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Capítulo I

María tenía las manos metidas en el agua jabonosa de un fuentón cuando llegó la peor noticia de su vida.

—¡Loco! ¡Vengan! ¡Vamos a fijarnos! ¡Está toda la yuta! ¡Parece que lo agarraron al Frente!

María retorcía un jean en el patio del rancho de su novio Chaías. Vivía allí hacía dos semanas, exiliada por primera vez de la casa de su familia, tras una discusión con su padrastro, un poco respetad dealer de la zona, miembro del clan de los Chanos.

—¡Loco! ¡Parece que mataron al Frente!

Los pibes de esa cuadra que desde afuera parece un barrio pero por dentro es puro pasillo, todos, menos ella, salieron corriendo tal como estaban. María se quedó parada allí, sin volver la vista atrás, disimulando por pudor a causa de ese noviazgo corto pero intenso que ya había dejado de tener con el Frente. Prefirió decirse a sí misma: “Yo me hago la estúpida”. Especuló con que si algo verdaderamente malo ocurría, alguien llegaría a avisar. Por eso hizo como que frotaba la ropa, soportando las ganas dellegar también ella, más rápido que ninguna, desesperadamente, a ver la suerte que había corrido el chico de quien, a pesar de la separación reciente, aún estaba enamorada.

—Lo mataron al Frente —dijo, después de unos diez minutos, una mujer del otro lado de su cerco.

María lo escuchó sabiendo que algún día podía suceder, pero jamás tan pronto: ella, trece y él, diecisiete; y esas profusas cartas de amor sobre un futuro que se le antojaba el único, aunque ahora estuviera con otro, aunque su nuevo novio fuera uno de los amigos de Víctor, aunque el mundo se cayera. Salió secándose las manos en el pantalón, y anduvo una, dos, tres cuadras, cruzó el descampado y se metió en la villa 25 de Mayo directo hacia el rancho de su madre, el mismo del que se había escapado para refugiarse en la casa de Chaías. Apenas entró, se arrojó a los brazos de la mujer, como hacía mucho tiempo que no sucedía:

—Ma, me parece que lo mataron al Frente, acompañame —le dijo llorando en su hombro.

*

Laura estaba cubierta sólo por una sábana, acalorada por el peso de la humedad que a las diez y media de la mañana antecedía a la tormenta; el cuerpo exhausto después de una noche de Tropitango con el Frente, las chicas y el resto de los amigos que quedaban en libertad. La despertó una bulla atípica para una mañana de sábado, una agitación que de alguna manera preanunciaba la batalla que sobrevendría. Su madre no tardó en alertarla. Le dijo, sin siquiera saludarla, con una voz áspera pero sin embargo piadosa:

—Lau, me parece que lo mataron al Frente.

Salió de la cama anestesiada, sin sentir el peso del cuerpo trasnochado, de los litros de alcohol que había tomado mientras bailaban por undécima vez en el centro de la pista con esos romances tortuosos entonados por Leo Mattioli y su banda. Hizo la media cuadra de pasillo que la separaba del potrero desierto que dejaba ver el escuálido frente de la villa:

—¡Parecía como si estuvieran buscando al Gordo Valor! ¡La cantidad de policías que había!

Los más cercanos a Víctor se fueron arrimando todo lo que pudieron al rancho donde lo tenían encerrado. Se habían escuchado los tiros. Varios habían visto de refilón cómo Víctor y tras él Luisito y Coqui, dos de los integrantes de Los Bananita, pasaban corriendo por el corazón de la 25 con las sirenas policiales de fondo, cruzaban por el baldío que da a la San Francisco y se perdían en uno de sus pasillos metiéndose en el rancho de doña Inés Vera. Supieron por el veloz correo de rumores de la villa que Coqui cayó rendido en la mitad del camino, cuando al atravesar una manzana de monoblocks en lugar de seguir escapando intentó esconderse en una de las entradas. Desde el momento de los disparos, no hubo más señales sobre lo que había pasado. Nadie sabía si Luis y el Frente estaban vivos. Los policías se vieron rodeados apenas se internaron en la San Francisco; cada vez con más refuerzos, intentaban convencer a los vecinos de que se retiraran.

*

Mauro avanzó por entre los ranchos y consiguió treparse al techo de la casilla cercada por un batallón de policías en la que habían intentado refugiarse Víctor y su compinche, Luisito. Mauro era uno de los mejores amigos del Frente, un integrante fuerte de la generación anterior de ladrones, que, después de pasar demasiado tiempo preso y tras la muerte de su madre, había decidido alejarse del oficio ilegal y buscarse un trabajo de doce horas para lo básico, ya lejos de las pretensiones. Mauro había influido en Víctor con sus consejos sobre los viejos códigos, el “respeto” y la ética delincuencial en franca desaparición. Mauro recuerda bien que dormía con Nadia, su mujer, cuando lo despertaron los tiros. “Le dije: ‘Uy, los pibes’. Porque siempre que se escuchan tiros es porque hay algún pibe que anda bardeando. Me levanté, me puse un short y encaré para aquel lado”.

Apenas salió de su rancho, una nena que vivía a la vuelta y que lo sabía amigo inseparable de Víctor, a pesar de que para entonces él ya comenzaba a “dejar el choreo”, le dijo la frase tan repetida aquella mañana:

—Me parece que lo mataron al Frente.

Corrió hasta la entrada de la San Francisco. Un policía lo frenó:

—No podés pasar.

Mauro continuó sin mirar atrás. El policía le chistó. Él siguió acercándose a Víctor.

—A vos te digo, no podés pasar.

—Qué no voy a poder pasar —le dijo—. Yo voy para mi casa, cómo no voy a poder pasar, loco, si no hay una cinta ni nada.

Durante unos minutos creyó, incluso se lo dijo a Laura, que el Frente había podido escapar. “Este hijo de puta se les escapó”. Igual se trepó al techo, para cerciorarse. Desde lo alto podía ver la mitad del cuerpo de Luis saliendo de la puerta del rancho. Estaba inmóvil, parecía muerto, pero sólo lo simulaba por el pánico al fusilamiento. Mandó a pedir una cámara de fotos que no tardó nada en llegar. Disparó varias veces para registrar lo que sospechaba que la Policía Bonaerense ocultaría. Temía que Víctor estuviera herido y que, tal como estaba marcado por la Bonaerense, dejaran que se desangrase al negarle la asistencia médica. Por eso amenazaba con arrancar las chapas de la casilla si la policía no se decidía a sacarlo de allí. Hasta que Luis no pudo evitar que contra su voluntad las piernas comenzaran a temblarle. Uno de los uniformados se dio cuenta:

—Che, guarda porque éste está vivo.

Laura vio cuando lo retiraban del lugar en una camilla con la cabeza ensangrentada por el tiro que le rozó el cráneo. Chaías consiguió acercarse a él. Luis lloraba.

—El Frente, fijate en el Frente —alcanzó a decirle antes de que lo metieran en la ambulancia.

Laura se preocupó cuando unos minutos después la segunda ambulancia que había llegado para los supuestos heridos se fue vacía.

—Señor, ¿y el otro chico? —preguntó a uno de los uniformados, con miedo a la respuesta.

—Está ahí adentro, lo que pasa es que está bien —le mintió.

—¿Y por qué una de las ambulancias ya se fue?

—¡Porque está bien, nena! —cerró el policía.

*

Entre los que peleaban su lugar cerca del rancho también esperaba Matilde, confidente privilegiada del Frente, cómplice de hierro a la hora de dar refugio después de un robo, cartonera y madre de Javier, Manuel y Simón Miranda, los mejores amigos del Frente, los chicos con los que a los trece había comenzado en el camino del delito. Matilde había conseguido escurrirse hasta la puerta misma del rancho y desde ahí hablaba con Mauro, amotinado en el techo. Estuvo casi segura de que al Frente lo habían matado cuando presenció las preguntas y las evasivas entre Mauro y uno de los hombres de delantal blanco que entró al rancho con un par de guantes de látex en las manos.

—Eh, ¿qué onda con el pibe? ¿Por qué no lo sacan? —le preguntó Mauro.

—No, ahora vamos a ver —intentó evadirse el enfermero.

—Decime la verdad, decime si está muerto.

—No te puedo decir nada —lo cortó.

—Decile la verdad, loco, no va a pasar nada. Está muerto, ¿no?

El enfermero ya no volvió a abrir la boca, pero cuando volvió a pasar, bajando los párpados lentamente, lo confirmó.

Pato, el hermano mayor de Víctor, estaba en su turno de doce horas en un supermercado donde era supervisor. Su hermana Graciana ya se había casado y se había ido a vivir a Pacheco. Si no aparecía un familiar, la policía seguiría reteniéndolo en el rancho de doña Inés Vera.

—Vayan a buscar a la madre, que está trabajando en el supermercado San Cayetano de Carupá —propuso un chico.

Allá partieron Laura y Chaías en un remise. Pero Sabina estaba en la sucursal de Virreyes. Volvieron al barrio. La gente seguía amontonándose alrededor del rancho. A Virreyes corrieron a buscarla otros vecinos.

—Vení, Sabina, porque hay un problema con la policía.

—Pero dejalo que se lo lleven a ese guacho por atrevido. Yo no voy a ninguna parte —se negó Sabina, como siempre en lucha contra la pasión ladrona de su hijo menor, dispuesta a que lo metieran preso con la esperanza de que el encierro en un instituto lo reformara y lo convirtiera en un adolescente estudioso y ejemplar.

—Venite que está adentro de una casa. ¡Venite!

La convencieron. Sabina pensó: “Éste tomó como rehén a alguien y está esperando que yo llegue para entregarse, pero antes lo voy a trompear tanto…”. No llegó a imaginar la muerte de su hijo hasta que el auto se asomó al barrio doblando por la calle Quirno Costa y pudo distinguir desde el otro lado del campito un móvil de Crónica TV y un helicóptero sobrevolando la muchedumbre. “Cuando vi el mosquerío de gente y de policías, me temblaron las piernas”. Bajó del remise y escuchó que gritaban:

—¡Viene la mamá! ¡Viene la mamá! —atravesó desesperada y los pibes y las mujeres iban abriendo paso a lo largo de todo ese pasillo. Fue en ese momento en que se le unió como una guardaespaldas incondicional Matilde, experta en reclamar por sus chicos y pelearse con la policía cada vez que caían presos. Juntas llegaron a la valla humana de policías que custodiaba el acceso al rancho. Sabina dijo, con los labios apretados:

—Soy la madre —y entró.

