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De la caída al colapso

Publicado: 19 noviembre 2015 en Jon Lee Anderson
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Domingo 27 de febrero de 2011 

La ciudad libia de Bengasi se encuentra a dieciséis horas de marcha si uno conduce peligrosamente desde la capital egipcia de El Cairo. Ambas están conectadas por una franja de carretera y, también, por sus respectivas y recientes “liberaciones”, obra de manifestantes antigubernamentales.1 Al viajar de una a otra, ayer, el lado egipcio de la frontera funcionaba normalmente. Es decir, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración que sellaron mi pasaporte y nos dijeron adiós en unas salas caóticas, repletas de cientos de refugiados que huían de Libia, en su mayoría trabajadores bangladesíes y vietnamitas. Allí acababa lo “normal”.

Cruzar Libia implicaba hacerlo a pie a través de unos ochocientos metros de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo; una vez pasado éste, nos hallábamos abandonados a nuestra suerte en la “nueva Libia”.

Nos dio la bienvenida una banda de jóvenes entusiastas que hacían las veces de guardias y que nos ofrecieron tazas de té dulce y caliente. Nos mostraron la bandera que habían colgado en lo alto: la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, y no la utilizada en la era de Muamar el Gadafi, que es una simple tela verde. Querían que les tomaran una fotografía frente a ella, como si al hacerlo validáramos de algún modo el cambio ocurrido en su país, que todavía parecía algo precario. A su alrededor, los edificios estaban abandonados y cubiertos de grafitis; más allá se extendía el desierto.

La teórica libertad de Libia parecía un espejismo. Pero, tras conducir seis horas más por tierras prácticamente despobladas —un paisaje que alternaba entre el desierto y el ondulado verdear de unas granjas—, llegamos a la vieja ciudad fenicia de Bengasi, con sus decaídos edificios de la era colonial, de estilo italianizante. Allí, en un deteriorado palacio de justicia frente al paseo marítimo, había tenido lugar la semana anterior la revolución que, después de varios días de confrontación violenta, puso al “pueblo” al mando de la Libia oriental.

Dos horas después de llegar me hallaba en el palacio de justicia, que es ahora el cuartel general de la Bengasi revolucionaria, frente al cual cientos de personas paseaban. Tres efigies de Gadafi colgaban de un mástil, y el tronante mar oleaba al otro lado de la calle.

La multitud comenzó a cantar grandes, rítmicos, estridentes cánticos que sonaban como música. Me detuve en un cuarto del piso superior y desde allí miré la escena junto a una de las nuevas líderes voluntarias de la ciudad, Iman Bugaighis, una mujer de unos cuarenta años, miembro de la facultad de Odontología en la universidad local. Le pregunté qué cantaban. Mientras me lo explicaba, la sobrecogió una súbita, inesperada emoción y comenzó a llorar. Me dijo que estaban deseando la muerte a Gadafi. Incapaz de traducir los juegos de palabras de los hombres y mujeres reunidos allá abajo en grupos separados, que cantaban en un llamamiento que resonaba, los resumió: “Lo que tratan de decir es todo lo que no pudieron decir durante cuarenta y dos años. Lo que dicen es que ya no están dispuestos a vivir con vergüenza”. “¿Qué es la vergüenza para ellos?”, le pregunté. “Gadafi”, replicó. “Él es nuestra vergüenza”.

Martes 1 de marzo de 2011.

Bengasi es una ciudad en el limbo, un lugar de rumores y —con Muamar el Gadafi todavía aferrándose al poder en Trípoli— lleno de expectativas por los dramas que están por venir. Pero la “revolución” de abogados, hombres de negocios y jóvenes que barrió el régimen de Gadafi en esta ciudad la semana pasada todavía se esfuerza por encontrar una voz coherente, todavía tiene que generar un liderazgo visible. Según Abdel Hafiz Ghoga, el juez que funge como flamante portavoz del consejo revolucionario de la ciudad y el primer miembro del nuevo Consejo Nacional de Transición de Libia, ello no se debe a una confusión, sino a las consultas que están en proceso. Mientras tanto, la fuerza militar rebelde ha intentado recuperar las armas robadas por la ciudadanía a las varias guarniciones incendiadas de Bengasi a fin de formar un ejército y “marchar sobre Trípoli”.

Más allá de la atmósfera festiva que continúa a lo largo del paseo marítimo cubierto de grafitis —donde el consejo revolucionario ha montado su cuartel—, Bengasi apenas funciona. La mayoría de las tiendas y negocios están cerrados, y hay poca gente en las calles. Sin embargo, los automóviles aceleran por todas partes y hay tiroteos ocasionales: cuando se disparan al aire las armas robadas, en una aparente celebración de la repentina libertad para hacerlo (a los libios civiles no se les permite poseer armas y mucho menos dispararlas). Es una ciudad en suspensión. Familias enteras entran y salen en automóviles de la guarnición principal, donde Gadafi tenía una villa, contemplando embobadas un lugar que antes les estaba vedado.

Sobre las paredes, la gente ha dibujado el retrato de Gadafi en una variedad de aspectos injuriantes y dado rienda suelta a toda clase de insultos en árabe e inglés: Gadafi es un perro, un traidor, un agente —en algunos casos, extrañamente, de los estadounidenses, o también de Israel—. Ayer, al anochecer, mientras paseaba con un par de amigos, encontramos a un grupo de jóvenes, de ocho a doce años, quemando un auto en un solar y haciendo un montón de ruido. No parecía algo que habrían hecho normalmente; algunos adultos los observaban sin detenerlos.

En el puerto, barcos griegos, argelinos y sirios llegaron ayer para llevarse a cientos de trabajadores indios y sirios que se habían congregado con sus pertenencias para ser transportados a algún sitio seguro, a cuenta de sus respectivos países. Es decir, todos menos los infelices bangladesíes, que parecen no tener autoridad alguna que hable por ellos. Se hallaban en una zona abierta del muelle, contemplando lánguidamente a los sirios e indios, cuya partida estaba fuera de toda duda. (Cuando la crisis concluya, posiblemente habrá una falta masiva de trabajadores en Libia: los filipinos trabajan en los campos petrolíferos y las filipinas son enfermeras en los hospitales; los bangladesíes trabajan en la construcción y como empleados no calificados; los sirios, se dice, predominan en los establecimientos de kebab y shisha).

El lunes por la tarde llegó la noticia de un ataque aéreo contra un depósito de armas a una hora al oeste de Bengasi. Como pasa con todo aquí, resultaba difícil precisar los detalles. En busca de información, algunos amigos fueron hoy hasta una base militar, donde los soldados confirmaron la historia pero señalaron en dirección al oeste y les advirtieron que no fueran hasta allí porque había “bandidos”. Regresaron a Bengasi desconcertados. Cuando intenté preguntarle a un oficial de las Fuerzas Especiales qué pensaban hacer, más allá de esperar lo desconocido en sus barracones, se puso a la defensiva y sugirió que prestara un servicio público a los libios y me fuera a “buscar la línea del frente”. También él señaló hacia el oeste.

El martes, un religioso barbudo entró en una barbería, entregó a los barberos una octavilla y les pidió que la colgaran. La leyeron en voz alta a los clientes: era una llamada a la plegaria, en la que se pedía a la gente de Bengasi que se reuniera en un estacionamiento cercano al puerto a las 3 de la madrugada del miércoles. Sugería que si iba suficiente gente, con la voluntad de Dios, el poder de las plegarias podría acelerar la salida de Gadafi y la liberación del país.

Miércoles 2 de marzo de 2011

Hoy, después de días suspendido en un vago limbo político, el territorio “liberado” de Libia oriental tuvo durante varias horas un frente occidental en una guerra real, con disparos. La tensión había ido en ascenso desde el ataque aéreo del lunes contra un depósito de armas al oeste de Bengasi, la capital de “Libia libre”. Esta mañana llegó la noticia de que un gran convoy armado de milicianos de Gadafi había invadido el pueblo petrolero de Brega, unos 250 kilómetros al sudoeste de aquí. Se decía que habían venido de Sirte, la ciudad natal de Gadafi y principal bastión gubernamental entre Bengasi y Trípoli.

Me dirigí a Brega con unos pocos acompañantes. Nos encaminamos hacia el oeste a través de un paisaje desértico cuya monotonía sólo era aliviada por unos pocos pastores con sus rebaños, unos cables eléctricos y, en algún punto, un funcional complejo residencial destinado a “la nueva Bengasi”, deprimentemente grande, que unos chinos construían en la llanura: una cuadrícula sin alma de cientos y cientos de edificios de cemento gris sin terminar. En Ajdabiya, una oscura parada a una hora de camino, descubrimos algo de actividad alrededor del hospital. Un grupo de médicos y voluntarios pululaba excitado; todos gritaban a la vez. Había lucha en Brega, dijeron; estaban enviando ambulancias. Las ambulancias rugieron hacia allá, y las seguimos.

En las afueras de Ajdabiya, bajo un doble arco de color verde y cubierto con dichos del Libro verde de Gadafi, que señala la salida de la ciudad, se desarrollaba una escena teatral. Allí habían aparcado cientos de autos y camionetas y, a cada lado del camino, la gente conducía —y aprendía a conducir— baterías antiaéreas, urgida por una muchedumbre de hombres y muchachos que blandían machetes, cuchillos de carnicero, Kalashnikovs y
revólveres, cantando, celebrando, y gritando “Dios es grande”. Más y más voluntarios comenzaron a llegar, corriendo a toda velocidad para unirse a la multitud bajo las puertas, exhibiendo sus armas. Por momentos, la multitud les arrojaba agua, aparentemente una bendición libia.

Algunos colegas de diversas nacionalidades —estadounidenses, rusos, egipcios, belgas, franceses e italianos— tomaban notas y fotografías en medio del caos. Un arma era disparada cada tanto, y se oyó un gran rugido de aprobación cuando, por fin, algunos de los tripulantes novatos de las baterías antiaéreas apuntaron y lanzaron una descarga terriblemente estruendosa y exultante hacia el cielo. Una gran detonación del otro lado de la carretera puso a decenas de hombres a correr. ¿Acaso venían? No. Alguien había disparado mal un arma y se había herido.

Después de un rato, algunos grupos de combatientes partieron hacia Brega con un rugido y los seguimos. Una hora más tarde, a un lado del camino, apareció Brega, un pueblo petrolero, que pareciera ser totalmente de color salmón, donde hay algunas residencias y una universidad, y donde la lucha tenía lugar. Ahora podíamos oírla: grandes explosiones y golpes que sonaban como morteros; y se alcanzaban a ver estallidos de humo gris en la distancia. El desierto aquí era ondulado, salpicado de arbustos parecidos a la artemisa.

Seguimos a algunos amigos que estaban más adelante por el camino que corría junto al mar —hay hermosas aguas para hacer snorkel por aquí—, y nos encontramos en una suerte de frente de batalla repentino. Cientos de combatientes corrían con armas, lanzacohetes y granadas de mano; trepaban a los médanos junto al camino para mirar y disparar sobre la universidad, donde se decía que estaba la gente de Gadafi; e iban y venían por el paseo marítimo en estrepitosos jeeps, automóviles y camionetas en las que habían montado ametralladoras pesadas. Cada vez que aparecía algún combatiente, la gente cantaba consignas y hacía el gesto de la “V”. Una camioneta rugió al pasar junto a nosotros en dirección a la ciudad, con varios muertos en la caja. Un par de aeronaves —Mirage o MIG, no podría decirlo— aparecieron sobre nosotros e hicieron algunas pasadas, echando las bombas de una vez, justo sobre los médanos. Un amigo que empezó a seguir a algunos combatientes hacia lo alto de un médano volvió un minuto después diciendo que los aviones habían disparado muy cerca del sitio por donde caminaban.

Trajeron arroz y pollo y nos ofrecieron, y después unos pequeños vasos de té caliente y dulce; los hombres se acuclillaron junto a un vehículo, bajo el sol abrasador, para almorzar.

En la verdadera línea del frente, donde un par de automóviles había recibido disparos y nadie más se había atrevido a pasar, se hallaba desparramada sobre el camino una gran cantidad de cartuchos de municiones antiaéreas. Un hombre levantó uno, vino hasta nuestro auto y dijo: “Vamos a metérselo en el culo a Gadafi”, y levantó el pulgar.

Después de un rato sobrevino una suerte de monotonía. Subsistía el golpeteo de la artillería, pero de forma esporádica, y la mayoría de los combatientes se había metido en sus vehículos y vuelto a toda prisa a la ciudad. Decían que la lucha se había desplazado hacia allá, más cerca de la universidad, donde los milicianos de Gadafi se preparaban para atacar desde horas antes. Los seguimos y, finalmente, encontramos la universidad, donde todo estaba tranquilo. Los milicianos se habían ido. Después de su jornada de destrucción, habían desistido y regresado a Sirte en su convoy, según dijo alguien. Los combatientes que los habían perseguido, por delante de nosotros, también se habían desvanecido. Salimos en su busca.

Nos detuvimos junto al mar, donde levanté una caja de municiones que tenía impresos varios números y la leyenda “D. P. R. of Korea” (República Popular Democrática de Corea). Luego regresamos hacia la carretera principal. Un gran número de hombres se había reunido bajo un enorme anuncio de Gadafi y, en una escena festiva similar a la ocurrida en las afueras de Ajdabiya, disparaban sus armas y cantaban victoria. Muchos arrancaban pedazos del cartel, en el que todavía era visible una parte del rostro del Hermano Líder.

Algunos voluntarios pasaban entre la multitud ofreciendo cartones de zumo y barras de pan cuando, de repente, un caza aulló por encima y arrojó una bomba. Aterrizó un poco más allá de los autos aparcados, a unos quince o veinte metros, y lanzó una enorme nube de humo, vidrio y polvo. Todo el mundo corrió. Yo me quedé a observar cómo explotaba la bomba. Increíblemente, nadie resultó herido. Luego, todo el mundo, horrorizado, corrió hacia sus vehículos y escapó de vuelta a Brega, Ajdabiya, Bengasi… El parabrisas de nuestro automóvil tenía una nueva telaraña de grietas, pero mis acompañantes y yo estábamos intactos. Más tarde, en Bengasi, escuchamos explosiones a lo lejos que hicieron ladrar a los perros.

En el último momento, en medio del caos y el humo, unos pocos hombres se reunieron y comenzaron a cantar triunfalmente otra vez, pero el mensaje del caza, o su error, por poco —lo que fuese—, había hecho efecto. Oí que alguien decía: “Por el culo, Gadafi. Ahora vamos a conseguir una zona de exclusión aérea”.

Sábado 5 de marzo de 2011

En los últimos días, la cambiante línea del frente en el conflicto de Libia se ha ido desplazando rápidamente hacia el oeste: de Bengasi, centro de la rebelión, hacia Trípoli, la capital. Desde mediados de esta semana, cuando los variopintos rebeldes de la “Libia libre” asentados en Bengasi rechazaron un ataque del contingente móvil de las tropas de Muamar el Gadafi contra dos pueblos petroleros —Brega y Ras Lanuf—, que constituyen su flanco occidental, la línea del frente se ha ido acercando a la ciudad costera de Sirte, que marca el punto medio entre Bengasi y Trípoli y, a excepción de la capital, es el último bastión de Gadafi.

Hoy llegué hasta Ras Lanuf, que alberga la mayor refinería de petróleo libio y está situada en una carretera de la costa. Como Brega, otro enclave industrial que visitamos el miércoles durante la batalla que tuvo lugar allí, Ras Lanuf es un pueblo montado por una compañía, con complejos residenciales que parecen sacados de un mismo molde, con su pista de aterrizaje, su hospital y sus escuelas. Entre ambas no hay casi nada más que desierto, rebaños de dromedarios y el ocasional piquete en la carretera montado por el emergente “Ejército del Este”: una colección de civiles, muchos de ellos jóvenes armados de veintitantos años. Casi ninguno es un combatiente con experiencia. Son entusiastas y de gatillo fácil, y disparan muchas veces sus armas al aire; van y vienen a todo motor en camionetas y utilitarios que han arreglado como vehículos artillados al estilo somalí, con armas pesadas y, en algunos casos, cañones antiaéreos saqueados de las armerías militares.

Una de esas armerías en Bengasi fue escenario de una tragedia ayer, cuando rebeldes inexpertos aparentemente causaron una explosión accidental. En la conflagración resultante murieron decenas de personas. Por otra parte, Peter Bouckaert, representante de Human Rights Watch, dijo que encontró en Adjabiya una reserva de misiles antiaéreos portátiles rusos buscadores de calor SA-7, así como una vasta cantidad de otras armas y municiones almacenadas en depósitos mal custodiados que ahora se hallan en manos rebeldes.

Durante gran parte de la tarde del sábado, conduje varias veces entre Brega y Ras Lanuf con un par de acompañantes, buscando algún tipo de orden —o, al menos, a alguien que pudiera explicar lo que ocurría— en la caótica y nueva “línea del frente”, sin conseguirlo. Las dificultades en las comunicaciones suponían que sólo podíamos contactar con otros colegas que andaban del mismo modo por el frente mediante mensajes de texto. Los puestos de control rebeldes en los caminos eran ruidosos y peligrosos, y estaban llenos de adrenalina y de combatientes que disparaban sus armas al azar y en todas direcciones. En uno de ellos, tres hombres se negaron a dejarnos ir hasta que consiguieron transferir con éxito una fotografía de uno de sus celulares a uno de los nuestros, vía Bluetooth; ésta mostraba a un ser humano esparcido en varios pedazos sobre una alfombra. Era como si, al poseer la imagen de esa atrocidad, de algún modo la acreditáramos. En otro, un mayor del ejército vestido de civil que intentaba ejercer algún tipo de autoridad nos dijo que le preocupaba que los combatientes estuvieran yendo más allá de Ras Lanuf: tenía información de que las tropas de Gadafi se congregaban para un contraataque; podían volver por un camino del desierto y cortarles el contacto con la retaguardia. Comenzó a ordenar a los hombres que salieran de sus vehículos y, al hacerlo, se generó un clima de urgencia y pánico que produjo un éxodo. Nos unimos a la huida que, como mucha de la actividad en el frente, conlleva conducir a velocidades peligrosas.

