de quedarse a vivir en Versalles, porque ha sido declarada zona de alto riesgo. “Pero, ideay, uno está acostumbrado al campo y no tenemos un salario fijo, ¿para dónde vamos a agarrar?”, dice, encogiéndose de hombros.

Chavarría, quien vive con dos de sus hijos (otros dos han emigrado a Costa Rica) y su esposa, también ha perdido parte de sus cultivos pero dice que “aquí la estamos aguantando, aunque sea con este puño de frijoles jodidos”.

La mayoría de los habitantes de estas comunidades se lamenta porque, al igual que los vecinos de Santa María, no tienen escrituras de la tierra que cultivan o el terreno donde han montado sus ranchos. Todos, sin embargo, dicen estar mejor en estas tierras donde al menos pueden dedicarse a la agricultura y afirman que no se irán de aquí. Todas las tardes, después de la faena en los huertos, las familias se reúnen en los ranchos, invocando a la naturaleza para que no los vuelva a castigar con su furia.

 

La esperanza de Santa María

La esperanza en el caserío Santa María tiene nombre. Pedro Pablo Chávez es un niño de 9 años que corretea sonriente por las callejuelas del caserío. En su rostro, cerca del ojo derecho, tiene una cicatriz que es la marca de la desgracia que vivió cuando era apenas un recién nacido: el día del alud, Pedro Pablo tenía 15 días. Su padre corrió con el bebé para poder salvarlo, pero la ola de lodo se lo arrebató y el niño quedó enterrado por varios días en el fango. Lo encontraron al siguiente viernes del desastre, aún con vida.

“Él está vivo por la gracia de Dios”, dice su abuela Isidora del Carmen Acosta, de 58 años. El niño, junto con el grupo de amigos que recorren descalzos el caserío, representa la esperanza para una gente que quiere dejar atrás los recuerdos de la desgracia. Representa las esperanzas de Ana Ampié, Juan Gómez Soriano, José Armando Chavarría, María Narváez e Isidoro Acosta. Los sobrevivientes olvidados del Casita.