*

María, la ex novia del Frente, en ese mismo momento caminaba sostenida por su madre hacia el campito que da a la vereda de la San Francisco por un lado y la 25 por el otro. Lo primero que vio fue la flaca silueta de su novio Chaías que saltaba en el medio del campo y gritaba.

“Todos gritaban, me mareé de repente, no veía nada, no entendía nada, me había puesto muy nerviosa, temblaba, tenía miedo y no sabía bien de qué. Hasta que llegué a la puerta del rancho, porque me iban dejando pasar, y la vi a Sabina”. Ella, Sabina Sotello, tratando de conservar la calma, queriendo creer a pesar de todo que el sabandija había tomado rehenes, preguntó intentando parecer tranquila:

—¿Dónde está mi hijo?

Una mujer policía de pelo corto, subcomisaria a cargo del operativo, la miró y no quiso contestarle.

—Yo soy la mamá —le dijo, dándole todos los motivos del mundo en uno para que le contestara.

Sabina miró hacia los costados buscando el rostro de Víctor. Pero no alcanzó a distinguirlo. “Yo creía que me lo iba a encontrar ahí parado, qué sé yo, y esta mujer no me decía qué había pasado, así que me saqué”. La agarró del cuello del uniforme y la levantó contra un ropero pequeño que había en aquel cuarto de dos por dos.

—¿Dónde está mi hijo?

—Calmate, calmate.

—¿Dónde está mi hijo?

—Pará, pará, calmate.

Sabina no dudaba en estrangularla si no hablaba, no se la quitarían de las manos si no le aclaraban qué había pasado con Víctor. Y entonces escuchó el tecleo de una máquina de escribir sobre una pequeña mesa. “Y cuando escuchás eso ya te imaginás, ¿viste?, cuando están escribiendo…”.

*

El hombre que escribía a máquina detallaba en lenguaje judicial los hechos que habían llevado a la muerte de Víctor Manuel Vital esa mañana de febrero. La historia tenía domicilio: el número 57 de la calle General Pinto, esquina French. Allí, en la puerta de su casa, Víctor le dejó en custodia a Gastón, el hermano mayor de Chaías, las cadenas, las pulseras, los anillos de oro, los fetiches de estatus que siempre llevaba puestos. Marchó, preparado para “trabajar”, a encontrarse con otros dos adolescentes con quienes solía compartir los golpes: Coqui y Luisito, dos ladrones también de diecisiete, y de otra villa con nombre católico: Santa Rita. Ellos dos y dos hermanos hijos de un ladrón conocido como el “Banana” se harían famosos tiempo después de la muerte de Víctor en una de las primeras tomas de rehenes televisadas. Habían querido robar a una familia y en lugar de escapar rápido se habían entusiasmado con la cantidad de objetos suntuosos que encontraron en el chalet de Villa Adelina. Algo parecido a lo que les ocurrió ese 6 de febrero cuando tardaron en robar una carpintería a sólo ocho cuadras de French y Pintos.

Gastón intentó persuadirlo: que no fuera, que se quedara esta vez porque el lugar tenía un “mulo”, que en la jerga significa vigilador privado; que otros ya habían “perdido” intentando lo mismo. Víctor no quiso creerle. En menos de diez minutos estaba encañonando al dueño de la fábrica de muebles. En quince salían corriendo del lugar muy cerca de la mala suerte. Los dos patrulleros que rondaban la zona recibieron un alerta radial sobre el asalto. “Tres NN masculino, de apariencia menores de edad, se dirigen con dirección a la villa 25”, escucharon. En el móvil 12179 iban el sargento Héctor Eusebio Sosa, alias el “Paraguayo”, y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. Y en el 12129, el cabo Ricardo Rodríguez y Jorgelina Massoni, famosa, por sus modos, como la “Rambito”. Las sirenas policiales se escuchaban cada vez más cerca. Víctor corría en primer lugar, acostumbrado como ninguno a escabullirse: en el último tiempo ya no podía pararse en ninguna esquina. Su sola presencia significaba motivo suficiente para una detención. A sus espaldas pretendían volar Coqui y Luisito.

—¡No puedo más! ¡No puedo más! —escucharon quejarse a Coqui, que quedó relegado en el fondo por culpa de sus pulmones comidos por la inhalación de pegamento.

Riéndose del rezagado, el Frente y Luis entraron por el primer pasillo de la San Francisco. Alicia del Castillo, una vecina de generosas proporciones, caminaba por el sendero con su hija de dos años de un lado y la bolsa del pan en el otro. El Frente la agarró de los hombros con las dos manos para correrla: ya no llevaba el arma encima. En seguida “colaron rancho”, como le dicen los chicos a refugiarse en la primera casilla amiga. La mujer que les dio paso para que se salvaran, doña Inés Vera, se paró en la puerta como esperando que pasara el tiempo y los chicos se metieron debajo de la mesa como si jugaran a las escondidas.

Los policías habían visto el movimiento. Ni siquiera le hablaron, la zamarrearon de los pelos y a los empujones liberaron la entrada. Los chicos esperaban sin pistolas: Luisito me contó que se las dieron a doña Inés, quien las tiró atrás de un ropero. Las descartaron para negociar sin el cargo de “tenencia” en caso de entregarse. Lo mismo que el dinero: lo guardó ella debajo de un colchón y lo encontró la policía, aunque nada de eso conste en las actas judiciales.

En cuclillas bajo la mesa, el Frente se llevó el índice a los labios: “Shh… callate que zafamos…”, murmuró, y vieron a una mujer policía y dos hombres entrar al rancho apuntando con sus reglamentarias. El sargento Héctor Eusebio Sosa, el Paraguayo, iba adelante con su pistola 9 milímetros. Pateó la mesa con la punta de fierro de su bota oficial; la dejó patas arriba en un rincón. Víctor alcanzó a gritar:

—¡No tiren, nos entregamos!

Luis dice que murmuraron un “no” repetido: “No, no, no”, un “no” en el que no estaban pudiendo creer que los fusilaran: “Nos salió taparnos y decir ‘no, no’, como cuando te pegan de chico”, me contó Luisito en un pabellón de la cárcel de Ezeiza, condenado a siete años de cárcel por los robos que después de la muerte del Frente siguió cometiendo, exultante al recordar los viejos tiempos después de tanto, el día de su cumpleaños veintiuno. Y describió sin parar la escena final: en el aire estrecho de aquella miserable habitación de dos por dos, silbaron cinco disparos a quemarropa. Luis supo que los fusilaban; como impulsado por un resorte, saltó hacia la puerta. En el aire una bala le rozó el cráneo. Quedó con la mitad del cuerpo afuera del rancho, ganándole medio metro al pasillo. Se desmayó. El Frente intentó protegerse cruzando las manos sobre la cara como si con ellas tapara un molesto rayo de sol. Luisito recuperó la conciencia a los pocos minutos, pero se quedó petrificado tratando de parecer un cadáver.

El Frente falleció casi en el momento en que el plomo policial le destruyó la cara. Las pericias dieron cuenta de cinco orificios de bala en Víctor Manuel Vital. Pero fueron sólo cuatro disparos. Uno de ellos le atravesó la mano con que intentaba cubrirse y entró en el pómulo. Otro más dio en la mejilla. Y los dos últimos, en el hombro. En la causa judicial, el Paraguayo Sosa declaró que Víctor murió parado y con un arma en la mano. Pero la Asesoría Pericial de la Suprema Corte, por pedido de la abogada María del Carmen Verdú, hizo durante el proceso judicial un estudio multidisciplinario. Los especialistas debieron responder, teniendo en cuenta el ángulo de la trayectoria de los proyectiles, a qué altura debería haber estado la boca de fuego para impactar de esa manera. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación y la disposición de los muebles, si los hechos hubieran sido como los relató Sosa, él debería haber disparado su pistola a un metro sesenta y siete centímetros de altura. Esto significa que para haber matado al Frente, tal como dijo ante la justicia, Sosa debería haber medido por lo menos tres metros treinta centímetros.

*

Con el rostro enrojecido por la presión del estrangulamiento, la mujer policía, elevada diez centímetros del suelo por la fuerza de la mujer que la tenía del cuello, le dijo finalmente a Sabina:

—Su hijo está muerto. Ahí está, no lo toque.

En el piso de tierra yacía Víctor, con la frente ancha y limpia que le dio sobrenombre, sobre un charco de sangre, bajo la mesa sobre la que escribían el parte oficial de su muerte.

Sabina soltó un grito de dolor. Su llegada a la escena de los hechos había provocado un silencio sólo alterado por el ruido que hacía el helicóptero suspendido sobre el gentío. Ese alarido y el llanto que lo precedió fueron suficientes para que quienes esperaban perdieran la esperanza: un policía había masacrado a Víctor Manuel Vital, el Frente, el ladrón más popular en los suburbios del norte del Gran Buenos Aires. Tenía diecisiete años, y durante los últimos cuatro había vivido del robo, con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa: los amigos, las doñas, las novias, los hombres sin trabajo, los niños.

*

“Yo sabía que todo el mundo lo quería, pero no pensaba que iban a reaccionar así. Porque hasta la señora de ochenta años empezó a tirar piedras”, cuenta Laura. Así comenzó la leyenda, estalló como lo hacen sólo los combates. Como una señal todopoderosa, entienden en la villa, el cielo se oscureció de golpe, cerrándose las nubes negras hasta semejar sobre el rancherío una repentina noche. Y comenzó a llover. La violencia de la tormenta se agitó sobre la indignación de la turba. Bajo el torrente, los vecinos de la San Francisco, la 25 y La Esperanza dieron batalla a la policía. La noticia sobre el final del Frente Vital corrió por las villas cercanas como sólo lo hacen las novedades trágicas. Llegaron de Santa Rita, de Alvear Abajo, del Detalle. A la media hora había casi mil personas rodeando a ese chico muerto y a ciento cincuenta uniformados preparados para reprimir. Llegaron los carros de asalto, la Infantería, el Grupo Especial de Operaciones, los perros rabiosos de la Bonaerense, los escopetazos policiales.

Cuando comenzaron los tiros, Laura consiguió acercarse a su amigo hasta quedar refugiada en uno de los ranchos que dan al lugar donde lo mataron. “Justo donde estaba había un agujerito y pude ver cómo lo sacaban y cómo los hijos de puta se reían y gozaban de lo que habían hecho. Los vigilantes lo sacaron destapado, como mostrándoselo a todo el mundo… no lo sacaron como a cualquier cristiano. Yo lo vi, vi las zapatillas que en la planta tenían grabada una V bien grande”. Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma V que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía.

Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar a un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro, rodeado por los otros, equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera. Ese dibujo asume que el ladrón que lo posee en algún momento fue sitiado por las pistolas de la Bonaerense, y que de allí en más se desafía a vengar su propio destino: el juramento de los cinco puntos tatuados augura que esa trampa será algún día revertida. El dibujo pretende que el destino fatal recaiga en el próximo enfrentamiento sobre el enemigo uniformado, acorralado ahora por la fuerza de cuatro vengadores. Por eso para la policía el mismo signo es señal inequívoca de antecedentes y suficiente para que el portador sea un sospechoso, un candidato al calabozo.

Son cinco puntos gigantescos, como las fichas de un casino, los que se grabó en su ancha espalda Simón, el menor de los hijos de Matilde, un poco más abajo que las sepulturas, el dragón y la calavera. Y la misma marca tiene, en el bíceps abultado del brazo derecho, Javier, el mayor de sus hermanos. Manuel, el del medio, se los tatuó en la mano. Y Facundo, el cuarto miembro de lo que precariamente fue una “bandita”, especie de hermano de los demás y sobre todo compinche íntimo del Frente, se los hizo sobre el omóplato izquierdo la primera vez que estuvo preso en una comisaría a los quince años. El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo. No hay pibe chorro que no tenga un caído bajo la metralla policial en su historia de pérdidas y humillaciones. Para estos chicos, la muerte de su amigo es una de esas heridas que se saben incurables; con las que se aprende a convivir: se veneran, se cuidan, se alivianan con algún ritual, se cuecen con el recuerdo y con las lágrimas. Y como si el destino hubiera querido preservarlos o privarlos del momento fatuo del velorio y el funeral de un ser adorado, los tres estaban presos el día que un policía bonaerense asesinó al ídolo.

La tarde anterior al crimen, Simón pudo hablar por última vez con Víctor: llamó Simón desde el teléfono público al que tienen acceso los chicos internados en el Instituto Agote. “Nos cagamos de risa un rato. Jodíamos, que pa, que pa-pa-pa. Que pum. Que pam. Y él en un momento me dijo:

”—Mirá, mañana te voy a mandar una chomba, una bermuda, guacho…

”—No pasa nada, guacho. ¿Qué me estás diciendo?

”—Eh, vos sabés que somos re amigos…

”—No pasa nada, guacho, bueno, todo bien”.

Cortaron entre risas y cargadas, como suele ser cuando dos chicos conversan, yendo de la medición del ingenio del otro, del ejercicio de la esgrima verbal permanente al afecto, que llega siempre con rodeos, disfrazado de lealtad o de “respeto”.

Esa noche Simón se durmió pensando otra vez en el día en que regresaría a la calle y añoró estar en la villa, haber vuelto al rancho después de un “hecho” con los bolsillos llenos de billetes, para sumergirse en el Tropitango, o en Metrópolis, la bailanta de Capital.

Al día siguiente volvió a marcar el diecinueve y pidió vía cobro revertido con la casa de su amiga Laura. Del otro lado escuchó en la voz de ella el aturdimiento que deja la muerte, la angustia que precede a la entrega de una pésima noticia. Laura estaba con Mariela, su novia de entonces.

—No, mejor decile vos —escuchó Simón.

—No, decile vos… —se filtró por el tubo.

—¿Qué te pasa? —casi gritó en el silencio carcelario del Agote.

—…

—¡¿Qué me tienen que decir, guachas?!

—…

—¡Eh! ¡Guachas! ¡Pónganse las pilas!

—Lo mataron al Frente.

—¡¿Cuándo?!

—Hace un rato.

—Ustedes están re locas. ¡Si yo ayer hablé con él!

Laura se largó a llorar. Él no pudo más que creerle. Ni siquiera necesitó que le contaran los detalles. Sabía cuán marcado estaba Víctor Vital por la policía de San Isidro. No pudo más que cortar y subir a la celda, encerrarse aún más dentro del encierro, para llorar solo.

Armó un porro enorme usando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y, sin largar el humo, puso en un grabador que le habían regalado los temas que escuchaba el Frente. Primero, cumbia colombiana, cumbia de sicarios; después, el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que el Frente escuchaba como parte de su personal religión.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia,/ y que no me recen cuando suenen los tambores,/ y que no me lloren porque me pongo muy triste,/ no quiero coronas ni caritas tristes,/ sólo quiero cumbia para divertirme.

*

Facundo también había caído poco tiempo antes del asesinato, en el que por más deseos y mensajes conjuradores de la muerte, el barrio había llorado a mares. Había sido después de un robo con Chaías, en el que un patrullero los cruzó, cuando silbando bajo volvían al barrio después de haber robado una panadería. Chaías se demoró dos minutos de más porque quiso, antes de invertir en pastillas, pagar la cuota de un crédito que había pedido en la zona. Facundo terminó internado en el instituto de recuperación de adictos de monseñor Emilio Ogñenovich en Mercedes, que más tarde se haría famoso por las denuncias sobre malos tratos y torturas a menores. Ese día también supo del crimen por la televisión. “Fue un desastre. Le agarró un ataque de nervios, empezó a romper cosas, luchó con los celadores, quiso saltar el alambre, se quiso escapar, y entonces le pegaron mucho. Después, como él seguía con problemas, fuimos y lo encontramos muy mal. Lo drogaban mucho y temblaba solamente de lo drogado que lo tenían. Lo inyectaban y estaba todo lastimado, la boca lastimada, la ceja lastimada, todo el cuerpo raspado del alambre, porque lo habían bajado de los pantalones y se había raspado con las púas. De ahí lo trasladaron a una comunidad para adictos en Florencio Varela. Ahí se repuso, estaba con psicólogos”, me contó una tarde su abuela, una de las mai umbanda del barrio. Fue por medio de Facundo que Luis conoció al Frente, y a su vez, a través de Luis, el Frente se cruzó con Coqui, el otro integrante de Los Bananita, con quienes fue a robar por última vez.

Ese 6 de febrero Manuel estaba detenido por el último robo fallido en la comisaría 1a de San Fernando. “Con los pibes del calabozo mirábamos ‘Siempre Sábado’ por Canal 2. Cuando vino el corte empezamos a hacer zapping. De repente apareció en Crónica tv un cartel: ‘Primicia. San Fernando’”.

—Pará, loco, que yo vivo ahí —frenó Manuel al que manejaba el control remoto del televisor colgado afuera de la celda.

Reconoció las calles, los ranchos, el potrero. Y vio que sacaban en una camilla el cuerpo de alguien. Aunque enfocaban desde lejos, creyó reconocer la ropa de su amigo.

—Ojalá que no, pero para mí ése es el Frente —les dijo a los de su ranchada.

Compartía celda con dos chicos del mismo barrio y con un pibe de Boulogne que había sido “compañero” del Frente. Todos se quedaron callados. “Al final, cuando casi lo subían a la ambulancia, lo reconocí por la V en las suelas. Pensé que estaba muerto, por cómo lo llevaban. Después vino una banda de tiros de la gorra, de piedrazos de la gente. No lo podía creer. Era Crónica en directo y se veía todo el barrio. Yo había caído hacía un mes y me quería matar porque no estaba ahí con él, porque si hubiéramos estado juntos capaz que no pasaba lo que pasó. Me puse re mal. Me quería matar, ya no me importaba nada después de eso. Decían que habían quemado a un vigilante, que lo habían herido, que era una batalla campal”.

Se veían mujeres pateando patrulleros, escupiendo a la cara de los miembros del Grupo Especial de Operaciones. La policía tuvo que armar un cordón contra el que los amotinados arremetieron una y otra vez: a uno de los uniformados lo hirieron en una pierna, a otro le quebraron la clavícula de un palazo. Sabina jamás se olvidará de Matilde, la madre de Manuel, Simón y Javier, tan lejana hasta entonces, tan en la vereda de los chorros, donde ella nunca quiso abrevar, siempre sancionando con el desprecio la actividad ilegal de su hijo. La rememora corriendo entre los tiros, bajo la lluvia, embarrada hasta las rodillas y perdiendo las ojotas en la lucha. Como María, que en el fragor dejó las suyas clavadas en el barrial.

*

La batalla fue de tal magnitud que Sabina Sotello tuvo que salir del estupor, respirar profundo y pensar en qué hacer para calmar la sed de venganza por la muerte de su hijo. Sospechaba que la policía dispararía con balas de plomo y temía que, en lo extenso del enfrentamiento, la vecindad se hiciera de las armas escondidas en villas aledañas por el rumor de una razia que lo asolaría todo ese fin de semana. La venganza estaba demasiado cerca de los deudos enardecidos, que no paraban de arrojar piedras y palos contra los uniformados y sus escudos transparentes. “Yo pensaba que iban a matar a alguien más y tuve que reaccionar”. Sabina cruzó el pasillo y habló ante la multitud:

—¡Yo les pido por favor que me dejen terminar, que paremos un poco porque puede haber otra víctima, que paremos, así estos hijos de puta se van! —dijo.

Lentamente, los combatientes fueron abandonando la furia y dejando la tarde libre a la pena. “Para colmo, llovía tanto que llovía como si fuera llorar”, dice Chaías, el desgarbado morocho que, con la tempestad desatada, caminaba blandiéndose contra el viento con una sombrilla roja enorme que parecía sacada de una playa familiar de la costa, una imagen de surrealismo nipón en medio de la miseria.

Sabina regresó a la casilla donde el fiscal y los funcionarios judiciales esperaban una señal para abandonar la villa, aterrorizados ante la posibilidad franca del linchamiento. “Ellos en definitiva salieron agarrándose como pollos mojados de mi brazo y de Matilde”, me contó Sabina varias veces a lo largo del tiempo en el que reiteramos esas conversaciones pausadas, mientras me acompañaba a recorrer el largo viaje que la reconstrucción de aquella muerte me llevó a iniciar sin fecha de regreso.