Cuando nos detuvimos en un control, un barbudo comenzó a gritar que atrás, cerca de Ras Lanuf, los rebeldes habían tumbado algunos cazas del gobierno. “Derribaron tres”, gritó, exultante. Todos los jóvenes empezaron a cantar triunfalmente y a gritar “¡Allahu akbar!”. El barbudo comenzó a forcejear con su AK-47, tratando de dar un par de disparos de celebración, y casi perdió el control del arma. Por fortuna, dejó de apretar el gatillo justo cuando otros llegaban para mostrarle qué hacer (dimos un brinco hacia adelante con nuestro vehículo para quedar fuera de su línea de fuego, por las dudas).

Una hora después, cuando caía el sol, estábamos de regreso en Ras Lanuf, frente a la refinería. Un combatiente que fumaba un cigarrillo tras otro nos condujo unos cuatrocientos metros hacia el desierto por un sendero, hasta el sitio en que había caído el famoso jet —al final era sólo uno—. Explicó que el avión —algunos dijeron que era un MIG y otros, que podría ser un Sukhoi—, que había estado volando por allí todo el día pero no los había bombardeado, descendió y todos abrieron fuego contra él. Increíblemente, alguien acertó. Cayó, explotó y se rompió en mil pedazos, que quedaron desparramados por el desierto. Los dos pilotos murieron. Uno, dijo el hombre, era sudanés, de acuerdo con el pasaporte encontrado entre los restos; el otro, según sus documentos, era libio.

Vi lo que quedó de los pilotos. Ambos decapitados, presumiblemente por la explosión o el impacto, pero sus cuerpos, todavía vestidos con sus monos de vuelo verdes, estaban intactos. La cara de uno de ellos fue parcialmente rebanada y yacía en el desierto, con la nariz y el labio cubierto por el bigote, como una máscara abandonada.

Domingo 6 de marzo de 2011

En la intermitente guerra civil que ha comenzado en Libia oriental, los rebeldes sufrieron hoy su primer revés a manos de las fuerzas de Muamar el Gadafi. Después de capturar Brega y Ras Lanuf —y haber derribado un jet ayer—, creían, al llegar la noche, que estaban camino de la victoria. Esta mañana avanzaron, con la intención de entrar en Ben Yauad, la siguiente población hacia el oeste.

Entraron en Ben Yauad ayer, pero la encontraron vacía y la abandonaron, dejándola indefensa. Al regresar hoy, en cambio, tropezaron con una seria resistencia y, después de un día entero de batalla que incluyó varias retiradas —puede que diez— como avances, la perdieron. Para la caída del sol, seis hombres habían muerto en el hospital de retaguardia de Ras Lanuf, en medio de escenas de profunda emoción, y unos setenta habían resultado heridos. Los médicos, voluntarios que habían venido de urgencia desde Bengasi la noche anterior, dijeron que morirían más. Dos reporteros —un francés y un estadounidense— recibieron disparos, pero sólo sufrieron heridas leves en las piernas.

Para mí y para muchos colegas, la mañana comenzó con un bombardeo aéreo en un cruce poblado de combatientes, fuera de Ras Lanuf, donde habíamos pasado la noche. Estábamos a unos cientos de metros cuando un jet se zambulló y cayó una bomba, evidentemente sin explotar, porque hubo una gran nube de polvo y tierra pero ningún fuego y, por fortuna, ninguna baja —hasta donde supimos—. Avanzamos luego en varios automóviles hacia Ben Yauad, en medio de vehículos artillados, jeeps y camionetas conducidas a gran velocidad por los rebeldes, que se incitaban unos a otros con gritos de “Allahu akbar” y señales de victoria. A unos ocho kilómetros de la ciudad apareció un helicóptero en el cielo, provocando pánico y una huida precipitada hacia la intersección de Ras Lanuf, donde los combatientes montaron sus baterías antiaéreas —allí, apuntaban con los dedos, estaba el helicóptero—. Había mantenido su distancia, sin embargo; volaba alto y parecía estar abrazando la costa, quizás a dos o tres kilómetros de distancia. No abrió fuego.

Así pasó el día, con una mezcla de bravatas y también de auténtica valentía, miedo, confusión y caos, con los rebeldes acercándose milímetro a milímetro a los bordes del pueblo. Siguiéndolos, mis colegas y yo nos refugiábamos temporalmente detrás de montecillos de tierra cuando comenzaban a gritar y correr, o cuando las cargas de la artillería, que las fuerzas del gobierno habían comenzado a disparar, explotaban en las cercanías. El bombardeo y su respuesta incrementaron su ritmo hacia la tarde. Los rebeldes que nos rodeaban disparaban sus Katiushas contra los límites del pueblo desde múltiples lanzadores, y los hombres de Gadafi respondían, aproximando cada vez más el fuego de la artillería hacia las posiciones rebeldes.

Pasaban ambulancias a gran velocidad, buscando a los heridos del frente; algunos gritaban a los combatientes por megáfonos que se abrieran en lugar de amontonarse, por si un avión venía a bombardearlos. Nadie lo hizo, pero los disparos de artillería comenzaron a caer más cerca y los amigos que estaban delante de mí volvieron varias veces durante la tarde para informar que habían sido blanco de francotiradores y proyectiles. A medida que se acababa el día y la batalla se tornaba más feroz, algunos combatientes intentaban impedir que otros huyeran, plantándose en el camino cuando éstos se marchaban a toda prisa en sus autos, gritándoles que volvieran y reconviniéndolos. A veces era suficiente para detener un éxodo completo; otras no, y casi todo el mundo huía. Nos veíamos empujados por estas fugas, a veces durante varias millas y sin poder evitarlo, para luego arrastrarnos de regreso con un chofer local que habíamos contratado el domingo por la mañana y que se mostraba prudentemente dispuesto.

En un determinado momento, cuando estábamos a un costado del camino observando la batalla de la artillería contra los Katiusha, algunos combatientes retiraron un vehículo artillado de la carretera que discurría junto a nosotros. El hombre que comandaba la pesada ametralladora apuntó su cañón hacia un grupo que se hallaba en el pedregal de una ladera, a unos trescientos metros. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, le gritaron que se detuviera: se trataba de camaradas rebeldes.

Como una hora más tarde, un amigo que estaba parado junto a mí, el fotógrafo italiano Franco Pagetti, señaló de nuevo la ladera. Apuntaba con el dedo hacia un promontorio escarpado y a algunos hombres que se encontraban encima. Sospechaba que podían ser soldados del gobierno, porque los que casi habían sido blanco de fuego amigo ya habían descendido la ladera. Los miré, era un grupo de seis u ocho, y advertí que varios parecían huir de algo que se hallaba en una grieta de la montaña. Justo entonces una explosión sacudió el pedregal, no lejos de nosotros, y se oyó la detonación de un mortero; todo el mundo comenzó a correr y a subirse a sus automóviles al tiempo que aceleraban para salir de allí. Parecía que Pagetti había estado en lo cierto y que la colina había sido tomada por los hombres de Gadafi, que acababan de dispararnos (y que, por suerte, erraron).

Tras ello, y con la batalla aparentemente sin definir —aunque no pintaba muy bien para el bando rebelde—, mis compañeros y yo cambiamos el frente por Ras Lanuf y las horrorosas escenas de su hospital, adonde eran llevados los heridos y los moribundos mientras sus amigos y hermanos pululaban alrededor, gritando, llorando y, a veces, amenazando a los demás con sus armas, en medio de su angustia y su furia.

Misrata calling (XXIV)

Publicado: 6 octubre 2013 en Alberto Arce
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A fuerza de repetición, los personajes y la obra se van consolidando cada día, hasta el punto de que los combatientes de la barricada nos saludan por nuestro nombre. Este frente luce hoy mejor organizado que el día anterior, con más hombres y más armas, más esquinas en las que ocultarse y más vehículos con artillería casera. Continúan cayendo morteros de vez en cuando, pero la dinámica ya no es la del chaparrón de muerte que nos recibió ayer. De alguna manera, ha dejado de parecerse a una ratonera para transformarse en un corral de gallinas cluecas abierto al patio por el que los rebeldes se pasean luciendo sus armas. Un extraño lugar desde donde seguir avanzando.

Gran parte de lo que vemos son escenas en moviola acelerada, como todo lo que se repite con una cierta frecuencia dentro de esta anomalía.

Para preparar el avance lo primero es asegurar cobertura colocando una línea de morteros y RPG con los que comenzar a hacer ruido y distraer al enemigo. Es una forma de decir: “Estamos aquí, despertad”. La mitad fallan, describiendo una parábola de apenas unos metros y explotando delante de nosotros. Sorprende ver las pocas bajas que provoca el caos amigo. A nuestras espaldas podemos ver las pick-up con su ruidosa artillería preparadas para avanzar por la carretera, y lanzar el mensaje de que “vamos a por vosotros”. En esta fase se suman al arsenal uno de esos incatalogables biberones lanzamisiles que tanto juego le dan a la foto y tan poco a las posibilidades de victoria. Fuego y ruido acompasado, de ida y vuelta. Disparan desde aquí y se responde desde allí hasta media mañana.

Pero el movimiento real sobre el terreno es mucho más sutil y discreto que la parafernalia artillera. No sé si efectivo. Es una conquista minuciosa del terreno, metro a metro.

El ataque lo lleva a cabo la infantería, por llamarla de alguna manera. Se trata de un centenar de hombres que avanzan sigilosamente por los laterales, campo a través, en maniobra de emboscada envolvente, mientras el ruido y el fuego pesado ataca y distrae a los soldados del ejército gadafista por el centro. Todo un alarde de estrategia. Son ellos los que, si llegan, plantearán el combate cuerpo a cuerpo y tomarán la posición.

Alguien, el más decidido quizás, se levanta y comienza a discutir con sus compañeros. No se trata de demostrar coordinación ni de convencer con argumentos irrefutables, sino de ser el primero, tarea fácil en medio de la ansiedad reinante. Cualquiera podría hacerlo. Antes de que termine de discutirse el plan de ataque, varios jóvenes se ponen en pie y preparan sus armas.

Sin tiempo para desarrollar teorías sobre el miedo ni terminar las oraciones, escondidos los motivos reales de lo que sucede tras el grito persistente que interpela a la protección de Dios o el trance protector que quizás busca provocar, varias decenas de rebeldes ya se han lanzado entre pinos y olivos a la ofensiva.

En la primera parada un hombre maduro tocado con gafas Rayban asume el liderazgo. Por algún motivo, aunque sólo sea la situación de tapón sin salida en la que se encuentran o por su voz grave y autoritaria, se le escucha, aunque no se le obedezca.

El improvisado jefe de la operación, el hombre de las Ray Ban y la voz autoritaria, discute con otro joven combatiente que quiere salir a buscar a sus compañeros. Una ráfaga demasiado cercana desaconseja la acción, pero varios metros más allá y sin pedir permiso –nadie podría dárselo ni negárselo–, dos chicos se han ido por su cuenta para otear el terreno y recopilar esa información que habría sido mucho más útil tener antes de comenzar el ataque.

La espera se hace eterna. Mientras unos fuman en silencio, los combatientes que comenzaron la jornada rezando, continúan sintonizando a Dios. La mayoría se conforma con quedarse tirado en el suelo con la mirada perdida en el infinito, sin ofender a los que rezan, pero confiando más en la protección física de la tierra que en la espiritual de su Dios.

La munición siempre escasea, tanto en retaguardia como en primera línea del frente. Cuando llega una caja con proyectiles, el reparto se realiza en función de la rapidez con la que los combatientes se abalanzan sobre lo que se reparte. Con algo más de munición en los bolsillos de algunos milicianos, salimos de nuevo a la carrera a través de un paisaje confuso formado por árboles y montículos de tierra que separan las fincas. De vez en cuando hay que atravesar campos de cultivo y olivares, que ofrecen mejor paisaje pero peor protección.

Las granjas, abandonadas primero por sus habitantes y posteriormente por los soldados del ejército que las ocuparon y saquearon, con sus campos de cultivo quemados, son un serio obstáculo. El hedor a animales muertos, las habitaciones vacías y los pasillos llenos de objetos amontonados, crean un ambiente apocalíptico. Tras asegurar que cada edificio no esconde bombas o soldados rezagados, se repite siempre la misma escena. Agruparse, beber agua y esperar a que los valientes se arrastren solos hacia la nada y avisen al grupo para que les siga.

En uno de los descansos, mientras comparten platos de macarrones que acaban de llegar, fríos, en una pick-up que sigue sus carreras, Mohammed Abdelhamed, de 18 años, nacido en Leeds, Reino Unido, estudiante de ingeniería hasta el mes de febrero y responsable de un RPG en el mes de mayo, hace recuento. “Llevamos cinco días avanzando de la misma manera, en pequeños grupos y campo a través, para encerrarlos y sorprenderlos. El único problema que tenemos ahora es que sabemos que tienen a familias como rehenes y las utilizan para protegerse. Eso nos frena bastante”. No hemos visto a ninguna familia, pero como excusa suena bien. Mohammed tartamudea al hablar y le bailan los ojos. Probablemente no se da cuenta y se negase a reconocerlo si alguien se lo propusiese, pero necesita dormir.

Tras los campos planos, llega la colina, ese obstáculo final que impide tener la más remota idea de lo que espera detrás. Hay que ascenderla a ciegas, refugiándose entre los olivos que trenzan la pendiente y deteniéndose en el suelo justo antes de su cima para no regalar un blanco fácil. Al otro lado se oye música árabe moderna que pinchan a todo volumen los leales a Gadafi para motivarse y escapar, aunque sea por un rato, de la guerra.

Cuando se acaba la cobertura del fuego amigo, hay que lanzarse cuesta abajo y sin protección atravesando un paisaje de árboles quebrados por la artillería. Ibrahim, que espera a mi derecha, no lleva ametralladora, pero sí un gran cuchillo de bayoneta. “Mi hermano y yo solo tenemos un arma y lo compartimos. El cuchillo para uno y el fusil para el otro”. Muchas veces, la única manera de conseguir un arma es avanzar en primera línea y esperar a que alguna se quede sin dueño. Son armas que pasan de cadáver en cadáver sin oponer resistencia ni venderse a 3000 dólares, precio de mercado del Kalashnikov en Misrata.

Antes de la carrera final y con el enemigo ya a tiro de oído, las charlas se olvidan de la estrategia y entran en el terreno de la fabulación, que es el mejor método para matar el tiempo y calmar los nervios. La música traída por el viento les sirve para convencerse de su superioridad. Y convencerme a mí de paso. “Están borrachos. Los soldados beben porque nos tienen miedo. Cuando les hagamos prisioneros te hablarán en español en inglés y en francés por la borrachera que llevan encima. ¿Español, tú eres español, verdad?, ¿eres del Madrid o del Barcelona?”.

No tengo tiempo a responder. Pero hago un inciso. No me gusta el fútbol. No he sido capaz de ver un partido entero en mi vida. Y eso les parece aún más extraño a los rebeldes libios que la música que comparto con ellos a través de un auricular. “Dejan los tambores de sonar, y un gong anuncia la retirada…” He decidido que cada vez que alguien me pregunte si soy del Madrid o del Barça le preguntaré por su canción favorita de Nacho Vegas o les pondré a tope esa de La Buena Vida que dice “Cada día trato de acertar por dónde saldrás,
eso es tanto como adivinar qué nos va a pasar”.
 Lo hice en Kabul y resultó, se rieron de mí y dejaron de preguntar. Aquí, en Misrata, también. Sólo me falta domesticar a los taxistas guatemaltecos. Si exportamos algo, que al menos tenga valor.

La orden de ataque llega en forma de una mano que ondea y un silbido. Todos echan echado a correr y comienzan a disparar como saben, como buenamente han podido. A todas partes y a ninguna. Disparan con una mano. Disparan sin mirar. Disparan al aire. Disparan al suelo. Si no tienen más cuidado, los de la segunda fila, les dispararán a los de la primera por la espalda. O a mí, que me he quedado colgado y en medio de la feria. Se dispersan, pierden cualquier tipo de orden o formación. No tienen ni idea de dónde está el objetivo. Se desordenan. Se tiran al suelo. Dejan de disparar. Dejan de correr. Algunos dan la vuelta inmediatamente. Otros, los más valientes, siguen levantándose, siguen corriendo, siguen disparando. Contra un montículo de tierra que no pueden ni soñar con cruzar. Pero cada vez son menos. Pasan los minutos. Los de la primera fila se están quedando solos. Si de la posición inicial salieron casi 100 hombres, cuando llega la hora de verdad, cuento menos de una docena de hombres disparando.

El fuego de ametralladora con el que el enemigo se protege llegados a este punto, es imparable. Una barrera de fuego es lo que tiene -tenemos- por delante la docena de rebeldes coherentes que aún lo intentan. Sólo se puede progresar con el valor, inútil desde el punto de vista práctico, y que consiste en responder a la nada, disparar a ráfagas ciegas mientras se avanza. Es suicida y así se intenta. Pero ni con esas. En menos de dos minutos, todos están -estamos- con la cara apretada contra la tierra, incluso los coherentes y los valientes, sintiendo cómo las balas enemigas peinan la hierba y hacen temblar el suelo.

