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Conocí a Marcos Abraham Villavicencio en el año 2006. En ese entonces él había aparecido en los diarios de Argentina, mi país, por haber vivido una epopeya. Con apenas diecisiete años, el muchacho –dominicano– se había metido de polizón en un barco en el que había resistido dos semanas sin comer ni beber agua. Él quería llegar a Estados Unidos, ubicado a pocos días de viaje desde su ciudad; pero el cálculo le había salido mal y había terminado en un puerto de Ensenada, una localidad pequeña y deslucida de la provincia de Buenos Aires.

El día de su llegada Abraham fue internado por desnutrición en un hospital local. Ahí lo vi por primera vez. Estaba escuálido y una cánula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, entre tanto, no paraba de entrar y salir gente: Abraham era polizón, pero a esa altura del partido principalmente era noticia.

–Yo quería ir a Nueva York –explicó aquel primer día. Abraham tenía el cráneo romo y un par de ojeras inmensas, pero sobre todo tenía una historia. Una vida dura y maravillosa que yo iría conociendo a lo largo de los meses, durante un reportaje para la revista Rolling Stone que nos ubicó a los dos en esa relación ambigua que se da entre periodistas y entrevistados cuando ocurre un trato prolongado: no éramos amigos, pero cada vez nos conocíamos mejor.

Así fue pasando el tiempo –nos veíamos, hablábamos– hasta que en cierto momento el gobierno se pronunció sobre su caso, le negaron el asilo en Argentina y Abraham tuvo que volver a su país. El día de su partida fui a despedirlo al aeropuerto: su rostro perdido, flotante –estaba tomando pastillas– es lo único que recuerdo de aquel último encuentro. Después lo llamé a la isla un puñado de veces, mas después llegó el silencio, y los años corrieron hasta que unos días atrás, curiosa o aburrida, busqué su nombre en internet y leí, en una noticia breve en un periódico pequeño de San Pedro de Macorís, su ciudad, que Marcos Abraham Villavicencio había sido asesinado a la salida de un bar.

Sentí estupor y tristeza, pero sobre todo sentí una urgencia inexplicable. El muchacho había sido para mí el rostro de un éxodo que en el Caribe llevaba varias décadas y que presentaba al sueño americano en su versión más pura y atroz. ¿Qué había pasado con él? Preguntarme por su muerte era el paso previo a preguntarme por su existencia. Así que hice unos llamados, saqué un pasaje, metí una revista Rolling Stone en la maleta, y aquí estoy: es febrero de 2014 y en unos minutos viajo a la isla. Abraham –o su familia– está esperando.

***

República Dominicana es una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos cardinales está lleno de agua y promesas. Puerto Rico está a 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, el estrecho tormentoso en el que se unen las aguas del mar Caribe y el océano Atlántico. Y Estados Unidos está a unos quinientos kilómetros: una distancia que, sumada a la pequeñez económica de República Dominicana –y de muchos otros países de la región–, no hace más que multiplicar los sueños de salvación.

Los registros oficiales aseguran que el 10% de la población dominicana vive fuera del país, y los académicos encargados de analizar estos datos aseguran a su vez que ese modelo migratorio no es el único en la zona. Más adelante, en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el sociólogo Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, explicará todo este esquema –que es complejo– de una manera muy simple. Y dirá que toda el área del Caribe está signada por la transnacionalización, esto es: por un modo de abolir fronteras que está dado por el tráfico de gente y que, más allá de su legalidad, funciona con eficacia desde hace décadas. Cuba, por caso, tiene casi un 10% de su población en el exterior; Puerto Rico tiene más personas afuera (unos 5 millones) que adentro (3 millones 700 mil); Haití tiene emigrada tanto a su élite –que va a Francia o a Canadá– como a sus bases, que van a la Florida; y Jamaica repite el mismo esquema de Haití ya que las clases acomodadas van a Londres y las bajas, a Miami.

En cuanto a los dominicanos, se integraron fuertemente a este modelo tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien impuso su ley entre los años 1930 y 1961 y dejó tras de sí un país económica y socialmente diezmado. En la segunda mitad del siglo XX, hartos de la inflación y de los apagones energéticos de hasta veinte horas, varios millones de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio: en su intento por irse, fueron y siguen siendo muchos los que mueren en tránsito. Algunos se lanzan en embarcaciones que no suelen resistir la fuerza del Canal de la Mona, y terminan entre tiburones. Otros se cuelan en el tren de aterrizaje de los aviones y mueren congelados o al aterrizar. Otros viajan hasta Honduras y de ahí intentan cruzar la frontera con Estados Unidos, aun a riesgo de ser encontrados y fusilados por los soldados. Y otros, como Abraham, se hacen polizones, equivocan el curso del barco y quedan expuestos a una muerte por hambre.

Abraham, de hecho, no había viajado solo aquella vez en la que llegó a Argentina. Lo había hecho junto a Andrés Toviejo, un amigo que no sobrevivió. Abraham contó la historia de ese viaje en el hospital de Ensenada en el que nos vimos por primera vez. Dijo que en la madrugada del 16 de junio de 2006, tanto él como Toviejo habían llegado a nado hasta el buque griego Kastelorizo –un petrolero que había atracado en el puerto de San Pedro de Macorís– convencidos de que el destino de ese barco era Estados Unidos. Pero el cálculo falló. Al cuarto día sin ver la tierra, Abraham y Toviejo empezaron a preocuparse. Hasta que, sin bebida y sin comida, Toviejo se desesperó y tomó agua del Atlántico. Esa fue su cruz. Horas más tarde, el muchacho empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas, y en algún momento no queda claro si resbaló o si se rindió: lo cierto es que Toviejo se fue al agua, donde estaba la hélice. Y que su cuerpo se hundió en un reverbero de burbujas encendidas de sangre.

Pero Abraham sobrevivió. Y dos semanas después llegó a La Plata, y allí se dio la secuencia de la que yo estaba al tanto: primero lo trasladaron al hospital; después llegaron los diarios; pronto su historia conmovió al país; luego apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo “Dios te guarde la vida, Abraham”; semanas más tarde una mujer argentina se ofreció a adoptarlo; en algún momento Abraham se animó a hablar del futuro (“Quiero quedarme en La Plata”, “Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata”) y finalmente la historia, como tantas otras, dejó de servir a los medios y pasó al olvido.

La segunda vez que vi a Abraham fue en un hospital psiquiátrico.

***

–Esta es su casa, amén. Abraham nos contó cómo lo trataron allá en Argentina; él la pasó muy bien pero también muy mal… metido en un lugar de locos malos pero también con gente buena como usted, entonces para nosotros usted es de la familia –dice Bienvenido Santos, el padre de Abraham, mientras me abraza con entusiasmo. Hace tres horas que llegué a República Dominicana y hace minutos que llegué a San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció (y de la que escapó y a la que volvió) Marcos Abraham Villavicencio.

San Pedro de Macorís es una urbe ubicada en la costa sudeste de República Dominicana que a principios del siglo XX fue un importante puente económico para la isla y que en los últimos diez años se desplomó cuando la industria azucarera, uno de sus principales recursos, pasó a capitales extranjeros y dejó a media ciudad sin trabajo. En muy poco tiempo el índice de desocupación de San Pedro trepó al 30%, un número que, sumado a la cercanía geográfica con Estados Unidos, no hizo más que multiplicar los sueños de salvación. Buena parte de la población de San Pedro fantasea con cruzar el agua y cambiar de vida. Y todos hacen el intento una, dos, o tantas veces como haga falta. En el caso de Abraham, entre los trece y los diecisiete años trató de irse en once oportunidades. Pero la experiencia con la última, en Argentina, donde terminó en un hospital psiquiátrico, lo disuadió de seguir insistiendo.

No queda claro por qué razones el muchacho acabó en un loquero. Sí se sabe que el gobierno argentino le había negado el asilo porque no era perseguido por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. Y que de ahí en más, mientras se resolvía su repatriación, Abraham cayó en un limbo burocrático. Ya no dormía en el hospital sino en un hogar para niños de la calle, y algún día, aburrido de hacer nada, pidió permiso para pasear por La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, y se perdió. Lo que ocurrió después es un misterio: según la policía, Abraham se desorganizó y tuvo un brote psicótico. Según Abraham, él se desorientó, fue visto por la policía, lo molieron a golpes por ser negro y extranjero, y en el acta se fraguó un brote psicótico para justificar la golpiza. En cualquier caso, Abraham fue derivado al hospital Alejandro Korn, más conocido como “el Melchor Romero”: uno de los psiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.

La segunda vez que vi a Abraham, él estaba sentado en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Abraham estaba allí, y aunque los médicos le habían dado el alta él no tenía adónde ir. Abraham estaba serio, o mejor dicho: drogado. Su hablar era lento y pastoso y su voz colgaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.

–Cuando llegó de Argentina estaba gordo fofo, una gordura de pastillas que no era su gordura natural… Él nos contó que estuvo en un lugar horrible. Un lugar donde caía granizo –dice Bienvenido ahora, mientras me hace pasar a la casa. ¿Granizo? Hago memoria y es cierto: en aquellos días de 2006 cayeron piedras en Buenos Aires, y todos padecimos aquel episodio pero Abraham directamente lo vivió como algo sobrenatural. Los polizones, dirá Wilfredo Lozano cuando lo vea en Santo Domingo, no suelen evaluar el factor climático de los lugares a los que viajan. Aún cuando esa circunstancia, más que la económica, es la que muchas veces los angustia y los hace sentir lejos de casa.

El hogar en el que creció Abraham es sencillo. Está ubicado en el México, un barrio de clase baja y calles angostas, y fue levantado sobre un terreno comprado –lo sabré después– por un miembro de la familia que logró llegar a Estados Unidos y que manda un dinero mensual para mantener al clan. Bienvenido construyó todo esto con sus propias manos; es carpintero y albañil, y enseñó el oficio a sus hijos. Abraham lo ayudaba desde los once años, y con el poco dinero que ganaba se compró un planisferio y se pagó un curso de inglés. Para ese entonces él ya quería ir a Nueva York y pasaba tardes enteras en el puerto de San Pedro a la espera de un golpe de gracia. La oportunidad llegó a los trece años. En 1999 logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica, donde pronto fue descubierto y deportado. Su regreso a República Dominicana hizo un gran ruido mediático: al llegar lo esperaban las cámaras de Primer Impacto, un famoso noticiero sensacionalista que se refería a Abraham como “el Menor” –un apodo que le quedaría para siempre– y en el que Abraham apareció diciendo que se había fugado porque su familia era pobre y quería juntar dinero para ayudar a su madre: un relato épico que conmovió al país y que era estrictamente cierto. Tan cierto que seis meses después el chico se volvió a escapar.

De eso me habló Abraham las veces en las que nos vimos: de los infinitos viajes que hizo como polizón.

–El segundo viaje fue para Venezuela –contó en el Melchor Romero–. Ahí el barco fondeó muy lejos de tierra y me tuve que tirar al nado… y entonces me vio una lancha y me vio una mujer. Una mujer que me quiso adoptar.
–¿Y entonces?
–Y no. Yo le dije que no… porque no me quería quedar porque… Yo quería irme para Estados Unidos. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
–¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal?
–No, no. Venezuela tiene la economía baja.
–Y tú quieres un país pujante.
–Con una economía buena, sí.
–Y tú siempre piensas que estás yendo a Estados Unidos.
–Claro. Yo siempre voy para América.

Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad y Tobago y de Haití, Abraham llegó, finalmente, a Estados Unidos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra pero alguien lo vio segundos antes de que Abraham diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo, horas más tarde, era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Abraham ya estaba en Haití.

–Trato de ir muy escondido, pero igual me ven… La segunda vez que llegué a Estados Unidos me denunció un remolcador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después porLuisana, después por Miami.
–¿Qué te pareció Estados Unidos desde el auto?
–Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería quedarme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora está muy mejor.

El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Abraham fuera, una vez más, devuelto a su país. En ese momento tenía dieciséis años. Y un resto físico y mental para seguir insistiendo. Meses más tarde, en 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos, pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los molieron a golpes y los tiraron por la borda. Abraham fue el único sobreviviente: un barco ruso lo vio flotando y lo rescató tres días después. Desde entonces, la familia de Abraham intenta –sin suerte– llevar adelante un juicio contra los dueños del buque.

–Nosotros teníamos un abogado pero los del barco le pagaron un soborno y se cerró la causa –dice Bienvenido Santos. Está sentado en la sala de su casa: un espacio pequeño en el que hay un sillón, un par de sillas, un televisor inmenso y algún cuadro. Y gente. Aquí, me entero, viven once personas, aunque siempre parece que son más. El primero en acercarse fue Bienvenido pero ahora llega Dainés Santos Mota, la prima favorita de Abraham: una muchacha bella, joven y de ojos enormes que me acerca un refresco y se acomoda a mi lado.
–Pregunta tú –dice con delicadeza. Se hace un silencio. Todos tomamos aire. Se supone que ahora empieza una entrevista formal.
–¿Qué pasó con Abraham? –pregunto entonces.

Bienvenido mira a Dainés.

–Ella estaba –dice.

Dainés empieza a hablar. Cuenta que era diciembre de 2012 y que estaban en la casa celebrando el cumpleaños de Ana –otra prima que vive aquí– y que después ella (Dainés) y Abraham salieron en moto, ya borrachos, a seguir bebiendo por el malecón. Eran las dos de la mañana y buscaban locales abiertos donde comprar cerveza con los cinco dólares que les quedaban. Finalmente encontraron un lugar lleno de gente. Aparcaron la moto, entraron, compraron, y al salir Abraham avanzó primero y pensó que Dainés le seguía los pasos. Pero no era así. La chica tuvo un altercado entre el tumulto. Un muchacho le dio un empujón, Dainés le gritó, y en cuestión de segundos se armó una de esas peleas que siempre comienzan por motivos estúpidos. Cuando llegó a la moto y giró sobre sí mismo, Abraham vio a su prima rodeada por quince varones.

–Con mi prima no, qué pasa con la muchacha –gritó mientras quitaba el seguro a la moto. Puso un caño debajo de su ropa para hacer creer que tenía un revólver.
–Qué te pasa, mamahuevo –respondió alguien.
–Cómo así, te quieres tú comer a la chica, ¿eh? –dijo Abraham y empezó a acercarse, y en un santiamén comenzó la golpiza. Dainés se zafó y trató de pegar, pero era inútil. Eran demasiados. En algún momento llegó alguien con un cuchillo e intentó darle a Dainés, pero la chica logró echarse a un costado y el daño le llegó a Abraham, que estaba detrás. Abraham se quedó de pie, inmóvil. La primera puñalada le había quitado un pedazo de oreja. Entonces se acercó otro muchacho.
–Coño, tú no eres un hombre –le dijo a su amigo–, así es que se le da un hombre –concluyó, y apuñaló el corazón de Abraham.
–Ahí Abraham se desplomó –dice ahora Dainés–. Y yo le dije hey, Abraham, y me le tiré encima y él estaba vivo, yo sentía su latido pero lo tenía muy desgarrado eso ahí… Él llegó muerto al hospital; en el camino yo le hablaba y él abría los ojos, pero llegó muerto.

Dainés llora. Bienvenido también. La angustia de ambos es fresca, como si no hubiera pasado el tiempo o como si el tiempo hubiera perdido su compostura. Alguien, entre tanto, vocifera en una habitación contigua, separada del cuarto central por una cortina que oficia de puerta. Se trata de Bernarda Santos, la madre de Bienvenido, la abuela de Abraham. Bienvenido se seca los ojos y se pone de pie para ver qué quiere su madre, y entonces corre la cortina y se ve esto: un cúmulo de huesos finos y postrados en una cama. Bernarda tiene 96 años, una voz grave y, pronto lo sabré, una incapacidad para quedarse en silencio.

Bernarda crió a Abraham, pero aún nadie se atrevió a decirle que el muchacho está muerto. Desde hace un año que todos en la familia le dicen que simplemente no está, o que está muy atareado: un argumento verosímil pues Abraham solía estar ocupado. Para el momento de su muerte, Abraham tenía veinticuatro años, había hecho varios cursos de cocina, tenía tres hijos pequeños –con dos mujeres distintas con las que no había llegado a convivir– y estaba incursionando en la música con un proyecto de reggaetón y dembow con el que había sacado dos discos y había llegado a tocar con el Lápiz Conciente, conocido por ser el padre del rap dominicano.

–Luego de Argentina él nunca más pensó en irse –dice Bienvenido–. Él entendió que hay que estudiar, que hay que echarse p’alante, que ninguno de mis hijos tiene que tener la vida dura que yo tuve. Yo me fui en yola cinco veces para Puerto Rico y las cinco me deportaron, y la mamá de Abraham también se fue en yola varias veces, y eran viajes muy duros, la mamá de Abraham, que vive lejos de aquí, quedó mal de la cabeza de tanto viaje y yo le contaba eso a Abraham para que él no repitiera lo mal hecho. Pero el sueño de él en un comienzo era irse. Todos queremos abrirnos la mente y progresar. Entonces cada vez que la viejita –dice Bienvenido señalando a Bernarda, al otro lado de la cortina–escuchaba que sonaba la bocina de un barco ella decía “ay, se nos va Abraham”.

Teté, hermana de Bienvenido, tía de Abraham, acerca unos plátanos fritos con salami. Mientras como, Bernarda sigue voceando y Bienvenido y Dainés vuelven a llorar. Afuera, a través de las rejas –todo el barrio tiene rejas– se ve a los niños saliendo de la escuela y se ve un tronco de árbol echado sobre la acera. A veces Abraham se sentaba allí a pensar. Bienvenido siempre lo recuerda así: cavilando, hablando poco, tejiendo la trama de una historia que a todos, en un principio, se les hacía insondable. Abraham nunca dijo que soñaba con irse. Pero se empezó a ausentar de la casa y un día su abuela Bernarda le encontró una mochila con chocolates y un ancla.

–Abraham quiere irse de polizón –le dijo Bernarda a Bienvenido. No fue una frase estridente: muchos en la familia se habían ido de una u otra forma. De ahí en más, cada vez que Abraham desaparecía lo buscaban en el muelle y en general lo encontraban charlando con empleados del puerto.
–Abraham, tú le estás preguntando mucho a la gente de barco –llegó a decirle Bienvenido. Pero Abraham no respondía: solo sonreía y con esa sonrisa clausuraba cualquier pregunta nueva. Hasta que a los trece años al fin llegó el día en el que Abraham faltó definitivamente de la casa para volver al tiempo convertido, ante los ojos del país entero, en “el Menor”.
–Él se iba con poca cosa –dice Bienvenido–. Se llevaba unos chocolatitos, agua, un ancla y la Biblia. Le voy a mostrar la Biblia.

Bienvenido se pone de pie y trae la Biblia de Abraham. Está marcada. “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere”, dice el Santiago 3, 4 que está subrayado.

–Él era un chico muy lector. Venga que aquí están sus cosas –dice Bienvenido y me lleva a su habitación. El cuarto de Bienvenido tiene una gran cama sobre la que el hombre va poniendo libros y películas. Las películas son previsibles: hay de acción, de terror, una de vudú en Haití, alguna porno. Pero los libros, no: hay varios cuadernos de inglés y hay un ensayo titulado Marx y los historiadores: ante la hacienda y la plantación esclavistas.
–¿Y esto?
–Ah, es que Abraham era un chico muy especial. Hay mucho para charlar y para mostrarle… –Bienvenido sale de su habitación, se asoma a un patio, mira hacia arriba–. Nosotros arriba tenemos un cuarto, puede quedarse acá para tener más tiempo y conversar mejor.
–¿No duerme nadie ahí arriba? –pregunto.
–Solo duerme Teté cuando viene a visitarnos.
–Pero Teté ahora está aquí. Me sirvió los plátanos.
–Ah no, esta es una Teté. Pero luego tengo otra hermana, otra Teté, la que vive en Estados Unidos.

Bienvenido cuenta entonces la historia de la otra Teté. La síntesis es que se fue en barcaza cinco veces a Puerto Rico y que en el último viaje, hace ya veintiséis años, el mismo oficial que la había devuelto en su anterior intento se hizo el distraído y la dejó pasar. Hoy Teté tiene la ciudadanía americana y, al igual que cientos de miles de dominicanos que viven afuera, manda todos los meses un dinero con el que la familia entera puede resolver apuros básicos. Unos días después, en su oficina en la universidad, Wilfredo Lozano dirá que las remesas son, luego del turismo, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana: todos los años por esa vía entran 3,500 millones de dólares al país. Una parte imperceptible de esa cifra sale del bolsillo de Teté, a quien todos llaman –para diferenciar de la otra Teté– “Teté la grande”.

***

Llego al día siguiente con un bolso. Me recibe Teté con un abrazo y me sienta frente al televisor.

–Mira tú el noticiero, ponte cómoda –dice. Luego me acerca una olla pequeña con arroz, pollo y habichuelas–. Come.

Como el guiso acompañada por los gritos de Bernarda. Al rato termino y Teté se sienta a mi lado.

–Ahora vamos a ver la novela –dice. Nadie aquí trabaja afuera de la casa. En todo San Pedro, y en buena parte del país, la gente vive del chiripeo (los trabajos eventuales), los empleos precarios en las zonas francas, el turismo y las remesas del extranjero. Así que, bueno, todos estamos aquí mirando la novela. Un rato después, cuando ya vi dos programas distintos, se escucha la voz de Bienvenido en la sala.
–Sierva.

Parece que me habla a mí. Doy la vuelta y veo a Bienvenido: está guapísimo. Se ha bañado. Lleva pantalones negros de vestir, zapatos lustrados, y una camisa blanca que contrasta con la piel morena. Bienvenido quiere llevarme a conocer el puerto de San Pedro, el lugar al que iba a buscar a su hijo cuando desaparecía. Le digo que sí. Subimos a un mototaxi y partimos. La ciudad pasa a una velocidad cansina que permite ver detalles. Ahí están los edificios antiguos y venidos a menos; ahí están los negocios oscuros como cuevas en las que los hombres sudan un oficio. Respiro hondo: me gusta el olor del salitre en la cara.

Unos minutos después estamos en el puerto. Hay guardias escoltando la entrada a los muelles, y de modo inesperado alguien nos pide una autorización que no tenemos. Aún no lo sabemos, pero lo cierto es que nunca podremos traspasar esta entrada. Días más tarde Teddy Heinsen, presidente de la Asociación de Navieros de la República Dominicana, dirá en Santo Domingo que han tenido que intensificar los controles portuarios luego de que Estados Unidos pusiera en una lista negra a los navíos salidos de la isla.

–A Estados Unidos no le interesa tanto el inmigrante ilegal como el miedo a que llegue gente con drogas o dinero para lavado o terroristas. En la Asociación llevamos invertidos 25 millones de dólares en personal portuario, escáneres, detectores de mentiras y cámaras infrarrojas para identificar polizones que se cuelan en los barcos. Gracias a eso pudimos salir de la lista negra. Los ilegales ahora se van en yolas, pero ya no tanto en barcos.

Impedidos de entrar, entonces, con Bienvenido bordeamos a pie toda la zona de aduanas y entramos a un callejón que desemboca en el mar. La vista es bella. Recorremos el malecón y se ve la bruma, la espuma, la costura del horizonte. Días atrás, por e-mail, el poeta dominicano Frank Báez me dijo algo hermoso: “Una cosa es un pueblo de montaña y otra cosa es esto. Aquí solo puedes ver el mar. Aquí el horizonte solo te dice vámonos.”

Pienso en eso mientras miro el puerto. Se ve un buque inmenso, amarrado, tranquilo.

–¿Cree que Abraham fue un muchacho feliz?
–Bueno… –Bienvenido vacila–. Él comenzó a vivir una vida no tan desesperante a lo último… Pero antes él estaba desesperado por conocer otro mundo y no estaba feliz porque a veces uno tiene un sueño en la vida, ¿y cuándo uno es feliz? Cuando realiza ese sueño que uno tanto anheló.

Nos quedamos en la costanera hasta que cae la noche y volvemos a la casa. Subo a mi cuarto para darme un baño. En eso estoy cuando alguien toca la puerta.

–Luego sube Natalie para dormir con usted –grita Teté.

Natalie es una de las hijas de Ana y es una de las nietas de Teté. Así son las cosas. Pienso en eso y escucho los gritos de Bernarda, y empiezo a notar que esta será una noche larga. Bajo para la cena. Teté me espera con una silla frente al televisor.

–Aquí no tenemos mesa, así que comemos solos –dice Teté y me extiende un plato de arroz con frijoles–. Siéntate a ver la novela.

La novela de la noche se llama Novio de alquiler.

Detrás de su cortina, sobre la cama, postrada, Bernarda vocifera sin respiro:

–¡teté teté teté, maría maría maría, dónde está maría!
–¡María está en su casa, mamá, deja la bulla!

Así veo la novela. Teté me mira.

–Usted sabe que Natalie solo duerme con Bernarda.
–¿Cómo?
–Que ella solo puede dormir si está en la cama con su abuela.
–¿Y por qué va a dormir conmigo?
–Para acompañarla a usted.
–Ah, pero no necesito compañía.
–¿Usted no tiene miedo de dormir sola?