Matilde no volvió a separarse de Sabina. Como si las balas hubieran dado en cualquiera de sus propios hijos. De alguna manera, Víctor había sido durante esos años de asaltos y fuego casi un hijo para ella. Juntas, las dos mujeres partieron a la comisaría para los trámites burocráticos a los que siempre se condena al familiar del chico acribillado. Pasaron cinco horas en la seccional hasta que les dijeron que tardarían en entregarles el cuerpo. Sabina suele recordar riéndose con ternura que Matilde, avergonzada de sus pies desnudos por la pérdida de las ojotas, sentada en un banco de la seccional, trataba de disimular tapándolos el uno contra el otro, escondiéndolos como una niña bajo el asiento.

Esa tarde, la de la muerte, Manuel habló con su madre desde la comisaría por teléfono: le rogó que gestionara su visita al velorio, un traslado que los jueces suelen conceder a los reos cuando sufren la muerte de un familiar cercano. Pero, aunque Manuel y Simón obtuvieron la autorización judicial, no se lo permitieron a Sabina ni a Matilde, su propia madre. Hasta hoy, a Manuel y a Simón les duele que los hayan privado de esa ceremonia de despedida, pero el clima que había en el velorio era tan enrarecido que a Matilde y a Sabina les pareció un peligro inmenso el operativo. Las armas que habían desaparecido del barrio por el rumor de las razias volvieron apenas asesinaron al Frente. “Nunca vi tantos fierros juntos”, me dijo Sabina sobre el contenido de los bolsillos de los deudos de su hijo. Si trasladaban a los hermanos hasta la casa de French y General Pintos, donde velaban a Víctor, debían hacerlo policías de la comisaría 1a, compañeros de la Rambito y de Sosa, cómplices a los ojos de todos, tan culpables de la muerte injusta como el que gatilló.

La policía, además, no se había quedado tranquila después del marasmo del sábado. El resentimiento de los hombres de la 1a de San Fernando no terminó con la represión de ese día. Manuel lo supo desde adentro. Estaba detenido en esa seccional cuando ocurrió todo. “Apenas lo mataron vinieron a gozarme y entonces se armó un bondi, discutí y le tiré un termo de agua hirviendo a un cobani. Con los pibes lo peleamos y me querían sacar solo afuera para cagarme a trompadas. Me llevaron a la comisaría de Boulogne, y después me volvieron a la 1a. Ahí estaba sin hacer nada, pensaba nomás, me quería matar. Me dio por ponerme a escribir. No paraba de recordar”.

*

Llovió todo el día y toda la noche. Y a pesar del tiempo enfurecido, desde el momento de la muerte no dejó de haber deudos esperando el cuerpo en la puerta de Pinto 57. “Tuvimos que esperar tres días para que nos lo entregaran. Me querían dejar velarlo dos o tres horas, los mandé a la puta que los parió, les dije que yo lo iba a velar el tiempo que quisiera, el tiempo que yo creía que él se merecía. Yo les discutía, les decía que ellos en ese momento eran empleados míos, que les pagaba el sueldo y que ellos iban a hacer lo que yo les dijera. Lo velamos acá por el hecho de que la gente a veces no tiene para viajar —cuenta Sabina en el cuarto donde estuvo el cadáver de Víctor—. Esto era un mundo, gente que yo no había visto en mi vida que llegaba de todas partes”.

Fue una romería. La cuadra de French entre Pinto e Ituzaingó se llenó de chicos y chicas que armaban grupos en los cordones de la vereda, una multiplicación de esas esquinas que se esparcen por los rincones del conurbano norte. “Después los pibes que venían empezaron a juntar plata para comprar coronas —me contó Chaías, que esa noche amaneció allí—. Siempre que pasa algo así alguien saca un cuaderno y van juntando para comprarle las coronas que el finadito se merece”. La mayoría de ellos estaban armados. Hubo quien en una esquina se puso a disparar como homenaje en medio del responso, y Pato, el hermano mayor de Víctor, tuvo que imponer orden, llamar a la tranquilidad a los amigos. Los patrulleros de 1a nunca dejaron de rondar la casa durante las veinticuatro horas que duró la despedida final. Cada tanto hacían sonar las sirenas golpeando con su presencia. Sabina intentaba que nadie respondiera a la provocación. Chaías dice que estaban tan “enfierrados” que podían pararse delante de un móvil policial y destruirlo con un cargador por cada uno de los vengadores. Se contuvieron hasta la mañana siguiente, el martes, cuando casi a las nueve sacaron el ataúd de la cocina y lo subieron al carro fúnebre. Hasta ahí llegó la compostura. Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Víctor Manuel Vital, el Frente. Y esos disparos comenzaron a transformar su muerte en una consagración; su ausencia, en una posible salvación.

Eran tantos que fueron necesarios dos micros y un camión con acoplado para trasladar el cortejo entero. La fila de autos, todos los remisess de la zona y los que ese fin de semana habían sido robados, daba la vuelta completa bordeando la villa 25.

A lo largo de Quirno Costa, sobre el borde del descampado, una hilera de jóvenes vaciaba los cargadores disparando hacia el barro reseco del baldío. “Salimos de acá y dimos la vuelta por los lugares donde él siempre andaba. Cuando la pompa fúnebre se asomó frente a la villa, los tiros sonaban como en Navidad. Así fue la despedida de Víctor”, recuerda orgullosa Sabina. Lo enterraron con las banderas de Boca y de Tigre cubriendo el cajón. Y entre las decenas de coronas había una igual a la que había pedido durante sus últimos meses, acosado por la policía: “Si me agarran, que me hagan una corona con flores de Boca”, había dicho como bromeando sobre un futuro anunciado.

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Una historia sencilla

Publicado: 23 noviembre 2013 en Leila Guerriero
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Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile.

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La ciudad de Laborde, en el sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, fue fundada en 1903 con el nombre de Las Liebres. Tiene seis mil habitantes y está en un área que, colonizada por inmigrantes italianos a principios del siglo pasado, es un vergel de trigo, maíz y derivados –harina, molinos, trabajo para centenares–, con una prosperidad, ahora sostenida por el cultivo de la soja, que se refleja en pueblos que parecen salidos de la imaginación de un niño ordenado o psicótico: pequeños centros urbanos con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta último modelo Toyota Hilux cuatro por cuatro brillante brillosa estacionada en la puerta, a veces dos. La ruta provincial número 11 atraviesa muchos pueblos así: Monte Maíz, Escalante, Pascanas. Entre Escalante y Pascanas está Laborde, una ciudad con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta, etcétera. Es una más de miles de ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto de los habitantes del país. Una ciudad como hay tantas, en una zona agrícola como hay otras. Pero, para algunas personas con un interés muy específico, Laborde es una ciudad importante. De hecho, para esas personas –con ese interés específico– no hay en el mundo una ciudad más importante que Laborde.

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El lunes 5 de enero del año 2009 el suplemento de espectáculos del diario argentino La Nación publicaba un artículo firmado por el periodista Gabriel Plaza. Se titulaba «Los atletas del folklore ya están listos», ocupaba dos columnas escasas en la portada y dos medias columnas en el interior, e incluía estas líneas: «Considerados un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas, los campeones caminan por las calles de Laborde con el respeto que despertaban los héroes deportivos de la antigua Grecia.» Guardé el artículo durante semanas, durante meses, durante dos largos años. Nunca había escuchado hablar de Laborde, pero desde que leí ese magma dramático que formaban las palabras cuerpo de elite, campeones, héroes deportivos en torno a una danza folklórica y un ignoto pueblo de la pampa no pude dejar de pensar. ¿En qué? En ir a ver, supongo.

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Gaucho es, según la definición del Diccionario folklórico argentino de Félix Coluccio y Susana Coluccio, «la palabra que se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay (…) para designar a los jinetes de la llanura o la pampa, dedicados a la ganadería. (…) Habituales jinetes y criadores de ganado, se caracterizaron por su destreza física, su altivez y su carácter reservado y melancólico. Casi todas las faenas eran realizadas a caballo, animal que constituyó su mejor compañero y toda su riqueza». El lugar común –el prejuicio– le otorga al gaucho características precisas: se lo supone valiente, leal, fuerte, indómito, austero, curtido, taciturno, arrogante, solitario, arisco y nómade.

Malambo es, según el folklorista y escritor argentino del siglo XIX Ventura Lynch, «una justa de hombres que zapatean por turno al ritmo de la música». Un baile que, con el acompañamiento de una guitarra y un bombo, era un desafío entre gauchos que intentaban superarse en resistencia y destreza.

Cuando Gabriel Plaza hablaba de «un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas» se refería a eso: a esa danza y a quienes la bailan.

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El malambo (cuyos orígenes son confusos, aunque existe consenso acerca de que es probable que se trate de una danza llegada a la Argentina desde el Perú) se compone de una serie de figuras o mudanzas de zapateo, «una combinación de movimientos y golpes rítmicos que se efectúan con los pies. Cada conjunto de movimientos y golpes ordenados dentro de una determinada métrica musical se denomina figura o mudanza (…)», escribe Héctor Aricó, argentino y especialista en danzas folklóricas, en el libro Danzas tradicionales argentinas.

Las mudanzas, a su vez, son figuras compuestas por golpes de planta, golpes de punta, golpes de taco, saltos, apoyos de media punta, flexiones (torsiones impensables) de tobillos. Un malambo profesional incluye más de veinte mudanzas, separadas unas de otras por repiqueteos, una serie de golpes –ocho en un segundo y medio– que requieren, de los músculos, una enorme capacidad de respuesta. Cada vez que una mudanza se ejecuta con un pie debe ser ejecutada después, exactamente igual, con el pie contrario, lo que significa que un malambista necesita ser preciso, fuerte, veloz y elegante con el pie derecho, y preciso, fuerte, veloz y elegante con el izquierdo también. El malambo tiene dos estilos: sureño –o sur–, que proviene de las provincias del centro y sur, y norteño –o norte–, de las provincias del norte. El sur tiene movimientos más suaves y se acompaña con guitarra. El norte es mas explosivo y se acompaña con guitarra y bombo. Los atuendos son diferentes en cada caso. En el estilo sur, el gaucho usa sombrero bombín o galera; camisa blanca; corbatín; chaleco; chaqueta corta; un cribo –un pantalón blanco amplio, terminado en bordados y flecos– sobre el que se coloca un poncho con guardas –chiripá–, ajustado a la cintura por una faja de tela; una rastra –un cinturón ancho con adornos de metal o plata–; y botas de potro, una suerte de funda de cuero muy delgada que se ajusta a la pantorrilla con tientos y sólo cubre la parte trasera de los pies, que impactan casi desnudos sobre el piso. En el estilo norte, el gaucho usa camisa, pañuelo al cuello, chaqueta, bombachas –pantalones muy amplios y plisados–, y botas de cuero de caña alta.