¿Todos?. No. Javier, que escribe, no necesita acercarse tanto – y no lo hace- Ricardo, que ya consiguió su foto del día, se ha ido corriendo a enviarla. Yo sí estoy tirado en el suelo, comiendo hierba, pero miro hacia arriba y Luc Delahaye, el cuarto compañero del metal en discordia, que siempre entran cuatro en un coche, el que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Firme. Inmóvil. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que sólo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz -si tú estás en el suelo y él de pie, el contraluz es obligatorio- en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un “hoy tampoco ha merecido la pena” tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, te crees lo del arte.

Esperando pasa siempre menos tiempo del que parece. Esperar y aguantar la respiración, casi sin fuerzas ya para mirarse, clavarle los ojos al vecino de escondite y que te ayude a buscarle una salida a esta situación. Algunos rezan todavía. Ahora sí, con justificación, no como antes. La siguiente bala puede entrar por cualquiera de las esquinas del cuerpo. Los has visto saltar delante de ti cuando reciben el balazo. El sonido es seco, el movimiento, rápido, y el grito tarda varios segundos en llegar. El herido se mira para identificar por dónde ha entrado y, como acto reflejo, taparse la herida con la mano. Imagino que el dolor ofusca aún más que el miedo y tratas de imaginar de dónde vienen poniendo tu atención en algo que disminuya el pánico. Te arrastras, revuelves y encoges sobre ti mismo para que las placas de cerámica que solo tú llevas te cubran. Orientas la cabeza de modo que sea el casco quien reciba lo que pueda llegarle a la cabeza. En ese momento es imposible pensar que a ti no te va a pasar.

Saco del chaleco antibalas una foto de mi hija y la miro. Sarah nunca me dijo que me había encajado fotos de Selma con cuatro meses en los huecos del chaleco. Así es como voy a esperar a que pase algo. La mejor escapatoria del miedo, es el masoquismo y la culpa. Pienso que no debería estar aquí, sino en casa con ella. Si me pasara algo no tendría porque entender esta estupidez. Ni ahora ni dentro de veinte años. Eso sí, no dejo de grabar ni de buscar el plano mientras pienso en estas cosas. Por un minuto de imágenes espectaculares que muestran -desde el suelo- como nos disparan, cobraré lo que cuesta el alquiler de un mes.

Me siento un padre muy irresponsable. Si no volviera a casa les jodería la vida a mi mujer y a mi hija, que crecería sin ningún recuerdo de mi. Intentar justificar todo esto con lo de pagar el alquiler no cuela. Es de una demagogia obscena. Hay decenas de modos más seguros de conseguir dinero. La única explicación creíble a por qué uno acaba tirado a tierra mientras le disparan dejando a su bebé recién nacido en casa es la de la pura adicción, mórbida, a la adrenalina.

Ideas, todas, contradictorias con la responsabilidad que se le supone a quien es padre. Uno también fuma compulsivamente y sabe que está mal. Son cosas de las que cuesta quitarse. Pero si necesitas inflarte el ego y estos excesos te curan, un poquito, ese complejo de inferioridad en el que fuiste educado y esas mollejas que te daban los de tercero de BUP cuando estabas en octavo de EGB, bienvenidas sean las guerras que cubres como periodista.

Sin más palabras que gastar, cerramos el paréntesis.

Por imitación -es lo que han hecho los combatientes que me rodean- la única opción a esa muralla que ha construido frente a nosotros una ametralladora de 14.5 mm es levantarse y dar media vuelta.

Cinco horas para avanzar menos de dos kilómetros. Cinco minutos para desandarlo todo pensando sólo en cómo sobrevivir. Uno de los coherentes acaba de pasar a mi lado corriendo. Y luego otro. Y otro. Y otro. No puedo quedarme el último. Ni solo. Ni descolgado. No sé cómo levantarme pero si siguen pasando de zancada en zancada sobre mí, me quedaré solo. El valor ni se conoce ni se tiene. Surge por imitación y falta de alternativas. Hay que elegir el momento para salir de aquí con las balas viniendo por la espalda, brindado a la suerte, apurando ese demarraje desesperado que justifica toda una vida.

La carrera ha llegado hasta detrás de unos arbustos. Ya no estoy solo. Ahora somos unos cuantos. Cogiendo aire. Las balas sólo han tocado a uno, en el brazo. Lo suyo no es grave. Es milagroso que no hayan herido a nadie más. Físicamente. Porque la moral sí que ha caído. La amistad y la confianza aún más. Soheib, que ha vaciado sus cargadores delante de mí, llega escupiendo por la boca. Grita tanto que escupe saliva a buena distancia, reventándose la garganta a reproches.

“Me habéis dejado solo. Me he quedado solo y sin balas. He mirado hacia atrás y no estabais, habíais dado la vuelta. Éramos muy pocos allí, podían habernos matado a todos. Os lo pido por favor, os lo pido por Allah, no podéis volver a hacer eso. Me habéis dejado solo”. Comienza la bronca.

“¿Pero qué dices?. Todos hemos vaciado los cargadores. Todos hemos hecho lo que hemos podido. ¿Tú quien eres para llamarme cobarde?” Le espetan. Se gritan si pausa. Son adolescentes jugando a la guerra sin colchón. Improvisándola. “Deja de grabar. Apaga la cámara, Alberto. Esto no”.

Respeto. Me pierdo lo mejor, lo que realmente aporta. Mejor aún, en realidad yo no me lo pierdo. Se lo pierden los que no están aquí y sólo podrían llegar a oler la guerra a través de la cámara que ahora los rebeldes no me dejan levantar. Los demás siempre se pierden lo mejor, que es lo que yo me llevo en la memoria y los protagonistas en su trauma. Cada vez que decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y anti-imperialistas me insulten, dediquen entradas en sus blogs o acusen de profesar un nuevo credo, siempre desde la comodidad de sus casas, recordaré que lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento que se echaban en cara no saber ni siquiera como rodear una colina. Con enemigos como estos, las fuerzas revolucionarias que algunos aún ven en los ejércitos libio o sirio, muy incompetentes tienen que ser para no ganar sus guerras.

Mientras seguimos corriendo de vuelta a casa, más bengalas incendiarias que arrojan fuego, humo y meten prisa en la huida, alimentando ese miedo a ser golpeado por la espalda que se tiene en cualquier retirada. Miedo del que se alarga un buen rato, el que dura la sensación de derrota, sostenida y acrecentada, ya sin palabras que la pinten, hasta el regreso a la barricada original, la que organiza el Coronel Silsi consolidando sus containers de arena.

El sol ya baja y la posición, hoy, no ha avanzado ni un metro. Eso sí, la comida llega, puntual, tras el día de trabajo. Pasta para celebrar que nos hemos ganado el jornal. Cenamos todos juntos, sentados alrededor de la misma olla en esa postura imposible de talones pegados, brazos rodeando las piernas y culo rozando el suelo pero sin tocarlo que nos están enseñando a sentir cómoda. A la media hora nos hemos olvidado de todo.

Los macarrones con un poco de carne, tomate y ese toque picante están deliciosos y se puede repetir.

¿Cómo termina? El dictador muere, marchito y demente, en su cama; huye de los rebeldes en un avión privado; es atrapado escondiéndose en un puesto de montaña, en una cloaca, en el hueco de una araña. Es enjuiciado. No es enjuiciado. Es arrastrado, sangrando, alucinado, a través de las calles; luego, es ejecutado. La humillación llega en una miríada de formas, pero lo que se revela es siempre lo mismo: las tecnologías de la paranoia, las historias de matanza y miedo, las bóvedas, las economías nacionales utilizadas como propiedad personal, las mascotas absurdas, las prostitutas, los arreglos dorados.

Instintivamente, cuando los dictadores son derribados, invadimos sus castillos y exponemos sus vanidades y lujos –los zapatos de Imelda, las joyas del Sha. Saqueamos y profanamos, para poder, al fin, inútilmente, reducir su estatura. Después de la caída de Bagdad, visité el más chillón palacio de Saddam, examiné sus obras de arte de mal gusto, sus cigarros cubanos, sus lagos privados con sus peces gigantes especialmente criados, las efigies de bronce de autoadoración. Vi treinta años de cuerpos en tumbas secretas, junto con los de iraquíes atados y fusilados apenas horas antes de la liberación. En Afganistán, el Mullah Omar, un déspota de gustos más simples, dejó detrás poco más que flores de plástico, algunos Land Cruisers con CDs de música islámica, y un jardín descuidado donde había pasado horas mimando a su vaca favorita. Durante el largo levantamiento en Libia, recorrí las ruinas de los cuarenta y dos años de Muammar Gadafi en el poder. Estaban los usuales oropeles de la autoridad solipcista –los armamentos y los ornamentos–, pero sobre todo había un vacío, la sensación de que su manía no había dejado espacio en el país para ninguna otra cosa. Gadafi no era el peor de los dictadores del mundo moderno; la pequeñez de la población libia no le proveyó el adecuado lienzo humano para competir con Saddam o Stalin. Pero pocos fueron tan vanos y caprichosos, y en tiempos recientes sólo Fidel Castro –quien pasó casi medio siglo como Jefe Máximo de Cuba—reinó durante más tiempo. ¿Cuál es el momento correcto para irse? Nicolae Ceausescu no comprendió que era odiado hasta que una noche de 1989 una multitud de sus ciudadanos comenzó súbitamente a abuchearlo; cuatro días más tarde, él y su mujer enfrentaban un pelotón de fusilamiento. Del mismo modo, Gadafi esperó hasta que era demasiado tarde, y continuó desafiando y pronunciado discursos rimbombantes mucho después de que su gente lo había rechazado. En una entrevista en las primeras semanas de la revuelta, desestimó la sugerencia de la periodista Christiane Amanpour de que podría ser impopular. Ella no entendía a los libios, dijo: “Toda mi gente me ama”. Para Gadafi, el fin llegó en etapas: primero, los levantamientos en el Este, las sucesivas luchas a lo largo de la carretera de la costa, los bombardeos de la OTAN, los sitios de Misrata y Zawiyah; luego, la caída de Trípoli y, finalmente, el sangriento final de juego en la ciudad mediterránea de Sirte, su lugar de nacimiento. En los días que siguieron a la toma de Trípoli, este agosto, la ciudad era un sitio irreal y nervioso. Los rebeldes dramatizaban su triunfo removiendo los símbolos visibles del poder de Gadafi donde fuera que los encontraban. Profanaban los ubicuos retratos del Hermano Líder y colgaban caricaturas en las que lo retrataban con el cuerpo de una rata. Reemplazaron sus banderas verdes con la verde, roja y negra anterior a él. Arrastraron fuera alfombras que llevaban su imagen –una vista común en los edificios oficiales—para que fueran pisadas en umbrales o arruinadas por el tráfico. En uno de los muchos Centros para el Estudio e Investigación del Libro Verde, una gran pirámide de cemento verde y blanca, la puerta de vidrio estaba en pedazos, el interior destrozado. Adentro, encontré una docena de copias del Libro Verde —el depósito de las excéntricas ideas de Gadafi— flotando en una fuente. Los rebeldes tomaron cautelosamente el pulso de la ciudad, investigando áreas selladas y cazando a enemigos escondidos. Algunos buscaban los cuerpos de amigos caídos; otros querían castigar a los que creían responsables de los crímenes de guerra. A medida que su victoria se tornaba más segura, los ciudadanos comunes comenzaron a aventurarse y a explorar los lugares desde los que Gadafi los había gobernado por décadas. Con todo, una inquietud existencial prevalecía. Era imposible imaginar la vida sin Gadafi. El 1 de septiembre de 1969, el día en que él y un grupo de sus camaradas, oficiales inferiores del ejército, arrebataron el poder al monarca libio, Rey Idris, Richard Nixon tenía siete meses en la Presidencia; el festival de Woodstock había tenido lugar dos semanas antes. En África, pese a una década de dramática descolonización, diez países languidecían bajo el dominio colonial o de la minoría blanca. Gadafi tenía apenas veintisiete años, era carismático e innegablemente apuesto. Nada sugería la figura payasesca y despotricante de años posteriores. A medida que la población libia más que triplicó su número, de menos de dos millones a más de seis, Gadafi se convirtió en un dictador tan completo como la región había visto: viéndolo todo, controlándolo todo, megalómano. Para el mundo exterior, era el Michael Jackson de la política global, una figura desquiciada cuya vasta riqueza compró repetidas indulgencias a su comportamiento indecente. Dentro de Libia, su imagen era definida por los mecanismos y la profundidad de su control. Aunque Gadafi era ampliamente despreciado, era admirado hasta la reverencia por su astucia —tanto que aún después de que abandonó Trípoli a los rebeldes muchos libios temían que fuera todavía capaz de superar a sus enemigos y volver al poder. Un ex alto funcionario de gobierno me dijo: “Me siento como un hombre que está en un agujero oscuro, que ha llegado a la luz y está nublado… ¿Qué ocurrirá ahora?”. Gadafi lo inquietaba. “Es un genio”, dijo. “Es como un zorro. Es un hombre muy peligroso y todavía tiene trucos bajo la manga. No podré convencerme de que se fue hasta que lo vea muerto”. En el otoño de este año, Regeb Misellati, el ex director del banco central de Libia, me recibió en su elegante casa en Trípoli. Como muchos ex funcionarios del régimen, Misellati se definía como un outsider, incluso una víctima. “Nos hemos librado de Gadafi, pero ¿qué vamos a hacer ahora, luchar entre nosotros?”, preguntó. “Los libios estamos como detenidos en 1969 –incluso intelectualmente, estamos retardados. Aquellos de nosotros que viajamos pudimos descubrir el resto del mundo, otras ideas. Pero para la mayoría de la gente no hay nada que aprender excepto las enseñanzas del Libro Verde y las consignas –muchas consignas. No había instituciones civiles, ni sociedad civil. Gadafi no dejó nada excepto la destrucción material y cultural”.

***

Bab al-Aziziya, el complejo de Gadafi en Trípoli, no era el tipo de residencia presidencial que permite tours de escolares. Muros de cementos, ranuras para armas y torretas de guardias separaban a Gadafi y su círculo íntimo de la vida en la capital. Dentro de los muros había un extendido entramado de complejos que se intersectaban. En el camino de entrada, un par de viejos carteles rezaban: “Abajo, Abajo EE.UU” y “Amamos a Nuestro Líder Muammar Por Siempre”. La más llamativa estructura de la propiedad era la icónica Casa de la Resistencia, donde Gadafi y su familia vivieron hasta que en 1986 fue bombardeada por aviones norteamericanos; la administración Reagan atacó el complejo después de determinar que Libia estaba detrás del atentado con bomba contra La Bella, la discoteca de Berlín frecuentada por soldados norteamericanos. La incursión norteamericana, que golpeó en blancos de Trípoli y Benghazi, mató a treinta y nueve libios, y Gadafi afirmó que su pequeña hija adoptada, Hana, estaba entre ellos. La casa en ruinas fue preservada como símbolo de la victimización de Libia por los “grandes poderes”, y Gadafi la utilizó como escenografía cada vez que recibía a dignatarios extranjeros y jefes de Estado. Fue aquí, también que hizo algunos de sus discursos legendarios. En febrero último, apareció vestido con una túnica y un turbante de exuberante marrón, y juró perseguir a los rebeldes “pulgada a pulgada” y “callejón por callejón”. Alguien creó un video de esta actuación, le agregó música y un burlón remix, y, mostrando a una bella chica bailando sugestivamente al ritmo, se convirtió en un suceso viral. Después de la caída de Trípoli, me uní a la multitud de libios curiosos que entraban a torrentes en el complejo, que se había convertido en destino de excursiones familiares. Venían chicos con chicas de pañuelos en la cabeza, como si fuera una cita, y posaban para la foto junto a los edificios despedazados, asombrados de estar parados donde Gadafi había estado. Pasaban música y bailaban. Un hombre que llevaba una videocámara de mano me dijo, como mareado: “En cuarenta años, ningún libio pudo jamás soñar con venir aquí”. Alrededor de la Casa de la Resistencia se hallaban los restos quemados de varias de las elaboradas tiendas de Gadafi –equipadas con unidades de aire acondicionado, candelabros y alfombras verdes—donde mantuvo reuniones con jefes de Estado y entrevistas con los medios. Cerca, un sedán negro BMW 7-Series era el centro de alguna atención: a través de sus puertas, abiertas de par en par, se veían asientos de cuero con revestimiento de nogal, ventanas con vidrio blindado de cuatro pulgadas. Cerca, otro automóvil, totalmente quemado, todavía ardía. Los hombres cargaban colchones de una casa de guaridas a una pickup. Por todas partes, sembrados en el terreno, yacían pedazos de cartón plateado de aire festivo: cajas descartadas de munición para pistolas Beretta. Unos caminos llevaban a través de jardines hasta un montículo artificial, donde una casa con forma de disco –la residencia de Gadafi—estaba construida bien adentro de la tierra, como un ovni semienterrado. Los libios vagaban alrededor con caras de shock. Muchos de ellos, aparentemente, habían crecido las repetidas afirmaciones de Gadafi de que recibía un modesto salario y llevaba una austera vida de beduino. En cambio, vieron un gimnasio privado, una piscina interior, un salón de peluquería. Exploraron una red de túneles a prueba de bombas, construido por una compañía alemana en los ‘80s y ‘90s. Bajé una escalera bajo un casquete cubierto de césped, a quinientos pies de la Casa de la Resistencia y diez minutos después, me hallaba adentro de la casa de Gadafi. La casa ya había sido saqueada y parcialmente quemada. Había arrancados pósters de Gadafi en el piso; cualquier cosa con su imagen en ella había sido destrozada. Di con una colección de videos, la mayoría caseros y etiquetados a mano. Entre ellos divisé “Revancha”, una película de acción y romance de 1990 protagonizada por Kevin Costner; una película de artes marciales con subtítulos en árabe; un video de mujeres libias bailando y moviendo sus cabelleras sensualmente al son de música tradicional. Otro cuarto contenía álbumes familiares y retratos: Gadafi con sus hijos cuando eran jóvenes, con Nikita Kruschev, con Condoleezza Rice. Un certificado enmarcado lo honraba con una membresía de la Comisión Internacional para la Prevención del Alcoholismo. Los rebeldes habían registrado los placares y pilas de ropas yacían en el suelo. Vi a un hombre emerger de un cuarto en una bata de seda negra y declarar: “¡Soy Gadafi, Rey de África!”. En verdad, los trofeos del viejo orden se pusieron de moda en Trípoli. Una noche, vi a un soldado rebelde que controlaba un bloqueo de calles con una Kalashnikov de placas doradas, una de varias armas similares halladas en la residencia de Gadafi. Durante un acto en la Plaza Verde, centro de protestas de Trípoli, un combatiente bailaba junto a mí, vestido con piel de leopardo y satén verde. Dijo que había salido del ropero de Gadafi, y supuso que había sido un regalo de un médico brujo que lo visitó. Era un artículo de fe entre los rebeldes que Gadafi usaba magia regularmente para sostener su largo reinado. ¿Qué otra explicación podía existir?