Le digo que no. Le pregunto cómo hace la niña para dormir con esos gritos.

–Creció durmiendo con Bernarda –Teté se encoge de hombros–. Natalie es la única que no siente sus gritos.

Va llegando gente a la sala. Ahora están Ana, la hija de Teté; Ñoño, hijo de María y hermano de Dainés; Humberto, hijo ya no sé de quién, y en fin: todo empieza a parecerse a esos pasajes del Génesis donde los nombres de los padres y los hijos se suceden hasta que el lector pierde el conocimiento. Me estoy mareando. Solo veo que las mujeres son hembrones con el culo izado como una bandera; y que los varones tienen todos unos cuerpos titánicos. Muchos de ellos se pasean recién bañados y con la toalla envuelta a la cintura. En vez de enviarme a Natalie podrían subir a Humberto o a Ñoño, pienso. Pero me callo. Y al rato me voy a dormir.

***

Me despiertan los gallos y los gritos de Bernarda. En cierto momento junto fuerzas, bajo y tomo un café. Miro a Teté y está exhausta. Duerme en el cuarto contiguo al de Bernarda y desde hace años que no concilia el sueño de un modo decente. Le ofrezco ir a buscar a María para que la reemplace. Salgo. Camino por un callejón angosto que da algunas curvas hasta dejarme en la casa de María, que es también la de Dainés y la de Esmeliana, su niña.

La casa es un lugar muy limpio y prolijo, con cortinas de tul rosado y un retrato enmarcado con las fotos de dos de los tres hijos de Abraham. Sin embargo no es eso lo que llama la atención (la casa de Bienvenido también es limpia y prolija) sino el silencio. Aquí hay silencio.

–Abraham huyó de eso –dice Dainés–. A él no le gustaba toda esa bulla. Cuando se fue no dijo ni la dirección donde vivía. Recién al tiempo me llevó a mí a conocer y la llevó a mi mamá, que era como una madre para él.

La madre biológica de Abraham se llama Mireya y está en Bayaguana, una localidad ubicada en el norte de la isla. Abraham nunca vivió con ella. Apenas nació, Mireya se fue en yola a Puerto Rico y dejó a Abraham al cuidado de su abuela Bernarda. En Puerto Rico, Mireya conoció a un dominicano llamado Marco Villavicencio que ya tenía la ciudadanía portorriqueña. Se casó con él y lo convenció –con el apoyo de Bienvenido– de reconocer a Abraham y darle el apellido. Luego regresó, pero se fue a vivir a otra parte del país.

–A Abraham le iba a servir más tener el apellido de un hombre de allá, así algún día le iba a ser más fácil irse. Uno tiene que ser generoso, tiene que pensar en el hijo –dijo ayer Bienvenido, sentado en el malecón. Por esa razón Abraham no lleva el apellido Santos sino el Villavicencio. Por lo demás, Abraham nunca vivió con su madre y el rol materno siempre estuvo repartido entre Bernarda y María.

María ahora está mirando fotos de Abraham. Las trajo para mostrármelas. Las más antiguas lo muestran pequeño, flaquito, niño; parecido al chico que languidecía en el hospital de Ensenada. Las últimas, en cambio, lo muestran desafiante y robusto, dueño de todos los tics estéticos de un músico de reggaetón.

–Todos en San Pedro conocen a Abraham como “el Menor” –dice Bienvenido tras de mí, mientras mira el afiche. Acaba de entrar a la casa de María. Vino a buscarme para volver al puerto y ver si nos dejan entrar. Esta vez, dice Bienvenido, el salvoconducto es su abogado, un tal Fernando que a la vez es director de aduanas. Fernando es el encargado de llevar la causa contra el barco filipino que arrojó a Abraham al mar. Bienvenido cuenta la historia mientras vamos caminando hacia el puerto. Según dice, eran cuatro los polizones que estaban en el barco. A los tres primeros, los filipinos les pegaron con fierros y luego los tiraron desvanecidos al agua. Pero con Abraham pasó algo distinto.

–¿Este no es Abraham, el que nos hace los mandados allá en San Pedro? –dijo uno.
–Sí, hombre, no le pegues. Solo amárralo y tíralo al mar.

Así fue que Abraham fue arrojado en pleno océano y debió afanarse por sobrevivir. Años atrás, en el loquero, Abraham lo contó de esta forma:

–Creo que sobreviví porque todavía creo en Dios –dijo–. Muy difícil… muy difícil. Todo era mar, mar…
–¿Y cómo hiciste?
–Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Y rezaba.

Hasta que por la mañana salió el sol y un barco ruso lo vio flotando. Así se salvó.

–Como los barcos con polizones deben pagar multas altas, muchas veces la tripulación mata a los muchachos que encuentran –dice ahora Bienvenido–. Eso no pasa siempre. Muchos barcos los entregan a la justicia, pero los filipinos tienen mala fama. Esa vez murieron todos menos mi hijo. Dios tenía grandes planes con Abraham.

Bienvenido avanza con paso resuelto. Arriba hay un sol furioso del que hay que cuidarse: Bienvenido se cubre con una Biblia.

–¿Si Dios tenía grandes planes, entonces por qué Abraham está muerto?
–Marcos Abraham nos dejó una historia, cumplió su función. Y ahí terminó su vida.

Bienvenido se detiene antes de llegar al puerto. Hace comentarios vacuos sobre los edificios de Aduanas –sobre la arquitectura– pero noto que está llorando.

–¿Qué función cree que cumplió Abraham?
–Amén… Nos dio a nosotros como una forma de superación, tú me entiendes. Que uno no debe quedarse “con estoy aquí”, y ya. Todavía uno está vivo, uno tiene que hacer lo que ustedes están haciendo: descubrir las cosas, luchar por esas cosas.

Bienvenido se seca la cara. En ese pañuelo hay sudor, hay lágrimas, hay más de una cosa. Luego llega al puerto y pide entrar, pero una vez más nos niegan el paso –el abogado Fernando aún no llegó a su trabajo– y debemos irnos. Bienvenido decide entonces dar una nueva vuelta por el pueblo. En el camino saluda personas y señala lugares: la maternidad donde nació Abraham, el restaurante donde comieron con Abraham, un cementerio.

–¿Aquí está enterrado Abraham? –pregunto.
–No, este es el cementerio de los ricos. Marcos está en Santa Fe, más lejos de aquí. Lo velamos en mi casa y luego los muchachos, los otros hijos míos, decidieron llevarlo con su música.

Santa Fe no queda lejos; son veinte minutos en moto y le pido a Bienvenido que vayamos hasta allá. Accede. Subimos a la moto de un muchacho llamado Robin y salimos de la ciudad en poco tiempo. Antes del mediodía estamos en el cementerio. Es un predio grande y descampado; una suerte de pueblo chico con cielo inmenso. Entramos en moto y andamos entre las tumbas hasta llegar a una zona de lápidas precarias y pastizales crecidos. Ahí bajamos. Bienvenido camina entre pequeñas cruces blancas y algunas florecillas silvestres. Voy detrás. En un montículo de cemento gris, sin nombre, sin flores, está enterrado Marcos Abraham Villavicencio. Apoyo una mano en el cemento. Hay un sol tremendo pero el cemento está frío. No practico ningún culto pero por algún motivo pido a Bienvenido que haga una oración. Él se arrodilla, baja la cabeza, cierra los ojos. Ora.

–Amén.

Terminado todo me persigno como si diera las gracias, y cuando me pongo de pie siento un puntazo hondo en un dedo. Grito. Algo grande me picó, pero levanto el pie y no veo nada.

–¿Fue una hormiga? –pregunto, mirándome el dedo.
–Fue una hormiga –opina Robin, que está con nosotros.
–Es Abraham –dice Bienvenido, y sonríe.

Entonces pienso en Abraham como una hormiga –una hormiga rabiosa– y entiendo que esa es una buena metáfora. Y sonrío también.

Arenas de Japón

Publicado: 27 agosto 2013 en Juan Villoro
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Los aeropuertos carecen de carácter definido, cumplen funciones provisionales, huelen de modo artificial, aceleran los nervios y las pisadas. Estos defectos son sus virtudes. Sólo bajo esas bóvedas de cristal y aluminio resulta placentero que exista una arquitectura de ninguna parte.

La simbología de una terminal aérea es neutra, compresible de un modo genérico. Una gramática para nómadas, sin adverbios ni adjetivos. ¿Es posible vivir ahí como un paria de la globalización, alguien ubicable y al mismo tiempo deslocalizado?

Esta fantasía se concretó en la ciudad México. Cuando tomé el avión a Tokio un japonés llevaba un año viviendo en el Aeropuerto Benito Juárez. Ya era un icono semifamoso. La gente se retrataba con él, pero se ponía a su lado con cautela, por temor a que oliera mal, contagiara algo o estuviera loco y dispuesto a morder una oreja. El japonés del aeropuerto se había convertido en una mascota salvaje, como un hurón, que no pertenece del todo a la vida doméstica ni a un zoológico. De hecho, tenía pelo de hurón.

En marzo de 2009 viajé al país que Roland Barthes describió como “el imperio de los signos”, un territorio de mensajes elaboradamente ajenos. Mientras tanto, en mi país, un japonés hacía la operación contraria: vivía en el aeropuerto, la tierra de nadie donde todo se comprende.

***

Cuando el avión de JAL despegó, los pasajeros estornudaron, como si participaran en un ritual de despedida.

Japón es el país de las alergias. Una de cada tres personas lleva cubreboca para protegerse del polen. Se dice que, al cabo de cinco años de vivir ahí, un extranjero puede volverse alérgico. Los estornudos son una seña de naturalización.

Al llegar a Tokio no le di mayor importancia al disciplinado uso de los cubrebocas. El armonioso exotismo de Japón tiene un efecto tranquilizador: todo está bien sin que entiendas nada. Rodeado de ideogramas, recorres un entorno altamente operativo. La única pieza desajustada eres tú.

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El taxista japonés es un experto que cambia a diario sus guates blancos y domina un banco de datos.

El conductor que pasó por mí al aeropuerto de Narita me informó que había un accidente en nuestra ruta. Aconsejó tener paciencia (todo esto a través de una intérprete cuyo nombre acreditaba su semblante: Rie). Pensé que tendría mi primer contacto con el Japón de Godzilla, pero el contratiempo fue decepcionante. Un coche había rozado a otro y ambos aguardaban a los inspectores del seguro. Esto frenaba un poco el tráfico. Fue mi estreno ante el gusto japonés por las minucias.

El tráfico se estudia con la misma sutileza que el follaje. No hay otra isla con tan afanosos desplazamientos. Todos son tumultuosos y todos funcionan. La “hora pico” existe, pero es una variante apenas perceptible de la norma, un trastorno que sólo altera a los microespecialistas, es decir, a todos los japoneses, capaces de distinguir si un té se prepara a 70 o 75 grados.

El contacto con tantos peritos del volante me permitió disfrutar la incompetencia de un taxista. Le pedí que fuéramos al Teatro Noh. Contra toda expectativa, se dirigió a la rampa de emergencias de un hospital. “Es tranquilizador que un taxista japonés se equivoque”, le dije a la intérprete que me acompañaba. “Ya lo reporté a su compañía”, respondió ella: “es terrible lo que hizo”.

Los taxistas mexicanos y españoles son expertos en negatividad: todo está mal y pronto estará peor. Informan de desfalcos, fraudes y rapiñas. Sus diagnósticos son deprimentes, pero resultan más llevaderos que sus soluciones. Tomar un taxi en Madrid o el DF puede ser una oportunidad de oír una defensa de la pena de muerte. Los taxistas japoneses prefieren hablar de historia. Describen las costumbres de los sogunes como si hubieran pertenecido a su corte. Uno de ellos llevaba en su teléfono móvil una foto del Templo del Pabellón Dorado antes de que se incendiara. Si acaso se refieren a la política, lo hacen para insistir en que los japoneses son apolíticos. El 60% de los votantes no se presenta a las urnas. Las pasiones nacionales son el beisbol, el sumo y el bienestar económico.

Por lo general, las primeras palabras que se aprenden en una lengua extranjera son insultos. En Japón aprendí formas de cortesía. Mi idioma de emergencia me facultaba para desesperarme con buena educación.

No encontré un taxista que tuviera mal carácter. El coche es tan educado como el piloto: su puerta se abre y se cierra sola.

***

Los masajes y la meditación relajan al japonés, pero su mejor método para alcanzar la calma espiritual consiste en no dejar propina. Durante quince días fui ajeno a la disyuntiva de ser mezquino o excesivo.

En cambio, fue angustioso no llevar tarjeta de presentación. Mi nombre y mi destino caían en el vacío. El ritual de intercambiar tarjetas es la versión moderna de la ceremonia del té.

A falta de credenciales, me presenté a partir de los vínculos de mi familia con la televisión japonesa. Crecí viendo Astroboy, mi esposa creyó ser Señorita Cometa, mi hijo perteneció a la tribu de los Pokémon y mi hija al reino de Doraemon. Fue como enlistar signos del Zodiaco. Mis parientes se volvieron comprensibles. El método resultó eficaz. A fin de cuentas, ¿qué es un extranjero sino una caricatura?

***

Al salir del metro en Kami-Igusa, hay una estatua de Gundam, robot que ha destruido todo lo que se puede aniquilar gracias a los efectos especiales del video. La gente le coloca monedas, como a un Buda armado.

En ese barrio de casas bajas están los estudios de Sunrise, compañía que produce al imparable Gundam. Como resulta difícil conseguir locales de gran tamaño, las oficinas y los talleres de producción se reparten en distintos edificios. Ahí trabajan doscientos cincuenta jóvenes de veinte a veinticinco años. No son los artífices de las historias ni los creadores de los diseños. Se limitan a desarrollar las escenas para formatos de dvd o PlayStation. Como en los templos sintoístas, todos están en calcetines. Me dijeron que es para evitar que el polvo de la calle estropee las computadoras, pero en Japón la comodidad sólo existe en calcetines.

Durante media hora hablé con Shinichiro Watanabe, director de uno de los proyectos más logrados de Sunrise, la serie Cowboy Bebop. Su rostro obliga a una comparación demasiado obvia: es idéntico al gato cósmico Doraemon.

Le sorprendió mi comentario sobre la obsesiva redondez de los ojos en el manga y el ánime japonés. Desde un punto de vista iconográfico, Heidi es “japonesa” en la medida en que tiene ojos circulares. “No me había dado cuenta, para mí las caricaturas deben ser así”, comentó. Los ojos redondos no son un signo de occidentalización, sino de falsificación, la garantía de que se trata de un ser imaginario.

“Lo más difícil de animar son las pisadas”, dijo Watanabe. La verosimilitud de un personaje depende de cómo se mueve. Su centro de gravedad es su alma. Astroboy caminaba con la rigidez de un robot primario. Las criaturas de Watanabe se desplazan como existencialistas en calles de mala muerte. La historia de los dibujos animados es la historia de sus pasos.

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Llegué a Japón poco antes de la primavera. Todo mundo hablaba de los cerezos en flor. Los noticieros localizaban árboles que ya habían florecido y las modificaciones del follaje se podían seguir en sitios web.

El tema omnipresente se prestaba para un test de personalidad. Los optimistas veían bastantes flores, los pesimistas casi ninguna.

La naturaleza domina la vida de Japón con poderío simbólico. Incluso los desastres naturales han beneficiado su historia. En dos ocasiones los invasores fueron repelidos por tifones. La palabra kamikaze quiere decir “viento sagrado” y alude a esas tormentas defensivas.

También la cultura es un desprendimiento del paisaje. El haiku sigue un principio botánico: la poesía como instantánea floración. Me encontré en Kioto con Aurelio Asiain, poeta que encontró en Japón el ámbito que le conviene. Fue agregado cultural de México y ahora es profesor en la Universidad de Kansai. El rostro se le ha orientalizado de modo feliz: un sogún de buen humor. En Luna en la hierba, Asiain traduce medio centenar de haikus. Ahí, Fun’ya no Yasuhide compara el indeciso lenguaje del jardín con la insistente retórica del mar:

Cambia el color
de la hierba y los árboles,
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.

Desde José Juan Tablada, la poesía japonesa ha tenido una extraña alianza con la mexicana. Octavio Paz logró escribir poemas propios con versos traídos del Oriente. Su traducción del haiku con el que Fujiwara no Teika ganó el certamen del palacio imperial en 1216 es un ejemplo superior del arte de interiorizar paisajes:

Tarde de plomo.
En la playa te espero
y tú no llegas.
Como el agua hierve
bajo el sol –así ardo.

En el Teatro Noh presencié Ashikari, obra del siglo XV. La trama trata de un largo desencuentro. La acción es lo que no ha pasado. Tanto en el noh como el kabuki, los logros son antecedidos por un meritorio esfuerzo. El dolor asumido en plenitud es el prerrequisito del placer. No hay recompensa sin dificultad ni hedonismo que no colinde con el riesgo.

El pez globo, cuyo veneno alcanza para matar a treinta personas, es una sabrosa ruleta rusa. Un cocinero experto retira la vejiga maligna. Lo interesante es que puede fallar.

Según amigos japoneses, la mayoría de los peces globo son de criadero y carecen de peligrosidad. Esto se mantiene en secreto porque el comensal busca la posibilidad de morir.

En la rigurosa jardinería japonesa, los tallos de los crisantemos se tuercen para lograr una belleza artificial. Las plantas no sienten el dolor: lo representan. Los bonsái y los jardines donde el musgo crece en distintas tonalidades son placeres surgidos de la penuria.

Un pasaje de Ashikari: “Es más difícil cultivar el arte de la poesía que contar todos los granos de la arena. Por eso hay que cultivarlo.” Trabajar un jardín es un grato calvario. Trabajar las palabras representa un reto orgánico mayor: la poesía es la parte más difícil de la naturaleza.

Al final de Ashikari la trama se condensa en una metáfora: “la flor que padeció el invierno en primavera abre sus pétalos”. Esta sencilla descripción se carga de fuerza por dos razones: conocemos los padecimientos que llevaron a esa sanación y la recompensa es precaria y se marchitará pronto.

Incluso en la pornografía hay una estética primaveral. Las estrellas del porno japonés son casi niñas, adolescentes en flor. Un diseño de pixel cubre los genitales al modo de un origami cibernético.

***

Japón es el país de las pantallas. La gente levanta la vista de los mensajes de texto para encontrar la vibrante publicidad que cubre edificios enteros.

La intensa virtualidad de la vida japonesa ha producido los hikikomori, sustantivo que viene de “apartarse” o “recluirse”. Se trata de adolescentes que se encierran en una habitación por tiempo indefinido, sin más contacto que su computadora. Enrique Vila-Matas describe así a estos renunciantes: “Sienten tristeza y apenas tienen amigos, y la gran mayoría duerme o se tumba a lo largo del día, y miran la televisión o se concentran en el ordenador durante la noche. En Japón se les llama también solteros parásitos. O sea que aquellas máquinas solteras que inventara Duchamp se han hecho realidad.”

En un país de reglas, donde el fracaso escolar puede llevar al suicidio, el hikikomori contrasta más.

¿Esta nueva variante de la melancolía proviene de la alienación postindustrial o se trata de un arte cultivado con esfuerzo, como el bonsái o el origami? ¿Qué ha llevado al 20% de los varones adolescentes a alejarse de ese modo?

En cierta forma, el hikikomori es un samurái tímido. En el pacífico Japón contemporáneo resulta difícil ejercer el oficio que durante siglos encandiló la mente de los jóvenes vernáculos. La inmensa mayoría de los hikikomori son hombres y casi todos responden a los rasgos que Yukio Mishima distinguió en el guerrero moderno. Pocos años antes de practicar su suicidio ritual, Mishima actualizó el Hagakure, prontuario samurái recogido en el siglo XVIII. Las condiciones básicas de quien asume esa existencia son el desprecio por la vida y el alejamiento de toda tentación mundana. El samurái es un carismático outsider, un romántico que ama de lejos y aguarda el momento de sacrificarse: “El Hagakure es un intento de curar el carácter pacífico de la sociedad moderna a partir de la potente medicina de la muerte”, escribe Mishima.

Antes del haraquiri, el samurái compone un poema. Su visión del mundo se condensa en cinco versos. El poeta guerrero existe al margen de sí mismo; garantiza la renovación del orden natural a través de la sangre y la belleza.

La cultura valora al samurái y recela del ciberrecluso, pero no se trata de entes tan apartados. Los hikikomori se sustraen a la banalidad de la vida moderna. En un mundo sin épica, se dan de baja. Son espectros, suicidas aplazados.

Tal vez el primer hikikomori fue el profeta de la ética samurái. El Hagakure proviene de las enseñanzas de Jocho Yamamoto, recogidas por su seguidor Tsuramoto Tashiro. Yamamoto estuvo al servicio de un sogún del siglo XVIII. De acuerdo con la tradición, debía suicidarse al morir su Señor. No lo hizo porque un edicto abolió los suicidios rituales, pero se retiró del mundo y durante veinte años perduró en calidad de hikikomori.

El Japón moderno no reconoce la fertilidad de la violencia. Como Yamamoto en el segundo acto de su vida, el samurái contemporáneo busca el alejamiento. En ocasiones falla y toma un rifle: los hikikomori se volvieron famosos cuando uno de ellos secuestró un autobús y comenzó a disparar.

¿Asistimos a la preparación de los samuráis del porvenir? ¿El enclaustramiento es el “lado B” de la violencia?, ¿la elimina o la incuba sigilosamente?

La ultratecnología provoca adicciones a los aparatos y la adopción de mascotas electrónicas, como el tamagotchi o los nintendogs a los que hay que dar raciones virtuales de sushi o de alimento canino, pero también fomenta interesantes repudios. Numerosos sensei (maestros) no usan artilugios. Ryukichi Terao, hispanista de la Universidad de Tokio, vive satisfactoriamente en la patria de Sony sin disponer de reloj, teléfono celular ni agenda. Una de sus más curiosas aficiones consiste en calcular la extinción de los japoneses. Aunque la isla está sobrepoblada, la tasa negativa de natalidad anuncia que en el año 3000 habrá veintisiete japoneses y en 3085 sólo quedará uno.

¿Cómo se comportará el último japonés sobre la Tierra? Seguramente será alguien inmóvil o acelerado. Japón emplea el tiempo en forma extrema. El paraíso de la quietud y de la prisa.

A veces los dos tiempos se combinan. En el zen, la calma es una vertiginosa actividad mental. El jardín de arena del templo Ryoanji, uno de los más visitados de Kioto, desafía la razón con quince piedras. El conjunto hace pensar en islas a la deriva, montes que sobresalen entre las nubes o animales que sacan la cabeza al cruzar un río. El jardín es visto desde una terraza de madera. Al caminar de un extremo a otro el visitante puede contar las piedras. Es fácil constatar que son quince, pero no hay un solo punto desde el que sea posible verlas todas. El templo ofrece una lección de perspectiva: la totalidad es fragmentaria.

Quien medita o contempla los movimientos del teatro noh disfruta los favores de la lentitud. Pero Japón también es la patria del shinkansen. El “tren bala” recorre la isla con disciplinado frenesí. En los andenes se indica el lugar en que deben pararse los pasajeros, según su número de asiento. No me costó trabajo entender esto, pero me subí al tren equivocado. Aguardaba el expreso a Kioto. Diez minutos antes del horario de partida llegó un tren y supuse que era el mío. Se trataba de un tren anterior. Diez minutos representan una eternidad para un transporte con apodo de proyectil (sólo en lenguas extranjeras se dice “tren bala”; la traducción literal de shinkansen es “ferrocarril troncal”; los japoneses no necesitan recordar que saldrán disparados: lo dan por supuesto).

Al bajar del tren, los viajeros se desplazan con celeridad. Tal vez porque sus pasos son muy cortos da la impresión de que se dirigen a sitios próximos. No se puede ser un corredor de fondo en un sitio repleto: en Japón siempre estás cerca de algo y siempre hay que apurarse para alcanzarlo.

***

Durante quince días, lo que no fue yin fue yang. Casi todo se presentaba en dualidades. Un templo sintoísta suele tener al lado uno budista para mostrar que las religiones conviven y se complementan. Hay quienes profesan el sintoísmo en vida pero desean ser enterrados con el ritual budista, preferible para el más allá.

La dualidad aparece en los diálogos más comunes: “Voy a buscar un sitio tradicional en internet”, me dijo un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores al invitarme a cenar.

Mezcla del artificio y la naturaleza, los restaurantes tienen guisos de plástico en las vitrinas, pero privilegian la comida de temporada. Durante mi estancia, el invierno era relevado por la primavera, lo cual significaba que había que comer anguila y hojas de cerezo.

Barthes entendió la comida japonesa como una rama de la pintura. Los platillos satisfacen la mirada y se presentan en series. En ese sistema la idea de “plato fuerte” es una vulgaridad. Hay que degustar sucesivas cosas pequeñas.

“Me he vuelto muy japonés”, dijo Aurelio Asiain cuando le sirvieron un plato y sacó la cámara para retratarlo. Estábamos en un local de Kioto que se atribuye la invención mítica del shabu-shabu. La integración de Aurelio a Japón es tan perfecta que ha adquirido alergia al polen y disfruta con orgullo los primeros síntomas. Pero luce aún más adaptado al retratar platillos concebidos como cuadros.