Este baile estrictamente masculino, que comenzó siendo un desafío rústico, llegó al siglo XX transformado en una danza coreografiada cuya ejecución toma entre dos y cinco minutos. Si su forma más conocida es la de los espectáculos for export en los que se lo baila revoleando cuchillos o saltando entre velas encendidas, en algunos festivales folklóricos del país se lo puede ver en versiones más apegadas a su esencia. Pero es en Laborde, ese pueblo de la pampa lisa, donde el malambo conserva su forma más pura: allí se lleva a cabo, desde 1966, una competencia de baile prestigiosa y temible que dura seis días, requiere de quienes participan un entrenamiento feroz, y termina con un ganador que, como los toros, como los animales de una raza pura, recibe el título de Campeón.

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Impulsado por una asociación llamada Amigos del Arte, el Festival Nacional de Malambo de Laborde se llevó a cabo por primera vez en el año 1966 en las instalaciones de un club local. En 1973 la comisión organizadora –vecinos entre los que, hasta hoy, se cuentan manicuras y fonoaudiólogas, maestros y empresarios, panaderos y amas de casa– compró el predio de mil metros cuadrados de la antigua Asociación Española y construyó allí un escenario. Ese año recibieron a dos mil personas. Ahora acuden más de seis mil y los rubros en competencia, aunque con preponderancia del malambo, incluyen algunos de canto, música y otras danzas tradicionales, en categorías como solista de canto, conjunto instrumental, pareja de danzas o cuadro costumbrista regional. Fuera de competencia, en horario central, se presentan músicos y conjuntos folklóricos de mucho prestigio (como el Chango Spasiuk, Peteco Carabajal o La Callejera). Cada año, las delegaciones de bailarines llegan desde todo el país y del extranjero –Bolivia, Chile y Paraguay– y suman dos mil personas a la población estable de Laborde, donde algunos de los habitantes abandonan temporalmente sus casas para ofrecerlas en alquiler y las escuelas municipales se transforman en albergues para la multitud que rebosa. La participación en el festival no es espontánea: meses antes se realiza, en todo el país, una selección previa, de modo que, a Laborde, sólo llega lo mejor de cada casa de la mano de un delegado provincial.

La comisión organizadora se autofinancia y se niega a entrar en la dinámica de los grandes festivales folklóricos nacionales (Cosquín, Jesús María), tsunamis de la tradición televisados para todo el país, porque cree que, para lograrlo, debería transformar el festival en algo simplemente vistoso. Y ni la duración de las jornadas –desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana– ni lo que en ellas se ve es apto para ojos que buscan digestión fácil: no hay, en Laborde, gauchos zapateando sobre velas ni trajes con brillantina ni zapatos con strass. Si el de Laborde se llama a sí mismo «el más argentino de los festivales» es porque allí se consume tradición pura y dura. El reglamento expulsa cualquier vanguardia y lo que espera ver el jurado –que forman campeones de años anteriores y especialistas en danzas tradicionales– es folklore sin remix: vestidos y zapatos que respeten el aire de modestia o de lujo que los gauchos y las paisanas (como se llama a las mujeres de campo) usaban en su época; instrumentos acústicos; pasos de baile que se correspondan con la zona a la que representan. Sobre el escenario no deben verse ni piercings, ni anillos, ni relojes, ni tatuajes, ni escotes exagerados. «Las botas duras o fuertes deberán ser con media suela y freno, como máximo, sin puntera metálica, y de colores tradicionales. La bota de potro deberá ser de formato auténtico, lo cual no implica la obligación de que sea del material con que se confeccionaban antiguamente (cuero de potro, cuero de tigre). No se permitirá el uso de puñales, boleadoras, lanzas, espuelas, ni otro tipo de elemento ajeno al baile (…) El acompañamiento musical debe ser tradicional y respetarse en todas sus formas; constará de hasta dos instrumentos de los cuales uno de ellos será obligatoriamente una guitarra (…) La presentación (…) no deberá transformarse en efectista», establecen algunos artículos del reglamento. Ese espíritu refractario a las concesiones y apegado a la tradición es, probablemente, el que lo ha transformado en el festival más secreto de la Argentina. En febrero de 2007, la periodista del diario Clarín Laura Falcoff, que acude al festival desde hace años, escribía: «En enero pasado cumplió cuarenta años el Festival Nacional del Malambo de Laborde, provincia de Córdoba, un encuentro prácticamente secreto si se mide por su reducido eco en los grandes medios de difusión. Para los malambistas de todo el país, en cambio, Laborde es una verdadera meca, el punto geográfico donde se concentran una vez por año sus expectativas más altas.» El Festival Nacional de Malambo de Laborde casi nunca es mencionado cuando se publican artículos sobre la multitud de festividades folklóricas que pueblan el verano argentino, aunque se realiza en la primera quincena de enero, entre un martes y un lunes a la madrugada.

El rubro malambo se divide en dos categorías: cuartetos (cuatro hombres zapateando en sincronización perfecta) y solistas. A su vez, esas dos categorías se dividen en subcategorías –infantil, menor, juvenil, juvenil especial, veterano–, dependiendo de la edad de los participantes. Pero la joya de la corona es la categoría solista de malambo mayor, en la que compiten hombres –solos– a partir de los veinte años. Los competidores –a quienes se llama «aspirantes»– se presentan en un número que no supera los cinco por día. En una primera aparición, que hacen en torno a la una de la mañana, cada uno de ellos baila el malambo «fuerte», que corresponde a la provincia de la que vienen: norte, si son de la zona norte; sur, si son de la zona sur. Después, en torno a las tres de la mañana, interpretan la «devolución», el malambo de estilo contrario al que bailaron en la primera ronda: los que bailaron norte bailan sur, y viceversa. El domingo a mediodía el jurado delibera, establece los nombres de los que pasan a la final y lo comunica a los delegados de cada provincia que, a su vez, lo comunican a los aspirantes. En la madrugada del lunes los seleccionados –entre tres y cinco– bailan su estilo «fuerte» en una final de apoteosis. Alrededor de las cinco y media de la mañana, con el día clareando y el predio aún repleto, se conocen los resultados en todas las categorías. El último en darse a conocer es el nombre del campeón. Un hombre que, en el mismo momento en que recibe su corona, es aniquilado.

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La ruta provincial número 11 es una cinta de asfalto angosta, con unos cuantos puentes oxidados por los que pasa una vía por la que ya no pasa el tren. Si se la recorre en el verano austral –enero, febrero–, se verá, a un lado y otro, la postal perfecta de la pampa húmeda: campos reventando de un verde como trigo verde, verde brillante, verde maíz. Es el jueves 13 de enero de 2011 y la entrada a Laborde no podría ser más obvia: hay una bandera argentina pintada –celeste, blanco– y la leyenda que dice: Laborde Capital Nacional del Malambo. El pueblo es uno de esos lugares con límites claros: siete cuadras de largo y catorce de ancho. Eso es todo y, como es tan poco, la gente casi no conoce los nombres de las calles y se guía por indicaciones como «enfrente de la casa de López» o «al lado de la heladería». Así, el predio donde se lleva a cabo el Festival Nacional de Malambo es, simplemente, «el predio». A las cuatro de la tarde, bajo una luminosidad seca como un casco de yeso, las únicas cosas que se mueven en Laborde están en ese lugar. Todo lo demás permanece cerrado: las casas, los kioscos, las tiendas de ropa, las verdulerías, los supermercados, los restaurantes, los cibercafés, los almacenes, las rotiserías, la iglesia, la municipalidad, los centros vecinales, los edificios de la policía y los bomberos. Laborde parece un pueblo sometido a un proceso de parálisis o de momificación y lo primero que pienso cuando veo esas casas bajas con su banco de cemento al frente, las bicicletas sin candado apoyadas contra los árboles, los autos abiertos con las ventanillas bajas, es que ya vi cientos de pueblos como éste y que, a simple vista, éste no tiene nada de particular.

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Si existen en la Argentina otros festivales en los que el malambo es uno de los rubros en competencia –el festival de Cosquín, el de la Sierra–, Laborde –donde este baile es protagonista excluyente– tiene un reglamento que lo hace único: establece, para la categoría de malambo mayor, un máximo de cinco minutos. En los demás festivales, el tiempo aceptable es de dos y medio o tres.

Cinco minutos son poca cosa. Una ínfima parte de un viaje en avión de doce horas, un soplo en una maratón de tres días. Pero todo cambia si se establecen las comparaciones correctas. Los corredores de cien metros libres más rápidos del mundo tienen sus marcas por debajo de los diez segundos. La de Usain Bolt es de nueve segundos cincuenta y ocho centésimas. Un malambista alcanza una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de cien metros, pero debe sostenerla no durante nueve segundos sino durante cinco minutos. Eso quiere decir que los malambistas que se preparan para Laborde no sólo reciben durante el año previo al festival el entrenamiento artístico de un bailarín, sino también la preparación física y psicológica de un atleta. No fuman, no beben, no trasnochan, corren, van al gimnasio, ejercitan la concentración, la actitud, la seguridad y la autoestima. Aunque hay quienes se entrenan solos, casi todos tienen un preparador que suele ser un campeón de años anteriores y a quien deben pagarle las clases y el viaje hasta la ciudad en la que viven. A eso hay que sumar cuotas de gimnasio, consultas con nutricionistas y deportólogos, comida de buena calidad, el atuendo (3.000 o 4.000 pesos –600 u 800 dólares– por cada uno de los estilos: sólo las botas del malambo norte cuestan 700 pesos –140 dólares– y hay que cambiarlas cada cuatro o seis meses, porque se destruyen), y la estadía en Laborde, que suele prolongarse por quince días ya que los aspirantes prefieren llegar antes del comienzo del festival. Casi todos, además, son hijos de familias muy humildes formadas por amas de casa, empleados municipales, trabajadores metalúrgicos, policías. Los más afortunados trabajan dando clases de danza en escuelas e institutos pero hay, también, electricistas, ayudantes de albañilería, mecánicos. Algunos se presentan por primera vez y ganan, pero casi todos deben insistir.

El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos– es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, un campeón de Laborde es un eterno semidiós.

Pero hay algo más.