***

Fotografías de los ’60, cuando Muammar Gadafi era un oficial uniformado de veinte años, muestran a un joven delgado de aire orgulloso y erguido (Su sobrenombre entonces era Al Jamil –el apuesto. Para la época de su muerte, había cambiado a Abu Shafshufa, o Viejo Ruludo). Gadafi había nacido en 1942, en la tribu al-Qadhadhfa, y pasó su primera infancia en una tienda del desierto beduino fuera de Sirte. Libia estaba apenas emergiendo de una larga lucha contra el dominio colonial. Italia había invadido en 1911, y por veinte años los libios resistieron. Los italianos respondieron con una red de campos de concentración y trabajos forzados que mataron a casi un tercio de la población; la revuelta fracasó y los italianos se quedaron hasta que los británicos los expulsaron. Pero la resistencia siguió siendo una fuente de orgullo nacional. El padre de Gadafi le hablaba a menudo de la lucha en la que había sido herido y el abuelo había muerto. La familia vivía como nómade, y Gadafi no tuvo educación formal hasta los diez años, cuando su familia lo envió a la escuela en Sirte. No podían pagar un cuarto para él, así que dormía en una mezquita y hacía dedo a casa los fines de semana, adonde a veces volvía en camello o burro. Fue a la escuela secundaria en la ciudad sahariana de Sabha, donde desarrolló una admiración que duraría toda su vida por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Nasser, un oficial del ejército y panarabista, trabajó con un grupo revolucionario llamado “Los Oficiales Libres” para derrocar al monarca, Rey Faruk, en 1952. Como presidente, indignó a Occidente al nacionalizar el Canal de Suez. Gadafi también desarrolló fuertes sentimientos por la causa palestina y una antipatía hacia los extranjeros, especialmente los británicos, que habían asumido la administración militar de Libia durante la Segunda Guerra Mundial; aunque Libia adquirió formalmente su independencia en 1951, bajo el Rey Idris, al que respaldaban los británicos, siguió siendo un virtual protectorado. Gadafi se metió en problemas al levantar en forma desafiante la imagen de Nasser en clase y fue finalmente expulsado por organizar protestas. En 1963, entró en la academia militar libia, en Benghazi. Barney Howell, un sargento mayor de regimiento de los British Coldstream Guards y alto oficial de la academia, lo recordaba como un agitador de la chusma. Gadafi escupía a Howell cada vez que éste se atrevía a corregirlo durante el entrenamiento. “Una o dos veces, cuando terminó en mi ropa, lo informé, y fue separado y severamente castigado”, recordó Howell. “Esto, sin duda, no contribuyó a su amor por el mundo occidental, pero ¿qué podía hacer?”. En abril de 1966, cuando Gadafi tenía 23 años, dejó Libia por primera vez. Con un grupo de jóvenes oficiales, fue enviado a la academia militar en Beaconsfield, Inglaterra, a un curso de entrenamiento para el cuerpo de señales. Su primer encuentro con un oficial británico terminó mal; Gadafi describió más tarde al hombre como un “colonialista británico típicamente horrible” que “odiaba a los árabes”. Para evitar toda interacción con él, Gadafi fingió que no entendía inglés. Después de varios días de “opresión e insultos”, él y sus compañeros de clase libios fueron enviados a otro instituto, donde, según contó él mismo, “nos encontramos con algunos hermanos árabes de Yemen, Arabia Saudita e Irak, y formamos un grupo sólido”. Allí Gadafi se separó aún más de su entorno, al colgar la foto de una tienda beduina en la pared de su cuarto. En su primer viaje a Londres, lució un jird blanco, una túnica tradicional libia, en Piccadilly Circus. En una fotografía del momento, un Gadafi resuelto avanza en ropa nativa, el mentón alzado. “Me movía un sentimiento de desafío y el deseo de reafirmarme”, recordó. “Nos volvimos introvertidos de cara a la civilización occidental, que entraba en conflicto con nuestros valores”. El “Swinging London” debe haber sido un shock para el prolijo y joven oficial del desierto libio. Después de su única salida, no se aventuró de nuevo por la ciudad. Como contó impávidamente a un entrevistador algunos años más tarde, “no exploré la vida cultural de Londres”, y prefirió pasar su tiempo libre en el campo. Cuando el curso terminó, se apresuró a volver a casa. Había visto poco que lo impresionara, y mucho que no. Regresó, dijo, “más confiado y orgulloso de nuestros valores, ideales, herencia y carácter social”. De vuelta en Libia, organizó un grupo nacionalista clandestino, de inspiración nasserista. El movimiento, también llamado Oficiales Libres, progresó lentamente al principio –realizaba encuentros, desarrollaba “procedimientos organizacionales”, distribuía un periódico revolucionario. En pocos años, los oficiales comprendieron que las circunstancias estaban en su favor. Idris estaba viejo, enfermo y aparentemente desinteresado en gobernar. En 1969, mientras estaba fuera del país, los Oficiales Libres tomaron el control. El mayor héroe histórico de Libia fue Omar Mukhtar, quien fue colgado por liderar la resistencia contra los italianos. Gadafi, en el espíritu tanto de Mukhtar como de Nasser, exigió la salida de los británicos de su base naval de Tobruk y de los norteamericanos de una base aérea en las afueras de Trípoli. Veinte mil inmigrantes italianos, restos de lo que fuera una colonia cuantiosa, fueron expulsados y sus posesiones confiscadas; aún los huesos de los italianos enterrados allí fueron desenterrados y embarcados rumbo al exterior. Idris había dejado una próspera industria petrolera y Gadafi, viendo una oportunidad para aumentar la “soberanía económica” de Libia, se puso a negociar términos más favorables con las compañías petroleras occidentales. Henry Schuler, el norteamericano que representó a Hunt Oil en las negociaciones, me contó recientemente: “Al final, Gadafi ganó, lo que le llevó a la conclusión de que si presionaba lo suficiente obtendría lo que quisiera”. Al hacerlo, Gadafi cuadruplicó, de hecho, los ingresos petrolíferos de Libia y se estableció como un héroe nacionalista. Estas fáciles victorias le permitieron cimentar su autoridad y establecieron un patrón de conducta que jamás cambió. “Gadafi aprendió que todo hombre tenía su precio”, dijo Schuler, “y eso es lo que le permitió permanecer en el poder por tanto tiempo”.

***

Una tarde, mientras caminaba en una zona de las afueras de Trípoli conocida como “la granja de Gadafi”, tres hombres llegaron por el camino. Cuando les pregunté quién había vivido en las villas desperdigadas en la propiedad, se encogieron de hombros vagamente y dijeron: “Todo era del Líder”. Cerca, visité un complejo conocido como el Club de Caballos, que también había pertenecido a Gadafi. El club contenía un pequeño hipódromo y, más allá, establos. Como muchas de las propiedades de Gadafi, tenía la atmósfera de una instalación de seguridad, protegida por muros y un portón, ahora abandonada. Entre los paddocks y el césped había un edificio de oficinas con un cartel que portaba un título gubernamental, y pedí a mi amigo Suliman Ali Zway, un contratista de materiales de construcción que me ayudaba como traductor, que me dijera qué decía. Lo miró por largo rato y finalmente me dijo: “Dice algo así como ‘Comité Temporario de la Facultad de Defensa del Comandante en Jefe’”. Pregunté qué significaba eso, y Suliman me miró perplejo. “Esa era una de las cosas de vivir bajo Gadafi”, replicó. “Estaba basado en la confusión. No sabíamos qué eran estos comités. Nunca supimos. Todos tenían largos nombres, como este, que no tenían sentido alguno para nosotros”. La confusión deliberada es una táctica común de los autócratas. Fidel Castro estuvo en el poder durante cuarenta años antes de que su entorno recibiera el permiso de divulgar el nombre de su esposa, Dalia. También existía el misterio de dónde vivía; cierta gente de La Habana sabía que su casa estaba en el terreno del ex country club, pero aquellos que la visitaban nunca hablaban de lo que habían visto. Muchos cubanos creían que Fidel usaba túneles subterráneos que conducían fuera de su propiedad escondida, lo que le permitía aparecer como de la nada en las principales calles de La Habana. Saddam Hussein también cultivó un intenso secreto. Entre su derrota en la primera Guerra del Golfo, en 1991, y su salida del poder, en 2003, apareció en público sólo un par de veces, y en ceremonias no anunciadas y altamente custodiadas. Construyó gran cantidad de palacios de piedra y mármol en todo el país, y se movía furtivamente entre ellos, como en un juego de ¿dónde está la bolita? Cada vez que uno de los guías del régimen me conducían junto a uno de ellos, les preguntaba qué era ese edificio gigantesco; se quedaban callados, con miedo, y luego susurraban: “una casa de huéspedes”. Los libios habían aprendido similares hábitos de voluntaria ignorancia. En las semanas posteriores a que Gadafi huyera de Trípoli, nadie, aparentemente, quería aparecer como demasiado conocedor de los mecanismos del viejo régimen, so pena de ser acusado de haber sido parte de él. En cualquier caso, Gadafi, un maestro de la confusión y la conspiración, había dejado pocas respuestas claras a las preguntas más básicas. ¿Dónde vivía? ¿Qué pasaba en el interior de esos edificios de títulos tan abstrusos? ¿Qué pasaba con todo el dinero del petróleo? ¿Y cómo era posible que el régimen hubiera masacrado a tantos prisioneros políticos —incluyendo a 1.200 detenidos en un solo día, en la prisión de Abu Salim, en 1996— y lo hubiera mantenido en secreto por años? Nadie sabía nada con certeza, aparentemente, en Libia. Gadafi había creado un estado de no saber y eso, también, legó.

***

En noviembre de 1979, la periodista italiana Oriana Fallaci entrevistó a Gadafi en Trípoli. Para entonces, el Hermano Líder había estado consolidando su poder durante diez años y trabajaba para reemplazar el sistema previo de ley libia con sus escritos del Libro Verde. El libro, un volumen delgado de cuatro pulgadas por seis, contenía la guía completa de Gadafi para rehacer la sociedad; junto con guías para el gobierno y la economía, incluía reflexiones sobre educación, los negros, el deporte, la equitación y la técnica teatral. Fallaci, famosa por su estilo confrontativo, trató el libro con poco respeto. Era “tan pequeño”, dijo, que lo había terminado en quince minutos. “Mi polvera es más grande”. Impertérrito, Gadafi objeto que escribir el Libro Verde le había costado años y que había llegado a sus conclusiones en un estado de sabiduría oracular. Obviamente, ella no lo había leído con atención, dijo, o habría captado su mensaje central, Jamahiriya —una palabra de su invención, que traducía como “el Estado de las masas” En un capítulo sobre organización política, proclamaba que “el parlamento es una falsa representación del pueblo” y que el sistema de partidos es una “forma de dictadura contemporánea”. Abolió ambos en Libia y los reemplazó con un conjunto de comités locales del pueblo, en los cuales, hipotéticamente, todo el mundo participaba. Estos pequeños cuerpos transmitían la voluntad del pueblo al Congreso General del Pueblo. Para reafirmar que el pueblo tenía el control, Gadafi achicó su larga lista de títulos oficiales a sólo dos: Hermano Líder y Guía de la Revolución. Dijo a Fallaci que había creado un Estado en el que “no hay gobierno, no hay parlamento, no hay representación, no hay huelgas y todo es Jamahiriya”. Cuando ella se mofó, él replicó: “oh, qué tradicionalistas son ustedes los occidentales. Sólo entienden la democracia, la república, cosas viejas como esas… Ahora la humanidad ha pasado a otro estadio y creó Jamahiriya, que es la solución final”. El Libro Verde rechazaba el comunismo y el capitalismo, afirmando que ambos sistemas daban a los ciudadanos una oportunidad insuficiente de compartir la riqueza del país. Como parte de su amplia reforma económica, Gadafi abolió la propiedad personal y, en 1978, anunció que todas las fábricas eran entregadas a los trabajadores. Regeb Misellati, el ex director del banco central, me contó: “Cambiaron la gerencia, destituyendo a todos los gerentes y reemplazándolos con comités revolucionarios; también lo hicieron en las escuelas y los hospitales. Esto significa que, en algunos casos, los ordenanzas fueron nombrados gerentes”. Gadafi usó tácticas igualmente rupturistas en política, dividiendo a Libia en diez distritos administrativas, luego en 55, 48, 28 –cada vez con una purga completa del personal, de modo que nadie, excepto él, pudiera mantener la autoridad por mucho tiempo. La más sucinta afirmación del Libro Verde sobre el gobierno en Libia llegó como una advertencia acerca de los peligros del gobierno por las masas: “En Teoría, esa es una democracia genuina, pero en la realidad el más fuerte siempre gobierna”. Husni Bey, uno de los más prominentes hombres de negocios de Libia, me contó que Gadafi desarrolló un elaborado sistema para ejercer el poder mientras minimizaba la responsabilidad directa. “Gadafi nunca dejaba nada por escrito”, dijo. “Dictaba órdenes a secretarios, pasando por encima de sus ministros. Los secretarios a los que ordenaba formaban un grupo llamado El Qalam, en el que tenía un representante para todo; había uno para el petróleo, uno para las tribus, uno para seguridad, y así siguiendo. Esa gente, a su vez, no escribía nada, sino que llamaba al ministro en cuestión y éste obedecía, sabiendo que la orden había venido de Muammar Gadafi. De este modo funcionaba el sistema, un sistema sin responsabilidad última respecto de nada”. A poco de estar en el poder, Gadafi había puesto claro que su régimen abrazaba el panarabismo nasserista, apoyaba a Palestina y era hostil a Israel y a los “poderes imperialistas” de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Para principios de los ’70, los Estados Unidos habían retirado a su embajador. Gadafi, habiéndose separado de Occidente, comenzó a comprar armas a Moscú. A medida que construía su ejército, compró cientos de cazas y tanques; a través de un par de agentes renegados de la CIA, adquirió toneladas de explosivos plásticos. Parecía decidido a provocar indignación, en especial con su modo de apoyar a la causa palestina. En 1972, aplaudió los ataques terroristas en las Olimpíadas de Munich, en los que once israelíes fueron asesinados; en verdad, se creyó que él era el patrocinador de Septiembre Negro, el grupo palestino que ejecutó los ataques. Proclamó a Libia santuario de cualquiera que quisiera entrenarse para combatir en nombre de los palestinos. Muchos fueron, incluyendo al notorio terrorista Abu Nidal. Gadafi también dio apoyo financiero al IRA Provisional, a las Brigadas Rojas italianas, al asesino venezolano Íllich Ramírez Sánchez (más conocido como Carlos el Chacal) y a grupos guerrilleros en África, América latina, incluso Filipinas. En los ’70, envió ayuda a los sandinistas en Nicaragua. Cuando el renegado sandinista Edén Pastora, conocido como Comandante Cero, cayó en desgracia ante sus camaradas, se fue a Libia a pedir a Gadafi que respaldara una contrarrevolución. Pastora me contó luego que el líder libio lo escuchó pero no se interesó por sus planes. En cambio, le ofreció cinco millones de dólares para difundir la causa revolucionaria en Guatemala. Para algunas causas impopulares, Gadafi ofrecía un último recurso. Meses antes de que llegara Fallaci, intervino en Uganda para proteger al dictador Idi Amin de las invasoras tropas de Tanzania y, más tarde, lo hizo esfumarse y reaparecer en una casa cerca de Trípoli. En la entrevista, Gadafi defendió a Amin. Aunque concedía que podían no gustarle las “políticas internas” del déspota de Uganda –que incluían la tortura y el asesinato masivo–, era un musulmán y se oponía a Israel, y eso era todo lo que importaba.