Si la comida ofrece la sutileza del arte efímero, los fideos que decoran las vitrinas muestran los prodigiosos brillos que puede alcanzar el plástico. Dan ganas de chupar esas delicias de juguete.

En el país del té, la hipermodernidad llega con el café. En cada esquina y cada andén hay máquinas dispensadoras de café helado, caliente, ligero, amargo o mixto.

De pronto, el viajero necesita decepcionarse. La irritación preserva el sentido de la diferencia. Me predispuse a odiar el café en lata. Para mi sorpresa, no me supo a jugo de Nintendo. Sin ser “auténtico”, tiene la gracia de no ser asquerosamente distinto.

***

Los japoneses adoran los uniformes, los desfiles y las banderas. Fui a un partido de futbol en el estadio de Kioto. Se disputaba el derbi contra Osaka, pero el ambiente no era el de un hervidero de pasiones. Las tribunas se cedían el turno para entonar cánticos copiados de las barras argentinas. En la entrada, recibí un papel con reglas de comportamiento, incluida la de no abandonar el asiento en caso de lluvia.

La ordenada inocencia de la hinchada decepciona al amante del caos futbolístico. En cambio, resulta atractivo que la policía parezca un equipo deportivo. Sus uniformes y sus movimientos tienen un aire de desfile.

Japón es la nación de las mascotas y la policía es representada por Pipo, cuyo nombre proviene del sonsonete de las patrullas.

¿Qué tan violento puede ser un país donde la agresión suele ser un privilegio autodestructivo y las fuerzas del orden asumen comportamientos infantiles?

En los dominios de Pipo no hay ofensas aparentes. No descubrí cómo se molestan los japoneses. La cortesía sólo se interrumpe para iniciar un protocolo. Nadie parecía dispuesto a agraviarme. Sentí una relajación que al cabo de unos días me incomodó. Ajeno a todo ultraje, extrañé la posibilidad de agredir a alguien. Japón puso al descubierto mi identidad. Extrañaba el chile, pero también el exabrupto, la queja justificada y colérica: “¡A mí no me hacen eso!” Japón se convirtió en el sitio donde me sentía a punto de romper algo. Ante cada desajuste, el factor incómodo era yo.

¿Cómo cuestionar un entorno que no deja de ser armónico? ¿Existe una tendencia militarista en el próspero país que visité y en otro tiempo masacró a los chinos en Manchuria, sometió con crueldad a los coreanos y bombardeó Pearl Harbor sin aviso?

En Tokio, el santuario Yasukuni está destinado a los muertos de guerra, sin distinguir entre víctimas y criminales. Ahí se dan cita quienes reivindican el nacionalismo. Las ofrendas de toneles de sake en el patio exterior prueban la popularidad del templo.

A un lado, el museo Yushukan ofrece una relectura de la historia militar. Se trata de una institución privada, que no se atiene al ideario oficial. Sin proponer francas reivindicaciones militaristas, vincula la tradición samurái con la necesidad de defender un territorio frágil, amenazado por la naturaleza y sus poderosos vecinos. El periodo favorito de quienes así entienden a Japón es la época Edo (1603-1868), cuando el país estuvo cerrado al exterior. La zona de desconfianza es el periodo Meiji (1868-1912), cuando los gobernantes japoneses se abrieron al mundo y se dejaron el bigote al estilo europeo.

Kenzaburo Oé era niño cuando terminó la guerra. Una de sus mayores impresiones fue oír al emperador por radio, anunciando la capitulación de sus ejércitos. Hasta ese momento no concebía que Hirohito tuviera voz humana. El emperador dejó de ser una deidad.

El poder imperial se desacralizó en un país que se abismó en el consumo y perdió interés por la política. Para Mishima esto representó una pérdida de la dignidad. En su arenga final, desde la terraza de un cuartel del ejército, llamó a recuperar el espíritu guerrero.

¿Algún día el ejército volverá a blandir la espada samurái? Conocí a una mujer cuyo hijo siguió la carrera militar pero cambió de profesión porque no soportó las reivindicaciones de ultraderecha. Durante mi visita se hablaba mucho de las armas atómicas de Corea del Norte. Una significativa minoría piensa que Japón debe intervenir antes de ser atacado.

¿Cómo se establece el consenso en una democracia de escasa participación política? Japón es un catálogo de reglas aceptadas. ¿De qué modo se deciden esas populares formas de la coacción?

Casi todos los habitantes tienen teléfono celular, pero no se cuestiona la prohibición de usarlos en los trenes. ¿Cómo se adoptó esta civilizada medida? De algún modo, las necesidades gregarias se convierten en leyes. Un amigo mexicano que vive desde hace treinta años en Japón me dijo que él contribuyó a la política de respeto al prójimo. Durante meses tomó el tren para hablar por celular a voz en cuello. Los demás pasajeros lo odiaron en educado silencio hasta que se aprobó la ley que prohíbe los teléfonos. De acuerdo con mi amigo, ciertos terroristas de las costumbres (entre los que se incluye con orgullo) ayudan a que los demás se pongan de acuerdo.

***

De madrugada, el barrio de Shibuya es recorrido por japoneses que caminan en zigzag después de visitar los bares de la zona. Ahí se ubica la novela Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Mezcla del exceso y el recato, Japón es el sitio donde un ejecutivo se emborracha en público, grita hasta el estertor y hace gestos kamikazes sin que eso sea un desdoro. Hay espacios controlados para perder el control.

Los bares son del tamaño de camarotes de barco y el propio Murakami administró uno de ellos. El encierro en el que se bebe provoca que la salida sea expansiva. Una vez en la calle, el borracho japonés ve la luna y aúlla como un fantasma de Akutagawa.

El ebrio y el que mira apariciones merecen idéntico respeto.

Aunque el machismo pertenece al protocolo nipón, no hay ausencia de chicas superpoderosas. La literatura de Tanizaki explora la fuerza secreta de las mujeres. En esas delicadas recreaciones del erotismo y la crueldad, hombres aburridos se enamoran de hechiceras que los destruyen placenteramente.

Los varones beben en público con un frenesí que rara vez se observa en las mujeres. La geisha acompaña la reunión de un modo estético, como un árbol en flor o un tapiz antiguo; sirve bebidas sin compartirlas. Pero en ocasiones es posible atestiguar una juerga donde dominan las mujeres. Unos amigos me invitaron a un sitio de Kioto donde los platillos no se eligen sino que llegan como un alfabeto del gusto que parece no tener fin y donde sólo me resultó incomible un trozo de tortuga en gelatina verde. Estábamos al lado de un arroyo, donde una garza buscaba peces bajo el resplandor lunar. En la otra orilla, una maiko (aprendiz de geisha) posaba para los turistas con su traje colorido –el rostro maquillado en blanco, la boca en forma de cereza. Las geishas trabajan en casas de té donde la comida cuesta una fortuna (mil dólares por cliente es una tarifa estándar). Muchos visitantes se conforman con retratarse junto a una maiko. La estatuaria placidez de esa mujer a la otra orilla del arroyo contrastaba con el barullo que surgía del piso de arriba. El local era estrecho. En la planta baja había una barra, donde estábamos nosotros, y arriba, una tarima. Mi anfitriona era una historiadora japonesa, que esa noche vestía quimono de gala. Al oír el escándalo de arriba, me explicó que si se dibuja tres veces el ideograma “mujer” significa “ruido”.

Cuando el estruendoso grupo trastabilló hacia la salida, aparecieron dos hombres que habían permanecido en absoluto silencio. Caminaban con agradable resignación, muy distintos a los varones que son seguidos por sus mujeres a dos pasos de distancia.

***

Me desperté a las cuatro de la mañana para ir a Tsukiji, el bazar de pescados y mariscos donde hay moluscos indescifrables y filetes de cetáceos superfinos. Los frigoríficos y la escarcha omnipresente crean un invierno regional.

Gracias a la Fundación Japón, conseguí permiso para recorrer la zona de los proveedores. Me registré en una oficina que parecía la caseta de una obra en construcción, y me asignaron unas botas de hule y una vistosa credencial.

El lugar de la subasta de atunes parece un hangar donde yacen los fallecidos de un accidente aéreo. Cada atún reposa sobre una tarima. Un papel informa acerca de su peso y procedencia. Se les practica una incisión para ver el color de su carne, que debe alcanzar el canónico tono cereza.

Los proveedores van vestidos como montañistas y llevan linternas para estudiar los peces.

A las 5 de la mañana, una campanada señala el inicio de la subasta. Un pregonero oferta atunes con gritos taladrantes. Los compradores se comunican con los vendedores por medio de señas, en un código semejante al del beisbol. Se puja con los dedos y el trato se cierra con un gesto.

Un negrísimo atún aleta amarilla de Nueva Zelanda pesaba 36 kilos. Su precio de salida era de 5,200 yenes por kilo (unos 52 dólares, que podían aumentar a niveles estratosféricos en la puja).

Vi peces atrapados en Vietnam, Indonesia, Australia y México. Habían llegado en complejas rutas aéreas para no perder su frescura. El atún congelado tenía un precio inicial de 1,500 yenes.

La subasta duró de 5 a 5:45 de la mañana. Todos los peces se vendieron. Los participantes no reflejaron satisfacción o desencanto. La escena se cumplió con seriedad kabuki. Sólo los pregoneros usaron la palabra, en un relato integrado por cifras.

Dentro del mercado, un selecto trozo de 600 gramos de atún costaba 4,000 yenes.

***

La caligrafía japonesa convierte los ideogramas en formas casi líquidas. Para comprenderlos hace falta ser calígrafo.

En un almacén de Kioto compré una tetera de arcilla roja de la región de Ugi, historiada por un calígrafo. Pregunté el significado del mensaje y esto dio lugar a un coloquio entre las vendedoras. Ninguna era calígrafa, pero varias tenían parientes que sabían estilizar ideogramas. Reconocieron que ahí decía “mujer” y “camino del corazón”. Me pareció suficiente para comprar la tetera.

Barthes escribió El imperio de los signos para aproximarse a los lenguajes no literarios del Japón. Al no poder leer ni hablar, el visitante descansa de lo obvio y sólo entiende, o cree entender, lo excepcional; entra en un bosque hermético donde cada objeto y cada brote es o parece ser un símbolo.

Como las vendedoras que discutieron acerca de la tetera, durante quince días pude descifrar un par de ideogramas. Lo demás fueron signos en precipitación, nubes, granos en un jardín de arena, enigmas necesarios para llegar a lo que sí se entiende.

***

Salí de Tokio a las 5 de la tarde y llegué a México a las 6 del mismo día. Esa hora larguísima fue un rito de paso.

El japonés del aeropuerto Benito Juárez seguía ahí, con su pelo de hurón. Durante unos días aceptó la invitación de una japonesa que vive en el df y se trasladó a un departamento. Pero la vida casera no es lo suyo. Sólo el aeropuerto le permite estar en ningún lugar.

Yo sufrí un cambio mayor en esos días. México me pareció un lugar baratísimo, que existía en lento desorden. Todo era sucio pero la gente estaba limpia. ¡Qué extraño resultaba eso para mi mirada japonesa!

El mayor asombro vino al beber agua mexicana. Probé un líquido espeso. Venía de quince días de tomar agua frágil.

Entonces la levedad de Japón gravitó con fuerza. El recuerdo del agua fue como un acertijo zen (“¿cómo suena el aplauso que produce una sola mano?”). ¿Qué decía ese líquido invisible, casi ingrávido?

Los signos de Japón proponen algo más profundo que el entendimiento. La falta de claridad no está en el entorno sino en la mirada: el viajero debe pasarse en limpio.

El otro Tévez

Publicado: 9 agosto 2013 en Nahuel Gallotta
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Es de noche y la persecución es en Ciudadela. La Policía Bonaerense sabe del morocho que entró a robar al bingo de la calle Rivadavia y se les viene escapando. Lo tiene junado, lo busca hace ya un tiempo. Para ellos, es el líder de la pandilla que tiroteó la comisaría sexta dos noches seguidas, para vengar la muerte de uno de sus compañeros. El morocho es el mismo que después de otro robo, en otra persecución, mató a un policía, con lo que se convirtió en un “carta blanca”, es decir, un ladrón a quien la policía puede matar en vez de detener, y luego, con toda impunidad, plantarle un arma e informar que se trató de un intenso tiroteo.

Para todo Fuerte Apache, el morocho es aquel pibe que pintaba para crack de la selección nacional, el que dominaba la pelota mejor que nadie, y que lograba que técnicos y directivos de clubes grandes del país fueran a buscarlo a su monoblock. Tenía el morocho un compañero en la delantera: un socio dentro del equipo. Alguien que no definía tan bien como él, pero lo acompañaba en el pase, en la pared, en la llegada al área rival, en los festejos. Siempre estaba detrás de él en la tabla de goleadores. Dicen en el Fuerte que juntos hacían desastres. En el ambiente del fútbol infantil, también. Ahora, uno concentra con la selección argentina Sub 17 mientras el otro escapa de la bala policial. Uno corre en el entrenamiento mientras el otro corre para no morir. Uno firma contrato de exclusividad para usar indumentaria Nike y el otro roba para comprar las zapatillas Nike más caras. Uno se llama Carlos Tévez, le dicen Carlitos; el otro se llama Darío Coronel, le dicen Cabañas. Arrancaron en la categoría 84 de All Boys y siguieron jugando juntos seis años más. El que llaman Tévez ahora descansa en un hotel de Perú de cara al Preolímpico Sub 17. El que llaman Cabañas sabe que si se detiene a descansar el descanso será para siempre.

El guacho Cabañas corre, pero sus pulmones no son los de antes: el poxirram hizo lo suyo y ya no hay reacción en los piques, en cada proyección. Sabe que atrás viene la Bonaerense, y le ruega a San Jorge para que lo ayude una vez más. Está seguro de que no lo espera una detención, ni un tiroteo, tampoco un instituto de menores. En la persecución existe el pulso íntimo de la venganza policial. Es vida o es muerte. O se lo hace o se lo hacen. Mató a uno de ellos. Es carta blanca. Lo quieren matar. Lo van a matar.

Falta una cuadra para llegar a Fuerte Apache y ahí sabe que no lo atrapan, en los monoblocks se les pierde. Corre hasta el Aguas Argentinas de la calles Besares y frena; ayuda a sus compañeros a saltar las paredes. Se da vuelta. Es el último. Quedó solo. Los patrulleros doblan y lo ven de espaldas, tratando de trepar. Se ve rodeado. De golpe Cabañas comprende que esta vez no hay posibilidades. Y no lo duda: en el barrio siempre decía, el guacho Cabañas, que antes de que la policía matara a un ladrón prefería matarse él. Entonces saca su pistola, la remonta y se pega un tiro en la sien.

Esta no es la historia de Carlos Tévez. Esta es la historia del pibe que pudo haber sido Carlos Tévez y no, no salió, no pudo ser. Estuvo cerca, condiciones le sobraban, pero no se dio. La gloria deportiva, en este caso, es pura leyenda.

… Siempre me decías que ningún policía te quitaría la vida / siempre en tu rostro convivía una sonrisa / pero con picardía porque en todo momento / sabías lo que hacías / recuerdo a tu hermano recibiendo la noticia / guacho Cabañas se ha quitado la vida / terminaron las buenas jugadas / solo has dejado una lluvia de balas…

Darío Coronel, Cabañas, nació el mismo año, vivió en el mismo nudo de Fuerte Apache, fue a la misma escuela, jugó en el mismo potrero y en muchos de los clubes que estuvo Carlitos. De chicos se la pasaban todo el día juntos, y decían ser mejores amigos. Adentro de la cancha se puteaban, pero afuera nunca se separaban. A Darío, como a Carlitos, también se lo podía ver con ropa sucia, zapatillas agujereadas, caminado solo, de muy niño, por los monoblocks de un barrio que es un gueto de Buenos Aires.

–Se la pasaban compitiendo entre ellos y peleando. Por la tabla de goleadores, porque no se la pasaban entre ellos, pero a la vez, se amaban –dice Yair Rodríguez, exintegrante de ese primer equipo.

Cabañas fue Tévez antes que Tévez. Era el mejor de los siete chicos de seis años que integraron la primera formación de un equipo ganador, gloriosamente reconocida por el mundo del fútbol infantil: la categoría 84 de All Boys. Jugaron juntos hasta los trece años, para después cada uno seguir su carrera en clubes de cancha de once. De aquel equipo surgió una megaestrella del mundo –Tévez–, y un pibe que se pegó un tiro –Cabañas–, y otro que hoy cuida un depósito de gaseosas –Ariel, el arquero–, y otro que juega por setecientos dólares mensuales en el fútbol de ascenso –Yair–, y otro que es electricista y pasea perros –Gastón–, y otro que acaba de salir de la cárcel –Carlos–, y otro que puso una agencia de fletes y se escapó de un centro de rehabilitación de drogas –Egidio.

Y ese equipo tenía un gurú, un hacedor: Norberto el Tano Propato, que pasaba por Fuerte Apache con una camioneta arruinada y levantaba lo que su buen ojo de cazatalentos del suburbio le indicaba que sería un gran jugador. Propato dirigía un club a treinta cuadras de los monoblocks, pero pasaba por allí para detectar pichones de cracks. Lo vio a Tévez, una vuelta, cuando tenía cinco años, pateando unas piedritas en la canchita del Nudo 1. Lo vio también a Darío, pateando esas mismas piedritas o tal vez otras, en un lugar donde todos los monoblocks, todas las calles, todos los potreros, todos los nenes, todo es tan igual a todo.

En un club de paredes rojas de Ciudadela, Propato no se cansa de contar anécdotas sobre Cabañas. Propato tiene muy poco pelo; el poco que tiene es canoso. Su nariz es digna de cargadas, ya pasó los sesenta. Hoy se puso un buzo polar azul lleno de pelusas y se sentó en una mesa del bufet, pegada a la ventana que da a la cancha. Su hija, que atiende el bufet de paredes rosas, sirve café en vasos de telgopor.

Lo primero que dice Propato, cuando se le pregunta por Cabañas, es:

–Mama mía, era un monstruo. Un pedazo de jugador.

Propato, además de llevarlo y traerlo a Cabañas, debía conseguirle botines y lograr que regresara con el estómago lleno. Con el resto de los chicos de Fuerte Apache tenía la misma tarea; con Tévez, lo mismo. Los pasaba a buscar por los monoblocks en una camioneta estanciera. Cuando la chata no arrancaba, los chicos la empujaban para que Propato, en segunda, pudiera ponerla en marcha. Su hija también formaba parte del proyecto: a algunos de los chicos los ayudaba a hacer la tarea del colegio.

Hoy Propato anda en un Renault 12 que tiene más años que la edad de Tévez.

De más grandes, empezaron a viajar solos, en el colectivo 135. Iban subiendo en distintas paradas de Ciudadela, Fuerte Apache y Floresta. Viajaban todos juntos, al fondo. Subían con guardapolvos blancos, como si fueran a la escuela. El boleto escolar valía un diez por ciento de la tarifa mínima. En las mochilas no llevaban útiles ni cuadernos. Llevaban botines y canilleras. La mayoría de los colectiveros sabían que no iban a estudiar, pero los dejaban pasar. Viajaban con ellos todos los días, y los veían volver transpirados, siempre peleando por quién hizo más goles, cargando al defensor que se comió un amague, puteando al “comilón” que prefería la jugada individual en lugar de la colectiva.

Se bajaban en la esquina de Mercedes y Lascano. Caminaban dos cuadras hasta el club, en pleno Floresta. Antes de cada entrenamiento, se trepaban a los techos. Llenaban bombitas de agua y esperaban a los colectivos que pasaban, repletos, por la avenida Jonte. Ahí apuntaban a las ventanas abiertas. Luego se escondían.

Caminando por Jonte, iban hasta Gualeguaychú, a dos cuadras de All Boys. Antes, con las monedas que les pedían a sus padres, compraban cohetes. La joda era llegar hasta la puerta del cabaret “Los 4 ases”. Los prendían en la puerta y salían corriendo. A veces, cuando tenían los “tres tiros”, apuntaban desde la esquina. Cuando la puerta estaba abierta, se mandaban, siempre a las carcajadas. Una madama, bien gorda, de muchos rulos, los echaba a las patadas. La 84 de All Boys, dicen, la pasaba mejor antes y después de los partidos, cuando tenían ratos libres para jugar a otra cosa.

Los días de partido, Darío, mientras el resto de sus compañeros se cambiaba para el partido, seguía jugando a cazar y matar palomas con una gomera en la puerta del club. Había que salir a buscarlo a la calle para que se cambiara y escuchara la charla técnica. Darío era paraguayo. Por su nacionalidad, y por su cuerpo morrudo, y por cómo aguantaba la pelota contra el piso, y por su cara de malo, lo apodaron Cabañas, en alusión a ese grandote 9 de Boca de comienzos de los noventa.

Darío usaba la 10; Tévez la 9. A los once años, los llevaron a una prueba en Vélez, en cancha de once: Darío quedó; Tévez no.

… Recuerdo verte venir con tu sonrisa descansera / tu mirada de pillo debajo de tu visera / aquí junto a tu tumba y con el corazón en pena / recuerdo que me decías que morirías / cómo vivirías / que serías delincuente hasta el último de tus días/ y ahora desde una estrella nos debés estar mirando / desde allá arriba con tu arco…

Carlos Pérez es otro que hoy podría ser Tévez. U otro que también podría ser Cabañas. Tévez, porque cuando cumplió trece, y se terminó el Baby, pasó junto al crack a Boca, a cambio de diez mil dólares en concepto de pelotas, pecheras y conos. Y también podría haber sido Cabañas porque fue detenido tres veces por robo. Pero no era carta blanca, y en lugar de matarlo, lo detuvieron y fue a la cárcel. Salió hace un mes, viene de casi cuatro años de prisión. Pérez era el 5 de la 84 de All Boys. Era el que se ganaba las puteadas de Tévez, cuando prefería pasársela a Cabañas. Por eso lo puteaba. Una vez Pérez se pudrió. Agarró la pelota en medio de un partido, la pateó a la calle y salió de la cancha enojado, puteando.

–¿Vos qué habrías hecho? El goleador era Cabañas, el mejor jugador del equipo, y yo prefería pasársela a él antes que a Tévez.

Carlos Pérez tiene tez morena, pelo corto, usa un piercing en la ceja y zapatillas Adidas, de las más caras. La pinta de jugador está intacta; en la forma de caminar, de atarse los cordones bien desajustados. Habla fuerte y rápido, y cuando habla escupe sin querer.

De Cabañas dice:

–Yo tengo la imagen de que el pibe era un rejugador. Pero también la del pibe que a los trece años venía a entrenar con olor a marihuana. Jugaba estando refumado. Una vez tuvo un problema con un pibe más grande del club. Se peleó a las piñas, perdió, y al día siguiente fue a buscarlo con un revólver.

Carlos Pérez también cuenta otra anécdota, que lo hace reír. Estaban Cabañas, Tévez y él. Y su hermano, más grande que ellos, llegando a su casa con una motito Zanella. Y ellos en la puerta, mirando la motito.

–Se la pidieron prestada los dos. Carlitos y Cabañas se agarraron a las piñas para usarla primero. Se pelearon y a los cinco minutos ya eran amigos de nuevo. Se querían mucho pero siempre competían por quién hacía más goles. Cabañas era mucho mejor jugador que Tévez. Ponele la ficha de que si el chabón se ponía las pilas, llegaba a primera. Tenía un retalento y ponía todo, eh. Si a Tévez le destacan el sacrificio, Cabañas…, Cabañas se mataba en la cancha.

… Querido amigo yo nunca me voy a olvidar / de las cosas que vivimos / y enemigos compartimos / y tú siempre el mismo pillo / con el dedo en el gatillo / empuñando un papelillo pillo / apuntando un cobani resentido…

Quienes conocieron a Cabañas afirman que tuvo dos vidas. Una hasta los doce años: la de la familia humilde pero unida. Tres hermanos varones, una mamá, un padrastro golpeador.

Y la otra después de los doce, cuando su mamá se mudó a Paraguay con sus hermanos, y a él lo dejó solo, con su padrastro, por su mala conducta. Eso lo puso triste, al tiempo abandonó la escuela.

Quienes conocieron a Cabañas, y lo vieron jugar, juran –no afirman– que era un pedazo de crack y que pintaba mucho mejor jugador que el mismo Carlitos Tévez. En el ambiente del fútbol infantil lo veían como el futuro 8 de la selección nacional.

Debajo del Nudo 1 de Fuerte Apache, donde vivieron Tévez y Cabañas, hay una remisería y un quiosquito. Enfrente, unos banquitos y la canchita. Ahí mismo se juntaban unos pibes que usaban ropa ancha, suelta, musculosas de la nba, zapatillas galácticas, gorras viseras. Lo de la ropa ancha, además de ser moda, servía para que nadie se diera cuenta de que guardaban pistolas en la cintura. No tardaron mucho en hacerse llamar “Los Backstreet Boys de Fuerte Apache”, como el grupo norteamericano que vendió más de cien millones de discos.