Para preservar el prestigio del festival, y reafirmar su carácter de competencia máxima, los campeones de Laborde mantienen, desde el año 1966, un pacto tácito que dice que, aunque pueden hacerlo en otros rubros, jamás volverán a competir, ni en ese ni en otros festivales, en una categoría de malambo solista. Un quebrantamiento de esa regla no escrita –hubo dos o tres excepciones– se paga con el repudio de los pares. Así, el malambo con el que un hombre gana es, también, uno de los últimos malambos de su vida: ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin. En el mes de enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea –simple– de contar la historia del festival y tratar de entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir.

***

En las calles de tierra que circundan el predio hay decenas de toldos de color naranja que cobijan puestos en los que, durante la noche, se venden artesanías, camisetas, cedés y que, a esta hora de la tarde, reverberan bajo el sol y lanzan destellos gelatinosos y calientes. El predio está rodeado por un alambre olímpico y, apenas se entra, a la derecha, está la Galería de Campeones, un sitio donde se exhiben las fotos de quienes ganaron desde 1966, y puestos de comida, ahora cerrados, que venden empanadas, pizza, locro (un guiso tradicional), asado y pollo a la parrilla. Al otro lado están los baños y la sala de prensa, una construcción cuadrada, amplia, con sillas, computadoras, y una pared cubierta por un espejo corrido. Al fondo, el escenario.

Conozco historias sobre ese escenario: se dice que, por el respeto que impone, muchos aspirantes renunciaron minutos antes de subir; que un leve declive hacia adelante lo vuelve temible y peligroso; que está tan plagado de fantasmas de grandes malambistas que resulta sobrecogedor. Lo que veo es un telón azul y, a los costados y arriba, los carteles de los auspiciantes: Corredores de cereales Finpro, El cartucho SA transportes, Casa Rolandi, artículos para el hogar. Debajo de las tablas hay micrófonos que amplifican el sonido de cada pisada con precisión maléfica. Frente al escenario, centenares de sillas de plástico, blancas, vacías. A las cuatro y media de la tarde cuesta imaginar que, en algún momento, habrá aquí algo más que esto: nada, y esa isla de plástico de la que asciende una onda de calor ululante.

Estoy mirando la copa de unos eucaliptus, que no alcanzan para detener las garras del sol, cuando lo escucho. Un galope tendido o el traqueteo de un arma bien cargada. Me doy vuelta y veo a un hombre sobre el escenario. Tiene barba, galera, chaleco rojo, chaqueta azul, un cribo blanquísimo, un chiripá de tonos beige, y ensaya el malambo que bailará esta noche. Al principio el movimiento de las piernas no es lento pero es humano: una velocidad que se puede seguir. Después el ritmo sube, y vuelve a subir, y sigue subiendo hasta que el hombre clava un pie en el piso, se queda extático mirando el horizonte, agacha la cabeza y empieza a respirar como un pez luchando por oxígeno.

–Buena –dice el que, a su lado, toca la guitarra.

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Este es el primer capítulo de ‘Una historia sencilla’ (Anagrama, 2013), un libro de Leila Guerriero.

“Necesito amigos, mi teléfono es el 7993-85…”. “A la berga, Nacionales 100%”. “Alacrán, aunque les duela”. “Chicas, llámenme 2220-30…”. “Bicho Culero”. “Bichos estúpidos, busquen a Dios, es mejor”. El azulejo a un lado de la entrada está plagado de mensajes. Adentro hay 10 retretes, pero solo dos funcionan. Las paredes interiores de estos baños tampoco escapan al fenómeno literario. No hay papel higiénico ni espejos. La manecilla para evacuar el agua apenas funciona. Aquí, entre declaraciones de amor, coqueteos y exaltaciones del espíritu de pertenencia escolar, es fácil olvidar que en el piso superior descansa la colección de libros antiguos más valiosa del país, que en el sótano están guardados todos los periódicos editados en El Salvador desde 1820, que en la primera planta hay una colección de libros internacionales multidisciplinaria y que a unos veinte pasos de esos sanitarios de la segunda planta están las tesis de los egresados de todas las universidades salvadoreñas.

Es la Biblioteca Nacional Francisco Gavidia. Aquí uno puede detenerse tras un mostrador a observar a usuarios, como este adolescente de camisa negra ajustada y jeans que hace un esfuerzo por explicar que busca el nombre del inventor de las medidas de tiempo. Cuando se suceden más solicitudes parecidas, es fácil olvidar que los libros de la escritora salvadoreña más laureada de los últimos tiempos, Claudia Hernández, no aparecen en la base de datos, a pesar de que los tienen. Y los de Jorge Galán, premio Adonáis de Poesía 2006 y jefe editorial de la Dirección de Publicaciones e Impresos, no están disponibles.

También es fácil pasar por alto que no hay un solo texto de Doris Lessing, la británica de origen iraní ganadora del Nobel de Literatura 2007. Tampoco hay ningún ejemplar de los siete libros de la saga que ha movido masas y que algunos ven como el que hizo volver las miradas infantiles hacia la lectura.

—Harry Potter, ¿cómo dice que se escribe?

El que pregunta es Miguel Ángel Cubías Flores, bibliotecario, empírico, quien en 1978 encontró en este lugar el primer y único trabajo de su vida.

—No, no está, y no lo vienen a buscar.

La Biblioteca, entre sus sanitarios tapizados de plumón, sus libros de más de 200 años y sus deudas con la literatura contemporánea, es una paradoja de grandes tesoros y grandes carencias.

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El tiempo se estancó. Se quedó en la época en la que las gradas eléctricas eran una maravilla que tenía que ser exhibida de entrada. No pasó de la etapa de las computadoras con pantallas negras y letras anaranjadas. No es que la Biblioteca Nacional huela a viejo. Huele a pasado, un pasado que sigue siendo presente.

Son pocas las cosas que no se pueden calificar como antigüedad. Los ficheros son un ejemplo de tenacidad. Estas tarjetas con la información de la clasificación, autor y título de los libros siguen engavetadas en estantes ubicados en la entrada, a la par de las ahora inservibles primeras gradas eléctricas que hubo en El Salvador. Son solo restos de lo que en su momento fueron cartulinas. A algunos ya hasta la tinta de letras mecanografiadas se les fue. Pero lo que los vuelve obsoletos no es eso, sino que llevan más de 15 años sin actualizarse.

Quizá por eso Cubías empieza el día con un “shhh, shhh, ¿qué es lo que busca?” La pregunta la dirige a cualquiera que hurgue los ficheros o que se siente frente a las dos computadoras –a las que los empleados llaman base de datos– ubicadas frente a los gaveteros. Cubías es serio, firme y cuenta que a veces le han dicho que hasta grosero. Pero así debe ser en su trabajo. Es el encargado de la base de datos de la primera planta. Si él no está presente, nadie toca las computadoras, nadie puede tener acceso a las clasificaciones de los libros. Es el cancerbero.

Tan necesario siempre y molesto en ocasiones, Cubías es el resultado de un sistema que el usuario promedio no acaba de entender. Y de un temor de la Biblioteca a dejarse tocar por esa misma masa de visitantes que varias veces manchó o rompió las instrucciones que se habían pegado a un lado de las computadoras, hasta que no se volvieron a colocar. Por eso, por los ficheros obsoletos y por las múltiples ocasiones en que algún usuario sentado frente a la pantalla negra bloqueó el sistema es que Cubías no deja que nadie se acerque solo a su base de datos. Dice que podría dejarlos buscar en paz, pero solo a quienes saben cómo funciona el sistema. Y como tampoco es negocio estar enseñándoles a todos, casi nadie sabe, y todos lo necesitan.

***

La Biblioteca Nacional no funciona con estante abierto. No se puede llegar a tocar los libros mientras se toma la decisión de cuál es el que interesa. No se pueden apreciar las tapas a ver si alguna portada o título llama la atención. No se puede pasear entre los estantes llenos de libros y polvo. Las búsquedas se hacen desde las dos computadoras que custodia Cubías y que contienen la colección internacional, o en las de la segunda planta, donde se archivan las colecciones de libros nacionales y de tesis. Los criterios de búsqueda son autor, título y materia. Así que lo mejor, según Cubías, es que el usuario llegue con una idea clara de qué es lo que busca. Y eso casi nunca pasa.

—Venimos a ver si hay algo de profesiones médicas –dice una de las dos estudiantes de enfermería paradas junto a las computadoras.

—Sí, pero ¿qué de eso? –pregunta Cubías.

—Todo.

—No, ¿qué buscan? –insiste más firme.

—No sé, algo como qué hace un proctólogo, un oncólogo y un dermatólogo, cuánto ganan, dónde trabajan, o sea, todo, pero queremos ver qué hay.

El bibliotecario entonces corta por lo sano. Las manda a lo básico. Ni siquiera necesita consultar la base de datos para decirles que pidan a los despachadores que les den un diccionario médico.

Así llega también el señor que pregunta por la democracia en la antigua Grecia. No dice más, porque solo eso le mandaron en un mensaje de texto al celular. En esa nebulosa llegan padre e hija cuando dicen ante el mostrador de la colección nacional que buscan los hechos relevantes de la historia de El Salvador. Un universitario pide material sobre liderazgo; así, a secas. Llega la que buscaba información del ADN y el que pide saber todo acerca del VIH/sida.

***

Es media mañana y se pueden contar entre 12 y 15 personas en cada sala. Se trata de una afluencia inusual, por su elevado número. Justo en este momento, en su despacho, Manlio Argueta se acorrala en una realidad que no puede ni debe evadir. Con resignación admite que el título de Biblioteca Nacional le queda grande a ese edificio gris de la plaza Gerardo Barrios, vecino del Palacio Nacional y de la Catedral Metropolitana, en el corazón del ruidoso Centro Histórico de la capital.

Manlio Argueta funge como director desde el año 2000, cuando solicitó el puesto inspirado en otros escritores que ocuparon cargos similares como Francisco Gavidia y Arturo Ambrogi en El Salvador; Jorge Luis Borges en Argentina; o José Vasconcelos en México. Llegó sin proyecto definido, pero con ganas. Poco tardó en notar que además de las ganas hacían falta recursos.

La Biblioteca no tiene un presupuesto asignado. Sus gastos son administrados por CONCULTURA, que a su vez está adscrita al Ministerio de Educación. Así, lo que Manlio Argueta más claro tiene es que al año cuentan con unos $40,000 para compra de libros, una cantidad que equivale a lo que la Presidencia de la República habría regalado a la selección nacional de fútbol si hubiera metido cuatro goles en el partido contra Trinidad y Tobago. Y ese dinero sirve también para comprar material para las otras 14 bibliotecas públicas del país. Se adquieren textos escolares porque es lo que más buscan.