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La periodista británica Kate Dourian, que viajó a Libia frecuentemente durante los ’80, me contó que Gadafi parecía despegarse cada vez más de la realidad. Era efecto de su poder sin control, sugirió, amplificado por la atención mediática que recibía. “Invariablemente, era descripto como ‘notablemente apuesto’ en el primer párrafo de cada artículo escrito sobre él, y probablemente se le subió a la cabeza”, dijo. “Nos llevaba en avión al desierto a ver el Gran Río Hecho por el Hombre”, su proyecto de miles de millones de dólares para canalizar el agua de un acuífero del Sahara a las ciudades de la costa. “Luego, nos dejaba ahí –periodistas, diplomáticos, funcionarios—hasta que el sol estaba en el punto justo, de modo que pudiera aparecer en su caballo con la luz en el ángulo correcto”. El ethos de Jamahiriya era pretendidamente feminista, pero Gadafi tenía actitudes peculiares hacia las mujeres. En el Libro Verde, escribió sobre ellas desde una distancia casi zoológica: “Las mujeres, como los hombres, son seres humanos. Esta es una verdad incontestable… De acuerdo con ginecólogas, a diferencia de los hombres, menstrúan cada mes”. Aunque abolió las restricciones para que las mujeres tuvieran licencias de conducir, explicó luego que la ley era redundante, porque los padres y maridos de las mujeres podían tomar la decisión por ellas. Era atendido por enfermeras que trajo de Ucrania, y durante años mantuvo un escuadrón de mujeres guardaespaldas, las Enfermeras Revolucionarias. Gadafi afirmaba que emplear guardianas demostraba su devoción por el feminismo. Otros decían que creía que los hombres árabes no dispararían a las mujeres. Después de la bomba en la discoteca de Berlín, en 1986, Dourian asistió a una conferencia de prensa en Trípoli, y recuerda que Gadafi pasó la mayor parte de ella mirando a las mujeres de la audiencia. “Tenía una mirada altanera, que nos examinaba, y luego bajaba los ojos y tomaba notas”, recordó. “Más tarde comprendimos que estaba eligiendo las mujeres que le gustaban y describiéndolas a sus asistentes para que pudieran identificarnos”. Después de la conferencia, ella se fue en un autobús con otros periodistas. “El autobús fue detenido, alguien subió y dijo que debía ir con él”. Fue llevada a Bab al-Aziziya, donde Gadafi estaba esperando con otras mujeres occidentales que había seleccionado. “Levantó los ojos y dijo, en árabe: ‘He aquí la que quiero’. Luego señaló a otra mujer” —una morocha, como Dourian— “y dijo: ‘Parece beduina. No puedo decidir cuál me gusta’”. Gadafi hablaba sobre libros y música occidentales que admiraba: “La Cabaña del Tío Tom”, “El Extranjero”, las sinfonías de Beethoven. En algún punto, pidió a la otra morocha que lo acompañara a un cuarto adyacente. Más tarde, la mujer contó a Dourian que la agarró y le declaró su amor y su deseo de casarse con ella. Una semana más tarde, Dourian y la otra mujer encontraron a Gadafi en una reunión familiar, en una tienda. Él vestía una larga capa flotando con tocado color salmón. Su esposa, Safia, estaba allí con los niños. “Eventualmente, despachó a su familia y nos dijo: ‘Vamos a tomar el té’”, relató Dourian. Regresaron a Bab al-Aziziya, donde desapareció por un rato y regresó con un atuendo distinto. “Era la cosa más extraordinaria, un enterito après-ski, de azul pálido, acolchado”, contó. “Me miró y dijo: ‘Vení’. Me tomó la mano y fuimos a un cuarto sin luz. Había una cama doble y la TV estaba encendida. Recuerdo que él mismo estaba en la TV; había un solo canal y todo lo que pasaba era él mismo. Se tiró en la cama y dijo: ‘Vení y sentate’. Trató de atraerme gentilmente hacia él, y yo me retiré. Preguntó: ‘¿Sos una chica o una mujer?’ Trataba de saber si era virgen. Dije era que una chica y que no toda mujer occidental era promiscua”. Dourian trató de distraer a Gadafi hablándole de su herencia armenia, de política –cualquier cosa que no fuera el tema en cuestión. “Me preguntó sobre Ronald Reagan, con quien parecía obsesionado, y quería saber si era realmente popular”, dijo ella. “No era muy viajado en esa época; sentía que tenía que explicarle las cosas como a un niño. Se había rodeado de ese pequeño mundo de fantasía, pero había cierta ingenuidad respecto de lo que se hallaba fuera de él”. Finalmente, Dourian pidió marcharse, diciendo que sus amigos estarían preguntándose qué había pasado. Mientras se paraban para irse, Gadafi sugirió que no debía estar avergonzada. “Me plantó un beso en la frente y dijo, con una carcajada, ‘La resistencia armenia –muy fuerte’”.

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Durante las primeras décadas de gobierno de Gadafi, la Jamahiriya fue, en ciertos aspectos, una mejora para muchos libios. En un país donde más del 80 por ciento de la población era analfabeta, un programa de educación gratis hasta el nivel universitario ayudó a subir el nivel de alfabetismo por encima del 50 por ciento. La atención sanitaria, aún si rudimentaria para los estándares norteamericanos, era gratis. El salario anual promedio, que había sido de 2.000 dólares bajo el Rey Idris, subió a 10.000 dólares. Todos estos programas fueron sustentados por la crecientemente rica economía petrolera. La crisis mundial de 1973 lanzó hacia arriba los precios y Libia hizo una fortuna. Gadafi repartió dinero y empleos a sus ciudadanos mediante el patronazgo, los proyectos de infraestructura y un sector público que en determinado momento empleaba a tres cuartos de la población económicamente activa. Pero la prohibición de la empresa privada creó mucha escasez de comida y mercancías; las bananas, por ejemplo, se convirtieron en un lujo. David Sullivan, un investigador privado de San Francisco, trabajó para un contratista en Libia montando sistemas de telecomunicaciones en todo el país. “Casi todo el trabajo era realizado por extranjeros”, dijo. “Los empleos eran clasificados de acuerdo con la nacionalidad, con los africanos negros al fondo de todo. Vivían en containers de carga a lo largo de la costa. Los libios pasaban sus días perdiendo el tiempo en las casas de té con nada que hacer, todos ellos en el desempleo. Gadafi decidió un día que los hombres que holgazaneaban en las casas de té daban la impresión de que los libios eran haraganes, así que decretó que fueran cerradas. Estaba comprando un té el día en que la orden fue ejecutada –sin previo aviso, por supuesto. Aparecieron camiones con soldados que comenzaron a golpear a todo el mundo y destrozaron las mesas y la vajilla”. Sullivan se convenció de que Gadafi era un loco que había convertido a Libia en un manicomio. “Un día, conduciendo por Trípoli, vi camellos muertos por todas partes”, recordó. “Gadafi había decidido que tener camellos dentro de los límites de la ciudad hacía que Trípoli pareciera un lugar retrasado. Como intentaba convertirse en jefe de la Organización para la Unidad Africana, no era algo bueno, así que hizo que todos los camellos en camino a la ciudad fueran ejecutados”. Esa mezcla de paternalismo y violencia era típica. Como un ex diplomático libio me contó, “la ideología del régimen no era para nada convincente, pero el terror era muy efectivo”. La policía secreta de Gadafi y los comités revolucionarios alimentaban una amplia red de informantes, montada con la ayuda de los alemanes del Este. Un ex oficial de inteligencia describió el proceso: “Nos daban el nombre de unos civiles. Movíamos gente para vigilar a la persona y también usábamos vigilancia técnica –grabaciones y cosas así. Para cuando el expediente llegaba al director, había suficiente información sobre la persona como para convertirse en su mejor amigo”. Estudiantes recalcitrantes y disidentes políticos eran señalados, torturados, sometidos a juicios ejemplificadores y enviados a prisión o colgados. Los ahorcamientos tenían lugar a menudo en los terrenos de las universidades, con otros estudiantes y los padres obligados a mirar. Una ejecución especialmente vívida y ejemplar ocurrió en 1984, cuando un joven llamado Sadiq Hamed Shwehdil fue juzgado en el estadio de basketball de Benghasi por cargos de terrorismo. Cientos de escolares fueron enviados en autobús para asistir, y el juicio fue transmitido en vivo por la televisión nacional. Shwehdi, de rodillas, lloró mientras confesaba que se había unido a “perros de la calle” —término de Gadafi para sus opositores exiliados— mientras estudiaba en los Estados Unidos. Un panel de jueces revolucionario lo sentenció a muerte y fue conducido al patíbulo que lo esperaba. Shwehdi colgó de la cuerda, que lo estrangulaba lentamente, cuando súbitamente una joven en uniforme verde olive, una “voluntaria” llamada Huda Ben Amer, se adelantó y tiró violentamente de sus piernas. Gadafi recompensó a Ben Amer por su celo revolucionario y más tarde ella completó dos períodos como alcalde de Benghazi. En Trípoli, conocí este verano a Mohamed El Lagi, un hombre rimbombante y cincuentón que había sido un alto oficial de asuntos internos en el ejército antes de cambiar de bando en secreto. Mientras todavía trabajaba para el régimen, comenzó a cooperar con la Brigada Omar Mukhtar, una fuerza rebelde con base en Benghazi. En un complejo amurallado en las afueras de la ciudad, El Lagi ayudaba a operar una suerte de casa de altas para desertores. Entraba un torrente de hombres, algunos de los cuales habían sido capturados o se habían rendido, y algunos que habían sido convocados por El Lagi. En los cuartos traseros, eran interrogados y luego presionados para traer a otros ex miembros del régimen. El Lagi fumaba Marlboro Reds sin parar, y estaba ansioso y sin afeitar. Cuando nos encontramos, no había dormido durante días. Todavía temeroso del antiguo régimen, me contó que bajo Gadafi había ayudado a compilar informes de inteligencia sobre el Ejército libio. “No había interés real en el estado del Ejército mismo”, dijo El Lagi, “pero si informaba sobre alguien crítico de Muammar Gadafi se desataba el infierno”. Un par de grandes cajas de cartón, llenas de grabaciones de cinta de carreta, se hallaban sobre el suelo. El Lagi dijo que eran grabaciones secretas de las reuniones de Gadafi. “Esta es una cinta de vigilancia de líderes africanos de visita”, indicó, levantando una, “y esta, de 2009, fue hecha adentro del palacio del Presidente en Chad”. Se rió y exclamó: “¡Esto era Gadafi! ¡Tenía inteligencia en todas partes!”. Los libios ocasionalmente luchaban contra esta represión y, a lo largo de los años, Gadafi sobrevivió a al menos ochos planes serios de golpe de Estado y una cantidad de intentos de asesinato. Una noche de agosto pasado, en un acto por la victoria en la Vieja Ciudad de Trípoli, una mujer mayor en una abaya negra vino hasta mí sosteniendo una fotografía en blanco y negro de un oficial. Se presentó como Fatma Abu Sabah y dijo que la fotografía era de su difunto marido, que había sido miembro del antiguo grupo revolucionario de Gadafi, los Oficiales Libres. En 1975, explicó, un grupo de oficiales, incluyendo a su marido, planeó un golpe. “Creían que Gadafi se había desviado de los principios de la revolución”, dijo. Antes de que pudieran ejecutar el plan, fueron traicionados por un camarada, general en el régimen de Gadafi, y puestos bajo custodia militar. Hubo dos juicios, indicó Fatma. En el primero, los oficiales condenados recibieron condena perpetua. Cuando apelaron, fueron sentenciados a muerte y veintidós de ellos –incluyendo a su marido—fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Me contó: “No sabemos dónde está enterrado y se nos prohibió tener un período de duelo”. Fue desalojado de su casa con sus hijas, de uno y tres años de edad. “Pusieron cera roja en la puerta para sellarla para que nadie más pudiera entrar”.

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Hasta donde los libios podían imaginar un futuro más allá de Gadafi, a menudo se preguntaban quién lo reemplazaría cuando muriera. En buena parte del Norte de África y del Medio Oriente, el poder es dinástico y es costumbre esperar que el líder entregue el poder a su hijo; en Siria, Bashar al-Assad sucedió a su padre y en Egipto se contaba con que Gamal Mubarak sucediera al suyo. En Libia, el cálculo era complicado: Gadafi tenía nueve hijos vivos y todos, excepto una, eran varones. Mohamed, el mayor, nació en1970, de la primera mujer de Gadafi, Fatiha. Poco después, Gadafi se divorció de Fatiha y se casó con Safia, una enfermera, con quien tuvo seis varones y una niña: Seif al-Islam, Saadi, Aníbal, Aisha, Muatassim, Seif al-Arab y Khamis. Adoptaron un séptimo varón, Milad. La mayoría de la cría de Gadafi disfrutó de lucrativas sinecuras en las agencias que dominaban las telecomunicaciones, la energía, los bienes raíces, la construcción, la provisión de armamento y las inversiones en el extranjero de Libia. Varios de los hijos tenían roles de consejeros que estaban vagamente definidos pero les daban poderes vastamente más grandes que los que poseían los ministros de gobierno. Khamis comandaba el cuerpo de élite militar de Libia, la Brigada Khamis, que condujo un sitio de cuatro meses en la ciudad de Misrata que mató a más de mil civiles. Mohamed manejaba la Compañía de Correo Central y Telecomunicaciones, que poseía el monopolio de los servicios de teléfonos satelitales y celulares. Aníbal tenía un alto cargo en la Compañía de Transporte Marítimo libio, que manejaba los embarques de petróleo. Libia era menos una nación que un próspero negocio familiar. Con todo, Gadafi a menudo parecía más interesado en poner a sus hijos uno contra otro que en desarrollar un legítimo sucesor. No es que tuviera muchas buenas opciones. Saadi, el tercer hijo, tenía la reputación de ser un fiestero bisexual y un entrepreneur diletante. Su padre, angustiado por su estilo de vida, le dio el control de una brigada militar, pero él no estaba interesado. En cambio, jugó brevemente en un equipo de fútbol italiano –hasta que fue suspendido bajo sospecha de dóping—y luego formó una compañía de producción de películas llamada World Navigator Entertainment, que reunió unos cien millones de dólares, según se informó, para financiar proyectos de películas en Hollywood. Laura Bickford, una productora de películas norteamericana, me contó que la compañía de Saadi le había ofrecido un financiamiento que eventualmente ella declinó. “Cuando sos una productora de películas independientes en busca de capital, te podés encontrar hablando con el hijo de un dictador”, dijo. “Pero tomar dinero del hijo del hombre que ordenó el atentado de Lockerbie era demasiado”. Muatassim, alto y de pelo largo a la moda, competía con Saadi en hedonismo y con Seif al-Islam, el segundo hijo, por la confianza de su padre como consejero de seguridad. En 2009, Muatassim lanzó una fiesta de vísperas de Año Nuevo en St. Bart’s y contrató a Beyoncé y a Usher para actuar para sus amigos. Después de que comenzó el levantamiento libio, el publicista de Beyoncé anunció que ella había donado su caché, un millón de dólares, para las víctimas del terremoto de Haití. Hacia el fin de la década, se tornó claro que Seif al-Islam —“espada del Islam”— sería el heredero de su padre. Por años había vivido en Londres, donde parrandeaba en los más elegantes clubes de Mayfair y adquirió un entorno de facilitadores en todos los sectores de la sociedad británica. En 2008, obtuvo un doctorado en filosofía política en la London School of Economics (LSE); poco después, se comprometió a dar a la escuela 2,2 millones de dólares a través de una fundación de caridad que controlaba. Seif se presentaba como un “reformador”, abierto a las ideas y la inversión de Occidente –una suerte de balance racional a la imagen lunática de su padre. Jugó un papel clave en las negociaciones con Occidente, patrocinó una apertura política para los opositores domésticos de su padre y arregló una amnistía para los disidentes presos. Montó una fundación para promover sus ideas, arregló viajes pagos de la prensa extranjera a Libia y argumentó en favor de la modernización y la apertura; a veces criticaba a su padre y luego se peleaba con él, ostensiblemente por no iniciar reformas lo suficientemente rápido. Pero si Seif estaba genuinamente interesado en la liberalización, su padre no. Ashour Gargoum, un ex diplomático libio, trabajó en una comisión de derechos humanos creada por Seif. Después de que la masacre de Abu Salim saliera a la luz, dijo, Seif lo envió con una delegación a Londres para reunirse con Amnesty International, que estaba reclamando una investigación de las muertes. “Muammar Gadafi quería un informe mío sobre eso”, dijo. “Hablé con él cara a cara, usando palabras que sabía que aceptaría. Lo formulé como ‘el problema Abu Salim’ y dije: ‘Necesitamos resolverlo’, ese tipo de lenguaje. Él dijo: ‘Pero no tenemos presos políticos’. Yo dije: ‘Sí, tenemos.’ Él dijo: ‘Pero son herejes’” —lo que quería decir: islamistas radicales. “‘Ellos no tienen derechos’”. Al final, la ecuanimidad reformista de Seif pareció abandonarlo. Poco después de que comenzara el levantamiento, apareció en un video agitando un arma enfrente de una banda aullante de simpatizantes. Prometiendo defender el régimen hasta la muerte, predijo que “ríos de sangre” correrían en Libia. El L.S.E. está investigando denuncias de que la disertación doctoral de Seif fue redactada por un escritor fantasma; el decano renunció. La universidad dijo que distribuiría la porción de la donación de Seif que ya había sido pagado, alrededor de medio millón de dólares, mediante un fondo de becas para estudiantes del Norte de África y que rechazaría el resto. Para junio, Seif, junto con su padre, había sido acusado por crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional.