Cuando uno pone en Google “Fuerte Apache Backstreet Boys”, se entera: que los Backstreet eran la banda más pesada de las treinta que operaban en el barrio. Que las pandillas juveniles se disputaban el poder a los tiros. Que siete de cada diez detenidos eran menores de dieciocho años que portaban armas. Que existía un clima de guerra cada vez que la policía mataba a un Backstreet, y a modo de venganza, tiroteaban la comisaría sexta, la del barrio. Que a los velato- rios iban armados hasta los dientes. Que en los entierros tiraban tiros al aire, la mejor manera de despedir a un pistolero como ellos. Que le atribuyen más de cien asesinatos.

Cabañas tenía diez, once años, y era el único nene de su edad que Los Backstreets dejaban quedarse con ellos. Era su carisma, su chispa, su personalidad la que lograba ese permiso. Los grandes procuraban que los nenes no vieran cosas que no deben ver a esa edad. En Fuerte Apache es un código: hay que tratar de consumir drogas, andar armado y planificar robos estando alejados de los niños. Pero Cabañas se quedaba. Y escuchaba y veía todo. Era la mascotita de la banda. Al que lo mimaban, al que lo mandaban a comprar cervezas o cigarrillos. También le daban dinero para golosinas. Los pibes grandes tienen esa imagen grabada: ellos fumando marihuana, pensando qué ir a robar más tarde, y a Cabañas yéndose con el bolsito a entrenar, estimulándolo a seguir jugando al fútbol y llegar a primera para poder comprarse una casa e irse del barrio.

Hoy los Backstreet son pura leyenda. De casi veinticinco jóvenes, viven cuatro. Los demás murieron en enfrentamientos con la policía o bandas rivales. Hubo, también, casos de suicidios, como el de un pibe que se pegó un tiro cuando lo abandonó su mujer. Otros de ruleta rusa. Otros fallecieron en cárceles. Otros en accidentes automovilísticos. Otro se internó en un neuropsiquiátrico de México y nadie supo más nada de su vida. Unos pocos están en prisión, con largas condenas por cumplir. La historia de Cabañas entra en la lista de los muertos. El pibe del que se decía que podía ser el 8 de la selección, prefirió cambiar la vida del fútbol por pertenecer a la banda más sangrienta de Fuerte Apache. Vivió hasta los diecisiete años.

… Tu cabello bien peinado / y tu caño apuntando / el brillo de tus anillos alumbraba tu camino / el oro que te colgaba porque tú te lo ganabas / después de cada hecho siempre regresabas / con la frente bien en alta / con tu compañero a los tiros y carcajadas…

En Fuerte Apache, del guacho Cabañas se dice:

Marcelo, ex Backstreet:

–En dos años hizo desastres. Fue un pibe al que le gustó el primer robo, y bueno, después nadie le pudo parar… Le daba la sangre para robar cualquier cosa, pero le faltó un compañero de robos que lo guiara, para hacer las cosas bien y no terminar como terminó, solo, matándose para que no lo matara la policía. Iba muy drogado a robar.

Didí, técnico de Santa Clara, que lo dirigía los domingos:

–Jugaban juntos –con Tévez– y hacían desastres. Yo quería dar la charla técnica y me decían “no nos rompás las bolas. Vos ponete a tomar mate con las mamás que el partido lo ganamos nosotros dos solos”. Yo decía que Cabañas podía haber llegado primero que Carlitos. Y mirá dónde está Carlitos y mirá dónde está Cabañas.

Pino Hernández, coordinador de las inferiores de Vélez:

–De Cabañas me acuerdo demasiado, habría sido el 8 de la selección. Era muy peleador, pero te defendía, eh, defendía a los compañeros, pero a veces no se medía. Después se encontró con amigos que lo llevaron por el mal camino y eso no lo pudo superar. Creo que si hubiera tenido una buena familia, alguien que lo contuviera en su casa, habría tenido otro final. Nosotros, a los chicos como él los tenemos dos horas por día en el club, el resto del día se la pasan en sus barrios.

Al ir desapareciendo Los Backstreets grandes, fueron quedando los jóvenes. Y quedaron las armas. Así se inició la nueva generación. Así empezó Cabañas. Así empezaron todos los chicos que, como él, se criaron idolatrando al que robó camiones blindados, al que tomó rehenes y salió en la televisión, o al que mató a un policía. En Fuerte Apache, los próceres no son Belgrano, San Martín, son los ladrones. Los ídolos como Tévez, son ídolos hasta los doce o trece años. Después no.

Todos los días Cabañas andaba armado. Una vez, manejando una moto por las calles de los monoblocks, un perro callejero lo corrió, y de un tarascón le pinchó la cubierta de atrás. Cabañas frenó, apagó la moto, sacó su pistola y lo mató de un tiro. Era el 2001, faltaban meses para su muerte y a Cabañas se lo podía ver siempre con una pistola en una mano y con una bolsita de pegamento en la otra. Por la única razón que dejaba su uniforme era por el fútbol en su barrio. Cuando escuchaba el ruido de una pelota picando en la tierra de los potreros de Fuerte Apache, dejaba todo a un costado y se ponía a jugar.

Cabañas, como todo pibe que tuvo necesidades, con el dinero de los primeros robos a pequeños comercios o supermercados chinos, iba a las casas de deportes a comprar conjuntos deportivos y zapatillas Nike. Esa es la política en el barrio. Tener. Mostrar. Aparentar, ocultar la pobreza en un par de zapatillas. En los sectores bajos, como Fuerte Apache, caminar con unas zapatillas Nike implica seguridad, confianza hasta para encarar a una mujer.

Los anillos y cadenas de oro que usaba caracterizaban al guacho Cabañas. Caminando Fuerte Apache, se frenaba en los quioscos donde había nenitos. Sacaba dinero de sus bolsillos, el dinero que le había sacado a alguien de mucho dinero, y los invitaba a comer. Jugando en Vélez hacía lo mismo. A los compañeros que venían a entrenar desde barrios como el suyo, haciendo combinación de colectivos o trenes, les daba para el remís. Para los que venían pedaleando en bici desde muy lejos, también había.

Su despedida fue a los tiros. Con pistolas, revólveres, fusiles. Todas las armas de Fuerte Apache salieron a llorar la muerte de Cabañas. Y en entierros así, lo que se hace es apuntar al cielo y gatillar. Es la mejor –es la única– manera de decirle adiós a un ladrón que se mató para que la policía no matara a un chorro.

… Perdonaría tus pecados / porque muchos de ellos tras las rejas lo han pagado / el cielo está juntado / hoy siento que no tengo compañía / pero siento que sos el angelito que me guía/ y cuida mis espaldas / mi ángel de la guarda…

De Los Backstreet que quedaron vivos está Esteban, que con tres amigos formó una banda de rap llamada fa!; vive de la música, grabó varios discos y el director de cine Pablo Trapero dirigió dos videoclips de la banda. Desde que se formó la banda, en los monoblocks hay seis o siete grupos que se la pasan de estudio en estudio queriendo grabar su primer CD.

Esteban, arriba de su tobillo izquierdo, tiene un tatuaje: dice “Cabañas”.

Una noche, Esteban lo cruzó caminando por los monoblocks:

–Cabañas, te tenés que rescatar. La policía está matando a todos los pibes, el próximo podés ser vos. ¿Cuándo te vas a dejar de joder con todo esto?

Cabañas, sentado en un cordón de la vereda, mirándolo a Esteban parado, dijo:

–Es que yo nací chorro y me voy a morir siendo chorro.

Cabañas y Esteban hablaban mucho. Cabañas lo escuchaba mucho, lo admiraba, lo veía como un hermano mayor que siempre lo aconsejaba.

–Vos tenés que seguir con la música, porque tu música revá, es la piola, un día la vas a pegar. Aparte vos ya tenés un hijo, y le tenés que dar todo –le dijo Cabañas una vez.

Esteban dice que puede parecer una exageración, pero que la respuesta que le dio el guacho Cabañas es lógica. Los pibes en Fuerte Apache piensan así. “Yo nací chorro y me voy a morir siendo chorro”, decía Cabañas. Tenía diecisiete años. Cuando falleció, fa! escribió un rap sobre su vida. Se llamó “Cuando un amigo se va”.

Cabañas compartía. O se las ingeniaba para que todos los chicos de su barrio se privaran de la menor cantidad de cosas. El predio de entrenamientos de Vélez estaba a veinte cuadras de Fuerte Apache. Cabañas había quedado en que, los días de práctica de fútbol, sus amigos iban a estar sobre la avenida Juan B. Justo, escondidos. En algún momento del partido iba a patear, a propósito, la pelota para afuera. Más tarde, en los potreros de Fuerte Apache, se iba a jugar con una pelota que solo veían por la televisión.

Antes de Vélez estuvo en Argentinos Juniors. Era la década del noventa y los futbolistas de Primera División habían impuesto una moda: usar botines blancos. Cabañas tenía los que le conseguían en el club. Un día se robó en la escuela un Liquid Paper, el corrector líquido que se utiliza para borrar errores en papel. Con eso, pintó de blanco sus botines negros. A las siguientes prácticas, un colombiano se fascinó, y le propuso que se los cambiara por los suyos. Cabañas sabía que la pintura, mucho no iba a aguantar. A los días, de tantos pelotazos, los botines del colombiano comenzaron a despintarse, y de blancos pasaron a negros. Cuando fue a reclamar, Cabañas lo sacó matando.

En Vélez siempre fue el 8 titular. Tenía épocas. A veces andaba bien, y otras desaparecía de los entrenamientos por varias semanas. Ahí era cuando directivos del club decidían meterse a Fuerte Apache a convencerlo de volver. Iban, pero Cabañas siempre se escondía, como si fueran policías. Varias veces técnicos y dirigentes fueron a buscarlo a un barrio que jamás habrían pisado si no fuera por un pichón de crack. Hasta que se cansaron. Se dice que una vez robó cosas de un bolso de un compañero, y lo dejaron libre, con el pase para que se buscara otro club. Dicen también que Cabañas se lo tomó en joda. Que ese día se volvió a Fuerte Apache cagándose de la risa.

Al tiempo, una tarde fue a visitarlo Propato, el técnico de All Boys que lo pasaba a buscar por los monoblocks.

–Hubo un momento, a los quince años, que se peleó con todo el mundo, porque era muy calentón –cuenta Propato–. Yo dirigía Comunicaciones, y un día se aparece en la práctica, porque me adoraba, y me dice:

–Quiero jugar en Comunicaciones.

En un club como Comunicaciones los jugadores profesionales juegan al fútbol por un salario básico. Entrenan a la mañana y por la tarde tienen otros oficios para vivir mejor.

–¿Vos?… ¿Acá? Tenés tantas chances de ir a Boca, a River, podés jugar en el equipo que vos quieras. ¿Cómo vas a venir a jugar con nosotros? ¿Estás loco?
–Es que yo quiero venir a jugar acá porque estás vos. Vos sos el único que me puede controlar un poco. Estoy metido en muchos problemas.

Propato lo entendió, y sintió que si repuntaba podía en pocos meses estar otra vez en los mejores clubes. Quedaron en verse al día siguiente, pero Cabañas desapareció. Esa fue la última vez que lo vio.

Unas noches antes de matarse, y con la noticia de Tévez citado para la selección Sub 17, Cabañas caminaba llorando por el barrio. Didí, técnico en Santa Clara, club de los monoblocks en el que Tévez y Cabañas jugaban los domingos, y vecino, lo vio, y se le acercó.

–Cómo puede ser, explicame. Yo no puedo entender cómo ese “pelotudo”…, cómo ese pelotudo –por Tévez– llegó a primera y a mí me está buscando toda la policía… me quieren matar, Didí. Si yo jugaba mejor, vos sabés, Didí, cómo jugaba yo. Y mirame cómo estoy. Todo el día con esto.

Esto era una bolsita de pegamento.

Este año, Didí quiere armar allá, en la esquina, cerquita del corner, un nichito a la memoria del que se dice haber sido mejor jugador que Carlitos Tévez.

Hace calor en Pablo Podestá. Es un día cualquiera de septiembre en un cementerio público del Conurbano, en el que hay feo olor. En el casillero 57, de la fila 10, está la tumba de Cabañas. La foto de su rostro lo muestra contento, con el pelo bien peinado y cortito, prolijo; y un buzo que casi le tapa por completo el cuello. Alrededor hay rosarios, mensajes de amigos, botellas de licor, de vinos, cigarrillos. De tabaco y de mariguana. Aquí lo despidieron a los tiros. Aquí llegó un micro de amigos para darle el último adiós, tan alejado de lo que pudo ser y no fue. Aquí descansa. Desde aquí ve todo. Ve que en Inglaterra, Mancini, el entrenador de Carlos Tévez en el Manchester City, dice por los medios que Tévez, con él, nunca más jugará. Al parecer, en un partido en que Carlitos estaba en el banco de suplentes y su equipo perdía, se negó a ingresar a jugar, en un año en que es más noticia por sus amoríos y sus kilos de más. Cabañas, a lo mejor, habría entrado por la derecha, dando indicaciones a sus compañeros. Y habría pedido la pelota, para tocar con un enganche e ir a buscar la devolución con un pique que ningún patrullero pudiera alcanzar. Le habría pedido al cinco que lo relevara, porque él se iba arriba. Habría pateado un bombazo como cuando lo hacía con botines agujereados. Habría festejado escondiéndose detrás de una bandera, como lo hacía cuando era niño. Habría recibido la pelota del enganche, por la izquierda, y Tévez habría puteado porque otra vez estaba solo por la derecha. Y Cabañas con la pelota en los pies. Y Cabañas con todo el potrero encima, definiría a un costado del palo, con un toque suave, con un pase a la red, para que la pelota entrara despacio. Y luego habría buscado a Carlitos, con el que pateaban piedritas descalzos en Fuerte Apache y decían ser mejores amigos, para darle un abrazo como se daban jugando en la 84 de All Boys. Habría sido, pero no, no salió, no pudo ser. Habría

“Hemos metido al narco en nuestras camas. Copulamos con él. Extendemos la mano para que nos dé dinero”, señala Javier Valdez en El Guayabo, centenaria cantina ubicada en una amplia construcción rústica con dos frondosos árboles de guayaba presidiendo las mesitas cubiertas de cáscaras porque aquí, como si estuviéramos aún en 1900, una mujer vende cacahuates en cucuruchos de papel periódico. Olvidado de su tequila y de su plato de camarón crudo con limón y chile, el cofundador del semanario Ríodoce, cuyas oficinas fueron atacadas con una granada meses antes, informa a un diario nacional sobre los once homicidios ocurridos el 10 de noviembre de 2009.

Es mi última noche en la capital de Sinaloa, considerada la cuna del narcotráfico mexicano porque aquí han nacido al menos tres generaciones de capos. En la mañana fue hallado el cadáver del primer “colgado” en la historia reciente de la ciudad. Lo pusieron a la vista de todo Culiacán, en el puente de la salida sur de la exuberante y moderna ciudad del eterno verano suavizado por la presencia de los ríos Tamazula, Humaya y Culiacán.

Pero dejemos aquí la primera imagen de esta Sinaloa con casi tres millones de habitantes, envuelta en una ola de violencia. A una realidad casi esquizofrénica corresponde, quizá, el retrato fragmentario de una sociedad en disolución.

***

Durante catorce días percibo la violencia como una fuerza invisible. Sólo me toca una intimidación directa: la de una treintañera extra-arreglada, con uñas de cinco centímetros adornadas con piedras brillantes, que me da un empujón en un Oxxo mientras pago. Busco su mirada, alzo la voz y le suelto un “¡pásale!” defeño sin recordar el tan culichi “te aguantas o te matan”. Y nada pasa. Ningún “ora te vas rapada y caminando a tu casa; y si te dejas crecer el pelo matamos a tu familia”, como aseguran que ordenó una mujer a su estilista para callar a la clienta que aplaudía la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alias el Mochomo, el 20 de enero de 2008 (el verdadero inicio de la guerra aquí). No, ella me pide permiso para poner su bolsa Louis Vuitton. Interrumpiendo el súbito silencio, la cajera opina con desparpajo: “La oyó fuereña. El coraje de los buchones [la infantería del narco rural y urbanizado] no es con los de México.”

Lo más terrible ocurrió en 2008, aquel 8 de mayo en que un comando armado asesinó a Édgar Guzmán López, hijo del Chapo, evidenciando la ruptura con los hermanos Beltrán Leyva. Nadie olvida el desierto que era Culiacán el 10 de mayo porque el miedo impidió celebrar el Día de la Madre con la tambora a toda marcha. Los culichis, como se llaman a sí mismos los nacidos en Culiacán, me dicen que este 2009 se han sentido mejor porque el Ejército ya no circula por las calles. “Nada pasa si uno no se mete.” Las calles parecen serenas pese a que el Mal con mayúscula anda suelto, según cuenta un taxista exaltado. Me siento reconciliada con la tierra donde mi abuelo culichi fue asesinado con saña en 1941. En esta tierra casi todos tienen un pariente víctima de la violencia histórica del estado. La sangre derramada emponzoña a las generaciones.

Los sagrados alimentos están contaminados por conversaciones sobre homicidios y decapitaciones, sobre cateos del Ejército documentados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, sobres víctimas inocentes de balas perdidas o de tiroteos entre narcotraficantes y soldados y entre grupos rivales de la delincuencia. El horror se sienta a la mesa.

***

“La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya tocó todo”, me dijo el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix.

Una noche un hombre de unos 37 años, de una familia dedicada al sector de los servicios, el que más producto interno bruto produce en el estado, me lleva a un barrio donde no entra ni un soldado. “Mira a esos motociclistas. Sus armas están debajo de la sudadera. Todo el tiempo pasan los vigilantes de los narcos.” Nos instalamos en la mesa larga de una taquería de carne asada al aire libre. “Aquí nos protegen los asesinos: son buena gente, son mis amigos”, recalca Víctor antes de contar que mataron a un joven que él conocía. Su protector, un narcotraficante importante, llegó al velorio y dijo a la madre “préstemelo”. Y se fue con el cadáver a despedirlo. Luego lo regresó y el sepelio continuó.

“¿Ves esas casas de enfrente tan bien construidas? Hace diez años tenían techo de cartón y láminas sobre la tierra. A ver, ¿de dónde sale todo eso?” Señala a un muchacho. “Le faltan varios dedos. Lo tuvieron diez días secuestrado. Los calentamientos de los narcotraficantes son terribles. Muchas veces andan en coca. Los tienen tres días o cuatro encerrados, cortándolos en pedacitos.” Me tenso. “¿Son buenas personas pero hacen calentamientos?” “¡Ah no! El narcotráfico es un cáncer social”, revira Víctor. “Los conozco a todos desde niño. Son muy amables. Pero para el negocio son durísimos. Viven para sí mismos pues han sufrido mucho. Su corazón se endureció. Son friísimos.”

“¿Cuántos muertos hubo en la balacera de enfrente?”, pregunta al propietario. Mirando la calle oscura, este contesta: “Eran seis, pero dijeron que cuatro.” En esta esquina perdida del Culiacán más negro me entero de que no fue una bazuca lo que mató al hijo del Chapo sino un lanzagranadas. “Así son los periodistas.” La noche termina con el relato sobre el ahorcamiento de un personaje a quien terratenientes del sur, enemigos de la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas, forjaron una leyenda negra. El crispante gesticular de Víctor me enerva. Pero él continúa su relato, vertiginoso, in crescendo.

***

Pienso a Culiacán como un lugar infernal, pero Sinaloa es tierra de contrastes extremos y cuenta con sitios paradisíacos como su Jardín Botánico, uno de los más importantes del mundo y eje del proyecto de arte público más ambicioso de América Latina, impulsado por el coleccionista Agustín Coppel. Creado hace 24 años, cuenta con tres ecosistemas –selvático, boscoso y acuático– y con 30 mil visitantes por mes. La violencia también llegó aquí con la persecución policíaca de un sicario contratado para asesinar a un profesor. Por suerte no logró su objetivo.

***

La esquina de la avenida Sinaloa es, a las diez de la noche, un lugar de ruido y confusión donde circulan, en inacabable chirriar de llantas, las Hummer, las Lobo, las Pathfinder y otras camionetas lujosas, muchas nuevas y sin placas. Sus dueños exhiben, además de motores potentes, una grandísima y banal destreza para ejecutar sobre el asfalto todo tipo de suertes. En esta Babel motorizada los corridos del narcotráfico suenan desde las bocinas de costosos estéreos habilitados para el reventón.

Es sábado y quedé de ver al periodista Francisco Cuamea –secretario particular de Manuel J. Clouthier C. y ex subdirector de Noroeste– en un café cerca de donde, se dice, está la casa de un poderoso narcotraficante. Estoy esperando en compañía de dos comunicólogas con quienes vi la función del grupo Delfos Danza, fundado por Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruiz, cuando me señalan a dos muchachas de pelo oscuro, largo, muy lacio, y ropa entallada. Bajan ágilmente de una camioneta blanca atravesada a medio camellón, descuelgan una manta con la fotografía de un joven que cumple años, y la doblan al tiempo que el conductor de otra camioneta –negra, lujosa y de rines alzados– se estaciona para saludar obstruyendo la circulación del carril izquierdo. Un convoy de soldados pasa cerca de los vehículos en flagrante violación de tránsito. “¿Tú tienes miedo?”, me pregunta Gloria Cuamea. Niego con la cabeza al notar que no he sentido temor en todo el viaje. “El miedo no existe en Culiacán como se lo imagina la gente. La vida no se detiene”, comenta. “Hay que verlo, las muchachas andan tranquilas de noche.” Sin embargo, a ella le tocó una rafagueada frente a su casa: “Vi como morían dos policías, vi sus estertores.”

“¡Pero si son unos escuincles!”, exclamo ante lo que parece un inofensivo pandemónium adolescente protagonizado por un centenar de vaqueritos antisociales, aunque lleven camisas Ed Hardy o gorras en vez de sombreros, con carros de nuevos ricos adaptados para jugar a los arrancones en los altos. Uno de esos jóvenes rechina llantas durante quince segundos mientras ejecuta una “aguilita”. Varios montan su vehículo en el camellón y beben Buchanan’s. ¿De la marca de este whisky podría proceder el vocablo buchones que designa a la “infantería” del narco? En todo caso, es una palabra de la sierra sinaloense. Me río sin alegría, casi sarcástica. ¿No era esto lo que, al morir Franco, llamaron los españoles “tomar la calle”? Un psicoterapeuta sinaloense lo definió con un anglicismo: “Es conducta aspiracional.”

A bordo de un pequeño auto rojo, nos introducimos en una noche fantasmagórica. Hay tres o cuatro clínicas instaladas a la salida a Sanalona para atender a los traficantes heridos y rematados en sus camas; recorremos el bulevar Francisco Madero. En lugar de las tradicionales bandas sinaloenses, nos topamos con tres mariachis, solitarios debido al auge del corrido sobre los nuevos héroes narcotraficantes; pasamos frente a un prostíbulo con el tradicional foco rojo; y vamos a dar a un inmenso lote baldío atiborrado por una multitud pendiente del concierto de El Coyote, una forma de fiestear en provincia. Hay decenas de chavos bebiendo en la calle, con las puertas abiertas de sus camionetas y con el volumen de sus estéreos sobrepasando todas las normas.

En dos minutos alguien nos cierra el paso por la izquierda para detenerse a platicar con sus amigos. Cuamea intenta dar reversa pero un tipo se pone atrás y nos deja encerrados. Aprieta los labios, maniobra hábilmente y elude la trampa. No miro al agresor. Ya aprendí que en Culiacán se pasa del pensar al actuar en un parpadeo. Gloria define: “Aquí la vida no tiene valor. Los automovilistas traen a los niños en el brazo izquierdo, y manejan y hasta contestan el celular.”

“Están coartando la libertad individual. Es una narcodictadura. Está en todas partes. Es en el df donde detienen a los hijos de los capos. Ahora sólo es cuestión de que tomen sus calles. Los muertos aparecen, la policía los encuentra. Es una cultura de la prepotencia derivada de la impunidad y la corrupción”, afirma nuestro Virgilio.

Inmersos en un denso silencio, dejamos atrás caserones incautados por la pgr y antros de nombres sonoros a los que dejará de ir la gente común cuando los tome el narco. Pasamos junto a la Isla Musala, proyecto cuestionado por presunta venta impune de tierras. Rodeamos las bardas de La Primavera, a un lado del canal donde el narcotráfico arroja, por conveniencia geográfica, a sus asesinados. Escucho a Cuamea como si estuviera muy lejos de mí. “2008 hizo que nos cayera el veinte. Sabíamos que existía el narco, pero las balaceras ahora son a la luz del día, con decenas de víctimas inocentes.” Le enfurece que se vea a su estado como un “Sinaloa Curious”, con todo y el santito de los narcos, Jesús Malverde.

“¿Ya te empezaste a indignar?” Mi interlocutor está muy serio. Me invade un súbito desaliento. Por fin, a una seña del guardia, el pequeño auto rojo ingresa al fraccionamiento residencial donde me hospedo, una más entre tantas ciudades amuralladas.