Y ahí es en donde Manlio Argueta se acorrala. Y se resigna. Una Biblioteca Nacional debería enfocarse en dos misiones: en la conservación del patrimonio nacional y en ofrecer herramientas para la investigación. Pero en El Salvador el grueso de los que visitan la Biblioteca no buscan investigar, sino salir del paso con alguna tarea. A eso está acostumbrado Cubías. Eso hace a media mañana de un día en que afuera, en el Centro Histórico, suenan a todo volumen las canciones de Ana Gabriel y se cuelan hasta el lugar donde están las computadoras.

***

“Leer es arte, sabiduría, cultura, poder, pasión, perseverancia, ciencia, cultura, sabiduría.” Está escrito en uno de los carteles que adornan la Biblioteca. Cerca también están los afiches conmemorativos de la Semana de la Lectura desde el año 2003. “La lectura es la base del conocimiento”, pregona otra exaltación a este hábito.

La dinámica dentro de las salas de la Biblioteca, sin embargo, habla de una realidad menos idealista. Seis estudiantes en faldas azules y blusas blancas se reúnen alrededor de una mesa que, como todas las de las salas, tiene en medio un rótulo que pide “No colocar los codos en los libros”. Los niveles son básicos. Y las advertencias escritas, a veces, no bastan.

Además, los empleados tienen que estar pendientes de los mutiladores.

Cubías recuerda que hace años, cuando la Biblioteca estaba en un edificio en la calle Arce, junto a la iglesia Sagrado Corazón, tuvo un altercado con un grupo de universitarios: “Ellos habían pedido un libro de fotografía, fue suerte que justo un rato después de que lo devolvieron, alguien más lo pidió y yo lo revisé. Le faltaban como 20 páginas”. Lo que siguió fue una discusión de esas que casi terminan en los puños. Los universitarios devolvieron las páginas y hubo que reparar el libro.

Cada empleado tiene su anécdota con los mutiladores. Uno cuenta que tuvo que ir hasta un colegio en busca de un joven que se había llevado varias páginas. Otra dice que tuvo que decomisar cuchillas a alguien que en plena sala se dedicaba a destazar. Y no faltan los famosos, esos que se han llevado tantas páginas que se han ganado un espacio con foto en las paredes y una prohibición de ingreso.

A cada rato, alguien pasa frente al área de las computadoras de la primera planta, dobla a la izquierda y atraviesa una puerta de vidrio para perderse gradas abajo. Es lunes y el reloj no pasa aún de las 10 de la mañana. Van al sótano. La mayoría son hombres y muchos de ellos comparten un objetivo. Son los desempleados que llegan a la hemeroteca a ver en los diarios los suplementos de empleo.

La hemeroteca es una de las áreas más visitadas por los mutiladores. Es el lugar en el que se resguardan los periódicos editados en el país desde el año 1975. En este sótano oscuro y un poco húmedo han tenido que tomar medidas especiales para contener a los que recortan fotografías en las que aparecieron. También los hay fanáticos: permanece colgada en una pared la foto de un joven declarado como visita no grata porque se llevaba recortes de artistas como Britney Spears en poses sensuales.

Por eso, y por los codos puestos en las recopilaciones empastadas, por las manos sucias y por los dedos llenos de saliva para pasar las páginas es que decidieron que los periódicos desde 1820 a 1974 fueran guardados en otra sala, un sitio al que solo tiene acceso aquel que presenta una carta de solicitud de ingreso y una sinopsis del tipo de investigación que hace.

Porfirio Merino, delgado, moreno, de un metro y medio de altura, de hablar pausado y voz suave, es uno de los dos encargados de atender la hemeroteca. Dice que existen temas por los que los usuarios más preguntan y entre ellos está el conflicto armado que vivió El Salvador. El asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero es de las búsquedas más recurrentes. Pero es la afluencia de cada lunes, sin embargo, la que hace que se limite el tiempo de lectura de un diario a 40 minutos por persona.

La Biblioteca tiene sus mecanismos de defensa. Pero también ha reconocido la necesidad de los usuarios y les permite sacar fotocopias y fotografías de los libros. Por eso es que ni Cubías ni Merino, por separado, encuentran una explicación al proceder de los mutiladores. Ambos concluyen, tan resignados como el director Manlio Argueta, que se trata de falta de cultura. Falta de cultura en la Biblioteca Nacional. Afuera es casi mediodía de un día de febrero de 2009; adentro, la luz siempre tenue hace pensar que es cualquier hora de un día de hace varias décadas.

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El año pasado, estudiantes de la Universidad Doctor José Matías Delgado realizaron una encuesta para esbozar los hábitos de lectura de los estudiantes de bachillerato del Área Metropolitana de San Salvador. La muestra fue de 1,308 jóvenes.

En la encuesta, hay resultados que invitan al optimismo. Por ejemplo, el 99% de los futuros bachilleres dijo que es importante leer. Pero a la vuelta de unas pocas páginas, la fantasía se desinfla: el 89% dedica menos de tres horas por semana a esa actividad que identificaron como tan importante.

Algo similar pasa cuando se advierte que 854 estudiantes contestaron que leen por iniciativa propia y que solo 363 dijeron que lo hacen por obligación. Lo curioso es que entre esos que afirmaron leer porque les gusta, los preferidos fueron “La Ilíada” de Homero, con 54 menciones, y el “Popol-Vuh”, con 31. Después vienen los más leídos por obligación. Y casualidad es la palabra que menos ronda por la cabeza cuando se advierte que solo hay una inversión de puestos. El “Popol-Vuh” es el primero con 94, y “La Ilíada”, con 87, se queda en el segundo puesto.

Ese síndrome de la poca lectura es bien conocido. Y el mismo Cubías, un poco desencajado con la pregunta, cuenta que como bibliotecario él tampoco tiene que haberse leído todos los libros, sino que sus índices nomás, para saber dónde buscar. No se acuerda del último que leyó entero y su favorito tarda un buen rato en llegar hasta su memoria. “Es un buen hábito”, es lo que dice de la lectura, pero, como dicen los estudiantes de la encuesta, Cubías tampoco encuentra suficiente tiempo para ejercerlo.

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En la oficina de Manlio Argueta hay un afiche que hace referencia al Bibliobús, que no es más que una unidad de transporte público rellena con libros. “El trabajo que tenemos que hacer es con los niños. No deberíamos, pero tenemos un bibliobús con el que vamos adonde tengamos que ir para empezar a plantar la semilla”, dice, consciente de que esa tarea está alejada del propósito que en realidad le corresponde a una biblioteca que se precie de ser nacional, que son los investigadores y la conservación, según decreto de la UNESCO.

Manlio Argueta –autor de “Un día en la vida” y el escritor salvadoreño más traducido– es fiel seguidor de la teoría de que la lectura es un gran apoyo para evitar la violencia, y este país, en donde en la actualidad el promedio diario de asesinatos es 12, es caldo de cultivo idóneo para esa clase de experimentos; sin embargo, la idea no cuaja. Como si fuera una caja de resonancia del problema, la docena de estudiantes que hoy ocupan las salas de la Biblioteca están afanados en buscar las poblaciones de los países centroamericanos, los inicios de la teoría heliocéntrica u operaciones matemáticas con fracciones. Puras tareas.

El director Argueta plantea la diferencia entre una biblioteca pública y una nacional. Las nacionales que él ha conocido en el primer mundo, dice, ni siquiera son para todo público. El carácter de lugares que conservan tesoros invaluables de conocimiento e historia las obliga a dejar entrar solo a mayores de 18 años que buscan información para una investigación en específico.

La Biblioteca de aquí no cierra a mediodía. Aunque algunos empleados han dejado sus puestos para ir a comer al lugar en donde se dejan los bolsones y las carteras, las salas no se quedan vacías. A esa hora una niña de tres años corre entre las mesas de la segunda planta. Acompaña a su mamá que ha llegado con una hoja tamaño carta en la que se detalla una serie de temas que debe buscar. Hay de Matemática, Ciencias Sociales, Naturales y Lenguaje.

Es una guía que dan para estudiar con el programa Edúcame, un proyecto con el que el Ministerio de Educación busca atenuar el problema de la sobreedad escolar. Consiste en realizar pruebas a las personas que interrumpieron sus estudios para indicarles en qué nivel deben retomarlos. Margarita, madre de la niña de tres años, realiza la búsqueda por su esposo, para que saque el noveno grado.

“Yo siempre he dicho que esta es una gran biblioteca pública”, dice Argueta. Y reconoce que, aunque quisiera, la institución no se puede negar a ser lo que los usuarios han hecho de ella. Este es un país con poca tradición de lectura y en donde las universidades dedican menos del 1% de sus presupuestos a la investigación. Así que lo que hay es una Biblioteca Nacional que se fundó por decreto del Ministerio de Relaciones Exteriores el 5 de julio de 1870 para conservar una ya entonces valiosa colección de volúmenes que perteneció al cardenal Lambruschini, pero que hoy está casi encasillada en ser un lugar de consulta estudiantil.

Los empleados han terminado de comer. Los de la primera planta se disponen a partir una fruta –melón, sandía, papaya– para compartirla entre ellos. Los estantes, los ficheros, las gradas eléctricas, los libros y las computadoras no son lo único antiguo. La mayoría de empleados tiene más de una década de trabajar en el lugar. La más veterana lleva 33 años de labor sin interrupción. Cubías tiene 31.

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Una biblioteca pública se dedica a atender las necesidades escolares, es fuente de consultas académicas y literarias. Una nacional, como ya se dijo, debería ser para investigadores y para conservar el patrimonio bibliográfico de un país. Esta última tarea es de los retos más grandes en El Salvador.

La colección Lambruschini, que fue la adquisición de libros con la que se inauguró la Biblioteca, constaba de 6,000 volúmenes en latín, italiano, francés y algunos en español. Fue comprada al crédito por el Gobierno de El Salvador al general mexicano Federico Larrainzar en 1868, según una investigación que la bibliotecaria Mélida Arteaga presentó en el V Congreso Centroamericano de Historia en el año 2000.

Lo que queda de esos libros es lo que ha sobrevivido a los terremotos de 1917, 1965, 1986 y 2001. Está en la segunda planta del edificio de la Biblioteca. Ana Martha Ramírez, subdirectora de la Biblioteca, accede a mostrar la colección. Ya dentro de la sala oscura cuenta de forma casual que hace unos meses tuvieron un problema con unas palomas que revoloteaban alrededor de un aire acondicionado y no distinguían entre dejar sus gracias en el suelo o sobre libros de 200, 300 o 500 años de antigüedad. El asunto se solventó, dice la subdirectora.