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Los hijos de Gadafi poseían villas en la ciudad, casas en la playa y retiros en el campo, y a medida que esas casas fueron allanadas los saqueadores encontraron una decadencia inimaginable: gimnasios de última generación, jacuzzis, autos exóticos, zoológicos privados. Aunque el patriarca de la familia prohibió el alcohol en 1969, muchos de los hijos de Gadafi tenían gabinetes de licor bien provistos. La casa de Aisha en Trípoli tenía un conjunto de sofá en una escultura dorada de una sirena diseñada para parecérsele. La casa de Seif tenía jaulas para sus tigres blancos. Había bolsas de compras laqueadas de Versace, Hermès, Rado, Louis Vuitton, Cartier, La Perla. Las casas de los hijos, como las de su padre, tenían redes de túneles, con clínicas, cuartos amueblados y oficinas, todos pulcramente limpios, esperando la retirada final. La mansión de Saadi, unas pocas millas afuera de la ciudad, era, quizás, la más indulgente. Se hallaba en unos diez acres de olivares y naranjales, rodeada de paredes de piedra que se deslizaban sobre rieles eléctricos, que permitían que la casa se cerrara como una fortaleza. La casa principal estaba montada como una V alrededor de una vasta piscina con una isla central ligada a la casa mediante un puente levadizo hidráulico. Cuando lo visité, este otoño, una rosa de tallo largo yacía en la piscina vacía, junto con el contenedor de cartón de una botella de champagne rosado Laurent Perrier. A pocos minutos de caminata estaba la casa de fiestas que contaba con una esfera de vidrio a prueba de balas de cuarenta pies culminada en una corona dorada y turquesa. Un libio, que también recorría la propiedad, observó con disgusto: “Así que esto era propiedad de un hombre que recibía un salario de 175 dinares”. En la puerta vecina, en una curiosa yuxtaposición, había una instalación llamada Centro Africano para la Investigación y el Control de las Enfermedades Infecciosas. Los combatientes tenían un control de ruta allí y unos pocos de ellos saltaron a un auto y me urgieron a seguirlos. A cinco minutos de allí, en un área boscosa fuera de la carretera principal, me mostraron varios misiles crucero contra barcos de la era soviética de veinte pies que habían sido escondidos entre los árboles. Los combatientes estaban ansiosos por los misiles, porque no estaban bajo custodia. Creyendo que el hombre que los había descartado era capaz de cualquier cosa, les preocupaba que pudieran ser armas químicas. Las bien conocidas escapadas de los hijos de Gadafi incluían vivir a full en el Festival de Cine de Cannes y pagar estupendamente para ser entretenidos por estrellas de pop extranjeras. Pero al menos uno de ellos, Aníbal, mostró una inclinación por el sadismo que recordaba al de Uday, el psicótico hijo mayor de Saddam Hussein. Durante una visita reciente a Trípoli, fui al Hospital de Cirugía Plastica y Quemaduras para encontrarme con una etíope de treinta años llamada Shweyga Mullah. Por un año, fue la niñera de los hijos de Aníbal y ahora se estaba curando de las quemaduras de cuarto grado infligidas por la esposa de Aníbal, Alina, una ex modelo libanesa. Un médico me llevó hasta el cuarto de Shweyga, en el que se hallaba en cama, con una vía insertada en uno de sus brazos. Había olor a carne quemada. El médico me contó que había sido llevada por un guardia de seguridad de Gadafi, que les ordenó que la registrara como Anónima. “Está quemada en todas partes”, dijo el doctor. Shweyga estaba frágil, pero consciente. Con voz tímida, me contó que, antes de trabajar para los Gadafi, había vivido con sus padres en Addis Abeba. No se había casado y su padre a menudo estaba fuera, empleado como trabajador de granja. La embajada libia estaba buscando empleadas domésticas, así que se presentó y fue contratada para ir a Libia y trabajar para los Gadafi. Ella no lo sabía, pero ambos tenían una reputación de violencia. En 2008, fueron arrestados por la policía suiza después de que empleados del Hotel Presidente Wilson de Ginebra informaran que Aníbal y Alina los habían golpeado con perchas. Los Gadafi fueron rápidamente liberados bajo fianza, pero, en represalia, Muammar Gadafi detuvo a dos hombres de negocios suizos por más de un año, retiró miles de millones de dólares de los bancos suizos y suspendió embarques de petróleo a Suiza. El presidente suizo, Hans-Rudolf Merz, fue finalmente forzado a volar a Trípoli y emitir una disculpa pública por los “arrestos injustificados”. Cuando Shweyga llegó primero a la casa de los Gadafi, contó, “tenía miedo, porque ví a la esposa de Aníbal abofeteando gente”. La cabeza del personal doméstico, sin embargo, le dijo que no se preocupara —Alina no la lastimaría. Fue puesta a cargo de los dos hijos de los Gadafi, un niño de seis y una niña de tres. Alina, dijo, llevaba una vida de niña mimada —“leía revistas, miraba televisión” — y no le gustaba ser molestada. “Me golpeaba si los niños lloraban”, indicó. Pensó en huir, dijo, “pero no había escape”. Una mañana, dijo, “estaba reuniendo las ropas de su hijo, pero no lo hice apropiadamente. Así que durante los siguientes tres días me hizo quedarme parada en el jardín. No me permitía comer ni dormir”. Cuando Alina autorizó que Shweyga volviera a entrar, ésta fue a la cocina, sedienta, y bebió algo de jugo. “La esposa vino y dijo: ‘¿Qué estás haciendo aquí?’ Me acusó de comer un manjar turco. Insistí en que no lo había hecho. Me llamó mentirosa”. A la mañana siguiente, Alina indicó a los otros sirvientes que ataran a Shweyga y que pusieran agua a hervir. “Ataron mis piernas y mis manos detrás de la espalda. Fui llevada al baño y puesta en la bañera, y ella comenzó a echarme el agua hirviente encima, sobre la cabeza. Tenía la boca tapada, así que no podía gritar”. Aníbal estaba allí, dijo, pero no hizo nada. Shweyga fue dejada en el baño, atada, hasta el día siguiente. “Era demasiado dolor”, recordó. Después de unos diez días, el guardia de seguridad la llevó en secreto al hospital, pero Alina lo descubrió. “Dijo que si no me llevaba de regreso lo enviaría a prisión, así que me llevó de regreso. Sólo después de que Alina huyó de Trípoli, Shweyga fue llevada de vuelta al hospital. Estaba allí desde entonces. Fuera del cuarto, el médico me dijo que probablemente sobreviviría, pero necesitaría cirugía plástica continua. “Su vida está arruinada”, concluyó. Furioso por la crueldad de Alina, dijo: “Deberían hacerle lo que le hizo a Shweyga”. Alina está ahora en el exilio en Argelia, como Aníbal. En verdad, la mayoría de los hijos de Gadafi han huido para salvarse. Se dijo que Seif al-Arab y Khamis habían muerto en el levantamiento. El 20 de octubre, Muatassim fue ejecutado con su padre.

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Si la revolución se transformó en dictadura, Gadafi no abandonó jamás la esperanza de Nasser de un Estado árabe unificado. A lo largo de los años, intentó unir a Libia con algunos de sus vecinos –Túnez, Egipto, Siria–, pero estas “uniones árabes” eran, invariablemente, de corta vida. Frustrado, fustigó a los otros líderes árabes por no hacer lo suficiente para ayudar a los palestinos y por tratar de ganarse el favor de Occidente. Después de que la OLP asistiera a las conversaciones de paz en Oslo con Israel, expulsó a treinta mil inmigrantes palestinos de Libia. Si los estados árabes no podían ser unificados, existía al menos el prospecto de una hegemonía en África. Gadafi entregó vastas cantidades de dinero y armas a una desconcertante lista de causas revolucionarias en el África subsahariana. También apoyó la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. En 1997, Nelson Mandela apareció en Trípoli para proclamar que “el apoyo desinteresado y práctico (de Libia) ayudó a asegurar una victoria que fue tanto suya como nuestra”. A mitad de los ’70, Libia y Chad comenzaron un largo conflicto por un pedazo de frontera rico en uranio llamada la Franja de Aouzou. En 1987, las fuerzas de Gadafi fueron finalmente superadas por los soldados locales respaldados por Francia y los Estados Unidos. Perdió 7.500 hombres –un décimo de la fuerza total—y 1.500 millones de dólares de equipo militar. Ashour Gargoum, el ex diplomático libio, me dijo que el episodio de Chad fue “un desastre para Gadafi”. Habiéndose fijado ambiciones de unificación regional, se había demostrado incapaz de manejar incluso a sus vecinos más débiles. Después de esto, dijo Gargoum, se volvió “paranoico y distanciado de la realidad”. En los ’80, Gadafi era un patrocinador significativo del terrorismo en Occidente. Libia estuvo vinculada a una serie de ataques: el secuestro del crucero Achille Lauro; las bombas en los aeropuertos de Roma y Viena; el ataque a la discoteca de Berlín. El presidente Reagan, que llamó públicamente a Gadafi un “perro rabioso”, envió a los militares norteamericanos a Libia, primero derribando a dos cazas fuera de la costa de Trípoli y más tarde lanzando el ataque aéreo que destrozó la Casa de la Resistencia. Justo antes de la Navidad de 1988, un jet de Pan Am que volaba de Londres a Nueva York estaba pasando sobre la pequeña ciudad de Lockerbie, Escocia, cuando una bomba escondida en el compartimento del equipaje explotó. Los doscientos cincuenta y nueve pasajeros a bordo, en su mayoría norteamericanos, murieron, así como once personas en tierra. En la investigación subsiguiente, dos agentes libios fueron acusados. Gadafi calificó las acusaciones como “risibles” y se rehusó a extraditar a los sospechosos. Libia se convirtió en un Estado paria. Tomó algún tiempo, pero las Naciones Unidas y los Estados Unidos aprobaron una serie de sanciones crecientes, que detuvieron el comercio internacional de Libia, congelaron las cuentas bancarias del país e impidieron que los libios viajaran al exterior. Si bien las sanciones fracasaron en echar a Gadafi del poder, la economía se detuvo y su sistema de patronazgo se volvió débil. El Lagi, el ex oficial de asuntos internos del Ejército, me contó que comenzó a cuestionar al régimen cuando algunas mujeres, desesperadas, empezaron a trabajar como prostitutas. “¡En Trípoli, podías levantar mujeres libias por diez dinares!”, exclamó. “La diferencia entre la familia cercana de Gadafi y su clan, y el resto de nosotros era enorme. Tenían villas, seguro de salud extranjero, educación extranjera, todo pagado por el gobierno. Pero un veterano de la guerra de Chad no conseguía nada comparable”. El Libro Verde, comprendió, era “una teoría fallida”. En 1999, Gadafin accedió finalmente a entregar a los sospechosos de Lockerbie para que fueran juzgados en Holanda bajo la ley escocesa. Uno de los dos sospechosos fue hallado inocente; el otro, Abdel Basset al-Megrahi, fue condenado y eventualmente sentenciado a un mínimo de veinte años en una prisión escocesa. Muchos observadores legales argumentaron que el caso de la fiscalía tenía fallas y que el juicio fue influido indebidamente por la política. Pero, perversamente, el caso jugó un rol en la reconciliación de Gadafi con Occidente. Después del juicio, anunció que Libia no apoyaría más a organizaciones terroristas. Y cuando los Estados Unidos invadieron Irak, en 2003, vio la oportunidad. Reveló sus propias instalaciones de armas químicas y programa de obtención de armas nucleares, y ofreció desmantelarlos a cambio del fin de las sanciones. Aceptando “responsabilidad”, si no culpa, por su involucramiento en el terrorismo, acordó reparar lo de Lockerbie y pagó en silencio casi tres mil millones de dólares en daños a las familias de las víctimas. Enemigo de larga data de los islamistas radicales en Libia, Gadafi también comenzó a colaborar con Occidente contra los extremistas musulmanes. Documentos de inteligencia que vi en Trípoli este verano revelaban una cómoda relación entre los servicios de inteligencia de Gadafi y la CIA y el MI6, que permitieron “entregas extraordinarias” de sospechosos libios. En una carta de 2004, el jefe de contraterrorismo británico, Mark Allen, escribió en confianza a su contraparte libio, Moussa Koussa, acerca de la reciente entrega de un combatiente islamista conocido como Abu Abdallah: “Gracioso, recibimos un pedido de los norteamericanos de canalizar los pedidos de información para Abu Abdallah a través de los norteamericanos. No tengo intención alguna de hacer tal cosa. . . . Siento que tengo el derecho a tratar con usted directamente en esto y estoy muy agradecido por la ayuda que nos están brindando”. Allen —ahora Sir Mark— ha dejado el gobierno y trabaja como consejero para British Petroleum. Abu Abdallah, cuyo nombre real es Abdel Hakim Belhaj, pasó siete años en prisión y es ahora el comandante militar de Trípoli por el Consejo Nacional Transitorio de los rebeldes.

***

Para 2004, las sanciones habían sido levantadas. Las embajadas reabrieron; los acuerdos de negocios se firmaron; el petróleo fluyó. Tony Blair y Nicolas Sarkozy llegaron de visita. Silvio Berlusconi acordó pagar reparaciones de cinco mil millones de dólares por el daño que su país había infligido a Libia; en una reunión de la Liga Árabe en Sirte, besó las manos de Gadafi. Los norteamericanos, también, comenzaron a reconcebir al “perro rabioso” como un aliado. En abril de 2009, Hillary Clinton recibió al hijo de Gadafi, Muatassim, en el Departamento de Estado y se declaró “encantada” por la visita. Pocos meses antes, una delegación del Congreso liderada por el senador John McCain visitó Libia y prometió, según se informó, ayudar con sus necesidades en materia de seguridad. Después de un encuentro a última hora de la noche en la tienda de Gadafi, McCain tuiteó: “Interesante encuentro con un hombre interesante”. En Washington, Gadafi contrató al Livingston Group, una prominente compañía de lobby para trabajar por sus intereses. Un informe confidencial de agosto de 2008 delineaba un plan para, entre otras cosas, “comenzar el proceso de aligerar las restricciones a las exportaciones de los Estados Unidos en materia militar y de materiales de uso dual”. Ese mismo año, después de negociaciones controvertidas, Megrahi, el condenado por Lockerbie, que tenía cáncer de próstata, fue liberado por “razones de compasión” y voló a Trípoli en el jet de Gadafi. Tuvo una bienvenida de héroe en Libia, donde todavía vive. A principios de este mes, hablé con un rico hombre de negocios occidental que estuvo cerca de los Gadafi. Cuando llegué a su casa palaciega en Inglaterra, estaba tomando una llamada de un amigo árabe. “Kareem, ¿cómo estás?”, exclamó. Dijo al que llamaba que tenía un visitante y que le hablaría más tarde, pero quería que entendiera que estaba ahora “firmemente con mis amigos en el Consejo Nacional Transitorio”. Me dijo que esperaba que el nuevo orden le diera espacio para operar. Pero, en su experiencia, explicó, la Libia de Gadafi no había estado tan mal. “La peor cosa que Gadafi hizo realmente fue eso de Abu Salim”, apuntó, refiriéndose a la masacre de 1996. “Quiero decir, matar a un montón de prisioneros en el sótano de una prisión no es lindo, pero, sabe, estas cosas pueden ocurrir. Basta con que alguien malinterprete una orden –¿entiende lo que quiero decir? Sí, los estudiantes fueron colgados en los ’70, y estuvo lo de Abu Salim, pero no hay mucho más. La policía secreta estaba, pero no era demasiado entrometida. Si uno era metido en prisión, le permitían a la familia visitarlo y llevarle cuscús”. En septiembre de 2009, Gadafi hizo su primera aparición en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Divagó y despotricó por noventa y seis minutos, demoliendo a los Estados Unidos por su historia de intervención en el extranjero, reclamando nuevas investigaciones sobre los asesinatos de J.F. Kennedy y Martin Luther King, Jr., y especulando con que la gripe porcina había sido desarrollada como un arma química. En el camino, rompió una Carta de la ONU y agitó sus copiosas notas salvajemente en el aire. Fue un comportamiento vergonzoso, pero, dada la reputación de excéntrico de Gadafi —y su percibida utilidad como un aliado contra los extremistas musulmanes— le hizo poco daño a su imagen internacional, y el gobierno norteamericano no hizo comentario alguno. En casa, su control sobre el poder parecía seguro. El Lagi me dijo: “Con todo el debido respeto por los norteamericanos, son mentirosos… Los norteamericanos van hablando sobre los derechos humanos, pero lo alojaron –no lo arrestaron. ¡Montó su tienda en la tierra de Donald Trump! Los norteamericanos recibieron a Seif y a Muatassim y los alojaron por tres semanas en los Estados Unidos como amigos”. Gadafi, mientras tanto, usaba cada oportunidad disponible para burlarse de Occidente, a menudo de modos que los observadores occidentales no entendían. El Lagi apuntó: “En las Naciones Unidas, él escribió sobre un pedazo de papel en blanco de modo que las cámaras de televisión lo tomaran ‘Estamos aquí’. Esto fue para los libios. Y cuando Tony Blair vino, Gadafi le mostró la suela de su zapato; esta era una señal de falta de respeto y fue mostrada por YouTube en toda Libia. Cuando Condi Rice vino, él se rehusó a estrechar su mano y, más tarde, durante su charla, le entregó una guitarra libia, como para decirle que cantara. Ella debería haberse marchado en el momento en que él se rehusó a estrechar su mano, pero no lo hizo. Los intereses de las compañías norteamericanas prevalecieron. Todos estos gestos fueron profundamente decepcionantes para los libios, porque sabíamos que significaban que podía comprar a cualquiera”.