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Un día escucho a una mujer plantosa, inteligente, confiarle a su marido que viene de conocer, en el consultorio del dentista, a la esposa de Ismael el Mayo Zambada. Una dama de caridad que estaba con ella le vio el fajo de billetes y le pidió dinero para las monjitas. La mujer del narcotraficante accedió: “A ver cuánto juntamos.” El esposo se altera. “¡Eso es legitimar!” Ella insiste: “El dinero sucio está en todos lados. No se vive de otra manera. Esto es una buena obra.”

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En 2008 ni las autoridades de la Universidad Autónoma de Sinaloa ni la comunidad universitaria exigieron un alto a la violencia. Sólo hicieron un modesto “homenaje” a los maestros asesinados con el joven Cristóbal Herrera. La Universidad de Occidente, que depende del gobierno del estado, permaneció en silencio. “Tampoco hay muchos académicos estudiando el tema. En Historia de la uas llegan sólo hasta el narcotráfico de los años ochenta. En el doctorado de Ciencias Sociales se introdujo apenas en 2007 la línea del narcotráfico ‘por seguridad’”, se indigna Anajilda Mondaca, autora de Las mujeres también pueden / Género y narcocorrido. Surge el tema del boom de narrativa policíaca sobre el narcotráfico. “Está muriendo gente pero algunos hacen negocio”, indica Cuamea.

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Hace dos años el director de teatro Alberto Solián puso en escena Contrabando, una novela de Víctor Hugo Rascón Banda sobre el alcohol que llevaban a Estados Unidos los mexicanos en la época de la prohibición. Iba a hacer una gira de cuarenta funciones por San Ignacio, municipio serrano al sur de Culiacán. El proyecto abortó cuando, en la segunda presentación, entró un sujeto con metralla. Hubo gritos, desbandada. No disparó. Gracias a Dios.

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Culiacán de las Cruces. Paraíso Negro. Sucursal del Apocalipsis. Estos son algunos de los nombres con que los humoristas políticos sinaloenses han bautizado a Culiacán, encontrando eco en una sociedad que, por lo visto, quiere ejercer el humor. Hoy la única revista de ese tipo en la entidad, La Locha, puede presumir de haber tenido su boom a partir de abril y mayo de 2008.

La entrevista con los humoristas de La Locha, en un café cantante, a espaldas de la Catedral, se convierte en un inesperado festín de humor negro y de imágenes insólitas, ¿o fascinantes?, como califican algunos intelectuales, donde aparecen narcos sepultados con todo y camionetones lujosos, hieleras con manos, botas con pies cercenados.

“Los Lochos”, con Arturo Vargas a la cabeza, mencionan a los imitadores del narcotráfico, los wannabe. “La modita disminuyó en 2008, pero hubo profesores vestidos con el estereotipo buchón: botas puntiagudas de piel de víbora o avestruz, cadenas de oro al cuello, camisas Versace y jeans. ‘Hey, ¿ese amigo es narco?’, preguntaban. ‘No, es maestro de la uas.’” Su oficio es muy peligroso: nombrar a alguien es firmar una sentencia de muerte.

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El capital agrícola de Sinaloa está en manos del narcotráfico en un 20 por ciento, calcula Alonso Campos, ingeniero agrónomo y licenciado en Letras conocido porque “no se calla”. Como presidente del Consejo Estatal del Maíz en férrea oposición al cultivo del maíz transgénico, lo considera una propuesta de muerte riesgosa para el maíz, en cuyo cultivo Sinaloa es potencia a nivel nacional e internacional. Y es que hablar en Culiacán, lo que se dice hablar, es ignorar la muerte que está al doblar la esquina, ser lo que era un hombre completo, esos que eran marca de fábrica en la Sinaloa rural, antes y después de Pedro Infante, y que “ya no existen”, según escuché una y otra vez. Señala el problema de un estado que no hace mucho fue “el granero de México”: la competencia del narcotráfico que abruma y daña a los agricultores. “El clandestinaje ha llegado a la actual hegemonía social y cultural porque todo el mundo quiere estar cerca del dinero”, afirma.

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Mala cosecha. Cada 1º de noviembre los panteones de San Ignacio hierven de deudos como Alberto Solián y su padre, quienes visitan a sus parientes en Coyotitlán, El Carmen, Cabazán, Piaxtla y San Javier, con sus casas de techos de dos aguas. Suelen viajar por la libre, junto a cerros y plantíos, con las coronas mortuorias en la cajuela. En cada tumba, el anciano ora en voz baja. Los epitafios de varias consisten en versos sobre la fragilidad de la vida. Y como no todo puede ser sombras esquivas y mundos desvaídos, los vivos dedican el día a disfrutar. Solián tiene razón: no hay gente mal alimentada. Aunque este verano no hay tanto maíz para vender porque no llovió.

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El panteón de los narcos. Parece una juguetería elegante. El carrusel está funcionando bajo la intensa iluminación. Cerca hay muñecas rubias de ojos azules, una cocinita a escala infantil, vestidos hampones, zapatillas de colores, aros, un triciclo y, desde luego, moños luctuosos con flores costosas. La difuntita debe ser hija de algún traficante, pues el mausoleo, en mármol y cantera, tiene dos pisos y, parece, aire acondicionado. Hasta en la muerte siguen las competencias. Aquí podría vivir una familia.

Cayetano tiene 70 años. La guerra acabó con sus clientes y tuvo que cerrar su negocio de carnitas. Por eso anda en el taxi. En las mesas alquiladas se toma Buchanan’s y cerveza Modelo. Una tambora, una hora cuesta unos cinco mil pesos, despide a la niña. A los lejos resuenan los potentes acordes de “Que me entierre la tambora”. Debe haber otras veinte bandas en el panteón Humaya.

Cayetano va de la tristeza a la rabia. La guerra arruinó su Culiacán querido, pero ni las estrecheces ni la violencia le harán irse. Aquí encontró familia y trabajo. Sobre todo gente alegre y buena. Pasó hambres en la ranchería del Lago de Chapala donde nació. Lo golpeaban y huyó al norte. Cambia de tema. Su mujer y sus hijas son blancas, de ojos verdes. Muy bonitas, como todas las culichis. Cuando le pedí ese 2 de noviembre que me llevara al Humaya, cerca de la salida a Mazatlán, dijo: “Con suerte y nos toca balacera.” Los narcos aprovechan el día de muertos para saldar cuentas.

En el Humaya muchas capillas ostentan grandes fotografías de muchachos menores de 25 años. La gente vive rápido. Preferible vivir un día como rey que toda la vida como buey, se repite. “¿Se imagina toda una vida de miserable? Claro que prefirieron sembrar mariguana.” Vemos dos tumbitas discretas, apenas dos montones de tierra, iluminadas por los destellos que provienen de una capilla como mansión.

“Vio la Ciudad de los Muertos, ahora vamos a la Ciudad de los Vivos. Ahí está La Primavera con su escuela, centro deportivo, calles con nombres de pueblos, una ciudad dentro de la ciudad.” Cayetano me rafaguea: “Cada vez están más lejos pobres y ricos. La pobreza extrema es vivir con techo de cartón y piso de tierra. ¿Quiere conocer las casas de los narcos en Colinas de San Miguel? Algunas parecen castillos. Abajo tienen los laboratorios.”

Salimos entre ríos de gente, hombres con jeans y botas, mujeres de negro, niños corriendo. La intensidad de las tamboras queda atrás. Bordeamos las callecitas del panteón, muy oscuras cuando no hay mausoleos. No veo bien, me siento frágil. Mi guía me jala del brazo para evitar que caiga en una tumba a medio excavar.

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El economista Gerardo López Cervantes tiene razón: los cenotafios no son tumbas, son recordatorios, con sus cruces, de que el narcotráfico ha ido secuestrando la ciudad, haciéndose de un poder tal que sus familias se dedican a recordar públicamente a sus muertos. Ya hubo propuestas de regidores priistas para quitar los más de doscientos cenotafios del primer año de la guerra, iniciada el 30 de abril de 2008. Enfrente del centro comercial City Club está el cenotafio del hijo del Chapo. “Los amaremos siempre”, reza una inscripción al lado de tres iniciales, las suyas y las de otros dos muchachos caídos aquel 8 de mayo de 2008.

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Breve diccionario periodístico, académico y literario del narcotráfico:

Ambivalencia. Ernesto Diezmartínez, sociólogo y crítico de cine. La posición frente al narcotráfico es ambivalente. La subcultura del narcotráfico ya se convirtió en una expresión cultural con todas las de la ley, sostiene un ex alumno mío, hoy director de Noroeste en Mazatlán. Entre los muchachos de la Universidad hay una condena, pero rascas un poco y reluce la ambivalencia: “Bueno, pero finalmente traen dinero a la sociedad, hacen lo que el gobierno no hace, ofrecen progreso.”

Batipalabras. Luis Astorga, sociólogo, especialista en narcotráfico. La mitología alrededor del narcotráfico es creada no sólo por los organismos del Estado sino por los traficantes y la prensa. Todos están compitiendo por ver qué mitología predomina en la cabeza de la gente. Se inventan etiquetas mediáticas que no ayudan en absoluto a comprender, como el fetiche lingüístico “narco”. Los medios son adictos a él, y a categorías de percepción generadas por los medios políticos y policíacos, como la de “cártel”. Me recuerdan aquella canción de la Sonora Santanera sobre las “batipalabras”.

Cambia “bati” por “narco” y verás. Como sociedad cada día entendemos menos. La propia academia ha caído en el embrujo. No hay un análisis serio de este discurso, ninguna distancia crítica.

Ejecutómetro. Javier Valdez, periodista, autor de Miss Narco. El “ejecutómetro” es deshumanizado, cínico, dañino. Prefiero hablar en mis crónicas de esos latidos y esa carne con nombres y apellidos, porque los periodistas publicamos números y nos olvidamos de las historias de las personas que mueren.

Jóvenes. Anajilda Mondaca Cota, investigadora. Es inevitable que se relacionen los jóvenes narcos y los no narcos. Por entrevistas sé que hay mucho respeto entre ellos. Reconocen que la actividad es ilegal pero dicen: “Pues estamos en Sinaloa y estamos en Culiacán. Así nacimos y desde niños sabemos que el narcotráfico nunca se va a acabar.” Cualquiera te va a decir que el narcotráfico está tan naturalizado que ¡no pasa nada! Que el gobierno debería arreglarse con los narcos. Hay molestia, sobre todo desde 2008, de gente que se quedó sin trabajo porque los narcotraficantes se replegaron un poco. Hasta los mariachis hicieron una marcha.

Legitimación. Arturo Santamaría G., académico uas Mazatlán. Los narcotraficantes están muy legitimados culturalmente. Están en los municipios, en la sierra, en el valle, en la costa. Participan en él desde niños hasta abuelos, para quienes es un estilo de vida, no una actividad criminal. Durante unas conferencias sobre el narcotráfico, una alumna me pidió la palabra: “A ver profesor, yo quiero hablar. Soy sobrina del narco Fulano. Él hizo la escuela, la iglesia, el camino, los pozos de agua. Da dinero a la gente. Él no hace daño.”

Lenguaje. Juan José Rodríguez, novelista. La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano recomienda llamar a las cosas por su nombre. Las “ejecuciones” y “levantones” son homicidios dolosos y el lenguaje oficial debe modificarse.

Muro. Enrique Vega, cronista del puerto de Mazatlán. Quisiera que cayera el muro de El Cid, un fraccionamiento muy grande que requiere credencial de residente para entrar. Con él comenzó una oleada de construcción de cotos privados. Ya no paseamos por las calles sino alrededor de bardas. Nos hemos encerrado en nosotros mismos, desconfiamos. Antes de denunciar pensamos en nuestra seguridad y ponemos cotos sociales alrededor de nosotros mismos.

Quimeras. Alejandro Sicairos, subdirector de Ríodoce. Todo en Sinaloa está salpicado de sangre; nada escapa al ambiente de zozobra. Pagamos las consecuencias de décadas de indiferencia ciudadana y políticos pusilánimes en el mejor de los casos, y cómplices en la peor de las circunstancias. La paz, la tranquilidad, la seguridad pública se volvieron quimeras y sus antónimos una pesadilla de la cual no hemos podido despertar. Todos sabíamos que esto iba a ocurrir y nunca hicimos lo debido para evitarlo.

Rezago. Gerardo López Cervantes, director de la Facultad de Economía de la uas. El narcotráfico es el causante de un grave atraso en Sinaloa. Su presencia y el lavado de dinero han afectado a muchas regiones. Los Altos tienen gran potencial agrícola, ganadero, turístico e industrial, pero no crece por falta de seguridad y de infraestructura.

Violencia. Isaac Tomás Guevara, psicólogo social. ¿Quién promueve la violencia?, pregunté a 600 encuestados culiacanenses. El narcotráfico, primero, y el gobierno corrupto, después. Luego aparecen la negligencia y la incapacidad de las autoridades. La violencia, que ya nos arrolló, es un proceso irreversible asociado al desarraigo y a la falta de identidad, sobre todo en el sur, porque el 70 por ciento no vive donde nació. El académico Nery Córdoba ha registrado 2,000 poblados abandonados en la serranía.

Tristeza. Élmer Mendoza. Novelista. Sinaloa es más grande que sus penas.

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El hijo menor de la contadora Alma Trinidad Herrera, Cristóbal, de 16 años, es una de las víctimas inocentes de la guerra del narcotráfico. Murió acribillado el 10 de julio de 2008, a dos meses del ingreso del ejército a Culiacán, en un taller mecánico de la colonia Los Pinos.

Alma Trinidad deja deslizar dos lágrimas durante la conversación en un bullicioso café. Quiero saber si es peligroso sacar la grabadora, pues abundan los “no apuntes”, “no grabes”, “no tomes fotos”. Asegura que no.

Aún está de duelo. Su hijo mayor, de 29 años, quiso proteger a su hermano pero no pudo. Se escucharon unos como truenos. Eran unos diez sujetos armados hasta los dientes. Puro cuerno de chivo. Pensaron que iban por alguien y corrieron. El mayor se metió debajo de una de las patrullas de la Policía Federal que reparan en el taller mecánico. Cristóbal no pudo esconderse porque estaba cerca de un carro con la suspensión muy baja. Se agazapó nada más. Y lo masacraron. Alma piensa a veces que es una pesadilla. “Yo no quise ver el cadáver de mi hijo. Sabía que estaba destrozado.”

“¿Por qué me asesinaste?”, fue la pregunta que esta madre soltera imprimió en una manta. Ahí puso la fotografía de su hijo, un muchacho bueno que la ayudaba en las tardes en su despacho. Estuvo colgada casi un mes en un puente de Culiacán. Una segunda manta con la misma pregunta no duró ni una hora.

Su convicción contrasta con su dulzura, con su estilo de mujer culichi muy compuesta. Sin exaltarse, señala: “Ha tocado a muchos inocentes estar en el lugar equivocado. Culiacán es un lugar equivocado, porque aquí donde estamos sentadas pueden venir y balacearnos. Ya no respetan escuelas, niños, mujeres embarazadas. ¿Y la autoridad? Bien, gracias. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad que no queremos asumir. Si de perdida exigiéramos que el gobernador explicara al Congreso qué está haciendo. Pero ni eso. Tantos muertos que ha habido.”

En el taller cayeron nueve. Entre ellos dos profesores de la uas, cuyos académicos fueron tachados de “escasez de genitales” por su tibia reacción ante el asesinato. Alma no reaccionó la primera semana, aunque la activista y académica Magaly Reyes, madre de un amigo de Cristóbal, la animaba. Nunca imaginó conducir protestas públicas. Menos crear Voces Unidas por la Vida, la primera fundación de padres víctimas de la violencia por narcotráfico en el estado. Las primeras marchas anduvo gritando los nombres de los responsables, “un secreto a voces”. Clamaba que le iba a escupir en la cara al gobernador. Hasta que un día le aconsejaron cuidarse. El grupo cuenta sólo con diez padres de víctimas inocentes, lo cual da una idea del miedo existente. Ya fueron al Senado de la República. “Mi mayor sueño es que me digan: ‘Ya se inició una averiguación sobre la muerte de Cristóbal.’”

Al salir de la cita pasan tres jóvenes, cada uno con su cuatrimoto, el vehículo todo terreno inventado en los ochenta para las zonas agrícolas. Vamos cruzando la calle, Alma y yo, rumbo al Casino de la Cultura, donde se presenta una novela sobre el narco: Entre perros de Alejandro Almazán. “¿Son?”, le pregunto. “Sí, son”, afirma. “¿De otro modo cómo podrían comprar las cuatrimotos si valen más de 50 mil pesos cada una?”

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Llegó el narco aquel con un anillo de diamantes. “Quien me trate bien se lo queda.” Era gordo, feo, un narquísimo. A las jóvenes beldades invitadas al cumpleaños les brillaron los ojos. Primero le ofreció el anillo a Bárbara, una sonorense temperamental que había llegado a Mazatlán en 1984. “Traje esto para la que se porte bien”, le dijo el hombre. “Uy, me queda muy grande”, respondió ella dándose media vuelta. Inmediatamente Lola –guapísima, con cuerpo espectacular, una niña de buena familia que no necesitaba dinero– le pescó el anillo. No le quedó en el dedo anular sino en el índice. “Y él, fascinado”, recuerda mi entrevistada. Nunca antes se habían visto. “Las mujeres se exhibían como si estuvieran en aparador para ser elegidas por el narco. La ambición las devoraba”, confiesa la mujer, que en ese periodo conoció a los narcotraficantes Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero. Enumera los detalles de sus fiestas: las pistolas, los diamantes, la cocaína sobre las mesas, el desfile de veinteañeras como maniquís, las esclavas de oro con diamantes extravagantes, los trajes impecables de los hijos de los narcos, educados en las mejores escuelas de Culiacán.

Lo extraordinario se recuerda siempre. Bárbara no tocaba el tema desde 1986. Cuando se instaló en el puerto gracias a Susana, ex condiscípula del hijo de un capo, Bárbara tenía abundantes cabellos castaños, boca bien dibujada y ojos de larguísimas pestañas capaces de sostener un cigarro Baronet. Cumplía 21 años. “Desgraciadamente éramos empleadas de la ex amante de uno, dueña de una tienda lujosa puesta, obvio, con dinero del narco. Nos caían todos. El capo aquel era propietario de un antro, una palapa con piso de madera donde un día me sacó a bailar.”

Le impresionaban sus fiestas. Muchas duraban 24 horas. Hasta que el trompetista tenía la boca floreada. Una vez Caro Quintero sacó la pistola. “De aquí nadie sale hasta que yo lo diga.” Se quedó petrificada. “Eran fiestas tremebundas y debía ir.” Su refugio fue observar. Los hombres platicaban sobre sandeces. Bromeaban. Sólo mencionaron el “negocio” delante de las mujeres cuando detuvieron a Caro Quintero en Costa Rica, el 4 de abril de 1985. En la fiesta del sábado siguiente se criticó mucho la aprensión. Pero más se bromeó sobre una muchacha, presunta hija de un gobernador de Jalisco, que estaba en la cama con él cuando llegó la policía. “¡Ay, se robó a la plebe!”, exclamaban entre risas.

Después de la detención todo se hizo más discreto. Los narcos llegaban a buscarlas porque no los iban a delatar. Se quedaban una semana y “ni nos tocaban”. A Lola se la llevaron a Estados Unidos. Allá sí los encarcelaban. No podían ser extravagantes. No salían. Iba sola a los centros comerciales. Se aburría. Las fiestas disminuyeron, “pero los Arellano Félix seguían yendo tranquilos a la playa. Lo único: no les gustaba que les pidieras dinero. Eso sí no”. Félix Gallardo era el más serio y discreto.

Intimidaba con su mirada. Llegaba “con fajos de billetes de este ancho y te los botaba”. Los otros eran más rancherones, más de la sierra, exhibicionistas.

Bárbara no sabía que Caro Quintero era uno de los narcotraficantes más buscados por la dea. Era dueño del rancho El Búfalo, donde trabajaban cuatro mil hombres en la siembra de mariguana. Tampoco sabía que Francisco Arellano Félix era un personaje en la buena sociedad de Mazatlán. “Violencia nunca vi, tampoco que inhalaran coca. En un bar de moda los narcos y los federales se levantaban la copa de mesa a mesa. Me daba mucha risa porque mis amigos me encontraban un día en la mesa de los narcos y al otro en la de los federales. Estos eran muy monos. Nada más decían ‘no juegues con fuego.’”

Una vez una compañera la invitó a tomar un café. “Nomás vente bien vestida.” De pronto se vio sentada entre señoras muy enjoyadas. Eran esposas de narcos. Hablaron de cosas de mujeres, como la crianza de los niños. “¿Cómo le pones límites a un adolescente si está viendo que su papá hace fiestas de 24 horas o se droga?” Nada de eso podía ocultarse. La posición de la amante era una; la de la esposa, otra. La violencia era para la segunda, pues había una intensa violencia familiar. Muchos vivían bajo los efectos de la droga. A una se le murió un hijo en un choque provocado por una discusión conyugal. Bárbara supo de un narcotraficante que silueteaba a su mujer a balazos. Estaba rodeada de puros narcos. Lo supo ese día del café, cuando las oyó. “¿Supiste del arresto?” Me preocupa mi marido. Anda en la sierra.

“Me acuerdo que un Arellano Félix hizo una fiesta. Yo cargué a su hijito de tres años. De repente el niño cogió una pistola de la mesa. ‘No, mijito. Eso no es un juguete’, dijo su padre.” Acude a mi mente la imagen, recientemente vista en El Debate, de unos niños desarrapados jugando con casquillos de bala, después de un tiroteo en una colonia de Culiacán.

Bárbara tuvo un pretendiente cuando vendía tiempos compartidos. Llegó y pagó de contado. En dólares. “Vamos a celebrar.” La venta tenía buena comisión, y ella aceptó. Ya en la cena él quería amor eterno. Se dijo agricultor. “¿Qué siembras?”, preguntó. Él volteó, burlón: “Pepinos, zanahorias.” Ella se rió. Él empezó a visitarla, a fijarse en el refrigerador vacío. “Una vez me dio mil pesos, unos diez mil de ahora. Compré lo que necesitaba y mucho más.” Después él le dijo que era hijo del narcotraficante Perengano. Una noche llegó pasado de copas y se quedó dormido. En la mañana ella le hizo un caldo de verduras, unos chilaquiles picosos. Compró cervezas. “Para él fue un súper detalle porque todo mundo les sacaba dinero. Después comimos en un restaurante. Había ley seca y convencí al mesero de que nos sirviera cerveza en tazones de sopa. Eso se le hizo otro detallazo. No era algo especial, así soy, pero él se derretía. Tendría unos 35 años. Me propuso matrimonio al día siguiente. Quería un hijo. Le dije que ni lo conocía. Pero para él ya nos habíamos tratado lo suficiente. ‘¿Qué quieres de la vida? Yo te lo doy. Donde pongo el ojo pongo la bala.’ Vi que hablaba en serio. A los pocos días me regresé a Sonora. Fue el momento. Todos mis valores se estaban haciendo pinole.”

Bárbara baja la vista. Conserva las celebradas pestañas, su seña de identidad entre los narcotraficantes. Algunos problemas de salud la traen de capa caída. Con sobrepeso. En la pared hay una foto en la que luce jovencísima, radiante. Suspira hondo, oprime con suavidad su vientre –“aquí siento las emociones”– y, con una risilla bailándole en los labios, me confronta con su acento norteño: “Te la creíste, ¿verdad? ¡Yo no me llamo Bárbara!” Luego se pone muy seria: “Pero todo lo que te conté es cierto.”

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“¡Lo van a matar! ¿Anda con escolta?”, repetía la gente a mi alrededor el 6 de noviembre. Ese viernes los culichis desayunaron con la noticia de que Manuel Clouthier Carrillo, el Maquío II, ex director de Noroeste e hijo de Manuel Clouthier del Rincón, había declarado que Sinaloa tiene dueño. Figura controvertida, muchos esperaban que se ajustara a la leyenda garabateada por su padre en la hoja final de su agenda, poco antes de morir en 1989: “El peor de los castigos en el Infierno está destinado a aquellos que se mantienen neutrales en tiempos de crisis: Dante, La Divina Comedia.”

Algunos, como Alejandro Sicairos, de Ríodoce, ven en él una “disposición a evitar que la narcopolítica cause a Sinaloa mayores daños”. Pero Clouthier acaba de anunciar, a mediados de febrero de 2010, que no buscará la gubernatura: “¿Qué vas a hacer en Sinaloa? Tienes dos opciones. O pactas con el crimen organizado o pactas con el gobierno federal. Son las únicas dos formas de gobernar. Yo no voy a pactar con el crimen organizado, y si no soy capaz de establecer un compromiso con el gobierno federal, no tengo nada qué andar buscando en Sinaloa, que es un mugrero.”

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Oigo la tambora por primera vez en vivo durante la comida posterior a la presentación de un libro de David Rubio Gutiérrez, Mocorito, la Atenas de Sinaloa, durante las fiestas por el 404 aniversario de la fundación de Badiraguato, el municipio considerado como la capital del narcotráfico en México, ubicado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental. Esta música, vigorosa y melódica, me llena de una alegría casi explosiva que procuro ocultar. De todos modos alguien dice: “Se te nota la cuna.”