A ojo de buen cubero, ella calcula que son 4,000 libros de esa colección los que se aún se pueden rescatar. En esta habitación, sin embargo, aún hay polvo, y la humedad no está controlada. La colección ni siquiera cuenta con un seguro por daños. Bajo estas circunstancias, entre lo poco que le da esperanzas a Martha está el diagnóstico que dejó una experta cubana que dijo que los ejemplares se conservaban en condiciones básicas. Quiere decir que el conjunto de libros antiguos más valioso del país está resistiendo el paso del tiempo con el mínimo posible.

Lo que hay en la colección Lambruschini es igual de incierto. Se conoce de un facsímil de la primera edición de “El ingenioso Hidalgo Don Qvixote de la Mancha” de Miguel de Cervantes. Y también está otro facsímil de la segunda parte de esta obra. El estudio de la bibliotecaria Mélida Arteaga también da cuenta de “Cassianus jo heremita”, 1491; “Platea”, 1477; Thesaurus “Antiquitatum Romanorum” de Juan G. Grevio; y los libros de historia de Herodoto, Cantón y Quine, además de otros. La mayoría de libros, no obstante, no han podido ser catalogados. Eso lo dice Martha después de mostrar los Quijotes y un libro de por acá y otro de por allá, sin saber con exactitud cuál es cuál y dónde está qué.

El próximo año la Biblioteca cumplirá 140 años desde su fundación. Y en ese tiempo, la Lambruschini se ha mantenido casi como un misterio. Ha sido hasta esta época en la que internet se ha masificado que se desarrolló un proyecto de catalogación de estos libros antiguos. Descubrieron, dice Martha, ejemplares de los que hasta ese momento solo tenía registro la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Además, la identificación de esas obras también se ha topado con una barrera idiomática. Han tenido problemas para traducir los textos, les falta gente preparada para esta tarea. Y también les falta un programa de computadora que acepte signos propios del latín, del francés y del italiano, se lamenta Martha.

Al margen de la identificación y catalogación, el valor de la colección Lambruschini no se pone en duda. Y por eso debería conservarse. Debería. Pero de nuevo, la Biblioteca tropieza con esa disyuntiva entre ser nacional o pública.

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Esta tarde se ha levantado ventisca. Corina de Rendón, la jefa de la Unidad de Conservación y Restauración, y su equipo trabajan en el rescate de unos libros. Ella y otras tres mujeres más se encargan, una vez al año, de limpiar los ejemplares antiguos. También elaboran las cajas especiales que sirven para protegerlos y realizan todo lo que tenga que ver con prevención del deterioro. Lo hacen cuando pueden.

Pero ahora los escritorios con retazos de papel y tijeras no están llenos de los ejemplares de la colección Lambruschini ni otros antiguos. Tampoco se trata de los periódicos de finales del siglo antepasado. Los que están aquí, como pacientes en camilla, son textos al estilo de la “Ley de Reforma del Orden Democrático” o como “Los gobernantes de El Salvador”.

Llegan rotos, doblados, manchados, mutilados. Llegan por los reportes que cada cierto tiempo hacen Cubías y sus colegas. “Es la falta de educación del usuario, no ven que un libro nos sirve a todos, es un gran problema y es difícil de erradicar porque la gente se las ingenia cuando quiere hacer daño”, dice Cubías, para quien el problema tiene que ver con el usuario y no con que la institución que dirige ha tenido que degradar su papel y, en lugar de investigadores, atiende a algunos usuarios que prefieren esconder una cuchilla que pagar tres centavos por una fotocopia de tamaño carta o cuatro por una tamaño oficio.

“Los gobernantes de El Salvador” llega con las páginas hechas flecos. En la mesa, Corina tiene otro lisiado, un libro de texto de Lenguaje en el que alguien ha escrito “Charly y Óscar se aman con locura hasta que la muerte los separe, viviremos felices hasta el fin del mundo”. Cuando los libros llegan cortados, las restauradoras les colocan un tipo de papel transparente para unir los pedazos. El de los flecos, según Corina, es prioridad. “Ahí tenemos que interrumpir lo que hagamos y arreglarlo porque ¿cómo dejamos al usuario sin un libro que ocupa bastante?”, se pregunta aun cuando la respuesta está más que clara.

Si los libros llegan con machas de lápiz, una de las señoras del equipo puede pasar horas frotando con un borrador de goma cada página. Si las manchas son con lapicero, como en el caso de la declaración amorosa entre Charly y Óscar, el proceso es mucho más complicado.

“Los metemos en agua con alcohol, eso ayuda a sacarle la acidez y a matar hongos. Depende de cómo venga, así ponemos cada página en pedazos de tela especial, para que aún mojado lo podamos manipular. Lo remojamos por unos cinco minutos y le quitamos con pinceles y herramientas adecuadas los restos de lo que traiga, tirro, tinta, pedazos engomados, etcétera”, dice Corina. Un libro no se limpia en un día, pueden terminar el proceso con unas cinco páginas diarias como máximo. Y son cuatro mujeres, ocho manos y una cantidad de libros dañados que siempre está creciendo. “Algunos, que vemos que todavía se pueden usar los dejamos ir así”, dice, también contagiada por la resignación.

La Unidad de Conservación está en el mismo nivel que la hemeroteca, es decir, en el sótano. Es una sala en donde se acumula toda clase de papeles, pinceles, borradores, telas e insectos. De uno de los escritorios, Corina saca unas pequeñas bolsas de plástico en donde a simple vista apenas se advierten motas de color blanco o café. Con la ayuda de una lupa, a esos puntos se les ven patas y antenas. Son las plagas que, con la humedad y la suciedad como cómplices, se han devorado ya varios libros. En eso, asegura Corina, es que debería enfocarse el trabajo de prevención, pero en las circunstancias presentes, resulta casi imposible.

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“Una función básica de la Biblioteca Nacional es conservar el patrimonio bibliográfico de la nación. Por eso es que el departamento más importante se supone que es el de Conservación, aunque lo tenemos olvidadito.” La frase es de Argueta y la dice en su oficina, hasta donde llegó no solo un poco de humedad. Como si se tratara de una cicatriz de guerra, recuerda que ese juego de muebles de sala que tiene enfrente quedó con los colchones inflados desde que hace unos pocos años se filtró el agua lluvia por la infinidad de goteras que tenía el techo. Los libros no se libraron del caos.

Las goteras fueron inundación en 2003. Y en 2005, con la llegada de las lluvias que generó el huracán Stan, todo empeoró. Conservación tuvo más trabajo. Hubo que secar, rescatar y desahuciar. Tanto trauma literario solo es comparado entre los empleados más antiguos con el terremoto de 1986. En ese año, la Biblioteca estaba en un edificio frente al mercado Ex cuartel, entre la 1.ª calle oriente y la 8.ª avenida sur. Con el sismo, la estructura colapsó. Cubías, sentado en un escritorio frente a sus computadoras de la primera planta, se acomoda y asegura, con la firmeza que lo caracteriza, que desde entonces hay menos libros.

—Es que los metimos como pudimos en camiones de soldados. Aquí siempre ha habido más mujeres que hombres, entonces eran los soldados los que nos ayudaban a meterlos y ellos como no sabían el valor de los libros, los agarraban y los aventaban. Claro, todavía estaba temblando.

Ese edificio que se hizo añicos con el terremoto ha sido el único construido de forma expresa para albergar una biblioteca. Antes, estuvo en la Universidad de El Salvador, en el Teatro Nacional y en una casona de la 8.ª avenida norte. El que colapsó en 1986 tenía nueve pisos, fue terminado en 1963 y, según la investigación de Mélida Arteaga, costó 2.5 millones de colones de la época.

La mudanza con soldados de la que habla Cubías dejó libros embodegados en ocho locales. Así estuvieron las colecciones hasta 1996, cuando el Gobierno hizo gestiones para entregar a la institución el edificio que el Banco Hipotecario había abandonado porque quedó inservible tras el terremoto de 1986. Y como si no hubiera sido difícil salir de todo el caos que dejó un edificio tumbado por el sismo, los libros fueron depositados en ese lugar que, aun cuando fue restaurado, conserva lesiones.

Son cerca de las 3 de la tarde, y Cubías sube a la segunda planta para realizar una gestión. Lo que lleva son hojas de papel y no corre ni salta ni coloca con fuerza los pies sobre el piso. Aún así, todo vibra: las mesas, las sillas y los anaqueles que exhiben las novedades. Uno que otro usuario se asusta con la primera o la segunda vez que experimenta la sensación. Al final, con el paso de unas cuatro o cinco personas más, se acostumbran, como se han acostumbrado los empleados a trabajar en esas condiciones.

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Se acerca la hora del cierre. Faltan 10 minutos. Adentro, todavía queda una estudiante de octavo grado en el horario nocturno de la Escuela General Manuel Beltrán, de Santo Tomás. Tiene 21 años y ha pasado la tarde buscando información acerca del VIH/sida. En su centro escolar no hay biblioteca. También está un aspirante a ser pastor. Estudia en el Instituto Teológico El Sembrador, de San Jacinto. Tiene 43 años. Con otros tres compañeros de grupo busca información acerca de la homosexualidad. Dice que han hecho hallazgos, pero todos los libros encontrados son de antes de los noventa. No hay material más nuevo. Aún así, dice que ese lugar en el que está ha sido la mejor opción para realizar el trabajo. Y como ellos hay otra joven de 22 años que aprovecha hasta el último minuto para recopilar material de Ciencias Naturales y de Matemática. Prepara su examen con el programa Edúcame. Desea pasarlo para quedar en segundo año de bachillerato. Vive en Ciudad Futura, Cuscatancingo, y en la búsqueda de libros la ha acompañado su madre.

Manlio Argueta se refiere a ellos cuando dice que no les puede cerrar las puertas para darse a la tarea de hacer que la biblioteca que dirige sea realmente nacional. Y cuando Cubías dice que protege los libros de los mutiladores y resguarda las computadoras para que los que en verdad necesitan la información puedan encontrarla también lo hace pensando en gente como ellos. Son las 4. Las luces se apagan y todos se retiran. Finaliza un día más en la Biblioteca Nacional de El Salvador Francisco Gavidia.