***

Gadafi siempre insistió en que combatiría y moriría en Libia, y fue fiel a su palabra. Después de que Trípoli cayera, desapareció, y existió la especulación de que había escapado al Sahara y estaba siendo protegido por las tribus Tuareg. Pero el 20 de octubre, en el borde occidental de su ciudad natal de Sirte, él y las últimas fuerzas que le quedaban, una guardia de más o menos cien hombres, fueron rodeados finalmente por combatientes del CNT. Viajando rápido, en un convoy de varias decenas de vehículos de combate, escaparon hacia una rotonda dos millas afuera de Sirte, y allí se encontraron bajo fuego. Cuando se volvieron para luchar, en un campo cubierto de basura, un avión francés y un avión no tripulado Predator norteamericano volaron por encima y los bombardearon donde estaban; veintiún vehículos fueron incinerados y al menos 95 hombres murieron. Gadafi y unos pocos leales lograron llegar a un par de desagües enterrados en la berma de tierra de un camino. Fueron rastreados por un grupo de combatientes de la unidad de Misrata. Después de un tiroteo, uno de los hombres de Gadafi emergió del conducto para suplicar ayuda: “Mi amo está aquí, mi amo está aquí. Muammar Gadafi está aquí y está herido”. Salim Bakir, uno de los combatientes de Misrata, contó a un reportero luego que se aproximó al desagüe y quedó estupefacto al ver a Muammar Gadafi allí. Mientras los rebeldes lo arrastraban fuera del caño, contaron, parecía confundido y repetía continuamente: “¿Qué anda mal, qué está pasando?”. Otros combatientes llegaron corriendo a ver al Líder capturado, una muchedumbre de hombres gritó “¡Muammar!”. Varios tenían teléfonos con cámaras y su filmación a las sacudidas compone un relato escalofriante de lo que ocurrió luego. Gadafi, con el pelo enredado, sangrando de una herida en el lado izquierdo de su cabeza, es subido a empujones por el terraplén. En el camino, un combatiente viene por atrás y parece empujar violentamente una barra de metal en su ano. En el camino, los rebeldes sujetan a Gadafi sobre la capota de una camioneta Toyota. Una horda de hombres aullantes clama por verlo, insultarlo, herirlo. Uno lo golpea con sus zapatos, diciendo: “Esto es por Misrata, perro”. Gadafi es puesto de pie, sangra más fuerte e intenta débilmente defenderse mientras los rebeldes se acercan para golpearlo. El video recae en el caos: alguien dice “Mantenganlo vivo”, una mano sostiene una pistola, un grito sostenido de “¡Allahu akbar” (Dios es Grande). Le tiran de los cabellos. Escuchamos el disparo de un arma. En el siguiente momento que vemos a Gadafi, yace en el piso, la cabeza colgando hacia atrás, los ojos medio abiertos pero sin ver. Sus torturadores están tirando de su camisa, dándolo vuelta para desnudarlo. En otra imagen, vemos claramente que alguien le ha disparado en la sien izquierda. Esa fue la causa oficial de muerte dada por el médico examinador en Misrata, donde el cuerpo de Gadafi yació a la vista durante días en un armario refrigerado, ante el que miles de personas desfilaron tomando fotografías. Los líderes del CNT anunciaron que Gadafi murió por sus heridas “en un fuego cruzado” mientras estaba siendo transportado al hospital; uno de ellos incluso sugirió que la propia gente de Gadafi le había disparado. Nadie lo cree. Las imágenes están alli y cuentan una historia distinta. Más adecuada, quizás, es la versión relatada por el joven comandante de la fuerza de Misrata que halló y mató a Gadafi. En el desagüe, el Rey de Reyes se reveló como un anciano herido y confundido, sin siquiera el confort de su gorra beduina para ocultar su pelada. Pero, observó el comandante con cierta clase de gruñón respeto, hasta el mismo final Gadafi siguió creyendo que era el Presidente de Libia.

¡Thawra!

Publicado: 3 noviembre 2011 en Témoris Grecko
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Jaled Jibril supo que estaban perdidos cuando la camioneta pick-up finalmente se atascó: la arena de las dunas era precisamente la que más le gustaba, suave y fresca, pero en ese momento resultaba una maldición porque cedía bajo las ruedas e impedía el escape. Él estaba detrás, en la caja del vehículo, y pensó en saltar al suelo, pero no lo haría sin Amr, su amigo de muchos años que yacía herido de bala encima de los cadáveres de otros revolucionarios.

El conductor y tres compañeros más, todos conocidos desde tiempos escolares, habían conseguido bajar y le gritaban que los siguiera. Jaled se inclinó sobre Amr para tratar de cargarlo. En ese momento, un proyectil impactó en el frente de la camioneta y todo salió volando. El joven de la ciudad de Bengasi cayó sobre una duna. Alcanzó a ver la última vez que Amr se estremeció buscando aire, perdiéndolo. Sintió los finos granos que lastimaban sus ojos. Sofocado, trató de respirar pero sólo trago arena. Escuchó su nombre en gritos. Percibió las figuras de quienes corrían hacia él para ayudarlo. Y el estruendo de la bomba que los mató con la potencia de la explosión y con los filosos discos que arrojó, metralla que corta y cercena a quien haya podido sobrevivir.

Jaled quiso morir también. Sufría por el dolor, el cansancio, la ausencia. Se dejaría llevar. Pero un rato más tarde, un acceso de odio lo reanimó: un hombre negro se acercaba con el fusil al ristre. Un africano. Uno de los cientos o miles de mercenarios que Muamar Gadafi había traído de otros países para hacer el trabajo que un libio bien nacido no realizaría: matar compatriotas. Ellos recorrían las calles de las ciudades y los caminos del desierto disparando contra cualquier persona que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino, hombres, mujeres, niños, ancianos. Simios de Satanás, pensó, que mataban por sueldos de mil dólares al día.

La ventaja era de Jaled: con el Kalashnikov en la mano, tirado y lleno de sangre, parecía muerto y pensaba que podría sorprender al enemigo cuando se aproximara. Hizo el movimiento tan rápido como pudo, apuntó y apretó el gatillo. Pero el arma se atascó. Jaled no tenía idea de por qué: su entrenamiento había durado media hora antes de que él y sus amigos se fueran a la batalla. ¿Sería la arena? ¡Qué más daba! El mercenario encendió los ojos asesinos y dirigió la mira hacia su rostro. Inmovilizado de terror, Jaled llamó a dios y deseó que fuera cierto todo, que hubiera vida después de la muerte, un paraíso para los shujadá de la Thawra, los mártires de la Revolución, como él. “Que así sea”, musitó. Y cerró los ojos.

EL FIN DE LA PARANOIA

Días antes, en Bengasi, el sol lograba hacerse ver mientras las nubes grises y el mal tiempo se apartaban por una horas. Jaled trataba de aprenderse un verso en castellano que me había escuchado cantar. Era una vieja composición de Charly García, de los tiempos de la guerra de las islas Malvinas:

―No bombardeen Buenos Aires –musitaba el combatiente, copiando los sonidos del castellano-. ¿Qué significa lo siguiente?
―No nos podemos defender.
―¿Por qué?
―Porque tenían miedo de que atacaran los ingleses y se sentían inermes.
―¡La podemos cambiar?

Diez minutos después, el joven aspirante a abogado caminaba conmigo por los jardines de la orilla del lago, repitiendo con mejor tonada que pronunciación la nueva letra libia de la pieza: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”

Es una ciudad guapa. Tiene un largo paseo costero que recibe los vientos del Mediterráneo, y otro más tranquilo y verde alrededor de la laguna abierta al mar. Es la segunda urbe más grande Libia, después de la capital, Trípoli, y en partes conserva la mezcla árabe, otomana e italiana de las herencias de los diversos colonizadores.

Es, además, el corazón de la zona oriental, llamada Cirenaica, tradicionalmente rebelde y poseedora de tres cuartas partes de las inmensas reservas nacionales de hidrocarburos.

De esas reservas recibe muy poco. Una de las grandes quejas aquí es que, desde que tomó el poder con un golpe de Estado hace 42 años, Moamar Gadafi siempre ha desconfiado de los cirenaicos y los ha mantenido marginados de las inversiones públicas y aplastados bajo las pesadas botas de la policía secreta y de los batallones personales de sus hijos.

El cuartel de la Katiba (guardia revolucionaria del dictador), que los bengasíes tomaron en la batalla épica del inicio de la revolución (un asedio del 17 al 21 de febrero pasado en el que se enfrentaron con piedras y bombas Molotov contra ametralladoras pesadas y tanques), era el temido lugar del que nunca salían a quienes llevaban ahí. Los voluntarios han encontrado calabozos subterráneos donde encerraban a la gente. Siguen buscando porque sospechan que hay más.

Es por eso que el Oriente completo se levantó contra el régimen. Ese jueves 17, los habitantes de todas sus ciudades salieron a manifestarse y, cuando fueron reprimidos violentamente y los muertos empezaron a caer, atacaron a los atacantes. Tobruk y Baida se liberaron en esa misma jornada, y las demás (Derna, Shahat, Ajdabiya, Brega, Ras Lanuf) siguieron hasta que el ataque rebelde forzó a la Katiba a evacuar Bengasi. Así empezó la Thawra (Revolución).

Cuando llegué el jueves 24, 36 horas después de que el primer periodista pudo pasar la frontera (el régimen de Gadafi tuvo el país cerrado para la prensa y cuando supo que estábamos ahí, declaró que seríamos tratados como “terroristas de Al Qaeda”), Tobruk estaba de fiesta celebrando su primera semana en libertad. “Puedo leer lo que quiera, puedo decir lo que pienso, puedo gritar, bailar y hacer tonterías, ¡nadie me va a detener y torturar por eso”, decía un chico de 17 años.

Su padre, Amid Abdel, un profesor de ecología ambiental en la Universidad Omar al Mujtar, estaba feliz de que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer sin opresión: “Nosotros la perdimos cuando yo tenía tres años”, contó. “Ha sido un largo infierno de terror… ¿sabes lo que es vivir con miedo? Miedo a que te escuchen, te vean, sospechen de ti. Tu vecino podía sospechar de ti, tu amigo, tu hermano. Y podían sospechar que tú sospechabas de ellos. Entonces tenían que evitar que los denunciaras, anticiparse, denunciarte primero. Y venían los agentes por ti. Nadie te volvería a ver. Los libios somos un pueblo pequeño, ingenuo, bueno. Somos muy amables. Pero esta situación de paranoia permanente nos convirtió en enemigos de nosotros mismos. Ahora, ya lo ves. Hemos regresado a nuestro auténtico ser”.

Había destrozos: alrededor de la plaza principal, dos edificios tenían muestras de incendio y saqueo. “Eran de la policía”, explicó Abdel, quien me hizo notar que eran los únicos dañados: “Miren la biblioteca, el banco, el hotel… protegimos todo”. La gente era extremadamente amable con nosotros. “¡Gracias por venir, gracias, para que le cuenten al mundo lo que nos ha hecho Gadafi, inshallah (dios lo quiera)!”, repetían.

ESTAMPIDA HACIA EGIPTO

La Thawra parecía lista para un triunfo rápido. Unidades del ejército y de la fuerza áerea desertaban. Los pilotos de dos aviones prefirieron volar a la isla de Malta y aterrizar allá, en lugar de bombardear a su propia gente. Otro saltó en paracaídas y dejó que su nave se estrellara.

De Tripolitania, la región occidental, llegaban buenas noticias: Misrata, Sabrata, Zauiya y otras ciudades se unían a la revolución. La gente de la capital, Trípoli, se manifestaba y parecía haber puesto en jaque a Gadafi, quien, se creía, pronto no tendría más opción que quedarse encerrado en Sirte, su lugar de nacimiento y ciudad estratégica porque está justo en el centro de este país unidimensional (como casi todo está ocupado por el desierto del Sájara, la población se concentra en la banda costera).

El lunes 28 de febrero, sin embargo, un contrataque desde Sirte le permitió a Gadafi conquistar Brega y Ras Lanuf, dos puertos petroleros de gran valor porque casi toda la producción de hidrocarburos se embarca ahí para exportarla. Y el miércoles 2 de marzo se supo que su aviación bombardeaba Ajdabiya, una ciudad a sólo 160 kilómetros de Bengasi. El viernes 4, los rebeldes recuperaron las poblaciones perdidas…

Así se estancó la campaña en el Oriente, entre Sirte y Ajdabiya, con el ir y venir de ambos bandos. El jueves 10 de marzo, al cumplirse tres semanas del alzamiento, el hijo de Gadafi, Seif al Islam, anunció que habían logrado consolidar sus fuerzas y empezaba la “ofensiva final” contra los rebeldes. Miles de usuarios de telefonía celular recibieron mensajes SMS que decían: “Ciudadanos descontentos de Cirenaica, ¡alégrense porque vamos para allá!”

En tanto que Zauiya, una de las ciudades rebeldes del Occidente, había caído después de una semana de combatir el asedio, Gadafi sacó en el Oriente el arsenal que le vendieron las grandes potencias y con ellos masacró a rebeldes y civiles: los aviones bombardeaban, la artillería pesada lanzaba cohetes desde 20 kilómetros de distancia, los barcos de guerra y los submarinos barrían la costa con fuego, los helicópteros perseguían gente, y cuando la táctica de tierra quemada parecía haber acabado con toda resistencia, avanzaban los tanques y las camionetas con mercenarios.

Así cayeron Bin Jawad, Ras Lanuf, la pequeña Sidra, Brega… y las primeras bombas anunciaron el inminente asedio de Ajdabiya. En Bengasi cundía el nerviosismo. Los esbirros que Gadafi mantenía allí, y que se habían cuidado de dejarse ver, empezaron a actuar contra la prensa extranjera: arrojaron dos granadas contra la puerta de un hotel, hubo algunos asaltos contra periodistas, y el 12 de marzo, un equipo de la cadena televisiva Al Jazeera fue emboscado en una carretera, a 25 kilómetros de la ciudad, y en el tiroteo el camarógrafo y documentalista de Qatar, Ali Hassan Al Jaber, murió de tres disparos.

En las semanas anteriores, los reporteros de otros países habíamos llegado a ser multitud: la credencial que recibí el 25 de febrero, y que me permitía moverme sin problemas entre los revolucionarios, tenía el número 5; el 9 de marzo entregaron la 823. Pero muchos de los recién llegados se pusieron nerviosos y contagiaron a otros. Mostraban los mapas para explicar que, si las fuerzas de Gadafi tomaban Ajdabiya, no sólo quedarían a hora y media de Bengasi, sino que podrían avanzar de inmediato por una carretera desierta hasta la frontera y cortar nuestra ruta de escape. La salida de reporteros comenzó el día 11, pero a muchos de los que dudaban los convenció el asesinato de Al Jaber y el domingo 13 hubo una estampida hacia Tobruk y Egipto. Los periodistas nos volvimos una especie difícil de hallar.

VENCER O MORIR

A Jaled le daban risa las acusaciones de Gadafi, quien aseguraba en cada discurso que la revolución había sido planeada por Al Qaeda, que los rebeldes querían dividir Libia en pequeños emiratos islámicos y que Bin Laden “está manipulando al pueblo”, sobre todo a los jóvenes: “Tienen 17 años. Les dan píldoras por la noche, ponen pastillas alucinógenas en sus bebidas, en su leche, en su café, en su Nescafe”, decía el dictador.

“El mayor problema es que lidiamos con un loco”, lamentaba Jaled. “Se cree las cosas que inventa. Y no es como (el ex presidente de Túnez, Zine el Abidine) Ben Ali, ni como (el ex presidente de Egipto, Josni) Mubárak, que entendieron cuando su posición era insostenible y dejaron el poder. Si Gadafi piensa que va a caer el abismo, se va a llevar el país con él”.

En ese momento, la posibilidad de que el Consejo de Seguridad de la ONU decidiera ponerle límites a Gadafi parecía nula, y el balance de fuerzas estaba de su parte: no caería al abismo, pero arrojaría a él a las ciudades rebeldes y a toda Cirenaica.

Jaled sentía la necesidad de rezar, como tantos de sus compatriotas. Las demandas de los libios son libertad, democracia, gasto social, infraestructura, oportunidades de educación y empleo… No les interesa nada relacionado con la imposición de la ley islámica. Pero siguen siendo un pueblo pequeño (apenas seis millones de habitantes en un territorio del tamaño de México) que hasta ahora se encontraba aislado en el desierto del norte de África, tradicionalista, religioso.

Era en las oraciones de viernes a mediodía, el momento más importante de la semana musulmana, cuando yo sentía que podía percibir mejor el estado de ánimo de la gente. Cuando llegué a Bengasi desde Tobruk, el 25 de febrero, presencié la primera ceremonia tras la liberación: fue masiva, profunda, y su carácter distintivo era el optimismo.

Los bengasíes no se preguntaban si derrocarían a Gadafi, sino cuándo: en unos días, tal vez, o un poco más. Los rezos del viernes 4 de marzo fueron los del “día de la ira”, en el que los inspirados rebeldes detuvieron la ofensiva gadafista, reconquistaron Brega y Ras Lanuf, y llegaron hasta Bin Jawad. Un poco más adelante estaba Sirte, y una vez tomada, quedaría abierto el camino hacia la capital. De nuevo abundaron las apuestas alegres: tres días o una semana, y triunfarían.

Faltaba todavía que Gadafi pudiera reunir todo su armamento y utilizarlo. Cuando lo consiguió, los muertos empezaron a acumularse. Se perdió el territorio conquistado y Ajdabiya quedó en peligro. Las oraciones del viernes 11 fueron las de la consternación, la preocupación y el miedo.

“Hemos humillado a un hombre infinitamente soberbio, a sus hijos y su estirpe”, comentó Ajmed al Saljam, un activista revolucionario. “Siempre han odiado a la Cirenaica y no nos van a perdonar. Todos aquí sabemos que no podemos darnos el lujo de perder la guerra: si Gadafi reconquista el Oriente, no dejará a uno solo de nosotros vivo. Destruirá nuestras casas, violará a nuestras mujeres, nos torturará hasta la muerte”.