Unas horas antes, durante el viaje de ida a la cabecera municipal, el compositor Rubén Rubio Valdés ha dictado cátedra, llevado por el entusiasmo, sobre la tambora clásica. Su sueño de llevarla a la sinfónica se hizo realidad gracias al estadounidense Gordon Campbell, radicado en Culiacán, con un concierto considerado imposible, donde incorporó al repertorio de la Orquesta Sinaloa de las Artes no sólo polcas y danzonetes sinaloenses centenarios sino los instrumentos de viento llevados por los bávaros Jorge y Enrique Melchers y Celso Fuhrken al Mazatlán del siglo XIX. La tambora es descendiente de las marchas militares alemanas y se hizo popular en Sinaloa entre los años treinta y cincuenta del siglo XX. Hoy las bandas incluyen de 14 a 20 músicos dedicados a tocar sus trompetas, trombones, clarinetes, tubas, tamboras, cornetes, bajos, tarolas y platillos. La vida sinaloense no se entiende sin la tambora campesina, y se dice que aún existen poblados donde se escolta con su música a los moribundos desde su lecho de muerte hasta la tumba.

En Sinaloa el crimen organizado se expresa con la tambora. Incluso hay imágenes surrealistas como la descrita por el director de teatro Alberto Solián: la de un grupo de presuntos narcos remolcando, con su camioneta, una lancha donde los músicos de una tambora tocaban a todo. Era un cumpleaños.

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En Sinaloa, se dice, sólo hay dos estaciones: la del tren y la del calor. Badiraguato, “la cepa de la cepa” del narcotráfico, disfruta este noviembre de un cálido invierno de 27 grados. Pero el verano pasado los termómetros marcaron 50.

Gilberto López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, historiador y economista, decide invitarme. “La violencia en Sinaloa es histórica. Mentira que los pueblos sean bucólicos. Debajo están hirviendo, y más con dinero.”

Esta región es la de peor fama en Sinaloa. Aquí nació el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo. Aquí se cultiva, desde hace más de cien años, la amapola blanca de tintes violáceos. Aquí los chinos enseñaron al campesino a extraer la goma de opio. Los Tigres del Norte, compositores de corridos del narcotráfico, nacieron en Rosamorada, un poblado cercano.

Durante el recorrido por carretera –son 85 kilómetros desde Culiacán– la conversación se centra en tópicos sinaloenses como el formidable desarrollo tecnológico en la agricultura que convirtió al estado en el granero de México. Se mencionan también la pujante industria pesquera, el ganado de primera clase, los extensos litorales del Pacífico. La belleza femenina, que es motivo de plática a toda hora, merece capítulo aparte de tan alabada y común en estas tierras.

Todo transcurre bucólicamente, por así decir, hasta que aparecen, del lado contrario de la ruta, doce convoyes militares con 240 soldados acomodados de veinte en veinte en los vehículos. Rubio Gutiérrez, que nos acompaña, señala que regresan de quemar campos. Una violencia soterrada irrumpe en medio del paisaje.

“No se trata de condenar el fenómeno del narcotráfico sino de entenderlo. Históricamente Badiraguato tiene un destino. No creas que nadie está contento. Se repudia esto. Desde principios del siglo XX la región tuvo la desgracia de ser el laboratorio de la siembra de la adormidera porque la sierra tenía las condiciones climáticas y estaba cerca de la capital. Había un corredor de estupefacientes y la Revolución no fue ajena. Es un centro serrano cercano al mar, a la frontera estadounidense. Pero esta gente –descendiente de vascos, judíos conversos e indios guerreros, y educada por jesuitas avanzados– domina su naturaleza, es muy autónoma, muy capaz de sobrevivir”, explica López Alanís.

De pronto suena mi celular. “Ah, estás en Badiraguato. Algunos datos: su prisión tiene las mejores instalaciones y sólo cinco reos; Antonio Malecón fundó la Universidad de la Sierra en Surutato; el anterior presidente municipal no tenía primaria.”

***

Un hombre de 1.90 metros habla sobre sus jornadas de cacería de venado en la sierra, en lugares casi inaccesibles. “Ves matas de mariguana mucho más altas que yo.” Al Chuy le chifla la belleza del paisaje, las guacamayas de vivos colores. Los guías, cuenta, van con su coca envuelta en papel periódico. “Snif, snif. ¿Quiere?” Podría pasar horas oyéndolo. “Los narcos colombianos de los ochenta volvieron adictos a los de Sinaloa porque les pagaban con cocaína. Hasta hubo un músico viejo que se hizo catador de heroína para salir de la miseria.” Al despedirnos ya no encuentro su mirada brillante. “Es lo peor. Acostumbrarte. Y aquí te pasa.”

Estoy de vuelta en El Salvador por primera vez en treinta años, y no reconozco nada. Tersas autopistas van del aeropuerto a San Salvador, la capital, y a lo largo del trecho de dunas que separa la autopista del océano Pacífico hay puestos animados donde los clientes se estacionan para comprar cocos y comida típica incluso a estas altas horas. Pero lo que yo recuerdo es una carretera de doble carril llena de baches, un sol inclemente que resaltaba cada detalle en la piel tiesa de los cadáveres, un hoyo en el suelo arenoso, la infamante noticia de que cuatro mujeres estadounidenses, tres de ellas monjas, acababan de ser desenterradas de ese agujero poco profundo.

“¿Hay algún monumento o algún letrero que señale dónde fueron asesinadas las cuatro americanas durante la guerra?”, le pregunto al conductor de la camioneta del hotel.

“Sí, allá en la universidad, en la UCA, donde murieron.”

“No, esos fueron los seis sacerdotes jesuitas, años después, en San Salvador. Me refiero a las monjas, aquí, en 1980.”

“Ah”, me responde. “De eso no me acuerdo.”

Aquel acontecimiento –la violación y el asesinato de cuatro religiosas que iban camino del aeropuerto a la ciudad– fue, sin duda, inolvidable para personas como Robert White, embajador de Estados Unidos en El Salvador durante el último año de la administración Carter. En el entierro al día siguiente, White, con el rostro demudado, parecía un blanco en potencia más de la facinerosa junta golpista de derecha que estaba en el poder. Ya había sido asesinado, meses atrás, el heroico arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero –para gran regocijo de la clase gobernante, que solía llamarlo “Belcebú”. Semanas después de su asesinato, orquestado en las trastiendas más oscuras del régimen por el infame ideólogo Roberto D’Aubuisson, el gobierno de Reagan lanzó su intervención militar en El Salvador y dedicó miles de millones de dólares a la lucha contra los grupos guerrilleros marxistas agrupados bajo las siglas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Cuando terminó en 1992, la guerra de doce años había acumulado unos 70,000 muertos, pero esa guerra comenzó aún antes de que nacieran más de la mitad de los salvadoreños que viven hoy. ¿Por qué habría de recordarla un joven conductor? Y, sin embargo, El Salvador de hoy –infestado por una violencia peor que la de cualquier momento desde los primeros años de la guerra, inseparablemente vinculado a Estados Unidos por un fenómeno migrante que comenzó durante el conflicto, asediado siempre por la memoria del asesino Roberto D’Aubuisson, quien más tarde fundaría el partido que gobernó su país ininterrumpidamente hasta las más recientes elecciones de 2009– es inconcebible sin los años sangrientos de la guerra.

A los salvadoreños les gusta decir que si plancharan el país sería bien grande. Pero es pequeñito y arrugado; la lava de volcanes que se extinguieron hace milenios surca y ondula el paisaje de un lado y otro. San Salvador se encuentra en un valle al pie de un volcán y, puestos a adivinar, arriesgaríamos que hoy tiene tantos centros comerciales como, digamos, Fort Lauderdale, y también plazas y glorietas, y barrios tranquilos con guardias de seguridad en cada esquina. Es muy verde, e incluso los cinturones de miseria que se enredan por las colinas en las afueras de la ciudad resultan exuberantes para quienes están acostumbrados a tipos más urbanos de pobreza.

Justo al lado del volcán de San Salvador se encuentra el municipio de Mejicanos, famoso por su combatividad durante la guerra. Una calle larga y angosta sube desde su mercado y luego tuerce hacia abajo y desciende por los flancos de un estrecho cañón. Si uno sigue esa calle conforme se hunde en la zona, puede ver que entre las sombras de la vegetación hay también manchas de casas hechizas. Aquí y allá, un grupo de hombres flacos se apiña alrededor de lo que podría ser una pipa de crack, pero fuera de eso, la calle está vacía y silenciosa.

Tanto el barrio como la calle se llaman Montreal, y ambos gozan de mala fama. El año pasado le prendieron fuego a un autobús del transporte público que hacía su ruta hacia el centro de Mejicanos cuando llegaba al mercado. Diecisiete personas murieron quemadas, entre ellas una niña de un año y medio. Al menos unos cuantos de entre los muertos eran supuestamente integrantes de alguna mara, pandillas feroces con las que El Salvador contribuye al tráfico de drogas y al universo del crimen transnacional en el que este se desarrolla. Hijos de la guerra y de Estados Unidos en más de un sentido, los mareros –los miembros de las pandillas– son los responsables de la mayor parte de la desgarradora violencia actual. Hace unos veinte años comenzaron a atraer la atención pública, cuando lo que había sido un rabioso conflicto abierto fue transformándose en un amenaza cada vez más grande y omnipresente.

En aquel momento, Marisa D’Aubuisson de Martínez, hermana de Roberto D’Aubuisson, decidió crear un proyecto para las mujeres de los mercados y sus hijos pequeños en un barrio como Mejicanos. La enérgica personalidad de Marisa y su risotada fácil contrastan con la personalidad hipnótica y fatua de su hermano, lo mismo que con su política: ella es una activista católica de toda la vida, seguidora del valiente obispo al que su hermano asesinó. Roberto, que moriría de cáncer de garganta en 1992, entró a la política electoral en la década de 1980. En esos últimos años de la guerra, Marisa también cambió: se alejó de sus sueños utópicos de cambiar el mundo y se concentró entonces en proyectos más asequibles. Hablé con ella un día en la sencilla y soleada oficina en la que trabaja.

“En aquel entonces, la ayuda internacional llegaba sobre todo a los macroproyectos, pero yo comencé a impulsar algo muy pequeño”, me dijo. Con dinero internacional, Marisa fundó una organización llamada Centros Infantiles de Desarrollo (CINDE) cuya finalidad es proporcionar guarderías a bebés y niños pequeños, sobre todo a los hijos de las mujeres que trabajan como vendedoras en los mercados. Ahora existen tres centros, incluido uno en Mejicanos, a los que más tarde se añadirían instalaciones para preescolar y jardín de niños. Hace unos cuantos años, CINDE creó un programa conocido como “reforzamiento escolar”, en el que niños mayores pueden hacer su tarea en ambientes seguros y bajo la orientación de un adulto. Uno de estos centros está en Montreal, y es uno de los pocos lugares en los que personas ajenas al barrio pueden sentirse bienvenidas y a salvo de las maras.

El centro extraescolar consiste tan solo en un hangar abierto conectado a dos cuartos de bloques prefabricados de concreto que rara vez se utilizan, porque se calientan como un horno. Llegué al centro una tarde más bien fresca y venteada. Los niños estaban disfrutando de un alborotado recreo, pero cuando el maestro encargado dio un silbatazo, regresaron de inmediato a sus mesas de trabajo al aire libre y se concentraron en su tarea casi con voracidad. Todos, desde los maestros hasta los encargados voluntarios, se ocupaban de su trabajo con una concentración casi febril. Interrumpí la tarea de las niñas más grandes –que tenían ambiciosos nombres en inglés, como Jennifer y Natalie– para preguntarle a una si iba ahí a aprender o a divertirse, y me respondió al instante, muy seria: “aprendo y me divierto”. Sus calificaciones habían pasado de cincos y seises el año anterior a un promedio constante de nueve, pero seguía batallando, me dijo, con su materia menos favorita: matemáticas.

Quizás el entusiasmo general se debiera a la condición de último chance que tiene el centro mismo. Durante el recreo estuve observando a una jovencita lindísima que pateaba una pelota de futbol con sus compañeros como si fuese aún una niña, pero ya era alta para su edad, y púber, y me invadió una especie de terror por ella, pues había escuchado una y otra vez que los mareros acostumbran obligar a las adolescentes que viven en sus zonas de control al trabajo sexual, una labor que a menudo comienza con una violación colectiva. En el día de “visita íntima” –que en toda América Latina es nominalmente el día en que a las esposas se les permite privacidad con sus esposos o compañeros de vida encarcelados– una adolescente ya mayor podrá ser enviada como “esposa” a las prisiones donde los miembros de las pandillas están cumpliendo condena. Nadie sabe exactamente qué tan a menudo hay “visita íntima” en las prisiones salvadoreñas; como me dijo un amigo, cualquiera que obtenga acceso a alguna de las cárceles más infames puede acceder también a los cuartos de visita íntima. En los barrios mareros los padres de familia, desesperados por mantener a sus hijas alejadas de cualquier tipo de contacto con las maras, intentan muchas veces enviarlas al campo a que se críen con sus familiares, pero no todo el mundo tiene primos o familia en el campo, y el barrio de Montreal y sus peligros eran la circunstancia inevitable de esta niña.

Como lo es para los niños. “Tenemos un chico que siempre viene aquí y que es increíblemente listo, realmente muy especial”, me dijo uno de los maestros en voz baja. “Pero está a un paso de irse con las maras. ¡Es tan jovencito! Un muchachito apenas. Hemos hablado con él, porque aquí tratamos de no minimizar la realidad, pero él está que se va. No vamos a poder retenerlo.”

De regreso de Montreal, en el mercado de Mejicanos, descubrí algunas de las recompensas más inmediatas a disposición de un adolescente que se une a las maras. Las mujeres del mercado, que no tienen absolutamente ningún problema con las matemáticas, me explicaron su vida en números: le pagan a la municipalidad una renta de 35 centavos diarios por cada metro y medio lineal que ocupen sus puestos. Gastan 50 centavos en tarifas de autobús de ida y vuelta, multiplicados por el número de niños en edad escolar. Cuatro dólares de producto comprado al mayoreo, más tres dólares para transportar la mercancía a sus puestos. Las ganancias de un día, menos los cuatro dólares de las compras del día siguiente, menos las tarifas de autobuses y taxis, deja unos tres dólares –cuatro en días buenos– para comprar comida para la familia.

Y luego está “la renta”: la cuota de extorsión diaria que cobran los mareros; pero nadie quiso darme esas cifras. Tampoco quedó claro si la renta del mercado la cobran miembros de la Mara Salvatrucha –también conocida como MS-13– o del grupo rival cada vez más poderoso, el Barrio 18. Varios menores pertenecientes al Barrio 18 fueron juzgados y sentenciados por prender fuego al autobús en el que murieron diecisiete personas, pero de la gente con la que hablé nadie, ni siquiera los maestros del centro preescolar del CINDE, quiso hablar sobre el incidente.

Una tarde charlé con una mujer particularmente vivaz –llamémosla María–. Me estaba contando del cinde, y de cómo el programa de microcréditos que gestiona le había cambiado la vida, ya que ahora tenía un carretón para acarrear sus mercancías de un lado a otro, cuando dos chicos que rozaban, cuando mucho, los quince años llegaron a su puesto. María paró la conversación en seco mientras los niños elegían algunas de sus mercancías y se marchaban sin que dinero alguno pasara de manos. Los ojos de María relampaguearon de miedo cuando le pregunté si los mareros la estaban renteando (extorsionando). “Casi no, casi no”, susurró, mirándome, como suplicante. “No me piden dinero. Todavía no. Solo… regalitos.”

“Nosotros no renteamos”, tronó José Cruz, como si lo anunciara al mundo. “Eso es un invento de la prensa.” José tiene una voz sensacional de declamador, ojos achinados sobre altos pómulos, un rostro limpio de los tatuajes que son la marca de los mareros, un cuerpo ágil y unos gestos fantásticamente autoritarios. “¿Cómo está?”, vociferó al entrar al cuarto de visitas de la cárcel, extendiendo la mano esposada, y desde ese momento no dejó de arengarme. Después de nuestra conversación, un guardia de la prisión se me acercó y, mientras uno de sus compañeros vigilaba, me susurró que, en tanto líder de la pandilla Barrio 18, Cruz era la autoridad de facto del penal. Era Cruz, me dijo el guardia, quien decidía quién da entrevistas a la prensa (las daba él), a qué guardias se les permitía el acceso al área de celdas, donde entre 40 y 45 prisioneros son confinados cada noche en celdas de seis por seis metros, y quién recibía castigo.

Cruz tenía metas muy definidas: a sus veintinueve años ya había cumplido siete de su sentencia de homicidio, le quedaban quince y quería salir a tiempo y vivo. “Soy un preso rehabilitable”, me informó. No se alteraba. De noche, según escuché, se retiraba temprano (supuse que tendría aposentos más grandes que la mayoría) y dormía plácidamente. Después de nuestra conversación, me dijeron que en realidad, bajo el paliacate amarrado en la cabeza que usan los miembros encarcelados de las pandillas, sí llevaba tatuajes: dos ojos dibujados en la nuca, que permiten –no sería él el único en creerlo– que no pierda nunca de vista a sus enemigos. Cruz ya me había presumido sus numerosas entrevistas a cargo de periodistas franceses, holandeses, alemanes, estadounidenses, del mundo entero, y ahora intentaba engancharme en su retórica –somos víctimas de la sociedad, los ricos se vuelven más ricos y los pobres más pobres–, pero nada de lo que dijo resultó tan sugestivo como su presencia física y la información que me dio el guardia en un susurro, a pesar de que no era ningún secreto fuera de la cárcel: que las golpizas y las ejecuciones por apuñalamiento eran un hecho cotidiano en el penal de Quezaltepeque.

A diferencia de la mujer del mercado en Mejicanos, el guardia no tenía ninguna razón en particular para no hablar: todo el mundo sabe que el sistema penitenciario está en bancarrota, y que es imposible controlar un sistema de detenciones en que los presos –casi la mitad de ellos asesinos acusados o convictos– están amontonados en celdas cual ganado industrial. En El Salvador hay 65 homicidios por cada 100,000 habitantes, más del triple del índice actual en México y un número significativamente más alto que la cifra anual de muertes durante la segunda mitad de la guerra. De un total de 25,000 personas encarceladas, un tercio nunca han sido sentenciadas. El hacinamiento es tan extremo que el sistema penitenciario se negó este año a recibir más presos. Los acusados van ahora a jaulas de detención de la policía pero, dado el índice delictivo y el número de arrestos, las jaulas se han saturado con igual rapidez.

Ha habido motines y también huelgas pacíficas de presos que exigen mejoras en las condiciones, pero los huelguistas no están en la lista de prioridades de nadie. La suya es solo una de las muchas catástrofes de El Salvador, donde, veinte años después de la guerra que supuestamente salvaría al país –del capitalismo o del comunismo, dependiendo del bando en que uno estuviera–, hay medio millón de hogares uniparentales, como se dice, intentando criar a sus hijos en medio de la inseguridad. (La inmensa mayoría de estos hogares está a cargo de mujeres.) El gobierno está en bancarrota, el índice de pobreza es del 38%, y la economía, que se levantó ligeramente de un índice de crecimiento negativo de -2% en 2008 solo gracias al aumento en el precio del café, parece estancada.

Sería fácil echarle la culpa de este desastre social y económico exclusivamente al partido fundado por Roberto D’Aubuisson –la Alianza Republicana Nacionalista, o arena, por sus siglas– que, una vez firmados los acuerdos de paz en 1992, gobernó el país durante veinte años con un interés evidente, si no es que obsesivo, en el bienestar de los ricos. (En 2009, Mauricio Funes, el candidato del partido fundado por las antiguas guerrillas, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, o FMLN, ganó la presidencia.) Pero también hay que considerar el hecho descomunal de la guerra misma: las carreteras y demás infraestructuras destruidas, el colapso de la sociedad rural, el surgimiento de cinturones de miseria poblados por campesinos que huían de aquellas áreas remotas del país que fueron el escenario principal de la guerra, la práctica sistemática de la inmisericordia, el aumento drástico de familias monoparentales, la pérdida de una élite educada, el inmenso arsenal de armas que sobraron, al que nadie dio seguimiento. Y, no obstante, nada de esto explica de manera completa o satisfactoria la proliferación de los mareros, cuyo número según los cálculos ronda los 25,000, más otros 9,000 en prisión.

El fenómeno comenzó en Los Ángeles, con los hijos de los inmigrantes que habían huido de la guerra en El Salvador. Fueron niños con padres a los que nadie respetaba. Padecieron el bombardeo de comerciales para productos que no tenían esperanza alguna de poder adquirir. Se criaron en barrios peligrosos y heredaron enemigos y guerras pandilleras ajenas. Entre los salvadoreños de segunda generación de Los Ángeles, un número significativo acabó creando sus propios grupos para confrontar a las pandillas mexicanas y afroamericanas en cuyos barrios se habían asentado sus padres. De los dos grupos que controlan actualmente casi todos los barrios pobres de El Salvador, la pandilla Barrio 18 toma su nombre de la pandilla de la Calle 18 en Los Ángeles, cuyos integrantes suman miles. En cuanto a la Mara Salvatrucha, con la que arrancó el fenómeno, la única parte de su nombre en la que todo el mundo se pone de acuerdo es que “Salva” es un apócope de “salvadoreño”.

Conforme la política de inmigración de Estados Unidos se ha ido concentrando en deportar al mayor número posible de migrantes indocumentados, sin importar su situación, un altísimo número de deportados salvadoreños, algunos de ellos educados en Estados Unidos y que apenas hablan español, se han encontrado de buenas a primeras de regreso en su país de nacimiento. Algunos de ellos, repatriados involuntarios, son mareros que, o bien acaban integrándose a la mara de su barrio, o bien tratan de escabullirse de vuelta a casa (es decir, a Estados Unidos) sumándose así a la ruta migrante que atraviesa México y que utilizan cada año cientos de miles de inmigrantes potenciales a Estados Unidos. En el camino, los mareros suelen ser reclutados por los narcotraficantes mexicanos, que han desarrollado ramas altamente rentables de trata de blancas, prostitución infantil y extorsión a migrantes. Los asaltos, los robos y las violaciones son ahora un aspecto casi rutinario de la travesía migratoria por México.

Los viajeros más desafortunados son secuestrados en México y retenidos a cambio de un rescate, normalmente de entre 500 y 2,000 dólares. Si sus familiares no logran conseguir el dinero rápidamente, la víctima del secuestro muere asesinada. De acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México, 11,000 migrantes fueron secuestrados durante los seis primeros meses de 2010. No existen estadísticas del número total de muertos, pero sabemos que en agosto de 2010 72 migrantes fueron secuestrados y asesinados en un solo incidente. Seis meses después, otros 195 cuerpos fueron desenterrados en el mismo municipio. Entre los asesinos, y también, quizás, entre los asesinados, probablemente había mareros.

Howard Cotto, subdirector de investigaciones para la Policía Nacional Civil de El Salvador, ha estudiado las maras durante años. Cotto es el producto fino y articulado de los acuerdos de paz firmados entre el gobierno de arena y las guerrillas del FMLN en tiempos de la guerra, que incluyeron, según mandato de la ONU, una reestructuración de los antiguos cuerpos policiales asesinos; se transformaron en una sola fuerza que integró y entrenó a miembros de los dos bandos de la guerra. Otro comandante de la policía, Jaime Granados, me dijo, riendo, que la resultante Policía Nacional Civil es como el hijo feo que nadie quiere, en gran medida debido a sus esfuerzos por mantener la neutralidad. “Somos una buena policía, muy buena”, me dijo. “Pero nadie está de nuestro lado.” La policía carece de recursos y de equipo (solo hay un experto forense para todo el país) y la corrupción se está volviendo endémica nuevamente, pero quedan reductos importantes de eficacia y profesionalismo, y los diplomas y certificados internacionales que se alinean en la pared de la oficina de Howard Cotto –uno de ellos del FBI– dan señal del prestigio del comandante.

Cotto calcula que en los barrios los que apoyan a las pandillas suman quizás unas 80,000 o 90,000 personas, lo cual, si se añade el número de mareros en activo o encarcelados, representa cerca del 1.5% de la población del país. Si bien en el narcotráfico salvadoreño las maras se ocupan del narcomenudeo, Cotto no atribuye su crecimiento a la bonanza del narcotráfico en Centroamérica, a pesar de que la región se ha convertido en el principal corredor para transportar drogas sudamericanas hacia América del Norte. “Las pandillas son claramente parte del crimen organizado, como lo son los traficantes de drogas y armas y autos robados y demás”, me dijo Cotto una mañana en su oficina amueblada discretamente. “Pero los traficantes construyen organizaciones jerárquicas alrededor de intereses específicos –trata de blancas, contrabando, drogas– y atraen a la gente apoyados en ese [negocio]. Las pandillas hacen lo contrario: reclutan desde abajo.”