En las pesadillas de los bengasíes no sólo aparece Gadafi. En 1984, se anunció el juicio público contra Al-Sadek Hamed Al-Shuwehdy, un ingeniero que había montado una campaña pacífica para oponerse al régimen de Gadafi. Las autoridades llenaron el estadio de baloncesto donde tendría lugar con estudiantes de primaria, secundaria y educación superior. Pero no hubo abogados ni juez, sino un verdugo que le puso la soga al cuello al sollozante Al-Shuwehdy. Cuando el hombre se retorcía colgando, la muchacha Huda ben Amer corrió a abrazarse de sus piernas para tirar de él hacia abajo, hasta que dejó de moverse. Impresionado, Gadafi impulsó su carrera hasta convertirla en alcaldesa de Bengasi y en una de las personas más ricas del país. El dicho favorito de Ben Amer es: “No necesitamos hablar, necesitamos más ahorcamientos.”

“Cuando los manifestantes fueron a su casa a buscarla, el 19 de febrero, Ben Amer había escapado”, cuenta Al Saljam. “Quemaron la mansión. Y después la vimos en la televisión, al lado de Gadafi, cuando daba uno de sus discursos. ¿Qué crees que hará si regresa a Bengasi?”

La multitud en la céntrica plaza de la Mahkama era la mayor que había visto en Libia. Los rezos, los más intensos: los bengasíes —Jaled entre ellos— respondían con poderosos coros a las peticiones del imán. “Bendice a nuestros hermanos de Zauiya”, “protege a nuestros hermanos de Misrata”, “dales fuerza a nuestros combatientes en Ras Lanuf”, “no permitas que caiga el terror sobre Bengasi”. “¡Ya Allah!”, que dios lo permita, respondían las decenas de miles de gargantas.

Desde una azotea a 12 metros de altura, yo miraba la ceremonia masiva al lado de Nasser Haddar, un ingeniero en telecomunicaciones que montó una conexión satelital de internet para periodistas. “Esto es todo”, me dijo. “Mira: detrás de la gente, sólo está el mar. Frente a ella, sólo está el dictador. No tenemos a dónde ir. Es la Thawra. O ganamos o morimos”.

REBELDES EN CAOS

Cientos de personas empezaron a correr en total desorden cuando se escuchó que el avión se acercaba al checkpoint rebelde en Ras Lanuf. Se movían en un caos perfecto: hacia cualquier lado de la carretera, escabulléndose detrás de las dos pequeñas construcciones, tirándose pecho tierra entre las matas.

Una duna de arena se hizo polvo con la explosión, a 400 metros de donde estábamos. Se levantó una nube de humo de unos cien metros de altura. No había gente donde cayó el artefacto, ni hubo heridos. El choque masivo de adrenalina hizo que la multitud regresara al checkpoint entre gritos de “¡Allah akbar!” (dios es el más grande), risas y aullidos, como si le hubiera propinado una gran derrota al dictador.

Nuestro chofer, Ibrajim el Jodeiri, un ex soldado que sirvió durante 22 años, oscilaba entre una sonrisa de tranquilidad profesional y hondos suspiros de alivio. “Mi mujer está asustadísima, voy a llamar para tranquilizarla”, anunció. “Amor, ¡hubo un ataque aéreo!”, dijo al teléfono, “la bomba estalló apenas a diez metros de mí, ¡pero estoy muy bien!”

Era el lunes 7 de marzo. A las cuatro de la mañana de ese mismo día, los empleados del único hotel de Ras Lanuf, bajo control rebelde, despertaron a varios enviados de medios extranjeros que habían pernoctado allí. “Las fuerzas de Gadafi vienen hacia acá, ¡tenemos que marcharnos!”, urgieron. Al salir, los comunicadores se sorprendieron: si la noche anterior habían cientos de combatientes en la ciudad, ahora se veían unos cuantos. ¿A dónde se fueron, cuándo?

Fue una falsa alarma. Pero el pueblo de Bin Jawad, a 40 kilómetros en dirección a Sirte, había sido capturado por tropas del gobierno, que no habían encontrado resistencia porque los rebeldes lo habían abandonado.En Ras Lanuf, a donde había llegado con periodistas de España e Italia, no percibimos indicios de que los revolucionarios pudieran articular algo parecido a una ofensiva ordenada y con posibilidades de tener éxito. Como en otras parte de la Libia liberada, la aglomeración de voluntarios no semejaba para nada a un ejército.

Era el punto de vanguardia y había un inmenso desorden. Los combatientes serios —algunos soldados y ex soldados— eran una minoría. Casi todos los demás eran hombres de diversas edades, en especial jóvenes que se tomaban dos o tres días para irse con los amigos a pelear. Alguien traía un vehículo y unas armas extraídas de arsenales saqueados, juntaban mantas y provisiones, y se iban al frente. No existían mandos, ni estructura. Cada quien hacía lo que le parecía en el momento.

Parecía un pequeño parque de atracciones en donde los juegos eran mortales. Los más populares eran las baterías antiaéreas: en varias de ellas los rebeldes hacían cola para poder montarse y disparar a la nada, rompiendo tímpanos e incrementando la confusión causada por decenas de improvisados que jugaban con rifles de alto poder.

Disfrazados con cualquier prenda que pareciera militar o guerrillera (el look Che Guevara y el look Yasir Arafat eran los favoritos), los hombres derramaban testosterona disparando al aire con fusiles Kalashnikov y M-16 que no sabían manejar. Intentaban sostenerlos una sola mano, como Rambo, pero a veces perdían el control y el arma descendía peligrosamente, con riesgo de herir a los demás. Vi que un joven reaccionaba airado cuando alguien trató de quitarle el juguete: en el forcejeo los tiros salieron hacia todos lados. De milagro no mató a alguien. Y se quedó con el fusil.

En esos días previos a la gran ofensiva de Gadafi, los combates y las bombas dejaban relativamente pocos muertos y nosotros apostábamos que había más heridos por imprudencias y accidentes que por la acción del enemigo. En el policlínico de Brega, a 120 kilómetros de Ras Lanuf, el médico anestesista Abdelraheen Nagem, uno de los numerosos voluntarios egipcios que estaban llegando a apoyar la revolución libia, confirmó nuestra impresión.

Nuestro chofer y Ajmed Fatji, un militar que se pasó al bando rebelde y al que encontramos apostado en Brega, coincidían en la preocupación de que las fuerzas rebeldes se revelarían como un desastre si el ejército de Gadafi golpeaba con toda la fuerza de la que era capaz. “Nos quieren sorprender”, especuló Fatji, “y cuando vengan por nosotros, nos van a arrasar”.

TOMATE DINAMITA

“Tienes que entender que ninguno de nosotros pensó que esto pasaría”, me dijo Imán Bughaidis, una académica universitaria bengasí que forma parte del primer grupo que convocó a la revolución. “Nosotros vimos que los tunecinos y los egipcios derrocaron a sus tiranos con movimientos populares masivos y pacíficos, y pensamos que podríamos hacer lo mismo. Gadafi reaccionó lanzando a sus fuerzas a reprimir, y mataron a muchos. La respuesta de la gente fue tomar las armas contra ellos”.

Así fue que este pequeño conjunto de personalidades de relevancia local —abogados, médicos, profesores y defensores de derechos humanos—, de pronto se halló en “un conflicto sangriento, forzado a organizar la administración de la zona liberada, entrar de lleno en las complejidades de las relaciones internacionales, conectarnos con las ciudades rebeldes del Occidente… Imagínate, ¡lidiar con ustedes!” Esa parte era especialmente delicada porque casi ningún libio había visto alguna vez a un periodista y de pronto tenían a cientos de nosotros.

Lo más duro, seguía Bughaidis, era que ahora tenían que “organizar una campaña militar contra un hombre que ha tenido 42 años para invertir las ganancias de nuestras exportaciones petroleras en comprar armas y reunir mercenarios”.

En contra de Gadafi, los rebeldes contaban con miles de voluntarios con tanto entusiasmo como inexperiencia, y varias unidades del ejército, la aviación y las fuerzas especiales que se habían pasado del lado de la Thawra. ¿Podrían estos profesionales crear un ejército a toda prisa?

Mis primeras impresiones fueron poco menos que terribles. El 27 de febrero, los militares ofrecieron tres conferencias de prensa distintas, marcadas por la falta de orden, información, autoridad y ganas de actuar. ¿Con cuántos efectivos contaban? Todavía estaban investigando. ¿Emprenderían la marcha hacia Trípoli? La revolución había sido hecha por al shabab, la juventud, y no le arrebatarían la iniciativa, “nos quedaremos para proteger el Oriente”, dijeron en cada encuentro con los medios.

A Abdallah al Hassi, coronel de la fuerza aérea, le robaban el protagonismo sus propios subordinados e incluso algunos compañeros ya retirados. Como todos se robaban la palabra, un viejo ex piloto, Omar el Mansuri, sintió que era necesario intervenir: “¡Es tiempo de que todos se callen ya!”, se impuso. Los reporteros nos alegramos porque por fin podríamos escuchar. “¡Sobre todo los periodistas!”, continuó el hombre, “que sólo traen la anarquía”. Eso nos sorprendió un poco. “Yo soy un aviador con muchas medallas. Las gané en campañas que tuvieron lugar cuando ustedes aún no nacían…”

Así siguió. Después dos civiles, un viejo y un joven, estuvieron a punto de golpearse a medio metro del coronel, porque los dos sabían mejor que el otro cómo poner orden. Yo le hice al oficial una seña de que los apartara de una vez por todas, pero él sólo se encogió de hombros. Nos salimos.

A esto se sumaba la impaciencia de los jóvenes. “No vamos a la revolución a llorar, ¡vamos a la revolución a morir!”, gritaba un supuesto veterano en el Centro de Reclutamiento de Voluntarios 17 de Febrero. Estaba lleno de periodistas con cámaras de televisión y el tipo se estaba luciendo. Ataviado con jafiya (el pañuelo blanco y negro tradicional) en la cabeza y una canana alrededor del cuello, atrajo a una multitud de adolescentes a la que enseñó, sentado sobre un montón de grava, cómo elaborar una mecha y ponérsela a una lata de puré de tomate rellena de dinamita: “Esto es mejor que un fusil AK-47, porque si disparas con él, descubren dónde estás”, explicaba. “Con la dinamita no te ven, te escondes y cuando vengan en un coche, la arrojas para que explote debajo”.

LOS MERCENARIOS Y EL ODIO

El voluntario rebelde, como Jaled, es la antítesis del mercenario gadafista típico. Es un libio que lucha por ideales, con sus propios recursos y sin entrenamiento, frente a un extranjero formado en campos militares del dictador dentro y fuera de Libia, que fue traído para pelear por dinero.

El sueño de Gadafi ha sido convertirse en el gran líder de África; por ello invirtió enormes recursos para comprar influencia, a través de la financiación de grupos irregulares armados en otros países como Chad, Níger y Malí. Ellos son, ahora, el granero de reclutas con el que nutre sus batallones personales.

Porque el tirano siempre desconfió de sus compañeros militares: como coronel, a los 27 años dio un golpe de Estado y ha vivido temiendo que le hagan lo mismo a él. Se ocupó entonces de debilitar al ejército limitando sus recursos, mientras formaba poderosas unidades bajo sus órdenes y las de sus hijos, dedicadas a proteger a la dinastía. Ésa es la razón del desequilibrio entre sus fuerzas y las que se pasaron a la revolución, mal entrenadas y mal armadas.

El uso de mercenarios le otorga una ventaja extra: mientras los tenga bien pagados (y cuenta con millones de dólares en efectivo para hacerlo), a estos extranjeros no les interesará darle un golpe de Estado para gobernar un país que no es el suyo.

Los libios saben que hay compatriotas al servicio de Gadafi que cometen atrocidades contra su propia gente, pero les cuesta aceptarlo (han creado incluso un rumor de que el dictador en realidad es de origen extranjero) y son dados a aceptar versiones que culpan de todo a los mercenarios.

Estos mercenarios suelen ser africanos del sur del desierto del Sájara, y esto alimenta el racismo de muchos en la mayoría árabe, de tez mucho más clara. Las imágenes televisadas por la cadena Al Jazeera, como las que muestran a supuestos mercenarios con cascos amarillos atacando a civiles en Bengasi, provocaron una ola de ira y persecuciones contra los negros que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar y el momento equivocados (hay unos 500 mil trabajadores inmigrantes de otras naciones africanas en Libia).

Hubo asesinatos, golpizas y detenciones. El recién formado Consejo Nacional de Transición, una especie de gobierno revolucionario, permitió que Peter Bouckaert, investigador de Human Rights Watch, se entrevistara con una docena de supuestos mercenarios detenidos en Bengasi (hay un grupo mucho más grande encarcelado en el pueblo de Shahat). “He escuchado sus historias y sospecho que casi todas son ciertas, no son culpables”, me dijo el 26 de febrero. “Sólo creo que uno de ellos, ciudadano de Chad, sí lo es”.

PREGUNTAR ANTES DE ODIAR

Como tanto otros libios, Jaled odió a los mercenarios desde la primera vez que supo de sus ataques. Lo entendí mejor al encontrarme con algunos casos, como en el policlínico de Brega, donde había un hombre y dos de sus hijos, de 14 y 11 años, mal heridos porque estaban pastoreando ovejas cuando pasó una camioneta con una ametralladora, desde la que les dispararon sin razón. El menor tenía un gemelo idéntico, que murió en la acción. “Es la fiera sangrienta de los negros”, me dijo Jaled. “Nunca sacia su sed”.

El viernes 11 de marzo, cuando la llamada “ofensiva final” de Gadafi ya estaba en marcha, Jaled y sus cuatro amigos salieron rumbo al frente en una camioneta pick-up con ametralladora, después de las oraciones de mediodía.

La táctica de los gadafistas era destruir durante el día cualquier grupo rebelde, con explosivos arrojados a distancia (desde aviones, barcos y submarinos, o utilizando la artillería). Después, en la noche, cuando los indisciplinados revolucionarios se marchaban a dormir, las fuerzas de tierra avanzaban, ocupando posiciones silenciosamente.

El plan de Jaled y sus compañeros thwar (revolucionarios) era apartarse de la carretera asfaltada, usar rutas discretas del desierto, ocultarse para esperar a las tropas gadafistas, atacarlas por sorpresa y marcharse a toda velocidad. Con esto, esperaban, les darían una inyección de temor e inseguridad a los mercenarios, que se sentirían desmotivados por su vulnerabilidad ante los ataques.

El domingo 13, por la tarde, tras haber iniciado su operación, encontraron a un grupo de rebeldes muertos. Como no podían dejarlos ahí, los acomodaron en la caja del vehículo, al lado de la ametralladora que operaban Jaled y Amr. El tiempo que perdieron provocó que los descubrieran. Mientras trataban de escapar, Jaled vio a su amigo desplomarse de un balazo. Entre los violentos tumbos que daba la camioneta, apenas lograba sujetarse y no podía ayudarlo.

Empezaron a caer bombas, primero detrás de ellos y luego al frente. Al desviarse, el conductor entrampó el vehículo en una duna. Instantes después, todo saltó por los aires. Jaled vio morir a sus amigos. Se quedó en la arena, dispuesto a entregarle su alma a Alá. Luego vio al mercenario, sintió odio y quiso matarlo. Se le trabó el arma. Esperó recibir el disparo…

No llegó. El negro le apuntaba sin apretar el gatillo. Jaled estaba exhausto y no reaccionó cuando el hombre se inclinó junto a él. “Soy amazigh (tuareg) de Malí”, le dijo. “No soy combatiente, limpio pisos en hospitales de Trípoli. Cuando empezó esto fueron por mí y me reclutaron a la fuerza, con amenazas”. Le dio agua y lo ayudó a sentarse. “No quiero matar a nadie, ¿cuándo se va a acabar todo?”, continuó. Después le señaló en qué dirección se encontraba la carretera. “No vayas de noche. Espera la luz del día”. Y se marchó.

Jaled no sabe por qué no le hizo caso. Como pudo, caminó durante horas sin luz, trastabillando, con riesgo de encontrar al enemigo al llegar al pavimento. Pero las primeras personas que vio eran rebeldes bengasíes. El general Omar el Jariri, un militar que ayudó a Gadafi a dar el golpe de Estado en 1969 y que pasó años en prisión después de que en los años 70 se enfrentó a él, había organizado una operación sorpresa. Sus hombres avanzaron hasta Brega, en la noche, y atacaron a los gadafistas que estaban llegando a ocuparla. Mataron a más de 20 enemigos y capturaron a otros tantos. La noticia reanimó a muchos en Bengasi, entre ellos a la familia de Jaled, que lo recibió como a un héroe. Ya que sus heridas no son de gravedad, estará bien en pocos días. Y regresará al combate.

El martes 15, cuando lo visité por la tarde, llegaron noticias de que los oficiales de la fuerza aérea que apoyan a los rebeldes por fin habían actuado: hundieron dos fragatas de Gadafi y dañaron un barco más. No querían salir a enfrentarse, pero habían dicho que defenderían el Oriente y, como esa mañana las fuerzas del dictador habían empezado a atacar Ajdabiya, parecía como si se hubiera cruzado una línea roja.“Me he prometido varias cosas”, me dijo Jaled, “empezando por tomarme las cosas en serio, el uso de las armas, la disciplina, subordinar mis iniciativas a lo que planeen los comandantes. Y voy a creer en la gente. Un hombre negro me salvó la vida. Tal vez tengo que preguntar antes de odiar. Mis amigos han pagado por tanta estupidez. Pero ellos ya son shujadá, mártires, y los honraremos con la victoria de la Thawra. ¡Inshallah!”

Estaba de buen ánimo, a pesar de su dolor. Quería que yo lo notara. Y se puso a cantar, un libio entonando una pieza argentina con acento de mexicano: “No bombardeen Bengasi, la vamos a defender…”