Las pandillas distribuyen drogas en el barrio al tiempo que se presentan a sí mismas como sus defensoras, dijo Cotto:

Pero en realidad, no defienden al barrio; lo aterrorizan. El barrio es el territorio donde extorsionan, distribuyen drogas, matan y hacen dinero. Sin embargo, no viven con grandes lujos; no son narcos. Sus orígenes están en la comunidad y lo que temen más que a la muerte misma es perder su autoridad ahí, porque en el momento en que la pierdan están muertos. Pero es una excelente manera de vivir cómodamente y repartir dinero entre una cantidad de gente; su fuerza radica en no romper esa cadena de distribución del dinero. Así es como les pueden decir [a sus subordinados]: “pelea por mí”.

Cotto charlaba tranquilamente bajo la ráfaga helada del aire acondicionado. “La vida [de un marero] es muy corta”, continuó:

En seguida les cae una sentencia de treinta años. Pero ellos piensan que en este país hay de dos: puedes ser un loser y seguir estudiando, y ya veremos si puedes encontrar un trabajo cuando te gradúes, o puedes tener catorce o diecisiete años y ser el big man del barrio. Puedes mandar, encargarte de la distribución de la droga. No tienes que mostrarles respeto a tus mayores; serás el que le pueda decir al vecino: “te me vas de este barrio ahora mismo”, y te instalas a vivir en su casa. Podrás decirle a la chica que te gusta y a la que no le gustas, “¿sabes qué?, te guste o no, vas a ser mía, o de cualquier otro que yo decida”.

A estas alturas Cotto ha visto muchos cadáveres: decapitados, desmembrados, quemados. (Se dice que lo primero que debe hacer un marero, sin importar cuán joven sea, es matar arbitrariamente a alguien. Después de eso, están listos para ser reprogramados.) Pero la escena de homicidio más perturbadora a la que ha llegado nunca fue en un bastión mara, en una de las casas colectivas que los muchachos llaman casa destroyer. “Me quedé frío”, dice. “Entramos a la casa y ahí estaban todos los chicos, en círculo. Y ahí estaba la persona muerta. Llevaba muerto varias horas, pero no se habían [deshecho de él]. Sencillamente se habían sentado alrededor del cadáver, y estaban platicando y pasando el rato como si nada.”

Alexis Ramírez, que se unió a las maras cuando tenía quince años, no parece capaz de matar despiadadamente, aunque está cumpliendo 50 años por homicidio, de los que le faltan 48. Tiene la piel morena, labios gruesos que parecen esculpidos, grandes ojos negros y luce mucho menor de sus 29 años. Le pregunté si cuando estaba libre no había sido peligroso para él caminar por la calle cubierto de tatuajes, y me sonrió de lado. “Si sabes cómo caminar, no es peligroso. De esquina a esquina… así es como me he recorrido todito El Salvador.” Y se bamboleó ligeramente, en un movimiento entre cohibido y seductor que me dejó ver cómo, efectivamente, pudo haber logrado esquivar muchos obstáculos agachándose y sonriendo.

El Salvador: El violento paisaje de las maras 5

Donna DeCesare

Venía de buena familia, me dijo; su padre, creyente evangélico, “estuvo siempre participando en los asuntos de la iglesia”, mientras que su madre “hace aproximadamente quince años que persevera en las cosas de Dios”. Sus hermanos trabajan en una carpintería. Su suegro recién había logrado sacar ilegalmente a la esposa de Alexis fuera del país, probablemente para alejarla de su influencia, y la pareja ya perdió la custodia de sus dos hijos –de cinco y nueve años–, que se encuentran a cargo de sus abuelos.

Alexis todavía estaba en la escuela cuando decidió unirse a las maras. “Vi los tatuajes [de los mareros de su barrio]. Vi cómo se portaban entre ellos”, dijo. “En mi barrio no le robaban a la gente; la cuidaban. Eso me gustaba.”

Su vida, le comenté, era bastante desesperanzadora. ¿No se arrepentía de haberse unido a las maras?

“Cuando elegimos ser lo que somos”, me contestó, “sabíamos que no había vuelta atrás”. Intenté, sin éxito, descifrar si ese bamboleo entre tímido y cool era el remanente sincero de lo que alguna vez fue una persona entera y amable, o el truco engañoso que un asesino despiadado guardaba entre su colección de armas.

José Eduardo Villalta, de veinticuatro años, tiene la palabra “dieciocho”, de “Barrio 18”, tatuada en francés e inglés en sus brazos y dedos, y en números romanos y varios otros códigos en todos los demás lugares donde cabe un tatuaje. No es encantador, pero en el curso de nuestra conversación salió a relucir que era originario del campo, y que su madre lo visita con regularidad. Le pedí que describiera cómo se prepara una milpa, y conforme repasaba ese ritual –desmonte, quema de maleza, siembra, deshierbe– tuve la visión momentánea de un joven respirando aire libre. Aún le queda la mayor parte de una sentencia de 50 años por delante, y le pregunté si eso no le resultaba deprimente.

“No”, me dijo sin titubear. “Aquí yo me siento bien. Esta es mi casa.”

Los niños de junio

Publicado: 14 septiembre 2011 en León Krauze
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La plaza Emiliana de Zubeldía está rodeada de naranjos. De tantos frutos, las ramas de los árboles están a punto de vencerse. A principios de julio, aún están verdes. Cuando llegué el viernes 3, el aroma a cítrico de finales de la tarde era perceptible, liberado por el calor. Porque en Hermosillo el sol pega desde muy temprano y no cede sino hasta caer la noche. Así viven los sonorenses, con ese ímpetu heroico que tiene el norte de México, durante un siglo desconectado del centro del país; peleando por la supervivencia misma. Pero, a mediados de 2009, en la plaza Zubeldía la pelea es otra. Es aquí, justo en el corazón de la ciudad, en los límites de la Universidad de Sonora y a menos de un kilómetro del Palacio de Gobierno donde durante seis años despachó el priista Eduardo Bours, que los padres de los 48 niños muertos en un bodegón oscuro mal acondicionado como guardería han decidido montar una vigilia constante, todas las noches alrededor de las siete, para charlar un poco, verse las caras y compartir un luto tan abrumador que desafía cualquier descripción. Algunos querían, también, hablar de la justicia, que tarda tanto en asomar la cabeza. ¿Cómo presionar al gobierno local? ¿Cómo pedirle explicaciones al Seguro Social? ¿Sería conveniente acudir a la Suprema Corte para pedir una atracción que no por ser jurídicamente fútil dejaría de tener peso simbólico? Pero más allá del consuelo mutuo y la batalla jurídica contra el abrumador sistema de compadrazgos locales y federales, la mayoría de los padres se reunían en la Zubeldía para atender con esmero su altar.

Viernes 3 de julio, 6 de la tarde

Treinta pares de zapatos pequeñitos descansan, adheridos con pegamento industrial, en el centro de la plaza. Minúsculos botines ortopédicos, tenis juguetones con la imagen del Hombre Araña, coquetas sandalias blancas para lidiar con el calor hermosillense. Todos pegados en un círculo perfecto, como trazado con compás. Los tacones alineados y las puntas ligeramente levantadas. Es el calzado de algunos de los niños que, al mediodía del 5 de junio, perdieron la vida en una de las guarderías subrogadas por el IMSS en el estado de Sonora. Esta, la ABC, había operado desde 2001 en una bodega industrial de gruesas paredes y sin suficientes salidas de emergencia. A un costado de la guardería, donde los dueños de los zapatos habían aprendido a cantar, a atarse las agujetas, a dejar finalmente los pañales, había un almacén de la Secretaría de Finanzas estatal. En algún momento de la mañana del día de la tragedia, una chispa alcanzó los documentos hacendarios e inició el fuego. Sin alarmas contra incendio, nadie pudo darse cuenta del peligro, inminente e implacable. Cuando las llamas y el humo se extendieron al local de junto, donde dormían decenas de bebés y niños, alineados como ahora están sus zapatos, ya era demasiado tarde. El colapso del poliuretano pegado al techo convirtió aquello en un infierno. Y los niños dejaron para siempre de gastar estas suelas, hoy pegadas al piso de su ciudad natal como quien se ha obligado a echar raíces en el concreto.

Los zapatos de los niños enmarcan un grupo de tubos de cartón pintados de blanco, abrazados unos a otros con elástico. Ahí los padres han escrito leyendas para sus pequeños. Todas, de una manera u otra, hacen referencia a Dios. “Dios es bueno”, dice un rayón en verde. “Él sabe por qué hace las cosas”, dice otro. Algunos testimonios prefieren concentrarse en el dolor de perder a un niño de dos o tres años de edad, la orfandad a la inversa que debe provocar enterrar a un hijo. A los tres años, un niño platica, se queja, coquetea; muestra la promesa de lo que puede llegar a ser. No es, en suma, un bebé. Y eso se nota en las leyendas que los padres han puesto ahí, en los cartones de la Zubeldía. “Te extrañaremos. ¡Tú no dejes de jugar!”, dice uno. Otro más le pregunta a su hijo por qué, de entre todo lo que un hijo le enseña a su padre, olvidó decirle cómo se vive sin él. Y ahí, en medio de todo, hay un poema que alguien ha pegado con cinta adhesiva a los tubos. Este no es de uno de los deudos sino de un ciudadano común y corriente, un sonorense más que, como miles otros, fueron a la Zubeldía en los días posteriores a la tragedia para mostrar su solidaridad. Habla de amor y de resignación, de compañía y de “ángeles en espera”, como les llaman los padres a los pequeños fallecidos, ángeles en espera de justicia y, queda claro, del reencuentro familiar, algún día, en el más allá. El autor del poema lo firma “con mucho respeto”. Junto al texto cuelga, como una uva, el bulbo intocado de un chupón azul.

Después de unos minutos me siento en una banca bajo un naranjo. Frente a mí pasan en silencio varias personas; todas se detienen a leer algunos de los mensajes escritos sobre el altar o alguno de los artículos de la prensa local y nacional que los padres, haciendo un notable esfuerzo económico, han ampliado en mantas de vinil. Textos de El Imparcial y El Expreso, los dos diarios hermosillenses. Una pieza de Monsiváis. Todas claman justicia. De pronto, junto a mí se sienta una mujer muy joven.

Lleva un libro y un pequeño bolso. Viste una camisa roja con un logotipo a la altura del pecho. Apenas ha salido de trabajar, supongo, y ha venido a respirar antes de tomar un camión rumbo al descanso. Le pregunto por el altar, por los zapatos. “Sí”, me dice, “lo pusieron los padres. De hecho, una de ellas era mía.” Adriana es la madre de Yoselín Valentina, una niña de dos años y ojos grandes fallecida pocas horas después del incendio. Adriana es madre soltera. “El padre de la niña la conoció hasta que fue a verla ahí”, dice Adriana. Le pregunto por el libro que lleva consigo mientras espera a que lleguen el resto de los padres para la reunión diaria en la plaza. Se llama Una luz que se apaga, de Elisabeth Kübler-Ross, un best seller en cuya portada se lee: “una obra que nos ayuda a encontrar la paz que viene de enfrentar, comprender y aceptar la muerte de un niño”; una especie de abecé para los padres de la Guardería ABC. Adriana confiesa que al principio no quería leerlo pero ahora lo hace cuando puede. Quiero saber dónde lo consiguió. “Nos lo mandó de regalo la esposa del gobernador”, responde mirando las sombras minúsculas que, al atardecer, caen desde la punta de los zapatos sobre la plaza.

Sábado 4 de julio, mediodía

El mediodía sonorense es inclemente. Con el sol en su apogeo, el calor rebasa, por mucho, los cuarenta grados. Pero eso no da pausa a la gente que, aprovechando el día de descanso, se prepara para acompañar, por la tarde, a los padres de los niños a la última marcha antes de la elección del domingo. Varias personas se han dado a la tarea de arreglar las 48 cruces blancas de madera que, con los nombres de los niños adheridos, forman una especie de cementerio sobre la plaza. Las de los varones llevan un filo azul; las de las niñas, rosa. Para la mañana del sábado, los desconocidos arreglan y revisan las cruces. Las tocan como si fueran reliquias. Ninguno de los presentes es padre o familiar de los niños fallecidos. Son ciudadanos comunes y corrientes, de esos que, por miles, saldrán a las calles horas después. María Elena Salas va con sus hijos y acepta que “la vida en Hermosillo ha cambiado totalmente” desde la tragedia: “se siente la impunidad que hay porque no ha habido justicia”. Junto a ella camina una mujer que, ante la grabadora, prefiere omitir su nombre. Dice haber venido varias veces a la plaza Zubeldía: pasa en el camión todos los días y decide bajar para “ver todo esto” a pesar de que la escena –los zapatos, las cruces, los nombres– invariablemente la hacen llorar. Más allá de mis interrupciones, nadie dice nada.

Es entonces cuando irrumpe, en el duelo, la realidad política. Sonora es un bastión priista; completamente “controlado”, como me diría el periodista local Juan Carlos Zúñiga, por Eduardo Bours. Hasta antes de la tragedia, de la muerte de los 48 niños, el PRI tenía en la bolsa el proceso electoral: el candidato de Bours, un ganadero callado y hasta tímido llamado Alfonso Elías Serrano, parecía seguro ganador. Pero las cosas han cambiado desde entonces. Guillermo Padrés, el candidato panista, está arriba en las encuestas por un par de puntos. Y la alternancia, para el PRI sonorense, sería una catástrofe. Desesperado, Bours ha intentado culpar al Seguro Social de lo ocurrido. Sabe que sólo si logra que la sociedad sonorense responsabilice por entero al gobierno federal, conseguirá la victoria de su candidato. En ese contexto, de pronto, un hombre sube a una escalera en la plaza Zubeldía y, frente a todos, comienza a colgar una enorme manta que vuela de poste a poste: “IMSS: tú eres el único culpable!!”, se lee. De inmediato, una pareja cercana a Abraham Fraijo, uno de los padres más activos, se acerca al hombre que arrea la manta. Ella, una mujer robusta y de voz firme; él, un estudiante de historia también cercano a la familia Fraijo. “Es muy ofensivo; no hay respeto ni por el duelo de los padres ni por el movimiento tampoco”, me dice él, haciendo referencia al Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, creado ex profeso tras la tragedia. El hombre que cuelga la manta dice que Germán León, uno de los padres, es quien la ha mandado colocar. Pero los presentes no le creen: “esto parece del gobierno del estado”, me dicen. Ambos creen imposible que alguno de los padres haya ordenado hacer una manta de ese tamaño y con semejante leyenda. “El movimiento sí es político porque vivimos en sociedad, pero el movimiento es apartidista”, me explican. “El asunto de la elección y los partidos no se toca. El tema que se desarrolla en todas las reuniones es el apoyo a los padres y la justicia.”

Sábado, 6 de la tarde

Se acerca la noche. Treinta mil personas vestidas de blanco caminan por las calles de Hermosillo, una demostración de solidaridad ciudadana nunca antes vista en la capital de Sonora. Hay estudiantes, abuelos, gente de todas las edades. Y niños, muchos niños: andando mano a mano con sus familiares, alertas a lo que ocurre subidos en sus carriolas. Todos acompañan a los padres de los niños fallecidos, casi un mes antes, en la guardería ABC. Al frente de la manifestación silenciosa avanzan, con aplomo y solemnidad, los familiares.

Todos cargan pancartas y fotografías de sus hijos. Julio César, papá de Yeyé. Abraham, padre de Emilia. El único sonido que guía la marcha es el retumbar de los tambores que, cada veinte segundos, anima al contingente a seguir adelante. “Qué harás allá arriba, siendo tan pequeña”, dice una de las mantas. “Ángeles en espera de justicia”, dice otra. La familia de Pauleth Daniela Coronado ha hecho una pancarta con el rostro de la pequeña y un “te extrañamos” en color azul. Todos llevan playeras con el rostro de su niño en el centro del pecho. De pronto, una mujer enciende su teléfono celular y oprime una tecla. Del minúsculo aparato surge la voz de un pequeño que canta una melodía a todo pulmón, la única manera en que saben cantar los niños. Es el último recuerdo de su hijo, este cantar de “Pin Pon es un muñeco” guardado en un circuito electrónico. La mujer repite la canción una y otra vez. A cada esquina se suma un nuevo grupo de dolientes. Es la primera vez, me dicen, que la sociedad civil de Hermosillo sale a las calles así. El único precedente, una marcha hace años de un grupo de madres de familia que salieron a dar cacerolazos. Eran, cuando mucho, quinientos. Hoy, en las calles de Hermosillo, hay treinta mil personas. El equivalente de una manifestación de medio millón de capitalinos en las calles del Distrito Federal. Diego Osorno, colega de Milenio, me hace notar un elemento que sirve de contraste durante todo el trayecto: ahí, de los postes de luz, cuelgan los pendones con los rostros de los políticos. Todos les sonríen a los manifestantes. El dolor contra la sonrisa; el más genuino dolor humano frente a la simulación.

Sábado, 7 de la noche, Abraham

Abraham Fraijo ha luchado por la justicia desde el primer día. Ha viajado a México exigiendo justicia, dado entrevistas, hablado con lucidez y templanza. No cae en la tentación de la venganza, ni siquiera política. “El día de la elección la gente tiene que votar por el partido de su preferencia”, me dice mientras camina con el rostro de su hija Emilia sobre el corazón: “En lo personal a mí ni me favorece ni me afecta quién queda, siempre y cuando hagan su trabajo, que es para lo que se les paga. Yo mañana voy a ir a votar.” Emilia Fraijo Navarro tenía tres años. Era una niña profundamente alegre, enamorada de la música y el baile, famosa por tener una memoria prodigiosa a la hora de recordar las canciones que aprendía en la guardería que, a final de cuentas, sería su tumba. Tenía, es evidente, las facciones de su padre; la misma mirada decidida. Unos días después de la muerte de su hija, Abraham se tatuó el nombre de la pequeña. “Unos días antes que falleciera estuvimos dibujando sus manos y sus pies y yo tenía la idea de tatuarme sus manitas en los hombros”, dice el joven hermosillense sin dejar de mirar al frente: “pero cuando pasó esto preferí el nombre y sus catarinas”. Le pregunto si ese era su animal favorito. “No”, me explica, “lo que pasa es que le gustó mucho un trajecito que usó en un festival y luego en su cumpleaños. Ella decía que era catarina mariquita. Duró una semana con el traje hasta que rompió las mallas y todo sucio se lo tuvimos que quitar”. Abraham Fraijo se dedica al mantenimiento industrial y aspira a trabajar en “la Ford”.

Domingo 5 de julio, 10 de la mañana

Mientras Guillermo Padrés, el candidato panista, vota en su casilla en un pequeño parque en una zona residencial de Hermosillo, un grupo de niños juega con su perro. Lo han pintado de azul para apoyar al PAN, pero el pobre animal parece un desconcertado algodón de azúcar. La madre de los pequeños los mira preocupada. “Tengo un bebé de la edad”, me dice de la nada. “Lo que pasó me afectó mucho. Me pongo en el lugar de los papás y es algo indescriptible.” En el día de la elección esta joven hermosillense, que no debe tener más de treinta años y ya tiene tres hijos, está segura de que la tragedia cambiará el rumbo político de su estado: “He oído comentarios de la gente, parece que todo mundo está votando por un partido.” En la calle, mientras tanto, un vendedor ofrece raspados que se venden como lo que son, un oasis en el calor sonorense. Una de las entusiastas compradoras se identifica como enfermera en el hospital Cima de Hermosillo, una de las clínicas que recibieron a los niños el 5 de junio. Le asusta la grabadora pero accede a contar su historia. Muchos niños, me dice, “llegaron con la piel derretida y boqueando”. Y la clínica no se daba abasto. A una de las maestras tuvieron que acostarla en el suelo, lo mismo que a algunos pequeños. Como costalitos, alineados unos con otros. Le pregunto por qué no ha contado esta historia antes. “Porque nos dijeron que no podíamos hablar”, me responde.

Domingo, 7 de la noche

El equipo de campaña de Alfonso Elías Serrano, el candidato priista al gobierno de Sonora, está seguro de haber triunfado en las elecciones. Uno de los asesores de comunicación de Elías me explica que la campaña logró reponerse al “manejo que hicieron los medios de lo de la guardería”.

Para él, todo ha sido una conspiración: la marcha, las lágrimas, la cobertura de los medios, mi propia presencia en Hermosillo, supongo. Hay, me dice, un periódico en Hermosillo que, enseñando el cobre panista, osó publicar una doble página cubriendo la manifestación de los padres de la ABC. “A todo eso nos repusimos”, asegura. Minutos después, Elías Serrano sube al escenario donde, durante una hora, ha estado cantando una banda sonorense. El maestro de ceremonias trata de animar a la gente. “¡Sube, Sonora, sube!”, grita y grita. El candidato toma el micrófono. Lo rodean sus tres hijos adolescentes y su esposa. Y habla –o trata de hablar, porque no nació para orador– durante no más de diez minutos. Mientras lo escucho, espero la mención de los niños fallecidos. Aunque aún no es segura la victoria de este hombre, pienso, alguna referencia hará a lo ocurrido justo un mes antes. Aunque sólo sea por respeto, supongo. Aunque sólo sea como un mero gesto político, asumo. Pero me equivoco. A Elías Serrano, el candidato del gobernador Eduardo Bours, no le pasa por la cabeza dirigirse a los padres ni recordar a los 48 niños quemados y asfixiados a veinte cuadras del lugar de la celebración electoral. Elías Serrano termina de hablar y los fuegos artificiales revientan a un lado del escenario. Luego los papelitos de color rojo. El candidato baja del templete y desaparece dentro de su casa de campaña. “Ganamos”, me asegura el asesor aquel mientras, sudando, se quita el sombrero.

Lunes 6 de julio, 8 de la mañana

El Programa de Resultados Preliminares da una ventaja irreversible a Guillermo Padrés, candidato panista a la gubernatura de Sonora.

Lunes, 9 de la mañana

Tras la derrota, Eduardo Bours ha convocado a una conferencia de prensa. Después de un desayuno norteño de lujo cortesía del gobierno sonorense, los periodistas entramos a la sala. Cinco minutos después lo hace Bours. Vestido impecablemente, el gobernador lleva los ojos tan rojos como la corbata. Un colega le pregunta la razón del descalabro del PRI. En ese instante, Bours recibe su cita con la historia, la oportunidad de hacer lo que no ha logrado desde la tragedia: dignificar, con humildad, su papel en lo ocurrido; sacar la cabeza del miasma político. Pero toma otro camino. Para el gobernador sonorense, la derrota priista no tiene nada que ver con el dolor de la gente de Hermosillo. Todo se debió, dice, al “manejo que se le dio al caso de la guardería del 5 de junio, que sin duda hizo que alguna gente no saliera a votar”. Ese “manejo”, dice Bours, no ayuda a que “la gente participe”. Cerca del final de la conferencia, alguien le pregunta al gobernador si tiene, aún después de la derrota del día anterior, algún futuro en la política (pretendía, después de todo, luchar por la presidencia en 2012). Bours hace una pausa interminable antes de responder: “Yo sólo pienso hoy en día en terminar mi periodo. Ya después de septiembre veremos qué es lo que sigue. Gracias.” Y, con eso, Eduardo Bours Castelo desaparece. Unos días más tarde asegurará que “duerme como un bebé”.

Miércoles 8 de julio, 6 de la tarde

En la ciudad de México Daniel Karam entrega la lista detallada de los dueños y socios de las casi mil seiscientas guarderías subrogadas por el IMSS. Del total, sólo el 2% ha sido entregado por licitación; el 98%, por asignación directa. Sólo 2%.

Lunes 13 de julio, 2:30 de la tarde

Un grupo de padres de familia ha llegado desde Hermosillo a la ciudad de México, ansiosos por conocer la decisión de la Suprema Corte: ¿atraerá o no el caso de los niños fallecidos? Ahí, en la Corte, está Catalina Soto, la maestra titular de la Comisión de Derechos Humanos y Universitarios en la Universidad de Sonora. Una mujer generosa que, sin deberla ni temerla, se ha echado al hombro la responsabilidad de ser vocera del movimiento por la justicia. Su tarjeta de presentación dice “Profesor de tiempo completo”. Y ahí está Abraham, con su mochila al hombro y con una pequeña foto de Emilia asegurada con un broche a la playera. Unas horas antes Fraijo había publicado en internet un video de su hija. Durante los últimos segundos, en una leyenda en rojo, los padres de Emilia le piden que siga siendo quien era: “¡Baila, Emilia, baila!” En la capital Abraham espera el primer triunfo, la primera respuesta alentadora de la justicia de su país. Pero tendrá que ser otro día: la Corte ha decidido irse de vacaciones antes que estudiar el caso. Que el expediente no está listo, les dicen. “Estoy muy decepcionado, la verdad”, me asegura Abraham. “Confío en que los ministros van a tomar una decisión unánime para aceptar el caso. Pero me indigna la tardanza. Los culpables han tenido mucho tiempo para esconderse. En vez de postergar la decisión yo, como humano, hubiera postergado mis vacaciones.” Gracias, Abraham, le digo. “Por aquí estamos en la ciudad, ya sabes… tienes mi teléfono.” Un par de horas después Abraham –y Emilia– suben al avión, de vuelta a los naranjos de Hermosillo. A mediados de julio, me dicen, la fruta está ya madura.

Níger

Publicado: 7 septiembre 2011 en Martín Caparrós
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Voy por tierra desde Jos, en Nigeria, hasta Niamey, en Níger: cientos de kilómetros –y la entrada en el país más pobre del mundo. En los rankings de desarrollo humano de la ONU, Níger lleva varios años último: último, detrás de Afganistán, Sierra Leona, la República Centroafricana, Mali: último. Todo es susceptible de algún ranking.

En la frontera entre Nigeria y Níger –polvo, sudor y mugre–, un soldado revisa mi pasaporte en una casilla de adobe –lagartijas surcando las paredes, escondiéndose detrás del cuadro de Mamadou Tandja, presidente de la República del Níger desde hace mucho tiempo– y, al final, anota mi nombre y número en un cuaderno ranfañoso para registrar mi entrada en el país. Afuera, un sargento gordísimo desecho en una silla reventada bajo un techo de cañas, derrumbado, sudando, desbordando, los pies como animales muertos, atendido por dos o tres soldados con uniforme emparchado y hawaianas, pistolas oxidadas, me mira con odio poderoso y me da, para que empiece a acostumbrarme, un gustito del miedo:

–¿Y usted por qué me mira, qué se cree?
–No, yo… No, yo no lo miraba.
–Tenga mucho cuidado.

El sargento resopla, yo respiro.

A primera vista, el país más pobre del mundo es una extensión despiadada de tierra yerma casi arena, con algún olivo aquí y allá, ciertos arbustos, los chicos y mujeres que pasan por los campos secos con sus ramas o su tacho de agua en la cabeza, sus telas de colores y sus velos, los burros y las cabras en los campos secos, camellos flacos como esqueletos de museo, hombres y muchachos que los recorren secos con la mirada baja y una bolsa de plástico en la mano buscando iguanas, caracoles, algo: la sensación de que llevan mil años buscándolos y que lo peor es que a veces, muy de tanto en tanto, los encuentran y, sobre todo: la sensación de que esto no ha cambiado mucho en esos años.

Que muy poco ha cambiado en tantos años.

–Acá no hay que mirar mal a los militares, jefe.

Me susurra el chofer de mi camioneta como quien me introduce en los misterios.

Después de vez en cuando, en medio de los secos, un oasis muy chiquito con su pueblo: veinte casas cuadradas de adobe –tan parecidas a la tierra, tan la tierra– rodeadas por muros de adobe que son corral y defensa al mismo tiempo y su almacén de granos como una piña incrustada en el suelo. Los pocos árboles tienen formas extrañas: están, en general, muy podados o rotos y de troncos antiguos brotan ramas muy jóvenes que no saben cómo acomodarse. Tardo muchos kilómetros en entender que esos árboles son un efecto de la seca: un árbol que muere o agoniza cuando le falta el agua, y que después revive; son, después de todo, otra metáfora berreta.

Ahora recuerdo por qué me gustaban estos viajes.

Níger, el camino de Níger.

Eran tan primitivos que se creían astutos. Los pelos de la nariz les llegaban al coxis y aprendían a sonreírse satisfechos mientras hurgaban con sus deditos cortos uñas negras la calavera de aquel bisonte, buscando últimas carnes. Ninguno decía ug, porque era de salvajes: ahora estaba de moda el provechito suave, terminado en un chillido como de ratón boniato, que era el toque elegante.

–Cruaaaa jiiiii.

Y seguían escarbando. Una hembra de tetas cantimpalos manoteó un ojo y trató de escaparse hacia los yuyos. En segundos, tres machos musculosos chuecos se le echaron encima, le pegaron con ramas y con saña, le sacaron el ojo. La caza estaba difícil, y muchas veces se quedaban con hambre.

En unos pocos milenios habían cambiado mucho. Los bichos escaseaban, así que habían tenido que inventar arcos, flechas, arpones, redes, trampas, y ya no había animal que se les resistiese. El problema era que, a fuerza de cazar y cazar, se había hecho muy dificil encontrar una presa, y había que embarcarse en expediciones interminables para dar con algún mamut desprevenido. La caza estaba en vías de extinción.

–Cruaaaa jiiiiii.

Dijo la hembra con un ojo menos, queriendo significar:

–Ug, kriga bundolo, grande catastrófe ecológico ahora, oh sí, oh sí.

A veces pasaban lunas y lunas sin encontrar presa, y comían raíces y semillas. Pero tampoco era seguro que las encontraran. Fue en esos días confusos cuando a alguien –o a muchos a la vez, quién sabe– se les ocurrió que algunos de esos frutos podían recogerse con cierta seguridad todos los veranos, y el grupo empezó a volver cada año a su trigal salvaje.

–Craaac, bilicundia aj doj.

Dijo la hipertataranieta de la tuerta, queriendo significar:

–Oh, felices tiempos antes, cuando todos animales.

La tribu comía y eructaba cada vez mejor, pero la cosecha silvestre raleaba de año en año, porque crecían las bocas. Alguien volvió a hablar de catástrofe ecológica. Otro descubrió, vaya a saber cómo, que esas semillas podían plantarse y al verano siguiente surgirían con renovados bríos.

–Crc, mí constata que aquesto nunca ya serán como antes y la degradación seríamos eterna como la noche del escuerzo.

Dijo una hipernietísima, que tenía la vocación lírica, y era cierto: a partir de entonces empezó la catástrofe. Para cultivar sus plantas y criar a sus nuevos animales domésticos, los hombres abandonaron la vida errante y empezaron a establecerse en poblados, florearon sus lenguajes, se hicieron unos dioses, supusieron linajes, descubrieron el vino con soda, improvisaron la filosofía, aprendieron a coger cara a cara, se largaron a andar a treinta por hora en sus caballos verdes y, después, inventaron las carpas en la playa, los masajes, los aviones a chorro, los microchips y los chips de pavita. Un desastre. Pero se podía haber evitado. Ningún científico duda de que nada de todo esto habría sucedido si los guarangos de nuestros ancestros no se hubiesen excedido en la caza del mamut y del oso hormiguero. Porque no habría sido necesario buscar otras fuentes de alimentos, y ahora seríamos felices, usaríamos pieles y garrotes, hablaríamos con los pajaritos, no sabríamos qué es el sida y pintaríamos quirquinchos en las paredes de la cueva.

Seríamos tan ecololós.

La ecología supone una idea de fin de la historia, al fracasado modo Fukuyama: hasta acá llegamos, la evolución se acaba acá. De ahora en más todo funcionará según otro modelo: el de la degradación, la decadencia –porque quisimos demasiado. La ecología suele remitir a una edad de oro, un mito tan antiguo: tiempos felices en que la naturaleza podía desarrollarse sin la interferencia de la maldad humana. Había buenos salvajes, pero sobre todo había buena selva: aquella que no había sido corrompida por la sociedad.

Es la misma escena que venimos actuando una y otra vez, de tan diversas formas, desde hace miles de años: natura derrotada por cultura, paraíso perdido, ambiciones humanas destruyendo. Prometeo encadenado, Babel y su derrumbe: no hay religión que no castigue la ambición de la técnica. Cuando el hombre original que vive en el triunfo de la naturaleza más gloriosa comete la tontería de querer saber y come el fruto, rompe el orden natural/divino hecho para la eternidad, armado contra el cambio. El orden y la orden del dios eran muy claros: todo será perfecto mientras aceptes tu sumisión a esa naturaleza que yo inventé para darle mis reglas; todo se va a arruinar a partir del momento en que intentes imponer las tuyas. Todo funciona mientras no trates de cambiarlo: acepta lo que tienes, sé lo que te digo: yo sé lo que te digo. En ese mito el dios o la naturaleza son perfectos, la caída es culpa del hombre que no sigue sus reglas. La Biblia es el primer panfleto ecololó, el relato de todo lo malo que tuvimos que arrostrar por no habernos resignado a la naturaleza –o la obediencia o la ignorancia.

Y lo echó Yahvé Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Por cuanto obedeciste la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo No comerás de él, maldita será la tierra por amor de ti.

La peor catástrofe ecológica.

Querrían retrotraer el mundo a esa soñada edad dorada; como saben que no pueden, tratan al menos de que ya nada cambie. Nostalgia del presente visto como pasado, el miedo ante el carácter eternamente fugitivo, odio del tiempo; los ejemplos rebosan. España, en el siglo XII, era un gran bosque: la frase clásica que dice que un mono podía atravesar la península de Gibraltar al Pirineo sin bajar de los árboles. España rebosaba de madera y la madera era la materia indispensable: con madera se hacían las casas, los carros, las ruedas, los arados, los muebles, las herramientas, las lanzas, los zapatos; con madera se calentaban las personas, se cocían las comidas, se trabajaban los metales escasos. Un mundo sin madera habría sido pensado, entonces, como la quintaesencia del desastre, un espacio invivible. Ante la posibilidad de su desaparición, los ecololós habrían alertado contra “la destrucción de nuestro patrimonio forestal, que condenará a la muerte a las generaciones venideras”. El hombre es la gran amenaza para el medio ambiente: taló, utilizó, gastó esos árboles. En el siglo XII, España daba de vivir a cuatro millones de personas. Nueve siglos después, España era una llanura casi yerma desarbolada capaz de sostener –incomparablemente mejor– a diez veces más personas que vivían más del doble que en tiempos del gran bosque: otros materiales, otros combustibles, otras técnicas habían reemplazado con enorme ventaja a la madera.

Pero la ecología suele suponer un mundo estático donde las mismos métodos requerirán siempre los mismos recursos naturales, y se aterra porque proyecta las carencias del futuro sobre las necesidades actuales: porque todo lo que imagina son apocalipsis.

Es una de sus grandes ventajas: la ecología es la forma más prestigiosa del conservadurismo. La forma más actual, más activa, más juvenil, más poderosa del conservadurismo. O, sintetizado: el conservadurismo cool, el conservadurismo progre, el conservadurismo moderno. Es, en sentido estricto, un esfuerzo por conservar –los bosques, los ríos y montañas, los pájaros, las plantas, la pureza del aire– y eso, tras tantos años de suponer que lo bueno era el cambio, debe ser muy tranquilizador. Fantástico haber encontrado una forma de participación que no suponga riesgos, beneficie directamente a uno mismo y proponga la conservación de lo conocido. Fantástico poder sentir que uno está haciendo algo por el mundo, defendiendo al mundo de los malos, tratando de que sólo cambie lo necesario para que nada cambie. Fantástico que lleve incluso cierto tinte de insatisfacción con la forma en que el mundo funciona –capitalismo despiadado, grandes corporaciones–, tan ligero que puede ser compartido por los capitalistas despiadados, por las grandes corporaciones. Fantástico haber dado con una causa común, tan aparentemente noble, tan indiscutible –en el sentido estricto de la palabra indiscutible–, tan unificadora que pueda ser enarbolada por una joven nigeriana que cocina con leña o el presidente de los Estados Unidos o mi tía Púpele o la banca Morgan. Fantástico: y sirve, incluso, como materia para enseñarle a los chicos en la escuela –o como material de propaganda y, sobre todo, relaciones públicas.

En 2002 un experto en “comunicación política” republicano duro, el joven dinámico Frank Luntz, escribió unas recomendaciones sobre el tema para la administración Bush. El texto se filtró a la prensa y produjo cierta indignación. Luntz decía que para manejar mejor la cuestión ecológica los republicanos no tenían que definirse como “preservacionistas” o “ambientalistas” –que los “centristas americanos, las personas comunes” asimilaban a una política extremista– sino “conservacionistas”, porque esta palabra “tiene connotaciones mucho más positivas que las otras dos. Supone una posición moderada, razonada, llena de sentido común, en el centro entre la necesidad de restablecer los recursos naturales de la tierra y la necesidad humana de usar estos recursos”.

Y que debían hablar de cambio climático y no de calentamiento global, “porque suena mucho menos catastrófico y aterrador”.

Conservacionistas, dijo: ésa debía ser la palabra.

Aquí lo único que se conserva es la basura: mucha basura, montañas de basura, tanto trozo de plástico, de bolsitas de plástico blancas y sobre todo negras, y cachos de botella y cartones de tetra a los costados de la ruta. Por supuesto no hay luz, agua corriente, ninguna de esas cosas que solemos pensar como presente. Creo –por el momento creo, ya veré– que es el país más primitivo que he visto en una vida hecha de ver países primitivos –o vivirlos.

Níger es un país muy grande lleno de desiertos; sus 15 millones de habitantes –83 por ciento de campesinos– crecen con la tasa de fertilidad más alta del planeta: 7,7 hijos por madre. Níger tiene, también, una de las mayores tasas de mortalidad infantil: 248 por mil o sea, más de dos cada diez. Aquí funciona todavía el viejo mecanismo que la humanidad utilizó milenios: parir mucho para que algunos de esos chicos se conviertan, con suerte, en adultos.

Para intentar cierta supervivencia.

Después –cientos de kilómetros después– entro en Niamey, la capital de Níger: hay ciudades así, destartaladas, con tierra por arriba y por abajo, con sus casas colgadas del pincel, siempre a punto de nada –y unas pocas mansiones detrás de muros largos. Niamey sigue el modelo de las ciudades más contemporáneas en aquello de que parece un suburbio de sí. Pero no un suburbio rico, como quiere el patrón californiano; Niamey es, si acaso, un segundo cordón, el margen de sí misma.

Niger fue colonia francesa: otra vez el idioma colonial como modesta lingua franca.

El representante de Unfpa en Niamey me recibe, protocolar, y al final de la charla me dice que es maliano. Entonces yo le digo que qué casualidad, porque en Mali está el lugar adonde siempre digo que voy a ir y nunca voy, Tombuctú. Entonces él me dice que la próxima vez que venga vamos juntos, sabiendo que ni voy a venir ni va a llevarme, sólo para seguir el protocolo pero, por lo que sea, yo lo rompo y le digo que no estoy seguro porque hace tanto que pienso en ir a Tombuctú pero no voy que me da un poco de miedo lo que podría pasarme si finalmente fuera. Entonces él abre los ojos como si me viera por primera vez y le dice –sin ningún protocolo– a su segundo: Ah, pero éste cree esas cosas. ¡Es uno de nosotros! La superstición acaba de consagrarme africano honorario.

Una ciudad casi perfectamente pobre, con muy pocos errores o manchones. En Niamey no hay luces públicas; cuando llega la noche se hace de noche, y sólo queda, si acaso, el relumbrón de alguna casa, un negocito de esos que se quedan, los faros de una moto.

A partir de cierto punto el ranking de países ya no mide cuán pobres son los pobres –que son todos muy pobres y que hay muchos– sino cuántos ricos hay –200, 1000, 3300– y cuánto pueden acumular y qué pudieron construirse. La riqueza está concentrada en muy pocos, y lo que diferencia al Níger de Etiopía –o Sierra Leona o Burkina Faso– es cuántos son y cuánto tienen esos pocos. El resto, lo que importa, es demasiado parecido.

Pero, además: en una ciudad tan pobre no hay espacios públicos para los ricos. Sólo espacios privados: sus casas, sus refugios –que, por supuesto, hacen todo lo posible por abstraerse del entorno. El espacio público caro –restoranes, bares, lugares de compras– es una conquista de la clase media. Vieja historia: los comederos más o menos elegantes aparecieron en Francia en la época de la revolución, cuando los burgueses más o menos pequeños trataron de acceder –por un rato, una noche, una comida– a los mismos placeres que los aristócratas gozaban todo el tiempo. Lo mismo que sucedió, décadas después, cuando aparecieron los hoteles distinguidos. Aquí, donde no hay clases medias, no hay de eso.

Supongamos por un momento que el mundo tal cual está es maravilloso –lo cual, en Niamey, no resulta tan fácil. Pero, ¿por qué esa convicción nostálgica, conservadora, de que todo lo que venga debe ser peor? Un mundo sin osos polares o arrecifes de coral o tigres de bengala va a ser un poco más pobre, pero en lugar de los tigres hay cien razas nuevas de perros, células madre que pueden formar órganos, la esperanza de vida que aumenta sin descanso, serias chances de poblar la Luna o después Marte. No digo que no sería mejor conservar también lo que hay; digo, sólo, que su eventual desaparición se inscribe dentro de esa lógica evolutiva que sabe que todo no se puede: dinámicas del cambio.

Si una fuerza inexplicable –los famosos dioses– hubiera salvado a los dinosaurios, no estaríamos acá, no existiríamos.

Me compro una cocacola –cosa que sólo hago una vez por año o cada dos, en países muy calientes y en la calle– y cuando la tomo pienso que no está tan fría como deseaba ni tan caliente como temía, y me parece que la frase se aplica a casi todo: ideas sudorosas. Creo que le decían aurea mediocritas, y es lo que parece.

Ni tan fría como deseaba ni tan
caliente como temía, ay vidita.

O sea, la pregunta: ¿qué es lo que está tan bien que queremos conservarlo a toda costa? No saben en qué mundo viven, diría mi tía Berta. No es casual que el ecologismo haya nacido en los países ricos: un reflejo de sociedades satisfechas, personas que viven bien y querrian seguir viviendo así, que temen cambios que les hagan perder comodidades. La conservación, en sentido estricto, de este orden –que los privilegia– frente a los brutos que crearon este orden pero son tan ávidos que podrían destruirlo con su exageración: gobiernos, grandes corporaciones, ambiciosos varios. Moderación, aurea mediocritas: sigamos así, dicen, quedándonos con casi todo, pero no terminemos de agotarlo.

Ni tan fría ni tan,
ay vidita.

Insisto: en todos estos millones de años no hubo peor desastre ecológico que la desaparición de los dinosaurios –sin la cual no habrían podido desarrollarse los mamíferos y, por tanto, nosotros. Sin ese quiebre no existiríamos –y ni siquiera estaríamos discutiendo estas cuestiones. Pero ahora nosotros somos los dueños, los dinosaurios de este mundo. Quizá la clave está en esa explicación de Ed Mathez, curador de la muestra sobre cambio climático en el Museo de Ciencias Naturales de Nueva York: mucha gente dice bueno, si ya hubo grandes cambios climáticos antes, otras veces, ¿por qué deberíamos preocuparnos? La respuesta es simple: porque, a diferencia de esas otras veces, ésta estamos acá.

Es una idea.

Lo dicho: porque es nuestro planeta.

En un mercado donde la mayoría vende telas arcoiris o los restos mortales de alguna vaca triste o radios berretas o perfumes truchos me hizo gracia que el muchacho pasara vendiendo banderitas de una docena de países, y le saqué una foto. Los musulmanes siempre pensaron la fotografía con el verbo sacar: arrebatar, expoliar una foto en el sentido de robarles su imagen –que el corán y el profeta y los ulemas y los marabúes y los imanes y fatwas y madrasas dicen que no se puede reproducir so pena de ofender al más grande. Por eso los musulmanes suelen enojarse con las fotos, pero este muchacho empezó a reírse como loco; señalaba mi cámara, gritaba yo estoy ahí, yo estoy ahí y se seguía riendo. Le mostré su foto –me sigue sorprendiendo que las nuevas tecnologías sean así de instantáneas–; la miró, se reía más, me preguntó si podía dársela. Le dije que no, que no tenía manera; se fue, como apenado. Enseguida volvió: ¿De verdad no hay forma de que me la des? Pensé en la opción de mandársela por mail y por pudor no quise preguntarle si tenía: a veces prefiero el prejuicio a la ofensa. No, me parece que no, que no hay manera. Ah, dijo, ya triste. ¿Y dónde te la vas a llevar? A la Argentina, le dije, por si acaso. Entonces los ojos se le iluminaron otra vez: ¿A la Argentina? ¿Te vas a llevar mi cara a la Argentina? Vaya a saber qué entendió por Argentina. No dijo Maradona, Messi; solamente repetía la palabra –Argentina, Argentina– hasta que se le ocurrió una idea: entonces tomá, anotá mi nombre. Si la vas a llevar, llevala con mi nombre, dijo, y me empezó a decir un nombre complicadísimo, y después cambió: no, mi nombre conocido, el que todos conocen no es ése, es Yaou Yacuba. Si vas a llevarte mi cara también llevate mi nombre que todos conocen, dijo, y se fue tan satisfecho.

Níger y Argentina comparten un honor dudoso: son los dos –¿únicos?– países del mundo bautizados con nombres más o menos latinos, signos culteranos, renacentistas. Dos latines, dos opiniones contrapuestas: Argentina es la plata, lo que vale, blancura realzada por el brillo; Níger es negro, lo opaco, lo sombrío. Sólo que un nombre –Níger– se basó en una comprobación –la negritud de sus nativos– que se sostiene, y el otro –Argentina– en una ilusión –la existencia de plata, de esas minas de plata– que resultó ser un engaño.

El gran mercado de Niamey es otra ruina –casillas derrumbadas, negro de humo en las paredes, pasillos a medio hacer– y me resulta coherente que lo sea porque todo en la ciudad parece así. Ver es mucho más fácil que mirar, más descansado. Mi prejuicio sobrevive hasta que alguien me cuenta que el mercado –el centro de la vida ciudadana– se incendió un mes atrás y estuvo a punto de destruirse por completo pero Dios lo salvó: que cuando más voraces estaban las llamas empezó a llover, porque los imanes llevaban un par de horas rezando para que lloviera y Dios, al final, después de hacerlos esperar un rato, después de llevarlos a arrepentirse de suficientes cosas, después de demostrarles que su voluntad no se adquiere con dos o tres palabras, hizo el milagro de llover para apagar el fuego.

–¿Y acá son todos musulmanes?
–No, sólo el 99 por ciento.
–¿Y el otro uno por ciento qué es?
–Sólo Dios lo sabe.

Decir hola, aquí, es grosería. Cualquier saludo –para poder preguntar dónde vive fulano, por ejemplo– es una larga sucesión de gentilezas bien reglamentadas: salaam aleko, alekum salaam, y cómo está su esposa, muy bien y la suya, muy bien y sus hijos, bien gracias y los suyos, muy bien y cómo están sus animales, creciendo, usted sabe, y los cultivos, ay, dios dirá vamos a ver si llueve, sí, vamos a ver si llueve, digamé: ¿usted sabe dónde vive Mamadou? Todo dicho a la velocidad de una ametralladora medio vieja, en un pingpong perfecto donde no importa la pelota –sino el gesto de la mano en la paleta.

El tema de las microfinanzas es uno de los grandes inventos de las últimas décadas: no realmente asistencialista aunque más o menos, manera de integrar a los pobres en la circulación económica un poquito. En Nigeria ví bancos de microfinanzas por todas partes, y en Níger también son un hit. Pero aquí, en medio de Niamey, un gran cartel anuncia un Salon de la Banque et de la Microfinance, sous le haut patronnage du Ministre de l’Économie et des Finances, y la fecha y el lugar y los sponsors y la foto: en la foto, dos metros por tres, dos señores de traje conversan animados, maletines en mano, corbatas, anteojos de metal, los dos pasablemente jóvenes; uno es alto, espigado; el otro es un enano.

Sigamos hablando de metáforas.

Si éste no fuera un libro correcto, cuidadoso de las convenciones al uso, precavido, modesto, diría que nada hace a las mujeres tan esbeltas, tan airosas como cargar agua: las espaldas tan rectas, los pasos tan ligeros cuando ya no tienen diez litros sobre la cabeza.

Porque llego al pueblo adonde voy a trabajar: Dalweye, a menos de una hora de Niamey, en otro mundo.

Sus calles los espacios que quedan entre casas donde corren chicos cabras gallinas hueso y pluma; un chico pasa rodando una cubierta vieja, otros dos hacen esgrima con sus palos, varios corren sin sentido aparente. Alguien, alguna vez, va a descifrar el sentido de la dirección de las carreras de los chicos de un pueblo cualquiera en un país cualquiera y va a entender el mundo. Mientras tanto, seguimos ignorando; la mezquita en el medio del pueblo es una habitación de tres por tres con su pequeña torre pintada de verde o de celeste, ya hace mucho. Mujeres muelen grano en sus morteros de madera, otras pasan con chicos atados a la espalda; una nena de doce lleva un hijo a la espalda. Otras se juntan alrededor del pozo con cantidad de bidones de colores a lavar o conversar o sólo buscar agua y los hombres se sientan a charlar junto a la carretera sobre un tronco –gastado, pulido por el roce de sus nalgas y de las nalgas de sus mayores y de siglos de nalgas– y al lado está el negocio de uno, otra choza de adobe pero con tres paredes en lugar de cuatro que vende huevos, té, unas latas o bidones usados, cigarrillos. Un hombre joven pasa en un carro tirado por un burro llevando leña y la mujer arriba de la leña, el hombre sobre el burro y su carro, eso sí, tiene ruedas de goma; un pastor peul con su sombrero de paja redondo puntiagudo y su bastón muy largo llega trayendo sus cabras y unas vacas flaquísimas con cuernos largos y finitos; pasa una pick-up con quince o veinte personas amontonadas en la caja, las patas colgando para afuera, los cuerpos en contacto tan estrecho, algunos sentados en unas tablas que sobresalen para que quepan muchos. Es tiempo de la seca, el tiempo en que los campesinos del Níger no pueden hacer más que esperar que las lluvias lleguen, y que el grano que se guardaron el año pasado les alcance hasta el final de la cosecha: lo segundo casi nunca sucede, lo primero a veces.